Colección Kill our way to heaven [Gakkou Roleplay | Explícito]

Tema en 'Mesa de Fanfics' iniciado por Gigi Blanche, 10 Enero 2021.

Cargando...
  1.  
    Amane

    Amane Equipo administrativo Comentarista destacado bunny shaw!

    Piscis
    Miembro desde:
    10 Julio 2013
    Mensajes:
    17,076
    Pluma de

    Inventory:

    Escritora
    Heyoooo, te debo este comentario desde hace siglos, oh god... pero bueno, voy a aprovechar ahora que ando de vacaciones y en mood de hacer cosillas, a ver si me dura lo suficiente para acabarlo (?)

    Como son solo dos capítulos, creo que voy a simplemente comentarte ambos juntos, and so... empezamos con el de Blee. Oh, my poor Blee... la verdad es que puedo entender los puntos de vista de ambos en esta situación, ¿sabes? Siento que me siento más identificada con Bleke, de hecho, aunque empatizo un montón con Jenkin. Es que criarte en este tipo de entorno no es sencillo, y aunque seas consciente de las cosas jodidas que hacen y pueden llegar a hacer, es normal que el instinto de preservación evite que quieras indagar demasiado en el asunto cuz da miedín JAJAJA y, si no recuerdo mal, Bleke already tried to rebel, but it wasn't so easy, was it? Pero claro que también imagino lo difícil que es vivir sabiendo de lo que es capaz tu familia y ver que nadie reacciona, incluso si una pobre niña como Ophelia está siendo abusada, y ser incapaz de turn a blind eye to that y acabar buscando consuelo en el alcohol o cualquier cosa que pueda hacerte olvidar todo eso.

    Aun así, lo he pasado mal cuando he leído a Jenkin zarandeando a Bleke de esa manera asñnasjna entiendo su desesperación, pero mi pobrecita Blee, I wanna protecc her :( En cualquier caso, tú no me mates al guapo de Jenkin y tú tranquila, que los detectives Thornton encontraran a Ophelia sana y salva :D (sé que contigo eso es wishful thinking, pero yo me deluleo como quiero, ¿vale?). Me ha gustado mucho la narración de este capítulo, btw! No sabría decir exactamente por qué, pero lo sentí todo muy in line con el personaje de Blee, like... yeah, hay algo en cómo has narrado aquí que me hace decir: yep, that's definitely my Blee, y considerando que hace muchísimo que no leo un fic de ella, it was really nice encontrar su voz en este uwu

    Y el siguiente es el de Kou siendo APALEADO AND I HONESTLY DON'T KNOW HOW TO TACKLE THIS???? MY HEART STILL ACHES, YOU KNOW????? A ver, voy a intentar organizarme mentalmente... okay, el capítulo empieza más o menos bien, porque debo admitir que me gustó bastante leer a Akira y Kou junto en el coche uwu sé que Eguchi es un tipejo muy especial y es probable que no estuviera genuinamente preocupado porque le fueran a pegar a Kou, pero yo kinda que los shippeo, so voy a ignorar eso que sé y considerar que he truly was worried, okay? okay :D La verdad, estoy muy triste porque le hayan pegado, I still can't get over it :(( sé que en parte se lo merece por todo lo que ha hecho y demás, sean cuales hayan sido sus intenciones y motivos, pero at the same time, concuerdo con Kakeru en que esta espiral de violencia es un sinsentido para todos. Y SÍ, VALE, IGUAL DIGO ESTO PORQUE ES KOU Y LO QUIERO MUCHO ¿PERO QUÉ QUIERES? ME DUELE EL ALMA. Debo decir, eso sí, que me hace un poco de gracia como incluso estando apaleado el tío suelta respuestas sassy si tiene oportunidad JAJAJ what can I say, I kinda love him a lot for that u//u Y pues toda la situación es muy compleja, sí, y puedo llegar a entender la reacción de Rei o que ellos consideren que hay "lados" o "bandos", pero mi corazón solo quiere que Kou y Kakeru puedan ser amigos en paz, porque sé que Kakeru quiere y siento que lo tendría mucho más fácil si no fuera por la "presión" de tener que considerar a Kou el traidor, el otro bando en el que no debe confiar. And I get him, you know? Creo que alguna vez te lo dije, pero si Ri se enterara de algunas o todas las cosas que Kou ha hecho... estoy casi convencida que haría la vista gorda con la mayoría de ellas e intentaría justificarlo just because she really cares about him now, and my point with that is que creo que Kakeru para por lo mismo y, no sé, creo que es humano intentar hacer paz con estas cosas por alguien a quien de verdad quieres y aprecias. Y por fuera de las coñas de que los shippeo y así, Kakeru es una de las pocas personas que lo quieren de verdad (as we already discussed) y, a pesar de todo, yo de verdad creo que se merece tenerlo como amigo, I DON'T CARE.

