Long-fic El buen crossover [UA | multifandom]

Tema en 'Mesa de Fanfics' iniciado por Gigi Blanche, 28 Agosto 2019.

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  1. Threadmarks: Capítulo I
     
    Gigi Blanche

    Gigi Blanche r e l o a d a b l e #NoHomo ♡ Duende bloguero

    Piscis
    Miembro desde:
    1 Abril 2019
    Mensajes:
    482
    Pluma de

    Inventory:

    Escritora
    Título:
    El buen crossover [UA | multifandom]
    Clasificación:
    Para adolescentes. 13 años y mayores
    Género:
    Comedia
    Total de capítulos:
    8
     
    Palabras:
    1934
    Nombre de mierda: El buen crossover
    Roles: BTOOM!; HxH; Clock Tower; Deadman Wonderland; Accel World; Fate/Stay Night; El Pueblo.
    Notas: esta cosa rara va hecha por la actividad Reunión familiar. Iré publicando los capis a medida que los escriba. Tengo planeados cuatro, but who knows. Todo puede pasar.
    Advertencia: puede que todos los capítulos acaben con nombres de novela ligera (?




    Capítulo I
    Buenas amigas, hermanitas adorables y molestas vecinas
    .

    Personajes: Morgan O'Connor, Hanabi, Bleke Middel, Annabelle Reese.
    .
    .
    .

    —Oye, ¿cuál era esa canción que sonó el otro día?

    Morgan desvió los ojos de su móvil al oír la pregunta de Bleke. Su dedo comenzó a golpetear el borde de la funda violácea, mientras pensaba.

    —El otro día… —murmuró, viendo al techo.

    —Estábamos en casa, con Stov. Entonces empezó una canción y tú dijiste que la conocías.

    —Ah, sí —dijo, casi monocorde, volviendo a su celular para tipear a gran velocidad—. Esta, ¿verdad?

    La música pop sonando en el parlante junto a ellas fue repentinamente cambiada por una canción más lenta y suave.

    —Sí, esa —afirmó Bleke, sonriendo satisfecha antes de volver a recostar la cabeza sobre el borde de la cama—. Pon una radio de ellos, suenan bien.

    —Sí, señora —soltó Morgan, algo burlona, pero sin perder la calma y homogeneidad que caracterizaba a su tono de voz.

    A Bleke tampoco le importó en lo más mínimo su comentario, pues siguió hojeando el libro que llevaba entre manos. Morgan, echada sobre la cama, le echó un vistazo a su contenido. A pesar de la distancia no precisó más de algunos segundos para reconocerlo; era suyo, después de todo.

    —Pensé que seguías con Poe —comentó al aire, retomando su tarea de bajar por el dash de Instagram.

    —Lo acabé ayer —respondió Bleke, sin quitar los ojos del libro—. Hoy me llevaré este a casa.

    —Sí, señora~

    El tiempo siguió corriendo de aquella forma, firme y silencioso. The Neighbourhood sonaba a un volumen moderado, acompañando el sonido de las hojas al pasar, constante, y el tecleo en el celular, esporádico. Los rayos de sol se colaban por el ventanal del balcón, entibiando los brazos y piernas desnudas de Bleke. Era un día de primavera relativamente fresco, pero los vaivenes de temperatura en las estaciones cálidas no parecían afectarla en lo más mínimo. Morgan, en cambio, se acomodó la campera y bajó de la cama, sentándose en el piso junto a su amiga. Allí le daba el sol y era agradable. Estiró las piernas, alcanzando a arrugar la alfombra, y se desperezó un poco. Aquella hora siempre la ponía un poco somnolienta, y el ambiente tan calmo de la habitación no contribuía a espabilarla.

    —¿Quieres algo? —inquirió luego de un rato, incorporándose—. Bajaré a hacerme un café.

    —Ah, voy contigo. —Bleke cerró su libro sin el menor atisbo de duda, lo dejó sobre la mesa ratona y miró a Morgan, esperando que saliera.

    O’Connor la vio hacer y se encogió de hombros, girándose para emprender su camino hacia las escaleras. A esa hora su madre aún estaba en la oficina y Hanabi, en la escuela. El silencio era total y el sol bañaba la casa con una luz dorada y suave.

    —¿Café? ¿Té? —murmuró Morgan, poniendo agua en la cafetera.

    —Descuida, yo me ocupo.

    Bleke llenó la pava eléctrica hasta la mitad y la activó sobre su base, yendo luego a la alacena para bajar una taza. Morgan la vio hacer y reprimió una sonrisa divertida, meneando la cabeza. A veces olvidaba el tiempo que llevaban siendo amigas; el suficiente como para que Bleke pudiera manejarse con tranquilidad en la cocina.

    —Por cierto —dijo la rubia, cortando el silencio, mientras elegía las hierbas para el té—, ¿cambiaste tu shampoo?

    —Ah, sí. ¿Se nota mucho?

    —Sí, bastante. —Echó el agua caliente en la taza y esbozó una sonrisa ligera—. Me gusta el aroma. Nunca consigo que mi cabello huela a algo.

    Morgan la observó de reojo, mientras Bleke removía el infusor dentro de la taza y se colocaba el pelo detrás de la oreja. Era rubio, casi blanco, y chispeaba bajo la luz solar según ella se moviera.

    —Será el tipo de pelo, también —respondió Morgan, sentándose a la mesa redonda de la cocina.

    Bleke hizo lo mismo en la silla continua y su celular vibró sobre la madera. Le echó un vistazo rápido y lo dejó donde estaba, sin preocuparse por atender o contestar.

    —¿Tu padre? —apostó Morgan, sonriendo apenas.

    Bleke sacudió la cabeza suavemente, mientras sujetaba la taza con ambas manos y aspiraba el aroma del té.

    —Stov. —Pudo sentir la mirada de su amiga encima suyo, por lo que suspiró apenas y agregó—: No es nada importante, luego le respondo.

    Morgan se encogió de hombros y la dejó ser, desviando la mirada hacia la ventana que daba a la calle. Conocía a Bleke desde la secundaria, y aún no comprendía del todo su relación con Stov. Bueno, siendo justos, tampoco acababa de comprender cómo habían logrado ser tan amigas. Sus personalidades se parecían, sí, pero era justamente esta característica la que dificultaba sus análisis. Ambas calladas y hurañas, con tendencia al mal temperamento y bajos niveles de tolerancia. Morgan se creía una fortaleza de hielo hasta que conoció a Bleke, y descubrió que lo suyo había sido siempre un juego de niños. La chica apenas permitía que alguna luz o matiz atraviese su armadura; eternamente calmada, inexpresiva, decidida. Como si fuera una existencia superior venida de un futuro muy, muy distante, y ya supiera qué hacer y decir en cada situación. Como si tuviera todas las respuestas en la palma de su mano.

    Con el tiempo, Morgan había conseguido acostumbrarse a su personalidad e incluso conocerla un poco más en profundidad. Al final, por supuesto, era tan humana y mundana como cualquier otra persona; pero podía entender por qué Bleke había llamado siempre la atención, fuera donde fuera, de una forma diferente. No por poseer un temperamento ligero, o facilidad para charlar, o por la estridencia de su risa. Su apariencia de nieve brillaba pálida, y por debajo de ella, un aura de misterio y hermetismo rodeaba y protegía todas las respuestas a las preguntas que uno se haría tras conocerla.

    —¿Qué quieres hacer esta noche?

    Morgan volvió los ojos a Bleke luego de oír su pregunta, y le dio un sorbo al café.

    —No lo sé, ¿quieres salir?

    —¿Adónde?

    Morgan se encogió de hombros.

    —¿Temple bar?

    Bleke asintió, en silencio, mientras se cruzaba de piernas y dejaba la taza sobre la mesa.

    —¿Le decimos a alguien más? —inquirió Morgan.

    Middel meneó la cabeza, con los ojos puestos sobre los círculos imaginarios que iba trazando sobre la madera.

    —No creo, no.

    La pelinegra la vio hacer y dejó el asunto allí, recostando la espalda en su silla. El sonido de un motor conocido llegó a sus oídos y, segundos más tarde, la puerta de entrada se abrió. Hanabi entró primera, casi a trompicones, y se lanzó sobre el sofá en busca del control remoto.

    —Oh, hola, chicas —saludó Sarah al verlas en la cocina, dejando las bolsas de compra sobre la mesada.

    —Buen día, señora Hamilton —respondió Bleke, casi solemne, irguiéndose un poco en su silla.

    —Hola, mamá. —Morgan volvió la cabeza sobre su hombro y soltó una risa corta al oír el bullicio que Hanabi estaba causando—. ¿Son las cinco?

    —Cinco y cinco, sí. —Sarah sonrió, colocando los brazos en taza—. Se la pasó todo el camino pidiéndome que condujera más rápido.

    La canción que ya muy bien conocían comenzó a sonar en la televisión, acompañada del murmullo bajo pero emocionado de Hanabi. Bleke sonrió ante la escena y revisó la hora en su celular, comprobando que, efectivamente, eran cinco y cinco.

    —Bien, yo debería ir yéndome —anunció, incorporándose sin dilataciones—. Adiós, señora Hamilton. ¿Nos vemos a la noche, entonces?

    —Sí, ven luego de cenar —respondió Morgan, acompañándola hasta la puerta.

    —Ah, espera. Dejé el libro arriba. Ya regreso.

    O’Connor se quedó a mitad de camino, y le lanzó una mirada a su hermanita desde el umbral de la arcada que dividía el living de la cocina comedor. Estaba tan ensimismada en su programa favorito que siquiera notó su presencia. Se le dibujó una sonrisa enternecida al verla disfrutando tanto, y entonces el timbre de la entrada sonó.

    —¡Morgan! ¿Puedes ir tú? —exclamó Sarah, desde el fondo de la casa.

    La chica caminó el poco pasillo que le quedaba hasta la puerta y abrió, encontrándose con el rostro sonriente de su vecina.

    —¡Morgan, hola! Cuánto tiempo. ¿Cómo has estado?

    —Hola, Anna —murmuró, notablemente menos emocionada que la joven frente a ella, pero se esforzó por ser educada—. Bien, ¿y tú?

    —¡Muy bien! Vi que Sarah ya había llegado, y mamá me pidió que les trajera esto.

    Morgan bajó la mirada al tupper lleno de comida y lo recogió con ambas manos, volviendo luego a la sonrisa imborrable de su vecina. Llevaba un bonito broche rosa en el cabello castaño que la hacía lucir aún más joven de lo que era. ¿En qué año iría? ¿Habría acabado ya la secundaria? No tenía idea.

    Siendo honestos, nunca le había caído muy bien.

    —Gracias, Anna. También agradécele a tu madre.

    La sonrisa de la chica se amplió aún más y juntó las manos detrás de su espalda, soltando una risa corta y suave.

    —¡No es nada! Después de todo, el otro día Sarah nos dio un poco de ese estofado tan delicioso que hizo.

    —Ah, sí, el de pollo.

    —¿Anna?

    La voz de Hanabi llegó a los oídos de ambas chicas, y Morgan alcanzó a girarse al tiempo que la niña llegaba junto a ellas y se lanzaba a los brazos de la castaña. Anna la alzó en el aire y se saludaron con toda la emoción del mundo.

    —Relaja el ceño —susurró Bleke, cerca de Morgan, luego de llegar junto a ella—. Se te nota demasiado.

    O’Connor chasqueó la lengua de forma disimulada y desvió la vista. La rubia sonrió divertida ante la escena y Morgan la fulminó con la mirada.

    —Ah, de eso sí te ríes.

    Mientras, Hanabi y Anna parecían ser totalmente ajenas a todo.

    —¡Anna, ven adentro! —exclamó la niña, queriendo jalarla del brazo—. ¡En la tv están dando mi programa favorito!

    La castaña se agachó junto a Hanabi y le acarició la cabeza.

    —Lo siento, Hanabi, tengo tarea que hacer. ¡Se viene un examen muy importante y no puedo holgazanear! Luego de eso vendré a jugar tooodas las veces que quieras, ¿sí?

    —¡Sí!

    Bleke rió bajito al presenciar el intercambio; pero, sobre todo, al ver las reacciones disimuladas de Morgan. Luego de unos pocos minutos, Hanabi volvió adentro y Anna se incorporó, quitándose las arrugas de la falda. Bleke juró que si la chica no fuera tan pura e inocente habría notado de inmediato las vibras… asesinas que Morgan estaba despidiendo.

    —¡Bueno, debo irme! Nos vemos, ¿sí? ¡Adiós, chicas!

    Morgan le regaló la sonrisa más falsa y prefabricada del mundo y suspiró luego, una vez Anna se marchó. Bleke se adelantó unos pasos, saliendo al porche.

    —¡Bueno, debo irme! —exclamó, imitando la alegría y el tono de voz de la chica—. Nos vemos, ¿sí? ¡Adiós, Morguie~!

