Three-shot de Pokémon - Mundo Llameante

Tema en 'Fanfics de Pokémon' iniciado por Kiwi, 18 Marzo 2019.

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    Kiwi

    Kiwi Beta-reader

    Aries
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    Título:
    Mundo Llameante
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    Para niños. 9 años y mayores
    Género:
    Fantasía
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    1
     
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    6561
    Welp. No podía irme sin postear mi propio spin-off de Havoc/Harvest. Esta historia toma lugar en el mismo mundo que esta de acá, esta otra de acá, y esta de acá. Also, de esta de acá. Y si creían que eso era todo, su vínculo más claro está con... esta otra de por acá.

    Have fun.

    Mundo Llameante




    I - Nombre Prohibido


    —¡Charmeleon, Dragoaliento!

    El lagarto de escamas negras trepó moviendo sus cuatro patas con agilidad, extendiendo sus afiladas garras para sujetarse de una estilizada columna blanca y disparar una potente ráfaga abrasiva de su hocico. Las lozas a cuadros rojos y negros de la arena refulgieron ante su calor. Su entrenador sonrió complacido; la batalla había terminado, la tercera medalla era suya.

    O al menos así debía ser.

    Sus músculos se tensaron cuando múltiples haces de luz comenzaron a surgir desde el blanco del ataque de su dragón hasta interrumpir por completo su ejecución, incapaz Charmeleon de mantener el disparo. Y de pie, en el centro de su objetivo, se erguía impasible un pokémon blanco de aspecto humanoide con la cuchilla de su antebrazo derecho en alto.

    Los contendientes se miraban el uno al otro desafiantes, pero los ojos del entrenador estaban clavados en su oponente: una chica menuda en el otro extremo de la arena, de largo cabello castaño oscuro con un mechón claro a la altura de la frente, entre rubio y blanco, ataviada en un conjunto sencillo de falda y blusa negras con una chaqueta blanca y un pañuelo rosa en torno a su cuello. Su piel tenía la claridad de quien vive en los climas templados y su semblante era amigable, devolviendo la mirada al retador con sus vivaces ojos grises.

    Imitando el gesto de su pokémon, la líder de gimnasio alzó su propio brazo como si fuera una espada y lo bajó emulando un corte.

    —¡Glade, Hoja Aguda!

    Pero el guerrero no la obedeció; haciendo gala de una velocidad espectral, desapareció de la vista de todos para resurgir detrás de un agotado Charmeleon, destrozando la columna con un revés de su brazo.

    —Psicocorte... y Sombra Vil.

    Ni ella ni su oponente esperaban ese movimiento, y mucho menos el dragón de fuego que se convirtió en un blanco sencillo al perder su punto de apoyo. Sin darle tiempo a recuperarse, Gallade se lanzó sobre él con ambos brazos brillando como sables, apareciendo y desapareciendo alrededor de su presa como un viento implacable mientras asestaba un corte tras otro en una brutal combinación ante la mirada pasmada de su entrenador.

    El espectáculo duró a lo sumo diez segundos, tras los cuales el espadachín hizo una reverencia a su rival abatido en el suelo.

    —Vuelve, Charmeleon —musitó el joven entrenador disgustado. La Medalla Espejismo se le había ido de las manos.

    —Fue un buen intento —dijo la líder—. Vuelve de nuevo mañana.

    —No volveré hasta que este chico sea un Charizard y pueda volar, tal vez entonces tenga oportunidad —respondió con un esbozo de sonrisa—. Me habían dicho que el Gimnasio Tesseus era difícil, pero no esperaba esto.

    Por su vestimenta (una chaqueta azul demasiado incómoda para el clima cálido de Tesseus y una gorra de la Federación) debía ser un extranjero. Sólo la mitad de sus retadores eran nativos de Aiwass de todos modos.

    —También voy a visitar el Mercado de Tesseus, dicen que ahí puedes comprar cualquier cosa.

    —Si existe, está a la venta en Tesseus —recitó la líder el viejo lema de la ciudad.

    —¿Incluso piedras evolutivas?

    —Si sabes dónde buscar —desvió la mirada hacia los escombros que había dejado la columna en el suelo—. Voy a cerrar en unos minutos. Si quieres, podría acompañarte.

    El muchacho aceptó y salió por la puerta principal mientras ella apagaba los reflectores, la pantalla de control, las cámaras y el resto de los equipos. Cuando se quedó solas con el pokémon, le dijo en voz alta.

    —¿Oíste eso? Te acaban de felicitar.

    Gallade alzó la mirada con un gesto altivo mientras cruzaba los brazos. Sus labios se curvaron en una media sonrisa.

    —Pero eso no significa que hagas lo que quieras en batalla. Y deja de dañar las instalaciones.

    Caminó hacia una puerta del fondo del gimnasio que correspondía a un pequeño armario. Tomó una escoba del mismo y la puso en manos del espadachín.

    —Sin ayuda de nadie.

