Sin Título

Tema en 'Historias Abandonadas Originales' iniciado por Marina, 11 Septiembre 2014.

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    Marina

    Marina Usuario VIP Comentarista Top

    Tauro
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    Sin Título
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    Drama
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    Hola. Esta historia la comencé hace algunos años. Hice un prólogo y siete capítulos solamente, los que publiqué en otro foro con el nick de MCruz, pero ese foro cayó y ahí se quedó parte de esta historia que continuaré aquí, así que si los primeros capítulos de esta historia se ven con otro nick, es plagio. Esta también comencé a publicarla en el blog que comparto con mis hijas.

    Decidí quitar el prólogo y hacerlo capítulo, así que lo dejo... ah, la historia tiene por título : Sin Título, así que no es porque no le haya encontrado título, sino que así se titula por cuestión de la trama que tendrá esta.

    Sin Título
    1


    Corrí por el campo tupido de flores, con el sol cayendo sobre mí cálidamente. Sus rayos suaves, bajos ya, se reflejaban agradablemente por el manto de diferentes colores que se extendía por varios metros. Me abrí paso por ese manto haciendo las flores a ambos lados para poder continuar mi carrera, mientras una brisa vespertina se colaba por mi suelto cabello negro haciéndolo hondear y los delicados pétalos que se desprendieron de las delicadas margaritas, estrellas, jacintos, virginias, malvas, crisantemos y narcisos, se levantaron para golpear con ternura mis mejillas, mi cuello y mis brazos desnudos, pues vestía una playera sin mangas, de esas cortas que llegan a la pretina del pantalón y que en este momento se había levantado por la agitación de mi torso y mis brazos al correr, así que los pétalos también acariciaron mi vientre y si me hubiera detenido a mirar, hubiese visto un pequeño pétalo acomodado de manera curiosa en mi ombligo desnudo.

    Pero no me detuve. No. Yo no, sino que fue aquel sujeto odioso que me dio alcance.

    La garra que me tomó por el cabello que hondeaba de manera maravillosa, lastimó mi cuero cabelludo cuando me detuvo de golpe e inmediatamente sentí cómo las lágrimas saltaron a mis ojos. Esa garra me levantó de los cabellos y yo, alzando los brazos, me colgué del brazo del dueño de esa mano de largos y finos dedos para mitigar el dolor de mi pobre cabeza, ya que mis pies quedaron suspendidos sobre el aire.

    Lanzando odio por mis ojos cafés claros, miré al hombre cuando me voltee para quedar de frente a él y el dolor de mi cuero cabelludo aumentó por el movimiento, pero no me importó. Mi rostro estaba a la altura del suyo gracias al levantamiento de mi pequeña persona por su brazo fuerte. Y claro, era fuerte porque yo sólo era una niña. Seis años para ser exacta. Así que no había dificultad para él al levantarme así.

    Nuestras miradas se enfrentaron. La de él impaciente, irritada y cansada.

    La mía, ya lo dije. Llena de odio. Cómo odiaba al sujeto… a pesar de que era mi padre.

    —Si prometes no volver a huir, te bajo—escuché su voz entre dientes y esta sonó molesta, furiosa más bien dicho.

    —No me bajes—le respondí rebelde, aferrada a su brazo con mis dos pequeñas manos. Yo también estaba enojada y por eso siguió sin importarme el dolor del tirón de su mano. ¡Qué digo tirón! Mi padre había enredado la mayor parte del mechón de mi cabello en su mano y el dolor era casi insoportable, pero aún así le dije eso.

    Nada me costaba ceder y permitir que me bajara para aliviar mi dolor y mis lágrimas, porque estas rodaban de manera silenciosa por mis mejillas de manera abundante, pero mi orgullo me lo impidió, así que mi padre, caminando conmigo de esta manera, regresó sobre el sendero que ambos habíamos hecho en el tupido manto floral.

    — ¿Por qué eres así?—preguntó él, más furioso— ¿Por qué haces sufrir tanto a tu madre?

    Me limité a seguir llorando. A medida que nos acercábamos al campamento, mi odio creció.

    El campamento estaba formado por una larga hilera de vagones del ferrocarril, los que se encontraban sobre los rieles de una vía de hierro. En cada vagón había dos viviendas. Hacia un vagón de esos se dirigió mi padre. Para ingresar al vagón había una angosta escalera de madera, pues las puertas del vagón estaban como a metro y medio de altura.

    Mientras mi padre subía conmigo esa escalera, yo miré de reojo a la vecina que, asomada a su puerta miraba la escena que hacíamos mi padre y yo. Odié a la vecina. Odié que solo una delgada pared de madera dividiera su vivienda y la nuestra. Detesté que nuestra puerta y la de ella estuvieran una al lado de de la otra. Aborrecí que ella compartiera la mitad del vagón y nosotros la otra mitad. Reprobé que el espacio en el interior de nuestra vivienda solo midiera diez metros por tres y que en ese pequeño espacio estuviera la sala, la cocina y la habitación. Sin baño, porque nuestro baño era una pequeña letrina que estaba situada en el exterior, como a cien metros de distancia y a ambos lados de nuestra letrina, una hilera de otras se extendía pertenecientes a las demás familias que vivían en los otros vagones.

    Y mientras mi padre me arrojaba a la única cama que había en la “habitación”, porque no cabía otra, hice una rabieta como las que hacía todos los días y grité con desdén, limpiándome las lágrimas con ira:

    — ¡Los odio! ¡Odio esta pocilga! ¡Y odio mi vida! En cuanto pueda me iré. ¡Lo prometo! ¡Prefiero vivir allá afuera!

    Con la mirada brillante de lágrimas, mi joven madre me miró preocupada, mientras tocaba su vientre abultado. Sin permitirme sentir compasión por ella, por todas las preocupaciones que mi actitud le daban, me hice ovillo y me acurruqué en la orilla de la cama que daba a la pared. Planeando volverme a escapar.

    Un día mi padre no me atraparía.
     
    Última edición: 11 Septiembre 2014
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    Víngilot

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    Aquí estamos una vez más, Marina, con gran gusto. Me encanta cómo en unas cuántas líneas ofreces los elementos necesarios para poner la historia entera en suspenso, agradable, con ganas de ver más, valga la comparación con una chava que muestra sus encantos, sólo lo suficiente para invitar a conocerla... disculpa el ejemplo, je, je... Ya te había comentado que el campo me encanta, así que la escena de la niña en el mar de flores es una maravilla. Y, por un momento, cuando a la niña la toman por la espalda creí que sería otra persona y otras sus intenciones... en serio, pensé "llevo leídos dos párrafos deliciosos y ya se va a poner trágico esto", me daba cosa seguir leyendo, qué bueno que sólo me pasó por la mente.
    Y pues seguramente nos irás comentando acerca del por qué del odio de esta niña hacia su familia y vida, no creo que sea por su poco prometedor destino, debe haber algo más de por medio y quiero saberlo, siento una gran curiosidad por saber por qué alguien de seis años conoce el odio...
    Marina, aquí estoy, ojalá que pueda estar hasta el final de la historia, lo sabes, es un absoluto placer. Que estés muy bien. Hasta pronto.
     
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    Borealis Spiral

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    ¡Master! ¡Qué alegría me da ver este título aparentemente inexistente aquí! xD Me la debías, creí que no la continuarías nunca, pero veo que me desesperé antes de tiempo, jajaja. De acuerdo, ahora seré más paciente. Hm, me acuerdo de este que era el prólogo porque cuando lo leí por primera vez, tú sabes qué se me vino a la mente: "Oh, una historia basada en el estilo de vida de la infancia de Master" o.o Siempre quise que hicieras una autobiografía, pero como no, me conformo con esto, jajaja. El entorno este del principio siempre capturó mi atención y es que nunca he leído algo parecido así que ya sabes. Hm, espero que no sea spam esto, porque no tengo más que decir, así que me despido ya. Y recuerda que rebosa de amor por ti este corazón tachado de frío, cruel y minúsculo. Besos.

    Hasta otra.
     
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    Marina

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    @Víngilot, muchas gracias por pasarte. Wow, qué linda comparación xD Lo que sucede es que esta niña no es nada ordinaria, sino que es muy especial. Si sigues leyendo verás por qué. Los capítulos no serán muy largos, así que si no son aburridos, podrán leerlos rápido xD

    awww, espero que estés en este foro mucho, pero mucho tiempo. ¿Acaso has pensado en irte ya? Si así es, te comprendo, algunas veces he pensado en lo mismo, de hecho, pensé en irme en cuanto terminara el Chico del Tatuaje... necesité publicar esta historia para quedarme, pues ya he sentido el deseo de retirarme xD

    @Borealis Spiral, u.u, tu comentario me ha dejado sorprendida. Nunca haré mi autobiografía, jajaja, aunque te parezca interesante mi vida, no lo haré. Si bien me basé en el entorno que me rodeaba cuando era niña para escribir esta historia, todo lo que suceda en ella, así como los personajes, si se asemejan a la vida real, pues es pura coincidencia.

    Gracias a los que se han pasado por aquí. Les dejo el cap que sigue.

    2

    Vi acercarse el puño a mi rostro con una velocidad inesperada, así que sin poder detenerlo dejé que éste se impactara en mis labios. Me dolió horrible y de mi manantial interior, ese que de vez en cuando lubricaba mis ojos, salió un torrente salado, pero el orgullo que me corría por la venas me sostuvo en pie y sin la menor de las quejas.

    Saqué la mochila que llevaba colgada en mi espalda y la arrojé con ira al suelo, respirando con agitación mientras probaba mi propia sangre. Mi mirada recorrió a ese estúpido niño que se había atrevido a poner sus sucias manos sobre mi bonito rostro; la claridad de este ahora salpicado de ese líquido rojo que brotaba de mis dos labios.

    Vivía la edad en la que mis dientes de leche se estaban cayendo y ese golpe terminó por sacarme uno que ya tintineaba. No me lo tragué de milagro, pero lo sentí adentro de mi boca. Diente pequeño en comparación con el que lo reemplazaría. Lo escupí mientras escuchaba el escándalo de los demás niños y el escuincle que me golpeó, habló con su voz de niña bonita:

    —¿Vas a retractarte?

    Sonreí bravucona. Claro que no. Yo jamás me retractaba cuando tenía la razón… o creía que la tenía.

    —No —le dije burlándome de él—lo he dicho y lo sostengo. Eres una niñita cobarde que le gusta maltratar a las niñas.

    —¡No! —gritó él, más provocado por mis palabras— ¡Esto no te lo perdono!

    Dicho lo cual se fue contra mí otra vez, pero en esta ocasión yo fui más rápida que él. No por nada desde que tenía uso de razón había tenido estas peleítas y no me importaba si eran niños o niñas, aunque estos siempre eran mayores que yo. Esta escena era una ventana que mostraba lo que había en mi existencia. Me moví para evitar su golpe y terminé con esa pelea dándole una patada entre las piernas. Era mala, sí. La amargura que me corroía me había hecho así. Aborrecía esta vida.

    Miré a mi compañero de escuela y de vivienda, pues él era mi vecino en el campamento, caer al suelo. El sonrojo que había invadido su rostro cuando lo insulté delante de todos llamándolo niñita cobarde, fue hecho a un lado por una asombrosa palidez. Se enroscó en el suelo cubriéndose la entrepierna con sus manos a la vez que lágrimas de dolor asomaban a sus ojos y reconocí algo. Tenía unos ojos muy hermosos. Grandes y marrones, bordeados de largas pestañas. Ni siquiera yo que me consideraba una niña bonita tenía unos ojos tan lindos.

