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Tema en 'Planta baja' iniciado por Gigi Blanche, 19 Octubre 2024.

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    Amane

    Amane Equipo administrativo Comentarista destacado nineteen k. gakkouer

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    ¿Cómo demonios había acabado yo metida en aquella situación...? El día anterior me había cruzado con Kenneth a la salida de la academia, de casualidad, y nos pusimos a hablar por el camino. Sin darme mucha cuenta, acabé acompañándolo hasta su casa, y dado que ya nos habíamos dado el paseo juntos, decidí llevarlo a un pub bastante bueno que conocía por la zona. No había que ser ningún genio para conocer mis intenciones, por lo que ni siquiera hicieron falta más de un par de copas para acabar volviendo juntos a su casa; a decir verdad, no dudaba que ese también hubiera sido el plan original del muchacho.

    Como los dos íbamos al Sakura, pensé que no habría mucho problema si me quedaba a dormir en su casa. Claro que se me había olvidado que el chico tenía una hermana menor y, por supuesto, tampoco había anticipado tener que recoger a Emily por el camino. No era que tuviera alguna clase de pudor por lo que habíamos hecho la noche anterior, pero tampoco iba por la vida intentando destruir inocencias ajenas a propósito, y'know? Por otro lado, Emily salió de su casa junto a un muchacho mayor que se veía bien mono y cuya vista me alegró por completo la mañana, así que ni siquiera me importó demasiado llegar a la escuela en aquella estampa tan... ¿familiar?

    —Yo me quedo aquí, pretty boy —le dije a Kenneth una vez nos acercamos lo suficiente a la entrada principal, empezando a sacar un cigarro en el proceso.

    —Yo también, entonces~

    Alcé una ceja inquisitiva, justo antes de ver como las chicas se giraban para despedirse de nosotros, y moví la mano para corresponderles, siguiendo después con la mirada el camino que el chico hizo hasta colocarse a mi lado.

    —¿Fumas?

    —No, pero está feo dejar sola a una señorita. Sobre todo tras haber pasado la noche juntos, ¿no crees?

    Dunno. I can handle it.

    But you don't have to.

    Such a gentleman~ —me burlé apenas, sin poder evitarlo.

    Él, de todos modos, no pareció ofenderse por ello.

    Why, yes I am!

    Llevaba tiempo queriendo hacer que canónicamente estos dos se liasen, pero entre una cosa y otra, siempre lo acababa postergando JAJAJA pero al fin he podido hacerlo, so una cosa menos en mi bucket list (?)
     
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    Zireael

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    Aunque había llegado tarde a casa anoche y debía estar cansado papá había insistido en llevarme a la escuela esa mañana sin importar qué tanto le dije que no era necesario. Después del incidente Shimizu tenía la cantidad exacta de cero ganas de que se apareciera en la escuela si no era necesario, pero si algo compartíamos era la cabezonería y no hubo forma de convencerlo. Lo esperé a que se llenara el termo de café y en los intermedios lo vi llenarme el bento con la comida que debía haber preparado también para su almuerzo.

    El camino lo hicimos en relativo silencio, aunque le fui contando de la guitarra prestada y demás. Su sonrisa fue suave, tanto como su voz al decirme que se alegraba de que estuviera retomando algo que me gustaba sobre todo porque no sabía si volvería a tocar desde que nos mudamos. Creí notar que quería decirme algo más, pero al final se lo reservó y le subió el volumen al radio cuando empezó a sonar una canción que sabía que me gustaba.

    Un par de metros antes de la entrada de la academia estacionó el auto y yo tomé mi maletín del suelo y lo siguiente pasó casi al mismo tiempo. Al alzar la vista para abrir la puerta noté al rubio fumando unos pasos más allá y el corazón me cayó al piso al escuchar que papá apagaba el coche. Prácticamente me salí a tropezones, pero él ya estaba saliendo y muy disimuladamente, se posicionó cerca de Shimizu para encender un cigarro también. Fumaba poco, pero lo había y ahora sabía que era una excusa.

    —Es temprano para que un muchacho de instituto esté fumando, ¿no crees? —le dijo mientras yo cerraba la puerta.

    —Es incluso más temprano para verle la cara, Sargento —apañó el otro, no sonó grosero en tono, pero el comentario por supuesto que lo fue. No tenía ganas de dar vueltas en nada—. ¿Qué hace en mi escuela? Me dijeron que pasó a buscarme a la casa de una amiga.

    —Es cierto, ¿algún problema con ello? —tanteó y ninguno de los dos me miró, pero yo sentí que la cabeza me daba vueltas.

    —Ni idea, ¿a usted le parece que haya un problema?

    Papá se encogió de hombros antes de dar una calada profunda al tabaco.

    —Tu muchacho estaba aterrorizado y la chica también, a su manera —señaló como quien no quiere la cosa y yo tuve que disimular que sabía lo que había pasado. Que las gemelas me lo habían contado y que uno de los involucrados era amigo mío. Ni siquiera sabía... no tenía idea de que papá había leído la carta sobre mi escritorio hace días, mientras yo dormía, y lentamente unía puntos—, pero hay que reconocerles una cosa... Tomarían una bala por ti.

    —¿Le digo qué estaría de puta madre? Que no hubiese una bala que tomar. —Shimizu aplastó la colilla contra la suela de su zapato y levantó la mirada agotada hacia mi padre—. ¿Qué necesita de mí, Sargento? Ya nos ayudó con la ceremonia del imbécil de mi padre.

    —Que dejes de tenerme miedo, muchacho. —Sus palabras hicieron que Arata frunciera el ceño—. Y que confíes en mí.

    —Deje a Ryouta morirse sin más —pidió el rubio y comenzó a caminar hacia la entrada de la academia—. Déjelo así, es mejor para todos. Si escarba demasiado en la tierra floja, la avalancha me llevará consigo y ya lo sabe, ¿verdad? Si quiere ayudarnos... ayudarme, no siga aflojando la tierra. Una familia entera depende de mí.

    Le estaba pidiendo que lo dejará impune, pues sabía que algo saldría a la luz.

    Mi padre no dijo nada más, volvió a fumar y cuando Arata siguió andando al pasar frente a mí, me miró y la furia palpitó en el marrón de sus ojos. No estaba dirigida a mí como tal, pero me encogí sobre mí misma y una vez estuvo lo suficientemente lejos, miré a papá, molesta e incómoda. Era la primera vez que hacía algo como esto y lo hacía frente a mí.

    —No acoses a mis compañeros de curso —recriminé, brusca—. ¿Sabes que soy yo la que tengo que quedarme aquí con ellos?

    —Mi vida —dijo en un tono completamente distinto al que había usado con Shimizu y luego usó el apodo de la abuela—. Illie, ¿crees que dejaría que algo te pase?

    No era una cuestión de si lo creía o no.


    película un 31 de diciembre, lets go

    Nathan porque en su momento no puse imagen (no tenía jsjsj)
     
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    Bruno TDF

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    El viaje fue lento. Hasta un poco cauteloso, ¿tal vez? Pero alcanzamos la acera de la academia sin complicaciones. Hubo algo de demora con las maniobras de estacionamiento, pero la acción se logró limpiamente y, con eso, finalmente me bajé desde el asiento trasero del vehículo. La calidez del día se derramó sobre la piel de mi rostro y mis brazos, se sintió agradable, ¿tal vez? Pronto fui consciente de la presencia del resto de estudiantes que arribaban al Sakura y, como siempre sucedía, en mi cuerpo se pudo vislumbrar otro arranque de nervios. La ansiedad no me asaltaba con la violencia de antes, ¿tal vez?, a-así que esperaba que mis hermanos pudieran notar esto. No quería seguir preocupándolos.

    Me volteé con la intención de despedirlos y agradecerles por haberme traído hasta aquí, pero… No pude atajar la confusión que cruzó mi semblante, apenas reparé en que Daniel también se había bajado; en ese momento, cerraba la puerta que daba al asiento del conductor. A mi hermano pareció divertirle mi reacción, o eso sugirió la sutil sonrisa que decoró sus labios cuando se puso a mi lado, de cara a la entrada de la academia. Era más alto que yo, su estatura se asemejaba a la de Ilana, ¿tal vez? Pero quitando este aspecto, saltaba a la vista nuestro parentesco. Al igual que yo, Dani poseía unas facciones suaves; pero no tan aniñadas como las mías, y mucho menos rectas o afiladas como los rasgos de Walter. Bajo el brillo del día, el intenso celeste de sus ojos, al igual que el de mi ojo izquierdo; parecía resplandecer entre los mechones de su cabello castaño.

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    —Llegamos vivos —me dijo con un suave suspiro—. Eso es todo un triunfo, ¿no te parece?

    —¿P-p-pero qué estás diciendo, Dani? —exclamé con cierto nerviosismo, escandalizada por su broma; sacudí la cabeza— Manejaste bien todo el camino, y está bien ser prudente al principio… Yo… Yo creo que mejorarás aún más con la práctica. Ya eres confiable, tu nueva licencia de conducir lo demuestra, ¿tal vez?

    Su sonrisa se estiró ligeramente, adquiriendo un tono más próximo a la gratitud.

    —Siempre soy confiable. En esto y mucho más —me retrucó por el simple gusto de bromear; estuve a punto aclararle que tenía muy en claro eso, pero Dani me tocó una mejilla con el índice para distraerme— Así que ya sabes, pequeña Bea. Además de mamá y Wal, ahora podrás contar conmigo si necesitas un chofer estrella.

