Long-fic Resplandor entre Tinieblas

Tema en 'Crossover' iniciado por WingzemonX, 21 Junio 2017.

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    WingzemonX

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    Resplandor entre Tinieblas
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    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Misterio/Suspenso
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    131
     
    Palabras:
    8570
    Resplandor entre Tinieblas

    Por
    WingzemonX


    Capítulo 121.
    Mucho de qué hablar

    Los ojos de Samara se abrieron perezosamente, enfocándose de forma borrosa con en el papel tapiz de la habitación de Matilda. El olor de las sábanas limpias de la cama fue lo siguiente que detectaron sus sentidos, seguido poco después por el lejano sonido de voces y pasos en la planta baja. Su conciencia del dónde y el cuándo fue lo que más tardó en llegar, casi al mismo tiempo que soltaba un profundo bostezo que hizo que sus ojos se humedecieran un poco.

    Era su segunda mañana en la residencia Honey, y no le parecía posible recordar algún momento en el que hubiera despertado con tanta tranquilidad desde hacía años. De hecho, le sorprendía lo realmente bien que había logrado dormir las dos noches que llevaba ahí, en la cama y en el cuarto de Matilda, en compañía de ésta. Un sueño profundo, ininterrumpido, tranquilo y, lo más importante, sin ninguna pesadilla. Totalmente lo contrario a lo que ocurría durante su estancia en el Psiquiátrico de Eola, o incluso en su propia casa en Moesko. Estando en el pent-house de Damien había logrado también dormir bien, pero seguía siendo algo distinto. Ahí se percibía una paz tan cálida y agradable que no creía pudiera ser posible.

    ¿Era acaso debido a que había logrado alejar a aquella Otra Samara? ¿O quizás era por esa casa en sí, y por la compañía de esas personas que ejercía un efecto tan positivo en ella? No lo sabía, y una parte de ella no quería saberlo. Sólo disfrutaba del momento lo más que podía.

    Al girarse hacia el costado contrario de la cama, lo encontró vacío. Matilda no estaba. Eso la alarmó un poco al principio, pero no dejó que esa emoción la dominara. El reloj digital que había sobre la mesa de noche, marcaba cuarto para las diez, así que quizás sencillamente se había levantado más temprano y había salido del cuarto discretamente para no despertarla. La primera noche ambas llegaron bastante tarde, se quedaron aún despiertas más tiempo explicándole a la Srta. Honey lo sucedido (o al menos lo que podían explicarle), y encima estaban más que agotadas por todo. Naturalmente al día siguiente terminaron despertándose bastante tarde, quizás lo más tarde que Samara se había levantado en su vida. Pero esa mañana ya debía ser diferente, en especial para Matilda que parecía ser alguien que acostumbraba levantarse temprano y aprovechar el día.

    Samara se sentó en la cama y pegó sus pies descalzos contra el suelo frío de madera. Estiró los brazos al aire, soltó otro bostezo más y se paró para encaminarse a la puerta. A falta de un pijama de su tamaño, había estado durmiendo con una vieja camiseta azul de Matilda con YALE al frente en letras blancas, que obviamente le quedaba un poco grande, y unos shorts de tela rosados que igualmente eran algo grandes para ella pero tenían un cordel para ajustarse a la cintura, y gracias a eso lograba que se quedaran en su sitio.

    Matilda había prometido que irían a comprarle algo de ropa nueva en cuanto pudieran; sólo necesitaban asegurarse que no era riesgoso sacarla a la calle. Después de todo, públicamente seguía siendo una niña que había sido secuestrada en Oregón y su rostro había salido seguido en las noticias, así que no podían ser imprudentes.

    Al bajar las escaleras hacia la planta baja, captó que las voces que había oído provenían de la cocina, por lo que se dirigió directo para allá.

    —¿A qué niño normal crees que le gustan las pasas en los panqués? —escuchó que comentaba la voz de Máxima, la pareja de la Srta. Honey, mientras se aproximaba.

    —¿Por qué lo dices? A Matilda le gustaban cuando tenía doce —replicó ahora la propia Srta. Honey.

    —Por eso digo, ¿a qué niño “normal”? —masculló Máxima con tono jocoso—. Matilda tiene toda la apariencia de haber sido una mujer adulta desde los diez.

    —Oh, por supuesto que no. Te sorprenderías de haberla… ¡Oye! No, basta. Deja eso…

    Sus voces se convirtieron rápidamente en sonoras risas, alegres y sueltas. Una sinfonía que Samara no estaba precisamente muy acostumbrada a escuchar. Al pararse en la entrada de la cocina y echar un vistazo al interior, vio a las dos mujeres de pie frente a la encimera. Máxima estaba detrás de la Srta. Honey, pegada contra ella, y parecía rodearla con un brazo, sujetándola mientras intentaba introducir un dedo de su otra mano en el bol con mezcla que ésta tenía en las manos, y que intentaba alejar lo más posible de su intromisión.

    —¡Es para los panqués! —le regañó la Srta. Honey, aunque seguía riendo—. Te hará daño comer la mezcla cruda.

    —¿Dónde leyó eso, maestra? —le respondió la mujer de piel morena, mientras insistía en querer alcanzar el bol—. Además, sólo quiero estar segura de que pasas no es lo único raro que le hayas echado.

    —¿Por quién me tomas? Soy bastante buena haciendo panqués, y lo sabes.

    Como le fue posible, Jennifer se giró para encararla, manteniendo el bol en alto para que no lo alcanzara. Al estar frente a frente, sin embargo, Máxima pareció menos interesada en el bol. Su mirada se enfocó en los de la mujer delante de ella, y sus labios dibujaron una sonrisilla pícara que ciertamente puso un poco nerviosa a la Srta. Honey.

    —Yo no sé nada —masculló Máxima, casi ronroneando. Colocó entonces ambas manos contra la encimera, a cada lado del torso de Jennifer, y se le pagó más de forma poco discreta—. Necesito que me lo demuestres, ¿bien?

    Sin mucha más ceremonia, inclinó su rostro hacia ella, besándola rápidamente en los labios una, dos, y tres veces más. A Jennifer se le dificultó reaccionar, en especial porque seguía teniendo el bol en el aire.

    —Es… pera… —murmuraba la maestra entre beso y beso—. Harás que lo tiré…

    No pudieron evitar volver a reír, pero ni eso impidió que se siguieran besando. Jennifer logró con mucho cuidado bajar el bol con una mano hasta colocarla sobre la encimera, mientras con su otro brazo rodeaba el cuello de su pareja. Ya sin el peso en las manos, le fue más sencillo corresponderle, y dejarse llevar por los dulces besos de la mujer, y por sus suaves caricias que amenazaban con volverse un poco más atrevidas si acaso se lo permitía. Y quizás se lo hubiera permitido, sino fuera porque en un momento en el que Jennifer abrió los ojos, alcanzó a ver por el rabillo del ojo a la pequeña Samara, parada en el marco de la puerta, mirando en su dirección con expresión aún adormilada.

    Jennifer respingó un poco y rápidamente le dio un par de palmadas en los hombros a Máxima para hacerle reaccionar.

    —Max, Max, detente —le murmuró con insistencia—. Hola, Samara, buenos días —se apresuró a pronunciar, sonriéndole de forma nerviosa.

    Sólo hasta que escuchó ese saludo Máxima separó su rostro del de su pareja, se viró hacia la puerta y también fue consciente de la presencia de la pequeña.

    —Hey, buenos días, amiguita —pronunció con voz que intentaba parecer despreocupada, dando además un paso hacia atrás para tomar una distancia más prudente de la Srta. Honey—. ¿Cómo estás? ¿Dormiste bien?

    Samara asintió levemente con su cabeza. Alzó una mano para tallarse su ojo izquierdo y soltó entonces otro bostezo más al aire.

    —¿Dónde está Matilda? —masculló despacio arrastrando un poco las palabras.

    —Salió temprano, cariño —le informó la Srta. Honey, mientras pasaba su mano disimuladamente por su cabello y blusa para acomodarlos—. Creo que la otra jovencita que estuvo con ustedes esa noche va a ser dada de alta hoy, y fue a recogerla.

    —¿Abra?

    —Sí, creo que así se llama. No han de tardar en volver. Estábamos preparando panqués para todos, para que tuvieran algo rico que comer cuando llegaran. ¿Te gustaría ayudarme?

    Samara alzó su mirada hacia el frente, fijándola en el bol con la mezcla sobre la encimera de la cocina.

    —¿Panqués? —pronunció en voz baja, comenzando a avanzar cautelosa. Apoyó ambas manos en la orilla de la encimera y se inclinó al frente para poder ver el contenido del bol. El olor distintivo que tenía la mezcla homogénea de harina, leche, huevo y mantequilla impregnó rápidamente su nariz. Ese aroma, así como el color amarillo pálido que tenía ese líquido espeso, trajo de inmediato recuerdos a la mente de la pequeña. Recuerdos de tiempos que sentía ya muy lejanos, y que apenas y se mantenían como imágenes borrosas en su memoria.

    Su madre, sonriente en la cocina de su casa en Moesko, moviendo con rapidez el batidor de globo contra la mezcla en un bol bastante similar a ese, mientras canturreaba una canción. Una más pequeña Samara de seis, máximo ocho años, sentada sobre la encimera observando todo lo que la mujer hacía, creyendo ingenuamente que la estaba ayudando de algún modo, y expectante de poder probar el primero de los panqués con chispas de chocolate. El sol brillaba afuera y se filtraba por la ventana de la cocina, iluminando toda ésta.

    Aquello había sido mucho antes del incidente de los caballos, mucho antes de que sus poderes comenzaran a salirse de control. Antes de Eola, antes de que terminara destruyendo por completo la cordura de su madre, y antes de que la asesinara…

    Inevitablemente la imagen de aquel lindo recuerdo terminó mezclándose con la de su madre empapada de sangre, con sus ojos abiertos y nebulosos mirando a la nada mientras la vida se le escapaba por la horrible herida de su cuello. La mezcla del bol que su madre sostenía se tornó entonces rojiza. El recipiente se resbaló de sus manos, y pintó el suelo de ese mismo tono, desparramándose por todos lados en torno al cuerpo inerte de su madre en el piso.

    —¿Samara? —escuchó pronunciar en la lejanía la voz de Jennifer Honey, pero se volvió más tangible al sentir su mano posándose en su hombro, haciéndola exaltarse—. ¿Estás bien, pequeña?

    Sólo hasta entonces Samara se dio cuenta de que su respiración se había agitado, su cuerpo comenzado a temblar un poco, y sus ojos se habían humedecido. Una pequeña lágrima se escapó de su ojo derecho, comenzando a resbalar por su mejilla. La niña reaccionó un tanto frenética, comenzando a tallarse sus ojos con ambas manos.

    —Estoy bien, estoy bien —repitió un par de veces con un tono que intentaba sonar tranquilo, pero dejando en evidencia un rastro claro de ansiedad siendo arrastrado para cada una de sus palabras.

    —Oh, cariño —pronunció Jennifer, intentando lo más posible sonar comprensible pero no lastimosa. Se agachó hasta ponerse de rodillas a lado de ella y la rodeó dulcemente con sus brazos. Samara, sin embargo, no pareció reaccionar a este pequeño acercamiento y seguía más concentrada en limpiarse los rastros de lágrimas de sus ojos—. Tranquila, tranquila… No hay nada de malo con dejar salir tus sentimientos. Has pasado por mucho, pero ya estás a salvo.

    —Estoy bien —pronunció Samara de nuevo con mayor firmeza. Si lo estaba o no realmente, ni siquiera la propia Samara lo sabía. Lo que tenía claro es que no podía permitirse estar mal; no podía abrirle la puerta de nuevo a la oscuridad que la había estado cubriendo todo ese tiempo.

    Jennifer siguió abrazándola, permitiéndose incluso darle un pequeño beso en la corona de su cabeza. Max la observaba en silencio desde su posición. Siempre le impresionaba lo apegada y buena que era con los niños. Pero era natural, pues había sido maestra de primaria por bastantes años. Por su lado, a Máxima toda esa situación la tenía bastante aturdida. Intentaba ser lo más comprensible posible y ayudar en lo que pudiera, pero apenas y había logrado lidiar con Matilda y sus poderes, habilidades o como fuera que ella le dijera; ahora lo poco que le habían llegado a contar de la historia esa niña, que su pareja estaba abrazando tan amorosamente en esos momentos… le era un poco difícil no sentirse incómoda, por decir lo menos.

    El sonido de las llantas de un vehículo aproximándose por el camino de tierra llegó a los oídos de Máxima en esos momentos, distrayendo un poco su mente de la escena delante de ella.

    —Hey, creo que Matilda ya volvió —indicó con efusividad, dirigiéndose con paso apresurado hacia la puerta principal.

    —¿Oíste, Samara? —masculló Jennifer, separándose de la niña lo suficiente para poder ver su rostro de frente, aunque gran parte de éste se encontraba cubierto con sus largos cabellos negros—. ¿Le decimos a Matilda que nos ayude a preparar los panqués? ¿Eso te gustaría?

    La niña asintió lentamente con su cabeza, sin pronunciar palabra. En realidad Jennifer casi no la había oído decir mucho desde la noche que llegaron, más que cuando hablaba directamente con Matilda. Esperaba que con el tiempo pudiera abrirse un poco más, aunque tampoco estaba segura de cuánto se quedaría ahí con ellas.

    Jennifer guio a Samara y ambas se dirigieron al vestíbulo para encontrarse con Matilda. Al ingresar, sin embargo, vieron a Máxima asomándose por la ventana a un lado de la puerta.

    —No es Matilda —pronunció de pronto con un dejo de preocupación—. Creo que es un taxi.

    —¿Taxi? —murmuró Jennifer, arrugando un poco el entrecejo. ¿Quién podría ser? No esperaban a nadie más, y ciertamente la presencia de Samara en la casa no les daba precisamente la libertad de recibir visitas, en especial repentinas—. Samara, sube y quédate en el cuarto de Matilda —le indicó a la pequeña con voz firme—. No salgas hasta que te lo indique, ¿de acuerdo?

    Samara no necesitó mayor explicación; Matilda ya le había expuesto perfectamente la situación y qué debían de hacer. Así que sólo asintió y se apresuró a subir las escaleras hacia la planta alta.

    —¿Crees que vengan por ella? —le murmuró Máxima despacio, una vez que Samara estuvo arriba.

    —No lo sé —masculló Jennifer, pasando sus dedos por su fleco para acomodarlo, y pensando nerviosa en su cabeza: «Matilda, por favor no tardes demasiado».

    — — — —​

    Casi al mismo tiempo que esa “visita repentina” arribaba a la residencia Honey, Abra Stone era transportada sobre una silla de ruedas por los pasillos de la clínica de San Miguel, en dirección a la puerta principal del lugar. La silla era empujada por detrás por un enfermero, y era escoltada a cada lado por Matilda y Cole.

    Gracias a la curación que Samara le había aplicado a su pierna, Cole pudo salir de la clínica a la mañana siguiente de haber ingresado. Siendo un sitio de confianza para el padre Babatos y sus ayudantes, a Cole no le sorprendió darse cuenta de que el personal parecía estar de cierta forma acostumbrado a ese tipo de situaciones, y nadie hizo demasiadas preguntas sobre cómo exactamente se había curado. Abra, sin embargo, necesitó quedarse un día más, sólo para asegurarse de que no hubiera ninguna complicación inesperada derivada de su herida.

    —¿Y no puede esa niña curarme también y así irme de aquí de una vez? —había cuestionado Abra molesta al enterarse.

    —Sé que suena tentador, pero no te lo recomendaría —le había respondido Cole, alzando su mano delante de él para que la joven pudiera ver la mancha negra que se había dibujado en su palma y dorso; en el sitio justo en donde Damien Thorn le había travesado con una bala—. Aún desconocemos qué tipo de consecuencias pudiera traer esto, tanto en la persona a la que se le aplica como para la propia Samara. Pero como alguien que ha lidiado con demasiadas cosas como éstas antes, te puedo casi asegurar de que tarde o temprano las habrá. Así que si te es posible curarte por medio más convencionales, te sugiero hacerlo.

    Abra entendió plenamente a qué se refería, aunque eso no significaba que estuviera contenta con ello. Pero al final tenía razón en que era mejor meterse lo menos posible con fuerzas que no entendía. Ya había tenido suficiente de ello en tan sólo unos días.

    Por suerte su herida pareció avanzar bien y sin ninguna complicación aparente, así que al día siguiente ya pudo oficialmente darse de alta. Matilda y Cole quedaron de verse en la clínica temprano para llevarla. Habían planeado que se quedara temporalmente en la casa de Matilda, hasta que discutieran con ella lo que harían. Después de todo, en ausencia de Charlie y Kali, recaía en ellos cuidarla; justo como la primera les había pedido antes de irse aquella noche en su motocicleta.

    —Ya puedo caminar por mí cuenta, ¿saben? —masculló Abra con desdén mientras era llevada en la silla de ruedas—. En serio, ya ni siquiera me duele tanto.

    Eso decía, pero en su rostro se reflejaba aún una gran incomodidad. Y su mano, quizás sin que ella misma se diera cuenta, estaba ligeramente presionada contra su costado, palpando el abultado vendaje que la cubría por debajo de sus ropas.

    —Creo que es algo más legal que otra cosa —le explicó Cole, andando a su lado—. Una vez que dejes el edificio dejas de ser su responsabilidad, así que tienen que asegurarse de que no te pase nada hasta entonces. ¿Cierto, amigo? —le cuestionó directamente al enfermero, pero éste se limitó a sólo sonreír y mirar al frente.

    —Mientras menos te presiones será mejor —añadió Matilda al otro lado—. Los doctores pidieron que reposaras, así que tómatelo con calma.

    —Usted es la doctora —masculló Abra, un poco apática.

    A pesar de que hasta hace dos días nunca se habían visto, y la mayor parte del tiempo que pasaron juntos Abra estuvo dormida o intentando no desangrarse, los tres habían encontrado el espacio para sentarse y conocerse entre sí durante la estadía de Abra en la clínica. Matilda y Cole le contaron sobre quiénes eran, sobre la Fundación Eleven (aunque la jovencita ya sabías bastante al respecto), y cómo sus caminos se habían cruzado con Damien Thorn. Abra hizo lo mismo, resumiéndoles su primer encuentro con Damien, cómo había recibido esa visita repentina de la Sra. Wheeler la noche de su ataque, lo ocurrido en Hawkins con Terry (lo que aclaró algunas dudas que a Cole le habían quedado de su fugaz conversación con el chico Thorn), y cómo conoció a Charlie y Kali. Y así entre charla y vasos de café, fueron armando por piezas la historia completa de ambas partes.

    Matilda recordaba que Eleven había comentado en alguna ocasión que el Resplandor era más que hacer trucos psíquicos como leer la mente, mover objetos o saber las cosas que pasaron o pasarán. Se trataba más de una conexión entre las personas que lo poseían, y como terminaban de alguna forma llamándose entre sí cuando se necesitaban. Abra recordó que su tío Dan también le había dicho algo parecido. Y en su caso, eso parecía concordar. Extraños de puntos apartados del país, que nunca se habían cruzado hasta que todo esto ocurrió. Eso hacía que inevitablemente uno se preguntará si no había algo realmente moviendo los hilos de todo para que las cosas ocurrieran como ocurrieron.

    Pero como fuera que haya ocurrido, ahora estaban ahí, habían pasado por todo eso juntos, y les tocaba salir de ello del mismo modo.

    Una vez que salieron por la puerta principal de la clínica, muy diferente a la trasera por la que habían ingresado la noche en que llegaron, Abra tuvo permitido levantarse de la silla de ruedas. Matilda había traído el vehículo de su madre, y lo tenía estacionado justo frente a la fachada. A pesar de que Abra había insistido tanto en que podía caminar por su cuenta, lo cierto es que requirió de la ayuda de Cole y Matilda para aproximarse al vehículo y poder subirse al asiento trasero de éste.

    —Me siento tan inútil —masculló Abra entre dientes, notándosele bastante frustrada.

    —Te entiendo, no estás acostumbrada a ser la que recibe ayuda, ¿cierto? —bromeó Cole mientras le estaba ayudando a sentarse y a colocarse su cinturón de seguridad. Abra no respondió.

    Matilda recordó lo que Kali y Charlie le habían mencionado aquella noche, sobre como las personas con un poder tan grande como el suyo, suelen creer que pueden, y deben, hacerlo todo ellas solas. Al parecer eso también aplicaba para Abra. Pero ella aún era muy joven, y aún tenía tiempo de aprender que las cosas no tenían por qué ser siempre así.