    Ay, me hace tanta gracia como tus comentarios para mí son tan "haha this was fun :D" y yo mientras me tengo que delulear para no caer en la mayor depresión del mundo con los tuyos JAJAJAJ but it's okay, I enjoy reading you cuz deep down I've always been a whore for angst y creo que es nice que nos complementemos de esa manera. On that note, la aparición de Kohaku al final del fic me tomó por sorpresa, cuz no me lo había esperado para nada incluso si le vi todo el sentido del mundo cuando lo leí, y Akira hacia el final being all wifey para curar a Kou fue una nota un poco más animada para acabar, cuz me hizo su gracia ngl JAJAJAJ
     
    • Ganador Ganador x 1
  2. Threadmarks: XLVI. The Curse | and the cursed
     
    Gigi Blanche

    Gigi Blanche Equipo administrativo Game Master

    Piscis
    Miembro desde:
    1 Abril 2019
    Mensajes:
    8,712
    Pluma de

    Inventory:

    Escritora
    Título:
    Kill our way to heaven [Gakkou Roleplay | Explícito]
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Drama
    Total de capítulos:
    46
     
    Palabras:
    4289
    N/A: sería una mentira decir que escribir esto es de lo que más me ha movilizado cuando existe el three-shot de Kakeru ahí afuera, pero por razones específicas también lo sentí muy cercano al corazón. No tengo mucho para decir, la verdad. Esto es canon para el jueves 30 de julio in-rol aka Día 85. Como dato de color, conecta temporalmente con este post dentro de la Academia y en cuanto a fics, conectaría con The Curse | within its winter. Esto ocurre aproximadamente dos semanas después de los eventos de ese fic.

    Mil gracias a Gabi por comentar. Los comentarios siempre me ponen super contenta y me alegran un montón, así que aprecio de verdad que te tomes el trabajo de hacerlos, bebi uwu

    Sin más cháchara, adentro fic... No me dio el corazón para ponerlo entre signos de exclamación :(





    Closing eyes recover
    Amber light in wintry bed
    "Can you pull me under the cold, charred sea?"

    Whispered words of summer
    Fallen ode, a bawling bless
    Serenades the water and carries me anew


    .

    .

    .


    The Curse
    and the cursed

    .


    | Bleke Middel |

    .

    .

    .

    El atardecer surcaba el cielo en un profundo tono anaranjado que recordaba al crepitar del fuego. Las dos horas en la biblioteca se diluyeron como arena líquida dentro del reloj; tanto, que la presencia de la encargada a mi lado me sobresaltó ligeramente. La pila de libros se había reducido poco a poco y las anotaciones en mi cuaderno habían aumentado de volumen, pero no lo suficiente. Ni siquiera me sentía cerca de comprender lo que Ophelia intentaba decirme. ¿Quizá buscara lógica en el lugar incorrecto? ¿Lo estaba analizando en exceso? También lo sabía. Existía la posibilidad de que sólo fueran los desvaríos de una niña rota, pero me negaba a creerlo. Fuese compasión o egoísmo, necesitaba aferrarme a la idea de que allí hubiera algo. Algo para mí, algo de ella, algo que comenzara a explicar este inmenso desastre. Un punto de partida.

    Un pedido de auxilio.

    Ya casi no había movimiento en las inmediaciones del Sakura. Me cambié los zapatos en absoluto silencio, el metal hizo eco y los remanentes de calor me abrazaron al cruzar el patio frontal. Allí, como de costumbre, estaba aparcado el coche del señor Kyoshi. La puntualidad de ese hombre era absoluta. El maletín rebotaba suavemente contra mis piernas conforme caminaba y creí sentir la vibración de una, dos, tres notificaciones, por lo que hundí la mano y busqué el móvil conforme me subía al auto. Me extrañó que el hombre no saliera a abrirme la puerta, pero los mensajes absorbieron la totalidad de mi atención.

