Death Note SUBORDINADOS (Fanfic Death Note)

Tema en 'Fanfics de Anime y Manga' iniciado por Bellapoms, 20 Febrero 2024.

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    Bellapoms

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    20 Febrero 2024
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    Escritora
    Título:
    SUBORDINADOS (Fanfic Death Note)
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Comedia Romántica
    Total de capítulos:
    22
     
    Palabras:
    5904
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    SINOPSIS

    ¿Qué pasaría si Light nunca hubiera recobrado la memoria?
    ¿Y si él y L hubieran sido dos detectives brillantes que resuelven famosos casos de la mano de la policía? ¿... Y si... se enamoran de dos policías dispuestas a poner su día a día patas arriba?

    Pero... ¿Qué ocurriría si, además, los recuerdos de Light como Kira no estuvieran tan lejanos como parecía?

    ——————————

    Amor, acción y, sobre todo, mucha, mucha comedia es lo que os espera entre estas páginas.

    Si os gusta, por favor, escribidnos en comentarios para animarnos a seguir.
    Esperamos que lo disfrutéis.

    Prohibido copias y/o adaptaciones.

    AVISO: CAPÍTULOS LARGOS ‼️

    CONTIENE ESCENAS +18





    CAPÍTULO 1: L SALE DE FIESTA (PARTE 1)


    Aquella monótona tarde, las dos jóvenes policías pelirrojas Stella y Leyre, estaban realmente aburridas, pues llevaban dos semanas encerradas en aquel oscuro cuartel, bajo el mando del famoso detective L, y a cargo del "caso Kira".

    Pero la cosa no avanzaba, y no lograban dar con la identidad del terrible asesino en serie.

    Y ellas estaban hartas, ya que parecían las culpables cumpliendo su penitencia frente a las cámaras de vigilancia.



    —Tía, me aburro... ¡Necesito salir urgentemente de estas cuatro paredes!— exclamó Leyre con un exagerado tono de desesperación.



    —Pues sí— concordó su amiga con ella— Llevamos aquí dos semanas seguidas sin apenas ver la luz del sol. Parezco una seta aquí plantada todo el día, ¿sabes?— respondió Stella con una expresión aburrida.



    —Cómo me gustaría salir de fiesta... Aunque sea para tomar un par de copas y bailar un poco— dijo Leyre con conformidad— He oído que mañana por la noche habrá mucho ambiente en Shibuya— a Stella se le iluminó la cara.



    —Vale, definitivamente necesito ir a Shibuya—expresó la agente decidida a salir de fiesta— Pero...— hizo una pequeña pausa— No creo que L nos deje salir solas. Tenemos demasiada información del caso, y ya sabes lo desconfiado que es— concluyó Stella derrotada, devolviendo a Leyre a la cruda realidad.



    —Tienes razón. Conociéndole, seguro que nos pondría bajo estricta vigilancia, y no podríamos ni oler el ambiente de los pubs— contestó la otra pelirroja cabizbaja.



    Ambas chicas se quedaron unos segundos pensando en cómo convencer a su jefe, hasta que a Stella se le ocurrió la solución perfecta.



    —¡Ya está! ¡Lo tengo! ¡Soy un genio!— exclamó orgullosa de sí misma— Podríamos intentar convencer a Light para que viniese con nosotras— dijo— Es un chico muy responsable, y L sabe que él jamás bebería— explicó— Pero... El problema es que no se fía del todo de él, por aquello de que sospecha que es Kira— concluyó Stella dándole vueltas a eso último.



    —Cierto, pero ya se nos ocurrirá algo. Lo primero es buscar a Light e intentar convencerle— afirmó Leyre— Aunque... Creo que será difícil— vaticinó.



    Las dos policías pelirrojas fueron a la sala en la cual se amontonaban diferentes informes, y observaron cómo Light analizaba cada uno de ellos detenidamente. Lo más probable es que tratasen sobre sospechosos relacionados con el caso.

    Ni cortas, ni perezosas, Stella y Leyre se acercaron al joven por la espalda, pillándole totalmente desprevenido.



    —Hola, Light— saludaron de forma alegre.



    —Veníamos a proponerte algo— dijo Leyre con voz dulce y convincente, tratando de engatusar al castaño. Light las miró con una mezcla de confusión y temor, sabiendo que cuando venían de esa forma, la proposición sería de todo menos buena.



    —Claro... Decidme. ¿Tiene que ver con el "caso Kira"?— preguntó mientras las dos chicas le miraban fijamente.



    —No mucho, a ver...— comenzó a explicarse Stella— Iré al grano. Llevamos dos semanas encerradas como criminales, sin avanzar nada en este caso— expuso— Y nos preguntábamos, si no sería demasiada molestia que saliésemos una sola noche— hizo énfasis en que sería una única noche— Por aquello de despejarnos un poquito y tal— concluyó con retintín y sarcasmo.

    Light pareció pensárselo un poco, agonizando la espera de las chicas, pero acabó aceptando y asintiendo lentamente.



    —Claro que sí— respondió— No veo problema en que salgáis una noche. Sois jóvenes y estáis en vuestro derecho— dijo el castaño como si él tuviese bastantes años más que ellas, y quisiese evadir la situación.

    Pobre tonto. No sabía la que se le venía encima, pues el plan de las chicas ya estaba dando sus frutos.



    —Pero, Light— interrumpió Leyre— Si tú también eres joven. Tienes nuestra edad— le recordó— Seguro que te apetece salir a tomar algo con nosotras y divertirte— la pelirroja trató de persuadirle.



    —Muchas gracias por la oferta, de verdad. Pero tengo mucho trabajo en el cuartel y no quiero dejar a L solo con esto— contestó de forma exagerada, como si le estuviesen pidiendo que dejase el caso para siempre.



    —Anda, Light... Que sólo es una noche— quiso convencerle Stella— Ni siquiera una noche. Sólo son unas horas— replicó usando sus mejores argumentos.



    —Lo siento mucho, Stella. Pero esas horas pueden ser cruciales para atrapar a Kira— rebatió de forma responsable con su cargo—Además...— añadió— Misa jamás lo aceptaría— finalizó con una expresión lastimera.

    Esa respuesta fue como ver el cielo abierto para las dos pelirrojas al haber encontrado el talón de Aquiles del chico: su orgullo.



    —Así que... ¿Tienes que pedirle permiso a Misa para todo? Jolín, Light. Ni que fuese tu madre— añadió Leyre hiriendo gravemente el orgullo del castaño.



    —No, a ver... Tampoco es eso...— el chico pareció pensárselo al agachar la mirada. Pero sólo unos segundos después, las miró con la confianza centelleando en sus ojos— ¿Sabéis qué? Tenéis razón— aceptó decidido— Una noche es una noche. Ni L ni Misa deberían poner ningún problema. Las chicas sonrieron y celebraron internamente haber ganado la batalla. Ahora sólo les faltaba ganar la guerra.



    Dicho esto, Stella, Leyre y Light fueron a la sala de cámaras para terminar de planificar cómo convencerían a L.

    Aprovechando que el chico había salido con su hombre de confianza, armaron el plan perfecto ante el cual el detective no podría negarse.



    Apenas quince minutos después, L y Watari llegaron al cuartel.

    El pelinegro se sentó, en una de las sillas giratorias, frente a los monitores con su pose habitual. Al sentir las tres miradas castañas en su espalda, se volteó para encarar a sus subordinados. Repentinamente, un extraño sudor frío recorrió su espalda.



    —Primer Kira...— miró a Light— Segundo Kira...— siguió con la mirada a Leyre— Tercer Kira...— murmuró fijando su vista en Stella— ¿Planeáis matarme?— preguntó L con su habitual tono desconfiado.



    Light, debido a los nervios, soltó una risa tan falsa que todos los presentes en aquella sala se giraron para verle.

    El detective, en cambio, no cambió su expresión, pues quería darles a entender que hablaba enserio.



    —Jajaja ¡hay que ver qué tonterías dices, L! Mira que eres desconfiado— dijo Light dándole una sonora palmada en la espalda con la que el detective se tambaleó y estuvo a punto de caer al suelo. Su expresión se tornó su a terror.



    —Ayúdame, Watari...— murmuró el chico asustado.



    —No te asustes, L— pidió Stella— Sólo hemos venido para que nos hagas un pequeñísimo favor...— añadió la chica tratando de tranquilizar a su jefe.



    —Mmm...— el pelinegro se llevó el pulgar a los labios, y miró a la pelirroja con picardía— ¿Qué tipo de favor necesitas que te haga, Stella?— preguntó de forma coqueta. En aquellos ojos oscuros podía apreciarse un brillo lujurioso.



    —Pues mira, L... Es que llevamos dos semanas en este cuartel, sin salir a la calle— contestó Leyre— Y habíamos pensado LOS TRES- recalcó las dos últimas palabras para dar fuerza a sus argumentos y que el detective no pensase que la idea era solamente suya— Que podríamos salir mañana por la noche a Shibuya para tomar algo y despejarnos un poco— concluyó. L la miró fijamente sin decir nada por unos segundos.



    —¡Pero claro!— exclamó— Por supuesto que podéis salir. Yo no puedo prohibiros nada— dijo con una sonrisa torcida, manteniendo su mirada atenta a las cámaras. Light, Leyre y Stella rieron triunfales. Habían ganado la guerra. O eso pensaron hasta que L se dio la vuelta, mirándoles con la misma sonrisa inquietante— Aunque debéis tener en cuenta que como detectives del "caso Kira", no puedo permitir que vayáis solos por ahí, de noche, sin asegurarme de que ninguno de vosotros bebe alcohol y se va de la lengua— les recordó— Por lo tanto, una persona responsable y de mi confianza os acompañará, es decir, Watari— el detective miró al trajeado hombre, el cual asintió sonriente, acatando como de costumbre todas las decisiones que L tomaba. Esto hizo que la sonrisa triunfal de los tres policías se esfumase— Ah, y por supuesto, tendré varias unidades controlando la zona— siguió hablando, como si con cada palabra buscase aguar la fiesta de sus subordinados— Me mandarán un informe detallado de vuestras posiciones cada media hora— los rostros Stella, Leyre y Light se tornaron pálidos— Además, hay una serie de reglas que tenéis que cumplir— habló como si estuviese leyendo un discurso perfectamente aprendido— Regla número 1, nada de alcohol o drogas, porque a la vuelta se os realizará un análisis toxicológico. El que dé positivo, quedará automáticamente expulsado del "caso Kira"— explicó. Los tres agentes le miraron como si le hubiese salido una segunda cabeza, pues ellos no pensaban drogarse, pero lo del alcohol no estaba en absoluto descartado— Regla número 2, nada de dar problemas, ni montar espectáculos. Si en los informes veo alguna anomalía, una de las patrullas os traerá directamente de vuelta al cuartel— continuó— Y regla número 3, a las 9:00 los tres aquí— advirtió terminando de hundirles— Me da igual si habéis dormido o no. Os quiero aquí en condiciones de trabajar como siempre— dijo— Un solo minuto de retraso, y os encarceló a los tres hasta asegurarme de que ninguno de vosotros es Kira— avisó firmemente— Eso es todo- concluyó la serie de condiciones con una dulce sonrisa engañosa.



    No se oía ni el aleteo de una mosca en aquella sala. Era como si alguien hubiese fallecido y estuviesen dedicándole un minuto de silencio a esa persona. Stella parecía que iba a romper a llorar de un momento a otro. Leyre y Light no se sentían muy diferentes a su compañera.



    —Vamos a ver... ¿Serías capaz de explicarme cómo has hecho para quitarme las ganas de salir de aquí?— preguntó Stella de forma lastimera, mirando a L con los ojos entrecerrados.



    —Yo sólo os he expuesto la realidad de la situación. Ahora ya es decisión vuestra si queréis afrontarla o no— contestó el detective tan campante, dando por hecho que los tres policías se negarían a aceptar esas condiciones y acabarían por no salir del cuartel.



    —L, ¿No te parece que estas medidas son un poco desorbitadas?— preguntó Light tratando de razonar con él— Que sólo vamos a tomar algo un rato, y tú pretendes movilizar a medio cuerpo de policía, por Dios— el castaño hizo una pausa— Además, si tanto miedo tienes de que hagamos algo indebido, ¿por qué no vienes con nosotros y te aseguras de que no ocurre nada malo?— sugirió— Creo que eso sería más fácil y menos extravagante— finalizó mirando al detective.

    L se llevó su dedo pulgar a los labios, analizando escrupulosamente la expresión de Light ante semejante propuesta.



    —Como te hagas el listo, Kira, tú y yo nos volveremos a esposar— respondió de forma amenazadora— Es más, estoy pensando hacerlo. Así me aseguro de que no haces ningún movimiento extraño en toda la noche— advirtió L mirándolo de forma burlona. Light se puso completamente pálido, pues le había costado demasiado quitarse esas cadenas de encima, y no estaba dispuesto a que el detective se las volviese a poner.



    —Pero, L... Light tiene razón— dijo Leyre en defensa del castaño— No me parece tan descabellada la idea de que vengas—continuó —Tú no pierdes nada, y además te aseguras de que todo está en orden— le alentó— ¿No dices que necesitamos a alguien responsable? Pues no sé quién podría ser más responsable que tú para vigilarnos— concluyó usando toda la palabrería necesaria para que el detective se sintiese importante y necesario.



    —Eres el más indicado— añadió Stella siguiéndole la corriente a su amiga, y haciéndole ligeramente la pelota a su vanidoso jefe.

    L las observó con detenimiento y habló.



    —¿Enserio queréis que vaya con vosotros?— preguntó llevando su pulgar de nuevo a los labios, sopesando por un momento esa posibilidad. Repentinamente, bajó la mirada pensativo, y murmuró— Pff, pero... ¡Qué tontería! — exclamó con dramatismo— ¡Watari jamás me dejaría!- aseguró victimizando de forma teatral. Claramente, Shakespeare a su lado era sólo un aficionado.

    En ese momento, Watari se aclaró la garganta y los cuatro se giraron a verle.



    —Yo en ningún momento he dicho que no te dejase ir, L— contestó el peliblanco— Es más, me parece que tanto Stella como Leyre o Light son muy responsables. Seguro que te cuidan bien— dijo Watari sonriendo.

    L le dirigió una mirada asesina.



    —Muchas gracias, Watari. Has sido de gran ayuda— contestó el detective irónicamente, viendo cómo su mano derecha lo había dejado en la boca del lobo.



    —Entonces decidido, L... Te vienes— concluyó Stella feliz, sonriendo triunfalmente.



    A la mañana siguiente, los tres policías y el detective se reunieron en la sala de cámaras para planificar dónde quedarían y a qué hora, pues la idea era dejarlo todo atado para así poder dedicar la tarde a elegir la ropa que se pondrían y arreglarse.

    Justo cuando hablaban de a qué pubs irían, llegó Matsuda con su habitual sonrisa atontada.



    —¡Hola chicos!— saludó con la típica emoción mañanera que le caracterizaba— ¿De qué habláis? ¿Hay alguna novedad en el caso?— preguntó de forma curiosa.



    —¡Qué va!— exclamó Leyre amablemente— Estamos hablando del plan de esta noche. Hemos quedado para tomar algo y despejarnos un poco— explicó ilusionada. Stella y Light la miraron con nerviosismo, temiendo que el chico se apuntase a la salida, pues les caía bien, pero era algo exasperante.



    -Hala... ¡Qué bien! ¡Hoy tenemos fiesta!— se autoinvitó Matsuda— La verdad es que ya tenía ganas de salir de este zulo— confesó feliz.

    Se hizo un silencio incómodo, y L le miró de forma directa, ya que a él no le caía bien el agente, y no iba a permitir que se les acoplase— Perdona, Matsuda... Pero tú no vienes. El plan sólo nos incluye a nosotros cuatro— atajó cortante, destruyendo todo ápice de ilusión en el rostro del policía. L se percató de esto y trató de arreglarlo debido a las miradas de reproche de sus tres subordinados— Compréndelo, Matsuda. Eres muy importante para este caso, y no podemos prescindir de tus servicios ni un minuto. Tu deber es quedarte aquí y velar por el bien de la investigación— le alentó L sin que le temblase la voz, pues la idea era que pareciese que lo decía enserio aunque por dentro se estuviese riendo a carcajadas del joven policía.



    Matsuda, que no tenía ni dos dedos de frente, se tragó por completo la mentira de su jefe, pues su mirada adoptó un brillo serio y orgulloso.



    —No te preocupes, L. Déjalo todo en mis manos— dijo el policía mirando fijamente al detective.



    —Sabía que podía confiar en ti, Matsuda— contestó L sosteniéndole la mirada con su habitual sonrisa carente de inocencia.



    Tras haberse quitado de encima a su bobo compañero, Stella, Leyre y Light quedaron en verse a las diez de la noche frente al cuartel.

    Allí, Watari y L les recogerían, y el hombre mayor se encargaría de llevar a los cuatro jóvenes en limusina hasta Shibuya.



    Las primeras en llegar fueron Stella y Leyre. Stella llevaba un conjunto negro que constaba de una blusa de tirantes y unos pantalones cortos con lentejuelas. Completaba el outfit, con unos botines de tacón.

    Leyre llevaba un top blanco ombliguero y unos pantalones cortos negros con unas cuñas del mismo color.

    Unos pocos minutos después que ellas, apareció Light. El castaño llevaba puesta una camisa azul celeste de botones y un pantalón negro.



    Finalmente, casi media hora después, llegó hasta ellos una limusina de color negro. L bajó del vehículo con la misma ropa que llevaba siempre. A su lado estaba Watari.

    Los tres policías le miraron incrédulos, pues suponían que el retraso del detective se debía a que había tardado en elegir el conjunto que usaría esa noche. Por eso, al verlo con la misma ropa que usaba habitualmente, no pudieron evitar quedarse estupefactos.



    —¿Llegas tarde, y con la misma ropa de siempre? ¿Es que no piensas arreglarte ni un poquito?— preguntó Stella sin dar crédito a lo que sus ojos veían.



    —Ya le dije yo que tendríamos que haber pasado por una tienda para comprar ropa nueva para la ocasión, pero ya sabéis lo cabezota que es— contestó Watari subiendo y bajando los hombros. L lo miró de reojo.



    —Te estás haciendo mucho el listillo, Watari. Esto huele a despido— sentenció el detective con seriedad.



    —A ver... Esto hay que solucionarlo de alguna forma. No podemos dejar que salga de fiesta con esas pintas— afirmó Leyre mirando a su jefe con una expresión horrorizada— ¿Cuánto tiempo tenemos?— preguntó mirando a Light y a Stella.



    —Tenemos que estar allí a las once, así que tenemos...— respondió Stella mirando su reloj— Poco más de media hora.



    —Pues con lo tarde que es, sólo nos queda una solución— concluyó Light mirando a las dos chicas, las cuales le entendieron al instante.

    Entre los tres policías, cogieron a L y le metieron en la limusina que Watari condujo hasta la casa del castaño.



    Una vez allí, subieron a la habitación y frente al armario, empezó el cambio radical.

    Mientras Light sacaba varias camisas que podrían servirle a L, las chicas escogían la chaqueta, el pantalón y los zapatos que formarían el outfit.



    Le hicieron cambiarse de ropa unas veinte veces, no estando satisfechos del todo con el resultado. Por su parte, el detective les maldijo y llamó a Watari más de cincuenta veces, pues no estaba acostumbrado a que le tratasen como si fuese el Ken de la Barbie.

    Finalmente, tras mucho deliberar, L acabó vestido con una camiseta blanca y unos pantalones negros con unas zapatillas Converse del mismo color. Una chaqueta de cuero negra fue la guinda del pastel en aquel conjunto.

    El pelo lo llevaba igual que siempre, pues aunque lo intentaron varias veces, no lograron adecentarlo.



    Al salir de la casa de Light, fueron hasta la limusina y de ahí, directos a Shibuya.

    Por el camino, Watari les estuvo dando la charla como si de una madre a sus hijos adolescentes se tratase, advirtiéndoles que no hicieran tonterías, que volviesen juntos aunque se peleasen, etc.



    Unos minutos después, el hombre mayor les dejó en Shibuya frente a la calle Center Gai, en la cual se encontraban diversos pubs, clubs y karaokes. Una vez allí, el grupo se dirigió a un konbini para comprar la bebida que tomarían antes de entrar a los locales de aquella calle.

    Fingiendo frente al detective que Stella y Leyre sólo comprarían Coca-Cola y Fanta, Light se quedó fuera del establecimiento entreteniendo a L, que observaba todo lleno de curiosidad al no estar en su lugar de comfort.

    Las dos pelirrojas se apresuraron a comprar el alcohol, los hielos y los vasos, sabiendo que el castaño no podría engañar por mucho tiempo a su jefe.



    Un par de minutos después, ya estaban fuera con todo preparado, así que se adentraron totalmente en la calle, teniendo en su campo de visión todos los locales a los que irían esa noche. La cara de L empalideció, aún más si cabe, viendo cómo toda la zona estaba repleta de gente que formaba un barullo horriblemente sonoro.

    En el momento en que Stella, Leyre y Light se iban a excusar diciéndole que no sabían que la zona estaría tan concurrida, obviamente mintiendo, un corpulento heavy que arrastraba un carrito de la compra con otro heavy metido dentro de éste, pasó junto a L a toda velocidad. Esto hizo que el detective casi perdiese el equilibrio y mirase a sus subordinados con cara de susto. Los tres policías se quedaron callados bajo la atenta mirada del detective.



    —¿Se puede saber a dónde me habéis traído?— preguntó incrédulo e indignado.



    —No te preocupes, L. Es un sitio normal— intentó excusarse Leyre.



    —¿Normal?— increpó el pelinegro atónito—¿Es normal que un tío meta a su amigo en un carrito de la compra y corra a toda velocidad por las calles, atropellando todo a su paso?— preguntó seriamente y después miró a Light— Que sepas que tus posibilidades de ser Kira han aumentado en un 55%— concluyó señalándole acusadoramente. Cuando Light iba a replicar, se oyó un ruido de botellas rotas, y dos tíos empezaron a pegarse cerca de ellos. La cara de L fue todo un poema—Yo ahí no bajo— aseguró mientras sacaba el móvil del bolsillo para llamar a Watari.



    —No, L. No llames a nadie— dijo Leyre quitándole el móvil para evitar que les estropease la noche. Entre Stella y Light le sujetaron y le obligaron a caminar hacia los locales y el gentío.



    —¡Que sepáis que esto supone una bajada de sueldo y un aumento de posibilidades de que seáis Kira. Todos!— gritó desesperado mientras sus subordinados le arrastraban hacia el tumulto.



    Sin querer arriesgarse a que cumpliese la amenaza, los tres policías le llevaron a un rincón más solitario para que pudiese relajarse, y de paso, poder emborracharle.



    —Venga, L. No exageres, que no es para tanto. En cuanto bebas un poco de zumo se te pasa— aseguró Leyre reprimiendo una sonora risa.

    L la miró expectante, como si no entendiese nada.



    —¿De qué te ríes?— preguntó el chico desconcertado.



    —De nada. Venga, empecemos a llenar los vasos— contestó Stella tapando la botella con la bolsa, para que L no se percatase del verdadero contenido de ésta.



    La pelirroja sacó Fanta de limón para disimular, y llenó más de la mitad del vaso con el refresco. El borde del recipiente lo completó con el Vodka blanco. Sólo esperaba que con el susto, L no se percatase del agrio sabor de la copa.

    Los demás hicieron lo mismo con su vaso sin que el detective pudiese notar que eran bebidas alcohólicas.



    L dio un pequeño sorbo al vaso y puso una expresión rara. Todos se temieron que hubiese descubierto que intentaban emborracharle para que no estropease la noche con sus pataletas y quejas. El pelinegro los miró atentamente.



    —Es el peor zumo que he tomado nunca. No volváis a comprar en ese sitio. Creo que está caducado— dijo con total indignación haciendo que todos contuvieran la risa y compartieran la desdicha del detective.



    Los vasos empezaron a vaciarse y todos empezaban a sentir el efecto del alcohol.

    Aún así, L seguía con el ojo avizor, tratando de descubrir cuáles eran los planes de sus subordinados. Como ninguno de los tres policías podía hablar con libertad sobre qué hacer para emborrachar al detective, cada uno tomó las riendas como pudo y le dieron al detective copas de distintos tipos de alcohol, mezclando Ron, Vodka y Whisky en pequeñas cantidades.

    Cuando las botellas estaban casi vacías y el mareo se había intensificado, los jóvenes decidieron entrar a un pub para pedir una copa. Se sentaron en un sofá con el nuevo cubata en la mano y bebieron entre risas.

    A la media hora de estar ahí, Leyre y Light fueron a la barra a pedir otra ronda para todos.

    Mientras que Stella y L se quedaban en el sofá esperando a sus amigos, la policía se percató de que el detective llevaba demasiado rato sentado con las rodillas cercanas al pecho y sin hablar. Apenas respiraba.



    —L, ¿qué te pasa? ¿Por qué no hablas? ¿Estás enfadado?— preguntó Stella con una mezcla de curiosidad y preocupación.



    L ni siquiera se dignó a mirarla, por lo que ella le dio un leve toque en el hombro para tratar de llamar su atención. Al hacer ese gesto, el pelinegro comenzó a inclinarse lentamente hacia el lado izquierdo, hasta caer de lado en el sofá. La pelirroja se preocupó de inmediato al pensar que había perdido la consciencia, pero en cuanto se acercó para reanimarle, el detective empezó a carcajearse.



    —Quiero otra— pidió llorando de la risa.

    Light y Leyre llegaron, alucinando al ver la situación en la que se encontraba el detective, quien no podía parar de reír y rogar por otra copa. Los tres se miraron preocupados.



    —Éste está muy mal...— dijo Light.



    —¿Qué le habéis dado?— preguntó Stella nerviosa.



    —Yo le di Whisky— contestó Leyre.



    —Yo Ron— dijo Light.



    —Pues yo le di Vodka— concluyó Stella llevándose una mano a la cara en señal de agobio por la sobredosis de bebidas alcohólicas que había tomado su jefe.



    El silencio perduró unos segundos, pensando los tres policías en la metedura de pata que acababan de cometer.



    ¿Cómo iban a llevar a L al cuartel borracho? ¿Qué le dirían a Watari?



    El plan consistía en emborracharle un poco para que dejara de quejarse, no en causarle un coma etílico.



    —Tenemos que sacarle de aquí para que le dé un poco el aire— sugirió Light cogiendo de un brazo al detective para levantarlo. En cuanto L se puso de pie, le arrebató el vaso al castaño y empezó a beber como si no hubiese un mañana— ¿¡Pero qué haces!? ¡Para ya! ¡No bebas más, idiota!— gritó el policía alterado por la actitud de su jefe.



    —Si me sigues insultando, tendré la total seguridad de que eres Kira— amenazó L señalándole con el dedo meñique mientras se tambaleaba por la borrachera.



    Finalmente decidieron salir del pub para pensar una manera en la que a L se le pasase la moña que llevaba encima.

    En ese momento, el móvil de Stella comenzó a sonar y la chica se apartó para poder hablar. Mientras tanto Leyre y Light seguían debatiendo sobre qué decirle a Watari si encontraba a L en esas condiciones. La pelirroja mantenía sujeto al detective por la manga de la chaqueta. Pero en un momento dado, y sin que ella se diera cuenta, L se soltó para escabullirse de la vigilancia de sus subordinados. Leyre supuso que lo había agarrado Light, quien, al no verlo con ellos, le preguntó a su compañera.



    —Leyre, ¿dónde está L?— preguntó Light buscando al detective con la mirada.



    —¿No le tenías tú enganchado?— respondió la policía con otra pregunta.



    El castaño negó con la cabeza, y cuando parecía que iba a hablar, sus ojos se abrieron como platos y su expresión se volvió aterrada. La chica se giró para poder ver la misma escena que contemplaba el castaño.

    A unos metros de ellos, vieron cómo L estaba rodeado de un grupo de skinheads peligrosos con chaquetas de cuero, cadenas y miradas furibundas.

    L buscaba la bebida que sus amigos se negaban a darle, y la encontró en el primer grupo que vio. Se acercó sin pensárselo, y tras ponerse en medio, le quitó el vaso a uno de ellos y comenzó a beber. El skinhead se puso frente a L con gesto amenazante.



    —¿Pero a ti qué te pasa? ¿De qué vas?— preguntó el susodicho con rabia. L se encogió de hombros y contestó con toda naturalidad.



    —Nada. Sólo tenía sed.



    El skinhead alzó el puño con intención de pegar al detective, pero éste ágilmente lo esquivó y el matón acabó lanzando un golpe al aire.

    Otro miembro del grupo fue a agarrar a L para intentar lanzarle otro puñetazo, pero el pelinegro, casi sin mirar, le pegó una patada en la cara, haciendo demostración de su increíble flexibilidad.



    Lo más impresionante, fue que no derramó ni una sola gota del vaso que tenía entre las manos. La sangre comenzó a salir a borbotones de la nariz, seguramente rota, del skinhead.

    En ese preciso instante, y viendo la muerte inminente del detective ante sus ojos si no hacían nada por impedirlo, Stella, Light y Leyre irrumpieron en la escena y cogieron a L, sacándolo de ahí a la velocidad del rayo.



    Corrieron más de cinco minutos intentando despistar al grupo que les pisaba los talones. Pero gracias a Dios, en un momento dado, encontraron una columna lo suficientemente grande como para esconderse los cuatro.

    Como Leyre se estaba quedando atrás en la huida, Light la cogió de la mano para que no se detuviese. Al llegar a la columna, continuaban agarrados de la mano. L les miró con suspicacia, y entrecerrando los ojos murmuró.



    —Vosotros dos... ¿Sois pareja?— preguntó en un susurro. Light le mandó callar para que no les descubriesen los skinheads— ¡SOIS PAREJA!— gritó alterado L— ¿Cómo no he sido informado antes? Tengo derecho a saber todo lo que ocurre en mi cuartel— les acusó señalándoles de forma rencorosa.



    —¡Que te calles!— le ordenó Stella.



    Sabiendo que no le haría caso, y por no matarle, la pelirroja le tapo la boca y tiró de él para iniciar una nueva carrera, viendo ya cómo los skinheads volvían a correr hacia ellos.

    Varios minutos después, consiguieron despistar nuevamente al grupo de skinheads y pudieron sentarse para recobrar la respiración.

    Pero parecía que a L no le hacía falta, ya que en segundos se había recuperado.



    —Bueno, ¿dónde tomamos la siguiente copa?— preguntó el detective con una sonrisa dulce, crispando los nervios de sus subordinados.



    —No habrá siguiente copa— respondió Light con voz autoritaria, aun sin darse cuenta de que L se les había vuelto a escapar, y ya estaba entrando al siguiente pub.



    El sitio era bien distinto al interior, pues la iluminación era realmente pobre y la mayor parte de los que estaban ahí eran heavies metaleros. Sin buscar demasiado, los tres policías encontraron al detective en la barra a punto de pedir otra copa.



    Impidiéndoselo a toda costa, le cogieron de los hombros y le sentaron en una de las mesas a la fuerza. Light, Leyre y Stella comenzaron a planear cómo escapar de los skinheads de una vez por todas.



    —Pueden ir dos hacia el centro y otros dos hacia el callejón. Nos encontraremos en la esquina del konbini— explicó Stella.



    —Es la primera vez que vengo aquí y no tengo ni idea de lo que estás hablando— contestó Light confuso.



    —Vale, os haré un plano— Stella encontró la solución cogiendo una servilleta de la mesa y un boli de su bolso.



    Comenzó a trazar el mapa, indicando las zonas en las que podrían estar los skinheads y los puntos por los que podrían escapar sin se vistos. Cuando quisieron darse cuenta, el dichoso detective se había vuelto a escabullir.

    Light, Leyre y Stella buscaron a L con la mirada, y lo encontraron pidiendo en la barra a gritos.



    —¡QUIERO UN CHUPITO DE LO MÁS FUERTE QUE TENGAS!



    El camarero rió ante la petición, y le puso un chupito de un líquido oscuro que el detective se tragó de una sola vez y sin pestañear.

    Al instante, su cara se tornó completamente roja y empezó a escupir al suelo como si quisiese arrancarse la garganta de cuajo.

    Los tres policías se acercaron corriendo a su jefe, pero éste ya se veía rodeado de un grupo de heavies que admiraban su valor por haberse tomado un chupito de Absenta Negra sin miramientos. Con todo el tumulto a su alrededor, les fue difícil cogerlo.

    Para cuando consiguieron llegar hasta él, un heavy competía contra el detective para ver quién podía aguantar más tiempo bebiendo cerveza sin parar.



    —¡TRAGA, TRAGA, TRAGA!— gritaba la gente a su alrededor golpeando las mesas a modo de vitoreo.



    Light se acercó al detective, y sin poder aguantar más le dio una colleja causando que escupiese parte de la cerveza. Acto seguido, le cogió del cuello de la camisa y le arrastró fuera del local. Leyre y Stella les siguieron, preocupadas por la reacción que pudiese tener el castaño contra el pelinegro. Como si realmente le fuese a pegar.

    Light agarró a L del cuello de la camisa y empezó a zarandearle con fuerza.



    —¿Quieres parar ya, L? ¡Tú no eres así!— gritó nervioso— ¡Reacciona!

    El detective parecía arrepentido por las palabras de su amigo, pero cuando éste le soltó, agarró al castaño de la misma forma mirándole fijamente.



    —Me parece muy bien que seas Kira, Light.

    Pero eso no te da derecho a interrumpir mi apuesta— murmuró seriamente como si no estuviese ebrio. Los ojos de Light centellearon con rabia, y reaccionó alzando el puño para golpear la cara de L. Milagrosamente, Leyre y Stella consiguieron separarles.



    —No os preocupéis. Tenemos la solución— dijo Leyre de forma serena.



    —Sólo hacen falta agua y hielo para que se le pase la borrachera— añadió Stella.



    —¿Y cómo vas a hacerlo?— preguntó Light con una mezcla de curiosidad y desesperación, llevándose la palma de la mano a la cara por el estrés de la situación.



    —Muy simple. Sólo tenemos que echarle el agua en la cara y meterle hielo por dentro de la ropa. Se le pasará la tontería enseguida— explicó Stella orgullosa.



    Dicho esto, fueron al konbini más cercano y cogieron una botella grande de agua y una bolsa de hielos. Tras esto, salieron a la calle y cogieron un pañuelo que mojaron de agua para ponerlo sobre la cara del detective.



    —Oye... Eso está un poco frío...— se quejó mientras Leyre le pasaba el pañuelo por el rostro. Mientras tanto, Stella separó un poco la camisa del cuerpo de L e introdujo dos hielos que recorrieron desde su nuca hasta el final de su espalda— Pero bueno, Stella... ¿Tú qué me quieres hacer?— preguntó insinuándose a la pelirroja.



    Cansado de la tonta actitud de su jefe y viendo que la borrachera no se le pasaba, Light le tiró la botella entera de agua por la cabeza.

    L se quedó estático al sentir cómo el agua congelada empapaba su pelo y su camisa.

    El detective miró a Light intensamente. Tal vez su borrachera hubiese bajado estrepitosamente, pero el odio en su mirada había crecido exponencialmente. L cogió a Light del cuello de la camisa y éste hizo lo mismo, adoptando ambos una postura amenazante, dispuestos a pegarse de un momento a otro.

    De pronto, empezaron a sonar sirenas de policía increíblemente cerca, y en apenas unos segundos, les rodeaban cinco agentes.

    Ambos chicos se soltaron, y L miró con indiferencia a los miembros de la patrulla.



    —Documentación— pidió uno de ellos. L dio un paso al frente, encarándolo.



    —¿Acaso no sabes quién soy?— preguntó de forma prepotente— Soy tu jefe— le aclaró altaneramente. Al parecer, no se le había pasado la borrachera. Los agentes rieron ante su estúpido comentario. L siguió serio.



    —¿De qué os reís? Soy L— repitió firmemente.

    Los policías se carcajearon en su cara, y uno de ellos se dirigió a él.



    —Y yo Z, ¿no me reconoces?— respondió el agente vacilándole. L se quedó pensativo y se llevó un dedo a la boca.



    —Pues no, no te reconozco— aseguró.



    Los policías no dejaron de reírse durante segundos debido a la actitud ridícula de su "supuesto jefe". Finalmente, al cabo de unos minutos, se marcharon dejando en paz a los chicos al comprobar que sólo eran un grupo de borrachos.



    Tras esto, Stella, Leyre, Light y L decidieron ir a una zona más apartada para intentar que el detective tomase aire y bajase su borrachera. De repente, el teléfono de Stella comenzó a sonar. Cuando la chica vio de quién se trataba, miró al resto con preocupación.


    Continuará…..
     
    Última edición: 31 Marzo 2024
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    CAPÍTULO 2: L SALE DE FIESTA (PARTE 2)

    —Es Watari. ¿Lo cojo?— preguntó la pelirroja indecisa. Light y Leyre asintieron, y L extendió la mano tratando de arrebatarle el móvil a Stella.



    —Quiero hablar con él— pidió el detective como si estuviese sobrio. Ella le golpeó la mano sin miramientos.



    —¡Ni hablar! Lo cojo yo— afirmó Stella descolgando el teléfono— ¿Hola?



    —¿Stella? Soy Watari.



    —¡Ah! ¡Hola Watari! ¿Qué tal está?



    —Yo muy bien, ¿y L?— el hombre mayor sólo preguntaba por el detective, como si intuyese lo que ocurría.



    —¿L? ¡Muy bien! ¡Aquí con nosotros!



    —Genial, ¿puede ponerse?



    —Bueno... Es que justo ahora está en el baño.



    —No pasa nada. Yo espero.



    —¿No preferiría hablar con Light?



    —No, gracias. Sólo quiero hablar con L— Stella suspiró y le pasó el móvil al detective, rezando para que no metiera la pata.



    —Hola, Watari— contestó con una estúpida sonrisa en la cara.



    —Hola, L. ¿Cómo estás? ¿Te han hecho algo? Mira que tú no estás acostumbrado a estar en la calle hasta tan tarde— dijo Watari algo preocupado. L empezó a reírse sonoramente.



    —¡Qué va, Watari! ¡Estoy genial! No te des tanta importancia y vente— contestó L riéndose hasta de su sombra. Watari se quedó en silencio unos segundos.



    —¿Estás borracho, L?— preguntó el hombre con obviedad, sabiendo que sí lo estaba.



    —Nooooooo— respondió arrastrando la última vocal.



    —¿Qué has bebido?— preguntó más serio ahora Watari.



    —Ron, Vodka, Whisky, Absenta, Cerveza...— contestó como si fuese lo más normal en él.

    Al oír estas palabras, Light, Stella y Leyre empalidecieron e intentaron quitarle el móvil como fuese, pero el detective les esquivó con gran agilidad a pesar de su borrachera.

    L empezó a reírse de nuevo y siguió hablando— Watari, sólo era una broma. Estoy bien de verdad— contestó— A las nueve estaremos en el cuartel y todo será como siempre— finalizó con un tono serio y una expresión indiferente, como si no hubiese bebido ni una gota.



    —Bueno, L... Confío en ti— dijo el hombre mayor— Aún así, tendré el móvil toda la noche conmigo. Si pasa cualquier cosa, no dudes en llamar— respondió el hombre con serenidad.



    —Muchas gracias, Watari. Nos vemos— colgó con la misma seriedad. Light, Leyre y Stella le miraron llegando a plantearse si realmente estaba borracho o todo era fingido.



    —Nadie miente como L— aseguró. Acto seguido empezó a reírse. Definitivamente, estaba borracho.



    A las cinco de la mañana, los cuatro jóvenes decidieron meterse en un último pub para pasar el rato antes de volver al cuartel. Cuando todo parecía que estaba más tranquilo, L abrió la boca.



    —Quiero un pastelito— dijo con un tono meloso.

    Light se tocó las sienes suspirando fuertemente, cansado de los caprichos y la actitud de L.

    Para tranquilizar el ambiente, Stella se ofreció a acompañarle al konbini a comprar el dichoso postre.



    Al irse los otros dos, Light y Leyre se quedaron solos. En ese momento, el castaño empezaba a encontrarse mal, por lo que tuvieron que salir del pub para que le diese un poco el aire.

    En ese momento, empezó a sonar el móvil del castaño. Ambos pensaron que se trataría de un mensaje de Watari, pero al leerlo afortunadamente desecharon esa idea.



    —Es Misa— susurró Light con un tono cansado.



    —¿Qué dice?— preguntó Leyre con curiosidad.

    El chico le dio el móvil para que leyese el mensaje de Misa.



    "Me he enterado de que has salido y no me has dicho nada. Sé que estás con esas dos, y sabes de sobra que odio verte con otra mujer que no sea yo. Así que no me obligues a ir para allá y cruzarle la cara a las dos"



    La cara de Light era de total incredulidad.

    Bufó con fuerza y apagó el móvil.



    —¡No la soporto más! ¡Está loca!— exclamó desesperado.



    —¿Siempre es así?— preguntó Leyre.



    —¿Siempre? ¡Desde que nos conocimos ha estado chalada!— contestó— Pero sus celos han ido en aumento desde que trabajo con vosotras— explicó— El otro día, incluso amenazó a una chica sólo por mirarme— afirmó desesperado.



    —Madre mía... No sé cómo lo aguantas— contestó Leyre poniéndose en el lugar del chico.



    —Ni yo tampoco. Debería dejarla de una vez por todas— murmuró cansado.

    En ese momento, el grupo de skinheads apareció, percatándose de la presencia de Light y Leyre.



    —¡Ahí están los de antes!— gritaron acercándose— ¿Dónde está vuestro amigo?— preguntaron rabiosos.



    Los dos policías se tensaron, y en cuanto los skinheads se acercaron más, empezaron a correr como si les fuese la vida en ello.

    La huida duró varios minutos, pero el grupo les pisaban los talones. Así que tuvieron que meterse en un muy estrecho callejón, esperando que el amparo de la oscuridad les ocultase.

    Se quedaron allí muy quietos y en silencio, notando muy de cerca la respiración el uno del otro al estar frente a frente, pues no había otra forma de que entrasen los dos en ese pequeño callejón.



    Los skinheads pasaron de largo sin percatarse de la presencia de los dos policías.

    Light apoyó las manos en la pared, a ambos lados de la cabeza de la pelirroja, con la respiración agitada por la huida y la tensión sufrida. El pulso de la chica no estaba mucho mejor, ya que se aceleraba constantemente sin dejarla pensar con claridad.



    —Hemos tenido suerte— dijo Light con algo de dificultad y una sonrisa nerviosa.



    —Pues sí...— susurró Leyre imitando el gesto del castaño.



    Se hizo un silencio entre ellos dos, interrumpido sólo por el sonido de sus respiraciones y el ruido lejano del tumulto de Shibuya.

    Leyre miró hacia el final del callejón sin atreverse a alzar la vista y encontrarse al atractivo chico que se situaba increíblemente cerca de ella.

    Por un momento, deseó salir corriendo de ese sitio y deshacerse de las mariposas que aleteaban en su estómago.

    Se mordió el labio inferior, desechando la idea de huir, pues los brazos de Light se lo impedían.

    Tenía la sensación de que cada vez se encontraban más y más cerca, como si el caprichoso destino se dedicase a deshacer la pequeña distancia que aún les separaba.

    El torso de Light ya se movía a un ritmo acompasado, dando a entender que la fatiga estaba desapareciendo.

    Un rubor subió hasta las mejillas de la chica, cuyos nervios aumentaban ya por segundos, agitando desesperadamente su corazón.

    No era su imaginación, realmente la distancia entre ambos desaparecía lentamente, hasta que los labios del chico rozaron delicadamente los de la pelirroja, provocando un ligero cosquilleo que se propagó por toda su espalda.

    Pronto, esa pequeña caricia se convirtió en un beso más profundo, acelerando el pulso de ambos y haciendo que el corazón de la policía trepase con desesperación por su garganta al no esperarse en absoluto esta reacción de Light.

    El chico intensificó el beso abriéndose paso entre sus labios, y los brazos que antes estaban a los lados de Leyre ahora bajaron hasta su cintura, acariciando la piel que el top dejaba visible.



    La primera reacción de la chica fue pasar sus manos por la camisa del castaño y agarrarla, siguiendo el juego del chico. Pero de repente, ella rompió el contacto.



    —¿Qué pasa con Misa?— preguntó retomando la compostura. Light hizo un gesto de desagrado al acordarse de la rubia.



    —No quiero hablar de ella ahora... No sabes cuánto puedo llegar a odiar a esa idiota— bufó con visible exasperación.



    —Entonces, bésame— le ordenó la chica. Light obedeció a la pelirroja, volviéndola a besar con la misma intensidad que hacía unos segundos.



    Esta vez, ella no puso ninguna resistencia y dejó que el joven castaño pasase sus manos por debajo de su top, acariciando delicadamente la piel de su espalda y provocándole varios escalofríos.

    Leyre rodeó con sus brazos el cuello de Light para intensificar el contacto de aquel beso que se convertía intermitentemente en pequeños mordiscos.



    La temperatura subía de forma vertiginosa, casi mareándoles y nublándoles la visión.

    Light bajó sus labios hasta el cuello de Leyre continuando con los besos hasta el hombro, provocativamente.

    Ella bajó sus manos hasta la cintura del chico para pasarlas por su torso, haciendo que la excitación de Light creciese y convirtiese sus besos en mordiscos, que realmente pretendían devorar a la joven.

    Leyre emitió un pequeño quejido en el oído de Light, lo que hizo que éste contuviese el aire unos segundos sin poder resistirse al roce de su aliento.

    Pegó con fuerza su cuerpo al de ella, contra la pared, sin dejarse ni un solo centímetro de separación.

    Cada músculo de ambos se tensó por el contacto, y las manos de Light fueron hacia el top de la chica, bajándolo aún más para poder continuar con sus besos desde su hombro a sus pechos, sacando ya suspiros de la boca de la joven policía.



    Ella enredó sus dedos en los suaves cabellos que tenían un agradable olor a menta, y desabrochó los primeros botones de la camisa de Light. Pero su bajada se detuvo con brusquedad cuando sintió las hábiles manos del castaño subiendo con descaro por sus muslos, haciendo que agarrase la prenda del chico con fuerza, derritiéndose con sus caricias.

    Consiguió concentrar su fuerza de voluntad en acabar de desabrochar la camisa y fijarse esta vez en el pantalón del chico.

    Algunos besos de Light se tornaron en lametones, que se convirtieron finalmente en mordiscos placenteros, como si de un lobo hambriento se tratase.

    La respiración de ambos era arrítmica, y aunque la excitación era enorme, los movimientos del joven no eran para nada torpes.

    Desabrochó con facilidad el botón de los shorts de Leyre, y cuando bajó ambas prendas a la altura de los tobillos, llevó una de sus piernas a la cadera.



    Ese roce hizo que ambos se deshiciesen en suspiros.

    Los besos se volvieron más feroces y Light, llevando sus manos a las nalgas de la chica, la alzó haciendo que fuesen las dos piernas las que rodeasen su cintura.

    Terminó de desabrochar también sus pantalones, y entre besos y gemidos comenzaron los movimientos con fuerza y desesperación, de una forma casi violenta.

    Leyre acariciaba el pelo del chico disfrutando del tacto y con la otra recorría los duros músculos del joven.

    Las embestidas se hicieron más lentas, intensificando el contacto, notando cada ligero movimiento, haciendo que ambos temblasen por el placer.

    Los gemidos eran cada vez más audibles y Light sólo podía agarrar con fuerza los muslos de la joven, buscando aún más placer, aunque notase que eso llegaría a matarle.

    Los movimientos se aceleraron con desesperación, olvidando todo lo que les rodeaba, manteniéndose así largos minutos, entre besos, mordiscos y caricias.

    El chico se concentraba en la mandíbula, mejilla y labios de la chica, y ella atacaba su cuello al ritmo de los movimientos, ahogando suspiros y gimiendo contra su piel.

    Con cada embestida el placer era aún mayor y, sin poder evitarlo, los movimientos se hicieron frenéticos, desesperados, hasta que ambos no pudieron más y llegaron al final.



    Su fatiga era todavía más pronunciada que la de la huida de antes, viéndose en ellos algunas gotas de sudor y con la temperatura de su cuerpo por las nubes.

    Los dos policías se miraron a los ojos algo cortados. Pero cuando Leyre bajó la mirada al suelo, Light acarició su mejilla y la besó con increíble dulzura.



    Mientras tanto, L y Stella acababan de entrar en un konbini para buscar un pastelito que acabase con el antojo del caprichoso detective.

    Revisaron todos los estantes buscando algo que le apeteciera, pero al no haber nada suculento, el pelinegro sólo se dedicaba a adoptar muecas de asco y de disgusto.



    —A mí no me gusta nada de esto. Vámonos— sentenció L metiéndose las manos en los bolsillos y encaminándose hacia la puerta del establecimiento.

    Stella se quedó petrificada mirándole. Acababa de hacerla recorrer casi un kilómetro buscando el puñetero konbini, y ahora se daba la vuelta y se marchaba como si nada.

    La policía fue tras el detective a pasos agigantados. En sus ojos se podía notar el enfado y el ofuscamiento.



    —¿Tú me estás vacilando o qué? ¿A ti qué te pasa?— le gritó la pelirroja enfurecida.



    —No te alteres, Stella— trató de calmarla L—Simplemente no me gusta nada de lo que vende esa tienda— concluyó con simpleza.



    —¿Que no me altere?— preguntó Stella irónica—Mira, L... Una cosa es que estés borracho y otra, que me vaciles. No te pases— le dijo indignada.



    —Relájate un poco— pidió el chico— Aunque pensándolo bien...— se llevó el pulgar a los labios, mirándola de forma traviesa— Estás más sexy enfadada— concluyó con su habitual sonrisa. Stella se sonrojó y miró hacia otro lado.



    —Vámonos ya, anda. Seguro que Light y Leyre nos están esperando— dijo adelantándose a L para que no viera sus sonrosadas mejillas.



    Stella y L llegaron al pub en un silencio sepulcral que no parecía molestar al detective, pero sí alteraba a la chica.

    Entraron al local y buscaron con la mirada a sus dos amigos sin tener la más mínima idea de lo que había sucedido entre ellos. Recorrieron todo el pub buscando entre el gentío, pues a última hora se había llenado muchísimo. L se estaba empezando a agobiar por los numerosos empujones que le daba la gente al pasar por su lado. Además, el volumen de la música, le mareaba. Enseguida empezó a encontrarse mal, y Stella lo notó.



    —¿Qué te pasa?— preguntó la pelirroja preocupada.



    —Tengo mucho calor. Creo que me estoy mareando— contestó recargándose sobre una pared.



    Realmente tenía mala cara, así que Stella no tuvo más remedio que acompañarle al baño para que se mojase un poco el cuello y la cara y se refrescase. Tal vez con esto se le pasase el malestar.

    A pesar de que habían varias personas esperando, Stella y L entraron directamente al servicio, sin dar opción de quejarse a los que formaban la cola.

    El baño era bastante simple, formado por un lavabo, un espejo y el cubículo del retrete.

    La pelirroja cerró la puerta con pestillo, oyendo las múltiples quejas de la gente que les acusaba de haberse colado.

    El detective estaba realmente fatigado, por lo que se sentó directamente, con la tapa bajada, en el retrete. Sus ojeras se marcaban más que nunca y su respiración era desacompasada.



    —Relájate— susurró Stella— Estamos aquí dentro. Sólo nosotros— añadió sabiendo que el agobio de su jefe se debía a la multitud de personas que había en el pub en ese momento. El pelinegro parecía estar a punto de sufrir un ataque de ansiedad. La policía se agachó quedando a su altura, y puso sus manos sobre lqs rodillas del chico.



    —Bueno... Intenta relajarte— pidió la agente—¿Tienes calor?— preguntó acariciándole la mejilla suavemente.



    —Sí...— susurró cansado.

    Stella trató de retirar la mano de su mejilla para levantarse a por agua, pero L la detuvo.



    —No, no te vayas— pidió manteniendo la mano de la chica sobre su mejilla, y colocando la suya propia sobre la de ella.



    —Sólo voy a coger un poco de agua— le explicó con dulzura, y se levantó para humedecer un pañuelo y volver junto al chico.

    Unos segundos después, Stella comenzó a pasar el pañuelo por la frente y mejilla de L, haciendo que éste cerrase los ojos ante el suave contacto.



    —Estás un poco rojo. ¿Sigues teniendo calor?— preguntó la joven policía.



    —Sí...— contestó el detective algo azorado— Sobre todo por aquí— se llevó la mano a la nuca— Creo que esto de salir de fiesta no es lo mío...— sentenció con una sonrisa torcida.



    —Bueno... Es la primera vez que sales. Seguro que la próxima vez te irá mejor. Ya lo verás— aseguró Stella pasándole el pañuelo por la nuca al detective, provocándole un escalofrío por el frío tacto— ¿Mejor ahora?— preguntó.

    L asintió, señalando ahora la parte baja de su cuello.



    —Aquí también tengo calor...— susurró con los ojos cerrados.

    Stella obedeció, y pasó el pañuelo por el lugar que le indicaba. L siguió recorriendo diversas partes de su cuerpo hasta llegar al torso, causando que la pelirroja soltase una ligera carcajada.



    —¿Es cosa mía o te estás aprovechando un poco?— preguntó la joven policía con burla.

    L abrió los ojos y la miró seriamente.



    —Creo que me has pillado— contestó siguiéndole el juego.



    —¿Entonces no tienes calor?— volvió a preguntar Stella.



    —Sí— afirmó L— Tengo calor y hambre— respondió con voz melosa.



    —¿Y qué quieres?— quiso saber la muchacha.



    —Esto es lo que quiero— contestó con un tono caprichoso. Acto seguido, la besó.



    El contacto fue intenso desde el principio, dejando a ambos casi sin respiración.

    L agarró a la chica de los hombros para acercarla aún más a él, besándola con ansia, como si llevase esperando ese momento desde hacía mucho tiempo.

    El detective se levantó despacio, sin romper el beso, y empujó a la chica suavemente hasta hacerla chocar contra la pared.

    El pelinegro profundizó el contacto entre sus labios, demostrando tal maestría que hizo que la joven perdiese por completo las fuerzas.

    Segundos después, atacó su cuello sin miramientos, rozando la mejilla de Stella con su pelo, logrando arrancarle algunos suspiros.



    —L... Has bebido demasiado... No estás bien— jadeó la chica sobre su cuello, intentando recobrar algo de compostura.

    Su comentario no detuvo los ansiosos besos del chico, que seguían recorriendo desde la mandíbula hasta su clavícula.



    —¿Te parece que no estoy bien?— su pregunta fue tan directa y precisa que Stella no supo qué contestar.



    Se quedó en silencio, cara a cara con el joven que la miraba con fijeza. Estaban tan cerca que la pelirroja sentía el calor que desprendía la pálida piel del detective.

    L entrecerró los ojos, acercándose aún más a la chica, de forma provocativa, bajando la mirada a sus labios.



    —¿No quieres que siga?— su voz apenas era un susurro, manteniendo un tono travieso y seductor.

    Una corriente magnética parecía estar empeñada en unirles, apretando el cuerpo de L contra el de la policía, con sus labios a una muy escasa distancia.



    —Dime, ¿quieres que te bese?— preguntó el detective haciendo que los pensamientos de Stella se revolviesen y se mezclasen sin sentido, llegando incluso a cortar su respiración.



    La pelirroja llevó una mano a la mejilla del chico, acariciándola con ternura, como había hecho momentos atrás para acabar con su ataque de ansiedad.

    Le observó con detenimiento, pasando su mirada desde sus desordenados cabellos hasta sus enorme ojos oscuros. Las ojeras, profundizadas por la inminente resaca, se marcaban notoriamente bajo sus ojos.

    Stella detuvo su mirada en los labios enrojecidos de L a causa del beso anterior.

    La chica llevó su mano hasta la nuca del detective, quien aproximó su rostro al de ella.

    De esta manera, y a modo de respuesta, la policía acabó con la distancia que había entre sus labios.



    L no perdió el tiempo, y comenzó a jugar de nuevo con la lengua de la joven, pasando sus manos por su cintura y levantándole la camisa con picardía.

    Ella le rodeó la cintura con sus brazos y pasó sus manos por la espalda del detective, subiendo hasta la mitad de la columna, lo que le provocó un escalofrío, y apretando el abrazo para juntar aún más sus cuerpos.

    L sonrió, satisfecho con la respuesta de Stella, y llevó sus besos hasta la comisura de sus labios, llegando a la mejilla y bajando a la mandíbula.

    El detective llevó una de sus manos hasta la cintura de la chica, y bajó hasta una de sus nalgas, apretando realmente fuerte, logrando sacar un gemido de la boca de la joven.



    Tras esto, la empujó con firmeza contra la pared, haciendo que soltase un pequeño quejido por la impresión.

    El pelinegro también jadeó, respirando cálidamente en el cuello de la chica antes de darle un pequeño mordisco en dicha zona, emitiendo junto a su oído un gruñido felino realmente sexy.

    La agente pasó las manos por el oscuro cabello del detective, el cual mordía con saña su yugular y acariciaba sus pechos por encima del sujetador.

    Debido a la situación, cada vez era más complicado respirar con normalidad. Incluso podían escuchar perfectamente los latidos de sus acelerados corazones.

    Stella pasó sus manos por los hombros de L, deslizándolas hasta las mangas de la chaqueta del chico para tirar de éstas y hacer que la prenda cayese al suelo.

    El detective no tardó en seguirle el juego a la joven, y levantó por completo la blusa de su subordinada hasta quitársela y tirarla al suelo junto a su chaqueta.



    L seguía entretenido con el cuello de Stella, al cual no daba ni un segundo de tregua, dejando distintas marcas rojas que pronto se tornarían violáceas. La pelirroja pudo apreciar cada centímetro del torso del joven a través de la camiseta, acariciándolo y disfrutando de la dureza de sus pectorales.

    Como si lo hubiese estado esperando desde el principio, L retiró el sujetador de Stella y la observó con detenimiento, poniéndola algo nerviosa.



    —Eres un poco pervertido...— le acusó divertida, mordiéndose el labio inferior mientras mantenía la sonrisa. L sólo la miró con fingido asombro, queriendo aparentar una inocencia que no tenía.



    —¿De verdad lo crees?— preguntó con su habitual tono incrédulo, haciendo que Stella asintiese sin dejar de mirarlo a los ojos.



    Tras esto, el detective sonrió con dulzura y la volvió a besar, llevando sus manos hasta los shorts de la chica con intención de retirarlos.

    La chica hizo lo mismo con la ropa que aún le quedaba al detective, repartiendo varios besos por el cuello del pelinegro, que sólo podía resoplar con deseo.



    Ya sin ninguna prenda de por medio, L no aguantó más la espera y comenzó algo brusco con las embestidas, causando algunos gemidos que la chica ahogaba en los desesperados besos que se daban.

    Cada movimiento era más profundo que el anterior, volviéndose más tranquilos, haciéndose más sensible el contacto.

    La policía rodeaba con una pierna la cadera de L, que dominaba el ritmo con precisión, causando que la joven pelirroja no pudiese dejar de gemir.

    El sudor ya había comenzado a aparecer, perlando el cuerpo de ambos.

    El detective aceleraba el ritmo a su antojo, como si no le afectase en absoluto el cansancio.

    Era como un león que por nada del mundo dejaría escapar a su presa.

    Y ese león se deleitaba con cada gemido de su subordinada, buscando el placer de los dos, pero sin perder la autoridad que le correspondía.

    Mordía, e incluso arañaba, con el único objetivo de deshacer en suspiros a la pequeña víctima que tenía en sus brazos.



    Aún con el cansancio comenzando a hacer mella en él, L quería seguir teniendo el control de la situación, como siempre acostumbraba a hacer, anticipándose a cada movimiento y marcando los pasos a seguir.

    Finalmente los quejidos se hicieron más sonoros a causa del placer y la satisfacción que sentían. El goce de ambos aumentó al máximo hasta llegar al final, quedando con las respiraciones entrecortadas, sin separarse un centímetro el uno del otro.

    En ese momento, alguien aporreó la puerta, sacándoles de su ensimismamiento.



    —¡Eh! Los que están ahí dentro, salid, que el local va a cerrar— exclamó un hombre con voz grave.



    Stella se ruborizó, incapaz de mirar a su jefe a la cara. L, en cambio, se puso la ropa, y se preparó para salir del baño. Ella hizo lo mismo y salieron en un silencio incómodo. Una vez fuera del local, el chico habló.



    —La verdad es que esto ha sido una sorpresa...— comentó el chico.

    Cuando Stella se disponía a responder, llegaron Leyre y Light.



    —¿Dónde estabais?— preguntó Stella al verlos tomados de la mano— Os he llamado cien veces y no me cogíais el teléfono— reprochó la joven policía.



    —¿Enserio? Es que lo tenía en silencio— contestó Leyre agachando la mirada.

    Stella supo que algo había pasado entre sus dos amigos. Light, en cambio, ni siquiera respondió. Se limitó a quedarse en callado, sin soltar la mano de la pelirroja.

    L, sospechando de las extrañas miradas que se estaban lanzando sus dos amigos, y viendo sus manos entrelazadas, preguntó.



    —Oye, ¿os ha pasado algo?



    —Nos han vuelto a perseguir los skinheads de antes, y hemos tenido que salir corriendo otra vez— respondió Light tratando de cambiar de tema con una risita nerviosa.

    L, ni corto ni perezoso, le observó con mirada acusadora, no tragándose la excusa del castaño.



    —Light, sabes perfectamente que no me refiero a eso— dijo el detective mirando las manos de sus subordinados.



    Durante algunos segundos, se quedaron en silencio. L seguía mirando a Light esperando una respuesta que no llegaría. Leyre, viendo el panorama, intervino.



    —¿Habéis visto qué tarde es? Deberíamos pedir un taxi para llegar al cuartel y poder dormir aunque sea un poco— sugirió la joven.



    Todos asintieron y pararon un taxi que venía de un par de calles más arriba.

    Media hora después llegaron al cuartel, pues habiendo acordado pasar allí lo que quedaba de noche. Los tres policías acompañaron a L hasta su habitación, asegurándose de que le había bajado la borrachera.

    Y así fue, ya que comenzaba a llegarle la resaca, doliéndole intensamente la cabeza, por lo que no tardó en caer profundamente dormido en la cama.

    Tras esto, los otros tres jóvenes se dirigieron a distintas habitaciones, dispuestos a dormir para poder recuperarse de la memorable noche.

    Continuará…
     
    Última edición: 5 Marzo 2024
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    CAPÍTULO 3: NUEVO CASO (PARTE 1)


    A la mañana siguiente, todo parecía en orden en el cuartel a pesar de que la noche anterior hubiese sido un auténtico caos.

    Las cámaras comenzaban a funcionar, y algunos policías ocupaban ya sus puestos.

    Watari comprobó que L había llegado sano y salvo, y suspiró tranquilo al ver que así era.

    En cambio, el detective de pelo negro intentaba levantarse de la cama sin que le explotase la cabeza.



    En el estómago del pelinegro había una mezcla de dolor, náuseas y retortijones que no le dejaban moverse con su habitual agilidad.

    Sólo tenía una idea rondándole en la cabeza:



    La venganza.



    Esos tres "amigos" le habían mentido y emborrachado, y eso no iba a quedar impune. Por supuesto que no. Se vengaría de ellos. Uno por uno.



    Mientras tanto, en las otras habitaciones, Light, Stella y Leyre también intentaban levantarse de la cama, con menos dificultades que el detective, pero igualmente resacosos.

    Cuando lograron salir de sus estancias, los tres policías se dirigieron a la cocina para tomarse una aspirina e intentar llenar sus estómagos con algo de comida. Aunque fuese sólo un poco. Pero sobre todas las cosas, necesitaban café.

    Ya con sus tazas en mano, empezaron a hablar sobre lo ocurrido la pasada noche.



    —Madre mía... La que se lío anoche, ¿eh?— les recordó Stella iniciando la conversación mientras daba un sorbo a su bebida.



    —Y tanto— contestó Light— No deberíamos volver a sacarle nunca más— añadió, mientras se tomaba la pastilla con un vaso de agua.



    —La verdad es que la lío bastante. L no está hecho para salir de fiesta— concluyó Leyre de acuerdo con sus dos amigos.



    Repentinamente, un silencio incómodo se apoderó de la estancia, a la par que sintieron cómo una brisa escalofriante les rodeaba.

    Light, Stella y Leyre notaron una presencia negativa que se encontraba a sus espaldas, lo que hizo girarse lentamente a los tres.

    Ante ellos se encontraba un L vestido con su ropa habitual, como de costumbre.

    La gran diferencia, era su expresión aterradora. Como si hubiese salido en ese instante del mismísimo Infierno. Como si Lucifer hubiese venido de entre las tinieblas para vengarse.



    El detective caminó lentamente hacia ellos, sin titubeos, mirándoles con los ojos entrecerrados y el ceño fruncido, mostrando una clara expresión de profundo rencor.

    Además, había escuchado cada una de las palabras de sus subordinados, y no estaba muy contento con eso de que le "criticaran"a sus espaldas.

    Cuando L llegó hasta los tres policías, éstos se apartaron rápidamente, dejándole vía libre, ya que temían cruzarse en su camino y que pagase su malestar con alguno de ellos.

    El pelinegro llegó hasta la encimera, y cogió un vaso de cristal que llenó de agua hasta el borde. Tras esto, se giró para encarar a sus subordinados, a los que aniquiló con la mirada, y con voz ronca, por fin habló.



    —Una aspirina— pidió sin cambiar su expresión.

    Los tres policías le miraron aterrados. Light y Leyre se fijaron en Stella, la cual miraba a ambos con miedo.



    —Dásela tú, tía— susurró Leyre mirando desesperadamente a su amiga.



    Stella tragó saliva, se armó de valor y cogió una aspirina de la caja. Con el pulso tembloroso, se la ofreció a L, quien tomó la pastilla con el dedo índice y el pulgar, clavando su mirada petrificadora en la pelirroja.

    En ese momento, no parecía en absoluto el sexy y cariñoso chico al que se había entregado la noche anterior.



    —Gracias— contestó en un tono tan arisco que casi parecía un insulto. Stella, Leyre y Light se tensaron más de lo que ya estaban.



    L se tomó la aspirina y salió de la cocina arrastrando los pies, dejando tras de sí la misma aura negativa con la que había aparecido.

    Los tres amigos cogieron aire y se miraron, preocupados por cómo continuaría su jornada laboral ese día.

    Media hora después, tras desayunar, cada uno ocupó su puesto. Pero los problemas no tardaron en aparecer.



    El primero fueron los informes, pues el que Leyre tenía en sus manos estaba repleto de errores, así que se vio forzada a dárselo a L, el cual era el único autorizado para corregirlo. Esto le supondría al detective un trabajo extra y un quebradero de cabeza.

    Algo que, con la resaca que tenía, no estaba dispuesto a aguantar en absoluto.



    El siguiente, aún más grave, no tardó en llegar, ya que Stella, rezando lo que sabía para no desquiciar a su jefe, tuvo que informarle de que todos los avances que habían hecho el día anterior se habían borrado a causa de que, cuando salieron del cuartel para arreglarse, olvidaron guardar los informes en el sistema operativo por las prisas. L parecía a punto de estallar, pero se contuvo y logró no gritar a la chica.



    Finalmente, Light no tuvo más suerte que las chicas, y le tocó la parte más difícil. La que sin duda, disgustaría más a L: explicarle cómo se habían arruinado todos los pastelitos que Watari había comprado ese día en su pastelería favorita, agotando las existencias para el resto de la semana.

    Y es que, al parecer, la resaca había entorpecido a Light, quien empujó a Watari ocasionando que todos los pasteles cayesen al suelo.



    Esa noticia acabó por completo con la paciencia del pobre detective, quien parecía una bomba que estallaría de forma inminente contra la próxima persona que se cruzase en su camino. Y ese no fue otro que Matsuda, el cual entró a la sala de cámaras con una gran sonrisa, y se acercó a L para saludarlo como de costumbre.



    —¡Buenos días, L! ¿Qué tal os fue anoche? ¿Lo pasasteis bien?— preguntó el chico de forma amistosa— Yo hice lo que me pediste y me encargué personalmente de que nada saliese mal— anunció orgulloso, dándole un golpecito leve en el hombro a su jefe. El pelinegro se movió ligeramente, ignorando por completo al policía. Pero Matsuda se situó tras él y siguió hablando— ¿L?— le llamó para que reaccionara, colocando una mano en su hombro— Por cierto, acabo de probar uno de los pastelitos que ha traído Watari— informó con una sonrisa— Dice que son tus favoritos, y con razón. Nunca había comido un dulce tan bueno— añadió simpáticamente.



    L entrecerró los ojos furioso. Eso sí que ya era el colmo. El idiota de Matsuda había conseguido probar los pastelitos antes de que cayesen al suelo, y él no. Él tendría que esperar toda una semana para poder catarlos. Definitivamente, esa era la gota que colmaba el vaso.

    Sin pensárselo dos veces, el detective lanzó un puñetazo hacia atrás, dando certeramente en la cara de Matsuda y dejándolo KO al instante.

    La nariz del policía comenzó a sangrar a borbotones, casi como si estuviese rota.

    Con toda la tranquilidad del mundo, L encendió el interfono que se situaba en su mesa, y con voz indiferente, dijo.



    —Watari, Matsuda está sangrando. Trae el botiquín— pidió apagando el aparato, sin dignarse a dirigirle una mirada al joven que se encontraba en el suelo.

    Minutos después, Leyre, Light y Stella se encontraron a Matsuda con un pañuelo en la nariz, todavía sangrando, al lado de Watari, quien estaba junto al botiquín buscando lo necesario para curar al agente.



    —Anda... Matsuda, ¿pero qué te ha pasado? ¿Te has caído?— preguntó Stella preocupada ante tal imagen.



    —No... Es que L me ha pegado— respondió apenado, haciendo un ligero puchero.



    —¿Y eso? ¿Qué le has hecho?— preguntó Light sorprendido. Aunque, con el humor que tenía ese día el detective, ya nada le parecía raro.



    —Nada. Simplemente entré a la sala de cámaras a saludarle y, en cuanto le hablé un poco, me golpeó— contestó sin hallar ninguna explicación a lo sucedido.



    A los tres policías les pareció una reacción muy infantil por parte del detective. Pero con el malhumor que se gastaba esa mañana, ninguno se atrevió a recriminarle.

    Al llegar la tarde, cuando a Light le tocaba hacer guardia con L, el castaño le contó todo lo ocurrido la noche anterior con Leyre. L hizo lo mismo, narrando lo sucedido con Stella en el baño del bar de aquel pub.



    —¿Por qué crees que no han sacado el tema todavía?— preguntó Light confuso.



    —Probablemente con todo el alcohol que bebimos, no lo recuerden— concluyó L llevándose el pulgar a los labios.



    —Es posible. La verdad es que no me sorprendería— corroboró el castaño— Oye, L, ¿te puedo hacer una pregunta?



    —Claro— contestó el detective sin despegar la vista de las cámaras, atento a cualquier mínimo movimiento.



    —¿Tú qué sientes por Stella?— preguntó Light con curiosidad. L se quedó callado unos segundos, meditando la respuesta.



    —Lo que ya sienta, importa bien poco. Seguramente, lo que pasó anoche, para ella sólo haya sido un calentón por el alcohol— respondió con el mismo tono indiferente de siempre. Sin embargo, Light notó en los ojos del detective un brillo apenado.

    Por otra parte, en la sala de informes, se encontraban las dos jóvenes policías charlando, casualmente, del mismo tema.



    —¿Te has fijado, tía? Hoy L está de muy malhumor— le dijo Stella a su amiga mientras ojeaba un dossier del "caso Kira".



    —Ya te digo... Si hasta le ha pegado al pobre Matsuda— coincidió Leyre mirando unos archivos en el portátil, y acordándose de la nariz roja e hinchada de su compañero.



    —Y sobre lo que me has contado de anoche...— murmuró la agente— ¿Tú crees que se acordaran de algo?— preguntó entre curiosa y ansiosa— L estaba muy borracho, y Light... Bueno, tampoco es que estuviese mucho mejor— concluyó recordando el estado de ebriedad de su jefe y de su amigo.



    —Hombre, yo imagino que sí— contestó la pelirroja— Si nosotras lo recordamos... Ellos también deberían, ¿no te parece?— supuso casi con seguridad. El silencio reinó en el ambiente durante unos segundos.



    —Oye, ¿pero a ti te gusta Light?— preguntó Stella extrañada, mirando fijamente a Leyre.



    —Sí, claro... Es un chico muy majo, muy atento, responsable...— comenzó a enumerar las cualidades del joven. La pelirroja la interrumpió.



    —¿Enserio?— preguntó— Pues a mí me parecía que era algo... Afeminado...— afirmó con gracia—Así como... Gay— añadió— Te juro que creía que lo de Misa era una tapadera para ocultar su sexualidad— concluyó Stella divertida, haciendo reír a su amiga.



    —Si te soy sincera, hasta anoche, yo pensaba lo mismo. Pero te puedo asegurar que no lo es— contestó Leyre recordando lo apasionado de su encuentro en aquel estrecho callejón de Shibuya— Pero en fin... Yo qué sé, como lleva el pelo tan arregladito, y cada día estrena un conjunto nuevo...— dijo apoyando la teoría de la presunta homosexualidad de Light Yagami— Pues yo pensaba que era de la acera de enfrente. Pero para nada, tía. Menuda sorpresa me llevé— aseguró la policía mientras Stella sonreía con picardía ante el último comentario— Bueno, dejemos de hablar de Light y hablemos de L, que también tiene lo suyo— dijo la pelirroja— ¿Desde cuándo te va ese rollito?— preguntó ahogando una sonora carcajada.



    —¿Qué rollito?— preguntó Stella conteniendo la risa, viendo venir lo que diría su amiga.



    —Ya sabes... Así como... Descuidado. Rollo emo— contestó Leyre— Yo le veo cara de panda con anorexia— finalizó ya entre carcajadas. Stella se reía a más no poder.



    —Hombre, a ver... Es un poco rarete el chico. Pero al final se le coge cariño— bromeó la muchacha como si se tratase de un perrillo abandonado.



    Las dos se carcajeaban a más no poder, sin recordar que el cuartel estaba rodeado de cámaras con sonido. Y como era de esperar, L y Light, quienes estaban de guardia, escucharon perfectamente la conversación de ambas pelirrojas.



    —Pues sí parece que se acuerdan, sí...— afirmó L llevándose el pulgar a los labios, sonriendo burlonamente.



    —Ya veo— contestó Light pensativo— Oye, ¿nos han llamado raritos?— preguntó el chico confundido.



    —No— contestó L— Rarito me han llamado a mí— dijo de forma socarrona— A ti, directamente, te han llamado gay— aclaró señalando a Light con el dedo acusador mientras reía.

    Light, indignado por tales difamaciones, alzó la mano para encender el interfono y gritarle varios improperios a Stella y Leyre con la intención de redimir su orgullo pisoteado. Pero L lo detuvo.



    —Tranquilízate, Yagami— dijo el detective con seriedad— Esto merece una suculenta venganza— añadió con picardía. Una sonrisilla malvada se apoderó de los rostro de ambos jóvenes.

    Tras unos segundos pensativo, el pelinegro dio con la clave— Si tan raritos y gays creen que somos, hagámosles pensar que tienen razón— expuso el detective con cierta malicia en sus palabras.



    —Explícate— pidió Light queriendo saber qué tenía en mente su jefe.



    L le contó el plan que se le había ocurrido, y Light aceptó sin dudarlo, dispuesto a preparar una broma que Stella y Leyre no olvidarían mientras viviesen.



    Un par de horas más tarde, las dos policías, muertas de sueño por no haber podido dormir en condiciones, fueron a la cocina a preparar un par de cafés bien cargados que las ayudasen a despejarse y aguantar decentemente lo que quedaba de jornada. Pero al abrir la puerta y entrar a la estancia, se encontraron una escena bastante perturbadora ante ellas. Light estaba sentado en la encimera mirando a L, quien se encontraba realmente cerca del castaño, entre sus piernas y con las manos apoyadas en su cintura, faltando apenas unos escasos dos centímetros para que el detective pudiese besar sus labios.

    Stella y Leyre se quedaron pálidas, mirándoles con los ojos muy abiertos durante unos segundos. Sin decir una sola palabra, cerraron la puerta y se miraron atónitas.



    —¿Has visto lo mismo que yo?— preguntó Stella incrédula.



    —Creo que sí, tía— respondió Leyre sin aliento, queriendo borrar esa imagen mental.

    Mientras tanto, en el interior de la cocina, el castaño y el pelinegro se separaban.



    —¿¡Quieres quitar las manos de mi cintura!? ¡Ya se han ido!— exclamó Light dándole un par de manotazos al detective para que le soltase— Oye, ¿tú crees que se lo habrán creído?— preguntó preocupado.



    —No sé...— contestó L encogiendo los hombros, y caminando hacia la salida de la cocina.

    Para molestar a su amigo, le miró de reojo haciéndole ojitos— Oye, Light...— llamó su atención— Me gusta cómo huele tu pelo...— susurró insinuante. El castaño se sonrojo furiosamente y le gritó.



    —¡Cállate!— exclamó exasperado.



    L rió por la reacción del chico, y se dio la vuelta dispuesto a seguir su camino. Antes de salir, se giró a mirar a Light.



    —Vamos, Yagami. Hora de saber si ha funcionado— anunció con diversión.



    Mientras, en la sala de informes, Stella y Leyre comentaban lo que acababan de ver con sus propios ojos.



    —¡Qué fuerte, tía! ¿Y si son gays de verdad? ¿Por qué se acostaron, entonces, con nosotras?— preguntó Stella extrañada, sin entender lo que acababa de ocurrir.



    —Pues yo qué sé... A lo mejor es que sólo estaban borrachos, y en ese momento les dio igual ocho que ochenta— respondió Leyre desilusionada, pues había empezado a mirar a Light con otros ojos desde la noche anterior— O igual... Les van las dos cosas...— supuso— Ya sabes... Que lo mismo van a vela y a motor...— concluyó intentando encontrar una explicación convincente para lo que habían presenciado.



    —Pues menudo bajón, joder...— dijo Stella haciendo un puchero— Ya me he deprimido para el resto del día— suspiró alicaída.



    Light y L comentaban la escena desde la sala de cámaras, sonriendo triunfales por su exitoso plan.



    —Ha salido a pedir de boca— dijo L, mirando con total atención la cámara que enfocaba a las dos pelirrojas en la sala de informes.



    —Pues sí. Se lo han creído al 100%— corroboró Light con orgullo— Eso les pasa por meterse con nosotros— sonrió triunfal.

    Las chicas continuaban hablando.



    —Oye, tía, ¿Tú quién crees que es el que domina?— preguntó Stella con una mezcla de curiosidad y seriedad.



    —No tengo ni idea— respondió Leyre— Pero el que estaba sentado en la encimera, era Light. Ahí lo digo, ahí lo dejo— añadió haciendo sus conjeturas.



    —Tienes razón... Ya tenemos al muerdealmohadas— dijo Stella sin poder evitar reírse al imaginarse al castaño en esa tesitura.



    En la sala de cámaras, los rostros del policía y el detective habían cambiado por completo.



    —¿¡Pero tú las estás oyendo!? ¡Menuda porquería de venganza! ¡Nos están criticando todavía más!— bufó Light con su orgullo bajo mínimos. L no decía nada, sólo sonreía maliciosamente a las cámaras— ¿Y tú de qué te ríes?— preguntó Light ya exasperado.



    —Oh, de nada...— contestó con picardía— Sólo es porque están diciendo que yo soy quien te pone a veinte uñas— contestó orgulloso.



    Sin poder aguantar más, Light se levantó rápidamente y se dirigió a la sala de informes, donde se encontraban Stella y Leyre, seguido de cerca por L, quien seguía riéndose por lo ocurrido unos segundos atrás.

    El castaño abrió la puerta presuroso, sorprendiendo a las dos policías.



    —LO DE LA COCINA ERA BROMA— gritó desesperado, casi quedándose sin aire.

    Las pelirrojas se quedaron mirándole extrañadas, sin entender a qué se refería.



    —A ver, no hagáis caso a este inútil— habló el detective refiriéndose a su amigo— Lo que pasa, es que habíamos planeado una venganza contra vosotras al oír vuestras críticas desde la sala de cámaras— explicó con tranquilidad. Las chicas seguían en silencio— Lo de rarito y gay— les aclaró. En ese momento, ellas lo comprendieron todo.



    —Entonces... ¿Lo de la cocina era sólo una broma?— preguntó Leyre indecisa.



    —Por supuesto— contestó Light con total firmeza.



    —Y no estáis...— preguntó ahora Stella, juntando ambos dedos índices en un gesto de unión entre ellos. El castaño la interrumpió ofendido.



    —¡NOOOOO!— exclamó Light alterado.



    —¡VALE, VALE!— contestó Stella en el mismo tono que el chico, aunque riéndose internamente por la reacción que había tenido su amigo.



    —Todo esto viene porque nos habéis llamado gays y raritos...— explicó Light recordando las palabras de las chicas.



    —Que no, Light, que no te enteras— le corrigió L con seriedad— Que el gay eres tú— aclaró con una sonrisa ladeada, totalmente burlesca.

    Stella asintió, corroborando las palabras del detective, haciendo que él la mirase asintiendo y dándole la razón. Light, harto de las bromitas de L, le dio una colleja que frenó en seco la broma. Leyre, por su parte, le propinó un codazo a Stella para que dejase de reírse.



    —Entonces... ¿Habéis escuchado toda la conversación?— preguntó Leyre dudosa. Light y L asintieron.



    —¿Y lo de anoche también?— quiso saber Stella.



    —¿Lo recordáis todo?— volvió a preguntar la policía pelirroja mirando a Light con una sonrisa tímida.



    —Todo— afirmaron ambos chicos al unísono.



    Un evidente sonrojo apareció en las mejillas de las dos chicas, pues no esperaban que el castaño y el pelinegro contestasen con tanta naturalidad ante esa pregunta.



    En ese instante, empezó a sonar el móvil de L. Light, Leyre y Stella se miraron entre sí expectantes, esperando a que el detective atendiese la llamada. Unos segundos después, éste metió la mano en uno de los bolsillos de sus pantalones y sacó un iPhone.