    Una vez que estuvieron los tres arriba y se pusieron en marcha, se hizo el silencio entre ellos por un rato, hasta que Abra sintió la necesidad apremiante de volver a preguntar:

    —¿Han sabido algo de Roberta?

    —Me temo que no —respondió Matilda al volante, volteándola a ver un instante por el espejo retrovisor—. Pero por lo que he oído de ella, aunque esté bien y fuera de peligro, es poco probable que intente comunicarse con nosotros. Podríamos intentar ver si alguno de los rastreadores de la Fundación puede encontrarla.

    —Creo que será mejor que no —masculló la joven, volteando a ver a través de su ventanilla. Fue evidente que cargaba consigo una dosis de resentimiento, muy probablemente porque sentía que la había abandonado aquella noche.

    —Las versiones de lo ocurrido en aquel edificio varían demasiado —señaló Cole a continuación—. Pero casi todas, o al menos las que llegan a mencionar su nombre, concuerdan en que Damien Thorn ya no se encontraba ahí cuando ocurrió la explosión y ahora está reposando en su casa en Chicago.

    —Es mentira —contestó Abra tajantemente—. Él estaba ahí, y fue Roberta la que hizo que el lugar explotara. Dijo que en cuanto estuviera ante él dejaría salir todas sus fuerzas contra él, y lo hizo.

    —Entonces podría estar muerto y sólo quieren ocultarlo —propuso Matilda con seriedad.

    —No —negó Abra, moviendo su cabeza lentamente—. Así como sé que él estaba en el pent-house en el momento de la explosión, igual sé que no fue suficiente para matarlo. Si está herido y reposando en su gran mansión… eso sí no lo sé.

    Matilda volvió a mirarla un momento por el espejo, y luego se viró sutilmente de reojo hacia Cole, sentado en el asiento del copiloto a su lado. No pronunció palabra, pero su mirada mostraba una pregunta clara, que Cole comprendió pues él mismo se la hacía. ¿Estaba ese chico aún con vida? Y si era así, ¿qué significaba eso para ellos, para Samara, para todos? ¿Seguían aún en peligro?

    —¿Y ahora qué sigue? —soltó Abra de pronto—. ¿Cuál es el plan?

    —El plan es que reposes esa herida lo mejor posible, y nos pongamos en contacto con tus padres lo antes posible —respondió Matilda sin vacilación alguna.

    —Oh, eso no —exclamó Abra, su voz temblando nerviosa.

    —Sabes que tienes que hacerlo —añadió Cole, volteando hacia atrás para mirarla—. Deben estar muertos de la preocupación sin saber en dónde estás. Y siendo sinceros, legalmente McGee terminó secuestrándote, considerando que eres menor de edad y te trajo desde Indiana cruzando… —hubo una pequeña pausa—. ¿Cómo cuantos límites estatales?

    —Mínimo ocho —contestó Matilda, bastante segura.

    —Un crimen federal, sin duda.

    —Lo sé, lo sé —pronunció Abra irritada, abrazándose a sí misma—. Pero es que no conocen a mi madre. Cuando sepa que me fugué para acá, y encima terminé herida así… no dejará de decirme “te lo dije” hasta que esté casada, y después. Y en serio quiero postergar eso lo más posible.

    Matilda no pudo evitar soltar una pequeña risilla en ese momento, así como tampoco pudo evitar sentirse ligeramente identificada con eso. Y ni siquiera tenía que remontarse a cuando tenía la misma edad que Abra. Hace sólo unas semanas cuando llegó a casa, con una fea herida de bala en su hombro, y siendo casi una mujer de treinta, su mayor preocupación era lo angustiada y molesta que se pondría la Srta. Honey cuando se enterara.

    —Así son las madres —susurró Matilda despacio—. Está en su naturaleza.

    Los tres permanecieron callados casi todo el resto del camino, salvo por algún comentario ocasional. Pese a que ya había pasado un poco más de un día desde el incidente, era obvio que aún se sentían bastante agotados; física y mentalmente.

    Al llegar, Matilda estacionó el vehículo justo enfrente de la casa para que Abra no tuviera que caminar demasiado. Igual como la habían ayudado a subirse, Cole y ella se apresuraron a hacer lo mismo para que bajara del auto.

    —Qué bonita casa —masculló Abra, alzando su mirada para admirar la fachada de la residencia mientras avanzaba a las escaleras del pórtico, agarrada del brazo de Matilda como apoyo para caminar.

    —Gracias, espero que también te parezca cómoda —le respondió la psiquiatra, sonriente.

    —Luego de dormir tantos días en esa bodega o en la parte trasera de una camioneta, creo que cualquier…

    Justo cuando Abra había puesto un pie en el primer escalón, la puerta de entrada se abrió de golpe, y de una forma tan rápida y repentina que jaló la atención de los recién llegados directo al frente. La mujer que estaba de pie ahí en el marco de la puerta principal, no resultó familiar para dos de ellos… pero sí demasiado para una.

    —Abra Stone —pronunció con voz dura y grave, casi como si la garganta le ardiera al hablar, provocando que la aludida respingara intensamente y su respiración se cortara.

    —¿Mamá…? —pronunció entrecortada, dando inconscientemente un paso hacia atrás.

    —¿Cómo que te apuñalaron? —pronunció frenética Lucy Stone, avanzando hacia ella con rapidez—. ¿Qué fue lo que pasó? ¿Estás bien?

    Su tono sonaba a una extraña combinación de preocupación y enojo, inclinándose sin embargo mucho más a la segunda emoción.

    Matilda y Cole estaban bastante confundidos por la escena tan repentina que se formaba ante ellos de un segundo a otro, pero la psiquiatra se las arregló para reaccionar lo suficientemente rápido para moverse y colocarse entre Abra y la mujer que, al parecer, era su madre.

    —Sra. Stone, por favor cálmese —le indicó con voz serena, alzando ambas manos al frente para obligar a que Lucy se detuviera. Cole, por su lado, se apresuró a sujetar a Abra para evitar que se cayera; ya fuera por la debilidad o por la impresión que la había inundado.

    —Hágame el favor de hacerse a un lado —murmuró la mujer despacio, al parecer intentando reflejar la mayor calma que le era posible; que no era mucha—. Quiero hablar con mi hija.

    —Su hija está bien, se lo aseguro. Sí, fue herida, pero fue tratada y ahora está bien. Pero se encuentra débil y cansada, y necesita reposo.

    —Si es el caso, la llevaré de inmediato a casa para que repose allá. Luego de que me expliqué en qué demonios estaba pensando para desaparecerse así —pronunció la última frase con mayor fuerza, asomándose encima del hombro de la mujer castaña para poder mirar directo y manera casi fulminante a su hija.

    —Mamá, por favor, me estás avergonzando —masculló Abra entre dientes.

    —¿Avergonzando? —espetó Lucy, sorprendida y al parecer ofendida—. ¿Cómo te atreves, jovencita? ¿Tienes alguna idea de todo por lo que he pasado? No sabía dónde estabas o si estabas viva siquiera. ¡¿Y me vienes a decir que te estoy avergonzando…?!

    Lucy casi por inercia intentaba sacarle la vuelta a Matilda y aproximársele. Sus intenciones al hacer eso no eran del todo claras, y de seguro no era en lo absoluto violentas, pero igual el instinto protector de Matilda le incitaba a no permitírselo.

    —Vamos a intentar calmarnos un momento, ¿de acuerdo? —murmuraba intentando que su voz se hiciera notar entre todas las emociones a flor de piel.

    Mientras las cosas seguían alterándose, alguien más salió en ese momento por la puerta abierta, y con marcada prisa se dirigió hacia ellas. Resultaba ser otra persona desconocida para Matilda, y eso instintivamente la puso en alerta, en especial al ver cómo se aproximaba.

    —Lucy, por favor —pronunció aquel hombre con firmeza, parándose detrás de la Sra. Stone y tomándola de los hombros con ambas manos para apartarla de Matilda un par de pasos—. ¿Recuerdas lo que dijimos sobre no perder la compostura y ser comprensibles?

    La mujer lo volteó a ver sobre su hombro, sus ojos entornados aún cubiertos de rabia, pero igual no dijo nada.

    Se escuchó entonces una profunda inhalación de sorpresa proveniente de la joven Abra. Al voltear a verla, Matilda notó como ésta tenía su rostro petrificado en una expresión de perplejidad, mucho más que el que había tenido al momento de ver a su madre. Sus ojos totalmente abiertos de par en par, y sus labios ligeramente separados ansiosos por pronunciar alguna palabra que no terminaba de formarse en su cabeza. Tras unos segundos, logró susurrar despacio, apenas logrando ser escuchada:

    —¿Tío Dan…?

    Aquel hombre de cabellos rubios oscuros que sujetaba a Lucy Stone, giró su mirada hacia la jovencita al pie de las escaleras del pórtico, regalándole una pequeña pero radiante sonrisa.

    —Hola, enana —pronunció despacio Daniel Torrance, y escucharlo hablarle directamente fue como una sacudida para Abra, como si la despertaran abruptamente de un profundo sueño.

    —¡Tío Dan! —exclamó con fuerza desbordante de emoción. Y olvidándose por completo de su dolor, o sobreponiéndose a él de alguna forma, se apartó de Cole, subió casi saltando los escalones y se lanzó hacia Danny, hundiendo su rostro contra su pecho y rodeándolo con sus brazos. Y si él no la hubiera abrazado de regreso, quizás se hubiera caído al no poder sostenerse por sí misma, pero eso de momento no le importó—. Estás bien, estás despierto —pronunció con júbilo, estando casi al bordo del llanto.

    —Sí, así es —pronunció Dan, estrechándola sólo un poco y pasando una mano lentamente por su cabeza.

    —Lo siento, lo siento tanto tío… —sollozó Abra, ahora ya más despacio.

    —Tranquila. Ya estamos aquí. Todo estará bien.

    Dan miró de reojo hacia su hermana, que los observaba a ambos en silencio, con sus brazos cruzados, sus ojos entrecerrados y su mueca torcida. Dan no tenía que leer su mente para saber que no le causaba mucha gracia la notable diferencia entre cómo la joven había reaccionado al verla a ella, y cómo lo había hecho al verlo a él. Sin embargo, de momento lo único que pudo hacer fue sonreírle levemente y encogerse de hombros. Eso no ayudó a hacerla sentir mejor.

    Por su parte, Cole y Matilda seguían un tanto consternados por la serie de cambios que habían suscitado uno tras otro. ¿Qué estaba pasando exactamente? ¿Cómo habían llegado esas personas ahí en primer lugar?

    —Matilda, Cole —escucharon el cercano susurró de Jennifer, que hizo acto de presencia en la puerta, apenas asomando medio cuerpo por ésta. Una vez que ambos pusieron su atención en ella, les hizo un ademán con su mano para indicarles que fueran hacia adentro. Ambos no ocuparon de más para precisamente pasar a un lado de Abra y su tío, y avanzar hacia el interior de la casa sin decir nada que rompiera el momento.

    Una vez dentro, Jennifer comenzó a caminar, casi de puntillas, hacia la sala de estar.

    —¿Qué pasó?, ¿cómo es que supieron que Abra estaba aquí? —le murmuró Matilda despacio mientras la seguía, y Cole iba igualmente muy cerca.

    —Hay alguien más que quiere verlos y podrá resolverles esas dudas —contestó Jennifer con una voz extraña y enigmática.

    —¿Alguien?, ¿quién? —preguntó Cole con curiosidad, externando la misma pregunta que invadía la mente de Matilda.

    Jennifer guardó silencio el par de pasos que los separaban de la entrada de la sala. Ingresó escurridiza al interior de ésta, y se hizo a un lado para que ambos pudieran avanzar a su propio paso. Matilda y Cole se pararon bajo el umbral, y observaron al mismo tiempo a las dos personas que ahí se encontraban, una sentada en el sillón más amplio de la sala, y la otra de pie a su lado.

    —Matilda, Cole, qué gusto verlos de nuevo —murmuró aquella que estaba de pie, una mujer joven delgada de cabellos cobrizos muy rizados, y anteojos grandes y redondos, que ambos habrían reconocido rápidamente como Sarah Wheeler. Sin embargo, lo cierto es que apenas y pudieron reparar en ella o las palabras que les había dicho, pues la atención de los dos estaba completamente puesta en la otra mujer, sentada en el sillón. Ésta tenía sus manos apoyadas juntas sobre el mango metálico de un elegante bastón que mantenía delante de ella, y los observaba desde su asiento, esbozando una amplia sonrisa confiada y despreocupada.

    Los recién llegados se quedaron prácticamente petrificados en su sitio, incapaces de reaccionar de manera oportunidad debido a la estupefacción que los invadía.

    —¿Sra. Wheeler…? —murmuró Matilda, sonando claramente como un escéptico cuestionamiento.

    La sonrisa de la mujer en el sillón se ensanchó aún más, y con voz cauta le respondió:

    —Matilda Linda, ya eres lo suficientemente mayor para que te esté recordando que no necesitas llamarme señora. ¿O no?

    Aquellas palabras retumbaron en la cabeza de Matilda, creando prácticamente una explosión de emoción en su interior que se exteriorizó en la forma de una fuerte exclamación de asombro. Llevó por mero reflejo ambas manos a su boca, cubriéndola con sus dedos. Toda la compostura que le quedaba se desquebrajó en ese momento, y llegó de golpe al borde de las lágrimas.

    —¡No puedo creerlo! ¡Estás aquí! —pronunció con la voz entrecortada, aproximándosele con rapidez, aunque deteniéndose repentinamente a mitad del camino—. Sí estás aquí, ¿verdad?

    El rio; era una pregunta bastante válida, tratándose de ella.

    —Estoy aquí —respondió despacio, asintiendo lentamente con la cabeza. Le extendiendo entonces un brazo, indicándole que se le acercara—. Ven aquí, tontita.

    Matilda aceptó de inmediato su invitación y cruzó rápidamente la distancia que las separaba. Se sentó justo a un lado de ella, rodeando rápidamente su cuello con sus brazos y abrazándola con fuerza. Las lágrimas no tardaron ni un segundo más en brotar de los ojos de psiquiatra, comenzando a empapar el hombro del blazer azul de la mujer mayor.

    —No sabes qué tanto me hiciste falta, Eleven —masculló Matilda entre sollozos—. No sabes qué tanto…

    —Me estoy haciendo una idea —le susurró ella despacio con voz cariñosa.

    Ambas se quedaron abrazadas sin decir nada más, observadas bajo las miradas silenciosas de Sarah y Jennifer desde sus respectivas posiciones.

    Cole tuvo una reacción más moderada que su compañera. Él avanzó un poco más lento desde la puerta, observando a la mujer sentada en el sillón con cierta reserva, quizás incluso escéptico de que en verdad fuera la persona que parecía ser. Se detuvo de pie a lado de donde Matilda estaba sentada, y en ese momento El alzó su mirada hacia él, observándolo detenidamente, y le sonrió.

    Al instante, las dudas se disiparon de su cabeza, y Cole se permitió también sonreír.

    —Eleven —pronunció casi riendo.

    —Hizo un gran trabajo, Det. Sear —pronunció El con elocuencia, extendiendo una mano para estrechar firmemente la de él—. Ambos lo hicieron. Estoy muy orgullosa de los dos…

    La atención de El se centró de golpe en la mano que sujetaba de Cole, y en esa visible mancha negra que adornaba la piel de su dorso. Un vestigio de preocupación se hizo visible en su mirada.

    —Quizás no debas estar tan orgullosa cómo crees —pronunció Cole con solemnidad, apartando su mano con cuidado. Respiró hondo, intentando mantener en compostura sus emociones—. ¿Cómo es que despertaste? ¿Qué es lo que pasó?

    Matilda logró en ese momento calmarse lo suficiente y apartarse de Eleven para mirarla. La misma pregunta que Cole había hecho se dibujaba en su rostro humedecido.

    —Siéntense, por favor —les indicó, señalando con su cabeza al sillón delante del suyo—. Tenemos mucho de qué hablar.

    — — — —​

    Mientras en la sala Cole y Matilda tomaban asiento como les habían pedido, en el pórtico de la residencia había comenzado a suscitarse su respectiva conversación entre los miembros de la familia Stone/Torrance. Tras lograr que todos se tranquilizaran, al menos lo más que podían tranquilizarse, Dan, Lucy y Abra se instalaron en la pequeña sala para jardín que la Srta. Honey tenía en el porche para tomar el té. Y una vez ahí, Abra comenzó a contarles a su madre y a su tío, de manera resumida, lo que había ocurrido desde aquel día en Hawkins cuando se separó de Dan hasta ese momento. Su viaje con Charlie y Kali, omitiendo sus nombres directamente (aunque Dan supo de inmediato a quién se refería con una de ellas), como rastrearon a la persona que había atacado a la Sra. Wheeler y a Danny, y planearon la forma de acercársele. Intentó suavizar lo más posibles los sucesos de hace dos días y cómo es que fue herida, omitiendo por ejemplo que prácticamente había sido parte de un tiroteo, que dos de los atacantes eran claramente miembros del Nudo Verdadero (eso se lo compartiría sólo a su tío cuando estuvieran solos), y que alguien había muerto en aquella bodega. Todo eso para no alterar a su madre más de lo que ya estaba, cosa que no logró del todo.

    —¿En qué estabas pensando involucrándote en toda esta locura de esa forma tan irresponsable? —recriminó Lucy Stone con voz asertiva—. En cuánto le ocurrió eso a Dan, lo único que debiste haber hecho es llamarnos, y a lo mucho tomar al primer avión de regreso a casa. ¿Cómo pudiste subirte a la camioneta de una extraña y cruzar medo país? ¿Es que acaso perdiste totalmente la razón?

    —Lucy, cálmate, por favor —pronunció Dan desde su asiento delante de ella.

    —No me digas que me calme —respondió la Sra. Stone con dureza—. Ella ni siquiera debería de haber estado en ese sitio en primer lugar. Se suponía que irías a encargarte de todo eso para no exponerla.

    —No lo culpes a él por nada esto —exclamó Abra tajante antes de que Dan pudiera decir algo—. Yo fui la que se escapó y se subió a ese avión en primer lugar, y la que decidió irse de Indiana por su cuenta dejándolo solo en ese hospital. Soy lo suficientemente grande para responsabilizarme de mis decisiones.

    —Pues evidentemente no lo eres —le refutó Lucy—. Mira cómo terminaron tus decisiones —añadió señalando con su mano hacia su costado herido, el cuál Abra no podía evitar sujetar con una mano como si temiera que todo su interior se le fuera a salir si la retiraba—. ¿Y todo para qué?

    —Tenía que hacer algo, ¡maldita sea! —espetó Abra, repleta de frustración—. ¿Qué no logras entenderlo ni un poco? Ese sujeto es un peligro, ¡para todos!

    —Cuida tu tono —le amenazó Lucy, alzando un dedo delante de ella—. Y no me importa lo que pienses que tenías que hacer. Tú no tendrías en primer lugar que haberte inmiscuido en este asunto que ni siquiera te concernía.

    —¡Es que sí me concernía! ¡Todo este asunto era mi maldito problema desde el inicio!

    Se hizo el silencio, y por un vago momento la actitud combativa de Lucy fue sobrepasada por su confusión.

    —¿De qué estás hablando?

    Abra parpadeó dos veces, y se viró lentamente hacia su tío.

    —Supongo que no le hablaste de eso, ¿o sí?

    Dan torció un poco su boca y se viró instintivamente hacia un lado, evadiendo la mirada fulminante de su media hermana.

    —¿Qué me están ocultando ahora? —inquirió Lucy con voz férrea.

    —Yo no te oculté nada, Lucy —se apresuró Dan a responder—. Solamente no me atañía hablarte de eso, ya que me pidieron que no lo hiciera.

    Las miradas de ambos adultos se fijaron de nuevo en Abra, y especialmente la de su madre exigía ferviente una respuesta. La joven suspiró con pesadez y agachó su mirada al suelo.

    —Resulta que yo sí conocía a la persona que atacó a la Sra. Wheeler —murmuró en voz baja—. Era un chico que conocí unos meses atrás, en el viaje escolar que hice a Manchester. Lo descubrí mientras indagaba en la mente de la Sra. Wheeler. Es por eso que me buscaban. Él siempre supo de mí, quién era y dónde vivía. Toda esta locura comenzó por mi culpa.