    Señorita

    La puerta se cerró a mi lado por la inercia de la gravedad.

    He tenido un altercado con el coche, tardaré un poco más en buscarla

    El seguro chasqueó.

    Por favor, espéreme dentro de la escuela

    El tiempo se torció. Alcé la vista lentamente, con prisa, y del espejo retrovisor recibí el reflejo de unos ojos helados. Los párpados caídos, las pestañas gruesas. Los mechones de rubio ceniza alborotados sobre la frente. Había nacido con el disfraz perfecto y mamá probablemente se hubiera aprovechado de ello para estirar la mentira. Estirarla y estirarla, hasta romperla. Parecía un Middel.

    —¿Jenkin? —musité, con el corazón aplastado contra las costillas—. ¿Qué haces?

    Pero no lo era.

    —Jenkin —insistí al no recibir respuesta—, este es el coche del señor Kyoshi. ¿Qué haces con él?

    Fui adquiriendo consciencia de la situación. Los mensajes del chofer, el seguro forzado en las puertas. Pensé en su silueta de hoy a la mañana, oculta debajo de la ropa inmensa y descuidada. Su silencio, la apatía. El anhelo, la displicencia.

    —Blee. —Su voz sonó débil y cansada, y al verlo voltearse mi cuerpo se tensó—. ¿Cómo estás?

    Tenía los ojos vidriosos. ¿Qué… estaba pasando? Analicé su semblante en busca de alguna respuesta, una señal, lo que fuera. Jenkin era volátil e impredecible, y ahora mismo estaba encerrada en un coche con él y el corazón me martilleaba el pecho. No entendía. No comprendía la situación. ¿Esto era… miedo?

    —Jenkin —repetí, más firme que antes, y su semblante se comprimió con angustia.

    —Lo siento, no quería asustarte —murmuró, agachando la mirada—. Sólo quiero… Me gustaría mostrarte algo. Llevarte a un sitio.

    Portaba la misma ropa de hoy. Sin la capucha, noté su cabello grasiento y apelmazado contra su cráneo. ¿Desde cuándo no se aseaba?

    —¿Así, a la fuerza?

    —¿Accederías de otra forma? —Sorbió por la nariz y dejó ir una risa ahogada—. Por favor, Blee. Sé que estuve mal, sé que ya no confías en mí, pero… Por favor, sólo esto.

    Clavó su mirada en mí, suplicante, y recordé el móvil entre mis manos. Podía detenerlo, ¿cierto? Podía llamar al señor Kyoshi e informarle de la situación. Jenkin había oído de mi cambio de planes en el viaje matutino y probablemente le hubiese robado el coche en algún momento de la tarde. Lo había oído. ¿Estaría planeado esto desde entonces? ¿Antes, incluso? ¿Con qué propósito?

    —¿Qué quieres mostrarme? —indagué.

    Titubeó, lanzó los ojos en varias direcciones y se apoyó en el lateral del cabezal de su asiento. Apretó los párpados con fuerza, tomó mucho aire y lo soltó de golpe.

    —Por favor… —insistió, prácticamente en un susurro.

    No le quitaba la vista de encima, pero sin importar lo mucho que me esforzara, las posibilidades que barajara, no era capaz de predecirlo.

    —¿Por qué no me lo quieres decir?

    —No es que no quiera, sólo… No puedo, no puedo. —Regresó a mis ojos, repentinamente ansioso—. Por favor, Blee. Te lo ruego. Sólo esto, te lo prometo. Es lo único que te pediré.

    Deslicé la vista al volante con sutileza. ¿Podía conducir en estas condiciones? ¿Qué… pasaría si me negaba? ¿Se pondría aún más nervioso, quizá, y haría algo imprudente de nuevo? ¿Debía seguirle la corriente? La pregunta apareció en mi mente y fruncí el ceño, presionando el móvil entre mis dedos. No quería pensar así.

    ¿Qué opción era menos peligrosa?

    No quería.

    —Está bien. —Suspiré, intentando liberar mi tensión—. Pero primero cálmate, Jenkin. Respira.

