Pasillo

Tema en 'Planta baja' iniciado por Yugen, 10 Abril 2020.

  1.  
    Yugen

    Yugen D e p r e s s e d | m e s s

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    Yugen

    Yugen D e p r e s s e d | m e s s

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    ¿Estás mejor?

    Había logrado calmar su corazón gracias al cariño desinteresado de Aika. Enjuagó sus lágrimas y pasó por el baño para aclarar su rostro con algo de agua y darse coraje frente al espejo.

    Debía hacerlo. La había cagado, así que debía disculparse. Sinceramente ella no era esa clase de chica que admitía errores. Nunca se había visto forzada a hacerlo. Siempre había hecho lo que quería, sin normas ni límites de ningún tipo. Pero cuando era tan obvio el error... ¿cómo iba a negarlo? Había dañado a una niña, dios. ¿Qué culpa tenía ella de sus problemas? ¿Qué culpa tenía de su vida de mierda? Las posesiones materiales y el prestigio con el que contaba no significaba nada cuando tu vida estaba vacía. Y tú misma te sentías vacía por dentro. Además, ahora era senpai, debía dar ejemplo.

    No terror.

    Mimi se mordió el labio y asintió a la pregunta de la joven.

    —Mmh—convino—. Vamos a buscar a esa niña.

    Estaba detenida en el descansillo de las escaleras, en la primera planta. Aika desde abajo la miró.

    En los ojos azules de la Honda brillaba absoluta determinación.

    >>Yo buscaré por el edificio. Tú eres más rápida. Busca por el patio ¿de acuerdo? Llámame al móvil si la ves.

    —Recibido—asintió Izumi con seguridad, pero en ese momento pareció recordar algo. Algo de suma importancia. Algo que había olvidado por completo, muy en su línea por otro lado. En sus labios esbozó una sonrisita nerviosa y se rascó la mejilla con timidez— Espera, Mii-chan... ¿Como...? ¿Como es esa niña?

    Pero Mimi ya había subido corriendo las escaleras.
     
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    Tomó sus cosas una vez que Kashya había aceptado la oferta de Bleke y, con una sonrisa en el rostro, salió de la biblioteca con ambas chicas.
    Lo cierto es que el comedor era bastante amplio, pero ya que Bleke había señalado lo bonito que estaba el día fuera le apetecía comer en el patio.

    —Podemos comer en el patio, bajo el cerezo, ¿qué tal? —preguntó con cierta timidez, mientras avanzaba por el pasillo.


    shiori.png
    La planta baja. Eso había dicho Akaisa, ¿habría visto a alguna chica de primero afuera?
    Parte del enojo se le había pasado al ver a Hiroki levantar a la princesa del suelo sin esfuerzo prácticamente y lo cierto es que había agradecido que fuera su amigo, porque de no ser así lo cierto que daba bastante mal rollo.

    Inhaló aire profundamente y lo dejó salir, como buscando que la sangre que le había subido a la cabeza bajara al resto de su cuerpo. Era ridículo que necesitara del amargado de Hiroki para no partirle la cara a la princesa.
    Se llevó las manos alrededor de la boca, para que su voz se ampliara.

    —¡Watanabe-chan! —gritó, esperando que si estaba cerca pudiera escucharla y sin importarle que fueran a armarle la bronca, ya no por pelearse como una niña si no por gritar en el pasillo como una loca.


    Aquí aprovechando el post de Jez.
    Also, Gigi y Gabi, les dejo la misión de postear en el patio (?) bueno, más bien a Gigi que creo que Gabi posteó con Emi allá xD cuando puedan, sin prisa, que sé que dejé a Gigi in a pit of darkness
     
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    Gigi Blanche

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    Una vez se aseguró ser un miembro oficial del club de teatro, Ophelia se despidió de Tohru y salió del salón de actos. Mientras caminaba por el pasillo, sopesó las posibilidades. No sentía gran apetito, a decir verdad, aunque sería una pena echar a perder el almuerzo que su madre le había preparado con... tanto esmero.

    Echó un vistazo por los amplios ventanales, hacia el cielo. Junto al sol del mediodía, éste parecía haber recibido un bote entero de intensa pintura turquesa. Unos pajarillos lo atravesaron raudos, a todo vuelo, y Ophelia se decidió. Con su objetivo en mente, pero también con mucha calma, dirigió sus pasos hacia la cafetería. Era la forma más rápida de llegar afuera, ¿verdad?

    Afianzó el agarre de sus dedos alrededor del maletín, donde llevaba sus libros de texto y su cuaderno de bocetos. Podría comer algo y dibujar bajo la cálida luz diurna.

    Sonaba a un buen plan.
     