    Él tenía ocho años y sí, ese niño me encantaba. Vivía pegadito a mí, es decir, sólo una pared de madera nos separaba, pero no me gustaba su voz. Una voz aguda que lastimaba mis tímpanos. No la soportaba y menos cuando se ponía a gritarles a mis compañeras, las que estaban enamoradas de él. Sí, ríanse. ¿Unas niñas de seis y siete años enamoradas? Claro que sí. Teníamos corazón y uno muy grande en cuanto a sentimientos. Yo por ejemplo sentía gran repudio por las circunstancias de mi vida. No me gustaba donde vivía, ni mucho menos el ambiente que me rodeaba. Por eso un día me escaparía. ¿A dónde? ¡Qué sabía yo! A donde el ambiente fuera diferente a este que me rodeaba. Sabía por los cuentos que mi madre me contaban cuando era más pequeña que existían mundos diferentes al mío donde los residentes también lo eran. Personas sabias, cultas y llenas de variados conocimientos.

    No como Miguel que se aprovechaba de nosotras y como sabía que a mí también me gustaba, me provocaba llenándome de ira, no obstante era la primera vez que llegábamos a esta situación.

    Me incliné a un lado de él y tocando su rostro, tomé una de las lágrimas que de manera vergonzosa fluían de sus ojos. Mi rostro serio no se alegró por haberle ganado. No. Más bien me dio tristeza ver cómo el viciado ambiente que nos rodeaba estaba haciendo méritos en él. Estaba siguiendo el mismo ejemplo de su padre. Un hombre aprovechado que le daba palizas a su mujer por cualquier cosa. Un sujeto mal hablado sin respeto por su esposa ni sus hijos. Borracho pendenciero que para lo único que servía, era para llenar de hijos a su mujer.

    Y desgraciadamente en el campamento todos eran así… excepto mi padre, pero lo odiaba por tenernos a mí y a mi madre viviendo en un entorno así.

    —Vas a pagarme esta ofensa, Miriam —lo escuché murmurar con voz débil.

    Mi maldad era mucha y lo mostré tomando a Miguel de los orificios nasales con mis dedos índice y medio. Levanté su cabeza de la nariz y él gritó. Las lágrimas fueron más copiosas. Seguro que le dolió mucho. Con voz calmada le dije:

    —Cuando quieras.

    —¡La maestra! —Gritaron los niños que nos rodeaban y echaron a correr como ganado en estampida— ¡Sálvese quien pueda!

    Yo no pude. De cualquier manera no fue mi intensión correr. No importaba qué hiciera, casi nunca podía ocultarles a mis padres nada. Mis padres parecían tener radares porque cuando descubrían algo malo de mí, sabían hasta el más mínimo detalle de lo sucedido. El pensamiento de que ellos tenían espías por doquier, me invadía de continuo.

    —¡Miriam! ¡Otra vez peleando!

    La maestra casi corrió hasta donde yo maltrataba así a Miguel y tomándome de un brazo, me levantó de manera violenta. Yo sabía que haría eso, es por ello que no solté la nariz de Miguel, quien se vino conmigo. El grito de él fue de puro suplicio.

    — ¡Miriam!— gritó la maestra Casimira por demás furiosa— ¡Qué niña tan problemática eres! ¡Suéltalo!

    Yo tenía los dedos bien adentro en la nariz de Miguel. Al parecer no sólo le causaba dolor, sino que le estaba costando respirar, por lo que me miró suplicante con sus hermosos ojos al momento de jalar aire desesperado con la boca. Él mismo tomó mi mano y la jaló para sacar mis dedos de su nariz, la que quedó roja como la de un payaso, a los que también abominaba, porque lejos de divertirme me espantaban, pues no sabía qué clase de bestias se ocultaban debajo de sus disfraces. Las bestias que me rodeaban se mostraban tal y como eran, por eso no las temía.

    En cierta manera Miguel, una de esas bestias, pero de las más pequeñas, me dio lástima. Lo miré tendido en el suelo, ahora tocándose la nariz con las dos manos mientras la maestra me llevaba con ira hasta la dirección de la escuela, refunfuñando:

    — ¡Apenas empieza el día de clases y tú ya lo fastidiaste, niña! ¡Mandaré traer a tu mamá! ¡Me parece que esas peleas tuyas lo único que provocarán es que te expulsen!

    Lo que por supuesto no me importaba. Dentro de poco, en un mes por mucho, moverían el campamento a otro lugar. ¡Ah! ¡Ese constante cambio era un suplicio! Por eso no hacía amigos en los lugares a donde llegábamos, porque casi enseguida los perdía. Mi círculo se reducía a ese grupo de personas que vivían en el campamento. Ese reducido grupo que vivía una vida vacía, cuya única satisfacción era, en el caso de los hombres, trabajar como esclavos durante seis días a la semana una jornada de hasta doce horas por día, cambiando los rieles de la vía o extendiendo la ruta para que el tren, tanto pasajero como de carga pudiera llegar a todos lados, o cuando peor les iba, levantando trenes descarrilados y luego al final de cada quincena, cuando recibían sus salarios, ir a los bares cercanos al campamento a gastar todo su dinero, olvidándose de sus mujeres e hijos a los que tenían que alimentar.

    Pero claro, como eran tan olvidadizos, les tocaba ahora a las mujeres buscar trabajo en los lugares cercanos como sirvientas, porque eran analfabetas la mayoría de ellas por haber crecido en un entorno semejante donde no había estudios, ni superación, ni otro propósito para ellas que no fuera nacer, crecer e irse a vivir con el hombre que más las maltratara, llenarse de hijos y trabajar para mantenerlos porque sus hombres era unos olvidadizos… y de paso mantenerlos a ellos y claro, jamás faltaban las palizas que con todo su amor les propinaban sus dueños acompañadas de un lenguaje altisonante: insultante y derribador. Eso era la satisfacción de ellas.

    ¡Maldito ambiente! ¡Un círculo de vida casi animal! Una vida cuya regla era continuar en el ruedo. Bestias prisioneras por su propia conformidad.

    ¡Un día me fugaré! ¡Romperé con ese círculo!
     
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    Borealis Spiral

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    Gran capítulo, como siempre, Master. Uy, esa Miriam es brava, ¿eh? Mira que pelearse de esa forma y con el chico que le gusta. Si no le gustara, no quiero saber qué le pasaría a Miguel ._. Ahora, lo que terminó por perturbarme hasta un grado, fue la descripción del círculo que todos viven allí u.u Nada prometedor, nada atractivo, nada esperanzador o que otorgue alguna clase de futuro. ¿Cómo pueden existir sitios así, Master? Todavía no logro comprenderlo. Yo creo que Miriam hace bien en desear irse y que si tan resuelta está a fugarse, doy por hecho que lo logrará. Después de todo, como pude darme cuenta aquí, es una chica muy decidida y desea superarse. Espero saber cómo lo conseguirá y mientras lo hace, cómo continúa su actitud para con esa comunidad a la que aborrece tanto. Espero la continuación con ansias y te me cuidas. Love.

    Hasta otra.
     
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    Víngilot

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    Mmm... es obviamente un tema diferente a los que se está acostumbrado a leer. No sé si esté disfrutando del fic, pero sí sé que me ayuda y que puede llegar a tener una repercusión mayor al de otras historias menos intensas. Una radiografía exacta de los grupos sociales "bajos" que pululan por todo el planeta, allí su primera importancia: ejemplo de lo que no se debe hacer. Aunque yo sabía esto por las noticias, no me era igual de significativo hasta que inicié a trabajar y el lugar al que me enviaron fue una copia de lo que aquí describes. Tres años me tocó navegar con estos casos y yo sólo estuve de pasada, los niños que son los que se quedan viendo sus ejemplos son los que llevan las de perder, ah, qué tristeza y qué desperdicio...
    Debo admitirlo, tu historia es muy de mis agrados, tengo la curiosa fascinación por las tragedias (ojalá que irónicamente nunca me toquen) y esta pinta para ello, sólo tú sabes cómo se remedia o se tuerce más, que sí es posible. Ya los personajes, especialmente Miriam la veo que se va a volver entrañable, y así como existen personas que nos marcan, también existen personajes "ficticios" que lo hacen, Miriam...
    Y bueno, no pienso dejar el foro por el momento, es la primera vez que tengo la oportunidad de mostrarme y lo voy a saborear un tiempo al menos, lo que decía era por sueños raros que a veces tenemos. Lo sabes Marina, un placer, también tú no nos abandones, apenas me encuentro talentosas autoras y perderlas como que no. Dios los bendiga, hasta pronto.
     
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    Marina

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    @Borealis Spiral, Sí, Miriam es brava, pero es más que eso. En este capítulo se explica un poco más sobre su condición y su personalidad y su conducta, aunque parezca mala, es solo la batalla para escapar de lo que creé es perjudicial y pues es una niña, no mide las consecuencias que sus propios actos pueden traerle, pero es muy inteligente y aprende rápido y aunque sí existen entornos así, como dije antes: cualquier parecido de personajes y sus hechos con la vida real, es pura coincidencia xD

    @Víngilot, qué bueno que no piensas irte todavía y gracias por pasarte a leer aunque esta no sea una historia de las que acostumbras a leer, así que no te preocupes si decides que no quieres seguir leyendo. Comprendo que sí es algo intensa y que por ello no es del interés de muchos, pero quise exponer un poco sobre esta vida nómada que algunas familias viven... o vivían en mi país, México. Me llamó sobremanera la atención tu comentario sobre que te mandaron a un lugar que tiene un entorno parecido a este. ¿Eres maestro? También deseo que jamás te toque la tragedia y que disfrutes de buena manera la vida.

    A los que se han atrevido a pasar por aquí, muchas gracias.

    3

    El círculo. Esa condición que me atrapaba, que me ahogaba, que me amargaba. Deseosa siempre de romperlo. Y lloraba porque no podía hacerlo. Porque cuando lo volví a intentar, volví a fracasar.

    Sí, fracasé horrible. ¿Quizás era porque debía vivir la vida que me había tocado vivir? ¡Me rehusaba a pensar que era así! ¿Por qué conformarme si yo no la había escogido? Era pequeña desde el punto de vista físico, pero mentalmente era madura. Razonaba todo, lo que me convertía en un monstruo en realidad. Si hay infierno allí merecía estar, porque era un demonio según los vecinos, una maldición que el cielo le había dado a mis padres, porque ni niño ni niña eran semejantes a mí, quizás Miguel un poco, pues cuando le convenía podía llegar a ser muy inteligente. Ni mis padres ni nadie sabía que desde que abrí los ojos por primera vez en este mundo, fui diferente. Mi capacidad de aprendizaje era descomunal y el único límite que tenía era el de carecer de las herramientas para seguir aprendiendo, por eso es que yo meditaba que ya vivía mi propio infierno, porque lo era el estar pensando siempre en lo mismo. Una inacabable tortura.

    Salir, escapar de esa vida carente de sentido, de propósito, pues era así como la plasmaban los protagonistas que la vivían y entre esos estaban mis padres que me arrastraban a formar parte de ese lienzo que nos contenía a todos y en donde éramos regidos por la ignorancia y sus vástagos: analfabetismo, brutalidad, prejuicio y violencia y de todo eso ansiaba apartarme, así que un día volvió a dárseme la oportunidad de hacerlo. Mi propia madre me la dio.

