El Señor de los Anillos The Flame of the Valar (Legolas) | Libro III

Tema en 'Fanfics sobre Libros' iniciado por mgstories, 30 Marzo 2021.

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    Título:
    The Flame of the Valar (Legolas) | Libro III
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Fantasía
    Total de capítulos:
    1
     
    Palabras:
    67631
    The Flame of the Valar

    El retorno del rey




    Capítulo Uno: A Ciegas

    Sentada en el borde de la cama se encontraba una Lyanna que se encontraba distante de la conversación que sus compañeros tenían cerca de la entrada de la habitación. Discutían acerca de la noticia que la Vala les había dado recientemente.

    Sin embargo, sentado frente a ella estaba un príncipe elfo, que había preferido quedarse a su lado intentando captar su atención. Pero Lyanna se había encerrado en sus pensamientos. Legolas no la podía culpar, Lyanna ahora era consciente que su destino era irreversible. Tenía que enfrentarse a Sauron.

    Éowyn entró al cuarto con un par de telas recién cortadas. Gandalf había mandado a traer aquellas vendas para Lyanna, al igual que un vestido de gala con el que pudiera atender al festín. La dama dorada miró al elfo.

    - Tiene que limpiarse – le dijo a Legolas, indicándole que tenía que retirarse para que Lyanna pudiera entrar en la bañera y asearse. El elfo miró a la Valië, pero no pudo interpretar si ella lo estaba mirando o no.

    - Vas a estar bien – le susurró este a ella, mientras se levantaba y tomaba el rostro de Lyanna en sus manos y le depositaba un beso en su frente. Ella no se movió. Legolas se retiró de la habitación y cerró la puerta, obteniendo una mirada de preocupación por parte del resto.

    - ¿Y bien? – preguntaron los hobbits. Legolas les dedicó una mirada triste, y solo se limitó a negar.

    Mientras tanto, Éowyn rodeó la cama y se apresuró a tomar a Lyanna de sus manos, guiándola a través del cuarto.

    - He ordenado posponer el festín un poco más, así te da tiempo de arreglarte – le dijo ella. Lyanna no respondió. Ambas llegaron por fin al cuarto de baño, donde una bañera estaba preparada con agua limpia para Lyanna. Éowyn la ayudó a deshacerse de sus prendas y a entrar. Cuando Lyanna sintió el agua hacer contacto con su piel y sumergirse lo suficiente, reaccionó.

    - Puedo encargarme de esta parte, Éowyn, gracias – indicó. Éowyn sonrió, aunque Lyanna no vio aquello, y se retiró del cuarto de baño, pero permaneció en la recámara. Sabiendo que la Vala necesitaría ayuda para vestirse.

    Cuando Lyanna se aseguró de lavar cada parte de su cuerpo, agilizó sus sentidos para poder salir de la bañera y encontrar la puerta que daba hacia el cuarto principal. Sintió la presencia de Éowyn a su derecha mientras caminaba de regreso a la cama, donde ubicó un vestido preparado para ella.

    Lyanna lo alcanzó y comenzó a tocarlo todo, evaluando su textura, las mangas, lo largo que era y cómo tendría que ponérselo.

    - ¿Qué… qué color es? – preguntó, un poco tímida al hacerlo, sintiéndose avergonzada de no poder descubrirlo. Éowyn le sonrió con ternura.

    - Rojo, como el vino – le susurró ella. Lyanna asintió, agradeciendo la ayuda – Permíteme – dijo Éowyn, acercándose a ella y tomando el vestido. Lyanna sabía que se lo podía poner por su cuenta, pero dejó que Éowyn la ayudara. No se sentía con ánimos de esforzarse más de lo que debería. No aquella noche, al menos.

    - ¿Cómo me veo? – preguntó, con su voz entrecortada, incapaz de aceptar la realidad que enfrentaba. Éowyn le sonrió.

    - Como toda una Valië – señaló – Tan bella como los amaneceres de la primavera – Lyanna no reaccionó ante aquel comentario. No, no creía que su rostro fuera tan bello como alguna vez lo fue.

    Éowyn tomó una de las tiras de tela que había llevado, sus manos temblando mientras lo hacía. Miró el pedazo de tela que tenía y luego levantó su vista a la Vala, cuya mirada era imposible de encontrar.

    - Lyanna, tengo que ponerte esto – dijo Éowyn, tan bajo como un murmullo al que Lyanna pudo haber ignorado. La Vala extendió sus manos hasta las de ella, sintiendo aquel pedazo de tela. Lyanna tragó saliva, y sus labios comenzaron a temblar. La única razón por la que no lloró fue porque las lágrimas ahora le quemaban aún más sus dañados ojos.

    - Ya qué – fue lo último que dijo, dándose media vuelta y sintiendo la tela rozar su piel. Éowyn cubrió la mirada de Lyanna con aquella tira y la ajustó para evitar que se le fuera a caer. Cuando le dio un último vistazo, su corazón se rompió.

    - Estás lista.

    La puerta se abrió de nuevo, dejando ver a Éowyn con un rostro triste y apenado. Les dio una leve, y casi forzada, sonrisa al resto, mientras se hacía a un lado y dejaba ver a Lyanna, que se encontraba detrás de ella. Cuando todos la observaron, pareció como si todo el lugar ahora se hubiera vuelto lúgubre y terrorífico. Aunque el vestido que llevaba resaltaba su figura, sabían que ahora Lyanna era incapaz de mirarlos.

    Legolas fue el único que logró reaccionar cuando Lyanna se colocó en el umbral de la puerta. Se acercó a la Vala y le tendió el brazo, acto que la Vala pudo identificar por la cercanía con la que sentía al elfo. Y con aquel gesto le decía a ella que no importaba cómo se viera, nada tendría que ser diferente.

    Lyanna tomó el brazo de Legolas y ambos comenzaron a caminar hacia el salón principal, donde poco a poco las voces se iban escuchando más. A Lyanna no le importaba qué fuera a decir el resto sobre su aspecto. Sobre su condición. Sabía que tenía que adaptarse, usar el resto de sus sentidos. Eso no era ningún problema.

    Pero le molestaba el hecho de haber permitido aquello. Había bajado la guardia, y había sido derrotada. Aquella venda que cubría ahora sus ojos era un símbolo de derrota, de debilidad. Si Saruman había logrado vencerla, ¿cómo no lo iba a hacer Sauron?

    - La vista puede ser traicionera – escuchó que le dijo Legolas – A veces solamente vemos lo que queremos – le recordó. Lyanna se limitó a tragar saliva.

    - Qué suerte que tu padre me entrenó en la oscuridad – le dijo ella, aunque en un tono bastante seco – Tendré que deberle el resto de mi vida a él.

    Cuando llegaron al salón, Lyanna sintió varias miradas sobre ella, y pudo escuchar cómo las pláticas se detenían cuando volteaban a verla. Pero endureció su semblante y mantuvo su rostro alto, ignorando lo que cualquiera estuviera opinando.

    Legolas y ella llegaron hasta donde se encontraban sus puestos, junto a los de Gimli, los hobbits y Gandalf. Aragorn había sido ubicado con el resto de su raza, los hombres. El rey Théoden pidió silencio en la sala, pues la ceremonia iba a comenzar.

    Varias doncellas y caballeros caminaron por entre las mesas y asientos repartiendo las copas de vino. Cuando todos en el salón se encontraban sosteniendo una, el rey empezó a hablar, recordando a los caídos, la batalla, la hora más oscura y el momento donde la esperanza regresó.

    - Esta noche recordamos a aquellos que dieron su sangre por defender esta tierra – dijo Théoden, y elevó su copa - ¡Honor a los victoriosos caídos!

    - ¡Honor! – gritaron todos en el salón, quienes bebieron de su copa.

    - Ahora… ¡Que comience la celebración! – animó Théoden, mientras los músicos comenzaban a tocar una sinfonía alegre y se repartía la comida entre los invitados.

    Capítulo Dos: ¡Idiota de Tuk!

    Merry y Pippin danzaban sobre una mesa, rodeados de hombres de Rohan que aplaudían al compás de la música y los animaban. Aragorn hablaba con varios soldados de la marca. Lyanna y Legolas se encontraban en la barra de bebidas, donde Éomer les servía cerveza a sus compañeros. En eso llegó Gimli al lado del elfo, pidiendo dos pintas. Éomer se las entregó.

    - ¿Les sirvo a ustedes? – les preguntó el hombre a Legolas y a Lyanna. Gimli soltó una carcajada.

    - ¿Un elfo bebiendo cerveza? – siguió riendo – Esa sería una historia que nunca me creerían en Erebor – comentó. Lyanna, quien se había relajado más desde que la fiesta había dado inicio, alzó las comisuras de sus labios. Legolas lo miró, desafiante.

    - Estoy seguro de que podría beber más jarras que tú – presumió, haciendo que los hombres que se encontraban alrededor reaccionaran ante aquel comentario frenéticos y emocionados. Gimli arqueó sus cejas y arrugó su nariz.

    - ¡Bien! – exclamó, mientras le extendía su jarra - ¡Que gane el último hombre que quede en pie! – y con eso dicho, comenzó a beber del vaso. Los hombres gritaron alegres al ver que se trataba de una competencia. Legolas se acercó el vaso a su nariz, sin estar seguro si aquella bebida le iría a gustar. Lyanna, por fin, esbozó una amplia sonrisa.

    - No va a morderte – le dijo, agilizando sus sentidos para identificar que el elfo se había llevado el vaso a la nariz – Y tiene mucho menos alcohol que el vino – Legolas rio ante el comentario de la Valië y procedió a beber de la jarra. Su sabor no le molestó en absoluto, y logró terminársela bastante rápido para luego tomar de otro vaso. Gimli ya llevaba cinco jarras.

    - ¿Qué hay de ti? – preguntó Éomer a Lyanna. Ella volteó su cabeza al origen de la voz del hombre, y podía jurar que tenía en su mano ya lista otro vaso de cerveza. Lyanna rio.

    - ¡Ja! A los Valar no nos afecta el alcohol, nuestra sangre es capaz de disolverlo. Sería una competencia injusta – exclamó ella. Éomer sonrió.

    - ¿No lo es ya? – cuestionó, refiriéndose a que Legolas era un elfo, cuya raza no necesitaba de comida o bebida para ganar fuerzas o perderlas. Aunque el alcohol les hiciera efecto, se tendría que necesitar una buena dosis de este para inmovilizarlos. Mucho más de lo que los mortales requerían. Lyanna sonrió.

    - Bueno, no por algo se les conoce a los enanos por su testarudez – bromeó la Vala.


    El silencio de la madrugada invadía Edoras desde la entrada a la ciudad hasta la habitación más escondida en el castillo del rey. La fiesta había terminado hacía ya varias horas, y los que aún se mantenían sobrios habían tenido que quitar todas las mesas y levantar los platos y vasos del festín. Como había gente del Folde Oeste quedándose en Edoras, pues habían perdido sus hogares en el ataque de Saruman, los habían repartido en las habitaciones que quedaban en el castillo. Lyanna les había cedido su habitación a un grupo de ellos. Éowyn le había cedido su habitación, pues ella había decidido dormir aquella noche en el salón principal. Y en la habitación de Aragorn, Legolas y Gimli se habían sumado Gandalf y los hobbits, y un par de ciudadanos más que aún cabían.

    Gimli roncaba estrepitosamente. Había caído ante la competencia contra Legolas junto cuando el elfo comenzaba a sentir el alcohol haciendo efecto en su cuerpo. Todos se encontraban durmiendo, incluso Gandalf, quien guardaba la Palantír en sus brazos.

    Lyanna había decidido ir a la habitación de Éowyn para tener un momento a solas con ella misma. Donde pudiera tomarse el tiempo de evaluar su nueva realidad. Legolas, por otro lado, no había regresado a su habitación. Como todos ahora descansaban, y Sauron estaba de regreso, había preferido montar guardia, con su vista fija en el este, hacia Mordor.

    Al encerrarse en la habitación, Lyanna recostó su espalda contra la puerta y presionó sus ojos. Llevó sus manos hasta el nudo de la venda y se descubrió la mirada. Todo en la habitación se veía borroso, desenfocado y apenas visible. Una tenue luz de vela iluminaba el lugar, pero gracias a ella pudo identificar qué la rodeaba. Una gran cama se encontraba frente a ella, y un clóset que cubría toda la pared se ubicaba a su derecha. La puerta del baño estaba a su izquierda. Al caminar, sintió una alfombra de pelaje de animal en sus pies, y al llegar a la cama supo reconocer las suaves telas de las sábanas.

    Se deshizo del vestido y buscó en el armario algo adecuado para descansar, cosa que lograría identificar por el tipo de tela. Si esta era suave, entonces era un camisón para dormir.

    Cuando lo encontró y se lo puso, se sentó en el borde de la cama. A punto estaba de recostarse cuando sus sentidos se agudizaron y la presencia maligna de Sauron le puso los pelos de punta. Lyanna maldijo el haber dejado sus armas en el cuarto que le había asignado.

    Pero no sentía el cuerpo de Sauron cerca, sino solo su maldad. La Vala no tardó en adivinar que aquello tenía que ser obra de la Palantír. Alguien la estaba usando, aunque Gandalf había dado estricta orden de no hacerlo.

    Caminó hasta la cama, tratando de encontrar el pedazo de tela que cubría sus ojos. Pero se dio cuenta que se estaba demorando mucho, así que, tras gruñir, se dirigió de nuevo a la puerta y salió del cuarto, dirigiéndose hasta la habitación donde sus demás compañeros estaban. Tuvo que fiarse mucho de sus instintos para saber en dónde tenía que doblar, si una pared o un pilar estaba cerca, y qué puerta tenía que abrir.

    Antes de que pudiera girar la perilla de la habitación tras la que podía sentir que provenía la presencia de Sauron, un mal presentimiento la invadió. Era su Llama, una de las Llamas que había depositado en sus compañeros se estaba resistiendo al poder de Sauron. Y, debido a la fuerza con la que luchaba, solo podía tratarse de una.

    Lyanna abrió la puerta y en su mente se hizo presente la imagen de lo que estaba pasando. Pippin había caído en un trance tras haber sido torturado en su mente por Sauron mediante la piedra vidente. Aragorn estaba también en el suelo, con sus brazos debilitados al haberle quitado la Palantír al hobbit. Y Legolas ahora intentaba deshacerse de aquella piedra que tenía en sus manos, pues se la había sacado de las manos al montaraz. Pero Lyanna sabía qué significaba aquello. Sauron iba a sentir la presencia de Lyanna en él, en la estrella que portaba. Y si no se daba prisa, iba a obligar al elfo a decirle qué quería decir aquello.

    La Vala corrió hasta su encuentro y, de un manotazo, le quitó la Palantír de las manos. Cuando la piedra sintió el poder de la Vala ordenarle cerrar toda conexión, las imágenes se detuvieron. Legolas había caído, débil también, al suelo. Era como si la Palantír le hubiese exprimido sus fuerzas.

    Gandalf estaba alterado.

    - ¡Idiota de Tuk! – gritó, volteándose a Pippin, pero al ver que el hobbit seguía sin reaccionar, corrió hasta este y comenzó a usar su poder para que despertara. Lyanna se agachó y alzó sus brazos, buscando a Legolas. Este, al ver que la Vala intentaba llegar a él, le extendió su brazo. Lyanna dejó escapar un suspiro al saber que se encontraba bien.

    - ¡Mírame! – escuchó que decía Gandalf - ¿Qué fue lo que viste? – Pippin respiraba agitadamente, aún viendo las imágenes en su cabeza.

    - Un árbol – susurró el hobbit – Un árbol blanco, en un patio empedrado. Estaba muerto… y la ciudad estaba en llamas – Lyanna volteó su cabeza hacia la voz de Pippin, mientras se imaginaba aquellas palabras en su mente.

    - Minas Tirith – susurró Lyanna, espantada de pensar que aquel era el plan de Sauron. Aunque claro que lo había considerado.

    - Lo vi… lo vi a él – la voz de Pippin se fue cortando, y aunque Lyanna no podía verlo, el rostro de este comenzaba a expresar terror – Oí su voz en mi cabeza – tanto Gandalf como Lyanna sabían que se refería a Sauron.

    - ¿Qué le dijiste? – preguntó el mago. Pippin presionó sus ojos, no queriendo recordarlo, pero sabía que tenía que hacerlo - ¡Habla!

    - Me preguntó mi nombre. No se lo dije, y me lastimó – Gandalf no dejaba de mirarlo – Me preguntó por Lyanna… y por el Anillo – la expresión del hobbit estaba al borde del colapso. Gandalf lo sacudió.

    - ¿Y qué le dijiste? – le preguntó. Pippin lo miró directo a los ojos.



    Capítulo Tres: Condenados

    - Nada – susurró – no pude decirle nada. Aragorn me quitó la piedra – Lyanna relajó sus hombros. Sauron no sabía dónde estaba, entonces.

    - ¿Qué hay de ustedes? – dijo Gandalf, dirigiéndose a Aragorn y a Legolas - ¡Por los Valar! ¡Qué desastre! – exclamó el mago, sin poderse creer que Sauron pudo haber descubierto los planes de destruir el Anillo, ubicar a Lyanna y a Aragorn. Era seguro que ahora la guerra la tenían encima.

    - No vi a Sauron – confesó Aragorn – Pero sí vi varios barcos enemigos navegar hacia Gondor. También… - se cortó, casi inseguro de decirlo – a Arwen agonizando… y su relicario rompiéndose. Pero no sé qué significa – dijo, con su mirada baja – A lo mejor nada.

    - Nada de lo que las Palantíris reflejen significa nada – dijo Lyanna. Nadie la había querido mirar a sus ojos hasta aquel momento, pues era una imagen que aterraba a cualquiera y ponía la piel eriza. Nadie, excepto Legolas – Pero yo también vi esos barcos cuando la usé en Orthanc – explicó – Vi también tropas de Harad, y olifantes con ellos – todos fruncieron el ceño, pues eso complicaba las cosas – El Bosque Negro y Erebor serán atacados también – advirtió. El corazón de Legolas temió – Rhûn ha comenzado a desplazar sus tropas. No podemos acudir a los elfos o a los enanos. Tienen su propia guerra encima.

    - Debemos alertarles – dijo Aragorn, volteando a ver a Gandalf, quien asintió, concordando con eso.

    - Legolas, dime que Sauron no logró llegar a ti – dijo el mago. Legolas tragó saliva. Lyanna sintió la mirada del elfo sobre ella.

    - Sí lo hizo – dijo él, en voz baja – Pero parecía confundido – explicó, frunciendo el ceño. Lyanna comenzó a temer por lo que fuera a decir – Me preguntó quién era y porque sentía una parte de Lyanna en mí – Gandalf juntó las cejas y Lyanna tragó saliva – Se acercó a mí y me intentó quitar el relicario – el mago clavó su vista en la estrella que colgaba del cuello del elfo – pero esta quemó su mano.

    - ¿Por qué te sintió en ese relicario, Lyanna? – preguntó Gandalf, aunque temía ya saber la respuesta. Lyanna dejó escapar un suspiro.

    - Puse parte de mí y de mi Llama en ella – reveló por fin. A Gandalf casi le saltan los ojos de la cara.

    - Tú hiciste… ¡¿qué cosa?!

    - ¡Si Sauron gana y me logra poner el Anillo, nada podrá revertir mi alma! – exclamó ella. Durante todo aquel tiempo, Lyanna había estado usando su poder para que el resto de los ciudadanos que estaban ahí no despertaran. Había profundizado su sueño, tanto que aquellos gritos nunca los despertarían – Nada, excepto Náriël – explicó ella – Pero Legolas es el único capaz de portarlo, por seguridad. Así Sauron jamás tendría idea de la importancia de ella.

    - Pero ahora sí que lo sabe – reclamó Gandalf, molesto y frustrado por no saber qué hacer – Sauron ahora sabe que Legolas es el nuevo dueño de tu corazón – Merry y Pippin miraron al elfo y a la Vala, sorprendidos, pues no se podían creer que habían tenido aquellas señales frente a ellos y no lo habían descifrado. ¡Ellos estaban juntos! - ¿Debo recordarte que, técnicamente, sigues comprometida con el Señor Oscuro? – los hobbits ahora voltearon a ver a Gandalf ante aquella noticia. ¿Lyanna comprometida con Sauron? - ¿Y que él sigue amándote?

    - Ya lo sé – fue lo único que la Vala pudo decir. Legolas no sabía ni cómo reaccionar ante aquello.

    - ¿Entonces qué crees que quiera hacer ahora que ha visto que te has olvidado de él? – exclamó el mago. Lyanna endureció su semblante.

    - ¡Lo sé, Gandalf! ¡Ya sé qué implica que lo sepa! – desesperó Lyanna. Gandalf resopló y dio vueltas por el cuarto, intentando pensar. Lyanna respiraba agitadamente. Legolas se acercó a ella y, con su tacto, intentó tranquilizarla. Sentirlo a su lado definitivamente calmó a Lyanna, pero rápidamente recordó lo que esa noche había pasado.

    Sauron sabía de Legolas, y que ahora era el dueño del corazón de Lyanna. Sin embargo, Lyanna conocía a Sauron. Era seguro que la vida del elfo ahora corría peligro, más del que ya lo hacía. Pero Sauron era orgulloso. Seguramente al darse cuenta de que se trataba de un elfo Síndar, creería que, al matarlo, ella volvería con él. O, en el peor de los casos, lo capturaba y amenazaba a Lyanna con entregarse a la oscuridad a cambio de la vida de Legolas. Y ese iba a ser un problema difícil de manejar.

    Legolas era inmortal, si Sauron lo asesinaba, su alma volvería a Valinor, donde, si Lyanna lo dejaba morir para enfrentarse a Sauron y lograba vencerlo, se volverían a ver cuando ella recuperara el control de su poder. Pero… ¿qué pasaría con el Bosque Negro y sus elfos? Thranduil perdería a su heredero. ¿Y si él moría en la guerra? No quedaría rey que gobernara a los silvanos.

    Pero lo que más le preocupaba a Lyanna era saber que Legolas no tenía ningún deseo de partir a Valinor. No lo deseaba. Si ella lo dejaba morir, lo mandaría lejos de donde su corazón realmente descansaba.

    ¿Valía la vida de Legolas más que la del resto de pueblos libres? ¿Estaba dispuesta a sacrificar el corazón de la persona a quien más amaba por una probabilidad de vencer a Sauron?

    Porque si lo dejaba morir, y Sauron la derrotaba, todo habría sido en vano.

    - Lo siento tanto – susurró Lyanna, negando con su cabeza mientras aquellos destinos comenzaban a atormentarla. Todo se había venido abajo aquella noche – He sido yo la que te ha condenado – pero Legolas esbozó una sonrisa, aunque Lyanna no lo pudo ver.

    - Yo me condené solo al enamorarme de ti – le susurró él, tomando su mano y presionándola – Siempre supe que requería un precio amar a un ser tan divino como tú – él besó su mano – ¿y sabes qué? – preguntó, Lyanna volteó su cabeza hacia donde su voz provenía – Cualquiera que sea el riesgo… lo vale – afirmó – Si Náriël es la única forma de salvarte de la oscuridad, entonces me aseguraré de mantenerme con vida – Legolas tomó el rostro de la Vala en sus manos – pero tú no dejes que él te aleje de mí.


    Capítulo Cuatro: Tres Contra Uno

    Gimli no tenía idea de porqué aquella mañana todos sus compañeros estaban tan alterados, pues tanto había bebido en la fiesta que su sueño había sido bastante profundo. Gandalf no paraba de maldecir mientras fumaba de su pipa. Aragorn estaba sentado en un taburete, y no podía dejar de mover su pierna mientras sostenía en su mano el relicario de Arwen. Merry y Pippin se encontraban demasiado callados y quietos, una actitud muy rara en ellos. Legolas tenía su mirada perdida en el suelo, sentado en una de las mesas del salón principal lo único que vagaba por su mente eran las imágenes de la noche anterior y cómo ahora Sauron sabía quién era. Aunque Legolas no le temía a la muerte, no se sentía con el deseo de dejar la Tierra Media, o de nunca más volver a ver su hogar, o a su padre.

    En su corazón siempre había sabido que su destino y su vida dependían únicamente de él. Era lo suficientemente capaz de protegerse él mismo, pues las criaturas con las que solía enfrentarse no eran más que arañas y orcos. Unos más fuertes que otros, pero al final menos ágiles que un Síndar que se había entrenado con los mejores guerreros elfos.

    Pero aquella vez era distinto, pues se trataba de Sauron. Ni con los años de entrenamiento de Lyanna le podría hacer frente al Maia, ni aunque su armadura y espada fueran de mithril puro tendría una sola oportunidad contra él.

    Las puertas se abrieron y dejaron ver al rey Théoden, que recién llegaba de visitar la tumba de su hijo, en las afueras de Edoras. Al ver a todos reunidos en aquel salón, juntó sus cejas.

    - ¿Ahora qué? – preguntó, intuyendo que algo malo tenía que haber pasado para tenerlos a todos ahí. En ese momento, Lyanna llegó desde el pasillo donde se encontraban las habitaciones. Su paso era firme y sin detenerse a evaluar si estaba cerca de alguna pared o pilar, pues sus agudos sentidos le permitían saber si el camino tenía o no obstáculos. Distinto a la noche anterior, ahora sí llevaba vendados sus ojos.

    - El plan de Sauron es atacar Minas Tirith – habló Gandalf, levantándose y dirigiéndose al rey – La victoria de Rohan en el Abismo de Helm le dejó en claro una cosa – señaló, y volteó su mirada a Aragorn – Los hombres no son tan débiles como creía, y que el heredero de Elendil se encuentra entre ellos.

    - Sauron ya murió una vez a manos del rey descendiente de Eärendil y de las mías – explicó Lyanna, cruzándose de brazos – Nada impide que el destino se repita.

    - Sauron le teme a eso – agregó Gandalf – Por eso esta vez decidirá arrasar con la ciudad antes de que la raza de los hombres corone un nuevo rey – el mago volteó a ver a Théoden – Si Gondor enciende sus almenaras, Rohan tendrá que responder.

    - Pero antes necesitan ser advertidos – dijo Aragorn, poniéndose en pie. Gandalf asintió.

    - Sí, lo serán – indicó el mago. Lyanna frunció el ceño, sin estar segura de a qué se refería – Hay cosas en movimiento que ya no pueden detenerse. Y caminos que cada uno de nosotros debe seguir – Gandalf volteó a ver a Lyanna, y esta sintió la mirada de él sobre ella – Yo iré a Minas Tirith. Me temo que la ciudad no se encuentra lista para enfrentarse al ataque que pronto sucederá, por lo que eso se vuelven ahora mis asuntos – y se volteó hacia Pippin – y no iré solo.

    - ¿No debería ir Lyanna contigo? - preguntó Pippin. Lyanna elevó una de sus comisuras.

    - Hay otros asuntos que requieren mi presencia, Pippin – señaló la Vala – Aunque siempre he usado todos mis sentidos a la hora de luchar, me temo que me confié demasiado en mis ojos por mucho tiempo. Debo asegurarme de que sigo siendo la misma guerrera aún sin ellos – mientras Lyanna decía eso, Gandalf se había acercado a Aragorn para platicarle sobre el camino que él tendría que seguir. Un camino que guiaba hacia los barcos que, si lograban llegar a Minas Tirith, no le dejarían salida alguna.

    - Bien, no hay más tiempo que perder – habló el mago, saliendo del salón, seguido por los dos hobbits.

    Théoden resopló y se dirigió a sus habitaciones. Aragorn y Gimli salieron, necesitando un poco de aire del exterior. Sin embargo, Legolas y Lyanna se quedaron ahí. El elfo aún le daba vueltas al asunto en su cabeza, y Lyanna podía sentir la incertidumbre que lo invadía.

    - He estado pensando – comenzó Lyanna, acercándose al elfo. A pesar de que su venda oscurecía por completo el mundo de Lyanna, el sol comenzaba a brillar y sus rayos se colaban por las ventanas del castillo. Ella pudo sentir la calidez de estos al quedar al lado del elfo – La única razón por la que Sauron querría matarte es porque sabe que Náriël contiene parte de mi alma, y que ahora eres el único capaz de regresármela si él gana – se detuvo un momento, para analizar mejor sus palabras – Pero para eso, primero debe llegar a ti – Legolas la miró – y como ya te dije, antes tendría que derrotarme, porque no hay manera de que yo vaya a permitirlo - aseguró, con voz firme – Así que me vas a ayudar con mi entrenamiento – le dijo – tú, Aragorn y Gimli… tenemos más o menos una semana para asegurarme de que mis habilidades siguen intactas – se cortó un momento, insegura de afirmar lo que había estado pensando – Y… y también dominar mejor mi poder – Legolas frunció el ceño.

    - ¿Crees que es buen momento para eso? Es decir, tenemos la guerra encima ya – cuestionó este. Lyanna le sonrió.

    - Lo he sentido creciendo en mí – comentó Lyanna – Poco a poco está regresando a mi dominio. Además, ¿de verdad crees que voy a enfrentarlo sin usarlo? La última vez no pude hacerlo porque aún se salía de mi control, y le costó la vida a Elendil y a Gil Galad. No dejaré que Gandalf y Aragorn caigan ante él.

    - Pero no puedo ayudarte con eso – dijo Legolas, refiriéndose al poder de Lyanna, pues él carecía de alguno en particular. Lyanna sonrió.

    - Sí, sí puedes.


    A Aragorn esto le sabía mal, pero Legolas no dudó en disparar la flecha directamente a la cabeza de Lyanna. Gimli contuvo el aliento mientras la flecha viajaba a gran velocidad hacia ella.

    Pero, y sin hacer movimiento alguno, Lyanna logró destruirla ni bien escuchó el sonido de la cuerda élfica del arco de Legolas al tensarse. Por orden de Lyanna, el elfo no se detuvo. Siguió disparando, siempre apuntando hacia la cabeza de la Vala, y esta las destruía antes de que incluso le rozaran un cabello.

    Fue entonces cuando Gimli se lanzó contra ella, hacha en mano, y buscó atravesarla por la espalda. Lyanna se movió de su lugar, haciendo que el enano clavara el arma en el suelo. La alzó y se la lanzó, pero Lyanna dobló su espalda, sintiéndola volar por encima de su nariz, y esquivando el ataque.

    Al ver que Gimli había perdido ante ella, fue el turno de Aragorn de enfrentarla. El montaraz caminó hasta ella, evaluando su postura, sus pasos y qué lado sería el ideal para atacar.

    - No juego – le recordó Lyanna – Atácame como si la vida de tus seres queridos dependiera de tu victoria – instó ella – Que prácticamente, si Sauron me pone el Anillo, así sería – ella no tuvo que decir nada más. Aragorn caminó con paso cauteloso hacia la Vala y la atacó.

    Aragorn la imaginó como alguien arrastrada a la oscuridad, aliada del mal. La imaginó traicionando a Sauron para poder ser ella la única dominante de la Tierra Media. En la mente de Aragorn, Lyanna había acabado con Gondor y Rohan. Los elfos de los bosques ahora vivían encadenados bajo el poderío de la Vala. Miles de barcos llegaban con ejércitos provenientes de Valinor con tal de hacerle frente. Pero Lyanna era incomparable ahora. Pero él podía matarla… en aquel encuentro, dentro de la cabeza de Aragorn, se definiría el destino final.

    Lyanna pudo distinguir los movimientos de Aragorn y lograba esquivarlos. Hasta aquel momento no había querido usar su poder, pues aún este no era requerido para ella. Podía encargarse de la pelea cuerpo a cuerpo sin este.

    Aragorn le tendió uno de sus cuchillos a Gimli, haciendo que este ahora se uniera a la pelea. Cuando Lyanna sintió el ataque del enano por detrás, giró sobre sus talones hacia un lado, esquivándolo y haciendo resonar el metal de sus dagas con la espada de Aragorn, que la había atacado al mismo tiempo que se alejaba de Gimli.

    Lyanna evitaba el ataque de Aragorn con una daga mientras con la otra evitaba el de Gimli. Alternaba sus armas y afirmaba sus pies sobre el suelo para evitar ceder espacio de combate.

    Legolas, al ver que Lyanna llevaba bastante bien la situación, disparó otra flecha en dirección a la Vala. Lyanna escuchó el sonido de la flecha viajar por el aire, y al identificar su origen usó su poder para destruirla.

    Ahora era un combate que igualaba un enfrentamiento contra Sauron.

    Legolas buscaba el mejor momento para disparar, pero al ver que Lyanna seguía manteniendo la ventaja, y al no sentir más flechas en su carcaj, sacó sus dos dagas y se sumó al enfrentamiento con ella.

    Lyanna sonrió al sentir la presencia de Legolas acercándose. Pero cuando los tres la rodearon y atacaron al mismo tiempo, Lyanna usó su poder para detener las armas y darle tiempo de escabullirse entre el elfo y Gimli para patearles por detrás y hacer que cayeran, empujándolos al hacer uso de su poder. Aragorn reaccionó antes de que llegara a él, y las dagas de Lyanna chocaron con el metal de la espada del montaraz. En un juego de fuerzas, Lyanna se lanzó hacia la dirección contraria al impulso de Aragorn y colocó el filo de su daga en su cuello, obteniendo la victoria del combate. La Vala amplió su sonrisa.

    - Eso fue divertido – pero ni bien terminó de decir eso, el sonido de las dagas de Legolas por el aire la hizo reaccionar de inmediato y, con su poder, lanzarlas fuera de su dirección. Sin embargo, un ligero ardor en la punta de su oreja le arrebató la seguridad con la que había asegurado su victoria, pues Legolas había logrado herirla. Sin embargo, no se desanimó por ello – Mis oídos deben ser más rápidos – señaló, llevándose su mano al lugar de donde brotaban minúsculas gotas de sangre. Con su poder, Lyanna cerró la herida. Al voltearse a sus compañeros, suspiró – Gracias – les dijo – Esta es la única forma de prepararme para lo que se viene – les recordó. Y es que era cierto que no era lo mismo luchar a ciegas. A Pesar de que Thranduil la había entrenado siempre durante la noche en las afueras del bosque, de cierto modo Lyanna era capaz de distinguir las sombras en la oscuridad. Ahora que su visión estaba completamente dañada, no tenía opción más que confiar en los sonidos y movimientos de cuerpo de su oponente. Sin bajar la guardia nunca.

    - ¿Lo haremos todos los días? – preguntó Aragorn, guardando su espada. Lyanna volteó su cabeza hacia el origen de su voz.

    - A la misma hora.


    Capítulo Cinco: El Primer Amor

    Los días pasaron con peculiar tranquilidad en Edoras. Lyanna había usado su poder para comunicarse con Thranduil y advertirle sobre el ataque que se avecinaba al Bosque Negro. Sin embargo, este ya se encontraba listo para la guerra, pues los guardias elfos que tenía desplegado a lo largo de las afueras del bosque habían visto el ejército de hombres de Rhûn que marchaban hacia su reino y hacia la Montaña Solitaria. Incluso había mandado jinetes a alertar al rey bajo la montaña, Dáin Pie de Hierro, y al rey del Valle, Brand, sobre la amenaza que pronto llegaría a sus tierras.

    Además de practicar el combate a ciegas, y perfeccionarlo, Lyanna había se había enfocado en acostumbrarse a usar más su poder, por más tiempo y a doblegarlo a su control. Se sentaba cada madrugada en el salón principal y usaba su poder para mover objetos con su mente. Comenzaba con cubiertos, sencillos, y poco a poco escalaba de peso. Desde jarras hasta sillas y mesas. Se había logrado comunicar con Gandalf por medio del pensamiento. Cuando lo hizo, aún les quedaban un par de días para llegar a la Ciudad Blanca.

    Todos los días, en la mañana, ella cabalgaba fuera de Edoras hasta un lugar donde no hubiera nadie cerca. Le ordenaba a su caballo irse y regresar por ella cuando se lo ordenara. Sola en medio de una llanura, usaba su poder para abrir la tierra, moldearla y devolverla a su lugar al terminar. Caminaba y se encontraba con piedras que emergían del suelo. A pesar de que le tomaba mucha energía, buscaba sacarlas y elevarlas por el aire, lanzándolas a distancias considerables y con tal fuerza capaz de derrotar a un grupo que buscara atacarla.

    Escuchaba el viento y le ordenaba detenerse y cambiar de dirección. A las nubes les ordenaba cubrir el sol, para que sus rayos no quemaran a todo ser mortal que viviera bajo este. A las aves que volaban cerca les pedía que le compartieran las imágenes que en su mente habitaban.

    Había poderes que ella prefería no usar. Leer el pensamiento, borrar imágenes de la mente, manipular la realidad para otros, usar palabras dulces para encantar y hechizar a alguien más… todos esos poderes, aunque le habrían servido muy bien en distintas ocasiones, no le parecían correctos en ninguna ocasión.

    Roheryn regresó al cabo de varias horas. Era el cuarto día en el que ponía a total prueba su poder. Lyanna sabía que era muy corto tiempo para esperar un cambio alguno, pero su punto era acostumbrarse a usarlo sin temor. Acostumbrarse a controlarlo estando rodeada de gente, sin que este se saliera de control. Tenía que ser capaz de usarlo sin herir a nadie más, pues no estaba segura si iba a tener que enfrentarse a Sauron en medio de la batalla, como la última vez, o si lo haría en un campo abierto.

    Pasado el mediodía, llegó a Edoras. El primero en recibirla fue Legolas, con una sonrisa en su rostro. Los sentidos de Lyanna se habían agilizado tanto que ahora podía interpretar mejor cuando él le sonreía. Pero era únicamente algo que le pasaba con él. Ella le sonrió de vuelta.

    - ¿Cómo ha ido el entreno? – le preguntó, ayudándola a bajar del caballo. Ambos sabían que Lyanna ya se movía tan bien como si nunca hubiera perdido la vista, pero nunca negaba la ayuda de Legolas. Aunque hubo un tiempo en el que ella se consideraba superior al resto y que nadie más que los altos señores de la Tierra Media podrían ayudarla, al conocer a Legolas todo eso había cambiado, pues fue el primero en tratarla como alguien corriente, y no como un ser divino.

    - Agotador – exclamó ella. Sentía que necesitaba un descanso luego de usar su poder por largo rato. Las puertas se abrieron para el elfo y la Vala que subían los escalones hacia el castillo – Gandalf y Pippin deben estar por llegar a Minas Tirith – mencionó, tomada del brazo de él – dos días a lo mucho.

    - Y entonces el fin comenzará – susurró Legolas. Ambos cruzaron el salón del trono y caminaron hacia las habitaciones – así que por ahora recupera tus fuerzas – al llegar a la puerta de la habitación de Éowyn, ambos se detuvieron – porque las vas a necesitar cuando la hora de enfrentar a Sauron llegue – aquella recámara había sido oficialmente cedida a Lyanna, pues Théoden había ordenado darle la habitación del príncipe a Éomer, y Éowyn ahora tenía la de su hermano. Y como Lyanna era una Valië, Théoden consideró que debía de concederle aunque sea un espacio para ella, pues la que se le había dado antes ahora era ocupada por los ciudadanos del Folde Oeste.

    - Disfruto mucho dormir ahora más que cuando aún conservaba mi vista – dijo la Vala, abriendo la puerta de su habitación – Los sueños son el único lugar donde la tengo de vuelta – el elfo le sonrió, y acercó sus labios a la frente de Lyanna.

    - Entonces no te entretengo más, meleth nîn – le dijo. Cuando Legolas se dispuso a retirarse, Lyanna lo tomó del brazo, deteniéndolo. Legolas volteó a verla.

    - Quédate – pidió ella. Y no necesitó decir más para convencer al elfo, quien le dedicó una tierna sonrisa y caminó hacia el interior de la habitación. Lyanna cerró la puerta y caminó hacia la cama, donde se deshizo de sus botas y recostó su cabeza sobre las suaves almohadas. Legolas se sentó al borde de la cama, al lado de la Vala, quien le hizo espacio – Quiero aprovechar cada segundo que tenga contigo – le susurró Lyanna, al sentir el rostro de Legolas cerca del suyo – antes de que tengamos que separarnos – el elfo frunció el ceño.

    - ¿Quién dice que lo haremos? – preguntó, rozando la mejilla de Lyanna con sus dedos. El suave tacto de Legolas tranquilizó más a la Vala, quien cerró sus ojos y se acomodó para dormir.

    - Me temo que Ilúvatar – fue lo único que respondió, antes de que su poder la ayudara a caer en un profundo sueño.


    Aunque Lyanna había tomado la mano de Legolas para que él viajara con ella por las imágenes de las estrellas, él no estaba en ningún lado. Y aquel lugar en el que despertó le trajo malos recuerdos.

    - Amada mía – escuchó que alguien decía a sus espaldas. Una corriente helada viajó por la espalda de Lyanna al oír su voz. Y con cautela se volteó hacia esta – Veo que tu poder aún responde a mi llamado – Lyanna sabía que no estaba dormida, porque su vista era oscura e indescifrable. Y eso se corregía en sus sueños. Pero Sauron la había encontrado con su pensamiento.

    - Me has encontrado cuando estoy por descansar. Así que no diría que es por ti – dijo Lyanna, en voz tranquila. Pero pudo sentir los pasos de Sauron acercándose a ella. Rápidamente se puso a la defensiva.

    - Estás con ese elfo – dijo el Maia, aunque Lyanna no descifró sentimiento alguno en sus palabras. No respondió, pues eso era lo único que podía hacer. No quería decir que sí, pero al mismo tiempo era incapaz de mentir. Sauron rio – No hace falta que respondas, pues es algo que sé muy bien. Pero me decepciona saber que has preferido el amor de un Síndar que el mío. ¿Qué pasó con Glorfindel? Él habría sido un digno rival – la sangre de Lyanna comenzó a hervir – o el joven Elladan – aunque no estaba segura cómo Sauron sabía todo eso, no dudó en su capacidad de haberlo encontrado – Pero te conozco, no cualquiera se gana tu corazón. Y para que una estrella brille de tal forma como Náriël lo hace… es únicamente por el peso de su portador – el Maia suspiró – Pero me temo que representa una amenaza para nuestro futuro, reina mía – Lyanna no quería decirle nada, pero quería saber qué plan tendría Sauron para Legolas – Oh, Lyanna, lamento que las cosas hayan tomado este rumbo. Si tan solo hubiera sido honesto contigo desde el día que me enamoré de ti… tal vez comprenderías mejor la magnitud con la que tu poder te permitiría lograr cosas mayores a las que quieres hoy. Pero te fallé y dejé que te rebajaras a ser igual que el resto de los Valar, nada más poderosos… e inútiles una vez su misión de crear Arda acabó – Lyanna apretó los dientes – Pero cuando recupere mi Anillo, corregiré ese error – ella sonrió, sabiendo que Sauron no tenía idea, y jamás la tendría, que alguien tuviese la descabellada idea de destruir el arma más poderosa del mundo. No tenía idea de que Frodo ahora se acercaba cada día más a Mordor – Recuperarás tu vista cuando te unas a mí finalmente – pero ella rio.

    - ¿Y qué te hace pensar que, al volverme incomparablemente poderosa con el Anillo, no busque traicionarte para reinar por mí misma? – Sauron alzó sus comisuras, sus ojos de fuego parecieron iluminarse, aunque Lyanna no lo distinguió.

    - Porque una parte de ti aún recuerda nuestros momentos juntos – dijo él – las noches en Angband que nos gustaban a ambos… sé que me amabas mucho más de lo que amas a ese elfo – Lyanna negó riendo, mientras se cruzaba de brazos – Aunque haya ocultado mi verdadero nombre, jamás oculté mi corazón ni mi amor por ti.

    - Si tan solo hubiera desarrollado mi habilidad para detectar la mentira en ese entonces, jamás te habría entregado mi corazón.

    - Y aún así, yo no hubiera dejado de quererte – Lyanna no distinguía mentira alguna en sus palabras – Tu destino es estar conmigo, Lyanna – afirmó el Maia – Pero lo que quieres es enfrentar ese destino por la espada, creyendo que así podrás huir de este.

    - A diferencia de ti, yo sí puedo escoger mi destino – exclamó con orgullo – soy una Vala. Ya te derroté una vez, y lo seguiré haciendo por el resto de la eternidad.

    Y con eso dicho, Lyanna rompió la conexión.



    Capítulo Seis: El Precio Más Alto

    Lyanna estaba sentada en el borde de la cama, con ambos codos apoyados sobre sus piernas y sus manos entrelazadas. Su pierna se movía frenéticamente, y su cabeza era un desastre. Llevaba un par de horas debatiéndose sobre una idea que le había surgido, pero sabía que eso le iba a costar algo demasiado alto.

    Su corazón.

    Pero no tenía idea de qué otra forma podría proteger a Legolas. En su cabeza, Lyanna sabía que tenía que quitarlo de la mirada de Sauron. Al principio, había pensado alejar a Legolas de aquella guerra. Enviarlo de regreso al Bosque Negro, o que se quedara en Rohan a la espera del fin. Pero sabía que Legolas jamás accedería a eso. Era un guerrero, pertenecía a la guerra.

    Lágrimas quisieron salir de los ojos de Lyanna, pero sus ojos dañados lo impedían, pues estas le quemarían tanto que el dolor se duplicaría. En aquel momento, maldijo tener la habilidad de llorar. Los Valar no lloraban, pues uno de ellos lo hacía por los demás. Las penas del mundo y de los Valar las sufría Nienna, la Valië de los lamentos. Y su don para Lyanna había sido la capacidad de llorar, de que por medio de estas sus cargas se aliviaran. Pero ahora ya no podía hacerlo… y el peso en su espalda comenzaba a desesperarla.

    Legolas aún dormía, soñando con algo placentero, según la Vala podía sentir. Lyanna cerró sus ojos, y respiró profundamente varias veces. Comenzó a exhalar por su boca, reprimiendo las lágrimas y controlando el pulso de su corazón, que comenzaba a romperse en aquel momento.

    Cuando abrió de nuevo sus ojos, ya había tomado la decisión. Entonces despertó a Legolas con su poder, haciendo su sueño poco a poco más ligero. Este abrió sus ojos y lo primero que vio fue el rostro de Lyanna. Aunque los plateados ojos de Lyanna ahora eran rodeados en su interior por un rojo intenso que les daba un aspecto espeluznante, a él no le incomodaba. Para él, seguía siendo la criatura más hermosa de toda Arda. Y por eso, sonrió.

    - Creí que iba a verte en mis sueños – dijo él, haciendo que el corazón de Lyanna volviera a romperse. Ella intentó sonreír, aunque sus comisuras no se alzaron.

    - Tuve un percance…


    Aragorn, Legolas y Gimli notaban algo raro en Lyanna. Se encontraba demasiado callada y la fuerza con la que les atacaba había roto ya las espadas que Aragorn y Legolas usaban para entrenar. Gimli y Legolas habían sido desarmados por la Vala, y el único que seguía resistiendo los ataques de Lyanna era el montaraz. Él también estaba sacando provecho de aquellos entrenos. Al ser uno de los que se enfrentaría a Sauron tenía que acostumbrarse a pelear con alguien similar, pues a diferencia de Lyanna y de Gandalf, él carecía de poder. Pero conforme los días habían pasado, iba resistiendo más tiempo. Aunque al final, Lyanna siempre lograba desarmarlo. Y aquella tarde no fue la excepción.

    Lyanna estaba de mal humor. Había tomado, posiblemente, la decisión más difícil de su vida, y aquel entreno solo la estresaba más.

    Al terminar, guardó una de sus dagas, pero la otra la mantuvo en su mano, haciéndola girar entre sus dedos. Aragorn tomó las dos espadas que había llevado, una la había roto Lyanna, y la otra la había doblado. Ninguno le dijo nada, simplemente la observaron caminar hasta el castillo, con sus semblante serio.

    Legolas fue tras ella, y Lyanna sabía que lo haría. Por ello, no le extrañó que, cuando entraron en el salón principal, este la tomara del brazo y la girara hacia él. Lyanna contuvo el aliento al chocar con el pecho del elfo, y Legolas la miró con dureza.

    - Algo te está perturbando y sé que no es tu conversación con Sauron – exclamó él, sabiendo que Lyanna era incapaz de mentir. Ella tragó saliva - ¿Qué tienes en mente, Lyanna? – preguntó el elfo, preocupado por conocer la respuesta. Lyanna arrugó su nariz, sintiendo las lágrimas regresar. Pero tomó aire y logró ordenar sus pensamientos.

    - Acompáñame – le dijo, mientras ella se volteaba y se dirigía por una de las puertas que daban a los pasillos de las cocinas, biblioteca y jardines del castillo.

    Lyanna corrió por ellos, sabiendo que los minutos que estaba por pasar con Legolas iba a atesorarlos por un buen tiempo. El elfo corrió tras ella. Cuando llegaron a los jardines, se encontraron con una decoración bastante peculiar. Era más que todo una terraza, adornada con varias plantas que colgaban de los pilares y de cuyas ramas nacían pequeñas flores de color rojo y amarillo. En el centro había una fuente, y a esta la rodeaban cuatro bancos de piedra, con diminutas figuras de caballo en cada esquina. El sol no se había ocultado, pero los colores que pintaba el cielo eran tan cálidos como el agua que emanaba de aquella fuente. Lyanna había hundido su brazo en ella, mientras esperaba sentada en el borde a que Legolas llegara a su lado. Este se sentó en el banco, quedando frente a Lyanna. Ella dibujó una triste sonrisa en su rostros.

    - ¿Cómo se ve el cielo? – preguntó, con su cabeza volteada en dirección al agua donde su brazo danzaba. Legolas levantó su vista, encontrando las mejores palabras para describírselo.

    - ¿Recuerdas el día que caíste en una telaraña… en el Bosque Negro, y cuando te saqué de ella tuvimos que subirnos hasta la punta de los árboles para evitar ser vistos por las arañas? – aquel recuerdo llegó a la mente de Lyanna rápidamente, y sonrió al recordarlo.