    Última edición: 12 Abril 2020
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    Hygge

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    Abrazó la cartera contra su pecho, caminando por los pasillos ahora desprovistos de estudiantes sin aparente prisa. Las luces anaranjadas del atardecer se infiltraban a través de los cristales y arrancaban destellos dorados de su larga cabellera lacia. Cada elemento allí presente recreaba una atmósfera tan cálida y sosegada que pocos parecían detenerse a contemplar. Pero la curiosidad genuina, rozando casi lo infantil de Rachel Gardner la atraía y le hacía disfrutar de cada pequeño detalle que la vida le ofrecía. Observar a los estudiantes rezagados y sus características únicas. Los colores imposibles que se mezclaban en el lienzo del atardecer, salpicado de nubes. Contemplar las flores de cerezo danzando al otro lado de la ventana.

    Jasminium-chan.

    Sus labios se curvaron en una pequeña sonrisa, la melodiosa voz de Mamiya-senpai resonando en su cabeza. Aún no podía creer que hubiese encontrado su lugar en su primer día de clases, pero así era. El cálido sentimiento que la embargó al poner los pies en el invernadero, premonitorio, no podía compararse con nada de lo que había vivido el resto del día. La emoción de poder conocer nuevas personas con gustos similares a los de ella solo hacía que el entusiasmo por regresar al siguiente día fuera mayor.

    No dudaba en que sería un gran año. Quería tener fe en ello.


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    —¿Has terminado ya? Estoy cansado, Shawn...

    Con un par de golpecitos sobre el tablón, bajo la atenta mirada de Yule, la chincheta acabó bien asegurada sobre el corcho. El albino se separó un paso del tablón y se limpió las manos con notorio alivio; el último cartel había sido colgado con éxito.

    Se volvió entonces hacia su hermano, alzando el pulgar.

    —Ahora sí: hemos acabado por hoy.

    El menor destensó los hombros, desinflándose como un globo mientras soltaba el aire en un suspiro contenido. ¡Al fin! Llevaban toda la tarde colgando carteles informativos en los tablones de todos los pasillos y aulas, buscando alumnos para el club de basket y el de esgrima. Laila se encargaría de pasarle la noticia a una amiga que creía interesada en el asunto, así que quedaban menos alumnos para poder formar propiamente el club. Yule observó a su hermano recoger sus cosas, siguiéndole los pasos repentinamente feliz, hasta que notó algo.

    Su voz resonó por los pasillos vacíos con suma facilidad.

    —¿¡Cómo que por hoy!?

    La risa del mayor, despreocupada como él solo, le recibió como toda respuesta, y frunció el ceño en el acto. ¿Por qué demonios se había ofrecido a ayudarle en primer lugar?
     
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    Gigi Blanche

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    Cuando llegó a la planta baja, dispuesta a encaminarse hacia la biblioteca, Bleke advirtió la silueta alta y extremadamente delgada de su prima. Su largo cabello castaño danzaba al son del viento, mientras ella permanecía obnubilada en el paisaje del exterior. Era una situación bastante frecuente en la que Bleke solía encontrarla, a decir verdad. Ya se había habituado a sus... desconexiones.

    Por lo general, un simple llamado de su nombre bastaba para traerla de regreso; a menos, claro, que estuviera dibujando.

    —Ophelia —murmuró, y la aludida se giró de inmediato—. ¿Qué tal tu primer día?

    —Ah, prima. —Parecía sentir genuina felicidad por estar saludándola, aunque su voz mantuviera el tono calmado y formal de siempre—. Muy buenos días. Ha estado bien, a decir verdad. ¿Ibas a casa?

    —No, tengo actividades del club de lectura. ¿Tú?

    Comenzaron a caminar a la par, en dirección a los casilleros y, más allá, la biblioteca.

    —Me he inscrito en el club de teatro pero sus actividades comienzan mañana, así que de momento volveré a casa. He estado pensando también probar suerte en el club de arte, pero no estoy aún muy segura.

    —Ya veo. ¿Han venido a buscarte?

    Ophelia soltó una risa suave y cantarina, con una ligera nota traviesa de fondo.

    —Ah, no puedo ocultarte cosas a ti, querida prima —confesó la castaña—. Les he dicho que volvería contigo, así que por hoy caminaré.

    Bleke, quien había estado escrutándola con la mirada, acabó por suspirar y encogerse de hombros. Tampoco le correspondía meterse demasiado; además, ya lo sabía desde hace mucho: Ophelia era un caso perdido.

    —Sabes cómo se pondrá tu madre si se entera, ¿verdad?

    —Lo sé, lo sé —soltó, aún algo divertida—. No tienes nada de lo que preocuparte. Tampoco es como si mamá hablara mucho con ustedes últimamente.

