Long-fic Sus voces (UA | Multifandom)

Tema en 'Mesa de Fanfics' iniciado por rapuma, 24 Septiembre 2019.

  1.  
    rapuma

    rapuma Maestre

    Géminis
    Miembro desde:
    17 Marzo 2014
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    Pluma de

    Inventory:

    Escritor
    Título:
    Sus voces (UA | Multifandom)
    Clasificación:
    Para todas las edades
    Género:
    Acción/Épica
    Total de capítulos:
    2
     
    Palabras:
    1159
    Desafío de rol en el Café Rolero
    Nombre: Sus voces.
    Fandom: Gladiadores/Accel Word/ Sword Art Online/ Aventureros de Ëra/ La Ciudad/ Griffin Bane/ Divergente/ y un largo etcétera.


    Capítulo I
    El romano y un cerdo

    Máximos
    Hando "Puño de Hierro"​


    El crujido del fuego era hipnotizante; el color también, esas llamas naranjas y rojas que danzaban en la penumbra y dibujaban sombras tétricas sobre los árboles. Máximos alimentaba el fuego sin prisa, acostado de lado se asemejaba a un león de África, tranquilo pero peligroso. El gladiador era alguien que disfrutaba de cosas simples como lo era eso, mucho más ahora que había ganado la libertad de la esclavitud en Roma. Una libertad de cadenas que pesaría por siempre en su cabeza, como un sol negro.

    Cuando escuchó los primeros pasos cerca de su campamento no cambió su postura, pero acercó la espada bastarda a su diestra. Si algo había aprendido sobre los hombres era que se debía de estar tranquilo ante cualquier futuro conflicto. Masticó un poco de cerdo asado y miró el fuego danzar, con los oídos puestos en el intruso.

    Pasaron varios segundos cuando Máximos entendió que no entraría en su perímetro. Movió la cabeza de diestra a izquierda y le habló a la oscuridad.

    —Hace frío y no me comeré el cerdo yo solo. Entre viajeros nos ayudamos. No temas, el cerdo ya está muerto.

    Entonces la figura se mostró y ambos se estudiaron en maravilloso silencio. Máximos daba el aspecto de ser alguien fuerte y es que su físico así lo dictaba; espalda ancha y larga como el lomo de un toro, unos hombros grandes como rocas y un torso que no tenía nada de qué envidiar a los torsos romanos que inmortalizaban a próceres antigüos. El físico de un luchador, un soldado raso, un centurión y posteriormente un gladiador. Sus dos piernas parecían dos columnas de mármol, un físico del pasado, dónde no se confundía volúmen con lentitud: aquí era al contrario, Máximos era tan ágil como un gato y tan fuerte como una hormiga.

    El otro era de apariencia más pequeña pero macizo y observaba manga con manga desde la penumbra que proyectaba su capucha sin arma para matar. No tenía un físico fuerte cómo el romano pero había algo en su porte tan seguro que hablaba sobr años de justeza, algo tan inexorable como un muro de roca. Y sobre todo sus manos, tan enormes y con unos nudillos oscuros que parecían exageramente desproporcionados. Máximos lo entendió al instante: esas eran sus armas.

    El intruso se sentó lentamente y el gladiador pudo ver el rostro oculto receloso bajo la penumbra de su capucha. Casi tenía el rostro de un niño, aunque distaba mucho de serlo. No portaba un pelo en su cara, pero la nariz era ancha y aplastada; y sus dos ojos parecían dos pequeños nidos de luz que irradiaban mucha energía, aunque sus movimientos tan pausados demostraban lo contrario. Casi parecía que se preocupaba por no pisar demasiado fuerte el césped bajo sus pies.

    —¿De dónde vienes? —rompió el hechizo del momento el romano, ofreciendo una pata de cerdo a medio asar. El invitado la aceptó con una leve inclinación de cabeza.

    —Vengo, simplemente. —la voz sonó débil, casi como un murmuro que obligó a Máximos a prestarle especial atención. —De aquí, de allá. ¿Tú?

    Máximos se chupó los dedos y se limpió la boca con el dorso de la mano y señaló hacia atrás con su pulgar.

    —Del mar. —había surcado muchos kilómetros de mar tormentoso agitándose en la noche, ebria de sal, de infinitos misterios. —El mar es más mujer que hombre.

    El invitado comía sin prisa, cómo si no fuera esclavo del tiempo. Le vio indagar en el pasado y por un momento su anfitrión se perdió en los recuerdos de la nostalgia. Aprovechó esos segundos para investigar el campamento con sus ojos: era simple, una pequeña tienda, un caballo pastando en las cercanías y medio cerdo empalado sobre el fuego.

