Fantasía Tercer contacto

Tema en 'Novelas' iniciado por Confrontador, 7 Enero 2018.

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  1. Threadmarks: El salvador llega a Wallaby
     
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    El salvador llega a Wallaby.

    No existían caminos oficiales para llegar a la ciudad independiente de Wallaby, pero si más de una forma de llegar, aunque ninguna de ellas resultaba muy cómoda. Había que cruzar un desierto de arena. Era seco pero no muy caluroso. La arena levantada por el viento cálido permanecía en suspensión permanente en el cielo, por lo que avanzar a través de este páramo era casi como hacerlo con cualquier tupida niebla mañanera, salvo que la arena ensuciaba demasiado y hacia, dependiendo del momento del año, dificultoso respirar sin cubrirse el rostro.

    Una caravana pequeña, de pocos animales y artilugios, cruzaba el llano paisaje. Eran un grupo de siete camellos y un puñado de personas. Avanzaron bajo el sol directamente hasta las faldas de la ciudad. Entraron sin mayor contratiempo, haciéndose paso a través de una calle cubierta por pequeños bloques de piedra blanca. Estaba muy sucia por la arena, pero a medida que se internaban en la ciudad, la tierra desaparecía. Poco a poco los integrantes de la caravana descubrían sus cabezas de los incómodos mantos que hace unos minutos atrás les quitaban la arena de sus caras.

    Desde el edificio gubernamental, denominado Wallabilia, se podía observar el paso del grupo a través de una de las avenidas. A decir verdad, desde ahí se podía observar prácticamente todo Wallaby. Raimundo se tomó su tiempo para distinguir de quienes se trataban. Él miraba desde el séptimo piso de la torre solo por el placer de sentir la briza seca a través de la ventana. Cuando distinguió la caravana se encaramó al marco de la ventana muy sobresaltado. Si alguien lo hubiera visto seguramente hubiera pensado que quería saltar por ella. Bajó las escaleras de piedra apresuradamente; un paso en falso y podría haber bajado el resto del tramo rodando escalón por escalón.

    El exterior del Wallabilia era hermoso; era un jardín muy bien cuidado. El clima y zona geográfica de los alrededores de la ciudad eran estériles para la vegetación de gran tamaño pero, junto al gran edificio, siete árboles robustos y altos, de tronco muy grueso estaban de pié. Las bases de sus troncos estaban adornadas por anillos de flores de brote anaranjado; eran poco comunes por esos lares pero muy abundante unos cuantos kilómetros más al este, donde crecían preferentemente entre las piedras que proporcionaban las montañas. Era difícil encontrar otros árboles de las mismas dimensiones en Wallaby.

    Raimundo caminó hasta llegar a la reja que separaba al edificio gubernamental del resto de la ciudad. Dos miembros de la guardia civil la custodiaban de pie, afuera de la puerta metálica. Con los brazos extendidos hacia el suelo y tras las rejas esperó el arribo de la caravana, que tardó solo dos minutos en alcanzar el portón. A la cabeza del grupo, montando un camello de pelaje oscuro, venia un miembro de la Real Misión. Era casi imposible no identificarlo; bajo la manta que lo protegía del clima se distinguía su uniforme con el escudo de su división bordado en cada hombro. Tenia la cabeza descubierta. Su cabello era oscuro y estaba muy despeinado y espolvoreado en arena, evidencia clara de que se había quitado la capucha prematuramente.

    Se acercó el joven sin desmontar hasta la reja, bajo la atenta mirada de la guardia civil.

    —Hemos llegado, Raimundo. —Con un violento movimiento de su cuello pretendió sacudir su melena.

    Su mano derecha estaba enguantada en cuero negro. Se sujetó con esta de uno de los barrotes junto a él, mientras el animal hacia movimientos erráticos con sus patas.

    —Abran la puerta —ordenó Raimundo.

    El portón, que consistía en dos puertas de acero juntas, fue abierto de lado a lado por los guardias que lo arrastraron hacia adentro sujetándose de dos manillas puestas en cada extremo de las puertas. La caravana completa penetró en el Wallabilia, siguiendo a paso lento por un sendero pavimentado por piedras blancas muy bien lustradas y de mayor tamaño que las usadas en el exterior. Eran en total nueve personas y siete animales los que entraban. Raimundo los observó cuidadosamente; Ademas del miembro de la Real Misión venían dos miembros de la guardia civil de Wallaby y cinco civiles, entre ellos uno que por complexión parecía ser un niño de no más de trece o catorce años. Era el único que aún no se descubría la cabeza, por lo que era difícil pillar más detalles visuales. El noveno miembro del grupo, el segundo en cruzar por la puerta, fue el que realmente hizo que Raimundo se sobresaltara; se trataba de un miembro de la Guardia Real. Era una mujer y como quien lideraba al grupo, lucia el inconfundible escudo de su división en su uniforme y una espada enfundada en la cintura.

    Tres funcionarios se acercaron a trote hasta el grupo. Venían para llevarse a los animales y alimentarlos después de un viaje que tenia toda la pinta de haber sido duro. Raimundo se acercó hasta el líder del grupo que recién desmontaba.

    —Estas hecho un desastre, ¿de dónde vienes tú con tanta gente?

    —Cruzamos por el desierto. Pasamos por la torre de vigilancia del oeste, desde allá venimos —Sacudió con sus manos la arena de su cabello—. Algunos guardias de la torre accedieron amablemente a acompañarnos. Fueron de gran ayuda.

    —Desde hace cuatro semanas que no te veía, pensé que habías partido a la capital.

    —No, tuve que hacer... ¿Me permites utilizar el baño... o agua? Creo que tengo arena en los ojos.

    —Claro, pero —continuó Raimundo, esta vez con un tono de voz más bajo— ¿por qué has traido a un miembro de la Guardia Real contigo?

    —Tengo bastantes cosas en las que ponerte al día —Enjuagó su rostro con agua helada desde un recipiente metálico traído oportunamente por una criada desde el interior del edificio—, el caso es que...

    Raimundo abrió sus ojos muy sorprendido y lleno de ilusión.

    —No me digas que...

    —Sí, hermano.

    El joven giró su rostro hacia atrás, su interlocutor le imitó. Allí estaba el chico con el que habían venido viajando. Ya sin la capucha sobre su rostro, estaba intentando bajar del camello. Un guardia le tendió su mano al verlo fracasar en sus torpes intentos de alcanzar el suelo. Su rostro estaba completamente protegido bajo una mascara color rojo parduzco, que tenia pequeños detalles en blanco. En su nuca una cola de caballo, que bajaba hasta no más allá de sus hombros, oscilaba de lado a lado mientras bajaba del animal.

    —¡He traído a quién podría salvar Wallaby!
     
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    Cygnus

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    Hmm, qué interesante. Un relato de fantasía ambientado en el desierto. Tengo mucha identificación personal con dichas regiones y eso me hizo detenerme a leer.
    No sé exactamente qué esperar del relato o qué clase de fantasía maneje. Me gustaría saber qué influencias posee para saber para dónde van los tiros. Por lo pronto he quedado expectante para conocer el siguiente capítulo.
    Por lo pronto, lo que veo es que el joven que descendió del camello al final es algo así como un... ¿elegido para salvar Wallaby? Pero salvarla de qué... o cuál será la amenaza, eso es lo que se tendrá que descubrir. Por la animadversión que Raimundo tiene hacia la mujer que forma parte de la Guardia Real, supongo que la situación es que el rey no debería enterarse de la existencia del joven o algo por el estilo.
    Bueno, realmente no tengo mucho que decir, esperaré a lo que viene para conocer más detalles.
     
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    Holas, gracias por el comentario.
    No soy de consumir mucho de ese género, así que como influencia te podría decir quizás... videojuegos (Divinity II, que la verdad me animó mucho a dar forma a esto xD y Mount & Blade, entre otros) y un poco de anime, TV y cine.

    Sobre las interrogantes que planteas, estas deberían ir siendo solucionadas a medida que avanza la historia (ya pronto continuará).

    ¡Saludos!
     
  4. Threadmarks: La cuestión de Reaful
     
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    La cuestión de Reaful.

    Wallaby se localizaba a pocos kilómetros de una cadena montañosa, el resto del paisaje era desierto. No habían ciudades o pueblos cerca, por lo que los habitantes se encontraban en un relativo aislamiento. Nunca fue una ciudad muy concurrida; ocasionalmente llegaban a ella caravanas que aprovechaban de hacer negocios en la ciudad, aunque era solo por oportunismo ya que sus destinos usualmente eran ciudades más grandes. La gran ventaja que ofrecía la ciudad a estos comerciantes era el nulo impuesto de paso; Wallaby era independiente y en su legislación no se contemplaban las fuertes imposiciones que mantenían la mayoría de las ciudades fronterizas de otros reinos, por lo que los mercaderes podían usarla como una puerta “fácil” para atravesar las montañas e ir hacia el este. Ponían en balanza rutas más amables (y ocasionalmente más cortas) versus la libertad de paso a través de un camino accidentado y agresivo .

    Wallaby estaba en territorio fronterizo. Era un páramo no reclamado por ninguna nación desde hacia siglos, probablemente debido a su esterilidad y difícil acceso. Al oeste se extendía vacío el gran desierto y al noreste un cordón montañoso extenso, que cruzaba a través de la ciudad siguiendo su curso hacia sureste, pero respetando sagradamente a la ciudad y el área circundante, en donde no se levantaba cerro alguno. Más al este, mucho más al este, estaba la ciudad más cercana; se trataba de Petra, una enorme urbe perteneciente al reino de Rea.

    Rea o Reaful era una monarquía poderosa y la única en relación amistosa con Wallaby. Esto no significaba que existiera una enemistad con el resto del mundo, si no que por ubicación geográfica, la mayoría de las interacciones se hacían con Rea. De hecho, desde hacía una centuria que existía un tratado de protectorado de Rea hacia Wallaby. Reaful reconocía sin condiciones la autonomía de Wallaby, así como a sus autoridades y sus libertades.

    Sobre un caballo viajaba un hombre. Vestía el escudo de la Real Misión de Reaful y una espada envainada sujeta a su cinturón. El caballo corría veloz por un camino de tierra bastante ancho por el que solían circular carretas. Se trataba de Frank Teodoro que viajaba en dirección a la ciudad de Tariana. Tenia una misión encomendada por el alto mando.

    «Deberé cruzar Tariana, donde repostaré en menos de dos horas»

    Se sentía incómodo con sigo mismo al haber pasado por alto, varias semanas atrás, lo que ahora resultaba ser una pieza clave para su cometido. Hace diez días se encontraba de visita en la ciudad portuaria de Phantome, oportunidad que lo llevó casi por accidente a tranzar palabras con el famoso y respetado oráculo local. El oráculo de Phantome era una eminencia en el reino de Rea, pero no siempre respondía a quien le pedía sus consejos. Algún criterio desconocido manejaba, o quizás era simple capricho, pero el caso es que existían temporadas, a primera vista aleatorias, en las que el oráculo simplemente no abría la boca. Ni siquiera el rey de Reaful era una excepción, por lo que se podría decir que Frank estuvo de suerte aquella vez.

    Tardó alrededor de cuatro minutos en divisar en el horizonte las construcciones urbanas. Tariana estaba rodeada por un clima espectacular. Había bosques en toda la periferia y un rio de aguas muy cristalinas alimentaba a los ciudadanos con pescados y crustáceos de agua dulce. Frank bajó la velocidad y tras dos minutos extras de trote alcanzó la ciudad. El animal avanzó con lentitud por algunas cuadras de la avenida principal, atiborrada con gente en ese minuto. Desmontó junto a una cocineria de paso; fue el primer lugar que vio en la ciudad lo suficientemente cómodo como para reposar por un rato.

    Confió su corcel a un individuo del local, pidiéndole que lo alimentara y le diera de beber, acto seguido se introdujo en las dependencias. Frank tenía pensado comer, utilizar el baño y quizás pegarse una siesta corta. Le hubiera gustado bañarse en el rio, pero el tiempo apremiaba; si se había detenido era solo para poder comer (desde la mañana del día anterior que no comía un plato decente) y para darle descanso a su caballo. Si seguía su itinerario mental, calculaba que para antes del anochecer estaría en su destino, cosa importante si quería evitarse problemas con bandidos.

    En Phantome, el oráculo se dirigió hacia él con una personalidad serena pero avasalladora, muy difícil de describir. Sus palabras fueron significativas; era todo tan claro, que llegó a sentir culpa por su falta de visión en el momento adecuado y también miedo, miedo de que la oportunidad se le escapara de las manos. Si eso llegaba a suceder sería un peso más a cargar en sus hombros.

    Frank salió de Tariana luego de un par de horas. No quiso forzar a su caballo a correr o avanzar más rápido, por lo que alcanzó su destino pasada la media noche. Consiguió una habitación en una posada sencilla a cambio de unas pocas monedas. La aldea en la que se encontraba ahora era el final de su trayecto. Era una aldea rural que se dedicaba al cultivo de hortalizas y legumbres, especialmente habas. No tenia una población espectacularmente grande, pero si se comparaba con otras zonas rurales de los alrededores, si resultaba estar bien poblada.

    Durante la mañana el sol entraba fuerte por cada ventana que mirara hacia el este, las sombras de los árboles no eran suficientes para sosegarle. Frank se levantó de la cama apenas la luz alcanzó sus ojos. Bajó las escaleras hasta la recepción, donde desayunó huevos de gallina y unas tortillas artesanales deliciosas que preparaban en el mismo local. Le sorprendió el buen sabor de la masa; en otras circunstancias le hubiese gustado comprar varias docenas para poder llevarlas consigo a casa. Dio las gracias a la señora que le sirvió el desayuno e inició su marcha hacia afuera. Se suponía que debía encontrar un compañero en la aldea que le ayudaría en su misión, pero al final la cosa fue al revés.

    —Hola, Frank.

    En la entrada de la posada esperando junto a un pilar de madera, se encontraba una mujer. Vestía un uniforme militar y en sus hombros se reconocía claramente el escudo de la Guardia Real de Rea. Tenía pinta de haberle estado esperando desde hacía tiempo. Estaba de pie, muy firme, con ambas manos entrelazadas a la altura de su abdomen.

    —¿Cómo me has encontrado?, llegué solo durante la madrugada —saludó Frank.

    La chica se le acercó.

    —Me avisaron que un hombre con uniforme se hospedaba acá. No suele venir mucha gente, me han contado.

    Frank sonrió sin despegar sus dientes. El saludo militar tradicional para todo soldado hijo de Rea consistía en golpear con el puño el pecho, a la altura del corazón, mientras que con la otra mano se sujetaba la empuñadura de la espada, desprendiendo un sonido metálico producto del choque de esta con los adornos de acero que la mayoría de uniformes militares tenían en las muñecas. La filosofía era presentar el alma y la espada ante el camarada; mostrar la voluntad para cargar en cualquier momento.

    Ambos comenzaron a caminar, uno junto al otro, a través del camino de tierra que unía a casi todas las construcciones. Pese a que era bastante temprano para los estándares de Frank, la aldea se había puesto en marcha desde hacia varias horas. Sin duda los tiempos de trabajos que se manejaban en lugares apartados eran muy diferentes a los que Frank observaba en las ciudades y a los que él acostumbraba.

    —¿No te sorprende verme por acá? —preguntó la muchacha.

    —Sabía que estabas cerca de Tariana, pero no imaginé que fuera a ti a quien asignaran. —Ambos se sonrieron con complicidad.

    El ejercito del reino de Rea tenía seis divisiones profesionales, entre ellas la Guardia Real y la Real misión. La Guardia real era el grupo de élite dentro del ejercito y su función principal era la protección de la ciudad capital Reaful y la protección permanente del rey; para allá donde fuera el monarca, la Guardia Real le acompañaba. Su plan de vida estaba planteado de manera exigente, casi con malicia. Tenían un entrenamiento espartano muy duro y constante que intentaba explotar las cualidades individuales de cada soldado, es por esto que a miembros de la Guardia Real muchas veces se les destinaba a trabajos especiales fuera de Reaful, trabajos en los que sus habilidades fueran requeridas para asegurar el éxito. También funcionaban como entes de confianza del rey que asistían a misiones o lugares en los que fuera necesaria la presencia de un testigo de fe. Usualmente no participaban en batallas directamente, a menos que la capital o el rey estuvieran amenazados.

    La chica que caminaba junto a Frank se llamaba Antares y no era desconocida para él, así como él no lo para ella. Ahora que se habían reunido tenían que definir un plan de acción.