    Bueno, en eso tenía razón. Bleke volvió la vista al frente y su atención se distrajo por un breve instante, mientras Ophelia caminaba en silencio, hacia los dos muchachos colgando anuncios en el pasillo. Eran Shawn Amery y... alguien que no conocía. ¿Sería de primero?

    —¿Qué tal la reunión con el profesor, querida prima? ¿Ya anunciaste tu postulación?

    La pregunta de Ophelia fue increíblemente oportuna, y Bleke se sonrió antes de responderle. Shawn podía ser una buena idea, ¿verdad? Tenía el porte, el carisma y el buen desempeño académico y deportivo. No por nada cierto apodo había comenzado a rondar entre las aulas de segundo desde el año pasado. El príncipe de la academia.

    —Sí, de hecho vengo de allí. Ha sido todo algo apresurado, pero creo que marchará bien.

    Cuando rebasó a los muchachos, le prestó atención al contenido de los carteles que estaban colgando. Club de básquet y esgrima, ¿eh? Bueno, ya sabía dónde podría encontrarlo. Lo observaría un poco antes de presentarle propuesta alguna, era lo más prudente. Cierto era que, con la declinación de Ophelia, había quedado libre un puesto que Bleke daba ingenuamente por sentado; pero no debía desesperar. Puede que el reloj se hubiera adelantado, pero aún tenía tiempo para actuar con cautela.

    Una vez llegaron a los casilleros, Ophelia se despidió de Bleke con una ligera inclinación de cabeza y se retiró del establecimiento. Bleke, por su parte, siguió su camino hasta la biblioteca. Hmm, se le había hecho algo tarde, ¿verdad? Esperaba que Joey no se hubiera ido, aburrido de esperarla, ya que era, en realidad, un escenario bastante factible.
     
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    Kaisa Morinachi

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    Ya en el pasillo se respaldó en una de las paredes, pasó el antebrazo con brusquedad por sus ojos. Con las manos en puño golpeó con suavidad la pared, para después mirar el techo con su mirada entrecerrada por la luz del pasillo... Respiraba, hondo y con lentitud, en un intento de liberarse de todos los nervios que fue acumulando en la cafetería.

    En ese pasillo, expectante si el chico hubiera entendido que si quería su compañía: trataba de recordar el cálido sentimiento que le generaron por muchos años sus amigas, la confianza de Natsu y el valor de Haru... Para agarrar más fuerzas y poder ignorar el vacío que cada día parecía más grande.

    El tema de los panqueques y paraguas habían pasado a tercer plano cuando ese día parecía decir "Padre" por todos lados.

    Impotencia era sentimiento que más odiaba, impotencia por no ser capaz de nada, por permitirse ser mediocre... Y ahí se encontraba sonriendo, mientras se abrazaba a si misma encorvada mirando el piso. Había logrado hablar con su compañero de curso, había logrado entregar el condenado trabajo... El día no parecía ser tan malo al fin y al cabo.

    Se sentía inútil e impotente, pero no tan inútil e impotente.

    Se mantuvo en esa posición encorvada, pensando en lo emocionada que estaba por el taller de cocina —pensamiento que usaba como distractor— y al mismo tiempo demasiado atenta a los pasos que escuchaba a su alrededor.
     
    Última edición: 28 Abril 2020
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    Hygge

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    Yule se dirigió arrastrando los pies hacia el pasillo, soplando de vez en cuando hacia el vaso de chocolate que aún le quemaba un poco en su mano contraria. Lo cierto es que estaría mejor dicho asegurar que los pies le arrastraban a él, pues el chico parecía aún intentar procesar como podía la sincera respuesta que le había brindado Nagi, su cabeza volando lejos de allí. La respuesta, acompañada de una curiosa huida de su parte, le dejó tratando de comprender las intenciones detrás de sus palabras. Si se había sentido abrumada y solo quería estar sola, o si en cambio apreciaba su compañía tanto como él mismo parecía hacerlo.

    Estaba nervioso; como era habitual, sí. Pero esta vez era algo diferente. Sentía que el hecho de hacer un nuevo amigo pendía de un hilo en aquel preciso instante, y que dependiendo de su decisión podía conseguirlo o mandarlo todo a la mierda. Sus pasos parecieron dudar, deteniéndose a la salida de la cafetería. Le entristecía la posibilidad de asomarse y no ver a Nagi por ningún lado. Que hubiese ido después de confesarle todo eso sin dejarle decir nada. La idea le incomodaba tanto que prefería dar media vuelta y evitarse el disgusto una vez más...

