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    sessxrin

    sessxrin Fanático

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    Ja! Se lo tenía merecido por gilipollas. No sé, pero esa Sana me está cayendo mal, tan arrogante; uff, y eso que Sesshoumaru me cae rebien :D No sé si fuiste tu o Sana, pero no me gustó como subestimaron a Inuyasha, hubiera sido genial ver una pelea entre ellos dos, para ver como le patea el trasero a Sana :) =)!

    Amo a Kanta y aunque extrañé a Akyoushi, me pareció un capitulo muy fluído y fácil de leer. Sesshoumaru es amor igual que Inuyasha <3 Ya espero cuando le cuenten sobre el pasado de estos dos *-* Inuyasha aguante!

    Conti, conti, me estas matando *-*
     
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    Asurama

    Asurama Usuario popular

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    Título:
    The Legacy
    Clasificación:
    Para adolescentes. 13 años y mayores
    Género:
    Drama
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    60
     
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    En cuanto a lo que allana Sesshoumaru con su exigencia, prometo lo veremos pronto.
    Sana necesita realmente defenderse por ser diferente, pero le conviene no ser esclava de su diferencia y pelear por algo más que sólo eso.
    Bueno, sessxrin... en cuanto a la arrogancia de Sana... la verdad es que no debería extrañar, Akyoushi también es bastante arrogante y subestima bastante a los hanyou.
    En cuanto a que Inuyasha le patee el trasero a Sana... no creo que en un futuro vaya a mostrarte eso, no es algo sencillo.
    Kanta es muy noble, creo que merece muchas cosas buenas.

    El ataque

    Llevaban más de tres días cerca de la aldea humana y ella pensaba que no se irían nunca. Se había acostumbrado a permanecer cerca de la entrada del bosque y a la peste a humano que rondaba la zona.

    Su padre había sido inflexible con respecto al entrenamiento de su olfato y ella no se oponía, pero creía que el adecuado para enseñar tal habilidad debía ser sin dudas un inuyoukai, sin embargo, sabía que no disponían de mucho tiempo como para ponerse exquisitos.

    Había muchos youkai en las montañas y la comida escaseaba y era magra, su ansiedad era mucha y debía soportar horas de hambre… a menos que se decidiera a atacar las aldeas humanas. Pero al igual que Akyoushi, ella consideraba también un sacrilegio comer carne humana. Además, delatar su presencia era una mala idea: era fácil reconocer el ataque de una inuyoukai hembra… y convertirse en blanco de ataque.

    —Feliz de Akyoushi a quien no obligan a entrenar en estas condiciones —quejarse no le serviría de nada y, después de todo, nadie oiría sus quejas.

    —Levántate —la llamó Inuyasha desde el pie de la colina, cargando a Tessaiga al hombro.

    —No me ordenes, hanyou, no eres mi padre —replicó contrariada.

    Aunque faltaban horas para el alba, Inuyasha había elegido como lugar de entrenamiento la orilla de un arroyo, dentro del bosque, un sitio donde era difícil sentir el olor del aire.

    —Muy bien —Inuyasha blandió a Tessaiga y se quedó quieto delante de ella—. ¿Recuerdas los movimientos?

    —Arriba y en frente de la cabeza del enemigo —repitió ella casi de memoria.

    Era el modo más sencillo de encontrar el choque de los poderes de dos youkai. Aunque sin dudas, había maneras más sencillas de realizar un Kaze no kizu.

    Inuyasha se hizo hacia abajo a tiempo, pero perdió algunos mechones de pelo algunos árboles perdieron las copas.
    —Aprendes rápido y no cometes torpezas, sin duda eres hija de Sesshoumaru.

    —¿Te cabía duda?

    —De ningún modo, jamás cuestionaría la honestidad de Ri… —de inmediato se cubrió la boca.

    —¿Qué dices?

    —Nada, nada, no dije nada —agitó la cabeza, confuso—. Ahora, veamos qué eres capaz de hacer con una onda explosiva.

    —Emh… está bien… —levantó la garra y se preparó para atacar, justo en el instante en que Inuyasha saltó hacia atrás, metiéndose entre las ramas de los árboles.

    —Princesa —la llamó su padre— …princesa…

    —¿Sí padre? —ya se había acostumbrado a su presencia y a la forma de su voz.

    Cada vez que lo sentía, pensaba que sería maravilloso poder conocer su voz, y la voz de Rin y la de Akyoushi también.

    —Vamos a entrenar —le proponía con serenidad y un deje de dulzura.

    —Sí, padre —a sus ocho años, apenas estaba aprendiendo a decir unas pocas palabras y a mantener el equilibrio por sí misma, intentando no chocar con lo primero que se le cruzara delante.

    Akyoushi tenía casi su misma edad, pero sin dudas no le costaba hablar, escribir y correr por los bosques, seguro de poder derribar a un enemigo que le superara en tamaño. Ella deseaba poder hacer lo mismo, pero sin embargo, le habían enseñado a hacer las cosas en un modo completamente distinto.

    Hubiera deseado poder ver el rostro de su padre, porque con tocarlo y “saber” cómo lucía, no le bastaba.
    —Mi honorable padre se ve muy apuesto —murmuró en su media lengua.

    —¿Cómo lo sabes?

    Se ciñó a su hakama y escondió el rostro cerca de él.
    —Lo veo con el corazón —suspiró con pena—. A veces, siento envidia de Akyoushi, que sí es capaz de verlo y oírlo.

    Una hilera de estatuas que rodeaba el camino explotaron y se hicieron añicos.

    —Controla tus poderes —le exigió él, puesto que la fuerza de Sana era regida principalmente por sus emociones y podían hacer cosas catastróficas si no los enfocaba.

    En un principio, ella había llegado a creer que sus poderes eran ilimitados, pero con el tiempo, fue percibiéndolos más claramente y también comenzó a percibir su entorno y dibujarlo en su cabeza como podía. Ella tenía un límite, tenía cuerpo y éste la convertía en un individuo que podía, sí, conectarse con el entorno.
    “Despertó” a los cinco años y comenzó a aprender todo cuanto podía. Su padre no le permitía descanso alguno.

    Una teoría muy generalizada era que Sana había nacido con un youryoku demasiado fuerte para alguien de su tamaño y era su propio youryoku lo que había dañado su problemática cabecita, hasta el punto de que no pudiera ver, oír, ni sentir.

    Esas descargas de poder eran las causantes de que Sesshoumaru decidiera mantenerla lo más lejos posible de Akyoushi. Al principio había intentado ocultarle su existencia… pero incluso antes de saber hablar ella fue totalmente consciente de que tenía un hermano... o algo parecido.

    La única persona a la que no atacaba era a Rin y de ella había aprendido la mayoría de las habilidades que poseía. Rin pasaba con ella una considerable cantidad de tiempo y la sobreprotegía, sin embargo, ella nunca había llegado a comprender ese afecto pero, por supuesto, le agradaba.

    —Princesa… vamos a entrenar.

    Esperaba sentir esas palabras cada vez que se aproximaba el alba. Su padre la sobreprotegía, aún cuando a veces no le diera explicaciones.

    —Princesa… vamos a entrenar…

    ***

    Kanta se pasó un largo rato recogiendo plantas medicinales, como le había enseñado su madre, mientras Akyoushi mostraba falso interés. La medicina humana no servía con los youkai.

    —Nos hemos alejado otra vez de la aldea —murmuró intentando callar a Kanta.

    Habían salido del bosque y estaban a campo abierto… y los inuyoukai nunca se sentían muy a gusto cuando no podían ocultarse.

    —No entiendo por qué te molesta. Estamos manteniendo la distancia con tu hermana y con la aldea.

    —Todo sigue exactamente igual, la única diferencia es que ahora el que la entrena es Inuyasha. Grandioso —soltó con cinismo—, nosotros los inuyoukai rebajándonos a ser entrenados por humanos con sangre de youkai.

    En el acto, ambos se pusieron a discutir, pero una extraña presencia los hizo callar. Un viento extraño comenzó a soplar a su alrededor y Kanta sintió una descarga eléctrica que le recorría el cuerpo. Se quejó.

    —¿Lo sientes? —preguntó Akyoushi sin inmutarse, mientras una visible descarga lo rodeaba—. El aire… está quemando.

    Kanta saltó encima de una roca.
    —No sólo el aire quema, el suelo también está caliente —gritó anonadado.

    Antes de que reaccionaran, el pasto comenzó a desaparecer y la tierra comenzó a derretirse.

    Kanta se cubrió la nariz y cayó de rodillas.

    Akyoushi lo sostuvo en el acto.
    —Kanta, ¿te encuentras bien?

    —No… puedo… res…pi…ra-a… —comenzó a perder el conocimiento.

    —No es fuego de youkai, ¡es jyaki! —se cargó a su primo en la espalda—. Tengo que sacarte de aquí.

    Pero cuando iba a levantar vuelo, una enorme bola de fuego rojo pasó a su lado.

    En cuestión de instantes, el cielo se cubrió de nubes negras y los árboles se secaron.

    Todos se disponían a entrar a sus casas, cuando una fuerte presencia maligna los golpeó con fuerza.

    —¿Qué es eso? —preguntó una de las hijas de Sango, anonadada—, no es un youkai…

    —Sea lo que sea, se acerca demasiado rápido —advirtió Miroku, bajando rápidamente de las escaleras del templo, seguido de su hijo—. Evacuemos a la gente.

    —¡No! —Inuyasha saltó hasta él— ¡Es peligroso que salgan!

    —Inuyasha, Kanta fue a las praderas —le advirtió Kagome. La energía provenía de allí—. Akyoushi estaba con él.

    Sesshoumaru, que estaba entrando al bosque, llegó a oír sus palabras y se lanzó en dirección a las praderas. Sana y Rin quisieron ir detrás de él, pero una pared invisible las golpeó. A su alrededor había una barrera.

    —No, quédense aquí —les ordenó Sesshoumaru, ya en el aire.

    Ambas vencieron la barrera sin dificultad alguna, pero sólo Sana lo siguió.

    —Sana, ¿qué haces? regresa al bosque.

    Pero ella no obedeció.

    Ambos llegaron al borde de un alto barranco. El bosque y las praderas ardían en llamas y el humo negro se mezclaba con las nubes.

    Inuyasha llegó saltando detrás de ellos, acompañado de Kagome y se asustó.
    —¿En dónde están?

    Sesshoumaru miró en todas direcciones y no pudo verlos. Se habían alejado demasiado, podían estar en cualquier parte.

    De pronto, algo de enorme fuerza golpeó el barranco y lo destrozó, Kagome cayó e Inuyasha la atrapó del brazo en el aire. Todos retrocedieron.

    Una voz oscura rió en forma macabra.
    —¿Te diviertes, Inuyasha? —preguntó la voz.

    —¿Esa voz? —preguntó Kagome confundida.

    Desde las nubes, apareció una araña negra gigantesca, con enormes ojos rojos.

    Y ese olor…

    —¿Naraku?

    —No, no puede ser —se quejó Kagome—, Naraku está muerto ¡está muerto!

    La araña rió.
    —Inuyasha, me gustaría saber cómo reaccionarías de saber que lo he devorado.

    Inuyasha sintió que lo golpeaban con una estaca de armar fuertes.
    —No es verdad —negó furioso— ¡Eres una basura!

    Desenvainó a Tessaiga y le lanzó a la araña un Meidou-ha.

    Sesshoumaru se enfocó en la araña.
    —…pero si ese es… ¡Inuyasha, no le ataques!

    El Meidou no apareció.

    —¿Qué pasó? —Inuyasha estaba confundido.

    Sesshoumaru cazó a Sana de un brazo y saltó hacia Inuyasha y Kagome, arrojándolos más de veinte metros atrás con un golpe. Inuyasha se golpeó contra el tronco de un árbol y Kagome cayó encima de él.
    En ese mismo instante, apareció un meidou completo justo en el borde de lo que quedaba del barranco.

    Sesshoumaru lo miró anonadado.
    —Justo como pensé, devolvió el ataque. Ese es…

    Una bola de Shouki cayó hacia donde estaba parado y lo esquivó en el acto, seguido por Sana. El shouki se extendió con rapidez y destruyó los pocos árboles que quedaban. El incendio se extendió y las llamas subieron hasta donde estaban ellos.
    A pesar de haber quedado rodeados de llamas, se vieron obligados a esquivar sucesivos ataques de shouki. Inuyasha se preparó para atacar, pero Sesshoumaru lo golpeó y evitó que levantara la Tessaiga.

    —Tú viste lo que hizo con el Meidou-ha, nos asesinarás.

    Inuyasha lo empujó, furioso.
    —¿Qué haces? ¡Kanta está allá abajo! ¡Y también Akyoushi!

    Se separaron para esquivar un enorme tronco de árbol encendido en llamas. Se vieron separados por una barrera de llamas.
    De pronto, un ladrido rasgó el aire.

    Sana se alarmó.
    —¡Akyoushi! —se lanzó en el acto en dirección a las praderas.

    Fue en vano que Sesshoumaru le gritara intentando detenerla.
    —No sabes a lo que te enfrentas

    Generando a su alrededor una barrera para aislar el fuego, saltó del barranco que, debido al shouki, había aumentado un par de metros de altura y había formado una grieta que la sorprendió.
    Salió rápido de la grieta y zanjó a saltos la distancia que la separaba de las praderas. Pronto pudo sentir la presencia de su hermano y su primo, que estaban enterrados debajo de una montaña de rocas, en la zona más baja, demasiado lejos.
    Le gruñó a la araña y saltó hacia ella, tomando la forma de una esbelta perra de patas negras. Después de arrancarle una pata y saltar sobre la cabeza para impulsarse, cayó en la tierra, que ardía y corrió hacia donde estaban los chicos, perseguida por varias bolas de shouki concentrado.

    —Soy muy rápida para ti, no me alcanzarás —se burló del enemigo.

    Finalmente, llegó.

    —Kanta, aguanta, te sacaré de ahí.
    Golpeó las rocas hasta quitarlas, metió la cabeza dentro del enorme agujero y se esforzó en sacar al enorme perro lleno de quemaduras, lo cargó en sus lomos y corrió. Kanta había quedado debajo y debió asirse a la cola de Sana.

    —Ten cuidado —le advirtió, al tiempo que la pesada araña saltaba, haciendo temblar la tierra.

    Sana siguió corriendo en dirección al norte, intentando escapar de las llamas, el incendio y el aire sofocante del jyaki. Los ataques se sucedieron cada vez con mayor velocidad y, cuando ella levantó vuelo la araña le apuntó con la cola, soltando, en lugar de veneno, siete largos aguijones que la atravesaron y la dejaron colgando. Voló contra una enorme roca y cayó al suelo, provocando un temblor. Su gemido rasgó el aire.
    Como pudo, abrió los ojos y se enfocó en el monstruo, consiguiendo que la cola y el vientre explotaran y soltaran los agijones.

    El golpe, la explosión y el grito despertaron a Akyoushi.
    Se puso en frente de Sana y Kanta y se preparó para atacar, viendo cómo la araña se les venía encima.

    Un terrible rugido se escuchó y la araña voló a un par de metros, un inuyoukai de dimensión titánica la había embestido. Con la misma fuerza, la levantó en el aire y consiguió morderla hasta sacarle un gran trozo de coraza. Oyó el ladrido de Akyoushi y se lanzó hacia él.

    La araña se levantó más rápido de lo que él esperaba y escupió veneno, abriendo una grieta detrás de Sana.
    —No podrás salvarlos —le gritó, mientras Sesshoumaru veía cómo sus dos hijos caían hacia un precipicio sin fondo—. Los mataré a todos, no podrás salvarlos.

    Ignorándolo, Saltó hacia el precipicio y consiguió atrapar a Sana y Akyoushi.
    Se sujetó a una de las paredes, pero estaba resbalando.

    Kanta, que había quedado al borde de la grieta, no sabía qué hacer.
    —¡O-yakata-sama! —quería ayudarlo, pero no podía, miró a la araña, pensando en atacarla.

    —¡Huye! ¡Rápido! —le gritó Sesshoumaru.

    —¡No puedo! ¡No puedo dejarlos!

    —¡Obedece!

    La araña le lanzó unas telarañas oscuras y se lo llevó hacia arriba.

    Sana, aturdida, consiguió percibirlo. Sin importarle sus heridas, se separó de su padre y consiguió saltar hasta la araña. Cuando liberó a Kanta de la telaraña, fue herida por otro aguijón y cayó hacia el precipicio, golpeándose la cabeza. Kanta también cayó y, al igual que Sesshoumaru, quedó colgado de una de las paredes.
    Sesshoumaru sujetó a Akyoushi tan fuerte como podía y saltó dentro de la grieta y consiguió atrapar a Sana, pero una bola de energía gigantesca cayó sobre ellos.

    Inuyasha consiguió llegar hasta el sitio de la explosión y se quedó horrorizado.
    —¿Qué le hiciste a Sesshoumaru?

    —Lo envié a donde debía haber ido desde hace mucho tiempo.

    —¡Eres un maldito! —no le importó que la araña pudiera devolverle el ataque, lanzó un violento Kaze no Kizu… que explotó mucho antes de llegar a destino.

    —No podrás hacerme daño ¡ahora soy superior!

    —¡Tonterías! —preparó la Tessaiga de escamas, pero no había youketsu en aquella criatura—… tú… no eres…

    La araña le lanzó el mismo tipo de energía que había golpeado a Sesshoumaru, pero algo lo protegió. La bola de energía pasó a través de él… sin hacerle nada.

    —¡No te saldrás con la tuya! —una bola con destellos rojos y negros voló hacia la araña y la hizo retroceder.

    Inuyasha conocía ese destello y ese youki, porque había tenido que enfrentarse a él en alguna oportunidad.
    —¿Rin?

    Al voltear hacia atrás, pudo ver a Ah-Un, que llevaba sobre sus lomos a Kagome y a Rin, cubierta por su manto negro.

    —¡Inuyasha, rápido, corre!

    —¡Rin, Sesshoumaru ha sido…

    —¡¿Qué?!

    Un reflejo dorado y otro azul atravesaron el cielo y la araña fue desapareciendo. Y ese ruido…

    —¿Bakusaiga?

    Sesshoumaru se encontraba en el aire, del otro lado de la grieta, rodeado por un campo de energía creado por sí mismo, empuñaba a Bakusaiga y a Tenseiga y tenía a Sana en su espalda. Akyoushi y Kanta estaban tendidos en el campo de energía, ambos con quemaduras, aunque las de Kanta eran más graves.
    Al desaparecer la araña, desapareció también el jyaki y las nubes fueron dispersándose, pero el incendio seguía extendiéndose, a pesar de que Inuyasha había conseguido frenar su avance a la aldea con una de sus técnicas.

    —Él ha…

    —Esa cosa te ha engañado —le dijo Rin—, esa cosa no era Naraku, era un kageyoukai.

    Inuyasha la miró como si le hablara en otro idioma.
    —¿Qué es un kageyoukai?

    Rin se sorprendió sobremanera.
    —¿No los recuerdas? ¿No recuerdas a esos monstruos? …¿el eclipse anular?

    Inuyasha estaba confundido.
    —¿Debería?

    No podía ser que alguien le hubiera borrado la memoria.

    Sesshoumaru bajó a donde estaban ellos, Kanta corrió de inmediato hacia sus padres y abrazó a su madre.

    —Tenemos que salir de aquí.

    Akyoushi, a pesar de sus heridas, consiguió ponerse de pie y se negó a que Rin lo tocara.

    Sesshoumaru dejó que Sana cayera al suelo. Ella aún estaba inconsciente por el golpe que se había dado en la cabeza. Rin corrió hacia ella e intentó levantarla.

    —Rin… —murmuró apenas.

    —Aquí estoy…

    Rin… —se dio cuenta de que Sana parecía hablar para sí misma ¡no estaba sintiendo su presencia! Arqueó la espalda y abrió desmedidamente los ojos. Rin conocía el gesto, Sana sentía dolor.

    Su grito alertó a todos y todos se agolparon a su alrededor. Se separó de Rin con un golpe brusco y comenzó a rodar por el suelo y a retorcerse. De una de las heridas comenzó a manar un vapor rojizo oscuro.

    —¡Está contaminada por el jyaki de ese monstruo! —gritó Kagome, mientras todos veían la escena paralizados.
     
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    Asurama

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    60
     
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    Dolor

    La cantidad de Jyaki en el cuerpo de Sana parecía demasiada y también era mucha la sangre que se derramaba desde la herida en su estómago. Sesshoumaru se arrodilló cerca de ella y se quedó inmóvil, con los ojos como platos. No podía ser que Sana estuviera… muriendo.
    Kanta y Akyoushi comenzaron a llamarla, pero ella no parecía percibir a nadie.

    Sesshoumaru levantó la vista y vio a Kanta.

    Kanta lo miró a los ojos y retrocedió.

    —Tú… tú…

    —O-yakata-sama, yo no…

    —Esto es tu culpa —lo tiró al suelo de un puñetazo.

    —¡No te atrevas a golpearlo! —le dijo Inuyasha, saltando entre él y Kanta y amenazándolo con la Tessaiga.

    —No, papá… —Kanta se levantó apenas del suelo.

    Kanta creía que, de haber obedecido a Sesshoumaru y haber huido, Sana habría podido salvarse. Solo se había convertido en un estorbo.

    —Es mi culpa.

    —Kanta, no digas eso.

    —No es culpa tuya, es mi culpa —le dijo Akyoushi, desesperado—, no hice nada.

    Sesshoumaru volteó hacia él.
    —Exacto, no hiciste nada.

    Akyoushi se hizo hacia atrás, intentando evitar el enojo de su padre.

    Pero todos se angustiaron al volver a oír a Sana gritar.

    Kagome intentó acercarse.

    —¡Aléjate de ella! —le gritó Sesshoumaru.

    —¡Déjame intentar ayudarla! —pero al usar su energía espiritual, el dolor de Sana aumentó. Sólo podía matarla más rápido—. Tienes a Tenseiga, tienes que poder salvarla.

    El inuyoukai no dijo nada, sólo negó con la cabeza. Inuyasha no recordaba haberlo visto tan asustado, pero tampoco sabía qué hacer.

    Akyoushi se puso de pie y caminó hacia su primo, que estaba empequeñecido en un rincón.

    —¡Akyoushi, aléjate de él! —lo regañó Sesshoumaru, furioso.

    El chico volteó, miró a su padre, luego a Inuyasha y a su primo y lo comprendió. Era la primera vez que los veía con tanto odio.
    Kanta reaccionó e intentó a cercársele, pero Akyoushi se deshizo de él con brusquedad.

    —Vámonos, ya —ordenó su padre.

    Colocó a Sana recostada sobre el lomo de Ah-Un y la amarró por la cintura con el obi que llevaba, intentando mantenerla inmóvil y frenar la hemorragia. Rin se sentó junto a ella y guió a Ah-Un detrás de Sesshoumaru y Akyoushi, que ya habían levantado vuelo.

    Pero Kagome tomó las Riendas de Ah-Un y la detuvo.
    —Tú no la dejarías sufrir. Diles que busquen a Yakurou-dokusen.

    —Yakurou-dokusen no pudo salvarme —gimió.

    —Eras humana. Sana no sólo es youkai, sino que es muy resistente, estoy segura de que soportará hasta que Yakurou-dokusen haga una medicina para ella. Es un maestro de venenos, podrá salvar a una youkai. Díselo a Sesshoumaru.

    —Se lo diré —obligó a Kagome a soltar las riendas y fue en busca de los suyos, que ya estaban lejos.

    ***

    Rin esperaba con ansias la Luna del Cazador. Mientras todos veían cómo la tierra iba lentamente muriendo y volviéndose fría, ella sólo veía cómo las visitas de su amo iban haciéndose más frecuentes.
    La luna del cazador traía siempre detrás a las lunas frías, los inviernos y con ellas, el consuelo de entrar al Oeste en una tierra dormida. Por eso permanecía tranquila durante largos períodos de tiempo. Lloverían hojas doradas, luego, polvo de diamantes y finalmente su amo la buscaría… si la suerte estaba de su lado.

    Aquella luna fría fue diferente a las demás, lo que la llevó al Oeste fue una emboscada tendida por un cabecilla de lo que en el ejército se le conocía como la Guardia mala, youkais que no acostumbraban respetar nada ni a nadie. Herida, fue arrojada en un bosque y creyó que moriría.
    Un guardia kitsune confiable y de elevado rango, la rescató y se la llevó a una aldea humana cercana al límite Este y allí permaneció por casi dos meses, hasta que unos bandidos atacaron el lugar. Su amo la salvó…
    Y ella nunca volvió a salir del Oeste, se quedó prendada a las maravillas del Clan del Inuyoukai y a los poderes de su amo.

    A finales del invierno, debido a un impresionante eclipse, una grieta se abrió en el mundo, una amenaza sin nombre llegó a aquel palacio y se la llevó.
    Despertó en una oscura y fría cueva recubierta de espejos, atrapada dentro de un cristal de roca. En aquella prisión, vio atemorizada y asqueada a aquella criatura bella, de espantosos ojos púrpuras.

    —Así que despertaste —se burló él.

    —¿Quién eres?

    —¿Te acuerdas de una mujer que había perdido un huevecillo de cristal, en un bosque hace un mes? ¿Una mujer de ojos púrpura? Te agradezco que me hayas salvado, si no fuera por ti y tu gran misericordia, nunca hubiera podido devorar todas las Tierras del Oeste.

    —Eres un…

    —Nunca pensé que el Guardián de las Tierras del Oeste tendría consigo a una compañera humana, mucho menos que fuera una miko —se rió—. Es interesante todo esto. No me mires así, deberías considerar una suerte el que te haya perdonado la vida, ¿no lo crees? Es mi agradecimiento por tu gran ayuda.

    —¿Qué piensas hacer conmigo?

    —Así que puedes hablar, es increíble la resistencia que tienes a pesar de ser humana. Cualquier otro humano hubiera quedado sumido de por vida en un sueño tormentoso hasta morir. Creo… creo que me voy a divertir contigo.

    —Maldito

    —¿Tienes frío?

    Realmente tenía frío, se estaba congelando.
    —Suéltame —le exigió.

    —Vas a decir “por favor, Akuma-sama, suéltame”.

    Ella le escupió y recibió un golpe.
    —¿Te crees en condiciones de negarte a mis deseos? Tus días de libertad se han acabado.

    —Eso es lo que crees, Sesshoumaru-sama va a venir por mí.

    Él rió a todo pulmón.
    —Sesshoumaru nunca va a encontrarte, estamos en los límites entre el mundo de los vivos y los muertos.

    —Me encontrará donde sea, y tú lo pagarás caro.

    —Lo dudo. Última oportunidad para ti —volvió a sujetarme del mentón—. Di “por favor, Akuma-sama”.

    —Nunca.

    De pronto, él sacó de entre sus ropas un pergamino extraño, lo sujetó frente a ella y comenzó a recitar un rezo fastidioso, que le causaba dolor. Aquel fue sólo el comienzo de una horrible tortura.
    Despertó bajo los efectos de un hechizo y peleó contra Akuma, intentando escapar, pero fue inútil.
    Al despertar por tercera vez, sintió tanto odio como jamás había sentido, especialmente por quienes antes había amado.
    Salió de ese lugar empuñando una alabarda y atacó a sus propios amigos. Pudo derribar a Sesshoumaru, cosa que jamás había creído posible y estuvo cerca de asesinar a Kagome. ¿Cómo alguien con el corazón de humano podía llegar a hacer semejante cosa? No resultaba imposible: se había valido de la fuerza que da el odio. Sin los poderes espirituales de Kagome, ese hechizo la habría devorado.

    Sólo ella, que había agonizado durante días, sabía cuánto dolor provocaba el jyaki que tenían todos esos kageyoukai. Sana seguía sufriendo y nadie podría hacer nada.

    ¿Qué sería de ella?

    ¿Moriría?

    ¿Se convertiría en Kageyoukai?

    ¿Y entonces habría que matarla?

    Ya no soportaba verla sufrir. Por eso, Sesshoumaru le impidió entrar al recinto en el que encerró a Sana, por el bien de su cordura.
    Ella se dejó caer sobre el borde de aquella mesa y lloró amargamente.

    Él apretó los puños, era más de lo que podía soportar, se sentía tan idiota e impotente…
    —¿Acaso no confías en mí?

    Ella levantó la mirada.
    —Por supuesto que confío.

    —¡¿Entonces por qué lloras?!

    —¡Porque es muy doloroso!

    Él se quedó anonadado, tal vez eran capaces de compartir el dolor hasta ese punto.
    —¡No llores! No eres capaz de confiar en mí. No puedes acercarte a ella.

    —¡Entonces sólo déjeme llorar!

    —¡Hubieras permanecido cerca de Inuyasha!

    —Sí, lo hubiera hecho —las lágrimas caían por su rostro. Se levantó—, así usted estaría en compañía de esa hyounekozoku “que tan bien le comprendía” y tendrían una vida odiosamente perfecta sin estas miserias. Me odio a mí misma, es mi culpa. Deberías estar muerta, así esto so sucedería ¡¿Ahora se siente mejor?! —se cubrió el rostro y siguió llorando.

    No recordaba cuándo había sido la última vez que habían discutido de esa manera. Todo solía ser paz y tranquilidad, pero ahora, sólo había sufrimiento. Akuma había cumplido su cometido, les estaba destruyendo.

    —No es tu culpa —negó con la cabeza, aunque ella no lo viera—. No es tu culpa, Rin. Regresaré pronto y todo va a estar bien —salió y fue a ver a Sana por última vez.

    Rin le vio salir y siguió llorando. Tenía tanto miedo de perder a Sana. Cuando había sido humana, durante esos primeros inviernos que había permanecido con él, había concebido dos veces, pero por miedo a perjudicarlo y, con todo el dolor en el alma, debió matar a las dos criaturas que estaba engendrando y cuyos monumentos se alzaban en la parte trasera de la Casa.
    Luego de que cambiara, creyó que tal vez nunca podría llegar a concebir un niño, pero Sana llegó. En malas condiciones, pero llegó.
    “La desgracia que le aconteció al Clan Inuyoukai”, así hablaban todos de su hija. Cada vez que miraba en sus ojos vacíos, recordaba una y otra vez que le llamaban “la desgracia”, ella era una desgracia, el clan estaba signado por las desgracias.

    ¿La causa? Tal vez una maldición hecha por parientes lejanos de Akyoushi. Una de esas maldiciones tan rencorosas que podían durar hasta siete generaciones… ¡Pero era algo demasiado cruel! ¡Ya no lo soportaba más!
    ¡Y ni siquiera le permitían arrojarse en los brazos de su maestro para aliviar toda esa angustia que le oprimía el pecho!

    Corría tan rápido como se lo permitían sus pies, a su alrededor, el bosque y las montañas ardían en llamas. Esquivaba troncos de árboles que caían como leña, cortándole una y otra vez el paso. El calor era insoportable, la tierra era de cenizas y el aire estaba viciado. Corría sin poder salir de ese laberinto de llamas.
    Unos extraños y horribles lobos negros saltaron de entre las llamas y corrieron detrás de él. Mientras más intentaba escapar, más le pesaba el cuerpo y más cerca estaban los lobos.

    —¡Akyoushi! —le llamó el eco de una voz desde el otro lado de las llamas.

    Intentando despistar a los lobos, saltó a través de ellas y se encontró parado en la orilla de un riacho, que se había convertido en un torrente de lava. No había modo de cruzar.

    —¡Akyoushi!

    —¡Hermana!

    —¿En dónde estás? —Shiroihana estaba del otro lado, incapaz de verlo o de sentirlo.

    Detrás de él venían los lobos negros y tenía que intentar cruzar al otro lado como fuera.
    Dio un paso hacia atrás y saltó tan alto como podía. Apenas llegó al otro lado y parte de su ropa se quemó en el río.
    De pronto, la tierra tembló y el riacho se convirtió en una grieta sin fondo, quedando su hermana colgada. Los lobos saltaron dentro y cayeron hasta perderse en la oscuridad.
    Desde las profundidades, una masa negra y oscura tomó la forma de mil brazos, atrapó a Shiroihana y la jaló hacia abajo. Akyoushi se lanzó hacia ella y la atrapó de la mano.

    —Akyoushi… —los brazos comenzaron a jalar cada vez con más fuerza— …tienes que soltarme —ella casi lloraba.

    Él fue arrastrado con ella, quedando colgado del borde.

    —Akyoushi.

    —¡Hermana! —a ese paso, ambos caerían—. No te soltaré.

    —Akyoushi, no mueras —su mano comenzó a resbalar de la de él.

    —Te salvaré, nos lo prometimos —una lágrima rodó por su mejilla y cayó hasta ella.

    — …Akyoushi… —lo llamó cantarina y seductora una voz desde el incendio—, ven conmigo.

    —No puedo hacerlo —contestó él.

    —…Suelta a tu hermana… deja que yo te salve.

    —No, no la soltaré.