    —No me has dicho que es lo que estas haciendo. No sé como ayudarte en esto.

    —Es verdad —respondió Frank—. Estamos buscando a una niña.

    —¿Una niña? —repitió Antares.

    Ella arrimó su cabeza hacia Frank, perfilando su oído en dirección a los labios del joven.

    —Sí. Hace algunas semanas me la encontré por acá y... le lancé una manzana.

    Antares le miró muy confundida. Verlo a los ojos le bastaba para saber que estaba hablando en serio. Frank hizo una pausa en su discurso, sin dejar de caminar.

    —¿Recuerdas que misión me encomendaron en capitanía? —preguntó Frank rompiendo el silencio.

    —Desde hace más de un año que no te veía y tampoco hemos mantenido contacto desde entonces. Estas siendo injusto al preguntarme tal cosa. —Un dejo de molestia acompañaba las palabras de Antares. Frank suspiró, dándole la razón a su compañera.

    La Real Misión, institución a la que Frank pertenecía, era una de las seis divisiones del ejercito de Rea. Había sido creada hacia siglos, después de una época en la que Rea expandió sus fronteras por medio de la fuerza. Su objetivo principal era el de brindar inteligencia, correspondiendo a una especie de policía secreta de la monarquía. Realizaban labores de espionaje, misiones de pacificación en el extranjero y de diálogo con otras naciones, así como también les eran delegadas tareas mas complejas y específicas de manos directas del rey. Si bien eran una división del ejercito, su entrenamiento no estaba dirigido únicamente al combate. Gran cantidad de su contingente era considerado parte de la élite intelectual de Reaful y esto era producto del tipo de labores que realizaban, que requerían buenas bases de conocimiento y una gran capacidad para desenvolverse en sociedad. Por supuesto esto no significaba que no pudieran participar en combate; La Real Misión era una división militar y tal como en las otras cinco divisiones, todos sus miembros habían sido sometidos a los entrenamientos militares estándares de Rea.

    Ella lo observó contemplativa.

    —Me han ordenado escoltarte, a ti y a cualquiera que te acompañe. Tu misión no es de mi incumbencia —Y apartando la vista, continuó—, me disculpo.

    Frank se sorprendió tras la reacción cambiante de la muchacha, pero le resulto natural después de pensarlo dos veces. Él supuso que ella quería mantener una distancia profesional, que se contraponía en cierta forma a la confianza que ya había entre ambos.

    —No te disculpes, de todas maneras necesito que me ayudes con esto. —Frank no era muy partidario de la formalidad. Luego de aclarar su garganta continuó:

    —Tengo pensado hacer florecer —En ese momento Antares fijó su mirada en la de su compañero—... al árbol que sujeta al cielo.

    Los ojos de la muchacha perdieron su capacidad de pestañear tras escuchar tal afirmación; una desquiciada e increíble afirmación.

    Tomando como referencia a Antares, dese su cabeza, mirando hacia el noreste y tras recorrer miles de kilómetros de distancia, mucho más allá de Wallaby, se encontraba el Palacio de Petra. Estaba rodeado por el mismo desierto que rodeaba a Wallaby y aunque llevara el nombre de Petra en él, estaba más distante de ella que del propio Wallaby. Tras unas altas murallas de piedra blanca se encontraba cobijado uno de los tesoros nacionales más importantes de Rea: el brote del árbol que sujetaba al cielo.

    —Eso... me estas mintiendo. —La entrecortada e incrédula voz de Antares se atrevió a retomar el dialogo.

    Frank sonrió, sujetando el hombro izquierdo de la muchacha con entusiasmo.

    —¡Claro que no!, por qué lo haría. Cuando la encontremos verás a lo que me refiero.

    Ella le miró con suspicacia.

    —Esta bien, de todas maneras pienso cumplir con mi trabajo. —Los ojos de Antares, maquillados con tinte rojo oscuro, se entrecerraron.

    Frank se sintió con el derecho de responder a la incredulidad de su compañera.

    —Tu poca confianza hacia mi persona me ofende, pero ya cambiará cuando veas....

    Pero fue interrumpido en el acto:

    —Pienso cumplir con mi trabajo.

    Debían localizar a una niña. Según la descripción visual que realizó el miembro de la Real Misión, La chiquilla no tendría más de quince años. Tenía el cabello no muy largo, de color castaño y su altura aproximada era de 1,5 m.

    —¿No le parece un poco ambigua la forma en la que la describe, señor?

    Tan poca información había metido en apuros al jefe de la aldea, a quien Frank fue a consultar por iniciativa de Antares. El anciano cumplía la función de dirigir el pequeño poblado agrícola desde hacía años y había sido elegido por su gran experiencia en el rubro productor. Tras hablar con la autoridad local, se encaminaron hasta un colegio.

    El colegio de la aldea no era más que una casucha grande acondicionada con pupitres y calefacción a leña. Un profesor se encargaba de educar a niños de entre cinco y quince años con conocimientos que, debido a su vida rural, les hubiera sido imposible obtener fuera de una ciudad. Frank se maravilló por lo cómodo y acogedor del edificio, y además por el mero hecho de que hubiera una escuela en un poblado. Era poco usual en Rea (por no decir en todo el continente) que aldeas rurales brindaran educación a sus niños. Si una familia de campo quería educación “convencional” para sus retoños, tenía que mudarlos hasta una ciudad con el correspondiente gasto económico asociado. No todas las familias podían costear estos gastos y por supuesto otras tantas no querían; la forma más sencilla y para varios la única válida, era educarlos en el oficio familiar para que así puedan crear un futuro prometedor para su aldea.

    Los dos militares entraron al aula, siendo recibidos por una profesora de mediana edad que los presentó ante la clase con mucha pompa y parafernalia. Había veintiún niños de varias edades en el interior. Todos miraron con mucho respeto y curiosidad a las dos figuras de autoridad enviadas desde Reaful por el propio rey. Se suponía que ahí estaban todos los niños que podrían encajar con las características que Frank había señalado. Se pusieron todos de pie frente a sus asientos mientras el oficial recorría por los pasillos del salón. Miró uno por uno a los nerviosos rostros de las muchachitas presentes, pero no hubo éxito; allí no estaba la chica que buscaba.

    —¿Está segura de que aquí están todos los jóvenes de la aldea? —preguntó Frank susurrando a la profesora una vez estuvo junto a ella.

    —Si señor, aquí vienen todos los niños de la aldea a estas horas. Como verá no son muchos... la única niña que ha faltado es una pequeñita de diez años que esta enferma. Si quiere puedo indicarle donde vive.

    Frank negó con su cabeza, volteándose luego hacia la clase. Para corresponder a la amabilidad de la escuela se quedó a charlar con los alumnos durante un rato más.

    Entrando la tarde y sin ideas claras fue que se presentó la hora de la comida. El jefe de la aldea los recibió en su cabaña, donde fueron servidos de gran variedad de alimentos de cosecha propia. Frank no estaba acostumbrado a tales mimos durante el trabajo, pero los agradecía y recibía de brazos abiertos. Curiosamente la última vez que había sido recibido como príncipe en las dependencias de un civil, sin contar con el hogar de sus padres, había sido hace dos años en la casa de un mercader de Reaful. Aquella vez Antares también se encontraba con él; era como un amuleto de buena suerte.

    Reunidos alrededor de la mesa y la comida, se hablaron temas cotidianos de forma amena. Era simplemente agradable hablar de nada importante, pero el tiempo corría y titubeante, el anciano retomó la conversación que había tenido con ellos horas atrás.

    —Entonces, ¿no encontraron a quién buscaban? —Temía meter su nariz donde no debía.

    Frank negó con su cabeza.

    —No... Si es ahí donde se reúnen todos los chicos, entonces no sé como encontrarla.

    —¿No podría ser alguien de afuera de la aldea? —preguntó Antares—, alguien que estuviera de paso desde Tariana.

    —Es muy difícil, dama. Por acá casi nunca llega gente de la ciudad.

    El anciano miró hacia el techo de madera.

    —Lo que siempre sucede es que nosotros vamos hasta Tariana, buscamos contratos, los cerramos y después vamos hasta allá... Así vendemos. Esta aldea es no es muy bonita, la gente no se detiene aquí.

    —¿Estas seguro, Frank, que era una chica?

    —¿Dónde la vio, en qué parte de la aldea?

    Frank acarició su mentón con la mano izquierda.

    —Caminaba por el sendero al extremo oeste de la aldea, ese por el que se adentran para cazar aves —Y volteándose hacia Antares, continuó—. Era una niña... o estaba muy bien disfrazado.

    El anciano dio un respingo repentino. Los dos oficiales continuaron discutiendo entre ellos ajenos al dueño de casa que, con su dedo indice hacia el cielo y los labios abiertos, esperaba su turno para poder hablar.

    —¡Sé lo que sucede! —El hombre alzó la voz como nunca lo había hecho ante figuras que él consideraba de autoridad—, señor, dama...

    Ambos le miraron expectantes.

    —Siguiendo la ruta de caza, como a unas dos horas a caballo desde acá, hay otro poblado muy pequeño. No suelen venir para acá, pero pudo haber sido alguien de allí que vino a comprar comida.

    Frank sonrió, apoyando medio cuerpo sobre la mesa.

    —¡Ella traía un canasto grande de huevos! —dijo con entusiasmo.

    —Lo mejor que puede hacer, si me permite compartirle mi opinión, es visitar la aldea para buscarla. Si llegara a ser una persona de algún otro lado, mucho me temo que sería imposible dar con ella. —Sus últimas palabras las pronunció con mucho pesar.

    El plan de acción fue decidido en la mesa en ese mismo instante. Frank prefirió descansar durante la noche para partir temprano en la mañana del día siguiente. Avanzar por la noche, por muy tranquila que fuera la zona, era siempre tentar a la suerte.

    Al día siguiente, apenas salio el sol, Frank y Antares se reunieron. Fueron hasta los establos donde se encontraban descansando los caballos desde que habían llegado al pueblo.

    —Lo lamento dama, el señor Rodenery nos avisó que no había nada que hacer... Lo más humanitario seria...

    —Pero él no es humano —interrumpió Antares, mientras sujetaba inexpresiva la cabeza del animal.

    —¡Lo lamento dama! —El joven funcionario, que apenas hace unos meses era considerado el niño problema de la aldea, se inclinó con miedo—. Si me da quince minutos puedo ir por el señor Rodenery para que le explique la situación.

    —No. Adelante, hay que dormirle.

    Camino a la aldea, desde una ciudad más al norte, el caballo de Antares se había topado con una trampa metálica que le había atrapado su pata delantera izquierda. Eso había ocurrido mucho antes de la llegada de Frank; la oficial no pudo identificar a tiempo el objeto metálico en el suelo, por lo que el animal cayó sobre este, dando un profundo corte en su pata. Si bien la herida era complicada, podía ser tratada si se daban los cuidados necesarios pero por desgracia la herida se había infectado y no había mostrado ningún signo de mejora.

    —Era una trampa puesta por bandidos —explicó Antares a su compañero—. La ocultaron en el suelo esperando emboscar viajeros para atacarlos. No me di cuenta.

    —Entonces, andaban bandidos rondando los alrededores —comentó pensativo Frank—... Esa es otra razón para no viajar de noche.

    —Tendré que conseguir otro caballo para poder acompañarte. —Con su mano derecha jugueteaba con un medallón de bronce muy pulido. Grabado sobre su superficie estaba la palabra Martín.

    Fue imposible conseguir transporte nuevo en el poblado. La mayoría de carretas y caballos eran destinados para el trabajo, no existía necesidad de arrendarlos o venderlos. Ante la urgencia, la oficial pensó en ir hasta Tariana a por un animal, pero Frank se negó a retrasar más su objetivo, amenazando con partir solo si ella insistía. Fue así como ambos montaron sobre el robusto caballo de Frank.

    El animal se movió con mucha calma a través del sendero señalado por el jefe de la aldea. Frank lo conocía también, aunque nunca se había internado muy adentro. No había nadie alrededor y la sombra que proporcionaban los arboles con sus frondosas copas, hacia que sobre el suelo la temperatura fuera agradable. Un aroma a resina y madera, a bosque y vegetación emanaba fuerte por todo el páramo; todo era muy distinto al áspero y seco Wallaby.

    Frank Teodoro era el miembro de la Real Misión que la capitanía había designado a trabajar con Wallaby. Tenía cerca de un año y medio que ejercía esa labor y había sido designado, en parte, porque conocía el lugar desde antes. Como miembro del ejercito embajador en Wallaby, tenia por obligación velar por el bienestar de la relación entre Rea y Wallaby, pudiendo dar constancia de las necesidades de la ciudad en la que estaba apostado, para poder así pedir cooperación honesta al reino de Rea si se requería de algo.

    Para cuando él tomó la responsabilidad de Wallaby, el problema que ahora amenazaba a la ciudad no era más que un sabor amargo en boca de eruditos y de gente que vivía lejos. El desierto en el que Wallaby se encontraba ubicado se extendía hacia el norte, encontrándose con el lejano Mar de Blufen, una enorme masa de agua salada navegable para barcos de poca envergadura. Alrededor del agua se desarrollaban numerosos poblados pescadores, que habían podido crecer por obra y gracia del alimento que el mar les extendía. Pero no era solo eso, el agua brindaba frescura al área, permitiendo a la vida nacer entre la arena del desierto; fue gracias al mar de Blufen que animales y humanos habían podido colonizar un páramo extremo. Los antiguos nómadas que recorrieron siglos atrás por las orillas de Blufen engendraron retoños que más tarde formarían la poderosa nación de Bluberbafhem, cuyas tierras se emplazaban rodeando por el oeste al enorme mar, y coronando sus fronteras con tres de las ciudades mas prósperas que el continente haya podido ver, que se apostaban a algunos kilómetros lejos del agua sobre una meseta rocosa.

    —Antares, Blufen se esta secando. —Sobre el caballo avanzaban los dos oficiales.

    Día tras día los habitantes de las orillas eran testigos de como, al despertar por la mañana, la playa crecía hacia el interior del mar y el nivel del agua bajaba. Embarcaciones encalladas y peces muertos sobre sedimentos descubiertos; el antaño próspero mar de Blufen ahora rondaba casi por 2/3 del tamaño original. Con el pasar de los meses y muy gradualmente, el sol sobre el zenit se había tornado insoportable y la vegetación alrededor del agua se estaba secando.

    Desde la academia de la ciudad de Blupphoblur, cinco expertos en diferentes áreas había visitado la zona para intentar dar con la causa, pero no pudieron concluir nada certero. Algo que si lograron comprobar era que el fenómeno estaba causando que el desierto se tornara aún más salvaje. No solo la zona circundante al mar estaban siendo afectada, si no que bosques y praderas aledaños estaban empezando a perder verdor; el desierto estaba avanzando. No se sabia si esto último era causado por los bajos niveles de agua en Blufen o si era al revés, pero si todos coincidían en que ambos eventos estaban relacionados.

    —Si la cosa sigue así, en el mejor de los casos, el desierto se tornará extremadamente caluroso y árido. Será casi imposible de cruzar y eso dejaría a Wallaby aislado prácticamente de todo...

    Frank hablaba con mucha seriedad.

    —La vida de Wallaby como ciudad depende mucho de ser el paso hacia Petra y luego Reaful —continuó—, y su mayor producción son las hormigas mielíferas que viven en agujeros por todo el desierto. Ellas no sobrevivirían en a un cambio tan brusco.

    —¿Has dicho en el mejor de los casos?

    —En el peor, el desierto se seguiría extendiendo, diezmando Wallaby y cualquier otra ciudad que quede por el camino. Podría llegar a Petra y más allá.

    «Petra y más allá»

    El Wallabilia por supuesto ya estaba enterado de la amenaza, pero era muy poco lo que podía hacer. Todo ocurría en un lugar muy lejano en el que ni siquiera Rea tenía jurisdicción. Cuando Frank sinceramente entendió el significado la situación, la cuestión de Wallaby, no pudo hacer otra cosa que tomarse la cabeza con ambas manos. Una sensación de desesperanza agitó en aquel momento su corazón, solo por dos latidos antes de volver en si. Lo discutieron a fondo en el Wallabilia e inclusive, el mismo oficial de la Real Misión, lo llevo hasta oídos de la capitanía y de la casa real, pero no pudo encontrar consuelo alguno; había mucha incredulidad sobre el peso de la situación.