    ...pero no lo hizo. No supo por qué, pero no lo hizo. Apretó los puños y dio un paso al frente. Y su valentía le fue recompensada con la imagen de Nagi Watanabe aguardando no muy lejos de allí, apoyada en la pared. Parecía... esperarlo. Y la sola idea le hizo sentir feliz. Quizás, no lo había hecho tan mal como lo había pensado.

    Se plantó frente a ella, tras animarse a dar un par de pasos más, sin poder contener el alivio que le daba verla allí.

    —Yo tampoco tengo amigos, Watanabe-san —confesó entonces, llevando su mano libre a su bolsillo con cierta incomodidad. No era muy fácil decir aquello, pero se sentía en la obligación de hacerlo después de su gesto—. O al menos, ya no. Supongo que eso hace que tengamos algo en común, ¿cierto? —planteó, y la sola idea le resultó agradable en cierta medida. Sentirse comprendido por alguien, de alguna forma. Desvió la mirada hacia el final del pasillo—. Creo que en la biblioteca hay una colección de mangas. Podríamos ir a echarle un vistazo.
     
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    Kaisa Morinachi

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    Nagi Watanabe

    Estaba tan concentrada en canalizar su furia, que ni pensó en pasar a ver a Kurosawa. Aparte, en su anterior escuela no había enfermería como tal, aunque si unos cuantos profesores con los conocimientos básicos para lidiar con cualquiera de los posibles problemas, por lo que ir al baño e ignorar la enfermería fue por una inercia natural.

    —Maldita sea, jodido demonio —masculló mientras caminaba, pensando que en la soledad del pasillo nadie le escucharía. Odiaba ser mal hablada, y le alteraban las personas enfurecidas, por lo que su actitud era desagradable incluso para ella. Ni siquiera tenía su chándal para reposar sus manos en los bolsillos, y no podía cruzarse de brazos por las heridas.

    Entró al baño, intentando a ignorar a quién sea que se encontrara dentro, y se dirigió a los lavaderos. Dio el agua, para que diera en abundancia, pero que no llegara a salpicar al poner el brazo. Caía con una suavidad que no sentía.

    —Tch —apretó los dientes al sentir la piel sobre sus rasmillones. Cubrían casi todo sus antebrazos, no parecía haberse hecho ningún corte profundo, pero había se había despegado bastante cuero en algunas zonas. Doloroso, pero nada aparentemente grave. El único problema era que no podía sacarse la tierra con facilidad, porque el agua no se llevaba toda la tierra y no podía sacársela rozándola con las manos, porque obviamente dolería.
     
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    Hygge

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    El agua del grifo corría sin descanso, pero Yule no le prestaba atención. Manteniendo las manos apoyadas sobre el lavabo se miró al espejo, con una expresión de hastío mezclada con el evidente desgano que sentía con todo eso. No sabía por qué demonios había ido a parar en el baño de los chicos, si apenas había terminado la primera prueba y aún quedaban muchos más encontronazos con el suelo de grava. Los ojos le picaban del propio enojo y el nudo en la garganta se extendía con el transcurrir del tiempo.

    Soltó una suerte de quejido al aire, llenando sus palmas de agua para echársela en el rostro. Una, dos, tres veces incluso. Los restos de polvo habían desaparecido y ahora sus mechones bicolor se le pegaban en la frente, desordenados como sus propios pensamientos. Se apartó del lavabo tomando una bocanada de aire, incapaz de mirarse más al espejo. De compadecerse de sí mismo de nuevo.

    Ni siquiera sabía del todo de dónde venía el enojo. ¿Venía de sentirse todo un inútil? No era nada nuevo a fin de cuentas. ¿De hacer el idiota frente a la academia? No tenía amigos, o al menos eso creía. Recordó la charla que Shawn le había brindado antes de dormir, aquella donde le aseguraba que estaría allí a la mañana siguiente, dispuesto a levantarle si es que fallaba. Chasqueó la lengua con disgusto.

    Ah, con que era eso, después de todo.

    —Eres un jodido mentiroso —bufó, extendiendo la mano para abrir la puerta del baño y marcharse de allí. Necesitaba respirar aire fresco, sentía que acabaría ahogándose en sus propias estupideces. Pero la puerta emitió un ligero chirrido sin moverse un solo ápice. Yule apretó su mano en torno al manillar, repentinamente nervioso; no se abría—. Joder, ¿ahora no vas a abrirte? ¿En serio?

    Tiró varias veces de la puerta, descargando su frustración con el pobre manillar. Si lo pensaba bien era una buena excusa para evitar hacer más el ridículo, pero no soportaba pasar ahí dentro ni un minuto más. Empezaba a sentir claustrofobia.

    Bien, hora de llamar a quien sea que pasase por allí. Bien hecho, Yule; otro fracaso más en la lista.
     