    Lucy guardó silencio, contemplando a su hija con expresión indescifrable a simple vista. Tras unos instantes llevó una mano a su frente y talló sus dedos con algo de fuerza por toda ella. Era posible que no fuera capaz de comprender por completo todo lo que le habían estado contando durante ese rato; ya fuera por falta de experiencia en esos temas, o simplemente por la ausencia de un “algo” en su cerebro que le permitiera visualizar todo de la forma en que Abra o Dan veían las cosas. Pero esperaban al menos haber sido capaces de rascar la superficie lo suficiente.

    —Muy bien, al demonio con todo esto —masculló la Sra. Stone de golpe con fiereza—. Nos vamos todos a casa, ahora mismo.

    Abra suspiró con pesada frustración. Al parecer no lo habían logrado.

    —No puedo hacer tal cosa —afirmó Abra con firmeza—. ¿Qué no has oído lo que he dicho? Ese sujeto sigue con vida, y en cuanto pueda irá tras de mí. Y ya sabe dónde vivo, sabe quién es el tío Dan, y muy seguramente también sabe quiénes son ustedes.

    —Si así, entonces… nos mudaremos —respondió Lucy, encogiéndose de hombros—. A cualquier sitio; hasta a México si es necesario. Y si tú también sabes quién es él, entonces denunciémoslo a la policía, que ellos se encarguen.

    —¿La policía? No estás hablando en serio —farfulló Abra con voz casi burlona, lo que no terminó agradando a su madre en lo absoluto.

    —Pues no me importa lo que se tenga que hacer, pero tú ya no te meterás más en esto. Tienes que volver a casa, volver a la escuela, terminar tu semestre y enfocarte en la universidad.

    —Por Dios. ¿Escuela? ¿Universidad? ¿Escuchas lo que dices? Te acabo de decir que hay alguien allá afuera que nos quiere muertos, y que puede hacerlo con tan sólo pensarlo, y tú lo que quieres es que vayamos a escondernos y fingir que nada ocurre. Es tan típico de ti.

    —Abra, por favor… —intentó Dan intervenir, pero los humores de ambas mujeres Stone ya estaban demasiado encendidos para ese punto.

    —Ponte de pie en este instante —exigió Lucy, parándose rápidamente de su asiento—. No nos quedaremos en este sitio ni un minuto más.

    —¡Pues tendremos que quedarnos bastante más que eso! —exclamó Abra con voz desafiante—. Porque para empezar, me dijeron muy claramente que tenía que descansar esta herida al menos cinco días antes de hacer cualquier maldito viaje.

    Lucy entorno ligeramente los ojos al escuchar tal declaración, un tanto desconfiada al parecer.

    —¿Es eso cierto? —cuestionó de golpe, girándose hacia Dan. Muy seguramente buscaba su confirmación como enfermero… aún a pesar de que él no tenía estudios de enfermería en realidad, menos de doctor en medicina; muy a pesar de su apodo de Doctor Sueño. Por suerte sabía algunas cosas, derivadas de la experiencia en primera mano y algo de lectura del tema.

    —Bueno… sí, me parece que sí —respondió, aunque no sonando en realidad muy seguro—. Pero incluso dejando de lado las repercusiones que podía traer el que se subiera a un avión en estos momentos, con una herida tan grave lo más importante los primeros días es el reposo. Y cualquier viaje hasta New Hampshire, por la vía que sea, implicaría una situación agotadora y estresante, totalmente contraria a lo que se requiere. Es importante que esté lo más cómoda posible. Y, más importante aún, debe tener a la mano ayuda médica en caso de que se presente cualquier complicación. Y antes de que lo digas, me refiero a ayuda médica mucho más de la que yo o cualquiera le pudiera proporcionar en un avión, o en un vehículo a mitad de la carretera. Podemos verlo directamente con su doctor si prefieres, pero creo que lo ideal en efecto sería esperar esos cinco días antes de moverla.

    Lucy turnaba su mirada entre uno y otro, como intentando encontrar cualquier rastro de mentira reflejada en sus miradas. ¿Creía que le estaban engañando? Quizás tenía motivos para pensarlo. Pero la herida de Abra era ciertamente bastante real, y no podía ser tomada a la ligera. Una parte de Lucy de seguro lo tenía claro. Pero otra, alimentada por su enojo, ciertamente no la dejaba verlo por completo.

    —Hola —se escuchó de pronto que pronunciaban desde la puerta de la casa, jalando la atención de los tres. Jennifer Honey los miraba y les sonreía desde su distancia, sujetando en sus manos una bandeja metálica, y sobre ésta una tetera humeante y tres tazas—. Disculpen la intromisión —murmuró mientras caminaba hacia ellos—, sólo quise traerles un poco de té para calmar los ánimos. Es lavanda con miel, muy útil para para amortiguar el estrés.

    Jennifer colocó la bandeja en la mesita en el centro de la pequeña salita.

    —Gracias, Srta. Honey —dijo Dan, esbozando la sonrisa más amistosa que le fue posible, dado el aire tan tenso que los rodeaba—. Pero ya le hemos causado demasiadas molestias…

    —No es ninguna molestia —se apresuró Jennifer a aclarar—. Estoy contenta de tenerlos en mi casa, y poder serles de alguna ayuda en este momento difícil. ¿Me permiten servirles?

    Nadie le dio ninguna respuesta afirmativa o negativa, así que la profesora se dio permiso a sí misma para tomar la tetera y comenzar a verter lentamente un poco del líquido opaco y caliente en las tres tazas. Al ver esto, Lucy, quizás influenciada por sus propios modales, volvió a sentarse en su sitio.

    Pero, como al menos uno de ellos sospechaba, servirles té no era la única intención de Jennifer Honey al adentrarse en ese campo de batalla.

    —Si me dejan sólo ser un poco más entrometida —masculló despacio mientras continuaba sirviendo—, no es bueno confundir el enojo con la preocupación. —Aquello jaló inevitablemente la atención de Lucy y Abra—. Si lo analizan bien, ambas quieren lo mismo: que la otra esté bien, y a salvo, aunque en este momento lo vean como posiciones contrarias ya que cada una lo busca por medios diferentes. Yo sé muy bien lo complicada que puede ser la comunicación entre madre e hija, sobre todo cuando una de ellas es tan especial que… bueno, la otra se siente a veces abrumada por eso. Pero la única forma de lograr esa meta que tienen en común, es recordando que, como familia, son un equipo que debe trabajar junto, no enemigas que compiten una contra la otra.

    Lucy y Abra escucharon en silencio aquellas palabras, y justo después se limitaron a mirarse entre sí. Si alguna tenía algún pensamiento u opinión derivada de la reflexión que la Srta. Honey les había compartido, ninguna pareció dispuesta a compartirla de momento. Dan, por su lado, prefería permanecer como mero observador de la escena. Sin embargo, le pareció desde su perspectiva que había surtido algún efecto, pues al menos notó a Lucy un tanto más tranquila. Tanto así que la mujer de Anniston logró relajar sus hombros tensos, suavizar su expresión y extender una mano hacia la taza servida delante de ella y dar un sorbo de ésta. No fue claro si el sabor de la infusión le resultó agradable, pero al menos no dio seña de lo contrario.

    —Está bien —murmuró despacio y con tono mucho más pacífico, justo antes de dar un pequeño sorbo más de su té—. Nos quedaremos esos cinco días para que reposes. Reposes —repitió firmemente señalando a su hija para dejar clara su intención—. Y luego de ese tiempo… ya veremos qué hacer.

    Abra permaneció en silencio, pero se permitió asentir con su cabeza como respuesta. Aquello pareció ser como una pequeña liberación para la joven, pues al instante se permitió también extender sus manos hacia su taza y tomarla con ambas para aproximarla a sus labios.

    —Gracias —susurró despacio antes de comenzar a beber también.

    —Parece ser que nos tocará pasar Acción de Gracias por aquí —masculló Lucy con cierta amargura.

    —Oh, son más que bienvenidos a pasarlo aquí con nosotras —indicó Jennifer rápidamente con cortesía.

    —Gracias, Srta. Honey —contestó Lucy, asintiendo—. Pero en serio, ya no queremos importunarla más.

    —No es importuno en lo absoluto. Será agradable tener la casa llena de personas para variar. Pero, no lo tomen como una imposición. Sólo quiero que sepan que la invitación está abierta.

    —Gracias —se apresuró Dan a intervenir—. La consideraremos, de verdad. Y gracias también por el té.

    —No hay de qué —respondió Jennifer sonriente, y sin más se dispuso a volver al interior de la casa llevando la bandeja metálica consigo.

    —Estas personas son realmente agradables —indicó Danny con certeza una vez que su anfitriona casi forzada se retiró.

    —Quizás demasiado —susurró Lucy, como un pensamiento más para sí misma, seguida de un sorbo de su taza. Sin importar lo que dijera, parecía que al menos el té le había gustado—. Tú no tienes que quedarte aquí, Danny. De seguro tienes que volver pronto a tu trabajo, y ya te hemos causado bastantes molestias. Yo me quedaré aquí con Abra, y veré con David si es posible que nos alcance un día de estos.

    Las palabras de su hermana sonaban sinceras, pero aun así Dan no podía evitar pensar que una parte de ellas provenían del hecho de que no lo quería ahí con ellas en primer lugar. Fue un tanto complicado convencerla de que debía acompañarla hasta ahí, pero cedió más que nada cuando de esa forma David podía volver a casa luego de ausentarse tantos días en el trabajo, con la certeza de que ya sabían dónde estaba su hija y que estaba bien. Quizás no era así, y Dan sólo estaba un poco paranoico.

    Y aunque la idea de volver a Frazier, a su trabajo, y a su vida más o menos normal le resultaba tentadora, como Abra bien había dicho no sentía que ese asunto hubiera terminado todavía. Además, cuando se giró a mirar de reojo a su sobrina, notó como ésta lo miraba de regreso con una expresión que prácticamente gritaba como una súplica: “por favor, no me dejes sola con ella.”

    —Me quedaré sólo un poco más, si están de acuerdo —indicó tras unos momentos—. Sólo para asegurarme de que no haya ningún otro peligro por aquí, y ayudar a Abra en lo que pueda en su recuperación. Si después de Acción de Gracias todo está bien, me iré adelantando a volver.

    —Si es lo que quieres —masculló Lucy con voz ausente, quizás más resignada que otra cosa.

    Obviamente no todo se había aclarado o calmado entre ellos, pero al menos parecía haber habido un progreso.

    FIN DEL CAPÍTULO 121
    Notas del Autor:

    ¿Cómo han estado todos? Espero que muy bien. Como ven luego de terminar el arco anterior, y el flashback de Damien, en estos últimos capítulos nos hemos dedicado mucho a ver a los diferentes personajes involucrados, ver dónde quedaron luego de tan desastroso desenlace, y qué es lo que seguirá para ellos. En este capítulo en especial tenemos un par reencuentros importantes, y que obviamente marcarán el rumbo que ha de seguir los siguientes capítulos. De entrada, justo como Eleven dijo, tiene mucho de qué hablar con Matilda y Cole. Quédense al pendiente pues en los siguientes capítulos veremos mucho de estos tres, que de seguro más de uno ya los extrañaba.
     
  2.  
    WingzemonX

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    Resplandor entre Tinieblas
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    Misterio/Suspenso
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    131
     
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    Resplandor entre Tinieblas

    Por
    WingzemonX


    Capítulo 122.
    Encargarnos de otras cosas

    A pesar de que Matilda y Cole tenían muchas preguntas que querían hacerle a su mentora, lo cierto era que la persona que había estado en coma hasta hace unos días, era Eleven y no ellos. Así que, siendo justos, la que en realidad tenía más preguntas sobre lo que había ocurrido durante todo ese tiempo, era ella. Al menos en lo que respectaba a los detalles más finos del asunto, pues al menos de manera general parecía ya haberse enterado bastante bien.

    Así que turnándose un poco la palabra, ambos comenzaron a explicarle a la recién llegada qué habían hecho desde aquella noche Eola. Mucha de la conversación inicial la llevó principalmente Cole, quién detalló lo mejor posible su investigación y su encuentro con el padre Babatos y el padre Alfaro, y cómo dio con la identidad de Damien Thorn. Algunos de esos detalles la propia Matilda los conocía, pero otros no.

    Matilda igualmente hizo lo propio, explicando aquella llamada que había recibido de un tal Sr. Sinclair, que fue quien le informó del paradero de Samara a cambio del apoyo de uno de los rastreadores. Le sorprendió (aunque en realidad no tanto) que Eleven ya supiera de eso, pues Mónica le había informado los detalles.

    Los sucesos de hace dos días fueron más… complicados de explicar, pero igual lo hicieron lo mejor posible. Eleven los escuchó atentamente a cada momento, con rostro imperturbable. Su hija, sin embargo, sentada a su lado, parecía bastante más afectada por todo lo que escuchaba. Ni en todo el tiempo que ella había estado trabajando y ayudando en la Fundación siendo joven, había pasado por tantas como ellos dos en un par de días.

    Sin embargo, sí hubo dos cosas de lo que Matilda y Cole le contaron que claramente llegaron a perturbar profundamente a la cabeza de la Fundación Eleven: la presencia de Charlene McGee, no sólo en Los Ángeles sino muy seguramente en el pent-house aquella noche… y el destino de Kali Prasad en esa abandonada bodega en la cual ellos estuvieron muy cerca de correr con la misma suerte.

    Sobre todo eso último había tomado a Eleven totalmente desprevenida, y tuvo que tomarse un momento para digerirlo lo mejor posible. Su hija propuso que tomaran un descanso, pero El insistió en qué estaba bien, y tras unos instantes instó a que prosiguieran. Aunque ya no había mucho más que contar después de eso, salvo su huida de aquella bodega, la llegada a la clínica ayudados por los hombres del padre Babatos, y lo que Samara había hecho a la pierna de Cole. Lo siguiente más importante luego de eso, era justo ese momento que estaban viviendo.

    —Pasaron por muchas dificultades en mi ausencia —musitó Eleven una vez que las explicaciones de Matilda y Cole habían terminado. En medio de todo la Srta. Honey les había traído un poco de té, y lo fueron bebiendo sorbo a sorbo mientras charlaban. En ese momento la taza de El ya estaba vacía, así que se estiró para colocarla de regreso en la mesita de centro—. Lamento mucho que haya tenido que ser así. Pero, por otro lado, me alegra ver que tras todo esto ambos lograron solucionar sus diferencias.

    —¿Diferencias? —musitó Matilda un poco confundida, aunque casi de inmediato se le vino a la mente cómo había sido los primeros encuentros entre Cole y ella, y que muy seguramente eso había sido lo último con lo que Eleven se había quedado antes del incidente—. Ah, eso… sí —pronunció despacio—. Bueno, digamos que mucho de lo sucedido me ha ayudado a… abrir un poco más mi mente a otras posibilidades. Y en especial a darme cuenta de que efectivamente estaba siendo bastante obstinada y orgullosa. —Se viró en ese momento directo hacia Cole sentado a su lado. El detective pareció un poco sorprendido en cuanto los profundos ojos azules de la psiquiatra se posaron fijos en él—. Y me disculpo sinceramente por eso… No sé si ya lo había hecho, pero lo hago de todas formas.

    —No tienes nada de qué disculparte —le respondió Cole con una media sonrisa—. No sé si ya lo había dicho, pero lo hago de todas formas.

    Matilda soltó una pequeña risilla divertida como respuesta a su comentario, aunque de inmediato intentó contenerse al darse cuenta de ello. Se sintió un poco avergonzada por aquella tan “poco profesional” reacción de su parte. Eleven desde su asiento observó a ambos con una amplia sonrisa astuta. Definitivamente habían pasado más cosas de las que decían.

    —Bueno, todo lo que me dicen me da una imagen más completa de lo ocurrido —señaló Eleven. Sus dedos jugaban inquietos con su bastón.

    Aquel accesorio de apoyo les había llamado la atención a Matilda y Cole por igual, pues nunca habían visto que ella tuviera que usar uno antes. Sin embargo, no estaban seguros si debían, o podían, preguntar al respecto de forma directa.

    —Pero ahora me toca a mí explicarles un pedazo de este asunto que creo que ninguno conoce aún —declaró Eleven con abrumadora seriedad, destanteando un poco a sus dos oyentes.

    Sin muchos rodeos, comenzó a hablarles del DIC, de quién era su amigo Lucas Sinclair, y de la complica relación que ambos tenían con Charlie McGee. Pero el DIC y a lo que se dedicaban fue el tema más importante, y el que más captó la atención de sus dos protegidos. Cole ya había oído al respecto antes, más que nada por rumores. Matilda, por su lado, aunque había sido informado de los experimentos que se habían hecho en los 70’s y 80’s de boca de la propia Eleven, desconocía que dicha organización seguía funcionando. Y no sólo eso, sino que además la Fundación solía trabajar seguido con ellos; y que incluso ella lo había hecho aquella noche sin querer, al ayudar a ese hombre, Lucas Sinclair, con su asunto.

    Matilda se paró abruptamente de su asiento y caminó unos pasos lejos del sillón, cruzada de brazos. Los ojos atentos de Eleven, Sarah y Cole la siguieron.

    —¿Me estás diciendo que existe una organización del gobierno dedicada a cazar resplandecientes? —soltó con voz gélida, girándose de nuevo hacia El—. Y no sólo eso, sino que es la misma que experimentó hace años contigo, con la Sra. McGee, con Eight… ¿y además su director es tu amigo? ¿Y hemos estado… trabajando con esas personas durante todo este tiempo? No puede ser cierto…

    —Cálmate, por favor —le indicó Eleven, alzando una mano hacia ella—. Las cosas no son como las estás diciendo. La organización que nos hizo todo eso despareció hace años. Ésta es una nueva, que se formó de nuevo hace… relativamente poco.

    —¿Y por eso incluso se llaman igual?

    —No negaré que es cierto que las bases de esta organización se cimientan en aquella que Brenner y otros más formaron hace tiempo. Y soy la primera en aceptar que su sola existencia no me agrada del todo. Pero confío en Lucas y en las personas que tiene a su lado para dirigirla y cuidar que no se vuelva lo que La Tienda alguna vez fue. Y nos guste o no, se necesita de una organización mucho más capacitada y con mayor facultades que las nuestras, para lidiar con amenazas que no podemos controlar.

    —¿Cómo? ¿Cazando a los que son como nosotros? ¿Encarcelándolos sin juicio, abogado ni nada? ¿Tratándonos como monstruos? Eso es justo lo contrario que pensé que esta Fundación representaba. Se supone que debemos ser un apoyo y un lugar seguro para los que tienen estas habilidades, donde puedan desarrollarse y aprender a tener vidas normales. Se supone que debemos ser una ayuda para todos y cada uno de ellos, no cómplices de sus perseguidores.

    —Una ayuda para todos y cada uno de ellos —repitió Eleven con dejo de amargura en su voz—. ¿Y crees que en serio podemos brindar esa ayuda a todos los que tienen estas habilidades únicas, Matilda?

    —Es nuestro deber al menos intentarlo.

    —¿Incluso en el caso de Damien Thorn? —soltó de golpe con seriedad, dejando a Matilda destanteada—. ¿O Lilith Sullivan? ¿Qué hay de Leena Klammer, o el hombre y la mujer que los atacaron y asesinaron a Eight, y casi los matan a todos ustedes? ¿En serio crees que podemos ayudarlos a todos ellos de alguna forma?

    Matilda guardó silencio. Su mirada se mantenía firme, pero se había desquebrajado lo suficiente para dejar en evidencia que no tenía argumentos suficientes para rebatir sus palabras.

    Eleven suspiró con pesadez.

    —Sí, creé esta organización para ayudar a los que son como nosotros; eso nunca ha estado en duda. Pero también he visto de primera mano el grandísimo daño que una persona con el poder suficiente, y una gran oscuridad en su interior, puede causar si no se le detiene a tiempo. Personas con las que no puedes negociar, hacerlos entender o cambiar de opinión. Personas que lo único que quieren es destruir y quemarlo todo a su paso. Y ese tipo de personas, Matilda, no pueden ser salvadas, porque de entrada no quieren serlo. Y para ese tipo de situaciones, me temo se necesita hacer lo que sea para contenerlos, o exterminarlos si es preciso…

    Quizás su rostro sereno no lo demostraba del todo, pero Matilda se sintió casi espantada de escuchar a Eleven decir esas cosas. Y no era para menos; nunca le había tocado oírla decir nada parecido antes, y mucho menos con ese tono tan agresivo, cargando consigo la amargura y el dolor de todas las malas experiencias que había vivido a lo largo de los años, y todas las pérdidas que la habían golpeado con ellas.