    «...Entre Blufen y Wallaby hay miles de kilómetros. Lo que pase por allá es asunto de Bluberbafhem, nosotros no tenemos por qué entrometernos en sus soberanas decisiones sobre sus propias tierras... Si las hormigas escasean, Rea estará allí para darle facilidades comerciales»

    Las fértiles praderas de Petra se suponían eternas. Lo cierto es que en la última semana, mucho más al sur de Blufen, en las tierras que se jactaban de ser ajenas a la suerte del mar, ya se podía observar un cambio en el suelo y aire; la temperatura había subido. Si nadie lo sabia aparte de los eruditos de Blupphoblur y Frank (que solo se enteró porque había cruzado por esa zona) era porque por esa parte del desierto no viajaban caravanas. Cuando en el futuro, el nuevo desierto decidiera tomar las rutas comerciales, solo entonces el problema seria de dominio popular y se transformaría en “algo a solucionar por todos”.

    —No es como que puedas remediar algo cuya causa está afuera de Rea. Se escapa de tu poder —dijo Antares.

    Frank volteó su cabeza por un instante solo para sonreirle.

    —Es por eso que quiero que nuestra semilla crezca —continuó Frank—. Será más grande que la de Dorotea.

    El árbol que sujeta al cielo dormía en el palacio de Petra. No tenían un nombre en especifico, la gente solía referirse a ellos poéticamente como árboles que sujetaban el cielo, o de forma más simple como pilares. Se trataba de un tipo de árbol casi extinto cuya envergadura jamás tuvo igual. No existían especies adultas vivas en la actualidad, pero todavía se podían observar vestigios de sus raíces y troncos sobre la superficie. En concreto había cuatro tocones atribuidos a su forma adulta, todos petrificados, cuyos radios desde el centro tenían una distancia promedio de cien metros, convirtiéndolos en el ser vivo de mayor tamaño conocido que alguna vez posó su existencia sobre la tierra. No se sabía bien en que periodo vivieron, con quién cohabitaron o cuál era su propósito en este mundo, el caso es que en la actualidad se conocían solo dos retoños de estos árboles: uno pertenecía a Rea y el otro al reino de Dorotea.

    El reino de Dorotea era una monarquía antiquísima que no compartía fronteras con Rea. Bajo su cuidado se encontraba el retoño más desarrollado del que se tuviera constancia; era un pilar del cielo que se extendía 130 m hacia las nubes, convirtiéndolo en objeto de orgullo nacional. No había nadie en el mundo que fuera capaz de pararse frente al árbol sin sentirse disminuido. El tronco del retoño tenia un diámetro de 20 m y sus hojas resonaban desde el cielo como si fueran las olas del océano. Con ellas cobijaba jardines y bosques que nacieron alrededor del árbol y comenzaron a crecer para extenderse por varios kilómetros bajo su sombra. El retoño vivía desde hacia cuatrocientos años, todos ellos bajo el amoroso cuidado del reino de Dorotea que lo crió hasta su tamaño actual. Era el objeto de la envidia de muchas naciones.

    Por otra parte estaba el segundo retoño, dentro del palacio de Petra. No era más que una triste ramita de 20 cm plantada hace una centuria. Todo el palacio había sido construido con la única finalidad de darle casa. Años de cuidados, de jardineros y místicos, de esperanza, trabajo e impotencia; el retoño no crecía. No se sabia por qué, pero nada funcionaba. Desde que se plantara bajo el reinado del anterior rey, quien era padre del actual, la ramita no creció. Algunos decían que era por falta de nutrientes mientras que otros pensaban que requería cierta condición desconocida para gatillar su crecimiento, el caso es que la falta de antecedentes e información hacia imposible para los académicos de Reaful encontrar una solución. El padre del actual rey había traído la semilla para que enorgulleciera al reino entero, incluyendo a la diosa madre Rea. Él habría bajado la Luna con tal de verla germinar, pero su muerte llego antes que siquiera una hoja brotara.

    La pequeña ramita era la vergüenza del rey. No era capaz de dar cara a Dorotea sin sentir una profunda envidia y rencor. ¿Es que acaso las fértiles praderas de Rea eran mierda estéril?¿Qué hacia que un ser superior prefiriera tierra inmunda de Dorotea antes que el sagrado suelo de Rea? ¿Era esto una premonición o una señal? Era imposible dirigir la frustración hacia la planta, por lo que toda la rabia no caía sobre nadie, y si bien era el rey quien más sufría por el asunto, todo el reino empatizaba con el sentimiento pues la fe sobre la dichosa semilla fue puesta por todos en algún momento de sus vidas. Esta era la cuestión de Reaful.

    —Cuando la semilla de Dorotea brotó, a medida que crecía, fue capaz de cambiar todo alrededor —dijo con voz calma—. Los árboles que sostienen el cielo proporcionan sombra con sus hojas y son tan altos que pueden sujetar las nubes.

    Frank había estudiado el tema noches enteras antes de poder llegar a una conclusión:

    —Si fuéramos capaces de hacer crecer nuestro brote... que sea lo suficientemente alto... podría frenar el avance del desierto hacia Rea.

    Antares miró hacia el bosque que había alrededor mientras procesaba las palabras de su compañero. El aire se sentía fresco y era verdad; los pilares acarreaban consigo un micro clima rebosante de vida y salvajemente persistente.

    —Con el pilar de Rea adulto... no, no tiene por qué ser adulto, basta con que cresca un poquito y sera capaz de crear un puente permanente entre Petra y Wallaby, protegiéndonos del problema que viene desde el norte y honrando a Rea como siempre debió ser.

    Para Frank la cuestión de Rea y la cuestión de Wallaby eran la misma, y la solución estaba muy clara: se jugaría su honor e integridad con tal de hacer germinar al gran árbol.

    Antares suspiró. Ahora comprendía que movía a Frank, sin embargo todo lo que había escuchado le sabía a palabras vacías. Antes que él, miles de personas se llenaron la boca proclamando ser quienes harían crecer a la semilla, sin embargo ninguno había cumplido su promesa. ¿Qué le hacia creer que él podría hacerlo? Fuera como fuera ella no tenia palabras con las que responderle. Ya conocía su cometido y pretendía acompañarlo tal como se le fue ordenado.

    Sin apenas notarlo, ambos militares llegaron hasta un paisaje abierto en cuyo horizonte se podía ver una franja de humo acender. Eran chimeneas quemando leños sin lugar a dudas; de tanto hablar ya estaban a metros del poblado al que pretendían llegar.
     
    Última edición: 8 Abril 2018
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    Cygnus

    Cygnus Usuario VIP Comentarista destacado Crítico de Oro Crítico

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    Hola, tardé mucho en venir a comentar; usualmente me dan problemas los capítulos tan largos porque requieren por lo menos de media hora para revisarlos bien y comentarlos, y no suelo tener ese tiempo, pero bueno, no quería dejarlo abandonado tampoco.
    Lo que sí es que ya no pude darle una segunda re-lectura, por lo que hay cosas que todavía no entiendo del todo y no sé si es porque se van a revelar en los próximos capítulos o si es que me perdí de algo.
    En todo caso por lo pronto luce bastante ameno, y aunque sí debo decir que hubo una descarga importante de información por todas partes, no se tornó aburrido en ningún momento. Por lo pronto me siento interesado en la misión que se traen entre manos Frank y Antares. Me gustó mucho la imagen mental de los árboles que llegan hasta el cielo, me recordaron al Yggdrasil, pero también me parece original la premisa: buscan lograr germinar la semilla para evitar el clima hostil que se cierne entre Wallaby y Petra.
    Todavía no entiendo bien por qué Rea sostiene lazos comerciales con una aldea como Wallaby y no mejor la engulle en vez de gastar en un protectorado de una localidad completamente independiente y que no se va a ir a ningún lado porque no tiene hacia dónde voltear realmente. Pero quién sabe, quizá tenga algo que ver todo ese misticismo que desprende el tema, quizá haya algo subrepticio por ahí.
    Me quedó también la duda de si la "niña" que buscan no habría sido el chico del primer capítulo, aunque en todo caso no sé si son dos líneas diferentes que no se han cruzado aún, ya se verá más adelante supongo.
    Espero no perderme con tantos nombres de localidades y demás, hay varios que no puedo retener en la memoria, como Blupphobur o Bluberbafhem. Además parece haber mucho fondo detrás de la historia principal, con toda una serie de elementos que componen este universo que es necesario explicar para que todo se entienda a la perfección, así que espero que no vayas tan deprisa en ese aspecto.
    Lo último que me descolocó un poco fue que dijeras "entrenamiento espartano" cuando se supone que Esparta no existió aquí... o eso supongo.
    Hmm, también tengo que mencionar que en este capítulo descuidaste notablemente la ortografía, bastante... Espero que esa cuestión mejore en el próximo capítulo.
    Pues nada más, aguardaré a la actualización, si es largo tal vez me demore unos días en encontrar un espacio de tiempo para leerlo con calma.
    ¡Saludos!
     
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    Holas, gracias por comentar.

    Si te parece demasiado largo un capítulo, quizás puedas hacer como yo, leyéndolo en "dos partes" xD. Entiendo lo que dices (a mi me ha pasado igual con algunos relatos de este mismo foro) y créeme si te digo que intento mantener la extensión de los capítulos en un "término medio" (alrededor de 3500 palabras), pero también intento que cada parte tenga un sentido lógico y no quedaba conforme cortando o achicando este capítulo en particular (por eso el primer cap es bastante corto).

    Usé "espartano" como adjetivo para referirme a algo duro o severo, no para hacer referencia a Esparta.

    Haré todo lo posible para que así sea. En este en particular fui descuidado, quizás por el apuro de subirlo pronto. Cuando tenga tiempo intentaré corregir los errores del segundo capítulo.

    Ahora, sobre los comentarios de la trama: intento ser muy cuidadoso al comentar o responder preguntas sobre la historia porque podrían revelar (sin querer incluso) algo que viene más adelante o algo que por x motivo no se quiere abordar aún, por lo que me reservaré el derecho de comentar sobre estos. De todas maneras intentaré dar algunas directrices parciales con la información que se tiene y un poco más. Igual, si pudieras hacerte un tiempo libre, quizás sea bueno que releyeras un poco para ver si todo te calza con la segunda lectura o continuas con algunas dudas xD

    Yo también pensé que podría ser un poco enredado, pero mi intención es tratar de "crear un mapa" que muestre más o menos por donde se van moviendo los personajes; presentar el mundo donde viven (distancias entre localidades, tiempos de viaje, quienes son vecinos, etc). Por supuesto, cuando así se requiera, se presentará como corresponde cada localidad.

    Esto es un tema un tanto más complicado, pero responderé citando el capítulo y con dos consideraciones:

    "Wallaby estaba en territorio fronterizo. Era un páramo no reclamado por ninguna nación desde hacia siglos, probablemente debido a su esterilidad y difícil acceso. "

    También hay que aclarar que Wallaby es una ciudad, no una aldea. Si bien no es la ciudad más grande ni más rica, dista mucho de ser una aldea. Tiene su propio gobierno, fuerzas de orden, instituciones y cultura.

    Otra cosa que hay que tener en cuenta es que el tratado de protectorado tiene bastante tiempo de que fue creado, por lo que habría que revisar los antecedentes de esa época como para entender el porqué de su existencia.

    Pese a lo que dije antes, si tienen dudas sobre la trama o algún comentario que quieran postear acá, siempre serán bienvenidos. No quiero que se malinterpreten mis palabras; todos los comentarios siempre ayudan para ir viendo si se va entendiendo la historia, si fui muy pobre al explicar algo o si están claras las intenciones de un párrafo (entre otras cosas).

    ¡Saludos!
     
    Última edición: 11 Febrero 2018
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  7. Threadmarks: La chica cactus
     
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    Tercer contacto
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    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Fantasía
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    5
     
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    La chica cactus.

    Habían veinte casas de madera y piedra, levantadas sobre tierra y prado. Si no fuera por aquellos materiales la localidad sería considerada un campamento más que cualquier otra cosa, debido principalmente a la poca cantidad de personas que a primera vista habitaban.

    La jovencita se encontró con los dos oficiales mientras descansaba, con los ojos a medio cerrar bajo la sombra de un árbol. Junto a ella había una bolsa de cuero muy bien curtido, típico de gente de alta sociedad. Estaba sentada sobre un colchón de florecillas blancas y ramitas verdes de lo que cualquier persona consideraría hierba común. Cuando los vio acercarse, se alarmó tímidamente, posando sus palmas por detrás de su espalda sobre el prado.

    —Y pretende que consienta que usted se lleve a mi hija hacia una ciudad tan lejana, sin garantías y sin nada que me asegure que ella estará bien.

    La mujer que hablaba era bellísima (para los gustos de Frank) y se expresaba con mucha elegancia. Ni siquiera esa pequeña arruga de molestia entre sus cejas le arrebataba encanto a sus facciones.

    La jovencita, cuyo nombre era Leisard, los había conducido hasta una cabaña grande que se encontraba en las faldas de la aldea, donde descansaba su madre.

    Cuando Frank entró en el hogar de Leisard, no pudo evitar lanzar una grosera pero discreta mirada evaluadora. Miró todo a su alrededor; estaba muy limpio y equipado. La casa por fuera era muy similar a las demás del poblado (quizás un poco más grande), pero el interior estaba decorado como si de una casa de alta sociedad fuera, no como una casa de campo. Alfombras exquisitas, muebles de madera fina de arboles desde el sur de Dorotea y, por supuesto, una fragancia distinta a la que él imaginaba en una casa levantada prácticamente en medio del bosque. Habían sido conducidos hasta un salón de techo muy alto en el que se hallaban unas sillas dispuestas rodeando a una mesita de centro. A su derecha, una chimenea lanzaba enormes bocanadas de humo negro hacia el exterior, como precio a pagar por la agradable temperatura de los interiores de la construcción. Cuando tomaron asiento la madre les ofreció té y una gran variedad de postres dulces para poder iniciar la conversación de manera amena. Solo Frank aceptó.

    El oficial chocó miradas con la señora del hogar, quien se presentó respondiendo al nombre de Lagarda. Leisard, que había sido corrida de la sala por su madre, observaba desde atrás de una puerta a medio abrir. Estaba intrigada. Nunca antes habían sido visitadas por oficiales de Reaful, y ademas sabía que hablaban algo que tenia que ver con ella, aunque ignoraba qué era.

    —Sí —Y cruzando los brazos agregó—, pero no es sin garantías. Yo seré quien se responsabilice por ella, señora mía.

    La señora, sin cambiar su ceño fruncido, se silenció para tomar una pequeña bocanada de brebaje.

    —No sabe usted la cantidad de peripecias que he vivido para mantener una vida digna y segura, para mi y mi familia... Usted ni siquiera ha sido capas de darme una razón por la que mi hija es tan imprescindible para lo que sea que esté tramando.

    —Lo sé...

    —Con todo el respeto que la dama se merece, si no fuera porque son oficiales leales al servicio de Rea, los hubiera echado de esta aldea en un chistar de dedos, apenas mis ojos los vieran. También me aseguraría que no volvieran a acercarse a mi Leisard.

    Frank suspiró. La expresión severa de Lagarda estaba acompañada de ansiedad y preocupación. Él no sentía odio ni rabia desde la mujer, si no una profunda desconfianza hacia ellos, digna de una madre sobreprotectora.

    —Comprendo su aprensión, señora, pero me es imposible revelar a civiles los asuntos de mi institución —Hizo una pausa—. Lo que si le puedo garantizar es la seguridad de Leisard.

    De pronto la joven entró en la habitación. Traía consigo una bandeja con algunos postres que había ido a buscar hacía unos instantes. Antares la inspeccionó con su mirada desde el momento en que penetró por la puerta doble del salón, hasta cuando se retiró por la misma. Se sintió escéptica sobre cualquier capacidad que aquella tímida niña pudiera poseer; a primeras luces le parecía una joven mimada e infantil, pero por sobretodo ordinaria.

    —¿Por qué tiene que ser ella? —preguntó suavemente la madre una vez Leisard se apartó.

    Frank respondió con cierto decaimiento, pero sin mostrar inseguridad.

    —No puedo decírselo, señora.

    Antares se inclino ligeramente en la dirección de su compañero.

    —¿Estas seguro de que es la persona que buscas? —preguntó en un cuasi susurro.

    —Sí, Antares.

    —¿Qué es eso que ha dicho, dama de Reaful, que mi persona no es merecida de escuchar cuando la conversación es de a tres personas? —reprochó la madre de Leisard en un tono de indignación.