    Las llamas se abrieron y un viento frío comenzó a soplar. No se lo estaba imaginando ¡había nieve en medio del fuego! Caminando entre la bruma que comenzaba a formarse, una youkai de belleza exquisita apareció. Se le hacía conocida.

    —…suéltala, ella no te quiere, sus promesas son vanas, yo puedo salvarte —extendió la mano hacia él, con una sonrisa—. Toma mi mano y suelta a esa perra.

    Shiroihana volvió a resbalar.
    —¡Akyoushi!

    —¡Shiroihana! —ya no podía sujetarla más y el borde del que colgaba se derritió.

    —…suelta a tu hermana… y ven con mamá.

    —¡Hermana! —otra lágrima cayó por su mejilla.

    Aquella youkai extendió la mano.
    Infierno de Hielo —todo se congeló y las llamas desaparecieron.

    Sana cayó en la grieta y ésta se cerró.
    Akyoushi miró a la nívea youkai y gritó.

    Despertó agitado y bañado en sudor. Aquella pesadilla había sido terrible, el sueño había sido muy vívido. Se levantó de su cama y corrió hasta la ventana, desde donde podía verse un árbol muy alto, cuyas ramas casi alcanzaban la ventana.

    —¿Tengo sangre de pantera?

    Se puso unos mechones de cabello tras la oreja, tragó saliva y extendió ambas manos en dirección al árbol.

    —¡Infierno de Hielo!

    El árbol se convirtió en un perfecto monumento de hielo. Congelado de la raíz a la punta.

    Apretó los puños.
    —¡Sí! —miró al cielo, mientras respiraba agitadamente—. Tengo los poderes de mi madre.

    Salió corriendo de la habitación, atropellando a un guardia y fue a buscar a su venerado padre.

    Ella no hablaba con nadie más, por temor a que otras personas quedaran involucradas en sus problemas. Por eso, había desarrollado con él una relación muy estrecha y afectuosa, era por eso que ella no concebía desobedecerlo, sin importar cuán buena o mala fuera una orden.
    Todo era perfecta obediencia hasta la aparición de un factor que cambió las cosas: Kanta.
    La salud de Kanta, la fuerza de Kanta, las ilusiones de Kanta, todo parecía más importante de él que la obediencia. Sesshoumaru no terminaba de entenderlo, ya que la obsesión que Sana profesaba por Kanta era demasiada. No era algo que se desvaneciera con el tiempo, por el contrario, las cosas se volvían más que impredecibles.
    Ella era capaz de pelear contra un kageyoukai peligroso a sabiendas de que lo era, con tal de salvar a alguien tan insignificante como parecía ser ese hanyou de Kanta. No valía la pena.
    Pero sin dudas, ella parecía haber estado dispuesta a morir por sus culpas.
    No era posible que ella no supiera lo que iba a pasar.

    —Y aún así desobedeciste.

    No había manera de que él pudiera culpar a sus propios hijos, por eso culpaba al hijo de otro.

    Kanta. Kanta. Kanta. No parecía haber otras cosas en la cabeza de Sana, al menos mientras permanecía inconsciente, dormida. De día, tenía tantos temores como Akyoushi y sólo se preocupaba por sí misma, pero su subconsciente se dedicaba a pensar profundamente en su familia, tal vez como efectos de la represión que ejercía sobre sí misma y sus sentimientos. La represión que ejercía para evitar provocar catástrofes.
    Esa inestabilidad había hecho que atacara a Kanta, aún sin desearlo… ¿tal vez para preservarse a sí misma? ¿por instinto?
    ¿Él mismo era capaz de asesinar a Inuyasha si la situación lo presionaba lo suficiente? ¡No quería saberlo!

    Sana, desde su mundo oscuro, le había enseñado muchas cosas. Que ahí afuera había una entidad oscura que pretendía atacarlo y vengarse —aunque jamás había dado muestras de saber lo que era un kageyoukai—, que era inútil que él intentara ocultar cosas de su pasado, ya que ella y Akyoushi estaban destinados a enterarse, más allá de eso… y que los hanyou en realidad eran muy importantes para el futuro del clan. Ese último punto, jamás había quedado del todo claro.
    Sana había descubierto por sí misma cuán importante era Rin y cuánto poder tenía él.

    Ella también había aprendido a soñar y a creer en sus sueños y considerarlos importantes.

    Aunque uno de esos sueños estaba siempre presente en la mente de Sesshoumaru.

    … Padre, tuve un sueño muy triste. Mi hermano pequeño encontraba a Kanta desmayado en la frontera y lo ayudaba, porque no quería que estuviera solo. Kanta llevaba la Tessaiga, porque Inuyasha había muerto, la miko-dono tampoco estaba y Kanta se había quedado sólo. Pero cuando mi hermano pequeño llegaba aquí, usted no estaba.

    Sesshoumaru había pensado que Sana le estaba anunciando la muerte de Inuyasha y Kagome, pero no entendía lo demás. Sus predicciones no siempre eran precisas… pero siempre acertaban.
    Además, Sana nunca hablaba de sí misma, como si fuera incapaz de predecir su propio futuro. Tal vez… tal vez se había visto a sí misma ayudando a los suyos, pero no había podido ver que caería envenenada.
    Ahora, permanecía en silencio, pero seguramente sentía un dolor terrible y se retorcía. Rin era la única que había tenido que pasar por algo similar y él sentía que la pesadilla se repetía, mientras pensaba en cuales debían ser sus siguientes pasos.

    —…Rin.

    En aquel entonces, él había regresado, no muy seguro de haber ganado su batalla, sospechando que sus enemigos habían escapado de él de alguna manera, escurridizos como reptiles.
    Al atravesar el campo de energía, en seguida sintió el aire enrarecido, una parte de la casa completamente destrozada y el camino subterráneo hacia el mar parcialmente bloqueado. Una vez más. Se ausentara o no, las desgracias ocurrirían y a veces, hubiera deseado dividirse en mil para estar en todas partes y evitarlas.

    Varios guardias llegaron hacia él y comenzaron a armar un alboroto, hablando todos al mismo tiempo. Lo único que pudo entender es que estaban enormemente asustados.
    Oyó las quejas internas de sus sirvientes y entró al tercer nivel, en donde se encontraba la habitación de Rin, completamente a oscuras. “¿Ha muerto?” fue lo que pensó su mente, confundida y sádica.
    Rin estaba viva, pero respiraba pesadamente y no desprendía calor. Su cara denotaba sufrimiento y temblaba casi imperceptiblemente, estaba pálida y soltaba una enorme cantidad de jyaki. Se trataba de jyaki del meikai, algo que un humano jamás debería absorber.

    Dio unos pasos dentro, sin atreverse a acercarse al futon en donde yacía rodeada de varios sirvientes, que temblaron de miedo al verlo.

    —Sesshoumaru-sama… —le llamó alguien.

    Al escuchar su nombre, Rin hizo un esfuerzo tremendo y abrió sus ojos vidriosos. Con lentitud y pesadez, volteó el rostro hacia él y lo miró entre sorprendida y aliviada. Cerró los ojos y ya no pudo oírse ni su respiración ni el latido de su corazón.
    Pálidos como sábanas y con los ojos exorbitados, los sirvientes saltaron y corrieron fuera de la habitación, por una segunda puerta, intentando huir de él. Era el fin.
    Él se quedó paralizado en el lugar, abrumado por el dolor y el miedo. Retrocedió hasta la puerta y allí se quedó con la vista baja. También estaba furioso consigo mismo y con sus sirvientes, pero no era capaz de pensar claro. Ella se había ido.

    ¿Y ahora qué hacer? ¿Arrancarle el corazón y comérselo, como se lo había prometido? Se acercó, pero no halló la fuerza para cumplir con el ritual más antiguo y respetable entre todos los clanes.

    Jaken le habló, creyendo que el amo no entendería sus palabras y le dijo que había mandado llamar a Kagome con la esperanza de poder salvar a Rin. Ahora, lo único que el grupo de Inuyasha podía llegar a hacer sería darle una tumba de cristal, pensó el inuyoukai.
    Salió y subió a lo más alto del palacio, desde allí, miró la luna creciente, que se dibujaba pequeña en lo alto, rodeada de nubes. Su padre acostumbraba mirar la luna y en ella parecía hallar consuelo. Entreabrió la boca y dejó que su dolor aflorara. Se quedó allí parado, durante un tiempo eterno, con la mirada perdida, hasta que aquella diosa plateada comenzó a descender por el cielo.
    Volteó al sentir una presencia extraña detrás de sí y creyó estar viendo un fantasma.

    — ¿Rin?

    Lo invadieron la angustia y el desconcierto. Al ver el horror provocado por Akuma, sintió que prefería que ella hubiera muerto. Estaba como aquella vez, con esa apariencia de muerta y esos ojos rojos vidriosos… y se quedaría así para siempre.
    ¿Y qué sería de Sana? ¿Le ocurriría lo mismo?

    Unos rápidos pasos lo sacaron de sus pensamientos
    —Padre —era Akyoushi.

    —¿Despierto a estas horas? —le había enviado a dormir y le había puesto un hechizo para que permaneciera dormido y no tuviera que sufrir por su hermana… pero lo había roto de algún modo— ¿pesadillas?

    El chico miró hacia la puerta roja, cubierta de barreras y sellos.
    —Por favor, padre.

    —Príncipe —no estaba muy seguro de qué decirle, se suponía que aún estaba asustado de ella.

    —Hasta que consiga una medicina mejor que esta… por favor, padre, no puedo hacer nada.

    Sesshoumaru puso su mano en la puerta y la abrió a medias, temeroso de las consecuencias.

    —Gracias, padre —Akyoushi entró y se puso de rodillas junto al altar en el que yacía Sana. Esas mesas que sólo se usaban para los muertos.

    —Estás muy fría —la tomó de la mano y la sintió temblar, estaba sudando frío—, por favor, tienes que ponerte bien. Perdóname. Si te recuperas, juro que jamás volveré a apartarme de tu lado, me quedaré aquí para siempre, no nos dejes.

    Ella le apretó la mano.

    Akyoushi cerró los ojos y apretó los colmillos. Unió su mano a la de Sana y sintió el paso de una fuerte corriente eléctrica, que llegó hasta la base de su columna y de allí subió y se extendió a todo su cuerpo, como una llama viva e insoportable. Sin embargo, no la soltó. Estaba recibiendo parte de la descarga provocada por el jyaki que había invadido a Sana y pronto no veía claro.
    Tal y como le había dicho a su padre, no podía hacer nada, pero esperaba que, al usar la conexión de su sangre, al menos pudiera aliviar su sufrimiento, aunque eso significara caer como un cadáver a un lado de aquel altar para muertos.
    Y aún así, no la soltó.

    Sesshoumaru abrió la puerta, vio lo que consideraba una locura y trató de saltar dentro, pero algo lo agarró fuertemente de atrás y lo obligó a salir.
    —Sesshoumaru, date prisa, no tienes mucho tiempo.

    Él volteó enojado hacia la persona a sus espaldas…

    —¿Padre?

    …pero no pudo hacer nada y aquella imagen tan nítida, permaneció mirándolo, aún mientras se desvanecía.
    —…No tienes mucho tiempo…
     
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    The Legacy
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    Dolor

    La cantidad de Jyaki en el cuerpo de Sana parecía demasiada y también era mucha la sangre que se derramaba desde la herida en su estómago. Sesshoumaru se arrodilló cerca de ella y se quedó inmóvil, con los ojos como platos. No podía ser que Sana estuviera… muriendo.
    Kanta y Akyoushi comenzaron a llamarla, pero ella no parecía percibir a nadie.

    Sesshoumaru levantó la vista y vio a Kanta.

    Kanta lo miró a los ojos y retrocedió.

    —Tú… tú…

    —O-yakata-sama, yo no…

    —Esto es tu culpa —lo tiró al suelo de un puñetazo.

    —¡No te atrevas a golpearlo! —le dijo Inuyasha, saltando entre él y Kanta y amenazándolo con la Tessaiga.

    —No, papá… —Kanta se levantó apenas del suelo.

    Kanta creía que, de haber obedecido a Sesshoumaru y haber huido, Sana habría podido salvarse. Solo se había convertido en un estorbo.

    —Es mi culpa.

    —Kanta, no digas eso.

    —No es culpa tuya, es mi culpa —le dijo Akyoushi, desesperado—, no hice nada.

    Sesshoumaru volteó hacia él.
    —Exacto, no hiciste nada.

    Akyoushi se hizo hacia atrás, intentando evitar el enojo de su padre.

    Pero todos se angustiaron al volver a oír a Sana gritar.

    Kagome intentó acercarse.

    —¡Aléjate de ella! —le gritó Sesshoumaru.

    —¡Déjame intentar ayudarla! —pero al usar su energía espiritual, el dolor de Sana aumentó. Sólo podía matarla más rápido—. Tienes a Tenseiga, tienes que poder salvarla.

    El inuyoukai no dijo nada, sólo negó con la cabeza. Inuyasha no recordaba haberlo visto tan asustado, pero tampoco sabía qué hacer.

    Akyoushi se puso de pie y caminó hacia su primo, que estaba empequeñecido en un rincón.

    —¡Akyoushi, aléjate de él! —lo regañó Sesshoumaru, furioso.

    El chico volteó, miró a su padre, luego a Inuyasha y a su primo y lo comprendió. Era la primera vez que los veía con tanto odio.
    Kanta reaccionó e intentó a cercársele, pero Akyoushi se deshizo de él con brusquedad.

    —Vámonos, ya —ordenó su padre.

    Colocó a Sana recostada sobre el lomo de Ah-Un y la amarró por la cintura con el obi que llevaba, intentando mantenerla inmóvil y frenar la hemorragia. Rin se sentó junto a ella y guió a Ah-Un detrás de Sesshoumaru y Akyoushi, que ya habían levantado vuelo.

    Pero Kagome tomó las Riendas de Ah-Un y la detuvo.
    —Tú no la dejarías sufrir. Diles que busquen a Yakurou-dokusen.

    —Yakurou-dokusen no pudo salvarme —gimió.

    —Eras humana. Sana no sólo es youkai, sino que es muy resistente, estoy segura de que soportará hasta que Yakurou-dokusen haga una medicina para ella. Es un maestro de venenos, podrá salvar a una youkai. Díselo a Sesshoumaru.

    —Se lo diré —obligó a Kagome a soltar las riendas y fue en busca de los suyos, que ya estaban lejos.

    ***

    Rin esperaba con ansias la Luna del Cazador. Mientras todos veían cómo la tierra iba lentamente muriendo y volviéndose fría, ella sólo veía cómo las visitas de su amo iban haciéndose más frecuentes.
    La luna del cazador traía siempre detrás a las lunas frías, los inviernos y con ellas, el consuelo de entrar al Oeste en una tierra dormida. Por eso permanecía tranquila durante largos períodos de tiempo. Lloverían hojas doradas, luego, polvo de diamantes y finalmente su amo la buscaría… si la suerte estaba de su lado.

    Aquella luna fría fue diferente a las demás, lo que la llevó al Oeste fue una emboscada tendida por un cabecilla de lo que en el ejército se le conocía como la Guardia mala, youkais que no acostumbraban respetar nada ni a nadie. Herida, fue arrojada en un bosque y creyó que moriría.
    Un guardia kitsune confiable y de elevado rango, la rescató y se la llevó a una aldea humana cercana al límite Este y allí permaneció por casi dos meses, hasta que unos bandidos atacaron el lugar. Su amo la salvó…
    Y ella nunca volvió a salir del Oeste, se quedó prendada a las maravillas del Clan del Inuyoukai y a los poderes de su amo.

    A finales del invierno, debido a un impresionante eclipse, una grieta se abrió en el mundo, una amenaza sin nombre llegó a aquel palacio y se la llevó.
    Despertó en una oscura y fría cueva recubierta de espejos, atrapada dentro de un cristal de roca. En aquella prisión, vio atemorizada y asqueada a aquella criatura bella, de espantosos ojos púrpuras.

    —Así que despertaste —se burló él.

    —¿Quién eres?

    —¿Te acuerdas de una mujer que había perdido un huevecillo de cristal, en un bosque hace un mes? ¿Una mujer de ojos púrpura? Te agradezco que me hayas salvado, si no fuera por ti y tu gran misericordia, nunca hubiera podido devorar todas las Tierras del Oeste.

    —Eres un…

    —Nunca pensé que el Guardián de las Tierras del Oeste tendría consigo a una compañera humana, mucho menos que fuera una miko —se rió—. Es interesante todo esto. No me mires así, deberías considerar una suerte el que te haya perdonado la vida, ¿no lo crees? Es mi agradecimiento por tu gran ayuda.

    —¿Qué piensas hacer conmigo?

    —Así que puedes hablar, es increíble la resistencia que tienes a pesar de ser humana. Cualquier otro humano hubiera quedado sumido de por vida en un sueño tormentoso hasta morir. Creo… creo que me voy a divertir contigo.

    —Maldito

    —¿Tienes frío?

    Realmente tenía frío, se estaba congelando.
    —Suéltame —le exigió.

    —Vas a decir “por favor, Akuma-sama, suéltame”.

    Ella le escupió y recibió un golpe.
    —¿Te crees en condiciones de negarte a mis deseos? Tus días de libertad se han acabado.

    —Eso es lo que crees, Sesshoumaru-sama va a venir por mí.

    Él rió a todo pulmón.
    —Sesshoumaru nunca va a encontrarte, estamos en los límites entre el mundo de los vivos y los muertos.

    —Me encontrará donde sea, y tú lo pagarás caro.

    —Lo dudo. Última oportunidad para ti —volvió a sujetarme del mentón—. Di “por favor, Akuma-sama”.

    —Nunca.

    De pronto, él sacó de entre sus ropas un pergamino extraño, lo sujetó frente a ella y comenzó a recitar un rezo fastidioso, que le causaba dolor. Aquel fue sólo el comienzo de una horrible tortura.
    Despertó bajo los efectos de un hechizo y peleó contra Akuma, intentando escapar, pero fue inútil.
    Al despertar por tercera vez, sintió tanto odio como jamás había sentido, especialmente por quienes antes había amado.
    Salió de ese lugar empuñando una alabarda y atacó a sus propios amigos. Pudo derribar a Sesshoumaru, cosa que jamás había creído posible y estuvo cerca de asesinar a Kagome. ¿Cómo alguien con el corazón de humano podía llegar a hacer semejante cosa? No resultaba imposible: se había valido de la fuerza que da el odio. Sin los poderes espirituales de Kagome, ese hechizo la habría devorado.

    Sólo ella, que había agonizado durante días, sabía cuánto dolor provocaba el jyaki que tenían todos esos kageyoukai. Sana seguía sufriendo y nadie podría hacer nada.

    ¿Qué sería de ella?

    ¿Moriría?

    ¿Se convertiría en Kageyoukai?

    ¿Y entonces habría que matarla?

    Ya no soportaba verla sufrir. Por eso, Sesshoumaru le impidió entrar al recinto en el que encerró a Sana, por el bien de su cordura.
    Ella se dejó caer sobre el borde de aquella mesa y lloró amargamente.

    Él apretó los puños, era más de lo que podía soportar, se sentía tan idiota e impotente…
    —¿Acaso no confías en mí?

    Ella levantó la mirada.
    —Por supuesto que confío.

    —¡¿Entonces por qué lloras?!

    —¡Porque es muy doloroso!

    Él se quedó anonadado, tal vez eran capaces de compartir el dolor hasta ese punto.
    —¡No llores! No eres capaz de confiar en mí. No puedes acercarte a ella.

    —¡Entonces sólo déjeme llorar!

    —¡Hubieras permanecido cerca de Inuyasha!

    —Sí, lo hubiera hecho —las lágrimas caían por su rostro. Se levantó—, así usted estaría en compañía de esa hyounekozoku “que tan bien le comprendía” y tendrían una vida odiosamente perfecta sin estas miserias. Me odio a mí misma, es mi culpa. Deberías estar muerta, así esto so sucedería ¡¿Ahora se siente mejor?! —se cubrió el rostro y siguió llorando.

    No recordaba cuándo había sido la última vez que habían discutido de esa manera. Todo solía ser paz y tranquilidad, pero ahora, sólo había sufrimiento. Akuma había cumplido su cometido, les estaba destruyendo.

    —No es tu culpa —negó con la cabeza, aunque ella no lo viera—. No es tu culpa, Rin. Regresaré pronto y todo va a estar bien —salió y fue a ver a Sana por última vez.

    Rin le vio salir y siguió llorando. Tenía tanto miedo de perder a Sana. Cuando había sido humana, durante esos primeros inviernos que había permanecido con él, había concebido dos veces, pero por miedo a perjudicarlo y, con todo el dolor en el alma, debió matar a las dos criaturas que estaba engendrando y cuyos monumentos se alzaban en la parte trasera de la Casa.
    Luego de que cambiara, creyó que tal vez nunca podría llegar a concebir un niño, pero Sana llegó. En malas condiciones, pero llegó.
    “La desgracia que le aconteció al Clan Inuyoukai”, así hablaban todos de su hija. Cada vez que miraba en sus ojos vacíos, recordaba una y otra vez que le llamaban “la desgracia”, ella era una desgracia, el clan estaba signado por las desgracias.

    ¿La causa? Tal vez una maldición hecha por parientes lejanos de Akyoushi. Una de esas maldiciones tan rencorosas que podían durar hasta siete generaciones… ¡Pero era algo demasiado cruel! ¡Ya no lo soportaba más!
    ¡Y ni siquiera le permitían arrojarse en los brazos de su maestro para aliviar toda esa angustia que le oprimía el pecho!

    Corría tan rápido como se lo permitían sus pies, a su alrededor, el bosque y las montañas ardían en llamas. Esquivaba troncos de árboles que caían como leña, cortándole una y otra vez el paso. El calor era insoportable, la tierra era de cenizas y el aire estaba viciado. Corría sin poder salir de ese laberinto de llamas.
    Unos extraños y horribles lobos negros saltaron de entre las llamas y corrieron detrás de él. Mientras más intentaba escapar, más le pesaba el cuerpo y más cerca estaban los lobos.

    —¡Akyoushi! —le llamó el eco de una voz desde el otro lado de las llamas.

    Intentando despistar a los lobos, saltó a través de ellas y se encontró parado en la orilla de un riacho, que se había convertido en un torrente de lava. No había modo de cruzar.

    —¡Akyoushi!

    —¡Hermana!

    —¿En dónde estás? —Shiroihana estaba del otro lado, incapaz de verlo o de sentirlo.

    Detrás de él venían los lobos negros y tenía que intentar cruzar al otro lado como fuera.
    Dio un paso hacia atrás y saltó tan alto como podía. Apenas llegó al otro lado y parte de su ropa se quemó en el río.
    De pronto, la tierra tembló y el riacho se convirtió en una grieta sin fondo, quedando su hermana colgada. Los lobos saltaron dentro y cayeron hasta perderse en la oscuridad.
    Desde las profundidades, una masa negra y oscura tomó la forma de mil brazos, atrapó a Shiroihana y la jaló hacia abajo. Akyoushi se lanzó hacia ella y la atrapó de la mano.

    —Akyoushi… —los brazos comenzaron a jalar cada vez con más fuerza— …tienes que soltarme —ella casi lloraba.

    Él fue arrastrado con ella, quedando colgado del borde.

    —Akyoushi.

    —¡Hermana! —a ese paso, ambos caerían—. No te soltaré.

    —Akyoushi, no mueras —su mano comenzó a resbalar de la de él.

    —Te salvaré, nos lo prometimos —una lágrima rodó por su mejilla y cayó hasta ella.

    — …Akyoushi… —lo llamó cantarina y seductora una voz desde el incendio—, ven conmigo.

    —No puedo hacerlo —contestó él.

    —…Suelta a tu hermana… deja que yo te salve.

    —No, no la soltaré.

    Las llamas se abrieron y un viento frío comenzó a soplar. No se lo estaba imaginando ¡había nieve en medio del fuego! Caminando entre la bruma que comenzaba a formarse, una youkai de belleza exquisita apareció. Se le hacía conocida.

    —…suéltala, ella no te quiere, sus promesas son vanas, yo puedo salvarte —extendió la mano hacia él, con una sonrisa—. Toma mi mano y suelta a esa perra.

    Shiroihana volvió a resbalar.
    —¡Akyoushi!

    —¡Shiroihana! —ya no podía sujetarla más y el borde del que colgaba se derritió.

    —…suelta a tu hermana… y ven con mamá.

    —¡Hermana! —otra lágrima cayó por su mejilla.

    Aquella youkai extendió la mano.
    Infierno de Hielo —todo se congeló y las llamas desaparecieron.

    Sana cayó en la grieta y ésta se cerró.
    Akyoushi miró a la nívea youkai y gritó.

    Despertó agitado y bañado en sudor. Aquella pesadilla había sido terrible, el sueño había sido muy vívido. Se levantó de su cama y corrió hasta la ventana, desde donde podía verse un árbol muy alto, cuyas ramas casi alcanzaban la ventana.

    —¿Tengo sangre de pantera?

    Se puso unos mechones de cabello tras la oreja, tragó saliva y extendió ambas manos en dirección al árbol.

    —¡Infierno de Hielo!

    El árbol se convirtió en un perfecto monumento de hielo. Congelado de la raíz a la punta.

    Apretó los puños.
    —¡Sí! —miró al cielo, mientras respiraba agitadamente—. Tengo los poderes de mi madre.

    Salió corriendo de la habitación, atropellando a un guardia y fue a buscar a su venerado padre.

    Ella no hablaba con nadie más, por temor a que otras personas quedaran involucradas en sus problemas. Por eso, había desarrollado con él una relación muy estrecha y afectuosa, era por eso que ella no concebía desobedecerlo, sin importar cuán buena o mala fuera una orden.
    Todo era perfecta obediencia hasta la aparición de un factor que cambió las cosas: Kanta.
    La salud de Kanta, la fuerza de Kanta, las ilusiones de Kanta, todo parecía más importante de él que la obediencia. Sesshoumaru no terminaba de entenderlo, ya que la obsesión que Sana profesaba por Kanta era demasiada. No era algo que se desvaneciera con el tiempo, por el contrario, las cosas se volvían más que impredecibles.
    Ella era capaz de pelear contra un kageyoukai peligroso a sabiendas de que lo era, con tal de salvar a alguien tan insignificante como parecía ser ese hanyou de Kanta. No valía la pena.
    Pero sin dudas, ella parecía haber estado dispuesta a morir por sus culpas.
    No era posible que ella no supiera lo que iba a pasar.

    —Y aún así desobedeciste.

    No había manera de que él pudiera culpar a sus propios hijos, por eso culpaba al hijo de otro.

    Kanta. Kanta. Kanta. No parecía haber otras cosas en la cabeza de Sana, al menos mientras permanecía inconsciente, dormida. De día, tenía tantos temores como Akyoushi y sólo se preocupaba por sí misma, pero su subconsciente se dedicaba a pensar profundamente en su familia, tal vez como efectos de la represión que ejercía sobre sí misma y sus sentimientos. La represión que ejercía para evitar provocar catástrofes.
    Esa inestabilidad había hecho que atacara a Kanta, aún sin desearlo… ¿tal vez para preservarse a sí misma? ¿por instinto?
    ¿Él mismo era capaz de asesinar a Inuyasha si la situación lo presionaba lo suficiente? ¡No quería saberlo!

    Sana, desde su mundo oscuro, le había enseñado muchas cosas. Que ahí afuera había una entidad oscura que pretendía atacarlo y vengarse —aunque jamás había dado muestras de saber lo que era un kageyoukai—, que era inútil que él intentara ocultar cosas de su pasado, ya que ella y Akyoushi estaban destinados a enterarse, más allá de eso… y que los hanyou en realidad eran muy importantes para el futuro del clan. Ese último punto, jamás había quedado del todo claro.
    Sana había descubierto por sí misma cuán importante era Rin y cuánto poder tenía él.

    Ella también había aprendido a soñar y a creer en sus sueños y considerarlos importantes.

    Aunque uno de esos sueños estaba siempre presente en la mente de Sesshoumaru.

    … Padre, tuve un sueño muy triste. Mi hermano pequeño encontraba a Kanta desmayado en la frontera y lo ayudaba, porque no quería que estuviera solo. Kanta llevaba la Tessaiga, porque Inuyasha había muerto, la miko-dono tampoco estaba y Kanta se había quedado sólo. Pero cuando mi hermano pequeño llegaba aquí, usted no estaba.

    Sesshoumaru había pensado que Sana le estaba anunciando la muerte de Inuyasha y Kagome, pero no entendía lo demás. Sus predicciones no siempre eran precisas… pero siempre acertaban.
    Además, Sana nunca hablaba de sí misma, como si fuera incapaz de predecir su propio futuro. Tal vez… tal vez se había visto a sí misma ayudando a los suyos, pero no había podido ver que caería envenenada.
    Ahora, permanecía en silencio, pero seguramente sentía un dolor terrible y se retorcía. Rin era la única que había tenido que pasar por algo similar y él sentía que la pesadilla se repetía, mientras pensaba en cuales debían ser sus siguientes pasos.

    —…Rin.

    En aquel entonces, él había regresado, no muy seguro de haber ganado su batalla, sospechando que sus enemigos habían escapado de él de alguna manera, escurridizos como reptiles.
    Al atravesar el campo de energía, en seguida sintió el aire enrarecido, una parte de la casa completamente destrozada y el camino subterráneo hacia el mar parcialmente bloqueado. Una vez más. Se ausentara o no, las desgracias ocurrirían y a veces, hubiera deseado dividirse en mil para estar en todas partes y evitarlas.

    Varios guardias llegaron hacia él y comenzaron a armar un alboroto, hablando todos al mismo tiempo. Lo único que pudo entender es que estaban enormemente asustados.
    Oyó las quejas internas de sus sirvientes y entró al tercer nivel, en donde se encontraba la habitación de Rin, completamente a oscuras. “¿Ha muerto?” fue lo que pensó su mente, confundida y sádica.
    Rin estaba viva, pero respiraba pesadamente y no desprendía calor. Su cara denotaba sufrimiento y temblaba casi imperceptiblemente, estaba pálida y soltaba una enorme cantidad de jyaki. Se trataba de jyaki del meikai, algo que un humano jamás debería absorber.

    Dio unos pasos dentro, sin atreverse a acercarse al futon en donde yacía rodeada de varios sirvientes, que temblaron de miedo al verlo.

    —Sesshoumaru-sama… —le llamó alguien.

    Al escuchar su nombre, Rin hizo un esfuerzo tremendo y abrió sus ojos vidriosos. Con lentitud y pesadez, volteó el rostro hacia él y lo miró entre sorprendida y aliviada. Cerró los ojos y ya no pudo oírse ni su respiración ni el latido de su corazón.
    Pálidos como sábanas y con los ojos exorbitados, los sirvientes saltaron y corrieron fuera de la habitación, por una segunda puerta, intentando huir de él. Era el fin.
    Él se quedó paralizado en el lugar, abrumado por el dolor y el miedo. Retrocedió hasta la puerta y allí se quedó con la vista baja. También estaba furioso consigo mismo y con sus sirvientes, pero no era capaz de pensar claro. Ella se había ido.

    ¿Y ahora qué hacer? ¿Arrancarle el corazón y comérselo, como se lo había prometido? Se acercó, pero no halló la fuerza para cumplir con el ritual más antiguo y respetable entre todos los clanes.

    Jaken le habló, creyendo que el amo no entendería sus palabras y le dijo que había mandado llamar a Kagome con la esperanza de poder salvar a Rin. Ahora, lo único que el grupo de Inuyasha podía llegar a hacer sería darle una tumba de cristal, pensó el inuyoukai.
    Salió y subió a lo más alto del palacio, desde allí, miró la luna creciente, que se dibujaba pequeña en lo alto, rodeada de nubes. Su padre acostumbraba mirar la luna y en ella parecía hallar consuelo. Entreabrió la boca y dejó que su dolor aflorara. Se quedó allí parado, durante un tiempo eterno, con la mirada perdida, hasta que aquella diosa plateada comenzó a descender por el cielo.
    Volteó al sentir una presencia extraña detrás de sí y creyó estar viendo un fantasma.

    — ¿Rin?

    Lo invadieron la angustia y el desconcierto. Al ver el horror provocado por Akuma, sintió que prefería que ella hubiera muerto. Estaba como aquella vez, con esa apariencia de muerta y esos ojos rojos vidriosos… y se quedaría así para siempre.
    ¿Y qué sería de Sana? ¿Le ocurriría lo mismo?

    Unos rápidos pasos lo sacaron de sus pensamientos
    —Padre —era Akyoushi.

    —¿Despierto a estas horas? —le había enviado a dormir y le había puesto un hechizo para que permaneciera dormido y no tuviera que sufrir por su hermana… pero lo había roto de algún modo— ¿pesadillas?

    El chico miró hacia la puerta roja, cubierta de barreras y sellos.
    —Por favor, padre.