    Eleven, sin embargo, pareció ser consciente de esto, así que se forzó a cerrar los ojos y respirar lentamente para así tranquilizarse. Sarah pasaba lentamente su mano su espalda en un intento de reconfortarla. No era común en ella perder el control de esa forma, pero todo eso resultaba difícil para ella, y enterarse de lo de Eight no ayudó en lo absoluto.

    —Pero nunca quise que ustedes, ni ningún otro de mis chicos, tuviera que meterse en algo así —aclaró con voz mucho más tranquila, volviendo a ser la misma comprensiva y serena Eleven que Matilda tanto conocía—. La Fundación no fue hecha para crear soldados ni nada parecido, sino justo para evitar que alguno de estos niños tuviera que pasar por algo como lo que yo, Charlie o Kali pasamos. Y eso es algo que siempre le he dejado bastante claro a Lucas, y que él respeta incondicionalmente. Ustedes están conmigo para proteger y ayudar niños como Samara; no para enfrentar a monstruos como Damien Thorn. En un mundo ideal, ustedes nunca se habrían enterado de nada de lo que les estoy contando ahora, y nunca habrían tenido que pasar por una situación cómo por la que pasaron. Pero… como pueden ver, no me fue posible protegerlos de esto. Y lo lamento enormemente.

    El pesar en su voz era pesado y profundo; ninguno de los presentes sería capaz de negarlo.

    —Tú tampoco tienes que disculparte, El —declaró Cole, inclinándose hacia adelante en su asiento—. Nada de esto fue culpa de ninguno de nosotros. Fue algo que nos sobrepasó, y todos actuamos cómo mejor pudimos.

    Se volteó en ese momento hacia Matilda, con una expresión casi suplicante.

    —Aunque puede que no concordemos por completo en cómo vemos las cosas, todos hemos pasado juntos por esto, y tenemos que seguirlo haciendo. Ya que esto aún no ha acabado.

    Las palabras de Eleven y Cole, y en especial los centellantes ojos de este último, parecieron lograr suavizar un poco el humor de Matilda. Y aunque algo reticente, dejó salir su estrés en forma de un pesado suspiro, y se aproximó de regreso al sillón, tomando asiento de nuevo a lado del detective.

    —Supongo entonces —comenzó a pronunciar con voz moderada—, que el Sr. Sinclar sabía la ubicación de Samara ya que el DIC tenía localizado a Damien Thorn y planeaban ir por él. ¿Correcto?

    Eleven asintió.

    —Llamó su atención inevitablemente luego de atacarme, y comenzaron a moverse rápidamente para investigarlo y aprehenderlo lo más pronto posible. Y todo parece indicar que en efecto, el DIC estuvo en ese pent-house esa noche.

    —¿Ellos fueron los que causaron la explosión? —cuestionó Cole, curioso.

    —No lo creo; ese suena más el estilo de Charlie. Pero lo que hizo al parecer no fue suficiente para matarlo.

    Justo como Abra las había dicho.

    —Tengo entendido que la familia Thorn hizo un comunicado afirmando que el chico ya no estaba en el edificio cuando ocurrió la explosión —señaló Matilda—, y que ahora se encontraba de regreso en Chicago. ¿Es mentira? ¿El DIC lo detuvo esa noche?

    —De eso no tengo confirmación explícita, pero… creo que es lo más probable; y también a Charlie.

    Cole y Matilda se miraron el uno al otro, preocupados por aquella última afirmación.

    —Charlie fue una de las prófugas más longevas del DIC —explicó Eleven—, desde los tiempos de la organización original. Y, además de eso, una de sus mayores amenazas. No es que no tuviera motivos para odiarlos; los tenía, y de sobra. Tantos o más que Kali y yo. —Suspiró—. Pero hace tiempo, Lucas y yo le dimos la oportunidad de dejar todo eso atrás, empezar una nueva vida y olvidarse de todos los rencores del pasado que la carcomían. Pero lo rechazó… No la juzgo, realmente. Quizás, de no haber tenido a mi familia, a mis amigos, la Fundación, y todos estos niños nuevos que me necesitaban, incluidos ustedes, habría terminado siguiéndola. Pero cada una tomó sus decisiones, y tendremos que lidiar con las consecuencias de ellas.

    —¿En dónde los tienen? —inquirió Cole con seriedad.

    —Es difícil decirlo. Lo único que sé es que el DIC tiene una base ultra secreta en algún lugar del este, en un sitio que es capaz de mantener alejada a cualquier proyección psíquica que intente acercarse; incluso a mí. Si es por alguna anomalía natural o por algún aparato artificial que hayan diseñado, no lo sé. Pero ya sea física o mentalmente, nadie puede entrar ni salir de ahí, lo que vuelve virtualmente imposible localizarlo. Si es que acaso quisiéramos hacer tal cosa…

    —¿Y en verdad crees que serán capaces de retenerlo en ese sitio? —mencionó Matilda, escéptica.

    —Esto tampoco lo sé, pero de momento sólo nos queda confiar en que será así y dejar ese asunto en sus manos. Ya que, por otro lado, nosotros debemos encargarnos de otras cosas.

    Hizo una pausa y fijó su mirada, que se había tornado severa, en los dos.

    —Empezando por el hecho de que la policía está buscando a dos personas con su misma descripción exacta, que entraron a la fuerza en ese edificio durante la tarde.

    Aquella repentina acusación hizo que tanto Matilda como Cole respingaran un poco, y de inmediato los inundara una sensación de incomodidad. No había sido su mejor momento, ciertamente.

    —Todo eso fue totalmente mi culpa —indicó Cole con firmeza—. Yo fui el que decidió entrar a ese sitio solo, y creyó ingenuamente que podría controlarlo todo por su cuenta. Matilda sólo ingresó de esa forma para salvarme el trasero.

    —Muy noble de tu parte el decirlo, Cole —indicó Eleven, asintiendo—. Pero para el caso, no es relevante. Entiendo mejor que nadie la situación tan difícil por la que pasaron, y cómo tuvieron que reaccionar de la mejor forma posible dado el momento. Por lo cierto es que se expusieron demasiado, y a todos nosotros de paso.

    —Lo sentimos —respondió Matilda con voz resignada, hablando claramente tanto por ella como por Cole—. Te aseguro que ninguno deseaba que las cosas escalaran de esa forma. Y sé también que a raíz de eso, Cole y Abra salieron grave heridos, y Eight… —Matilda hizo una pausa y respiró profundo por su nariz antes de volver a hablar—. Pero logramos sacar a Samara de ese sitio y alejarla de ese individuo. Y, siendo honesta, no estoy segura si hubiéramos podido hacerlo de otro modo.

    —Tal vez no —señaló Eleven sin ironía alguna—. Como sea, lo hecho, hecho está. Lo importante es que pudieron salir de esa situación, pero ahora toca arreglarla de alguna forma. Y es justo para este tipo de circunstancias que conviene ser amigos del DIC. Ya arreglé con Lucas que sus nombres no sea involucrado en lo absoluto en lo sucedido, y cualquier sospecha sea desviada en otra dirección.

    —¿Y cómo harán eso? —cuestionó Cole con curiosidad, aunque también con evidentes reservas.

    —Sólo digamos que ya tienen todo un protocolo para atraer a su jurisdicción cualquier caso que involucre la posible presencia de un Usuario Psíquico, y así poder controlar lo mejor posible la información.

    A Cole esa descripción hizo que se le viniera a la mente aquello que Vázquez le había mencionado en Eola, sobre una agencia que había aparecido en Portland para encargarse del incidente del Providence Medical Center, o como el Jefe Thomson le había comentado que los federales habían tomado control total del caso de Leen Klammer y el flujo de la información. Ahora que sabía que el DIC estaba de alguna forma involucrado, todo parecía encajar y tener más sentido.

    —Y en el caso de lo sucedido hace dos días —prosiguió Eleven—, ellos son los primeros en desear que su participación en ese incidente no sea del dominio público. Así que se encargarán de dar una versión de los hechos que se acople a sus intereses; y, de paso, también a los nuestros. Así que por lo pronto no deben preocuparse de eso. Sólo no se metan en más problemas en los próximos días.

    Matilda estaba asombrada con la forma tan calmada y casual en la que Eleven mencionaba todo aquello; como si recibir la ayuda de una agencia del gobierno para encubrir crímenes y mentirle a la gente fuera de lo más normal para ella. Aunque, luego de todo lo que había escuchado durante esa plática, era posible que en efecto sí lo fuera.

    —No creo sentirme cómoda con ese tipo de “ayuda” —masculló Matilda con sequedad.

    —Te aseguro que será más cómodo que ir a prisión —sentenció Eleven con dureza, dejando a Matilda sin ninguna contestación posible, o al menos no una que quisiera compartir—. Aclarado ese punto, el siguiente que nos atañe es quizás el más importante y el que requiere una acción inmediata. Y me refiero a Samara Morgan.

    La sola mención de la niña de Moesko en ese contexto, puso en alerta a Matilda, que de inmediato se sentó más derecha en su asiento, notándosele algo tensa.

    —¿Qué quieres decir?

    —A que oficialmente —dijo Eleven—, lo último que la gente sabe es que fue secuestrada en Oregón por Leena Klammer y llevada al sur hacia alguna locación desconocida. Sería bastante contraproducente que se enterarán que de hecho está en estos momentos en la planta alta de esta casa. —Al mencionar aquello, apuntó con su bastón en dirección al techo sobre ella—. Es por eso que antes de que alguien lo descubra y tengamos que responder preguntas incómodas, tenemos que hacer que reaparezca públicamente.

    —¿Cómo?

    —Los detalles aún no los tengo claros. De hecho, en uno rato más tengo que ir a hablar con la persona que nos ayudará con eso. —Volteó a ver a su hija mayor sentada a su lado al señalar eso último. Sarah asintió lentamente, confirmando sus palabras—. Pero les puedo adelantar que Cole tendrá que desempolvar su traje héroe una vez más.

    Cole pareció confundido al inicio ante la mención a su persona, aunque rápidamente una idea pareció cruzarle por la cabeza, pues sonrió casi divertido de pronto.

    —¿Así que seré de nuevo el policía solitario que rescató a la niña en problemas? —masculló Cole con tono socarrón. Aquello extrañó un poco a Matilda, en especial porque ambos habían usado la expresión “una vez más” y “de nuevo”. ¿Ya habían tenido que lidiar con esto antes?

    —No es muy lejos de la verdad, considerando tu intento de rescate —señaló Eleven, rozando peligrosamente en un regaño—. Y sirve también que varios otros policías saben que estuviste estos días por aquí investigando por tu cuenta. Sólo habrá que decidir la mejor forma de manejar la narrativa, pero eso se los comunicaré más tarde, o mañana a más tardar. Pero como sea que vaya a ser, una vez que las autoridades y el público sepan que ha sido rescatada, lo siguiente será llevarla de regreso a Washington con su padre adoptivo.

    —¿Qué? —exclamó Matilda, casi horrorizada por la idea—. ¿Su padre? Eleven, él… no quiere saber nada de ella. La culpa por todo, en especial por lo que le pasó a su esposa. Regresarla con él sería un peligro. Temo lo que pudiera hacerle…

    La psiquiatra sintió un tremendo escalofrío recorriéndole el cuerpo, en cuanto a su mente volvían las imágenes de aquella horrible visión que había tenido de Anna Morgan intentando asfixiar a Samara y tirándola en aquel pozo para encerrarla. Nada le garantizaba que su padre no fuera capaz de hacer lo mismo; de hecho, lo consideraba casi un hecho.

    —Quizás sea cierto —asintió Eleven—. Pero por lo menos hasta ahora, es su tutor legal, y quien tiene la última palabra sobre el destino de la niña. Claro, él y las cortes. Es por eso que tú irás con ella, Matilda, y te asegurarás de que todo salga bien con su padre. Ya sea que él la reciba de regreso o no, será una transición muy difícil para ella, y te necesitará más que nunca.

    No necesitaba que se lo dijera; Matilda ya tenía decidido que acompañaría a Samara en cuanto la idea fue planteada, incluso si Eleven no hubiera estado de acuerdo. Pero su expectativa era mucho más que sólo servir de apoyo.

    —Eleven, yo… —murmuró la psiquiatra en voz baja agachando la mirada—. Yo he considerado… si el Sr. Morgan no desea recibirla de regreso, o si estar con él representa un peligro real… yo quisiera hacerme cargo de ella…

    Los ojos de Eleven se entrecerraron un poco, dibujando en su rostro una expresión de ligera confusión.

    —¿Te refieres a que quieres adoptarla? —cuestionó la Sra. Wheeler sin muchos rodeos.

    —¿De verdad? —se escuchó de pronto la voz de Jennifer cuestionar desde la puerta de la sala. Las miradas de todos se viraron hacia ella, pero en especial la de su hija adoptiva, azorada de verla ahí de pie, abrazando contra sí la charola metálica en la que le había llevado el té a las personas que conversaban afuera—. Matilda… ¿tú quieres…?

    Jennifer se veía bastante asombrada. Hasta ese momento Matilda sólo le había comentado que Samara se quedaría un tiempo con ellas, pero no había aún planteado la posibilidad de que aquello fuera algo más permanente.

    —Lo siento... —masculló Matilda vacilante, parándose de su asiento—. Quería hablarlo contigo en cuanto las cosas se calmaran. Pero yo… —Matilda turnó su mirada entre Eleven y su madre; las dos personas cuya opinión más peso tenía para ella en el mundo entero—. Samara es una niña única; más incluso que otros resplandecientes que hemos conocido antes. Con su padre no estará segura; tampoco en un orfanato, o un hogar temporal o adoptivo donde no entiendan sus habilidades y la manera de manejarlas. Pero sé que yo, con el apoyo de la Fundación, y el tuyo —indicó girándose de nuevo hacia Jennifer—, puedo darle todo ese amor y seguridad que ella se merece y necesita. Así como tú me lo diste a mí…

    Jennifer respiró lentamente y agachó su mirada hacia su reflejo distorsionado en la superficie lisa de la charola que sujetaba. Su rostro era una máscara indescifrable en la que no era claro qué era lo que sentía o pensaba sobre lo que le estaban diciendo, y eso comenzaba a causarle un poco de angustia a Matilda que esperaba expectante su respuesta. No estaba segura de qué haría si le decía que no estaba de acuerdo, o que no pensara que ella estaba lista para tomar una responsabilidad como esa.

    Tras unos dolorosos segundos de espera, la Srta. Honey habló al fin:

    —Decidir ser madre es un gran paso, Matilda. Es aceptar una tremenda responsabilidad en tu vida, que además se vuelve diez veces más retadora si la criatura que decides acoger es “única”.

    Todos los presentes supieron de inmediato que hablaba por experiencia propia.

    —Pero —prosiguió—, si una… ingenua y soñadora maestra de primaria con la cabeza en las nubes pudo hacerlo ella sola, no me cabe la menor duda de que alguien como la Dra. Matilda Honey será la mejor madre que esa pequeña pudiera pedir en cualquier vida. —Levantó de nuevo la mirada hacia su hija, y una amplia y radiante sonrisa se dibujó en sus labios—. Y no tendrás que hacerlo sola; por supuesto que yo estaré aquí para apoyarte en todo lo que necesites; a ambas.

    Matilda sintió una oleada de calor quemándole el pecho, subiendo por su cabeza y amenazando con brotar de su cuerpo en la forma de densas lágrimas. Logró contenerlas, sin embargo, y sobreponerse lo suficiente para avanzar hacia su madre y estrecharla firmemente entre sus brazos. Jennifer hizo a un lado la charola, y le correspondió con su brazo libre.

    —Gracias —murmuró despacio cerca del oído de su madre—. Has hecho ya tanto por mí en todos estos años. No es justo que siga pidiéndote tanto más.

    —Eso es lo que las madres hacen —le respondió Jennifer despacio como respuesta—. Ya lo entenderás tú misma.

    El momento casi tenso y serio por el que estaban pasando hasta hace un momento había dado un giro hasta convertirse en algo más. Y aunque para algunos como Jennifer aquello resultaba algo repentino, para Cole era algo esperado, y eso se notaba en cómo contemplaba aquello con una sonrisa de satisfacción y orgullo.

    Tras unos momentos Matilda y Jennifer se separaron, y dicho cambio fue la indicación que Eleven tomó para intervenir.

    —Si es lo que has decidido, yo también te apoyaré para lograrlo —indicó con solemnidad—. Pero para lograr que eso ocurra, primero tienes que hacer las cosas bien. Tienes que llevar a la niña de regreso, y una vez allá apelaremos a que lo mejor para ella es estar a tu cuidado. Pero un paso a la vez. Primero necesitamos que deje de ser una niña desaparecida, y para ello tengo que ir a mi siguiente “cita”.

    Eleven se puso de pie en ese momento. Sin embargo, al hacerlo ocupó apoyar ambas manos en su bastón, y adicionalmente Sarah tuvo que ayudarla tomándola de un brazo. Aquello dejó perplejos a Matilda y Cole. Aún ya de pie, Sarah seguía sujetándola firmemente de su brazo, y parecía por un momento que si la soltaba la mujer se fuera a desplomar al suelo. Era casi como si su mentora hubiera envejecido veinte años de golpe. ¿Era acaso eso una secuela que le había dejado el estado inconsciente en el que se había sumido?

    Al observar los rostros de sus dos colegas, Eleven pudo detectar fácilmente la incertidumbre en ellos.

    —Tranquilos —les comentó con una sonrisa despreocupada—. Tristemente no es la primera vez que terminó tan debilitada luego de usar mis poderes al máximo… aunque sí la primera en la que caigo en coma por un ataque de esta magnitud. Según mis médicos, debería haberme quedado en cama al menos una o dos semanas más, pero es obvio que no podía darme ese lujo. Necesitamos resolver todo esto lo antes posible.

    —Eleven, si en verdad estás tan débil, no deberías exponer tu cuerpo a esfuerzos innecesarios —indicó Matilda, incapaz de ocultar su preocupación—. Estamos felices de tenerte de nuevo a nuestro lado, pero lo que menos queremos es que termines perjudicándote más, y en especial por nuestra causa.

    —Te aseguro que ya tuve suficientes regaños de mi familia por haber decidido venir aquí —masculló Eleven, alzando una mano al frente para indicarle a Matilda que parara de hablar—. Y sí, todos tienen razón. Y prometo que en cuanto encaminemos todo esto en la vía correcta, me tomaré un merecido descanso. Y, de hecho… —Hizo una pequeña pausa, y luego prosiguió—. Puede que sea uno bastante largo, pues ya estoy pensando seriamente en mi retiro.

    Todos se quedaron en silencio unos instantes al escuchar aquello, y la confusión y el asombro se apoderó de sus rostros; incluso del de Sarah.

    —¿Tu retiro? —cuestionó Cole, parándose también por mero reflejo—. ¿De la Fundación? ¿Hablas en serio?

    Eleven asintió.

    —No es el sitio ni el momento para conversar a detalle de esto. Pero basta con decir que toda esta experiencia me hizo darme cuenta de mis verdaderos límites, y también de lo que es realmente importante. —Colocó en ese momento su mano sobre la que Sarah tenía en su brazo—. Y aunque siempre estaré aquí para apoyar a cada uno de ustedes en lo que pueda, es momento de que vayamos encaminando la Fundación para que pueda seguir adelante sin mi intervención directa.

    Matilda y Cole se miraron entre ellos en silencio. La idea de que la Fundación pudiera existir sin Eleven, si bien resultaba lógica, era a su vez difícil de imaginar para ambos. Ninguno esperaba encontrarse esa mañana con una noticia como esa, y ciertamente les causaba una profunda mezcla de sentimientos.

    —Eleven —masculló Cole con seriedad—. Esto no se debe a que… temas volver a enfrentarte a ese chico, ¿o sí?

    Eleven guardó silencio unos instantes antes de responder.

    —No —masculló despacio—. Y en parte quizás sí. Pero dejando de lado a Damien Thorn, la Fundación y nuestro trabajo es muy importante, y creo que lo será aún más dentro de poco. Por ello es crucial que todo esto pueda proseguir, pasara lo que tuviera que pasar. Y no crean que es una decisión que estoy tomando a la ligera. Esto es algo que ya he venido pensando y trabajando por bastante tiempo atrás. Empezando por tener desde hace mucho muy claro a quién deseo como mi sucesora.

    Tras soltar tal declaración, los ojos de Eleven se colocaron fijos en una persona en específico de esa sala. Y dicha persona, aunque al inicio no se dio cuenta de este acto o el por qué detrás de él, tras unos segundos la insinuación que Eleven trataba de hacer se volvió bastante evidente; para ella y para todos los demás.