    Dani era así. Un chico muy tranquilo en sus ademanes y en el tono con el que hablaba a los demás. Y sin embargo, podía llegar a soltar ocurrencias a tropel, sin llegar a verse inmaduro por ello. Era un caso bastante particular, pero esto le permitía ganarse el cariño de las personas con admirable facilidad. Y yo, como su hermana menor, lo adoraba con toda mi alma, tanto como a Walter. Por eso lo dejaba ser, sin rechistar. Me limité a asentir sin emitir palabra, aunque también le dirigí una sonrisa muy suave que me entrecerró los ojos, y completé mi silenciosa respuesta con un asentimiento.

    En ese momento, desde nuestras espaldas nos alcanzó el largo sonido de una ventanilla bajando. Cuando nos giramos, nos encontramos con los ojos de Walter, que nos miraba desde el lugar del acompañante. Su celeste brilló con la misma intensidad que los nuestros. Su cabello era de un azul oscuro y su rostro, de una apariencia más adulta y madura, de rasgos rectos.

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    —Venga, Dani, tenemos que ir marchando —dijo.

    —Ya, ya —replicó él, bastante relajado, y pronto juntó las manos frente a su pecho como en una plegaria— ¿Me dejas un par de minutos, al menos? Siempre quise ver con mis propios ojos la flamante academia de nuestra hermanita.

    Walter suspiró. Siempre le surgían ocupaciones por estos días de la semana, de modo que sus prisas me resultaban comprensibles. Pese a su seriedad y la severidad que a veces reinaba en su personalidad, nuestro hermano mayor tenía un corazón muy grande. No quería dejar a Dani plantado, y tampoco negarle su capricho. Intercambié una mirada entre ambos, sin saber cómo intervenir.

    —Cinco minutos —dijo, enseñando todos los dedos de una mano—. Si te pasas, ya sabes —con la misma mano, hizo un gesto que imitaba a una persona caminando— Te vuelves a pie.

    —Siete minutos, lo tengo —se sonrió Dani, pero le bastó una mirada Walter para atajarse— Vale, vale. Cinco minutos. Ni uno más, ni uno menos.

    Walter asintió, aprobatorio. Estaba por regresar al coche, pues en la breve conversación había asomado la cabeza y parte un brazo al exterior. Sin embargo, nuestro hermano mayor pareció distraerse con un cuadro que se desarrollaba no muy lejos de nosotros, y tanto Dani como yo seguimos la dirección de su mirada.

    Lo primero que noté fue al chico rubio, en cuya piel se apreciaban tatuajes; que pasaba justo enfrente de Ilana. Me preocupó profundamente la reacción de la chica, quien pareció encogerse sobre sí misma al recibir la mirada de éste. B-bueno, c-creo que a cualquiera le habría pasado, ¿tal vez? A-aquel chico… Lo miré mientras se retiraba puertas adentro. Todo en él era terriblemente intimidante, desde su apariencia hasta su caminar, ¿tal vez? A mí… quizá me daría miedo tenerlo de frente, pero… P-pero… Me sentí disgustada. No acababa de entender nada de lo que vi, pero me desagradó que molestara a Ilana. Regresé la mirada hacia a ella.

    Mi angustia debió de notarse, porque Dani me apoyó la mano en el hombro, arrancándome de mi propia cabeza.

    —¿Bea?

    —¡¿S-s-sí?!

    Me miró sin decir nada. Al mismo tiempo, podía sentir los ojos de Walter. La sonrisa de Dani se había difuminado un poco, pero en cuanto notó que volvía a buscar a Ilana con la mirada, ésta volvió a ampliarse. Hubo interés en su celeste.

    —¿Los conoces? —preguntó, señalándoles con un gesto de cabeza; en ese momento, noté también al hombre altísimo que la acompañaba.

    —Ella… se llama Ilana… —respondí, repentinamente tímida.

    —Oooh… Ya, ya. La famosa Ilana —hizo una pausa, meditativo, mientras los observaba— Hey, Bea, ¿y qué tal si nos presentas?

    Lo miré sorprendida. Walter bufó, resignado, y regresó al interior del vehículo para desentenderse.

    —¿Eh? —musité, y el rubor pronto invadió mis mejillas— P-pero, p-pero… Está con alguien más… Y, ¿y si los molestamos?

    —No sé yo, pero me apuesto a que le va a alegrar mucho verte, ¿no te parece?

    La réplica de Dani fue ciertamente astuta, ¿tal vez? Ni a él ni a Walter se les había pasado por alto la escena de Ilana viéndose intimidada por el otro chico, y era obvio que, al igual que yo, deseaban brindarle apoyo de alguna forma. Los hermanos Luna éramos así de bondadosos, porque nos había criado una mujer rebosante de amor.

    Y… B-bueno, yo misma le había contado a Dani que Ilana siempre parecía emocionarse cuando me veía.

    —¿S-supongo que sí?

    —“Supongo” no, pequeña Bea. Dalo por hecho —se frotó las manos— No se diga más, entonces, ¿me vas a conceder el honor de conocer a tu amiga?

    Asentí, cohibida. Con la mirada algo baja, seguía a mi hermano hasta donde se encontraban Ilana y aquel hombre sobre el que quedaba más claro que se trataba de su padre, conforme la distancia recortada me permitía notar mejor sus rasgos. Dani se detuvo sin decir una palabra, limitándose a mirarlos con una sonrisa suave.

    Con las manos en el asa de mi maletín, me adelanté unos pasos. Elevé el rostro hacia Ilana. Encontrarme con el rosa de sus ojos me tranquilizó un poco, puesta la idea de presentar a mi hermano me ponía muy nerviosa.

    —Buen día, Ilana-senpai —la saludé, dedicándole una sonrisa que me salió tierna sin querer.

    Sin embargo, mi gesto no tardó en retroceder en cuanto me giré hacia el hombre… El cual era altísimo. Más incluso que Altan, el amigo de Jez. E-e-esperaba no verme intimidada por su tamaño, por lo que me limité a ser de lo más educada. Realicé una respetuosa reverencia.

    —M-m-m… M-Mucho gusto, señor —dije torpemente— M-me llamo Beatriz Luna… S-soy amiga de Ilana…
     
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    Zireael

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    No se me ocurrió que fuésemos protagonistas de un espectáculo en la entrada principal, congelada como estaba en Shimizu y mi padre, pero pues claro que este era un espacio público a los ojos de todo el mundo. A pesar de eso, luego de que papá me habló me forcé a relajar el cuerpo y corté distancia hacia él, quedando más cerca, y lo vi apagar el cigarro aunque le quedaba más de la mitad. No era fanático de volverme fumadora pasiva.

    —Lo lamento, Illie. ¿De acuerdo?

    Bufé de forma audible.

    Fine.

    Él en lugar de molestarse soltó una risa floja, como si estuviese acostumbrado a mi mal carácter intermitente, pero no dijo nada más por temor a molestarme. El asunto fue que debió notar mi reacción a Arata, porque eligió quedarse unos minutos, como si esperara a que me tranquilizara aunque sinceramente hubiese preferido regularme en soledad. Aún así le agradecía la intención.

    Cuando quise acordar dos siluetas se habían aparecido y al mirarlos, noté a Bea junto a un muchacho algo más alto, como de mi altura, y facciones suaves. Sus ojos eran terriblemente celestes y la suavidad de su sonrisa me recordó a un par de personas. De cualquier forma, saltaba a la vista que se trataba de uno de sus hermanos mayores que quizás la había acompañado a la escuela y eso me obligó a mapear el espacio, que fue cuando noté el otro coche aparcado.

    Mi padre, con sus rasgos severos de policía promedio, los suavizó a conciencia y relajó un poco la espalda, quizás para no lucir toda su estatura que sabía era intimidante, sobre todo para alguien como Bea. Agradecí en silencio y volteé hacia los Luna con una sonrisa, claramente entusiasmada y habiendo olvidado el embrollo con Shimizu.

    —¡Buen día, Moony! —contesté de inmediato y estiré un brazo para alcanzar el de papá, arrastrándolo un poco en nuestra dirección—. Este es mi padre, se llama Nathan.

    —Ah, tu madre me la mencionó. Es un gusto, Beatriz —dijo con tono sereno, haciendo una reverencia ligera—. ¿Se puede saber quién es este muchacho que te acompaña?

    Cuando terminó la pregunta deslicé la vista hacia el joven y casi al mismo tiempo se oyó un estruendo. El ruido me hizo voltear la mirada, de manera que di con la mata de cabello ensangrentado recogiendo el móvil del suelo a velocidad y de la misma forma lo vi salir disparado hacia el interior de la academia. La prisa era tal que resultó casi patética y habría jurado notarle la vergüenza en el perfil del rostro, pero puede que fuesen imaginaciones mías.
     
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    Bruno TDF

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    N-no estaba ruborizada, ¿v-verdad? M-mi presentación hacia el señor me había dejado avergonzada por culpa del atropello de mi voz. Había intentado con todas mis fuerzas mostrar una pizca de compostura frente a su elevada estatura y su semblante adusto, ¿tal vez? P-parecía ser un hombre bien compuesto, pero sobre todo muy serio. A-así que esperaba que la educación con la que hablé compensara, al menos, mi falta de fluidez en el habla, ¿tal vez? P-por si acaso, mantuve la reverencia un segundo adicional, para que así retrocediera el posible sonrojo que, en realidad, no había alcanzado mis mejillas. Por suerte.