    —Príncipe —no estaba muy seguro de qué decirle, se suponía que aún estaba asustado de ella.

    —Hasta que consiga una medicina mejor que esta… por favor, padre, no puedo hacer nada.

    Sesshoumaru puso su mano en la puerta y la abrió a medias, temeroso de las consecuencias.

    —Gracias, padre —Akyoushi entró y se puso de rodillas junto al altar en el que yacía Sana. Esas mesas que sólo se usaban para los muertos.

    —Estás muy fría —la tomó de la mano y la sintió temblar, estaba sudando frío—, por favor, tienes que ponerte bien. Perdóname. Si te recuperas, juro que jamás volveré a apartarme de tu lado, me quedaré aquí para siempre, no nos dejes.

    Ella le apretó la mano.

    Akyoushi cerró los ojos y apretó los colmillos. Unió su mano a la de Sana y sintió el paso de una fuerte corriente eléctrica, que llegó hasta la base de su columna y de allí subió y se extendió a todo su cuerpo, como una llama viva e insoportable. Sin embargo, no la soltó. Estaba recibiendo parte de la descarga provocada por el jyaki que había invadido a Sana y pronto no veía claro.
    Tal y como le había dicho a su padre, no podía hacer nada, pero esperaba que, al usar la conexión de su sangre, al menos pudiera aliviar su sufrimiento, aunque eso significara caer como un cadáver a un lado de aquel altar para muertos.
    Y aún así, no la soltó.

    Sesshoumaru abrió la puerta, vio lo que consideraba una locura y trató de saltar dentro, pero algo lo agarró fuertemente de atrás y lo obligó a salir.
    —Sesshoumaru, date prisa, no tienes mucho tiempo.

    Él volteó enojado hacia la persona a sus espaldas…

    —¿Padre?

    …pero no pudo hacer nada y aquella imagen tan nítida, permaneció mirándolo, aún mientras se desvanecía.
    —…No tienes mucho tiempo…
     
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    InunoTaisho

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    me dejaste con cara de ¿que va a pasar? Me imagine que el hijo de Sesshomaru era de la mayor de los pantera por que sera? y tambien supuse que Sana nacio asi por lo que le habia pasado a Rin... y ahora esa araña... pobre muchacha enamorada de su primo, que puede hacer su gran padre respecto a eso?... se pone mas interesante aunque no dejas de ser sadica jajaja veamos que sigue y que es lo que debe hacer el gran sesshomaru...por recomendacion de su padre. Sayo
     
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    Asurama

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    No quería adelantar el dato, puesto que pensaba hacer que Rin se encargara más tarde de informar a Inuyasha y compañía, pero dado que veo que esto puede llevar a la confusión…
    Si releen el capítulo “La Youkai”, verán que la madre de Akyoushi es alguien que Sesshoumaru no conocía —sí, así como lo leyeron, se fue a acostar con una desconocida—.

    Una youkai como ésta aparece en el capítulo en donde Miroku se pierde en una tormenta de nieve. La youkai es una pantera de nieve que vive en las montañas del Norte —si prestan atención, en el capítulo donde Akyoushi está escapando, va hacia el Este, puesto que no quiere ni regresar al Oeste, ni ir al Norte, donde nació.
    Los Hyounekozoku que aparecen en los capítulos 75-77 del anime pertenecían al Oeste, al igual que Sesshoumaru.

    En efecto, la madre de Akyoushi es una pantera, pero no una Deva pantera de los que aparecen en los capítulos 75-77.

    Describo a la nívea youkai como de una belleza exquisita —lo suficiente como para engañar a Sesshoumaru—. Pero es un personaje tan irrelevante en la trama de este fic, que me he ahorrado descripciones y ni siquiera me he dignado a ponerle nombre.
    Personalmente, considero a Touran como muy fea, y, sin ir más lejos, con cara de macho. Ni hablemos de su ropa o su cabello. Es decir, estaría muy lejos de la belleza de la madre de Akyoushi, que podría ser así:


    http://foro.cemzoo.com/picture.php?albumid=9054&pictureid=385983


    Una medicina

    En su clan eran bastante conocidas las historias sobre Yakurou-dokusen, principalmente porque los inuyoukai producían el youdoku más letal de todos, tanto que podían llegar a derretir a las víctimas. Por estas razones, las garras y colmillos de los inuyoukai eran increíblemente resistentes y fuertes. Él sólo recordaba que lo único que había sido capaz de superar su veneno… era el veneno de Magatsuhi…

    …no, no se trataba de veneno, más bien era un potente Jyaki.

    Ese Jyaki guardaba un acusado parecido con el que usaban Kuroika y todas las sombras, era el jyaki que se encontraba en el meikai, el oscuro reino de los muertos. No había nadie capaz de sobrevivir a él, sin importar cuán resistente pudiera ser. Esa oscuridad, terminaba por devorar todo lo que cayera en ella.
    Esa oscuridad estaba comiéndose a sus hijos desde adentro.

    Trató de despejar su mente y consiguió ver a lo lejos aquello que buscaba. La tierra que habitaba Yakurou-dokusen, un ermitaño con miles de años de antigüedad y de quien se decía que podía ver muchas cosas.

    Analizó el terreno con cuidado y buscó un lugar para descender. Aún era de noche y la densa bruma dificultaba la vista. El olor de la bruma quemaba como el alcohol, pero allí había algo raro.
    Miles de jarrones se encontraban debajo de una cascada de Sake, donde se suponía que Yakurou-dokusen vivía. Se acercó a uno que tenía a veinte pies y lo pateó. El jarrón rodó sobre la tierra y se rompió.

    Un anciano seco y de larga barba cayó al suelo. Estaba bien ebrio.

    —Levántate, viejo ebrio —le espetó furioso.

    El anciano se levantó con lentitud y vomitó cerca de él.

    —Escúchame, viejo.

    —Vaya, un inuyoukai ha venido a verme —dijo el anciano arrastrando las palabras, mientras lo acuciaba el hipo—. Ustedes acostumbran a dominar la tierra y permanecer alejados de todo, en lo alto del cielo. Pero en épocas de crisis, pretenden que todo el mundo esté solícito y les ayude, a pesar de ser demasiado orgullosos como para reconocerlo. ¿Por qué habrían los señores del cielo de necesitar a pobres criaturas inútiles como nosotros?

    Sesshoumaru se quedó helado y ni una palabra pudo salir de su boca.

    —¿Por qué has venido hasta aquí? ¿Quieres beber conmigo?

    Él ignoró la provocación.
    —Mi hija fue envenenada por un jyaki muy potente y está muriendo. Necesito un antídoto.

    —Acércate, quiero verte bien —le pidió él anciano.

    Sesshoumaru se puso en cuclillas para alcanzar la altura del anciano y se quedó mirando a sus ojos extraños, de mirada tan perdida por el alcohol. En realidad, dudaba de que pudiera verlo bien. Sacó de entre sus ropas un mechón de cabello plateado y se lo mostró.

    El anciano tomó el mechón de cabello, lo olisqueó y lo tocó con la larga y filosa lengua que tenía. De inmediato, escupió.
    —Esto de aquí es jyaki del meikai, no tengo idea de cómo un youkai podría tener contacto con algo así, pero es algo con lo que ni siquiera mis conocimientos pueden combatir. Tu hija está muerta.

    Sesshoumaru sintió que le atravesaban el corazón con mil espadas. Quiso matar al viejo, pero no halló fuerzas para levantarse.

    —Sin embargo, puedes intentar pelear. Veo que estoy frente a un daiyoukai, ¿por qué habría de caer en batalla alguien con una voluntad tan fuerte como para materializar deseos?
    »También puedo ver que sientes una gran culpa y que toda responsabilidad en tu familia recae sobre ti. Siempre has creído que tu hija es causante de desgracias, en vez de aceptarla con los defectos que tiene y con los que ella no eligió nacer. Y ahora que no puedes hacer nada por ella, sientes culpa de tus propios pensamientos.
    »Tiempo atrás, te diste cuenta de que no eras un dios, como te hicieron creer durante casi toda tu vida. Sin embargo, los verdaderos dioses deben tener sus motivos. Tal vez ellos quieren que pienses en lo que le has estado haciendo a tu familia, atacándola por sus errores. No sólo tú cometes errores, ellos los cometen también.

    —Estás diciendo sandeces.

    —No. Puedo ver a ese niño, sufriendo por no encontrar un lugar en el mundo, sintiéndose sólo y fruto del rechazo que tienes hacia tu hija. Puedo verla prefiriendo morir antes que causarte más sufrimiento. Ella siente tu rechazo, por más que intentes ocultarlo. Si ibas a hacer esto, nunca debiste haber tenido hijos. Piensa en lo que has estado haciendo a tu familia. Entiende que no son perfectos ni aún teniendo la sangre pura…

    Sesshoumaru se le quedó mirando.

    —…Sí, tienes un hermano casi humano, lo conozco, vino a mí. Pero él se aceptaba a sí mismo y a los suyos. Deberías aprender de él. No sólo los de afuera merecen misericordia, tu familia la necesita más que nada. Piénsalo.

    Sesshoumaru permaneció allí inmóvil, rememorando cada ataque que había hecho cuando se sentía herido y se dio cuenta que tal vez nunca sería Inu no Taishou, no estaba siendo justo y estaba dejando que el temor al futuro le nublara el juicio.

    Shiroihana y Akyoushi no tenían la culpa de haber nacido en las condiciones en las que lo hicieron. En última instancia, la culpa era toda de él. A eso se refería el ermitaño. A veces, resultaba ser demasiado tarde para arreglar algunos errores, sólo le quedaba aceptarlos.

    Dejarse engañar por Akuma era tal vez el peor error de todos.

    —…si aún a pesar de todo lo que hiciste estás dispuesto a luchar, puedo intentar hacer algo, aunque es posible que ellos jamás vuelvan a ser los mismos —le advirtió.

    Él sabía a lo que se refería. Cada mañana abría los ojos y veía el rostro frío de Rin.
    —¿Qué tengo que hacer?

    —Necesito que consigas una roca de luz.

    —¿Una roca de luz?

    —Una roca de luz es una piedra sagrada, con resplandor propio, que se encuentra en lo más profundo del lago de los Kappa gigantes, el las Tierras del Este. Conseguirla no es sencillo y es posible que necesites de la ayuda del Clan de los dragones de agua, que habita esas tierras.

    El daiyoukai reconoció que eso sería difícil, los dragones por naturaleza detestaban a los inuyoukai y por si fuera poco, ellos habían matado a otro daiyoukai, al Ryuukotsusei. Eso sólo significaba una cosa: guerra.

    —También necesitarás escamas de Ryuujin, una de las corazas más resistentes junto con las del Meioojuu.

    El Ryuujin era conocido como uno de los youkai más difíciles de vencer y el modo más rápido de conseguir esa clase de escamas… era quitarle unas cuantas escamas a la Tessaiga que tenía Inuyasha. Pareciera… pareciera como si estuviera intentando obligarlo a reconciliarse con Inuyasha.

    —Si puedes conseguir ambas, podremos formar un mineral escudo, que deberás utilizar junto con el arma que posees —miró a Tenseiga—. Puedo ver que no pertenece a este mundo y es lo único que necesitas para derrotar las energías de una criatura que proviene de otro mundo.

    —No tengo mucho tiempo.

    —Entonces, date prisa.

    El anciano se quedó viendo hacia el cielo, por donde Sesshoumaru se había ido tan rápido como podía. De pronto, sintió una presencia extraña y volteó hacia todas direcciones, al tiempo que levantaba su bastón.
    —¿Quién está ahí?

    La sombra proyectada debajo de un árbol se oscureció, tomó forma humana, se levantó del suelo y se acercó al ermitaño.

    —Eres una de esas sombras —el anciano entrecerró los ojos, con suspicacia—. Así que venías persiguiendo a ese inuyoukai…

    No podía simplemente sentarse a esperar. Ella, que los había cuidado y los había visto crecer, no podía seguir viéndolos sufrir sin poder hacer nada. Un hechicero les había vaticinado cinco días de vida… en tanto no se rindieran. Podía llegar a ser en extremo doloroso, ella lo sabía, pero el hecho de que fueran hijos de Sesshoumaru era algo que significaba mucho. Cinco días de infierno, ella quería acortar ese tiempo.

    Pero Yakurou-dokusen le ordenó que no siguiera persiguiendo a Sesshoumaru y regresara a casa, puesto que esa era una lucha que había sido preparada sólo para él e intervenir podía alterar gravemente el resultado. La medicina, le dijo, no sólo era para los niños contaminados por el jyaki del meikai, también era para el alma de Sesshoumaru, que había estado sufriendo durante años, debido a todas las responsabilidades que se había visto obligado a acarrear.
    Ella le había visto sufrir mucho a lo largo de toda su vida y le parecía que los dioses, de existir, estaban siendo demasiado crueles con él. Nunca le daban un respiro, siempre le obligaban a luchar y a superar dificultades una tras otra.
    Tal vez, el día que le dieran descanso, sería muy tarde. Será el día que el maestro decidiera no luchar más.

    Ella soñaba con que ese día no llegara nunca ¡El nunca se rendiría!

    Se sentó en medio del campo y sintió cómo el viento la rodeaba. Kagura solía venir con el viento. Al principio, ella se había asustado, pero ahora, estaba acostumbrada a verla y la veía casi con tanta nitidez como si de una persona real se tratara.
    Kagura había sido un ejemplo de lucha, ella había peleado por su libertad y la había conseguido en un modo doloroso. Había tenido suficiente. Hasta ahí había llegado su lucha.

    Se preguntó qué hubiera pasado si ella también hubiera decidido que había llegado al límite. No estaría acompañando al maestro. Estaría dos metros bajo tierra, contemplando cómo el legado del clan desaparecía o degeneraba.
    Inevitablemente iban a degenerar. Un clan rencoroso había maldecido la familia por hasta siete generaciones…

    —¿Una maldición puede cumplirse? —preguntó al viento.

    —Es uno mismo el que decide que una maldición se cumpla —le contestó una voz.
    Cuando volteó, se halló frente a un ave blanca extraña, era algún tipo de youkai y era quien estaba produciendo el viento.

    —Mi familia fue maldecida, en ese entonces, éramos grandes daiyoukai y ahora no somos nada más que viento, sin embargo, no estamos dispuestos a rendirnos. Superamos la maldición, continuamos existiendo y nos burlamos del clan que nos maldijo.

    —Nunca había visto a ninguno de tu clase —reconoció Rin.

    —Es que permanecemos escondidos la mayor parte del tiempo y casi no nos dejamos ver. Nuestras plumas se utilizan para realizar hechizos y medicinas, y otros youkai nos cazan de modo indiscriminado —le contó el ave—, pero veo que estás atravesando por un terrible sufrimiento, así que creo que puedo ayudarte —dicho esto, batió las alas con fuerza hasta que unas cuantas plumas blancas brillantes salieron desprendidas y cayeron cerca de ella—.

    —¿Por qué lo haces?

    —Pasaba por aquí y te vi sufrir. He visto a mi familia sufrir durante siglos y no puedo soportar que un alma inocente vaya arrastrando sus penas por allí. Dile al líder de tu Clan que, si recibió una maldición, él y sólo él puede quitársela —batió las alas y su imagen se desvaneció en el aire, entre una ventisca— …díselo.

    Rin se inclinó y tomó las plumas que habían quedado sobre la hierba.
    —Le llevaré esto a Yakurou-dokusen, puede que lleguen a serles de utilidad…

    Realizó una carrera contra el tiempo para ir al Este, hasta que finalmente pudo encontrar un lago enorme, que olía mucho a Kappa. Al acercarse al borde del lago, salió a recibirle un Kappa de piel grisácea, muy pálida y caparazón del mismo color, tenía enormes, largas y fuertes patas que terminaban en garras. Era tan grande como un inuyoukai y lucía furioso. Pensó que podía ser el líder de los de su clase, pero del agua salieron otros dos, exactamente iguales. El ermitaño no mentía: eran gigantes.

    Pelear con ellos no le costó y tardó sólo un par de minutos en vencerlos, pero no pudo entrar al lago, ya que estaba rodeado por una barrera extraña, tanto por arriba como por el borde. Intentó romperla, pero fue inútil. La barrera no cedía ni a las descargas ni a la presión. Lo único que consiguió es que más de esos monstruos salieran. Ninguno de ellos parecía poseer la capacidad del habla, pero era evidente que querían que este extraño se marchara y les dejara en paz.

    Dedujo que la barrera no estaba hecha por los Kappa, sino por algo mucho más fuerte y compendió la razón por la que necesitaría de la ayuda de dragones si quería conseguir la piedra que se suponía estaba en lo profundo de aquella fuente de agua.

    Así como el palacio de los inuyoukai se encontraba en el aire, el templo de los dragones estaba en medio de un lago gigante y permanecía escondido también dentro de una enorme barrera que no podría ser derribada con facilidad. Los dragones aprovechaban la cercanía del agua para cazar a las personas y animales que se acercaban a beber y salían sólo durante las tormentas.

    De todos modos, él había estado durante tanto tiempo en esas tierras, que era más que seguro que supieran de su presencia. Por suerte, conocía el emplazamiento del lago. Había alrededor muchas cuevas que servían de escondite a otras criaturas de agua y más lejos, se hallaban las montañas, donde los seres humanos solían ir a buscar hierbas medicinales cuando no podían cultivarlas por sí mismos.
    El único modo seguro en que sería encontrado por esos youkai sería hacer mucho ruido. Así que empuñó la Bakusaiga y destruyó una de las cuevas que rodeaban el lago.

    De inmediato sintió temblar la barrera y no pasó mucho tiempo hasta que salieron a recibirlo tres dragones que tenían cierto parecido con Ah-Un, sólo que eran mayores en tamaño y poseían cada uno una sola cabeza.

    —¿Qué haces aquí, inuyoukai?

    —Estás profanando estas tierras.

    —¿Cómo te atreves a creer que puedes pasearte por aquí luego de lo que tu clan hizo?

    —Cállense, basura —con un movimiento de su espada, asesinó a dos de ellos y sólo quedó el más pequeño de los tres—. Dile a tu líder que quiero verlo de inmediato —lo amedrentó.

    —Maldito inuyoukai, él te aniquilará, pagarás por todo lo que ha hecho tu clan —de inmediato, el youkai saltó dentro de la blanca barrera que no permitía ver la verdadera forma del templo.

    Sesshoumaru esperó en guardia, ya que quien fuera el líder de aquel clan, no se mostraría precisamente amable.
    La barrera volvió a temblar y a través de ella apareció un dragón enorme, con forma humana y de piel plateada. Su rostro tenía marcas, como casi todos los youkai de poder elevado. Sus resplandecientes ojos rojos se fijaron en él.

    —Vaya, vaya —dijo una voz profunda—, cuando me dijeron que un inuyoukai llegó hasta nuestra casa, jamás pensé que fuera el gran Sesshoumaru —se burló.

    El dragón se puso en guardia, levantando su alabarda.

    —No he venido a pelear —soltó Sesshoumaru. Carecía de tiempo para enfrentar esos pormenores.

    —¿Así que no has venido a pelear? ¿Crees que habríamos de respetarte después de que tu vástago causó estragos a lo largo de todas las tierras del Este? Debí habérmelo comido cuando tuve oportunidad.

    Sesshoumaru le mostró los colmillos y su cabello se erizó, como respuesta a la cruel provocación.

    —Creí que no venías a pelear.

    Sesshoumaru sabía que no podía decirle la verdad o, de lo contrario, se convertirían en blanco de burla… y de ataque.
    —Hace años, tus tierras fueron invadidas y destruidas por una amenaza llegada desde otro lado y tu clan, no pudo detenerla.

    —¿Has venido a tirarme eso en la cara? —de estar vivo, el Ryuukotsusei seguramente podría haber detenido a la amenaza, o eso les gustaba creer a los dragones.

    —No seas estúpido. Esa amenaza ha regresado y no podemos detenerla por separado. Si no hacemos algo, nosotros, los señores de todas las tierras no tendremos nada que nos pertenezca, ni nadie a quien podamos gobernar.

    —¿Pretendes que te apoye? No lo haré —abrió la boca y lanzó una bola de energía, que Sesshoumaru se apresuró a esquivar—. Tu clan no respeta al nuestro y no le apoyaré —volvió a lanzar otra bola de energía, a donde el inuyoukai había quedado suspendido en el aire.

    El dragón saltó hacia atrás, extendió los brazos hacia los lados, abrió la boca y soltó una larga hilera de esferas de energía. A esas, le siguieron varias más.

    Sesshoumaru se encontró esquivando más de cuarenta ataques poderosos, lanzados todos al mismo tiempo. Aprovechó el polvo y la bruma levantados por la explosión para ocultarse.

    —No puedes esconderte de mí —comenzó a buscarlo con la vista—. No tienes muchas opciones. Si no te largas, te mataré.

    —¿No lo harás al menos por tu clan? —le dijo Sesshoumaru desde su escondite, para él era bochornoso tener que ocultarse de un enemigo— ¿Fingirás que ninguno de los tuyos fue devorado por esas sombras asesinas?

    —Para defender a mi clan, no necesito de basuras como ustedes —lanzó una bola de energía a donde creyó que estaba el inuyoukai—. No creas que puedes engañarme, si pretendías algo de mí, no es lo que encontrarte —rió y se preparó para entrar en la barrera, cuando una gran nube de energía roja pasó cerca de él, causando una serie de explosiones.

    Volteó y lanzó un ataque, pero Sesshoumaru no tuvo dificultad en devolverlo con su espada.
    —Si peleamos entre nosotros, destruiremos nuestras propias tierras y nuestros clanes o peor aún, seremos destruidos por esas amenazas.

    —Lo dice el daiyoukai que es más conocido por haber segado millones de vidas de todas las razas —volvió a lanzarle un ataque—. Admito que me gustaría ver destruido a tu clan.

    Sesshoumaru sintió que le despedazaban el corazón ¿Era ese el destino que realmente merecía? ¿Ver destruido a su propio clan?

    —¿Si te derroto, me ayudarás a pelear contra Kuroika?

    El dragón rió a carcajadas.
    —No —se convirtió a su verdadera forma, un gigantesco y largo dragón con escamas plateadas y cinco garras en cada una de sus musculosas patas y se abalanzó hacia Sesshoumaru con las fauces abiertas. Hizo un enorme hueco en el suelo rocoso, pero no consiguió golpear al inuyoukai. Escupió las piedras y saltó a su blanco, suspendido en el aire.

    Sesshoumaru comenzó a retroceder en zigzag, esquivándolo y, extrañamente, recordó cuando Naraku había querido absorber sus poderes, los poderes de un verdadero daiyoukai, introduciendo en su cuerpo pedazos de esa carne pútrida, pensando en devorarlo desde adentro...
    ...Un escabroso pensamiento pasó por su mente. Si Akuma le odiaba tanto, ¿por qué en vez de matar a sus hijos les había envenenado con su Jyaki…?

    Una nueva oleada de ataques del dragón le obligó a salir de sus pensamientos, envainar y cambiar de forma.
    El enorme perro monstruoso saltó hacia el estómago del largo dragón y éste se abalanzó sobre su cuello.
    Ambos cayeron al suelo, provocando un gran estruendo y se separaron. Comenzaron a caminar en círculos, midiendo sus fuerzas, buscando un hueco en la defensa del otro para poder atacar. Abrieron la boca al mismo tiempo, lanzando sendos ataques que provocaron una explosión. Sesshoumaru aprovechó a pasar en medio de la misma y atacó desprevenido al dragón, consiguiendo morderle cerca del brazo… pero era tan duro como el acero.

    —¿Qué te pasa, Sesshoumaru? ¿Un youkai tan legendario es incapaz de golpear a un dragón? —lanzó otra ola de ataques y sin darle tiempo a esquivar, lo cazó en el aire, mordiéndolo cerca de una pata.

    Sesshoumaru soltó un lastimero gemido, lanzó una mordida hacia el cuerpo de su oponente, se agitó, culebreando y consiguió soltarse, cayendo contra las rocas que rodeaban al lago.

    El dragón consiguió cazarlo de una pata y lo jaló hacia atrás.
    —Te lo dije, yo te mataré.

    Sesshoumaru consiguió patearlo y zafarse. Giró sobre sí mismo y lanzó un zarpazo que abrió grietas profundas en la tierra e hizo saltar el agua del lago. Tenía dos heridas sangrantes.

    —Te mataré y me convertiré en el daiyoukai más fuerte de todos —lanzó la esfera de energía más grande que el inuyoukai jamás había visto.

    Al no poder esquivarla, se lanzó hacia ella y escupió un ataque en el centro, donde olía a incendiario.
    La bola de youki giró, lo rodeó como una burbuja, cambió a forma de remolinos y golpeó al dragón, haciéndolo caer hacia atrás, hacia la barrera.

    —¡Qué diablos hiciste? —vociferó el dragón, muy herido, intentando levantarse.

    —Te he vencido —le dijo Sesshoumaru—, tendrás que apoyarme en esta batalla, o morirás en ella.

    —No moriré —pero no halló fuerza suficiente para volver a atacar.

    Tendría que entrenar otros mil años si era su deseo verdadero el derrotarle. Si Sesshoumaru era tan fuerte ¿Qué clase de monstruos podrían llegar a ser sus hijos cuando alcanzaran los mil años? Si podía matarlos, tenía que hacerlo.

    —Necesito la roca de luz.

    —La roca de luz se encuentra en lo profundo del lago de los Kappa gigantes, pero un ser como tú jamás podrá llegar hasta ella —lo miró jactancioso.

    —Lo sé, la barrera no puede ser destruida.

    —Para abrir la barrera, necesitarás de los poderes del agua. Son nuestros antiguos quienes la crearon y sólo ellos serían capaces de romper esa barrera ¿crees acaso que te daré la roca de luz?

    —No tienes muchas oportunidades.

    —Soy más fuerte que tú.

    —No, no lo eres —le mostró los colmillos— y si no me declaras como vencedor y me das mi premio, te destruiré.

    —No te pediré piedad —soltó el dragón.

    Los ojos del inuyoukai resplandecieron.
    —Vas a darme la maldita roca, ahora.

    El dragón rugió y una fuerte lluvia comenzó a caer encima de ambos. Aquella lluvia cerró las heridas del dragón y éste se levantó sin problemas, mientras reía.
    —¿Qué decías sobre vencerme, Sesshoumaru, señor del Oeste?
     
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    sessxrin

    sessxrin Fanático

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    No entiendo absolutamente nada. ¿Luego Rin no había muerto? y ¿por qué murió? Luchy, por favor, ve más despacio o al menos, organiza mejor la narración, porque a veces me confundes mucho. De resto, vos sabes de sobra que me encanta esta historia y que, me tienes así: O.O Cada capitulo me sorprende y me deja con la boca abierta.
    Quiero a Inuyasha ¿dónde se metió? Me encanta que Sesshoumaru haya cambiado un poco, en el sentido de que sabes manejar su personalidad en los momentos más desesperantes y dolorosos, hiciste crecer al personaje, me gusta.

    Nada más que decir, conti conti.
     
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    The Legacy
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    Drama
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    Bueno, básicamente Rin muere contaminada por el jyaki de Akuma, supuestamente, porque después despierta en esa forma tan extraña que tiene. Pasa de humana a Kageyoukai en una noche.
    Lo siento mucho si se mezcló la narración, no era mi intención. Es un flashback ese.
    Regresemos al capítulo: Sana está muriendo, Akyoushi está muriendo porque está compartiendo el dolor de su hermana. Sesshoumaru ha ido a ver a yakuro dokusen que, para salvarlos, le ha encargado una misión suicida: conseguir algo que pertenece a los dragones.
     
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    Asurama

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    Correr contra el tiempo

    Sesshoumaru, inmóvil desde su sitio, observó cómo el dragón se levantaba poderoso y reestablecido después de aquella lluvia sanadora. Los youkai como él, tenían el asombroso poder sanador del agua y, debido a su alta resistencia física y sus poderosos ataques, había conseguido ser temidos y respetados entre todos los demás youkai.
    Sólo por tener la piel tan dura como el acero, no serían difíciles de vencer, pero si además eran capaces de sanarse en plena batalla, ese era un gran problema.

    Se puso en guardia y le mostró los colmillos.

    —Aún estás sangrando, inuyoukai —vociferó el dragón antes de lanzarle una esfera de youki.

    Sesshoumaru le devolvió el ataque, aumentó el nivel de su youki y cerró sin dificultad todas sus heridas. Saltó hacia el cuello del dragón y, aunque éste lo esquivó, consiguió agarrarlo de una pata y sacudirlo con suficiente fuerza, como para abrirle una herida. El dragón, en medio del dolor y la confusión, culebreó y pensó en aprovechar la cercanía para lanzar un golpe certero, pero Sesshoumaru leyó sus intenciones y retrocedió.

    —Así que adquiriste el poder de sanarte, inuyoukai —disparó una hilera de bolas de energía—. Y tus colmillos son más resistentes que un arma perforacero —volvió a lanzar otra hilera de bolas de energía.

    Sesshoumaru consiguió esquivar la mayoría, pero fue golpeado por una y el dragón aprovechó para saltarle encima y agarrarlo por el cuello.
    Debajo de él, Sesshoumaru se encontró en una posición de desventaja y, por mucho que forcejeó y se revolcó, no pudo quitárselo de encima. El furioso dragón pronto consiguió enroscarse alrededor de su cuerpo y agarrarlo con sus patas, constriñéndolo de una manera brutal.
    Abrió los ojos y se enfocó en él. Hubo una gran explosión cerca de la cabeza del dragón y éste salió volando hacia atrás.

    Sesshoumaru giró sobre sí mismo y luego de lanzar con la boca una explosión de youki, saltó directo a su estómago, mordiendo con toda la fuerza de la que era capaz. Y poniéndole una garra en la cabeza, para evitar que se levantara y pudiera contraatacar.

    El choque de ambos daiyoukai hizo temblar la tierra y el agua y varios youkai salieron desde el interior de la barrera, observando cómo su señor había caído de espaldas y sin la posibilidad de defenderse. Se abalanzaron en contra del inuyoukai.

    Sesshoumaru volteó hacia ellos y lanzó una onda explosiva que pulverizó a muchos…

    …pero algunos consiguieron traspasarla y llegar hasta él.

    Lo agarraron con fuerza, entre mordidas y rasguños y lo jalaron hacia atrás, consiguiendo separarlo del otro daiyoukai.

    El dragón se levantó. Ahora era él quien se encontraba quemado y sangrando.

    Sesshoumaru comenzó a pelear con los youkai que lo habían rodeado, que no eran ni de cerca tan fuertes como aquel dragón.

    Pero ese momento de distracción fue suficiente para que fuera embestido por una violenta explosión de energía lanzada por el dragón.
    Se golpeó la cabeza contra otra de las enormes rocas que rodeaban aquel lago y cayó al agua. Afirmó las patas y se levantó tan rápido como pudo. De pronto, notó que el agua debajo de él estaba roja. Tenía una herida en el corazón, una herida como la que había matado a su padre.

    Se tambaleó y cayó al agua con un fuerte estruendo, quedando medio hundido. El dragón y sus youkai sirvientes caminaron en dirección a él.

    Pronto, todo se volvió oscuro y frío y comenzó a sentir fuertes nauseas. Su cuerpo no le respondía ¿Acaso iba a morir? ¿Iría a donde estaba su padre? Ya podía ver su silueta… plateada… brillante… cálida, lejos del sitio oscuro en donde él se estaba congelando.

    No podía morir.

    Shiroihana estaba muriendo, y Akyoushi, por querer salvarla. Si esos chicos morían, Rin no podría soportarlo, moriría también. No podía perderlos a todos, no podía dejarles morir. No podía morir, no aún, no sin haberlo intentado.

    Abrió los ojos y buscó con la vista borrosa al dragón que estaba sobre él, con las fauces abiertas. Levantó la cabeza y se incorporó.

    —¿Así que aún no te resignas a morir, Sesshoumaru?

    —Cállate —le gruñó él y lanzó un ataque que hizo volar al enemigo y los demás varios metros hacia atrás.
    Elevó su youki tanto como podía y lo concentró. Su voluntad fue suficiente para que esa gran herida se cerrara.

    —¡Maldito! —el dragón culebreó, giró sobre sí mismo y se lanzó hacia Sesshoumaru, listo para atacar.
    Sesshoumaru se levantó sobre sus patas, abrió la boca y escupió en esa dirección. El dragón se puso en guardia para defenderse, pero nada sucedió.

    Cuando volteó, vio a todos sus sirvientes convertidos en cristal, casi al mismo instante, explotaron y se convirtieron en polvo. Sesshoumaru los había destruido a todos con un solo ataque. Les había puesto un raro hechizo de cristal. Había oído que, antes, su padre había tenido la habilidad de convertir a sus enemigos en piedra. Sesshoumaru les había convertido en polvo.

    El dragón quiso lanzarse hacia él, pero no pudo hacerlo.

