Long-fic Resplandor entre Tinieblas

Tema en 'Crossover' iniciado por WingzemonX, 21 Junio 2017.

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    WingzemonX

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    Resplandor entre Tinieblas
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    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
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    Misterio/Suspenso
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    Resplandor entre Tinieblas

    Por
    WingzemonX


    Capítulo 121.
    Mucho de qué hablar

    Los ojos de Samara se abrieron perezosamente, enfocándose de forma borrosa con en el papel tapiz de la habitación de Matilda. El olor de las sábanas limpias de la cama fue lo siguiente que detectaron sus sentidos, seguido poco después por el lejano sonido de voces y pasos en la planta baja. Su conciencia del dónde y el cuándo fue lo que más tardó en llegar, casi al mismo tiempo que soltaba un profundo bostezo que hizo que sus ojos se humedecieran un poco.

    Era su segunda mañana en la residencia Honey, y no le parecía posible recordar algún momento en el que hubiera despertado con tanta tranquilidad desde hacía años. De hecho, le sorprendía lo realmente bien que había logrado dormir las dos noches que llevaba ahí, en la cama y en el cuarto de Matilda, en compañía de ésta. Un sueño profundo, ininterrumpido, tranquilo y, lo más importante, sin ninguna pesadilla. Totalmente lo contrario a lo que ocurría durante su estancia en el Psiquiátrico de Eola, o incluso en su propia casa en Moesko. Estando en el pent-house de Damien había logrado también dormir bien, pero seguía siendo algo distinto. Ahí se percibía una paz tan cálida y agradable que no creía pudiera ser posible.

    ¿Era acaso debido a que había logrado alejar a aquella Otra Samara? ¿O quizás era por esa casa en sí, y por la compañía de esas personas que ejercía un efecto tan positivo en ella? No lo sabía, y una parte de ella no quería saberlo. Sólo disfrutaba del momento lo más que podía.

    Al girarse hacia el costado contrario de la cama, lo encontró vacío. Matilda no estaba. Eso la alarmó un poco al principio, pero no dejó que esa emoción la dominara. El reloj digital que había sobre la mesa de noche, marcaba cuarto para las diez, así que quizás sencillamente se había levantado más temprano y había salido del cuarto discretamente para no despertarla. La primera noche ambas llegaron bastante tarde, se quedaron aún despiertas más tiempo explicándole a la Srta. Honey lo sucedido (o al menos lo que podían explicarle), y encima estaban más que agotadas por todo. Naturalmente al día siguiente terminaron despertándose bastante tarde, quizás lo más tarde que Samara se había levantado en su vida. Pero esa mañana ya debía ser diferente, en especial para Matilda que parecía ser alguien que acostumbraba levantarse temprano y aprovechar el día.

    Samara se sentó en la cama y pegó sus pies descalzos contra el suelo frío de madera. Estiró los brazos al aire, soltó otro bostezo más y se paró para encaminarse a la puerta. A falta de un pijama de su tamaño, había estado durmiendo con una vieja camiseta azul de Matilda con YALE al frente en letras blancas, que obviamente le quedaba un poco grande, y unos shorts de tela rosados que igualmente eran algo grandes para ella pero tenían un cordel para ajustarse a la cintura, y gracias a eso lograba que se quedaran en su sitio.

    Matilda había prometido que irían a comprarle algo de ropa nueva en cuanto pudieran; sólo necesitaban asegurarse que no era riesgoso sacarla a la calle. Después de todo, públicamente seguía siendo una niña que había sido secuestrada en Oregón y su rostro había salido seguido en las noticias, así que no podían ser imprudentes.

    Al bajar las escaleras hacia la planta baja, captó que las voces que había oído provenían de la cocina, por lo que se dirigió directo para allá.

    —¿A qué niño normal crees que le gustan las pasas en los panqués? —escuchó que comentaba la voz de Máxima, la pareja de la Srta. Honey, mientras se aproximaba.

    —¿Por qué lo dices? A Matilda le gustaban cuando tenía doce —replicó ahora la propia Srta. Honey.

    —Por eso digo, ¿a qué niño “normal”? —masculló Máxima con tono jocoso—. Matilda tiene toda la apariencia de haber sido una mujer adulta desde los diez.

    —Oh, por supuesto que no. Te sorprenderías de haberla… ¡Oye! No, basta. Deja eso…

    Sus voces se convirtieron rápidamente en sonoras risas, alegres y sueltas. Una sinfonía que Samara no estaba precisamente muy acostumbrada a escuchar. Al pararse en la entrada de la cocina y echar un vistazo al interior, vio a las dos mujeres de pie frente a la encimera. Máxima estaba detrás de la Srta. Honey, pegada contra ella, y parecía rodearla con un brazo, sujetándola mientras intentaba introducir un dedo de su otra mano en el bol con mezcla que ésta tenía en las manos, y que intentaba alejar lo más posible de su intromisión.

    —¡Es para los panqués! —le regañó la Srta. Honey, aunque seguía riendo—. Te hará daño comer la mezcla cruda.

    —¿Dónde leyó eso, maestra? —le respondió la mujer de piel morena, mientras insistía en querer alcanzar el bol—. Además, sólo quiero estar segura de que pasas no es lo único raro que le hayas echado.

    —¿Por quién me tomas? Soy bastante buena haciendo panqués, y lo sabes.

    Como le fue posible, Jennifer se giró para encararla, manteniendo el bol en alto para que no lo alcanzara. Al estar frente a frente, sin embargo, Máxima pareció menos interesada en el bol. Su mirada se enfocó en los de la mujer delante de ella, y sus labios dibujaron una sonrisilla pícara que ciertamente puso un poco nerviosa a la Srta. Honey.

    —Yo no sé nada —masculló Máxima, casi ronroneando. Colocó entonces ambas manos contra la encimera, a cada lado del torso de Jennifer, y se le pagó más de forma poco discreta—. Necesito que me lo demuestres, ¿bien?

    Sin mucha más ceremonia, inclinó su rostro hacia ella, besándola rápidamente en los labios una, dos, y tres veces más. A Jennifer se le dificultó reaccionar, en especial porque seguía teniendo el bol en el aire.

    —Es… pera… —murmuraba la maestra entre beso y beso—. Harás que lo tiré…

    No pudieron evitar volver a reír, pero ni eso impidió que se siguieran besando. Jennifer logró con mucho cuidado bajar el bol con una mano hasta colocarla sobre la encimera, mientras con su otro brazo rodeaba el cuello de su pareja. Ya sin el peso en las manos, le fue más sencillo corresponderle, y dejarse llevar por los dulces besos de la mujer, y por sus suaves caricias que amenazaban con volverse un poco más atrevidas si acaso se lo permitía. Y quizás se lo hubiera permitido, sino fuera porque en un momento en el que Jennifer abrió los ojos, alcanzó a ver por el rabillo del ojo a la pequeña Samara, parada en el marco de la puerta, mirando en su dirección con expresión aún adormilada.

    Jennifer respingó un poco y rápidamente le dio un par de palmadas en los hombros a Máxima para hacerle reaccionar.

    —Max, Max, detente —le murmuró con insistencia—. Hola, Samara, buenos días —se apresuró a pronunciar, sonriéndole de forma nerviosa.

    Sólo hasta que escuchó ese saludo Máxima separó su rostro del de su pareja, se viró hacia la puerta y también fue consciente de la presencia de la pequeña.

    —Hey, buenos días, amiguita —pronunció con voz que intentaba parecer despreocupada, dando además un paso hacia atrás para tomar una distancia más prudente de la Srta. Honey—. ¿Cómo estás? ¿Dormiste bien?

    Samara asintió levemente con su cabeza. Alzó una mano para tallarse su ojo izquierdo y soltó entonces otro bostezo más al aire.

    —¿Dónde está Matilda? —masculló despacio arrastrando un poco las palabras.

    —Salió temprano, cariño —le informó la Srta. Honey, mientras pasaba su mano disimuladamente por su cabello y blusa para acomodarlos—. Creo que la otra jovencita que estuvo con ustedes esa noche va a ser dada de alta hoy, y fue a recogerla.

    —¿Abra?

    —Sí, creo que así se llama. No han de tardar en volver. Estábamos preparando panqués para todos, para que tuvieran algo rico que comer cuando llegaran. ¿Te gustaría ayudarme?

    Samara alzó su mirada hacia el frente, fijándola en el bol con la mezcla sobre la encimera de la cocina.

    —¿Panqués? —pronunció en voz baja, comenzando a avanzar cautelosa. Apoyó ambas manos en la orilla de la encimera y se inclinó al frente para poder ver el contenido del bol. El olor distintivo que tenía la mezcla homogénea de harina, leche, huevo y mantequilla impregnó rápidamente su nariz. Ese aroma, así como el color amarillo pálido que tenía ese líquido espeso, trajo de inmediato recuerdos a la mente de la pequeña. Recuerdos de tiempos que sentía ya muy lejanos, y que apenas y se mantenían como imágenes borrosas en su memoria.

    Su madre, sonriente en la cocina de su casa en Moesko, moviendo con rapidez el batidor de globo contra la mezcla en un bol bastante similar a ese, mientras canturreaba una canción. Una más pequeña Samara de seis, máximo ocho años, sentada sobre la encimera observando todo lo que la mujer hacía, creyendo ingenuamente que la estaba ayudando de algún modo, y expectante de poder probar el primero de los panqués con chispas de chocolate. El sol brillaba afuera y se filtraba por la ventana de la cocina, iluminando toda ésta.

    Aquello había sido mucho antes del incidente de los caballos, mucho antes de que sus poderes comenzaran a salirse de control. Antes de Eola, antes de que terminara destruyendo por completo la cordura de su madre, y antes de que la asesinara…

    Inevitablemente la imagen de aquel lindo recuerdo terminó mezclándose con la de su madre empapada de sangre, con sus ojos abiertos y nebulosos mirando a la nada mientras la vida se le escapaba por la horrible herida de su cuello. La mezcla del bol que su madre sostenía se tornó entonces rojiza. El recipiente se resbaló de sus manos, y pintó el suelo de ese mismo tono, desparramándose por todos lados en torno al cuerpo inerte de su madre en el piso.

    —¿Samara? —escuchó pronunciar en la lejanía la voz de Jennifer Honey, pero se volvió más tangible al sentir su mano posándose en su hombro, haciéndola exaltarse—. ¿Estás bien, pequeña?

    Sólo hasta entonces Samara se dio cuenta de que su respiración se había agitado, su cuerpo comenzado a temblar un poco, y sus ojos se habían humedecido. Una pequeña lágrima se escapó de su ojo derecho, comenzando a resbalar por su mejilla. La niña reaccionó un tanto frenética, comenzando a tallarse sus ojos con ambas manos.

    —Estoy bien, estoy bien —repitió un par de veces con un tono que intentaba sonar tranquilo, pero dejando en evidencia un rastro claro de ansiedad siendo arrastrado para cada una de sus palabras.

    —Oh, cariño —pronunció Jennifer, intentando lo más posible sonar comprensible pero no lastimosa. Se agachó hasta ponerse de rodillas a lado de ella y la rodeó dulcemente con sus brazos. Samara, sin embargo, no pareció reaccionar a este pequeño acercamiento y seguía más concentrada en limpiarse los rastros de lágrimas de sus ojos—. Tranquila, tranquila… No hay nada de malo con dejar salir tus sentimientos. Has pasado por mucho, pero ya estás a salvo.

    —Estoy bien —pronunció Samara de nuevo con mayor firmeza. Si lo estaba o no realmente, ni siquiera la propia Samara lo sabía. Lo que tenía claro es que no podía permitirse estar mal; no podía abrirle la puerta de nuevo a la oscuridad que la había estado cubriendo todo ese tiempo.

    Jennifer siguió abrazándola, permitiéndose incluso darle un pequeño beso en la corona de su cabeza. Max la observaba en silencio desde su posición. Siempre le impresionaba lo apegada y buena que era con los niños. Pero era natural, pues había sido maestra de primaria por bastantes años. Por su lado, a Máxima toda esa situación la tenía bastante aturdida. Intentaba ser lo más comprensible posible y ayudar en lo que pudiera, pero apenas y había logrado lidiar con Matilda y sus poderes, habilidades o como fuera que ella le dijera; ahora lo poco que le habían llegado a contar de la historia esa niña, que su pareja estaba abrazando tan amorosamente en esos momentos… le era un poco difícil no sentirse incómoda, por decir lo menos.

    El sonido de las llantas de un vehículo aproximándose por el camino de tierra llegó a los oídos de Máxima en esos momentos, distrayendo un poco su mente de la escena delante de ella.

    —Hey, creo que Matilda ya volvió —indicó con efusividad, dirigiéndose con paso apresurado hacia la puerta principal.

    —¿Oíste, Samara? —masculló Jennifer, separándose de la niña lo suficiente para poder ver su rostro de frente, aunque gran parte de éste se encontraba cubierto con sus largos cabellos negros—. ¿Le decimos a Matilda que nos ayude a preparar los panqués? ¿Eso te gustaría?

    La niña asintió lentamente con su cabeza, sin pronunciar palabra. En realidad Jennifer casi no la había oído decir mucho desde la noche que llegaron, más que cuando hablaba directamente con Matilda. Esperaba que con el tiempo pudiera abrirse un poco más, aunque tampoco estaba segura de cuánto se quedaría ahí con ellas.

    Jennifer guio a Samara y ambas se dirigieron al vestíbulo para encontrarse con Matilda. Al ingresar, sin embargo, vieron a Máxima asomándose por la ventana a un lado de la puerta.

    —No es Matilda —pronunció de pronto con un dejo de preocupación—. Creo que es un taxi.

    —¿Taxi? —murmuró Jennifer, arrugando un poco el entrecejo. ¿Quién podría ser? No esperaban a nadie más, y ciertamente la presencia de Samara en la casa no les daba precisamente la libertad de recibir visitas, en especial repentinas—. Samara, sube y quédate en el cuarto de Matilda —le indicó a la pequeña con voz firme—. No salgas hasta que te lo indique, ¿de acuerdo?

    Samara no necesitó mayor explicación; Matilda ya le había expuesto perfectamente la situación y qué debían de hacer. Así que sólo asintió y se apresuró a subir las escaleras hacia la planta alta.

    —¿Crees que vengan por ella? —le murmuró Máxima despacio, una vez que Samara estuvo arriba.

    —No lo sé —masculló Jennifer, pasando sus dedos por su fleco para acomodarlo, y pensando nerviosa en su cabeza: «Matilda, por favor no tardes demasiado».

    — — — —​

    Casi al mismo tiempo que esa “visita repentina” arribaba a la residencia Honey, Abra Stone era transportada sobre una silla de ruedas por los pasillos de la clínica de San Miguel, en dirección a la puerta principal del lugar. La silla era empujada por detrás por un enfermero, y era escoltada a cada lado por Matilda y Cole.

    Gracias a la curación que Samara le había aplicado a su pierna, Cole pudo salir de la clínica a la mañana siguiente de haber ingresado. Siendo un sitio de confianza para el padre Babatos y sus ayudantes, a Cole no le sorprendió darse cuenta de que el personal parecía estar de cierta forma acostumbrado a ese tipo de situaciones, y nadie hizo demasiadas preguntas sobre cómo exactamente se había curado. Abra, sin embargo, necesitó quedarse un día más, sólo para asegurarse de que no hubiera ninguna complicación inesperada derivada de su herida.

    —¿Y no puede esa niña curarme también y así irme de aquí de una vez? —había cuestionado Abra molesta al enterarse.

    —Sé que suena tentador, pero no te lo recomendaría —le había respondido Cole, alzando su mano delante de él para que la joven pudiera ver la mancha negra que se había dibujado en su palma y dorso; en el sitio justo en donde Damien Thorn le había travesado con una bala—. Aún desconocemos qué tipo de consecuencias pudiera traer esto, tanto en la persona a la que se le aplica como para la propia Samara. Pero como alguien que ha lidiado con demasiadas cosas como éstas antes, te puedo casi asegurar de que tarde o temprano las habrá. Así que si te es posible curarte por medio más convencionales, te sugiero hacerlo.

    Abra entendió plenamente a qué se refería, aunque eso no significaba que estuviera contenta con ello. Pero al final tenía razón en que era mejor meterse lo menos posible con fuerzas que no entendía. Ya había tenido suficiente de ello en tan sólo unos días.

    Por suerte su herida pareció avanzar bien y sin ninguna complicación aparente, así que al día siguiente ya pudo oficialmente darse de alta. Matilda y Cole quedaron de verse en la clínica temprano para llevarla. Habían planeado que se quedara temporalmente en la casa de Matilda, hasta que discutieran con ella lo que harían. Después de todo, en ausencia de Charlie y Kali, recaía en ellos cuidarla; justo como la primera les había pedido antes de irse aquella noche en su motocicleta.

    —Ya puedo caminar por mí cuenta, ¿saben? —masculló Abra con desdén mientras era llevada en la silla de ruedas—. En serio, ya ni siquiera me duele tanto.

    Eso decía, pero en su rostro se reflejaba aún una gran incomodidad. Y su mano, quizás sin que ella misma se diera cuenta, estaba ligeramente presionada contra su costado, palpando el abultado vendaje que la cubría por debajo de sus ropas.

    —Creo que es algo más legal que otra cosa —le explicó Cole, andando a su lado—. Una vez que dejes el edificio dejas de ser su responsabilidad, así que tienen que asegurarse de que no te pase nada hasta entonces. ¿Cierto, amigo? —le cuestionó directamente al enfermero, pero éste se limitó a sólo sonreír y mirar al frente.

    —Mientras menos te presiones será mejor —añadió Matilda al otro lado—. Los doctores pidieron que reposaras, así que tómatelo con calma.

    —Usted es la doctora —masculló Abra, un poco apática.

    A pesar de que hasta hace dos días nunca se habían visto, y la mayor parte del tiempo que pasaron juntos Abra estuvo dormida o intentando no desangrarse, los tres habían encontrado el espacio para sentarse y conocerse entre sí durante la estadía de Abra en la clínica. Matilda y Cole le contaron sobre quiénes eran, sobre la Fundación Eleven (aunque la jovencita ya sabías bastante al respecto), y cómo sus caminos se habían cruzado con Damien Thorn. Abra hizo lo mismo, resumiéndoles su primer encuentro con Damien, cómo había recibido esa visita repentina de la Sra. Wheeler la noche de su ataque, lo ocurrido en Hawkins con Terry (lo que aclaró algunas dudas que a Cole le habían quedado de su fugaz conversación con el chico Thorn), y cómo conoció a Charlie y Kali. Y así entre charla y vasos de café, fueron armando por piezas la historia completa de ambas partes.

    Matilda recordaba que Eleven había comentado en alguna ocasión que el Resplandor era más que hacer trucos psíquicos como leer la mente, mover objetos o saber las cosas que pasaron o pasarán. Se trataba más de una conexión entre las personas que lo poseían, y como terminaban de alguna forma llamándose entre sí cuando se necesitaban. Abra recordó que su tío Dan también le había dicho algo parecido. Y en su caso, eso parecía concordar. Extraños de puntos apartados del país, que nunca se habían cruzado hasta que todo esto ocurrió. Eso hacía que inevitablemente uno se preguntará si no había algo realmente moviendo los hilos de todo para que las cosas ocurrieran como ocurrieron.

    Pero como fuera que haya ocurrido, ahora estaban ahí, habían pasado por todo eso juntos, y les tocaba salir de ello del mismo modo.

    Una vez que salieron por la puerta principal de la clínica, muy diferente a la trasera por la que habían ingresado la noche en que llegaron, Abra tuvo permitido levantarse de la silla de ruedas. Matilda había traído el vehículo de su madre, y lo tenía estacionado justo frente a la fachada. A pesar de que Abra había insistido tanto en que podía caminar por su cuenta, lo cierto es que requirió de la ayuda de Cole y Matilda para aproximarse al vehículo y poder subirse al asiento trasero de éste.

    —Me siento tan inútil —masculló Abra entre dientes, notándosele bastante frustrada.

    —Te entiendo, no estás acostumbrada a ser la que recibe ayuda, ¿cierto? —bromeó Cole mientras le estaba ayudando a sentarse y a colocarse su cinturón de seguridad. Abra no respondió.

    Matilda recordó lo que Kali y Charlie le habían mencionado aquella noche, sobre como las personas con un poder tan grande como el suyo, suelen creer que pueden, y deben, hacerlo todo ellas solas. Al parecer eso también aplicaba para Abra. Pero ella aún era muy joven, y aún tenía tiempo de aprender que las cosas no tenían por qué ser siempre así.

    Una vez que estuvieron los tres arriba y se pusieron en marcha, se hizo el silencio entre ellos por un rato, hasta que Abra sintió la necesidad apremiante de volver a preguntar:

    —¿Han sabido algo de Roberta?

    —Me temo que no —respondió Matilda al volante, volteándola a ver un instante por el espejo retrovisor—. Pero por lo que he oído de ella, aunque esté bien y fuera de peligro, es poco probable que intente comunicarse con nosotros. Podríamos intentar ver si alguno de los rastreadores de la Fundación puede encontrarla.

    —Creo que será mejor que no —masculló la joven, volteando a ver a través de su ventanilla. Fue evidente que cargaba consigo una dosis de resentimiento, muy probablemente porque sentía que la había abandonado aquella noche.

    —Las versiones de lo ocurrido en aquel edificio varían demasiado —señaló Cole a continuación—. Pero casi todas, o al menos las que llegan a mencionar su nombre, concuerdan en que Damien Thorn ya no se encontraba ahí cuando ocurrió la explosión y ahora está reposando en su casa en Chicago.

    —Es mentira —contestó Abra tajantemente—. Él estaba ahí, y fue Roberta la que hizo que el lugar explotara. Dijo que en cuanto estuviera ante él dejaría salir todas sus fuerzas contra él, y lo hizo.

    —Entonces podría estar muerto y sólo quieren ocultarlo —propuso Matilda con seriedad.

    —No —negó Abra, moviendo su cabeza lentamente—. Así como sé que él estaba en el pent-house en el momento de la explosión, igual sé que no fue suficiente para matarlo. Si está herido y reposando en su gran mansión… eso sí no lo sé.

    Matilda volvió a mirarla un momento por el espejo, y luego se viró sutilmente de reojo hacia Cole, sentado en el asiento del copiloto a su lado. No pronunció palabra, pero su mirada mostraba una pregunta clara, que Cole comprendió pues él mismo se la hacía. ¿Estaba ese chico aún con vida? Y si era así, ¿qué significaba eso para ellos, para Samara, para todos? ¿Seguían aún en peligro?

    —¿Y ahora qué sigue? —soltó Abra de pronto—. ¿Cuál es el plan?

    —El plan es que reposes esa herida lo mejor posible, y nos pongamos en contacto con tus padres lo antes posible —respondió Matilda sin vacilación alguna.

    —Oh, eso no —exclamó Abra, su voz temblando nerviosa.

    —Sabes que tienes que hacerlo —añadió Cole, volteando hacia atrás para mirarla—. Deben estar muertos de la preocupación sin saber en dónde estás. Y siendo sinceros, legalmente McGee terminó secuestrándote, considerando que eres menor de edad y te trajo desde Indiana cruzando… —hubo una pequeña pausa—. ¿Cómo cuantos límites estatales?

    —Mínimo ocho —contestó Matilda, bastante segura.

    —Un crimen federal, sin duda.

    —Lo sé, lo sé —pronunció Abra irritada, abrazándose a sí misma—. Pero es que no conocen a mi madre. Cuando sepa que me fugué para acá, y encima terminé herida así… no dejará de decirme “te lo dije” hasta que esté casada, y después. Y en serio quiero postergar eso lo más posible.

    Matilda no pudo evitar soltar una pequeña risilla en ese momento, así como tampoco pudo evitar sentirse ligeramente identificada con eso. Y ni siquiera tenía que remontarse a cuando tenía la misma edad que Abra. Hace sólo unas semanas cuando llegó a casa, con una fea herida de bala en su hombro, y siendo casi una mujer de treinta, su mayor preocupación era lo angustiada y molesta que se pondría la Srta. Honey cuando se enterara.

    —Así son las madres —susurró Matilda despacio—. Está en su naturaleza.

    Los tres permanecieron callados casi todo el resto del camino, salvo por algún comentario ocasional. Pese a que ya había pasado un poco más de un día desde el incidente, era obvio que aún se sentían bastante agotados; física y mentalmente.

    Al llegar, Matilda estacionó el vehículo justo enfrente de la casa para que Abra no tuviera que caminar demasiado. Igual como la habían ayudado a subirse, Cole y ella se apresuraron a hacer lo mismo para que bajara del auto.

    —Qué bonita casa —masculló Abra, alzando su mirada para admirar la fachada de la residencia mientras avanzaba a las escaleras del pórtico, agarrada del brazo de Matilda como apoyo para caminar.

    —Gracias, espero que también te parezca cómoda —le respondió la psiquiatra, sonriente.

    —Luego de dormir tantos días en esa bodega o en la parte trasera de una camioneta, creo que cualquier…

    Justo cuando Abra había puesto un pie en el primer escalón, la puerta de entrada se abrió de golpe, y de una forma tan rápida y repentina que jaló la atención de los recién llegados directo al frente. La mujer que estaba de pie ahí en el marco de la puerta principal, no resultó familiar para dos de ellos… pero sí demasiado para una.

    —Abra Stone —pronunció con voz dura y grave, casi como si la garganta le ardiera al hablar, provocando que la aludida respingara intensamente y su respiración se cortara.

    —¿Mamá…? —pronunció entrecortada, dando inconscientemente un paso hacia atrás.

    —¿Cómo que te apuñalaron? —pronunció frenética Lucy Stone, avanzando hacia ella con rapidez—. ¿Qué fue lo que pasó? ¿Estás bien?

    Su tono sonaba a una extraña combinación de preocupación y enojo, inclinándose sin embargo mucho más a la segunda emoción.

    Matilda y Cole estaban bastante confundidos por la escena tan repentina que se formaba ante ellos de un segundo a otro, pero la psiquiatra se las arregló para reaccionar lo suficientemente rápido para moverse y colocarse entre Abra y la mujer que, al parecer, era su madre.

    —Sra. Stone, por favor cálmese —le indicó con voz serena, alzando ambas manos al frente para obligar a que Lucy se detuviera. Cole, por su lado, se apresuró a sujetar a Abra para evitar que se cayera; ya fuera por la debilidad o por la impresión que la había inundado.

    —Hágame el favor de hacerse a un lado —murmuró la mujer despacio, al parecer intentando reflejar la mayor calma que le era posible; que no era mucha—. Quiero hablar con mi hija.

    —Su hija está bien, se lo aseguro. Sí, fue herida, pero fue tratada y ahora está bien. Pero se encuentra débil y cansada, y necesita reposo.

    —Si es el caso, la llevaré de inmediato a casa para que repose allá. Luego de que me expliqué en qué demonios estaba pensando para desaparecerse así —pronunció la última frase con mayor fuerza, asomándose encima del hombro de la mujer castaña para poder mirar directo y manera casi fulminante a su hija.

    —Mamá, por favor, me estás avergonzando —masculló Abra entre dientes.

    —¿Avergonzando? —espetó Lucy, sorprendida y al parecer ofendida—. ¿Cómo te atreves, jovencita? ¿Tienes alguna idea de todo por lo que he pasado? No sabía dónde estabas o si estabas viva siquiera. ¡¿Y me vienes a decir que te estoy avergonzando…?!

    Lucy casi por inercia intentaba sacarle la vuelta a Matilda y aproximársele. Sus intenciones al hacer eso no eran del todo claras, y de seguro no era en lo absoluto violentas, pero igual el instinto protector de Matilda le incitaba a no permitírselo.

    —Vamos a intentar calmarnos un momento, ¿de acuerdo? —murmuraba intentando que su voz se hiciera notar entre todas las emociones a flor de piel.

    Mientras las cosas seguían alterándose, alguien más salió en ese momento por la puerta abierta, y con marcada prisa se dirigió hacia ellas. Resultaba ser otra persona desconocida para Matilda, y eso instintivamente la puso en alerta, en especial al ver cómo se aproximaba.

    —Lucy, por favor —pronunció aquel hombre con firmeza, parándose detrás de la Sra. Stone y tomándola de los hombros con ambas manos para apartarla de Matilda un par de pasos—. ¿Recuerdas lo que dijimos sobre no perder la compostura y ser comprensibles?

    La mujer lo volteó a ver sobre su hombro, sus ojos entornados aún cubiertos de rabia, pero igual no dijo nada.

    Se escuchó entonces una profunda inhalación de sorpresa proveniente de la joven Abra. Al voltear a verla, Matilda notó como ésta tenía su rostro petrificado en una expresión de perplejidad, mucho más que el que había tenido al momento de ver a su madre. Sus ojos totalmente abiertos de par en par, y sus labios ligeramente separados ansiosos por pronunciar alguna palabra que no terminaba de formarse en su cabeza. Tras unos segundos, logró susurrar despacio, apenas logrando ser escuchada:

    —¿Tío Dan…?

    Aquel hombre de cabellos rubios oscuros que sujetaba a Lucy Stone, giró su mirada hacia la jovencita al pie de las escaleras del pórtico, regalándole una pequeña pero radiante sonrisa.

    —Hola, enana —pronunció despacio Daniel Torrance, y escucharlo hablarle directamente fue como una sacudida para Abra, como si la despertaran abruptamente de un profundo sueño.

    —¡Tío Dan! —exclamó con fuerza desbordante de emoción. Y olvidándose por completo de su dolor, o sobreponiéndose a él de alguna forma, se apartó de Cole, subió casi saltando los escalones y se lanzó hacia Danny, hundiendo su rostro contra su pecho y rodeándolo con sus brazos. Y si él no la hubiera abrazado de regreso, quizás se hubiera caído al no poder sostenerse por sí misma, pero eso de momento no le importó—. Estás bien, estás despierto —pronunció con júbilo, estando casi al bordo del llanto.

    —Sí, así es —pronunció Dan, estrechándola sólo un poco y pasando una mano lentamente por su cabeza.

    —Lo siento, lo siento tanto tío… —sollozó Abra, ahora ya más despacio.

    —Tranquila. Ya estamos aquí. Todo estará bien.

    Dan miró de reojo hacia su hermana, que los observaba a ambos en silencio, con sus brazos cruzados, sus ojos entrecerrados y su mueca torcida. Dan no tenía que leer su mente para saber que no le causaba mucha gracia la notable diferencia entre cómo la joven había reaccionado al verla a ella, y cómo lo había hecho al verlo a él. Sin embargo, de momento lo único que pudo hacer fue sonreírle levemente y encogerse de hombros. Eso no ayudó a hacerla sentir mejor.

    Por su parte, Cole y Matilda seguían un tanto consternados por la serie de cambios que habían suscitado uno tras otro. ¿Qué estaba pasando exactamente? ¿Cómo habían llegado esas personas ahí en primer lugar?

