One-shot Witch Hunt

Tema en 'Vocaloid' iniciado por Ruki V, 19 Marzo 2018.

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    Ruki V

    Ruki V Usuario común

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    Escritora
    Título:
    Witch Hunt
    Clasificación:
    Para adolescentes. 13 años y mayores
    Género:
    Drama
    Total de capítulos:
    1
     
    Palabras:
    3689
    Este escrito se basa en una canción de Vocaloid del mismo título
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    Ahora, por favor echen un vistazo, a esta triste historia. No olviden tener su pañuelo listo.


    En un lejano lugar, había una bruja. Ella se enamoró de un príncipe.

    “Bruja” no era una palabra que se dijera a diestra y siniestra en esa época: La cacería de brujas no era exactamente como se le ha pintado en las historias más tradicionales, puesto que la paranoia de la gente de aquel pueblo nunca se esparcía sin motivo alguno. El miedo no era algo que nadie estuviese dispuesto a manifestar en voz alta de no ser necesario. ¿El rumor de que hubiera una bruja entre los humanos era suficiente para despertar el miedo y alertar a todo el reino? No.

    ¿Por qué sería necesario? Un rumor es un rumor, y los aldeanos de todas las edades sabían que los ojos de Dios sobre sus santas familias eran más poderosos que la magia de cualquier posibilidad de amenaza en sus vidas. Esto era lo que predicaba la Iglesia del reino. Esto era el discurso de todos los sacerdotes y de las monjas, entre las cuáles, de cualquier manera, había cazadoras de brujas.

    Y se dice “de cualquier manera” porque los hombres de la Iglesia, igual que los padres de familia, e igual que el príncipe del reino, eran los encargados de hacer sentir seguros a niños y ancianos, con ayuda de las enseñanzas de Dios y las leyes del reino. Las mujeres, por otro lado, sea que viviesen en la Iglesia o fueran amas de casa, tendían a verse obligadas a balancear la enseñanza que ellas pudiesen ofrecer sobre cómo estar en paz y sobre cómo estar en alerta en momentos indicados.

    Es por lo anterior que las más respetadas entidades del reino eran el príncipe Gakupo, el futuro heredero al trono, y la joven Madre Superiora Miku, conocida por ser una fiel oradora y a la vez una experimentada cazadora de brujas. Ambos tendían a estar muy ocupados en el pueblo que representaba al corazón del reino, donde se ubicaban el castillo y la máxima catedral de la Iglesia; sin embargo, el respeto por ellos alcanzaba cada kilómetro del territorio gobernado por Gakupo.

    —¡Le queda un año, príncipe Gakupo!— dice una niña rubia de 11 años al soberano, mientras este pasa tiempo con los más pequeños del pueblo, jugando por instantes un papel de hermano mayor.

    —Así es, me queda un año, Rin— responde Gakupo con un suspiro.

    —¡Un año para ser rey!— exclama un niño, también rubio, también de 11 años.

    —No— Rin niega con la cabeza. —Un año para conseguir reina.

    —¿Por qué necesita una reina?— replica el chico.

    —Bueno, Len, es simplemente la ley— se ríe Gakupo.

    —Pero, el príncipe Gakupo es la ley— responde Len, confundido.

    —De acuerdo…— al príncipe se le ve acorralado. —Digamos entonces que es la tradición.

    —¡Un rey necesita una reina!— dice Rin con enfado.

    —No, un rey no necesita a nadie: es un rey— dice Len, muy seguro.

    —¿Crees, Len, que tu padre no necesita de tu madre?

    —¿Huh? ¡No es lo mismo!— asegura el chico.

    —Más o menos, sí. Ten siempre en cuenta que todas las mujeres juegan un papel muy importante en la vida de todos los hombres del reino— explica Gakupo, con tal calma, y entretenido incluso.

    —¡Sí! Como la Madre Miku— dice Rin.