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    Kaisa Morinachi

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    Dato irrelevante: Digo "Prender el agua" o "Apagar el agua", en vez de "Cerrar el grifo" o "Abrir el grifo", por suerte soy consciente de ellos apenas lo escribo (?)

    Eso, fin

    Nagi Watanabe

    Cerró el grifo cuando el agua no le podía limpiar más la tierra, para apoyar las manos en el lavadero.

    Cuando volvió la vista al reflejo del espejo, observó por primera vez desde la mañana su rostro; aún mantenía fruncido el ceño con cierta rabia. Recordó a Honda y Hiroki, a su padre también... Aunque su expresión era diferente, diferente a la de Haruka y a la de cualquiera de los mencionados. Autoridad solían trasmitir tanto la rubia como su padre; Hiroki y Haruka, de formas distintas, trasmitían miedo... o más bien peligro, algo que decía que mantuvieras la distancia de ellos. Nagi no transmitía ninguna de esas dos cosas, por lo que estaba lejos de ser atemorizante. Y aún así, era capaz de hacer aquella expresión.

    Miró hacia el techo, mientras tomaba aire y exhalaba con suavidad, relajando sus hombros en el proceso. El baño era mucho más fresco que la calurosa cancha, eso era un punto positivo. Sus cejas pasaron a arquearse en una expresión decaída, despojándose del enojo.

    Si, esa era su vibra, la reconocía bien, y le calmó un poco más poder reconocerse en el espejo. Asustadiza, frágil, llorona; se sentía, en cierto modo, cómoda con aquello. Mientra Natsumi se iba por las carcajadas y sonrisas, Haruka con la frialdad y cierta agresividad; ella era huidiza y llorona para enfrentar las distintas cosas del día a día. Era lo que más le acomodaba, pero no significaba que fuera lo único de ella; las personas podían cambiar, bastante, sus amigas se lo demostraron... Su familia también, pero... en el fondo, siempre mantenían algo de si mismos, o eso quería creer.

    Que su padre iba a seguir siendo un padre amoroso, Ichirou un amable hermano mayor y ella una niña risueña, como lo fueron hace mucho, mucho tiempo. Aquella familia que tal vez Kazuki nunca conocería.


    Se empapó la cara con agua, procurando no mojarse el pelo, tras haberse secado el par de lágrimas con sus manos. Aun cabizbaja, salió del baño casi arrastrando los pies, recordando que antes de hacer la prueba estaba con Kurosawa... ¿Estaría bien? De seguro se había preocupado. Iría a verla apenas saliera de la academia... Nagi volteó a ver la puerta de los baños de al lado, el baño de chicos... vaya.

    Se quedó observando en silencio, con las manos en la cintura, a falta de bolsillos donde reposarlas y no poder cruzarse de brazos. Tal vez solo se había atascado la puerta, pero... nunca faltaban los bromistas, o abusivos, mejor dicho. El pasillo estaba casi vacío, por lo que pudo observar Nagi... Si habían encerrado a alguien ahí dentro, de seguro ya lo habrían abandonado, sería espeluznante si no fuera el caso. Tragó saliva, tal vez estaba pensando demasiado las cosas.

    Tocó la puerta con suavidad apenas escuchó que dejaban de forcejearla, esperando llamar la atención de quien estuviera dentro.

    —Perdón, ¿hay alguien ahí? —, ¿qué clase de pregunta ridícula era esa? Apretó los dientes con cierto nerviosismo—. ¿Ne... necesitas ayuda?
     
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    Hygge

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    Sintió cierto dejavú al patear la puerta en uno de sus arranques, apartándose poco después para llevarse las manos a la cabeza, agobiado. No era la primera vez que se quedaba encerrado en algún lugar, pero sí la primera donde nadie estaba detrás del asunto. O puede que fuese un encierro calculado y él hubiese sido el idiota con la peor suerte, quién sabe.

    Lo que sí sabía era que la voz que escuchó al otro lado de la puerta le resultaba familiar, y encendió todas las alertas en su cabeza. Avanzó con cuidado hacia la puerta, como si de repente quemase, y tragó saliva con esfuerzo.

    —¿Watanabe... san?

    Sus sospechas se confirmaron cuando se sintió aludida ante su llamado. Mierda; ¿qué probabilidad había que de todos los alumnos de la academia fuera ella quien se acercarse allí de casualidad? Se llevó una mano a la nuca, comenzando a dar vueltas por el lugar sin orden ni concierto, repentinamente nervioso. Si se hubiese tratado de una persona desconocida no le hubiera importado tragarse su orgullo y admitir que estaba encerrado, pedirle la ayuda que necesitaba. Pero si ya apenas había sabido comportarse los días anteriores con su compañera de clase, ¿qué imagen iba a darle ahora? Seguro que pensaría que era un pringado; más aún, quiero decir.