    —Mira hacia abajo —le gruñó el inuyoukai.

    Al hacerlo, el dragón encontró la mitad de su cuerpo convertida en cristal. No podía creer lo que estaba viendo. Levantó la cabeza hacia el cielo y rugió pero, aunque aquella lluvia sanadora cayó sobre ambos, el cristal no se rompió.

    —¡¿Qué diablos me hiciste?! —se había quedado adherido al suelo, a donde había caído, medio convertido en una estatua de cristal y sin poder sentir la mitad de su cuerpo.

    Sesshoumaru le mostró los colmillos.
    —Es increíble lo que podemos hacer los daiyoukai ¿verdad? Mi hijo pequeño me enseñó un interesante hechizo —rugió con fuerza y su potente voz se escuchó en toda las tierras.

    —¡Esto lo pagarás caro! —le lanzó una bola de energía, pero Sesshoumaru desapareció del lugar.

    Para aparecer encima de él.
    —Ya me cansé de ti —lanzó una honda explosiva e hizo volar al dragón en otra dirección, destruyendo la mitad de su cuerpo.

    Su enemigo ni siquiera sintió dolor, pero estaba lleno de ira.
    —¡Lárgate de mis tierras! ¡Ustedes son unas amenazas!

    —¡Dame la roca de luz y me largaré!

    El dragón le rugió, enojado. Luego, miró hacia la barrera que protegía su templo y rugió nuevamente.
    Cinco enormes youkai salieron y corrieron hacia su señor, espantados por verlo así, con sólo la mitad del cuerpo. Voltearon a ver al inuyoukai impávido en medio del lago y le gruñeron.

    —Denle la roca de luz que está en el lago de los kappa —ordenó el dragón— y asegúrense de que se largue.

    Sus sirvientes no estuvieron de acuerdo, pero obedecieron y fueron en dirección al otro lago.
    Sesshoumaru se levantó y, luego de mirar al dragón, siguió a los sirvientes.

    Cuando llegaron al lago, varios kappa gigantes salieron y miraron a los extraños youkai con recelo, gruñéndoles y pensando en abalanzárseles encima y golpearlos hasta morir.

    —El Señor ordena que nos entreguen la roca que está en el lecho de su lago.

    Los monstruos no se mostraron acordes y se abalanzaron sobre los youkai. Después de una ardua pelea, consiguieron matar a los kappa y quitarles los caparazones.

    Uno de los youkai rió.
    —Esta coraza de luz nos servirá para crear otra armadura.

    Sesshoumaru se cuestionó sobre la resistencia y peso de esas corazas y si le servirían también para hacer armaduras, pero dudó que le sirvieran más que las corazas de dragón que utilizaban sus soldados.
    El dragón era muy aprovechado para crear pergaminos, armaduras, para comer su carne, por el poder de su corazón, la fuerza de sus garras y colmillos y se utilizaban también para transporte. Era por eso que aquel daiyoukai había dicho que no respetaban a su clan. A pesar de sus múltiples usos, el dragón se reproducía con gran facilidad y por eso no estaban en vías de extinción de ninguna manera, aunque a veces fueran cazados o capturados.

    De pronto, otros monstruos salieron del agua, pero los youkai les mostraron las corazas y les amenazaron de muerte si no les permitían pasar en nombre de su Señor. Los monstruos temieron y, sin protestar, se metieron al agua.

    Uno de los youkai, que llevaba una alabarda enorme de tres picos, la clavó en la base de la barrera que rodeaba al lago y ésta tembló y comenzó a soltar descargas. De inmediato, los otros se lanzaron y traspasaron la barrera sin ningún problema.

    Los cuatro youkai nadaron hasta llegas a las profundidades del lago, que tenía en su lecho muchas rocas y redes de cuevas, buenas para ocultarse o para tender trampas. En medio del lago, una luz les recibió y debieron valerse de herramientas para sacar la roca blanca y polifacética del agujero en el que se encontraba emplazada. Se decía que los antiguos dragones la habían ocultado ahí para que otros youkai no se acercaran a ella y se valieran de sus poderes para dañar a las Tierras, por eso no entendían cómo su señor había sido capaz de decidir entregarle la roca a otro. Otros ancestros habrían dado las vidas para evitar revelar secretos del clan, sin importar que sus cuerpos estuvieran a la mitad. Entre los youkai, la lealtad se consideraba mucho más importante que la vida misma. Para ellos, su señor, mal herido, había llegado a romper los votos de lealtad que había entre los guardianes y sus clanes.

    ¿Merecía alguien en esas condiciones físicas y mentales seguir siendo líder y guardián?

    Aunque la duda les carcomía, subieron a la superficie y le entregaron la roca a Sesshoumaru, con la esperanza de que la energía de los Antiguos que la misma desprendía, le hiciera daño.

    Pero para su sorpresa y disgusto, Sesshoumaru la tomó sin problema alguno, con las manos desnudas y se marchó sin decir nada.

    Ellos cumplieron su misión y se marcharon de regreso a casa, aunque sabían que el Señor se mostraría muy enojado al saber lo que había ocurrido, al saber que el inuyoukai se había llevado uno de los mayores tesoros del Clan.

    Sesshoumaru guardó la roca y subió a lo más alto del cielo, por encima de las nubes. Lo que tenía que hacer era conseguir las escamas del ryuujin y para ello no contaba con demasiado tiempo.

    Pensaba que, si concentraba el youki suficiente, podría atraer a alguno. Su orgullo le impedía tener que rebajarse y acudir a Inuyasha por ayuda, aún si la situación era tan desesperante.

    Pensó en todas aquellas cosas negativas, todo lo que le provocaba ira e impotencia, todos sus miedos e inseguridades, todas las culpas y todos los rencores, cada rincón oscuro que había en su alma y le hacía caer. Transmitió todo aquello a su poder y generó a su alrededor una fuerte tormenta. Después de mucho esperar y quebrarse internamente, un youkai apareció.

    —¿Me llamabas, inuyoukai? —le dijo una voz gruesa. Se trataba de un ryuujin de piel rojiza.

    No le importó no poder cumplir con la prueba que le había puesto Yakurou-dokusen, lo único que deseaba era volver a casa para poder salvar a su familia rota. Peleó con el Ryuujin, lo cortó con Bakusaiga y consiguió rescatar un trozo de su piel, con las escamas, pues creía que con ellas sería más que suficiente para convencer al ermitaño de que le consiguiera un antídoto.

    Finalmente, descendió y trató de ubicarse, se había alejado mucho de la cascada que habitaba el anciano y tenía que recuperar el curso y llegar hasta él. El sol se había puesto y estaba anocheciendo, mientras más se acercaba a la cascada, la oscuridad caía sobre el mundo y le llenaba de desesperanza. Llegó a comprender por qué la oscuridad era la mejor herramienta de monstruos como Akuma. Hasta los youkai más poderosos podían llegar a tener profundos temores e inseguridades y ni siquiera las almas de los mismos dioses estaban completamente llenas de luz. Siempre había un rincón en donde moraba la oscuridad. Tan sólo un poco de oscuridad era todo lo que ellos necesitaban para invadir los corazones y destrozarlos desde dentro.

    Casi amanecía cuando finalmente consiguió llegar hasta Yakurou-dokusen y puso frente a él lo que había conseguido, internamente, comenzó a sentir que no tenía derecho a pararse frente a un ermitaño y pedirle un favor, luego de haber recurrido a la oscuridad para lograr sus propósitos.

    —Lo hiciste bastante rápido, no hay duda de que eres un daiyoukai —el anciano ebrio le miró con los ojos entrecerrados—. Sin duda, eres capaz de hacer cualquier cosa con tal de salvar a esas personas a las que aprecias, incluso lanzarte al meikai ¿no es así?

    Sesshoumaru se sorprendió ¿Acaso Yakurou-dokusen era capaz de ver eso?
    —¿Y ahora qué?

    —Debes guardar esta roca de luz y llevarla contigo cuando estés cerca de tu hija, ya que la oscuridad que le ha invadido, huirá al ver la luz desprendida por esta roca. El dios que la creó pensó en proteger al clan a quien la confió con este poder, pero si es usada de la manera inadecuada, puede hacer mucho daño, por eso la llevaron a un lugar inaccesible. Tú también tienes poderes de curación y por eso es posible que puedas llegar a utilizarla.

    —¿Puedes darme un antídoto para mis hijos?

    —Ellos quieren morir. No quieren verte sufrir.

    Sesshoumaru ya no fue capaz de soportarlo.
    —No quiero que mueran.

    —¿No respetarás su decisión de morir? ¿Serías lo suficientemente egoísta como para dejar que siguieran sufriendo?

    —No quiero que sufran más, por eso quiero regresar cuanto antes.

    —Mostrar tus temores ha de hacerte sentir débil, pero tienes que saber que es la única manera de salvarles.

    —La criatura que les atacó se vale de los sentimientos negativos, sería arrojar más leña al fuego.

    —Eso no es verdad, porque puedo ver que en el fondo de tu corazón, los amas y eso jamás podría destruirles.

    El anciano tomó la roca de luz y la arrojó en uno de los jarrones que tenía más cerca, junto con las escamas del ryuujin. Luego, tomó un recipiente mediano y sacó tres jarrones que estaban debajo de la cascada, mezclando su contenido. Luego, tocó la mezcla son su bastón, hasta que el líquido en el interior se volvió rojo como la sangre.

    Sesshoumaru pudo oler la mezcla perfectamente.
    —Eso es veneno. ¿Quieres que los envenene?

    —Esto es un veneno, pero también es una potente medicina. Puedo ver que, al enfrentarte a ese Ryuujin al que le quitaste las escamas, le invocaste con el dolor que sientes. Con tu sangre en este veneno mezclado con hiedra sagrada, sus sentimientos podrían llegar hasta ellos y liberarles de lo que les está oprimiendo.

    Sesshoumaru pudo recordar vívidamente el sufrimiento silencioso de Sana y Akyoushi.

    —Si tus sentimientos son reales, el veneno se convertirá en medicina y te ayudará a eliminar el jyaki que les ha invadido.

    Él no esperó ni un segundo, se cortó una mano y dejó que su sangre cayera en el recipiente del veneno, al tiempo que fluían todos esos sentimientos que le habían estado atormentando. La carga de su alma se volvió pronto más ligera y el veneno comenzó a cambiar muy lentamente de color.

    —No dudaste. Todavía hay esperanza para esos dos chicos.

    Sesshoumaru, en una especie de trance, parecía no escucharle.

    El ermitaño quitó su mano herida de encima del recipiente y puso la medicina dentro de un recipiente de una calabaza oscura.
    —No es necesario que te quedes seco —le dijo mientras le extendía la calabaza. Luego, miró en dirección al otro jarrón—. Saca con tus propias manos lo que hay en ese jarrón.

    Sesshoumaru cerró la herida y fue hasta el jarrón. Ante su sorpresa, no era una roca de luz lo que sostenía, sino un cristal semitransparente y rojizo.

    —Mis medicinas están conectadas unas con otras —le dijo el anciano—, tu falta de duda formó esa esfera de luz, que deberás utilizar tan pronto como hayan bebido de esta medicina. No tienes mucho tiempo, así que deber darte prisa y regresar a casa.

    Sesshoumaru lo miró por última vez y luego partió.
    El anciano le vio partir mientras tomaba un sorbo de sake y rió para sus adentros.
     
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    La culpa

    Sana finalmente se levantó, pero él se sintió traicionado. Ella volvió a encerrarse mientras se curaba, teniendo sólo contacto con su padre y esporádicamente, con Rin. Ahora no había motivo aparente para que se ocultara como si fuera una cobarde, una mosca indefensa. No era como si su padre fuera a matarlos, no era como si su padre fuera a dejar que el enemigo entrara y les hiciera daño.

    ¿Por qué ella no entendía que podía empezar a confiar en los demás y en sí misma?

    Si había crisis y problemas, nadie quedaría exento, sin importar lo que hicieran para evitarlo. Entonces, lo que ella podía hacer era levantarse como un verdadero Inu no Taishou y salir a defender a la familia, no “enfocarse sólo por si acaso” en un cuarto de cincuenta tsubo.

    Por si fuera poco, había oído rumores de que Kanta pretendía regresar y esperaba que no fuera cierto. Su padre detestaba a Kanta, le tachaba de inútil, estorboso y desobediente y no lo toleraba.

    Kanta era el que los había alejado de la aldea y de su padre y a sus ojos, era el culpable. En condescendencia con su padre, se sentía incapaz de tolerar su presencia. Si era cierto que pretendía regresar, lo único que deseaba era estar allí para romperle toda la cabeza a golpes. Siempre le había dicho que se mantuviera lejos de su hermana… y nada más y nada menos, su desobediencia había provocado que la hirieran.

    Rin intentó convencerlo de que las cosas no eran así, pero la cabeza de Akyoushi era un caos y por eso se negó a escuchar.

    A los ojos de Rin, el miedo y el odio podían hacer que las verdades se distorsionaran a niveles impensados. Ella nunca había sido muy afecta a mentir, por eso quería que todos en esa familia finalmente entendieran que, a veces, las cosas suceden, y nadie tiene la culpa por ellas.

    A veces, mejor que encontrar culpables, era encontrar soluciones…

    …y aquel no era un buen modo de hacerlo.

    Ella tan sólo esperaba que la ira que había invadido a todos fuera mitigándose con el tiempo. De lo contrario, Kuroika podría entrar por esas grietas de su desunión y no hallaría dificultades para destrozarlos.
    Ella les amaba profundamente y lo último que deseaba era verlos heridos.

    Kanta sentía mucho dolor y se había sentido realmente culpable. Más allá de lo que pudiera decir otros, era él el que los había alejado de la aldea, aún después de haber escuchado que las tierras estaban peligrosas. Además, había sido su idea pelear contra ese monstruo en vez de huir hasta los guardianes más fuertes. Era por eso que habían quedado atrapados en un infierno terrenal. Aún siendo un hanyou, su orgullo le había hecho creer que podía solo con un enemigo como ese. Había sido un tremendo error.
    Durante varios días después de esa última discusión, se sentó en un rincón lejano, bajo una sombra, con la cabeza gacha y no comió ni bebió y se negó a moverse de allí o dormir.

    Sus padres y amigos se mostraron más que preocupados e intentaron convencerlo de que aquel no había sido su error, de que a veces las cosas suceden y nadie tiene la culpa por ellas, pero él estaba demasiado adolorido, preocupado, asustado y enojado consigo mismo como para escuchar a alguien más que a su conciencia. Morir era un castigo apropiado, a sus ojos, el mundo no tenía sentido, ni color.
    En ese profundo estado depresivo, llegó a pensar en matarse, pero no encontró métodos para conseguirlo.

    ***

    —¿Qué haces aquí, Inuyasha? —preguntó entre sorprendido y enfadado. A pesar de que había percibido su olor a la distancia, no podía imaginarse que de verdad se había atrevido a poner un pie en las tierras de su padre después de lo que él y su familia habían hecho. No se merecía siquiera ser considerado parte del Clan, maldito fuera—. Lárgate de inmediato.

    Por tratarse solo de un niño, Inuyasha lo ignoró deliberadamente.
    —Mis asuntos no son contigo, mocoso, quiero ver a tu padre.

    —Mi honorable padre no piensa verte —le espetó enojado, en un tono que al hanyou le recordó vivamente a Sesshoumaru.

    Su primer impulso fue atacarlo y darle su merecido, pero luego recordó que estaba en realidad frente al hijo.

    —Mi honorable padre no piensa verte a ti, ni a nadie de tu familia ni a ningún otro mugroso hanyou.

    —¡Cómo te atreves, mocoso del demonio, te voy a…!

    —¡Cálmate Inuyasha! —le recordaron Kagome y Miroku a sus espaldas, tomándolo por los hombros, en un intento de evitar que se abalanzara sobre el inocente Akyoushi.

    Porque aunque estaba furioso y les odiaba, no había sido su culpa, sino una orden de su regio padre que, presa del susto, el joven príncipe había tenido que cumplir.

    Era odioso, pero no podían desquitarse con él.
    —Me vas a llevar con tu padre —le exigió en el tono más bruto e imperante que podía salirle a un hanyou.

    —Ni pienses que te llevaré ante él, sangre sucia.

    —Mereces que te rompan esa bocaza a golpes…

    —¡Inuyasha! —le recriminó Kagome, sorprendida y enfadada, en un intento de callarle.

    —Si no me llevas con él, iré por mi cuenta.

    —Sobre mi cadáver —respondió Akyoushi, mientras se agazapaba en una posición de pelea, listo para saltar al aire y atacar a Inuyasha desde arriba.

    Kagome y Miroku retrocedieron. Inuyasha y su sobrino permanecieron mirándose el uno al otro y analizando el terreno.

    Akyoushi gruñó y se preparó para saltar primero.

    En ese momento, Inuyasha desenvainó a Tessaiga.
    —¡Kuro Tessaiga! —sin ningún tipo de preámbulo, le apuntó directo a la cabeza y permaneció firme.

    Sin darse cuenta, Akyoushi comenzó a enderezarse hasta pararse totalmente erguido, mientras sudaba copiosamente y su tez, ya muy blanca, comenzó a ponerse pálida, incapaz de quitar los ojos de la negra arma.

    —Por aquí —dijo mientras se daba la media vuelta y comenzaba a caminar rápido hacia un oculto camino de aquel bosque. Cada tanto, volteaba por sobre el hombro, para ver su espalda, de una manera casi neurótica.

    —Camina —le obligaba Inuyasha, mientras le ponía la punta del arma en el centro de la espalda—. Camina y no intentes nada.

    Vaya, como habían cambiado las cosas en pocos segundos. Akyoushi caminaba adelante, con la templanza que le exigía el —maldito— protocolo, mientras, en el fondo de su alma, tenía unos terribles deseos de llamar a su padre a gritos. No quiero esto, se repetía mentalmente, al tiempo que aumentaba su rencor hacia Inuyasha. Por si le faltaban razones para odiarlo, allí las tenía. Pero no podía hacer nada, puesto que aún no era más fuerte que su padre y, si quería sobrevivir a Inuyasha, eso iba a ser esencial. Que fuera Hanyou no significaba necesariamente que fuera débil. Lo sería si pudiera sacarle el arma… pero no podía.

    —No creas que mi honorable padre estará deseoso de hablar contigo luego de saber que me trajiste con la Tessaiga en la espalda.

    —Camina, te dije —seguía instigándolo él.

    Akyoushi solo soltó un suspiro, la única queja que le permitía el —mil veces maldito— protocolo y siguió caminando. A espaldas de Inuyasha, los dos humanos intentaban persuadirle de que dejara de molestar al chico, que él no tenía la culpa. Más allá de que Inuyasha lo supiera, su postura se había vuelto firme.
    Después de mucho caminar por un largo e irregular sendero que subía y bajaba, entrando a claros y saltando cursos de agua, llegaron a una zona de árboles muy cerrada. Akyoushi siguió caminando sin dudar hacia delante y los demás le siguieron el paso, encontrándose con la sorpresa de que habían cruzado por un campo de energía, hacia un claro abierto, una pradera gigante. Todos entendieron que no solo estaban ya dentro del territorio, sino también cerca del perímetro de la Casa. Akyoushi iba a permitirse un pequeño suspiro de alivio.

    —Ya puedes envainar —dijo medio sugiriendo, medio en súplica, pero Inuyasha volvió a empujarlo con la espada, para que siguiera caminando hacia la casa.

    Después de otro largo trecho, finalmente atravesaron otro campo de energía y se hallaron cruzando por la gigantesca puerta principal. Allí, una horda de soldados de la guardia “acudieron en ayuda” del príncipe, intentando separarlo de Inuyasha.

    Pero fue infructuoso, ya que el hanyou amenazó a todos los youkai y los hizo retroceder.

    Akyoushi no esperó ni medio segundo y aprovechó el escándalo.
    —Chichi-ue —gritó.

    Medio segundo después, su padre estuvo parado frente a él, contemplando la escena.

    Todos se hicieron hacia atrás y reinó el silencio.

    —¿Debo creer —comenzó ampulosamente— que trajiste aquí a mi hijo bajo amenaza de Meidou?

    Inuyasha miró al príncipe y luego a Tessaiga. Un segundo después, estaba retorciéndose en el suelo con mil golpes en toda su cabeza, mientras el príncipe aprovechaba para ocultarse detrás de su padre.

    —Y vas a ver como vuelvas a intentarlo —lo amenazó Sesshoumaru secamente—. Y no admito tu presencia, lárguense de mis tierras.

    —Nada de eso, vine a hablar y eso haré.

    —¿Empuñando a Tessaiga?

    Inuyasha comprendió el sarcasmo y envainó.
    —Quiero hablar de lo que pasó la otra vez.

    Inu no Taishou no quería hablar de eso, ni de ninguna otra cosa. Sana aún se estaba recuperando de las graves heridas de las que había sido víctima durante esa batalla. Inuyasha y su hijo merecían morir luego de aquel sacrilegio. Pero aún así, no quería provocar otra pelea, así que decidió obligarse a escuchar. Respiró profundamente y clavó la vista en los tres “invitados”.

    —Akyoushi, entra a la casa.

    —Pero, chichi-ue.

    No admitiendo la desobediencia, Inu no Taishou volteó y lo fulminó con la mirada. El joven príncipe Inuyoukai no necesitó una sola palabra más para echar a correr hacia dentro de la casa, fingiendo indiferencia, como le exigía el protocolo.

    Después de verle marcharse, se concentraron en la razón por la que estaban allí reunidos. Antes, Sesshoumaru también echó a la fuerza a “la inútil guardia”, que había dejado que amenazaran a su hijo.

    —¿Así que quieres hablar de la estupidez y la torpeza de tu hijo?

    —Kanta no tuvo la culpa…

    —Kanta me ha causado problemas, casi mató a mi hija. Y si vuelvo a verle, le mataré.

    Inuyasha sintió que un rayo le partía a la mitad.
    —Fue tu hija la que se interpuso en la pelea —pero si no lo hubiera hecho, Kanta sería el que estaría gravemente herido. Aún así, Kanta sufría terriblemente por “lo que había hecho” y se pasaba las horas aislado de todo y de todos, sin deseos de comer o de dormir, preocupado por su prima y furioso consigo mismo.

    —Si no fuera por la torpeza de tu hijo, mi princesa nunca hubiera hecho eso.

    —Kanta quiere pedirte disculpas.

    —¿Y crees que aceptaré las disculpas de un inútil hanyou? Largo, no tiene caso que sigas con esto —se dio la vuelta dispuesto a marcharse.

    —Eres un obstinado, la culpa de todo esto es tuya, nada más —Inuyasha sabía que no era cierto, pero estaba furioso y necesitaba sacar su rencor contra alguien, contra cualquiera, o explotaría.

    Sesshoumaru sintió el peso de una culpa que no tenía. Y la idea de haber lastimado él a su hija lo partió de dolor y miedo, dos emociones que no le eran desconocidas. Sin embargo, no lo dejó aflorar y, a la vista de Inuyasha y sus acompañantes, permaneció impasible como una estatua… de hielo.

    —Deberías perdonar a Kanta —trató de interceder Kagome, en un tono amable—. Él no quería que pasara todo esto, nadie quería. Él no quería lastimar a tu hija, por favor, deja que él…

    —No ¿Y qué harías si yo le pusiera la Bakusaiga en el cuello a tu hijo? —era una queja por lo que Inuyasha le había hecho a Akyoushi.

    —Espera —se arrepintió Inuyasha—, regresa.

    —Kanta pudo haber sido un hanyou tan prometedor. Ya no le entrenaré. Vete al diablo tú con tu hijo. Y si alguna vez regresan, les sacaré las tripas a los dos —y se perdió dentro de la Casa.

    De nuevo estaban siendo… exiliados.

    Entendiendo que de nada serviría intentar mediar, Inuyasha, Kagome y Miroku se retiraron.

    —Fue por tu culpa, lo arruinaste todo —se quejó Kagome.

    Pero no había en realidad con quien quejarse.

    A veces las cosas suceden, y nadie tiene la culpa por ellas.

    Pero hete aquí que Kanta era terco y obstinado, incluso más que su padre, y retroceder no estaba en sus planes, mucho menos rendirse. Por eso, tan pronto como pudo recuperarse de su depresión, se decidió a encarar él mismo a Inu no Taishou.

    Todos quienes estaban con él, estaban convencidos de que aquello era una locura. Él también, pero no le importaba y estaba dispuesto a escapar de sus padres si fuera necesario, para entrar solo a las Tierras del Oeste, con todos los riesgos que conllevaba, con la posibilidad de pelear a muerte con Akyoushi o convertirse en la comida de los legítimos miembros del Clan. Él, al haber sido “desprotegido” por Inu no Taishou, había dejado de ser por tanto miembro del Clan. Y como hanyou que era, nadie iba a mostrarse muy piadoso.

    Pero antes de llegar a una decisión violenta, fue a molestar muchas veces y de la peor manera posible a sus padres, hasta que éstos finalmente accedieron a dejarlo ir… sin dejar de acompañarlo.
    Inuyasha, consciente de que Sesshoumaru pensaba arrancarle la cabeza a su hijo si tenía la posibilidad, entrenó por varios días con tal de defenderlo.
    Sesshoumaru era compasivo, sí, pero no cuando corría peligro alguien a quien amaba. El corazón herido de un youkai debía ser, tal vez, una de las cosas más peligrosas que existiera en el mundo. Él no podía saberlo, pero su instinto se lo decía.

    Pasada casi una luna, finalmente atendieron a las súplicas de Kanta y todos partieron rumbo a las Tierras, llevados por Hachi, el mapache sirviente de Miroku.

    El monje había discutido mucho con el joven hanyou cuando sus padres ya no podían con él, intentando convencerlo de que mirara en otra dirección que no fuera la de Sana.
    Nadie era estúpido, como para no notar qué tipo de miradas le dedicaba el muchacho a la princesa inuyoukai.

    Aquello era un error, era como dormir con una serpiente venenosa —y no precisamente porque Sana fuera mala—. Desde siempre, ellos se mostraron confundidos respecto de lo que Kanta decía sentir. Era de esperarse que sus padres no estuvieran muy contentos, en especial Inuyasha. Kagome no le decía nada, pero Inuyasha vivía reventándoselo a golpes, con las esperadas consecuencias, en un intento de bajar a Kanta a la tierra por la fuerza. Pero ni siquiera eso era suficiente. De nada servía recordarle que Sesshoumaru, por variadas razones, jamás le aceptaría…

    …porque el joven hanyou seguía soñando.

    ¿Acaso Sana, por esos azares del destino, no podía haber nacido también como hanyou? Su padre nunca hubiera aceptado un hanyou con derecho a sucesión y, en ese caso, podrían haber terminado juntos.

    Cuando fueron acercándose a los límites de las Tierras, alguien informó de la presencia de Inuyasha y los demás y recibieron una “cálida bienvenida”. Inuyasha debió pelear de frente con una horda de youkais, onis y mononokes. Tal vez era un escuadrón completo. Esos youkai no habían aparecido solo porque sí, sino que decían claramente que no le darían el paso a quienes lo tenía prohibido, lo que daba muestras de que el Clan del Inuyoukai aún estaba ofendido por el error de los hanyou. Inuyasha no se quedó a medias tintas y, con un Meidou completo, los envió a otro lado, porque no pensaba perder el tiempo peleando con ellos.

    Cuando siguieron avanzando, una enorme silueta canina, dibujada entre las nubes, giró un par de veces en el cielo, antes de cortarles el paso. Un enorme macho. Inuyasha pensó que era Sesshoumaru, pero al acercarse y notar que su tamaño distaba mucho del de un daiyoukai, supo que se había equivocado.

    —Akyoushi, vamos a pasar, quieras o no —anunció.

    El joven inuyoukai los miró a todos y cada uno, les gruñó y, antes de darles tiempo a nada, se les abalanzó, tirándolos con violencia al suelo. Luego, aterrizó y cambió de forma.
    —¿Qué haces aquí? —preguntó a Kanta con parquedad.

    —Vengo a disculparme por lo que pasó con tu hermana.

    Fue como si, al instante, se prendiera la mecha de una bomba olvidada dentro de Akyoushi, puesto que se abalanzó sobre su primo y comenzó a pegarle, ni bien recordar por lo que había tenido que pasar.
    —Todo por tu culpa.

    Kanta giró rápidamente en el suelo y le devolvió los tres golpes seguidos que había recibido.
    —Idiota. ¿Cómo eres capaz de creer que lo hice a propósito?

    —¡Tú, maldito hanyou, estás enfermando a mi hermana!

    —¡Y tu padre los enferma a ustedes!

    —¡¿Cómo te atreves?!

    Inuyasha, Kagome, Hachi, Miroku, Sango y la hija mayor de éstos dos, los miraban sin poder acercarse, mientras el hanyou y el príncipe rodaban en el suelo, golpeándose. Hasta que se cansaron. En menos de un segundo, Akyoushi puso entre ellos la distancia de medio bosque, evitando así un posible golpe de cualquiera.

    —Inuyasha, creí que te había quedado claro que mi honorable padre no piensa verlos… ¡a no ser para matarlos! —y dio un golpe en el suelo, tan fuerte, que produjo un temblor justo debajo de los pies del grupo.

    Para ser joven, el príncipe no era nada débil.
    —Y yo pensé que te había quedado claro que, aunque seas hijo de Sesshoumaru y aunque seas muy fuerte, todavía no puedes vencerme —y nuevamente desenvainó a Tessaiga.

    Akyoushi maldijo mil veces para sus adentros. Mil a su debilidad, mil veces al —maldito— protocolo y mil veces a las ganas de huir que tenía. No quería volver a pasar por aquello. Además ¿Inuyasha era idiota o qué? Si lo llevaba así, delante de su padre, como la vez anterior, esta vez le arrancaría la cabeza.

    —Hagamos esto de forma pacífica —intervino repentinamente Miroku—. No tenemos la necesidad de llegar a pelear, solo queremos hablar con tu padre…

    —No —dijo el Inuyoukai de modo cortante.

    —Es tan terco como el padre —le gritó Inuyasha—, tendremos que entrar a la fuerza.

    —Sobre mi cadáver —se impuso el príncipe.

    —Como quieras —le respondió Inuyasha en justo tono indiferente, al tiempo que lanzaba un Meidou cortante a escasos centímetros de la cabeza de Akyoushi.

    Presa del miedo instintivo, de conservarse, en menos de medio segundo, Akyoushi se perdió, apareciendo más atrás, evitando ser tragado por ese “hoyo negro”. Lo que no notaba era que, cada vez, estaba retrocediendo más, dándoles paso a los “intrusos”.

    Para ser hijo de Sesshoumaru, no es muy inteligente, pensó Miroku.

    Pero, claro, el muchacho solo pensaba en salvarse y tendría que hacerlo hasta que no fuera lo suficientemente fuerte como para vencer en batalla a su propio padre, lo cual mostraría que subía de rango y, al cabo de unos años, tendría colmillos fuertes y ligeros y crecería en tamaño.
    Muchas veces había escuchado a su padre decir “si mi padre estuviera vivo, le mataría”. Vencer al actual Inu no Taishou representaba volverse el siguiente líder del clan, tal vez su padre alguna vez había valorado la idea de matar a Inu no Taishou para usurpar su lugar.

    Claro que Akyoushi, al igual que su hermana, ignoraba muchísimas cosas que su padre les había ocultado a ambos, bajo mil llaves.
    No tenía modo de saber que las verdaderas razones “para matar al padre” eran otras y eran graves. Al desconocer esto, los dos jóvenes príncipes vivían sin exagerada preocupación, con entrenamientos pacíficos y, hasta el momento, nada dolorosos.

    Pero eso no importaba mucho. Ahora, Akyoushi, podía decirse que tenía razones para “matar al primo, y al tío”, pero no tenía las herramientas o poderes que se lo permitieran.

    Cuando cayó en la cuenta de lo que estaba pasando, ya estaban dentro de las Tierras y muy cerca de la Casa.

    —Mierda —fue todo lo que pudo decir.

    Y por dentro, se maldecía por estúpido y porque su padre le regañaría fuertemente cuando volviera a ver a los hanyou en sus tierras. Aunque era obvio que, gracias a su olor, ya estaría enterado de su presencia.

    No era divertido saber que su padre no solo se mostraría furioso con el lado débil de la familia, sino también con él, cuando los viera.

    —Aléjate de ellos —fue lo primero que dijo en un tono amenazante, al aparecer en la puerta principal de la casa.

    Akyoushi solo retrocedió con un respetuoso “sí”.

    —No te dejaré poner un pie en mi casa —y se interpuso en el camino, cubriendo a su hijo—, ni a ti ni a los tuyos.

    Miró al grupo y descubrió al empequeñecido Kanta, casi idéntico a su fallecido padre, pero tan patético al mismo tiempo.

    —O-yakata-sama —dijo el hanyou con un hilo de voz.

