Historia larga Secretos del Corazón

Tema en 'Novelas' iniciado por Borealis Spiral, 12 Junio 2020.

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    Borealis Spiral

    Borealis Spiral Fanático Comentarista destacado

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    4 Mayo 2010
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    Escritora
    Título:
    Secretos del Corazón
    Clasificación:
    Para adolescentes. 13 años y mayores
    Género:
    Romance/Amor
    Total de capítulos:
    13
     
    Palabras:
    4154
    Marina ¡Master! Como siempre, agradezco mucho tu comentario e impresiones en cuanto al capítulo. Me alegra que te gustara. Sí, la ansiedad de Vidal no es buena, a ver si hace algo con eso. Mientras, hay que ver cómo avanzan las cosas. Y sí, Efraín seguro que está en la tienda y Lino, ¿qué Lino? ¿A ese quién lo quiere? Okey no. Gracias otra vez por comentar.

    Sin más preámbulos, dejo el siguiente capítulo. ¡Disfruten!


    El grupo de estudio y lo común de ambos

    Mariela De León llegó temprano a la preparatoria. Solía llegar con margen de tiempo para hablar con sus amigas o enterarse de chismes, pero esta vez había madrugado con la intención de encontrarse con Vidal. Sabía que era de los primeros en llegar y como quería hablar con él, hizo el esfuerzo de levantarse más temprano.

    Ahora mismo lo esperaba cerca de las escaleras que llevaban al segundo piso, que era donde estaban los salones de ambos. Si se ponía a pensar con objetividad, estaba actuando como una acosadora, pero no, ella prefería el término estratega. Tenía un plan que la ayudaría a pasar tiempo con él y estaba segura de que esta vez no diría ninguna estupidez. No esperó mucho tiempo porque el objeto de su anhelo se hizo visible por el pasillo.

    —Vidal, buenos días —lo saludó al verlo.

    —Muy buenos días —respondió, afable.

    Sin embargo, los nervios volvieron a hacer de las suyas y cuando Mariela intentó hablar, las palabras quedaron atoradas en su boca, limitándose a abrir la boca.

    —¿Puedo ayudarte en algo? —cuestionó él, deteniéndose al ver que quería seguir charlando.

    —Sí, sí puedes. —La lengua le volvió a funcionar, pero en cuanto comenzó a hablar, deseó haberse quedado muda—. Escuché que tienes un grupo de estudio y estaba esperando que fuera mentira porque, vamos, ¡qué clase de ñoñería es esa! Es tan de nerds. ¿Quién hubiese pensado que el chico más popular y cool de la escuela podría ser tan ñoño? ¿No te da vergüenza arruinar tu imagen de ese modo?

    —Ah, bueno, en realidad lo hago para ayudar a mis compañeros que tienen problemas con alguna materia.

    —¡Por supuesto! Ya decía yo que no podías tener un gusto de nerds. Lo haces para ayudar, claro. Tú siempre siendo el buen y considerado Vidal, ¿no? —Le palmeó el hombro con poca delicadeza—. Quisiera que hubiera un tú en mi salón que me ayudara en Química porque se me da fatal. ¿Lo sabías? Claro que no lo sabías. ¿Cómo ibas a saberlo si seguramente tu grupo de estudio es simplemente para los chicos populares como tú? Nosotros la plebe nos tenemos que aguantar a sufrir los dolores de cabeza de materias imposibles mientras que ustedes gozan de buenas calificaciones. Es injusto.

    —No es un grupo de estudio particular. Cualquiera puede venir cuando lo desee. Hoy mismo nos reuniremos en la biblioteca, a eso de las cinco. Si gustas, puedes venir y puedo ayudarte con Química —la invitó él, sonriendo condescendiente.

    —¡Bien, es una cita! O sea, no es una cita, cita, pero es una cita de estudio, así que igual es una cita; una cita no cita, pero cita… ¡Te veo allí, adiós!

    Y como alma que se lleva el diablo, Mariela subió las escaleras para ir a su salón y esconder su nueva humillación. ¡No podía creer que hubiese pasado de nuevo! Le contó lo ocurrido a sus amigas en cuanto llegaron.

    —¿Otra vez? —Jenny Aranda reventó a carcajadas—. ¡Por Dios, Mariela! ¿Cómo es posible?

    —¡No te rías que no le veo la gracia! —se enfureció la chica, echando los brazos en la mesa y escondiendo su colorado rostro entre ellos—. Es la peor humillación. Sólo iba a pedirle ayuda con la tarea de Química. ¿Por qué tengo que decir todas eses idioteces siempre que estoy con él? ¡Auh! Me quiero morir, me quiero morir.

    —Vamos, vamos. —Jenny intentó apaciguarla—. Tampoco tienes que irte a esos extremos. A mí me pareció que no lo hiciste tan mal como la vez pasada y estoy segura de que Vidal es comprensivo, ¿cierto, Thel?

    Jenny miró a Thelma Canto, quien había evitado participar mucho en la conversación, como siempre que tocaban el tema del enamoramiento de Mariela con Vidal.

    —Amm, sí, seguro que él entiende.

    Thelma estaba algo desilusionada de que a ella no se le hubiese ocurrido ir a pedirle ayuda a Vidal con alguna materia. Claro que si lo pensaba bien, habría sido extraño. Ella era conocida por ser de las mejores estudiantes; si de repente hubiese necesitado ayuda con las tareas habría sido sospechoso. A ella no le funcionaba esa excusa, por lo que con el pesar de su corazón, debía entregarle a Mariela esa pequeña victoria con su idea. No le gustaba, pero no podía hacer más.

    —¿Ves? —siguió diciendo Jenny en plan de animadora—. No pienses mucho en el oso que hiciste y mejor piensa en lo que lograste. Pasarás una tarde con Vidal. Digo, la idea de estudiar no es prometedora, pero peor es nada.

    —Eso sin contar a los demás que vayan a ir —intervino Thelma, más alentada al recordar eso—. Es un grupo de estudio, así que habrá más gente. No serán sólo ustedes dos.

    —Eso ya lo sé —replicó Mariela, irguiéndose y cruzándose de brazos, inconforme—. Quería pedirle que me enseñara en privado y apenas pude con lo del grupo. ¡Diablos! No importa, todavía tengo oportunidad.

    —Como va la cosa, lo dudo bastante —se burló Jenny, divertida—. De hecho, no aguanto por saber qué nos dirás mañana del ridículo que harás esta tarde. —Rio ante la posibilidad.

    —¡Deja burlarte de mí! —exigió la víctima, dándole un puñetazo a la butaca, iracunda—. ¿Quién te crees que soy? Ya pensé en eso también y es por eso que tú vendrás conmigo.

    —¿Qué? —Jenny la miró como si hubiese perdido la cabeza—. ¡Estás loca! Yo no quiero ir.

    —Me vale, vas a venir sí o también. Tú te encargarás de evitar que haga el ridículo frente a Vidal. Además, te estoy haciendo un favor. Tu también apestas en Química.

    —Eso no tiene nada que ver. A mí me da igual ser mala en Química, no me sirve para nada.

    —Pues no debería, Jenny —volvió a meterse Thelma, teniendo una idea—. Tener calificaciones decentes es necesario si quieres seguir en el equipo de básquet.

    —Pero si me va mal en una no importa —se defendió.

    —No, pero Matemáticas tampoco se te da bien, ni Inglés y Biología tampoco es tu fuerte.

    —¿Por qué estás en mi contra tan de repente? —Jenny miró a Thelma con incredulidad.

    —No lo estoy, pero creo que es buena idea que vayas con Mariela —confesó, seria.

    —¿Qué? —se impactó más que antes; eso no lo vio venir.

    —¡Allí está! Somos dos contra una. No te queda de otra, Jenny, vas a venir conmigo quieras o no. —Fue el ultimátum de Mariela.

    —Oh, bien, hagan lo que quieran.

    Jenny se echó sobre su respaldo, hundiéndose en el asiento y cruzándose de brazos, indignada de que cuando se unían, las dos pudieran contra ella. Llegó el profesor de la primera clase, por lo que no pudieron conversar más, pero Jenny quedó bastante pensativa en cuanto a por qué Thelma insistió en que acompañara a Mariela. No pudo interrogarla al respecto sino hasta el final del día escolar y cuando se despidieron de Mariela. Ese era su último día de descanso debido a su tobillo herido y no se quedaría a practicar, por lo que tuvo oportunidad de acompañar a Thelma buena parte del trayecto a casa. Fue allí que Thelma le explicó por qué le pidió ir al grupo de estudio.

    —Quiero que evites que Mariela se acerque mucho a Vidal.

    —¿Qué? —La miró con una mezcla de decepción y desconcierto—. Thelma, no. Te dije claramente que no te ayudaría en esto. ¿Quieres que saboteé los esfuerzos de Mariela? ¿En serio?

    —¡Claro que no! No te lo pediría jamás —se escandalizó la otra.

    —Es lo que me estás pidiendo.

    —No es cierto. —Thelma sacudió la cabeza, vehemente—. No te estoy pidiendo nada que Mariela no te haya pedido. No vas a ayudarme más de lo que vayas a ayudarla a ella. Si quisiera sabotearla te diría que no evites que haga el ridículo enfrente de Vidal y la dejes decir tonterías, pero no quiero eso. Evita que pase vergüenza, pero también evita que surja algo más entre ellos.

    —Agh, Thelma —rezongó, desganada.

    —Por favor, Jenny —suplicó y la voz se le hizo un hilo—. Estoy asustada, ¿sí? Dijiste que no debía preocuparme de que a Vidal le guste Mariela, pero no dejo de pensarlo y sigo creyendo que es así y me asusta, ¿de acuerdo? No quiero perderlo.

    —Si tanto miedo tienes, tú deberías ir en mi lugar —declaró, mirándola con desaprobación.

    —Lo sé. —Thelma cerró los ojos, regañada—. Me falta decisión… Tampoco quiero perder a Mariela.

    Jenny suspiró profundamente, apenada. Thelma ya le había dicho que prefería mantener su enamoramiento oculto porque sabía que Mariela haría un melodrama y conociéndola, quizás fuera así. Si acaso, Thelma estaba prolongando el momento en que ambas tuvieran una fuerte discusión. Sentía mucha lástima por ella, en verdad que sí, pero no podía aprobar su actitud.

    —No voy a hacerlo, Thel.

    —También sabía que dirías eso —confesó, sonriendo con tristeza.

    Jenny le pasó el brazo por lo hombros, cariñosa, intentando consolarla en lo que seguían su rumbo, pero Thelma se mantuvo taciturna el resto del camino y cuando se separaron para ir cada quien a su hogar, Thelma pensó que le haría una visita a Efraín. Cada que estaba intranquila y no lograba hallar paz interior con Jenny, optaba por buscarlo. Su presencia lograba serenarla y él siempre tenía las palabras adecuadas cuando necesitaba consuelo. Fue buena idea porque después de la visita, ya no estuvo tan desanimada y después de mucho meditarlo, decidió que la próxima vez le preguntaría a Vidal si necesitaba ayuda con su grupo de estudio, pues apoyarlo en su plan de tutor era algo que sí podía hacer dadas sus buenas notas.




    Se hizo la hora de que Jenny y Mariela cumplieran con la cita en la biblioteca. Llegaron y antes de entrar al edificio, Mariela se retocó el maquillaje por vigésima vez.

    —Listo, estoy perfecta —se halagó, guardando el estuche y espejo en su bolso.

    —Sí, sí, eres hermosa. ¿Podemos acabar con esto de una vez? —Jenny no estaba feliz.

    —Pero qué mala compañera eres —acusó, rodando los ojos.

    —No estoy aquí por gusto, ¿qué esperabas?

    —Ya sé, ya no empieces con tus quejas otra vez. Andando y ya sabes qué hacer si empiezo a actuar como una idiota.

    —Yo me encargo, descuida. —Jenny le mostró un pulgar arriba.

    Ambas ingresaron a la biblioteca y descubrieron que Vidal ya se encontraba allí junto con otras cuatro muchachas; reconocieron que dos eran del mismo salón de Vidal y las otras dos no se les hicieron familiares, por lo que debían ser de primer año. Por un momento Jenny se sorprendió de que hubiera sólo chicas, pero luego recordó que él era el popular de la escuela y que todas estaban enamoradas de él. No tenía nada de raro. Se acercaron al pequeño grupo.

    —Ya vine —se anunció Mariela.

    Vidal González dejó de hablar con sus compañeras con la intención de darle la bienvenida, pero sus ojos marrones se enfocaron de lleno en Jenny. ¿Por qué estaba ella allí? Lo último que quería era encontrarse con ella nuevamente. Jenny también lo miró y notó apenas perceptiblemente que su expresión se teñía de perplejidad, antes de fugazmente cambiar el gesto a uno que le pareció de desagrado.

    —Torciste el gesto —señaló antes de pensarlo y se arrepintió apenas las palabras salieron de su boca.

    —¿Qué? —Mariela la miró, extrañada—. ¿De qué hablas tú ahora?

    —Debe estar confundida —replicó Vidal, con su amabilidad de siempre—. No tendría razones para hacer algo así. Debiste ver mal, ¿no es así, amiga?

    Jenny no supo cómo, pero la aparente cálida cordialidad de Vidal le supo helada y entendió perfectamente la advertencia detrás del adjetivo.

    —Sí, no pasa nada —se apresuró a corregir.

    —Traje a mi amiga porque también es mala en Química, espero que no sea un problema —le informó Mariela a Vidal.

    —Para nada. Entre más seamos, mejor. Vamos, tomen asiento, señoritas.

    Ellas lo hicieron, así que Vidal se vio en medio de dos chicas a cada lado, entre ellas Mariela, en lo que una de las chicas de primero y Jenny quedaban sentadas en el otro extremo, frente a ellos. Jenny quedó delante de Mariela, por lo que podía patearla por debajo de la mesa en caso de que comenzara a hablar disparates, tal como habían acordado. No obstante, como Vidal estaba a un lado de Mariela, también fue fácil para ella notar que la evitaba.

    Algo le decía que no le caía muy bien, aunque era comprensible dadas las circunstancias. Después de todo, ella sabía algo de su secreto; era natural que estuviera tan alerta en su presencia. O quizás no, quizás sólo era paranoico. Al fin y al cabo, ella había prometido que no diría nada de lo que había visto. Aunque el hecho de que se le hubiera salido comentar lo de su gesto torcido tampoco le daba puntos de confiabilidad, pero eso fue sin querer. No buscaba delatarlo ni nada.

    Mas así como él parecía no prestarle más que la necesaria atención, como cuando debía explicarle algo, así mismo ella no podía dejar de observarlo. Todavía le resultaba fascinante todo el asunto con él. Conociendo ya que su porte de príncipe perfecto no era más que una fachada, era más sencillo para ella notar cómo la mayoría de las cosas que hacía y decía eran tremendamente rebuscadas. Era como si no sólo ensayara de antemano su lenguaje y etilo, sino que cuidaba tanto sus modales que eran casi antinaturales.

    No entendía cómo los demás no podían notarlo, aunque si era honesta, ella tampoco lo había hecho. Sospechaba que mucho tenía que ver cómo lo idealizaban todos; lo ponían en un pedestal tan alto que realmente lo creían mejor de lo que era, negándose a aceptar cualquier desperfecto. Pero para todo su supuesto perfeccionismo y atractivo, ella encontraba curiosamente encantador al Vidal con el que había conversado el otro día, incluyendo defectos y todo. Le había parecido más natural, genuino y desenvuelto.

    Había transcurrido un buen tiempo de la sesión de estudio, cuando Mariela se fastidió de tener que pelear por la atención de Vidal con las otras cuatro chicas; las de primero eran más reservadas, pero las compañeras de Vidal eran unas resbalosas.

    —Pero bueno, Vidal, ¡qué raro que nada más hayamos chicas aquí! —exclamó, mirando con desdén a las otras—. ¿No me digas que en secreto eres un perr…

    Jenny supo que su amiga iba a decir una estupidez, por lo que se apresuró a asestarle una patada por debajo de la mesa. Lo malo fue que erró el tino.

    —¡Auch! —se quejó Vidal, dolorido, pegando un brinco.

    —Ups. —Jenny se encogió de hombros, abochornada.

    «¿Ups? ¡¿Ups?!», pensó él, reprimiendo sus ganas de fulminarla con la mirada. «¿Acaso intenta arruinar mi imagen? ¿Quiere que las demás me descubran? ¿Quiere vengarse de mí por alguna razón? ¿Qué rayos pretende?».

    —¿Qué pasó? —cuestionaron todas.

    —Lo siento. Lo pateé por accidente —confesó Jenny.

    —¿Que hiciste qué? —Mariela y las demás la miraron con indignación.

    —Fue un accidente, ¿sí? Uno que no hubiese pasado si no me hubieras pedido ya sabes qué —se defendió, mirando a su amiga con reproche.

    —¿O sea que es mi culpa? —se ofendió ella.

    —Señoritas, señoritas —intervino Vidal antes de que se desatara la guerra—. No peleen, por favor, no tiene caso. No pasa nada si fue un accidente, a cualquiera le pasa. Estoy seguro de que nuestra compañera aquí presente será más cuidadosa la próxima vez, ¿verdad?

    Le sonrió de una forma que a Jenny se le antojo amenazante por muy gentil que pareciera.

    —Sí, tendré cuidado —convino antes de retomar el tema del que hablaba su amiga—. Pero lo que Mariela decía sí es curioso. ¿Sólo invitas a chicas a estas juntas?

    —Ay, claro que no, tonta —respondió una de las compañeras de él—. Solían venir chicos de nuestro salón, pero de pronto dejaron de venir.

    —Es obvio que estaban celosos de que Vidal supiera más que ellos y para no quedar en ridículo frente a él dejaron de venir —completó la otra, colgándose del brazo de Vidal, descarada, ganándose una mirada fulminante por parte de Mariela—. Igual ni los queremos aquí.

    —Tampoco es tan así. Hoy no tocó, pero ellos vienen de vez en cuando —informó Vidal—. También he invitado a gente del equipo de fútbol. Hoy invité a Lino. He escuchado que tiene problemas con varias materias y eso no es bueno si quiere seguir en el equipo.

    Ante el nombre, Jenny se tensó y apretó la libreta que tenía en sus manos, las que comenzaron a sudar y temblar, en lo que sus facciones se llenaban de terror, sintiendo que el corazón le latía a mil. Su momentáneo despliegue de terror pasó desapercibido por las chicas que seguían peleando por el interés de Vidal, pero él lo advirtió.

    —Claro que Lino siempre me rechaza. No hay forma de que se aparezca por aquí —respondió Vidal a la muda interrogante que sintió en el aire.

    Sus palabras fueran una curación para Jenny, quien logró mantener la compostura, pero sintió que necesitaba ventilarse.

    —Tengo sed, iré a comprar algo de beber —anunció, levantándose de su asiento.

    —Traeme un agua mineral —le pidió Mariela.

    Jenny salió de la biblioteca, presurosa. Cerca de allí, por la misma cuadra, estaba un pequeño bulevar peatonal adornado con árboles, jardines y bancos. Ella se sentó en uno, levantó las rodillas, las abrazó contra su pecho y escondió el rostro entre ellas, en lo que se tocaba el lóbulo desgarrado. No era posible que aun después de tanto tiempo y de todo lo que había hecho para olvidar la pesadilla de su pasado, la simple mención del nombre de Lino tuviera tanto efecto en ella.

