One-shot de Pokémon - Enero - Rescate

Tema en 'Fanfics Terminados Pokémon' iniciado por Maze, 24 Abril 2019.

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    Maze

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    Aries
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    Enero - Rescate
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    Fantasmas
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    Spinoff de acá

    Rescate

    La luz de los reflectores era tan intensa que lastimaba su vista, única fuente de iluminación en aquella guarida de mala muerte. Un estadio clandestino de los muchos que cada vez eran más comunes en la ciudad. El público constaba de unas doscientas personas que gritaban como si fueran mil, separados de la arena por una jaula de acero alrededor de los competidores, evitando al mismo tiempo que estos atacaran al público o que recibieran ayuda en mitad del combate. Además de ello, el área en que combatían los pokémon tenía la apariencia de un cuadrilátero con cadenas en lugar de cuerdas, evidenciando el mal gusto de su diseñador.

    El favorito del público era un Hawlucha de baja estatura y plumas opacas, con una profunda cicatriz que atravesaba su pico y mirada fiera. Sus extremidades, aunque cortas, daban una apariencia de fortaleza acentuada por sus afiladas garras.

    Su oponente era un pokémon extraño. Se asemejaba muy vagamente a un ave magenta de largo cuello y cabeza grande, con patas, cola y pico azules, aunque ni sus patas, ni su cola ni su pico parecían miembros reales, e incluso sus ojos lucían vacíos. Daba más la impresión de ser un juguete que un verdadero ser vivo, y como un juguete era tratado por su oponente, presentando múltiples magulladuras por todo el cuerpo, consecuencia de ser azotado contra la lona una y otra vez.

    —¡Tri-ataque! —ordenó su entrenador, pero apenas empezaba a cargar energía en torno a su pico cuando el tipo lucha lo sujetó fuertemente del cuello.

    —¡Golpe Mordaza!

    —¡Psíquico!

    Sus ojos vacíos empezaron a brillar, pero la luz que emitían parpadeaba débilmente, al punto de apagarse casi por completo cuando su adversario lo lanzó contra las cadenas.

    —Terminemos con esto, Lucho —rio el entrenador mientras alzaba su puño derecho, elevando también los gritos de la afición. Por su parte, el pokémon alado volvió al centro de la lona y saltó por los aires, listo para dar el golpe final, con una precisión tal que cuando alcanzó la parte superior de la jaula, su oponente había rebotado de las cadenas para quedar justo debajo de él.

    ¡Plancha Voladora!
    ¡Plancha Voladora!

    Su entrenador, sin embargo, no expresó la menor muestra de preocupación.

    —Ya sabes qué hacer —se limitó a murmurar, y un momento después la batalla había terminado.

    Los milagros no ocurren todos los días. Los sucesos probables ocurren más a menudo que los improbables, y justo así fue como terminó aquella batalla. No hubo un contraataque de último momento ni un desesperado intento de resistir; Hawlucha simplemente ejecutó su movimiento a la perfección, cayendo con todo su peso contra su oponente en una picada inmisericorde, como todos esperaban que pasara. Y cuando alzó sus brazos en señal de victoria con un pie sobre el maltrecho cuerpo del otro pokémon, ninguna voz se alzó para reclamar ni nadie fijó su mirada en el equipo perdedor.


    El local tenía algo parecido a una enfermería donde los participantes podían hacerse cargo de sus pokémon entre rondas; una sala mal iluminada con algunas sillas y mesas viejas, con un escaso surtido de vendas, revivir de dudoso aspecto y pociones de calidad pobre. Sentado en el suelo con la espalda contra la pared se encontraba el perdedor; un chico que no aparentaba ni veinte años, de estatura media y musculatura discreta bajo su piel bronceada. Sus facciones eran muy comunes, pero sus ojos ambarinos empezaban a oscurecerse. Su cabello era un manojo de rastas que llegaban a la altura de su cuello, y su atuendo constaba de unas zapatillas viejas, pantalones holgados y una camiseta roja de manga corta que dejaba a la vista los tatuajes con forma de plumas en sus brazos. A su lado se encontraba el pokémon vencido, completamente inmóvil. Presentaba fisuras en su superficie como si estuviera a punto de romperse, y en sus ojos inexpresivos brillaban de forma intermitente dos luces roja y azul.

    El joven se llevó una mano al bolsillo del pantalón, tomando un encendedor y un paquete de cigarrillos. Estaba por encender uno cuando la puerta se abrió de repente.

    —¿Hay alguien aquí?