    Morgan se mordió el labio, meneando la cabeza, aunque no pudo reprimir la sonrisa divertida.

    —Adiós, idiota. Nos vemos a la noche.

    Ya, ahí estaba la otra razón por la cual eran amigas.
     
    Última edición: 28 Agosto 2019
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  2. Threadmarks: Interludio I
     
    Gigi Blanche

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    8
     
    Palabras:
    767
    .
    .


    interludio I . I see you
    p a s a d o
    .

    Personajes: Morgan O'Connor, Bleke Middel.
    .
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    .


    Bleke sujetó la cabeza de su amiga entre ambos brazos, hundiéndola contra su pecho, apretando los dientes tan, tan fuerte. La chica se sacudió, protestó, rasguñó y buscó liberarse por todos los medios existentes; pero su cuerpo no le respondía como deseaba y rápidamente se cansó. Bleke la mantuvo allí, firme e inalterable, aguardando por que la tormenta acabase. Por que Morgan se rindiera.

    Los segundos y los minutos transcurrieron. Los quejidos y el forcejeo fueron reemplazados por brazos temblorosos y exhalaciones pesadas.

    Sollozos.

    Bleke entreabrió los labios, separando sus dientes. Fue liberadora la relajación de su mandíbula entumecida, y fue dolorosa la incertidumbre del futuro. No se separó de Morgan, pues no sabía qué otra cosa hacer. La espera la sofocaba, y el cuerpo entre sus brazos era delgado y pálido. Se sentía hecho de arena, como un castillo, cada pequeño grano apilado sobre otro.

    En ese momento, Bleke sentía que el único pegamento manteniendo al castillo en pie eran sus brazos.

    Pensar, tenía que pensar. ¿Podía hacer algo más? Abrió los ojos y miró hacia todos lados. El callejón estaba genuinamente desierto, ni siquiera corrían autos por la avenida. El silencio del mundo se presionaba contra sus oídos; se oía irónico y carcomía su compostura. En un planeta tan enorme, atestado de gente, allí estaban. Solas, vacías, entumecidas.

    Por primera vez en mucho tiempo, Bleke le tuvo miedo a la oscuridad y soledad del mundo en que vivían; de aquellos callejones que solían frecuentar, de las personas con las que al final no podían contar. Si hubiesen tomado otras decisiones, si hubiesen nacido en otras familias… si no se hubiesen conocido nunca.

    ¿Las cosas serían diferentes?

    Volvió a apretar los dientes, aunque doliera como auténticos aguijones, pues era necesario.

    Para salvar al castillo de derrumbarse.

    Para mantener su propio castillo en pie.

    Para tragarse las lágrimas.

    —Te veo. —Las palabras flotaron por sí solas fuera de su garganta, y sintió el cuerpo de Morgan apenas reaccionar contra el suyo; era débil, pero era—. Te veo —repitió, aferrándose a la chaqueta de su amiga con ambas manos—. Cuando te vienes abajo y eres un desastre, cuando te gusta tu reflejo y sonríes.

    Boqueó por aire, ya no podía contener las lágrimas. El frío húmedo de la noche se pegó a sus huesos temblorosos y buscó abrigo en sus castillos de arena.

    —Te veo —murmuró una vez más, dejando caer la frente en el hombro de Morgan—. Cuando brillas como el sol, y cuando bebes hasta vomitar. Cuando no te soportas y también cuando te amas.

    Las palabras salían con dificultad entre las lágrimas y sus intentos por respirar. Los recuerdos quemaban como fuego vivo y se odió por romperse cuando su amiga la necesitaba fuerte, pero no podía. No podía dejar de recordar y poner en palabras; porque cada vez que acababan así, Bleke solo sabía abrazar a Morgan y preguntarse qué podría haber hecho para salvarla a tiempo.

    Nada.

    —Te veo cuando le tienes miedo a los cambios y cuando odias tu realidad. Cuando te sientes inferior a un insecto y cuando te crees capaz de vencer al mundo. Te veo. Cuando odiaste a tus padres, cuando quisiste morirte.

    Te veo.

    Se quedó allí con ella, durante minutos que se hicieron eternos, hasta que la ambulancia por fin llegó y tuvo que soltarla. La vio de lejos, mientras la cargaban en la camilla, tomaban sus signos vitales y se cerraban las puertas del vehículo. Bajó la mirada a sus manos, donde aún lograba percibir el fantasma de un cuerpo trémulo, frío y triste. Sumamente triste.

    Se pondría mejor, lo sabía. Su cuerpo sanaría, su consciencia volvería. Pero ¿cuál sería el primer pensamiento en atravesar la mente de Morgan cuando sus ojos se encontraran con el techo del hospital? ¿Qué sentiría? ¿Alivio o decepción? ¿Esperanza o resignación?

    Silencio otra vez. La noche se sentía eterna y vacía.

    Te vi cuando quisiste morir, cuando te heriste hasta sangrar, cuando el mundo te dio la espalda y no supiste cómo escapar.


    Y te veo ahora, cuando aún quieres morir y no sé si te puedo salvar.


    .
    .

    Ahora veo el género comedia que le puse al thread y me río de mi puto culo que no puede mantenerse alejado del angst ni en un pinshi crossover.
     
    Última edición: 30 Agosto 2019
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  3. Threadmarks: Capítulo II
     
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    3540
    Notas: niños, no hagan esto en sus casas(? Also, usé varias canciones a medida que iba escribiendo el capi, pero como nadie va a tener ganas de ir escuchándolas a medida que aparezcan dejo la primera y ya gg
    Advertencias: da cringe (?




    .
    .


    Capítulo II
    Malos hábitos
    .

    Personajes: Morgan O'Connor, Bleke Middel, Joey Wickham, Connie Dubois, Natalia Márquez.
    .
    .
    .

    i.


    El vodka quemó con intensidad, bañando su garganta, su pecho, la boca de su estómago, de un extraño, rápido e incontrolable ardor. La petaca vacía bailaba al compás de la radio, deslizándose entre sus dedos largos y flacos con presteza. El esmalte rojo brillaba bajo las luces intermitentes de la avenida que transitaban velozmente, su cabello rosáceo desparramado en el cabezal del asiento, su perfume floral inundando aquel pequeño cubículo. Era seguro, era suyo. Allí, donde nadie podía herirlos, nada podía interrumpirlos. Donde todo era tan lento como fugaz.

    Go ahead and cry, little girl.

    La voz de Connie sonaba baja y distante, acompañando el ritmo suave de la canción, mientras sus sentidos embotados se distraían con el desfile de luces a través de la ventanilla. Joey conducía en silencio, siendo parte tan imprescindible y a su vez desapercibida de esa escena congelada en el tiempo.

    —¿Dejaste algo? —inquirió, echándole un vistazo rápido a su compañera.

    Connie, quien había estado enroscando el cabello de sus coletas en un dedo, se detuvo para ver a Joey. El pelo descendió en cascada, hasta chocar contra su hombro.

    —¿Hmm? —ronroneó, agitando de forma burlona la petaca junto al rostro del chico—. ¿Esto, dices?

    Joey se mordió el labio y meneó la cabeza, recibiendo una risita divertida en respuesta. Podría haber sonado infantil y dulce, como la alegría de una niña pequeña; pero en boca de Connie, dentro de aquel auto, a altas horas de la noche, su voz y esencia no reflejaban ni un atisbo de inocencia. Llevaba una camisa blanca, bastante entallada y desabotonada; su ligera transparencia permitía vislumbrar el contorno negro de la lencería de encaje, a juego con la falda oscura y las botas altas de tacón. Joey dudaba cansarse algún día de observarla.

    —Debería haber traído mi cámara.

    Connie sonrió ante el comentario del muchacho y alzó los brazos en alto, alcanzando el techo con las manos, y presionó allí para desperezarse un poco.

    —¿Por qué dices? —inquirió, sedosa, girándose apenas hacia él.

    —Porque estás preciosa —soltó sin más.

    Joey no se cansaba de observarla, y tampoco le interesaba disimularlo. En aquella posición, donde Connie había flexionado un poco su pierna derecha para descansar la rodilla en el asiento, su piel blanquecina brillaba pálida y contrastaba con el color oscuro de la falda, ligeramente corrida hacia arriba. Además, permanecer inclinada sobre su costado le servía a la perfección para realzar la voluminosidad de sus pechos. Joey se sonrió al devolver los ojos a la autopista, doblando en la primer intersección.

    Esa perra… tenía todo calculado.

    —Puedes fotografiarme cuando volvamos a tu departamento, si quieres —ofreció, inclinándose aún más cerca de él—. Tenemos toda la noche~

    Joey sonrió y alzó un poco los hombros, evitando que se echara encima suyo.

    —Ya, ya. Tengo que conducir.

    Connie soltó una risa cantarina, mordiéndose el labio luego de ceder y volver a su asiento. Joey a su lado encendió un cigarrillo y bajó la ventanilla, permitiéndole el ingreso a la brisa nocturna. El coche se deslizaba suavemente sobre el pavimento, casi como un arrullo. Connie cerró los ojos por un momento, acariciando su cabello ondeante, respirando hondo, mientras la canción seguía sonando y ligeros escalofríos recorrían su cuerpo. La piel desnuda de sus piernas reaccionó ante el contacto de la brisa fría y los dedos ajenos colándose por debajo de su falda.

    I’m not entirely here —murmuró, fijando sus ojos entreabiertos en las luces danzantes del exterior—. Half of me has disappeared.


    ii.


    —¡Hola, mis preciosas! ¿Ya vieron qué noche tan hermosa? Sabía que no iban a fallarme. ¿Con qué van a arrancar? ¿Lo de siempre?

    Morgan asintió, sentándose en un taburete de la barra. Bleke hizo lo mismo a su lado, y le sonrió a la mujer que las había atendido.

    —Hola, Nath. ¿Cómo va?

    —Ah, ya saben. Como siempre. Muchos viejos ahogando penas en alcohol, muchos adolescentes ahogando vida en alcohol. Parece ser santo remedio.

    —No lo sé, tú trabajas en un pub desde hace quince años. Tú dime.

    Nath soltó una sonora carcajada, mientras batía una bebida con mano diestra y se acercaba a hablar con otro cliente, un muchacho recién llegado que se había sentado junto a Bleke. Morgan le lanzó una mirada sugerente a su amiga, divertida, que la rubia comprendió de inmediato y rodó los ojos, soltando un suspiro. Recargó los codos en la barra y echó un vistazo sobre su hombro, encontrándose lo que esperaba. Fresca juventud, eterna tozudez, agobiante confianza. Tuvo que hacer un esfuerzo por contener la risa hasta girarse hacia su amiga.

    —¿Qué dices? —inquirió Morgan por debajo de la música, cerca de su oído—. ¿Vale la pena?

    Bleke sonrió y se encogió de hombros, cruzándose de piernas.

    —Siempre lo vale, ¿no?

    —¡Muy bien, chicas! Un gancia batido por aquí, una cerveza por acá. Disfruten, mis damas. Cualquier cosa me llaman.

    Nath desapareció en un santiamén y Bleke sonrió contra el borde de su vaso al oír cierta voz masculina a su izquierda.

    —Ah, ¿ya habían pedido? Qué lástima.

    Bleke lo vio de reojo, confirmando que le hablaba a ella. Encontrarse con sus ojos acabó por darle toda la información que necesitaba para definir el panorama y tomar una decisión.

    —¿Una lástima? ¿Por qué dices? —respondió, utilizando una voz más suave y aguda de lo normal.

    El chico se tomó un segundo para sonreír y carraspear la garganta. Morgan, desde su posición, meneó la cabeza y le dio un sorbo a su bebida, muy divertida. ¿Qué estaría pensando? ¿”Vamos, campeón, es tu oportunidad”?

    Qué lindo.

    —Pues, porque planeaba invitarte, claro.

    —Ah, qué pena~ —soltó Bleke, recargando el rostro en el dorso de su mano—. Bueno, una cerveza se acaba rápido, ¿no?

    El muchacho estiró el brazo y tomó su vaso, entonces, empinándoselo hasta el fondo. Al acabar, esbozó una sonrisa amplia y se carcajeó apenas, alzando el brazo para llamar a Nath.

    —Cierto, se acaban muy rápido. Qué barbaridad. Tendré que pedirte otra.

    Bleke había permanecido allí, mientras su sonrisa se ampliaba más y más al observar el comportamiento de aquel tipo. Vaya, ¿lo había subestimado? Eso no solía ocurrirle. Cuando Natalia llegó, el chico pidió por ella y la mujer le lanzó una mirada rápida a Bleke, arqueando levemente la ceja. Middel captó su mensaje y le guiñó el ojo, inclinándose apenas sobre el muchacho para distraerlo y desviar su atención de Nath.

    —¿Cómo te llamas? —le preguntó.

    —Bryan, ¿y tú?