    - Cuando vimos el cielo perdimos la noción del tiempo. Nos quedamos ahí arriba, platicando y platicando hasta que cayó la noche…

    - Pero nos quedamos también por varias horas más, pues las estrellas de esa noche brillaban de una manera única… como si…

    - Como si hubiesen sido hechas para nosotros – completó Lyanna, así que no había sido la única que había pensado eso en aquel entonces. Legolas sonrió, pero ella parecía aún preocupada. El elfo suspiró, y estiró su mano hacia la de Lyanna, quien volteó su cabeza hacia el rostro de él.

    - ¿Qué pasa, meleth nîn? – dijo Legolas con ternura, mientras acariciaba las manos de Lyanna - ¿Qué te está robando tu calidez? – ella tragó saliva, pero tomó fuerzas para llevar a cabo su decisión.

    - Legolas, te he puesto en un gran peligro – comenzó, y aunque este estaba por replicar, Lyanna lo interrumpió – Y al hacer eso, puse en peligro la Tierra Media también – cuando escuchó eso, él frunció el ceño. Lyanna abrió su boca, pero la cerró de nuevo. Sacó su brazo del agua y se sentó al lado de Legolas, en el banco de piedra. Ella presionó con más fuerza la mano de él – Esta guerra es tanto tuya como mía, y no puedo pedirte que te quedes en un lugar a esperar a que termine para mantenerte a salvo – explicó. Legolas no sabía qué rumbo iba a tomar aquella conversación – Legolas – Lyanna había dicho eso en un hilo de voz, apunto de quebrarse, y el corazón del elfo comenzó a latir con fuerza – Te amo – esta vez, su voz estaba rota – Y siempre lo voy a hacer… pero tú y yo hemos ignorado uno de los futuros que nos esperan – comenzó. Legolas junto todavía más sus cejas, confundido.

    - Lyanna, ¿de qué estás…?

    - Valinor – mencionó, cerrando sus párpados. Legolas comprendió de qué se trataba todo eso. La tristeza que invadía el corazón de Lyanna abrazó la del elfo. Ella tenía razón, habían ignorado ese destino, y tontamente se habían dejado llevar por sus sentimientos hacia el otro – Si Sauron es derrotado… yo tengo que volver a Valinor.

    - Lugar al que mi corazón no desea ir – completó. Ahora entendía lo que le dolía tanto a la Vala. Ella comenzó a negar con su cabeza.

    - Y no puedo culparte por eso, sé que el paraíso de los Síndar y los silvanos yace en los bosques y en la Tierra Media – la fuerza con la que Legolas sostenía la mano de Lyanna comenzó a desvanecerse – Y aunque he vivido prácticamente toda mi vida en esta parte del mundo… si recupero el control de mi poder… - ella suspiró – No pertenezco aquí… todo mi viaje… Legolas, todo mi viaje desde la torre de Angband, hasta las jaulas de Mordor, hasta Lothlórien, hasta el Bosque Negro… hasta la Comunidad del Anillo, hasta aquí y hasta el mismo día y momento en que me pare frente a Sauron… todo ha sido para regresar a casa – la mirada de Legolas se clavó en sus manos entrelazadas. Lyanna estaba rompiendo su corazón, pero tenía razón. Él no tenía el deseo de dejar los bosques, ni su hogar, y mucho menos la Tierra Media. Pero Lyanna tampoco se podía quedar. Era una Vala, cuando recuperar el control de su poder sería la criatura más poderosa y divina de Arda, y pertenecía con sus padres, y entre los más poderosos.

    - Te prometí que aunque tu corazón no lograra corresponderme, ibas a tener por siempre mi amistad – habló él, en voz baja, triste y rota. Lyanna presionó sus ojos, sin creerse que había hecho eso – Pero mi corazón seguirá latiendo por ti… por el resto de la eternidad. Es tuyo, Lyanna, y solo tuyo – escuchó que dijo, mientras ponía la mano de ella sobre el pecho de él, donde pudiera sentir sus latidos – Cuando recuperes tu poder, y partas a las Tierra Imperecederas… miraré todos los días hacia oeste, y te recordaré - una lágrima se escapó del ojo del elfo, pero Lyanna no la vio. Ella se acercó a él, dejando sus labios a pocos centímetros de los de él.

    - Aunque hago esto para protegerte… debo confesarte que, al final, igual hubiéramos tenido que enfrentar este destino – dijo, pero Legolas no comprendió por qué decía eso. Sin embargo, Lyanna cerró el espacio que les quedaba, uniendo sus labios en un último beso que ambos saborearon con amargura y dolor.

    Pero el plan de Lyanna apenas acababa de empezar, y estaba por realizar la parte más dura de este. Lyanna llevó su mano al cabello de Legolas, rodeando su cuello y subiendo por su cabeza, rozando su oreja y haciendo que su poder buscara en su memoria todo recuerdo de él en el que hubiera sentido algo fuerte por ella.

    Buscó desde la primera vez que cruzaron miradas, hasta aquel momento. Las imágenes se reproducían en su cabeza y cada vez era más difícil para Lyanna contener las lágrimas. Poco a poco la mente de Legolas quedó limpia de las veces que había sentido algo por Lyanna, y todo recuerdo ellos juntos, como pareja, había sido alterado. Lyanna había reemplazado su memoria por imágenes que hicieran que él la viera nada más como una amiga.

    Cuando por fin terminó, la mente del elfo estaba tan cansada que le había sido fácil a Lyanna hacerlo caer en un sueño profundo. Pero cuando Legolas cayó dormido sobre el banco, y Lyanna retiró su mano de su cabeza, sabía que cuando despertara, él no recordaría nada de ellos dos y de lo que sintieron por el otro.

    Y después de varios días de reprimirse las lágrimas, la Vala cayó al suelo de rodillas y lloró. En todo el reino se escuchó el desconsolado llanto con el que Lyanna dejaba salir su dolor. Su corazón estaba roto, y sus ojos ardían incluso más que el veneno de Ungoliant con el que los había perdido. Pero no podía parar las lágrimas que caían como mareas de rostro. Sus sollozos no cesaban, pero nadie sabía de dónde provenían aquellos lamentos. Ni cuál había sido la razón.

    Sin embargo, cuando las lágrimas parecían acabársele, Lyanna se dispuso a abrir sus ojos. Y al hacerlo, claras imágenes del atardecer llenaron su mente. Había recuperado su vista. Sus lágrimas tan puras de dolor la habían sanado, revelándole que, después de todo, Nienna sí había puesto poder en cierta clase de lágrimas.

    Pero Lyanna estaba demasiado triste como para alegrarse de poder admirar la belleza de aquel atardecer, pues había pagado un alto precio por ello.



    Capítulo Siete: A Salvo

    El aire de la habitación carecía de oxígeno para una Lyanna que parecía no lograr respirar bien, pues con cada inhalación que daba se sentían como mil apuñaladas al pecho. Luego de haberle borrado los recuerdos a Legolas del amor que ambos sentían por el otro, el silencio y el color grisáceo con el que percibía su alrededor se había intensificado con el paso de las horas. Ni el regreso de su vista parecía valer lo suficiente como para consolarle el corazón de lo que le había costado recuperarla: el amor de su vida.

    Cuando Aragorn, Gimli y Merry encontraron el lugar de origen de los sollozos de Lyanna, la imagen con la que se encontraron los devastó más que los propios lamentos de la Valië. Aunque sus ojos habían regresado, estos estaban empapados en lágrimas que brillaban alrededor de ellos, mientras en su rostro se notaba el dolor con el que estaba lidiando. Legolas dormía en el banco de piedra frente a la fuente. Por un segundo, pensaron que estaba muerto, que alguien había entrado al castillo y lo había sorprendido. Pensaron también que el mismo Sauron habría llegado a asesinarlo. Pero cuando los tres recién llegados veían su pecho subir y bajar, comprendieron que solo se encontraba durmiendo.

    Lyanna les pidió que la ayudaran a trasladarlo a la habitación de ella, para que, cuando despertara, no sospechara de nada. Ni Aragorn ni Gimli dijeron nada, pues consideraron inoportuno hacerlo en aquel momento. El montaraz tomó al elfo por debajo de sus brazos, mientras Gimli le tomaba las pierna y lo cargaban hacia la habitación de Lyanna. Ella se puso de pie y caminó detrás de ellos, mientras Merry la seguía a ella. Era increíble cómo la tristeza de Lyanna parecía opacar las luces del pasillo y de su cuarto. Estas se sentían mucho más tenues, como tímidas de brillar al saber que una de los Valar había perdido su chispa de vida.

    Al recostar a Legolas en la cama, Aragorn y Gimli soltaron un suspiro. Aunque no por haberlo cargado, pues era bien sabido el liviano peso de los elfos, sino por lo que en sus mentes vagaba de forma intensa, una duda casi tan grande como el mismo poder de Lyanna. Y ella podía sentirlo, podía percibir la magnitud con la que sus tres compañeros no comprendían lo que acababan de ver. Aunque era la primera vez que Lyanna admiraba en su total esplendor la habitación que le habían dado, no se detuvo a apreciarla. Distinguió un pequeño sofá al lado del tocador que daba frente a la cama. Caminó hasta este y, ni bien se sentó, hundió su rostro en sus manos, aún perturbada por lo que había pasado esa tarde.

    - ¿Qué ha pasado? – se atrevió a preguntar Aragorn, volteándose hacia Lyanna y colocando sus manos en sus caderas. Merry caminó hasta el lado de Legolas y lo observó durmiendo muy tranquilamente. Pero si él se veía tan calmado, ¿por qué Lyanna estaba tan alterada? Aunque no tomó mucho tiempo para que ella se los confesara.

    - Le he borrado todo recuerdo en el que sus sentimientos hacia mí hubieran estado presentes – dijo ella, en voz tan baja que casi fue inaudible para los demás. Pero sí habían logrado escucharla, y al conocer las razones de su tormento, comprendieron lo fuerte que debía de estarla torturando. Lyanna suspiró varias veces, intentando encontrar un poco de calma para seguir hablando – Es la única forma de alejarlo de los intereses de Sauron. Aunque no solo lo hice por él, sino por la Tierra Media…

    - Entiendo – dijo Aragorn, lo que llamó la atención de Lyanna e hizo que esta levantara su mirada hasta la de él – Si Sauron mata a Legolas, no hay nadie que porte tu estrella. Si Sauron gana y te vuelves un Vala oscuro, no habrá nadie que pueda regresarte la parte de tu alma que queda en Náriël – explicó. Lyanna asintió, agradeciéndole al mismo tiempo por ello. Gimli rugió, aunque sonó más como uno de meditación que de enojo.

    - Pero la estrella sigue brillando – señaló el enano, viendo cómo el relicario aún brillaba con esa peculiar luz de sol y luna. Lyanna volvió a asentir.

    - Alteré sus recuerdos, no sus sentimientos. Esos no los puedo tocar, pues están tan arraigados a la misma vida que solamente Ilúvatar es capaz de ponerlos y quitarlos – comentó – Sin embargo – dijo, mientras caminaba hasta el elfo y le quitaba el relicario – Tengo un plan también para eso – se sacó del cinturón la daga de mithril que se había quedado luego del entreno de aquella tarde – voy a forjar otra estrella.

    - ¿No te tomó diez años hacerlo? – cuestionó Gimli.

    - Lo que me tomó diez años fue poner el rayo de sol y la luz de luna para que sobrevivieran dentro de un pedazo de metal precioso – explicó ella – al igual que poner parte de mi alma y amor aquí – Lyanna alzó el relicario y su daga al frente, dándole mejor visión de ambos – Pero su forma me tomará una sola tarde… y mi plan es que parezca que su luz se apagó – Merry frunció el ceño, intentando entender a dónde quería llegar Lyanna.

    - Porque cuando Sauron te vea, pensará que su brillo se apagó – la Valië asintió.

    - Y como mi corazón está realmente roto, cuando sienta el dolor de este sabrá que efectivamente mi relación con Legolas terminó, y con un mal final – Aragorn se cruzó de brazos y se frotó su barbilla con su mano, pues aquella situación se estaba poniendo un poco tensa – Aunque lo único que hice fue acelerar lo inevitable – mencionó, cosa que confundió a los demás, haciéndola obtener miradas extrañas por su parte. Ella se encogió de hombros – Toda su vida, Legolas jamás se ha interesado por abandonar la Tierra Media y partir a Valinor, como los elfos de Lindon y Rivendel. Incluso los elfos de Lórien tienen, a diferencia de los elfos del Bosque Negro, mayor interés por esas tierras gracias a Galadriel… - ella negó con su cabeza – me temo que el corazón de Legolas está demasiado ligado a la belleza de los bosques que a la del mar. Y no podría obligarlo a seguirme a un lugar donde realmente no desea ir. Pero si logramos derrotar a Sauron y yo recupero el control de mi poder… debo regresar, es… es la razón por la que he vivido todo esto – los miró – porque quiero ir a casa – volvió a bajar su mirada, sintiéndose muy presionada aún – Así que igualmente hubiéramos tenido que separarnos.

    - ¿Pero qué hay de sus recuerdos? – preguntó Merry, aún al lado de Legolas - ¿Cómo sabrá que, si llegara a necesitar a Náriël, él es realmente quien debe dártela si no recuerda que tú le correspondiste? – Lyanna lo miró.

    - Nada en este mundo puede eliminarse por completo – dijo ella, alzando a Náriël a la altura de sus ojos – Ni siquiera los recuerdos. Y por eso los he depositado también en Náriël – explicó – Si mi Llama se apaga, los recuerdos vuelven a Legolas – todos parecían comprender mejor el plan de Lyanna de proteger tanto a Legolas como a la Tierra Media. Su plan inicial volvía a tomar forma. Y lo único que tenía que hacer ahora era asegurarse que Sauron la encontrara y la viera con la nueva estrella de Náriël, pero sin brillo. Todo aquel plan, además, la exoneraba de mentir, pues por donde fuera que Legolas o Sauron la atacaran con explicaciones, siempre había una razón que dar que fuera verdad. Todo estaba calculado por Lyanna.

    - Lyanna… - escuchó que la llamó Aragorn. Ella lo miró – Y si Sauron es derrotado, ¿le vas a devolver igual sus recuerdos? – preguntó. Al escuchar eso, la respiración de Lyanna se detuvo. De eso aún no tenía idea.

    Si Legolas recuperaba sus recuerdos para cuando todo fuera seguro, nada le aseguraba a Lyanna de que la fuera a perdonar por haberle quitado todo aquel tiempo que pudo haber pasado con ella, y que ahora solo les quedarían pocas ocasiones de disfrutarse el uno al otro antes de que la Vala partiera, para siempre, a Valinor. Para no volverlo a ver jamás.

    Y si no se los regresaba, lo libraría de los tormentos eternos que le supondría revivir su amor únicamente en su memoria. Pero si no se iban a volver a ver jamás, ¿no querría ella que, al menos, recordara cuánto lo quiso ella?

    - No lo sé – fue lo único que pudo contestar. Se escuchó a Gimli resoplar – Iré a trabajar en esto – dijo, caminando hacia la puerta, refiriéndose a su daga de mithril, con la que forjaría un relicario idéntico al de Náriël, para engañar a Sauron. Lyanna ya se encontraba caminando por el pasillo cuando la voz de Aragorn la detuvo.

    - ¡Lyanna! – la llamó este, corriendo hasta alcanzarla. Ella se volteó hacia él, atenta a lo que estaba por decirle. Aragorn parecía que quería decir algo, pero decidió cerrar su boca y simplemente rodear a Lyanna con sus brazos y presionarla fuertemente contra él – En verdad lo siento tanto – le susurró este. Lyanna cerró sus ojos, sintiendo cómo las lágrimas amenazaban de nuevo con escaparse. Pero logró reprimirlas al rodear también al montaraz con sus brazos, aferrándose a su agarre y sintiéndose segura y comprendida por este, mediante aquel honesto abrazo.

    - Tenía que hacerlo…



    Capítulo Ocho: Demasiado Pronto

    Cuando Legolas despertó, su cabeza presentaba un leve dolor en la parte superior de esta, cosa bastante peculiar para un elfo, pues era bien sabido que no padecían de malestar alguno a no ser que fuera generado por golpes o heridas recibidas. Y aunque intentó hacer memoria de momentos antes de caer dormido, no logró recordar haberse lastimado. De hecho, no lograba recordar ni siquiera cómo había llegado al cuarto de Lyanna.

    Lo último que tenía de memoria era haber terminado de entrenar con Aragorn Lyanna y Gimli. A lo mejor Lyanna lo había golpeado en el entreno y le había cedido su habitación para que descansara, como acto de disculpa.

    El elfo se levantó de la cama y caminó hacia la puerta. El pasillo estaba a oscuras, y por la intensidad de esta podía adivinar que ya era de noche, muy noche.

    El silencio del castillo o la falta de luz le daba un tono espeluznante. Era fácil ser engañado por los sonidos que hacía el viento al colarse dentro de los salones, como si un espíritu maligno persiguiera por este a cualquiera que se atreviera a caminar a esas horas sin compañía de alguna luz para ahuyentarlo. Pero a Legolas no le daba miedo encontrarse con seres de aquella clase. Sin titubear sobre sus pasos, atravesó el Salón del Trono hasta llegar a las puertas principales, donde una fría briso lo obligó a cubrirse su rostro con la capucha de la capa que en Lothlórien le habían brindado.

    Como llevaba haciendo todas las noches, Legolas se paró en la esquina del pasillo exterior del castillo y contempló el este, atento ante la constante amenaza que el regreso de Sauron suponía, al igual que ante cualquier señal que Gandalf enviara desde el lugar donde se encontrar. Lyanna había dicho que aún le faltaba camino para llegar, aunque no logró recordar cuándo la había escuchado decirlo exactamente.

    Mientras Legolas se mantenía quieto con su mirada fija en dirección a Mordor, Lyanna había pasado toda la noche en el cuarto de los herreros de Rohan, usando su poder para convertir el mithril de sus dagas en una réplica de Náriël. De su cuello colgaba el relicario original, tan brillante como si su relación con Legolas nunca hubiera acabado. Aunque la Vala se quería sentir reconfortada de que los sentimientos del elfo por ella siguieran vivos, la desconsolaba saber que él solamente había, en su cabeza, regresado en el tiempo. Aunque la amaba, Legolas había vuelto a pensar que prefería seguirla tratando como una amiga. Que Lyanna era un ser demasiado divino para él. Demasiado alto. Una de los Valar tendría que estar con alguien con similar majestad, no con un elfo Síndar.

    Cuando Lyanna por fin terminó de darle forma a la nueva estrella, las comparó a las dos y sintió satisfacción al ver que, de no ser por su brillo y lo que Náriël contenía dentro de ella, estas eran exactamente iguales. Sin embargo, ahora Lyanna se había quedado sin una daga. Y ya no podría combatir con ambas armas en sus manos. Ya no podría combatir con el arte que mejor se le daba.

    Lyanna se puso el relicario de mithril que acababa de forjar y lo escondió bajo sus ropas, mientras a Náriël la sostenía en su mano, con sumo cuidado. Luego, tomó un pedazo de tela que tenía amarrado a su cinturón y se vendó sus ojos con ellos. Aún no se sentía lista para que Legolas la atacara con preguntas que no sabía cómo responder, pues era claro que no le podría mentir sobre la razón por la cual su vista había regresado. Se dirigió al castillo, donde encontró a sus compañeros desayunando junto al rey, Éomer y Éowyn. Al verla entrar, el rey la saludó.

    - ¡Lyanna! ¿Nos harías el honor de acompañarnos esta mañana? – la animó Théoden. Lyanna sonrió y se acercó a la mesa. Pero justo cuando estaba por sentarse, una presencia bastante familiar para ella la detuvo de hacerlo. Al cabo de unos segundos, Legolas apareció en salón, dirigiéndose con paso firme hacia la mesa donde se encontraban todos. Con una rápida mirada bajo la venda, Lyanna se dio cuenta que el único sitio libre que quedaba era al lado suyo - ¿Y tú, Legolas? ¿Nos acompañarás a desayunar? – preguntó el rey, limpiando sus labios con la servilleta de tela roja que tenía enrollada en el cuello de su traje. Legolas colocó una mano sobre su pecho y asintió, accediendo a la invitación del rey. Al ver que este ahora se encontraba a su lado, Lyanna contuvo el aliento y trató de tranquilizarse, pero se sentía mal. Triste, aterrada e incapaz de encarar el hecho de que Legolas no tenía idea de la magnitud del amor que ella sentía por él. Pero no podía regresarle sus recuerdos. Por su seguridad, y la de toda la Tierra Media, no podía.

    - Gracias por permitirme descansar en tu habitación – escuchó que le dijo. Todos los demás se encontraban hablando entre ellos. Aragorn hablaba con Éomer y Théoden animadamente, mientras Éowyn platicaba con Merry y Gimli. Sin embargo, tanto Aragorn como el hobbit y el enano volteaban cada tanto a ver a Lyanna, pues bien podían descifrar en su rostro lo incómoda que se sentía. Y aunque sabía que jamás se sentiría lista para enfrentarse a su nueva realidad, ella misma la había buscado. Ahora, como la Vala que era, tenía que aprender a adaptarse a lo que había hecho.

    - Lo necesitabas – fue lo único que dijo. Una de las doncellas les llevó a Lyanna y a Legolas su plato de desayuno. Aunque ninguno de los dos necesitaba comer, no rechazaron el plato que les acababan de servir. Sin embargo, al oler que se trataba de trozos de carne acompañados con huevos revueltos y tocino, la situación empeoró para la Vala. Lyanna tragó saliva al darse cuenta de eso. Aunque sabía que su madre siempre supo que habría animales que morirían para que los mortales sobrevivieran, y que ya no había nada que pudiera hacer por los animales que tenía muertos frente a ella, igual se sentía incapaz de comerlos. Principalmente porque estaba ingiriendo algo que no necesitaba, y por encima de todo, seres que, por su sangre, se sentía en la obligación de respetar. Aunque Lyanna consideraba un insulto que la hicieran comer carne, conociendo sus orígenes, no quiso ser descortés y discutir con Théoden por aquella falta. Sabía que el rey no tenía intenciones de ofenderla, pero ella tampoco quería humillarlo frente a los demás.

    Sin embargo, Legolas se había percatado de la incomodidad de Lyanna desde que se había sentado a su lado. Al principio no entendía a qué se debía, pero cuando el plato de carne aterrizó frente a ellos, pensó que se trataba de que Lyanna sabía que le irían a ofrecer ese tipo de comida. Aunque en realidad, la incomodidad de Lyanna se debía primero a tener a su lado al elfo. Pero ahora era la comida la que la tenía mal.

    - Está bien, puedes dármelo – escuchó que le susurró Legolas. Lyanna volteó su cabeza hacia él, y su corazón brinco al comprender el gesto del elfo. La Vala abrió su boca para decir algo, pero su voz se debatía con su mente sobre qué exactamente responderle. Se estaba cuestionando mucho aquello. Se trata de Legolas, Lyanna, lo conoces se animó a pensar para ella. Pero era como si realmente fuera un desconocido.

    - Gracias – fue lo único que pudo decir. Legolas la miró con curiosidad, y, masticando un bocado, sonrió al ver la reacción de su amiga. Se sentía bien de poderla sacar de aquellos apuros. El elfo, muy disimuladamente, vació el plato de Lyanna y pasó cada pedazo de carne, tocino y huevo a su plato. Ninguno notó lo que había hecho, y Lyanna relajó sus hombros al no haber tenido que reclamarle al rey de aquel inconveniente.

    - ¿Qué harías sin mí? – dijo Legolas, disfrutando de la deliciosa comida que los cocineros de Rohan preparaban a su rey y a sus invitados. Lyanna no reaccionó al comentario de Legolas, realmente no quería hablar con él, pues sentía que le hacía demasiado daño haber tenido que encararlo sin previamente sentirse lista para ello – ¿Sucede algo? – preguntó el elfo, haciendo que Lyanna tensara sus músculos y dejara de respirar – Estás muy callada – comentó, sin despegar su vista de su plato.

    - No me encuentro de humor – se limitó a decir. Legolas enarcó una ceja, aún concentrado en tomar los trozos de carne con su tenedor.

    - Espero sea porque te sientes culpable de dejarme sin flechas – comentó, en tono divertido. Lyanna frunció el ceño y volteó su cabeza hacia él.

    - ¿Qué? – Legolas gruñó.

    - Así es, me las destruiste todas… No es que me moleste pelear con mis dagas o una espada, pero la verdad disfruto más usar mi arco y flechas – y siguió comiendo. Lyanna suspiró y negó con su cabeza.

    - Lo siento, te forjaré unas nuevas. Más poderosas, no por nada soy la hija de Aüle – y al decir eso, Lyanna se levantó de golpe de la mesa, sorprendiendo a Legolas y al resto de los presentes – De hecho, creo que me pondré a hacerlas ya mismo. Buen provecho a todos – habló a los demás – Mis disculpas, tengo asuntos en los que trabajar – y se retiró del salón, con paso apresurado. Legolas la había notado demasiado extraña, pero Lyanna a veces era un enigma hasta para él. Probablemente se sentía presionada de saber que la hora de enfrentarse a Sauron pronto iba a llegar.

    Pero la realidad era que de quien Lyanna se sentía presionada de enfrentar era de él.



    Capítulo Nueve: Un Último Entrenamiento

    Lyanna era muy hábil diseñando y forjando armas. Había pasado toda la Primera Edad, obligada por Morgoth, a forjarle armas a él y a su ejército usando el poder que había heredado de su padre, Aüle. Aquel arte le era fácil, y ahora que tenía mejor control sobre su poder las armas que podía forjar podían no responderle solo al mal. Por ello, las flechas que se había pasado haciendo toda la mañana para Legolas resultaban ser especiales.

    Su diseño era precioso. Lyanna había ocupado hierro de Edoras, pero también las había bañado con polvo de estrella que, con su poder, había logrado reclamar de Eä. Estas resplandecían con luz propia, dándoles una imagen viva y amenazantes. Las hizo delgadas, para que la velocidad con la que viajaran fuese mayor que las que el elfo solía disparar. Pero también le agregó firmeza a su punta, para que fueran capaces de penetrar no solo profundamente en la piel, sino también armaduras y mallas, asegurándose que ningún enemigo fuera capaz de salvarse de aquellas flechas.

    Para cuando la Vala terminó de hacer el montón de ellas, las recogió y las amarró todas juntas, dispuesta a entregárselas a Legolas para que las llevara a partir de aquel momento. A su vez, amarró a Náriël a una de las flechas, pues a pesar de que él no tenía idea alguna de qué significaba la estrella, era el único digno de portarla. Ella no se la podía quedar, ya no le pertenecía más.

    La hora de su entreno con sus compañeros se acercaba, pero Lyanna tenía otros planes aquel día. Ahora que su visión había regresado, quería aumentar el nivel de dificultad. Quería aumentar el nivel de contrincantes.

    - ¿Aún pelearás con la venda? – preguntó Aragorn, viendo cómo Lyanna se acercaba a él con el montón de flechas en sus brazos y un pedazo de tela cubriendo innecesariamente sus ojos - ¿Eso no cuenta como mentir?

    - No si no me preguntan si la uso por estar ciega – explicó. Lyanna dejó el puñado de flechas en uno de los escalones – Además, si Legolas sabe que mi vista ha regresado seguramente me preguntará cómo ha sido eso posible… y no tengo excusas, no puedo mentirle sobre eso.

    - ¿Por qué no solo le dices que no quieres hablarlo? – cuestionó el montaraz, inspeccionando la espada que iba a usar aquella tarde. Lyanna se sentó al lado de las flechas y resopló.

    - Jamás me he cerrado así con él – confesó ella, frunciendo el ceño – No con algo tan importante como hacerle saber cómo recuperé mi vista – ella negó con su cabeza – Sé que si evito decírselo… podría herir sus sentimientos – Aragorn arqueó sus cejas.

    - ¿Herir sus sentimientos? ¿Los sentimientos de Legolas? – Lyanna lo miró con una cara de pocos amigos.

    - ¿Ves? Exacto, esa es la razón por la que no quiero alejarlo de mí, o que sienta que lo hago. Ambos sabemos lo cerrado que es, pero conmigo no. Desde hace muchísimo tiempo ambos somos tan cercanos que nos confiamos lo que sea. Que mi actitud cambie con él… sé que va a confundirlo. Sé que va a cuestionarse si ha hecho algo mal. Y no quiero que se torture así. No por mi culpa, no por mi decisión de borrarle su memoria – Aragorn la miró, consternado por la presión que sentía que crecía en Lyanna. Hasta cierto punto, no estaba tan seguro de que aquel plan de la Vala al final fuera tan sencillo de llevar a cabo. Se notaba en su rostro que aquello la estaba matando por dentro.

    Pero no pudieron seguir hablando, pues Gimli y Legolas se acercaban desde el castillo hacia ellos. Ambos preparados para el entrenamiento de aquel día. Sin embargo, Lyanna se puso de pie y corrió en busca de Éomer, que entrenaba, no muy lejos, con un grupo de Rohirrim. Al verla llegar, este le hizo una reverencia.

    - Mi lady, ¿en qué puedo ayudarte? – la venda de Lyanna era bastante fina, por lo que algunas imágenes podían atravesarla y permitirle a ella tener una mejor visión de lo que tenía al frente. Aquella era la primera vez que veía a los Rohirrim a pleno entrenamiento. Y debido a su previa incapacidad de ver, recién se enteraba de que estos practicaban con su torso al descubierto. Producto del potente sol que se cernía sobre ellos. Lyanna rara vez había visto a un hombre sin ropa alguna cubriendo su piel, y definitivamente nunca había visto músculos tan definidos como los del capitán Rohirrim. Se sintió incómoda un momento, pero recordó que Éomer tampoco sabía que su visión había regresado.

    - Quisiera que tus hombres se unan a nuestro entrenamiento de hoy – dijo ella, recobrando su postura – Solo será un momento, pues necesito enfrentarme a un grupo numeroso – Éomer frunció el ceño y volteó a ver a su grupo.

    - Pero son demasiados – Lyanna esbozó una sonrisa.

    - Créeme, querido amigo, eso no es ningún problema.


    El primero que atacó a Lyanna fue uno de los Rohirrim. Corrió hacia ella con espada alzada y buscó, como ella les había dejado en claro, hacerle un corte que la dejara incapaz de seguir peleando. Lyanna detuvo su ataque al poner a Ringil frente a ella y hacer que el metal de ambas espadas resonara. Al encontrarse ocupada con uno, otro de los soldados de Rohan corrió hacia ella, atacándola con su espada en dirección a sus piernas. Lyanna empujó al que tenía al frente y se volvió al que estaba por atacarla, chocando ambas armas y, con fuerza, obligándolo a girar sobre sus talones.

    Pero en eso, Éomer dio la orden de que todo el grupo, entonces, la atacara. Incluidos él, Aragorn, Legolas y Gimli. Por lo que ahora, Lyanna tenía encima a cincuenta guerreros muy bien entrenados con el fin de herirla. Aquella era la prueba definitiva para la Vala, pues era el momento de usar su poder al mismo tiempo que se encontraba rodeada de gente a la que en realidad no deseaba lastimar.

    Eran muchos los ataques de espada que Lyanna podía presentir que se dirigían hacía ella, por lo que usó su poder para detener los brazos de los que la rodeaban y los empujaba lejos de ella. Pudo sentir el ataque de Legolas por su espalda y, sin voltearse a él, detuvo su ataque llevando a Ringil por encima de su hombro. Legolas fue rápido y volvió a atacarla, pero Lyanna se movió de lugar para evitar el ataque del elfo, y lista para encarar a los otros cinco guerreros que la seguían. Sintió otro grupo acercándose y a otro más llegando por sus espaldas. Lyanna dobló sus rodillas y elevó su espada de forma vertical. Cerró sus ojos, atenta al momento correcto de actuar.

    En un rápido movimiento, detuvo el primer ataque y sin pensarlo dos veces dirigió su espada hacia el segundo. El sonido del metal contra el metal resonaba de forma incesante mientras Lyanna pateaba y desarmaba a sus oponentes. Hombre tras hombre caía al suelo al ser derribado por la Vala, que incluso con sus ojos vendados se podía encargar sin problema de aquel grupo de excelentes guerreros.

    Cuando Lyanna usó de nuevo su poder para empujarlos y alejarlos de su alrededor, también lo usó para elevar tierra del suelo bajo sus pies y convertirla en polvo para impedirles a estos ver entre aquel círculo de arena que había creado. Solamente ella podía identificar dónde se encontraba su contrincante, por lo que no le tomó mucho tiempo deshacerse de ellos.

    Al sentir otro grupo de ellos acercándose, tomó una roca pequeña que se encontraba cerca, pues por su tamaño no le extraería mucha energía. Presionando sus dientes, destruyo la piedra en varios pedazos y decidió afilar cada uno de ellos, dirigiéndolos al grupo que estaba por atacarla. Estos se detuvieron al sentir la punta de roca amenazar con atravesar su piel cuando Lyanna las dirigió hacia ellos, mientras Gimli se acercaba a ella y la atacaba con una hacha. Lyanna solamente se encontraba peleando con un brazo, mientras con el otro hacía retroceder al grupo con los pedazos de piedra afilados, quienes finalmente soltaron sus armas.

    Lyanna terminó empujando a Gimli y hacer volar su hacha lejos de él, desarmándolo por completo. Éomer y Legolas la atacaron al mismo tiempo. Lyanna tomó con firmeza a Ringil y fijó sus pies al suelo. Movía sus brazos rápidamente para evitar tanto el ataque del Rohirrim como el del elfo. Ni siquiera le daban tiempo de que recurriera a su poder. Pero Lyanna se movía con destreza, logrando poco a poco romper la formación del hombre y el elfo. Finalmente, en un golpe certero y recurriendo a su fuerza natural de Vala, lanzó lejos de su mano su espada.

    Cuando se volvió hacia Legolas, él ya había previsto la pose que ella había optado, por lo que logró detener el ataque de Lyanna. Ambas espadas quedaron cruzadas. Legolas y Lyanna hacían fuerza para empujar al otro, y debido a su esfuerzo sus rostros iban acercándose poco a poco, hasta quedar casi tan cerca que las hojas de ambas armas podrían cortarles el rostro si alguno la retiraba.

    Aragorn atacó por detrás a la Vala, quien terminó empujando a Legolas, haciendo que, por la fuerza con la que se había zafado de él, este soltara la espada. Nuevamente el metal resonó cuando Ringil chocó con la espada de Aragorn, quien movió su espada frenéticamente, no dándole lugar a la Vala de moverse a ningún lugar más que a la dirección que el montaraz deseaba llevarla. Tantos eran los ataques de Aragorn que poco a poco Lyanna se estaba viendo acorralada. Aragorn la pateó en su estómago con fuerza, haciendo que esta chocara con la pared a sus espaldas y soltara a Ringil de sus manos. Al ver que Aragorn dirigía su espada a su cuello, Lyanna se dejó caer y rodó al lado contrario de donde su espada había caído. Se encontraba ahora agachada, con una rodilla sembrada en el suelo y su pie ayudándola a mantener el equilibrio. El montaraz empujó lejos a Ringil con sus pies, desarmando a Lyanna y haciendo que se valiera únicamente por su poder.

    Pero Aragorn no contaba con que Lyanna lo usara para que Ringil volara desde donde la había lanzado hasta la mano de ella, volviéndola a portar. Pero con su mismo poder controló las manos de todos los que se encontraban ahí, obligándolos a todos a soltar sus armas al suelo, desarmándolos y sintiendo el poder de ella incapacitarlos de mover sus articulaciones.

    Lyanna sonrió, aún con espada alzada y rodilla doblada, sabiendo que había logrado esquivar y desarmar a cincuenta atacantes. Al dar por acabado el entrenamiento, liberó de su poder a aquel grupo de guerreros, quienes se llevaron un aplauso por parte de la Vala al haber sido oponentes dignos para ella. Y aunque habían sido derrotados, las palabras de Lyanna no los desmotivaron en absoluto.

    Todos se retiraron entonces, menos un elfo de cabellos dorados y mirada tan penetrante que le daba la sensación a Lyanna de que podría leer lo que sus pensamientos ocultaban. Legolas se acercó a ella, con paso un poco apresurado para el gusto de la Vala. Cuando el elfo se posó frente a ella, su expresión la intimidó tanto que podía jurar que si las miradas mataran, ella ya habría viajado a los salones de Mandos más de cientos de veces.

    - ¿Cuándo recuperaste tu vista?



    Capítulo Diez: Rohan Va a la Guerra

    Gimli no paraba de hablar sobre las cavernas centellantes que lo habían dejado maravillado cuando estaban, días atrás, en el Abismo de Helm. Cuando se había quedado detrás mientras los sobrevivientes cargaban contra los Uruk durante el asalto final, no había tenido tiempo de contemplar la belleza de las cuevas. Sin embargo, la imagen se había grabado tanto en la mente del enano gracias a lo preciosas que a este le habían resultado a primer vistazo.

    - Definitivamente tenemos que volver – comentó, volteando a ver al elfo que se encontraba a su lado. Pero aunque físicamente estaba ahí, en su rostro se notaba que su mente se encontraba a varios cielos de distancia del enano. Gimli lo miró por unos segundos, esperando a que este reaccionara, pero Legolas, con el ceño fruncido, parecía realmente distraído - ¡Hey! – lo llamó el enano. Legolas parpadeó por fin y volteó su cabeza hacia Gimli, quien lo miraba con cara de pocos amigos. El elfo cerró y presionó sus ojos.

    - Perdóname, Gimli – realmente se escuchaba arrepentido. Gimli suspiró – Sí, las cuevas, te prometo que te llevaré de regreso cuando todo esto termine – le dijo al enano. Pero este entrecerró sus ojos y evaluó mejor el aspecto del elfo. Legolas no era alguien que bajara rápidamente la guardia, ni que dejara que sus pensamientos vagaran tanto para que alguien lo tomara desprevenido. Aquello, sin duda, era una actitud rara en él.

    - ¿Te sucede algo, muchacho? – cuestionó Gimli, posando una de sus manos sobre el brazo de Legolas, quien solamente suspiró y clavó su mirada en el suelo.

    - Tengo la sensación de que Lyanna me está alejando de ella – confesó, y Gimli pudo notar tristeza en el tono en el que lo decía, así como en el pesar de sus ojos al parpadear – Gimli – lo llamó este. El enano arqueó sus cejas, atento a lo que el elfo le fuera a decir - ¿Tú sabías que Lyanna había recuperado su vista? – preguntó. La sangre de Gimli se heló, pues aquello no era fácil de responder. Legolas recién le estaba diciendo que Lyanna se estaba alejando de él. Que una amistad que él apreciaba tanto… se estaba volviendo fría, distante. Y, al parecer, se había dado cuenta que la Vala había recuperado sus ojos y no se lo había dicho. Aunque Gimli sabía que todo era por proteger a Legolas y darle una oportunidad a Lyanna de revertir el efecto del Anillo si Sauron se lo llegaba a poner, no tenía corazón para mentirle al elfo, no después de lo que estaba sintiendo que pasaba con Lyanna.

    - Sí – confesó, aunque con bastante pesar. Legolas le sonrió.

    - Lo sé – dijo este, haciendo que el enano frunciera el ceño – Lyanna me dijo que tú, Aragorn y Merry lo sabían. Pero esperaba que no me mintieras. Al menos sé que aún puedo contar contigo – aquellas palabras conmovieron a Gimli. Claro que había comenzado a simpatizar con Legolas a lo largo del viaje, desde Lothlórien le estaba agradecido por demostrarle que sus prejuicio sobre los elfos no eran del todo ciertos, al menos no en él. Su corazón sabía reconocer sus errores y arreglarlos con actos de bondad que desafiaban incluso las tradiciones de su raza. Y conocía la profundidad del amor que le tenía a Lyanna, por lo que podía comprender cuánto le dolía ver que la Vala lo estuviera alejando de ella.

    - ¿Cómo lo supiste? – le preguntó Gimli. Legolas negó con su cabeza.

    - La conozco. He luchado con ella en innumerables ocasiones. Aunque sea igual de buena al luchar usando sus ojos o no, siempre hay una diferencia. Y sé que al confiarse de su vista, Lyanna se deja llevar por el momento. Cuando no cuenta con su vista, presta más atención a cada paso que da en lugar de improvisar – explicó el elfo, acariciando una de las flechas que Lyanna le había hecho – No lo entiendo… ella y yo… solemos confiar en el otro. Es capaz de contarme cosas que jamás le diría a nadie más… ¿pero no quiso, ni quiere, decirme sobre esto, algo tan importante? – pero Legolas volteó a ver a Gimli, un poco emocionado - ¿Tú lo sabes, no? – Gimli lo miró, sorprendido – Tú sabes cómo recuperó su visión – el enano lo sabía, pero claro que no le podía decir.

    - Prometí no decirlo, Legolas – le tuvo que confesar este. Legolas asintió, comprendiéndolo – Pero Lyanna no nos contó sobre eso – añadió, tratando de animar el corazón del elfo – La única razón por la que sabemos que la recuperó fue porque la encontramos con sus ojos completamente restaurados… - Legolas se debatía en su cabeza qué habría tenido que hacer Lyanna para quererlo ocultar, entonces. Pues al parecer, por lo que Gimli le decía, ellos lo sabían únicamente porque la habían encontrado así. Mientras que él y el resto de los que habitaban en el castillo seguían sin saberlo – Mira, Legolas, no creo que Lyanna tenga la intención de alejarte de ella. A lo mejor solamente no quiere hablarlo. Piénsalo, la hora de enfrentarse a Sauron está cada vez más cerca, todo depende tanto de que Frodo destruya el Anillo como de que ella mate al Maia – aunque Legolas intentó que esas palabras lo calmaran, no lograban hacerlo del todo. Él mejor que nadie conocía a Lyanna, y sabía qué tipo de relación tenían ambos. Se confiaban todo, por lo que aquel repentino cambio de actitud de la Vala le preocupaba. E incluso sospechaba que tenía que ver con él y que por eso no quería decirle. Pero ¿qué tenía que ver él? ¿qué había hecho mal?

    - Ella nunca se ha retraído de mí cuando no se siente bien – le dijo a Gimli, aunque parecía que se lo decía más a él mismo – Al contrario, siempre me ha buscado… porque confía en mí y siempre ha apreciado mi compañía – el corazón de Gimli se entristeció al escuchar el pesar con el que Legolas hablaba, claramente herido por la actitud de Lyanna hacia él - ¿Por qué ya no lo hace?


    La Estrella de Náriël brillaba con una belleza que ningún ser sobre Arda podía menospreciar. Sin embargo, para Lyanna aquel brillo no se veía tan majestuoso como alguna vez lo fue.

    Habían pasado dos días desde que Legolas se había dado cuenta de que ella había recuperado su vista. Dos días desde que le había alzado el tono al elfo. Dos días desde que, por primera vez en su vida, le había dado una orden como superior. Lyanna nunca había actuado como alguien superior a él. Al menos desde los primeros meses en que se conocieron, donde el mismo Legolas se había encargado de que se dejara de formalidades con él y actuara como alguien más corriente.

    Aquello la tenía muy mal, aunque sabía que Legolas también se la estaba pasando así. La luz de Náriël se lo decía, pues había bajado su intensidad, evidenciando que el amor que Legolas sentía por Lyanna se había debilitado. Se encontraba confuso, dividido y, sobre todo, herido.

    La Vala cerró sus ojos y una lágrima se escapó de uno de ellos. No había vuelto a hablar con Legolas desde su último entrenamiento hacía ya dos días, cuando todo aquel desastre había pasado y le había entregado también las flechas. Se había quedado a Náriël, pues aunque le pertenecía a Legolas… quería dárselo como un regalo, que él viera y recordara con cariño, no con dolor.

    Alguien sacó a la Vala de su trance al tocar la puerta de su habitación con fuerza. Lyanna se levantó de la cama y dejó a su estrella sobre esta. Desde que Legolas se había dado cuenta que ya no sufría de aquella ceguera, había dejado de usa su venda y ahora todos volvían a contemplar la belleza de sus ojos, aunque estos parecían carecer de vida alguna.

    Cuando Lyanna abrió la puerta de su habitación, se encontró con Éowyn esperando en el pasillo. Su rostro le daba la impresión a Lyanna de que se encontraba ansiosa por hablar, pues ni siquiera esperó a que la Vala la invitara a hacerlo. Ella simplemente le soltó las noticias que recién habían llegado.

    - ¡Las almenaras de Minas Tirith se han encendido! – exclamó la mujer, haciendo que Lyanna expandiera de par en par sus ojos – Rohan va a la guerra – anunció, haciendo que la sangre de Lyanna corriera helada por su cuerpo. Sin esperar a necesitar escuchar más, Lyanna salió de la habitación y caminó hacia el salón principal, donde varios señores y guerreros se encontraban reunidos, hablando sobre los planes que irían a llevar a cabo a partir de aquel preciso momento para partir cuanto antes ante el socorro de Gondor.

    - Envía hombres a alertar a los demás pueblos. Tenemos doce mil guerreros por todo lo ancho de Rohan, con eso deberá bastar – avisó Théoden a Éomer, mientras le señalaba en el mapa sobre la mesa frente a ellos los lugares donde se encontraban aquellos pueblos.

    - Con eso será más que suficiente – animó Lyanna, llegando al encuentro de los reunidos. Al verla, el corazón de Legolas dio un brinco de emoción y de decepción – De buena fe puedo afirmar que un solo guerrero Rohirrim equivale al doble de uno de Mordor – alabó ella, con mirada fija en el rey, quien le dedicó una sonrisa.

    - Muy bien. Prepárense para salir al mediodía, díganle a sus seres queridos cuánto los aprecian – Legolas y Lyanna intercambiaron miradas, tristes ambas – Abrácenlos y bendíganlos bajo el cuidado de los Valar. Alcen esos estandartes tan alto y que todos vean… ¡que Rohan va a la guerra!



    Capítulo Once: Llegada a Sagrario

    Por todos lados se veían soldados corriendo, caballos siento alistados, familias abrazándose entre ellos y estandartes Rohirrim bien alzados. El ambiente en Edoras había cambiado por completo en tan solo un par de horas, entristeciendo los corazones de unos y emocionando el de otros.

    Dentro del castillo de Medusel la acción no era menor. Éomer y Éowyn caminaban de aquí para allá, llevando provisiones, dando indicaciones y preparando sus caballos. Aragorn, Legolas y Gimli habían tenido que cambiarse sus ropas por armaduras de guerra con las que ahora viajarían hasta Minas Tirith, provistas por Éomer para que vistieran apropiados para una batalla a campo abierto.

    Lyanna ya se encontraba lista. Parada en el pasillo exterior del castillo observaba a todos moviéndose con prisa para partir cuanto antes. Con su mano sosteniendo a la otra por detrás de su espalda y una expresión vacía en su rostro, esperaba pacientemente a que el rey diera la orden de cabalgar. La armadura que le habían dado era preciosa. Sus hombreras doradas reflejaban inscritas en ellas dos cabezas de caballo que se veían uno al otro, y percibiendo los rayos del sol la hacían parecer que esta brillaba por cuenta propia al vestir a un ser tan divino como lo era la hija de los Valar. Su coraza dibujaba otro par de caballos de oro unidos en el centro de su torso por una flor de cuatro pétalos. Envainada en su cintura estaba su espada Ringil, a quien Lyanna percibía más pesada conforme se acercaba la hora en que encontrara a su rival.

    Los mensajeros enviados a los demás pueblos ya habían partido varias horas atrás. Tendrían dos días para reunirse en Dúnharg, una fortaleza en un prado de montaña donde acamparían y se reunirían antes de marchar a la guerra.

    Théoden salió del castillo, vestido con su fina armadura y con dirección a su caballo. Seguido de este aparecieron Aragorn, Legolas y Gimli. Lyanna fijó su mirada en el elfo, pues no podía evitar no contemplarlo en la distancia, añorando el día en que él y ella pudieran estar juntos sin que él, o la Tierra Media, corrieran peligro.

    Legolas volteó a ver a Lyanna y esta apartó rápidamente sus ojos de él. A lo lejos se escuchó a Éomer hablarle a sus soldados, animándolos a dejar todo temor atrás y cabalgar con orgullo y valentía contra Mordor. Lyanna bajó las escaleras y montó en Roheryn, quien también había sido vestido para el combate.

    El rey encabezó el ejército de Rohirrim que partía desde Edoras, seguido por Éomer, Aragorn, Lyanna, Legolas y Gimli. Merry cabalgaba un pony un par de metros atrás de ellos, y a su lado iba Éowyn, con quien había pasado la mayor parte de su tiempo desde que Pippin y Gandalf habían partido a Minas Tirith.

    Dúnharg era un viaje un poco más largo que el Abismo de Helm, pero esta vez ya no tenían necesidad de ir a un paso lento, pues todos ahí iban montados en sus caballos. Dos mil hombres cabalgaron con velocidad por las tierras de Rohan durante varias horas. Sagrario se presentó ante ellos justo cuando el sol empezaba a ponerse y el cielo se pintaba de tonos cálidos de naranja y amarillo. Los Rohirrim acamparían en la parte superior de la fortaleza, mientras los guerreros de los otros pueblos lo harían a las faldas de la montaña, donde el rey podría tener desde lo alto una vista plena de la magnitud del ejército con el que cargarían a la guerra.

    Varias tropas ya se encontraban ahí gracias a la antelación con la que los mensajeros habían partido de Edoras a avisarles. Había hombres sobrevivientes del Folde Oeste, de la Frontera de los Pantanos y de los asentamientos de las Montañas Blancas. Aún faltaban que regresaran más mensajeros junto con los demás ejércitos, pero Théoden confiaba en que llegarían pronto.

    Al llegar a la cima del campamento, los guerreros de Edoras prepararon las tiendas. Cada uno se encargó de su parte. Legolas ayudó a Gimli a poner la suya, quien había decidido compartirla con el elfo por si necesitaba un momento a solas.

    Lyanna montó la suya un poco lejos de la del resto, casi en el borde de aquella superficie. Dentro no había nada más que un par de alfombras, un sillón diván y una mesa. Lyanna había cargado también un par de mapas, para estudiarlos mejor mientras tuviera tiempo. Ella sabía por dónde se movían las tropas de Sauron, así que estos le vendrían mejor para saber cuál iría a ser su siguiente paso.

