One-shot Una investigación pandástica

Tema en 'Mesa de Fanfics' iniciado por Reual Nathan Onyrian, 30 Agosto 2019.

  1.  
    Reual Nathan Onyrian

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    Escritor
    Título:
    Una investigación pandástica
    Clasificación:
    Para niños. 9 años y mayores
    Género:
    Amistad
    Total de capítulos:
    1
     
    Palabras:
    7934
    Una investigación pandástica

    Andrea hundió el cigarrillo en el cenicero, presionando contra el fondo, para apagar las cenizas que desprendían su humo tóxico. Se reclinó sobre su asiento, y entrelazó sus dedos, apoyando su nariz sobre ellos. Después de unos segundos, se inclinó hacia delante, apoyando los brazos sobre el escritorio, y miró atentamente, a través de la pila de papeles que tenía adelante, a la niña con el pelo castaño y el disfraz de panda que estaba inspeccionando la oficina, con especial curiosidad en el pez payaso mascota de Amanda. La mirada de Andrea, sin embargo, era de hartazgo. Miró hacia su secretaría, buscando explicaciones, que por toda respuesta le dedicó una mirada severa por encima de sus lentes, y le indicó con la cabeza que atendiera a la chica. El gesto era disimulado, pero terminante. Andrea abrió la boca en señal de protesta, pero otra mirada de Amanda bastó para que el italiano simplemente exhalara cansado, y se frotara el rostro, completamente exasperado.

    — Kaede era tu nombre, ¿no? ¿Quiéres repetirme el por qué viniste aquí?— la sonrisa del joven era todo menos sincera. Hasta se podía notar el esfuerzo que estaba haciendo para mantenerla.

    La aludida miró hacia el investigador, para luego rápidamente centrarse de vuelta en el pez, retorciendo las mangas de su ¿piyama? con dedos nerviosos, e intentando cubrirse la cara con la capucha de panda. La niña irradiaba timidez, y para alguien como Andrea, eso no hacía más que impacientarlo. Lanzó un gruñido de exasperación, y se levantó de su asiento, dedicándole una mirada asesina a Amanda. Esta solo levantó una ceja, y volvió a lo suyo. El joven suspiró, se frotó el cabello negro y corto, y con las manos en los bolsillos y su posición desgarbada típica, se acercó a la pequeña.

    — Niña, de verdad estamos ocupados. Así que si solo viniste a ver un pez payaso, te recomiendo ir al acuario de la ciudad. Aquí lo único que harás será chupar humo de cigarrillo...

    — Que a propósito tienes prohibido fumar aquí dentro, ya lo sabes Andrea.- sin levantar la vista.

    Zitta, strega!- replicó este, siseando. Luego, se volvió su mirada hacia la niña, que esta vez había procedido a retorcer un mechón de pelo, nerviosa. Seguía sin mirarlo.— Escucha niña, es mejor que te vayas. No tienes nada que hacer aquí.

    La pequeña no le respondió, sino que esta vez clavó su mirada en los zapatos de Andrea. Esté suspiró. ¿Cuántos años podía tener esta niña? ¿Once, doce? ¿Qué hacía aquí sola? ¿Se había perdido? Tal vez se había separado de sus padres en un paseo y había entrado aquí para buscar ayuda. Seguramente había leído la placa al lado de la puerta, y confundió el ser investigador privado con la policía. Andrea observó atentamente a la niña, haciendo que esta se ponga más nerviosa, y realizando una rápida inspección. No hacía falta tener ningún talento especial para adivinar que la chica provenía o tenía ascendencia asiática. Su rostro lo confirmaba, y el hecho de que parecía no conocer el idioma lo confirmaba. Parecía entenderlo, y leerlo, además, en cierta manera, así que debía tener padres, familiares, o tutores italianos. O al menos, alguien cercano. ¿Estaba en Florencia de vacaciones? ¿Había venido a vivir? El hecho de que aquel piyama de panda y su manía por no mirar a la gente a los ojos le impidiera poder ver más solo complicaba las cosas. En casos como este, Gianni (¿se llamaba Gianni? ¿O Giovanni? Nunca se acordaba el nombre del muchacho) era el encargado de ocuparse. Se llevaba mucho mejor con los niños, y tenía mucha más paciencia que Andrea con las personas perdidas o que no eran concisas. Sin embargo, el muchacho había pedido el día libre, y el italiano se lo venía debiendo hace varias semanas, así que no le quedó otra que aceptar.

    — Mira piccola, si estás perdida, es mejor que vayas con la policía. Ellos te ayudarán. ¿Sabés cómo llegar?— un carraspeo de Amanda hizo que Andrea soltara un gruñido de desesperación.— O podríamos llamar a tus padres o a tus tutores. Estoy seguro de que están preocupados por ti.

    El joven forzó una sonrisa, que más parecía una expresión de dolor que a otra cosa, que abandonó de inmediato. La poca paciencia que tenía se le estaba agotando, ya. Clavó su mirada de ojos azul oscuro en la niña, que no hizo más que ponerla más nerviosa.

    Ragazza, ¿entiendes lo que digo? Vamos a llamar a tus padres, así vienen a buscarte de una vez y dejas de molestarme. Mi día no está siendo sencillo como para que vengas tú y sigas echando leña al fuego.— Andrea tomó el celular de su escritorio, y abrió el marcador.— Dime, ¿cuál es el número?

    — No…— dijo, con voz temblorosa, la niña.

    — Vaya, puedes hablar italiano. Interesante. Vamos a llamar a tus padres, te guste o no. Ahora, el número.

    — ¡No…!

    — No qué. Deja de temblar, y dime el maldito contacto, dannazione.

    — ¡No...no tengo...padres!— gritó de pronto la niña, con los puños crispados a los costados del cuerpo, mientras miraba a Andrea con ojos llorosos y el rostro rojo. Inmediatamente después, agachó la mirada y se cubrió con la capucha de su piyama.— Yo no tengo...padres.

    La voz interior de Andrea se encontraba gritando insultos a una velocidad vertiginosa. Esto era genial. GENIAL. Resulta que ahora tenía a una huérfana en su oficina. En el mejor de los casos, se había escapado del orfanato o perdido en alguna excursión, pero eso no dejaba de generar problemas. Explicar que la niña había llegado hacia su local de mala muerte por sus propios medios y no había sido reportada de inmediato era complicado. Y en el peor, la pequeña se había escapado de algún traficante o similar. Eso podía generarle muchos, muchos más problemas. Agitó la cabeza, quitándose esos pensamientos. Un rápido vistazo indicaba que la niña estaba bien alimentada, y no poseía ninguna herida, al menos en su piel descubierta. Parecía más asustada por encontrarse en un lugar desconocido que por su vida, y su ropa no mostraba signos de haber sido violentada. Lo más probable es que se haya extraviado, y estaba buscando como volver. Y el hecho de que fuera tan tímida no servía para absolutamente nada, la verdad.