    —Bleke, y ella… —Se echó hacia atrás para no tapar la línea de visión entre ambos—, es Morgan. Mi mejor amiga.

    Bryan se encontró con el rostro sonriente de O’Connor, quien lo saludó con la mano. Él hizo lo mismo, intentando disimular su desentendimiento de la situación. Sin éxito, claro.

    Ellas se esperaban esa reacción; pasaba siempre, después de todo. Era la prueba de fuego.

    —Ah, hola, Morgan —dijo Bryan, volviéndose hacia Bleke—. ¿Son de por aquí?

    —Algo así —respondió, balanceándose hacia adelante y hacia atrás—. Vivimos en la parte norte de la ciudad, algo lejos de aquí.

    Nath dejó el vaso de cerveza y Bleke le agradeció, bebiéndose la mitad de golpe. Bryan silbó al verla, divertido, y Morgan del otro lado meneó la cabeza. ¿Estaba apresurada?

    ¿No creía… poder retenerlo mucho tiempo?

    —Vaya, eres menos frágil de lo que parecías —comentó Bryan, recostando los antebrazos en la barra para inclinarse hacia Bleke.

    Ella sonrió al notarlo y se encogió de hombros, soltando una risa suave.

    —Tengo buena resistencia, a decir verdad. Y eso que no has visto a Morgan —comentó, señalando a su amiga—, es un toro.

    —¡Oye! —exclamó O’Connor, elevando la voz para hacerse oír.

    Ambas sonaban relajadas, alegres y sociables. Se les daba bastante bien fingir.

    —¿Un toro? —carcajeó Bryan—. ¿Eso no es un poco cruel?

    —¡Ni que lo digas! —intervino Morgan, inclinándose hacia ellos por la brecha que Bleke abrió entre ambos—. ¿Tantos años de amistad y así me pagas? Eres mala~

    —¿Son amigas hace mucho?

    —Más de lo que puedo contar —dijo Bleke, apoyando la cabeza sobre el hombro de Morgan, y le sonrió a Bryan—. Nacimos y crecimos aquí, y fuimos a la misma escuela.

    —¿Tú eres de aquí? —le preguntó Morgan al chico, dejando que Bleke permaneciera apoyada sobre ella.

    —Algo así. Me mudé el año pasado, estoy estudiando.

    —¡Ah! —exclamó Bleke, alternando su mirada entre ambos—. Mira si alguna vez nos cruzamos en el campus.

    —¿Van al Trinity?

    —Sip~ —contestaron ambas al mismo tiempo, y soltaron una risa tras darse cuenta de la coincidencia.

    —Entonces es probable. —Bryan sonrió—. O quizá no tanto.

    —¿Por qué lo dices? —inquirió Bleke.

    El muchacho la miró y estiró sus labios de una forma diferente, más… ¿seductora?

    —Porque, sin lugar a dudas, recordaría haberme cruzado a dos chicas como ustedes.

    Bleke y Morgan compartieron una mirada rápida ante su comentario. A ojos de Bryan, solo eran dos amigas divirtiéndose y disfrutando el rato juntas para charlar y ligar con alguien, mientras bebían y se emborrachaban poco a poco.

    Pero, a ojos de ellas, Bryan sólo era un pobre infeliz que les cuidaría la billetera como no tenía idea.

    —¡Ah! —exclamó Bleke, luego de charlar un rato, dejando el vaso vacío sobre la barra con cierta premeditada torpeza—. ¡Esta cerveza es genial!

    —¿Verdad? ¡Hey! —Bryan alzó el brazo, llamando a Nath—. Danos más de esta. ¿Tú quieres algo, Morgan?

    —¿Yo? —inquirió, fingiendo sorpresa, y agitó la mano mientras sonreía—. Nah, no te preocupes, por favor.

    Bryan sonrió galante y le pidió a la bartender que fueran tres. Bleke y Morgan rieron y chillaron como adolescentes, regodeándose sobre cuán lindo era Bryan. Nath, entre tanto, servía la cerveza y las observaba en silencio.

    No sería quien interrumpa su diversión, pero mierda…


    iii.


    Al final, habían tenido sexo en el auto. Ni siquiera aguardaron por entrar al pub, pasar el rato y emborracharse. Joey aparcó el coche en un estacionamiento cercano al bar, ocupando uno de los slots del fondo. Ya saben, los más oscuros y menos transitados. Apagó el motor, y el silencio de la noche apenas tuvo tiempo de marcar su presencia. Cuando Joey volvió la mirada hacia Connie, ella ya estaba desabotonando su camisa.

    Ingresaron en la mejor hora de The Temple Bar, cuando las luces eran bajas, la música sonaba alta, y la gente iba y venía, bebida en mano. Joey se acercó al oído de Connie y le dijo que iría a comprar algo; ella, a cambio, le avisó que iría al baño. Joey le sonrió, plantó un beso corto en sus labios y se fue. Allí, una mujer alta y de rizos castaños lo atendió y tomó su pedido. Joey recostó la espalda y los codos sobre la barra, echándole un vistazo al lugar. Ya había descartado a la bartender en su mente. Estaba bien, pero era algo grande para él. Una risa a su derecha inmediata le llamó la atención, por lo que volteó hacia allí.

    —¡Anda, Nath! ¡Vengan esos chupitos!

    Era una chica más o menos de su edad. Delgada, cabello negro y corto, piel nacarada, una impecable nariz respingada. Joey se permitió echarle un vistazo más… panorámico, y le gustó lo que encontró. Giró todo su cuerpo hacia ella, y colocó sonrisa de galán.

    —¿Competencia de chupitos? —exclamó por sobre la música.

    La chica reparó en su presencia y se lo quedó viendo con un par de ojos violáceos, oscuros. Joey ensanchó su sonrisa y se encogió de hombros, alzando las manos en señal de derrota.

    —Perdona, no pude evitar oírte —se excusó, inclinándose hacia ella para que lo escuchara—. Y entonces pensé eso.

    —¿Una competencia de chupitos? —Joey asintió—. ¿Por qué?

    —¿Por qué no?

    La chica esbozó una sonrisa ligeramente torcida y The Kooks comenzó a sonar. Joey tomó eso como un sí y le pidió más chupitos a la bartender. Ella les acercó sal, jugo de limón y cuatro pequeños vasos alineados, los cuales llenó con tequila. Joey agarró el de su extremo y Morgan hizo lo mismo con el propio, acabándose su contenido de un trago. Wickham golpeó el vasito contra la barra, lanzando una exclamación al aire, y pidió más. Nath rellenó los cuatro chupitos con mano diestra.

    —¿Qué te parece aumentar la dificultad? —le preguntó a la chica.

    Ésta se giró hacia sus amigos, les dijo algo y luego lo miró, sonriendo.

    —¿Solo dos cada uno? Qué débil~ —lo molestó, soltando una risa—. Que sean tres.

    Joey aceptó el reto, entusiasmado, y Nath procedió a cumplir sus pedidos. Contaron hasta tres y comenzaron. Sal, tequila, limón; sal, tequila, limón; sal, tequila, limón.

    Joey fue el primero en acabar.

    —¡Gané! —vitoreó, alzando los brazos en el aire y carcajeando—. Te gané´—repitió, más bajo y cerca de ella, cuando pareció recordar algo. Sus ojos se abrieron, curiosos, y pestañeó—. Por cierto, ¿cómo te llamas?

    La chica se lo quedó viendo por unos segundos y soltó una risa suave al aire.

    —Soy Morgan. ¿Tú?

    —Joey, señorita —respondió, cortés, extendiendo su mano—. Mucho gusto.

    Comenzaron a charlar de trivialidades, mientras bebían algo de cerveza que Joey le había invitado. La chica rubia se acercó a Morgan en un momento, le dijo algo al oído y se marchó. Joey, mientras, había interrumpido su monólogo sobre apicultura.

    —¿Está bien? —inquirió, frunciendo el ceño. Morgan lo vio sin comprender—. Digo, que tu amiga se vaya. ¿No quieres ir con ella?

    Claro que le importaba una mierda ni le preocupaba eso, pero siempre le iba mejor jugando el papel de buen chico.

    —Nah, está bien. Seguramente se vaya con su novio.

    —Ah, ¿el que estaba con ustedes?

    —No, no. —La sonrisa de Morgan fue mucho más amplia y difícil de descifrar—. Él era un amigo nuestro.

    Joey sentía piezas faltantes en su relato, pero tampoco le interesaba indagar allí. Simplemente se encogió de hombros, le dio un trago a su cerveza y siguió hablando. Habló y habló, le encantaba el sonido de su voz. Además, a Morgan no parecía molestarle. Se reía con sus chistes y podía notar cómo, poco a poco, su lenguaje corporal comenzaba a hablar por ella. La progresión había sido sutil, pero no pasó desapercibida; como cuando Morgan soltó una carcajada, echándose hacia atrás, y en el vaivén de regreso se inclinó y apoyó ambas manos sobre los hombros de Joey, asiéndose a él. Entonces el muchacho aprovechó la situación, también riendo, para alcanzar el contacto con su cintura. Fue breve, apenas unos segundos, hasta que Morgan se recompuso y volvió a erguirse en su taburete. O también cuando Joey estaba hablando y gesticulando mucho, trazando un mapa imaginario sobre la barra para orientar a Morgan en su anécdota, y ella se bajó del asiento para acercarse, y ver y oír mejor. Sus rostros estaban tan, tan cerca que Joey podría haber contado las pestañas de sus ojos. En un momento se interrumpió, desviando la mirada hacia ella, y le sonrió en silencio. La chica apretó los labios y desvió los ojos, ligeramente incómoda, pero no se alejó ni volvió al taburete: permaneció allí, de pie junto a él. Joey siguió hablando como si nada hubiera pasado, y aprovechó una pequeña distracción para pasar el brazo por detrás de ella y engancharlo en su cintura. Permaneció atento a su reacción, y al no recibir ninguna respuesta negativa lo dejó allí.

    La cuestión es que, poco a poco, habían acabado prácticamente pegados. Joey hizo unos breves cálculos mentales y concluyó en… cinco minutos, sí. No necesitaría más. Siguió divagando sobre las cosas que sabía —y que a las chicas, por alguna razón, le llamaban la atención— hasta acabarse la cerveza y mirar a Morgan, quien, de pie, quedaba apenas más alta que él. Ella le sonrió y le corrió el flequillo oscuro del rostro; eso le hizo cosquillas y frunció la nariz de forma adorable… o al menos siempre le habían dicho que así lucía.

    Ya estaba listo, el terreno había sido preparado, las cartas echadas sobre la mesa. Allí estaba, con Morgan prácticamente entre brazos, mirándolo a los ojos sin el menor atisbo de duda. Ni siquiera hacía falta preguntar, pero nobleza obliga: sólo quedaba seguir la tradición.

    —Oye —dijo, acercándose a su oído—, ¿qué dices si nos largamos de aquí?

    Morgan buscó su mirada cuando Joey se separó un poco y esbozó una pequeña sonrisa. Se mordió el labio, casi en cámara lenta, y se inclinó para plantar un beso en su boca. Era ansioso, era intenso y fue fugaz. O’Connor se separó a los pocos segundos y estiró los labios en una mueca divertida, tirando de su mano para salir de allí. Joey, por supuesto, no opuso la más mínima resistencia.

    Fuera del pub Joey giró hacia la izquierda, en dirección al estacionamiento. Cuando las luces del bar ya no los alcanzaban tuvo que detenerse y alzar la mano libre en el aire.

    —Hey.

    Morgan se adelantó hasta quedar junto a él y observó el intercambio, algo confundida. Joey le estaba hablando a una chica que estaba ahí fuera, recostada sobre la puerta de un auto, charlando tranquila con alguien. Cuando la chica reparó en su presencia y se acercó, Morgan frunció el ceño.

    Vaya, el mundo era un pañuelo.

    —¡Morgan! —exclamó Connie, sonriendo ampliamente—. ¿Cómo has estado?

    O’Connor tuvo que alzar la vista para encontrar sus ojos. La condenada era alta y desgarbada como una modelo europea y aún así utilizaba tacones de diez centímetros.

    —Woah, ¿se conocen? —inquirió Joey, sorprendido.

    Morgan le echó un vistazo; no se lo veía excesivamente preocupado, aunque sí un poco incómodo.

    —Uy, sí —respondió Connie, rodeando los hombros de Morgan con un brazo—. Íbamos juntas en secundaria. Cómo pasa el tiempo, ¿verdad? ¿Qué has hecho de tu vida?

    —Estoy estudiando —soltó a secas, intentando deshacerse de su agarre con sutileza.

    Pero Connie no se lo permitió.

    —¡Ah, la buena vida universitaria! ¿Qué dices, Joey? ¿Deberíamos haber hecho algo así? Quizá nos muramos de hambre. ¡Quién sabe!

