One-shot The Wheel of Fortune [Gakkou Roleplay | Anna Hiradaira]

Tema en 'Mesa de Fanfics' iniciado por Gigi Blanche, 20 Mayo 2020.

  1.  
    Gigi Blanche

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    Escritora
    Título:
    The Wheel of Fortune [Gakkou Roleplay | Anna Hiradaira]
    Clasificación:
    Para adolescentes. 13 años y mayores
    Género:
    Drama
    Total de capítulos:
    1
     
    Palabras:
    3110
    N/A: bueno, probablemente este sea el último fic que haga sobre el background de Anna. Also, corresponde a Gakkou y no a Persona porque decidí omitir todo el asunto del atentado en Tokio y Anna mudándose de ciudad. Aunque, salvando esos detalles, la verdad es que ambos roles comparten prácticamente toda la backstory. Dejaré un par de comentarios más al final del fic (?

    I. The Magician.
    II. The Popess.
    III. The Empress.
    IIII.
    The Emperor.
    V. The Pope.
    VI. The Lover.

    VII. The Chariot.
    VIII. The Justice.
    VIIII. The Hermit.
    X. The Wheel of Fortune.

    XI. The Strength.
    XII. The Hanged Man.
    XIII. Nameless.
    XIIII.
    The Temperance.
    XV. The Devil.
    XVI. The Tower.
    XVII. The Star.
    XVIII. The Moon.
    XVIIII. The Sun.
    XX.
    The Judgement.
    XXI. The World.
    Ø. The Fool.





    i like to watch you sleep, watch the light break through your eyes.
    i want to crawl into your skin like a poison parasite.




    [​IMG]
    .
    .

    Veinte de octubre. Aún lo recuerdo, ¿cómo podría olvidarlo? El cielo blanco, la luz pálida del sol, el doloroso frío de la brisa. Toda esa quietud inaudita, aplastando el dolor, la espera y la necesidad de gritar.

    Veinte de octubre. Es aterrador pensarlo. ¿Cuán mínima sería la modificación más, más pequeña necesaria para alterar lo que ocurrió? ¿Preguntarle a Rei cómo le fue en su examen, no sólo saludarlo? ¿Acomodarme apropiadamente los calcetines antes de salir del aula? ¿Mirarme frente al espejo del baño un minuto más? ¿Treinta segundos?

    ¿Diez?

    ¿Cinco?

    Si cualquier detalle estúpido hubiera ocurrido de otra manera, ¿quizá no habría llegado a tiempo?

    Veinte de octubre. Aún lo recuerdo, ¿cómo podría olvidarlo? Fue la primera vez que salvé la vida de alguien, o dicho de otra manera, me aferré a su tobillo y lo arrastré de vuelta a una vida que, aparentemente, ya no quería vivir; no por lo que me dijo después.

    ¿Por qué estaba la ventana abierta? Nunca lo supe, pero hacía un frío del demonio y mi primer impulso fue quitarme el cárdigan para cubrir su cuerpo, de repente tan pequeño, hecho un ovillo en el suelo. El viento atravesó despiadado la tela de la camisa y dolió. Era seco, helado e invisible contra mi piel sudorosa, caliente y pesada.

    Siempre había oído que el miedo congelaba, pero a mí me arrojó dentro de un horno prendido y encadenó la puerta a cal y canto.

    El móvil casi se resbaló entre mis dedos sudorosos. Recuerdo las marcas de humedad en la pantalla, sobre los números que presioné sin pensar.

    Uno.
    Uno.
    Nueve.

    Veinte de octubre. Aún me pregunto si me habré equivocado. Aún me pregunto, en las noches más oscuras, si de haber ocurrido todo de forma diferente no habría sido mejor. Es parte de mí, siempre lo fue. Este veneno natural, como de serpiente, araña o escorpión. Muerdo su cuello o mi propia lengua y lo escupo a través de los colmillos, lo inyecto en su torrente sanguíneo o el mío, y le pudro las entrañas. O las mías.

    Quizás ambas.

    Sé que el mundo estuvo en algún momento poblado de colores. Sé cómo los perdió. Lo que no sé es cuándo podrá recuperarlos, o si lo hará en absoluto.

    Es este veneno asqueroso el que habría deseado ser responsable, causa y efecto de todo. Parece nunca estar satisfecho, y cuando la noche es demasiado larga, el frío duele y Kakeru no despierta, olvido cómo controlarlo. Es un superpoder que sencillamente me abandona, se va y me traiciona.

    Sé cómo el mundo perdió sus colores, pero no sé escapar de una batalla donde soy el enemigo. Tampoco sé pelear sin saber hasta cuándo tendré que hacerlo.

    Me rendí.

    Y no sé cuándo lo hice, pero allí acabé. Veinte de octubre, el cielo blanco, la luz pálida del sol, y Kakeru muriéndose entre mis brazos. Apenas era un muchacho de diecisiete años, ¿y yo? Una niña.