    —Lárgate hanyou, eres una vergüenza ¿crees que mereces estar aquí?

    Kanta bajó la cabeza e iba a decir que no, pero se mordió la lengua.

    —Estoy cansado de que maltrates a mi hijo —le espetó Inuyasha—. Vas a escuchar lo que tiene que decirte.

    —No tengo por qué escuchar las porquerías que salen de las bocas de ustedes.

    —Eres un maldito y lo pagarás caro.

    —No le debo nada a nadie, mucho menos a escorias como ustedes. Largo. Ahora.

    —O-yakata-sama, quiero que me acepte —interrumpió Kanta a toda velocidad.

    Sesshoumaru le miró furioso y Kanta volvió a encogerse.

    —¿Por qué habría de aceptar a alguien como tú? —le respondió con desprecio.

    —Porque él no tiene la culpa de lo que pasó —intervino Kagome.

    —Silencio, Kagome —la reprendió con fuerza el altivo daiyoukai. Muchos problemas ya había causado ella. Y tal vez, uno de sus mayores errores había sido alumbrar a un engendro como Kanta.

    Kagome alcanzó a leer eso en su mirada y no pudo evitar sentir dolor.

    —Lárgate a tu aldea ¿acaso no te necesitan allá?

    —Ya, fue idea de Kanta —Inuyasha dio el brazo a torcer—, regresemos, nosotros tampoco tenemos que estar aguantando esto —y de repente, tan pacífico.

    —Pero papá…

    En eso, se escuchó un escándalo en el interior de la Casa y nadie pudo evitar mirar hacia dentro, para averiguar de qué se trataba.

    Sesshoumaru lo adivinó. Su princesa se había despertado. Y estaba fuera del encierro. Y fuera del encierro, era capaz de percibir todo lo que pasaba. Incluso la molesta presencia de Kanta. ¿No era así?
    Sí, así era.

    Abrió los ojos y al instante, supo lo que sucedía.

    —Princesa, no puede pasar —la rodearon diez portentosos guardias con sus lanzas y sus poderes, en un intento de evitar que saliera, tal y como el amo había ordenado.

    —Déjenme salir —les pidió con confusión.

    —Princesa, no puede pasar —repitieron como autómatas, tratando de cumplir la orden suicida.

    —A un lado, les he dicho, necesito salir. Es una orden de su princesa —se impuso.

    Y en pocos segundos se habían reunido como cien guardias, lo mínimo que se necesitaba solo para intentar detenerla. Pero, creando un escudo, ella los empujó fuera de su camino sin ninguna dificultad, mandándolos a volar.

    —¡Que me dejaran, les he dicho! —vociferó en el mismo tono imperativo de su padre.

    Cuando hubo silencio, pudo saber lo que pasaba. Abrió los ojos y corrió hacia fuera, haciendo a un lado incluso a su padre y a su hermano. Se quedó quieta por unos instantes y supo de la presencia de Inuyasha y los demás.

    —Kanta —pronunció su nombre y fue a abrazarlo con fuerza—, Kanta, me alegra tanto que estés bien —susurró con sus ojos cerrados.

    —Lamento mucho lo que hice —susurró él a su vez, respondiendo al abrazo.

    Sesshoumaru torció el gesto y casi levantó una mano por encima de su cabeza.

    —Kanta —lo regañó Inuyasha con fuerza, entre enojado y asustado—. Suelta a Sana. Ahora.

    Él la soltó de inmediato y, con increíble velocidad, fue hasta donde se encontraba su padre, corriendo hacia atrás.

    Akyoushi se preparó para abalanzársele encima, pero su padre lo empujó hacia atrás, casi a un metro.

    —Lárguense, ya —dijo en el tiempo que tardaron todos en intercambiar miradas.

    Pero la mitad de la culpa era de Sana. De algún modo, ella le correspondía a esos sentimientos un tanto extraños. También, durante la pasada batalla, ella había tenido la mitad de la culpa, ella se había inmiscuido.

    Tal vez por eso, Inu no Taishou estaba muy enojado.

    —Padre —intervino la joven—. Acepte, por favor, a Kanta. Permita que regrese para entrenar, no le quite su protección.

    —No.

    —Pero, padre…

    —¿Me estás cuestionando?

    —No —bajó la cabeza.

    —Si no se van ahora —amenazó Inu no Taishou—, los echaré a la fuerza.

    —Pero, padre, no puede exiliar a Kanta.

    —¿Ah, no? —abrió los ojos y, al instante, levantó al hanyou en el aire por el solo acto de pensarlo y lo arrojó fuera del perímetro que rodeaba la casa, fuera de la vista de los demás.

    —Devuelve aquí a Kanta —le exigió Kagome.

    —Lárguense con él o los echaré también.

    Sana no era mala y era un buen punto de conexión con Sesshoumaru y cualquier cosa que ella le pidiera, él se lo concedería. Inuyasha lo sabía.
    —Sana —rogó.

    —Inuyasha. —ella volteó hacia él, abrió los ojos y pudo leerle su intención—. Es mi padre —dijo con un hilo de voz, mientras Sesshoumaru la arrastraba hacia dentro de las puertas de la Casa. No importaba cuánto quisiera desobedecerle, en el fondo, no podía hacerlo.

    Los demás no esperaron un solo segundo y salieron a buscar a Kanta. Inuyasha, cansado de esforzarse en vano, corrió a buscar a su hijo dentro del bosque que rodeaba el lugar.

    Se dividieron en grupos, gritando su nombre. Él los oiría, los olfatearía y los encontraría. Rogaban que Sesshoumaru no lo hubiera lastimado, estaba tan furioso con él, que hubiera sido capaz de cualquier cosa.

    —¡Mamá! —respondió finalmente el joven, desde algún lugar del bosque y consiguió llegar hasta ella.

    —Mamá, estoy aquí, estoy bien.

    —Salgamos de aquí, rápido —le dijo Inuyasha.

    —Pero… —con añoranza, Kanta volteó en dirección al campo de energía que rodeaba el enorme palacio—. Sana aún está ahí.

    —Ella vive ahí —le recordó su padre.

    —¿Cómo puede vivir ahí?

    —Su padre está ahí dentro, su adorada madre está ahí. Y también su hermano —le recordó—. No puedes pedirle que salga de allí. No puedes pedirle que se aísle de su familia.

    Kanta bajó la vista en silencio, demostrando que comprendía, aún sin estar conforme. Acto seguido, estaba en el suelo, con un montón de golpes en la cabeza.
    —¡Y mil veces te he dicho que no te abraces a Sana! ¿Quieres que Sesshoumaru te arranque la cabeza o qué?

    —Lo siento, papá, no lo vuelvo a hacer —lloriqueó.

    Luego, todos se reunieron en el claro del bosque.

    Y todos, conformes o no, partieron rumbo a la aldea.
     
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    The Legacy
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    La luna del cazador

    La vida en la aldea le resultaba realmente difícil y todos lo miraban raro desde que sabían que había vivido con youkais. No era que le tuvieran miedo, pero desconfiaban en cierto modo.

    Kanta pasaba más tiempo en las montañas entrenando que en la casa de sus padres, descargando contra los árboles y las rocas la confusión y la ira que lo embargaban por dentro. Se sentía confundido al ser rechazado en varias ocasiones.

    Sana parecía haberlo perdonado ya, pero pesaba mucho más el respeto y miedo que ella le tenía a su padre, ni siquiera podía interceder por él para hacerlo regresar.

    Tuvo que reconocer que su obsesión por regresar a esa casa youkai tenía más que ver con Shiroihana y con Rin que con el entrenamiento.

    Y su primo seguía muy enojado, lo suficiente como para echarlo a golpes. Aunque era más pequeño que él, al ser youkai era bastante más fuerte, en especial cuando se enfurecía.

    Se pasaba horas y horas pensando en maneras de convencer al clan del Inuyoukai de que él estaba dispuesto a renunciar a lo que fuera con tal de regresar. Pensó incluso en robarle la Tessaiga a su padre para con ella derrotar a algún enemigo del clan y recobrar la confianza que antes ellos habían tenido.

    —Sesshoumaru-sama estaba buscando excusas para echarme en algún momento y lo consiguió ¿verdad? —concluyó una tarde, mientras acababa de bañarse en una cascada poco profunda.

    Quedarse más tiempo en la aldea, significaría ser oprimido por sus padres, que no lo hacían con mala intención, sino para intentar protegerlo de la ira de Sesshoumaru. Si Inuyasha lo encontraba pensando en regresar, se apresuraba a querer golpearlo, en un intento de sacarle las vanas ideas a los golpes, maldiciendo por su terquedad.

    Tardar más de un día en regresar a casa luego de su entrenamiento, era motivo para preocuparlos a todos, ya que podían llegar a creer que había estado buscando la forma de regresar al Oeste.
    La verdad, era que se pasaba mucho tiempo buscando youkai montaraces con los que se batía a duelo a golpes, dejando a su paso muchos youkai inconscientes y otros tantos, muertos. Muchos de esos youkai salían a buscarlo, puesto que habían corrido rumores de que él había estado entrenando con Inu no Taishou.

    Volvió a revolver el estofado y probó un poco con la cuchara. Estaba algo picante y a Inuyasha de seguro le molestaría. Atizó el fuego y miró a través de la ventana, por donde veía a Inuyasha, que aún cortaba leña para la mañana siguiente.
    —Kanta ya se tardó de nuevo —dijo preocupada.

    El hanyou se secó el sudor de la frente y la miró.

    —¡Aquí estoy! —anunció el chico, desde lo lejos.

    Kagome se levantó y fue hasta la puerta.

    —Cacé un jabalí —le dijo Kanta, mientras le mostraba la presa—. A mi prima le gusta el jabalí.

    —¿Es muy difícil dejar de pensar en tu prima? —preguntó un tanto angustiada, porque esas razones podrían hacerlo partir un día de tantos.

    —Es muy difícil —afirmó el muchacho, mientras le daba el jabalí a su padre.

    —Bueno, Kagome, pongamos esto junto al fuego. Si no lo comemos rápido, se echará a perder.

    —Es demasiada comida —se quejó ella—, tal vez deberíamos invitar a comer a los otros —dijo refiriéndose a la familia de Miroku.

    —Voy yo a invitarlos —se ofreció Kanta, al tiempo que iba en dirección a la casa.

    Inuyasha y Kagome se miraron con curiosidad, pues últimamente el chico parecía olvidar la angustia disfrutando de la compañía de Miroku y de sus hijos.

    Durante su tiempo libre, el monje Miroku y Kagome impartían clases gratuitas a los hijos pequeños de los aldeanos. Les enseñaban a leer y a escribir. Los hijos del monje ayudaban en lo que podían y, para no pensar, Kanta se había acostumbrado pronto a meter la nariz en ese tipo de actividades.

    Miroku aprovechaba su distracción para acercársele y preguntarle si le gustaban los niños y si acaso no deseaba tener una familia y verla crecer. Cuando sus padres se habían cansado de intentar hacerlo recapacitar, le pidieron al monje que fungiera como voz de la conciencia. Y tan a diario le repetía esas cosas, que ya comenzaba a considerarlas normales y evaluaba de buena manera la posibilidad de casarse con alguien de esa aldea o de las aldeas vecinas. En seguida recordaba que esos pensamientos eran de Miroku y no suyos.

    Pero el monje era inteligente, así que había preparado trabajo fino para sus hijos varones para que, de alguna sutil manera, intentaran retener al mestizo… con cualquier excusa.

    Había un punto en que le costaba hacer oídos sordos, pues le rodeaban de sus ideas de seguridad

    —Me parece que mi padre tiene razón y que deberías repensarlo —le dijo una de las hijas de Sango un día, mientras lavaba la ropa, aprovechando que él había ido a beber—. ¿Para qué habrías de ir a pelear contra un youkai al que no quieres y confinarte en un lugar que no te quiere a ti?

    —¿Tus hermanos te vivieron con eso? —intentó adivinar él.

    —No precisamente, sólo intento usar la lógica.

    Kanta negó rotundamente.
    —No es como si mi corazón siguiera algún tipo de lógica, no es como si pudiera obligarle a elegir. Yo elijo a esas personas y sé que en el fondo, no me odian.

    —¡Kanta, volviste con el rostro lleno de golpes! —estaba en total desacuerdo con él.

    —Keh, no es nada grave ni extraño, peleas entre primos…

    —Yo no peleo así con mis primos.

    —Bueno, Makoto, somos youkai…

    —Por todos los cielos, Kanta ¿Te han estado lavando el cerebro allá? ¡Eres humano!

    —Prefiero creer que soy youkai, sería el único modo de estar…

    —¿De estar qué?

    Se sonrojó.
    —Nada, no me hagas caso.

    Ella se quedó en blanco.
    —Entonces… es verdad lo que dice mi padre —soltó un largo suspiro—. Estás enamorado de una youkai.

    —Eso es un invento de tu padre —soltó, sin darse cuenta de que la había ofendido— …o-oye, disculpa, yo no quise…

    Ella se metió al río y le arrojó agua en la cara.
    —¿Cómo te atreves a decir que mi padre me inventa cosas?

    Él le tiró agua también.
    —¿Y tú cómo te atreves a mojarme?

    —Eres una sabandija —volvió a mojarlo.

    —Y tú tienes un carácter explosivo —dio una patada en el agua y la mojó de pies a cabeza—. A ver si con eso te enfrías un poco.

    —¡Eres tú el que debería enfriarse! —usó la canasta de ropa para lanzarle agua y mojarlo de igual manera, se encontraron jugando en el agua, como niños pequeños.

    —¡Makoto! ¡Mamá quiere saber si ya terminaste de…! —la chica se quedó parada junto a la orilla, viendo el juego de Kanta y su hermana— ¿Acaso son niños pequeños o qué?

    —Lo siento —se disculpó Kanta, llevando una mano a la nuca—. Es que hacía calor y yo pensé que…

    —Ya terminé de lavar —se apresuró Makoto.

    —Es lo que veo. ¿Quiere que lleve las ropas? —su hermana se inclinó a tomar la segunda cesta, de ropa limpia.

    —No déjalo, lo hago yo.

    —Pero…

    —Mamá me lo pidió a mí, se molestará si cree que te dejé el trabajo a ti —le quitó la cesta—. Con permiso, mejor me doy prisa.

    —Sí, está bien —se quedó mirando a su hermana mayor, que se iba cuesta arriba, hacia la casa de sus padres.

    —¿Shinju, te sientes bien? —le preguntó Kanta, un tanto contrariado.

    —Sí, claro que lo estoy… ¿por qué lo preguntas?

    —Es que… te quedaste tan callada…

    —No… sólo me sorprendió verlos así. Creí que al irte a un lugar tan lejano y exclusivo como es la casa de un clan youkai… perderías todas esas costumbres.

    —Siempre has sido más tranquila y callada que tus hermanas —sonrió ampliamente—, sino tal vez te habrías enterado que a Akyoushi también le gusta jugar brusco... —y su corazón se acongojó, pero lo ocultó para no molestar a Shinju.

    —Ya veo, soy diferente de mis hermanas —ella bajó la cabeza—, de seguro me crees una tonta…

    —¿Tonta? No, claro que no, siempre me has parecido de lo más inteligente, incluso…

    —¿Soy inteligente? —se sonrojó.

    Kanta reaccionó. ¿Le había molestado acaso verlo jugar en el agua con su hermana mayor?
    —Tú también querías entrar al agua, ¿verdad? —inquirió.

    —¿Qué? ¿Yo? No, mi madre, qué dirá ella…

    Él le extendía la mano.

    —Es que… Kanta, no puedo mojarme o voy a…

    Él se acercó a la orilla, la tomó de la mano y la jaló hasta hacerla caer en el agua, en una parte honda. Se empapó completamente y su vestido rosa sin forro dibujó la silueta de todo su cuerpo. Sorprendida porque el muchacho se le hubiera quedado mirando, intentó cubrirse, pero él la empujó y la hizo caer de espaldas al agua. Ella se levantó, lo empujó y le hizo perder el equilibrio y pronto se hallaron jugando en el agua, hasta que el sol comenzó a descender en el cielo y sintieron frío. Era hora de regresar a casa.

    Ambos reían a carcajadas.

    —Eso ha sido lo más divertido que he hecho en meses —le comentó ella.

    —Divertido —él le sonrió y la miró a los ojos—. Ha sido muy agradable, deberíamos salir a jugar más a menudo.

    —Kanta, yo no… —no pudo terminar de hablar, ya que fue callada por un beso, el primero de su vida y muy dulce.

    El tiempo pareció detenerse, algo en su interior se licuó y ella olvidó hasta su nombre.
    Avergonzada, se separó y bajó la vista.

    —¿Hice algo mal? —preguntó él sorprendido— ¿No te gustó?

    —Emh… no es que no me haya gustado… de hecho… me gustó mucho… y yo…

    Él la tomó del mentón y volvió a besarla. Pasó la lengua por sus labios y luego la introdujo en su boca, entrando y saliendo, seduciendo con un juego atrevido que jamás había probado con nadie. Corrección, alguna vez lo había probado con Makoto, mucho tiempo atrás.

    Shinju, sorprendida, excitada, respondió al juego y comenzó a jugar con su lengua y esos húmedos labios.
    Cuando se dieron cuenta, el sol se había metido y era de noche.

    —Tenemos que darnos prisa —aludió él y, tomándola de la mano, la llevó a la casa del monje.

    Cuando llegó a casa, su padre lo estaba mirando directamente.
    —¿Pasa algo malo?

    —Me dijeron que te vieron jugando en el río junto a Shinju —Inuyasha se sentó derecho—, ten cuidado con las hijas de Miroku, es bastante celoso de ellas. Aunque…

    —¿Aunque qué? —le asustaba lo que fuera a decirle.

    —Nada, tuve una idea peregrina. Tengo hambre, tu madre preparó arroz ¿Verdad? —la miró.

    Ella le sonrió ampliamente.
    —¡La cena está lista! Casi puedo jurar que Kanta vino siguiendo el olor de mi comida.

    Le dio una probada y el chico asintió con la boca llena y una forzada sonrisa.

    —Eres un vago, no trabajas en todo el día y sólo regresas a casa para el festín —Inuyasha se ofuscó—, tengo un hijo zángano.

    Kagome lo miró torcido.
    —No le digas zángano a tu hijo.

    —Keh, sólo digo la verdad. No toleraré la flojera.

    —Si sólo no fueras tan hiperactivo…

    —Tienes que mirar el lado bueno…

    Los tres rieron a carcajadas.

    Cuando no entrenaba en las montañas, pasaba el tiempo junto a Shinju, hablaban y recordaban momentos de su niñez, que ahora les parecía un tanto lejana debido a la alienación que él había sufrido al estar tanto tiempo entre los inuyoukai. Su relación con ella y sus hermanos fue volviéndose más estrecha e intentaban recuperar todo ese tiempo que habían perdido al estar separados por la distancia. Tenían muchas cosas que enseñarse unos a otros.

    —Mi hermano se enojó un poco al saber que acostumbramos vernos en la tarde junto al arroyo —rió ella.

    —No les caigo lo suficientemente bien.

    —Mis hermanos son un tanto celosos, Kanta, no es culpa tuya.

    —Aún no sé si alegrarme lo suficiente, no es como si tuviera muchos deseos de ser exterminado por tu familia si esto se nos va de las manos —se reía todo el tiempo, mientras miraba el reflejo de ambos en el agua que corría tranquilamente, mientras el sol, ya oculto, iba poniendo a oscuras al mundo.

    —Oí que hay algunos kitsune que han vuelto a atacar la zona —intentó cambiar ella de tema.

    —Sí, mis padres fueron a intentar encargarse de eso. Shippou detiene a los que puede, ya que conoce a bastantes, sin embargo, no puede convencer a todos.

    —Bueno, supongo que tampoco puede ir en contra de los de su especie, a menos que quiera sufrir algún altercado.

    —No creo que lo ataquen y, aunque lo hagan, es lo suficientemente fuerte como para vencer a varios.

    —Al igual que tú, suele entrenar en las montañas, pero creo que no tendrías dificultades en vencerlo en un mano a mano, a pesar de los trucos que pueda utilizar. Eres muy fuerte.

    Él se sonrojó.
    —Aunque esta especie de youkai no sea muy fuerte, bien sabes que sus trucos pueden ser certeros.

    —Pero tú no serías engañado.

    —Tengo la impresión… tengo la impresión de que te gusto demasiado como para que puedas ver mis debilidades. Aunque me gusta presumir de ser youkai, sigo teniendo sangre humana.

    Ella lo miró a la cara, ruborizada.
    —Es por eso que me gustas —en seguida desvió la mirada y se cubrió la boca—, disculpa, yo no debería decir…

    Él no le dio tiempo a hablar y la abrazó. Ambos cayeron sobre el pasto que bordeaba el arroyo de sonido dulce.
    —Mira, qué curioso —dijo él, mirando el reflejo del agua—. No puedo distinguir donde terminas y yo comienzo.

    Ambos se miraron, ella le rodeó el cuello con los brazos y lo besó en profundidad. Él continuó el beso y, sin darse cuenta, sus manos se movieron con vida propia debajo de la ropa de Shinju. Ambos comenzaron a retozar debajo del oscuro cielo encendido de estrellas

    Los youkai que solían atacar las aldeas vecinas dejaron de aparecer, al tiempo que se reportaban muchos estruendos en las montañas. Los hijos de Sango en más de una oportunidad se hallaron alardeando de la fuerza de Kanta, quien con sus entrenamientos había logrado alejar a las plagas y, gracias a eso, comenzó a conseguir que lentamente fueran aceptándolo.
    Pero al hanyou le daba exactamente lo mismo si los humanos le aceptaban o no, la única aceptación que deseaba era la que podía venir de su propia familia y sería la única que le daría paz. En muchas oportunidades, las ansias lo ponían nervioso y no lo dejaban dormir, pedía una y otra vez a las estrellas que sucedietra algo que pudiera cambiar el rumbo de las cosas… pero las estrellas permanecían en silencio y lo miraban, frías, en la distancia. Sólo la luna cambiaba lentamente de fase, mientras el conejo que hacía pastel de arroz le guiñaba un ojo.

    Cierta mañana, se cruzó en su camino un oni gigante, con enormes colmillos, ojos rojos y piel grisácea.
    —Hanyou, tú eres el hijo de ese inepto. Hemos escuchado que estuviste entrenando con Sesshoumaru —se rió estruendosamente—, una escoria como tú es una vergüenza para un clan como ese, no me extraña que te hayan echado.

    Por lo general, Sesshoumaru no les habría dejado siquiera terminar de hablar, y Kanta se lamentó de no haberlo hecho lo mismo, ya que recordar lo que le habían hecho sus propios familiares lo hirió profundamente.
    Lleno de ira, le gritó que se callara, se le abalanzó encima, lo pateó y, luego de arrojarlo al suelo, lo partió a la mitad con un fuerte zarpazo. Dos estruendos sacudieron las montañas y las aves salieron volando, asustadas.

    Pero ni siquiera haber vencido a una basura como esa le hacía sentir mejor. Se puso a golpear el suelo hasta dejar un hueco, pero su corazón no se tranquilizó.

    Aclara tus pensamientos —le dijo una voz—. ¿Te has encariñado con esas tierras o con su reina?

    —¿A quién quiero mentir? —respondió Kanta.

    Esa casa es como un infierno para ti —replicó la voz—, si no fuera por su reina, no soportarías, no desearías estar ahí.

    —Es verdad.

    Tal vez, si la matas, dejes de desear estar con ella, tal vez dejes de sufrir.

    Kanta levantó la mirada, pero no vio a nadie.

    Siguió el camino de una esencia, creyendo que así encontraría al dueño de la voz, pero éste resultó ser un camino que habían hecho unos kitsune un par de días atrás y que se desvanecía cerca de un pantano.
    —Me estoy volviendo loco —concluyó—. Pero tiene razón, yo realmente no quiero estar ahí, donde todos me odian… ¿Qué estoy diciendo? ¡Sana y Akyoushi no podrían nunca odiarme! ¿Y O-yakata-sama?

    Muy en lo profundo de su corazón, sabía que no era odiado por Akyoushi ni por Sesshoumaru. Muy en su interior, sabía que ellos sólo estaban enojados y asustados porque no sabían lo que podía ser del destino de Sana.
    Creía que, cuando esas emociones negativas hubieran pasado, ellos volverían a apreciarlo en ese modo tan extraño que tienen los inuyoukai.

    El calor fue mitigándose, el viento comenzó a soplar más incluso en aquellas tierras, haciendo caer las hojas de los árboles, que comenzaban a secarse y a morir y el suelo se volvió cada día más frío. Roja como la sangre, la luna del cazador estaba comenzando.
    No pudo evitar la melancolía al pensar en Akyoushi.
    De alguna manera, necesitaba verlo y comenzó a darse cuenta de que se había encariñado con las tierras del Oeste. Comenzó a darse cuenta de que el mítico clan del Perro lo había atrapado.

    Sopló un diente de león, para que sus pequeñas semillas, como plumas, viajaran lejos y le deseó un feliz cumpleaños.

    Su padre estaba de viaje y su hermana continuaba encerrada, luego de haberse recuperado con dificultad de las graves heridas que había recibido en la batalla con aquel monstruo. Faltaba poco para que iniciara el toque de queda y había mucho movimiento a esas horas, como esa su costumbre. Vio cómo el sol descendía lentamente en el horizonte y esperó.

    Le hubiera gustado ir con su padre de viaje, para no tener que quedarse solo, pero tenía que permanecer en la Casa. Ni siquiera le habían permitido ir a ver a su abuela y todo porque el estado de alerta aún no se había levantado.

    —Y tal vez no se levante nunca —dijo algo desesperanzado.

    Había oído burlas y comentarios de la guardia mala, que era capaz de complotar contra el mismísimo Inu no Taishou. Entre ese rango, se creía que el enemigo sería eterno, porque seguía apareciendo, sin importar cuántas veces se le derrotara o qué se hiciera para evitar su regreso.

    Movió con fuerza la cabeza de un lado a otro, tratando de sacudirse esos pensamientos. No confiar en la fuerza de su padre era semejante a blasfemar.

    Suspiró.

    Pronto sería su cumpleaños, cumpliría quince años… y estaba solo. A un youkai se le consideraba casi completamente preparado a esa edad y él estaba orgulloso de eso, pero seguía sintiendo cierto vacío.
    A los lobos se les iniciaba con la primera caza en solitario, a los osos, con la primera pesca, entre los kitsune, se hacía la prueba en solitario y los gatos monteses celebraban su cubrimiento. A un primogénito de la familia de los Inuyoukai se les presentaba como listos para tomar sus cargos, si la situación ameritaba… pero a otros descendientes que no fueran primogénitos ni siquiera se les nombraba. Sólo se aullaba en su honor a la media noche, la jauría se reunía específicamente para eso. Grupos enteros de perros rojos y negros a lo largo de las tierras.

    Pero su padre no estaba allí ese día ¿Qué sentido tenía?

    Una mano tocando a la puerta lo sacó de sus pensamientos.
    —Adelante —admitió.

    La mujer entró y encendió una a una las velas que estaban a lo largo de la habitación. Ésta se llenó de luz, mientras el sol seguía ocultándose y el cielo se llenaba de frías estrellas.

    La mujer le hizo una profunda reverencia y se retiró.

    Poco después, volvieron a tocar y una cabecita negra asomó por la puerta.
    —¿Puedo entrar?

    Él, sorprendido, asintió.

    —Te traigo algo de cenar, espero te guste —dejó la bandeja dorada en una mesa y retrocedió algunos pasos.

    Rin solía traerle pasteles, a veces con miel de abeja de agua, insectos poco comunes que nacían en otras tierras. Esa era comida humana y ella había aprendido a hacerla mucho tiempo atrás, cuando vivía como humana y entre los humanos.

    Incluso la comida más deliciosa hecha por humanos, a los youkai les sabía a mierda, pero Akyoushi aceptaba esos regalos por cortesía.
    —Es un lindo gesto de tu parte —le sonrió apenas.

    —Feliz cumpleaños.

    —Gracias.

    Se acercó a él hasta un punto en que Akyoushi debió retroceder, confundido.
    —Lamento que tu padre no pudiera estar aquí contigo esta noche.

    —Proteger las Tierras es más importante —racionalizó él.

    —Sí, eso es verdad —Rin forzó una sonrisa—. Si está muy ocupado, príncipe, lo dejo.

    —Oh, no, no lo estoy.

    Rin volvió a sonreírle y se sentó cerca de la mesa en donde había dejado los pasteles.

    El chico se sentó a la mesa y se le quedó mirando por un largo rato.

    Ella levantó una ceja.
    —¿No va a comer, príncipe?

    Él pareció despertar de un trance.
    —Ah… sí —respondió con un tono calmo y poniendo un rostro impasible. Luego, tomó uno de los pasteles e hizo fuerza mayor para comerlo y no tener arcadas—. Saben bien —mintió con el mismo tono.

    Ella rió.

    Pasaron un buen rato juntos y luego, ella se retiró, cuando era ya tarde.
    Lo último que quería era que la Guardia Mala la viera y salieran a decir que engañaba al amo con el hijo.

    Akyoushi perdió su vista en el cielo, tratando de imaginar qué hacía Inuyasha en una aldea llena de humanos. ¿Tal vez comían y dormían todos los días? ¿Quizás se reunían todas las noches alrededor del fuego a contar historias? La vida de los hanyou era considerablemente corta comparada con la de los youkai, pero increíblemente más sencilla, o eso le parecía a él.

    —Tal vez tú hubieras pensado justo lo contrario.

    Miró una pintura de Kanta que estaba en la pared y que Rin había hecho especialmente para él. Como su padre no quería verlo ni en pintura, sólo la colgaba cuando él estaba fuera, como esa noche.

    En el momento de enojo, había pensado en quemar aquella pintura, pero Rin le había descubierto y lo había detenido antes de que hiciera nada, aludiendo que un momento de locura podía llegar a convertirse en una eternidad de arrepentimiento. Por si fuera poco, recurrió a las palabras mágicas:

    “¿De verdad vas a quemar mi regalo?”

    Rin era realmente buena para las artes cuando se lo proponía, porque todo lo que hacía salía de su corazón. Destruir un objeto como aquel sería herirla demasiado y él no podía imaginarse hiriendo a Rin. Desistió de la idea de quemar la pintura, por supuesto, y todo el enojo fue pasando. Ahora, al menos tenía alguien con quien discutir… aunque cualquiera que lo hubiera visto lo hubiera considerado loco.

    Algo en su corazón se estrujó. No importaba qué errores pudiera cometer Kanta o cuán enojado estuviera con él, no podía odiarlo.

    Rin le había enseñado dos cosas: no se puede competir con la persona a la que se ama, ni se puede odiarla.

    ¿Sería un error demasiado grande e imperdonable sentir aprecio por un hanyou?

    Volvió a mirar por la ventana y el viento del otoño sopló a su alrededor. De pronto, algo brilló en el cielo de la media noche, algo venía volando lentamente hacia él.

    Ante su sorpresa, un montón de pelusa entró a su habitación, impulsada por un viento arremolinado que lo rodeó.

    Instintivamente olisqueó el aire y el olor en esa pelusa se le hizo conocido.
    —¿Kanta? —murmuró sorprendido y se rindió ante sus propios sentimientos—. Sí, eres bienvenido también.
     
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    Pan-chan

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    Al fiiiiiiiiiiiiiin puedo leerte con tiempo. Bueno no se ni por donde comenzar porque me perdi unos cuantos capitulos, que por cierto estaban buenisimos.

    Me agradó como narraste la transformación de Rin, fue una mezcla de rabia, tristeza e impotencia (en realidad casi ahorco a la computadora mientras leia XD) tambien esta el dilema entre Kanta y Sana, la rabia de Sesshomaru y la confusión de Akyoushi en ciertas ocasiones. Todo en general me parece perfecto, en verdad te has destacado escribiendo esta historia y puliendo el más minimo detalle, la narración es muy buena como siempre y no noté errores...quizas porque estaba tan entretenida leyendo que no me preocupé en detallar ese tip de cosas.

    Espero que continues con tu fic, no quiero que creas que he dejado de leerte pero ya sabes cual es mi situacion actual.
     
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    60
     
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    Me alegra saber que les está gustando esta historia en la que he invertido mucho tiempo y mucha imaginación. También he pasado mucho tiempo puliendo detalles, pero aún así hay errores que resisten la primera lectura. De todos modos, la idea general es que tengan un viajecito a ese pasado, que tal vez a todos nos hubiera gustado conocer, con sorpresas, humor romance y, por supuesto, algo de miedo, que faltó en el animé, pero dio mucho de qué hablar en el manga…
    Así es, trato de buscar la misma sensación del manga.
    Me alegra saber que algunos piensen que esto se vería genial en anime, yo por mi parte, creo que se vería bastante curioso, tal vez si perfilara la historia lo suficientemente bien, conseguiría permiso de Rumiko-sama para que me lo editaran en anime, jejeje.