    Andrea se rascó la nuca, suspirando, buscando paciencia donde no la tenía, y volvió a mirar hacia la niña.

    — Bueno, no parece que estuvieras vagando las calles en pobreza absoluta, así que debes estar bajo el cuidado de alguien. Dame su número, si lo sabes.— dijo, intentando sonar tranquilo.

    — Yo...yo no tengo padres.— repitió la chica, temerosa, mirando hacia abajo.

    — Ya lo sé, ya establecimos eso. Ahora, dime el número…

    — ¡No...no!- volvió a exclamar Kaede, agitando la cabeza, y levantando las manos, en señal de que se detenga.

    La mano que sostenía el teléfono comenzó a ponerse blanca por la presión.

    — ¿Saben qué? Estoy harto, hanno le mie palle sul pavimento. Amanda, ocúpate de esto. Eres mi secretaria, haz tu trabajo de secretaria. Yo estaré afuera, fumando. Si paso un segundo más con esto, mi cabeza va a explotar.— Andrea salió rápidamente de la oficina, pegando un portazo y haciendo oídos sordos a las protestas de la señora.

    La niña pegó un respingo ante el ruido, y miró con ojos perdidos a Amanda. Esta se la quedó mirando por encima de sus lentes, mientras tamborileaba con su birome sobre los documentos que tenía enfrente. Al final, suspiró, dejó de lado la pila de papeles y le hizo una seña a la niña, para que se sentara en la silla que tenía enfrente.

    — Ven tesoro, y trata de contarme qué es lo que pasó. ¿Quiéres algo para tomar, agua, té? Tal vez tenga algo de leche en polvo.— dijo, mientras rebuscaba en los cajones de su escritorio.

    La niña se sorbió los mocos y se limpió la nariz con la manga, y se acercó de manera tímida a la silla. Amanda puso sobrecitos de té de limón y de leche en polvo, y le indicó que eligiera cual quería. La niña miró las dos opciones durante un tiempo, y al final apuntó a los dos, mirando hacia abajo. Con una expresión sorprendida por la combinación, Amanda se levantó a preparar la infusión, mientras decía:

    — Bueno, ahora que el hombre malo y feo se fue, las dos podemos charlar tranquilas, ¿no? Dime, bambina, ¿qué es lo que ocurrió?


    II

    Andrea dejó escapar el humo de sus pulmones hacia el cielo, y tiró la colilla de su segundo cigarrillo a un lado. Extrajo otro de la etiqueta, y lo prendió de forma automática, ignorando el ambiente a su alrededor. La oficina se encontraba en una de las tantas callejuelas que tenía la ciudad, y aunque esta estuviera cerca del centro de Florencia, no había demasiado movimiento, pues era de aquellas zonas algo descuidadas. No podía quejarse, el alquiler era relativamente bajo, y además, podía ver el Duomo de la Signora desde donde se encontraba. Disfrutaba de admirar el brillo del sol al amanecer reflejándose en la cúpula. Era lo bueno de vivir en Italia: cualquier lugar recreaba la vista. Se pegó a la pared, cuando un scooter pasó a toda velocidad a su lado, maniobrando entre los autos estacionados y el adoquín algo levantado. Eso era lo malo de vivir en una ciudad vieja en Italia: las calles eran minúsculas.

    El sonido en la puerta abriéndose llamó su atención, y levanté una ceja al ver que era Amanda, indicándole que entrara. Se dirigió hacia la puerta, pero Amanda tosió una advertencia, mirándolo severo, con su clásica mirada por encima de los lentes. Andrea gruñó, poniendo los ojos en blanco, y le dio una última chupada al cigarrillo, para arrojarlo a la calle luego. Ingresó a la oficina y miró de forma desganada a Kaede, que estaba tomando de a sorbitos su taza de té con leche, mirando curiosa el escritorio de Andrea. Este carraspeó para llamar su atención, de forma severa, y la niña, con la cara roja como un tomate, se alejó de allí, y volvió a quedarse frente a la pecera, tiesa, apenas moviendo los brazos para llevarse su infusión a la boca.

    El investigador se desplomó sobre la silla al frente del escritorio de Amanda, que hizo lo propio en la suya. Andrea cruzó un brazo detrás del respaldar, y le lanzó una mirada de soslayo a la niña.

    — Muy bien, escupe todo, Amanda. ¿Por qué diablos tenemos una pre-adolescente japonesa tomando té con leche en nuestra oficina?— escupió, más que dijo, mientras se rascaba la nuca.

    La señora suspiró, mientras se inclinaba hacia él, y bajaba la voz, para que la niña no pudiera escucharlos.

    — Como bien dedujiste antes con tus grandes habilidades,— empezó con cierto tono irónico que crispó levemente a Andrea.— la niña es huérfana. Se encontraba siendo transferida de un orfanato de Escocia a uno de aquí, después de que ciertos...eventos ocurrieran en el suyo. Sin embargo, se escapó de sus cuidadores, y llegó hasta aquí.

    — Entiendo…— Andrea se frotó el rostro, apoyando los codos en sus rodillas, completamente frustrado.— Bueno, ¿pero cual fue el motivo por el que se escapó? No sé si tú pudiste revisarla mejor, pero no parecía tener signos de maltrato ni nada similar.

    — Me sorprende que seas tan poco empático con ella.

    — ¿Por qué lo mencionas?— preguntó Andrea, levantando una ceja.

    — Porque, tú sabes, ambos han perdido a…

    — Tsk, no sigas, no tiene caso.— la cortó el joven, cruzándose de brazos, con tono molesto. Miró de soslayo a Kaede.— No sé cuál habrá sido su situación, pero siento que son bastante distintas. Yo no perdí a mis padres de un sopetón, como a la mayoría de los huérfanos. Además, a los dieciséis perdí a mi padre. En ese momento, ya estaba en la academia de la policía. Ya tenía una vida, de cierta manera.

    >> Esta piccola tuvo una realidad completamente distinta. Vivió en un orfanato desde tan pequeña, y además tuvo que ser transferida por algo, seguramente terrible, que ocurrió allí. Tan terrible que tuvo que venir al continente. Dudo que tengamos algo parecido entre nosotros.

    El silencio siguió las últimas palabras de Andrea y se instauró en la oficina durante unos segundos. El joven cruzó las manos detrás de su cabeza.