    Supo que era un tremendo idiota cuando alzó la voz en mitad del silencio.

    —Perdona si te he asustado, solo estaba tratando de cerrar la puerta con cerrojo para poder recuperarme de la caída a solas. Estaba algo trancada —mintió, con cierta aspereza en la voz. Marcando de alguna forma cierta distancia entre ambos, sumada a la que la puerta generaba de por sí. Se dejó caer con la espalda apoyada en la puerta, cruzando los brazos sobre sus rodillas, y frunció el ceño con la vista clavada en la ventana—. Ahora solo... solo déjame a solas.

    Se mordió el labio inferior, conteniendo con esfuerzo las palabras que se esforzaban en salir en su lugar. Vaya asco de día.
     
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    Kaisa Morinachi

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    Nagi Watanabe

    Debía admitir que la patada en la puerta la hizo retroceder un momento, casi dejando salir un grito, pero mantuvo sus labios sellados, llevándose sus manos empuñadas hacia su pecho; y, más rápido de lo que se sintió, golpeó con suavidad la puerta.

    Los segundos que se demoró en aparecer la voz de Shirai se le hicieron eternos, pensando en la peor posibilidad que se le ocurría; una persona violenta tras la puerta. Sería desastroso si fuera alguien con las pintas del senpai de Kurosawa, o el genio de Honda... Vaya, por primera vez se le venía a la cabeza que quién pudiera estar tras la puerta fuera una chica. Esa posibilidad le era aún más desagradable que cualquiera de las que pensó en el momento, y le devolvió el coraje al cuerpo, en ambos sentidos. Por suerte, quien fuera que estuviera al otro lado, parecía estar solo; eso significaba que no eran un grupo contra uno, encerrados en un baño.

    Pero la voz que escuchó contestar no le transmitió agresividad, ni era femenina, y para su sorpresa; la reconocía, reconoció aquella voz al otro lado, lo que provocó cierta calor en sus mejillas. Reconocer la voz de alguien, era un sinónimo de tenerlo presente, ¿no? Era más fácil recordar nombres o rostros, pero recordar una voz... Sacudió su cabeza, no era momento de pensar estupideces. Justo cuando volvió en sí, Shirai había vuelto a hablar, no se dio ni por enterada el tiempo que el chico se mantuvo en silencio.

    —No te preocupes —dijo con el hilillo que era su voz con normalidad, a menos que estuviera enfadada, o demasiado alegre, como era a veces con Kurosawa—, n-no me asusté —finalizó. No era necesariamente una mentira, pues más le asustaba encontrarse con un perro ladrando, o peor aún; haberse topado con abusones fuera del baño. Ahí si que no hubiera podido hacer nada, y seguramente hubiera huido, sin importarle quien estuviera adentro... ¿Cerrar la puerta por privacidad?, ¿no era mejor encerrarse en el cubículo? — Vaya... —exclamó tras oír a Shirai, manteniendo una mano sobre la puerta.

    Se quedó un momento en silencio, mirándola fijamente, pensando en que decir... Así que quería estar solo, para recuperarse de la caída a solas. Se entristeció, seguramente por que estaba negando su ayuda... Diablos, no era la mejor cuidadora, y no sabía tratar heridas; pero si Kazuki se caía, lo último que haría sería dejarlo solo. Sentía el impulso de aplicar lo mismo con Shirai, pero no estaba de ánimos para contradecirlo, ya había sido bastante impulsiva en la cancha.

    —Bu-bueno... Me... me alegra saber que estás... bien —sinceró, con algo de esfuerzo—. Digo... Por un momento... pensé que había alguien encerrado... po-por otros motivo —la voz se quebró un poco, solo pensar en aquel panorama le hacia temer, a pesar de que hace años no le ocurría algo por el estilo—. Pensé que habían encerrado a alguien... pero tan solo eres tú —prosiguió tras un momento de calma, hablando con un poco más de firmeza—. Uhm...— No sabía que más decir, pero tampoco podía marcharse, sus piernas parecían haberse puesto de acuerdo con su cerebro para dejarla estancada ante la puerta.

    Una excusa, necesitaba una excusa para seguir hablándole, olvidando que estaba en medio de una evaluación afuera en el patio.

    >>Perdona... —comentó tras otro largo silencio—, ¿dó-dónde quedaba la enfermería? Creo que debería pasarme por ahí, pu-pues... Mi mamá siempre dice que hay que desinfectarse las heridas... así que... si puedo hacerlo, mejor lo hago.