    Gakupo sonríe y no añade nada más: él sabe perfectamente que puede dejar a los chicos hablando entre ellos sobre las virtudes de Miku, adorándola en voz alta como ha escuchado que lo hacen los demás niños, hombres, mujeres y ancianos del pueblo. Y, por supuesto, tras haberla tratado frente a frente durante un año, el príncipe sabía reconocer toda clase de cualidades admirables en ella.

    Sin embargo, era fácil que le incomodaran comentarios que le habían hecho ya, niños y adultos…

    —Si la ley y la Iglesia lo permitiesen, ¿desposarías a la Madre Miku?

    Era una idea tan descabellada que Gakupo tuvo que asumir que su padre en verdad deliraba en su cuando le propuso a su hijo imponer una ley que permitiera aquella unión. Tuvo que asumir que el rey deliraba y que la Iglesia no le permitiría imponer dicha ley, así que nunca dijo nada al respecto; se preguntó si el último deseo de su padre, de que encontrara mejor candidata, había sido sincero.

    Además de la lógica, los sentimientos de Gakupo simplemente no lo inclinaban hacia Miku.

    Se encontraba pensando en esto cuando se percató de una repentina ráfaga de viento.

    Una ráfaga de viento que había enviado en su dirección un gorro, perseguido por una joven.

    —A-ah, el viento me ha tomado por sorpresa— dice la joven con timidez al llegar hasta el príncipe, pasando sus dedos entre sus largos cabellos rosados, algo alborotados por el viento.

    —Menos mal tu gorro no se ha perdido— le dice Gakupo, entregándoselo.

    —Gracias…— le responde la joven, tomándolo con un leve sonrojo, y una pequeña reverencia —y disculpe mi torpeza, príncipe Gakupo.

    —Oh, no, no es necesaria una disculpa, ¿señorita…?— le dice él, esperando que ella se presente.

    —Luka— dice ella sonriendo.

    Era curioso. Después de prácticamente vivir entre sus súbditos por todo un año, Gakupo se había acostumbrado a las mismas caras de siempre, las mismas voces, los mismos nombres; los conocía todos. Pero todo sobre Luka era desconocido. Y atrayente. A más no poder. Casi a primera vista. Casi como si abandonara todo instinto que le dijera que no podía enamorarse de una extraña.

    El príncipe se enamoró de ella.

    Y Luka se enamoró de Gakupo, también.

    No tomó mucho más que aquel primer encuentro. ¿Qué le siguió a eso? Escucharla explicarle que venía del norte, que era panadera, que tenía 18 años, que llevaba apenas un día en el pueblo.

    Escucharla hablar y hablarle; explicarle como era su día a día, hablarle del pueblo, de la gente que vivía ahí, del castillo, del rey que ahora descansaba en paz, de sus preocupaciones, de sus deseos.

    ¿Cuánto tiempo tomó? ¿Un día? ¿Tal vez dos? ¿Importaba? Sentían que eso era lo correcto.

    Olvidándose de la posible magia que detiene el tiempo, era su momento para ser felices.

    Por supuesto: porque en aquel reino, el amor tenía más poder de manifiesto que el miedo.

    Y por ende, la envidia tenía un poder de manifiesto tanto o más fuerte que el amor.

    ¿Quién se iba a imaginar la opinión de la Madre Miku respecto a aquellos comentarios? Respecto a cómo el corazón del reino aclamaba que una mujer como ella reinase junto al príncipe Gakupo.

    Le ley era la ley, y la Iglesia y era la Iglesia, y Miku lo sabía mejor que nadie. En sus 22 años de vida había aprendido a respetar a los hombres y a buscar hacerse respetar entre las mujeres, si es que en verdad se pretendía hacer llamar Madre Superiora; si es que en verdad pretendía servir a Dios su vida entera; servir al reino con sus conocimientos sobre la paz, esparciéndolos desde el pueblo que le daba hogar a la mayor institución eclesiástica (la catedral en la que había vivido siempre).