    Se suponía que ya había superado su trauma, para eso había ido a terapia. ¿Por qué reaccionaba así entonces? Y no era ni siquiera que el simple nombre la descompusiera, era la mera idea de estar en el mismo entorno. No había podido evitarlo, por mucho que intentara relajarse, la verdad era que todos los días vivía temerosa de que la pesadilla se repitiera. No tenía por qué hacerlo; ya no era una niña desvalida ni la misma ingenua, pero no podía evitar que su mente reviviera con detalle aquellos negros días.

    —Veo que no soy el único con un secreto.

    La voz de Vidal la sobresaltó y levantó la cabeza para verlo, alarmada. Él la miró unos instantes antes de darle la vuelta al banco para sentarse en el otro extremo, donde colocó los codos sobre los muslos para revolverse el cabello un par de veces antes de darse masaje en la frente. Suspiró con cansancio.

    —Supongo que no debería sorprenderme —dijo después de un rato, mirando el cielo—. Todos tenemos secretos.

    —¿Qué haces aquí? —Jenny bajó los pies, acomodándose de lado para verlo mejor.

    —Cuando dijiste que irías a comprar algo, las demás también quisieron algo y me ofrecí ir a la tienda. En realidad fue un buen momento, necesitaba un descanso. Lidiar con todas ellas es un dolor de cabeza y no es por nada, pero tu amiga es la peor. ¿Es así todo el tiempo?

    —No es tan mala. —Jenny rio con ligereza—. Tiene un fuerte carácter, pero como contigo se pone nerviosa es un poco más intensa que de costumbre.

    —Pues sus nervios no ayudan a los míos. Es eso o tal vez eres mejor que yo tratando a las personas.

    —O quizás estás perdiendo tu toque —sugirió ella como quien no quiere la cosa.

    —Ja, ja, muy graciosa. —Vidal la miró mal y ella volvió a reír, ahora más abiertamente—. Veo que estás mejor, así que ya cumplí aquí. —Se puso de pie—. Ya te devolví el favor y como también sé algo de tu secreto podemos decir que estamos a mano.

    —Oh, así que eres interesado, ¿eh? —Jenny también se puso de pie y lo miró, risueña.

    —Me gusta lo equivalente —se defendió y extendió la mano—. Anda, no tiene caso que los dos vayamos a la tienda si yo traeré la mayoría de los encargos. Acepta mi caballerosidad, dame dinero y dime qué quieres.

    —¿No debería un caballero ofrecerse a comprar de su propia billetera? —Jenny alzó las cejas.

    —Soy tacaño.

    —¿Eso sí lo aceptas?

    Ella volvió a reír y Vidal hizo una mueca llena de pánico. ¿Qué rayos estaba haciendo? ¿Cómo pudo decir aquello? Por eso mismo no quería estar cerca de ella; se confiaba y bajaba la guardia al saberse descubierto, lo que era muy peligroso. ¿Qué pasaría si alguna de las chicas lo escuchaba o lo veía actuando fuera de papel? Miró en dirección a la biblioteca, alterado. No había nadie a la vista, pero ¿y si el testigo ya había regresado para contarle a las demás de su desliz? Ahora sí iban a chantajearlo, ¿verdad? ¿O iban a delatarlo de frente? ¿Cómo iba a manejar la escuela mañana con su secreto revelado? ¡Oh, Dios! Sus tíos iban a decepcionarse tanto que ahora sí iban a abandonarlo. La ansiedad comenzó a hacerlo su presa y la respiración se le aceleró.

    —Oye, oye. —Jenny tomó la mano que le había ofrecido y el contacto fue como un ancla para él; la miró—. No estás filtrando bien tu ansiedad. ¿Ves por qué te digo que deberías relajarte un poco? Si sigues así va a darte un ataque o algo.

    —No estás en posición de aconsejar —refutó él, mirando las manos enlazadas—. Todavía estás temblando.

    Jenny se liberó del agarre y bajando la mirada, abochornada. Un incómodo silencio los envolvió.

    —Bien, si no quieres aceptar mi caballerosidad sólo compraré lo de tu amiga —dijo Vidal dispuesto a irse.

    —¿Por qué? —La interrogante de Jenny lo detuvo y la miró, extrañado.

    —Porque al menos sé que ella quiere un agua mineral.

    —No, eso no. —Jenny se impacientó—. ¿Por qué? ¿Por qué no preguntas qué fue eso, lo que pasó hace rato? Lo que pasa con… —Se le atoraron las palabras.

    —¿Lino? —completó él y ella asintió, angustiada. Vidal suspiró, mirando los árboles y jardines—. ¿Serviría de algo? ¿Me lo contarías?

    —No —confesó en un hilo de voz.

    —Y es obvio. Nadie le diría cosas personales a un desconocido cualquiera, mucho menos si son desagradables. Sé mejor que nadie lo que significa ocultar las cosas detrás de una sonrisa esperando que nadie se entere ni haga preguntas.

    Jenny frunció el ceño, de pronto desconcertada con ella misma, porque eso era precisamente lo que había estado haciendo desde que supo que Lino asistía al mismo instituto. Fingía que todo estaba bien y sonreía sin reparo cuando el miedo y la paranoia la consumían por dentro. También entendió por qué no tenía derecho de reprocharle nada a Vidal por presionarse tanto al querer ser perfecto todo el tiempo.

    —Pero que no te diga nada no quiere decir que dejarás de preocuparte, ¿o sí?

    La pregunta fue más para ella que para él, pues no había forma de que dejara de inquietarse por el estilo de vida que llevaba él a pesar de no conocer los detalles. Insistía en que debía ser muy agotador; además, la ansiedad que le había visto tampoco podía tomarse a la ligera.

    —No, supongo que no —reconoció él, viendo la verdad detrás de la interrogante—. Pero siempre puedo preocuparme en silencio.

    Jenny sonrió, entendiendo la indirecta. Vidal se dispuso ir a la tienda.

    —Espera. —Jenny lo siguió—. Iré contigo.

    —A ti de veras no te gusta mi caballerosidad, ¿verdad? —La miró con recelo.

    —No es eso. Es que si fueras tú solo a la tienda se preguntarán cómo fue que me alcanzaste y sería sospechoso. Si regresamos los dos parecerá que nos encontramos allá y que decidimos volver juntos.

    —Siempre y cuando pagues lo tuyo —murmuró él entre dientes.

    —¡Vaya! En serio eres tacaño. —Y volvió a reír, divertida.

    Se enfrascaron en un intercambio de palabras que para Jenny fue de lo más estimulante; no importaba que la relación de ambos no fuera más que la de un par de sujetos que tenían en común el aparentar ante la gente. La complicidad que compartían era refrescante, pues al menos entre ellos podían ser un poco más abiertos; al menos entre ellos podían dejar de usar una máscara todo el tiempo. De momento era suficiente y justo lo que necesitaban.



    Por ahora es todo. ¡Gracias por leer!
     
    Última edición: 29 Agosto 2020
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    Sonia de Arnau

    Sonia de Arnau Let's go home Comentarista empedernido

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    Wow, dos capítulos y la verdad es que me da hasta vergüenza dejar un comentario tan corto y sencillo; hay mucho jugo que sacar de estos últimos capítulos. Sin embargo, aunque no tenía ganas de dejar comentario, algo dentro de mí me decía que dejara por lo menos mi saludo :D Así que aquí estoy.

    ¿Así que el chico popular Don perfecto en realidad sufrió un colapso nervioso? A decir verdad me imaginé de todo menos eso. Aunque con toda esa presión que él mismo se ejerce, ¿quién no sufriría uno así de grande? La verdad no me gustan las personas así, que ocultan su verdadero ser, mintiéndole a la gente tan descaradamente. Siendo doble cara. Creo que, lo de Jenny ocultando algo no es igual a lo de Vidal, que no es solo ocultar sino que pretende aparentar ser otra persona. Por supuesto, aún no lo conozco del todo bien por lo que no sé sus motivos, ni sus traumas por lo último que leí, se me a figuró que fue abandonado por sus padres¿? Por alguna razón. Por un momento eso me lo pareció.

    Eso sí, me gustaría conocerlo más, saber por qué llegó a esa conclusión. Desde cuándo comenzó a ponerse una mascara. Cuál es su secreto. Pero lo pregunat más importante... ¿esta historia tendrá final? Okay, no, deliré con esa última... ignórala.

    Jenny no lo sabe pero tiene una ventaja muy grande y es que ya conoce al verdadero Vidal. Hay que recordar que ambas amigas; Thelma y Mariela se enamoraron de un chico “ficticio”, de un personaje, de alguien que no existe. A su vez, Jenny está conociendo al verdadero Vidal y por lo visto eso, no le desagrada ese Vidal, al contrario, lo siente más humano. Ah, y con esto no estoy diciendo que ella se esté enamorando de él, ni nada, pero de que se ha acercado más a él que sus enamoradas, sí. Eso me hace preguntarme, ¿qué va a pasar cuando él no pueda más y se quiebre y todos sepan cómo es? ¿Que sucedería si ambas amigas se enteran o comienzas a sospechar que Jenny habla mucho con Vidal?

    Por cierto:
    Está más que claro que Mariela no tiene oportunidad.

    Muy buenos capítulos y de nuevo, hay tanto de que hablar y expresar pero a la vez mis dedos como mi cabeza solo desean descansar. Sin más qué decir, me despido. !Hasta la próxima!
     
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    Borealis Spiral

    Borealis Spiral Fanático Comentarista destacado

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    Sonia de Arnau ¡Gracias por tu comentario! Quizás fue breve, pero has tocado cosas interesantes y muy ciertas, sobre todo ese detalle de que Thelma y Mariela se ha enamorado de, por decirlo así, una ilusión. Me alegra que quedara claro. Y bien es cierto que Vidal es, con todo el significado original de la palabra, un hipócrita, como bien has dicho. Y procuraré que la historia tenga fin, descuida xD Gracias otra vez.

    A los demás que se pasan a leer, lo agradezco mucho. Sin más, dejo el siguiente capítulo. ¡Disfruten!

    El infortunio del admirador secreto

    La paciencia no era una virtud de la que Lino Padilla pudiera presumir; no era una persona paciente y la situación actual no hacía más que recordárselo. Sentía que estaba llegando al límite con sus sentimientos de culpa y arrepentimiento, pero no podía hacer mucho al respecto. Por si fuera poco, su enamoramiento también se estaba saliendo de control y cada vez que tenía oportunidad, maldecía a Cupido por errar la flecha en su caso.

    Él no había pedido enamorarse de Jenny, no después de todo el daño que le había causado. Aceptaba sin objeción que era culpable de las injusticias que le ocasionó y por lo mismo también abrazaba el deseo inmenso de enmendarse. Pero no podía admitir esas otras pasiones que estaban despertando en él porque no las merecía, no después de cometer semejantes errores contra alguien tan buena e inocente como Jenny; errores que terminaron siendo una espada de doble filo porque no sólo la lastimaron a ella, sino que acabaron por herirlo a él.

    Cada vez que la veía desde lejos, su prohibido afecto aumentaba y su interior ardía en ganas de volver a plantarse ante ella e intentar hablarle nuevamente, pero haciendo gala de todo el autocontrol que había desarrollado en los últimos años, lograba dominarse y no hacerlo. Era consciente de que en cuanto se hallara frente a ella, aquella sonrisa que adornaba sus labios desaparecería y no podía permitirlo. Esa sonrisa no sólo iluminaba su rostro haciéndola más bella, sino que movía el mundo de él; por esa sonrisa era que él podía seguir adelante con su plan y armarse de una paciencia que no poseía, así que la cuidaría como el tesoro más valioso que existía.

    Había decidido dejarle cartas anónimas cuando comprendió que no podría acercarse a ella sin evocar malas memorias. No era un plan de acción al que estuviera acostumbrado porque él era de los que atacaban de frente y sin ocultarse, mas entendía que las circunstancias no le permitían mucho más, así que se limitó a tomar el papel de admirador secreto. La idea era que al tiempo debido, Jenny sintiera la curiosidad suficiente como para desear saber quién era su misterioso admirador y quedar con él algún día para hablar. Sabía también que no era el mejor plan del mundo, pero fue el único que se le ocurrió en el momento.

    La principal desventaja de su idea era él mismo. El proyecto era lento e iba a tomar mucho tiempo en llegar a su objetivo y a veces sentía que no sería capaz de aguantar, mas de una u otra manera lo conseguía. También estaba la posibilidad de que no funcionara por causa de Jenny. Quizás a ella nunca le interesara saber quién era su admirador secreto o tal vez, si quedaban de verse en el futuro, ella lo repudiara de inmediato y mandara por la borda todo su esfuerzo. Esa era la posibilidad más grande y aunque no tenía derecho, era a la que más temía.

    Sin embargo, estaba resuelto a no dejar de intentarlo y arriesgarlo todo; por ella estaba dispuesto a arriesgarlo absolutamente todo, sin importar cuál fuera su reacción final ante su empeño. Él aprobaría cualquiera que fuera su respuesta porque iba a merecerla; fuera buena, mala o neutral, iba a merecerla. Si al final terminaba por perder toda esperanza de una reconciliación o un perdón, él se resignaría. Después de todo, la vida siempre le había mostrado que no podía tenerlo todo y últimamente se empecinaba en usar a Jenny para recordárselo. Mas si era honesto con él mismo, esa era la única vez que le afectaba de verdad lo que la vida se negaba a darle.

    Lino miró la carta que tocaba darle ese día. Según su estrategia, era el momento de que hubiera algún intercambio entre ellos. Hasta el momento, él no sabía en realidad qué pensaba Jenny de los detalles que le dejaba. Había esperado a que algún rumor llegara a sus oídos, pero no se había hecho gran escándalo al respecto. Necesitaba saber su opinión y por ello, en la misiva de hoy, le proponía que también le escribiera alguna nota en respuesta y la dejara debajo de una de las porterías que estaban en el campo de fútbol.

    Había pensado mucho en el mejor lugar para recibir las cartas de ella sin levantar sospechas. Obviamente no podía encargárselas a alguien, no sólo porque no confiaba en nadie, sino porque ni siquiera tenía amigos. Se le cruzó por la mente pedirle el favor a Vidal, pero fue apenas un pensamiento fugaz; primero muerto que pedirle ayuda a ese insufrible bastardo. Entonces se le ocurrió que bajo las porterías sería una buena idea. Tal vez le daría una pista de quién era su adepto secreto, pero no creía que fuera muy evidente. Si Jenny llegaba a sospechar de alguien del equipo, eran muchos los integrantes y estaba convencido de que jamás imaginaría que él fuera el responsable.

    Llegó la hora del receso y esperó a que todos lo salones se vaciaran. La regla que impedía que hubiera estudiantes en las aulas estaba a su favor, pues le facilitaba las cosas para no verse descubierto antes de tiempo. Se arriesgaba a ser atrapado por el prefecto, pero eso era lo de menos; ya su fama de rebelde rompe reglas no se la quitaría nadie. Se adentró al salón correspondiente, buscó la mochila de Jenny, la que tenía muy bien memorizada y se dispuso dejar el sobre. Si todo iba bien y ella aceptaba intercambiar notas con él, podría saber su opinión sobre las segundas oportunidades y si estaría dispuesta a perdonar a alguien sinceramente arrepentido por muy mal que hubiese hecho. Dependiendo de su parecer, él sabría cuándo revelarse ante ella.

    Eso era lo que Lino pensaba, pero olvidó que tenía una suerte maldita y que la vida parecía odiarlo desde el nacimiento, pues indiferente a sus planes y sacrificios, decidió que ese día era el adecuado para estropearlos, pues justo ese día, a Jenny Aranda se le ocurrió volver al salón por algo que había olvidado y que había prometido entregarle a una de sus compañeras de equipo. Lo primero que notó al entrar fue que alguien buscaba entre sus pertenencias.

    —¡Oye! ¿Qué haces? ¿Me quieres robar o qué? —reprendió al sujeto.

    Se apresuró a él con la intención de agarrarlo con las manos en la masa. No por nada habían puesto la regla de que nadie entrara a las aulas en el recreo; ya se habían dado casos de robo. No obstante, cuando el tipo se dio la vuelta, Jenny lo reconoció, detuvo sus pasos y quedó paralizada en su sitio, en lo que el aliento se le escapaba y el terror la envolvía. Sus ojos se dilataron en completo pánico y se sintió temblar. ¿Por qué estaba Lino en su salón? ¿Qué le hacía a sus cosas?

    Desde su lugar y sin mover un músculo, Lino también la miró con sorpresa mezclada con temor. ¿Por qué estaba ella allí? Se suponía que hoy le tocaba jugar, lo había calculado bien para evitar errores de este tipo. ¿Qué decirle ahora? Si se le acercaba seguro que huiría de él como la vez pasada, por lo que decidió permanecer pasivo y permitir que ella hiciera el primer movimiento, lo que hizo poco después.

    —¿Qué haces aquí? —lo cuestionó con voz trémula y la vio tragar saliva para controlar el tono—. ¿Por qué esculcas mi mochila? ¿Piensas gastarme otra de tus bromas? ¿Vas a arruinar mis cosas con refresco otra vez? ¿Vas a hacerlas pedazos de nuevo? ¿Vas a botarlas a la basura como la última vez? ¡Eh! ¿Qué piensas hacerme ahora?

    Cada pregunta, cada reclamo, cada recuerdo mencionado fue como una despiadada daga que se incrustó en el corazón de Lino, la que se hundió más en su pecho cuando notó que ella se llevaba la mano a su oreja izquierda. Apretó el sobre en sus manos, el que todavía no dejaba en la mochila. No era así, quiso decirle, no estaba allí para causarle más daño; tenía que decírselo, decirle que si estaba allí era para pedir perdón y nada más. Dio un paso en su dirección.

    —Jenny…

    —¡No te acerques! —gritó ella, frenética, retrocediendo el paso dado, haciendo que él quedara inmóvil—. No te me acerques.

    Lino obedeció; era mejor así. Si accedía a hacer todo lo que ella le pidiera, se daría cuenta de que sus intenciones no eran hostiles. Pero estaba siendo demasiado optimista. Jenny detalló el sobre que sostenía y lo distinguió como los que su admirador secreto solía dejarle. Algo hizo clic en su mente y lo miró con clara indignación e incredulidad.

    —Eres tú. —Ni siquiera fue una pregunta—. Tú eres el de las cartas. ¡Tú eres mi admirador secreto! —Que él no se molestara en negarlo lo confirmó—. ¿Por qué? ¿Por qué sigues haciéndome esto? ¿Es otra de tus tantas burlas contra mí?

    —Jenny…

    —¡No! ¡Estoy harta de tus humillaciones! Este iba a ser el mejor de tus juegos, ¿verdad? Ibas a ilusionarme nada más para reírte de mí, como siempre lo has hecho, como lo hiciste en la primaria cuando me ponías en ridículo frente a todos.

    —¿Quieres calmarte y dejarme explicarte? —Lino empezaba a impacientarse y la histeria de ella no ayudaba a su humor.

    —¿Para qué? Si para ti no soy más que una tonta de la que puedes aprovecharte, pero ya no me voy a dejar. ¡Ya no soy la misma ingenua de antes!

    Expresado lo deseado, Jenny se dio la vuelta y se apresuró a salir.

    —¡Espera!