    —¿Cómo te llamas? —la pregunta le tomó desprevenido. Miró al romano y Máximos habló en forma de ejemplo. —Yo soy Máximos por mucho tiempo. Luego fui un número y finalmente soy libre. Pero estoy atrapado desde que mis sandalias se embriagaron con los caminos del ermitaño.

    —Me llamaron de muchos nombres. Trotamundos. Maestro. Pero Hando "Puño de Hierro" es el que más recuerdo.

    El mote hizo que Máximos sonriera levemente; no le había fallado su observación de esas manos.

    —Eres joven y tienes los ojos llenos de horizontes y aventuras, Hando. Lo sé por que yo mismo viví ese instancia de mi vida. Cuando la guerra era buena; es bueno sentir los músculos cuando bullen debajo de tu piel, sentir la sangre latir como un tambor. ¿Estás en busca de algo?

    Hando no habló pero en el fondo de sus ojos una chispa roja se encendió. Máximos negó lentamente, haciendo un ademán para quitar importancia.

    Así quedaron, en silencio durante minutos, tal vez horas. El romano era alguien que sabia disfrutar de compañía en absoluto silencio y Hando era alguien que disfrutaba el silencio absoluto. Comieron el resto del cerdo y ambos bebieron lo último que quedaba de vino. Máximos estaba acostado boca arriba, usando sus brazos cruzados de almohada, dibujando formas a las estrellas cuando la voz de Hando, tímida como siempre, irrumpió.

    —Soy un monje. Lo que busco es una meta personal. Convertirme en uno con mi energía espiritual y pasar del plano natural al plano olímpico; entender las razones del mundo y sobre todo entenderme a mí mismo. Un orco me acompañaba, pero me adelante para investigar la zona. Debería volver, mi acompañante no tiene mucha paciencia y quizá se pierda al intentar buscarme. —apenas una ligera curvatura en la comisura de sus labios al recordar a su verde amigo.

    —Entenderse a sí mismo no es algo fácil. Ni yo mismo me entiendo pero si puedo decir algo de mí. No busco gloria, jamás la busqué. Soy un hombre amado que amó, rey de ninguna parte y señor de muchos corazones. —giró el rostro para verle mejor. —La gloria y la eterna gratitud no es sólo aquella lograda en los campos de batalla, sino amasada entre humos de hogueras y carne de cerdo asada.

    El monje no dijo nada, cómo siempre. Se limitó a observarlo mientras el romano volvía al firmamento.

    Más tarde, esa noche, Máximos se reincorporó para dormir en su tienda y encontró el campamento solo. Miró hacia los lados con el ceño fruncido hasta que ligeramente relajó sus facciones. Hando aún buscaba su camino y no tenía tiempo para perder con una vieja leyenda de Italia, olvidada por los años.

    Pero no sabía que Hando había sido ligeramente moldeado por sus palabras. El ser con celeridad arribó a su fiel colega, aquel orco sin mucho cerebro pero con un corazón enorme, su compañero de aventuras.

    Aún tenían mucho por recorrer.
     
    • Ganador Ganador x 1
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  2.  
    rapuma

    rapuma Maestre

    Géminis
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    17 Marzo 2014
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    Escritor
    Título:
    Sus voces (UA | Multifandom)
    Clasificación:
    Para todas las edades
    Género:
    Acción/Épica
    Total de capítulos:
    2
     
    Palabras:
    974
    Capítulo II
    Caipirinha y un gringo

    Esera Santos
    Stan Colt​


    El bar de Natal estaba muy concurrido, algo que Esera odiaba, sobre todo en ese horario que era su preferido. Miles de turistas venían de todas partes del mundo para disfrutar el próximo año nuevo que se celebraba en menos de tres días. Y la ciudad de Pipa, dentro del estado de Natal era la favorita del mundo entero; todo el mundo de blanco en la arena de la playa, celebrando el inicio de un nuevo año y todo lo que eso conllevaba; nuevos sueños, nuevas metas, nuevos anhelos. Esera Santos anhelaba lo de siempre, porque no era alguien que deseaba cosas materiales: muchos amigos, salud para su familia y muchas olas para surfear.

    Hacía no tanto había terminado de surfear con unos colegas los cuales aún estaban en el mar. Esera había dejado su tabla en un costado de la entrada del bar y había ingresado como era costumbre: con el torso desnudo y su short de baño aún chorreando agua y sus pies llenos de arena pegada entre los dedos. Estaba sentado de espaldas a la entrada, sobre la barra. Bebía de a sorbos un poco de la capirinha que le habían servido, intentando entender algo de lo que la gente a su lado hablaba. Creía reconocer el acento inglés, argentino, español; incluso un portugués de Europa, creía. Y otros tanto más complicados, a los que le atribuyó simplemente que eran alemanes.