    La ley era la ley, y la Iglesia era la Iglesia. Pero, también, el amor era el amor, y Miku estaba muy enamorada del único hombre con el que jamás tendría oportunidad de pasar el resto de su vida. Sin importar lo mucho que el rey (que ahora descansaba en paz) la hubiera adorado como luego sería adorada por el resto del reino, la oportunidad jamás existiría. Sin importar todo el tiempo que pasó al lado del príncipe, una mujer de la Iglesia era y sería siempre una mujer de la Iglesia.

    Pero todo eso solía estar bien para Miku. Todo eso solía ser parte de su destino, pensaba ella. Eso solía significar que tal vez, y solo tal vez, sin importar quién fuera la reina, Miku sería siempre muy importante para la Iglesia, para el reino, para el príncipe Gakupo. Ella estaría siempre para él, para el pueblo. Tendría la mínima posibilidad de ver y ayudar a hacer feliz al hombre de sus sueños, aún si no pudiese hacerlo convirtiéndose en su esposa, ni viviendo con él, ni teniendo a sus hijos…

    Pero la Madre Superiora no dejaba de ser, además, una experimentada cazadora de brujas.

    Y por mucho que Miku deseara que Gakupo fuese feliz, una cazadora como ella es más sabia que eso. Más sabia que cualquier otra mujer, de la Iglesia o no, para detectar qué es amor y qué es brujería.

    —Es una bruja— declaró Miku ante Gakupo, sin previo aviso, sin ningún contexto, simplemente un día que visitó la Iglesia, si acaso una semana después de que Luka llegase a la ciudad.

    —¿Disculpa?— fue la primera reacción de Gakupo.

    —La panadera nueva en el pueblo.

    —¿Te refieres a Luka?— él se ríe. —Pero, Miku…

    —No tengo por qué estar asumiéndolo sin más, Gakupo.

    —Lo que dices es bastante serio— responde el príncipe con un semblante más preocupado.

    —Me pareció muy sospechosa su llegada a la ciudad, así que mandé a hacer un par de retratos hablados— dice mostrándole una especie de volante, donde se retrataba a Luka y se mencionaban su nombre y su “profesión” de panadera. —Los envié con otras superioras en las iglesias de otros pueblos al norte del reino, preguntando sobre ella…

    —¿Qué…?

    —Ella misma fue quien dijo venir del norte del reino, ¿no?

    —Dices… que nadie cree haberla visto antes.

    —El reino no es muy extenso. ¿Qué tan posible es que nadie en ningún pueblo la conozca? Incluso el príncipe conoce a todos y cada uno de los habitantes del corazón de su gobierno.

    Gakupo volteó a mirar la calle frente a la iglesia. Volteó a mirar los familiares rostros que pasaban por ahí; rostros que reconocía desde hacía años, a los que no se le dificultaba en lo absoluto poner un nombre. Eso ero de lo más natural: su padre también se familiarizó con los súbditos que vivían en aquel pueblo sobre el que se cernía su castillo.

    Igualmente, los aldeanos se conocían entre ellos, casi como se tratara de una gigantesca familia, formada por granjeros, sacerdotes, amas de casa, educadoras, niños y ancianos. Cada persona sabía todos los nombres o sobrenombres, las ocupaciones y los pasatiempos, gustos y digustos; claro que algunos en mayor medida que otros.

    Y no era sólo porque el territorio fuera poco extenso o la gente fuese muy amable; se trataba de una costumbre que se convirtió en una medida de seguridad y de paz. Una manera de asegurarse de que podían confiar los unos en los otros; de que no existieran secretos, malentendidos o quizá sospechas de traidores entre los ciudadanos.

    De brujas entre los humanos.

    —Yo… Necesito más pruebas— dice Gakupo dándole la espalda a Miku, alejándose antes de que ésta pudiese decirle algo más.