    Había encontrado el frasco de pastillas dentro de su bolso hacía ya unas semanas, de pura casualidad. Se lo había dejado en el club, junto a su escritorio, y busqué dentro una libreta que Subaru quería revisar antes de irse a casa. Inventario, le llamaban ellos. Siempre habían tenido nombres casi hilarantes para disimular sus mierdas. No quise husmear de más, pero mis dedos chocaron contra el plástico naranja y el repiqueteo suave que llegó a mis oídos encendió una alarma de peligro. Iban recetadas para alguien que no conocía y probablemente nunca lo hiciera, pero esa persona no las tenía. Estaban en el bolso de Kakeru.

    Quise preguntarle muchas veces al respecto pero no encontré la forma. Nunca me había metido en su vida y no sabía cómo empezar a hacerlo. La preocupación me perturbó tanto que acabé perdiendo el control de mi veneno. Me mordí la lengua, lo tragué, e hice lo que ya sabía: la vista gorda. Siempre subestimé mi importancia en la vida de Kakeru, estaba demasiado ocupada intentando retribuir una deuda estúpida para la cual, sin falta, me creía incapaz de estar a la altura.

    Si un día alguien me preguntara sobre lo peor del mundo sin colores, le hablaría de su calma inmensa; de los rostros borrosos, las voces embotadas, la comida insípida y el futuro sin sentido. Es un mundo de calma y amnesia obligada, pues no sabes cuánto perdiste el camino hasta que comienzas a recuperarlo. El pantano en medio es oscuro, denso y peligroso, ¿y lo peor?

    —Es un canto de sirenas —murmuró Kakeru una vez, de pie en la azotea, recostado sobre la barandilla—. Si te distraes, si te relajas un pequeño momento, puede cautivarte lo suficiente para hacerte creer que vale la pena. Que es la solución.

    Esa tarde lo escuché sin interrupciones, mientras él fumaba y hablaba. Parecía haberle dado rienda suelta a sus pensamientos y acabó en lugares delicados. Mi veneno me impidió extenderle una mano y ahora me pregunto si estaba allí, entre mis dedos, el poder de ayudarlo.

    Porque era eso.
    Un ridículo y desesperado pedido de auxilio.

    —¿Suena extraño? —prosiguió, inclinándose hacia abajo. Aplastó el estómago sobre la baranda y despegó los pies del suelo—. Casi sobrenatural, quizás. ¿Sabes qué pienso también? Que no todos tienen el poder de oírlas. ¿Es un privilegio? ¿Es una maldición? Tanto no sé, quizá pueda serlo todo. Ya sabes, dependiendo la persona y la situación. Las sirenas no son malvadas per se, ¿verdad? El hombre las convirtió en eso. Como Medusa. Siempre es más fácil pintar una marca sobre el pecho de alguien que no seas tú, para señalarlo y culparlo. El blanco fácil, le llaman. Lo pequeño, lo diferente, lo débil. Hay gente experta en demonizar a otros, como si toda la culpa pudiera tenerla una maldita sirena, Medusa, o un mero estudiante de secundaria.

    Veinte de octubre. Esperé demasiado.
    Debería haberlo hecho mucho antes.

    —Dime si duele —sollocé, meciendo su cuerpo inerte—. Cariño, dime si duele.

    No podía ni iba a responderme, lógicamente. Sus ojos apenas lograrían abrirse en una habitación de hospital, seis horas después, donde quienes no fueran familiares tenían prohibido el acceso. Siempre quise preguntarle cómo se sintió el mundo en ese instante, cuando esperaba no encontrar nada y recibió, en su lugar, la imagen de un techo blanco de escayola.

    Esa noche, esperando en el pasillo, fue cuando ya no pude negarlo. Las emociones aún palpitaban contra mis manos, en carne viva. La desesperación, el miedo y la anticipación.

    Ya no podía negarlo.
    Mi veneno lo había querido muerto.

    Un monstruo gigante se cernió frente a mí, allí mismo, en medio del pasillo. Alcé la vista del suelo, su cabeza chocaba contra el techo y me miraba. Fue lo único que hizo durante toda la noche. Ni siquiera tenía ojos, era un manchón oscuro entre los tubos fluorescentes; pero me miraba. Ya no pude aguantarlo.

    Mamá llegó. No sé desde dónde habría oído mi llanto, pero entró corriendo y me estrechó contra su cuerpo. Estaba temblando, sudaba y dolía. Me faltaba el aire. Había cerrado los ojos con fuerza, ya no soportaba ver ese monstruo que, en realidad, sólo estaba allí para salvarme. Cada vez boqueaba más y más entre las lágrimas, la saliva espesa y mi corazón desbocado. No noté lo que ocurría hasta que la necesidad de aire, los parches negros en mi visión, me inyectaron un terror avasallante directo en la columna.