    La sonrisa desapareció de su rostro. Glade inhaló con fuerza, como si recordara un mantra propio de su especie formado de tres palabras, y dejó salir el aire con un suspiro antes de empezar a limpiar. Nua lo observó trabajar por unos segundos mientras salía. Se había acostumbrado a la actitud del pokémon: libre, presumido y un poco egoísta.

    —Justo como ella.

    Porque nunca sería suyo. Su verdadera ama se había ido tiempo atrás.





    El mercado ambulante de Tesseus era el más grande de la región. Todos los días, cientos de comerciantes cubrían las calles alzando sus tenderetes multicolores o exhibiendo su mercancía en lonas a nivel del suelo. Tiempo atrás, cuando se atrevió a sobrevolar la ciudad, el mercado le pareció idéntico a un hermoso vitral, vivo por dentro. Pokéballs, bayas, piedras evolutivas y otros objetos, pero también joyería, ropa, perfumes y mil cosas más que no guardaban relación con los pokémon. Vendedores pregonando su mercancía, turistas que parecían encantados de dejarse timar, entrenadores luciendo sus pokémon a la espera de un intercambio y más. Todo a su alrededor irradiaba vitalidad, y no dejaba de sorprenderle que apenas dos años atrás, Tesseus hubiera sido un campo de batalla.

    El chico que caminaba con ella a paso lento miraba con indiferencia la mayoría de los locales, aunque sus ojos parecían brillar cuando avistaba algún pokémon de la región.

    —Los líderes de Aiwass son bastante duros. Llevo tres meses en la región y apenas he conseguido dos medallas. La primera fue en Ciudad Lyses: el líder era un sujeto enorme con un Sylveon que no pegaba para nada con él.

    Trató de hacer memoria: Keynan West, uno de los chicos que habían salvado a la región y decidió quedarse. Se habían visto un par de veces en reuniones con la Liga Pokémon.

    —La segunda fue en Ciudad Caribdis. La líder me dijo que después de vencerla debía probar suerte en este gimnasio —rió—, creo que quería hacerme una broma.

    Nua dejó que una sonrisa surcara su rostro al recordar a Scylla Frey, su hermana.

    —Ese Gallade... —prosiguió el chico hablando de lo único que parecía interesarle— Charmeleon no tuvo oportunidad, nunca había visto nada igual —le dedicó una mirada de curiosidad—. Supongo que de verdad son héroes.

    «Héroes». Aún tenía sentimientos encontrados al escuchar esa palabra.

    Hasta hace poco, Aiwass había sido la promesa de un nuevo mundo; una región en ascenso con una historia propia qué contar a los otros. Por espacio de veinte años experimentó un crecimiento económico sin igual, ganándose un lugar en la mira de los entrenadores más destacados. Al menos así fue hasta que mostró su verdadera cara: la de una tierra maldita que sembraba el caos y cosechaba el estrago; donde la nueva luz quemaba todo a su paso y los mitos eran pesadillas reales que danzaban en el fuego.

    —No creas todo lo que dicen en los medios —le dijo conteniendo su voz—. Dicen muchas mentiras.

    —Algunas eran demasiado obvias: decían que una organización corrupta controlaba la región, y que hubo una lucha por el poder entre ellos y la Liga Pokémon usando a la población de Aiwass. También algo sobre un pokémon legendario que podía controlar a otros, y un grupo de héroes que puso fin a la guerra.

    —Todo eso es mentira. —«Todo eso es verdad».

    —Pero lo entiendo —prosiguió el joven—. Después de pasar por todo eso, es normal que sean más fuertes que un líder promedio.

    Algunos de esos niños héroes habían elegido quedarse en la región, como Keynan West, quien asumió la posición de líder de gimnasio. Otros decidieron marcharse de vuelta a casa para no volver jamás. Pero de un modo u otro, Aiwass seguía adelante, aún si no era la misma Aiwass que Nua recordaba.

    —La ciudad más cercana es Icaros a partir de aquí. No conozco al líder de gimnasio, pero se especializa en el tipo eléctrico.

    —Entonces iré hacia allá cuando termine con Tesseus... —iba diciendo cuando Nua dejó de prestar atención. Pasaron junto a un puesto con curiosidades de la región y un tenue destello atrajo su mirada.

    Era un colgante común y corriente, una baratija de acero con forma de pokémon unida a un cordel, sobresaliendo en una caja llena de collares similares, pero lo que había llamado su atención era el pokémon en cuestión: un insecto similar a una polilla sin patas, con seis recias alas extendidas. Su cabeza estaba coronada por dos pequeñas astas afiladas y sus ojos eran dos esquirlas de vidrio tintado color esmeralda. A pesar de su aspecto burdo, la imitación transmitía un aire de misticismo y zozobra.

    —¿Qué es eso? —preguntó su acompañante mirando por encima de su hombro y atrayendo la atención del vendedor; un hombrecillo medio calvo de mirada afable que, sin embargo, se ensombreció al ver el collar.