    —¡Miriam!—musitó mamá encorvándose por el dolor— ¡hijita! Tu padre no llega, tendrás que correr a avisarle a doña Irma que el bebé está a punto de llegar, que necesito de su atención.

    Mi rostro se iluminó a causa de una ligera sonrisa. Papá no estaba. Mamá daría a luz en cuestión de minutos y me había pedido salir, sin vigilancia. ¡Maravillosa oportunidad! ¡La ocasión perfecta para escaparme! Miré a mamá sin compasión. Su rostro desfigurado por el dolor me importó poco. Yo no le había mandado que tuviera otro bebé, ¿verdad? El sufrimiento se lo había otorgado ella misma.

    —Sí, mamá —le dije tomando su mano para apretarla con suavidad en un tierno gesto de cariño, todo fingido en ese momento, mientras mis grandes ojos ocultaban la regocijada esperanza de la fuga—. Aguanta, mamá. Ahora regreso con doña Irma —y a continuación, salí del vagón vivienda apresurada.

    Doña Irma. La partera que sin título alguno atendía a las mujeres del campamento cuando estas daban a luz. Ya había mandado a la tumba a algunas pobres, principalmente a aquellas jovencitas que, habiendo tenido relaciones con los muchachos, quedaron embarazadas y llenas de miedo a causa de sus padres, acudieron a ser atendidas por ella. En secreto les provocó el aborto, pero por desgracia algunas no lograron reponerse y se desangraron hasta morir. ¿Y quién se había atrevido a levantar cargos contra la partera? Nadie, porque todo era en secreto, aunque un secreto a voces porque yo lo conocía muy bien.

    Otra razón de más para querer salir del ruedo. Todos se apoyaban en sus fechorías. Nadie decía nada. Los padres lloraban a sus hijas muertas por un tiempo, mientras que los papás de los muchachos felicitaban a sus hijos porque habían demostrado su hombría.

    ¡Vida salvaje! ¡Irrazonable!

    Aún cuando el campamento era llevado hasta el mismo pueblo o cerca de él, las familias tenían por costumbre arreglar sus propios asuntos. Evitaban por todos los medios utilizar los recursos del pueblo. Como atención médica o legal. Según, en el campamento ya había un “doctor”, un engreído hombre que con aires de médico, siempre trataba de curar a los enfermos con fomentos y tés hechos a base de hierbitas y claro, era el esposo de la partera, que era otra con aires de grandeza. Hasta había un “juez” que juzgaba los asuntos de todos y estaba también un “profesor” que no pasaba de enseñarte las cinco vocales y el abecedario, sin llegar a aprender a formar más que palabras cortas como mamá, papá, carro, Inés, mío, mía, y así por el estilo.

    ¡Para qué hablar de números! Si yo sabía contar hasta el cincuenta, el “profe” sabía contar hasta el cuarenta y nueve.

    Era por ello que algunos padres, porque no todos, se atrevían a mandar a las escuelas a sus hijos cuando estas les quedaban cerca, porque si les quedaba lejos, mejor no. Y jamás terminábamos un curso completo por culpa del traslado del campamento a otro lugar dentro de la República y en cuanto comencé a asistir a la escuela, yo había descubierto algo: que en esos lugares había libros, muchos libros y me encantaban y era por ello que detestaba que movieran el campamento. Atrás quedaba todo ese tesoro en letras. ¿No tenía acaso suficientes razones para querer irme de esa pobre y errante vida?

    Caminé por en medio de una vía paralela a la del campamento y entonces me dije algo que para mí sonó muy lógico. Doña Irma no le hacía falta a mi madre. ¿Para qué? Mamá podía morir sin su ayuda, además ya contaba con la ayuda del bebé, ese que dicen es mi hermano. ¿Y cuándo me preguntaron mamá o papá si yo quería tener un hermano? ¡Nunca! ¿Quería tener un hermano? ¡No! Es más, pensaba que estaba de más. ¿Cómo se les ocurrió a mamá y papá traer a otro inocente ser a este mundo de ignorancia? ¿A este círculo brutal?

    Tampoco quería estar aquí cuando ese indeseado hermano mío matara a mamá cuando no pudiera nacer. De escuchadas sabía de otras mamás que habían muerto porque sus hijos no pudieron nacer. Así que aproveché la oportunidad que mi propia madre me había dado y corrí por la vía alejándome del campamento. Volví a introducirme en el floreado campo abriéndome paso entre las flores. En esta ocasión tenía puesto un vestido sin mangas. La falda del vestido se movió hacia atrás por el viento de la carrera y mi cabello, sujeto en una gruesa trenza, era muy pesado para que se levantara mucho, así que la trenza casi se mantuvo pegada a mi espalda.

    Sabía que pasando este campo estaba una carretera. Mi intensión era llegar a ella, detener un vehículo y pedir que me llevaran a donde fuera, a cualquier lugar lejos de allí, pero no conté con que alguien detrás de mí me vigilaba, como depredador a su presa y cuando menos lo esperaba, frente a mí se detuvo un caballo que relinchó levantando sus patas de adelante listo para pisotearme, pero yo me detuve antes de estar a su alcance, respirando con agitación, no sólo por la carrera, sino por el susto de ver al caballo tan de repente.

    Levanté la mirada hasta el jinete. Él pareció estar muy alto, pero eso fue porque yo era muy pequeña, así que tuve que echar mi cabeza atrás para poder verlo.

    —Niña—me preguntó con voz grave, mirando a su alrededor— ¿Estás perdida? ¿Quién está contigo?

    Por algún motivo, el jinete me dio desconfianza. Quizás fue su mirada. Retrocedí sin contestarle.

    —¡No corras! —Me gritó haciendo galopar su caballo para ir en mi persecución— ¡Sólo quiero llevarte a tu casa! ¿Dónde vives? ¿Vives en ese campamento?

    Sin detener la carrera que emprendí para huir de él, escuché como los cascos del veloz caballo se acercaron a mí y pude verlo correr a mi lado, deteniendo mi carrera al volver a ponerse delante de mí. Esta vez él saltó del caballo para quedar muy cerca de mí y sin darme tiempo de nada, me tomó en sus brazos levantándome con facilidad del suelo y tapándome la boca, más bien casi todo mi rostro pues tenía una mano enorme, impidió mi grito que se quedó ahogado en mi garganta.

    Lo único que quedó destapado fueron mis ojos, así que lo miré espantada mientras él volvió a mirar alrededor, buscando al que suponía era mi acompañante.

    Yo me moví frenética para soltarme de sus brazos, pero no pude. El hombre me sujetó sin esfuerzo. Con agilidad montó de nuevo en su caballo llevándome con él. El maldito sujeto me había secuestrando y yo no pude hacer nada para impedirlo. ¿Me arrepentía de mi fuga? ¡Oh, sí! ¿Prefería estar en el conocido círculo que rodeaba mi existencia? ¡Sí! ¡En ese momento sí!

    El caballo se dispuso a emprender la carrera para alejarse del hermoso campo mientras yo pensaba que mi vida terminaba. El sentimiento de que este sujeto no me quería para nada bueno era muy fuerte. Me había secuestrado para algo malo, lo sabía. Sus ojos reflejaban maldad cuando me veían, una maldad que jamás había visto en la mirada de alguien más, así que este era un hombre muy malo y mi terror fue el más grande que puede existir.

    Pero de repente, cuando me había convencido de que no habría salvación para mí, el hombre se desplomó del caballo haciéndome caer a mí también. Sentí el dolor en mi costado derecho al dar contra el suelo a la vez que escuché el fuerte golpe del hombre al caer casi sobre mi pequeño cuerpo. Anonadada, desde el suelo miré abrirse los tallos de unas flores y unos pequeños pies enfundados en unos zapatos que estaban abiertos de enfrente, se detuvieron a mi lado.
     
    Última edición: 25 Septiembre 2014
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    Borealis Spiral

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    Hm, una mente capaz sin posibilidades de demostrar su destreza, habilidad y talento, ¿eh? Entonces Miriam es alguien con un coeficiente intelectual muy grande que en realidad ama aprender. Oh, con razón odia su vida, mira. No puede siquiera ir a una escuela propiamente hablando y su "profesor" parece tan ignorante como los demás desde su punto de vista. Y comprendo que debe serle sumamente frustrante, ¿pero escapar en un momento tan complicado, teniendo a su madre a punto de dar a luz? ¿Y en serio pensar en la posibilidad de su muerte? No sé, será muy lista y estará amargada por cómo vive, pero ese simple pensamiento me hace creer que sí es mala.

    Y fue por eso mismo que no aplaudí su intento por escapar, mas tampoco me alegró lo que le pasó después. El hombre ese también me dio desconfianza y al verse las claras intenciones de rapto para con ella e ir a llevársela para nada prometedor seguramente, me asustó; me sentí identificada con ella al momento de arrepentirse. Y es que uno es así, ¿ves? Dice o toma acciones cuyas consecuencias nos llevan al arrepentimiento y al deseo de no haberlo hecho nunca; parte de lo que implica ser humano en este mundo. Uff, menos mal que alguien hizo que cayeran del caballo. ¿Golpearon al animal? ¿Quién es el salvador de Miriam? ¿De pronto y es Miguel? Hm, quiero saber, así que espero ansiosa la próxima actualización. Sin más me despido y te me cuidas.

    Hasta otra.
     
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    Víngilot

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    Virgo
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    Miriam es una niña destinada a grandes cosas, no me cabe duda. Ahí está la historia mostrando a la gran mayoría de esos personajes inmortales, de cuna humilde y enfrentando todos los obstáculos posibles, y por supuesto dejando huella. Veo que esta niña va para allá, sí que es madura, sí que está ubicada y sí que arde un fuego en ella, seguramente la va a impulsar a grandes cosas. Pero también qué corazón para hacerle eso a su madre, caray, sin remordimiento alguno. Y, haber cómo le va con esos nuevos hombres ¿acaso sale de Guatemala para entrar a Guatepeor?
    Oye, qué radiografía tan precisa del México pobre, si es que lo conoces bien ojalá que no haya sido por ser parte de él, si fue así qué bueno que lo superaste y deseo que estés mejor, rayos, quisiera borrar el último renglón, no soy nadie para intentar hablarte así, disculpa si soy atrevido.
    Por otra parte, ya lo comenté anteriormente, me atraen las tragedias y las cosas nuevas y por supuesto que continuaré con ustedes, oh sí. Y también acertaste, soy orgullosamente profesor.
    Bueno, estoy al pendiente del próximo capítulo, que estés muy bien, hasta luego.
     
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    Marina

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    @Borealis Spiral, sí, es terrible cuando hay niños así y no tienen las ventajas para alimentar el alto coeficiente que tienen. En mis tiempos por ejemplo la ley del jefe mayor en casa era que las niñas no tenían por qué estudiar, para qué si iban a casarse y a dedicarse absolutamente a su hogar, al cuidado de su esposo e hijos. Según se miraba, no necesitaban aprender nada más fuera de eso. (Aunque Marina tiene el coeficiente intelectual bajo, siempre quiso ser astronauta. El universo le apasiona) Como dije antes, Mirian aprende rápido y también reconoce cuando se ha equivocado. ¿Quién la salvó? Diste en el clavo, qué suspicaz xD Deja al caballo en paz, el cuadrúpedo no tiene la culpa de las malas intenciones de su dueño, así que no había por qué maltratarlo a él, pero como el sujeto sostenía a la niña sobre el caballo, pues cuando cayó... ya leíste qué pasó.