    La verdad era que el príncipe no podía ni quería creerlo. No tenía sentido para él. Lo que tenía sentido es que Luka había llegado para hacerlo más feliz de lo que había sido nunca. Tan feliz…

    Era fácil ver que su sonrisa era diez veces más brillante como en ese instante que la vio.

    —Buenos días, príncipe Gakupo— lo saludó ella, sonriendo; muy formal, al menos en público.

    —Un gusto verte, Luka— respondió Gakupo con un pequeño suspiro, sosteniendo su sonrisa.

    Es verdad que la primera vez que Miku los vio, cuando se conocieron, no sintió nada que no fuesen celos. Pero una vez que sus sospechas se elevaron, no podía más que observarlos con una genuina preocupación. Le preocupaba Gakupo. Le preocupaba el reino. Le preocupaban las intenciones de Luka. Le preocupara que Luka fuera una bruja y no tener verdaderamente el poder de probarlo.

    El único poder que tenía era el poder de orar: de pedirle a Dios ayuda, iluminación. Salvación.

    Solución.

    La Madre Superiora Miku era muy respetada y amada por todo el reino, pero sobre todo en aquel pueblo. Todos los habitantes confiaban en ella y le tenían mucha admiración. Se sabía que ella era su guía en la búsqueda de la paz y la tranquilidad; no solo por ser una figura importante del clero, sino porque no era ningún secreto que había desenmascarado antes a otras brujas en el reino.

    En esos otros pueblos, hizo falta que los habitantes estuviesen alerta. Hizo falta que Miku corriera la voz acerca de sus sospechas, una vez que la idea fuese aprobada por los sacerdotes de la iglesia correspondiente al pueblo en el que se encontraba. Hizo falta que se reconociera la existencia de la bruja que amenazaba las vidas de las personas para que el miedo se desatara y se convirtiera en revolución.

    Por favor eche un vistazo al cielo, que parece quemarse. No olvide a las flamas de la justicia.

    En un lejano lugar, había una bruja. Ella engañó y sedujo a un príncipe.

    A la gente de esa época no había que convencérsele de la existencia de una bruja entre ellos. Todo lo que se necesitaba era escucharlo de la boca de una persona de una reputación intachable como la de Miku, quien evidentemente solo quiere lo mejor para todos los que vivían en aquel pueblo.

    Ni siquiera tenía que decirse toda la verdad: no porque Miku tuviese la intención de mentirle a la gente, sino porque tendría mucho más impacto que se supiera entre los habitantes decir que, más que embrujar a su príncipe, la bruja ya había provocado que otros antes cayeran bajo sus engaños.

    “A aquellos quienes fueron capturados por su magia seductora, se les ha acabado la felicidad.”

    Habían pasado apenas un par de días después de que Miku le dijera a Gakupo de sus primeras sospechas sobre Luka, y ahora sin aviso alguno todo el pueblo estaba enterado de aquel rumor.

    Él estaba atrapado. Emocional y literalmente. En cuanto se percató del murmullo, que lentamente se convirtió en una especie de protesta (que pasó de alzar la voz a tomar antorchas), se encerró.

    Con Luka, en su panadería, en la que ya estaba de visita en primer lugar. A la que, por fortuna, no parecía se estuviera aproximando nadie en la revuelta que se estaba organizando en el pueblo.

    —¿Qué es lo que está pasando, Gakupo?— le preguntó Luka, muy preocupada al ver al príncipe tan agitado. —¿Por qué has cerrado la entrada con tanta prisa? ¿Qué ocurre ahí afuera?

    —Se están… preparando para una especie de revuelta— se limita a responderle él.

    —¿Una revuelta? Pero, eso no tiene ningún sentido. Tus súbditos te adoran.

    —No es contra mí. Se dirigen a la catedral.

    —Eso no me parece muy lógico tampoco.

    —Hay un rumor…— dice Gakupo, viendo a Luka a los ojos. —De que hay una bruja en el pueblo.