    —Me disculpo, señora —Antares se inclinó suavemente en una reverencia, pidiendo ser excusada por la mujer. Reconocía su falta a la buena educación, mas no sentía culpa alguna ya que no deseaba que ella escuchara una pregunta que podría dificultar su colaboración con su compañero.

    Frank desvió su mirada momentáneamente hacia la alfombra bajo sus pies. Sin mirar hacia la dama frente a él, inmerso en su pensamiento, preguntó:

    —¿Me permite hablar un momento con Leisard? —acabando su pregunta volvió a chocar miradas con Lagarda.

    Un tanto recelosa, Lagarda llamó a Leisard que se encontraba espiando desde una esquina distinta. La jovencita llegó y se ubico frente a la chimenea.

    —Leisard, mi vida, los oficiales desean hablar contigo un minuto —dijo la madre.

    Ella les miró un poco confundida, esperando que alguno de ellos iniciara la conversación.

    —Hola Leisard —dijo Frank—. No creo que me recuerdes pero ya nos hemos visto hace varios días atrás.

    —No lo recuerdo señor, lo lamento... —Leisard no sabia muy bien como contestarle. Tenia un poco de temor de hacer enojar al oficial, pensando que era una falta de su parte el no poder recordar aquel momento.

    Frank miró nuevamente hacia la alfombra, a la vez que introducía su mano izquierda bajo su capa. Desde allí extrajo una manzana muy bonita y brillante que venia cargando desde Tariana.

    —Perdóneme el atrevimiento, dama —dijo Frank sonriendo mientras lanzaba con firmeza la fruta hacia Leisard.

    La manzana voló el corto trecho en la habitación, rotando lenta e imperceptiblemente sobre su eje. Estaba en trayectoria de colisión contra la frente de la joven, y así hubiera sido si ella no hubiera interpuesto ágilmente su izquierda, atrapándola violentamente a centímetros de su cabeza.

    «¿Unos guantes?»

    El cuero que recubría los delgados dedos de Leisard se aferró fuerte a la manzana. Bajó su mano lentamente, con una expresión temerosa, mientras que alternaba su mirada rápidamente entre Frank y su madre. Antares presenció todo el acto igual de sorprendida. Lagarda abrió su boca sin pronunciar palabras; estaba atónita, pero entendía lo que pasaba. Apretó fuertemente su mandíbula mientras sentía como sus ojos se humedecían de impotencia y en contra de su voluntad. No quería mostrar tan abiertamente sus sentimientos, pero era algo que iba mas allá de su control.

    —¡Oh, Diosa! Entonces... usted lo sabía —sentenció mientras apartaba su mirada, hundiéndola en el suelo.

    Frank la miró muy serio, comprendiendo a buen tiempo a que se refería.

    —Si señora. Varias semanas atrás, cuando me encontré con su hija hice el mismo ejercicio. Vi como el canasto que tenia en sus manos se le caía y quise compartir mi manzana con ella de la misma forma en que lo hice ahora.

    Hubo un silencio desolador en la sala. Después de escuchar a Frank, Leisard pudo recordar de quien se trataba y tambien aquel bochornoso episodio en el que había perdido dos docenas de huevos.

    —Usted... —susurró sin que nadie la oyera.

    Giró su mirada hacia su madre preocupada. Le hubiera gustado ir con ella para rodearla con sus brazos; alguna forma se le habría ocurrido para cambiarle el humor, pero sabia que no era el momento adecuado.

    —Pretende usarla, ¿no es así?, ¡usarla! —Exclamó conteniendo la rabia que sentía.

    —Lo está poniendo en palabras que harían a cualquier persona pensar que somos los chicos malos —respondió, para luego volverse hacia la joven—. Leisard, ¿podrías quitarte los guantes por un segundo?

    La madre de la jovencita se interpuso firme ante la petición del oficial.

    —No hace falta que lo hagas Leisard. Es mejor que te vayas a tu cuarto ahora mismo. —Lagarda forzó su voz a permanecer impecable y limpia de cualquier tono que revelara sus emociones.

    Leisard se retiró con un dejo de preocupación que mostraba sin tapujos cuando sus cejas permanecían arqueadas. En la chimenea el fuego seguía muy vivo. Estaba siendo contemplado por Lagarda que parecía buscar en él alguna palabra para encarar a Frank, que en ese minuto se presentaba ante ella en pleno conocimiento de algunas circunstancias que había querido enterrar fuera del alcance de cualquier desconocido.

    —Entonces usted pudo verlo cuando mi hija sujetó la manzana —dijo más calmada—. Le he repetido muchas veces que no se saque esos guantes, pero le incomodan para sujetar.

    Lagarda hablaba ahora en un tono que Frank describía como “reconciliador”.

    —Pero no hay mucho más que yo pueda hacer... No hace falta que la obligue a sujetar la manzana, oficial. Disculpará mi intromisión pero por favor, por favor no aquí...

    —Entiendo, señora. —Frank.

    Lagarda tomó el último sorbo de té desde la delicada taza que tenia en frente suyo, sobre la mesita.

    —Este lugar es bonito. Es bastante salvaje, pero a mi no me importa; siempre me gustó caminar por entre árboles resinosos... desde niña, al igual que a Leisard que parece afanada en salir e ir a hacer sus cosas bajo uno de esos arboles grandes. También acá nadie se da cuenta si sucede algo... o cambia un poquito nuestro alrededor. No es como en las grandes urbes, donde todos están pendientes siempre, para hablar de ti; juzgarte y...

    Súbitamente, aquellos ojos llorosos adquirieron un brillo distinto; era el brillo de la determinación.

    —¿Entiende qué pasará si la expone? —preguntó la madre.

    —Hay distintos escenarios en mi mente —respondió Frank con sinceridad.

    —No espere nada bueno en ninguno de ellos, ni de nadie —La intensa mirada de Lagarda golpeó a Frank. Era tal su intensidad que se volvía, de una u otra forma, seductora—. El propio Shatter Fielder la rechazó cuando la vio. Alguien que se espera sea abierto a cosas distintas... ¡pero la estigmatizó con apodos y prejuicios llenos de ignorancia!

    Frank se levantó de la silla. El rustico acabado de las paredes de piedra y su color tan oscuro provocaban un eterno atardecer en la habitación y la luz de la chimenea solamente bañaba colores anaranjados en las orillas cercanas. El oficial cruzó sus brazos. Colgadas en la pared habían tres máscaras que adornaban elegantemente la estancia. Estaban hechas probablemente de piedra miraga, evidencia clara de poder económico y de estatus social. Le pareció ver en ellas un brillo opaco al enfrentarse a la luz de la chimenea; de ser así, era probable que estuvieran trabajadas con algún metal incrustado, cosa que les daba aún más valor, ya que el trabajo de joyería en aquel mineral no era trivial.

    Finalmente, el oficial se volteó hacia la madre que permanecía aún sentada.

    —Señora, como oficial de la Real Misión de Rea, y bajo el poder que me entrega su majestad el rey —Y mostrando su saludo militar, continuó—, extenderé un voto de anonimato hacia Leisard. Mi honor protegerán su identidad y su bienestar.

    Lagarda lo miró pasmada.

    —Por qué...

    —Le pido que confíe en mi. ¡Le juro ante Rea que velaré por ella y si hago todo esto es porque mi misión lo vale!

    Frank inclinó medio cuerpo en dirección a Lagarda, implorando su permiso y bendición. Fuera un acto de humildad o mero teatro (un teatro en el que se invocara al honor de militar sería un acto aborrecible por todo aquel cuya vida sea forjada con espada en mano), el gesto no pasó desapercibido para nadie de los presentes.

    El voto de anonimato del que hablaba Frank era una potestad que se le entregaba desde Reaful por su rango militar y por su condición de miembro de la Real Misión delegado en el extranjero. Este poder le permitía proteger la identidad e integridad de cualquier otra persona que fuera a actuar por Rea. En algunas ocasiones la pronunciación de alguien sobre algún tema controversial producía una oleada de represalias y perjuicios sobre dicho sujeto, pudiendo comprometerse así obras en pro de la prosperidad del reino de Rea. El voto de anonimato estaba pensado para evitar aquellos problemas; Rea protegería a cualquier ente que represente un aporte necesario para el reino.

    Los votos de anonimato no eran una herramienta de uso común, salvo en los juicios civiles, donde todos los participantes, a excepción de las partes enfrentadas, gozaban de la protección del voto de anonimato extendido por el regente de la ciudad.

    —¿Es que acaso me deja alguna opción? —dijo Lagarda resignándose a lo que estaba sucediend—. Dígame oficial, ¿qué pasaría si continuo negándome?

    Frank enderezó su espalda y contempló a la madre de Leisard.

    —Tengo la facultad para tomarla conmigo señora, por la fuerza y arrestando a cualquiera que se interponga —Frank fue rotundamente sincero—. Mi intención desde el principio ha sido no llegar a ese extremo.

    Ella miró hacia la silla que estaba a mano derecha de Frank. Antares se encontraba sentada allí, con su arma enfundada y su brillante escudo bordado al hombro. Limpió sus emocionados ojos con un pañuelo blanco que extrajo desde algún bolsillo y se dirigió hacia Frank nuevamente:

    —¿Podría pedírselo, por favor, a ella directamente... con la misma gentileza que lo ha hecho con migo?

    Lagarda llamó a su hija hacia el salón. Frank, sin rodeos, preguntó por su cooperación. No podía darle detalles aún, sabiendo que no estaba oficialmente abordo de la empresa; lo único que podía permitirse decir era que “todo sería por el bien de Rea”. Lo primero que hizo Leisard, dejando de lado por un minuto cualquiera fuera su sentimiento, fue mirar a su madre. Ella estaba ahí sentada, sonriendo y sin conversaciones pendientes con los oficiales... o al menos así la percibía. Cuando en su cabeza estuvo todo resuelto, sonrió.

    —Lo ayudaré, señor.

    Frank le tendió su mano en señal de compañerismo. Leisard la recibió y volvió a sonreírle. Ella no estaba segura sobre su papel en todo esto, y no había forma de estarlo sin conocer los detalles, aunque era algo que podía intuir. Pese a todo, era capas de mostrar su sonrisa porque sentía que podía confiar en Frank.

    La jovencita era una chica bastante alegre. Parecía que el hecho de viajar con los oficiales hacia alguna ciudad lejana le entusiasmaba.

    —Puedes ir a preparar equipaje, Leisard. Espero poder partir dentro de la próxima hora —comunicó Frank.

    —Si, señor —asintió.

    Leisard se encaminó hacia afuera del salón. Frank miró a Antares, obteniendo a cambio una mirada de vuelta. Un leve movimiento en las cejas del oficial le hizo entender a ella qué era lo que este quería.

    —Con permiso —dijo Antares levantándose de la silla para seguir a Leisard.

    Frank suspiró nuevamente. Desde alguna parte bajo su capa, extrajo una pieza metálica color negra azulada. Era una especie de cilindro de 5 cm de largo y 3 cm de diámetro. En uno de los extremos colgaba una cadenita y en el otro estaba grabado en relieve el escudo de su división, con un número 5 en el medio. Frank se acercó hasta la chimenea, levantando con su derecha una especie de atizador que estaba a un lado de esta.

    —¿No tendrá una máscara más sencilla que las que tiene colgadas acá? —preguntó mientras enganchaba la pieza metálica al atizador.

    Antares ignoraba por completo el valor que Frank veía en Leisard. No había entendido demasiado el asunto de la manzana ni que pretendió su compañero demostrar cuando la lanzo descortésmente por los aires. Había escuchado a la madre de Leisard nombrar a Shatter Fielder mientras hablaba con Frank, insinuando alguna clase de confrontación o mal rato con él. Shatter Fielder era conocido en todo el continente por ser un virtuoso practicante de la magia. Era un erudito cuya apariencia de hombre de mediana edad se contraponía a la realidad, pues se sabia que había estado rondando por el mundo desde al menos cien años. Vivía una vida alejado de focos urbanos aunque no era raro verlo de visita en instituciones de sapiencia como el instituto Real de Reaful. Antares nunca había tratado con él, pero se decía que tenia un carácter bastante pesimista y confrontacional, ademas de tener una postura de discrepancia en varios aspectos con el culto a la diosa Rea, lo que lo llevaba inevitablemente a roces con distintas personas. La oficial desconocía que clase de trato habría tenido Lagarda con Shatter Fielder, pero conociendo como era el hechicero, no le extrañaba que la mujer hubiera recibido alguna respuesta poco amigable. Probablemente ella esperó demasiado de un hombre no muy confiable.

    Antares siguió a Leisard por unas escaleras de piedra, hasta una habitación mucho más iluminada que el salón donde había estado. Fue tal el contraste que debió cubrir sus ojos por unos segundos para no encandilarse. Una gran ventana que miraba hacia el bosque les permitía recibir luz solar y ver un hermoso paisaje.

    La habitación de Leisard era la esperada para una chica de su edad y de buena posición económica. Estaba todo decorado, muy limpio y ordenado.

    —Bienvenida a mi habitación, dama de Reaful.—Hizo una pequeña reverencia.

    Leisard sacó desde un mueble grande un bolso de cuero de tamaño moderado, donde empezó a introducir algunas pertenencias.

    Sobre el marco inferior de la ventana habían cuatro macetas de greda puestas con mucho cuidado. Eran cuatro cactus azules, como los que Antares solía ver en las afueras de su ciudad natal. Ella los recordaba gordos y esféricos, con una pigmentación verde azulada. Tenían toda su superficie llena de espinas muy gruesas y durante el otoño brotaban sobre sus areolas mas altas, entre una y dos flores color purpura intenso, muy alargadas y “brillantes” bajo la luz de la luna.

    —Cactus azules... —Antares dejó escapar sus pensamientos a través de su boca.

    —Sí, ¿le gustan? —Leisard se volteó hacia la oficial. Los ojos le brillaban de entusiasmo al escucharla pronunciar el nombre común de sus plantas.

    —Sí. Solía verlos muy seguido años atrás —respondió—. Su flor es bonita.

    —Tengo varios aquí, y afuera también.

    Los cactus azules, si bien tenían su gracia, estaban bastante lejos de ser objeto de apreciación de las chicas, sobretodo de las que rondaban la edad de Leisar. Antares se asomó con cuidado por la ventana, evitando clavarse las afiladas agujas. Afuera, junto a la casa, pudo comprobar como una multitud de maceteros estaban dispuestos sobre unos banquitos de madera. Alrededor, en la misma escena, habían varios instrumentos metálicos de jardinería.

    —¿No debería una niña de tu edad jugar con plantas mas delicadas?

    La oficial acercó el indice de su mano derecha hasta una de las espinas de la planta, mientras con la izquierda levantaba cariñosamente la maceta.

    —¿Por qué lo dice? Estos cactus son igual de delicados que cualquier otra planta y... me gustan mucho. —Leisard sonrió algo avergonzada.

    La joven estaba nerviosa. Nunca en su corta vida había tratado con algún guardia real.

    Los cactus azules en si eran una especie dura y resistente. Crecían en el mundo salvaje, donde sea que sus raíces pudieran penetrar, y sobrevivían con lo que fuera que pudieran agarrar. No eran para nada las criaturas delicadas que Leisard veía... pero había algo diferente que era visible solo para aquellos que cuidaran del detalle y que conocieran a la planta con antelación: todos los cactus de Leisard tenían en las bases de sus púas una casi imperceptible marca verde oscura, que parecía translucirse desde el interior de las espinas.

    —Tienes una habitación muy agradable —musitó Antares relajando sus hombros y dejando la maceta en su lugar. Ella era feliz observando a la planta descansar en su trono de greda.

    Luego de alrededor de quince minutos, acudió Leisard a la habitación en la que se encontraba Frank y su madre. Vestía un nuevo atuendo mas abrigador, y sujetaba su equipaje abrazándolo contra su pecho.

    —Te ves muy linda, hija —dijo Lagarda al verla llegar.

    Frank se acercó hasta las mujeres sosteniendo una de las tres máscaras que un rato atrás adornaban la habitación. Era una de color rojo cuyos adornos estaban hechos en un metal blanquecino que Frank desconocía. A Lagarda no le importó en lo mas mínimo su valor, que se estropeara o lo antigua que fuera; si era por el bien de su hija, ella brindaría la mejor máscara que pudiera tener en su poder. Ahora, en manos del oficial, lucía la insignia de la Real Misión grabada en la parte izquierda de la frente, y sería entregada a Leisard para que la utilizara.