    Escribo un montón, perdón (?)
     
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    Hygge

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    Cierto alivio se abrió paso entre el enojo al escucharla restarle importancia al asunto. Parecía que su estúpida mentira había colado o, en su defecto, la chica no se atrevería a seguir indagando, y no la podía culpar; apenas se conocían de hacía dos días. Mucho era que seguía allí, al otro lado de la puerta, asegurándose que se encontraba bien a su manera.

    Ocultó el rostro entre sus brazos, haciendo una ligera mueca al notar la sangre subir a sus mejillas. Confuso y desorientado quizás sobre cómo debía proceder en realidad. La ansiedad de saber que su único boleto de salida hasta quién sabía cuándo estaba a punto de marcharse no le permitía pensar con claridad.

    —¿...Uh? ¿La enfermería? —Apenas alcanzó a a escuchar su petición. Apoyó el mentón sobre sus brazos durante un instante, reflexionando en silencio—. Está en la primera planta. No tiene pérdida.

    Yule calló entonces, sin intención de añadir más. El silencio se extendió entre ambos por momentos que se sintieron eternos. Apretó los ojos al escucharla moverse al otro lado de la puerta, enterrando aún más su rostro entre sus brazos. Dudó, dudó terriblemente con cada paso que la alejaba de allí. Tragarse su orgullo, después de una burda mentira como lo fue esa, solo lo hacía aún más vergonzoso y humillante de admitir.

    Se lo había buscado él solo.

    >>¡Watanabe-san, espera!

    El grito de Yule la alcanzó, seguido de otro largo silencio. Apenas dejó escapar un susurro, evidentemente abochornado.

    >>¿Podrías... buscar ayuda? Por favor.


    Quiero estrujarle los mofletes a esta cosita orgullosa alv
     
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    Sintió un alivio escucharlo hablar sin enfado, a pesar de que estaba claramente hastiado. No era como Ichirou estresado, que se volvía un cortante y enojon que era preferible evitar... No tenía a mucho chicos para comparar, en realidad. Sus compañeros de cursos le eran tan indiferentes, que ni para comparar los consideraba.

    Y llegó nuevamente el silencio... Nagi se había terminado por aferrar al borde de su camiseta, claramente nerviosa. ¿No... pensaba en acompañarla? Guiarla... Claro que no, no todos eran como Shiori o Haruka; tipas que te tomaban de la mano y no te soltaban hasta dejarte en un lugar seguro, algo literalmente hablando. Y se quedó ahí, sin moverse ni un centímetro, con suerte respiraba. Nunca tuvo la intención de ir a la enfermería, y la mención de su madre fue un pretexto para hacerse creíble; cada día le importaba un poco menos llevarle la contraria. Aunque fuera en cosas mínimas, o casi implícitas.

    ¿Ahora qué?

    No pudo evitar respingo, junto a un grito ahogado, en cuanto Yule gritó su nombre. Sintió su corazón latir por la mano que se llevó al pecho. Vaya, ahora le iba a llegar mejor la sangre al rostro con lo acelerado que estaba. Suspiró despacio, intentando calmarse... Vaya vozarrón, pensó que no era de los que gritaban con fuerza.

    —¿A-ayuda? —preguntó, claramente confusa—, ¿pa-pasó algo, Shi... Shirai-kun? —. ¿Para que diablos necesitaba ayuda? Si fuera una herida grave, estaría en la enfermería... Oh...

    ¿Se le habría roto el pantalón? Eso explicaría muchas cosas.
     
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    Nagi pareció dudar, claramente confusa, y Yule no pudo evitar dar un respingo al escuchar su pregunta, dándose un ligero golpe contra la puerta, rojo de la vergüenza.

    —¡Sí! ¡Digo, n-no! ¡Quiero decir, no lo sé! —exclamó, sobándose la coronilla en el proceso. Si pudiese leerle el pensamiento sufriría un cortocircuito de siquiera imaginar lo que la chica sospechaba—. ¡Solo sé que intenté forzar la puerta y ahora no se abre y traté de buscar ayuda pero apareciste tú y me quedé en blanco y ahora estoy hablando demasiado porque me pones nervioso!

    Se permitió unos segundos para recuperar el aire después de aquel aluvión repentino; suerte que la puerta estaba cerrada, porque su rostro no podría alcanzar una tonalidad más rojiza de la que ya tenía. ¿A qué demonios había venido eso? La pobre chica no había hecho nada malo. Respiró hondo, tratando de calmarse medianamente; cuando las cosas se torcían no podía pensar con claridad.

    Se llevó una mano a la frente, apartando su cabello hacia atrás, abrumado.