    — Bueno, seguimos con la incógnita de por qué sigue aquí, la verdad. Entiendo que puede estar asustada, pero no tengo el tiempo ni el deseo de ocuparme de una niña huérfana. Así que si no te dijo nada más, creo que es seguro llamar a la policí…

    — Dijo algo más, Andrea. La razón por la cual se escapó.

    — ¿Ah, sí? Vamos a escucharla.

    — Ella está buscando un panda.

    — ¡¿Qué?!— exclamó Andrea de repente, alarmando un poco a Amanda, y un montón a Kaede, que manoteó la taza, que gracias a Dios estaba vacía, para que no se le cayera.— ¡¿Un maldito panda?! ¿Qué tengo cara de conservacionista chino, acaso? Que le pida a sus cuidadores que vayan al maldito zoológico de la ciudad. No puedo creer que perdí todo este tiempo por semejante stupidità.

    — Andrea, baja la voz, cazzo. Fue difícil de entender, pero al parecer ella está buscando SU panda. Debe ser su peluche o algo así. No logré captar todo el mensaje.

    — Sigo sin entender cual es mi papel en todo esto. Que vaya y se compre otro peluche. Estoy metido hasta las narices con tres casos distintos, maldita sea. No puedo distraerme con merdas como estas.

    — Andrea, el caso más importante en el cual estás trabajando es la desaparición de unas joyas familiares, que desde el momento en el cual te trajeron el problema ya sabías que la esposa del hombre se las había dado a su amante. Tan solo lo estás estirando por vagancia y porque no quieres tener otro drama familiar encima. ¿Ya recuerdas lo qué pasó la última vez?

    — Ni me lo recuerdes.— bufó el joven.— Todavía recibía llamadas de esa maldita loca. Tuve que cambiar de número y bloquearla. Sin embargo, seguimos en la misma. Tengo trabajo encima, no puedo ocuparme de esta estupidez. Si tan bien lograste hablar con ella, que te diga en donde su ubica su orfanato o llévala a la central de policía. Allí podrán atenderla. Sinceramente, no quiero perder más tiempo con esta mierda.

    Andrea se incorporó y se dirigió a su escritorio, para desplomarse en su asiento y comenzar a revisar los papeles que tenía encima, dando por terminado cualquier intento de seguir la conversación que Amanda podría haber logrado. La mujer sabía que no había forma de apelar a su sentido de la amabilidad, en especial cuando se ponía así. Se levantó, suspirando, y se dirigió hacia la niña, que veía por el rabillo del ojo al detective, mientras simulaba estar atenta en el pez.

    — Bueno, Kaede, ¿quieres venir conmigo? Iremos con la policía y así puedes explicarle bien sobre el panda que quieres encontrar. De seguro ellos te ayudarán.— dijo, con voz amable, mientras le tomaba la mano.

    Pero la niña comenzó a tirar y retorcerse para soltarse del agarre de Amanda, mientras meneaba fuertemente la cabeza. La sonrisa que la señora le estaba dedicando desapareció de golpe, y su rostro demostró no solo su fuerte sangre italiana, sino que Andrea no era el único con poca paciencia.

    Vediamo, piccolo demone! Stai per calmarti o ti calmo da uno schiaffo, cazzo.- exclamó, completamente seria.

    Kaede la miró con miedo, pero luego siguió retorciéndose. Andrea tenía la vista concentrada en los papeles, pero su mente estaba muy lejos de allí. Estaba en su lugar feliz, lejos de niñas huérfanas extranjeras y señoras chillonas, sentado en un bar, fumando tranquilo, mientras música lenta de rock&jazz era escupida por la jukebox. Estaba tomando su segunda botella de cerveza, y sentada enfrente de él, estaba...Andrea agitó la cabeza. No, no había nadie allí.

    — ¡No, no! ¡No!

    Ya ragazza, calmati!

    — ¡No!- Kaede logró soltarse, luego de varias contorsiones, y se dirigió corriendo hacia donde Andrea se encontraba.

    Este apenas levantó la vista cuando sintió los pasos rápidas y suavizados por las suelas del piyama, y levantó una ceja cuando la niña se plantó al frente suyo, con mirada decidida. Por los temblores que le recorrían todo el cuerpo, podía notarse a la legua que la asiática estaba haciendo un esfuerzo increíble para mantener su mirada. Parecía que quería decir algo, pero se había paralizado completamente. Rebuscó algo entre los bolsillos de su disfraz con ahínco, y golpeó el escritorio con la palma abierta, dejando allí lo que sea que hubiera recuperado. Andrea pudo notar que eran un par de billetes, con algunas monedas encima. Su ceja se elevó todavía más. Un par de libras, con centavos. ¿La niña quería pagarle por algo? ¿Quería contratarlo, acaso? Sus sospechas se confirmaron cuando la pequeña al fin pudo encontrar palabras para articular, aunque con cierta dificultad.

    — ¡Tú...tú me ayudas a encontrar...mi panda! ¡Yo te con...con...yo te pago, tú me ayudas a encontrarlo!— dijo, decidida, con la cara completamente roja, y el cuerpo lleno de tembleques.

    Andrea la miró por unos segundos, para luego volver a concentrarse en los documentos, y empujar el dinero en dirección a Kaede.

    — Solo acepto euros, niña. Si no tienes de esos, puedes dejar de molestarme.— la niña volvió a rebuscar entre sus bolsillos, y volví a poner algo sobre la mesa. Andrea lo miró. ¿Qué era eso, yenes? ¿Qué mierda hacía con…?— Euros, ragazza, eu...ros. No es tan difícil.

    Kaede lanzó un gruñido de queja, mientras pateaba el suelo, enojada. Andrea se preguntaba por qué Amanda no había intervenido todavía, y vio que se había sentado y se estaba preparando un té, mirando toda la escena con una sonrisa. Ah, vecchia strega. La niña siguió rebuscando entre sus bolsillos (¿cuántas cosas tenía ahí dentro?) y, con una expresión triunfante, sacó un objeto y lo depositó sobre la mesa. Andrea lo miró con cierta curiosidad. Era un chocolate, que se notaba aplastado. El joven abrió la boca, impaciente, pero el reto de Amanda retumbó en la oficina.

    - ¡Andrea, Madonna Santissima, acepta el trabajo de una maldita vez! ¿Quieres sacarte a la niña de encima o no? Es extremadamente terca. Creo que se parece a ti, en ese sentido.— añadió, en tono de burla.

    Andrea le lanzó una mirada venenosa y un bufido, para luego dirigirse hacia la niña. Esta estaba en su límite, se le notaba el sudor en la frente por el esfuerzo de mantenerle la mirada. Bueno, eso era admirable. El investigar miró hacia la pila de papeles una última vez, suspiró, y se levantó, pesadamente.