    —¿Qué…? —exclamó Matilda, aturdida y confundida—. ¿Yo…? Eleven…

    Sentía la lengua trabada, incapaz de articular una oración de dos palabras o más. Y antes de que lo siguiera intentando, la Sra. Wheeler alzó de nuevo una mano hacia ella, indicando que se detuviera.

    —Como dije, no es el sitio ni el momento para discutirlo —señaló con firmeza—. Ya habrá tiempo. Sarah. —Se giró hacia su hija a su lado—. ¿Puedes ir pidiéndonos un vehículo?

    —Sí, enseguida —respondió la joven mujer, permitiéndose soltarla con cuidado para sacar su teléfono.

    —Cómo mencioné, tenemos otra cita —indicó Eleven con algo de humor en su voz—. Pero antes de que nos vayamos, quisiera conocer a Samara. Si estás de acuerdo.

    La pregunta iba obviamente dirigida a Matilda. Sin embargo, ésta seguía tan aturdida que batalló para poder salir de ese estado y reaccionar.

    —Sí, claro… dame un minuto.

    Sin más se retiró de la sala con prisa, quizás con más prisa de la necesaria, y se dirigió a las escaleras que comunicaban a la planta superior. Eran tantas las emociones que le recorrían el cuerpo que sentía sus piernas casi como gelatina.

    — — — —
    Sólo unos pocos minutos después, Matilda venía ya de regreso con Samara tomada de su mano. A falta de otro atuendo mejor con el cual presentarse, la niña se había vestido con las mismas ropas con las que la habían recogido del pent-house de Thorn (tras al menos una pasada por la lavadora de la Srta. Honey). Eleven las observó desde el pie de la escalera, sonriendo con entusiasmo mientras ambas bajaban los escalones. Los rostros nuevos pusieron particularmente nerviosa a la pequeña de cabellos negros, y Matilda lo pudo notar por la forma en la que su mano se aferraba más firmemente a la suya.

    —Está bien —le murmuró despacio, sólo para ella—. Son mis amigas, no tienes nada que temer.

    La niña asintió, aunque no parecía en realidad del todo segura con esa afirmación.

    —Samara —murmuró Matilda solemne, una vez que pasaron el último escalón—. Ella es la Sra. Wheeler, la cabeza de la Fundación Eleven. ¿Recuerdas que te hablé de ella en alguna ocasión?

    Samara permaneció callada, observando desde abajo el rostro de aquella mujer de cabello rizado, y sus ojos cafés que la observaban de regreso a través del cristal de sus anteojos cuadrados.

    —Hola, Samara —musitó El con voz cariñosa, extendiendo una de sus manos hacia ella mientras la otra se mantenía aferrada a su bastón—. Me llamo Jane, pero todos mis amigos me llaman Eleven. Es un gusto conocerte al fin. He oído mucho sobre ti.

    Samara contempló la mano que le extendía por unos instantes, antes de animarse a soltar a Matilda y estrecharla tímidamente entre sus dedos delgados

    —Mucho gusto —susurró la niña despacio, inclinando un poco la cabeza de tal forma que parte de sus cabellos cayeran frente a su rostro.

    —Nos alegra mucho tenerte a salvo con nosotros una vez más. Sé que has pasado por cosas desagradables, pero te prometo que todo eso quedará atrás y ya no tendrás que esconderte, ni tampoco estar encerrada. Ya nos estamos moviendo para que eso suceda. Así que por el momento quédate tranquila, y dentro de poco te diremos exactamente qué es lo que haremos para que puedas retomar tu vida.

    —¿Retomar mi vida? —masculló la pequeña, alzando de nuevo su mirada—. ¿Volveré al psiquiátrico…?

    —No, claro que no —se apresuró a responder Matilda—. Te aseguro que no volverás a ese horrible lugar otra vez.

    —Entonces… ¿Iré a prisión? —inquirió abatida, dejando a los demás un tanto desconcertados—. Damien dijo que si volvía, lo más seguro era que me encerraran. Por lo que le hice al Dr. Scott, a mi madre, a ese hombre del motel…

    Samara agachó la mirada y se abrazó a sí misma, comenzando a temblar ligeramente. Matilda reaccionó de inmediato a esto, agachándose a su lado para rodearla en sus brazos; un acto muy similar al que Jennifer Honey había hecho más temprano en la cocina.

    —Eso no tiene que preocuparte ahora —susurró al psiquiatra, pegando sus labios contra sus cabellos oscuros—. Lo que tenga que pasar, no tendrás que afrontarlo sola. Y te prometo que todo lo que hagamos de aquí en adelante será para tu bien.

    —Confía en Matilda —señaló Eleven con firme confianza en su voz—. Haz lo que ella te diga, y todo saldrá bien. Te lo prometo.

    Eleven culminó su comentario con un discreto guiño de su ojo, que a Samara por algún motivo le inspiró confianza. La niña asintió con la cabeza y respiró lentamente por su nariz, intentando tranquilizarse.

    —Gracias…

    —Es lo que hacemos —respondió Eleven, sonriente.

    —El automóvil ya está cerca, mamá —le murmuró Sarah a su lado para llamar su atención.

    —Sí, claro. Tenemos que irnos, Samara. Pero si todo sale bien, nos veremos esta noche para seguir discutiendo todo esto. Mientras tanto, pórtate bien y hazle caso a Matilda y a la Srta. Honey. —Extendió entonces su mano, permitiéndose darle un par de palmaditas en la coronilla de su cabeza—. Matilda, Cole, nos vemos más tarde.

    —¿Y nos dirás entonces a quién irás a ver con exactitud? —preguntó Cole, mientras observaba cómo ambas mujeres Wheeler se aproximaban a la puerta.

    —Creo que es un viejo conocido suyo, detective —respondió Eleven con tono jocoso, tomándolo un poco desprevenido. Y la siguiente pregunta que surgió en la cabeza de Cole, fue exactamente la misma que Lucas Sinclair tendría tras su conversación del día anterior:

    «¿Qué estás tramando ahora, Eleven?»

    Pero en su caso, no tendría que esperar mucho para obtener una respuesta.

    Una vez en el pórtico, Jane y Sarah casi chocaron con Abra, Lucy y Dan, que ya también habían concluido su charla, así como su té, y se dirigían al interior para despedirse.

    —Sra. Wheeler —musitó Abra, sorprendida de verla de pie ante ella, pese a que sus padres ya le habían comentado que habían llegado ahí todos juntos.

    Eleven se giró a mirarla, y una renovada sonrisa de entusiasmo le iluminó el rostro.

    —Al fin nos conocemos de frente, Abra —murmuró despacio, extendiendo su mano hacia ella del mismo modo que lo había hecho con Samara. La joven de Anniston, sin embargo, no vaciló tanto en estrechársela—. Aunque sé que en realidad ésta no es la primera vez que estamos físicamente la una frente a la otra. Sólo que en ese otro momento yo estaba… algo ausente.

    —Sí, claro —pronunció Abra, riendo un poco—. Lamento el desastre que hicimos en su cabeza, y el que no pudiera ayudarla como quería.

    —Oh, pero lo hiciste, te lo aseguro —señaló Eleven con certeza—. Estoy bastante convencida de que los golpes que le diste a ese mocoso petulante en ambas ocasiones, ayudó a que tu tío y yo estemos ahora de pie.

    —¿Cómo es eso? —cuestionó Abra, un tanto escéptica.

    —Yo tampoco estoy muy segura, pero sé que es así. Y como fuera, yo debo disculparme contigo, pues fue mi intromisión al querer buscarte lo que te jaló a toda esta locura en primer lugar.

    —No del todo —negó Abra de inmediato—. Damien y yo… ya habíamos tenido un pequeño encuentro antes de que usted me encontrará. Creo que estaba en nuestro destino cruzarnos de nuevo de una u otra forma…

    Antes de que Eleven pudiera responderle algo, el vehículo que Sarah había pedido fue visible por el camino de la casa, aproximándose en su dirección.

    —Nuestro transporte llegó —indicó El apuntando al frente, aunque de inmediato se volvió de nuevo hacia Abra—. Espero en verdad poder hablar contigo con mucha más calma uno de estos días. Por todo lo que he oído y visto, me doy cuenta de que eres una jovencita más que excepcional. Sería todo un privilegio que te nos unieras en la Fundación. Creo que hay muchos como tú que pueden beneficiarse de contar con tu apoyo.

    El rostro entero de Abra se iluminó como árbol de navidad al escuchar tal propuesta.

    —Eso sería… —comenzó a pronunciar con marcada emoción, pero sus palabras fueron cortadas por un discreto carraspeo de su madre a su lado. Al mirarla, pudo notar por su expresión que la idea no la entusiasmaba tanto como a ella. Bueno, ya habría oportunidad de discutirlo—. Eso sería bueno —respondió con más moderación—. Me encantaría que pudiéramos hablarlo.

    Eleven asintió, leyendo por el ambiente que en efecto sería algo para discutir en otra ocasión.

    —Sra. Stone, Sr. Torrance —saludó a ambos con un leve movimiento de su cabeza—. Fue un placer viajar con ustedes.

    —Gracias por todo, Sra. Wheeler —le respondió Dan con entusiasmo—. Espero que todo salga bien de su lado.

    Eleven comenzó a bajar los escalones del pórtico con la ayuda de su hija mayor. El conductor del vehículo ya se había bajado para abrirles la puerta.

    De pronto, Abra pareció recordar algo.

    —Sra. Wheeler, espere un minuto —pronunció en alto, avanzando un par de pasos rápidos hacia ella, aunque deteniéndose justo después de eso por su herida. Eleven, con sus pies ya en el camino de cemento, se giró de regreso hacia ella—. ¿Usted sabe en dónde está Damien en estos momentos?

    —No con total seguridad —respondió El con voz neutra—. Pero donde quiera que esté, te aseguro que no debes preocuparte de momento por él. Sólo debes enfocarte en descansar y recuperarte de esa herida.

    —Supongo, pero… —masculló indecisa, agachando un poco su mirada. Miró hacia el chofer que aguardaba a lo lejos, y bajó los escalones para poder estar más cerca de El y hablar con voz más baja—. No sé cómo explicarlo, pero hace dos noches tuve un sueño bastante vivido, en el que aparecía Damien más joven, y un chico que creo que era su primo, y… Bueno, el caso es que no creo que haya sido un sueño. Parecía más un recuerdo, de cosas que realmente le pasaron, pero de las que yo no tenía conocimiento alguno. No tengo idea de por qué vi eso, pero siento que quizás él intentó de alguna forma comunicarse conmigo y terminó mandándome esas imágenes; algo parecido a lo que me sucedió la noche de su ataque, que pude ver lo que le ocurría a la distancia. ¿Cree que pudiera ser el caso?

    Eleven la observó en expresión estoica, aunque reflexiva mientras hacía aquella descripción.

    —No creo que haya sido lo mismo —respondió con firmeza tras un rato, también regulando su voz—. No puedo explicarte cómo o por qué, pero si es que está justo en dónde creo, no hay forma de que ninguna proyección o pensamiento entre o salga de ese lugar. Lo que puede haber sido es que, tras ese encuentro que tuvieron hace dos días en el que cada uno vertió todo su ser en el otro, quizás pudiste sin querer penetrar en una parte profunda de su cabeza, y extraído alguna de sus memorias sin darte cuenta. Y éstas se te mostraron solamente hasta que pudiste tener tu mente despejada y descansada.

    —Pero entonces… —musitó Abra, vacilante—. ¿Puede que lo que vi… haya sido real?

    —O quizás sólo fue un sueño —señaló El, encogiéndose de hombros—. ¿Hay algo en eso que viste que te tenga particularmente inquieta?

    Abra desvió su mirada hacia otro lado, casi como si se sintiera avergonzada de alguna forma. No sabía si decir que “inquieta” era como se sentía, pero sí se encontraba muy pensativa sobre ese tema. Aun así, no era algo que deseara compartir en esos momentos, o siquiera permitirse darle una forma completa en su propia cabeza.

    —No, no es nada —respondió, no muy sincera en realidad.

    —Mamá, tenemos que irnos —le apuró Sarah a su madre.

    —Sí, vamos —le respondió Eleven apremiante—. No tienes que preocuparte, Abra —le dijo rápidamente a la jovencita antes de reanudar su marcha—. Ya veremos la forma de asegurarnos de que ese chico no vuelva a ser una amenaza para ninguno de nosotros.

    Abra le sonrió y la despidió con una mano mientras subían a aquel vehículo. En el fondo, sin embargo, ella no estaba muy segura de que eso que decía pudiera ser posible.

    FIN DEL CAPÍTULO 122
     
  3.  
    WingzemonX

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    Resplandor entre Tinieblas
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    Misterio/Suspenso
    Total de capítulos:
    131
     
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    8255
    Resplandor entre Tinieblas

    Por
    WingzemonX


    Capítulo 123.
    Era mi hermana

    Un rato después de que Eleven y Sarah se fueran, la familia Stone/Torrance decidió hacer lo mismo. En vista de que tendrían que quedarse en Los Ángeles al menos por cinco días, buscarían un hotel en cuál hospedarse y que Abra pudiera descansar su herida. La Srta. Honey les ofreció ver la posibilidad de acomodarlos en su casa; después de todo, ya habían previsto hospedar a Abra por un tiempo. Sin embargo, rechazaron su invitación de forma educada y ella no les insistió.

    Pidieron un taxi que pudiera llevarlos a la zona hotelera, y mientras lo esperaban se fueron despidiendo. Abra en especial les agradeció profundamente a Matilda y Cole por ser tan atentos con ella. La joven prometió además intentar ir en Acción de Gracias para saludarlos, aunque tuviera que venir ella sola. Igualmente se despidió de la Srta. Honey, agradeciéndole también el haber estado dispuesta a abrirle las puertas de su casa.

    La última persona de la que se despidió, o al menos intentó hacerlo, fue Samara, aunque más bien entre ellas se formó un extraño e incómodo silencio, que Abra rompió apenas con un escueto:

    —Nos veremos después.

    A lo que Samara respondió apenas con un leve asentimiento de su cabeza.

    En retrospectiva esas eran quizás las únicas palabras que habían intercambiado entre ellas desde que sus caminos se cruzaron hace algunas noches. Abra no podía explicarlo, pero había algo en la sola presencia de esa niña que la ponía tensa. Quizás era debido a ese espíritu que había visto la noche de la fiesta y casi la ahogaba, o quizás era por otro motivo. No lo tenía claro, pero tenía el presentimiento de que ella sentía algo muy parecido hacia ella. Quizás si se conocieran un poco mejor eso podría cambiar.

    Una vez que Abra, Dan y Lucy se subieron a su taxi, Matilda, Cole, Jennifer y Samara los despidieron desde el pórtico y observaron atentos mientras se alejaban. Tan rápido y repentino como la casa se había llenado de gente, así mismo se fue vaciando.

    —Bueno, la buena noticia es que la habitación que habíamos preparado para Abra puede ser para ti, Samara —comentó Jennifer, agachándose a lado de la niña—. ¿Qué te parece?

    La niña se sobresaltó un poco, e instintivamente su mano buscó la de Matilda, estrechándola con algo de fuerza.

    —¿Podría seguir durmiendo contigo un poco más? —preguntó tímida, alzando su mirada para ver a Matilda a los ojos.

    —Seguro, pero… ¿no te gustaría tener un poco más de privacidad? —le respondió la psiquiatra con media sonrisa. Samara no le respondió, y solamente volvió a agachar su mirada, ocultando su rostro detrás de sus largos cabellos—. Está bien, de momento hagámoslo así y luego lo hablamos con más calma, ¿de acuerdo? —propuso colocando una mano sobre el hombro de la pequeña—. Ahora, ¿por qué no acompañas a la Srta. Honey adentro y la ayudas a servir los panqués? Yo voy en un segundo, sólo necesito hablar un poco a solas con Cole.

    —Los panqués se van a enfriar —respondió Samara con ligera alarma.

    —Los podemos volver a calentar —indicó Jennifer con calma, colocando una mano atrás de su espalda para guiarla hacia adentro—. Ven, apuesto a que te estás muriendo de hambre. Te daré doble ración ya que te has portado muy bien, ¿te parece?

    Samara acompañó a la Srta. Honey al interior de la casa, volteando un momento sobre su hombro a mirar a Matilda, y luego despareció de su rango de visión.

    Una vez estuvieron en el pórtico sólo Cole y ella, Matilda se permitió exhalar un pesado suspiro de cansancio; más mental que físico. Se aproximó al barandal que rodeaba el pórtico y apoyó ambas manos en éste, estirando un poco sus brazos y su espalda. La herida de su hombro le provocó un pequeño respingo de dolor, pero ya no era tanto como antes. A pesar del ajetreo de hace dos días, creía muy posible que pudieran quitarle los puntos pronto como había previsto Dr. Shawn. Esperaba que pudiera ser antes de que tuviera que viajar de regreso al norte con Samara.

    —Vaya mañana, ¿no? —comentó Cole con tono relajado a sus espaldas.

    —Vaya mes, diría yo —contestó Matilda con voz risueña. Se giró entonces para ahora apoyar su parte trasera contra el barandal y poder ver a Cole de frente—. ¿Tú qué opinas de todo esto?

    —¿A qué de “todo esto” te refieres con exactitud?

    —Pues… a “todo” en general, supongo —respondió Matilda cruzándose de brazos—. El asunto con el DIC, lo de hacer parecer como que encontramos a Samara en circunstancias totalmente distintas, lo de ser la “sucesora” de Eleven… —Hizo una pausa, inclinando un poco el cuerpo para echar un vistazo al interior de la casa y cerciorarse de que no hubiera ningún otro par de pequeños oídos oyendo su conversación—. Mi deseo de hacerme cargo de Samara de forma más permanente…

    Cole sonrió; no de manera condescendiente ni burlona, o al menos a Matilda no le pareció como tal. Avanzó entonces también al barandal, parándose a un lado de ella y apoyándose también contra éste con sus brazos cruzados.

    —No creo que el asunto de la sucesora te haya realmente tomado por sorpresa, ¿o sí? —musitó despacio, casi como si estuviera diciéndole un importante secreto—. Si tuviéramos todos en la Fundación que haber hecho una apuesta de quién sería la elegida, la mayoría habríamos apostado por ti sin dudarlo.

    —Sí, sí, ya sé —masculló Matilda con ligero fastidio—. Ya sé que ahora ninguno suelta ni un poco lo de la “favorita de Eleven” —pronunció marcando las comillas con sus dedos—. Incluso ese tal Sr. Sinclair del DIC, al que ni siquiera conozco, me dijo algo muy parecido cuando hablé con él, de que Eleven le había hecho entender que si algo le pasara le gustaría que yo me hiciera cargo. Pero aunque ninguno me crea, para mí todo esto resultó ser algo nuevo. Nunca pensé que ella me considerara de esa forma, y creo que habría agradecido que me lo dijera de frente. Hasta hace poco ni siquiera tenía conocimiento directo de resplandecientes que tuvieran que lidiar con fantasmas, demonios o lo que sean. Y en cuanto ella sospechó que Samara pudiera ser uno de esos casos, me pidió que me hiciera a un lado sin siquiera explicarme el porqué. Y por supuesto que tampoco sabía de los tratos que la Fundación tiene con esta organización del gobierno, y todas las cosas que ésta hace. ¿Eso suena a alguien que quiere preparar a su “sucesora”? ¿Manteniéndola ignorante de cosas tan importantes?

    Hacía un gran esfuerzo para mantenerse serena y que sus emociones no la dominaran mientras exponía todos esos puntos. Sin embargo, un claro atisbo de rabia se colaba entre sus palabras, y en la forma en que sus dedos se apretaban contra sus brazos cruzados. Pero Cole comprendió que exteriorizar todo eso era justo lo que necesitaba, y agradecía que lo hubiera elegido a él para hacerlo, esperanzado de que no hubiera sido sólo por ser la única opción a la mano.

    —No me siento capacitado para decir por qué Eleven tomó la decisión de ocultar tantas cosas, en especial a ti —comentó el detective—. Pero si he de adivinar, creo que fue sincera al decir que quería mantenernos alejados lo más posible de este tipo de asuntos. Siempre ha sido muy protectora con su familia, sus amigos, y con nosotros; y estoy muy seguro de que siempre lo fue mucho más contigo. Como si quisiera ser un escudo protector para repeler los peores peligros de aquellos a los que aprecia y encargarse de todo ella misma. Y, siendo sincero, es un sentimiento con el que me puedo identificar.