    Morgan aún recordaba con aterradora claridad la personalidad de Connie durante sus años escolares: intensa, efusiva, estridente. Se ve que no había cambiado ni un ápice.

    —¿Y ustedes cómo se conocen? —inquirió Morgan, viendo a Joey.

    Él abrió la boca para contestar, pero Connie lanzó una risa al aire y soltó a la pelinegra, colgándose esta vez del cuello de Joey.

    —Nos conocimos hace… ¿tres semanas? Me hizo algunas fotos y comenzamos a quedar. ¡Saca fotos geniales! Es super talentoso. Pero él dice que prefiere no dedicarse a eso. Es un cobarde.

    Con una mano apretó los cachetes de Joey y luego le estampó un beso en la mejilla. Su piel quedó manchada del intenso labial rojo que Connie llevaba puesto. Morgan, entre tanto, se había cruzado de brazos y había decidido aguardar por que la escena acabara. Ya tenía una idea de lo que estaba pasando.

    —¿Están saliendo?

    Connie la miró ante su pregunta y rió de nuevo, agitando la mano con fuerza.

    —Ay, no. Bueno, ¿sí? ¡No lo sé! Ni importa. —Se alejó un poco de Joey, y comenzó a caminar en reversa—. Oye, ¿entonces quedamos mañana para las fotos?

    —Sí, yo te llamo. ¿Te irás con Shade ahora?

    —Sip~ ¡Genial, entonces! ¡Diviértanse! —exclamó, sonriente, y los despidió llena de energía—. ¡Adiós, Morgan! ¡Suerte en tus estudios! ¡Y Joey, más te vale usar preservativo! Creo quedaron algunos en la guantera~

    Connie y Shade subieron al coche y se fueron. El silencio de la noche los bañó de repente y Morgan fue consciente de cuán abrumadora podía ser su personalidad. Joey parecía sentirse igual, pues soltó un bufido al aire y se pasó una mano por la cara, notando luego con una mueca que se había embarrado la mejilla de labial.

    —Lo siento por eso —dijo, rascándose la nuca—. Si quieres te llevo a tu casa, ¿sabes? Entendería si…

    —Está bien —murmuró Morgan, acercándose para limpiar su rostro con una toallita húmeda, de esas que llevaba en el bolso—, sigues siendo lindo.

    O’Connor no tenía forma de saber qué partes de Joey eran genuinas y cuáles eran puro teatro. Tampoco le importaba. Ella, después de todo, no era exactamente la reina de la transparencia.

    Era muy probable que ambos supieran el tipo de personas que eran y el tipo de situación en la cual se estaban metiendo. Así que, en tanto estuvieran bien con eso, ¿qué más daba?


    iv.


    —Ah, es verdad. Hay dos en la guantera.

    Joey vio a Morgan de reojo mientras conducía y se sonrió, agitando la cabeza. Al final eran mucho más parecidas de lo que esperaba.

    ¿Le desagradaba? No exactamente.

    ¿Le agradaba? Bueno, más bien… mejor sería decir que le convenía.
     
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  4.  
    Luix

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    Debo decir que, no me esperaba realmente lo que estaba a partir del segundo capítulo. Me gusta mucho la forma en la que manejaste a los personajes en el fic, la trama, los dialogos te sumergen en la lectura, y no solo eso, a pesar de ser de una temática desconocida para mi caso, te atrapa.
    Bueno, bueno, voy a comenzar primero remarcando lo siguiente:
    Antes de llegar a este párrafo, le veía poca conexión con lo tecnológico; cuando iba avanzando me era llamativo esa cotidianidad que reflejaba.
    No te miento en que, muchas palabras las busqué para no perderte el hilo con la historia. Esta en especial me causó gracia porque era algo que sí conocía, y si lo pensaba mas de una vez podría decir que la sacaba, pero ante la duda quise buscarlo. Me sentí un tanto culpable ante tan simple palabra que no capté de una sola vez.
    Creo que si me hubieres visto buscar cada cosa mencionada como esta, realmente echabas a reír.

    Estos fraseos fueron mis favoritos. En cierto punto son reflexivos si los miras con detenimiento. Pero oh vamos, me morí de la risa mientras los leía.
    ¿Qué decirte? Ah sido un gusto, aunque me haya traído una actividad hasta aquí, lo disfruté.
    Saludos~
     
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  5. Threadmarks: Interludio II
     
    Gigi Blanche

    Gigi Blanche r e l o a d a b l e #NoHomo ♡ Duende bloguero

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    Palabras:
    774
    .
    .


    interludio II . I feel you
    p r e s e n t e
    .

    Personajes: Joey Wickham, Morgan O'Connor.
    .
    .
    .

    Joey estaba acostumbrado al aire nocturno; cuando sacaba el coche y conducía por las calles y avenidas de Dublín, con o sin rumbo, la ventanilla baja, humo de cigarrillo, viento azotando su rostro. Su cabello espeso y alborotado ondeaba en todas direcciones, era como recibir una bofetada helada y constante.

    Sí, se sentía bien.

    Su cuerpo aprendió y se habituó al frío. En las manos, el rostro, el cuello, allí donde su ropa no le abrigara, su piel había sabido construir una coraza fuerte e irrompible. No lograba recordar cuánto tiempo llevaba con ella; era tanto, se ve, que había llegado a acostumbrarse e ignorarla. Ignorar su peso, su rigidez, su hermetismo. Tampoco le apetecía quitársela, siendo honestos. Su coraza lo protegía, lo había hecho siempre.

    Del aire nocturno, de verse al espejo, de las palizas de su padre.

    Detuvo el coche donde siempre, el último slot a la izquierda, y salió a la intemperie. Tras apagar el motor, agarrar sus llaves y cerrar la puerta, sus pies permanecieron anclados a la grava por algunos segundos. Una oleada de silencio danzó junto al aire nocturno a su alrededor y le permitió llenar sus pulmones de aire, sus pesadillas de calma, sus ojos de estrellas. Titilaban lejos, fundidas y perdidas en medio de la oscuridad, y Joey bajó la vista a su propio cuerpo.

    Se sentía… pesado.

    Comenzó a caminar, la música llegando a sus oídos poco a poco. Guardó las manos en los bolsillos, pues las sentía repentinamente frías, y se despidió de las estrellas, del silencio y de su viejo.

    El ambiente del pub no cambiaba nunca, pero a Joey se le hizo pesado. Siguió avanzando, sin embargo, hasta llegar a la barra; porque no conocía otra cosa, quizá. Porque no entendía cómo pasar la noche solo, sin ahogarse en el silencio. Se detuvo y pidió una cerveza, como siempre. Se dio la vuelta y recargó los codos en la barra, como siempre. Le echó un vistazo al lugar, como siempre, y suspiró.

    ¿Qué mierda hacía ahí?

    —¿Joey?

    Una voz ligeramente conocida llegó a sus oídos, por sobre el ruido de la música. Joey se giró y pestañeó dos veces antes de asimilarlo.

    —Morgan, hola —murmuró, fabricando una sonrisa.

    Ella entornó los ojos violetas, casi negros entre toda esa oscuridad, y se recostó junto a él, contra la barra.

    —¿Día difícil?

    Vida difícil, pensó Joey, pero se limitó a sonreír y sacudir la cabeza. No había vuelto a ver a Morgan desde aquella noche, en ese mismo lugar. Los recuerdos lo sacudieron de repente y su coraza se tambaleó. ¿Cómo se sentía esa noche? ¿Qué cosas había dicho? ¿Cuáles eran sus preocupaciones?

    Vaya, qué gran mentira.

    —¿Cómo has estado? Hacía mucho no te veía —dijo, ignorando su pregunta inicial.

    Morgan se encogió de hombros. Era extraño. De repente, ambos habían aceptado tácitamente quitarse las máscaras.

    —Igual que siempre. —Alzó su mirada hacia él; Joey pudo notarlo, aunque no la estuviera viendo—. ¿Tú? ¿Sigues con Connie?

    La bartender llegó a dejarle su cerveza, y el muchacho la agarró sin pensarlo dos veces. El frío del vidrio le lastimó la piel y Joey lo supo. Se había roto. Sonrió, viendo el brillante ámbar del líquido mecerse con lentitud de lado a lado, y lo devolvió con delicadeza adonde estaba. Lejos de sus manos. Miró a Morgan, quien aguardaba en silencio por su respuesta, y su sonrisa se ensanchó un poco.

    ¿Quieres dar una vuelta?

    ¿Viniste sola?

    Te invito algo, ¿qué dices?

    Oye, ¿nos largamos de aquí?

    Así que, ¿sigues soltera?

    ¿Y tus amigas?


    —Está internada —soltó de repente, guardando las manos en los bolsillos. Se sentían heladas—. Hace tres semanas, y por una larga lista de porqués

    —Bueno, creo que todos tenemos una de esas. Algunas son más cortas que otras.

    —Pero las nuestras son bastante largas, ¿no?

    Morgan vio sus ojos, más humanos que nunca antes, liberó un profundo suspiro y lo tomó de la mano.

    —¿Nos vamos?

    Joey la observó, luego sus manos entrelazadas, y con pereza y cierta reticencia se deshizo del agarre. Tocar a Morgan era cálido; lo había recordado, se sentía bien. Piel contra piel. Pero…

    —No —murmuró, más dulce y triste que nunca, y le sonrió—. Gracias, igual.

    Eso era algo que debía hacer sin ella. En silencio, a oscuras, muerto de frío.

    Y solo.

    Absolutamente solo.
     
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  6.  
    Luix

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    Dios. Creo que te metiste demasiado en la trama, es como si lo estuviera viendo de afuera y tan cerca. Me enamoraste de la historia. Están tan "realistas" sus expresiones y versos, sin duda siento tu esmero en el capítulo.

    Creo que lo único que te puedo marcar (y no me mates) es el tema de los pensamientos. Cuando el pensamiento esta en primera persona y el texto no, generalmente se agregan comillas (《 》) para "resaltar" el cambio de persona (o a veces el guión "—"). Cuando está todo en primera persona no es necesario, con solo ponerle cursiva está. Aclaro que tampoco está mal, es solo un pequeñísimo y muy minúsculo detalle de estética.

    Reitero nuevamente. Realmente este fue uno de mis capítulos más favoritos hasta ahora, espero que esta alma que has puesto la siga viendo en adelante.
    ¡Saludos!
     
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  7. Threadmarks: Capítulo III
     
    Gigi Blanche

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    .
    .


    Capítulo III
    Certezas e incertidumbre
    .

    Personajes: Joey Wickham, Connie Dubois.
    .
    .
    .

    Cuando se bajó del coche y le echó un vistazo a sus alrededores, Joey pensó cuán diferente era ese estacionamiento de los que solía frecuentar. La claridad del día, ciertamente, arrojaba una nueva luz sobre las cosas. Quizá la grava fuera igual, así como las paredes blancas descorchadas, las vigas metálicas y las numeraciones en chapa naranja. Pero, al mismo tiempo, parecía un mundo desconocido. Tuvo que entrecerrar los ojos para apreciar los destellos intermitentes colándose entre las copas de los árboles, y guardó las manos en los bolsillos antes de empezar a caminar.

    Estaba tranquilo.

    La recepcionista alzó la vista de la computadora cuando la puerta de entrada se deslizó hacia los costados, y la silueta de Joey recortó su sombra sobre ella. Le sonrió, pues ya lo conocía prácticamente de memoria. El muchacho de cazadora verde y jeans desgastados, de cabello negro y enmarañado, cargando una sonrisa imborrable y mirada gentil. Joey alzó la mano sobre su cabeza para saludarla y dobló hacia la izquierda, en dirección a las escaleras. No intercambiaron palabras, el hall de la clínica era cálido y silencioso. La recepcionista mantuvo los ojos en su espalda hasta que desapareció; a menos que alguien la viera, nunca sabría de su sonrisa congelada al seguir los pasos amplios y algo desgarbados del chico gentil de las cinco treinta. Siempre había sido una mujer empática, y quizá su parte favorita de trabajar en una clínica eran aquellos momentos de los que podía ser testigo, esos donde personas ordinarias interrumpían su rutina para intentar hacer felices a quienes amaban.

    Sólo ellos sabían la profundidad de sus historias, pero ella disfrutaba el simple hecho de oír las puertas corredizas y verlos encaminarse con tranquilidad hacia los pisos superiores. Había visto todo tipo de expresiones en sus diez años allí, y la de Joey era una de sus favoritas.

    Cuando Joey llegó a la habitación, Connie estaba sentada en la cama, debajo del edredón blanco, con las piernas estiradas y la mirada perdida en la ventana. Oír la puerta la hizo girarse por reflejo, y una sonrisa estiró sus labios pálidos lentamente.

    —Es un lindo día, ¿verdad?

    Joey arrastró una silla y se sentó junto a la cama, acomodándose a sus anchas. Le echó un vistazo al paisaje y asintió, guardando las manos en los bolsillos de la cazadora.