    La trémula sonrisa que danzó en sus labios le arrojó un brillo diferente a su mirada, tan pueril, tan transparente, que sentí mi corazón encogerse dentro de sus costras. Fue un chispazo de alegría, de ilusión, y no entendí cómo podían existir todos estos Jenkin dentro de un mismo cuerpo. El niño mayor que me perseguía por los jardínes, el adolescente iracundo que arruinaba las cenas y me invitaba a salir con él, el universitario engreído y vanidoso que desaparecía de casa. Y ahora, el muchacho débil y pálido que sollozaba por las noches. La decepción de la familia, el niño problemas, el muñeco descosido. El monigote de papel con las piernas cortadas. ¿Esto era lo que les hacíamos? ¿Así los enfermábamos?

    ¿Era mi culpa?

    —Sí, sí —murmuró, sorbiendo por la nariz, y tomó grandes bocanadas de aire conforme asentía—. Sí, tienes razón. Gracias, Blee. Gracias. ¿Quieres venir adelante? Será más fácil conversar.

    Lo miré fijamente y accedí, a lo que él quitó los seguros. Comprendí que estaba confiando en mí y en mis escasas palabras, que su desesperación probablemente no necesitara más que eso. Dejé el maletín en el asiento trasero y, mientras salía del coche, deslicé el móvil dentro del bolsillo de mi falda. Miré alrededor, el atardecer prendido fuego, la soledad de la calle, y rodeé el auto. Una parte de mí quería corresponder esa confianza, compensar todo lo que no había podido hacer por Ophelia. Era mi hermano.

    No puedo ofrecerte una alianza, querida prima.

    Sin embargo, la voz de ella rebotó.

    Eres una Middel, después de todo.

    —El señor Kyoshi me escribió —anuncié, cruzando el cinturón de seguridad sobre mi torso—. ¿Qué se supone que le diga?

    Jenkin se había regulado bastante y me lanzó un vistazo mientras encendía el coche.

    —Una mentira. Kyoshi-san trabaja para papá, no para nosotros.

    —Dijo que vendría a buscarme, que lo espere dentro de la escuela. ¿Adónde se supone que vamos?

    —Lejos. —El auto comenzó a deslizarse por el pavimento—. Dile que te fuiste a lo de una amiga o algo.

    Observé su perfil, aún desconcertada. ¿Por qué tanto secretismo? ¿Lejos? ¿Qué significaba eso? Suspiré, bajando la vista a mi móvil, y mantuve el chat abierto mientras pensaba. Tendría que ser relativamente convincente si planeaba no encender las alarmas de nadie. Papá se encontraba fuera de la ciudad, suponía que eso facilitaba las cosas. Una opción decente habría sido Hubert, a quien el señor Kyoshi ya conocía, pero no creía que le hiciera gracia que pasara la noche en casa de un muchacho.

    Descuida, Kyoshi-san
    Han venido a recoger a Kashya y tenemos un proyecto que acabar para mañana
    Decidí pasar la noche en su casa


    —No puedo creer estar haciendo esto —me lamenté en voz alta, lo que hizo reír a Jenkin.

    —¿Ves que soy una mala influencia? La Blee rebelde regresó~

    No recordaba la última vez que siquiera lo había visto sonreír. El sonido fue gentil a mis oídos, a mi corazón, y exhalé lentamente. Jenkin empezó a rememorar anécdotas del pasado, de aquella época donde había intentado vivir una vida más similar a la del adolescente promedio, y poco a poco fue recuperando el ánimo. Quizá yo, también, debiera relajarme. Entre las bromas y los recuerdos logré sentir esto como nada más que un viaje de hermanos. Los misterios se apilaban, sin embargo, y consideré que era una buena oportunidad para tocar la pared de hielo que nos separaba.

    —¿Qué ha sido de ti este tiempo, Jenkin? —pregunté, en voz baja.

    —No mucho. De mi habitación al doctor y del doctor a mi habitación. —Se encogió de hombros, pero su semblante permanecía tenso—. No es que me hayan tenido ahí encerrado ni nada, me cambiaron una medicación y ahora me da mucho sueño todo el día. Ni hoy ni ayer la tomé, por cierto, así que descuida. Puedo conducir.

    ¿Ni hoy ni ayer? Volví a preguntarme desde cuándo habría planeado esto y asentí por inercia, jugando con las palabras en mi mente, intentando formular mi pregunta de la forma más inofensiva posible.

    —¿Y qué… ocurrió esa noche?