    Sin embargo, el relinchido de los caballos alborotados llamó la atención de la Vala, quien se apresuró a salir para ver qué estaba provocando tanto escándalo. Legolas y Gimli también habían salido a ver qué sucedía. Se trataba de un par de caballos que parecían nerviosos, asustados. Un viento sopló entonces desde el sur, haciendo que el elfo, el enano y la Valië voltearan a ver a sus espaldas.

    En medio de la pared de piedra comenzaba un camino oscuro y estrecho por el que apenas un solo caballo podría atravesar. Lyanna profundizó su vista, intentando ver más allá, pero no logró distinguir nada más que rocas. Sin embargo, sí podía percibir una presencia siniestra. No era maligna ni buena. Ni viva ni muerta. Aquello comenzó a preocuparla, pues nunca había percibido una sensación similar, y temía que se tratara de algo que debería haber contemplado mucho antes.

    - ¿Hacia dónde lleva ese camino? – preguntó Gimli, asomándose por detrás de Legolas. Lyanna entrecerró sus ojos.

    - Es el camino que atraviesa el Bosque Sombrío y conecta Rohan con Gondor – habló Legolas para información del resto. Éomer, que se encontraba detrás de los tres compañeros, dejó caer la silla de montar de su caballo sobre un taburete, sobresaltando a Gimli pero no al elfo y a la Vala, que habían podido percibirlo previamente.

    - Dicen que todo aquel que entra no vuelve jamás – dijo el hombre. Gimli observó a Aragorn más delante de ellos, observando aquel camino con curiosidad, obligándolo a ir hasta él y alejarlo de ahí – Esa montaña está maldita – dijo Éomer antes de retirarse y dejar solos a Legolas y a Lyanna, que hasta ese momento no se habían percatado que Gimli ya no se encontraba con ellos.

    Ambos salieron de su trance al querer ver qué había más allá de lo que tenían a simple vista por aquel sendero, y al ver que solamente quedaban ellos dos sus piernas intentaron traicionarlos al querer correr lejos de la mirada del otro. Cuando ambos se miraron fijamente a sus ojos, encontraron en ellos a un desconocido. Legolas no sabía quién era la Lyanna que tenía frente a él, alguien fría, distante y desconfiada de él. Y aunque Lyanna sí reconocía al elfo que tenía al frente, recordó que lo ella sabía sobre ellos, él ni se lo imaginaba.

    Sin embargo, el tiempo se detuvo para ambos al volverse a contemplar el uno al otro. A Legolas le conmovía saber que al ser una Vala, ella era demasiado inalcanzable para él, y ahora que Lyanna lo estaba alejando más y más sabía que jamás ella podría corresponderle. A Lyanna la torturaba saber que aunque en aquel momento lo único que deseaba era lanzarse sobre él y besarlo con tanta fuerza que nunca más se le fuera a escapar de sus manos, no podía hacerlo.

    Legolas simplemente se volteó y comenzó a alejarse de Lyanna, pero el sonido de su voz lo hizo detenerse en seco, erizando su piel al percibir el tono de ella como uno suave y tierno. El tono con el que él estaba familiarizado.

    - ¡Legolas! – había dicho la Vala, aunque no había sido su intención llamarlo. Sus labios lo habían soltado sin siquiera consultarlo antes con sus cerebro. Pero cuando el elfo volteó su cabeza hacia ella, supo que ya no tenía escapatoria. Lyanna relajó sus hombros, sabiendo que no había nada de qué preocuparse. Aunque Legolas no recordara nada sobre su relación, él seguía siendo su amigo. Cuando ella había perdido su vista, él se aseguró de que las cosas entre ambos no cambiaran. Se había asegurado de que ella no sintiera que él la rechazaría. Ahora que él era el que había perdido su vista, en cierto modo, ella tenía que asegurarse que él no sintiera que las cosas era diferentes.

    Porque aunque no tuviera su amor, sí quería mantener su amistad.

    - Uno de los mapas que traje conmigo desapareció – confesó, acercándose al elfo con paso cauteloso. Legolas tragó saliva al ver que la tenía de vuelta cerca de él. La sangre de Lyanna se helaba más conforme se acercaba a él – Tuvo que haberse caído durante el viaje – inquirió ella, sin despegar su mirada de la de Legolas, quien le sonreía con esta - ¿Me ayudarías a dibujarlo?



    Capítulo Doce: Sin Retorno

    Legolas era el más apropiado para ayudar a Lyanna a recuperar el mapa que había perdido sobre las tierras de Rohan, pues Thranduil le había exigido estudiarlos a la perfección como parte de su educación como príncipe. Aunque Lyanna los había estudiado también durante su tiempo en Lothlórien, lo que realmente quería era enmendar su error con el elfo y disfrutar su compañía de nuevo. Ya no soportaba aquella tensión tan fría que sentían al estar cerca, como si fuesen dos desconocidos.

    - Tengo los mapas de Gondor – indicó, sacando dos mapas que mostraban las tierras de los hombres, uno mostrando los alrededores de Minas Tirith, Osgiliath e Ithilien , y otro las tierras de Dol Amroth, Dor en-Ernil, Belfalas y Lebennin – De las tierras del norte y el este – le mostró un mapa donde se podían ver las tierras del Bosque Negro y Rhûn – Del sur – sacó un mapa de las tierras de Harad y Umbar – Pero no tengo el de Rohan – Lyanna se escuchaba estresada, y Legolas notó eso en su tono de voz.

    - Está bien, puedo hacerte uno – le dijo él, acercándose a la mesa y colocándose al lado de la Vala – aunque no te prometo dibujarlos con detalle – mencionó, tomando el reverso de uno de los mapas y la pluma con tinta que Lyanna había preparado. Ella se cruzó de brazos y negó con su cabeza.

    - No es ningún problema. Gracias – dijo, clavando su vista en Legolas, quien ahora se concentraba en trazar la pluma sobre el pergamino.

    - ¿Por qué los necesitas? – preguntó el elfo, sin apartar su vista del papel. Ella se acercó a él, apoyando sus codos sobre la mesa y prestando atención a lo que Legolas hacía. Ella suspiró.

    - Cuando miré por la Palantír, me encontré con varios ejércitos marchando o navegando desde varios puntos. Quiero saber cómo piensan extenderse.

    - ¿Quieres decir que más reinos será atacados? – adivinó Legolas. Los hombros de él y de la Vala se rozaron, llevando una corriente de calor por su cuerpo que provocó que Legolas manchara mucho de tinta una de las cordilleras de La Marca, pero Lyanna no se percató de eso.

    - Sí, ya no solo el Bosque Negro o Erebor. Temo que Sauron envíe sus tropas a extenderse hasta Dol Amroth o incluso ya estén en camino hacia nosotros, a Rohan – explicó – Todo con tal de dejar a Minas Tirith indefensos, incapaz de recibir ayuda – Legolas casi terminaba de trazar la mitad del mapa, y Lyanna admiraba la precisión de su mano al dibujar. La cercanía de la Vala intimidaba a Legolas, pues después de varios días de tenerla a la distancia, creyendo que poco a poco ella lo estaba alejando de su vida, ahora solamente deseaba que ella se quedara ahí por más tiempo. Era agradable tenerla de vuelta a su lado, que hubiese acudido a él como solía hacerlo siempre.

    - Pero ¿cómo piensas saber si en verdad están marchando a estos lugares? – preguntó, finalizando por fin de bosquejar el mapa y darle una mejor idea a Lyanna de cómo ubicarse. Este le tendió el mapa a la Vala y ella, sin levantar sus brazos de la mesa, lo tomó y lo observó. Legolas imitó su posición y ambos observaron el papel que mostraba el panorama general de Rohan.

    - No tengo forma de saberlo, lastimosamente – se quejó – Gandalf se llevó la Palantír, y aunque intente usar mi poder para comunicarme con los mandatarios de las tierras de Gondor puede que no lo tomen como nada más que un sueño. Algunos ni siquiera me conocen – ella frunció el ceño – Aunque a lo mejor Gandalf logró avisarles con tiempo al llegar a Minas Tirith.

    - ¿Qué ejércitos están marchando y con cuáles crees que contamos? – preguntó Legolas, volteándola a ver. Ella tragó saliva al sentir sus ojos sobre ella, inspeccionando cada facción de su rostro, sabiendo que en su corazón Legolas aún sentía un profundo cariño por ella, pero que pensaba que, al ser una Vala, era indigno de su amor.

    - Théoden dijo que Rohan cuenta con doce mil hombres – dijo ella, clavando su vista en el mapa y señalando los pueblos que poseían ejércitos – Pero es el ejército del Folde Este que aloja la mayoría de ellos – Lyanna resopló – Son el pueblo más cercano y, sin embargo, no están aquí – comentó, dándole la impresión a Legolas de que a lo mejor habían rechazado el llamado del rey a la guerra. Él contempló la frustración en la mirada de Lyanna, e incluso notó cansancio en la altura a la que sus párpados se elevaban. ¿Qué perturbaría tanto el corazón de la Valië para que se encontrara así?

    - Hey – la llamó él, rozando su pómulo con su mano y atrayendo la mirada de ella hacia la de él. Al sentir el tacto de Legolas de nuevo, el corazón de Lyanna latió con fuerza, tanta que podía escuchar el tamboreo de este en su cabeza, ensordeciendo los ruidos de las risas y pláticas de los hombres alrededor que se escuchaban a lo lejos. Para el elfo era difícil admirar tanta belleza y ser consciente que no era merecedor de ella. Aunque por mucho tiempo había reprimido sus sentimientos, en el fondo había comenzado a reconocer que no era inmune al encanto de Lyanna – Has hecho un viaje de miles de años que no acabará hasta que encares a Sauron – le recordó él, en voz baja pero segura. El labio inferior de Lyanna amenazó con temblar. Tener a Legolas tan cerca de ella, de nuevo, solamente la atormentaba más, sabiendo que el deseo que tenía de besarlo era, en ese momento, imposible de cumplir – No puedes empezar a dudar de lo que eres capaz. Tú sabes quién eres – ella intentó sonreír.

    - ¿Y quién soy? Debería ser capaz de acabar con Sauron y sus tropas con tan solo un parpadeo, y sin embargo aquí estoy, usando una armadura que logre protegerme lo suficiente para que ningún enemigo me hiera y me arrastre de regreso a Mordor – Legolas endureció su mirada.

    - Fuiste arrancada de tus raíces y de tu hogar. Te apartaron del mundo y de todo conocimiento por más de cinco mil años. Ni siquiera sabías en dónde estabas, y para cuando lo hiciste tu poder había sido demasiado corrompido. Nada de eso estuvo bajo tu control hasta que escapaste, y desde que tú has tomado el cargo de tu propio destino no has hecho más que crecer. Has tomado las partes rotas de tu poder y has hecho con ellas proezas dignas de una heroína. Has aprendido a domarlo en lugar de darle lugar a que él te controle a ti. Has vivido entre nosotros, seres inferiores, y jamás usaste tu poder para obligarlos a arrodillarse ante ti – Legolas tomó con fuerza la mano de Lyanna, transmitiéndole aquella seguridad con la que le decía esas palabras – Eres digna de tu raza, Lyanna. No por tu poder, sino por tu valor y tu corazón – aunque Lyanna apreciaba tanto lo que Legolas decía, no paraba de preguntarse el por qué de su intención. Eso solo le demostraba, una vez más, las razones por las que tanto lo amaba. Y la torturaba todavía más saber que él no lo recordaba, no tenía ni idea de cuánto significaba él para ella.

    - ¿Mi corazón? – preguntó, con voz temblorosa y completamente hipnotizada por los ojos de la persona que ella más amaba. Legolas no estaba seguro, pero parecía que el espacio entre ambos poco a poco se iba cerrando cada vez más. Lyanna, involuntariamente, acercaba su rostro al de él.

    - Siempre lo has escuchado – susurró él, luchando por no desviar su vista hacia los labios del ser que él más apreciaba. Lyanna se encontraba en un punto donde su cerebro le gritaba que se detuviera, pero todo su cuerpo no quería responder.

    - ¿Propones que lo siga, entonces? – preguntó. Sus hombros se presionaban el uno contra el otro, y sus rostros eran atraídos en contra de la voluntad de ambos. Aquel vínculo que Lyanna había intentado cortar volvía a esforzarse por juntar de nuevo sus labios, para que una explosión de emociones, que estaban atadas en ese momento, se liberaran y le devolvieran a ambos ese sentimiento que se había perdido hacía unos días.

    - Sí, deberías seguir lo que te diga – ambos ahora podían sentir la respiración del otro. Lyanna quería ceder, olvidar todo lo que le preocupaba y simplemente correr el riesgo con tal de recuperar a Legolas. Vivir apartada de su amor luego de que ambos reconocieran lo que sentían por el otro era inaguantable.

    Pero tal como le había dicho Legolas, tenía que seguir a su corazón. Y por más que quisiera volver a sentir los labios de él unidos a los suyos y que su roce sobre su piel se sintiera como suaves caricias de la brisa de primavera, lo que más quería era que estuviera a salvo. Que, si Sauron ganaba, él fuera capaz de regresarle su alma y darle una oportunidad a la Tierra Media, y a su amor, de sobrevivir.

    Por ello, se obligó a detenerse y apartar su mirada de la de él, haciendo que Legolas comprendiera, de una vez por todas, que lo que él empezaba a creer posible volvía a ser un sueño nada más.

    - Legolas, no puedo – escuchó que la Vala susurró, presionando sus ojos y reprimiendo las lágrimas. Con solo esas palabras Lyanna rompió el corazón del elfo, que creía que había sido ingenuo al pensar que la relación entre ambos no se enfriaría más. Se había dejado llevar por el momento y ahora Lyanna conocía los sentimientos que había intentado reprimir. Ahora sí que la había alejado por completo.

    Lyanna intentó decir algo al ver que Legolas se encontraba inexpresivo. Sabía que ahora ella había sido la que los había terminado de separar. Había pasado lo que ambos habían temido desde un principio: arruinar su amistad.

    Al verse incapaz de hablar, se levantó y caminó en dirección a la salida, buscando el aire libre y la compañía de las estrellas que ahora ya se alzaban en el cielo nocturno. Pero una figura se deslizó por la entrada, deteniendo el paso acelerado de la Vala.

    Aragorn se encontró con el rostro alterado de Lyanna y a un Legolas con la mirada puesta sobre la mesa, donde este apoyaba sus codos. En su mente se preguntó qué podrían estar haciendo Legolas y Lyanna a solas si ya no eran más una pareja y la Vala lo había mantenido alejada de él durante los últimos días. Pero no comentó nada al respecto.

    - ¿Qué sucede? – preguntó Lyanna, obligándose a que su voz no se escuchara rota. Pero eso apenas lo consiguió.

    - Los hombres del Folde Este no van a venir – anunció Aragorn tras haberse enterado de ello por Théoden. Los ojos de Lyanna se abrieron de par en par.

    - Pero necesitamos ese ejército – exclamó angustiada – son seis mil hombres que claramente hacen una diferencia – Legolas se levantó de la mesa y caminó hacia Aragorn y Lyanna, tratando de alejar de su mente lo que acababa de pasar con la Vala. En eso, Gimli llegó por detrás de Aragorn.

    - Han decidido no acudir a la guerra – dijo el montaraz. La sangre de Lyanna hirvió al saber que la gente del Folde Este había ignorado el llamado de su rey – Y no sabemos si estamos retrasados para el auxilio de Gondor, así que el rey ha decidido que partiremos al amanecer.

    - Las filas de Mordor traspasan los treinta mil orcos – dijo Lyanna, recordando que en la Palantír había visto un ejército de veinte mil, pero para ese momento seguro que este ya había crecido – Sin contar el ejército de esterlinos que navega por el Anduin desde el sur para rodear la ciudad de Minas Tirith a su llegada – ella resopló y llevó sus manos a sus caderas, sin poder creer cómo las cosas seguían desmoronándose.

    - Tendremos que ir a la guerra con los hombres que están, no podemos dejar a Gondor sin auxilio – dijo Aragorn. Legolas asintió.

    - Solo hace falta un ataque efectivo – dijo el elfo – El corazón guerrero de cada Rohirrim es capaz de ahuyentar a su enemigo si su ataque le demuestra de lo que es capaz. Los orcos abandonan su lugar ante la primera señal de vulnerabilidad, tú y yo lo sabemos muy bien – dijo, dirigiéndose a Lyanna y haciendo que esta lo mirara con sorpresa y terror. Esas palabras no se las esperaba, pues Legolas había mencionado una de las primeras batallas en las que lucharon. Aragorn notó la expresión de Lyanna, lo que se le hizo sospechoso – Solo esperemos que el miedo no los traicione al momento de cargar contra los ejércitos de Sauron – concluyó, mientras caminaba hacia la salida y desaparecía de la vista de todos. Los tres restantes mantuvieron su vista al lugar donde el elfo se había ido.

    Aragorn volteó a ver a Lyanna, quien aún tenía aquella expresión de confusión y sorpresa en su rostro.

    - ¿Qué ha sido lo que te ha tomado desprevenida? – cuestionó, frunciendo el ceño. Lyanna parpadeó y negó, sin poder creerse lo que acababa de pasar.

    - Se supone que no debe recordar eso.



    Capítulo Trece: Dorado Reencuentro

    - ¿Por qué? – preguntó Gimli, volteando a ver a Lyanna un poco confundido. Ella seguía aturdida al ver que Legolas la recordaba en esa batalla.

    - Fue una de las primeras batallas donde peleamos juntos – explicó, mirando al enano con ojos petrificados – Al alterar su memoria, me di cuenta de que fue la primera vez que su corazón sintió algo por mí desde que nos habíamos conocido. Así que me borré de esa batalla, él no debería de recordar que estuve ahí – volvió a decir ella. Aragorn frunció más el ceño y se acercó a la Vala.

    - Y sin embargo, lo recuerda… - mencionó, uniendo los puntos que habían desconcertado a Lyanna - ¿Es posible, entonces? – preguntó, esperando que ella supiera la respuesta. Lyanna clavó su mirada en el suelo, dejando escapar un gran suspiro al saber que sí lo era - ¿Hay alguna manera de que lo recuerde?

    - Sí – dijo Lyanna, con aire de pesadez en sus palabras – Que aprecie tanto nuestros momentos juntos que no solo los atesore en su mente, sino en su corazón – explicó la Vala, luchando por no romperse a llorar al darse cuenta de que Legolas la amaba más de lo que ella misma imaginaba. Desde hacía miles de años que el elfo guardaba cada momento con ella en su corazón. Desde hacía miles de años su amor por ella superaba incluso su propio poder.

    - ¿O sea? – dijo Gimli, que seguía sin entender lo que Lyanna quería decir con eso. Aragorn lo miró fulminante, pero el enano se encogió de hombros al realmente no entender qué significaba eso.

    - O sea, Gimli, que tarde o temprano Legolas recordará todo – dijo Lyanna, inclinando su cabeza hacia atrás y elevando el tono de su voz cada vez más – No tengo permitido alterar nada de lo que los corazones guarden. Aunque la mente de Legolas no recuerde los momentos donde sintió algo por mí, en su corazón aún viven, así como sus sentimientos hacia mí.

    - ¿Pero cómo puede tener sentimientos por ti si no recuerda haberlos empezado a desarrollar? – volvió a cuestionar Gimli, confundido por cómo funcionaba todo aquel enredo. Lyanna caminó hasta el sillón que tenía en su tienda y se sentó en él, necesitando recuperar el aire.

    - Porque, al parecer, me amó desde el momento que me vio. Un sentimiento que nació ante la primera interacción, la cual no puedo alterar. A pesar de que no recuerda los cientos de años siguientes, sí recuerda nuestro primer encuentro, cuando nacieron esos sentimientos – Lyanna hundió su rostro en sus manos, sin quererse creer lo que estaba pasando. Primero le había dejado claro a Legolas de que su relación no se podría dar, luego las noticias de que Rohan solamente contaba con seis mil hombres para hacerle frente a un ejército de treinta mil, y ahora se enteraba de que los recuerdos del corazón de Legolas pronto revivirían en la mente de este, revirtiendo lo que Lyanna había hecho.

    - La guerra está ya en camino, Lyanna – escuchó que dijo Aragorn, agachándose hasta ella y colocando una mano sobre su hombro. Lyanna levantó su mirada hasta la de él – No creo que Legolas lo recuerde todo para antes de que esta termine – y tenía razón, para cuando Sauron y ella se enfrentaran, Legolas seguiría sin saber lo que entre ellos dos había surgido durante aquel viaje.

    - Sí, a lo mejor tienes razón – susurró ella, intentando sonreírle del montaraz. Lyanna dio un largo suspiro y miró a sus dos amigos – Si es cierto que Théoden moverá a sus hombres al amanecer, deberían descansar un poco. Vamos a necesitar todas nuestras fuerzas para cargar contra los ejércitos de Mordor – sugirió la Vala. Ante sus palabras, Aragorn y Gimli asintieron y se retiraron de su tienda, dejándola con la única compañía de los mapas que quería analizar.

    Lyanna se levantó y caminó hasta la mesa, volviendo a inspeccionar las tierras por las que Sauron desplazaría sus tropas. Ella lo conocía, sabía que era un buen estratega y que no atacaría Minas Tirith con todo su ejército.

    Seguro que una buena cantidad se expandirían por las tierras del sur de Gondor para evitar que los pueblos de esa zona acudan al auxilio de la capital, así como era seguro que mandaría un buen ejército hacia Rohan para bloquearlos de llegar a la Ciudad Blanca, que se vería rodeada tanto en los Campos del Pelennor como en los puertos. Al mismo tiempo que los pueblos del norte, el Bosque Negro y Erebor, serían atacados por las tropas de Rhûn.

    Si se desplazaban al amanecer, tal vez sorprenderían al ejército enemigo al no esperar que se encontraran tan cerca. Pero era seguro que muchos morirían. De los seis mil hombres con lo que contaban ahora, menos llegarían a Minas Tirith a enfrentarse con las tropas más pesadas que Sauron dispondría para la guerra: trols, los Nazgûl, los Haradrim junto a sus Mûmakil de guerra, y los esterlinos de las costas.

    Lyanna golpeó la mesa con su palma, frustrada de saber que el Folde Este los había dejado sin la ventaja de número. Ya no tenían tiempo de darles otra oportunidad y esperarlos. Las opciones se estaban acabando.

    Un sollozo se escapó de la boca de Lyanna a la vez que las lágrimas de ira comenzaban a salir de sus ojos. Era una carga que sobre sus hombros comenzaba a abrumarla. Muchos iban a morir en cuanto se encontraran con el primer ejército, y todavía más lo harían si llegaban a Minas Tirith. Lyanna empezaba a temer que Sauron eliminara a todos sus aliados hasta que solamente ella quedara de último para enfrentarlo en su encuentro final. Porque Lyanna sabía que Sauron no la enfrentaría hasta que fuese necesario acabar de una vez por todas con aquella guerra.

    Absorta en sus pensamientos estaba cuando la fuerte presencia de alguien a sus espaldas la obligó a regresar a la realidad. La piel de Lyanna se erizó por todo su cuerpo y la sangre corrió helada por este, tomándola por completa sorpresa al reconocer a la persona que a escasos metros se encontraba de ella.

    - ¡Glorfindel! – exclamó Lyanna al darse la vuelta y encontrar el rostro de su viejo amigo. La Vala corrió hasta él y lo envolvió en un abrazo que el alto elfo correspondió. Más lágrimas salieron de los ojos de Lyanna al volver a verlo, pero Glorfindel percibía en Lyanna una tristeza que nunca había sentido en ella - ¡Bendita es la hora de nuestro encuentro! – lloró ella, aferrándose al agarre del elfo de cabellos dorados - ¿Pero qué haces aquí? – dijo ella, separándose por fin de él. El gesto de Glorfindel expresaba confusión.

    - He venido con lord Elrond y los gemelos. Ha traído a Narsil, ahora Andúril, para Aragorn. Y nos ha pedido a sus hijos y a mí que acudamos a la guerra – aquello tenía que haber sido obvio para Lyanna, pues Glorfindel iba vestido con su armadura dorada, listo para la batalla – Lyanna, ¿qué ha pasado? – preguntó por fin, sin poder ignorar más la profunda tristeza que nublaba el corazón de la Vala. Ella lo miró con sus ojos cristalinos, intentando no romper en llanto ante el recuerdo de aquel día.

    - Tenías razón – dijo ella, mirándolo a sus dorados ojos – Tenías toda la razón, nunca se trató del prestigio – Glorfindel entendió que se refería al consejo que él le había dado en Rivendel varios meses atrás, luego de que ella decidiera romper su relación con él al haber sido incapaz de corresponderle. Lyanna no entendía por qué no podía entregarle su corazón a los elfos de más alto renombre, quienes eran los más indicados de pedir su mano, pero él le había sugerido que el amor que ella buscaba no necesariamente tendría que basarse por su prestigio – Por fin encontré lo que mi corazón tanto buscaba… y ahora lo he perdido – Lyanna volvió a aferrarse a él, sintiéndose libre de expresar su dolor. Glorfindel frunció el ceño todavía más, pero envolvió con fuerza el cuerpo de su amiga.

    - ¿Per cómo has de perder aquello que más amas? ¿Qué clase de camino has tomado? – preguntó Glorfindel sin entender por qué Lyanna habría de encontrar a su verdadero amor para perderlo de nuevo. Ella lo miró.

    - Es una larga historia – resopló ella con voz rota, negando con su cabeza.

    Lyanna le contó a Glorfindel que era Legolas de quien ella había estado enamorada por todos esos años, pero que no había sabido interpretar esos sentimientos. Le contó lo de Náriël, y por qué Legolas era el único capaz de portar su estrella. Le explicó que Sauron había recuperado su forma física y, por medio de la Palantír, había descubierto quién era Legolas y que portaba parte del alma de Lyanna, así como su corazón, con él. Y que así había adivinado los planes que tenía si él le ponía el Anillo, por lo que había tenido que alterarle los recuerdos de ambos.

    - … Y hace un momento estuve a punto de besarlo… no supe controlar mi deseo de recuperarlo. Pero al final solo terminé alejándolo por completo de mí – lamentó ella, con su mirada fija en el suelo. Glorfindel rozó su mejilla con su mano, haciendo que Lyanna levantara sus ojos hasta los de él.

    - Pero cuando la guerra termine podrán volver a estar juntos – Lyanna presionó sus ojos, sabiendo que no era así.

    - Para cuando todo acabe… si logramos derrotar a Sauron por fin podré regresar a Valinor. Y Legolas no tiene el deseo de partir a las tierras de Aman – Glorfindel arqueó sus cejas.

    - Bueno, que no lo desee hoy no significa que no vaya a suceder nunca, Lyanna – la Vala asintió, sabiendo que era verdad.

    - Sí, tienes razón. Pero así como podría suceder pronto… también podría tardar muchas más edades – dijo ella, con mucho pesar. Glorfindel la miró, un poco preocupado por la razón por la que había ido a buscarla.

    - Lyanna – la llamó él. Ella lo observó, curiosa – Escuché que el rey Théoden solo cuenta con seis mil hombres para acudir a Minas Tirith – la Vala resopló con más fuerza y presionó sus ojos con sus dedos.

    - Sí, el Folde Este ha decidido declinar el llamado a la guerra. Y ya no tenemos tiempo de mandar más mensajeros o que el mismo Théoden vaya en persona a obligarles a cumplir con su orden – ella lo miró – He decidido ir yo misma hasta ellos y obligarlos a asistir – le dijo ella, haciendo que Glorfindel le sonriera.

    - Lo sé, se me ha ocurrido también ir en nombre del rey. Pensé que a lo mejor tú ya lo habías considerado – ella le sonrió, aunque fue una sonrisa casi inexpresiva – Si partimos pronto llegaremos al Folde Este para el mediodía de mañana. Pero no podemos darles tiempo de pensarlo. Ni bien lleguemos tendrás que ordenarles partir de inmediato si queremos alcanzar al resto – Lyanna asintió.

    - Le diré a Aragorn que partiré ahora y que los alcanzaremos en el segundo día – dijo Lyanna, dispuesta a salir de la tienda a buscar a montaraz. Pero Glorfindel la detuvo.

    - Me temo que Aragorn también tiene otro camino que seguir – dijo este. Lyanna frunció el ceño y volteó a verlo – lord Elrond previó hace un par de semanas sobre los barcos enemigos que navegan por el Anduin. Se dio cuenta también de que Aragorn estaría para estas fechas aquí. Por lo que entendió el llamado de los Valar para forjar de nuevo la espada rota y entregársela a su señor, con la que sería capaz de reclutar un ejército que se enfocara en las huestes del mar – Lyanna frunció todavía más el ceño – Los hombres muertos de Dunharrow – los ojos de la Vala se expandieron de par en par.

    - Si Aragorn no logra reclutarlos, tendrá que enfrentarse él solo al camino hasta Minas Tirith, con el peligro de ser descubierto por los navíos.

    - Por eso Elrond le ha pedido a Elladan y a Elrohir que lo acompañen. Además, le ha dicho a Legolas también sobre sus planes. Aragorn llevará a los mejores guerreros en caso de que el ejército condenado se atreva a ignorar de nuevo el llamado del rey – Lyanna bajó su mirada al saber que Legolas también iría por aquel camino.

    - Pobre Gimli, como si un príncipe elfo no fuera suficiente – intentó bromear ella, pero apenas esbozó una sonrisa. Glorfindel la miró con más atención.

    - Así que cada uno de nosotros tiene un camino que seguir y un ejército al cual llamar – Lyanna asintió ante sus palabras – Y todos debemos partir ya – ella lo miró.

    - Prepara tu caballo y junta esos mapas – dijo y señaló la mesa donde se encontraban los papeles – Tengo algo que hacer antes de partir.



    Capítulo Catorce: Recuerdos Que Lastiman

    Mientras Glorfindel iba hasta su caballo Asfaloth, Lyanna buscaba en todo el campamento a Legolas con tal de despedirse antes de que ambos partieran a los caminos que el destino había dispuesto para ambos, que, para su infortuna, eran diferentes.

    - ¿Val? – escuchó que alguien la llamaba. Solo había una persona que le decía así. Lyanna se dio la vuelta y se encontró con un apuesto elfo de cabellos castaños y ojos avellana, y a otro con mismas características, a sus espaldas. Ambos vestían una armadura reluciente de plata y detalles carmesí. Lyanna les sonrió, y estos le dedicaron una reverencia. Elladan se acercó a ella – Qué alegría es volverte a ver – le dijo.

    - Lo mismo digo – habló Lyanna, acercándose a ambos y envolviéndolos en un fraterno abrazo que ambos elfos correspondieron – Me enteré de que irán a las cuevas de los hombres muertos de Dunharrow – mencionó ella, a lo que los gemelos asintieron.

    - Padre tuvo una visión hace unas semanas acerca de los navíos del Anduin. Como el ejército de Rohan debe acudir en auxilio de Minas Tirith, no iban a poder desviarse a enfrentar a estas tropas de las costas. Además… - se calló Elrohir, pues lo que estaba por decirle a la Vala aún lo entristecía. Elladan bajó su mirada.

    - ¿Qué? – preguntó Lyanna, preocupada por la repentina reacción. Elrohir suspiró.

    - Arwen está agonizando – lamentó el elfo, mirando con tristeza a la Vala. El rostro de Lyanna expresó temor y confusión – Al escoger una vida mortal, el peso de la oscuridad ha caído sobre ella y debilitado sus fuerzas – explicó Elrohir.

    - Ada piensa que con Andúril, antes Narsil, Aragorn por fin acepte su destino y se alce sobre los hombres como el rey que es – continuó Elladan – Pero si los hombres malditos no acuden a su llamado, necesitará ayuda para enfrentarse a los navíos de los esterlinos – Lyanna asintió, sabiendo que eso era verdad – Estamos esperando a que padre le notifique. Se supone que Legolas ya lo sabe pero no hemos podido encontrarlo – la Vala los miró, pensante – Tengo entendido que el hijo de Glóin seguro que se nos une – comentó Elladan a su hermano, quien arqueó sus cejas, casi disgustado. Lyanna amplió su sonrisa, pero esta seguía siendo inexpresiva.

    - Iré a buscarlos. Y, por favor, sean amables con Gimli – les advirtió ella mientras se alejaba para buscar a quien desde un inicio había salido a buscar – O se las tendrán que ver con Legolas.

    Lyanna caminó hasta la tienda de Gimli, donde lo encontró comiendo fuera de ella. Al verla, el enano dejó su plato a un lado y se puso de pie, intentando detener a Lyanna antes de que entrara. La Vala lo observó pero Gimli no fue lo suficientemente rápido.


    Cuando Legolas salió de la tienda de Lyanna, sintió una extraña sensación en su cabeza. Una ligera palpitación que lo estaba molestando. Aquello era bastante extraño y no pensaba pasarlo por alto, pues su raza no sufría de dolores como aquel. Intentó pensar en lo último que había hecho: casi besar a Lyanna, ser rechazado por ella, y recordar la Batalla de las Montañas del Bosque Negro.

    Al volver a hacer memoria de ella, otra punzada en su cabeza lo hizo reaccionar, adivinando que se trataba de aquel recuerdo. No entendía por qué, y tampoco tuvo más tiempo de seguir pensando en ello pues una figura encapuchada se interpuso en su camino. Por el dolor que en su cabeza había surgido, no había sido capaz de sentir la presencia del señor elfo que tenía ahora enfrente.

    - Mi señor Elrond – reverenció Legolas. Aunque podía sentir la presencia élfica de alguien más, no reconoció de quién se trataba – No esperaba verlo aquí – habló este, confundido por la aparición del señor de Rivendel.

    - He venido para pedirle a Aragorn que deje al montaraz a un lado y tome la espada del rey – explicó Elrond – Una flota de hombres del este avanza por el Anduin en dirección a Minas Tirith – Legolas recordó que Lyanna le había dicho eso – Y sé que Rohan no cuenta ni con los hombres ni con el tiempo para acabar con estos y socorrer a la Ciudad Blanca, por lo que pienso que es un buen momento para que Aragorn obligue a los muertos de Dunharrow a cumplir su juramento – Legolas tragó saliva al escucharlo decir eso.

    - Ir por el Sendero de los Muertos bien puede resultar en una ganancia para nuestras filas o en una desgracia para Aragorn al enfrentarse a esos navíos por su cuenta – Elrond asintió.

    - Pero no irá por su cuenta – le adivinó los pensamientos a Legolas. Aunque Elrond planeaba pedirle que fuera con él y sus hijos, el Síndar ya lo había empezado a considerar. Legolas asintió.

    - Prepararé mi caballo – de nuevo, el dolor en la cabeza de Legolas se hizo presente, haciendo que este hiciera una mueca de molestia. Elrond notó en él ese malestar.

    - No es común que un elfo presente dolores sin provocar – mencionó, un tanto preocupado. Legolas lo miró – Faniel – habló Elrond, y la elfa que se encontraba detrás de él salió de las sombras y le hizo una reverencia a Legolas. Sus cabellos eran tan negros como la ceniza pura y sus enormes ojos violeta fueron difíciles de ignorar – Es una de las curanderas de Imladris. Le pedí que viniera con nosotros por si surgían inconvenientes – Legolas frunció el ceño al escucharlo hablar en plural – Faniel, ¿por qué no atiendes al hijo de Thranduil con ese dolor? No es oportuno que lo cargue en el camino que debe seguir – Faniel asintió y caminó hasta Legolas, mientras Elrond se despedía con el gesto de bendición de los Valar e iba en busca del rey Théoden.

    - Por aquí – dijo Legolas, indicándole el camino a Faniel hasta la tienda de Gimli, quien recién llegaba también con un plato de comida - ¡Gimli! Ella es Faniel – el enano frunció el ceño, confundido por la presencia de una elfa que estaba seguro de que no había visto los últimos días.

    - Como si uno no fuera suficiente – exclamó Gimli por lo bajo - ¿Y de dónde ha salido otro elfo? – comentó, a lo que Faniel se sintió un poco avergonzada.

    - He venido con mi señor Elrond, y mis señores Elladan, Elrohir y Glorfindel – Legolas la miró, sorprendido de saber que ellos tres también estaban ahí. Gimli resopló y rodó sus ojos – Mi señor me ha pedido que atienda el dolor que mi señor Legolas siente – Gimli volvió a resoplar y casi pierde los estribos.

    - ¡Por Aüle! ¿Qué acaso todos son tus señores? – Legolas le lanzó una mirada reprobatoria a Gimli, pues podía sentir la incomodidad de la elfa.

    - Si no te molesta – habló el elfo, abriendo la tienda para Faniel. Ella pasó, un poco titubeante, y fue seguida por Legolas. Aunque Gimli le había tomado cariño a Legolas, un elfo, aún no se sentía listo para lidiar con otro. Mucho había tenido en Lothlórien, y de no ser por Legolas y la dama Galadriel se le habría hecho una estadía insoportable, así que se quedó afuera – Lamento los modales de mi compañero – aunque ahora el dolor era leve, aún lo molestaba. Faniel había escuchado por parte de las curanderas de Rivendel del hijo de Thranduil y su particular belleza, pero aquellas palabras con las que lo describían no le hacían justicia a lo que ella admiraba en aquel momento – No es muy simpatizante de los elfos – Faniel sonrió.

    - No parece tener problemas con usted – señaló ella. Legolas tomó asiento en uno de los sillones dentro de la carpa de Gimli, pues el dolor lo había obligado a descansar.

    - No ha tenido otra opción en este viaje – recalcó Legolas, haciendo que la elfa silvana riera – Bien, ¿cómo planeas ayudarme con este malestar? – preguntó, curioso y ansioso por deshacerse de una vez de aquel dolor. La elfa sacó de sus bolsillos unos pequeños frascos. Legolas distinguió varias plantas en ellos.

    - Los dolores de cabeza no son nada comunes en un elfo, menos uno con tan buen físico como usted, mi señor – señaló Faniel, colocando sus delicados dedos sobre la frente de Legolas y sintiendo el dolor de él sobre sus yemas - ¿Ha sufrido algún golpe? – Legolas negó - ¿Caídas? – volvió a negar - ¿Pérdida de memoria?

    - Bueno, eso igual no podría recordarlo – comentó divertido, pero Faniel no rio.

    - Eso depende – contestó, masajeando las sienes de Legolas, alejando el dolor de su cabeza - Si su corazón también guarda los recuerdos que perdió, al comenzar a devolverlos la mente duele al volver a tenerlos – eso llamó la atención de Legolas. Al ver el rostro de sorpresa de este, Faniel se agachó hasta quedar a su altura y colocó una de sus manos sobre su pecho, justo encima de donde el corazón del elfo latía - ¿Pero por qué iría a perder la memoria mi señor? – cuestionó, aunque esa pregunta también se la estaba haciendo él mismo. Había notado que ese dolor apareció al hacer memoria de aquella batalla en el Bosque Negro… y por lo que Faniel le contaba, eso quería decir que ese recuerdo recién había sido devuelto a su mente, dándole a entender que había sido borrado.

    A punto de responderle estaba, cuando una figura apareció en la entrada de la tienda.



    Capítulo Quince: Namárië

    La imagen que se presentó ante Lyanna le había dado la sensación de que su corazón dejaba de latir por varios segundos. Una elfa de cabellos tan negros como la misma noche estaba al lado de Legolas, con su mano posada sobre su pecho mientras él la miraba con extrema sorpresa. Ni bien sintieron la presencia de la Vala, ambos se separaron y se levantaron.

    Faniel conocía a Lyanna, y la Vala reconoció su rostro. La elfa le hizo una torpe reverencia, culpa de los nervios de haber sido atrapada en un momento inoportuno, que hasta podría malinterpretarse, con el príncipe del Bosque Negro. Legolas notó en los ojos de Lyanna confusión, aunque no estaba seguro si también dolor.

    - Lyanna… - empezó este, pero fue interrumpido por ella.

    - Faniel, sal de aquí – dijo la Valië, intentando controlar el dolor en su voz. Lyanna sentía como si en su garganta comenzara a crecer un nudo grueso que le obstruyera el paso del aire, y sus manos amenazaron con temblar de rabia. Faniel miró a Legolas, sin estar segura si debía dejarlo aún con aquel dolor. En ese momento, las antorchas en todo el campamento ardieron con más fuerza y las llamas se alzaron amenazantes, producto de la ira de la Vala - ¡Ahora! – demandó, haciendo que la elfa se apresurara hacia la salida. Legolas observó a Faniel correr ante la dura orden de Lyanna, y cuando esta desapareció, sus ojos se clavaron en la Vala que él tanto quería.

    - Eso no era necesario – intentó defender él, pero la mirada de Lyanna seguía siendo severa – Solo estaba ayudándome.

    - Sé que partirás hacia el Sendero de los Muertos – dijo ella, tomando por sorpresa al elfo. El ritmo cardíaco de Lyanna se normalizó, pero clavó su mirada en el suelo – Vine a despedirme – Legolas frunció el ceño al escucharla decir eso y caminó hasta ella.

    - ¿Despedirte? – cuando había pensado en acompañar a Aragorn, había contemplado que serían los cuatro quienes irían juntos.

    - El Folde Este no puede dejar a Rohan sin su ejército – explicó Lyanna, levantando la mirada hasta Legolas, que ahora su rostro estaba más cerca – Necesitamos esas seis mil lanzas – él entendió qué estaba tratando de decir.

    - Irás por ellos – adivinó. Lyanna asintió y tragó saliva.

    - Si no quieren atender el llamado de su rey, atenderán el mío – afirmó, y en sus ojos una llama de autoridad brilló. A Legolas aún le costaba asimilar las últimas palabras que le había dicho la Vala antes de dejar su tienda, pero no se podía resistir a la belleza y amor que le tenía. No podía pedirle que se fuera, ni evitar recibirla. Ni mucho menos ignorar una despedida – Odio tener que dejarlos antes de partir a la guerra – lamentó ella, cerrando sus ojos y tratando de alejar esa preocupación ante la incertidumbre de saber qué podría pasar – Quiero darte esto – dijo ella, sacando de por debajo de su armadura un relicario de mithril cuya luz era única y preciosa. Legolas jamás había visto un brillo tan reluciente como aquel mas que el de la luna y el sol. Pero aunque su brillo era inigualable, Legolas no sabía que en ese momento no resplandecía con tanta belleza como en días anteriores, pues debido a que el elfo no tenía memoria del amor de Lyanna y ahora su corazón estaba roto por el rechazo de la Vala, la magnitud de su brillo era menor – Esta es la Estrella de Náriël – dijo ella, en un hilo de voz, mientras depositaba su relicario sobre la palma de Legolas – Hecha de luz de luna y sol – el elfo comprendió la razón de su tan imponente resplandor – He depositado en ella parte de mi Llama también – Legolas la admiró, pero luego miró con confusión a Lyanna.

    - ¿Por qué me das esto? – preguntó. Lyanna tragó saliva.

    - Porque no importa qué, Legolas, yo te aprecio con todo mi corazón – Lyanna luchaba porque las lágrimas no se escaparan de sus ojos – Y lo único que quiero es que estés a salvo… que toda la Tierra Media esté a salvo – ella suspiró – Con ella puedo sentirte conmigo, he depositado una también en Aragorn y Gimli. Si algo sale mal y se encuentran en peligro, podré sentirlo. Con mi poder, intentaré acudir a su rescate… - ella le cerró la mano sobre el relicario – Eso hasta que nos volvamos a ver – pero Legolas la miró con ternura y sus labios formaron una sonrisa triste.

    - Esta podría ser la última vez que nos veamos – dijo él, en suaves susurros que sonaron como gritos en la mente de ambos. Lyanna sabía que era cierto, pues Legolas y los otros no llegaría a Minas Tirith por el norte, sino por el Anduin desde el sur. Si es que llegaban.

    - Tu cabeza duele – presintió Lyanna al mirar a través los ojos azules del dueño de su corazón. Legolas asintió.

    - Faniel sugiere que es porque he recuperado un recuerdo perdido – Lyanna tragó saliva, pues aquello era cierto – Pero no me explico cómo he podido perderlo en primer lugar – sin previo aviso, Lyanna se acercó a él y depositó en su mejilla un cálido y profundo beso, haciendo que los latidos de Legolas resonaran por toda su cabeza al mismo tiempo que se llevaban lejos su dolor. Ni bien Lyanna separó sus labios de su piel, el molesto dolor había desaparecido, y en el olvido habían caído los pensamientos de Legolas sobre cómo había podido perder su memoria.

    - Tal vez en cuerpo estemos lejos – dijo Lyanna, colocando su mano sobre la de Legolas en la que sostenía a Náriël – Pero en alma siempre hemos estado unidos – aunque el elfo no comprendía a qué se refería, no preguntó – Namárië - y Lyanna tampoco le había dado tiempo de hacerlo, pues al decir eso se dio media vuelta e hizo su camino hacia la salida.

    La Vala se refería a que en Náriël seguía viviendo parte de su alma y por ello Legolas podría sentirla cerca, pero también hablaba sobre la situación en la que ambos se encontraban, donde, debido a la vacía memoria del elfo para protegerlo de la ira de Sauron, debían vivir separados del mutuo amor que se tenían, aunque en el fondo ambos estuviesen hechos el uno para el otro.

    Legolas entonces corrió fuera de la tienda, encontrándose con Gimli caminando de un lado a otro. No reparó en lo que el enano le decía, pues lo único que quería hacer era encontrar a Lyanna y decirle de una vez por todas que no importaba si ella le correspondía o no, él la amaba. Ni cuenta se dio que el brillo de la estrella en su mano resplandecía con mayor fuerza.

    Se encontró a los hijos de lord Elrond en el camino. Elladan lo recibió en brazos.

    - ¡Ah! Legolas, ahí estás – de la emoción que lo invadía en ese momento, ni le sorprendió verlos ahí en Sagrario – Aragorn ya está preparando su caballo, así que partiremos en breve – pero Legolas no tenía tiempo que perder, si esa era la última vez que vería a Lyanna tenía que hacerle saber lo que sentía.

    - Sí, ¿han visto a Lyanna? – preguntó, un tanto apurado. Elladan entrecerró sus ojos, pero Elrohir le señaló en dirección a la bajada de la montaña.

    - Vi que se dirigía hacia los caballos – no pude decir más, pues Legolas volvió a avanzar sobre sus pies hasta el lugar que Elrohir le indicaba. Ambos hermanos se voltearon a ver extrañados, sin entender la prisa con la que buscaba a la Vala.

    Legolas caminó entre los cuerpos de los soldados que se atravesaban por su paso, buscando con la mirada a Lyanna. Aunque podía sentirla cerca, no lograba dar con ella. Llegó hasta los caballos y notó que el suyo, Roheryn, no estaba. Sin embargo, un relinchido llamó su atención. No era el caballo de Lyanna, sino uno al que no veía desde hacía varios meses.

    Asfaloth, el caballo de Glorfindel.

    Legolas se dio la vuelta y observó dos figuras detrás de una de las carpas, al borde del terreno en el que acampaban, con ambos caballos preparados para partir al lado de ellos. Ni bien identificó de quiénes se trataban, toda emoción que abrazaba su corazón se desvaneció, terminándose de romper.

    Glorfindel sostenía en sus manos el rostro de Lyanna, que a pocos centímetros de el de él se encontraba. El elfo tomó la mano de Lyanna y besó sus nudillos, y ella corrió a refugiarse con él en un abrazo.

    - Gracias por darme tu amor – escuchó decir a Lyanna.

    De pronto se sintió como si hubiera ingerido veneno. Legolas no sabía qué era estar enfermo, pero algo le decía que se debía sentirse justo como él lo hacía en ese momento. El aire le faltaba pues un nudo en su garganta lo asfixiaba. Su cabeza daba vueltas y el frío de esa noche ahora se le hacía imposible moverse.

    Se reprimió las lágrimas, pues ni siquiera tenía ánimos de dejarlas salir. No entendía por qué todo eso había pasado, no era la forma en la que quería despedirse de ella. Pero cuando volteó a ver al lugar donde había visto al Noldor y a la Valië, ya no los encontró ahí.

    Legolas se dio cuenta que podría ya no volver a ver a Lyanna de nuevo, pero su roto corazón le dijo que tal vez eso sería lo mejor.



    Capítulo Dieciséis: El Folde Este

    Destrozada en su interior, Lyanna salió de la tienda de Legolas con paso apresurado, dejando atrás a quien más amaba sobre la faz de Arda. Caminó en dirección a su caballo, encontrándose con Glorfindel y su leal corcel Asfaloth, quien al ver a la Vala relinchó de alegría.

    Lyanna le sonrió al caballo y acarició el lomo de este. Glorfindel se apresuró a alcanzarle a Roheryn, ya listo para partir. Sin embargo, el elfo notó una tristeza todavía más profunda en la Vala.

    - ¿Va todo bien? – le preguntó su amigo de dorados cabellos. Lyanna lo miró con ojos débiles, sin dejar de acariciar al caballo blanco.

    - Mis planes sí, mi cordura no – confesó ella, suspirando al decirlo – Me siento tentada de arriesgar nuestro destino con tal de besarlo una última vez – susurró, bajando su mirada hacia sus pies, inconsciente de la cercanía con la que Glorfindel ahora se encontraba. El elfo tomó el rostro de la Vala con sus manos, haciendo con los plata de ella se encontraran con los dorados de él. Una sonrisa cautivadora apareció en el rostro del Noldor, derritiendo el corazón de Lyanna al transmitirle calidez y confianza.

    - Recuerdo que te arriesgaste a hacerlo cuando decidiste terminar nuestra relación – le recordó él, haciendo que las mejillas de Lyanna se ruborizaran. La noche en que le había confesado al elfo que su corazón no había podido corresponderle, ella le pidió un último beso, para recordar el inmenso amor que Glorfindel le profesaba, queriendo probarle a su propio destino que si no era capaz de amarlo a él, tampoco a nadie más. Pues Lyanna estaba convencida de que tenía que ser él. Pero su destino, en efecto, no se había equivocado – Aunque los caminos de la vida sean inciertos, harma nîn (mi tesoro), si está destinado a ser, será. Sean días o siglos, Legolas volverá a ti como la primera vez que sus corazones se juntaron – le dijo, haciendo que de los ojos de Lyanna se escaparan un par de lágrimas. Ella tomó la mano del elfo y le depositó un beso en sus nudillos, solo para lanzarse sobre él y envolverlo en un fuerte abrazo.