    Hizo una pequeña pausa, en la que intentó darle mayor orden a sus ideas, y entonces prosiguió:

    —Pero es probable que esta experiencia por la que acaba de pasar le haya hecho ver que no es invulnerable, y tarde o temprano aquellos a los que tanto ha protegido a lo largo de su vida tendrán que valerse por sí solos… cuando ella realmente no esté. Pero, bueno, es sólo lo que pienso. ¿Qué opina usted, doctora? ¿Mi análisis podría estar en lo correcto? —inquirió con tono burlón, intentando aligerar un poco las cosas.

    —Quizás —susurró Matilda con sequedad—. Aún no sé qué pensar de todo esto. Ella habla de dejar que la Fundación siga sin ella, pero sólo mira qué pasó cuando no estuvo. Prácticamente fuimos… gallinas sin cabeza corriendo de un lado a otro sin saber qué hacer, y creamos todo este desastre.

    Cole no pudo evitar reír un poco por la comparación.

    —Sí, no fue nuestro mejor momento —exclamó, extrañamente divertido—. Pero creo que con algo de práctica podríamos mejorar.

    De alguna forma el optimismo de Cole logró arrancarle una escueta sonrisa a la psiquiatra.

    —Espero que no tengamos que practicar de nuevo pronto. Me vendrían bien unas vacaciones una vez que todo esto termine.

    —Dímelo a mí. Se supone que éstas son mis vacaciones. De todas formas, no tienes que preocuparte de momento por tomar el mando. Eleven está de vuelta, y nos ayudará a solucionar todo esto. Sólo hay que darle nuestro voto de confianza, como siempre lo hemos hecho.

    “Confianza”, esa era la palabra clave. Antes de que todo esto pasara, Matilda sentía que tenía confianza absoluta en su mentora, y que el sentimiento era mutuo. Ahora tras esa última conversación y todo lo que había revelado, no estaba ya tan segura de ello.

    —En eso tienes razón —suspiró Matilda, aparentemente un poco más animada—. Ahora sólo debo preocuparme por Samara. Lo demás ya lo veremos en otro momento.

    —Esa es la actitud; deja para mañana lo que no puedes hacer hoy.

    —Ese es un pésimo consejo.

    Cole sólo sonrió y se encogió de hombros.

    —Tú debes saberlo mejor que yo; estás a un paso de convertirte en madre —indicó con un sospechoso tono de complicidad—. Que apropósito, está de más decir que eso último no me tomó por sorpresa en lo absoluto como a Eleven o a tu madre, ¿verdad? ¿Si recuerdas que fui yo el que te lo sugirió por primera vez?

    Matilda soltó una risilla en voz baja. Por supuesto que lo recordaba, aunque no estaba muy segura de que él lo hiciera igual hasta ese momento.

    —Pero en aquel entonces parecías bastante indecisa con la idea —señaló Cole, ahora más serio que antes—. ¿Eso cambió? Recuerdo que mencionaste que estabas muy ocupada, y que no estabas lista para ser madre. Y si ahora además de todo serás nuestra nueva jefa, puede que estés incluso un poco más ocupada de lo que ya estás. Y no olvidemos que no puedes ser su madre y su terapeuta al mismo tiempo… ¿o sí puedes?

    —No sería lo ideal —respondió Matilda con tono reflexivo.

    —Como sea, ambos sabemos que ocupará de ambas. Y no puedes tampoco ignorar lo que viste en ese pent-house. Ahora sabes que hay algo detrás de ella muy diferente a Damien Thorn. Algo más arraigado a su propia naturaleza, y con la que podría tener que lidiar por el resto de su vida.

    —Lo sé —contestó la psiquiatra con tono tajante, apartándose del barandal y caminando unos pasos hacia adelante—. Admito que aunque no entiendo aún qué fue lo que vi y sentí, sé que de alguna forma fue real…

    Matilda se rodeó a sí misma con sus brazos, contemplando pensativa hacia la distancia, y quizás un poco nerviosa al recordar todo lo sucedido en aquel sitio. Cole no podía culparla; incluso él mismo, aún con toda su experiencia, se sentía bastante afectado.

    —No quiero que pienses que intento persuadirte de tu decisión —declaró Cole con voz cauta—. Yo igualmente pienso que sería lo mejor para ambas. Sólo quiero que tengas en mente todo lo que involucraría convertirte en la madre de esa niña. La Srta. Honey lo dijo hace un rato: se vuelve muy retador cuando el niño o niña es alguien único. Y Samara es una de las niñas más únicas que hemos visto.

    —Sí, lo es —murmuró Matilda despacio, girándose hacia él y ofreciéndole una sonrisa de gratitud—. Entiendo lo que dices, y créeme que he dedicado bastante tiempo de estos días en pensar en todo eso y más. Sé que no será fácil, pero quiero al menos intentarlo.

    —Yo sé que lo harás bien —señaló Cole con firmeza, separándose del barandal y aproximándose un paso hacia ella—. Sin importar qué, sé que lograrás todo lo que te propongas; ya sea como psiquiatra, madre, la jefa de la Fundación, o como la maldita presidenta del país si quisieras. —Soltó una pequeña risilla burlona al pronunciar aquello, y Matilda rio también—. Pero lo digo en serio —añadió—. Eres la persona más excepcional que he conocido. Cada cosa que te oigo decir o te veo hacer, sólo me deja aún más impresionado… Tú sí eres… en verdad única.

    Los ojos de Matilda se abrieron grandes al escucharlo decir aquello, en especial por la forma tan directa en que lo había hecho, y mientras la observaba tan fijamente con sus brillantes ojos. Sus mejillas se pintaron rápidamente de un no tan discreto rubor, que ella percibió como un cosquilleo cálido que subía por su piel. Instintivamente desvió su mirada hacia otro lado, mientras pasaba sus dedos por su cabello, acomodándolo detrás de su oreja.

    —Me estás adulando —masculló despacio con tono defensivo, continuando con su mirada fija en otro lado.

    —Te aseguro que no es esa mi intención —aclaró Cole—. Lo digo con total sinceridad. De hecho, yo… —calló de golpe, notándose por un instante algo indeciso—. Quizás no sea el mejor momento para hablar de esto. Lo que menos quiero es causarte más estrés o preocupación, con todo lo de Samara, Eleven, la Fundación… Bueno, no importa. Olvídalo.

    Casi por mero reflejo, Cole comenzó a avanzar en dirección a la puerta de la casa, como si intentara huir de alguna forma. Sin embargo, antes de poder avanzar lo suficiente, sintió una de las manos de Matilda colocándose contra su brazo, deteniéndolo en su sitio.

    —No —masculló la psiquiatra despacio, mirándolo fijamente con algo de intensidad—. No te preocupes por nada de eso. Dímelo… por favor.

    Cole se giró a mirarla apenas por el rabillo de su ojo. No tenía caso fingir; sabía muy bien que no podía negarse a cualquier petición que ella le hiciera, en especial si lo hacía mirándolo con esos ojos casi suplicantes que le cortaban la respiración.

    —Está bien —pronunció con un poco de fuerza. Respiró hondo por su nariz, exhaló por su boca, y se giró hacia ella por completo de nuevo—. La verdad es que… creo que últimamente no he sido nada sutil con esto —rio de forma socarrona y nerviosa—. Alguien como tú de seguro se dio cuenta de inmediato que he comenzado desde hace un tiempo a sentir un interés por ti, más que de compañeros… o incluso de amigos. ¿A quién engaño? Creo que ya me sentía interesado y curioso por la famosa Matilda Honey desde el primer momento en que los otros me hablaron de ti. Y en verdad resultaste ser mucho más de lo que podría haber imaginado. Acabo de decirte que eres la persona más excepcional que he conocido, y no es exageración. Eres inteligente, fuerte, valiente, hermosa, noble… Y eres capaz de mandar a volar a todo un pelotón entero tú sola para salvarme a mí, o cualquiera que te importe. No sé si sea una cualidad que todos consideren atractiva, pero definitivamente yo sí…

    Matilda no pudo evitar reír con algo de fuerza; en parte por los comentarios tan ocurrentes, y en parte por las mariposas que se agitaban en su vientre y empujaban para salir de alguna forma.

    —Bueno, tienes razón —masculló despacio la psiquiatra—. No has sido… nada sutil, en realidad.

    —Sí, bueno… —masculló Cole nervioso, agachando un poco la mirada—. Una psiquiatra amiga mía me dijo que suelo usar máscaras para ocultar mis verdaderos sentimientos, pero que éstas en realidad no son del todo buenas para cumplir ese propósito.

    —Esa psiquiatra es una persona inteligente —asintió Matilda con tono de broma.

    —Y, bueno… —Cole alzó su mirada lentamente de regreso hacia ella—. ¿Qué piensas tú de todo esto? Sé sincera.

    Los labios de Matilda se apretaron un poco entre sí, y sus ojos bailaron intentando mirar cualquier otra cosa que no fuera el apuesto rostro del hombre delante de ella. Sentía su corazón palpitándole en la garganta, de los nervios y la emoción; una sensación con la que no estaba acostumbrada, y no estaba segura de que le gustara.

    —Yo… lo que pienso… —balbuceó con cierta indecisión—. Lo que pienso es que hemos pasado por muchas cosas estos días. Situaciones extremas que han puesto a prueba nuestro temple, y hasta nuestra propia cordura y creencias que pensábamos tener claras; esto último mucho más en mi caso. Y es normal que bajo estas circunstancias, en cualquier individuo comiencen a surgir emociones muy fuertes, y sentimientos de apego que le brinden un poco de seguridad. Creo que lo que trato de decir es que, las situaciones por las que hemos pasado últimamente no resultan las más óptimas para explorar los posibles… sentimientos que pudiéramos tener el uno por el otro. ¿Me comprendes?

    Matilda alzó tímidamente su rostro hacia Cole, temerosa de que sus palabras de alguna forma lo hicieran sentir triste, decepcionado, o incluso molesto. Pero, para su sorpresa, se veía bastante calmado. Su boca estaba torcida en una mueca, pero más reflexiva de molesta, y sus ojos miraban hacia un lado como si algo en la esquina del pórtico le hubiera llamado particularmente la atención.

    Sin decir nada aún, retrocedió un poco hasta apoyarse de nuevo en el barandal, cruzándose de brazo. Observó atento el suelo bajo sus pies, y entonces pronunció al fin:

    —¿Cómo en la película Speed?

    —¿Qué? —exclamó Matilda totalmente confundida, parpadeando un par de veces.

    —Esa película del autobús, en donde la chica le dice al protagonista que las relaciones que se forman en base a situaciones extremas no suelen durar mucho… o algo así creo que decía.

    —No… sé de qué película hablas —murmuró Matilda, un tanto indecisa en si hablaba en serio o le estaba jugando alguna broma—. Pero sí, algo así. Para bien o para mal, lo cierto es que nunca hemos tenido la oportunidad de conocernos el uno al otro en un contexto en el que no estuviéramos trabajando, o salvándonos la vida… Bueno, quizás un poco en esa conversación que tuvimos en el hotel de Salem, pero… Entiendes a lo que me refiero, ¿verdad?

    —Me parece que sí. Pero hay una forma muy sencilla de solucionar eso, ¿no lo crees?

    Matilda lo miró un tanto confundida.

    —¿Cuál forma?

    Cole sonrió complacido. Se volvió a separar del barandal y se aproximó sólo lo necesario hacia ella.

    —Vernos más en un contexto diferente; más casual, más… normal. Tener un par de momentos calmados como esa noche en el hotel. Sólo charlar y conocernos un poco mejor.

    —¿Estás hablando de… tener una cita? —inquirió Matilda, un tanto insegura de que estuviera captando bien lo que decía. El silencio y la sonrisa de Cole, sin embargo, fueron suficiente para decirle que en efecto había entendido bien—. Oh… Bueno, eso será un poco complicado. Tenemos pronto que hacer todo el montaje de Samara, y luego de eso tendré que viajar a Washington con ella, y tú de seguro tendrás que volver a Filadelfia a dar bastantes explicaciones.

    —Sí, pero nada de eso lo tenemos que hacer hoy —señaló Cole con confianza—. No esta noche, para ser precisos.

    La respiración de Matilda se cortó un poco, y sus ojos volvieron a abrirse grandes ante la propuesta tan repentina. Incluso luego de todo lo ocurrido esa mañana, no hubiera podido imaginar que las cosas se encaminarían en esa dirección.

    —¿Esta noche? —masculló con dejo nervioso.

    —¿Qué me dices? —preguntó Cole, un tanto expectante—. No quiero que lo veas como presión, ni nada parecido. Sólo es una propuesta, y para demostrarte que estoy interesado en conocerte en otras circunstancias, justo como lo dijiste. ¿Y tú?

    —Yo… —masculló Matilda, indecisa, dejando de nuevo que su vista recorriera todo el pórtico en busca de alguna respuesta.

    Su cerebro iba a mil por hora, una parte de ella intentando pensar en cualquier excusa posible. Pero, una parte aún más grande y aún más fuerte, le decía que no encontraba ninguna excusa porque, en realidad, no quería encontrar alguna. Ella sabía muy bien lo que quería hacer, y el intentar ocultarlo a sí misma resultaba incluso absurdo.

    Una sonrisita alegre se hizo presente en sus labios sin que ella se lo propusiera, y de nuevo se acomodó tímidamente el cabello con sus dedos.

    —Yo digo… que conozco en dónde venden los mejores perros calientes de Los Ángeles —respondió de pronto con un tono de emoción contenida—. Aunque hace mucho que no voy.

    Cole sonrió ampliamente, quizás lo más ampliamente que le era posible. Su pecho se llenó de tanto júbilo y emoción que pensó que podría estallarle, pero hizo uso de todas sus fuerzas para no dejarlo tan en evidencia.

    —Suena en definitiva a un sitio que me gustaría conocer —indicó entre risas, comenzando a retroceder en dirección a los escalones del pórtico con evidente intención de irse—. Entonces, ¿te parece bien a las ocho?

    —Ah, sí, claro, pero… —balbuceó Matilda, apuntando con su pulgar hacia la puerta de la casa—. ¿No quieres quedarte y desayunar panqués?

    —Me encantaría, pero rompería totalmente mi estilo si me quedo por aquí justo después de invitarte a salir —respondió con tono bromista, mientras bajaba apresurado los escalones—. Nos vemos a las ocho, ¿está bien? —pronunció como despedida, alzando una mano en el aire.

    —A las ocho —repitió Matilda, despidiéndose también con un ademán de su mano.

    Cole se alejó de la casa sin mirar atrás, mientras Matilda lo observaba de pie desde el pórtico, aún un poco incrédula de lo que acababa de pasar. Y aun así, fue consciente por la sensación en los músculos de su mejilla de que había estado sonriendo demasiado, y le resultaba difícil dejar de hacerlo.

    Ya había tenido citas antes, en especial mientras estudiaba en Connecticut. Pero en casi todas ellas siempre se había sentido hasta cierto punto “forzada” a asistir; algo que se esperaba que hiciera, como un protocolo social más que se tenía que cumplir, igual que dar los buenos días o preguntarle a alguien cómo se sentía si lo veías decaído. Pero lo que le palpitaba en el pecho en esos momentos no era para nada parecido a eso. Estaba en verdad… emocionada y contenta; tanto que le resultaba casi abrumador, pero sabía que el explorar emociones nuevas siempre lo era.

    No podía prever aún hacia dónde iría todo eso, pero de momento intentaría no pensarlo demasiado. Sólo intentaría disfrutar el momento, tras tantas cosas horribles y extenuantes que habían ocurrido últimamente.

    Con toda esa determinación cimentándose en su mente, Matilda se giró hacia la puerta de la casa e ingresó por ésta hasta el vestíbulo. Dio apenas un par de pasos antes de vislumbrar a Jennifer, de pie en el pasillo que llevaba al comedor. Aquello la sorprendió un poco, pero lo hizo aún más el notar como la mujer se sobresaltaba un poco, y en su rostro se dibujaba vívidamente la culpabilidad.

    —Mamá —susurró Matilda despacio—. No… no nos estabas espiando, ¿o sí? —le cuestionó con voz severa.

    —No, no, para nada —se apresuró Jennifer a responder, agitando su cabeza—. Sólo venía a decirles que ya estaban los panqués servidos, pero escuché que estaban hablando, y bueno me quedé aquí esperando que terminaran, y sin querer escuché… algunas cosas…

    Hablaba con tono de arrepentimiento, pero fue incapaz de esconder la sonrisita pícara que le decoró los labios, mientras la observaba atentamente.

    —Oh, querida —musitó con ligera emoción—. No creo haberte visto antes tan sonrojada…

    —¿Qué? —exclamó Matilda casi alarmada, tocándose sus mejillas—. No lo estoy… —respondió con apuro, y comenzó a caminar con paso rápido hacia el comedor, intentando ocultar su rostro con una mano.

    —No es nada malo —indicó Jennifer, yendo detrás de ella.

    —Yo sé que no es nada malo. Sólo no hablemos de eso ahora, ¿sí?

    —Está bien, está bien. Pero… ¿Ya sabes qué te pondrás?

    —¡Basta…!

    — — — —
    El Jefe de Policía Jack Thomson del DPLA había estado toda la mañana en varias reuniones consecutivas en sus oficinas de los Cuarteles Generales. Cerca del mediodía, sin embargo, tuvo que dar por terminada la última reunión en la que se encontraba en ese momento, pues tenía en su agenda que debía ver al alcalde a las 12:30, y era un compromiso al que no deseaba llegar tarde. Luego de despedirse de todos, salió casi disparado de la sala de juntas hacia su oficina, únicamente para recoger su abrigo, gorra y celular.

    —Tiff, voy a la alcaldía —le informó rápidamente a su secretaria al salir de su oficina y pasar frente a su escritorio—. Cualquier cosa mándame mensaje a mi celular. Pero sólo si es algo urgente, ¿de acuerdo?

    —Señor, hay dos mujeres en la sala de espera que lo buscan —le informó su secretaria, parándose rápidamente de su asiento y hablando alto para que la escuchara—. Llevan cerca de una hora esperando.

    —¿Tenían cita? —cuestionó Thomson sin detenerse.

    —No, pero…

    —Entonces que vengan después. Hoy no tengo tiempo.

    Siguió derecho hacia los ascensores con paso apresurado, y sin intención aparente de detenerse. Sin embargo, al parecer no calculó que en su trayecto tendría justamente que pasar frente a la sala de espera de ese nivel.

    —Jefe Thomson —pronunció la voz de alguien a sus espaldas, por lo que el oficial instintivamente se detuvo y giró. Sentada en uno de los sillones de la sala, se encontraba una mujer de cabello castaño y anteojos que sujetaba un bastón delante de ella, y a su lado otra mujer más joven y delgada, de cabello también muy rizado. Quien le había hablado, al parecer, fue la mujer del bastón—. Qué bueno encontrarlo al fin —indicó la misma mujer, apoyándose en su bastón para pararse, y su acompañante se apresuró a ayudarla—. Soy Jane Wheeler, y ella es mi hija Sarah. Requerimos unos minutos de su preciado tiempo para tratar un asunto delicado.

    —Lo siento, en estos momentos no puedo atenderlas —se disculpó Thomson de la forma más educada que le fue posible, reanudando su marcha—. Hablen con mi secretaria y hagan una cita. O si tienen alguna situación que requiera apoyo policial, alguno de los oficiales de la planta baja podrá tomar su reporte. Debo irme, tengo una…

    Su teléfono, que sujetaba en esos momentos en su mano derecha, comenzó a sonar y vibrar intensamente, cortando lo que estaba diciendo.

    —Creo que debería responder, jefe —indicó la mujer del bastón, apuntando su dedo hacia el teléfono.

    Thomson torció su boca en una mueca y de inmediato respondió. No era que necesitara la indicación de una extraña para hacerlo. Además, tenía identificado ese número en particular, que era ni más ni menos que el teléfono personal del gobernador.

    —¿Diga? —pronunció con seriedad con el teléfono en su oído—. Hey, Jerry, ¿cómo estás, amigo? —exclamó con tono animado, al mismo tiempo que mandaba a llamar al ascensor—. ¿Todo bien por allá en Sacramento…? Ah, ¿estás en Washington? ¿Buscando un nuevo puesto, viejo lobo?

    Hubo un intercambio de comentarios entre ambos hombres, aunque del lado del jefe Thomson se escucharon más risas y afirmaciones que otra cosa.

    —Sí, ahora voy a reunirme con el alcalde —comentó, justo al momento que las puertas del elevador se abrieron. Dio un paso al frente para entrar, pero se detuvo abruptamente, al parecer tras escuchar algo que la persona al teléfono le había dicho—. ¿Cómo dices? —pronunció con más seriedad que antes, retrocediendo y alejándose un paso del elevador.