    —Hasta pronto mi amada Leisard, yo cuidare de tu jardín en tu ausencia.

    Lagarda abrazó con fuerza a su hija, dándole el último beso en su frente descubierta, antes de su partida. Leisard pareció acongojarse por unos instantes, pero se armó de coraje sabiendo que su cometido era por el bien de Rea.

    —Hasta pronto, madre —dijo entusiasmada una vez se separaron.

    —Leisard, cuando te pongas la máscara pasarás a estar bajo el voto de anonimato —Entregó Frank la máscara a la jovencita—. Una vez la portes no debes sacártela en ningún momento.

    Sabiendo eso, Leisard ubicó la máscara frente a su rostro y, poniendo una cara graciosamente seria, amarró las cuerdas del objeto por detrás de su cabeza. Un par de movimientos para acomodar la máscara y todo estaba hecho.

    El voto de anonimato exigía que la identidad del sujeto fuera protegida cubriendo su rostro. Nadie, absolutamente nadie, aparte de quien extendía el voto de anonimato, podía revelarla. Si alguien conseguía arrebatar la máscara de su portador (o bastaba con que lo intentara), quien extendía el voto tenia el derecho y deber de ejecutar a dicha persona en el acto, sin importar de quien se tratase.

    Desde ese minuto, se había creado un lazo entre Frank y Leisard; un lazo que sería irrompible hasta que la muchacha volviera a su hogar, junto a su madre. Nadie sabia cuando sería esa fecha; Lagarda tuvo que conformarse con un “lo más pronto que se pueda” cuando preguntó por la vuelta de su hija. Cuando los vio partir desde su casa, sintió un profundo dolor en su pecho, pero algo en su interior quería hacerle creer que había sido una decisión de la que jamás podría arrepentirse.
     
    Última edición: 6 Abril 2018
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    Camino a Wallaby.

    Leisard montaba un caballo muy bien cuidado. Era pequeño, de pelaje reluciente, castaño y elegante. Su madre se lo entregó ante la necesidad de los oficiales por un transporte. La joven cabalgaba lentamente. No era un hábil jinete y pocas veces había montado sobre algún animal. Las veces que tubo que recorrer grandes distancias lo había hecho bajo el cobijo de una carreta cubierta, sin el sol golpeándola, ni el viento lanzándole tierra en su cara. Frank y Antares debieron compartir el caballo nuevamente. Esta vez era una necesidad apremiante el conseguir un nuevo animal. Frank tenia planeado llegar hasta la aldea donde había alojado el día anterior. Iban a descansar un día completo ahí para partir hasta Tariana en la mañana, donde obtendrían transporte y comida para el largo viaje que se les avecinaba.

    Leisard los observaba desde unos pasos más atrás, pero no decía nada. La mascara le incomodaba cada vez que se acordaba de ella. Podía ver las orillas de sus cuencas oculares cuando miraba por los bordes y su respiración humedecía la zona de su nariz y boca. No podía sentir el aroma de los árboles sin llevarse el fuerte olor a miraga hacia sus pulmones. Había ladeado suavemente su mascara para poder descubrir parcialmente su boca. No sabía si Frank le regañaría por hacer tal cosa, pero mientras no estuvieran con más gente, pensaba que estaría bien.

    —Has sobre exigido a tu caballo durante todo el viaje.

    —No ha quedado de otra, se que él entenderá. —Acarició Frank el cuello de su animal.

    Llegaron hasta la aldea en unas cuantas horas. Para ese momento el sol ya estaba por ser tragado en el horizonte; una luz rojiza se vislumbraba desde el oeste, oculta atrás de las copas de los árboles y proyectándose en las partes más altas de la lejana cordillera.

    Los tres se quedarían en el hospedaje que había usado Frank la noche anterior. Era una pieza mediana, con una sola cama. Era cómoda; ni muy fría ni muy sofocante, ademas de que carecía de los molestos insectos chupa sangre que infestaban la gran mayoría de las posadas de bajo precio.

    Cuando entraron, Leisard pudo al fin desprenderse de la mascara. El viento que entraba por la ventana se sentía muy refrescante sin la miraga sobre su rostro. Dio un gran suspiro mientras dejaba caer su trasero sobre el colchón de paja.

    —Debes evitar quitarte la máscara, incluso frente a mi —dijo Antares mientras apartaba la mirada.

    —¡Perdón! —Ocultó rápidamente su rostro bajo la mascara, que sujetó con ambas manos.

    —No es necesario. Ya sabes quien es de todos modos y ya eres parte de la “familia”.—Frank había contemplado la escena mientras se desprendía de su capa.

    —Eres poco estricto. —Antares entrecerró sus ojos.

    —Leisard. Si necesitas cualquier cosa, no dudes en pedírmela —Se acercó Frank a la jovencita—. No quiero parecer un carcelero... pero si quieres salir, por favor no lo hagas sola; pídeme a mí o a Antares compañía.

    —Entendido, señor —respondió ella muy atenta.

    Frank se disponía a salir, pero se dio media vuelta algo incómodo.

    —Puedes llamarme por mi nombre: Frank. Así yo no tendré que llamarte señorita o dama todo el tiempo ¿no?

    —¿Está seguro que puedo, señor? No quiero faltarle el respeto. —Leisard era muy cuidadosa con cada palabra o pisada que daba.

    Frank sonrió.

    —Pronunciar mi nombre no es ninguna falta de respeto. Para algo me bautizaron con uno.

    Frank volvió a encaminarse hacia la puerta.

    —Ahora, si me disculpan, iré a atender unos asuntos. Pueden comer y disponer de esta habitación sin mí; yo tengo otra reservada.

    Antes de retirarse cruzó miradas con su compañera.

    Frank bajó silencioso por las escaleras. Su uniforme de oficial era ligero cuando no había un enfrentamiento inminente. Su ropa tenía también sobre los hombros el escudo de la división a la que pertenecía. Bajo su uniforme, cubriendo partes de su pecho, una coraza de cuero a modo de protección. Al mirarlo, no se podía distinguir cuanto tapaba o de qué tamaño era, aunque se podía suponer que las zonas blandas deberían estar a cubierto, así como las partes donde los órganos vitales habitaran. Era su uniforme habitual en tiempos de paz.

    Salió hasta el exterior de la construcción donde aspiró una bocanada profunda de aire limpio. Aunque no lo demostrara abiertamente, Frank era muy devoto a Rea, y aunque tuviera convicción en sus acciones, siempre pedía por pistas para saber si estaba haciéndolo bien. Estuvo un minuto quieto, contemplando las montañas, para luego avanzar lejos de la posada.

    Leisard se levantó de la cama, sujetando la máscara con ambas manos, para ubicarla en su rostro después de contemplar todo a su alrededor dando un giro sobre sus zapatos. Antes de pisar el poblado, Frank le había contado sobre su objetivo y el itinerario. Ella había leído en su texto de estudio sobre los pilares del cielo, concretamente del que se encontraba en Dorotea. Allí había una región muy extensa de nombre Vastos Romulianos, donde se encontraba ubicado el pilar. También había una ciudad que quedaba muy cerca del árbol, o al menos eso creía recordar.

    Leisard siempre quiso viajar a Dorotea; pararse a los pies del árbol y mirar hacia arriba, intentar buscar al sol a través del follaje. Nunca había salido de los dominios de Rea y cuando Frank mencionó al pilar en su discurso, inmediatamente saltaron a su mente los anhelos de conocer aquella lejana monarquía.

    —Dama de Reaful —habló la joven dirigiéndose a la oficial—, me gustaría poder salir a caminar un rato por la aldea...

    Antares sonrió.

    —Vamos hacia afuera.

    Ambas bajaron las escaleras hacia el exterior.

    Leisard había nacido catorce años atrás en la ciudad de Reaful y aunque no recordaba casi nada de su vida allí debido a su corta edad, guardaba un bonito sentimiento hacia su ciudad natal y su patria. Ella quería ver el pilar de Dorotea, pero también y por sobre eso (forzándose si era necesario) quería ver a Rea brillar bajo la sombra de su propio pilar. Era pequeño ahora y nadie confiaba en él (incluyéndose ella hasta cierto punto), pero cooperaría para cambiar eso; para devolver el orgullo a Reaful.

    Ambas caminaron por el camino principal. Habían pueblerinos que acarreaban sacos y barriles de mercadería sobre carretas o hacia el interior de los graneros y silos. La idea era dejar preparado todo antes de dormir para poder repartirlo por la mañana sin atrasos ni problemas.

    Para estas horas el Sol ya había sido relevado por la Luna en el cielo y la Vía Láctea se veía clara en toda su variedad de colores. Eran la Luna , las estrellas, las ventanas de algunas casas, las fogatas y lamparas de aceite. Debido a la frescura nocturna, Leisard no sintió incomodidad por cargar la máscara.

    Se acercó la joven hasta una roca que sobresalía de la tierra, a un costado del camino que llegaba a su termino en unos metros más. Escaló con mucho cuidado hasta la cumbre del pedrejón. Era menos de un metro y medio por subir.

    —Es un laaargo espacio de siembra....—dijo mientras miraba en el horizonte las extensas plantaciones de habas.

    Antares, en silencio, observaba como sobre sus palmas se reflejaba la blanquecina luz de Luna. Leisard giraba lentamente sobre la piedra, queriendo tener una imagen de todo el poblado. Una piedra más grande hubiera servido de mejor atalaya, pero no había tal piedra y aunque la hubiera, ella probablemente no se hubiera atrevido a escalarla. Leisard debuto sus movimientos en cierto punto, encorvándose hacia adelante y queriendo ver más allá.

    —Un hombre —musitó, pausándose solo para buscar palabras acertadas—... azul.

    Antares fijó su vista en la misma dirección en la que su acompañante miraba.

    —Me esta mirando —continuó Leisard, cambiando a un tono de voz que revelaba un ápice de angustia.

    Estaba sentado sobre una banca cerca del camino principal, cobijado por unas tejas sobresalientes de una casa. Afirmaba sus codos en sus rodillas y su rostro sobre sus puños. Su piel era de color azul; tan azul como lo fuera el mar en un día nublado y su negro cabello se recogía amarrado atrás de su nuca. Estaba mirando fija e intensamente hacia Leisard y una leve, muy leve sonrisa parecía esbozar en sus labios. La distancia y poca luz podían confundir las percepciones.

    Una extraña sensación recorrió la espina de Leisard, haciéndole perder equilibrio. Antares la asistió enseguida tendiéndole su mano y ayudándola a bajar.

    —Es un beshalle... No sé por que habría uno por acá. —Antares clavó inexpresiva su mirada sobre el sujeto.

    —Él es... —repitió la jovencita.

    —Un beshalle. No es un humano, es un beshalle.

    Los beshalle eran seres humanoides que habitaban desde el este de Rea hacia adelante. Eran una de las dos razas inteligentes que compartían el continente junto a los humanos. Físicamente eran muy similares a los humanos, salvando por la fuerte tonalidad azul de su cuerpo. Tenían una cultura muy rica, así como su propio idioma y organización política, aunque tras milenios de convivencia con los humanos, se había producido una suerte de asimilación de diferentes costumbres por parte de ambas partes. Usualmente, si bien en la mayoría de los reinos humanos se les reconocían derechos fundamentales, se les veía con cierto recelo, catalogándolos aveces como seres de “segunda categoría” o reduciéndolos a meros entes con los que comerciar, carentes de individualidad.

    El beshalle observó como la niña bajaba de la piedra, tan inmerso en si mismo que parecía pasar por alto todo cuanto ocurriera a su alrededor. Apenas ella posó los zapatos en el suelo, el sujeto pudo advertir que Antares lo miraba. Ambos enfrentaron sus juiciosas miradas a través de los de varios metros del oscuro paisaje nocturno. Fue solo un instante; el hombre azul cambio su semblante, intentando disimular su actuar anterior. Repentinamente, apartó nervioso su vista y salió disparado desde el banco, perdiéndose por donde de las damas no lo podían ver.

    * * *​

    Amaneció en el poblado. Antares y Leisard se reunieron junto a Frank, alrededor de una de las mesas de la posada donde durmieron, para compartir el desayuno. Leisard tenia que ladear cuidadosamente la máscara para poder introducir la comida en su boca. Era un poco incomodo, pero nada con lo que no pudiera lidiar; la única consideración que debía tener era la de no descubrir la parte superior de su rostro.

    —Hay un cambio de planes, señoritas —dijo Frank muy animado mientras engullía feliz un bocado de mas—. No pasaremos a Tariana; iremos directamente hasta Wallaby.

    —No podemos hacer un viaje así sin animales, a menos que...

    —Exactamente. Ayer conocí a alguien que nos puede llevar hasta los bordes de Rea —Frank miró a su compañera—. En alrededor de una hora partirá desde acá un comerciante de habas que tiene preparadas varias carretas de mercadería. Van hacia Resnos Cipreses, pero han preferido avanzar hacia el norte para no salir del territorio de Rea, desde ahí giraran hacia el oeste.

    —No veo cómo eso puede acercarnos a Wallaby —cuestionó la oficial.

    —Ahí esta la magia: ellos llegaran hasta las faldas del desierto de Wallaby antes de que giren a su destino. Bajaremos ahí y con los caballos que tenemos podemos llegar hasta la torre de vigilancia que mantiene Wallaby.

    —¿Pretendes que crucemos con caballos a través de la arena?

    —Si lo hacemos al atardecer no debería haber mayores problemas —Frank sujetó un vaso de leche y comenzó a beber—. Nos ahorraremos muchos días de viaje.

    Para llegar a Wallaby desde Tariana, siguiendo el antiguo itinerario, se requerían de varias noches. Había que rodear una larga cadena montañosa; era la misma que rodeaba a Wallaby, salvo que para la altura de la ciudad de Tariana y hacia la costa sur, se hacia mucho más alta y extensa. Habrían tenido que hacer escala en varias ciudades y probablemente los gastos se hubieran elevado más (aunque esto era algo que estaba cubierto en parte por la institución).

    Frank era quien tenia la última palabra. Terminado el desayuno, los tres se dirigieron hasta una de las tantas propiedades de los campesinos. Junto al segundo silo más alto del pueblo habían estacionadas cinco grandes carretas; tres de ellas tenían un toldo de color claro anclado encima. Varios hombres fornidos acarreaban sacos de legumbres y granos desde el interior de uno de los graneros.

    Frank se acercó hasta uno de los hombres sentados en la parte de adelante de una de las carretas. Era un viejo con pinta de ser malhumorado, que permanecía sonriente mientras jugaba con un instrumento musical de cuerda.

    —Buenos días señor. Soy Frank Teodoro. —Frank tendió su mano desnuda hacia su interlocutor.

    —Buenos días señor —saludó el anciano mientras apretaba la mano del oficial—. El viejo Rudolfu ya me habló de ustedes.

    Rudolfu era el nombre del jefe de la aldea. El anciano bajó de la carreta lentamente y con mucha dificultad; el paso de los años no había sido en vano. Examinó enseguida a los acompañantes del oficial, a quienes saludo educadamente y con una reverencia hacia Antares. Cuando dobló su espalda, un sonido crujió desde sus interiores.

    —Ahora, señor, ¿cómo es que nos ordenaremos en el viaje?

    El anciano acarició su mentón.

    —Traen dos animales... —dijo mientras observaba a los caballos de Leisard y Frank. La joven los sujetaba desde las riendas; uno en cada mano.

    —Sí. Dentro de lo posible me gustaría no montarlos. Han tenido largos días de trabajo en esta última semana y están algo exhaustos —respondió Frank mientras se ponía el guante en la mano con la que había saludado.

    —Las cinco carretas partirán llenas de mercancía, pero estas dos que ve aquí —con su mano extendida señalo a dos de ellas— tienen algunos espacios. Conversen con los dueños para que vean como acomodarse.

    Leisard sujetó los animales en un poste y empezó a recorrer alrededor de los vehículos. Hachando una mirada al interior de cuatro de ellos pudo darse cuenta como estaban atiborrados en sacos de alimento y cajas con insumos. Quiso echar una mirada más de cerca, por lo que se encaramó por la parte de atrás de una de las carretas. A duras penas logro anclarse con sus brazos a la madera del carro, mientras que sus piernas pataleaban suspendidas en el aire y colgando hacia abajo.

    «Hay poco espacio...»