    —Esto... esto no debería estar aquí —se disculpó mientras tiraba del cordel con dedos temblorosos—. Qué mal gusto.

    Nua entendió que el vendedor la había reconocido como la líder de gimnasio de la ciudad, pero el chico no se enteraba de nada.

    —¿Es un pokémon de Aiwass?

    El vendedor sonrió con visible incomodidad —Un error de diseño, sin duda. Le compré todos estos a un artesano que está medio mal de la cabeza. Ni siquiera me había dado cuenta de que estaba ahí —su voz casi parecía suplicante—. Llévese algo mejor que ésta baratija, cortesía de la casa.

    Tiró del cordel, pero Nua se aferró a la pequeña imitación.

    —No, me la llevo.

    —Por favor...

    —¿Cómo se llama ese pokémon? —insistió el chico.

    —No tiene nombre —respondió el vendedor mirándola sólo a ella—. No existe ningún pokémon así.

    —Ya no. Pero aún así lo quiero.





    Seguía mirando el collar cuando llegó a casa. En verdad era una burda imitación del pokémon que trataba de emular.

    «Aurumoth».

    Probablemente el vendedor lo tenía por accidente. Su nerviosismo parecía real, y aún así, una parte de ella estaba molesta con él.

    Entró por la puerta principal del gimnasio. Glade había terminado de barrer y la miraba con ojos de reproche y los brazos cruzados, pero la columna seguía destrozada. Suspiró, iba a tener que ajustar su presupuesto para reponerla.

    —Ahora limpia las ventanas —sonrió con malicia infantil, disfrutando la mueca de incredulidad del pokémon antes de arrojarle el collar de una esquina a otra del gimnasio.

    Glade abrió su boca de asombro cuando reconoció la figura.

    —¿La recuerdas? Era tu compañera, aunque ahora dicen que no existe.

    Recibió un quedo suspiro por respuesta y creyó ver en sus ojos una chispa de nostalgia. Si Glade hubiera pertenecido a otra especie, sí fuera un pokémon más instintivo y salvaje como un charmeleon o un charizard sería mas sencillo para él acostumbrarse a Nua, pero Miriam había sido una especialista en el Tipo Psíquico, y pokémon como ellos nunca olvidaban.

    Por eso soportaba de buen grado su actitud y los inconvenientes que solía causar. Porque, reflexionó mientras el pokémon volvía a sus deberes, Glade nunca la vería como su entrenadora; nunca podría llenar el lugar que Miriam dejó atrás.

    En su habitación había un contenedor de cristal ocupando la tercera parte de una pared. En su interior dormía un pokémon blanco de aspecto vagamente humanoide, suspendido en alguna sustancia verde y rodeado de esferas multicolor.

    —Nico —saludó Nua al entrar. La criatura abrió los ojos y agitó uno de sus cortos brazos mientras ella se dejaba caer en la cama.

    —Tú eras su favorito —insistió, pero el pokémon no dio señales de responder—. Hoy fui al Mercado de Tesseus. Quieren pretender que no existe, ¿sabes? Que nada malo sucedió aquí.

    Aiwass siempre había sido una tierra orgullosa de su historia, pero a solo dos años de lo ocurrido, su pueblo parecía querer olvidarlo todo. Habían premiado a sus héroes, sí, y habían hecho desaparecer a sus villanos.

    —Cuando era una niña veía su imagen por todas partes: en televisión, en anuncios, en la Liga Pokémon, en los concursos... Hoy parece que tienen miedo de decir su nombre.

    Porque Nua lo sabía: Miriam de Legion había sido toda una celebridad: coordinadora, líder del Alto Mando y representante de Aiwass ante el resto del mundo... y también la persona que estuvo a punto de convertir su hogar en cenizas.

    —¿Si dejas de pensar en algo puedes fingir que nunca pasó? —preguntó en voz alta casi sin darse cuenta— ¿Puedes borrar a una persona de la historia tan fácilmente?

    Alzó una mano extendida apuntando hacia el techo. Recordando. Evocando una imagen antes de volver la vista hacia el pequeño portarretratos a lado de su cama en el que aparecían ella y una mujer joven de cabello castaño e intensos ojos plateados envolviendo a Nua con sus brazos.

    —Yo aún recuerdo el incendio —murmuró antes de dormirse—. Aún puedo ver el fuego violeta.




    Hasta hace poco Nua había sido como todos esos entrenadores novatos que quieren hacer del mundo una aventura; una chica inocente que creía en la justicia y la verdad. Así, cuando el conflicto interno de Aiwass estalló, sus ideales la impulsaron a oponerse a New Light y unirse a las fuerzas del Alto Mando, sin saber que le estaba dando la mano al demonio. Y aún a dos años de lo ocurrido podía sentir sus garras en la piel.

    Hubo una guerra, una batalla final y un demonio al que poco le faltó para arrasarlo todo. Nua había luchado en el bando equivocado, pero sus relaciones con otros le permitieron salir bien librada del conflicto. Todos los días, al despertar, se encontraba a sí misma ocupando un lugar que no se había ganado y que a menudo sentía demasiado grande para ella. Pero era el único que tenía, y cada mañana debía hacer lo posible por mantenerlo a flote.