    —¿Watari?— dijo al descolgar el aparato— Ah, sí... Ahora vamos— afirmó con seriedad, colgando el teléfono y guardándolo nuevamente— Watari me ha dicho que nos espera en la sala principal.

    Light, Leyre, Stella y L fueron a la zona donde el hombre mayor les esperaba.

    Continuará…
     
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    CAPÍTULO 4: NUEVO CASO (PARTE 2)


    —Gracias por venir— dijo Watari con una sonrisa cordial— Necesito pediros un favor— anunció— Me ha llamado mi amigo William— L enseguida supo a quién se refería. Light, Leyre y Stella le escucharon atentos— Al parecer, su hija ha sido asesinada por un psicópata— explicó— Un asesino en serie al que se le atribuyen varios crímenes sin resolver— añadió— La APN está desbordada, y no puede aceptar un caso más. Por eso, William me ha pedido, como favor personal, que le ayudemos a atrapar al asesino de su hija Emily— dijo esto último mirando al detective, quien conocía a la chica— Sé que ahora estáis muy liados con el "caso Kira", pero se lo debo. Es un gran amigo y no me gustaría fallarle en estos momentos. Así que, los que podáis ayudar, seréis bien recibidos— pidió amablemente aunque con un deje triste en la voz.



    —Watari...— murmuró L— Prefiero que esta unidad se centre sólo en el "caso Kira"— se pronunció en nombre de sus subordinados— Yo te ayudaré a hacer justicia por la muerte de Emily. Pero a ellos déjalos al margen— sentenció decidido. Watari asintió, comprendiendo las razones del detective.



    —Pero L...— dijo Light— El "caso Kira" no está avanzando en este momento. Es más, está estancado— le recordó el castaño— Podemos encargarnos de esto unos días. Además, si te ayudamos, antes estará resuelto y antes podrás volver al "caso Kira"— razonó de forma convincente, queriendo participar en el nuevo caso. Él no conocía a Emily, pero tenía a su hermana Sayu, y le daba terror tan sólo pensar en que ese asesino pudiese toparse con ella.

    L le observó atento, sopesando sus palabras. Stella habló, también dispuesta a ayudar.



    —Yo también creo que podemos ayudarte. Además, si se trata de un asesino en serie, el tiempo es crucial— le recordó Stella— Cuanto antes lo resolvamos, antes estará entre rejas, y menos víctimas sufrirán las consecuencias de encontrárselo— explicó la chica convencida.

    El detective se llevó el dedo pulgar a los labios y miró a los tres de reojo.



    —Puede que tengáis razón— murmuró dándose la vuelta para mirar a su hombre de confianza— Watari, echemos un vistazo a ese caso— sentenció L queriendo ponerse manos a la obra cuanto antes.



    Unos minutos después, los tres policías y el detective ya tenían la información necesaria en sus manos para comenzar la investigación.

    Al parecer, se trataba de una serie de asesinatos en los que el criminal escogía minuciosamente a sus víctimas, las cuales estaban entre los dieciséis y los veinticinco años de edad. Según habían visto, cada escena del crimen se basaba en una carta del Tarot, y con la víctima, conseguía escenificar lo que dicha carta representaba.

    El asesino seguía de forma rigurosa el orden de la baraja.



    El primer asesinato se basó en "El Mago". La víctima fue un estudiante de veintitrés años, que apareció degollado en su respectivo apartamento, como todos los demás, ya que el asesino siempre dejaba los cadáveres en su lugar de residencia. Al chico lo encontraron con un traje largo, un puñal en su mano derecha y un cáliz en su mano izquierda. En el cuello llevaba un talismán de cinco puntas.



    La siguiente víctima, representaba a "La Sacerdotisa". En esa ocasión, se trató de una joven de dieciséis años que apareció asfixiada. Llevaba puesto un largo vestido azul, un libro en su mano derecha y una cruz en su mano izquierda.



    "La Emperatriz" fue la carta que se encontró en el tercer asesinato. La víctima fue una chica de veinticuatro años. Llevaba un vestido negro voluminoso y largo. Se la encontró sentada, con un cetro en la mano. La autopsia determinó que su muerte había sido a causa de envenenamiento con ácido clorhídrico.



    El siguiente arcano fue "El Emperador", que se trató de un chico de apenas veinte años. Estaba vestido con un traje de rey, y llevaba una capa y una corona de laureles.

    El cetro que portaba en su mano derecha era realmente parecido al de La Emperatriz.

    Su cadáver también se halló sentado. Murió debido a un fuerte traumatismo craneoencefálico. Además, en su cuerpo también se encontraron varias muestras de violencia, pues al parecer la víctima se había resistido más que las anteriores.



    El último asesinato que se había cometido, atribuido a este psicópata, era el de un hombre de veinticinco años. Representaba "El Papa". Vestía un ostentoso traje largo y una capa abultada junto con una cruz. Su muerte había sido causada por un disparo en la cabeza.



    Lo más curioso de todo, es que no había ningún tipo de huella en la escena del crimen, y por lo tanto, ni una sola pista de quién podría ser el autor de tales atrocidades.

    La policía tampoco había encontrado relación alguna entre las víctimas, por lo que parecía imposible adivinar quiénes serían las próximas víctimas de aquel psicópata maníaco.

    Lo único que estaba claro, era que la siguiente carta de la baraja, el número 6, era "Los Enamorados".



    Watari les explicó que la chica que había sido asesinada y hallada junto a la carta de "La Emperatriz", era Emily, la hija de su amigo William, y que éste estaba desesperado por encontrar al culpable de la muerte de la joven.



    Lo primero con lo que L quiso empezar, fueron con las pistas que el psicópata había dejado en la última escena del crimen, ya que éstas podrían conducirles al siguiente asesinato que, estaban seguros, cometería.

    Para el criminal, todo aquello era un macabro y divertido juego que no terminaría hasta completar la baraja del Tarot.

    Así que, según la unidad de L, el asesino no tardaría en dejar las pistas que les condujesen al próximo lugar del crimen o, a la siguiente víctima.



    L, Light, Leyre y Stella estuvieron durante horas analizando las fotos tomadas en las distintas escenas del crimen, tratando de encontrar, aunque fuese, una sola pista o el más mínimo fallo cometido por aquel al cual, ellos mismos, habían denominado "El Asesino del Tarot". Pero de momento no estaban teniendo mucho éxito, pues el criminal parecía ser bastante inteligente.

    Al anochecer, tras una intensa jornada de trabajo, cada uno de los tres policías se fue a su respectiva casa.



    A la mañana siguiente, en cuanto llegaron al cuartel, volvieron a centrarse de pleno en El Asesino del Tarot.

    A simple vista, no parecía un caso complicado. No, si se comparaba con todos los que L llevaba resueltos a sus espaldas. Pero éste les estaba costando más de lo pensado, pues la mente del criminal era más compleja y retorcida de lo que se imaginaron en un principio.

    Aún así, el detective había llegado a una conclusión, y con ello a la primera pista:

    La hora a la que se cometió el primer asesinato, donde se encontró la carta de "El Mago", fue a la una de la madrugada. A ésta hora, se le sumó el número de la siguiente carta, como si se tratase de una sucesión.



    A las once de la mañana, la investigación se paró repentinamente debido a un enorme problema que había surgido en el cuartel.

    El café se había terminado, y L se negaba a pensar sin una de sus múltiples tazas diarias junto a su mesa.

    Stella, Light y Leyre tuvieron que aguantar su mono de cafeína y azúcar durante casi una hora, algo no muy agradable a decir verdad. Finalmente, no pudiendo soportar más al caprichoso detective, las dos chicas decidieron salir a comprar el dichoso café y los pastelitos para poder seguir con la investigación del caso.



    —Stella, ¿cómo ves a Light?— preguntó Leyre algo avergonzada. La pelirroja apenas había podido dormir la noche anterior, pensando en su compañero y amigo por lo ocurrido en Shibuya.



    —¿En qué sentido?— respondió la joven con otra pregunta, imaginándose por dónde iban los tiros.



    —Pues... En cuanto a lo que pasó entre nosotros la noche que salimos— aclaró la chica recordando el momento en que estuvieron juntos.



    —A ver, tía... Sinceramente, Light es un chico muy agradable— dijo Stella— Es guapo y bastante encantador— añadió pensando en el castaño— Pero... Hay un pequeño problema, y es que tiene novia, y todavía no la ha dejado— concluyó, tratando de no herir los sentimientos de su amiga.



    —Tienes razón...— susurró Leyre con un suspiro triste, sabiendo que hasta que el chico no dejase a Misa, no podrían empezar nada.



    Unos minutos después, las dos pelirrojas llegaron a la tienda donde compraron el café y los preciados pastelitos del detective, esperando que con eso pudiesen seguir con el caso del Asesino del Tarot.

    Una vez de vuelta en el cuartel, Light vio cómo Leyre fue a la cocina a preparar café para los cuatro, mientras que Stella dejaba los pasteles en la sala de cámaras, a mano de L, que no tardó en coger uno y empezar a comérselo para saciar el mono de azúcar que le acuciaba.

    Como era de esperarse, el castaño siguió a la chica hasta la cocina para poder hablar con ella en privado.

    Sin percatarse de que Light estaba ahí, Leyre cogió la última de las cuatro tazas de café para colocarla en la bandeja, y llevarla a la sala de cámaras donde estaban Stella y L.

    Al tocarla, se quemó los dedos índice y pulgar, por lo que se los acercó a los labios, y sopló suavemente, emitiendo un pequeño quejido.



    —¿Estás bien?— preguntó Light, quien agarró la mano de Leyre y sopló, logrando que la piel de la pelirroja se erizase y su corazón se desbocase.



    No hacía falta decir que disfrutó infinitamente el contacto, con el aliento del castaño a milímetros de su tez. Desgraciadamente, al recordar las palabras de su amiga apartó la mano con tristeza, decepcionada al saber que Misa todavía se interponía entre ellos.

    Leyre bajó la mirada y dio un paso hacia atrás, quedando de espaldas a la encimera.

    Light aprovechó para acercarse aún más a la joven, acabando por completo con la distancia entre ellos, al igual que en aquel callejón un par de noches atrás. Esto hizo que la chica contuviese el aliento unos segundos, visiblemente nerviosa por tener tan cerca al chico que le gustaba.



    Antes de que pudiese reaccionar, Light ya estaba besándola. Leyre le siguió el beso sin pensárselo, acariciándole la mejilla con dulzura. El castaño quiso profundizar el beso, pero la joven policía se apartó suavemente, dejándolo desconcertado ante tan repentina acción.

    La pelirroja se volteó para coger la bandeja de los cafés y se dirigió hacia la puerta de la cocina.



    —Por favor, no te vayas...— dijo mirándola suplicante.



    —Tengo que llevarle esto a L— dijo con nerviosismo, huyendo a pasos agigantados hacia la sala donde se encontraban sus amigos.



    Mientras, en la sala de cámaras, L había devorado ya varios pasteles, Stella aún continuaba comiéndose el primero.



    —Oye, ¿de verdad te parezco tan rarito?— preguntó L mirando fijamente a los monitores a la vez que se llevaba otro pastel a la boca.



    —A ver, que no lo decíamos con malicia, hombre— contestó Stella a modo de disculpa— Si es verdad que algunas de las cosas que haces son un poco... Extravagantes— dijo observándole mientras el chico se comía su octavo pastelito— Pero eres muy dulce— concluyó sonriendo con sinceridad. L alzó la vista y la miró.



    —¿Eso es un piropo?— preguntó mirándola fijamente.



    —Podría ser...— respondió la pelirroja con un leve rubor en las mejillas por la atenta mirada del detective.



    L sonrió y volvió a llevar la mirada hasta las cámaras, tomándose el noveno y último pastelito que quedaba. Stella se comió el suyo, manchándose de nata el labio inferior al acabárselo.

    El pelinegro no pudo evitar quedarse pasmado al ver la jugosa boca de la chica, que se le hacía aún más apetecible que sus adorados pasteles, adornada de nata. Así que, en un movimiento totalmente imprevisible, atrapó los labios de la pelirroja con los suyos propios.

    Stella apenas tuvo tiempo de reaccionar, pero cuando fue consciente de lo que ocurría, cerró los ojos y dejó que el chico la besase a su antojo, devolviéndole el beso unos segundos después. El detective pasó su lengua por la comisura de la chica, lamiendo lo que quedaba de nata en sus labios.



    En ese momento, Leyre entró con la bandeja de los cafés en las manos. Al ver la escena entre sus amigos, se disculpó por haberlos interrumpido y se marchó.

    Éstos se separaron, y el detective volvió a sentarse en su postura habitual frente a las cámaras. Stella, en cambio, seguía anonadada, sin poder creerse lo que acababa de ocurrir entre ella y L.



    —Tenías un poco de nata en los labios— se excusó el detective sin quitar la vista de las pantallas. Stella notó un leve sonrojo en las pálidas mejillas del pelinegro.



    En ese momento, el móvil de la joven policía vibró ante el whatsapp que le había enviado su amiga, quien la citaba en la sala de informes para que le explicase lo ocurrido. Stella no necesitó responder, puesto que iría de inmediato. Así que se levantó para salir de la sala de cámaras. Pero unos segundos antes

    de marcharse, la pelirroja se acercó sigilosamente al detective y volteó la silla en la que éste estaba sentado, provocando que se mirasen fijamente a los ojos, sin decir una palabra. Lentamente, se acercó al detective y capturó sus labios con los suyos durante tres segundos. Tres segundos que fueron más que suficientes para dejar al chico desconcertado, con los ojos entornados y la mirada perdida.

    Acto seguido, Stella salió por la puerta y fue a la sala de informes. Allí la esperaba Leyre, quien no tardó en pedirle todo lujo de detalles de lo que había presenciado.



    —Tía, ¿puedes explicarme qué ha sido eso?— preguntó la pelirroja emocionada.



    —Nada... Es que tenía nata en los labios y...— dejó la respuesta en el aire, recordando con una sonrisa boba, el tacto de los labios de L sobre los suyos.



    —Y en lugar de pasarte una servilleta o avisarte para que te limpies, va y te besa, ¿no?— volvió a preguntar con retintín— Vaya, vaya con L... Y parecía tonto— añadió con una sonrisa divertida. Stella se sonrojó por las palabras de Leyre. Pero entonces recordó que su amiga había estado preparando los cafés, y que Light había estado desaparecido el mismo tiempo que ella.



    —Bueno... ¿Y tú qué tal con los cafés?— preguntó de forma pícara, haciendo enrojecer a la chica.



    —Pues a ver... Light me ha besado— contestó Leyre con una sonrisa triste— Y aunque por unos segundos no he podido evitar corresponderle, al final me he apartado y he huido, Stella— añadió— No puedo plantearme absolutamente nada con él hasta que no aclare sus sentimientos hacia Misa— murmuró apenada. Stella se quedó callada, meditando su respuesta unos segundos.



    —Sinceramente, yo pienso que en lugar de evitarle, lo que deberías hacer es hablar con él— aconsejó la chica mirando a su amiga— Aunque de todas formas, tú sabes de sobra que Light no soporta a Misa— le recordó. Leyre se puso a la defensiva por el dolor que le causaba la situación.



    —¿Y entonces por qué sigue con ella, eh? ¿Por qué no la ha dejado si tanto la odia?— preguntó con una mezcla de tristeza y decepción. Stella la miró sabiendo que tenía razón.



    —Pues, tía, habla con él— la animó la policía— Pregúntale qué siente en realidad por Misa, y sobre todo, qué siente por ti— agregó, alentándola a sacarse las dudas. La pelirroja negó con la cabeza.



    —No, Stella. Me niego a hablar de ese tema con Light— respondió Leyre— Precisamente, lo último que quiero es que sienta pena por mí, y que crea que me he hecho ilusiones después de lo que pasó en Shibuya— explicó disgustada.



    —La verdad, es que no creo que Light piense así— rebatió Stella con una sonrisa esperanzadora— Si te ha besado hace un rato, es porque le gustas de verdad— vaticinó— Enserio, habla con él. Por una vez en tu vida, hazme caso— insistió.



    —Quizá tengas razón...— murmuró la policía con una sonrisa tímida, deseosa de que el castaño sintiese algo por ella.



    Por otra parte, Light llegaba a la sala de cámaras disgustado por la reacción que Leyre había tenido en la cocina, ya que no entendía por qué la joven le rehuía todo el tiempo cuando él sólo quería estar con ella.

    Estaba tan metido en sus pensamientos, que aún no se había dado cuenta de que L se encontraba completamente estático, mirando hacia la puerta y con la mirada perdida.

    Al ver que el detective no se movía, Light se acercó extrañado y puso sus manos en los hombros de éste, zarandeándole para que reaccionase.



    —L, ¿estás bien?— preguntó preocupado— ¿Qué te pasa? ¿L?— le llamó sin éxito— ¡Ay, madre mía que le ha dado una embolia!— exclamó el castaño de forma exagerada, dispuesto a llamar a Watari. Al oír esto, el detective reaccionó.



    —La he besado...— susurró con una sonrisa boba, completamente ido, sin enfocar la vista.



    —¿A quién?— preguntó Light confuso, sin entender a qué se refería su estrambótico jefe.



    —Por la nata...— el pelinegro seguía en shock.



    —¿Pero de qué nata hablas, L? ¿Te está dando un ictus?— volvió a preguntar el chico confuso— Dime, ¿qué sientes? ¿Te hormiguea el labio?— quiso saber antes de marcar a emergencias.



    —Y ella me ha besado a mí...— concluyó el detective sin cambiar de expresión.



    —¿¡Pero, L, qué te pasa!?— inquirió Light haciendo que L por fin reaccionase.



    —Ah, Light, ¿cuánto tiempo llevas aquí? No te había visto— preguntó el joven sorprendido. El policía se tranquilizó al ver que no ocurría nada de qué preocuparse.



    —¿Cómo que cuánto tiempo llevo aquí?— preguntó mirándole como si le hubiese salido una segunda cabeza. El detective asintió en respuesta— Pues el suficiente como para darme cuenta de que estás peor de lo que pensaba— contestó Light de forma retórica— ¿Me puedes explicar qué te pasa? ¿De qué nata hablabas?— quiso saber el castaño preocupado.



    —Ah, era eso...— murmuró L— Nada, es que Stella tenía nata en los labios...— contestó con total naturalidad. Light le miró con los ojos como platos.



    —¿¡La has besado!?— preguntó el chico sorprendido por la valentía de su amigo.



    —Sí, y ella a mí— respondió con pasotismo. El castaño sonrió apenado porque él no había tenido la misma suerte con la chica que le gustaba. L notó su expresión y no tardó en preguntar— ¿Y tú qué? ¿Cómo van las cosas con Leyre?— cuestionó sin apartar la mirada de las cámaras. Light suspiró abatido.



    —Yo también la he besado— contestó. El detective se giró para mirarle— En la cocina, mientras preparaba los cafés— añadió— Y aunque me ha correspondido unos segundos, de repente se ha apartado y se ha escapado— explicó sin saber qué hacer para retener a la pelirroja. L se llevó el dedo a los labios y habló.



    —Tal vez sea porque todavía sigues con Misa— dedujo acertando de pleno. Light le miró con atención— Piénsalo. Te acuestas con ella la noche en que salimos de fiesta, y dos días después sigues con tu vida como si nada— expuso— La buscas constantemente, porque es evidente que sientes algo por ella, pero no dejas a Misa— agregó— Es normal que Leyre no quiera nada contigo. No querrá ser "la otra"— concluyó L con simpleza.



    —Pero es que yo no quiero estar con Misa. Yo lo que quiero es estar con ella— sentenció Light convencido de sus palabras.



    —Pues entonces ya sabes lo que tienes que hacer, Yagami— finalizó el detective volviendo a centrar su atención en las cámaras, dejando al castaño con sus pensamientos. Éste sabía exactamente lo que tenía que hacer.



    Horas más tarde, a la salida del trabajo, el cielo se encontraba completamente encapotado, como si fuese a caer el diluvio universal. Y efectivamente, eso es lo que ocurrió, pues empezó a llover como hacía mucho tiempo que no llovía en la región de Kantō.

    Tras despedirse de Stella, Leyre se dirigió a la parada del autobús a toda prisa para evitar empaparse y pillar una pulmonía.

    Ciertamente, Light se había ofrecido a llevarla en coche hasta su casa. Pero ella había preferido calarse hasta los huesos con tal de no quedarse a solas con el castaño, ya que sabía que su escaso autocontrol se esfumaría por completo si el chico volvía a besarla.



    Cuando sólo le quedaban unos treinta metros para alcanzar el autobús, éste arrancó yéndose sin ella, dejándola bajo la lluvia a merced del inclemente tiempo, y a la espera de que, media hora más tarde, pasase el siguiente.

    Parecía una broma cruel del destino. Como si alguien, desde arriba, la hubiese tomado con ella.

    Sentada en el banco de la parada, bajo la marquesina, Leyre escuchó un claxón que llamó su atención, y la hizo girarse. En ese instante, vio el coche de Light aparcado frente a ella, con la ventanilla bajada. No le quedó más remedio que acercarse.



    —Sube, anda... Te llevo a casa— dijo el castaño con una sonrisa encantadora. La policía negó con la cabeza, manteniendo su fuerza de voluntad como buenamente podía.



    —No es necesario, de verdad. El siguiente autobús pasa en cinco minutos— mintió.

    Light acentuó su sonrisa al ver cómo Leyre, completamente empapada, se cruzaba de brazos mientras tiritaba por el frío. A sus ojos, era una escena muy tierna.



    —Acabo de ver cómo se va el autobús. Además, sé perfectamente que hasta dentro de media hora no pasa ninguno que vaya a tu casa— respondió de forma divertida, descubriendo la mentira de la pelirroja— Venga, sube..— pidió con una sonrisa burlona.



    Leyre miró a los lados, pidiéndole a Dios que apareciese, por obra divina, un autobús que la llevase a casa. Al ver que eso no sucedía, tuvo que rendirse, abrir la puerta y subir al coche.

    Light condujo en silencio hasta la casa de la joven, a unos quince minutos del cuartel.

    Al parar frente al edificio, la pelirroja trató de salir rápido del coche, musitando un simple "gracias". Pero el joven fue más rápido y la detuvo, cogiéndola de la mano y frustrando su intento de fuga.



    —Leyre, ¿qué pasa?— preguntó Light con preocupación— ¿Por qué intentas huir de mí?— dijo, queriendo comprobar la teoría de L.



    —No es nada— la policía bajó la mirada mintiendo, sin querer decirle al castaño el verdadero motivo de su actitud evasiva.



    —Ni siquiera eres capaz de mirarme...— murmuró Light llevándose la mano a la cabeza. Ella miró hacia el suelo unos segundos, armándose de valor, para después levantar la mirada y hacerle frente al chico.



    —Light... Tienes novia— respondió la pelirroja acorde a lo que el detective había predicho— Yo no quiero entrometerme entre Misa y tú— afirmó—Y por supuesto, no quiero que te sientas obligado a nada sólo por lo que pasó en Shibuya— explicó apenada, pues le dolía enormemente tener que decir aquello.



    —¿Por qué estás tan segura de que tengo novia?— preguntó el castaño mirándola fijamente. Leyre le miró confundida.



    —Pero... ¿Y Misa?— respondió la joven con otra pregunta.



    —Hemos roto— contestó sintiéndose libre por primera vez en meses. La pelirroja sonrió ampliamente ante tal noticia— Estaba harto de sus tonterías y de sus celos— aclaró— Llevábamos mal demasiado tiempo. Además... Yo no la quiero. Nunca la he querido— aseguró— No quiero estar con ella. Yo lo que quiero, es estar contigo— concluyó mirando a la chica con una sonrisa dulce, causando que ella se llevase las manos a la boca, emocionada.



    —Light, yo...— el policía la interrumpió, sin poder aguantar las ganas de hacerle una preguntaba que rondaba su cabeza desde el día anterior.



    —¿Quieres salir conmigo?— se declaró de forma tierna— Por favor, Leyre, dime que sí— pidió cogiendo la mano de la pelirroja.

    A la chica se le aceleró el pulso ante las palabras del castaño. Su corazón latía desbocado, e incluso pudo sentir un ligero mareo por lo tierno de la situación.



    —¿Estás seguro, Light?— preguntó todavía incrédula por lo que acababa de decirle. Él le sonrió para que viese cuan enserio iba.



    —No he estado tan seguro de nada en toda mi vida— contestó besando dulcemente la mano de la policía. Ella sonrió con los ojos vidriosos.



    —Claro que quiero, Light— afirmó abrazando al chico cariñosamente, acariciando los cabellos castaños con delicadeza.



    El joven sonrió, y tras romper el abrazo, la besó. Fue un beso dulce y tierno, en el cual se podían notar que los sentimientos de ambos eran sinceros.

    Lo cierto, es que estuvieron varios minutos entre besos y arrumacos, perdiendo la noción del tiempo por el camino.

    Finalmente, cuando la lluvia se calmó un poco, Leyre se dispuso a salir del coche. Naturalmente, Light no la dejó.



    —No te vayas todavía...— pidió besando las mejillas de la chica, haciéndola reír.



    —Es muy tarde y mañana hay trabajo. Tengo que irme ya— contestó ella llevando las manos al cuello de su novio para acariciarle los cabellos.



    —Mira que puedo secuestrarte— amenazó entre risas— Y técnicamente no sería un delito. Soy policía— bromeó. La pelirroja sonrió divertida.



    —Ten cuidado, no vaya a ser yo la que te secuestre a ti— contestó entre risas, a las que el castaño se unió.



    —Entonces, en ese caso, te dejo ir— sentenció— Hasta mañana— se despidió besando a su novia con cariño. Ella correspondió al beso, bajando por fin del coche.



    Antes de entrar a su portal, Leyre se inclinó hacia la ventana del copiloto, bajada, y se despidió del chico.



    —Que descanses— dijo dándole un último beso.



    Tras esto, la chica dio media vuelta para entrar a su casa, y Light arrancó cuando la hubo perdido de vista.

    Esa noche durmió más feliz que en mucho tiempo.

    Continuará…
     
  5.  
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    Comedia Romántica
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    CAPÍTULO 5: EL ASESINO DEL TAROT (PARTE 1)


    A la mañana siguiente, alrededor de las nueve, Light y L se encontraban en la sala de cámaras, comprobando algunos detalles del caso en lo que Stella y Leyre llegaban.

    El castaño le había contado al detective todo lo ocurrido con Leyre la noche anterior. Y aunque éste le felicitó por dar el paso de estar con la pelirroja, estaba tan concentrado en el caso del Asesino del Tarot que apenas prestaba atención a lo que le decía su amigo.

    En ese momento, sonó varias veces un timbre que captó al instante la atención de Light y L, que no esperaban que llamase nadie, pues las chicas tenían credenciales para entrar al cuartel sin necesidad de usar el telefonillo.

    L encendió la cámara que daba a la calle para comprobar quién llamaba con tanta insistencia. Al hacerlo, se encontró con el rostro furibundo de Misa. El detective miró a su subordinado, pidiéndole permiso para abrir.



    —No, no le abras. Ya se cansará y se irá— dijo Light indiferente, mirando un informe más interesado de lo que pudo interesarle Misa alguna vez. L asintió e ignoró el timbre, pero éste sonó tan fuerte y tantas veces, que acabó por causarles dolor de cabeza a los dos.



    —Por Dios, Light. Ábrele la puerta, dile lo que tengas que decirle y que se vaya de una vez— exigió el pelinegro mirando fijamente al castaño.



    El chico asintió a regañadientes, y se levantó malhumorado para recibir a la rubia, a la cual no tardaría ni cinco minutos en despachar.

    Un minuto después, la puerta del hall se abrió, y por ella entró Misa con el ceño fruncido y la cara roja de la rabia que sentía. Light suspiró preparado para la que se le venía encima.



    —¿Qué haces aquí Misa? ¿Es que no fui lo suficientemente claro contigo ayer?— preguntó cansado.



    —¿Cómo que qué hago aquí?— respondió con otra pregunta. Su ira crecía exponencialmente con cada segundo que pasaba— Light Yagami, me has dejado de repente, sin ninguna razón aparente, y todavía tienes el descaro de preguntarme que qué hago aquí— contestó enajenada— ¿¡Me tomas el pelo!?— gritó levantándole dolor de cabeza a su ex novio.



    —¿Sin ninguna razón aparente?— preguntó Light indignado— ¿Pero acaso escuchaste algo de lo que te dije?— inquirió— Misa, definitivamente eres más tonta de lo que pensaba— concluyó con desdén.



    —Pero, Light... ¿Cómo me puedes hablar así? Sabes lo mucho que te quiero. Haría cualquier cosa por ti. Pídeme lo que quieras. Cualquier cosa— suplicó la rubia arrastrándose, sin importarle que el chico la pisotease si era necesario con tal de seguir con él.



    —Sólo estoy siendo sincero contigo— contestó el chico cansado por la situación— Si de verdad estás dispuesta a hacer lo que te pida... Lárgate y no vuelvas nunca más— pidió con seria rotundidad— No quiero nada contigo. No te quiero, Misa. No te he querido nunca— sentenció con frialdad, esperando que de una vez por todas lo entendiese.

    Misa hizo un enorme puchero, echándose a llorar y tirándose al suelo para abrazarse a las piernas de Light con fuerza. El castaño bufó harto, sin entender cómo podía tener tan poco amor propio. La rubia siguió con sus lágrimas de cocodrilo, rogándole al chico porque no la dejase.



    —¿Hay otra verdad?— preguntó entre sollozos— Me estás dejando porque hay otra— afirmó— Dime la verdad— exigió en una rabieta.



    —Eso no es de tu incumbencia, Misa— contestó Light— Vete ya— dijo con un tono gélido.



    —¡Dime la verdad, Light!— gritó la chica berreando.



    —Sí, hay otra— respondió firmemente, mirándola con dureza. La rubia abrió los ojos sorprendida.



    —¿¡QUIÉN ES!?— chilló desquiciada— ¿¡QUIÉN ES LA ZORRA QUE TE HA ENGATUSADO!?— clamó con furia.



    —No pienso decirte nada, Misa— respondió Light hastiado— Lárgate de una vez— ordenó con dureza, visiblemente alterado.

    La chica se puso de pie, y secándose las lágrimas con una mano, se dio la vuelta para irse, teniendo claro que no se daría por vencida tan fácilmente.



    —No creas que voy a renunciar a ti, Light. Te voy a recuperar. Ya lo verás— aseguró convencida de sus palabras.



    En ese momento, cuando la rubia estaba a punto de irse por la puerta principal, Leyre entró por la puerta de entrada que usaban los agentes para ingresar al cuartel.

    Light, pensando que Misa ya se había ido, se dio la vuelta al ver a su novia, y se acercó a ella con una sonrisa dulce.



    —Buenos días, Light— saludó la chica contenta de ver al castaño. Éste la recibió con un beso en los labios que la chica correspondió de forma amorosa.



    Lo que Light no sabía, es que Misa todavía no había salido por la puerta, y que al darse la vuelta para echar un último vistazo al que una vez fue su novio, vio el beso entre éste y la policía pelirroja.

    La ira brotaba por todos los poros de su piel y en sus ojos podían apreciarse llamas de fuego de la rabia que la inundaba. Sin dudarlo, se acercó con paso firme y sonoro para enfrentarse a Leyre cara a cara.



    —¡LO SABÍA! ¡SABÍA QUE ELLA ERA LA CULPABLE DE TODO!— gritó muy alterada— ¿CÓMO HAS PODIDO CAMBIARME POR ESTA, LIGHT?— preguntó indignada antes de dirigirse a la pelirroja— ¡NADIE ME QUITA A MI NOVIO, Y MENOS UNA GUARRA COMO TÚ!— gritó iracunda.



    —¿Cómo me has llamado?— preguntó Leyre incrédula y ofendida, conteniéndose las ganas de engancharla de los pelos.



    —¡LO QUE HAS OÍDO! ¿O ES QUE APARTE DE SER UNA ZORRA, ERES SORDA?— contestó con desprecio antes de levantar la palma de la mano para cruzarle la cara a la joven.



    Leyre la miró sorprendida, sin creerse lo que acababa de pasar, completamente estupefacta.

    Como era de esperar, no tardó ni un segundo en reaccionar y propinarle un sonoro bofetón en la cara a Misa, dejándole la mejilla marcada con sus dedos.



    Light se metió en medio de las dos, y trató de separarlas como buenamente pudo.

    Pero la tensión y el odio entre ellas era tan grande que cualquier intento, por su parte, de poner paz resultó totalmente inútil.

    La pelea se les estaba yendo de las manos. Leyre tenía agarrada de los pelos a Misa, la cual había hundido sus uñas en el brazo de la agente, provocándole un arañazo que no tardaría en comenzar a inflamarse.



    —¡TE VOY A MATAR!— gritó la rubia fuera de sí.



    —¿Ah sí? Venga, quiero verte intentarlo— la retó la pelirroja sin miedo.



    —¡LIGHT ES MÍO! ¿¡ME OYES!? ¡MÍO! ¡ÉL ME QUIERE A MÍ!— afirmó Misa mirando a Leyre con desprecio. El mencionado rodó los ojos ante las palabras de su ex novia. La policía emitió una sonora carcajada cargada de burla, lo que hizo que la rubia, descolocada, la soltase por un momento.



    —¿Enserio, Misa? ¿De verdad crees que Light te quiere?— preguntó la chica con ironía— ¿Alguna vez te lo ha dicho?— quiso saber. La modelo la miró con rencor, sabiendo que el castaño jamás le había dicho que la quería. Pero eso no lo admitiría nunca. Leyre aprovechó el silencio momentáneo de Misa para sacar su móvil del bolsillo de su pantalón vaquero— Porque a mí sí me lo ha dicho— aseguró mostrándole la conversación de WhatsApp en la que Light le había enviado múltiples "te quiero" la noche anterior. El chico miró a su novia con dulzura— Y otra cosa más, Misa— agregó con retintín— ¿Alguna vez habéis estado juntos?— volvió a preguntarle.



    —¿Cómo juntos? ¿A qué te refieres?— cuestionó Misa sin saber qué quería decir la policía.



    —Pues a que si alguna vez se ha acostado contigo— contestó Leyre— A que si alguna vez te ha tocado más allá de una simple caricia en la mejilla— añadió mirándola desafiante pero sin borrar la sonrisa. El odio creció de forma exponencial en los ojos de la rubia cuando ató cabos, entendiendo que Light había estado con la pelirroja de la misma manera que ella siempre le rogaba y él nunca accedía.



    —¡YO TE MATO, ZORRA!— gritó abalanzándose nuevamente hacia la policía. L, quien había escuchado toda la discusión entre ambas, agarró a Misa de los brazos y se los puso en la espalda, teniendo que hacerle daño para conseguir reducirla. Light, por su parte, cogió a Leyre de la cintura desde atrás, impidiendo así que las dos chicas volviesen a engancharse.



    —Misa Amane, se acabó el espectáculo. Esto es un lugar de trabajo, no la peluquería de tu barrio. ¿Te vas ahora mismo por tu cuenta, o llamo a seguridad para que te saquen de aquí? Decide— L le dio opción para que eligiese.



    La rubia, sin más opciones que marcharse, se colocó la ropa correctamente y se dio la vuelta para salir del cuartel, lanzando miradas de odio a todos los presentes. Sobre todo a la pelirroja.



    —¡Esto no va a quedar así! ¡Volveremos a vernos!— la amenazó rabiosa. La policía le sonrió, mofándose de ella.



    —Claro, aquí te espero— contestó despidiéndola mientras agitaba su mano, terminando de desquiciarla.



    Finalmente, tras escuchar el fuerte portazo que confirmaba que por fin se había ido, Light, L y Leyre se quedaron en silencio, asimilando lo que acababa de pasar.



    —He de admitir que por un momento me ha dado miedo— dijo el detective— Parecía que estaba poseída— agregó, sintiendo un escalofrío al recordar a la niña del Exorcista— Me debes una— le dijo a la joven policía, la cual sonrió y asintió aliviada por haberse librado de la loca de Misa— De todas formas, que sea la última vez que hay una pelea en este cuartel. Aquí se viene a trabajar. Los problemas personales los arregláis fuera, ¿queda claro?— Light y Leyre asintieron obedientes.



    Tras esto, L se dio media vuelta y se dirigió nuevamente a la sala de cámaras, volviendo a su habitual indiferencia. Ambos policías se quedaron solos.



    —Anda, vayamos a curar esa herida— se ofreció el castaño antes de que el arañazo, que Misa le había hecho a la pelirroja en el brazo, comenzase a sangrar.



    Un par de minutos después, Stella llegó al cuartel. Sabiendo que se había retrasado, la chica fue directamente a la sala de cámaras donde sabía que estaría L trabajando desde temprano.

    Al ver al detective tomando apuntes, y observando informes con fotos sobre las escenas del crimen del Asesino del Tarot, la pelirroja tomó asiento a su lado para ponerse con el caso.



    —¿Dónde están los demás?— preguntó la chica al no ver a ninguno de sus amigos allí.



    —Agente Alborán, ¿es consciente de que ha llegado tarde a su puesto de trabajo?— contestó L, ignorando la pregunta de la policía. Stella, pensando que el detective estaba de broma, sonrió y le siguió el juego.



    —Perdone usted, señor detective, pero me han surgido algunos contratiempos y me ha sido imposible llegar antes— contestó jocosa. El pelinegro la miró con seriedad.



    —No estoy bromeando— respondió abruptamente— Explíqueme por qué no ha llegado a su hora— a la chica se le borró la sonrisa de un plumazo al ver que su jefe hablaba enserio.



    —Bueno... A ver... Es que había tráfico y el autobús ha tardado más de lo normal— se justificó, cohibida— ¿Te pasa algo, L?— preguntó extrañada por la repentina actitud del detective después de haberla besado el día anterior.

    El pelinegro se levantó de improviso, poniéndose frente a su subordinada, y se agachó para quedar a la misma altura que ella.



    —No, a mí no me pasa nada. ¿Y a ti?— respondió con sequedad.



    —¿Es por el beso de ayer?— preguntó— ¿Es que acaso te molestó o qué te pasa?— la pelirroja enarcó una ceja, molesta.



    —Que te quede muy claro— respondió el detective— Aquí hay unas normas, y tu deber es cumplirlas— avisó— Yo a ti te puedo besar como y cuando me dé la gana. Pero tú a mí no, ¿está claro?— concluyó con una última pregunta. Stella le sonrió burlonamente.



    —Aaah... Así que... Tú a mí me puedes besar cuando quieras, pero yo no puedo hacer lo mismo. ¿Es eso?— preguntó provocativamente acercándose al chico.



    —Eso es. No puedes— respondió L con aparente seriedad, acortando la distancia entre Stella y él todavía más.



    —Mmm... Muy bien...— susurró la policía, sonriendo con falsa inocencia. Sin que éste se lo esperase, la chica le cogió del cuello de la camisa y acortó la distancia entre ellos, quedando sus rostros a escasos milímetros— ¿Pues sabes qué, L?— preguntó, volviendo a hablar antes de que el pelinegro pudiese contestar— Que si te quiero besar, te beso— sentenció la joven plantando sus labios en los del detective, iniciando un beso que empezó siendo suave y dulce, hasta que se volvió desesperado y hambriento. Cuando L iba a meter las manos por debajo de la blusa de Stella, ella se apartó bruscamente, poniendo sus manos en el pecho de éste para alejarle— Anda, pues tienes razón, L... No puedo— murmuró encogiéndose de hombros, y saliendo de la sala de cámaras con una sonrisa triunfal. El pobre detective se quedó bastante descolocado, sin entender lo que acababa de pasar.



    Mientras tanto, en uno de los baños del cuartel, Light acababa de sacar el botiquín de primeros auxilios para curar el arañazo que Misa le había hecho a Leyre en el brazo.



    —Vaya... Esto no tiene muy buena pinta. Creo que habrá que amputar— bromeó el castaño con una sonrisa tierna, pasando una gasa con agua oxigenada por la pequeña herida.



    —Jo, no digas eso, Light...— se quejó la pelirroja haciendo una mueca de dolor, pero sin poder evitar reírse por el comentario de su novio.



    El castaño acarició con dulzura la herida de guerra, pasando el dedo pulgar por la piel levemente inflamada, antes de posar sus labios sobre la zona. La policía no pudo evitar suspirar por el gesto del chico.



    —Ha sido culpa mía— susurró Light— Debería haber comprobado que Misa se había ido antes de acercarme a ti. Perdóname— murmuró apenado, sin separar sus labios del brazo de su novia, depositando pequeños besos a modo de cura. Esto hizo que su cálido aliento chocase contra la piel de Leyre, provocándole un escalofrío que le recorrió la columna.



    —¿Qué dices?— preguntó la pelirroja queriendo consolarle— Tú no tienes culpa de nada. Misa es la loca. Habría que encerrarla en un psiquiátrico— afirmó recordando la escena que la rubia había montado para reclamar al chico, como si fuese de su "propiedad".



    —De todas formas, ha sido culpa mía...— repitió sintiéndose responsable— Tendría que haberla dejado hace mucho tiempo— sentenció— Pero no tenía una motivación clara para hacerlo— dijo mirando a la chica a los ojos, tratando de transmitirle que gracias a ella había podido dar el paso.



    —¿Y ahora sí la tienes?— preguntó la pelirroja mirándole con dulzura, al tiempo que le acariciaba tiernamente la mejilla.



    —Por supuesto...— murmuró el castaño acortando la distancia que los separaba.



    —Te quiero...— susurró la chica con total sinceridad.



    Tras decir esto, Leyre deslizó su mano desde la mejilla hasta los cabellos de Light, rozándolos suavemente, y posó sus labios en la comisura éste, depositando un pequeño beso. El castaño sonrió, y atrapó la boca de la pelirroja con la suya, besándola con dulzura mientras rozaba con su lengua los labios de ella, mordiéndolos ligeramente. La joven policía pasó las manos por el torso del muchacho, a lo que él respondió acariciando la cadera de la joven.

    Muy a su pesar, se detuvo antes de que la situación pasase a mayores. La chica le miró desconcertada.



    —No podemos hacer esto aquí— dijo Light derrotado— L tiene cámaras hasta en el baño, ¿recuerdas?— añadió mirando los pequeños aparatos colgados en las esquinas de las paredes— Así que será mejor que termine de curarte esto, y volvamos con él cuanto antes. No vaya a ser que se enfade más— comentó Light con la respiración entrecortada por el agitado beso de hacía unos segundos.

    Leyre asintió, y dejó que su novio terminase de desinfectarle la herida antes de que comenzase a brotar sangre de la misma.

    Tras esto, ambos policías salieron del baño cogidos de la mano para volver juntos a la sala cámaras. En el camino se cruzaron con Stella, quien tenía un café en la mano y una sonrisa tonta en la cara por lo sucedido con L.



    —Estás tú muy contenta de haber llegado tarde, ¿no?— bromeó Leyre al ver la expresión embobada de su amiga. Light sonrió, imaginándose el motivo de la sonrisa de la pelirroja.



    —Ya... Bueno... Es que el tráfico está fatal, ya sabes— respondió Stella con una risa nerviosa, tratando de disimular lo que sus amigos intuían.



    —¿Y por eso la sonrisa?— preguntó Light entre risas— ¿No tendrá, cierto detective, algo que ver con ese buen humor tuyo?— dijo el chico, logrando que la policía se sonrojase sólo por la mención de L.



    —¿Detective? ¿Qué detective?— respondió la pelirroja tratando de hacerse la tonta, y andando deprisa para que no le hiciesen más preguntas.



    Leyre y Light la siguieron, caminando hacia donde se encontraba L, y riéndose por lo mucho que cambiaba Stella cuando el tema de conversación tenía que ver con éste.

    Nada más entrar en la sala de cámaras, el detective y la policía se miraron durante unos segundos, retirándole ella la mirada con altanería. El pelinegro, en cambio, la observó atentamente hasta ver cómo se sentaba lo más lejos posible de él. Leyre y Light se percataron de la tensión entre ellos, pero prefirieron callarse y no decir nada cuando vieron la ofuscada expresión de su jefe.



    —Esta tarde iremos a ver la escena del crimen en la que se encontró la carta de "El Papa"— anunció L— Estar ahí puede servirnos de ayuda para hacernos una idea de con qué clase de psicópata estamos tratando— aseguró dada su experiencia en casos como aquel.



    Los tres policiales asintieron de acuerdo con el plan del detective, y siguieron con la investigación.

    A media mañana, Stella y Leyre se levantaron para ir a la sala de informes. Habían tomado la iniciativa de buscar, en los archivadores de casos resueltos, algo que las ayudase a comprender algo más el perfil psicológico del Asesino del Tarot, comparándolo con otros tantos criminales.

    Mientras Leyre revisaba uno de los archivos, Stella se percató de la herida en su brazo.



    —Oye, tía, ¿y ese arañazo?— preguntó— No me digas que a Light y a ti os van esas cosas— añadió divertida. La pelirroja la miró soltando una carcajada.



    —Qué va... Ha sido la loca de Misa— contestó observando la herida. Stella la miró sin entender nada.



    —¿Misa? ¿Ha estado aquí? ¿Os habéis peleado y me lo he perdido?— preguntó con una mezcla de emoción e indignación.



    —Sí...— contestó Leyre— Esta mañana vino a montar una de sus escenitas porque Light la había dejado por mí, y al verme con él, se ha puesto como una leona— explicó— Pero tranquila, ella también se ha llevado lo suyo— aseguró entre risas. Stella se arrepintió de no haber cogido el bus anterior, pues le hubiera encantado estar ahí para presenciar la pelea de ambas por el castaño.



    —Jo, cuando pasa algo interesante en este cuartel, voy yo y me lo pierdo— bufó revisando entre las carpetas— Bueno, entonces... ¿Light y tú ya estáis oficialmente juntos?— preguntó la pelirroja con una sonrisa. La policía asintió emocionada, ya que ella, en el fondo, siempre había sentido algo por el chico.



    —Sí, tía— contestó— Es más tierno... No te imaginas lo feliz que estoy— afirmó alegre.



    —De nada, ¿eh?— Leyre la miró sin saber a qué se refería— No, no te hagas la sueca, que si no es por mí, todavía seguirías deprimida por los rincones— le recordó Stella. La chica rió.



    —Graciaaas— dijo Leyre dándole un abrazo.



    Tras esto, ambas chicas siguieron con su trabajo, sin hallar nada que les sirviese demasiado

    Horas después, sobre las cinco de la tarde, Leyre y Light salieron a la calle, preparados para desplazarse hasta la escena del último crimen cometido por el Asesino del Tarot.

    Stella y L se quedaron en el cuartel unos minutos más, terminando de guardar los avances que habían hecho ese día en el ordenador. La pelirroja estaba tan concentrada en los documentos, que no se había dado cuenta de que el detective se había acercado a ella, quedando tan solo unos centímetros de distancia entre ambos.

    Con disimulo, L posó su mano en el muslo desnudo de Stella, sobresaltándola y acabando con toda su concentración.



    La chica le miró extrañada, sin entender a qué venía ese gesto repentino por parte del pelinegro. Pero como era costumbre ya, ante cualquier roce del joven, la respiración de la pelirroja comenzó a agitarse al notar cómo los dedos del detective se movían libremente por la cara interna de sus muslos, acariciándolos con absoluto descaro, tratando de hacerla gemir de placer.



    Justo cuando Stella iba a soltar uno de los tantos jadeos que se agolpaban en sus labios, Watari llamó a la puerta, haciendo que la chica tuviese que reprimirse para no ser escuchada.

    L, lejos de separarse para darle una tregua, se pegó aún más a ella, y subió de intensidad las caricias, colocando sus dedos por dentro de la ropa interior, rozando directamente con el índice y el pulgar el punto más sensible de la policía.

    Stella contuvo la respiración, mordiéndose los labios para no gritar.



    —L, Stella...— les llamó Watari desde el otro lado de la puerta— Deberíais ir apagando los ordenadores. Nos vamos en cinco minutos— anunció el hombre con su habitual amabilidad.

    Cuando la chica iba a levantarse de su asiento, L la retuvo acelerando las caricias, haciéndolas más intensas, impidiendo que se moviese un sólo centímetro. Al sentir los dedos del pelinegro en su interior, la pelirroja apretó el puño con fuerza, ahogando un gemido aún más intenso que el anterior.



    —Gracias, Watari, ahora mismo vamos— respondió el detective con total normalidad, como si estuviese haciendo cualquiera de las cosas que hacía habitualmente.



    Watari asintió sonriente, desapareciendo por el pasillo, sin percatarse de nada de lo sucedido dentro de la sala de cámaras.

    Stella, haciendo acopio de todas sus fuerzas, se levantó de la silla, obligando al detective a que retirase la mano de su cuerpo. Sus mejillas denotaban un rubor intenso, y su pulso continuaba por las nubes.



    —¿¡Pero qué haces!? ¡Eres un maldito pervertido!— exclamó la joven profundamente indignada.



    —¿Pervertido? ¿Yo?— preguntó de forma inocente, como si no fuese con él la cosa— Pero si no he hecho nada, Stella...— murmuró tratando de desquiciar a la agente— Te lo has debido de imaginar...— concluyó con una sonrisa burlesca. Esta respuesta terminó de ofender a la chica, que tras colocarse la ropa, se levantó de la silla y empezó a andar hacia la salida de la sala de cámaras. Pero la voz de L la detuvo en seco.



    —Dos a dos— dijo sin girarse a mirarla.



    —Estúpido infantil...— susurró Stella enfadada antes de retirarse de la estancia con un sonoro portazo, causando una sonrisa triunfal en el detective.



    Diez minutos después, Light, Leyre, Stella y L se encontraban en el interior de la limusina conducida por Watari. Como era de esperar, Stella se sentó en la otra punta para no tener que estar junto L, pues todavía estaba enfadada por lo que éste le había hecho en la sala de cámaras. De vez en cuando podían apreciarse las miradas cargadas de rencor que le enviaba a su jefe. Leyre y Light se dieron cuenta, pero nuevamente optaron por guardar silencio.

    Una vez llegaron al apartamento donde tuvo lugar el asesinato relacionado con la quinta carta de la baraja, la unidad empezó a buscar alguna pista que se le hubiese podido escapar a la APN.



    Leyre observaba con curiosidad una enorme estantería llena de libros de anatomía, biología y otras ciencias. Esto hizo que llegase a la conclusión de que, probablemente, la víctima fuese profesor de universidad, debido a que todos esos libros eran típicos de un catedrático.

    En ese momento, uno de los ejemplares que había en el estante le llamó particularmente la atención, ya que se trataba de una edición muy antigua de Romeo y Julieta.

    Al cogerlo, se dio cuenta de que las páginas estaban amarillentas por el paso de los, más o menos, doscientos años que tendría el libro. Además, desprendían un olor añejo.

    Cuando la pelirroja iba a colocarlo de nuevo en su sitio, se dio cuenta de que un papel, que estaba dentro de aquel libro, había caído al suelo. Al agacharse para recogerlo, vio que se trataba de un folio doblado por la mitad en el que había escritos numerosos símbolos ilegibles. Lo observó extrañada y se lo enseñó a sus compañeros.



    —¿Sabéis qué puede ser esto?— preguntó tendiéndoles la hoja— Es como si fuesen una serie de signos antiguos...— antes de que pudiese acabar la frase, L le quitó el papel de las manos y lo observó con detenimiento.



    —¿Dónde lo has encontrado?— cuestionó el detective sin apartar la vista de aquella extraña simbología.



    —Estaba en esa estantería— señaló la chica con el dedo— Dentro de un antiguo ejemplar de Romeo y Julieta— añadió.



    —Romeo y Julieta...— murmuró Stella pensativa— ¡Claro! Romeo y Julieta son "Los Enamorados"— exclamó— Es la siguiente carta del Tarot— concluyó Stella con rapidez mientras observaba al detective, quien le dirigió una efímera mirada de satisfacción a su subordinada.



    —Exactamente— respondió L concentrado en el papel— Pero no conozco estos signos— agregó— Parecen una especie de runas, pero no estoy del todo seguro— murmuró llevándose el dedo pulgar a los labios en señal de deducción.



    —Tal vez deberíamos consultarlo en algún libro de esoterismo— sugirió Light mirando el papel de forma analítica.



    —Me parece bien— contestó L— Light, Leyre, vosotros iréis a una librería especializada para consultar el significado de los símbolos— sentenció— Stella y yo analizaremos el papel detenidamente—añadió— Es probable que contenga huellas y algún otro tipo de pistas que no debemos pasar por alto— siguió— Ahora más que nunca debemos andar con pies de plomo.

    Así que no hace falta que os diga que no quiero distracciones, ¿de acuerdo, parejita? De lo contrario, me veré obligado a poneros a Matsuda como niñera— avisó de forma seria, pero con cierto tono humorístico. Light y Leyre asintieron, obedeciendo al detective como si de un Sargento se tratase.

    Cuando Stella trató de expresar su descontento por el hecho de encerrarse nuevamente en el cuartel, L le dirigió una mirada autoritaria para dejarle bien claro que no quería escuchar ni un sólo "pero" con respecto a su decisión.



    Acto seguido, la unidad al completo abandonó la escena del crimen, separándose en parejas para encargarse de las tareas que el detective les había encomendado.

    Light tomó a Leyre de la mano, entrelazando sus dedos con los de ella de forma dulce, y paró un taxi para que los trasladase al distrito de Jimbocho, donde abundaban librerías de todo tipo.



    Los dos policías estaban tan concentrados en hacerse carantoñas, que no se dieron cuenta de que estaban siendo vigilados de cerca.

    Detrás de un enorme árbol, situado frente al edificio, un hombre moreno se dedicaba a hacer múltiples fotos a la joven pareja, esbozando una sonrisa siniestra y retorcida antes de abandonar el lugar.



    Veinte minutos después, ya en Jimbocho, Leyre y Light se encontraban en una librería esotérica. La pareja buscaba libros sobre simbología entre las estanterías de la tienda, tratando de encontrar alguno que les ayudase a descifrar las runas escritas en el papel que habían encontrado.



    —Creo que lo tengo— anunció Leyre triunfal, enseñándole a su novio el ejemplar de "Runas Celtas" que tenía entre sus manos.

    Light se acercó a la chica, pudiendo comprobar que se trataba de los mismos signos hallados en el papel. Juntos, intentaron desencriptar el mensaje oculto en aquellos símbolos.



    La primera runa era "Jera", que significaba "un cambio importante".



    La segunda, "Thurisaz", quería decir "peligro o maldad en el entorno".



    La tercera, "Mannus", significaba "soledad".



    La penúltima era "Uruz", y se trataba de un símbolo femenino que representaba "la ignorancia".



    La última runa, "Dagaz", significaba "la desesperación o el fin".



    Como todas las runas estaban invertidas, el significado era negativo. Además, el mensaje podía interpretarse de muchas formas, pero Light y Leyre terminaron decantándose por una en concreto, que era la que más les encajaba con el perfil del Asesino del Tarot:



    El cambio importante del que hablaba "Jera", se produciría en el modus operandi del siguiente crimen. Como "Thurisaz" simbolizaba la maldad, entendieron que se refería a un asesinato que se cometería en los próximos días. "Mannus" les ayudó a entender que las víctimas estarían en un lugar apartado y solitario que el criminal escogería. Con "Uruz" creyeron que la víctima femenina sería una mujer despistada, que no prestaba atención a las señales de su entorno. Finalmente, "Dagaz" les indicaba que las próximas víctimas morirían en las mismas circunstancias agónicas que los demás.



    Si bien era cierto que las deducciones que ambos habían hecho eran algo abstractas, al menos podían presumir de haber avanzado bastante con el caso, pues ahora conocían una serie de datos que antes ignoraban.

    Aún así, la pareja trató de indagar más, queriendo sacar una mayor cantidad de información de los otros libros de runas y signos que había en la tienda.

    Leyre estaba tan concentrada leyendo manuscritos sobre la simbología celta, que no se percató de que Light se había acercado sigilosamente hasta situarse justamente detrás de ella, acercando su rostro al hombro que aquella camiseta dejaba al descubierto, causando que la chica sintiese un escalofrío al notar el cálido aliento de su novio sobre su nuca.

    Cuando el castaño posó sus labios sobre su piel e inició un lento recorrido de besos mariposa por su cuello, el corazón de la pelirroja se desbocó por completo, no pudiendo evitar sonreír y cerrar los ojos, llevando una de sus manos hasta el cabello del joven para enterrarla en él.

    Repentinamente, Light rodeó la cintura de Leyre con sus brazos y la hizo voltearse, quedando ambos cara a cara.



    —Creo recordar que estábamos aquí por una investigación...— murmuró la pelirroja con una sonrisa divertida, tratando, sin voluntad alguna, de resistirse al juego de su novio.



    —Es culpa tuya— respondió el castaño mordiendo suavemente la barbilla de la joven— No deberías ser tan despistada— añadió sonriendo con picardía, acortando aún más la distancia mínima que los separaba al mismo tiempo que con sus manos bajaba la camisa de la policía para dejar sus hombros descubiertos, atacándolos con fugaces mordiscos que sólo supieron excitarla.



    Light emitió un gemido ronco que ahogó en la piel de Leyre. La excitó de sobremanera notar el deseo que ella provocaba en el joven policía.

    Sin alargar más la situación, el castaño atacó la boca de la pelirroja, quien llevó sus manos a la nuca de su novio, acariciándole los cabellos y profundizando el beso.

    Los besos se volvían más pasionales y húmedos con cada segundo que pasaba, acompañándose de múltiples caricias que enloquecían a la pareja.

    Estaban tan perdidos el uno en el otro que, sin quererlo, chocaron contra uno de los estantes de la librería, el cual estuvieron a punto de derribar por el arrebato lujurioso del momento.

    Inevitablemente, algunos libros de la estantería cayeron al suelo, haciendo un sonoro ruido seco que atrajo al dueño de la tienda al escuchar el estruendo.



    Light y Leyre se separaron rápidamente, y se colocaron sus ropas, tratando de disimular al coger cada uno un libro, fingiendo que sólo leían.

    Cuando el hombre se alejó del pasillo, ambos comenzaron a reír silenciosa pero nerviosamente por la situación en la que casi se habían visto envueltos.



    —Tú lo que quieres es que nos echen, ¿verdad?— susurró Leyre con una pregunta acusadora, aún con el pulso acelerado.



    —Lo que quiero, es que esta vez no hagas tanto ruido— murmuró Light tapando la boca de su chica con una mano, mientras acariciaba su cintura con la otra, besando su cuello con deseo.



    La policía disfrutaba de los toques y besos melosos del joven, cerrando los ojos ante el más mínimo contacto. Segundos después, esos besos dulces se tornaron lascivos, lamiendo la piel y mordiéndola con saña, como si con eso pudiese calmar el hambre voraz que llevaba aguantando desde aquella noche en Shibuya.

    La situación hacia que los movimientos de la pareja fuesen más rápidos y torpes de lo normal, pues temían ser descubiertos aunque eso aumentase la excitación que sentían.

    Leyre paseaba sus manos libremente por el torso de Light, apretando sus músculos a través de la camisa. El castaño seguía con los voraces besos en el cuello de ella, repartiéndolos tanto por sus labios como por su cuello y pechos, los cuales sobresalían ligeramente a través del sostén.



    La pareja intentaba no hacer demasiado ruido, algo verdaderamente difícil por los pequeños lametones y mordiscos que el policía dejaba en el indefenso cuerpo de la joven.

    Suavemente, Light bajó lo suficiente la camisa de Leyre para poder pasar las manos por su sujetador y desabrocharlo con maestría.

    La pelirroja sentía que cada caricia del castaño lograba que su mente se nublase por completo, hasta el punto de no dejarla pensar con claridad y hacer que centrase todo su entendimiento en el placer que le provocaban esos roces.

    Ya no existía ni un sólo centímetro de separación entre sus cuerpos, pues ambos se dedicaban a acariciar con desesperación cada parte de la piel visible del otro, apartando de su camino la ropa que cada vez les estorbaba más.



    Leyre tomó el mentón de Light, echando su rostro hacia un lado para besar la parte alta de su cuello, terminando por morder delicadamente la zona, dejando una rojiza marca en su piel que pronto se volvería violácea. Esto hizo que el chico cerrase los ojos, lanzando un gruñido bajo que puso a la joven a cien.

    Las manos de Light, que habían comenzado acariciando los muslos de Leyre, ahora se hallaban dentro de la ropa interior de ésta, introduciendo dos de sus dedos en su cuerpo, sabiendo exactamente dónde tocar para volver todavía más loca a su novia.

    La excitación de ambos ya era imposible de medir, y evidentemente ninguno de los dos estaba dispuesto a parar a esas alturas.

    Aún con parte de la ropa puesta, Light alzó la pierna de Leyre, subiéndole por completo la falda, y la situó sobre su cadera para, con un ágil movimiento, comenzar con las aceleradas embestidas.



    El esfuerzo que tenía que hacer la pelirroja por mantenerse en completo silencio era prácticamente sobrehumano. Así que al castaño sólo se le ocurrió besarla para poder acallar, también, sus propios gemidos.

    El joven agarraba con fuerza las nalgas de la chica, apretándolas entre sus dedos, buscando así unos movimientos mas rápidos y profundos. La policía rodeaba el cuello de su novio como si fuese un chaleco salvavidas, sintiendo que en cualquier momento el corazón se le acabaría saliendo del pecho.

    Light aceleraba, cada segundo que pasaba, las embestidas sin poder contenerse, queriendo encontrar un mayor placer del que ya sentían. Creyendo saber cómo hacerlo, volteó a Leyre y la puso contra la estantería, rodeando con sus brazos la cintura de ésta.

    El castaño gimió en el oído de la chica, mordiendo el lóbulo de su oreja con lujuria mientras bajaba descaradamente su mano hasta la entrepierna de la pelirroja para acariciar esa sensible zona.

    Como era de esperar, tuvo que tapar con su otra mano la boca de la joven, acallando los gemidos histéricos que sabía que soltaría si no lo hacía.

    De esta manera, Light continuó con una mayor y más rápida penetración.

    Leyre no tuvo más remedio que agarrarse a los estantes al sentir los latigazos de placer recorriendo todo su ser.

    Los gemidos ahogados se acumulaban en las gargantas de la pareja, que ya comenzaba a sudar por la agitación de sus cuerpos.

    La pelirroja se agarraba con fuerza a la madera de la estantería a la vez que el castaño la empotraba con fuerza, entrando y saliendo completamente de ella, mientras acariciaba sus pechos y muslos, y movía la cadera de ésta a su antojo.



    Los temblores que le provocaba el placer que estaba sintiendo causaron que el chico se descuidase, y que en un arrebato de pasión gruñese de forma ronca, a la vez que la embestía con saña, sintiendo la mayor satisfacción que jamás había sentido al estar con una mujer.

    Sabiendo que no aguantaría mucho más, Light dio una última embestida, más intensa y lenta que las demás, la cual dejó a Leyre sin respiración, y con el corazón y el pulso completamente desbocados.



    Al escuchar nuevamente los pasos del encargado de la tienda acercándose hasta donde se encontraban, el castaño y la pelirroja se separaron y se colocaron la ropa tan rápido como pudieron, pensando que serían descubiertos. Pero la suerte estuvo de su lado, pues de pronto alguien entró en la tienda y se dirigió directamente al dependiente, haciendo que éste se voltease para atender al cliente.

    Respiraron con tranquilidad al estar salvados de la incómoda situación que sería que los descubriesen, llegando incluso a reírse nerviosamente por lo cerca que habían estado. Finalmente, tras compartir una mirada cómplice, se dieron un último beso, y ambos decidieron irse a sus respectivas casas, dispuestos a contarles al día siguiente a Stella y L lo que habían deducido del mensaje a través de esas runas celtas.

    Pero a pesar del revuelo que habían causado, ni Light ni Leyre se percataron de que alguien les había estado vigilando desde la estantería paralela, y de que esa misma persona había sido testigo del tórrido encuentro que se había dado entre ellos en aquella librería.

    Mirándoles con la misma expresión fría y calculadora con la que les había espiado tras los matorrales una hora antes, el individuo se marchó dos minutos después que la pareja.

    Continuará…
     
    Última edición: 9 Marzo 2024
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    CAPÍTULO 6: EL ASESINO DEL TAROT (PARTE 2)


    Mientras tanto, en el cuartel, L y Stella examinaban a fondo la nota original, en busca de cualquier indicio que les llevase a averiguar algo más del Asesino del Tarot.

    La tensión entre ambos podía cortarse con un cuchillo, pues apenas se dirigían la palabra, ya que, cuando el detective le preguntaba algo a la policía, ella se limitaba a responderle con monosílabos, siempre que fuese algo relacionado con el trabajo. Si se trataba de algo ajeno a esto, ni siquiera contestaba.

    Tanto el uno como el otro mantenían una distancia prudencial, evitando todo contacto visual entre sí.

    L cabeceaba, sin poder evitar que se le cerrasen los ojos por el cansancio acumulado en su cuerpo. La expresión de profundo agotamiento se hacía evidente en su rostro. Además, el pelinegro tenía los hombros hundidos y sus ojeras se marcaban todavía más de lo habitual. Daba la impresión de que no hubiese descansado en días.

    Aunque Stella no quería dar su brazo a torcer, no le quedó más remedio que tragarse su orgullo y preguntarle.



    —¿Cuántos días llevas sin dormir?— preguntó tratando de sonar indiferente, aunque en realidad estaba preocupada por él.



    —¿Acaso te importa?— contestó L evadiendo la pregunta, sin dejar de mirar la hoja con las runas escritas.



    —Pues no, no me importa— respondió la policía con sequedad— Pero tampoco es que me haga ilusión que te dé un infarto— añadió ella sin mirarle.



    —Llevo más o menos... Una semana— murmuró el detective llevándose el pulgar a los labios.

    La cara de Stella era de total incredulidad, pues no podía creerse cómo L era capaz de trabajar en esas condiciones.



    —¿¡Y se puede saber qué narices estás haciendo aquí!?— preguntó la chica enfadada por ver cómo el pelinegro ponía en juego su salud— ¡Vete a dormir ahora mismo!— ordenó de forma autoritaria, sin poder evitar que la preocupación hiciese mella en su voz.



    —Tienes razón...— susurró el detective— Tal vez necesite descansar un poco— corroboró mirándola de reojo.



    Al levantarse de su puesto, el joven perdió el equilibrio, estando a punto de caerse debido al agotamiento.

    Stella le sujetó, evitando que llegase a tocar el suelo, aunque se apartó de él rápidamente, pensando que podría tratarse de un truco del detective para ganar el tonto juego que habían iniciado. Pero descarto esa teoría al comprobar que la mirada cansada de su jefe demostraba absoluto agotamiento.

    L se retiró torpemente a su habitación, mientras que Stella se quedaba guardando todos los avances obtenidos en el ordenador.

    De repente, la pelirroja se percató de un detalle que ambos habían pasado por alto. Y es que, al poner la hoja de papel a contraluz, se dio cuenta de que había unas marcas. Como si alguien se hubiese dedicado a escribir encima para después borrarlo. Al mirarlo bien, se dio cuenta de que se trataba del emblema de un león rugiendo. La pelirroja hizo un boceto en apenas unos segundos y lo escaneó, buscando en internet con qué podría estar relacionado.

    El primer resultado que le salió, fue un bar de carretera a las afueras de la ciudad, cuyo símbolo era idéntico.

    Rápidamente, cogió el papel y subió las escaleras con intención de encontrar la habitación de L.

    Abrió una puerta, sin antes llamar, presurosa por mostrarle al detective el nuevo hallazgo que había hecho.

    Una vez en la estancia, se encontró al pelinegro quitándose la camisa, lo que hizo que Stella enrojeciese al instante y tardase varios segundos en reaccionar.



    —P-Perdona...— tartamudeó con nerviosismo— Sólo quería mostrarte algo que había descubierto. Pero tal vez sea mejor que...— se quedó muda, viendo cómo el chico se quedaba con el torso al descubierto. Ambos se quedaron mirándose, sin decir una sola palabra.



    —Deja de mirarme así... Me voy a sonrojar— bromeó L con una sonrisa burlona, haciendo que las mejillas de la policía se incendiasen.



    Stella se dio la vuelta con la intención de irse, pero el detective se lo impidió, cogiéndola de la mano y atrayéndola hacia su cuerpo, quedando a escasos centímetros y capturando sus labios de forma voraz.

    La pelirroja se quedó aturdida por el rápido movimiento de su jefe. Aturdimiento que éste aprovechó para meter su lengua en la boca de la chica y dejarla sin aliento, causando que soltase un gemido.

    La policía paseó sus manos por el torso del joven, aprovechando para acariciar y disfrutar de la suave piel que tenía al descubierto.

    El detective intensificó el beso, llevando sus manos a la cintura de la chica para acercarla más y acabar por completo con la escasa distancia que aún les separaba.

    Stella sabía que L hacía todo eso por ganar aquel estúpido reto iniciado días atrás. Un reto en el que no iban a ceder.

    La pelirroja hizo acopio de todas sus fuerzas, las cuales disminuían con cada sugerente caricia del pelinegro. En un momento de lucidez que tuvo, trató de separarse, rompiendo el beso y dando un paso hacia atrás, poniendo distancia entre ambos.



    L dio un paso al frente, acercándose de nuevo a ella, y negándole la escapatoria que buscaba.

    En cambio, Stella volvió a retroceder para apartarse de él.

    De lo que no se había percatado la joven, era de que con cada paso que reculaba, se acercaba más a la cama del detective.

    Cuando chocó con el borde del colchón, se dio cuenta de que ya era demasiado tarde.

    L se encontraba frente a ella, mirándola como un peligroso depredador que acechaba a su presa para saltar sobre ella.

    Stella ya había cometido demasiados errores en esa jugada, y ahora se encontraba arrinconada.

    Atrapada entre L y la cama.

    La pelirroja intentó escapar pasando por el lado derecho del detective. Pero obviamente no funcionó.



    —¿Dónde crees que vas?— preguntó el chico cogiéndola del brazo, frustrando cualquier intento de escape.



    —Suéltame— exigió en vano, pues el pelinegro ignoró por completo sus exigencias. Incluso parecía disfrutar de su expresión furiosa.



    Stella deseaba salir de esa situación, pero desgraciadamente era incapaz de apartar la mirada del imponente cuerpo de L, recordando la calidez y suavidad de sus músculos. Aquellos que había acariciado hasta la saciedad en los baños del pub de Shibuya.

    Realmente deseaba volver a disfrutar de ese tacto adictivo, tan atrayente como si de la mejor cocaína se tratase.

    L lo sabía, y estaba dispuesto a hacer que Stella lo admitiese a cualquier precio.

    El chico tiró bruscamente del brazo de Stella, haciéndola caer de espaldas en el colchón.

    El detective se situó sobre la chica, rodeándola con sus piernas y limitando en gran parte sus movimientos.

    L agarró con fuerza las muñecas de Stella, y estiró sus brazos hasta dejarlos por encima de su cabeza, aproximando su rostro al de ella.



    —Eres una cabezota— susurró sensualmente, sabiendo que la chica tenía debilidad por que la hablasen al oído.

    La pelirroja estaba perdiendo el juego. Llevaba perdiendo desde que entró en esa habitación.



    —No bromees conmigo— intentó sonar arisca, mirándole con dureza. Pero no le funcionó.



    —En broma te digo que me quieras— murmuró.

    El cálido aliento de L acariciaba el cuello de Stella, pues le hablaba susurrándole al oído.



    La policía podía sentir su piel derretirse al contacto con el detective.

    Intentaba buscar la manera de escapar cuando, de repente, notó cierta humedad en su cuello, la cual subía desde la yugular hasta la mandíbula.

    Stella apretó los puños y cerró los ojos con fuerza, notando su pulso acelerarse.

    L sintió la tensión de su subordinada, y subió sus labios hasta los de ella con lentitud, disfrutando de cada pequeño roce.

    El joven agarró con una sola mano las dos muñecas de la chica, y con la que le quedó libre, bajó a su zona favorita: Los muslos de la joven. Esa parte suave, íntima y sensible que con un simple roce lograba excitarle hasta límites insospechados.

    El detective se acomodó entre las piernas de la chica, paseando sus manos libremente por estas, sin dejar ni un sólo centímetro de piel por explorar.



    Cuando llegó a la lencería de la joven, ésta tuvo que apretar los dientes y arquear la espalda para no gemir descontrolada.

    Sin dudarlo un segundo, el detective aprovechó para intensificar el roce de sus dedos sobre la tela unos segundos, haciéndola enloquecer del todo, para después proceder a subir la falda y bajar la ropa interior de la pelirroja hasta los tobillos.

    La respiración de L se aceleró con sólo ver esa zona de la chica al descubierto, la cual empezó a lamer primero con lentitud y después con desesperación.

    Todas las esperanzas de Stella por ganar ese juego ya habían desaparecido, pues llevaba bastante rato disfrutando de la lengua de L sobre su intimidad, lo que la hizo gritar de placer. Esta fue la señal de victoria que el detective buscaba, pues cuando vio que la policía iba a estallar, paró de repente.

    El pelinegro soltó las muñecas de la pelirroja, y se incorporó apartándose de ella, quedando sentado al borde de la cama.

    Stella se sentó en el mismo sitio, mirando al detective con decepción por, una vez más, haberla utilizado para su estúpido juego.



    —Genial... Has ganado. Espero que estés satisfecho— bufó Stella con resentimiento.



    —No, no lo estoy— respondió L en un susurro.



    —¿Qué has dicho?— preguntó nuevamente la chica girándose para verle, aunque le había escuchado perfectamente.



    —Que no estoy satisfecho— sentenció el joven con seriedad.







    Tras decir esto, el detective se puso frente a la joven, avanzando hacia ella a gatas, como si se tratase de un león a punto de abalanzarse hacia su presa desvalida.

    Cuando la pelirroja lo tuvo a centímetros de su rostro, le sostuvo la mirada con decisión, teniendo claro que en esa ocasión no cedería ni un ápice contra el pelinegro.



    —Hace ya mucho tiempo que esto dejó de ser un juego, Stella— susurró L mirándola fijamente, haciendo que la piel de la policía se erizase con el aliento de su jefe. Éste no dudó en empujarla con su propio cuerpo, tumbando nuevamente a su subordinada sobre el mullido colchón.



    Ese gesto hizo que ambos cuerpos se rozasen, causando que el detective jadease sin aliento debido a la proximidad con la agente.

    Stella se dio cuenta de la evidente excitación que provocaba en el joven, y lo aprovechó para cobrarse su pequeña venganza.

    La chica llevó una de sus manos hasta el bajo vientre del pelinegro, bajando más allá del ombligo y rozando su hombría por debajo de la ropa interior.

    L, situado sobre el cuerpo de Stella, se tensó de inmediato ante las caricias, teniendo que abrir la boca en busca de aire con el que llenar sus pulmones.

    Un calambre placentero surcó el vientre del detective, erizándole la piel con el tacto de la pelirroja. Ésta, aprovechando que lo tenía en ese punto, sacó la mano de la entrepierna de su jefe y le dio un efímero beso, dejándolo anonado.



    Naturalmente, iba a vengarse. No iba a dejar que las cosas se quedasen así.

    Sin vacilar un segundo, L agarró una de las piernas de la chica para que rodease su cintura, realizando movimientos sumamente placenteros sobre la zona sensible de Stella.

    La joven ladeó la cabeza hacia la derecha, mordiéndose el labio inferior para evitar gemir ruidosamente. El chico tomó con ambas manos su rostro y capturó los labios de la agente, mordiéndolos y besándolos con ansia.

    Con sus manos ya libres, se encargó de retirar la vestimenta la chica, dejándola únicamente en ropa interior.

    Stella llevó sus manos al botón de los vaqueros de L, bajándolos de forma presurosa, sin aguantar ni un segundo más las descaradas provocaciones de su jefe, quien la volvía loca con un sólo toque.

    Después de que ambos se deshiciesen de la ropa interior que les quedaba, comenzaron las pasionales embestidas.



    Ya no había lugar para los toques delicados o las caricias tiernas.

    L pensó varias veces en disminuir ese ritmo frenético y hacer las acometidas más pausadas, pues debido a la falta de sueño y al agotamiento físico y mental con el que cargaba, su corazón debía hacer un esfuerzo gigantesco por no colapsar. Pero eso era difícil incluso de planteárselo, ya que Stella gemía y gritaba de puro placer, retorciéndose bajo el cuerpo del pelinegro, que lo único que deseaba era llevar a la joven policía al mayor de los éxtasis.

    Por ello, las fuertes embestidas sólo lograban que la pelirroja se abrazase a las caderas de su jefe con ambas piernas para no separarse de éste ni un sólo milímetro.

    Debido a esto, la chica clavaba las uñas en la espalda y hombros del detective cada vez que las embestidas eran lo bastante profundas y certeras. Tanto como para llevarla al límite.

    L comenzó a notar una inmensa fatiga, sintiendo cómo perlas de sudor resbalaban por su frente. Pero aún así, el joven estaba decidido a no bajar el ritmo de sus movimientos, pues quería seguir escuchando los gemidos de su subordinada escapar de sus labios sin control alguno.

    Stella se movía debajo de L, buscando aún más placer del que ya sentía. Algo prácticamente imposible.



    Aunque estaba completamente agotado, el detective seguía sin estar dispuesto a renunciar al placer de estar íntimamente con la pelirroja.

    Y como tampoco quería privarla de esos movimientos feroces, el joven aumentó todavía más el ritmo de sus embestidas.

    Pero al igual que toda persona humana, la extenuación comenzaba a hacer mella en L, quien sentía más dolor en sus músculos que placer en las embestidas.

    Stella se dio cuenta de la situación, y le obligó a bajar la intensidad de sus movimientos, distrayéndolo con besos en la mejilla y los labios.



    —Relájate un poco— pidió la joven— Tampoco quiero que te dé un infarto— aseguró con una sonrisa sincera, amainando las embestidas para que fuesen mucho más lentas.



    El detective le devolvió la sonrisa, y decidió hacerle caso, ya que planeaba muchos más momento así con la pelirroja, y no los tendría si moría a tan temprana edad.

    Por lo tanto, las oleadas de placer llegaban más lentas pero igual de intensas.

    L besaba con ternura a Stella, pasando sus manos por las caderas y pechos de ella, disfrutando del suave roce de la piel de la joven.

    La tensión fue desapareciendo, poco a poco, hasta que se relajaron por completo, disfrutando el uno del otro con todo el tiempo del mundo, como si tuviesen mil años por delante para estar juntos un millón de veces más.

    Finalmente, ambos terminaron al mismo tiempo, y con el mismo ritmo lento y certero que habían adoptado minutos atrás.

    Al acabar, el detective se tumbó boca arriba junto a la joven, respirando con gran dificultad por el esfuerzo sobrehumano que había hecho para satisfacer sexualmente a la pelirroja.

    Sin decir una sola palabra, L se volteó para rodear la cintura de Stella con sus brazos y darle un cariñoso beso en la mejilla.

    Estaba claro que no podía ni con su alma.

    Pero con total seguridad sabía que esa noche dormiría mejor que en toda su vida.



    A la mañana siguiente, Leyre y Light llegaron al cuartel puntuales como dos relojes suizos.

    La pareja se sorprendió bastante al ver a Stella, con la misma ropa del día anterior y una expresión adormilada, como si se acabase de levantar de la cama y no le hubiese dado tiempo a tomar ni un café.



    —Tía... ¿Por qué llevas puesta la ropa de ayer? ¿Es que has dormido aquí?— preguntó Leyre con una sonrisa curiosa, imaginándose lo ocurrido entre su amiga y su jefe.



    —Sí... Pero no es lo que te imaginas, ¿eh?— contestó Stella con una mentira que ni ella misma se estaba creyendo— Es que nos quedamos investigando hasta muy tarde, y ya dije "pues me quedo", y eso... Que aquí estoy— se excusó mirando de reojo a la chica, quien comprendió al instante que más tarde le diría la verdad, cuando el castaño no estuviese delante. Así que a la pelirroja no le quedó más remedio que asentir con una sonrisa, a la espera de enterarse de todos los detalles jugosos.



    —¿Estás segura de que nos vamos a tragar esa mentira, Stella?— la interrogó Light de forma bromista— ¿Te crees que nacimos ayer?— añadió arqueando una ceja simpáticamente.

    La mencionada rió, decidiendo seguirle la broma al chico al fijarse en la evidente marca violácea que su amiga tenía en el cuello



    —¿Y tú qué, Yagami?— respondió Stella con otra pregunta— ¿Ayer te dedicaste a investigar los símbolos que encontramos en el papel, o a estudiar anatomía con una que yo me sé?— agregó mirándoles divertida, dejando al policía sin defensa alguna. Leyre no pudo hacer más que carcajearse al ver la cara de su novio.



    —Touché— contestó Light con una sonrisa, sin volver a hacer un sólo comentario.



    Varios segundos después, L bajó las escaleras con la misma actitud pasota de siempre.

    Al ver a sus subordinados juntos, el detective frenó en seco, mirándolos fijamente a los tres desde una altura considerable.



    —Buenos días...— saludó el chico de forma monótona.



    —Buenos días, L— respondieron Light y Leyre.

    Stella, en lugar de responder, se limitó a mirar hacia otro, ruborizada e incapaz de mirar al detective a los ojos tras lo ocurrido entre ellos la noche anterior.

    Cinco minutos después, la unidad ya se encontraba en la sala de cámaras, compartiendo entre sí los avances que habían hecho acerca del caso. Esto dejó al detective impresionado por la eficiencia de sus agentes, comprobando una vez más que tenía a la mejor brigada a su servicio.



    —Buen trabajo— les felicitó L— Tras esto, podemos determinar que el asesino es una especie de adivino y que su siguiente víctima será una pareja— dedujo— Además, yo también he llegado a la conclusión de que su modus operandi va a cambiar. Y a juzgar por el emblema que encontró Stella en la nota original, seguramente escogerá como lugar del crimen un sitio cercano a ese bar— añadió llevándose el dedo pulgar a los labios— Fantástico. Estamos muy cerca de atraparlo— anunció triunfal.



    —Ya sólo nos faltaría saber cuándo va a cometer el siguiente crimen— murmuró Light pensativo, llevando el dedo índice a su cabeza.



    —Estoy segura de que en la casa de la víctima, habrá más pistas que nos den la información que necesitamos— aseguró Leyre.