    Lino la siguió. Esta vez no iba a dejarla escapar sin antes haberle dicho todo lo que tenía que decirle; ella ya había expresado sus pensamientos, por lo que le tocaba a él. Le dio alcance en medio de las escaleras y la sujetó del brazo como en su último encuentro.

    —¡Suéltame! —exigió ella, intentando zafarse igual que la vez anterior.

    —Escúchame, por favor —pidió él en medio del forcejeo.

    —¡Suéltame!

    Estuvieron tan concentrados en la lucha que no se fijaron por dónde andaban y cuando Jenny perdió el equilibrio al pisar mal un escalón, los dos cayeron gradas abajo, pues Lino no la liberó en ningún momento. La caída fue dura para ambos, pues ella se golpeó todo el costado y Lino cayó de pura frente. No obstante, la determinación de Jenny por estar lejos de él no disminuyó ni con el dolor y arrastrándose, comenzó a apartarse de su lado, sin importarle que el escándalo de ambos atrajera a varios estudiantes curiosos.

    Lino observó el empeño de ella en huir y la desesperación se apoderó de él. No iba a acceder escucharlo por los medios normales; no quería ni verlo siquiera. Tenía que hacer algo ya. Y lo que se le ocurrió fue despojarse de todo el orgullo que tenía. En un último acto desesperado, se arrodilló y ante todos los presentes se inclinó hasta que su magullada frente tocó el piso, importándole poco presentar un cuadro denigrante para los demás.

    —¡Lo siento mucho! —gritó con potencia, silenciando a la chusma.

    Jenny quedó quieta en su lugar al oírlo y con la mirada descolocada por el desconcierto, lo miró en aquella posición humilde.

    —¡Lo siento muchísimo! —repitió él, sentido—. Por favor, perdóname por todo lo que te he hecho. Fui un idiota por hacerte sufrir cuando no lo merecías; fui un niño estúpido al que cegaron la envidia y la inseguridad. Sé que eso no excusa lo que hice y que nunca podré compensar todo el dolor que te causé, pero quisiera intentarlo porque de veras estoy arrepentido; no sabes por cuánto tiempo me ha remordido la conciencia. Tienes que creerme.

    »No podría volver a jugar con tus sentimientos otra vez y antes que pensar en humillarte más prefiero humillarme yo, antes que dañarte más prefiero que me lastimen a mí. Si pudiera regresar el tiempo borraría todo lo que te hice, pero no puedo y tampoco puedo curar tus heridas porque ya lo que te quedan son puras cicatrices injustas, pero al menos puedo mostrarte cuánto lo siento. Haré lo que sea que me pidas que haga. Seré tu sirviente si quieres, pero déjame saldar la deuda que tengo contigo, por favor.

    Después de que Lino vertiera su corazón y sus más profundos sentimientos ante una alterada Jenny y un público indeseado, un tenso silencio se apoderó del ambiente, uno que pareció durar una eternidad en lugar de un mero instante. El mutismo fue tal, que para cuando Jenny dio a conocer su respuesta, fue sonora y formidable a pesar de ser un murmullo.

    —No… No puedo perdonarte.

    Y con ese ultimátum, se levantó y corrió al baño buscando esconderse de las miradas indiscretas de los demás estudiantes, avergonzada de tener que ser parte de otro desagradable espectáculo por culpa de Lino.

    Por su parte, Lino quedó en aquella posición de lo más bajo, sintiendo que empezaba a temblar de cólera, frustración y dolor por el rechazo de la única persona que le importaba en toda la maldita preparatoria, en toda la maldita ciudad. Apretó los puños con ira que no contuvo, pues la descargó al darle puñetazos al suelo, violento, en lo que gritaba de puro coraje.

    —Oye, ¿estás bien?

    Uno de los mirones quiso acercarse para ayudarlo a levantarse, pero él le lanzó una mirada asesina.

    —¡Lárguense de aquí, malditos! —les gritó, fúrico.

    —Pero…

    —¡Que se larguen! —Su tono fue verdaderamente intimidatorio—. ¡Esto no es un maldito espectáculo, así que déjenme en paz! ¡No se me acerquen, no me toquen, no hagan nada y váyanse al diablo! Si no desaparecen de aquí voy a romperle los dientes al primero que se cruce en mi camino, ¡así que largo!

    Con las amenazas y la mala fama que tenía de por sí, la multitud no lo pensó mucho y comenzó a irse. Lino rechinó los dientes intentando hallar un poco de control en su tormenta de emociones, pero supo que era inútil; no iba a poder serenarse. Por eso se levantó, fue por su mochila y se fugó de la escuela, importándole un pepino meterse en problemas por saltarse el resto de las clases. De hecho, en ese instante no le importaba nada. Lo único que quería era llegar a casa y descargar su furia.

    Una furia desmedida que no tenía por qué sentir pero que sentía, una que estaba mezclada con un desconsuelo que lo lastimaba como el demonio. Una parte de él acababa de morir en ese momento, una parte importante que le había dado ilusiones efímeras. Siempre había sabido que la posibilidad de que Jenny no lo perdonara era alta y la más viable. Nunca se había cerrado al hecho, nunca lo había negado y según él, se había preparado mentalmente para afrontarlo, pero estaba equivocado. No había estado listo y el rechazo acababa de asesinarlo emocionalmente.

    Por lo que ya en la seguridad de su habitación, sin ser capaz de evitarlo y por primera vez desde que comprendió lo mal que había actuado al abusar de ella y desde que nació su deseo de disculparse, Lino lloró con amargura. Entendió entonces que no era que Cupido errara el tino, sino que con toda la intención de hacerlo sufrir, había usado la flecha dorada con él y la de plomo con Jenny, así que no le quedaba más que resignarse a su desprecio.

    Descargó todas sus emociones en el saco de boxeo entre lágrimas y gruñidos, tanto de ira como de desilusión, maldiciendo todo en su existencia. Sin embargo, como para demostrar que no todo estaba en su contra, la vida le otorgó en ese momento un respiro a su dolor, uno que tendría un gran impacto en su proceder de ahora en adelante, uno que se presentó como el distante sonido de una melancólica melodía.

    Lino dejó de golpear el saco y lo detuvo con sus manos para que no hiciera ruido, agudizando el oído. Se acercó a la ventana, la que siempre tenía cerrada para no escuchar la bulla de afuera, y la abrió, por lo que la sinfonía entró con mayor claridad. Era un violín. Era la primera vez que escuchaba un solo de violín. En realidad, era la primera vez que escuchaba una melodía que parecía describir perfectamente su angustia. También era la primera vez que algo tan simple como la música lograba llegar a lo más profundo de su ser y darle una gran calma.

    Fue algo casi milagroso, pues no era que olvidara su desdicha ni su infortunio, pero las notas provenientes de aquel instrumento fueron como un consuelo, uno que necesitaba y que probablemente no habría aceptado si alguien se lo ofreciera. Pero nadie le estaba ofreciendo aquel alivio melódico, ese se había presentado por su cuenta, invadiendo su cuarto en el momento preciso, así que no tenía por qué rechazarlo. Fue así como en ese instante, la música se convirtió en su salvadora involuntaria.


    Por ahora es todo. ¡Gracias por leer!
     
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    Marina

    Marina Usuario VIP Comentarista Top

    Tauro
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    Hola, por fin te comento:
    Comienzo por capítulo "El grupo de estudio y lo común de ambos".

    Wow, sé lo que significa hacer el esfuerzo para levantarse más temprano cuando algo de verdad te interesa, así que eso demuestra que a Mariela cada vez le interesa más Vidal. También desee que no echara a perder la situación por hablar de más cuando se lo encontrara, pero simplemente los nervios la traicionan en contra de su voluntad. Cuando leí que primero se quedó muda y después dijo toda esa barbaridad de que Vidal era un ñoño por tener un grupo de estudio, me hizo preguntarme si Mariela no va a lograr controlarse nunca ante Vidal, o quizá sólo sea cuando se de cuenta de que el chico "perfecto" no está destinado para ella. Sin embargo, por el momento, me pareció genial de qué forma logró integrarse al grupo de estudio y más, cómo inmiscuyó a Jenny para que la acompañara.

    Ya reunidos todos, me sorprendió esa mirada que Vidal le lanzó a Jenny. Pude sentir que él no le daba la bienvenida a ella. Su preocupación de que Jenny pudiera revelar su secreto me dio ternura. ¡Ese momento fue muy difícil para él! Luego me causó mucha gracia esa patada que le dio Jenny por equivocación, pero después me sorprendió que estuviera tan pendiente de la chica, pero no supe cuánto sino hasta que la alcanzó cuando ella se fue a la tienda para comprar bebidas. ¡Qué perspicaz Vidal al notar su miedo tan sólo por mencionar el nombre de Lino! Ese encuentro fuera del grupo me encantó. Ese intercambio de palabras que tuvieron tan propias de sus verdaderos "yo" fue muy linda.

    Eso es, una complicidad que quizá, más adelante convenza a Vidal de que con Jenny no tiene por qué preocuparse, sino ver en ella un apoyo, uno que tanto necesita para reposar su careta.

    El Infortunio del Admirador Secreto:

    Este sin duda fue un capítulo intenso, emotivo y creo que mi favorito hasta ahora. Yo siempre me siento inclinada por las personas que antes fueron de cierta forma, hiriendo a los demás por su modo de ser, pero en algún momento, por alguna razón logran ponerse en los zapatos de sus víctimas y llegan a comprender todo el daño que les hicieron. Su conciencia dormida despierta y desean resarcirse. Es cierto que ya con nada se quita ese dolor que causaron, pero su arrepentimiento y atreverse a pedir perdón es algo que los hace estar más conscientes de que ellos también tienen esa bondad en sus interiores y aceptarlo no es de personas débiles, sino de personas fuertes, mucho más cuando se está luchando contra el fuerte carácter que se poseé. La persona que se atreve a despojarse de su orgullo para hacer lo que es correcto, merece mi admiración y no sé si ya te lo había dicho, pero me encanta Lino. Su persistencia a vencerse a sí mismo me fascina y de verdad espero que lo logre, que llegue a adquirir esa paz que tanto necesita para que aprenda a hacer a un lado eso malo que la vida le otorga y ser feliz con las cosas buenas que le sucedan aunque estas sean pocas.

    Leer de qué forma le pidió perdón a Jenny me conmovió hasta las lágrimas. Considero que fue una escena preciosa y aunque Jenny no quiso perdonarlo, pues es lógico que no lo hiciera por lo dañada que la dejó, él por fin logró gritarle sus verdaderos sentimientos. También me pareció mejor que ella ya supiera que él era ese admirador secreto, pues que se tardara más le otorgaría más puntos negativos a Lino. Jenny piensa que él sólo quiere seguir jugando con ella, lo expresó bien al decirle que esa era su intención al dejarle esas cartas, ilusionarla y después burlarse de ella. Comprendo que ese sea su pensamiento, pues ¿cómo se puede creer en alguien que siempre te ha hecho daño? La desconfianza y el miedo hacia esa persona no son fáciles de erradicar.

    En cuanto a Lino, creo que le esperan cosas buenas. Que se sintiera aliviado por la melodía del violín me hizo tener otro momento de emotividad, quizá potenciado porque en el momento en que estaba leyendo esa escena, escuchaba una melodía con violín. ¡Animo, Lino! Sé que tienes el potencial para hacer cosas buenas en la vida que te beneficiarán. No te rindas, que el rechazo de Jenny no te haga retractarte de ser una mejor persona. Creo que eres de esas personas que a pesar de todo, siguen en el camino que se han trazado.

    Lo más difícil ya lo hizo, pedirle perdón a Jenny y además fue con público y de una manera impensada. ¿Qué más peor hay que eso? Desde luego que no es aceptar algo de otros, así que Lino tendrá qué darse cuenta que aceptar cosas de otros para propio beneficio no es algo para avergonzarse.

    Buenos capítulos, este último como dije, mi preferido. Por aquí andaré, así que nos vemos en el que sigue. TQM
     
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    Borealis Spiral

    Borealis Spiral Fanático Comentarista destacado

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    Secretos del Corazón
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    Marina ¡Master! Mil gracias por tu comentario, como siempre me ha encantado y lo que me gusta es que das en el clavo en muchas cosas y tus análisis de los personajes son interesantes. Lino es un buen personaje y ya he comprobado que todos los personajes que no me gustan terminan saliéndome genial y no sé por qué xD Pero bueno, me alegra que el capítulo te gustara y lo creas tu favorito hasta el momento.

    A los demás que se pasan a leer se le agradece también. Por si acaso, advierto que este es el capítulo más pesado. Hace mención de acoso escolar. Sin mayor dilación, dejo el capítulo. ¡Disfruten!

    El pasado de víctima y victimario

    No siempre había sido así. La relación de Lino Padilla y Jenny Aranda no siempre fue la de víctima y victimario. Nunca había pasado a más que la de compañeros como para considerarse buenos amigos, pero en principio no había sido tan mala.

    Los dos habían asistido a la misma primaria pública y estuvieron en el mismo salón por cinco años, por lo que oficialmente se conocían desde los seis. Cada uno había hecho su grupo de amigos por separado, lo que era normal porque a esa edad a los niños les gustaba estar con niños y a las niñas con las niñas, pero ambos compartían el mismo espacio en armonía. Llegó a existir uno que otro altercado propio de la etapa, siendo Lino el principal causante por su siempre inestable carácter, mas nada grave ni personal.

    Sin embargo, las cosas cambiaron con el paso del tiempo, cuando empezaron a crecer y desarrollarse, cuando Jenny comenzó a ganar altura, sobresaliendo de entre todos sus compañeros, incluidos los chicos, quienes crecen más lento por naturaleza. No obstante, Lino no quiso entender eso. A él simplemente no le gustó que una niña fuera más alta y quizás hasta más fuerte que él. Su padre siempre le había dicho que los hombres eran más grandes y fuertes que las mujeres, así que Jenny se salía de la norma y eso no le gustaba.

    Su disgusto empeoró cuando Jenny, gracias a su altura y agilidad, comenzó a ganar destreza en los deportes, sobre todo en el baloncesto, el deporte al que él le echaba más ganas porque su padre quería que lo dominara. Sin embrago, sus esfuerzos se vieron desplazados y sus habilidades en las actividades físicas empezaron a ser opacadas por las aptitudes de ella, e incluso sus compañeros y profesor de deportes comenzaron a halagarla más de la cuenta. Debió haber pensado que por el estereotipo, se consideraba más típico que los chicos fueran buenos en los deportes y que ver a una chica con potencial para ellos era digno de encomio. Pero no razonó, sino que se dejó dominar por una envidia inmadura y celos absurdos que, mezclados con su mal temperamento e inseguridad, lo llevaron a ser cruel con ella.

    Al principio fue sutil. No quería meterse en más líos de los que ya ocasionaba día con día y era lo suficientemente inteligente como para no ponerse al descubierto de inmediato, por lo que inició contradiciendo todo lo que ella decía. Si tenía una opinión sobre algo, la refutaba con la suya y se esforzaba por hacerla parecer mejor, minimizando sus pensamientos. También se burlaba de cualquier cosa que decía o de sus creencias, e incluso la ridiculizaba frente a sus compañeros cuando hacía alguna pregunta y la tachaba de estúpida. Llegó a tal punto, que Jenny ya no se sintió cómoda de expresar sus opiniones ante los demás.

    Por si fuera poco, él le inventó una gran cantidad de insultos que terminaron por suplir su nombre cada que se dirigía a ella. Algunos de los más típicos eran los de jirafona fea, jirafa de dos patas y zancona corriente. Otras veces, si por algún motivo su rizado cabello estaba más enmarañado que de costumbre, también la llamaba larguirucha greñuda. Y siempre que terminaba la clase de Educación Física la llamaba gigantona apestosa, pues era común que acabara sudorosa y maloliente por el ejercicio hecho.

    Pero las burlas y el maltrato verbal no fue lo único que hizo. Poco a poco, Lino fue metiendo ataques físicos a su acoso. Empezó con cosas pequeñas y que parecían más accidentales que deliberadas. En Educación Física solía meterse en medio de sus ejercicios de forma fortuita con tal de hacerla fallar, ya fuera que culpara su torpeza al tropezar o excusarse con que otro lo empujó para malograr su prueba o su juego. A veces también culpaba algún desliz de su parte y le daba tremendos balonazos. Fue tan malo, que con el tiempo Jenny también perdió las ganas de hacer cualquier deporte frente a él con tal de evitar que lo arruinara.

    Llegados a ese punto, Lino ya no fue tan sutil en sus tratos, pues ya incluso dentro del salón le hacía la vida imposible. Se metía con sus pertenencias; le rompía los lápices y colores, le quitaba la tinta a las plumas, se robaba su borrador y sacapuntas, despedazaba sus libretas y libros de texto con las tijeras, le echaba la mochila a la basura y una vez hasta le tiró toda la gaseosa en la mochila, arruinando todos sus útiles. Esa vez Jenny se molestó tanto que por fin lo acusó con la maestra, lo reprendieron muy fuertemente y lo castigaron, algo que obviamente no le gustó nada a él, por lo que tomó represalias. Si pensó que al delatarlo iba a dejar de molestarla, estuvo muy equivocada.

    Lino aumentó sus ataques físicos. Le metía el pie al andar por el pasillo para hacerla caer, la empujaba sin consideración en los recreos o cuando les tocaba jugar juntos en Educación Física, le daba fuertes pellizcos en los brazos que le dejaban moretones, los que permanecían ocultos bajo las mangas de la camisa. También solía sentarse detrás de ella para picarle con la punta de los lápices el trasero, los costados o la espalda; incluso aprovechaba para estirarle el cabello. Jenny intentó muchas veces cambiarse de lugar, pero él era insistente y adonde iba la seguía. De hecho, una vez le cortó un buen mechón a su cola de caballo, lo que llevó después a una amenaza mayor.

    Como ya era habitual, Lino se había sentado detrás de ella para enterrarle el lápiz en la espalda, aburrido de la clase y en un intento por innovar su agresión, sacó las tijeras de su mochila y le cortó un notable manojo de cabello. Tuvo que aguantar la risa porque Jenny ni cuenta se había dado. Cuando terminaron las clases y la enfrentó mostrándole el puñado de pelo, ella casi alcanza a salir corriendo para decirle a un adulto, pero él la detuvo lanzándose sobre ella, maniatándola con brusquedad, y por primera vez desde que iniciara su afrenta, la amenazó abiertamente y le dijo que si iba con el chisme de nuevo, no sería su cabello lo que cortaría la próxima vez, sino su oreja.

    Aterrada por la amenaza y creyéndolo capaz, Jenny no volvió a intentar acusarlo, lo que le abrió las puertas a él para seguir con su hostigamiento, en lo que ella sufría en silencio, su lengua atada ante la promesa de un acto inhumano y terrorífico. No fue sorpresa que para entonces ella dejara de sonreír, dejara su actitud entusiasta, supliéndola la desesperanza y la opacidad de su situación actual. Simplemente dejó de querer ir a la escuela; por esa época y a pesar de alcanzar apenas los once años, ella realmente dejó de disfrutar la vida, no si implicaba tener que soportar tantos daños y burlas. Sus padres notaron su cambio e intentaron ayudarla, pero ella no dijo nada a causa del miedo.