    Entró a la zona del gimnasio disimulando un bostezo. Kazam ya se encontraba ahí, sentado con las piernas cruzadas siguiendo un riguroso ritual de meditación. A diferencia del impetuoso y confiado Gallade, el psíquico puro se tomaba su papel en serio. Esa mañana, como todas las demás, Nua se preguntó qué pensaría Miriam del trabajo que estaba haciendo. Hubiera querido decirle que estaba bien, que sus pokémon la extrañaban, pero que seguían tan fuertes como siempre. Que aún había alguien en Aiwass que no trataba de olvidarla. Que quería darle las gracias.

    La columna en uno de los límites de la arena seguía partida a la mitad. Un siniestro simbolismo que la devolvió a la realidad.

    —Reflejo —ordenó, y una fina película de luz casi imperceptible envolvió la superficie del gimnasio. Al menos así evitaría que el gimnasio sufriera más daños—. Vamos a contenernos un poco, que al menos la mitad se lleven la medalla.

    En las praderas que se extendían entre las ciudades de Icaros y Tesseus vivía toda clase pokémon salvajes. En ocasiones, Nua consideraba la posibilidad de capturar alguno de tipo psíquico y entrenarlo para hacer las batallas de gimnasio mas justas, pero no se atrevía a hacerlo.

    «Ellos tampoco tienen otro lugar. No puedo quitarles esto».

    Hubo pocos retadores de todos modos. Fiel a su promesa, el chico del charmeleon no regresó y Alakazam se dejó vencer en tres ocasiones; un niño de diez años, una chica de su edad y un montañés se hicieron con la medalla. Por la tarde, después de cerrar las puertas y mientras terminaba de limpiar, escuchó un graznido a las afueras de su gimnasio y salió a ver de qué se trataba. Cuando llegó a la calle, logró distinguir a un Swanna que se elevaba batiendo las alas. Volvió la vista hacia su buzón y encontró un abultado paquete en su interior. No tenía remitente ni ninguna clase de sello. Sólo su propio nombre en letras grandes y llamativas:

    «Realta Nua».

    Volvió a su habitación con creciente curiosidad. Kazam le dirigió una mirada inquisitiva mientras la veía rasgar la envoltura por el camino.

    Lo primero que notó al llegar a su escritorio fue que se trataba de un libro: un grueso tomo de cubierta roja ornamentada. Tanto en el lomo como en la portada podía leerse el título del mismo en góticas letras doradas:

    «Mitos e Ilusiones de Aiwass»

    Ni editorial ni autor por ningún sitio. Su curiosidad se había convertido en verdadera expectación cuando abrió el libro por primera vez. En la página de guarda rezaba un principio que conocía de memoria.

    «Haz lo que tú quieras».

    Sintió un vacío nacer en su pecho. En la siguiente...


    Efesto

    La verdadera historia de la ciudad se remonta a hace dos mil años, cuando la Devastación Violeta se extendió por Aiwass. Los habitantes de las poblaciones cercanas se congregaron en la zona para erigir una fortaleza; una recia construcción que pudiera mantenerlos a salvo. Cuenta la leyenda que cuando la obra fue concluida, el Pokémon del Fuego Terrenal escaló por sus muros y la bendijo con su calor y, en su honor, el imponente castillo fue bautizado con el mismo nombre: Ignis, y que desde entonces sus llamas alimentan el corazón de su pueblo. Cuando la devastación volvió a su largo sueño, los descendientes del primer pueblo empezaron a construir nuevas viviendas al pie del castillo. Con el tiempo vinieron también comercios, templos y monumentos, y al cabo de treinta años fue fundada oficialmente Efesto: la primera ciudad en la región de Aiwass.


    Sintió una lágrima correr por su mejilla. La clara caligrafía de Miriam era inconfundible para sus ojos. Sabía que eso no era posible: Miriam había muerto dos años atrás en la última batalla mientras fungía como líder del Alto Mando en un mar de sangre y fuego que ella misma había invocado. Nua había pasado esos dos años tratando de asimilar la idea de su muerte y de pronto ahí estaba de nuevo, hablando desde las páginas de un libro. Sintió que el mundo perdía todo su sentido, qué la barrera entre los sueños y la verdad se hacía pedazos, y que de la fisura resultante surgía ella como un fantasma. ¿Qué haces cuando la única persona a la que has amado vuelve del mundo de los muertos? ¿Cuando el deseo que no te atreves a expresar en voz alta cobra vida ante tus ojos de una forma en que nunca lo imaginaste? Se resistió a creerlo, eso no podía ser verdad, y por el bien de su salud mental, se forzó a seguir leyendo.