    Los días anteriores y posteriores al año nuevo eran un caos en su pequeño pueblo de pescadores, y era porque sus playas eran la atracción máxima para esa época del año, sin contar que el tiempo era verano, casi como todo el año, y sin lluvias. La praia do golphino, era la más llamativa para los gringos, como decían los brasileros a los extranjeros: y es que la playa, traducida al español como: "playa de delfines", cautivaba a todos con los delfines que nadaban tranquilamente entre los turistas, como si fueran parte del paisaje.

    Y aunque Esera odiaba a los extranjeros, su pueblo los amaba, porque Pipa, su ciudad, vivía del turismo. Y esas fechas eran claves para el estado, que utilizaba todo a su alcance para sacarle el provecho máximo a las ventas.

    Un hombre le empujó bruscamente al ponerse a su lado para pedir una bebida. Esera lo miró con mala cara y se apartó un poco, para tener lugar. El gringo a su derecha llevaba unos lentes de sol, un sombrero de paja, como de esos que usaban los vietnamitas de las películas de guerra americanas, y una camisa hawaiana que no ocultaba su voluminosa barriga: pero eso sí, sus musculosos brazos no tenían un gramo de grasa.

    —Cerveza. Cerveza, maldita sea. ¿Cómo se dice cerveza en este puto país?

    El hombre hablaba muy deprisa y se ponía nervioso al no poder comunicarse: golpeando la barra con uno de sus macizos puños. Llamando la atención de la gente a su lado.

    ¿Cerveja? —le preguntó Esera: la palabra era parecida pero la pronunciación totalmente distinta.

    Stan Colt movió la cabeza debajo de su cogote de buey y miró a Esera a través de sus lentes de sol. A su pesar, Esera tuvo que apartar la mirada.

    —Sí. Una puta cerveja. —dijo con un acento totalmente vulgar y miró al camarero detrás de la barra. —Quiero una cerveja bien fría.

    Esera miró a su compatriota y le habló en su idioma.

    —O gringo quer uma cerveja ... acho que está frio.

    El camarero afirmó con la cabeza, aliviado de no tener que soportar al bruto delante suyo y le dejó una skol sobre la barra, la cerveza típica de Brasil. Stan Colt destapó la pequeña lata y la bebió de dos sorbos; apretó la lata y la tiró al suelo. Esera lo miró con desaprobación.

    —Gracias, chaval. Luego te compro una pulsera. ¿Vendes pulseras, no?

    Esera movió la cabeza sin entender y Stan bufó por lo bajo, sacando su móvil.

    —A ver, pringado. Quiero decir que... ¿Entaño...? eu compro... pulseira... pulseira.

    Eu não vendo pulseira, senhor

    —Espera, espera. Háblale a mi móvil, anda. —Stan le acercó el teléfono a los labios y con señas indicó que volviera a repetirlo.

    Eu não vendo pulseira, senhor...

    —¿No vendes pulseras? Bueno, como eres negro pensé que sí. No te preocupes, todos podemos errar, ¿no? Me llamo Stan Colt.

    Ambos se miraron en silencio y Stan repitió todo directamente al teléfono que repitió pero en portugués.

    —Meu nome é Esera...

    —Jeje, que nombre de mierda tienen los brasileros. Me gusta tu estilo de cabello, tenía un compañero en el ejército con ese corte. ¿Fuiste al ejército? ¿Eres maricón? responde primero a lo segundo.

    Esera terminó su bebida y salió del bar con rapidez, cogiendo su tabla de surf en el camino y dejando atrás el ruido y a Stan Colt.

    Se sentó en la arena, viendo a sus amigos que aún surfeaban en el mar y se relajó, sintiendo el sol quemar su cuerpo y la brisa del mar en su piel. Cerró los ojos, dejándose llevar por el momento. Hasta que el sol se nubló de pronto. Abrió un ojo y vio la enorme sombra de un sujeto justo detrás de él. Levantó la cabeza y la enorme panza le impedía ver el rostro pero esa ridícula camisa hawaiana ya le indicaba de quién se trataba.

    —Te dejaste esto, chaval. —Colt le entregaba el teléfono móvil que Esera se había olvidado sobre la barra. El brasileño sonrió.

    —¡Legal! Muito obrigado

    —Legal también para ti, por las dudas.

    Y allí se quedaron, Esera con su móvil y la paz interrumpida por un gringo que no dejaba de hablar de un tal mundo ficticio conocido como Sword Art Online...
     
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