    Una de las peores humillaciones que Lino pudo hacer en su contra sería algo que ninguno de los dos olvidaría jamás. Era receso aquel día y ella comía su lonche en un lugar un poco escondido del público, esperando que Lino no decidiera buscarla para tirarle su torta al suelo como lo hizo una vez. Lino sí la encontró, pero no echó a perder su comida; lo que estropeó fue su camisa de deportiva. Lino había llenado un globo con agua tintada y se lo había lanzado, pintando su pelo y espalda. Como siempre hacía, se disculpó de dientes para afuera y con sarcasmo cínico, diciendo que estaba jugando con unos amigos a la guerra y que le había dado por error.

    Luego, con falsa generosidad le dijo que él la ayudaría a lavar la ropa y se le lanzó encima, forzándola a quitarse la camisa. Ella intentó evitarlo, avergonzada, pero de tanto forcejeo y tirones la prenda se aflojó, así que él consiguió quitársela, exponiendo su pecho desnudo y corrió de allí, gritando a todo pulmón que en la escuela había una nudista degenerada, haciendo que algunos morbosos fueran a verla. Si no fuera porque lo escuchó una de las conserjes y lo obligó a devolverle su pertenencia, se habría quedado allí o muchos más habrían visto su humillación. Sin embargo, su dignidad ya había recibido un fuerte golpe.

    No mucho después ese incidente ocurrió el detonante, lo que causaría que partieran por caminos diferentes y que su relación quedara enterrada por completo. En una de las tantas sesiones de abuso, Jenny sintió llegar al límite y quiso defenderse; después de todo, ella era más alta y no debía suponer mucho problema. Por eso, olvidándose de las constantes amenazas de él en caso de que intentara algo, en medio del forcejeo alcanzó a asestarle una fuerte bofetada con la mano.

    Por un momento, Lino la miró con estupefacción, no creyendo que se hubiese atrevido a golpearlo. No obstante, el asombro duró poco y la furia lo remplazó con doble intensidad. Nadie lo golpeaba y se salía con la suya; había sido educado para devolver cualquier tipo de agresión tres veces peor, sin importar de quién se tratase. Así que cegado por la ira y con la única intención de desquitarse y hacerle daño, Lino se arrojó contra ella en una feroz lucha a puñetazos donde Jenny no pudo hacer más que defenderse lo mejor que pudo y gritar por ayuda.

    Las autoridades educativas llegaron a la terrible escena, apresurándose a separar al pequeño bravucón de la víctima, mas él estuvo reacio a dejarla hasta quedar satisfecho y en un último intento por no soltarla, la sujetó del arete de la oreja izquierda y haló con fuerza cuando los profesores también lo halaron a él, por lo que le arrancó el pendiente con todo y carne, rajándole el lóbulo. Ese momento marcó un antes y un después para ambos.

    Impactado, Lino dejó de resistirse. La imagen presentada ante él lo marcó para siempre: Jenny en el suelo retorciéndose de dolor, gritando en agonía, tocándose la oreja dañada, sus manos, su camisa y el suelo llenos de sangre que parecía salir a chorros. Y cuando él miró el arete en su mano derecha, también lleno de sangre, su coraje fue suplido por el horror. ¿Qué había hecho?

    En aquella ocasión fue imposible pasar por alto la espantosa actitud de Lino, por lo que fue expulsado de la escuela para que no tuviera más altercados con Jenny. No obstante, una vez los padres de ella por fin se enteraron de todo y a pesar de que sólo le quedaba un año para graduarse, decidieron cambiarla de primaria a una más pequeña y privada donde pudieran observarla mejor. Además, dado el trauma vivido por los meses de abuso, humillaciones públicas y las profundas cicatrices emocionales y físicas que le quedarían, también optaron por llevarla con una psicóloga para que la ayudara a recuperar su usual carácter y superara las secuelas.

    En el caso de Lino, las cosas en casa no fueron buenas para él. Era normal que sus padres riñeran entre ellos por cualquier cosa, pero esa vez la pelea fue más grande y seria, pues mientras que su padre no quería volver a inscribirlo a otra escuela, su madre se empeñaba en que sí. La disputa se tornó violenta, alcanzándolo a él en más de una ocasión y la que terminó con su padre yéndose de casa por varias semanas. Para cuando la cosa se calmó, él ya había perdido gran parte del ciclo escolar, así que terminó atrasado un año, pero por orden de su madre, al siguiente verano ingresó a sexto grado en un colegio religioso que abarcaba educación primaria y secundaria.

    La idea era que aprendiera a respetar a los demás y su madre pensó que una educación que tuviera su buena dosis de espiritualidad sería bueno para él. En parte tuvo razón, pues los siguientes cuatro años que pasó en aquel colegio lo ayudaron a tener un poco más de calma y control sobre su temperamento. También lo ayudaron a estar en contacto con otras emociones aparte de la ira, emociones que sintió cuando vio en primera fila hasta qué grado fue capaz de herir a alguien, transformándose en culpabilidad y arrepentimiento. En general, se volvió alguien un poco más responsable y maduro.

    Sin embargo, su trato para con los demás siguió siendo arisco y rudo, lo que desentonaba bastante con el perfil general del resto, por lo que jamás tuvo ningún amigo. Tampoco le gustaba lo condenadamente estrictos que eran los educadores, cuyas enseñanzas imponían un estilo de vida bastante exigente y devota cuando él era un espíritu libre; ni siquiera estaba seguro de ser creyente. Por eso, aunque sus años allí fueron muy útiles, se alegró cuando se graduó para asistir a una preparatoria regular. Si hubiese sabido que su alegría iba a durar tan poco, se hubiese quedado en el colegio.

    Pero las cosas se habían dado de aquella manera tan poco grata para ambos, siendo los resultados unos lamentables y profundos. En el caso de la víctima, fue tanto así que un día después de su amargo encuentro con Lino, Jenny decidió no asistir a clases. En aquellos momentos se sentía incapaz de estar en el mismo entorno que él. Las memorias de lo que había pasado años atrás se habían arraigado en su cabeza y no pudo contra ellas. Sus padres, a quienes les había contado todo, habían estado consolándola desde el día anterior.

    —No lo entiendo —les dijo Jenny, abatida y a media voz—. Creí que ya lo había superado.

    —Bueno, hija, las terapias te ayudaron a volver a ser la chica alegre y jovial de siempre —dijo su madre en tono cálido—. En parte sí te ayudaron a superarlo, pero hay que tener en cuenta que no habías vuelto a ver a ese muchacho desde entonces. Creo que es normal que su presencia abriera una que otra herida. Nunca tuvieron algún tipo de clausura.

    —Tu madre tiene razón —consintió su padre—. Tal vez para que puedas resolver esto de una vez por todas necesites hablar con él y hablo de una conversación decente.

    La simple idea hizo que la sangre de Jenny se le fuera a los talones.

    —Y si no te crees capaz de hacerlo —siguió la mujer—, entonces quizás sea bueno que tomes algunas terapias más.

    —Yo también creo que es buena idea —estuvo de acuerdo el hombre.

    —Yo también —confesó ella y apretando los labios con fuerza, se llevó las manos al rostro, frustrada—. ¿Por qué tengo que ser tan débil?

    —No, Jenny, no. —Su madre la abrazó, amorosa—. Siempre recuerda esto, ¿sí? Reconocer que necesitas ayuda nunca te hará débil. Reconocer tus límites y pedir ayuda requiere mucho valor, ¿entiendes?

    Jenny tan sólo asintió, pues el nudo en la garganta no la dejó hablar. Si había algo que recordaba con inmenso afecto en aquella etapa tan oscura y dolorosa de su vida, era el amor y apoyo incondicional que sus padres le habían mostrado. Fue gracias a estos que estuvieron dispuestos a gastar en la psicóloga, e incluso ahora seguían prestos a darle todo lo que necesitara con tal de ayudarla a salir adelante. Por eso esperaba no decepcionarlos, porque desgraciadamente, en ese momento no era capaz de ver una luz positiva en el horizonte con el asunto de Lino. Sinceramente sentía que le guardaba mucho rencor.

    En el caso del victimario, la mayor parte del día lo pasó con gran angustia, preocupado de que su encuentro con Jenny la hubiese hecho dejar la escuela cuando no la vio por ningún lado. Si eso pasaba, no sabía qué iba a hacer. Sin embargo, su humor fue agriándose conforme transcurrió el día por culpa de los rumores sobre su humillante acto de ayer. Y seguro que el mal genio le habría durado hasta que se fuera a dormir de no ser porque ya entrada la tarde, el sonido del violín volvió a penetrar sus oídos.

    Como el día pasado, Lino abrió la ventana para que la música entrara de lleno a su habitación. La melodía era diferente que la anterior, pero no por eso menos triste. En realidad, esta vez pudo percibir mucho mejor el pesar de las notas, mas no supo si era porque ese día su estado de ánimo era más de irritación que de pesar, aunque eso era lo de menos. Por muy gruñón que estuviera, él sintió que la música siguió describiendo fielmente sus complejos sentimientos.

    Desde que lo escuchara por primera vez, se había preguntado por qué nunca lo había oído antes y recordó que su madre había comentado algo de que una mujer y sus tres hijos se habían mudado con los vecinos de enfrente, que era un matrimonio ya mayor. Así que prestando más atención, descubrió que la melodía provenía justo de esa casa, por lo que uno de los hijos debía tocar. Su madre no sabía los motivos de la mudanza, pero si algo le decía el sonar del violín, era que no podían ser buenos.

    En parte se alegró. Era ruin de su parte, pero le parecía alentador saber que había alguien más aparte de él al que la vida trataba como un juguete para hacerlo sufrir hasta el cansancio; le daba la certeza de que él no era el único desgraciado. Además, aquel sufrimiento ajeno estaba dándole una fina sinfonía que lo serenaba y le otorgaba cierto control sobre sus emociones; eso era más de lo que esperaba o pudiera pedir.

    Pensó entonces que debía hacer algo para escuchar más de esa clase de música. Si la tonalidad de ahora lograba tal efecto en él, seguro que otras composiciones lo ayudarían a encontrar finalmente la clave de un espíritu más tranquilo.



    Por ahora es todo. ¡Gracias por leer!
     
    Última edición: 1 Octubre 2020
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    Marina

    Marina Usuario VIP Comentarista Top

    Tauro
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    Pobrecita Jenny, ¡cuánto sufrió en manos de Lino!

    Es sorprendente cómo da vuelta la vida. De haber sido compañeros por algunos años en primaria, conocerse en esa temprana edad y pasarla normal cada quién al lado de su grupo de amigos, el giro que se dio después entre Jenny y Lino fue horrible. El detonante para sacar lo peor de Lino fue el cambio físico de Jenny, pero ya ahí se vio que los pensamientos de él estaban influidos por las enseñanzas de su padre. Es normal que los hijos reflejen lo que son los padres y él lo reflejó a la perfección. Al ir leyendo cómo fue agravándose ese acoso, hasta el grado de dañarla no sólo físicamente, sino emocionalmente, me causó una sensación de ansiedad además de que comprendí mejor esa negativa de Jenny de no querer perdonarlo. Cuando le cortó el cabello, me estremecí al pensar que con las tijeras le arrancaría también el lóbulo de la oreja y francamente no quería llegar a esa parte, mas leer después que el desgarramiento de la oreja fue por haberle jalado el arete arrebatándolo con todo y carne, como que me impactó poquito menos, no obstante fue tremenda la escena.

    Fue bueno que viera en ese momento lo que había hecho, porque ese cuadro caló en su conciencia desde ese instante. Que su conciencia fuera removida así lo instó al arrepentimiento. Creo que si en ese momento no hubiera sentido nada, habría sido un insensible durante toda su vida... o tal vez sólo se arrepintiera de su mal proceder en su lecho de muerte.

    Me ha encantado todo ese apoyo que los padres de Jenny le han dado desde siempre. Me gusta que no la obligan a hacer algo que no quiera, sino que sutilmente le dicen lo que podría convenirle hacer, además, admiro la actitud de ellos al mencionar el perdón. Por sus palabras instan a Jenny a perdonar a Lino por todo lo que le hizo, para que ella pueda lograr una mejor sanación emocional... yo como madre, que alguien dañe a mis hijos, es lo peor que me harían porque mis hijos son mi tesoro y me costaría mucho, pero mucho conceder el perdón al victimario.

    Eso que dice tu mamá es cierto, Jenny, así que anda, a retomar esas terapias que creo te ayudarán mucho.

    En cuanto a Lino, creo que es bueno que por el momento siga sufriendo. Que sepa que el dicho de: "el que quiera azul celeste que le cueste", significa que entre más batalle para lograr conseguir lo que quiere, mejor podrá valorarlo y atesorarlo cuando lo obtenga. Mientras tanto, que también siga sufriendo por esa humillación, así también se pone en los zapatos de Jenny y ponerse en los zapatos de alguien hace que empatice más con esa persona.

    Y bueno, por ahora es todo. Me encantaría escuchar ese violín, me imagino las notas más tristes del mundo, así que buscaré una melodía triste con violín para oír e imaginaré que es lo que Lino está escuchando.

    Abrazos. TQM
     
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    Borealis Spiral

    Borealis Spiral Fanático Comentarista destacado

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    Marina Muchas gracias por tu comentario, Master! En efecto, la vida da vueltas y no siempre para bien. Es una pena lo que pasó con Jenny y Lino, pero a veces pasan estas cosas. Lo de la oreja rasgada: puse la posibilidad de que fuera con las tijeras para hacer pensar al lector eso mismo que pensaste tú y luego dar ese giro con lo del arete, así que aunque no fuera tan impactante, me quedo con el resultado final. Siempre es un gusto leer tus opiniones. TQM

    A los demás que se pasan a leer, también lo agradezco mucho. Sin más que decir, dejo el siguiente capítulo. ¡Disfruten!

    La preocupación de las amigas y sus planes

    Thelma Canto y Mariela De León estaban muy preocupadas por su amiga. Los rumores de lo que había pasado hacía dos días con ella y con Lino se habían propagado rápido. Usualmente les gustaba enterarse de los chismes por diversión, pero como ahora involucraban a alguien querido para ellas, los tomaron más seriamente. Habían intentado contactarla para ver cómo estaba y enterarse de lo que había pasado de su propia boca, sobre todo cuando Jenny no asistió a clase el día anterior, pero ella se negó a decirles nada y se limitó a agradecer su preocupación.

    Pensaron que ese día sería igual cuando dieron el toque de entrada y su amiga siguió sin aparecer, pero ambas suspiraron aliviadas cuando la chica arribó junto al profesor. Jenny Aranda decidió llegar justo al empezar las clases precisamente para evitar exponerse a las murmuraciones de los demás y para no tener que responder preguntas inoportunas. Ya sería difícil explicarse ante Thelma y Mariela como para tener que hacerlo con otros que no tenían por qué meterse en su vida. Así que llena de desasosiego, esperó a que las primeras horas del día pasaran hasta que llegó la hora del receso y las tres salieron del salón, yendo a un lugar alejado del resto para conversar con mayor privacidad.

    Allí Jenny pudo exponer a grandes rasgos lo sucedido. No dio detalles. Simplemente dijo que Lino había actuado como su bravucón personal en la primaria, que había sido muy cruel, tanto así que sus padres decidieron cambiarla de escuela y mandarla a terapia. También les contó que su supuesto admirador secreto era Lino, pero que seguramente era otra de sus artimañas para lastimarla. Thelma y Mariela escucharon en silencio, atentas, y cuando terminó, cada una expuso su punto de vista.

    —Creo que deberías escucharlo —dijo Mariela, seria.

    Jenny la miró con sorpresa absoluta; eso no lo esperaba de su parte. Estaba segura de que de las dos, Mariela sería quien estuviera a favor de mantener las distancias y no remover el asunto, mientras que Thelma, por ser la más sensible, sería quien la animara a reconciliarse. No obstante, parecía que los papeles se habían invertido, pues indignada, Thelma miró a Mariela con reprensión.

    —¿Cómo puedes decir eso? ¿No escuchaste lo que dijo? Le hizo cosas tan malas que tuvo que tomar terapias y cambiarse de escuela. Eso no puede olvidarse así como así. Yo creo que está en su derecho de sentirse como se siente y si no quiere perdonarlo es justificable. ¿Tú cómo sabes si de verdad está arrepentido? A lo mejor no lo dice en serio.

    —Solía disculparse a menudo, pero nunca era cierto. Nunca lo sentía y nunca dejaba de molestar —informó Jenny.

    —Y justo eso es lo diferente ahora —acotó Mariela—. Si fuera el mismo cretino de primaria, hubiera ido a buscarte para seguir fastidiándote la vida en cuanto supo que estaban en la misma prepa, pero no lo hizo. En lugar de eso, tomó el gran paso de pedir perdón y hasta se hincó ante ti frente a mucha gente. Si me lo preguntas, esa es una muestra clara de que está arrepentido de verdad.

    —¿Entonces qué? ¿Jenny debe “hacer de tripas corazón”? ¿Por qué tiene que ser ella la que cargue el peso de olvidarlo todo?

    —¡Sí, claro! Porque querer reformarse y ser una mejor persona es tan sencillo. ¡Sabré yo lo fácil que es! —Mariela usó un sarcasmo hiriente.

    —Esto no tiene nada que ver con lo que pasó contigo —se defendió Thelma, un poco avergonzada—. Lo que quiero decir es que Jenny no está en la obligación de perdonarlo si no quiere y por mucho que él pida disculpas no justificará nunca lo que hizo.

    —Jamás dije que lo justificaba. Herir a alguien conlleva una gran responsabilidad y nadie debe liberarse de las consecuencias de sus actos. Sólo digo que Lino parece ser consciente de ello y que por eso creo que merece tener otra oportunidad.

    —Jenny, ¿tú qué dices?

    Las dos la miraron y ella lanzó un bufido de exasperación.

    —No lo sé, ¿bien? Yo sólo… no lo sé. Estoy confundida ahora. No quiero seguir hablando de esto. ¿Pueden parar?

    Las dos intercambiaron miradas, reacias, pero optaron por hacerle caso. Sabían que el tema no era grato para ella y no querían incomodarla imponiendo sus opiniones, así que evitarían tocar el asunto con Lino de momento. Sin embargo, eso no significaba que se quedarían quietas; estaban dispuestas a hacer algo en favor de su afligida amiga y como ambas tenían opiniones contrarias sobre las cosas, sus planes también resultaron diferentes.

    Mariela puso en marcha su idea cuando concluyó la escuela, dirigiéndose al campo de fútbol. Era una pena que el deporte le aburriera tanto o habría podido quedarse para ver a Vidal practicar desde hacía rato, pero apenas podía con lo que veía en el recreo; no creía aguantar una sesión completa de entrenamiento. Y de cualquier manera no estaba allí para observar a su amor platónico. En ese momento era una chica con una misión y dispuesta a llevarla a cabo, buscó al objeto de su interés, al que de pronto no vio por ningún lado.

    No sabía que Lino Padilla tenía la costumbre de llegar tarde a las prácticas; era una de las tantas libertades que el entrenador le daba. Además, por todo lo que había pasado con Jenny, no se sentía con ánimos de ser puntual en nada, lo que le había dado mayores problemas con los profesores. Hoy no fue tan malo porque había alcanzado a ver que Jenny había asistido a clases, cosa que lo alivió mucho. Se alegraba que su encuentro no la hiciera abandonar la escuela. Además, esa tarde planeaba buscar más canciones que tuvieran un buen efecto en él.