    —Matilda, Cole —escucharon el cercano susurró de Jennifer, que hizo acto de presencia en la puerta, apenas asomando medio cuerpo por ésta. Una vez que ambos pusieron su atención en ella, les hizo un ademán con su mano para indicarles que fueran hacia adentro. Ambos no ocuparon de más para precisamente pasar a un lado de Abra y su tío, y avanzar hacia el interior de la casa sin decir nada que rompiera el momento.

    Una vez dentro, Jennifer comenzó a caminar, casi de puntillas, hacia la sala de estar.

    —¿Qué pasó?, ¿cómo es que supieron que Abra estaba aquí? —le murmuró Matilda despacio mientras la seguía, y Cole iba igualmente muy cerca.

    —Hay alguien más que quiere verlos y podrá resolverles esas dudas —contestó Jennifer con una voz extraña y enigmática.

    —¿Alguien?, ¿quién? —preguntó Cole con curiosidad, externando la misma pregunta que invadía la mente de Matilda.

    Jennifer guardó silencio el par de pasos que los separaban de la entrada de la sala. Ingresó escurridiza al interior de ésta, y se hizo a un lado para que ambos pudieran avanzar a su propio paso. Matilda y Cole se pararon bajo el umbral, y observaron al mismo tiempo a las dos personas que ahí se encontraban, una sentada en el sillón más amplio de la sala, y la otra de pie a su lado.

    —Matilda, Cole, qué gusto verlos de nuevo —murmuró aquella que estaba de pie, una mujer joven delgada de cabellos cobrizos muy rizados, y anteojos grandes y redondos, que ambos habrían reconocido rápidamente como Sarah Wheeler. Sin embargo, lo cierto es que apenas y pudieron reparar en ella o las palabras que les había dicho, pues la atención de los dos estaba completamente puesta en la otra mujer, sentada en el sillón. Ésta tenía sus manos apoyadas juntas sobre el mango metálico de un elegante bastón que mantenía delante de ella, y los observaba desde su asiento, esbozando una amplia sonrisa confiada y despreocupada.

    Los recién llegados se quedaron prácticamente petrificados en su sitio, incapaces de reaccionar de manera oportunidad debido a la estupefacción que los invadía.

    —¿Sra. Wheeler…? —murmuró Matilda, sonando claramente como un escéptico cuestionamiento.

    La sonrisa de la mujer en el sillón se ensanchó aún más, y con voz cauta le respondió:

    —Matilda Linda, ya eres lo suficientemente mayor para que te esté recordando que no necesitas llamarme señora. ¿O no?

    Aquellas palabras retumbaron en la cabeza de Matilda, creando prácticamente una explosión de emoción en su interior que se exteriorizó en la forma de una fuerte exclamación de asombro. Llevó por mero reflejo ambas manos a su boca, cubriéndola con sus dedos. Toda la compostura que le quedaba se desquebrajó en ese momento, y llegó de golpe al borde de las lágrimas.

    —¡No puedo creerlo! ¡Estás aquí! —pronunció con la voz entrecortada, aproximándosele con rapidez, aunque deteniéndose repentinamente a mitad del camino—. Sí estás aquí, ¿verdad?

    El rio; era una pregunta bastante válida, tratándose de ella.

    —Estoy aquí —respondió despacio, asintiendo lentamente con la cabeza. Le extendiendo entonces un brazo, indicándole que se le acercara—. Ven aquí, tontita.

    Matilda aceptó de inmediato su invitación y cruzó rápidamente la distancia que las separaba. Se sentó justo a un lado de ella, rodeando rápidamente su cuello con sus brazos y abrazándola con fuerza. Las lágrimas no tardaron ni un segundo más en brotar de los ojos de psiquiatra, comenzando a empapar el hombro del blazer azul de la mujer mayor.

    —No sabes qué tanto me hiciste falta, Eleven —masculló Matilda entre sollozos—. No sabes qué tanto…

    —Me estoy haciendo una idea —le susurró ella despacio con voz cariñosa.

    Ambas se quedaron abrazadas sin decir nada más, observadas bajo las miradas silenciosas de Sarah y Jennifer desde sus respectivas posiciones.

    Cole tuvo una reacción más moderada que su compañera. Él avanzó un poco más lento desde la puerta, observando a la mujer sentada en el sillón con cierta reserva, quizás incluso escéptico de que en verdad fuera la persona que parecía ser. Se detuvo de pie a lado de donde Matilda estaba sentada, y en ese momento El alzó su mirada hacia él, observándolo detenidamente, y le sonrió.

    Al instante, las dudas se disiparon de su cabeza, y Cole se permitió también sonreír.

    —Eleven —pronunció casi riendo.

    —Hizo un gran trabajo, Det. Sear —pronunció El con elocuencia, extendiendo una mano para estrechar firmemente la de él—. Ambos lo hicieron. Estoy muy orgullosa de los dos…

    La atención de El se centró de golpe en la mano que sujetaba de Cole, y en esa visible mancha negra que adornaba la piel de su dorso. Un vestigio de preocupación se hizo visible en su mirada.

    —Quizás no debas estar tan orgullosa cómo crees —pronunció Cole con solemnidad, apartando su mano con cuidado. Respiró hondo, intentando mantener en compostura sus emociones—. ¿Cómo es que despertaste? ¿Qué es lo que pasó?

    Matilda logró en ese momento calmarse lo suficiente y apartarse de Eleven para mirarla. La misma pregunta que Cole había hecho se dibujaba en su rostro humedecido.

    —Siéntense, por favor —les indicó, señalando con su cabeza al sillón delante del suyo—. Tenemos mucho de qué hablar.

    — — — —​

    Mientras en la sala Cole y Matilda tomaban asiento como les habían pedido, en el pórtico de la residencia había comenzado a suscitarse su respectiva conversación entre los miembros de la familia Stone/Torrance. Tras lograr que todos se tranquilizaran, al menos lo más que podían tranquilizarse, Dan, Lucy y Abra se instalaron en la pequeña sala para jardín que la Srta. Honey tenía en el porche para tomar el té. Y una vez ahí, Abra comenzó a contarles a su madre y a su tío, de manera resumida, lo que había ocurrido desde aquel día en Hawkins cuando se separó de Dan hasta ese momento. Su viaje con Charlie y Kali, omitiendo sus nombres directamente (aunque Dan supo de inmediato a quién se refería con una de ellas), como rastrearon a la persona que había atacado a la Sra. Wheeler y a Danny, y planearon la forma de acercársele. Intentó suavizar lo más posibles los sucesos de hace dos días y cómo es que fue herida, omitiendo por ejemplo que prácticamente había sido parte de un tiroteo, que dos de los atacantes eran claramente miembros del Nudo Verdadero (eso se lo compartiría sólo a su tío cuando estuvieran solos), y que alguien había muerto en aquella bodega. Todo eso para no alterar a su madre más de lo que ya estaba, cosa que no logró del todo.

    —¿En qué estabas pensando involucrándote en toda esta locura de esa forma tan irresponsable? —recriminó Lucy Stone con voz asertiva—. En cuánto le ocurrió eso a Dan, lo único que debiste haber hecho es llamarnos, y a lo mucho tomar al primer avión de regreso a casa. ¿Cómo pudiste subirte a la camioneta de una extraña y cruzar medo país? ¿Es que acaso perdiste totalmente la razón?

    —Lucy, cálmate, por favor —pronunció Dan desde su asiento delante de ella.

    —No me digas que me calme —respondió la Sra. Stone con dureza—. Ella ni siquiera debería de haber estado en ese sitio en primer lugar. Se suponía que irías a encargarte de todo eso para no exponerla.

    —No lo culpes a él por nada esto —exclamó Abra tajante antes de que Dan pudiera decir algo—. Yo fui la que se escapó y se subió a ese avión en primer lugar, y la que decidió irse de Indiana por su cuenta dejándolo solo en ese hospital. Soy lo suficientemente grande para responsabilizarme de mis decisiones.

    —Pues evidentemente no lo eres —le refutó Lucy—. Mira cómo terminaron tus decisiones —añadió señalando con su mano hacia su costado herido, el cuál Abra no podía evitar sujetar con una mano como si temiera que todo su interior se le fuera a salir si la retiraba—. ¿Y todo para qué?

    —Tenía que hacer algo, ¡maldita sea! —espetó Abra, repleta de frustración—. ¿Qué no logras entenderlo ni un poco? Ese sujeto es un peligro, ¡para todos!

    —Cuida tu tono —le amenazó Lucy, alzando un dedo delante de ella—. Y no me importa lo que pienses que tenías que hacer. Tú no tendrías en primer lugar que haberte inmiscuido en este asunto que ni siquiera te concernía.

    —¡Es que sí me concernía! ¡Todo este asunto era mi maldito problema desde el inicio!

    Se hizo el silencio, y por un vago momento la actitud combativa de Lucy fue sobrepasada por su confusión.

    —¿De qué estás hablando?

    Abra parpadeó dos veces, y se viró lentamente hacia su tío.

    —Supongo que no le hablaste de eso, ¿o sí?

    Dan torció un poco su boca y se viró instintivamente hacia un lado, evadiendo la mirada fulminante de su media hermana.

    —¿Qué me están ocultando ahora? —inquirió Lucy con voz férrea.

    —Yo no te oculté nada, Lucy —se apresuró Dan a responder—. Solamente no me atañía hablarte de eso, ya que me pidieron que no lo hiciera.

    Las miradas de ambos adultos se fijaron de nuevo en Abra, y especialmente la de su madre exigía ferviente una respuesta. La joven suspiró con pesadez y agachó su mirada al suelo.

    —Resulta que yo sí conocía a la persona que atacó a la Sra. Wheeler —murmuró en voz baja—. Era un chico que conocí unos meses atrás, en el viaje escolar que hice a Manchester. Lo descubrí mientras indagaba en la mente de la Sra. Wheeler. Es por eso que me buscaban. Él siempre supo de mí, quién era y dónde vivía. Toda esta locura comenzó por mi culpa.

    Lucy guardó silencio, contemplando a su hija con expresión indescifrable a simple vista. Tras unos instantes llevó una mano a su frente y talló sus dedos con algo de fuerza por toda ella. Era posible que no fuera capaz de comprender por completo todo lo que le habían estado contando durante ese rato; ya fuera por falta de experiencia en esos temas, o simplemente por la ausencia de un “algo” en su cerebro que le permitiera visualizar todo de la forma en que Abra o Dan veían las cosas. Pero esperaban al menos haber sido capaces de rascar la superficie lo suficiente.

    —Muy bien, al demonio con todo esto —masculló la Sra. Stone de golpe con fiereza—. Nos vamos todos a casa, ahora mismo.

    Abra suspiró con pesada frustración. Al parecer no lo habían logrado.

    —No puedo hacer tal cosa —afirmó Abra con firmeza—. ¿Qué no has oído lo que he dicho? Ese sujeto sigue con vida, y en cuanto pueda irá tras de mí. Y ya sabe dónde vivo, sabe quién es el tío Dan, y muy seguramente también sabe quiénes son ustedes.

    —Si así, entonces… nos mudaremos —respondió Lucy, encogiéndose de hombros—. A cualquier sitio; hasta a México si es necesario. Y si tú también sabes quién es él, entonces denunciémoslo a la policía, que ellos se encarguen.

    —¿La policía? No estás hablando en serio —farfulló Abra con voz casi burlona, lo que no terminó agradando a su madre en lo absoluto.

    —Pues no me importa lo que se tenga que hacer, pero tú ya no te meterás más en esto. Tienes que volver a casa, volver a la escuela, terminar tu semestre y enfocarte en la universidad.

    —Por Dios. ¿Escuela? ¿Universidad? ¿Escuchas lo que dices? Te acabo de decir que hay alguien allá afuera que nos quiere muertos, y que puede hacerlo con tan sólo pensarlo, y tú lo que quieres es que vayamos a escondernos y fingir que nada ocurre. Es tan típico de ti.

    —Abra, por favor… —intentó Dan intervenir, pero los humores de ambas mujeres Stone ya estaban demasiado encendidos para ese punto.

    —Ponte de pie en este instante —exigió Lucy, parándose rápidamente de su asiento—. No nos quedaremos en este sitio ni un minuto más.

    —¡Pues tendremos que quedarnos bastante más que eso! —exclamó Abra con voz desafiante—. Porque para empezar, me dijeron muy claramente que tenía que descansar esta herida al menos cinco días antes de hacer cualquier maldito viaje.

    Lucy entorno ligeramente los ojos al escuchar tal declaración, un tanto desconfiada al parecer.

    —¿Es eso cierto? —cuestionó de golpe, girándose hacia Dan. Muy seguramente buscaba su confirmación como enfermero… aún a pesar de que él no tenía estudios de enfermería en realidad, menos de doctor en medicina; muy a pesar de su apodo de Doctor Sueño. Por suerte sabía algunas cosas, derivadas de la experiencia en primera mano y algo de lectura del tema.

    —Bueno… sí, me parece que sí —respondió, aunque no sonando en realidad muy seguro—. Pero incluso dejando de lado las repercusiones que podía traer el que se subiera a un avión en estos momentos, con una herida tan grave lo más importante los primeros días es el reposo. Y cualquier viaje hasta New Hampshire, por la vía que sea, implicaría una situación agotadora y estresante, totalmente contraria a lo que se requiere. Es importante que esté lo más cómoda posible. Y, más importante aún, debe tener a la mano ayuda médica en caso de que se presente cualquier complicación. Y antes de que lo digas, me refiero a ayuda médica mucho más de la que yo o cualquiera le pudiera proporcionar en un avión, o en un vehículo a mitad de la carretera. Podemos verlo directamente con su doctor si prefieres, pero creo que lo ideal en efecto sería esperar esos cinco días antes de moverla.

    Lucy turnaba su mirada entre uno y otro, como intentando encontrar cualquier rastro de mentira reflejada en sus miradas. ¿Creía que le estaban engañando? Quizás tenía motivos para pensarlo. Pero la herida de Abra era ciertamente bastante real, y no podía ser tomada a la ligera. Una parte de Lucy de seguro lo tenía claro. Pero otra, alimentada por su enojo, ciertamente no la dejaba verlo por completo.

    —Hola —se escuchó de pronto que pronunciaban desde la puerta de la casa, jalando la atención de los tres. Jennifer Honey los miraba y les sonreía desde su distancia, sujetando en sus manos una bandeja metálica, y sobre ésta una tetera humeante y tres tazas—. Disculpen la intromisión —murmuró mientras caminaba hacia ellos—, sólo quise traerles un poco de té para calmar los ánimos. Es lavanda con miel, muy útil para para amortiguar el estrés.

    Jennifer colocó la bandeja en la mesita en el centro de la pequeña salita.

    —Gracias, Srta. Honey —dijo Dan, esbozando la sonrisa más amistosa que le fue posible, dado el aire tan tenso que los rodeaba—. Pero ya le hemos causado demasiadas molestias…

    —No es ninguna molestia —se apresuró Jennifer a aclarar—. Estoy contenta de tenerlos en mi casa, y poder serles de alguna ayuda en este momento difícil. ¿Me permiten servirles?

    Nadie le dio ninguna respuesta afirmativa o negativa, así que la profesora se dio permiso a sí misma para tomar la tetera y comenzar a verter lentamente un poco del líquido opaco y caliente en las tres tazas. Al ver esto, Lucy, quizás influenciada por sus propios modales, volvió a sentarse en su sitio.

    Pero, como al menos uno de ellos sospechaba, servirles té no era la única intención de Jennifer Honey al adentrarse en ese campo de batalla.

    —Si me dejan sólo ser un poco más entrometida —masculló despacio mientras continuaba sirviendo—, no es bueno confundir el enojo con la preocupación. —Aquello jaló inevitablemente la atención de Lucy y Abra—. Si lo analizan bien, ambas quieren lo mismo: que la otra esté bien, y a salvo, aunque en este momento lo vean como posiciones contrarias ya que cada una lo busca por medios diferentes. Yo sé muy bien lo complicada que puede ser la comunicación entre madre e hija, sobre todo cuando una de ellas es tan especial que… bueno, la otra se siente a veces abrumada por eso. Pero la única forma de lograr esa meta que tienen en común, es recordando que, como familia, son un equipo que debe trabajar junto, no enemigas que compiten una contra la otra.

    Lucy y Abra escucharon en silencio aquellas palabras, y justo después se limitaron a mirarse entre sí. Si alguna tenía algún pensamiento u opinión derivada de la reflexión que la Srta. Honey les había compartido, ninguna pareció dispuesta a compartirla de momento. Dan, por su lado, prefería permanecer como mero observador de la escena. Sin embargo, le pareció desde su perspectiva que había surtido algún efecto, pues al menos notó a Lucy un tanto más tranquila. Tanto así que la mujer de Anniston logró relajar sus hombros tensos, suavizar su expresión y extender una mano hacia la taza servida delante de ella y dar un sorbo de ésta. No fue claro si el sabor de la infusión le resultó agradable, pero al menos no dio seña de lo contrario.

    —Está bien —murmuró despacio y con tono mucho más pacífico, justo antes de dar un pequeño sorbo más de su té—. Nos quedaremos esos cinco días para que reposes. Reposes —repitió firmemente señalando a su hija para dejar clara su intención—. Y luego de ese tiempo… ya veremos qué hacer.

    Abra permaneció en silencio, pero se permitió asentir con su cabeza como respuesta. Aquello pareció ser como una pequeña liberación para la joven, pues al instante se permitió también extender sus manos hacia su taza y tomarla con ambas para aproximarla a sus labios.

    —Gracias —susurró despacio antes de comenzar a beber también.

    —Parece ser que nos tocará pasar Acción de Gracias por aquí —masculló Lucy con cierta amargura.

    —Oh, son más que bienvenidos a pasarlo aquí con nosotras —indicó Jennifer rápidamente con cortesía.

    —Gracias, Srta. Honey —contestó Lucy, asintiendo—. Pero en serio, ya no queremos importunarla más.

    —No es importuno en lo absoluto. Será agradable tener la casa llena de personas para variar. Pero, no lo tomen como una imposición. Sólo quiero que sepan que la invitación está abierta.

    —Gracias —se apresuró Dan a intervenir—. La consideraremos, de verdad. Y gracias también por el té.

    —No hay de qué —respondió Jennifer sonriente, y sin más se dispuso a volver al interior de la casa llevando la bandeja metálica consigo.

    —Estas personas son realmente agradables —indicó Danny con certeza una vez que su anfitriona casi forzada se retiró.

    —Quizás demasiado —susurró Lucy, como un pensamiento más para sí misma, seguida de un sorbo de su taza. Sin importar lo que dijera, parecía que al menos el té le había gustado—. Tú no tienes que quedarte aquí, Danny. De seguro tienes que volver pronto a tu trabajo, y ya te hemos causado bastantes molestias. Yo me quedaré aquí con Abra, y veré con David si es posible que nos alcance un día de estos.

    Las palabras de su hermana sonaban sinceras, pero aun así Dan no podía evitar pensar que una parte de ellas provenían del hecho de que no lo quería ahí con ellas en primer lugar. Fue un tanto complicado convencerla de que debía acompañarla hasta ahí, pero cedió más que nada cuando de esa forma David podía volver a casa luego de ausentarse tantos días en el trabajo, con la certeza de que ya sabían dónde estaba su hija y que estaba bien. Quizás no era así, y Dan sólo estaba un poco paranoico.

    Y aunque la idea de volver a Frazier, a su trabajo, y a su vida más o menos normal le resultaba tentadora, como Abra bien había dicho no sentía que ese asunto hubiera terminado todavía. Además, cuando se giró a mirar de reojo a su sobrina, notó como ésta lo miraba de regreso con una expresión que prácticamente gritaba como una súplica: “por favor, no me dejes sola con ella.”

    —Me quedaré sólo un poco más, si están de acuerdo —indicó tras unos momentos—. Sólo para asegurarme de que no haya ningún otro peligro por aquí, y ayudar a Abra en lo que pueda en su recuperación. Si después de Acción de Gracias todo está bien, me iré adelantando a volver.

    —Si es lo que quieres —masculló Lucy con voz ausente, quizás más resignada que otra cosa.

    Obviamente no todo se había aclarado o calmado entre ellos, pero al menos parecía haber habido un progreso.

    FIN DEL CAPÍTULO 121
    Notas del Autor:

    ¿Cómo han estado todos? Espero que muy bien. Como ven luego de terminar el arco anterior, y el flashback de Damien, en estos últimos capítulos nos hemos dedicado mucho a ver a los diferentes personajes involucrados, ver dónde quedaron luego de tan desastroso desenlace, y qué es lo que seguirá para ellos. En este capítulo en especial tenemos un par reencuentros importantes, y que obviamente marcarán el rumbo que ha de seguir los siguientes capítulos. De entrada, justo como Eleven dijo, tiene mucho de qué hablar con Matilda y Cole. Quédense al pendiente pues en los siguientes capítulos veremos mucho de estos tres, que de seguro más de uno ya los extrañaba.
     
  2.  
    WingzemonX

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    Resplandor entre Tinieblas
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    Misterio/Suspenso
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    125
     
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    Resplandor entre Tinieblas

    Por
    WingzemonX


    Capítulo 122.
    Encargarnos de otras cosas

    A pesar de que Matilda y Cole tenían muchas preguntas que querían hacerle a su mentora, lo cierto era que la persona que había estado en coma hasta hace unos días, era Eleven y no ellos. Así que, siendo justos, la que en realidad tenía más preguntas sobre lo que había ocurrido durante todo ese tiempo, era ella. Al menos en lo que respectaba a los detalles más finos del asunto, pues al menos de manera general parecía ya haberse enterado bastante bien.

    Así que turnándose un poco la palabra, ambos comenzaron a explicarle a la recién llegada qué habían hecho desde aquella noche Eola. Mucha de la conversación inicial la llevó principalmente Cole, quién detalló lo mejor posible su investigación y su encuentro con el padre Babatos y el padre Alfaro, y cómo dio con la identidad de Damien Thorn. Algunos de esos detalles la propia Matilda los conocía, pero otros no.

    Matilda igualmente hizo lo propio, explicando aquella llamada que había recibido de un tal Sr. Sinclair, que fue quien le informó del paradero de Samara a cambio del apoyo de uno de los rastreadores. Le sorprendió (aunque en realidad no tanto) que Eleven ya supiera de eso, pues Mónica le había informado los detalles.

    Los sucesos de hace dos días fueron más… complicados de explicar, pero igual lo hicieron lo mejor posible. Eleven los escuchó atentamente a cada momento, con rostro imperturbable. Su hija, sin embargo, sentada a su lado, parecía bastante más afectada por todo lo que escuchaba. Ni en todo el tiempo que ella había estado trabajando y ayudando en la Fundación siendo joven, había pasado por tantas como ellos dos en un par de días.

    Sin embargo, sí hubo dos cosas de lo que Matilda y Cole le contaron que claramente llegaron a perturbar profundamente a la cabeza de la Fundación Eleven: la presencia de Charlene McGee, no sólo en Los Ángeles sino muy seguramente en el pent-house aquella noche… y el destino de Kali Prasad en esa abandonada bodega en la cual ellos estuvieron muy cerca de correr con la misma suerte.

    Sobre todo eso último había tomado a Eleven totalmente desprevenida, y tuvo que tomarse un momento para digerirlo lo mejor posible. Su hija propuso que tomaran un descanso, pero El insistió en qué estaba bien, y tras unos instantes instó a que prosiguieran. Aunque ya no había mucho más que contar después de eso, salvo su huida de aquella bodega, la llegada a la clínica ayudados por los hombres del padre Babatos, y lo que Samara había hecho a la pierna de Cole. Lo siguiente más importante luego de eso, era justo ese momento que estaban viviendo.

    —Pasaron por muchas dificultades en mi ausencia —musitó Eleven una vez que las explicaciones de Matilda y Cole habían terminado. En medio de todo la Srta. Honey les había traído un poco de té, y lo fueron bebiendo sorbo a sorbo mientras charlaban. En ese momento la taza de El ya estaba vacía, así que se estiró para colocarla de regreso en la mesita de centro—. Lamento mucho que haya tenido que ser así. Pero, por otro lado, me alegra ver que tras todo esto ambos lograron solucionar sus diferencias.

    —¿Diferencias? —musitó Matilda un poco confundida, aunque casi de inmediato se le vino a la mente cómo había sido los primeros encuentros entre Cole y ella, y que muy seguramente eso había sido lo último con lo que Eleven se había quedado antes del incidente—. Ah, eso… sí —pronunció despacio—. Bueno, digamos que mucho de lo sucedido me ha ayudado a… abrir un poco más mi mente a otras posibilidades. Y en especial a darme cuenta de que efectivamente estaba siendo bastante obstinada y orgullosa. —Se viró en ese momento directo hacia Cole sentado a su lado. El detective pareció un poco sorprendido en cuanto los profundos ojos azules de la psiquiatra se posaron fijos en él—. Y me disculpo sinceramente por eso… No sé si ya lo había hecho, pero lo hago de todas formas.

    —No tienes nada de qué disculparte —le respondió Cole con una media sonrisa—. No sé si ya lo había dicho, pero lo hago de todas formas.

    Matilda soltó una pequeña risilla divertida como respuesta a su comentario, aunque de inmediato intentó contenerse al darse cuenta de ello. Se sintió un poco avergonzada por aquella tan “poco profesional” reacción de su parte. Eleven desde su asiento observó a ambos con una amplia sonrisa astuta. Definitivamente habían pasado más cosas de las que decían.

    —Bueno, todo lo que me dicen me da una imagen más completa de lo ocurrido —señaló Eleven. Sus dedos jugaban inquietos con su bastón.

    Aquel accesorio de apoyo les había llamado la atención a Matilda y Cole por igual, pues nunca habían visto que ella tuviera que usar uno antes. Sin embargo, no estaban seguros si debían, o podían, preguntar al respecto de forma directa.

    —Pero ahora me toca a mí explicarles un pedazo de este asunto que creo que ninguno conoce aún —declaró Eleven con abrumadora seriedad, destanteando un poco a sus dos oyentes.

    Sin muchos rodeos, comenzó a hablarles del DIC, de quién era su amigo Lucas Sinclair, y de la complica relación que ambos tenían con Charlie McGee. Pero el DIC y a lo que se dedicaban fue el tema más importante, y el que más captó la atención de sus dos protegidos. Cole ya había oído al respecto antes, más que nada por rumores. Matilda, por su lado, aunque había sido informado de los experimentos que se habían hecho en los 70’s y 80’s de boca de la propia Eleven, desconocía que dicha organización seguía funcionando. Y no sólo eso, sino que además la Fundación solía trabajar seguido con ellos; y que incluso ella lo había hecho aquella noche sin querer, al ayudar a ese hombre, Lucas Sinclair, con su asunto.

    Matilda se paró abruptamente de su asiento y caminó unos pasos lejos del sillón, cruzada de brazos. Los ojos atentos de Eleven, Sarah y Cole la siguieron.

    —¿Me estás diciendo que existe una organización del gobierno dedicada a cazar resplandecientes? —soltó con voz gélida, girándose de nuevo hacia El—. Y no sólo eso, sino que es la misma que experimentó hace años contigo, con la Sra. McGee, con Eight… ¿y además su director es tu amigo? ¿Y hemos estado… trabajando con esas personas durante todo este tiempo? No puede ser cierto…

    —Cálmate, por favor —le indicó Eleven, alzando una mano hacia ella—. Las cosas no son como las estás diciendo. La organización que nos hizo todo eso despareció hace años. Ésta es una nueva, que se formó de nuevo hace… relativamente poco.

    —¿Y por eso incluso se llaman igual?

    —No negaré que es cierto que las bases de esta organización se cimientan en aquella que Brenner y otros más formaron hace tiempo. Y soy la primera en aceptar que su sola existencia no me agrada del todo. Pero confío en Lucas y en las personas que tiene a su lado para dirigirla y cuidar que no se vuelva lo que La Tienda alguna vez fue. Y nos guste o no, se necesita de una organización mucho más capacitada y con mayor facultades que las nuestras, para lidiar con amenazas que no podemos controlar.

    —¿Cómo? ¿Cazando a los que son como nosotros? ¿Encarcelándolos sin juicio, abogado ni nada? ¿Tratándonos como monstruos? Eso es justo lo contrario que pensé que esta Fundación representaba. Se supone que debemos ser un apoyo y un lugar seguro para los que tienen estas habilidades, donde puedan desarrollarse y aprender a tener vidas normales. Se supone que debemos ser una ayuda para todos y cada uno de ellos, no cómplices de sus perseguidores.

    —Una ayuda para todos y cada uno de ellos —repitió Eleven con dejo de amargura en su voz—. ¿Y crees que en serio podemos brindar esa ayuda a todos los que tienen estas habilidades únicas, Matilda?

    —Es nuestro deber al menos intentarlo.

    —¿Incluso en el caso de Damien Thorn? —soltó de golpe con seriedad, dejando a Matilda destanteada—. ¿O Lilith Sullivan? ¿Qué hay de Leena Klammer, o el hombre y la mujer que los atacaron y asesinaron a Eight, y casi los matan a todos ustedes? ¿En serio crees que podemos ayudarlos a todos ellos de alguna forma?

    Matilda guardó silencio. Su mirada se mantenía firme, pero se había desquebrajado lo suficiente para dejar en evidencia que no tenía argumentos suficientes para rebatir sus palabras.

    Eleven suspiró con pesadez.

    —Sí, creé esta organización para ayudar a los que son como nosotros; eso nunca ha estado en duda. Pero también he visto de primera mano el grandísimo daño que una persona con el poder suficiente, y una gran oscuridad en su interior, puede causar si no se le detiene a tiempo. Personas con las que no puedes negociar, hacerlos entender o cambiar de opinión. Personas que lo único que quieren es destruir y quemarlo todo a su paso. Y ese tipo de personas, Matilda, no pueden ser salvadas, porque de entrada no quieren serlo. Y para ese tipo de situaciones, me temo se necesita hacer lo que sea para contenerlos, o exterminarlos si es preciso…

    Quizás su rostro sereno no lo demostraba del todo, pero Matilda se sintió casi espantada de escuchar a Eleven decir esas cosas. Y no era para menos; nunca le había tocado oírla decir nada parecido antes, y mucho menos con ese tono tan agresivo, cargando consigo la amargura y el dolor de todas las malas experiencias que había vivido a lo largo de los años, y todas las pérdidas que la habían golpeado con ellas.

    Eleven, sin embargo, pareció ser consciente de esto, así que se forzó a cerrar los ojos y respirar lentamente para así tranquilizarse. Sarah pasaba lentamente su mano su espalda en un intento de reconfortarla. No era común en ella perder el control de esa forma, pero todo eso resultaba difícil para ella, y enterarse de lo de Eight no ayudó en lo absoluto.