    - Gracias por darme tu amor – dijo ella, aunque esas palabras confundieron a Glorfindel – Pues de él discerní entre uno que debe permanecer como amistad y uno que debe escalar a más – confesó. La sonrisa del elfo se amplió al escuchar eso. Lyanna ahora comprendía por qué había cambiado todo con Legolas en Lothlórien. Nunca había tenido una amistad tan fuerte como la que tenía con Legolas, y por eso pensaba que era mejor mantener su relación así. Pero Glorfindel le había enseñado que no era así. La amistad que tenía con el asesino de balrogs era la que tenía que mantenerse como tal, mientras que con Legolas tenía que dar el gran paso.

    Lyanna se separó del agarre de Glorfindel y le dedicó una honesta sonrisa, una auténtica. La esperanza en su corazón había regresado. Si bien Legolas y ella estaban destinados a estar separados por ese momento, aún tenían toda la eternidad para encontrar una manera de que su amor fuera más que un simple deseo.

    Sin embargo, la idea de que él jamás deseara partir a Valinor seguía aterrándola.

    Tanto Glorfindel como Lyanna subieron a sus caballos y se apresuraron a encaminarse hasta los dominios del Folde Este. Pocas horas faltaban para que los rayos del sol iluminaran el cielo. Ambos jinetes eran más rápidos que el resto, por lo que llegarían a su destino para cuando el sol estuviera en su punto más alto.

    Sobre el Sendero de los Muertos la emoción no era tan viva. Tanto Elladan como Elrohir podían presentir en Aragorn y Legolas un tormento profundo. Los gemelos adivinaron que el montaraz debía de estar así por la noticia de Arwen debilitada, pero no lograban descifrar la razón de la pena del Síndar.

    Sin embargo, Elladan no había parado de pensar sobre cuál sería la razón por la que Legolas había ido a buscar a Lyanna con tanta emoción, y regresado con tanto dolor. En el fondo, el hijo de Elrond lo sabía, pero le costaba aceptar que Legolas también quisiera ganarse el corazón de Lyanna, sabiendo que ellos dos eran bastante cercanos.

    Legolas le explicó a Gimli la historia de los muertos de Dunharrow mientras la luz de la madrugada les aclaraba un poco más el camino. Cabalgaban detrás de Aragorn, y delante de los gemelos. El camino hacia las cuevas no era largo, pero el que les esperaba hasta Pelargir, la costa en la que Elrond le había dicho a Aragorn que tendría que enfrentar los navíos, sí les tomaría poco más de un día.

    Al mismo tiempo que Lyanna y Glorfindel cabalgaban a toda velocidad hacia el Folde Este, y que Aragorn y compañía llegaban a la entrada que los muertos vigilaban, el ejército de Rohan encomendado a Minas Tirith comenzaba a partir a la guerra.

    Una joven doncella de cabellos dorados se apresuraba a esconder su fino rostro bajo un yelmo Rohirrim y disimular su delgado cuerpo tras una armadura de guerra. Éowyn había sufrido la más dolorosa experiencia al haber sido rechazada del amor de Aragorn. Por muchos años ya había lidiado con demasiada tristeza, y ahora eso solo había sido la última gota en un vaso que ya llevaba ratos derramándose. No tenía razones para quedarse, pero sí sentía mucha ira y dolor, y sabía que esa furia era digna de un soldado que solo deseaba liberarse de tanta desdicha.

    Tres caminos se habían creado desde Sagrario, todos con un mismo destino: la guerra.

    Asfaloth era el caballo más rápido que Lyanna había conocido, y gracias a su poder pudo hacer que Roheryn le alcanzara el paso sin cansarse. Ni ella ni Glorfindel se detuvieron en ningún momento, pues urgía que llegaran cuanto antes a los dominios del Folde Este. Lyanna no pudo evitar pensar que, para el momento en que llegaran a su destino, sus demás compañeros ya habrían tenido que atravesar las cuevas de los muertos.

    Un par de casas de madera, granjas y establos se hicieron presente ante sus ojos. Varios ciudadanos que caminaban entre las tierras observaron a la Valië y al Noldor. Se preguntaban qué harían forasteros en sus tierras, vestidos con finas armaduras de guerra. Aunque pensaron que Lyanna no era más que una mujer mensajera de Edoras, sí les sorprendió que vistiera como un soldado, pues era bien sabido que las mujeres de Rohan no prestaban servicios en combate. Pero más extraño les pareció ver que estaba acompañada de un elfo.

    Entre más avanzaban, más casas se veían. Ya habían llegado al centro del pueblo, donde varias herrerías, granjas, hogares, posadas y mercados podían observarse. Avanzaban con paso lento entre el mar de cuerpos que se atravesaban frente a ellos. A lo lejos, en una colina, Lyanna divisó la casa del mariscal del Folde Este.

    - Bien, ¿cuál es el plan? – preguntó Glorfindel cuando llegaron a las faldas de la colina. Dejaron a los caballos con uno de los guardias, quien los llevó a que bebieran un poco de agua. Lyanna alzó la vista hasta la entrada de la casa, adornada con dos grandes puertas de madera y detalles de caballos en rojo.

    - Fácil. Yo hablo, ellos escuchan – dijo, comenzando a subir las gradas. Glorfindel fue tras ella, esbozando una sonrisa divertida. Al llegar a la entrada, uno de los guardias personales del mariscal los recibió.

    - Buen día, bella dama – dijo este, interponiéndose en el camino de ambos guerreros – mi señor – a Glorfindel sí le hizo una reverencia, mas a Lyanna la miró con confusión – Ambos portan armaduras de guerra, algo me dice que han sido enviados por el rey Théoden – lamentó él, como si ya no quisiera lidiar con asuntos que incumbieran el llamado del rey.

    - Estoy aquí para que el Folde Este cumpla su palabra para con el rey – dijo Lyanna, con voz dura y mirando con autoridad al soldado, quien se sintió ofendido porque una mujer le hablara en aquel tono. Sin embargo, lo desconcertaba verla vistiendo la armadura del príncipe Théodred.

    - ¿Por qué habría de mandar el rey a una mujer que poco conoce de la magnitud de presenciar una batalla? – cuestionó. Glorfindel, inconscientemente, llevó su mano al mango de su espada conforme el guardia se acercaba a Lyanna y la miraba de pies a cabeza. Lyanna arqueó sus cejas, desafiante – El mariscal ya le ha explicado a Gamling las razones que tiene para quedarse, ¿qué te hace pensar que querrá escuchar lo que una muchacha tiene para decir? – pero entonces se cortó, porque Lyanna había empezado a tomar su forma natural de Vala. Glorfindel retrocedió, sorprendido por el repentino cambio de forma de Lyanna. El guardia la miró con terror, pues la mujer que tenía en frente se había convertido en un espíritu inmenso y aterrador. Podía verla, pero al mismo tiempo no. De sus ojos salía una potente luz blanca, aunque mirarla directamente le quemaba su visión.

    Lyanna no esperó el permiso de nadie para abrir las puertas de la casa y hacer su camino hacia la sala principal, donde varias doncellas y caballeros soltaron un grito al ver la terrible figura que avanzaba por el lugar. Al escuchar el escándalo, el mariscal del Folde Este, Erkenbrand, salió de su estudio, seguido por sus consejeros. Pero sus rostros pronto se tornaron de horror ni bien observaron la siniestra presencia de la Vala. Y aunque atemorizaba a cualquiera, nadie podía ignorar la divinidad con la que se pronunciaba.

    - Por los Valar… - susurró Erkenbrand, perplejo y lleno de temor de que aquel ser estuviera ahí para desatar su ira contra ellos - ¿quién eres? – dijo con dificultad, mientras se arrodillaba con cautela y alzaba sus manos, esperando que el espíritu no les hiciera daño.

    Lyanna miró cómo todos dentro del salón imitaban la acción del mariscal, incluyendo el guardia que los había recibido en la entrada. La situación había hecho que una amplia sonrisa de ironía se formara en el rostro de Glorfindel.

    La Vala retornó a su cuerpo físico mientras avanzaba hasta quedar frente a Erkenbrand, quien no podía creerse que aquel terrible y divino ser tuviera ahora la imagen de una simple, pero preciosa, mujer. Glorfindel avanzó por la sala, y así como Lyanna, su presencia era percibida por cualquiera.

    - Mi nombre es Valyanna, hija de Aüle y Yavanna. Portadora del fuego de los Valar y dotada con el poder de cada uno de ellos – la piel de los presentes se erizó al escuchar eso. Erkenbrand tenía frente a él a uno de los Valar – Estoy aquí para que acudan a su deber.


    Capítulo Diecisiete: Capitana

    A Legolas le reconfortaba tener a dos de su raza con él, pero sabía que a Gimli le seguía incomodando. Sin embargo, se había quedado con el enano por si a alguno de los gemelos se le ocurría molestarlo. Llevaban un buen rato caminando en la oscuridad de las cuevas, y tanto él como los hermanos presentían la siniestra esencia de los muertos que ahí habitaban.

    Gimli perdió a Legolas de su vista por un segundo, y al escuchar un susurró en el aire todos sus pelos se pusieron de punta que no pudo evitar gritar el nombre del elfo para que regresara a su lado. Legolas escuchó a Gimli y regresó, pero la oscuridad del lugar le impedía encontrarlo.

    - ¡Aragorn, daro! (detente) – exclamó Legolas. Elladan, Elrohir y Aragorn se voltearon hacia la voz de él, que se escuchaba varios pasos atrás. Aragorn caminó con antorcha en mano hasta su encuentro – Creo que Gimli se perdió – escuchó que los gemelos resoplaban.

    - ¡Vaya enano! – exclamó Elrohir, obteniendo una mirada fulminante por parte de Legolas. Aragorn también lo miró mal.

    - Iré contigo a buscarlo – dijo el montaraz, pero Elladan, que había estado pensando cómo hablar con Legolas acerca de Lyanna, vio la oportunidad y se adelantó.

    - Si los muertos se aparecen antes de tiempo, será mejor que encaren al descendiente de Elendil de una vez. Quédate con Elrohir, yo acompañaré a Legolas – sugirió. El Síndar distinguió en sus palabras cierta ironía, pero no pudo identificar por qué. Aragorn asintió y les entregó la antorcha.

    - No tarden – les dijo. Legolas tomó la vara y se encaminó de regreso, pensando en los túneles que habían pasado en los que Gimli pudo haberse perdido. Pero no ignoraba la curiosa mirada que sentía en su cuello por parte del nieto de Galadriel. Rápido distinguió que Elladan tenía un propósito para acompañarlo, así que no se anduvo con más rodeos.

    - ¿Sobre qué quieres hablar? – preguntó, volteándose hacia el medio elfo. Elladan entrecerró sus ojos, pensando bien las palabras que quería decirle sin que se malinterpretaran.

    - Puedo sentir la presencia de Lyanna en ti – inquirió, observando fijamente la reacción del Síndar. Pero Legolas era hábil para mantener su semblante inexpresivo si así se obligaba - ¿por qué?

    - Debe ser por la Llama… - pero Elladan lo interrumpió.

    - Sé que Aragorn también la porta, y sin embargo sobre él no presiento a Lyanna – Legolas frunció el ceño, pues no sabía que el montaraz también llevaba la Llama de Lyanna. Sin embargo, un fugaz recuerdo apareció en su mente, cosa que lo hizo marearse al ver todo a su alrededor dar vueltas. Su cabeza volvió a doler al recordarlo: Lyanna sacando del pecho su Llama y colocándosela a Aragorn y a Gimli, al lado de una fogata y bajo el esplendor de las estrellas. ¿Pero cuándo había sucedido eso? – Tu cabeza… - mencionó Elladan, extrañado de presentir el dolor del Síndar. Legolas lo miró – Eso no es normal – dijo, con sus cejas fruncidas.

    - Sí, ya lo sé – contestó abrumado, llevando sus dedos a su sien. Cerró sus ojos e intentó alejar el dolor de su cabeza. Elladan lo miraba con terrible confusión, que un elfo sufriera de dolores repentinos no le daba buena espina – Te parecerá extraño, pero creo que he perdido de mi mente algunos recuerdos – explicó, sintiendo el dolor irse de a poco – Aunque no me explico cómo – Elladan frunció aún más el ceño, sabiendo que existía solo un ser capaz de provocar la pérdida de memoria. Pero eso solo dejaba más cabos sueltos a las sospechas que tenía.

    - Legolas… - lo llamó curioso. Las miradas de ambos se encontraron - ¿Cuál es tu relación con Lyanna? – cuestionó sin titubeos. Aunque el rostro de Legolas luchaba por mantenerse serio, su corazón comenzó a latir con rapidez. Las últimas imágenes de la Vala aún le destrozaban el corazón, al escucharla decirle a Glorfindel lo agradecida que estaba por el amor que él podría darle si no lo hubiera rechazado – Sé que Lyanna te considera su más grande amigo… pero dime, ¿qué recuerdas sobre ella? – Legolas hizo memoria de su tiempo con la Vala en el Bosque Negro. Pero desde el primer encuentro que había tenido con ella no recordaba casi nada a la perfección. Únicamente fragmentos incompletos de conversaciones y momentos compartidos. Sin embargo, entre más se esforzaba por recordar, rápidas imágenes aparecían con un fugaz dolor que se desvanecía junto con las memorias. Legolas pensó, entonces, que cómo era posible que la quisiera tanto si apenas recordaba algo de ella que lo cautivara, además de su natural belleza. No entendía el profundo amor que le tenía si no recordaba la mayoría de sus momentos. ¿Cómo podría estar enamorado de alguien a quien apenas creía conocer? Únicamente las imágenes de los últimos días eran claras como el día. Recordaba cada momento y conversación que había tenido con ella. Y aunque sabía que Lyanna siempre había sido cercana con él, ¿por qué no recordaba esos momentos?

    - Por Eru… - susurró Legolas, al comenzar a poner las piezas en su lugar. Pronto se dio cuenta de lo buena memoria que tenía de todo lo que había vivido, menos de Lyanna. Y aunque en su mente no lo recordaba, en su corazón sabía que los momentos con la Vala sí habían existido. ¿Pero qué había vivido con ella? ¿Por qué habría perdido sus recuerdos en primer lugar? – Casi no recuerdo nada – la expresión confusa de Elladan se desvaneció al escuchar a Legolas confirmar sus sospechas. Lyanna le había borrado toda memoria a Legolas sobre ella. Y aunque no podía hacerse idea alguna de por qué, se limitó a reprimir su sonrisa y olvidarse de la conversación que deseaba tener con Legolas sobre ella, pues pensaba que entre el Síndar y la Valië había surgido el romance que él estaba dispuesto a recuperar. Entendía que grande debía de ser la razón por la cual Lyanna borrara los recuerdos sobre ella de Legolas, pues bien sabía por la Vala que era un poder que nunca había querido usar. Y aunque poco a poco Legolas recuperara esas memorias, para Elladan era tiempo suficiente para demostrarle a Lyanna que él era digno de su corazón.

    - Sin duda mis asuntos pueden esperar, Legolas, pero me temo que el enano no. Démonos prisa, mejor, antes de que mi hermano comience a preocuparse – invitó, avanzando hacia uno de los túneles que tenían en frente.


    Por otro lado, el ejército que había partido de Sagrario ya llevaba todo el día cabalgando por las tierras de Rohan. La noche anterior, lord Elrond le había dicho a Théoden que, mientras hablaban en aquel momento, Lyanna se estaba preparando para ir a buscar a los hombres del Folde Este, por lo que estaba convencido de que ante ella sí responderían. Sin embargo, ya habían atravesado las fronteras del Folde Este, pero en su camino no se cruzaron con los otros guerreros faltantes. Iban tarde al socorro de Minas Tirith, y sin parar habían cabalgado hasta los límites del bosque de Firien. Ahí se dispusieron a descansar, pues aún les faltaban dos días más de camino.

    Las tiendas que se habían montado eran menos cargadas que las de Sagrario, pues ahora tenían que viajar únicamente con lo necesario. El coraje aún se mantenía vivo dentro de los corazones de los guerreros Rohirrim, entusiasmados de enfrentar las filas de Mordor, aunque la mayoría no tenía idea de qué tan grande era el ejército que iban a enfrentar.


    Lyanna admiraba con total orgullo los estandartes alzados por los miles de hombres que gritaban al unísono con entusiasmo, todos montados sobre sus caballos y vestidos para la guerra. Aunque ya había pasado un día desde su llegada e iban con retraso para alcanzar a los demás Rohirrim, aún estaban a tiempo de encontrarlos si se daban prisa.

    Erkenbrand se volteó sobre su caballo hacia Lyanna, que lo miraba desde el frente del ejército.

    - Capitana – y la invitó a que diera la orden de partida. Lyanna volteó a ver a Glorfindel, que le sonreía con complicidad. Lyanna volteó su caballo y empezó a marchar con seis mil soldados a sus espaldas. Un sentimiento de euforia corrió por sus venas, mientras la Llama en su interior se agitaba con excitación al darse que cuenta que los primeros pasos de su destino final habían comenzado.



    Capítulo Dieciocho: Ghân-buri-Ghân

    La siguiente noche, las tropas que acompañaban a Théoden llegaron a los lindes del Bosque Drúadan, donde descansarían una última noche antes de llegar por fin a Minas Tirith. Aquella emoción y espíritu de guerra que había viajado con los guerreros comenzaba a extinguirse. Muchos sabían que esa sería posiblemente su última noche.

    Éowyn y Merry se mantenían alejados de los demás, intentando ser ignorados por el resto. La sobrina del rey se hacía llamar Dernhelm cuando necesitaba interactuar con los demás, aunque pocas eran esas veces.

    La noche era silenciosa y las estrellas se ocultaban tras nubes que se alzaban sobre el campamento. Algunos creyeron que era un mal augurio, y otros comenzaron a sospechar de que se trataba del poder de Sauron queriendo alejar la esperanza de los corazones de los hombres. El rey Théoden repasaba por última vez la embestida con la que cargarían a los ejércitos de Mordor junto a Éomer y Gamling. Se encontraban en medio de un claro en el bosque cuando de entre los árboles parecieron un par de criaturas de aspecto demasiado peculiar.

    Parecían hombres, con largas y enredadas barbas. Sus piernas eran cortas, sus torsos descubiertos y muy gordos, al igual que sus brazos. Y su única prenda consistía en un par de hojas atadas a su cintura. Éomer y Gamling alistaron sus espadas, a lo que los extraños hombrecitos reaccionaron con terror. Sin embargo, Théoden bajó sus brazos, haciendo que guardaran las armas. Uno de los hombres se acerco con cautela. Llevaba una gruesa rama de árbol como bastón. Subió a una de las rocas para quedar a la misma altura del rey Théoden, a quien hizo una muy educada reverencia.

    - ¡Saludos, rey Théoden de La Marca! – dijo, en una voz bastante carrasposa y ni grave ni aguda – Mi nombre es Ghân-buri-Ghân, jefe de la tribu de los Drúedain del Bosque de Drúadan – de pronto carcajeó mientras se sostenía la barriga con su mano. Su risa era escandalosa, pero era auténticamente graciosa. Aunque no había dicho nada divertido, reír era un rasgo que caracterizaba a aquel pueblo. El rey Théoden lo miró con curiosidad.

    - ¡Drúedain! No sabía que aún quedaban en la Tierra Media – Ghân-buri-Ghân volvió a reír.

    - Muy pocos somos los que quedamos, gran rey – elogió el pequeño hombre. Éomer frunció el ceño.

    - ¿Qué los trae a presentarse ante el rey? – inquirió que alguna razón existía y que aquel no era un encuentro casual. Ghân-buri-Ghân lo miró, con sus cejas bien alzadas.

    - ¡Noticias traemos! – exclamó, dando un salto – Días atrás, en un sueño, los vi durmiendo en las fronteras de nuestro querido hogar. ¡Seis mil hombres conté! ¿Por qué habrían de viajar tantos por estos rumbos? Me pregunté. ¡Oh, la guerra! Me respondí. ¡Marchan a la guerra!

    - Así es, buen hombre – dijo Éomer, soltando el mango de su espada, que había vuelto a enfundar en su cinturón – Nos dirigimos a Minas Tirith – Ghân-buri-Ghân carcajeó.

    - Para eso hemos acudido a su encuentro – dijo, aún riendo - ¡Porque los orcos bloquean el paso! – las miradas de sorpresa no tardaron en aparecer en los rostros de los Rohirrim - ¡Sí! ¡Muchos orcos! Pero no hay por qué preocuparse. Un camino secreto existe – con el bastón señaló al interior de los bosques - ¡Un sendero por las montañas! – Éomer se cruzó de brazos.

    - ¿Y cómo podemos saber si es cierto lo que dices? Bien podría ser una trampa que solo nos lleve a nuestra propia perdición – le sugirió este a su tío, que analizaba las palabras de ambos señores con cautela. El pequeño hombre gruñó.

    - ¡Drûchu! – llamó a alguien Ghân. Uno de los hombrecitos alrededor de ellos se acercó, cargando una bolsa hecha con cabellos de ellos mismos. Al sacar el contenido, se trataba de una cabeza de un oriental – Entiendo sus preocupaciones y la desconfianza que puedan tener sobre nuestras intenciones, pero no tienen tiempo que perder. Si se enfrentan al ejército que los espera, no llegarán a tiempo al socorro de la Ciudad Blanca. Y si envían a un mensajero a averiguarlo tendrán que esperar más de medio día para tener la noticia – Théoden sabía que en eso tenía razón – Nosotros los Drúedain jamás hemos servido al mal. ¡A los orcos aborrecemos! Del lado de los hombres, nuestra raza, nos mantenemos, aunque ellos nos acosen como a animales – recordó, pues por su apariencia podían ser confundidos como enemigos – Pero la decisión queda sobre sus manos, rey Théoden – dijo este, señalando al hombre. Éomer volteó a ver a su tío, que parecía que lo meditaba.

    - Maese Ghân tiene razón – dijo el rey – No contamos con el tiempo ni para uno ni lo otro – admitió. Tras un largo suspiró, Théoden asintió - ¿Hacia dónde lleva el sendero? – preguntó.

    - ¡Hasta Amon Dîn, mi señor! – exclamó con emoción – Y al atravesar el Bosque Gris llegará hasta su destino, el Pelennor – sugirió Ghân. Théoden dudaba mucho de que el clan Drúedain fuera a hacerles daño alguno, pero no pudo evitar advertirles si sucedía lo contrario.

    - Maese Ghân, nos guiará por el camino secreto hasta la batalla. Pero le recuerdo que nos acompañan seis mil guerreros Rohirrim con vasta preparación y sentido de guerra. Además de refuerzos que nos siguen más atrás acompañados de un ser al que no podrán enfrentarse ni con una legión de sus hombres – recordó el rey. Éomer frunció el ceño, acordándose de aquel ejército del Folde Este – Pero si su palabra resulta ser cierta, el favor del rey y de los Valar les recompensará como es debido – lo incentivó, haciendo que el pequeño hombre sonriera de alegría.

    - ¡Que ese momento llegue pronto! – aplaudió Ghân. Éomer, entonces, habló.

    - Pero si partimos ahora, ¿quién le avisará a Lyanna y a Erkenbrand sobre las tropas de orcos? – cuestionó, haciendo que el rey lo mirara.

    - Me temo que ambos tendremos que dejar a uno de los nuestros atrás para avisarle a nuestros aliados sobre la emboscada que pueden sufrir, maese Ghân – le dijo Théoden al hombrecito, quien se frotó la barbilla mientras pensaba.

    - Tendré que ser yo, pues soy quien responde por mi pueblo – dijo este, mirando a su gente – Ellos los guiarán a través de las montañas, yo me quedaré a esperar a sus refuerzos – Théoden hizo un asentimiento de cabeza para agradecerle aquello – El camino los retrasará un poco, pero no perderán a nadie en sus filas – comentó – Partirán al alba – ordenó Ghân a su gente. Se volvió hacia el rey, que lo miraba con una sonrisa.

    - Dentro de los refuerzos viaja uno de los altos seres de este mundo – dijo Théoden – Que tu encuentro con ella les traiga de su gracia – Ghân frunció el ceño al escuchar que se refería a un ser femenino, pero no pudo comentarle nada al respecto porque una rápida imagen atravesó su mente como un rayo en el cielo. El corazón de Ghân se entristeció cuando sus ojos enfocaron de nuevo al rey.

    - Mejor que esta los proteja en batalla – fue lo único que le dijo.


    Para el mediodía, Ghân-buri-Ghân y Aldor, uno de los jinetes de la corte del rey, observaron a lo lejos la llegada de miles de soldados del Folde Este, liderados por tres figuras al frente. Un hombre, un elfo y una mujer. Cabalgaban a gran velocidad, pero al ver a Aldor atravesarse desde lo lejos, Lyanna comenzó a reducir su velocidad, extrañada porque uno de los soldados de Théoden estuviera ahí, sin el resto. Pero más extraño le pareció la criatura que lo acompañaba, pues no reconocía de qué ser se trataba, aunque podía sentir la mortalidad de su carne.

    - ¡Aldor! – exclamó Erkenbrand al reconocerlo - ¿Quién es este curioso hombre?

    - ¿Dónde está el rey? – preguntó Lyanna, preocupada por obtener una respuesta desagradable. Aldor miró al hombrecito, pero este habló por sí mismo.

    - ¡Saludos, gente grande! – dijo con ánimos y sonriendo – Soy Ghân-buri-Ghân, líder de los Drúadan del Bosque de Drúedain – Lyanna y Glorfindel se voltearon a ver, sin creerse que estaban viendo a uno frente a ellos – Esta madrugada acudí hasta el campamento de los Rohirrim para advertirles del ejército de orcos que bloquea el paso más adelante. Los he llevado por un sendero oculto.

    - Mi señor ha confiado en la palabra de este buen hombre – defendió Aldor – Y se ha ofrecido él mismo para quedarse atrás y advertirles a ustedes de la emboscada que podrían haber sufrido – Erkenbrand y Glorfindel voltearon a ver a Lyanna, quien meditaba sobre las palabras del pequeño hombre. Ella lo miró desde su caballo, con mirada atemorizante.

    - Ghân-buri-Ghân, mi nombre es Valyanna, hija de los Valar. Poseo el don de discernir la mentira – Ghân arqueó sus cejas, impresionado porque aquella bella criatura que lo observaba en aquel momento era de la que Théoden le había hablado. Su rostro maravillado le impedía darse cuenta de que de hacerla enojar, su ira sería terrible – Así que dígame, ¿es verdad lo que dice? ¿son sus intenciones las de ayudar?

    - Así es, mi lady – dijo este, haciéndole una perfecta reverencia a la Valië, quien no notó mentira en sus palabras. Pero Lyanna comenzó a pensar en algo más.

    - Entonces tenemos que tomar otro camino – sugirió Erkenbrand al pensar que la hueste de orcos los retrasaría. Glorfindel miró a Lyanna y adivinó que ella no pensaba así.

    - ¿Cuál es tu decisión? – le preguntó el elfo dorado. Lyanna lo miró.

    - Si dejamos libre a estas tropas corremos el riesgo que regresen y nos acorralen.

    - Si vamos y los enfrentamos sufriremos pérdidas – argumentó Erkenbrand – y llegaremos tarde al auxilio de Gondor – pero la sonrisa de Lyanna prevaleció.

    - ¿De cuántos hombres está hablando? – le preguntó al pequeño hombre la Vala. Este frotó su barbilla, intentando hacer sus cálculos.

    - No más de la mitad de ustedes – dijo – su función es retrasarlos, no necesariamente aniquilarlos – Lyanna asintió y se volteó hacia el mariscal del Folde Este.

    - Si no los derrotamos, regresarán y nos rodearán de ambos frentes. Si lo hacemos rápido, podremos alcanzar al rey ni bien lleguen a los campos del Pelennor, pues el camino secreto seguro que igual los retrasará un poco – Ghân asintió, confirmando eso – Bien, entonces no se diga más – el rostro de Erkenbrand fue de resignación, pero Lyanna lo miró con diversión – Usted ha clamado a los Valar por su protección, mariscal – le recordó ella – Pero se le olvida que una de ellos marcha en sus filas – y volteó a ver al frente – Así que no hay nada qué temer.



    Capítulo Diecinueve: Un Corazón Herido

    Desde que habían encontrado a Gimli, este se había mantenido delante de Legolas por orden de él para no perderlo de nuevo de vista. Habían llegado al encuentro de los muertos de Dunharrow, quienes al encontrar la oportunidad de cumplir de una vez su juramento y encontrar el descanso eterno, accedieron a luchar contra los navíos de Umbar.

    Elladan y Elrohir iban más al frente, despejando el camino y atentos ante cualquier amenaza. Aragorn marchaba de último, asegurándose que el ejército de muertos no se echara hacia atrás. Gimli y Legolas iban frente a estos, siguiéndole el paso a los gemelos de Rivendel.

    Legolas se la había pasado bastante callado desde que habían salido de las cuevas de los muertos. Llevaban ya un día caminando por las Montañas Blancas en dirección a Pelargir para encontrarse con los barcos enemigos, y el elfo no había emitido palabra alguna. Había estado encerrado en sus pensamientos tratando de recordar algo más de su pasado con Lyanna. Breves imágenes se presentaban en su mente, borrosas e incompletas. Ya había aprendido a lidiar con el ligero dolor que le causaba recuperar esas memorias, pero comenzaba a desesperarse por no saber qué significaba haberlas perdido.

    Cuando cayó la noche, Aragorn tuvo que pedir que se detuvieran a descansar, pues tanto él como Gimli lo necesitaban, y no podían llegar al combate con fatiga. Aunque solo lo harían por pocas horas, pues sabían la urgencia con la que tenían que llegar a interceptar los navíos. Legolas, Elladan y Elrohir hicieron la guardia esa y la noche siguiente, atentos de que los muertos no los abandonaran.

    En el tercer día llegaron a Tumladen, en las tierras de Lebennin, donde pocas horas les faltaban ya para enfrentarse a los corsarios de Umbar. Gimli ya no soportaba el silencio del elfo, así que decidió preguntarle qué lo tenía tan agobiado.

    - ¿Olvidaste cómo hablar o qué es lo que te pasa? – resopló el enano, sacando a Legolas de sus pensamientos y obligándolo a mirarlo. El elfo apretó sus labios.

    - Lo que he olvidado no es eso, Gimli – le confesó, volviendo su vista al frente. Un prado verde se divisó a lo lejos, un campo abierto y un par de edificaciones. Legolas se preguntó si irían a encontrar más enemigos cuando bajaran de las montañas – Te seré honesto – dijo, bajando su mirada y tomando aire para decirle todo al enano – Yo… creo. Creo que estoy enamorado de Lyanna – Gimli volteó a verlo con sorpresa y temor, pues era algo que ya todos sabían desde hacía tiempo. Pero le comenzó a preocupar que el elfo comenzara a hablar de algo que no recordaba, pero que él sí supiera – El problema es que no sé por qué – Gimli frunció el ceño – Se supone que si amas a alguien es porque hay algo en esa persona que te ha conquistado. Pero yo no recuerdo haber compartido con Lyanna ningún momento íntimo. A decir verdad, para un período de mil años… recuerdo muy pocos momentos con ella… - la mirada de Legolas estaba perdida – Entonces no tiene sentido que la quiera tanto.

    - Bueno, Lyanna es definitivamente el ser más hermoso de este mundo – intentó excusar Gimli, pero Legolas lo miró.

    - Sí, pero este tipo de amor no se ha desarrollado por su mera belleza – cuestionó el elfo – Además, Faniel me dijo que los dolores que me estaban atormentando podían deberse a recuerdos perdidos de la mente, pero guardados en el corazón, que comenzaban a regresar – Gimli recordó lo que Lyanna les había dicho aquella noche en su tienda, que Legolas atesoraba los momentos con la Vala en su corazón y pronto volverían por completo – Y Elladan me hizo intentar recordar los momentos con Lyanna y me di cuenta que no podía hacerlo, no los podía recordar – en el rostro de Legolas se veía preocupación y tristeza. Gimli no pudo hacer más que conmoverse. Sí quería ayudarlo a salir de aquella tortura, pero sabía que no debía hacerlo – Algo me dice que fui privado de los mejores recuerdos que puedo tener sobre alguien – lamentó Legolas – Puesto que este sentimiento no es nada leve. Me está consumiendo, Gimli. La tristeza de no poder recordar lo que me hizo amarla tanto… y que ahora ella esté con alguien más… - Gimli frunció el ceño, confundido por eso último.

    - ¿De qué hablas? – preguntó. Legolas lo miró, cabizbajo.

    - Antes de que partiéramos de Sagrario… estuve a punto de besarla – los ojos del enano se expandieron de par en par – Pero ella lo impidió y me dejó claro que no podía hacerlo. Comprendí porqué minutos después, ya que estaba decidido a declararle mis sentimientos, esperando que comprendiera la magnitud de estos. Pero la encontré con Glorfindel… agradeciéndole por entregarle su amor – Gimli estaba confundido, pues Lyanna nunca había mencionado estar enamorada de alguien más. Y considerando que no podía mentir, podía entender el malentendido en el que Legolas había caído. Todo aquel secreto se estaba volviendo bastante complicado, y Gimli comenzó a dudar de que Legolas fuera a perdonar a Lyanna cuando se enterara de todo lo que había provocado su plan de protegerlo.

    - Pero eso pudo ser porque ellos dos tuvieron una relación hace tiempo, ¿no? – recordó Gimli, tratando de animar al elfo sin darle pista alguna de lo que no debía saber aún. Legolas juntó sus cejas – Pero, como te digo, fue hace tiempo.

    - ¿Cómo sabes eso? – preguntó Legolas. Gimli estaba a punto de decirle que él se lo había contado, pero pronto adivinó que si no lo recordaba era probablemente porque Lyanna se lo había dicho. Si no recordaba esa conversación con ella, seguro que tampoco la que había tenido con el enano.

    - Aragorn me lo dijo – mintió, sintiéndose mal por hacerlo – Estoy seguro de que Lyanna no siente nada por ese elfo, Legolas – dijo Gimli, haciendo que este le dedicara una sonrisa.

    - Será mejor que deje estas preocupaciones para después – dijo, señalando al frente, donde Elladan y Elrohir caminaban de regreso hacia ellos, acompañados de un hombre con aspecto parecido al de Aragorn. Legolas identificó que se trataba de uno de los Dúnedain, los hombres de Aragorn. ¿Qué harían por esos rumbos?


    Lyanna formó a los hombres detrás de ella y, a su orden, atacaron al ejército que estaba ahí para emboscarlos. Con Ringil en mano, usó su poder para destruir las lanzas que los orcos sostenían frente a ellos. Al ver que la primera línea se encontraba desarmada, los orcos procedieron a lanzar sus flechas. Pero nuevamente, el poder de Lyanna las destruyó todas. La mitad de los orcos ahora solo contaba con cuchillos y navajas que claramente no los ayudarían a enfrentarse a aquel ejército que les caería pronto, así que comenzaron a huir del lugar. Sin embargo, los caballos, por orden de Lyanna, corrieron con mayor velocidad hasta alcanzar a sus objetivos.

    El ejército de Sauron fue masacrado por los hombres del Folde Este, liderados por la Vala que les daba la esperanza necesaria para hacerle frente a cualquier destino. Ningún hombre cayó contra el enemigo. Por el momento.

    Se detuvieron a acampar por última vez. Tanto los hombres de Erkenbrand como de Théoden llevaban ya un día de retraso. Pero por la decisión de Lyanna, podrían alcanzar a los demás al mismo tiempo, reencontrándose en los campos del Pelennor en las afuera de Minas Tirith.

    Lyanna dio la orden de descanso, avisando que sería la más corta por el tiempo que no podían seguir perdiendo. Caminó a su carpa y se lanzó al suelo, cerrando sus ojos y concentrándose en su propia respiración.

    Y pensó en Legolas. Gracias a su Llama podía presentir que él y Aragorn y Gimli se encontraban bien. Para esas alturas, ya tendrían que haber salido de las montañas y estar cerca de las costas de Gondor. Desconocía si al final habían logrado reclutar el ejército de muertos, y le preocupaba que en un par de horas se enterara de que no al sentir la Llama de alguno desvanecerse o debilitarse.

    No estaba segura si podría acudir a su auxilio si lo fueran a necesitar, pues ella también tenía que acudir al combate, y usar su poder para salvarlos la debilitaría tanto que ya no podría servir como guerrera.

    Sacudió su cabeza, alejando cualquier preocupación que tuviera, y se dispuso a entrar en el mundo de los sueños. Esa sería la última vez que lo haría hasta que todo aquello terminara…


    Lyanna sonrió, sabiendo que su plan había funcionado.

    Al abrir sus ojos, se encontró con Sauron, quien la miraba divertido desde la distancia. Como era usual, a su alrededor no había nada. Él no podía saber dónde estaba ella, ni ella dónde estaba él.

    - Veo que tienes tu estrella de vuelta – Lyanna recordó rápidamente aquel día, cuando, mientras besaba al amor de su vida, le quitaba todo recuerdo de ambos. Recordó haber rechazado su beso, y encontrarlo tan cerca de Faniel… haciéndole saber que, si no la recordaba nunca, él podría buscar aquel amor en alguien más. El corazón de Lyanna volvió a sentirse triste, pero eso estaba bien, porque necesitaba que Sauron lo percibiera – Y en tu corazón habita un profundo dolor – comentó el Maia con curiosidad. Lyanna lo miró, desafiante.

    - Algún día no será así – Lyanna esperaba que Sauron no la obligara a contarle qué había pasado, pues se vería incapaz de mentir. Sauron la miró con ternura al darse cuenta de que la luz de Náriël se había extinguido. Al ver que este posaba su mirada en el relicario, Lyanna lo guardó bajo su armadura

    - Es una pena – le dijo Sauron – Deberías de comenzar a entender que no hay nadie que vaya a amarte como lo hago yo – Lyanna rio, divertida.

    - Acabamos con tus tropas ocultas – le hizo saber Lyanna, a lo que Sauron la miró intentando mantener su postura – Y seguiremos acabando con ellas – pero el Maia sonrió.

    - Bien – le dijo este – No veo la hora en que vuelvas a estar junto a mí – a punto estaba de tocarle su mejilla cuando Lyanna se obligó a romper la conexión.



    Capítulo Veinte: Muerte

    Al mismo tiempo que el ejército de los muertos atacaba los navíos de los esterlinos, los hombres que viajaban por el camino secreto de las montañas salían de Amon Dîn y atravesaban el Bosque Gris. A su vez, las tropas que Lyanna dirigía volvían a encaminarse a Minas Tirith. Los tres grupos planeaban llegar a la capital de Gondor en un par de horas más, poco después de que el sol comenzara a salir.

    Aragorn, Gimli y los tres elfos esperaron a la orilla de la costa a que los muertos acabaran sin problema con los hombres de Umbar. Detrás de ellos aguardaban también treinta montaraces del norte, los hombres de Aragorn, que habían sido llamados por Elrond antes de que él, Glorfindel y sus hijos partieran de Rivendel, anunciándoles que Aragorn se encaminaría a la Ciudad Blanca. Les había pedido que viajaran a las tierras del sur de Gondor y protegieran el camino que el futuro rey tomaría dentro de un par de semanas.

    Gritos de terror se oían en el aire, y muchos de los corsarios se lanzaban al agua y nadaban río abajo, huyendo de los muertos y abandonando la guerra.

    Cuando el rey de los muertos regresó a la orilla hasta estar frente a Aragorn, lo miró y extendió sus brazos.

    - Tus enemigos han sido derrotados, y nuestra palabra ha sido honrada – le dijo, esperando que Aragorn les liberara de su maldición. Los demás muertos se reunieron tras su rey. Los barcos ahora estaban repletos de hombres muertos, y avanzaban con lentitud sin alguien que los dirigiera.

    - Yo digo que los llevemos a Minas Tirith. Aún nos aguardan treinta mil orcos ahí – sugirió Gimli, obteniendo una mirada fulminante del rey muerto. Pero Aragorn sabía que la labor de los muertos de Dunharrow yacía con los navíos, además de que les había dado su palabra de liberarlos tras cumplir su juramento de auxilio al rey, cosa que ya habían hecho.

    - Tenemos a una Valië y doce mil lanzas más. Será suficiente para hacerles frente – animó Aragorn, haciendo que el rey lo mirara con gratitud – Han servido bien, pueden ir en paz – les dijo. Una sonrisa honesta, aunque siniestra, se formó en el rostro del muerto y tras soltar un profundo suspiro, uno reprimido por más de tres mil años, rompió su lanza en dos y se arrodilló. Al hacerlo, se desvanecieron en el viento, pasando a ser meros recuerdos y encontrando el descanso eterno.

    Tras ver que los muertos desaparecían, Legolas divisó a lo lejos un grupo de jinetes acercarse.

    - ¡Hombres de Lebennin y Ethir! – le anunció al montaraz. Tanto los Dúnedain como los elfos y Gimli sacaron sus armas, pero Aragorn les pidió que las bajaran, puesto que no creía que los fueran a atacar.

    Cuando los hombres llegaron hasta su encuentro, vieron los puertos de Pelargir vaciados de hombres de Umbar y las flotas habían sido arrasadas. Uno de ellos se acercó hasta Aragorn, quien este pensó que se trataba del líder.

    - Han acabado con todos – dijo este, sorprendido. Aragorn asintió.

    - Los muertos de Dunharrow se encargaron de ellos – contestó - ¿En qué podemos servirles, mi señor? – el hombre bajó de su caballo y se acercó a Aragorn, mientras veía de rojo a los montaraces detrás de él y a Gimli y los elfos.

    - Mi nombre es Angbor, señor de Lamedon – se presentó. Era un hombre bastante alto y corpulento, con cabellos negros y ojos marrón – Nos dirigíamos a enfrentar a las huestes de Pelargir por orden del príncipe Imrahil, mientras él acudía al auxilio de Minas Tirith, pero fuimos atacados en el camino – explicó. Aragorn pareció sorprendido de aquello – Los que me acompañan son cuatro mil hombres de Lamedon – Aragorn hizo un asentimiento de cabeza para saludarlos – Nuestro objetivo ha sido derrotado, pero no gracias a nosotros – le extendió la espada a Aragorn – Así que permítanos servirle para defender Minas Tirith – dijo, adivinando que ahora se dirigían hacia la guerra que se libraba en aquellos momentos en la capital. Angbor sabía que solo el rey legítimo al trono de Gondor tenía la autoridad de reclutar al ejército de los muertos, por lo que cuando los vio atender las órdenes de Aragorn rápido supo que se trataba del heredero de Elendil. El rey retornaba a Gondor, y él estaba dispuesto a acompañarle.

    - Y yo los acepto con alegría – le dijo, colocando una mano en su pecho – ¡Rápido! – habló Aragorn a todos - ¡Suban a los barcos! No hay más tiempo que perder.


    Tres días llevaba Gandalf comandando al ejército de Minas Tirith, aguantando los constantes ataques de las decenas de miles de orcos que buscaban entrar a la ciudad. Se encontraba frente a la puerta de la ciudad, que los orcos estaban intentando derribar con el ariete Grond.

    Cuando la puerta se abrió, varios trols entraron bien armados e intimidando a los hombres de Dol Amroth, que llevaban también tres días peleando al lado de los gondorianos bajo el comando del príncipe Imrahil. Estos dispararon sus flechas hacia los trols, consiguiendo tumbar a algunos, pero al ver que más se acercaban y acababan con varios hombres, tuvieron que retroceder.

    Solamente Gandalf se quedó en las puertas, pues sentía la presencia del enemigo al que solamente él podía hacerle frente. Y al ver su figura emerger por la puerta, sostuvo con más fuerza su espada Glamdring.

    El rey brujo de Angmar vestía todo de negro y un casco espeluznante. Cubría toda su cabeza, y tenía huevos en la boca y los ojos. En la parte superior le daba la impresión de que vestía una corona. Iba montado sobre su bestia alada, que no paraba de pasarse la lengua por sus dientes. Quería cortar la cabeza de las defensas de Minas Tirith, y así dejarlos sin su líder. Pero Gandalf no planeaba darle cabida a ese destino.

    Sin embargo, aquel duelo no pudo suceder, pues ni bien comenzaron a salir los primeros rayos del sol, un cuerno de guerra resonó. El rey brujo se volteó hacia el sonido, pues bien conocía de qué ejército se trataba.

    Rohan había llegado.

    Dando un chilido de ira, la bestia se elevó en el aire y se retiró del encuentro con Gandalf, yendo a enfrentarse a los jinetes recién llegados. En ese momento, Pippin llegó hasta Gandalf, con las noticias de que Denethor planeaba quemar vivo a Faramir, su hijo y hermano de Boromir.

    Cuando los Rohirrim observaron las filas de orcos que se encontraban frente a ellos, el temor rápido los invadió. Apenas eran la quinta parte de todo el número que se encontraba ahí. Incluso en los ojos de Théoden apareció una sombra de duda. Pero si todas sus vidas tenían que entregarse para eliminar a una buena parte, con honor estaban dispuestos a hacerlo.

    - ¡Adelante! ¡Sin temor a la oscuridad! – gritó el rey a sus hombres, que lo miraban con esperanza - ¡Adelante, jinetes de Rohan! ¡Espadas serán sacudidas! ¡Escudos serán rotos! – Théoden cabalgaba a lo largo del frente de sus hombres, y sus altos gritos resonaban tan fuerte que hasta los orcos en la distancia podían sentir la pasión de sus palabras - ¡Un días de espadas! ¡Un día rojo! – y señaló el este, y la salida de un sol rojo naciente - ¡Antes de que nazca el sol!

    Éowyn se aferró a Merry, y este a ella. Ambos iban en la línea del frente y podían ver el gran número de enemigos más adelante. Pero eso solo hizo crecer el calor que la había llevado a cabalgar hasta aquel lugar, donde moriría como la guerrera que era.

    Théoden estaba a punto de dar la orden de carga, pero al escuchar un familiar cuerno y un ejército emerger desde la otra punta de la llanura, sus labios se dedicaron a extender una amplia y vivaz sonrisa. La sangre corrió caliente por el cuerpo de los guerreros Rohirrim al ver el ejército del Folde Este aumentar las filas de Rohan.

    Lyanna miró a Théoden con alta seguridad en sí misma, y con un asentimiento de cabeza acompañado de una sonrisa esperanzadora, Théoden alzó su voz al cielo y gritó.

    - ¡A cabalgar! ¡Por la ruina y el fin del mundo! ¡Muerte! – se escuchó, y todos los soldados tras él gritaron al unísono con estruendo tan potente que los orcos comenzaron a flaquear al sentir la ferocidad con la que lo decían - ¡Muerte! – volvió a gritar el rey, y más fuerte sonaron los gritos de guerra - ¡Muerte! – pero la tercera vez que anunciaron el destino de sus enemigos, la voz de la Vala se unió al de los mortales que estaban tras ella. Un sonido que cualquiera juraría que habría sido escuchado por toda la Tierra Media - ¡Adelante, Eorlingas!

    El cuerno de Rohan volvió a sonar, y con su espada señalando el frente, Théoden comenzó a avanzar. Lyanna cargó con su caballo hasta quedar al lado del rey, cabalgando con gran velocidad mientras se acercaban poco a poco a sus enemigos.

    - Roch maetho, Av- ‘osto (Caballos guerreros, no teman) – habló la Vala a los caballos, haciendo que cabalgaran con mayor coraje. Cuando identificó que los orcos comenzaban a preparar los arcos, apresuró el pasó de Roheryn y se puso al frente de todo el ejército. Dobló sus piernas sobre la silla de montar y, sin detener al caballo, saltó en el aire con Ringil en mano.

    Al hacerlo, su cuerpo fue tomando poco a poco su forma natural de Vala, caminando con paso amenazante delante ejército. La luz tan resplandeciente que hacía imposible admirar su rostro cegó a los enemigos que divisaba frente a ella. Al ver a aquel terrible ser, de horror se llenaron sus rostros. Muchos intentaron retroceder, pues las flechas que lanzaban eran destruidas sin ningún problema para ella. La Vala y los jinetes estaban por caerles encima.

    Lyanna soltó un gritó que hizo a las tropas de Sauron caer al suelo, pues parecía que sus cabezas iban a explotar ante tan imponente alarido. Los orcos chillaron de desesperación, queriéndose sacar el grito de la Vala de su cabeza. Y al ver que ya estaban a pocos metros de alcanzarlos, Lyanna alzó sus brazos y le ordenó a la tierra bajo aquellos orcos abrirse en dos y tragarse a los lanceros y arqueros.

    En un abrir y cerrar de ojos, la tierra se cerró de nuevo, causando todavía mayor temor sobre los sirvientes del Señor Oscuro. Lyanna sintió cómo sus fuerzas comenzaban a flaquear, así que volvió a su cuerpo físico, aunque necesitó dos segundos para recobrar el aliento. El suelo temblaba ante la cercanía de los jinetes. La Vala se volvió y encontró a Roheryn corriendo hacia ella. Con un ágil movimiento, no esperó a que el caballo se detuviera para montarlo de nuevo. Tomó las riendas y saltó hasta acomodarse sobre este. Théoden apareció a su lado.

    Más confianza había crecido sobre los guerreros de Rohan, y temor ahora invadía a los orcos. Lyanna había acabado con todos los arqueros y lanceros. Muchos menos quedaban ahora a merced de los Rohirrim ansiosos de derramar sangre negra. Y aunque a Lyanna le había tomado mucho poder, este había crecido lo suficiente como para realizar aquella proeza sin debilitarla. Pocas fuerzas había perdido, sus ansias de guerra eran la que le daba ahora el aliento.