    Por suerte estaba en un hospital.

    Veinte de octubre, fue el primer ataque de asma que tuve. Mamá le preguntó al médico sobre las causas, bastante incrédula. Siempre había sido una niña activa y enérgica, entrenando, bailando y volando por los aires. Corriendo, riendo e inclinándome ante los aplausos. Mis pulmones jamás se habían resentido.

    Pero ya no era esa niña.

    Al final, el estrés es una puta mierda y tiene el poder de dinamitar lo que le venga en gana. Podía llegar a ser mi karma, también, si lo pensaba con detenimiento.

    —Independientemente de todas las actividades que Anna haya realizado durante su vida, si los ataques persisten no podrá continuarlas con normalidad. En especial aquellas relacionadas a la rutina circense.

    Era mi propio enemigo. Ese veinte de octubre lo supe mejor que nunca. Cuando salimos del consultorio, mamá me apretó el hombro con cariño y me preguntó si quería ver a mi amigo antes de irnos. Mi respuesta fue automática.

    —No.

    Y me las arreglé para disimularlo.

    —No permiten visitas a quienes no sean familiares.

    ¿Amigo? Sí, claro. No tenía la menor idea cuál era el nombre correcto para nada de lo que sentía junto a Kakeru, pero ser el remedio y la enfermedad no estaba bien. No podía ser amor, por mucho que me doliera su dolor, si una parte de mí había encontrado alivio en la posibilidad de arrancarlo de mi vida.

    ¿Era por eso que nunca había preguntado, y decidí ignorar el frasco de pastillas y me reí de sus cuentos sobre sirenas?

    Aletargada.
    Entumecida.
    Cobarde, asustada, hundida.


    Habría preferido que la muerte se lo llevara antes de tomar una decisión por mi cuenta, ¿cuánto más egoísta podía ser? La respuesta a esa pregunta no tardó en llegar, cuando le dieron el alta y fui incapaz de verlo a los ojos. Aún sentía sobre mí la mirada del monstruo.

    Fue como encontrar el eslabón flojo de la cadena. Los grilletes me asustaron al caer y sólo quise huir de allí.

    Y eso hice.

    No volví a pisar el club; tampoco duró mucho tiempo más, de todos modos. El viento helado de un veinte de octubre derrumbó el castillo de naipes, desperdigando las cartas por doquier, librando a todos a su suerte. Separados no eran más que liebres indefensas, y es que en el fondo seguían siendo niños de preparatoria.

    Al enorme revuelo en la escuela le siguió la expulsión de los chicos. Más tarde sabría por qué no caí junto a ellos. Nada en mi puto corazón parecía capaz de reconciliarse, y ya estaba cansada del trago agridulce atorado en medio de mi garganta.

    Todo se veía igual. Los mismos pasillos, la misma luz a través de las ventanas, el mismo pupitre. Los mismos profesores, el mismo casillero con mis zapatos dentro. Pero ahora ya no sólo me ignoraban; me evadían. Parecían tener miedo, o repulsión, o resentimiento. Quién sabe. Era, después de todo, la perra que seguía allí a pesar de haberse relacionado con Kakeru y los demás; con las lacras de la sociedad que extorsionaban, golpeaban y amenazaban a cambio de dinero.

    Hay gente experta en demonizar a otros.

    No sé qué había salido mal, pero los altos cargos tuvieron que lavarse las manos y los chicos eran el chivo expiatorio perfecto.

    Como si toda la culpa pudiera tenerla una maldita sirena, Medusa, o un mero estudiante de secundaria.

    Al final, sólo habían estado bailando al son de alguien más. ¿Realmente había visto a Kakeru tan poderoso, tan magnánimo e irrevocable? Por favor, sólo era un puto niño perdido. No se diferenciaba en nada de mí. Pero no podía ayudarlo y él jamás me reclamó al respecto. Fue como si todo ese tiempo hubiera estado esperando, en silencio, a este momento; y cuando finalmente llegó, sólo agachó la mirada y se corrió del camino. Mis sentimientos aún parecían irreconciliables y no sabía cuándo lograría compactarlos en un todo coherente.

    Había disfrutado su compañía.
    Pero había querido salir corriendo.​
    Me había cuidado.
    Pero le temía.​
    Era carismático.
    Pero era manipulador.​
    Me había salvado.
    Pero me había atado.​
    Quería besarlo.
    Pero quería golpearlo.​
    Lo admiraba.
    Pero se me hacía patético.​
    Lo quería.
    Y lo quise muerto.​

    Al final, soltarlo fue todo lo que pude hacer. Librarlo a su suerte. No supe qué fue de él tras la expulsión, no lo contacté y él tampoco lo hizo. Cuando noviembre iba acabando, aproveché un fin de semana que papá estaba en casa para abrir la boca. No sabía cómo hacerlo con mamá.