    —Puede ser— dijo L— Pero no podemos volver. El caso está a cargo de la APN, y nosotros lo estamos investigando por nuestra cuenta. Bastante hicieron al dejarnos ir a la escena del crimen una vez. No nos dejarán ir dos— explicó con simpleza.



    —Pero...— respondió Light— Puede que si hablo con mi padre, nos consiga un segundo permiso para volver...— añadió recordando que el hombre era el más alto cargo del cuerpo policial de Kantō. L negó con la cabeza.



    —No, Light— contestó— Aunque tu padre sea el Jefe de Policía, si hiciera eso se pondría en contra al resto de sus hombres. No podemos ponerle en esa tesitura— sentenció con firmeza.

    El castaño asintió dándole la razón al detective, pues sabía bien que esa era una petición complicada.



    Finalizada la reunión, cada uno ocupó su puesto habitual en el cuartel. Leyre y Stella fueron a la sala de informes para revisar de nuevo todas las pruebas que tenían, e intentar encontrar más indicios acerca del próximo asesinato.

    Las chicas consultaron las fechas de los anteriores crímenes que había cometido el Asesino del Tarot, tratando de hallar un símil entre éstas. Pero nada. Aparentemente no había nada que pudiese ayudarlas, ya que las fechas parecían escogidas al azar.

    Mientras tanto, en la sala de cámaras, Light y L tampoco tuvieron mayor suerte, pues tras revisar todos los datos, se dieron cuenta de que todo conducía a la misma conclusión a la que ya habían llegado días atrás.

    En la sala de informes, Leyre le contaba a Stella, en voz baja debido a los micrófonos de las cámaras, lo que había ocurrido entre Light y ella la tarde anterior en la librería esotérica.



    —Ya ves, tía... Como te lo cuento— dijo Leyre sonrojada pero con picardía— Así, de repente, le dio el punto pasional y acabamos... Ya sabes— confesó con el corazón acelerado al recordar la escena— Fue tan tierno y tan sensual a la vez... Me encanta, te lo juro— afirmó con total seguridad.



    —Pues si ves a L... No me lo podía creer, enserio. Jamás me llegué a imaginar que podía ser tan salvaje en la cama— explicó Stella con una sonrisa cargada de pillería— Buah, es que menuda fiera, tía— le narró con pelos y señales lo sucedido entre ella y el detective la pasada noche.



    En la sala de cámaras, los dos jóvenes estaban más atentos a tratar de oír la conversación que mantenían las chicas, que a los informes sobre el escritorio.



    —¿Tú oyes algo de lo que dicen?— preguntó Light con curiosidad, sin despegar la vista de las pantallas.



    —Calla, calla, que creo que oigo algo— respondió L subiendo el volumen al máximo, absolutamente interesado por captar la conversación de las chicas. En ese momento empezaron a escuchar, con claridad, lo que Stella y Leyre decían. El detective miró al joven policía atentamente, e hizo un comentario burlón de los suyos— Joder, Yagami...— dijo llamando la atención del castaño— Menos mal que las chicas decían que eras gay...— murmuró llevándose el dedo pulgar a los labios, esbozando una sonrisa.



    —Y a ti que te llamaban rarito... Menudo fiera estás hecho— contestó el chico con una expresión divertida.



    —Obviamente he ganado yo— sentenció L de forma triunfal.



    —¿De qué hablas?— preguntó Light confuso, sin saber a qué se refería exactamente el pelinegro.



    —¿Es que no las oyes?— respondió el detective con otra pregunta— Es obvio que yo soy mejor que tú en la cama— aseguró con un deje cargado de superioridad.



    —Venga ya, L... Deja de flipar, anda— contestó el castaño riéndose de la tontería que acababa de soltar su jefe— Lo mío tiene más mérito... Lo hicimos en una librería, a sabiendas de que podían pillarnos en cualquier momento. Y aún así... Escucha lo que dice Leyre— añadió con orgullo.



    —¿Más mérito por qué, Light?— quiso saber L— Mira, si no quieres admitir la derrota, no lo hagas. Pero no pongas esa excusa tan tonta, porque no te la crees ni tú— respondió observando a su subordinado con una expresión socarrona.



    —¿Derrota dices? Jajaja— se carcajeó Light— En este tema no es que no puedas ganarme, es que ni siquiera puedes igualarme, L— aseguró con una sonrisa altanera, sin ni siquiera mirar a su jefe.



    —Soy infinitamente mejor que tú, Yagami. Asúmelo— rebatió el detective con total seguridad en sus palabras.



    —¿De verdad te crees lo que dices?— preguntó el castaño con sorna— Porque, oye... Si tan seguro estás, deberíamos apostarnos algo— propuso viéndose claramente vencedor— ¿No te parece?— añadió.



    —Estoy de acuerdo— respondió el pelinegro mientras se llevaba el dedo pulgar a los labios, pensando en cómo sería la apuesta— Lo haremos así: El que más impresione a su novia, ganará un punto— explicó las reglas— y dentro de un mes veremos quién de los dos tiene mayor puntuación— concluyó con una sonrisa de suficiencia.



    —Perfecto, pero... ¿Cómo sabremos quién ha impresionado más a su pareja?— preguntó Light interesado en el planteamiento de su amigo.



    —Fácil. ¿No las has escuchado hace un momento?— contestó L— Se lo cuentan todo, así que... Cuando hablen del tema, veremos quién lo ha hecho mejor— aclaró llevándose nuevamente el dedo pulgar a los labios— Ahora veamos los premios— agregó con una sonrisa malvada— Si gano yo, admitirás que soy mejor que tú. Y no sólo en esto, que eso ya lo sabemos, si no en todo— propuso agrandando dicha expresión.



    —Claro que sí, sigue soñando— dijo Light con respecto a que L era mejor en la cama que él— Y en cuanto al premio que propones, acepto. Pero, si gano yo... No volverás a llamarme Kira. Jamás— sentenció con seriedad. El detective se lo pensó unas décimas de segundo, pero finalmente aceptó.



    —De acuerdo...— contestó el pelinegro— Trato hecho— dicho esto, ambos se dieron la mano, dando la apuesta por empezada.



    Una hora después, en el cambio de turno, Stella pasó a la sala de cámaras con L, mientras que Light fue a la sala de informes con Leyre.

    Pasado un cuarto de hora, el castaño se levantó de su puesto y se dirigió a la cocina a por un vaso de agua. Por su parte, la pelirroja fue al baño a retocarse un poco el maquillaje.

    Pocos minutos más tarde, la chica volvía nuevamente a la sala de informes.

    Como ya era costumbre en ella, iba distraída, con una sonrisa boba en la cara al pensar en lo sucedido la tarde anterior con su novio.

    Tan en su mundo estaba, que no se percató de que el policía la estaba esperando al final del pasillo, apoyado en una de las tantas puertas que había en esa ala de cuartel.

    Al ver que la chica iba a pasar de largo, el joven la cogió del brazo y la metió dentro de una pequeña habitación en la cual se guardaban varios utensilios y productos de limpieza.

    Teniendo ese lugar sólo para ellos, Light empotró a Leyre contra una pared lisa, quedando ambos prácticamente pegados. Esto provocó una sonrisa en ella, puesto que no se esperaba que el chico hiciese algo así en su lugar de trabajo.

    Sin apenas darse cuenta la pelirroja, los labios del castaño ya recorrían con gula y ferocidad su boca, como si le fuese la vida en ello.

    Light mordió el labio inferior de Leyre, llevando el beso hasta la mandíbula, y volviendo a bajar hasta sus labios en segundos.



    —Pero bueno... ¿Y esto? ¿A qué se debe?— preguntó la policía con curiosidad un par de minutos después, cuando el joven le dio tregua para que ambos pudiesen recuperar el aliento.



    —¿Qué pasa? ¿Es que tengo que tener una razón para querer estar con mi novia?— contestó el castaño con una sonrisa provocativa, sin dejar lugar a réplicas.



    Sin decir una palabra más, Light desabotonó la camisa de Leyre con rapidez, dando vía libre a sus manos, que sin dudar un segundo capturaron sus pechos de forma ansiosa, apretándolos con ambas manos, y besándolos por encima del sostén.

    Esto hizo que la pelirroja inclinase la cabeza hacia atrás, soltando pequeños gemidos, y disfrutando de la maestría que demostraba el chico cuando se trataba de complacerla.

    Segundos después, Light bajó sus besos hasta la zona del ombligo, jugueteando con el piercing de Leyre, y dejando un rastro de saliva sobre su tersa piel.

    Cuando llegó a los pantalones de la joven, el castaño llevó sus manos hasta el botón de éstos y lo desabrochó hábilmente, no tardando en bajar la prenda hasta las rodillas para centrarse de pleno en la lencería. y seguir con los besos y las caricias por encima de la ropa interior, de la cual también se deshizo unos instantes después.



    Teniendo a su novia semidesnuda, el policía llevó sus labios a la zona más sensible de la agente, quien respiraba entrecortadamente, sintiendo que en cualquier momento iba a desfallecer por la excitación que el chico la hacía sentir con sus toques.

    Leyre acariciaba los cabellos de Light, mientras que éste paseaba sus labios libremente por el área más placentera de ella.

    Los jadeos de la pelirroja se volvían gemidos casi imposibles de acallar cuando el castaño lamía ciertas zonas especiales que la hacían enloquecer.

    Cuando la chica estaba a punto de llegar al clímax por los certeros movimientos de la lengua de su novio, una voz, muy bien conocida por la pareja, habló por los altavoces.



    —Parejita, siento interrumpir este derroche de sensualidad, pero he de recordaros que estamos en horario laboral, y que no se permiten este tipo de comportamientos en el cuartel.

    Así que os pido por favor, que salgáis del cuarto de la limpieza, y mantengáis la compostura. Gracias— dijo L desde la sala de cámaras.



    Al escuchar al detective, Light separó inmediatamente su rostro de los muslos de Leyre, y se puso en pie, bufando por la sucia jugarreta que había usado su amigo para evitar que ganase su primer punto en la apuesta.

    La policía se colocó la ropa rápidamente, y segundos después salieron del pequeño cuarto.

    Mientras tanto, en su lugar habitual de trabajo, L apagaba el micrófono con una sonrisa triunfal.



    —Mira que eres malo, ¿eh?— dijo Stella entre risas— ¿Se puede saber por qué te gusta tanto molestar a Light?— preguntó observándole fijamente.



    —¿Yo? ¿Molestar a Light?— respondió L de forma dramática, como si esa jamás hubiese sido su intención— Para nada— se contestó a sí mismo— Sólo hago que cumpla las normas.

    Por mucho menos, ya hubiese echado a cualquiera del cuartel— explicó tratando de excusarse.



    —¿Por qué? ¿Por besarse?— cuestionó la policía a su lado— Porque... Por si te falla la memoria, te recuerdo que tú y yo nos hemos acostado. En el cuartel, además— aclaró recordándole al chico lo ocurrido la noche anterior.



    —Bueno, pero yo soy el jefe— afirmó con altanería— Yo sí puedo saltarme las normas, Stella— añadió sonriente. La pelirroja negó con la cabeza, asumiendo que el detective no tenía remedio, y que intentar razonar con él, era como intentar razonar con un niño chico.



    —Sigo creyendo que deberías dejar a Light y Leyre en paz— sugirió la joven observando las cámaras. El pelinegro la miró divagando.



    —Oye, ¿qué significó para ti lo que pasó anoche entre nosotros y lo que hicimos en Shibuya?— preguntó L de forma directa, mirando a Stella con atención.

    La policía se giró sorprendida, sosteniéndole la mirada sin nerviosismo.



    —Ya que eres el mejor detective del mundo, ¿por qué no respondes tú mismo a esa pregunta?— quiso saber Stella— ¿Tú qué crees que significó para mí estar contigo?— preguntó sin quitarle los ojos de encima.

    L se llevó el dedo pulgar a los labios, y miró hacia el techo, meditando su respuesta.



    —Digamos que... Teniendo en cuenta que te quedaste conmigo en aquel pub, que me ayudaste cuando me encontraba mal, que no te apartaste cuando te besé, que disfrutaste cuando te acaricié...— enumeró los hechos— Y que, a pesar de todo, después de esos tontos juegos, aún quisiste acostarte conmigo anoche... Pienso que deberíamos tener una relación de pareja— dedujo— Pero, como soy una de las personas más buscadas de todo el mundo, y multitud de criminales estarían encantados de hacerme daño a mí o a la gente que quiero— murmuró mirando a la chica fijamente al decir esto último— Creo que deberíamos tener una relación secreta— concluyó sin apartarle la mirada. Stella entornó los ojos y asintió.



    —Puede que tengas razón...— concordó con el detective— Estar juntos públicamente sería algo peligroso— susurró apenada, pues a ella le apetecía poder gritar a los cuatro vientos que estaba enamorada de L.



    —Exacto— sentenció L— Cualquiera podría hacerte daño, y eso es lo último que quiero en esta vida— dijo con un tono dulce que hizo sonreír a la pelirroja— Además, míralo por el lado positivo. Estar juntos en secreto hace la relación más interesante...— agregó acercándose a Stella para robarle un beso.



    De pronto, las puertas de la sala de cámaras se abrieron de par en par, dando paso a Light y a Leyre. La chica estaba totalmente sonrojada y era incapaz de mirar a L y a Stella.

    Por el contrario, Light miraba al detective visiblemente enfadado, con evidente rencor.



    —¡Eres un tramposo, L!— exclamó Light mirando a su amigo, el cual rió por lo bajo.



    Stella y Leyre le miraron confundidas, sin saber por qué el chico llamaba tramposo al detective.

    Pero no quisieron preguntarle, ya que por lo visto, no estaba el horno para bollos.

    La policía, viendo la incómoda situación en el ambiente, se levantó apresurada y se dirigió hacia su amiga pelirroja.



    —Oye, tía, ¿vamos a tomar un café?— preguntó Stella salvando a Leyre del apuro de tener que mirar a L a la cara.

    Leyre asintió presurosa, y ambas chicas salieron de la sala de cámaras, dejando a L desprotegido ante un enfurecido Light.



    —¿¡Cómo has podido hacer eso!?— gritó Light enfadado— ¡Esto se llama Sabotaje! En Japón, en Invernalia y en los Siete Reinos. Donde vayas y lo preguntes. ¡Sabotaje!— exclamó indignado.



    —¿Sabotaje? No, no te equivoques. Esto se llama Trabajo— se defendió L— Y en el trabajo queda estrictamente prohibido propasarse— sentenció con firmeza. Aunque esa firmeza la utilizase sólo con quien le interesase a él. Esto hizo que Light resoplase con fuerza.



    —Mira, L... Hagas lo que hagas, voy a ganar esta apuesta— afirmó Light con seguridad en sí mismo— Da igual las trampas uses. Esto, lo gano yo— le adelantó.



    —Con esa actitud tan infantil, lo único que vas a ganar es un aumento de probabilidades de ser Kira— respondió el detective haciéndole perder los papeles— Light Yagami... Te estás inculpando tú solito— murmuró con toda la tranquilidad del mundo.



    Light se mordió la lengua por no gritarle cuatro cosas, y se retiró de la sala dando un sonoro portazo, dejando al detective solo con una sonrisa triunfal, ya que de momento había ganado una batalla, pero no la guerra.

    Cuando Light volvía a la sala de informes junto a Leyre, se cruzó con Stella, quien volvía hacia la sala de cámaras.



    —Stella, te recomiendo que tengas cuidado con él. No es de fiar— aseguró el castaño señalando hacia la puerta. La pelirroja no entendió nada, pero supuso que se trataba del rencor que éste le guardaba al detective por haber fastidiado el momento que la pareja compartía en el cuarto de limpieza.



    —Gracias, Light. Lo tendré en cuenta— contestó la chica encogiéndose de hombros antes de entrar a la sala de cámaras.



    En la sala de informes, Light y Leyre intentaban encontrar algo que les llevase al siguiente crimen que cometería el Asesino del Tarot. Ambos revisaban una y otra vez los expedientes de las anteriores víctimas, observando con detenimiento cada foto y muestra de las escenas del crimen. Pero seguían sin encontrar ningún hilo que las conectase entre sí.



    —Llevamos días con este caso y nada. No hay por dónde tirar. Esto es agotador— murmuró Leyre abatida.



    —Tienes razón, pero no podemos hacer otra cosa. Sólo tenemos estas pruebas— dijo Light señalando los informes en la mesa.



    —Claro que podemos...— susurró la chica en voz baja para que el detective no escuchase la conversación que mantenían— Si pudiéramos volver al apartamento, estoy segura de que encontraríamos algo— añadió tratando de tentar a su novio.



    —Pero... ¿No has oído a L?— cuestionó el chico— No podemos volver. La APN se encarga del caso. Nosotros somos una unidad especial a cargo del "famoso detective L"— le recordó.

    Aún así, la pelirroja no se daría por vencida.



    —Lo sé, Light, y tienes razón. Pero sabes tan bien como yo, que si queremos resolver este caso sin que haya más víctimas, esa es la única baza que tenemos— rebatió la joven con seriedad. El castaño se quedó pensativo, barajando lo que le estaba sugiriendo su novia.



    —Entonces, si no lo he entendido mal, me estás proponiendo que salgamos de aquí sin que L se entere. ¿Es eso?— preguntó Light, todavía incrédulo por la idea que había tenido Leyre.

    Ella asintió muy despacio, tratando de que las cámaras no percibiesen el gesto. El policía pareció pensárselo, sopesando cómo llevarían a cabo el arriesgado plan. La chica sonrió al saber que había logrado convencerle.



    —¿Y bien? ¿Alguna idea de cómo salir del cuartel?— preguntó con curiosidad. Light tardó escasos segundos en dar con la solución.



    —Creo que lo tengo— murmuró él de forma casi inaudible— Principalmente, necesitamos que L nos dé su autorización para salir— comenzó a explicar— Y evidentemente, la única forma de conseguirlo, es haciendo que necesite algo del exterior. Como Watari no está, sólo Stella, tú o yo podríamos salir a comprar— dijo— Por esa parte, lo tenemos resuelto. Ahora solamente nos falta averiguar qué es lo que L pueda necesitar— añadió pensativo.

    La pelirroja admiró la conclusión a la que había llegado su novio, y se enorgulleció aún más de lo inteligente que era.



    —Pues... Hasta donde nosotros sabemos, lo único sin lo que L no puede vivir, es el azúcar— afirmó Leyre haciendo memoria de los excéntricos gustos del detective— Pero... El problema es que todavía quedan dos sacos de 2kg en la despensa de la cocina...— recordó—¿Cómo vamos a deshacernos de 4kg sin que se dé cuenta?— preguntó, mordiéndose el labio inferior con nerviosismo.



    —Me parece que tengo la solución, pero es algo difícil de explicar. Pásame un folio— pidió Light, comenzando a realizar un esquema del plan que tenía en mente: Primero, el chico iría a la cocina, cogería dos tazas grandes y las llenaría de azúcar. Con su cuerpo, taparía el ángulo de las cámaras para que no pudiesen captar el detalle. Después, con las tazas en mano, volvería a la sala de informes, simulando tomarse un café con su novia. Tras pasar una hora, Leyre, con el azúcar de las tazas metido en el bolso, iría al baño, y vaciaría el contenido de éste en el retrete. Mientras tanto, Light iría nuevamente a la cocina con las tazas vacías, y fingiría preparar otro café, repitiendo de nuevo toda la operación "azúcar por el váter", sólo que en esa ocasión, él se encargaría de vaciar el contenido de las tazas, que más tarde la pelirroja dejaría en la mesa de la sala de informes.

    De esta manera, la pareja ya se habría librado de 2kg de azúcar. El otro saco lo metería la chica en su bolso cuando fuese al baño, y lo tirarían en cualquier papelera fuera del cuartel.



    Tras quedar todo claro, ambos ejecutaron el plan establecido, el cual salió a la perfección.

    Pero como no era oro todo lo que relucía, en sala de cámaras, L y Stella miraban las pantallas extrañados por la sospechosa actitud de la pareja.



    —Oye, ¿es cosa mía, o esos dos están actuando un poco raro?— preguntó Stella frunciendo el ceño, observando detenidamente los movimientos de Light y Leyre.



    —¿Por qué lo dices?— cuestionó L mirando las cámaras, con su habitual dedo pulgar en los labios.



    —Bueno... Es que la última vez que Light entró al baño, llevaba dos tazas en la mano— respondió la chica— Pero cuando se cruzó con Leyre y se las dio, las tazas eran diferentes. Vamos, que eran otras tazas— explicó con total convencimiento. Aunque era difícil de apreciar a simple vista, al aumentar la imagen, L se percató del detalle.



    —Tienes razón...— murmuró el detective— Esto es muy sospechoso— afirmó— ¿Por qué iba Light a intercambiar las tazas de repente, y en mitad del pasillo?— se preguntó a sí mismo, tratando de encontrar la razón.



    —Es un poco raro, sí— susurró la policía— Pero bueno, no te preocupes, será una tontería...— dijo intentando quitarle hierro al asunto.



    —No, no lo es...— aseguró el pelinegro— Están tramando algo— sentenció con seriedad, entornando los ojos. Su novia procuró calmarlo, sabiendo muy bien cómo se ponía cuando le daba por algo en particular.



    Aproximadamente media hora después, llegó la hora del café de L.

    Stella se levantó de su sitio, y fue a la cocina para prepararlo, cumpliendo con la labor que normalmente hacía Watari.

    Pero cuando ya tuvo el café hecho, la joven se percató de que ya no quedaba ni siquiera un gramo de azúcar que echarle a la taza.

    Por lo que, presurosa, volvió junto al detective y le explicó la situación extrema, para él, en la que se encontraban en ese momento.

    Como era de esperar, L y Stella fueron a hablar con Light y Leyre, ya que habían sido los últimos en tomar café.



    —Eh, vosotros dos...— les llamó Stella como si se tratase de una madre regañando a sus hijos pequeños— ¿Se puede saber qué habéis hecho con el azúcar? ¿Os lo habéis metido en vena o qué?— preguntó mirándoles con suspicacia.



    -Uy, ¿pero no queda nada?— respondió Leyre haciéndose la tonta— Nosotros sólo nos acabamos uno de los sacos. Pero creíamos que había otro— se excusó con total naturalidad, rezando porque la creyesen.



    —Es que había otro— contestó L mirándoles acusadoramente, con los ojos entrecerrados, buscando el más mínimo gesto que delatase su fechoría.



    —Pues en la cocina sólo quedaba ese— dijo Light de forma tranquila, mintiendo con maestría— Pero vamos, L, que si tanto necesitas el azúcar, nos acercamos un momento a comprarlo y listo— se ofreció aparentando indiferencia.



    —No, gracias...— murmuró el detective sin apartar la mirada de la pareja— Puedo pasar unas horas sin azúcar. Mañana le pediré a Watari que compre un par de sacos de 25 kg— contestó dándose la vuelta, y dirigiéndose a la sala de cámaras.



    Los tres policías se miraron anonadados, aunque intentaron que no se les notase demasiado para no quedar al descubierto.

    Pero de igual manera, no cabían en su asombro, ya que lo último que se esperaban era esa reacción del detective-amante del azúcar.

    Stella siguió a L sin decir una palabra.



    —L, ¿estás seguro de que no quieres que vaya a comprar azúcar?— preguntó la joven temerosa de que su novio no pasase bien el día ante la falta de dulce.



    —Segurísimo— contestó el pelinegro— Esos dos están tramando algo— vaticinó— Y no pienso dejar que se salgan con la suya— sentenció mientras seguía su rumbo a la sala de cámaras, sin mirar a la chica. Y es que el detective era realmente más listo de lo que se pensaban, y podía imaginarse a la perfección lo que la pareja planeaba— Prepárame un café— pidió tajante.



    —¿Sin azúcar?— preguntó Stella todavía incrédula por las palabras del chico.



    —Sin azúcar— contestó con total seriedad, como si se tratase de un reto que estaba dispuesto a cumplir fuese como fuese.



    La pelirroja fue a la cocina a preparar nuevamente el café del pelinegro, y volvió con éste a los pocos minutos, rezando internamente porque al detective no se muriese de asco por lo amargo que estaba.



    —Quema un poco... Ten cuidado— advirtió Stella soplando suavemente la bebida.



    —Eso no es lo que más me preocupa— respondió L observando el café con una disimulada expresión temerosa. Tras dar el primer sorbo, su cara se tornó verde y escupió el contenido como si de matarratas se tratara— Bueno... Mejor me lo tomo luego— murmuró apartando la taza de su vista y alcance.

    Pasaron los minutos, y sorprendentemente, el detective parecía estar tranquilo.

    Pero repentinamente, empezó a dar pequeños golpecitos en la mesa con su dedo índice, presa de un tic que la policía era incapaz de aguantar.



    —¿Te puedes estar quieto? Me estás poniendo nerviosa— dijo Stella cortante.



    —¿Eh? Pero si no estoy haciendo nada— contestó L como si realmente no supiese de lo que hablaba la chica, la cual señaló su mano haciendo que cesasen los desquiciantes ruiditos. Pero apenas unos instantes después, el pelinegro comenzó a golpear el suelo con el pie, molestando de nuevo a la frustrada joven— Esto es lo que me pasa si no tomo café— murmuró entre dientes— Es casi como estar con el mono de las drogas— se excusó intentando parar, aún sabiendo que no podría lograrlo.



    —Intenta tomártelo. Haz un esfuerzo sólo por hoy— pidió Stella con amabilidad, aunque planteándose seriamente desobedecerle y bajar a la tienda a por una tonelada de azúcar.



    L la obedeció, y se bebió el amargo café de un trago. Sin respirar. Y fue ese preciso momento el que hizo que su cara se tornase pálida, y su habitual expresión indiferente, adoptase una mueca de profundo asco.

    Respiró hondo, intentando parecer sereno, y apretó los labios con fuerza. Entonces cayó redondo al suelo, como si hubiese sufrido un infarto agudo de miocardio.

    Rápidamente, Stella se agachó a la altura de L y le levantó del suelo, pasando el brazo de éste por sus hombros, y llevándolo hasta la sala de informes, donde se encontraban Light y Leyre.

    Al detective le costaba caminar y se le doblaban las rodillas, por lo que a Stella no le quedó más remedio que arrastrarle.

    Cuando entraron a la sala, L tenía la cabeza gacha, y su rostro estaba oculto tras su propio pelo. Stella, haciendo acopio de todas sus fuerzas, le sujetó de la camisa para que no se cayese otra vez al suelo.



    —¿¡Pero qué le has hecho!?— preguntó Light visiblemente preocupado al ver a su amigo en esas condiciones.



    —¿Yo?— cuestionó Stella asustada— Pero si sólo le he dado un café— explicó.



    —¡Pero, tía! ¿¡Cómo se te ocurre darle un café solo!?— cuestionó ahora Leyre, alarmada, pensando en que tal vez Light y ella se habían excedido al dejarle sin nada de azúcar.



    —¡Me lo pidió él!— exclamó la pelirroja angustiada— ¿¡Qué querías que hiciera!?— dijo tumbando a L boca arriba antes de agacharse y acercar su mejilla a la nariz y boca del detective.



    —¡Pues negárselo!— contestó su amiga preocupada.



    —Vale, aún respira— afirmó la chica aliviada, sintiendo su frente perlada de sudor por la tensión.



    —Vamos a ver, seamos serios...— pidió el castaño tranquilo— No se va a morir por tomarse un café solo— aseguró.



    —Eso lo dices porque no viste su cara cuando se lo tomó— dijo la pelirroja— Yo pensaba que le estaba dando un infarto— añadió.

    Entre los tres policías cogieron en brazos al detective, y le llevaron a su habitación, tumbándole en la cama.



    —Necesitamos agua y toallas— dijo Stella mirando a su novio, el cual parecía un pobre moribundo. Dicho esto, Leyre cogió las toallas y Light llevó un barreño lleno de agua fría para que Stella le humedeciese la frente y la nuca a L, intentando hacerle reaccionar— Parece que ya está un poco mejor— anunció— Venga, id a por azúcar y le preparamos otro café. Deprisa— ordenó Stella.



    Light y Leyre asintieron obedientes, viendo el cielo abierto para poder escapar del cuartel y llevar a cabo su plan.

    Una vez fuera, la pareja cogió un taxi, y en apenas media hora llegaron al edificio donde el Asesino del Tarot cometió su último crimen.

    Ya en el rellano de la víctima, se saltaron el cordón policial y, con un imperdible, abrieron la puerta del apartamento.

    Estando dentro de éste, empezaron a buscar alguna pista que concretara el asesinato, esperando tener la misma suerte que tuvieron la primera vez. Mientras Light miraba las estanterías y los cajones, Leyre revisaba el resto del mobiliario del salón, peinando ambos todos los rincones del lugar sin hallar nada nuevo.

    La pelirroja se dirigió al baño, probando más suerte con esa zona, y el castaño permaneció en la misma estancia.

    Al observar el lugar, la joven se percató de que en la rendija que había en el armario que estaba sobre el lavabo, sobresalía la pequeña esquina de un papel doblado por la mitad.

    Aunque podría tratarse de cualquier detalle sin importancia, ésta decidió mirar. Así que, con sumo cuidado, sacó la hoja y comprobó que había algo escrito: Números romanos.

    Y concretamente, parecía ser una fecha.

    Cuando Leyre se disponía a llamar a Light, notó cómo alguien, desde atrás, le tapaba la boca con un pañuelo húmedo. Un leve forcejeo después, la chica quedó inconsciente.

    Light, todavía en el salón, se dio cuenta de que se había hecho un silencio sepulcral al dejar de oír a Leyre. Algo que le extrañó demasiado. Temiéndose lo peor, el muy inteligente castaño, fue hacia el baño. Pero antes de eso, se llevó la mano a su reloj, rozando el botón de "ayuda" que conectaba directamente con el cuartel.

    Todos los agentes del "caso Kira" tenían ese mismo reloj, y servía para emitir una llamada de auxilio si se encontraban en peligro.

    Light se acercó al baño sigilosamente, y entró. Al ver que estaba vacío, buscó a Leyre con la mirada. Cuando iba a llamarla, alguien le agarró por la espalda fuertemente y tapó su nariz con el mismo pañuelo empapado.

    Esta vez, el forcejeo fue más intenso, por lo que Light tuvo tiempo suficiente para pulsar el botón de "ayuda" de su reloj antes de caer dormido al igual que su novia.
     
  7.  
    Bellapoms

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    SUBORDINADOS (Fanfic Death Note)
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    Comedia Romántica
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    CAPÍTULO 7: SECUESTRO

    Mientras Light y Leyre eran secuestrados en el apartamento de la víctima del Asesino del Tarot, en el cuartel, concretamente en la habitación del detective, Stella seguía tratando de reanimar a L, quien poco a poco iba recobrando el conocimiento, sintiéndose como si viese la luz después del túnel.

    A la pelirroja le costó mucho, pero finalmente consiguió que el pelinegro abriese lentamente los ojos y pudiese, con gran esfuerzo, incorporarse para quedar sentado en la cama. La chica le acercó un vaso de agua a los labios, y el detective dio un largo sorbo al sentir la garganta completamente seca y rasposa.



    —Aaagh... Todavía me sabe la boca a café amargo— murmuró el joven terriblemente disgustado por lo sucedido una hora atrás.



    —No te preocupes, L— contestó la policía— Ya me he encargado de que esos dos vayan a comprar azúcar. Seguro que están a punto de llegar— afirmó confiando en que en cualquier momento, Light y Leyre entrarían por la puerta con varios kilos de azúcar. La cara del detective se volvió más pálida de lo habitual.



    —¿Cómo has dicho? ¿Has dejado que salgan?— preguntó el chico sin poder creerse lo que su novia acababa de decirle— ¿Por qué? ¡Estaba claro que tramaban algo!— exclamó disgustado.



    —¿Y qué iba a hacer, L? ¿Dejarte en esa especie de estado hipoglucémico?— contestó la pelirroja preocupada tras haber visto a su novio a punto de sufrir un coma diabético.



    —Pff... No me fío un pelo de esos dos— sentenció el pelinegro llevándose las manos a la cabeza— Vete tú a saber qué estarán haciendo ahora mismo. No me extrañaría nada que en cualquier momento se anunciase que ha habido un cataclismo o algo peor— murmuró pensando en todas los posibles desastres, que él creía, que Light y Leyre podían causar.

    En ese mismo instante, sonó una escandalosa alarma en todo el cuartel. Una clara señal que L interpretó como "peligro".



    —¿Qué es eso?— preguntó Stella extrañada, pues nunca había escuchado ese sonido tan estridente.



    —Es la alarma que suena cuando alguno de los agentes del "caso Kira" está en peligro— contestó L visiblemente preocupado, señalando la muñeca de la chica— Ese reloj que tienes puesto sirve para hacer una llamada de emergencia al cuartel cuando estáis en una emergencia.



    En ese momento, ambos comprendieron que dicha señal la habían dado Light o Leyre, y que por tanto, la pareja estaba en apuros.

    Sin perder un segundo, L y Stella fueron a la sala de cámaras, comprobando cómo en la pantalla grande había salido un GPS de Tokyo junto a una señal roja en movimiento.



    —¿Y ese mapa? ¿Por qué hay un punto rojo moviéndose?— preguntó Stella preocupada por sus amigos.



    —Cuando se activa esta alarma, el transmisor GPS del reloj nos envía la posición exacta del agente que dio el aviso— explicó observando atentamente la pantalla, viendo cómo el punto rojo se movía a una velocidad importante.

    En la esquina derecha del mapa, había un código y un apellido, los cuales coincidían con la placa y la identificación de Light.

    Sin dejar pasar un segundo más, Stella y L llamaron a las unidades de refuerzo y a Watari, que aún estando ausente, no tardó en ponerse en marcha para rescatar a la pareja.



    Mientras todo esto sucedía, a las afueras de Tokyo, en una vieja casa abandonada, Light Yagami empezaba a despertar de los efectos del cloroformo con el que le habían neutralizado.

    El castaño se hallaba sentado en una silla, con las manos atadas a la espalda y algo confuso. Miró a su alrededor, sin lograr reconocer nada de lo que había en el entorno, desconociendo por completo dónde se encontraba.

    Pero, aún así, el chico rápidamente se acordó de su novia, a la cual no había visto desde que se separaron para explorar el apartamento de la víctima del Asesino del Tarot.



    —¿Light...?— le llamó Leyre confusa, sintiendo dolor de cabeza y un ligero mareo por los efectos del sedante— ¿Eres tú?— preguntó asustada, ya que tampoco sabía dónde se encontraba en ese momento.



    —Sí, soy yo, cariño. ¿Te encuentras estás bien? ¿Te duele algo?— quiso saber el policía, quien estaba muy preocupado por lo que le hubiese podido ocurrir a la pelirroja.



    —Sí, estoy bien. Tranquilo— murmuró ella— Light... ¿Dónde estamos? ¿Qué ha pasado?— volvió a preguntar, esta vez más consciente aunque igual de aterrada.



    —Nos han secuestrado— contestó el joven intentando trasmitirle tranquilidad— Pero no te preocupes. Vamos a salir de aquí sanos y salvos. No voy a permitir que te pase nada— prometió rozando su mano levemente por el impedimento de las ataduras.



    A los pocos segundos, escucharon unos pasos que se dirigían a la estancia en la que ambos estaban. Así que no les quedó más remedio que armarse de valor y esperar a ver de quién era la persona que los había raptado y, por ende, cometido los crímenes.

    La puerta se abrió con un chirrido estrepitoso, y por ésta entró un hombre trajeado de unos 25 años, alto, de complexión delgada, con el pelo negro y por los hombros y una mirada realmente perturbadora, como si se hubiese escapado del psiquiátrico más seguro del mundo.

    Al verlo, Light trató de desatarse y encararlo, tirando con fuerza de las cuerdas que le ataban las manos.



    —¡Qué sorpresa tan agradable!— exclamó el moreno con una sonrisa tétrica— Al fin nos conocemos, Light Yagami. ¿O debería llamarle Kira?— preguntó mirando fijamente a Light, el cual le observaba sin entender por qué aquel desconocido se refería a él como "Kira"— Llevo mucho tiempo esperando este momento. Es como un sueño hecho realidad— añadió— Es un honor tenerle aquí, frente a mis ojos— afirmó con orgullo al ver a su ídolo. Light y Leyre le miraban desconcertados— Ups, perdone mis malos modales, por favor— se disculpó antes de presentarse— Mi nombre es Teru Mikami, y soy su más humilde servidor, mi Dios— concluyó haciendo una reverencia ante el castaño.



    —¿¡Qué estás diciendo!? ¿¡Es que estás chalado o qué!?— inquirió Light alterado— ¡Yo no soy Kira! ¡Y tampoco soy tu Dios!— sentenció. Leyre asintió dándole la razón a su novio.



    —¡Claro que lo es!— exclamó Mikami emocionado de poder estar hablando con quien él consideraba que era Dios— ¡Usted es Kira! ¡Usted es quien purga al mundo de la gente malvada que lo habita!— aseguró con convicción— Armonía me lo dijo— agregó haciendo que Leyre enarcase una ceja.



    —¿Quién... Quién es Armonía?— preguntó la chica de forma seria. El moreno rió sonoramente al haberlo mencionado sin dar ningún detalle previo.



    —Ah, Armonía es mi Shinigami— contestó con naturalidad, como el que hablaba de su mascota. Los dos policías giraron la cabeza para mirarse entre sí, anonadados por la locura del sujeto que tenían enfrente.



    —¿Shinigami dices?— preguntó Light incrédulo— ¿Te refieres a un Mensajero de la Muerte?— añadió recordando haber estudiado sobre esas criaturas cuando iba al instituto.



    —Eso es, mi Dios— respondió Mikami— De hecho, su antiguo Shinigami, Ryuk, se lo confirmó. Él le dijo a Armonía que usted era Kira— afirmó con una enorme sonrisa al contemplar al castaño— Y naturalmente, Armonía me lo dijo a mí— concluyó.



    —¿Mi antiguo Shinigami? ¿Ryuk? ¿Pero de qué estás hablando? ¡Yo jamás he visto un Shinigami! ¡Ni siquiera sé si realmente existen o te lo estás inventando!— respondió Light sintiendo cómo perdía los papeles por culpa de las tonterías que decía el desquiciado de Teru Mikami. Leyre le dio la mano, como buenamente pudo, para intentar tranquilizarle.



    —Claro que lo hizo, mi Dios. Puede que no lo recuerde o que simplemente quiera fingir delante de la chica— dijo el moreno refiriéndose a la pelirroja, a la cual miró despectivamente, sintiendo que ésta no estaba a la altura de su adorado Kira— Pero yo sé la verdad, y le admiro profundamente por ello— agregó volviendo a dirigir su mirada a Light.



    —Y si tanto le admiras, ¿por qué nos has secuestrado?— preguntó Leyre queriendo saber cuál sería el proceder del Asesino del Tarot— ¿Por qué mataste a esas personas?— añadió.



    —¿Es que no es obvio?— respondió con otra pregunta— Porque lo venero, y quiero ser como él— sentenció con simpleza— Además, esos infelices a los que asesiné, eran personas impuras. Gente que no merecía vivir en el Nuevo Mundo— explicó con desdén.



    —¡Ya te he dicho que yo no soy Kira!— gritó Light furioso— Yo no soy un asesino. Tú, sí— afirmó mirándolo con repulsión.



    —Mi Dios... Usted mató a muchísimas personas. Su propósito era muy noble, de verdad— dijo Mikami convencido de sus palabras— Pero para nuestra desgracia, ese estúpido de L tuvo que entrometerse en sus planes...— añadió insultando ahora al detective, cosa que enfureció a la pareja— Y ahora mírese. Ya no es ni la sombra de lo que un día fue— miró al castaño de arriba a abajo aunque sin dejar de sonreír con idolatría— De todas formas no se preocupe, mi Dios, que para eso estoy yo aquí— anunció— Pienso continuar con el legado de Kira y volver a encumbrar su nombre hasta conseguir el mundo perfecto que la gente buena merece— concluyó. Esto asustó a la pelirroja, pues estaban ante un psicópata de manual.



    —¿Y qué piensas hacer?— preguntó Leyre sin soltar la mano de Light, quien entrelazó sus dedos con los de su novia en un intento de protegerla.



    —Lo primero que haré será asesinarte a ti— contestó el moreno mirándola fijamente, con un malvado brillo rojo en los ojos. La cara de Leyre fue de terror, pero la de Light fue mucho peor, mezclando odio, asco, rabia y profunda ira en una misma expresión, ya que se negaba a permitir que le pasase nada a su novia— No me será difícil— aseguró con tranquilidad— Te mataré con mi Cuaderno de Muerte, tal y como lo hice con todos aquellos deshechos humanos— concluyó, confesando que los asesinatos habían sido cometidos con una Death Note.



    —¿Cuaderno de Muerte?— preguntó la pelirroja sin entender a qué se refería con eso.



    —Sí, Cuaderno de Muerte— respondió Mikami con antipatía, como si la chica fuese tonta— Armonía me lo dio— añadió— Gracias al cuaderno, puedo matar a quien quiera sólo con ver su cara y saber su nombre completo— explicó mirándola con una sonrisa burlona— Y el tuyo lo sé, Leyre Sanz— murmuró agrandando la sonrisa. El castaño gruñó colérico.



    —¡Aléjate de ella!— ordenó Light entre dientes, mientras intentaba desatar sus manos sin que Mikami se percatase— Como le toques un sólo pelo, te doy mi palabra que yo mismo te mato con mis propias manos— avisó agitándose en la silla. El moreno río a carcajadas, viendo simpática la reacción del policía.



    —Y no pienso ponerle una mano encima, mi Dios— contestó Mikami— Solamente me basta con escribir su nombre en mi cuaderno y pensar en una muerte creativa. Una muerte sádica. Como la que tuvo la pobre Emily, por ejemplo— añadió con cara de loco, mencionando con desprecio a la hija del amigo de Watari. Light y Leyre le miraron sin poder creerse lo que decía, pues todo sonaba demasiado fantasioso como para ser real— Y después, cuando tú hayas muerto— siguió refiriéndose a la pelirroja— Te seguirá la agente Alborán junto con el resto de la unidad, Watari y por supuesto, L— afirmó hablando según lo planeado— Voy a acabar con todos ellos, mi Dios. Y voy a hacerlo por usted. Para que nada ni nadie pueda impedirnos conseguir el Nuevo Mundo que deseamos— dijo ahora mirando a Light, quien ya casi estaba desatado y a punto de lanzarse a por el maníaco asesino.



    —¡Cállate! ¡No digas ni una sola palabra más!— ordenó el policía iracundo.



    — Es nuestro destino, Kira— concluyó el moreno. Sin poder aguantar más, el castaño se abalanzó hacia el psicópata y lo tiró al suelo al pillarlo desprevenido.



    —¡Light!— la pelirroja gritó asustada por el hecho de que a su novio pudiese pasarle algo al enzarzarse en la pelea.



    —TE DIJE QUE TE CALLARAS— gritó Light encima de Mikami, agarrándolo del cuello de la camisa completamente fuera de sí— VOY A MATARTE. ¿ME OYES BIEN? TE VOY A MATAR— le avisó tras darle el primer puñetazo en el pómulo. El asesino río de forma extravagante— ESA MUJER ES LO QUE MÁS QUIERO EN LA VIDA— dijo señalando a Leyre, la cual sonrió por las palabras del chico— ASÍ QUE NO SE TE OCURRA HACERLE EL MÁS MÍNIMO DAÑO. NI A ELLA, NI A MIS AMIGOS, MANIÁTICO DESQUICIADO— agregó dándole un segundo y tercer puñetazo, que hizo que la sangre de Mikami saliese a borbotones de su nariz, probablemente rota— Ah, y una cosa más... NO VUELVAS A LLAMARME KIRA JAMÁS— finalizó propinando el último golpe que dejó al moreno noqueado. Leyre, que también había logrado desatarse, se levantó de la silla y fue hasta donde estaba Light, abrazándole por la cintura y poniendo la mejilla derecha contra su espalda.

    El castaño se dio la vuelta al sentirla.



    —¿Estás bien, cariño?— preguntó abrazando fuertemente a la policía, que enterró su cara en el pecho de su novio, asintiendo en silencio— No te preocupes, ya ha pasado todo— murmuró besando sus cabellos.



    —Tenía mucho miedo de que pasase algo malo, Light— sollozó Leyre sin dejar de abrazarse a la cintura del chico.



    —¿Crees que iba a permitirlo? Prefiero morir antes que dejar que ese psicópata te haga cualquier cosa— afirmó con absoluta sinceridad, acunando el rostro de la pelirroja entre sus manos para besarla dulcemente.



    En ese momento, Light y Leyre escucharon el ruido estridente de las sirenas de policía desde fuera de la casa. Tras oír el golpe seco con el que echaron abajo la puerta principal, varios agentes policiales corrieron hasta el sótano, en el cual se encontraba la pareja y un derrotado Teru Mikami tirado en el suelo.

    L y Stella entraron presurosos, yendo inmediatamente la pelirroja a darle un fuerte abrazo a su amiga.



    —¿Estáis bien? ¿Os ha hecho algo ese desgraciado?— preguntó Stella mirando asqueada al moreno sangrante. Leyre asintió, tratando de contener las lágrimas que brotaban de sus ojos por el susto que habían pasado.

    L por fin pudo respirar tranquilo al verles en perfecto estado, ya que ninguno tenía una sola magulladura.



    —Madre mía, Light... ¿Hemos venido a detener a este o a ti?— preguntó el detective con una sonrisa burlesca al ver los nudillos del castaño manchados con la sangre del criminal.



    —Uy, L... Ten cuidado. No le hagas enfadar nunca— dijo Stella riéndose por cómo había quedado el chico a manos de su amigo. Esto hizo reír al joven policía.



    —Vaya, vaya... Así que por fin tenemos al famoso Asesino del Tarot...— murmuró L observando al hombre que estaba en el suelo tirado, mascullando palabras ininteligibles. Light asintió. Mientras tanto, un par de policías se llevaba a Mikami detenido, dirigiéndolo al coche patrulla— ¿Habéis averiguado algo de él?— preguntó interesado.



    —Se llama Teru Mikami— contestó Leyre recordando el nombre de quien los había secuestrado— Es un auténtico zumbado— afirmó— Nos ha contado una historia muy rara. Insistía en que Light era Kira y lo llamaba "mi Dios" todo el rato, tratándolo como si fuese una divinidad— explicó sin poder creerse lo que les había contado. L la miró con atención.



    —¿Y por qué estaba tan seguro de que tú eras Kira, Light?— preguntó el detective con cierto recelo.



    —Y yo qué sé— respondió Light— Según nos ha dicho, fue su Shinigami quien se lo contó— añadió encogiéndose de hombros, dando a Mikami por desequilibrado. Al pelinegro le cambió la cara, adoptando en gesto de pavor.



    —¿Shini... Shinigami?— preguntó asustado. Stella se quedó ojiplática, ya que pensaba que eran criaturas mitológicas.



    —Sí, un Shinigami— reafirmó Light— El mismo que le dio un... ¿Cuaderno de Muerte?— preguntó ahora mirando a Leyre, la cual asintió— Para matar a sus víctimas y convertirse en un Dios o algo así— expuso recordando lo que Teru había dicho.



    —¿Cómo que un Cuaderno de Muerte para matar a sus víctimas?— quiso saber Stella sin dar crédito a lo que oía— ¿Cómo va a matar con un cuaderno?— insistió.



    —No le busques explicación, Stella— respondió Leyre— Ese tipo está loco. Seguro que ha escapado de un psiquiátrico o algo por el estilo— añadió.



    —Así que el Asesino del Tarot, es un seguidor acérrimo de Kira que ve Shinigamis y mata con un cuaderno, ¿no?— dijo L tratando de hilar las explicaciones de sus subordinados. Leyre y Light asintieron— Mmm... Interesante...— murmuró mirando al castaño de arriba a abajo, pensando en que tal vez no era tan descabellada la teoría de que el Primer Kira asesinase de esa manera.



    —Bueno, no os preocupéis. La cuestión es que estáis a salvo y que ese malnacido se pudrirá en el patíbulo— anunció Stella con una sonrisa consoladora, haciendo que sus amigos asintieran contentos de haber atrapado al criminal.



    —Cambiando de tema, L... Yo creo que nos merecemos que nos des la enhorabuena, ¿no te parece?— dijo el castaño de forma triunfal, pues por la astucia que habían tenido, habían capturado a un tipo muy peligroso. El detective fulminó con la mirada a la pareja.



    —¿La enhorabuena dices?— preguntó de forma seria pero sarcástica— Yagami, te recuerdo que el intento de asesinato es un crimen también en Japón— contestó haciendo alusión al sabotaje que le habían hecho con el tema del azúcar. Light y Leyre se miraron entre sí, sin decir una sola palabra. Stella, en cambio, tuvo que reprimir una risa por la indirecta de su novio.



    Después de que L pidiese a los agentes que se encargaban del caso que buscasen la Death Note de Mikami, los cuatro salieron de la casa abandonada, dejando que la policía y el forense se hicieran cargo.

    En la calle, Watari los condujo hasta la comisaría para que pudieran declarar.

    Allí, en la sala de interrogatorios, la confesión de Mikami coincidió totalmente con lo que Light y Leyre habían contado en la casa, por lo que el juez y el fiscal del caso, al darlo por loco, pidieron el ingreso preventivo del detenido en una prisión psiquiátrica de máxima seguridad hasta el juicio.



    Una hora después, Light, Leyre, Stella y L salieron de la comisaría.

    La APN comunicó al detective que no habían hallado rastros de la supuesta Death Note, lo que afianzó la creencia del pelinegro acerca de que Mikami era simplemente un demente con delirios de grandeza y tendente al brote psicótico.



    Debido a que ya era tarde para volver al cuartel, L dejó que Light y Leyre se marcharan a casa, posponiendo el sermón que les daría por saltarse las normas, exponerse al peligro y atentar contra su propia vida, al privarle de azúcar, para el día siguiente, cuando hubiesen descansado y se hubieran repuesto del susto que se habían llevado ese día.

    Como era de esperar, Light se ofreció a llevar a Leyre a su casa, pues aunque la policía se había ofrecido a escoltarles en un coche patrulla, el castaño prefería ser él mismo quien la acompañase, asegurándose de dejarla sana y salva. Pero lo que no se esperaba, era que la pelirroja le hiciese aquella petición.



    —Light... ¿Te puedes quedar conmigo esta noche?— preguntó la joven una vez estuvieron frente al portal de su casa. El policía sonrió dulcemente.



    —Por supuesto que sí— contestó el chico llevando la mano de su novia hasta sus labios y dejando un tierno beso en el dorso de ésta.



    Tras esto, Light apagó el motor del coche y junto con Leyre, se encaminaron, cogidos de la mano, a la puerta del edificio. Una vez dentro del apartamento, la chica le enseñó la casa a su novio, pues al llevar poco tiempo juntos, éste todavía no conocía su piso.

    Al llegar a la habitación, la joven le dio al castaño un pijama negro que había comprado para él un par de días atrás, sabiendo que en algún momento se quedaría a dormir con ella.



    —Y ahí está el baño— dijo Leyre señalando el aseo que estaba dentro de su habitación— Si quieres, puedes ir cambiándote mientras yo preparo algo de comer— propuso con una sonrisa. El chico sonrió asintiendo.

    Apenas unos minutos después, Light salió del baño con el pijama ya puesto. Leyre sonrió al verlo.



    —¿Qué tal? ¿Me queda bien?— preguntó el castaño como si de un modelo se tratase.



    —¿Pero qué no te queda bien a ti, amor?— respondió la pelirroja a modo de pregunta, acercándose para darle un beso, que el policía correspondió gustoso. Repentinamente, la abrazó con fuerza, cosa que sorprendió a la joven.



    —Estar sin ti...— murmuró sin soltarla, afianzando aún más, si era posible, el abrazo— He pasado mucho miedo, atado a esa silla, pensando que ese cabrón pudiese hacerte daño— confesó colocando sus manos en los hombros de su novia y mirándola fijamente.



    —Pero no ha pasado nada— trató de tranquilizarle ella al rozar su rostro con sus dedos— Me he sentido muy protegida gracias a ti— añadió de forma sincera— Y por cierto... No conocía yo esa faceta tuya de Rocky Balboa— dijo riendo para quitarle hierro al asunto. Esto hizo sonreír al policía.



    —Si te soy sincero, yo tampoco— admitió divertido— Pero la sacaría mil veces si con eso evito que te hagan daño— aseguró emocionando a la chica, la cual volvió a besarle.



    Tras esto, Leyre y Light se dispusieron a preparar una ensalada wakame y un poco de pollo a la plancha. Algo ligero y sencillo con lo que llenar el estomago, pues no habían vuelto a comer nada desde antes de urdir el plan de huida contra L.

    Después de esto, la pareja se relajo tumbándose en el sofá para ver algo de Netflix.

    La policía se acomodó en el hombro de su novio, donde se sentía cómoda y segura.

    Pero media hora después de empezar la película, la pelirroja empezó a sentir sus párpados sumamente pesados debido al agotamiento por el intenso día.

    Así que, sabiendo que se dormiría en cualquier momento, acomodó su cabeza en el regazo del castaño, quien sonrió por el gesto de ella, y se tumbó por completo en el sofá. Finalmente, a los pocos minutos, el sueño la venció.

    Light, también cansado por la tensión a la que habían sido expuestos con el enfrentamiento de Mikami, apagó la tele y cogió a Leyre en brazos para llevarla al dormitorio.

    Una vez allí, la tumbó en la cama y la tapó con una fina sábana, pues aunque estaban en verano, por las noches refrescaba un poquito.

    Acto seguido, se acomodó de lado junto a ella, incorporándose ligeramente para observar su tranquila y acompasada respiración.

    Sintiendo la mirada de Light sobre ella, Leyre abrió los ojos lentamente, encontrándose de lleno con las orbes color caramelo de su novio, que la miraban con infinita dulzura, lo que hizo que la pelirroja sonriese.



    —¿No tienes sueño, amor?— preguntó la policía en un susurro. El castaño le devolvió la sonrisa, acariciándole la mejilla con un cariño estremecedor.



    —Algo...— contestó él— Pero quería verte dormir. Transmites tanta paz...— murmuró con voz melosa. La pelirroja se giró y puso su mano en el rostro del chico, sintiéndose afortunada de tenerle a su lado, protegiéndola.



    Leyre se acercó con delicadeza al rostro de Light y posó sus labios sobre los suyos, logrando que su novio atrapase, despacio, la boca de la chica con la suya propia en un beso suave y tierno.

    Los dedos del castaño pasaron desde la mejilla hasta el pelo de la policía, provocando ligeros roces que cosquilleaban su piel.

    El contacto era realmente cariñoso y agradable.

    La pelirroja posó sus manos en el cuello del castaño, regalándole delicadas caricias a su suave cabello.



    —Tú te has asustado por mí, Light. Pero no te puedes ni llegar a imaginar lo que hubiera hecho si algo malo te hubiese ocurrido— murmuró la chica casi pegada a los labios del joven, quien notaba aún el contacto de su boca— Es que... Eres la persona que más he querido en mi vida. No puedo ni imaginarme un futuro sin ti— le declaró, notando cómo las lágrimas se acumulaban en sus ojos. Esto hizo sonreír dulcemente al joven, que sentía exactamente lo mismo por ella.



    —No lo pienses más, por favor— suplicó él abrazándola por la cintura y besando su frente— Yo estoy bien. Tú estás bien. Eso es lo único que importa— afirmó sin separarse un sólo milímetro de su cuerpo. La dulzura con la que la trataba solamente a ella era algo indescriptible.



    Light jamás le había hablado así a ninguna otra persona. Desde niño, siempre había mantenido las distancias y la compostura, siendo formal incluso con su propia familia. Pero con Leyre era distinto. Cuando estaba con ella, sentía la necesidad de ser protector y cariñoso.

    De mimarla con ternura, y de consentirla como si de una niña se tratase.

    Haberla visto en peligro, aunque Mikami no le hubiese tocado un pelo, le había dolido demasiado. Tanto, que había sacado una faceta luchadora que ni siquiera sabía que existía en él.

    Tenía total y absolutamente claro que no iba a dejar que nadie la dañase lo más mínimo,

    jamás, pues sólo el mero hecho de pensar en perderla le aterrorizaba.

    Light reconocía que esa sensación de completa protección era algo posesiva. Lo sabía muy bien. Por ello, con el pasar de los segundos, los besos se volvieron más profundos y voraces, acelerando vertiginosamente el corazón y el pulso del castaño.

    La galantería con la que había empezado a besar a Leyre desapareció de repente, dando paso a un instinto más fiero y salvaje, que le hizo bajar sus manos hasta la cadera de la chica, recorriendo por el camino su espalda, y acercándola aún más a su cuerpo. Esto sorprendió a la pelirroja, que separó sus labios de los del policía para poder respirar.



    —Perdóname...— susurró Light mirándola a los ojos, alejándose apenas unos centímetros.



    —No te preocupes...— musitó Leyre— No has hecho nada malo— afirmó sonriendo para tranquilizarle.



    —Claro que sí— respondió el castaño— Estás cansada, y yo he sido un grosero al dejarme llevar por el momento— aseguró, dejando evidencia de que su educación y caballerosidad eran completamente indiscutibles, lo que enamoraba todavía más a la pelirroja.



    Light sonrió con ternura y, tras darle un dulce beso en la frente a Leyre, la abrazó cariñosamente, dejando que la chica descansase en su pecho.

    Ésta estaba realmente cómoda así, sintiendo cómo el fuerte torso del castaño subía y bajaba de forma acompasada, mientras escuchaba los latidos en su pecho.

    Minutos después, la policía se durmió profundamente, como si el aroma, el cuerpo y los latidos del chico fuesen una dulce nana capaz de relajarla por completo.

    Light también se dejó caer en los brazos de Morfeo, acariciando los suaves cabellos cobrizos de la chica, quedando ambos en esa posición toda la noche.



    A la mañana siguiente, en el cuartel, todo estaba como siempre. Como si lo sucedido el anterior hubiese sido sólo una pesadilla.

    No había ningún cambio aparente, salvo que ahora la despensa contaba con cuatro sacos de 25kg de azúcar cada uno, para dificultar al máximo un posible sabotaje contra la vida del detective en el futuro.

    Lo que sí se notó, es que esa mañana, L hizo madrugar aún más a Light, Leyre y Stella, que aunque era "presuntamente inocente", el detective tenía una ligera sospecha de que estuviese al tanto del atentado que había sufrido, y sólo le hubiese ayudado a modo de entretenimiento, con el fin de ayudar escapar a aquellos Bonnie & Clyde de pacotilla.

    A los tres policías, que ya se hallaban en la sala de reuniones del cuartel, les sorprendió no ver al detective en el lugar. Pero aún así, como buenos subordinados que eran, se sentaron cada uno en una de las sillas de cuero que había junto a la gran mesa de madera, esperándole.



    —¿Alguien sabe por qué estamos aquí?— preguntó Leyre confusa, sin imaginarse el motivo de la citación.



    —Ni idea, pero seguro que tiene algo que ver con lo de ayer— respondió Stella impasible.



    —Pff... Pues ayer no parecía muy contento que digamos— suspiró Light, como si supiese la que se les venía encima.



    Efectivamente, L entró en la sala con las manos metidas en los bolsillos, su habitual postura encorvada, y un más que evidente gesto de pocos amigos.

    Sin darles tan siquiera los "buenos días", el detective llegó hasta la mesa, y adoptando su pose habitual, se sentó en el lado contrario, frente a los tres policías, mirándoles fija y seriamente. Stella, Light y Leyre le miraron confusos, sin entender su actitud.



    —Espero que no seáis tan idiotas como para no saber el por qué estáis aquí— habló el detective con seriedad— Decidme que no es el caso, porque para idiota ya tengo a Matsuda— matizó nombrando al joven agente.



    —Joder, L... ¿Cómo puedes estar tan enfadado? Pero si hemos resuelto el caso— intentó defenderse Leyre, por lo que se llevó la peor de las miradas. Esto hizo que la chica se encogiese en su asiento.



    —¿Resolverlo? ¿Estás hablando enserio?— preguntó el detective con sarcasmo— Por vuestro "maravilloso" plan— dijo haciendo comillas con los dedos— El Asesino del Tarot os secuestró y estuvisteis a punto de morir— añadió— Por no recordaros que, de paso, casi me matáis a mí por la bromita del azúcar— sentenció con evidente rencor— La única que me ayudó, fue Stella— completó señalando a la joven, la cual le miró atentamente.



    —Pero llevan razón L— les defendió la aludida— Gracias a ellos, encontramos al criminal y descubrimos quién era— afirmó— Así que no te pongas así. ¿No ves que pareces un crío— concluyó a modo de regaño.



    — Tú te callas, subordinada, que tampoco tengo claro que seas del todo inocente— dijo L en un tono inculpador— Seguro que me entretuviste para ayudar a esos dos vándalos a escapar— agregó señalando a Light y Leyre, causando que Stella le mirase incrédula por semejante acusación— Además, aquí el único que hace las preguntas, soy yo— La agente iba a replicar, pero una mirada del pelinegro a toda la unidad, bastó para hacerles enmudecer— Y ahora, el tema que os ha traído hasta aquí y que os atañe a todos— murmuró— Quiero saber, ahora mismo, quién es el cabecilla. Quiero que confeséis de quién fue la idea de tirar MI AZÚCAR— exigió mirando a Light fijamente, culpándole aún sin pruebas— Sé de sobra que has sido tú, Kira. Esa atrocidad tiene tu sello— Light iba a rechistar, pero ante la penetrante mirada del detective, decidió reservarse sus palabras— Obviamente, a la que se le ocurrió volver, sin autorización, a la escena del crimen, fue a ti, Leyre— sentenció mirando a la pelirroja, la cual no abrió la boca— Y, como dije antes, no estoy del todo seguro de si tú, subordinada, estás en el ajo o no— le recordó— Pero sólo hay dos opciones: que urdieras el plan con ellos, lo cual me cuadra bastante, o que hayas pasado demasiado tiempo con Matsuda, y seas idiota por dejarles salir. Quiero creer que se trata de lo primero...— concluyó el detective mirando a Stella con recelo, quien le miró ofendida por compararla con su bobo compañero.

    Aún así, Light, Stella y Leyre se quedaron en silencio, acongojados por las palabras de L. Éste, al darse cuenta de que tal vez se había pasado un poco, suavizó la mirada y suspiró profundamente— Con esto no pretendo que me odiéis, o que os enfadéis, de verdad. Sólo quiero que aprendáis la lección— aseguró— Este tipo de conductas han llevado a la muerte a muchos de mis agentes— explicó— Por fallos más pequeños, varios de ellos perdieron la vida— confesó algo apesadumbrado— ¿Qué hubiese pasado si por ejemplo, Light, no hubiera podido pulsar el botón del reloj y activar su GPS? ¿O si simplemente no hubiese conseguido desatarse las manos? ¿Dónde estaríais ahora?— les preguntó para hacerles reflexionar.



    Y es que la realidad, era que tenía razón. Si algo hubiese ocurrido, ninguno de los tres se lo hubiese perdonado. Mucho menos L, que aunque no lo admitiese, ya consideraba amigos a Light y Leyre, y estaba enamorado de Stella.



    —Tienes razón, L— dijo Light arrepentido— Hemos actuado mal, y lo sentimos— añadió. Stella y Leyre asintieron de acuerdo con el castaño.



    —Espero que no se vuelva a repetir— contesto L más calmado— Yo siento mucho haberos hablado así— se disculpó— Pero os puedo asegurar que el que más preocupado estaba ayer, hasta que os encontramos, era yo— concluyó mirando a Stella, la cual se sonrojó levemente.

    Dicho esto, los policías y el detective volvieron a centrarse de lleno en el "caso Kira", llenándose el cuartel de agentes, de diferentes unidades, que también decidieron colaborar en la búsqueda del asesino con complejo de Dios.
     
  8.  
    Bellapoms

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    Título:
    SUBORDINADOS (Fanfic Death Note)
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    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Comedia Romántica
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    CAPÍTULO 8: COMPETITIVIDAD (PARTE 1)


    Aquella tarde, después de la reprimenda de L, Los tres policías y el detective se encontraban de nuevo en la sala de cámaras, trabajando a tiempo completo en el "caso Kira", con el ajetreo que eso conllevaba. Además, al tener puestos los ordenadores, escuchaban las noticias que hablaban sobre el asesino, y la opinión que tenía la gente de éste, siendo muchos de ellos admiradores y otros tantos, acérrimos detractores.

    Al ser un caso de gran complejidad, la unidad especial de L, veía cómo, constantemente, entraban y salían multitud de agentes que llevaban informes de un lado a otro.

    Los cuatro amigos, sentados frente a los monitores, mantenían una amena conversación.



    —Oye chicos...— murmuró L de repente— Como hace ya más de una semana que fuimos a Shibuya, y además hemos resuelto el caso del Asesino del Tarot... ¿Qué os parece si salimos de fiesta y lo celebramos? Yo creo que nos lo merecemos, ¿verdad?— preguntó L esperanzado, llevándose su dedo pulgar a los labios. Leyre, Light y Stella no pensaron la respuesta ni medio segundo, recordando el suplicio que su jefe, borracho, les hizo pasar.



    —¡NO!— gritaron los tres a la vez, dejando al detective sin opción a réplicas.



    Tras la rotunda negativa por parte de los policías, el pelinegro se encogió de hombros, y siguió mirando las cámaras atentamente, sabiendo que no tendría manera de convencerlos.

    Unos minutos después, Stella, quien llevaba un rato intentando leer un informe escrito por Matsuda, se levantó de su puesto para ir a las oficinas, situadas dos plantas más arriba, en busca del agente.



    —Voy a ver a Matsuda— dijo la chica— Necesito que me traduzca este jeroglífico que nos ha dado como "informe"— añadió divertida partiendo hacia el ascensor. Pero a su novio no le hizo ninguna gracia verla irse.



    Cuando la tuvo fuera de su alcance, el detective observó aún más atento el monitor de la cámara que captaba la imagen de los dos policías, mirando a Matsuda con suspicacia.

    Light, sentado junto a L, estaba concentrado en su trabajo, pero de igual manera pudo darse cuenta de cómo el pelinegro activaba el zoom de las cámaras, acercando al máximo la imagen de Matsuda y Stella, dejándoles en primer plano. Al ver cómo el chico bromeaba con la pelirroja, haciéndola reír, el detective frunció el ceño. Algo poco habitual en él.

    Light le observaba desde su sitio con una sonrisa graciosa al ver su reacción.



    —¿En, serio, L?— preguntó el castaño con diversión— ¿Estás celoso de Matsuda?— terminó carcajeándose al ver, a través de las cámaras, cómo el agente se acercaba descaradamente a Stella. Por el contrario, L no dijo ni una sola palabra, únicamente se levantó de su puesto, y salió de la sala de cámaras con paso firme.

    Leyre, que había visto todo, se acercó a Light y se sentó en sus rodillas.



    —Te apuesto 1000¥ a que L paga su enfado con Matsuda y le pega como la otra vez— dijo la pelirroja retando a su novio.



    —Me parece bien, cariño— contestó el castaño besando el hombro de la chica.



    L, ya frente al ascensor, pulsó el botón innumerables veces, desesperándose al ver que las puertas no se abrían. Esto hizo que empezase a imaginarse todo tipo de escenas amorosas entre Stella y Matsuda, lo cual le desesperó más de lo que ya estaba.

    El detective lo tenía claro. Separaría a esos dos a como diera lugar. Incluso estaba dispuesto a golpear de nuevo al policía si la situación lo requería. Finalmente, las puertas del ascensor se abrieron. Cuando L se dispuso a entrar, se dio cuenta de que frente a él se encontraba Stella, la cual bajaba de las oficinas.



    —Ah, hola, L. ¿Qué haces a...— la pregunta de la chica se quedó a medias, ya que el detective entró al ascensor, impidiendo que ella saliese.

    Al cerrarse las puertas, el pelinegro pulsó el botón de "stop", dejando el elevador inmovilizado.



    Aprovechando que estaban a solas, L se acercó a Stella con paso intimidante, sin decir una palabra, haciendo que ésta retrocediese y chocase contra la pared.



    —¿Se puede saber a qué diablos viene eso de llevarte tan bien con el imbécil de Matsuda?— preguntó el joven de forma directa y concreta, con un deje de molestia en su voz. La pelirroja le miró sorprendida al no esperarse esa actitud de su novio.



    —¿A qué te refieres, L?— cuestionó la policía desconcertada, sin saber qué quería decir.



    —A que no hacíais más que reíros y contaros chistecitos tontos— contestó crispado— Y encima el muy estúpido va, y se pega a ti como una lapa, como si fueses su amiga de toda la vida o algo— bufó sin apartar su mirada de la chica, la cual no pudo evitar reír.



    —L, ¿estás celoso?— preguntó Stella sonriendo, sin poder creerse que el chico estuviese montándole una rabieta.



    —¿Qué? ¿Celoso Yo? ¡No!— negó L sin estar del todo seguro— Bueno... La verdad, es que no lo sé— murmuró con seriedad, acercándose más a la joven, estando a escasos centímetros de su rostro— No me gusta que seas cariñosa con nadie que no sea yo— susurró, mirándola de forma penetrante. Esto hizo que a Stella se le cortase la respiración, perdiéndose en los oscuros ojos del detective.



    —Puedes estar tranquilo. No le he besado— prometió la chica con una actitud juguetona, haciendo que el pelinegro respirase aliviado.



    —Ni vas a hacerlo...— murmuró de forma posesiva, entornando los ojos y entreabriendo los labios, acercándolos a los de la chica— Ni se te ocurra hacerlo— ordenó con rotundidad.

    Antes de que sus bocas se encontrasen, Stella puso su dedo índice en los labios de L, tratando de frenarle por un momento.



    —Pensaba que los detectives no besaban a sus "subordinadas"— susurró la pelirroja con fingida inocencia, haciendo que el detective la observase con evidente deseo.



    L apartó rápidamente la mano de Stella de su boca y pegó su cuerpo al de su novia de forma súbita, llevando sus labios al oído de la chica, susurrándole de manera seductora.

    A la pelirroja se le erizó hasta el latido.



    —Eso es porque ningún detective tiene una subordinada tan sexy como la mía— contestó el chico en un ronroneo gatuno que hizo que Stella tragase saliva.



    Sin aguantar un segundo más, L cogió los brazos de Stella y los colocó encima de la cabeza de la chica, sujetándolos con una de sus manos, mientras que la otra la dirigía a sus pechos para amasarlos con ansia.

    La pelirroja se ruborizó al sentir las descaradas caricias del detective sobre su cuerpo.

    No contento con eso, el detective capturó los labios de la joven con los suyos propios, besándolos despiadada e implacablemente desde el principio.

    L bajó los besos al cuello de Stella, lamiéndolo y dejando pequeños mordiscos que nublaban el sentido de la policía. A la par, sus habilidosas manos se paseaban por la piel de la chica con absoluta desfachatez.

    Pero la pelirroja tampoco se quedaba precisamente atrás, pues recorría el cuerpo de su novio sin un ápice de vergüenza, acariciando su torso por debajo de la camisa y bajando por los abdominales hasta llegar a la cinturilla del pantalón, tocando su hombría por encima de éste. El detective emitía pequeños jadeos cuando la chica pasaba sus dedos por la longitud de su anatomía, lo que hacía que ella sonriese con picardía.



    Claramente, la policía llevaba la delantera en la situación, y aunque al pelinegro le encantasen aquellos atrevidos tocamientos, no tardó en querer dominar nuevamente el terreno.

    Así que, sin previo aviso, el detective llevó sus manos hasta el trasero de la joven, pellizcándolo antes de bajar a sus muslos, y acariciar, por encima de la ropa interior, con su largo dedo índice la zona más sensible de su novia, quien no pudo evitar ahogar un grito en el cuello de chico, que se excitó todavía más al oírla.

    Stella frenó sus besos en seco, y se agarró a la camisa del detective con fuerza al notar dos de los dedos de L en su interior. La pobre chica tuvo que morderse el labio inferior con fuerza para que sus gritos placenteros no se oyeran hasta en Yokohama.



    De repente, una voz masculina habló por el altavoz del ascensor, destruyendo por completo la atmósfera que se había creado entre la policía y el detective.



    —Perdone la interrupción, jefe, pero es mi deber recordarle que no están permitidos este tipo de comportamientos en horario laboral. Usted lo dispuso así, ¿no es cierto?— avisó Light de forma triunfal desde la sala de cámaras, vengándose de L por haberle interrumpido aquella vez que estaba con Leyre en el cuarto de la limpieza.



    —Será cabrón...— musitó L entre dientes, acordándose de todos los ancestros de Light.



    Interrumpirle en ese momento había sido un golpe muy bajo, además de realmente doloroso, pues el detective sentía un bulto bastante molesto, entre las piernas, del que tendría que encargarse él solo.



    —Por favor, jefe, vuelva a su puesto. Necesitamos su colaboración— insistió Light con la voz burlona, causando una temible mueca de odio en la cara de L. Stella, por su parte, no sabía cómo iba a mirar a la cara a sus amigos, los cuales habían presenciado toda la escena a través de los monitores.



    —Estúpido Kira...— gruñó el pelinegro con rencor hacia el castaño.



    Desgraciadamente, no le quedó más remedio que dar al botón y poner el ascensor nuevamente en marcha. Segundos después, las puertas se abrieron dejando salir al detective y a su, muy avergonzada, subordinada. Al llegar a la sala de cámaras, L pasó de largo, sin dirigirle la palabra a Light. El chico sólo se limitaba a mirarle con odio, continuamente, y a dar peso a sus argumentos de que Light era Kira al 100%.

    Stella, roja hasta las orejas, se fue con Leyre a la sala de informes, dejando al policía y al detective a solas.

    Media hora después, el dueño del cuartel seguía sin decir ni una sola palabra.



    —Lo siento, L pero... Te la debía— dijo Light, cansado de la tensión que había en el ambiente.



    —No me hables, Kira— murmuró L sin ni siquiera mirarle— No quiero oírte decir nada más en lo que queda de día— sentenció ofuscado.



    —Perdona, pero fuiste tú el que determinó que en el trabajo no se permitían estas cosas. Así que tú también tienes que respetar esa regla— le recordó el castaño.



    -Muy bien, Light, pero ya deberías saber que pasamos casi las veinticuatro horas del día trabajando— contestó el pelinegro— Siendo así, ¿cuándo pretendes que llevemos a cabo la apuesta?— preguntó con hartazgo. El joven se quedó pensativo, tratando de hallar la solución.



    —Pues tendrá que ser cuando salgamos con las chicas— sentenció Light.



    —¿Y cuándo salimos? Si estamos siempre aquí metidos— musitó de nuevo L, irritado por la situación.



    El policía se dio cuenta de la encerrona que le acababa de hacer el detective, el cual se las había ingeniado para que le acabase dando la razón y tuviesen que salir de fiesta sí o sí. Así que el castaño no tuvo más opción que rendirse.



    —Está bien, L. Tú ganas. Saldremos hoy— dijo Light llevándose una de sus manos a la cabeza.



    L sonrió triunfal al haber ganado la pequeña batalla. Ahora quedaba lo más difícil: ganar la guerra. Y eso sólo lo conseguiría si lograba convencer a Stella y Leyre para que saliesen esa noche. Contrario a lo que el detective había creído en un primer momento, no fue una tarea complicada, pues tras proponer el plan, sólo tuvo que prometer que no bebería ni una gota de alcohol. Así que cumpliendo con eso, decidieron salir a cenar a un lujoso restaurante de Ginza.

    Acorde a su conveniencia, el pelinegro dio permiso a los tres policías para que saliesen una hora antes, y tuviesen tiempo de arreglarse.



    Mientras que Leyre se decantaba por un vestido negro de tirantes y ajustado, con el largo a la altura de la mitad del muslo y con un pronunciado escote, Stella elegía un conjunto de camisa de botones blanca, con los hombros al descubierto y una falda azul marino con lentejuelas doradas en el bajo.

    Light, por su parte, se puso una camisa blanca de botones, que definía su torso y abdominales, y un pantalón vaquero oscuro que le hacía un culo impresionante.

    L, que esta vez sí había comprado ropa nueva, llevaba una camisa negra de botones, unos vaqueros oscuros y una chaqueta negra formal. Aunque el chico estaba incómodo con ese tipo de ropa, estaba dispuesto a hacer un esfuerzo titánico por verse presentable para su novia.

    Una hora hora después, Light y L esperaban juntos a Leyre y Stella en la puerta del restaurante, ya que ella aún no habían llegado.



    —L, ¿quién te ha vestido?— preguntó Light entre risas, no estando acostumbrado a ver a su amigo de esa guisa.



    —Watari...— contestó, mirando hacia otro lado con evidente vergüenza.



    —Cuando me dijo que salíais a cenar los cuatro, vi el cielo abierto— respondió el hombre divertido— Por una vez, quería vestirle adecuadamente. Así que le llevé a una de las mejores tiendas de la ciudad y compramos varias prendas— añadió sonriente.



    Light siguió bromeando y tratando de provocar a L, el cual se esforzó por no picarse y soltarle alguno de sus típicos comentarios irónicos.

    En ese momento, un taxi paró en la puerta del restaurante. Del vehículo bajaron Leyre y Stella con una enorme sonrisa, dejando impresionados a Light y L al verlas tan arregladas.

    Cuando aún quedaban todavía unos metros para que las chicas se reuniesen con ellos, Light se acercó disimuladamente a L para decirle algo al oído.



    —Has visto a mi novia, ¿no?— preguntó el castaño repasando a la pelirroja con la mirada—Ya puedes ir dando esta noche por perdida, L— susurró de forma que sólo el pelinegro lo escuchó.



    —Sigue soñando, Yagami— contestó el detective observando atentamente a su subordinada preferida— Si yo fuese tú, dejaría la apuesta. Total, una retirada a tiempo también es una victoria, ¿no?— añadió dedicándole una falsa sonrisa a su amigo.



    Al tener ya a ambas chicas junto a ellos, la primera reacción de Light fue besar a Leyre como sólo él sabía, consiguiendo que a la pelirroja le temblasen las rodillas.



    —Estás impresionante, cariño— dijo Light con una sonrisa sincera— Qué suerte tengo, ¿no?— preguntó de forma retórica, llevando sus manos a la cintura de Leyre para estrecharla contra él.



    L, por su parte, de dedicaba a comerse a Stella con la mirada, recordando lo sucedido en el ascensor unas horas atrás. Repentinamente, una pervertida sonrisa se dibujó en su rostro.



    —Y es sólo mía...— musitó L, pensando lo suficientemente alto como para que la chica le escuchase.



    —¿Qué has dicho?— preguntó Stella sin haber entendido lo que había dicho.



    —Nada, subordinada, que estás muy guapa— contestó el detective con su habitual sonrisa melosa, acercándose a su novia hasta acortar por completo la distancia que los separaba, y capturando sus labios con posesividad.

    Antes de romper el beso, L entreabrió los ojos y miró fijamente a Light, el cual le observaba con una ceja alzada y una sonrisa irónica.



    El castaño, negándose a que el pelinegro llevase la delantera aunque fuese solamente en eso, cogió a su novia de la cintura y la puso frente a él, besándola con una agradable mezcla de pasión y dulzura que encantaba a la chica.

    L, evitando una carcajada por el empeño que ponía Light en intentar ganarle, los observó mientras caminaba hacia la entrada del restaurante, con Stella cogida de la mano.

    Tratando de quedar siempre por encima, el detective se adelantó ligeramente a la pareja de policías, y cuando estuvo seguro de que el castaño lo veía, bajó la mano hasta uno de los glúteos de su subordinada, pellizcándolo con fuerza para que la chica diese un respingo.

    Light arqueó una ceja divertido por las ocurrencias de L, sabiendo que era tan competitivo que no permitiría que le ganase ni a las chapas. Pero eso iba a cambiar, puesto que el castaño no estaba dispuesto a consentir que el detective le ganase en esto.

    Tras esa demostración de "amor" en plena calle, ambas parejas entraron al restaurante en el que habían reservado mesa.



    Una vez allí, se sentaron, esperando a que el encargado les tomase nota. El restaurante era muy lujoso y elegante. Tanto, que los camareros llevaban traje y pajarita, y usaban bandejas y cubertería de plata.

    Obviamente, el sitio lo había elegido el castaño.



    Cuando el maître se acercó a la mesa, lo primero que hizo Light fue pedir una botella de Castillo Ygay blanco de 1986, ya que había leído que pocos años atrás, ese vino español se había hecho con el título de "mejor del mundo", y evidentemente le apetecía probarlo.

    Después de catar el vino, y mirar un poco la carta, pidieron la comida y los dos chicos comenzaron a charlar amistosamente.



    —Ahora que Teru Mikami va a pasarse el resto de su vida entre rejas, me gustaría brindar porque pronto atrapemos a Kira— dijo Light alzando su copa. Los demás hicieron lo mismo, brindando porque el deseo del castaño se cumpliese.



    —Ojalá sea así...— murmuró L esperanzado— No es que hagamos grandes avances, pero creo que cada paso que damos, es un paso más para atrapar a ese asesino— afirmó— Si os soy sincero, éste es el caso más complejo de toda mi carrera. Pero pienso que con tu ayuda, podremos resolverlo más rápido— dijo señalando a Light, el cual ya sabía por dónde iban los tiros— Sabes que sigo pensando que tú fuiste el primer Kira... Aunque ya no lo recuerdes— concluyó L sin titubeos. Leyre, en cambio, se negaba a compartir la opinión del detective, pues no veía posible que alguien tan bueno y dulce como Light, fuese un despiadado asesino de masas.



    —Vale ya, L... No empieces, que nos conocemos — respondió Light cortante— Quiero cenar tranquilo, así que tengamos la fiesta en paz— pidió. Al ver la tensión que se había formado en el ambiente, Stella decidió cambiar de tema, cosa que Light y Leyre agradecieron.



    —¿Os acordáis de cuando L le pegó la patada en la boca al skinhead de Shibuya?— rememoró Stella entre risas, haciendo que todos de carcajeasen.



    —Sí, sí jajaja. ¿Y cuando tuvimos que sujetarle y obligarle a caminar hacia los pubs? Nos acusó a todos de ser Kira— rió Leyre de forma sonora.