    Estas son las típicas historias que surgen cuando no queremos resignarnos y aceptar que una serie tan buena ya murió. De todos modos, creo que hay series que son mucho más maduras que ésta, aunque no tengan el mismo nivel de complejidad.
    En cuanto a los personajes de mi fic, deben tener en cuenta que algunos son nuevos y muy poco pulidos.
    La relación de Sana y Kanta es algo que daría mucho que hablar, especialmente porque es como un sueño inconsciente que todos solemos tener, aunque el verdadero rollo parece ser aquí otro, un tanto más complejo, me entenderán más adelante.

    Akyoushi es un dulce. Es brusco y frío como en un youkai cabría esperarse, pero tiene su lado bueno. A fin de cuentas, sólo es un niño sobreexigido, sin madre y sin un padre que le preste atención, siendo Kanta su único y verdadero amigo, a pesar de las abismales diferencias que puede haber entre ambos. Aclaremos, no es que Akyoushi esté enojado con Kanta, sólo está asustado.
    Y no es que deteste a Sana.
    Claro que tampoco debemos olvidar que Akyoushi está imprimado de Rin.

    Para el que no entienda lo que es una imprimación, en veterinaria lo entendemos como el apego de un cachorro hacia la persona más cercana a la que considera su madre y/o su líder, una vez que se ha desprendido de su madre biológica —a la fuerza, en el caso del chico—.

    En cuanto a la transformación de Rin, ha de entenderse como un trauma tan equiparable a una tercera muerte. ¡Akuma maldito! ¡¿Qué le hiciste a nuestra hermosa Rin?!

    Las referencias a la serie no son muchas pero, imagínense, si tenemos una trama original rica, desarrollada, que tiene tantos condimentos ¿por qué utilizar cosas de afuera? ¿por qué no le ponemos los mismos condimentos en la justa medida que ya traía la serie consigo? Además, no quiero que se rompa la barrera. Esta no vendría a ser “otra serie”, sino una parte de la misma serie, una emanación, una continuación, por tanto, intento mantener el mismo registro en la medida de lo posible.
    En fin, intento que esta historia se deje leer.
     
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    Tormenta Negra

    Sana sintió que estaba en un profundo lago de heladas y oscuras aguas, hasta que vio una luz extraña, una luz que parecía atraerla, aunque ella no pudiera moverse ni hacer nada.
    De pronto, vio moverse una silueta plateada y tuvo la sensación de conocer a la persona que estaba cerca de ella. Le miraba desde la orilla, le miraba fijamente, como si intentara transmitirle un silencioso mensaje.

    Realmente conocía esa situela.
    —¿Kanta? —estaba confundida— ¿Kanta, qué haces aquí? ¿Qué hacemos aquí? ¿En dónde estamos?
    Pero no obtuvo respuesta.

    —¿Kanta? ¿Puedes escucharme?

    De pronto, le dio la espalda y comenzó a alejarse.

    Ella quiso estirar una mano hacia él.
    —Kanta… espera, no te vayas —quería nadar hasta la orilla, pero su cuerpo no le respondía—. No te vayas, no me dejes. Por favor, Kanta…

    Y él volteó a verla.

    Pero no era Kanta.

    Y sin embargo, se le parecía mucho.

    —Quítate tu vestido de novia.

    Ella, sorprendida, se miró a sí misma y realmente llevaba un vestido de novia y una corona de flores blancas, como su nombre.
    —¿Quién eres? —ese era un youkai, un inuyoukai como ella—. Inuyoukai —nuevamente intentó nadar hacia la orilla, pero el agua estaba tan fría que su cuerpo se había entumido.

    El youkai volvió a darle la espalda y se marchó a paso lento, sin decir nada más, como si sólo hubiera avenido a verla. Ella quiso hablarle, pero la voz no le salía, tampoco pudo gritar.

    Y de pronto, se halló sumida en su mundo oscuro y quieto, en el que había vivido siempre.
    —¿Todas esas cosas… no eran más que sueños? —¿había estado constantemente viviendo un sueño dentro de otro?

    Claro, ¿de qué otra manera habría podido ver u oír?, sólo había sido un extraño sueño.

    Trató se ubicarse espacialmente y sintió alivio de saber que se encontraba acostada en su habitación, como siempre.

    Pero no puedes seguir siendo débil por siempre, Inu no Taishou casi te dejó morir, porque caíste víctima de algo tan estúpido como la trampa de un kageyoukai. Él está avergonzado de ti, nunca ha sido justo contigo y no deberías considerarle tu padre.

    —No digas estupideces.

    No son estupideces, tan sólo digo la verdad, si quieres seguir viviendo, deberás matarlo. Si Inu no Taishou vive, tú no podrás seguir viviendo.

    Era la misma voz sin dueño que venía oyendo desde hace tiempo atrás.

    —No hay nadie capaz de vencer a Inu no Taishou —declaró ella.

    Un daiyoukai puede vencer a otro.

    —No hay otros daiyoukai que les superen.

    —Conviértete en daiyoukai y atácalo.

    —Eres un iluso ¿realmente piensas que atacaría a mi padre?

    —Tienes motivos, te ha quitado tu derecho de ser guardiana.

    —No me ha quitado nada —gritó el eco de su mente—, las cosas y las decisiones no nos pertenecen a nosotros, sólo a los señores de los youkai.

    —Aférrate a eso como náufrago a una tabla. Una vez que seas daiyoukai, serás la dueña de tu propia voluntad y de tus decisiones. No tiene por qué atarte tu supuesta debilidad. Entre los youkai, eres una de los más fuertes. Si te conviertes en daiyoukai serás dueña de tu poder.

    —Las maneras de convertirse en daiyoukai son otras.

    —Durante generaciones no ha habido otra manera que asesinar al líder. ¿Cómo crees que se convirtieron en líderes todos esos poderosos youkai? ¿Crees que los Señores simplemente se hicieron a un lado y cedieron sus poderes para dárselos a alguien más?

    —Mi padre ha…

    —Yo me río del poder de tu padre. Fue derrotado por un inútil hanyou como es Inuyasha, más bien, se dejó derrotar. Nunca ha merecido ser guardián, ni merece decidir sobre ti.

    Sana sintió que el corazón iba a salírsele.

    Rompe tus cadenas —le exigió la voz—. Rompe tus cadenas y enséñame de qué color son esos hermosos ojos tuyos.

    Sana se sentó, asustada. Aquella voz le había dicho muchas verdades, aún si tenía malas intenciones. Ella no era verdadera dueña de sus decisiones, de su poder o de su voluntad. Su padre lo era.
    Todos los daiyoukai que lo eran habían tenido que asesinar a sus familiares y, de hecho, era considerado un honor que un heredero de un poder fuera capaz de asesinar a su predecesor. Aquello se disfrazaba diciendo “derrotar al líder”, pero la derrota, lamentablemente casi siempre terminaba en muerte. Su padre no había cumplido con aquella premisa, porque el anterior líder había sido asesinado por otro daiyoukai.
    La voz, entonces, le había dicho otra verdad: un daiyoukai puede vencer a otro. Y si su padre se hubiera transformado antes, se seguro habría matado a su abuelo. No había muchas opciones al respecto y no conocía historias que hubieran terminado con finales felices.
    En el caso de los lobos, el sucesor único había tomado el lugar que le correspondía tan pronto como el anterior líder fallecía por causas naturales. La historia del clan Hyounekozoku era bastante escabrosa. Los miembros del clan que no habían sido lo suficientemente fuertes habían sido, de hecho, asesinados por su líder.

    Muchos daiyoukai no eran como su honorable padre, porque muchos sólo pensaban en su propio poder y en mantenerlo, sin importar el medio al que debieran recurrir para lograrlo. A esa clase de youkai, no les importaba su gente.

    Finalmente, estaban aquellos youkai que desertaban de sus clanes y formaban su propio clan. Pero ella no podía desertar, porque no podía darle la espalda a su familia y dejar que se dividiera. Su instinto le dictaba lo contrario.

    ¿Cuál era el verdadero propósito de la voz y por qué seguía hablándole?

    De repente, algo la sobresaltó. Salió de su habitación, rompiendo los sellos y miró a través de la primera ventana en su camino. Había una tormenta afuera, una tormenta negra.
    El viento no entraba al palacio, lo cual significaba que su padre lo estaba frenando, sin embargo, del otro lado de la barrera podía percibirse una fuerte intención maligna.
    Salió corriendo en busca de su padre.

    Sesshoumaru sintió la presencia de Sana saliendo de la habitación sellada. Que ella decidiera salir por voluntad propia era una muy mala señal. Miró de mala manera aquella tormenta. Estaba demasiado cerca y parecía tener la fuerza de un huracán. A su paso, había destruido un bosque y secado un lago, la tierra iba quemándose. Era Tormenta Negra. Era Kuroika.

    Sana apareció a su izquierda, apoyada en el pasamano y mirando en dirección al lugar de donde venía la tormenta. Aún estaba lejos, pero avanzaba muy rápido.

    —¿Qué sucede, padre?

    —Es Kuroika. No podemos dejar que llegue a las Tierras. Prepárate para pelear.

    Sana sólo parpadeó, pero no dijo nada.

    De inmediato, él convocó a todo un ejército. Acostumbraba a pelear solo, pero la situación era adversa, no podía darse el lujo de elegir.
    —Kuroika está a varias leguas, su fuerza quema la tierra e incluso el aire, prepárense para morir.

    A pesar del miedo que tenían, todos esos youkai aceptaron aquel designio y salieron detrás de Inu no Taishou y Sana.

    Cuando atravesaron el campo de energía que protegía al palacio, un viento de gran fuerza los golpeó. Pero de inmediato, cambió de dirección y comenzó a arremolinarse en tornados que se desviaban hacia otros sitios.

    Sesshoumaru se enfocó y creó un campo de energía alrededor de sí mismo y de los youkai, pero sabía que llegaría un momento en que no podría defenderlos y ellos deberían defenderse a sí mismos.

    Pero ¿Y ese viento arremolinado? Era la primera vez que lo veía.

    Una estela azul pasó frente a él y abrió una brecha en medio de la tormenta y luego, volteó hacia él.

    —¿Akyoushi? —no podía creerlo. Akyoushi estaba manipulando la tormenta, pero no como lo hacían los inuyoukai… sino como lo haría un Hyounekozoku—. Regresa a casa, ahora.

    —Creo que tengo que ir —fue todo lo que contestó como negativa a regresar.

    —Interesante estrategia de batalla —le dijo Sana—, traer niños que no pelean como inuyoukais a proteger un clan de inuyoukai. Me interesará ver eso.

    Akyoushi la miró sin comprender.

    Cuando iban a pasa la frontera, vieron con espanto que la tormenta la había cruzado. Las nubes oscuras se convirtieron en una masa negra que cambió de forma.

    —¿Eso es jyaki? —llegó a preguntarle un soldado.

    —No.

    Ni bien contestar, un remolino negro se dirigió hacia ellos como una veloz serpiente y el ejército se dividió, quedando Sesshoumaru y Akyoushi de un lado y Sana, al otro.

    El remolino, que había pasado de largo, retornó como un boomerang y atacó al grupo al que protegía Sesshoumaru. Él saltó hacia el remolino y lanzó un ataque con Tenseiga, logrando así deshacer la mitad del remolino. Lo que quedaba del mismo, subió hacia aquella masa negra en las nubes… y volvió a bajar.

    —¡Retrocedan! —les ordenó Sana.

    —¡No lo hagan! —vociferó Sesshoumaru.

    Si los dejaban pasar, sería el fin.

    Sana se enfocó en el nuevo remolino, consiguiendo reducirlo y ralentizarlo. Un ataque de Tenseiga fue suficiente para hacerle retroceder.

    Deja de proteger a Sesshoumaru —dijo una voz extraña dentro de la cabeza de Sana.

    De inmediato, otros dos remolinos bajaron a los costados de él y uno de ellos llegó hasta la mitad de los soldados y golpeó a varios de ellos. Sesshoumaru cortó en el aire y formó una onda explosiva que golpeó gran parte de aquella maza negra y la hizo retroceder. No tardó en darse cuenta de que Sana ya no le protegía.

    Los soldados que habían sido golpeados se levantaron.

    Pero muchos de ellos estaban rodeados de un aura negra y sus ojos resplandecían de un rojo furioso.

    Atacaron a Akyoushi y él logró alejarlos con un golpe certero.
    —¿Qué les pasa? ¿Por qué me atacan?

    Ellos se levantaron con velocidad descomunal y volvieron a atacarlo.

    Akyoushi volvió a atacarlos, esta vez asesinándolos…

    …pero volvieron a levantarse, convertidos en unas masas negra de ojos rojos…

    …le recordaban a esa araña.

    —¡Corre! —Sesshoumaru saltó frente a él y los cortó con Tenseiga—. ¡Son sombras!

    Nuevos remolinos bajaron desde la nube

    —¡No dejen que los toquen los remolinos! —les advirtió Sesshoumaru a los que estaban detrás de él— ¡Sana, ayúdame, detenlos!

    Pero ella parecía perdida.

    —Sana…

    Los remolinos golpearon el suelo y se convirtieron en masas con formas monstruosas y ojos rojos. Tal y como su padre se lo había dicho, eran Sombras.

    —Así que esos son los Kageyoukai —valoró Akyoushi.

    —¿Esos son los Kageyoukai? —se cuestionó Sana tranquilamente, sin moverse del lugar.

    El ejército comenzó a pelear con los Kageyoukai. Más y más remolinos continuaron bajando, creando más y más de esas criaturas.
    Era algo muy difícil. Cuando los cortaban, regresaban a su forma original y seguían atacándolos y si cortaban a dos o más que estaban muy cerca el uno del otro, se combinaban, para convertirse en una criatura de tamaño mayor.

    Un Kageyoukai con forma de lagarto de ocho patas saltó frente a Akyoushi y él se encogió, pero la sombra se desvaneció en el aire, como si alguien la hubiera borrado. Al levantar la vista, vio a Sana con la mano extendida.

    —No te asustes —le dijo ella—. No tienes que pelear.

    —¡Protege también a nuestro padre!

    Pero ella no respondió.

    Para Sana parecía ser más que suficiente extender la mano hacia las sombras que pretendían atacarla. Le resultaba fácil pelear, como fruto de los arduos entrenamientos a los que su padre la había sometido por años, justo para ese propósito.

    Sentía algo de culpa por no estar protegiéndolo. Estaba siendo malagradecida.

    Pero él era un daiyoukai ¿realmente necesitaba esa protección?

    La batalla se prolongó y muchos de los youkai que los acompañaban fueron devorados. Sesshoumaru hacía lo posible por mantener al margen a Kuroika pero, por alguna razón, el espantoso lobo negro de tres colas se negaba a marcharse. Seguía atacándolo, como si supiera… que tenía oportunidades de ganar.

    —Eres un iluso.

    —El iluso eres tú, Sesshoumaru del Clan Inuyoukai.

    De pronto, la tierra se volvió negra.

    —¡Arriba todos! —gritó el daiyoukai.

    Todos levantaron vuelo casi al mismo tiempo, pero cuando Sesshoumaru volteaba hacia Kuroika, una enorme bola de energía pasó velozmente frente a sus ojos…

    …y derribó a Akyoushi.
    Unos negros tentáculos atravesaron el suelo y lo jalaron hacia abajo. Él pudo recordar aquella pesadilla.

    Sana intentó bajar hasta él, a pesar de que Sesshoumaru le ordenó que no lo hiciera.
    Ella consiguió sujetar a su hermano, pero otra bola de energía la golpeó y la hizo volar varios metros atrás. De inmediato, los brazos negros que sujetaban al chico desaparecieron.

    Sana se levantó y gritó. El rostro le ardía y se lo cubrió con ambas manos.

    —¡Akuma! —le gritó Sesshoumaru al lobo negro que esperaba entre las nubes— ¡¿Qué le hiciste a mi hija?!

    El kageyoukai rió a carcajadas.
    —Cumplirle su sueño.

    —¿Eh?

    —Padre… —murmuró Sana y todos la miraron.

    Sus ojos parecían vivos y ya no tenían aquella aureola azul.

    —Puedo ver… —se levantó.

    —¡Sana!

    —…y también puedo oír —comenzó a reír.

    Pero de inmediato, se hizo visible el aura negra que rodeaba a todos los kageyoukai. El jyaki, el jyaki que no habían conseguido eliminar de su cuerpo.

    —Padre, puedo verlo —intentó acercarse a él.

    —No te muevas —con Tenseiga, cortó parte del aura negra, pero sin quererlo, hirió también a Sana.

    Ella lo miró con ojos muy abiertos y unas cuantas lágrimas cayeron de sus ojos.
    —¿Me ha atacado? —saltó hacia él y lo golpeó, derribándolo y haciéndole soltar a Tenseiga.

    —Sana, no —le gritó Akyoushi y saltó hacia ella, consiguiendo alejarla de su padre.

    Ella se levantó y volvió a saltar hacia donde estaba Sesshoumaru, pero Akyoushi la atrapó en el aire y ambos cayeron al suelo.

    Sana intentó soltarse y ambos comenzaron a forcejear.
    —Suéltame, ahora.

    —No lo ataques, no puedes.

    Finalmente, ella consiguió zafarse. Un haz brillante la golpeó y la hizo chocar contra una enorme roca, parte del aura negra desapareció, pero ella le miró con furia.
    —¡¿Por qué?! —le preguntó sin entender.

    Se enfocó en su padre y le provocó quemaduras en ambos brazos.

    Él cerró ambas heridas en el acto y saltó hacia ella, golpeándola en un intento de dejarla inconsciente, pero no lo consiguió.

    Ella levantó la vista y nuevamente se enfocó en él, pero la explosión consiguiente lastimó a ambos.
    Sesshoumaru quedó momentáneamente cegado y retrocedió.

    Akyoushi volvió a arrojarse hacia ella y se interpuso en medio de su padre y su hermana.
    —Basta, Sana, no puedes…

    —Quítate de en medio —le gritaron ambos.

    Sana iba a saltar por encima de él, pero el chico saltó y consiguió atraparla en el aire. La empujó con violencia y la hizo caer contra la misma roca. Sin darle tiempo, la acorraló.

    Sana superó el dolor del golpe y lo miró, confundida.
    —Akyoushi, tú… ¿por qué? —le dio un golpe en el estómago, haciéndolo volar hacia atrás y volviendo a saltar hacia su padre, sin poder detenerse, porque algo en su interior parecía ordenarle matarlo, porque su padre, después de todos sus errores, se lo merecía.

    Él la frenó en el acto con un movimiento de la hoja de su espada, la agarró de un brazo y la lanzó hacia atrás, consiguiendo hacerle perder el equilibrio. Iba a intentar cortar el aura negra una vez más, pero ella extendió un campo de energía a su alrededor, empujándolo lejos de sí.
    Redujo el campo al sentirse segura, pero su hermano aprovechó esa distracción para atacarla por detrás y empujarla contra el suelo.

    Ella volteó de inmediato hacia él.
    —Detente, ahora.

    —Detente tú —sin darle tiempo a hacer nada, la sujetó de las muñecas—. ¿Olvidas quien eres? No puedes hacer esto, tienes que resistir, no puedes dejar que esa basura te controle.

    Repentinamente, el muchacho sintió como si algo le aplastara la cabeza. Ella se estaba enfocando en él, a pesar de eso, resistió y no la soltó. La presión pronto se extendió a todo su cuerpo y sintió como si fuera a explotar.

    —Suéltala —le dijo Sesshoumaru a sus espaldas, asustado—. Tienes que soltarla, ahora —desde donde estaba, no podía hacer nada, heriría a ambos.
    Miró a Akuma, sólo le quedaba intentar debilitarlo, para que perdiera poder sobre ella. Saltó hacia él e intentó cortarlo, pero el lobo negro fue más rápido.

    —Eres un tonto, puedes pelear conmigo eternamente, pero no le liberarás.

    —Cállate —y volvió a intentar cortarlo.

    —¿Qué te pasa, Sesshoumaru? ¿No puedes hacer nada por tus hijos? ¿Tampoco puedes atacarlos? —rió cruelmente.

    —¿Qué-e me-e hace-s? ¿Crees… que me dejaré… vencer, he-ermana mayor? —una masa de sabor extraño invadió su garganta, tosió y escupió sangre, pero aún así no la soltó.

    Ella se confundió, sus capacidades parecían no surtir efecto alguno.
    —Suéltame Akyoushi, ahora —al no recibir respuesta, ella comenzó a golpearlo con la rodilla—. Anda, ¿por qué no me sueltas? ¿Quieres que te mate?

    Él resistía los golpes y la presión, sin moverse.
    —Puedes destrozarme, pero no permitiré que ataques a nuestro padre.

    —¿Qué dices? —volvió a golpearlo. ¿Cómo podía tener más fuerza que ella, siendo más pequeño?

    —Nos ha salvado la vida ¿y es así como se lo agradeces?

    —Me ha atacado, ¡y tú también!

    Él quedó tendido de espaldas en el suelo y Sana saltó por encima de él, para caer sobre su padre, pero chocó con el campo creado por su youki y debió retroceder.
    —No soy Akyoushi, no es esta la manera en que vencerás a un daiyoukai —le dio un golpe en el estómago y la hizo volar hacia atrás, haciéndola caer de bruces, debajo de lo que quedaba de la roca.

    Ella dejó de sentir la mitad de su cuerpo, mientras intentaba levantarse del suelo. Había recibido un golpe por todos los que le había dado a su hermano.
    —¿Por qué-e…?

    —Date cuenta de que te controla ese monstruo.

    —No es verdad —a pesar del dolor, consiguió ponerse de pie apenas. Su padre no había tenido dificultad alguna para atravesar su barrera. La primera vez sólo le había detenido la sorpresa.

    De repente, una sombra negra cubrió a los tres. Kuroika estaba sobre ellos.

    Sesshoumaru clavó Tenseiga en el suelo, con la esperanza de que la barrera los protegiera.

    Pero las sombras no tuvieron dificultad en atravesarla.
    —Lo hiciste muy bien, Shiroihana —se burló.

    —Esa voz… —miró hacia arriba y esa oscuridad le resultó familiar—. Kuroika.

    —Has dejado débil a estos inuyoukai que presumen de ser los youkai más fuertes existentes. En verdad, debes ser la más fuerte entre todos los de tu raza.

    —¿Qué dices? —le gritó ella.

    —…Por eso, ahora me darás todos tus poderes a .

    La tierra tembló debajo de ellos y muchos trozos de roca comenzaron a ser absorbidos por la fuerza proveniente de aquella masa negra. Envolvió a la chica y la jaló hacia arriba.

    Akyoushi reaccionó y la sujetó de la mano.
    —No lo permitiré.

    —Inuyoukai maldito —escupió la sombra—, ya te llegará la hora.

    Sesshoumaru entendió en el acto las intenciones de Akuma y jaló a Akyoushi hacia atrás, para salvarlo de una descarga de veneno, pero eso provocó que envolviera completamente a Sana, perdiéndola en alguna parte del interior de esa masa oscura, que ascendió hacia las espesas nubes.

    —No dejaré que le hagas daño a mi hermana.

    Akyoushi gruñó furioso y saltó hacia las nubes, cambiando de forma en el acto. Usó sus poderes para controlar el viento, pero no fueron muy útiles contra la masa negra. Abrió la boca y soltó una explosión de youki, que resultó ser insignificante, pero Kukoika le devolvió el ataque.

    Una bola de energía negra lo hizo volar lejos y lo envolvió. Akyoushi giró en el aire, cayó de pie y se impulsó de nuevo hacia el enemigo, pero un tentáculo de esa nube negra lo cazó del cuello, estrangulándolo.
    —Ya habías sido golpeado por el jyaki y te ha estado devorando durante horas, muy pronto no quedará nada de ti…

    Una esfera de energía blanca golpeó a Kuroika, logrando arrancarle un pedazo y soltar al joven inuyoukai.

    Sesshoumaru, convertido en su verdadera forma, lo atrapó en el aire y lo cargó a sus espaldas. Se enfocó en la masa negra, que ahora había perdido esa forma de lobo e intentó atacarla una vez más…

    —Anda, atácame perro, y mata tu hija también —el inuyoukai le gruñó—. Así es. Ella aún está viva pero si intentas algo, le mataré.

    —Juegas sucio, maldito bastardo. Te aniquilaré.

    —Anda, hazlo.

    Pero Sesshoumaru no se movió.

    —Eso es lo que pensé, inuyoukai cobarde —y riendo, comenzó a desaparecer.

    Y la tormenta comenzó a amainar y el cielo a despejarse, pronto pareció como si Kuroika nunca hubiera estado allí. La mayoría de sus soldados habían escapado o habían sido absorbidos por Kuroika.
    Tenía que recuperar a Sana, y pronto.

    —Príncipe ¿te encuentras bien?

    Pero no recibió respuesta alguna.

    —¿Príncipe? —deshizo la transformación de ambos e intentó reanimar a Akyoushi, pero no pudo hacerlo. Estaba frío y pálido, como si Kuroika se hubiera tragado una parte de él—. Akyoushi —casi podía jurar que quería llorar por él—. No debiste venir. Te dije que regresaras.

    Había un gran escándalo entre toda la guardia y los sirvientes cuando regresó, también los miembros de la casa estaban por todos lados, como buscando respuestas a cosas que no la tenían.

    —O-yakata-sama —Rin salió a recibirlo—. Akyoushi —se asustó de verlo tan quieto— ¡no pude detenerlo!

    —Es como si aún estuviera vivo —le dijo Sesshoumaru—, pero no reacciona.

    —¿En dónde está Sana?

    —No resistió al ataque de Kuroika.

    —Eso no puede ser, es demasiado fuerte, Kuroika no puedo haberla vencido.

    —Pero al parecer, sí pudo engañarla —Inu no Taishou sonaba realmente furioso.

    Rin se encogió sobre sí misma, mientras miraba al hijo del amo.
    —Hay que hacer algo de inmediato.

    Poco después de haber regresado a casa, una presencia conocida se sintió cerca del perímetro y él no pudo creer que esto aconteciera justo en un momento tan malo. Kuroika había echado a perder a sus hijos y les había hecho tremendo daño ¿y ahora esto?
    Era todo lo que le faltaba.

    Miró en la dirección de la que provenía la presencia y saltó desde el techo, para atravesar por arriba la barrera que rodeaba al palacio.

    Cayó parado frente a ellos y les dio un buen susto. Inuyasha, por enésima vez, acaso tenía la cabeza demasiado dura como para entender que nadie quería verlo por allí.
    No había muchas personas a su alrededor, sólo su mujer y su hijo. ¿Acaso ellos sabían…?

    De inmediato, se fijó en Kanta.
    —¿Qué haces aquí? —preguntó el daiyoukai contrariado.

    —O-yakata-sama, disculpe mi atrevimiento, pero siento que tengo que estar aquí.

    —Eres terco, hanyou. Te dije que te alejaras de mis tierras —levantó la garra— o te mataré.

    —Puede matarme si quiere, o-yakata-sama, porque lo merezco, pero no conseguirá hacerme huir de aquí. Lamento mucho el error que cometí y sé que usted no admite errores… pero yo… jamás volveré a hacer algo así, jamás pondré en peligro la vida de sus hijos. Lo juro por la vida de mis padres.

    Sesshoumaru le miró con los ojos entrecerrados.
    —Como si la vida de tus padres valiera tanto.

    Kanta sintió mucho dolor con la pedrada, pero aún así resistió.
    —Lo juro por la tumba de mi abuelo.

    A Sesshoumaru le parecía infame que Kanta dijera ser el nieto con tanta libertad.
    —Tú no conoces la tumba de mi padre —declaró cortante.

    —Pero aún así le guardo respeto —Kanta le miró con los ojos encendidos—, él le permitió a mi padre vivir.

    Sesshoumaru miró a Inuyasha con una mueca de desprecio antes de centrarse en Kanta.
    —Márchate antes de que me arrepienta.

    Kanta fue bajando la cabeza
    —Le suplico que me perdone.

    Sesshoumaru le miró en silencio por largo tiempo.
    —Tu lugar no es aquí.

    —Yo estoy seguro de que sí lo es, este es el Clan del inuyoukai mi sangre salió de aquí.

    —Tú no naciste aquí.

    —Akyoushi-sama tampoco.

    —Él es mi hijo —le mostró los colmillos.

    —Le pido que sólo me de una oportunidad.

    —Estás perdiendo el tiempo.

    —Sé que no, o-yakata-sama, usted es bueno y misericordioso con todas las criaturas que le rodean. He venido aquí con la esperanza de ser escuchado, le pido que no me quite su protección.

    —Nunca confiaré en ustedes.

    Inuyasha le gruñó.
    —Ah, ya basta, eres un maldito, deberías escucharle ¿No recuerdas acaso las batallas con Naraku? Él quería dividirnos, hubiéramos muerto si no podíamos pelear juntos —lo miró a los ojos—. Deja tu maldito orgullo de lado y acepta mi fuerza.

    —¿Vas a quedarte aquí, Inuyasha?

    —Me quedaré adherido al suelo y no permitiré que ni tú ni los tuyos me atropellen. Esta también es mi casa, te guste o no, ¡no puedes echarme! ¡ni tampoco a Kanta! Declaro que el exilio se acabó.

    —Inuyasha… —Kagome estaba sorprendida por el tono que Inuyasha había usado, un tono que jamás había escuchado, casi tan sublime y fuerte como el de un daiyoukai.

    Aún así parecía estar dispuesto a desenvainar a Tessaiga si las palabras no llegaban a surtir el efecto deseado.

    —Has lo que quieras —le espetó Sesshoumaru—, pero te arrepentirás más pronto que tarde.

    Entró a la casa y los dejó afuera. Se encerró en su habitación y se quedó ahí quieto, sin saber qué hacer.

    ¿Era posible que Inuyasha y los demás de alguna manera sintieran o presintieran lo que había sucedido?
    ¿Por eso estaba ahí?

    ¿Debía acaso decírselo?

    —Sesshoumaru-sama.

    Sesshoumaru volteó y se encontró con el rostro blanco de Rin.
    —Estás aquí.

    —Hubo un gran alboroto afuera hace unas horas.

    —Sólo un tumulto en las afueras, nada realmente importante.

    Ella lo miró de lado.
    —¿Está seguro de que no hay algo que quiere decirme?

    —No sé en donde pudo haber ido Akuma.

    —Al límite entre el mundo de los vivos y el de los muertos.

    Sesshoumaru volteó sorprendido.
    —¿Cómo es que lo sabes?

    —Es a donde me llevó aquella vez, a un lugar inaccesible, para que nadie pudiera ayudarme ni a mí ni a los otros youkai.

    —¿Piensas que intenta ponerle a Sana un hechizo de control, como el que te puso a ti? Para llegar al límite entre el mundo de los vivos y de los muertos, necesita tomarse un camino del inframundo.

    —Afortunadamente tiene a Inuyasha. Aunque usted no pueda sujetar a Tessaiga él si puede, y puede abrir un meidou y crear un camino hacia ese lugar.

    —Lo que dices es difícil de hacer —Sesshoumaru miró hacia fuera—. Un Meidou-ha puede llegar a ser muy impreciso. Además, debo ir a buscar a Inuyasha y luego de todo lo acontecido…

    —Pero Inuyasha está aquí ¿verdad?

    Sesshoumaru volteó a mirarla.

    —Kanta aún quiere regresar ¿verdad, Sesshoumaru-sama? He podido sentir la presencia de Inuyasha. Estoy segura de que si usted le cuenta lo que sucede, ellos accederán a ayudarle. Su hijo pequeño debe estar pasando por un gran sufrimiento —negó con la cabeza—, no puede dejarle así, Sesshoumaru-sama, no puede permitir que Akuma se quede con el youryoku de Sana… podría desatar una catástrofe y ella… —se cubrió la cara— y ella nunca… nunca podrá… —cayó de rodillas al suelo y no pudo seguir hablando.

    Sesshoumaru se sentía una basura, la hacía sufrir vez tras vez, como si quisiera demostrarle de algún modo que la cadena de desgracias jamás iba a romperse. La levantó del suelo y la hizo callar.
    —Todo va a estar bien, no dejaré que una basura como Akuma se burle de nosotros. Pagará caro lo que ha hecho.

    Ella tembló y lo abrazó.
    —Perdóneme —lo que estaba sucediendo no era culpa de él, toda la culpa era de Akuma y tenían que detenerlo rápido—. No debería desconfiar de usted. Perdón —se separó de él.

    —Ve a donde está Akyoushi —le rogó él—. No le dejes solo.

    Sesshoumaru caminó hacia fuera, donde había dejado a Inuyasha y su familia.

    Ellos se pusieron de pie.
    —Hemos escuchado rumores entre la guardia que dicen que Kuroika intentó entrar a la región y peleó contigo y con tu hija —le dijo Inuyasha algo inquieto—, pero ella no regresó contigo —si creía que con eso iba a amedrentarlo e iba a conseguir que se marchara de nuevo a la aldea, estaba enormemente equivocado.