    Se trataba de su oponente: un sujeto más o menos de su edad, pero mucho más alto. Llevaba una sudadera verde deslavada y el largo cabello negro le cubría los ojos.

    —Ah, el chico de antes... ¿cómo está tu pokémon?

    Por toda respuesta señaló con el pulgar a la inerte criatura. El otro sujeto hizo una expresión de pena.

    —Tal vez nos pasamos un poco.

    No pudo contener una mueca de disgusto. No era raro que en esos espectáculos los pokémon acabaran muertos, ya sea por la violencia con la que luchaban, por la carga que los anabólicos ilegales ponían en sus cuerpos, o simplemente por el trato inhumano al que eran sometidos. De cualquier modo, una vez en ese mundo, no podías quejarte si al final del encuentro tenías un cadáver entre tus manos, y las más de las veces era el mismo público el que lo pedía.

    —¿Llevas mucho en esto?

    —Un par de meses, hemos tenido duelos duros, pero Lucho no ha perdido una sola batalla.

    «Llegará el día» pensó para sí mismo «y cuando suceda vas a perder esa estúpida sonrisa».

    —Oye, ese pokémon es bastante raro. ¿Dónde lo obtuviste?

    —Por ahí.

    —Se ve bastante mal. Tal vez quieras llevarlo a un Centro Pokémon.

    —Lo último que quiero es que empiecen a hacerme preguntas por su estado.

    El vencedor hizo silencio al quedarse sin una respuesta. Un momento después, los dos ojos del pokémon se encendieron al mismo tiempo, así que se levantó, lo sujetó por el cuello y lo metió en una bolsa de tela marrón que posteriormente se puso en el hombro.

    —¿Y la pokéball? —preguntó el de la sudadera cuando pasó a su lado.

    —No tengo una —dijo al final del pasillo.



    Lyses era un lugar muy diferente hace diez años. Los bellos rascacielos de cristal que en el futuro serían el orgullo de sus habitantes aún no existían, y su lugar era ocupado por monstruosos edificios de hierro, fábricas de muros ennegrecidos por el humo y construcciones sin terminar. Ni siquiera había un gimnasio pokemon en la ciudad, y los cielos eran invariablemente grises. No había el menor rastro de la gracia y esplendor que la caracterizarían con el paso de los años.

    Arrel Strauss llegó a la ciudad con doce años, un pequeño polizón en un camión de carga, sin nadie de quién depender ni más recursos que la ropa que llevaba encima desde Sinnoh. Había escuchado que Lyses era una tierra de inmigrantes donde cualquiera podía empezar una nueva vida, y eso fue lo que llevó sus pasos hacia ahí. Lo que nadie le dijo es que incluso entre los inmigrantes había categorías, y que la vida a la que podía aspirar un niño sin aptitudes para nada difícilmente podía llamarse vida. Seis años habían pasado desde entonces, y se había convertido en alguien que sólo por fuera se parecía a un hombre.

    Encendió un cigarrillo tras otro mientras pateaba las calles, esperando a que el oscuro cielo nocturno empezara a clarear. Los encuentros clandestinos cesaban horas antes del amanecer, y para cuando el día empezaba ya se encontraba vacío salvo por un par de guardias. Era una mera cuestión de paciencia. Confiar y esperar a que llegara el momento preciso.

    Lo había practicado decenas de veces, había estudiado el ir y venir del personal, planeando con cuidado cada paso y visitando cada estadio ilegal en la ciudad con la suficiente frecuencia para pasar desapercibido, y aún más importante, para darle tiempo suficiente a Porygon2 para decodificar.

    —Ahora —susurró cuando se encontraba a pocos metros del edificio. Los ojos del pokémon empezaron a brillar, ocultos en la bolsa de tela, conectándose a la red de seguridad y desactivando las cámaras y cerraduras electrónicas. Para cuando llegó a la puerta trasera, abrirla fue tan fácil como entrar en su propio apartamento, así que procedió a tomar notas de cada detalle de la estructura, siempre buscando algún detalle que hubiera pasado desapercibido en su visita anterior.

    Poco antes de salir, dio un ligero rodeo para volver a la arena en la que había perdido horas antes, una desagradable jaula de acero en medio de un escenario muerto. En una ciudad de desconocidos como Lyses, no había una sola persona que supiera su nombre.