    El jefe Thomson permaneció en silencio un largo rato, sólo escuchando atento lo que el gobernador le estaba explicando. Se le veía de hecho cada vez más desorientado mientras dicha explicación proseguía.

    —¿Cómo dices que se llama? —cuestionó dudoso—. ¿Jane Weasley?

    —Es Wheeler —pronunció una voz justo a su diestra, haciendo que el jefe se sobresaltara un poco y se girara, encontrándose casi de frente con la mujer del bastón y su acompañante, paradas a un par de metros de él, y la primera sonriéndole confiada—. Pero puede sólo llamarme Jane, si le parece bien.

    Thomson la observó en silencio, como si su apariencia le resultara de alguna forma extraña; algo difícil de identificar.

    —Sí, sigo aquí —pronunció al teléfono, girándose de nuevo hacia otra dirección y dándoles la espalda—. Sí, creo que ella está aquí. Pero como te dije, en estos momentos me reuniré con el alcalde… Sí, claro; lo puedo re agendar… Sí, por supuesto; yo la atiendo, no te preocupes… No hay de qué, Jerry. Nos vemos pronto, amigo. Adiós.

    A pesar de que su despedida era animada, la verdad era que en el fondo no le parecía para nada aceptable que le pidiera de la nada cambiar toda su agenda de ese día para atender a… quien quiera que fuera esa mujer. Pero, ¿quién podía negarse a hacerle un favor al gobernador en persona?

    —Entonces, jefe Thomson —pronunció la mujer del bastón detrás de él—. ¿Aún ocupamos hacer una cita?

    Thomson suspiró con fuerza, y esbozando la mejor sonrisa que le fue posible se giró de nuevo hacia sus dos visitantes.

    —Sra. Wheeler, pasen por favor a mi oficina —les indicó con gentileza, extendiendo su brazo en dirección a su despacho.

    —Es muy amable. Lo seguimos. Sólo téngame un poco de paciencia; no puedo ir muy rápido en estos momentos.

    Con paso claramente tenso, Thomson se dirigió de regreso a su despacho. Al pasar frente al escritorio de su secretaria, ésta lo miró un tanto confundida, pero no le dio oportunidad de preguntarle nada pues de inmediato entró a la oficina, y quizás la hubiera cerrado de un portazo si no fuera porque tenía que esperar primero a que a las dos mujeres que lo acompañaban entraran.

    Jane y Sarah tomaron asiento en las sillas delante del escritorio, mientras Thomson, ya para ese punto bastante resignado, colocaba su abrigo y gorra en el perchero de la esquina.

    —Bien, ¿en qué puedo servirles? —musitó Thomson con brusquedad, y apenas la adecuada dosis de amabilidad requerida para no ser catalogado como un grosero.

    —No queremos quitarle demasiado tiempo —indicó Eleven con voz cauta, mientras seguía con la mirada al jefe de policía tomando asiento en la silla al otro lado del escritorio—. Sólo necesitamos resolver un asunto delicado, y las personas con las que hablé me dijeron que usted era la persona adecuada para ello.

    —¿De qué se trata? —cuestionó Thomson con impaciencia, recargado por completo contra el respaldo de su silla.

    —Supongo que está bien enterado sobre el caso de Samara Morgan. —Thomson la miró inseguro, entrecerrando un poco sus ojos—. La niña que fue secuestrada en Oregón por Leena Klammer. —La incertidumbre siguió presente en la mirada del jefe—. La mujer de Estonia con apariencia de niña de diez años…

    —Ah, sí, claro —respondió rápidamente el jefe Thomson, asintiendo—. Disculpe, son tantos casos activos en estos momentos que es fácil confundirse. ¿Qué ocurre? ¿Tiene información del caso que desea compartir?

    —Se podría decir —asintió Jane—. Vengo a informarle que Samara Morgan ya fue encontrada, y se encuentra a salvo.

    —¿Qué? —exclamó Jack atónito, logrando que su atención se fijara al fin entera en la mujer sentada delante de él—. ¿Habla en serio? ¿Dónde está?

    —En un lugar seguro, y de momento es todo lo que le puedo decir. Tengo entendido que hace unos días conoció al Det. Cole Sear de la policía de Filadelfia, ¿no es así?

    —Sí, claro… el rubio entrometido que no sabe cómo usar sus vacaciones de manera correcta, ¿no?

    Eleven rio, algo divertida por esa descripción.

    —Ese mismo. Y aunque lo considere un entrometido, lo cierto es que su investigación independiente rindió frutos. Él encontró a la niña, y ahora está cuidando de ella.

    —Si eso es cierto, ¿por qué no está él aquí? ¿Por qué no ha entregado la niña a las autoridades competentes?

    —Lo hará, en su momento. Pero justo para eso vinimos a verlo, jefe. —Hizo una leve pausa, antes de concluir su comentario—. Hay ciertas… circunstancias en la forma en que la niña fue rescatada, que preferimos no sean de conocimiento del público, de los medios… y tampoco de las autoridades competentes.

    Jack la observó con cierto recelo. Evidentemente no le agradaba el rumbo que esa plática estaba tomando.

    —¿Es usted su abogada o algo así? —cuestionó con desconfianza.

    —Oh, no —rio Eleven—. Sólo soy una amiga qué quiere ayudar.

    —Claro —masculló Thomson, claramente escéptico—. Dejémonos de rodeos, ¿le parece? ¿Qué exactamente es lo que quieren de mí?

    —En resumen, queremos solicitarle que el día de mañana, o lo más pronto que se pueda, llame a una conferencia de prensa. El Det. Sear se presentará en ese momento acompañando a la niña, y explicará cómo, dónde y cuándo ésta fue rescatada. Responderá sólo un par de preguntas, y luego se retirará. Requeriríamos que usted, y la policía de Los Ángeles en general, respalden enteramente la versión de los hechos que el detective dará a los medios, y que se encargue también de que no existan más investigaciones adicionales. Después, tras los papeleos que sean necesarios, quisiéramos también que nos ayudara a que la niña sea puesta a custodia de la Dra. Matilda Honey, su psiquiatra contratada por sus padres y que estuvo con ella en Oregón. Ella la cuidará bien, y la llevará en cuanto sea posible de regreso a Washington para reunirse con su familia. Y… básicamente eso sería todo.

    —¿Eso sería todo? —repitió Thomson, totalmente escandalizado y confundido por lo que acababa de escuchar—. ¿Qué rayos me está diciendo usted? Déjese de juegos. Si el tal Sear tiene a la niña, tiene que presentarse hoy mismo aquí con ella, dar su maldita declaración real de lo que sucedió, y luego de escuchar lo que tenga que decir podemos hablar de conferencias de prensa y versiones que dar a los medios. Si no lo hace, lo meteré tras las rejas por obstrucción de la justicia, y quizás también por secuestro; y a usted de paso, sea quien sea. Y sobre a cargo de quién quedaría la niña, eso lo decide Servicios Sociales, y no apelaré en lo absoluto para que la pongan en custodia de esta psiquiatra que ni siquiera conozco. Así que salga de mi oficina en este momento.

    Culminó su declaración señalando fulminantemente hacia la puerta. Sarah pareció un poco espantada por aquellas amenazas tan tajantes, pero su madre se apresuró a tomarla de la mano; un sencillo acto para decir sin palabras que “todo estaba bien”.

    —Creo que no me he dado a entender de forma adecuada…

    —Oh no, de hecho lo hizo muy bien —sentenció Thomson con sequedad—. No soy ningún tonto, señora. Es obvio que lo que sea que el tal Sear haya hecho para encontrar esa niña no fue nada legal, y ahora esperan que yo, por algún motivo, les ayude a ocultarlo. ¿Qué hizo? ¿Amenazó, agredió o mató a alguien? ¿Entró ilegalmente a algún sitio? ¿Descubrió que la niña estaba siendo retenida por alguien poderoso al que tuvo que chantajear y no quieren que eso salga a la luz? Nada de eso sería nuevo para mí. Pero me niego a pararme frente a las cámaras y permitir bajo mis narices que se recite una versión suavizada y falsa de lo sucedido, en especial si no me dicen qué fue lo que pasó realmente. Y el hecho de que insinúen que yo pudiera ser partícipe de algo así, es insultante.

    —No según las personas con las que hablé —indicó Eleven con seriedad—. Me aseguraron que ya se había encargado de hacer un par de cosas parecidas antes para algunos amigos en común.

    —¿Qué personas le dijeron tal cosa?

    —¿Eso importa?

    Se hizo el silencio; un tenso y pesado silencio. El rostro de Thomson se mantenía duro en una mueca de enojo, sus ojos casi enrojecidos del coraje. Pero Eleven se mantenía calmada; lo más calmada que la situación se lo permitía.

    —Escuche, empecemos de nuevo con más calma, ¿le parece? —murmuró con voz cauta, pero Thomson no estaba en lo absoluto de acuerdo con la propuesta.

    —No empezaremos nada; de hecho, ya terminamos —declaró con firmeza, parándose de su asiento—. Ahora, les pido amablemente que salgan…

    —Ally Thomson —exclamó Jane de pronto con fuerza, haciendo que su voz retumbara por encima de la del jefe de policía. Al escuchar ese nombre, las palabras del oficial se cortaron abruptamente, y su rostro cambió de una expresión de coraje a una de completa perplejidad—. Su hija mayor, Ally —prosiguió Eleven, ya con voz más tranquila—. Le ha dicho a todos sus familiares y conocidos que se fue a vivir una temporada a Francia con sus tíos. Pero lo cierto es que hace tres meses les dijo a su esposa y usted que estaba embarazada de su novio. Ustedes reaccionaron mal a la noticia, en especial usted. Le ordenaron no volver a ver al chico, y estaban dispuestos a obligarla a abortar. Pero antes de que eso pasara, ella escapó de casa y se fue de la ciudad con su novio. Desde entonces ha estado intentando encontrarla con la mayor discreción posible para prevenir el escándalo, pero no ha podido dar con ella.

    —¿Cómo sabe de eso? —masculló Thomson en voz baja con un dejo de nerviosismo.

    —Eso tampoco importa —declaró Eleven con firmeza, alzando su mirada para verlo fijamente—. Lo importante es que lo sé, así como también sé en dónde se encuentra su hija en estos momentos.

    Los ojos de Thomson se abrieron grandes, llenos de asombro.

    —¿En dónde? ¿Dónde está? —cuestionó con fuerza, apoyando sus manos en el escritorio como si estuviera interrogando a algún sospechoso.

    —Le ruego que se tranquilice, jefe —le indicó Eleven con calma, señalando su silla con una mano—. ¿Por qué no toma asiento y así podremos seguir conversando?

    Un poco a regañadientes, Jack volvió a sentarse lentamente en su silla. Sus hombros se notaban tensos, y sus quijada apretada.

    —Ella está bien —se apresuró Eleven a recalcar—. Su embarazo progresa de forma correcta, y su novio la cuida y la trata bien. Tiene buenas personas a su alrededor que la cuidan. Así que no debe preocuparse por eso. Pero sé muy bien que no tiene motivo alguno para creer en la palabra de una completa desconocida que se metió casi a la fuerza a su oficina. Así que estoy dispuesta a compartir con usted su ubicación, para que se cerciore de esto usted mismo.

    —A cambio de que le haga este favor que me está pidiendo, ¿no es cierto? —masculló Thomson con desagrado—. ¿Es acaso esto un chantaje?

    —No lo vea de esa forma, por favor. Sólo soy una persona que le gusta estar bien con sus amigos; ellos me ayudan, y yo les ayudo a ellos. Pero no tiene que hacer nada con lo que no se sienta cómodo. Puede quedarse con lo que he dicho, asegurándole que su hija está bien, y nos retiraremos en este momento para ya no seguirlo molestando.

    Hace un momento era evidente que les hubiera exigido tajantemente que en efecto salieran de su oficina en ese mismo instante, azotándoles la puerta a sus espaldas. Sin embargo, en esa ocasión vaciló. Sus dedos tamborileaban nerviosos contra la superficie de su escritorio, y su mirada se había desviado hacia un lado, perdida en la profundidad de sus propios pensamientos.

    Mónica ya le había pasado a Eleven el detalle de todos los esfuerzos que el jefe de policía había aplicado para buscar a su hija, sin obtener resultados. Le hubiera gustado no tener que optar por usar una carta así, y menos de esa forma. Pero tenían que darle una solución certera a ese asunto lo antes posible. Así que no estaba segura de qué haría si el jefe Thomson se rehusaba aún así a ayudarlas.

    —Si le sirve de algo —añadió El tras un rato—, no estamos queriendo que se involucre en nada grave, o algo que pudiera perjudicarlo. No estaría protegiendo a ningún pederasta o asesino, si es que alguna de esas posibilidades le está cruzando la cabeza.

    —Si es así, ¿por qué no me dice entonces claramente qué es lo que realmente está sucediendo? —cuestionó Thomson como una mordaz acusación.

    —Créame, en realidad no quiere saberlo. No le traería ningún beneficio ni a usted, ni a nosotros, ni tampoco a la niña Morgan. Lo mejor para todos es actuar justo y como se lo he solicitado.

    —¿Y debo creerle?

    —Sí —respondió Jane con firme seguridad—. Por qué de aquí en adelante, usted y yo seremos amigos, jefe. Y yo no les miento a mis amigos.

    Thomson suspiró con pesadez, se dejó recargar por completo contra su silla, y centró sus ojos en el techo.

    —Aunque lo hiciera, no todo en este asunto está en mis manos. Los federales…

    —De los federales ya nos encargaremos nosotros —le interrumpió Eleven—. No tiene que estresarse por eso.

    —Si es así… Entonces creo que tendré que pensarlo.

    —Por supuesto —musitó El, sonriendo—. Pero espero no sea demasiado tiempo. Nos gustaría poder acabar con este asunto lo antes posible, y creo que usted también.

    —Por supuesto —sentenció Thomson de forma tajante, parándose al instante de su silla—. Bien, si no ocupan nada más…

    —De hecho, jefe —murmuró Jane rápidamente, alzando una mano—. Sí hay otra cosilla con la que me gustaría que me ayudara. Pero me temo que ésta pudiera ser un poco más… incómoda.

    —¿Más? —exclamó Thomson, soltando casi por reflejo una risa irónica para luego dejarse caer de sentón de regreso en su silla. Y ya al parecer bastante resignado para ese punto, preguntó sin más rodeos—: ¿De qué se trata esta otra cosilla?

    — — — —
    El jefe Thomson salió de su oficina acompañado de sus dos visitantes. No le dio mayor explicación a su secretaria, más allá de que saldría y volvería en una hora, y que reprogramara su cita con el alcalde. El jefe de policía guió a Eleven y a Sarah hacia su camioneta en el estacionamiento, y los tres salieron en dirección al sitio en el que la Sra. Wheeler le había indicado que podría hacerle ese otro favor: el Departamento de Medicina Forense de la ciudad; en específico, la morgue de éste.

    Thomson sabía que Liam, un viejo amigo suyo de mucho tiempo, estaba de guardia esa tarde. Eso era una suerte, pues era quizás el único que aceptaría echarle una mano sin hacer demasiadas preguntas. Ayudaba también que el jefe de policía estaba enterado lo suficiente del caso en cuestión, así que eso agilizó las explicaciones hacia su colega forense.

    Liam los guió hacia uno de los cuartos fríos, un sitio tan blanco y limpio que resultaba casi irreal. El forense revisaba el expediente que traía en sus manos para identificar el comportamiento que buscaban. Una vez que lo halló, retiró los seguros de la pequeña puerta cuadrada, la abrió y jaló rápidamente la plancha del comportamiento frío hacia el exterior. Todo lo hacía con una forma bastante mecanizada, propia de alguien ya más que habituado a esa situación.

    Eleven se decía a sí misma que ella también ya estaba habituada a ese tipo de cosas, y quizás en parte sí lo estaba. Pero en cuanto sus ojos se posaron en aquel cuerpo recostado plácidamente sobre aquella plancha, y su rostro carente de toda vida se volvió algo totalmente real para ella… debía aceptar que una parte honda de su ser refulgió, recordándole de forma amarga que no; que nunca podría estar tan acostumbrada a esto como ella quisiera.

    El cuerpo de la mujer de piel oscura estaba cubierto del pecho hacia abajo con una delgada sábana azul. La piel de su rostro había adoptado una textura y tonalidad casi irreal; como si se tratara de algún tipo de escultura. Sus cabellos negros y morados se desparramaban por la plancha, y sus ojos estaban completamente cerrados. Eleven agradeció especialmente esto último. Por algún motivo, los ojos eran lo que más le afectaba mirar en un muerto.

    Sarah se encontraba mucho más impresionada que su madre por la escena ante ella, por lo que tuvo que desviar instintivamente su rostro hacia otro lado. Aun así, continuó firme junto a su madre, sujetándola y ayudándola a mantenerse de pie. Thomson, por su lado, estaba unos pasos más atrás, sólo observando y escuchando en silencio.

    Mientras Eleven contemplaba en absoluto silencio a la mujer en la plancha, Liam sujetó el expediente entre sus manos y comenzó a dar un resumen rápido de éste.

    —Mujer de color, identidad desconocida, edad estimada entre los 48 y los 55 años. Fue encontrada en una bodega de una zona industrial en donde al parecer se suscitó un tiroteo. La muerte fue provocada por una herida de bala en el pecho disparada por un arma larga, quizás un rifle de asalto. Durante la autopsia se encontró otra bala alojada entre la primera y segunda vértebra lumbar, pero al parecer es de una lesión muy anterior. También se encontró un tumor canceroso en su pulmón izquierdo en etapa avanzada; no parece haber signos de que hubiera estado bajo tratamiento alguno. Sin identificación ni nada que nos pueda dar alguna pista de su nombre, identidad o qué hacía en ese sitio exactamente…

    —Su nombre era Kali —pronunció Jane de pronto en voz alta, tomando por sorpresa a todos los demás—. Y era mi hermana…

    Soltó un profundo y largo suspiro, y sin querer terminó recargando su cuerpo más contra su hija al sentirse más débil de pronto.

    —Mamá —musitó Sarah con preocupación, rodeándola con sus brazos con más firmeza.

    —Estoy bien —respondió Jane rápidamente. Acercó una mano a sus ojos, tallándolos un poco con sus dedos. Luego respiró hondo por su nariz, y se esforzó por pararse con mayor temple, y en especial proyectar más calma de la que realmente tenía por dentro—. Quisiera que me entregaran su cuerpo lo antes posible. En cuanto terminen con él, claro.

    Liam los observó fijamente, con bastante desconfianza.

    —¿Tiene algún documento que pruebe la identidad de la occisa, y su parentesco con usted? —cuestionó un tanto cortante.

    Eleven no tuvo interés en responderle nada. Sólo se viró sobre su hombro hacia el jefe de policía a sus espaldas. Después de todo, él ya sabía por qué estaba ahí.

    —No será necesario en este caso, Liam —masculló Thomson con tono confiado—. Sólo encárgate del papeleo, ¿de acuerdo?

    No dio mayor explicación, ni tampoco pensaba darla. Y Liam, sólo con eso, no tuvo tampoco que pedirla.

    —Claro, Jack —musitó despacio, y se dispuso rápidamente a volver a guardar el cuerpo en su cabina.

    Eso dejaba bastante en evidencia que, pese a su reticencia a ayudarlas en su oficina, lo cierto era que el Jefe Thomson sí tenía cierta experiencia lidiando con situaciones como esa que ocupaban “ocultarse”; justo como le habían indicado. Eleven no quería saber más al respecto, y no lo necesitaba. Le bastaba con usar aquello a su favor esa vez, y esperaba que fuera la única.

    Los tres salieron juntos del cuarto frío, y se dirigieron al paso de Eleven hacia la salida principal del edificio.

    —Gracias por todo, jefe —musitó El con sincero agradecimiento.

    —Descuide —musitó Thomson en voz baja—. Esa mujer… tiene algo que ver con el asunto de Samara Morgan, ¿cierto?

    Eleven siguió caminando, sin intención aparente de responder. Thomson, sin embargo, insistió.

    —En la bodega en la que se encontró había otro cuerpo más que parecía que le hubieran reventado la cabeza de alguna forma, y signos de disparos y sangre que indican la presencia de más personas. Además de algunos equipos de cómputo que cuando los técnicos quisieron ingresar a ellos, sus discos se borraron por completo, quedando inservibles. La teoría más aceptada es que se estaba realizando la compra de algún tipo de contrabando y ésta salió mal. ¿Fue ahí donde encontraron a la niña? ¿Acaso la tenían ahí retenida en esa bodega?