    Así que con un pequeño asomo de normalidad en su vida, fue a atender sus actividades extracurriculares esperando encontrarse con lo de siempre: las quejas de sus compañeros, los regaños del entrenador, al insoportable de Vidal; lo típico. Lo que no se esperaba era que una tipa se le acercara en cuanto llegara y le hablara… corrección, que lo insultara.

    —Qué bien que llegaras, Lino, te estaba buscando. Ahora dime, ¿eres idiota? —Fueron sus exactas palabras.

    —¡¿Ah?! —Obvio que él se molestó—. ¿A quién demonios le dices idiota, estúpida? ¿Quién demonios eres y quién te crees que eres para venir a insultarme así? ¡¿Eh?!

    —Pues para que te quede claro, no soy más estúpida que tú —se indignó ella por el insulto—. Soy Mariela y soy amiga de Jenny.

    Hasta que lo dijo, él la reconoció como tal. Entrecerró los ojos, mirándola con sospecha.

    —¿Y qué quieres conmigo? ¿Vienes a quejarte en nombre de ella? ¿Vienes a tomar venganza por su honor o qué?

    Ya había pensado en la posibilidad de que Jenny tomara represalias en contra suya y si lo hacía, no iba a quejarse. Pero permitir que otra gente quisiera vengarse en nombre de ella era muy diferente.

    —Ay, ni se te ocurra sulfurarte. Lo creas o no, estoy de tu lado.

    —¿Ah? —Lino la miró como si hubiese perdido la cabeza—. ¿Qué clase de amiga eres que se pone del lado del bravucón de su amiga? ¿Qué clase de treta es esta? ¿Crees que voy a creerme algo así? No nací ayer.

    —No es ninguna treta, lo digo en serio. Creo que estás arrepentido de verdad y también creo que todos merecemos una segunda oportunidad y me gustaría ayudarte a tener la tuya.

    —Estás demente. Dices eso porque quieres engañarme o porque no entiendes la seriedad de esto. No tienes idea de todo el dolor que le he causado.

    —No sé los detalles —confesó ella, casual—. Jenny no los dijo, pero por su reacción es fácil adivinar que lo que vivió contigo no ha sido grato. Yo tampoco nací ayer. Y por eso necesito saber si te hiciste pasar como su admirador secreto sólo para mostrarle que lo lamentas de verdad o si hay algo más detrás. Si es como sospecho y Jenny te gusta, entonces no hay duda: eres idiota.

    —¡Ya de deja de llamarme idiota! ¡¿A ti qué mas te da?! —se irritó él.

    —Mira, yo no puedo hacer nada con el asunto del romance, porque sinceramente creo que es ridículo. ¿A qué estúpido se le ocurre enamorarse de su víctima?

    —¡Que ya dejes de insultarme, con un demonio!

    —Pero —ella ignoró sus reclamos—, sí puedo ayudarte a zanjar las cosas con Jenny para que vea que eres sincero y tu alma atormentada se aliviane un poco. Lo que debes hacer ahora antes que presionarla, es mostrar que en verdad has cambiado, pero tu cambio debe ser general, con todos y no sólo con ella. Por eso vas a pedirle a Vidal que te enseñe cómo ser más amable y educado.

    —¡Qué! —gritó descontento—. ¡Olvídalo! Estás mal de la cabeza si te piensas que voy a pedirle nada a ese bastardo. ¿Y por qué tengo que hacerte caso en primer lugar?

    —Porque nadie más va ayudarte a tener una oportunidad con Jenny aparte de alguien que la conoce bien y resulta que yo lo hago. Jenny no va a confiar en ti de buenas a primeras ni va a dejar que te le sigas acercando. Primero necesitas mostrarle que has cambiado tu actitud; tienes que aprender a ser más generoso y amable con todos, o creerá que tus disculpas siguen siendo de dientes para afuera.

    —¿Pero por qué tengo que pedirle ayuda a ese tipo? —se exasperó, odiando la simple idea.

    —Porque Vidal es perfecto —reconoció ella, suspirando enamorada.

    —¡Agh! Así que eres de esas. —La miró con repudio.

    —¿De cuáles? —Le devolvió la mirada.

    —De las que le besan el trasero al bastardo ese.

    —¿Y qué si lo soy? —Alzó la barbilla, altiva—. ¿Celoso de que a ti no te lo besa nadie?

    —¡A mí no me interesan esas estupideces! —se defendió, agrio.

    —Bien, porque así no tendrás problemas en pedir su ayuda. Acéptalo, él es el más buena gente de todos aquí, es el único que aceptaría darte una mano y el único con la paciencia suficiente para soportarte. Ningún otro pensaría en acercarse a ti.

    Ella tenía un muy buen punto y Lino tuvo que reconocerlo, pero no le hacía gracia tener que pedirle algo a Vidal. Le lanzó una mirada llena de disgusto.

    —¿Y por qué diantres tengo que hacer lo que me dices?

    —Porque estoy segura de que tú ya no tienes ningún plan y en caso de que lo tengas ha de ser igual de malo que el anterior.

    Lino se quedó callado porque no, la verdad era que no tenía idea de qué más hacer. Su estrategia del admirador secreto había sido la mejor pensada y resultó ser un fracaso. No le gustaba el plan de ella, pero al menos no era nada.

    —Bien —aceptó a regañadientes—. Lo haré.

    —Naturalmente, no te quedaba de otra. Ahora escucha, tú sólo dile a Vidal que te dé lecciones de etiqueta el sábado por la mañana, a eso de las diez, queden en la plaza, frente al banco. Yo haré que Jenny y unos amigos los encontremos por allí. Si estamos en grupo y te controlas, ella verá que te estás esforzando por ser alguien mejor. Además, no tendrán que lidiar con la incomodidad de quedarse los dos solos. Por Vidal no te preocupes, yo lo distraigo. ¿Entendiste o te lo repito?

    —¡Entendí, con mil demonios! —se fastidió de que lo tratara como un retrasado mental.

    —Entonces nos vemos el sábado.

    Mariela se fue y Lino la maldijo mil veces en voz baja. Luego enfocó su irritada mirada en aquel tipo que lo sacaba de quicio y al que no toleraba, sintiendo que la hiel le dominaba el paladar. Lo que estaba a punto de hacer definitivamente terminaría con su dignidad. Si pensó que su orgullo había sufrido un gran ultraje al arrodillarse ante medio mundo, con esto acabaría de rematarlo. Pero entendió que situaciones desesperadas requerían medidas desesperadas. Así que armándose de todo el coraje que tenía, se acercó a Vidal González.

    —¡Oye, bastardo!

    Si hubiese sido un poco más atento, habría notado la manera en la que Vidal se encogió ante el adjetivo y cómo empuñaba las manos. No obstante, lo que vio fue cómo se daba la vuelta para mirarlo con su estúpida sonrisa de siempre.

    —¡Lino! Es Vidal, ¿recuerdas? Ya tenemos unos meses jugando juntos, sería bueno que empezaras a recordar los nombres de tus compañeros de equipo.

    Lino se plantó ante él, teniendo el rostro desfigurado por tantas emociones juntas. Esto iba a costarle más de lo que pensó.

    —¿Estás bien? —lo cuestionó el otro, notando su contrariedad.

    —No, no estoy bien —dijo brusco.

    —Oh, cielos. ¿Puedo ayudarte en algo?

    —Sí, sí puedes. Necesito ser menos como yo y más como —hizo una mueca de desagrado— tú.

    —¿Es así? Porque no pareces muy convencido de querer serlo —apuntó Vidal.

    —¡No te pongas arrogante conmigo, maldito! —se enfureció—. ¿Te crees que esto es fácil para mí o qué?

    —Entiendo, entiendo, disculpa, no era mi intención. —Vidal movió las manos frente a sí para tranquilizarlo—. Así que… ¿qué necesitas?

    —¡Que me ayudes a controlar mi temperamento, demonios! ¿Qué brujería haces para estar calmado todo el maldito día? ¿Cómo puedes ser siempre tan amable con imbéciles como yo?

    —Ah, eso. —Vidal rio, ocultando sus nervios—. No es nada del otro mundo, en realidad. Mucha práctica. Pero tampoco creo que esté mal perder los estribos cuando es necesario. Creo que es una manera de expresar lo que sentimos, sobre todo ante las injusticias, sirve de desahogo. A mí me parece admirable que tú puedas demostrar lo que sientes y piensas de una forma tan apasionada y sin que te importe lo que otros piensen de ti.

    —¡No te estoy pidiendo un psicoanálisis, maldita sea! Necesito que me ayudes a ser más educado.

    —¿Es así? Podrías empezar por recordar los nombres de los demás.

    —¿Te estás burlando de mí? —Lino lo fulminó con la mirada.

    —A lo que me refiero es que no tienes que andar insultando a medio mundo todo el tiempo.

    —¿Algo más?

    —Son muchas cosas y ahora íbamos a empezar la práctica. ¿Por qué no lo dejamos para cuando terminemos?

    —No puedo. —Lino recordó el plan—. Pero el sábado en la mañana podemos tener una lección completa de cortesía.

    —¿El sábado? —Vidal escondió un gesto—. No sé si pueda, yo…

    —¡Pues yo no puedo otro día! —lo interrumpió, grosero—. Es ese día o ningún otro.

    —Entiendo, entiendo. Haré algo con mi horario. ¿A qué hora y dónde?

    —A las diez, en la plaza, frente al banco.

    —Correcto. Te veo allí.

    —Bien. —Y sin darle las gracias, Lino se dio la vuelta y se alejó para empezar los calentamientos.

    Vidal se quedó un rato parado en su sitio, sintiendo que el estrés se acumulaba más en su cuerpo. ¿En qué lío se había metido ahora? De toda la gente que había conocido en su vida y exceptuando a sus familiares, Lino Padilla era de los más difíciles de tratar. ¿Cómo iba a pasar una mañana completa con él sin que su fachada se fuera al traste? La simple idea de cometer un desliz o el escenario de quedar al descubierto le provocaron un agudo dolor de estómago. El sábado iba a ser un día muy largo.

    Vidal no podía empezar a imaginarse, pues no sólo estaba la confabulación de Lino y Mariela, sino que también estaban los planes de Thelma, quien tenía su propio objetivo. En ese momento, ya entrada la tarde, la chica le hacía compañía a su amigo Efraín Soto en la tienda. Acababa de contarle todo lo que sabía respecto a Jenny y Lino.

    —El asunto parece bastante fuerte —comentó él cuando la chica terminó de hablar.

    —Lo es —asintió ella—. Jenny ha sufrido mucho. Por eso siento que está bien si decide no perdonarlo.

    —Mmm. —Efraín hizo ademán de pensar—. No va gustarte esto, pero creo que Mariela tiene razón. Jenny debería hablar con él.

    —¿Qué? ¡No! —Thelma lo miró con gran decepción—. ¡No puede ser que tú también pienses eso!

    —Escúchame, Thelma.

    —¡No! ¿Cómo puedes ponerte del lado del abusivo? —Se levantó del taburete, indignada.

    —Thelma.

    —Las cosas no siempre se arreglan con pedir perdón, ¿sabes? —Caminó de aquí para allá—. Las memorias no van a desaparecer con un perdón, las heridas no van a sanar, las cicatrices no van a irse.

    —Thelma. —Efraín salió de detrás del mostrador y se acercó a ella.

    —¡No hay derecho! —Se alejó de él, alterada—. Él no tenía el derecho de hacerla sufrir, con motivos o sin motivos, no tenía el derecho, así que no puede esperar el derecho de ser perdonado.

    —Thelma. —Efraín la sujetó de la mano con ternura.

    —No es justo. —La voz se le quebró y lo miró con la mortificación pintada en sus facciones—. No es justo, Efraín, no es justo. ¿Por qué mi mejor amiga estaba sufriendo tanto y yo nunca lo supe? ¿Por qué la molesté con mis tontos problemas de autoestima cuando ella cargaba con algo peor? ¿Por qué la incordié con mis tontos problemas amorosos cuando ella lidiaba con traumas? ¿Por qué nunca me lo dijo? ¿Por qué no me di cuenta antes? ¿Por qué?

    Efraín la abrazó contra su pecho cuando vio que sus lágrimas fueron imposibles de parar y bajaron por su rostro. Thelma desahogó sus complejos sentimientos por medio del llanto: su molestia contra Lino, su frustración por no poder hacer nada, su decepción de que Jenny no confiara en ella, su culpabilidad por no haberlo notado antes. Pasados algunos minutos, ella dejó de llorar y sólo los sollozos la sacudían de vez en cuando.

    —¿Estás mejor? —inquirió Efraín en tono suave, acariciando su espalda, consolador.

    —Sí, gracias —asintió ella y se separó de él para mirarlo con sus desalineados y brillantes ojos—. Siento eso.

    —No tienes por qué. —Le limpió las mejillas con la mano, afectuoso—. Ven, siéntate.

    La tomó de la mano con suavidad y la condujo al banquillo para que tomara asiento. Luego le entregó una servilleta para que se secara el rostro y se sonara la nariz. Cuando estuvo seguro de que estaba más tranquila, tomó la palabra.

    —Si digo que Jenny debe hablar con Lino no lo digo por él, lo digo por ella. Guardar rencor y resentimiento es algo muy malo, hace mucho daño. No me gustaría que los sentimientos negativos la consuman y le quiten su esencia o la amarguen. Tampoco quiero que viva toda la vida atada al miedo que le tiene a Lino y por eso creo que debe resolver las cosas con él. Como ves, lo digo más por egoísmo que por benevolencia.

    —Creo… creo que entiendo —susurró ella, pensativa—. Pero a la vez creo que no… Es que siento que para mí hubiese sido muy difícil perdonarlo si estuviera en el lugar de Jenny, no importa que eso me dañara. —Frunció el ceño, contristada—. Vaya, parece que soy rencorosa y ni siquiera lo sabía.

    —Y también eres muy empática, por eso estás tomando tan personal este asunto. Es tu cualidad más sobresaliente y prefiero creer que incluso estando en la posición de Jenny, tu empatía le habría ganado a tu rencor.

    —Gracias. —Le sonrió, sincera—. Siempre sabes qué decir para animarme.

    —Es mi placer.

    —Por cierto, Mariela me llamó hace rato. Estábamos hablando de salir con Jenny el próximo sábado en la mañana. Ya sabes, queremos animarla un poco para que se olvide de sus problemas un rato. Me gustaría que vinieras con nosotras. A Jenny le daría mucho gusto; sería como cuando estábamos en secundaria. ¿Qué dices?

    —Suena bien —aceptó sin pensarlo mucho, después de todo, también estaba preocupado por su amiga.

    —¡Qué bueno! Estoy segura de que lo pasaremos genial.

    Efraín no podía sospechar de las intenciones ocultas de Thelma. Era cierto que consideraba a Efraín un confortador de primera; era el mejor consolando y se le daba muy bien prestar su apoyo en las crisis. Ahora mismo Jenny necesitaba de mucho aliento y creía que Efraín era perfecto para dárselo. No era la primera vez que pensaba en unir a sus dos amigos un poco más.

    Cuando estaban en secundaria, vio la posibilidad de que Efraín y Jenny terminaran siendo pareja porque en verdad pensó que ambos se gustaban; quizás la buena química que tenían la orilló a pensarlo. Llegó a preguntarle a Jenny en más de una vez qué pensaba de Efraín como novio y aunque siempre estaba de acuerdo con ella en que sería uno muy bueno, nunca le dio indicios de que lo quisiera como tal. Efraín tampoco dio indicios de nada, pero ella estuvo casi cien por ciento convencida de que se gustaban.

    Al final dejó de lado su fantasía cuando Nancy entró a escena. Nancy era buena gente y también se había ganado su simpatía a lo largo de los tres años que convivieron con ella en clase, por lo que no le costó ayudarla a que se hiciera novia de Efraín. Después de todo, siempre había creído que chicas joviales como Nancy y Jenny eran su tipo, en lugar de las aburridas y sin chiste como ella.

    Ahora sabía que no era tan así y había sido una pena que las cosas no funcionaran con Nancy, pero confiaba que con Jenny sería diferente. Se conocían de más tiempo, había más confianza, más familiaridad y se llevaban muy bien. Estaba segura de que si Efraín la ayudaba en ese momento de vulnerabilidad, Jenny finalmente vería lo maravilloso que era y un sentimiento más profundo nacería. Además, realmente creía que se veían lindos juntos, pues la altura de ambos les daba mucha distinción; serían una pareja formidable. Esperaba sinceramente que sus planes tuvieran un buen resultado.



    Por ahora es todo. ¡Gracias por leer!
     
    Última edición: 24 Octubre 2020
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    Borealis Spiral

    Borealis Spiral Fanático Comentarista destacado

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    Secretos del Corazón
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    Romance/Amor
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    13
     
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    5033
    Uy no, no quería durar tanto tiempo sin actualizar esto, pero cuando no se puede, no se puede. Al menos la continué. Este capítulo es el más largo hasta ahora y personalmente, mi favorito. Por ninguna razón en particular, sólo me ha gustado bastante y gocé mucho de escribirlo; quizás porque quería a todo el elenco junto y porque descubrí que estos chicos están haciendo lo que quieren -.-
    Pero bueno, no más palabrería y dejo la continuación.
    Agradezco a todos los que pasan a leer. ¡Disfruten!

    El caos en una reunión de seis

    Habían pasado algunos minutos desde que Lino Padilla y Vidal González se reunieran en la plaza a la hora acordada, pero por más que Vidal intentara ir a otro lado para iniciar con las clases de autocontrol, Lino no estaba poniendo de su parte. Se empeñaba en poner excusas para no irse todavía y Vidal se preguntó si en verdad deseaba aprender a ser más amable o sólo lo había citado para hacerlo perder el tiempo.

    Comenzó a sentirse muy intranquilo y a desconfiar. ¿Acaso era una treta para sacarlo de quicio? ¿Lo estaba probando? ¿Sospechaba de su teatro? ¿Quería desenmascararlo? Si era así, ¿cómo iba a salir de esta? ¿Qué iba a decirle si lo confrontaba? Lino definitivamente iba a extorsionarlo, ¿verdad? Tuvo que aspirar hondo para controlar la ansiedad que amenazó por invadirlo y reprimió las ganas de pellizcarse las manos; sintió que su estómago punzaba de dolor. Vio una vez más cómo Lino volvía sobre sus pasos y miraba alrededor, buscando algo.

    —¿Esperamos a alguien? —cuestionó, procurando sonar tranquilo.

    —No —respondió, brusco.

    Cosa que era una total mentira porque Lino sí esperaba a alguien. Mariela le había dicho que ella, Jenny y alguien más ya estarían allí a esa hora. Si resultaba que lo había dejado plantado con el odioso de Vidal, la tipa iba a pagársela. Nadie le tomaba el pelo y quedaba libre de las consecuencias. Le entraron muchas ganas de buscar su celular, ponerse los audífonos, escuchar una buena tanda de sus piezas favoritas y borrar de su mente el entorno; seguro que eso le daría la paciencia necesaria.

    Lino no sabía que justo en el otro extremo de la plaza, el trío de amigos desde secundaria también esperaba a la última integrante del grupo, a quien se le había hecho tarde justamente hoy de todos los días. Mas su espera no duró mucho porque Mariela De León hizo acto de presencia a las prisas.

    —¿Se te pegaron las sábanas o qué? —le preguntó Jenny Aranda, divertida de verla tan acelerada cuando ella procuraba tomarse su tiempo.