    —El aire comienza a ser más fresco. Se nota el cambio de estación.

    —¿Y el sol?

    —Se siente bien. ¿Hoy no saliste?

    Connie sacudió la cabeza con suavidad. Ese movimiento siempre había hecho que sus coletas se mecieran como hélices de helicóptero, y a Joey siempre se le había hecho lindo. Ahora llevaba el cabello corto y lacio, detrás de las orejas, y había perdido todo el tinte rosado. Ahora ya no se movía, y era de un color arena ceniza.

    —No, me dejaron dormir hasta tarde y se pasó la hora.

    Joey le sonrió con los labios apretados, sin volver a reparar en las agujas que, nuevamente, pinchaban su piel y la mantenían atada a una bolsa de suero. Había sido lo primero que notó al entrar en la habitación. Se preguntó qué habría ocurrido la noche anterior, pero no quiso indagar. A pesar de los detalles, en definitiva Connie le diría…

    —Fue lo de siempre.

    La chica se encogió de hombros y le sonrió. Era una sonrisa que Joey no había conocido antes de comenzar a visitarla en la clínica.

    —Hoy no te traje sandwiches, lo siento. No pude hacerme tiempo.

    —Descuida. ¿Trabajo?

    —Sí, el que te conté el otro día. Salió bastante bien, por suerte.

    —¿Crees que te llamarán de vuelta?

    —Eso espero. La renta no se paga sola, por desgracia.

    Se instaló un breve silencio entre ambos. Se oían algunos autos a lo lejos, y no mucho más. Permanecieron callados hasta que ese mismo silencio comenzó a hacer ruido. Connie ya estaba demasiado cansada para molestarle, pero Joey cruzó las piernas y soltó un largo suspiro.

    —El otro día me puse a pensar —soltó, viendo hacia la ventana—, qué se sentirá morir joven.

    ¿Por qué la seguía visitando? No se conocían hace tanto tiempo, ni siquiera se amaban. Lo mejor que habían compartido eran las noches de sexo. Connie se le hacía preciosa y había logrado sacarle fotos increíbles, pero esas razones podrían aplicar a decenas de personas. No se veía, sin embargo, derrumbándose por esas decenas de personas al enterarse que estuvieron al borde de la muerte. No sentiría la necesidad de permanecer cerca de esas personas, incluso cuando ellas no se lo pidieran. No detendría su coche todos los días en el estacionamiento de una clínica, en vez del estacionamiento de un pub. Tampoco repasaría sus fotos de noche, bajo la tenue luz de su apartamento, mientras se acaba el atado de cigarrillos y piensa qué se sentirá morir joven. Tampoco podía, sin embargo, decir que amaba a Connie y no lograba dejar de pensar en ella. No sentía esa angustia asfixiante en su pecho al saberla lejos, frágil y rota.

    Entonces, ¿por qué?

    —¿Se siente a algo morir? Digo, te mueres, después de todo.

    —Sí, pero yo hablo de… ese momento, apenas esos segundos antes de que pase. Puede que no, pero usualmente la gente tiene un tiempo permitido para pensar “ah, me estoy muriendo”. Puede ser medio minuto o tres meses, pero existe.

    Connie se recostó en el espaldar acolchado y cerró los ojos brevemente mientras oía a Joey.

    —Qué se siente… —murmuró, abstraída en sus pensamientos—. Supongo que seguridad.

    El muchacho la miró y apretó los labios.

    —¿Seguridad?

    —Sí, ya sabes. En este mundo lleno de mierdas incontrolables, saber que te estás muriendo es… la certeza más inequívoca que puedes tener. —Esbozó una breve sonrisa—. Y entonces te das cuenta que la seguridad no es tan maravillosa como siempre lo creíste, porque no trae más que resignación. Si todo es seguro, sólo queda aceptarlo y ya. La seguridad no es compatible con la vida.

    Joey no se sintió capaz de hablar. Sólo pudo mantener sus ojos en los de Connie y luego agachar la cabeza, sintiendo el tacto gentil de la chica sobre su rodilla. Buscaba su mano, y Joey se la concedió. Ya conocían sus pieles de memoria, pero al parecer nunca sería suficiente.

    —Así aprendí —continuó Connie; su voz era baja y trémula, pero extremadamente cálida—. Antes de aceptar la seguridad de la muerte, prefiero poder aceptar la incertidumbre de la vida. Sería muy triste de otra forma, ¿no crees?

    Sus manos se estrecharon con fuerza y los hombros de Joey temblaron, pues ahí tuvo su respuesta. Lo que siempre había sabido, en labios de quien, inexplicablemente, había calado tan, tan hondo en su armadura.

    —Lo fue —murmuró Joey, tomando aire para controlar su tono de voz, aún con la cabeza gacha—. Fue la mierda más triste de mi vida entera.

    Connie no respondió, solo se inclinó hacia él para alcanzarlo y calmar sus hombros temblorosos. Lo rodeó con ambos brazos, acunó su cabeza en su pecho, mientras acariciaba su espalda. Joey olía a Joey, y era reconfortante.

    Connie no olía a Connie, sino a lejía y desinfectantes. Pero seguía siendo Connie. Esa Connie, la única en el mundo entero. Y Joey lloraba como nunca Joey había llorado, pero seguía siendo Joey. El único en el mundo entero.

    Minúsculos e impotentes como motas de polvo en el universo, y aún así, únicos e irreemplazables.

    —Qué gran contradicción, ¿no? —murmuró Connie, contra su cabello—. Tenemos que aceptar algo tan indefinido como la incertidumbre para poder aceptar luego la seguridad. Tenemos que vivir y tomar decisiones sin la certeza de que nada saldrá como lo esperamos. Y ser felices con, y no a pesar de ello.

    Connie no sabía los detalles, tampoco le había parecido necesario preguntar nunca, pero tenía una idea bastante clara de las razones tras sus lágrimas. Ella había tenido la oportunidad de ver la muerte a los ojos y volver, pero el padre de Joey no. Joey nunca sabría qué sintió su padre segundos antes de morir, y tendría que aceptar vivir con esa incertidumbre.

    —Gracias. —La voz de Joey cortó el silencio como una navaja, a pesar de cuán suave e indefensa sonaba.

    ¿Esa había sido la razón? ¿Por eso había insistido en visitarla, día tras día? No sabía si todo pasaba por algo, como si la retrospectiva echara una suerte de predestinamiento sobre lo pasado. Pero allí, en ese día, la respuesta de Connie había ordenado las piezas ruidosas en su mente. Ahora solo había silencio, y comprendió muchas cosas. Lo que debería hacer, la magnitud de lo que Morgan le había confiado. Comprendió y supo que quizá no todo pasara por algo, quizá no estaba escrito que ese día, en ese lugar, esa persona le daría lo que había estado buscando. Pero pasó, y eso era suficiente. Y seguiría viviendo, buscando y encontrando para seguir avanzando.

    De eso se trataba la vida, ¿verdad?

    Se apartó un poco para erguirse, y detuvo sus labios sobre la mejilla de Connie uno, dos, tres segundos. Cuando sus miradas volvieron a encontrarse, el atardecer se colaba por la ventana y hacía brillar las últimas lágrimas en los ojos de Joey. Su voz, ahora, sonó tersa y caló hondo en la armadura de Connie.

    —Gracias. Esa es, al menos, la única maldita certeza que tengo en este momento.
     
    Última edición: 21 Septiembre 2019
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    Gigi Blanche

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    Título:
    El buen crossover [UA | multifandom]
    Clasificación:
    Para adolescentes. 13 años y mayores
    Género:
    Comedia
    Total de capítulos:
    8
     
    Palabras:
    2279
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    interludio III . I'll miss you
    p r e s e n t e
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    Personajes: Bleke Middel.
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    —¿Por qué eres así? —le preguntaron, aquella vez de cara al río.

    —No lo sé —respondió ella, encogiéndose de hombros.

    El muchacho chasqueó la lengua y lanzó una pequeña piedra al agua, yéndose sin mediar palabras. Bleke oyó el rugido del motor alejándose, cada vez más, hasta desaparecer, y se supo totalmente sola en la noche. La luna destellaba sobre el río en silencio y cámara lenta. Él vio desinterés y egoísmo. Ella tan sólo había sido sincera.

    No tenía la más puta idea.

    Respuestas más interesantes podrían haber acudido a sus labios; algo, quizá, como soy lo que traje en las venas y lo que me dieron en la vida. Esa frase, de hecho, era el tipo de ideas que llegaban súbitamente a la mente de Bleke, y debía entonces sofocar su impulso por volcarlas sobre algún papel. Siempre que estuviera a punto de presionar el bolígrafo, algo la detenía. Su mano se retiraba y ella, sin concederle segundos pensamientos, volvía a su rutina. No porque se negara a ver la realidad, sino porque era aterradoramente clara frente a sus ojos, y no necesitaba esforzarse por verla.

    Ya saben, eso de conocerse demasiado a uno mismo. Pero incluso, a pesar de eso, un chico le pregunta en medio de la noche por qué es así y ella se da cuenta que no, no lo sabe. No tiene ni idea.

    ¿Quiere hacerlo? ¿Quiere poder responder?

    ¿Cómo podría lograrlo? ¿Cómo lo logran los demás?

    ¿Alguien, en definitiva, lo hace?

    Bleke vuelve a pensar en el muchacho del río, mientras garabatea nosce te ipsum, una y otra vez, en su cuaderno de clases. ¿Qué habría respondido él si ella le contestaba de verdad? ¿Habría pretendido aceptarla? ¿Cambiarla? ¿O simplemente juzgarla? ¿La habría dejado sola, fuera lo que dijera? La campana suena y Bleke deja el aula primera, apresurándose hacia casa.

    Jamás lo sabría, ¿verdad?

    No podía evitar temerle, sin embargo. No al muchacho del río en particular, pero al mundo frente a ella en sí mismo. Ese mundo que siempre parecía aguardar por sus palabras, observar sus movimientos, tomar nota de sus acciones. Ese mundo que parecía darle la falsa esperanza de ser algo que no era. ¿Debería recostarse cómodamente en esa imagen distorsionada? ¿Debería elegir a una Bleke al azar y amoldarse a sus bordes? Puede que así fuera más fácil para ella y más satisfactorio para el mundo. No sonaba a un mal plan.

    El muchacho del río, sin embargo, se había ido por culpa de su egoísmo y desinterés. ¿Qué Bleke era, entonces? ¿Cuál de todas? ¿Quizá las utilizaba como fundas, y no de esqueleto? Si bajaba la cremallera, ¿qué encontraría?

    Cuando llega a casa, las luces están apagadas y no oye la tv de fondo. Bleke sube a su habitación y cierra la puerta detrás de sí, desperdigando sus cosas sobre el escritorio. Estos últimos meses, sus cuadernos de clase habían comenzado a llenarse más y más de garabatos y dibujos inconexos. Aún no se había permitido brindarle cuerpo a las frases que danzaban en su mente. Bleke amaba leer, pero le aterraba escribir. Su mano jamás se lo permitió. Le iba mucho mejor cerrando círculos de mandalas y repitiendo dichos conocidos. Le gustaba utilizar sarcasmo prefabricado y parafrasear las líneas que había aprendido en sus libros. Le iba bien como amiga de Morgan, porque la chica era débil y dramática, y gracias a sus problemas nunca debía hablar de ella misma. Se sentía cómoda con Stov, porque su novio ya creía conocerla y daba por sentado todo lo que a ella no le apetecía reflexionar.

    Bleke observa los renglones vacíos de la hoja frente a ella y suelta el aire de golpe.

    —Buenos días —la saludó una vez Morgan, hace algunos meses, soltando una risa divertida—, ¿te dormiste?

    Bleke se había llevado las manos a la cabeza y su amiga abrió la cámara frontal de su celular, mostrándole el estado de su cabello. La rubia se contagió de su risa y se acomodó el pelo lo mejor que pudo antes de entrar a clases. Cuando Morgan se despidió, Bleke agradeció no haber tenido que responder su pregunta. Porque ¿cómo explicarle a alguien tan egoísta y desinteresado como ella misma, en el plazo de cinco minutos, que cada mañana soportaba un poco menos verse al espejo?

    El bolígrafo en su mano derecha se siente pesado y extraño, pero una vez mancha el papel con tinta todo comienza a fluír.

    Stov, una vez, hacía dos semanas, se topó con los cuadernos de clase de su novia. Le llamó la atención cuán decoradas se veían las últimas hojas, pero lo primordial fue una frase.

    Nosce te ipsum —leyó, yendo al encuentro de Bleke, y una vez captó su atención agregó—, et nosces universum et deos.

    La chica frunció el ceño, pues su pronunciación de latín era un asco. Stov sonrió y le mostró su celular con la búsqueda hecha. Los labios de Bleke se entreabrieron.