    —No mucho —repitió, una mueca amarga cruzando sus labios—. Nada nuevo, al menos. Ya lo he hecho antes, ¿o no, Blee? ¿Recuerdas mi cumpleaños dieciocho?

    Asentí una vez más. Luego de esa noche había sido, de hecho, que solicité la llave de la biblioteca y el capricho, por algún motivo, me fue concedido. Sólo eran dos años y sentía que había transcurrido una eternidad. Sentía que ya no quedaba rastro en mi cuerpo de aquella niña curiosa. Fue el incidente con Joey, ¿verdad? El infortunio que cayó sobre él, que podía caer sobre Kashya, sobre Hubert. Sobre cualquiera que se acercara lo suficiente.

    —Tenías sangre —apunté, consternada.

    —Sí, es que la lié y acabé en una pelea. Ya ha pasado antes, sólo fue la primera de la que te enteraste. —Se mofó—. Papá suele tapar todo antes de que se haga noticia. Supongo que esta vez se descuidó… o estaría demasiado ocupado.

    Su tono se oscureció y pensé en el tío Declan, su presencia en la mansión aquella noche. La reacción de Jenkin al verlo. Percibía la casa como una inmensa fortaleza de hielo, vacía y silenciosa, pero ¿y si me equivocaba? ¿Si era sólo yo quien se había sumido en un sueño profundo, dentro de una cáscara helada, ajena a la realidad?

    ¡Despierta, Bleke!

    Parpadeé.

    ¡Despierta de una vez!

    Palpitó.

    —¿Qué insinúas? —murmuré, atenta al incipiente nudo en la boca de mi estómago.

    —¿Yo? Nada —respondió al instante—. Qué puede saber el loco de la familia, ¿no?

    Ese título lo había ostentado Ophelia años atrás y la idea me supo extremadamente amarga. Sentía… En cierto modo temía que la historia se repitiera. Jenkin giró en una intersección y noté que no regresaba a Tokio, sino que tomaba una ruta opuesta.

    —¿Saldremos de la ciudad?

    —Así es.

    —¿Qué es todo esto? ¿Adónde estamos yendo? —insistí, y al notar su renuencia agregué—: Ya acepté, ya estoy aquí. ¿No puedes decirme eso, al menos?

    —Kioto —escupió de repente, tenso, y me lanzó un vistazo.

    Me quedé congelada, mirándolo fijamente. No era él, sino los recuerdos que se decantaron con fiereza. La casa tradicional, el sabor del té, los reflejos violáceos en el plumaje del cuervo. La ciudad natal de Ophelia.

    —La conocías —hilé—, la conocías más de lo que aparentaban. Es sobre ella, ¿cierto? Es sobre Ophelia. ¿Sabes qué le pasó? ¿Sabes dónde está?

    No fui consciente del apremio en mi voz hasta que Jenkin giró el rostro para verme. Parpadeé, regresando a mi espacio, y agaché la mirada. No recordaba haber visto a mi prima y mi hermano intercambiar más que los saludos protocolares de San Nicolás y los demás eventos familiares. Lo intenté, intenté escarbar, dar con algún fragmento perdido.

    —Si lo supiera, ¿crees que habría ocurrido la escenita de hace dos semanas? —replicó, en voz baja, y meneó la cabeza—. No, no lo sé, pero tú… Creo que tú puedes ayudarla, Blee.

    —¿Por qué yo?

    —Porque confía en ti.

    Solté una risa por la nariz, sarcástica. Me fue inevitable. Ophelia me había rechazado abiertamente cuando intenté aliarme con ella, ¿y ahora confiaba en mí? ¿Por qué? O, más bien, ¿por qué Jenkin sonaba tan seguro? Hilé, hilé e hilé ideas.

    —¿Tú dejaste la carta en mi habitación?

    Él sonrió.

    —Ding, ding, ding~ Vaya que te tardaste, eh.

    —¿Por qué esa carta? Es incomprensible —me quejé—. La he leído tantas veces que no puedo quitármela de la cabeza, y aún así sigo sin entenderla.

    —No lo sé, Blee, ni siquiera conozco su contenido. Sólo me pidió que te la diera.

    —¿Fue antes de…?

    No pude completar la frase y Jenkin, rígido, asintió.

    —Creo que, sea lo que le haya ocurrido, lo temía o lo sospechaba. Creo que esa carta puede ser su forma de… de pedir ayuda, quizá. O de guiarte hacia ella.