    Poco ha cambiado en el aspecto de Efesto desde sus orígenes: la arquitectura de la ciudad es recia y dura, manteniendo una estética medieval pese al refinamiento de sus materiales y técnicas de construcción. Es también el principal exponente de la industria metalúrgica de la región, dada la riqueza de los suelos aledaños a la misma y el servicio que prestan los pokémon tipo fuego y roca oriundos de la zona en su desarrollo. Cercando a la ciudad se encuentra el famoso Muro de los Tiempos; una barrera circular de trescientos metros de roca sólida con una altura de trescientos metros de altura. Los habitantes de Efesto proclaman que la muralla es completamente impenetrable por la fuerza, y el tiempo les ha dado la razón hasta el día de hoy. La barrera cuenta con cuatro entradas diferentes situadas en dirección a los cuatro puntos cardinales, y tras haber ingresado por cualquiera de ellas, el visitante podrá distinguir el castillo de Ignis en el centro de la ciudad. A decir de algunos, el fuego encendido en su torre más alta guarda cierto parecido con una gigantesca hoguera. Otros señalan que tiene semejanza con un trono al que el pokémon legendario volverá cuando sea el momento.

    "La piedra no arde, el acero vuelve a forjarse y el fuego puede arder de nuevo". Son las palabras de un pueblo que ha soportado el embate de los más duros tiempos. Un pueblo que guarda en su interior la fuerza de un corazón de hierro.


    Apartó el volumen cuando una lágrima cayó sobre la página. Era Miriam sin sombra de duda, ¿cuándo había escrito eso? ¿Cómo había llegado a sus manos? No estaba en condiciones de responder ninguna pregunta. Casi podía escuchar su voz palabra por palabra, evocando la ciudad amurallada que ella misma había visto caer.

    Alzó la vista hacia la ventana y miró a través del cristal. En algún lugar a miles de kilómetros se encontraban las ruinas de lo que antes fue Efesto.

    —"La piedra no arde —recitó—, el acero vuelve a forjarse. El fuego arde de nuevo".

    Se preguntó si pasaría lo mismo con los espejismos.





    Greninja de Aiwass

    Se desconoce en qué momento fue introducida la especie al ecosistema de la región, pero desde su llegada a las arenas de Themis, la especie sufrió de severas adaptaciones para sobrevivir a un ambiente que le era hostil. Gracias a su increíble versatilidad genética, los Froakie nacidos a las orillas del río Vastari experimentaron una mutación paulatina a través de generaciones para absorber el agua del ambiente a través de su piel y retenerla por períodos de tiempo prolongados, si bien esto mermaba su resistencia a la exposición directa a la luz solar, misma de la que se protegían ocultándose bajo la arena. En algún punto de su historia, esto provocó que su tipo pasara de ser agua a tierra, su estructura ósea se volvió más fuerte y desarrolló finas garras en sus dedos escamosos para movilizarse rápidamente a través de la arena. En un artículo escrito por Acacia Knowing hace algunos años, se teoriza que su adaptación final al evolucionar fue provocada por la abundante presencia de pokémon tipo bicho en la zona, siendo sumamente vulnerable a su depredación en su última etapa. En la publicación presenta la idea de que la continua exposición a las altas temperaturas a lo largo de su vida deriva en que al evolucionar, Frogadier gane el subtipo fuego, pasando de ser presa a cazador y alterando completamente la pirámide alimenticia. Cierto o no, Greninja ha probado ser un depredador formidable, capaz de deslizarse con facilidad por tierra o agua a gran velocidad y sorprender al entrenador incauto con poderosas combinaciones de destreza física y potencia de fuego.


    Nua nunca había sentido un gran aprecio por la lectura, pero aquel libro era diferente a cualquier otro. Podía evocar la voz de Miriam a través de sus páginas, y en aquel momento de su vida era la única que deseaba escuchar. Sentirse segura y aconsejada por su maestra como antes de la devastación. ¿A quién le importaba que hubiera sido una villana al final? ¿Que hubiera escogido el bando equivocado por su devoción a Devastal? El mundo sólo conocía una parte de ella, y si Aiwass se esforzaba por olvidarla, Nua tenía derecho a recordarla como quisiera.

    Descripciones de las ciudades y su historia, descripciones de ruinas, especies pokémon, mitos y leyendas de la región. En un único tomo, Miriam recopilaba toda clase de información sobre Aiwass y su gente, como una guía que quisiera mostrarle el mundo. No habia un índice ni mantenía orden alguno; pasaba de la descripción de un pokémon a la biografía de un explorador y de la fundación de una ciudad a la leyenda de una catástrofe. Parecía escrito por capricho, por la mano de alguien que contaba lo que tenía ganas de contar, y como Nua sabía que Miriam no había sido una persona de letras, le parecía la única manera en que lograra escribir un libro.

    ¿Hace cuánto que lo había escrito? ¿Por qué? ¿Para quién? ¿Y cómo había llegado a sus manos? Empezaba a sospechar las respuestas a esas preguntas, aunque no tenía prisa por responderlas.