    —Perdona, pero lo mantengo— contestó L con una sonrisa, haciendo los tres policías riesen— Sigo pensando que sois el primer, segundo y tercer Kira— añadió de forma simpática.



    La narración de anécdotas que habían vivido con el detective continuó durante un largo rato.

    Entre broma y broma, Light se acercaba a Leyre de forma cariñosa, dedicándole varias sonrisas. Incluso hubo un momento en que se acercó tanto a ella, que sus labios parecían rozarse.

    Repentinamente, el castaño aprovechó la ocasión para pasar la mano por debajo del vestido de la chica, acariciando la suave y tersa piel de sus piernas. Light entornó la mirada, bajando sus ojos desde la boca de su novia hasta el lugar por donde repartía las caricias. Leyre le siguió la mirada, sonrojándose un poco. Las zalamerías de Light superaban con creces las de L, el cual empezó a darse cuenta de que, esa noche, estaba perdiendo.

    Queriendo ponerle fin a aquello, se le ocurrió una manera de llevarle la delantera al castaño. De improviso, se acercó a Stella, apoyando su mano en el respaldo de la silla de ésta, y aproximó sus labios al oído de la joven, susurrándole con calidez.



    —Voy al baño, subordinada. Ahora vengo— dijo L, estando a punto de morder el lóbulo de la oreja de la chica. Pero en el último segundo, decidió depositar ese suave mordisco en su cuello.



    Tras esto, el detective se incorporó, posando una mano en el hombro de la agente, y se agachó ligeramente para quedar a su altura. Dedicándole una fugaz mirada a Light, besó la comisura de los labios de Stella y se fue sin decir nada más.

    Light le miró con el ceño fruncido, notando cómo peligraba la apuesta que no se permitiría perder. Y mucho menos contra L.



    Unos minutos después, L volvió y tuvieron la cena en paz, sin más desafíos entre ambos chicos por el momento.

    Al terminar de cenar y pagar la cuenta, los tres policías y el detective salieron del restaurante con la idea de ir cada uno a su casa.

    Pero cuando cuando se iban a despedir, Stella les detuvo.



    —Acabo de acordarme— anunció la chica— El otro día, una amiga me dijo que han abierto un pub por aquí cerca que está muy bien. Se llamaba...— murmuró, tratando de recordar el nombre del local— The Public Stand— dijo— Podríamos pasarnos un rato, ¿no creéis?— sugirió Stella esperanzada— Además, me han dicho que hay barra libre— concluyó con una sonrisa pícara. A L se le iluminaron los ojos al oír "barra libre."











    Light hizo una mueca de disgusto, ya que no tenía muchas ganas de salir de fiesta. Y menos con L, quien, con total seguridad se agarraría una melopea del quince.



    —Pues la verdad es que no me apetece demasiado ir a beber ahora mismo— contestó el castaño con la voz cansada. L suspiró con fuerza.



    —Vaya, Light, qué lástima...— murmuró el detective mirando directamente al policía— Y yo pensaba que esta noche iba a ser más...Interesante— recalcó la última palabra, retando con la mirada al joven y dispuesto a llevar la apuesta hasta las últimas consecuencias. El castaño le miró fijamente, tratando de transmitirle que no le dejaría ganar.



    —Aunque sí que es verdad, que por ir un ratito no pasará nada— dijo Light observando la sonrisa burlona de L— Puede ser entretenido— añadió haciendo énfasis en la última palabra.

    Stella y Leyre asintieron, encantadas de ir a tomar algo al nuevo local de moda.



    Decidido el plan, los cuatro amigos entraron en el coche del castaño y se dirigieron al pub, llegando en escasos diez minutos.

    El famoso The Public Stand era mejor de lo que imaginaban. Tenía mucho ambiente y una decoración curiosa, con una iluminación cálida. La barra estaba en el centro, y alrededor había numerosos barriles de cerveza a modo de mesa y asientos semicirculares. Del techo colgaba una enorme lámpara luminosa, junto con otras más tenues, y una especie de serie de engranajes de reloj.

    Tras hacer la cola pertinente, Light, Leyre, Stella y L tuvieron sus bebidas en la mano, las cuales intercalaban con varias rondas de chupitos.

    Con la finalidad de animar a las chicas, el detective empezó a proponer retos que consistían en beberse el licor, que contuviese el pequeño vasito, de un sólo trago si no se cumplían. Naturalmente, Stella resultó ser la menos perjudicada, pues era la que mejor resistencia tenía al alcohol.

    Después de varias rondas, Light y L ya notaban el efecto de la bebida. Pero eso no fue, en absoluto, un impedimento en su propósito de ganarle la apuesta al otro.

    Sintiendo que era demasiado pronto para irse a casa, los chicos preguntaron a uno de los camareros por una discoteca que abriese hasta tarde. Éste les habló de Sel Octagon, en Roppongi. Tras apuntar la dirección, salieron del pub y Light condujo hasta la discoteca.

    Allí, se encontraron con un enorme local.

    De ambiente moderno y decorado con luces led de varios colores.

    Como era de esperar, el sitio estaba a rebosar de gente, cosa que agobió a L.



    —Quiero un reservado— pidió con el rostro aún más pálido.



    —¿Tú eres consciente de que un reservado aquí te va a costar caro, verdad?— le preguntó Light, viendo la zona VIP al mirar hacia arriba, en la que sólo había gente famosa o megamillonarios.



    —Eso es lo de menos— contestó L sin darle importancia al dinero— Yo quiero un reservado— insistió, metiendo la mano en el bolsillo trasero de su pantalón para sacar una American Express Platino de la cartera.



    —¿Tú desde cuándo usas tarjetas de crédito?— preguntó Stella sorprendida.



    —No las uso, pero me la dio Watari para emergencias— respondió L con simpleza.



    —¿Y para ti esto es una emergencia?— rebatió la chica con un deje de ironía.



    —Si pone en peligro mi integridad física, sí— concluyó el detective de forma seria, dirigiéndose a la zona VIP de la discoteca— Buenas noches, ¿cuál es el mejor reservado que hay aquí?— preguntó con la tarjeta en la mano. La trabajadora miró a L de arriba a abajo, costándole creer que con esas pintas, el chico pudiese costearse algo propio de las celebrities que acudían al establecimiento.



    —Tenemos el Royal VIP Seat, que incluye bebida ilimitada por 200.000¥— contestó la muchacha, sin poder creerse todavía que alguien como L tuviese una tarjeta de crédito como aquella. Light, Leyre y Stella se miraron ojipláticos ante la excentricidad de su jefe.



    —Perfecto. Quiero ese— afirmó sin dudarlo, entregándole a la chica la tarjeta para que hiciese el cargo.



    Unos minutos después, los cuatro amigos se encontraban en una pequeña estancia privada que daba a la pista de baile en el piso de abajo.

    La salita estaba decorada en colores marrones de diferentes tonalidades, con un enorme sofá en forma de "L". Delante de éste, había una mesa llena de copas y bebidas nacionales e internacionales.

    Antes de bajar a la pista de baile, estuvieron un buen rato bebiendo y charlando, pues la idea era coger el puntito y desinhibirse para poder bailar entre la multitud.

    Repentinamente, a Leyre se le antojó una copa de Ampersand de fresa con Royal Bliss de frutos del bosque. Al ser una de las poquísimas bebidas que no entraban en la tarifa del reservado, Light se dispuso a sacar la cartera para pagarla aparte. Pero al meter la mano en el bolsillo trasero, se dio cuenta de que no la llevaba encima.



    —Joder... Me he dejado la cartera en la guantera del coche— dijo el castaño levantándose del sofá— Ahora vuelvo. Voy a buscarla— anunció, tambaleándose un poco al caminar hacia la salida, debido a la borrachera. Su novia, sin confiar en que el chico fuese capaz de llegar hasta su vehículo de una pieza, se levantó y fue tras él.



    —¡Light! ¡Espero que te acompaño!— exclamó Leyre cogiéndole de la cintura al llegar a él, evitando así que se diese de bruces contra el suelo— Ahora venimos— añadió mirando a Stella y L, los cuales asintieron divertidos.



    Al salir de la discoteca, Light y Leyre fueron hasta donde estaba aparcado el coche, del cual el castaño sacó su cartera en menos de un segundo.



    —¿Ya la tienes?— preguntó la chica con una sonrisa.



    —Aquí está— respondió él devolviéndole el gesto.



    Cuando Leyre se disponía a caminar hacia la discoteca, Light detuvo en seco sus pasos, cogiéndola de la muñeca y poniéndola contra el vehículo, para pegar su cuerpo al de la pelirroja de forma seductora y besar su cuello sin permiso, rodeando su cintura con las manos.

    Esto la hizo reír a carcajadas.



    —Señor agente... Creo que está cometiendo abuso de autoridad— bromeó la joven, llevando su mano a la cabeza del chico para que no separase sus labios de aquella sensible zona.



    —¿Y si nos quedamos aquí?— preguntó el policía de forma sugerente— Me parece una opción más apetecible que entrar a la discoteca con toda la multitud ahí, restregándose los unos con los otros— añadió continuando con los provocadores besos que derretían la piel de su novia. La chica sonrió disfrutando de los labios del castaño que recorrían su cuello de forma juguetona.



    —¿Te parece que debemos dejar solos a Stella y L?— cuestionó la pelirroja, intentando pensar en sus dos amigos mientras se concentraba en no gemir por los besos que le daba el castaño.



    —Claro, cariño... No te preocupes. Esos dos saben muy bien cómo cuidarse— respondió el policía con picardía, pensando sobretodo en el detective, quien seguramente ya estaría en circunstancias parecidas con su subordinada.



    Los argumentos de Light terminaron por desarmar a Leyre, que finalmente dejó que su novio pasase las manos, con ansia, por su vientre, costillas y pechos, los cuales estrujó firmemente, haciéndola jadear.

    Con un rápido movimiento, el castaño abrió la puerta trasera del coche, y entre pasionales besos, hizo que la pelirroja entrase, tumbándola en los asientos.

    Desde fuera, el joven la observó con una mirada casi gatuna, relamiéndose los labios con una sonrisa ligeramente perversa.

    Un par de segundos después, Light entró en el coche despacio, situándose sobre Leyre poco a poco, como si estuviese acorralando a su presa. Al tenerla bajo su cuerpo, la respiración del policía se volvió más ruda, sintiendo cómo cada músculo de su cuerpo reaccionaba con esa imagen frágil de la chica indefensa ante él, lo cual le llenó de deseo.

    Sin esperar un instante, el castaño llevó sus besos a los labios, mejilla y mandíbula de su novia, desabrochando con celeridad la cremallera del vestido para quitarlo cuanto antes. La prenda cayó por los hombros de la pelirroja, aunque al estar tumbada todavía se mantenía en su cuerpo, dejando únicamente su torso a la vista. Eso fue más que suficiente para que Light pasease sus manos por la espalda de Leyre, logrando que la arquease por el placer y desease juntar aún más su cuerpo al de su pareja.

    El joven policía pasó sus manos por una de las piernas de la chica, subiéndola hasta el muslo, observando, a la vez, sus propios movimientos y los de su novia, ansioso por ver su reacción cuando llegase a los puntos más sensibles.

    En ese momento, Light llevó sus manos al interior de la lencería de Leyre, quien se mordió el labio inferior y echó la cabeza hacia atrás al ahogar, con todas sus fuerzas, un gemido que al final acabó emitiendo en cuanto sintió cómo el chico profundizó las caricias, y comenzó a juguetear con sus dedos por la zona.

    La pelirroja se agarró con fuerza a la tapicería del coche, disfrutando del placentero contacto que el castaño le regalaba, y sin poder evitar que de sus labios saliesen leves quejidos que le entrecortaban la respiración.

    Light se posicionó de nuevo sobre ella, mirándola atentamente, sin apartar los ojos de los labios de la joven.



    —Cariño... Me parece que ha llegado la hora de terminar lo que empezamos en el cuartel— susurró el policía con voz pícara y una sonrisa algo maliciosa, recordando el placer que llegó a sentir la chica antes de que el detective les interrumpiese de repente.



    Como respuesta a su proposición, Leyre besó pasionalmente los labios de Light, logrando que él le siguiese el ritmo al instante. Un par de minutos después, el castaño bajó, de forma lenta, sus labios por la clavícula de la pelirroja, terminando de retirarle el vestido con cuidado hasta hacerlo desaparecer por completo, dejando a la chica con su ropa interior de encaje a la vista.

    El policía observó el cuerpo de su novia unos segundos, sintiéndola perfecta y sintiéndose tremendamente afortunado de tenerla.

    Sin dudarlo un momento, se quitó la camisa, apresurado por hacerla suya de una buena vez.

    Cuando la prenda se perdió en algún rincón del coche, Light bajó sus besos hasta el pecho de Leyre, retirando el sujetador con maestría, y con la misma prisa con la que él se había quitado su propia camisa.

    El agente besaba, o más bien devoraba, los pechos de la policía, la cual le acariciaba los cabellos con cierta fuerza, queriendo que éste profundizase aún más sus besos en esa zona.

    Muchos de aquellos roces se volvían mordiscos, algo violentos por la ansiedad que Light sentía al estar con Leyre, los cuales terminaban bajando hasta el vientre de la chica y se concentraban en su ombligo, el cual lamía con ansia, dejando chupetones que sólo hacían gemir más a la joven.

    Pero, evidentemente, el castaño guardaba un as bajo la manga, y nada de aquello se comparaba con lo que tenía planeado hacerle a la pelirroja.



    Light llevó sus labios hasta la última prenda que le quedaba a Leyre, sofocándola ante tanto placer. Tras besar y lamer la sensible cara interna de los muslos de su novia, el chico retiró con cuidado la lencería de la policía, comenzando a besar la zona expuesta con descaro, haciéndola perder hasta la noción del tiempo.

    Las gotas de sudor perlado resbalaban por su frente, y los gemidos de la pelirroja se escapan velozmente con cada roce de la lengua del castaño en su zona más erógena.

    La situación llegó a un punto de no retorno, y Leyre no pudo hacer más que gritar el nombre de Light.



    —Light... Por favor...— gimió la joven sin poder esperar a que su novio comenzase con las embestidas.



    El chico captó el mensaje a la primera, sin hacerse de rogar, ya que estaba igual de ansioso que ella. Tras volver a colocarse sobre el cuerpo de la agente, el policía la tomó de la cintura para voltearla y que ella se pusiese encima de él, quedando sentada sobre sus caderas.

    En esa posición, con el perfecto cuerpo del castaño a su antojo, la pelirroja le desabrochó los pantalones de forma desesperada, haciendo que el chico disfrutase de las prisas, y alzase la cadera para que a ella le fuese más fácil bajárselos.

    Al tener prisa porque empezase a embestirla, Leyre no le bajó los pantalones del todo, dejándolos finalmente a la altura de las rodillas.

    Sin esperar más, se montó sobre Light, sintiendo al instante la brusquedad con la que el castaño había entrado en ella, lo cual le hizo gritar de placer, incapaz de reprimirse.

    Los primeros movimientos fueron lentos, pues el policía quería acostumbrar a la chica a penetrarla con esa profundidad. Pero con el paso de los segundos, los movimientos comenzaron a acelerarse, causando que ella tuviese que poner sus manos sobre los marcados abdominales de Light, que empezaba a sudar por el esfuerzo.

    Los jadeos del castaño excitaban más a la pelirroja, que aprovechó para tomar el control y hacer disfrutar al joven con cada vaivén de sus caderas.

    La excitación consumía por completo las energías del agente, quien no dejaba de sentir oleadas de placer en la zona baja de su cuerpo.

    Light agarraba las caderas de Leyre para moverlas a su gusto, recibiendo continuas negativas por parte de la chica, que quería seguir dominando la situación.

    Cansado de la constante desobediencia de la joven, el castaño se incorporó de golpe, quedando sentado sobre la tapicería y, con ello, logrando la embestida más profunda que ambos habían sentido hasta ahora, lo que dejó a la pelirroja sin aliento.

    Los gemidos subían de intensidad, y Light se negaba a bajar el ritmo de sus penetraciones un instante, puesto que no quería darle ni un sólo segundo de tregua a Leyre, que aún estaba sentada sobre él y no podía dejar de jadear.

    El policía acariciaba y besaba los pechos de la chica, mientras ella cabalgaba sobre él con la cabeza hacia atrás, tratando de que su corazón no colapsase ante tanta excitación.

    El final tardó varios minutos en llegar, por pura fuerza de voluntad del policía, que tras alcanzar el clímax, besó a la agente en los labios, dedicándole una dulce sonrisa.



    —Te quiero...— susurró la pelirroja abrazada al castaño, tratando de recuperar el aliento y de normalizar su pulso.



    —Pero no tanto como yo— aseguró el chico besando la frente de su novia sin dejar de sonreír, feliz por estar con ella.
     
  9.  
    Bellapoms

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    SUBORDINADOS (Fanfic Death Note)
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    Género:
    Comedia Romántica
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    22
     
    Palabras:
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    CAPÍTULO 8: COMPETITIVIDAD (PARTE 2)


    Mientras Light y Leyre se encontraban ausentes, en el reservado de Sel Octagon, L y Stella esperaban a que sus amigos volviesen con ellos a la discoteca.

    Aunque realmente, la que más les esperaba era la policía, pues el detective ya se imaginaba lo que el castaño le estaría haciendo a la pelirroja con tal de ganarle la apuesta. Por esta razón, el joven supo que no volverían a verles en lo que quedaba de noche.



    —Madre mía... ¿Cuánto se tarda en coger una cartera de un coche?— preguntó Stella de forma retórica e irónica— Estoy empezando a aburrirme, L— advirtió con un suspiro cansado.

    El pelinegro la miró con tranquilidad, dando un sorbo a su copa, como si no fuese con él la cosa— ¿Y si bajamos a la pista?— sugirió con una sonrisa angelical, tratando de convencer a su novio, que puso mala cara al instante.



    —¿Estás sugiriendo que me junte con toda esa marabunta? ¿Quieres que me muera o qué?— contestó el detective con otra pregunta, sintiendo un desagradable escalofrío al imaginarse entre tantísima gente. Al no escuchar la afirmativa que esperaba, Stella fingió un puchero que ablandase a L, el cual no estaba dispuesto a ceder ante esa petición— Podemos asomarnos a la barandilla, si quieres. Pero ya está. No pienso cambiar de opinión— sentenció con indiferencia, observando la reacción de la agente, que pareció pensárselo unos segundos.



    —Bueno... Menos da una piedra...— respondió la chica encogiéndose de hombros, mientras se levantaba de su asiento, y esperaba a que el joven hiciese lo mismo para salir juntos del reservado.



    Desde la grada se escuchaba la música a la perfección y se veía toda la pista, con todas las personas que había en ella.

    L y Stella se apoyaron en la barandilla, viendo cómo los demás bebían y bailaban.

    Ante la vista panorámica del local, el detective centró momentáneamente su atención en una gogó, ligera de ropa, que bailaba subida a un pequeño escenario. No fue demasiado tiempo, pero sí fue suficiente para que Stella se percatase de ello.



    —¿Y tú a quién miras?— preguntó la chica con una sonrisa pícara, sabiendo de sobra la respuesta.



    —¿Yo? A nadie...— contestó el joven, tratando de disimular con su habitual indiferencia. Pero la policía decidió chincharle un poco.



    —¿Esa de ahí te gusta?— preguntó la pelirroja de nuevo, señalando a la bailarina que antes había llamado la atención del detective, la cual seguía bailando al ritmo de la música— Joder, L... Qué mal gusto tienes...— afirmó entre risas— He visto escobas con falda más atractivas— siguió burlándose de él, mientras apoyaba su cabeza sobre una mano, y el codo sobre la barra.



    —¿Así que crees que tengo mal gusto?— preguntó el detective, intentando imitar la sonrisa burlona de su subordinada, que entrecerró los ojos y le miró con altanería.



    —Pues sí, porque es muy obvio que baila fatal— contestó la chica repasando a la gogó de arriba a abajo con desaprobación— Cualquiera lo haría mil veces mejor que esa— aseguró. El joven se acercó a ella de forma insinuante, como si quisiese retarla.



    —¿De veras?— susurró el pelinegro tratando de provocar a su novia.



    —Por supuesto. Yo bailo mucho mejor— la superioridad con la que presumía la pelirroja logró que L se interesase en comprobar si decía la verdad.



    —Demuéstralo— la mirada atenta y retadora del detective se clavó en la de Stella— Quiero comprobar si realmente tengo tan mal gusto— murmuró con una perversa sonrisa.



    La policía soltó una ligera carcajada, pensando en que el chico sólo bromeaba. Pero al ver su profunda mirada fijada en ella, se dio cuenta de que hablaba totalmente en serio.



    —Perfecto. Te voy a demostrar que el mal gusto que tienes— Stella aceptó el reto, acercándose con descaro y burla al rostro de L.



    La música sonaba muy alta, pudiendo ambos sentir cómo retumbaba en sus cuerpos.

    La chica pasó insinuantemente sus manos por el cuello del pelinegro, acercando su rostro al de éste para besarle. Pero finalmente le engañó, y en el último momento posó sus labios en la mejilla del joven, dejándolo descolocado.

    Stella comenzó a moverse, de forma sensual, al ritmo de la música, acercando su cintura a la de L, mientras deslizaba sus manos desde los hombros hasta el torso del chico.

    El detective la observaba con detenimiento, sin molestarse en disimular lo mucho que ya deseaba hacerla suya.

    De repente, empezó a sonar una versión lenta de "Crazy in love", lo que hizo que el baile de la pelirroja se volviese más sensual y provocador, llevando nuevamente su rostro hasta el de su jefe, rozando la nariz del joven con sus labios.

    Naturalmente, el detective intentó atrapar la cintura de la policía para besarla, pero ésta no se lo permitió.

    Stella le dio la espalda a L, y con un sensual contoneo de caderas, bajó hacia el suelo acariciando con su cuerpo cierta parte de la anatomía de L que ya empezaba a despertarse.

    El chico no pudo evitar soltar un sonoro gruñido, y cuando ella subió de nuevo, volviendo a rozar aquella zona en especial, él rodeó su cintura con ambos brazos, pegando sus cuerpos por completo.

    No dispuesto a esperar un segundo más, el detective acercó sus labios al desprotegido cuello de su subordinada, y lo besó con ansia, llegando incluso a morderlo con fiereza.

    Stella cerró los ojos, disfrutando del contacto de los dientes de L sobre su piel. Pero, de cualquier forma, no estaba dispuesta a dejar que el reto terminase ahí, por lo que se dio la vuelta haciendo que ambos quedasen cara a cara.

    Con un simple movimiento, la pelirroja apartó las manos de su jefe de su cadera, y comenzó a mover su pelvis por encima de la hombría del chico, provocándole descaradamente.

    La insinuación de Stella estaba más que clara y, L resopló con sólo imaginarse a la chica a su merced.

    Sin permitir que la pelirroja se le volviese a escapar, el pelinegro la atrapó fuertemente entre sus brazos, y besó su cuello y hombros con pasión, inhalando el suave aroma que emanaba de la piel femenina.



    —No deberías hacer ese tipo de cosas, subordinada... Podrías meterte en la boca del lobo— susurró el detective muy cerca del oído de la policía, mordiendo el lóbulo de su oreja con suavidad.



    —Entonces me estás dando la razón... Yo bailo mejor que esa— afirmó la chica con una sonrisa triunfal al haberle ganado el reto al joven.



    Impidiendo que dijese nada más, L llevó sus manos a las nalgas de Stella, apretándolas con fuerza, y dejándola sin respiración durante breves instantes por el jadeo que brotó de sus labios. La chica enredó sus piernas en las caderas del mayor, y entre besos que recorrían el cuello y la mandíbula de la agente, el detective la llevó otra vez hasta el reservado, colocándola frente al sofá que había en éste.

    Stella dejó que L se sentase, para acto sentarse ella sobre su regazo.

    El joven acarició la mejilla de su pareja con ternura, acercándola a su rostro para besar sus labios cariñosamente, mientras sus manos se situaban en el trasero de ella, juntando más sus partes débiles.

    Ese contacto hacía que entreabriesen los labios, deshaciéndose en gemidos al sentirse.

    Stella acariciaba el rostro de L, alzándose provocativamente sobre él para, acto seguido, bajar de nuevo, haciéndole enloquecer con la cercanía de la parte baja de sus cuerpos.

    Cada roce les inundaba de placer, y la piel comenzó a hipersensibilizarse por la excitación que sentían al estar tan pegados.

    El detective decidió doblar su apuesta, pasando sus manos por los muslos de la policía para subirle la falda e introducir su mano entre sus muslos, haciendo que ella gimiese al saber lo que iba a hacer.

    L disfrutaba con cada pequeño jadeo de Stella, agradándole en demasía el poder que ejercía sobre ella.

    Sin perder el tiempo, el chico llevó dos de sus dedos al interior de su novia, provocando que ésta tuviese que agarrarse a los cabellos de él, revolviéndolos aún más.

    La pelirroja desabrochó en segundos la camisa del chico, continuando con el vaivén que el pelinegro había comenzado.

    La agente gemía al ritmo del movimiento de sus dedos, haciendo que la respiración de L se entrecortase demasiado.

    Ya desabotonada, Stella retiró la camisa de L por completo, tirándola en alguna esquina del reservado. El detective, por su parte, le había desabrochado el sujetador a la policía, pero sin quitarle todavía la camisa, pues quería pasar sus manos por debajo de la ropa de ella.

    La pelirroja rodeaba el cuello del joven con los brazos, disfrutando de los roces que las manos de éste le regalaba, mientras él comenzaba a cambiar sofocos por suspiros.

    L terminó de subir la falda de Stella, y retiró su ropa interior a la par que intentaba desabrocharse los pantalones. Todo esto con una sola mano.

    Queriendo ayudarle, y ansiosa por que se hiciesen uno, la policía se echó hacia atrás y llevó sus manos hasta el pantalón del detective, desabrochado el botón y ayudándole a bajarlos justo lo necesario para que pudiesen juntarse.

    La pareja quería perder el mínimo tiempo posible, así que la chica se alzó un momento, dando tiempo a que el pelinegro se colocase, antes de sentarse sobre él despacio, notando cómo entrenaba en ella, lo que la hizo cerrar los ojos un instante para acostumbrarse a la sensación de ser una con el detective.

    L abrió la boca, gruñendo placenteramente, al sentir el calor que emanaba del interior de Stella. Sin tiempo que perder, el chico comenzó con las embestidas, llevando sus manos hasta la cintura de la pelirroja, la cual agarraba con fuerza para dirigir los movimientos de sus caderas. Alzó también la suya propia, en busca de más contacto, jadeando por el esfuerzo.



    Al notar cómo L levantaba las caderas al ritmo de las embestidas, Stella sintió perder las pocas fuerzas que le quedaban debido al placer que apresaba su cuerpo. No tuvo más opción que apoyarse en el torso del chico, gimiendo quedamente en su oído.

    El detective movía a la policía con frenesí, iniciando una serie de movimientos desesperados, y llenando el pequeño reservado de jadeos placenteros.

    L notó cómo el cansancio se apoderaba de Stella, y antes de que cayese rendida, la tumbó en el sofá, sin separarse un milímetro, y sin romper el ritmo de las embestidas, quedando él encima de la chica.

    El compás profundo y lento consiguió que ella pudiese recobrar las fuerzas. Pero no podía evitar dejar de sentir aquellos zarpazos de placer que arañaban la zona de su vientre y se dispersaban por todo su cuerpo.

    L tuvo que hacer un enorme esfuerzo para no terminar antes de tiempo, ya que el baile de Stella le había excitado demasiado, y los gemidos que salían de los labios de ésta, no ayudaban precisamente.

    Sus caderas le pedían a gritos acelerar al máximo las embestidas. Pero no lo hizo, pues sabía muy bien que si cedía a aquello, no resistiría demasiado y acabaría rápido.

    Los movimientos comenzaban lentos, llegando hasta una profundidad importante antes de empujar con fuerza en el interior de la chica, golpeando con su masculinidad el punto sensible de ella, y terminando bruscamente.

    Stella gritaba y gemía descontrolada, arañando la espalda de L y rodeándole completamente con sus piernas para acercarle a ella todavía más.

    Él se dedicaba a acariciar y apretar los pechos de la chica, lamiendo y mordiendo la piel de éstos sin contemplaciones.

    El ritmo se aceleró cuando se acercaba el final, haciendo que Stella terminase poco antes que L al no poder aguantar más la excitación.

    La pareja quedó en esa posición, estando el detective sobre la pelirroja, el cual la observaba mientras algunas gotas de sudor nacían de su frente, hasta desembocar en su mejilla.

    Sin poder evitarlo, L le esbozó una dulce sonrisa y se acercó su rostro al de Stella para darle un tierno beso en la comisura de los labios.



    Pocos minutos después, ambos se vistieron nuevamente, y salieron del reservado.

    Una vez fuera de la discoteca, y comprobando que Light y Leyre se habían marchado sin ellos, Stella y L llamaron a un taxi para que los llevase hasta la casa de la joven.

    Veinte minutos después, al llegar al edificio donde vivía la pelirroja, la pareja se despidió con un tierno beso, quedando en verse en unas pocas horas, pues el reloj marcaba las cuatro de la mañana.

    Tras asegurarse de que Stella entraba en el portal, L entró de nuevo al taxi, y se dirigió al cuartel, al cual llegó en escasos quince minutos.



    Por otra parte, Light, ya sentado al volante, volvía a su casa con Leyre, pues le había propuesto quedarse con él esa noche.

    Cuando llegaron, el chico aparcó frente al edificio, y cogió en brazos a la pelirroja dormida, tratando de que no se despertase debido a la cansada que estaba.

    Cuando abrió la puerta del apartamento, lo primero que hizo el castaño fue dirigirse al dormitorio para tumbar a su novia, la cual abrió los ojos ligeramente al sentir la cómoda superficie del colchón bajo su cuerpo.



    —Light... No tengo pijama— murmuró la joven pensando en cómo dormiría.



    —No te preocupes, cariño...— contestó el policía de forma dulce— Ahora te dejo algo mío— concluyó resolviendo el problema.



    Tras prestarle a Leyre una camisa grande, Light se puso uno de sus pijamas y se metió en la cama junto a la chica, colocándose de lado y abrazándola por la cintura.

    No tuvieron que pasar ni diez minutos para que ambos cayeran profundamente dormidos.

    El castaño lo hizo gracias al dulce olor a caramelo que emanaba de los cabellos de la pelirroja, y ésta, por el aroma que desprendía la camisa que el chico le había dejado, lo cual la relajó tanto que la hizo dormir plácidamente.



    A la mañana siguiente, alrededor de las diez, Light y L se dirigían a la cocina del cuartel para prepararse un café y que el detective se comiese su docena y media habitual de dulces. L llevaba su ropa de siempre, mientras que Light había optado por una camisa de botones en color salmón y unos pantalones negros.

    Por el camino, ambos hablaban de lo sucedido la noche anterior.



    —Yo sigo sin entender cómo, después de todo lo que estás viviendo con Stella, sigues sin querer una relación formal con ella, L— dijo Light de forma incrédula, pensando en que él no sería capaz de estar con Leyre sin ser su novio.

    Lo que el castaño no sabía, es que el detective estaba saliendo en secreto con su subordinada.



    —No te equivoques, Light— contestó L— Por supuesto que quiero estar formalmente con Stella— afirmó, echando la cabeza hacia atrás en un gesto pensativo— Pero no quiero exponerla al peligro que me rodea— explicó apenado- Además, pienso que si sale conmigo, la estaría convirtiendo en una presa fácil para Kira— concluyó mirando al policía de reojo.



    —No creo que Stella sea de mucha utilidad para Kira— rebatió el chico, captando al vuelo la indirecta del detective, que volvía a insinuar que él era el buscado asesino.



    —¿Y por qué no iba a serlo?— preguntó el pelinegro de forma retórica— Kira me odia. Quiere hacerme daño, y no tiene por qué ir a por mí personalmente. Le bastaría con hacer daño a la gente que quiero para forzarme a dejar el caso— murmuró L con su dedo pulgar en los labios. Light, en cambio, rodó los ojos, cansado de las mismas acusaciones.





    Cuando los chicos llegaron a la cocina, y Light se disponía a abrir la puerta, se percataron de que Stella y Leyre charlaban dentro. L cogió la mano de Light enseguida, evitando que abriese la puerta, y se colocaron detrás de una pared para no ser vistos. El castaño lo miró interrogante.



    —¿Tú crees que estarán hablando de lo de anoche?— preguntó L de forma curiosa.



    —No creo... Es demasiado pronto para que estén cotilleando— respondió Light convencido.



    —¿Qué te apuestas?— el detective retó al policía con una sonrisa burlona.

    Light suspiró, dándose cuenta de lo mucho que le gustaba al detective retarle. Así que, sin responder a L, se acercó a la puerta y pegó la oreja, intentando escuchar todo lo posible.

    El pelinegro le imitó.



    —No me digas que te hizo...— dijo Stella sorprendida. Leyre asintió, tomando un sorbo de café mientras sonreía— ¡Qué fuerte!— exclamó incrédula— Y encima en el coche...Este Light es una caja de sorpresas— murmuró— La verdad es que no tenía pinta de ser tan fogoso, con la cara de niño bueno que tiene...— añadió. Fuera de la cocina, Light le sonreía triunfal al detective, viéndose vencedor de esa batalla.



    —Bueno, ¿eh? Que tú tampoco te quedaste corta precisamente...— respondió Leyre mirando a su amiga con picardía— En los sofás del reservado...— sonrió, haciendo que la agente apartase la mirada.



    —La verdad, es que lo del baile tuvo su puntito...— admitió la chica con una sonrisa maliciosa— Fue muy erótico— aseguró recordando la expresión del detective.



    —Y lo de los sofás mejor todavía, ¿no?— siguió sonsacando la pelirroja.

    L miró a Light con altanería, sonriéndole de forma burlona, señalándose con el dedo índice. Light chasqueó la lengua con desagrado, y volvió a pegar la oreja en la puerta.



    —Hablemos de tu escenita en el coche...— propuso Stella tratando de imaginar ese lado pasional de Light que describía Leyre— Tú tampoco fuiste modosita que digamos— le recordó— ¿Qué es eso de que de pronto se incorporó?— preguntó en tono divertido, haciendo reír a su amiga.



    —Madre mía Stella. Ni te lo imaginas— respondió la chica— Te juro que fue increíble. Pensaba que me iba a dar algo cuando lo sentí tan dentro...— contestó con una sonrisa en los labios al recordar la escena.



    —Joder, tía...— dijo la policía sonriendo con picardía— Entonces no era tan gay...— agregó haciendo reír a la joven con el desacertado comentario.



    —¿Light? ¿Gay? Te puedo asegurar que no— prometió la pelirroja con una sonrisa.

    Tras la puerta, el castaño sonreía con orgullo, mientras que el pelinegro le miraba seriamente y con recelo.



    —¿En el coche, Light?— preguntó L alzando una ceja— Qué tramposo. Yo no tengo...— sentenció de forma cortante. El policía rió.



    —¿Y la limusina qué?— contestó Light con otra pregunta, riéndose de L.



    —Pero eso lo conduce Watari. No cuenta— rebatió el detective mirando al policía fijamente.



    —Y yo que lo siento, L— dijo el joven con ironía— Pero... Te he ganado limpiamente. Hay que saber perder— concluyó— 1-1– el mayor bufó.



    —No te vengas arriba. Has ganado una batalla. Todavía falta ver quién ganará la guerra— sentenció el detective.

    Tras esto, abrió la puerta de la cocina, y cada uno saludó a su chica, iniciando así la siguiente batalla.



    El resto de la semana pasó con normalidad.

    Los tres policías y el detective avanzaron ligeramente en el "caso Kira", llegando a nuevas conclusiones y estrechando el cerco en cuanto a los posibles sospechosos.

    Entre Light y Leyre todo iba de maravilla, ya que ambos parecían una pareja de recién casados. Leyre no hacía más que contarle a su amiga los numerosos detalles que Light tenía con ella y lo sumamente dulce que era. Stella, por su parte, intentaba no sentir celos de la relación de éstos. Pero era difícil, pues el comportamiento de Light era muy distinto al de L, que sólo se volvía cariñoso cuando no había nadie con ellos.



    —Tía, no sé... Noto a L bastante frío. Sólo se pone cariñoso conmigo cuando estamos solos— expuso la chica— La verdad es que no sé qué hacer para que sea más tierno. Más... Como Light contigo— comentó apenada.



    Las policías habían tenido esa conversación varias veces en los últimos días. Leyre miró a Stella, queriendo comprender cómo debía sentirse.



    —A ver, tía... L no es muy dado a mostrar afecto en público. Ya le conocemos— le recordó la pelirroja— Pero dale tiempo— sugirió— Seguro que acaba cambiando— la animó con una sonrisa sincera.



    —Sí, puede que tengas razón— suspiró Stella profundamente— Lo único que espero, es que no me convierta en su juguete— deseó— Porque eso me dolería muchísimo, y más viniendo de él.



    —Yo no veo a L siendo tan capullo— dijo Leyre convencida de sus palabras— No te preocupes por eso, de verdad— añadió, haciendo que la joven sonriese y asintiese, agradeciendo el apoyo que le brindaba su amiga.



    Media hora después, tocó el cambio de puestos. Leyre se fue con Light a la sala de informes, y dio paso a L, el cual llegaba con un café en sus manos.



    —Buenos días, subordinada— saludó L a su novia.



    —Buenos días— sonrió Stella, mirándole enamorada.



    —¿Alguna novedad en el caso?— preguntó el detective, subiéndose a la silla para sentarse como lo hacía habitualmente.



    —De momento, no— respondió la joven sin dejar de mirarle, esperando un gesto cariñoso en ese momento que estaban solos.

    L se quedó en silencio unos segundos antes de despegar su vista de las cámaras, y dirigir la mirada hacia Stella.



    —Agente Alborán, aquí falta algo— dijo el detective con seriedad, simulando referirse a la investigación.



    —¿El qué?— preguntó la pelirroja preocupada.



    —¿Pues qué va a ser? Mi beso de buenos días— respondió el chico con una dulce sonrisa, acercando sus labios a los de su subordinada y rozándolos levemente.



    Justo en el momento en el que ella iba a corresponderle el beso, alguien tocó la puerta de la sala. Rápidamente, L se apartó de Stella, empujándola por el hombro, lo que la apartó de forma brusca, casi haciéndola daño.

    Stella le miró con incredulidad, harta de este tipo de desplantes. Pero trató de disimular delante de Watari, quien entró con una bandeja llena de dulces y la depositó sobre la mesa, dándoles los buenos días a ambos.

    Cuando el hombre salió, Stella apoyó la cabeza sobre su mano, enfadada, sin mirar al detective. Éste empezó a comer como si nada.



    —¿Se puede saber de qué vas?— preguntó la policía con evidente molestia. El detective se giró, mirándola sin saber a qué se refería.



    —¿Qué te pasa?— preguntó sin entender la reacción de la chica.



    —¿Como que qué me pasa, L? ¿Te parece normal lo que acabas de hacer?— preguntó la pelirroja alterándose por segundos.



    —Es que ha entrado Watari...— se excusó su novio encogiéndose de hombros.



    —¿Y qué?— preguntó la joven molesta— Si cuando no es por Watari, es por cualquier otro—le espetó— La cuestión es que siempre estamos igual...— concluyó cansada de la situación, apartando la mirada del chico e intentando centrarla en las cámaras.



    —Stella, sabes perfectamente por qué lo hacemos así. Quedamos en que llevaríamos nuestra relación en secreto por tu seguridad...— la chica interrumpió al detective.



    —¡Deja de poner excusas, L!— exclamó Stella exasperada— Lo haces por miedo— le reprochó— A mí no tiene por qué pasarme nada, pero te recuerdo que ya arriesgo mi vida todos los días al trabajar en este caso...— añadió, dándole a entender que en esos momentos no había nada más peligroso que Kira. Y sin embargo, allí estaba ella. Al pie del cañón.



    —Aún así... Haciendo pública nuestra relación, lo único que conseguiría es que te hicieran daño— respondió L con seguridad— Y no pienso hacerlo— aseguró, enfadando aún más a la joven.



    —Muy bien... Pues entonces lo dejamos— sentenció la pelirroja con seriedad— Yo no pienso pasarme así el resto de mi vida— dijo convencida de no querer que su relación viviese siempre a la sombra del detective— Si tú quieres eso, búscate a otra porque yo para eso no valgo— concluyó.



    L por primera vez en su vida no supo qué decir, y ante la falta de respuestas por parte de su novio, Stella se levantó, dispuesta a salir de la sala de cámaras. Pero antes de que diese un paso, L la cogió de la mano.



    —Espera, espera— la detuvo el detective— Yo no quiero buscarme a otra. Yo te quiero a ti— contestó con más sinceridad que en toda su vida— Pero no tengo el valor suficiente para exponerte a todos los peligros que me acechan— confesó— Stella, si te pasase algo, yo...— los ojos del chico se cristalizaron— No me lo perdonaría jamás— concluyó acariciando la mejilla de la joven con dulzura.

    La pelirroja sonrió, volteándose para abrazar la cintura del chico con fuerza, enterrando su rostro en el pecho del contrario. El detective correspondió fuertemente al abrazo, como si soltarla fuese lo último que haría en su vida.



    —Pero yo estoy dispuesta a asumir ese riesgo si es contigo— aseguró Stella aún abrazada a L— Quiero que el mundo entero sepa que te quiero— finalizó la joven levantando la mirada para conectarla con la del pelinegro.



    —De acuerdo... Lo haremos público— anunció L. Stella esbozó una enorme sonrisa— Pero que te quede claro que la vigilancia sobre ti crecerá exponencialmente— avisó mirándola fijamente.

    Stella asintió feliz, dispuesta a cumplir con todas las exigencias y normas que pusiese el chico.

    L suspiró, preocupado por la que se avecinaba, pero el precio a pagar si no quería perder a su subordinada.
     
    Última edición: 21 Marzo 2024
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    SUBORDINADOS (Fanfic Death Note)
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    Comedia Romántica
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    CAPÍTULO 8: COMPETITIVIDAD (PARTE 3)


    En ese mismo instante, Stella cogió a L de la mano, y le llevó prácticamente a rastras hasta la sala de informes, donde estaban Light y Leyre, para contarles que el detective y ella habían comenzado oficialmente una relación.

    La pareja de policías les dio su enhorabuena, alegrándose mucho por que por fin hubiesen dado el paso de estar juntos públicamente.

    Para celebrarlo, decidieron pasar la tarde los cuatro juntos en el Parque Ueno.



    Los tres policías y el detective pasaron la mañana investigando los nuevos asesinatos que Kira había cometido, los cuales eran muy distintos a los anteriores. Todavía más crueles. Stella y Light se quedaron revisando los archivos en la sala de ordenadores, buscando algún paralelismo entre los anteriores crímenes y los nuevos. Mientras tanto, Leyre y L fueron de incógnito a una biblioteca para buscar información sobre asesinos en serie famosos.

    La pelirroja pasaba su mano por los lomos de distintos libros, distraída al recordar la vez que estuvo íntimamente con Light en la librería esotérica cuando buscaban al Asesino del Tarot.

    La chica estaba tan metida en sus propios pensamientos, que al intentar sacar uno de los libros, tuvo la mala suerte de que el estante comenzara a tambalearse, inclinándose peligrosamente hacia ella y hacia el detective, el cual estaba de espaldas.

    Leyre abrió los ojos como platos, asustada, y trató de sujetar el mueble como buenamente pudo, emitiendo un pequeño grito al ver que el peso era superior al que podía soportar.

    Al escucharla, L se volteó apresurado, poniendo también sus manos para que la estantería no terminase aplastándolos. De igual manera, algunos de los libros que estaban alrededor cayeron sobre ellos, golpeando aún más fuerte al detective en la cabeza, a quien le cayó una enciclopedia completa.

    Finalmente, entre los dos consiguieron enderezar la pesada estantería, a la que ya le faltaban varios libros.

    Tras recobrar el aliento, L miró a Leyre con el ceño fruncido.



    —Primero me saboteas el cafe, y ahora me tiras una estantería encima... ¿Es que quieres matarme o qué?— preguntó el detective de forma acusadora— Estoy empezando a pensar que eres más peligrosa que Kira, ¿eh?— afirmó apartándose de ella con recelo.



    —Lo siento, L... Ha sido sin querer— se disculpó la pelirroja disgustada— Estaba un poco distraída, y cuando fui a coger uno de los libros, la estantería empezó a moverse. Perdón— se intentó excusar varias veces, sin decirle que el motivo de su distracción había sido Light.



    —Si no hubiera tanta escasez de agentes en este caso...— respondió el pelinegro, haciendo entender a la chica que, de no ser por esa razón, estaría fuera del caso.



    L no podía comprender por qué todos sus agentes eran tan inútiles. Empezando por Matsuda y acabando por las dos pelirrojas

    El único que se salvaba de la criba era Light, por ser el más inteligente, y aún así, era el principal sospechoso del caso. Así que el detective tuvo que asumir que estaba rodeado de ineptos.

    A la salida de la biblioteca, L aún mantenía una expresión neutra, con los ojos entornados, como si fuese un ser de otro planeta. Leyre se sentía culpable de ser tan torpe, pero no podía hacer ni decir nada en su defensa, pues todo había pasado porque sus pensamientos se habían perdido en su novio.



    Cuando llegó la tarde, los cuatro amigos fueron a pasar el día al Parque Ueno, que estaba precioso en aquella época del año.

    Caminaron un largo rato por el lugar, viendo cómo multitud de familias con niños y perros disfrutaban haciendo distintas actividades.

    Al llegar a la zona del lago, vieron que había pequeños botes que podían alquilarse.



    —Quiero pasear en barca...— pidió Stella con los ojos iluminados, mirando a su ahora oficial novio. L la miró pensativo por los riesgos que conllevaba meterse en un bote cercano a la peligrosa Leyre.



    —De acuerdo... Pero tú y yo solos, ¿eh?— advirtió el detective— Que hasta ahora, eres la única persona que no quiere matarme— murmuró mirando fijamente a Light y Leyre, los cuales no pudieron evitar reírse.



    —¿Quieres montar tú también?— preguntó Light mirando a Leyre con dulzura, dispuesto a cumplir los caprichos de la chica.



    —Sí, amor— aceptó la chica cogiéndole de la mano.



    Dicho esto, cada pareja alquiló un bote para remar por el lago, sin alejarse demasiado los unos de los otros.

    En el bote de Light y Leyre todo iba estupendamente. El castaño remaba sin dejar de mirar a su pelirroja con una tierna sonrisa. Ésta le devolvió el gesto.



    —¿A qué se refería L con que queremos matarle?— preguntó el chico entre risas.



    —Ah, bueno... Es que hemos tenido un pequeño percance en la biblioteca— confeso la joven ligeramente sonrojada.



    —¿Qué ha pasado?— quiso saber Light lleno de curiosidad.



    —Pues... Que cuando estaba mirando los libros en los estantes, empecé a recordar lo de la librería esotérica— explicó Leyre. Light sonrió pícaramente— Entonces, me distraje y al intentar sacar uno, la estantería estuvo a punto de caérsenos encima, y a L le cayó una enciclopedia entera en la cabeza— añadió con una risita, que el policía compartió con ella.



    —¿Y le has dicho a L que el motivo de tu distracción soy yo?— preguntó él mirándola fijamente. La chica negó con la cabeza presurosa.



    —No... Sólo faltaba que le dijese que estaba pensando en ti. Me echa del caso seguro— respondió la pelirroja haciendo reír a su novio.



    —Al final no ha sido mala idea alquilar la barca...— cambió de tema el castaño— Se está muy bien aquí— comentó, disfrutando de la ligera brisa que acariciaba su rostro. La policía asintió, observando a su novio con dulzura.



    Light se percató de que había captado la atención de Leyre, así que se inclinó hacia ella, y le dio un beso en los labios, acariciando la mejilla de la chica con una sonrisa cariñosa.

    La joven llevó sus manos al pecho de su novio, acariciando con delicadeza su torso por encima de la camisa.

    Cuando el policía iba a bajar los besos al cuello de la chica, un quejido proveniente de la barca de al lado le interrumpió, llamando su atención.

    Al parecer, L había comenzado a besar a Stella, empezando con delicadeza para luego tornarse en feroces roces en apenas segundos.

    El detective tumbó a la joven en el bote con brusquedad, poniéndose él encima. Sin perder un instante, bajó la mano hasta los muslos de la agente, acariciando la zona bajo la ropa interior. El pelinegro continuó con los besos, apartándose cada pocos segundos dejando que la pelirroja recuperase el aire que le faltaba debido a la respiración entrecortada que le provocaba su pareja.

    El quejido que brotó de los labios de Stella causó que L acostase su cuerpo aún más sobre el de la chica, mordiendo los labios de ella al besarla.

    Light no se lo podía creer. L había hecho gemir a Stella en tiempo récord, sin apenas ningún esfuerzo.

    El detective se lo estaba tomando realmente a pecho, y el castaño no iba a permitir que le tomase la delantera.

    Light continuó con los besos en el cuello de Leyre, pasando sus manos por los pechos de su novia, sacándole varios jadeas al apretarlos entre sus dedos, lo que agitó también su pulso y entrecortó su respiración.

    L, que se dio cuenta de cómo Light trataba de superarle, le miró con el ceño fruncido, y le dio un empujón a su barca, simulando una embestida que hizo que Stella cerrase los ojos fuertemente, y rodease la cintura del detective con sus piernas.

    De repente, la barca de L y Stella chocó violentamente contra el bote de Leyre y Light, golpeándolo con brusquedad, haciendo que éstos se tambaleasen.



    —¡Eh! ¿Pero tú de qué vas?— gruñó el castaño enfadado por la actitud infantil de su amigo.



    —Oh... Perdona, Light... Ha sido sin querer— se excusó el pelinegro, mintiendo descaradamente.



    —¡Por supuesto que no ha sido sin querer!—exclamó el policía— Eres peor que un crío. No eres capaz de asumir una derrota— le acusó con gesto molesto.



    —No he perdido en nada. Así que no hay nada que asumir— sentenció el detective, manteniendo la mirada del chico.



    Tras decir esto, Light se levantó de la barca, logrando que L le imitase.

    Como los dos botes estaban pegados, el castaño cogió a su jefe por el cuello de la camisa. Éste alzó el puño en señal de inminente pelea, logrando que el policía hiciese lo mismo.



    —Chicos, por favor. Parad. No seáis niñatos— pidió Stella sin poder creerse lo que sus ojos veían— Os vais a caer— añadió, vaticinando lo que sucedería.



    —Light, amor, no os peleéis. No tiene sentido— suplicó Leyre mirando cómo los chicos se desafiaban entre sí.



    Al hacer estos movimientos, los botes se separaron ligeramente, haciendo que ambos chicos tambaleasen para guardar el equilibrio. Finalmente, cayeron de bruces al agua.

    Leyre y Stella se asomaron al lago para buscar a sus respectivos novios, los cuales emergieron de pronto a la superficie, tomando aire y sin dejar de mirarse con recelo.



    —Estúpido Kira... Siempre atentando contra mi integridad física— bufó L enfadado, escupiendo parte del agua que había tragado.



    —Ha sido culpa tuya. Te comportas como un niño pequeño— le recriminó el castaño, retirándose el pelo mojado de los ojos.



    Como ninguno de los dos era capaz de subir de nuevo al bote, decidieron nadar hasta la orilla y esperar allí a las chicas, las cuales no tardaron más de diez minutos en llegar con los remos.



    —Ya os vale— les regañó Stella como si de una madre se tratara— Nos habéis estropeado un momento precioso— dijo mirándoles molesta.



    —Ha empezado él— murmuró L cruzado de brazos, de forma acusadora.



    —Pero serás mentiroso...— se defendió Light aún enfadado.



    —¡Bueno, ya basta!— ordenó Leyre con voz autoritaria— Parad ya los dos— concluyó, haciéndoles proseguir con el paseo sin más discusiones.



    Después de que se les secase la ropa, los cuatro amigos continuaron con su recorrido por el Parque Ueno. Lo único distinto, fue que L se distanció considerablemente de Light y Leyre, ya que pensaba que realmente éstos se habían unido contra él.

    Un rato después, cuando ya habían dejado el lago atrás, y pasaban por delante de un carrito de helados, al detective se le antojó un cucurucho de fresa, por lo que no les quedó más remedio que acercarse a comprarlo.



    —¡Qué buena pinta!— exclamó Stella al ver la cremosidad de los distintos sabores expuestos— Yo también me comeré uno— anunció— Que sea de vainilla, por favor— le pidió al encargado. L ya disfrutaba del suyo, comiéndoselo como si de un niño de tres años se tratase.



    —¿Tú quieres uno, cariño?— le preguntó Light dulcemente a su novia al ver la cara que ponía al contemplar los carteles con los nombres de los helados sobre cada recipiente.



    —Vale, amor— contestó Leyre dedicándole una sonrisa al chico— Pídeme un cucurucho de Nutella— añadió. El castaño asintió.



    —Póngame un cucurucho de Nutella y otro de avellanas— le dijo Light al heladero, el cual hizo una disimulada mueca de odio cuando vio juntos al castaño y la pelirroja. Aunque ninguno le dio importancia a ese gesto, L no dejaba de mirarlo atentamente, desconfiando.



    Tras pagar, ambas parejas siguieron con su paseo, comiéndose los helados mientras andaban tomados de la mano.

    Sin saber de qué manera, Leyre se tropezó torpemente, provocando que su cucurucho le cayese directamente en la cara a Stella, la cual ensució el rostro de L, enfureciéndolo más.

    La pobre chica se quedó anonadada, observando a su amiga sin saber qué decir.

    Por el contrario, la pelirroja la miraba de forma asesina, pensando en múltiples formas de tirarla al lago y ahogarla sin dejar rastro.

    Leyre comenzó a disculparse atropelladamente, mientras sacaba algunos pañuelos de su bolso para limpiar el chocolate del rostro de la joven.



    —¿¡Veis!?— dijo L señalando a la chica— ¿¡Veis como es peligrosa!? Primero va a por mí, y ahora, a por Stella. El siguiente eres tú, Kira— anunció con tono acusador. Leyre no sabía cómo defenderse, pero Light la ayudó.



    —No seas exagerado, L— contestó el castaño— Ha sido sin querer. Se ha tropezado. No pasa nada— aseguró, intercediendo por la chica.



    —¿Cómo que no pasa nada?— preguntó Stella indignada— Te recuerdo que soy yo la que tiene una bola de chocolate en la cara, Light— añadió mientras señalaba al nombrado con el cucurucho vacío que tenía en la mano.

    Light lo interpretó como una amenaza, por lo que dio un paso hacia atrás, alejándose de su amiga.



    Finalmente, Stella tuvo que ir a los baños del parque a lavarse la cara, escuchando tras de sí las mil disculpas de Leyre.

    El resto de la tarde fue mucho más tranquilo, lo que les permitió disfrutar del paseo, aún con L y Stella ligeramente apartados de la pareja.



    Al día siguiente, tras una ajetreada mañana en la que todos trabajaron a fondo en el "caso Kira", recibiendo incluso a nuevos agentes del FBI, llegó la hora de comer. Leyre y Light decidieron ir a un nuevo restaurante que habían abierto cerca de su lugar de trabajo.

    Después de una bonita velada, la pareja salió del establecimiento y se dirigió a un cruce sin semáforo que los llevaba de vuelta al cuartel. Cuando parecía que ningún coche se acercaba, Leyre aprovechó para cruzar la calle, adelantándose unos pasos a Light.

    Pero de lo que no se percató la chica era de que, en una de las esquinas, un coche arrancó al verla en medio de la calle, acelerando justo en su dirección para intentar atropellarla.

    Al ver el vehículo avanzar en su dirección, Leyre se quedó paralizada, sin saber cómo reaccionar. Light, unos metros más atrás, vio la situación en la que estaba su novia, y con un rápido y muy arriesgado movimiento, corrió hacia ella, empujándola hacia la acera y apartándola del peligro. Con esto, ambos cayeron al suelo, y el automóvil pasó a escasos centímetros de Light, dándose a la fuga. La pareja tardó un poco en recobrar el aliento. Pero tras recuperarse del shock inicial, Light miró Leyre ofuscado, sin levantarse.



    —¿Cómo se te ocurre cruzar sin mirar? ¿Es que no ves que podría haberte matado?— preguntó el castaño con el ceño fruncido, casi gritándola.



    —No lo entiendo, Light. Te juro que he mirado a los dos lados de la carretera y no venía ningún coche. Ha aparecido de repente— contestó la pelirroja, sin explicarse lo que acababa de ocurrir. El policía resopló con fuerza y la ayudó a levantarse del suelo.



    —¿Estás bien? ¿Te duele algo?— preguntó algo más tranquilo ahora, intentando ignorar la torpeza de su novia, la cual negó mientras se colocaba bien la ropa, que se le había arrugado por la caída.



    Light tomó de la mano a Leyre, y tras pasarle la mano por la cintura, la abrazó de forma protectora, iniciando el camino de regreso al cuartel.

    Una vez que estuvieron en la sala de cámaras, L, Stella y Light empezaron a comentar la serie de "catástrofes" que había provocado la joven.



    —Bueno... En realidad todo lo que ha pasado, han sido accidentes. Así que no podemos culparla. Además, ella siempre ha sido un poco...Despistada— comentó Stella, insinuando que su amiga era torpe.



    —Sí, esa es una buena teoría— le corroboró L— Pero bajo mi punto de vista, aquí está pasando algo muy raro. Quiero decir... Leyre siempre ha sido algo tonta, pero nunca ha llegado a estos extremos...— dijo llevando su dedo pulgar a los labios— Tal vez se haya aliado con Kira— concluyó con su capacidad deductiva al 100%.



    —Leyre no tiene nada que ver con Kira— bufó Light en defensa de su novia, haciendo que el detective le mirase con ironía, alzando una ceja— Es cierto que lleva una temporada algo distraída. Pero a lo mejor es porque ha pasado algo que nosotros no sabemos— trató de encontrar una explicación— Un problema familiar tal vez...— concluyó el chico.



    —Imposible— respondió L de forma tajante— Tengo vigiladas a todas las familias de los agentes bajo mi cargo, y no hay ninguna anomalía— rebatió con su tono habitual— Si se trata de un problema personal, tiene que ser algo que sólo le incumba a ella. Algo que no sepa ni su familia tan siquiera— añadió.



    —Veo muy poco probable que tenga un problema como ese, y no me lo haya contado. Nosotras somos amigas desde hace muchos años y nos lo contamos todo— dijo Stella haciendo que los chicos asintiesen, sabiendo ambos que eso era cierto— Incluso, aún si no me lo hubiera contado a mí, te lo habría dicho a ti, Light. Eres su novio— razonó. El castaño asintió dando la razón a la chica.



    —Pues entonces... Si no es un problema personal, ni tampoco familiar, tiene que ser algo producido por un agente externo— dedujo Light— ¿Y si es alguien que quiere hacerle daño?— preguntó preocupado por su chica— Es una de las agentes que investiga el caso más importante del mundo actualmente.



    —Eso es imposible, Light...— contestó L con seguridad— Si alguien quisiese hacerle daño a uno de los agentes, no se centraría sólo en ella, sino también en los demás— explicó— Además, hace bastante tiempo que utilizamos placas falsas y todos los nombres de los archivos fueron cambiados. Por lo tanto, nadie externo podría saber que Leyre está investigando el "caso Kira"— rebatió tratando de calmar al chico.



    —Entonces tiene que ser alguien interno. Alguien que sepa quién es ella, la odie y tenga razones para querer hacerla daño— dijo Stella creyendo saber la respuesta.



    —Pero no hay nadie que odie a Leyre— contestó Light convencido de sus palabras— Si casi no tenemos tiempo para salir de aquí, como para ponernos a hacer enemigos...— le recordó a la policía.



    —Si no es nada relacionado con el "caso Kira", entonces sólo nos queda la opción de que sea algo personal— afirmó L— Y solamente conozco a una persona tan estúpida como para meterse directamente con un agente de policía— dijo teniendo a alguien en mente.

    En ese momento, los tres se miraron, teniendo la misma respuesta.



    —Misa— contestaron a la vez con obviedad.



    Stella, Light y L no podían estar seguros al 100% de esta afirmación. Todavía quedaba la posibilidad de que Leyre simplemente fuese torpe. Por lo tanto, los dos policías y el detective decidieron comprobar, con sus propios ojos, si realmente Misa estaba detrás de todo esto.



    Para averiguarlo, armaron un sencillo plan, el cual consistía en seguir a Leyre y ver, desde fuera, cómo ocurrían esos "accidentes".

    Así que esa misma tarde, cuando Leyre se marchaba a su casa, L, Stella y Light, se montaron en un coche conducido por Watari, y siguieron a la chica de cerca.

    La pelirroja caminaba con paso apresurado hacia la parada de bus que la dejaría en su casa. Mientras esperaba el transporte, miraba hacia la carretera, absorta en sus pensamientos, creyendo que efectivamente todo lo ocurrido había sido su culpa.

    Estaba tan concentrada, que no se dio cuenta de que detrás de ella había una persona encapuchada que se acercaba de forma sigilosa. Desde el coche, L, Stella y Light, pudieron ver que el individuo sacaba de su bolsillo un objeto brillante y afilado con el que estaba dispuesto a atacar a Leyre.

    Viendo la vida de la chica en peligro, los tres salieron corriendo del coche en dirección al atacante y a la pelirroja.

    En el momento en que iba a clavar la navaja en el costado de la joven policía, L y Light aplacaron al criminal, mientras que Stella cogió a Leyre y la apartó de éste, alejándola de allí.

    Cuando le quitaron la capucha, comprobaron que efectivamente se trataba de Misa Amane.

    La chica comenzó a patalear, intentando zafarse de su agarre.



    —¡Soltadme! ¡Dejad que acabe mi trabajo!— gritó Misa enloquecida.



    —¿¡Es que estás loca o qué!? ¿¡Qué pretendías!? ¿¡Matar a mi novia!?— preguntó Light iracundo, arrebatándole la navaja y mirando a la rubia con una expresión de profundo desdén.



    —¡Light, yo te quiero! ¡No soporto verte con esta zorra! ¡Tú eres mío! ¿¡Lo entiendes!?— contestó a voz en grito, totalmente fuera de sí. El castaño apretó los puños con rabia, teniendo claro que, si no fuese una mujer, la mataría con sus propias manos por atreverse a dañar a la pelirroja.



    —Te lo dije en su momento, y te lo repito ahora— dijo Light furioso— NO SOY TUYO. NO TE QUIERO, NI TE QUERRÉ JAMÁS— le espetó con odio— Si vuelves a acercarte a Leyre, yo mismo acabaré con tu vida— avisó con total seguridad en sus palabras.



    —Lo siento, Misa, pero tenemos que llamar a la policía— sentenció L con seriedad— Has intentado matar a una agente. No te vas a salir de rositas esta vez— concluyó, dándole una señal a Watari para que marcase el teléfono.

    Leyre miraba a Misa con incredulidad e indignación, sin poder creerse que esa loca hubiese estado a punto de matarla.



    —Eras tú, maldita demente... Fuiste tú quien provocó todas esas catástrofes— dijo Leyre con asco— ¿Y todo para qué? ¿Para quitarme de en medio a mí? ¿Creías que si me borrabas del mapa, Light te querría?— preguntó de forma burlona, riéndose de la estupidez de la rubia— Me das pena...— murmuró— Porque no eres más que una loca patética que se arrastra por alguien que la detesta— añadió mirándola de arriba a abajo con desprecio.



    —¡Pues sí! ¡Fui yo!— confesó— ¡Yo tiré esa maldita estantería en la biblioteca! ¡Yo eché veneno al helado que compraste! ¡Y también fui la que intentó atropellarte!— enumeró sus crueles intenciones sin dejar de gritar— ¡Sí! ¡Quería matarte!— afirmó sin pestañear— ¡Porque Light me dejó por tu culpa! ¡Él me quería, y tú te metiste por medio y lo arruinaste todo!— siguió divagando acerca de los supuestos sentimientos del castaño por ella. Leyre rió, mientras que Light la miraba como si le hubiese salido una segunda cabeza. Stella alucinaba con la situación.



    —No te confundas, Misa— contestó Light para callarla— Yo no te quise ni el día que empezamos a salir— le aseguró— De hecho, ni siquiera sé por qué empecé a salir contigo. Lo único que tengo claro, es que fue el peor error de mi vida— añadió mirándola directamente a los ojos, sin un atisbo de piedad— Así que no culpes a Leyre, porque aunque ella no estuviese conmigo, yo te juro que seguiría repudiándote— finalizó de forma clara y concisa. Misa sintió sus ojos empañarse. Leyre pasó su brazo por la cintura de su novio, sonriéndole a la rubia con retintín.



    Los agentes de policía llegaron en ese momento para detener a Misa por intento de homicidio. Mientras la metían en el coche patrulla, la chica berreó, jurando que recuperaría al castaño, haciendo caso omiso a lo que éste le había dicho unos minutos atrás. Cuando la unidad se fue, L se giró para hablar con sus subordinados.



    —Madre mía, Light... Levantas pasiones. ¿Qué les das?— preguntó L bromeando para romper el hielo.



    —No tiene gracia, L— contestó Light agobiado—Esa chica está para meterla en un psiquiátrico y tirar la llave— afirmó, sin dejar la cintura de Leyre.



    —Literalmente hablando, además— murmuró el detective— Tenemos su confesión completa. Con total seguridad, Misa Amane terminará sus días en la cárcel por intento de asesinato a una agente— aseguró.



    Tras lo ocurrido con Misa, Leyre y Light fueron a la casa de la chica, queriendo pasar la noche juntos, mientras que Stella decidió quedarse con L.
     
  11.  
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    SUBORDINADOS (Fanfic Death Note)
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    CAPÍTULO 8: COMPETITIVIDAD (PARTE 4)

    A la mañana siguiente, Stella y Light le pidieron perdón a Leyre por haber pensado que era torpe y que todo era culpa suya. L, sin embargo, apenas musitó un simple "perdón", y le recordó que lo del helado en la cara sí había sido culpa suya. Así que no podía considerarse realmente una disculpa.

    Mientras el detective desayunaba con Watari en la cocina, los tres policías se encontraban charlando en la sala de cámaras.



    —Me parece increíble que no se haya disculpado. Con lo verde que me puso, que hasta me comparó con Kira en cuanto a peligrosidad...— dijo Leyre disgustada.



    —Ya sabes cómo es. Prefiere morirse antes que admitir un error— aseguró Stella, reconociendo cómo era su novio.



    —Pues yo creo que deberíamos bajarle un poquito los humos— sugirió Light. Con ese comentario, el chico captó la atención de Leyre y Stella.



    —Mmm... ¿Estás sugiriendo que le gastemos una broma?— preguntó la policía con una sonrisa maliciosa.



    —No, una broma no. Tenemos que gastarle La Broma— contestó el castaño con una mirada malévola que hizo sonreír a su novia.



    —Me parece genial. ¿Qué sugieres, amor?— preguntó la pelirroja, interesada por el plan que se le pudiese ocurrir al joven policía.



    Los chicos estuvieron charlando sobre esto toda la mañana, trazando un perfecto plan que pondrían en marcha justo después de comer.

    En la broma incluyeron también a Watari, quien también creía que el detective necesitaba una lección de humildad.



    Esa misma tarde, L notó un extraño cambio en el comportamiento de los tres policías y su hombre de confianza.

    Vio cómo Watari se preocupaba demasiado por el bienestar de Stella, ignorando incluso las necesidades del propio detective, como si la chica requiriese de cuidados especiales.

    Light, por su parte, no paraba de mirarle con algo de pena y preocupación, como si sintiese lástima por su amigo. Leyre, por otro lado, no hacía más qué formularle preguntas extrañas, tales como:



    ¿Prefieres chico o chica?

    ¿Se te dan bien los niños?

    ¿Te ves cambiando pañales?



    La situación era realmente sospechosa, y L no sabía exactamente por qué, pero lo averiguaría.

    Empezaron a surgirle serias dudas al respecto cuando Stella, que se encontraba sentada a su lado, se levantó de pronto y salió corriendo hacia el baño, con evidentes náuseas.

    La chica, a propósito para que lo viese su novio, se dejó el bolso encima de la mesa. De éste asomaba una pequeña y fina cajita azul.

    La curiosidad pudo con L, quien al sacarla, se dio cuenta de que se trataba de un predictor.

    Al detective se le paró el corazón al instante, y le empezó a temblar el pulso, temiéndose lo peor. Se quedó en esa posición, totalmente petrificado, cuando de pronto entraron por la puerta, Leyre, Light, Stella y Watari. L les miró asustado, más pálido de lo habitual.



    —¿Qué... Qué significa esto...?— preguntó aterrorizado, con la voz temblorosa y el predictor alzado.



    Un muy tenso silencio se apoderó de la sala durante unos segundos, haciendo que el pelinegro comenzase a sentir un dolor punzante en el pecho.



    —L... No sé cómo decirte esto...— murmuró Stella con fingido nerviosismo— ¿Te acuerdas de la noche de Shibuya?— preguntó. El chico no podía ni parpadear, pero asintió levemente— Pues... Vas a ser padre. Estoy embarazada— afirmó Stella con serenidad, mirándole fijamente, lo que hizo que L la creyese.



    De pronto, el detective se llevó una mano al pecho, agarrando con fuerza la camisa, y abriendo mucho los ojos, como si de verdad sintiese que le daría un infarto.



    —Me duele...— susurró de forma casi inaudible, tambaleándose hacia el suelo— Watari...— llamó al hombre mayor en señal de auxilio.



    Entre los cuatro tuvieron que sujetarle, llegando a preocuparse por si la broma se les había ido de las manos, y de verdad le estaba dando un paro cardiaco.

    Stella se agachó y le tomó de las mejillas, levantándole el rostro para que fijase su mirada en ella, dándole ligeras palmaditas para que reaccionase.



    —L...— le llamó su subordinada— L, tranquilo, que sólo era una broma— dijo con una media sonrisa.



    El detective volvió en sí, y sus ojos se tornaron de incrédulos a enfurecidos. Los tres policías y el hombre trajeado se apartaron, dejando que el chico se sentase de forma normal, como nunca lo había hecho, aún resoplando.



    —¿Quién demonios es el cabecilla?— fue lo primero que quiso saber. Todos, hasta Watari, miraron a Light. L clavó la mirada en el castaño— ¡TÚÚÚÚ!— exclamó con rabia, levantándose con torpeza y quedando frente al chico— ¡Sabía que eras tú! ¡Era imposible que esta jugarreta se le hubiese ocurrido a otro!— le acusó con saña, señalándole con el dedo índice y entrecerrando los ojos, enfadado— Está claro... Como no puedes saber mi nombre, intentas matarme de un susto, ¿verdad? Ahora sí que estoy seguro de que eres Kira. En un 300%— concluyó el detective mirando a los ojos del policía, el cual chistó.



    —Eres un exagerado— respondió Light— Sólo ha sido una broma, hombre. Además, todos aceptaron. Incluidos Stella y Watari— dijo tratando de exculparse. L miró a todos con furia.



    —Me podría haber esperado esto de cualquiera de vosotros dos— señaló a Light y Leyre— Hasta de ti, subordinada— apuntó a Stella— Pero... ¿Tú?— ahora fue el turno del hombre trajeado—Watari... Yo confiaba plenamente en ti. Me has decepcionado— finalizó de forma dramática, dándose la vuelta y sentándose en su pose habitual— A partir de hoy, trabajo solo. Estáis todos despedidos— sentenció con su berrinche de niño pequeño.

    En ese momento, llegó un mensaje al teléfono de Watari.



    —L, acaban de notificarme que tus dulces suizos llegarán esta tarde— anunció el hombre mayor con su habitual sonrisa servicial. Esto hizo que el detective se replantease su decisión.



    —Watari, te readmito— contestó L sin dejar de observar las cámaras— Y en cuanto a vosotros tres...— se giró para encarar a sus subordinados— Me lo he pensado mejor, y no voy a privaros de este caso que tantísimo os gusta— dijo con retintín, dedicándoles una sonrisa malvada— Por el momento, hoy echareis horas extra sin cobrarlas. Os quedaréis toda la noche en el cuartel, conmigo, hasta que amanezca— les informó haciendo que Stella, Light y Leyre le mirasen con profunda indignación— Y ya, después de esto, reconsideraré vuestro castigo— finalizó volteándose nuevamente hacia las cámaras.



    La unidad salió de la sala bufando y quejándose de la reacción desmedida del detective ante una bromilla sin importancia, lo que hizo que éste sonriese ampliamente, disfrutando de su desdicha.



    Un par de tardes después, L quedó con Light para jugar al nuevo Tekken para la PS5 que se había comprado el castaño. Por su parte, Leyre quedó con Stella, en el apartamento de la primera, para ver la nueva película de terror de la que todo el mundo estaba hablando.

    Las chicas se encontraban preparando las palomitas, cuando llamaron a la puerta.

    Stella se quedó en la cocina, y Leyre fue a abrir, sorprendiéndose bastante al ver que se trataba de Light y L.



    —Anda, ¿pero qué hacéis aquí?— les saludó con una sonrisa, dándole un beso en los labios a su novio.



    —Perdona que nos presentemos sin avisar, cariño— se disculpó Light tras devolverle el beso a Leyre— Es que estábamos jugando al Tekken, y el cenutrio este ha tirado el mando y lo ha roto— explicó mirando a L con el ceño fruncido— Y bueno... Queríamos ver si nos dejabas el tuyo— pidió con una dulce sonrisa, algo a lo que la chica no podía resistirse.



    —Claro, pasad— contestó la pelirroja amablemente. Stella, al oír las voces de su novio y su amigo, salió de la cocina para saludarles.



    —Hola, chicos, ¿venís a ver la peli?— preguntó la joven con una sonrisa amable, sorprendida de verles ahí.



    —Subordinada... Tú también estás aquí— dijo el detective con las manos en los bolsillos, y una sonrisa tierna. Tras esto, se acercó a Stella y en la misma postura, le dio un beso en los labios.



    —Sí, habíamos quedado para ver una peli— contestó Leyre— ¿Os apuntáis?— preguntó mirando a Light con una sonrisa, tratando de convencerle.



    —Depende... ¿Qué película?— preguntó L interesado, esperando que no se tratase de la típica pastelada romántica que normalmente gustaba a las mujeres.



    —Una de miedo— contestó Stella enseñando la carátula de "Smile"— Todo el mundo habla de ella.



    —Decidido. Nos quedamos— respondió el detective dirigiéndose al sofá, descalzándose y sentándose en su habitual postura, maquinando lo divertido que sería ver una película de miedo con su subordinada.

    Light suspiró y miró a Leyre con una sonrisa.



    —Veníamos a por el mando de la PS5, y al final nos hemos acabado acoplando— dijo pasando un brazo por los hombros de la chica, y avanzando con ella hasta el sofá. Ella le abrazó por la cintura.



    —Ya ves... Nosotras encantadas de que estéis aquí, amor— la pelirroja le miraba con ojos enamorados.



    —Genial, voy a hacer más palomitas— dijo Stella dirigiéndose a la cocina para preparar más cantidad de las de mantequilla, y un paquete de las dulces para su pareja.



    Diez minutos después, los cuatro se encontraban sentados en el sofá con la película recién empezada. Stella estaba junto a L, el cual ya tenía el dedo pulgar en los labios, y Light se había puesto al lado de Leyre, quien se aferró a la cintura de su novio.

    Durante la primera media hora, Light observaba la pantalla con atención, analizando cada una de las escenas aterradoras que veía. L, por su parte, mantenía los ojos muy abiertos, casi sin pestañear, sintiendo un ligero escalofrío cuando veía las sonrisas espeluznantes que ponían los actores. Stella, apoyada ligeramente en el hombro del detective, miraba la película expectante, disfrutando de las escenas más sangrientas. Todo lo contrario a Leyre, quien constantemente se tapaba los ojos para evitar sobresaltos por los sustos de la trama.



    —Esta película es un sinsentido. ¿Cómo puede la protagonista creer que son alucinaciones?— preguntó L en un susurro aburrido.



    —Entonces, ¿no te da miedo?— musitó Stella desafiante.



    —Claro que no, ¿por quién me tomas?— afirmó el chico con fingida indignación. En ese momento, en la pantalla apareció una grotesca imagen de una de las víctimas sonriendo, lo que hizo que el detective diese un bote del susto, provocando la risa de Light y Stella.



    La película terminó bien entrada la noche, y Light no tenía ganas de conducir, ni de hacer de chofer para L, así que ambos eligieron quedarse a dormir en casa de Leyre.

    El plan inicial de las chicas, era que Stella pasase la noche con su amiga. Pero al unirse Light y L, tuvieron que pensar en otra solución, pues no había sitio para cuatro personas en el apartamento.



    —El primer plan era que yo dormía con Leyre en la cama de matrimonio. Así que vosotros, que sois los acoplados, os apañáis en el sofá— sentenció Stella con firmeza.



    —¿Qué? No, no, no— se negó Light en rotundo a dormir con L, y encima en el sofá— Leyre es mi novia, y por lo tanto, tengo el derecho de dormir en la cama de matrimonio— rebatió con seriedad.



    —De eso nada— respondió Stella— La cama de matrimonio es para mí— repitió, poniéndose de puntillas para estar a la altura del castaño, el cual la desafiaba con la mirada.



    —Yo prefiero dormir en el sofá con Stella, que es más pequeñito— dijo L haciendo un gesto con las manos, indicando que le gustaba la idea de estar "apretado"— Además, yo no pienso dormir con éste. Que a saber qué cosas intenta hacerme mientras duermo...— concluyó el detective señalando a Light, el cual le miró con los ojos como platos.



    —¿¡Pero qué dices tú!?— preguntó el castaño ligeramente ofendido.



    —¿Cómo que qué insinúo, Light? ¿Es que ya no te acuerdas de cuando me besaste en la cocina?— victimizó el detective. Light se tornó pálido, y las chicas se miraron anonadadas.



    —¿Le has besado, Light?— preguntó Leyre, mirando a su novio espantada.



    —¿Qué? ¿Yo? ¡No!— negó el castaño con la cabeza apresuradamente— ¡Se lo está inventando!— exclamó indignado.



    —¿Inventando? ¿Cómo puedes decir eso Light?— preguntó el detective seriamente afectado— Pensé que lo nuestro había significado algo para ti— añadió con dramatismo. Leyre miró incrédula a Light.



    —¿Pero qué le besaste, Light?— preguntó la chica sintiéndose herida por las declaraciones de L— Creía que me querías— susurró con los ojos acuosos.



    —¡Pero, cariño, te juro que yo no le he tocado!— exclamó el chico visiblemente alterado.



    Aprovechando el lío que había armado entre Light y Leyre, L cogió a Stella de la mano y la arrastró hacia el salón, dejando que la pareja resolviese sus problemas a solas.

    En la habitación, ambos seguían con la pequeña disputa creada por el detective.



    —¿Seguro que no le has besado?— preguntó Leyre con recelo.



    —¡Claro que no! ¿Por qué iba a besar yo a ese idiota?— la indignación de Light crecía por momentos al verse culpado por algo que no había hecho— ¿Es que crees que me van esas cosas o qué?— preguntó— ¿No ves que lo ha hecho para despistarnos y llevarse a Stella al salón?— bufó, odiando al embustero detective.



    —Lo sé, amor... Pero es que lo ha dicho tan serio...— murmuró Leyre, sin poder creerse que alguien mintiera tan bien.



    —Ya le conoces. Es un teatrero...— contestó Light llevándose una mano al pelo en señal de frustración— Además, ¿no te he demostrado ya, varias veces, qué es lo que me interesa?— esa última frase sonó algo seductora, lo que hizo que Leyre levantase la cabeza para observar al castaño, quien se había posicionado muy cerca de ella, mirándola de forma atrayente, y pasando sus manos con delicadeza por su cintura, arrinconándola contra la pared— Hay otras cosas que prefiero besar— sentenció.



    Esa última palabra la susurró en el oído de la chica, la cual cerró los ojos disfrutando de los labios que comenzaban a recorrer su cuello con avaricia.

    Leyre se acercó aún más al chico, rodeándole con sus brazos y besándole en los labios de manera incitante, lo que hizo que Light le mordiese el labio inferior, profundizando el beso.

    Las respiraciones de ambos se encontraban agitadas. Sobre todo cuando el policía pasó sus manos por el vientre de la pelirroja, y subió a sus pechos, acariciándolos aún con la camisa puesta.

    Los labios del castaño querían bajar por el cuello de la chica, y llegar hasta la clavícula, así que llevó sus manos al trasero de su novia y la alzó para acceder libremente a toda la zona.

    Esto hizo que Leyre contuviese el aliento unos instantes, disfrutando de la fuerza que Light empleaba para apretar su cadera con la suya y mantenerla contra la pared, desabrochando los primeros botones de su camisa y devorando con besos sus pechos.

    La policía llevó sus dos manos a los cabellos del joven, acariciándolos mientras echaba su cabeza hacia atrás, y emitía ya algunos gemidos que cobraban más fuerza según pasaban los segundos.



    Pero este ruido no era lo único que rompía el silencio de la casa, ya que el salón, se escuchó un fuerte ruido de cristales rotos.



    Anteriormente, L había llevado a Stella al sofá, dejando que ésta se tumbase primero, y él de lado junto a ella, quedando increíblemente cerca.



    —Ha sido muy cruel por tu parte inventarte eso. Casi les creas una crisis de pareja — le recriminó la chica, conteniendo la risa.



    —¿Y tú cómo sabes que me lo he inventado, subordinada?— preguntó el detective con fingida inocencia.



    —Venga, L... Te conozco muy bien, y tú jamás dejarías que alguien te besase sin darle una patada en la cara— respondió Stella riendo.

    La sonrisa de la pelirroja hizo que toda la atención del joven se centrase en los labios de ésta, recorriendo también con la mirada su cuello, bajando indebidamente hasta los pechos. El detective devolvió la vista, con rapidez, a los ojos de la chica, que le miraba con una ceja alzada, habiendo descubierto la inapropiada mirada que le había dirigido— ¿Qué mirabas?— preguntó divertida.



    —No pensarás de verdad que me he quedado aquí sólo para dormir, ¿no?— respondió con otra pregunta, colocándose velozmente sobre ella, como si de un jaguar se tratase.