    @Víngilot, que genial que seas profesor. Yo admiro mucho a los profesores y a los médicos. Ambas carreras son muy loables y de verdad se necesita amar la profesión para tratar con tantas personas, pues como se sabe, cada persona es diferente, además, en el caso del profesor, no es fácil tratar con hijos ajenos, pues el segundo hogar de los niños sin duda es la escuela. ¿Eres profesor de primaria, de secundaria o prepa? ¿Quizás de universidad xD? Si eres de primaria, ¿qué grado impartes? O en el otro caso, ¿qué materia o materias das? ¿Muy preguntona? Okey, mejor paso a la historia. Sí, también diste en el clavo, Miriam está destinada a grandes cosas, no podemos desperdiciar una mente así... emm, no quiero ser tan cruel con ella, así que no la meteré a Guatepeor... todavía, quizás un día, no sé. No desees borrar el último renglón, Vingilot, bienvenidos sean tus pensamientos. Me encanta conversar con las personas y agradezco cuando son sinceras y para nada creo que seas atrevido.

    Muchas gracias a los dos por sus comentarios y a los demás les agradezco por pasarse.

    4

    Sin poder levantarme porque la caída del caballo me había dejado aturdida y dolorida, miré esos pies y poco a poco recorrí hacia arriba las piernas de mi salvador mientras el corcel, nervioso por la caída de su amo, se alejaba un poco de nosotros. Enseguida reconocí el pantalón de mezclilla, deslavado y viejo que tenía un par de hoyos a la altura de las rodillas.

    Mi mirada entonces subió hasta el rostro y mis ojos se abrieron con sorpresa.

    —¡Miguel! —Musité también sorprendida— ¿Tú?

    Miguel Campos, mi odioso vecino, ese que me tumbó el diente en días pasados. ¿Mi salvador? La resortera que colgaba de su mano derecha robó ahora mi atención. Un arma potencialmente peligrosa cuando se sabe usar y Miguel sabía usarla. La prueba estaba en el hombre que yacía a mi lado.

    Miguel se acercó a mí, pero no para ayudarme a levantar, sino para acuclillarse al lado del hombre. Su rostro estaba serio y su mirada era dura, no obstante, vi un brillo de alivio en esos ojos marrones de largas pestañas cuando tocó el pulso del hombre.

    —No lo maté —dijo con voz hueca y a continuación se levantó. Se dio la media vuelta y comenzó a alejarse.

    Mi vista lo siguió hasta que se perdió en medio de las flores. Me senté y refrené un gemido de dolor cuando este flechó mi brazo derecho. Lo que no pude controlar fueron las lágrimas que de pronto afluyeron a mis ojos y tampoco evité que cayeran. Ni siquiera sabía por qué lloraba, si de dolor o de ser salvada por Miguel, porque no me gustaba deberle favores a nadie, mucho menos a ese niño pretencioso.

    Con esfuerzo logré ponerme de pie y mi atención se centró en el hombre. La herida a un lado de la cabeza, en la sien izquierda para ser precisa, tenía feo aspecto. La piedra había entrado en la carne lo suficiente como para privarlo del sentido.

    — ¡Maldito! —Refunfuñé con ira al mismo tiempo que levantaba mi pie para estrellarlo en un costado del fulano, no una vez sino varias veces, sin que me importara que con cada patada que le daba, el golpe repercutía hasta mi hombro para bajar a mi brazo, el que me dolía más a medida que pasaba el tiempo.Me hubiese quedado para siempre dándole puntapiés, porque por su culpa había meditado mientras lo golpeaba, que no podía librarme tan fácilmente de la detestable y terrible vida que era mi jaula, esa jaula que a pesar de todo era mi seguridad.

    Afuera de ella había peligro, lo entendí entonces. Supe que en esos otros mundos que yo imaginaba perfectos, había también bestias. ¡Ese bastardo me lo había hecho comprender! ¡No podía irme! Afuera de mi prisión era presa fácil para los depredadores ¡Y no tenía idea de cuántos de éstos había por ahí! Cuando menos, los depredadores de mi cárcel eran conocidos y podía con ellos, pero no con los de afuera. Me había quedado claro eso.

    La impotencia me dio gran furia, pero la dominé cuando el dolor me dominó a mí. Sin dejar de llorar, dejé de golpearlo.

    — ¡Espero que te hayas roto de mínimo una costilla al caer, malnacido! —le grité con frustración amarga— ¡Y que nunca se te quite el dolor de cabeza que de seguro sentirás cuando despiertes! —le deseé de todo corazón.

    No estaba satisfecha del poco castigo que le había dado, pero tuve que dejarlo porque mi brazo palpitaba dolorosamente, por lo que lo detuve con mi mano contra mi pecho para que no colgara y me doliera más. Así, sintiéndome derrotada, seguí el sendero que tomó Miguel.

    Miguel… otro malnacido. ¿Por azares de qué cosa es que él era mi salvador? ¿Por qué no fue mi papá, ya que él era quien siempre me regresaba al campamento? Cuando menos a papá no tenía que agradecerle nada. Era su deber salvarme de cualquier peligro, ¿no? En cambio con Miguel era diferente. La idea de deberle mi vida a él también me hacía sentir rabia y digo a él también porque a pesar de que era una rebelde sin sentimientos buenos, reconocía que a mis padres les debía la vida. Ellos me habían traído al mundo, ¿verdad? ¡Pero ahora también se la debía a Miguel! Estaba segura que el sujeto ese me hubiera matado si Miguel no me hubiese rescatado.

    El campamento me recibió inmutable de nuevo.

    — ¡Hey, chimuela!* —Gritó alguien a mi espalda y esa voz me causó un escalofrío desconocido, uno que jamás sufrí —¡Ha nacido tu hermanito!

    Me giré despacio para ver a Miguel. Él estaba sentado en el escalón de abajo de una de las escaleras que permitía subir a uno de los vagones vivienda. Me apuntó con la resortera. Pude notar la tensión de las gruesas ligas al ser estiradas hacia atrás de la horqueta con fuerza. Lo que no logré ver fue si el pedazo de cuero flexible que servía para colocar la piedra estaba vacío u ocupado, porque sus dedos lo cubrían en su mayor parte.

    — ¿Me has escuchado, chimuela?

    Si esa misma mañana Miguel me hubiese dicho chimuela, lo hubiera molido a golpes, pero en ese momento no pude y no porque me estuviera amenazando con la resortera, ni por mi brazo herido, sino porque… porque le debía la vida.

    Mi impotencia creció y mis lágrimas arreciaron a la par que sonrió burlón.

    — ¡Ve a conocer a tu hermanito, marimacho chimuelo!

    Sentí la sangre hervir en mis venas. Inconscientemente di un paso hacia él, pero me detuve porque él tensó más las ligas. Amplió su sonrisa al momento de soltar el pedazo de cuero flexible cuyo contenido pensé era alguna piedra que se dirigía a mí a gran velocidad, no obstante el proyectil nunca llegó a mí porque no había.

    Miguel se carcajeó al ver mi intento de cubrirme, lo que había costado que el dolor de mi brazo me obligara a dar un repentino grito cuando tuve que soltarlo para utilizar mi mano con la intención de detener el inexistente proyectil. Lo miré con odio. El brazo me palpitaba horrible y ya lo sentía como de plomo. No pude levantarlo, así que lo dejé abajó, lo que me hizo inclinarme a causa del insoportable peso del dolor

    — ¡Te odio! —le hice saber con voz chillona, y no me conformé con fulminarlo con la mirada. Desee fulminarlo a golpes.

    —Sí, marimacho Miriam. Pero no tanto como yo a ti—me hizo saber él levantándose del escalón y guardando su resortera en uno de los bolsillos de su descolorida chaqueta, también de mezclilla y la que tenía un par de remiendos en los codos, se marchó cantando—: Marimacho Miriam… Marimacho Miriam.

    Me dejó pálida de dolor y de cólera. Ya me las pagaría. Un día de esos. Mi agradecimiento por salvarme la vida se había ido a la basura. “Un día de estos, Miguel Campos, te haré tragar esas palabras”, me prometí mientras continué el recorrido hasta mi vagón… corrección, hasta mi medio vagón, en donde me costó gran sacrificio subir por la escalera y cuando finalmente logré llegar arriba, quise lanzarme abajo.

    Un llanto horrible fue lo primero que me recibió.

    — ¿Qué es eso?—le pregunté a mi madre en cuanto entré a la reducida vivienda.

    — ¡Miriam!—exclamó mamá y pude notar en su tono algo así como alivio y su mirada se llenó de lágrimas — ¿Dónde estabas? Tu padre fue a buscarte ¡Dios mío! ¿Qué te ha pasado?

    —Me caí y me duele el brazo—le respondí. Mamá se sentó en la cama, ya que era allí donde reposaba. Un pequeño bulto en sus brazos lloraba incansable— ¿Es tu bebé ese llorón?

    Un par de lágrimas surcaron las mejillas de mamá. Su tierna mirada me envolvió, pero no me dejé conmover y cuando me invitó a ir a su lado, la rechacé.

    —Es tu hermanito. Ven a conocerlo.

    —No, gracias. ¿Para qué quiero yo un hermanito? Es tu hijo, no más.

    Dejé de mirarla para ir a acurrucarme en el suelo entre un angosto espacio que había entre la cama y la pared. Me sentí en ese momento como un animalito rechazado, lastimado y desplazado. Y otro horrible sentimiento plagó mi existencia. Celos. Eso sentí, sí.

    ººººººº
    *Que carece de algún diente.
     
    Última edición: 2 Octubre 2014
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    Víngilot

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    Bien, bien. Marina, muchas gracias por tus palabras, oye, has causado un efecto raro en mí: como que ya me estoy acostumbrando a la triste vida de Miriam, eso no es bueno, pero ya siento más alivio cuando leo, como si supiera que esa vida va a terminar, ya la estoy disfrutando. Es raro.
    Miguel. Sí entiendo su sentido de solidaridad. Allá donde trabajé son justamente así, quizá los hombres no ofrecen un buen trato a la familia, pero cuando alguien de fuera del círculo agrede, defienden a los suyos hasta con pasión. Y también la eficiencia de la resortera es impresionante, una herramienta-juguete-arma muy propia de las personas humildes ¡ay mis alumnos qué puntería tenían y con qué orgullo me lo presumían! Una chulada.
    Respecto a la mamá de Miriam, debe haber sentido que le atravezaban el corazón cuando su hija se negó a ver a su hermanito. Un hijo es motivo de orgullo, alguien que deseamos y nos morimos por presumirle a todo el mundo, especialmente a la familia, así que cuando alguien ignora esto categóricamente... sí es feo.
    No sé, será que Miriam y Miguel acaben como... ¿amigos? Como que pinta para eso. Y cuánta razón tiene al haber aprendido que las bestias están por todas partes, no sólo en su micro mundo, ese aprendizaje significa madurez y ella va paso a paso, veo en su persona salvajismo, insensibilidad y odio, pero también el aprendizaje y la madurez, quizá la necesidad que la obliga a ello.
    Veamos qué sucede en el próximo capítulo, aún falta saber cómo va a tratar su papá a Miriam, espero que el sentimiento del nacimiento de su nuevo niño lo ablande y la ignore solamente. Marina, que estés muy bien, hasta pronto.
     
