One-shot Admiración y desencanto [HxH x PP!UA]

Tema en 'Mesa de Fanfics' iniciado por Gigi Blanche, 8 Diciembre 2019.

  1.  
    Gigi Blanche

    Gigi Blanche Equipo administrativo Game Master sixteen k. gakkouer

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    Escritora
    Título:
    Admiración y desencanto [HxH x PP!UA]
    Clasificación:
    Para adolescentes. 13 años y mayores
    Género:
    Amistad
    Total de capítulos:
    1
     
    Palabras:
    1412
    Título: Admiración y desencanto
    Roles: HunterxHunter, Proyecto Pygmalion
    Personajes: Bleke Middel, Ophelia Byrne.
    Notas: bueno, estaba que explotaba de ganas de hacer aaaaalgo con Ophelia, y somehow salió esto. Sería una especie de continuación de la storyline de Bleke del crossover que hice hace un tiempo entre todos mis pjs. Y nada, de repente soy bien gay por ellas. Ah, e hice esto para la actividad Navidad rolera de Kurone<3

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    Admiración y desencanto


    Me incliné hacia la ventana, una cierta curiosidad repiqueteando en mis dedos temblorosos, a medida que recibía la profunda oscuridad del cielo nocturno, tan calma e infinita, en contraste con el desfile de luces de colores animando la ciudad. Casi aplasté la nariz contra el vidrio, intentando abarcar la mayor cantidad de panorama posible. La gente reía, la música sonaba, y los copos de nieve descendían en vaivenes amplios, cubriendo la acera, los techos de los autos, los tejados, las copas de los árboles. Había cerca un señor vendiendo chocolate caliente y la emoción se me escapó al exhalar, empañando el cristal que me separaba de la Navidad.

    —No creí que te gustara tanto esta época.

    La voz de Ophelia me distrajo y me giré hacia ella. Estaba sonriéndome, sentada al borde de su cama, mientras se peinaba el largo cabello mojado. Noté entonces el aroma a su shampoo inundando la habitación y la puerta del baño abierta.

    Le sonreí en respuesta y me corrí el cabello detrás de la oreja.

    —¿Demasiado frívola?

    Ophelia sacudió suavemente la cabeza.

    —Más bien desencantada, diría. Siempre tuve la sensación de que nuestras personalidades eran similares en ese sentido. ¿Hay algo que añoras de la Navidad, Bleke?

    Volví la vista hacia la ventana, y deslicé mis dedos sobre la superficie empañada del vidrio. Era húmedo y frío, y las luces parpadeantes se distinguían con claridad entre los surcos limpios.

    —Son las primeras fiestas lejos de casa, y además es el fin del año. Pensar dónde estaba al comienzo, y dónde estoy ahora… Es tan diferente.

    —Ah, la obligada retrospectiva anual. Pensar que el tiempo transcurre de forma indistinta y constante desde siempre, sin comienzos, sin finales, sin intervalos; pero el ser humano decidió un día fraccionarlo en conjuntos abstractos, como si de una pizza se tratase, y ahora sentimos tanta diferencia entre un treinta y uno de diciembre y un primero de enero, o entre un primero de enero y un treinta y uno de diciembre, como si fueran entidades ontológicamente disímiles. Y no se trata, a fin de cuentas, más que de convenciones sociales para regular y organizar nuestras vidas.

    Sonreí ligeramente mientras la oía, habituada a sus repentinos monólogos. Ya eran seis meses viviendo juntas, después de todo.

    —No puedes negar que son útiles, sin embargo.

    —¡Jamás me atrevería! Nuestra sociedad, después de todo, está diseñada para ser ridícula, inmensa y asfixiantemente eficiente. El tiempo es dinero, Bleke, y ese no es solo un refrán oportuno.

    Ophelia se había incorporado, una vez acabó de cepillar su cabello, y había comenzado a caminar por la habitación mientras hablaba. Esa era la señal de que tenía mucho para decir. Yo la oía, entre tanto, mientras abrazaba mis rodillas sobre el alféizar y contemplaba la avenida principal de la ciudad en silencio.

    —Tan sólo piénsalo —prosiguió la castaña—. Nuestras civilizaciones occidentales pasaron de labrar los campos y medir el tiempo entre sol y sol, a fraccionarlo en décadas, años, meses, semanas, días, horas, segundos, ¡milisegundos! Santo cielo, hemos enloquecido. La tecnología avanza y parece ajustar cada vez más la soga en nuestros cuellos. Primero nos hicieron vivir para producir; ahora, para consumir. ¿Se puede decir que seguimos siendo individuos libres poseedores de derechos? Cuando el sistema nos devuelve la mirada, ¿qué ve en nosotros? ¿Ciudadanos o consumidores? Es triste, ¡es una tragedia! Ah, ¿cómo les permitimos reducirnos a esto? ¿En qué momento?

    —No llorarás, ¿verdad?