    En un abrir y cerrar de ojos, la escasa distancia que los separaba había desaparecido, y Stella podía sentir cada músculo del detective, el cual la miraba con intensidad.

    A la joven le faltó el aire al verse bajo el cuerpo de su novio, y L se mordió el labio disfrutando de ese contacto, entornando los ojos al fijarse en los rojos labios de la policía, que se entreabrían de forma atrayente cada vez que él se movía lo más mínimo.

    L la besó con fuerza, llevando una mano a la cintura de su subordinada, que no tardó en bajar a uno de los glúteos de la chica, apretándolo con los dedos.

    Stella pasó una pierna por la cintura del detective, quien enseguida se acomodó mejor sobre ella.

    Por el deseo de tener a Stella a su merced, L no calculó las distancias y, sin querer, dio con el brazo en una mesa baja que había junto al sofá, tirando al suelo una figura de cristal de Swarovski que se rompió en mil pedazos



    Ese fue el ruido que se mezclaba con los gemidos de Leyre, y que por tanto no percibió.



    Stella se rió por el accidente que acaba de provocar el detective, el cual no le dio importancia.



    —Mañana le compraré uno nuevo— murmuró con una sonrisa traviesa, continuando con sus caricias, que bajaban del trasero de la chica al interior de los muslos, buscando retirar la ropa de la joven.



    Pero un fuerte gemido hizo que L se detuviese, escuchando que su rival ya había empezado con el plato fuerte, mientras que él aún andaba con los entrantes.



    En la habitación, Light sí se había percatado de la figura que había roto alguno de los dos.

    Ese podía ser un punto que llevase a L la victoria, y era algo que él no estaba dispuesto a tolerar en absoluto.

    Con un fuerte empujón, Light mordió el cuello de Leyre, quien rodeaba esta vez el del chico con sus brazos, besando su mandíbula dulcemente.

    El joven terminó de desabrochar la camisa de la chica, la cual rodeaba al policía con las piernas, sin dejar que se separase un sólo milímetro.

    La prenda cayó al suelo junto con la camisa de Light, quien se la había quitado con celeridad, dejando al descubierto sus bien definidos músculos.

    Leyre pasó sus manos por cada centímetro de piel del torso del castaño, que disfrutó de este roce mientras besaba la mandíbula y mejilla de la chica, la cual no podía dejar de suspirar sonoramente.



    La joven policía llevó sus manos hasta la cadera de Light, agarrando el botón de sus pantalones, y atrayéndole aún más a ella, rodeándole con sus piernas fuertemente.

    El castaño pilló la indirecta al vuelo y, tras acariciar por dentro de la ropa los muslos de la chica, sacándole varios gemidos, le desabrochó los pantalones y los retiró con prisa.

    Ella hizo lo mismo con los pantalones del chico, recibiendo algo de ayuda por su parte.

    Tras quedar ambas prendas en el suelo, Light empujó a Leyre sobre la cama con brusquedad, poniéndose él encima para agarrar las muñecas de la chica con una de sus manos, mientras bajaba la última prenda que le quedaba puesta.

    Leyre cerró los ojos con fuerza, arqueando su espalda y abriendo la boca, sintiendo el tremendo placer que le había producido esa primera embestida hecha casi a la fuerza.

    Los calambres placenteros que recorrían su espalda y caderas, sólo con un movimiento, la impresionaron al momento, por lo que no pudo evitar un gemir en cuanto el castaño realizó la segunda entrada con igual brusquedad.



    Ese gemido había preocupado a L, que ya había perdido la vez anterior, y no pensaba dejar que hubiese una segunda derrota.

    Por lo que, sin pensarlo, pasó sus manos por debajo de la ropa interior de Stella, acariciando la zona interna de los muslos, causando que la chica agarrase la camisa del detective con fuerza al notar cómo éste la acariciaba.

    Pegando su frente a la suya y respirando con fuerza muy cerca de ella, siguió los movimientos de sus dedos con los de su cadera, excitando aún más a la joven.

    Stella acarició la espalda de su novio, bajando también hasta sus pantalones.

    Mientras tanto, L lamía y mordía su cuello con tal saña que, junto con las caricias que le regaló bajo su lencería, terminaron por sacarle largos gemidos a su subordinada.



    Stella sentía que no podría esperar mucho más, así que terminó por sacarle la camisa al detective, tirándola al suelo, lo que hizo que éste sonriese por la prisa de la chica.

    L imitó sus movimientos y la camisa de Stella se reunió con la de él, acompañando al sujetador.

    La policía bajó las manos a los pantalones del chico, desabrochando el botón con lentitud, disfrutando de los besos que él le daba en los labios y el cuello.

    Ni corta ni perezosa, bajó los pantalones de su novio lentamente, acariciando con malicia la zona sensible de éste, sacándole también gemidos al chico, quien apretaba los dientes contra la piel de ella en forma de feroces mordiscos con cada roce indebido.

    Finalmente, Stella terminó por quitarle del todo los pantalones al propio L, desesperado ya por la malintencionada lentitud de la joven, que disfrutaba haciendo sufrir un poco al detective.

    Él la miró con los ojos entornados, dándose cuenta de esto y, como si de un "te vas a enterar" se tratase, apretó uno de los pechos de la joven, mientras con la otra mano bajó sus pantalones.



    Sin ni siquiera darle un beso, L comenzó con las voraces y profundas embestidas, observando con atención cada gesto de Stella, memorizando qué la excitaba más.

    Cada movimiento era más rápido y fuerte que el anterior, pero el detective seguía sin besarla, como si se tratase de un pequeño castigo por su atrevimiento.

    Los gemidos de la pelirroja eran cada vez más audibles, disfrutado de cada roce, terminando por atrapar el rostro del pelinegro con las manos para besarlo con pasión. En ese preciso instante, L reunió todas las fuerzas que tenía y llevó el ritmo a una velocidad abrumadora.



    En la habitación, Light seguía con Leyre casi inmovilizada, gimiendo con las profundas y aceleradas embestidas del chico, el cual no podía evitar jadear con cada movimiento por el esfuerzo de seguir con ese apresurado ritmo.

    El placer hacía que les temblasen las articulaciones, fallándole las fuerzas y recobrándolas al momento, negándose a detener ese placer ni por un instante.

    Light escuchaba los ruidos del salón, percatándose de que sus ritmos eran preocupantemente parecidos.



    Light pensaba que había llegado a su límite y no podía creer que L le siguiese tan de cerca.

    Tenía que aumentar la velocidad y la intensidad, si no quería que el chico le tomase la delantera.



    Y así lo hizo, agarrando con fuerza las sábanas de la cama y aumentando el ritmo con un esfuerzo sobrehumano, provocó un placer que se concentraba en el vientre de Leyre, haciéndola pensar que no sobreviviría a esa noche.



    L también escuchaba atento lo que ocurría en la habitación contigua, y se quedó impresionado cuando sintió cómo Light le estaba ganando.



    Apretó los dientes con fuerza, observando cómo Stella se deshacía en suspiros cuando él colocó las piernas de la chica aún más arriba de su cintura, dándole más accesibilidad, consiguiendo así, la misma velocidad en las embestidas que su rival.

    Al hacer esto, la chica clavó las uñas en la espalda del detective por el placer de este nuevo ritmo casi inhumano.



    L y Light también gemían, notando cómo esta velocidad les minaba rápidamente, haciéndoles temblar de la satisfacción y estremecerse con cada gemido de la chica que tenían entre sus brazos.



    La competencia era palpable, y ninguno estaba dispuesto a parar si el otro no lo hacía primero, lo que hacía que ambos se planteasen si uno podía llegar a morir de ese tipo de agotamiento en esa noche.



    Parecía que ninguno iba a ceder, pero con el placer que sentían, y la creciente velocidad que habían mantenido, ambos terminaron por caer rendidos y dejarse llevar por ese agradable final, complacidos.



    Todos estaban completamente agotados.



    Light se tumbó junto a Leyre boca arriba, casi desmayado, abrazando a su novia.



    L ni siquiera tuvo fuerzas de apartarse y cayó desplomado sobre la chica, que lo abrazó agotada, con la respiración entrecortada.



    Al día siguiente durmieron hasta muy entrada la mañana. El primero en levantarse fue Light, quien se dirigió a la cocina para prepararse un café. Al escuchar el ruido, L se despertó y fue junto al castaño.



    —He visto la figura rota. Era cara, ¿sabes?— dijo Light dando un sorbo a su café.



    —¿Y tú cómo sabes eso?— contestó L cogiendo un trozo de chocolate de la nevera.



    —Porque se la regalé yo— respondió el castaño, asesinando al detective con la mirada. Éste le dio un bocado al chocolate.



    —Pues, en mi defensa, diré que era horrible. Qué mal gusto tienes, Yagami. Le compraré a tu novia una figura mejor— sentenció L.



    Leyre se despertó para ir al salón. Allí vio, espantada, el desastre que sus amigos habían provocado la otra noche. En ese momento, Stella la saludó con una sonrisa, desperezándose.



    —¡Mi figura de Swarovski!— exclamó la pelirroja horrorizada al ver el regalo de Light completamente destruido. Su amiga puso cara de sorpresa.



    — ¡Hala, tía! ¿Qué ha pasado?— preguntó Stella fingiendo no saber qué había ocurrido.

    Leyre la miró incrédula, alzando una ceja, omitiendo el enfado y sentándose en el sofá junto a ella.



    —Bueno... Ayer os lo pasasteis bien. Que os escuchábamos desde la habitación— dijo la policía entre risas— Cuéntame, ¿qué te estaba haciendo L?— preguntó divertida.



    —Le dijo la sartén al cazo...— respondió Stella carcajeándose— Creo que os oyeron por Okinawa— rebatió, evadiendo la pregunta de su amiga.



    Desde la cocina, Light mandó callar a L para poder escuchar lo mejor posible la conversación de las chicas, las cuales hablaban sobre lo sucedido la noche anterior con sus respectivas parejas.



    —Ya te dije que ganaría...— murmuró Light con aires de grandeza, proclamándose vencedor.



    —Estás muy equivocado, Light— le discutió L—Yo rompí la figura. Eso suma... 20 puntos— contestó el detective llevando la cuenta con los dedos.



    —Eso no suma una mierda. Al contrario, te resta porque ahora tienes que comprarle otra— dijo el castaño con altanería— Pero vamos... Que suponiendo que fuese así, te informo de que yo la tiré a la cama y le agarré las muñecas con una sola mano— aportó Light— Así que eso sumaría otros 20 puntos. L le miró con una sonrisa burlona.



    —Lo mío fue en un sofá. Eso son... 10 puntos— rebatió el detective, inventándose la puntuación.



    —Pero yo empecé antes que tú. Esta vez has estado lento. Eso son 10 puntos también— aseguró el policía haciendo las cuentas a ojo.



    —No importa quién empezó antes o después. Lo importante es cómo acabó— respondió L, con la mirada retante.



    —Y, obviamente, yo acabé mejor— contestó Light con una sonrisa triunfal.



    —Eso te lo acabas de inventar. Así, por el artículo 27– le acusó L con la voz cargada de ironía— En fin... Si hacemos el recuento, parece que hemos empatado— concluyó, recostándose sobre la encimera.



    —Eso parece— asintió Light— Esta apuesta es más interesante de lo que pensaba. Creí que ganaría enseguida. Pero no sabía que tenías tanta experiencia.



    —La práctica hace al maestro, pequeño Saltamontes— contestó L con una sonrisa que hizo que Light también sonriese.



    —Y yo que llegué a pensar que eras virgen...— murmuró Light riéndose del chico.



    —Oye, no me faltes al respeto que te bajo el sueldo, ¿eh?— le avisó el detective con seriedad— Bueno, ya buscaremos un desempate. Esto no va a quedar así, Kira— aseguró el detective, causando que el castaño le mirase con los ojos entrecerrados.
     
  12.  
    Bellapoms

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    SUBORDINADOS (Fanfic Death Note)
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    Comedia Romántica
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    CAPÍTULO 9: LÍMITE (PARTE 1)

    Ese mismo día, después de desayunar en casa de Leyre, los tres policías y el detective fueron al cuartel, en el cual pasaron el día trabajando en el "caso Kira". Como era de esperar, Light y L estuvieron toda la tarde con sus piques habituales, pensando en cómo desempatarían una apuesta que las chicas desconocían por completo.



    El resto de la semana pasó tranquila, sin percances. El cuartel estaba tranquilo, aunque de vez en cuando era interrumpido por alguna tontería de Matsuda, las típicas peleas de Light y L, y el cotorreo de Leyre y Stella hablando de sus respectivas parejas, que no causaban más que competencia entre los dos chicos.



    Pero en una plácida y soleada mañana de sábado, un desesperado y sonoro "AAAAYY" acabó con la paz en el cuartel.

    Light, Stella y Leyre, asustados, fueron corriendo hasta la cocina, lugar de donde provenía el grito, encontrándose allí al detective junto a todas las alacenas abiertas y vacías. La cara del chico expresaba horror.



    —¡Emergencia! ¡Las reservas están bajo mínimos y queda muy poco para la hora del café!— exclamó como si fuese una cuestión de vida o muerte— ¡Light, ve a por café! ¡Leyre, a por azúcar! ¡Subordinada, a por pastelitos de fresa y nata!— ordenó el detective con absoluta seriedad, logrando que los tres policías le mirasen con el ceño fruncido y los ojos entrecerrados.



    —¿Pero tú eres tonto o barres playas?— le preguntó Stella a su novio— ¿Para eso tienes que gritar? ¡Que ya pensábamos que te estabas muriendo, idiota!— exclamó molesta.



    —Muriéndome estaré si de aquí a una hora, esta despensa no está hasta arriba de todas las cosas que os he pedido— contestó L con dramatismo— ¿O es que lo habéis planeado todo para repetir la escenita del otro día?— preguntó receloso, mirando a Light fijamente.

    El castaño suspiró con fuerza.



    —Dios mío, qué paciencia...— murmuró el policía llevándose una mano a la cara en señal de cansancio— Anda, vamos a comprar de una vez lo que quiere... A ver si con un poco de suerte, se calla— añadió, harto del detective.



    Las dos policías asintieron y los tres salieron en busca de los encargos de L. Leyre y Light se ocuparían de comprar el café y el azúcar, mientras que Stella iría a por los dulces a la famosa pastelería Hidemi Sugino en Ginza, quedando los tres frente al Starbucks más próximo al cuartel.

    Tras quince minutos, y con la caja de pasteles en mano, Stella se dirigió al punto de encuentro un poco antes de la hora acordada, esperando allí a Light y Leyre, quienes estaban acabando de comprar.





    Cuando Stella se hallaba apoyada junto a la pared de la cafetería, perdida en sus pensamientos acerca de su relación con L, un enorme Jeep paró frente a ella, trayéndola al instante de vuelta a la realidad.

    Del vehículo bajaron dos hombres vestidos de negro bastante imponentes, los cuales se acercaron a la agente de forma brusca, agarrándola con fuerza del brazo, y tirando para llevarla hacia el coche.

    El primer impulsó de la chica fue zafarse de ellos, pero sólo consiguió que afianzaran aún más su agarre.



    —¡Soltadme! ¿¡Quiénes sois!?— gritó la joven policía con una mezcla de miedo y furia, pues no sabía lo que esos dos pretendían hacerle.



    —Somos unos viejos amigos de Erald Coil— respondió el más alto— Ese al que tú conoces como L— sentenció de manera amenazante.

    Stella intentó apartarse, pero sin surtir efecto, ya que ambos la agarraron con más fuerza, y la llevaron hasta la parte trasera del coche.

    Justo antes de que pudiesen obligarla a entrar, Light y Leyre aparecieron apresurados, viendo cómo estos se intentaban llevar a su amiga.



    —¡Soltadla!— ordenó Light con autoridad, acercándose a ellos sin miedo.



    El castaño trató de forcejear con ambos, mientras Leyre se encargaba de apartar a Stella de los dos matones, dejándola a una distancia considerable antes de volver con Light para ayudarle.

    Cuando la pareja consiguió reducir a los secuestradores, se acercaron hasta Stella, la cual todavía tenía el pulso acelerado por el susto que se había llevado.

    Rabioso, al ver su plan frustrado por los dos policías, uno de los hombres sacó una pistola del bolsillo interior de su chaqueta, y disparó apuntando al pecho de la chica.

    Light, percatándose de esto, empujó a Stella hacia el asfalto, evitando así que la bala le diese de lleno en el corazón. Sin embargo, ésta si atravesó el hombro de la pelirroja, causándole una herida bastante profunda.

    Tras esto, pensando que habían matado a la novia del detective L, los dos hombres huyeron despavoridos del lugar.

    Leyre, sumamente histérica, cogió su teléfono para llamar a una ambulancia, mientras que, con la ayuda de Light, intentaba taponar la herida para que dejase de sangrar.

    La ambulancia llegó pocos minutos después.

    Como sólo una persona podía acompañar a Stella, Leyre decidió ir con ella. Light, en cambio, se quedó en el lugar del accidente, dirigiéndose acto seguido hacia el cuartel al tiempo que llamaba a L.



    —¿Light?— le contestó el detective, preocupado al escuchar la respiración entrecortada del castaño.



    —L, escúchame con atención— pidió el joven, no consiguiendo nada más que preocupar en demasía a su jefe—Han disparado a Stella. Está de camino al hospital— explicó fatigado por lo rápido que corría.



    —¿¡Cómo!? ¿¡Qué demonios ha pasado!?— preguntó el detective con impotencia. En su voz se notaba una mezcla de frustración y preocupación por no estar en ese momento con su subordinada.



    —¡No lo sé! Leyre y yo estábamos volviendo de comprar, cuando de pronto vimos a unos tíos con traje intentando meterla a la fuerza en un coche. Los redujimos, pero uno de ellos la disparó— se explicó Light como pudo.



    —¿Unos tíos con traje dices?— preguntó L sin entender nada— Da igual. Le diré a Watari que tenga el coche preparado. En cuanto llegues, nos vamos— dicho esto, el chico colgó el teléfono.



    Apenas diez minutos después, Light, L y Watari ya se dirigían al Hospital General de Tokyo.

    Nada más llegar, Light llamó por teléfono a Leyre, la cual esperaba en la habitación de Stella, aguardando a que ellos llegasen.

    Cuando los chicos entraron, vieron que la policía ya estaba despierta y charlaba con su amiga de lo ocurrido.

    Light iba a pasar primero, pero no pudo evitar que L se le adelantase, y corriese hacia su subordinada, quien estaba tumbada en una camilla. El pelinegro besó sus labios y la cogió de la mano.



    —¿Estás bien?— preguntó el chico con una mirada atenta. Ella asintió con una sonrisa, intentando tranquilizarle.



    —Sí, sí, estoy bien. No ha sido nada— contestó la chica quitándole hierro al asunto.



    —¿Cómo que no ha sido nada? ¡Stella, por favor, que han intentado asesinarte!— exclamó Light preocupado, cogiendo la mano de Leyre.



    —Light tiene razón, Stella— murmuró L cabizbajo— Has estado a punto de morir, y estoy seguro de que ha sido por mi culpa— concluyó tristemente convencido.



    —No, claro que no. Esto no tiene nada que ver contigo, L— aseguró la chica, intentando evitar que su novio se sintiera mal.



    —No intentes hacerme creer lo contrario, Stella. Claro que tiene que ver conmigo— respondió el detective— ¿No dijeron nada cuando intentaron secuestrarte?— preguntó preocupado.



    —No... Qué va. No dijeron nada...— mintió Stella. Leyre la miró con una ceja alzada, ya que ella sí sabía la verdad.



    Una hora después, aún en la habitación de Stella, Leyre insistió en bajar con L a la cafetería del hospital, ya que aunque él lo negase, necesitaba un café.

    Aunque le costó, finalmente consiguió sacar al detective de la habitación de su subordinada, dejando a Light y a Watari al cuidado de la chica.



    —Cuéntame la verdad, Leyre... ¿Qué pasó?— preguntó L con seriedad mientras removía el café de su taza con desgana.



    —Yo no estaba ahí, L. No lo sé...— contestó la pelirroja eludiendo la pregunta del detective.



    —Leyre, por favor, es por su bien— suplicó con un deje de desesperación— Dime la verdad, ¿qué pasó?— repitió la pregunta. La chica suspiró y asintió.



    —Stella me contó que cuando esos dos tipos trataron de llevársela, le dijeron que eran unos viejos amigos de Erald Coil— la policía alzó la mirada, observando la reacción de su jefe, que desvió la vista nuevamente hasta el suelo, confirmando sus peores sospechas, pues esto le dejaba claro que el intento de secuestro a Stella no tenía nada que ver con el "caso Kira", si no que la habían querido hacer daño para llegar hasta él— Pero, L... No te preocupes. Esto no significa que tú la pongas en peligro. Todo lo contrario, ella sólo se siente a salvo cuando está a tu lado— añadió, en un intento de reconfortar al detective.



    —Leyre... No quiero que te compadezcas de mí. Esto ha sido culpa mía— musitó cabizbajo, sintiendo los ojos acuosos— Pero no te preocupes, que sé cómo solucionarlo.



    Dicho esto, L se levantó presuroso y salió de la cafetería sin esperar a la pelirroja. Leyre supuso que el pelinegro volvería a la habitación de Stella, y pasaría con ella el resto de la tarde. Pero cuando la chica llegó, allí sólo estaban su novio y su amiga. Ni rastro de L ni de Watari.

    Casi al caer la noche, Light firmó el alta y, junto con Leyre, llevaron a Stella a su casa, pidiéndole a ésta el favor de que se tomase un descanso, y no fuese a trabajar al día siguiente.

    Pero como era de esperar, haciendo caso omiso a las recomendaciones de sus amigos, Stella se presentó la mañana después del accidente en su puesto de trabajo, más puntual que de costumbre.

    La joven policía llevaba el brazo vendado y en cabestrillo. Y cada cierto tiempo, se acariciaba la zona herida con una expresión adolorida, siendo incapaz de realizar movimientos bruscos.



    —Mira que te pedimos que te quedases en casa, descansando, ¿eh? Pero nada, oye... Tú, como el que oye llover— la regañó Leyre preocupada—Como se te abra la herida...— advirtió haciendo un ademán con el dedo índice, dejando el aviso en el aire.



    —Dios mío... Qué exagerada eres, tía— contestó Stella divertida por la expresión ceñuda de su amiga— Que estoy bien... Si ya casi no me duele— respondió con una sinceridad parcial.



    En ese momento, las chicas entraron en la sala de informes. Allí se encontraron a L, quien sujetaba algunos documentos con las yemas de sus dedos, mientras Light los leía con atención. Todos ellos acerca de un asesinato que había ocurrido el día anterior mientras Stella estaba hospitalizada.

    El castaño le dedicó una sonrisa dulce a su novia, y se acercó a saludarla con un beso cariñoso en los labios. Viendo a la pareja, Stella se acercó a L, que ni siquiera se había dignado a mirarla, y trató de besarle como solía hacer cada mañana. Pero éste, en un ágil movimiento, la agarró por los antebrazos, y la separó de su cuerpo, evitando con esto que tan siquiera lo intentase.

    Este gesto desconcertó totalmente a la chica, que sin replicar, se sentó en su puesto.



    —¿Podemos hablar un momento?— preguntó L de forma cortante— A solas— añadió mirando a Light y Leyre, quienes inmediatamente salieron de la sala, en silencio al notar la tensión que reinaba en el ambiente.

    Repentinamente, se hizo un silencio sepulcral que hizo que la policía sintiese un escalofrío.



    —L, ¿qué pasa? ¿Por qué estás tan seco conmigo?— preguntó Stella intimidada, sin entender la antipática actitud de su novio.



    —Se ha acabado— contestó de manera tajante, dejando a la chica helada, y sin poder creerse lo que oía.



    —¿Có... Cómo...? ¿Cómo que se ha acabado...? No... No entiendo...— la pelirroja hablaba de forma entrecortada, con un nudo en la garganta.



    —No tienes que entender nada, Stella— contestó el detective— Te estoy dejando. Ya está— sentenció con una expresión de absoluta dureza.



    —Eso lo he entendido. Lo que no entiendo es el por qué me dejas— rebatió la chica haciendo un mohín de tristeza.



    —¿Que no lo entiendes dices? ¿Te parece poco lo que pasó ayer?— preguntó el pelinegro mirándola con severidad— Has demostrado ser un obstáculo para el "caso Kira". Por estar pendiente de ti, ayer hubo otro asesinato— le informó— Por tu culpa no puedo dar el 100% de mí en atrapar a Kira. Además, estar contigo sólo ha traído problemas. Algo que te advertí en su momento— le increpó. La agente comenzó a sentir las lágrimas acumulándose en sus ojos, luchando para no salir.



    —Pero, L... No podemos acabar así...— murmuró Stella quitándose una lágrima que le rodaba por la mejilla— Si para estar al 100% en el caso Kira, tienes que ponerme más seguridad, pónmela. Haz lo que creas necesario, pero...— L la interrumpió, tratando de no derrumbarse al ver a su subordinada en ese estado.

    Él había tomado la decisión de dejarla por el bien de la chica, porque no podría soportar que el segundo accidente tuviese consecuencias fatales. Y si para eso, tenía que ser el tío más cabrón sobre la faz de la Tierra, lo sería.



    —¿Y por qué te iba a poner más seguridad yo a ti? ¿Crees que eres tan importante como para malgastar a los escasos agentes que tengo a mi cargo, poniéndolos a tu cuidado?— cuestionó de forma burlesca aunque, por dentro, decir estas palabras le estaban doliendo más a él que a ella— Stella, no eres especial. Únicamente eres un número. Una policía más en el caso, como puede serlo Matsuda, por ejemplo— agregó. La pelirroja ya no pudo evitar llorar, derramando todas las lágrimas acumuladas en sus ojos al escucharle decir semejantes palabras— Sí que es cierto que fuiste un buen entretenimiento y que en la cama funcionas muy bien. Pero ya está. No pienso arruinar la investigación ni por ti, ni por diez como tú— concluyó con inquina, logrando que la joven le mirase incrédula.



    —No lo dices enserio...— dijo con una mezcla de pena e indignación— Tienes que estar de broma, porque ni siquiera tú puedes ser tan mala persona— añadió mirándole fijamente.



    —¿Es que tengo pinta de estar bromeando?— preguntó con seriedad, manteniéndole la mirada con unos ojos fríos y huecos, sin brillo— Nunca me ha gustado verme envuelto en esta clase de situaciones, pero por primera vez, desde que te conozco, te seré sincero— anunció— Todo ha sido un juego, Stella— soltó de repente, dejando a la chica anonadada— En Shibuya me emborrachasteis, y como me dio lástima que te ilusionaras conmigo, pues me acosté contigo para que estuvieses contenta y pudieras comentarlo con Leyre— le recordó lo sucedido en el pub— Y bueno... Las otras veces sólo fueron pequeñas apuestas con Light, que no paraba de restregarme que era mejor que yo en la cama. Y tú ya sabes que yo no pierdo en nada, así que le seguí el juego— continuó— Pero tú sabías, desde el principio, que yo no quería salir contigo. Lo que pasa, es que insististe tanto... Que no supe cómo negarme, y me vi en la obligación de decirte que sí— L no paraba de decepcionar a Stella con sus crueles palabras— Pero mira tú por dónde, voy a tener que darte hasta las gracias, porque con lo que pasó ayer me has liberado. Me has dado la excusa perfecta para dejarte— agregó con una sonrisa malvada totalmente fingida— Además, por si eso fuera poco, no sólo has puesto en riesgo tu vida, sino también las de dos de mis mejores agentes— terminó de echarle en cara que Light y Leyre hubiesen arriesgado sus vidas para protegerla— Lo ideal sería despedirte. Pero si me dejas en paz, y no te me vuelves a acercar, podrás conservar tu puesto— finalizó sin pestañear.



    —¿Cómo puedes ser tan cabrón?— preguntó Stella con la voz algo quebrada, aunque profundamente indignada.



    —No te equivoques, Stella. Lo único que estoy siendo, es sincero contigo— contestó L con pasividad— No te he querido nunca, y tampoco me preocupa lo que pueda pasarte— mintió como un bellaco— Lo que ayer me tuvo tan agobiado, fue que quienes te trataron de secuestrar estuvieran relacionados con Kira, y simplemente te usaran como señuelo para descubrir mi identidad y asesinarme— confesó de forma creíble para la chica— Por eso no volví a tu habitación, porque tuve que marcharme para evitar exponerme a más peligro del que tú ya me has expuesto— concluyó tratando de hacer sentir culpable a la joven, la cual miró al suelo con rabia, apretando su camisa con los puños. Todavía le era imposible creer las palabras de su exnovio, que le hablaba con tal franqueza que hacía que le doliese el pecho.

    Al ver que su subordinada no reaccionaba, el detective siguió con su mordaz discurso— ¿Qué? ¿Te has quedado muda?— en el fondo, L prefería que Stella le insultase, e incluso que le pegase, a que se quedase callada, y no dijese una palabra— ¿Qué te pasa Stella? ¿No has oído lo que te acabo de decir?— su voz se alzó como nunca antes lo había hecho, buscando provocar a la chica— Quiero que te largues. No te vuelvas a acercar a mí, salvo que sea estrictamente necesario— dijo desesperado por la situación en la que se encontraba. A estas alturas, los ojos de la pelirroja ya eran cascadas de rabia que se desbordaban al recibir de lleno los gritos del detective— Pensaba que eras más lista... Pero veo que sólo eres una imbécil que ve lo que quiere ver— escupió estas últimas palabras con odio hacia sí mismo por hacer llorar a la persona que más quería.



    Cansada de tantas humillaciones, Stella alzó la mirada con firmeza, tratando de dejar de llorar, y con la mano abierta, le dio un bofetón a L, que le hizo girar la cara, mientras su mejilla se tornaba roja.



    —Tienes razón... Sólo soy una imbécil que creyó ver algo bueno en ti. Algo que no existía— contestó Stella con la voz rota— Pero gracias por ayudarme a ver que sólo eres un hombre patético que se morirá sin saber lo que significa querer y que le quieran— le espetó— Tranquilo. No volveré a molestarte jamás. Para mí estás muerto, L— tras decir esto, la joven se dio media vuelta y se marchó de la sala, dejando solo al detective, quien se pudo permitir derramar una lágrima al saber que la había perdido para siempre.



    —Adiós, subordinada...— musitó en un susurro prácticamente inaudible.



    En la sala de cámaras, Watari, Light y Leyre, que lo habían escuchado todo, se habían quedado anonadados, sin entender cómo L había podido decirle esa sarta de crueldades a Stella.

    Inmediatamente, Light y Leyre fueron a hablar con Stella, la cual tenía los ojos hinchados por lo mucho que había llorado.

    La policía, no pudiendo soportar un minuto más en ese cuartel que tantas alegrías le había dado, se disculpó con sus amigos, excusándose en el dolor de su hombro, y se marchó a casa para poder deprimirse en paz.

    Al ver a Stella tan afectada, Light sintió una rabia creciente en su pecho, por lo que no pudo evitar ir a confrontar a L por su estúpido comportamiento para con la pobre chica.

    Con paso firme, el castaño se dirigió a la sala de informes donde aún se encontraba el detective, sentado en su habitual postura, y con la mirada perdida. Light entró a la sala y dio un sonoro golpe con el que casi hizo que la puerta fuese giratoria.



    —¿Me puedes explicar qué coño ha sido eso?— preguntó el chico visiblemente furioso— ¿Tú eres imbécil o te lo haces?— quiso saber, pues no lograba encontrarle lógica a lo que su amigo acababa de hacer.

    L volvió en sí, y se giró para mirarle a la cara, sabiendo perfectamente a qué se refería, pero prefiriendo hacerse el tonto.



    —No sé de qué me hablas, Light— respondió el pelinegro, evadiendo la pregunta del castaño.



    —Ah, ¿no sabes de qué te hablo?— contestó el policía con otra pregunta— Te hablo de Stella, gilipollas— le increpó— Se acaba de marchar a casa destrozada, ¿sabes?— añadió informándole, aún sabiendo que el detective posiblemente estaría al tanto— ¿Por qué le has dicho todas esas cosas tan horribles? Sabes muy bien que no se lo merecía— le regañó enfadado e indignado.



    —¿Nos has estado espiando?— respondió el detective con total seriedad, volviendo a evadir la pregunta de su amigo.



    —Joder, L... ¿Pero cómo has podido ser tan capullo? Ayer la intentaron matar, y lo primero que haces hoy, nada más verla, es soltarle esas burradas. ¿Es que no tienes corazón o qué te pasa? Insensible...— murmuró el castaño molesto.



    —Mira, Light... Lo que yo haga o deje de hacer, es algo que a ti no te incumbe— le espetó su jefe de forma cortante— Además, la verdad no puede ofender a nadie— contestó mientras dirigía su vista hacia los informes. Light soltó una irónica carcajada.



    —¿La verdad? ¿En serio, L?— le preguntó el chico ofuscado— O sea... Llevas hablándome únicamente de Stella todo un mes, y ahora pretendes que me crea que nunca la has querido. ¡Venga, hombre! A mí no me vaciles, que yo no soy Matsuda— rebatió ofendido porque el detective lo tomase por idiota— Si crees que tratándola así has logrado algo, déjame decirte que te equivocas. Lo único que has conseguido, es que Stella te odie el resto de su vida. ¿Ya estás contento? Pues enhorabuena, L...— finalizó dándose la vuelta para marcharse.



    —Light... Tú sabes muy bien lo que pretendía al hacerle esto a Stella— contestó L de repente— Y también sabes de sobra por qué he tenido que hacerlo— le replicó girándose a mirar a su amigo, que se paró en seco al escucharle— Quiero que me odie como nunca ha odiado a nadie en su vida. Sólo así podré protegerla— respondió apesadumbrado. Esto hizo que el castaño ablandase su postura hacia él.



    —Pues te aseguro que alejándola de ti, no vas a conseguir que esté fuera de peligro— reprochó Light— Stella pone en riesgo su vida todos los días sólo por investigar a Kira— le recordó— Así que no hacía falta que la aparteses de tu lado para mantenerla a salvo.



    —¿Ah, no hacía falta?— preguntó L con una sonrisa cargada de ironía— ¿Te parece una mera casualidad que la misma semana que hacemos oficial lo nuestro, intenten matarla?— cuestionó— Además, piénsalo, Light, ¿cómo han podido llegar a ella? La única posibilidad que se me ocurre, es que dentro de la APN, haya algún policía corrupto que se esté dejando comprar por alguna de las mafias a las que me he enfrentado en el pasado. Alguien les debe estar pasando información sobre cómo encontrarme o sobre cuál es la manera en la que más daño pueden hacerme— explicó— Aquí sólo puede entrar un número de personas muy limitado, y como yo apenas salgo, lo más fácil para ellos ha sido ir a por Stella— las conjeturas del detective no eran demasiado descabelladas, pues había mucha gente que quería verle sufrir— Y en cualquier caso, ¿Qué pasaría en unas semanas? ¿Y en unos meses? ¿Y en nuestro primer aniversario? ¿Qué pasaría entonces?— cuestionó mirando fijamente al castaño— Puedo protegerla una vez, quizás dos, tal vez, incluso, tres. Pero ya está. No puedo meterla en una burbuja de cristal. Ella tiene que vivir. Tiene que ser libre y tener una relación normal con una persona normal— explicó disgustado de sólo pensar en su subordinada con otro hombre— Yo siempre he estado solo, Light. Siempre tuve una razón para estarlo. Y cuando lo llevaba bien, y lo había asumido, apareció Stella y me hizo dudar— el dolor del detective era claramente palpable— Fui débil. Me dejé llevar por la estúpida idea del amor, y esto es lo que he conseguido. Así que, por favor... No insistas. No quiero que me hagas sentir más miserable de lo que ya me siento— la voz del joven era casi un susurro, y su mirada se encontraba perdida en algún punto de la sala.



    —Vale, L... No seguiré con el tema— prometió Light— Eso sí, lo único que te voy a pedir, es que recapacites y le pidas perdón a Stella por las cosas hirientes que le has dicho— pidió el castaño con la voz más calmada. L negó lentamente con la cabeza.



    —No puedo hacer eso...— contestó el detective apenado— Tiene que ser así. Stella tiene que pensar que todo lo que le he dicho ha sido verdad. Sólo así rehará su vida y se alejará de mí— añadió con tristeza.



    —Entonces, ¿piensas dejarlo todo así? L, por favor...— dijo Light tratando de convencer a su amigo de que cambiase de parecer. L se llevó el dedo pulgar a los labios.



    —Es la única manera, Light— murmuró casi como si hablase consigo mismo. El castaño suspiró, volteándose nuevamente en dirección a la puerta. Llegando incluso a abrirla, antes de girarse por última vez hacia su amigo.



    —¿Sabes, L? Si Leyre estuviese en peligro por estar a mi lado, jamás la trataría de esa manera— afirmó Light convencido de sus palabras— Porque la quiero, y sé perfectamente que mi desprecio le haría mucho más daño que el ataque de cualquier enemigo— añadió— Piénsalo— tras decir esto, Light se dio medio vuelta y se fue, dejando a L solo con sus pensamientos.



    El resto del día pasó sin ninguna novedad.

    L se mantuvo encerrado en la sala de cámaras, sin querer hablar de nada que no estuviese relacionado con el caso. Mientras que, Stella, por su parte, apagó el móvil en cuanto salió del cuartel para que nadie la molestase, queriendo estar a solas con su sufrimiento.

    Light no habló nada más con el detective, cumpliendo su promesa de no insistir con el tema. Leyre, en cambio, decidió dirigirse a él sólo cuando fuese estrictamente necesario, y siempre manteniendo una actitud fría y distante, pues estaba realmente molesta por lo que éste le había hecho a su amiga.



    Al caer la noche, todos los agentes del "caso Kira" abandonaron el cuartel para marcharse a sus casas. Light y Leyre se fueron al apartamento de éste, ya que la pelirroja estaba tan irritada por la situación, que su novio pensó que lo mejor sería tener una charla con ella para que pudiese desahogarse.



    —Es que no puedo entenderlo, Light— dijo la chica visiblemente molesta— ¿Cómo ha sido capaz de decirle todo eso a Stella? O sea, ayer recibió un disparo, y como premio de consolación, va y la deja... ¿Pero tú eso lo ves lógico?— preguntó de forma retórica— Te juro que si no fuese porque trabajamos en un caso tan complicado, le diría cuatro cosas bien dichas y dimitiría— bufó.



    —Yo también me he enfadado con él al principio, cariño. Pero L cree que de esta forma, podrá separar a Stella de su lado y forzarla a rehacer su vida con alguien que no la ponga en peligro constantemente— explicó el castaño recordando las palabras del detective.



    —Igualmente, es un cerdo— contestó la policía furiosa— Hay muchas maneras de decir las cosas, y él ha elegido la peor de todas— el enfado de la joven hablaba por sí solo— Además, ¿qué se cree? ¿Que así va a conseguir que Stella corra a los brazos del primero que pase y se olvide de él? Pues no. Stella estaba muy enamorada y ahora debe estar sufriendo mucho— dijo preocupada por su amiga— Lo que ha hecho es muy rastrero, incluso para él— añadió con desdén al pensar en L— ¡Cretino!— gritó pegando un puñetazo a un cojín como si se tratase de la cara de su jefe.



    Light no pudo evitar reír por la actitud malhumorada de Leyre, quien había sacado toda la artillería pesada contra el detective por atreverse a dañar a su mejor amiga.

    El chico la abrazó como si tratase de encerrar entre sus brazos a una tigresa salvaje que gruñía cada vez que se le venía la imagen del pelinegro a la cabeza.



    —Mañana le saboteamos el café, el azúcar y los pasteles— sentenció la policía incorporándose un momento para mirar a su novio con seriedad antes de volver a hundir su cara en el pecho de éste— Te juro que se va a acordar de mí el resto de su vida— concluyó aún enfadada.



    —Me parece bien, cariño— respondió Light divertido, acariciando los cobrizos cabellos de la joven.



    Mientras todo esto ocurría en casa de Light, un silencio sepulcral se había apoderado de la sala de cámaras del cuartel. Watari, en desacuerdo con lo ocurrido unas horas atrás, observaba atento cómo L había permanecido callado desde lo sucedido con Stella por la mañana.

    Al conocerle tan bien, el hombre notaba cómo su protegido sufría en silencio, no queriendo que nadie supiese lo que realmente estaba pasando al haberle hecho tanto daño a su subordinada.

    El detective no tardo en darse cuenta de lo que rondaba en la mente de aquel que era como un padre para él.



    —Watari... Te conozco y sé lo que estás pensando. Tú, tan bien como yo, sabes que he hecho lo correcto. Así que no quiero oír ni una palabra acerca de Stella— murmuró L apagando su ordenador.



    —Elle... Sabes que siempre te doy la razón, y que nunca cuestiono tus decisiones. Pero en esta ocasión, creo que has sido demasiado brusco— le contestó Watari— Podrías haber tenido un poco de tacto— le riñó de forma suave.



    —Tenía que hacerlo así— contestó el detective convencido de sus palabras— Si me odia, todo será mucho más fácil— afirmó dirigiéndose a la salida.



    —¿Más fácil para quién?— preguntó el anciano, causando que el chico parase en seco.



    —Watari...— murmuró el pelinegro antes de ser interrumpido por su hombre de confianza.



    —Supongamos que tienes razón, y que ella encuentra otra persona que la quiera y le dé esa seguridad que, supuestamente, tú no puedes darle— hizo una breve pausa antes de seguir hablando— ¿Crees que va a ser fácil para ti, verla del brazo de otro? ¿Vas a poder soportar verla cada día con otro hombre, sabiendo que ha rehecho su vida sin ti?— preguntó mirando al detective fijamente, el cual sintió sus ojos acuosos con sólo pensar en lo que el mayor acababa de plantearle— Hijo, piénsalo...Estamos hablando de los sentimientos de Stella... Y de los tuyos— concluyó tratando de hacerle razonar.



    —Watari, basta ya. La decisión está tomada— dijo L saliendo de la sala para no seguir hablando del tema, pues si seguía conversando acerca de su subordinada, sus barreras caerían y haría algo de lo que más tarde se arrepentiría.



    Watari se quedó observando en silencio el lugar por el que el joven había desaparecido.

    El hombre trajeado se sentía realmente preocupado e impotente debido a la elección de su protegido. Era la primera vez que el chico se enamoraba, y en lugar de luchar por ello, trataba de arrancarse ese sentimiento del alma y del corazón.



    Cuando L abrió la puerta y entró a su habitación, se percató de que en el exterior, el cielo estaba completamente cubierto, y de que caía una lluvia torrencial, acompañada de una tormenta eléctrica. Dos cosas que el detective odiaba por los malos recuerdos que le traían.

    Como la ventana estaba abierta, algunas gotas de agua habían llegado al suelo, y habían formado un pequeño charco.

    Al ir descalzo y pisar el agua fría, L sintió un escalofrío que le recorrió la columna vertebral. Por lo que se acercó a la ventana, y tras forcejear un poco con el viento, consiguió cerrarla, obteniendo un silencio rotundo antes roto por el sonido de la lluvia.

    La mirada del chico estaba completamente perdida, como si en realidad no estuviese ahí. Observaba el encapotado cielo, abstraído, perdido en su mente.

    Los recuerdos le acosaron al observar la enorme cama en medio de la estancia, viendo a Stella en cada uno de los momentos vividos en esa habitación, la cual había sido testigo de su primer amor.

    En ese instante, todo tipo de pensamientos llegaron a él: desde la primera vez que la besó y le dijo que la quería, hasta los horribles insultos y desagradables palabras que le había dedicado a la joven esa misma mañana.

    Esto le estremeció demasiado, y le hizo sentirse nuevamente un ser rastrero y miserable por ser el causante de que su subordinada derramase una sola lágrima.



    Tal vez Light y Watari tenían razón, puesto que Leyre ni siquiera le había dirigido la palabra desde lo ocurrido con Stella. Tal vez esta vez sí había tomado la decisión equivocada, echando de su vida a la única persona que de verdad le había importado en mucho tiempo.

    Y lo que más le pesaba, era cómo la había tratado, haciéndole más daño del que pudiese hacerle cualquier persona en el mundo.

    L sabía de sobra que Stella nunca le perdonaría por tan hirientes palabras. Igual que sabía que la chica era lo suficientemente orgullosa como para no volver a hablarle, ni a mirarle a la cara. El detective apretó las manos con fuerza, intentando asumir que todos los tiernos besos y las miradas cómplices entre ellos, no volverían jamás. Que nunca podría volver a escuchar la risa de la joven por algo que él hubiese dicho o hecho, y tampoco volvería a sentir sus caricias delicadas. Sus manos no podrían volver a recorrer la suave piel de su querida subordinada, y todos los momentos vividos con ella se acabarían volviendo vagos recuerdos en su memoria.



    L bajó la cabeza, con la mirada agachada, observando cómo sus puños temblorosos, se volvían rojos por la fuerza con la que apretaba las manos. Repentinamente, sintió una lágrima rodar por su mejilla, y pudo percatarse de que, por primera vez en años, estaba llorando.

    El chico llevó el dorso de su mano a su mejilla, y secó las lágrimas que seguían a la primera.

    Su cabeza le decía que no debía llorar, que había hecho lo correcto para salvar a su subordinada. Pero su corazón le decía lo contrario, y empezó a sentir cómo su respiración se agitaba, sin poder hacer nada por detener el llanto.

    L nunca había mostrado sus sentimientos de esa manera. No hasta que conoció a Stella.

    El detective se estaba volviendo débil. Ella lo había vuelto débil.

    Sintió un enorme nudo en la garganta, y un punzante dolor en el pecho, como si le hubiesen apuñalado con la daga más afilada.

    Llegó a sentir que las lágrimas le ahogaban, que no le llegaba el suficiente oxígeno a los pulmones. Y sollozó. Sollozó sonoramente con una mezcla de pena y rabia por no poder obviar esa actitud infantil totalmente impropia de él.

    L no era así. Nunca lo había sido. Ni siquiera cuando era un niño que acababa de perder a sus padres.

    Él era fuerte, y nunca se arrepentía de las decisiones que tomaba. Pero renunciar a Stella, sin duda, había sido la peor decisión de su vida.



    En medio de aquel llanto desgarrador, el pelinegro pudo notar cómo alguien abría la puerta de su habitación. Sabía que se trataba de Watari, por lo que ni siquiera levantó la mirada para comprobarlo.

    El hombre mayor, consternado ante tal escena, no dudó un segundo en acercarse a su protegido, y acariciar su pelo con ternura, como tantas otras veces lo había hecho.

    L, permitiéndose mostrar sus verdaderos sentimientos por una vez, se levantó de la cama en la que minutos antes se había sentado y, sin decir nada, se abrazó a Watari, llorando en su pecho como si de un niño se tratase.



    —La he perdido, Watari...— sollozó el chico— Por no saber hacer las cosas bien y protegerla, he tenido que renunciar a mujer que más he querido en mi vida— lloró sin poder parar.

    El hombre mayor, que no sabía qué decir para consolarle en un momento así, afianzó el abrazo y le acarició la espalda suavemente, tratando de reconfortarle.

    Finalmente, varios minutos después, el detective cayó rendido, presa del cansancio y sintiendo que ya no le quedaba ni una sola lágrima más.
     
  13.  
    Bellapoms

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    CAPÍTULO 9: LÍMITE (PARTE 2)

    A la mañana siguiente, tras una horrible noche sin poder dormir nada, Stella llegó temprano al cuartel. Hubiese pasado lo que hubiese pasado, ese era su puesto de trabajo, y la chica no estaba dispuesta a dejar que L le echase en cara su falta de rendimiento por problemas personales.

    Por ello, lo primero que hizo la joven nada más llegar, fue dirigirse directamente a la cocina para prepararse una enorme taza de café que la ayudase a espabilarse y concentrarse en el caso que investigaban.

    Una vez allí, Stella se encontró de frente con L, el cual estaba terminando de desayunar.

    Como era de esperar, al ver a su exnovio, la policía le ignoró categóricamente, sin dirigirle tan siquiera una mirada de odio, pues pensaba cumplir con lo que le había prometido el día anterior, y actuar como si realmente el detective no existiese. Éste tampoco hizo por acercarse a ella, asumiendo las consecuencias de la decisión que había tomado.

    Un par de minutos después, Light y Leyre llegaron también a la cocina.

    El castaño seguía algo enfurruñado con el detective por su comportamiento, mientras que la pelirroja pasó de largo directamente, sin darle ni los buenos días a su jefe, y fue hasta su amiga, a la cual abrazó fuertemente.



    —Tía... ¿Cómo te encuentras?— preguntó la chica, preocupada por no haber podido contactar con la joven desde que se marchó.



    —¿Yo? ¿Por qué lo dices? ¿Es que tenía que estar de alguna manera?— contestó la policía con otra pregunta, sonriendo, como si el detective no estuviese presente. Leyre captó la actitud de Stella a la primera, y miró a L con desdén.



    —Tienes razón... No ocurrió nada de lo que haya que preocuparse— respondió con una sonrisa altanera— Oye, ¿te parece si nos tomamos el café en la sala de informes? Aquí hay como cierto olor a cerdo bastante desagradable— concluyó mirando a su jefe de arriba a abajo.



    —Me parece bien. Vamos, tía.



    Dicho esto, cada una cogió su café y tras darle un beso en los labios a su novio, Leyre siguió a Stella hasta el lugar donde siempre trabajaban ambas.

    L, que había presenciado el desprecio de las dos chicas, miró a Light fijamente, en busca de apoyo moral. El castaño, con su café en mano, se encogió de hombros, como si tratase de decirle "te lo dije" y le dio una palmadita en la espalda, saliendo al momento de la estancia en dirección a la sala de cámaras.

    El resto del día pasó con relativa normalidad, palpándose la tensión entre Stella y L, que sólo se hablaban para lo estrictamente necesario.

    Y por ende, la semana pasó prácticamente igual, volviéndose los días sumamente monótonos y rutinarios. Algo que comenzaba a aburrir soberanamente al detective.



    Una de tantas mañanas, Light recibió en su casa una carta sin remitente. Ganándole la curiosidad, el chico decidió abrirla, y se dio cuenta de que era la letra de Misa, la cual le había escrito desde la cárcel.

    El castaño pensó en tirarla sin leerla, pero para comprobar que decía las mismas tonterías de siempre, decidió sacarla del sobre.

    Efectivamente, en el folio había escrito que le quería mucho y que aunque estuviese presa, encontraría la forma de volver con él.

    Cansado de las tonterías de la rubia, hizo una bola con el papel, y tiró la carta a la basura.

    Tras esto, Light se puso la chaqueta y salió de casa, notando cómo la brisa fresca del otoño comenzaba a hacer su aparición.

    Cuando el castaño se dispuso a abrir la puerta de su coche, sintió cómo de repente se le nublaba la vista, y unos fuertes vértigos invadían su mente, haciendo que se llevase una de sus manos a la cabeza a causa del mareo que esto le había provocado.

    En ese instante, una extraña imagen le vino a la memoria:



    Frente a él, había un cuaderno abierto de par en par, lleno de nombres. A su derecha, había un extraño ser vestido de negro, de alta estatura, ojos amarillentos y sonrisa macabra.



    Light estuvo a punto de caer al suelo, desconcertado, sin saber de dónde había podido salir esa rara visión.

    Tras recuperarse de la conmoción, cogió el coche y se dirigió al cuartel.

    Allí el panorama tampoco era muy distinto. Stella, tras la ruptura con L, se pasaba el tiempo en las oficinas con los otros agentes, dejando un poco de lado su trabajo junto al detective, el cual se había vuelto más antisocial que de costumbre, y se pasaba las horas enfurruñado por no tener a su subordinada a su vera.

    Cuando Light llegó, Stella se encontraba charlando amistosamente con Matsuda y con Leyre, riéndose ambas chicas a carcajadas de las ocurrencias del joven policía moreno.

    El castaño se acercó al trío, y les saludó con la amabilidad que le caracterizaba, acercándose a su novia para darle un dulce beso en los labios.



    —¡Qué bonita pareja hacéis!— exclamó Matsuda mirando a Leyre y Light. Los aludidos sonrieron— Ojalá yo también encuentre pronto a mi media naranja...— murmuró mirando a Stella con ojos de enamorado, sin que la chica se percatase.



    Ese comentario hizo que Light se diese cuenta de que tal vez, a raíz de que la pelirroja pasase tanto tiempo con el policía, éste hubiese empezado a desarrollar ciertos sentimientos románticos por ella.

    Tras tomarse un café y charlar un rato con su novia, su amiga y su compañero, el castaño se dirigió a la sala de cámaras, lugar donde ya se encontraba el detective, sentado en su posición habitual, mirando fijamente el monitor en el que salían Leyre, Matsuda y Stella.

    Light se acercó por la espalda de forma sigilosa.



    —¿Qué? ¿Está interesante la conversación?— preguntó Light entre risas, sobresaltando a L, el cual le miró con recelo.



    —No los estoy espiando, si es eso lo que estás pensando— aseguró el detective con cierto tono ofendido, sonando nada creíble.



    —Claro que no, L... Cómo iba a pensar yo eso— contestó Light con ironía, provocando que su amigo le mirase con los ojos entrecerrados.



    Al parecer, L también había llegado a la conclusión que su subordinada pasaba mucho tiempo con el inocentón agente, algo que no le gustaba en absoluto y que empeoraba su mal carácter habitual.

    En un momento determinado, Stella se quedó a solas con Matsuda en la sala de informes, por lo que el chico aprovechó para armarse de valor y pedirle a su compañera una cosa que llevaba deseando desde hacía mucho tiempo.



    —Stella...— la llamó tímidamente, tratando de captar su atención. La joven le miró con una sonrisa amable— ¿Te apetecería ir el sábado al cine... Conmigo?— preguntó de forma dulce e inocente, rezando internamente por que la respuesta fuese afirmativa.



    —¡Claro que sí! Hace mucho que no voy, así que me apetece mucho— contestó Stella con la misma sonrisa.



    —¡Genial!— exclamó Matsuda eufórico, intentando asimilar que tenía una cita con la pelirroja.



    Light, L y Leyre, que había llegado a la sala de cámaras a tiempo para escuchar la conversación de ambos policías, observaban todo anonadados.



    —¿Le acaba de pedir una cita o es imaginación mía?— preguntó Light incrédulo, aunque sin poder evitar reírse.



    —No, no... Se la ha pedido. Pero lo más gracioso, es que Stella ha aceptado— contestó Leyre riendo a carcajadas.



    El único que no le encontraba la gracia a la situación, era L, que miraba malhumorado los monitores, bufando cada vez que veía cómo el policía moreno bromeaba con su exnovia.

    Mientras, en la sala de informes, Matsuda seguía charlando con Stella, ahora con más confianza en sí mismo para dar el siguiente paso.



    —Bueno, Stella... A parte de todo, quería decirte que me caes muy bien, y que ahora que estamos pasando mucho tiempo juntos...— dijo el chico algo cortado. Desde la sala de cámaras, L apretaba los puños, escuchando la conversación con total atención— Bueno... Que me he dado cuenta de que eres una chica muy amable, guapa, inteligente...— siguió enumerando las cualidades de la joven, sin saber que el detective le estaba maldiciendo de la peor de las maneras— Y quería preguntarte... Si... Quieres ser... Mi novia— susurró esto último dejando a la chica impresionada.



    En la sala de cámaras, Light y Leyre abrieron la boca con asombro, sin poder creerse que el tímido Matsuda se hubiese atrevido a pedirle salir a Stella. L miraba atentamente el monitor, como si con ello pudiese atravesarlo y matar al policía entre terribles sufrimientos.



    —Ojalá diga que sí...— dijo Leyre lo suficientemente alto como para que L lo escuchase, y gruñese por lo bajo antes de responder.



    —No lo creo... Matsuda es demasiado imbécil para que Stella se fije en él— afirmó L con aparente tranquilidad, dando un sorbo a su café con una sonrisa de suficiencia. Pero la policía, sabiendo que el detective seguramente estaría observando y escuchándolo todo, dirigió su mirada a las cámaras, y esbozó una mueca maliciosa.



    —Me encantaría ser tu novia, Matsuda— contestó Stella con una dulce y falsa sonrisa.

    Al oír esto, L escupió su café, sin poder creerse lo que acababa de decir su subordinada. La risa de Light y Leyre fue inminente.

    Por su parte, el joven policía observaba a su ahora novia con los ojos abiertos como platos y una tremenda sonrisa de felicidad.



    —¿En serio? ¿Lo dices de verdad?— la ilusión del chico se reflejaba en sus palabras. La pelirroja asintió, sonriendo con ternura.



    —Entonces... ¿Puedo... Puedo besarte?— preguntó Matsuda con timidez e inocencia.



    —Por supuesto— contestó Stella, viendo cómo Matsuda se acercaba a ella y la besaba en los labios. La joven correspondió al beso, acariciando la mejilla de su novio.

    En la sala de cámaras, L se levantó de su sitio y golpeó la mesa con fuerza, sobresaltando a Leyre y Light.



    —¡Joder!— gritó visiblemente disgustado.

    Los dos policías le miraron sorprendidos, ya que nunca habían visto una reacción así de su parte— Se me ha acabado el café— se excusó, saliendo, acto seguido, de la estancia dando grandes zancadas y un sonoro portazo.

    Veinte minutos después, los cuatro policías y el detective coincidieron en la cocina a la hora del café.



    —¿Por qué tienes esa cara de imbécil?— le preguntó L al policía moreno, usando un tono de burla y desdén.



    —Ay, L... No te lo vas a creer...— murmuró Matsuda sonrojado, mirando a los presentes, sin saber cómo dar la noticia— Estoy saliendo con Stella— anunció con una boba sonrisa en la cara, mientras cogía la mano de su novia.



    —¿En serio? ¡Felicidades, chicos!— exclamó Leyre, mirando al detective con una sonrisa malvada mientras abrazaba a Stella.



    Light les felicitó con una sonrisa cordial, aún notando cómo un aura negativa empezaba a formarse alrededor de L, el cual se acercó con paso firme a Matsuda, casi pareciendo que iba a pegarle. Light se tensó, preparado para detenerle por si al final le golpeaba.

    Pero en lugar de eso, el detective sonrió, de forma macabra, al joven policía moreno.



    —Sí, felicidades— dijo dándole una fuerte palmada en la espalda al chico, estando a punto de tirarle al suelo— Hacéis una pareja fabulosa— añadió con retintín, mirando a Stella de forma irónica, la cual le sostuvo la mirada seriamente.



    —¡Gracias, L!— exclamó Matsuda sonriendo alegre, creyendo sinceras las palabras del retorcido detective.



    Los días fueron pasando, y la tensión en el cuartel se hacía cada vez más notable, llegando a ser casi insoportable. Desde que Stella había comenzado su relación, L se había marcado el objetivo de hacerle la vida imposible a Matsuda, inventando todo tipo de maneras de fastidiarle.

    Por ejemplo, si las dos parejas quedaban por la tarde, después del trabajo, L siempre se encargaba de encontrar tareas extra para el policía, evitando así la cita. Pero tampoco le servía de mucho, puesto que Stella siempre conseguía ingeniárselas para esperar al chico fuera, o ayudarle a terminar sus tareas.

    L se percató de esto, y comenzó a darle a Matsuda informes realmente difíciles de resolver, con la única intención de que el chico no viese la luz del sol hasta el día siguiente.

    En una de esas ocasiones, el detective se percató de que Stella seguía en el cuartel junto con Matsuda, a pesar de haber excedido su hora de salida. Ella había decidido quedarse ayudando al policía a resolver dichos informes, con el objetivo de fastidiar a su exnovio.

    Esto indignó a L, ya que a la única persona que Stella podía ayudar, era a él mismo.

    Por lo que se levantó de su puesto, y se dirigió a la sala donde se encontraba la pareja, entrando bruscamente y comenzando a hablar con tono serio.



    —Agente Alborán, ¿se puede saber qué está haciendo aquí a estas horas?— preguntó el detective sorprendiendo a la pareja, que no se había percatado de su presencia— Su hora de salida pasó hace muchas horas— le recordó.

    Stella iba a responderle, pero Matsuda habló por ella.



    —Sólo me estaba ayudando con el trabajo que me has dado, L...— el pelinegro interrumpió al policía con un gesto cortante.



    —¿Y a ti quién te ha preguntado?— respondió con otra pregunta el malhumorado detective.

    Stella apretó los puños e intercedió por su novio.



    —No le hables así— ordenó Stella secamente, mirando a su ex con rencor..



    —Los informes se los he dado a ÉL para que los resuelva ÉL— contestó L señalando a Matsuda—Así que, tú te callas, subordinada— sentenció mirando a la chica de manera desafiante.



    —No se te ocurra volver a llamarme subordinada. Perdiste ese derecho aquel día— escuchar esa palabra terminó de alterar a Stella, la cual alzó la voz enfrentándose al detective.



    —Yo tengo derecho a llamarte como me dé la gana. Te recuerdo que soy tu jefe, por si lo has olvidado— espetó L con soberbia.

    Stella se levantó de la silla, poniéndose a la altura del pelinegro.



    —¿Ah sí? Muy bien, me largo, "jefe"— remarcó la última palabra con retintín— ¡Que te den!— dicho esto, la chica cogió su chaqueta y salió de la sala dando un sonoro portazo. Matsuda se quedó pálido, viendo la pelea entre ambos sin saber qué decir.



    —Creo que la has enfadado...— susurró asustado el policía moreno.

    L bufó, mirando mal a Matsuda, y salió tras Stella con paso rápido. Cuando la alcanzó, la tomó del brazo, haciendo que ésta parase en seco y adoptase una mueca de dolor, teniendo que agarrarse el hombro.



    —¿Tú quién te crees que eres para hablarme así?— preguntó L muy indignado, mirando a Stella directamente a los ojos.



    —Has empezado tú llamándome subordinada— contestó la chica desafiante. El detective se acercó más a ella, intimidándola.



    —Creo que no lo has entendido— dijo el pelinegro con la voz inquietantemente calmada— Si te quiero llamar subordinada, te lo llamo— la agarró de los brazos y la hizo andar sobre sus propios pasos hasta chocar contra la pared— Si te quiero gritar, te grito— la pelirroja quedó entre la pared y el cuerpo del detective— Y si te quiero besar... Te beso— murmuró acercando su rostro al de la joven, notando ya el cálido aliento de ella sobre sus labios.



    —Ni se te ocurra...— ordenó Stella intentando parecer amenazante.



    A pesar de las advertencias, L capturó los labios de la chica con fiereza, dándole a entender que eran solamente suyos. Stella se quedó estática, sorprendida, notando cada roce de la piel del chico contra la suya. Este contacto terminó por relajarla, permitiéndose seguirle el beso, ya se sentía incapaz de resistirse al dulce sabor de los labios del detective. Al notar esto, el chico soltó las muñecas de la joven, y subió sus manos desde la cintura hasta sus pechos, apretándolos con sus dedos, haciendo que la joven abriese la boca y emitiese un suspiro. La pelirroja notó cómo el detective sonreía, debido al poder que ejercía sobre ella. Al darse cuenta de esto, Stella trató de separar su boca de la de L, llevando sus manos al torso del chico y empujándole.

    Éste no sólo no se apartó, sino que la agarró con más firmeza, llegando a hacerla daño.

    La policía cerró con fuerza los labios, impidiendo que el detective continuase con los besos, por lo que el pelinegro, rabioso, mordió el labio inferior de la chica, causando que un fino hilo de sangre brotase de éste.

    Stella le propinó una bofetada que giró la cara de L, lo que obligó al chico a apartarse.

    Al levantar la mirada, el chico observó cómo ella se limpiaba la comisura de los labios, y le miraba con una expresión gélida.



    —No vuelvas a tocarme nunca más. No soy un juguete que puedas usar y tirar cuando te conviene— dicho esto, Stella se dio media vuelta y se largó con paso firme, dejando a L con la mano en la mejilla, y acariciándose la piel por segunda vez abofeteada.

    Tras la puerta, Stella se apoyó de espaldas, perdiendo todas sus fuerzas. La chica no pudo evitar que las lágrimas se derramasen por su rostro, pues no entendía cómo alguien que había querido tanto, ahora se comportaba como un auténtico cretino.

    La semana siguió sin cambios notables, ya que L continuaba haciéndole la vida imposible a Matsuda a pesar de las protestas de Stella.

    El que sí estaba algo distinto, era Light quien parecía más ausente que nunca. El castaño no hacía más que tener vagos recuerdos y sueños en forma de imágenes de ese cuaderno y el extraño ser que al parecer se llamaba Ryuk.



    —Light... Light— le llamó Leyre, tocando el hombro de su novio, el cual se despertó de pronto de sus ensoñaciones. El chico se encontraba en el cuartel, y ni siquiera sabía qué hora era. Cada vez estaba más confuso sobre lo que le ocurría— ¿Estás bien, amor? Llevas un rato casi sin pestañear— dijo la pelirroja preocupada.



    —Ah, perdona, cariño... Es sólo que llevo unos días que no descanso muy bien— contestó sonriendo dulcemente— Ya sabes... Estar aquí sin ver la luz del sol, es agotador— se excusó con voz cansada.



    —Necesitas despejarte un poco. ¿Quieres venir esta noche a mi casa y vemos una peli?— sugirió la chica, invitándole con una sonrisa.



    —Me parece buena idea— respondió el castaño, dedicándole una tierna mirada.



    Al llegar la noche, la pareja ya se encontraba en el apartamento de la policía. Tras hacer unas palomitas, se sentaron en el sofá, tapados por una tupida manta debido a la fría noche.

    Light pasó su brazo por los hombros de Leyre, atrayéndola a su cuerpo, y ésta apoyó su cabeza en el pecho del castaño, dándole al play. La película era muy larga, y la pelirroja envuelta por el calor del cuerpo de su novio y la suave manta, se quedó completamente dormida.

    Light sí terminó de ver la película, y tras apagar el televisor, llevó a la chica en brazos hasta el dormitorio, donde la observó dormir plácidamente. El policía apartó con delicadeza unos mechones que habían bajado por la mejilla de su novia. Tenía suerte de poder dormir tan tranquilamente, puesto que él, en cambio, no podía hacerlo sin pensar en todos esos extraños recuerdos que se aglutinaban en su mente.

    Light se tumbó junto a Leyre, pasando su brazo por la cintura de la joven y pegando su cuerpo prácticamente al de ella, cerrando los ojos e intentando dormir también.

    Se hizo el silencio en la habitación, en la cual, ambos parecían profundamente dormidos.

    Pero a la mente de Light volvieron a llegar unas perturbadoras imágenes, más nítidas que nunca:



    Se encontraba de pie, en un tren, frente a un agente del FBI. Éste le miraba con los ojos desorbitados, sin poder creer quién era realmente el chico que había investigado durante varios días.

    Lo más escalofriante, era que Light recordaba a esa persona. Tenía su nombre en la punta de la lengua. La la había visto antes en unos informes. Se llamaba Raye Penber. En las manos de Light, estaba el mismo cuaderno negro repleto de nombres, y todos pertenecían a criminales asesinados por Kira. Involuntariamente, la mano de Light empezó a escribir el nombre del agente. Su mente sólo podía pensar en parar, en no escribir más letras. Pero no podía detenerse. Cuando terminó de escribir, Raye se llevó la mano al pecho, cayendo al suelo desplomado, y justo en ese momento, las puertas del vagón se cerraron, percatándose Light de que estaba en el metro. La angustiosa mirada del agente clavándose sobre él, hizo que se le helase la sangre, sintiendo una desesperación que le apretaba el pecho hasta dejarle sin respiración. Quería moverse, quería salir de ese vagón y ayudar al hombre que agonizaba frente a él. Pero su figura no se movía, era incapaz de levantar un solo músculo, y eso le frustraba.

    La situación más desesperada en la que se había encontrado nunca. En ese momento escuchó cómo alguien decía su nombre, y todo se difuminó a su alrededor, borrándose poco a poco las detalladas imágenes que acababa de presenciar. Enseguida consiguió abrir los ojos, encontrándose a Leyre frente a él, la cual le acariciaba la mejilla con preocupación.



    —¿Estás bien? Has tenido una pesadilla— afirmó la pelirroja. El castaño asintió, incorporándose levemente con gran esfuerzo.



    —Últimamente estoy teniendo muchas, por eso no duermo bien— explicó Light llevándose una mano a la sien. Leyre le observó angustiada.



    —Estás agotado, amor. Deberías tomarte unos días de descanso— sugirió la joven mientras pasaba el dedo pulgar por las mejillas de su novio— Hasta te están saliendo ojeras.



    —Estoy bien, cariño. No te preocupes. Creo que con dormir un par de días, estaré como nuevo— respondió con una sonrisa tranquilizadora que no surtió efecto en Leyre. Pero igualmente, ella decidió no insistir más y le dio un tierno abrazo reconfortante, el cual Light correspondió, dejando su cabeza en el hombro de la chica, y dándole un pequeño beso en el cuello.

    Finalmente, ambos terminaron por dormirse de nuevo, abrazados, esperando que no volviesen esas horribles pesadillas.



    Al día siguiente en el cuartel, Light seguía analizando el extraño sueño que había tenido, el cual se había sentido demasiado real.

    Queriendo indagar más en el tema, el chico buscó en el fichero, comprobando que uno de los agentes del FBI que había muerto a manos de Kira, se llamaba Raye Penber. Justo el agente que había vigilado sus pasos.

    Si en los recuerdos que acababa de vivir, él era el autor de ese asesinato, significaba por tanto que él era Kira. Esa idea le revolvió el estómago al instante. No podía ser cierto. El peor asesino que la humanidad había conocido y que Light había perseguido hasta la saciedad, resultaba ser él mismo. Intentó desechar la idea al momento, pero todas las imágenes que estaba recordando, concordaban perfectamente.

    Se sintió muy mareado y fue al baño sin decir nada. Una vez dentro, se apoyó en el lavabo frente al espejo, agachando la cabeza e intentando recobrar la respiración.

    La garganta le ardía, y al levantar la mirada frente al espejo, lo que vio no fue su misma imagen, sino una más grotesca. En realidad, sí que era él mismo, pero sus ojos brillaban de forma maquiavélica, y en su rostro se dibujaba una sonrisa perturbadora. Light se apartó al momento, sorprendido por lo que acababa de ver. Se estaba volviendo loco. Su estómago se estremeció, y sin poder evitarlo, vomitó, dejando su estómago completamente vacío.

    Light empezaba a pensar que se encontraba realmente enfermo, y que todo eso era fruto de los delirios provocados por la fiebre o algún trastorno. Salió del baño aún a trompicones, y volvió a sentarse en su sitio.

    De pronto, el móvil de Light empezó a sonar.

    Era un mensaje. Un agente de las oficinas le pedía que subiese a la siguiente planta, por lo que se levantó con disgusto, y fue hacia las escaleras. Mientras tanto, Leyre estaba sentada en la sala de cámaras junto a L, al cual ya había vuelto a dirigirle la palabra.

    El detective seguía observando atentamente las cámaras que apuntaban a Stella y Matsuda. Estaba tan absorto que no se percató de cómo Leyre le robaba una fresa de su pastel.



    —L, tengo que pedirte una cosa— le dijo la chica al detective. Éste la ignoró por completo.



    —¿Adónde van?— se preguntó a sí mismo el joven, llevándose el pulgar a los labios.

    Leyre miró el monitor, y vio cómo Stella y Matsuda se acercaban al ascensor.



    —Pues parece que vienen para acá— contestó la chica con obviedad.



    —Ah, claro...— susurró el detective acariciando su labio inferior. Leyre creyó ver algo de tristeza en la mirada de L, pero tal vez sólo fuesen imaginaciones suyas.



    —Bueno, lo que te decía, que tengo que pedir algo— el chico se giró prestándole ya su atención.



    —Tú dirás— contestó observándola.



    —Bueno... Es que Light lleva una temporada muy cansado. Está despistado y mentalmente ausente. Así que creo que necesita un tiempo de descanso, si no queremos que termine colapsando. Ya ni siquiera duerme de un tirón. Tiene pesadillas a todas horas— explicó la chica con preocupación en sus palabras.



    —Bueno, yo tampoco duermo apenas, y mírame. Aquí estoy. No es tan grave— aseguró el detective sin darle más vueltas.



    -Pero tú no eres muy normal que digamos...— rebatió Leyre haciendo referencia a la extrañeza de L. Éste la miró con una ceja alzada, pero no se defendió.



    —Yo le veo bien...— contestó el chico mirando por las cámaras cómo el castaño bajaba las escaleras, de vuelta a la sala de informes. En ese momento, Light dio un traspiés y cayó de culo por las escaleras.

    L se llevó el dedo pulgar a los labios con una sonrisa algo exagerada— Vaya... Pues parece que no está tan bien— murmuró con la misma expresión. El detective sopesó los pros y los contras de darle vacaciones a sus dos amigos. Por una parte, no quería dejar la investigación sin dos de sus mejores agentes. Pero por otra, no le parecía mala idea quedarse a solas con Matsuda y Stella, para poder hacer lo que a él le viniese en gana, sin que Light y Leyre pudieran echárselo en cara o reprocharle nada. Al final, la opción de poder molestar constantemente a Matsuda sin ningún tipo de límite, le convenció, y con la misma sonrisa perturbada, respondió a la pelirroja— Tienes razón. Habéis trabajado muy duro en el "caso Kira", y os merecéis unas vacaciones— algo en la mirada de L preocupó a Leyre, pero ésta, viendo que había aceptado su propuesta de marcharse unos días, asintió ilusionada. En ese momento, Light entró a la sala para enseñarle a su amigo unos informes— Felicidades, Light. Te has ganado unas vacaciones— soltó L apresurado, como si quisiese que se fuesen en ese mismo instante.



    —¿Vacaciones? ¿De qué hablas, L?— preguntó Light confuso por el comentario del detective.



    —Tu novia me acaba de pedir unas vacaciones para vosotros dos, y yo— recalcó el pronombre— Que soy tan buen jefe, os las he concedido. Ea, venga, iros a Cancún o adonde os dé la gana. Watari os pagará los gastos— anunció— Es más, le diré que vaya sacando vuestros billetes— dijo cogiendo el teléfono para marcar el número de Watari.



    —Espera, espera. ¿A Cancún?— preguntó Light impresionado.



    —Oye, pues a mí me parece buena idea— dijo Leyre con una sonrisa, pensando en las playas paradisiacas del Caribe.



    —Watari, saca dos billetes para Cancún. Leyre y Light se van mañana por la mañana— pidió L apresurado, queriéndose quitar a los dos agentes de en medio.



    —¡Qué fuerte, Light!— exclamó Leyre abrazando a su novio con alegría.



    En ese momento, Matsuda y Stella entraron en la sala, debido al cambio de turno. Al ver a la pelirroja tan ilusionada, ambos se quedaron extrañados.



    —¿Qué ha pasado? ¿Os ha tocado la Lotería?— preguntó Stella con una sonrisa.



    —Qué va... Es que L acaba de coger unos billetes a Cancún para mañana— explicó Light con una sonrisa. Stella abrió los ojos como platos, observando al detective con incredulidad.



    —¿Nos vamos de vacaciones?— preguntó Matsuda ya ilusionado.



    —Ellos sí— contestó L señalando a Light y Leyre— Vosotros no— informó con seriedad.



    —Aaah, jolín...— murmuró Matsuda decepcionado— ¿Es que tú tampoco vas, L?— le preguntó al detective.



    —No, a mí no me gustan esos sitios. Demasiada sal y arena— dijo con un gesto de asco.



    —Pues a nosotros también nos gustaría irnos de vacaciones, ¿verdad, Matsuda?— el aludido asintió emocionado— Además, si se van Light y Leyre, la investigación tampoco avanzaría mucho. Podemos suspenderla una semana y que L se encargue de todo. Estoy segura de que podrá con ello— dijo Stella con retintín.



    —¿Entonces sí que nos vamos a Cancún?— preguntó Matsuda con la misma felicidad que si se tratase de un chiquillo de cinco años.

    Stella asintió con una sonrisa burlona, mirando de reojo al detective.



    —¿Y a vosotros quién os ha dado permiso para ir a ningún sitio?— preguntó L con el dedo pulgar en los labios.



    —Si les das permiso a ellos, nos das permiso también a nosotros, ¿no?— rebatió Stella— ¿O es que tenías algún interés especial en quedarte a solas con Matsuda y conmigo?- preguntó escrutándole con la mirada. L la observó sorprendido, viéndose completamente descubierto. ¿Tan evidente había sido?



    —Ahora que lo dices... Me han entrado ganas de ir a la playa— contestó el detective, evadiendo la pregunta de la chica y dándose la vuelta para llamar nuevamente a Watari, y pedirle otros tres billetes.



    L tenía claro que, sino podía ejecutar su plan en el cuartel, lo haría en el Caribe. Pero Matsuda y Stella no se iban a escapar de él tan fácilmente.
     
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    Bellapoms

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    CAPÍTULO 10: CANCÚN (PARTE 1)

    A la mañana siguiente, en el aeropuerto de Narita, los cuatro policías y el detective se encontraban en la puerta de embarque, esperando a que les llamasen para subir al avión con destino a Cancún.

    L había cogido los billetes en First Class, los más caros, debido a su costumbre a todo lo lujoso.

    Unos minutos después, ya montados en el avión, cada uno se dirigió a la respectiva suite que tenía reservada para el vuelo.

    Light se cogió la que estaba en la ventanilla izquierda, Leyre, la que estaba al lado de su novio, y L, la del pasillo, que casualmente estaba a unos treinta centímetros de las suites de Stella y Matsuda, lo cual le daba una perfecta vista de lo que hacía la pareja en cada momento. Así podría dedicarse a molestarlos continuamente, y arruinarles el viaje de ida.



    —L, te has puesto ahí aposta para incordiarles, ¿no?— preguntó Leyre viendo cómo el detective tenía la mirada fija en los dos jóvenes, que se reían constantemente y se tomaban de la mano de forma cariñosa.



    —¿Yo? Qué va... ¿Por quién me tomas?— contestó mirando a la chica con su habitual sonrisa de falsa inocencia.

    Cuando Leyre se giró para hablar con Light, L aprovechó para meterle a Matsuda, en el bolsillo de su chaqueta vaquera, el chicle que llevaba media hora mascando, dejando la tela pringosa y pegajosa.



    —¿Tienes ganas de llegar a Cancún?— le preguntó la pelirroja al castaño, el cual miraba por la ventana pensativo, sin dejar de pensar en las extrañas visiones que había tenido esos días.

    Pero al escuchar su pregunta, se volteó y la sonrió de forma cariñosa.



    —Sí... Tengo muchas de desconectar y, sobre todo, de descansar— respondió Light acariciando la mejilla de su novia dulcemente.



    —Ya verás cómo en la playa lo ves todo distinto— afirmó Leyre cogiendo la mano del chico y entrelazando sus dedos con los suyos. El policía aprovechó para besar el dorso de la mano de ella.



    De repente, escucharon un quejido proveniente de un par de suites a la derecha.



    —¡Aaghh! ¡Qué asco!— exclamó Matsuda al sacar la mano del bolsillo de la chaqueta, y extraer parte del pegajoso dulce— ¿¡Pero esto qué es!?— añadió con una mueca de repulsión al ver sus dedos enredados con los hilillos del chicle. L no pudo evitar ahogar una carcajada desde detrás de su revista que, aunque silenciosa, fue escuchada por Stella, la cual le miró de forma suspicaz, sospechando que el detective estuviese detrás de esa estúpida e infantil jugarreta.

    Light y Leyre le miraron horrorizados sólo de pensar lo que le costaría despegar el chicle de la tela vaquera.



    —Has sido tú, ¿verdad?— le preguntó Stella a L visiblemente molesta. Éste la miró con fingida indignación.



    —¿Perdona? ¿Por qué me preguntas a mí? ¿Te crees que estoy tan aburrido como para dedicarme a fastidiar a tu novio con chiquilladas?— contestó alzando su vista del catálogo que fingía ojear.



    —Te lo pregunto porque eres el único de los cinco al que se le ocurriría una estupidez semejante sólo para molestar a mi novio— le increpó la policía mirándole con enfado.



    —Mira, Alborán, si yo quisiera molestar a "tu novio"— entrecomilló los dedos, enfadando aún más a la pelirroja— Lo haría de otra forma, no metiéndole un chicle en el bolsillo— rebatió el detective, sosteniéndole la mirada de forma retante.

    Matsuda, viendo que iban a iniciar una discusión delante de los demás pasajeros de Primera Clase, trató de quitarle hierro al asunto.



    —Bueno, bueno... Haya paz, chicos... A lo mejor ya lo tenía en el bolsillo y no me había dado cuenta— dijo el joven con su habitual sonrisa amable, intentando mediar y que la expareja dejase de pelear. Pero ambos estaban tan enfadados el uno con el otro, que en lugar de ceder, se volvieron contra el pobre chico.



    —¡TÚ TE CALLAS!— gritaron ambos a la vez, dejando al policía pálido y mudo.



    —¡Sé que has sido tú!— exclamó Stella con seguridad, señalando a L de forma acusadora.



    —¿Ah sí? Demuéstralo— contestó el pelinegro desafiante. Cuando la pelirroja iba a responderle, Light intervino.



    —¿Queréis dejar de discutir? Se está enterando todo el mundo de vuestros problemas— dijo observando a toda la gente que se había dado la vuelta para mirar la discusión.

    Stella, viendo que eran el centro de atención del avión en ese instante, paró la discusión en seco. No sin antes lanzarle una mirada a L de advertencia, de esas que decían "me las vas a pagar". El chico le sonrió de forma burlona, exasperándola a propósito, sabiendo que no podía seguir quejándose delante de todo el mundo.



    El vuelo duró un total de once horas y cuarenta y cinco minutos hasta que llegaron a Chicago, donde tuvieron que hacer una escala de casi diecisiete horas antes de embarcar en el siguiente vuelo a Cancún.

    Los cuatro policías y el detective, teniendo casi un día entero para visitar los puntos más turísticos de la ciudad, decidieron coger un taxi que les llevase al centro para pasear por la zona.

    Lo primero que hizo L nada más dejar el aeropuerto, fue ir en busca de la mejor pastelería de la zona, en la cual compró un par cajas de cupcakes para comérselos en lo que quedaba de viaje hasta llegar a Cancún.