    Al erguirme, pude notar la sonrisa con la que Ilana nos recibió. Tan resplandeciente y, sin embargo, a la que jamás me acostumbraría, ¿tal vez? L-lo que quiero decir es que… Siempre me envolvía el cálido brillo de su gesto, como si fuese la primera vez que lo presenciaba cada vez. Y en esta ocasión me hizo un poco feliz verla así, considerando el episodio que había presenciado hace unos momentos con el chico tatuado; al punto tal, que le devolví una suave sonrisa que me salió con completa naturalidad, algo poco habitual en mí. Dani, a mi lado, también le regresó el gesto a mi senpai, con las manos en los bolsillos. Me sentí sumamente agradecida por el empujón que me dio para acercarme a saludarla, pues por mi cuenta no me habría animado, por la presencia del señor a su lado, a quien presento como Nathan. Su padre, tal como había imaginado.

    Al saber el nombre del señor Rockefeller, volví a dedicar una reverencia, la cual fue más ligera; pero con la que remarcaba el placer de conocerlo en persona. Pero… luego, el señor dio a entender que sabía quién era yo por una conversación familiar, lo cual me hizo agachar la cabeza con algo de pena, poniéndome tan tímida como al principio. Pese a todo, asentí en silencio al escucharle decir que era un gusto conocerme, murmurando un “Gracias” que no sabía si correspondía al caso. Fue entonces cuando preguntó por mi hermano, lo que hizo que tanto Ilana como yo deslizáramos la mirada hacia Dani, a la espera de que respondiera, ¿tal vez?

    Mi hermano mantuvo su sonrisa suave, pero yo sabía bien que iba a disfrutar de ser el centro de nuestra atención. No por arrogancia, sino por el puro placer de ofrecer una conversación entretenida; mi hermano, incluso con su actitud pacífica y tranquilidad, hacía gala de cierto carisma, ¿tal vez? Pero no hubo ocasión para contestar, pues hubo un estruendo casi instantáneo que me hizo respingar del susto. Tanto mi hermano como yo nos giramos de forma inmediata, los que nos permitió presenciar el cuadro de Cayden recogiendo su móvil del suelo para, acto seguido, desaparecer con presteza en dirección a la academia. Como si huyera.

    Daniel se giró hacia mí, con la sonrisa confundida y la mirada intrigante. Alzó una ceja, en una clara señal de que se moría de ganas de preguntarme quién era la persona a la que habíamos visto escapar… P-pero como estábamos en medio de una presentación, quizá sería algo para responder en casa, ¿tal vez?
    En todo caso, mi hermano no habló cuando volvimos a centrarnos en nuestra conversación, lo que me dio a entender que me estaba alentando a tomar el poder de la palabra. Me dirigió una sonrisa cariñosa, dotada de un amor fraternal que me otorgó la paz y valentía necesarias para, esta vez sí, mirar al señor Rockefeller a los ojos.

    —Es mi hermano, s-señor… —respondí, lamentando internamente el tartamudeo; se me ocurrió imitar a Ilana, de modo que tomé del brazo al susodicho… aunque sin arrastrarlo— Les presento a Daniel Luna. A… A su hija le mencioné su nombre en una ocasión…

    —¿De verdad? No esperaba esta fama —bromeó Dani, pero pronto recobró la cordialidad, pues reverenció a los Rockefeller con respeto— El placer es mío, señor Nathan y señorita Ilana —pronunció los apelativos en nuestro español natal, algo que le gustaba hacer con quienes conocía— Me pueden decir “Dani” si gustan. Estoy en mi segundo año en la carrera de medicina y me enorgullece ser el hermano de esta muchacha —me palmeó el hombro con cariño; me dio vergüenza, pero lo dejé ser— Para ser más exactos, soy el hermano del medio. El mayor también vino con nosotros, pero el muy amargado se quedó en el coche.

    —N-No digas eso de Walter —le pedí, tratando de que no sonara como un reproche.

    —Sabes que no hablo en serio; Wal es una luz —me replicó con una risa; entonces, se colocó detrás de mí y, apoyando las manos en mis hombros, centró su atención en Ilana— Gracias por cuidar de mi hermanita; no dudo que ella debe estar haciendo lo mismo por ti. Sepa, señor Rockefeller, que su hija está en buenas manos.

    Sonreí con nerviosismo. L-lo de Dani sonaba exagerado, p-pero tenía gran parte de verdad, ¿tal vez? Era mi naturaleza querer cuidar a mis amistades.
     
    Última edición: 1 Enero 2026 a las 4:21 PM
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    Zireael

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    Mi plan no era acorralar a un chico en la academia, jamás fue eso lo que pretendí al ofrecerme a traer a Ilana, si acaso habría querido husmear como mucho, pero Shimizu se me puso en bandeja sin saberlo. Lo noté desde que nos acercábamos en el auto y no pude simplemente desaprovechar la oportunidad que tenía delante, a pesar de que mi hija estaba en medio. Lo hice porque aunque conflicto, quería pensar que este chico, con el afán que tenía de proteger a su familia, no se atrevería a meterse con mi sangre.

    Aunque estaba equivocado.

    El intercambio fue un fiasco como demostraba ser cualquier intento de aproximación con el hijo mayor de Ryouta, pero en vistas de que tampoco había sacado nada de acosar a sus amigos, para no decorarlo, abordarlo directamente me pareció un curso de acción posible. Había descartado información, eso sí, y por lo mismo sentía que quizás había algo que podía hacer por esta gente. Por esta familia y lo que sea que había traído como resultado la muerte de Shimizu, causando el colapso de la madre.

    De todas formas, no pretendía interrogarlo bajo el sol de las ocho de la mañana y cuando quiso irse sencillamente lo dejé. Traté de leer la reaccionó de Ilana, la manera en que se había encogido sobre sí misma, y me pregunté si era simplemente por el aspecto intimidante que le daba el cansancio y los tatuajes a Arata o si había algo más. No le pregunté, sabía que no me diría allí, cuando ya de por sí estaba regañándome por lo que había hecho.

    Poco después se aparecieron dos personas, una niña bastante baja de ojos heterocromos y un muchacho que asumí era hermano suyo, por el tono celeste de su mirada y por la estatura. El chico tenía facciones suaves, tenía pinta de no matar una mosca y en sí lucía bastante inofensivo, si es que eso contaba como una forma de caracterizar a alguien. A todos nos llamó la atención el sonido de algo al caer al piso y al buscar su origen, noté al cachorro Dunn levantar el celular y salir casi corriendo hacia la academia. Miré a Ilana por el rabillo del ojo, pero disimuló cualquier cosa que hubiese querido cruzar su semblante, y volvió a centrarse en los Luna como si el que le dejaba cartitas para nada hubiese dejado caer el teléfono entrando a la escuela.

    —¡El famoso Daniel! —soltó Ilana sin poder esperar a que terminaran de hablar y la interrupción la hizo llevarse una mano a la boca—. I'm sorry.

    Quise reírme, pero por el bien de los nervios que notaba en la menor mantuve la compostura y ahora sí dejamos que la presentación ocurriera como tenía que ser. Me hizo un poco de gracia que estuviera incluida su carrera, pero tampoco iría a cuestionarle en voz alta el tema. Digamos que dejaba que los médicos en formación lo volvieran su personalidad porque sí que se quemaban las pestañas, pero un poco lo mismo aplicaba a cualquier profesión.

    En cuanto Daniel dijo que el mayor se había quedado en el auto, vi a Ilana pretender husmear en dirección hacia el coche y se encogió de hombros, como resignada a que no lo conocería hoy. El agradecimiento del chico por cuidar de su hermana pareció pescarla en frío, eso saltó a la luz de inmediato, porque se sonrojó y negó con la cabeza de forma un poco repentina.

    —No es nada. Disfruto mucho pasar tiempo con Bea, ¿verdad? —dijo en dirección a la muchacha.

    —Y yo no dudo que mi hija esté en buenas manos —resolví al comentario final y estiré la mano para envolver el cabello de Ilana, deslizando el contacto hasta las puntas—. Transferirse parece haberle hecho bien. Imagino que el conglomerado de extranjeros que hay por aquí la hace sentir un poco menos fuera de lugar, parece que ha hecho varios amigos nuevos además de tu hermana.

    Ilana no dijo nada al respecto, en su lugar se puso a escarbar en sus bolsillos y luego en su maletín hasta que dio con algunos caramelos. Fruncí un poco el ceño al notar que eran de los que yo compraba para llevar a trabajo y ella me puso carita de perro mojado para escaquearse la culpa de robárselos, lo que explicaba por qué las bolsas no me duraban casi nada. Acto seguido extendió la mano hacia Daniel, le dedicó una sonrisa de esas suyas y lo instó a tomar los dulces, que eran de fresa.

    —Me alegra mucho poder conocer a uno de los hermanos de Bea, ¡los quiere un montón a ambos! Puedes llevarle a Walter también.

    —¿Cómo llevas medicina, hijo? ¿Te está gustando?
     
    Última edición: 1 Enero 2026 a las 6:21 PM
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    Gigi Blanche

    Gigi Blanche Equipo administrativo Game Master

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    El coche avanzaba en silencio. Jenkin, al otro lado del asiento trasero, había clavado el codo en la puerta desde que salimos de casa y no había despegado los ojos del paisaje; era una muestra, quizá, de anhelo o de displicencia. Los pantalones de franela, anchos, y la inmensa sudadera grisácea contrastaban con su estilo usual, tan prolijo, tan elegante, tan ostentoso. Lo ojeé varias veces durante el largo viaje hasta el Sakura. Su silueta, por momentos, se asemejaba a la de un crío problemático y luego a la de un recluso ansiando su libertad. La capucha era inmensa y ocultaba su expresión, aunque probablemente no hubiera nada. Desde aquella noche en casa ya no había nada.