    —No sabía que estaba incompleta —murmuró.

    —Conócete a ti mismo, y conocerás el universo y a los dioses —recitó Stov, echándose en la cama junto a ella—. Suena demasiado prometedor.

    —Yo creo que no exagera. Lo que pide a cambio es más difícil de lo que parece.

    —¿Tú crees? Es mierda, de cualquier modo. Porque ¿cómo podrías estar seguro de haber cumplido?

    Bleke alzó la vista al techo blanco de su habitación cuando unos golpecitos rítmicos sonaron en la puerta. Era la clave. Stov se incorporó de un salto y comenzó a recoger sus cosas. La chica se quedó allí, como estaqueada en su lugar.

    —Paz —murmuró, abstraída en sus pensamientos—. Cuando haces las paces contigo mismo, supongo.

    Stov se inclinó y le plantó un beso en los labios antes de apresurarse a salir del cuarto, bajar las escaleras y abandonar la casa por la puerta del servicio. No tenía idea, no tenía forma de saber cuán hondo calaría aquella simple pregunta en su novia.

    Sería, sin embargo, el disparador de la primera cosa que Bleke se atreviera a escribir en su vida.

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    Una vez me preguntaste cómo podrías estar seguro de haber llegado a conocerte a ti mismo. Era una charla trivial, así que es probable que no lo recuerdes. Pero es increíble, ¿sabes? La forma en que puede venir alguien, desde una dirección totalmente opuesta, para atravesarte como un rayo y salvarte. Yo te dije, entonces, que la respuesta era paz. Creo que tenía razón.

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    Decidió hacerlo de noche y no confiarle los detalles a nadie; ni siquiera a Norman, quien tantas veces le había ayudado a colar a Stov en casa. Empacó poca ropa y mucho dinero, y le echó un último vistazo a su habitación de veintidós años antes de apagar la luz y cerrar la puerta. Bajó las escaleras con cuidado y, en medio de la oscuridad, dejó una hoja doblada en dos sobre la mesa del comedor.

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    Pero no estoy segura, y pretendo averiguarlo. Me pasé la vida entera buscando respuestas, ¿sabes? En todas las cosas, todas las personas, todo el mundo. Creí que estaba bien, en serio lo creí. Pero por alguna razón, cuando quise recordar, me encontré riendo de chistes que no me hacían gracia, hablando con chicos que no me interesaban, y garabateando dibujos que no me satisfacían. Me encontré siendo una amiga modelo, una estudiante modelo, una hija modelo. ¿Una novia modelo? Esa respuesta la dejaré para ti, pues espero que entiendas por qué, cuando mis manos empezaron a mover el bolígrafo, me encontré queriendo hablarle a una sola persona. No porque será la única persona que extrañe, ni la única persona que quiero; pero sí la única persona que, creo, puede llegar a comprenderme.

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    Es muy probable que nunca antes hubiera agradecido tanto las prolongadas ausencias de su padre. Pudo encender su coche en el garage, abrir el portón eléctrico y salir de su casa antes que nadie la notara. Tampoco tuvo que inventarle excusas al vigilante, pues sólo creería, como siempre, que la mocosa saldría a emborracharse y despilfarrar el dinero de papi. Cuando alcanzó la calle y se alejó más y más del barrio privado, Bleke se preguntó qué pensaría el vigilante si supiera que la mocosa acababa de llevarse el equivalente a tres de sus sueldos de la caja fuerte.

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    Es ahora cuando me pregunto si alguna vez logré encontrar algo, o si sólo era yo rellenando los espacios huecos. ¿Qué fuiste tú? ¿Qué fue Morgan? ¿Qué fue el mundo? No tengo idea, ¿sabes? Y por primera vez siento que esa duda no es el final del camino, sino el punto de partida. Entonces pienso que, mierda, apenas tengo veintidós años. Toda una vida por delante. Casi puedo oír lo que mi viejo me diría: “no te precipites, Bleke, ¿cuál es el apuro? Yo soy mucho mayor que tú y aún hay muchas cosas que no sé”. Y ese es precisamente el problema. ¿Lo ves, Stov? No quiero crecer, casarme, tener hijos y decirles algún día lo que mi viejo me diría. Quiero poder enseñarles con mi ejemplo, no atarlos a él. No quiero esperar que mis hijos sean y hagan como yo, eso es… tan patético y, Dios, es algo que siempre odié de él.

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    Condujo un buen rato, a lo largo de toda la ciudad. Quizá debería haberse puesto a pensar en ahorrar combustible, pero había decidido empezar a preocuparse por todo eso mañana, cuando el sol saliera y estuviera frente a frente con sus decisiones. La noche siempre había sido su subterfugio, y esa, decidió, sería su noche de despedidas. Le dijo adiós a la ciudad, a su universidad, su escuela secundaria, su jardín de infantes, la casa de Morgan, los pubs que siempre frecuentaban, la biblioteca nacional. Le dijo adiós a los puentes y a los ríos, a esa vida nocturna rebosante de energía y juventud que siempre le había servido de máscara y venda. Condujo y condujo, hasta detenerse frente a una puerta.

    .

    No sé si lo hayas notado, pero siempre me sentí incapaz de escribir. Aunque tuviera la cabeza llena de ideas, una voz me impedía dar el siguiente paso. ¿Por qué? Bueno, supongo que… me daba pánico la idea de crear algo. Soy una ladrona, ¿sabes? De guante blanco, primera categoría. Y no, no porque haya robado tu corazón; de hecho, ahora debo cuestionarme incluso eso. Lo digo porque siempre preferí vivir en base al mundo, a las ideas de los demás, a las palabras de otras personas. Tomé un poco de aquí y allá y decidí que esa era mi personalidad. Mía. Como si pudiera nacer algo auténtico, único e indivisible de cientos de pequeños robos. Puede que pienses que, en definitiva, todos somos eso. Yo también lo he hecho. Pero hoy estoy segura de algo: no me basta.

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    Se bajó del coche, cuidando de no hacer mucho ruido, y lo primero que sintió fue la brisa nocturna impactar contra sus piernas desnudas. Sus manos se aferraron a aquel sobre, y sus pies recorrieron el caminito empedrado que ya conocía de sobra. ¿El tiempo le haría olvidarlo? ¿Olvidaría, también, el color de los malvones a la derecha? ¿Que la canilla del jardín estaba junto a la ventana, y no junto al garage? ¿Olvidaría la textura mullida de la alfombra bajo el porche? ¿El dorado desvaído del picaporte? Apretó los labios, como si debiera contener la respiración, y deslizó la carta por la ranura del buzón. Su tapita metálica hizo un suave chirrido al moverse en vaivén y volvió a su posición original, como si sus palabras acabaran de ser transportadas a una nueva dimensión totalmente inalcanzable. Bleke se abrazó y dejó caer la cabeza un par de segundos, allí, acuclillada frente a la puerta de Stov, en medio del silencio y la noche. Esa era su más grande despedida.

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    La cuestión es que, en resumen: no tengo idea de nada. Y aunque suene cool y muy típico de la juventud asumir el gran desconocimiento del universo, aceptar nuestro humilde lugar en él y vivir acorde a ello, no lo siento así una mierda. Todas estas dudas me asfixian y me anulan y me hacen odiarme, y lo detesto. Lo detesto con toda mi alma. Es muy probable que este no sea el camino donde encuentre las respuestas que busco, ya que no quiero verlo así. No quiero buscar respuestas, sólo quiero… vivir hasta toparme con ellas. Tampoco es un camino muy definido, sólo planeé subirme al coche y conducir, pero tú me entiendes. O, al menos, espero que lo hagas.

    En serio, cariño, realmente lo espero.

    ¿Es muy pretencioso de mi parte pedirte que me perdones? ¿Estoy siendo una perra egoísta y desinteresada? Es difícil responder a eso, depende mucho de qué Bleke conociste. ¿Cuál Bleke crees haber conocido, amor? Porque, sea cual sea tu respuesta, puedo asegurarte que no era yo. Y si fueras a amarme, quiero que sea a mí, no a alguna de mis copias distorsionadas. Ni siquiera sé aún cuál es ese yo con el cual amaría conocerte, pero descuida. No pienso volver hasta encontrarlo.

    De una forma u otra, estoy segura que siempre pensaré en ti. Y de una forma u otra, estoy segura que aprendí a amarte.

    Gracias por todo, Stov.


    Bleke Middel.
     
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  9. Threadmarks: Capítulo IV
     
    Gigi Blanche

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    Capítulo IV
    Un breve futuro contigo

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    Personajes: Morgan O'Connor, Annabelle Reese, Hanabi.
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    —¡Oye, oye! ¡Oye, Mor! ¿Podemos tomar un helado?

    Morgan bajó la vista hacia su hermana mientras caminaban de vuelta a casa y suspiró. La tarde era cálida y apacible, clásica de primavera.

    —¿No tenías tarea que hacer? —replicó—. ¿Mucha tarea?

    —¿Eh?

    Morgan detalló su expresión. Podría haber notado a kilómetros de distancia que estaba fingiendo; Hanabi era pésima mintiendo.

    —Ya sabes, ayer a la noche mamá te preguntó si venía a buscarte ella aunque luego tuvieras que acompañarla a la oficina, y tú le dijiste que no podías. —Una leve sonrisa curvó sus labios y agudizó su voz al agregar—: “¡No, no! ¡Tengo mucha tarea!” creo que fue, ¿verdad?

    Hanabi frunció el ceño y le retiró la mirada de encima, apresurándose por caminar más rápido que ella. Morgan rió suave y alcanzó su ritmo sin la menor dificultad, aunque la niña hiciera lo mejor posible por rebasarla con sus pequeñas piernas... sin perder la compostura, claro.

    —¡Pues bien! ¡Si no quieres un helado, luego comeré yo sola! —exclamó, tras rendirse en su misión por ignorarla.

    La risa de Morgan se acentuó un poco y detuvo a Hanabi por los hombros, haciéndola girarse en noventa grados para cruzar la calle. La emoción de la niña al comprender hacia dónde se dirigían se tornó más y más palpable. Sus ojitos se volvieron hacia Morgan y brillaban en una mezcla de alegría y gratitud. La chica sólo le sonrió y le dio un suave empujoncito para que comenzara a caminar.

    —De todos modos —dijo Morgan, tomándola de la mano hasta alcanzar la otra vereda—, está mal mentir. Lo sabes, ¿verdad?

    Bueno, ella no era quién para hablar, pero a los once años mejor es no escuchar otra cosa.

    —Lo sé —suspiró Hanabi, comenzando a balancear sus brazos en línea recta, de atrás hacia adelante, mientras caminaba con cuidado de mantenerse sobre la misma línea entre baldosas—. ¡Pasa que ir a esa oficina es taaan aburrido! Prefiero mil veces volver a casa contigo.

    El corazón de Morgan dio un leve brinco al oírla, y bajó la mirada hacia ella cuando la niña se detuvo y le regaló una enorme, gigantesca sonrisa de dientes chuecos.

    —Además, ¡así podemos comer helado! —exclamó y se echó a correr, como si hubiese estado siendo una olla a presión.

    Morgan intentó detenerla, pero fue inútil. Tampoco se preocupó demasiado, de todos modos, porque la heladería quedaba en esa misma cuadra. La alcanzó a su ritmo, pues qué pereza correr, y sacó la billetera para pagar en la caja. No había nadie adentro, y Hanabi ya estaba recorriendo las heladeras con la cara prácticamente pegada al vidrio, intentando decidir qué sabores pedir.

    —Hola, Morgan —murmuró la mujer, en su tono dulce y sosegado de siempre, mientras recibía el dinero.

    Morgan le sonrió y la saludó de vuelta, yendo luego donde Hanabi. La niña solía tener la costumbre de pedir para probar mil y un sabores antes de elegir, incluso los que ya conocía. Cuando le decían que no lo hiciera pues era descortés, ella se quejaba sobre su mala memoria.

    Y allí estaba de nuevo.

    —Hanabi, ya decídete de una vez.

    —¡Es que es tan difícil! ¡Son todos taaan ricos! Hace helados deliciosos, Señora Heapton, ¿lo sabía usted?

    La Señora Heapton sólo rió y siguió cumpliendo sus pedidos, como siempre hacía. Parecía tener una debilidad especial por Hanabi y su energía tan radiante. Morgan lo comprendía a la perfección.

    —Oye, Mor, ¿tú no pedirás nada?

    —No, no tengo hambre.

    —¡Patrañas! —exclamó, señalándola con dedo acusador—. ¡No se necesita hambre para comer helado!

    Morgan sonrió y la ayudó a mantener estable el enorme cucurucho que la Señora Heapton le había preparado.

    —Venga, cómelo rápido que hace calor y se derretirá. ¿Nos quedamos aquí?

    —¡Claro que no!