    Los orcos fueron masacrados. Si no morían por la espada, lo hacían bajo el trote de los caballos que avanzaban sobre ellos. Los gritos de los Rohirrim no habían cesado, atacaban a sus oponentes con tal violencia que ahora no poseían coraje alguno de mantenerse ahí. Comenzaron a huir de regreso a Mordor. Huían de la ira de la Vala y de la espada del Rohirrim.

    Capítulo Veintiuno: La Batalla del Pelennor

    Rápido subía el ánimo en los corazones Rohirrim al ver que todo orco frente a ellos era masacrado. Las filas enemigas habían reducido por la furia del ataque de Rohan, pero pronto ese coraje se vio reducido al escuchar un cuerno de guerra proveniente del este.

    - Mûmakil – habló Lyanna al ver las grandes bestias de guerra. Eran animales con largas patas como troncos de árboles y orejas tan grandes como velas de navío. Poseían una pesada y larga trompa acompañada de cuernos tan afilados como garras de dragón. Y sus rojos ojos únicamente causaban temor a todo el que lo admiraba. Una larga fila de ellos se dirigía a su encuentro. Théoden se acercó a Lyanna, seguido de Éomer.

    - ¿No eres la hija de su creadora? – sugirió Éomer, casi impacientado de ver que Lyanna no corría a detenerlos. Pero la mirada de Lyanna pareció contestarle.

    - Le han dado la espalda a Yavanna y han decidido servirle a Sauron – dijo la Vala, dirigiendo a Roheryn en dirección a los Haradrim – Y por ello, enfrentarán el destino que supone tal traición – aseguró, limpiando la sangre de orco sobre su pierna y buscando con la mirada a Glorfindel, que se acercaba a ella.

    Los orcos huían en dirección a los Mûmakil, abandonando el campo de batalla y regresando a Mordor. Pero los que estaban en la costa aún estaban lejos de los Rohirrim, esperando los barcos de Umbar.

    Théoden formó sus filas de nuevo, sabiendo que aquellas bestias seguro acabarían con varios de sus hombres. Por las flechas no había de qué preocuparse, pues Lyanna podía encargarse de ello.

    Ante la orden del rey, los jinetes cabalgaron en dirección a las tropas de Harad, cuyos animales de guerra comenzaron a correr, lanzando por los aires a los Rohirrim y aplastándolos bajo sus patas. Lyanna se había quedado más atrás, deteniendo las flechas que lanzaban en dirección a sus aliados.

    Los Haradrim identificaron que Lyanna era la responsable de la destrucción de sus armas. El capitán dirigió su gran bestia hacia ella, sabiendo que si la mantenía ocupada luchando con él, dejaría de detener los ataques de sus tropas. Pero Théoden adivinó sus intenciones y corrió hasta el Mûmak que iba en dirección a la Vala. Glorfindel también lo notó y se unió al rey. Ambos hirieron las patas traseras del animal, haciendo que este se detuviera y cayera. El capitán Haradrim saltó antes de ser aplastado, con su lanza en mano y listo para enfrentarse a sus dos oponentes.

    Otro soldado quiso hacer lo mismo y se encaminó, montado en su bestia, hacia Lyanna, quien gritó el nombre de Glorfindel esperando que este se encargara de matarlo, pues ella seguía manteniendo los ataques de las flechas.

    Théoden y el capitán Haradrim se miraron por unos segundos, el rey aún montado sobre su caballo y el otro observándole desde el suelo. Pero en eso, este corrió al encuentro de Théoden, gritando con ira y lanzando su arma hacia el caballo del rey. El corazón de Lyanna reaccionó ante la inminente muerte del que el caballo de Théoden le clamaba de salvarlo, y su poder no tardó en alcanzar la lanza y destruirla, haciendo que sus pedazos apenas rozaran al blanco corcel que cargaba al rey, quien atacó al capitán con tal furia que de un solo mandoble la arrancó la cabeza.

    Al ver a su líder caer ante el rey, muchos de los Harad comenzaban a perder la esperanza. Varios de los Mûmakil yacían ahora en el suelo, muertos o heridos, y sus flechas no lograban alcanzar a ninguno de los enemigos gracias a que la Vala las destruía todas. Era una situación perdida.

    Pero entonces Lyanna sintió la presencia de un enemigo al que solamente ella ahí podía darle fin. Un grito agudo se escuchó en el cielo y el rey brujo se divisó en la lejanía, dirigiéndose hacia Théoden. Ni bien llegó a su encuentro, la bestia del Nazgûl tomó con sus dientes el caballo que Lyanna había salvado antes, matándolo al instante y lanzándolo lejos, haciendo que este cayera sobre su jinete y lo inmovilizara por completo.

    Éowyn, que había estado cerca de su tío tratando de acudir a su enfrentamiento con el capitán de Harad, vio aquella escena con completo horror. Lyanna había visto también la caída de Théoden ante el rey brujo, enemigo al que solo ella y Glorfindel eran capaces de eliminar.

    Al ver al rey caído, los Haradrim volvieron a preparar sus arcos y lanzas, pues la esperanza de darle la vuelta a la guerra había sido avivada por el Capitán Negro. Éomer se encontraba combatiendo a los Mûmakil tan apartado que no había visto aquel evento.

    La Vala bajó de Roheryn y estuvo a punto de correr al auxilio del rey, pero una mano la detuvo de su brazo. Al voltearse hacia el dueño del agarre se encontró con dos orbes dorados mirándola con profundidad, diciéndole que para Théoden se había acabado.

    - Está a salvo – le dijo, señalando en dirección a un guerrero que se paraba entre la bestia alada y el rey. Pero Lyanna miró a Glorfindel con horror.

    - Tú dijiste que ningún hombre lo mataría – recordó ella, pues era la profecía que el elfo dorado había hecho sobre el rey de Angmar – Morirá si no voy a enfrentarlo – dijo, refiriéndose al delgado soldado que estaba dispuesto a combatir al Nazgûl. Lyanna intentó zafarse del agarre del elfo, decidida a ir hasta el rey. Pero Glorfindel no la soltó.

    - No, no lo hará – le aseguró. Lyanna percibió más flechas volar hacia los Rohirrim, y rápidamente reaccionó a eliminarlas.

    Glorfindel montó de nuevo en Asfaloth y corrió a ayudarle a Éomer con el resto de Mûmakil. Muchos habían caído, pero aún quedaban un par más. Lyanna podía sentir sus fuerzas desvanecerse poco a poco. Ya había usado en gran medida su poder y aún quedaban más de quince mil orcos a sus espaldas entrando en Minas Tirith y matando a los ciudadanos que no habían podido evacuar antes de que las tropas de Sauron llegaran.

    Rápidamente volteó su vista hacia donde el rey brujo se encontraba. Para su sorpresa, una pequeña figura familiar se alzó por detrás de él y clavó la daga de Galadriel en su pierna. El rey brujo chilló ante aquella herida y Merry gritó de dolor al hacer contacto con el espectro. El soldado, que Lyanna había pensado que moriría por la profecía de Glorfindel, se retiró el yelmo y descubrió una fina y deslumbrante cabellera dorada.

    Lyanna amplió su sonrisa al ver que Éowyn clavaba su espada entre la corona y el cuello del antiguo rey de Angmar. La mujer gritó de dolor cuando su brazo ardió ante la oscuridad del espectro, pero el orgullo que la poseía de haber defendido a su tío, aunque hubiera sido tarde para salvarlo.

    Un cuerno volvió a sonar, y la sonrisa de la Vala se desvaneció al ver otra fila de Haradrim montados en más Mûmakil acercándose, seguidos también por las últimas huestes que quedaban en Osgiliath, que serían alrededor de cinco mil orcos. Ella sabía que ya no podía seguir usando su poder, pues tenía que mantenerse de pie durante la batalla que aún estaba lejos de terminar, especialmente si Sauron decidía marchar él mismo hacia Minas Tirith. Aunque eso lo dudaba.

    Lyanna bajó su mirada al suelo, respirando con dificultad ante la fatiga que usar su poder le había supuesto. Varios hombres de Rohan ya habían caído. El rey había caído. Y aún el enemigo los seguía superando en número.

    Pero entonces se escuchó desde la ciudad un cuerno que Lyanna solamente había escuchado una vez. El cuerno de Dol Amroth. Se volteó hacia su origen y descubrió al príncipe Imrahil cabalgando con sus hombres desde la puerta de Minas Tirith, acabando con los orcos que se encontraban a su paso.

    No tuvo tiempo de expandir su sonrisa porque otro ruido proveniente del ser llamó su atención. Lyanna agilizó su mirada para identificar que se trataban de varios barcos negros que llegaban a la costa. Cierta incertidumbre nubló su corazón, llevándola a pensar que Aragorn y el resto habían fallado al reclutar a los muertos. Pero podía presentir su Llama aún viva, y antes de que pudiera ver de quiénes se trataban, la familiar presencia de Legolas llegó hasta su corazón.

    Aragorn fue el primero en bajar de los navíos, borrando del rostro de los orcos la sonrisa de victoria que se habían anticipado en dibujar y haciendo que la de Lyanna se expandiera tanto que incluso la hiciera reír de alegría. Legolas, Gimli, Elladan y Elrohir le siguieron, y los montaraces y los cuatro mil hombres dirigidos por Angbor desembarcaron.

    Los orcos, al ver que las filas de los hombres contaban con un número equivalente capaz de masacrarlos a todos, dieron la orden de retirada. Corrían lejos de los recién llegados, pero las espadas de estos los alcanzaban antes de siquiera dar un par de pasos.

    Lyanna montó en Roheryn y se dirigió hacia los Mûmakil que corrían en dirección contraria a los orcos. Los Haradrim veían que Lyanna ya no detenía sus flechas, por lo que acertaban en varios jinetes de Rohan, matándolos mientras estos intentaban herir a sus bestias de guerra.

    Pronto llegaron los hombres de Imrahil y los de Aragorn a unirse a las filas de Rohan, y de la ciudad comenzaban a salir los soldados sobrevivientes de Minas Tirith, comandados por Gandalf. Los orcos caían de a poco, pero muchos habían conseguido regresar a sus tierras.

    Aragorn divisó a uno de los Mûmak acercarse a ellos, y rápidamente llamó a Legolas para que se encargara de este. El elfo lo observó con desafío y corrió hacia la gigante bestia, colgándose de su colmillo y saltando a sus patas, aprovechando su habilidad como un elfo del bosque para trepar hasta su lomo.

    Lyanna se volteó hacia aquella escena y no pudo evitar reír al verlo acabando con cada uno de los Haradrim por su cuenta. Se deshizo de la carroza que montaba el animal y con tres flecha disparadas al mismo tiempo logró matar al gigante animal.

    Éomer y Glorfindel habían herido lo suficiente al Mûmak contra el que peleaban y este, al caer, había aplastado a los amos que iban sobre él. Imrahil, Aragorn y Lyanna clavaron sus espadas en el abdomen de otro, haciéndolo caer del dolor. Los lanceros de Rohan clavaron sus armas en el ojo de este y en los cuerpos de los Haradrim que aún se mantenían de pie.

    Poco a poco cada bestia fue cayendo, aunque también lo hacían varios de los hombres de Rohan, Dol Amroth, Lamedon, Minas Tirith y de los Dúnedain. Pero los campos se iban vaciando. Ya no quedaba casi ningún orco, solamente las huestes de Harad.

    Sabiendo que la guerra había sido ganada, Lyanna bajó de un salto de Roheryn y tomó en sus manos a Ringil. Con sus dos manos en el mango, la alzó a su lado y alzó su voz al cielo.

    - Aiya, Valar! Lerya-rúsë! (¡Salve, poderes de Arda! ¡Desaten su ira!) – clamó ella, sintiendo a su espada temblar por sí misma ante el peso del designio de los Valar de responder. Ringil ardía en fuego blanco, pues estaba envuelta de la ira de sus padres y la de ella.

    Los Haradrim vieron una luz cegadora proveniente de la espada, y Lyanna comenzó a correr mientras daba un último grito de guerra que martilleó en las cabezas de los animales y los sureños. La Vala lanzó su espada, que voló por los aires en círculos y atravesó por la mitad a los gigantes Mûmakil, sin que la blanca llama se apagara o que la espada fuera cayendo.

    Las bestias rugieron del dolor y las carrozas que cargaban caían y quedaban a merced de los valientes aliados del bien. Cuando Ringil atravesó al último de los enemigos, su fuego se apagó y esta cayó al suelo. El silencio pronto reinó sobre los Campos del Pelennor, y sobre este yacían miles de cuerpos aliados y enemigos que habían perecido en aquella batalla.

    El sol ya se alzaban en lo alto, el viento soplaba con calidez. Y la mirada de dos amantes destinados a vivir separados se encontró en medio de aquel campo. Los ojos de Lyanna le sonreían con alivio y alegría a el elfo. Pero los de Legolas reflejaban únicamente dolor.

    Capítulo Veintidós: El Principio del Fin

    La noche había caído bastante rápido para el gusto de los héroes que se encontraban apilando los cuerpos de los caídos en batalla. Buscaban entre los escombros los rostros de los guerreros que habían dado su vida para defender la Tierra Media.

    Éomer había encontrado el cuerpo de su tío y el de Éowyn, aunque esta fue llevada a las Casa de Curación de Minas Tirith, pues su brazo estaba roto y tenía marcado en él la cicatriz que matar al rey brujo le había supuesto. Merry fue encontrado por Pippin, también marcado por el espectro al acuchillarlo.

    Los Rohirrim cargaron el cuerpo de Théoden de regreso a la ciudad, donde lo cubrieron con un par de mantas en una habitación apartada, donde nadie pudiera molestar su memoria. Los guerreros de Rohan se habían arrodillado ante Éomer al saber que ahora era su regente, y muchos comenzaban a saludar a Aragorn con la misma reverencia, pues Imrahil había corrido la voz de que el rey había regresado.

    Por haber usado su poder y cargar con incontables cuerpos desde el Pelennor hasta las Casa de Curación, Lyanna tuvo que sentarse en uno de los bancos a recuperar el aliento. Sus mejillas estaban tan rojas que podía sentir el calor de estas quemándole la piel. Se recostó sobre el muro y cerró sus ojos, escuchando el montón de voces alrededor de lo que quedaba de la ciudad.

    Habían acabado con casi todo el ejército de Mordor, pero sabía que no era el fin. Aunque no estaba segura de qué seguía, Lyanna se atrevió a sonreír y disfrutar de la victoria de aquel día. Aún tenía gotas de sangre de orcos y de sureños en sus ropas y en el cabello. Necesitaba un buen baño, pero primero tenían que levantar a todos sus muertos y atender a sus heridos.

    Reconoció unos pasos acercándose hacia ella, y al abrir sus ojos se encontró con Elladan llegando hasta la muralla frente a ella, recostando sus brazos sobre esta. Este miraba al cielo, contemplando las millones de estrellas que se cernían sobre Arda.

    - Es una noche preciosa – dijo, sin apartar su mirada. Lyanna alzó su vista y contempló el escenario que Varda había preparado para los sobreviviente de esa noche.

    - Lo es – se limitó a decir, pues se encontraba muy cansada como para querer tener una conversación, pero no podía ser descortés con él. Elladan se volteó por fin a la Vala, atrayendo su atención, pues la veía con cierta curiosidad que ella interpretó rápidamente que algo quería decirle.

    - Sé que borraste de la mente de Legolas sus recuerdos contigo – dijo, recostándose sobre la muralla y cruzándose de brazos. La sorpresa invadió el rostro de Lyanna – Pero no logro comprender qué te llevó a hacerlo – pero pronto esa sorpresa fue sustituida con molestia.

    - ¿Qué te hace pensar que te lo diré? – preguntó Lyanna, en medio de sarcásticas risas.

    - Porque si no… me veré en la obligación de contárselo – los labios de la Vala temblaron. Indignación era una palabra corta para describir lo que sentía.

    - ¿Me estás chantajeando? – atacó Lyanna, poniéndose de pie y enfrentando al medio elfo – Ten mucho cuidado con quien te quieres meter, Elladan – amenazó – Porque no te conviene tenerme de enemiga.

    Con eso dicho, se marchó del lugar donde solo había intentado encontrar un poco de paz. Su sangre hervía en ira y caminaba con paso apresurado por las calles de Minas Tirith. No tenía cuarto al que ir, pues no había disponibles para quienes no los necesitaban.

    Estaba tan inmersa en sus pensamientos, tratando de calmarse y evitar creer que Elladan fuera capaz de traicionarla de aquel modo, que no supo reaccionar a tiempo y evitar chocar con alguien que doblaba por la esquina del pasillo.

    A Legolas lo había atacado de pronto un dolor en la cabeza al haber recuperado otro de sus recuerdos perdidos, y al momento de doblar en una de las calles se tambaleó, impidiéndole darse cuenta de que Lyanna también pasaba por ahí.

    El elfo soltó el frasco con agua que cargaba y empapó tanto sus ropas como las de la Vala con esta, y cayó al suelo sosteniendo con una de sus manos su cabeza. Lyanna se percató de la mueca que el elfo hacía y rápido se arrodilló a su lado.

    - ¡Hey! ¡Hey! – lo llamó. Legolas abrió sus ojos con dificultad y al encontrarse con ese par de gemas plateadas que lo observaban, el dolor parecía alejarse.

    - Lyanna… - susurró él, llevando una de sus manos al rostro de ella. Ante su tacto, Lyanna tembló. Pero le sonrió con completa felicidad. Después de que la batalla terminara, no lo había visto en todo el día más que a la distancia. Ambos habían estado ocupados atendiendo heridos y trasladando cuerpos. Y ninguno contaba con tener al otro tan cerca tan pronto. Pero no duró mucho la ilusión con la que los ojos de Legolas miraban a la Valië, pues las últimas imágenes que había visto antes de partir a Sagrario regresaron a su mente. Lyanna observó cómo el brillo de la mirada del elfo se desvanecía, al mismo tiempo que su sonrisa.

    - Lamento tirarte encima el agua – dijo, apartándose y rompiendo la belleza del momento. Lyanna frunció el ceño, confundida por su repentina reacción – Te buscaré ropas secas – dijo, recogiendo el frasco y comenzando a alejarse de ella. Pero Lyanna usó su poder para frenar sus piernas y evitar que siguiera caminando. Legolas miró con terror sus propios pies, pero no tardó en adivinar que se trataba de la Vala – Lyanna, ¿qué…? – pero ella lo cortó.

    - ¿Acaso soy una extraña? – reclamó, con claro dolor en su voz. Legolas se volteó hacia ella, y en sus ojos también se reflejaba dolor – ¿No puede nuestra amistad sobrevivir el hecho de que tú y yo no podamos estar juntos? – Legolas tragó saliva y desvió su vista.

    - ¿Cómo pudiste saberlo si no me diste la oportunidad de intentarlo? – preguntó, sin ser capaz de verla a sus ojos. El corazón de Lyanna comenzó a latir con fuerza, pues si seguían por ese camino ella se vería obligada a decirle la verdad – Preferiste regresar a una relación donde ni antes ni hoy encontrarás lo que buscas – pero la Vala frunció el ceño.

    - ¿De qué estás hablando? – preguntó, claramente confundida. Legolas clavó sus ojos en los de ella. Sabía que Lyanna era incapaz de mentir, así que pudo distinguir que de verdad no sabía a qué se refería. Pero decirlo en voz alta aún le dolía, especialmente si se lo decía a ella.

    - Te vi… con Glorfindel, antes de que partieran de Sagrario – confesó, bajando su mirada, un poco avergonzado de admitirle aquello. Lyanna buscó en su memoria con rapidez, encontrando el momento al que se refería – Le agradecías por su amor… - Lyanna resopló mientras una sonrisa se le salía. No podía creer que Legolas hubiera pasado cuatro días viviendo con aquel malentendido.

    - Sí, le agradecí el amor que me entregó hace muchos meses, porque me permitió… - se calló, pensando mejor lo que estaba por decirle sin incluir la parte donde lo involucraba a él – Me permitió saber qué clase de relaciones debían mantenerse como amistades – le dijo, dando un paso hacia él. Ahora era Legolas el que fruncía el ceño.

    - ¿Y entonces por qué no me dejas intentar ganarme tu corazón? – Lyanna cerró su boca, sabiendo que no podía responder eso - ¿En verdad crees que no soy digno de ti? – ella cerró sus ojos y negó con la cabeza, pues lo que menos quería era que Legolas pensara así.

    - Legolas, claro que eres digno – él la miró, esperando entonces la explicación – Yo… yo no puedo decírtelo – lamentó en un susurro, pero lo suficientemente audible para el elfo – Perdóname – Legolas rio, incrédulo.

    - Lyanna – dijo este, con un tono indescifrable – Tú rompes mi corazón, ¿y ni siquiera me dejas saber por qué? – las lágrimas amenazaban con salirse de los ojos de la Vala - ¿No tengo derecho a saber qué hay de malo conmigo o qué estoy haciendo mal? – Legolas caminó lejos de Lyanna, intentando calmarse antes de que dijera algo de lo que después pudiera arrepentirse. Estaba molesto, pero tampoco quería herir a la Vala o que ella desatara su ira contra él – Ni siquiera entiendo por qué te amo tanto – dijo, con su espalda mirando a Lyanna - ¿Tienes idea lo que es querer tanto a alguien y ni siquiera recordar por qué? – inconscientemente, Legolas comenzó a meditar sobre esa situación – Mi corazón no para de brincar cuando te veo o pienso en ti, diciéndome que tú y yo tenemos una historia… pero no la puedo recordar – Lyanna miraba a Legolas con cierto temor. Quería decírselo, ya no toleraba verlo sufriendo de aquel modo, pero su lengua no respondía – ¿Por qué recuerdo algunos fragmentos pero otros no? – comenzó a preguntarse en voz alta - ¿Cómo es posible que haya perdido tus recuerdos, pero el resto no? – la mente de Legolas no paraba de darle vueltas al enigma, algo no encajaba en todo eso. Ya se había preguntado antes cómo había sido posible que él perdiera sus recuerdos. Apenas había tenido de intentar encontrar una respuesta, pues todo lo que abarcaba su mente eran las imágenes de Lyanna y Glorfindel. Pero ahora que le había aclarado que no se trataba de nada más que un malentendido podía enfocarse en lo otro.

    Y ahora comenzaba a darse cuenta de que no parecía que se tratara de una casualidad. En su mente vivían con claridad todos los recuerdos previos a su primer encuentro con Lyanna y los que había hecho después de separarse de ella. Los huecos estaban entre los mil años que había vivido con ella, y el tiempo desde que había llegado a Rivendel meses atrás. Definitivamente no era una casualidad. Alguien le había quitado esos recuerdos.

    Pero ¿quién podría hacerlo? ¿quién tenía el poder necesario para hacerlo?

    - Fuiste tú… - susurró él, espantado de haber unido los cabos que estaban sueltos. Lyanna tragó saliva. Por la mirada que Legolas le dedicaba ahora, sabía que lo había adivinado – Tú… te borraste de mi mente – una fina lágrima cayó del ojo del elfo. El dolor de haber reconocido a la responsable de su tortura era tal que sentía que su corazón perdía las fuerzas para latir. Lyanna tomó aire por su boca, y tembló descontroladamente al hacerlo.

    - Sí – confesó, y no logró contener más la lágrimas. Legolas necesitó un par de segundos para procesar su respuesta. Parecía como si el aire se hubiera esfumado, no podía inhalar con tranquilidad.

    - ¿Por qué? – preguntó, incapaz de verla a los ojos. Pero al ver que Lyanna no le respondía, la miró con tanta ira como si fuera la misma enemiga del mundo - ¡¿Por qué lo hiciste?! – exclamó, haciendo que Lyanna saltara ante el grito. Pero ella solamente negó.

    - No puedo decírtelo – Legolas se llevó sus manos a su cabeza y caminó desesperado de un lado a otro. Per no pudo evitar soltar una cínica risa.

    - Déjame entender, entonces, ¿tú me reclamas a mí sobre lo fuerte que se supone que es nuestra amistad… sabiendo lo que me has hecho? – Lyanna tragó saliva, pero su garganta dolió al hacerlo. El nudo que se había formado en ella era ya demasiado grande - ¿Te atreves a llamarle amistad a esto que me has hecho… y sin siquiera darme una explicación? ¿No tengo el derecho de saber por qué me borraste la mente? ¡Lyanna! – Legolas lanzó sus manos al aire – ¡Son mis recuerdos! – exclamó, todavía más indignado – Podrás ser una de los Valar, pero ¿por qué razón los Valar provocarían tal tortura a alguien? – Lyanna cerró sus ojos, dejando escapar más lágrimas – No sé qué te hice para merecer este destino – lamentó el elfo - ¿Podrías decirme si al menos me lo he merecido?

    - Legolas – Lyanna jamás pensó que Legolas alguna vez la fuera a ver con tal rabia. Era como si su corazón no quisiera verla nunca más. Como si deseara no recordar absolutamente nada sobre ella – Algún día lo vas a entender – aunque deseaba con todo su corazón decirle que era para protegerlo, no podía hacerlo. Su destino estaba tan cerca que no podía permitir que Sauron se enterara de sus planes. Y aunque todo aquello podía costarle para siempre su relación con Legolas, prefería que la odiara pero que viviera para siempre en un mundo sin el mal, rodeado de los bosques que tanto amaba.

    - No tenemos muchos días más, Valyanna – dijo él, con disgusto - ¿Sí ves que si Sauron te pone el Anillo, me condenas a vivir con esta tortura por la eternidad? – la cuestionó. Lyanna mantuvo su mirada sobre él, sin decirle nada más. Legolas entendió que la Vala sí lo comprendía, y aún así no estaba dispuesta a decirle la verdad. El elfo asintió, incrédulo de que aquella Lyanna estuviera destinada a ser la más grande de entre los Valar – Bien – dijo, apretando su mandíbula con fuerza. Legolas buscó debajo de su cuello el relicario de Náriël, cuya luz era ahora apenas un leve destello. Se lo sacó del cuello y lo puso contra el pecho de Lyanna. Pero la Vala no lo agarró.

    - Fue un regalo – dijo ella, con una débil y bastante rota voz – La Estrella de Náriël contiene todos los recuerdos que te quité – fue lo único que quiso confesarle – Un día volverán a ti – los ojos de Legolas le decían cuánto la despreciaba ahora. Lyanna no sabía si Legolas podría perdonarla incluso si recuperara su memoria. Pero por nada del mundo podía dejar que Sauron lo tocara, alejándolo de lo que el corazón de Legolas realmente amaba. Sabía que el elfo podría vivir sin ella, pero no apartado de su hogar o la Tierra Media. No podía condenarlo a tal infelicidad.

    - Ojalá nuestros caminos nunca se hubieran cruzado – dijo él, sin verla a sus cristalinos ojos. Con eso dicho, se dio media vuelta y caminó lejos de la Vala. Tan rotos estaban sus corazones que creían que serían incapaces de volverse a unir.

    Lyanna se quedó ahí, parada sin saber qué hacer o a dónde ir. Sus piernas no respondían, y lágrimas no paraban de salir de sus ojos. Había perdido a Legolas por intentar protegerlo de Sauron. Y su ira contra el Maia era ahora incontrolable.

    Apretó sus puños y sus uñas se clavaron tanto sobre sus palmas cerradas que comenzaron a sangrar. Sauron iba a pagar por haberla obligado a desprenderse del amor de su vida. Esperaba que todo aquel desastre, al menos, valiera la pena.



    Capítulo Veintitrés: Los Planes Finales

    - ¿Lyanna? – escuchó decir a Aragorn. Lyanna parpadeó y volvió su vista hacia el no coronado rey, quien, junto con Gandalf, la miraban expectantes. Eran los únicos en la habitación - ¿Tú qué piensas? – pero Lyanna no tenía idea de qué habían estado hablando. Su mente se encontraba más allá del Salón Real.

    - Me temo que me he desviado en mis pensamientos por largo rato – confesó, negando lentamente con la cabeza - ¿De qué estás hablando? – la mirada de Aragorn era de tristeza. Antes de que Gandalf llegara, la Vala le había sobre la discusión que había tenido con Legolas la noche anterior. Él podía comprender que ahora estuviera cargando con un profundo dolor, pero tenían el tiempo en su contra pues mientras más se tardaban en decidir el siguiente paso le daban a Sauron la oportunidad de encontrar a Frodo y el Anillo.

    - Que usemos las Palantíris para comunicarnos con Sauron y engañarlo – habló Aragorn, refiriéndose a la Palantír de Isengard y la que Denethor también tenía – Le hacemos creer que tenemos el Anillo – Lyanna frunció el ceño y asintió, intentando entender la estrategia de aquel plan.

    - Necesitamos que salga de Mordor y enfrente su destino. Pero con las huestes que huyeron del Pelennor, aún cuenta con un enorme ejército tras las puertas de Mordor – Gandalf frunció el ceño, pensando en esas últimas palabras – Si este es capaz de derrotarnos, desde luego que no va a salir. Dejará que sus tropas hagan el trabajo por él… no se va a arriesgar a enfrentar una lucha que ya tuvo y perdió, a menos que no tenga opción. Incluso aunque crea que tenemos el Anillo – sugirió Lyanna. Gandalf llamó a uno de los guardias de las puertas.

    - Por favor, trae a los altos guerreros. Hay algo que debemos discutir – Aragorn y Lyanna fruncieron el ceño.

    - ¿Qué cosa? – preguntó el montaraz. Gandalf arqueó sus cejas.

    - Cuando vengan, lo discutimos. Lyanna tiene razón, Sauron no va a salir si tiene un ejército capaz de hacer el trabajo por él. Por eso es esencial que marchemos con uno igual.

    - La mayoría de los hombres están heridos o incapaces de acudir a otro combate tan pronto – dijo Lyanna, mirando a Gandalf con confusión – Marcharíamos con desventaja de número. Y yo seré incapaz de usar mi poder si vamos a enfrentarnos a Sauron – las puertas del salón se abrieron y el grupo al que Gandalf había mandado a llamar entró. Los hijos de Elrond junto a Glorfindel caminaron hasta quedar al lado de Lyanna. Éomer, Imrahil y Legolas buscaron lugar junto a Aragorn, y Gimli fue y se sentó en el trono del Senescal de Gondor. Lyanna pudo sentir todo a su alrededor tornarse gris al ver a Legolas entrar por la puerta. Este no le dirigía la mirada, y en su corazón seguía existiendo el dolor que la pelea con Lyanna de la noche anterior le había dejado.

    - Bien, con Aragorn y Lyanna hemos comenzado a hablar sobre cómo vamos a enfrentar a Sauron – dijo Gandalf al resto – Ambos usarán las Palantír para comunicarse con Sauron y hacerle creer que el Anillo está aquí – Glorfindel frunció el ceño.

    - ¿Cómo? – preguntó. Aragorn le enseñó a Andúril.

    - Con esto. Sauron pensó que con treinta mil orcos, una gran flota, decenas de Mûmakil y los Nazgûl sería fácil acabar con Minas Tirith. Él no conoce los caminos que hemos tenido que tomar para acabar con cada una de sus huestes – Legolas sintió la mirada de Lyanna sobre él – Para él, solamente algo demasiado poderoso en nuestra posesión podría habernos dado la ventaja – Lyanna asintió.

    - Él no sabe hasta qué punto mi poder ha crecido. Puede que lo haya considerado, pero si Aragorn lo convence de que el Anillo lo tiene él, creerá que gracias a él Gondor fue capaz de acabar con sus ejércitos – explicó – Además, él no sabe que Gandalf, Aragorn y yo estamos aquí, juntos. Si ve que el rey ha regresado sabrá que la historia de su caída en la Última Alianza podría repetirse.

    - ¡Además! – exclamó Gandalf – Necesitamos que saque a sus ejércitos de Mordor. Por palabras de Faramir, Frodo debe estar ya dentro de las oscuras tierras. Tenemos que distraer a Sauron antes de que perciba la cercanía del Anillo y lo encuentre.

    - ¿Pero de cuántos orcos estamos hablando? – preguntó Éomer, esperando que la respuesta no fuera desalentadora. Lyanna suspiró.

    - Diez mil – contestó ella, y la expresión de Éomer cambió a una desesperanzada. Gimli tosió al escuchar la cantidad de enemigos que aún quedaban.

    - No tenemos un ejército para enfrentar tal magnitud – se apuró a responder el Rohirrim – Más de la mitad de mis hombres están heridos y un tercio del total ha perecido en batalla. Rohan cuenta con menos de tres mil hombres.

    - De Dol Amroth solo quedan doscientos – habló Imrahil – y Lamedon apenas suma ochocientos en buen estado. Por no hablar de los hombres de Minas Tirith, que no conozco la cifra…

    - Menos de trescientos – se apuró a decir Lyanna – Con suerte sumamos cuatro mil soldados.

    - Será suficiente para mantener a Sauron atento – dijo Gandalf, pero Elladan intervino.

    - ¿No estás considerando llevar a Lyanna a una batalla donde no hay probabilidades de ganar, verdad? – cuestionó – Cuando sea la última en pie y se vea rodeada del centenar de enemigos junto con Sauron… todo habrá sido en vano – Gandalf lo miró divertido.

    - ¿Crees que no soy capaz de matar a Sauron? – preguntó Lyanna entre risas. Elladan la miró y rodó sus ojos.

    - Incluso si perdemos en combate, sacar a Sauron de Mordor nos da la ventaja de que no necesitemos ganarlo. Si Frodo destruye el Anillo gracias a la distracción, entonces no podrá ponérselo a Lyanna. Se verá vulnerable a la merced de nuestra querida Vala – Lyanna vio cómo Legolas rodaba sus ojos.

    - Solo necesitamos darle a Frodo el tiempo suficiente de llegar al Monte del Destino. Aún si Sauron me captura, sin el Anillo no podrá corromper mi poder – sugirió ella. Todos se voltearon a ver, sin saber cómo reaccionar ante una inminente derrota si Frodo no lograba destruir el Anillo.

    - Será mejor que sus hombres recuperen fuerzas. Preparen turnos para atender a los heridos. Y sería ideal colocar centinelas por el camino, y alguien que inspeccione si a Sauron se le ocurre atacar antes – dijo Gandalf. Elrohir fue el que habló.

    - Elladan y yo podemos hacer el recorrido de vigilancia – se ofreció. Glorfindel los miró y asintió.

    - Y yo puedo encargarme de organizar los turnos. Que cada capitán vele por el descanso de sus hombres.

    - Yo me encargaré de los heridos – dijo Lyanna – Sanaré a los que pueda antes de que partamos.

    - Aragorn, tú ve y enfrenta a Sauron con la Palantír de Denethor – dijo Gandalf – Legolas, mantente alerta junto a Gimli en la torre de vigilancia. Imrahil y Éomer, organicen a sus hombres y seleccionen a los indicados para dar una última batalla. Cuando Elladan y Elrohir vuelvan… marchamos al asalto final.



    Capítulo Veinticuatro: Las Piezas Faltantes

    Legolas había pasado dos días enteros subido en la torre de vigilancia de Minas Tirith, atento en la distancia sobre el regreso de Elladan y Elrohir o algún enemigo. Gimli lo acompañaba durante el día, aunque por la noche se había ido a descansar.

    Ya habían pasado cuatro días desde la Batalla del Pelennor, y tres noches desde que había descubierto que Lyanna era la responsable de aquella tortura con la que vivía.

    Pero aunque Legolas se esforzara por odiarla, poco a poco los recuerdos volvían a su cabeza. Comenzaba a recordar las razones que lo habían hecho amarla. De todas las guerras en las que había participado, la que libraba en sus pensamiento en aquel momento era la que más lo consumía. Quería convencerse de que Lyanna no se merecía su amor. Que solamente una mente tan perversa le haría algo así a alguien a quien considerara un amigo. Pero Legolas no paraba de preguntarse sobre la razón que había llevado a Lyanna a hacerlo.

    Sabía que Aragorn y Gimli habían prometido no decírselo tampoco, pero no sabía si habían sido obligados y si ellos también consideraran que lo mejor era que él no lo supiera. ¿Sería para no herirlo o para que no se molestara?

    Legolas escuchó los gruñidos del enano a lo lejos, pues el sol había salido ya hacía un rato y ambos tenían que seguir atentos. Gimli llegó un rato más tarde al lado del elfo, quien no perdió tiempo en atacarlo con preguntas que le habían surgido a lo largo de la noche.

    - Gimli, dime una cosa… - preguntó. Gimli no había escuchado a Legolas hablar durante todo el día anterior. Estaba demasiado sumido en sus pensamientos, y no le gustaba que la tensión que Lyanna había provocado lo consumiera tanto que Legolas ni siquiera fuera capaz de disfrutar de la compañía de otros. No podía culpar al elfo de tener el corazón roto, Gimli sabía que si estuviera en sus zapatos, probablemente habría reaccionado peor al enterarse de que el ser que más ama le causara aquel sufrimiento. Le indignaba solo pensar que alguien se aprovechara de su poder para tocar algo que no le pertenecía, como las memorias de alguien más. Y, sin embargo, entendía por qué Lyanna lo había tenido que hacer - ¿Hice algo para merecerme este castigo? – el corazón de Gimli se conmovió al escuchar lo que perturbaba a Legolas. El enano volteó a ver al elfo al que, sin preverlo, le había tomado un profundo cariño. No quería mentirle, Legolas ya había tenido suficiente al haberse arriesgado a amar a Lyanna. Y definitivamente no se merecía más engaños.

    - No, no hiciste nada – pero Lyanna era hija de Aüle, y Gimli sentía la obligación de defenderla, pues ella tampoco se merecía el desprecio del elfo, se había arriesgado a perderlo con tal de salvarlos a todos – Pero, Legolas, ¿de verdad crees que Lyanna sería capaz de hacerte eso sin razón suficiente? – Gimli no estaba seguro si lo que dijera podría arruinar los planes de Lyanna, pero él era una víctima más en todo aquel desastre de plan. Pronto partirían a las Puertas Negras de Mordor, y si las cosas salían mal y Legolas moría o Lyanna era capturada, no quería que lo último que recordaran del otro fuera doloroso.

    - Lo he considerado – confesó Legolas, recostando sus codos sobre la muralla. Gimli suspiró – A Aragorn y a ti no les parece molestar lo que hizo, lo que me lleva a pensar que incluso están de acuerdo – explicó. Gimli resopló.

    - Bueno, logramos entenderlo – dijo este, a lo que Legolas asintió.

    - Y si ustedes pudieron… ¿por qué no habría de hacerlo yo? – se preguntó para sí mismo. Clavó su vista en sus brazos, mientras fruncía el ceño – Pero ¿por qué yo? ¿qué relevancia tienen mis recuerdos? – preguntó, moviendo sus manos en el aire - ¿Qué cosas pasaron que Lyanna no quiere que recuerde? ¿y por qué no quiere que las recuerde? – toda la noche había pasado pensando en la respuesta a aquellas preguntas – Solo soy su amigo… - pensó en voz alta, queriendo entender por qué Lyanna habría de borrarle los recuerdos a él, de entre todos los seres en el mundo. Sí sabía que su amistad, por alguna razón, era única. Sí sabía que Lyanna confiaba en él más que en nadie más, aunque no recordara por qué. Sabía también que había secretos que le había dicho, pero no los recordaba. ¿Sería por eso? Pero y entonces, ¿por qué no solo le borraba esos secretos de la mente? – O eso es lo que creo – mencionó, suspirando y sacando de su cuello el relicario que Lyanna le había dado. Legolas notó que su brillo era menos intenso que el de la noche en que se lo había dado. Parecía moribundo.

    - Te has quedado a Náriël – dijo Gimli, observando cómo lo sostenía sobre su mano.

    - Lyanna dijo que aquí guardó mis recuerdos – comentó el elfo – Que algún día regresarían… pero ojalá hubiera una forma de sacarlos – Legolas veía el relicario con dolor. Dentro de este estaban todas sus memorias, y no podía hacer nada para recuperarlas. Y quién sabría cuándo sería el día que las recuperaría – Es curioso – dijo este, en voz baja. Gimli lo miró, expectante – He sentido cerca a Lyanna desde que me lo dio – recordó que Elladan incluso sentía a Lyanna cerca de él, como si… - Como si fuera una parte de ella – pero su cabeza dolió profundamente ni bien terminó de decir eso.

    Legolas dobló su cuerpo y soltó a Náriël, haciendo que cayera al suelo. Con su mano se sostuvo la cabeza y presionó sus ojos para alejar el dolor que lo estaba atacando. Gimli se acercó a él y lo ayudó a recostar su espalda contra la pared, pero no sabía qué le estaba pasando.

    - ¿Qué te pasa, orejas picudas? Ni siquiera doce jarras de cerveza lograron doblarte así – dijo Gimli, sentándose al lado del elfo. Legolas abrió sus ojos y masajeó sus sienes.

    “Náriël te permitirá sentirme cerca” recordó Legolas “Una parte de mí vive en Náriël” el dolor comenzó a profundizarse, Legolas podía escuchar sus latidos como tambores de guerra en su cabeza. Las palabras de Lyanna no dejaban de invadir su mente. “Este es mi Anillo Único” Legolas abrió los ojos, pero frente a él se reproducían miles de imágenes del pasado. De Lyanna y de él “Si dejaras de amarme, Náriël se apagaría” “Esta estrella no brilla a menos que la cargue alguien que mi corazón ha decidido corresponder” “Tiene un alto precio” “He sido yo la que te ha condenado” “Náriël no es solo una estrella” “Puede salvarte de la oscuridad” “Sentía una parte de Lyanna en mí”

    - Gimli… - susurró Legolas, fijando su vista en el enano. Sentía un martilleo incesante en su cabeza, un dolor que no lo dejaba tranquilo. Era desesperante, pero las imágenes que había recuperado lo tenían demasiado confundido como para prestarle atención al dolor – Voy a preguntarte solo una cosa, y te ruego que no me ocultes la verdad – la expresión de Gimli se tornó de horror, pues aunque no quería mentirle más al elfo, no podía decirle la verdad si se lo pedía – Lyanna y yo… - los ojos de Legolas mostraban confusión y sorpresa, y no sabía ni cómo formular la pregunta - ¿Estuvimos juntos?

    Gimli lo miró, inseguro de qué responder. No sabía si eso sería algo relevante, y odiaba estar en esa situación, donde no sabía si serle leal a Legolas o a Lyanna. Por un lado no podía seguirle mintiendo al elfo, pero no quería condenar a la Tierra Media si metía la pata.

    - Legolas… no puedo decírtelo – pero el elfo volteó su vista al frente, moviendo frenéticamente sus ojos, contemplando la respuesta del enano.

    - El hecho de que no quieras ni mentirme solo lo confirma – murmuró, y Gimli evaluó sus palabras, sabiendo que era cierto. Le había dado la respuesta.

    Entonces Legolas escuchó el trote de caballos en la lejanía, y se puso de pie rápidamente para ver de quiénes se trataba, mientras Gimli buscaba en su mente una excusa para remediar el error. Legolas vio cómo Elladan y Elrohir cabalgaban de regreso a la ciudad, y le pidió a Gimli que soplara el cuerno, para alertar sobre la llegada de los gemelos.

    Lyanna había pasado los dos días yendo de cuarto en cuarto para curarles las heridas a los guerreros de las distintas ciudades. Había visto desde heridas menores hasta casi mortales.

    Su poder había crecido tanto que era capaz de usarlo sin problema para sanar los cuerpos de los que estaban ahí. Gandalf había visto el don de Estë, la Valië sanadora, sobre Lyanna innumerables veces. Pero ahora era una verdadera maravilla, porque era consciente que el control que Lyanna tenía ahora sobre su poder le había tomado siglos de entrenamiento.

    Y no pudo evitar sonreír de saber que era, en definitiva, el momento cúspide de su destino. Lyanna estaba lista para enfrentar a Sauron y ascender a lo que en verdad era: la más alta de los Valar.

    Lyanna dejó salir el aliento mientras apoyaba sus anos sobre sus piernas y terminaba con todos y cada uno de los heridos de aquel día. Faltaban muchísimos más, pero su labor había terminado por ese día. Sin embargo, el sonido del cuerno de Gondor llamó tanto la atención de Gandalf como la de la Vala, que corrieron a la terraza más cercana para ver a quién había visto Legolas venir.

    Pero sus corazones se tranquilizaron al ver que eran Elladan y Elrohir. El Maia y la Vala se voltearon a ver, pues sabían lo que seguía.

    - Bien, mi querida Lyanna – dijo Gandalf, con una sonrisa fresca y sus ojos emanando un brillo de esperanza – Tu viaje de diez mil años está por concluir, y el destino de la Tierra Media por definirse – una corriente fría corrió por el cuerpo de Lyanna, que aún comenzaba a procesar el hecho de que la hora decisiva había llegado – Busca tu armadura y tu espada. Partimos al amanecer.



    Capítulo Veinticinco: El Lamento de los Valar

    - ¿Qué le pasó? – preguntó Aragorn alarmado, sentándose al lado de Legolas sobre la cama en la que Gimli, con mucho esfuerzo, lo había recostado. El elfo estaba inconsciente.

    - No lo sé, se desmayó mientras bajábamos de la torre. Aunque se venía quejando de un fuerte dolor de cabeza – contestó el enano. Aragorn lo miró, con su ceño fruncido.

    - Los elfos no padecen de dolores de cabeza, Gimli, dime la verdad – aunque Gimli se ofendió por el comentario, no le dio relevancia.

    - ¡Esa es la verdad! Trae a Lyanna si no me crees, y que lo sane de ese dolor de paso – Aragorn suspiró, pues que Legolas sufriera de un dolor sin provocar era algo extraño.

    - Lyanna está ocupada – Gimli brincó de indignación.

    - Pues que se desocupe, ¿no? Esto es urgente.

    - Está ocupada – repitió Aragorn – Ve por un par de trapos y una cubeta con agua. Y manda a llamar a Gandalf. Necesitamos que Legolas marche con nosotros.


    Lyanna se encontraba en la herrería de Minas Tirith, forjando una nueva armadura, o parte de ella, para vestirla en la batalla final. Había pasado todo el día en ella, pues quería que esta fuera especial. Había pedido a Aragorn y a Gandalf no ser molestada a menos que fuera una emergencia, pero ya se había encargado de todas las heridas mortales que había entre los guerreros.

    Cuando finalizó sus hombreras, juntó toda la armadura y la contempló mientras retrocedía un par de pasos para tener una mejor visión de lo que sería su última creación antes de recuperar todo su poder, o sumirse en la oscuridad.

    Aquella no era una armadura de hierro ni de mithril ni otro metal en Arda. Estaba hecha de piedra pulverizada y envuelta en luz de estrella líquida que Lyanna les había reclamado concederle. Lyanna había quitado el peso con su poder, haciéndola liviana como una hoja. Del centro de la coraza partían dos árboles que brillaban con dicho resplandor, representando los Dos Árboles que Yavanna había hecho en Valinor y Ungoliant había matado. Sus hombreras eran adornadas como plumaje de ave, que caían hasta unirse con el guardabrazo y codal. Sus muñequeras dibujaban casi invisibles detalles de relámpagos. En sus rodilleras destacaba su color plata. Toda su armadura parecía resplandecer. Una sonrisa se dibujó en el rostro de Lyanna al ver lo que con su poder había hecho. Una armadura que le ayudaría a controlar su poder.

    El sol pronto se iba a poner, y la hora de marchar hacia la Puerta Negra se acercaba. Los hombres que iban a acudir al último llamado contra Mordor llevaban todo el día preparándose. Esta vez, todos sabían que era una batalla perdida. Todos sabían la cantidad de orcos que se escondían ahora en Mordor, pero igual iban a marchar con tal de proteger hasta su último aliento la Tierra Media.

    Lyanna se dio un buen baño antes de vestirse con su nueva armadura. A diferencia de la que en Edoras le habían dado, esta resaltaba su femenina figura y se ajustaba a su tamaño. Su divinidad se alzaba con mayor esplendor vistiéndola, pues cualquiera que la veía podía adivinar que no se trataba de ninguna mortal, ni cualquier elfo, ni de siquiera un Maia.

    Era Valyanna, la única descendiente de los Valar.

    - Sissë ni am (Aquí estoy) Anta umbart-mîme (Frente a mi destino) Er ni am vamme (Sola no estoy) As nîn vanta i ö-nórë (Conmigo caminan los pueblos unidos) Ni nanwen-mardi (regreso a casa) I nór na-ëala anann (ha sido un largo viaje) Mal ni nanwen-mélamar (pero regreso a casa) – cantaba Lyanna, en una melodiosa voz que llegaba hasta el corazón del mismo Manwë, que escuchaba el aviso de su hija – Laste-ana i súrë (atentos al viento) Laste-ana i eär (atentos al mar) – presionó sus ojos, y al sentir su Llama arder en ellos, los abrió con ferocidad – Pan ni nanwen-Aman (pues regreso a Aman).

    Ni siquiera había notado que las lágrimas salían de sus ojos, y que su anhelo a las estrellas habían llegado a oídos de los Valar, que alzaban su vista al cielo y abrazaban cerca la voz de su amada Lyanna.

    Una fresca brisa acompañó el cálido paisaje que pintaban los colores en el cielo. Desordenó los cabellos de Lyanna mientras esta observaba al sol descender. Pero ni el más bonito de los panoramas le reparaba su destrozado corazón. Por tanto había pasado, y justo cuando encontraba al dueño de su corazón había sido obligada a separarse de él.

    Lyanna cerró sus ojos y recordó la primera vez que lo conoció. Cómo su corazón había brincado al verlo parado frente a ella. Cómo su tacto al bailar había desatado una corriente de calor por todo su cuerpo. Cómo la sensación al besarlo la hacía tan feliz que podría vivir para siempre en aquel momento, donde nada en el mundo importaba más que tenerlo junto a ella.

    La Vala no podía fallar contra Sauron, pues quería que Legolas recordara esos momentos como ella lo hacía. No con dolor de haberlo perdido, mas con la alegría de haber experimentado aquel amor.

    Más lágrimas corrieron por el rostro de Lyanna, y esta sollozó mientras se las limpiaba con el dorso de su mano. Cómo quería besarlo una última vez, antes de que a ella la capturara Sauron o él muriera en la inminente derrota a la que marcharían. ¿Podría Frodo destruir el Anillo antes de que ese fatídico final tuviera lugar?