    Después de pasar por la pastelería, el grupo decidió ir a hacerse unas fotos por los monumentos más emblemáticos, y comer en el famoso restaurante Original Hooters, donde eran especialidad las alitas de pollo picantes y las camareras ataviadas con ropa sensual.

    Como era de esperar, L no comió nada, salvo varios pedazos de tarta tarta de queso y caramelo y un batido de fresa y nata, puesto que no le gustaba la comida que había en el local. Pero, curiosamente, no le quitó el ojo de encima a las numerosas camareras que pasaban, todas ellas con shorts excesivamente cortos y camisetas de pronunciado escote.

    Stella, que se percató de la cara de baboso de su exnovio, le lanzó una bola de papel a la cabeza para llamar su atención.



    —Eres un puerco pervertido— le espetó ella mirándole con una mezcla de celos y rencor hacia el chico— Deja de mirar así a las pobres chicas, enfermo— ordenó autoritaria.



    —¿Celosa, subordinada?— preguntó dedicándole una sonrisa depravada que la enfadó más todavía.



    —¿Celosa yo? ¿De ti? ¡Ja!— contestó con una risa irónica— Y no vuelvas a llamarme subordinada. Te lo dije el otro día y no te lo volveré a repetir. Para ti, agente Alborán a secas— le contestó con la misma mueca sarcástica, para acto seguido agarrarse del brazo de Matsuda y darle un dulce beso en la mejilla, con la intención de causarle celos al detective.

    El policía moreno sonrió a su novia con ternura, y le acarició la punta de la nariz con su dedo índice.



    L, no soportando verlos así de acaramelados, cogió el envoltorio de papel de su pajita y haciendo una pequeña bola, se la lanzó a Matsuda cual proyectil, dándole de lleno en la frente y manchándole de batido de fresa.



    —Uy, perdón, se me ha escapado— se disculpó con una sonrisa falsa que hizo que el joven policía no se molestase.

    Leyre, que estaba sentada a la derecha de Light y a la izquierda de Stella, tuvo que agarrar a su amiga y taparle la boca para que no le soltase un improperio al detective y llamar, nuevamente, la atención de la gente a su alrededor.



    —Venga, Stella, tengamos la comida en paz— pidió la pelirroja soltando a la chica, que fulminó al pelinegro con la mirada. Éste le sonreía divertido, disfrutando inmensamente de hacerla rabiar, pues por lo menos así podía llamar su atención, ya que la chica le aplicaba la Ley del Hielo desde que rompieron.



    Después de comer y pasear un rato más por las calles de Chicago, los cinco decidieron coger un hotel, evidentemente de cinco estrellas, para dormir hasta que fuese el momento de volver al aeropuerto. Allí, se distribuyeron en tres habitaciones: una para Light y Leyre, otra para Matsuda y Stella, y otra sólo para L.

    En la habitación de la pelirroja y el castaño, ambos hablaban acerca del comportamiento del detective para con su compañero y su amiga.



    —Creo que L está celoso de Matsuda— dijo Leyre sentada en la enorme cama, mirando a su novio que se colocaba el pijama que llevaba en su bolsa de mano.



    —¿Crees?— preguntó Light entre risas— Está muy celoso. No soporta que Stella esté con alguien que no sea él— aclaró sentándose junto a la chica.



    —¿Entonces, por qué la dejó? Si todavía la quiere...— respondió la joven sin entender la extraña mente de su jefe y amigo.



    —Porque cree que así la mantendrá a salvo.

    Él mismo la instó a rehacer su vida, y a la hora de la verdad... Mira— explicó el chico recordando la conversación que tuvo con el pelinegro el día que rompió con la policía.



    —Pues es un egoísta. Stella ha sufrido mucho por su tonta decisión para que ahora se porte como un crío pequeño— de repente, Leyre, quien tenía la cabeza apoyada en el hombro de Light, se incorporó para mirarle— ¿Tú me harías eso a mí?— preguntó dubitativa— ¿Me dejarías para protegerme?— quiso saber, temerosa de que la respuesta fuese afirmativa. El castaño pasó el brazo por los hombros de su novia, y la atrajo más hacia él.



    —Yo te protegería hasta mi último aliento— aseguró mirándola a los ojos, demostrándole que hablaba muy en serio— Mataría, antes de dejar que te hiciesen daño— sentenció con total seguridad, causando que la pelirroja besase su mejilla antes de abrazarlo por la cintura y apoyar su rostro sobre su pecho.



    Mientras tanto, en la habitación de la otra pareja, la policía estaba al borde de un ataque de nervios, andando de un lado a otro, pensando en lo idiota e infantil que podía llegar a ser el detective.



    —Stella, no te preocupes... L sólo bromeaba. No se lo tengas en cuenta— dijo Matsuda intentando calmar a la chica. Obviamente el joven no sabía en qué términos había acabado la relación de su novia y su jefe.



    —¿Pero le has oído? Celosa dice... Celosa yo... De él— respondió crispada— ¿Pero quién se cree que es el panda anoréxico ese?— se preguntó a sí misma— ¿Y tú qué pasa? ¿No tienes sangre en las venas o qué? O sea... L te molesta todo el tiempo... ¿Y tú no eres capaz de decirle nada?— le cuestionó mirándole a los ojos con seriedad, molesta porque el chico no se defendiese.



    —Bueno... Tampoco me ha hecho nada como para molestarme, mujer— contestó Matsuda con su habitual sonrisa atontada, llevándose la mano a la altura de la nuca. Stella le miró incrédula.



    —Yo no sé si es que realmente no te das cuenta, es que le tienes tanta devoción que no quieres verlo. Pero, te juro que como vuelva a pasarse un pelo, se va a enterar— avisó Stella aún más iracunda al ver la cara de L en sus pensamientos. No sabiendo si estaba realmente enfadada por lo que le hacía a Matsuda, o por lo que la había hecho a ella. Lo único que tenía claro, es que le odiaba mucho. O eso creía.



    L, por su parte, se comía una caja entera de sus adorados cupcakes, mientras pegaba la oreja a la pared, que casualmente conectaba con la habitación de Stella, sonriendo por la indignación que causaba en su subordinada y dándose cuenta de que tenía vía libre para fastidiar a Matsuda, dado que el chico no le diría nada por el profundo respeto que le tenía.

    Con una sonrisa maliciosa, el detective se acostó planeando todas y cada una de las putadas que le haría al joven policía desde en ese momento en adelante.



    Varias horas después, alrededor de las seis de la mañana, los cuatro policías y el detective dejaron al hotel y se dirigieron nuevamente al aeropuerto, en el cual tomaron el vuelo directo a Cancún, que duraría casi cuatro horas.

    Debido al madrugón que se habían pegado, Stella, Matsuda, Leyre y Light se pasaron el tiempo durmiendo en sus respectivas butacas convertidas en cama. Por el contrario, L se quedó despierto, arrasando con la otra caja de cupcakes y el resto de dulces que había en el avión, dejando el carro de dulces bajo mínimos.



    Finalmente, a las once y veinticinco, aterrizaron en suelo mexicano, y tras bajar del avión y coger sus respectivas maletas, salieron del aeropuerto, donde ya les esperaba un señor trajeado para llevarlos al hotel escogido, el cual estaba muy cerca de la Playa del Carmen. Hecho el check-in, les dieron tres suites contiguas, quedando distribuidos de la siguiente forma: Light y Leyre en una, Matsuda y Stella en otra y para decepción del detective, él solo en la restante.

    Al subir al piso donde estaban sus respectivos aposentos, cada uno se metió en su suite para deshacer el equipaje y acomodar sus cosas, ya que pasarían una semana en el hotel.

    En la habitación de Leyre y Light todo parecía tranquilo.

    La chica colocaba la ropa en el armario, todavía impresionada por el lujo del hotel.

    Light observaba el paisaje desde el balcón, admirando la belleza del mar turquesa que se extendía hasta el límite entre la tierra y el cielo.

    Cuando Leyre terminó de colocar todo, se reunió junto al castaño, que seguía absorto mirando las magníficas vistas.



    —Precioso, ¿verdad?— preguntó Leyre, observando la inmensa playa de blanca arena que tenían frente a ellos— Al final tendremos que darle las gracias a L y todo— dijo con una risita.



    —Es espectacular, sí...— susurró Light contemplando a la chica, que se giró para mirarle, notando cómo su comentario no hacía referencia únicamente al paisaje.



    El policía besó a la pelirroja con dulzura en los labios, tomándola de la barbilla y pasando después su mano por el cuello de la joven.

    Ella siguió el beso con una ligera sonrisa.

    Los labios del castaño pasaron por la mejilla de la chica y bajaron por su cuello con delicadeza.

    Los brazos de Light rodearon a la chica, guiándola hasta la cama. Allí la tumbó, colocando su cuerpo sobre ella, moviéndose con cuidado, sin brusquedad, y acariciando placenteramente a la joven que se estremecía con cada roce.

    Los besos eran lentos, rodeados de caricias provenientes de ambas partes.

    Light bajó los besos a la clavícula de Leyre, bajando con sus manos los tirantes de la camisa de la chica, besando también sus hombros, y haciendo que ésta cerrase los ojos disfrutando de tanta atención, mientras acariciaba los cabellos castaños de su novio.

    Rodeó las caderas de Light con sus piernas y pasó sus manos por debajo de la camisa de éste, acariciando su espalda.

    Algunos besos se convirtieron en pequeños mordiscos que acababan por lamer la piel de la chica con más ansia.

    Llegados a este punto, alguien llamó a la puerta de los chicos, interrumpiendo la escena.



    —Light, Leyre... Nos vamos a comer al restaurante del hotel. Salid ya— la voz de L sonó desde el pasillo del hotel, haciendo que por un segundo ambos policías asesinaran mentalmente al detective.

    Se colocaron la ropa y el pelo, y tras abrir la puerta, salieron al pasillo encontrándose con L encorvado, en su postura habitual, con las manos en los bolsillos.

    En la habitación de al lado, Stella y Matsuda habían acabado de colocar ya todo el equipaje.

    El chico estaba sentado en la cama, observando los movimientos de la policía, encandilado.

    Ella se dio cuenta de esto y se giró mirándole con una sonrisa.



    —¿Qué ocurre?— le preguntó divertida.

    Matsuda se sonrojó al instante.



    —Oh... Nada... Es sólo que... Hace dos semanas que salimos y ya vamos a dormir en la misma cama y bueno...— dijo el chico algo cortado.



    —Si quieres, le pedimos al servicio de habitaciones que suban otra cama— sugirió Stella con una sonrisa graciosa, en tono bromista.



    —No, no, si así está genial— el rubor de las mejillas del chico era más que evidente.



    A Stella le pareció increíblemente tierno verle tan preocupado por dormir junto a ella.

    La chica se sentó a su lado para descansar un poco tras deshacer todas las maletas.

    El policía la observó con timidez, y al tenerla tan cerca, sonrió con dulzura.

    Ella le devolvió la sonrisa, dándole valor para que acariciase su mejilla, y le dedicase un tierno beso en los labios.

    Stella se quedó quieta, sintiendo una vez más los labios de Matsuda sobre los suyos.

    No le desagradaba del todo, pero la atracción no era igual a la que había sentido con L poco tiempo atrás.

    Ella, aún así, correspondió el beso, dejando que el chico la tumbase en la cama y siguiese con los besos antes de bajar a la mandíbula, el cuello y la clavícula.

    La policía pasó sus manos por el pelo del chico, haciendo que éste intensificase el beso, entrecortando su respiración.

    Las manos de Matsuda pasaron por debajo de la ropa de la chica con algo de torpeza.

    El chico se apoyó mal sobre la cama, tambaleándose y cayendo de lleno sobre Stella, quien no pudo evitar reír por la situación.

    El joven también rió algo avergonzado, y tras esto volvió a besarla con más intensidad, sorprendiendo a la policía. Al parecer no era tan torpe como parecía.

    Matsuda estaba ya sobre ella, acariciando una de las piernas de Stella, subiendo por el muslo, y agitando el pulso de la chica.

    En el pasillo, ya con Light y Leyre, L les dedicó una sonrisa malévola, con evidentes malas ideas.

    Light suspiró sabiendo lo que intentaba.

    El detective puso el sonido que simulaba una alarma de incendios a todo volumen en su móvil, y acto seguido cogió algo de impulso y aporreó la puerta con una fuerza abrumadora, casi derribándola.



    —¡Matsuda, Stella! ¡Fuego, fuego! ¡Salid! ¡Deprisa!— exclamó el detective haciendo que la pareja se sobresaltase y reaccionase de forma inmediata, colocándose la ropa rápidamente y saliendo al pasillo apresurados. Allí vieron a L, apoyado en la pared con una sonrisa traviesa.

    Stella le fulminó con la mirada, dándose cuenta de que les había vuelto a vacilar.



    —¿Dónde demonios está el fuego?— bufó la chica encarando al mentiroso detective.



    —Ah, ya lo han apagado los bomberos— respondió con tranquilidad, metiendo sus manos en los bolsillos y emprendiendo camino hacia el ascensor.



    Matsuda suspiró disgustado, viendo que habían sido interrumpidos por capricho de su jefe, mientras que Stella apretó los dientes con rabia, sintiendo ganas de asesinarlo.

    Light, por su parte, se dio la vuelta, y le pegó una ligera patada a la pared, calmando así sus ansias por pegarle un puñetazo a su amigo.



    —No pasa nada, amor... Ya tendremos tiempo esta noche de terminar lo empezado— dijo Leyre agarrándose del brazo de Light para seguir a L, Matsuda y Stella.



    En pocos minutos, los cuatro policías y el detective llegaron a uno de los restaurantes de hotel, el cual se encontraba en primera línea de playa, por lo que eligieron una mesa en la terraza, bajo un enorme techado para que pudieran disfrutar del sol y la brisa marina sin asfixiarse de calor.



    —¿Qué vamos a comer?— preguntó Matsuda, observando la carta del restaurante con atención.



    —A mí me apetece una quesadilla de jamón y queso con un mojito de fresa— dijo Leyre viendo la foto del plato, que tenía muy buena pinta.



    —Yo tomaré unos tacos de carne y una cerveza— respondió Light eligiendo una comida muy típica de la zona.



    —Yo quiero nachos con guacamole— pidieron Stella y Matsuda a la vez, riéndose por la coincidencia.



    —Y de beber, una cerveza también— pidió Matsuda.



    —Yo prefiero una Coca-Cola Light— añadió Stella mirando a su amigo y riéndose por la broma, lo que hizo que el castaño rodase los ojos con una sonrisa, acostumbrado al chiste fácil con su nombre.



    —Pues a mí no me gusta nada— dijo L observando la carta detenidamente— Así que yo quiero tarta de frambuesa y con cerezas.



    Decidido el pedido, la camarera llegó a tomarles la comanda, y cada uno pidió lo que había dicho, salvo el detective, que en lugar de pedir un trozo de tarta, pidió la tarta entera.

    La comida transcurría extrañamente tranquila, algo que inquietaba tanto a Light, como a Leyre y Stella, quienes comenzaban a sospechar que L tramaba algo.

    Y efectivamente, mientras Matsuda se comía sus nachos con guacamole, el detective, que se había sentado enfrente aposta, le dio una ligera patada por debajo de la mesa, causando que la salsa salpicase la camisa del chico.



    —Ups, perdona... Es que me ha dado un tirón en el gemelo— se excusó malamente el pelinegro. Evidentemente, ninguno en la mesa le creyó, pero decidieron no decir nada para no montar un espectáculo frente a todo el mundo. Aún así, Stella le lanzó una mirada asesina, teniendo cada vez claro que su exnovio se había marcado como objetivo hacerle la vida imposible al pobre policía moreno— Vaya manchurrón... Yo que tú iría al baño a limpiarme, Matsuda— sugirió comiéndose un trozo de tarta, con una sonrisa inocente.



    —Tienes razón, L... Si no voy, se quedará el cerco y será peor— respondió el chico— ¿Me acompañas, Stella?— preguntó, sin ninguna otra intención más que le ayudase a quitarse la mancha. La pelirroja, al ver la cara de pocos amigos de su exnovio, sonrió maliciosamente y asintió.



    —Claro, vamos— contestó levantándose tras su novio y dirigiéndose al baño del restaurante.

    La mirada de L era prácticamente indescriptible.

    Leyre, quien miraba el paisaje atentamente, se dio cuenta de que en la orilla de la playa había pequeñas tortugas marinas, así que emocionada, se levantó de su asiento.



    —¡Mira, Light! ¡Son crías de tortuga!— exclamó señalando a los animales— Vamos a acercarnos un momento, anda...— pidió cogiendo al chico de la mano y tirando ligeramente de él para moverlo de su sitio. El castaño accedió, y la pareja bajó un momento a la orilla para apreciar de cerca las tortugas.



    L, que se había quedado solo en la mesa, vio el cielo abierto para hacerle una nueva putada a Matsuda. Al girar la cabeza, se dio cuenta de que en la mesa de al lado, vacía, había un pequeño bote de chile en polvo. Así que, con una sonrisa malvada, lo cogió y lo espolvoreó por encima del guacamole del policía, removiéndolo después con el tenedor para que no se percatase del sabotaje.

    Unos minutos después, Leyre, Light, Stella y Matsuda volvieron. Los primeros, con varias fotos que se habían hecho a sí mismos y a las tortugas, y los segundos, con la camisa del moreno ya limpia.



    —Ay, Stella... Te lo has perdido. Había varias crías de tortuga en la orilla de la playa— anunció la pelirroja emocionada— Eran tan monas...— añadió.



    —¿En serio? Jo, qué rabia habérmelo perdido— dijo la policía poniendo una mueca lastimosa.



    —Pues oye, estoy pensando que con la cantidad de animales que hay aquí, cualquier día de estos podríamos ir a nadar con delfines— propuso el joven moreno con una sonrisa.



    —Ay siiii— contestaron las dos chicas ilusionadas por la idea.



    —Tú mejor deberías ir a nadar con tiburones, Matsuda— respondió el detective mirando al agente de forma burlona. El chico negó con la cabeza, antes de dar un mordisco a uno de sus nachos con guacamole, ahora extra picante.

    La cara del policía pasó de blanco a rojo en cuestión de segundos y enormes gotas de sudor bajaron por su frente.



    —¿Qué te pasa?— preguntó Stella preocupada al observar el estado de su novio.



    —AAAHH— gritó— Pica, pica— sacó la lengua, que le ardía, y se bebió la cerveza de un sólo trago, sintiendo el mismo picor— Pff qué picoooor, aaaahh— dijo con los ojos llorosos.



    Sabiendo con certeza que ese plato no picaba, Stella, Light y Leyre se giraron a mirar a L, el cual estaba de lo más tranquilo, comiéndose la cereza de la tarta. Al notar los tres pares de ojos sobre él, el detective les miró fingiendo no saber qué ocurría.



    —¿Qué pasa? ¿Por qué me miráis a mí?— preguntó dando un sorbo a su café.



    —Porque el plato no picaba hasta que te has quedado solo en la mesa— respondió Light con obviedad. Stella frunció el ceño, mirando malamente a su exnovio mientras le daba agua a Matsuda para que se le quitase el picor.



    —¿Qué le has echado?— quiso saber Leyre frunciendo el ceño.



    —¿Por qué cada vez que le pasa algo a Matsuda, he tenido que ser yo?— contestó L con otra pregunta, haciéndose el ofendido.



    —¡Porque siempre eres tú el causante!— exclamó Stella visiblemente molesta, encarando al detective mientras Matsuda comenzaba a sentirse algo mejor.



    —¿Insinúas que me dedico a sabotear a tu novio?— preguntó nuevamente, manteniéndole la mirada a su exnovia.



    —¡No lo insinúo! ¡Lo afirmo!— le respondió la chica alzando la voz.



    —Yo no tengo por qué aguantar esto...— murmuró el pelinegro con dramatismo, aunque riéndose internamente— Que os aproveche la comida— añadió levantándose de la mesa y alejándose del grupo con su habitual teatralidad.



    —¡L, espera! ¡No te vayas!— gritó Matsuda sintiéndose mal por su jefe, creyéndose la escena que había armado. Pero el detective no se giró— Pobrecillo...— susurró el policía mirando el lugar por el que éste había desaparecido.



    Light, Leyre y Stella observaron a Matsuda con una ceja alzada, sin poder creerse que fuese tan bobo como para no darse cuenta de que L era el único causante de todo lo que le estaba ocurriendo desde que salieron de Tokyo.

    Tras acabar la comida, los cuatro agentes salieron del restaurante y se fueron a dar un paseo por el resort, visitando numerosas tiendecitas de souvenirs para comprar recuerdos del viaje.

    Al pasar por una cafetería, vieron a L sentado en su postura habitual, tomándose un café y una enorme copa de ocho bolas de helado de diferentes sabores.

    Después de conseguir "hacer las paces" con él, el grupo al completo continuó su caminata por el paseo marítimo, contemplando la puesta de sol caribeña apoyados en la barandilla de un puente.



    —Qué bonito, ¿verdad?— murmuró Leyre apoyada en el hombro de Light, el cual la abrazó por la cintura, y asintió besando su mejilla.



    —Sí, es precioso— dijo Stella con una sonrisa, observando cómo en el cielo se entremezclaban los colores, formando un conjunto de tonos naranjas, amarillos y rosados.



    —Y qué alegría disfrutar estas vistas con la persona perfecta— añadió Matsuda mirando a su novia, mientras que L hacía muecas de querer vomitar ante tanta cursilería.



    —Bueno... Me parece que deberíamos dejarnos ya de pamplinas, e ir a prepararnos para la cena. ¿O es que pensáis ir con esas pintas?— interrumpió el momento señalando a los cuatro agentes, los cuales le miraron con la ceja alzada.



    —Habló de pintas el que nunca se cambia de ropa...— susurró Light con una sonrisa burlona.



    —Te he oído, Yagami— contestó L con seriedad— Que tú seas el Ken de la Barbie, no te da derecho a meterte conmigo— añadió con socarronería, causando que el castaño le mirase con los ojos entrecerrados por la comparación que había hecho.



    Varios minutos después, los cuatro policías y el detective llegaron a sus respectivas suites.

    Tras ducharse y arreglarse, quedaron en el hall del hotel, donde les esperaba el taxista que les llevaría a cenar a uno de los restaurantes más lujosos de Cancún.

    La cena pasó con normalidad, ya que después de lo ocurrido en la comida, L decidió no hacerle más jugarretas a Matsuda, por ese día, y reservárselas para el día siguiente y el resto de la semana.

    Cuando terminaron de cenar, ya de vuelta en el paseo marítimo por el que habían caminado esa tarde, a Leyre se le antojó un helado de Nutella. Así que Light fue con ella a comprarlo, dejando así a Stella, L y Matsuda solos.



    —Podríamos dar un paseo por la playa ahora que está iluminada. Es muy romántico— propuso Matsuda, cogiendo la mano de Stella y entrelazando sus dedos con los de la chica.



    —Pues sí, me parece bien— contestó Stella sonriente. Al girar la cabeza, vio cómo L los observaba con demasiada atención— ¿Y tú qué? ¿Vas a venir de sujetavelas?— preguntó de forma cortante, mirando a su exnovio con desdén.



    —Yo no soy celoso... Haced como si no estuviese— contestó L con pasotismo, aunque orgulloso de fastidiar la velada de la pareja. Stella bufó incómoda, sabiendo que tendría que soportar la presencia del detective— Bueno... ¿damos ese paseo o qué? Que no tengo toda la noche— añadió, logrando exasperar del todo a la chica.



    Matsuda asintió, ignorando la tensión que había entre Stella y L, los cuales cada vez que se miraban, saltaban chispas de rencor.

    Así, los tres bajaron a la playa, quitándose los zapatos y comenzando el paseo.

    La pareja iba tomada de la mano, mientras que el detective andaba un paso detrás de ellos, con las manos metidas en los bolsillos y vigilando atentamente cada gesto que hacían.



    No muy lejos de allí, Light y Leyre, quienes ya habían comprado el helado, también daban un paseo nocturno por la orilla del mar, disfrutando de la fresca brisa nocturna azotando sus rostros, y sintiendo cómo el agua rozaba sus pies descalzos. Light salpicó sin querer a Leyre, y ella le devolvió el gesto con una sonrisa burlona. El castaño la miró divertido y volvió a salpicarla, haciendo que la pelirroja corriese para intentar evitar el agua que ya había empapado parte de su falda.

    Light corrió tras ella, salpicándola aún más y, en venganza, la cogió por la espalda e intentó tirarla al agua. Leyre gritaba y pataleaba entre risas, notando cómo el castaño ya la había alzado del suelo, dispuesto a meterla en el mar. Pero en el último momento, cuando ella ya se veía completamente empapada, Light la tumbó sobre la arena, quedando él a su lado, sonriendo por la pequeña pelea.



    —Se te ve mucho mejor, amor— dijo Leyre observando al chico con dulzura.

    Light la sonrió, perdiendo la mirada en el mar.



    —Sí, ha sido buena idea venir. Nos hacía falta algo de tranquilidad— murmuró de forma serena.



    —Espero que no vuelvas a tener esas pesadillas— deseó la chica, dirigiendo la mirada hacia el agua cristalina movida por las suaves olas.

    El castaño la observó atento, en silencio, escuchando de fondo el oleaje que rompía en la orilla.



    —Sí... Cuando estoy contigo es mucho más fácil dejar de pensar en ello— confesó Light con sinceridad— Es como si estar a tu lado me tranquilizase. Nunca había sentido algo así por nadie— añadió, observando a su novia y esperando una reacción por su parte.

    Leyre le miró con ternura, conmovida por sus palabras. El chico pasó una mano por la mejilla de la pelirroja, y acercándose lentamente, besó sus labios con delicadeza. Detuvo el contacto un momento, separándose apenas unos milímetros— Sabes que te quiero— tras decir esto, continuó con el beso, acariciando la piel de la chica de forma cariñosa y delicada, como si temiese que en cualquier momento, ella fuese a desaparecer.



    Los besos de Light ya bajaban por el cuello de Leyre, que le abrazaba atrayendo su cuerpo al de ella, encantada con esos pequeños momentos románticos que el castaño le regalaba. Light bajó las manos hasta la camisa de la chica, desabrochando los botones con dedicación. Cuando iba más o menos por la mitad, y sus besos comenzaban a volverse pasionales, escucharon un silbido que les llamó la atención. Buscaron el foco del sonido con la mirada, y se encontraron con que, a lo lejos, en el paseo marítimo, se encontraban Stella, L y Matsuda, apoyados en la barandilla, observando la escena divertidos.

    Stella alzó la mano, saludándoles con algo de burla, mientras que Leyre se abrochó los botones de la camisa presurosa, y Light se levantó, ayudando a su novia a ponerse en pie.



    —Parece que no nos van a dejar en paz nunca— dijo el castaño con una sonrisa falsa dedicada a sus tres amigos.



    —Eso me temo— contestó la pelirroja con otra fingida sonrisa, devolviéndole el saludo a su amiga.



    Tras subir de nuevo al paseo marítimo, los cinco se reunieron y volvieron al hotel, cansados por el largo viaje. Los primeros en entrar en la habitación, fueron Light y Leyre, quienes se despidieron esperando no ser molestados hasta el día siguiente. Stella, Matsuda y L se quedaron frente a la habitación de la pareja, dándole las buenas noches al detective.



    —Entonces, L... ¿Esa es tu habitación?— preguntó Matsuda con una sonrisa inocente, señalando la que estaba junto a la suya y la de Stella.



    —Sí, es la mejor suite del hotel— contestó L orgullosamente— Espero que no os haya molestado, pero como iba a dormir solo, quería tener la mejor de todas— presumió.

    Stella no podía creerse lo avaricioso que podía llegar a ser el detective, quien siempre tenía que tener lo mejor de todo.



    —La verdad es que dormir solo tiene que ser súper aburrido— respondió el moreno compadeciendo a su jefe.



    —La verdad es que sí... Pero ya estoy

    acostumbrado, como siempre estoy solo...— contestó el detective, dedicándole una mirada fugaz a la pelirroja, la cual rodó los ojos.



    —Vaya... Me da un poco de pena...— murmuró el chico de forma sincera, llevándose una mano a la cabeza.



    —Tú al menos eres un tipo con suerte, Matsuda. Yo voy a pasar tooodas las vacaciones en esa habitación... Solo— el pelinegro puso una mirada de oso panda abandonado que derretiría el corazón de cualquier persona en el mundo. De cualquiera menos de Stella, quien ya sabía por dónde iban los tiros.



    —Joe... No digas eso, L...— pidió Matsuda realmente afligido por las palabras del detective— Oye, ¿y si duermes con nosotros? Así te sentirás acompañado— propuso con una sonrisa alegre, tratando de dar con la solución que ayudase al pelinegro. Stella se llevó una mano a la cabeza, sin poder creerse que su novio hubiese caído en la trampa de L tan fácilmente.



    —NO— negó Stella de forma rotunda, llamando la atención de ambos, pero sobre todo de Matsuda, el cual se sorprendió— Digo... No creo que sea una buena idea. Nuestra habitación es para dos personas. Demasiado pequeña para L. Él está acostumbrado al tamaño de suites como la suya— rebatió, retando con la mirada al detective, el cual le devolvió la mirada con firmeza, aceptando el desafío.



    —Vaya Stella... Cualquiera diría que no quieres que duerma con vosotros... ¿Es que tienes miedo de que te haga algo?— preguntó L con segundas intenciones— Te prometo que no soy sonámbulo... Aunque creo que tú eso ya lo sabes— murmuró esto último dejando a Matsuda confuso, sin entender muy bien a qué se refería su jefe. Stella le miró de forma amenazante, prohibiéndole hablar más de la cuenta.



    —Sigo pensando que estarás más cómodo SOLO en esa suite. Además, nuestra habitación tiene solamente una cama. No creo que te sientas a gusto durmiendo entre nosotros— siguió replicando la policía, esperando que su novio captase la negativa a compartir habitación con el detective.



    —¿En serio crees que no estaría a gusto? Si yo me acoplo bien junto a vosotros— discrepó L, adoptando un tono algo pícaro, y una postura intimidante al acercarse a Stella.



    —¿Y si pedimos una segunda cama?— propuso Matsuda, sin haber escuchado bien el comentario de L. Stella se negó en rotundo, viendo perfectamente en los ojos del detective sus intenciones para con ella.



    —He dicho que no— repitió Stella— No, no, no y no. Que te acojan Light y Leyre, a ver si con ellos, tienes más suerte— añadió golpeando el pecho de L con el dedo índice, haciendo que éste la observase desde arriba.



    —Yo prefiero dormir con vosotros. Tengo más confianza— volvió a decir con segundas— Además, Light ronca— mintió como excusa para convencer a Matsuda. Stella ya comenzaba a irritarse por la insistencia de ambas partes, vaticinando que L acabaría saliéndose con la suya.



    —Oh, venga, Stella, ¿es que no estás escuchando al pobre L?— preguntó Matsuda apenado— Dice que Light ronca, y que sólo se sentiría a gusto durmiendo con nosotros— añadió— Además, él ha pagado todo esto. Qué menos que hacerle este pequeño favor— le rogó el chico poniendo una mueca de cachorrito.

    Stella miró a su novio con incredulidad, sin poderse creer que fuese tan tonto como para caer en el burdo truco del detective, que sólo tenía intención de molestarles.

    Y para colmo, era ella quien estaba quedando como la mala de la película, puesto que L había logrado que Matsuda se apiadase de él.

    Ahora el detective estaba a un paso de la victoria.



    —Pediremos una segunda cama y no molestaré, de verdad— aseguró L poniendo una expresión de niño bueno— Y En cuanto queráis un poco de intimidad, sólo tendréis que decírmelo— prometió, terminando de convencer a Matsuda y sacando de quicio a Stella, que le miraba con ganar de matarlo.



    —¡Decidido! Duermes con nosotros— exclamó Matsuda triunfal, sin saber que acababa de meter al enemigo en casa.
     
  15.  
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    SUBORDINADOS (Fanfic Death Note)
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    Género:
    Comedia Romántica
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    CAPÍTULO 10: CANCÚN (PARTE 2)

    Tras esto, entraron a la suite de la pareja, y llamaron al servicio de habitaciones, los cuales no tardaron ni cinco minutos en subirles una cama supletoria que colocaron frente a la de matrimonio.

    Media hora después, cuando llegó el momento de acostarse, Matsuda y Stella, se tumbaron en la cama de matrimonio, mientras que L parecía dispuesto a dormir en la cama supletoria sin dar guerra.

    Apagaron la luz y se hizo el silencio, únicamente roto por el sonido de las olas marinas, que se escuchaban desde el balcón.

    A mitad de la noche, Stella notó cómo alguien rodeaba su cintura desde atrás y acariciaba su vientre con delicadeza. Como el único que estaba tumbado en la cama era Matsuda, la chica retiró la mano del muchacho.



    —Ahora no, Matsuda... Tengo sueño— susurró la pelirroja adormilada.

    El intruso volvió a rodear su cintura y la atrajo hacia él, pegando su espalda a su torso.

    Sin pensárselo un segundo, llevó sus labios al oído de la joven.



    —Con que ahora no, ¿eh?— susurró— ¿Cuántas veces lo habéis hecho ya?— preguntó L con cierto tono receloso, causando que Stella diese un respingo al escuchar la voz de su exnovio tan cerca.



    —¿Tú qué narices haces aquí?— preguntó la policía entre susurros, intentando zafarse del agarre del detective.



    —Eso no es lo que te he preguntado— respondió el pelinegro pegándose aún más a ella.



    —Me da igual lo que me hayas preguntado— contestó la chica inquieta por tenerle tan cerca y preocupada por si su novio se despertaba y veía al detective ahí— Fuera de aquí. Vete a tu cama— ordenó, consiguiendo apartarse de su lado. Pero fue atrapada de nuevo por el joven, el cual se negaba a obedecerla.



    —Es que tengo frío, subordinada...— murmuró, logrando pasar una de sus manos por debajo de la camisa de la chica, y acariciando uno de sus pechos antes de apretarlo, haciendo que la agente tuviese que morderse el labio inferior con fuerza.

    Aún sintiendo ganas de más, Stella se revolvió entre los brazos de L, tratando de alejarle.



    —Como no te apartes, grito— advirtió la chica con un hilo de voz, sin saber si realmente sería capaz de cumplir su amenaza.



    Nuevamente sin tomarla enserio, L tapó con su mano la boca de Stella, impidiendo que gritase.

    Aprovechando que la pelirroja estaba de espaldas a él, el detective bajó su otra mano desde los pechos de la chica, los cuales amasó por encima de la camisa de tirantes que llevaba, hasta el bajo vientre, introduciéndola por debajo del short, mientras hacía un ligero recorrido hasta la zona más sensible de la joven, la cual ya había comenzado a humedecerse en cuanto reconoció la mano del pelinegro.

    Sin importarle que Matsuda durmiese a unos pocos centímetros de ellos, L introdujo dos de de sus dedos en la feminidad de Stella, quien al estar "amordazada" no pudo gemir como deseaba.



    —¿Matsuda también te toca así?— preguntó el chico antes de pellizcar el punto más erógeno de su subordinada. Ésta jadeó al sentir un exquisito calambre en su bajo vientre— ¿Sientes lo mismo estando con él, que cuando estabas conmigo— volvió a preguntar entre susurros, mordiendo suavemente el lóbulo de la joven, e introduciendo un tercer dedo que empezó a mover junto a los otros dos de forma lenta, tratando de desquiciar a la chica.



    —L...— consiguió pronunciar Stella antes de que el detective sustituyese su mano por su boca, y la besase de forma pasional, mordiendo sus labios y jugando con su lengua, mientras movía sus dedos con frenesí, logrando que ella ahogase sus gemidos en los labios del contrario.

    L siguió así durante varios minutos, no dándole ni un sólo momento de tregua a Stella, la cual ya podía sentir el orgasmo que se avecinaba.

    Sabiendo que estaba a punto de llegar al clímax, L sacó sus dedos del interior de la policía y se apartó de Stella, dejándola a medias a modo de castigo por haber empezado a salir con Matsuda, el cual era, de todos los pretendientes, el que más podía llegar a odiar L por su soberana idiotez.

    Sin entender el por qué había parado tan de repente, la pelirroja le miró con una mezcla de desesperación y ansiedad, sintiendo cómo su cuerpo reclamaba más de las caricias del detective para poder llegar al final.

    Con la sola idea de torturarla, el chico se levantó de la cama y le dedicó una sonrisa burlona.



    —Veo que necesitas ayuda con eso— dijo L señalando el cuerpo de Stella, que no podía evitar arquearse por los latigazos de placer que recorrían su zona sensible— Puedes pedirle a Matsuda que te eche una mano. Nunca mejor dicho— sugirió dirigiéndose a la puerta para marcharse a su habitación, dejando a la joven anonadada por lo cabronazo y lo rencoroso que podía llegar a ser su exnovio.



    Como evidentemente no podía acostarse en esas condiciones, Stella se vio obligada a ir al baño a terminar de aliviarse sola, tratando de no hacer ruido para que Matsuda no se despertase.

    Cuando lo hubo conseguido, la chica volvió a la cama y se acercó a su novio, abrazándose a su cintura mientras se recordaba a sí misma vengarse del detective por dejarla en ese estado.



    A la mañana siguiente, alrededor de las nueve, Light, Leyre, Matsuda, Stella y L, se reunieron en el buffet restaurante del hotel.

    Como era de esperar, después de lo ocurrido la noche anterior, Stella no le dirigió la palabra a L ni siquiera para darle los buenos días.

    Cuando ya todos tenían sus platos llenos, se sentaron en una de las mesas para desayunar.



    —¿Qué pasó anoche, L? ¿Te fuiste a tu suite al final o qué?— preguntó Matsuda al no ver al detective al despertarse.



    —Sí... Es que no quería ser una molestia— respondió L fingiendo humildad— Además... Stella ronca demasiado. Es imposible dormir con ella— añadió observado de reojo a la chica, quien hasta ese momento estaba ignorándole, pero repentinamente le asesinó con la mirada.



    —¿En serio? Pues ni me he enterado— aseguró el policía moreno dando un sorbo a su zumo de papaya.



    —Ese es el problema, Matsuda... Que tú nunca te enteras de nada. Stella podría pedir... Ciertas cosas, y tú no te darías cuenta— contestó el detective con doble sentido, algo que no pasó desapercibido para Light y Leyre, que miraron a ambos chicos sorprendidos. Stella, antes de que su exnovio siguiese hablando, le cortó.



    —L, come y calla, anda— ordenó con severidad, advirtiéndole al chico, con los ojos, que no dijese una palabra más.



    —Bueno... ¿Qué vamos a hacer hoy?— preguntó Leyre tratando de cambiar de tema.



    —¿Qué os parece alguna actividad acuática?— propuso Light— Estamos en el Caribe. Tenemos que aprovechar para hacer ese tipo de cosas.



    —Es cierto— dijo Matsuda— Siempre he querido hacer Snorkel y bucear con los pececillos y los animalitos marinos— afirmó con su habitual sonrisa boba.



    —Pues decidido. Hagamos Snorkel— sentenció Stella cogiendo la mano de su novio y dedicándole una sonrisa. L sonrió de forma burlona, sabiendo que su subordinada sólo lo hacía para molestarle, ya que seguía sintiendo lo mismo por él a juzgar por lo ocurrido la noche anterior.



    Tras el desayuno, los cuatro policías y el detective, fueron a sus respectivas habitaciones a ponerse los bañadores y pocos minutos después bajaron al hall del hotel, donde un coche del resort les esperaba para llevarlos hasta el lugar en el cual cogieron el catamarán que los trasladó hasta Isla Mujeres.

    Allí había un enorme arrecife de coral en el que podrían practicar Snorkel.

    Después de ponerse el equipo correspondiente y el tubo de buceo, cuando los cinco se disponían a bajar al agua, el monitor les dio una última advertencia.



    —Por favor, no os acerquéis a las cuevas que están entre las rocas. Allí suelen esconderse pequeños tiburones y anguilas, y alguno podría llevarse una sorpresa desagradable— explicó el hombre señalando los puntos donde podían verse dichas formaciones.



    Todos asintieron obedientes, preparados para bajar del catamarán y disfrutar de la experiencia.

    Pero Matsuda, quien todavía estaba colocándose las aletas, cayó al agua en el momento en que, "accidentalmente", L desató las cuerdas que sujetaban uno de los mástiles, el cual viró hacia el policía, y le propinó un fuerte golpe en el pecho que lo tiró del barco.

    Nadie se dio cuenta de la caída del chico, hasta que éste empezó a pedir auxilio, gritando y chapoteando en el agua con desesperación.

    Como era de esperar, ni Light, ni Leyre, ni Stella se percataron de que L había sido el causante de la situación.

    Al escuchar a Matsuda, los tres policías y el detective se asomaron, viendo cómo el moreno se agitaba pidiendo ayuda. Light contuvo la risa al ver la situación en la que se encontraba su compañero, mientras que Leyre se llevó la mano a los labios, intentando ocultar lo divertida que resultaba esa escena. L, por su parte, sonreía abiertamente, apoyado en la barandilla, a punto de soltar una sonora carcajada.



    —Aaay, pobre... Tenemos que ayudarle— dijo Stella buscando un aro salvavidas o cualquier otro dispositivo de salvamento.



    —Déjale que chapotee un poco... Lo mismo aprende a nadar y todo— se carcajeó L mirando al desesperado chico.

    Stella lo miró furiosa, sospechando que el detective podía haber tenido algo que ver debido a su comportamiento. Ya estaba dispuesta a encararle nuevamente, cuando uno de los monitores se asomó para ver dónde había caído Matsuda.



    —¡Tenemos que subirle ahora mismo!— exclamó el hombre alarmado— Esta zona no es apropiada para hacer Snorkel. Hay muchas rocas, y hace poco avistaron varios tiburones blancos. Es muy peligroso— avisó preocupado por que hubiese un fatal accidente.



    La risa de los dos policías y el detective frenó en seco al ver que la vida del chico peligraba.

    Así que, sin dudarlo, Light cogió el aro salvavidas y lo tiró al mar para que Matsuda pudiese agarrarse a éste, e ir tirando de la cuerda mientras tanto para atraerle hacia la embarcación.

    Pero como la cuerda rozaba demasiado la cubierta, tras arrastrarla unos pocos metros, ésta se rompió y dejó, de nuevo, al policía a la deriva.



    —¿No hay más salvavidas?— preguntó L alarmado y sumamente preocupado, dándose cuenta de que la broma se le había ido de las manos.



    —Sí, en la bodega hay otro. Bajaré a buscarlo— anunció el monitor abandonando a los chicos en cubierta.



    —¡Matsuda, no te preocupes! ¡Ahora te sacamos!— gritó Leyre intentando tranquilizar al joven policía.



    —Sí, tranquilo... Lo más grande que te puedes encontrar ahí abajo son tiburones blancos. Tú no te agobies— informó L tratando de ponerle humor a la situación, causando que Matsuda pidiese ayuda entre chapoteos más exagerados.

    Stella le dio un codazo a su exnovio y le miró con cara de pocos amigos.



    —Cállate, imbécil. Así sólo vas a provocar que se mueva más y atraiga a los tiburones— dijo la pelirroja enfadada.



    —¡Aaaaaahhhh! ¡Algo me ha rozado el pie!— gritó el chico alarmado. Al oír esto, todos se tensaron ante la sola idea de que realmente Matsuda pudiese estar en peligro— En serio, ahora me ha rozado las costillas— sollozó el policía moreno al borde del pánico, comenzando a ahogarse de puro miedo y sin saber ya cómo actuar.



    A Stella se le heló la sangre al imaginarse a su novio en la boca de un enorme tiburón blanco. Así que, sin pensárselo dos veces, se subió a la barandilla del barco, totalmente dispuesta a saltar al agua y rescatarlo.

    Repentinamente, notó cómo alguien la cogía por la espalda, y tiraba de ella hacia atrás, haciendo que volviese a poner los pies sobre el suelo del catamarán. En ese instante, vio que L saltaba de la embarcación sin dudarlo, cayendo unos segundos después al agua y nadando hacia Matsuda para salvarlo. Stella estuvo a punto de llamarle "estúpido", pues no sólo había impedido que ella saltase, sino que se había tirado él mismo.

    El detective llegó rápidamente al lado del policía, el cual se seguía revolviendo en el agua desesperadamente. Agarrándose al salvavidas junto con el chico, L le cogió del cuello de la camiseta de neopreno para que dejase de salpicarle.



    —¿¡Quieres parar ya!? ¡Aquí no hay nada! Pero sigues chapoteando, atraerás a los tiburones y nos comerán a los dos— le avisó L con seriedad.



    —¡Pero, L, es que tengo algo en la espalda!— exclamó Matsuda notablemente asustado.

    El detective llevó su mano hasta el interior de la camiseta de neopreno del policía, y sacó un pececillo que se revolvía en manos del pelinegro.

    La mirada de éste era un poema.



    —¿A ti te parece esto un tiburón blanco?— preguntó el mayor cogiendo al pececillo con la punta de los dedos y agitándolo frente a la cara de su empleado.

    Matsuda hizo un puchero algo avergonzado, y L soltó al pez de vuelta en el agua, el cual escapó al instante. Stella, Leyre y Light les lanzaron un nuevo salvavidas al que aferrarse.

    Cuando ya estaban cerca de la embarcación, Stella empalideció, viendo una enorme aleta que sobresalía del agua, y que se acercaba peligrosamente a los dos chicos.



    —¡Venga, tortugas, daos prisa, que al final echamos a perder el día!— exclamó la chica ocultándoles lo que acababa de ver para evitar que Matsuda se pusiese a chapotear de nuevo.



    —Relájate, subordinada, que acabo de salvarle la vida a tu novio— contestó el detective con retintín al pronunciar las últimas dos palabras.

    Light y Leyre también se percataron de la presencia del horrible animal, pero tampoco quisieron alarmar al detective y al policía, que ya casi habían llegado hasta ellos.



    —Daos prisa, venga, que se nos va a hacer tarde— les instó Leyre para que acelerasen, antes de que el tiburón se avivase aún más de su presencia.

    Matsuda y L subieron por la escalera hasta la cubierta, y cuando se reunieron con los demás, Stella le dio un abrazo a su novio, mientras que Leyre y Light abrazaron a L.

    En ese momento, el detective se fijó en la aleta que sus amigos habían avistado unos minutos atrás.



    —Madre mía, Matsuda, tienes un sexto sentido. Mira, ahí va tu tiburón— dijo L con serenidad, señalando la aleta. El policía moreno empalideció a punto de desmayarse con sólo pensar en lo cerca que habían estado de ser el menú del día del escualo.



    Tras el incidente, el catamarán se dirigió a una zona vallada, libre de tiburones, para que pudiesen practicar Snorkel tranquilamente. Avistaron muchas especies distintas de peces de colores, tortugas y caballitos de mar, y se hicieron muchas fotos bajo el mar.

    A la hora de comer, fueron a uno de los múltiples restaurantes de Isla Mujeres y utilizaron el tiempo libre para hacer unas compras y tomar unos cócteles, rememorando la caída de Matsuda una y otra vez, sin explicarse cómo había podido ocurrir.

    Ya de vuelta en el resort, por la tarde, el grupo decidió bajar a la playa y disfrutar del atardecer bañándose en el agua y disfrutando de la brisa marina.

    Stella llevaba un bikini negro con dos tiras entrecruzadas en el pecho, y el bikini de Leyre era rojo, de palabra de honor, con dos lazos a los lados en la parte de abajo.

    Los chicos llevaban todos bañadores por encima de las rodillas, pero de distintos colores. El de Light era blanco, el de L, negro y el de Matsuda, azul marino.

    Los cuatro policías y el detective colocaron las toallas en la arena y se echaron crema en la piel para evitar quemarse con los rayos de sol caribeño.



    —Podrías darme un masaje, cariño...— sugirió Light con voz tentadora, haciendo reír a Leyre, quien estaba echándole protector solar en la espalda.



    —Claro, claro, amor... ¿Algo más?— preguntó divertida. Light le susurró lo que deseaba que le hiciese al oído, sonrojando a la pelirroja— Eso después...— prometió, pasando sus manos, sensualmente, por su bien formada espalda para extender la crema.



    Matsuda le pidió a Stella que le echase crema también, ya que estaba muy blanco. El policía se sentó en la toalla y la joven se puso tras él, comenzando a pasar sus manos por los hombros de su novio. L, que ya estaba sentado en la toalla de al lado, les miraba con incómoda atención.



    —¿Ya te has echado crema, L?— preguntó Matsuda inocentemente— Mira que eres más blanco que yo y te puedes achicharrar...— le recordó.



    —Todavía no. Ahora me echo— respondió el detective con voz seria, como si estuviese pensando en otra cosa.

    Ya protegidos frente al sol, todos menos L decidieron meterse en el agua. Stella y Leyre entraron con cuidado, al contrario que Light y Matsuda, los cuales se metieron en el mar de golpe.



    —¡Oye! Que nos estáis salpicando— se quejó Leyre entre risas.



    —¡Pero si no está fría!— exclamó Matsuda invitándolas a sumergirse.

    Light, al ver la indecisión de su novia, sonrió con malicia y la empapó por completo. Ésta le miró fingiendo indignación.



    —¿¡Cómo te atreves!?— gritó Leyre conteniendo la risa. Light se carcajeó, causando que ella saliese corriendo tras él en su persecución. Inmediatamente, el castaño comenzó a huir, pero no pudo llegar muy lejos, ya que la pelirroja no tardó en atraparle y abalanzarse sobre él, haciendo que éste la cogiese a caballito sobre su espalda para evitar ser ahogado, mientras ella seguía tratando de hacerle una aguadilla. Pero el forcejeo duró demasiado y los dos terminaron cayendo al agua, en una zona donde apenas cubría. Light y Leyre se levantaron completamente empapados aún entre risas— ¡Eres idiota!— exclamó la chica riéndose de su novio, y salpicándole la cara.



    Light la cogió de la cintura y la atrajo hasta su cuerpo, besándola con pasión. Ella pasó sus brazos por el cuello del chico, y éste, aprovechando el despiste de Leyre, comenzó a empujarla hacia atrás poco a poco, mientras seguía besándola. La joven no podía evitar reírse, sabiendo que en pocos segundos caería al agua, pero no estaba dispuesta a ello, así que empujó al chico con fuerza en la misma dirección, haciendo que perdiese el equilibrio y tuviese que clavar una rodilla en la arena.

    Light no tuvo más remedio que dejar a Leyre en el agua, ya que sino, él también caería.

    Por lo tanto, Leyre quedó medio tumbada en la orilla y Light sobre ella, de rodillas. Él volvió a besarla, esta vez sin trucos.

    Unos metros más a la izquierda, Stella había continuado metiéndose en el mar, y cuando el agua le llegaba más o menos por el ombligo, Matsuda la cogió de la cintura y la levantó del suelo, causando un leve pataleo de la chica en el aire.



    —¡Suéltame!— exclamó la policía entre risas.



    —Entendido— contestó Matsuda soltándola de golpe, haciendo que ésta cayese de lleno en el agua. Stella se levantó declarándole la guerra al chico con la mirada, y éste comenzó a nadar despavorido mar adentro. Ella le siguió hasta alcanzarle en una zona donde casi no hacían pie. Le cogió de los hombros, y utilizando todo su peso, le hundió en el agua. El moreno emergió rápidamente, cogiendo a la chica de las muñecas, y evitando así, una segunda aguadilla. En vez de eso, hizo que la chica le rodease el cuello con sus brazos, haciendo que se acercase mucho a él. La distancia que separaba sus rostros era muy escasa, y fue acortándose poco a poco, hasta que Matsuda besó los labios de Stella con ternura.

    Ella le siguió el beso, acercándose más a él, apoyándose en los hombros del chico para salir un poco del agua. Matsuda bajó sus manos por la espalda de Stella, llegando a las nalgas de la joven, los cuales para sorpresa de ella, pellizcó con fuerza, mientras profundizaba el beso.

    La chica pasó su mano por la mejilla del policía y rodeó con una pierna, la cintura del chico.

    Éste, no conforme con el gesto, subió la otra pierna de la joven hasta su cintura, quedando completamente pegados. Los besos se estaban volviendo algo precipitados, debido a la excitación del joven. Matsuda subió sus manos de nuevo hasta la espalda de Stella, desatando la parte de arriba del bikini. Ésta no se percató de ello, hasta que sintió las manos del policía paseándose libremente por sus pechos.

    Stella ahogó un suspiro, y muy a su pesar, detuvo al chico, poniendo el dedo índice en sus labios.



    —Ahora no... Dejémoslo para esta noche— susurró Stella al oído de su novio.

    El chico sonrió conforme, y tras darle un último beso, y colocarse la chica el bikini, salieron del agua.



    L había observado toda la escena romántica de las dos parejas, mordiéndose el labio inferior con rabia. Sabía perfectamente que podría ser él, quien estuviese así con su subordinada.

    Pero debido a la decisión que había tomado, eso ya era imposible. Aunque le doliese en el alma tenerla lejos, prefería ver a la pelirroja a salvo antes que amenazada de muerte.

    En la arena ya estaban Leyre y Light sentados, haciendo un pequeño castillo con el cubo y las palas que habían encontrado. Stella, por su parte, tuvo que echarle crema a Matsuda en la espalda nuevamente para evitar que se quemase. Tras esto, ambos se unieron a la pareja para construir la fortaleza.

    L se levantó de su sitio, dispuesto a colaborar con ellos.

    Varios minutos después, el detective se levantó del suelo para ir a coger más agua.

    Pero viendo la oportunidad perfecta de fastidiar a Matsuda, el pelinegro fingió tropezarse con una de las torres del castillo, y le llenó toda la espalda de arena al policía, el cual no tuvo más remedio que levantarse, e ir hacia el mar para aclararse. Stella, quien se había dado cuenta de la jugarreta del detective, se levantó tras su novio para acompañarle al agua.

    Light y Leyre también decidieron volver al mar.



    —L, ¿no te vienes al agua?— preguntó Light con amabilidad— Está fresquita— añadió.



    —Na, no me apetece. Demasiada sal y pececillos— contestó el detective sentándose en su habitual postura. El castaño suspiró resignado, y junto con su novia, se fueron hacia la orilla.



    Mientras los cuatro policías estaban nadando y riendo, a Stella se le ocurrió que jugaran a la pelota, y recordando que tenía una hinchable en el bolso, fue a por ella. Al salir del agua, vio a L en la misma postura en la que le habían dejado, con el dedo pulgar en los labios y la vista fija en el grupo.

    Al verla llegar, el detective le retiró la mirada sin interés, causando que Stella frunciese el ceño y sacase la pelota deshinchada del bolso con brusquedad. Cuando iba a volverse al agua con los demás, la joven se fijó en que la piel blanca de su exnovio se estaba poniendo roja. Así que la preocupación pudo con ella, y se acercó al chico.



    —L, te estás quemando. Pareces el cangrejo Sebastián. ¿Te has echado la crema?— preguntó Stella haciendo referencia a La Sirenita.



    —¿Es que te estás preocupando por mí, subordinada?— respondió L evadiendo la pregunta de la chica, haciendo que ésta rodase los ojos. Al notar esto, contestó a la pregunta de Stella— No, no me gusta pringarme.



    —Madre mía... Eres peor que un niño pequeño— dijo Stella agachándose a su lado y cogiendo el bote de protector solar. Acto seguido, echó un poco en su mano y la extendió, por sorpresa, en la espalda del joven, provocando que diese un respingo por el frío de la crema, y la molestia de la quemadura.



    —Te he dicho que no quiero— murmuró L con una débil negativa que no hizo cesar a la policía en su empeño de embadurnar de crema la espalda del chico.



    —Ya estás quemado... Al menos procura no terminar como un carabinero— rebatió Stella pasando sus manos por los hombros y espalda del detective, provocándole un escalofrío.



    —Te pedí que no te acercases a mí...— susurró L entre dientes, queriéndose convencer a sí mismo de que estar lejos de su subordinada era lo mejor.



    —Tranquilo, que ya me voy— Stella se levantó malhumorada, sin haber terminado de extender bien la crema por la piel del joven. L la cogió del brazo y la detuvo.



    —Ya que has empezado, por lo menos termina— ordenó el detective de forma autoritaria— Y hazlo bien— matizó, tumbándose bocabajo, esperando a que la pelirroja prosiguiese con su masaje.



    Stella bufó con intención de largarse y dejar al chico a solas con su soberbia. Pero pensándolo mejor, decidió quedarse ahí, y hacerle pagar por lo que él le había hecho la noche anterior.

    Así que, sin esperar un segundo, la policía se arrodilló a su lado, extendiendo la crema por sus omóplatos con cuidado de no hacerle daño. Bajó lentamente hasta sus costillas, provocando que a L se le tensasen todos los músculos.

    Esto hizo Stella se diese cuenta de que, aunque no quisiese, L seguía reaccionando a sus caricias, por lo que siguió bajando hasta casi meter las manos por dentro del bañador, y volvió a subir, poniendo algo nervioso al detective, que suspiró levemente. Stella sólo pensaba en hacerle pagar por todas y cada una de las faenas que le había hecho el detective desde que cortaron.



    —Date la vuelta. También te has quemado el pecho— ordenó esperando a que el chico obedeciese.



    Una vez que el pelinegro estuvo bocarriba, Stella pasó una de sus piernas alrededor de la cadera del chico, quedando sentada sobre él, sorprendiendo al detective, que se vio obligado a contener el aliento. L iba a hablar, pero se le trabaron las palabras cuando Stella deslizó sus manos por su torso, esparciendo un poco de crema en su piel. Para llegar completamente hasta sus hombros, tuvo que moverse hacia arriba, tensando aún más al chico, al que ya le costaba respirar. Stella al notar esto, se echó hacia atrás, empujando su cadera contra la del detective, imitando unas lentas embestidas.

    L cerró los ojos y apretó los dientes, agarrando con fuerza la toalla y entreabriendo los labios cuando la chica continuó con esos movimientos.

    La crema hacía ya rato que se había absorbido por la piel del detective, pero Stella seguía con los movimientos, haciéndolos más profundos, acelerando incluso su propia respiración fingida para excitar aún más a L. Cuando el detective agarró la cintura de la chica, dispuesto a bajarle la parte de abajo del bikini, Stella apartó sus manos y se quitó de encima. La chica se acercó descaradamente a su oído con una sonrisa burlona.



    —Ale, ya tienes la crema...— Stella miró hacia el bañador de L— Relájate, pequeñín. Creo que necesitas algo de agua fría— murmuró.

    En ese momento, L intentó agarrarla con frustración, pero Stella fue más ágil y se levantó dirigiéndose hacia el agua.

    El pelinegro se quedó en la toalla observándola con derrotismo.



    Tras una tarde de playa, cuando empezó a anochecer, los cuatro policías y el detective cogieron sus cosas y volvieron al hotel, en el cual se dieron una ducha y se arreglaron.

    Leyre, se puso un vestido de palabra de honor, a la altura de la rodilla, de color blanco y Stella, optó por un vestido blanco y negro de espalda abierta.

    L llevaba una camisa blanca ancha, sin botones, y unos pantalones negros ajustados, mientras que Light eligió una camisa de botones rosa clarito y unos pantalones negros.

    Finalmente, Matsuda llevaba una camisa azul marino y un pantalón blanco.

    Ya preparados, bajaron al hall del hotel y los cinco amigos fueron a cenar a un restaurante italiano del resort. L seguía sin mirar a Stella, molesto por la "broma" que la chica le había hecho, pues por su culpa había tenido que meterse en el mar para bajar la calentura. Matsuda, ajeno a todo lo ocurrido, llevaba a Stella de la mano con una sonrisa boba en la cara. Light llevaba a Leyre cogida de la cintura, abrazándola contra su cuerpo.

    El castaño, sintiendo algo de calor, se llevó una mano al cuello de la camisa y desabrochó uno de los botones, dejando más al descubierto su bien formado torso, gesto que captó las miradas de la mayor parte del género femenino del restaurante, incluidas las de Stella, L y Matsuda, que le observaban sin poder evitar preguntarse cómo conseguía estar tan bueno.

    Leyre, viendo a todas esas lagartas devorar a su novio con la mirada, le cogió de la mano y se lo llevó consigo hacia la mesa, dejándoles claro a todas que el chico era suyo y sólo suyo.

    Sentados en la mesa, y habiendo pedido la cena, Matsuda sacó un tema de conversación.



    —Oye, al venir hacia aquí, he visto un karaoke. ¿Os apetece que vayamos después de cenar?— preguntó el joven agente con una sonrisa.



    —¡Ay, sí!— exclamó Leyre emocionada— Puede ser divertido. Además, me gustaría ver cantar a Light— admitió mirando al castaño.



    —Madre mía... Lo único que le faltaba a Light para ser jodidamente perfecto, es saber cantar— dijo Stella riéndose al recordar la escena del chico al desabotonarse la camisa a la entrada del restaurante. Esto hizo que el policía se sonrojase.



    —Qué va... Yo no sé cantar— contestó el castaño avergonzado. L le miró con la ceja alzada.



    —No te esfuerces, Yagami. No te vamos a creer— sentenció L.



    —Que no, que yo no canto nada más que en la ducha— aseguró.



    —Tranquilo, amor... Ya encontraremos la manera de que cantes en público— afirmó Leyre mirándole con una sonrisa pícara. Stella, que entendió a qué se refería su amiga, asintió con malicia.



    Y es que durante y después de la cena, ambas chicas se propusieron emborrachar levemente al castaño con el objetivo de que se desinhibiese y acabara animándose a cantar en el karaoke.

    Una vez en el local, comenzaron tomándose unas copas de diferentes tipos de alcohol, sin atreverse ninguno a subir al escenario.

    Pero, tras varias copas el esfuerzo de Stella y Leyre dio sus frutos, y Light terminó siendo el primero en subir a cantar, eligiendo la canción "Where do I begin" de Andy Williams. Evidentemente, la mayor parte de la canción se la pasó mirando a su novia, dedicándole cada una de las hermosas palabras que le recordaban a su relación con ella.

    En cuanto acabó, Stella, L, Matsuda y, por supuesto, Leyre, aplaudieron a Light, comprobando que, efectivamente, el chico era jodidamente perfecto. Incluso gente externa al grupo había comenzado a vitorearle.

    El siguiente que se atrevió a salir, fue Matsuda, que eligió la canción "Baby, i'm yours" de Arctic Monkeys, y se la dedicó enteramente a Stella, quien le sonreía con dulzura por el bonito gesto que había tenido el chico.

    Como era de esperar, también fue aplaudido por la multitud, que empezó a agolparse alrededor los cinco amigos para ver las siguientes actuaciones.

    Ya sólo faltaba L por cantar, quien se había bebido varias copas de más al ver cómo Matsuda le dedicaba esa canción a Stella y cómo ella le sonreía al escucharle.



    —Venga, L, te toca— dijo Leyre con una sonrisa.



    —No, no me apetece— contestó evidentemente ebrio, sin levantarse de su sitio por temor a perder el equilibrio y caer de bruces.



    —Déjale... Seguramente no sepa ni cantar— comentó Stella sin mirarle. Esto hirió gravemente el orgullo del detective, el cual se levantó golpeando la mesa.



    —Apuéstate lo que quieras a que canto mejor que esos dos— murmuró L tambaleándose, mientras señalaba a Light y a Matsuda.



    —¡Anda ya!— exclamó la chica sin darle credibilidad.



    Al instante, L se subió al escenario, eligiendo una canción un tanto a boleo. Cuando empezó a sonar, ninguno podía creerse que se tratase de "Seré tu amante bandido" de Miguel Bosé.

    La gente empezó a carcajearse y aplaudir, debido a que el chico era algo ridículo, aunque cantase bien. L no apartaba la mirada de Stella, la cual intentaba por todos los medios no carcajearse. Pero al ver que el chico la señalaba y sonreía, no pudo evitar romper a reír, llegando incluso a sonrojarse un poco.

    Al bajar del escenario, todos se agolparon para felicitarle y pedir hacerse una foto con él, ya que muchos de los presentes habían grabado la actuación. El buen rollo volvió a surgir entre el grupo, sentados alrededor de una mesa mientras se sacaban fotos y tomaban copa tras copa. Light y Matsuda fueron a por más copas, dejando a Leyre, Stella y L charlando animadamente.



    —Madre mía jajaja ha sido el mejor espectáculo que he visto en mi vida. Felicidades, L— le felicitó Leyre con una sonrisa divertida.



    —Tendríamos que haberlo grabado— dijo Stella sonriendo mientras tomaba un sorbo de su copa.



    —Puedo repetirlo cuando queráis— se ofreció el detective alzando su vaso exageradamente.



    —Eso me encantaría verlo— respondió Stella riendo.



    —A ti te haré una actuación privada— murmuró de forma seductora.

    Tras esto, se abalanzó sobre la chica, mordiendo su cuello e intentando besar sus labios. Stella le apartó rápidamente, desconcertada.



    —¿Pero qué haces?— preguntó sorprendida.



    —¿Qué pasa? ¿Ya no te gustan mis besos? Pues en la playa bien que te movías y gemías encima mía— le recordó con socarronería— ¿Qué pasa? ¿Que ya no tienes ganas?— preguntó, intentando besarla nuevamente.

    Stella le apartó asqueada, ya que al chico sólo le había faltado llamarla "puta".



    —No te acerques a mí— espetó la pelirroja visiblemente enfurecida.

    Leyre agarró al chico, separándola de la policía.



    —Sí, sí... Ahora disimulas, pero bien que te has puesto encima mía como una golfa— rebatió el detective casi gruñendo. Stella le cogió del cuello de la camisa con rabia, y le golpeó el pecho.



    —No quiero que me vuelvas a dirigir la palabra en tu vida— bufó la joven, quien tras decir esto, se marchó con paso firme y abandonó el local.

    Leyre se acercó a L sin entender la reacción del chico.



    —L, ¿por qué le has dicho eso?— preguntó la pelirroja confundida.



    —Porque la quiero, y me estaba volviendo a acercar a ella. Prefiero que me odie a que me quiera— contestó el detective con sinceridad, dando un largo trago hasta terminar su copa.

    Por el camino, Stella se encontró con Light y Matsuda, y cogiendo la mano de su novio, le miró suplicante.



    —Matsuda, ¿podemos volver al hotel, por favor?— preguntó Stella rogándole con la mirada— No me encuentro bien— el policía moreno se quedó confuso por ese cambio de actitud, pero no pudo negarse a la petición de la chica.



    —Claro... Vamos al hotel— contestó— Nos vemos mañana, Light— se despidió de su amigo dándole la copa, y marchándose de la mano de Stella. Light les observó anonadado, sin entender qué había ocurrido, aunque sospechaba que el culpable de todo era L.

    El castaño volvió junto a su novia y su amigo, ambos en silencio, con cara de situación.



    —¿Qué ha ocurrido?— preguntó Light refiriéndose a la repentina huida de Stella.



    —Nada importante— contestó L de forma cortante, confirmando las sospechas de Light.



    —Al final acabarás arrepintiéndote de todo esto, L— vaticinó el castaño con un suspiro, sentándose junto a Leyre— Toma, un regalo de Matsuda— dijo tendiéndole la copa al detective, el cual tomó la copa de un sorbo y con rabia, interpretando ese comentario como que esa noche iba a necesitar beber mucho.



    Continuaron charlando una media hora.

    Cuando Light se levantó de nuevo para pedirle al camarero la cuenta, sintió un mareo y se llevó la mano a la cabeza, cerrando los ojos con fuerza, como si hubiese escuchado un sonido muy agudo. Tras esto, una ronca voz resonó en su cabeza: "Light, no creas que los humanos que han utilizado la Death Note pueden ir al cielo o al infierno."

    Esto consiguió que el chico rechinase los dientes, sintiendo un punzante dolor en las sienes, a punto de caer al suelo.

    Leyre y L le sostuvieron, sentándole de nuevo. Light aún confuso, intentó recobrar la respiración, jadeando un poco.



    —Ryuk...— susurró reconociendo al dueño de la voz.



    —¿Qué has dicho?— preguntó de nuevo L sacándole de sus pensamientos.



    —No lo sé... Estoy muy mareado— respondió aturdido, sin saber exactamente dónde se encontraba.



    —Llévale fuera a que tome el aire. Yo pagaré la cuenta— dijo L dirigiéndose a la barra, dejando que Leyre llevase a Light hasta la entrada del local. Unos minutos después, el detective se reunió con ellos, viendo a su amigo algo más recuperado— Parece que ya estás mejor, Light— murmuró observando la mejoría del castaño. Éste asintió.



    —Sí, voy a llevarle a que le dé un poco el aire para que se recupere del todo— sentenció Leyre preocupada por su novio.



    —Bueno, en ese caso, yo me vuelvo ya al hotel, que es tarde. Nos vemos mañana— se despidió el pelinegro.



    Tras decir esto, el detective volvió caminando al hotel, y se marchó dejando a la parejita a solas, los cuales se dirigían a la playa.

    Esa noche, el cielo estaba despejado, por lo que se podían ver perfectamente todas las estrellas en el firmamento junto con una gran luna brillante.

    Light y Leyre iban de la mano, paseando por la húmeda orilla donde se iban quedando impresas las huellas de ambos.

    Una leve brisa templada y acogedora recorría el paisaje, envolviendo a los jóvenes.



    —¿Ya te encuentras mejor?— preguntó Leyre con una sonrisa.



    —Sí... Sólo ha sido un mareo sin importancia. No tienes de qué preocuparte— aseguró Light tranquilizándola, lo que hizo que ella asintiese reconfortada.

    El castaño pasó su brazo por los hombros de la pelirroja, acercándola hacia él mientras andaban tranquilamente por la orilla.

    Ella sonreía abrazando la cintura del chico.

    Una ola rompió demasiado cerca de ellos, mojándoles los pies por encima de los tobillos.

    Ambos comenzaron a reír apartándose.



    —¿Por qué será que está más caliente ahora de noche, que por la tarde?— preguntó Leyre sonriendo aún agarrada por Light.



    —Es que se dice que por la noche es cuando mejor está el agua— aseguró el castaño mirando a la policía con una pícara sonrisa.



    Sin titubear, la tomó de la mano y la arrastró al agua, ignorando las súplicas de la joven, que sólo podía negarse y reír a carcajadas.

    Light la cogió de la cintura y la besó cuando el agua les llegaba a la altura de las rodillas.

    Leyre le abrazó fuertemente, profundizando el beso sin poder evitar sonreír.

    El chico dejó que ella le sacase del agua, cogiéndole de la mano y llevándole de nuevo a la orilla, volviendo a los besos.

    Esta vez el policía no iba a dejar que se le escapase la oportunidad de terminar lo empezado desde que llegaron. Así que desabrochó la cremallera del vestido, haciendo que éste cayese por los hombros de la pelirroja sin llegar a tocar el suelo.



    —Ahora no hay nadie que nos interrumpa— aseguró Light pasando sus manos por la cintura de Leyre, retirando más el vestido y besándole la zona baja del cuello, pegando su mejilla en el hombro de la chica que disfrutaba cada caricia devolviéndole los besos.



    Light tumbó a Leyre en la arena, con el vestido ya a la altura de la cadera, mientras ella retiraba la camisa del joven, desabrochando todos y cada uno de los botones de forma presurosa, hasta que se la quitó, acariciando lentamente cada parte de la cálida piel del muchacho.

    Light terminó de retirarle el vestido con maestría, dejándolo a un lado, junto con su camisa, sin preocuparse mucho de cómo quedasen después ambas prendas.

    Las ansias aumentaban en los besos del chico, que mordía con desesperación los labios y el cuello de la pelirroja, la cual jugueteaba con sus cabellos provocándole escalofríos al castaño.

    Light bajó una de sus manos por el vientre de su novia, mordiéndole el labio inferior, y pasando por debajo de la ropa interior de ésta, que cerró los ojos con fuerza, ahogando el primer gemido.

    El policía estaba sobre ella, observando con atención las reacciones de la chica, disfrutando con cada gesto de su rostro.

    Leyre acariciaba el torso del agente, bajando también por sus caderas hasta llegar a los pantalones, los cuales desabrochó con rapidez mientras pasaba su mano por la zona más sensible, haciendo que Light pegase su frente a la de ella, conteniendo la respiración y cerrando los ojos con fuerza, intentando no gemir.

    La pelirroja rodeó al castaño con sus piernas y él las acarició, buscando más gemidos en ella.

    El chico llevó sus labios hasta los pechos de su novia, y volvió a subir hasta su boca, pasando después de nuevo al cuello.

    Sus movimientos ya eran acelerados por la excitación, retirando Light toda la ropa que les quedaba a ambos y cogiendo a la chica en brazos de improviso.

    Ésta emitió un pequeño grito cuando el joven la cogió por sorpresa y la llevó de vuelta al agua.

    Ambos seguían juntos, pero esta vez se encontraban en el mar, llegándoles el agua a la altura de los hombros.



    Leyre envolvió a Light, enredando sus piernas en la cadera de éste, y le besó con pasión.

    Él la cogió de las nalgas y la atrajo más hacia sí, haciendo que ella emergiese más del mar, quedándole entonces a la joven el agua por debajo de la cintura.

    Los dos se miraron directamente a los ojos, la pelirroja acariciando la mejilla del castaño con dulzura, y él contemplándola con una sonrisa.

    Se besaron despacio, tornando el contacto más agresivo, de forma caprichosa y ansiosa.

    Sin previo aviso, Light decidió no esperar ni un segundo más y embistió a la chica con fuerza, sorprendiéndola, haciendo que ésta soltase un fuerte gemido, al notar cómo el movimiento había sido más profundo e intenso que nunca.

    El policía notaba como si el corazón se le fuese a salir del pecho, sintiendo cómo la chica arañaba su espalda de puro placer.

    Light también jadeó cuando sintió un punzante placer instalarse en su vientre, provocando que le fallasen las fuerzas. Pero se mantuvo firme y prosiguió los movimientos con la misma intensidad.

    Leyre no podía evitar gemir con cada una de las embestidas, agarrando con fuerza la piel de Light, y apretando el contacto, aunque esto fuese prácticamente imposible.

    El castaño entreabría los labios, intentando respirar con normalidad, algo que por mucho que se empeñaba en lograr, no conseguía.

    Ella tenía el rostro de su novio entre sus manos, besándole con cariño, y haciendo que él correspondiese de igual forma.

    Las embestidas se relajaron después de esto, llevando Light el control de las mismas, moviendo las caderas de Leyre con las manos, alzándola del agua y volviendo a sumergirla, acompañando este vaivén de los gemidos de la joven.

    Leyre seguía los movimientos que él dictaba, haciendo que el castaño gimiese con voz ronca y entrecortada, disfrutando tanto como ella.

    En los últimos momentos, las embestidas se aceleraron rápidamente, dejándoles sin aliento, llegando al final en un último gemido que dio Leyre contra la piel de Light, el cual cerró los ojos disfrutando del cálido aliento de la chica sacado a base de satisfacción.

    Con esto, ambos habían calmado su apetito, pero seguían deleitándose de los besos que seguían dándose.

    Unos minutos después salieron del agua, y tras ponerse la ropa de nuevo, algo llena de arena, volvieron al hotel cogidos de la mano.

    Horas antes, Matsuda y Stella acababan de llegar a su respectiva suite.



    —¿Te encuentras mejor?— preguntó el chico visiblemente preocupado. Ella asintió con una sonrisa.



    —Mucho mejor. En realidad ha sido una tontería. Siento haberte hecho volver tan de repente— respondió la policía apurada.

    Enseguida, el joven moreno negó con la cabeza.



    —¡Claro que no! ¡No lo sientas! Lo primero es que tú estés bien— dijo con una dulce sonrisa.

    Stella se sonrojó al ver todas las atenciones que Matsuda le brindaba.



    Desvió la mirada, algo azorada, cuando él se acercó.

    El chico pasó una mano por la mejilla de la joven, acariciándola con delicadeza, como el que toca por primera vez un preciado y delicado marfil.

    Los ojos de Matsuda estaban clavados en los de ella, casi con miedo a que se apartase en cualquier instante.

    Pero cuando vio que Stella no se movía, y que mantenía su mirada fija en la suya, se acercó poco a poco al rostro de la joven, besando los labios de ella con exquisita ternura.

    La chica cerró los ojos, disfrutando de la finura con la que Matsuda la besaba. Obviamente, muy distinta a la forma brusca de L, que llegaba a ser incluso lasciva.

    Estaba claro que ambos chicos eran dulces, pero el comportamiento del detective se asemejaba a algo más felino, mientras que el agente de policía era más cauteloso y delicado.

    Matsuda rodeó la cintura de la joven sin demasiada presión, profundizando el beso, haciendo que esta vez fuese ella la que acariciase el rostro del chico, mientras bajaba sus manos hasta el cuello y la nuca de éste.

    El policía cortó el beso, bajando su mirada al vestido de la chica con la firme intención de quitárselo.

    Por lo que, despacio, llevó sus dedos hasta la cremallera y la bajó lentamente, observando atento cómo reaccionaba ella.

    Stella tomó la nuca del chico, bajándola y besándole, dándole permiso para que continuase.

    Él, captando el mensaje, terminó de bajar la cremallera y el vestido cayó al suelo.

    Al policía ya se le entrecortaba la respiración, notado cómo la chica desabotonaba, también despacio, su camisa azul marino.

    Cuando estaba abierta casi por completo Matsuda llevó sus manos a las nalgas, haciendo que Stella se detuviese al sentir las manos del agente apretar su piel y bajar casi entre sus piernas.

    Stella se pegó aún más al pecho del joven, el cual seguía deslizando sus dedos por esa zona, acariciándola sobre la lencería, y finalmente introduciéndolos, por lo que la chica agarró con fuerza la camisa de Matsuda y puso su cabeza en su hombro, soltando un quejido de placer.

    Esto hizo resoplar al policía, que decidió pasar la mano de igual forma pero por debajo de la ropa interior, provocando esta vez un gemido en ella.

    Él la besó, ahogando por sí mismo el jadeo, como si pretendiese devorarlo.



    No se esperaba Stella que el agente llegase a esas cosas.

    Tenía que admitir que le era imposible parar de gemir cuando volvía a introducir los dedos por su lencería.

    Reuniendo fuerzas, Stella consiguió centrarse en retirar la camisa del policía y bajar hasta el botón de sus pantalones.

    Matsuda bajó sus tiernos labios al cuello de la chica, rozando con su pelo la mejilla de ésta.

    Esta caricia involuntaria le recordó demasiado a los besos de L, quien siempre cosquilleaba su piel con sus cabellos.

    Tragó saliva intentando borrar todas las imágenes del detective que se le vinieron a la cabeza.

    Matsuda atrajo la cintura de la chica a la suya, haciendo que notase cada músculo de su tenso cuerpo.

    La pelirroja agradeció ese gesto, ya que la sacó de sus pensamientos al instante.

    Stella quiso subir el tono de la escena, provocando al policía y acabando así, de una vez por todas, con todos los recuerdos que le llegaban de L.

    La chica pasó sus brazos por el cuello de Matsuda, y llevó su boca al oído del joven, pegándose a su cadera, mientras pasaba una pierna por la cintura del chico, dejando que éste acariciase sus muslos, y subiese hasta la ropa interior.

    Stella gimió levemente, a propósito, en el oído de Matsuda, mordiendo el lóbulo de su oreja y gimiendo de nuevo cuando éste pasó la mano, quitando, definitivamente, la lencería.

    Tras esto, la llevó hasta la cama, y la tumbó bocarriba, poniéndose él encima.

    Ella llevó sus manos a los pantalones del policía y los bajó con descaro, acariciando la zona sensible a propósito, haciendo que el propio Matsuda gimiese y se mordiese el labio inferior, teniendo que detener todos sus besos y movimientos por la placentera tensión.

    Una vez que los pantalones estuvieron en el suelo, Stella le rodeó con las piernas, quitándole él el sujetador.

    El chico miró a su novia como pidiéndole permiso para comenzar de verdad.

    Ésta le sonrió, agradada por la caballerosidad con la que él la trataba.

    Acarició la mejilla del joven y la besó con ternura, recorriendo el moflete y bajando al cuello, indicándole que podía empezar.

    Las manos de Matsuda bajaron a los muslos de la chica, llegando a su cadera, la cual levantó con fuerza y comenzó con las embestidas.



    Stella se quedó sin aliento con las primeras, sin poder siquiera gemir, rodeando la nuca del chico con los brazos y cerrando los ojos, disfrutando.

    La entrecortada respiración de Matsuda chocaba contra su cuerpo, dandole pequeños escalofríos, unidos a los que ya recorrían su espalda.

    Stella le pidió al chico que fuese más rápido, entre gemidos, y éste obedeció al momento, empujando con más fuerza y fiereza, soltando cortos jadeos que paraban los besos que daba a la chica.

    A la policía le costaba creer que ese fuese el torpe agente con el que siempre había trabajado en la comisaría hasta que llegó el "caso Kira."

    Ella tomó el rostro del chico y acalló sus gemidos con un largo beso en los labios que encandiló al joven.

    Él acarició los pechos de la pelirroja, haciendo que ésta abriese más la boca y pudiesen profundizar el contacto.

    Las embestidas se mantuvieron firmes bastante rato, dejando a Stella casi derrotada, y fueron aflojando hasta llegar al final, donde Matsuda quedó sobre ella, agitado por tanto ejercicio, y sudando por el esfuerzo al igual que ella.

    Él beso el cuello de la joven y se tumbó a su lado. No había sido tan fogoso ni agresivo como cuando estaba con L, pero había estado bien.

    El policía era más tierno, más cuidadoso, preocupado en todo momento por no molestarla o hacerla daño.

    Esto la había, gustado, y para su sorpresa, se vio abrazando al agente, el cual correspondió gustoso ese gesto cariñoso.

    Estuvieron así bastante rato, hasta que Matsuda cayó dormido. Stella acarició desde el hombro hasta el antebrazo del chico, analizando la silueta del joven, y dándose cuenta de que en su muñeca faltaba algo. Se acababa de percatar de que había perdido la pulsera que su madre le regaló cuando apenas era una niña. Stella se levantó apresurada, buscando su ropa a tientas, pero no la encontró. Así que se puso la camisa de Matsuda, y tras abotonarla, salió apresurada de la habitación, buscando por el pasillo del hotel, esperando que se hubiese caído cerca de la puerta. Estaba agachada buscando por el suelo cuando repentinamente alguien se agachó a su lado.