    —Pero nunca quise que ustedes, ni ningún otro de mis chicos, tuviera que meterse en algo así —aclaró con voz mucho más tranquila, volviendo a ser la misma comprensiva y serena Eleven que Matilda tanto conocía—. La Fundación no fue hecha para crear soldados ni nada parecido, sino justo para evitar que alguno de estos niños tuviera que pasar por algo como lo que yo, Charlie o Kali pasamos. Y eso es algo que siempre le he dejado bastante claro a Lucas, y que él respeta incondicionalmente. Ustedes están conmigo para proteger y ayudar niños como Samara; no para enfrentar a monstruos como Damien Thorn. En un mundo ideal, ustedes nunca se habrían enterado de nada de lo que les estoy contando ahora, y nunca habrían tenido que pasar por una situación cómo por la que pasaron. Pero… como pueden ver, no me fue posible protegerlos de esto. Y lo lamento enormemente.

    El pesar en su voz era pesado y profundo; ninguno de los presentes sería capaz de negarlo.

    —Tú tampoco tienes que disculparte, El —declaró Cole, inclinándose hacia adelante en su asiento—. Nada de esto fue culpa de ninguno de nosotros. Fue algo que nos sobrepasó, y todos actuamos cómo mejor pudimos.

    Se volteó en ese momento hacia Matilda, con una expresión casi suplicante.

    —Aunque puede que no concordemos por completo en cómo vemos las cosas, todos hemos pasado juntos por esto, y tenemos que seguirlo haciendo. Ya que esto aún no ha acabado.

    Las palabras de Eleven y Cole, y en especial los centellantes ojos de este último, parecieron lograr suavizar un poco el humor de Matilda. Y aunque algo reticente, dejó salir su estrés en forma de un pesado suspiro, y se aproximó de regreso al sillón, tomando asiento de nuevo a lado del detective.

    —Supongo entonces —comenzó a pronunciar con voz moderada—, que el Sr. Sinclar sabía la ubicación de Samara ya que el DIC tenía localizado a Damien Thorn y planeaban ir por él. ¿Correcto?

    Eleven asintió.

    —Llamó su atención inevitablemente luego de atacarme, y comenzaron a moverse rápidamente para investigarlo y aprehenderlo lo más pronto posible. Y todo parece indicar que en efecto, el DIC estuvo en ese pent-house esa noche.

    —¿Ellos fueron los que causaron la explosión? —cuestionó Cole, curioso.

    —No lo creo; ese suena más el estilo de Charlie. Pero lo que hizo al parecer no fue suficiente para matarlo.

    Justo como Abra las había dicho.

    —Tengo entendido que la familia Thorn hizo un comunicado afirmando que el chico ya no estaba en el edificio cuando ocurrió la explosión —señaló Matilda—, y que ahora se encontraba de regreso en Chicago. ¿Es mentira? ¿El DIC lo detuvo esa noche?

    —De eso no tengo confirmación explícita, pero… creo que es lo más probable; y también a Charlie.

    Cole y Matilda se miraron el uno al otro, preocupados por aquella última afirmación.

    —Charlie fue una de las prófugas más longevas del DIC —explicó Eleven—, desde los tiempos de la organización original. Y, además de eso, una de sus mayores amenazas. No es que no tuviera motivos para odiarlos; los tenía, y de sobra. Tantos o más que Kali y yo. —Suspiró—. Pero hace tiempo, Lucas y yo le dimos la oportunidad de dejar todo eso atrás, empezar una nueva vida y olvidarse de todos los rencores del pasado que la carcomían. Pero lo rechazó… No la juzgo, realmente. Quizás, de no haber tenido a mi familia, a mis amigos, la Fundación, y todos estos niños nuevos que me necesitaban, incluidos ustedes, habría terminado siguiéndola. Pero cada una tomó sus decisiones, y tendremos que lidiar con las consecuencias de ellas.

    —¿En dónde los tienen? —inquirió Cole con seriedad.

    —Es difícil decirlo. Lo único que sé es que el DIC tiene una base ultra secreta en algún lugar del este, en un sitio que es capaz de mantener alejada a cualquier proyección psíquica que intente acercarse; incluso a mí. Si es por alguna anomalía natural o por algún aparato artificial que hayan diseñado, no lo sé. Pero ya sea física o mentalmente, nadie puede entrar ni salir de ahí, lo que vuelve virtualmente imposible localizarlo. Si es que acaso quisiéramos hacer tal cosa…

    —¿Y en verdad crees que serán capaces de retenerlo en ese sitio? —mencionó Matilda, escéptica.

    —Esto tampoco lo sé, pero de momento sólo nos queda confiar en que será así y dejar ese asunto en sus manos. Ya que, por otro lado, nosotros debemos encargarnos de otras cosas.

    Hizo una pausa y fijó su mirada, que se había tornado severa, en los dos.

    —Empezando por el hecho de que la policía está buscando a dos personas con su misma descripción exacta, que entraron a la fuerza en ese edificio durante la tarde.

    Aquella repentina acusación hizo que tanto Matilda como Cole respingaran un poco, y de inmediato los inundara una sensación de incomodidad. No había sido su mejor momento, ciertamente.

    —Todo eso fue totalmente mi culpa —indicó Cole con firmeza—. Yo fui el que decidió entrar a ese sitio solo, y creyó ingenuamente que podría controlarlo todo por su cuenta. Matilda sólo ingresó de esa forma para salvarme el trasero.

    —Muy noble de tu parte el decirlo, Cole —indicó Eleven, asintiendo—. Pero para el caso, no es relevante. Entiendo mejor que nadie la situación tan difícil por la que pasaron, y cómo tuvieron que reaccionar de la mejor forma posible dado el momento. Por lo cierto es que se expusieron demasiado, y a todos nosotros de paso.

    —Lo sentimos —respondió Matilda con voz resignada, hablando claramente tanto por ella como por Cole—. Te aseguro que ninguno deseaba que las cosas escalaran de esa forma. Y sé también que a raíz de eso, Cole y Abra salieron grave heridos, y Eight… —Matilda hizo una pausa y respiró profundo por su nariz antes de volver a hablar—. Pero logramos sacar a Samara de ese sitio y alejarla de ese individuo. Y, siendo honesta, no estoy segura si hubiéramos podido hacerlo de otro modo.

    —Tal vez no —señaló Eleven sin ironía alguna—. Como sea, lo hecho, hecho está. Lo importante es que pudieron salir de esa situación, pero ahora toca arreglarla de alguna forma. Y es justo para este tipo de circunstancias que conviene ser amigos del DIC. Ya arreglé con Lucas que sus nombres no sea involucrado en lo absoluto en lo sucedido, y cualquier sospecha sea desviada en otra dirección.

    —¿Y cómo harán eso? —cuestionó Cole con curiosidad, aunque también con evidentes reservas.

    —Sólo digamos que ya tienen todo un protocolo para atraer a su jurisdicción cualquier caso que involucre la posible presencia de un Usuario Psíquico, y así poder controlar lo mejor posible la información.

    A Cole esa descripción hizo que se le viniera a la mente aquello que Vázquez le había mencionado en Eola, sobre una agencia que había aparecido en Portland para encargarse del incidente del Providence Medical Center, o como el Jefe Thomson le había comentado que los federales habían tomado control total del caso de Leen Klammer y el flujo de la información. Ahora que sabía que el DIC estaba de alguna forma involucrado, todo parecía encajar y tener más sentido.

    —Y en el caso de lo sucedido hace dos días —prosiguió Eleven—, ellos son los primeros en desear que su participación en ese incidente no sea del dominio público. Así que se encargarán de dar una versión de los hechos que se acople a sus intereses; y, de paso, también a los nuestros. Así que por lo pronto no deben preocuparse de eso. Sólo no se metan en más problemas en los próximos días.

    Matilda estaba asombrada con la forma tan calmada y casual en la que Eleven mencionaba todo aquello; como si recibir la ayuda de una agencia del gobierno para encubrir crímenes y mentirle a la gente fuera de lo más normal para ella. Aunque, luego de todo lo que había escuchado durante esa plática, era posible que en efecto sí lo fuera.

    —No creo sentirme cómoda con ese tipo de “ayuda” —masculló Matilda con sequedad.

    —Te aseguro que será más cómodo que ir a prisión —sentenció Eleven con dureza, dejando a Matilda sin ninguna contestación posible, o al menos no una que quisiera compartir—. Aclarado ese punto, el siguiente que nos atañe es quizás el más importante y el que requiere una acción inmediata. Y me refiero a Samara Morgan.

    La sola mención de la niña de Moesko en ese contexto, puso en alerta a Matilda, que de inmediato se sentó más derecha en su asiento, notándosele algo tensa.

    —¿Qué quieres decir?

    —A que oficialmente —dijo Eleven—, lo último que la gente sabe es que fue secuestrada en Oregón por Leena Klammer y llevada al sur hacia alguna locación desconocida. Sería bastante contraproducente que se enterarán que de hecho está en estos momentos en la planta alta de esta casa. —Al mencionar aquello, apuntó con su bastón en dirección al techo sobre ella—. Es por eso que antes de que alguien lo descubra y tengamos que responder preguntas incómodas, tenemos que hacer que reaparezca públicamente.

    —¿Cómo?

    —Los detalles aún no los tengo claros. De hecho, en uno rato más tengo que ir a hablar con la persona que nos ayudará con eso. —Volteó a ver a su hija mayor sentada a su lado al señalar eso último. Sarah asintió lentamente, confirmando sus palabras—. Pero les puedo adelantar que Cole tendrá que desempolvar su traje héroe una vez más.

    Cole pareció confundido al inicio ante la mención a su persona, aunque rápidamente una idea pareció cruzarle por la cabeza, pues sonrió casi divertido de pronto.

    —¿Así que seré de nuevo el policía solitario que rescató a la niña en problemas? —masculló Cole con tono socarrón. Aquello extrañó un poco a Matilda, en especial porque ambos habían usado la expresión “una vez más” y “de nuevo”. ¿Ya habían tenido que lidiar con esto antes?

    —No es muy lejos de la verdad, considerando tu intento de rescate —señaló Eleven, rozando peligrosamente en un regaño—. Y sirve también que varios otros policías saben que estuviste estos días por aquí investigando por tu cuenta. Sólo habrá que decidir la mejor forma de manejar la narrativa, pero eso se los comunicaré más tarde, o mañana a más tardar. Pero como sea que vaya a ser, una vez que las autoridades y el público sepan que ha sido rescatada, lo siguiente será llevarla de regreso a Washington con su padre adoptivo.

    —¿Qué? —exclamó Matilda, casi horrorizada por la idea—. ¿Su padre? Eleven, él… no quiere saber nada de ella. La culpa por todo, en especial por lo que le pasó a su esposa. Regresarla con él sería un peligro. Temo lo que pudiera hacerle…

    La psiquiatra sintió un tremendo escalofrío recorriéndole el cuerpo, en cuanto a su mente volvían las imágenes de aquella horrible visión que había tenido de Anna Morgan intentando asfixiar a Samara y tirándola en aquel pozo para encerrarla. Nada le garantizaba que su padre no fuera capaz de hacer lo mismo; de hecho, lo consideraba casi un hecho.

    —Quizás sea cierto —asintió Eleven—. Pero por lo menos hasta ahora, es su tutor legal, y quien tiene la última palabra sobre el destino de la niña. Claro, él y las cortes. Es por eso que tú irás con ella, Matilda, y te asegurarás de que todo salga bien con su padre. Ya sea que él la reciba de regreso o no, será una transición muy difícil para ella, y te necesitará más que nunca.

    No necesitaba que se lo dijera; Matilda ya tenía decidido que acompañaría a Samara en cuanto la idea fue planteada, incluso si Eleven no hubiera estado de acuerdo. Pero su expectativa era mucho más que sólo servir de apoyo.

    —Eleven, yo… —murmuró la psiquiatra en voz baja agachando la mirada—. Yo he considerado… si el Sr. Morgan no desea recibirla de regreso, o si estar con él representa un peligro real… yo quisiera hacerme cargo de ella…

    Los ojos de Eleven se entrecerraron un poco, dibujando en su rostro una expresión de ligera confusión.

    —¿Te refieres a que quieres adoptarla? —cuestionó la Sra. Wheeler sin muchos rodeos.

    —¿De verdad? —se escuchó de pronto la voz de Jennifer cuestionar desde la puerta de la sala. Las miradas de todos se viraron hacia ella, pero en especial la de su hija adoptiva, azorada de verla ahí de pie, abrazando contra sí la charola metálica en la que le había llevado el té a las personas que conversaban afuera—. Matilda… ¿tú quieres…?

    Jennifer se veía bastante asombrada. Hasta ese momento Matilda sólo le había comentado que Samara se quedaría un tiempo con ellas, pero no había aún planteado la posibilidad de que aquello fuera algo más permanente.

    —Lo siento... —masculló Matilda vacilante, parándose de su asiento—. Quería hablarlo contigo en cuanto las cosas se calmaran. Pero yo… —Matilda turnó su mirada entre Eleven y su madre; las dos personas cuya opinión más peso tenía para ella en el mundo entero—. Samara es una niña única; más incluso que otros resplandecientes que hemos conocido antes. Con su padre no estará segura; tampoco en un orfanato, o un hogar temporal o adoptivo donde no entiendan sus habilidades y la manera de manejarlas. Pero sé que yo, con el apoyo de la Fundación, y el tuyo —indicó girándose de nuevo hacia Jennifer—, puedo darle todo ese amor y seguridad que ella se merece y necesita. Así como tú me lo diste a mí…

    Jennifer respiró lentamente y agachó su mirada hacia su reflejo distorsionado en la superficie lisa de la charola que sujetaba. Su rostro era una máscara indescifrable en la que no era claro qué era lo que sentía o pensaba sobre lo que le estaban diciendo, y eso comenzaba a causarle un poco de angustia a Matilda que esperaba expectante su respuesta. No estaba segura de qué haría si le decía que no estaba de acuerdo, o que no pensara que ella estaba lista para tomar una responsabilidad como esa.

    Tras unos dolorosos segundos de espera, la Srta. Honey habló al fin:

    —Decidir ser madre es un gran paso, Matilda. Es aceptar una tremenda responsabilidad en tu vida, que además se vuelve diez veces más retadora si la criatura que decides acoger es “única”.

    Todos los presentes supieron de inmediato que hablaba por experiencia propia.

    —Pero —prosiguió—, si una… ingenua y soñadora maestra de primaria con la cabeza en las nubes pudo hacerlo ella sola, no me cabe la menor duda de que alguien como la Dra. Matilda Honey será la mejor madre que esa pequeña pudiera pedir en cualquier vida. —Levantó de nuevo la mirada hacia su hija, y una amplia y radiante sonrisa se dibujó en sus labios—. Y no tendrás que hacerlo sola; por supuesto que yo estaré aquí para apoyarte en todo lo que necesites; a ambas.

    Matilda sintió una oleada de calor quemándole el pecho, subiendo por su cabeza y amenazando con brotar de su cuerpo en la forma de densas lágrimas. Logró contenerlas, sin embargo, y sobreponerse lo suficiente para avanzar hacia su madre y estrecharla firmemente entre sus brazos. Jennifer hizo a un lado la charola, y le correspondió con su brazo libre.

    —Gracias —murmuró despacio cerca del oído de su madre—. Has hecho ya tanto por mí en todos estos años. No es justo que siga pidiéndote tanto más.

    —Eso es lo que las madres hacen —le respondió Jennifer despacio como respuesta—. Ya lo entenderás tú misma.

    El momento casi tenso y serio por el que estaban pasando hasta hace un momento había dado un giro hasta convertirse en algo más. Y aunque para algunos como Jennifer aquello resultaba algo repentino, para Cole era algo esperado, y eso se notaba en cómo contemplaba aquello con una sonrisa de satisfacción y orgullo.

    Tras unos momentos Matilda y Jennifer se separaron, y dicho cambio fue la indicación que Eleven tomó para intervenir.

    —Si es lo que has decidido, yo también te apoyaré para lograrlo —indicó con solemnidad—. Pero para lograr que eso ocurra, primero tienes que hacer las cosas bien. Tienes que llevar a la niña de regreso, y una vez allá apelaremos a que lo mejor para ella es estar a tu cuidado. Pero un paso a la vez. Primero necesitamos que deje de ser una niña desaparecida, y para ello tengo que ir a mi siguiente “cita”.

    Eleven se puso de pie en ese momento. Sin embargo, al hacerlo ocupó apoyar ambas manos en su bastón, y adicionalmente Sarah tuvo que ayudarla tomándola de un brazo. Aquello dejó perplejos a Matilda y Cole. Aún ya de pie, Sarah seguía sujetándola firmemente de su brazo, y parecía por un momento que si la soltaba la mujer se fuera a desplomar al suelo. Era casi como si su mentora hubiera envejecido veinte años de golpe. ¿Era acaso eso una secuela que le había dejado el estado inconsciente en el que se había sumido?

    Al observar los rostros de sus dos colegas, Eleven pudo detectar fácilmente la incertidumbre en ellos.

    —Tranquilos —les comentó con una sonrisa despreocupada—. Tristemente no es la primera vez que terminó tan debilitada luego de usar mis poderes al máximo… aunque sí la primera en la que caigo en coma por un ataque de esta magnitud. Según mis médicos, debería haberme quedado en cama al menos una o dos semanas más, pero es obvio que no podía darme ese lujo. Necesitamos resolver todo esto lo antes posible.

    —Eleven, si en verdad estás tan débil, no deberías exponer tu cuerpo a esfuerzos innecesarios —indicó Matilda, incapaz de ocultar su preocupación—. Estamos felices de tenerte de nuevo a nuestro lado, pero lo que menos queremos es que termines perjudicándote más, y en especial por nuestra causa.

    —Te aseguro que ya tuve suficientes regaños de mi familia por haber decidido venir aquí —masculló Eleven, alzando una mano al frente para indicarle a Matilda que parara de hablar—. Y sí, todos tienen razón. Y prometo que en cuanto encaminemos todo esto en la vía correcta, me tomaré un merecido descanso. Y, de hecho… —Hizo una pequeña pausa, y luego prosiguió—. Puede que sea uno bastante largo, pues ya estoy pensando seriamente en mi retiro.

    Todos se quedaron en silencio unos instantes al escuchar aquello, y la confusión y el asombro se apoderó de sus rostros; incluso del de Sarah.

    —¿Tu retiro? —cuestionó Cole, parándose también por mero reflejo—. ¿De la Fundación? ¿Hablas en serio?

    Eleven asintió.

    —No es el sitio ni el momento para conversar a detalle de esto. Pero basta con decir que toda esta experiencia me hizo darme cuenta de mis verdaderos límites, y también de lo que es realmente importante. —Colocó en ese momento su mano sobre la que Sarah tenía en su brazo—. Y aunque siempre estaré aquí para apoyar a cada uno de ustedes en lo que pueda, es momento de que vayamos encaminando la Fundación para que pueda seguir adelante sin mi intervención directa.

    Matilda y Cole se miraron entre ellos en silencio. La idea de que la Fundación pudiera existir sin Eleven, si bien resultaba lógica, era a su vez difícil de imaginar para ambos. Ninguno esperaba encontrarse esa mañana con una noticia como esa, y ciertamente les causaba una profunda mezcla de sentimientos.

    —Eleven —masculló Cole con seriedad—. Esto no se debe a que… temas volver a enfrentarte a ese chico, ¿o sí?

    Eleven guardó silencio unos instantes antes de responder.

    —No —masculló despacio—. Y en parte quizás sí. Pero dejando de lado a Damien Thorn, la Fundación y nuestro trabajo es muy importante, y creo que lo será aún más dentro de poco. Por ello es crucial que todo esto pueda proseguir, pasara lo que tuviera que pasar. Y no crean que es una decisión que estoy tomando a la ligera. Esto es algo que ya he venido pensando y trabajando por bastante tiempo atrás. Empezando por tener desde hace mucho muy claro a quién deseo como mi sucesora.

    Tras soltar tal declaración, los ojos de Eleven se colocaron fijos en una persona en específico de esa sala. Y dicha persona, aunque al inicio no se dio cuenta de este acto o el por qué detrás de él, tras unos segundos la insinuación que Eleven trataba de hacer se volvió bastante evidente; para ella y para todos los demás.

    —¿Qué…? —exclamó Matilda, aturdida y confundida—. ¿Yo…? Eleven…

    Sentía la lengua trabada, incapaz de articular una oración de dos palabras o más. Y antes de que lo siguiera intentando, la Sra. Wheeler alzó de nuevo una mano hacia ella, indicando que se detuviera.

    —Como dije, no es el sitio ni el momento para discutirlo —señaló con firmeza—. Ya habrá tiempo. Sarah. —Se giró hacia su hija a su lado—. ¿Puedes ir pidiéndonos un vehículo?

    —Sí, enseguida —respondió la joven mujer, permitiéndose soltarla con cuidado para sacar su teléfono.

    —Cómo mencioné, tenemos otra cita —indicó Eleven con algo de humor en su voz—. Pero antes de que nos vayamos, quisiera conocer a Samara. Si estás de acuerdo.

    La pregunta iba obviamente dirigida a Matilda. Sin embargo, ésta seguía tan aturdida que batalló para poder salir de ese estado y reaccionar.

    —Sí, claro… dame un minuto.

    Sin más se retiró de la sala con prisa, quizás con más prisa de la necesaria, y se dirigió a las escaleras que comunicaban a la planta superior. Eran tantas las emociones que le recorrían el cuerpo que sentía sus piernas casi como gelatina.

    — — — —
    Sólo unos pocos minutos después, Matilda venía ya de regreso con Samara tomada de su mano. A falta de otro atuendo mejor con el cual presentarse, la niña se había vestido con las mismas ropas con las que la habían recogido del pent-house de Thorn (tras al menos una pasada por la lavadora de la Srta. Honey). Eleven las observó desde el pie de la escalera, sonriendo con entusiasmo mientras ambas bajaban los escalones. Los rostros nuevos pusieron particularmente nerviosa a la pequeña de cabellos negros, y Matilda lo pudo notar por la forma en la que su mano se aferraba más firmemente a la suya.

    —Está bien —le murmuró despacio, sólo para ella—. Son mis amigas, no tienes nada que temer.

    La niña asintió, aunque no parecía en realidad del todo segura con esa afirmación.

    —Samara —murmuró Matilda solemne, una vez que pasaron el último escalón—. Ella es la Sra. Wheeler, la cabeza de la Fundación Eleven. ¿Recuerdas que te hablé de ella en alguna ocasión?

    Samara permaneció callada, observando desde abajo el rostro de aquella mujer de cabello rizado, y sus ojos cafés que la observaban de regreso a través del cristal de sus anteojos cuadrados.

    —Hola, Samara —musitó El con voz cariñosa, extendiendo una de sus manos hacia ella mientras la otra se mantenía aferrada a su bastón—. Me llamo Jane, pero todos mis amigos me llaman Eleven. Es un gusto conocerte al fin. He oído mucho sobre ti.

    Samara contempló la mano que le extendía por unos instantes, antes de animarse a soltar a Matilda y estrecharla tímidamente entre sus dedos delgados

    —Mucho gusto —susurró la niña despacio, inclinando un poco la cabeza de tal forma que parte de sus cabellos cayeran frente a su rostro.

    —Nos alegra mucho tenerte a salvo con nosotros una vez más. Sé que has pasado por cosas desagradables, pero te prometo que todo eso quedará atrás y ya no tendrás que esconderte, ni tampoco estar encerrada. Ya nos estamos moviendo para que eso suceda. Así que por el momento quédate tranquila, y dentro de poco te diremos exactamente qué es lo que haremos para que puedas retomar tu vida.

    —¿Retomar mi vida? —masculló la pequeña, alzando de nuevo su mirada—. ¿Volveré al psiquiátrico…?

    —No, claro que no —se apresuró a responder Matilda—. Te aseguro que no volverás a ese horrible lugar otra vez.

    —Entonces… ¿Iré a prisión? —inquirió abatida, dejando a los demás un tanto desconcertados—. Damien dijo que si volvía, lo más seguro era que me encerraran. Por lo que le hice al Dr. Scott, a mi madre, a ese hombre del motel…

    Samara agachó la mirada y se abrazó a sí misma, comenzando a temblar ligeramente. Matilda reaccionó de inmediato a esto, agachándose a su lado para rodearla en sus brazos; un acto muy similar al que Jennifer Honey había hecho más temprano en la cocina.

    —Eso no tiene que preocuparte ahora —susurró al psiquiatra, pegando sus labios contra sus cabellos oscuros—. Lo que tenga que pasar, no tendrás que afrontarlo sola. Y te prometo que todo lo que hagamos de aquí en adelante será para tu bien.

    —Confía en Matilda —señaló Eleven con firme confianza en su voz—. Haz lo que ella te diga, y todo saldrá bien. Te lo prometo.

    Eleven culminó su comentario con un discreto guiño de su ojo, que a Samara por algún motivo le inspiró confianza. La niña asintió con la cabeza y respiró lentamente por su nariz, intentando tranquilizarse.

    —Gracias…

    —Es lo que hacemos —respondió Eleven, sonriente.

    —El automóvil ya está cerca, mamá —le murmuró Sarah a su lado para llamar su atención.

    —Sí, claro. Tenemos que irnos, Samara. Pero si todo sale bien, nos veremos esta noche para seguir discutiendo todo esto. Mientras tanto, pórtate bien y hazle caso a Matilda y a la Srta. Honey. —Extendió entonces su mano, permitiéndose darle un par de palmaditas en la coronilla de su cabeza—. Matilda, Cole, nos vemos más tarde.

    —¿Y nos dirás entonces a quién irás a ver con exactitud? —preguntó Cole, mientras observaba cómo ambas mujeres Wheeler se aproximaban a la puerta.

    —Creo que es un viejo conocido suyo, detective —respondió Eleven con tono jocoso, tomándolo un poco desprevenido. Y la siguiente pregunta que surgió en la cabeza de Cole, fue exactamente la misma que Lucas Sinclair tendría tras su conversación del día anterior:

    «¿Qué estás tramando ahora, Eleven?»

    Pero en su caso, no tendría que esperar mucho para obtener una respuesta.

    Una vez en el pórtico, Jane y Sarah casi chocaron con Abra, Lucy y Dan, que ya también habían concluido su charla, así como su té, y se dirigían al interior para despedirse.

    —Sra. Wheeler —musitó Abra, sorprendida de verla de pie ante ella, pese a que sus padres ya le habían comentado que habían llegado ahí todos juntos.

    Eleven se giró a mirarla, y una renovada sonrisa de entusiasmo le iluminó el rostro.

    —Al fin nos conocemos de frente, Abra —murmuró despacio, extendiendo su mano hacia ella del mismo modo que lo había hecho con Samara. La joven de Anniston, sin embargo, no vaciló tanto en estrechársela—. Aunque sé que en realidad ésta no es la primera vez que estamos físicamente la una frente a la otra. Sólo que en ese otro momento yo estaba… algo ausente.

    —Sí, claro —pronunció Abra, riendo un poco—. Lamento el desastre que hicimos en su cabeza, y el que no pudiera ayudarla como quería.

    —Oh, pero lo hiciste, te lo aseguro —señaló Eleven con certeza—. Estoy bastante convencida de que los golpes que le diste a ese mocoso petulante en ambas ocasiones, ayudó a que tu tío y yo estemos ahora de pie.

    —¿Cómo es eso? —cuestionó Abra, un tanto escéptica.

    —Yo tampoco estoy muy segura, pero sé que es así. Y como fuera, yo debo disculparme contigo, pues fue mi intromisión al querer buscarte lo que te jaló a toda esta locura en primer lugar.

    —No del todo —negó Abra de inmediato—. Damien y yo… ya habíamos tenido un pequeño encuentro antes de que usted me encontrará. Creo que estaba en nuestro destino cruzarnos de nuevo de una u otra forma…

    Antes de que Eleven pudiera responderle algo, el vehículo que Sarah había pedido fue visible por el camino de la casa, aproximándose en su dirección.

    —Nuestro transporte llegó —indicó El apuntando al frente, aunque de inmediato se volvió de nuevo hacia Abra—. Espero en verdad poder hablar contigo con mucha más calma uno de estos días. Por todo lo que he oído y visto, me doy cuenta de que eres una jovencita más que excepcional. Sería todo un privilegio que te nos unieras en la Fundación. Creo que hay muchos como tú que pueden beneficiarse de contar con tu apoyo.

    El rostro entero de Abra se iluminó como árbol de navidad al escuchar tal propuesta.

    —Eso sería… —comenzó a pronunciar con marcada emoción, pero sus palabras fueron cortadas por un discreto carraspeo de su madre a su lado. Al mirarla, pudo notar por su expresión que la idea no la entusiasmaba tanto como a ella. Bueno, ya habría oportunidad de discutirlo—. Eso sería bueno —respondió con más moderación—. Me encantaría que pudiéramos hablarlo.

    Eleven asintió, leyendo por el ambiente que en efecto sería algo para discutir en otra ocasión.

    —Sra. Stone, Sr. Torrance —saludó a ambos con un leve movimiento de su cabeza—. Fue un placer viajar con ustedes.

    —Gracias por todo, Sra. Wheeler —le respondió Dan con entusiasmo—. Espero que todo salga bien de su lado.

    Eleven comenzó a bajar los escalones del pórtico con la ayuda de su hija mayor. El conductor del vehículo ya se había bajado para abrirles la puerta.

    De pronto, Abra pareció recordar algo.

    —Sra. Wheeler, espere un minuto —pronunció en alto, avanzando un par de pasos rápidos hacia ella, aunque deteniéndose justo después de eso por su herida. Eleven, con sus pies ya en el camino de cemento, se giró de regreso hacia ella—. ¿Usted sabe en dónde está Damien en estos momentos?

    —No con total seguridad —respondió El con voz neutra—. Pero donde quiera que esté, te aseguro que no debes preocuparte de momento por él. Sólo debes enfocarte en descansar y recuperarte de esa herida.

    —Supongo, pero… —masculló indecisa, agachando un poco su mirada. Miró hacia el chofer que aguardaba a lo lejos, y bajó los escalones para poder estar más cerca de El y hablar con voz más baja—. No sé cómo explicarlo, pero hace dos noches tuve un sueño bastante vivido, en el que aparecía Damien más joven, y un chico que creo que era su primo, y… Bueno, el caso es que no creo que haya sido un sueño. Parecía más un recuerdo, de cosas que realmente le pasaron, pero de las que yo no tenía conocimiento alguno. No tengo idea de por qué vi eso, pero siento que quizás él intentó de alguna forma comunicarse conmigo y terminó mandándome esas imágenes; algo parecido a lo que me sucedió la noche de su ataque, que pude ver lo que le ocurría a la distancia. ¿Cree que pudiera ser el caso?

    Eleven la observó en expresión estoica, aunque reflexiva mientras hacía aquella descripción.