    — Muy bien, acepto el chocolate como pago.— concedió, guardándose la golosina en el bolsillo.— Eso te dará un día de mis servicios. El resto no me sirve, quédatelo.

    El joven fue al único perchero de la oficina, que se encontraba cerca de la salida, tomó su abrigo, y abrió la puerta.

    — Apúrate, ragazza. Que estás en contrarreloj.— dijo, apenas volteando la cabeza, y saliendo de la oficina.

    Kaede se quedó paralizada durante unos momentos, sin saber que hacer, como si no creyera que había tenido éxito, pero luego tomó el dinero, y trotando detrás del italiano, se dirigió hacia la puerta. Cuando llegó a la misma, se dio media vuelta, y le dedicó una reverencia pronunciada a Amanda.

    Sayonara!- se despidió, para luego salir rápidamente tras Andrea.

    Amanda se quedó mirando el umbral vacío hasta que la puerta se cerró, para luego volver su atención a los papeles que tenía al frente. Todo un día, ¿eh? Ese chocolate debía valer, exagerando, un euro. Por una sola consulta Andrea solía cobrar doscientos. La señora sonrió. Ah, stupido. ¿Por qué no eres sincero contigo mismo de una vez?


    III

    Andrea caminaba por la calle, con su clásica pose desgarbada, las manos en los bolsillos y un cigarrillo en la boca. Esquivaba a la gente que se transitaba ese día por el centro de Florencia con la presteza que da la experiencia, moviéndose a grandes zancadas por el gentío, que Kaede, detrás, se esforzaba por alcanzar. No era fácil moverse con aquel kigurumi de panda. Las personas la miraban curiosas, aunque no muchas le prestaban atención a una pequeña extranjera, que seguía a trompicones a un tipo con cara de pocos amigos. Había susurros ocasionales, pero Florencia era una ciudad que tenía como uno de sus principales ingresos el turismo, así que personas de otros países vistiendo o actuando raro, en especial asiáticos, no era una visión completamente extraña.

    — Muy bien, niña. Vamos a buscar tu panda. Iremos a una tienda de peluches, elegirás el que más te gusta, y luego te llevaré de vuelta con tus tutores, capicci?— preguntó, sin mirar atrás. Como no recibió respuesta, se dio vuelta.- Eh, ragazza. Capicci?

    Kaede, obviamente, no había capito. O no había querido hacerlo. Porque estaba parada en medio de la vereda, molestando a la gente, con las mejillas hinchadas y rojas, y los puños crispados a los costados, temblando ligeramente. La misma pose que había hecho en la oficina. Andrea empezaba a deducir que esa era su postura de enojo. ¿Ahora qué diablos había molestado a la mocosa?

    — Oye, ragazza. Tic, toc, tic, toc. Tienes un tiempo limitado. Así que camina de una vez.— la niña agitó la cabeza con fuerza, mostrando su descontento.— ¿Qué te pasa ahora, no quieres tu panda?

    — ¡No quiero comprar...no quiero comprar un panda! ¡Quiero mi panda!

    Andrea soltó un gruñido de exasperación, pero se contuvo al ver que la gente miraba la escena de forma rara. Genial, lo que necesitaba, más atención sobre sí mismo. Con un par de zancadas, llegó hasta donde la niña se encontraba, y se agachó para estar a su altura.

    - Ragazza, no pienso buscar un maldito peluche de panda perdido por toda la ciudad. Te vas a conformar con uno nuevo, y listo.

    — ¡No! ¡Yo...yo te pagué...para encontrar mi panda!

    — Y es lo que estoy haciendo. Cuando lo compremos, va a ser tu panda. Ya verás que lindo.

    — ¡No!

    Sei un rompicoglioni, ragazza. Bueno, sinceramente no tengo ya la paciencia para intentar comprenderte. Así que vamos a hacer esto. Dime, ¿qué quieres hacer? Cuánto antes terminemos con esto, mejor.

    La niña miró hacia otro lado, la mirada tímida al tener al investigador tan de cerca. Esquivó sus ojos y se concentró en sus zapatos, para luego agregar en voz baja:

    — Yo...yo quiero ver mi panda. Quiero verlo.

    — ¿Ver tu panda? ¿Otra vez con eso? Ragazza, no vas a poder ver ningún panda si no...Oh. ¿Quieres ir al zoológico, no? ¿Eso es todo lo que querías? ¿Ir al maledetto zoológico?— inquirió, impaciente.

    Kaede se retrajo momentáneamente por el tono intenso del hombre, y asintió tímidamente. Andrea suspiró y se incorporó, le dio una chupada a su cigarrillo y miró alrededor, para orientarse.

    — Muy bien, caminaremos un rato más y luego tomaremos un tranvía. Llegaremos al dell'Albereta Park en una media hora, quizá. Tal vez menos. Firenze no es muy grande, por suerte. A caminar.— anunció Andrea, mientras retomaba su apresurada marcha a zancadas.

    Kaede se quedó congelada de vuelta, pero la emoción de saber que iba a ir al zoológico fue suficiente para calentarle las piernas, y trotó para ponerse al lado del detective. Estiró su mano para tomar la de Andrea, para que la ayudara a mantener su ritmo, pero este las tenía dentro de los bolsillos, y ninguna intención de sacarlas de allí. La niña miró triste hacia abajo, pero rápidamente cambió la cara. Iba a ver a los pandas. Y su emoción creció al ver que el hombre, de manera casi imperceptible, separaba un poco el brazo de su cuerpo. Kaede le sonrió (un gesto que no fue recíproco), y agarró el brazo de Andrea, para seguir caminando rápidamente hacia la parada de tranvía. ¡Iba a ver a los pandas!


    IV

    - Kon'nichiwa, panda!- exclamó Kaede, extendiéndose lo más que podía sobre la reja, mientras agitaba la mano emocionada, a modo de saludo.

    El grupo de animales que se encontraba en ese momento en el habitáculo dejaron de hacer sus cosas durante unos segundos, para mirar curiosos con sus caras manchadas a la chiquilla que estaba dele gritarles. Pero al ver que lo único que traía era ruido y no comida, perdieron interés, y continuaron haciendo sus cosas, como intentar trepar por los distintos aparatos que tenían en su hábitat, para luego caer torpemente por los costados. Eran pandas, después de todo. Se especulaba que no se habían extinguido simplemente porque los humanos los encontraban tiernos. O al menos, eso es lo que había escuchado Andrea. Este se encontraba más allá, sentado en un banco, con su abrigo sobre las piernas, fumando un cigarrillo. Estaba al lado de un basurero, pues ya varios cuidadores le habían advertido que no podía tirar las cenizas allí donde quisiera. Ya de por sí se veían bastante asqueados de que fumara. El joven hizo una mueca, mientras soltaba los restos de pucho sobre el basurero. Se podían ir bien a la merde con sus miradas juzgadoras. Era su cuerpo, iba a hacer lo que se le cantara. Además, estos animales ya estaban sujetos a todo el smog de la misma ciudad. Un cigarrillo no les iba a hacer nada.