    Las lágrimas comenzaron a amenazar con salir de nuevo, pero una extraña sensación invadió a Lyanna. Era la presencia de un ser al que podría reconocer aunque estuviera rodeada de miles de cuerpos. Uno que no pensaba presentir cerca nunca más.

    Lyanna abrió sus ojos y se volteó hacia el interior del pasillo, donde pudo ver cómo Legolas caminaba hacia ella con paso apresurado y firme. Su rostro era indescifrable, pero la Vala se sintió intimidada por la rapidez con la que cruzaba el cuarto que tuvo que retroceder y sostenerse del balcón cuando su espalda baja chocó con este. El corazón de Lyanna comenzó a palpitar desenfrenado, robándole el aliento a Lyanna antes de siquiera respirar de nuevo. Del cuello de Legolas colgaba Náriël, cuya luz parecía crecer con cada paso que el elfo daba. Lyanna no entendía qué estaba pasando, qué le iría a decir era un enigma, y que ahora la espera se había vuelto una tortura. El elfo estaba ahora a pocos pasos de ella, ya en el balcón, pero no parecía que se fuera a detener.

    - Legolas, ¿qué…? – pero ni siquiera le dio tiempo de decir algo más. Legolas la tomó de su cuello y la besó con desesperación. Por largo tiempo sus labios habían estado separados, y aquella unión se sentía como un refresco en medio de un soleado desierto. Ambos corazones latían al compás del otro, como si de uno solo se tratara. Lyanna se desconectó de su propia cordura y rodeó al elfo con tanta fuerza que estaba convencida de no quererlo soltar nunca más. Había extrañado demasiado abrazarlo así, y él había olvidado la calidez de los labios de la Vala y lo feliz que lo hacía sostenerla en sus brazos. A ninguno le importaba quedarse sin aire, mientras el beso no se terminara. Una sonrisa comenzó a dibujarse en los labios de ambos, pero Lyanna la detuvo al aterrizar de nuevo en la realidad - ¿Qué… qué estás haciendo? – preguntó ella, espantada pues no entendía a qué iba todo eso. La sonrisa de Legolas, por otro lado, no se esfumó.

    - Lo he recordado – le dijo él, mirándola a sus preciosos ojos plata, que brillaban tal cual estrellas en la noche más oscura – Lo he recordado todo – la expresión de Lyanna era de confusión total, pues no podía creerse lo que estaba escuchando – Sé por qué lo hiciste – intentó explicar Legolas, que aún se sentía frenético por haber recuperado todos sus recuerdos con Lyanna – Lyanna, perdóname… - pero ella lo cortó.

    - No, no, tú perdóname, por favor – se apresuró a decir, cubriéndole su boca con su mano. Lyanna aún no terminaba de entender lo que estaba pasando, pero sí era consciente de que Legolas había recuperado su memoria – Tenías razón. Por ser una Vala no me daba el derecho de haberte causado semejante sufrimiento – confesó, y en su mirada podía verse lo arrepentida que estaba – Tuve que haber pensado en algo más – pero Legolas apartó su mano de sus labios y se dispuso a hablar.

    - No había otra forma – recordó, observando con completo amor a Lyanna, que había olvidado lo que aquella mirada le provocaba – Sí, fue una incesante tortura… - admitió – Pero sé que no tuviste opción – reconoció, asintiendo al decirlo. Lyanna seguía viéndolo con cierto dolor y arrepentimiento – Lyanna – dijo él, acariciando la mejilla de su más amado ser – Te lo dije una vez y te lo volveré a decir: Yo me condené solo al enamorarme de ti – la Vala recordó la noche en que se lo dijo, luego de que Sauron descubriera que él era el nuevo dueño de su corazón – Y cualquier precio que implique amarte tan siquiera, lo acepto con orgullo – Lyanna tragó saliva.

    - El precio es tu cabeza, Legolas – recordó ella, pero le dolía reconocerlo – Y vivir para siempre alejado de este mundo. Tu corazón está arraigado a la Tierra Media…

    - Mi corazón… está arraigado a ti – interrumpió, tomando con ambas manos las de Lyanna – Siempre lo estuvo.

    - Pero Valinor… - de nuevo la interrumpió.

    - Legolas Hojaverde mucho tiempo debajo del árbol en alegría has vivido – comenzó a decir Legolas. Lyanna frunció su ceño - ¡Cuidado con el mar! Si oyes el grito de la gaviota en la orilla tu corazón no descansará más en el bosque – la Vala parpadeó.

    - ¿Qué quiere decir eso? – preguntó, aún confundida por lo que acababa de escuchar. Legolas rio.

    - Fue lo que Gandalf me dijo en Fangorn, cuando nos encontró. Era un mensaje por parte de lady Galadriel – ante el desconcierto aún existente en el rostro de Lyanna, Legolas siguió – Era una advertencia. He escuchado el canto de la gaviota… - Lyanna lo miró, expectante. Legolas sonrió – El mar me ha llamado, y mi corazón ha escuchado – la ilusión que desprendían los ojos de Lyanna era cautivadora. El elfo no pudo evitar reír al ver la felicidad que aquella noticia le había causado.

    Lyanna se lanzó sobre él y lo sostuvo cerca todo el tiempo que pudo. Legolas sostenía la cabeza de ella con su mano, no queriendo que deshiciera el abrazo.

    Si Legolas había recuperado sus recuerdos era por obra de Eru Ilúvatar, y Lyanna lo sabía. Su amor había sido más grande que su propio poder, pues había impedido que Legolas marchara al último encuentro desconociendo por completo todo lo que ambos habían vivido para poder por fin estar juntos. Lyanna entendía que su destino era ese, estar juntos.

    Si había podido contra ella misma, desde luego que podría contra Sauron.

    - Te amo – susurró ella bajo el cuello de Legolas, que sonrió al escucharla de nuevo decirlo.

    - Te amo – dijo por fin él.



    Capítulo Veintiséis: Camino a la Derrota

    Ninguno se había querido separar del otro por el resto de la noche. Ambos querían permanecer en la cercanía de tener al otro en sus brazos, sin que nada en el mundo fuera capaz de separarlos.

    Lyanna sabía que Legolas corría el riesgo del que había intentado protegerlo desde un inicio. Pero ya era muy tarde para Sauron de adivinarlo. Además, contaban con que Frodo fuera capaz de destruir el Anillo antes de que todos murieran uno por uno y Lyanna fuera la última en quedar en pie.

    La media noche se acercaba y ambos guerreros sabían que era hora de ir por sus caballos. Les esperaba un viaje de siete días hasta la Puerta Negra, pues la mayoría de los hombres que marcharían irían a pie, a falta de más corceles que pudieran cabalgar.

    Estaban recostados en el suelo de aquel balcón, mirando las estrellas. La armadura de Lyanna brillaba junto a ellas, y el relicario de Náriël volvía a tener su incomparable resplandor. Lyanna podía escuchar los latidos de Legolas bajo su oreja, sintiéndose en casa aunque no recordara su verdadero hogar. Pero ese era el encanto de Legolas por el que la Vala había caído. Porque con él, el “hogar” debería de sentirse como lo hacía ella a su lado.

    - Deberíamos ir con el resto – sugirió Legolas, sin ánimos de levantarse de donde estaban y romper aquel íntimo momento. Lyanna lo miró y esbozó una sonrisa.

    - Cuando volvamos, todas las noches serán como este momento – dijo Lyanna, creyendo firmemente en lo que decía – Seremos solo tú y yo – Legolas besó los labios de la Vala, que había atesorado cada segundo desde que había recuperado a Legolas. Ahora era su deber derrotar a Sauron, para cumplir con la promesa que le había hecho al elfo.

    Ambos se levantaron y emprendieron su camino hacia el salón principal, donde estaban seguros de que encontrarían al resto. Cuando los vieron entrar juntos, obtuvieron muchos rostros de confusión.

    Aragorn, Gandalf y Gimli sabían que Legolas había recuperado sus recuerdos. Su corazón había desatado toda memoria que incluso había hecho a Legolas caer inconsciente por el dolor. Pero al despertar, les había dicho que recordaba lo que Lyanna le había borrado de su mente. Así que no les sorprendía verlos de nuevo juntos. Lyanna había entendido que ya no podía hacer nada por evitar que su amor prevaleciera. Y no por eso había perdido. Al contrario, había ganado.

    Pero Elladan, que tenía la gran esperanza de recuperar a Lyanna, pareció arder en ira al unir los cabos ni bien los vio juntos. Lyanna y Legolas habían estado juntos, y ella le había borrado esos recuerdos. Lo había descifrado por Náriël, que ahora brillaba como nunca lo había hecho. Un símbolo de lo fuerte que era ahora su amor.

    Quiso decir algo, pero una mano sobre su hombro lo detuvo. Se volteó hacia el dueño de esta, encontrándose con los dorados ojos de Glorfindel, que simplemente negó con su cabeza, aconsejándole no decir nada.

    - Que tú te hayas resignado no significa que yo lo haré – susurró el medio elfo, obteniendo una fría mirada por parte del Noldor.

    - No me resigné, simplemente acepté la realidad – le susurró de vuelta Glorfindel, intentando no llamar la atención del resto. Elladan arrugó su nariz y rodó sus ojos, indeciso sobre lo que sentía ahora.

    Aragorn informó que ya había logrado ver a Sauron a través de la Palantír, y que ya sabía que Lyanna, Gandalf y él estaban juntos. No olvidó recordarle su derrota contra su ancestro Elendil, Gil Galad, y la misma Lyanna. Había provocado el miedo de Sauron, y ahora irían a enfrentarse a él.

    Todos salieron en busca de sus caballos, preparándose para guiar a los que irían a pie. Pensaron en cargar antorchas, pero la armadura de Lyanna brillaba lo suficiente para poder tener una buena visión de los alrededores. No dudaron en elogiarle aquella creación, pues no solo era majestuosa, sino también un conjunto muy hermoso.

    Lyanna se encabezó a las filas, y Gandalf iba detrás de ella, usando su bastón para iluminar aún más el camino. Legolas cabalgaba al lado de la Vala, atento también a cualquier amenaza.

    Tenían que cruzar todo Ithilien del Norte, y caminar todo un día más hasta llegar a Morannon. En el camino casi no se oían voces. Muchos preferían disfrutar del silencio de sus pensamientos, pues más parecía una marcha funeraria que una de guerra. Si Frodo no destruía el Anillo a tiempo, todos los que se encontraban ahí morirían a manos de las huestes de Mordor.

    Sauron pensaba que el Anillo Único estaba en manos de Aragorn, y, como descendiente de Elendil, sabía que no se trataba de cualquier mortal. Y con Lyanna a su lado sabía que podría darle de su Llama para evitar ser corrompido por el Anillo. Podría usarlo a su conveniencia sin problema alguno, y ese era el temor que lo atormentaba.

    Lyanna sabía que aquella era una apuesta arriesgada. Frodo tenía que destruir el Anillo. Pues aunque todos murieran hasta dejarla sola contra Sauron, este la capturaría y encerraría de nuevo en Mordor, como lo había hecho por gran parte de la Segunda Edad. Incluso si eso pasaba, aún habría esperanza para la Tierra Media de que Frodo lanzara el arma de Sauron al fuego de Orodruin. Pero si fallaba, nada le costaría a Sauron ponerle el Anillo a Lyanna. Y si Legolas moría en aquella batalla, nadie sería capaz de devolverle su alma.

    - Pienso entregarme a Sauron si la batalla comienza a perderse – le dijo Lyanna a Legolas, varios pasos por delante del resto de guerreros. Este la miró, comprendiendo por qué lo decía – No me puedo arriesgar a que mueras.

    - ¿Y no crees que Sauron adivine tu intención? – cuestionó él, sabiendo que Sauron no era alguien a quien se le pudiera engañar fácilmente. Lyanna hizo una mueca.

    - Él no sabe que tú y yo estamos juntos de nuevo – recordó ella – Sauron vio a Náriël en mí – Lyanna se sacó el otro relicario que había hecho, idéntico al que colgaba del cuello de Legolas, pero este carecía de luz – Parece que su luz se ha apagado, que nuestro amor se ha terminado – explicó – Hasta donde sabe, no hay nadie capaz de devolverle el brillo y devolverme mi esencia. Nadie con capacidad de rescatarme de la oscuridad. Mientras no lo sepa, el plan funcionará – Legolas sonrió al ver que Lyanna realmente había pensado en todo. No le había borrado sus recuerdos con ella por simple temor. Era necesario para que su plan funcionara.

    - Lamento si he alterado lo que tenías en mente – se disculpó Legolas. Lyanna volteó a verlo, con el ceño fruncido. La luz del sol se colaba por los verdes y marrones árboles bajo los que cruzaban, iluminando el azul de los ojos de Legolas. Lyanna sonrió ante la imagen frente a ella.

    - Tú no has alterado nada. La que lo hizo fui yo, con tus recuerdos. Con el destino. Con nosotros – aseguró, con bastante firmeza – Lo que tenga que pasar, pasará – Lyanna volvió su vista al frente – Ya sea porque lo queramos así o no.

    Un fuerte grito se escuchó en el cielo, y una sombra cubrió la luz del sol sobre ellos. Uno de los Nazgûl atravesaba el lugar en una de sus aladas bestias. Los murmullos entre los hombres guerreros comenzaron a escucharse cada vez más fuertes.

    - Na-thala (Permanezcan quietos) – habló Lyanna a los hombres, que se callaron al escuchar la voz de la Vala – Solo es un vigilante – ella sabía que no los irían a atacar, pues lo único que Sauron haría sería contar con cuántos marchaban hacia Mordor.

    Pero debía tener cuidado de no ser vista junto a Legolas.

    Capítulo Veintisiete: El Don de Reyes

    Los bosques de Ithilien habían despertado en Legolas un sentimiento de pertenencia. Casi tan fuerte como el deseo de partir a Valinor cuando había escuchado a la gaviota en las orillas de Pelargir. Sus grandes árboles con hojas largas y coloridas le daban un aspecto de ensueño. La luz del sol se colaba entre ellas e iluminaba los alrededores en un dorado esperanzador. Y por las noches la luna le daba un aspecto de plata.

    Lyanna había visto a Legolas disfrutar mucho del paisaje, adivinando el cariño que le estaba tomando a aquel lugar. Llevaban ya cinco días dentro de aquellos bosques, y en ningún momento se había querido separar del elfo. Lo que fuera a pasar en la Puerta Negra era un misterio, no se podían confiar de la protección de los Valar, pues aquella batalla se salía de su intervención.

    - ¿Qué piensas? – le preguntó Lyanna a Legolas, viendo cómo no paraba de ver a su alrededor. Legolas la miró, sonriente.

    - Es como si este lugar estuviera hecho para mí – comentó él, sintiéndose feliz al lado de Lyanna bajo aquellos árboles – Bien podría ser un hogar para elfos – Lyanna sonrió al escucharlo decir aquello.

    - Ithilien es dominio de Gondor, podrías sugerirle a Aragorn embellecer estos bosques con tus propias manos – le dijo ella. Legolas la miró, aunque con una ligera sombra de incertidumbre.

    - Eso si sobrevivimos.

    Más Nazgûl se habían alzado en los cielos, observando el paso de los que marchaban hacia el Morannon. Usualmente lo hacían por la noche, pues en el día les era imposible ver, al ser espectros.

    No descansaban bajo tiendas, pues no había caballos para cargar con ellas. Dormían a la intemperie, teniendo a Gandalf, Lyanna y los elfos como guardias mientras descansaban. Aunque en la mayoría de las noches, habían contado también con Aragorn. Y aquella no fue la excepción.

    - ¿Dónde está Legolas? – preguntó el montaraz, sentándose al lado de la Vala. Su armadura brillaba con la luz pura de estrella de la que estaba hecha, dándole el aspecto tan divino que la caracterizaba como una de los Valar. Su cabello parecía brillar incluso más que su vestimenta, por no hablar de sus mismos ojos. Toda ella lucía como alguien celestial.

    - Está ayudando a Gimli a arreglar su cota de malla. La que le dieron en Minas Tirith le queda un poco larga – comentó, riendo en lo último – Escuché que tienes el don de tus antepasados, los reyes de Gondor – dijo Lyanna, observando con atención a Aragorn. Él la miró, extrañado – Manos sanadoras – él asintió.

    - Gandalf escuchó el rumor de que en antaño los grandes reyes poseían ese don – recordó él – Vino a mí a sugerirme que lo intentara. No estaba seguro de cómo funcionaba, así que fui con Éowyn y ver si lograba hacer que despertara. Rescatarla del mundo de la sombra – Lyanna había visto cómo Éowyn le daba muerte al rey brujo, junto a Merry. Pero ambos habían sido afectados por la oscuridad de este, arrastrándolos poco a poco hacia la oscuridad de los Nazgûl.

    - Lograste sanarla, a Merry y Faramir también – Lyanna no había podido ver a Faramir aún. El capitán de Gondor, hermano de Boromir, había caído intentando rescatar Osgiliath del control enemigo, justo antes de que las huestes de Mordor llegaran a Minas Tirith. Imrahil había sido el que había ido por él antes de que fuera capturado por los orcos. Lo había atravesado una flecha envenenada, pero gracias a Aragorn había logrado sobrevivir.

    - Me sentí obligado a ir con ella – comentó este, frunciendo el ceño, como si estuviera recordando algo – La ultima vez que la vi… le rompí el corazón – Lyanna juntó sus cejas, confundida por lo que Aragorn decía. Este la miró – Antes de partir por el Sendero de los Muertos me confesó sus sentimientos por mí – la Vala lo observó con tristeza – Claro que los rechacé, mi corazón le corresponde a alguien ya. Pero cuando Éomer la encontró en el claro de la batalla, lo primero que pensé es que había muerto. Y que lo último que compartí con ella fue haberle roto el corazón – él tragó saliva – Salvarla es lo menos que podía hacer.

    - Éowyn es lo suficientemente fuerte para abrazar el dolor y soltarlo. Y posee la sabiduría para entender que no puedas corresponderle – animó Lyanna, haciendo que Aragorn asintiera y le sonriera – Legolas se ha enamorado de estos bosques – le comentó – Pienso que con su conocimiento podría hacer que Ithilien alcance una belleza aún no vista en ningún bosque – Aragorn rio al adivinar la intención de la Vala de persuadirlo para darle el permiso a Legolas de hacerlo.

    - No necesita mi aprobación para eso, debería ser yo el que le suplique hacerlo – dijo él, riendo – Si Sauron es derrotado, la oscuridad que se cierne sobre Minas Morgul desaparecerá con él. Volverá a ser dominio de Gondor, recuperará el título de Minas Ithil. Definitivamente quisiera que Legolas le devolviera su belleza – meditó Aragorn, provocando que Lyanna esbozara una sonrisa.

    La noche se había pasado bastante tranquila, y por primera vez no habían visto a los Nazgûl en el cielo. Gandalf iba ahora al frente, y Legolas y Lyanna de último, atentos ante cualquier amenaza por la retaguardia. Esta vez, Gimli iba con el elfo y Pippin con la Vala. Los días pasados ambos habían caminado juntos, Gimli haciéndole compañía al hobbit al estar sin Merry, quien se había quedado en las Casas de Curación de Minas Tirith. Faramir era el delegado en nombre de Aragorn, y Merry en nombre de Éomer hasta que Éowyn pudiera levantarse de su cama.

    Los cuatro hablaban del viaje en el que habían estado. Pippin les contaba sobre su estadía en Fangorn, llamando todavía más la atención de Legolas de regresar y conocer el bosque con mayor detalle. Ellos le contaban sobre lo que habían tenido que pasar después de separarse en Amon Hen. Los días que habían perseguido a los Uruk, su encuentro con Gandalf, la llegada a Edoras, el camino hacia el Abismo de Helm y la batalla contra las huestes de Saruman.

    - … Y estaba tan triste que no pude reprimirme más las lágrimas. Me quemaron tanto que ardían en mis dañados ojos más que el propio veneno de Ungoliant. Pero descubrí que mis más saladas lágrimas fueron dotadas por Nienna con el poder de sanación – dijo Lyanna, explicándole a Pippin cómo había recuperado su vista, pues la última vez que el hobbit la había visto, aún la tenía dañada – Nienna es la Valië de los lamentos – le explicó ella, al ver el rostro de desconcierto del mediano – La única entre los Valar con capacidad de llorar.

    - Dabas mucho miedo… con tus ojos quemados – Lyanna rio al escucharlo decir eso.

    Casi olvidaban la razón por la que marchaban en aquel largo viaje. Se sentían bien estando entre ellos, reunidos y posiblemente por última vez. No fue hasta que Lyanna presintió su Llama perder fuerza lo que le recordó la razón de todo aquello.

    La Llama que había puesto en Frodo se había debilitado. Con cada paso que daba más cerca del Monte del Destino, perdía vida. Lyanna temía que Frodo se entregara a la tentación del Anillo y terminara por destruir toda esperanza posible. Si su Llama se apagaba, y Frodo se ponía el Anillo, Sauron sabría dónde encontrarlo. Solo le bastaría con capturarla para que todo por lo que habían luchado fuera en vano.

    El viaje que había empezado en Rivendel con tanta esperanza comenzaba a llegar a su fin. Solo tenían una oportunidad y no podían fallar. Pero si Sauron lograba llegar al Anillo, ¿qué opción tendría Lyanna más que huir? Si Sauron recuperaba el Anillo, la alejaría de Legolas para siempre. Si recuperaba el Anillo, el mal viviría para siempre y ella sería incapaz de regresar a Valinor, incapaz de recuperar su poder. Si Sauron ganaba, estaba condenada para siempre.

    Capítulo Veintiocho: La Última de los Valar

    Elladan no podía despegar su vista de Lyanna y de Legolas, que iban ahora al frente. No se habían separado del otro en todo el trayecto. En más de una ocasión los había visto besándose y acariciándose desde lejos. Podía sentir la intensidad con la que ambos se expresaban el amor que le tenían al otro. Y eso lo molestaba.

    - ¿Cuánto tiempo más vas a seguir con eso? – le preguntó Elrohir, observando a su hermano atento a los dos amantes que tenían al frente – Han pasado casi dos mil años desde que te dijo que era incapaz de corresponderte, ¿por qué no lo aceptas de una vez? – Elladan lo miró, un poco triste.

    - Me temo que los impulsos mortales que llevo en la sangre se están imponiendo sobre el resto – comentó él, expresándole a Elrohir su malestar – Si hubieras experimentado su amor… si hubieras sentido lo que era amarla… - pero lo cortó.

    - Lo hice, y gracias a ti nunca llegué a expresarle mis sentimientos – recordó Elrohir, con una sonrisa irónica – Aunque ahora tal vez debería de agradecértelo, pues vivir con ese despecho no me parece algo tranquilizador – Elladan rio.

    - Debiste ser más rápido. Pero tienes razón en eso, te has librado de la maldición de la Valië – ahora fue su hermano el que rio.

    - ¿La qué?

    - Todo aquel que le entrega su corazón parece estar condenado a sufrir si no es correspondido. Gildor me confesó hace unos meses que en sueños aún anhela haber sido amado de regreso por Lyanna. Galadriel me dijo que muchos de los elfos de Lórien habían compuesto baladas para ella, la mayoría tristes relatando un amor imposible o fallido. Glorfindel parece aceptar el destino, pero eso no quiere decir que no le duela – se acercó más a Elrohir, bajando la voz – Incluso entre todos estos hombres ha nacido el deseo de llamar su atención. No pueden evitar admirarla y querer que ella voltee a verlos. Pero Legolas les ha matado toda esperanza – dijo, señalando al frente y viendo cómo el Síndar depositaba un tierno beso en la mejilla de Lyanna. Elrohir resopló y negó con la cabeza.

    - Hermano, ¿podrías dejar tus celos para cuando esto termine? – cuestionó, mirándolo con seriedad – Además, la estrella de Lyanna ha encontrado a su portador. Lo que significa que no hay poder en Arda capaz de destruir su amor. ¿Por qué seguir insistiendo con eso? – Elladan bajó su mirada, casi decepcionado.

    - Porque soy terco, Elrohir.

    Los aún verdes y maravillosos árboles comenzaban a quedar poco a poco atrás, y todos los viajeros sabían que estaban entrando a los territorios de Mordor. La luna se alzaba esta vez en el cielo con un destello pálido y carente de vida. Aunque previamente habían vivido la sensación de la última noche de paz, ahora sí estaban seguros de que esa podría ser la última que estarían con vida, y la última en la que tendrían que vivir aquel sentimiento si todo salía bien.

    El silencio que reinaba era aterrador y la ansiedad mantenía despiertos a la mayoría de los guerreros. Aquella noche, nadie quería descansar. Había varias fogatas encendidas y hombres reunidos en círculo, observando con tristeza las llamas. Querían permanecer juntos una última vez. Cerca de los amigos con los que morirían el siguiente día.

    Pronto, el silencio se vio opacado por las voces de ellos. Unos cantaban, otros narraban, y otros reían ante ambas. Trataban de olvidar la crueldad de la razón por la que estaban ahí. Sus rostros de terror se vieron reemplazados por alegría y gratitud. Un símbolo de esperanza que despertó en Lyanna un sentimiento de tristeza.

    - ¿Asustada? – preguntó una voz a su derecha. Lyanna estaba sentada sobre un tronco, esperando a que Legolas y Aragorn regresaran del bosque, pues habían ido a buscar más leña. Tenía su pierna doblada y sobre su rodilla descansaba su brazo. Sostenía su daga con la mano que colgaba, y su mirada se había perdido entre las voces de los guerreros. Al escuchar a Elladan hablarle, dirigió su vista hacia él.

    - ¿Es malo estarlo? – cuestionó - ¿De dónde obtendría mi coraje sino del miedo? – Elladan caminó hasta ella y se sentó a su lado, tomando la daga que Lyanna sostenía.

    - ¿Pero hablas de tu miedo o el de ellos? – preguntó, apuntando con su cabeza al resto de hombres. Lyanna lo miró, con tristeza.

    - Escúchalos, su única esperanza de sobrevivir es que logremos acabar con Sauron. Que yo logre matarlo – Elladan negó.

    - Tanto que lo derrotes en batalla como que Frodo lance el Anillo a Orodruin. Esta carga no es solo tuya – intentó animarla el elfo – Frodo ha llegado hasta acá, no hay forma en que se eche hacia atrás – Lyanna arqueó su ceja, divertida.

    - No deberías cuestionar la tentación del Anillo. Nada es seguro hasta que Frodo lo suelte por completo a los fuegos del Monte del Destino. Es como si todos estuviéramos conteniendo la respiración hasta que eso pase. No habrá descanso reparador ni cargas livianas hasta que el Anillo por fin caiga en la lava de la que fue creado – meditó Lyanna, con su ceño fruncido, pensando en la imagen que Frodo apreciaría al realizar aquella acción. Elladan la miraba con admiración, deteniéndose a apreciar sus delicadas facciones. No había nada en el mundo con lo que él pudiera comparar la belleza de la Vala, ni siquiera la más estrellada de las veladas era tan hermosa como el ser que tenía a su lado. Sintió su corazón latir con mayor rapidez. Deseaba que los labios de Lyanna se juntaran de nuevos con los de él. Y aunque con todo su corazón quería recuperarla, sabía que no podía.

    - Lyanna – susurró él. Ni siquiera se había percatado que había acercado su rostro al de ella. Lyanna volteó a verlo y su nariz casi roza la de él. La Vala retrocedió instantáneamente al sentir la cercanía de su rostro – Estás a tan poco de convertirte en la más divina de entre los Valar – los ojos de Lyanna brillaron ante la idea de aquellas palabras – Cuando clamemos a ti serás capaz de intervenir sin problema. Y nadie buscará ganarse tu ira, pues tan violenta será que ni siquiera Tulkas osará en desafiarte – el elfo tomó aire, tomando el valor para hablar de nuevo – Por largos años he deseado que regreses a mí – confesó, mirándola a sus plateados ojos – Que tu corazón reconozca el amor que el mío te profesa, y decida corresponderme – los ojos de Lyanna se entristecieron con cada palabra que escuchaba salir de la boca de Elladan – Pero este tormento no creo que termine nunca. Es algo que solo la muerte puede revocar – Lyanna frunció su ceño, pues no entendía a qué se estaba refiriendo Elladan, considerando que él era inmortal.

    - ¿Qué estás diciendo? – preguntó ella, alarmada ante lo que comenzaba a sospechar. Elladan la miró con pesar.

    - He escogido una vida mortal – Lyanna expandió de par en par sus ojos, sin poder creer lo que estaba escuchando. Elladan, junto a Elrond, Elrohir y Arwen, podían escoger ser contados entre los elfos o entre los hombres. Únicamente Elros, hermano de Elrond y antecesor de Aragorn, había escogido la mortalidad. Y Arwen lo había decidido recientemente al enamorarse de Aragorn. Pero a Lyanna le sorprendía que Elladan lo hiciera.

    - ¿Por qué? – preguntó ella, tan triste como si estuviera viviendo el día de su deceso.

    - Porque lo que siento por ti no es algo que desaparezca con facilidad. Al ser inmortal, me condeno a vivir con ese dolor. Escondido en lo profundo de mi pecho, pero presente. Pero la mortalidad de los hombres me concederá ese descanso.

    - Los bosques de Lórien te concederán ese descanso – afirmó Lyanna - ¿Cómo te atreves a dudar de la voluntad de Ilúvatar? ¿Por qué te haría amar a alguien y no darte el remedio para olvidarlo?

    - Porque me temo que sea algo irremediable – dijo, y Lyanna pudo ver en sus ojos el deseo de no quererse sentir más de aquel modo. Ella colocó una mano en la mejilla de Elladan – Oh, Val ¿es que no ves lo enamorado que estoy de ti? – Lyanna tragó saliva, sin saber qué decir – Solo quiero aceptar que tu destino no estaba atado al mío.

    - Y lo harás – dijo ella, mirándolo fijamente a sus ojos – Te prometo que lo harás – aseguró.

    Ambos escucharon pasos provenientes de la oscuridad del bosque. Aragorn y Legolas aparecieron de entre los pocos árboles que se alzaban alrededor. Lyanna retiró su tacto del rostro de Elladan y le dedicó una sonrisa, pero Elladan no se la devolvió.

    Ver a Legolas de nuevo, sabiendo que tenía lo que él tanto quería, le había devuelto el deseo de querer a Lyanna de vuelta. ¿Qué tenía el Síndar que él no? ¿Por qué Lyanna había decidido amar a alguien cuya raza ni siquiera había vivido entre los Valar? ¿Por qué se fijaría en alguien cuya ascendencia carecía de dones e instrucción de los Valar?

    Lyanna observó la sombra que se formaba en la mirada del castaño, estando alerta de cualquier movimiento que fuera a hacer, o cualquier palabra que fuera a decir. Pero solo se levantó y comenzó a alejarse. Legolas volteó a ver a Lyanna, quien dejó escapar el aire y cerró sus ojos con alivio.

    - Estoy feliz por ti – dijo Elladan, regresando hasta ellos dos. Lyanna frunció el ceño, confundida por su comentario a Legolas – Cualquiera de nosotros mataría por estar en tu lugar – señaló con sus brazos alzados al resto de guerreros. Lyanna lo miró con dureza.

    - Elladan… - advirtió ella, pero este no le hizo caso.

    - Solo una pregunta – caminó hasta quedar frente a Legolas. Lyanna se puso de pie - ¿Cómo terminaste aceptando renunciar a procrear un descendiente? – la sangre de Lyanna se heló, y el semblante de Legolas tembló – Digo, mi padre no debía preocuparse por eso cuando Lyanna y yo estuvimos juntos. Aún tenía a Elrohir y a Arwen para asegurar nuestra sangre.

    - ¡Elladan! – demandó Lyanna. El elfo la ignoró, pero sabía que se estaba jugando el pellejo al hacerla enojar.

    - Pero sé que el rey Thranduil no tiene más hijos… - antes de que pudiera seguir hablando, Lyanna había empezado a usar su poder para frenarle la lengua. Elladan sentía como si su cuello estuviera siendo rodeado por gruesas ramas de árbol que poco a poco le cerraban el paso del aire. Legolas solo observaba cómo Lyanna lo obligaba a no decir ni una palabra más. Pero su mente aún procesaba lo que acababa de escuchar.

    Lyanna soltó a Elladan y le ordenó retirarse del lugar, cosa que hizo al haber ya sembrado aquella discordia en el corazón del Síndar, que seguía meditando sobre el hecho de no ser capaz de asegurar un descendiente.

    La única razón por la que Lyanna había nacido era porque el tomento de Yavanna y Aüle de crear lo que fuera, menos un hijo, era tal que el mismo Ilúvatar se había compadecido de su dolor. Ninguno de los otros Valar habían tenido el permiso de Eru para procrear un descendiente, solamente Yavanna, la única capaz de dar cualquier tipo de frutos, y Lyanna había sido el de su vientre. Pero había sido una sola excepción, por lo que Lyanna tampoco tenía permitido tener descendientes.

    - ¿Legolas? – escuchó que lo llamaba ella, con una tímida y quebrantada voz. Lyanna temía que aquello creara una sombra de duda en el corazón de Legolas. Elladan tenía razón, Thranduil no tenía más hijos, por lo que Legolas sería el último de su linaje si se entregaba para siempre a Lyanna.

    Legolas ya estaba sacrificando su propia vida al arriesgarse a amar a Lyanna, y ahora recordaba que un precio más por ser correspondido por ella equivalía a jamás convertirse en padre. Lyanna sabía que le había exigido mucho. ¿Con qué le estaba pagando por su amor? Con muerte y el fin de su sangre. Se sentía terriblemente culpable.

    - Legolas… - volvió a llamarlo, y esta vez obtuvo una mirada indescifrable. ¿Era lástima, dolor o amor lo que veía en sus ojos? – Lamento haber olvidado ese asunto… - pero fue silenciada por el repentino beso que Legolas se había apresurado a darle. Lyanna se agarró de él, rodeándolo con sus brazos por su espalda. Un beso cargado de pasión y seguridad que le decía a la Vala lo necesitaba escuchar: “Te amo de todas formas”.

    - El precio que sea ¿recuerdas? – le susurró él sobre sus labios. Legolas sabía que aquello se salía de las manos de Lyanna. Ella le había dicho mucho tiempo atrás de su incapacidad de crear vida, ni siquiera de su propio vientre, pero nunca había considerado que fuera él quien tuviera que enfrentarse a aquel destino.

    Y aunque enfrentarse a aquella verdad era algo impactante, no dudaba del amor que le tenía a Lyanna. La Vala se había robado su corazón y cada suspiro que daba lo hacía por ella. Quería tenerla a su lado siempre, que aquella cálida mirada no desapareciera.

    Por gran parte de su vida había sido consciente que algún día tendría que darle al Bosque Negro un heredero. Desde que su abuelo había caído en la Última Alianza y su padre había tenido que ascender al trono, la posibilidad de que un día él tuviera que tomar el lugar como rey era ahora existente. Pero si la guerra se ganaba, ¿qué necesidad habría de un descendiente? En su corazón tampoco había existido el deseo de tener un hijo.

    Y algo le decía que Lyanna era capaz de llenar ese vacío, si alguna vez surgía. Para él, lo importante eran ellos y lo que tenían. Disfrutaría del amor de la Vala aunque le demandara su propia vida.

    Capítulo Veintinueve: Boca de Sauron

    Las primeras luces del día comenzaban a asomarse. Pocos habían sido los soldados que habían descansado por la noche, pues incluso los rayos del sol que empezaban a salir parecían carecer de intensidad.

    Aragorn caminó hasta su caballo y pidió a Gandalf, Lyanna, Éomer, Glorfindel, Imrahil, Elladan y Elrohir que cabalgaran a su lado para ir al frente de batalla. Gimli iba junto a Legolas, y Pippin junto a Gandalf. Comenzaron a avanzar por el sendero, notando el cambio de paisaje conforme más se acercaban a Mordor.

    El corazón de Lyanna latía con fuera, sabiendo que el día decisivo había llegado. En su espalda colgaba Ringil, y el peso de esta era ahora mucho mayor al saber que por fin la usaría para lo que se la había dado Galadriel.

    Los árboles quedaron atrás, la tierra perdía color poco a poco y el denso aire molestaba la tranquilidad de la mayoría. Nadie hablaba, solamente se escuchaban los pasos de los caballos y de los cuatro mil soldados tras la caballería.

    Tras varias horas de viaje, la Puerta Negra se alzó a lo lejos. Lyanna tuvo recuerdos de aquel lugar cuando había escapado de las garras de Sauron, el mismo día de la creación del Anillo Único. Ya había vuelto una vez, esperando corregir aquel error. Recordó a Gil Galad y a Elendil a su lado, marchando con ella en aquella misma dirección. Recordaba a Thranduil y a Oropher también, comandando a los elfos silvanos de la Tierra Media.

    El panorama no era del todo distinto. El descendiente de Elendil estaba a su lado y el hijo de Thranduil también. Esta vez no había elfos, más que los hijos de Elrond y Glorfindel, solamente hombres y en un número demasiado reducido. Además, con ellos ahora se encontraba el Mago Blanco.

    No había guardias en las torres de la Puerta, y ninguno de los elfos presentía peligro escondido en ninguno de los alrededores. Era como si no hubiera absolutamente nadie tras las puertas de Mordor.

    A mitad del camino los guerreros comenzaron a formar las filas. Ni siquiera se tomaron la molestia de dividirse por región. Todos estaban ahí para morir juntos. Todos simbolizaban una sola raza, y si iban a caer, lo harían al lado de los amigos que habían hecho durante el trayecto.

    Aragorn ordenó a su primera línea y se posicionó al centro de ellos. El árbol blanco de Gondor en el centro de su coraza le permitiría a Sauron reconocerlo con facilidad como el rey. Andúril colgaba de su cintura, pero fue entonces cuando Lyanna se dio cuenta que el relicario de Arwen ya no estaba.

    Los minutos pasaban y ni siquiera se escuchaba el sonido del viento. Detrás de las Puertas parecía reinar el silencio, cosa que comenzaba a desesperar a los guerreros.

    Imrahil ordenó bajar de los caballos y dejarlos retornar a Minas Tirith, pues en aquella batalla no tenía sentido condenarlos a ellos también.

    - ¿Dónde están? – preguntó Pippin, perdiendo ya la paciencia. Los hombres de Dol Amroth comenzaban a bajar de sus corceles, y a punto estaba Imrahil de bajar del suyo cuando Lyanna lo detuvo.

    - No los nuestros – dijo ella, mirando hacia la Puerta con sus ojos entrecerrados – Sauron quiere algo – susurró. Y aunque no podía adivinar qué era lo que Sauron quería que hicieran, se encontró dirigiendo a Roheryn en dirección a la Puerta Negra. Aragorn y Gandalf la siguieron, así como Legolas, Éomer, Imrahil, Glorfindel, Elladan y Elrohir.

    - ¿Qué haces? – preguntó Aragorn, llegando al lado de Lyanna y viendo cómo cerraba sus ojos. Lyanna lo ignoró, pues necesitaba concentrarse para ver lo que había tras las Puertas.

    Distinguió a un ser oscuro, aunque sabía que no se trataba de Sauron, ni de alguno de los Nazgûl. Sin embargo, podía sentir la mortalidad en su carne, como la de un Numenoreano.

    Un Numenoreano Negro.

    - Túlie (ven) – ordenó Lyanna, haciendo que con su poder las puertas de Mordor se abrieran y dieran paso al lugarteniente de Sauron de Barad-dûr. Solamente Gandalf identificó de quién se trataba aquel temible personaje de mirada oculta y desagradables dientes. Montado sobre un negro caballo que poseía una terrorífica máscara.

    - Soy Boca de Sauron – emitió una voz carrasposa y grave, seguido por una sonrisa que dejaba ver por completo sus afilados y negros dientes – Mi señor Sauron les da la bienvenida - aquel emisario del Señor Oscuro estaba ahí con un propósito, adivinó Lyanna, pero no podía descifrar cuál. Boca de Sauron evaluó a los presentes - ¿Hay alguien aquí con la suficiente autoridad para tratar conmigo? – detuvo su mirada en Aragorn – ¡Já! Se necesita más que un pedazo de vidrio élfico para hacer a un rey, o una chusma como esta. ¡Cualquier bandolero de las colinas puede mostrar tan buenos seguidores! – Lyanna arrugó su nariz, molesta por el comentario.

    - Se necesita más sabiduría para comprender que quien se para frente a ti no es un bandolero cualquiera – dijo ella, atrayendo la atención del mensajero, que sonrió al ver que realmente estaba ahí.

    - ¡Ah! Mi lady – inclinó su cabeza hacia Lyanna mientras posaba una mano sobre su pecho – Un placer conocerla al fin – Lyanna mantuvo su boca cerrada, pues aquel no era orco cualquiera con el que trataban. Boca de Sauron poseía la sabiduría del mismo Sauron, engañarlo era inútil, pero ser engañados para revelarle la verdad podría resultarle fácil – Tengo artículos que me indicaron mostrarles – dijo, sacando de su capa un conjunto de ropas y demás. Éomer e Imrahil fruncieron el ceño, pues no comprendían de qué se trataban.

    - ¡No! – chilló Pippin al ver que se trataba de la espada de Sam, las capas de Lothlórien y la cota de malla de Frodo de mithril.

    - ¡Silencio! – exclamó rápidamente Gandalf, pues no debían de indicarle a aquel ser maligno nada que pudiera revelar sus planes. Pero ni el mismo Gandalf podía creerse lo que estaba viendo. Lyanna frunció su ceño y parpadeó varias veces, intentando entender qué quería decir aquello. Glorfindel y los hijos de Elrond conocían la espada e identificaron la capa élfica, por lo que rápido comprendieron que se trataba de Frodo y Sam. Aragorn, Legolas y Gimli estaban inexpresivos, pero una chispa de deseo de venganza brilló en sus ojos.

    - Así que tienes otro de estos… medianos – habló la Boca, notando el chillido de Pippin – Qué utilidad les ves, no puedo saberlo. Pero enviarlos como espías a Mordor ha sobrepasado tu locura acostumbrada. Y gracias a este mocoso me da la impresión de que ha visto estos ítems antes. Será en vano ahora que lo niegues, viejo barba gris – le dijo a Gandalf, que intentaba mantener su postura aunque la incertidumbre lo invadía.

    - No deseo negarlo. Conozco bien su historia. Pero ¿por qué los has traído? – cuestionó Gandalf. Nadie más hablaba, pues sabían que no era sensato.

    - ¡No empieces! Lo sabemos bien, estas son las marcas de algo oculto. Ahora, tal vez aquel que las usó no significaba nada para ti. O… - inclinó su cabeza, evaluando la expresión del mago – Uno al que apreciabas – la Boca rio – Mi señor Sauron no le tiene aprecio a los espías, y lo que le depare el destino será decisión tuya – nadie respondía, ni siquiera Gandalf. Pero la Boca evaluó las expresiones de horror y duda en los presentes, adivinando lo que ya suponía - ¡Ah! Entonces sí lo era. ¿O a lo mejor su misión era lo que les importaba? Pues ha fallado. Enfrentará los lentos tormentos de la Gran Torre por largos años. No será liberado nunca, a menos que sea cambiado o roto, hasta entonces te lo devolveremos. Para que veas con tus propios ojos lo que le hiciste. Esto, a menos que aceptes los términos de mi señor.

    - Nombra los términos – dijo Gandalf, mirando hacia el pavimento. Lyanna tragó saliva.

    - La chusma de Gondor y sus tontos aliados deberán retirarse de una vez más allá del Anduin. No sin antes juramentar no volver a atacar a Sauron el Grande con armas, abierta o secretamente. Y mi lady, la Dama de Mordor, retornar con su prometido – pidió, sonriéndole a todos. La mirada de Legolas se endureció, y Gandalf arrugó su nariz, disgustado.

    - Esta es demasiada demanda para un solo sirviente – dijo el mago - ¿O el campo de Gondor ha destruido su esperanza en la guerra, que ha caído en el regateo? Y si consideráramos a este espía tan valioso, ¿qué seguridad tenemos de que Sauron cumplirá con su parte? – Gandalf miró a la Boca con desafío - ¿Dónde está el prisionero? – pero la Boca rio.

    - No intercambies palabras en tu insolencia con la Boca de Sauron. ¡Seguridad es lo que anhelas! Sauron no da ninguna. Estos son los términos, tómalos o déjalos.

    - Estos términos tomaremos - alzó la voz Lyanna, adivinando por fin aquel engaño. La Vala levantó sus manos y, con su poder, atrajo las prendas de Frodo del agarre de la Boca hacia ella – Los recuerdos del mediano. En cuanto a tus términos, los rechazamos – todos voltearon a verla, inseguros de por qué lo decía con tanta confianza. Pero Gandalf descifró sabiamente que de algo se había enterado.

    - No hemos venido a tratar con Sauron, el desleal y maldito. Mucho menos con una de sus lacayas – habló el mago. La Boca pareció molestarse.

    - Retírate, pues tu cometido ha fallado y la muerte te espera cerca – le ordenó Lyanna. La Boca rugió con desagrado, sin quitar la sonrisa de su rostro. Lo que decían sus ojos era imposible de saber para los guerreros que se encontraban frente a él.

    Sabiendo que no había más que hacer, la Boca de Sauron dio media vuelta sobre su caballo y caminó de regreso al interior de las tierras oscuras. Las Puertas Negras se cerraron detrás de él, posiblemente para darla orden de marcha de las miles de filas enemigas.

    - Has visto algo – le dijo Gandalf a Lyanna, quien no parecía expresar duda o tristeza alguna. Ella lo miró.

    - La Llama de Frodo sigue latente. Débil, pero no alterada ni perturbada. Sigue combatiendo la tentación del Anillo, por lo que aún debe de cargarlo – explicó. Gimli frunció el ceño.

    - ¿Y cómo le quitaron todo esto sin verle el Anillo? – cuestionó el enano. Lyanna frunció el ceño.

    - No tenemos tiempo para intentar encontrar respuestas. Sauron sabía que su emisario no podría mentirme, por lo que ha evitado contarnos más. Sin embargo, en verdad piensan que se trataba de un espía, por lo que no tienen idea del Anillo – Aragorn se percató de algo y miró con ilusión a la Vala.

    - ¡Sam! – exclamó este. Lyanna frunció el ceño – El emisario solo ha mencionado a Frodo, solo ha mencionado a un espía. Pero aquí sabemos que hay dos – pero las esperanzas de Lyanna no se avivaban - ¿Puedes sentir la Llama de Sam? – ella lo miró, entristecida.

    - No pude depositarle una a Sam. Los orcos en Amon Hen llegaron antes de que lo hiciera – lamentó ella – Si está vivo o no, solamente Ilúvatar lo sabe, pues con lo que la Boca ha dicho parece ser que no está con Frodo – un fuerte sonido proveniente de las Puertas llamó la atención de todos, y vieron cómo estas se movían y volvían a abrirse. A lo lejos, pudieron ver las legiones de bestias que comenzaban a marchar contra ellos.

    Aragorn dio la señal de regreso y aquella línea de combate cabalgó hasta el puñado de guerreros que aguardaban a la espera de su muerte. Los orcos comenzaban a avanzar, y sabían que pronto se verían rodeados por el enemigo.

    Pronto, todo terminaría. Para bien o para mal.



    Capítulo Treinta:

    Los oídos de Lyanna zumbaban con la intensidad de las pisadas que resonaban a su alrededor. Los orcos no paraban de salir de las tierras de Mordor mientras se ubicaban en cada ángulo posible para rodear a aquellos que superaban en número.

    Los hombres ahí confiaban en que Lyanna volviera a abrir la tierra bajo ellos y eliminara a la mayoría de los enemigos. Pero la Vala no lo iría a hacer. Su poder tenía que reservarse para algo todavía más grande. Pues sino, caería frente a Sauron fácilmente.

    Las respiraciones de todos los hombres detrás de ella eran ensordecedores. Sus clamores a los Valar inundaban su mente, llenándola de voces desesperadas esperando que los auxiliaran.

    Lyanna cerró sus ojos y esperó que sus palabras llegaran a oídos de sus padres.

    - Métima-lû, no di Im (por última vez, estén conmigo) – susurró, mientras su voz desaparecía en la brisa que soplaba frente a ella. La mano de Manwë acarició esas suaves palabras y sintió el clamor de su hija en aquel momento. Los Valar sabían que aquel era el momento por el que Ilúvatar le había dado la vida a Lyanna. Aquel era el momento por el que Gandalf y Glorfindel habían regresado de la muerte. Aunque movieran los océanos y las montañas, lo que deparara la voluntad de Ilúvatar no podría deshacerse.

    - Ojalá, Merry estuviera aquí – escuchó la Vala decir a Pippin, quien sostenía con sus manos su espada, y vestía con orgullo el uniforme de Gondor – Si este es el momento en el que he de morir, me habría gustado hacerlo junto a él.

    A su otro lado divisó a Gimli apegándose más a Legolas, mientras tomaba con firmeza su hacha y veía a las legiones de Sauron aún saliendo de las puertas.

    - Jamás pensé que moriría peleando al lado de un elfo – meditó, reconociendo que de aquello no tendrían escapatoria.

    - ¿Qué tal al lado de un amigo? – invitó Legolas, mirándolo con un brillo de ilusión. Gimli le sonrió con auténtica admiración.

    - Sí, podría hacer eso.

    Los ojos de la Vala se encontraron con los de Gandalf, quien le dedicó una ligera sonrisa. Pronto Lyanna, si vencía a Sauron, se reencontraría con sus padres. Ascendería al lugar para el que había nacido y la desgracia que la había atormentado por más de diez mil años llegaría a su fin. Lyanna le sonrió de vuelta, pues no iba a permitir que sus amigos cayeran. No podía fallar.

    Las Puertas Negras quedaron completamente abiertas, y a lo lejos Aragorn divisó el Monte del Destino. Lugar del que habían alejado la atención de Sauron para darle paso a Frodo. Alzó su vista al cielo sobre aquel temible volcán, y cerró sus ojos. Sintiendo la suave brisa del oeste rozar su rostro.