    —No creo que haya sido lo mismo —respondió con firmeza tras un rato, también regulando su voz—. No puedo explicarte cómo o por qué, pero si es que está justo en dónde creo, no hay forma de que ninguna proyección o pensamiento entre o salga de ese lugar. Lo que puede haber sido es que, tras ese encuentro que tuvieron hace dos días en el que cada uno vertió todo su ser en el otro, quizás pudiste sin querer penetrar en una parte profunda de su cabeza, y extraído alguna de sus memorias sin darte cuenta. Y éstas se te mostraron solamente hasta que pudiste tener tu mente despejada y descansada.

    —Pero entonces… —musitó Abra, vacilante—. ¿Puede que lo que vi… haya sido real?

    —O quizás sólo fue un sueño —señaló El, encogiéndose de hombros—. ¿Hay algo en eso que viste que te tenga particularmente inquieta?

    Abra desvió su mirada hacia otro lado, casi como si se sintiera avergonzada de alguna forma. No sabía si decir que “inquieta” era como se sentía, pero sí se encontraba muy pensativa sobre ese tema. Aun así, no era algo que deseara compartir en esos momentos, o siquiera permitirse darle una forma completa en su propia cabeza.

    —No, no es nada —respondió, no muy sincera en realidad.

    —Mamá, tenemos que irnos —le apuró Sarah a su madre.

    —Sí, vamos —le respondió Eleven apremiante—. No tienes que preocuparte, Abra —le dijo rápidamente a la jovencita antes de reanudar su marcha—. Ya veremos la forma de asegurarnos de que ese chico no vuelva a ser una amenaza para ninguno de nosotros.

    Abra le sonrió y la despidió con una mano mientras subían a aquel vehículo. En el fondo, sin embargo, ella no estaba muy segura de que eso que decía pudiera ser posible.

    FIN DEL CAPÍTULO 122
     
  3.  
    WingzemonX

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    Resplandor entre Tinieblas
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    Misterio/Suspenso
    Total de capítulos:
    125
     
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    Resplandor entre Tinieblas

    Por
    WingzemonX


    Capítulo 123.
    Era mi hermana

    Un rato después de que Eleven y Sarah se fueran, la familia Stone/Torrance decidió hacer lo mismo. En vista de que tendrían que quedarse en Los Ángeles al menos por cinco días, buscarían un hotel en cuál hospedarse y que Abra pudiera descansar su herida. La Srta. Honey les ofreció ver la posibilidad de acomodarlos en su casa; después de todo, ya habían previsto hospedar a Abra por un tiempo. Sin embargo, rechazaron su invitación de forma educada y ella no les insistió.

    Pidieron un taxi que pudiera llevarlos a la zona hotelera, y mientras lo esperaban se fueron despidiendo. Abra en especial les agradeció profundamente a Matilda y Cole por ser tan atentos con ella. La joven prometió además intentar ir en Acción de Gracias para saludarlos, aunque tuviera que venir ella sola. Igualmente se despidió de la Srta. Honey, agradeciéndole también el haber estado dispuesta a abrirle las puertas de su casa.

    La última persona de la que se despidió, o al menos intentó hacerlo, fue Samara, aunque más bien entre ellas se formó un extraño e incómodo silencio, que Abra rompió apenas con un escueto:

    —Nos veremos después.

    A lo que Samara respondió apenas con un leve asentimiento de su cabeza.

    En retrospectiva esas eran quizás las únicas palabras que habían intercambiado entre ellas desde que sus caminos se cruzaron hace algunas noches. Abra no podía explicarlo, pero había algo en la sola presencia de esa niña que la ponía tensa. Quizás era debido a ese espíritu que había visto la noche de la fiesta y casi la ahogaba, o quizás era por otro motivo. No lo tenía claro, pero tenía el presentimiento de que ella sentía algo muy parecido hacia ella. Quizás si se conocieran un poco mejor eso podría cambiar.

    Una vez que Abra, Dan y Lucy se subieron a su taxi, Matilda, Cole, Jennifer y Samara los despidieron desde el pórtico y observaron atentos mientras se alejaban. Tan rápido y repentino como la casa se había llenado de gente, así mismo se fue vaciando.

    —Bueno, la buena noticia es que la habitación que habíamos preparado para Abra puede ser para ti, Samara —comentó Jennifer, agachándose a lado de la niña—. ¿Qué te parece?

    La niña se sobresaltó un poco, e instintivamente su mano buscó la de Matilda, estrechándola con algo de fuerza.

    —¿Podría seguir durmiendo contigo un poco más? —preguntó tímida, alzando su mirada para ver a Matilda a los ojos.

    —Seguro, pero… ¿no te gustaría tener un poco más de privacidad? —le respondió la psiquiatra con media sonrisa. Samara no le respondió, y solamente volvió a agachar su mirada, ocultando su rostro detrás de sus largos cabellos—. Está bien, de momento hagámoslo así y luego lo hablamos con más calma, ¿de acuerdo? —propuso colocando una mano sobre el hombro de la pequeña—. Ahora, ¿por qué no acompañas a la Srta. Honey adentro y la ayudas a servir los panqués? Yo voy en un segundo, sólo necesito hablar un poco a solas con Cole.

    —Los panqués se van a enfriar —respondió Samara con ligera alarma.

    —Los podemos volver a calentar —indicó Jennifer con calma, colocando una mano atrás de su espalda para guiarla hacia adentro—. Ven, apuesto a que te estás muriendo de hambre. Te daré doble ración ya que te has portado muy bien, ¿te parece?

    Samara acompañó a la Srta. Honey al interior de la casa, volteando un momento sobre su hombro a mirar a Matilda, y luego despareció de su rango de visión.

    Una vez estuvieron en el pórtico sólo Cole y ella, Matilda se permitió exhalar un pesado suspiro de cansancio; más mental que físico. Se aproximó al barandal que rodeaba el pórtico y apoyó ambas manos en éste, estirando un poco sus brazos y su espalda. La herida de su hombro le provocó un pequeño respingo de dolor, pero ya no era tanto como antes. A pesar del ajetreo de hace dos días, creía muy posible que pudieran quitarle los puntos pronto como había previsto Dr. Shawn. Esperaba que pudiera ser antes de que tuviera que viajar de regreso al norte con Samara.

    —Vaya mañana, ¿no? —comentó Cole con tono relajado a sus espaldas.

    —Vaya mes, diría yo —contestó Matilda con voz risueña. Se giró entonces para ahora apoyar su parte trasera contra el barandal y poder ver a Cole de frente—. ¿Tú qué opinas de todo esto?

    —¿A qué de “todo esto” te refieres con exactitud?

    —Pues… a “todo” en general, supongo —respondió Matilda cruzándose de brazos—. El asunto con el DIC, lo de hacer parecer como que encontramos a Samara en circunstancias totalmente distintas, lo de ser la “sucesora” de Eleven… —Hizo una pausa, inclinando un poco el cuerpo para echar un vistazo al interior de la casa y cerciorarse de que no hubiera ningún otro par de pequeños oídos oyendo su conversación—. Mi deseo de hacerme cargo de Samara de forma más permanente…

    Cole sonrió; no de manera condescendiente ni burlona, o al menos a Matilda no le pareció como tal. Avanzó entonces también al barandal, parándose a un lado de ella y apoyándose también contra éste con sus brazos cruzados.

    —No creo que el asunto de la sucesora te haya realmente tomado por sorpresa, ¿o sí? —musitó despacio, casi como si estuviera diciéndole un importante secreto—. Si tuviéramos todos en la Fundación que haber hecho una apuesta de quién sería la elegida, la mayoría habríamos apostado por ti sin dudarlo.

    —Sí, sí, ya sé —masculló Matilda con ligero fastidio—. Ya sé que ahora ninguno suelta ni un poco lo de la “favorita de Eleven” —pronunció marcando las comillas con sus dedos—. Incluso ese tal Sr. Sinclair del DIC, al que ni siquiera conozco, me dijo algo muy parecido cuando hablé con él, de que Eleven le había hecho entender que si algo le pasara le gustaría que yo me hiciera cargo. Pero aunque ninguno me crea, para mí todo esto resultó ser algo nuevo. Nunca pensé que ella me considerara de esa forma, y creo que habría agradecido que me lo dijera de frente. Hasta hace poco ni siquiera tenía conocimiento directo de resplandecientes que tuvieran que lidiar con fantasmas, demonios o lo que sean. Y en cuanto ella sospechó que Samara pudiera ser uno de esos casos, me pidió que me hiciera a un lado sin siquiera explicarme el porqué. Y por supuesto que tampoco sabía de los tratos que la Fundación tiene con esta organización del gobierno, y todas las cosas que ésta hace. ¿Eso suena a alguien que quiere preparar a su “sucesora”? ¿Manteniéndola ignorante de cosas tan importantes?

    Hacía un gran esfuerzo para mantenerse serena y que sus emociones no la dominaran mientras exponía todos esos puntos. Sin embargo, un claro atisbo de rabia se colaba entre sus palabras, y en la forma en que sus dedos se apretaban contra sus brazos cruzados. Pero Cole comprendió que exteriorizar todo eso era justo lo que necesitaba, y agradecía que lo hubiera elegido a él para hacerlo, esperanzado de que no hubiera sido sólo por ser la única opción a la mano.

    —No me siento capacitado para decir por qué Eleven tomó la decisión de ocultar tantas cosas, en especial a ti —comentó el detective—. Pero si he de adivinar, creo que fue sincera al decir que quería mantenernos alejados lo más posible de este tipo de asuntos. Siempre ha sido muy protectora con su familia, sus amigos, y con nosotros; y estoy muy seguro de que siempre lo fue mucho más contigo. Como si quisiera ser un escudo protector para repeler los peores peligros de aquellos a los que aprecia y encargarse de todo ella misma. Y, siendo sincero, es un sentimiento con el que me puedo identificar.

    Hizo una pequeña pausa, en la que intentó darle mayor orden a sus ideas, y entonces prosiguió:

    —Pero es probable que esta experiencia por la que acaba de pasar le haya hecho ver que no es invulnerable, y tarde o temprano aquellos a los que tanto ha protegido a lo largo de su vida tendrán que valerse por sí solos… cuando ella realmente no esté. Pero, bueno, es sólo lo que pienso. ¿Qué opina usted, doctora? ¿Mi análisis podría estar en lo correcto? —inquirió con tono burlón, intentando aligerar un poco las cosas.

    —Quizás —susurró Matilda con sequedad—. Aún no sé qué pensar de todo esto. Ella habla de dejar que la Fundación siga sin ella, pero sólo mira qué pasó cuando no estuvo. Prácticamente fuimos… gallinas sin cabeza corriendo de un lado a otro sin saber qué hacer, y creamos todo este desastre.

    Cole no pudo evitar reír un poco por la comparación.

    —Sí, no fue nuestro mejor momento —exclamó, extrañamente divertido—. Pero creo que con algo de práctica podríamos mejorar.

    De alguna forma el optimismo de Cole logró arrancarle una escueta sonrisa a la psiquiatra.

    —Espero que no tengamos que practicar de nuevo pronto. Me vendrían bien unas vacaciones una vez que todo esto termine.

    —Dímelo a mí. Se supone que éstas son mis vacaciones. De todas formas, no tienes que preocuparte de momento por tomar el mando. Eleven está de vuelta, y nos ayudará a solucionar todo esto. Sólo hay que darle nuestro voto de confianza, como siempre lo hemos hecho.

    “Confianza”, esa era la palabra clave. Antes de que todo esto pasara, Matilda sentía que tenía confianza absoluta en su mentora, y que el sentimiento era mutuo. Ahora tras esa última conversación y todo lo que había revelado, no estaba ya tan segura de ello.

    —En eso tienes razón —suspiró Matilda, aparentemente un poco más animada—. Ahora sólo debo preocuparme por Samara. Lo demás ya lo veremos en otro momento.

    —Esa es la actitud; deja para mañana lo que no puedes hacer hoy.

    —Ese es un pésimo consejo.

    Cole sólo sonrió y se encogió de hombros.

    —Tú debes saberlo mejor que yo; estás a un paso de convertirte en madre —indicó con un sospechoso tono de complicidad—. Que apropósito, está de más decir que eso último no me tomó por sorpresa en lo absoluto como a Eleven o a tu madre, ¿verdad? ¿Si recuerdas que fui yo el que te lo sugirió por primera vez?

    Matilda soltó una risilla en voz baja. Por supuesto que lo recordaba, aunque no estaba muy segura de que él lo hiciera igual hasta ese momento.

    —Pero en aquel entonces parecías bastante indecisa con la idea —señaló Cole, ahora más serio que antes—. ¿Eso cambió? Recuerdo que mencionaste que estabas muy ocupada, y que no estabas lista para ser madre. Y si ahora además de todo serás nuestra nueva jefa, puede que estés incluso un poco más ocupada de lo que ya estás. Y no olvidemos que no puedes ser su madre y su terapeuta al mismo tiempo… ¿o sí puedes?

    —No sería lo ideal —respondió Matilda con tono reflexivo.

    —Como sea, ambos sabemos que ocupará de ambas. Y no puedes tampoco ignorar lo que viste en ese pent-house. Ahora sabes que hay algo detrás de ella muy diferente a Damien Thorn. Algo más arraigado a su propia naturaleza, y con la que podría tener que lidiar por el resto de su vida.

    —Lo sé —contestó la psiquiatra con tono tajante, apartándose del barandal y caminando unos pasos hacia adelante—. Admito que aunque no entiendo aún qué fue lo que vi y sentí, sé que de alguna forma fue real…

    Matilda se rodeó a sí misma con sus brazos, contemplando pensativa hacia la distancia, y quizás un poco nerviosa al recordar todo lo sucedido en aquel sitio. Cole no podía culparla; incluso él mismo, aún con toda su experiencia, se sentía bastante afectado.

    —No quiero que pienses que intento persuadirte de tu decisión —declaró Cole con voz cauta—. Yo igualmente pienso que sería lo mejor para ambas. Sólo quiero que tengas en mente todo lo que involucraría convertirte en la madre de esa niña. La Srta. Honey lo dijo hace un rato: se vuelve muy retador cuando el niño o niña es alguien único. Y Samara es una de las niñas más únicas que hemos visto.

    —Sí, lo es —murmuró Matilda despacio, girándose hacia él y ofreciéndole una sonrisa de gratitud—. Entiendo lo que dices, y créeme que he dedicado bastante tiempo de estos días en pensar en todo eso y más. Sé que no será fácil, pero quiero al menos intentarlo.

    —Yo sé que lo harás bien —señaló Cole con firmeza, separándose del barandal y aproximándose un paso hacia ella—. Sin importar qué, sé que lograrás todo lo que te propongas; ya sea como psiquiatra, madre, la jefa de la Fundación, o como la maldita presidenta del país si quisieras. —Soltó una pequeña risilla burlona al pronunciar aquello, y Matilda rio también—. Pero lo digo en serio —añadió—. Eres la persona más excepcional que he conocido. Cada cosa que te oigo decir o te veo hacer, sólo me deja aún más impresionado… Tú sí eres… en verdad única.

    Los ojos de Matilda se abrieron grandes al escucharlo decir aquello, en especial por la forma tan directa en que lo había hecho, y mientras la observaba tan fijamente con sus brillantes ojos. Sus mejillas se pintaron rápidamente de un no tan discreto rubor, que ella percibió como un cosquilleo cálido que subía por su piel. Instintivamente desvió su mirada hacia otro lado, mientras pasaba sus dedos por su cabello, acomodándolo detrás de su oreja.

    —Me estás adulando —masculló despacio con tono defensivo, continuando con su mirada fija en otro lado.

    —Te aseguro que no es esa mi intención —aclaró Cole—. Lo digo con total sinceridad. De hecho, yo… —calló de golpe, notándose por un instante algo indeciso—. Quizás no sea el mejor momento para hablar de esto. Lo que menos quiero es causarte más estrés o preocupación, con todo lo de Samara, Eleven, la Fundación… Bueno, no importa. Olvídalo.

    Casi por mero reflejo, Cole comenzó a avanzar en dirección a la puerta de la casa, como si intentara huir de alguna forma. Sin embargo, antes de poder avanzar lo suficiente, sintió una de las manos de Matilda colocándose contra su brazo, deteniéndolo en su sitio.

    —No —masculló la psiquiatra despacio, mirándolo fijamente con algo de intensidad—. No te preocupes por nada de eso. Dímelo… por favor.

    Cole se giró a mirarla apenas por el rabillo de su ojo. No tenía caso fingir; sabía muy bien que no podía negarse a cualquier petición que ella le hiciera, en especial si lo hacía mirándolo con esos ojos casi suplicantes que le cortaban la respiración.

    —Está bien —pronunció con un poco de fuerza. Respiró hondo por su nariz, exhaló por su boca, y se giró hacia ella por completo de nuevo—. La verdad es que… creo que últimamente no he sido nada sutil con esto —rio de forma socarrona y nerviosa—. Alguien como tú de seguro se dio cuenta de inmediato que he comenzado desde hace un tiempo a sentir un interés por ti, más que de compañeros… o incluso de amigos. ¿A quién engaño? Creo que ya me sentía interesado y curioso por la famosa Matilda Honey desde el primer momento en que los otros me hablaron de ti. Y en verdad resultaste ser mucho más de lo que podría haber imaginado. Acabo de decirte que eres la persona más excepcional que he conocido, y no es exageración. Eres inteligente, fuerte, valiente, hermosa, noble… Y eres capaz de mandar a volar a todo un pelotón entero tú sola para salvarme a mí, o cualquiera que te importe. No sé si sea una cualidad que todos consideren atractiva, pero definitivamente yo sí…

    Matilda no pudo evitar reír con algo de fuerza; en parte por los comentarios tan ocurrentes, y en parte por las mariposas que se agitaban en su vientre y empujaban para salir de alguna forma.

    —Bueno, tienes razón —masculló despacio la psiquiatra—. No has sido… nada sutil, en realidad.

    —Sí, bueno… —masculló Cole nervioso, agachando un poco la mirada—. Una psiquiatra amiga mía me dijo que suelo usar máscaras para ocultar mis verdaderos sentimientos, pero que éstas en realidad no son del todo buenas para cumplir ese propósito.

    —Esa psiquiatra es una persona inteligente —asintió Matilda con tono de broma.

    —Y, bueno… —Cole alzó su mirada lentamente de regreso hacia ella—. ¿Qué piensas tú de todo esto? Sé sincera.

    Los labios de Matilda se apretaron un poco entre sí, y sus ojos bailaron intentando mirar cualquier otra cosa que no fuera el apuesto rostro del hombre delante de ella. Sentía su corazón palpitándole en la garganta, de los nervios y la emoción; una sensación con la que no estaba acostumbrada, y no estaba segura de que le gustara.

    —Yo… lo que pienso… —balbuceó con cierta indecisión—. Lo que pienso es que hemos pasado por muchas cosas estos días. Situaciones extremas que han puesto a prueba nuestro temple, y hasta nuestra propia cordura y creencias que pensábamos tener claras; esto último mucho más en mi caso. Y es normal que bajo estas circunstancias, en cualquier individuo comiencen a surgir emociones muy fuertes, y sentimientos de apego que le brinden un poco de seguridad. Creo que lo que trato de decir es que, las situaciones por las que hemos pasado últimamente no resultan las más óptimas para explorar los posibles… sentimientos que pudiéramos tener el uno por el otro. ¿Me comprendes?

    Matilda alzó tímidamente su rostro hacia Cole, temerosa de que sus palabras de alguna forma lo hicieran sentir triste, decepcionado, o incluso molesto. Pero, para su sorpresa, se veía bastante calmado. Su boca estaba torcida en una mueca, pero más reflexiva de molesta, y sus ojos miraban hacia un lado como si algo en la esquina del pórtico le hubiera llamado particularmente la atención.

    Sin decir nada aún, retrocedió un poco hasta apoyarse de nuevo en el barandal, cruzándose de brazo. Observó atento el suelo bajo sus pies, y entonces pronunció al fin:

    —¿Cómo en la película Speed?

    —¿Qué? —exclamó Matilda totalmente confundida, parpadeando un par de veces.

    —Esa película del autobús, en donde la chica le dice al protagonista que las relaciones que se forman en base a situaciones extremas no suelen durar mucho… o algo así creo que decía.

    —No… sé de qué película hablas —murmuró Matilda, un tanto indecisa en si hablaba en serio o le estaba jugando alguna broma—. Pero sí, algo así. Para bien o para mal, lo cierto es que nunca hemos tenido la oportunidad de conocernos el uno al otro en un contexto en el que no estuviéramos trabajando, o salvándonos la vida… Bueno, quizás un poco en esa conversación que tuvimos en el hotel de Salem, pero… Entiendes a lo que me refiero, ¿verdad?

    —Me parece que sí. Pero hay una forma muy sencilla de solucionar eso, ¿no lo crees?

    Matilda lo miró un tanto confundida.

    —¿Cuál forma?

    Cole sonrió complacido. Se volvió a separar del barandal y se aproximó sólo lo necesario hacia ella.

    —Vernos más en un contexto diferente; más casual, más… normal. Tener un par de momentos calmados como esa noche en el hotel. Sólo charlar y conocernos un poco mejor.

    —¿Estás hablando de… tener una cita? —inquirió Matilda, un tanto insegura de que estuviera captando bien lo que decía. El silencio y la sonrisa de Cole, sin embargo, fueron suficiente para decirle que en efecto había entendido bien—. Oh… Bueno, eso será un poco complicado. Tenemos pronto que hacer todo el montaje de Samara, y luego de eso tendré que viajar a Washington con ella, y tú de seguro tendrás que volver a Filadelfia a dar bastantes explicaciones.

    —Sí, pero nada de eso lo tenemos que hacer hoy —señaló Cole con confianza—. No esta noche, para ser precisos.

    La respiración de Matilda se cortó un poco, y sus ojos volvieron a abrirse grandes ante la propuesta tan repentina. Incluso luego de todo lo ocurrido esa mañana, no hubiera podido imaginar que las cosas se encaminarían en esa dirección.

    —¿Esta noche? —masculló con dejo nervioso.

    —¿Qué me dices? —preguntó Cole, un tanto expectante—. No quiero que lo veas como presión, ni nada parecido. Sólo es una propuesta, y para demostrarte que estoy interesado en conocerte en otras circunstancias, justo como lo dijiste. ¿Y tú?

    —Yo… —masculló Matilda, indecisa, dejando de nuevo que su vista recorriera todo el pórtico en busca de alguna respuesta.

    Su cerebro iba a mil por hora, una parte de ella intentando pensar en cualquier excusa posible. Pero, una parte aún más grande y aún más fuerte, le decía que no encontraba ninguna excusa porque, en realidad, no quería encontrar alguna. Ella sabía muy bien lo que quería hacer, y el intentar ocultarlo a sí misma resultaba incluso absurdo.

    Una sonrisita alegre se hizo presente en sus labios sin que ella se lo propusiera, y de nuevo se acomodó tímidamente el cabello con sus dedos.

    —Yo digo… que conozco en dónde venden los mejores perros calientes de Los Ángeles —respondió de pronto con un tono de emoción contenida—. Aunque hace mucho que no voy.

    Cole sonrió ampliamente, quizás lo más ampliamente que le era posible. Su pecho se llenó de tanto júbilo y emoción que pensó que podría estallarle, pero hizo uso de todas sus fuerzas para no dejarlo tan en evidencia.

    —Suena en definitiva a un sitio que me gustaría conocer —indicó entre risas, comenzando a retroceder en dirección a los escalones del pórtico con evidente intención de irse—. Entonces, ¿te parece bien a las ocho?

    —Ah, sí, claro, pero… —balbuceó Matilda, apuntando con su pulgar hacia la puerta de la casa—. ¿No quieres quedarte y desayunar panqués?

    —Me encantaría, pero rompería totalmente mi estilo si me quedo por aquí justo después de invitarte a salir —respondió con tono bromista, mientras bajaba apresurado los escalones—. Nos vemos a las ocho, ¿está bien? —pronunció como despedida, alzando una mano en el aire.

    —A las ocho —repitió Matilda, despidiéndose también con un ademán de su mano.

    Cole se alejó de la casa sin mirar atrás, mientras Matilda lo observaba de pie desde el pórtico, aún un poco incrédula de lo que acababa de pasar. Y aun así, fue consciente por la sensación en los músculos de su mejilla de que había estado sonriendo demasiado, y le resultaba difícil dejar de hacerlo.

    Ya había tenido citas antes, en especial mientras estudiaba en Connecticut. Pero en casi todas ellas siempre se había sentido hasta cierto punto “forzada” a asistir; algo que se esperaba que hiciera, como un protocolo social más que se tenía que cumplir, igual que dar los buenos días o preguntarle a alguien cómo se sentía si lo veías decaído. Pero lo que le palpitaba en el pecho en esos momentos no era para nada parecido a eso. Estaba en verdad… emocionada y contenta; tanto que le resultaba casi abrumador, pero sabía que el explorar emociones nuevas siempre lo era.

    No podía prever aún hacia dónde iría todo eso, pero de momento intentaría no pensarlo demasiado. Sólo intentaría disfrutar el momento, tras tantas cosas horribles y extenuantes que habían ocurrido últimamente.

    Con toda esa determinación cimentándose en su mente, Matilda se giró hacia la puerta de la casa e ingresó por ésta hasta el vestíbulo. Dio apenas un par de pasos antes de vislumbrar a Jennifer, de pie en el pasillo que llevaba al comedor. Aquello la sorprendió un poco, pero lo hizo aún más el notar como la mujer se sobresaltaba un poco, y en su rostro se dibujaba vívidamente la culpabilidad.

    —Mamá —susurró Matilda despacio—. No… no nos estabas espiando, ¿o sí? —le cuestionó con voz severa.

    —No, no, para nada —se apresuró Jennifer a responder, agitando su cabeza—. Sólo venía a decirles que ya estaban los panqués servidos, pero escuché que estaban hablando, y bueno me quedé aquí esperando que terminaran, y sin querer escuché… algunas cosas…

    Hablaba con tono de arrepentimiento, pero fue incapaz de esconder la sonrisita pícara que le decoró los labios, mientras la observaba atentamente.

    —Oh, querida —musitó con ligera emoción—. No creo haberte visto antes tan sonrojada…

    —¿Qué? —exclamó Matilda casi alarmada, tocándose sus mejillas—. No lo estoy… —respondió con apuro, y comenzó a caminar con paso rápido hacia el comedor, intentando ocultar su rostro con una mano.

    —No es nada malo —indicó Jennifer, yendo detrás de ella.

    —Yo sé que no es nada malo. Sólo no hablemos de eso ahora, ¿sí?

    —Está bien, está bien. Pero… ¿Ya sabes qué te pondrás?

    —¡Basta…!

    — — — —
    El Jefe de Policía Jack Thomson del DPLA había estado toda la mañana en varias reuniones consecutivas en sus oficinas de los Cuarteles Generales. Cerca del mediodía, sin embargo, tuvo que dar por terminada la última reunión en la que se encontraba en ese momento, pues tenía en su agenda que debía ver al alcalde a las 12:30, y era un compromiso al que no deseaba llegar tarde. Luego de despedirse de todos, salió casi disparado de la sala de juntas hacia su oficina, únicamente para recoger su abrigo, gorra y celular.

    —Tiff, voy a la alcaldía —le informó rápidamente a su secretaria al salir de su oficina y pasar frente a su escritorio—. Cualquier cosa mándame mensaje a mi celular. Pero sólo si es algo urgente, ¿de acuerdo?

    —Señor, hay dos mujeres en la sala de espera que lo buscan —le informó su secretaria, parándose rápidamente de su asiento y hablando alto para que la escuchara—. Llevan cerca de una hora esperando.

    —¿Tenían cita? —cuestionó Thomson sin detenerse.

    —No, pero…

    —Entonces que vengan después. Hoy no tengo tiempo.

    Siguió derecho hacia los ascensores con paso apresurado, y sin intención aparente de detenerse. Sin embargo, al parecer no calculó que en su trayecto tendría justamente que pasar frente a la sala de espera de ese nivel.

    —Jefe Thomson —pronunció la voz de alguien a sus espaldas, por lo que el oficial instintivamente se detuvo y giró. Sentada en uno de los sillones de la sala, se encontraba una mujer de cabello castaño y anteojos que sujetaba un bastón delante de ella, y a su lado otra mujer más joven y delgada, de cabello también muy rizado. Quien le había hablado, al parecer, fue la mujer del bastón—. Qué bueno encontrarlo al fin —indicó la misma mujer, apoyándose en su bastón para pararse, y su acompañante se apresuró a ayudarla—. Soy Jane Wheeler, y ella es mi hija Sarah. Requerimos unos minutos de su preciado tiempo para tratar un asunto delicado.

    —Lo siento, en estos momentos no puedo atenderlas —se disculpó Thomson de la forma más educada que le fue posible, reanudando su marcha—. Hablen con mi secretaria y hagan una cita. O si tienen alguna situación que requiera apoyo policial, alguno de los oficiales de la planta baja podrá tomar su reporte. Debo irme, tengo una…

    Su teléfono, que sujetaba en esos momentos en su mano derecha, comenzó a sonar y vibrar intensamente, cortando lo que estaba diciendo.

    —Creo que debería responder, jefe —indicó la mujer del bastón, apuntando su dedo hacia el teléfono.

    Thomson torció su boca en una mueca y de inmediato respondió. No era que necesitara la indicación de una extraña para hacerlo. Además, tenía identificado ese número en particular, que era ni más ni menos que el teléfono personal del gobernador.

    —¿Diga? —pronunció con seriedad con el teléfono en su oído—. Hey, Jerry, ¿cómo estás, amigo? —exclamó con tono animado, al mismo tiempo que mandaba a llamar al ascensor—. ¿Todo bien por allá en Sacramento…? Ah, ¿estás en Washington? ¿Buscando un nuevo puesto, viejo lobo?

    Hubo un intercambio de comentarios entre ambos hombres, aunque del lado del jefe Thomson se escucharon más risas y afirmaciones que otra cosa.

    —Sí, ahora voy a reunirme con el alcalde —comentó, justo al momento que las puertas del elevador se abrieron. Dio un paso al frente para entrar, pero se detuvo abruptamente, al parecer tras escuchar algo que la persona al teléfono le había dicho—. ¿Cómo dices? —pronunció con más seriedad que antes, retrocediendo y alejándose un paso del elevador.

    El jefe Thomson permaneció en silencio un largo rato, sólo escuchando atento lo que el gobernador le estaba explicando. Se le veía de hecho cada vez más desorientado mientras dicha explicación proseguía.

    —¿Cómo dices que se llama? —cuestionó dudoso—. ¿Jane Weasley?

    —Es Wheeler —pronunció una voz justo a su diestra, haciendo que el jefe se sobresaltara un poco y se girara, encontrándose casi de frente con la mujer del bastón y su acompañante, paradas a un par de metros de él, y la primera sonriéndole confiada—. Pero puede sólo llamarme Jane, si le parece bien.