    De pronto alguien atrás de ella posó la palma de la mano sobre su espalda, haciendo que su corazón se agitara de sorpresa. Leisard chilló y se dio media vuelta, saltando fuera de la carreta. Frente a ella estaba él. Era el mismo sujeto que la noche anterior la observaba de forma sospechosa, era el hombre de piel azul; el beshalle.

    Leisard retrocedió unos pasos sin saber que decir.

    —Lo siento... Yo —tartamudeó.

    —No tienes que explicarme nada —dijo con una sonrisa en el rostro—. El jefe ya nos explicó; ustedes viajaran con nosotros.

    Leisard quedo muda, apartando la mirada y fingiendo una sonrisa. El beshalle pareció sentir la aversión de la muchacha, por lo que intentó romper el hielo.

    —Eres Frankcesca, ¿no es así? —preguntó tendiéndole la mano—. Mi nombre es Beriámino, de Berial. Mucho gusto.

    Todas las palabras que pronunciaba su lengua, salían con un tono casi melodioso. La mayoría de los beshalle tenían ese acento cuando hablaban la lengua de las naciones humanas; era una pronunciación muy cargada por el idioma propio de su especie.

    —Si... Buenos días.

    Frankcesca era el nombre que Leisard había decidido tomar para ocultar su identidad real.

    Los delgados dedos del beshalle sujetaron la mano que ella aproximó por educación. ¿Por qué Leisard sentía que quien ahora la enfrentaba estaba empecinado con acortar distancias hacia ella? No sentía ningún repudio por una raza a la que jamás había visto en persona; si pudiéramos decir que el color azul de su piel le producía algún sentimiento, este seria mera curiosidad. Era común en otros lugares que se les mostrara rechazo por su naturaleza, pero este no era el caso; por alguna razón, aquel hombre que se presentaba como Berámino le daba miedo.

    —Esta carreta es mía. No hay tanto espacio pero —Con su mano derecha levantó parte de la tela del toldo que actuaba a modo de puerta—... creo que hay suficiente como para que puedas acomodarte.

    —Si. Es que... No-no lo hemos decidido aún. —Leisard apuntó hacia Frank que hablaba con un desconocido metros mas allá.

    —El oficial...

    Ella no quiso viajar en la carreta de Beriámino. Antares lo vio un poco antes de partir en caravana. A su juicio el sujeto no era más que un tipo raro que quizás se había impresionado por la mascara, que era totalmente ajena a su cultura. No era nada que mereciera la pena comentar con Frank.

    Finalmente todos subieron a sus transportes: Antares y Leisard viajaron en la segunda carreta, junto a una chica muy joven de nombre Dorisia, que conducía el pesado armazón de madera junto a su familia. Frank iba sentado junto al líder del grupo, el mismo hombre con el que había hablado al principio. Si se habían separado era simplemente por un tema de espacio; Las chicas habían quedado arrinconadas por un montón de cajas de madera, dejando cero espacio para alguien más. Estaban ambas sentadas en una de estas cajas, en la parte frontal de la carreta, aunque cobijadas bajo el toldo.

    Todas las carretas eran tiradas por corpulentos caballos; dos por vehículo. Iban en fila. Encabezando al grupo iba el líder de la caravana, seguido por la carreta donde viajaban Leisard y Antares. Atrás de ellas estaba Beriámino con su carreta llena de vegetales, acompañado de otro sujeto. En la cola quedaban las dos restantes carretas sin toldo y llenas casi hasta el cielo de mercaderías. Cuando Frank se volteaba y las veía moverse, sentía que con cualquier soplo lateral se iban a volcar.

    Acompañándolos a caballo venían también dos sujetos armados con espadas largas de acero bien forjado. Eran miembros de las familias de los mismos mercaderes que habían querido tomar armas como medida de precaución ante posibles bandidos errantes. La idea de no salir de territorio de Rea era justamente evitar problemas con forajidos. El camino a su destino contemplaba cruzar por territorios sin ley ni jurisdicción de ningún reino. Allí pululaban grupos de inadaptados, bandidos y seres despreciables que podían moverse con impunidad, haciendo de esos lugares sus territorios. Los bosques de Tariana en cambio, eran relativamente seguros; el señor de Tariana era poco condescendiente con los que él consideraba sabandijas y seres rastreros. Tomando este recorrido un poco mas largo, la caravana reducía los kilómetros de territorio hostil por cruzar de forma extraordinaria.

    Así transcurrieron las horas, acercándose pronto el momento del atardecer.

    —...Y podremos ver la constelación completa.

    Frank había pedido permiso a Leisard para poder montar a Repollo, su caballo. Ahora cabalgaba pegado a la cola de la segunda carreta mientras hablaba con Antares. Ella había retrocedido desde la parte delantera hacia la posterior. Estaba de píe en el fondo del vehículo, aferrando su mano derecha en una caja alta que estaba a su costado, para no perder el equilibrio.

    Leisard los miraba desde su rincón. Durante el viaje apenas había podido tranzar palabras con la oficial. Le hubiera gustado conversar con ella, pero no se atrevía a dirigirle la palabra por miedo a incordiar. Ahora que le daba la espalda, podía mirarla con libertad. Sentía curiosidad; curiosidad por el maquillaje rojo que usaba en sus ojos y por esa extraña manera de mover su brazo izquierdo: la mayor parte del tiempo lo mantenía quieto y estirado, perfilado hacia el suelo. Las mangas de su ropa eran mas largas de lo que deberían ser para su talla, y eso también le causaba curiosidad. Ella lo percibía cuando la veía de pie, especialmente cuando los bordes de su ropa cubrían la mitad de la mano de su recto brazo izquierdo, dejándose ver solo los dedos. La mano que usaba para afirmarse era la única descubierta del cuero de los guantes. Mostraba en ella una piel pálida y rasgada en muchas cicatrices. Leisard recordó sentirlas cuando sus manos se tomaron la noche anterior, mientras le ayudaba a bajar de la piedra. También le impactó comprobar que el dedo anular estaba carente de dos de sus falanges.

    —No somos marineros —respondió en un tono burlesco pero juguetón.

    No había tenido tantas oportunidades de hablar con Frank como las tubo con Antares. Del poco tiempo que llevaban de viaje juntos, el oficial había estado ocupado planificando la llegada al destino. No había mucho tiempo para charlar con él, pero durante los cortos episodios en los que compartieron mesa o caminaron juntos, siempre que le miró, él le devolvió la mirada, sonriente y con seguridad.

    Hacia un par de horas, en pleno viaje, una de las carretas había sufrido un problema en una de sus ruedas. La caravana debió detenerse por unos minutos, durante los cuales todos aprovecharon para comer y estirar las piernas. En aquel entretiempo el beshalle se había acercado nuevamente a Leisard, con la intención de hacerle saber que su transporte tenia mucho espacio en el que acomodarse. Ella lo evadió disimuladamente para ir a un costado de Frank, que conversaba con Dorisia en ese minuto. Poniendo de pretexto su curiosidad, le había preguntado sobre Wallaby:

    «Wallaby.... Wallaby es muy distinto a Tariana. Esta rodeado de desierto, así que no esperes jardines ni árboles, pero durante las noches siempre esta despejado y se puede ver muy bien el cielo. El aire es mas seco y tiene un aroma diferente. Allá crían hormigas mielíferas también. En Tariana no las venden, pero son exquisitas. ¿No las has probado, no?Te llevare a comerlas cuando encontremos tiempo, confía.»

    Si bien había usado la curiosidad como mera excusa, si estaba presente en ella cada vez que escuchaba hablar sobre su destino. De todos modos, curiosa o no, lo cierto es que se había acercado a Frank solo porque quería pasar un poco de tiempo él.

    Ahora, mirando a sus dos compañeros conversar, no podía evitar preguntarse si ellos la veían como una molestia. Dejando eso de lado, le emocionó darse cuenta de que hasta ese minuto, prácticamente no había sentido la máscara que tenia en su rostro. Ya estaba agarrando la costumbre de tenerla encima de su cara

    Así transcurrió el tiempo, hasta que el Sol se oculto por completo. Todavía se podía observar en el horizonte los últimos rastros de luminosidad, pero sin la presencia del disco solar; no estaba totalmente oscuro, pero la Luna ya estaba en el cielo y las lámparas de aceite se estaban encendiendo lentamente.

    Todo estaba silencioso y calmo. El viento casi no soplaba y muchos de los compañeros de caravana empezaban a sentirse somnolientos, preparando sus improvisados habitáculos en movimiento para dormir. Todo era sereno y correcto hasta que sucedió lo inesperado.

    La primera carreta, conducida por el líder de la caravana, se detuvo en seco y entre gritos de los caballos y de sus conductores. El resto del grupo debió frenar de golpe sin lograr evitar varias colisiones menores entre las carretas de más atrás, de las que cayeron algunas cajas. Los dos jinetes que custodiaban se adelantaron veloces hasta quedar pareados con la cabeza del grupo, comprobando un mal escenario:

    —El caballo... sus patas se han trabado con algo...

    Todos los mercaderes empezaron a reacomodarse en sus respectivas carretas, revisando que nadie hubiera sufrido heridas y que la mercadería estuviera en buen estado.

    Desde la carreta accidentada salió el líder de la caravana, bajando hasta el suelo mientras frotaba con fuerza su cuello adolorido.

    —Eso ha sido horrible —dijo quejumbroso.

    Frank, que se encontraba más atrás, se adelantó con Repollo, hasta donde se encontraban Leisard y Antares. Luego de ver que ambas estaban sin contratiempos (encontró a Leisard sentada sobre el suelo del vehículo), continuó hasta la cabeza.

    —Qué diablos... —El líder de caravana contemplaba con dificultad la escena.

    Ni con todas las lámparas hubieran podido dar claridad a lo que sucedía. El caballo derecho de la carreta tenia sus patas enredadas con algo metálico. Estaba echado sobre sus cuatro paras con el objeto astillado en las dos delanteras, mientras que un rastro de sangre se veía dibujado por debajo del vehículo y hacia más atrás.

    —¿Cómo se ha hecho eso? —dijo desconcertado uno de los escolta.

    El anciano se agachó entre lagrimas, posando sus rodillas junto a su herido animal.

    —Etrusco... que paso... —sollozaba.

    El animal relinchaba adolorido.

    Para ese minuto los demás miembros de la caravana empezaban a asomarse desde sus carretas, mirando hacia adelante para comprender la situación.

    —Esta cosa... ¡Quién mierda soltó esta cosa!

    El segundo jinete desmontó para acercarse al animal y tantear el objeto. Tenia una lámpara de aceite en su mano y era cuidadoso de no alterar al caballo, ya que un animal herido podía actuar agresivo ante el miedo y el dolor. Frank miró detenidamente el objeto, pidiéndole a aquel jinete que acercara más la luz.

    —Es una trampa metálica —sentenció—, es una trampa de bandidos.

    Frank crujió sus dientes. Era una situación que jamás debió ocurrir pero que estaba ocurriendo. Los bandidos que recorrían por los bosques de Rea nunca permanecían más de un par de días acechando en el mismo lugar. Era imposible e imprudente para ellos, ya que quedarse durante un poco más de tiempo implicaba que serian masacrados por el ejercito.

    Rea era una monarquía altamente militarizada. Su base desde el principio de los tiempos fue el ejercito; un ejercito fervientemente adorador de la diosa Rea, violento, disciplinado y orgulloso. Valiéndose de su poder y bajo las manos del rey, fue que se afianzaron sus territorios, se construyeron sus ciudades y se forjó su cultura. Una nación tan orgullosa y dedicada a sus soldados jamás dejaría que un grupo de bandidos arrebataran en sus narices el territorio que cuidaban. Rea gastaba gran parte de su presupuesto en sus tropas y siempre que se encontraban bandas de bandidos, los perseguían hasta eliminarlos por completo. Aunque la respuesta podía variar dependiendo del señor que gobernara las tierras en las que se encontraran, siempre que se localizaban partidas de bandidos, el ejercito salia en su persecución para cortar las cabezas de estos sin excepciona ni tolerancia alguna. No había diálogos ni misericordia. Esta posición se hacia más fuerte en tiempos de paz, donde los soldados veían estas cacerías como una suerte de entretenimiento.

    Ellos todavía no salían de los bosques de Tariana. Era el mismo bosque por el que días atrás Antares había llegado; fue el mismo bosque en el que bandidos al acecho se habían cobrado la vida del caballo de la oficial. No había pasado el suficiente tiempo como para que los mismos bandidos volvieran y era casi imposible que fuera otro grupo ya que solían evitarse entre ellos para no alterar al ejercito ni estorbarse mutuamente. Si ellos ya no estaban merodeando en la zona, ¿había alguna razón para que abandonaran sus oxidadas trampas?

    Frank llevó su mano hasta la boca. Saltó desde el caballo, para dirigirse hasta la trampa.

    —Aguanten las trampas ahí un momento —ordenó atribuyéndose cierta autoridad—, no las muevan.

    Se acercó lentamente y con mucho cuidado hasta otra trampa que había a un metro de distancia de la carreta. Inclinándose comprobó que había vegetación tierna y vigorosa bajo el peso del metal. No estaba quebrada ni marcada, solo estaba doblada, luchando por enderezarse. Era evidente: las trampas llevaban poco tiempo de ser puestas en ese lugar. Se levantó Frank sin dejar de mirar el armazón metálico. No quería creer en algo tan improbable como en que estaban en medio de la telaraña de gente mal habida, que aún no dejaba el lugar. ¿En qué otra cosa se podía confiar para saber cuando recorrer de forma segura los bosques? Ninguno de ellos fue imprudente por querer cruzar territorios abandonados cuando ya se habían visto a la amenaza pasar varias noches atrás; ¿cómo se supone que alguien sabría que aquel día seria diferente al resto de los días que lo precedían? Probablemente todo tuviera una explicación menos pesimista. De todas formas era necesario recoger la caravana rápidamente para reanudar marcha lo antes posible, aunque no hubiera amenaza cerca. Pensando en ello fue que Frank hizo viajar su mirada desde la trampa hasta la caravana a la que había estado dado la espalda. Todo lo que había estado pensando hasta ese minuto se fue por la borda en tan solo unos pocos pestañeos, ya que en aquel movimiento pudo ver que más al fondo, adelante en la ruta, habían muchas otras trampas. Frank dio unos pasos hacia adelante, con mucho cuidado. Allí habían, según pudo contar, otras cinco trampas; unas ocultas entre el hierbajo y otras desvergonzadamente lanzadas sobre el suelo. El oficial apuró sus pasos para alcanzar al jefe de la caravana y los dos escoltas, que buscaban afanados una solución para salvar al caballo.

    —Hay muchas trampas adelante... —comunicó Frank.

    —¿Trampas de bandidos?, pero si se supone que el camino estaba limpio.

    —Lo se. Puede que de alguna forma las hayan tenido que dejar abandonadas, por salir de huida por ejemplo.

    Frank cruzó sus brazos. El caballo estaba muy malherido; lo mas seguro es que no pudiera continuar el viaje.

    —Hay que seguir de inmediato —Frank—. Tendremos que rodear ese tramo del camino... o retirar las trampas. Hay algunas ocultas en el pasto, así que tendremos que ser cuidadosos si caminamos por ahí.

    El oficial volvió a montar a Repollo, entonces retrocedió. Quería comprobar cual el estado del resto de las carretas y también, junto a uno de los escoltas, ir avisando a los compañeros para que alistaran los vehículos para partir. Antares y Leisard asomaron su cabezas desde el interior del toldo, viendo pasar a Frank por un lado.

    La presencia de las trampas había alterado a todos los miembros de la caravana. Por muy poco probable que fuera el peligro, sabían lo tentadora que era la carga que llevaban consigo, y también conocían lo desalmados que podían ser aquellos que actuaban fuera de la ley.

    Los escoltas sentían el mismo mal sabor que Frank sentía respecto a la situación. Ellos estaban preparados para enfrentar bandidos solitarios y amenazas menores, no bandas de varios miembros como lo eran las que solían utilizar trampas alrededor del bosque. Mientras los dos sujetos intentaban convencer a su jefe de dejar al caballo para poder continuar, Frank hacia lo suyo buscando una ruta para avanzar. Quitar las trampas significaba perder mucho tiempo, y algo en su interior le dictaba que aquello era algo que debía evitar a toda costa. Lo mejor era encontrar un paso alternativo y con ese motivo fue que se acercó hasta la zona peligrosa y comenzó a caminar. Con cada paso que daba se encontraba con el sonido de su propia pisada rompiendo el silencio contra la hierba, con el murmullo de la discusión entre el viejo y sus escoltas y con otra trampa oculta que no había visto antes. Eran demasiadas; parecía una encerrona, algo totalmente premeditado. Fue mientras hacia este proceso que un leve susurro llego hasta sus oídos. Cuando sintió aquel sonido se debuto en seco, intentando captarlo de nuevo. No le fue difícil volver a escucharlo y esta vez con mayor claridad: algo estaba serpenteando a través de los arbustos y hojas de la vegetación cercana. No era capaz de identificar el origen exacto pero dando zancadas largas y rápidas, moviéndose de posición para tener un rango más amplio, pudo darse cuenta de que venía de todo alrededor.