    Su corazón se llenó de coraje, y sus ojos irradiaron esperanza. Se volteó hacia sus amigos, los más leales que le habían seguido hasta la misma muerte, y recordó las palabras que le había dicho a Frodo antes de partir de Rivendel. Si con mi vida o muerte te puedo proteger, lo haré. Y ahora era el momento de cumplir aquella promesa.

    - Por Frodo.

    El rey de Gondor sostuvo su espada con fuerza y se dispuso a cargar contra las filas de orcos que yacían frente a él. Pippin lanzó un grito de guerra y no tardó en seguirlo, pensando en Merry, en Sam y en Frodo. En sus amigos.

    Y entonces el resto de los soldados, ante la mirada de su rey, recobraron toda valentía en sus corazones. La muerte que les esperaba adelante era una a la que anhelaban llegar, pues caerían defendiendo a sus más queridos. Caerían en busca de un mundo sin oscuridad. Sus nombres serían los que se grabarían en la historia de la Tierra Media, y sus hazañas las que servirían de ejemplo.

    La primera línea de las filas enemigas se rompió. Legolas disparaba desde lejos las flechas que eliminaran a los lanceros que había al frente, dándole paso a los que se aproximaban a estos. Aragorn, Gandalf, y Lyanna fueron los primeros en clavar sus espadas en los cuerpos de los orcos que se paraban frente a ellos. En las manos de la Vala, Ringil parecía no pesar más. Sentía que su hora estaba cerca, sentía a su destinatario próximo.

    Los orcos de los alrededores comenzaron a avanzar hacia el puñado de hombres que se amontonaban en medio de uno de los frentes. Pronto se verían rodeados, y poco a poco irían cayendo sin compasión alguna.

    Legolas había perdido de vista a Gimli, si había caído o no le era imposible de saber. Aún divisaba los cabellos rubios de Lyanna un poco alejados. Pippin también se había perdido para él en aquel mar de cuerpos.

    Éomer peleaba de espaldas con Imrahil, ambos defendiendo la retaguardia del otro sin darle paso a ningún orco. Elladan y Elrohir tampoco se habían separado del otro. Sus ágiles sentidos élficos les permitían adivinar los ataques de aquellas bestias, matando a cualquiera que se acercara a alguno de ellos.

    - ¡Gimli! – gritó Legolas, con sus dos dagas en sus manos y derribando con cada paso a todo orco que se le cruzara. Estaba atento también a defender a cualquiera de sus aliados que estuviera en apuros y apunto de ser asesinado. Entre más caminaba entre los cuerpos buscando al enano, más se alejaba de Lyanna. Los cabellos de la Vala se fueron haciendo menos visibles entre tantas cabezas.

    Glorfindel no le daba lugar a ningún orco que pasaba cerca de él. Tal era su fuerza que derrotaba hasta tres enemigos en un solo ataque. Esquivaba sin problemas a los orcos y ninguno podía atinarle una sola herida. A su alrededor comenzaba a formarse una pila de cuerpos, y su espada ya estaba completamente bañada de sangre negra.

    Narya le daba a Gandalf el ánimo suficiente para no desfallecer. Con su espada y su bastón, que golpeaba incesantemente contra el suelo, hacía volar a los orcos a su alrededor, decapitando a cada uno con el que se enfrentaba. Aragorn aprovechaba la larga hoja de Andúril para deshacerse de dos y tres enemigos a la vez. Varios de estos se lanzaban al mismo tiempo contra él, pero los esquivaba y lograba atravesarlos.

    Pero era Lyanna de la que los orcos comenzaban a retroceder. Por cada cuatro que avanzaban contra ella, su espada atravesaba a dos más. Se movía con tal furia y rapidez que no les daba paso alguno de avanzar. Esquivaba con completa seguridad los ataques de la espada y lanza enemiga. Con su propia fuerza era capaz de romperle los huesos a los orcos. Y, a diferencia de ella y de los elfos, ellos sí se cansaban.

    Un chillido en los cielos se hizo presente, y de entre las espesas y negras nubes salieron los Nazgûl montados en sus bestias aladas. Gandalf y Lyanna alzaron su vista al cielo, pues aquello, considerando el número reducido de hombres con el que contaban, les haría más fácil a los espectros acabar con ellos.

    Pero justo cuando estaban a punto de tomarlos en sus garras, una de las águilas de Manwë empujó a la bestia del Nazgûl, evitando que tocaran a los que en tierra se encontraban. Lyanna sonrió al ver aquello, pues sabía que habían sido enviadas por el Señor de los Vientos. Había escuchado su súplica de auxilio.

    - ¡Las águilas! ¡Las águilas vienen! – escucharon que gritó Pippin, pero ninguno podía dar con su ubicación.

    Legolas vio a Gimli tropezar con el cuerpo de un orco que yacía muerto en el suelo. Su hacha voló de sus manos, y el enemigo que lo perseguía comenzaba a alzar su cuchillo para clavárselo al enano. No espero un segundó más para sacar su arco y tensar una flecha en dirección a aquel orco. El cuerpo de este cayó al lado de Gimli, que vio la flecha y buscó entre aquel lugar el rostro del elfo. Legolas sonrió cuando las miradas de ambos se encontraron.

    Los cabellos de Lyanna se pegaban a su rostro conforme más fuerza usaba para matar a los orcos que la rodeaban. Se movía tan rápido que todo a su alrededor parecía viajar a la misma velocidad. Para sorpresa de todos, pocos eran los aliados de Gondor que habían caído. Pero cientos de los cuerpos enemigos se acumulaban poco a poco en el suelo. Pippin se había subido a una montaña ya hecha de orcos muertos para eliminar al resto en una mejor posición, y ahora todos sabían que se encontraba con vida.

    Poco a poco los orcos iban encerrando más a aquel grupo de sobrevivientes. Sus cuerpos chocaban con el de amigos y enemigos. Debían de tener mayor cuidado de no mover sus espadas demasiado cerca del que tenían al lado, pues corrían el riesgo de herirlos por accidente.

    Sin embargo, la furia de los hombres por defender su mundo y su raza se notaba por la cantidad de orcos que estaban derrotando. Si seguían así, no conseguirían derrotarlos. Se dieron cuenta que mientras la Vala, el Istar y el rey de Gondor siguieran enfocados en ellos, no podrían avanzar más.

    Los Nazgûl trataban de arreglárselas contra las gigantes águilas de Manwë, pero las afiladas garras de estas y su tremenda habilidad para esquivar las de las bestias aladas les hacían imposible acabar con ellas. Mientras, otras de las aves arrasaban con el montón de orcos en tierra, atravesándolos con sus largas garras.

    Los jadeos que se escapan de la boca de la Vala eran tan violentos como la misma fuerza con la que empuñaba a Ringil. La espada atravesaba cuerpos enteros, y toda su hoja estaba envuelta en espesa y negra sangre. Gotas de esta habían caído en su rostro. Los minutos pasaban y la Llama de Frodo se hacía todavía más débil. En su corazón, Lyanna rogó que fuera lo suficientemente fuerte para evitar que el hobbit cayera en la tentación del Anillo. Dependía ahora solamente de la propia voluntad de Frodo soltar de su poder aquella arma. Y Lyanna sabía que, de no lograrlo hacer, todos, absolutamente todos, morirían en aquel encuentro. Y ella los vería caer, mientras quedaba ella sola a merced del enemigo.

    Tenía que sacar a Sauron. Tenía que acabar con él antes de que fuera demasiado tarde.

    - ¡¡¡Sauron!!! – gritó la Vala, sabiendo que el Maia no se arriesgaría a repetir el encuentro que ya lo había derrotado una vez. Pero desde el interior de Mordor, Sauron veía sus filas disminuir, mientras que los hombres apenas caían - ¡¡Sauron!! – exclamaba Lyanna, con tal furia mientras su espada decapitaba a sus orcos, sin que estos fueran capaces de hacerle una sola herida.

    Lyanna caminaba hacia el interior de Mordor, buscando a Sauron. Esperando que pusiera su atención en ellos y no en el Monte del Destino, donde, ni en sus peores pesadillas, imaginaría que alguien se dirigiera a destruir su posesión más preciada.

    Orcos caían y hombres se montaban sobre sus cadáveres. La Vala gritaba y gritaba el nombre de Sauron. Su voz comenzaba a rasgarse, pero no paraba de llamarlo.

    - ¡Sauron! ¡Sal ya! – ordenó.

    Y Sauron salió.




    Capítulo Treinta y Uno: Una Última Vez

    La oscura y temible presencia del Maia fue presentida primero por Lyanna. La gran figura negra emergió de entre un grupo de orcos que se apartaban para darle paso a su señor.

    Sauron vestía una afilada armadura de hierro, con puntas sobresalientes de sus hombreras como las mismas garras de las águilas que sobrevolaban el cielo. Lo cubría un yelmo que no revelaba ni un poco de su rostro. En la parte superior se alzaban unas astas gruesas que formaban una clase de corona, declarándolo el señor de la Tierra Media. Y de su mano colgaba un mazo grueso y con cuatro largas hojas como las de hacha por cada extremo, y de la otra una larga lanza con doble punta.

    El campo quedó limpio entre él y la Vala, que lo miraba con sus ojos bien abiertos mientras escuchaba el sonido de su corazón cual tambor de guerra en su cabeza. No podía descifrar la expresión de Sauron tras el yelmo. Si le sonreía o la miraba con desprecio, o amor, no lo podía saber.

    La respiración de Lyanna era intensa, pero pausada. Intentaba calmar sus nervios, pues tenía frente a ella a la única pieza que se interponía entre ella y la gloria de su naturaleza. Lyanna cerró sus ojos, recordando las veces que la había visto a los ojos y la había engañado, permitiéndole a Morgoth torturarla para que le cediera su poder. Sauron había sido cómplice de Morgoth al manipular la verdad, y por ello se enfrentaría a la ira de Lyanna.

    - Sin i telya (Ahora termina) – escuchó que dijo Sauron, su voz profunda y llena de maldad llegó hasta oídos de cada uno de los que estaban ahí. Algunos orcos volteaban a verlo, emocionados de ver cómo Sauron acabaría con todos ahí. Lyanna abrió sus ojos, y su Llama ardía en su mirada.

    - Ná, a-tyë (Sí, para ti) – declaró Lyanna, sacudiendo a Ringil y limpiándola de la sangre que la cubría. Empuñó con fuerza la espada que había sido destinada, al igual que ella, para aquel preciso momento.

    Su momento.

    El viento ya no soplaba. Las nubes cubrían la luz del sol. Y los orcos reavivaban sus esperanzas al tener a Sauron ahí afuera mientras las de los hombres caían al sentir la ferocidad del ataque enemigo. Lyanna podía sentir cómo las vidas humanas se desvanecían del lugar, del presente.

    Sauron comenzó a caminar hacia Lyanna, alzando ambas armas que llevaba en su posesión. El corazón de la Vala aceleró su ritmo con cada paso que le veía dar hacia ella. Pronto olvidó cómo respirar, su mente quedaba en blanco, y sus sentidos no le respondían.

    Pero entonces Sauron paro en seco. Lyanna frunció el ceño, sin entender lo que había pasado. Pero pronto tuvo la respuesta.

    De su derecha emergió un hombre de cabellos negros. El árbol de Gondor relucía en su coraza, y el Señor Oscuro no dejaba de ver la espada que este sostenía. Aragorn volteó a ver a Lyanna, y su mirada le transmitió la confianza que se le había caído ni bien el Maia había aparecido.

    Lyanna giró su cabeza hacia su izquierda, sintiendo la presencia de Gandalf acercarse al encuentro que demandaba su presencia. Glamdring también estaba empapada de sangre de orco, y las blancas vestiduras del mago tenían gotas de sangre por todas ellas. Pero en sus ojos ardía un fuego esperanzador.

    Ambos miraban a Lyanna con suprema devoción y orgullo. Aquel era el momento que requería las tres espadas que cargaban. Los tres habían hecho aquel largo viaje para ese momento. La hora por fin había llegado.

    Sauron dudó por una fracción de segundo, pues se sentía de vuelta a aquel día donde el rey de los hombres y el rey de los elfos le habían dado muerte, teniendo en posesión su Anillo. Aquella vez, tenía enfrente al rey de los hombres, a la hija de los Valar y al Mago Blanco. Y ellos eran los que ahora tenían su Anillo. Pero Sauron no iba a cometer el mismo error. Esta vez, tenía todo bajo control.

    Por la mente de Aragorn pasaban cientos de pensamientos al mismo tiempo. Si él caía, Arwen moriría, y Gondor perdería la línea de reyes para siempre. Su único poder yacía en su habilidad con la espada, pero contra un Maia no sabía si eso le salvaría el pellejo. Elendil había caído matando a Sauron, ¿sería aquél el destino que le deparaba? Se preguntaba si la historia tendría que repetirse, si para acabar con Sauron sería necesario dar su vida.

    Gandalf lanzó una rápida mirada al Monte del Destino, esperando alguna señal de Frodo, o algo que les dijera que estaba cerca de destruir el Anillo, pues ya no tenían tiempo.

    Lyanna sintió sobre ella una mirada, una que conocía muy bien. Una lágrima amenazó con escaparse de sus ojos cuando volteó su cabeza hacia el origen de aquellos azules ojos de los que había caído enamorada. La mirada de Legolas era de completo terror. La hora del destino final de Lyanna había llegado, y aquella mirada que la Vala le dedicaba podría ser la última que recibiría por su parte.

    Aquel corto momento se sintió eterno para ambos. Fugaces recuerdos desde su primer encuentro aparecieron en la mente de ambos. Cada sonrisa, cada baile, cada roce y cada beso que habían compartido con el otro inundaba todos los rincones de su cabeza y su corazón. Y Lyanna se rogó a sí misma salir de aquello lo más pronto posible, para retornar a los brazos del elfo que se había robado su corazón.

    Antes de dirigirse al ataque, Lyanna movió su boca y formó las palabras Gi Melin hacia Legolas. Legolas comenzó a tener el presentimiento de que aquello era una despedida. Ni bien miró cómo Lyanna volteaba su mirada hacia el frente, hacia Sauron, el elfo comprendió que se dirigía ahora al ataque. Desesperado, comenzó a hacerse camino hacia ella. No quería estar lejos, no en aquel momento. Pero más orcos se comenzaban a interponer en su camino, haciéndole imposible avanzar entre ellos.

    Lyanna fijó de nuevo su vista en Sauron, y con un asentimiento de cabeza hacia sus dos compañeros, los tres alzaron frente a ellos sus espadas y caminaron hacia el encuentro del terrible Maia.

    La sangre hervía bajo la piel de la Vala, la confianza que había crecido por todo su cuerpo era ahora la que guiaba sus pasos y la hacía sostener la empuñadura con tanta fuerza que cuando Sauron arrojó su mazo contra ella, fue detenido por la espada de Lyanna.

    Los rostros de ambos seres se encontraron, y sus respiraciones se mezclaron con la del otro. Por un corto segundo dudaron de su siguiente movimiento. Pero el ataque de Aragorn hacia el Maia atrajo la atención de este, deteniendo la espada del rey sin coronar con la lanza que sostenía en su otra mano.

    Y entonces el combate comenzó. Los tres compañeros atacaban a Sauron sin cesar de todo ángulo posible, tratando de engañarlo para que no pudiera esquivar a sus armas. Pero Sauron era rápido para prever sus movimientos. Él mismo le había enseñado el arte del combate a Lyanna, por lo que anticipaba a la perfección los pasos que la Vala daba.

    Lyanna sabía que Sauron estaba ahí para matar a Gandalf y a Aragorn, y herirla a ella lo suficiente para dejarla indefensa y que fuera fácil de capturar. Sin embargo, aquella pelea comenzaba a fatigar a Aragorn. Y Gandalf, que había sido enviado por los Valar con un poder menor al que realmente tenía y la desventaja de un cuerpo que se cansaba, comenzaba a perder el aliento. Pues los ataques de Sauron tampoco cesaban y no les daba tiempo ni de recuperar el aliento.

    Lyanna era la única que no podía cansarse, no a menos que usara su poder en gran medida. Y Sauron sabía aquello.

    Cuando intentó usar su poder para empujarlos por los aires, Gandalf anticipó su movimientos y golpeó su bastón contra su mano, rechazando el golpe de Sauron. Pero este se dio cuenta de ello y estrelló su mazo contra la vara del Mago, rompiéndola y buscando ahora atravesarlo para matarlo. Lyanna esquivó el ataque de su lanza con Ringil. Ambas armas chocaron e hicieron fuerza sobre ellas para intentar desarmar a su oponente. Ni Sauron ni Lyanna cedían un centímetro de estas, lo que le dio a Aragorn la oportunidad de atacar al Maia por detrás.

    Pero Sauron llevó su poder a sus brazos y logró sacarle a Lyanna de las manos su espada. Rápidamente esquivó el ataque de Aragorn, mientras la Vala caía al suelo por la fuerza con la que Sauron la había empujado.

    Sabiendo que no la iba a matar, Lyanna corrió hacia Ringil, dándole espacio a Sauron de dirigirse a Aragorn. El hombre reaccionó con cierto temor al tener a aquel poderoso ser concentrado únicamente en él. Mientras lo atacaba por arriba con su pesado mazo, por debajo dirigía la lanza, esperando atravesarle su abdomen. Sabía que no se podría defender de ambas armas.

    Pero entonces sus brazos se vieron inmovilizados, y aunque trataba de zafarse del poder que lo estaba controlando, no lograba hacerlo. Volteó su cabeza a Lyanna, que tenía su brazo extendido hacia él y con su poder le impedía moverse. En su mano ya había recuperado a Ringil, y ahora los tres caminaban hacia él para atravesar sus espadas y acabar de una vez por todas con aquello.

    Pero Sauron presionó sus ojos y cuando las tres espadas estuvieron a punto de atravesarlo, el poder del Maia rechazó el de Lyanna. Sauron soltó un gritó de furia mientras el choque de poderes lanzaba lejos a los tres atacantes.

    - Karn ghaamp agh nût (Roja está la tierra y el cielo) – habló Sauron, en la negra lengua de sus tierras. Con su poder, convirtió los fuegos del Monte del Destino en rojas y naranjas nubes que cubrieron el cielo, haciendo que de este comenzaran a caer chispas calientes del mismo volcán – Shaut Manwë quiinubat gukh (Incluso Manwë se tendrá que arrodillar) – Lyanna se levantó de golpe y alzó sus manos al cielo. Su labio se había partido y el sabor de su propia sangre la había enfurecido aún más. Apretó sus dientes mientras detenía las gotas de fuego sobre sus aliados. La lluvia de lava fue retenida y alejada de aquel campo de batalla por Lyanna, mientras las dejaba caer sobre las huestes de orcos que se encontraban más alejadas, esperando llegar a la línea frontal – Nork-ulu gurum (Denles muerte) – dijo el Maia, y entonces tres trols aparecieron detrás de él, caminando hacia donde la lanza de Sauron les señalaba: Aragorn, que se encontraba tendido en el suelo.

    A punto estaba Lyanna de correr a su encuentro, cuando el grito del Nazgûl resonó en el cielo. Los espectros saltaron de sus bestias aladas y aterrizaron alrededor de Gandalf, quien tampoco se había logrado levantar. Lo tenían acorralado.

    Lyanna volteó a ver a Sauron, quien se había quitado su yelmo para permitirle a Lyanna ver la sonrisa siniestra que se dibujaba en su rostro. Sus rojizos cabellos caían sobre sus hombros como corrientes de lava bajando por un volcán. Sus amenazantes ojos lograron intimidarla por un par de segundos. Aquel había sido su plan desde un inicio, alejar a Gandalf y a Aragorn para quedarse solo con su aprendiz.

    Sauron estaba inmóvil, completamente quieto. No respiraba ni parpadeaba. Era imposible para Lyanna adivinar su siguiente movimiento.

    Pero no pasó mucho tiempo para averiguarlo. Sauron aprovechó el ligero desconcierto en los ojos de Lyanna para quitarle de las manos a Ringil y atraerla a él. Pero la Vala reaccionó y usó su poder para detenerla a mitad del camino. La espada que le había cortado los pies a Morgoth ahora se alzaba a mitad del camino de ambos, que luchaban con su poder para tenerla en su poder. Mientras que a Sauron aquello no le suponía ningún esfuerzo, Lyanna trataba de controlar que su poder no se le saliera de las manos y terminara asesinando a todos los que la rodeaban, incluyendo a sus amigos.

    Pero sabía que tarde o temprano tendría que dejar de usarlo, y entonces comenzó a correr hacia el lugar donde flotaba la espada. Sauron se apresuró a llegar hasta ella también al ver lo que Lyanna intentaba hacer.

    A mitad del camino, Lyanna se lanzó sobre Ringil, pero Sauron ya estaba encima de ella para cuando sus dedos rozaron el mango de su arma. Ágilmente dobló su espalda hacia atrás mientras con una mano rodeaba a Ringil y con la otra buscaba en su cinturón la daga de mithril y le cortaba la mano al Maia con la que sostenía su gran mazo.

    Un rugido se alzó al cielo, y Gandalf se apresuró a atraer el mazo hacia él. Los ocho Nazgûl restantes no paraban de atacarlo, pero él, al ser un Maia, sabía que podía darles muerte si clavaba su espada en cada uno de sus invisibles cuerpos.

    Aragorn se las trataba de arreglar con el trol que no paraba de golpearlo y atacarlo. Pippin se había subido a uno de los tres que lo habían seguido, y había logrado atravesarle su espada en su cuello. Pero el hobbit había caído y el trol había aplastado una de sus piernas. Pippin se retorcía de dolor mientras sentía la muerte llegando a su encuentro. Las águilas volaban sobre su cabeza, mientras pensamientos vagos iban y venían.

    Éomer e Imrahil se estaban encargando del otro trol, intentando alejarlo de su rey. Pero no quedaba nadie más que pudiera acudir al auxilio de Aragorn, pues la batalla ya comenzaba a cobrar bastantes vidas humanas.

    Sauron arrugó su nariz y se volvió hacia Lyanna. Que con una mano empuñaba a Ringil y con la otra su daga de mithril. La réplica de Náriël se le había salido de por debajo de las ropas, lo que atrajo la atención de Sauron.

    Comenzó a reflexionar sobre el arma de Lyanna. Él mismo la había entrenado y conocía que la habilidad de la Vala con la espada no era tan buena como con las dagas. En sus entrenos, siempre peleaba con dos dagas. ¿Por qué ahora solo sostenía una?

    Sus ojos viajaron de la daga a la estrella. Ambas hechas de mithril. La estrella que había visto en el elfo Síndar tenía un brillo que sabía que se apagaría si el amor entre él y Lyanna se terminaba. Pero tiempo después había visto a Náriël de regreso en Lyanna, y sin luz.

    Con el ceño fruncido, Sauron buscó con su mirada a Legolas en aquella batalla. Se encontraba lejos, intentando deshacerse de un par de orcos que le impedían avanzar. Pero algo no encajaba en todo aquello.

    Y lo supo ni bien identificó que aquella estrella que colgaba del cuello de Lyanna no cargaba una parte de su alma. Pero la presencia de la Vala sí podía sentirla en aquel elfo. Agilizó sus sentidos al máximo y pudo percibir a Lyanna en él. La Vala lo había engañado, y Legolas aún tenía el poder de atraerla de la oscuridad si Sauron le ponía el Anillo.

    Lyanna se dio cuenta de que Sauron lo había descifrado, y el terror recorrió su cuerpo como nunca lo había sentido.

    Pero Sauron no tenía tiempo para enfocarse en Legolas. No a esas alturas.

    Furioso por comprender que le habían visto la cara de tonto, Sauron abrió la tierra bajo todos los que se encontraban en aquel campo. Sin importarle si sus orcos también caían por aquel vacío. Al fin y al cabo, tenía todavía muchos más a su disposición. Lyanna reaccionó rápido para usar su poder y sostener los cuerpos de todos sus aliados y evitar que cayeran.

    Las caras de horror de todos al ver cómo el suelo bajo ellos se abría y que flotaban sobre el vacío desaparecieron a los pocos minutos, pues aunque algunos orcos caían por aquel abismo, otros soldados clave eran sostenidos por Sauron también. Los trols, los Nazgûl y los orcos que estaban al lado de los soldados no caían, y aprovechaban el susto de sus oponentes para atacarlos con mayor insistencia.

    El trol que Pippin había logrado matar cayó, liberándolo. Pero la pierna del hobbit dolía tanto que le era imposible ponerse de pie.

    Lyanna presionaba sus dientes mientras reprimía un grito de dolor al sentir su poder exprimir todas sus fuerzas. Su rostro expresaba el esfuerzo que estaba haciendo por no soltar a ninguno de sus aliados pero que su poder no se le saliera de control y los matara a todos.

    Sauron sonrió al ver el dolor que en Lyanna se reflejaba. Pues su plan estaba funcionando. Obligar a la Vala a usar su poder para que asesinara a sus aliados y la dejara sin fuerzas para seguir luchando. La maliciosa sonrisa que se dibujaba en la cara de Sauron provocó que de los ojos de Lyanna se escaparan varias lágrimas de ira. Su cuerpo comenzó a temblar mientras sentía cómo sus fuerzas la abandonaban.

    Legolas veía aquello desde la distancia. Lyanna había caído de rodillas, flaqueando conforme más tiempo usaba su poder para evitar que sus aliados murieran. Sauron volteó a ver las rocas de los montes que se alzaban un poco más lejos de él, y con su poder hizo que estas se desprendieran para convertirlas en pequeñas lanzas que dirigió hacia los hombres.

    Lyanna tragó saliva y usó su poder para atraparlas y convertirlas en polvo. Sauron intentó sacar del agarre de los hombres sus armas, pero Lyanna hizo lo mismo con los orcos, exigiéndole más poder y más de sus fuerzas. La Vala sentía como si su piel estuviera siendo arrancada poco a poco. Las lágrimas de ira se habían convertido en lágrimas de dolor.

    Tras un desgarrador grito, Lyanna cerró la tierra y los soltó a todos, cuyos pies volvieron a clavarse sobre el suelo y les permitía seguir defendiéndose de los orcos que se acumulaban. Varios cuerpos muertos de orcos habían desaparecido, pero los de los hombres seguían ahí, pues Lyanna no había querido que ni siquiera los cadáveres de sus aliados se hubiesen ido por el abismo.

    Sus brazos temblaban, y no lograba encontrar la fuerza en sus piernas. Sauron se iba acercando a ella, mientras alzaba su brazo cortado al cielo y provocaba de nuevo una lluvia de fuego. Mientras, con su otra mano, sostenía con más fuerza la lanza. Lyanna miró aquello con horror. ¿Le cortaría las manos? ¿Las piernas? ¿La heriría con tal gravedad que fuera incapaz de pelear y usar su poder?

    Las águilas en el cielo movían sus alas con tal fuerza que comenzaba a alejar las nubes rojas por encima de ellos. Y Gandalf juntaba todas aquellas llamas para volverlas bolas de fuego gigantes que arrojaba sobre los orcos que aún se encontraban en lo lejos, mientras esquivaba los ataques de las espadas de los Nazgûl. Sus fuerzas también comenzaban a flaquear, y ya tenía varios cortes en su rostro y brazos.

    Desesperada, Lyanna se volteó hacia el Monte del Destino, preguntándose cuánto más le faltaría a Frodo llegar y arrojar el Anillo al fuego de una vez por todas.

    Sauron caminaba hacia Lyanna con su lanza alzada, sabiendo que se vengaría por la mano que la Vala recién le había cortado. Lyanna guardó su daga y tomó a Ringil con sus dos manos. Obligó a sus piernas a levantarla del suelo, pero el esfuerzo era demasiado que solamente pudo jadear de cólera.

    Lyanna buscó en su mente por fuerzas. Recordó a todos a los que había perdido durante toda su vida. Recordó la razón por la que no debía fallar. Un solo acierto era todo lo que necesitaba para volver a casa, para poder correr a los brazos de Legolas y disfrutar de la eternidad de sus vidas juntos. No podía darse por vencida. Aún le quedaban fuerzas, pero sabía que eran las últimas.

    Rugió con tal furia que Sauron tuvo que detenerse para evaluar cómo su propio grito se convertía en una mano que la ayudaba a ponerse de pie y prepararse para un último asalto. De la nariz y oídos de Lyanna corría sangre, pero la mirada que le dedicaba al Maia le decía que aquello era lo último que iba a permitir de él.

    Iba a matarlo, o caer ante él.

    Sauron sabía lo que tenía que hacer. Así que cerró sus ojos, inclinó su cabeza hacia atrás y disfrutó de aquel momento, inhalando el olor de la sangre de los hombres que se derramaba sobre aquel campo, y sonriendo ante los gritos y últimos suspiros de los que caían.

    Lyanna avanzó hacia él, y Sauron hacia ella. Ambos con un objetivo en mente y listos para reclamar lo que por tanto tiempo llevaban buscando.

    La Vala estaba débil, y eso para Sauron ya era una ventaja suficiente. La lanza de Sauron y la espada de Lyanna chocaron y se apuraron a moverlas buscando herir al otro, pero ambos adivinaban ágilmente los movimientos del otro.

    Sin embargo, Lyanna se movía con mayor rapidez, no dejándole tiempo al Maia de reaccionar para atacar él. Sauron movía su lanza buscando defenderse de la espada de Lyanna, mientras retrocedía esperando tener la oportunidad de darle vuelta a la pelea. Con ambas manos sobre el mango y todas sus fuerzas puestas en sus piernas y brazos, Lyanna agitaba su espada y el sonido del metal resonaba cada vez más fuerte. Sauron comenzaba a impacientarse. Pues Gandalf ya había acabado con tres de los Nazgûl, las águilas seguían derrotando al montón de orcos que seguían acumulados en los extensos alrededores, y los hombres comenzaban a aniquilar más orcos. Por un segundo, parecía que los pueblos libres sí podrían salir vivos de aquello.

    Pero entonces, una sensación de vacío inundó el pecho de Lyanna, haciéndola parar sus ataques de forma brusca. Y, a juzgar por la aterrada mirada de Sauron, sabía que lo que estaba sintiendo no se trataba de ningún engaño de su propia mente. La derrota era real.

    La Llama de Frodo se había apagado por completo. Pues este se había puesto el Anillo.

    Los Nazgûl lanzaron un alarido de angustia, mientras el horror en Sauron no hacía más que crecer al saber que su destino pendía de un hilo. Pero al entender que el espía de Gandalf había fallado en su misión y ahora sería incapaz de destruir el Anillo, y ver cómo los Nazgûl se apuraban a montar en las bestias aladas y dirigirse al Orodruin para recuperarle su arma, Sauron comenzó a reír. Pues la derrota no era para él.

    El pánico se adueñó de Lyanna, quien trataba de pensar en qué hacer sabiendo que Frodo había sido completamente poseído por el Anillo. No lo destruiría, y ella estaba demasiado débil para seguir usando su poder.

    Los hombres estaban acorralados, no podrían huir de regreso a Minas Tirith. Y Sauron ya no iba a negociar más términos. Todo había acabado.

    Lyanna observó a su alrededor. Gandalf buscaba hacerse espacio para llegar hasta ella, pero su cuerpo ya se encontraba bastante exhausto que le era difícil incluso resistir los ataques enemigos. Al otro lado, Aragorn había sido lanzado al suelo por el más grande de los trols. Su espada se encontraba lejos de él, y tenía una herida en su pierna que le impedía volverse a levantar para darle batalla.

    - Quiero que sepas… - habló Sauron, sin deshacer su victoriosa sonrisa -… que no es como yo quería que sucediera.

    Aprovechando el desconcierto de la Vala, Sauron se lanzó hacia ella con su lanza en mano. Lyanna reaccionó tarde, pero logró detener el ataque del Maia con Ringil. Sin embargo, frunció el ceño al tratar de entender qué estaba pasando. Pues aún no lograba asimilar qué hacer. Lo último que le quedaba para evitar que Sauron se reuniera con su Anillo era matarlo. Pero si sus fuerzas apenas la sostenían, ¿cómo lo iba a lograr?

    Esta vez, era Sauron el que presionaba con sus incesantes ataques, buscando desarmar a Lyanna de una vez por todas. La Vala retrocedía, sin tener tiempo que buscar un punto adecuado para atravesarlo.

    Pero con cada paso que la hacía retroceder, más fuerte era su ataque. Las cejas de Lyanna se fruncieron al sentir cómo Sauron usaba su poder para extraerle sus propias fuerzas de las manos, obligándola a soltar a Ringil. Lyanna luchaba por no cederle aquel cometido, pero eso desviaba su atención de los ataques de la lanza de Sauron.

    Entonces, el Señor Oscuro le sacó la daga a Lyanna de su cinturón y, usando su poder, la lanzó y dirigió con tal fuerza hacia la cabeza de Legolas, que se encontraba a varios metros de distancia de ellos. Sabiendo ahora que él era el único por el que Lyanna bajaría la guardia.

    Al adivinar la dirección que llevaba su daga, Lyanna ahogó un grito y enfocó su atención en ella. Extendió su mano para detener su cuchillo, mientras con la otra se defendía de los ataques de Sauron.

    Lyanna logró hacerse con la daga, pero al concentrarse en salvarle la vida a Legolas le había dejado un minúsculo espacio a Sauron para derrotarla.

    Todo pasó demasiado lento.

    Legolas observó la afilada daga que pendía en el aire con horror, pues había logrado hacerle un corte en su mejilla con la punta. Y al enfocar su vista en la dirección que venía, sus ojos y los de Lyanna se encontraron. Miedo invadía el rostro de ambos, sabiendo que la muerte había estado a punto de alcanzarlo.

    Pero entonces, Legolas observó cómo Sauron dirigía su lanza por el espacio que Lyanna había dejado libre por detener aquella daga. Su corazón se rompió antes de ver cómo el Maia hundía la larga y gruesa punta en el pecho del ser que él más amaba.

    Lyanna sintió el frío hierro atravesar su piel y romperle el hueso del pecho. Su respiración se cortó y buscó con desespero el aire mientras sus rodillas se doblaban y la confusión, el miedo, la angustia y la impotencia se hacían presentes en la expresión de su rostro.

    Sauron la estaba matando.

    Gandalf observó la escena con horror, y Aragorn, desde el suelo, observó a Lyanna caer de rodillas con la lanza clavada en su pecho. Los orcos rugieron de alegría, mientras toda esperanza ahora se desvanecía de los corazones de los hombres que habían soñado con un nuevo amanecer.

    Elladan y Elrohir gritaron el nombre de la Vala al unísono, pero esta fue incapaz de escucharlo. De los ojos de Glorfindel corrió una lágrima de puro dolor. ¿Cómo era posible aquello que estaba viendo?

    - Sabes, tu error fue confundir la magnitud del amor que siento por ti – dijo Sauron, sabiendo que Lyanna no podía explicarse por qué le estaba haciendo eso – Me habría encantado que hubieses estado a mi lado gobernando. Pero esa idea quedó en el pasado, Lyanna. Tú no ibas a aceptar ese destino, y yo no soy ningún ciego para ignorarlo. Aunque aún conservaba la minúscula esperanza de que terminaras aceptándolo, tu plan de destruir el Anillo me ha confirmado que nunca va a pasar – Sauron hundió más su lanza en el pecho de Lyanna, robándole otro corto suspiro y escuchándola jadear – Pensé que al ponerte el Anillo podrías de una vez por todas volver a mí, y cuando vi que el Síndar ya no tenía a Náriël pensé que podría recuperarte. Pero me he dado cuenta de que me has engañado. Lo que me ha hecho entender que no vas a serme fiel nunca, pues tu corazón me ha olvidado por completo. Darte mi Anillo solamente me condenaría a vivir bajo tu dominio – Sauron amplió su sonrisa – Eres la única capaz de arrebatarme mi destino. Pero ahora te he encadenado a la muerte para siempre. Jamás vas a recuperar el control de tu poder, y jamás podrás regresar a las libres tierras de Valinor. Ya no eres una amenaza para mí, nadie lo es – Sauron hundió por completo su lanza en el pecho de Lyanna, haciendo que su punta atravesara la espalda de Lyanna y la hiciera encorvarse para vomitar la sangre que se acumulaba en su garganta – Te enviaré a tu príncipe luego de que cumpla con los largos años de tortura que le esperan. Y envíale mis saludos a Mandos – Sauron se volteó hacia Orodruin – No creas que no me duele hacer esto. Pero un gran destino requiere de un enorme sacrificio. He cumplido con el mío, y ahora reclamaré lo que me pertenece.

    El Maia soltó la lanza, dejándosela clavada a Lyanna, mientras se alejaba de ella y se dirigía al Monte del Destino para recuperar su Anillo. Los Nazgûl se encontraban próximos a este, cerca de sacárselo a Frodo para llevárselo a su señor.

    Lyanna sentía cómo la vida comenzaba a desvanecerse de sus manos. Ya no escuchaba sus latidos, y su boca estaba llena de su sangre. Sus pensamientos eran difusos, y las imágenes comenzaban a ser indescifrables.

    Sauron la había derrotado, y ahora estaba condenada a vivir encerrada en los salones de la muerte, sin permiso de ser liberada en Valinor o devuelta a la Tierra Media. ¿Era de verdad ese su destino?

    Alzó su vista al frente, mientras observaba la difusa figura de Sauron alejarse.

    Él. Él seguía siendo su destino. Todos esos años no los había sufrido para terminar de aquella forma. No sin antes llevarse al responsable de tanto sufrimiento. Había muerto salvándole la vida a su mundo. Ahora, se iría salvando al mundo.

    Con Ringil aún en su mano, Lyanna desató todo su poder sobre ella misma. El dolor que atravesaba su pecho se extendió por todo su cuerpo. Todos sus huesos se iban rompiendo con cada paso que daba mientras corría hasta Sauron. Eran largos los saltos que daba en busca del Maia que caminaba hacia las Puertas Negras, sin saber que la Vala corría a gran velocidad hacia él.

    Lyanna dio un último salto y alzó a Ringil en dirección a la espalda de Sauron, y con un grito tan ensordecedor provocó que el cielo entero brillara con tal destello que dejó ciegos por varios momentos a todos bajo este.

    Para cuando Sauron abrió de nuevo sus ojos, una punta sobresalía de su pecho, y él se encontraba de rodillas. Frunció el ceño, no comprendiendo cómo aquello había pasado. Pero entonces se volteó hacia su izquierda, encontrándose con el inmóvil cuerpo de Lyanna en el suelo, agonizando.

    En sus ojos notaba un brillo de ironía, y la sonrisa que apenas logró esbozar se vio cubierta por su sangre.

    Los orcos observaron cómo su señor caía al suelo, al lado del cuerpo de la Vala que había logrado atravesarle su espada. Las miradas de ambos se sostuvieron por un par de segundos. Toda Lyanna temblaba, pero logró abrir su boca y emitir unas últimas palabras que fueron apenas comprensibles.

    - Tú te vas conmigo.

    Los ojos de Sauron se quedaron para siempre fijos en ella, mientras la vida lo abandonaba de nuevo.

    Lyanna contempló su última proeza. Los Nazgûl tal vez recuperarían el Anillo, pero Sauron iba a necesitar tiempo para volverse a hacer una forma nueva. Lo que le daría tiempo a los pueblos libres de huir o luchar un día más. Incluso de quitarle el Anillo a aquellas bestias.

    Era lo menos que podía hacer ahora, darles una última esperanza.

    Lyanna abrió su boca, esperando poder emitir el nombre de Legolas antes de partir. Pero sus labios ya no le respondían. Nada más que su mente era lo que quedaba con vida, y podía sentir cómo esta se iba apagando poco a poco.

    Se aferró a los últimos días que compartió con sus amigos. Recordó el beso que Legolas le había dado cuando sus memorias con ella habían regresado, y la felicidad que ambos habían sentido en ese momento, que ahora deseaba que hubiera sido eterno. Recordó la noche anterior, cuando Legolas le había asegurado que ella valía todo riesgo que suponía amarla. Él le había dado todo de él, y ahora ella había dado todo de ella para darle a él un día más.

    Quería despedirse, lo único que quería hacer antes de irse era despedirse de él. Decirle cuánto lo amaba y cómo habría querido que las cosas hubieran sido distintas.

    Legolas sabía que aún podía estar a tiempo de llegar a Lyanna antes de que su vida se desvaneciera. Lo único que quería era que sus ojos lo vieran por última vez. Desesperado empujaba a todo el que se le atravesaba, mientras corría hasta el encuentro de la Vala agonizante.

    Sin embargo, un fuerte sismo invadió las tierras de Mordor. Todos se voltearon hacia el Monte del Destino, que parecía ser el origen del terremoto. Y entonces la torre de Barad-dûr comenzó a venirse abajo nivel por nivel mientras los Nazgûl caían en el olvido junto con sus bestias aladas. Las tierras de Mordor comenzaron a hundirse ante lo que todos suponían que debía ser.

    Frodo había destruido el Anillo.

    Las lágrimas que habían empezado a ser agrias por la muerte de Lyanna rápido se transformaron en unas de todo tipo de felicidad y gratitud. Ambos héroes habían cumplido con su misión, y el mal ahora había sido completamente derrotado.

    Pero la erupción del volcán volvió a tornar aquellas expresiones en unas llenas de dolor. Frodo y Lyanna habían muerto cumpliendo con su deber. Con lo que el destino les había exigido hacer.

    Todos se mantuvieron inmóviles por largos minutos, mientras las bestias de Mordor huían sin rumbo al perder a su señor y guía. Aquella victoria no se sentía como una sabiendo que los había separado de dos de sus compañeros.

    Legolas por fin llegó hasta Lyanna, cuyo cuerpo yacía completamente frío e inmóvil. Con total esperanza la llamó y con cuidado la volteó hacia él, esperando que ella lo mirara por última vez.

    Pero los ojos de Lyanna ya no veían nada. Sus oídos no escuchaban ni sus propios pensamientos. Sus pecho ya no se movía, y acompañado del último latido que el corazón de la Vala emitía, su Llama se extinguió.

    Y Náriël se apagó.



    Capítulo Treinta y Dos: Tras La Caída

    Aunque tratara de evitarlo, no podía. Las lágrimas no dejaban de caer del rostro de Legolas, que sostenía el cuerpo de Lyanna en sus brazos, aferrándose a este como si de ese modo pudiera traerla de regreso.

    A su lado llegaron los demás guerreros, alarmados por haber visto a la Vala caer ante el Maia, que yacía al lado de ella. Aragorn se acercó al elfo, colocando una mano sobre el hombro de este. Sobre el otro sintió la de Gimli. Sus dos más grandes amigos no se podían imaginar el dolor que Legolas estaría pasando. Recién había recuperado a Lyanna, solo para volverla a perder.

    El rey de Gondor elevó su vista hacia Gandalf, cuya mirada reflejaba profundo dolor por la Vala y Frodo.

    - ¿No hay nada que hacer? – le preguntó Aragorn, deseando que existiera algún modo de salvar a Lyanna. Legolas miró al mago, rogando lo mismo. Pero Gandalf esbozó una triste sonrisa.

    - Frodo ha destruido el Anillo, y ella le ha dado muerte al Señor Oscuro – explicó – El mal se ha ido, y el poder de Lyanna ya no responde a él – esta vez, su sonrisa fue plena – Lyanna ha alcanzado su destino.

    Aquello alegraba el corazón de Legolas, pero no podía evitar sentirse triste por no haberse podido despedir de ella. Quién sabía cuándo la iba a volver a ver, más que el mismo Ilúvatar. Pero estaba seguro de que lo haría. Algún día se reencontrarían.


    El viaje de regreso había sido más largo, pues los sobrevivientes debían cargar con los cuerpos de sus compañeros que habían caído. Había sido un recorrido demasiado silencioso para la magnitud de la victoria que habían alcanzado. El mal había sido derrotado. Sauron no tenía fuerza mínima ni para volver a crearse una forma física. Estaba condenando a vivir como una mera sombra en la noche más oscura, apenas visible. Apenas existente.

    Del cuello de Legolas aún colgaba el relicario de Náriël, sin luz alguna que reflejara su belleza. Sin embargo, dentro de este aún se encontraba la parte del alma de Lyanna que ella había depositado por si Sauron le ponía el Anillo. Todos habían pensado que ese era el peligro que Lyanna corría, que Sauron la capturara. Ni en sus peores miedos contemplaron que le quitara la vida.

    Sobre ellos sobrevolaron las águilas de Manwë, montadas por Gandalf, quien había ido hasta el Monte del Destino para buscar los cuerpos de los hobbits. Y aunque Gwaihir, señor de las águilas, le había propuesto a Gandalf llevarse el cuerpo de Lyanna a Valinor, el mago se negó. Lyanna ahora tenía el poder para crearse una nueva forma, o mantener su forma natural de Valië por el tiempo que quisiera. Gandalf quería darle un entierro digno. Que todos conocieran la historia de la Valië que había peleado junto a los hombres y había dado su vida por la de ellos.


    Diez días habían pasado desde la caída de Sauron. Los guerreros del Morannon habían llegado por fin a Minas Tirith un día antes. Y Frodo, que llevaba inconsciente todo aquel tiempo, despertó. Lo primero que vio fue el rostro de Gandalf. Por un segundo, pensó que estaba en el mundo de los muertos, pues el hobbit no tenía idea de que el mago había regresado a la vida por la voluntad de Ilúvatar.

    Pero cuando se reencontró con el resto de la Comunidad del Anillo, supo que seguía con vida. Había sobrevivido. Y ellos también.

    - ¿Dónde está Lyanna? – preguntó el hobbit, sabiendo que solamente faltaba ella en aquel encuentro.

    Las sonrisas del rostro de sus compañeros se borraron casi por completo al recordarlo, provocando que la expresión de emoción en el rostro de Frodo se esfumara también.


    Las puertas de Minas Tirith habían sido destruidos por el asedio de las huestes de Mordor. Pero antes de proceder a reconstruirlas, tenían que enterrar a sus muertos.

    Cada uno de los niveles de Minas Tirith estaba lleno de filas de hombres, mujeres y niños que rendían honor a los héroes que eran cargados en camillas funerarias hacia el cementerio de la ciudad. Hombres de Gondor y Rohan que valientemente habían dado su vida para que los que seguían ahí, vivos, disfrutaran del mundo que les habían dejado.

    En la última fila, marchaban cuatro soldados cargando el cuerpo de la Vala que le había dado muerte a Sauron. Éowyn se había encargado de vestirla para su entierro. Sus cabellos brillaban a pesar de que sus ojos ya no. Sus prendas consistían en un vestido blanco de mangas largas y sin ningún adorno. En su cabeza relucía una corona de hojas de Yavannamíre, “la joya de Yavanna”, un árbol de Aman que los elfos le habían obsequiado a los hombres de Númenor, cuya semilla había sido rescatada antes de que la isla se hundiera.

    En la Plaza del Árbol Blanco se ubicaban los reyes sin coronar de Gondor y Rohan, uno al lado del otro viendo a sus hombres ser colocados en las tumbas correspondientes a los guerreros. Estas eran profundas y daban abasto para todos los caídos, que eran más de diez mil. El entierro había durado más de un día, pero nadie en toda la Ciudad Blanca se había retirado ni un momento. Nadie decía nada, el silencio que había en Minas Tirith reflejaba la gratitud y respeto que aquellos personajes caídos se merecían.

    Al lado de ambos reyes se ubicaban los príncipes de Dol Amroth y el Bosque Negro. Gimli estaba a la par de Legolas, y Glorfindel, junto a Elladan y Elrohir, más atrás que el resto. Faramir y Éowyn, que habían empezado a tener sentimientos por el otro, se encontraban en una de las esquinas.

    Los hobbits veían con total tristeza y lágrimas en sus ojos a los cuerpos pasar, Gandalf detrás de ellos para consolarlos si lo necesitaban.

    Cuando el cuerpo de Lyanna por fin llegó al último nivel, los soldados que la cargaban no se dirigieron hacia las tumbas de los guerreros. Sino que doblaron hacia las de los reyes de antaño. Aquellas lápidas no habían sido abiertas para un nuevo huésped en muchísimos años, desde que el último rey había caído.

    Pero Aragorn pensaba que Lyanna no se merecía menos que aquello.

    Lágrimas desenfrenadas comenzaron a caer por los rostros de los hobbits, mientras Legolas miraba con profundo dolor el cuerpo de su amada ser delicadamente depositado en aquella piedra.

    - Guren níniatha n’i lû n’i a-govenitham (Mi corazón llorará hasta que te vea de nuevo) – dijo Legolas, antes de ver cómo su tumba se cerraba.

    Una fría lágrimas se escapó de sus ojos, y se aferró a la presencia de la Vala que aún sentía en el relicario de Náriël. Era lo único que le quedaba de ella, junto con los recuerdos que ambos habían compartido por tantos años.

    Aunque Legolas sabía que algún día partiría a Valinor y la volvería a ver, Sauron se la había arrebatado de sus manos demasiado pronto. Ni siquiera se había podido despedir de ella.

    No era así como había pensado que terminarían las cosas. Se suponía que él sentiría los cálidos besos de la Vala una última vez antes de que ambos tuvieran que separar sus caminos para que ella regresara con los de su raza, aguardando el momento que el elfo deseara partir a su encuentro. Y aunque quería correr hacia los Puertos Grises para reencontrarse con ella, sabía que todavía no era su momento.

    - ¿Crees que ahora que ha recuperado la majestad de su ser reconozca que soy muy poco para ella? – preguntó Legolas en voz baja, mirando el lugar donde recién la habían enterrado. Aragorn volteó a verlo, con el ceño fruncido.

    - Siempre creí que no había nada más poderoso que los mismos Poderes de Arda – dijo este, esbozando una leve sonrisa – Pero sí que lo hay – Legolas volteó a verlo – Ni siquiera ellos pueden huir del amor. Y ni su propio poder es capaz de disuadirlo o alejarlo.

    Las palabras de Aragorn sirvieron a Legolas como consuelo, sabiendo que Lyanna sí lo estaría esperando del otro lado del mar.

    Sabía que, ahora, Lyanna había ascendido a ser lo que estaba destinada a ser. Ella ahora era la más alta de los Valar. Y cumpliendo con la promesa que le había hecho el día que le había borrado sus recuerdos con ella, Legolas alzó su rostro y dirigió su vista hacia el oeste.