    —Quiero cambiarme de escuela —le dije—. No soporto esta.

    Ya no eran únicamente las burlas, el aislamiento o los almuerzos fríos. Ya no era sólo la víctima. Una ira crepitante había comenzado a arder en mi pecho y le temía. No me gustaba lo que sentía al cruzarme a los directivos, o a mis compañeros, o a los profesores. Era como si cada rincón de la jodida escuela estuviera embadurnado con veneno.

    Me habían separado de mi manada.
    Y estaba al límite.

    Nunca había sabido cómo arreglármelas sola, ¿eh? Necesitaba de un otro, ya fuera para seguirlo, idolatrarlo o someterlo. Necesitaba reducirme o reducirlo a un mero admirador.

    No sabía amar.
    No tenía la más puta idea cómo se hacía eso.

    El cambio de escuela fue un trámite bastante sencillo; el director prácticamente me abrió la puerta con sus propias manos, como si mi decisión le hubiera sacado un lingote de hierro de encima. Era un viejo de mierda, y los chicos habían sido unos idiotas por creerse que podrían mantener una relación beneficiosa con los adultos. Estaba todo podrido.

    Podrido de raíz.

    Mis viejos querían decirme algo, era evidente, pero no sabían cómo. Papá había reducido sus viajes y mamá había doblado sus turnos en la tienda. La casa ya no era tan silenciosa y yo ya había visto al monstruo.

    Ya me había empujado lejos de Kakeru.
    Ya había cambiado de escuela.

    Estaba… tomando las decisiones correctas, ¿verdad? Aún así, parecía que siempre iba a depender de algo. Ya fueran personas o un ridículo inhalador metálico. Mis brazos se convertirían en sogas, me amarrarían a lo que esté al alcance y no aprenderían cómo soltar. Mantendrían el agarre hasta que los dedos parecieran embutidos hinchados de sangre y veneno, y entonces, sólo entonces, abriría los ojos. Y vería al monstruo.

    Ese invierno, el veinte de enero, me encontré a Kakeru. Reconocí su figura delgada, de espaldas a mí, apoyado sobre una barandilla, con las volutas de humo danzando a su alrededor y hacia el cielo. Alcé la vista, advirtiendo la tormenta a lo lejos, y solté el aire por la nariz. El cielo blanco, la luz pálida del sol, el viento frío.

    Era tan similar.

    Había comenzado a acercarme sin darme cuenta, pero él pareció notarme. Se giró en redondo, hacia mí, y no lucía sorprendido. Llevaba el cigarro apenas consumido entre dos dedos, pero lo dejó caer al suelo y lo aplastó casi con cuidado. Luego se agachó y lo botó dentro de un tacho de basura. Entonces me sonrió.

    Y se fue.

    No intenté detenerlo ni seguirlo, y él no volvió sobre sus pasos; ni siquiera la mirada. Me di cuenta que aquello no me decepcionaba ni me alegraba. Sólo sentí alivio. Seguí reproduciendo ese recuerdo en mi mente durante las semanas siguientes: su sonrisa, su calma al extinguir la llama del cigarro. Quizá fuera pura puesta en escena, Kakeru siempre había sabido disfrazar las emociones sobre su rostro. De cualquier forma, sentí alivio.

    Sentí que estaba bien.
    Decidí aferrarme a eso.

    Ese veinte de enero me senté al borde de mi cama y balanceé los pies en el aire, echándole un vistazo a la caja dentro de la cual guardaba mi trapecio. Le envié el único mensaje de texto que le escribiría de ahora en más.

    Canto de sirenas, ¿eh?
    Creo que ahora lo entiendo.
    Ya sabes, cuando ya no puede hacerte daño.

    17:47

    Su respuesta tardó apenas unos minutos, cuando los primeros truenos comenzaron a rasgar el cielo invernal.

    Me alegra mucho, Anna.
    Gracias por todo.

    17:51


    Llevaba un buen tiempo preguntándome cómo narrar esto, la verdad. Creo que necesitaba un disparador para atreverme a hablar a través de Anna, y poner en su boca algunas cosas que me llevó meses darles entidad. Ayer supe que el hijastro de un amigo intentó suicidarse y, más allá del dolor, me dio el empujón que necesitaba para animarme a hacer esto. Y nada, sólo quería hablar un poco al respecto.

    Aunque no use los términos médicos en ningún momento, Anna está intentando salir de la depresión. Si leíste esto y de alguna forma, al menos la más pequeña, te sentiste identificado y no sabés con quién hablarlo, siempre voy a estar acá para prestar un oído.

    No intenten resolver las mierdas solos, no los lleva a ninguna parte.

    Buena vida a todos <3
     
    Última edición: 21 Mayo 2020
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