    —¿Quieren saber lo que ha sucedido? Síganme.

    Kanta prefirió quedarse afuera, como las reglas de la familia indicaban, porque quería demostrarle a su tío que era capaz de obedecer y que merecía quedarse allí. Aún así, su conexión con Akyoushi era ya muy fuerte y presentía que algo no estaba bien. Los rumores tampoco le gustaban y su angustia se palpaba con facilidad.
    —Papá, cuéntame luego lo que sepas —pidió con la humildad que le caracterizaba.

    Inuyasha asintió, miró a Sesshoumaru y lo siguió. Kagome dudó por unos instantes, pero finalmente, acompañó a Inuyasha.
    Entraron en una habitación amplia que tenía suelos de diferentes niveles de altura. En el centro, brillaba una barrera y Rin permanecía sentada cerca, con el rostro cubierto, como siempre.
    Akyoushi parecía estar dormido sobre el altar rojo que estaba dentro de la barrera. Estaba increíblemente pálido. Ninguno pudo acercarse.

    Kagome pudo notar algo que la perturbaba.
    —¿Ese es el jyaki de Akuma?

    —Así quedó luego de intentar proteger a su hermana —murmuró Rin y bajó la vista con enorme pesar.

    Sesshoumaru permaneció quieto y silencioso como una tumba, parado dentro de la barrera.

    Inuyasha frunció el ceño, intentó imaginar qué hubiera sentido en su lugar.

    Sesshoumaru extendió una mano y le tocó un mechón de cabello al chico. Una tras otra, las desgracias venían cayendo de las pálidas manos de Akuma. Y seguiría sucediendo si no conseguía detenerlo, lo perdería todo.
    Extendió la mano sobre el centro de su cuerpo y casi al instante, un escudo de cristales cubrió completamente al joven.

    —¿Qué haces? —le gritaron Inuyasha y Kagome.

    Rin entró en la barrera y se apoyó anonadada sobre el cristal.

    —Así estará protegido.

    —Sácalo ahora —le exigió Inuyasha, pero Sesshoumaru le dio la espalda y caminó rápidamente hasta el pasillo y la plataforma exterior—. ¿A dónde crees que vas?

    Sesshoumaru ni siquiera lo miró.
    —Akuma ha absorbido el youryoku de Shiroihana, tengo que recuperarlo o hará desastres con él —lo miró por sobre el hombro—, si no recupera su poder, Shiroihana morirá. Y Akyoushi morirá también —y dicho esto, levantó vuelo. Nadie intentó detenerlo.

    Al desearlo con mucha fuerza, Inuyasha y Kagome lograron traspasar la barrera y ambos se apoyaron contra el cristal que cubría a Akyoushi.

    —Está muy frío —murmuró Inuyasha asustado.

    —No podemos dejarlo ahí —Kagome soltó una moderada cantidad de energía espiritual, pero aunque la temperatura aumentó por unos instantes, la barrera no cedió—. No puedo romperlo —se quejó.

    —Está diseñado para ser roto desde adentro —opinó Rin—. Sólo Akyoushi podría romperlo… si su youki fuera lo suficientemente fuerte —pero su youki estaba disminuido al mínimo, semejante a la chispa de una vela que estaba a punto de extinguirse.

    —Déjame intentarlo a mí —Inuyasha desenvainó una roja Tessaiga—. Descuida, chico, en seguida te sacaré de ahí… —sin embargo no estaba seguro de que fuera a funcionar.

    Golpeó tres veces el cristal, pero no logró hacerle un solo rasguño.

    —Rin ¿y si usaras tus poderes? —propuso Kagome.

    —Sería peligroso, podría hacerle un grave daño.

    —Yo lo sacaré —se prometió Inuyasha a sí mismo. Se mordió los labios y lanzó un golpe contra el cristal.

    “Padre, no puedo confiar sólo en mi fuerza, necesito de la tuya. Por favor, protege a este pobre niño”.

    Apretó con fuerza la empuñadura de la espada y soltó todo el poder del que era capaz. El escudo no cedió.

    —Es inútil —se resignó Kagome—, morirá congelado, antes de que su fuerza vital regrese.

    De pronto, se oyó un crujido y una grieta apareció en la superficie.

    —Podemos sacarlo —aseguró Inuyasha y comenzó a golpear el escudo en el lugar donde se había formado la grieta.

    —Yo te ayudo —Kagome se apoyó contra el cristal con tanta fuerza como podía y soltó la mayor descarga de energía espiritual que había liberado en toda su vida.
    Rin se apoyó contra el cristal y lo golpeó con las manos desnudas, tanto como podía. Era capaz de atravesar casi cualquier cosa, pero la voluntad de su amo era demasiado fuerte, incluso como para que un kageyoukai la atravesara.
    Muchas horas después, cuando ya las manos les dolían, lograron romper una parte del cristal. Inuyasha metió la mano y comenzó a despedazarlo desde adentro, hasta conseguir sacarlo.

    Ese escudo había sido hecho para protegerlo, pero era evidente que el niño estaba muy débil y no podría resistirlo por sí mismo. Sesshoumaru confiaba demasiado en la fuerza de sus hijos y esa sobreconfianza podía estar errada. Ellos no eran él.

    Kagome se atrevió a tocarlo y estaba realmente frío.
    —No podemos dejarlo así —se compadeció.

    Inuyasha bajó las orejas.
    —No podemos hacer nada… —se sorprendió al ver a Kagome subir en la mesa y acostarse sobre el cuerpo de Akyoushi— ¿Qué piensas hacer?

    Kagome apoyó el rostro contra el pecho del inuyoukai y entrecerró los ojos.
    —Intentaré darle calor hasta que se haya estabilizado… —se dio cuenta de lo alto que era a pesar de la corta edad. Si sobrevivía a eso —y lo haría—, sería un daiyoukai muy fuerte.

    Y las horas transcurrieron.

    ***
    —Despierta —le dijo una voz desconocida—, tienes que despertar, tu padre te necesita y necesita de tu fuerza. Akyoushi —le llamó la voz—, despierta, ahora.

    —No —contestó perdido en el fondo de un mar helado—, estoy cansado, déjame descansar —lo único que deseaba era dejarse ir y acabar con el sufrimiento.

    —Tienes que despertar.

    —Por favor, ya no soporto más.

    En ese momento, una curiosa imagen pasó por su mente. Se vio a sí mismo como un cachorrito ávido de conocimientos, que corría hacia todos lados, buscando que el mundo le enseñara sus secretos, cuando cayó en el suelo del bosque, luego de pisar un charco húmedo por una reciente lluvia.
    Su padre iba delante y se detuvo, pero no volteó a verlo.

    —Padre, ayúdeme —pidió desde el suelo.

    —Levántate solo.

    —Pero, padre…

    —Has de levantarte solo, todas las veces que sean necesarias.

    —Pero, me duele…

    —Puede que te duela, pero aún así tienes que levantarte. Debes levantarte siempre.

    Luego de un gran esfuerzo, logró ponerse de pie y siguió flotando en su mente el eco de la voz de su estoico padre, pidiéndole que se levantara.

    Kagome abrió los ojos y parecía enormemente sorprendida. Inuyasha y Rin se alertaron y se pusieron de pie, acercándose.
    —¿Pasa algo? —balbució Inuyasha.

    Kagome se incorporó y miró al chico tendido sobre el altar.
    —Su corazón está latiendo… tiene pulso normal… y también está respirando.

    Rin se apoyó cerca de él.
    —Tiene color, está vivo. Por todos los cielos, está vivo, va a salvarse.

    De pronto, Kagome sintió calor y debió bajarse rápidamente del altar y alejarse, puesto que el youki de Akyoushi se incrementó sorprendentemente rápido, hasta convertirse en una nube densa y visible, que pareció entrar con rapidez en su interior. Cerró una de sus manos y abrió repentinamente los ojos, rojos y resplandecientes, como una señal de fuego y casi en el acto se sentó.
    No dijo nada y no miro a nadie, se miró a sí mismo como si no terminara de entender su propia situación.

    —Príncipe ¿te encuentras bien? —Rin se acercó a él y le puso una mano en el hombro, intentando comprobar por sí misma la realidad de su despertar.

    Él volteó lentamente el rostro hacia ella.
    —Rin…

    —Fuiste golpeado por el jyaki de Akuma, pero Kagome-sama e Inuyasha te ayudaron.

    Por primera vez volteó hacia donde estaban ellos. Inuyasha se puso en guardia, pensando que sería atacado, pero el muchacho actuó con total neutralidad, como si más bien les estuviera ignorando. Él sabía que ellos no podían estar ahí, porque estaba violando las leyes de su padre, pero asimismo sabía que sin ellos probablemente se hallaría en una situación crítica. Después de todo, aún no tenía idea de quién o qué le había hecho despertar… pero creía en la realidad de las palabras de Rin, como siempre.

    Se puso de pie sin dificultad alguna, mientras Rin aún le ayudaba a sostenerse.
    —¿Puedes hacerlo?

    —Claro —de pronto, se puso en alerta y corrió hasta la ventana más cercana, desde allí, pudo ver a Kanta, como lo esperaba—. Kanta —le llamó, apoyado desde el marco.

    Kanta, que estaba sentado junto a una columna, se puso de pie y corrió hasta el borde de la plataforma más cercana.
    —Akyoushi —era increíble que se hubiera levantado tan rápido, luego de que su padre le dijera que se encontraba tan mal— ¿Estás bien?

    —Por supuesto.

    Rin no esperó un segundo para salir por la puerta principal de aquella habitación y avisar al guardia que el príncipe finalmente había despertado. El guardia salió de su posición y pronto la noticia corrió a lo largo de todo el palacio. Ahora, el dueño de las decisiones era el príncipe y en seguida varios guardias entraron y lo reverenciaron, mientras esperaban sus órdenes.

    La primera orden fue, por supuesto, que le informaran de todo lo que había sucedido mientras permanecía inconsciente y la segunda, fue que sacaran a Inuyasha y Kagome pues, más allá de lo que pudieran haber hecho por él, las leyes de su padre seguían siendo lo más importante y no estaba dispuesto a dejarlas de lado sólo porque la situación fuera crítica.
    No le había agradado saber que, después de todo, sus intentos por ayudar a su padre y hermana habían sido en vano. Akuma se había robado el youryoku de Sana y, con un poder semejante, era capaz de hacer cosas horribles.
    Sin embargo, no tenía idea de cómo encontrar a Akuma. Tenía que idear algún plan.
    Como primera medida, exigió que se formara una barrera de defensa lo más cerrada posible. De aquella manera, no podrían lograr detener a Akuma y a los suyos… pero sí a cualquier youkai que se hubiera enterado de la ausencia de Sana y Sesshoumaru y decidiera “aprovechar la situación”.
    Se sentía culpable de no haber sido lo suficientemente fuerte como para evitar semejante desgracia y pensó que lo único que le quedaba era intentar arreglar las cosas por sí mismo. No ganaría nada con inmiscuir a otros en el problema.

    Poco antes del alba, se paró en un sitio donde no era visto por nadie y salió del predio del palacio para dirigirse a uno de los jardines más viejos. De pronto, sintió una presencia a sus espaldas, persiguiéndolo y volteó para atacar, pero se encontró con Kanta.
    —¿Qué es lo que haces aquí?

    —No esperabas que me quedara tranquilo sin hacer nada, sabiendo todo lo que ha ocurrido, ¿o sí?

    —Regresa ahora, no tienes nada que hacer aquí.

    —Sana y o-yakata-sama están en problemas, no puedo soportar que las cosas se queden así y no puedes prohibirme hacer algo al respecto. Tu hermana está en peligro, déjame ayudarte. Aún siento que es mi culpa, Akyoushi… yo sé cómo te sientes.

    —Un inútil hanyou como tú jamás sabrá cómo me siento.

    —Akyoushi, tú bien sabes que no podrás hacer nada por ti mismo…

    —¿Me tratas de débil? Te arrepentirás ¿Quién crees que soy?

    —Sabes que esas cosas son más fuertes que todos nosotros, Akuma ni siquiera necesitó parpadear para derribarte ¿no es así? Deja de lado tu orgullo y acepta algo de apoyo, no puedes lanzarte en una misión suicida.

    Akyoushi lo miró de reojo.
    —Mira quién lo dice.

    —Déjame perder mi vida por ti… y por tu hermana y tu padre. Aunque mi vida no valga mucho, es toda de ustedes, desde el momento en que los conocí y me aceptaron. Jamás me perdonaría si algo malos les ocurriera.

    —No estoy de acuerdo.

    —Intenta comprenderme.

    —Nunca podré comprenderte.

    —Pero sé que lo has intentado… aún somos un clan ¿verdad?

    El inuyoukai sintió que algo se movía en su interior.
    —Has lo que creas correcto.
     
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    Whitemiko

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    O.O OMG!!!es increible este fic!!!!no se como no lo habia leído antes!!
    la trama me a dejado impactada!!
    es tan increible es como si estuviera viendo la continuacion de inuyasha!!!
    espero que pronto lo continues, creeme esperare con ansias, POR FAVOR si puedes avisame de la continuacion
    XOXO
    bye!!!
     
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    Asurama

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    The Legacy
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    Género:
    Drama
    Total de capítulos:
    60
     
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    2011
    La oscuridad se cernía sobre la inquieta tierra, como si cada demonio fuera Akuma y cada sombra, Kuroika, no había espacio alguno para un susurro de vida donde los kageyoukais invadían para robar almas. Las almas de los caídos se arrastraban hasta abismos profundos de soledad y desesperación, de donde no podían salir y nadie podía acudir hacia ellos.

    Durante el día, las sombras se ocultaban bajo la tierra, porque no eran capaces de resistir a la luz. Si Sana hubiera tenido tan sólo un poco de su fuerza, un poco de su voluntad, simplemente hubiera agrietado la tierra y su sufrimiento habría acabado cuando la noche empezara a retroceder…

    Pero ahora, ella estaba segura de que intentar derrotar a Kuroika no tenía ningún sentido y que sus verdaderos enemigos estaban dentro de su propia familia. Sólo que se daba cuenta demasiado tarde de ello.

    —Padre, hermano, me han traicionado —se inclinó en el suelo y escondió el rostro entre las manos.

    Deseaba que todo aquello no fuera más que una simple pesadilla, deseaba despertar pronto y, en vez de aquel mundo brillante y extraño, ver nada más que sombras, como había sucedido a lo largo de toda su vida. Si con eso, su familia volvía a apreciarla, para ella estaría bien.
    Se había estado paseando por el extenso campo de batalla, sobre la tierra yerma, rememorando una y otra vez las imágenes de la batalla hasta que llegó a un punto en que creyó que se volvería loca.

    —Me han dejado aquí y no volverán por mí. No me merezco esto, no he hecho nada —su cabello, tan blanco como el de su abuela, ocultó su expresión. Desde que sabía que había un mundo maravilloso rodeándola, su peor pesadilla era quedarse sola y abandonada, en medio del vacío—. No puede ser cierto, tiene que ser mentira ¡tiene que serlo!

    El corazón le dolía, le oprimía de una forma terrible y ella no entendía por qué. Nunca había sentido dolor semejante y era bastante insensible al dolor. Las heridas que le había provocado su padre eran por mucho, diferentes. No sólo le habían rasgado parte de su piel, sino también un trozo de su alma, se sentía adolorida y medio vacía ¿por qué? ¿por qué en vez de alegrarse por ella había intentado matarla?
    Llegó a su mente la idea de qué poco les importaba el poder. A los ojos de los antiguos, sus poderes palidecerían y quizás, había dejado de ser la esperanza de su padre. Jamás había pensado que sería rechazada.

    —Es cierto, Akyoushi deberá será Inu no Taishou ahora y no podrá huir de eso —la realidad, la golpeó con fuerza, un youkai más débil que ella...—. Mi padre le quiera más que a mí. Me ha rechazado… ha estado conmigo todo este tiempo… —hundió el rostro en la tierra y tembló—. Y ahora me ha dejado sola y se lo ha llevado a él… lo ví, lo vi con mis propios ojos. Mis habilidades no importan, no tengo valor real para el Clan.

    Pensó en su primo, a pesar de que había pasado muy poco tiempo con él, sentía una conexión muy especial y sentía que era el único que no le haría daño. Kanta realmente le apreciaba, no como su familia.

    —Kanta, si sólo estuvieras aquí conmigo —la garganta le quemaba y las lágrimas relucían tras sus párpados—, si sólo pudiera verte, conocer tu rostro… si sólo pudiera escucharte… esto sería mucho más fácil…

    —Escuché tu lamento —dijo una voz femenina a su espalda.

    Sana se levantó del suelo y la miró, no había sentido otra presencia en los alrededores, estaba completamente segura de que se encontraba sola. Se trataba de una hermosa mujer, con el cabello negro largo, atado hacia atrás en un complicado trenzado y tenía unos extraños y vidriosos ojos púrpura, de misteriosa mirada y encanto oculto. Se encontraba parada cerca de ella y deliberadamente en una postura de indefensión, era la primera vez que interactuaba con otra youkai de esa manera.

    —No me estaba lamentando.

    —Pensabas que tu padre deliberadamente te ha abandonado, a pesar de ser más fuerte que él y que tu hermano, unidos y que te rechazará.

    Sana aún estaba demasiado confundida, de lo contrario, se hubiera dado cuenta de que no había dicho tales cosas y que esa youkai no tenía modo de haberla oído, a no ser que se metiera en sus pensamientos.

    —Mi padre parece haberse embriagado de su propio poder —contestó con un tono parco—, nunca me cedería su lugar, ni aún muerto y me ha separado de mi hermano. Acabo de darme cuenta de eso. He vivido engañada toda mi vida.

    —Tal vez ha sido demasiado duro contigo, no te ha tenido compasión a pesar de que has tenido una vida difícil.

    —¿Qué puede saber usted de mi vida? —replicó en el mismo tono.

    —Conocí una vez a tu madre, ella fue una gran persona, aún a pesar de sus defectos y debilidades. Ella le salvó la vida a mi hijo, me lo devolvió, tengo una gran deuda con ella.

    Sana desvió la vista y miró al vacío.
    —Yo no tengo ninguna madre, fui abandonada al nacer.

    —Entonces, tal vez deberías odiar a tus padres y también a tu hermano. Han sido buenos y compasivos con otros, pero a ti… Han abusado de ti y estás en todo tu derecho —la mujer sonaba compasiva y parecía entenderla, a pesar de no saber nada.

    Algo negro manchaba muy lentamente su alma y se había ido apoderando de ella sin que nadie pudiera darse cuenta, la diferencia entre el amor y el odio parecía ínfima y a veces, se confundían. Aquella youkai tenía razón y el único modo de enfrentar el abuso era revelándose, era un castigo que su familia se merecía.

    —No es tan sencillo.

    —Es sencillo. En esta vida, si queremos sobrevivir, habremos de ser los más fuertes y aplastar a los que sean inferiores a nosotros, es ley para nuestra raza —muy a su pesar, la mujer tenía razón.

    —Yo creía que mi padre y mi hermano eran diferentes de otros youkai. Me equivoqué. Son odiosamente iguales al resto.

    —Entonces ¿no deberías tratarlos como al resto? No deberías culparte por haberles hecho daño, ellos te atacaron primero, tú intentaste defenderte ¿no es así?

    Sana la miró a los ojos.
    —Así fue.

    —Y les ganaste ¿verdad?

    —Les gané.

    —La fuerza de tu mismo clan no es rival para ti. Tus únicos obstáculos son tu padre y hermano.

    —Mi hermano no tiene nada que ver en esto.

    —Oí tu lamento, tu padre se las ha arreglado para ponerle a él también en tu contra, se merece lo mismo.

    —Sí, se lo merece. Pero no puedo atacar al Clan.

    —Claro que puedes, sólo necesitas usar tu verdadera fuerza. Todo este tiempo, has estado suprimiendo tus poderes para no alterar nada del orden impuesto ¿verdad? —la youkai era capaz de sentir su verdadera fuerza—. Pero los poderes nacieron para ser usados, deberías dejarlos fluir sin control, de manera natural. Todo lo que esté a tu alcance será destruido y nadie podrá tener una oportunidad.

    Sana pensó en su padre. Él se había abocado días, semanas, meses, hasta años enteros, enseñándole a dominarse para que sus poderes se enfocaran y no destruyeran todo lo que tenía cerca de sí. Lo que esta mujer le decía, tenía sentido. Al suprimir sus poderes, disminuía su fuerza y su padre tenía control.

    Cualquier cosa que su padre requiriera, se basaba en eso. Control.

    ¡Qué divertido sería si su padre se diera cuenta de que a su alrededor ya no habría control! ¡no podría detenerla! ¡Ni siquiera todo el clan podría detenerla! Percibió su verdadero poder y, embriagada de su propia fuerza, decidió aplastar al Clan. Ellos se lo habían buscado, pronto, no tendrían ningún control sobre ella.

    Miró a la youkai con suficiencia.
    —Yo tomaré el control —levantó la cabeza y rió.

    La aldea humana estaba en pie a pesar de que Kuroika había pasado por sobre esas tierras. Kuroika no parecía interesado en destruir a los seres humanos, evidentemente, lo único que quería era atrapar youkai.
    Desde aquella colina, Sana y la youkai miraron a aquellas personas, había algunos que realizaban la guardia nocturna, mientras otros permanecían dormidos dentro de sus casas. Los humanos realmente eran patéticos, insignificantes, débiles.

    —Anda, ellos son más débiles que tú, querida mía, ellos no tienen tu fuerza, ni siquiera saben que estás aquí. Aplástalos.

    Rin había sido humana y atacar a los humanos era para ella, tanto como para su hermano, un sacrilegio, ¿debía rebajarse a lo que hizo Akyoushi?
    —No puedo atacar a los humanos.

    —Son inútiles, ellos no significan nada para ti.

    —Rin era humana, he estado con ella —miró a la youkai de reojo, sin esperar que le comprendiera—, atacar humanos sería como atacarla a ella.

    —¿Y qué ha hecho ella por ti? ¿No ha dejado acaso que tu Clan abuse de ti? ¿Qué ha hecho para evitarlo? ¿Te ha protegido? ¿defendió tus derechos?

    Sana frunció el ceño mientras observaba por primera vez en su vida a los humanos.

    —No ha hecho nada de eso ¿verdad? —la aguijoneó la youkai—. Rin es como tu padre. También te ha abandonado.

    El humo negro comenzó a salir desde el techo de paja de una de las cabañas. La aldea entera estalló en llamas y el fuego, junto con el humo, se arremolinó hasta formar un tornado. Los humanos que quedaban vivos, intentaban salir de la aldea, gritando de desesperación y dolor. Todos ellos explotaron, salpicándose su sangre y esparciéndose sus cuerpos destrozados en todas direcciones. Una muerte violenta que a Sana no pareció afectarle en lo más mínimo.

    —Acabas de ver lo que le sucederá a mi Clan —le murmuró a la youkai.

    —No será tan sencillo atacar a tu Clan, tienen de su lado a esa miko humana, Kagome. No subestimes sus poderes espirituales. Te destruiría a ti, a mí y a los míos, a menos que la destruyas antes.

    —¿Esto es una especie de prueba para saber si puedo matar a más humanos? No será un rival.

    —También, Inuyasha la defiende. Están cerca, no tendrás mucho tiempo…

    —Inuyasha es un hanyou y pertenece a mi Clan —volteó completamente hacia ella—, y tendrá el mismo destino que mi Clan —pensó en Inuyasha y frunció el ceño.

    —De todos modos, déjame ayudarte.

    —¿Cómo?

    —Préstame un poco de tus poderes, deja que fluyan hacia mí —le tendió la mano— y tendrás tiempo suficiente para deshacerte de esa molestia.

    Sana dudó, tomó la mano de la youkai y una sensación fría atravesó su piel. Algo, como una serpiente invisible, conectó a ambas.
    De pronto, varias sombras comenzaron a salir desde la tierra, sombras con forma humana y ojos brillantes, a espaldas de aquella youkai.

    —Antes de terminar con tu deber, dile a Kagome que los kageyoukai queremos verla muerta.
     
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    surisesshy

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    Hola, aqui estoy.
    Valla, que terror, Sana no entiende nada de nada, aunque en parte Sesshomaru tien la culpa, por no decirle que era lo que pasaba en realidad, pero aun así, no lo hagas Sana, date cuenta que es una trampa, y ahora quien podra detenerla, segun como lo dices, parece ser que Sana es más fuerteque Sesshomaru y pa peor, va a atacar a kagome (no mi linda kagome) ella no querra que Inu la dañe, así que si nadie la detiene, creo que sus dias están contados, me pregunto si Kanta podrá haser algo, ya que es al único que no le tiene rencor aún.

    La curiosidad me está matando, ¿podrá Kanta o alguien más curar el tan herido corazón de ella? Quiero saber, como siempre, tu fic me tiene enganchada y al borde de la desesperación, los poderes de Sana son terrorificos y mas aún su odio, espero por la conti y te seguire de ahora en adelante. Sayo.
     
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    Asurama

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    Datos para entender mejor el fic.
    Hacen falta aclaraciones…

    Shiroi Hana. Significa flor blanca. Es la primera hija de Sesshoumaru y futura Inu no Taishou. Ella vive sumida en la oscuridad desde su nacimiento debido a la influencia de Akuma. Es inteligente y buena, hasta que Akuma la posee.
    Se cree que, tiene la habilidad de ver el futuro y manipularlo.

    Akyoushi. Significa “Bueno y Brillante”, pero en este caso, significa “el niño del abrazo de otoño”. Príncipe del clan Inu e hijo de Sesshoumaru y youkai desconocida. A diferencia de otros inuyoukai, carece de habilidades natas para manipular el viento. La mayor parte de la historia está contada desde su punto de vista.

    Kanta. Hijo de Inuyasha y Kagome, que permanece bajo la protección de Sesshoumaru. Es muy apegado a sus primos, aún siendo humano. Sesshoumaru le detesta porque es idéntico a Inu no Taishou.

    Kage. En japonés, Sombra. No son verdaderas entidades, es lo que rodea al Meikai, algo comparable al Caos. El que cae en el meikai se convertirá en Kage. Son siluetas negras de ojos rojos.

    Kuroika. Es el ejército de sombras. Salieron del meikai y desean devorar el mundo entero. Normalmente toma la forma de un lobo negro o una enorme tormenta.

    Akuma. Significa demonio. Es el nombre del líder de Kuroika. Toma una apariencia humana.

    Meikai. Es el reino de los muertos, comparable al Hades de la mitología griega. Se dice que es un mundo sumido en la oscuridad, en el que hay seres oscuros y un camino único, sin retorno, que lleva hasta la boca de un cráter sin fondo, se dice que quien cae ahí nunca regresará. Aparece con frecuencia en los animes.

    Meidou. Significa camino oscuro y es una brecha vacía que lleva a la fuerza hacia el Meikai. También significa “infierno” o “inframundo”

    Meidou Zangetsu-ha (o meidou-ha). Literlmente “Camino Oscuro con Forma de Luna”. Es un ataque de Shishinki que crea uno o varios Meidou. En la serie, Inuyasha y Sesshoumaru lo utilizan.

    En muchos de mis fics hago mención a la transformación de Rin en youkai. En todos sucede de la misma manera: hay una emboscada en el Oeste, un youkai la contamina, ella se resiste a morir, todos creen que ha muerto y después la ven aparecer con su “nueva forma”.
    Más que por la edad, la transformación en youkai la hice por la muerte. Es decir, se supone que ella no puede regresar a la vida, entonces, muestra tanta fuerza de voluntad como Sesshoumaru y por eso sigue viviendo, aún después de caer envenenada, pero nunca vuelve a ser la misma. Supongo que ha de necesitarse mucha fuerza de voluntad para seguir viviendo aún después de morir (algo como lo que hacen los santos en Saint Seiya).
    Esto tiene relación directa con mi fic Eclipse Total. En este fic, cuando Rin regresa al Oeste por un engaño de la guardia mala, aparece un Sombra llamado Akuma, salido del Meikai (Reino Oscuro, el mundo de los muertos) que provoca un eclipse anular y ataca el Oeste, llevándose a Rin y a varios youkai. Akuma le lanza un hechizo a Rin, convirtiéndola en un kageyoukai y le roba su corazón. Rin, en ese estado, ataca a Sesshoumaru con la intención de matarlo y él cree que matarla es la única forma de liberarla. Kagome aparentemente mata a Akuma, pues Rin vuelve a la normalidad. Pero éste vuelve a aparecer años más tarde, intentando matar a Rin y así vengarse. En algunas versiones anteriores, el que ataca a Rin es Magatsuhi.
     
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    Whitemiko

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    hola!!!!PRIMERA EN POSTEAR!!
    gracias por avisarme!!!!valla!!
    no puedo creerlo!!!porque sana????porque???!!!!!
    torito!!!torito!!!xD demasiado drama xD mmmmm
    me encanta!!!!muero por saber que pasara en la proxima conti!!
    CONTI!!!CONTI!!!felicidades!!espero que me avises!!
    XOXO
    bye!!!
     
  20.  
    Asurama

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    Título:
    The Legacy
    Clasificación:
    Para adolescentes. 13 años y mayores
    Género:
    Drama
    Total de capítulos:
    60
     
    Palabras:
    6492
    Intención maligna

    Al abrir los ojos, lo primero que vio fue un mundo lleno de colores brillantes, borroso al principio, pero poco a poco todas las cosas ocuparon su lugar hasta tomar una forma definida. Sintió contra su piel el tacto de un suave y cálido pelaje, estaba envuelto en un abrigo hecho de piel, de color gris plateado, brillante, suave. Estaba cerca de alguien, una persona con una esencia muy especial, encantadora, embriagante… pero sentía con claridad que esta persona era completamente diferente a él. Algo de ella no le gustaba, algo en ella le asqueaba. Parecía indiferente, incluso amargada, podía sentir con claridad su rechazo y se sentía amenazado por ella, pero no era capaz de hacer nada, ni moverse ni hablar.

    Estaba inseguro y sentía que ella podría hacerle daño en cualquier momento. Por su sangre, sabía que era su madre, pero interiormente, lo negaba “no, ella no es tu madre o no te rechazaría”, le decía su instinto de supervivencia. Ella dejó caer uno de los lados de su vestido, dejando al descubierto sus pechos llenos, suaves, cremosos y blandos, blancos como la nieve y deliciosos al tacto de su boca.
    Cerró los ojos por un momento y saboreó aquella sensación, no pudo resistirlo y la mordió. Ni bien haber nacido, tenía todos sus pequeños y afilados dientes y colmillos como agujas. El gusto de la sangre invadió su boca y el líquido resbaló por su garganta, incitándole.

    Ella gritó de furia e intentó separarse de él, pero él no lo permitió. Saboreó tanto su leche como su sangre, pero aunque eso comenzó a volverle fuerte, aún se sentía incómodo.
    Levantó los ojos hacia ella y vio reproche en esos ojos azules, felinos.

    Callado, separó su boca del pecho de ella y probó lentamente extender una mano hacia ese rostro perfecto y frío. Ella se alejó de su toque, se levantó con brusquedad y le dijo algo que él no entendía. De repente, estaban afuera, no dentro de aquella mansión acogedora, sino debajo de un cielo muy oscuro, en un viento muy frío, que le congelaba el corazón. Ella no lo pensó y lo dejó apoyado sobre la nieve. Él se quejó, intentando que lo levantara de nuevo, pero ella no le prestó la más mínima atención y lo dejó afuera, a la intemperie. Y no regresó por él, por mucho que gritara y llorara. Ya estaba decidido, ella no era su madre. Estaba maldita. Una bruja maldita. Pero sin ella, no sobreviviría tampoco.

    Una voz interior lo instó a no dormirse. Si se dormía en medio de la tormenta, moriría, moriría congelado. Tenía que hacer algo. El viento comenzó a ondear a su alrededor, hasta convertirse en una especie de burbuja, una burbuja que le protegió contra la nieve y el frío, en la medida de lo posible, pero le era difícil mantenerse despierto, debido a la gran fuerza mental que consumía construir esa especie de escudo.

    En la mañana siguiente, cuando la tormenta hubo amainado, ella llegó hasta él y, confundida, le encontró vivo. Eso sólo pareció enfurecerla más. Él estaba demasiado cansado y hambriento como para intentar pelear con ella, así que dejó que lo sacudiera en todas direcciones y que luego lo metiera a la casa a las rastras. Intentó alimentarse de ella, pero ella no se lo permitió en lo absoluto y permaneció lejos de él, dejándolo abandonado en un rincón. El martirio se extendió por horas, tal vez días.

    En algún momento, ella lo sujetó con tanta fuerza que le hizo daño y le gritó de un modo espantoso, como si lo culpara de haber nacido. Él ni siquiera sabía por qué había venido a este mundo, ignoraba lo que había allá afuera, no tenía la culpa.