    Ni siquiera tuvo que preguntarle hacia dónde se dirigía cuando emprendió la marcha hacia afuera entre brincos y tarareos, pues ya conocía su destino. Morgan se despidió de la Señora Heapton con un asentimiento de cabeza y la mujer le alcanzó unas cuantas servilletas más por sobre el mostrador, mientras las veía marcharse. Morgan se las agradeció y, al salir de la heladería, giró hacia la izquierda. Hanabi le había sacado unos metros de distancia, pero no perdía uno solo de sus movimientos. Se permitió, entonces, aspirar el aire tibio de la primavera y echarle un vistazo al barrio. Silencioso y apacible, como siempre había sido. Ese mismo paisaje, sin embargo, había cambiado drásticamente a partir de cierto día, donde sus padres volvieron a casa de la mano con una niña tan, tan pequeña, delgada y asustada que a Morgan le recordó un gatito arisco. Desconfiaba de todos, incluso de ella, y rara vez salía de su habitación. No quería comer, no quería bañarse. Nadie sabía qué hacer, y la situación había comenzado a estresar aún más a sus padres. Morgan al principio pretendió no llevarle el apunte, continuar con su vida como siempre había hecho. Pero ahora, cada vez que regresaba de puntillas en la madrugada, no podía ignorar los sollozos que llegaban a sus oídos desde la habitación de Hanabi. Dudó y dudó, hasta que comenzó a llamar a su puerta. La niña, al principio, se retraía y ocultaba detrás de la cama, pero poco a poco fue abandonando su escondite cuando Morgan se sentaba al borde del colchón y comenzaba a cantar. Suave, en voz baja, para no despertar a nadie; o, más bien, porque no quería que nadie más la escuchara. Ese momento era y sería solo de ellas y nadie más.

    —¡Anda, Mor! ¿Por qué tardas tanto?

    El llamado de Hanabi la arrancó de sus divagaciones y alzó la mirada hacia ella, encontrando una distancia mucho mayor entre ambas; la niña se había girado para gritarle, caminando en reversa, y Morgan intentó advertirle que se detuviera antes de chocar con…

    —¡Ah! ¡Disculpe, señor! ¡No lo vi!

    Morgan chasqueó la lengua y apresuró el paso para llegar donde ellos. Hanabi había estampado un helado de menta y chocolate en la camisa perfectamente blanca de aquel hombre de negocios, y por la cara del tipo se anticipaba su reacción.

    —Oh, gracias —soltó el sujeto, en un tono ligeramente socarrón, con su voz tranquila y rasposa—. Hacía mucho calor, la verdad, y me asaltaba por las noches la inquietud sobre lo aburrido de mi vestuario. Me hiciste un trabajo impecable, niña. Te agradezco de todo corazón.

    —Oye —bramó Morgan, alcanzando el hombro de Hanabi para apartarla un poco—, ya dijo que lo sentía, ¿sí?

    Le sostuvo la mirada durante un rato, aunque ninguno de los dos abrió la boca. Aquel sujeto la veía desde arriba como si estuviera dándose el placer de juzgarla, cada pizca de ella. Morgan bufó, frunció el ceño, desvió la mirada y agarró la mano de Hanabi.

    —Toma —dijo, estampándole las servilletas contra el pecho y comenzando a caminar—. Buena suerte, viejo.

    Arrastró a Hanabi con ella, quien se quejó un poquito y buscaba girarse de tanto en tanto. Pero Morgan afianzó el agarre y dobló hacia la plaza. Por Dios, qué tipo tan amargo. Incluso juraría haberlo oído despotricando en… ¿italiano era? Tampoco le interesaba.

    —Lamento lo de tu helado, linda —murmuró, agachándose frente a su hermana—. ¿Quieres otro?

    Hanabi bajó la vista hacia el cucurucho con un puchero, pero sacudió la cabeza. Había perdido casi toda la bocha de chocolate, y comer solo menta… bueno, era bastante triste. Y sabía a dentífrico.

    —Mor —la llamó, en voz baja.

    Morgan le sonrió, acariciando su cabeza, como invitándola a hablar.

    —Yo… —continuó—, yo arruiné la ropa de ese señor, ¿verdad?

    —Ah, olvídate de eso —espetó Morgan, agitando la mano, y le acomodó el saquito de hilo sobre los hombros—. Siempre hay que mirar por dónde caminamos, eso sí. Ahora pasó esto, pero podrías también haberte tropezado y lastimarte. No te preocupes por ese tipo, de todos modos. Ya pasó.

    Se incorporó y retrocedió hasta sentarse en un banco de madera. Hanabi aún seguía un poco preocupada, pero había comenzado a comer el helado lentamente. Observándola, Morgan sonrió. Pensar que llegaría el día donde Hanabi pasara de huír de los adultos extraños a preocuparse por ellos.

    El sol había comenzado a dibujar sombras más largas y difusas. Una brisa tibia soplaba entre los árboles y todo parecía estar bien en el mundo. Hanabi se había sentado junto a ella y estaba contándole sobre las cosas que había hecho en la clase de arte cuando ambas escucharon una voz llamándola. Morgan alzó la mirada y Hanabi se giró.

    —¡Anna! —exclamó la niña, corriendo al encuentro de la chica.

    Morgan intentó disimular su hastío cuando su vecina se acercó a saludarla.

    —Hola, Morgan. ¿Cómo estás?

    —Bien, por suerte. Tranquila.

    —¡Hola, Jonas! —La voz de Hanabi se alzó entre todas las demás.

    El niño, bastante más tímido, se ruborizó un poco y ocultó la mirada bajo la visera de su gorra. Anna sonrió y lo alentó a acercarse.

    —Anda, cielo, ¿por qué no juegas un rato con Hanabi? Te aseguro que será divertido.

    Jonas se mostraba dubitativo pero Hanabi no le permitió el placer por mucho tiempo, pues lo tomó de la muñeca y lo arrastró hasta los juegos de la plaza. Morgan quiso decirle algo por su actitud, pero Anna la interrumpió.

    —Tranquila —murmuró, sentándose junto a ella—, a Jonas no le molesta, sólo le toma un tiempito entrar en confianza.

    Morgan la vio de reojo y le sonrió con los labios apretados. ¿Ahora tendría que charlar y hacer sociales como una madre mientras su hijo y el de la vecina juegan en el parque? Madre santa de Dios, qué horror.

    Un breve silencio se instaló entre ellas, mientras las voces de los niños llegaban como vestigios entre el viento. Morgan le echó un vistazo a su vecina, pues por alguna razón inaudita comenzaba a sentir el agobio de tener que sacar conversación; Anna, sin embargo, se veía calmada y contenta. Como siempre, vaya.

    De repente se preguntó qué haría Bleke en una situación así. Ella siempre ideaba las mejores frases para romper el hielo, o sabía encauzar las conversaciones para que, a pesar de su banalidad, no carecieran de interés. Habilidades sociales, les decían. Bueno, a ella siempre le habían hecho falta. Le resultaba fácil como respirar engatusar a alguien borracho, pero no podía mantener una simple charla en el parque con su vecina. Fantástico.

    Aunque también era cierto que, hasta hace muy poco, le habría dado realmente igual hablar o no con Anna. Pero las cosas habían cambiado.

    Una estridente y dulce risa bañó sus oídos y Morgan volvió la mirada al parque, viendo cómo Hanabi correteaba detrás de Jonas alrededor de los toboganes. Era ella. Hanabi la animaba siempre a ser una mejor persona, le recordaba todo lo bueno que podía llegar a dar y le regalaba las esperanzas necesarias para esforzarse a conseguirlo.

    —Es una gran niña. —Las palabras no le pidieron permiso, salieron suaves y sinceras desde su mismísimo corazón—. Tiene un brillo inmenso.

    Hanabi se había ubicado en la desembocadura del tobogán más grande y alto de todos, y había metido la cabeza dentro para darle ánimos a un Jonas sumamente indeciso sobre si tirarse o no. Sus gritos de aliento llegaban hasta las chicas, y Anna soltó una risa suave.

    —Sí, lo es —acordó—. Parece capaz de iluminar cualquier cosa.

    Recibir la respuesta de Anna le hizo darse cuenta que aquello lo había dicho en voz alta, mas decidió no darle excesiva importancia y simplemente… relajarse un poco. Era una tarde cálida, la brisa entre los árboles sabía a tierra húmeda, su vecina no era tan irritante como siempre la había creído, y estaba con Hanabi.

    —Soy muy afortunada de tenerla como hermana.

    —Seguro para ella es igual.

    Frunció ligeramente el ceño ante la afirmación de Anna y la miró, encontrando una nueva expresión en su rostro. Sus ojos se habían llenado de preocupación y alzó las manos, en señal de disculpa. Las palabras correspondientes, sin embargo, no salieron de sus labios.

    —¿No lo piensas, Morgan? —inquirió, precavida.

    Un nuevo chillido las arrancó de su conversación y ambas desviaron la atención a los niños, en caso de que alguno se hubiera lastimado. Al parecer Jonas había reunido valor y se había tirado por el tobogán hasta Hanabi, quien lo sacó de allí y comenzó a girar con él mientras lo vitoreaba y agasajaba por haberse animado. La sonrisa creciente del muchachito era cada vez más genuina y divertida, hasta que se topó con una piedra y trastabilló. Sus manos, así como su gorra, fueron a parar al césped, y entonces Morgan tuvo que contener la respiración.

    ¿Por qué…?

    —¡Jonas! ¿Estás bien? —exclamó Anna, desde su lugar en la banca.

    La voz de su hermana hizo reaccionar al niño, quien se incorporó casi en cámara lenta. Había perdido la sonrisa y su comportamiento, de ser posible, se había tornado aún más huraño. Hanabi, ajena a todo, le acomodó la gorra sobre la cabeza con algo de torpeza y soltó una risa.

    —¿A ti tampoco te crece el pelo? ¡Eres como el tío Clay!

    El clima de juegos, aunque parecía haber retrocedido al punto de partida, no se tornó insalvable. Anna soltó un profundo suspiro de alivio al advertirlo y Morgan se removió un poco incómoda, mientras veía cómo Hanabi le ofrecía a Jonas empujarlo en las hamacas para darle envión. El niño, algo reticente al principio, acabó cediendo.

    —¿Ya ves? Realmente es una niña especial.

    Anna fue la primera en hablar, y Morgan la miró. Había cambiado. Era sutil, incluso indescriptible. ¿Dónde estaba la diferencia? ¿En el color de su voz, apenas más opaco? ¿En el brillo de su mirada, más frío y melancólico?

    —Lo siento, Anna —murmuró Morgan, y automáticamente se reprendió por dejar encendido el piloto automático.

    La chica a su lado era demasiado amable, sin embargo. Jamás sería descortés o rechazaría con desagrado una frase prefabricada de esas. Le sonrió, entonces, y asintió.

    —Descuida. Lo más importante ahora es encontrar la forma de que Jonas se sienta tranquilo y aceptado, sobre todo entre sus pares. Por eso… cuando te vi aquí en el parque con Hanabi no pude evitar… forzarlos a jugar juntos. —Soltó una risa breve, carente de diversión; se oía más bien avergonzada—. Lo siento, Morgan. No pretendía interrumpirlas o entrometerme, pero realmente llevo mucho tiempo pensando que si hay alguien capaz de ayudar a Jonas, esa es Hanabi. En su escuela no le estaba yendo muy bien, los niños comenzaron a burlarse y…

    —Oye —la cortó—, está bien. No te preocupes.

    Quizá había sonado algo brusca, pero no estaba acostumbrada a ser el psicólogo de nadie y no sabía lidiar con emociones ajenas; apenas había aprendido a reconocer las propias. Entendía toda la situación, entendía que era una mierda y quiso hincharse las mejillas a bofetadas por haberse pasado tanto tiempo riéndose de su vecina, de su aparente ingenuidad y de su vida perfecta, pero aún así no necesitaba oír más. Anna no tenía por qué darle explicaciones que seguramente le pesaban en la garganta.

    Sintió, sin embargo, el ligero agobio del silencio tras interrumpirla. No estaba segura de haberla ofendido o no porque la castaña, ahora entendía, era experta en mantener la misma sonrisa siempre. Como si nada le afectara, como si nada le significara un problema, y Morgan se lo había tragado todos esos años.

    Algo así como… Bleke, ¿verdad? Aunque hubiera pretendido no advertirlo.

    —Hanabi es lo más preciado que tengo —dijo, pues sintió la estúpida deuda de serle honesta—. No podría ser lo que soy sin ella, porque… me salvó, en más sentidos de los que me gusta admitir. Así que puedo entenderte, en cierto punto. Si algo le pasara, yo…

    Las palabras se ahogaron en su garganta, pues ni siquiera se atrevió a imaginar un nuevo mundo sin Hanabi. No de nuevo. ¿Cómo sería para Anna el mundo sin Jonas? El simple panorama de verse obligada a digerir la idea se le hizo espantoso y asfixiante.