    —¿Cómo estaba? ¿Cómo la viste? ¿No notaste nada raro?

    —Uno siempre espera que la realidad sea evidente, ¿cierto? —reflexionó, frenando mi ansiedad, y la sonrisa que curvó sus labios fue… triste—. Que los eventos se anuncien y que una rápida introspección baste para atar los hilos. La realidad es, de hecho, mucho más caótica de lo que nuestra familia jamás entenderá. Puede haber alguien desgarrándose los pulmones frente a nuestras narices y nosotros no verlo. ¿O debería decir ustedes?

    Soltó una risa amarga y el tiempo se torció. Alcé la vista lentamente, con prisa, y Jenkin giró los ojos helados hacia mí. La piel de mármol, los labios delgados. Los mechones de rubio ceniza alborotados sobre la frente. Había nacido con el disfraz perfecto y mamá probablemente se hubiera aprovechado de ello para estirar la mentira. Estirarla y estirarla, hasta romperla. Parecía un Middel, pero no lo era.

    —¿Blee?

    Y yo lo sabía.

    —Bleke…

    No pude reaccionar y lo vi en sus ojos, el momento exacto donde se dio cuenta. Debería haber fingido, mantenido la compostura; mentir, si hacía falta, como llevaba haciéndolo todos estos años. Pero la cáscara helada seguía agrietándose y los pedazos caían, y por los huecos vislumbraba un mundo oscuro y aterrador. Me inmovilizaba. Me quitaba el aire.

    —Jenkin, yo…

    —¿Lo sabías? —El dolor y el desconcierto en su voz eran profundos—. Bleke, ¿tú lo sabías?

    No podía, no podía formular palabra y el estallido fue abrupto y repentino. Jenkin golpeó el volante, sobresaltándome.

    —¡Bleke, ¿tú lo sabías?!

    En sus ojos detecté la misma lejanía de la otra noche y el corazón se me estrujó contra las costillas. Miré el velocímetro, la ruta frente a nosotros, sin atreverme a mover un dedo.

    —Lo siento, Jenkin, no quería…

    —Lo sabías —sollozó, deslizando ambas manos por el volante, hacia arriba y hacia abajo—. Tú lo sabías, Dios… Lo sabías…

    No quería ni respirar. Pensé en el móvil de mi bolsillo, pero ¿qué podía hacer? Agarrarlo sólo lo pondría más nervioso. Barajé y barajé posibilidades y otra vez se cruzó Ophelia en mi mente. Miedo. ¿Esto era? Tenía que serlo.

    No me gustaba.

    —Jenkin…

    Quería irme de aquí.

    —¿Desde cuándo? —preguntó entre las lágrimas—. ¿Desde cuándo lo sabías?

    ¿Qué debía hacer? ¿Qué empeoraría la situación? Pero ¿si mentía y se daba cuenta? Entonces, ¿qué?

    —Cuando mamá se fue… —inicié en un murmullo, precavida, y vi cómo todo su semblante se contraía—, los escuché hablando.

    Su llanto recrudeció, empezó a soltar sonidos extraños y guturales de puro dolor, y a rebotar el cuello contra el cabezal. Sus manos no se detenían, lucía cada vez más inquieto y no tenía idea cómo tranquilizarlo. Estaba aterrada.

    —Jenkin, ¿te… te parece si frenamos en la banquina?

    —¿Por qué? —replicó automáticamente, su voz se elevó—. ¿Porque no puedo sentir nada? ¿Porque con los Middel nunca nadie puede sentir una puta emoción? ¡Siempre soy el problema, ¿no?! ¡El descompuesto! ¡El insufrible! ¡El ingrato!

    —Jenkin, por favor, cálmate.

    —¡Lo sabías! ¡Sabías que no pertenezco a esta familia maldita y me ignoraste! ¡Me ignoraste toda tu puta vida!

    El velocímetro subía.

    —¡No sabía qué hacer! —exclamé, ya no pensaba con claridad—. Mamá se fue, nos abandonó, nunca nadie me dijo nada ¡y no sabía qué hacer! ¡Era una niña!

    —¡Me destruyeron! —rugió—. ¡Me destruyeron! ¡Todos ustedes!