    —Me entretuve arreglándome, ¿de acuerdo? —se defendió ella, regulando su respiración—. Usar cosméticos todos los días es un arte en sí. No es algo que alguien como tú pueda entender.

    —Ah, ya. —Jenny sonrió, irónica—. Debo perderme de mucho.

    —No sabes. —Mariela se había esforzado el doble en quedar linda porque vería a Vidal.

    —Bueno, ya que estamos todos podemos irnos —comentó Thelma Canto—. ¿Adónde se les antoja ir?

    —Vamos por acá.

    Mariela se apresuró a tomar el liderazgo, llevándolos al otro lado de la plaza, donde debían estar Lino y Vidal; esperaba que su pequeño retraso no los impacientara y decidieran irse. Afortunadamente no fue así, pues en cuanto dio la vuelta en la esquina, los divisó y se apresuró a llamar su atención.

    —¡Vidal! —gritó eufórica.

    Sus tres acompañantes se pusieron en alerta al instante. Thelma abrió los ojos con asombro mezclado con felicidad en lo que se alisaba el cabello; no pensó que podría encontrarse con él. Efraín Soto entrecerró los ojos con displicencia, examinando el porte del chico. Así que él era el supuesto Don Perfecto, ¿eh? No se veía tan impresionante. Jenny iba a sonreír al verlo, pero el gesto murió en sus labios cuando distinguió a su compañero. ¿Qué hacía Lino allí? Lo último que quería era verlo. Sintió morir su humor.

    Vidal miró con pasmo a los recién llegados y sus marrones ojos se enfocaron de lleno en Jenny, quien bajaba la cabeza y quedaba lo más alejada posible. Observó ahora a Lino, que hacía ademán de querer acercarse a ella pero se restringía, mas su mirada no pudo esconder su deseo.

    —¡Ah! Pero si tú eres Lino, ¿verdad? —dijo Mariela y Vidal vio el fingimiento a kilómetros de distancia—. ¡Vaya! Qué coincidencia encontrarnos todos aquí, ¿no crees, Vidal?

    Mucha coincidencia —concedió él, sonriendo con aparente condescendencia.

    Como bien había sospechado, se trataba de una trampa; no para él, sino para Jenny. Ahora entendía por qué la negativa de Lino de irse rápido. Los esperaba a ellos. Se sintió inusualmente molesto con ambos conspiradores. ¿Cómo se atrevían a engañar a Jenny de esa forma? ¿No se suponía que Mariela era su amiga? ¿Por qué la ponía en situaciones incómodas? ¿No debería saber ella mejor que él lo que pasaba entre Jenny y Lino? Y lo más importante: ¡¿por qué estaba él en medio de todo?! Sintió otro retortijón.

    —Es bueno verte, Vidal —confesó Thelma con voz suave, en lo que un rubor cubría sus mejillas.

    —Ah, sí, lo mismo digo —dijo él, sonriendo amable.

    —¿No me piensas presentar, Thelma? —intervino Efraín, sin dejar de clavar su punzante mirada en él.

    La chica no tuvo tiempo de decir nada porque Vidal se apresuró a presentarse con el único al que no conocía.

    —Oh, cielos, disculpa mis modales. Soy Vidal y voy a la misma preparatoria que todos ellos. Mucho gusto. —Le ofreció su mano, cordial.

    —Efraín —soltó con frialdad e ignoró la mano ofrecida.

    —Claro. Un gusto, Efraín. —Vidal bajó el brazo, sintiendo el rechazo de inmediato.

    —Así que, Vidal, ¿qué hacen? —indagó Mariela, haciéndose la desentendida—. Porque digo, es muy raro ver juntos al más popular de la escuela y al de peor reputación, ¿no crees?

    Lino le lanzó una mirada de advertencia, dándole a entender que no sobre-actuara ni lo probara y mucho menos que tomara ventaja de la situación para ponerlo en ridículo.

    —¿Es así? No le veo nada de raro. Sólo lo estoy ayudando con algo.

    —¿Con qué? —insistió la chica.

    —A controlar mi genio. ¿Feliz? —respondió Lino entre dientes, fulminándola con los ojos.

    —¡Oh! Así que intentas ser una mejor persona, ¿eh? ¿No es eso maravilloso, Jenny?

    Su ojos café-verdosos se enfocaron en la aludida, quien simplemente desvió la mirada y permaneció callada, apretando los labios. Thelma alternó su visión de una a otra y la comprensión de todo le cayó como balde de agua fría.

    —¡Mariela! —La miró con reprensión total—. ¿Cómo pudis…

    —¡Pero bueno! —Mariela la interrumpió—. Ya que estamos todos aquí, ¿por qué no vamos juntos? Ya lo dijiste una vez, ¿no, Vidal? Entre más seamos, mejor.

    —¡Mariela! —Thelma se indignó todavía más y Jenny la miró con clara contrariedad.

    —A mí me parece buena idea —estuvo de acuerdo Efraín, sorprendiéndolos a todos.

    —¿Por qué? —Thelma lo miró como si la hubiese traicionado.

    —Me gustaría conocerte mejor, si no te importa —le dijo a Vidal, colocándose justo frente a él, mirándolo retador—. Quiero saber si eres tan perfecto como todo el mundo asegura que eres.

    —Ah…

    Vidal de pronto se quedó sin palabras, sintiéndose acorralado. El pulso se le aceleró y comenzó a transpirar. ¿Él era quien quería desenmascararlo? ¡Pero si ni siquiera lo conocía! No sólo dañaba a sus nervios la clara intención del sujeto, sino el que también fuera más alto, pues él era de estatura promedio con su metro setenta y tres, así que el otro le sacaba varios centímetros y era bastante intimidante.

    —¡Efraín!

    Las tres chicas lo regañaron; dos porque no tolerarían que fuera tan maleducado con su amor platónico y la otra porque divisó la ansiedad de Vidal. Thelma tomó a su amigo por el brazo y lo alejó de él, así que Vidal pudo respirar mejor.

    —No seas grosero, Efraín, ¿qué te pasa? —lo reprendió, sorprendida por su actitud—. Lo siento mucho, Vidal, no queremos molestarlos, nos iremos ya.

    —Ah, no, no es molestia —corrigió moviendo las manos frente a él, no queriendo dejar filtrar su incomodidad.

    —¿Y por qué no nos dejas acompañarlos? —indagó Efraín, suspicaz—. Si no es molestia no debería importarte. A menos, claro, que estés escondiendo algo.

    —No es eso. —Vidal tenía que cambiar el tema de inmediato o iba a sufrir una crisis nerviosa—. Es sólo que creo que es mejor si Lino y yo estamos solos.

    —¿Por qué? —Fue el turno de Mariela de objetar—. Nosotros también podemos ayudar a Lino a mejorar su temperamento. Será mejor si convive con mucha gente con diferentes personalidades, ¿no crees? Además, a él no le importa, ¿verdad que no, Lino?

    Fue el turno de Mariela lanzarle una mirada dura y de advertencia, dándole a entender que no arruinara la oportunidad. Así que Lino no pudo más que rechinar los dientes, impotente, en lo que procuraba recordar las notas del violín en un intento por serenarse, antes de aceptar con voz ahogada por la ira.

    —Pueden venir.

    —¡Perfecto!

    Mariela no le dio tiempo a Vidal de sorprenderse por el permiso de Lino, pues se colgó de su brazo y se puso en marcha.

    —¡Mariela! —Thelma, llena de celos, corrió a su lado e intentó alejarla de él—. No seas tan confianzuda. ¿No te da vergüenza?

    —Déjala, Thelma —volvió a meterse Efraín, colocándose a un lado de ella—. Si tuviera problemas ya habría hecho algo al respecto. Parece que Vidal es digno amante del afecto femenino.

    —Tú no te metas —lo regañó Mariela.

    Lino y Jenny quedaron rezagados cuando no movieron ni un músculo.

    —Jenny —quiso explicar él, dando un paso en su dirección, pero ella no se lo permitió.

    —¡Esperen! No me dejen.

    Y se apresuró a colocarse a un lado de Efraín. Suspirando abatido, Lino también corrió tras ellos, junto a Vidal.

    —¿Qué tal si comemos algo? —sugirió Mariela, casual—. ¿Tienes hambre, Vidal?

    —No, gracias. Comí algo antes de venir —se excusó él.

    Era mentira porque no había comido nada, pero no creía que su estómago estuviera en condiciones de aceptar alimento alguno.

    —¡Qué pena! Pero igual podemos comer algún postre o algo. ¿Qué tal una nieve? —siguió dando ideas y Vidal vio una oportunidad de darse un respiro.

    —Buena idea. Lino, ¿por qué no vas por ellas?

    —¡Ah! —exclamó con desagrado—. ¿Y yo por qué?

    —Digamos que es tu primera prueba. Una forma de ser amable y cortés es ser servicial. Descuida, yo iré contigo o no podrás con todo.

    —Vamos, no necesitas ir tú también, Vidal —contradijo Mariela—. Si es una prueba para Lino, bien, que vaya él, pero cualquier otro puede ayudarle. Jenny, por ejemplo.

    —Yo creo que no —siseó la susodicha, mirando a su amiga con irritación evidente—. Ni siquiera quiero nada.

    —¿Ven? Por mí no hay problema. Yo puedo ir —insistió Vidal.

    —Entonces yo podría ir contigo —se apuntó Thelma, tímida—. Digo, si Lino no quiere hacerlo.

    —En ese caso mejor vamos tú y yo, Thelma —opinó Efraín.

    —No —negó ella—. Si quieres ir, mejor ve con Jenny.

    —¡Ya pues! Esto no está funcionando. Iremos todos.

    Con ese razonamiento por parte de Mariela, todos se dirigieron a la heladería, la que estaba a contra-esquina de la plaza. Entraron y cada uno pidió su orden, excepto Jenny, quien fue directo a una de las mesas a sentarse, poniendo la excusa de que les apartaría la mesa a pesar de que el local no estaba ni medio lleno. Vidal la observó de reojo y llegó su turno de pedir.

    —Dos vasos chicos de yogur natural.

    —Eww, ¿te gusta ese sabor? —inquirió Mariela con disgusto—. Ni siquiera sabe a nada.

    —Quizás sea por eso mismo. A veces no se me antoja ningún otro sabor. Con el de yogur natural al menos siento que puedo darle el sabor que quiera. Dependiendo de mi humor puede saber a gloria o al infierno. Puede saber a felicidad, admiración, satisfacción, —colocó uno de los vasos frente a Jenny—, a amargura, dolor, o irritación. Especialmente irritación.

    Jenny entendió la indirecta y no pudo suprimir una sonrisa.

    —Eso no tiene ningún sentido —dijo, divertida.

    —Era una metáfora. No tienen que tomarla en serio.

    Vidal suprimió un sonrojo, sentándose a un lado de Mariela por insistencia de ella, en lo que Thelma se sentaba del otro lado, quedando Efraín frente a ella, Jenny a su lado y Lino en la cabecera, cerca de Jenny.

    —Eres tan poético, Vidal —lo halagó su acaparadora, mirándolo soñadora.

    —Lo que faltaba. Que en sus tiempos libres también sea dramaturgo —manifestó Efraín, mordaz—. ¿También eres perfecto en eso por naturaleza o es tu vanidad la que habla?

    —¡Efraín! —Thelma se escandalizó, mirándolo con reproche.

    —Bueno, ¿cuál es tu problema? —Mariela lo fulminó con la mirada—. Estás más pesado que de costumbre. Si tienes un problema con Vidal díselo de frente.

    —No tengo nada contra él y ya dije mis intenciones —se sinceró Efraín, inmutable—. Quiero saber qué tan cierta es la reputación que se manda entre todos. Así que adelante, háblame un poco de ti, Vidal. Eso no te molesta, ¿o sí?

    —No hay mucho que contar —quiso obviar el tema.

    —Oh, en realidad a mí me gustaría conocerte un poco más —dijo Thelma, anhelante porque a pesar de su tiempo juntos en el servicio comunitario o en las sesiones de estudio, nunca podían conversar a un nivel personal sobre ellos—. Dime, ¿piensas seguir estudiando?

    —Es la idea. El plan es estudiar medicina.

    —¿Serás doctor? —Mariela lo miró con ojos brillantes—. Es la profesión perfecta para ti. Te verías tan bien con una bata blanca.

    —Es una profesión muy noble —comentó Thelma, sintiendo que su admiración y respeto por él crecían más.

    —Y una de las mejores pagadas y más aclamadas. Qué raro —intercedió Efraín, venenoso.

    —¡Efraín, basta! —Thelma lo miró con molestia—. ¿Qué pasa contigo hoy?

    —Es en serio, Efraín. Te estás pasando —acotó Jenny, severa.

    —Está celoso de él, no le presten atención a alguien tan lamentable —declaró Mariela—. Mejor vean lo admirable de Lino que quiere ser más amable. Buscar ayuda de otros no es fácil y él lo hizo porque de verdad intenta cambiar. Eso requiere mucha humildad y coraje, ¿no crees, Jenny? ¿Verdad que es digno de respeto?

    Jenny exhaló aire, exasperada, y sus ojos le lanzaron dagas a Mariela. Estaba presionando demasiado y era muy irritante.

    —Jenny.

    Lino intento hablarle otra vez, pero sólo hizo que ella apretara tanto su cuchara desechable que la rompió.

    —Iré por otra —anunció levantándose de la silla.

    —Yo puedo…

    —Iré yo.

    La frialdad en la voz de la chica congeló a Lino en su sitio, deteniendo sus intentos por ayudarla o conversar con ella. No iba a permitírselo. Se apesadumbró.


    —Nosotros también deberíamos comer o se derretirá —sugirió Vidal antes de que la tensión se volviera más insoportable.

    Sin embargo, sus intentos por apaciguar las cosas no duraron mucho, pues Mariela siguió insistente en ganar su atención.

    —No deberías conformarte con algo tan insípido, Vidal. Deberías comer algo mejor. Mi nieve de café está deliciosa. Mira, ten un poco.


    Le acercó una cuchara llena a la boca, lo que provocó más celos en Thelma.

    —¡Espera! —intercedió también tomando una cucharada de su helado para ofrecerle—. La mía es de mamey y sabe mejor, es más exótica.

    —Ahora hasta tienen que darle en la boca. ¿Y yo soy el lamentable? —profirió Efraín, burlesco.

    —Tú te callas —le exigió Mariela y miró a Thelma con molestia—. ¿Y tú qué? ¿Por qué te metes?

    —Señoritas —quiso tranquilizarlas Vidal, sintiendo que el abdomen le ardía.

    —Yo también puedo darle a probar del mío si quiero —se defendió la otra.

    —Pero yo se lo ofrecí primero. —Mariela la tomó de la muñeca para que alejara su cuchara de Vidal.

    —Señoritas.

    —Suelta, Mariela.

    Thelma quiso zafarse y entre el forcejeo ambas soltaron las cucharillas llenas, las que vinieron a caer en la camiseta y pantalón de Vidal, quien no atinó a más que levantarse de la silla.

    —¡Oh, por Dios! —exclamaron las dos y Thelma siguió, avergonzada—: Lo siento tanto, Vidal. ¡Ay, no! Qué pena contigo.

    —Ah, no pasa nada, fue un accidente —dijo él a media voz, limpiándose con una servilleta.

    —¿Ves lo que hiciste, Thelma? —reprochó Mariela.

    —¿Yo? —se enojó—. Pero si tú fuiste…

    —Thelma. —Efraín la interrumpió para que no siguieran discutiendo—. Creo que es mejor irnos. Estamos llamando la atención.

    La chica miró entorno y descubrió que los clientes que habían entrado los miraban mal por el escándalo. Se abochornó y se disculpó con nadie en particular.

    —Sí, es mejor que nos vayamos —estuvo de acuerdo Jenny, poniéndose de pie.

    Los demás la siguieron, cruzaron la calle y volvieron a la plaza.

    —¿Y ahora? ¿Adónde vamos?

    Mariela estaba lista para seguir adelante con el día y su plan, pero Thelma no estaba dispuesta a soportar las insinuaciones de su rival para con Vidal, por lo que tomándola del brazo, la apartó del resto.

    —Oye, suéltame, ¿a dónde me llevas? ¡Thelma! —Se liberó del agarre cuando no le hizo caso, brusca. La miró con rudeza—. ¿Cuál es tu problema?

    —Tú eres mi problema —confesó la chica, hastiada—. Estoy cansada de que creas que eres la dueña de todo. ¡Vidal no es tuyo para que lo estés manipulando así todo el tiempo!

    —¡Yo no creo eso! Estoy intentando que sea mío, pero por tu estúpida intromisión no puedo hacerlo. ¿Quieres sabotearme o qué diablos? ¡Parece que estuvieras celosa!

    Thelma abrió la boca, pero las palabras no le salieron y tan sólo desvió sus ojos de los de su amiga, esperando ocultar sus sentimientos, pero fue demasiado tarde. Mariela lo había descubierto todo.

    —No es cierto —murmuró, incapaz de creerlo, antes de que la ira la invadiera—. ¿Te gusta Vidal? ¡¿Te gusta Vidal?!

    —Mariela…

    —¿Desde cuándo? ¿Por qué no me lo dijiste antes? ¿Cómo te atreves a ocultármelo? Por eso has estado trabajando con él a mis espaldas, ¿no es así? ¡Pensabas apuñalarme por la espalda, ¿verdad?!

    —Mariela, escucha…

    —¡No! Tú empezaste esto. Si quieres guerra, guerra tendrás. Si crees que voy a rendirme simplemente porque tú eres mi rival, estás muy equivocada. No pienso perder. Es más, no hay manera de que pierda contigo como contrincante. ¡No me llegas ni a los talones!

    Y completamente airada, Mariela se fue de allí sin despedirse de nadie. En ese momento estaba tan furiosa que no quería ver a nadie ni hacer nada. En su lugar, Thelma se mordió el labio inferior en un intento por calmar sus emociones o desbordarían por sus ojos. Volvió a donde estaban los demás y cuando Jenny y Efraín la notaron decaída, se preocuparon.

    —Thel, ¿qué pasa? —Jenny se le acercó, inquieta.

    —Nada, yo… —La voz le tembló y sacudió la cabeza—. Te cuento luego. Quiero irme a casa ahora.

    —Entiendo —asintió Jenny—. Nos vemos después. Cuídate.

    —¿Segura? ¿No quieres que…? —Thelma le lanzó una discreta mirada a Lino.

    —Estaré bien. Tú vete tranquila —la apaciguó Jenny.

    Thelma asintió, se despidió de Vidal, disculpándose otra vez por lo de su ropa y se alejó a paso rápido, deseando refugiarse en la seguridad de su habitación. Tan ensimismada estaba en sus pensamientos que no notó que Efraín la había seguido de cerca hasta que la llamó. Se volvió a verlo y el enfado suplió su incertidumbre.

    —¿Por qué me sigues? —le preguntó, resentida.

    —Estoy preocupado por ti —respondió él, honesto.


    —Pues no quiero tu preocupación. ¿Crees que estoy contenta contigo ahora? ¿Qué fueron todas esas groserías que le hiciste a Vidal hace rato, eh? No te portaste bien con él y ni siquiera hiciste nada para ayudar a Jenny con lo de Lino sabiendo lo mal que la pasa con él. ¿Cómo pudiste seguirle el juego a Mariela? ¡Te desconozco! No te quiero conmigo, ¡así que vete!