    Luka no dijo nada. Ella simplemente sostuvo la mirada de Gakupo, con un sinfín de sentimientos fluyendo a través de sus ojos: confusión, miedo, tristeza. Pero… sobre todo, amor. Había amor en los ojos de Luka. Y, a pesar de que él también estaba confundido, asustado y triste, igualmente la miraba con ese amor que había crecido dentro de su corazón desde que la conoció. Vencía toda lógica.

    Vencía… toda lógica.

    Los ojos de Gakupo pasaron de fijarse en los de Luka a mirarla de arriba abajo. Estaba ataviada con un sencillo vestido blanco, aunque viejo y sucio, que se veía que acostumbraba usar cuando estaba horneando.

    Volvió a mirarla a los ojos.

    —Luka… ¿es verdad?

    —Gakupo…

    —Necesito saberlo. Necesito que me lo digas.

    —Gakupo, no es lo que te imaginas, yo…

    —¡No me vengas con rodeos!

    Gakupo toma a Luka del brazo y la acerca de él, sus sentimientos cada vez viéndose aún más y más oscurecidos por el enfado. Mientras tanto, Luka se sumergía cada vez más en el miedo, temblando mientras continuaba mirando a Gakupo a los ojos. Los sentidos de ambos estaban aún más alerta.

    —Gakupo, por favor, tienes que creerme, yo…

    Luka tuvo que dejar de hablar porque se escuchó un toquido suave, en la entrada de la panadería.

    ¿Suave?

    Gakupo soltó a Luka, y ella abrió los ojos de par en par y trató de evitar que abriera la puerta.

    Casi como si hubiera previsto que Miku se encontraba al otro lado de aquel toquido tan suave.

    —Príncipe Gakupo— saluda Miku con una reverencia y un semblante muy serio. —Sabía que los encontraría en este lugar.

    —Miku…— suspiró aliviado Gakupo, pero inmediatamente corrige su postura al darse cuenta de que hay una multitud no muy lejos detrás de la Madre Superiora. —¿Qué es lo que has hecho?

    —El pueblo está inquieto. Su miedo está a flor de piel. Presienten a un traidor entre ellos.

    —Te has adelantado a tus suposiciones. Si quisiera, sería a ti a quien acusaría de traición.

    —¿Oh?— Miku muestra una auténtica expresión de preocupación. —¿Por qué desconfiarías de mí? Lo único que quiero es la paz para mi pueblo y su gobernante…— dice y después voltea a mirar con rencor a Luka, quien le regresa el gesto con todo el valor que puede reunir.

    —No me has dado las pruebas que te he pedido— dice Gakupo alzando la voz.

    —¿Qué mayor prueba necesitas que el hecho de que la estás defendiendo de esta manera?

    —¡¿Qué tendría eso que ver?!—de pronto Luka alza la voz y Gakupo se sobresalta.

    —¡No engañas a nadie! ¡Sabes perfectamente bien que lo tienes embrujado!

    —¡Eso no es cierto!— vuelve a exclamar Luka, dando un paso enfadado hacia Miku, pero Gakupo se interpuso, volviendo a tomarla por la muñeca con cierta agresividad.

    —¡¡Basta!! ¡Estoy harto!— grita, sorprendiendo incluso a Miku. —¿Cómo podría saberlo?— añade sin voltear a ver a ninguna de las dos, sino al suelo, frustrado. —¿Cómo podría distinguir si esto es real o si es brujería?

    —Gakupo, por favor, no…— Luka le suplica en susurros.

    —Si lo estás dudando, debería ser obvio— interviene Miku, y Gakupo voltea a verla a ella. —Sabes entonces qué es lo que tienes que hacer, ¿no es así?— le dice ella, mostrándole que cargaba con ella una espada.

    Al principio, Gakupo se sorprende y Luka se espanta, pero ninguno de los dos se mueve de su sitio.

    Gakupo se queda un momento contemplando la espada, mientras Luka tiene la mirada fija en él.