    Pero ella se lo llevó lejos de allí, lejos de las montañas en las que había nacido, a una tierra cálida que olía mucho a sal y a bosque. El paisaje falto de nieve fue lo primero que le sorprendió. Mientras ella corría, volvió a amenazarlo y él intentó cerrar sus oídos a su maldad, pero no pudo.
    Después de una larga carrera, sintió que atravesaban un campo de energía y dentro de él, había algo acogedor y tranquilo, aislado de la inseguridad que había afuera. Repentinamente, se sentía protegido, como si unas manos fuertes y cálidas le sostuvieran, unas manos llenas de afecto, muy distintas a las de ella, pero invisibles.

    De pronto, varias presencias hicieron aparición, algo violento se movió dentro de ella y comenzó a gritarles a esas otras personas.

    Una voz grave y serena le tranquilizó y le prometió seguridad. Era la primera vez en su vida que sentía la mente de otra persona conectada a la suya, era una mente sufrida, pero con una enorme voluntad y un enorme poder. Esa mente se le hacía conocida, ya le había hablado antes. Confió en su palabra.

    Pero ella no. Ella se encolerizó más y, de pronto, él ya no sintió el refugio de sus brazos. El dolor que sintió al caer el suelo, tanto en su cuerpo como en su alma, era mucho peor que el que había sentido al estar sobre la nieve. Gritó, pidiendo auxilio y, en medio del vacío, una mente le contestó. Una mente suave y compasiva, que también le prometía seguridad. También era una mente sufrida, con enorme voluntad y poder, aunque distinta de la primera. Era una mujer, pero no era como ella. Algo cálido y bueno brillaba dentro de esta mujer.

    La persona que al principio le había prometido seguridad y fuerza, perdió su tranquilidad y se volvió violenta. De inmediato, se desconectó de él, como queriendo protegerle… y salió detrás de ella. Le alejó de ella, pues ella no volvería a amenazarle ni hacerle daño, la envió lejos.

    —Akyoushi —le llamó esa voz.

    Él levantó la vista, sorprendido al ver un rostro blanco y muy hermoso y dos ojos vidriosos le miraban, pero eran ojos buenos. Le estaba protegiendo del dolor que había sentido, le daba estabilidad, seguridad, calma. Entonces lo entendió. Esa sí era su madre.

    La siguiente vez que despertó, se encontró conectado a esa mente fuerte que lo salvó. No sintió miedo, no sintió dudas. Los ojos que le miraban eran claros, hermosos, unos ojos dorados, rasgados, que parecían sonreírle. Aceptó el contacto y le habló de cómo se sentía. Entonces, lo entendió, ese era su padre.
    Se quedó quieto mientras otro par de brazos lo levantaba y se lo llevaba para alimentarle. Después de días sin alimento, aquello fue un alivio. Se dejó llevar por la sensación de fuerza que había en su nuevo hogar.

    Y de pronto, otra mente contactó con él. No era su padre, ni era la otra mujer, era una mente insegura y débil como la de él, una mente llena de curiosidad. Akyoushi rechazó instintivamente el contacto para protegerse. Sabía que esa nueva presencia tenía alguna relación con él, pero le causaba cierto escozor, cierto vacío. Casi de inmediato, supo que tenía una hermana y que, el día en que se conocieran, no se llevarían muy bien que digamos. Eran incompatibles.

    Cada día que despertaba, iba ganando fuerza y pronto aprendió a hablar y más tarde, a caminar y correr. También entendió que no podría comportarse de cualquier manera, sino de la forma en que se lo exigían una serie de normas, reunidas todas bajo el nombre de “protocolo”. Tardó en entender que era un príncipe, pero entendió casi en el acto que era especial para quienes le rodeaban. Aprendió a respetar a su padre y también a Rin… y aunque respetaba a Sana, seguía sin saber nada de ella, salvo que era la mayor.
    Comenzó a consumir sangre y carne cuando su cuerpo comenzó a exigirle alimentos y comenzó a absorber todo tipo de conocimientos, sintiéndose cada vez más seguro… siempre que hubiera un buen plan de acción para todas las cosas. Detestaba las sorpresas.

    Rin lo cuidaba, pero toda su atención era para Sana y a él casi no le prestaba atención, aunque a menudo le ayudaba a sentirse seguro y disipaba algunas de sus dudas. De todas maneras, los secretos siempre permanecían con ella y con su padre.
    Su padre permanecía afuera a menudo y él deseaba acompañarlo, pero él no se lo permitía, por su seguridad. Sólo lo sacaba mientras le enseñaba a cazar y el resto del tiempo lo dejaba entrenándose con soldados y estudiando con maestros, y a veces con Jaken.
    Por alguna razón instintiva, él no era muy propenso a obedecer a Jaken y a menudo se burlaba de él, especialmente por su estatura, ya que, con tres años, alcanzó fácilmente el tamaño de un niño de ocho. Como todos en su especie, crecía rápido y, cuando llegara a la adolescencia, su velocidad de crecimiento se iría ralentizando, para dar lugar al mayor regalo de todo youkai: la longevidad.

    Cierta vez le dijo a su padre que había podido vencer por sí mismo a seis soldados durante en entrenamiento de pelea con las manos desnudas. Su padre simplemente le instó a que siguiera entrenando. A un daiyoukai, el poder de sus inferiores a veces le era indiferente, y lo que le caracterizaba era el orgullo. Akyoushi sabía que debía sentir orgullo de lo que era, de quien era y del Clan al que pertenecía. Le habían enseñado que un día sería un daiyoukai tal y como lo era su padre —algo que se vislumbraba muy lejos en el tiempo—, pero entonces, se sentiría tan orgulloso como él y podría enseñar de su propia sabiduría a las siguientes generaciones. Esa era su esperanza.

    Finalmente, su padre le ofreció llevarlo con él en un viaje. Él aceptó y fue llevado a otra tierra, diferente de la suya. Allí conoció a Inuyasha, de quien su padre —y Jaken— solía hablar tan mal. Desde detrás de unos arbustos, unos ojos oscuros le miraron en silencio, con curiosidad. Akyoushi, sorprendido, siguió esa esencia extraña y apestosa y se encontró frente a un muchacho moreno de ojos oscuros, con marcas de youkai y parecido a Inuyasha. Esa fue la primera vez que vio a Kanta y siempre le recordaría de esa manera. El muchacho era tosco como Inuyasha y poco sabía de autocontrol, también, su técnica de pelea era muy mala: tenían algo en común. Akyoushi no sabía nada de juegos convencionales, así que en esos días, se la pasaron peleando… y aprendieron a llevarse bien. Kanta le contó muchos secretos de hanyou y Akyoushi le contó algunos secretos de youkai, haciendo que sus mundos se mezclaran.
    Akyoushi pudo apreciar el afecto en los humanos. Inuyasha a menudo alzaba a su hijo en sus hombros, le hablaba, reía, le tocaba la cabeza, le preguntaba cosas y jugaba con él. Cosas que sabía que su padre jamás haría.

    Aún así, Akyoushi parecía ser el centro del mundo de su padre… hasta que Sana despertó. Sencillamente abrió un canal mental para conectarse con el mundo que le rodeaba y lentamente, aprendió a moverse y hablar, aunque no pudiera ver ni oír. Dejó de ser una simple muñeca de adorno y se convirtió en algo que le superaba por mucho en tamaño. Entonces, su padre se olvidó de él y se preocupó por Sana, cada segundo, cada instante de su vida dedicado a ella.

    Y ahora había salido a buscarla y le había dejado a él solo, supuestamente protegido en casa, debiendo salvarla primero a ella, sin importar a costa de qué. Y Kanta había quedado inmiscuido por voluntad propia en ese lío. Todos habían quedado atrapados en una red creada por Sana y por su encanto y escaparse de ella parecía imposible. Pero Akyoushi sentía profundamente que debía ayudar a su familia, proteger y ayudar a su padre en la medida de lo posible. Y aunque le tuviera miedo, sabía que tenía que ayudar a su hermana, no podía permitir que la destruyeran o abusaran de ella. Eso estaba fuera de su pensamiento.

    Se ha burlado de ti, deberías matarle, es lo menos que te debe, te robó tu lugar. Debes odiarla tanto como ella te odia a ti —le decía una voz oscura y muy familiar, pero Akyoushi deliberadamente le ignoró, pues, a pesar del dolor, sabía que eran todas mentiras.

    Sana y él eran Uno y eran partes de Sesshoumaru, así como Kanta era parte de Inuyasha.

    El temor por el destino de Sana le mantenía ansioso, Kanta no sabía bien lo que había ocurrido, ni lo que podía ocurrir, lo único que sabía era que deseaba que ella estuviera a salvo. Tampoco tenía idea de cómo llegar hasta ella, pero algo debían hacer.
    Vio correr a Akyoushi delante de él, no parecía como si se hallara persiguiendo un rastro, estaba ensimismado ¿en qué pensaría? Le conocía bastante, pero a veces era muy reservado. ¿Sabría a dónde se dirigía o también estaría improvisando? ¿Estaría tan asustado como él?
    De pronto, se hundió en el fango y al mirar hacia abajo, pudo ver su pie enterrado en lo que parecía la huella de un lobo… gigante. Sacó el pie y se paró en la raíz de un árbol.

    —¿Kanta? —preguntó el inuyoukai deteniéndose, al sentir que le había dejado atrás, unos cien metros—. ¿Qué haces?

    El hanyou dio un salto para salvar la distancia entre ambos.
    —Hay una manada en el bosque.

    —En este bosque no hay manadas —le aclaró el príncipe, que conocía el territorio tan bien como la palma de su mano.

    Kanta, neurótico, miró hacia donde había dejado la huella. ¿Entonces, qué era eso?
    —Demonios, me gustaría tener a Tessaiga.

    —Si mi honorable padre te oyera…

    —Al diablo con tu padre —le miró—, deliberadamente nos dejó aquí.

    —¿Entonces por qué no dejas que tu miedo te lleve a la puerta de tu acogedor hogar? —espetó con cinismo—. Si le hubieras obedecido y te hubieras quedado en la aldea de tu padre, no estarías enfrentando esto aquí.

    Desde el punto de vista de Akyoushi, que alguien con el porte, la fuerza y la edad de Kanta temiera atravesar un bosque por sus propios medios, era el colmo, y una verdadera deshonra.

    —Abre los ojos Akyoushi, estamos persiguiendo a Akuma.

    —Yo no te mandé —siguió corriendo en dirección al noreste, sin prestarle atención.

    Kanta volvió a mirar hacia atrás y le siguió el paso, tanto como podía, pisando cada roca y rama que encontraba en el camino, mientras Akyoushi corría con la gracia que caracterizaba a los de su especie, como un fantasma, sin tocar una sola roca o rama, buscando el suelo blando, sin hacer ningún ruido.

    Lo miró por sobre el hombro.
    —Haces tanto ruido que te escucharía desde Heijo.

    —Yo no recibí tu entrenamiento ¿me disculpas? —respondió el hanyou con cinismo.

    Los árboles se cernían sobre ellos como torres oscuras, que impedían el paso de la escasa luz. Las ramas en el suelo se asemejaban a huesos humanos, los sonidos de las criaturas parecían tenebrosos gemidos y gritos y todas las sombras del bosque parecían vivas, parecían estar persiguiéndolos.

    Los ojos de Kanta iban y venían.
    —No recuerdo que este bosque fuera tan escabroso.

    Akyoushi también miraba en todas direcciones, intentando descubrir el origen del malestar.
    —Hay una poderosa intención maligna.

    —Parece como si nos estuviera observando... Es mejor que no nos separemos.

    El inuyoukai lo miró de reojo y sin decirle nada.

    De pronto, Kanta dejó de correr y se quedó atrás de nuevo, quieto y parpadeando.
    —¿Escuchaste eso?

    —¿Escuchar qué?

    —Esa voz.

    El príncipe aguzó todos los sentidos.
    —Yo no siento nada.

    Sin decir nada, el hanyou se echó a correr hacia el norte.

    Akyoushi reaccionó y salió a perseguirlo.
    —Espera Kanta, no es por ahí.

    Llegaron hasta un sitio en donde los ásperos troncos de los árboles crecían tan estrechamente que se asemejaban a paredes y a cuevas. Akyoushi no conocía ese sitio, lo cual significaba que pronto se habían alejado demasiado del camino original.

    Kanta se detuvo de súbito frente a una higuera medio machita, mirando hacia las raíces. Al principio, el inuyoukai no vio nada, pero en seguida notó que había algo entre las torcidas raíces, más bien, alguien.
    Una pequeña youkai estaba enredada en la higuera y no parecía tener fuerzas para liberarse, tampoco parecía ser consciente de la presencia de los dos muchachos.

    —Es Shiroihana —se apresuró Kanta—. Saquémosla de aquí y vámonos.

    Akyoushi se hizo hacia atrás.
    —No es mi hermana. Salgamos de aquí.

    —Pero…

    Akyoushi saltó y lo agarró por la muñeca, dispuesto a llevárselo por la fuerza, cuando la youkai se levantó sin ninguna dificultad, salió de debajo de la higuera y los miró.
    —Akyoushi —lo llamó y extendió una mano hacia ellos.

    Pero él no hizo nada al respecto.
    —Vámonos de aquí, ya.

    —Kanta no puedes dejarme aquí —se quejó ella y el hanyou volteó a verla—, díselo. Akyoushi… Akyoushi, ¿no me reconoces? Soy tu hermana.

    La mirada del inuyoukai se cruzó con la suya.
    —No eres mi hermana.

    La cara de la youkai se deformó. De la nada, un remolino de viento apareció y cayó hacia ellos.
    —¡Pero ese ataque sí es de mi hermana!

    Por instinto, Kanta y Akyoushi saltaron hacia atrás y la trayectoria del remolino les siguió.

    —¡Niño estúpido, te castigaré por haberme desconocido!

    El aire volvió a remolinear y otros tres tornados bajaron hacia ellos. Akyoushi se enfocó en un escudo mental, logrando desviar parcialmente la trayectoria del fiero ataque, pero no pudieron seguir retrocediendo cuando se encontraron apoyados de espaldas contra la pared de troncos.

    —¡No tienen escapatoria, les haré pedazos! —siguió deformándose, hasta convertirse en una masa negra con forma humana y ojos rojos, que se desvanecía lentamente. Era el precio de intentar utilizar el descomunal youryoku de Sana.

    A medida que la sombra se les acercaba, ellos se congelaron. Lo cierto era que ninguno de los dos tenía idea de cómo pelear contra un kageyoukai.

    Abrumado por el miedo y por su error, Kanta puso las manos sobre la cabeza de Akyoushi y saltó sobre él. Cuando ambos cayeron al suelo, los remolinos golpearon fuertemente contra los árboles, destrozándolos y deshaciendo aquella pared ilusoria, para luego desvanecerse en el aire.

    El kageyoukai había comenzado a gritar y a quejarse, ya no era capaz de utilizar aquel poder. Pero todavía podía comérselos.

    Akyoushi y Kanta saltaron por encima de los troncos destrozados y salieron de aquel claro, que comenzó a llenarse de sombra.
    —Rápido, salgamos de aquí —Kanta jaló a su primo—. Lamento no haberte creído —estaba aún confundido pues, en su afán de salvar a Sana, se había dejado engañar por un kageyoukai. Débil.

    Comenzaron a correr tan rápido como sus pies se lo permitían, intentando salir de su alcance. Pronto, Akyoushi tomó la delantera y arrastró consigo a Kanta.

    —¡No encontrarás a tu hermana! —gritaba el agonizante monstruo con su espantosa voz—. Akuma-sama devorará a tu hermana. Inuyoukai insolente, ¡jamás recuperarás a tu hermana!

    —No lo escuches, Akyoushi.

    —¡Nunca encontrarás a tu hermana!

    Mientras más gritaba el kageyoukai, más corrían ellos.

    De pronto, el bosque pareció comenzar a moverse ¡el sitio estaba repleto de sombras!
    Kanta no aguantó la presión y gritó a todo pulmón, mientras seguían intentando encontrar el camino de regreso.

    —¡Nos atraparán los kageyoukai!

    —¡Tenemos que llegar hasta Él! —le dijo Akyoushi.

    —¿Hasta quien? ¿A dónde tenemos que llegar?

    —No hay tiempo para explicarte.

    Unos lobos negros de tamaño descomunal aparecieron tras su rastro, mostrando los colmillos. Akyoushi miró hacia atrás y reconoció en ellos al horror que poblaba sus pesadillas. “Sigue corriendo, no te detengas” le dijo una voz interna “sigue corriendo, debes salvarte, debes salvarte aunque Kanta muera”. Y entonces, reconoció en esa voz a su instinto más primario.

    *****

    El fuego crepitaba constantemente, como si quisiera contarles algún secreto y él estaba inquieto, sin poder comer o dormir. No podía creer el giro tan brusco que habían dado las cosas.
    —No puedo creer que ese mocoso sea tan mal agradecido. Le salvamos la vida y aún así nos echa fuera, como si no fuéramos más que trozos de basura para desechar —se quejó Inuyasha mientras tiraba una ramita seca al fuego y veía cómo ardía y sacaba chispas.

    Kagome sólo suspiró.
    —Evidentemente, para él la ley de su padre y la vida de su hermana son mucho más importantes que su propia vida.

    —Hay cosas que no entiendo, no entiendo cómo es capaz de renunciar a sí mismo de esa manera —negó—. No es amable, ni anda ayudando a los demás, con los sirvientes es casi tan exigente como su padre y tiene casi el mismo carácter pésimo de Sesshoumaru.

    —Aún así, él no es Sesshoumaru, aunque resulte obvio decirlo —Kagome atizó el fuego—. Yo también quisiera que las cosas sean diferentes… pero hay una notable diferencia.

    Él irguió las orejas y las giró en dirección a ella.
    —¿Qué quieres decir?

    —Quiero decir… aún recuerdo que, desde el instante mismo en que se conocieron, Sesshoumaru y tú comenzaron a pelear y cualquier intento de comunicación siempre terminaba en una riña, jamás tuvieron la posibilidad de hablar o siquiera intentar llevarse bien —sin darse cuenta, una sonrisa fue dibujándose en su rostro—. He visto que Kanta y Akyoushi son muy distintos, pero aún así no parecen pelear, no es como si todo el tiempo compitieran por algo o como si fueran impulsados al odio… se llevan realmente bien.

    —Keh, eso es ridículo —y de repente, se sintió más incómodo—, sólo míralo, jamás le han gustado los inuyoukai, pero ahora hasta sueña ser como uno. Yo creo simplemente que le han estado lavando el cerebro.

    —Y yo creo —le interrumpió Kagome—, que ha tenido la posibilidad de descubrir las cosas buenas que hay en un inuyoukai y entenderse con ellos. Una oportunidad que no apareció en las generaciones anteriores —lo miró y le sonrió con picardía.

    —Keh, es que Sesshoumaru es realmente un tonto, se cree omnisciente y omnipotente... él es imposible —ofuscado, se cruzó de brazos y miró hacia otro lado.

    Kagome le tiró de una oreja.
    —¿Y qué me dices de ti? ¿Eh?

    Él se sacudió.
    —Si mal no recuerdo, él era el que siempre comenzaba las peleas y me provocaba —se ofuscó.

    —Y tú nunca fuiste lo suficientemente razonable como para frenarlo con palabras ¿verdad?

    —Keh, como si eso fuera posible.

    —Por supuesto que era posible —se jactó—, yo lo hice en varias oportunidades, no es imposible hablarle.

    —Lo que pasa es que dudo que hubiera perdido su “valioso tiempo”, poniéndose a pelear y a discutir con una simple humana.

    —Bueno…

    —¿Eh?

    Kagome sonrió ampliamente.
    —Creo que eso deberíamos preguntárselo a Rin.

    —Rin sin dudas tiene un carácter especial. No puedo creer que, después de tanto tiempo, aún le aguante y siga diciendo cosas buenas de él.

    —Rin sin dudas tiene la capacidad de detectar lo que los demás necesitan y puede amoldarse con facilidad a diversas situaciones. Habría sido un gran médico o una excelente miko si lo hubiera deseado… pero como todos sabemos, prefirió a Sesshoumaru, a sabiendas de cuales podían ser las consecuencias.

    Inuyasha la miró a los ojos.
    —Pues no es la única que se vio obligada a elegir en situaciones adversas.

    Kagome volvió a sonreírle y le tomó de la mano. Hacía un buen rato desde que no sentía el frío del otoño.
    —Yo creo que tu papá tenía algún don especial, que podía vislumbrar de alguna manera el destino de las personas que lo rodeaban, además, pienso que seguramente fue muy inteligente y valiente… como para apostar a que conseguirías ser feliz a pesar de todas las dificultades que habrías de enfrentar… y también creo que podía incluso vislumbrar que, en algún futuro lejano, su clan dividido por el odio podía volver a unirse.

    —No pudo haber hecho eso.

    —¿Por qué no? Aprendió a sentir aprecio por las personas, al igual que tú. Ninguna idea concebida a partir del amor puede volverse destructiva, eso jamás… Puede que haya sido muy duro con ustedes, pero era un youkai y es comprensible.

    “Entonces, de seguro mi padre era odiosamente peor que Sesshoumaru”, pensó Inuyasha para sí, sin atreverse a sacar el pensamiento a la luz. A veces, le costaba tener que reconocer que había un antiguo clan youkai a sus espaldas, porque ese rollo nunca había ido con él. Lamentablemente, aquella era una parte importante de su pasado, de su historia, una parte que no podía ser borrada.

    —¿Crees que lo sabía? —le apretó la mano— ¿Todo? ¿Sin posibilidad de error? ¿Lo calculó todo tan fríamente que le salió casi perfecto? ¿De verdad crees eso?

    —Y también creo que uno de sus descendientes heredó la misma habilidad. Tal vez sabe más que todos nosotros y es más inteligente de lo que pensamos —asintió ella repetidamente—. Tal vez nunca vayamos a comprenderle… y tal vez hasta nos ve como unos ignorantes y se ríe en secreto de nosotros.

    —Ojalá y use su habilidad para algo bueno.

    Eso era lo que a Kagome le preocupaba.
    —Inuyasha…

    —Dime.

    —¿Qué crees que pasaría si un monstruo como es Akuma tuviera la capacidad de ver el futuro y controlarlo? La tierra entera se hundiría en un completo caos y todos nosotros estaríamos perdidos.

    Inuyasha tragó saliva y pensó en Sesshoumaru.
    —Tiene que detenerle antes de que sea tarde. No podemos quedarnos aquí sin hacer nada.

    De repente, un borrón pardo salió de la entrada y se paró frente a ellos. Era Ah-Un y estaba gruñendo.
    —Kagome-sama, Akyoushi-sama se ha marchado de las inmediaciones del palacio —le advirtió Rin con un tono de enorme preocupación—, al parecer, Kanta salió detrás de él.

    —¡¿Qué?! —exclamaron Inuyasha y Kagome al mismo tiempo, mientras se ponían de pie.

    —No me dirás que fueron a buscar a Akuma por su cuenta.

    —Es muy probable —murmuró la youkai.

    —Es un suicidio…

    —Esos mocosos… —Inuyasha apretó enojado la vaina de Tessaiga, se sentía impotente e idiota ¿Cómo había dejado que lo engañaran? ¿Cómo había podido permitir que se escaparan?

    —Tenemos que ir a buscarlos —dijo Kagome resuelta.

    —Deberíamos empezar por los bosques —Rin jaló las riendas de Ah-Un.

    —No, espera —la detuvo Inuyasha—. No deberías salir, además de ser peligroso, sin Akyoushi, no hay nadie a la cabeza de esta casa y en tu ausencia se volvería un caos. Tienes que permanecer aquí. Nosotros los buscaremos.

    —Pero Inuyasha…

    —Sesshoumaru me volaría la cabeza si supiera que te dejé salir en una situación tan crítica.

    —Inuyasha, será la segunda vez que Akyoushi-sama se me escapa. El amo estará furioso —sin embargo, no era algo novedoso, considerando las ocho mil veces que había sucedido.

    —No es culpa tuya. El mocoso es tanto o más obstinado que el padre, sólo quédate aquí y asegúrate de que todo esté en orden hasta que regresemos. No irán muy lejos, te lo aseguro.

    —Inuyasha, confío en tu palabra. Trae a salvo al hijo del amo.

    —Por supuesto, no puedo dejar que se exponga a un peligro innecesario. Además, mi hijo está con él. Vamos Kagome.

    —Sí —ella se subió a su espalda y él salió corriendo tan rápido como podía, en dirección a los bosques.

    El rastro desaparecía pronto, haciendo evidente que se habían ido volando, así que se vieron obligados a recorrer grandes distancias, sin estar seguros a dónde irían. Akyoushi estaba solo, así que buscaría la seguridad de sus tierras, por eso Inuyasha estaba seguro de que no atravesaría Musashi.

    Inuyasha siguió corriendo, mientras el sol se levantaba sobre sus cabezas y su desesperación era cada vez mayor. Tres horas habían transcurrido, pero ningún rastro contundente aparecía.
    Inuyasha corrió hasta llegar a campo abierto y Kagome estaba francamente preocupada.
    —¿Pudiste dar con el rastro de Akyoushi o de Kanta?

    —Hay mucho olor de inuyoukai por esta zona, pero se confunde. Estamos muy cerca de la frontera y al parecer, aquí hubo una fuerte batalla.

    Sin embargo, no había los destrozos propios de un combate, sino una fuerte intención maligna que parecía haber atacado por otros medios.

    —¿Será aquí donde tu hermano intentó detener a Kuroika?

    —Probablemente. Ese ejército de sombras era tan numeroso que su esencia quedó impregnada en todas partes, pero el olor llega sólo hasta aquí.

    —Echemos un vistazo más al norte —propuso ella.

    —De acuerdo —cuando Inuyasha empezaba a correr en esa dirección, una barrera de viento lo detuvo y lo empujó varios metros hacia atrás. Tenía la fuerza de un tornado—. ¡Mierda!

    Cuando el viento dejó de arrastrar ceniza y polvo, pudieron ver una silueta suspendida a pocos centímetros del suelo.

    —¿Sana? —preguntó Kagome sorprendida. Realmente era ella, era la hija de Sesshoumaru— ¿Qué haces aquí? ¿Te encuentras bien?

    Sin embargo, sus ojos eran diferentes, oscuros, como los de Kanta, vivos… pero no tenía la mirada de alguien que actuaba por sí mismo.

    —Tu padre y tu hermano te están buscando.

    —Je, ataqué a mi padre y a mi hermano y les hice sufrir. Ni siquiera ellos, perteneciendo al clan más poderoso parecen ser rivales contra mi fuerza. Y ustedes no deberían estar aquí, pero me han facilitado el trabajo de tener que ir a buscarlos.

    Kagome no creía lo que estaba oyendo ¿sería realmente ella? ¿No se suponía que era ciega? y además actuaba tan raro. Sintió su presencia y lo confirmó. Era la inuyoukai… pero era diferente.
    —¿Cómo lograste alejarte de los kageyoukai?

    —Eres la miko Kagome —dijo con una voz neutra—. Los Kageyoukai temen a tus poderes espirituales, ellos quieren que te asesine —se abalanzó hacia los dos con enorme rapidez y golpeó a Inuyasha con mucha fuerza, logrando separarlo de ella. Entonces, la golpeó en la cara y le hizo morder el polvo.

    Kagome se levantó apenas, aturdida por el golpe, pero salió volando de una patada y quedó enterrada en las cenizas, varios metros atrás.
    Levantó la vista y vio sin dificultad el aura negra que la rodeaba. Era la misma aura que rodeaba a Rin, pero no era algo que saliera de su interior, sino más bien parecía provenir de una fuente externa.

    —Me recuerda al hechizo que tenía Rin cuando nos atacó hace veinticinco años —apenas pudo esquivar su siguiente golpe y poner una barrera para defenderse. Ella parecía estar midiendo su fuerza todo el tiempo—. Ya entiendo. Nunca pudo eliminar completamente el veneno de ese kageyoukai araña y ha estado siendo devorada desde entonces. Akuma la está controlando como una marioneta… —sin embargo, el golpe siguiente la hizo volar con todo y barrera, aunque la caída fue amortiguada gracias a la misma.

    —De nada te sirve saber eso. No podrás defenderte por mucho tiempo. Mejor ríndete.

    Kagome fue tocada por esa energía y su cuerpo comenzó a quemarse, pero hizo lo posible por resistir el dolor y mantener la barrera que la chica intentaba romper a golpes.
    —Sana, eres más fuerte que ellos, no puedes rendirte a su control, tienes que liberarte.

    De pronto, Kagome sintió un fuerte dolor de cabeza, ya no pudo enfocarse y su barrera desapareció. Sana levantó una garra, lista para atacarla, pero una fuerte corriente de energía la hizo retroceder.

    —No te lo permitiré —le gritó Inuyasha—. No puedo creer que te hayas dejado controlar por una basura como son esos kageyoukai ¿por qué lo hiciste?

    Sana le miró impasible.
    —Me han dado la capacidad de ver.

    —Sólo por algo así… —recordó a Sesshoumaru dejándose utilizar por Naraku, vendiéndole su alma— ¡eres incluso más débil de lo que fue tu padre!

    —¿Qué?

    —¡Kaze no Kizu!

    Ella saltó hacia atrás y consiguió evitar la explosión del ataque.
    —Hanyou, no deberías entrometerte.

    Saltó hacia él y generó una explosión de energía que lo obligó a soltar a Tessaiga. Eso fue suficiente para crear la oportunidad de golpearlo y dejarlo en posición de desventaja, estando parada sobre su cabeza.

    —¿Ya lo olvidaste, hanyou? Tú me entrenaste, no podrás vencerme. No sin tu arma.

    —Maldición —miró de reojo a Tessaiga, que había quedado clavada lejos de su alcance. Cuando quiso levantar el brazo, se dio cuenta que se le había roto en varias partes y se mordió la lengua, soportando el dolor.

    La explosión que acababa de ver no era la tan conocida energía de Sana, sino que se trataba de un resplandor oscuro, que provenía de una clara intención externa. Una intención maligna muy fuerte. Ella no estaba haciendo ningún esfuerzo por evitar el control.

    —Si sigues así, acabarás matando a tu padre ¿Es eso lo que realmente quieres?

    —No podré vivir si él vive.

    —¿Eso es lo que te han dicho esos kageyoukai? ¡Tu padre arriesgó la vida por ti, maldita sea!

    Ella le puso un pie sobre la cabeza y comenzó a aplastársela.
    —Cállate ahora y muere con dignidad, sangre sucia.

    Un resplandor de energía sagrada se acercó hacia ella… pero aquella flecha quedó detenida a mitad de camino y se desintegró.
    —¿Creías que ibas a matarme con eso? —preguntó mientras miraba a Kagome de reojo— ¿por qué no sólo te quedas ahí y esperas tu turno? Le llevaré la Tessaiga a Akuma y abrirá un meidou sobre este mundo. Los kageyoukai y todos los espíritus que reinan en el Meikai, invadirán este mundo y lo absorberán —aplastó el cuerpo del hanyou con sus poderes—. ¿Escuchaste eso, Inuyasha?

    Él gruñó, pero todo su cuerpo estaba entumido y no podía moverse.

    —¡Sana, no puedes hacer algo así! —le gritó Kagome—. Todos morirán, todo desaparecerá y tú también, tienes que detenerte ahora —sacó otra flecha y, en vez de apuntarla directo a Sana, la apuntó a la energía que la controlaba. La flecha desapareció.

    Hubo un fuerte pulso en el aire y Sana se quedó quieta.
    —¿Inuyasha? —de inmediato, retrocedió, liberando al hanyou de su ataque— ¿Yo… les he atacado? —parecía muy confundida, abrumada.

    —¿No es un poco tarde para que te des cuenta? —le gritó Inuyasha.

    —Akuma ya no puede controlarla —Kagome corrió hacia ella y la sujetó de una mano, liberando una barrera espiritual pensada para aislar el jyaki y ayudarla—. Vamos a casa, rápido.

    De pronto, Kagome sintió una descarga y se vio obligada a soltarla. Su mano se había quemado.

    —¿Creías que podrías liberarla tan fácilmente? —le dijo una voz desde el aire—. Sana ahora me pertenece y tarde o temprano acabará con todos ustedes —comenzó a reírse a carcajadas.

    Una masa negra rodeó a la youkai y la arrastró hasta dentro de la tierra.

    —¡Maldita basura!, ¡regresa a la hija de mi hermano, ahora! —pero la voz no volvió a contestarle. Inuyasha se arrodilló en el suelo e intentó excavar, pero supo que de esa forma no iba a llegar hasta ellos.

    Saltó hasta donde estaba la Tessaiga y la empuñó con el único brazo que podía levantar. Abrió un meidou y pensó en lanzarse dentro, pero una fuerte corriente de jyaki se lo impidió. Al parecer, salvar a la hija no sería tan “fácil” como salvar a Sesshoumaru.
     
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