    Se dio la vuelta y continuó con su camino. Efraín la miró unos instantes, dolido, antes de suspirar con resignación. Sabía que merecía sus reclamos y enojo; se había pasado de la raya con Vidal. Retomó el paso para ir tras ella una vez más.

    —Te dije que no me siguieras —protestó ella, disgustada.

    —Y aunque me lo pidas un millón de veces es algo que jamás podré cumplir. Yo siempre voy a seguirte, Thelma.

    Thelma se detuvo un momento, llevando la mano empuñada al pecho y haciendo que él también parara. La miró alzando una ceja, extrañado, e iba a preguntar si le pasaba algo malo cuando ella reanudó su camino. La siguió.

    —Entonces tan sólo no me hables por ahora —dijo ella después de un momento, su voz áspera—. Todavía sigo molesta contigo.

    Efraín no dijo nada más; eso sí podía cumplirlo. Ambos continuaron con su destino.

    Mientras tanto, en la plaza donde había quedado el resto, el ambiente tenso y deprimente fue palpable. Mas así y todo, Lino hizo un último intento por dirigirse a Jenny.

    —Jenny, yo… en verdad lo siento… por lo de hoy, lo de antes, por todo y…

    —Déjame sola —lo interrumpió—. No quiero verte ni escucharte ahora. Déjame sola, por favor.

    Lino la miró con la mayor de las angustias. El tono de ella no había sido frío esta vez, ni siquiera indignado o atribulado; su tono estuvo lleno de indiferencia pura y Lino por fin pudo comprender que ya no iba a poder hacer nada más. Jenny lo despreciaba tanto que simplemente iba a hacer como si no existiera y… quizás fuera lo mejor.

    Acongojado hasta la médula, atinó a dedicarle una última mirada llena de pesar antes de alejarse de allí con una derrota definitiva sobre sus hombros. El violín. Necesitaba escuchar el violín otra vez. En esta ocasión no le bastaría con reproducir la música instrumental que había encontrado. En ese momento necesitaba oír precisamente ese violín, ese cuyas notas alcanzaban su habitación y que de algún modo siempre sabía qué melodía producir para ir acorde con su estado de ánimo. Afortunadamente, quien tocaba tenía el hábito de hacerlo diario a ciertas horas y él ya había aprendido a estar allí presente, como oyente anónimo.

    En tanto, Jenny inhaló con profundidad al verlo partir, sintiendo que por fin su cuerpo podía relajarse. ¡Qué reunión tan incómoda había sido esa! Apenas estaba alcanzando la tranquilidad adecuada cuando un sonido repulsivo llegó a sus oídos. Con alerta giró su cabeza para ver a Vidal, quien se tapaba la boca intentando que las arcadas que lo habían atacado se controlaran. Por desgracia, no pudo contenerlas y corriendo a uno de los tantos jardines que adornaban la plaza, ocultándose entre los arbustos y árboles, se arrodilló y vomitó el contenido de su estómago, el que sólo traía el helado anterior.

    —¡Ay, Dios mío! ¡Vidal! —Jenny corrió a él, preocupada, arrodillándose a su lado y colocando las manos en su espalda—. ¿Estás bien? ¿Pero qué estoy diciendo? Claro que no estás bien. Pero, pero ¿puedo hacer algo por ti? ¿Necesitas algo? Tú sólo dime y voy por él. Lo que sea.

    —Detente, detente. —Vidal sacudió la cabeza y la miró con sus ojos marrones llenos de lágrimas, descontento—. Deja de preocuparte por mí. ¿Qué pasa contigo?

    —¿Qué? —Jenny no entendió.

    —Acabas de caer en una trampa echa por una de tus amigas, básicamente acaban de traicionarte. Acabas de tener que soportar una horrible reunión con el sujeto del que no puedes ni oír su nombre sin que te alteres. ¿Cómo puedes preocuparte mí? ¿Por qué no te fuiste de inmediato? ¿Por qué te quedaste a soportarlo todo? Tú no estás obligada a fingir que todo está bien y tolerarlo todo. ¡Qué demonios! ¿No deberías ser tú la más frustrada con todo esto?

    —¡Por supuesto que estoy frustrada! —gritó Jenny, interrumpiéndolo—. Por supuesto que estoy frustrada. ¿Cómo no iba a estarlo después de esto? ¿Cómo pudo Mariela hacerme esto? ¿Cómo pudo atentar contra mi confianza de esa forma? ¡Por supuesto que estoy frustrada y decepcionada y molesta, ¿pero qué se supone que hiciera?! ¿Debía armar un escándalo en medio de la calle? Mariela no se detiene cuando se le mete algo en la cabeza y sólo se pone más necia entre más le lleves la contraria, sobre todo cuando cree que tiene razón.

    »Y pensé en irme en cuanto vi a Lino, pero el orgullo pudo conmigo. Ya no iba a permitir que siguiera viendo cuánto me afecta su presencia, ni iba a dejar que el plan de Mariela funcionara y por eso me quedé y lo traté mal y conforme más lo ignoraba y veía lo mucho que le afectaba, más gusto me daba. Pensé que si podía devolverle un poco del dolor que me causó entonces estaba bien y por eso soporté todo. Pero ya ni siquiera sé si debí hacerlo.

    »¿Qué tal si no consigo la paz mental que busco aunque me desquite? ¿Pero no estoy en mi derecho de hacerlo? ¿Qué tiene de malo que quiera vengarme por todo lo que me hizo? ¿Y quién dice que no me preocupo por otros simplemente para no pensar más en mis problemas? ¿Quién dice que no lo hago simplemente porque quiero sentirme mejor persona de lo que soy? ¿Quién dice que soy tan buena como para querer ayudar a todos nada más porque sí? ¡No lo soy! ¡Soy como cualquiera! ¡Puedo ser egoísta, tengo mis límites y también me canso de todo! ¡Dios!

    Jenny se cubrió el rostro con las manos, exaltada, regularizando su respiración porque casi dijo todo en un respiro. Vidal la miró con claro asombro, pues no imaginó que se abriera con él de tal manera. Se movió un poco para quedar sentado bajo un árbol cercano, apoyando la espalda en el tronco, en lo que se limpiaba la boca con una mano y se revolvía el cabello con la otra. Suspiró.

    —Yo también lo hago —dijo con voz sosegada y Jenny se descubrió el rostro para mirarlo, confundida—. También me refugio en los problemas de otros para no pensar en los míos.

    —¿Funciona? —inquirió con voz suave.

    —No —reconoció él—. Lo peor que puedes hacer es entrometerte en problemas ajenos cuando estás saturado con los tuyos. Toma mi ejemplo. Antes, la ansiedad sólo me producía migrañas e insomnio, ahora ni siquiera tengo apetito y el estómago me tortura. Tú no quieres acabar así.

    Jenny lo observó con profundo pesar porque sí se veía bastante mal cuando dejaba de lado su fachada de perfección. Gateó hasta llegar a su lado y con la energía que la caracterizaba, se echó sobre el costado de él, apoyando la cabeza en su hombro con tanta fuerza que Vidal tuvo que apoyar una mano en el pasto para no caer. Él le dirigió una breve mirada recriminadora antes de volver su vista al frente.

    —¿Qué estamos haciendo, Vidal? —preguntó ella, sobre su oído.

    Era la pregunta correcta. Con las decisiones actuales, básicamente ambos estaban destruyéndose por voluntad propia. Su ansiedad era muy dañina de por sí y el estilo de vida que había adoptado no ayudaba. Además, si ella optaba por seguir el camino de la venganza, también iba a terminar muy perjudicada, sin contar con el mal que ya se hacía al guardar rencor. Mas ninguno parecía querer hacer mucho por cambiar las cosas. Así que, ¿qué rayos estaban haciendo?

    —Estamos siendo idiotas —declaró al final, no sabiendo qué más decir.

    —Lo somos, ¿verdad? —aceptó ella, sonriendo con ironía.

    Decían que el primer paso para superar cualquier crisis o carencia era aceptarlo y ambos admitían que estaban mal, por lo que quizás todavía tuvieran esperanza, mas algo le dijo a Vidal que no se hiciera muchas ilusiones. Quedaron en silencio un momento.

    —Hueles a vómito —dijo ella después de un rato.

    —Uh —se turbó.

    Era obvio que iba a oler mal después de regurgitar. Él mismo empezaba a percibir el desagradable aroma y con Jenny tan cerca era natural que también lo resintiera; debía incordiarla. ¿Tal vez podía hacer algo? ¿Comprar un jabón pequeño y un agua? ¿Enjuague bucal? ¿Desinfectante para manos? ¿Una menta? ¿Un chicle? Iba a levantarse para hacer algo al respecto, pero Jenny enlazó su brazo con el suyo y lo obligó a permanecer sentado.

    —¿Adónde? —preguntó, adivinando sus intenciones—. No lo dije para que te lo tomaras a mal o para que hicieras algo; era un dato nada más.

    —¿No te molesta? —se sorprendió.

    —No soy quisquillosa con los olores. ¿O qué? ¿Tu teatro también te obliga a oler a rosas todo el tiempo? —Sonrió con diversión—. ¿Cómo le haces después de las prácticas de fútbol? Yo termino oliendo a rayos después de las mías. ¿Acaso cargas contigo una botella de colonia todo el tiempo?

    —Ugh —se quejó, mortificado, pues eso era justamente lo que hacía.

    —¿En serio le atiné? —Jenny rio con buen humor antes de hundir más su rostro entre el hueco del cuello y hombro de él—. Está bien. Prefiero este aroma que al de tu perfume. Es más natural, más tuyo, por muy feo que sea.

    —Eres muy rara —sentenció él, incapaz de reprimir el sonrojo esta vez.

    —Lo soy.

    Aquella confesión no debió ser tan confortadora como le pareció a Vidal. Por años había creído que mostrar su imperfección a otros podía ser devastador; por eso siempre había sido cuidadoso de evitar que alguien se enterara de su secreto o que se involucrara demasiado con él. Pero en ese momento, estando allí con ella, creía que no era tan malo, que era bueno tener a un aliado entre tanto caos; alguien que le diera un poco de serenidad a su nerviosismo. Y quizás ella también necesitara a alguien con quien pudiera desahogarse sin dramas o sentimentalismos de por medio.

    No sabía qué tan provechoso podía ser su vínculo teniendo en cuenta que ambos estaban rotos. Ella, una persona genuinamente simpática con traumas emocionales, y él, un simple hipócrita que se escondía tras la quimera de la perfección. Si lo pensaba bien, la verdad era que los dos eran un desastre, pero al menos cuando estaban juntos eran un soportable desastre.



    Por ahora es todo. ¡Gracias por leer!
     
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    Marina

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    Tauro
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    Holaaaaa... Ya vine, tarde, pero seguro. Comento:

    La preocupación de las amigas y sus planes.


    Ay, las chicas, ansiosas por saber qué sucedió entre Lino y su amiga por la propia boca de ella, y Jenny sin querer hablar mucho del asunto. Es una situación muy delicada, pues Jenny no puede ignorar la preocupación que sienten sus amigas por ella.

    Al final, el que ella pudiera contarles aunque sea a grandes rasgos lo que Lino fue con ella en la primaria y lo que creía que era en el presente, me dice que Jenny lo está superando el trauma, es decir que cuando el daño sigue a flor de piel, es muy difícil hablar del sufrimiento, es más, hablar de eso es hasta imposible para las víctimas.

    También me sorprendió que, siendo Mariela como es, la animara a hacer las paces con Lino, en cambio, Thelma se opuso. En el repaso que hizo Thelma de lo vivido por Jenny, noté el rencor que comenzó a sentir por Lino, o quizá a mí me dio esa impresión. ¡Y qué bien se puso Mariela en los zapatos de Lino, wow! Mencionar lo difícil que es hacer cambios para ser mejores personas supuso un punto para Lino.

    Es obvio que Jenny está confundida, lo comprendo, pero me encantará saber qué hará. ¿Lo perdonará o no? No es fácil, eso sí, pero… ¿Lino tiene una mínima posibilidad de ser perdonado?

    Jajaja, vaya encuentro que tuvieron Mariela y Lino… son ¿cómo decirlo? Tan parecidos en cierto sentido. Ninguno de los dos parece tener pelos en la lengua en ese intercambio de palabras que tuvieron. Se me enchinó la piel cuando Mariela le dijo que debía ser Vidal quien debe ayudarle para mostrarle a Jenny que sí ha cambiado. “Pobre Vidal”, fue lo que pensé. Y luego: “Pues sí, Mariela es de esas que le bes… cof, cof… que se mueren por Vidal”. En serio, qué divertido encuentro el de estos dos, jaja.

    ¡Cielos! En serio que admiro el autocontrol de Vidal. Esa manera de hacerle frente después de temblar ante el llamado de Lino fue genial. Su careta parece impenetrable.

    ¡Ay, rayos! Lo único que puedo opinar en cuanto a la conversación que sostuvieron Vidal y Lino es… ja ja ja ja ja ja ja ja, porque de veras de veritas, me sacó las carcajadas

    Nop, Lino, cada quién es como es. Se puede mejorar, eso sí, pero cada ser es único.

    Vidal, Vidal, es cierto, ¿en qué te has metido? O Lino te fortalece o de derrumba, ¿qué vas a permitir que sea? De cierta forma Vidal, tú tienes lo que Lino necesita y él tiene lo que necesitas tú. Sin duda, ambos pueden aleccionarse.

    ¡Eso, Efraín! Ponte del lado de Mariela, aunque es cierto lo que dice Thelma, pues el daño no desaparece con perdonar, pero también es verdad lo que dice Efraín de que no intentar hacerlo puede hacer que los sentimientos negativos como el rencor o el deseo de venganza tampoco se vayan.

    Los planes de Thelma en cuanto a hacerla de Celestina, pues vaya, sí que sigue ciega. Alguien necesita ser su Celestina para que se de cuenta de que Efraín derrapa por ella.


    El caos en una reunión de seis

    El título me dio escalofríos. Además, ya no comenzó tan bien. Vidal me pegó su ansiedad. Por la forma como comenzó a sentirse era lógico que el chico estrella se cuestionara sobre el motivo de Lino al citarlo en ese día en la Plaza.

    Mariela llegando tarde, eso no me lo esperaba, pero es comprensible querer ponerse de lo más linda para que Vidal la vea. ¡Ayayayayay! Esa triple reacción al ver a Vidal y a Lino. Efraín por fin ha conocido a don Perfecto. Thelma deseó verse también linda para él y Jenny… imagino su mueca de descontento. Lo que menos esperaba era ver a Lino. Y Vidal lo primero que notó, después de su pasmo de ver a los cuatro amigos fue la actitud que tuvieron Jenny y Lino y menos pasó por alto el fingimiento de Mariela al saludarlos. Awww, me encantó su condescendencia al responderle a Mariela sobre su encuentro “casual”. Qué astuto Vidal, no tardó mucho en darse cuenta que se ha metido en un rollo que seguro se convertirá en una encrucijada… para todos, o no sé, me lo imagino.

    ¡Oh, oh, oh! ¿qué he leído? Ansiedad, dudas, sospechas, celos y recelos por parte de todos. ¡Rayos! ¡Hasta yo me siento incómoda por lo que está sucediendo entre esos seis! Sentí deseos de alejar a Vidal de Efraín y darle al último unos zapes por su interrogatorio y ataque antipático hacia el primero, luego quise conseguirle un violín a Lino, tranquilizar a Thelma de sus celos y detener a Jenny cuando Lino intentó decirle aquello.

    Mariela, estás poniendo a todos en arenas movedizas y si no tienes cuidado, harás que se hundan. Mira qué ocurrencia de mandar a Lino a comprar helados y peor, que Jenny lo acompañe. Me pregunto si sabes lo que estás haciendo, Marielita, date cuenta que don Perfecto necesita aire o perderá el que tiene.

    Qué rollo ese de la nieve. Pero ya en la heladería, Vidal me sorprendió con su filosofía. Bravo, Vidal, ahora deberé pedir yogurt natural para darle el sabor que yo quiera. La explicación que dio me encantó y esa metáfora me la tomaré en serio, claro que sí.

    Wow, ¿es que Efraín era así de mordaz o son sólo los celos los que lo hacen ser tan desagradable? Digo, espero cualquier comentario brutal de Lino para cualquiera, pero Efraín… emmm, sí, los celos están haciendo lo suyo.

    Pura vergüenza ajena con eso de querer las dos amigas darle de probar a Vidal de su nieve. Pobrecito Vidal que terminó con la nieve encima. Imagino la escena. Estas chicas disputándoselo mientras que Efraín quiere exponer ante ellos sus defectos. Si Vidal no sale de ahí con una úlcera extra… es que es ¡grande! ¡Grande, Vidal!

    Thelma ha sido descubierta por su amiga. Si ella pensaba ocultarle sus sentimientos por Vidal a Mariela por más tiempo, no debió dejarse llevar por los celos.

    Comprendo los sentimientos heridos de Mariela, la traición de Thelma no es que le guste Vidal, sino que se lo ocultara y actuara a su espalda.

    Lo que se esperaba, los planes de las chicas salieron mal. Dos amigas terminaron enfadadas y una vez puestas las cartas sobre la mesa, a ver qué hará cada una. Menos mal que Lino tiene un recurso para apaciguar su frustración y decepción y Efraín también ha reconocido que se portó muy mal con Vidal, a quien no le pudo ir mejor, pues al final tuvo un aliado a su lado. Me encantó este capítulo, mi segundo favorito. El final fue lindo, esa conversación que tuvieron Vidal y Jenny los ha acercado más. Ambos se han mostrado cómo son y se aceptan así. Además, por fin Vidal ha pensado que puede ser de provecho para él tener a su lado a alguien que lo conozca realmente y creo que a Jenny también le hará bien hablar de sus sentimientos con más libertad con Vidal, tal como lo ha hecho aquí en este capítulo, sólo espero que siga haciéndolo, que ambos sigan confortándose como ahora.

    Como siempre, fue grato leerte. Por aquí nos vemos en los que siguen. Chao, tqm.
     
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    Borealis Spiral

    Borealis Spiral Fanático Comentarista destacado

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    Marina ¡Muchas gracias por tu comentario, Master! En efecto, esa reunión fue bastante desastrosa, pero como dije, yo disfruté mucho al escribirla. Efraín tiene muchos aspectos de su personalidad que por desgracia no puedo mostrar porque no es el protagonista, entre ellos su mordacidad, pero a mí personalmente me gusta bastante el tipo, aunque Vidal sigue siendo mi favorito, jeje. Y lo que sea de cada quien, de todos los presentes la que más me sacó de quicio fue Mariela con su actitud, independientemente de si así es ella o no, creo que se pasó bastante de la raya y a diferencia de Efraín, ella no se ha disculpado. De Lino me espero cualquier imprudencia pero Mariela es mejor que eso. Pero bueno, no falta decir que a partir de aquí habrá una crisis entre todos. ¡Gracias por tu apoyo de siempre! Te quiero

    No quería tardarme tanto en actualizar esto, pero cuando no se puede, no se puede. Aquí dejo el siguiente capítulo que es corto y algo transitorio, pero bueno. Gracias a todos los que se pasan a leer. ¡Disfruten!