    Thomson la observó en silencio, como si su apariencia le resultara de alguna forma extraña; algo difícil de identificar.

    —Sí, sigo aquí —pronunció al teléfono, girándose de nuevo hacia otra dirección y dándoles la espalda—. Sí, creo que ella está aquí. Pero como te dije, en estos momentos me reuniré con el alcalde… Sí, claro; lo puedo re agendar… Sí, por supuesto; yo la atiendo, no te preocupes… No hay de qué, Jerry. Nos vemos pronto, amigo. Adiós.

    A pesar de que su despedida era animada, la verdad era que en el fondo no le parecía para nada aceptable que le pidiera de la nada cambiar toda su agenda de ese día para atender a… quien quiera que fuera esa mujer. Pero, ¿quién podía negarse a hacerle un favor al gobernador en persona?

    —Entonces, jefe Thomson —pronunció la mujer del bastón detrás de él—. ¿Aún ocupamos hacer una cita?

    Thomson suspiró con fuerza, y esbozando la mejor sonrisa que le fue posible se giró de nuevo hacia sus dos visitantes.

    —Sra. Wheeler, pasen por favor a mi oficina —les indicó con gentileza, extendiendo su brazo en dirección a su despacho.

    —Es muy amable. Lo seguimos. Sólo téngame un poco de paciencia; no puedo ir muy rápido en estos momentos.

    Con paso claramente tenso, Thomson se dirigió de regreso a su despacho. Al pasar frente al escritorio de su secretaria, ésta lo miró un tanto confundida, pero no le dio oportunidad de preguntarle nada pues de inmediato entró a la oficina, y quizás la hubiera cerrado de un portazo si no fuera porque tenía que esperar primero a que a las dos mujeres que lo acompañaban entraran.

    Jane y Sarah tomaron asiento en las sillas delante del escritorio, mientras Thomson, ya para ese punto bastante resignado, colocaba su abrigo y gorra en el perchero de la esquina.

    —Bien, ¿en qué puedo servirles? —musitó Thomson con brusquedad, y apenas la adecuada dosis de amabilidad requerida para no ser catalogado como un grosero.

    —No queremos quitarle demasiado tiempo —indicó Eleven con voz cauta, mientras seguía con la mirada al jefe de policía tomando asiento en la silla al otro lado del escritorio—. Sólo necesitamos resolver un asunto delicado, y las personas con las que hablé me dijeron que usted era la persona adecuada para ello.

    —¿De qué se trata? —cuestionó Thomson con impaciencia, recargado por completo contra el respaldo de su silla.

    —Supongo que está bien enterado sobre el caso de Samara Morgan. —Thomson la miró inseguro, entrecerrando un poco sus ojos—. La niña que fue secuestrada en Oregón por Leena Klammer. —La incertidumbre siguió presente en la mirada del jefe—. La mujer de Estonia con apariencia de niña de diez años…

    —Ah, sí, claro —respondió rápidamente el jefe Thomson, asintiendo—. Disculpe, son tantos casos activos en estos momentos que es fácil confundirse. ¿Qué ocurre? ¿Tiene información del caso que desea compartir?

    —Se podría decir —asintió Jane—. Vengo a informarle que Samara Morgan ya fue encontrada, y se encuentra a salvo.

    —¿Qué? —exclamó Jack atónito, logrando que su atención se fijara al fin entera en la mujer sentada delante de él—. ¿Habla en serio? ¿Dónde está?

    —En un lugar seguro, y de momento es todo lo que le puedo decir. Tengo entendido que hace unos días conoció al Det. Cole Sear de la policía de Filadelfia, ¿no es así?

    —Sí, claro… el rubio entrometido que no sabe cómo usar sus vacaciones de manera correcta, ¿no?

    Eleven rio, algo divertida por esa descripción.

    —Ese mismo. Y aunque lo considere un entrometido, lo cierto es que su investigación independiente rindió frutos. Él encontró a la niña, y ahora está cuidando de ella.

    —Si eso es cierto, ¿por qué no está él aquí? ¿Por qué no ha entregado la niña a las autoridades competentes?

    —Lo hará, en su momento. Pero justo para eso vinimos a verlo, jefe. —Hizo una leve pausa, antes de concluir su comentario—. Hay ciertas… circunstancias en la forma en que la niña fue rescatada, que preferimos no sean de conocimiento del público, de los medios… y tampoco de las autoridades competentes.

    Jack la observó con cierto recelo. Evidentemente no le agradaba el rumbo que esa plática estaba tomando.

    —¿Es usted su abogada o algo así? —cuestionó con desconfianza.

    —Oh, no —rio Eleven—. Sólo soy una amiga qué quiere ayudar.

    —Claro —masculló Thomson, claramente escéptico—. Dejémonos de rodeos, ¿le parece? ¿Qué exactamente es lo que quieren de mí?

    —En resumen, queremos solicitarle que el día de mañana, o lo más pronto que se pueda, llame a una conferencia de prensa. El Det. Sear se presentará en ese momento acompañando a la niña, y explicará cómo, dónde y cuándo ésta fue rescatada. Responderá sólo un par de preguntas, y luego se retirará. Requeriríamos que usted, y la policía de Los Ángeles en general, respalden enteramente la versión de los hechos que el detective dará a los medios, y que se encargue también de que no existan más investigaciones adicionales. Después, tras los papeleos que sean necesarios, quisiéramos también que nos ayudara a que la niña sea puesta a custodia de la Dra. Matilda Honey, su psiquiatra contratada por sus padres y que estuvo con ella en Oregón. Ella la cuidará bien, y la llevará en cuanto sea posible de regreso a Washington para reunirse con su familia. Y… básicamente eso sería todo.

    —¿Eso sería todo? —repitió Thomson, totalmente escandalizado y confundido por lo que acababa de escuchar—. ¿Qué rayos me está diciendo usted? Déjese de juegos. Si el tal Sear tiene a la niña, tiene que presentarse hoy mismo aquí con ella, dar su maldita declaración real de lo que sucedió, y luego de escuchar lo que tenga que decir podemos hablar de conferencias de prensa y versiones que dar a los medios. Si no lo hace, lo meteré tras las rejas por obstrucción de la justicia, y quizás también por secuestro; y a usted de paso, sea quien sea. Y sobre a cargo de quién quedaría la niña, eso lo decide Servicios Sociales, y no apelaré en lo absoluto para que la pongan en custodia de esta psiquiatra que ni siquiera conozco. Así que salga de mi oficina en este momento.

    Culminó su declaración señalando fulminantemente hacia la puerta. Sarah pareció un poco espantada por aquellas amenazas tan tajantes, pero su madre se apresuró a tomarla de la mano; un sencillo acto para decir sin palabras que “todo estaba bien”.

    —Creo que no me he dado a entender de forma adecuada…

    —Oh no, de hecho lo hizo muy bien —sentenció Thomson con sequedad—. No soy ningún tonto, señora. Es obvio que lo que sea que el tal Sear haya hecho para encontrar esa niña no fue nada legal, y ahora esperan que yo, por algún motivo, les ayude a ocultarlo. ¿Qué hizo? ¿Amenazó, agredió o mató a alguien? ¿Entró ilegalmente a algún sitio? ¿Descubrió que la niña estaba siendo retenida por alguien poderoso al que tuvo que chantajear y no quieren que eso salga a la luz? Nada de eso sería nuevo para mí. Pero me niego a pararme frente a las cámaras y permitir bajo mis narices que se recite una versión suavizada y falsa de lo sucedido, en especial si no me dicen qué fue lo que pasó realmente. Y el hecho de que insinúen que yo pudiera ser partícipe de algo así, es insultante.

    —No según las personas con las que hablé —indicó Eleven con seriedad—. Me aseguraron que ya se había encargado de hacer un par de cosas parecidas antes para algunos amigos en común.

    —¿Qué personas le dijeron tal cosa?

    —¿Eso importa?

    Se hizo el silencio; un tenso y pesado silencio. El rostro de Thomson se mantenía duro en una mueca de enojo, sus ojos casi enrojecidos del coraje. Pero Eleven se mantenía calmada; lo más calmada que la situación se lo permitía.

    —Escuche, empecemos de nuevo con más calma, ¿le parece? —murmuró con voz cauta, pero Thomson no estaba en lo absoluto de acuerdo con la propuesta.

    —No empezaremos nada; de hecho, ya terminamos —declaró con firmeza, parándose de su asiento—. Ahora, les pido amablemente que salgan…

    —Ally Thomson —exclamó Jane de pronto con fuerza, haciendo que su voz retumbara por encima de la del jefe de policía. Al escuchar ese nombre, las palabras del oficial se cortaron abruptamente, y su rostro cambió de una expresión de coraje a una de completa perplejidad—. Su hija mayor, Ally —prosiguió Eleven, ya con voz más tranquila—. Le ha dicho a todos sus familiares y conocidos que se fue a vivir una temporada a Francia con sus tíos. Pero lo cierto es que hace tres meses les dijo a su esposa y usted que estaba embarazada de su novio. Ustedes reaccionaron mal a la noticia, en especial usted. Le ordenaron no volver a ver al chico, y estaban dispuestos a obligarla a abortar. Pero antes de que eso pasara, ella escapó de casa y se fue de la ciudad con su novio. Desde entonces ha estado intentando encontrarla con la mayor discreción posible para prevenir el escándalo, pero no ha podido dar con ella.

    —¿Cómo sabe de eso? —masculló Thomson en voz baja con un dejo de nerviosismo.

    —Eso tampoco importa —declaró Eleven con firmeza, alzando su mirada para verlo fijamente—. Lo importante es que lo sé, así como también sé en dónde se encuentra su hija en estos momentos.

    Los ojos de Thomson se abrieron grandes, llenos de asombro.

    —¿En dónde? ¿Dónde está? —cuestionó con fuerza, apoyando sus manos en el escritorio como si estuviera interrogando a algún sospechoso.

    —Le ruego que se tranquilice, jefe —le indicó Eleven con calma, señalando su silla con una mano—. ¿Por qué no toma asiento y así podremos seguir conversando?

    Un poco a regañadientes, Jack volvió a sentarse lentamente en su silla. Sus hombros se notaban tensos, y sus quijada apretada.

    —Ella está bien —se apresuró Eleven a recalcar—. Su embarazo progresa de forma correcta, y su novio la cuida y la trata bien. Tiene buenas personas a su alrededor que la cuidan. Así que no debe preocuparse por eso. Pero sé muy bien que no tiene motivo alguno para creer en la palabra de una completa desconocida que se metió casi a la fuerza a su oficina. Así que estoy dispuesta a compartir con usted su ubicación, para que se cerciore de esto usted mismo.

    —A cambio de que le haga este favor que me está pidiendo, ¿no es cierto? —masculló Thomson con desagrado—. ¿Es acaso esto un chantaje?

    —No lo vea de esa forma, por favor. Sólo soy una persona que le gusta estar bien con sus amigos; ellos me ayudan, y yo les ayudo a ellos. Pero no tiene que hacer nada con lo que no se sienta cómodo. Puede quedarse con lo que he dicho, asegurándole que su hija está bien, y nos retiraremos en este momento para ya no seguirlo molestando.

    Hace un momento era evidente que les hubiera exigido tajantemente que en efecto salieran de su oficina en ese mismo instante, azotándoles la puerta a sus espaldas. Sin embargo, en esa ocasión vaciló. Sus dedos tamborileaban nerviosos contra la superficie de su escritorio, y su mirada se había desviado hacia un lado, perdida en la profundidad de sus propios pensamientos.

    Mónica ya le había pasado a Eleven el detalle de todos los esfuerzos que el jefe de policía había aplicado para buscar a su hija, sin obtener resultados. Le hubiera gustado no tener que optar por usar una carta así, y menos de esa forma. Pero tenían que darle una solución certera a ese asunto lo antes posible. Así que no estaba segura de qué haría si el jefe Thomson se rehusaba aún así a ayudarlas.

    —Si le sirve de algo —añadió El tras un rato—, no estamos queriendo que se involucre en nada grave, o algo que pudiera perjudicarlo. No estaría protegiendo a ningún pederasta o asesino, si es que alguna de esas posibilidades le está cruzando la cabeza.

    —Si es así, ¿por qué no me dice entonces claramente qué es lo que realmente está sucediendo? —cuestionó Thomson como una mordaz acusación.

    —Créame, en realidad no quiere saberlo. No le traería ningún beneficio ni a usted, ni a nosotros, ni tampoco a la niña Morgan. Lo mejor para todos es actuar justo y como se lo he solicitado.

    —¿Y debo creerle?

    —Sí —respondió Jane con firme seguridad—. Por qué de aquí en adelante, usted y yo seremos amigos, jefe. Y yo no les miento a mis amigos.

    Thomson suspiró con pesadez, se dejó recargar por completo contra su silla, y centró sus ojos en el techo.

    —Aunque lo hiciera, no todo en este asunto está en mis manos. Los federales…

    —De los federales ya nos encargaremos nosotros —le interrumpió Eleven—. No tiene que estresarse por eso.

    —Si es así… Entonces creo que tendré que pensarlo.

    —Por supuesto —musitó El, sonriendo—. Pero espero no sea demasiado tiempo. Nos gustaría poder acabar con este asunto lo antes posible, y creo que usted también.

    —Por supuesto —sentenció Thomson de forma tajante, parándose al instante de su silla—. Bien, si no ocupan nada más…

    —De hecho, jefe —murmuró Jane rápidamente, alzando una mano—. Sí hay otra cosilla con la que me gustaría que me ayudara. Pero me temo que ésta pudiera ser un poco más… incómoda.

    —¿Más? —exclamó Thomson, soltando casi por reflejo una risa irónica para luego dejarse caer de sentón de regreso en su silla. Y ya al parecer bastante resignado para ese punto, preguntó sin más rodeos—: ¿De qué se trata esta otra cosilla?

    — — — —
    El jefe Thomson salió de su oficina acompañado de sus dos visitantes. No le dio mayor explicación a su secretaria, más allá de que saldría y volvería en una hora, y que reprogramara su cita con el alcalde. El jefe de policía guió a Eleven y a Sarah hacia su camioneta en el estacionamiento, y los tres salieron en dirección al sitio en el que la Sra. Wheeler le había indicado que podría hacerle ese otro favor: el Departamento de Medicina Forense de la ciudad; en específico, la morgue de éste.

    Thomson sabía que Liam, un viejo amigo suyo de mucho tiempo, estaba de guardia esa tarde. Eso era una suerte, pues era quizás el único que aceptaría echarle una mano sin hacer demasiadas preguntas. Ayudaba también que el jefe de policía estaba enterado lo suficiente del caso en cuestión, así que eso agilizó las explicaciones hacia su colega forense.

    Liam los guió hacia uno de los cuartos fríos, un sitio tan blanco y limpio que resultaba casi irreal. El forense revisaba el expediente que traía en sus manos para identificar el comportamiento que buscaban. Una vez que lo halló, retiró los seguros de la pequeña puerta cuadrada, la abrió y jaló rápidamente la plancha del comportamiento frío hacia el exterior. Todo lo hacía con una forma bastante mecanizada, propia de alguien ya más que habituado a esa situación.

    Eleven se decía a sí misma que ella también ya estaba habituada a ese tipo de cosas, y quizás en parte sí lo estaba. Pero en cuanto sus ojos se posaron en aquel cuerpo recostado plácidamente sobre aquella plancha, y su rostro carente de toda vida se volvió algo totalmente real para ella… debía aceptar que una parte honda de su ser refulgió, recordándole de forma amarga que no; que nunca podría estar tan acostumbrada a esto como ella quisiera.

    El cuerpo de la mujer de piel oscura estaba cubierto del pecho hacia abajo con una delgada sábana azul. La piel de su rostro había adoptado una textura y tonalidad casi irreal; como si se tratara de algún tipo de escultura. Sus cabellos negros y morados se desparramaban por la plancha, y sus ojos estaban completamente cerrados. Eleven agradeció especialmente esto último. Por algún motivo, los ojos eran lo que más le afectaba mirar en un muerto.

    Sarah se encontraba mucho más impresionada que su madre por la escena ante ella, por lo que tuvo que desviar instintivamente su rostro hacia otro lado. Aun así, continuó firme junto a su madre, sujetándola y ayudándola a mantenerse de pie. Thomson, por su lado, estaba unos pasos más atrás, sólo observando y escuchando en silencio.

    Mientras Eleven contemplaba en absoluto silencio a la mujer en la plancha, Liam sujetó el expediente entre sus manos y comenzó a dar un resumen rápido de éste.

    —Mujer de color, identidad desconocida, edad estimada entre los 48 y los 55 años. Fue encontrada en una bodega de una zona industrial en donde al parecer se suscitó un tiroteo. La muerte fue provocada por una herida de bala en el pecho disparada por un arma larga, quizás un rifle de asalto. Durante la autopsia se encontró otra bala alojada entre la primera y segunda vértebra lumbar, pero al parecer es de una lesión muy anterior. También se encontró un tumor canceroso en su pulmón izquierdo en etapa avanzada; no parece haber signos de que hubiera estado bajo tratamiento alguno. Sin identificación ni nada que nos pueda dar alguna pista de su nombre, identidad o qué hacía en ese sitio exactamente…

    —Su nombre era Kali —pronunció Jane de pronto en voz alta, tomando por sorpresa a todos los demás—. Y era mi hermana…

    Soltó un profundo y largo suspiro, y sin querer terminó recargando su cuerpo más contra su hija al sentirse más débil de pronto.

    —Mamá —musitó Sarah con preocupación, rodeándola con sus brazos con más firmeza.

    —Estoy bien —respondió Jane rápidamente. Acercó una mano a sus ojos, tallándolos un poco con sus dedos. Luego respiró hondo por su nariz, y se esforzó por pararse con mayor temple, y en especial proyectar más calma de la que realmente tenía por dentro—. Quisiera que me entregaran su cuerpo lo antes posible. En cuanto terminen con él, claro.

    Liam los observó fijamente, con bastante desconfianza.

    —¿Tiene algún documento que pruebe la identidad de la occisa, y su parentesco con usted? —cuestionó un tanto cortante.

    Eleven no tuvo interés en responderle nada. Sólo se viró sobre su hombro hacia el jefe de policía a sus espaldas. Después de todo, él ya sabía por qué estaba ahí.

    —No será necesario en este caso, Liam —masculló Thomson con tono confiado—. Sólo encárgate del papeleo, ¿de acuerdo?

    No dio mayor explicación, ni tampoco pensaba darla. Y Liam, sólo con eso, no tuvo tampoco que pedirla.

    —Claro, Jack —musitó despacio, y se dispuso rápidamente a volver a guardar el cuerpo en su cabina.

    Eso dejaba bastante en evidencia que, pese a su reticencia a ayudarlas en su oficina, lo cierto era que el Jefe Thomson sí tenía cierta experiencia lidiando con situaciones como esa que ocupaban “ocultarse”; justo como le habían indicado. Eleven no quería saber más al respecto, y no lo necesitaba. Le bastaba con usar aquello a su favor esa vez, y esperaba que fuera la única.

    Los tres salieron juntos del cuarto frío, y se dirigieron al paso de Eleven hacia la salida principal del edificio.

    —Gracias por todo, jefe —musitó El con sincero agradecimiento.

    —Descuide —musitó Thomson en voz baja—. Esa mujer… tiene algo que ver con el asunto de Samara Morgan, ¿cierto?

    Eleven siguió caminando, sin intención aparente de responder. Thomson, sin embargo, insistió.

    —En la bodega en la que se encontró había otro cuerpo más que parecía que le hubieran reventado la cabeza de alguna forma, y signos de disparos y sangre que indican la presencia de más personas. Además de algunos equipos de cómputo que cuando los técnicos quisieron ingresar a ellos, sus discos se borraron por completo, quedando inservibles. La teoría más aceptada es que se estaba realizando la compra de algún tipo de contrabando y ésta salió mal. ¿Fue ahí donde encontraron a la niña? ¿Acaso la tenían ahí retenida en esa bodega?

    —Tiene buenos instintos, jefe Thomson —señaló Eleven con ligero humor en su voz—. Pero en verdad no quiere saber más sobre este asunto. Haga estos favores por nosotros, y le aseguro que se quitará de encima un peso que en verdad no necesita. Y podrá además reunirse con su hija y hacer las paces.

    Se detuvo un momento, introduciendo una mano en un bolsillo de su blazer, y sacando de éste una pequeña tarjeta rectangular.

    —En cuanto se decida, llámeme —le indicó al jefe de policía, extendiéndole la tarjeta. Thomson la contempló con algo de duda al inicio, pero al final la tomó igual—. Ahora, si nos disculpa, tenemos que irnos, y estoy segura que usted también tiene que estar en otro sitio. No se preocupe por nosotras, sabemos bien cómo salir de aquí.

    Eleven comenzó a avanzar con más apuro hacia la puerta, y Sarah intentó mantenerle el ritmo para seguirle ayudando. Thomson no hizo intento alguno de seguirlas. Sólo se quedó de pie ahí a mitad del pasillo, observando cómo se iban y sujetando la tarjeta entre sus dedos.

    FIN DEL CAPÍTULO 123
     
  4.  
    WingzemonX

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    Resplandor entre Tinieblas

    Por
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    Capítulo 124.
    No Ha Terminado

    —¿Ahora encubrimos un homicidio? —musitó Sarah con voz grave, una vez que salieron por las puertas principales del edificio. Eleven se detuvo un momento y se giró a mirar a su hija un tanto desconcertada—. ¿Por qué no dejas que la policía investigue lo ocurrido? De esta otra forma, ahora los culpables de matar a tu amiga nunca recibirán su castigo.

    —No es tan simple, Sarah —le respondió Eleven con seriedad—. De acuerdo a lo que Cole y Matilda dijeron, de los asesinos de Eight, sólo una queda con vida, y de eso tampoco están del todo seguros. Además de que el verdadero culpable sigue siendo Thorn, y como hemos visto tiene una facilidad para que todos estos asuntos le saquen la vuelta. No habría forma de que la policía ligara nada de esto con él. En lugar de eso, si permitíamos que siguieran investigando lo ocurrido en esa bodega, sólo nos arriesgaríamos a exponer a Matilda, Cole o Abra. No, es mucho mejor de esta forma. Lucas tiene a Thorn encerrado, y nos encargaremos de que esa otra mujer, donde quiera que esté, no se la pase tranquila mucho tiempo.

    Sarah suspiró con pesadez, y lentamente las dos comenzaron a bajar los escalones de la fachada del Departamento de Ciencias Forenses.

    —Es por esto que no quisiste que Terry viniera contigo, ¿cierto? —murmuró Sarah, sonando peligrosamente parecido a un reclamo—. Lo que menos quieres es que conozca el lado menos agradable de tu trabajo. Las mentiras, los encubrimientos, los tratos bajo el agua… ¿Qué clase de favores crees que le ha hecho ese hombre a otras personas antes? Nada bueno, y lo sabes. ¿Y aun así le dirás en dónde se esconde su hija? ¿Qué crees que hará en cuanto lo sepa? Si en verdad ella está bien en dónde está ahora, abrirás la puerta para que su padre llegue y arruine lo que ha construido.

    —Eso ya no nos concierne…

    —Pues tal vez debería. Es justo por este tipo de cosas que dejé de querer involucrarme con tu dichosa Fundación y preferí irme a New York. Pero heme aquí de nuevo, siendo parte de otra de tus movidas para distorsionar la verdad a tu favor.

    —No es a mi favor —respondió Eleven con algo de brusquedad, estando ya a la mitad de los escalones—. Sabes muy bien que todo lo que hago es para protegernos; a nuestra familia y a nuestros amigos.

    —Quizás a veces sea mejor que todo siga su curso normal, ¿no lo has pensado? Dejar de ocultar las cosas, de esconderse tras mentiras y verdades a medias. Quizás va siendo hora que la gente sepa el tipo de amenazas que existen allá afuera, pero también que hay personas capaces de combatirlas.

    —Eso tampoco es tan simple…

    —Nada es simple contigo y tu Fundación, mamá. —Llegaron al final de los escalones, plantando sus pies en la banqueta, aunque Eleven con bastante menos firmeza que su hija—. Sólo mírate, apenas y puedes mantenerte de pie. Deberías estar en cama reposando como la tía Max te dijo, pero en lugar de eso estás aquí jugando a la espía y conspiradora.

    —Lo sé —musitó Eleven con pesar en su voz, agachando su mirada—. Sólo… necesito limpiar este desastre lo mejor posible. Luego volveremos a casa y descansaré; lo prometo.

    —Lo creeré cuando lo vea —musitó Sarah con escepticismo—. ¿Es en serio lo que le dijiste a Matilda? ¿Tienes pensado retirarte y dejarla a cargo?

    —Sí, es en serio. Es algo que ya había pensado desde hace tiempo, pero simplemente no había tenido el valor de dar el paso. Pero esto me ha convencido de que es ahora o nunca.

    Se viró a mirarla, sonriéndole levemente.

    —Eso tampoco lo creerás hasta que lo veas, ¿cierto? —comentó con tono ligeramente jocoso.

    —Tú lo dijiste, yo no —respondió Sarah con estoicidad—. Me es difícil imaginarte retirada. ¿Papá sabe de tu decisión?

    —No exactamente… Pero se lo diré, en cuanto vuelva a hablarme.

    —Vamos, sabes que no puede durar mucho tiempo enojado contigo —indicó Sarah, sin poder evitar reír un poco—. Y al parecer yo tampoco.

    Eleven sonrió contenta. Colocó entonces con delicadeza una mano sobre la que su hija tenía alrededor de su brazo.

    —Gracias por estar aquí conmigo, hija —musitó despacio—. Sé que nada de esto te agrada, pero significa mucho para mí que estés aquí para ser mi soporte; literal y figurativo.

    —Alguien tenía que hacerlo —masculló en voz baja como recriminación, aunque más para sí misma—. Sólo así Terry y papá estarían tranquilos. En fin, si ya no tienes a algún otro político que ocupes chantajear, ¿qué te parece si vamos a comer?

    —Sí, definitivamente me vendría bien comer algo —respondió su madre—. No me había dado cuenta de que tenía hambre.

    Ambas mujeres comenzaron a andar por la banqueta lado a lado, sin un rumbo fijo en especial. Estaban después de todo en una ciudad que les era casi totalmente nueva. Sarah sacó su teléfono dispuesta a buscar algún sitio para comer cerca. Mientras caminaban, pasaron a lado de varios vehículos estacionados a un lado de la banqueta, entre ellos un Honda Accord plateado. No repararon en ninguno y siguieron de largo, pero habían dado sólo un par de pasos cuando la puerta del pasajero del vehículo Honda se abrió, y su ocupante intentó salir del vehículo, maniobrando un poco su robusto cuerpo y su pierna que ya no le respondía tan bien como antes.

    —Sra. Wheeler —pronunció la voz de aquella persona a espaldas de las dos mujeres.

    Eleven y Sarah se detuvieron en seco y giraron hacia atrás. El conductor del vehículo plateado se había bajado y dado la vuelta a éste, para poder ayudar al pasajero a salir. El conductor era un hombre alto y muy fornido de cabeza calva. Y el hombre al que ayudaba bajarse, era bajo y de cuerpo rechoncho, rostro redondo y cabeza igualmente con muy poco rastro de cabello. Llevaba además un bastón de mango dorado en el que se apoyaba al estar de pie. Una vez que estuvo fuera y el conductor cerró la puerta del auto, las dos mujeres Wheeler pudieron verlo mejor, y en especial el atuendo de sacerdote que traía puesto.

    —Sra. Jane Wheeler, ¿cierto? —masculló aquel hombre bajo, aproximándose hacia ella con el apoyo de su bastón. El hombre de cabeza calva lo siguió unos pasos detrás—. Es un placer al fin conocerla; he escuchado muchas, muchas cosas sobre usted.

    El sacerdote se paró justo delante de ellas. Miró unos momentos el bastón que Eleven sujetaba con sus manos, y sonrió divertido.

    —Parece que los dos somos miembros del club de la tercera pierna, ¿eh? —musitó con un tono que quizás intentaba ser gracioso, sin serlo demasiado en realidad—. Disculpe mi acercamiento tan poco cortés. Mi nombre es Frederic Babatos —indicó extendiendo una de sus manos hacia Jane.

    Aquel nombre, acompañado del cuello blanco de religioso que portaba, hicieron click en la mente de Eleven con respecto al relato de los acontecimientos que Cole y Matilda habían compartido con ella más temprano.

    —Claro, padre Babatos —murmulló El, estrechándole su mano, aunque manteniendo al parecer su guardia totalmente arriba—. ¿Puedo preguntarle cómo supo exactamente que estaba aquí?

    —Digamos que nosotros también sabemos cómo manejar la información, Sra. Wheeler —respondió Frederic, con una sonrisa demasiado astuta para haber sido formada por los labios de un religioso.

    Si Eleven tuviera que dar alguna teoría, diría que se enteró de su llegada y movimientos porque tenía vigilada la casa de los Honey para ver quién entra y quién sale. No era una idea que resultara del todo tranquilizadora, aunque sí despertaba en parte su curiosidad.

    —Debo agradecerle el apoyo que le brindó a mis asociados hace dos noches —mencionó Eleven con voz cauta—. Me han informado de todo lo ocurrido, y de que literalmente les salvaron la vida. Estoy en deuda con ustedes de forma personal.

    —No hay nada que agradecer —respondió Frederic con gentileza—. Pero si en verdad siente un poco de deuda hacia nosotros, yo agradecería me brindara unos cuantos minutos de su tiempo para discutir algunos asuntos con usted, que siento pudieran ser de importancia para ambos; y para las personas con las que trabajamos y protegemos, claro.

    Eleven observó a aquel hombre fijamente con cierta suspicacia destellando en su mirada.

    —Lo siento, pero la realidad es que desayunamos un poco mal y aún no hemos comido. Así que en estos momentos estábamos por dirigirnos a comer algo…

    —Oh, si me permiten, podemos llevarlas a un sitio cercano que es excelente para que sacien su hambre —propuso Frederic con marcado optimismo—. Y podremos conversar mientras comemos. Yo invito, por supuesto. ¿Les gusta acaso la comida mediterránea?

    —Con todo respeto —se apresuró Sarah a responder—, a pesar de su atuendo de sacerdote, son dos hombres desconocidos que se nos aproximaron en media calle, en Los Ángeles. No espera que realmente seamos tan descuidadas como para subirnos a un vehículo con ustedes, ¿o sí?

    Frederic soltó una risilla con sorna.

    —Muy bien dicho, señorita —señaló el sacerdote—. No está muy lejos, así que podríamos ir caminando. Sólo siento que no sería del todo cómodo para la Sra. Wheeler y mi persona, por… bueno, ya saben —indicó alzando sólo un poco su bastón.