    Compartir espacio con él hacía que el costado de mi cabeza palpitara de vez en cuando. Sabía que era una reacción instintiva y que, como tal, no debía prestarle atención, pero eso no la hacía menos incómoda. Me pregunté si esto se asemejaba al miedo, si sería una mínima sombra de lo que Ophelia había sentido cada vez que se quedaba a solas con su padre. Con sus muchas peculiaridades, los Middel jamás se habían distinguido por su impredecibilidad. Ese era el defecto de los débiles de carácter, los enfermos, los manchados por nuestra maldición. Se enfurecían, estallaban, perdían la compostura, y volcaban el veneno acumulado sobre la primera víctima que encontraran. Eran el mal visible, no la raíz del problema.

    Pero eso aquí no importaba.

    Hoy por la mañana había notado la mansión ligeramente más inquieta de lo usual. Al consultar por mi padre, el señor Takahata me había informado de un repentino viaje de negocios. ¿Vendría de ahí el desorden? Una vez estuve lista, crucé la puerta principal y el señor Kyoshi me permitió ingresar al coche; mi corazón se detuvo por un instante al ver a Jenkin dentro, con su codo clavado y sus ojos fijos en la lejanía. No me dirigió una palabra ni una mirada, y yo decidí imitarlo. ¿Lo resentía? ¿Lo culpaba de algo? No estaba segura. Jenkin y yo jamás habíamos sido realmente cercanos, pero la idea de empezar a temerle a mi propio hermano era una aguja que no ansiaba clavar en mi corazón.

    —Kyoshi-san —llamé al chofer, quien me miró por el espejo retrovisor—, hoy ven a recogerme un poco más tarde, por favor.

    —Como desee, señorita. ¿Tiene actividades de club?

    —No realmente. —Volví a apoyarme en el espaldar—. Quiero investigar un poco en la biblioteca y prefiero hacerlo después de clases.

    —Muy bien. ¿A qué hora debería buscarla?

    —Sólo dos horas más tarde de lo usual.

    El hombre asintió y el coche regresó a su silencio habitual. Jenkin no se inmutó de ninguna manera y volví a preguntarme qué hacía aquí, adónde se suponía que lo estaban llevando. Tenía multitud de personas a quienes consultarles, puede que incluso se sintieran más propensos a compartir la información sin papá presente. Podría haber tocado la pared de hielo que nos separaba y acudir directamente a Jenkin. Sin embargo, callé. Mi mente estaba concentrada en Ophelia, su ausencia, y la misteriosa carta dejada en mi habitación. Al estacionarse el coche, me despedí del señor Kyoshi con la calma usual y no me molesté en buscar la mirada de mi hermano.

    Fallé en comprender. Eran el mal visible, no la raíz del problema. El origen perforaba la tierra y los unía, atados de los tobillos. Los jalaba hacia adentro. Intentaba asfixiarlos. Consumirlos. Silenciarlos.

    Mientras nosotros los mirábamos.


    puede o no puede que ocurra algo próximamente que puede o no puede dejar a Blee fuera de servicio. Si cualquier personaje quisiera interactuar con ella debería hacerlo hoy :D *deja el doom announcement y se va*
     
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    No debería haberme tomado desprevenida la exclamación inicial de Ilana, en vistas de que tenía una buena noción de su naturaleza extrovertida, ¿tal vez? Logró sorprenderme de todas maneras, provocando que parpadeara un par de veces para asimilar sus palabras, que no hicieron sino reforzar el chiste sobre la “fama” de Daniel. Mi hermano había elevado las cejas con sutileza, tal vez porque no se esperó la radiante energía que manó de ella; pronto, su sonrisa se extendió ligeramente, en una muestra de que quedó encantado con las vibras francas que la chica exhibía. Dado que todo esto ocurrió en un espacio intermedio de la presentación, se limitó a señalarse el pecho con calma, como si le dijera a Ilana, en otra broma silenciosa: “¿Quién? ¿Yo?”

    Cuando habló, supuse que añadió lo de su carrera para que su presentación no quedara corta, o para dejar abierta una línea de conversación, ¿tal vez? Era algo que siempre envidié de mi hermano: su capacidad para desenvolverse en pláticas y sostenerlas sin un ápice de duda, miedo o inseguridad. Walter tampoco padecía dificultades comunicativas, pero tendía a ser más escueto, de pocas palabras. De los tres hermanos Luna, Daniel era el más abierto y extrovertido, por eso no dudaba de lo bien que podría llevarse con Ilana, ¿tal vez?

    Hablando de Wal, notamos el intento de Ilana por dar con su figura y el posterior gesto de resignación. Me dio algo de pena, por lo que estuve a nada de decirle que podría presentárselo fugazmente, antes de entrar. Sabía que Walter aceptaría, porque nunca me negaba una petición (pese a lo cual, no abusaba de esto y, por lo general, evitaba comprometerlo). Además, él tenía curiosidad por los amigos que había hecho. Presentarle a Ilana o Jez sería menos complicado que con el resto, pues él había dado muestras de que le costaba confiar en las figuras masculinas como Cayden y Rowan. No lo decía en voz alta, pero yo lo veía en sus ojos. Sabía que incluso tendría resistencia hacia Hubert… si su existencia no fuese mi secreto entre las paredes de casa.

    C-como bien dije, iba a hablar, pero callé al sentir las manos de Daniel sobre mis hombros, y entonces le tocó a él tomar desprevenida a Ilana. Sus palabras, tan tranquilas y firmes, fueron dichas con una transparente sinceridad. No sólo le estaba dando las gracias por haber cuidado de mí en la escuela: también le agradecía por ser parte de las personas que encendían, en mí, una llama cálida. Daniel, Walter y mi madre, Lucía; me notaban menos triste en casa. Seguía siendo nerviosa y dubitativa cuando se trataba de estar fuera, pero eso no quitaba el hecho de que se me mostraba un poco más animada, ¿tal vez? Ver mi crecimiento era como una caricia para sus almas, por eso profesaban una enorme gratitud a aquellas personas del Sakura que me habían aceptado, aún si Walter necesitaba tiempo para aceptar del todo a algunas de ellas.

    Ilana se ruborizó y acabó respondiéndole con una negación de cabeza bastante repentina. No me esperé una reacción de esa magnitud de su parte, y verla avergonzándose de ese modo hizo que sintiera vergüenza yo también, por algún motivo. C-creo que me terminé ruborizando junto con ella, ¿tal vez? S-sobre todo cuando dijo que disfrutaba de pasar el tiempo conmigo. Pero con bochorno y todo, saber eso llenó de calidez mi pecho. Agaché la cabeza, con una sonrisa en los labios.

    —L-lo mismo digo —respondí; y en un repentino arranque de sinceridad, añadí:— Me encanta… estar contigo.

    Dani, aún a mis espaldas, paseó su mirada entre nosotras, sin perder su sonrisa usual. Le estábamos dando ternura y, tal vez, una pizca de gracia.

    Fue él quien miró al señor Rockefeller cuando habló, pues yo necesité mantener la vista en la punta de mis pies unos momentos. Aún así, oí lo que el hombre dijo respecto a la transferencia de Ilana y la importancia de asistir a una escuela con estudiantes extranjeros. Al saber esto, la atención de mi hermano regresó a la chica y, en esta ocasión, su mirada se tornó comprensiva.

    —Si es el caso, me alegro muchísimo por las dos; hacer amigos es importante —respondió, dándome una caricia en mis hombros antes de soltarme para colocarse a mi lado— Y créeme que te entendemos perfectamente: a nosotros también nos pasó un par de veces aquello de sentirnos fuera de lugar. Bea, Walter y yo nacimos y crecimos aquí, pero digamos que la gente no nos cree cuando decimos que somos japoneses; no al principio, al menos —soltó un suspiro algo teatralizado—. Supongo que nuestros nombres o rasgos llaman la atención, y ni hablar de los ojazos celestes que tenemos… con una gota de gris, claro está

    —D-Dani… —dije en un tímido tono de reproche; temí que se estuviera excediendo con las confianzas.

    En eso, Ilana rebuscó algo entre sus pertenencias y, cuando quise darme cuenta, le estaba ofreciendo a Daniel unos caramelos, que él recibió sin pensárselo dos veces. Sonrió de buena gana cuando ella expresó su alegría por conocerlo, y el gesto le entrecerró los ojos cuando la chica mencionó cuánto los quería, a él y a Walter. Me miró a los ojos y yo, por mi parte, le sonreí con dulzura, asintiendo para reafirmar las palabras de Ilana.

    —Y nosotros la adoramos —dijo— Yo estoy contento de poder conocer a una de las amigas de Bea. Y qué amiga, debo decir: viene con caramelos incluidos —realizó una leve inclinación— Mil gracias, señorita Ilana, resulta que a Wal le encantan los de fresa, mira tú.

    Se los guardó en el bolsillo delantero de la camisa, y se giró hacia el señor Rockefeller para recibir su pregunta, ante la cual asintió con un gesto seguro.