    Hacia el lugar donde ella se encontraba.









    Capítulo Treinta y Tres: Mandos

    Cuando Lyanna despertó, supo que algo no estaba bien. Alrededor de ella reinaba la oscuridad, y el silencio en el que se encontraba no podría compararse con ninguno antes vivido.

    Pero sentirse vacía era lo que más la inquietaba. Quiso abrazarse a ella misma, pero no encontró sus brazos. Ni sus piernas, o su cuerpo. Podía sentir la sensación de movimiento, pero como si fuera parte del propio viento. Sentía que estaba en todo el lugar, y al mismo tiempo en uno solo.

    Ni siquiera tenía labios para hablar.

    “¿Qué está pasando?” se cuestionó, sin poder explicar por qué se sentía así o por qué todo a su alrededor lucía de aquel modo.

    “Moriste” escuchó que dijo una voz en su cabeza. No la suya, pero una más profunda y masculina. Quiso descubrir de dónde provenía, pero, por alguna razón, eso ya lo sabía. A quien buscaba no era alguien como los seres que estaba acostumbrada a ver.

    Aquel de la voz era uno de su raza.

    “Bienvenida de regreso a Aman, hija de los Valar” dijo Mandos. Pronto, una figura emergió de entre la oscuridad, tan brillante como las propias estrellas. Lyanna observó a Mandos adoptar su forma de Vala frente a ella. Una larga túnica envolvía a aquel ser de ojos atemorizantemente luminosos. Se movía con tal elegancia por el lugar, que Lyanna no pudo evitar admirarlo. “No era en estas circunstancias que esperaba volverte a ver”.

    Lyanna pronto recordó la razón por la que había llegado ahí. Recordó las Puertas Negras, a Sauron, la lanza, y a Ringil.

    “¿En verdad he muerto?” preguntó, sintiendo la angustia crecer en ella. “¿En verdad fallé?”, pero Mandos no respondió.

    “Será mejor que te juntes a ti misma en cuerpo, Lyanna. Te será más provechosa tu estadía en las Estancias si eres capaz de pasear en ellas” animó el Vala, a lo que Lyanna usó su poder para adoptar su forma de Valië.

    Luz irradiaba de su rostro, iluminando su paso mientras Mandos la dirigía hacia una escaleras que se mantenían ocultas en la oscuridad de aquel lugar. Sus sentidos se ordenaron mejor al poseer aquel cuerpo.

    “Supongo que serán muchos años atrapada aquí” comentó, a lo que Mandos la miró con cierto dolor.

    “¿Tan malo sería?” cuestionó él. Lyanna rio.

    “¿Cómo podrías saberlo? Eres libre de ir y venir cuando quieras. Usar tu poder sin temor a que se descontrole. Tal parece que mi destino ha sido siempre el encierro. Aunque no haya cadenas ni látigos, puede que las prefiera por encima de este nuevo tormento” a su lado, observó cómo las paredes se ilustraban con un tapiz demasiado peculiar. Lyanna lo reconoció al instante. Eran los tapices de Vairë. Los tapices que relataban la historia de Arda.

    “¿Y cuál es ese nuevo tormento?” le preguntó el Vala. Lyanna extendió la mano de su espíritu hacia el tapiz que dibujaba frente a ella la Última Alianza. Se vio a ella misma frente a Sauron, clavándole su espada, y los cuerpos de Gil Galad y Elendil moribundos a su lado, cuyas espada y lanza también atravesaban al Maia.

    “No haber alcanzado mi destino” una lágrima se quiso escapar del brillante rostro de Lyanna, pero logró reprimirla al enfocar su mirada en la atemorizante figura de Sauron en el tapiz. “¿Cuánto tiempo tienen antes de que Sauron recupere su forma física?” pero Mandos reprimió una sonrisa.

    “Sauron no necesitaría mucho tiempo para recuperar un cuerpo físico tras recuperar el Anillo” comentó, mientras seguían avanzando por aquellas escaleras. Finalmente, llegaron al pasillo del nivel más alto. La luz era tenue, como la de un día lluvioso. El pasillo era amplio, de una roca que Lyanna no pudo reconocer. A sus lados los tapices de Vairë seguían ilustrando el camino, y a lo lejos divisó una terraza y un cielo de colores que nunca había visto. “Dime, Lyanna, ¿qué te hace pensar que no alcanzaste tu destino?” pero eso solo provocó una risa por parte de la Valië.

    “Pues estoy aquí, ¿no?” la mirada de Lyanna siguió avanzando por los tejidos que se dibujaban en los muros. Cada detalle de la historia de la Segunda y Tercera Edad lo recordaba a la perfección. Pero cuando llegó a la noche en que ella y Legolas se habían conocido, no pudo evitar posar su mano en el rostro del elfo. Como si pudiera sentirlo ahí, con ella “Le fallé a todos” lamentó, sintiendo una ardiente lágrima quemarle su rostro mientras bajaba por este.

    “Tú mataste a Sauron” le recordó Mandos, pero Lyanna negó.

    “Tuvo que matarme primero para que yo pudiera hacerlo” se quejó “Casi no lo logro”.

    “Hay una gran diferencia entre casi hacer algo y hacerlo, Lyanna” la Vala siguió caminando por los pasillos, observando los eventos que presenció cuando estaba con vida. El Concilio de Elrond, la caída de Gandalf contra el balrog, su primer beso con Legolas “Sin importar la forma en que se logre”

    “Debería importar” más lágrimas corrieron del rostro de la Vala “Porque no hacerlo como debía de hacerse me ha costado mi corazón” pero se calló cuando divisó a lo lejos la figura de un volcán en erupción. La incertidumbre y confusión la invadió que se apresuró a llegar hasta el evento que los tapices dibujaban. “¿Qué es esto?” preguntó, intentando entender qué había sucedido tras su caída en el Morannon.

    “Tu fracaso” dijo Mandos, señalando un punto en la parte superior. Lyanna se quedó inexpresiva al ver la secuencia de eventos que habían sucedido dentro del Orodruin. Frodo reclamando el Anillo para sí, Gollum sacándoselo y resbalando por el abismo, hasta caer en los fuegos del volcán, junto al Anillo Único. Y este mismo fundiéndose en la lava, derrotando, para siempre, a Sauron.

    “Imposible” pero sabía que no lo era. Bajo aquel evento se veía a Legolas sosteniendo su cuerpo sin vida, y Náriël colgando, sin luz alguna, de su cuello. “Pero… pero si el Anillo fue destruido… y yo maté a Sauron…” ni siquiera se atrevía a decirlo en voz alta, pues el fervor que se había encendido en ella era tal que le daba miedo que solo se tratara de un mal entendido por ella misma. ¿Podría ser real lo que creía? “Eso quiere decir que…”

    “Que el mal ha sido derrotado” la ayudó a completar Mandos “Tu poder ya no reconoce mal alguno. No hay maldad a la que pueda servirle” Mandos observó cómo el brillo del rostro de Lyanna se intensificaba “Ahora está a tu merced”.

    Lyanna no podía creerse lo que estaba escuchando. Había muerto creyendo que los Nazgûl habían recuperado el Anillo, y que Sauron pronto volvería con mayor fuerza para dominar la Tierra Media. Pero no. Aquello jamás iría a pasar. El mal ya no existía.

    “¿Soy libre de irme?” reaccionó ella, al entender que aquello significaba que no estaba condenada a vivir para siempre en los Salones de la Muerte. Mandos sonrió.

    “Eres libre de hacer lo que quieras” le dijo “Allá afuera de espera una vasta tierra de ríos con las más frescas de las aguas, prados con las más bellas de las flores y bosques con los más profundos lugares” de solo escucharlo, la sonrisa de Lyanna se amplió “Has vuelto a casa, mi adorada hija” dijo él, posando una de sus frías manos en el rostro de Lyanna “Te hemos estado esperando”.

    Más lágrimas corrieron por el rostro de Lyanna, que no veía la hora de poner un pie fuera de aquel lúgubre lugar y reunirse con sus padres. Diez mil años habían pasado para poder cumplir con aquel momento por fin.

    Pero la atención de Lyanna se desvió hacia los eventos que se dibujaban posteriormente a la caída de Sauron. Observó con atención la línea de tiempo que Vairë había dibujado. ¿Era aquello el presente? ¿El futuro?

    Vio su entierro, su cuerpo había sido llevado a las tumbas de los grandes reyes de Gondor. Observó la coronación de Aragorn, y su boda con Arwen. Vio el entierro de Dáin, rey bajo la montaña, y el de Brand, rey de los hombres de Dale. Uno al que incluso el rey Thranduil había atendido y rendido respeto.

    Una serie de imágenes siguieron. Incontables eran, que el dolor de no poder haber vivido todo eso junto a sus amigos la estaba torturando. Pero eran demasiados eventos los que veía. La coronación de Éomer, el entierro de Théoden, la boda de Éowyn y Faramir, el regreso de los enanos a Moria, un nuevo reino enano en las Cavernas Centellantes del Abismo de Helm. El levantamiento del reino de Arnor, la caída de Dol Guldur, el renombramiento del Bosque Negro, la coronación del nuevo rey bajo la montaña, el levantamiento de Minas Ithil y el asentamiento élfico en Ithilien.

    “¿Es esto el futuro?” preguntó Lyanna, confundida por tantos eventos. Mandos negó.

    “Es, de hecho, el pasado” Lyanna por fin terminó aquel pasillo, y no había más tapices que seguir.

    “¿El pasado? ¡Pero si acabo de morir!” intentó pensar en cómo aquello podría ser verdad.

    “No, Lyanna” corrigió el Vala “Moriste hace diez años” la sorpresa de aquel dato obligó a Lyanna a dar un paso hacia atrás “Tu alma tardó un par de años en llegar a Valinor. Y otros más en despertar. El tiempo en Aman transcurre más lento que en la Tierra Media, pues la paz del lugar te permite disfrutar de un segundo como si fuera eterno” habló Mandos, como si aquello fuera algo por lo que no alterarse “Así que no hay cuidado por esperar a aquellos que han de volver y siguen en la Tierra Media. Pronto los volverás a ver” a su lado daba un balcón que dejaba ver un jardín, un río y una cascada. Ahí, Lyanna vio a varios elfos caminar y disfrutar de aquel pacífico lugar.

    Todos aquellos elfos habían llegado desde la Tierra Media. Algunos caídos en el Abismo de Helm, y otros en la Batalla del Bosque Negro contra las huestes de Rhûn.

    El cielo se pintaba de un rosa dorado, y la brisa que soplaba traía consigo una melodía que hacía sonreír a cualquiera. Menos a Lyanna, cuya mente no dejaba de cuestionarse sobre la información que acababa de obtener.

    “¿No estás contenta de volver?” preguntó Mandos.

    “Lo estoy. Pero no eran las circunstancias en las que habría deseado hacerlo” admitió. Mandos, que tenía el don de conocer el futuro y lo que las almas deseaban, sonrió.

    “No tiene nada de qué preocuparte, Lyanna. Legolas ha escuchado al mar llamarle, y en su corazón habita el deseo de partir. No va a ir a ningún lado”.

    “¿Y si me olvida?” pero el Vala rio.

    “¿Has conocido a alguien que haya sido capaz de hacerlo?” le preguntó, a lo que Lyanna esbozó una leve sonrisa y fijó su mirada en el este, hacia donde Legolas estaba. ¿La estaría viendo él también? “Lyanna” la llamó Mandos, escudriñando su corazón y su mirada “Ha sido un viaje demasiado largo y doloroso. Ya estás en casa, con tu poder de nuevo bajo tu control. La Tierra Media es libre de todo mal, nuestra intervención ha finalizado. Los elfos poco a poco la deshabitan para cederla a los mortales. Una nueva edad ha comenzado” Lyanna dejó escapar más lágrimas “Perteneces con nosotros, con los Valar” ella sabía que Mandos tenía razón. Un poder como el suyo pertenecía a las tierras de Valinor, no a la Tierra Media “Legolas no ha de olvidarte, y pronto su barco llegará a las costas de Aman. ¿Por qué querrías volver a la Tierra Media?”

    Lyanna volteó a verlo, tristeza invadía su corazón, pero rápido fue reemplazada por esperanza.

    Sí, algún día ella y Legolas se reencontrarían.

    Capítulo Treinta y Cuatro: Algún Día

    Para Legolas no había sido fácil olvidar la imagen de la dueña de su corazón ser atravesada por la lanza de Sauron. Observar cómo la sangre salía por su boca y la misma vida la abandonaba era la escena que no paraba de aparecer en sus sueños. Se abstenía de dormir para no revivir aquel día.

    Pero cuando regresó al Bosque Negro las cosas solamente empeoraron al recibimiento de su padre, quien había salido corriendo a su encuentro al enterarse de que había vuelto sano y salvo.

    - Las noticias de la muerte del Señor Oscuro son recientes, así como la caída de Lyanna al haber hecho tal hazaña – lamentó Thranduil, sosteniendo a su hijo aún en un firme abrazo – Lamento mucho que lo hayas tenido que presenciar, sé cuánto la querías – pero Legolas negó con su cabeza.

    - No, padre, no lo sabes – Thranduil se separó de Legolas y lo miró con atención. En sus ojos notaba un dolor que él conocía muy bien. Uno del que no iba a recuperarse – Algo surgió… en la misión en la que me embarqué. Y me fue arrebatado – Legolas hablaba con bastante pesar. Thranduil entonces notó una cadena bajo sus ropas – Tu hijo comprende el dolor que cargas en tu corazón, pues el mismo destino me ha alcanzado – el rey sintió su corazón romperse al escuchar a Legolas decirle eso.

    - ¿Por qué no me cuentas este destino que te ha tocado vivir? Con el mal derrotado, el tiempo ahora nos sobra para ponernos al día.

    Las hazañas de Lyanna fueron conocidas por todos los pueblos que habitaban la Tierra Media. Canciones le fueron hechas. Poemas le fueron escritos. Y clamores se alzaban al cielo ante la Valië que los había librado del mal de Sauron.

    Y aunque el dolor reciente penetró en muchos corazones, con el tiempo fue sanando. Menos en el del Síndar que aún portaba una parte de ella. Y no había noche que Legolas no volteara su vista hacia el Oeste, hacia Lyanna. Rogándole que lo escuchara, que se abriera paso en sus sueños. Quería escuchar su voz en el viento, su tacto en la calidez de los rayos del sol. Deseaba verla, tocarla y besarla de nuevo.

    Y aunque sabía que lo haría de nuevo, comprendía que aún no era su momento.

    En búsqueda de un nuevo propósito, Legolas se había dirigido a Ithilien, donde gracias a la belleza de su pueblo él, junto a otros elfos silvanos, se habían encargado de cuidar y proteger la belleza de los bosques de Ithilien, donde Aragorn y Faramir les concedieron como hogar.

    Gimli había hecho lo mismo pero en los dominios de Rohan, en las Cavernas Centellantes en las que había estado durante el atraco final de la Batalla del Abismo de Helm. Aglarond se convirtió en una fortaleza tanto para enanos como Rohirrim.

    Aragorn había vuelto a levantar el reino de Arnor, y había nombrado a Faramir príncipe de Ithilien. Así como asignado a los hobbits como miembros del Consejo del Rey. Varios hijos había tenido ya con Arwen, y la paz que su reinado comenzaba a tener era tal que no recordaba haber respirado con tanta tranquilidad jamás.

    Gandalf, por otro lado, iba recorriendo los pueblos una última vez, despidiéndose de aquellos con los que compartió momentos de alegría. Pues su misión había concluido, y era hora de regresar a Aman.

    El mal que habitaba en el Bosque Negro se había esfumado con la caída de Sauron, y verdes hojas con fuertes árboles podían observarse por los dominios élficos. Eryn Lasgalen había sido nombrado luego de que Galadriel destruyera la fortaleza de Dol Guldur.

    La Cuarta Edad comenzaba poco a poco. Los años pasaban, pero el dolor para Legolas todavía seguía intacto como el día en el que había perdido a su más amado ser. Le había dicho a su padre sobre el llamado a las Tierras Imperecederas, y Thranduil se alegró de saber que pronto madre e hijo se reencontrarían al otro lado del mar.

    Con frecuencia visitaba a Aragorn y lo acompañaba para librar batallas contra los orientales. Al rey le animaba bastante tener a su amigo cerca siempre que se podía, pues el vínculo entre ellos y el enano seguía siendo fuerte.

    Y cada vez que llegaba a Minas Tirith, no había día que no llorara en la tumba de la Vala que aún percibía cerca gracias a Náriël. Ya Aragorn lo había visto varias noches recostarse en una de las bancas a observar las estrellas. Desconocía desde hacía cuánto el elfo no visitaba sus sueños, pero en su mirada cualquiera podría comprender que un amargo dolor lo atormentaba tanto despierto como dormido.

    Una noche, Aragorn decidió hacerle compañía.

    - Mañana se cumplen siete años desde su muerte – dijo Legolas, sin despegar su mirada del cielo y sintiendo la presencia del rey de Gondor. Aragorn se acercó y se sentó a su lado.

    - ¿Qué crees que esté haciendo ahora mismo? – le preguntó. Legolas sonrió.

    - Espero que viendo las estrellas, pues un mismo cielo se cierne sobre ambos. Saber que ella está viendo lo mismo que yo veo es lo más cerca que tengo de apreciar su mirada – confesó el elfo. Aragorn sonrió – Me preguntó cuál debió ser su reacción al enterarse que Frodo había destruido el Anillo, y que su poder ahora estaba bajo su control.

    - Tal vez similar a la reacción que tuvo cuando descubrió que habías recuperado tu memoria – Legolas sonrió al recordar la felicidad en el rostro de Lyanna aquel día, y le conmovió imaginársela descubriendo aquella verdad. Un suspiro se escapó de sus labios.

    - La extraño, Aragorn – acarició a Náriël mientras le decía aquello – Con cada parte de mi ser – Aragorn posó una de sus manos sobre el hombro de Legolas.

    - Sin embargo, dichoso eres de que te reunirás con ella de nuevo y disfrutarás de este mundo a su lado. Pues para nosotros los mortales que la conocimos nada más nos queda aferrarnos a su recuerdo – el elfo le dio la razón a su amigo. Si bien lamentaba la ausencia de Lyanna, sabía que era solo momentánea, pues cuando su hora de marchar a Valinor llegara, él la vería de nuevo. Aragorn no.

    - Tienes razón, debería dejar de quejarme – pero el rey negó.

    - No es eso lo que dije. Tienes derecho a lamentar tu pérdida como todos. No es una simple conocida para ti, es el amor de tu vida y ser separado de ella es algo que no puedo llegarme a imaginar – le dijo Aragorn, a lo que Legolas sonrió, agradeciendo sus palabras.

    No había día siguiente a aquella plática que el elfo no se recordara que pronto vería a su amada Lyanna. Un día por fin tomaría el barco hacia las costas de Aman y ahí la vería a ella, tan espléndida como la última vez que la había besado. Con todo su poder a su merced. Algún día recorrería las tranquilas tierras de Valinor a su lado, sin preocupación alguna o mal capaz de volverlos a separar.

    Legolas perdía el recuento de los días cada vez más. Pues lo único que esperaba era el día en que su corazón se sintiera listo para partir. Se la pasaba vagando entre los bosques de Ithilien, embelleciéndolos y disfrutando de la naturaleza. Era lo único capaz de llenar el vacío de su corazón.

    Varias elfas en sus dominios habrían querido ser correspondidas por el hijo de Thranduil, pero Legolas no mostraba interés en ninguna. La razón de su comportamiento se había escuchado en cada hogar ahora, de que el amante de la Valië caída era el Síndar de la Comunidad del Anillo. ¡Con razón no ha encontrado ni en su propia raza semejante belleza! Decían los lugareños, pues los que no habían conocido a Lyanna igual entendían que su hermosura debería ser inalcanzable al tratarse de una Vala.

    Pero su belleza era en lo que Legolas menos pensaba. Lyanna había sido su amiga y hogar. Su gentileza y sencillez aún siendo la más alta de toda Arda eran aspectos que sabía que no encontraría en nadie más. Su historia le fascinaba, el camino que había tenido que recorrer para alcanzar lo que le habían arrebatado.

    - … ¡Me encanta! Tu pueblo de verdad que no para de sorprenderme – escuchó que decía Faramir, pero el elfo se había perdido en sus recuerdos que ni siquiera sabía de qué le estaba hablando - ¿Cuál es su nombre, entonces? – le preguntó el Gondoriano, señalando el árbol que tenían enfrente. Se encontraban en los límites de Ithilien del Norte, cerca del Morannon. Aunque Legolas no había querido volver a aquel terrible lugar, el descubrimiento de un árbol bastante característico por parte de los elfos silvanos de su pueblo lo había obligado a ir y verlo con sus propios ojos. Su trono era grueso y de color gris, un rasgo bastante inusual. Sus hojas se extendían hacía arriba, al igual que sus ramas, y parecían estar afiladas. No eran de un blanco similar al del Árbol Blanco de Gondor, estas eran poco más doradas, y bajo el sol solían arder. “El árbol que arde” le habían llamado los elfos de Ithilien. Pero Legolas había visto aquella forma antes, por lo que rápido comprendió lo que Faramir le estaba preguntando.

    - Valyannarillë – dijo el elfo, con una amplia sonrisa en su rostro mientras llevaba su mano a Náriël - El brillo de Valyanna… - explicó, pues el árbol le recordaba demasiado a la Llama de los Valar que Lyanna portaba. Que hubiera brotado tan rápido cerca del lugar de su caída solo le daba la impresión de que era un recuerdo de ella. Uno palpable.

    - Es realmente precioso, y tu gente lo ha cuidado con verdadero amor. Brilla tanto como el colgante que cargas contigo, Legolas. Aunque nunca lo había visto brillar, ¿es eso normal? – las palabras de Faramir desconcertaron por completo a Legolas, que lo miró con el ceño fruncido, evidenciando su confusión total.

    Legolas miró el colgante. Faramir no mentía ni le hacía una broma de mal gusto al decirle que Náriël brillaba. La estrella que portaba ahora relucía con tal gracia que nunca había visto. Era casi tan intenso como la luz de los Silmarils que le había visto a Morgoth en su corona en aquel recuerdo tan perturbador de Lyanna.

    Si bien no entendía la razón de aquel suceso, las palabras de Lyanna volvieron a su mente respondiéndole sus dudas. Náriël solamente brillaba mientras el corazón de ambos amantes latieran por el otro. Cuando el de Lyanna se había detenido, su luz se había apagado.

    Si ahora brillaba de nuevo… eso quería decir…

    - Lyanna… - susurró Legolas, abriendo sus ojos como platos y sintiendo que su corazón en cualquier momento sería el responsable de volver a apagar el brillo de la estrella de Náriël.

    Casi tropieza sobre sus propios pies mientras corría en dirección a su caballo y lo montaba, para dirigirse a Minas Tirith.

    - ¡Eh, orejas picudas! – lo saludó Gimli, apenas llegando al hogar de su gran amigo. Legolas lo vio y aminoró el paso del caballo - ¡Qué alegría verte! ¿Por qué tan pálido? Parece que has visto un… - pero no tuvo tiempo de acabar su oración, pues Legolas con una desesperada prisa empujó al enano al caballo, obligándolo a montarlo - ¡¿Pero qué te pasa?! Acabo de llegar, ¿y así es como me recibes? Es que hijo de Thranduil tenías que ser… – Legolas montó de nuevo en el corcel - ¿Me vas a decir a dónde vamos?

    - Con Lyanna, Gimli – una lágrima de emoción y alegría se escapó del ojo de Legolas, esperanzado de las palabras que le decía al enano – De vuelta con Lyanna…



    Capítulo Treinta y Cinco: Un Largo Viaje

    La forma en que Lyanna trataba de recuperar el aliento tras una década de haberlo perdido le había tomado largos minutos que implicaban que su pecho se alzara de forma impresionante. Volver a sentir el aire en sus pulmones quemaba tanto que varias lágrimas lograron escaparse de sus ojos.

    Aunque tenía sus ojos abiertos, todo a su alrededor estaba a oscuras. Se sentía encerrada, pero ni bien alzó su mano hacia la piedra que la encerraba en aquel lugar, esta se pulverizó y dio paso a la luz que iluminaba el amplio salón. Luz que cegó a Lyanna por varios momentos.

    Su cuerpo entero se sentía extraño, cosa que atribuía a haber estado muerta por varios años. Y aunque aún se encontraba bastante desconcertada de lo que pasaba, pronto recordó todo.

    Su conversación con Mandos había terminado en ella decidiendo regresar. A un lugar cuyo poder no pertenecía, pero que su corazón sí.

    Observó su alrededor, adivinando el lugar en donde la habían sepultado. Junto a los grandes reyes de Gondor, en Minas Tirith. Y respiró del aire fresco que por tanto tiempo había dejado de sentir.

    Dubitativa, se acercó a la entrada de aquel salón. Ambas puertas estaban cerradas, pero ni bien adivinaron la intención de la Vala se abrieron a su voluntad, dándole paso a la que osaba atravesarlas. Los guardias que aguardaban el lugar dieron un brinco del susto que aquello les había causado, pero no tanto como el que la figura de aquel ser que se había levantado de las tumbas les provocaba ahora.

    Pensando que de un fantasma se trataba, uno de ellos se apresuró a cargar contra ella, pero Lyanna alzó una mano y, sin problema alguno ni esfuerzo que le absorbiera sus fuerzas, detuvo al soldado de avanzar contra ella.

    - No deben porqué temer, hijos de Gondor – la mirada que ella les dedicó a ambos hombres alejó todo temor y preocupación de sus corazones. Reluciente era el rostro de aquella dama, cuya belleza los había dejado hipnotizados al entender que no era alguien a quien debían de temerle – No voy a hacerles daño – sonrió, liberando de su poder al que había intentado atacarla.

    - Mi lady… - susurró el otro, con voz temblorosa y soltando su arma al suelo mientras se inclinaba ante ella - ¡Ha regresado! ¡De la muerte ha regresado! – el otro imitó a su compañero al entender de quién se trataba. Lyanna amplió su sonrisa.

    - Así es, buen hombre, he regresado con ustedes – algo en la Vala desprendía en el ambiente cierta vida. La luz no era tenue junto a ella, sino clara y cálida. La brisa, refrescante como nunca. Sus palabras como melodía perfecta que relajaba los músculos de los mortales. Y una paz que transmitía que sanaba hasta el más cargado de los corazones – Grata es la hora de nuestro encuentro, pero me temo que hay un rey al que no le he concedido debidamente la bendición de los Valar – inquirió Lyanna, a lo que ambos soldados entendieron a lo que se refería. Estos se pusieron de pie y enfundaron de nuevo sus armas.

    - A su encuentro la llevaremos, gran Valyanna, reina de los pueblos libres – reverenciaron ambos, mientras uno dirigía a la Vala hacia el Salón del Trono mientras el otro iba en busca del rey Elessar.

    No pasó mucho tiempo para que Aragorn llegara a toda prisa al lugar donde su vieja amiga lo esperaba. Ahí estaba ella, de pie en medio del salón con los vestidos con los que había sido enterrado. Nunca había visto en su rostro gracia alguna como la que le iluminaba en aquel preciso momento, y la cálida sonrisa que le dedicó al rey provocó que este corriera hacia ella y la envolviera en un fortísimo abrazo.

    - ¿Es verdad? ¿Es cierto lo que los guardias dicen, cariño? – se escuchaba decir a Arwen, quien cubrió su boca al ver a Lyanna efectivamente al lado de su esposo - ¡Oh, Lyanna! – exclamó la reina, de cuyos ojos caían lágrimas de emoción y alegría.

    El rumor se había extendido por la ciudad ya. Todos hablaban de la Vala que había regresado a la Tierra Media. ¿Por qué lo habría hecho?

    - Creí que no volvería a verte nunca más – dijo Aragorn, intentando explicarse cómo todo aquello estaba pasando realmente. Pero pronto se acordó de algo que venía con mayor importancia – Legolas, ¡Legolas! – exclamó, pensando en el elfo que más había sufrido la partida de la Vala - ¿Le han avisado ya? ¡Que alguien le avise, por los Valar! – Lyanna rio.

    - Te aseguro, amigo mío, que él lo sabe ya – los latidos de Lyanna comenzaron a acelerarse - ¿Por qué no me ponen al día en lo que viene? Preséntame a tus hijos, Aragorn. Permíteme bendecirlos debidamente.

    Legolas llevaba todo el día de camino a Minas Tirith. La velocidad con la que el caballo corría era como si sintiera la necesidad del elfo de llegar cuanto antes a la ciudad. Gimli seguía sin entender a lo que Legolas se refería, pensando incluso que la pérdida de Lyanna ya le había hecho perder la cordura.

    Pero al caer la noche, ambos se dieron cuenta cómo en la ciudad todo parecía más movido que nunca. Y ni bien veían pasar al elfo amplias sonrisas aparecían en sus rostros, como emocionados de que este llegara al encuentro de lo que le esperaba en el sétimo nivel.

    La luz de Náriël no tenía límites de intensidad, pues con cada nivel que subían más resplandeciente se hacía. Y la cercanía con la que el elfo sentía a la Vala crecía a medida se acercaba al salón del rey.

    Ni siquiera se detuvo a ayudarle a Gimli a bajar del caballo, pues su mente estaba tan inmersa en abrir aquellas grandes puertas que era lo único que tenía en mente. Rogó a los Valar, Lyanna dentro de ellos, que le dieran fuerzas para llegar a la puerta, pues sentía que desfallecería en la entrada incluso antes de poder ver lo que le esperaba tras esta.

    Pero el mismo Eru fue el que se las renovó y obligó a sus piernas llegar hasta las puertas. Los guardias se apresuraron a abrirlas y darle paso al dueño del destino de la Vala que lo esperaba tras la entrada.

    Y entonces, dos miradas que por largos años habían sido separadas, se encontraron.

    Aragorn y Arwen se miraron, con un brillo esperanzador en sus ojos al estar a punto de contemplar la escena. Gimli, que con mucho esfuerzo había intentado alcanzar al elfo, quedó boquiabierto al verla estando ahí, frente a ellos.

    Y Legolas, cuyo corazón parecía estar por salirse de su pecho, encontró alivio en los plateados ojos del ser que más había amado y extrañado por tantos años. Aquella mirada que por mucho tiempo había ignorado lo que provocaba en él, volvía a escudriñarlo con un amor tan vivo que, en definitiva, había logrado traspasar horizontes y mundos.

    Sabía que no era un engaño de sus ojos, ni que era un sueño nada más. Lyanna estaba frente a él. Había regresado a él.

    Y entonces, corrió hacia ella. Ni un momento más pasó para que sus labios volvieran a quedar unidos, siendo aquella la última vez que estarían separados del otro por siempre y para siempre.

    Lágrimas corrían del rostro de Legolas, que había deseado cada noche volverla a tener en sus brazos de nuevo. Y aunque esperaba hacerlo algún día, no se imaginaba que fuera Lyanna la que se embarcara de regreso a la Tierra Media.

    - ¿Cómo? – preguntó el elfo, mirando con total admiración a quien tanto adoraba - ¿Por qué regresaste? – Lyanna lo miró con ternura.

    - No me despedí – se excusó, provocando que el elfo riera y volviera a besarla tanto como pudiera. Lyanna envolvió sus brazos alrededor de él.

    Todo su camino estaba completo. Sauron había sido derrotado, su poder estaba ahora bajo su propio control, y su corazón había logrado corresponderle a alguien con quien quería pasar el resto de su vida.

    Diez mil años atrás había dado inicio su viaje. Había sido torturada, engañada y manipulada. Había experimentado la traición y el desamor. Había llorado las pérdidas de los que caían a su lado mientras ella debía seguir caminando hacia su destino. Largo había sido su tormento en su intención de regresar a Aman.

    Pero en lugar de que ella partiera a Valinor, Valinor había ido a ella. En forma de ojos azules y orejas puntiagudas.

    Y su destino se cumplió.



    Epílogo

    Parte I: Aman

    La brisa que abrazaba el rostro de Legolas alejaba a su vez la incertidumbre que comenzaba a invadirlo. La reciente muerte de Aragorn meses atrás aún era una herida fresca que cada vez que la recordaba ardía con bastante intensidad.

    Pero ni bien volteaba a ver a la dueña de su corazón, esta hacía que con su mirada todo volviera a ser bueno y puro.

    La partida de Aragorn había sido dura tanto para Gimli como para Lyanna también, pues era el último miembro de la Comunidad del Anillo al que los tres verían, con excepción única de Gandalf. Y la avanzada edad de Gimli le recordaba cada día a Legolas que pronto tendría que dejarlo ir también.

    Sin embargo, les quedaba aún un último viaje.

    - ¿Listo? – le preguntó Lyanna a Legolas, mientras este desviaba su vista del horizonte y la depositaba en su mundo entero. El elfo le sonrió y asintió. Lyanna depositó un beso en la mejilla de Legolas, antes de ir a por Gimli y ayudarlo a subirse en el barco de plata que, gracias a su tiempo en Lindon, había construido.

    - ¿Estás segura de que esto no es una mala idea? – le preguntó Gimli a Lyanna, mientras se acomodaba en su asiento – Los Valar no se tomaron muy bien la invasión de los mortales de Númenor. ¿Y si no se toman bien la invasión de un enemigo de sus hijos? – cuestionó, pero Lyanna se limitó a reír.

    - Yo soy una Vala, Gimli. Y autorizo tu entrada al reino bendecido. Además, eres amigo de los elfos. No hay nada de qué preocuparse – lo alentó Lyanna, mientras Legolas la ayudaba a subir al bote para proseguir a empujarlo al agua.

    El corazón del elfo no paraba de palpitar en su cabeza, sintiendo cómo su pie se elevaba para siempre de las tierras que por tanto tiempo habían sido su hogar. Por última vez admiró el paisaje de la Tierra Media, sabiendo que no volvería a aquel lugar nunca más.

    Pensó en los años transcurridos desde su nacimiento. Recordó con ternura a su madre y lo emocionado que estaba de volverla a ver. Pensó en su padre, sabiendo que por más que no deseara abandonar sus tierras, algún día también se terminaría embarcando hacia el reencuentro de su familia. Imaginó los bosques que le esperaban en Valinor, cuidados y amados por los Valar mismos que ni se imaginaba la belleza de estos. Pensó en la Comunidad del Anillo, y los años que había compartido con sus amigos hasta que uno a uno se entregaban a la mortalidad de sus cuerpos.

    Los ojos de Lyanna y de él se encontraron, la Vala conociendo lo que por la mente del elfo pasaba. Su corazón se enterneció al ver cómo hacía recuento de toda su vida, y que ahora se embarcaba a una nueva al lado de su pueblo, a unas tierras donde ningún mal les tocaría jamás.

    Gimli no tenía idea de la belleza que le esperaba en tierras que ningún otro enano vería jamás. Y tampoco contaba con el ser que le esperaba en las blancas costas a las que llegarían en un par de días.

    Lyanna controlaba la corriente de las aguas del Belegaer para que su llegada a Aman fuera más pronta. En el tacto del agua sentía a su padre Ulmo, el Rey de los Mares, acompañándoles en su tan ansiado viaje.

    Veían al sol ponerse y salir de nuevo con cada día que pasaba. Las gotas que les salpicaban en el rostro refrescaban su esperanza más y más. Ni Gimli ni Legolas sabían ya cuánto tiempo habían pasado en el mar, sin ver tierra alguna en la distancia. El enano incluso comenzó a pensar de que a sus dos amigos se les había negado la entrada por culpa de él, por no ser bienvenido junto a los Valar, Maiar y elfos.

    Pero entonces, una peculiar lluvia se divisó a lo lejos. Lyanna esbozó una sonrisa al verla, pero los rostros de Legolas y de Gimli parecían estar confundidos por lo que tenían al frente.

    No había nubes de donde provinieran aquellas singulares gotas plateadas, que caían desde un punto del cielo imposible de ver. Tras esa clase de cortina no se lograba divisar nada. Ni siquiera Legolas veía más allá de esta.

    - No se aflijan – les dijo Lyanna al sentir aquel temor en sus corazones. La tierna y brillante mirada de la Vala alejó aquella sombra de incertidumbre de ellos – La cortina gris se contraerá ante sus ojos, y entonces lo verán…

    - ¿El qué Lyanna? – preguntó con emoción el enano. Ella le sonrió.

    - Estás por descubrirlo.

    Las gotas cayeron sobre los tres viajeros pero ninguno se vio empapado por estas. Un suave cántico llegó a oídos de ellos, y una dulce fragancia que los obligó a cerrar sus ojos, incapaces de imaginar qué belleza podría oler y cantar de aquel modo. Una de la que ni Legolas ni Gimli se sentían dignos de ver.

    Y, tal como Lyanna había descrito, la cortina de lluvia seca se contrajo y una resplandeciente luz plateada brilló tras un país de verdes colinas, arenas blancas y un cielo con rayos ligeros de sol.

    Su aliento se había visto interrumpido ante semejante imagen que les esperaba al frente. Lágrimas cayeron del rostro de Gimli al contemplar una belleza sin igual. El aire que los invadía se sentía tan ligero que sus pulmones se llenaban con la tranquilidad del ambiente.

    Cuatro figuras se observaban a su espera en las costas del cristalino mar. Todas tan brillantes cuyos rostros eran imposibles de adivinar. Pero Legolas y Lyanna pronto sintieron de qué presencia se trataba. Una que ambos llevaban larguísimos años de no sentir cerca.

    Su barco tocó por fin las tierras de Valinor, y la luz que cubría el rostro de los cuatro presentes se desvaneció ante los ojos de los tres recién llegados.

    - Los hemos estado esperando – habló primero la dama Galadriel, a quien Gimli no pudo evitar arrodillarse sin dejar de contemplar el bello rostro de la que más había extrañado.

    Lyanna había olvidado cómo respirar al observar por fin directamente a los ojos a sus padres. Aüle sonreía mientras veía a su ya crecida hija con una expresión digna de grabar, y Yavanna la miraba con un amor tan incondicional, como solamente una madre sería capaz de expresar.

    Eso bien lo sabía Legolas, cuyos ojos no paraban de derramar lágrimas al sentir el tacto de su madre sobre su rostro. Tan cálido que ni siquiera aquel sol de Aman se le compararía jamás.



    Parte II: Los Valar

    Aunque Legolas había pensado que nunca más sentiría tristeza, la inminente partida del alma de Gimli con la de sus ancestros había dejado un profundo dolor que ni los bosques de Lórien habían logrado sanar por completo.

    Con el tiempo lo hizo, a pesar de que varios años le había tomado.

    Tal y como el elfo había pensado que sucedería, varios siglos posteriores su padre se había embarcado a las Tierras Imperecederas, donde se había reencontrado con su amada esposa y su padre.

    Legolas había sido bien acogido por Yavanna y Aüle como el dueño del corazón de su hija, por no hablar de los Valar, que nada tenían que renegar a Ilúvatar porque una Vala se hubiera relacionado con un elfo. Sin embargo, Aüle le había propuesto a Legolas instruirlo en sus artes para que desarrollara un don todavía mayor que cualquier otro Síndar que hubiese existido jamás, a lo que Legolas accedió con bastante ilusión.

    Lyanna, por otro lado, comenzaba a inquietarle el hecho de que los elfos tuvieran la oportunidad de tener aquella vida, cuando de los mortales se desconocía por completo su destino. ¿Con qué soñarían los hombres, enanos y hobbits cuando sus peores miedos se apoderaban de ellos? ¿A qué se aferrarían cuando su hora de partida los alcanzara?

    Por aquellos controversiales pensamientos, los Valar comenzaban a ver en Lyanna una ligera amenaza de que pusiera a prueba sus largos años de paz, pues ningún mortal había osado a traspasar las fronteras de Aman desde que los Númenóreanos habían sido fuertemente castigados por Ilúvatar al intentar hacerlo. Pero Lyanna había vivido entre ellos por largos años. Conocía la debilidad en sus corazones, pero también el valor e inocencia de ellos. Sabía que solamente Manwë y Mandos conocían el destino de sus almas al morir, pero ya que Manwë le impedía a la hija de los Valar saberlo, Lyanna se había vuelto un desafío imposible de detener.

    - ¡Se ha vuelto rebelde! – exclamó Manwë desde su trono, recibiendo una mirada divertida por parte de Mandos - ¡Esto no habría pasado si tú no hubieses plantado en ella esa idea! – Mandos parpadeó con altivez.

    - Solamente interpreté lo que en su corazón retenía. Lyanna es una Vala, Manwë, no es un ser inferior a ninguno de nosotros y posee la más grande de las sabidurías, pues no solo se ha dedicado a observar Arda. Ha vivido como alguien inferior por muchos años, se ha relacionado con mortales más que cualquiera de nosotros y su corazón ama a alguien incluso inferior a ella. Conoce más de lo que nosotros podríamos entender con solo observar – Yavanna sonrió a Mandos, agradeciendo respaldar las decisiones de su hija. Manwë meditaba sobre las palabras que Lyanna recién les había dicho, antes de abandonar el salón.

    - No puedo creer que el poder que depositaras en ella fuera el de guardián de las Estancias – resopló Manwë - Con eso, ahora podrá levantar la isla de Númenor por su cuenta y ser ella misma la guardiana de las almas de los mortales que lleguen ahí – Mandos asintió, como si fuera algo obvio.

    - Sí, lo dejó claro cuando dijo que lo haría. Dime, ¿qué sentido tiene seguirle reprochando semejante decisión cuando ninguno de nosotros es capaz, de todos modos, de impedir que lo haga? – cuestionó Mandos.

    - ¡Que no debe acostumbrarse a hacer lo que le dé la gana! ¿O es que no recuerdas lo que pasó con Melkor? – Aüle pareció estallar ante las palabras de Manwë.

    - ¡¿Cómo osas comparar a mi hija con el Señor Oscuro?! Lyanna no es un ser maligno. Por muchos años resistió de caer en la oscuridad, su poder ahora solo responde a ella, y su corazón no puede ser corrompido. ¿Por qué no dejas de dudar de ella de una vez y la escuchas? – le pidió al rey de los Valar. Manwë, ya sin argumentos qué dar, suspiró al saber que no le quedaba más opción que acudir a Ilúvatar por respuestas.

    En Valmar, Legolas y Lyanna tenían su hogar. Un gran jardín había crecido bajo el poder de Lyanna como regalo al elfo, pues bien sabía que disfrutaba de las cercanía de los árboles y la flora.

    Legolas se encontraba en los balcones cuando observó a Lyanna regresar de Tirion, donde había ido a presentarle su nuevo plan a los Valar. Por mucho tiempo había peleado con sus padres por respuestas sobre el destino de las almas de sus amigos mortales que tiempo atrás había dejado de ver. Pero ahora, había decidido que, con su poder, levantaría la isla de Númenor y la convertiría en “las tierras bendecidas” para las almas de los mortales. Cosa que a los Valar les incomodaba pues temían que la debilidad de sus almas los llevara a querer invadir Aman para alcanzar así la inmortalidad.

    - ¿Cómo ha ido, meleth nîn? – la saludó el elfo, depositándole un beso en los labios. Lyanna le sonrió.

    - Mandos me ha revelado el poder que depositó en mí – le contó ella, con una gran sonrisa en su rostro. Legolas arqueó sus cejas, expectante. Las ropas blancas que vestía junto a su belleza podrían hacerle pensar a cualquiera que pertenecía a los elfos Vanya – Me ha hecho capaz de ser una guardiana de las Estancias – la sorpresa se dibujó en el rostro del elfo – Puedo crear mis propios salones de la muerte…

    - Eso quiere decir… - intentó adivinar Legolas, Lyanna asintió, emocionada – Entonces Númenor será levantada del fondo del mar.

    - Y en ella descansarán las almas de los mortales, para que no vaguen en el vacío de Eä – expresó Lyanna – Îdhuor será llamada. El país del eterno descanso – Legolas sonrió al ver los nuevos planes de su amada Valië – Y en ella, los habitantes de Valinor podrán ir a visitar a sus amigos que hace tanto tiempo vieron partir – Legolas besó los cálidos labios de Lyanna, feliz de saber que su corazón se enamoraba cada vez más de ella.

    - Eres perfecta – le susurró, haciendo que los ojos de Lyanna se iluminaran al escucharlo decir eso.

    - Hay una última locura que me gustaría hacer antes de proceder con mi plan, meleth nîn – le confesó ella. Legolas frunció el ceño, a lo que Lyanna sonrió y posó su mano sobre su pecho - ¿Te casarías conmigo?



    Parte III: Por Siempre y Para Siempre

    Nunca en Valinor se había visto un acontecimiento como el nacimiento de un Vala, y nunca más se volvería a ver. Desde aquel día, Lyanna estaba destinada a darle a aquellas tierras eventos que solamente se verían una vez nada más. Y el día de su boda no era la excepción.

    La Vala había asistido a un par de celebraciones como aquel en la Tierra Media, donde dos amantes profesaban y aseguraban su amor en un acto bellísimo en el cual este era bendecido bajo los ojos de Ilúvatar. Se vestían ropas de gala excepcionales, pero ningunas tan preciosas como los de la pareja por la que se celebraba tal evento.

    Y a Lyanna le emocionaba verse en un vestido como el que las novias usaban el día de su boda. Pero más le emocionaba saber que por fin se uniría en divino matrimonio con el amor de su vida.

    - Estás preciosa – le dijo su madre, mientras admiraba la belleza frente a sus ojos.

    El vestido de Lyanna era completamente blanco y sin adorno alguno. Las mangas cubrían por completo sus brazos y del cuello solo se dejaba a la vista la parte superior de su pecho. La falda le llegaba a los pies, que iban descalzos sobre las verdes gramas de los jardines de Yavanna, y la belleza de su rostro alegraba los corazones de los que la veían marchar hacia el altar donde Legolas, junto a Manwë, la estaban esperando.

    El Síndar lucía un traje de gala completamente blanco. Varda lo había decorado con luz de estrella para que la majestad del casi esposo de la más alta de los Valar fuera contemplado por todos los presentes. Todo Valinor se encontraba de fiesta al ver a su Vala perdida unirse al que más amaba de entre todos los seres en Arda.

    Las manos de ambos se unieron finalmente, mientras se veían el uno al otro con tanta ilusión de que ahora serían esposo y esposa. Un amor que por miles de años había estado destinado a ser, por fin culminaba con el evento más sagrado para los inmortales.

    - A los amantes: profesen su amor ante los testigos, los Valar e Ilúvatar – indicó Manwë, iniciando la ceremonia. Thranduil volteó a ver a su amada esposa, que le sonreía ampliamente al recordar la boda de ambos. Y Aüle miraba con total amor a Yavanna, comprendiendo la magnitud del amor que su hija sentía por aquel elfo.

    - Lyanna… - la multitud rio al entender que las formalidades entre ellos era algo que nunca habían tenido – Por cientos de años mi corazón se convenció de que no era merecedor de tu tan grande belleza y divinidad. Quise ignorar lo que de verdad sentía por ti, pero me mataba el hecho de que nos separaran nuestras cualidades. De entre todos los poderosos seres en Arda, ¿por qué habrías de escogerme a mí? – ahí en la multitud, el rey Thingol volteó a ver a su esposa, Melian, pues aquel pensamiento también había cruzado por su mente cuando había admirado la belleza de la Maia por primera vez – Y sin embargo, me escogiste. No tengo nada para ofrecerte más que el amor que ya te he dado y estoy dispuesto a darte por el resto de la eternidad. Quiero amarte como nadie más lo hará, porque eres mi vida y aquí, frente a estos testigos, frente a los Valar y frente a Ilúvatar, te entrego mi vida. He sido tuyo desde siempre, y para siempre lo seré, reina de mi corazón – las lágrimas que Lyanna intentaba contener comenzaban a escapársele – Nada en este mundo es capaz de romper este amor que siento por ti – finalizó, besando los nudillos de Lyanna y provocando que los invitados aplaudieran con emoción.

    - Legolas, mi amor – comenzó ella, presionando con fuerza las manos del elfo – Mucho tiempo busqué un amor tan verdadero como nunca tuve. De leyendas e historias me imaginaba la magnitud de lo que significaba amar con alma, cuerpo y mente a otro ser. Pero cuando comprendí que eras tú a quien mi corazón pertenecía, de pronto todo lo que imaginé se había vuelto un simple guiño de lo que realmente sentía. Amo cada momento que disfruto a tu lado. Te adoro como nunca he adorado a nadie y ni mi propio poder sería capaz de enfrentarse a la fuerza del amor que tengo por ti. Aquí, frente a estos testigo, frente a mis padre y frente a Ilúvatar reconozco que sí existe algo más poderoso que nosotros los Valar: nuestro amor. Desde los cielos más altos hasta los confines de Arda mi corazón te seguirá por siempre y para siempre, rey de mi corazón – una sonrisa se dibujaba en el rostro de ambos amantes.

    No pasó otro segundo más para que los labios de Lyanna y Legolas se juntaran para sellar aquella promesa que ambos se habían profesado el uno al otro, y su amor fue bendecido por todos y cada uno de los presentes en la ceremonia, que festejaron por semanas la unión de tan vívido amor.

    Y aunque Legolas y Lyanna sabían que la eternidad era demasiado tiempo, al lado del otro el recuento del tiempo parecía un mero parpadeo viviendo en la profundidad de su amor. Más aventuras vivieron en Valinor, otras más en Îdhuor y con el paso de las edades observaron a Arda y sus habitantes evolucionar en sabiduría y entendimiento. La historia de la Tierra Media cayó en el olvido por intervención de Manwë. Pocos descendientes de las antiguas razas quedaban ya.

    Una historia que había tardado milenios en encontrar un equilibrio, lo había logrado por fin. Y con cada salida del sol una nueva historia se creaba en las millones de vidas que ahora se interconectaban en la realidad del presente. Desconocedores por completo de la intensa lucha que alguna vez existió.

    Y aún en la Octava Edad del Sol, el amor entre Legolas y Lyanna perduró como el del primer día en que ambos se miraron.
     

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