    —...Perdona eso. No sé qué me ha picado —bufó, volviéndose hacia la puerta. Tanteó la cerradura con la mirada mientras alzaba la voz, mucho más suave—. Comprendería que regresases a la enfermería. Buscaré un pasador de cabello o esperaré aquí, al menos así me pierdo esa horrible prueba.

    >>Aunque ahora que lo pienso, la ventana es una opción.

    Recordó la última vez que trató de salir por la ventana de un bajo y cómo se dio de bruces contra el suelo y negó para sí mismo; descartado.
     
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    Nagi Watanabe

    Al parecer, Shirai perdió la poca calma que lograba mantener, exclamando con algo de aceleración todas sus preocupaciones...

    ¿Yo ponerle nerviosa?, ¿qué diablos? Normalmente era al revés... ¿Había hecho algo mal?, ¿le tendría... miedo, o algo? Nagi se ponía nerviosa cuando estaba insegura, y esa inseguridad era ante alguna sensación de peligro; no entendía nada. Bueno, si entendió algo; Shirai estaba atrapado dentro, porque se le atascó la puerta, vaya suerte.

    —Hmmm... ¿No.. No quieres salir? —preguntó en cuanto mencionó lo de perderse la prueba. Después escuchó lo de la ventana, ignorando por completo lo de la enfermería—. ¡Vaya, esa es una buena idea! —exclamó con algo de entusiasmo—, ¿cabes en ella?, ¿no tiene barrotes?

    Se quedó otro momento en silencio.

    >>Uhm... Podría intentar conseguir un pasador, puede que hasta yo tenga alguno en mi mochila.
     
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    —Digamos que la parte de mí que quería quedarse aquí escondido acabó desarrollando claustrofobia —se encogió de hombros, aunque no lo estuviese viendo. ¿Quién le iba a decir que extrañaría estar de vuelta en el campo del horror?—. En cuanto a la ventana, no parece tener barrotes, pero... preferiría dejarla como última opción.

    No agregó el porqué, aunque creía que era algo obvio. Reparó entonces en el cerrojo atascado, notando que se trataba de una cerradura de manilla no demasiado nueva. A pesar de las apariencias Yule era todo un manitas, y la mayor parte del tiempo debía encargarse en casa de arreglar los desperfectos que su familia de brutos ocasionaba sin comerlo ni beberlo. Arreglar cerraduras de ese tipo sirviéndose únicamente de su ingenio y creatividad era su campo de acción predilecto.

    —De acuerdo, si puedes encontrar un pasador o dos sería genial. Me valdría bien incluso con algún bolígrado de punta redonda, porque no creo que tengas un mondadientes o un sujetapapeles resistente por aquí —se rascó el cabello, sopesando sus opciones, y añadió con cierto tono... ¿jocoso?—. Pero sin presiones. Recuerda que siempre quedará tirarme por la ventana.
     
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    —Uh —asintió con la cabeza a su primera respuesta, a pesar de que no la pudiera ver—. Pasadores... boli... —murmuraba, mientras iba sumando con los dedos las posibilidades que habían. En cuanto escuchó lo último, su ceño se frunció.

    >>¿Ti-tirarte?... —Había acabado de caer en cuenta que las ventanas de los baños se ubicaban aún más alto que las del salón, y si Yule había terminado herido con la primera prueba... dejó de inmediato parecerle la mejor opción— ¡N-no digas tonterías! —exclamó, aunque más que enfadada, sonaba preocupada—, i-intentaré encontrar lo que pediste... Ya veremos que pasa si no, pe-pero... —

    No sabía si decirlo o no.

    —Evita lastimarte otra vez, ¿vale? —murmuró—. Ya vuelvo —finalizó con el tono de voz más audible, para marcharse al salón.
     
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    No levantó la mirada del cerrojo, analizando con atención su interior lo mejor que podía mientras escuchaba a Nagi hablar desde el otro lado. No esperaba demasiado, había aprendido por las malas a imaginar siempre el peor escenario posible para evitar desilusiones, pero una parte de sí quería confiar en su nueva compañera de aula. Su naturaleza desconfiada se tambaleaba ligeramente en su presencia y no sabía si era cosa de la castaña, o simplemente el efecto rebote de estar cerca de una chica.

    Sea como fuere, no podía esconder que su repentina preocupación por él y su integridad física le hicieron tragar grueso, tomado por sorpresa.

    —Está bien... Suerte.

    Y volvió a quedarse solo, acompañado por el silencio que invadía la academia en su totalidad. Apoyó las manos a los costados de su cuerpo y dejó caer la cabeza hacia atrás, desganado. Aquel era uno de esos días donde hubiese sido conveniente dejarse apresar por las sábanas.
     
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