    —Por ahora vengo muy bien, señor, y es gracias a que me encanta todo lo relacionado a la medicina. También admiro a los profesionales del ámbito; de hecho, elegí la carrera inspirado por el médico de mi familia, un buen señor que nos ha cuidado a mí y a mis hermanos desde muy niños —afirmó, evocando con mucho respeto a aquella figura— No es una carrera fácil, claro está, pero tengo un buen impulso para estar a la altura, creo yo.

    —D-dani obtuvo una importante beca para estudiar en la Todai —añadí, refiriéndome a la prestigiosa Universidad de Tokio—. S-se esfuerza mucho en sus estudios.

    —Tú también, no te hagas —replicó, y acto seguido se inclinó hacia Ilana para hablarle en “confidencialidad”— ¿Sabías que Beatriz se graduó de su anterior escuela con el promedio más alto?

    —¡D-dani…!

    —Había que ser justos, no me puedo llevar todas las flores —se defendió él. Carraspeó entonces, para dirigirse al padre de Ilana— ¿A qué se dedica usted, señor?
     
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    Zireael

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    Si bien había abordado de forma gratuita a Shimizu, no estaba en mis planes que una amistad de Ilana fuese la que me abordara a mí aunque no me disgustaba en realidad. Desde que había llegado aquí sus únicas amigas habían sido las gemelas Minami y Mei, la había visto perder energía en casa y abandonar sus pasatiempos hasta reducirlos a ataques intermitentes de energía o desaparecer del todo. Si me hubiese pedido una guitarra se la habría comprado, pero en su lugar la vi aparecer con una prestada del club de música hace poco y pensé, bueno, que los tiempos de cada persona eran un misterio.

    Pero que daría cualquier cosa por ver a mi hija estirar sus alas una vez más.

    Era la niña inquieta que hablaba con todos, las que los animaba, la que se me escapaba para meterse con otro montón de críos al bosque y se lo perdonaba apenas me miraba. Mucho de ella me recordaba a mi madre más que a mí mismo o a mi esposa, era una suerte de alma libre... y nosotros la habíamos matado un poco al traerla aquí. Jamás pude encontrar la fuerza para disculparme por el cambio y su madre tampoco, pero sí que los habíamos conversado entre nosotros dos. Por eso la instamos a irse de intercambio y ahora, una parte de mí, sabía que volvería a Estados Unidos en algún momento... No a la ciudad, sino a su bosque, y estaba bien con eso.

    Ahora la veía más despierta, más animada y enérgica. De hecho cuando apareció Beatriz, el temor en su cuerpo desapareció y se enfocó por completo en los Luna, encantada con ellos. Incluso luego de su interrupción que pasaba por mala educación, notar que Daniel estiraba su sonrisa pareció tranquilizarla y vi que la suya le achinó un poquito los ojos, algo que era usual cuando estaba pequeña.

    De todas formas fue un poco un estropicio apenas el mayor le agradeció por cuidar de la pequeña. Ilana se avergonzaba por pocas cosas en la vida, una de ellas era la gratitud genuina y la otra, pues una que la mayoría de chicas de su edad le daría algo de pena. A ver, no podía culparla del todo por ser un desastre frente al futuro médico ni nada, pero que lo disimulara un poco, que yo estaba aquí a su lado... Aunque no quitó que fuese algo cómico ver que Beatriz reflejaba el bochorno al que le siguió un sincericidio que consiguió hacer que Ilana olvidara la vergüenza y sonriera amplio, ignorando incluso lo que dije sobre su adaptación a la escuela y tal.

    Al chiquillo, por su parte, se le notaba que tenía una pizca de labia o estupidez que podía resultar encantadora para la juventud porque lo de los ojazos fue muy gratuito. De todas formas, comprendía el punto, los japoneses era un poco hijos de puta con los extranjeros y eso nadie se los quitaba. Por mucho que nacieran aquí, seguían siendo extraños justo como lo era Ilana, como lo era yo en la Segunda División y mucho más por el tema de haberme colocado como sargento.

    —Es un asunto complicado que todos debemos sortear, supongo —reflexioné mientras Ilana esculcaba en sus cosas y sin permitirme más que la sombra de una sonrisa, continué—. Los nombres llaman tanto la atención como los ojazos y los rubios cegadores que no vienen de un bote.

    Dad! —reprendió mi hija en medio de su búsqueda—. Cut it already!

    Me reí por lo bajo y me encogí de hombros, limitándome a oír como el muchacho reafirmaba el amor que tenían por su hermana pequeña. Ya había aceptado los caramelos de Ilana, así que ella se dio por servida y cuando le habló de nuevo sonrió como si nada, como si no acabara de ser víctima de un bochorno, y la vi juguetear con un mechón de pelo que había caído por delante de su hombro.

    —Soy adivina. Últimamente le atino con los sabores~ —soltó de lo más pancha y regresó el mechón de cabello a su espalda con un movimiento fluido—. Así me gano unos Walter points hasta que pueda conocerlo.

    Dios mío, esta muchacha...

    —¿Últimamente? —tanteé porque total ya había perdido mis dulces y los seguiría perdiendo.

    —Le acerté con los de limón al presi del club de música, you see? I'm a witch!

    Suspiré, dejándola con su tontería, y extendí la pregunta hacia Daniel. De pronto me soltaron que el niño aquí con su cara de ángel era becado en la Universidad de Tokyo, como pasaba con la mayor de las Minami, y alcé las cejas genuinamente sorprendido. Ni siquiera me interesó poner en duda que se quemara las pestañas estudiando, pero ya veríamos luego. Esperaba que fuese un médico de los que no se convertían en robots.

    —Te desearía suerte, pero veo que no la necesitas —apañé junto a una sonrisa—. Además, confío en que seguirás rindiéndole honores al médico familiar. La Tōdai, Illie, ¿la hermana de tus amigas de Minato no estudia medicina allí también?

    —¿Yuzuki? Sí, pero casi siempre está en Meguro, por las especialidades y no sé qué, creo que va al menos un año por encima que Daniel —aclaró.

    Cuando quise acordar, él estaba cuchicheando con Ilana o pretendiendo hacerlo y mi hija, que era buena para subirse a las tonterías ajenas, se llevó las manos al rostro en un gesto de sorpresa al susurro de "There's no way". Ni había batido una pestaña, la muy descarada.

    —¿Soy amiga del mejor promedio? Oh well, ¿Bea me firmas un autógrafo? —le preguntó a la menor inclinándose apenas hacia ella y luego irguió la espalda para mirar al chico, solo entonces me di cuenta que de hecho era apenas una pizca más bajo que ella—. Tú puedes firmarme uno también, señorito Becado de la Tōdai.

    Me llevé una mano al rostro y negué suavemente con la cabeza, renunciado a tener control alguno sobre sus movidas que no respetaban ni el hecho de que él era mayor y preferí atender a la pregunta que me hizo el muchacho. Tomé la cadena que me rodeaba del cuello y así extraje el objeto que llevaba dentro de la camisa, la placa, dejándola caer sobre mi pecho.

    —Soy Sargento del Departamento de la Policía Metropolitana de Tokyo.

    Such a big and scary man! —soltó Ilana, riéndose, pero entonces dejó el maletín en el suelo y me envolvió en un abrazo un poco torpe que pareció pretender quitarme lo de scary. Me zarandeó o más bien la dejé hacerlo y después me soltó para mirar a Beatriz—. Ah, de hecho, Bea, ¿recuerdas el proyecto de las entrevistas? Mis compañeros decidieron que entrevistáramos a papá, fue super interesante.

    ni en pedo me acordé si Ilana le contó que habían entrevistado a su papá, pero si sí le contó me dices y edito mi pendejada que de por sí no sería el primer olvido que tengo en el contador :D soy una anciana
     
    Última edición: 3 Enero 2026 a las 1:43 AM
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    Tal como en el caso de Ilana, de Dani tampoco deberían sorprenderme ciertos arranques. No lo hacían, en verdad, pues había crecido a su lado y lo conocía muy bien. D-de todos modos, e-eso no impidió que m-me diera mucho reparo que hablara con tanta desfachatez d-del color de nuestros ojos, p-pero quise creer que esto le permitía reforzar su punto sobre habernos sentido fuera de lugar algunas veces, de la sociedad japonesa en la que habíamos nacido. Este tema era uno de los tantos factores que me trajeron dificultades de comunicación, de ansiedad y autoconfianza; porque, tal como lo pensaba el señor Rockefeller, las personas podían alcanzar ciertos grados de crueldad ante lo que veían como “diferente”. Mis hermanos también lo padecieron y sobrellevaron, cada uno a su manera. Y no dudaba que tanto mis padres sufrieron mucho cuando arribaron desde Sevilla, en busca de una nueva vida que, en aquellos días de su juventud, creían que serían dulcemente eternos. Sobre todo, al empezar a formar esta familia: los Castillo-Luna.
    El padre de Ilana mencionó que era un asunto que siempre debíamos de sortear. Daniel asintió en respuesta, movimiento que imité tras levantar la vista, para darle a entender al señor que compartía su reflexión. El semblante del hombre se notaba más suave que al principio, lo cual no quitaba que a mis ojos siguiera poseyendo cierta severidad, ¿tal vez? Por eso, me pilló en frío que parafraseara lo de los “ojazos” para, acto seguido, añadir lo de los rubios “cegadores” que “no vienen de un bote”. Esto provocó otro reproche, esta vez proveniente de Ilana. El señor se limitó a reír por lo bajo; noté que Dani hizo lo mismo con algo más de discreción, entretenido por la ocurrencia del señor Rockefeller y por la escena que ofreció con su hija.