    Un grito cual aullido en la oscuridad nocturna retumbó por algún lugar del oscuro bosque; todos lo escucharon. Frank corrió a toda velocidad hacia donde estaba el resto de la caravana. Para ese momento los ruidos se escuchaba claros hasta en la esquina mas profunda de cualquiera de las carretas. Era el sonido de las ramas quebrándose y del bosque nocturno siendo profanado por una multitud de sombras que se movían entre sus habitantes inmóviles. Lo imposible estaba ocurriendo: Eran ellos y se estaban acercando.

    Frank llegó corriendo. Ambos escoltas lo vieron acercarse, con rostro de dura seriedad, reflejando el brillo de las lámparas con su pulida espada a medio desenfundar, cuya mitad aún se guardaba dentro de su estuche.

    —¡Bandidos! —gritó.

    Todo era claro. Desde el interior de los árboles se acercaban y era cuestión de minutos o quizás menos para que estuvieran encima de todos. Eran demasiados y ya no temían a mostrarse al descubierto. Lo más seguro era que les hubieran estado siguiendo el rastro desde hacia mucho tiempo.

    Los escoltas apretaron sus mandíbulas desenvainando sus afiladas espadas, preparándose para recibir la brutal embestida.

    ¿Pero qué se supone podían hacer ellos? Eran demasiados bandidos como para que un puñado de mercaderes mal armados pudieran darles cara. La lucha no era una opción... pero la huida no era factible tampoco. Era difícil determinar desde donde se dejarían caer; incluso podía ser que hubieran sido rodeados desde antes de que siquiera vieran las trampas en el suelo. Si intentaban correr entre todos, alejarse de la zona asediada dejando carretas y caballos, ¿dejarían los bandidos de perseguirlos para regocijarse en el cuantioso botín que quedaba abandonado? Era imposible escapar a pie; si los bandidos realmente los querían, era muy fácil para ellos darles caza. La única opción era entregarles todo y moverse, implorando a Rea no encontrarse a ninguno en el camino, pero... pensar en ello era muy ingenuo. Era imposible pretender que un grupo de bandidos cuyo espíritu guerrero ya había sido encendido les dejaran marcharse sin más. Solo había una decisión que tomar: luchar o morir.

    Frank maldijo. Miró a su alrededor, viendo al grupo completo caer en la incertidumbre. No sabían como afrontar una situación para la que jamás se habían preparado. Lo único que se le ocurría era lanzar todas las carretas en paralelo, corriendo derecho e individualmente, esperando que su contundencia y cantidad ayudara a salvar a al menos a la mitad de ellas. Solo recordar aquella disposición de trampas... Estaba todo dispuesto como para desafiar cualquier solución que ideara. Cada vez que pensaba en ello, se convencía un poquito más de que todo había sido una encerrona.

    Era una situación desesperanzadora, pero él era orgulloso de su institución y no permitiría que nadie manchara su honor. Se desprendió de la capa anclada a sus hombros y saco su espada mientras esbozaba una sonrisa. Leisard estaba adentro de una de las carretas; si tan solo conseguía que ella...

    —¡Levanten sus cabezas para poner en marcha las carretas de nuevo!

    Silencio. Con voz firme y poderosa el único miembro de la Guardia Real presente había hecho retumbar todos los árboles alrededor de ellos. Estaba de pie sobre la caja más alta de la cuarta carreta, a la que había subido recién, saltando de caja en caja como si de una escalera se tratara. Los presentes la miraron desconcertados mientras que desde las sombras todos los ojos desenfrenados se clavaron en su persona.

    —¡Aquí no pasará nada, hay que continuar!

    Antares tenia una mirada soberbia e impávida, pero también serena. Los escoltas se miraron entre si, para luego prestar atención a su alrededor: El amenazante ruido de la carga que venia desde el bosque se había sosegado. Los murmullos desde la oscuridad aún se podían sentir pero muy poco y solo si se prestaba real atención a ellos.

    Frank montó en el caballo de Leisard y galopó rodeando al grupo.

    —Ustedes dos, envainen sus espadas —ordenó Antares, dirigiéndose hacia los escoltas.

    —¡Pero Dama, esto...!

    —¡Envainen! —repitió intransigente—. No nos atacarán, pretendieron hacerlo pero no lo harán.

    —¿Está segura de lo que dice? —preguntó incrédulo uno de ellos.

    —Sí. Los bandidos son astutos; atacan cuando la presa es segura, pero no se lanzarán si no tienen oportunidad.

    Frank llegó junta a la carreta donde estaba posada Antares. Él lo sentía y ella también: estaban rodeados de muchos hombres (entre una y tres docenas), todos sedientos de acción y sangre, expectantes y buscando una mínima oportunidad para reiniciar su cometida. Eran varios y salvajes, pero Antares hablaba descaradamente alto, sin importarle que ninguno de ellos le oyera, casi como si los despreciara como amenaza.

    Ella sabía lo que hacia.

    —¿Se moverán? —musitó Frank, solo buscando que su compañera ollera.

    —No, pero no hay que provocarlos. Tenemos que envainar las armas y movernos rápido para no invitarlos a la batalla.

    Una corta pausa.

    —Presiento que son los mismos que pusieron la trampa de Martín...

    —¿No se han ido en todos estos días? —dijo Frank sin poder explicarse los hechos.

    Antares no despegaba su mirada de los árboles que tenia en el horizonte, aún mientras hablaba con su compañero.

    —...Frank —Ella había pensado cuidadosamente cómo hacerse entender antes de abrir su boca—, recién te dije que no había que provocarlos, pero tampoco hay que mostrarles miedo. Son como animales y lo olfatearán, recuérdalo.

    Frank miró en derredor, casi sintiendo las varias miradas salvajes, todas ellas como navajas hirientes en su cuerpo. Se lanzó entonces en dirección a la cabeza del grupo, escuchando antes a su compañera murmurar a sus espaldas:

    —Ninguno de ellos puede impedirme cumplir mi misión.

    Antares tenia nervios de hierro. Esa seriedad y calma con la que pronunció aquella oración... Frank sabia que cada palabra que Antares articulaba, por mucho que quisiera ocultarlo, venia cargada de cólera.

    Los escoltas obedecieron guardando sus espadas, acto seguido, empezaron a limpiar la ruta de trampas. Las lanzaban hacia un lado, con mucha fuerza, mientras que daban la espalda a un bosque inundado con enajenados en busca de sangre.

    —Este lugar es tan seguro como Tariana. —La oficial sonrió.

    No había mentira en sus palabras. La caravana se puso en marcha después de largos veinte minutos de terror. Nadie pudo dormir durante el viaje bajo luz de Luna. Solo cuando el Sol salió de nuevo, desde atrás de las montañas, fue que pudieron relajarse y saber con total seguridad de que el episodio completo había terminado.
     
    Última edición: 8 Abril 2018
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    La vida nace espontáneamente.

    Frank y Raimundo caminaban por un pasillo que conducía a la torre del Wallabilia. Caminaban el uno junto al otro, viendo por la ventana derecha hacia el exterior del recinto cerrado.

    —...Después llegamos hasta la torre de guardia. Había gente del este ahí también. Venían a Wallaby por asuntos personales, así que aprovechamos de venir en caravana, junto a la guardia civil que nos acompañó.

    —No suele haber amenazas por el desierto.

    —Es cierto, pero de todas maneras ellos quisieron hacerlo. —Frank sonrió.

    —He estado conversando con los miembros del consejo... pero están muy irritables. La mayoría no quieren lo que ellos llaman “una intervención descarada”—Enfatizó con sus dedos—, aquí en Wallaby...

    Frank se detuvo para acercarse hasta la ventana. Raimundo dio unos pasos de más antes de percatarse de que su acompañante ya no le seguía.

    —Eso lo he tenido claro siempre, hermano —contestó—, y es por eso mismo que encontré otra solución mucho más limpia y sencilla.

    —Ya me dijiste esa parte... —dijo Raimundo, suspirando sin mucha esperanza en lo que le contaban.

    —Si, lo se, no te he dicho nada aún, pero creo que es mejor que lo veas ti mismo —interrumpió Frank irradiando esa seguridad típica de él—. Como sea y antes de ello... me gustaría poder utilizar el baño; tengo tierra hasta bajo mi armadura.

    Raimundo se encogió de hombros.

    —Si si, ya te podrás limpiar pero... no me has explicado nada de la Dama de Reaful que viaja junto a ti.

    —Antares.

    —Ella supongo, desconozco su nombre.

    Una pausa surgió entre ambos; una pausa que Frank no interrumpió puesto que su interlocutor, silencioso aún, no atinaba a cerrar la boca. Tenía palabras en su lengua que por algún motivo demoró en soltar.

    —Sabes que todas las personas pueden circular por Wallaby, pero...

    —Tranquilo Raimundo, detén las excusas. Ella es una escolta designada por la capitanía.

    —¿Así de importante es el chico que has traído?¿Un guardia real de rango te acompaña solo por ello?

    —Para mi sí, ¡así de importante es!, pero para la capitanía no, y es por eso que me amarraron a ella —Raimundo no comprendió—. Cuando expuse mi plan ante la corte hubo muchas dudas; no tuve confianza de parte de ellos para iniciar.

    —¿Pero no tenias el apoyo de la pitonisa en Phantome?

    Frank soltó una carcajada.

    —No es como si sus declaraciones siempre fueran tan claras como para que me permitieran hacer lo mio. Es difícil que alguien más le diera a sus palabras el mismo sentido que les di yo... ¡y aún así no puedo desligarme y negar que su participación ayudó en todo! —Suspiró—. El caso es que ella está aquí para vigilar y evaluar la misión; todo eso de la escolta es una cuasi farsa.

    —Cuando la vi... y también al chico de la máscara casi me da un paro cardíaco. Por un momento pensé que seria alguien de la Casa Real.

    Ambos rieron, afirmando hombros y codos en el marco de la ventana.

    —...Sabes que ella vigilará cada paso que de, y todo lo que haga. Si la misión resulta un fracaso será algo que yo cargaré por el resto de mi carrera (si es que puedo continuarla).

    Sus ojos eran los ojos del rey; sus oídos eran los oídos del rey.

    Frank había cambiado su semblante, revelando la seriedad del asunto, pero con una mirada serena pese a todo.

    —Es complicado cuando te arrinconan así...

    —Eso es algo en lo que tienes experiencia, señor Arbitro del Wallabilia; tirano de tiranos.

    El Wallabilia internamente estaba compuesto por un grupo de doce miembros, representantes en equidad numérica de las seis diferentes etnias reconocidas que convivían en Wallaby. Cada miembro del grupo era vitalicio en su cargo y era elegido por la etnia a la que representaba, basándose en su edad, experiencia y también, aunque no era admitido abiertamente, por sus influencias económicas. El grupo de catorce miembros era el denominado Concejo de Wallaby, cuya función principal era la de tomar las decisiones gubernamentales; El concejo de Wallaby era el poder central y máximo en la ciudad.

    Toda decisión sobre el futuro, presente y pasado de Wallaby, incluida la legislación, eran debatidas y votadas por el consejo de Wallaby, requiriéndose un mínimo de siete votos para la toma de acciones. Dentro de las votaciones existía también un treceavo voto de disparidad, realizado por el denominado árbitro del concejo.

    El árbitro del consejo era un cargo no vitalicio (su continuidad o destitusión podía ser sometida a votación) que participaba de las votaciones por medio del voto y siendo el mediador y quien dirigía el debate. Su nombramiento era hecho por el mismo consejo y debía ser un ciudadano de Wallaby que no perteneciera a ninguna de las seis etnias con representación en el consejo. Era un trabajo ingrato; los mismos señores que lo creaban eran quienes, con el transcurrir de las discusiones, le aborrecían y maldecían.

    —Sí... Aunque sabes que tienes a alguien con un cuchillo a centímetros de la espalda, ansioso por clavártelo en los pulmones, poniendo como excusa tu mal desempeño... no puedes hacer nada —lamentó contemplativamente.

    —En Reaful no creen que el problema de Blufen sea algo que vaya a afectarnos. De hecho la real razón del visto bueno a mi misión es porque involucré al Pilar de Petra.

    —Espero que todo llegue a buen puerto —Ambos reanudaron su marcha —, pero Frank, aunque tu no puedas mirar el puñal traicionero de ella, yo si estaré viendo, y te avisaré para que alcances a agacharte.

    Los dos hombres rieron.

    —Te agradezco el gesto, pero no pienses mal de ella; es una buena persona. Es cierto que está aquí para vigilarme pero... Si tuviera que elegir a alguien para sostener un cuchillo rosando mi yugular, esa persona seria ella.

    Llegaron a metros de una puerta de madera adornada pomposamente con metales opacos. Adentro de ella se encontraba una gran mesa de piedra, cuya superficie estaba forrada en madera rojiza y cubierta por manteles de seda bordados con hilos finos de miraga. Alrededor del colosal mueble estaban las varias sillas, de una madera idéntica a la del mesón. Dos guardias civiles de Wallaby custodiaban el lugar a pie junto en dos esquinas opuestas del amplio salón. Sentados en la mesa estaban Frankcesca, Antares y Ciserean, una de las personas que venia junto a ellos desde la torre de vigilancia. Los tres compañeros de viaje se encontraban comiendo un generoso plato de comida. Un gran jarrón de agua fresca y otro de vino estaban también al alcance de sus manos.

    Los dos hombres penetraron en el lugar. De forma inmediata, desde una puerta del fondo, salió una criada con un plato de comida extra sobre una bandeja de plata. Se mantuvo de pie arrimada a la pared (pero sin tocarla) y se mantendría así hasta que se le diera la señal.

    —Los vuelvo a saludar, invitados de Wallaby —Raimundo—. Espero que hayan disfrutado la comida que servimos en el Wallabilia.

    —El largo viaje ayudó a tomarle el aprecio —Ciserean rió levantando una copa de vino de color muy vivo.

    —Ahora que ya han podido recuperar el aliento, me volveré a presentar de forma más formal: Mi nombre es Raimundo Ruavaan, árbitro del Wallabilia. Insisto en recordarles que mientras estén en el palacio pueden considerarse mis invitados.

    —Gracias señor Ruavaan.

    Leisard se levantó de su silla para realizar una reverencia.

    «La chica es de Reaful...»

    —Frank, no me has presentado aún a tus acompañantes —dijo Raimundo tomando asiento junto a Leisard.

    Frank se había sentado un instante antes de que lo hiciera Raimundo, siendo servido por la criada que dejó frente a él la deliciosa merienda junto a una gran variedad de cubiertos.

    —Claro. Ella es Antares, miembro de la Guardia Real en Reaful, y ella es Frankcesca, la persona clave de mi visita —Frank sonrió llevando a su boca un trozo de pan.

    —Mucho gusto —saludó Antares.

    —... y Ciserean no es una cara nueva aquí—bromeó animoso Frank, despertando la risa de tres de los reunidos ante la mesa.

    —¿Puedo preguntarle su procedencia, señorita? —Raimundo dirigió su mirada hacia Leisard cuyo plato de comida era recién retirado, ya vacío, de la mesa.

    —Yo... verá...—balbuceó confusa.

    —No puedes Raimundo —Frank al rescate—, ella es mi protegida por voto de anonimato. Lo lamento hermano.

    Raimundo sonrió resignado. Leisard sabía que no debía decir nada, pero no atinaba en encontrar una forma correcta de negarle una respuesta. Estaba presionada entre la hospitalidad que el anfitrión le brindaba y los intereses de su viaje.

    —Me lo había imaginado por la máscara. No soy muy conocedor de esos instrumentos políticos de Reaful, pero alguna noción tenía —Y volteándose nuevamente a la chica, continuó—. Cuando te vi desde lejos pensé que eras un muchacho, por la misma máscara, y las ropas también.