    —¿Qué buscas?— preguntó la voz de L muy cerca del oído de Stella, erizando el vello de su nuca. La chica desvió la mirada, sin querer contestar al detective— Ya puede ser algo importante para que salgas así al pasillo— comentó el detective, observando que su subordinada sólo llevaba una camisa que le llegaba hasta menos de medio muslo.

    Stella, al ver que no podía encontrar sola su pulsera, decidió tragarse su orgullo y pedirle ayuda a L.



    —Es la pulsera que me regaló mi madre— contestó la chica angustiada por la idea de haberla perdido.

    L asintió y comenzó a buscar junto a ella.

    Bajo una mesa de decoración del pasillo, L se percató de que algo brillaba. Por lo que se acercó para cogerlo, y vio que se trataba de la pulsera de la policía.



    —Ya la tengo— anunció el detective cogiendo la pulsera con la punta de los dedos, levantándose para dársela a la joven. Ella la cogió y una sonrisa iluminó su cara. L estaba dispuesto a abrochársela cuando, de pronto, se fijó en que en la parte baja del cuello de la chica, se había formado una mancha rojiza que se tornaba algo morada en el centro. Un chupetón. L la miró a los ojos con decepción y tristeza. Había supuesto que eso pasaría. Pero no tan pronto, ya que no le había dado tiempo a asimilarlo— ¿Ha sido la primera vez?— preguntó con la voz queda.



    Stella desvió la mirada deseando que en ese momento se la tragase la tierra.

    Entonces, asintió levemente, notando cómo el detective soltaba el aire que había contenido.

    L se dio la vuelta y entró en su habitación, cerrando la puerta tras él de un golpe.

    Stella volvió a su habitación con un extraño dolor de estómago, sintiéndose la peor persona del mundo, como si de verdad le hubiese traicionado, aunque realmente fuese él el causante de todo.
     
  16.  
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    CAPÍTULO 10: CANCÚN (PARTE 3)

    A la mañana siguiente, después de desayunar, los cuatro policías y el detective cogieron un taxi y fueron a un centro comercial.

    Allí se dividieron, yendo las chicas por un lado y lo chicos por otro. Stella y Leyre visitaron varias tiendas, deteniéndose en una de lencería fina.



    —Ay, tía, mira qué bonito... ¿Entramos a echar un vistazo?— sugirió Leyre, causando que Stella la mirase asombrada.



    —¿Pero tú qué quieres comprar ahí?— preguntó Stella con una risa divertida.



    —Bueno, es que... Como Light lleva una temporada tan raro... He pensado en comprar algo de lencería para darle una sorpresa. A ver si se anima— contestó Leyre con una sonrisa.



    —Ah, pues no es mala idea. Vamos— dijo Stella acompañando a Leyre al interior de la tienda.



    Varios minutos después, tras muchas opciones, las dos se decantaron por unos babydoll, formados por un corsé de finos tirantes, con ligas y medias finas. El de Leyre era de encaje blanco, y el de Stella de encaje negro.

    Al salir de la tienda, vieron que tenían una llamada perdida de L y un mensaje de Light.

    El mensaje decía que se encontraban en una tienda de electrónica y que las esperaban allí.

    Al llegar, vieron a L solo en la puerta, esperando a que sus dos amigos saliesen.



    —¿Qué os habéis comprado?— preguntó con curiosidad al ver que la bolsa era de una tienda de lencería.



    —Son unos babydoll de encaje. Pero es sorpresa, ¿eh? No vayas a decirles nada a los chicos— le advirtió Leyre con una sonrisa amable.



    —No tengo ni la más mínima intención— contestó el detective sin mostrar demasiado interés, dirigiendo su mirada a Stella— ¿Así que tú también vas a darle una "sorpresa" a Matsuda?— inquirió con agresividad.



    La chica desvío la mirada sin querer contestarle, pues tras el encontronazo en el pasillo, en el cual el detective había visto los chupetones de su cuello, Stella no estaba demasiado cómoda hablando de ese tema con él.

    En ese momento, Leyre escondió las bolsas al ver que Light y Matsuda se aproximaban hacia ellos.



    —¿Qué tal? ¿Habéis comprado algo?— preguntó Light al ver a su novia y su amiga.



    —Qué va, amor... No había nada que nos llamase la atención— mintió Leyre con una sonrisa creíble.



    —Tengo un poco de hambre... ¿Os apetece comer en el McDonalds?— preguntó Matsuda señalando el restaurante cerca de ellos.



    Los cuatro asintieron y se dirigieron al local, en el que todos se comieron una hamburguesa, salvo L, que optó por un McFlurry de Oreo.

    Pasaron el resto de la tarde en el centro comercial, concretamente en los recreativos, donde Light y L se dedicaron a competir entre ellos, jugando al hockey de mesa.

    Evidentemente, debido a la naturaleza soberbia y egocéntrica de ambos, no ganó ninguno.

    Por lo que quedaron empatados y tuvieron que asumir que los dos eran igual de buenos.

    Cuando ya estaba anocheciendo, el grupo decidió volver al resort del hotel. Pero a mitad de camino, vieron una feria con múltiples atracciones y puestos de comida, así que se bajaron del taxi y decidieron disfrutar un poco del lugar.

    Ante tantas opciones, les costó decidir por qué atracción empezar.



    —Yo voto por la noria— dijo Leyre mirando a Light con una sonrisa enamorada.



    —Na, mejor los coches de choque— rebatió Stella convencida de que sería allí donde irían primero.



    —Pues a mí me gusta más esa montaña rusa de ahí— aportó Light señalando a un dragón que daba vueltas a toda velocidad sobre unos raíles.



    —Me vais a perdonar, pero no hay nada mejor que el tiovivo— aseguró Matsuda convencido.

    L suspiró fuertemente, mirando al chico con la ceja alzada.



    —Joder... No tenéis ni puñetera idea. La mejor atracción de todas, es el pasaje del terror— sentenció el detective señalando una gran caseta oscura, decorada con fantasmas, monstruos y alguna bruja.



    —¿Qué dices, L? Yo ahí no entró— avisó Matsuda asustado, imaginando la cantidad de sustos que se llevaría.



    —Haces bien— respondió L con indiferencia— Ya entro yo con Stella— concluyó, acercándose a la chica y rodeando sus hombros con el brazo, haciendo que Matsuda se pusiera celoso y que Stella le mirase sin comprender los cambios de actitud repentinos que tenía con ella, llegando a pensar que su exnovio era bipolar.



    —A ver, chicos... No os peleéis— pidió Light aliviando la tensión entre sus amigos— Vamos a hacer una cosa. Nos montamos todos en todo, pero siguiendo un orden. Así todos quedaremos satisfechos y no habrá problemas— resolvió conforme con su propuesta.



    Todos asintieron y comenzaron por los coches de choque, ya que era la atracción más cercana.

    Leyre montó con Light en un coche conducido por él, mientras que Matsuda conducía el coche en el que iba con Stella, y L se montó solo.

    Nada más empezar, Light les dio un golpe a Matsuda y Stella, no muy fuerte, devolviéndole ellos el choque de la misma forma.

    Todos comenzaron a reír divertidos, conduciendo con relativa tranquilidad.

    Pero de pronto, L aceleró a tope y embistió a Stella y Matsuda, haciendo que chocasen contra el borde de la pista, derrapando.

    Ese no fue el único golpe, ya que detrás de éste vinieron muchos más, hasta que Stella se hartó, y se levantó de su sitio.



    —Matsuda, quita de ahí. Ahora conduzco yo— dijo Stella con seriedad, dispuesta a ir a por L.



    El chico asintió y se cambiaron las posiciones. Stella no iba a permitir ni un sólo atropello más. Así que, declarándole la guerra a L, aceleró directa hacia él, chocando de frente, y haciendo retroceder el coche del detective hasta que éste se golpeó con el final de la pista, dándole una fuerte sacudida.

    Ambos se retaron con la mirada y volvieron a golpearse aún más fuerte. Matsuda creía que no saldría ileso de allí, mientras que Light y Leyre observaban incrédulos cómo la expareja se golpeaba como si de dos críos se tratase.



    La siguiente atracción, fue el tiovivo. Light y Leyre se montaron en una pequeña carroza.

    El castaño pasó su brazo por los hombros de la chica, atrayéndola hacia él y disfrutando del paseo. Sin embargo, Stella, L y Matsuda, se montaron en tres caballitos contiguos. Cuando la atracción arrancó, L alzó una pierna y golpeó a Matsuda en la cintura.



    —Oh, cuánto lo siento... Esta atracción es muy pequeña y no quepo bien— se excusó L con una sonrisa encandiladora que Stella no se tragó en absoluto.

    Matsuda estuvo a punto de caer al suelo por el golpe, pero Stella le sujetó, quedando el chico apoyado sobre los pechos de ella, lo que provocó que L diese un fuerte golpe sobre su caballito, enfadado por que su jugarreta no había salido según lo previsto.



    La siguiente atracción, fue la montaña rusa. Cada vagón era de tres personas, y Stella ya no estaba dispuesta a compartirlo con el detective. Por lo tanto, Leyre, Light y L se sentaron delante, mientras que Stella y Matsuda, se sentaron detrás. La atracción arrancó y el vagón comenzó a coger velocidad. Cuando ya había alcanzado la máxima, L aprovechó para lanzar un gapo que inevitablemente cayó en la mejilla de Matsuda, el cual se quejó al instante.

    Nadie había visto quién había sido el autor de la broma, pero Stella sí. Por ello, le dio a L una colleja tan fuerte, que hizo que éste se llevase la mano a la zona afectada y se girase, escrutándola con la mirada.



    —Perdón. Se me ha escapado la mano— mintió Stella con una falsa sonrisa.



    La siguiente atracción, fue la noria, en la cual, las cabinas eran de seis personas. En una iban Light y Leyre, por orden de la chica, que se negaba a ir en la misma que sus amigos. Y en la otra, iban Matsuda, L y Stella para disgusto de esta última.

    En la cabina de la pareja, todo era romántico y maravilloso, y Light besaba a la chica con dulzura, disfrutando también de las vistas. Mientras que, en la cabina de al lado, la tensión podía cortarse con un cuchillo. A pesar de que frente a ellos había tres asientos libres, L había decidido ponerse en medio de la pareja.



    —¿No preferirías sentarte ahí? Estarás más cómodo— sugirió Stella señalando los asientos de enfrente.



    —Qué va... Con el frío que tengo, estoy mejor aquí— aseguró L, rozando aún más su hombro con el de la chica. Matsuda y Stella tuvieron que aguantar esa escena hasta que la noria se paró y pudieron librarse del detective.



    La última atracción, fue el pasaje del terror. Matsuda se negaba en rotundo a entrar.

    Pero finalmente, entre todos, le convencieron. Caminaban por los pasillos completamente en silencio, escuchando de fondo los ruidos de ladridos de perro y de verjas chirriantes.

    La decoración era muy buena. L vio su gran oportunidad de atormentar al chico en una falsa telaraña. Así que cogió una araña de plástico, y la puso en el hombro de Matsuda, quien ya caminaba agarrando fuertemente a Stella, casi temblando de miedo. Al notar el roce de la araña en su hombro, pegó un bote seguido de un grito que hizo que todos se carcajeasen al ver que sólo se trataba de una araña de plástico.

    Stella sabía perfectamente que había sido L, pero decidió ignorarlo y encontrar la forma de devolverle el susto. Cuando llegaron a un pasillo más oscuro y algunas partes de las paredes comenzaron a moverse con el aumento de volumen de los sonidos, L se tensó y caminó con paso inseguro.

    Stella se posicionó tras él, esperando a que todos les adelantasen y se quedasen prácticamente solos.

    Cuando llegaron a un cruce donde se bifurcaba en el pasillo de los valientes y el de los arrepentidos, el detective se paró y dudó un poco, sin saber que tras él, se encontraba la policía.

    Stella aprovechó y acercándose a su oído, gritó un ronco "L", y puso sus manos en las costillas del chico, sobresaltándole por completo.

    Éste gritó despavorido, exagerando al máximo el susto. Stella comenzó a carcajearse con fuerza, riéndose de la reacción del detective.



    —Qué fuerte... Vale que nos llevemos mal, pero tampoco tienes que matarme— dijo el detective cogiendo aire cuando comprobó que se trataba de la chica y no de un ente sobrenatural.



    —No sabía que tenías tanto miedo de los fantasmas— siguió riéndose la chica.



    —No les tengo miedo. Sólo me has pillado desprevenido— se defendió el detective intentando salvar el poco orgullo que no había perdido.



    Ambos siguieron caminando por el pasillo de los valientes y tras algún que otro susto, llegaron al final y se reunieron con los otros.

    Caminando un poco por la feria, el detective vio un puesto de algodón de azúcar y no tardó en acercarse a comprar uno.

    Light, Leyre, Stella y Matsuda se decantaron por unos helados que ofrecía el puesto de enfrente, los cuales se comieron mientras recorrían el recinto.

    Aproximadamente, una media hora después, el grupo cogió un taxi y volvieron al resort del hotel. Tras despedirse en el pasillo, cada pareja entró a su respectiva habitación. Excepto L, que decidió volver a dormir con Stella y Matsuda, fastidiándoles cualquier posibilidad de pasar la noche en pareja.



    Al día siguiente, en el buffet del desayuno, los cuatro policías y el detective decidían qué hacer ese día, que ya era el cuarto de su estancia. Empezaba la cuenta atrás para volver a Tokyo y, con ello, al trabajo.



    —¿Qué os parece si hoy vamos a nadar con delfines?— propuso Leyre con una sonrisa animada, pues estaba ilusionada con la idea de compartir espacio con uno de sus animales favoritos.



    —Ay, a mí me gusta el plan. Los delfines son muy adorables— respondió Stella igual de emocionada.



    —Si mi novia quiere, yo lo veo bien— afirmó Matsuda con su habitual sonrisa atontada.

    Los tres se giraron a mirar a Light y a L, quienes todavía no se habían pronunciado.



    —A mí no me mires, cariño... Ya sabes que estoy de acuerdo con lo que decidas— aseguró Light mirando a Leyre, haciendo que ésta besase su mejilla con entusiasmo.



    —Pues decidido. A nadar con delfines— sentenció Stella con una sonrisa orgullosa.

    En ese momento, L carraspeó la garganta, haciendo que todos se girasen a mirarle.



    —Un momento. A mí nadie me ha preguntado si me apetece ese plan— dijo con el ceño fruncido.



    —Y... ¿Te apetece, L?— preguntó Leyre dudosa.

    El detective la observó, sentado en su habitual postura y llevándose el dedo pulgar a los labios, analizando la situación.



    —Claro que sí...— contestó el chico con obviedad, como si le estuvieran preguntando si le apetecía comerse un pastelito.



    —¿Entonces?— preguntó Stella encogiendo los hombros, sin entender la actitud de su exnovio.



    —Pues que no me habíais preguntado— respondió con simpleza, haciendo que la chica rodase los ojos.



    Tras esto, terminaron de desayunar, y después de subir a las habitaciones a ponerse los bañadores, bajaron al hall y fueron en uno de los coches del hotel hasta el puerto para coger el ferry en Playa Langosta hasta el centro Dolphin Discovery, en Isla Mujeres, donde se daba la actividad de nado con delfines.



    Al llegar al lugar, el grupo se dirigió hacia su monitor, el cual les dio una pequeña charla acerca de los delfines como especie, ahondando en temas como el comportamiento y la dieta de estos animales. Además escucharon una charla sobre programas reproductivos y de enfermería que se llevaban a cabo en el centro. Incluidos una serie de consejos para proteger el medio ambiente.

    Después de esto, se pusieron el chaleco salvavidas, les dieron toallas y chanclas nuevas y les condujeron hasta la zona donde se hallaban los delfines, el cual era una enorme piscina a una temperatura especial.

    Allí había cinco delfines, uno para cada uno, que les esperaban junto a dos monitores.



    —Bienvenidos a Dolphin Discovery— saludó uno de los entrenadores— Ellos son Blue, Flippy, Summer, Aqua y Star— presentó a los delfines que hicieron una especie de ruidito a modo de recibimiento.



    —Ay, por favoooor... ¡Qué monos!— exclamó Leyre emocionada al ver a los delfines con mueca sonriente.



    —Son preciosos. Matsuda, me quiero llevar uno a casa— dijo Stella señalando a Blue.



    —¡Qué bonitos! Me encantan— respondió el policía moreno.

    Light y L sonreían viendo cómo uno de los delfines jugaban a darle toques a un balón hinchable con el hocico.



    —Os vamos a asignar un delfín a cada uno y empezareis nadando libremente con ellos para coger confianza— explicó el entrenador— ¿Stella, verdad?— preguntó mirando el papel en el que venía apuntado el nombre de cada integrante del grupo. La policía asintió con una sonrisa— Tú estarás con Blue— le asignó— Es muy buena y bastante inteligente. Os llevareis bien— aseguró.

    Stella se acercó hasta el delfín y le puso la mano cerca del hocico. Ésta le dio un toque que la hizo reír.



    —Matsuda, tú estarás con Flippy— dijo el otro entrenador— Él es muy paciente y es el más joven del grupo— explicó— el chico sonrió acorde con el delfín que le habían asignado.



    —Light, tú estarás con Star. Es muy inteligente y un poquito vanidoso. Tendrás que hacer que simpatice contigo, pero en cuanto lo consigas, hará los mejores trucos— afirmó el entrenador con una sonrisa convencida.



    —Mira qué bien... Es perfecto para ti, Light. Vanidoso como tú— murmuró el detective riendo, causando que el castaño rodase los ojos mientras se acercaba a su delfín, el cual fue hasta él con paso firme y seguro, mirándole con los ojos brillantes.



    —L, tú estarás con Aqua. Es algo desconfiado, perezoso y bastante glotón— esto hizo que el resto del grupo, sobre todo Light, riese— Pero es astuto. Si le das de comer, te lo ganarás rápido. Te gustará— sentenció.



    —Y... Leyre, tú estarás con Summer. Es muy simpática y dócil. Le encanta que la acaricien las aletas y la panza. Haréis buenas migas— finalizó.

    Cuando la pelirroja acarició la cabeza del delfín, el animal emitió un sonido parecido a una risa.



    Tras las correspondientes presentaciones y asignaciones, cada policía y el detective se acercó a su respectivo delfín y se metió en el agua, comenzando a nadar con ellos tal y como el guía les había indicado.

    Summer se ponía, de vez en cuando, panza arriba para que la acariciasen, algo que hizo reír a Leyre. Blue, por su parte, se dedicaba a dar toquecitos en las pies de Stella para que nadase a su ritmo. Y como era de esperar, la chica intentó ir más rápido, sintiéndose en ligera desventaja. Star, nadaba a la par que Light, observándole con curiosidad. Y cuando se sintió en confianza, dio una voltereta en el aire, llegando a saltar varios metros por encima del agua. Esto impresionó al castaño y le hizo sonreír con orgullo debido a que el delfín parecía estar a gusto con él.

    Por el contrario, Flippy se dedicaba a nadar agitando constantemente la cola y salpicando la cara de Matsuda, lo que hizo que L se carcajease pensando que hasta el delfín se burlaba del policía.

    Pero su risa cesó de inmediato cuando se puso a nadar y vio que Aqua no le seguía, ya que se había quedado tumbado en la orilla de la piscina, sin ninguna intención de moverse.



    —Oye, tú... Vamos...— llamaba L al animal, el cual le ignoraba categóricamente— Este delfín está roto o algo— le dijo a uno de los entrenadores que estaba cerca. Éste rió.



    —Te dije que era perezoso y desconfiado. La única manera de que te haga caso, será que le des algo de comer— explicó el guía mientras le tendía un pescadito al detective, el cual rodó los ojos.



    —Lo que hay que ver... Ya hasta los delfines son interesados...— murmuró cogiendo el alimento que le ofrecían— Aqua... Toma, majo— dijo agitándolo.

    En ese momento, el delfín le miró y se movió de su sitio, yendo rápidamente hasta L para coger la comida que debía darle, quitándosela de la mano de forma rápida.

    Tras tragarse el pescado, Aqua se metió entre las piernas de L y comenzó a nadar a toda velocidad, obligando al pelinegro a agarrarse de la aleta dorsal. La cara del chico era de total espanto. Repentinamente, el delfín pegó un salto en el aire que hizo que L cayese y tragase bastante agua.



    Los cuatro policías, que habían presenciado la escena, empezaron a reírse a carcajadas, al igual que los demás delfines, que emitieron sonidos burlescos.

    Pero, sin duda, la que más se rió fue Stella, que se percató de cómo Aqua la había tomado con el detective.



    —¿Estás bien, L?— preguntó Matsuda preocupado al ver a su jefe empapado y con cara de pocos amigos, mirando al delfín con cierta molestia.



    —Estupendamente— contestó con seriedad.



    Después de un rato de nado libre, los entrenadores comenzaron a indicarles al grupo diversos trucos que podían realizar con los delfines, como por ejemplo, agarrarse a las aletas dorsales y dejarse llevar por ellos, ponerse de pie y que fuesen los cetáceos quienes les sujetasen con el hocico...

    Mientras Matsuda sujetaba un aro para que Flippy pasase por él, L le dio un puntapié en la espinilla que hizo que el policía se desestabilizase y el delfín no pudiese hacer el correspondiente truco.

    Aqua, que se había percatado de esto, nadó hasta el pie del detective y le mordió el dedo gordo, haciendo que éste emitiese un quejido.



    —¡Ay! ¡Me ha mordido un pie!— exclamó L llevándose las manos a la parte atacada.



    —Qué raro... Si son muy mansos. Sólo hacen eso cuando algo o alguien les molesta...— dijo uno de los monitores extrañado.



    —Ah bueno, entonces es que Aqua le ha calado, porque esa es la especialidad de L: molestar— dijo Stella mientras alimentaba a Blue, lo que hizo reír a Leyre y Light, que asintieron al igual que Summer y Star.



    Después de esto, L se salió del agua y esperó a sus amigos sentado en su postura habitual, mientras que Aqua se dedicó a jugar con Flippy y con Matsuda.



    —Ya hasta el delfín prefiero al tonto ese... No hay quien lo entienda— murmuró molesto.



    Tras finalizar la actividad con los delfines, Light, Leyre, Stella, L y Matsuda se dirigieron a los vestuarios y se cambiaron de ropa, poniéndose algo seco y cómodo para pasar el resto del día en Isla Mujeres.

    Paseando por la zona, el detective vio una pastelería que llamó mucho su atención por la extensa variedad de cupcakes que ofrecía. Por ello, todo el grupo tuvo que entrar a tomarse un café y un pastelito.

    Leyre lo pidió de chocolate, Light de limón, Stella de vainilla y Matsuda de fresa. Lo normal.

    L, en cambio, tardó más en elegir, pues eran tantos tipos los que había, que no sabía por cuál decantarse.

    Pero, pocos segundos después, el pelinegro encontró el postre perfecto: cupcake de violetas salpicado con virutas de frambuesa y arándanos. Uno que no había probado hasta la fecha. Evidentemente, él no se conformaba con un pastel como los demás. Así que pidió una docena junto a un café cargado de azúcar.

    Ya en la mesa, los cuatro policías comenzaron a charlar amenamente mientras esperaban a que llegase el detective con su pedido.



    —Light, ¿qué tal vas con los mareos?— preguntó Stella al castaño.



    —Algo mejor... Aunque ayer no tuve ninguno, por suerte— contestó Light con una dulce sonrisa.



    —Bueno... Yo empecé a preocuparme cuando te mareaste en el pub. Fue el más fuerte que te había dado hasta el momento— dijo Leyre acariciando la mano de su novio.



    —Pero luego en la playa se me pasó— rebatió con una sonrisa algo pícara, dando a entender a los otros dos policías lo que había ocurrido entre ellos.



    —Vaya, vaya... No perdéis el tiempo, ¿eh?— bromeó Matsuda con una sonrisa divertida.



    —Tú tampoco— contestó Light— A ver si te crees que no he visto el chupetón de Stella— comentó señalando el cuello de su amiga.

    Las mejillas de Matsuda adquirieron un tono rojo fuego, sin saber qué contestar.



    —Bueno, Stella... Cuéntanos, ¿no?— dijo ahora Leyre mirando a la policía— ¿Qué tal es tu novio en la cama?— preguntó picando a su amiga y haciendo que el moreno se sonrojase aún más.



    —Mmm... Yo creo que la palabra correcta sería... Sorprendente— contestó Stella mirando a Matsuda y causando que Light y Leyre riesen.



    —O sea que no eres tan tonto como pensábamos, ¿eh?— preguntó Light dándole un ligero codazo al chico. Éste tartamudeó un poco con vergüenza.



    —Bu... Bu... Bueno...— rió nerviosamente el policía— En realidad surgió de pronto. No fue planeado— explicó recordando lo sucedido con su novia.

    En ese momento, uno de los pasteles de violetas cayó en la cabeza de Matsuda, pringándole el pelo por completo. Todos alzaron la vista y vieron a L con los ojos muy abiertos y cara de muy fingida inocencia.



    —Oh... Perdona. Me he tropezado— se disculpó el detective con un sobreactuado gesto de preocupación. Matsuda cogió servilletas para limpiarse, sin éxito— ¿Quieres que te ayude?— preguntó con una falsa sonrisa.



    —No te preocupes, L. No pasa nada— contestó el policía con una inocente sonrisa, creyendo que de verdad había sido un accidente.



    —Acompáñame al baño, anda— le dijo Stella a su novio, logrando que L se quedase estupefacto, pues lo último que quería, era que esos dos se quedasen solos en un baño.

    Porque él recordaba muy bien lo que pasó la primera vez que se quedó a solas con su subordinada en un baño.

    El detective suspiró, viendo cómo todos sus intentos de fastidiarles salían mal, algo que le tenía sumamente preocupado.



    Cuando cayó la tarde, ya de vuelta en el hotel, Stella y Leyre se encontraban en el hall, sentadas en los sofás, planeando cómo sería la sorpresa que le darían a Light.



    —Entonces, ¿sólo tengo que decirle que suba a la habitación para coger tu móvil?— preguntó Stella ultimando los detalles.



    —Básicamente, sí. Cuando estemos a punto de coger el taxi para ir a cenar al restaurante tailandés, tú dirás que tienes que ir al baño, y yo fingiré acompañarte. Pero en realidad iremos a mi habitación y lo dejaremos todo preparado. Después, tú volverás para decirle a Light lo que hemos hablado. Allí le esperaré ya arreglada para la velada y con la cena en la habitación— explicó Leyre con claridad.

    Stella asintió y pusieron en marcha el plan en cuanto llegó la hora exacta.

    Tras haber llamado al taxi para que les llevase al restaurante, Leyre y Stella se excusaron diciendo que irían al baño, tal y como habían quedado. Rápidamente, las chicas subieron a la habitación de la joven, prepararon todo y pidieron la cena.

    Stella volvió a bajar al hall del hotel donde los tres chicos las esperaban sin sospechar absolutamente nada.



    —¿Y Leyre?— preguntó Light confuso al no ver a la su novia.



    —Ahora viene. Está en el baño retocándose el maquillaje— contestó Stella— Por cierto, me ha dicho que subas a vuestra habitación a coger su móvil, que se le ha olvidado— añadió con naturalidad.



    El castaño la miró con suspicacia, sospechando que tramaban algo, pero obedeció a la policía y subió a la habitación.

    Al abrir la puerta, Light vio que sobre la mesa de la habitación había unos platos perfectamente colocados, dos copas de vino tinto y una vela en el centro. La suite estaba tenuemente iluminada, con velas aromáticas que daban un ambiente romántico envuelto por un agradable olor dulce. Sonaba una melodía lenta de fondo. Sobre la cama había repartidos varios pétalos de rosa. Leyre estaba sentada frente a la mesa, con un corto vestido de piel de ángel en color blanco. Light se acercó a ella con una sonrisa, y antes de sentarse, acarició uno de los tirantes del vestido de su novia.



    —Eres única para las sorpresas, cariño— murmuró el castaño cogiendo a la pelirroja de la barbilla y besándola con dulzura. Light se sentó en la otra silla y apoyó la cabeza en su mano, mirándola con interés.



    —Entonces, ¿te ha gustado?— preguntó ella mientras le devolvía la mirada de forma coqueta.



    —Es lo mejor que podía haber pasado esta noche— contestó seductoramente— Me parece muy gracioso que te hayas conpinchado con Stella— comentó divertido, deduciendo el plan de las chicas.



    —Te confieso que no me hacía mucha gracia la idea de dejarla sola con L y Matsuda. Pero fue ella quien insistió en que hiciese esto— dijo Leyre mirándole y memorizando cada detalle del perfecto rostro de su novio.

    Comenzaron a cenar, degustando los deliciosos platos que la chica había encargado al servicio de habitaciones. La cena pasó con una charla amena y un evidente coqueteo entre la pareja. Cuando terminaron, Light sonrió de forma pícara.



    —Sólo faltaría el postre para que esta velada fuese del todo perfecta, ¿no crees?— sugirió, dejando que la policía leyese entre líneas.

    Leyre captó el mensaje y se levantó de su asiento, poniéndose frente a él. El chico se giró para observarla. La chica bajó lentamente la cremallera de su vestido, haciendo que éste cayese al suelo y dejase al descubierto el babydoll que había comprado el día anterior. Light ni siquiera pestañeaba, observando a Leyre de arriba a abajo, memorizando hasta el más mínimo detalle— Nunca te había visto este conjunto— murmuró sonriendo y levantándose hacia ella, poniendo las manos en su cintura.



    —Lo compré ayer— la pelirroja no pudo terminar la frase, ya que el castaño había capturado sus labios con deseo, llevando sus manos a las nalgas de su novia, apretándolos con fuerza y paseando su lengua por la boca de la chica sin contemplaciones.



    Ella no se esperaba una reacción tan rápida por su parte y gimoteó mientras pasaba sus dedos entre sus piernas para acercarla más a sus caderas.

    Antes de detener el beso, Light mordió el labio inferior de la boca de su novia, haciendo lo mismo también en la mejilla y pómulos de la joven, apretando más el agarre de su mano sobre la lencería de Leyre.

    Ella abría la boca emitiendo pequeños suspiros entrecortados, mientras intentaba también introducir sus manos por el pantalón del chico.

    Leyre lamió el cuello de Light, haciendo que éste respirase con fuerza al sentir el roce de la lengua de la chica en su piel.

    La pelirroja desabrochó el botón del pantalón del castaño, subiendo de pronto a la camisa, y desabotonándola con rapidez para quitársela entre más besos voraces.

    El joven, con la camisa ya en el suelo, llevó una mano a la espalda de la chica, acercándola por completo a él, y con la otra, acarició con decisión los pechos de su novia por encima del corset.

    Leyre cerró los ojos, disfrutando cada fuerte apretón sobre ellos, y llevó sus manos de nuevo al desabrochado pantalón de Light, que ya comenzaba a excitarse.

    Ella colaboró en esta excitación, pasando su mano por toda la zona, y entrecortando por completo la respiración del joven.

    Esto era más de lo que Light podía o, por lo menos, estaba dispuesto a soportar.

    Por lo que, le dio la vuelta a Leyre, dejándola de espaldas a él, y recorrió su cuello a mordiscos con saña, volviendo a introducir sus manos por la parte interna de los muslos de la joven, haciendo que gimiese con fuerza al sentirse completamente pegada al cuerpo del policía.

    Éste la empujó a la cama, bocabajo, quedando él sobre la espalda de ella.



    Una agradable y punzante sensación de placer se agarró al vientre de la pelirroja, conociendo perfectamente las intenciones del castaño, que jadeaba impaciente por lo que iba a llegar.

    El policía bajó sus pantalones y ropa interior presuroso, con una sola mano, mientras con la otra apretaba las nalgas de la chica, bajando sus dedos entre las piernas sin pudor alguno, provocando que Leyre se arquease, deleitándose con dichas caricias, atrayendo más a Light, e invitándole a ponerse sobre ella de una vez por todas.

    La excitación de Light había llegado con demasiada celeridad, casi sin poder controlarla, por lo que bajó presuroso la parte inferior del babydoll, sin llegar a quitarlo por completo, y antes de sacarse los pantalones definitivamente embistió a la chica, la cual seguía bocabajo, gimiendo y arqueando la espalda desesperada.

    El propio Light gimió en el oído de Leyre con esa primera y fuerte entrada. El deseo le estaba comiendo por dentro y tenía que apagarlo de alguna forma.

    Light no había sentido tantas ansias en toda su vida. Estrujaba el cuerpo de la policía entre sus manos, sintiendo su piel entre ellas, mordiéndola, lamiéndola y apretando los dientes, ahogando gemidos que terminaban por salir sin remedio.

    La velocidad era estrepitosa, dejando a la joven sin respiración, y sin muchas opciones de movimiento, ya que el chico la mantenía bajo su cuerpo sin darle ni un segundo de tregua.

    Esa velocidad vertiginosa era peligrosa, ya que si seguía así todo terminaría rápido y era lo último que pretendía hacer.

    Si Leyre había comprado ese babydoll, él se encargaría de darle el uso apropiado y necesario.

    Light se paró de golpe con gran esfuerzo y se levantó, haciendo que Leyre se diese la vuelta con una mueca de disgusto sin entender por qué se había detenido.

    Él la levantó de la cama y la rodeó con sus brazos, besándola y guiándola hasta el centro de la habitacion, en la cual había un gran jacuzzi.

    Leyre entendió al instante sus intenciones.

    Light desabrochó el corset y bajó las ligas del conjunto de forma lenta y sensual, agachándose frente a ella, y repartiendo besos por su vientre y muslos, subiendo finalmente hasta la zona interna más sensible de estos.

    La lengua de Light sacaba grandes suspiros y gemidos a Leyre, que acariciaba los cabellos castaños del chico que se arrodillaba frente a ella.



    De pronto, Light se incorporó con agilidad, y velozmente la alzó del suelo, metiéndose ambos en la cálida agua.

    El chico estaba sobre la joven, volviendo a las embestidas de antes, manteniendo esa misma velocidad precipitada, aunque Light intentaba frenarla para aguantar más tiempo.

    Leyre mordió el lóbulo de su oreja y éste gimió de forma ronca cuando ella pasó sus piernas por las caderas del chico, profundizando las embestidas sin piedad.

    Light comenzaba a fatigarse por tanta fuerza y celeridad, y Leyre, notando esto, hizo que esta vez fuese él quien estuviese debajo.

    Ella se sentó sobre su novio, quedando parcialmente fuera del agua, que le llegaba por debajo de la cintura.

    Light puso los brazos a los lados del jacuzzi, dejando que fuese Leyre la que tomase las riendas.

    Leyre se aproximó al castaño, localizando tras él el botón que encendía el jacuzzi.

    Para apretar el botón tuvo que alargar la mano, acercando sus pechos al rostro de Light, que no desaprovechó la oportunidad y los atrapó con ansia.

    El jacuzzi comenzó a hacer burbujas, y Leyre gimió cuando notó la boca del chico en sus pechos, prácticamente devorándolos.

    Las embestidas continuaron, dirigidas por Leyre, que emergía y volvía a bajar marcando bien cada movimiento, y profundizando completamente, haciendo que Light echase hacia atrás su cabeza, abriendo la boca y soltando gemidos ahogados que se unían a los de la chica.

    El ritmo era más suave que al principio, con el objetivo de estar así largo rato.

    Pero la excitación del chico le llevaba a aumentar la velocidad de forma repentina, sacando más quejidos de Leyre que se abrazaba al cuello de Light.

    Ambos acabaron de esta forma, abrazados, el joven cogiéndola de la cintura y ella rodeando su cuello, con un último beso.

    Estaba claro que comprar ese conjunto lencero no había sido mala idea.
     
  17.  
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    CAPÍTULO 10: CANCÚN (PARTE 4)

    Por otra parte, Stella, L y Matsuda estaban llegando en el taxi al restaurante tailandés que habían reservado.



    —Stella, ¿estás segura de que Light y Leyre se quedan a cenar en su habitación?— preguntó Matsuda desconfiado— Mira que Light estaba seguro de que venía con nosotros— le recordó.



    —Sí, seguro. No te preocupes— contestó Stella mirando a su novio con una sonrisa dulce.

    Sin embargo, L se imaginaba el motivo por el cual la pareja había decidido quedarse a solas.



    —No sufras. Seguro que se lo pasa mucho mejor en la habitación— murmuró el detective de forma pícara, esbozando una sonrisa maliciosa.



    —Aaaah... Que están... Vale, vale— dijo captando las insinuaciones del detective.



    Finalmente, los tres entraron en el restaurante y se sentaron en una mesa del fondo. La velada pasó tranquila y sin imprevistos debido a que L no intentó ningún tipo de sabotaje. Se notaba que el chico estaba desanimado, e incluso algo depresivo. Toda la vitalidad que había tenido en los primeros días parecía haberse evaporado de repente. A Stella le entristecía verlo así, pero tampoco podía hacer nada, ya que él mismo había decidido mantenerla lejos de su vida. Después de cenar, la pareja y el pelinegro volvieron al hotel, siendo Matsuda el único que charlaba animadamente, mientras que Stella se dedicaba a seguirle la conversación.

    L, en cambio, estaba como ausente, casi sin abrir la boca. Y como si supusiese lo que iba a pasar entre Stella y Matsuda, decidió dormir esa noche en su habitación.

    Una vez dentro de la suite, L se quedó frente a la puerta, con la mano en el pomo, y mirando la pared con la mirada cansada, deseando internamente ser él quien estuviese en ese instante con su subordinada.

    Stella y Matsuda entraron a su habitación.

    La pelirroja dudó unos segundos sobre si usar esa noche la lencería que se había comprado o dejarlo pasar. Era cierto que apreciaba muchísimo a su novio, pero por algún extraño motivo, no se sentía con ánimos de pasar la noche con él, y menos teniendo al lado a L con esa melancólica actitud.

    Matsuda la besó en los labios, con la misma delicadeza con la que siempre lo hacía.

    Pero notando el desánimo de Stella, se apartó de ella, mirándola a los ojos.



    —Estoy algo cansada— se excusó Stella por no haber correspondido al beso. Matsuda asintió apenado.



    La chica se cambió de ropa y se tumbó en la cama. El policía moreno se sentó, observando sus movimientos con una expresión triste, como si realmente supiese lo que le ocurría a su novia. Cuando Stella se puso de lado, dándole la espalda a su novio, éste se acercó a ella y pasó su brazo por la cintura de chica, atrayéndola hacia él mientras le daba un beso en el hombro, notando cómo ella se estaba distanciando poco a poco aunque no quisiese admitirlo.



    A la mañana siguiente, siendo ya el quinto día desde que llegaron a Cancún, los cinco amigos bajaron se reunieron en el restaurante del hotel para desayunar. Pero se sorprendieron enormemente al ver que L llevaba la misma ropa de siempre.



    —Disculpadme, pero hoy no tengo ganas de hacer nada. Estoy algo cansado. Así que me quedaré en la habitación— anunció el detective con el mismo tono de siempre, intentando aparentar indiferencia delante de sus amigos.



    —¿Estás bien, L?— preguntó Light preocupado por el estado anímico de su mejor amigo.



    —Claro, no es nada. Que os divirtáis— respondió levantándose de la mesa y despidiéndose con pasotismo, desapareciendo tras las puertas del comedor. Stella le miró sintiéndose extrañamente culpable y, gracias a eso, apenas pudo probar bocado en todo el desayuno, pensando en todo momento en L y en qué podría estarle pasando para sentirse así.

    Cuando hubiera terminado, y el coche del resort les esperaba para llevarlos hasta Quintana Roo a ver ruinas mayas, Stella se dio cuenta de que le faltaba su cartera.



    —¡Me he dejado la cartera en la habitación!- exclamó sorprendida— Ahora mismo vuelvo— dijo antes de salir corriendo hacia el ascensor.



    Ya en la planta donde estaban sus habitaciones, mientras caminaba de forma acelerada por el pasillo, se encontró con L, el cual se disponía a abrir la puerta de su suite. Pero al verla, el pelinegro se detuvo, y no pudieron evitar que sus miradas se cruzasen aún quedándose en silencio, sin saber qué decir.

    Stella le miraba con lástima y L le devolvía la mirada con rencor.

    Debido a la incómoda presión negativa de los ojos del detective sobre ella, la pelirroja suspiró desviando la vista hacia algún punto de la pared.

    Vale, sí. Se había acostado con su novio pero... ¿Acaso eso era algo malo?

    Dicha pregunta no paraba de rondar la cabeza de la joven. Se suponía que los novios hacían esas cosas, que era algo normal entre parejas. Y aún así, no podía evitar sentirse horriblemente mal por haberlo hecho.

    Cuando iba a abrir la puerta de su habitación, L apretó los puños con fuerza, sin poder contener su rabia, y la cogió del brazo, haciendo que se diese la vuelta y le mirase fijamente.

    Stella giró el rostro, sin atreverse a enfrentarse a su exnovio directamente.

    Pero L cogió su rostro e hizo que le sostuviese la mirada para poder escrutarla con sus oscuros ojos.



    —Qué poco has tardado en encontrarme un sustituto...— bufó con evidente enfado.

    Stella hizo un aspaviento, dándose cuenta de lo realmente infantil que era el detective, quien primero le había ordenado que no se acercase a él bajo ningún concepto, habiéndose esforzado en destrozarla mentalmente, y después se empeñaba en torturarla para que se sintiese culpable.



    —Sólo he hecho lo que tú me ordenaste, "jefe"— rebatió ella con rabia, pues a pesar de sentir culpabilidad, quería mantenerse firme ante L.

    Stella notó cómo el detective apretó los dientes, dedicándole una mirada de odio.

    Sin cuidado alguno, tomó con fuerza las muñecas de la chica, acercándose a ella, y la empujó contra la puerta provocando un golpe seco.



    —Qué bien que seas tan obediente— la seca ironía de sus palabras heló la sangre de Stella, quien contuvo la respiración con evidente nerviosismo.

    La mirada de L era realmente atemorizante.

    Por unos instantes, Stella sintió que el chico le había enseñado los dientes, como un animal furioso. La policía tragó saliva, sin ver escapatoria posible. El pelinegro llevó su rostro al de su subordinada, pasando sus labios por su pómulo, lamiendo y mordiendo la piel con saña, llegando incluso a hacerla daño.



    —¡Para!— exigió la pelirroja cerrando los ojos, intentando apartarle.



    —¿Eso le gritabas también a él cuando te tocaba?— la pregunta del detective estaba cargada de celos.



    —Basta ya, L— pidió la chica intimidada, teniéndole miedo por primera vez en su vida.

    Como era de esperar, el chico la ignoró por completo, mordiendo ahora el lóbulo de su oreja y bajando hasta su cuello para seguir enrojeciendo la piel de la joven y marcarla como suya.



    —¿Te besa él así?— le preguntó con rabia, apretando más sus labios contra ella.

    Pasó sus manos por el vientre de la chica, bajando hasta su falda, y pasando por debajo de ésta sin miramientos. Stella cerró los ojos y apretó los labios con fuerza, negándose a besar los labios de L. Los dedos del detective se paseaban libre y descaradamente por encima de la ropa interior de la policía, la cual resoplaba conteniendo con todas sus fuerzas los gemidos que luchaban por salir— ¿Te acaricia así?— volvió a preguntar, apartando ligeramente hacia un lado la lencería de la chica para llevar dos de sus dedos hasta su zona erógena y meterlos hasta el fondo, provocando que Stella entreabriese los labios de la impresión al notar los dedos del su exnovio acariciarla por dentro.

    El detective aprovechó para pegar su boca a la de la policía, mordiendo la lengua de la joven, como si quisiese literalmente devorarla.

    El cuerpo del pelinegro contra el de la suyo le cortaba la respiración y, junto con el agresivo beso que estaba recibiendo, no podía evitar esa placentera tensión que envolvía su cuerpo.

    L se separó apenas unos milímetros de la boca de Stella— Venga, dime, ¿te besa así?— volvió a preguntar— ¡Contesta!— la voz ronca y llena de rabia amedrentaba a la chica— ¡Vamos!— alzó la voz con furia, dando un golpe a la pared y haciendo que la joven cerrase los ojos, acobardada.



    —¡No!... No lo hace— la policía alzó su voz de igual modo con ese "no", pero musitó esas tres últimas palabras.



    De pronto, L pareció relajarse, la tensión de sus hombros bajó, y rodeó la cintura de la chica más débilmente. Stella soltó el aire contenido, esperando que el chico se tranquilizase y la dejase ir. Pero el detective sonrió de forma extraña, casi cerrando los ojos.

    A la joven le dio mala espina ese repentino cambio de humor. Algo en su interior comenzó a enviar señales de peligro cuando volvió a acercar su rostro al de ella. Pero no pudo moverse ni un centímetro, pensando en que en cualquier momento se echaría a temblar.



    —Muy bien... Pues tendré que hacerlo yo— murmuró con un tono malicioso, y un gesto agresivo, como el de un tigre que está a punto de atacar a su presa. Sin dudarlo, mordió a la chica, y llevó sus manos a sus nalgas, acercándola a él, buscando su propio deleite sin importarle demasiado el de ella.

    Abrió la camisa de Stella con rapidez, causando que todos los botones se desperdigasen por el pasillo, y pasó sus manos con saña sobre ella, apretando y mordiendo sus pechos al haberlos sacado del sujetador, haciendo que ella emitiese quejidos que se debatían entre el placer y el dolor.

    No contento con esto, subió la falda de la joven y le bajó la lencería, mientras que, con una sola mano, desabrochó sus pantalones y los bajó junto con su propia ropa interior, sin quitarlos del todo. Stella intentó pararle, cogiendo su rostro y apartándolo, pero L se negó a refrenar sus intenciones. Por lo que cogió el rostro de la chica con su otra mano, apretándolo, haciendo que abriese la boca y le besase. Esperó a que ella terminase por corresponderle, disfrutando al fin de los añorados besos del detective.

    L puso una de las piernas de Stella en su cintura y comenzó a embestirla con celeridad y desesperación. Empezando de forma atropellada, sin ningún tipo de cuidado.

    Los dos jadeaban casi a la vez, Stella agarrándole del pelo con fuerza y él apretaba y arañaba la piel de la chica de forma lujuriosa.

    La rapidez y desesperación con la que se movía el detective le agotó enseguida, terminando unos minutos después, pero ya con la frente perlada de sudor.

    Ambos intentaban recobrar la respiración cogiendo grandes bocanadas de aire con la boca.

    L se separó de ella y se colocó los pantalones, respirando ya por la nariz. Ella se colocó la ropa como pudo, sin saber muy bien qué decir.

    Sentía su piel arder por los arañazos y mordiscos del detective.



    —Vete. Te están esperado abajo— dijo el detective tratando de que se marchase— Ah, y no te confundas... Aunque haya pasado esto, nosotros seguimos como antes— espetó con palabras frías, dejando sin aliento a la pelirroja— Que te quede claro que entre tú y yo no hay nada— finalizó L de forma mordaz, hiriendo el alma y el orgullo de Stella profundamente, quien sintió una fuerte punzada en el pecho, viendo cómo la había utilizado para calmar su deseo sexual como si de una puta se tratase.



    —Me parece bien. Acabo de comprobar que puede que Matsuda no me bese como tú, pero lo hace mucho mejor— sus palabras sonaron completamente sinceras. L la miró con incredulidad, sin percatarse de que la chica había tratado de salvaguardar su orgullo y no mostrarse como realmente se sentía: utilizada.



    Stella entró a su habitación para cambiarse de camisa, ya que L se había encargado de destrozar la que llevaba.

    A solas, en la seguridad de su suite, la pelirroja se permitió llorar por los sentimientos que se agolpaban en su pecho.

    L no la quería cerca suyo, pero tampoco la dejaba vivir su vida con otro hombre. Y para colmo, la usaba a su antojo cada vez que quería, y ella, como una idiota, caía en sus redes porque muy a su pesar, le seguía queriendo tanto como cuando estaban juntos.

    La chica se enjuagó las lágrimas que empapaban sus mejillas, y tras cambiarse de camisa y arreglarse el maquillaje, volvió junto a sus amigos con paso apresurado, intentando que no se le notasen las marcas de su cuello. Cuando vio a Matsuda no fue capaz de mirarle a los ojos, sintiéndose una vil traidora al haberlo engañado con una persona que no la quería como ella necesitaba. O al menos eso creía.

    Al entrar en el taxi, Light y Leyre se dieron cuenta de que algo había ocurrido allí arriba, pues Stella ni siquiera llevaba la cartera que había ido a buscar. Pero decidieron no preguntarle, ya que sabían perfectamente que la chica no iba a decirles nada al igual que L tampoco lo haría.

    Pasaron el día de forma agradable, sin ningún problema, viendo las ruinas mayas y yendo también a ver las pirámides aztecas.

    Stella apenas hacía caso a Matsuda, pues no podía olvidar las horribles palabras que le había dedicado el detective y cómo la había usado.

    Al llegar la noche, la policía hizo lo mismo que la anterior, y no quiso acostarse con su novio, pues se sentía enormemente culpable por haberlo engañado y sentía, además, un horrible dolor en el pecho que la ahogaba por el trato que L le daba.



    Llegó el sexto y último día que pasarían en Cancún. Light convenció a L de que lo pasasen todos juntos en la playa para despedirse de ese precioso paraíso caribeño que tanto habían disfrutado.

    Y así, en Playa del Carmen, los cuatro policías y el detective se pusieron a jugar al fútbol en la blanca arena. Stella y Leyre eran las porteras, L y Light los jugadores y Matsuda, el árbitro.

    Iban dos a dos, y cuando Light estaba a punto de marcar el tercer gol, un fuerte pitido resonó en su cabeza, escuchando su propia voz.



    "Una vez que miras a tu alrededor, te preguntas si le harías un favor a la sociedad deshaciéndote de todas estas personas."



    Él nunca había dicho algo así. Estaba 100% seguro, pero entonces... ¿Por qué acababa de recordarlo?

    Light sólo conocía a una persona capaz de decir algo así estando plenamente consciente: Kira.

    Repentinamente, el castaño cayó al suelo sin llegar a chutar el balón, llevándose las dos manos a la cabeza y sintiendo un terrible dolor.

    L se acercó a él, agachándose para ayudarle, queriendo comprobar que se encontraba bien.

    En ese instante, Light levantó la mirada, dirigiéndola hacia el detective, quien se sorprendió al ver cómo un extraño brillo malicioso se había instalado en los ojos de su amigo, llegando a tornarse casi rojos.



    La reconocía. Era justo esa mirada la que L había analizado tantas veces en Light.

    Aunque hacía ya bastantes meses que no la había vuelto a ver, puesto que sus ojos habían adoptado una mirada limpia y pura, que se volvía tierna y cariñosa cuando miraba a Leyre.

    Pero ese brillo rojizo y malvado que acababa de presenciar, le indicaba que Light podría ser Kira. Aun cuando el detective ya había desechado esa teoría, todavía seguía repitiéndoselo al policía únicamente para molestarlo.

    Mas después de lo que había visto unos segundos atrás, el corazón de L se paró por completo al sentir nuevamente los ojos traicioneros de su mejor amigo en su persona.

    Cuando el castaño pestañeó, esa expresión maquiavélica desapareció, dando paso a su pulcra mirada habitual.

    L no dijo nada, quedándose tan solo parado frente a Light, que ya comenzaba a recuperarse.

    Stella, Leyre y Matsuda se acercaron corriendo para ayudar a levantarse al policía, quien también se había quedado observando fijamente al detective.



    —¡Light! ¿Estás bien?— preguntó Leyre visiblemente preocupada, agachándose junto al chico y cogiendo su rostro con sus manos.



    —Sí, sí. Sólo ha sido un tropiezo. No te preocupes— contestó el chico tranquilizando a su novia.



    —No, no ha sido un tropiezo— murmuró L con seriedad, levantándose y quedando cara a cara con Light— Estoy seguro en un 60% de que las pesadillas y los mareos que estás teniendo, tienen algo que ver con Kira. ¿Me equivoco?— preguntó de forma suspicaz, llevándose el dedo pulgar a los labios.



    —¿Pero qué dices, L? ¿Te importaría dejar tu obsesión con Kira al margen, por favor?— contestó Leyre enfadada por el comentario inapropiado del detective.



    —Déjalo, Leyre... Da igual— le quitó importancia Light, tratando de calmar la rabia de la chica.



    —No, no da igual— insistió L— La mirada que acabo de ver sólo es propia de Kira. Y esto solamente confirma mi teoría de que hace meses perdiste los recuerdos y, ahora, por alguna extraña razón, los estás recuperando. Dime, Light... ¿Cómo lo has hecho?— volvió a preguntar interesado.

    Light bajó la mirada, sabiendo que todo lo que había deducido el detective era cierto.



    —¿¡Quieres dejarle en paz de una vez, L!?— alzó la voz Leyre, visiblemente furiosa por el estúpido comportamiento del detective.



    —No te alteres, Leyre. En realidad esto nos ayuda en la investigación. Las posibilidades de que sea Kira han aumentado exponencialmente— sentenció mirando fijamente a la chica, la cual estaba a punto de darle un guantazo.



    —¿¡Pero a ti qué te pasa!? ¿¡Es que no tienes límite o qué!? ¿¡Sabes acaso el significado de la palabra amistad!? ¿¡Respeto!? ¡No puedes andar acusando a la gente como si nada!— le espetó Leyre irritada en defensa de Light.



    —No estoy haciendo nada malo. Sólo estoy diciendo que tu novio es Kira. Pero eso es algo que todos sabíamos desde el principio— rebatió L con absoluta tranquilidad.

    Leyre se acercó al detective dispuesta a abofetearle, pero Light la detuvo y se la llevó de allí, a la fuerza, para tranquilizarla.



    —¡Suéltame, Light!— exclamó la pelirroja enfadada.



    —Tranquilízate, Leyre, por favor... Ya sabes cómo es L. No se lo tengas en cuenta— dijo el castaño pasando sus manos por los brazos de su novia en un intento de calmarla.



    —¿Pero qué dices, Light? ¿Es que no le has oído? Te está llamando asesino, y encima sin pruebas. ¿Tú a eso le llamas amistad?— preguntó Leyre indignada, odiando internamente al detective.



    —Leyre, si lo dice es porque creerá que es así— Light ni siquiera se molestó en negar las palabras de L, cosa que terminó por ofuscar a la chica.



    —¿Le estás dando la razón?— preguntó aún más indignada— ¿¡Se puede saber qué os pasa hoy a todos!? ¡Tú no eres ningún asesino, Light!— sentenció la policía convencida de sus palabras, sin entender por qué estaban manteniendo una conversación tan ridícula.



    —¡Pues claro que no lo soy!— exclamó el joven— Pero ha llegado un momento en el que no me importan sus palabras. Ya estoy acostumbrado a sus acusaciones— dijo resignado.



    —¿Y ya por eso vas a dejar que te siga acusando de esa forma?— preguntó la chica sin poder creerse la respuesta de su novio.



    —No, no es eso, Leyre. Pero ahora mismo, ni siquiera yo sé qué pensar. Todas esas pesadillas, las voces... ¿Y si L tuviese razón?

    Es que todo lo que ha dicho encaja...— contestó abatido, causando que Leyre abriese los ojos como platos.



    —¿Pero tú te estás oyendo? ¿Insinúas que eres el mayor asesino del mundo, y ni siquiera te acuerdas? A ver si ahora va a resultar que yo fui Hitler en otra vida, y tampoco me acuerdo— ironizó la pelirroja, sin poder creerse que su novio pudiese estar planteándose, de verdad, la idea de ser Kira.



    —No lo sé, Leyre. Si estuvieses en mi situación, me entenderías. Esto es muy difícil para mí, ¿sabes?— dijo Light empezando a irritarse.



    —¡Claro que no te entendería! Porque no puedo comprender cómo eres capaz de pensar esas tonterías, Light— rebatió Leyre con los nervios sumamente alterados— No le hagas caso al imbécil de L. No tiene ningún sospechoso y se agarra a ti porque eres su única opción. Aunque sea sin pruebas— le recordó.



    —Ese imbécil como tú le llamas, es el mejor detective del mundo. Nunca acusa sin pruebas— murmuró Light defendiendo a su amigo. Esto indignó todavía más a Leyre, que sólo pudo reírse con amargura.



    —¡Dios mío! ¡Esto es increíble! Muy bien, Light. Pues ya está, tú eres Kira, yo soy Hitler, L es gilipollas y todos contentos. Fin de la discusión— concluyó Leyre con ironía, tratando de marcharse de allí. Pero Light la agarró del brazo con brusquedad, poniéndola frente a él.



    —¿¡Puedes dejar de ser tan infantil!? ¿¡Crees que con cuatro ironías arreglas todo!?— la gritó el chico.



    —No me grites— pidió Leyre dolida, ya que Light nunca la había tratado así.



    —¡Has empezado tú!— exclamó Light más alto, llegando incluso a zarandearla.



    Leyre se soltó del agarre de Light, molesta, y dejó allí a su novio para volver con sus amigos. Cuando pasó por el lado de L, le golpeó el hombro con el suyo propio sin ni siquiera mirarle, ni por supuesto disculparse.

    Se excusó con Stella, diciéndole que quería terminar su maleta, y se volvió sola al hotel.

    El resto de la tarde pasó muy tensa entre el resto del grupo.



    —No entiendo por qué Leyre se ha enfadado tanto... Si yo sólo he dado mi opinión— dijo L con pasotismo.



    —Es que aveces uno tiene que saber guardarse sus opiniones para momentos más oportunos. Pero parece que tú no tienes esa facultad—contestó Stella callando al detective.



    —Puede que yo no tenga esa facultad, pero te recuerdo que tú no eres la más indicada para reprocharme mi falta de virtudes— rebatió el detective con saña, haciendo que la chica le mirase con el ceño fruncido.



    —¿Estás insinuando algo?— preguntó Stella visiblemente ofuscada.



    —¿Quieres que empiece a enumerar?— contestó L mirándola con los ojos entornados, retándola.

    Stella le asesinó con la mirada y se levantó, yéndose sin decir nada. Matsuda fue tras ella mirando también mal a L. Light era el único que seguía con él a pesar de estar en contra de lo que acababa de decir.



    —Ya te estás pasando, ¿no?— preguntó el chico enfadado.



    —¿A qué te refieres, Light?— preguntó el detective fingiendo no saber de qué hablaba el castaño.



    —Pues que primero me acusas a mí de ser Kira, después discutes con Leyre y ahora insultas a Stella. ¿Te has propuesto quedarte sin amigos? Porque si es así, lo estás consiguiendo, L— avisó Light, levantándose y yendo hacia el hotel donde se encontraba su novia.

    L se debatía entre si seguir a Light o ir en busca de Stella. Finalmente, el detective se levantó y decidió ir tras la chica, ya que se había portado como un verdadero idiota.

    Mientras tanto, Stella era agarrada por Matsuda.



    —Stella, ¿estás bien?— preguntó el chico deteniéndola.



    —Sí, sí, no te preocupes. Sólo quiero estar un rato sola— contestó la chica con dulzura.



    —Pero...— Matsuda iba a hablar, pero su novia le interrumpió.



    —En serio, estoy bien. No te preocupes. Vuelve a la habitación, y ahora iré yo— le tranquilizó Stella.



    Matsuda asintió dejando a Stella sola y yéndose hacia el hotel, resignado.

    Stella, en cambio, siguió caminando, esta vez más lentamente, sintiendo cómo el cielo se había nublado y cada vez estaba más encapotado, notando cómo caían unas pequeñas gotas a su alrededor.

    L la divisó, y sin pensárselo dos veces, caminó con largos pasos hasta alcanzarla.



    —¡Stella!— la llamó desde lo lejos. La lluvia ya comenzaba a caer, y el fuerte ruido de las gotas golpeando el asfalto, distorsionaba su voz.

    La chica se giró, encontrándose la imagen del detective empapado con las manos en los bolsillos.



    —Déjame en paz— bufó ella volteándose para seguir su camino. Pero L la cogió de la mano impidiendo que se alejase.



    —No seas tonta. Vas a coger frío— dijo con preocupación. Stella le miró incrédula e indignada, sin entender los cambios de humor del pelinegro.



    —¿¡Pero a ti qué te pasa!?— preguntó enfadada— ¿¡Te crees que puedes jugar así con las personas!? ¿¡Crees que eres superior a los demás o qué!? Pareces bipolar. Antes casi me llamas puta y ahora... ¿Te preocupas por mí de repente?— soltó una carcajada irónica. Al ver que el detective no respondía, siguió— Como el otro día en el pasillo, ¿te crees que soy tu mascota o tu juguete?— preguntó dolida— Si decidiste dejarme, ¿por qué vuelves a usarme para luego reírte de mí? Eso sólo lo hacen los capullos. Yo pensaba que tú no eras uno de ellos, pero me equivoqué— la chica cargaba sus palabras de rabia. La lluvia arreció con fuerza, provocando un fuerte sonido, haciendo que la chica tuviese que gritar. Sin poder evitarlo, varias lágrimas salieron de sus ojos, las cuales quitó enseguida— Si ya no me quieres, olvídate de mí y punto. No es tan difícil, ¿sabes?— dijo limpiándose la demás lágrimas que caían continuamente de sus ojos.



    Al detective se le cayó el alma a los pies, dándose cuenta de todas las estupideces que había cometido por sus estúpidos celos.

    Había destrozado el corazón de la persona que más quería. La había humillado hasta hundirla en la miseria, y se sentía peor que un perro por haberlo hecho.

    En ese momento, L, sintiendo que le escocían los ojos, se acercó a Stella y la estrechó entre sus brazos, dejando la cabeza de la chica sobre su pecho. Ella intentó zafarse.



    —Perdóname...— musitó en el oído de la pelirroja, la cual no correspondía a su abrazo.



    —Suéltame— pidió ella sin fuerzas para alejarse por sí misma del detective.



    —Perdóname por favor— repitió L abrazándola con más fuerza, haciendo que la chica se aferrase a él y llorase en su pecho. El chico la estrechó aún más entre sus brazos y comenzó a hablar— Siento tanto todo esto... Me he comportado como un maldito imbécil. Quería protegerte de cualquier daño, y el primero que te lo ha hecho, he sido yo— musitó besando el pelo de su subordinada. Stella sólo pudo sollozar sobre su torso— Maldita sea... Todo lo que dije era mentira— Stella se separó del detective y le miró a los ojos estupefacta— Claro que te quiero, Stella. Nunca he dejado de hacerlo.

    Lo nuestro jamás fue un juego. Dije todas esas tonterías para mantenerte a salvo, pero Light tenía razón... Al final mi desprecio te ha hecho más daño que el ataque de cualquier enemigo— confesó, recordando lo que le dijo el castaño la vez que habló con él para hacerle entrar en razón— Y yo ya no aguanto más toda esta hipocresía. Por una vez en mi vida, voy a permitirme ser egoísta. No voy a volver a estar solo, aunque eso sea lo que debería hacer. Te quiero demasiado, y necesito que estés a mi lado— se declaró— Contrataré un ejército de guardaespaldas si es necesario. Pero te aseguro que no voy a dejar que te alejes de mí nunca más— sentenció cogiendo la cara de Stella entre sus manos, y poniendo su frente sobre la de la chica, sintiendo el agua caer entre sus rostros— Dime que me perdonas... Dime, por favor, que no me odias, subordinada...— suplicó haciendo sonreír a la joven.



    —No te odio. Te juro que he intentado hacerlo. Pero no soy capaz. Te quiero muchísimo, L— las lágrimas seguían resbalando por las mejillas de la chica, entremezclándose con la lluvia.



    En ese momento, L la besó con increíble delicadeza, como nunca lo había hecho.

    Stella correspondió al beso, dejando que el detective acariciase sus mejillas y degustase sus dulces labios. L terminó el beso, dándole otro más corto en la mejilla. El detective puso sus manos sobre los brazos de la chica, frotándolos suavemente.



    —Hace mucho frío... Te vas a poner mala. Vámonos al hotel— dijo L con dulzura.



    Acto seguido, cogió la mano de Stella y la llevó hasta la entrada del hotel.

    Pasaron por el hall, cogidos de la mano, completamente empapados, y se subieron en el ascensor sin decir ni una palabra.

    Una vez dentro, L acarició el rostro de Stella, besando sus labios de nuevo, sin presionar demasiado.

    Stella correspondió el beso, pasando sus dedos por el cuello del detective, rozándolo con cuidado.

    El pelinegro se separó de ella unos pocos centímetros con una pequeña y leve sonrisa.

    En ese momento, la puerta del ascensor se abrió, dando al pasillo que llevaba a sus habitaciones.

    L sacó a la chica de la mano y la llevó hasta la puerta de su suite.

    Stella observó la de Matsuda preocupada.

    El detective se percató de su esto y, tras abrir la puerta, se quedó esperando.



    —Yo... Sabes que no quiero obligarte a nada, Stella... Es más, entendería que no quisieses venir conmigo después de cómo me he portado contigo— dijo esto último sin mirar a la chica, con voz susurrante.



    Stella suspiró, mirando la habitación que compartía con el policía.

    Es verdad que todo lo que L le había hecho le dolió de sobremanera, pero aún así le seguía queriendo.

    Miró de nuevo al detective, sin soltarle la mano, y L, entendiendo la respuesta de la chica, la llevó con él a su suite.

    Cerró la puerta tras de sí y comenzó a besarla lentamente, esta vez sin prisas, sin miedo a una interrupción o apuestas que cumplir.

    Ahora sólo estaban ellos, empapados, volviéndose a besar con sinceridad.

    Las manos de L recorrían el cuerpo de su subordinada, pasando por debajo de la ropa mojada que se pegaba a su piel.

    Stella le abrazaba por la cintura, acariciando su húmeda y fría espalda.

    Los besos se tornaron tiernos y algo juguetones por parte de L, quien capturaba y mordía levemente el labio inferior de la pelirroja continuamente.

    En ese momento, el detective deslizó los tirantes de la camisa de la chica con delicadeza, acariciado así los mojados hombros de ella, bajando después hasta sus pechos, acariciándolos con cuidado.

    Todo fue muy diferente al atropello del pasillo.

    L retiró poco a poco la camisa de Stella, quien hizo lo mismo con la del detective.

    Éste volvió a besarla, envolviéndola en un abrazo acogedor que eliminó todo el frío que ella pudiese sentir.



    Stella pasó sus manos por el torso de L, acariciando la piel del chico, sintiendo cuánto lo había echado de menos.

    Desabrochó los vaqueros del joven que seguía besándola con intención de ir incluso más despacio.

    Él acariciaba el pelo empapado de su subordinada, rozando su espalda con la otra mano, guiándola hasta tumbarla en la cama.

    Stella apoyó la cabeza en la almohada y L se acomodó sobre ella, poniendo las piernas de la chica en su cintura.

    Continuó con los largos besos, lamiendo los labios de la chica y acariciándolos de forma melosa.

    Stella tenía sus manos en la espalda del detective, recorriéndola con la yema de los dedos, suavemente.

    L la miraba con los ojos entrecerrados, contemplándola absorto mientras ella le acariciaba.



    —No sé cómo he podido ser tan idiota— susurró como si hablase para sí mismo.

    Stella le sonrió y besó su mejilla como si de un niño pequeño se tratase.

    Él también sonrió y, cogiendo el rostro de la chica con su mano, la besó con dedicación.

    Ambos se quitaron la ropa que aún les quedaba y, tras algunas caricias más, L comenzó a moverse sobre ella, empezando despacio, dejando que se acostumbrase mientras rozaba el cuello de su subordinada con sus labios, notando cómo el placer subía desde sus caderas hasta su estómago.

    El primer jadeo llegó de L, el cual se movía de forma acompasada y profunda, dando agradables y leves mordiscos sobre la piel de Stella.

    La chica también soltó un quejido cuando éste decidió levantarse con algo de brusquedad sobre ella, separándose de su rostro, y bajando la cabeza con los labios entre abiertos, resoplando, haciendo que la punta de los cabellos del pelinegro rozasen la frente y mejillas de la pelirroja.

    A pesar de lo lento de los movimientos, estos eran profundos y marcados, por lo que los suspiros y gemidos no paraban de llegar al ritmo de las embestidas.

    El sudor tardó más en llegar, ya que la humedad de su piel les mantenía fríos por más tiempo, y tardaron más en cansarse.

    Al final ambos terminaron en una última embestida más brusca que dejó a L apoyado en sus antebrazos, sin poner todo su peso sobre Stella, que respiraba por la boca, fatigada.

    Él cortó esta respiración besándola con ternura, descargando toda la dulzura que tenía en ese último beso.

    Cuando se separaron, la chica le sonrió al joven acariciando su mejilla.

    Stella acarició los pómulos de L, rozando sus marcadas ojeras.



    —Hoy duerme conmigo— pidió la policía, sabiendo que lo normal es que el chico pasase el resto de la noche despierto, entretenido en otras cosas. Pero esta vez ella quería que durmiese a su lado.

    El joven la miró a los ojos y sonrió, asintiendo con otro corto beso en los labios.

    L se tumbó junto a la chica, cara a cara, y la rodeó con sus brazos atrayéndola hasta él, quedando ambos dormidos en esa posición.



    En la habitación de al lado, Light abrió la puerta con cuidado. El castaño también estaba empapado, ya que le había pillado la lluvia de camino al hotel. Leyre estaba haciendo las maletas, pues se había duchado y cambiado de ropa. Cuando llegó el chico, ambos se miraron fijamente durante unos segundos.

    Rápidamente, Leyre retiró la mirada y siguió con sus labores. Light continuó mirándola estático en la puerta, sin saber qué decir.

    Finalmente, decidió acercarse a ella por la espalda, rodeando la cintura de su novia con sus brazos, y llevando sus labios hasta el oído de la pelirroja.



    —Siento haberte gritado, cariño...— susurró con voz melosa.

    Leyre cerró los ojos al sentir el contacto del aliento de Light en su piel. La chica acarició el cuello de su novio, aún sujeta por los brazos de éste, mientras que él besó el cuello de la joven con dulzura, sintiendo cómo ella le perdonaba.



    —Y yo siento haberme alterado tanto— contestó la pelirroja con ternura, volteándose para besar los labios del castaño.



    Esa noche pasó con tranquilidad. Y, por primera vez en bastante tiempo, las parejas originales se habían reencontrado.

    Al día siguiente, el vuelo salía a las cuatro menos veinte de la tarde, por lo que los cinco pudieron dormir sin necesidad de madrugar.

    De la habitación de L, salió Stella, la cual entró en su habitación con la ropa ya puesta, intentando no hacer ruido. Pero Matsuda ya la esperaba sentado sobre la cama.



    —Buenos días— susurró la chica sintiéndose culpable aunque no arrepentida.



    —Buenos días— contestó el chico apenado.

    Stella iba a excusarse sobre por qué no había dormido en la habitación con él, pero Matsuda la cortó— No tienes por qué inventarte nada, Stella... Sé lo que ha pasado. Lo llevo sabiendo desde que empezamos— confesó con tristeza— Puede que a mí me quieras, pero sé que ni la mitad de lo que le quieres a él— afirmó con una mirada desolada.

    Stella tragó saliva, intentando encontrar unas palabras que le reconfortasen, sin hallarlas.



    —No sé ni cómo empezar a pedirte perdón...— Matsuda la volvió a interrumpir.



    —Y no quiero que lo hagas— aseguró— En realidad sólo tengo dos opciones: Una, salir ahí fuera y pegarle una hostia. O dos... Dejarte ir—murmuró— Pero ninguna me sirve, ya que ninguna hará que estés conmigo y te quedes a mi lado— su voz se quebraba en las últimas palabras. A Stella le empezaron a arder los ojos, sintiendo rabia por no poder corresponderle al chico como merecía.

    Así que se acercó a él, y quedando frente a frente, le abrazó. Matsuda tardó unos segundos en corresponder a su abrazo.



    —Quiero que sepas que no me arrepiento de nada de lo que he hecho contigo, Matsuda—aseguró Stella a punto de llorar.



    El chico la abrazó más fuertemente, y Stella sintió cómo el policía derramaba algunas lágrimas, sabiendo que aunque ella intentaba reconfortarle, ya la había perdido.

    O mejor dicho, nunca había sido del todo suya.

    Stella secó las lágrimas que habían resbalado por la mejilla de Matsuda y besó su frente con ternura.



    Un par de horas más tarde, ya con las maletas y el check-out hecho, todos se reunieron en el hall del hotel para ir al restaurante a tomarse un coctel de despedida antes de partir hacia el aeropuerto.

    Una vez en la mesa y con las copas servidas, Leyre inició la conversación.



    —Pues me ha gustado mucho Cancún— dijo la chica alegremente— Me encantaría volver algún día— añadió recordando las actividad que habían hecho y los buenos momentos que habían pasado.



    —Pues sí... Está genial. A mí también me ha encantado. Sobre todo el último día...— contestó L mirando a Stella con una sonrisa pícara.



    —Sí, lo de ayer estuvo muy bien— respondió la chica sin querer entrar en detalles para no herir los sentimientos de su ahora exnovio.



    —¿O sea que habéis vuelto, parejita?— preguntó Light alegrándose por su mejor amigo, y sintiendo algo de lástima por Matsuda.

    El detective y la policía asintieron con una sonrisa.



    —Enhorabuena, Stella. Me alegro por ti— dijo Leyre mirando a su amiga, e ignorando a L, pues seguía molesta por las acusaciones del chico para con su novio.



    —Gracias, tía— contestó Stella con sinceridad.



    —Sí, enhorabuena a los dos. Os lo merecéis— añadió Light— ¿Y a ti, Matsuda? ¿Te ha gustado el viaje?— preguntó dirigiéndose al policía moreno, que sonreía triste y falsamente pero no hablaba en absoluto.



    —Sí, ha estado bien— contestó el chico alicaído.



    —¿Te encuentras bien? ¿Te da pena irte?— preguntó Leyre preocupada por su compañero, aún sabiendo lo que realmente le pasaba.



    —Sí...— respondió nuevamente deprimido.



    —¿O hay algo más?— preguntó Light queriendo sacarle al chico el motivo de su tristeza para que se desahogase.



    —Bueno... Es que Stella me ha dejado por L. Quieras que no, es un palo que se lleva uno...— murmuró apenado. Light no pudo evitar reír, al igual que L, que se sintió feliz por haber recuperado a su subordinada.



    —¿Pues sabes qué es lo que mejor te haría sentir? Darle una buena hostia— le propuso Light, haciendo que Matsuda le mirase con interés— Te ha puteado durante todo el viaje, te ha saboteado, y encima te ha quitado a la novia. Lo más justo, y lo que se merece, es que le des una hostia. Así, al menos, te quedas a gusto— aseguró dando un sorbo a su bebida.



    —Pff... No podría... Es mi jefe y a pesar de todo, le considero un amigo...— respondió el policía de forma tímida. L rió.



    —Pues claro que no podría. Matsuda es demasiado patoso hasta para pegar— se mofó L con orgullo. Pero, repentinamente, sin verlo venir, sintió el puño del moreno estrellarse contra su mejilla, haciendo que se tambalease hasta caer de culo al suelo.

    Light, Leyre y Stella miraron a Matsuda boquiabiertos, con los ojos como platos, sin creerse que el chico hubiese sido capaz de tumbar a L.



    —Anda, Light... Pues tenías razón. Me siento mucho mejor, la verdad— confesó Matsuda volviendo a su sitio y bebiéndose su bebida de un trago, con el detective todavía en el suelo totalmente incrédulo.



    Finalmente, una hora después, los cuatro policías y el detective cogieron el taxi y partieron hacia el aeropuerto de Cancún, despidiéndose de aquel idílico sitio en el que habían pasado esa interesante semana.

    Subieron al avión y éste despegó a la hora exacta con rumbo a Chicago, donde harían una escala de dieciséis horas y quince minutos antes de abordar el siguiente avión con destino a Tokyo.



    Esta vez, en las suites de First Class se sentaron Matsuda, Light y Leyre, los cuales hablaban y miraban todas las fotos que se habían sacado durante el viaje, mientras Stella y L se sentaron en las del pasillo contiguo.



    —Bueno... Tú querías pedirme algo, ¿no?— le dijo Stella con una sonrisa burlona.



    —¿Quién? ¿Yo?— preguntó L haciéndose el desentendido— No recuerdo tener nada que pedirte— sonrió de forma juguetona, sabiendo a la perfección a lo que se refería su subordinada.



    —Creo recordar que era algo referido a volver con cierta chica, o algo así— rebatió ella mirando hacia arriba, dándose pequeños toques con el dedo índice en la barbilla fingiendo un gesto pensativo.

    El detective sonrió entornando los ojos, planteándose si seguirle el juego o rendirse. Evidentemente, eligió la primera opción.



    —Puede que lo hayas imaginado, porque yo no quiero volver con ninguna chica— Stella lo miró incrédula, pensando en que había vuelto a engañarla, por lo que dirigió su mirada a los ojos de la joven tratando de calmarla— Porque, en realidad, yo nunca la he dejado— finalizó acercando su rostro al de su subordinada.



    Stella se ruborizó al instante, y L la besó en los labios con dulzura. El detective quiso profundizar el beso llevando una mano al muslo de la chica, pero Stella se opuso, pues al otro lado del pasillo, estaba Matsuda leyendo un libro, y no le parecía correcto que se besasen estando su exnovio presente.

    Leyre pasó el resto del viaje hasta Chicago dormida, con la cabeza apoyada en el hombro de Light, mientras éste rodeaba su cuerpo con sus brazos.

    Llegaron a Tokyo a las tres de la tarde del día siguiente, por lo que cada uno cogió un taxi y se fue a su respectiva casa para deshacer el equipaje e intentar lidiar con el jetlag antes de ir a trabajar al día siguiente.
     
  18.  
    Bellapoms

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    Escritora
    Título:
    SUBORDINADOS (Fanfic Death Note)
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Comedia Romántica
    Total de capítulos:
    22
     
    Palabras:
    4372
    CAPÍTULO 11: RECUERDOS (PARTE 1)

    Tras la vuelta de Cancún, la actividad en el cuartel se reanudó de nuevo, retomando con ello la investigación del "caso Kira".

    Nuevamente, el sospechoso que volvía a estar en el punto de mira, era Light, puesto que L insistía en su teoría de que el chico había sido el primer Kira, y que, por alguna extraña razón, había perdido sus recuerdos y poderes como asesino durante todos esos meses.

    Partiendo de esa base, L llegaba a la conclusión de que el segundo Kira, era Misa Amane.

    Pero como la rubia se hallaba en prisión, ya no podía investigarla de cerca.

    Así que centraría toda su atención en Light, y en todos los datos recopilados hasta el momento, mientras que, en secreto, vigilaría muy de cerca a su amigo.



    Por su parte, Light tenía cada vez más recuerdos acerca de la Death Note. Y aunque cada vez le parecían más vividos y realistas, no era capaz de contarle nada a nadie, ya que sería como autoinculparse y darle la razón a L.

    A pesar de que cada vez estaba más seguro de que él mismo fue Kira, no estaba dispuesto a entrar en prisión y ser condenado a muerte.

    Una tarde, pocos días después de volver de las vacaciones, cogiendo el correo del buzón, Light vio que alguien le había enviado un extraño paquete. En el sobre ponía que se trataba de algo urgente, relacionado con el caso.

    El castaño sintió curiosidad, y creyó que tal vez se trataba de un paquete enviado desde alguna oficina del FBI, que los demás agentes involucrados en el "caso Kira" también habían recibido.

    Por lo tanto, el chico mandó un mensaje a Leyre y Stella, preguntándoles si a ellas les había llegado ese día algún extraño sobre por correo.

    Al recibir la negativa de su novia y su amiga, el joven se sentó en la mesa del salón, mirando el envío con suspicacia.



    Por el tamaño, dedujo que se trataría de varios folios, fotos o alguna especie de cuaderno.

    Light comenzó a golpear la mesa nerviosamente con los dedos, planteándose si abrir el paquete o dejarlo pasar, ya que la última vez que había abierto un sobre sin remitente, había comenzado a tener esos malditos recuerdos. Suspiró con fuerza y se levantó de la silla, dejando el sobre encima de la mesa, dispuesto a olvidarlo. Pero tras dar un par de pasos, el policía se quedó estático y se dio la vuelta, observando el inerte paquete.

    Repentinamente, un extraño escalofrío recorrió la espalda de Light, atrayéndolo inevitablemente hacia el misterioso sobre, el cual cogió entre sus manos, rompiendo rápidamente el envoltorio para descubrir lo que había en el interior.

    Sus sospechas se confirmaron al instante.

    Lo que contenía ese paquete sin remitente, era el cuaderno que tanto aparecía en sus sueños.

    Acarició la portada en la que podía leerse "Death Note", y en ese instante, cientos de recuerdos se agolparon en su cabeza, provocándole un agudo dolor en las sienes, sin poder asimilar tanta información en tan pocos segundos. Light tuvo que sujetarse, agarrándose a la mesa para no caer al suelo, emitiendo un fuerte grito perturbador.



    De pronto, un silencio sepulcral se apoderó de la estancia, llegando a ser bastante siniestro.

    Light seguía con las manos en su rostro, completamente estático, pero con una sonrisa malévola y un brillo cruel en los ojos.

    Ya volvía a ser el dueño del cuaderno, y todos los recuerdos de sus crímenes regresaron a él. Seguramente, quien le había enviado de nuevo la libreta había sido Misa, antes de entrar en la cárcel, ya que según sus instrucciones, dadas antes de perder la memoria, debía dejarla en la oficina de correos y que la enviasen justo ese día: 23 de octubre.

    El tiempo calculado por Light para haberse ganado la confianza del detective y haberle implicado sentimentalmente, logrando que, aunque éste tuviese la absoluta certeza de que su mejor amigo era Kira, no quisiese aceptarlo. El plan de Kira a partir de ahora, era poner al mayor número de agentes posibles en contra de L, haciéndoles ver que el detective no estaba capacitado para seguir con el caso, causando que estos dimitiesen y dejasen al detective prácticamente solo. Con ello, eliminaría de un plumazo a todos los que siguiesen fieles a L. Pero para no levantar sospechas, de momento, decidió que continuaría con su rutina habitual.



    Al día siguiente, al llegar al cuartel, Light se encontró con Leyre, quien se acercó a él para saludarle con un beso como siempre hacía.

    El chico correspondió como de costumbre, pero algo en ello le resultó extraño a Leyre, aunque no sabría decir muy bien el por qué.