    Ella sonrió cuando mi hermano dijo que venía con caramelos incluidos. Traté de no preocuparme por el detalle de que se estaba permitiendo tantas licencias delante de su padre, siendo que los estaba recién conociendo a ambos. En su lugar, me distraje en el mechón de pelo con el que ella empezó a juguetear y, luego, en la gracilidad con la que lo regresó a su espalda... Dani también la miraba con cierta atención, manteniendo su expresión relajada... Hasta que lo de los Walter points le hizo elevar una comisura de los labios y yo me quedé mirándola, con inocente desconcierto en mi semblante.

    —Sabe ser agradecido con los detalles, sin importar cuán pequeños parezcan —le dijo en respuesta—. Me animo a decir que te vas a ganar un buen par de puntos, y además tendrás bonus por ser amiga de Bea.

    Me limité a sonreír con timidez, sin saber muy bien qué decir. En eso, el señor Rockefeller pareció indagar en un detalle concreto, ante lo que cual Ilana contó que también le había dado caramelos al presidente del Club de música, el que era amigo de Cay... El chico de la guitarra, el de los cabellos celestes...

    Abrí la boca para preguntarle cómo se llamaba esa persona, pero me acobardé en el último segundo:

    —A mí… t-también me gustan los de limón...

    —Sí, cierto. No dudo que ella lo habría adivinado, si es que no lo hizo ya —comentó Dani, mirando luego a Ilana— Ya sabes cómo conseguir Bea points extras, por si quieres más.

    —N-no hace falta… —me apresuré a aclarar, temerosa de que lo mío se hubiese entendido como un pedido de caramelos.

    Suerte tuve de que la conversación pasara al plano de los estudios, donde no pude evitar mencionar la beca de Daniel y la universidad donde estudiaba. Fue la típica escena de una niña pequeña admirando a su hermano y queriendo que su proeza fuese conocida por los demás. El señor Rockefeller hizo un gesto de sincera sorpresa, y con una sonrisa lo alentó de cierta forma, al mencionar que no necesitaba desearle suerte. La pasión era uno de los más importantes motores para conseguir un objetivo, por lo que intuí que el padre de Ilana respondió en base a algo así. A Dani, sobre todo, le hizo bien que le dijeran que podría hacer honores al señor Akiyama, el médico de los hermanos Luna. Dedicó al señor Rockefeller una reverencia acompañada de un sincero agradecimiento, luego de lo cual pareció reconocer un nombre en la conversación.

    —¿Yuzuki Minami? —tanteó, y sonrió algo sorprendido cuando se lo confirmaron, lo que hizo que yo lo mirara con curiosidad— El mundo es un pañuelo, como bien dicen todos: resulta que la conozco. Fue ayudante en una de las materias que cursé, hablamos un par de veces después de clases. Una senpai muy simpática, inteligente y capaz, debo decir. Espero que le esté yendo bien en Meguro —en el tono de voz de Dani se notó el respeto que sentía por aquella chica, así que tuve interés en saber un poco más sobre ella; le preguntaría en casa, ¿tal vez?

    Sin embargo, no me vi librada por la intervención que hice hace unos momentos, por lo que Dani terminó revelándole a Ilana que fui la mejor alumna en mi anterior escuela. Se lo reproché, pero él se limitó a defenderse porque consideraba justo que también se supiera que era una estudiante que se esforzaba. No me ayudó mucho que Ilana se sumara a su “confidencia”, menos que se inclinara hacia mí p-para pedirme un autógrafo. Mis mejillas se encendieron, pero no pude apartar los ojos de su rostro.

    —N-n-no es para tanto… —titubeé, apenada.

    —Con gusto te firmo uno yo también, pero no tengo con qué —se sonrió Dani, dándome una caricia en la espalda para tranquilizarme; su contacto me relajó— Pero descuida, siempre habrá otra oportunidad de cumplir esta “deuda”.

    Se giró hacia mí y me guiñó el ojo disimuladamente, lo cual me hizo suspirar. Entendí el mensaje que guardaba su gesto: nuestra madre llevaba algunas semanas insistiendo con invitar a uno de mis amigos a almorzar, y últimamente amplió la propuesta a dos de ellos. Todavía me costaba mentalizarme lo suficiente, p-pero esperaba poder llamar a alguien durante las vacaciones de verano, ¿tal vez? Ilana, por supuesta, estaba incluida en las posibilidades.

    Lo dejé para después, pues le presté atención a la cadena que, hasta el momento, no había notado en torno al cuello del señor Rockefeller. Deslizó fuera de su camisa una placa, que quedó reluciendo sobre su pecho. Tanto Dani como yo nos inclinamos (o mejor dicho, tuve que estirarme algunos milímetros) para apreciarla mejor, notando que era… ¿u-u-una placa de p-p-policía? No… No sólo eso… Era…

    ¡¿Era el Sargento?!

    Yo quedé visiblemente impresionada por su posición, lo mismo que Dani. Mi hermano alzó una ceja, haciendo un asentimiento con la cabeza, y elevó la mirada hacia el padre de Ilana.

    —Mis respetos, señor. Imagino que no habrá sido sencilla su trayectoria —dijo con una leve inclinación de cabeza; haciendo alusión a lo mencionado antes, lo de que debíamos lidiar con aquello de “sentirnos fuera de lugar”— Y espero que le esté yendo muy bien con ello.

    —L-lo mismo digo, señor… —me apresuré en añadir.

    Fue entonces cuando Ilana lo abrazó. Rodeó su gran cuerpo entre sus brazos delgados, lo hizo con una torpeza que me resultó increíblemente enternecedora. Sin darme cuenta, sonreí con mucha ternura al verlos… y, contra mi voluntad, sufrí un fuerte dolor en el corazón.


    ¿Cuándo fue la última vez que abracé a mi padre?, pensé sin quererlo.
    ¿Estará pensando en mí?
    ¿Nos extraña?

    Detrás de mi sonrisa se ocultaron estas preguntas, pero la inoportuna tristeza estuvo a punto de escapar de mis ojos. Fue Daniel quien se anticipó a esto. Habíamos crecido juntos, él, Walter y yo, y nos conocíamos demasiado bien. Por lo que mi hermano me dio una firme palmada en la espalda, que me provocó un vergonzoso respingo. Acto seguido, pasó los brazos sobre mi hombro, sonriéndome con dulzura.

    —Me contagiaron las ganas de abrazar —bromeó, acariciando mi hombro.

    Hubo otro suspiro de mi parte, pero terminé esbozando una sonrisa ligera. Me sentí terriblemente culpable por los pensamientos que me atravesaron al ver la muestra de amor de Ilana. Tenía que dejar de ponerme así ante aquellos que aún tenían a sus padres consigo… Quería poder alegrarme por ellos sin sentir dolor.

    Ilana entonces contó que el entrevistado de su proyecto había sido el señor Rockefeller. Miré al señor, aún abrazada por mi hermano. Le sonreí, y esperaba que el gesto no hubiera sido nervioso. Ahora que sabía que era sargento de policía, me parecía más severo que antes.

    —Q-quizá… T-también lo habría e-elegido para la entrevista, ¿tal vez? —dije tímidamente— S-ser policía suena… Eeeh… ¿Intimidante? ¡P-pero también interesante, s-señor! S-seguro los compañeros de Ilana-senpai… aprendieron mucho con usted —bajé la mirada y jugueteé con el asa del maletín; era un milagro que hubiese podido dirigirle al hombre más de tres frases— E… Eso quería decir, nada más…

    —Secundo a mi hermana, sargento —añadió Dani, otra vez usando el español—. Tengo bastantes preguntas porque soy curioso, pero… —rio por lo bajo, elegantemente— seguro ya las hicieron todas en su entrevista. Así que... ¿Qué podría decirme usted por su cuenta?
     
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    Zireael

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    Suponía que para papá todo este cuadro era un poco cómico, en el sentido de que era el tipo de cincuenta entre un montón de adolescentes porque a sus ojos, incluso Daniel que era universitario, debía ser un crío. Por demás, su presencia no me amedrentó ni mucho más cuando de hacer el tonto se trataba, sobre todo porque él soltaba cosas bastante gratuitas como lo del rubio natural o mi adaptación a la escuela e incluso me hacía aquella pregunta tan descarada de si la hermana mayor de Kyoko y Himawari era la que estudiaba en la Universidad de Tokyo cuando lo sabía perfectamente.

    Porque había aparecido en su casa en el peor momento posible.

    Además, ¿qué culpa tenía yo de que Daniel me diera cuerda con mis tonterías? ¡Por eso mismo me llevaba a Kakeru puesto apenas me lo encontraba! Así que ni hacía falta sorprenderse, aunque seguro ya papá me tenía medida respecto a ciertas cosas. Bueno, nada de eso iría a salir de mi boca, así que si él seguiría soltando tonterías, que se aguantara las mías calladito y que no se le ocurriera decir media palabra de mis reacciones cuando nos encontráramos en casa, qué va.

    Después estuvo la estupidez de los caramelos para los Walter points y la respuesta tuvo su cuota de sinceridad sin separarse del tinte cómico del asunto. Por otro lado, fui consciente de cómo Bea seguía el camino que yo había trazado a voluntad con el mechón de cabello y, sin decir nada ni reaccionar a ello, creía percibir que su hermano también ponía atención. Elegí no darme muchos aires, a sus ojos era una mocosa de instituto todavía seguramente.