    —El atuendo tuve que cambiármelo en la torre. Mi vestimenta no era apropiada para... para cruzar el desierto.

    —Esas ropas no son muy femeninas pero resultan excelentes para escapar de la arena.

    —Tienes un nombre muy curioso, chiquilla —Ciserean se hallaba en la silla a la cabeza de la mesa, mirando con su estomago lleno como Raimundo y Frankcesca intercambiaban dialogo—.¿De qué origen es?, no lo había escuchado nunca.

    —No estoy segura. —No podía tampoco decirles que ella lo había inventado un par de días atrás.

    Durante el resto de la hora, Frank y Raimundo hablaron de las diferentes cosas que habían sucedido en la ciudad durante la ausencia del oficial. Leisard los observó hablar en silencio, como solía hacer cuando los adultos conversaban. Por el tono y forma en la que se trataban, ella pensó que debían ser cercanos no solo por el trabajo.

    Después de que llegaron al palacio (así fue como Leisard concibió la estructura), fueron conducidos por los guardias del interior hasta una enorme sala donde pudieron al fin soltar sus cuerpos sobre la comodidad de unos acolchados sillones. Fue en esa sala también donde uno de los guardias registró sus nombres en una especie de libro de visitas. Estuvieron un corto tiempo ahí antes de que Raimundo apareciera ante ellos presentándose e invitándolos a comer. Solo ella, Antares y Ciserean acudieron; el resto de la caravana se había desarmado antes de que penetraran en los interiores, aunque Leisard no podía recordar el momento exacto en el que dejo de verlos junto a ellos.

    Pasó el tiempo y en la sala solo quedaron Raimundo y el grupo de Frank. Cuando estuvieron satisfechos de su conversación mundana fue que cambiaron de contexto, dando atención de nuevo al problema por el que se habían reunido.

    —Frank, el consejo querrá verte —dijo Raimundo muy serio.

    —Es inevitable, pero.. ahora si, me gustaría poder bañarme antes de ir.

    Raimundo soltó una carcajada corta, controlándose inmediatamente.

    —Es verdad, perdóname —se disculpó—. Puedes ir hasta los baños, pero trata de no demorarte demasiado, o los ancianos comenzarán a reclamarme.

    —Muy bien.

    Frank se levantó de la silla. Inmediatamente después, la misma criada que le había servido, apareció desde las sombras para coger el plato y cubiertos que el oficial había utilizado. Frank la acompañó con la vista, desde que tomara el delicado utensilio de cerámica hasta que se perdió por la puerta del fondo. Cuando comprobó que ya no quedaba nadie más en la habitación, hizo la pregunta clave:

    —Antes de que vaya... creo que corresponde que te explique cual es el plan, ¿no?

    Los ojos de Frank se clavaron sobre Raimundo que recibió de improviso la sugerencia.

    —Si estimas que no será una interferencia en los planes, sería fantástico —respondió ansioso.

    —Para nada, pero debe quedar entre nosotros... al menos por ahora.

    Raimundo asintió con su cabeza. Su disposición era de seriedad y honestidad absoluta, ya que desde el fondo de su corazón, deseaba encontrar una solución a la amenaza más grande que había vivido Wallaby desde que en su gente hubiera memoria. Él tenía fe en Frank.

    El oficial sacó desde sus ropas una manzana (¿Sería la misma manzana?).

    —Frank... Frankcesca —dijo volteándose hacia ella—. ¿Podrías quitarte los guantes?

    Leisard soltó tres botones en su muñeca que sujetaban los gruesos guantes de cuero. Cuando estuvieron los seis apartados de sus ojales, pudo al fin descubrir sus delgados dedos. Su piel era pálida y tersa. Eran manos lindas, que jamás habían tenido que sufrir el tosco envejecimiento producto del trabajo y de la tierra. Raimundo lo notó.

    Frank dio algunos pasos hasta quedar junto a la jovensita, tendiéndole la fruta a pocos centímetros de ella.

    —Cógela, no te la lanzaré esta vez. —Sonrió amablemente.

    Leisard sujetó con su diestra la brillante manzana. Sus dedos la envolvieron mientras la dejaba, sin soltarla, sobre la mesa. Raimundo y Antares la observaron; no podían ver su rostro dubitativo, pero si sus brillantes ojos a través de los agujeros de la máscara. Cuando ella les devolvió la mirada, levantándola desde la manzana, fue que prestaron atención a lo que realmente debía ser visto. La roja fruta permanecía inmóvil sobre su mano.

    Raimundo, sin mover su cabeza, miró a Frank, pero este no le devolvió la mirada; él seguía inmerso en la manzana. Lucia una mirada obsesa y terca, que no solía mostrar. Sin poder saciar la incertidumbre con su amigo, volvió sus ojos hasta la fruta, que seguía ahí, mostrando dos hojitas muy verdes que se asomaban desde debajo de la palma de la niña. Eran dos hojas que él no había notado antes de que desviara la mirada. Sorprendido por una falta de concentración impropia de él, se levantó para arrimarse más cerca de ella. Nada cambiaba, pero desde la nueva perspectiva se podía ver el delgado rabillo de la fruta; estaba enroscado en la muñeca de Frankcesca, por debajo de la manga de sus ropas y sobre él florecían varias hojas de tamaño moderado.

    «Esto no era así»

    Raimundo abrió sus ojos sobresaltado y helado. La fruta que él había visto en manos de Frank no tenía tal rama pegada sobre ella, pero ahora la podía ver ahí; viva, real y sujetándose del delgado brazo de su huésped. Mientras intentaba darle explicación a la situación fue que vio lo imposible: la tierna rama empezó a moverse. Dio lentamente unas cuantas vueltas alrededor del brazo de Frankcesca y bajó abriéndose camino hasta tocar el suelo. Lo hizo con mucha calma mientras que alrededor de su delgado cuerpo vegetal decenas de hojas de un verde muy vivo aparecían casi espontáneamente.

    Frank lo observó todo desde su posición. Cuando Raimundo le miró de nuevo, incrédulo por lo que estaba expectando, pudo presenciar como sus labios esbozaban una sonrisa de entusiasmo cuasi demencial. Más al lado estaba Antares, que no se había movido hasta ese momento en específico; de hecho fue su movimiento repentino de levantarse de golpe del asiento lo que hizo que

    Raimundo girara su cabeza hacia ella. La mujer, atónita y sin abrir su boca apunto con el indice hacia algo bajo la mesa. Bajó Raimundo su mirada contemplando horrorizado lo que se gestaba alrededor de sus pies.

    —Dios... —Raimundo retrocedió instintivamente, casi perdiendo el equilibrio.

    Alrededor de todos ellos, serpenteando cual animal rastrero, un montón de ramas se habían extendiendo, arrimándose a los tobillos de todos los presentes en la habitación. Era como una enredadera de color café verdoso, húmeda y con muchas hojas aquí y allá. Estaba expandida prácticamente en toda la habitación, dividiéndose en finas ramas elásticas en las terminaciones y uniéndose en una áspera y tosca rama (casi tronco) que acababa metiéndose por debajo de las ropas de Frankcesca, para finalmente llegar hasta la manzana. Todas las ramas se movían sobre el piso, tal como gusanos intentando enterrarse bajo el suelo.

    —¡Esto es lo que salvará a Wallaby, hermano!

    —¡Detenlo, por favor...!—dijo nervioso Raimundo, con una voz entrecortada y sin prestar mucha atención a Frank.

    Frankcesca movió su brazo un par de veces con mucha dificultad, siendo estorbada por las ramas que empezaban a rodearla y cortarle sus movimientos. Con una voz entrecortada, respondió:

    —¡No puedo!, está creciendo bajo mi ropa y no puedo soltar la manzana.

    Antares, que miraba frenéticamente a su alrededor tratando de mantenerse alejada de cada una de las ramas, intentó cerrar distancias. Dio el primer paso para tratar de rodear la mesa e ir hasta Leisard, que estaba sentada frente a su puesto, pero los descontrolados tentáculos vegetales le aprisionaron su pierna derecha entera. Por más que intentó pisar sin tocarlos, de mantenerse a salvo de ellos, le fue imposible y fue atrapada en el acto. Era un contacto sin malicia, sin fuerza ni dolor; se sentía como el abrazo curioso de algún animal de gran tamaño, carente de intenciones y de sutileza. La oficial sin poder avanzar más, se encaramo en lo que pudo sobre la mesa. Estiro su brazo con dificultad hacia Leisard, que al verla, intentó imitarla. Ambas manos se acercaron con dificultad, mientras las ramas empezaban a rodearlas. La manzana estaba muy aprisionada en la mano de Leisard como para que Antares, en esa posición tan incomoda, pudiera quitársela. Lo que hizo en cambio fue sostenerla, cubriendo con sus dedos la desatada fruta para detener su contacto con la mano de la joven. Era muy difícil mantener su brazo en una posición tan poco natural, pero pareció funcionar; toda la hierba viva cesó sus movimientos de forma paulatina, hasta el completo silencio. La oficial y Raimundo se miraron entre si, sorprendidos y sin dar crédito de los hechos que recién habían acontecido. Frank era el único que sonreía y lo hacia con mucha ilusión.

    * * *​

    La noche estaba pronta a caer. Leisard y Antares estaban saliendo de uno de los amplios baños del Wallabilia. Habían tomado un baño juntas y ahora se estaban vistiendo. Leisard había pedido permiso a Raimundo para poder limpiar su cuerpo de la arena y suciedad; llevaba ya varios días sin tocar el agua. Antares la acompañó principalmente para asegurar su bienestar, aunque por supuesto que un baño no era algo que le sentara mal.

    Leisard nunca había tomado un baño en compañía de alguien más aparte de su madre. Todo aquel espacio de tiempo en el que estuvo junto a Antares, sumergida hasta el cuello en una tina de piedra y cerámica, había sido una batalla entre el pudor que sentía por ser vista desnuda y un miedo al rechazo que nacía producto del incidente de la manzana. Aquel era un sentimiento no grato, que estaba alojado en algún lado en la profundidad de su conciencia, pero no sabia como expresarlo ni a que atribuirlo.

    El cuarto de baño era un cubo de piedra y ladrillos pálidos como los que pavimentaban el camino al Wallabilia. En cada uno de los lados, dentro de cavidades incrustadas en la pared, se podía observar brasas usadas para calentar el agua y también que iluminaban el recinto cuando el sol se ocultaba y no podía penetrar por el tragaluz del techo. Era un cuarto amplio, con una tima grande en la que cómodamente entraban de ocho a diez personas. En aquel momento habían estado solo ellas dos, pero según Leisard pudo entender de Frank y Raimundo, eran habituales los baños grupales. A diferencia de lo que se vivía en la mayoría de las ciudades del reino de Rea, Wallaby tenia un acceso limitado al agua, lo que había creado en su cultura la necesidad de cuidar cada gota que derramaran desde sus jarras y canales.

    En Wallaby no llovía. Estaba lejos de todo rio en la superficie y lejos de cualquier otra fuente de agua dulce en el desierto. El agua limpia era sacada desde unas napas subterráneas gigantescas que dependían de las temporadas de lluvia para llenarse. Una vez al año, durante algunos meses, las nubes de tormentas que azotaban al territorio de Rea eran atrapadas por la cordillera que cercaba a Wallaby. El agua se escurría por ellas y bajaba hasta el subsuelo, recargando del vital liquido la cloaca natural. Desde esos meses hasta el siguiente año, esa sería toda el agua de la que podrían disponer.

    En la ciudad habían cuatro reservorios de agua que eran llenados durante la noche desde el subsuelo, para que así un conjunto de canales pudieran irrigar el agua por la ciudad completa durante el día. Los habitantes podían acceder al agua, llenar sus tiestos y limpiar sus cuerpos mientras estos canales estuvieran abiertos para dejar circular el liquido. Dependiendo del nivel del agua bajo el suelo era que se determinaba el intervalo de tiempo por el que los canales estarían abiertos. Cuando se cumplía el limite diario, los reservorios eran cerrados y no se podía acceder al agua hasta el siguiente día.

    Ahora ambas damas se vestían con sus atuendos en un cuarto junto al baño que al parecer servia solo para eso. Leisard sujetaba con sus brazos un conjunto de ropas nuevas. Era una teñida típica en Wallaby para mujeres de veinte años o menos. [MANZANA, TOMATE, MANZANA, PERA, TOMATE, PERA, ASLFALTO, SOAD, MANZANA, TOMATE, TOMATE, SOAD, MANZANA] [MANZANA, NARANJA, SOAD, PERA, AXE, APPEND]Cuando la manzana creó todas esas ramas en el comedor, estas avanzaron desde su mano entrando por su manga y saliendo por sus tobillos, por debajo del pantalón. Todo ese material vegetal la abrazó rosando su piel, lo que hizo imposible rescatarla de entre las ramas sin romper su antigua vestimenta. Alzó con sus manos su nueva ropa para poder ver su envergadura. No eran muy elegantes ni ostentosas, pero eran mucho más bonitas y femeninas que las que había usado desde que salieron de la torre. También eran diferentes a todas las teñidas formales y elegantes que solía comprarle su madre, por lo que se sintió feliz de poder vestirlas.

    Raimundo estaba afuera del edificio, mirando hacia el cielo y en dirección al desierto. A su alrededor estaban las plantas y árboles que el Wallabilia cuidaba con orgullo y dedicación. No se veía nadie más cerca, al menos hasta que Frank posó sus pies sobre el césped a pocos metros de distancia.

    —¿Cómo te fue con el consejo? —preguntó Raimundo sin voltearse.

    —No muy bien —respondió—, no confían tanto en mi como yo suponía. Ahora creen que juego en el bando de Reaful y que prácticamente los estoy utilizando.

    —Estás siendo muy...

    —Lo se hermano, no han dicho eso exactamente —sonrió—, pero por la forma en la que se dirigen hacia mi... está claro que tienen sospechas de mis intenciones.

    —Tienes que entenderlos. Los viejos te tienen aprecio; el hecho de que ahora estés actuando por tu cuenta y no les debas reportar nada a ellos les hace sentirse algo... ¿inseguros?

    —Es como si recién ahora se dieran cuenta que siempre he sido un soldado de la Real Misión de Rea.

    Raimundo dio un resoplido, mientras que desde una cajita de madera extraía una pipa y un puñado hierbas secas.

    —Si supieran que por el otro lado tampoco te creen.

    Frank posó sus manos sobre su cintura y suspiro.

    —Y a ti, ¿que tal te ha ido?

    —No muy diferente a ti —con ambas manos empezó a prepara la pipa—. No me han permitido dar asilo en el Wallabilia a Frankcesca. Lo siento Frank; el reglamento del recinto impide que alguien que no se presente con honestidad pase la noche aquí.

    Raimundo acercó la pipa hasta una lampara que quedaba a sus espaldas y la encendió. Un humo blanco entro a sus pulmones desde su boca y salio por los agujeros de su nariz.

    —Ahora, sobre ella... —Se rascó frenéticamente el cabello con la mano que tenía libre de la pipa.

    —No tienes que ser formal conmigo. Di lo que piensas con sinceridad.

    —¿De dónde la has sacado?¿Cómo es que pudo hacer eso, es alguna especie de bruja?

    —Hasta donde tengo entendido, no tiene ninguna iniciación en hechicería o cosas similares. ¿Te preocupa lo que sucedió en el cuarto?

    —No... bueno, sí un poco —E inhalando otra bocanada de humo, continuo—. Ella ha hecho crecer una manzana sana de la nada; ha sacado madera y hojas sin usar tierra ni agua. Ha creado vida desde el aire y eso me perturba.

    —Quizás la vida estuvo en la manzana desde el principio.

    —Y ahora te vuelves filosofo —Botó una gran cantidad de humo, esta vez por la boca—. Tan solo ver que creara desde el aire esas matas me pareció... casi una aberración. El crear vida sigue siendo un tabú incluso entre los que se hacen llamar hechiceros y practicantes de magia.

    Frank no contestó.

    —Pero ignora mis prejuicios. Se que ella ha venido con la misma disposición que tu —continuó, en una especie de disculpa por haber sido tan duro en sus calificaciones—. Confío en ti y además... ni yo mismo pude llegar a una idea para salvar mi propia ciudad; no soy nadie para criticarte a ti ni a ella.

    A espaldas de ellos, rodeado por tierra fértil recién removida, estaba un manzano joven. Sus inmóviles ramas creaban curiosas formas circulares mientras el viento creaba un vaivén en sus hojas jóvenes.
     
    Última edición: 19 Julio 2018
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