    Un grito aterrador le desgarró los pulmones, el grito que los Middel jamás habían oído, y empezó a golpear el volante con una violencia desmedida. El auto se bamboleó.

    —¡Jenkin, ya basta! —chillé, desesperada—. ¡Por favor, frena!

    —¡Y pensar que Ophelia confió en ti! —escupió en mi cara, la saliva me pegó en la piel—. ¡Yo confié en ti! ¡Eres igual al resto, eres la misma basura!

    —¡Ya frena!

    Estaba encogida en mí misma, pegada al asiento y llorando como una niña pequeña. No tenía idea cómo salir de aquí, cómo revertir la situación. El coche se movía a una velocidad espantosa y las luces blancas, enceguecedoras, fueron lo último que vi con claridad. El tiempo se torció. El chillido de las ruedas, el estallido de los vidrios y un único pensamiento: que tenía razón.

    ¿Puedes verla?

    Los habíamos destruido.

    La maldición.

    Y ellos a nosotros.

    .

    .

    .

    El sol se descomponía en haces de luz a través del techo esmerilado. Me gustaba acariciar las hojas de los helechos, las alocasias también, y verlos deslizarse sobre mis dedos. Era lo más cercano que conocía a la magia. El aire allí dentro se respiraba denso y ligeramente dulzón, también terroso. Había silencio, una quietud dorada, cálida y tan diferente a las paredes de la mansión. Mamá tarareaba una melodía, agachada frente a la rastrera rebosante de fresas.

    —¿Creo recordar que venías a ayudarme, Blee?

    Fue un regaño dulce y correteé, acuclillándome a su lado. La canasta se colmaba lentamente de frutos tiernos y rojizos, tan apetecibles que no me contuve de tomar un puñado. Mamá no me detuvo.

    —Hay un montón este año —observé, en mi tono de voz infantil y despreocupado.

    —Así es, ¿te conté que cambié un fertilizante? Hizo maravillas. —Mamá me observó y regresó a su labor—. Cuidado con el vestido.

    Asentí y alejé las manos de la falda. Transcurrido un tiempo, mis piernas se cansaron y me senté en el suelo, alzando la cabeza. El cielo era de un profundo turquesa a través del vidrio que rodeaba al invernadero. Luego estaba el verde, y entonces las pintas multicolor salpicadas por doquier.

    —Sigues sin ayudarme… —recordó mamá, pero no le hice caso.

    —Me gustan los colores de aquí. Es muy diferente a la casa.

    Mamá pasaba la mayor parte de su tiempo acá, en el invernadero, o afuera, entre los canteros. La oí soltar una risa suave y se tomó un descanso, imitando mi posición.

    —Son los colores de la naturaleza —respondió, eligiendo una fresa de la cesta—. Los colores del mundo real.

    —Hay tantas flores… ¿Podría poner algunas en mi cuarto, ma?

    —Podrías, pero entonces esas flores morirían. ¿Quieres que eso ocurra, Blee?

    Sacudí la cabeza con vehemencia.

    —¿Por eso entonces no hay flores en casa?

    Mamá dudó, acomodándome ciertos mechones de cabello corto que se habían alborotado.

    —Se podría decir.

    Era una mentira, ¿cierto?

    —¡Con razón! —exclamé, aliviada, y tomé otra fresa—. Entonces está bien. Si la casa fuese como aquí, significaría que están muriendo plantas. No quiero que nada muera.

    Mamá sonrió.

    —Es un deseo muy gentil, Blee. —Me acarició el pelo y depositó un beso sobre mi flequillo—. ¿Me harías una promesa, pequeña?

    Asentí, mis ojillos clavados en ella con una atención absoluta.

    Lo siento, mamá.

    —Prométeme que nunca cortarás estas flores. Que nunca las matarás para ponerlas dentro de la casa.

    Olvidé nuestra promesa.

    Asentí, sin cuestionar sus motivos ni un instante, y solté una risa al verla frotarse los brazos bajo el abrigo azul.

    Olvidé demasiadas cosas.

    —Es verano, ma. No me digas que tienes frío.

    Maté las magnolias.

    —Tu mamá se ha puesto muy friolenta con los años, Blee, no puede evitarlo.

    Maté tantas cosas.

    —¡Bu! ¡Débil!

    ¿Podrán perdonarme?