    Andrea contempló su reloj. Ya eran las cinco de la tarde. Pasadas. El investigador lanzó un suspiro al cielo, junto con el humo del cigarrillo. ¿Cuánto tiempo iba a pasar la niña mirando esos animales? Encima lo había arrastrado por todo el zoológico. No solo tenía ganas de ver a los pandas, al parecer. Lo bueno es que ya no quedaba nada más allí por admirar. Contempló el algodón de azúcar que tenía en su mano, o al menos, lo que quedaba de él. Kaede nunca lo había probado, al parecer, y se había vuelto loca al ver como parecía que del mismo aire se pudiera sacar hilos dulces. Lo había instigado hasta el hartazgo para que se lo comprara, de su manera habitual; es decir, se había quedado parada al lado del puesto, y había entrado en su típica pose de enojada. Andrea estaba cansado de producir escenas y de la mirada del resto sobre su espalda, así que simplemente había accedido al algodón de azúcar. Y al zumo. Y al pochoclo. Andrea había gastado lo mismo esa sola tarde en el zoológico que toda una noche en un bar. Era increíble.

    Comenzó a golpear el suelo con el zapato, de forma impaciente. Luego de unos minutos, exhaló, tiró la coleta del cigarrillo en el tacho de basura, y se dirigió hacia donde la niña se encontraba, colgándose el abrigo al hombro, con el algodón de azúcar todavía en la mano. Se apoyó en la baranda con los antebrazos, mirando como un panda se caía encima de otro, y ambos comenzaban una riña, que resultó en ambos rodando por una pequeña pendiente, hasta que llegaron al fondo y se separaron, intentando trepar de vuelta. Kaede estaba extasiada, completamente absorta mirando los animales, sin prestarle ningún tipo de atención. Andrea la contempló durante unos segundos, para luego mirar al cielo. Ya era hora de irse. Él todavía tenía cosas que hacer.

    — Bueno, ragazza. Es hora de irnos. Se está haciendo tarde. Ya viste tus pandas, así que es hora de volver. Iremos con alguien que conozco, que te contactará con tus cuidadores, ¿bene?— anunció, mirando todavía al hábitat.

    Kaede mostró cierta reticencia, como si no quisiera irse, pero al final, asintió, y agitó los brazos una última vez, en dirección a los animales.

    - Sayonara, panda!

    Dicho eso, la niña se soltó de la baranda, y sonriendo, comenzó a caminar hacia la salida del zoológico. Andrea la miró, suspiró, y se rascó la nuca, mientras una sonrisa fugaz se escapaba de sus labios. Sin embargo, la mirada, la sonrisa se borró en un santiamén, cuando vio que Kaede se desviaba de la salida hacia el parque del zoológico, en donde una feria había abierto sus puertas. El joven ya no tenía fuerzas ni para perseguirla, así que simplemente se limitó a lanzar un grito de frustración al cielo, que atrajo la mirada desaprobatoria de varias personas a su alrededor, prendió un cigarrillo, y comenzó a caminar de manera desganada detrás de la chica.


    V

    Kaede estaba completamente emocionado, viendo la cantidad de colores y ruidos que había en aquel lugar. No era nada como su orfanato en Escocia. Aquí los colores vibraban con vida propia, y el aire a su alrededor era mucho más alegre y divertido. Se encontraba, verdaderamente, embriagada. Tanto, que había comenzado a gritar cosas en su propio idioma, cosa que molestaba en cierta manera a Andrea, ya que no lograba entender absolutamente nada de lo que la chica decía. Al menos, cada tanto cambiaba al inglés, lo que lo hacía un poco más comprensible.

    Kawaii! Sorera subete no iro o mitekudasai! Red, blue, yellow, green, sumire! Look, ice cream!

    Andrea tan solo le sonreía de forma cansada, mientras la seguía detrás. La niña había terminado el algodón de azúcar, y había insistido en comprar otro, esta vez de color azul. La decepción se notó en su rostro al ver que sabían lo mismo, así que ahora el investigador privado andaba con un algodón de azúcar apenas empezado en la mano, amenazando con mancharle su ropa formal. Se encontraba dele mirar la hora, esperando que los minutos pasaran mucho más rápido. Tal vez un poco más, y la niña terminaría exhausta, y sería mucho más fácil de controlar. No quería hacer una escena, en especial con tanta gente alrededor. De improviso, un grito lo tomó desprevenido e hizo que casi soltara el algodón de azúcar, que se resbaló de sus manos, pero logró atraparlo antes de que se cayera al suelo. Cuando miró hacia delante, pudo ver que Kaede estaba frente a un puesto que parecía de peluches, pasando su peso de un pie a otro, emocionada.

    — ¡Mi panda! ¡Mi panda!— exclamaba.

    Andrea se acercó intrigado. ¿Qué, había encontrado su peluche? ¿Enserio había ocurrido tal suer…? Oh, no. Era tan solo un peluche nuevo. Exactamente igual del que podían haberse encontrado en cualquier tienda de juguetes. Andrea inspiró y exhaló durante un buen rato, intentando calmarse, mientras se frotaba la frente, indignado. Miró hacia el cielo, en una plegaria. ¿Qué había hecho él para merecer esto? Enserio, que había sido. Lo que sea, por favor. Una señal. Sin embargo, lo único recibió fue un tirón de su manga por parte de Kaede, para llamar su atención.

    — Mi panda, ahí está mi panda.— dijo, apuntando al muñeco.

    Ragazza, sinceramente no te entiendo. Este peluche es igual a cualquier otro que podrías encontrar en cualquier maldita tienda, que es lo primero que te ofrecí, de hecho. No sé por qué este muñeco sería completamente distinto al resto.

    — Ah, signor, en eso se equivoca.— aprovechó para meterse la adolescente granuda que atendía el puesto, ignorando completamente la mirada fulminante que Andrea le estaba dedicando en ese momento, y centrándose en Kaede.— Este peluche en realidad es una mochila completa, con espacio para guardar cualquier pertenencia que la bella bambina atesore, manteniéndolas seguras por siempre.