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    Borealis Spiral

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    Como te expresó mi amada hermana, Miriam provoca sentimientos encontrados, Master. Por un momento sentí compasión por ella al saber que se había lastimado tan mal el brazo, aunque por otra parte pensé que era lo que se ganaba por desobediente. Luego cuando golpeó al sujeto inconsciente, je, me dio risa porque de haber estado despierto ni se le acerca de nuevo, ¿eh? Y después, el odio que le tiene a su salvador y que incrementó precisamente por su heroica hazaña; algo más que me produjo sentimientos encontrados. Miguel se lució como héroe y creo que Miriam le debía al menos un "gracias", pero comprendía también que ella es bastante orgullosa y pues como que no podía verse tan vulnerable frente a él, ¿cierto? Además, la cancioncita que le dedicó también estuvo para ahorcarlo, aunque también me dio risa xD Meh, Miriam se gana mucho de lo que le pasa por ser como es, no puedo decir otra cosa.

    Ow, no quiere a su hermanito (conozco el sentimiento), pero ni siquiera verlo; es decir, es un bebé inocente. Que lo desprecie cuando crezca y se vuelva fastidioso si quiere, pero no ahora que es un bebé. Aunque los celos son otro sentimiento con el que me identifico, por desgracia u.u Pero es verdad, sus padres deberán dividir su atención para atender al nuevo integrante de la familia y si resulta que es un encanto de niño lo querrán más que a ella... okey, olvida eso. Digamos que sólo corresponderán más el hecho de que se porte bien xD Pues Master, otro gran capítulo, me gustó. Ya sabes, espero el otro ansiosa y sin más que decir me despido deseándote lo mejor. Te amo.

    Hasta otra.
     
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    Marina

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    @Víngilot, de nuevo muchas gracias por pasarte a leer y tu comentario. Qué bueno que comiences a disfrutar de la lectura. Es verdad lo que dices sobre el apoyo que suelen ofrecerse los vecinos de una comunidad tan estrecha como es esta. Son como una gran familia. Ah, la resortera, tan grandiosa. Mis hermanos solían competir con sus amigos también sobre quién tenía mejor tiro. Escogían como blancos botellas o botes y ¿qué tal las simples ligas? Ponerle a la liga un pedazo de cáscara de naranja y luego estirarla estilo resortera y soltar la cáscara... uy, sí que dolía si llegaba a golpearte. "Parque, liga o ligazo", así se llamaba el juego que solían jugar... emmm, admito que yo también lo jugaba xD
    Ay, sí, los hijos son lo máximo. Mira, yo todavía presumo a los míos, así de adultos como son ya. Lo mejor que puede pasarle a los padres: sus hijos.

    @Borealis Spiral, tu amada hermana tiene razón. Miriam despierta sentimientos contradictorios. ¡Ja! Tenle compasión a la pobre, aunque es cierto, uno recoge lo que siembra. ¡Oops! ¿Celosa tú? ¡No! los hijos se quieren igual, sean como sean, vamos, todos son hijos... si bien es verdad que pareciera a veces que hay un favorito, pero no es tanto que sea el favorito, sino que es simplemente correspondencia. Si se tienen dos hijos y uno de ellos es más apegado a los padres, pues es obvio que los padres estarán más con él que con el que es más desapegado. Si un hijo siempre está disponible para ayudar a los padres, pero el otro no, ¿a quién acudirán ellos en busca de ayuda? O si un hijo es bueno para escucharlos o platicar con ellos, ¿con quién platicarán más? Lógica simple. Así que como ves, no se trata de más o menos amor, sino de correspondencia, pero bueno, eso tú ya lo sabes, ¿verdad? Umm, y me gustaría que tu amada hermana me comentara aquí... pero bueno, qué se le hace xD

    A los demás, gracias por pasarse por aquí. Mi sincero agradecimiento para los que leen esta historia.

    5

    El llanto del bebé, al que mis padres pusieron Andrés y de apellidos Flores Villalpando, taladró mis oídos de manera irritante. Hacía dos semanas que había nacido y desde que llegó al mundo no había dejado de llorar. Mi desprecio y resentimiento por él crecieron conforme pasaron los días. ¡Era un llorón inaguantable! Y ni siquiera pude sentir agradecimiento porque gracias a su presencia, a que su nacimiento había sido sin contratiempos y tanto él como mamá estaban bien, mi padre perdonó mi desobediencia, esa de no regresar con doña Irma para que asistiera a mamá, la que dio a luz acompañada por doña Rosa, la madre de Miguel, quien la había estado escuchando gemir fuertemente, así que sin invitación había entrado a nuestra vivienda para ayudar a mamá.

    Para cuando mi padre se hizo presente, mi madre ya tenía a su hijo en brazos y cuando vio que estaban bien salió a buscarme encontrándome ya en el cubículo que era mi casa. Estaba furioso, más que nunca y estoy segura que me hubiese matado a golpes, pero mamá le hizo ver lo dañada que estaba y aunque papá no vio el daño emocional que el nacimiento de Andrés me había causado, que era el más terrible, ella sí lo vio y sosegó la ira de su marido, además, Miguel no había dicho ni una sola palabra de lo sucedido con ese jinete, por lo que se convirtió en algo así como un secreto entre los dos.

    Secreto que aborrecí compartir con él porque de alguna manera me hacía sentir vulnerable. En mi razón lo desdeñé más, pero de pronto mi corazón rechazó tal sentimiento y como no comprendía del todo tan abominable contradicción, volqué mi desdén en ese recién llegado, ese bebé quejumbroso e irritable que no dejaba de llorar.

    Y lo que no sabían ni mi madre ni don Ramiro, el “médico del campamento”, que lo había revisado varias veces para ver por qué demonios lloraba tanto, era que padecía reflujo, un agudo malestar que le daba dolor de estómago además de que lo hacía vomitar a cada rato.

    ¡Ignorantes! Por supuesto, yo también lo era. ¡Qué sabía yo de malestares de bebés! En ese momento lo único que sabía era que lloraba como condenado y que los tés que don Ramiro le recetaba no servían de nada.

    —¡Miriam!—me gritó mamá que presurosa, andaba de aquí para allá— ¡Ven ayúdame a envolver estos utensilios!

    Los utensilios a los que se refería era la vajilla imitación porcelana incompleta que de manera ordenada, estaba en un pequeño gabinete de madera.

    —No puedo ayudarte —le respondí con indiferencia y señalé mi brazo entablillado de una manera burda que traía sujeto a la altura del pecho por medio de un cabestrillo que don Ramiro me había puesto.

    Oh, sí. La última aventura de mi fuga me había dejado con el brazo roto y ahora tenía que traerlo inmovilizado por otras tres semanas, así que pretexté eso para no ayudarla… y menos la ayudaría con ese bebé llorón.

    Sin remordimiento miré la preocupación en su rostro mientras ella miraba al bebé que se retorcía en su cunita.

    Papá le había fabricado una pequeña cuna hecha con dos sogas forradas con una gruesa manta, algo así como tipo hamaca y estaba suspendida sobre la cama. Los extremos de las sogas que quedaban libres de la tela, estaban amarradas de grandes clavos que papá había clavado y curvado en las paredes para que pudieran suspenderse en el aire y la manta, para que no quedara cerrada, estaba abierta con dos palos de escoba cortados a la medida, uno en cada extremo, por lo que uno de esos palos se encontraba arriba de la cabecita de Andrés a una distancia segura y el otro estaba pasando sus pies, también con un espacio prudente, así, los palos quedaban fijos entre las sogas y sobre la manta.

    —¡Entonces mueve a tu hermano! —Me ordenó mientras comenzaba a sacar del gabinete las tazas de porcelana mediocre y envolverlas en papel periódico para acomodarlas después en una grande caja y así evitar que se rompieran por el movimiento que el campamento estaba a punto de tener— ¡Miriam, que muevas a tu hermano!

    Enfadada me acerqué a la cama y empujando la cuna-hamaca, paseé a Andrés y el vaivén no hizo gran cosa. El mocoso siguió llorando y creo que hasta más fuerte.

    —¡Demonios!—Exclamó mamá agotada y dejó de envolver y acomodar la vajilla en la caja.

    Y digo agotada porque desde que naciera Andrés, ella había dormido bien poco. Su hijo lloraba casi toda la noche y ella se la pasaba paseándolo en brazos y cuando el bebé se dormía un ratito, tenía que sentarse y dormitar con el escuincle en brazos, ya que no lo podía acostar porque si lo acostaba, Andrés despertaba y volvía a llorar.

    Había notado que ese llorón no podía estar mucho acostado. Cuando lo estaba se retorcía de dolor, pero cuando lo levantaba y lo mantenía derecho, él descansaba de su llanto, así que mamá batallaba de esta manera y sin que esa vez fuera la excepción, tuvo que levantarlo.

    —¡Demonios! —Repitió ella caminando con el bebé de un lado a otro— ¡No tarda en realizarse el movimiento del campamento y todavía no he sujetado el ropero ni el gabinete a la pared! ¿A dónde dijo que iba tu padre?

    —¡Yo que sé! —Le respondí groseramente indignada. ¡Ni que su marido fuera el mío para que me preguntara a mí dónde andaba! Si ella no sabía donde estaba su marido, mucho menos yo que no era más que la hija que fue echa a un lado por su hijo llorón.

    En ese momento, por la vía de enfrente del campamento pasó un tren que traía pocos vagones. Me acerqué a la puerta para verlo pasar y al ir disminuyendo la velocidad, me volví a mamá y le grité para hacerme escuchar por encima del gran ruido que hacía el paso del tren:

    —¡Me parece que esas son las máquinas que moverán el campamento!

    Una repentina voz me hizo mirar la puerta de la vivienda vecina:

    —Hola marimacho, ¿cómo vas con el brazo?

    Mis ojos fulminaron a Miguel, pero él muy sonriente, me miró burlón.

    —¡Qué te importa! —Le respondí con frialdad y con voz moderada, pues el tren había terminado de pasar y se había detenido pasando el campamento. Desde que Miguel me salvara la vida me trataba con una insoportable autosuficiencia y también desde entonces, no sacaba de su boca ese sobrenombre: ¡Marimacho! ¡Estúpido pretencioso! ¡Si yo era marimacho, él era afeminado!

    Y como no. Con esos ojos tan…


    —¡Miguel! —interrumpió mamá mis pensamientos acerca de esos ojos maravillosos.

    Porque era la verdad, insisto, tenía unos ojos preciosos y a mí me gustaba todo lo bonito ¿No era por eso que me quería salir de este medio de vida? ¡Porque era horrible! ¡Me ahogaba! Pero los marrones y grandes ojos de Miguel eran hermosos. Mirarlos era semejante a recibir un anestésico en una dolorosa herida; el efecto de algo así como cuando mamá me dio unas pastillas que don Ramiro le había vendido para mitigar el dolor de mi brazo fracturado. Sabrá Dios qué contenían esas tabletas, pero sí habían sido efectivas.

    Ay, comprendí algo ese día, que los ojos de Miguel eran lo único bonito que me rodeaba, de hecho, todo él era lo único lindo que tenía a mi alrededor.

    —¡Por favor, Miguel! —Continuó mamá acercándose a mi lado— ¿No quieres pasar y ayudarnos a fijar el gabinete y el ropero a la pared?

    —¡Seguro! —respondió él con prontitud y volviéndose un poco al interior de su vivienda, gritó—: ¡Ya vuelvo, mamá! ¡Estoy aquí al lado!

    —¡Está bien, Miguel!—se escuchó la voz de la mamá del que consideraba mi enemigo.

    —¡Hazte a un lado, Miriam! —Me pidió saltando a mi puerta y no tuve más opción que hacerme a un lado para permitirle entrar a mi hogar.