    Desperté lentamente. Un techo blanco, desconocido, las luces de las máquinas entre las penumbras. El pitido intermitente. Un pequeño velador emitía un resplandor sepia a mi costado y del mismo lado, dormido en una silla, reconocí a uno de mis primos. ¿Qué… hacía él en Tokio? Espera, ¿estábamos en Tokio? No era mi casa. Sin embargo, justo recién… El invernadero, sí. Mamá. Las fresas, su abrigo azul. ¿Era… un recuerdo? Había sido un sueño. Cerré los ojos, las sirenas reptaron desde la lejanía y un dolor sordo me palpitó en el cuerpo. Un susurro consternado.

    Esto es inaudito. Y un treinta de julio… Un treinta de julio, Vandor, ¿te das cuenta?

    Era la tía Diantha.

    ¿Cómo puede estar pasando esto? ¿Nada de lo que hemos hecho ha dado resultado?

    Enfoqué la vista en la puerta, a través de la cual creí reconocer dos siluetas difusas, opacas, como monigotes de papel.

    ¿Y si Bleke no despierta? ¿Y si ocurre lo mismo de nuevo?

    Ya oíste a los médicos, Diantha. Bleke está estable, no hay nada de lo que preocuparse.

    ¿Nada? ¿Nada, dices? ¿Cuando ese… ese chico casi mata a tu hija?

    Diantha…

    A Mari le pasó lo mismo, a Mari… ¡Te dije que debías sacarlo de tu casa! ¡Te lo dije, Vandor, y no me escuchaste!

    Diantha, cálmate.

    Ay, pobrecilla Bleke…

    —¿Bleke?

    Mi primo. Se incorporó, parpadeando con fuerza, adormilado, y llegó a mi lado. Una sonrisa de alivio surcó sus labios y se apresuró hacia la puerta. Pronto hubieron tres personas en la habitación. Pasé saliva con esfuerzo e intenté procesar lo que iba ocurriendo, pero me sentía densa y confundida. La tía Diantha fue la primera en abordarme, acunó mi mejilla con una mano y sus ojos se llenaron de lágrimas. En medio de la bruma mental sólo tuve una cosa en claro.

    —Oh, pequeña…

    Ella jamás me había tratado así.

    Papá la tomó del brazo y la instó a retroceder, ocupando su lugar. Me observó desde toda su estatura, regio, solemne, y exhaló por la nariz.

    —Llamen al médico —demandó.

    Mi primo y la tía salieron del cuarto. Papá miró alrededor y finalmente tomó asiento al borde del colchón.

    —¿Cómo te sientes?

    —Jenkin —murmuré con un hilo de voz, recordando de repente—. Jenkin…

    —Él está bien, no te preocupes.

    —Papá… —Su rostro se difuminó y parpadeé, rompiendo el cristal de lágrimas—. ¿Cuándo…? ¿Qué…?

    —Ayer, sí. Tú y Jenkin tuvieron un accidente de coche, pero ya está todo bien.

    —Jenkin…

    —Jamás volverá a ocurrir algo como esto, te lo prometo.

    No lograba quitarme la sensación del pecho. Indefinida y precisa, amplia y concreta.

    —Jenkin, papá… —gimoteé, llorando.

    —¿Te duele algo, hija?

    Ophelia había desaparecido.

    Y, ahora, Jenkin también.




    técnicamente tendría que haber largado esto dentro de dos semanas, pero lo escribí bastante más rápido de lo que creía y tu vieja tiene tanta paciencia. Pobre Bleke, no dejo de cagarla a palos (literal y metafóricamente), pero conforme armaba lo que tengo planeado de su trama me di cuenta que Ophelia no bastaba para impulsarla, que necesitaba una pérdida más directa y más cercana, más dolorosa, para que empiece a intentar salir de su cascarón. Soy muy mala madre, but thats nothing new

    Escribir esto me gustó mucho y me estrujó el corazón, pues es una Bleke a la cual no estoy acostumbrada. Es todo muy dramático, pero también me alivia verla siendo capaz de sentir emociones de verdad. También me entusiasma ir avanzando en los pollos familiares de antaño de los Middel porque me gusta mucho esa storyline :D
     
Cargando...
Cargando...

Comparte esta página

  1. This site uses cookies to help personalise content, tailor your experience and to keep you logged in if you register.
    By continuing to use this site, you are consenting to our use of cookies.
    Descartar aviso