    —Si de lo que quiere hablar es de Samara Morgan —dijo Eleven con voz firme y tajante—, le ahorraré el tiempo dándole mi respuesta final e inamovible. La niña se encuentra bajo el cuidado de mi Fundación. Así que cualquier plan o intención negativa que tengan con ella, les sugiero lo desechen.

    El rostro de Frederic, hasta ese momento afable y amistoso, se tornó un tanto sombrío por unos instantes, aunque intentó ocultarlo casi de inmediato con una media sonrisa, un poco forzada a simple vista.

    —Su asociada, la Dra. Honey, nos dijo algo parecido hace dos noches —señaló Frederic, sin ninguna intención o sentimiento claro acompañando sus palabras.

    —Ambas concordamos en esto —respondió Eleven con seriedad. Sin embargo, al recordar su plática de hace sólo unas horas atrás no pudo evitar pensar: «aunque en otras cosas al parecer no».

    —Yo admiro la devoción que todos ustedes tienen hacia la causa de ayudar a los niños que los necesitan —musitó el padre Babatos con prudencia—. Y le aseguro que en ese sentido, nosotros no somos sus enemigos, Sra. Wheeler. Además, quizás no le han informado que no fuimos nosotros los que externamos inicialmente nuestra preocupación hacia la niña Morgan, sino su colega, el Det. Sear.

    Eleven permaneció en silencio unos instantes; al parecer no estaba dispuesta a dar alguna respuesta directa. En efecto, durante su plática con Matilda y Cole, estos sólo habían logrado contarle de manera más o menos resumida todo lo ocurrido, incluyendo la intervención de aquel hombre religioso y sus ayudantes. Tendría que hablar con más calma con Cole sobre ese tema en específico. Pero sin importar qué le fuera a decir, es no cambiaría su postura; en especial tras oír la resolución que Matilda le había compartido.

    —Como dije, mi decisión al respecto es inamovible —reiteró Eleven con la misma determinación que antes—. Así que, si nos disculpan. Vámonos, Sarah.

    Su hija no ocupó mayor indicación, y ambas se dieron media vuelta, comenzando a caminar por la banqueta para alejarse de los dos extraños.

    —Entiendo, y si es así, no tocaremos ese tema —explicó Frederic en voz alta para que lo escuchara, y al instante comenzó a seguirlas unos cuantos pasos detrás—. No en esta ocasión, al menos. Pero sí hay otros asuntos relacionados con lo ocurrido hace dos noches que nos interesa mucho discutir con usted.

    Eleven siguió avanzando sin dar ninguna señal de estarlo escuchando siquiera.

    —El asunto de Damien Thorn no ha terminado, Sra. Wheeler —profirió Frederic con más ahínco, y la sola mención de ese nombre tuvo un efecto tal en Eleven que sus pies se quedaron abruptamente quietos en su sitio—. De hecho, es probable que sólo esté comenzando —añadió el sacerdote—, y estoy convencido de que dentro de poco será primordial que nuestras dos organizaciones comiencen a trabajar más en conjunto. Y si me permite invitarlas a comer, podemos hablarlo con mucha más calma.

    De nuevo se hizo el silencio. Eleven miraba fijamente al frente, pero tras un rato su entrecejo se contrajo, y sus ojos se cerraron como si la hubiera invadido un pequeño dolor punzante.

    “El asunto de Damien Thorn no ha terminado.”

    Sí, eso se temía, aunque una parte de ella intentaba convencerse de lo contrario a toda costa.

    —De acuerdo —musitó despacio, girándose de nuevo hacia los dos hombres—. Pero mi hija tiene razón en lo de subirnos al vehículo de dos desconocidos. Iremos caminando.

    Frederic pareció un poco sorprendido por ello. Su boca se abrió, de seguro con la intención de replicar algo, pero ninguna palabra brotó de él. La mirada firme y decidida de Eleven le indicaba que aquello no era una sugerencia. En vista de esto, el sacerdote carraspeó un poco y pronunció despacio:

    —Cómo gusten. Por aquí —les indicó, señalando con su mano calle arriba. Y avanzando al ritmo pausado que las dos personas con bastón se permitían, el grupo comenzó a caminar.

    — — — —

    El restaurante estaba a sólo dos cuadras, y en situaciones normales no hubiera representado ningún problema. Pero dado que esa no era una situación normal, la caminata resultó no ser muy agradable, pero Eleven lo prefirió de esa manera. Quizás era un intento un tanto burdo de mantener el control de la situación, pero era de momento lo que podía hacer. Al llegar al local, sin embargo, notaron como el gerente pareció reconocer al padre Babatos y lo recibió con bastante júbilo. Ambos hombre se estrecharon de manos e intercambiaron comentarios animadamente. Esto incómodo un poco a Eleven, haciéndola sentir que de alguna forma estaban entrando a territorio enemigo, o al menos uno en donde la otra parte tenía ventaja. Igual de momento intentó no alterarse por ello, pero sí estar al pendiente de cualquier movimiento sospechoso.

    El gerente los condujo hacia un área un poco más retirada, en una zona privada del restaurante que sólo tenía cuatro mesas, todas vacías en ese momento. No estaba totalmente desconectada del área común, pero sí les daba algo más de privacidad para tener la plática que tanto deseaban tener. Los cuatro se sentaron en una mesa; Frederic y Carl de un lado, Eleven y Sarah del otro. El sacerdote les permitió a sus invitadas ordenar de comer y beber antes de comenzar.

    Eleven y Sarah fueron más conscientes del hambre que sentían en cuanto sus ojos recorrieron el menú. El no estaba segura de qué pedir, así que dejó que su hija lo hiciera por ambas. Sólo pidió por su cuenta un poco de agua.

    —¿Es su primera vez en California? —preguntó Frederic con tono animado, quizás en un intento de aligerar el ambiente.

    —Viví un tiempo en Lenora Hills cuando era joven —respondió Eleven con seriedad—, y no diría que fue mis etapas favoritas. Y a Los Ángeles ya había venido algunas veces, a visitar a algunas amistades.

    —Como a la Dra. Honey y su madre, supongo —señaló Frederic, a lo que Eleven no quiso responder. La manera en lo que había mencionado le hacía sentir que intentaba decirle que sabía más de ella y de su Fundación de lo que pensaba, y eso no le agradaba del todo. Últimamente acostumbraba ella ser la que tenía toda la información a la mano, como en su conversación con el jefe Thomson, por ejemplo.

    —Tenemos algo de prisa —señaló Eleven con brusquedad—, y quisiéramos retirarnos en cuanto terminemos de comer. Así que si fuera tan amable…

    —Sí, claro —rio Frederic, y comenzó sin más espera su explicación mientras aguardaban que les trajeran su orden.

    Su charla fue en parte muy similar a la que habían tenido Jaime y él con Cole días antes, en dónde le habían explicado de manera general quiénes eran, a qué se dedicaban, y cuál era su misión por la que estaban en Los Ángeles. Y claro, el motivo de su interés por Damien Thorn. Durante toda esa plática, fue imposible que no se repitiera en más de una ocasión la palabra “Anticristo”.

    Como una persona que había pasado gran parte de su vida temprana lejos de… prácticamente todo, incluida la religión, Eleven se sentía un tanto ajena a muchas de las cosas que ese hombre le decía. Era casi igual a cuando era más joven, y Mike o alguno de los otros chicos intentaban explicarle cosas de los cómics que le gustaban, sus videojuegos, o Calabozos y Dragones. Con el tiempo había aprendido a entender al menos lo principal, pero al inicio fue muy usual que olvidaran que cosas tan habituales y comunes para ellos eran de hecho totalmente desconocidas para ella. Y el que este hombre le dijera que buscaban a ese tal “Anticristo”, daba casi lo mismo que si le hubiera dicho que buscaban a “Superman”, y al menos de éste último había visto un par de películas para ubicar de qué hablaban.

    Pero si había algo que Eleven definitivamente sí comprendía, eran las fuerzas no humanas que rondaban fuera de este mundo, y acechaban con frecuencia a las personas desde rincones oscuros, incluso de su propia alma. Monstruos, espíritus, demonios… daba igual cómo los llamaran. Y usando eso como base, logró entender que aquello que estas personas perseguían tenía que ser algo parecido; un poderoso enemigo que los amenazaba a ellos y al mundo entero. Su propio Mind Flayer, Vecna... Henry Creel, One…

    —¿Y creen que Damien Thorn es esta persona que buscan? —masculló Eleven despacio, cuidando sus palabras.

    —Fue uno de nuestros principales sospechosos por mucho tiempo —respondió Frederic—. Sin embargo, no pudimos completar todas las pruebas que lo confirmaran, hasta el incidente de hace dos noches. Mi colega el padre Jaime Alfaro, que el Det. Sear también conoció, estuvo presente en el pent-house y confrontó a Thorn de frente. Desconocemos los detalles de lo ocurrido con exactitud, pero esa misma noche me telefoneó y me dijo directamente que había visto la prueba irrefutable de que Thorn era a quién buscábamos.

    —¿Cuál prueba? —inquirió Eleven, curiosa.

    —No puedo darle esos detalles, pero le puedo asegurar que confío plenamente en su palabra. Lamentablemente, Jaime falleció esa misma noche, debido a las heridas que sufrió en ese sitio.

    —Lo lamento mucho —masculló Eleven despacio, y era sincera con su pesar. Después de todo, ella también había perdido a alguien esa misma noche.

    —Gracias. Como sea, eso ha dificultado un poco las cosas, pero ya en estos momentos mis superiores están discutiendo arduamente si tomar a cuenta sus últimas palabras o no. Pero confío en que es cuestión de tiempo para que se decidan, y entonces la siguiente fase de nuestra misión tendrá que ejecutarse cuanto antes.

    —¿Qué significa eso? —cuestionó Eleven, claramente desconfiada—. ¿Qué es lo piensan hacer exactamente?

    El mesero llegó en esos momentos con su orden, así que su plática tuvo que detenerse unos momentos. Sarah les había ordenado a ambas un espagueti con mariscos, con un olor penetrante que cubrió por completo la nariz de Eleven, pero que no era para nada desagradable. Siguieron en silencio hasta que el mesero se retiró.

    —Me temo que eso tampoco puedo compartírselos, aún —contestó Frederic con firmeza—. Sólo puedo decirles que desde hace mucho tiempo hemos estado librando una guerra, se podría decir “fría”, con el grupo que protege y sirve al Anticristo. Pero si hemos encontrado al fin a la persona correcta, y tras todo lo ocurrido, estas personas que hasta ahora se han mantenido ocultas, se verán forzadas a salir; y nuestra guerra ya no será tan fría. Por suerte, nos hemos estado preparado para esto, y estamos listos para lo que se viene. Pero claro, siempre nos vendría bien tener una mano amiga que nos apoye.

    —¿A eso se refería con que deseaba que nuestras organizaciones cooperaran? —susurró Eleven en voz baja, mientras picoteaba su plato con un tenedor—. Mi Fundación no fue hecha para pelear ninguna guerra, señor. Mi propósito siempre ha sido de hecho lo contrario: evitar que las personas como yo tengan que involucrarse en este tipo de cosas y puedan vivir una vida tranquila.

    —Y eso lo entiendo y apoyo totalmente, en serio —señaló Frederic con solemnidad—. Pero me temo que en cuanto sus caminos se cruzaron con los de Thorn, inevitablemente terminaron involucrados en esto de una u otra forma. Y aunque no hayan sido entrenados para la guerra como bien dice, usted y sus colegas pudieron darle un golpe certero en la cara al peor de los enemigos…

    —Al costo de que él nos diera varios más fuertes primero —indicó Eleven con pesar.

    —Sí… Y lo volverá a hacer en cuanto logré recuperarse, y se recuperará. Ya que en dónde quiera que esté en estos momentos, es sólo cuestión de tiempo para que resurja. Y todos debemos estar preparados cuando eso ocurra.

    Eleven guardó silencio. Por lo que decía, lo más seguro era que no supiera aún del paradero actual de Damien en las garras del DIC. Pensó rápidamente en las implicaciones de compartir esa información con él, pero concluyó que no era conveniente. No sabía de qué imprudencia serían capaces si acaso se enteraban de ello.

    Siguió comiendo su plato en silencio por un rato, y cuando se sintió lista, hizo una pregunta que quizás se podría sentir como si quisiera desviar la conversación a otro lado. Sin embargo, lo que más le preocupaba era que, de hecho, no estuviera tan apartado en realidad.

    —¿Qué tiene que ver todo esto con Samara Morgan?

    Los ojos de Frederic destellaron con ligera sorpresa.

    —Porque tiene que ver, ¿no es cierto? Si su meta final es Thorn, ¿por qué les interesa tanto el caso de Samara?

    Frederic y Carl se miraron el uno al otro en silencio, como preguntándose mutuamente cómo responder aquello de forma correcta. Eleven notó eso, y la irritó un poco.

    —Si me dice que es otra cosa que no me puede compartir, nos iremos en este instante.

    —No es precisamente eso —murmuró Frederic, vacilante—. No es directamente parte de la misión… del todo. Es más una teoría que comparten algunos de mis colegas.

    —¿Qué teoría? —insistió Eleven.

    —Bueno, nuestra búsqueda del Anticristo se basa mucho en lo que dicen las escrituras, claro, y en las propias creencias que la Hermandad de la que les he hablado ha compartido entre sus miembros. Pero hay quienes creen que nuestro enfoque de estar buscando a una sola persona en específico, no es el correcto, y que de hecho podría no haber sólo un Anticristo. Después de todo, como bien sabe, en las escrituras se le describe como una Bestia de siete cabezas, cada una con un nombre diferente.

    «No, en realidad no lo sé» pensó Eleven, pero mantuvo la serenidad para no dejarlo en evidencia.

    Frederic continuó.

    —Esto, como casi todo en el libro de las Revelaciones, está abierto a muchas interpretaciones. Hay quienes creen, sin embargo, que esto indicaría que existen en realidad siete personas, todas hijas del Dragón, nacidas en este nuevo milenio, y que traerán consigo un poder tal que, en cuanto se junten los siete, entonces daría inicio el verdadero Fin de los Tiempos. Y de estos siete, el joven nacido bajo los cometas que cruzaron el cielo en el año 2000, sería sólo el primero, y el líder de todos ellos.

    Hubo una pausa, en donde varias ideas cruzaron la mente de Eleven, sólo para llegar a la conclusión más lógica posible de lo que ese hombre intentaba decirle.

    —¿Y cree que Samara Morgan es uno de esos siete? —soltó Eleven, incrédula e incluso un poco molesta.

    —Como todo lo que hemos hablado, es una teoría —explicó el padre Babatos—. Pero todo lo que el Det. Sear nos contó de ella, más lo que hemos investigado por nuestra cuenta, y su reciente encuentro con Thorn, nos hace al menos requerir sopesar la posibilidad. Y, con todo respeto, esto no debería ser del todo descabellado para ustedes. Después de todo, sé que fueron usted y el detective los primeros en considerar que las habilidades de la niña pudieran ser de un origen muy diferente a los otros niños que han visto antes, ¿o me equivoco?

    Eleven no respondió a esa pregunta. Sí, eso era cierto, pero lo que estaba implicando distaba mucho de lo que habían considerado en un inicio. Aunque ciertamente el propio Damien Thorn representaba un enigma, y era la prueba de que podían existir individuos cuyas habilidades salían de los estándares que habían conocido hasta entonces. ¿Podría Samara ser alguien como Damien? ¿Podrían las habilidades de ambos estar de alguna manera relacionados? Y, por consiguiente, ¿podrían llegar a estar al mismo nivel?

    Mientras su mente estaba sumida en aquellos pensamientos, El dio unos últimos bocados rápidos a su plato, terminándolo de inmediato. Se limpió justo después la boca con su servilleta y se puso de pie, recordando casi al instante la debilidad de su cuerpo y teniendo que apoyarse en la mesa para no caerse. Sarah se paró rápidamente para ayudarla, y Carl hizo lo mismo por reflejo. El, sin embargo, alzó una mano para indicarles a todos que estaba bien. Respiró hondo para intentar recuperar fuerzas, y poder encarar de nuevo al padre Babatos, aún sentado en su silla.

    —Como dije, Samara Morgan está bajo nuestro cuidado —declaró Eleven con inamovible convicción—. Si se atreven a acercarse a ella de cualquier modo, le aseguro que la protegeremos a cualquier costo. Y si está tan preocupado por su inminente guerra con sus enemigos actuales, lo mejor sería que no intentara buscarse enemigos nuevos.

    —No es lo que buscamos en lo absoluto —respondió Frederic, inmutable ante la aparente amenaza de la Sra. Wheeler—. Al menos le pediría que nos dejara hablar con la niña, ver qué es lo que vio o escuchó mientras estuvo con Thorn. Y le pediré también que piense en todo lo que le acabo de decir. No debe confiarse en que Thorn los dejará en paz luego de todo esto. La mejor forma de combatirlo y ponerle un fin será juntos.

    —Reflexionaré profundamente en sus palabras —contestó Eleven con estoicidad—. Mientras tanto, le agradezco la comida, pero como le dije tenemos cosas que hacer. No se molesten, podemos salir por nuestra cuenta.

    No había terminado aún su apresurada despedida cuando ya estaba dirigiéndose a la puerta del restaurante, lo más rápido que los pasos de su bastón le permitían. Sarah vaciló un poco por el cambio repentino. Sin siquiera haber terminado de comer, dio un paso hacia ella, se regresó un momento por su bolso que casi olvidaba, y luego se apresuró a alcanzarla.

    Frederic, por su parte, observó en silencio como se alejaban. Cuando estuvieron a una distancia prudente, dejó que su rostro de sólida seguridad se desmoronara, y dejó salir un pesado y cansado suspiro.

    —Esperaba que fuera más fácil tratar con ella que con la Dra. Honey —masculló despacio, sin ser del todo un comentario para su compañero sino más bien un simple pensamiento al aire sin receptor específico—. Pero veo que me equivoqué.

    Sin decir nada, Carl se sentó de regreso en la silla a su lado.

    —¿Qué haremos ahora?

    Frederic sonrió y se encogió de hombros.

    —Con respecto a la Sra. Wheeler y su gente, sólo esperar que cumpla su palabra de reflexionar sobre lo que le hemos dicho. Es obvio que el tema de la niña Morgan será un problema en el que no podremos llegar a un consenso de forma sencilla, pero al menos siento que son conscientes de la amenaza de Thorn aún representa. Fuera de eso, lamentablemente hasta que los cardenales dejen de deliberar, no hay mucho más que podamos hacer. Salvo, por supuesto, seguir con nuestra investigación secreta.

    El sacerdote se giró casi por completo hacia su ayudante, inclinando su cuerpo hacia él para poder susurrarle en voz aún más baja.

    —¿Has tenido algún avance?

    —No aún —negó Carl con la cabeza—. El correo del Sr. Warren en donde menciona las dagas fue escrito hace cinco años, y es lo último que se ha sabido de él desde entonces. Ningún familiar o amigo ha tenido noticia alguna; no sabemos siquiera si sigue con vida o no. Y si acaso las dagas estaban en el museo como describe en su correo, muy probablemente se perdieron durante el incendio de éste. Pero seguiré investigando.

    Frederic asintió, no precisamente conforme o feliz con la falta de avance, pero al menos con el consuelo de que las cosas iban caminando de alguna forma. Estar sentados sin hacer nada y a la espera, ciertamente no era de su agrado. Y si además Jaime había tenido que morir para obtener este pedazo de información crucial, lo que menos deseaba era que su sacrificio hubiera sido en vano. No dejaría que Damien Thorn y la Hermandad se salieran con la suya.

    — — — —

    En cuanto salieron a la banqueta, Eleven vio acercarse por la calle un taxi, por lo que se apresuró a la orilla y alzó una mano al aire para llamar su atención.

    —¡Taxi! —exclamó con fuerza, pero el vehículo amarillo siguió de largo. Esto la hizo golpear frustrada el concreto con su bastón. Quizás sería mejor que Sarah les pidiera un vehículo, pero no quería estar más tiempo ahí esperando. Quería irse de ahí cuánto antes; necesitaba pensar, y en especial descansar.

    —Dime por favor que no les creíste nada de lo que dijeron —escuchó mascullar con molestia a su hija, jalando su atención. La mirada de Sarah demostraba bastante inconformidad—. ¿Anticristo? ¿Apocalipsis? ¿Bestia de Siete Cabezas? Son unos jodidos fanáticos religiosos. Si les entregas a esa niña, son capaces de quemarla en la hoguera como si fuera una bruja.

    —No tengo pensado hacer tal cosa —respondió Eleven tajante. Vio en ese momento otro taxi acercándose, e hizo el segundo intento de pararlo, obteniendo de nuevo el mismo resultado que antes—. No sé qué tanto de cierto tenga todo lo que nos dijeron —añadió—, pero hay al menos dos cosas que no puedo negar. Lo que Damien Thorn puede hacer sí dista mucho de lo que hemos visto antes, y Samara no está muy lejos de eso. Si esto implica que están de alguna forma relacionados, no lo sé… Pero que ambos terminaran cruzándose de esta forma resulta al menos curioso.

    Hizo una pausa reflexiva, mientras fijaba su mirada en la calle, en la búsqueda de cualquier punto amarillo que se aproximara en la lejanía.

    —Y lo segundo, es que si Thorn estuvo tanto tiempo fuera del radar del DIC, y del nuestro, implica que alguien en efecto lo ha estado protegiendo desde que era pequeño, como este hombre nos acaba de decir. Y si es así, estaríamos hablando de gente poderosa, de la que deberíamos preguntarnos cómo es que reaccionarán ahora que Thorn está en las garras del DIC.

    Soltó un pesado y cansado suspiro, muy similar al que Frederic había soltado justo cuando se retiraron.

    —Me temo que las cosas son mucho más complicadas de lo que pensaba. Ese descanso que prometí tendrá que esperar un poco más.

    —¿Crees que en verdad sigamos en peligro? —inquirió Sarah, comenzando a contagiarse rápidamente de la preocupación que inundaba a su madre. Ésta, sin embargo, no le respondió.

    Otro taxi apareció al doblar en la esquina, y antes de que Eleven hiciera un nuevo intento de pararlo, Sarah se adelantó, prácticamente colocando medio cuerpo delante del vehículo para obligarlo a detenerse.

    —¡Taxi! —pronunció con fuerza alzando una mano al frente. Las llantas del taxi rechinaron ante el repentino frenado, deteniéndose a unos centímetros de ellas. Eleven miró a su hija, sorprendida por ese acto tan osado—. Cosas que aprender viviendo en New York —respondió a su pregunta silenciosa, y de inmediato se dirigió de regreso a ella para ayudarla a subir a la parte trasera.

    — — — —

    Lo que Jane y el propio padre Babatos ignoraban era que, mientras en el centro de Los Ángeles ambos daban por terminada su plática, una nueva reunión estaba por comenzar a varios kilómetros de ellos, en un rincón remoto a las afueras de Chicago.

    El Club Campestre San Aquiles era uno de los más exclusivos y elegantes de la zona, compuesto por un amplio campo de golf, albercas, canchas deportivas, restaurantes, spa y salones de eventos. Entre sus miembros se encontraban empresarios y políticos locales de renombre que podían hacer uso de sus instalaciones como mejor les pareciera; algunos más, otros menos, dependiendo de su nivel de socio. Y, por supuesto, la familia Thorn y los altos directivos de su empresa eran parte de esta exclusiva lista, y era común ver a alguno de ellos paseando por las instalaciones, comiendo en el buffet, o jugando unos cuantos hoyos con algún invitado.

    Sin embargo, la verdad era que la influencia que los Thorn tenían en aquel sitio era mayor a lo que la mayoría de sus miembros pensaban, pues aquel Club Campestre era apenas un poco más que una conveniente y lucrativa fachada para uno de los tantos sitios de reunión seguros para la Hermandad en la zona de Chicago. De hecho, había zonas de aquel complejo que ni siquiera socios del más alto nivel conocían siquiera que existían; y una de ellas era justo a la que se dirigía Paul Buher esa tarde.

    El joven gerente de Thorn Industries ingresó al terreno del club en su flamante deportivo planteado, cuyo motor resonó mientras avanzaba con rapidez desde la verja principal del club, hacia la puerta del vestíbulo en el edificio principal. Conducía aquel vehículo repleto de orgullo, con la capota abajo desde que venía en la carretera, sintiendo como el aire agitaba sus rizos rubios, luciendo unas elegantes gafas oscuras espejadas, y con Sweet Child O' Mine de Guns N' Roses retumbando con fuerza en el espléndido equipo de sonido. El auto redujo su velocidad de un instante a otro sólo hasta que logró posicionarse justo delante de la puerta. Uno de los empleados del valet parking se apresuró a abrirle.

    —Bienvenido, Sr. Buher —le saludó el chico con amabilidad, agachando un poco la mirada.

    —Gracias, Milo —le regresó el saludo Paul de forma animada, bajándose de su vehículo con resaltante gracia en sus movimientos. Recorrió de forma rápida sus manos por su atuendo, acomodándose su corbata y los puños de su camisa—. Trata a mi bebé tan bien como siempre, ¿quieres? —murmuró con tono jocoso, sacando del bolsillo de su saco color gris oscuro un fajo de billetes sujeto con un clip. Extrajo de éste uno de cincuenta dólares, y lo colocó discretamente en el bolsillo de la camisa del muchacho.

    —Sí, señor —se apresuró Milo a responderle con una amplia y emocionada sonrisa, misma que Paul le devolvió, seguido de un par de palmadas amistosas en su brazo a modo de despedida, antes de comenzar a caminar hacia el interior del complejo.

    Cada empleado y socio con el que se cruzaba lo reconocía al instante y lo saludaba con ferviente amabilidad. Él respondía a cada uno de esos saludos, e incluso llamaba a varios de ellos directamente por su nombre, mientras esbozaba su radiante sonrisa blanca. Su caminar seguro y despreocupado lo llevó hasta el buffet, donde una anfitriona lo recibió con la misma afabilidad que el resto.

    —Buenas tardes, Sr. Buher —masculló la elegante y hermosa mujer de cabellos rubios, sonriendo—. ¿Su mesa de siempre?

    —Hoy no, Lorena —respondió el empresario, retirándose sus lentes oscuros para colgarlos del bolsillo de su saco—. Creo que me sentaré en la Terraza Número 7, si no es mucha molestia.

    —Por supuesto —asintió la anfitriona de nombre Lorena—. Por aquí —indicó señalando el camino con una mano.

    La mujer comenzó a andar, con la alfombra bajo sus pies amortiguando el sonido de sus tacones altos de aguja. Paul la siguió de cerca, igualmente saludando a algunos de los hombres que ahí comían, y si acaso sólo deteniéndose unos segundos a estrechar la mano de un directivo importante de Winston Motors, prometiendo que quizás jugarían un par de hoyos más tarde. Paul siguió avanzando cerca de Lorena, hasta que ambos pasaron todas las mesas y siguieron de largo, incluso rodeando la barra del buffet y dirigiéndose a las puertas de la cocina al otro lado. Ambos ingresaron a dicha área, y caminaron por ella con una naturalidad propia de alguien que se siente en un ambiente conocido. Ninguno de los que ahí trabajaba dijo o señaló algo; ni siquiera voltearon a verlos cuanto pasaban a escasos centímetros de ellos.

    Lorena guió al visitante hacia la parte trasera de la cocina, a la amplia alacena de ingredientes enlatados y enfrascados. Ella ingresó primero y se dirigió al fondo de aquella área, en donde reposaba un estante repleto de latas, frascos y bolsas de comida. Sin decir palabra alguna, colocó una mano a un costado de dicho estante, y éste se deslizó hacia un lado, casi como si se resbalara en hielo, con todo y el muro falso detrás de él, sólo lo suficiente para mostrar una puerta metálica que se escondía justo detrás de él con un sensor electrónico a un costado. Lorena sacó del interior de su blusa una tarjeta electrónica, sujeta a su cuello con una cadena, y se la retiró sólo un momento para poder pasar la cinta magnética por el lector de la puerta. Un pequeño led pasó de rojo a verde, y las puertas metálicas se abrieron hacia los lados, revelando del otro lado el pequeño espacio cuadrado e iluminado de blanco de un ascensor.

    —Qué disfrute su comida, Sr. Buher —indicó la anfitriona, haciéndose a un lado para dejarle el camino libre a su visitante.

    —Gracias, Lorena —respondió el gerente con normalidad. Caminó hacia el ascensor, pero antes de ingresar a éste, se regresó unos pasos. Sacó de nuevo su fajo de billetes, sacando en esta ocasión uno de cien—. Por las molestias —murmuró con elocuencia, extendiendo el billete entre sus dedos en dirección a la mujer.

    Lorena no vaciló mucho al tomar el billete. No tanto por el dinero en sí, como por el hecho de que era un gesto de amabilidad de parte de unos de los Diez Apóstoles de la Bestia, a los cuáles ella servía fielmente; y lo que menos podía permitirse era ofenderlo.

    —Muchas gracias, señor.

    Paul le guiñó un ojo con complicidad, y se dirigió ahora sí al interior del elevador. Lorena volvió a pasar su tarjeta y las puertas se cerraron. Un instante después, y tras una pequeña sacudida inicial, comenzó a descender, precisamente a uno de esos sitios que la mayoría de los socios del club desconocían.

    El ascensor no tardó mucho en llegar a la “Terraza Número 7”, que era, si la describían en términos simples, una sala de reuniones ubicada en un nivel subterráneo por debajo del edificio principal del club, construida hace menos de una década, bien disfrazada durante una remodelación completa que se realizó del complejo. Todo ello planificado desde el momento en el que fue un hecho que Damien iría a vivir con su tío Richard en Chicago tras la muerte de sus padres.

    La sala era amplia, pero era ocupada en gran parte por la mesa redonda de madera brillante, con un diseño de líneas sobre su superficie que en conjunto dibujaban la figura de una estrella de diez puntas, y en cada una de esas se ubicaba una silla de respaldo alto forrada en terciopelo negro.

    Diez sillas, para diez Apóstoles. Aunque no todas estarían ocupadas en esa ocasión.

    Los muros de la cámara eran lisas, de un gris oscuro, con faroles que alumbraban con luz blanca, y algunas pinturas entre estos para adornarlas que mostraban hermosas representaciones de ángeles y demonios combatiendo en los cielos; estelas de fuego cayendo y cubriendo la tierra de llamas; ángeles alzándose con trompetas contra sus labios, mientras a sus pies las ciudades se derrumbaban; y un dragón rojo de sietes cabezas devorando al mundo. En contraste con las piezas de arte, en el fondo había una amplia pantalla que abarcaba casi toda la pared, en donde en esos momentos se veía la señal de espera.

    Cuando Paul arribó y las puertas del ascensor se abrieron, vio que ya había dos personas ahí, ambas sentadas en una silla de la mesa, pero casi en extremos opuestos del círculo, como si quisieran estar lo más apartados el uno del otro. Por un lado se encontraba su viejo y conocido amigo John Lyons, sentado contemplando fijamente a la nada mientras pasaba su mano por su fina barba blanca. Se le veía serio y sereno, pero Paul sabía que esa era más bien su mirada de inquietud.