    El día pasó en un parpadeo. Glade, un poco amedrentado, se contuvo de causar más daños al gimnasio, pero su orgullo prevaleció y barrió el suelo con todos sus oponentes a través de devastadoras combinaciones. Cuando el último retador (un extranjero que vio fulminado a su Ivysaur con dos estocadas) abandonó el gimnasio, el tipo psíquico suspiró y volvió la vista a su entrenadora, esperando otra reprimenda por su forma de luchar.

    Pero Nua no parecía molesta, ni siquiera notó cuando el combate terminó. En su lugar miraba a Gallade con una intensa curiosidad.

    —¿Hace cuánto que estás aquí? —le preguntó. El pokémon, evidentemente, no respondió.

    —Hace algunos años, el Profesor Callahan trajo un pokémon consigo luego de un viaje corto a la región de Hoenn. Se interesó por sus capacidades psíquicas y todo eso, así que volvió con algunos ralts para estudiarlos, analizarlos, y después los liberó en un ambiente natural para comprobar su impacto en el medio ambiente de Aiwass.

    Caminó hacia las puertas del gimnasio para cerrar desde adentro mientras seguía hablando con un tono ligeramente ausente.

    —Pero no pudieron sobrevivir. Incluso en las praderas que rodean a Icaros, los pokémon salvajes eran demasiado salvajes, y acabaron con la población antes de que pudiera medirse un impacto. ¿Entiendes?

    Gallade no entendía nada. Empezando por el cambio de humor de su líder de unos días atrás.

    —Significa que no importa cuánto busque, no voy a encontrar otro como tú en la región. No puedo reemplazarte aunque quiera.

    «Servir, Proteger, Obedecer».

    Sintiéndose más confundido que nunca, la observó subir por las escaleras tarareando una canción. No tenía idea de en qué pensaba esa chica, y hasta hace poco estaba seguro de que la mayor parte del tiempo no pensaba nada.

    Bajó la vista hacia el colgante de Aurumoth y lo sostuvo entre sus dedos por un momento, sintiendo un mal presentimiento que no podía explicar.




    Cada nueva incursión al libro era un viaje al pasado de una región que hasta entonces no se había interesado en conocer. ¿Eran reales esas historias? ¿Importaba acaso que lo fueran? Miriam relataba todo con tanta confianza que parecía haberlo visto todo con sus propios ojos, y Nua estaba dispuesta a creerle aún si algunos detalles eran diferentes a como ella los veía. Mucho más vivo, una versión más perfecta del mismo mundo.

    La distancia era crucial. Página a página el libro se hacía más pequeño y sabía que tarde o temprano llegaría a su final. Leía lentamente, poco más de treinta o veinte páginas al día antes de cerrar el pesado tomo y rendirse de nuevo a sus sueños envueltos en llamas violetas, tratando de evocar el mundo en los ojos plateados de su maestra. Nunca yendo demasiado rápido, extendiendo la experiencia tanto como fuera posible. «Tal vez», pensó, su fascinación por el libro venía del hecho de que no hablaba de Tesseus, ni de la guerra, ni de Devastal, sino de una Aiwass que Nua no tuvo oportunidad de conocer. Esa fue su conclusión al terminar el capítulo sobre Ciudad Caribdis.

    —Ciento siete —murmuró golpeando la hoja con un dedo. Había leído un centenar de páginas y llevaba poco más de la décima parte. Había aprendido tanto en esos tres días que le parecía imposible que aún faltara tanto. Llevada por un impulso de curiosidad, empezó a pasar las páginas una tras otra, viendo sin leer otra cosa que los títulos, y como no notó ningún cambio, avanzó a más velocidad hasta que algo llamó su atención en últimas páginas: una caligrafía diferente que ocupaba la parte final del libro, una cursiva ostentosa muy diferente a la letra clara y sencilla de Miriam. Le produjo una sensación de rechazo tan fuerte que soltó el libro con brusquedad sobre su escritorio.

    —Por supuesto —se forzó a decir en voz alta. Miriam había muerto dos años atrás, así que el libro debió estar en manos de alguien más durante ese tiempo. ¿Quién le hubiera impedido modificarlo? Empezar a escribir donde Miriam lo había dejado. Era lo normal, pero no le gustaba la idea.

    Un extraño había aparecido en lo que hasta entonces era una conversación de dos, y aunque una parte de Nua estaba molesta, en el fondo sentía curiosidad por el nuevo autor, así que siguiendo otro impulso, comenzó a volver las páginas hasta llegar al punto en que la caligrafía cambiaba.

    La última página de Miriam hablaba sobre Icaros.

    Y después...




    Yo soy Miriam de Legion, líder del Alto Mando de la región de Aiwass y maestra del Tipo Psíquico; soy Miriam del Espejismo, campeona coordinadora de la Ópera Lunar y protectora de Ciudad Caribdis; mi nombre es Miriam de Aurumoth, una portavoz de Devastal, verdadero señor de esta tierra maldita; soy Miriam del Incendio Violeta, quien a sus órdenes trajo la Danza del Estrago y la Cosecha sobre Cirse; y soy Miriam de la Ley: maestra de Scylla Frey, Realta Nua y Liber al vel Legis.