    Cuarenta y cinco minutos después salía con su botín, tratando de aparentar una tranquilidad que estaba lejos de sentir. Sus manos temblaban, el sudor le cubría los párpados y el corazón le latía furiosamente. Y aunque sabía que era peligroso quedarse en los alrededores, apoyó la espalda contra la pared y se deslizó torpemente hacia el suelo antes de que sus piernas lo traicionaran. Aún ahora no recuerda cuanto tiempo pasó en ese estado, pero sabe que tarde o temprano alguien lo vio. En la silenciosa ciudad donde nadie nunca mira a nadie, alguien fijó sus ojos en él y, por la razón que fuera, decidió apostar su tiempo con él.

    Era una mujer joven, no mucho mayor que él, de estatura media y cuerpo delgado. Su atuendo lo componían una blusa blanca, una minifalda recta y zapatillas deportivas que contrastaban con el resto, todo debajo de una larga bata blanca. Su largo cabello le recordaba la sombra de un árbol, y sus ojos verdes brillaban como el olivo. Sus labios eran delgados, pero se curvaban de una forma que insinuaba malicia.

    —Es una ciudad deprimente, lo sé. Pero no tanto como para que duermas en el suelo.

    En condiciones normales le hubiera respondido gran cantidad de cosas. Por ejemplo, que llevaba toda su vida durmiendo en el suelo, pero la cabeza aún le daba vueltas y le costaba trabajo siquiera concentrarse en su voz, así que se limitó a devolverle la mirada con hostilidad. Ella, sin embargo, no perdió su seguridad y le tendió la mano.

    —Vamos, tienes un aspecto horrible.

    Incómodo por su presencia, y temiendo que alguien se fijara en ellos, aceptó la ayuda que le ofrecía, y en cuanto sus dedos se entrelazaron, ella tiró con fuerza hacia arriba. Con una fuerza poco apropiada a su complexión, y antes de que pudiera acostumbrarse a esa idea, ella se acercó a su oído y susurró:

    —Esa no es forma de tratar a un pokémon.


    Cuando recuerda los sucesos de esa mañana, cree que echó a correr luego esas últimas palabras. Lo deduce porque sabe que un rato después se encontraba en su propio apartamento; un deteriorado cuarto en un edificio de mala muerte, con la respiración agitada y al límite de sus fuerzas. Pero cuando trata de evocar lo que ocurrió justo entonces, confiando solo en su memoria, se encuentra con un espacio en blanco. Es incapaz de recordar nada más, ni siquiera si sintió miedo, ira, o quizás una emoción muy diferente. Sabe que huyó, pero no porque haya estado realmente ahí, sino porque es la única respuesta lógica. Sentía miedo, alguien lo había descubierto e hizo lo que cualquiera haría en su situación: huir y pasar las siguientes horas en el suelo de su habitación, durmiendo por minutos, siempre a la espera de que alguien derribara su puerta y acabara con todo mientras su pokémon lo miraba desde el otro extremo del apartamento con sus ojos inertes.

    ¿De verdad era un pokémon? Hasta donde sabía era algo más parecido a un juguete. Es cierto que conocía pokémon artificiales, pero hasta los magnemite y bronzor evidenciaban estar vivos. Porygon2, o como quiera que se llamase, se limitaba a obedecer órdenes. Nunca parecía sufrir, ni pedía alimento, ni se cansaba, al grado que a veces se preguntaba si estaba ante una criatura o una cosa.

    Esa mujer le había dicho que debía tratarlo mejor.

    ¿Cómo sabía que lo tenía? ¿Qué más podía saber?

    El día se convirtió en tarde, la tarde en noche, y él seguía perdido en los ojos vacíos del pokémon, buscando, sin saberlo, la menor señal de que estuviera vivo, pero todo lo que podía ver era una máquina. ¿Acaso tenía sentimientos? ¿Acaso sabía lo que era el sufrimiento? Su cuerpo estaba cubierto de grietas y abolladuras, ¿o eran cicatrices? Y aún así, nunca había hecho ni una expresión de dolor. ¿Estaba torturando a un ser vivo, o utilizando a conciencia una máquina hasta el límite de su resistencia? No tenía forma de saberlo, pero el pensamiento le causaba escalofríos, más aún cuando llegaba a la conclusión de que, aún si fuera el caso, probablemente no se detendría. A su propia forma, él también estaba roto, y al igual que el pokémon, hace mucho que no estaba vivo.

    —Hoy es la gran noche —le dijo—. La aventura termina.

    Porygon2 volvió al saco y Arrel Strauss volvió a la calle. Sus pies sabían a donde llevarlo aunque su cabeza siguiera en las nubes oscuras de su conciencia. Era el momento de terminar todo. Una última visita al estadio clandestino, y después, ¿quién sabe? Aiwass era una región muy grande y seguro habría un lugar para esconderse. Tal vez volver a Icaros y tomar un Ferry, a Sinnoh o a cualquier otro lugar. Nunca lo encontrarían, nadie lo había visto jamás.