    El príncipe entonces tiene que tomar la decisión más difícil de toda su vida, que empieza al halar a Luka por su brazo y volteándola para que le dé la espalda, obligándola a que se hinque en el suelo.

    —Ga-Gakupo…— Luka tenía los ojos abiertos de par en par.

    Los ojos de Gakupo se llenaron de lágrimas y su rostro de rabia, una rabia profunda que no podía disimular en lo más mínimo mientras tomaba, con toda la delicadeza que su rabia le permitía, el cabello de Luka y lo sostenía a la altura de su pecho.

    Miku dio apenas un paso para entregarle la espada.

    Y Gakupo hizo apenas un movimiento de la muñeca para cortarle el largo cabello a su amada.

    Era todo parte del “ritual”, por así llamarlo, que era la cacería de brujas. Se decía que cortarle el cabello a una bruja simbolizaba directamente “cortar” o reducir la intensidad de sus poderes y su fuerza vital. Se creía que, por lo mismo, que fuera parte de la cacería añadía humillación y castigo sobre el juicio a la bruja.

    Luka se mantuvo muda e inmóvil.

    —Es hora del juicio— dice Miku.

    Gakupo asiente, tomando a Luka por las muñecas, sostenidas tras su espalda, y obligándola a que se levantara y a salir de la panadería. Ella iba cabizbaja, evitando la mirada de cada persona que le acusaba de bruja a gritos. Mientras tanto, Miku caminaba por delante y la gente les abría el paso.

    El paso hacia la cruz.

    Si le hubieran preguntado, Gakupo hubiese tenido que decir que no tenía idea de dónde salió esa cruz, ni en qué momento la montaron, junto con una hoguera lista para encenderse en cualquier momento.

    Todo lo que sabía era que, una vez que dejó de sentir la piel de Luka contra las palmas de sus manos, pues la habían apartado de su agarre para amarrarla a la cruz, el tiempo se detuvo.

    Y luego volvió a avanzar, en cámara lenta.

    En cámara lenta vio a la mujer más hermosa que había visto en su vida siendo lastimada por sus súbditos; gritando y soltando patadas por su vida; llorando; faltándole el aire por momentos.

    Era demasiado para él, pero no pudo apartar la mirada hasta que finalmente la vio ahí arriba, amarrada de muñecas y tobillos, con uno que otro golpe y rasguño, temblando y llorando.

    Pidiendo “por favor”.

    “Clavada en una cruz, ella aclama, seguramente, al diablo”. Palabras sabias de la Madre Superiora.

    “¡Arrepiéntete! ¡Arrepiéntete!” es lo que aclama el resto del pueblo.

    “Antes de fuertemente cantar otro malvado hechizo”. Una vez más, la voz de Miku.

    “¡Se te viene encima la muerte!”. Gakupo deseaba que todo fuese una simple pesadilla.

    —Deja caer un juicio sobre su pecaminosa brujería…—

    —Envuélvela en las sagradas flamas de la rectitud…—



    Luka, atada a la cruz, mira arriba: hacia el cielo.

    “¡Arrepiéntete! ¡Arrepiéntete!” oye que el pueblo aclama.

    Ella espera que la voz de los que rezan muera.

    —Dios…— Luka susurra. —Si están yendo tan lejos para llamar a mi amor “brujería”…

    ¿Por qué iba a haber enviado Dios a una de sus hijas a una Tierra tan desdichada?

    Si no la habían recibido como se merecía, no le quedaba más que cuidarla en el cielo.

    —…Entonces solo me queda envolverme a mí misma en las flamas del odio.

    Gakupo ya no había volteado a leerle los labios. Había fijado su mirada al suelo, con impotencia.

    Su castigo fue no ser merecedor de presenciar el despliegue de las alas de su ángel caído; solo pudo sentir el viento arrasador que éstas desataron al reclamar la libertad que se merecía.

    Y atrapar una pluma negra.
     
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