    Ophelia se detuvo unos segundos al oírme, pude sentirlo.

    —Siempre me gustó el sonido de tu voz. —De alguna forma, supe que estaba sonriendo más ampliamente que de costumbre—. Es tan suave como una pluma de cisne, es refinada y sutil, pero también puede volverse rígida y afilada, como el filo de una navaja. Me gusta mucho apreciar los sonidos, pues jamás fui capaz de reproducirlos con mis manos. Y tu voz, dulce Bleke, es de mis sonidos favoritos. Estoy segura que algún día lo extrañaré hondamente.

    Me giré hacia ella. Su discurso se había tornado bastante más personal que de costumbre, y no estaba segura si debía atribuirle cierto significado oculto. A Ophelia le encantaba jugar con las palabras, y aún más que eso, amaba la comedia y la tragedia. Toda ella transmitía la sensación constante de ser un personaje teatral atorado en la realidad.

    —¿Quieres salir a recorrer la avenida? —le propuse.

    Ella sonrió.

    —Me encantaría, Bleke. A pesar de que la Navidad haya olvidado prácticamente todas sus raíces cristianas, que el capitalismo se la haya engullido de un bocado y ahora se limite a ser una burda, insulsa e hipócrita razón para consumir como idiotas irracionales.

    —Tú sí que sabes arruinar lo que sea.

    —A pesar de todo eso. —La voz de Ophelia sonó muy cercana, lo cual me sorprendió. Me incorporé ligeramente y una tela suave y esponjosa me rodeó el cuello por detrás—. Feliz Navidad, Bleke.

    Bajé la mirada, apreciando una bufanda mullida y grande color azul marino. Luego miré a Ophelia, quien se sentó junto a mí en el alféizar y me sonrió. Yo le sonreí de vuelta.

    —Estoy segura que combina con tus ojos, Bleke, y que contrasta con tu tono de piel —agregó, desviando los ojos hacia la ventana—. Muero por verla bajo la luz del sol.

    Mi sonrisa se ensanchó de forma involuntaria, mientras estrujaba suavemente la tela entre mis dedos e inhalaba su aroma a lana. Jamás había pensado que esta Navidad recibiría algún regalo, y mucho menos de Ophelia.

    —Gracias —murmuré—. Luego te compraré algo.

    Ophelia me arrugó la nariz y frunció el ceño.

    —¿Comprar? ¿Acaso quieres regalarme un producto manufacturado industrialmente y producido en masa, en una fábrica china donde los empleados trabajan doce horas diarias, llevan su almuerzo en los bolsillos y hasta duermen en un sofá cochambroso y destartalado junto a las máquinas enormes, frías, oxidadas y perversamente eficientes? —Se incorporó casi de un brinco, con los brazos en taza—. ¡Claro que no, señorita! Preferiría cientos de veces una tarjeta hecha a mano por un niño de cinco años, llena de rayones y con una caligrafía incomprensible.

    —¿Aunque luego la botes en la basura? —le repliqué, viéndola desde abajo.

    Ella me dirigió una mirada de soslayo y se corrió el largo cabello castaño del hombro con elegancia.

    —Puede que no sienta un apego especial por los niños, pero jamás desprestigiaría su trabajo duro si le ha dedicado tiempo, esfuerzo y concentración, por más horrible que sea el resultado final. Nadie nace sabiendo.

    —Te haré algo, entonces. Le dedicaré tiempo, esfuerzo y concentración, y así no podrás rechazarlo.

    Ophelia se giró hacia mí y me sonrió.

    —«Señor, ¿con quién podría tratarse mejor la hermosura que con la honestidad?» —citó, en voz clara y elocuente, para luego volver a descender a la Tierra y dirigirme la mirada—. La mejor versión de ti es cuando dices y escribes lo que piensas, Bleke. Brillas, y eres preciosa. No lo olvides. ¿Nos vamos?

    Me incorporé y la seguí, descolgando mi abrigo del perchero. Ella se puso unas orejeras grises y salió primera, sosteniéndome la puerta con una sonrisa.

    Me encontré disfrutando de aquella Navidad sin que mi alma se deshiciera en lágrimas, y enterré el rostro en mi bufanda mientras veía a Ophelia disfrutando de un conjunto musical improvisado al costado de la acera. Quizá fuera la alegría en el ambiente de la avenida, o el cálido aroma del chocolate caliente, o la persona tan extraña y oportuna que había conocido en esa ciudad. ¿Cómo era el mundo a través de sus ojos? ¿Qué colores poseía? ¿De qué forma exactamente había sido capaz de conciliar el desencanto con la profunda admiración?

    Quería saberlo.

    —Bleke, ¿tienes unas monedas? Me gustaría dejarles algo, pero he salido sin dinero.

    Quizá, si permanecía más tiempo junto a ella, podría averiguarlo.
     
    Última edición: 8 Diciembre 2019
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