    La historia comienza cuando yo tenía ocho años; todo lo que haya pasado antes carece de importancia, y pertenece a una zona de mi memoria que bien podría quedar en el olvido. Lo que de verdad importa es Cirse; justo como esta vez, cuando esos niños descuidados llegaron a la ciudad, de igual forma nuestra historia dio comenzó ahí.

    Cirse —seguía leyendo— era muy diferente entonces. No era la bella metrópoli que se convirtió en el corazón de Aiwass, ni la hoguera gigantesca que vino después. No, nada de eso, en aquel entonces Cirse era un pequeño pueblo costero con menos de doscientos habitantes; gente sencilla y supersticiosa que sobrevivía a través de la pesca y se protegía del viento marino en sus rudimentarias casas. Un pequeño ataúd triste y sombrío que ni siquiera aparecía en los mapas de la región.

    Hay dos clases de niños en Aiwass: los que no tienen padres y los que sí tienen. Yo era de los primeros y Mathos de los segundos; un chico alto y tan delgado como todos en Cirse, con el cabello negro y algo crecido, los brazos desnudos siempre cubiertos de golpes y arañazos de tanto meterse en peleas. Su padre era uno de esos pocos hombres que no se dedicaba a la pesca, y por eso su familia la pasaba un poco peor que otras, pero eso no amargaba su carácter. Mathos sabía hacer cometas con forma de Mantine y era más fuerte que los otros niños. Tal vez, si las cosas hubieran sido diferentes, él se hubiera convertido en un adulto decente, pero eso es algo que no puedo saber.

    Yo era de la otra clase de niños. Según la biología, todo niño debe tener un padre y una madre, pero los míos salieron tan pronto del panorama que ni siquiera podía recordarlos. En verdad no solía pensar mucho en ello. Acepta lo que la vida te da, nunca desees algo que no esté al alcance de tu mano. Esa era la única forma en que la gente de Cirse sabía vivir.

    Mathos era una excepción: él solía quejarse de todo y todo el tiempo. La comida era mala y siempre tenía hambre, el cielo era muy gris, el pueblo muy aburrido, los adultos muy serios. Ese día se estaba quejando de la lluvia que nos había estropeado la tarde mientras nos protegíamos bajo una cornisa.

    —Odio este pueblo —repitió como todos los días mientras abrazaba sus rodillas—, voy a irme y no voy a jamás. Cuando tenga mi pokémon...

    Faltaban dos meses para su décimo cumpleaños, la edad a la que los niños de Aiwass salían a su primera aventura, pero no había un profesor pokémon en el pueblo de Cirse, ni siquiera tiendas para comprar pokéballs. Mathos tenía pocas y ninguna oportunidad para conseguir su pokémon inicial. Y ambos lo sabíamos.

    —En el bosque hay pokémon. Tal vez podríamos atrapar alguno.

    —Bah, rattatas y cartepies seguramente.

    —No solo eso —insistí—, en las ruinas hay otros pokémon, como Venonat, y si cruzamos el bosque y llegamos a Tesseus, podemos encontrar charmander.

    Me miró a través del cabello negro que cubría sus ojos, dudando sobre si creerme o no. Aunque afirmaba ser valiente como todos los niños, Mathos nunca se había alejado demasiado del pueblo ni visto las ruinas de If.

    —No sirve de nada si no tenemos pokébolas —negó con la cabeza—, hey, podríamos conseguir un pokémon con el ricachón.

    El ricachón era un hombre recién llegado a Cirse. Tenía tanto dinero que se había construido una casa lujosa en el centro del pueblo, e incluso estaba llevando a cabo una instalación de electricidad pública. Contrataba a hombres del pueblo como el papá de Mathos y, desde su llegada, las cosas parecían ir un poco mejor.

    —No es un profesor, y no creo que vaya a darnos pokémones si se los pedimos.

    —Tonta, no se los vamos a pedir. Entramos a su casa y los tomamos.

    —Eso es robar.

    —Él tiene muchos, no le va a importar. El otro día lo vi bajando de su auto con muchos pokémones del bosque en jaulas.

    —¿Y si nos descubren?

    —Nos iremos en cuanto tengamos nuestros pokémones. Podemos escondernos en tus ruinas y luego seguir hacia Tesseus.

    —Ya sabía yo que te daría miedo —murmuró molesto, esperando provocarme con eso como siempre, pero esta vez no le respondí y solo abracé mis rodillas en silencio mientras él hacía lo mismo con el ceño fruncido, hasta que paró de llover.

    —Me voy a casa a preparar todo —se puso de pie—. Mañana por la noche entramos a la casa del ricachón y tomamos los pokémon.