    Al pasar a mi lado, noté que él era unos siete centímetros más bajo que yo, así que para molestarlo también, le dije con sarcasmo:

    —Adelante, chaparro.

    Me lanzó una mirada de pocos amigos, pero por respeto a mamá, porque eso sí, a los menores nos inculcaban respeto por las personas mayores, aunque la mayoría de los hijos no respetábamos a nuestros padres, no me respondió, limitándose a hacer lo que mamá le pidió, aunque antes le ayudó a sacar del gabinete toda la vajilla y él mismo la envolvió y la acomodó en las cajas, así como las demás vasijas: vasos, jarros, cazuelas, ollas y cosas así.

    Después de eso, Miguel tomó una delgada, pero resistente soga del cajón del gabinete que mamá le mostró y acto seguido ató un extremo en una argolla que, clavada a la pared a un lado del gabinete, servía para eso. Enseguida, con el resto de la soga, rodeó el gabinete atando el otro extremo de manera similar a otra argolla clavada en ese lado del mueble.Después de comprobar que los nudos estaban bien hechos y que el gabinete no corría el riesgo de caer por el movimiento del campamento, ya que había quedado bien sujeto con la soga a la pared, hizo lo mismo con el ropero, el que también tenía dos argollas parecidas clavadas en la pared a ambos costados. La estufa de leña era una preciosidad hecha de hierro puro, por lo que era muy pesada, así que era muy difícil que se moviera.

    —¿A qué más necesita que le ayude? —Le preguntó a mamá cuando terminó de hacer todo eso.

    Su agradable voz de niño bueno me dio escalofríos. Lo odie más.

    —Está bien, Miguel —mi madre lo miró muy agradecida—, ya nos has ayudado mucho, gracias. Creo que eso es todo.

    —¿No quiere que le ayude a subir las escaleras?

    Sin poderlo evitar, solté las carcajadas. ¿Acaso se sentía Sansón o alguien así? ¡Por Dios! ¡Las escaleras eran de madera pura y estaban muy pesadas! El simple hecho de escucharlo preguntar eso fue ridículamente divertido.

    Volvió a lanzarme esa mirada de pocos amigos, pero tampoco me dijo nada. Más bien se acercó a mamá y mirando al bebé que mantenía su pequeño rostro sobre el hombro de ella y que finalmente dormitaba en silencio, dijo con su voz suave:

    —Tiene usted un hermoso niño, señora Flores.

    Mamá le sonrió con cariño. Me dio dolor de estómago. Esa sonrisa debía ser para mí solamente.

    —Gracias, Miguel y no te preocupes por las escaleras, mi esposo las subirá en cuanto regrese…

    Fue interrumpida cuando de pronto, por la puerta de un lado de la vivienda asomó una de las escaleras. Era mi padre haciendo ese trabajo. Lo miramos treparse por los estribos del vagón para subir una vez que subió la escalera, la que yacía ya en el suelo e ir a la otra puerta y desde arriba, tirar con fuerza de la otra escalera para colocarla sobre la primera.

    —Vuelve a tu vivienda, Miguel —le dijo papá mientras volvía la pequeña mesa también de madera patas arriba y colocaba sobre ella las cuatro sillas acomodándolas de manera que no se movieran, sirviendo las patas de la mesa como un contenedor, quitándose enseguida unos gruesos guantes de cuero que utilizaba para proteger sus manos, ya que su trabajo era muy pesado, pues utilizaba barras, pinzas grandes y pico, que era una herramienta con dos puntas opuestas y enastada en un mango largo de madera, además de palas y otras tantas que ni idea tenía—. En un momento se conectarán las máquinas al campamento.

    Miré a papá y en ese momento lo aprecié en su totalidad y la imagen de Sansón volvió a mi mente. Papá sí era Sansón, ese personaje bíblico cuya historia nos había contado una maestra cuando estuve en una escuela de preescolar y que yo no había olvidado. Mi padre era muy joven y fuerte. Tenía lo que muchas mujeres llamarían un cuerpo perfecto, pues por su trabajo había desarrollado músculos definidos y era muy apuesto, así que ese día hice un segundo descubrimiento. Pese a mi frecuente enfado contra él, mi padre era algo bello que también anestesiaba mi intolerancia, pero ese día tendría que descubrir otra cosa más: ese día tomaría consciencia del más grande de los hechos.
     
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    Borealis Spiral

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    Sansón, ¿eh? Hm, yo jamás le tuve una comparación a mi padre. Supongo que es porque en verdad es único en su género.

    Adoré el capítulo xD Insisto en que Miriam puede ser... agh, difícil. Aunque me gustó esto:
    xD Insisto que en eso de los celos se parece a mí, jajajaja... hm ._. Eso no está bien, pero meh.
    Qué niño tan bueno es Miguel, mucho más que ella al menos. Y eso de tener que fijar las cosas como los gabinetes, guardar las vajillas y tal es interesante. De momento no piensas en algo así, pero luego comprendes que es lógico dado el movimiento del tren. Debe ser toda una aventura estar viajando tanto. Ah, así, también amé a Andrés ¡No puede ser! Me gustan los llorones xD Oh, bueno, es un bebé, es natural que llore mucho, así que se lo perdono; el mío no tiene excusa xD
    Me gustó que Miriam detallara finalmente algo bueno en su vida, Miguel aunque diga odiarlo y su padre. No obstante, me intriga eso de tomar consciencia del más grande de los hechos. ¿Qué descubrirá? Para saberlo espero ansiosa la próxima actualización, ¿sale? Me despido, te cuidas. Te quiero.

    Hasta otra.
     
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    Marina

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    Pues sí, @Borealis Spiral, la vida de los llamados ferrocarrileros y cuyas familias andan con ellos, es de esta manera. Ah, es verdad, tú tienes a un Andrés llorón en una de tus historias. En este cap descubrirás qué fue lo que descubrió Miriam que es tan importante, como te dije, ella, aunque pequeña, es muy inteligente... casi que lamento hacerla crecer, pero debe hacerlo porque esta es una historia progresiva. Como siempre, gracias por leer y tu lindo comentario.

    A los demás que se pasan por aquí y leen, también les doy las gracias.

    6

    El momento de que las máquinas se conectaran con el campamento llegó. Un par de ellas entraron al tramo de vía en donde estaba varada la larga fila de vagones vivienda y pegó supuestamente con suavidad al vagón de uno de los extremos del campamento.

    Digo supuestamente con suavidad, porque desde el momento en que una de las máquinas pegó su muela con la del vagón vivienda, hubo una fuerte sacudida que se sucedió en efecto dominó traqueteando hacia atrás todos los vagones y el sonido del choque fue estruendoso, pero nosotros ya estábamos acostumbrados a eso y nos sostuvimos con fuerza de donde pudimos para no caer por la fuerte sacudida.

    En mi caso, me sostuve de la parte inferior de la puerta.

    Las puertas de todos los vagones estaban fabricadas con gruesa madera y eran de dos piezas, como si se tratara de dos puertas, una inferior y la otra superior, pero cuando ambas eran cerradas, formaban una sola pieza. La parte superior era más larga que la de abajo, así que en ese momento la puerta inferior estaba cerrada y la parte de arriba abierta, por lo que yo pude sostenerme de la pequeña, aunque para mí no tan pequeña, pues solo mi cuello y cabeza era lo que asomaba por encima de ella.

    Cuando movían el campamento me gustaba ir de pie, asomada por la puerta cerrada para ir mirando todo lo que a mi paso iba quedando atrás. Era algo así como una despedida silenciosa del lugar que apenas llegué a conocer un poco, pero más que nada lloraba en el interior por tener que despedirme de aquel sitio que albergaba cientos de libros.

    Al principio, las máquinas jalaban con lentitud el campamento, por ello podía ver todo con gran detalle. El campamento pasó por enfrente de la escuela que me aceptó durante tres meses. Los niños que llegué a conocer estaban en el recreo y al verme partir, me dijeron adiós con las manos y sus gritos fueron estos:

    —¡Adiós, Miriam! ¡Adiós, Miguel!

    Por ello me di cuenta que Miguel también iba asomado a su puerta, así que estábamos, por decirlo así, lado a lado y quizás estaba parado sobre un pequeño banco o algo, porque se asomaba hasta su pecho. Lo miré agitar las manos para despedirse de nuestros compañeros.

    —¡Despídete, Marimacho! —Me gritó él con fuerza para que pudiera escuchar su voz sobre el ruido que las ruedas de los vagones producían en los rieles al frotarse hierro contra hierro.

    Ni siquiera hice el intento de levantar mi mano. No quise despedirme. Por alguna razón esta vez la tristeza fue más grande. Ni siquiera sentí deseos de exaltarme por el apodo que me había puesto. El que me llamara marimacho era un enorme insulto para mí, pero en ese momento no me importó. Lo que me importó fue que atrás quedaba otro lugar que pudo ser mi verdadero hogar, porque jamás sentí que este campamento lo fuera

    El pueblo era hermoso, uno de los más lindos que había visto. Más de una vez desde que llegamos allí, soñé que mis padres tenían una casita en el pueblo y que yo asistía a la escuela todo el ciclo escolar, todos los años.

    Pero me estaba marchando, dejando ese sueño atrás como muchos otros sueños. Decían que el hogar era donde estaba la familia. Miré a mis padres que se habían ido a recostar a la cama. Papá le daba la espalda a la pared, mi madre a él y en la orilla estaba Andrés que parecía dormir, quizás arrullado por el estridente correr del tren, mitigado ya su malestar estomacal.

    No era verdad. Mis padres me amaban y me daban todo lo que a su entender necesitaba, pero eso no me hacía considerar mi hogar ese horrible campamento. Lo odiaba. Una horrible sensación oprimió mi pecho.

    Sentí algo frío en mis mejillas. Me llevé la mano para tocarlas y descubrí que las lágrimas rodaban enfriándose y secándose casi al instante por el aire frío que golpeaba mi rostro. El tren había cobrado velocidad y ya habíamos dejado atrás el pueblo. ¡Estaba llorando! Era la primera vez que lloraba por dejar un lugar.

    Me retiré un poco de la puerta para protegerme de la mirada de Miguel que por el momento la mantenía embobado en los floreados campos que pasaban frente a nosotros. No quería que me viera llorar, así que decidí pasarme a la otra puerta que también mantenía la parte superior abierta y la inferior cerrada y miré ahora el panorama de ese otro lado, aunque no había nada de diferente.

    Un par de minutos después, escuché su gritona voz:

    —¿Estás llorando?

    Saqué la cabeza lo más que pude para mirarlo, aunque no fue necesario que la sacara tanto, él casi asomaba todo el torso y pudo mirar hasta adentro de mi vagón.

    —¡Déjame en paz! —Le grité a mi vez.

    —¡Tú no lloras por cualquier cosa! —Me volvió a gritar ignorando mi petición— ¿Por qué lloras?

    —¡Qué te importa!

    —¿Lloras porque nos fuimos de ese bonito pueblo?

    —¡No estoy llorando!

    —¡Sí lloras! ¡Dime por qué!

    Y yo que creí que estaba embobado mirando el campo. ¿Cómo podía ser tan perceptivo? ¿Era posible que se había dado cuenta incluso antes de que yo lo hiciera? ¿Y por qué me parecía que desde que me salvó del jinete estaba como muy observador de lo que me ocurría? Lo dicho, Miguel era el único que podía alcanzar a tocar mi ser y si no tenía cuidado, podía hasta llegar a manipularme, lo que detestaría con toda mi alma.