    —No te muevas —dijo alguien a su espalda. Sus temores se materializaron; lo habían descubierto. Su primer impulso fue echar a correr y perder de vista a cualquiera que estuviera tras él, pero antes de que pudiera dar un paso y cruzar al otro lado de la calle, unos dedos fuertes lo aferraron por el antebrazo.

    —No te muevas, es peligroso.

    Lo siguiente que supo fue que el mundo se volvía rojo y azul. A sus oídos llegó el sonido de una sirena, luego otra y otra más. Frente a él pasaron los vehículos de la policía local uno tras otro, a tal velocidad que si aquella mano no lo hubiera sujetado, la historia de Arrel Strauss hubiera acabado bajo sus ruedas.

    Aturdido, se volvió para mirar a su salvador: era la mujer de la bata.

    —¿Qué tal si vamos a algún lado?


    Lo primero que le dijo fue su propio nombre: Acacia Knowing, y que era una especie de entrenadora pokémon. Arrel se dejó llevar hacia una modesta cafetería en las cercanías de la bodega que ocultaba el estadio, rodeado y acordonado. Guiados por los oficiales, tanto los dirigentes como los competidores eran conducidos a los vehículos. Buscó con la mirada al sujeto del hawlucha, pero no pudo encontrarlo.

    —¿Qué sucedió? —preguntó al fin. La mujer de la bata se encogió de hombros.

    —Le seguíamos la pista desde hace tiempo. Esta clase de lugares surgen con facilidad, pero encontrarlos y sorprenderlos es más complicado. Y mientras me infiltraba en el sistema, noté que alguien había burlado los sistemas de seguridad.

    De nuevo esa sonrisa maliciosa.

    —¿Qué va a pasar conmigo?

    —El allanamiento es un crimen, así que podrías estar en problemas, pero soy la única que lo sabe, así que podemos olvidarnos del asunto. Si me muestras al pokémon.

    Arrel miró a su alrededor, tragó saliva y abrió la bolsa de tela sobre la mesa, ¿qué otra cosa podía hacer? El pokémon cayó inerte haciendo un ruido hueco. Acacia Knowing lo tomó entre sus brazos con cuidado y empezó a examinarlo. Su rostro se volvió una máscara sombría.

    —No volverás a tratar un pokémon así.

    —No es un pokémon, ni siquiera está vivo...

    —¿Y quién decide eso? ¿Y cómo es que este chico llegó a tus manos?

    Su semblante cambió, y Arrel se sintió intimidado por su nueva expresión. Lo estaba examinando, midiendo su valía, y sabiendo instintivamente que no podía engañarla, contó su historia tal como la había vivido: la historia de aquel prototipo que había robado en Ciudad Marina, esa cosa defectuosa que probablemente acabaría en la basura de cualquier modo y que pensaba vender en cuanto tuviera oportunidad. Ese pokémon-algo que mostró tener un potencial muy superior a lo que había imaginado y que se había convertido en su principal modo de supervivencia. ¿Estaba vivo? Sabía que no, o al menos creía saberlo hasta que ella insinuó lo contrario. No comía, no respiraba, no respondía...

    Su explicación fue interrumpida cuando ella empezó a reír. Una risa ligera, carente de la malicia que había sentido en sus gestos.

    —¿Lo mejor que pudiste pensar fue desactivar un par de cámaras y cerraduras? No tienes idea de lo que tenías entre manos, en más de un sentido.

    Acacia Knowing pagó por ambos y lo guió de nuevo al exterior mientras llevaba a Porygon2 en brazos.

    —Lyses es un sitio demasiado sombrío. He hablado con las personas indicadas, pero no parecen entender el problema.

    —¿Problema?

    —Quiero cambiar Aiwass. Si Aiwass es demasiado grande, cambiar lo que pueda; un paso a la vez, como Lyses, quiero que sea un lugar en el que cualquiera quiera vivir.

    Arrel pensó que era el momento ideal para reír. Había dicho algo sumamente ridículo, así que se imponía la necesidad de una carcajada, pero no encontró en sí mismo las fuerzas para hacerlo. Sonaba tan segura de sí misma que le había quitado las ganas de burlarse.

    —¿Cómo?