    —Empezamos bien con los puntos entonces —atajé, satisfecha—. Gracias a Bea en su mayoría, olvida los caramelos.

    Lo siguiente no me sonó a que estuviera rascando caramelos para Bea, aunque daba igual ya que tenía intención de darle unos de los que me quedaban cuando entráramos a la academia, pero el apunte de su hermano mayor me vino en gracia. Sonreí con inocencia, siquiera lo pensé, y solté la siguiente tontería.

    —Tengo toda una serie de técnicas para ganarme Bea points, los dulces deben estar al final de la lista.

    No contaba, eso sí, con que Daniel reconociera el nombre de Yuzuki en la conversación así que cuando se refirió a ella con nombre y apellido lo miré algo sorprendida. Ella debía ir al menos dos años por encima, por lo que me resultó un poco extraño hasta que el muchacho continuó, explicando que la chica había sido ayudante de una de sus materias y eso aclaró el traslape. De paso, halagó a la mayor y me sonreí.

    —Es la hermana mayor de mis mejores amigas y también amiga de… —empecé a aclarar yo también, cayendo en cuenta de algo a medio camino, y miré a Bea antes de volver a Daniel—. ¡Ah! Yuzuki es amiga de Cay, Bea, es muy simpática y atenta seguro te gustaría conocerla. También es muy esforzada. Casi no para quieta, suele llegar tarde a casa y sé que mantiene buenas notas. Puedes quedarte tranquilo, dicen que le va bien.

    Sentí la mirada de papá encima y asumí que era por más de un motivo, pero ninguno de ellos era tema de conversación con los Luna ni por asomo así que no dijo nada. Mucho menos porque no mucho después estaba haciendo el imbécil con el tema del mejor promedio y la beca del hermano mayor de Bea, ella por supuesto que quiso librarse aunque no dejó de mirarme y él, por su parte, siguió subido al bote. Le sonreí a la menor con un dejo de diversión bastante inocente y mantuve ese tinte al mirar a su hermano.

    —¿Sí sabes que voy a clases y tengo cuadernos y bolígrafos aquí mismo? —reboté señalando el maletín—. No hay “no tengo con qué” que valga, pero podemos quedar en deuda… Ya luego me lo compensarás.

    Dije todo eso, pero por supuesto que no saqué nada porque era estirar demasiado el asunto y por la gracia de que me debiera algo, nada más. Creí oír a papá respirar con pesadez, pero me dejó ser y luego nos desviamos al asunto de su profesión. Papá sacó la placa, Bea se estiró para leerla y Daniel se inclinó para hacer lo mismo y ambos quedaron sorprendidos por la revelación.

    Le extendieron sus respetos, luego lo abracé y creí percibir una suerte de disonancia en la actitud de los hermanos mientras soltaba a mi padre. No hice nada al respecto, claro, y así la conversación siguió hacia el tema de la entrevista y demás.

    —Bueno, yo espero que aprendieran —reflexionó mi padre al comentario de Bea, alzando la mirada al cielo y poniendo los brazos en jarra—. Algo tendrán que haber sacado de los desvaríos de este viejo.

    Luego de eso soltó una risa ligera que supuse tuvo la intención de relajar a Beatriz, que debía estar tensa por haber terminado metida aquí con un sargento del DPMT, pero pues uno abría los ojos cada mañana sin saber qué pasaría en media hora. La pregunta del mayor lo hizo bajar la vista de nuevo (el pobre de por sí era un gigante aquí entre nosotros) y le dedicó una sonrisa.

    —Confirmar lo que dice tu hermana. Es un trabajo intimidante y peligroso, pero interesante. Fue difícil poder ocupar la plaza que poseo actualmente, a pesar de los méritos que logré en Estados Unidos —contestó con tranquilidad, sereno, como había hecho en la sala de entrevistas—. Veníamos de un pequeño pueblo en los Apalaches y en la ciudad más cercana jamás pasaba todo lo que pasa en el corazón de Tokyo. Se encuentra siempre en expansión, es veloz y mortífero, sin importar por cuál puerta ingreses al mundo de sombras. Aprendo de las personas cada día, aunque a veces me pregunto cuál es el costo de dicho aprendizaje.

    Hablaba desde su experiencia, claro, a fin de cuentas era el sargento de una división centrada en el crimen organizado. No era lo mismo ser policía de tránsito que estar metido de lleno en las divisiones y por eso, de alguna manera, temía por su vida más de lo que nunca había temido en Northwood.

    —¿Mi consejo? No me lo pidió nadie, pero sigue estudiando, hijo —continuó con la vista centrada en Daniel—, porque este mundo necesitará muchos médicos. Y ten cuidado cuando salgas de noche y con quién, por favor, no vayas a preocupar a tu hermana. Es más fácil de lo que crees chocarse con personas cuestionables, por mucho que parezcan buenas.
     
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    Bruno TDF

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    En cuanto a la broma de los puntos de Walter, me vi en la obligación de negar con la cabeza cuando Ilana quiso darme casi todos los méritos por su inminente ganancia. Era cierto que Walter la vería con buenos ojos porque me trataba bien, p-pero él sabría apreciar por su cuenta un gesto tan dulce como la entrega de caramelos, ¿tal vez? B-b-bueno, si nos poníamos más precisos… a él se le acercaban muchas chicas con obsequios acompañados de… ciertas sonrisas... ¡P-pero creía que el caso de Ilana era distinto y más tierno…!

    Sin embargo, el tren de los puntos no se detuvo y en esta ocasión me tocó a mí recibir una broma que volvió a encender mis mejillas, obligándome a arrojar la mirada al suelo para esconder mi rostro. Ante la escena ofrecida, Daniel alzó una ceja con interés y luego se sonrió sin decir una palabra, pues ya me veía demasiado avergonzada para decir más. Él sabía cuándo detenerse cuando se trataba de mí, y aún así tuvo que hacer el esfuerzo para detener la risa socarrona que se estrelló detrás de sus labios sonrientes.

    La mención de Yuzuki Minami me provocó un interés tan genuino, que me permitió recuperarme rápidamente del bochorno. Quién sabe por qué la curiosidad surgió con tanta fuerza. Tal vez halló origen en las cosas tan buenas que mi hermano decía de ella, y puede que también se debiera al respeto que parecía profesarle. Yo admiraba a mis hermanos, y quizá por eso me llamaba la atención cuando eran ellos los que parecían admirar a alguien más, ¿tal vez? Ilana echó más luz sobre su figura, mencionando que era hermana de sus mejores amigas y… también amiga de Cay. Elevé los ojos hacia ella cuando mencionó su nombre, la curiosidad brilló un poco más en los lagos gris y celeste. Daniel asintió con cierta satisfacción cuando supo que le estaba yendo bien en Meguro.

    —M-me gustaría co-… D-Digo, quiero decir… —jugueteé con mis índices, tímidamente— Sería agradable… conocerla…

    —Ah, te encantaría, Bea. Yuzuki es genial —convino Dani—. No es que la conozca tanto, pero seguro le parecerías adorable.

    Me ruboricé, mas suspiré y no dije más, permitiendo que la charla siguiera el curso que ellos decidieran. Así fue como llegamos al punto de los autógrafos, a la vergüenza que sentí cuando Ilana se inclinó hacia mí para pedirme uno. Me costaba lidiar con estas cosas. Sin embargo, creía que estaba aprendiendo a aceptarlas lentamente. Eran lo que definían a Ilana y yo, por mi parte, quería que siguiera brillando así.

    Cálida y resplandeciente, como un rayo de sol.

    —De eso nada, señorita —atajó Dani con un movimiento de dedo, cuando Ilana trató de retrucarle con que tenía cuadernos y bolígrafos—. Esas cosas las tiene que usar para estudiar —se notaba que no estaba hablando en serio a pesar de que decía eso con tranquilidad, su sonrisa divertida lo delataba—. De modo que sí, habrá que dejar esto como un asunto pendiente. Los Luna siempre cumplimos.

    En eso sentí al señor Rockefeller respirar pesado, lo que a Daniel le valió un golpe a su antebrazo con el dorso de mi mano. Fue un movimiento débil y sutil. Tenía claro que mi hermano e Ilana podrían bromear largamente sin miramientos… pero me preocupaba lo que pudiese llegar a pensar el señor de toda esta situación. N-no es que estuviesen diciendo nada indebido, de todas formas. Tal vez… esto era más normal de lo que yo creía.

    Yo, una introvertida que aún tartamudeaba cuando le tocaba comunicarse con desconocidos.

    Por si fuera poco, m-m-me enteré ahí mismo que el padre de Ilana era Sargento de la Policía Metropolitana de la ciudad. El título sonó muy grande y abrumador a mis oídos. Si antes estaba tratando de mostrarme todo lo respetuosa posible con un adulto como él, a partir de éste punto redoblé mis esfuerzos. Más que nada, porque me sentí más pequeñita ante su imponente presencia… O a él lo veía más grande… O ambas cosas, ¿tal vez? Dani también dejó ver su sorpresa. Dejó momentáneamente atrás la actitud desenfada que venía llevando desde el principio, para expresarle a señor Rockefeller sus respetos por la profesión que llevaba adelante. Lo acompañé en sus palabras, algo admirada también… al ser consciente de que el padre de Ilana… quizá debía lidiar con peligros en su trabajo…

    Pensé, también, en cómo se sentía Ilana con esa realidad.