    A Mathos le encantaba alardear de lo que haría, tanto de sus fechorías como de sus grandes hazañas. Era la forma en que se olvidaba de lo aburrida que era su propia vida, de lo limitadas que eran sus perspectivas. Era simplemente un niño dando rienda suelta a su imaginación y, ¿quién podría culparlo? Yo también quería tener mi propio pokémon, también soñaba con irme de aventura y visitar toda la tierra de Aiwass, y tal vez más allá. Había pokemon que volaban, ¿cierto? Con uno de ellos, hasta yo podría llegar más lejos que nadie. En los peores momentos, en las noches más frías, me gustaba perderme en esas fantasías hasta quedarme dormida.

    Pero ese día sentí algo diferente, había algo en su tono de voz que no sonaba como presunción, y conforme pasaban las horas, empecé a convencerme de que hablaba en serio. Empecé a sentir miedo de que así fuera porque una parte de mí sabía que no podía acabar bien, y mientras caminaba por el pueblo y caía la noche, más convencida estaba de ello.

    Mis pasos me llevaron hasta la casa del ricachón, tal vez más conscientemente de lo que quisiera admitir. Un edificio de tres plantas, con paredes blancas y tejados azules que para mí parecía un castillo. En la parte de atrás había un criadero, y en la delantera un amplio jardín con flores de todo tipo. Destacaba notablemente con el resto del terreno. Era como si alguien hubiera recortado una fotografía de una revista para pegarla sobre un periódico. Daba una sensación ominosa de antinaturalidad, como la de entrar en un mundo diferente. Ahora, luego de tantos años, entiendo que fue justo lo opuesto: era un mundo diferente el que invadía el nuestro, y poco a poco lo moldeaba a su imagen y semejanza. Y aunque esto probó ser cierto con el paso del tiempo, no deja de sorprenderme que fuera esa misma casa la que convirtiera toda Cirse en cenizas.

    Había un automóvil estacionado frente a la casa, un ostentoso vehículo blanco con interiores grises.

    La ventana del conductor estaba abierta, y el interior, vacío.

    Había un maletín en el otro asiento.

    Ese fue mi primer contacto con la caja de Pandora, el primero de muchos, y probablemente el punto en que todo comenzó. Si hubiera dado media vuelta en ese momento para marcharme en silencio, nada de lo que sucedió hubiera pasado nunca. A veces me pregunto si en ese entonces, una parte de él me condujo hacia el maletín, si fue su voluntad la que trataba de volver a la vida, de usarme como su instrumento para desatar el estrago, pero no quiero caer en eso. Al final, fue una decisión mía y fueron mis motivos los que me llevaron a ello. Cuando vi el maletín tan cerca de mí, con los pokemon en su interior, era yo quien deseaba tenerlos, y fui yo quien trató de robarlo. Estaba tan cerca, era tan fácil como entrar por la ventanilla, tomar el maletín y echar a correr lejos. Tendría pokémon, mis propios pokémon, y podría ir a donde quisiera, hacer lo que quisiera. Y aunque trataba de convencerme a mí misma de que lo hacía por buenas razones, de que era preferible que me atraparan a mí y no a Mathos porque él tenía padres y yo no, a pesar de todo, sabía que lo hacía por mí misma, y ahora, luego de tanto tiempo, estoy convencida de que ese fue el primer paso hacia mi caída.

    Luego de mirar en todas direcciones, salté al interior por la ventanilla. Mi primer impulso fue tomar el maletín, pero pesaba demasiado para mis brazos, así que traté de abrirlo en su lugar, luchando contra los seguros que parecían haberse atascado. No cedían, y cada segundo tratando de abrirlo era un segundo menos que tenía para escapar. Finalmente, y con el corazón latiendo a mil pulsaciones, decidí arriesgarme y arrastrarlo conmigo todo el camino, sólo para sentir una mano sobre mi hombro.

    —Pequeña —dijo su voz—, creo que eso es mío.

    Tardé una eternidad en atreverme a mirar atrás, tratando de convencerme de que no había oído nada, de que no me habían atrapado todavía. Cuando finalmente conseguí fuerzas para volver la cabeza, me encontré con un hombre joven, en sus treinta o tal vez menos, vistiendo un traje color crema con una camisa oscura y corbata azul. Piel clara, inmune a los vientos grises de Cirse, y cabello dorado que caía en rizos por su frente. Su rostro de facciones cálidas expresaban una sonrisa sincera y bondadosa, una sonrisa que te decía que todo estaría bien, la sonrisa de un salvador que te contemplaba desde lo alto con sus claros ojos azules. Sin embargo, ahora sé, (igual que tú), que esa sonrisa era solo para sí mismo, y todo lo que podían ver sus ojos era su propio reflejo mesiánico.

    —¿Tienes algún nombre?

    —Miriam.

    —¿Sabes quién soy, cierto?

    —El profesor...

    —Sí, algunos me llaman así. —Levantó el maletín con una mano y lo colocó en el asiento trasero. Terminó de entrar al automóvil, cerró la puerta y lo puso en marcha.

    —Mi nombre es Fen —me dijo conforme dejábamos atrás su casa—, Fen el Callahan.
     
    Última edición: 18 Marzo 2019
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