    Patán fastidioso. En un momento desee que se cayera por la puerta pensando que no se perdía nada si caía y se mataba.

    —¡Miguel! —A pesar del ensordecedor ruido escuché la voz de su padre cuando le gritó con ira— ¡Baja de ese banco! ¡Muchacho idiota! ¡Te vas a salir por la puerta!

    Justo lo que yo quería.

    En el instante en que el padre de Miguel lo tomó por la cintura para ponerlo en seguridad lejos de la puerta, una repentina enfrenada de las máquinas hizo chirriar las grandes ruedas de hierro y los vagones golpearon uno tras otro sacudiéndolos con violencia, mientras una de las dos máquinas hacía sonar su potente silbato.

    Ese fue el único aviso que tuvimos del accidente. El ruido de las llantas fue sofocado por uno más fuerte, uno provocado por el choque de la primera máquina contra un enorme camión que no había logrado detenerse a tiempo, quedando con la parte de adelante casi en la mitad del espacio que había entre los dos rieles, en el crucero peligroso, un cruce de la carretera con la vía.

    Como nuestro vagón era de los más cercanos a las máquinas, pudimos sentir el poderoso golpe y escuchar el espeluznante ruido provocado. Me detuve fuertemente de la parte superior de la puerta para no caer por la violenta sacudida, pero no logré quedar de pie porque la primera máquina había golpeado la parte delantera del camión sin llegar a sacarlo por completo y tanto la segunda máquina como algunos de los vagones, pasaron frotándose contra el frente del camión quedando completamente fuera de la vía como a la mitad de la hilera de vagones.

    La frotación de los vagones contra el frente del camión había hecho que estos se mecieran de un lado a otro sobre la vía y fue entonces que caí de espalda sobre las escaleras, no sin antes ver pasar frente a mí el enorme camión golpeado.

    —¡Miriam! —Gritó mi padre saltando a mi madre y Andrés en la cama para correr hacia mí, tambaleante por las sacudidas violentas del vagón.

    Como las máquinas iban frenando, las ruedas de todos los vagones sobre los rieles sonaban con un chirrido agudo y estridente, algo semejante a cuando se pasan unas uñas en la pizarra, pero aumentado a mil veces. Hasta pude ver en mi mente las chispas que de seguro saltaban por la frotación de los metales.

    Al caer sobre las escaleras, mi pequeño trasero quedó metido en uno de los huecos que hay entre un escalón y otro, así que quedé encorvada. Mi cuello sobre el filo de un escalón y mis piernas, a la altura de mis rodillas por la parte de atrás, apoyadas en el filo de otro escalón.

    La caída fue muy dolorosa, pero al parecer no me había hecho daño. Miré a mi padre acercarse y por poco se va de bruces sobre mí cuando las máquinas lograron detenerse finalmente con brusquedad, pero logró el equilibrio y me sacó del hueco de la escalera tomándome en brazos.

    Lo miré con lágrimas en los ojos. Mi padre. Mi muy atractivo padre que en ese momento me abrazó con fuerza, su mirada mirándome con profunda preocupación.

    —¿Estás bien? ¿Te hiciste daño? —Su voz reflejó esa preocupación mientras me examinaba por todos lados buscando evidencia de daño.

    —Estoy bien, papá —le susurré y me abracé de su cuello con el único brazo libre.

    Mis lágrimas cayeron, pero estas no fueron por la impresión del accidente, sino porque aquí comprendí lo mucho que mi padre me amaba y yo…

    Lo amaba también. No lo odiaba como pensaba. Amaba a mi padre. Mi sansón.

    —Mi niña hermosa —escuché a mi madre a nuestro lado. Se había levantado de la cama para cerciorarse que yo estuviera bien. Mi padre me pasó a sus brazos y por un momento me sentí a salvo de todo— ¿Estás bien? ¿Te duele algo?

    Ya estaba grande para que me cargaran, pero no me importó porque por primera vez desde que tenía uso de razón, me sentí protegida y querida.Y también amaba a mi madre y la aceptación de ese amor cobró luz en mi ser convirtiéndose en el mayor de mis descubrimientos ese día y fue entonces que el remordimiento por dejarla sola cuando nació Andrés, fulminó mi conciencia. Mi padre nos abrazó a las dos y su cálido abrazo lleno de amor me hizo hacerme una promesa. No intentaría alejarme más de ellos. Sin que ellos lo supieran, en silencio les juré no tratar de abandonarlos de nuevo.

    Me amaban y los amaba y aunque no me gustaba el campamento para que fuera mi hogar a pesar de haber nacido en él, ellos estaban allí y yo con ellos. En ese momento no supe que esa promesa me daría la resolución de buscar el escape de otra manera, pero con el paso del tiempo lo descubrí y lo aproveché al máximo.

    Y esa clase de liberación me mantuvo firme en mi promesa, así pues el inexorable tiempo pasó sobre mi persona, mi mente, mi ser completo, alimentándome por medio de aquellas delicias que había encontrado y que probé insaciable.
     
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    Borealis Spiral

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    Ow, su familia, ¡qué bonito! Miriam al fina se dio cuenta que su familia la ama de verdad y cuánto ella misma los ama. Lindo *u* Y un accidente tuvo que abrirle los ojos para comprender eso, ¿eh? ¿Por qué siempre pasa eso, Master? ¿Por qué siempre un viraje o la señal de uno es lo que no zarandea y nos hace apreciar a los que tenemos a nuestro lado? Mira que fue bueno que no pasara nada grave a Miriam y su familia por ese brusco detenerse del tren. Hasta Miguel se vio librado de un golpe letal cuando el frente del camión golpeo los laterales de los vagones, donde había estado hacía un momento sacando el torso casi por completo. Y no, yo no hubiese querido que se cayera por la puerta tampoco. Me gusta Miguel.

    Y bueno, la muchacha estaba sentimental ese día si no pudo contener las lágrimas; el pueblo debía gustarle muchísimo. Más sentimientos encontrados, ¿ves? Una vida nómada me parece interesante de algún modo; por otro lado, también me parece que hace padecer de melancolía y nostalgia muy a menudo. Hm, habrá que ver cómo es que ella sale de ese círculo tan feo que es su hogar si ya se ha prometido no volver a escapar. Espero ansiosa el próximo capítulo, Master. Sin más que decir te me cuidas mucho. Ti amo.

    Hasta otra.
     
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    Marina

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    @Borealis Spiral, gracias por comentarme. Pues la niña comprendió en ese momento que contaba con unos buenos padres y para comprenderlo, necesitó sentirse tal como se sintió. Amada y protegida, después de todo, como bien lo dijo ella, también tiene su corazoncito. Miguel... él es un personaje muy importante en esta historia, así que está bien que te guste. Verás, Bore linda, en este cap notarás de qué manera ella encuentra el escape, creo.

    A los que se pasan por aquí, gracias.

    7

    Suculencias que me nutrieron dándome libertad de mente y de espíritu, no obstante seguía encadenada a las prácticas que me rodeaban y estas, como gruesos eslabones bien sujetos uno tras otro, envolvían mi carácter suprimiendo lo bueno que podía haber en mí, por lo que todavía era más fría, más dura e insensible y hasta se me podía considerar cruel y el enorme candado que unía los extremos de dicha cadena, era la promesa que en silencio les había hecho a mis padres aquel día, así que no podía abrir ese candado, pues significaría incumplir con lo prometido, mas sabía que podía romperse de la unión de los eslabones, sin embargo aun no encontraba la herramienta correcta para romperla.

    Así fue que el tiempo corrió sobre mí y de la misma manera como en los siguientes cuatro años nos mudamos de un lugar a otro en la zona central de la República, cosas también cambiaron en mi persona. Descubrimientos nuevos que dieron a mi vida otros hábitos y un par de ellos no eran nada gratos, no desde la perspectiva de Miguel que siempre parecía estar cuidándome, lo que realmente me parecía desagradable, pues jamás perdía el tiempo para reprochar mis acciones, sobre todo cuando me portaba mal con Andrés, a quien le había tomado mucho cariño ya que Miguel no tenía hermanos.Nuestra relación había cambiado desde que me salvara del jinete malvado, pero yo no podía asegurar que fuéramos amigos. Éramos más bien como compañeros de batalla, como esos soldados que habían sido enviados a la guerra y que se defendían o apoyaban cuanto fuera posible, aunque no creo que existiese un soldado tan quejumbroso como Miguel.

    —En serio, Miriam —me dijo sin aliento, alcanzándome mientras giraba por la esquina de una de las muchas avenidas que aquella gran ciudad tenía, introduciéndonos en un callejón—, ahora sí te acusaré con tus papás. Les diré que eres una ladrona.

    —Hazlo —le respondí deteniéndome y al meter en la mochila el botín, causa de que aquel guardia nos persiguiera, me di cuenta que nos habíamos metido en una angosta calle sin salida. Miré a Miguel molesta. Nuestros ojos a la misma altura, pues él había alcanzado mi estatura y eso que yo había crecido bastante también. El tiempo había sido benevolente con él dándole muchos centímetros, aunque seguía teniendo la voz muy aguda—. Yo diré a los tuyos que en todo eres mi cómplice.

    Miguel sabía que aunque los padres eran los peores ejemplos, sí exigían a sus hijos que se portaran bien. Les enseñaban a no mentir, a no robar, a no decir groserías, pero ellos mismos practicaban todo eso y cuando uno se atrevía a cuestionar, siempre soltaban el dicho de: “porque soy adulto y puedo”, o este otro: “harás lo que te digo porque yo lo digo.” Así pues, a ellos no había quién les reprochara nada, eran adultos y podían hacerlo. No había las mismas reglas para ellos que para los niños. Ellos no eran castigados, nosotros sí y para la mayoría de los hijos en el campamento, el castigo siempre terminaba en una terrible golpiza y desafortunadamente el padre de Miguel era un golpeador sin medida, tanto así que con frecuencia miraba a Miguel con moretones por todos lados, pero jamás lo escuché quejarse de la vida que tenía.

    En algún momento le pregunté si no aborrecía su vida, pero se limitó a mirarme con frialdad y a encogerse de hombros, entonces traté de sondear su mirada, pero esta permaneció inalterable, encerrando lo que verdaderamente había en su interior.

    —Realmente eres odiosa —me acusó antes de saltar sobre un contenedor de basura y desde allí trepar a la barda que separaba el callejón de un terreno baldío—. No comprendo para qué quieres todos esos libros.

    Lo miré asqueada de su ignorancia, pero no dije nada porque el sujeto que nos perseguía nos gritó desde la avenida, acercándose a nuestra ubicación.

    —¡Oigan, par de delincuentes, deténganse!

    Claro que ni de locos nos detendríamos, así que salté también sobre el contenedor y seguí a Miguel que de manera asombrosa corría sobre la cima de la delgada barda de ladrillo e hice lo mismo. Realmente éramos muy buenos equilibristas, pues parte de nuestro pasatiempo era jugar competencias sobre quién corría más tiempo sobre los rieles de la vía, aunque más que juego, era una rivalidad de hacer mejor las cosas. Ninguno de los dos quería dejarse del otro y en estas competencias jamás incluíamos a otros niños. Éramos solo Miguel y yo y ningún otro compañero podía con nosotros. Sí jugábamos con los demás, pero casi siempre andábamos solos y es que a mí me daba por recorrer las calles de los pueblos. Podía pasármela horas y horas admirando las casas. Esas magníficas construcciones que permanecían estables siempre, sofocando mi anhelo de tener una de esas.