    Se me ocurrió esto momentos antes de ver su abrazo, el cual condimento con una broma sobre la grande y temible que debía verse. La muestra de amor me alcanzó como una brisa fresca, me hizo sonreír el verla tan contenta, e inevitablemente sentí las grietas de mi corazón quejándose con fragosos estruendos. La rápida intervención de Daniel impidió que se repitiera la escena del invernadero, la de aquella vez que supe sobre el padre de Cay. Cuando me dijo que le habían contagiado las ganas de abrazar, quise con todas mis fuerzas envolverlo entre mis brazos y esconder mi rostro contra su pecho… Pero no lo hice, pues me dio vergüenza la idea y, además… no deseaba arruinar esta reunión con mi amenazante tristeza. Por lo menos, su brazo su mis hombros me consolaba, y no la apartó durante el resto de la conversación.

    Nos pusimos a hablar del proyecto del grupo de Ilana. Hice un intento decente (¿tal vez?) por hablarle al señor Rockefeller de frente, pues también me resultó admirable que se involucrara día a día en un trabajo de esa índole, uno que a mí me tendría muerta del miedo. Daniel me acompañó en lo que dije y, entonces, le pidió que se explayara sobre su rol como policía. Así, el padre de Ilana acompañó mi noción de lo “intimidante”, añadió el concepto de los peligros, que era lo que en el fondo me inquietaba.

    Mencionó su pueblo de origen, los Apalaches. Habló de Tokyo como una voraz expansión, d-de puerta que daban a un m-mundo de sombras… Dani lo escuchaba con calma, mientras que yo lo hacía más bien estremecida. Sus conceptos se escuchaban realistas, y no quería imaginarme qué tipo de cosas abría visto. Me daba miedo el sólo pensarlo y, una vez más, me preguntaba cómo se sentía Ilana.

    Su respuesta se completó con un consejo dirigido a mi hermano. Le dijo que estudiara para que él también pudiera contribuir al mundo. Y le pidió que se cuidase, para no preocuparme a mí. Este punto en particular me dio un poco de ternura, ¿tal vez? Aunque lo otro… lo de chocar con facilidad con las personas equivocadas… Me hizo estremecerme… ¿E-era tan a-así…?

    Daniel le sonrió con solemnidad. Evidentemente, se veía más compuesto que yo. Quizá más maduro que hasta hace un momento, cuando se lanzaba chistes con Ilana.

    —Un buen consejo siempre será bienvenido, no importa si no fue pedido —convino. En esto, afianzó el abrazo sobre mis hombros, atrayéndome delicadamente hacia él; me dejé llevar, sin resistencia alguna— Walter y yo somos de salir por las noches, sí, aunque yo bastante menos que él. Pero siempre volvemos a casa para abrazar a nuestra Bea. Pelearíamos con uñas y dientes para regresar con ella, si hiciera falta.

    —D-dani… E-Estás diciendo cosas vergonzosas —le reproché, con una fugaz risa que me hizo sonreír. Levanté una mano para acariciar la suya, la que caía desde mi hombro.

    Se encogió de hombros, como diciendo “Es la verdad”. Dejó ir su brazo lentamente y me dio otra palmadita cariñosa en la espalda, luego de lo cual intercambió una mirada entre los Rockefeller, deteniéndose entonces en el hombre.

    —Sé que recién acabo de conocerlo, pero tiene mi entero apoyo. Cuídese de igual forma, regrese a la casa de su familia cada día —le sonrió afablemente a Ilana, antes de seguir—. Además, cuando me gradúe, podré contribuir al mundo junto con usted. Proteger a las personas nuestra manera. ¿No te parece así, Bea?

    —S-sí… L-los necesitamos, así que… ¿gracias? —titubeé torpemente— Eeeh… Y a-agradezco el consejo a mi hermano, s-señor… Wa… Walter t-también le insiste mucho con que se cuide… Él…

    Me giré hacia el coche, a falta de algo mejor que hacer. Fue allí cuando pude verlo de pie, medio sentado en el capó del coche, mirando distraídamente su teléfono móvil. Mechones de cabello azul caían en torno a su perfil tan masculino, haciendo más notorio el celeste de sus ojos. Con pesar, no tardé en notar que las chicas se volteaban a mirarlo; las que iban en grupo cuchicheaban entre ellas, pero él no las advertía por estar concentrado en lo suyo.

    —Hablando de Roma… —se rio Dani— Nadie puede resistirse a un poco de sol mañanero, por lo visto.
     
    Última edición: 4 Enero 2026 a las 8:26 PM
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    Zireael

    Zireael kingslayer Comentarista empedernido

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    Me dio algo de ternura que mi apunte sobre la amistad de la mayor de las Minami y nuestro, puede que un poco desafortunado, amigo en común la hiciera alzar la mirada con curiosidad. Digamos que la niña era bastante transparente y sensible, bastaba la mención de una de sus personas para lanzar un anzuelo a ella. No lo pensé hasta ahora, pero quizás no era clase de amistad ajena de la que debía estar hablando, no con lo que había pasado en la residencia Minami, pero ya era tarde. Si hacía falta me disculparía luego.

    En todo caso, la menor apuntó que sería agradable conocerla y su hermano secundó la información. Me hizo algo de gracia pensar en que a Yuzuki le parecería adorable, pero no dudaba que fuese el caso si ya de por sí parecía tener gusto por atender y cuidar de otros y se le daba muy bien. Su presencia, además, solía ser tranquilizadora y casi maternal, por ese mismo motivo imaginaba que su madre había accedido a que se independizara con las gemelas.

    No acoté nada más con tal de no seguir avergonzando a Bea, aunque luego dije la tontería de los autógrafos y dio igual. Daniel, por su parte, refutó mi argumento de los cuadernos y bolígrafos, ante lo que me puse cara de cachorro y me encogí de hombros.

    —Yo diría que equivale a estudiar, ¿no? Conversar con buenos promedios y becados debería caer en el terreno de lo académico —reflexioné—. Pero como no dudo que los Luna cumplen su palabra, lo dejaremos pasar.

    Vete a saber si mi padre y Bea, sin saberlo, estaban en la misma línea de pensamiento porque noté el sutil llamado de atención de la chica a su hermano y miré al chico sonriendo con una pizca de complicidad. A ver, no estábamos haciendo nada malo, ¿o sí? En fin, tampoco planeaba hacerlos pasar tanta pena ajena, así que procuré irme calmando y para eso sirvió la conversación sobre papá.

    No era el momento ni el lugar para sentirme mal por el peligro que corría mi padre en el ejercicio de su profesión, así que dejé el asunto pasar tanto como pude y me concentré en oírlo. Pensé en la noche que salí con Mei y sus otras amigas, la noche del Shimizudani, y no me quedó más que cederle razón. Ya de por sí a mí el cemento de Tokyo me parecía un monstruo en expansión, pero sin pretenderlo ciertos eventos comenzaban a demostrarme por qué.

    Esa noche se había negado a pisar una comisaría mientras que mi padre, semanas más tarde, los cazaba. Incluso si buscaba la confianza de uno, no se estaba ganando muchos puntos con ninguno de ellos. Su aproximación era demasiado amenazante.

    —No puedo impedirle a los jóvenes ser jóvenes —dijo entonces mi padre, cruzando los brazos—. Saldrán de noche, toparán con extraños y un sin fin de cosas. Al final, más que como policía, como padre no me queda más que confiar en su capacidad cuidarse a sí mismos.

    El reproche de Bea a su hermano me sacó una risa ligera que me distrajo de lo que había dicho papá. Si bien yo no era que me escapara ni nada (no aquí, quería decir), pues a veces volvía tarde y demás. A ellos no les quedaba más que confiar en mi buen juicio, aunque ahora incluso yo me cuestionaba qué tan bueno era en verdad.

    En cualquier caso, el mayor expresó su apoyo a mi padre y él en respuesta se permitió una reverencia ligera. No fue tan fluida y natural como la de los japoneses, pero algo era algo.

    —Mi esposa y mi hija saben que siempre lucharé por volver a ellas, pues son las que le dan sentido a mi vida —dijo mientras se enderezaba—. De ahí en fuera, siempre ha sido un placer colaborar con la justicia y el orden.

    La primera parte me hizo desviar la mirada, avergonzada, y me quedé así mientras Bea hablaba en su atropello de tartamudeos, pero no fue hasta que corrí la vista a otro punto que noté al muchacho sentado en el capó del auto, mirando el teléfono y pasando de todo como un campeón. En comparación a los dos aquí presentes, sus facciones eran más afiladas, aunque no perdía parecido.

    —Supongo que no —apañó mi padre a lo del sol mañanero.

    Fue un impulso, vete a saber si confiaba en que querría chequear a sus hermanos menores o lo que fuese, porque aunque lo estaba viendo ser el más pasota de la cuadra me puse de puntillas y alcé el brazo para pretender saludarlo a la distancia, con una sonrisa bien grande en el rostro. Total daba igual, aplicaba la misma lógica de que seguramente para él no fuese más que una mocosa de instituto.

    Always a social butterfly —soltó papá al aire y yo volteé a mirarlo, haciendo un puchero—. ¡No era una queja!

    —¡La próxima no hablaré ni una pizca! —le solté haciéndome la ofendida y luego cacé a mirar la hora en el reloj de su muñeca—. Hmh, puede que no nos quede mucho tiempo aquí afuera...

    Voy amarrando el futuro cierre por si no alcanzara a postear mucho más (?
     

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