    —Hey, John —le saludó como cualquier cosa, aproximándose por un costado. Antes de que Lyons se pudiera virar por completo hacia él, Paul lo alcanzó y le dio un par de palmadas amistosas en su brazo; quizás demasiado amistosas para el gusto del viejo Apóstol—. Siempre es un gusto tenerte por estos lares. ¿Te apetece que juguemos unos hoyos terminando con esto? Tim de Winston Motors está arriba y más que dispuesto. ¿Qué dices? ¿O te da miedo, anciano?

    Lyons volteó a verlo de reojo con marcado desdén inundado su expresión entera.

    —Creo que no has dimensionado lo grave de la situación, Buher —masculló Lyons con voz carrasposa.

    —Oye, para tu información, tenía una cita con mi masajista, y la cancelé para estar aquí —bromeó Paul con fingida indignación—. Y no sabes lo difícil que fue. Lo entenderías si supieras lo que la linda de Yin-Lu puede hacer con esas manitas suyas. Algún día te llevaré para que la conozcas; te cambiará la vida.

    —Tendré que pasar —masculló Lyons con fastidio, virándose hacia otro lado.

    Paul sonrió, divertido por su reacción . Sí, estaba bastante inquieto, y no era para menos. Por supuesto que él entendía bien lo grave la situación, pero tenía también el suficiente temple para mantenerse calmado pese a eso, pues alterarse no serviría de nada. Además, resultaba sencillo cuando el asunto no era directamente su culpa.

    —Qué considerados, nos pusieron galletas y café —masculló Paul, extendiéndose hacia una de las dos bandejas en el centro de la mesa, para tomar una galleta con chispas—. Al menos no es una cabra desangrada sobre la mesa, ¿cierto, Lyons?

    John no le respondió nada.

    Paul tomó un par de galletas más en una servilleta y se dirigió hacia una mesa ubicada a un costado, donde había una cafetera, algunas tazas limpias, botellas de agua y algunos otros aperitivos cortesía del buffet del club, ubicado justo sobre sus cabezas.

    —¿Te sirvo un café, Sally? —le preguntó con gentileza a la segunda persona en la mesa al pasar cerca de ella en su camino a la cafetera.

    —No, gracias —respondió Sally Steel con voz neutra, una mujer de cabellos rojizos y lacios con escasas canas asomándose debajo del tinte. Vestía un elegante traje estilo ejecutivo de blazer y falda morado obispo. Usaba además unos anteojos redondos de armazón delgado, y frente a su rostro sujetaba con ambas manos su teléfono móvil—. La cafeína me altera, y lo que menos quiero es alterarme antes de que esto empiece.

    —Cómo quieras —masculló Paul, tomando él sí una de las tazas para servirse un poco de café y acompañar sus galletas.

    A media taza llena, escuchó a la mujer a sus espaldas soltar una pequeña maldición.

    —Olvidaba la horrible señal que hay aquí abajo —masculló con molestia la senadora actual por el estado de Indiana, haciendo su tercer intento fallido de mandar un mensaje.

    Paul rió, divertido al parecer por la reacción de la senadora.

    —¿No estás harta de que nunca se piense en las antenas de celular cuando se construyen guaridas secretas? —comentó Paul con tono jocoso. Retiró poco después su taza ya llena, y tomó un sobrecito de crema para colocárselo a su bebida—. Y hablando de eso, ¿sólo a mí me molesta todo el esfuerzo y dinero que nos costó hacer esta pequeña mejora subterránea para que sólo la hayamos usado…? ¿Cuánto? ¿Dos o tres veces? Algunos pensarían que fue lavado dinero.

    —El hecho de que no haya sido necesario reunirnos tan seguido, es buena señal —indicó Lyons desde su extremo de la mesa con tono aburrido.

    —Así que si no reunirnos es bueno, el que tuviéramos que hacerlo, y tan apresuradamente… es todo lo contrario de bueno, ¿verdad? —indicó Paul un tanto desvergonzado. Lyons se viró de nuevo hacia otro lado, sin tomarse la molestia de responderle—. De hecho, me sorprende verte por aquí en persona, Sally. ¿No estás un poco lejos del Capitolio?

    —Por suerte, o no, estaba por estos rumbos cuando recibí el llamado de Lyons —respondió Sally, rindiéndose en ese momento con su celular y mejor dejándolo sobre la mesa de forma despectiva—. Tuve que cancelar varios compromisos e inventarme que tenía que visitar a una prima enferma. Sólo espero que podamos terminar rápido.

    —Yo no apostaría por eso —indicó Paul, al tiempo que se sentaba en una silla a su lado—. ¿Adrián nos va a acompañar? —preguntó rápidamente en dirección a Lyons.

    —Ya debe estar en camino —respondió el hombre de barba blanca con voz apagada.

    —¿Y Ann? —añadió Paul justo después, dando luego un sorbo de su taza—. ¿Se puede saber cuándo piensa volver al trabajo? Aunque me encanta estar a cargo, hay algunos asuntos que sólo ella puede atender y firmar.

    A mitad de su comentario, el cartel de espera se había retirado de la gran pantalla empotrada en el fondo de la sala, y el rostro de la primera de los invitados conectados de vía remota se hizo visible en un recuadro justo en el centro de ésta.

    —Estoy bastante segura de lo mucho que me extrañas, Paul —masculló de pronto la voz fría de Ann Thorn, resonando en los altavoces de la pantalla—. Después de todo, no tiene caso hacer tus diabluras de oficina a escondidas, si no hay de quien esconderse.

    Paul se giró un tanto consternado hacia la pantalla, sus ojos cruzándose de inmediato con el rostro sereno y estoico de Ann perfectamente maquillado, incluidos sus famosos labios rojizos, y sus brillantes cabellos negros sueltos sobre sus hombros. De lo que se alcanzaba a captar en la imagen de la cámara, portaba un traje rojo escarlata que combinaba muy bien con el color de sus labios.

    —Hey, mi presidenta favorita —dijo Paul, alzando su taza hacia la pantalla a modo de saludo—. ¿Se puede saber dónde estás? ¿Te tomaste unas vacaciones a Tombuctú sin molestarte en avisarle a nadie?

    —¿Por qué no le preguntas a Adrián en cuanto llegue? —respondió Ann con voz punzante—. De seguro estará encantado de explicártelo. Pero descuida, luego de zanjar este asunto tengo pensado volver a Chicago lo antes posible.

    —Más te vale —comentó Paul con un tono casi amenazante—. Sería un tanto desagradable para todos suponer que te estás escondiendo temerosa de las represalias por… bueno, este desastre que ocurrió durante tu guardia mientras te fuiste a quién sabe dónde.

    Terminó su comentario aproximando su taza a sus labios para beber con cuidado de ella. Por su parte, la mirada de Ann se volvió notoriamente más afilada tras escucharlo. Y si no hubiera un par de pantallas y kilómetros separándolos, lo más seguro es que se le hubiera aproximado con paso desafiante para encararlo de frente.

    —¿Me estás culpando de algo, Buher? —cuestionó Ann, su voz radiando una rabia pausada y tajante.

    —Mejor dejemos eso para cuando empiece la reunión, ¿sí? —le contestó el gerente, guiñandole un ojo de forma juguetona—. Creo que todos tendrán mucho que opinar al respecto, y sería descortés de mi parte no esperarlos.

    Aquella astuta insinuación que a simple vista no decía nada, de hecho respondía bastante bien al cuestionamiento de Ann. Ésta tuvo la clara disposición de decir algo, pero la presencia repentina de alguien más en aquella sala captó la atención de ambos, al igual que la de Sally y John.

    Lo primero que se escuchó fue el sonido de unas pesadas botas resonando contra los escalones de acero de la escalera de caracol; el otro modo de salir y entrar adicional al ascensor. En un inicio todos pensaron que podría ser Adrián, pero en cuanto la complexión fornida de aquella personas y la tela verde militar de sus pantalones fueron visibles, dedujeron de inmediato de quién se trataba en realidad.

    El hombre alto y de hombros anchos se paró al pie de la escalera, y recorrió cautelosamente su mirada seria y aguda por todo aquel espacio, contando rápidamente a los que estaban presentes. Su cabello era negro muy corto con algunas canas. Su grueso y fuerte cuerpo se encontraba ataviado con un uniforme militar verde, y sobre éste usaba un abrigo negro largo, mismo que se retiró en cuanto pareció ya tener la imagen completa del lugar.

    —¿Llegó tarde? —masculló despacio, aproximándose a la silla de la mesa más cerca de él para colocar su abrigo sobre el respaldo de ésta.

    —No, no. Pasa, Neff —le indicó Paul con entusiasmo, haciéndole además la invitación con un ademán de su mano—. ¿Quieres un café?

    No recibió respuesta, y en su lugar el recién llegado se limitó a tomar asiento y permanecer callado. Ann, desde su sitio, contemplaba a aquella persona fijamente a través de la cámara.

    Daniel Neff, un soldado de las Fuerzas Armadas de gran renombre, retirado hace cinco años para dedicarse a la enseñanza y trabajar como Jefe de Pelotón en la Academia Davidson. Hacía dos años, ya cuando Damien no estudiaba más en Davidson, dejó la Academia volviendo al ejército, obteniendo recientemente el rango de Mayor; y se rumoreaba que al ritmo que iba y las conexiones que había logrado hacer, no se quedaría sólo ahí.

    Él era justo el Apóstol de la Bestia que lograba inquietar más a Ann, y que presentía podía ser también de quién Adrián sentía más recelo, aunque no lo señalara directamente. Neff siempre había logrado tener una gran presencia e influencia entre los otros desde que se convirtió en Apóstol; no por nada era uno de los protegidos favoritos de Argyron Stavropoulos, quien le cedería su puesto cuando ya los achaques de la edad le hicieron imposible seguir cumpliendo con sus deberes. Sin embargo, tras su acercamiento a Damien durante su tiempo en Davidson, se volvió muy cercano a éste, convirtiéndose en su confidente y consejero en más de un tema.

    Ann sabía bien lo beneficioso que podía ser estar en el lado bueno del Salvador, así como lo perjudicial que era estar en el lado contrario. Y para bien o para mal, tras esta pequeña rebeldía que había surgido en Damien, si había alguien en esa mesa que podría aún tener cierta influencia en él, ese era Neff. Y esa era una idea que hacía que a Ann le hirviera la sangre.

    La sala se quedó unos minutos en silencio, hasta que se comenzaron a conectar por video llamada los otros cuatro Apóstoles que estaban lo suficientemente lejos como para no estar ahí de manera presencial.

    La primera fue Tsukiji Otomi, Ministra de Asuntos Exteriores del gobierno japonés, que en esos momentos acompañaba al Primer Ministro en una gira por Asia Continental, y tenía que tomar esa llamada desde su suite privada en Seúl; había empezado su llamada señalando lo complicado que había sido conectarse a la red segura desde ahí. Era una mujer joven, incluso más que Paul, pero que se había logrado abrir camino rápidamente; una parte por sus propias habilidades, y otra claro por el apoyo extra de la Hermandad.

    El siguiente fue Pavel Minsky, un acaudalado empresario ruso, para no usar el término de “oligarca” que a modo personal no le agradaba tanto. Tomaba la llamada desde su despacho en su residencia privada a las afueras de San Petersburgo. Era quizás el miembro de mayor edad entre Apóstoles, pero se las arreglaba para mantenerse en bastante buena forma. Y su sola mirada era suficiente para paralizar a cualquier hombre valiente.

    El próximo en sumarse fue Conrad Cox, oficial de inteligencia de alto rango del MI6 en Reino Unido, y que por seguridad su ubicación actual resultaba mucho más clasificada que la de Ann. Era un hombre de pocas palabras, pero contundentes cuando tenían que ser, de rostro alargado y ojos cansados y profundos que guardaban detrás miles de secretos. Si Ann no se equivocaba, esa era la primera vez que estaba en una reunión en dónde él se encontrara, aunque en realidad no estaban ni cerca en la misma habitación. No conocía mucho de él, más allá de que era amigo cercano de Lyons, y por consiguiente esperaba que lo fuera también de Adrián. Les vendría bien un poco de apoyo en lo que se vendría.

    La última en conectarse fue Amelia Moyez, una mujer de color en sus cincuentas de ojos penetrantes y agresivos, de la que Ann sabía incluso menos que Conrad. Tampoco había estado en la misma habitación con ella, pero sí en otras llamadas a distancia como esa, y siempre se mostraba con sus vestidos holgados y coloridos, sus collares de cuenta, y su cabello cubierto con un elaborado turbante estilo haitiano. Lo único que Ann sabía, o más bien había notado con sus propios ojos, era que los otros parecían tener siempre en cuenta lo que tenía que opinar; incluso Lyons y Adrián.

    Todos eran parte del grupo selecto que dirigía la Hermandad de los Discípulos de la Guardia, y que desde hace décadas se habían ido colando poco a poco en las estructuras de poder principales del mundo; ya fuera directamente ellos diez o sus discípulos. Todos sabían los secretos mejor guardados, y tenían las llaves para desatarlos. Eran los protectores del Salvador, los emisarios del Dador de Luz para hacer cumplir su gran plan en el mundo. Los Diez Apóstoles de la Bestia, sus servidores más cercanos y fieles.

    O al menos eso era lo que se decían entre ellos. Pero fuera eso del todo cierto o no, era innegable que cada uno poseía el suficiente poder en sus manos para hacer la vida de muchas personas menos placentera si se les apetecía.

    Sólo faltaba una persona para completar el grupo; la cabeza principal de todos ellos.

    El sonido del ascensor arribando una vez más captó la atención de todos, y silenció al instante cualquier intento de conversación que podría haber estado surgiendo en los nueve apóstoles. Sus miradas observaron fijamente a las puertas mecánicas cuando éstas se abrieron, revelando del otro lado el rostro sereno de ojos avellana, cabello largo y barba anaranjada.

    —Buenas tardes —pronunció Adrián con voz serena, ingresando a la habitación e impregnando ésta de inmediato con su abrumadora presencia. Los presentes en la sala se pusieron de pie ante su llegada, y los que estaban en la llamada se sentaron derechos y observaron con atención—. Hermanos míos, me alegra ver el rostro de todos de nuevo tras tanto tiempo, pero soy sincero al decir que desearía que fuera en mejores circunstancias.

    Adrián avanzó hacia la silla más próxima, colocando sus manos sobre el respaldo de ésta.

    —Tomen asiento —indicó con voz de mando, y todos lo hicieron. Él los siguió poco después también—. Debemos comenzar esto cuanto antes, ya que el tiempo no está a nuestro favor.

    El Apóstol Supremo cerró sus ojos y alzó sus manos al frente de él, con sus palmas extendidas apuntando hacia arriba. Todos los presentes, y también los conectados en la llamada, imitaron su gesto. Un segundo después, las diez voces comenzaron a resonar como una sola, pronunciando las mismas palabras en un acorde perfecto que retumbaba en las paredes de aquella bóveda subterránea, con tanto poderío que casi las hicieron temblar:

    —Divina Estrella de la Mañana, Dador de Luz y Guardián del Conocimiento. Tuyo es el poder que derrocará a los poderosos y destruirá sus templos; reivindicará a los despreciados, y destruirá con fuego y hielo el mundo antiguo para traer el nacimiento de uno nuevo. Estamos aquí para hacer cumplir tu voluntad, Oh Gran Rey Carmesí, tú que gobiernas a todos los demonios. Somos tus siervos, somos tus discípulos, somos tu espada y tu escudo. Somos las Diez Coronas sobre las Siete Cabezas de la Bestia. Tuyo será el mundo que la Bestia dividirá para que lo gobernemos en tu nombre. Danos tu poder, danos tu conocimiento, y danos tu luz. Salve Satanás. Qué Tu Reino sea Eterno.

    —Qué Tu Reino sea Eterno —pronunció como un pequeño susurro una onceava voz justo cuando los otros habían terminado. Sin embargo, ninguno de ellos la escucharía. Ninguno de ellos sería consciente siquiera de que en efecto, existía alguien más escuchando y viendo todo lo que hacían.

    Desde un rincón de aquella habitación, la imagen de Veróncia Selvaggio observaba sonriente y expectante la importante reunión que estaba por comenzar.

    FIN DEL CAPÍTULO 124
    Notas del Autor:

    —En la escena final del capítulo hicieron su aparición varios personajes, algunos ya conocidos, otros nuevos. De estos últimos Sally Steel, Tsukiji Otomi, Pavel Minsky, Conrad Cox, y Amelia Moyez son personajes originales que no están basados en ningún personaje de ninguna película o serie en especial. Todos aparecen y se les menciona por primera vez, a excepción de Sally que había aparecido muy escuetamente en el Capítulo 56 como una de las invitadas de la parrillada de Lucas. En el próximo capítulo veremos más de ellos, pero sólo unos cuantos tendrán mayor relevancia en capítulos posteriores (aunque dependerá también de cómo evolucione la trama).

    Sé que estos últimos capítulos han sido mucho bla bla bla, pero espero no les resulté cansado o aburrido. Son cosas que se tenían que platicar y explicar, en especial para abrir camino a lo que se viene después.
     
  5.  
    WingzemonX

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    Resplandor entre Tinieblas
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    Misterio/Suspenso
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    Resplandor entre Tinieblas

    Por
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    Capítulo 125.
    Lo que tengo es fe

    A media tarde de ese día, la enfermera de guardia entró en la habitación ocupada por Verónica Selvaggio como parte de su ronda, para revisar que la joven estuviera bien y no ocupara nada. Al ingresar, sin embargo, se encontró con las luces del cuarto apagadas, y a la joven rubia plácidamente dormida. La enfermera encendió las luces, para luego ingresar con paso silencioso y aproximarse a la camilla. El respaldo estaba levantado en un ángulo de cuarentaicinco grados, y Verónica estaba recostada bocarriba, con sus ojos cerrados y su cabeza presionada contra la almohada. Su respiración era lenta y relajada. No se había movido siquiera un poco cuando encendió las luces.

    Era destacable que pudiera dormir tan profundamente, considerando sus heridas. Los medicamentos para el dolor que le estaban suministrando debían estar haciendo buen efecto.

    Los platos de la última comida que le habían llevado estaban casi limpios, y colocados ordenadamente sobre la mesita plegable de la camilla. Su apetito igualmente parecía estar bien. Y en realidad, no había dado ni un sólo problema desde que fue bajada a cuarto. Hacía todo lo que le decían, tomaba todos los medicamentos que le daban sin chistar, y ni siquiera se quejaba de dolor o molestia. Y era en verdad un amor; amable y gentil, y muy platicadora con todas.

    «Ojalá tuviéramos más pacientes así por aquí» pensó la enfermera.

    Retiró los platos de la mesita, y plegó está a un lado, cuidando no hacer demasiado ruido. Hizo justo después una revisión rápidamente del suero; todo parecía estar bien.

    También había estado progresando bastante favorable de sus heridas. Los doctores pensaban que podría ser dada de alta pronto, aunque Thorn Industries directamente había pagado para mantenerla cómoda y segura en esa habitación todo el tiempo que fuera necesario. Dudaba que fueran tan serviciales con todos sus empleados, así que esa chica debía ser alguien importante; o al menos importante para alguien dentro de esa empresa.

    Tan sigilosa como entró, la enfermera se retiró, apagando de nuevo las luces antes de salir. Todo esto de nuevo con cuidado de no perturbar su sueño pacífico.

    Sin embargo, lo que ignoraba era que la joven en la camilla en realidad no dormía; al menos no de un modo convencional o que ella pudiera entender. Y un segundo justo luego de que saliera, los parpados de Verónica se abrieron de par en par, revelando detrás de estos uno ojos nublados que casi parecían totalmente blancos. Estos estaban fijos en el techo sobre ella, cubierto con la oscuridad de la habitación. Sin embargo, ella no miraba ese techo en realidad en esos momentos.

    — — — —​

    La mente de Verónica en realidad estaba en esos momentos muy lejos de su cuerpo recostado en aquella habitación de hospital. En realidad, sus ojos y oídos estaban fijos en aquella sala de reuniones oculta debajo del Club Campestre San Aquiles a las afueras de Chicago, en donde los Diez Apóstoles de la Hermandad de los Discípulos de la Guardia celebraban su reunión de emergencia. Ninguno de ellos era consciente de su presencia ahí, ni siquiera Adrián, y ella así lo prefería. Así que desde un rincón de aquella sala, como una simple sombra en la pared, se limitó a simplemente ser una espectadora silenciosa.

    Luego de recitado su juramento, los Apóstoles debían pasar cuanto antes al asunto importante que los había reunido en ese sitio. Todos, los presentes y los conectados en video llamada, ya conocían dicho asunto, o al menos se les había compartido una vaga noción sobre éste. Aun así, Adrián no se anduvo con rodeos, y en cuanto llegó su momento pasó a explicarlo de la forma más clara y resumida posible, alto para que todos pudieran oírlo.

    —Como ya han de haber sido informados, dos noches atrás un grupo armado, bajo las órdenes del Departamento de Investigación Científica, realizó un ataque al pent-house del edificio Monarch en Beverly Hills, en el cual Damien se había estado alojando las últimas semanas. El operativo fue realizado explícitamente con la intención de someterlo y aprehenderlo, bajo la sospecha de ser lo que ellos nombran un Usuario Psíquico altamente peligroso para la seguridad nacional. Dicho operativo lamentablemente fue exitoso, y ahora el Salvador se encuentra, hasta donde sabemos, bajo custodia del DIC.

    »Lo ocurrido con exactitud en aquel sitio sigue siendo algo difuso, y de momento sólo contamos con la declaración de una sola testigo, la Srta. Verónica Selvaggio. Para los que no la conozcan, es una discípula de Ann, que trabaja en estos momentos como interna en Thorn Industries. La Srta. Selvaggio había estado recientemente asistiendo a Damien durante su estadía en Los Ángeles, y le tocó estar presente al menos durante la primera parte del ataque. Les haré llegar un resumen detallado de lo que la Srta. Selvaggio nos dijo si lo requieren, pero para el propósito de esta reunión hay dos cosas claves que debemos saber: la primera, hubo dos personas que ingresaron al pent-house antes de la llegada de los hombres del DIC, ambas sin identificar, y una de ellas en específico logró causarle un gran daño al Salvador. Y la segunda es que, derivado quizás de este daño antes mencionado, los soldados del DIC lograron someter a Damien y llevárselo.

    »John ha intentado obtener la mayor información posible sobre su localización y estado actual. Hasta donde hemos podido averiguar, lo llevaron a una base de investigación fuertemente protegida conocida coloquialmente como El Nido, ubicada en una zona boscosa y apartada en el centro de Maine. Y al parecer desde esa noche, y hasta el día de hoy, lo mantienen totalmente inconsciente usando una droga especial. No sabemos qué intenciones tienen con él, ni cuál es su estado de salud tras el ataque que recibió. Pero sea lo que sea, el tiempo que tenemos para actuar es limitado. Lo que vayamos a hacer, tenemos que decidirlo y ejecutarlo cuanto antes. Por ello la premura de esta reunión. Lo que decidamos hacer aquí y ahora podría cambiar el rumbo que nuestra Hermandad ha seguido hasta el día de hoy. Podría también cambiar el plan que se tenía previsto desde el inicio para Damien, pues es innegable que su fachada ha sido comprometida. Es por eso que necesitamos decidirlo entre los Diez, ahora mismo.

    Hizo una pausa, contemplando en silencio los rostros de sus nueve camaradas. Todos lo observaban serios, pensativos, y claro un poco preocupados.

    —¿Alguna pregunta o duda que deseen aclarar hasta aquí? —inquirió Adrián con firmeza.

    —Sí, yo —masculló Paul, alzando una mano para hacerse notar—. Creo que lo que todos quisiéramos saber a estas alturas es… ¿cómo es que algo como esto pasó? Yo no lo entiendo, y me parece que mi sentir es compartido. —Se giró hacia el resto, y aunque ninguno dijo nada, en las miradas de varios se hizo evidente el apoyo al cuestionamiento—. Se supone que hemos construido cientos de redes de protección para evitar que algo como esto le ocurriera a cualquiera de nosotros, en especial al Salvador. ¿Cómo es que terminó tan expuesto de esta forma? ¿Dónde falló nuestra protección? O, más bien, ¿quién falló tan estrepitosamente?

    De alguna u otra forma, todos supieron que la atención de todos se centró en Ann al instante. Ésta se mantuvo serena, respirando lentamente, mientras fuera del alcance de la cámara su uñas casi rasgaban el descansabrazos de la silla en la que se encontraba.

    Ann no sólo era la presidente de Thorn Industries, además de la tía y tutora legal de Damien; era la Apóstol asignada a su protección y crianza, un puesto de enorme relevancia en el Plan. Y si el chico había terminado en un peligro como el que describían, era inevitable preguntarse dónde estaba su cuidadora en el momento en el que esto pasó.

    —Eso no es lo importante ahora… —indicó Adrián con firmeza, siendo casi de inmediato interrumpido por Pavel Minsky desde su posición en la video llamada.

    —A mí me parece que es bastante importante —pronunció con un tono que intentaba parecer calmado pese a su marcado y fuerte acento ruso—. El Salvador ha caído en manos de una jodida agencia de seguridad, poniendo en riesgo no sólo su fachada, sino la de toda la Hermandad, sin mencionar de poner en peligro al Gran Plan por completo. Éste es un error imperdonable, y alguien tiene que pagar por él. O varios, si es que hay más de un culpable.

    —Dejémonos de tonterías y seamos claros —soltó Ann de pronto, claramente defensiva—. Si hay algo que quieran decir, tengan el valor suficiente para decirlo de frente.

    —Si gustas confesar algo, querida Ann —añadió Pavel con tono elocuente—, creo que todos estaremos más que encantados de escucharte.

    —¿Confesar? ¿Quieren que confiese algo? —musitó Ann, a una milésima de soltarse riendo—. Les diré lo que tengo que confesar. Todo este teatro es típico de todos ustedes. Se sienten muy seguros y cómodos sentados en sus pequeños tronos, apartados de la línea de fuego y mirando a otro lado cuando las cosas se complican, sólo para alzar la mano y señalar cuando se trata de culpar a alguien más. Ninguno tiene ni la menor idea de lo que está pasando aquí. Ninguno conoce realmente a Damien; la mayoría ni siquiera se ha atrevido a conocerlo en persona y verlo de frente, por el simple miedo que les provoca su sola mención. Pero yo lo he visto a los ojos día a día en los últimos años. Lo he visto crecer, lo he visto madurar y evolucionar. Lo conozco mucho mejor que cualquiera de ustedes, y puedo decirles algo con total seguridad: Damien no es un arma que puedas desenvainar cuando te dé la gana, ni una bestia que puedas encerrar para liberarla sólo cuando la necesitas, ni una joya valiosa que puedes guardar y esconder para mantenerla a salvo. Damien es una fuerza con un potencial de destrucción y cambio imparable, más allá de lo que cualquiera en esta reunión podría llegar a entender; quizás más allá del entendimiento de cualquier ser pensante en la historia. Pero por encima de todo eso, Damien es sólo un muchacho de diecisiete años; rebelde y obstinado como cualquier otro, luchando por encontrar cuál es su verdadero lugar. Y en vez de ayudarlo con todas estas inquietudes, no hicimos más exacerbarlas. Hemos sido todos nosotros, incluyéndome a mí, responsables de que decidiera hacer todo esto que ha estado haciendo. Le ocultamos cosas, le mentimos, lo aislamos, le decimos qué hacer y qué decir, y todo eso solamente pidiéndole que tuviera confianza en lo que nosotros le ordenamos, sin cuestionar…

    —Le pedimos que tuviera fe —le corrigió Lyons tajantemente—. Fe en que todo lo que hacemos cumplirá a un bien mayor, a un Gran Plan que se debe seguir. La fe es el motor que ha movido a esta Hermandad desde sus raíces…

    —Entonces quizás debimos habernos esforzado más para ser dignos de esa fe —sentenció Ann con dureza—. Debimos ser abiertos desde un inicio con él, decirle todo lo que sabíamos, contestarle todas las preguntas que podíamos. De esa forma no se hubiera apartado de nosotros, no hubiera hecho las locuras que hizo, y no estaríamos ahora en esta horrible situación.

    —Sólo intentas tapar con palabras elocuentes la verdad innegable de que fuiste incapaz de controlar al Anticristo —le acusó Tsukiji Otomi con fiereza en su voz—. Se te confió su seguridad y crianza, y el que lo tuvieras siempre de nuestro lado, y fallaste en cada una de esas tareas. Fallaste como tía, como madre, y como Apóstol.

    —¿Piensas que harías un mejor trabajo, Tsukiji? —ironizó Ann—. ¿Por qué no lo intentas? Ven, hazte su protectora, cuídalo, edúcalo y mantenlo “siempre de tu lado”. Veamos qué cualidades maternales tienes para demostrar.

    Antes de que Tsukiji pudiera responder algo, Pavel volvió a intervenir.

    —Ese es justo tu problema, Ann. Siempre has querido ver a ese chico como tu hijo, pero no lo es, y nunca lo será. Y es justo esa visión de madre protectora la que ha impedido que puedas controlarlo, y se haya desatado todo este caos…

    —¡Suficiente! —resonó con poderío la voz de Adrián, seguida justo después por ensordecedor retumbar de su mano contra la superficie de la mesa, que por algún motivo rugió también en las paredes de la sala como si se tratara de un relámpago.

    Todo intento de cualquiera de los otros por decir algo, fue acallado de golpe. Y una vez que los ecos de la voz y el golpe de Adrián se asentaron, todo el sitio se sumió en un profundo y expectante silencio.

    Adrián aguardó unos momentos, y observó a todos para asegurarse de que tenía su atención, pero también para darse el tiempo de darle forma a las palabras en su cabeza. Sin embargo, antes de poder decir cualquier cosa más, una nueva voz, que hasta el momento había permanecido callada, se hizo notar desde los altavoces de la pantalla.

    —La creencia de que cualquiera entre nosotros es capaz de controlar al Anticristo, es una mera ilusión —escucharon todos como mascullaba con calma Amelia Moyez. Su rostro se mostraba totalmente estoico, inmutable ante las discusiones que se suscitaban ante ella—. La Sra. Thorn bien lo dijo: estamos hablando de una fuerza de destrucción y cambio que no podemos contener, mucho menos controlar. Y en algún punto de nuestro largo camino, nos olvidamos de esto, junto con cuál es nuestro propósito aquí. Nos hemos olvidado que nuestra misión es cuidar, enseñar y apoyar al muchacho en su propio camino hacia la grandeza absoluta. Y en especial, hemos olvidado que somos nosotros los que le servimos, y no al revés. Si el Salvador está en peligro en estos momentos, es porque todos aquí le fallamos.