    La chica acompañaba la explicación mostrando los numerosos bolsillos y lugares de la panda-mochila. Kaede seguramente no había entendido ni la mitad de la explicación, pero los ademanes que la adolescente realizaba, junto con el espectáculo y el azúcar que tenía encima habían logrado emocionarla, lo que se tradujo en un tironeo constante de la manga de Andrea por parte de la niña. Este miraba hacia el frente con los ojos muertos, para al final exhalar, demostrando su derrota, y dirigirse hacia la adolescente, que la miraba con expresión triunfante.

    —Qué hay que hacer para obtener el panda.— inquirió, con voz derrotada.

    — Oh, es muy sencillo. ¿Ve aquellos globos al fondo? Simplemente tendrá que explotarlos lanzando dardos. Semplice! Cuesta tan solo diez euros por intento.— explicó, sonriente, la muchacha.

    — ¡¿Diez eu…?! Sabes qué, ya estoy harto.— Andrea rebuscó entre sus bolsillos, y le entregó un billete a la mano extendida de la chica, que le acercó tres dardos.— Oh, no. La ragazza quiere el panda, ella puede intentarlo.

    Andrea le dejó espacio a Kaede, que lo miró confundida. El joven simplemente le hizo señas con la cabeza para que agarrara los dardos y tratara. Tímida, la niña agachó la mirada, y arrastrando los pies, tomó de forma dubitativa los proyectiles que la muchacha le ofrecía con una sonrisa, oliendo el dinero fácil. La niña inspiró, intentando llenarse de valor, y lanzó los dardos hacia los globos, que se encontraban a considerable distancia. Lanzó todos juntos, y de más está decir que ninguno llegó al blanco. Ni en el suelo se lograron clavar.

    —Bueno, una lástima.— dijo Andrea, dándose media vuelta.— Vámonos, ya se está haciendo tarde.

    — ¡No, no!- exclamó Kaede.— ¡Mi panda! ¡Quiero...intentar...de nuevo!

    El joven miró hacia atrás. Kaede lo estaba viendo directamente a los ojos. Vaya, de verdad quería ese peluche. Andrea suspiró y volvió sobre sus pasos. Sacó otro billete, y se lo depositó en la mano abierta de la muchacha, que lo miraba con expresión pedante. Esta le dio otro juego de dardos a la niña, y se apoyó la espalda y los codos en el mostrador, con una media sonrisa. Kaede volvió a suspirar, y se preparó para lanzar de nuevo todos los dardos de una vez.

    — No, no. Así no se hace.— la interrumpió Andrea, para acercarse y agacharse a su lado.— Si voy a gastar mi dinero en ti, más vale que lo valga. Mira, agárralo de esta manera, de la parte de metal. Así te será más fácil balancearlo. Luego, lo llevas a la altura de tu oreja, manteniendo el resto del cuerpo duro. Solo tienes que mover el antebrazo. Después, lánzalo con fuerza. Y hazlo de a uno, no todos a la vez.

    Andrea se separó de la niña, y se alejó unos pasos. Esta lo miró durante unos segundos, como buscando su apoyo. Andrea solo levantó una ceja, y con un movimiento de cabeza, le indicó que lanzara los dardos. La niña tragó saliva, y se enfrentó a sus blancos. Respiró para calmar el pulso, y lanzó el primer dardo. El proyectil no tuvo la suficiente fuerza, y cayó a mitad de trayecto. Kaede miró hacia atrás, desesperada.

    Forza, ragazza. No explotarás nada con un tiro tan débil.

    Kaede asintió, y miró hacia el frente, de nuevo. Con un pequeño quejido, lanzó el otro dardo, que llegó hasta el final, pero no logró clavarse en ningún lado. La niña dio un pequeño saltito, y miró hacia atrás, con una sonrisa, para luego volver a centrarse. Andrea, con los brazos cruzados, su abrigo colgado del hombro y el algodón de azúcar todavía en sus manos, se permitió una pequeña sonrisa. La niña parecía absolutamente concentrada. Levantó el dardo y lo puso a la altura de su oreja. Inspiró y exhaló para calmarse, y con un pequeño grito, lanzó el último dardo. Este voló con una parábola suave, hasta que impactó contra uno de los globos. Sin embargo, este no explotó, y el dardo rebotó contra la goma, cayendo al suelo. Los hombros de la niña cayeron, devastados.

    — Un segundo, un segundo. ¿Puedes decirme qué pasó ahí, bambina? Creo que todos vimos que el dardo impactó contra el globo.— inquirió Andrea, acercándose.

    — Oh, puede que estos globos sean un poco más resistentes que los normales. Y se hayan desinflado un poco con el tiempo. ¡Mala suerte!— respondió la chica, sonriendo, y encogiéndose de hombros. Le dedicó una mirada condescendiente a Kaede, que miraba todo sin comprender, devastada.— ¡Más suerte para la próxima, niña! Siempre pueden volver a intentarlo, ¿saben?

    Andrea miró a la niña, que tenía la mirada en el suelo, y temblaba ligeramente. Suspiró, y miró serio a la adolescente.

    — Está bien, es mi turno.— dijo, dejando otro billete en el mostrador.— Sosténme esto, ragazza.

    Y dejó sobre una confundida Kaede su abrigo, que la envolvía por completo, y el algodón de azúcar. Tomó los dardos que le daba la muchacha, y se preparó. Inspiró y exhaló, para calmar el pulso, y lanzó todos los dardos a la vez. Los globos explotaron uno tras otro, en una cacofonía que sobresaltó levemente tanto a la adolescente como a Kaede. Los tres dardos quedaron clavados en la pared de madera del puesto, con restos de goma en ellos. Las noches solo en un bar habían valido la pena. Andrea apoyó el codo en el mostrador, y estiró su mano, en la misma pose pedante que la chica algunos minutos antes. Esta masticó varios insultos, mientras descolgaba el peluche-mochila y se lo daba a Andrea.

    — Al parecer, los globos no eran tan resistentes. Más suerte para la próxima.— le dijo, guiñándole un ojo y con una media sonrisa.

    Se giró hacia Kaede, y se sorprendió un poco al ver el brillo en la mirada de la niña. Esta miraba totalmente obnubilada al panda, y se lo arrebató apenas el joven se lo ofreció, inmediatamente poniéndoselo en la espalda.

    Arigato! Eh...eh...grazie!- exclamó la niña, mientras agarraba las tiras de la mochila, apenas conteniendo la emoción, y echando luego a correr hacia la salida. Esta vez de verdad.