    Tras esto, ambos se dirigieron a la sala de cámaras donde ya les esperaba L. Light se sentó junto al detective para comenzar con el trabajo que siempre realizaban. El pelinegro le escrutó con la mirada, y no notó nada nuevo en él hasta que sus ojos se chocaron con los del castaño, notando que algo siniestro se escondía tras ellos. El detective no dijo nada, sabiendo que algo raro ocurría. Tal vez su amigo volviese a ser el asesino despiadado al que todos buscaban desde hacía tanto tiempo. Y según sus conclusiones, así era, pero un punzante dolor se alojaba en su pecho sólo con pensar que estuviera en lo cierto.

    Por una vez en su vida, L deseaba fallar en sus deducciones y que Light fuese inocente.



    Esa semana, Kira comenzó con la primera parte de su plan. Al tener acceso a todos los archivos policiales del cuartel, consiguió los nombres de una nueva tanda de agentes del FBI que se habían incorporado recientemente al caso. Todos ellos fueron apuntados en la libreta, haciendo que falleciesen todos al mismo tiempo de un paro cardíaco, por lo que era evidente que Kira era el autor de los crímenes.

    Esta pérdida de vidas, provocó gran preocupación y miedo entre los agentes y altos cargos de policía. Lo justo para que algunos ya comenzasen a dudar de la capacidad de L para controlar el caso. Muchos cuarteles se negaron a poner a sus agentes al servicio del detective. Por lo tanto, los puestos vacantes no se rellenaron, y otros muchos agentes dimitieron por miedo a Kira. El plan estaba saliendo a pedir de boca, lo único que ahora tenía que hacer Light, era, al ser totalmente comprensible, poner en duda también la capacidad de L frente a sus compañeros. Y así lo hizo días después de los asesinatos de los miembros del FBI.

    L había organizado una reunión con los pocos agentes que le quedaban, y ese sería el momento perfecto para llevar a cabo su cometido.



    —Como supongo que ya sabréis, hemos sufrido una gran pérdida. Han sido asesinados treinta y ocho de nuestros agentes. El responsable de esto es Kira, ya que todos fallecieron de un ataque al corazón— dedujo L con seriedad— No hemos podido hacer nada para detenerle. Pero os aseguro que, tarde o temprano, Kira será atrapado.

    Un gran silencio se hizo en la sala. Todos los agentes observaban a L, y los que no lo hacían, miraban al suelo, preocupados. Light dio un paso al frente, y miró fijamente al detective.



    —L, durante todos los meses que llevamos confinados, no hemos avanzado prácticamente nada. Ni siquiera tenemos un claro sospechoso. ¿Me puedes decir cómo pretendes ahora resolver esto sin que mueran más personas?— la voz del castaño sonó firme y retante, haciendo que todos los presentes le mirasen con la boca abierta, ya que ninguno se habría atrevido jamás a hablarle así a su jefe.

    Stella y Leyre le observaron anonadadas, sin poderse creer el cambio de humor de Light.



    —Interesante pregunta, Light. Me alegra que la hagas— L tenía una ligera idea de lo que su "amigo" pretendía, y no estaba dispuesto a perder la poca confianza que aún tenían en él los pocos agentes a su cargo. Si dejaba que Light siguiese hablando, se quedaría completamente solo, por lo que decidió marcarse un farol— En realidad, estas muertes han servido para que en Estados Unidos se lo tomen mucho más enserio, y en breve, nos enviarán más de mil agentes de incógnito. Tendrán nombres falsos y ni siquiera nosotros conoceremos sus verdaderas identidades, ya que sospechan que el verdadero Kira se encuentra justamente en esta unidad— dijo esto mirando a su alrededor— Entre los presentes— recalcó mirando a Light fijamente.

    Todos comenzaron a murmurar tras escuchar las increíbles palabras del detective, ya que ninguno había oído hablar de esos agentes de incógnito.



    —Pero por muchos agentes que vengan, de nada servirá si no tienes ninguna prueba, ni pista que seguir. Kira es demasiado escurridizo. Tú mismo lo dijiste, ¿no? Según tu teoría, Kira puede traspasar sus poderes. Por lo tanto, cualquiera podría ser Kira hoy y mañana dejar de serlo. Es prácticamente imposible que le encontremos. Y aunque lo hiciésemos, sólo tendría que traspasar sus poderes y técnicamente dejaría de ser un asesino— el razonamiento de Light dejó impresionados a los presentes— Trayendo más agentes, sólo vas a estar exponiendo más al resto. Si como tú dices, Kira tiene acceso a todos los informes policiales, ahora mismo todos estamos en peligro de muerte. ¿Te parece justo exponer así a los demás?— le reprochó al detective— Tú estás a salvo porque nadie sabe tu nombre, pero, ¿y los demás?— su pregunta hizo que todos comenzasen a murmurar, dejando a L en silencio, observándole. Light le miró con los ojos entornados, esperando la respuesta del detective.



    —Sabes de sobra que todos los agentes que están aquí, lo están de forma voluntaria. Intentamos encontrar al peor asesino con el que nos hemos enfrentado. Y esto, definitivamente, trae riesgos y consecuencias que todos asumimos cuando entramos en el caso.

    No estoy evadiendo las culpas de estas muertes, es más, me siento horriblemente culpable por ello, por no haber podido hacer nada. Cualquiera de vosotros que desee dejar el caso ahora mismo, podrá hacerlo. Pero antes de tomar la decisión, quiero que os preguntéis una cosa. Si todos olvidamos este caso y dejamos que Kira asesine a sus anchas, ¿me podréis decir para que habrán servido las muertes de vuestros compañeros? ¿Qué mundo estaréis dejando a vuestros hijos? ¿Uno gobernado por Kira? ¿Os podréis mirar todas las mañanas al espejo? Yo creo que no podríais, y puede que me sienta culpable, pero también siento que quiero vengar las muertes de todos nuestros amigos— finalizó L con firmeza y seguridad.



    —Con esto, admites que estás dispuesto a dejar que muera más gente, mientras tú te salvaguardas en nosotros, como si fuésemos un escudo humano. Seguirás poniéndonos en peligro y cuando haya otra masacre, tú huirás, escaqueándote como siempre lo has hecho.

    No pienso seguir arriesgando mi vida por alguien que no arriesgaría la suya. Voy a seguir investigando para encontrar a Kira. Pero no bajo tus órdenes, sino bajo las de alguien en quien pueda confiar— tras decir esto, Light tomó aire— Dejo el caso. Seguiré en el cuartel investigando por mi cuenta, como un policía más, no como un agente a las órdenes de L— anunció Light mirando al detective fijamente. L le sostuvo la mirada.



    —Sabes que si haces eso, no podremos compartir ninguna novedad del caso contigo— explicó L haciendo que Light asintiese convencido.



    —Estoy seguro de que investigando en solitario, sin órdenes que acatar y sin tanto peligro por ser un agente oficial, avanzaré mucho más rápido— aseguró Light. L le quitó la mirada algo apenado.



    —Como quieras, Light— contestó el detective cansado— Pero quiero que sepas que con esto pierdo a uno de mis mejores agentes— dijo esto casi en un susurro.

    Otro agente se levantó poniéndose al lado de Light.



    —Yo también dimito. Prefiero ayudar a Light e investigar por libre— tras esto, varios agentes hicieron lo mismo que el primero. Stella y Leyre se habían quedado boquiabiertas sin saber reaccionar. Se había producido una división entre los dos mejores amigos.

    Cuando todo el mundo abandonaba la sala, Leyre se levantó y tomó a Light de la mano, sacándolo de la escena.



    —¿Me puedes explicar a qué demonios ha venido eso?— preguntó la chica con evidente enfado.



    —¿Qué pasa? Es mi opinión— contestó Light sin dudarlo.



    —¿Y no podrías haberte guardado tu "opinión" para otro momento más oportuno?— volvió a preguntar la chica— Acabas de dejar a L prácticamente solo. Y lo que es peor, tú mismo te has ido sin ni siquiera preguntarnos.



    —¿Desde cuándo tengo que consultarte yo a ti mis decisiones?— le cuestionó Light indignado, haciendo que la chica le mirase con incredulidad, sin entender esa actitud en su novio.



    —¿Desde que acabas de dejar tirado a tu mejor amigo?— rebatió enfadada.

    Light cambió de táctica y agarró de los hombros a Leyre, acercándola a su cuerpo, tratando de manipularla.



    —Leyre, tú no lo ves porque piensas que L es buena persona. Pero no es de fiar— sentenció el chico— ¿No te has dado cuenta? L es un mentiroso. Nunca nos ha dicho la verdad, y no sabemos prácticamente nada de él. Siempre se resguarda y los que se ponen en peligro, somos los demás. ¿Puedes decirme cuántas veces ha salido herido de un caso? L siempre huye del peligro como un gato asustado, y utiliza a sus agentes como marionetas, sin importarle si viven o mueren— expuso con la capacidad de convencer a cualquiera que no conociese bien a L. Leyre se quedo estupefacta, dudando durante algunos segundos y Light aprovechó para seguir hablando— Leyre, deja este caso. Es muy peligroso. Vente conmigo y lo investigamos por nuestra cuenta. Necesito tu ayuda— dijo a punto de darle un beso. Ella iba a corresponder, pero se apartó antes de que él rozase sus labios. Light la miró confuso, sin entender su reacción.



    —Lo siento, Light, pero yo no creo que L sea así. A él le duelen cada una de las muertes que ha provocado Kira, y siente la misma rabia que sentimos tú y yo por no poder atraparle.

    Así que no puedes culparle de todo esto, ya que ha arriesgado su vida desde el momento en que asumió este caso. No entiendo cómo has podido hablar así de él. Es tu amigo— Leyre dejó a su novio pensativo. En ese momento, Light negó con la cabeza.



    —L es mi amigo, sí, pero nunca ha hecho nada para demostrármelo— rebatió Light tratando de persuadir a Leyre— Cariño, yo sólo te digo que no es de fiar. Que en cuanto vea peligrar su vida, se escabullirá sin importarle a quien tenga que pisar. Es un mentiroso nato, Leyre, y a su lado corres peligro— insistió queriendo convencerla.



    La labia de Light era increíble. Tanto que incluso hacía dudar seriamente a la joven policía, planteándose si debía dejar el caso junto a él.

    Pero no podía permitir que Stella y L se enfrentasen a Kira solos. Por lo que Leyre negó con la cabeza, mirando a Light con tristeza, y tomó su decisión.



    —Lo siento, Light... Pero no quiero dejar el caso. Confío en ti, pero también confío en que L atrapará a Kira— finalizó separándose de los brazos de su novio, y volviendo a la sala de cámaras.

    Cuando entró, se encontró a Stella con una expresión lánguida, decepcionada. La chica no entendía ese cambio en su amigo, mientras que L se imaginaba por qué Light actuaba de esa manera. Por ello, gracias a las acusaciones de "su mejor amigo", había perdido al 70% de sus agentes.



    —Acabo de hablar con él— dijo Leyre disgustada— Siento mucho todo esto, L. No tenía ni idea de lo que Light pensaba, ni de que tenía ese concepto de ti. Creía que era tu amigo— se disculpó en nombre de su novio.



    —No tienes nada por lo que disculparte, Leyre. En realidad, parte de lo que ha dicho es verdad. Tal vez nunca consigamos atrapar a Kira— suspiró L desanimado.



    —No digas eso. Eres el mejor detective y has resuelto el 100% de los casos en los que te has involucrado. Éste no será la excepción— le animó Stella poniendo una mano en el hombro de su novio— Pero tal vez no deberías haberte marcado ese farol— le reprochó— ¿Qué harás cuando los pocos agentes que siguen a tu lado, se enteren de que mentías?— inquirió mirando al sorprendido detective.



    —Pero entonces... ¿Era mentira?— preguntó Leyre incrédula.



    —Vale, sí, es mentira. Después de todo lo que ha pasado, el FBI no quiere verme ni en pintura— confesó L abatido— Y... Contestando a tu pregunta, Stella, simplemente espero que nadie se entere. Tengo pensado un plan para atrapar a Kira mucho antes de lo que pensáis— aseguró con un tono misterioso.



    —¿Serían tan amable de explicarnos ese plan?— preguntó Stella con curiosidad e incredulidad.



    —Lo siento, pero es un secreto. No puedo compartirlo con nadie. Si quiero que funcione, tiene que ser así— respondió L rascándose la cabeza pensativo, desviando la mirada hacia un lado.



    El detective no parecía muy afectado por lo ocurrido, puesto que seguramente se esperaba ese movimiento por parte de Light.

    En cuanto empezaron a pasar las horas, Stella y Leyre notaron cómo L no paraba de divagar, sin apenas hacer caso a los pocos agentes que seguían apoyándole y le aconsejaban.

    Al final de la jornada, comenzó a llover fuertemente, como era típico en aquella época.

    Al estar nublado desde por la mañana, muchos agentes, se habían llevado un paraguas con ellos. Tal y como hicieron Leyre y Stella, quienes ya salían por la puerta, para regresar a sus casas. De repente, la policía se acordó del del detective.



    —Leyre, ¿has visto a L?— preguntó Stella sin saber dónde se encontraba el chico.

    La pelirroja negó con la cabeza.



    —Qué va... La última vez que le vi, fue en el pasillo, de camino a la cocina— contestó Leyre dirigiéndose hasta su coche, ya que Light se había ido por su cuenta.



    Stella, algo preocupada, volvió a entrar al cuartel para ver a L antes de salir a la calle, queriendo comprobar el estado de éste antes de marcharse.

    Buscó por la sala de cámaras, pero todas las luces estaban ya apagadas. Pasó por la sala de informes, también por el pasillo de las habitaciones y nada. Ni rastro del joven.

    Cuando iba a rendirse, escuchó que la puerta de la azotea estaba abierta, dando golpes contra la pared por culpa del fuerte viento que resoplaba a causa de la tormenta.

    Stella decidió subir las escaleras que llevaban al tejado del edificio para comprobar si su novio se encontraba ahí.

    Al llegar, se encontró con un pequeño porche que resguardaba de la lluvia, y una amplia azotea encharcada por la lluvia, delimitada por unas altas barandillas. Allí, en el centro, bajo la lluvia, estaba L, el cual miraba al cielo como si buscase algún tipo de señal entre las nubes.

    Sus ojos se encontraban muy abiertos, con una mueca que reflejaba angustia y tristeza.

    Su figura parecía más frágil que nunca, con la ropa mojada, pegada a la piel y varios mechones húmedos resbalando por su rostro.

    La pelirroja gritó su nombre, pero el pelinegro parecía no escucharla, como si lo que estuviese frente a ella fuese un holograma y no el verdadero detective. La chica volvió a gritar su nombre, y esta vez, L se giró, mirándola con curiosidad, como si lo último que esperase fuese verla allí.

    El ruido de la lluvia era demasiado fuerte, así que Stella tuvo que abrir el paraguas y acercarse para resguardar al joven.



    —¿Qué haces aquí, L? Vamos dentro— le rogó la agente una vez a su lado, tapándole con el paraguas.



    —Quería estar solo un rato para pensar...— explicó el detective, usando un tono de voz que preocupó a su subordinada, como si en el interior del chico, de veras algo se hubiese quebrado.



    —No creo que éste sea un buen sitio para pensar. Vas a ponerte enfermo— replicó Stella cogiendo la mano de L y llevándolo hasta el porche. Allí, la chica guardó el paraguas e intentó hacer que el joven entrase con ella al edificio. Pero él la detuvo, dándole un corto beso en los labios para después abrazarla fuertemente. La pelirroja correspondió el gesto, dejando que el detective pusiese su rostro en su hombro, mientras ella le acariciaba los húmedos cabellos y la espalda. Stella notó cómo él suspiraba. Al parecer, las palabras de Light le habían afectado más de lo que parecía.

    Stella le tomó de la mano y bajaron las escaleras hacia la habitación de L, cerrando la puerta, mientras el chico se sentaba en la cama con la ropa mojada.



    —No tendrías que haber subido ahí arriba. Ahora te pondrás enfermo— le riñó la chica, tocando la frente del pelinegro para medirle la temperatura— ¡Estás ardiendo!— exclamó asustada.



    —Estoy bien— susurró L.

    Stella se agachó para quedar a su altura, mirándole directamente a los ojos.



    —¿Qué es lo que ocurre?— preguntó la joven, dudando que pudiese sentirse tan afectado por lo ocurrido esa misma mañana.

    El detective no contestó, bajando la mirada al suelo— Si es por lo que ha dicho Light, ya sabes que no es cierto. Todos lo sabemos. Y él... Pues lo ha dicho porque está confundido. Pero tú no eres una mala persona, L. No quiero que pienses eso— concluyó besando la mejilla de su novio.



    —¿Y si lo soy? ¿Y si soy la persona más egoísta del mundo?— preguntó el detective cabizbajo, confundiendo a su subordinada con estas palabras, la cual sufría de verlo tan deprimido.



    —¿Pero por qué dices eso?— quiso saber Stella, sin entender lo que le ocurría al chico— Tú no eres un egoísta. Has salvado miles de vidas, y ahora estás arriesgando la tuya propia. Eso no es de ser egoísta, L— le recordó.



    —Ahora mismo lo estoy siendo— rebatió L con seriedad, mirando directamente a Stella— Me estoy planteando salvar una vida, a cambio de sacrificar otras miles. ¿Y sabes qué es lo peor?— preguntó de forma retórica, disgustado— Que en realidad quiero salvar esa vida— las palabras de L sonaron crudas y apenadas, dejando a Stella sin habla.



    —Pero... ¿Qué vida es la que quieres salvar?— preguntó Stella confusa.

    L levantó la mirada y la posó justamente en los ojos de la policía.



    —La de Light— murmuró el detective. Stella le miró sin entender qué tenía que ver la vida del castaño con todo aquello. Las palabras del detective resonaron por toda la estancia, haciéndose después un gran silencio, roto tan sólo por el fuerte sonido de la lluvia contra el cristal— Light es Kira, Stella— anunció convencido— Ya no es una teoría, es un hecho. Desgraciadamente, tengo pruebas. Y digo desgraciadamente, porque muy a mi pesar, él es mi mejor amigo, y he terminado por cogerle cariño— explicó con un tono abatido— Nunca hubiese pensado que encontrar a Kira fuese tan doloroso— finalizó bajando la mirada.

    Stella tardó en reaccionar unos segundos, asimilando las palabras de su novio.



    —¿Cómo? ¿Que Light es Kira? ¿Desde cuándo lo sabes? O sea... ¿Desde cuándo tienes esas pruebas?— preguntó Stella totalmente anonadada, sin dar crédito a lo que oía. ¿Su amigo Light? ¿Kira? No podía ser cierto.



    —Las conseguí poco después de llegar de Cancún— respondió— No os dije nada, porque estaba esperando a comprobar que eran completamente fiables...— le esclareció—

    Y también porque ni siquiera yo mismo podía creer que realmente Light fuese Kira- añadió con la mirada perdida— Es cierto que desde el principio supe que era él e intenté pillarle de todas las formas posibles. Pero cuando, de alguna forma, perdió sus poderes, me di cuenta de que realmente nos parecíamos mucho.

    Y como técnicamente, en ese momento, ya no era un asesino, me convencí de que mis suposiciones eran erróneas y de que él era inocente— Stella escuchaba atenta sus palabras, sin saber ni siquiera qué decirle, ya que Light también era su mejor amigo, por lo que le era imposible creer lo que acababa de oír. Claramente, tenía que haber algún error.

    L se dio cuenta de lo que su subordinada estaba pensando, ya que esa fue su primera reacción al descubrir que su amigo era culpable— No hay lugar a dudas, Stella. Light es Kira— concluyó el detective. La policía le miró entristecida—Debería haberle acusado hace ya varios días, pero soy un cobarde, y no tengo el valor suficiente para hacerlo. Sin embargo, cada día que pasa, estoy dejando que más personas mueran. Lo que has visto hoy, es un invento de Light para dejarme solo y librarse de mí sin levantar sospechas... Y no sólo de mí, sino también de todos los agentes que me apoyan— dijo mirando a Stella fijamente— Estoy poniendo en riesgo tu vida y la de todos mis agentes, y eso es lo que me ha hecho reaccionar— dijo con firmeza— A Kira no le temblaría el pulso a la hora de matarnos a cualquiera de nosotros.

    De hecho, es lo que pretende, y no pienso permitirlo— terminó diciendo con seriedad, dispuesto a proteger a su novia ante todo.



    —Pero, L... Si le acusas... Light morirá. Le sentenciarán a muerte— rebatió Stella con agonía y preocupación, pensando en qué sería de Leyre si eso llegaba a ocurrir.

    L cerró los puños con fuerza.



    —¡Lo sé! ¡Pero si no muere él, moriremos todos!— exclamó por primera vez alterado— ¡No pienso perderos! ¡No pienso perderte! Aunque me duela en el alma sacrificar al primer amigo que he tenido en toda mi vida, tú estás por encima de cualquier cosa— sentenció firmemente.



    Tras esto, L apretó los dientes y cerró los ojos con fuerza, a punto de llorar. Stella estaba en su misma situación, notando cómo las lágrimas comenzaban a brotar de sus ojos. Ella le abrazó, dejando la cabeza del detective en su pecho, besando los cabellos del joven y apretándolo fuertemente contra su cuerpo. Las lágrimas de Stella comenzaron a salir con más fuerza, notando cómo la respiración de L se agitaba, correspondiendo también el abrazo con la misma intensidad.

    Stella se quedó junto a L toda la noche, pasando ambos unas largas y tortuosas horas, preguntándose qué deberían hacer: Proteger a su mejor amigo o detener esos asesinatos.
     
  19.  
    Bellapoms

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    SUBORDINADOS (Fanfic Death Note)
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    Género:
    Comedia Romántica
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    CAPÍTULO 11: RECUERDOS (PARTE 2)

    Al día siguiente, L, Stella y Leyre volvieron a sus puestos, teniendo que hacer el doble de tareas debido a la reducción de la plantilla.

    Mientras tanto, Light comenzó sus investigaciones por libre junto con los demás agentes, en las oficinas.

    Leyre intentó cruzarse con él en numerosas ocasiones, pero Light entre unas cosas y otras, conseguía evadirla constantemente, hasta que, en un momento dado, le pilló por banda en el ascensor.



    —¿Se puede saber por qué me estás evitando? ¿Es que te has enfadado por lo de ayer o qué?— preguntó Leyre ofuscada.



    —No, claro que no. Esa era tu elección, y la hiciste creyendo que era lo correcto— contestó Light con sequedad.



    —Vamos, que estás molesto— concluyó al ver lo borde que estaba su novio.



    El castaño no sólo no la contestó, sino que desvió la mirada, sabiendo que ella estaba en lo cierto, pues él había pensado que la pelirroja sería la primera persona que le apoyaría, y, en cambio, le había dolido enormemente ver cómo ella no había dejado a L para unirse a él.

    Ahora que había conseguido dejar solo a L, y que tanto Leyre como Stella le habían dado la espalda, ambas estaban en su lista de víctimas pendientes. Así que había decidido no entablar más amistad ni relación con ellas para que su pérdida fuese menos dura. Pero por otra parte, si cortaba su relación con ellas de raíz, haría sospechar a L, y comenzaría a estar nuevamente en su punto de mira.

    Debido a eso, el castaño dio un largo suspiro y sonrió falsamente a la chica.



    —No estoy enfadado, cariño... De hecho, iba a pedirte que cuando saliésemos del cuartel, fuésemos a ver una película juntos. ¿Quieres?— preguntó, imitando a la perfección su antiguo comportamiento, antes de recuperar la Death Note.



    Leyre asintió encantada, y después de que Light le diese un beso, ambos volvieron al trabajo.

    A la hora de salida del cuartel, el castaño fue a la entrada para buscar a la pelirroja, pero al ver que ésta no llegaba, fue a buscarla a la sala de cámaras. Y efectivamente, allí estaba ella, recogiendo sus cosas para irse, junto a L y Stella, los cuales seguían sentados frente a la mesa, observando atentamente a Light.

    La policía le miraba con algo de resentimiento, ya que el detective estaba triste por su culpa. Sin embargo, el pelinegro ni siquiera le había dirigido la mirada a su amigo, ignorándole casi por completo. Light les observó en silencio, mirándoles por encima del hombro, lo que hizo que Stella chasquease la lengua y le diese la espalda, dejando a Light sorprendido.

    Leyre le cogió de la mano y le sacó de la sala, notando la tensión que se había creado.

    Tras esto, la pareja fue al cine a ver una película. Aunque ambos lo pasaron bien, la chica no dejaba de notar algo raro en su novio, pues estaba más seco y arisco, y sólo le daba besos y abrazos en situaciones concretas y no de forma espontánea como solía hacer. Justo cuando el chico la acompañó hasta el portal de su casa, Leyre dejó de darle vueltas al asunto, y le preguntó directamente.



    —Light, te noto muy raro, ¿ocurre algo?— preguntó la chica preocupada. Él la sonrió.



    —Claro que no, ¿qué iba a ocurrir?— contestó Light, mostrándole su habitual sonrisa de niño bueno. Leyre bajó la mirada al suelo, pensativa.



    —No sé, amor... Te llevo notando raro desde hace unos días— susurró la chica apenada.



    Light la miró con seriedad, viendo cómo la pelirroja sospechaba que algo le estaba sucediendo. Y como no podía permitirse que desconfiase de él, decidió actuar deprisa, cogiéndola de la muñeca y atrayéndola hacia sí con rudeza, tomando su rostro entre sus manos, y besándole los labios con pasión, algo brusco. Tras esto, el castaño se separó de ella unos centímetros y volvió a sonreír.



    —Lo siento, cariño... Llevo unos días complicados con la situación que se está dando en el cuartel— se excusó con una sonrisa cándida— Pero si sientes que algo de lo que hago te molesta, sólo tienes que decírmelo— le susurró de forma convincente.



    Leyre asintió, devolviéndole la sonrisa, creyendo en las palabras de su novio y volviendo a su casa sola, pues éste ya no se quedaba a pasar la noche con ella como de costumbre.

    A la mañana siguiente, en el cuartel todo seguía como siempre. Light por su lado, en las oficinas, sin ni siquiera dignarse a bajar a hablar con sus amigos, y Stella, en la sala de cámaras, pidiéndole a L que esperase un poco más antes de acusar a Light, ya que primero quería contárselo a Leyre para que la noticia no le pillase de sopetón. El problema, es que todavía no sabían cómo hacerlo sin que la chica se deprimiese.



    Esa misma tarde, Leyre y Light quedaron para cenar en el apartamento de la pelirroja.

    Ambos estaban en el dúplex de la joven, preparando la cena de esa noche, y Leyre seguía notando algo extraño en su novio.

    Algo parecido a lo que había sentido en los días anteriores, pero que se había hecho cada vez más evidente.

    Como Light no le dirigía la palabra a L, y mucho menos a Stella, la cual incluso le rehusaba, Leyre era el único puente que conectaba los dos bandos. Y lo peor de todo, es que ni siquiera sabía por qué se habían dividido sus amigos.

    La chica notaba que se estaba perdiendo algo, pero ninguna de las dos partes estaba dispuesta a colaborar para resolverlo.

    En eso pensaba Leyre mientras preparaba algo de pasta, y justo a su lado estaba Light, que encendió la tele de la cocina con indiferencia, casi como si fuese un acto reflejo.

    En la pantalla del televisor aparecieron las primeras imágenes del telediario que, hablaba sobre la nueva creciente actividad de Kira, ya que habían aumentado el número de criminales ejecutados en esos últimos días.

    Leyre miró con desánimo la pantalla y suspiró.

    Light observaba a los periodistas con desgana, aburrido, escuchando cómo decían lo mismo una y otra vez.



    —Siempre igual...— musitó Light sin prestar atención a lo que decían los reporteros. Se hizo un silencio que duró unos segundos— Aunque no dicen nada de esos mil agentes...— dijo esto observando a Leyre, que esquivó su mirada algo tensa.



    —Bueno, si L ha dicho que vienen de incógnito, lo mas lógico es que la prensa no lo sepa— contestó ella manteniendo la farsa de su amigo.

    Light siguió escrutándola con la mirada.

    El policía sabía de sobra que todo había sido un truco del detective para ganar adeptos a su causa. Era evidente que el FBI no reaccionaría de esa forma, trayendo a más agentes a una muerte segura a manos de Kira, y menos después de haber visto cómo L era incapaz de seguirle los pasos al asesino.

    Leyre le mentía, y eso era preocupante, porque significaba que no confiaba del todo en él, y no le convenía— Sinceramente, no creo que L tenga a su cargo a esos agentes. Y si así fuese, sólo significaría que el FBI tiene ganas de reducir su plantilla— las palabras del chico sonaron frías. La chica le miró con el ceño fruncido, justo lo que él pretendía— Kira acabará con todos ellos, como siempre ha hecho. Y no le queda mucho para matar también a L— Light dijo esto casi sin inmutarse, como si el tema de conversación fuese de lo más ameno.

    Leyre se quedó boquiabierta.



    —¿Me estás diciendo que te da exactamente igual que muera L?— la pelirroja se quedó completamente paralizada, por un momento no reconoció a su novio.



    —No es que me dé igual. Era mi amigo. Pero se lo está buscando él solo. No ha sabido afrontar este caso y sólo ha hecho que muera gente inocente— la seriedad con la que hablaba Light dejó a Leyre sin palabras.



    —¡Tú has estado al lado de L todo este tiempo! Si tan mal lo hacía, podrías haber dicho algo, ¿no crees?— le espetó indignada.



    —Él era el jefe de la investigación, y cuando empezó todo, yo era un simple estudiante de bachillerato. ¿Tenía que darle lecciones sobre cómo resolver un caso?— bufó Light incrédulo.



    —¡Todos hemos intentado ayudar en este caso! ¡Y si tan mal lo hemos hecho, al menos podrías haber avisado! ¿O era mejor callarte y esperar el momento adecuado para dejar a L solo? ¿Eso era mejor, Light?— la discusión estaba subiendo de tono, y Light ya no estaba sentado en la mesa de la cocina, sino de pie frente a Leyre.



    —¿Y a ti te parece mejor que L se resguarde en su anonimato mientras los demás damos la cara? ¿Cuántos agentes han muerto ya desde que L lleva el caso, Leyre? Y él nunca ha dado la cara. ¡Jamás! ¡Ni lo hará! ¡Con esa actitud jamás cogerá a Kira! ¡Sólo logrará matarnos a todos!— el chico estaba casi gritando, y Leyre le miró con fiereza.



    —¡Oh! ¿Es que a ti se te ocurre una forma mejor de enfrentarte a ese asesino? ¿Sería más correcto que L saliese por la tele diciendo su nombre y apellidos para encarar a Kira?— preguntó Leyre de forma irónica— Sí, estoy segura de que eso funcionaría... ¡Venga ya, Light! Tú lo que tienes es miedo. El mismo miedo que tenemos todos de morir. Y crees que si L diese la cara, los demás estaríamos a salvo— le reprochó— ¿Pero sabes qué? Te equivocas. Kira nos matará a todos. Matará a L, a Stella, a ti y a mí. Vamos a detenerle antes de que lo haga.

    Y lo detendremos, con o sin tu ayuda— sentenció con rabia— No sabes cuánto me has decepcionado, Light... Me has demostrado que sólo eres un maldito cobarde, y no el chico del que me enamoré— las palabras de la chica resonaron por toda la estancia, dejando un clima tenso y cargado.

    Tras esto, se dio media vuelta y salió de la cocina hacia el salón, enfadada.

    Light, observó cómo Leyre se iba, con el ceño fruncido y una mirada amenazante.

    Tras unos segundos, fue tras ella y la cogió con rudeza del brazo, parándola en seco.



    —¡Suéltame!— exigió ella revolviéndose, tratando de zafarse del agarre del chico.



    —¿¡Así que crees que soy un cobarde!? ¿¡Es eso!? ¡Pues estás muy, muy equivocada! ¡No tienes ni la más remota idea de cómo soy!— gritó Light furioso, amedrentando a su novia.

    Viendo que la asustaba, aprovechó para cogerla del cuello de la camisa, cosa que hizo daño a la joven.



    —¡Eres un maldito hipócrita!— bufó Leyre con la respiración del castaño prácticamente sobre ella, sintiendo cómo éste tensaba sus músculos y la agarraba con más fuerza, provocándole más dolor en el cuello.



    Light miraba a Leyre de forma intimidatoria, paralizándola y haciendo que, por primera vez en su vida, sintiese miedo por lo que éste pudiese hacerle.

    En los ojos del joven saltaron chispas, debido a lo enfurecido que estaba y a la rabia que sentía. Así que, sin pensarlo dos veces, la empujó hacia atrás, haciéndola caer sobre las escaleras que conducían al desván, y se puso sobre ella.

    La pelirroja se sentía inmovilizada y dolorida por el golpe, cosa que el castaño aprovechó para agarrarla de las muñecas, anulando, así, cualquier posibilidad de escape que tuviese.



    Acercó su rostro al de la policía y comenzó a besarla con ansia, de forma violenta, mordiéndole los labios y la lengua a la chica, totalmente en contra de la voluntad de ésta.

    Leyre trató de apartar la cara y separarse, pero

    Light se lo impidió, apretando más su boca contra la de su novia, y profundizando el beso, mientras llevaba sus manos hasta las piernas de la chica y se las abría, situando sus caderas justo sobre las de ella.



    —¡Suéltame!— exclamó Leyre entre asustada y enfadada, imaginándose lo que vendría a continuación, pero sin creerse que Light fuese capaz de hacerle una cosa así.



    Como era de esperar, Light la ignoró por completo, queriendo ejercer el poder que creía tener sobre su novia.

    Debido a la incapacidad de movimiento, y a la presión que el cuerpo del policía hacía sobre el suyo, la joven no pudo evitar sentir terror.

    Por esto, Leyre cerró los ojos con fuerza, tratando de permanecer inmutable a las obscenas caricias y besos que Light repartía por su cuerpo.

    Sintiéndose victorioso, el castaño comenzó a moverse sobre ella, provocando que la pelirroja temblase de miedo ante tan violenta situación.

    El aliento del policía sobre su piel, junto con los cortos jadeos e intermitentes roces de los dedos de éste, que ya pasaban por debajo de la ropa interior femenina, hicieron que Leyre pusiese sus manos sobre el pecho de Light para apartarle en un intento de sacárselo de encima.



    —Por favor, para...— pidió la chica cada vez más angustiada. El joven fingió no escucharla y siguió con su cometido, llevando sus dedos hasta el interior de su novia con brusquedad, tratando de prepararla para lo que se aproximaba.



    El castaño no perdió el tiempo, y bajó la lencería de la pelirroja con rapidez y se deshizo de ella a pesar de los inútiles intentos que la muchacha hacía para frenarle.

    Al gustarle el comportamiento abusivo que había adoptado con la chica, Light agarró a Leyre por la zona de las costillas, y apretó con fuerza, haciendo que ésta abriese la boca para emitir un grito, mientras él aprovechaba para besarla e introducir su lengua con libertad.



    —Light, por favor, para... Me estás haciendo daño— suplicó Leyre al borde del llanto.



    —Y así va a ser hasta que comprendas que eres de mi propiedad— respondió Light desabrochándose el cinturón junto con el botón de los pantalones.



    Si ella no iba a confiar en él, al menos haría que le tuviese miedo.

    Con la otra mano, agarró el cuello de la joven, clavando sus dedos con saña mientras volvía a besarla a la fuerza.

    Leyre sintió que iba a asfixiarse, ya que Light la ahogaba al apretar su cuello, sin dejarla respirar, sellando sus labios con su boca casi por completo.

    La chica notó cómo los pulmones le empezaban a arder, quemándole el pecho, que pedía a gritos una bocanada de aire.

    En el último segundo, Light sonrió de forma macabra y soltó su cuello, lo que hizo que pudiese respirar aliviada y desesperada.

    Sin darle apenas tregua, el castaño volvió a llevar sus dedos a la zona sensible de la pelirroja, y la acarició con mucha fuerza, logrando que la joven se mordiese los labios debido al dolor que le causaban sus roces.

    Light introdujo sus dedos con brusquedad, lo que hizo que Leyre apretase las manos contra los peldaños de madera.

    El chico se separó de ella lo suficiente como para observar en primera fila la reacción del cuerpo de su novia, el cual estaba tenso y tembloroso, sin sentir ni una gota de placer por la brusquedad con la que la trataba al obligarla a tener sexo con él.

    Light, cegado por su propio deseo y excitación, aceleró las caricias y se puso sobre ella, respirando y gimiendo sonoramente en el oído de la chica.

    Leyre ya ni siquiera se molestaba en contener las lágrimas, por lo que únicamente apretaba los labios, tragándose los quejidos dolorosos.

    El policía frunció el ceño al ver la cabezonería de la joven, que se negaba a cooperar con él.

    Así que, sin tardar un segundo más, inmovilizó a su novia poniendo la rodilla entre sus piernas, y llevó sus manos a sus pantalones, bajándolos torpemente, apresurado por comenzar.



    —Light, por favor, no lo hagas...— imploró Leyre con los ojos encharcados— Por favor...— insistió al saber lo que iba a hacerle. Lejos de apiadarse, el policía sonrió de forma macabra, disfrutando, por un momento, de cómo podía llegar a dominarla.



    —La próxima vez te lo pensarás dos veces antes de traicionarme— contestó Light con superioridad.



    Tras decir esto, Light abrió más las piernas de Leyre, y le subió levemente la minifalda.

    Aunque ella intentó pararle, agarrándole de la camisa, éste la embistió con demasiada fuerza, penetrándola más profundamente que nunca.

    Leyre se mordió los labios para evitar chillar, no queriendo darle el placer de verla derrotada, a pesar de que no dejaba de derramar lágrimas.

    Light continuaba con las rudas embestidas sin parar, empujando con violencia a la chica contra las escaleras, mientras con una de sus manos desabrochaba la camisa femenina, y dejaba a la vista el sujetador de encaje, tras el cual podían apreciarse los pechos de la joven.

    La pelirroja sentía dolor sobre su piel, ya que Light la agarraba y la acariciaba rudamente. Notaba, además, algunos golpes en las costillas que más tarde se convertirían en moretones. Pero todo aquello era amortiguado por las profundas y rápidas embestidas de Light, que sentía una gran satisfacción al ver a Leyre bajo su yugo, obediente y sumisa como él quería.

    Mientras acometía contra su cuerpo, el castaño amasó y apretó los pechos de la pelirroja, mordiéndolos y lamiéndolos hasta enrojecerlos, lo que hizo que ésta emitiese un leve quejido de dolor.

    La tortura no duró demasiado, aunque a Leyre le pareció una eternidad.

    Sabiendo que llegaba al final, Light decidió no contenerse y aumentó radicalmente el ritmo de las embestidas, terminando más deprisa de lo que hubiera querido, pero sin poder contenerse debido al deseo que recorría su cuerpo.

    Cuando dio la última, y más profunda embestida, el castaño gimió roncamente al oído de su novia, sintiendo que se quedaba del todo satisfecho, colocando su frente en el hombro de la pelirroja para tratar de recobrar la respiración.

    Un par de minutos después, Light se incorporó, se levantó y tras abrocharse los pantalones, miró a Leyre desde arriba, la cual tenía la mirada perdida y no se había movido ni un milímetro.

    Sin decir nada, ni disculparse, se dio media vuelta y se fue de la casa, dejando a la chica tirada en la escalera con la camisa desabrochada y desprovista de lencería.



    Al escuchar la puerta cerrarse, Leyre volvió en sí, conectando nuevamente con la realidad.

    Sin molestarse siquiera en colocarse la ropa, la policía se sentó, como buenamente pudo, y encogió su cuerpo, abrazándose las rodillas y enterrando la cabeza entre sus brazos, comenzando a llorar desconsoladamente.

    La chica sentía un enorme odio hacia Light, además de una enorme tristeza, pues no entendía por qué su "dulce y tierno" novio, la había tratado como si fuese una simple ramera, abusando sexualmente de ella y disfrutando de su sufrimiento.

    Esa noche, Leyre no pudo conciliar el sueño, pensando en qué había podido ocurrir para que Light, siempre atento y caballeroso, hubiese cambiado tanto en tan poco tiempo, siendo capaz de dañarla, ya no solamente el cuerpo, sino también el alma.



    A la mañana siguiente, Leyre llegó al cuartel con un pañuelo que impedía que el resto de los agentes se percatasen de las marcas y moretones que Light había dejado en su cuello la noche anterior. Tras llegar a la sala de cámaras, Leyre saludó a Stella y L, los cuales se encontraban tomando un café mientras repasaban los archivos del caso.

    Tanto el detective como la policía la miraron extrañados, ya que la chica no acostumbraba a llevar ese tipo de prendas. Aún así, ninguno de los dos dijo nada, esperando que fuese ella quien les contase si le había ocurrido algo.

    Pero lo que realmente les extrañó, fue que Leyre no quiso subir en ningún momento a las oficinas para ver a Light. Algo totalmente atípico en ella.



    A la hora de la comida, para que no perdiesen tiempo y parasen la investigación, Watari trajo unos dulces para L y un par de platos de pasta para Stella y Leyre. Mientras seguían recopilando información sobre las últimas noticias del "caso Kira", Leyre tuvo que acercarse bastante a uno de los monitores para comprobar el nombre de una de las víctimas.

    Por hacer esto, el pañuelo puesto se descolocó, y dejó entrever las fuertes y amoratadas marcas que se amontonaban en su piel. Stella y L la observaron con detenimiento, analizando la posible procedencia de aquellos moretones con forma de dedos en su cuello. La pelirroja se sentó de nuevo en la silla, sin darse cuenta de que sus amigos se habían percatado del estado de su piel.



    —Leyre, ¿qué te ha pasado? ¿Por qué tienes el cuello lleno de marcas?— preguntó Stella preocupada, mirando directamente a la chica. Leyre apartó la mirada intentando disimular.



    —Ah, ¿esto? No es nada... Es que ayer di un fuerte frenazo con el coche, y el cinturón me ha debido rozar el cuello— se excusó restándole importancia mientras trataba de seguir con su trabajo.

    Stella alzó la ceja con incredulidad y L siguió mirándola con total atención.



    —Pues menudo frenazo, ¿no? Vaya peligro...— contestó Stella sin creerse las palabras de su amiga, y sospechando quién le había causado tales daños.



    —¿Me puedes explicar desde cuándo se llevan cinturones en las muñecas? Yo creí que eran sólo para el cuerpo...— murmuró L levantándose de su sitio y acercándose a Leyre, la cual se tapó la zona rápidamente, comenzando a ponerse nerviosa.



    —No es nada, enserio. Dejadme— susurró Leyre apartándose del detective, que dio otro paso al frente hasta quedar a centímetros de ella.

    Pero, con un ágil movimiento, L agarró el pañuelo de Leyre y lo desató por completo, dejando a la vista los moretones en el cuello de la pelirroja. Stella se quedó boquiabierta, pues sabía que algo había pasado, pero no imaginaba que llegase a tanto.



    —¿Quién demonios te ha hecho eso?— preguntó alterada, acercándose a su amiga y bajando uno de los hombros del jersey para descubrir la amoratada espalda y hombros de la joven, que estaba señalada por las marcas de los dedos de Light. Leyre se colocó la prenda enseguida, y se apartó de ambos— ¿¡Quién te lo ha hecho!?— volvió a preguntar Stella alzando la voz.



    —Ha sido Light— respondió L en nombre de Leyre, sabiendo que no se equivocaba al acusar al que, en algún momento, fue su mejor amigo.

    La joven no pudo contestar, y bajó la mirada al suelo, avergonzada y entristecida, apretando los puños con impotencia mientras comenzaba a notar cómo le escocían los ojos.

    El detective había dado justo en el clavo, y le daba rabia no poder negarlo.



    —¿Ha sido él?— preguntó Stella nuevamente atenuando su tono de voz, notando cómo su amiga estaba a punto de llorar.

    Leyre asintió levemente, sin ser capaz de mirarles a los ojos. Stella se acercó a ella lentamente, y le dio un reconfortante abrazo, por lo que Leyre comenzó a llorar en el hombro de su amiga, rememorando la escena de la noche anterior en las escaleras de su casa— Cabrón...— masculló entre dientes, hablando consigo misma— No va a volver a acercarse a ti, ¿me entiendes? Esta vez se ha pasado de la raya— murmuró abrazándola más fuerte.

    Leyre no podía dejar de llorar, y rápidamente sus amigos se dieron cuenta de que eso no era todo. De que ocurría algo más.



    —¿Por qué tengo la sensación de que nos ocultas algo?— preguntó L mirando a su amiga, la cual agudizó el llanto. Stella la cogió de los hombros para mirarla a la cara.



    —Porque esto no es todo...— susurró Leyre sin poder dejar de llorar, teniendo que contarlo para desahogarse— Light...— sollozó— Me obligó... A acostarme con él...— confesó volviendo a enterrar su rostro en el hombro de Stella, la cual no cabía en sí del asombro, sintiendo la furia recorrer su cuerpo y unas enormes ganas de matar a Light ella misma con sus propias manos.



    —No me lo puedo creer... Qué hijo de...— murmuró Stella con enfado y absoluta desilusión hacia el castaño.



    —¿Por qué me ha hecho esto?— preguntó Leyre más para sí misma que para el resto, llorando a mares por la impotencia y la decepción que sentía por su novio— Siempre ha sido muy dulce y muy tierno conmigo. ¿Por qué ahora se comporta así? No lo puedo entender— comentaba sin dejar de sollozar.

    Stella y L se miraron, sabiendo la causa del repentino cambio de comportamiento en Light.



    —No llores más. No te va a volver a tocar. Te lo aseguro— la consoló Stella apenada.

    Sin articular palabra, L suspiró fuertemente, contemplando el sufrimiento de las dos chicas.



    —Esto no se va a quedar así— afirmó el detective con voz seria, llevándose las manos a los bolsillos y adoptando su habitual postura encorvada. Sabiendo que algo tramaba, Leyre se separó rápidamente de Stella y se secó las lágrimas.



    —No quiero que le hagáis nada— suplicó la pelirroja, pues a pesar de todo, adoraba al castaño— Por favor, prometedme que no le haréis nada— la chica intentó recomponerse con rapidez para que su voz no sonase quebrada.

    El detective no dijo nada, sólo la observó con detenimiento— L, prométeme que no vas a hacerle nada a Light— Leyre estaba a punto de romper a llorar de nuevo con la sola idea de que el pelinegro llevase a prisión a su novio.



    —Tranquila, Leyre... Te prometo que yo no le haré nada a Light— aseguró L mirando a su amiga a los ojos, haciendo que ella asintiese, tomase un pañuelo y se disculpase para ir al baño a limpiarse la cara.

    En cuanto Leyre salió de la sala, Stella miró al detective con decisión.



    —¿Has pensado ya en algo?— preguntó la policía refiriéndose a la venganza que podrían prepararle a Light.



    —Por supuesto— sentenció el detective ignorando por completo la petición de su amiga.



    Después de la comida, L le pidió a Leyre que ayudase a Matsuda con algunos informes en la otra sala. Todo con tal de tener entretenida.

    Cuando dieron las ocho de la tarde, Light bajó a la sala de cámaras pensando que allí estaría su novia. Pero se equivocaba, ya que al entrar se encontró con Watari, Stella y L. El chico se quedó observándoles unos segundos y se dio la vuelta para marcharse, pero la voz del detective le detuvo.



    —Perdona, Yagami...— esto hizo que Light parase en seco. L se levantó de su asiento— Tengo que darte esto. Supongo que no te hará gracia, pero es lo que hay— dijo acercándose a su "amigo" y tendiéndole un papel. Light lo tomó con curiosidad y comenzó a leer. A medida que avanzaba, abría más y más los ojos, sin poder creerse lo que ponía.



    —¿¡Cómo!? ¿¡Una orden judicial!?— exclamó Light patidifuso.



    —Exacto. Una orden de alejamiento— le aclaró L— No puedes estar a menos de doscientos metros de Leyre. Y ya puedes dar gracias de que no estar en prisión— explicó— Ah, por cierto... Si la vuelves a tocar, seré yo mismo quien te meta en una celda— esto último fue una amenaza, la cual soltó mirándole a los ojos.



    Light agarró la carta con fuerza, arrugándola entre sus manos, sintiendo unas tremendas ganas de golpear a L. El detective se tensó, preparado para recibir y devolver el golpe.

    Pero éste nunca llegó, y Light, tragándose su orgullo, se dio media vuelta y se marchó de la sala de cámaras dando un sonoro portazo.

    Tras esto, entró en la sala de informes en busca de su novia, saltándose la orden de alejamiento. Allí la encontró junto a Matsuda.



    —Leyre, ¿podrías salir un momento? Tengo que hablar contigo— pidió con voz tirante, conteniendo la rabia. Leyre miró a Matsuda algo temerosa, pero terminó por levantarse y salir al pasillo. Una vez fuera, sin decirle nada, Light le tendió la hoja a la chica— ¿Me puedes explicar qué demonios significa esto?— bufó con evidente enfado, sin entender por qué la pelirroja había tomado esa medida contra él.

    Ella le dio un repaso rápido al papel, sin entender, tampoco, de dónde había salido.



    —¿Una orden de alejamiento? ¿De dónde la has sacado?— preguntó Leyre sin entender nada.



    —¿Me tomas el pelo? ¿Te crees que soy idiota o qué? Me lo ha dado tu amiguito L— contestó Light con retintín— ¿Así que le has pedido ayuda para que no me acerque a ti? ¿Es eso?— la increpó cogiéndola fuertemente de los brazos y zarandeándola.



    —¿¡Pero qué dices!? ¡Yo no sabía nada!— respondió la pelirroja a la defensiva, soltándose del agarre con la poca fuerza que le quedaba.



    —¿¡Cómo no vas a saber nada!? ¡Una orden de alejamiento no se puede poner sin el consentimiento de la víctima!— explicó el castaño realmente furioso.



    —¡Pero yo no he firmado nada! ¿¡Es que no lo ves!? Aquí sólo está la firma del juez. No la mía. Este documento es falso— alzó la voz la chica mostrándole la hoja.



    Light le quitó el papel de las manos con fuerza, y lo leyó apresuradamente. En efecto, faltaba la firma de Leyre, pero no se había dado cuenta por la frustración del momento. L se la había jugado de nuevo, y seguramente estaría en ese instante en la sala de cámaras, observando su reacción, y analizándola como de costumbre.

    Leyre giró la cabeza, perdiendo la mirada por el pasillo sin querer ver a su novio. Al hacer esto, algunas moretones se dejaron ver en su cuello. Light alargó la mano y acarició la piel de la chica, retirando el pañuelo para poder ver el resto de marcas. Leyre intentó apartarse, pero éste la detuvo, haciendo que permaneciese en su sitio. Con la otra mano, subió un poco su jersey por el costado, observando el resto de moretones que recorrían su blanca piel.

    Light sabía que el día anterior le había hecho daño. De hecho, esa había sido su intención, intentando amedrentarla para que no colaborase más con L. Pero por alguna extraña razón, ver esos golpes en el cuerpo de su novia le hizo sentirse despreciable, notando cómo un fuerte y punzante dolor comenzaba a recorrerle el estómago al recordar la cantidad de veces que él mismo le había reprochado a L que tratase tan mal a Stella. Y ahora era él quien maltrataba a Leyre.



    —Yo... Perdóname. No quería hacerte daño— dijo Light llevando una mano al rostro de la chica. Leyre la apartó con brusquedad.



    —Pues me lo has hecho, Light. Me has hecho mucho daño— susurró enfadada.

    Al ver que la chica se apartaba de él, su única reacción fue abrazarla, llevando sus labios al oído de ésta.



    —Por favor, perdóname...— susurró con un tono dulce. Leyre al principio estaba tensa, reacia a ese gesto cariñoso. Pero tras unos segundos, se relajó y correspondió levemente el abrazo, sintiendo que por un momento, el Light de siempre estaba con ella— Lo siento mucho...— se volvió a disculpar de la misma forma.

    La pelirroja apoyó su frente en el hombro del castaño, dándole a entender que le perdonaba. Light acarició su mejilla y le dio un dulce beso en los labios. Le ofreció quedar esa misma tarde para pasarla juntos, pero la chica se negó, excusándose en que tenía mucho trabajo pendiente. No queriendo estropear más las cosas, Light asintió comprensivo, y tras darle otro beso en la mejilla, se marchó del cuartel.
     
  20.  
    Bellapoms

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    Título:
    SUBORDINADOS (Fanfic Death Note)
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    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Comedia Romántica
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    22
     
    Palabras:
    4961
    CAPÍTULO 12: DECISIONES (PARTE 1)


    Después de que Light se marchase, Leyre fue directa a la sala de cámaras, visiblemente enfadada, para pedirle explicaciones a sus dos amigos por lo de la orden de alejamiento falsa. Allí encontró a L, Stella y Watari, quienes charlaban animadamente.



    —¿¡Se puede saber qué habéis hecho!?— gritó Leyre enfurecida.

    Stella la miró algo asustada por el malhumor que traía. L, en cambio, se encogió de hombros, como si no fuese con él la historia.



    —Creo que no te sigo... ¿Te importaría especificar un poco más, por favor?— pidió el detective con indiferencia, fingiendo no saber a lo que se refería su amiga.



    —No te hagas el tonto, L— contestó la pelirroja con evidente molestia— Os acabáis de inventar una orden de alejamiento, y ni siquiera me habéis consultado— aclaró— ¿Por qué lo habéis hecho?— le increpó con el ceño fruncido y cruzada de brazos.



    —Aaah... Era eso— murmuró el pelinegro como si el asunto no tuviese mayor importancia— Sólo queríamos darle un sustillo a Light. Eso es todo— afirmó encogiéndose de hombros nuevamente.

    Leyre no daba crédito a lo que oía, incapaz de entender que el chico jugase con documentos de esa magnitud como si se tratasen de aviones de papel.



    —¿¡A amenazarle con meterle en prisión, si se acerca a mí, lo llamas tú "sustillo"!?— preguntó la policía cada vez más ofuscada, pensando en cuánto se habían pasado al decirle a Light una cosa así.



    —Pero no te preocupes, Leyre. Es falsa— aclaró Stella intentando tranquilizar a su amiga— Tu novio no va a ir a la cárcel— tratando de arreglarlo.



    —Claro que no va a ir a la cárcel...— contestó L— Al menos no por eso— puntualizó, dando a entender que Light podría ir a prisión por otras causas.



    —¿Estás insinuando algo?— bufó Leyre mirando, con una ceja enarcada, a su jefe y amigo.



    —Pues ahora que lo mencionas, sí— afirmó el detective de forma rotunda— Efectivamente, me alegra que lo hayas pillado— respondió con notable altanería.



    —L... No me cabrees, ¿vale? No quiero volver a discutir contigo por lo mismo que en Cancún...— Leyre sabía perfectamente a lo que se refería el pelinegro, y por ello quiso cambiar de tema.



    —Leyre, relájate, por favor...— murmuró Stella queriendo apaciguar a la policía pelirroja, que se encontraba visiblemente alterada.



    —No, nada de relajarse. Ahora toca discutir un tema importante— dijo L con seriedad— Leyre... Hay algo que debes saber— añadió mirando atentamente a su amiga, la cual le observaba con el ceño fruncido.



    —L, basta... No es el momento, ni el lugar para hablarle de esto— trató de pararle su subordinada.



    —¿Ah, no? ¿Y cuándo es el momento, Stella?— preguntó el detective mirando a su novia— Esto le va a doler exactamente igual se lo digamos hoy o se lo digamos mañana— aseguró convencido de sus palabras.



    —¿Podéis decirme de qué narices estáis hablando?— intervino la pelirroja comenzando a ponerse nerviosa, sin entender qué querían decir sus dos amigos.

    L se quedó en silencio observando a Stella, quien suspiró dándose por vencida, y dejando que hablase.



    —Leyre... Tenemos pruebas de que Light es Kira— afirmó el detective con absoluta seriedad. Leyre rodó los ojos, cansada de volver a escuchar la misma perorata.



    —¡Otra vez con eso!— exclamó la chica indignada.



    —Creo que no me estás entendiendo— el pelinegro hizo una breve pausa antes de seguir hablando— Tenemos las pruebas que lo incriminan. Y si Light ahora mismo no está en prisión preventiva, es porque queríamos contártelo a ti primero— explicó, dejando a su amiga sin aliento, la cual sintió su pulso temblar.



    —Pe... Pero... ¿De qué pruebas hablas?— preguntó Leyre con la voz entrecortada, temiendo que esta vez L no le acusase en falso.



    —Supongo que será mejor que lo veas por ti misma— contestó el detective— Watari, pon las cintas— le pidió al hombre trajeado, que las puso al momento.



    De pronto, se encendió un monitor en el que comenzaron a proyectarse unas imágenes.

    El lugar que se reflejaba en las grabaciones, era un estación de metro. Leyre se fijó en que la fecha coincidía con el día en el que murieron los doce agentes del FBI, incluido Raye Penber.

    En la grabación se veía cómo un cúmulo de personas entraba hacia el vagón del tren de la línea Yamanote.

    L paró la cinta y señaló a una persona.



    —¿Te importaría fijarte en este chico? Puede que notes su similitud con Light— dijo L señalando a una de las personas que, efectivamente, se parecía bastante al castaño. De hecho, Leyre reconoció el atuendo de su novio— ¿Ves el sobre que lleva en sus manos?— añadió señalando la imagen. La pelirroja asintió sin decir una palabra. Tras esto, L volvió a darle al play, y segundos después, lo paró de nuevo. El tren no había arrancado, y seguía entrando gente en él. El chico volvió a señalar la pantalla— ¿Reconoces a ese hombre de ahí? Es Raye Penber, el agente que vigilaba a la familia de Light— informó— Como puedes observar, no tiene ningún sobre en sus manos— el detective volvió a darle a play y la cinta siguió su curso.

    L la pasó rápidamente y volvió a pararla con brusquedad— Aquí se ve perfectamente cómo Raye Penber tiene el mismo sobre que llevaba Light unos minutos atrás— las imágenes volvieron a correr, y pararon en el momento en el que el agente sufría un ataque al corazón— Aquí ya no lo tiene— especificó el detective. Tras seguir la grabación casi hasta el final, L la volvió a detener— Aquí tenemos de nuevo a Light, y... ¡Sorpresa!— exclamó con obvia ironía— Tiene el sobre. Por lo tanto, podemos concluir que la última persona que vio Raye Penber con vida, fue Light. Y él nunca nos ha contado nada de esto— aclaró— Así que podemos deducir que Raye le dio todos los nombres de sus compañeros a Kira, y éste acabó con ellos.

    Y viendo estas imágenes, podemos estar seguros en un 98% de que Light Yagami es Kira, o en su defecto, el otro 2%, es su más estrecho colaborador. Pero evidentemente descarto esa opción, ya que Light es el único con acceso a los archivos policiales y como comprobamos al comenzar el caso, Kira mataba siguiendo un horario estudiantil, por lo que todo encaja.

    Estas imágenes son inéditas. Las encontró Matsuda por casualidad junto a más grabaciones que habían revisado agentes del cuartel, y no habían encontrado nada interesante en ellas. Pero hace dos semanas, Matsuda me las trajo para que las examinase, sin darle mucha importancia, ya que estábamos bastante estancados. Y mira por dónde, encontré que un chico igualito que Light, había contactado con Raye Penber justo el día de su muerte. ¿Casualidad? No lo creo. Cualquier juez le sentenciaría— concluyó L.



    Leyre no había dicho una sola palabra, miraba fijamente las imágenes con lágrimas en los ojos, con sentimientos encontrados: por un parte, la rabia de saber que su querido Light era el asesino que llevaban tanto tiempo buscando.

    Y por otra, la de negarse a creer que alguien tan bueno como su novio pudiese ser un ser tan malvado y cruel. Stella se acercó a su amiga preocupada.



    —Leyre, ¿te encuentras bien?— preguntó la chica tocando el hombro de su amiga, la cual se apartó con brusquedad.



    —¿Que si me encuentro bien? ¿De verdad me estás preguntando eso, Stella?— preguntó Leyre con incredulidad y sarcasmo— ¡No! ¡Claro que no estoy bien!— exclamó dolida— Hace dos semanas que sabéis todo esto, ¿y me lo contáis ahora?— les increpó a ambos— Además... ¿¡Qué mierda de pruebas son estas!? ¡Sólo son unas imágenes de un chico que se parece a Light y tiene un maldito sobre! ¡Es ridículo!— gritó, negándose a creer a sus amigos, quienes la miraron apenados.



    —Leyre, sé que estás muy implicada emocionalmente en este tema, pero me gustaría que intentases ser objetiva— pidió L con tranquilidad.



    —¿¡Objetiva!? ¿¡Me estás pidiendo que sea objetiva cuando pretendes llevar a Light al patíbulo!?— gritó Leyre sumamente alterada— ¿¡Es que no tienes sentimientos o qué!? ¿¡No aprecias ni un poco a tu amigo!? ¿¡Tantas ganas tienes de que muera!?— espetó la chica furiosa y afligida.

    L no pudo aguantar este último comentario y se levantó de su sitio, sintiéndose por primera vez afectado con las acusaciones de Leyre.



    —¿Qué acabas de decir? ¿Que no me importa que ese idiota se muera?— preguntó L disgustado— Claro que me importa. Estoy pasando las dos peores semanas de mi vida— le informó— Y no la culpes a ella— señaló a Stella— Lo sabe desde hace un par de días— aclaró— Leyre...¿Tienes idea de lo que es cargar con la responsabilidad de decidir entre la muerte de tu mejor amigo y la del resto de personas?— preguntó de forma retórica— Porque si a ti te está pareciendo duro ahora, imagínate pasar así dos semanas enteras— respondió— Claro que no quiero que muera, ni que vaya a la cárcel. Pero es un maldito asesino, y ha matado a muchos de nuestros amigos— le recordó, hablándole con firmeza.



    —Pero ese no tiene por qué ser Light. ¡No es Light!— exclamó la pelirroja, aún sabiendo que la ropa que llevaba el chico de las imágenes, era igual a la que tenía su novio.

    L se llevó una mano a su rostro, frotando sus cansados ojos.



    —Es normal que ahora estés en la fase de negación. Yo también la pasé durante un día. Pero es él, Leyre. Y cuanto antes lo asimiles, mejor será para todos— contestó el detective.

    Leyre negó con fuerza, sintiendo cómo las lágrimas brotaban intensamente de sus ojos.



    —¡Eres un mentiroso! ¡No tienes a quién culpar, y siempre la tomas con él! ¡Eres un cabrón, L! ¡Te odio!— gritó la policía con todas sus fuerzas. Tras esto, se dio la vuelta y se marchó dando un sonoro portazo, dejando a Stella preocupada y a L abatido.



    Leyre salió del cuartel con paso firme y presuroso, pensando sólo en volver a casa y olvidar todo lo ocurrido. Pero, en el último momento, se le ocurrió ir a ver a Light, ya que eso siempre la tranquilizaba. Aunque seguía dolida por lo que le había hecho la noche anterior, el castaño era la única persona con la que quería hablar en esos momentos.

    Minutos después, Leyre llegó a casa de Light, y sin avisar, abrió la puerta que daba al jardín delantero. Le llamó al móvil, pero este dio apagado. Así que decidió llamar a la puerta.

    Al no recibir respuesta, cogió la copia de las llaves que Light guardaba siempre, por costumbre, bajo una de las baldosas de la entrada, algo que el chico le había contado que solía hacer por si en algún momento olvidaba las llaves dentro.

    Tras esto, Leyre abrió la puerta con cuidado, comprobando, como se temía, que su novio no estaba en casa. Subió las escaleras hacia la habitación de Light y entró en el dormitorio, en el cual tampoco había nadie.

    Estando allí, se sentó en la cama, en la que tantas veces había dormido, y se dispuso a esperarle. Al hacer esto, se dio cuenta de que sobre el escritorio había un cuaderno negro que llamó poderosamente su atención.

    En la tapa ponía "Death Note". Sin saber muy bien por qué, la pelirroja se levantó de la cama y se acercó hasta donde estaba la libreta, acariciando la portada con cuidado.



    La abrió sin pensar, y comprobó que las páginas estaban llenas de nombres de distintas personas y, junto a la mayoría de éstas, aparecía una fecha y una hora y lo que parecía ser la causa de las muertes.

    La joven se quedó completamente paralizada, sintiendo un intenso mareo al reconocer algunos de los nombres, ahí escritos, como criminales asesinados por Kira.

    Leyre quiso aferrarse a la idea de que tal vez, Light, llevaba una lista de las víctimas del asesino, así que fue a revisar las últimas páginas escritas para dar fuerza a su teoría. Entonces, sus peores temores se materializaron, ya que en éstas encontró decenas de nuevos nombres con sus futuras fechas y horas de muerte, lo que hizo le temblasen el cuerpo.

    Al lado de esos nombres había distintas causas de muerte, y volviendo algunas páginas atrás, Leyre pudo leer los nombres de varios de los agentes que Kira había asesinado.

    Muchos de ellos habían sido amigos de Stella y de ella, y les conocían desde que ambas llegaron a Japón, por lo que sus muertes le habían dolido increíblemente.

    Pensar que el promotor de todos aquellos crímenes era el propio Light, le daba náuseas.

    El pulso se le aceleró aún más cuando comenzó a pasar las páginas de forma acelerada, y reconoció más y más nombres de víctimas de Kira: tanto criminales como agentes de policía.

    En ese momento, alguien entró a la habitación y cerró la puerta tras de sí, haciendo que la pelirroja cerrase el cuaderno y se diese la vuelta sorprendida, observando cómo Light la miraba con los ojos entrecerrados, pillándola infraganti con la Death Note entre sus manos.



    Leyre quería disimular, pero no pudo evitar emitir un grito al ver a un extraño ser de unos tres metros de alto, con unos enormes ojos amarillos y una sonrisa escalofriante. Light se dio cuenta al instante de que su novia estaba viendo a Ryuk, el cual la sonreía de forma burlona.



    —¡Vaya, Light! ¡Qué chica tan guapa! Preséntamela— dijo Ryuk con socarronería.



    Light ignoró por completo al Shinigami, y dio un paso hacia Leyre, mirándola con el ceño fruncido y acercándose a ella lentamente, haciendo que la joven contuviese la respiración y caminase hacia atrás hasta quedar de espaldas al escritorio. Light quedó frente a ella, mirándola con intensidad. Leyre pensaba que le daría un infarto, pero Light tan sólo alargó su brazo para coger el cuaderno, y se apartó de su novia.



    —¿¡Qué demonios es eso!?— preguntó la pelirroja haciendo que Light no supiese si se refería a la Death Note o a Ryuk.



    —Esto es un cuaderno de muerte, y eso es un Shinigami— explicó el castaño con simpleza.



    —¿Un cuaderno de muerte?— preguntó Leyre confusa, queriendo recordar de qué le sonaba ese nombre.



    —Exacto— contestó Light— Si escribes el nombre de una persona pensando en su rostro, a los cuarenta segundos, morirá de un ataque al corazón. Por supuesto, si escribes el nombre de la persona y la causa de su muerte, se te otorgan seis minutos y cuarenta segundos adicionales en los que puedes especificar cómo deseas que muera— aclaró con el mismo tono indiferente de antes.

    Cuando Leyre se dispuso a hablar, Light la interrumpió— No te preocupes, no es necesario que te molestes en preguntar. Efectivamente, yo soy Kira— afirmó recalcando las tres últimas palabras y sonriendo de forma perturbadora.

    Leyre no vio en sus ojos ni rastro de aquel chico dulce del cual se había enamorado.



    —Entonces... El Asesino del Tarot tenía razón... Tú eres Kira— murmuró la chica mirando a su novio con total incredulidad— ¿Pero cómo... Cómo has podido, Light?— preguntó, mirándole decepcionada.



    —Lo dices como si ser Kira fuese algo malo— respondió el joven ofendido— Librar al mundo de criminales ha sido siempre el objetivo de la Policía. Mi intención es crear un mundo libre de maldad. Formado tan sólo por gente justa y honesta. ¿Acaso no es lo que siempre has querido?— explicó convencido de sus palabras.



    —¿Pero qué estás diciendo?— preguntó la policía alucinando con el discurso del chico—

    Yo nunca he querido que matases a nadie, Light. Tú no eres quién para decidir si alguien vive o muere. Eso es cosa de Dios, no tuya.

    Y si el precio de ese mundo perfecto del que hablas, es que tú te conviertas en la única persona con la mente retorcida, entonces no habrá merecido la pena— dijo tratando de hacer rectificar a su novio.



    —Me parece que no has entendido nada, Leyre— rebatió Light convencido de sus ideales—

    No me importa sacrificar mi alma si con ello puedo conseguir ese mundo. Y ten por seguro que lo lograré— sentenció.

    Tras decir esto, el castaño abrió la libreta de forma amenazante y sacó un bolígrafo de su bolsillo.



    —¿¡Qué vas a hacer!?— gritó Leyre asustada, temiendo por su vida.



    —Sé muy bien cuan fuerte es tu sentido de la justicia. Y sabiendo que yo soy Kira, seguramente me acabarás delatando. No puedo permitir eso— respondió Light mirando las páginas del cuaderno, a punto de comenzar a escribir— Aunque... Todavía tienes otra opción— levantó la mirada y volvió a mirar a su novia— Únete a mí. Ayúdame a crear ese Nuevo Mundo.

    Juntos acabaremos con cualquiera que se interponga en nuestro camino— dijo tendiéndole la mano, invitándola a unirse a su causa.



    —¿Y si esas personas son nuestros amigos?— preguntó Leyre con rabia, pensando sobre todo en L y Stella.



    —Si se entrometen en nuestros planes, es que no merecen ser nuestros amigos— contestó Light de forma contundente.

    Leyre caminó hacia atrás, quedando entre Light y la pared, asustada al comprobar que su novio era capaz de matar a L, Watari o Stella sin pestañear tan siquiera.



    —Eres un monstruo— murmuró Leyre dándose cuenta de toda la maldad que Light acumulaba en su interior.

    Éste dejó de tenderle la mano y la observó con el ceño fruncido.



    —A decir verdad, siempre supe que elegirías esa opción— respondió Light con marcada decepción por la decisión de su novia—

    Lo siento, cariño... No me dejas otra opción que matarte— sentenció, comenzando a escribir las primeras letras del nombre de la chica en la Death Note.



    Leyre comenzó a sentir agudos pinchazos en su pecho, viendo cómo su "novio" firmaba su sentencia de muerte. Light iba escribiendo letra a letra, formando ya casi por completo el nombre de ella. Cuando iba a comenzar por su primer apellido, inexplicablemente le tembló el pulso, pues a su cabeza comenzaron a llegar todos los recuerdos vividos con la joven.

    Light pudo ver perfectamente el día en que se conocieron, cuando la chica llegó desde Madrid dispuesta a ayudar en el "caso Kira".

    Le gustó tanto al verla... Era tan simpática, tan bonita... Y tan diferente a loca de Misa...



    —Tú debes de ser Light, ¿verdad?— preguntó la pelirroja mostrándole una sonrisa entusiasta mientras le tendía la mano.

    El castaño asintió, y se la estrechó, mirándola con ternura por la frescura que desprendía la joven— Encantada de conocerte. Me llamo Leyre. A partir de hoy seremos compañeros— dijo de forma alegre— Juntos atraparemos a Kira— añadió convencida de sus palabras, pero sin perder la sonrisa.



    —Dalo por hecho— respondió el chico, cuyos recuerdos acerca del cuaderno se habían esfumado— Un placer conocerte, Leyre— agregó con dulzura, sin dejar de mirarla a los ojos, causándole un ligero rubor en las mejillas.



    Light nunca fue capaz de olvidar la primera vez que vio aquellos ojos de color chocolate que pusieron su mundo del revés, y le hicieron conocer, por primera vez en su vida, lo que era el amor verdadero.



    La siguiente imagen que le vino a la mente, fue cuando se besaron por primera vez en Shibuya.

    Ahí fue cuando supo que estaba profundamente enamorado de ella, y que ya no podía seguir negándoselo más.



    Tras esto, los recuerdos comenzaron a acelerarse, pasando miles de imágenes por su cabeza: Desde sus primeros días de novios, pasando por el secuestro del Asesino del Tarot, hasta llegar al último viaje a Cancún, deteniéndose en sus largos paseos por la playa y en todas y cada una de las veces que la había hecho suya.

    La voz de Leyre no dejaba de resonar en su cabeza, reproduciendo algunas de las conversaciones que habían tenido. Todas ellas de la chica apoyándole, y diciéndole lo muchísimo que le quería.

    Incluso recordó todas las veces que le había dicho que la protegería y que ella era lo más importante de su vida.



    Light cerró los ojos con fuerza y apretó la punta del boli contra el cuaderno, manchando la página de tinta. Cuando abrió de nuevo los ojos, intentó seguir escribiendo el nombre completo de Leyre, pero el pulso le temblaba horrores, como si algo en su interior le hubiese agarrado la muñeca, y estuviese impidiendo que la moviese. La letra de Light era casi ilegible y no pudo terminar de escribir el primer apellido, pues el chico cerró la libreta repentinamente, agarrándose la muñeca derecha, que seguía dándole fuertes y dolorosos calambres.

    Por un momento, los ojos de Light volvieron a brillar como siempre lo habían hecho, sin malicia. En ese instante, cogió un mechero de su estantería, e inmediatamente prendió fuego a la Death Note, tirándola al suelo lejos de ellos. Light había decidido renunciar a la posesión del cuaderno y salvar a Leyre, dándose cuenta de que la quería más a ella, que a ese Nuevo Mundo que estaba en su mente.

    El cuaderno empezó a arder al momento, dejando a Light con una mueca descompuesta de dolor. Entonces, Ryuk resopló.



    —Joder, Light, ¿ya te has cansado? Esta vez no me has entretenido mucho. ¡Menudo aburrimiento!— le recriminó el Shinigami, atravesando la pared y desapareciendo de su vista.

    Tras unos segundos en los que Light se mantuvo estático, finalmente cayó de rodillas al suelo, derrotado. Leyre aún algo asustada, se acercó al chico temerosa, y se arrodilló a su lado, acariciándole cuidadosamente el pelo.



    —Light, ¿estás bien?— preguntó la pelirroja preocupada, viendo que su novio tenía los ojos cerrados y no reaccionaba.

    Cuando abrió los ojos, éste la miró sorprendido, como si no entendiese lo que había pasado.



    —Leyre, ¿qué ha ocurrido? Me duele la cabeza...— murmuró el castaño llevándose la mano a la sien.



    —¿No recuerdas nada?— preguntó la chica incrédula. Light la miró con completa sinceridad.



    —Creo recordar que hemos discutido... Después me he golpeado la cabeza y me he caído al suelo, ¿no? Es que no recuerdo nada más— contestó el policía confuso. Leyre acarició las mejillas Light, sabiendo por su mirada limpia y transparente que no mentía.



    En ese momento, la pelirroja le abrazó con fuerza, casi tumbándole en el suelo, sin poder evitar derramar algunas lágrimas que intentó que el castaño no notase



    —Cariño... ¿Te he dicho algo malo?— preguntó preocupado— No recuerdo bien lo que ha pasado, pero si he dicho alguna tontería, por favor, perdóname— pidió en un susurro lastimero.



    Leyre no podía creérselo, acababa de recuperar al Light que tanto quería y que pensaba que había perdido para siempre. La chica besó a su novio en la mejilla de forma inconsciente, dejando que algunas lágrimas cayesen por su rostro.



    —No llores, por favor... No quiero que llores jamás por mi culpa— murmuró el chico secándole las lágrimas y besándola en los labios.



    Ella correspondió el beso entre sollozos.

    No podía creerse lo que estaba ocurriendo.

    Light volvía a ser su chico de siempre, cariñoso y cuidadoso de no hacerla daño.

    Leyre agarró la camisa de su novio con fuerza, temiendo que en cualquier momento el castaño se volatilizase o volviese a tener esa cruel mirada en sus ojos.

    Pero eso no ocurrió, Light seguía abrazándola y dándola cortos besos en la mejilla, bajando ligeramente por el cuello, con delicadeza, intentando tranquilizar a la temblorosa pelirroja.



    —Leyre... Cuéntame qué ha pasado— suplicó el policía, que no entendía por qué su novia estaba tan afligida, ni por qué había un montón de cenizas esparcidas por la habitación.



    —No importa... No importa lo que haya pasado— respondió la chica abrazando con más fuerza al joven, negándose a soltarse aunque fuese un momento.



    —Claro que importa, si no, no estarías así... Te he hecho daño, ¿verdad?— preguntó Light disgustado, sintiendo cómo la culpa se apoderaba de él, sin saber siquiera qué había hecho— Tienes miedo, se te nota en la cara...— afirmó apenado.



    —Pero no a ti. Tengo miedo a perderte. A que desaparezcas— contestó Leyre secándose las pocas lágrimas que aún resbalaban por su pómulo— Y tú no me has hecho nada. Te lo prometo, amor— insistió mirándole dulcemente a los ojos, haciéndole comprender que decía la verdad, pues el chico al que ella amaba jamás le haría daño.



    Light acarició el rostro de Leyre con ternura, sin intención de seguir haciendo más preguntas, aunque cientos de dudas asolasen su mente.

    Sin dudarlo, el castaño la besó con la misma dedicación que antes, lentamente, disfrutando cada pequeño roce de sus labios contra los de su querida pelirroja.

    Light rodeó con sus brazos la cintura de Leyre, y echándola ligeramente hacia atrás, se levantó despacio, llevándola junto a él.

    No rompió el beso ni un instante, quedando ambos frente a los pies la cama.

    Leyre rompió el contacto unos segundos y mirándole a los ojos fijamente, cogió la corbata de su novio, y deshizo el nudo hasta retirarla. Tras esto, desabrochó los botones de la camisa de su novio con lentitud, deslizándola por sus hombros y dejándola caer también al suelo, acariciando con sus manos el torso del chico.

    Los labios de ambos volvieron a unirse con delicadeza. Light pasó sus manos bajo la blusa de la joven y bajó un poco la tela que cubría los hombros, recorriendo su espalda, y acariciando cada centímetro de su piel. Leyre se sentó a los pies de la cama y Light se puso frente a ella, retirando también los zapatos de la joven, mientras ella le miraba con infinita dulzura.

    La pelirroja se inclinó para darle un beso en los labios, y el castaño se incorporó sin romper el contacto. Ella, aún sentada, atrajo al chico por la espalda y le dio un corto beso en el abdomen antes de desabrocharle el cinturón y bajarle los pantalones y bóxers, eliminando cualquier barrera textil que pudiera haber entre ellos.

    Ambos sonrieron y sus labios se juntaron de nuevo, posando él sus manos en la mejilla de la joven. Tras esto, levantó a la chica por los hombros y, con cuidado, deslizó la blusa por sus brazos, quitándosela y dejando que ésta cayese al suelo junto a las demás prendas.

    Las manos de Leyre acariciaban la espalda de Light, mientras éste la miraba a los ojos con una sonrisa dulce.

    El policía iba a seguir con el beso, cuando se fijó en los moratones que tenía su novia en el costado. Los miró con sorpresa, y acarició la zona con el dedo índice. Después, la miró a los ojos, expectante, buscando una respuesta a esos golpes. Ella giró la cara, sin querer responderle.



    —Me caí— mintió la chica no queriendo explicar el verdadero motivo de las lesiones.



    —Mentira— murmuró el castaño subiendo lentamente su mano al cuello de la pelirroja, que aún conservaba las marcas del día anterior— He sido yo, ¿verdad?— preguntó apenado. Leyre se negó a decirle que había sido él mismo el causante de las contusiones, por lo que le respondió con una negativa. Pero Light, como si lo supiese, la abrazó con fuerza, pegando su mejilla a la de ella— Sabes que te quiero, cariño... Jamás te haría daño a propósito— su voz tan sólo era un susurro, como si el herido de gravedad fuese él.



    —Lo sé. Sé que me quieres, amor...— aseguró ella llevando sus manos al rostro de su novio— Por eso te garantizo que no has sido tú quien me ha hecho esto— Leyre besó la mejilla del joven, y seguidamente sus labios, de forma dulce y cariñosa. Light cerró los ojos y correspondió el beso, volviendo a acariciar la piel de la chica, esta vez con más cuidado aún, temiendo rozar las zonas dañadas.



    Pasó un brazo por la cintura de la pelirroja, mientras que ella enredaba sus brazos en el cuello de él.

    El policía llevó una de sus manos a la nuca de la chica y la besó con mayor intensidad. Después, rompió el contacto y con ambas manos en las mejillas de ella, le dio pequeños besos en los labios, para a continuación volver al beso anterior. Segundos después, retiró con precaución el sujetador de la joven mientras bajaba sus labios por su mandíbula y cuello.

    Light llevó sus caricias hasta el vientre de la policía, y desabrochó el pantalón corto de ésta, quitándole lo que le quedaba de ropa y sentándola a ella en la cama.

    Él se posicionó sentado frente a ella, acercándola y besando de nuevo sus labios dulcemente, pasando ella sus brazos por el cuello y hombros del joven.

    Los cuerpos de ambos estaban completamente pegados, sintiendo cada uno la temperatura de la piel del otro, haciendo que ésta se erizase con cada caricia recibida.

    Las respiraciones eran acompasadas, y sólo se entrecortaron cuando Light cogió a la chica de la cintura y la subió a su cuerpo, comenzando así las embestidas, y haciendo que Leyre soltase un pequeño gemido de sorpresa y placer.

    El ritmo era lento y equilibrado, sacando suspiros en ambos, que seguían acariciando la piel de su pareja, disfrutando de cada profundo y pausado movimiento.

    Los besos y pequeños mordiscos fueron creciendo en intensidad de forma gradual, junto con las oleadas de placer que envolvían a los dos jóvenes.

    Light acariciaba los muslos de Leyre, y ésta se aferraba a la espalda del chico, profundizando aún más las embestidas, besando su cuello y haciendo que el policía también llevase sus manos a la cadera de la chica. Él empujó con fuerza, por lo que ella no pudo reprimir varios fuertes gemidos, arañando la espalda de Light con saña y cerrando los ojos fuertemente.

    La tranquilidad de los movimientos les permitió estar así largo rato, llegando juntos al final, terminando con un largo y tierno beso que les dejó tumbados a ambos en la cama del castaño, el cual rodeó a la pelirroja con sus brazos y la sonrió con ternura, para después volver a besarla.
     
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  1. Monokuma J
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