    Las palabras de Amelia eran severas, pero a la vez frías, y calaban tanto como las de una madre que, más que molesta, se percibía decepcionada, lo que te obligaba a bajar la mirada y guardar silencio. Era curiosa la influencia que la persona adecuada, en el momento adecuado, podía llegar a tener entre los que la rodeaban. De todas formas, Adrián agradeció esa intervención de su parte, tan acertada como siempre, para apaciguar lo poco del fuego que podría haber quedado. Aunque, todos sabían que no por eso se había extinguido.

    Una vez que todo volvió a la calma, Adrián habló al fin.

    —Si tanto quieren señalar culpables, o incluso cambiar algunos de los rostros en esta mesa, se hará solamente hasta que el Salvador esté fuera de peligro. Hasta entonces, debemos enfocarnos en decidir cuál será nuestro plan de acción para que esto ocurra, y en nada más. Y el próximo que desvíe la conversación de este único propósito, responderá a mí aquí y ahora. ¿Ha quedado claro?

    De nuevo silencio, aunque éste por sí sólo bastaba para responder su cuestionamiento.

    Quien rompió el silencio fue de nuevo Tsukiji, aunque en su voz se percibía vacilación.

    —Cuando mencionas “decidir nuestro plan de acción”, ¿de qué estamos hablando, Adrián? ¿Qué es lo que deseas que decidamos aquí y ahora con exactitud?

    —¿No es obvio? —musitó Adrián con impaciencia—. La estrategia que habremos de tomar para rescatar al Salvador de las manos de sus captores.

    —¿Te refieres acaso a… sacarlo a la fuerza de esa base militar que mencionaste? —cuestionó Paul Buher, esbozando una media sonrisa incómoda—. ¿Cómo lanzar un ataque con hombres armados, bombas, helicópteros y todo eso…?

    —No nos precipitemos —se apresuró Pavel Minsky a decir, antes de que alguien más dijera algo—. Opino que debemos discutir todas las opciones posibles primero. ¿Hay algún medio más diplomático por el que podamos actuar?

    —Bueno, creo que esa sería más tu área, Sally —indicó Paul, virándose hacia la senadora sentada a su lado—. ¿Hay algo que podrías hacer desde tu posición que pudiera ayudarnos?

    Sally Steel entornó los ojos, y adoptó una postura pensativa.

    —Hasta donde sé, el estatuto legal del DIC es un poco ambiguo. No está claro a quién responde directamente; si a la CIA, a la NSA, o al Secretario de Defensa directamente. Pero cualquiera de esos tres caminos pudiera ser una opción para intervenir en nombre de la familia Thorn, expresando su preocupación por el bienestar de su hijo. Y si no, yo tengo una muy buena relación con Lucas Sinclair, actual director del DIC. Quizás pudiera hablar con él y convencerlo de que todo esto es sólo un malentendido…

    —Eso no servirá —intervino Lyons con pesadez—. El que el DIC se enfrascara tan decididamente a efectuar este operativo en contra Damien, fue en un inicio justo por una vendetta personal de Lucas Sinclair. Una amiga muy cercana de él fue una de las afectadas directamente por las acciones recientes del muchacho, y fue por dicho acto que volvió a estar en su mira. No lo soltará tan fácil. Además, si eligiéramos irnos por el lado más “diplomático” como han dicho, habría que responder bastantes preguntas incómodas. Hasta ahora el DIC sólo considera a Damien un Usuario Psíquico peligroso más, que casualmente pertenece a una familia rica y poderosa. Pero cualquier acción para intervenir a su favor despertará las sospechas de que se trata de algo más.

    —¿Y que un comando armado penetre a la fuerza a una base militar para sacarlo no despertará muchas más sospechas? —señaló Paul con ironía—. No seamos ingenuos. No habrá forma de que el chico pueda volver a recuperar su fachada anterior y seguir con el plan original que teníamos para él luego de esto. Y cualquier acción que hagamos para remediarlo, nos expondrá también a todos nosotros.

    —Es verdad —escucharon de pronto que pronunciaba la voz grave y apagada de Conrad Cox, haciéndose notar por primera vez en la discusión, e inevitablemente jalando la atención de todos—. Quizás sea prudente considerar sobre la mesa alguna otra medida para solventar los daños.

    —¿De qué medida estás hablando exactamente? —cuestionó Ann, un tanto perturbada por el tono sombrío con el que había pronunciado aquello.

    Conrad guardó silencio unos momentos, antes de dejar salir sin más su sugerencia.

    —Según lo que se dice, si el Anticristo muere, su alma simplemente volverá a reencarnar. ¿No es así? —soltó su pregunta al aire, sin esperar realmente alguna respuesta—. Si la identidad y el cuerpo de Damien Thorn han sido comprometidos, quizás lo más prudente sería eliminarlo, y empezar de nuevo.

    —¿Qué cosa? —exclamó Ann, claramente alarmada, por no decir furiosa, por lo que acababa de escuchar—. ¿Estás sugiriendo acaso matarlo? No estás hablando en serio.

    —Si te detienes a pensarlo, es la solución más práctica —explicó Conrad con abrumadora calma—. Y en especial, la que menos nos expondría. Tengo a mi alcance un catálogo variado de venenos efectivos, muchos de ellos desconocidos e indetectable para las agencias de seguridad de Estados Unidos. El lugar de realizar un ataque con decenas de hombres, sólo necesitaríamos infiltrar a uno que pudiera acercársele lo suficiente al muchacho. Si sigue dormido, sería mucho más sencillo administrar el veneno, y sería indoloro para él.

    —No puedo creer lo que estoy escuchando —musitó Ann, indignada—. Después de lo que la Sra. Moyez acababa de decirnos de que nuestra misión es justamente protegerlo, ¿estás seriamente considerando el asesinarlo? ¿Deshacernos del Salvador para quitarnos un problema de encima…?

    —No confunda las cosas, Sra. Thorn —intervino Amelia repentinamente—. Nosotros no somos servidores de Damien Thorn; somos servidores del Anticristo, tenga el nombre y rostro que tenga. Y nuestra labor, y el destino que el Salvador debe cumplir, son mucho más grandes que un sólo cuerpo de carne y hueso.

    Ann se quedó atónita, incapaz de creer lo que escuchaba. Su atención de fijó en la imagen de Adrián en la pantalla, esperando que dijera cualquier cosa para apaciguar esa locura. Sin embargo, el Apóstol Supremo no decía nada. De hecho, por la expresión reflexiva de su rostro, parecía incluso estar sopesando la posibilidad, y eso la hizo sentir enferma.

    —Sin embargo —añadió Amelia repentinamente con tono más moderado—, aunque nos sentáramos a considerar esta posibilidad seriamente, todos sabemos que no hay nada en este mundo que pueda matar al Anticristo… salvo quizás las Dagas de Megido.

    Un ligero rastro de tensión recorrió el rostro de Ann ante esa repentina mención, pero intentó disimularlo.

    —Si es que queremos realmente creer esas viejas habladurías —señaló Pavel, risueño—. Valdría la pena al menos intentarlo, ¿no creen?

    —Si la historia de las Dagas de Megido le parecen “viejas habladurías”, Sr. Minsky, entonces podríamos decir lo mismo de todo en lo que creemos, incluida la posible reencarnación del Anticristo bajo la que se sustenta esta idea —sentenció Amelia con una fría dureza que dejó a Pavel sin habla—. Si están dispuestos a intentar un movimiento tan arriesgado, deberán estar dispuesto a correr con las consecuencias que éste pudiera traer. Tanto si tienen éxito, como si no…

    Todos se tomaron un momento para meditar en dichas consecuencias. Si tenían éxito, perdían a su Anticristo, aferrados sólo a la fe de que rencarnaría, y en la idea de que podrían dar con él de nuevo, y antes de que sus enemigos lo hicieran. Y si no tenían éxito, ya fuera porque en verdad les resultara imposible matarlo o no pudiera acercársele lo suficiente, tendrían ahora que tener fe en que el Salvador entendería sus acciones, y no desataría su ira sobre ellos por siquiera considerar dicho plan.

    Ciertamente, todo se trataba de fe; siempre la fe.

    —Entonces no hay opciones, ¿eh? —indicó Paul, apoyándose por completo contra su silla—. O nos exponemos sacándolo por la fuerza, o nos exponemos intentando intervenir por los medios sugeridos por Sally, o nos exponemos intentando eliminarlo. Y claro, está la posibilidad de dejarlo a la merced de esta gente, sin saber qué desgracia podría traernos eso a la larga. Pero lo importante es que, en cualquiera de los casos, nuestra Hermandad, nuestro Anticristo y nuestra misión quedan arruinadas. ¿Les parece un buen resumen?

    Volteó a mirar a todos los otros, como si esperara genuinamente escuchar sus opiniones. Pero, por supuesto, nadie dijo nada; nadie, excepto…

    —Quizás no tenga que ser así —indicó la voz de Daniel Neff, desquebrajando el silencio con un corte limpio y suave. El mayor había permanecido en silencio durante casi toda la conversación, sólo sentado ahí en su silla, escuchando con su mirada agachada, y tamborileando sus dedos sobre la superficie de la mesa—. Hay una forma en la que podríamos rescatar al Salvador, y de paso eliminar cualquier sospecha que pudiera haber caído sobre él, o sobre nosotros.

    —No me digas —masculló Pavel con tono irónico—. ¿Y cuál es esa solución mágica que sólo hasta ahora se te ha ocurrido compartirnos, amigo Neff?

    El mayor alzó su mirada, contemplando en silencio al hombre ruso en la pantalla por unos instantes. Se giró entonces por toda la sala, hasta centrar su atención en Adrián al otro extremo de la mesa.

    —Eliminar al DIC —soltó de pronto con total normalidad, encogiéndose de hombros.

    —¿Qué? —soltó Paul, acompañado además de una risa—. ¿Eliminar a toda una agencia del gobierno? ¿Y eso es más sencillo que sólo entrar a una base y sacar al muchacho?

    —No dije que fuera sencillo —aclaró Neff, parándose de su silla—. Y en realidad, no lo será en lo absoluto, y requerirá de varios pasos; algunos más delicados que otros. Pero sí es posible. Aunque quizás la palabra “eliminar” no sea la más adecuada. Más bien esto sería más cercano a tomar el control de dicha organización, hasta que todos sus recursos queden por complejo bajo nuestro poder, y ya no representen una amenaza para nosotros, ni para el Anticristo.

    Los demás Apóstoles se observaron en silencio, perplejos pero ciertamente interesados. Incluso Ann que tenía sus reservas con respecto a las intenciones de Daniel, tras haber escuchado las posturas de todos los otros, estaba dispuesta a aceptar cualquier alternativa.

    —Te escuchamos, Neff —indicó Adrián, extendiendo una mano hacia él—. ¿Qué es lo que tienes en mente?

    El mayor se paró derecho, se acomodó sutilmente su uniforme y comenzó entonces a caminar alrededor de la mesa mientras hablaba, quizás en un intento de concentrarse mejor al hablar.

    —Lo primero que tienen que saber es que tenemos varios puntos a nuestro favor en estos momentos —señaló con voz propia de un militar hablándole a sus subordinados, o quizás más un maestro a sus alumnos—. El DIC no sólo no sabe aún la verdadera identidad de Damien, sino que además las personas dentro de dicha organización que saben siquiera que el chico que aprehendieron es el joven heredero de la familia Thorn, o por qué se le buscó en primer lugar, es reducido. Y la gran mayoría de estos están ahí mismo, en el Nido.

    —¿Y tú cómo sabes eso? —cuestionó Lyons con incredulidad, pero Neff lo ignoró y continuó con su explicación.

    —Sin embargo, no podemos confiarnos en que esto duré así por mucho tiempo, así que es importante actuar. Ese ataque a la base del Nido del que tanto han estado hablado durante su plática, deberá suceder, y lo antes posible. Pero mientras su fin principal será en efecto rescatar a Damien y ponerlo a salvo, tendrá que cumplir también con el fin secundario de eliminar a todos y cada uno de los elementos del DIC reunidos en ese sitio… incluido el Dir. Sinclair y su círculo cercano.

    —¿Estás loco? —espetó Lyons, casi sonando espantado—. Con problema y podríamos reunir a los hombres suficientes entre las fuerzas de Armitage para hacer una extracción rápida, no se diga combatir contra todos los cientos de soldados apostados en esa base y todas sus defensas.

    La Hermandad había dedicado mucho tiempo y dinero en armarse de su propio ejército privado, bajo la fachada de empresas militares de defensa como la de Armitage, que Lyons dirigía directamente. Entre estas filas contaban con miles de hombres entrenados, varios de ellos con experiencia en combates reales por todo el mundo; Kurt y los demás guardaespaldas que acompañaban a Damien eran parte de estos. Todos eran, por supuestos, seguidores leales del Anticristo, o al menos lo suficientemente preparados para obedecer sin cuestionar. Su intención era que fueran la fuerza de ataque y protección del Anticristo cuando fuera el momento requerido.

    Sin embargo, desplegar a dichas fuerzas era justo lo que a muchos les preocupaba, pues era muy posible que ligaran a dichos atacantes con Armitage de una u otra forma. Además, muchos de sus operativos estaban dispersos en varios puntos del mundo. Y previendo que la posibilidad de un ataque directo se tomaría en consideración, Lyons ya había revisado los elementos que tenían disponibles en el territorio para uso inmediato. La cantidad era… notoria, pero temía que no suficientes para tomar una base militar entera por su cuenta, menos realizar algo como lo que Neff describía.

    Pero el mayor era también muy consciente de esto. Y, por supuesto, no estaba hablando sólo por hablar.

    —Los hombres de Armitage serán cruciales para esto, en efecto —indicó Neff—. Pero no podrán hacerlo ellos solos. Es por ello que el ataque al Nido deberá ser en dos frentes: un ataque externo, y un ataque interno.

    Aquella última mención captó principalmente la atención de todos los presentes. ¿Una ataque “interno”?

    —Tengo a algunos de mis discípulos infiltrados entre las fuerzas del DIC —informó Neff de pronto, tomando por sorpresa a todos los presentes por igual—. Varios de ellos se encuentran en el Nido, y son los que he me han estado informando del estado actual de Damien.

    —¿Qué cosa? —exclamó Lyons, atónito—. ¿Tienes a gente infiltrada dentro del Nido? —cuestionó con voz grave, con un dejo de enojo dejándose notar entre sus palabras—. ¿Acaso sabías de antemano que esto iba a pasar?

    —No cuándo con exactitud —aclaró el Mayor Neff.

    —¿Pero no podrías acaso haber hecho algo para evitarlo? —inquirió Tsukiji, más curiosa que molesta.

    —No sin comprometer el trabajo que hemos estado realizado. Durante años, he dedicado mucho esfuerzo en preparar e infiltrar a elementos de confianza en cada una de las agencias de seguridad, militares y de inteligencia de este país, con el fin de tener ojos y oídos en cada una, y poder contar con un apoyo interno cuando fuera necesario. Tanto ha sido esta labor, que al día de hoy, nuestra red de influencia se extiende mucho más allá de lo que pueden imaginarse. Estos elementos, como han de suponer, son un bien muy valiosos que podría sernos de utilidad a futuro, cuando el momento llegue. Por tal motivo, no podía simplemente arriesgarlos por cualquier motivo.

    —La seguridad del Anticristo no es “cualquier motivo” —exclamó Ann, algo irritada pero más moderada que Lyons.

    —Si en el momento hubiera visto alguna forma de evitar lo sucedido sin arriesgarnos, les aseguro que lo hubiera hecho —aclaró Neff, notándose bastante sereno pese a los cuestionamientos—. Pero quizás la única explicación que valga es que fui cobarde. Yo también le fallé a Damien, como todos ustedes.

    Agachó su mirada con pesar al comentar aquellas palabras, en un acto de culpabilidad que a algunos les resultaba un tanto falso. E inevitablemente por la mente de varios, incluidos Ann, Lyons, Adrián, o incluso el propio Paul, cruzó una idea que tomaba bastante peso: ¿había acaso dejado que esto ocurriera apropósito? ¿Quería que justamente llegaran a ese punto en donde, al parecer, el único que podía sacarlos de ese embrollo era él…?

    —Por eso ahora estoy dispuesto a arriesgarme para remediarlo —sentenció el mayor con firmeza, alzando de nuevo su mirada—. Activaré a todos los operativos que tengo infiltrados en el Nido al mismo tiempo, para que realicen un ataque desde adentro, desactiven las defensas de la base, y así los hombres de Lyons podrán realizar su ataque simultáneo. Una vez que Damien esté a salvo, ambas fuerzas conjuntas realizarán una limpieza del sitio. Nadie saldrá con vida de esa base, salvo nuestros propios elementos. Nadie sabrá lo que realmente pasó, y nadie sabrá siquiera que Damien estuvo alguna vez ahí.

    —Pero es que… ¿acaso tienes suficientes infiltrados en el DIC como para realizar un ataque como ese? —masculló Lyons, bastante escéptico—. ¿De cuántos elementos estamos hablando?

    Neff lo observó en silencio, su rostro de roca totalmente inmutable y carente de cualquier reacción evidente.

    —Bastantes —fue la corta respuesta del mayor—. Tras el incidente con Mark Thorn de hace cinco años que disparó las alertas del DIC por primera vez, preví que pudieran volverse un problema a futuro, en especial si los poderes del Salvador comenzaban a volverse más grandes, y más evidentes. Así que puse principal énfasis en introducir elementos en dicha organización. Al parecer, mi previsión fue acertada.

    «Esto es inaudito». Los labios de Lyons se movieron, aunque no emitió sonido alguno.

    ¿Había estado haciendo todo eso por su cuenta sin decírselo a nadie más? ¿Cuántos otros discípulos tenía bajo su mano en posiciones de poder y que no les había informado? ¿Qué más acciones había realizado a sus espaldas? Lyons, y de paso también Ann, no podían evitar sentirse totalmente incrédulos de que todo hubiera sido solamente por buenas intenciones. Era justo ese tipo de acciones las que los tenían preocupados, y demostraban también el peso e influencia que Daniel Neff poseía en esa mesa, sin que todos fueran por completo conscientes de eso.

    —Suponiendo que tuvieras razón —exclamó Pavel desde el monitor, con algo de recelo—. Supongamos que pudieran hacer su ataque conjunto, por dentro y por fuera, sacar al muchacho de esa base y matar a todos los testigos… ¿Y luego qué? Algo como esto sin lugar a duda sería investigado hasta por debajo de la última piedra para encontrar a los culpables.

    —En efecto —asintió Neff, girándose hacia la pantalla—. Es por eso que además de nuestros infiltrados, la segunda clave para el éxito de esto es tener un chivo expiatorio.

    —¿Y lo tenemos? —cuestionó Paul, curioso.

    —Sí —respondió Neff sin vacilación alguna—. Su nombre es Charlene McGee, una poderosa Usuaria Psíquica buscada por el DIC desde hace décadas, incluso desde los tiempos del primer DIC disuelto en los ochentas. Está acusada de un sinfín de actos en su contra, y todos dentro de la organización saben de ella, así como que ha pasado años buscando la ubicación del Nido. Y, para nuestra suerte, ella fue también aprehendida esa misma noche, y en estos momentos está también recluida en el Nido.

    —Mucha coincidencia —musitó Lyons, aprensivo.

    —No del todo —señaló Neff—. Parece ser que ella había estado tras Damien días previos al ataque, y estaba presente en el pent-house cuando los hombres del DIC arribaron. De hecho, es probable que haya sido la persona responsable de la explosión, y del daño que Damien sufrió como mencionó Adrián al inicio. Como sea que haya sido, podremos usar esto a nuestro favor. Haremos que los hombres de Armitage se hagan pasar por un grupo radical opositor al DIC, que es bien sabido que Charlene McGee ha tenido contacto con varios de ellos a lo largo de los años. Y su misión aparente sería justamente liberarla a ella, y de esa forma serían los únicos responsables del ataque. Está de más decir que la clave de esto será también la eliminación de esta persona, para atar cualquier cabo suelto.

    —¿Matar a alguien que fue capaz de lastimar al Salvado? —cuestionó Tsukiji con moderada preocupación.

    —Según me han informado, el Dir. Sinclair la tiene en estos momentos cautiva en una celda hecha especialmente para ella. Será fácil llegar a ella y eliminarla sin correr riesgo.

    —Así de simple —musitó Lyons con sarcasmo—. Es demasiado arriesgado. Cualquier error y nos expondremos por completo.

    —Cualquiera de las medidas propuestas en esta mesa implica un riesgo. Yo sólo les propongo una que también es arriesgada, pero el resultado favorable sería recuperar al Anticristo, y cuidar la fachada tanto de éste como de la Hermandad.

    —Sí, pero hay un problema —señaló Sally—. Bueno, varios problemas, pero hay uno que me preocupa en especial. ¿Qué pasa si la investigación que el DIC ejecute posterior al ataque no sigue la teoría de su chivo expiatorio? ¿O si en efecto su investigación de alguna forma los lleva hacia Armitage, a los traidores dentro de su organización, y por consiguiente a nosotros? ¿Tus infiltrados podrán encaminar la investigación hacia esa dirección?

    —Es una duda válida —secundó Paul—. Especialmente si tu intención es también eliminar al director actual de la agencia, e ignoramos a quién van a poner en su lugar.

    —No es así —declaró Neff con firmeza, confundiendo un poco a sus oyentes—. No dejaremos el nombramiento del nuevo director del DIC al azar. Una vez Damien esté asegurado, y Lucas Sinclair y su círculo cercano eliminados, la siguiente parte de este plan implicará colocar a uno de nosotros como el nuevo dirigente de la agencia; yo, específicamente.

    —¿Tú? —exclamó Ann con asombro, casi sin darse cuenta; las palabras prácticamente se habían escapado solas de su boca—. ¿Quieres ser el nuevo director del DIC?

    —Sería la forma más segura de que su investigación vaya en la dirección que deseamos —puntualizó Neff—. Además de también asegurarnos de que no vuelvan a ser un problema en el futuro, y tendríamos además a nuestra disposición sus recursos, que nos podrían ser útiles. Este es un movimiento que estaba planeado a mediano plazo, pero la situación nos fuerza a actuar cuánto antes. He reunido las influencias suficientes para hacer esto posible, y con el apoyo de Sally y sus contactos, dicho movimiento podría consolidarse sin problema.

    Neff hizo una pausa, contempló a cada uno de los rostros que lo miraban, y por último añadió:

    —Ésta es la alternativa que les ofrezco. Y, si me permiten decirlo, es a mi parecer la mejor que tenemos. Y como dije en un inicio, si queremos que tenga éxito es necesario comenzar a movernos hoy mismo si es posible. Así que la vacilación para decidirse no es una opción.

    Miró entonces de nuevo a cada uno, esperando que alguno expresara alguna duda o inquietud con respecto a todo lo que les acababa de recitar. Nadie dijo nada, aunque eso no implicaba que dichas inquietudes no existieran. Sin embargo, la mayoría estaba de acuerdo en su afirmación de que, al menos de momento, era la mejor opción que tenían. Aun así, la atención de todos se centró especialmente en Adrián, a la espera de que él dijera algo.

    El Apóstol Supremo fue consciente de las expectativas puestas en él, pero no fue capaz de dar alguna respuesta inmediata. Tenía sus reservas, aunque no precisamente hacia el plan propuesto, sino a la forma en el que éste había salido a la luz. Era obvio que Neff no había pensado todo esto en sólo unos minutos; todo esto ya lo tenía planeado con bastante anticipación. Y aun así se quedó ahí sentado, observando cómo todos discutían y se peleaban, riéndose por dentro de todos ellos. Incluso ahora, mientras estaba de pie en el extremo contrario de la mesa, mirándolo fijamente con su expresión estoica e inmutable, Adrián sentía que se burlaba de él.

    ¿En verdad había dejado que Damien fuera capturado, sin avisarles ni hacer nada para evitarlo, justo para llegar a este momento como el héroe? Y estaba seguro de que no dudaría en hacérselo saber a Damien cuando estuviera a salvo, junto con el dato de que todos los otros no tenían idea de qué hacer, e incluso habían considerado envenenarlo.

    «Maldita rata» pensó Adrián con una ira reprimida, que lo único que dejó que la exterioriza fue su puño derecho bajo la mesa, apretándose con fuerza hasta casi lastimarse la palma. Pero por más molestia que le causara, tampoco podía negar que su plan era el mejor que tenían disponible.

    —¿En verdad puedes hacer que todo lo que dices ocurra, Daniel? —le cuestionó Adrián con cierta severidad.

    —Estoy seguro de que es posible lograrlo —respondió Neff sin vacilación—. No sugeriría tomar este camino si no estuviera convencido.

    —¿Y estás dispuesto a afrontar tú las consecuencias del fracaso, si ocurriese? —añadió Adrián de pronto, tomando a todos un poco desprevenidos—. ¿Tanto ante nosotros como ante el Salvador?

    El entrecejo de Neff se arrugó ligeramente, mostrando por primera vez lo más cercano a una reacción en su rostro. Mas ésta no era precisamente de enojo o sorpresa, sino más bien algo más cercano a sentirse sumamente intrigado. Y tras unos segundos de aparente cavilación, respondió:

    —Estoy dispuesto. Pero como he dicho, la clave del éxito será la colaboración entre todos nosotros, y el actuar rápido.

    —Estoy de acuerdo —asintió Adrián—. ¿Hay alguien que se oponga a ejecutar el plan propuesto por Daniel?

    La atención vagó entre los demás presentes, pero de nuevo ninguno dijo nada, otorgando su vehemencia con su sólo silencio.

    —Bien —masculló Adrián, virándose de nuevo hacia Neff—, entonces Lyons y tú pónganse manos a la obra cuánto antes. Quiero que esto se lleve a cabo antes de Acción de Gracias, mientras todos nuestros objetivos estén reunidos en el mismo lugar.

    —Sí, por supuesto —murmuró Lyons despacio, sin demasiada convicción.

    —El resto, gracias por atender a nuestro llamado. Estense lo más fuera del radar que puedan hasta que esto se resuelva, pero alerta para cualquier cambio. Y si todo sale bien, nuestra próxima noticia será que el Salvador ha vuelto a salvo con nosotros.

    —Espero que así sea —comentó Pavel con amargura antes de cortar la comunicación.

    Ganbatte Kudasai, mis hermanos —se despidió Tsukiji justo después, inclinando su cuerpo un poco hacia el frente, cortando justo después.

    Conrad y Amelia les siguieron, sin pronunciar ninguna gran despedida. Ann se quedó un rato más, mirando fijamente a la cámara como si quisiera decir algo más. Sin embargo, lo que fuera no podría decirlo en presencia de esas otras personas, así que decidió también irse sin más.

    —Comenzaré los preparativos de mi parte —indicó Neff mientras avanzaba hacia su silla para recoger su abrigo, para luego dirigirse hacia las escaleras—. Te contactaré en unas horas para afinar los demás detalles, Lyons.

    John se limitó sólo a hacer un ademán de su mano como respuesta mientras el militar se alejaba, no muy claro si era algún tipo de gesto de despedida en realidad. Neff subió con paso firme los escalones de acero, haciendo que sus pesadas botas resonaran contra cada uno.

    —Supongo que no querrás jugar esos hoyos después de todo, ¿verdad? —comentó Paul hacia Lyons con sorna, parándose de su silla. La mirada seria del hombre de barba blanca lo decía todo.

    —Gracias por tu gran apoyo —masculló Lyons con molestia—. ¿Qué pensabas al incitar la discordia de esa forma?

    —Oye, alguien tiene que ser la persona que diga lo que otros no se atrevan —contestó Paul con indiferencia, encogiéndose de hombros—. Y como bien dijo Adrián, puede que algunos cambios tengan que venir. Pero lo discutiremos una vez que el Salvador esté a salvo, ¿de acuerdo?

    Culminó su comentario con uno de sus coquetos y molestos guiños de ojo.

    —¿Compartes el ascensor conmigo, Sally? —preguntó el gerente de Thorn Industries mientras se dirigía a la salida.

    —Definitivamente —respondió la senadora rápidamente, tomando su celular justo después y poniéndose de pie—. John, Adrián… si ocupan cualquier cosa en lo que pueda ayudarlos.

    —Eres muy amable, Sally. Gracias —comentó Adrián en voz baja, sin mirarla. Si bien es cierto que no adoptó ninguna postura antagónica durante la discusión, el mantenerse tan neutral y poco participativa tampoco era algo que le hubiera servido de ayuda al Apóstol Supremo. Y aunque las palabras de Adrián sonaban en efecto amables, ciertamente ese disgusto era palpable por debajo de éstas.

    Sally lo percibió, así que prefirió no decir nada más. Sólo asintió una vez como despedida y se si dirigió al elevador con Paul.

    Una vez que ambos se fueron y sólo quedaron Adrián y John, éste último acercó su silla al primero, y a pesar de estar solos le susurró despacio como si temiera que alguien más los oyera.

    —Este imbécil nos va a joder —murmuró Lyons, provocando involuntariamente una sonrisa en los labios de Adrián. Era inusual escuchar a su viejo amigo hablar con tan poca propiedad—. Se las va a arreglar para salir de todo esto como el héroe que salvo al Anticristo, y dejarnos a nosotros como los inútiles que no pudieron cuidar de él. Y se está encargando de dejarlo claro desde este mismo momento.

    —No me dices nada de lo que no me haya dado cuenta yo mismo —soltó Adrián con pesadez—. Pero no tenemos otra opción. Lo primero es recuperar a Damien, y luego preocuparnos por el resto.

    —Esto no me agrada —masculló Lyons, sonando muy cercano a una maldición—. Nos arriesgaremos enormemente para salvar a ese mocoso desagradecido, que muy seguramente ni siquiera aprenderá ni una lección de todo esto.

    —Yo no estaría tan seguro —señaló Adrián con calma—. Olvidas que antes de que todo esto ocurriera él ya había accedido a volver a Chicago. Creo que ya estaba a un paso de recapacitar, y es probable que esta experiencia sí le deje una enseñanza de lo que puede pasar si hace las cosas sin pensar. Y que, al menos de momento, es mucho mejor para él contar con nosotros que estar en nuestra contra.

    Lyons soltó un quejido bajo que bien podría haber sido un vago intento de risa.

    —Tienes demasiada confianza en ese muchacho.

    —No, amigo —le corrigió Adrián, mirándolo de soslayo—. Como tú bien dijiste hace un rato, lo que tengo es fe

    FIN DEL CAPÍTULO 125
    Notas del Autor:

    —Y el plan de la Hermandad se ha puesto en marcha, con sus respectivos problemas. Pero como pueden prever, las cosas se pondrán peligrosas más pronto que tarde. Espero que el capítulo no haya sido demasiado pesado, pero creo que los siguientes serán un poco más tranquilos (de cierta forma). Así que nos vemos muy pronto, si todo sale bien.
     
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