    —Por eso —murmuró Anna, con cierta pesadez—, lo más importante ahora es su bienestar. Que él sea feliz, en la medida de lo posible. Que se lance de un tobogán y pueda reír así, ¿sabes cuánto lo había deseado? Es lo mejor que puedo pedir.

    Muchas preguntas reverberaban aún en la mente de Morgan. ¿Cuánto tiempo llevaba así? ¿Cuán alentador sería su pronóstico? ¿Qué clase de persona había sido Jonas, y cómo habría cambiado?

    ¿Cuánto, exactamente, había detrás de la sonrisa de Anna?

    Se sintió tan estúpida y avergonzada como para incorporarse e irse, pero sabía que lo más importante en aquel momento no era ella, ni siquiera la chica a su lado, sino los niños. La felicidad de Jonas, y el brillo reparador de Hanabi. Después de todo, Morgan podía dar fe de él.

    —Hagámoslo, entonces —definió, captando la atención de Anna—. Estoy segura que Hanabi estará encantada de tener un nuevo amigo, aunque no sean exactamente de la misma edad. Podemos traerlos a jugar las veces que quieran, si se divierten y les hace bien.

    El sol anaranjado del crepúsculo chispeó entre el follaje oscilante de los árboles, iluminando la mirada cristalizada y sumamente agradecida de la chica a su lado. Morgan apenas podía comenzar a comprender cuánto debía significar eso para ella, y se dio cuenta entonces que no necesitaba entender algo para sentirse bien por ello. ¿Sería ese el tipo de brillo que Hanabi recibiría, luego de haber regalado el suyo? ¿Sería allí, en ese preciso instante del intercambio, donde yacía la verdadera belleza de las personas?

    —Gracias, Morgan. Muchas gracias.

    Porque de ser así, podría acostumbrarse a eso.

    —Descuida. Si pienso en mi futuro con Hanabi, a decir verdad, movería cielo y tierra para que ahí solo haya felicidad.

    Anna asintió, enjugándose las lágrimas que no se permitió derramar, y sonrió al volver la mirada hacia los niños. Con la ayuda de Hanabi, Jonas había logrado hamacarse tan, pero tan alto, que sus risas probablemente alcanzaban el cielo.

    —¡Mira, Ann! —exclamó, cuando notó que su hermana mayor le observaba—. ¡Estoy volando! ¡Estoy volando!

    Anna alzó el brazo en el aire, saludándolo, y su sonrisa destelló con una variedad infinita, incluso contradictoria, de emociones.

    —Sin importar cuán breve sea —acordó, en voz baja—, su futuro será deslumbrante.
     
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    Gigi Blanche

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    epílogo . I've seen you, so i feel you. I miss you, so i'll find you
    f u t u r o
    .

    Personajes: Morgan O'Connor.
    .
    .
    .

    Morgan revisó la hora en su celular una vez más, comenzando a impacientarse. Recostó la cabeza sobre el poste de luz detrás de ella y, mientras le echaba un vistazo al cielo azul, captó movimientos a su derecha. Sus ojos se encontraron con los de Stov y no pudo reprimir el ceño fruncido. El muchacho detuvo su paso calmado y, sin sacar las manos de los bolsillos, dijo:

    —Lo siento, día ocupado.

    Morgan decidió dejarlo ser, aunque le picaran las ganas de regañarlo por llegar tarde, y comenzó a andar sin más. Stov se adaptó a su ritmo sin problemas.

    —¿Me llamaste para dar un paseo?

    —¿Cómo crees? —espetó, lanzándole una mirada fugaz, y volvió la vista al frente—. Claro que no.

    ¿Quizás estaba siendo algo desagradable? ¿Toda la situación la había sensibilizado? Era muy probable. Stov no respondió, sino que lo escuchó comenzar a silbar mientras recorrían el camino lateral del parque. Lo percibía tranquilo y apático a su lado, como siempre; quizá algo callado, pero tan relajado como un niño en verano. Intentó que la diferencia en sus ánimos no la siguiera molestando y soltó un suspiro, afianzando el agarre alrededor de la tira de su morral.

    —Ya pasó un mes —soltó, sin mirarlo—. ¿No has sabido nada?

    —Nop —respondió Stov—, en lo más mínimo.

    —Su celular no volvió a recibir mis mensajes, debe haberlo cambiado. —Bufó con pesadez—. Sí que nos la puso difícil.

    —Bueno, eso suele hacer la gente que se va.

    Morgan apretó un poco los dientes, y se obligó a seguir caminando en vez de frenarse para enfrentar al chico. ¿Su actitud no cambiaría ni siquiera un poco, ahora que su novia había desaparecido de la faz de la Tierra? Ese día era especial, necesitaba conservar la calma y hacer las cosas bien. Debía esforzarse, pese a todo y pese a Stov.

    —También hablé con su padre —continuó informando, haciendo caso omiso de Krost, aunque mencionar al tipo no la pusiera precisamente de buen humor—, pero tampoco sabe nada.

    —Bueno, eso suelen hacer los viejos que no les importan una mierda sus hijos.

    Morgan frunció el ceño, recordando la conversación telefónica de apenas… ¿dos minutos? que habían mantenido. Tuvo que contener la cólera y no estrolar el celular contra la pared cuando el muy hijo de puta le cortó, luego de no mostrar el más mínimo interés por su hija. “Sí, estoy en ello”, le había dicho, claramente hastiado por su llamada. Una mierda estaba en ello.

    Bueno, quizá por eso la irritaba tanto la actitud de Stov. Sentir que era la única en el mundo preocupándose por Bleke le ayudaba a comprender, aunque sea un poco, sus razones para irse.

    Habían llegado al final del parque y cruzado la calle, ingresando entonces a un edificio enorme. Stov le echó un vistazo, parecía ser de oficinas. Morgan llamó al ascensor y, mientras lo esperaban, alzó la vista hacia el muchacho a su lado. Se lo notaba algo confundido por sobre el típico desinterés de su expresión. ¿Nada de comentarios sarcásticos, o alguna anécdota sacada del bolsillo sobre alguno de sus muchos tíos? Eso era raro.

    —Hablé con mi mamá. Le pregunté si conocía a alguien que pudiera ayudarnos.

    Stov la miró, entonces. Por fin.

    —¿De qué hablas?

    —Quiero encontrarla, Stov. Y voy a hacerlo.

    Las puertas del ascensor se abrieron y Morgan ingresó, seguida de un Stov algo más interesado en la conversación. Su reacción, sin embargo, no era la que O’Connor habría esperado.

    —¿Qué tienes en mente?

    —Ahora lo verás.

    El chico pareció tragarse las palabras que iba a decir y dejó caer los brazos. Se lo veía… ¿exasperado? ¿En serio?

    —¿Cuál es tu problema? Pensé que querrías… —se interrumpió, luego de girarse hacia Stov y detallar su expresión en el reflejo del espejo—, encontrarla.

    Su voz había perdido volumen e intensidad a mitad de camino, demasiado enfocada ahora en la imagen frente a sus ojos. ¿Qué era lo que había en el rostro del chico? ¿Molestia? ¿Incomodidad? ¿Enojo? ¿Angustia?

    ¿Quizás un poco de todas?

    Stov no le respondió, tampoco le dirigió la mirada. El ascensor se detuvo y emitió un suave pitido, abriendo sus puertas metálicas luego. Él fue el primero en abandonar el recinto, arribando a un pasillo pulcro y luminoso atestado de puertas, a la derecha, y ventanas, a la izquierda. Morgan se detuvo un par de pasos detrás suyo, en silencio. Le echó un vistazo al lugar pero no avanzó. Se oía el eco de teléfonos sonando, el murmullo disimulado de voces monocordes, y eso era todo.

    —¿Y si no quiere? —inquirió Stov de repente, con algo de brusquedad—. ¿No has pensado que Bleke quizá no quiera ser encontrada?

    —No. —La respuesta de Morgan fue firme y arribó en apenas un segundo; esto hizo girarse al muchacho hacia ella—. No es así.

    —No tienes forma de saberlo.

    —Sí la tengo. Y es algo que, estoy segura, ni siquiera Bleke ha notado. Pero lo sé. Sé que siempre quiso ser encontrada —sentenció, mortalmente seria, y se llenó los pulmones de aire antes de seguir hablando—. Una vez, hará dos años, era verano, de noche, y estábamos echadas en medio del parque, bebiendo y charlando. Como siempre, vamos. La conversación iba y venía sobre estupideces, hasta que ambas nos callamos un rato y entonces Bleke habló. “¿Cómo te sientes, allí arriba?”, fue lo que dijo, en voz baja. Yo la miré y estuve a punto de preguntarle a qué mierda se refería, pero me callé. Porque me di cuenta que no estaba preguntándome a mí, ni a nadie, sino a…

    —La luna, ¿verdad?

    Morgan asintió lentamente y permaneció en silencio durante unos segundos, pues había notado el cambio en la expresión de Stov y sintió que necesitaba algo de tiempo para procesarlo. El muchacho se giró hacia las ventanas y apoyó las manos sobre sus marcos metálicos.

    —No sé por qué —prosiguió O’Connor, con un tono de voz cauteloso—, pero nunca pude olvidar ese momento. Tampoco sé por qué mierda no hice nada cuando noté que esa era ella, la versión más pura y genuina de ella, hablándole a la luna de una forma tan jodidamente triste y patética. En su momento me convencí de que sólo era Bleke siendo Bleke, haciendo cosas cursis como parafrasear libros y hablarle a las estrellas. Ya sabes, lo de siempre. Pero estaba pidiendo ayuda, y no hice nada. Cuando ella siempre, siempre estuvo para mí.

    Su voz había comenzado a quebrarse un poco y selló los labios, buscando aire para calmarse y conservar la compostura; recuerdos amargos, incluso vergonzosos, emergían desde los costados de su memoria cuando pensaba en la Morgan del pasado. Esa niña rota, perdida y resentida con el mundo que no tuvo la valentía suficiente para acabar de una puta vez con su sufrimiento y continuó recostada cómodamente en su miseria, siendo una estúpida carga para quienes la amaban, en vez de sentar cabeza y esforzarse por cambiar la situación. Encadenó a Bleke a sus problemas, y apretó y apretó los grilletes sin remordimientos hasta que una pequeña niña asustada necesitó de ella y encontró la puerta de salida. Avanzó, sanó y volvió a sonreír, pero olvidó algo.

    Al final, nunca le agradeció apropiadamente a quien más se lo debía.

    —Bleke siempre supo cuando estaba pidiendo ayuda, siempre acudió a mí, y jamás me pidió nada a cambio. Ahora sé, que me necesita. No voy a permitirle quedarse con la idea de que nadie movería cielo y tierra por ella. —Hizo una significativa pausa, llamando la atención de Stov, y cuando éste por fin se giró, agregó—: Voy a buscarla y voy a encontrarla, Stov. ¿Quieres ayudarme?

    El muchacho se veía serio. Era, probablemente, la primera vez que Morgan encontraba en su expresión algo que no fuera desinterés o diversión. Los segundos pasaron, segundos eternos, hasta que Stov suspiró y volvió a guardar las manos en los bolsillos.

    —¿Cuál es tu idea? ¿Contratar a un super detective privado para rastrear sus pasos?

    Morgan sonrió y caminó el reducido trecho que los separaba de la puerta a la cual debían acudir.

    —Pues sí. —Sonrió, divertida, y tocó—. Exactamente eso.

    Un “¡pase!” se oyó desde el interior de la oficina, y O’Connor fue la primera en ingresar. Cuando sus ojos conectaron con los del tipo echado a sus anchas sobre la silla del escritorio supo que él también la había reconocido de inmediato, y le preguntó mentalmente a Dios qué había hecho para merecer esto.

    ¿Por qué su madre tuvo que recomendarle a Andrea Dalcorvo, y por qué Andrea Dalcorvo tuvo que resultar ser el tipo pestilente del parque?

    —Vaya, vaya —soltó el detective, con una sonrisa agria extendiéndose por sus labios—. Pero si es la ragazza de los helados. ¿Viniste a traerme más servilletas?

    Mamma mia, eso tenía pinta de convertirse en todo un viaje.


    Aaaand thats all, folks(? Mierda, se me hizo mucho más largo de lo que esperaba xd Y más lleno de angst y sad shits, cabe destacar. Vamos, que le había puesto género comedia al principio, qué puto chiste xd But oh well, a decir verdad disfruté un montón escribir esto y poner a mis personajes a interactuar en un UA <3 Fue una linda experiencia y nada, pude hacer cosas de las que tenía muchas ganas, como darle vida a Bleke y desarrollar un poco a Anna. So eso, gracias a Tom por organizar la actividad y gracias a quienes me estuvieron leyendo <3
     
    Última edición: 28 Octubre 2019
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