    Andrea la contempló alejarse, y una sonrisa, débil pero sincera, comenzó a dibujarse en su rostro, mientras el sol moribundo iba tiñendo de naranja todo el paisaje. Sin embargo, su sonrisa se borró en cuanto vio que Kaede volvía a desviarse hacia las jaulas de los pandas. El joven bufó, lanzó un insulto al más puro estilo italiano, y se dirigió con zancadas pesadas y decididas hacia la niña. Ya una vez era más que suficiente.


    VI

    El naranja del sol se filtraba a través de las ventanas del tranvía, mientras Andrea miraba aburrido por la ventana como la ciudad pasaba a través de sus ojos. Al final, había logrado convencer a Kaede para que se dirigieran hacia una estación de policías, en donde trabajaba una conocida suya, para que los ayudara a ubicar a los cuidadores de la niña. No quería ir a cualquier comisaría, sinceramente, en especial después de haberla tenido tanto tiempo bajo su cuidado, en vez de denunciar su descubrimiento de inmediato. Los policías no veían con buenos ojos a los investigadores privados, aunque muchas veces los utilizaban cuando necesitaban a alguien para ensuciar las manos. Andrea suspiró, liberando tensiones. No tenía sentido pensar en nada de eso ahora.

    Kaede se había quedado dormida a su lado. Al parecer, todas las emociones del día y la sobredosis de azúcar habían terminado, y estaban pasando factura en la niña. Esta se había desembarazado de su mochila y se encontraba abrazándola en este momento, sumida en un profundo sueño. Andrea la contempló, durante unos segundos, para luego agitar la cabeza. Y pensar que ya habría podido resolver tres casos y haber cobrado un lindo dineral. Pero en vez de eso, había pasado la mitad del día en el zoológico y en una feria, cuidando de una chiquilla extranjera y huérfana, que se había fugado de sus cuidadores porque quería un panda. No, SU panda. No cualquier panda servía, como había podido experimentar de primera mano. El vehículo frenó de improviso, haciendo que varios de los pasajeros que se encontraban parados trastabillaran. Por las imprecaciones del conductor, parecía que alguien se había cruzado al frente, aunque el joven no podía distinguir si había sido un transeúnte o un ciclista. Sin embargo, el tranvía retomó su marcha al poco tiempo, y Andrea pudo notar, algo sorprendido, que Kaede había quedado acostada en su regazo, seguro por el movimiento violento de hace unos segundos. El muchacho contempló despertarla, pero después simplemente suspiró y apoyó un brazo sobre su cuerpo, la mano sobre su cabeza, mientras miraba de vuelta por la ventana, e ignoraba un par de suspiros de unas señoras entradas en edad que lo venían ojeando desde el principio del viaje.

    Al final, el conductor anunció su parada, y con una Kaede somnolienta de la mano, que no hacía más que restregarse los ojos, Andrea bajó del tranvía, y se puso en marcha hacia la estación de policía. Podía sentir él mismo el cansancio que tenía sobre los ojos, y la necesidad de fumar un cigarrillo resultaban bastante imperiosas. Desde la feria que no probaba una bocanada de humo. Pero no pudieron avanzar mucho, pues después de caminar un par de metros, Kaede se detuvo. Andrea la miró extrañado, y pudo notar que se encontraba observando algo más adelante. Siguió su mirada y pudo encontrarse con una mujer, algunos años más joven que él, de cabello castaño peinado en dos trenzas que le caían sobre los hombros, y ojos color azul, que parecía mirar preocupada en todas direcciones, y venía caminando desde la estación. En cuanto los divisó, sus ojos se abrieron grandes como platos, y comenzó a correr hacia ellos.

    — ¡Kaede, por el santo amor al cielo, bambina, al fin te encuentro!— exclamó, agachándose ante la niña, ignorando completamente a Andrea. Kaede había soltado su mano, y se encontraba aferrada a su mochila de panda, temblando.— Mi niña, no sabes lo asustada que estaba. No vuelvas a hacerme esto, por favor.

    La niña no aguantó y rompió en llanto, lanzándose al cuello de la castaña, sorbiéndose los mocos. Esta sonrió y la abrazó, mientras la tranquilizaba en lo que a Andrea le sonaba como japonés. Bueno, parecía que ni siquiera iban a tener que hacer una búsqueda policial para encontrar a sus cuidadores. Su trabajo ya había terminado. Pero...por alguna razón, todavía no quería irse. La muchacha al fin pareció darse cuenta de la existencia del investigador, pues alzó a la niña (no sin cierto esfuerzo) que parecía un koala aferrado a un árbol, y le dedicó una sonrisa sincera y radiante.

    — Muchas gracias por encontrarla y cuidar de ella. Supongo que se dirigían a la comisaría, ¿no es así?— Andrea asintió, algo ausente.— Espero que no le haya causado demasiados problemas. Es una niña muy buena, pero bastante tímida y tiene un comportamiento algo particular. No es su culpa, pobrecita. Vivió experiencias bastante terribles.

    — Al principio fue una peste, la verdad.Se negaba a irse de mi oficina y parecía decidida a simplemente hacerme la vida imposible.— respondió, encogiéndose de hombros.— Pero al final…

    Andrea soltó una sonrisa, notando que la niña lo miraba por el rabillo del ojo.

    >>...al final, fue bastante divertido, debo decir.

    — Bueno, me alegro que se hayan podido divertir mucho, ¿eh, Kaede?— dijo la cuidadora, sonriéndole a la niña, que le respondió con un asentimiento tímido.— Bueno, ahora debemos irnos. Tengo que informar que pude encontrar a nuestra pequeña fugitiva. De nuevo le agradezco muchísimo que haya cuidado de ella. Usted es uno en un millón, señor.

    Andrea levantó una ceja ante el comentario. ¿Señor? La chica debía tener unos dos años menos, no mucho más. Pero luego relajó el rostro.

    — Bueno, si no hay nada más, me iré ahora. Tengo cosas que hacer.— dijo Andrea, dándose la media vuelta.

    — Oh, claro, sí. ¡Oh, casi me olvido! Tengo, por favor.— la joven hizo un esfuerzo para sacar algo de uno de sus bolsillos, tarea complicada con una niña de doce años encima.— No sé qué tanta utilidad tendrá para usted tener el número de un orfanato, pero por favor, en cualquier momento en que necesite nuestra ayuda, no dude en comunicarse con nosotros. Hizo el trabajo de un santo el día de hoy. Aunque espero sinceramente que nunca tenga que usar el número para el uso habitual de un orfanato, ¿eh?

    La muchacha soltó una risa nerviosa ante su propia broma mala, que todo el eco que encontró en Andrea fue una media sonrisa. Tomó la tarjeta que le extendían, y leyó el nombre en ella. Bianca Pretto. Se fijó que, además del número, también tenía la dirección de la institución. Guardó la tarjeta en el bolsillo del pantalón.