    —Un paso a la vez. Cuando vaciemos las cuentas del estadio clandestino, el dinero que ibas a robar, quiero hacer algo por esta ciudad. Abrir un hospital, tal vez. Se han roto muchos huesos en este lugar, podríamos empezar por curar algunos. Después habrá forma de hacer las cosas, una biblioteca pública con miles de libros para leer, un gimnasio pokémon donde los combates sean amistosos, museos, tiendas... un paso a la vez, podemos convertir esta ciudad sombría en algo mucho más brillante, ¿no te interesa?

    Arrel abrió la boca, pero volvió a cerrarla antes de decir nada. Su ciudad de origen no era muy diferente de lo que Acacia Knowing sugería; un lugar en el que brilla el sol y la tecnología está al alcance de todos, en la que el progreso y la cultura forman parte del día a día. Aunque reconocía que Ciudad Marina era prácticamente un hogar soñado, en un paraíso como aquel no había encontrado su lugar y finalmente acabó huyendo para no morir en las calles. Lyses, con sus sombras de negro y gris, era un sitio más adecuado para él, en el que podía dar rienda suelta a sus capacidades. Nunca fue feliz en él, pero siempre había un día después de otro. Arrel solo tenía que vivirlos hasta que estuviera demasiado cansado para seguir intentando.

    —Aún suponiendo que puedas...

    —Puedo. Conozco a las personas correctas. No somos los únicos que queremos despertar en una Lyses diferente.

    Se volvió para mirarlo, para examinarlo de nuevo con sus ojos verdes.

    —Voy a pasar algún tiempo en Lyses si quiero hacer todo esto, y eso supone un problema con mis deberes de líder. Voy a necesitar a alguien que pueda encargarse de mi gimnasio y mis investigaciones; alguien que no se sienta muy cómodo en las ciudades, y especialmente, alguien que sepa tratar bien a los pokémon.

    Estrechó a Porygon entre sus brazos. La sonrisa volvía a su rostro.

    —Voy a quedarme con este pokémon. A cambio, te ofrezco mi lugar. Te ofrezco mi casa, mi gimnasio y mi posición como líder.

    ¿Qué estaba diciendo esa mujer? Él apenas sabía nada de pokémon, ni de cómo administrar un lugar, ni de nada en absoluto. ¿Y quería convertirlo en un líder de gimnasio?

    —Puedo enseñarte todo lo que haga falta. Durante algún tiempo tendrás que ser mi aprendiz, pero después de eso serás libre de ir a donde quieras. Puedes volver a Sinnoh, viajar por Aiwass o viajar por el mundo, pero te prometo que serás una persona diferente. Y por supuesto, siempre serás bienvenido en Alseide.


    Type recuerda poco más de lo ocurrido en esas veinticuatro horas. La última imagen en su memoria es la de Acacia Knowing con Porygon2 en sus brazos y cómo esa criatura, aunque completamente inerte, parecía diferente. Algo en sus ojos vacíos se asemejaba a una sonrisa.

    Diez años han pasado desde entonces, y ha encontrado las respuestas a algunas de las preguntas que se planteó entonces. Trabajar con ella no fue fácil: era irritable, voluntariosa y sentía muy poco aprecio por las reglas. Dada a largos silencios y repentinos ataques de ira bajo su exterior sereno, y sin embargo, nada de eso le importaba. Acacia Knowing le había dado un lugar al cual pertenecer, su propio lugar, sin saber nada acerca de él, y estaba decidido a llenar sus expectativas. Con ella aprendió sobre los pokémon y la relación entre estos, los humanos y su medio ambiente. Aprendió a hablar con propiedad, a usar una bata y a disfrutar de los combates, aprendió a amar los bosques y la esperanza de un nuevo día. ¿Por qué lo había hecho? Tal vez porque vio algo en él que valía la pena donde nunca nadie se había molestado en mirar, de la misma forma que él no pudo ver el alma de Porygon2 hasta esa noche y, sin duda, de no haberla conocido, hombre y pokémon estarían rotos a estas alturas. ¿En qué momento sus sentimientos fueron más allá de la gratitud y la admiración? Como los bosques de Alseide, ese es un terreno imposible de delimitar.

    Un acto de fe, un voto de confianza. Esa era la diferencia entre una vida destruida y una vida reconstruida, y podía llegar de cualquier forma; un desconocido dispuesto a convertirse en tu hermano en un momento de crisis, una enemiga dispuesta a perdonarte luego de hacerle tanto daño cegado por el odio, o una mano desconocida que se tiende hacia ti antes de que caigas al abismo.

    Y ahora que vuelve a Pan, con un fantasma a su sombra y la victoria sobre sus hombros, sabe que es su turno de rescatar a alguien. El corazón de los bosques aguarda por él.
     
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