    El sujeto entró al callejón, mas nosotros nos habíamos alejado por el muro buscando un lugar para descender al terreno baldío, pero la altura era considerable ya que a lo largo del muro había un excavación honda, como si en ese terreno estuvieran a punto de levantar los cimientos para construir algo, así que no nos atrevimos a saltar, por lo tanto continuamos sobre la barda dándole vuelta y trepamos al techo de una casa por donde corrimos y ahora nuestra huida fue en las alturas, saltando de tejado en tejado gracias a que la casas estaban una al lado de la otra, lo que tampoco supuso dificultad para nosotros puesto que estábamos acostumbrados a correr sobre los vagones y saltábamos de uno a otro y también, sin que nuestros padres lo supieran, nos colgábamos de los estribos de los vagones de carga cuando estos estaban en pleno movimiento, cuando las máquinas arrancaban y al ir cobrando velocidad era que nos soltábamos dándonos a veces unas terribles caídas, pero nos gustaba hacerlo y lo hacíamos sin pensar en el peligro que suponía que al lanzarnos podíamos caer sobre la vía, bajo las férreas ruedas de los vagones. Así habían muerto algunos.

    En nuestra carrera alcanzamos a ver a algunas personas en sus patios y aquellas que nos vieron se quedaron sorprendidas o quizás enfadadas por nuestro atrevimiento, el que terminó cuando nos enfrentamos con un edificio de varios pisos, pero tuvimos la fortuna de que el techo de la casa donde estábamos quedaba justo a la altura de un departamento que tenía una especie de balcón que contaba con una escalera desplegable, algo único para nosotros que nunca habíamos visto semejante invento, así que brincamos ahí y bajamos a la calle en donde sin detenernos, continuamos con nuestro escape tomando el rumbo que nos llevaría a la parada del camión que nos acercaría a la estación de la ciudad, en donde a su vez estaba el campamento en espera de ser movido de nuevo y era en estas ocasiones antes de partir, cuando yo me apropiaba de lo que no era mío, uno de los hábitos que odiaba Miguel de mí.

    Atrás quedó el guardia que custodiaba esos libros que había hurtado de la grande librería que me había abierto las puertas para que mirara los ejemplares en espera de una compra. Como siempre en estos casos, Miguel me había esperado en la calle mientras yo disimuladamente me acercaba a una mujer para entrar con ella y sin apartarme de la señora, la seguí hacia unos contenedores en donde observó algunos ejemplares para tomar uno después y cuando más entretenida estaba leyendo la sinopsis del libro, comencé a hacerle plática dándole a mi voz un tono suave, bonito.

    —A mí me gusta mucho leer.

    La señora me miró entonces y no pudo evitar sonreírme mientras me respondía con voz amable.

    —¿De veras? A mí también.

    —Estoy buscando un libro para regalárselo a mi mamá.

    —Qué linda. ¿Buscas un género en especial? Aquí hay de varios —me señaló algunos libros — ¿Qué le gusta leer a tu mamá?

    —Mmmm, le gusta leer de todo —señalé otra sección de la librería y añadí—: Iré allá a ver qué encuentro.

    —Espero que encuentres algo lindo para ella —me deseó y mientras yo le agradecía por su buen deseo, ella volvió a los libros de su interés. Me alejé al lugar que le había indicado.

    —¿Qué es exactamente lo que buscas? —Me preguntó una joven vendedora al acercarse a mí. —Aquella es el área infantil.

    Apreté la correa de la mochila que llevaba colgada en el hombro derecho para controlar el impulso de responderle algo grosero, algo así como: qué idiota, ¿quién crees que soy?, pero me mordí la lengua porque a sus ojos no era más que una niña de diez años y como esa niña hablé:

    —Mi madre y yo estamos buscando un libro para regalárselo a mi padre —señalé a la mujer con la que había entrado y conversado, quien seguía absorta buscando un libro para llevarse a casa—, pero no nos ponemos de acuerdo sobre qué libro comprarle, así que me pidió que buscara por mi parte.

    —¡Oh, vaya, qué dilema ¿Como de qué género quieres tú que sea? —Inquirió la joven sin dudar de que aquella mujer era mi madre, pues me había visto entrar y conversar con ella. Casi sentí pesar por su ingenuidad.

    —Le digo a mi madre que debe ser uno de anatomía. Mi padre es médico ¿sabe? Uno que le ayude en su carrera.

    —Tenemos unos que nos llegaron recientemente. Están actualizados, así que supongo le serán de gran provecho a tu padre.

    Seguí a la chica y mientras caminábamos por entre los contenedores, noté al guardia que recorría vigilante los pasillos, pues era una librería muy grande y había lugares que requerían especial vigilancia al ser más privados por los altos anaqueles repletos de obras de la literatura, pero no me preocupé, sino que admiré la enorme cantidad de libros. Maravillosos ejemplares expuestos de manera tan tentadora que mis ojos quisieron devorarlos todos. Respiré hondo, llevando a mis pulmones no solo el aire, sino también ese olor que desprendían. Olían mejor que la comida más sabrosa de mamá y sus letras anheladas me nutrían todavía más que el más nutritivo de los alimentos. Leí los títulos de algunos deseando llevármelos todos, pero no podía, solo me llevaría aquel que me mostrara la vendedora, pero resultó que al llegar a donde estaban, me mostró dos.

    —Mira, estos son los actualizados —Los tomé para mirarlos mientras ella continuaba su explicación—: Este está más completo pues incluye un manual sobre como tratar las fracturas. Yo creo que también le gustará a tu mamá. Vamos a mostrárselo.

    —Sí —dije acariciando los libros —a mí me encantan.

    Y antes de que la vendedora los tuviera en su poder de nuevo para llevarlos a donde mi “madre” , salí corriendo de la librería, el tesoro bien estrecho contra mi pecho sin que me importara la impresión incrédula de la pobre joven que alertó a gritos al guardia, quien a su vez abordó a mi supuesta madre, la que por supuesto dijo no conocerme, así el guardia salió en pos de mí, pero ya Miguel y yo le habíamos tomado ventaja, perdiéndolo por completo cuando corrimos sobre los tejados.

    —Un día de estos, Marimacho Miriam —me amenazó Miguel cuando finalmente nos detuvimos enfrente de nuestras viviendas, agitados,sudorosos y cansados por la carrera que tuvimos que continuar después de bajar del camión, pues el campamento todavía nos quedaba retirado—, le diré a tu papá de todos esos libros que tienes allí. ¿Para qué quieres tantos?

    Ese allí era el lugar donde guardaba mi preciado tesoro. Por la parte de abajo de mi vivienda, mi padre había construido como un pequeño jacal de madera que fijo en el vagón, se suspendía sobre la vía a una buena altura. Muchos de los vagones lo tenían, pues a las familias les gustaba criar gallinas y pollitos, incluso había padres de familia que tenían gallos de pelea y los peleaban entre sí apostando al mejor y era en estas casitas de madera donde las aves dormían por la noche y en el día se la pasaban afuera, ascendiendo y descendiendo por una tabla que les servía de escalera, no obstante nosotros no teníamos porque mi padre, aunque había construido el gallinero, que era así como se les conocía, me había castigado por mi mal comportamiento y jamás me compró los pollitos y si al principio lo detesté por eso, ahora le estaba agradecida, porque le daba el mejor de los usos. Mi tesoro estaba seguro y el único que sabía que existía, era Miguel.

    —Ya te dije, haz lo que quieras, pero atente también a las consecuencias, cobarde traidor —lo taladré con la mirada dominando el impulso de golpearlo en la boca. El apodo de Marimacho seguía irritándome sobremanera—, además, ellos tienen la culpa por no comprarme los libros que quiero.

    Después de eso lo ignoré y abrí la pequeña puerta del “gallinero” y arrojé al interior la mochila, luego me introduje hasta la cintura para tomar los libros y acomodarlos a un lado de los demás, todos hurtados de las bibliotecas y librerías de los lugares a los que llegábamos, tapándolos después con unas tablas que papá había dejado ahí. Ansiaba leer esos últimos, pero no había tiempo. Las máquinas estaban por conectarse al campamento para moverlo de tan bonita ciudad, disponiéndose a correr como siempre por esas interminables vías de hierro que eran fiel copia de la frialdad que envolvía mi corazón para poder aceptar que de nuevo quedaba atrás otro lugar que pudo ser el hogar que añoraba.
     
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    ¡Yo! Hm, creo que este ha sido el capítulo más largo que has hecho, Master.

    Cuatro años transcurridos y... ¡Miriam se roba los libros! No puede ser, se pasa. ¿Tanto así los desea que recurre a esas mañas? Válgame; no te miento, leer esto me sorprendió sobre manera. En increíble en lo que se ha transformado esta niña ._. Comprendo que desee nutrirse del saber, pero llegar tan lejos, uff, no sé, no me gusta. Y tener a Miguel como cómplice. No, no es bueno para ninguno de los dos; están atados a ambos; no pueden echarse de cabeza ninguno. Ahora, Miriam debería entender que sus padres no cuentan con los recursos necesario para costearle libros que son tan costosos; porque sí que cuestan esos que a ella le gustan que hablan de medicina. No sé tú, Master, pero Miriam necesita hacer algo con su vida y urgentemente o no sé de qué será capaz de seguir haciendo con tal de obtener lo que quiere.

    Oh, un gallinero bajo los vagones del tren xD Quién dice que las gallinas no se pasean a lo chulo, ¿eh? xD Me encantó eso, no sé por qué; me pareció curioso. Y Miriam va llenando el buche de libro en libro, interesante. Bueno, que se eduque mucho y que un día aprenda que robar es malo, ya que no me parece que su fin justifique el medio. Y nada más, Master, como siempre, un capítulo emocionante por todo eso del plan para robar el libro y la persecución. Habrá que ver cómo sigue esto y si Miriam aprende algunos valores morales que falta le hacen. Me despido, te me cuidas. Acepta mi amor.

    Hasta otra.
     
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    Víngilot

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    Hola, chicas, aquí reportándome después de algunos días. Una disculpa, siempre hay chamba pero a veces llegan rachas de trabajo que uno simplemente no puede terminar. Bueno, bueno, hay varias cosas que deseo comentar: mira, de alguna manera siento celos de Miguel, y no exactamente de él, si no de ese tipo de personas (hombres) que aunque sean unos patanes, siempre hay alguien que los admira o idolatra...; el momento en que se van del pueblo ese que le gustó tanto a Miriam es muy triste, cito, "El pueblo era hermoso, uno de los más lindos que había visto. Más de una vez desde que llegamos allí, soñé que mis padres tenían una casita en el pueblo y que yo asistía a la escuela todo el ciclo escolar, todos los años"; eso me parte el corazón, cuánta melancolía...; lo que menciona BS sobre cómo valoramos a nuestros seres queridos sólo hasta que la vida nos sacude es muy cierto, a mí me ha pasado y no debería, pero es que existimos personas muy tontas, porque no encuentro otra razón para excusar ese error, BS, madurez absoluta; y, finalmente lo del tema de los libros robados, mmm, yo siempre he pensado que si algo te has de robar en tu vida, que sean justamente libros, no lo aplaudo, pero tampoco lo repruebo, aquí entre nos, yo me he quedado con unos cuantos títulos que no son de mi pertenencia, eso sí, les he sacado el provecho que el dueño jamás les sacaría.
    Trataré de estar más al pendiente, de apurarme con la chamba y de continuar con ustedes, un placer, que estén muy bien.
     
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