    — Bueno, ahora sí, no le quitó más de su tiempo, signor

    — Andrea. Andrea Dalcorvo. Y no me digas señor. Apenas debo sacarte un par de años.

    — Lo siento. Andrea, genial. De vuelta se lo agradezco. No puede darse una idea de lo mucho que nos ayudó hoy.

    — Si lo sigues repitiendo tanto, no es difícil hacérsela.— replicó el detective, alzando una ceja.

    — Lo siento, lo siento.— rió Bianca, nerviosa.— Es que...esta mañana, esta niña había desaparecido. Y fue por mi culpa, la tendría que haber vigilado mejor. Y ahora, está aquí, sana y salva...Es un milagro, la verdad.

    Andrea sonrió cortésmente, pero su rostro daba a entender que ya estaba bastante cansado de la conversación. Bianca pudo notarlo, pues, después de tartamudear un par de frases, se despidió del detective, y dio media vuelta, en rumbo al orfanato. Andrea se quedó un rato más allí, viendo como ambas se perdían en la distancia, recortándose en un atardecer que moría en noche, para luego él también hacer lo propio.

    — Bueno, piccola cattiva, ¿me vas a decir por qué decidiste desaparecer de la nada?— preguntó suavemente Bianca, a una Kaede que apenas tenía los ojos abiertos.— Mira que me llevé un tremendo susto. Pero me alegra el corazón saber que estás bien.

    — Yo...yo quería...encontrar mi panda.— explicó, con apenas un hilo de voz, la niña somnolienta.

    — ¿Y, pudiste encontrarlo, mia bambina?

    Kaede levantó la mirada del hombro de Bianca, y miró hacia donde se encontraba Andrea, mientras sonreía, y respondía.

    - Sí...lo hice.


    VII

    Andrea casi patea la puerta de la oficina, entrando como una tromba, y tirando el abrigo sobre el perchero. Se dirigió arrastrando los pies hasta su escritorio, y se dejó caer pesadamente sobre su asiento. Sacó el último cigarrillo de la etiqueta, y lo prendió, dejando que el humo le inundara las fosas nasales, antes de dejarlo escapar hacia el techo.

    — Oye, que te he dicho de fumar adentro, bastardo.— lo retó Amanda, mirándolo por encima de los lentes.

    — Cállate, strega. Es mi momento de relajarme.

    — Cierto, ¿cómo te fue en tu caso?

    — Fue el más tedioso, hartante, y molesto caso que tuve en los últimos meses, tal vez en toda mi carrera. Terminé completamente exhausto, sin dinero, y con las manos llenas de azúcar.— respondió Andrea, para chistar luego con la lengua, recordando el día.

    — Sí, puedo notarlo. No estás hecho exactamente un rayito de sol. Tampoco es que lo eres a diario, digamos.— Amanda recibió un gesto rudo por parte de Andrea, que esta ignoró.— Pero dime, ¿cómo terminó?

    Andrea le pegó otra bocanada a su cigarrillo, y soltó el humo, mientras miraba hacia el techo. Sacó el chocolate del bolsillo, que ya se había derretido y por un milagro no se había escapado para manchar su pantalón. Un milagro, ¿eh? Otra vez esa palabra. Sí, un milagro era adecuada.

    — Terminó con un milagro.— dijo, mientras se balanceaba en su silla, para luego agregar, con una sonrisa.— Me hice una amiga.
     
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    Tom son las dos de la mañana y me tienes aquí conteniendo carcajadas y chillidos con la almohada, dios mio que no puedo. Like, LIKE, LIKEEEE QUE ES ESTA PRECIOSIDAD, QUE ALGUIEN ME LO EXPLIQUE. Voy a intentar escribir un comentario decente que no solo contenga mayúsculas (porque ahora mismo es lo que mejor se me da hacer AAAAA (??))

    Mira que yo estaba medio convencida de que sería un Jack&Liza, quizás porque es la personaje que más conocías y no te costaría demasiado desenvolverte con ella. Luego me replanteé que usases a Niko bc is your baby y saliese con la cinnamon roll o ahora que lo pienso, con Kaede también quedaría cute. Pero cuando veo que es un Andrea&Kaede me he llevado una sorpresa bestial, no me lo esperaba para nadaaaa. Y luego empiezo a leer y pienso: pero bueno, este señor va a querer echar a Kaede de patadas, imposible que tenga paciencia con los niños. Y vas y me demuestras que este es de los mejores dúos que te has podido sacar de la manga. AMÉ muchísimo la dinámica amor-odio, siempre son de mis favoritas xDDD Los comentarios mordaces de Andrea en contraste con la energía que desprende la niña y su tono infantil, sumando las geniales intervenciones de Amanda me han sacado muchas carcajadas y mira que es difícil hacerme reír tanto xDD Pero Andrea tiene una labia que me puede, por dios.

    Lo que más me ha gustado de esta elección ha sido ver más de Andrea again. Llegué a conocerlo en su momento pero tú sabes, un rol de un mes y un par de fic sueltos nunca da para demasiado, y aquí he podido ver multitud de facetas que no me hubiese imaginado antes y que me han hecho amar más aún a tu personaje. Cómo pasó gradualmente de no ser capaz de controlar la situación, perdiendo la paciencia con lo más mínimo, a enternecerse cada vez más con la peque, teniendo cada vez más aguante con su presencia. Hasta que finalmente LE DA PENA LA DESPEDIDA, MIRA LLORO. Y la consideró una amiga awwwww, entre eso y las escenas super cutes que te marcaste me han robado el corazón. Me morí demasiado cuando Kaede buscó su manita, o cuando se durmió en su regazo, o todas las veces en las que Andrea sonreía de ternura genuina <3 Si es que en el fondo los niños son entrañables, ains.

    Me encantó also la escena de los globos, cómo el hombre no se iba a mover de ahí hasta que consiguiese el peluche, y cómo le cerró la boca a la feriante xDD Se lo merece, por timar a la gente y confundir a mi bebé. Que por cierto creo que la has narrado muy bien <3 Considerando que es una pequeñaja y no está rodeada de niños, y ni siquiera es su idioma natal, comprendo que se vuelva más tímida de lo normal, porque vaya situación tiene encima. La has manejado genial. Y ni qué decir tiene que tus 8k se me han pasado en un soplido de lo mucho que he estado disfrutando, eso dice mucho de tu historia por sí solo.

    Gracias por tomarte la molestia de escribirme todo este tocho, en serio, te amodoro <3 Ahora no me siento a la altura de poder pagarte esto, pero lo intentaré.
     
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