    La discusión de las amigas

    Jenny Aranda sabía que las cosas el próximo lunes iban a ser tensas. Después de todo, ella seguía indignada con Mariela por su treta del sábado; sentía que había abusado de su confianza y que había sido un golpe bajo. Además, Mariela no tenía derecho. Le importaba poco si su amiga estaba en lo correcto o no, no tenía derecho de forzarla a escuchar o estar con Lino si no quería, por lo que una parte de ella seguía rencorosa por eso.

    También estaba el asunto entre Thelma y Mariela. Entendía la posición de ambas y aunque en principio había estado en contra de que Thelma mantuviera el secreto de su gusto por Vidal, el hecho de que ella estuviera relacionándose con él a espaldas de ambas chicas la dejaba en una posición de poca opinión, por lo que esperaba que ambas pudieran solucionar sus problemas de forma civilizada antes de que la tensión explotara.

    Llegó el lunes y Jenny entró al salón divisando a Thelma Canto sentada en su lugar, esperando encontrarla justo así, decaída, con los brazos cruzados sobre la mesa y el rostro oculto entre ellos. La conocía demasiado bien como para saber lo mucho que la había afectado lo del sábado pasado. No vio a Mariela por ningún lado.

    —Hola, extraña —la saludó ocupando su lugar y dejando su balón en el suelo.

    —¡Jenny! —Thelma se descubrió el rostro y la miró, ansiosa—. ¿Estás bien? No pasó nada el sábado después de que me fui, ¿o sí? Lino no se portó mal contigo, ¿verdad?

    —¿Estabas preocupada por eso? —Jenny no pudo evitar reír, divertida—. Thel, si te dije que te fueras sin cuidado fue por algo. No pasó nada con Lino. La verdad es que en cuanto le dije que me dejara en paz se fue sin objeciones, así que descuida.

    —Ya veo. Me alegra. —Suspiró, aliviada.

    —¿Qué hay de ti? ¿Cómo estás después de aquello? —Ante la pregunta, Thelma volvió a su posición de miseria, soltando un sonido de lamento—. ¿Así de mal, eh?

    —Debí hacerte caso, Jenny. Debía haber hablado con Mariela de frente, pero estaba tan asustada de hacerlo. Veía esto como mi única ventaja contra ella. Sentí que decírselo no haría más que acabar cualquier oportunidad que tuviera con Vidal, pero ahora no sólo he salido mal con Mariela nada más, sino que Vidal cree que soy una molestia. Debiste verlo el domingo en el servicio social, Jenny. Estaba raro, distraído, ausente… incluso diría que incómodo. Me odia, estoy segura.

    —Vamos, vamos. —Jenny le frotó la espalda, confortadora—. No puedes asegurar eso a menos que él te lo diga. Y Vidal no parece de los que odian fácilmente, así que no le des tantas vueltas al asunto. No todo pudo ser malo.

    —¿Supongo que no? —Thelma volvió a descubrirse para mirarla—. Ayer hablé con Efraín en la tarde. Se disculpó por su comportamiento del sábado.

    —¡Qué bueno! El sangrón se pasó de la raya. Ahora sólo falta que le pida perdón a Vidal en persona.

    —Es lo que le dije y me alegra que se disculpara, pero ¿sabés algo? También me hizo pensar si es cierto eso de que con un perdón se arreglan las cosas. Es curioso, pero las circunstancias me han hecho ver varios ángulos al respecto. La mayor parte de mi vida nunca cuestioné si perdonar era lo que debía hacer o no. Siempre fui de las que aceptaban las disculpas, fueran sinceras o no. Fue recientemente que empecé a pensar que no siempre es así, que pedir perdón no siempre es suficiente, pero ahora que soy yo la de la afrenta y tengo que disculparme me pone en otra perspectiva. —Sonrió con un ligero toque de ironía—. Es asombroso lo volátiles que podemos ser los seres humanos. Pero no tiene por qué ser malo, ¿o sí? Creo que cambiar de opinión es válido, ¿no crees?

    Jenny ya no dijo nada, no sólo porque no sabría qué responder a ello, sino porque en ese momento dieron el timbre de entrada y el profesor entró al aula seguido de Mariela De León, quien en esta ocasión no se sentó en su lugar de siempre a un lado de Jenny, sino que fue al otro extremo del salón, a una butaca desocupada. Fue claro para ambas que lo hizo para no estar cerca de Thelma; seguro seguía resentida.

    Las clases transcurrieron con aquella tensión en el ambiente y entre cambio de profesores, sus compañeros no perdieron la oportunidad de preguntar qué pasaba con ellas, si estaban peleadas o algo. Los chismes no podían faltar en aquella escuela, pero como Jenny había sido parte de uno recientemente, no tuvo ganas de darle más carroña a los buitres, por lo que no dijo nada; Thelma también se quedó callada. La única que dijo algo fue Mariela y lo que dijo se basó claramente en su punto de vista: que había sido traicionada. Se hizo la hora del recreo y fue entonces que Mariela se dirigió a Jenny.

    —¿Sigues molesta por lo del sábado? —le preguntó, casual.

    —¿Yo? ¿Molesta? ¿Nada más porque actuaste a mis espaldas y te aprovechaste de mi confianza en ti? ¡No, qué va! —Jenny usó todo el sarcasmo que tenía.

    —¡Ay, por favor! —Mariela rodó los ojos—. Podría decir que es una venganza por ocultarme lo de Thelma porque sé que lo sabías, pero la verdad intentaba ayudarte, ¿sí?

    —¿A mí o a Lino? —Jenny la miró con descontento.

    —A los dos.

    —Presionar a la gente a que haga cosas que no quiere no ayuda, Mariela, tú deberías saberlo mejor que nadie. Tu odias que lo hagan contigo —intervino Thelma en la conversación.

    —A ti no te estoy hablando, mosquita muerta. —Mariela la miró con irritación.

    —Lo lamento, ¿sí? No debí haberte ocultado lo de Vidal, lo sé y lo siento. ¿Me perdonas, por favor?

    —¡Por supuesto que no! ¿Crees que vas a zafarte tan fácil con tu dizque disculpa?

    —Pues veo que no y si no te es fácil perdonarme esto ¿entiendes ahora por qué puede serle difícil a Jenny perdonar a Lino?

    —No es lo mismo. Lino no intentó quitarle el chico a su amiga.

    —¡Vidal no es tu chico!

    —¡Pero sí planeabas quitármelo! ¿Por qué otra cosa ibas a ocultar el hecho de que te gusta? A eso se atienen los que se creen competencia sin serlo de verdad. A puro juego sucio.

    —¡Al menos yo no actúo como una desesperada cada vez que lo veo!

    —¡Al menos yo soy genuina y no actúo como una mosquita muerta que cree que puede tener lo que quiere por lástima de otros!

    —¡Yo no hago tal cosa! Y prefiero ser mosquita muerta que una dramática cualquiera.

    —¡Cualquiera tu madre!

    —¡Ya párenle ustedes dos! ¡Me tienen harta!

    Jenny se levantó de su silla, molesta, dándole un manotazo a la mesa y mirándolas con censura. Su altura se impuso bastante, por lo que las dos guardaron silencio y ella pudo expresarse con comodidad.

    —¡Las dos están comportándose como unas bebés! Mariela, me dijiste que debía escuchar a Lino y perdonarlo, pero tú no pareces querer escuchar lo que Thelma pueda decirte para explicar sus actos. ¡Eso es de muy doble moral! Y tú, Thelma, agradezco que sigas de mi lado con todo lo que pasó el sábado, pero eso y esto son cosas muy diferentes. Yo te advertí que no iba a meterme en sus problemas amorosos y voy a cumplirlo. Así que hasta que no arreglen esto, no estoy ni con una ni con la otra, así que eviten pelearse en mi presencia. Y si siguen tercas y quieren irse cada una por su lado, entonces yo también. ¡Adiós!

    Y expresado lo deseado, Jenny tomó su balón y salió del aula, dispuesta a jugar un partido de baloncesto con la idea de aliviar la exasperación que la pelea de sus dos amigas le había provocado.

    —¡Espera, Jenny! —Thelma se levantó de su asiento, afectada. Esto no lo vio venir.

    —¿Ves lo que pasa por tu culpa?

    —¿Mía? —Miró a Mariela con incredulidad.

    —Tuya. ¿Para qué te pones a discutir conmigo cuando sabes que vas a perder? Mejor vuelve a tu lugar tras bambalinas. No te queda intentar estar bajo los reflectores, rival de poca monta.

    Thelma se mordió los labios, queriendo controlar las ganas que le dieron de llorar y para evitar que la otra la viera vulnerable, salió del salón con prontitud yendo al baño. Mariela tenía razón; no estaba actuando propiamente. Además, la pelea la había afectado más de lo que pensaba. En primer lugar porque no era buena para discutir ni insultar; en cambio, Mariela sí lo era y no se sentía tan ofendida fácilmente. Segundo, que saliera en malos términos con Jenny era algo que no esperaba y comprendió que sí era su culpa por ser tan ingenua. Había creído que las cosas podían salir como esperaba y no era así. Tercero, no quería perder a ninguna de ellas. Supo que debió pensar mejor en eso antes de ocultarle algo tan grande a Mariela, pero como siempre, sus inseguridades se habían llevado lo mejor de ella. En verdad fue muy ingenua.

    Mientras tanto, Mariela también salió del salón antes de que el prefecto hiciera su ronda habitual. Estaba disgustada con toda la situación en general y con ella misma. Después de todos sus esfuerzos por ser una buena compañía, su carácter rebelde e impertinente acababa de romper una gran amistad, quizás para siempre. Debía hacer algo para distraerse. Pensó en Vidal y en que debería ir a verlo practicar. Si tenía suerte, quizás él la viera entre el público, notara su aflicción, le preguntara qué pasaba, la consolara y tal vez hasta se le declarara. Eso sería tan perfecto y justo lo que necesitaba en el momento.

    Decidida, se encaminó al campo de fútbol, pero antes de llegar se detuvo en seco. ¿Y qué tal si Thelma también había ido a verlo? Esa era una posibilidad muy grande. Frunció la boca. En ese instante no quería verle la cara más de lo necesario. Era mezquino de su parte, pero le daba igual, estaba molesta con ella. Con sus planes desechos, se concentró en comer sola, sentada por allí, y luego deambuló un poco por el lugar, llegando hasta donde estaba la cancha de baloncesto. Podría quedarse a ver a Jenny, pero también estaba molesta con ella, así que la pasó de largo.

    En su paseo se encontró con Lino Padilla, quien comía solo en uno de los extremos más alejados de la escuela.

    —¡Vaya! Qué sorpresa que no estés espiando a Jenny hoy. —Se colocó a su lado.

    Él apenas la miró, desinteresado. Ni siquiera había escuchado lo que dijo porque traía los audífonos y escuchaba música.

    —Oye, te estoy hablando, ponme atención —recriminó ella y él volvió a ignorarla—. ¡Que me escuches, te digo!

    Estiró uno de los cordones para que el audífono se le cayera del oído.

    —¡Con un demonio! ¿Qué diablos quieres? Lárgate que no estoy de humor —advirtió él, irritado.

    —No seas tan esquivo. Venía por lo del sábado. No esperaba que las cosas salieran tan mal.

    —Yo sí —reconoció con acritud—. Pero da igual. No pienso seguir con esto.

    —¿De qué hablas? ¿Te estás dando por vencido? —lo miró con incredulidad.

    —¿Y a ti qué si es así? —Le devolvió la mirada con una llena de dureza.

    —¿Estás bromeando? Eso es para derrotistas. No puedes rendirte sólo porque fracasaste una vez, ¿sabes?

    —Fue más de una vez. ¿Y a ti qué te importa? —Se levantó, airado—. Déjame solo.

    Comenzó a alejarse, disgustado, pero ella no le dio tegua y lo siguió, insistente.

    —Una vez, dos, cuatro, diez, ¿qué más da? La cuestión es no dejar de intentarlo. No puedes huir de los problemas toda la vida y mucho menos abandonar tus sueños. Habrá un momento en el que Jenny dé su brazo a torcer, te lo garantizo, sólo persiste y evita el enfrentamiento directo.

    —Eres una maldita plaga. ¡Déjame en paz, demonios! —le exigió, cansado de ella.

    Lo mejor era ignorarla. En esos momentos Lino no estaba de ánimos para escuchar los sermones de nadie y menos de esa fastidiosa. Si no se tratara de una amiga de Jenny ya habría hecho algo más fuerte con tal de quitársela de encima. Pero no quería tener que acumular más odio de su parte, por lo que no le quedaba más que ignorarla, pero ella era demasiado obstinada y un maldito dolor en el trasero.

    En realidad estaba siendo un buena prueba para medir el autocontrol que creía estar ganando con la música clásica. Era increíble el poder que tenía. En casa sólo se escuchaba banda y en la escuela trap y reggaeton, géneros que no hacían más que aumentar su mal humor. Pero la instrumental le daba una paz increíble, una serenidad con la que no habría soñado jamás. Sólo se arrepentía de no haberla descubierto antes; se habría ahorrado muchos dolores de cabeza. Debía agradecerle propiamente al violinista que era su vecino y al que todavía no conocía. Quizás lo hiciera algún día, cuando la música lo ayudara a equilibrar su orgullo.

    En este momento, sin embargo, ni tener los audífonos al máximo volumen iba a ayudarlo a dejar de escuchar a la urraca que lo iba persiguiendo.

    —Deberías saber que yo no soy de las que dejan de tratar cuando me pongo un objetivo, así que vete olvidando de que te deje solo. En realidad deberías aprender eso de mí, ¿sabes?

    —¡¿Pero es que a ti qué mas te da?! —Se volvió a mirarla con ira mal contenida—. ¿Por qué tu absurda manía de ayudarme con Jenny? ¡Ni siquiera me conoces! ¡No sabes absolutamente nada de mí! ¡No tiene sentido que me ayudes a menos que lo hagas por beneficio propio!

    —¡Por favor! —Mariela se cruzó de brazos, ufana—. No puede haber mucho más de ti de lo que se ve a simple vista. Eres como un libro abierto para cualquiera con dos dedos de frente. Seguro que hay problemas en tu casa; apuesto a que tus padres pelean todo el tiempo, razón por la que tú mismo eres tan agresivo y siempre estás a la defensiva. Y lo más seguro es que tú seas el tema principal de las discusiones, lo que indica que quizás tus padres te tuvieron jóvenes. Y precisamente por la situación en tu casa es que detrás de toda la fachada de violento bravucón se esconde un inseguro sujeto que lo único que quieres es ser una mejor persona de lo que sus padres son. Ahora dime, ¿en qué me he equivocado?

    Lino se quedó sin palabras por un momento, pues la tipa había dado una descripción aterradoramente exacta de él en general. No obstante, en lugar de sentirse admirado, se sintió mayormente irritado, no sólo por ser tan transparente, sino porque de todas la personas, fuera esa tipa tan arrogante quien lo viera. ¿Tan perceptiva era o era ella la verdadera acosadora? Se sintió increíblemente desprotegido.

    —¡¿Y qué importa que pudieras adivinar una que otra cosa de mi vida?! ¿Crees que nada más por eso ya puedes inmiscuirte en lo que no te concierne? ¡Vuelve a tu vida y deja en paz la mía, con un demonio!

    —Y justamente ese es tu problema. Crees que puedes hacer todo solo y no es así. Todos necesitamos de todos; no puedes mantenerte al margen de la sociedad toda la vida. No vas a sobrevivir de ese modo, ni lograrás probarte a ti mismo que eres mejor si sigues así. Mira, es obvio que no tienes ningún amigo y que en casa no tienes apoyo, así que te daré el privilegio de ser mi amigo.

    —¿Qué? —Lino la miró como si estuviera loca… que pensándolo bien, lo estaba y se lo dijo—. Estás demente.

    —No deberías ofender a quienes te hacen buenas ofertas —se indignó ella—. Te vendría bien tener uno en estos momentos y a mí también, de hecho, aunque eso es más mi culpa por alejar a los míos. Si el término amigo te parece mucho, podemos ser aliados o colegas, a mí me da lo mismo.

    —En serio que te falla la cabeza. ¿Estás escuchando las estupideces que estás diciendo? ¿Qué tan mala y negligente eres para escoger a tu amigos? ¡Yo no sirvo ni como socio! No tengo experiencia tratando a los demás a menos que sea para pelear. ¡Y ni siquiera me interesa tenerlos!

    —Primero, te sorprendería conocer la lista negra de mis anteriores compañías, hasta ahora, Jenny y Thelma eran las más decentes. Segundo, debería interesarte tenerlos y deberías aprender a hacerlos o de verdad vas a estancarte. Si aprendes a tratar a los demás vas a llegar lejos. Mira a Vidal, su sociabilidad lo hace de los mejores chicos de la escuela. Ah, es que es tan perfecto. —Suspiró enamorada.

    —¡Agh, no! —Hizo un gesto de puro asco—. Si vas a empezar con tus lambisconerías con ese bastardo mucho menos pienso relacionarme contigo. —Y retomó su camino.

    —Es el mejor modelo a seguir, no puedo dejarlo de lado. Y que dejes que tu inseguridad por no poder ser tan bueno como él te orille a odiarlo es infantil.

    —¡No me vengas con esas! Si lo quiero odiar, lo odio y se acabó. ¡Yo no soy el lamebotas de nadie! —se exasperó él, colérico—. ¡Y te digo que me dejes en paz! ¡Eres un maldito dolor de muelas!

    —Quiero sentirme satisfecha conmigo misma y para eso necesito saber que he logrado algo el día de hoy que no sea meter la pata, así que acepta mi propuesta y te dejaré tranquilo.

    —¡Estás loca! Si lo hago tendrás la libertad de acercarte a mí cuando se te dé la gana con la excusa de que eso hacen los amigos.

    —Pues mira que no eres tan idiota como pensé.

    —¡Que te largues!

    Pero Lino debía recordar que la vida lo detestaba, razón por la que no le cumplió esa simple petición de estar solo para rumiar su pena al haber aceptado vivir con el rechazo de Jenny. Y de pronto se preguntó si tener que aguantar a la escandalosa esa también era parte de su condena. Creyó que vivir con el odio de Jenny sería suficiente castigo, pero quizás se había equivocado; quizás el que justamente una de sus allegadas lo molestara tanto era parte de su escarmiento.

    O tal vez en serio necesitaba dejar de lado la soberbia y reconocer de una vez por todas que merecía lo que estaba padeciendo, por muy injusto que a veces le pareciera y por mucho que le disgustara, así que tal vez debía aceptar la propuesta de Mariela. Después de todo, justo en ese momento ya no tenía nada más que perder; hacía años que había desperdiciado lo más valioso que pudo llegar a tener. Cualquier cosa que pasara a partir de allí sería ganancia para él, una que no podría compararse nunca a lo que perdió, pero no estaba en condiciones de reprochar ni exigir nada, ¿o sí?

    ¡Al diablo con eso! Si no le quedaba nada más que seguir luchando tal como lo había estado haciendo toda su existencia, iba a hacerlo bajo sus términos y de momento ya había encontrado algo en lo que interesarse y que le daba un grado de templanza a su carácter. No le interesaba nada más. Si había un lado malo de todo el asunto era que parecía un adicto, esperando cada día con mayor anhelo que se hiciera la hora en que pudiera escuchar nuevamente al violinista. Pero prefería eso a dejar que su volcán interior explotara con la más mínima provocación; al menos ahora sentía que estaba logrando cierto progreso.



    Es todo por ahora. ¡Gracias por leer!
     
    Última edición: 11 Enero 2021
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  1. Holyaria
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