    —Tiene buenos instintos, jefe Thomson —señaló Eleven con ligero humor en su voz—. Pero en verdad no quiere saber más sobre este asunto. Haga estos favores por nosotros, y le aseguro que se quitará de encima un peso que en verdad no necesita. Y podrá además reunirse con su hija y hacer las paces.

    Se detuvo un momento, introduciendo una mano en un bolsillo de su blazer, y sacando de éste una pequeña tarjeta rectangular.

    —En cuanto se decida, llámeme —le indicó al jefe de policía, extendiéndole la tarjeta. Thomson la contempló con algo de duda al inicio, pero al final la tomó igual—. Ahora, si nos disculpa, tenemos que irnos, y estoy segura que usted también tiene que estar en otro sitio. No se preocupe por nosotras, sabemos bien cómo salir de aquí.

    Eleven comenzó a avanzar con más apuro hacia la puerta, y Sarah intentó mantenerle el ritmo para seguirle ayudando. Thomson no hizo intento alguno de seguirlas. Sólo se quedó de pie ahí a mitad del pasillo, observando cómo se iban y sujetando la tarjeta entre sus dedos.

    FIN DEL CAPÍTULO 123
     
  4.  
    WingzemonX

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    Resplandor entre Tinieblas

    Por
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    Capítulo 124.
    No Ha Terminado

    —¿Ahora encubrimos un homicidio? —musitó Sarah con voz grave, una vez que salieron por las puertas principales del edificio. Eleven se detuvo un momento y se giró a mirar a su hija un tanto desconcertada—. ¿Por qué no dejas que la policía investigue lo ocurrido? De esta otra forma, ahora los culpables de matar a tu amiga nunca recibirán su castigo.

    —No es tan simple, Sarah —le respondió Eleven con seriedad—. De acuerdo a lo que Cole y Matilda dijeron, de los asesinos de Eight, sólo una queda con vida, y de eso tampoco están del todo seguros. Además de que el verdadero culpable sigue siendo Thorn, y como hemos visto tiene una facilidad para que todos estos asuntos le saquen la vuelta. No habría forma de que la policía ligara nada de esto con él. En lugar de eso, si permitíamos que siguieran investigando lo ocurrido en esa bodega, sólo nos arriesgaríamos a exponer a Matilda, Cole o Abra. No, es mucho mejor de esta forma. Lucas tiene a Thorn encerrado, y nos encargaremos de que esa otra mujer, donde quiera que esté, no se la pase tranquila mucho tiempo.

    Sarah suspiró con pesadez, y lentamente las dos comenzaron a bajar los escalones de la fachada del Departamento de Ciencias Forenses.

    —Es por esto que no quisiste que Terry viniera contigo, ¿cierto? —murmuró Sarah, sonando peligrosamente parecido a un reclamo—. Lo que menos quieres es que conozca el lado menos agradable de tu trabajo. Las mentiras, los encubrimientos, los tratos bajo el agua… ¿Qué clase de favores crees que le ha hecho ese hombre a otras personas antes? Nada bueno, y lo sabes. ¿Y aun así le dirás en dónde se esconde su hija? ¿Qué crees que hará en cuanto lo sepa? Si en verdad ella está bien en dónde está ahora, abrirás la puerta para que su padre llegue y arruine lo que ha construido.

    —Eso ya no nos concierne…

    —Pues tal vez debería. Es justo por este tipo de cosas que dejé de querer involucrarme con tu dichosa Fundación y preferí irme a New York. Pero heme aquí de nuevo, siendo parte de otra de tus movidas para distorsionar la verdad a tu favor.

    —No es a mi favor —respondió Eleven con algo de brusquedad, estando ya a la mitad de los escalones—. Sabes muy bien que todo lo que hago es para protegernos; a nuestra familia y a nuestros amigos.

    —Quizás a veces sea mejor que todo siga su curso normal, ¿no lo has pensado? Dejar de ocultar las cosas, de esconderse tras mentiras y verdades a medias. Quizás va siendo hora que la gente sepa el tipo de amenazas que existen allá afuera, pero también que hay personas capaces de combatirlas.

    —Eso tampoco es tan simple…

    —Nada es simple contigo y tu Fundación, mamá. —Llegaron al final de los escalones, plantando sus pies en la banqueta, aunque Eleven con bastante menos firmeza que su hija—. Sólo mírate, apenas y puedes mantenerte de pie. Deberías estar en cama reposando como la tía Max te dijo, pero en lugar de eso estás aquí jugando a la espía y conspiradora.

    —Lo sé —musitó Eleven con pesar en su voz, agachando su mirada—. Sólo… necesito limpiar este desastre lo mejor posible. Luego volveremos a casa y descansaré; lo prometo.

    —Lo creeré cuando lo vea —musitó Sarah con escepticismo—. ¿Es en serio lo que le dijiste a Matilda? ¿Tienes pensado retirarte y dejarla a cargo?

    —Sí, es en serio. Es algo que ya había pensado desde hace tiempo, pero simplemente no había tenido el valor de dar el paso. Pero esto me ha convencido de que es ahora o nunca.

    Se viró a mirarla, sonriéndole levemente.

    —Eso tampoco lo creerás hasta que lo veas, ¿cierto? —comentó con tono ligeramente jocoso.

    —Tú lo dijiste, yo no —respondió Sarah con estoicidad—. Me es difícil imaginarte retirada. ¿Papá sabe de tu decisión?

    —No exactamente… Pero se lo diré, en cuanto vuelva a hablarme.

    —Vamos, sabes que no puede durar mucho tiempo enojado contigo —indicó Sarah, sin poder evitar reír un poco—. Y al parecer yo tampoco.

    Eleven sonrió contenta. Colocó entonces con delicadeza una mano sobre la que su hija tenía alrededor de su brazo.

    —Gracias por estar aquí conmigo, hija —musitó despacio—. Sé que nada de esto te agrada, pero significa mucho para mí que estés aquí para ser mi soporte; literal y figurativo.

    —Alguien tenía que hacerlo —masculló en voz baja como recriminación, aunque más para sí misma—. Sólo así Terry y papá estarían tranquilos. En fin, si ya no tienes a algún otro político que ocupes chantajear, ¿qué te parece si vamos a comer?

    —Sí, definitivamente me vendría bien comer algo —respondió su madre—. No me había dado cuenta de que tenía hambre.

    Ambas mujeres comenzaron a andar por la banqueta lado a lado, sin un rumbo fijo en especial. Estaban después de todo en una ciudad que les era casi totalmente nueva. Sarah sacó su teléfono dispuesta a buscar algún sitio para comer cerca. Mientras caminaban, pasaron a lado de varios vehículos estacionados a un lado de la banqueta, entre ellos un Honda Accord plateado. No repararon en ninguno y siguieron de largo, pero habían dado sólo un par de pasos cuando la puerta del pasajero del vehículo Honda se abrió, y su ocupante intentó salir del vehículo, maniobrando un poco su robusto cuerpo y su pierna que ya no le respondía tan bien como antes.

    —Sra. Wheeler —pronunció la voz de aquella persona a espaldas de las dos mujeres.

    Eleven y Sarah se detuvieron en seco y giraron hacia atrás. El conductor del vehículo plateado se había bajado y dado la vuelta a éste, para poder ayudar al pasajero a salir. El conductor era un hombre alto y muy fornido de cabeza calva. Y el hombre al que ayudaba bajarse, era bajo y de cuerpo rechoncho, rostro redondo y cabeza igualmente con muy poco rastro de cabello. Llevaba además un bastón de mango dorado en el que se apoyaba al estar de pie. Una vez que estuvo fuera y el conductor cerró la puerta del auto, las dos mujeres Wheeler pudieron verlo mejor, y en especial el atuendo de sacerdote que traía puesto.

    —Sra. Jane Wheeler, ¿cierto? —masculló aquel hombre bajo, aproximándose hacia ella con el apoyo de su bastón. El hombre de cabeza calva lo siguió unos pasos detrás—. Es un placer al fin conocerla; he escuchado muchas, muchas cosas sobre usted.

    El sacerdote se paró justo delante de ellas. Miró unos momentos el bastón que Eleven sujetaba con sus manos, y sonrió divertido.

    —Parece que los dos somos miembros del club de la tercera pierna, ¿eh? —musitó con un tono que quizás intentaba ser gracioso, sin serlo demasiado en realidad—. Disculpe mi acercamiento tan poco cortés. Mi nombre es Frederic Babatos —indicó extendiendo una de sus manos hacia Jane.

    Aquel nombre, acompañado del cuello blanco de religioso que portaba, hicieron click en la mente de Eleven con respecto al relato de los acontecimientos que Cole y Matilda habían compartido con ella más temprano.

    —Claro, padre Babatos —murmulló El, estrechándole su mano, aunque manteniendo al parecer su guardia totalmente arriba—. ¿Puedo preguntarle cómo supo exactamente que estaba aquí?

    —Digamos que nosotros también sabemos cómo manejar la información, Sra. Wheeler —respondió Frederic, con una sonrisa demasiado astuta para haber sido formada por los labios de un religioso.

    Si Eleven tuviera que dar alguna teoría, diría que se enteró de su llegada y movimientos porque tenía vigilada la casa de los Honey para ver quién entra y quién sale. No era una idea que resultara del todo tranquilizadora, aunque sí despertaba en parte su curiosidad.

    —Debo agradecerle el apoyo que le brindó a mis asociados hace dos noches —mencionó Eleven con voz cauta—. Me han informado de todo lo ocurrido, y de que literalmente les salvaron la vida. Estoy en deuda con ustedes de forma personal.

    —No hay nada que agradecer —respondió Frederic con gentileza—. Pero si en verdad siente un poco de deuda hacia nosotros, yo agradecería me brindara unos cuantos minutos de su tiempo para discutir algunos asuntos con usted, que siento pudieran ser de importancia para ambos; y para las personas con las que trabajamos y protegemos, claro.

    Eleven observó a aquel hombre fijamente con cierta suspicacia destellando en su mirada.

    —Lo siento, pero la realidad es que desayunamos un poco mal y aún no hemos comido. Así que en estos momentos estábamos por dirigirnos a comer algo…

    —Oh, si me permiten, podemos llevarlas a un sitio cercano que es excelente para que sacien su hambre —propuso Frederic con marcado optimismo—. Y podremos conversar mientras comemos. Yo invito, por supuesto. ¿Les gusta acaso la comida mediterránea?

    —Con todo respeto —se apresuró Sarah a responder—, a pesar de su atuendo de sacerdote, son dos hombres desconocidos que se nos aproximaron en media calle, en Los Ángeles. No espera que realmente seamos tan descuidadas como para subirnos a un vehículo con ustedes, ¿o sí?

    Frederic soltó una risilla con sorna.

    —Muy bien dicho, señorita —señaló el sacerdote—. No está muy lejos, así que podríamos ir caminando. Sólo siento que no sería del todo cómodo para la Sra. Wheeler y mi persona, por… bueno, ya saben —indicó alzando sólo un poco su bastón.

    —Si de lo que quiere hablar es de Samara Morgan —dijo Eleven con voz firme y tajante—, le ahorraré el tiempo dándole mi respuesta final e inamovible. La niña se encuentra bajo el cuidado de mi Fundación. Así que cualquier plan o intención negativa que tengan con ella, les sugiero lo desechen.

    El rostro de Frederic, hasta ese momento afable y amistoso, se tornó un tanto sombrío por unos instantes, aunque intentó ocultarlo casi de inmediato con una media sonrisa, un poco forzada a simple vista.

    —Su asociada, la Dra. Honey, nos dijo algo parecido hace dos noches —señaló Frederic, sin ninguna intención o sentimiento claro acompañando sus palabras.

    —Ambas concordamos en esto —respondió Eleven con seriedad. Sin embargo, al recordar su plática de hace sólo unas horas atrás no pudo evitar pensar: «aunque en otras cosas al parecer no».

    —Yo admiro la devoción que todos ustedes tienen hacia la causa de ayudar a los niños que los necesitan —musitó el padre Babatos con prudencia—. Y le aseguro que en ese sentido, nosotros no somos sus enemigos, Sra. Wheeler. Además, quizás no le han informado que no fuimos nosotros los que externamos inicialmente nuestra preocupación hacia la niña Morgan, sino su colega, el Det. Sear.

    Eleven permaneció en silencio unos instantes; al parecer no estaba dispuesta a dar alguna respuesta directa. En efecto, durante su plática con Matilda y Cole, estos sólo habían logrado contarle de manera más o menos resumida todo lo ocurrido, incluyendo la intervención de aquel hombre religioso y sus ayudantes. Tendría que hablar con más calma con Cole sobre ese tema en específico. Pero sin importar qué le fuera a decir, es no cambiaría su postura; en especial tras oír la resolución que Matilda le había compartido.

    —Como dije, mi decisión al respecto es inamovible —reiteró Eleven con la misma determinación que antes—. Así que, si nos disculpan. Vámonos, Sarah.

    Su hija no ocupó mayor indicación, y ambas se dieron media vuelta, comenzando a caminar por la banqueta para alejarse de los dos extraños.

    —Entiendo, y si es así, no tocaremos ese tema —explicó Frederic en voz alta para que lo escuchara, y al instante comenzó a seguirlas unos cuantos pasos detrás—. No en esta ocasión, al menos. Pero sí hay otros asuntos relacionados con lo ocurrido hace dos noches que nos interesa mucho discutir con usted.

    Eleven siguió avanzando sin dar ninguna señal de estarlo escuchando siquiera.

    —El asunto de Damien Thorn no ha terminado, Sra. Wheeler —profirió Frederic con más ahínco, y la sola mención de ese nombre tuvo un efecto tal en Eleven que sus pies se quedaron abruptamente quietos en su sitio—. De hecho, es probable que sólo esté comenzando —añadió el sacerdote—, y estoy convencido de que dentro de poco será primordial que nuestras dos organizaciones comiencen a trabajar más en conjunto. Y si me permite invitarlas a comer, podemos hablarlo con mucha más calma.

    De nuevo se hizo el silencio. Eleven miraba fijamente al frente, pero tras un rato su entrecejo se contrajo, y sus ojos se cerraron como si la hubiera invadido un pequeño dolor punzante.

    “El asunto de Damien Thorn no ha terminado.”

    Sí, eso se temía, aunque una parte de ella intentaba convencerse de lo contrario a toda costa.

    —De acuerdo —musitó despacio, girándose de nuevo hacia los dos hombres—. Pero mi hija tiene razón en lo de subirnos al vehículo de dos desconocidos. Iremos caminando.

    Frederic pareció un poco sorprendido por ello. Su boca se abrió, de seguro con la intención de replicar algo, pero ninguna palabra brotó de él. La mirada firme y decidida de Eleven le indicaba que aquello no era una sugerencia. En vista de esto, el sacerdote carraspeó un poco y pronunció despacio:

    —Cómo gusten. Por aquí —les indicó, señalando con su mano calle arriba. Y avanzando al ritmo pausado que las dos personas con bastón se permitían, el grupo comenzó a caminar.

    — — — —

    El restaurante estaba a sólo dos cuadras, y en situaciones normales no hubiera representado ningún problema. Pero dado que esa no era una situación normal, la caminata resultó no ser muy agradable, pero Eleven lo prefirió de esa manera. Quizás era un intento un tanto burdo de mantener el control de la situación, pero era de momento lo que podía hacer. Al llegar al local, sin embargo, notaron como el gerente pareció reconocer al padre Babatos y lo recibió con bastante júbilo. Ambos hombre se estrecharon de manos e intercambiaron comentarios animadamente. Esto incómodo un poco a Eleven, haciéndola sentir que de alguna forma estaban entrando a territorio enemigo, o al menos uno en donde la otra parte tenía ventaja. Igual de momento intentó no alterarse por ello, pero sí estar al pendiente de cualquier movimiento sospechoso.

    El gerente los condujo hacia un área un poco más retirada, en una zona privada del restaurante que sólo tenía cuatro mesas, todas vacías en ese momento. No estaba totalmente desconectada del área común, pero sí les daba algo más de privacidad para tener la plática que tanto deseaban tener. Los cuatro se sentaron en una mesa; Frederic y Carl de un lado, Eleven y Sarah del otro. El sacerdote les permitió a sus invitadas ordenar de comer y beber antes de comenzar.

    Eleven y Sarah fueron más conscientes del hambre que sentían en cuanto sus ojos recorrieron el menú. El no estaba segura de qué pedir, así que dejó que su hija lo hiciera por ambas. Sólo pidió por su cuenta un poco de agua.

    —¿Es su primera vez en California? —preguntó Frederic con tono animado, quizás en un intento de aligerar el ambiente.

    —Viví un tiempo en Lenora Hills cuando era joven —respondió Eleven con seriedad—, y no diría que fue mis etapas favoritas. Y a Los Ángeles ya había venido algunas veces, a visitar a algunas amistades.

    —Como a la Dra. Honey y su madre, supongo —señaló Frederic, a lo que Eleven no quiso responder. La manera en lo que había mencionado le hacía sentir que intentaba decirle que sabía más de ella y de su Fundación de lo que pensaba, y eso no le agradaba del todo. Últimamente acostumbraba ella ser la que tenía toda la información a la mano, como en su conversación con el jefe Thomson, por ejemplo.

    —Tenemos algo de prisa —señaló Eleven con brusquedad—, y quisiéramos retirarnos en cuanto terminemos de comer. Así que si fuera tan amable…

    —Sí, claro —rio Frederic, y comenzó sin más espera su explicación mientras aguardaban que les trajeran su orden.

    Su charla fue en parte muy similar a la que habían tenido Jaime y él con Cole días antes, en dónde le habían explicado de manera general quiénes eran, a qué se dedicaban, y cuál era su misión por la que estaban en Los Ángeles. Y claro, el motivo de su interés por Damien Thorn. Durante toda esa plática, fue imposible que no se repitiera en más de una ocasión la palabra “Anticristo”.

    Como una persona que había pasado gran parte de su vida temprana lejos de… prácticamente todo, incluida la religión, Eleven se sentía un tanto ajena a muchas de las cosas que ese hombre le decía. Era casi igual a cuando era más joven, y Mike o alguno de los otros chicos intentaban explicarle cosas de los cómics que le gustaban, sus videojuegos, o Calabozos y Dragones. Con el tiempo había aprendido a entender al menos lo principal, pero al inicio fue muy usual que olvidaran que cosas tan habituales y comunes para ellos eran de hecho totalmente desconocidas para ella. Y el que este hombre le dijera que buscaban a ese tal “Anticristo”, daba casi lo mismo que si le hubiera dicho que buscaban a “Superman”, y al menos de éste último había visto un par de películas para ubicar de qué hablaban.

    Pero si había algo que Eleven definitivamente sí comprendía, eran las fuerzas no humanas que rondaban fuera de este mundo, y acechaban con frecuencia a las personas desde rincones oscuros, incluso de su propia alma. Monstruos, espíritus, demonios… daba igual cómo los llamaran. Y usando eso como base, logró entender que aquello que estas personas perseguían tenía que ser algo parecido; un poderoso enemigo que los amenazaba a ellos y al mundo entero. Su propio Mind Flayer, Vecna... Henry Creel, One…

    —¿Y creen que Damien Thorn es esta persona que buscan? —masculló Eleven despacio, cuidando sus palabras.

    —Fue uno de nuestros principales sospechosos por mucho tiempo —respondió Frederic—. Sin embargo, no pudimos completar todas las pruebas que lo confirmaran, hasta el incidente de hace dos noches. Mi colega el padre Jaime Alfaro, que el Det. Sear también conoció, estuvo presente en el pent-house y confrontó a Thorn de frente. Desconocemos los detalles de lo ocurrido con exactitud, pero esa misma noche me telefoneó y me dijo directamente que había visto la prueba irrefutable de que Thorn era a quién buscábamos.

    —¿Cuál prueba? —inquirió Eleven, curiosa.

    —No puedo darle esos detalles, pero le puedo asegurar que confío plenamente en su palabra. Lamentablemente, Jaime falleció esa misma noche, debido a las heridas que sufrió en ese sitio.

    —Lo lamento mucho —masculló Eleven despacio, y era sincera con su pesar. Después de todo, ella también había perdido a alguien esa misma noche.

    —Gracias. Como sea, eso ha dificultado un poco las cosas, pero ya en estos momentos mis superiores están discutiendo arduamente si tomar a cuenta sus últimas palabras o no. Pero confío en que es cuestión de tiempo para que se decidan, y entonces la siguiente fase de nuestra misión tendrá que ejecutarse cuanto antes.

    —¿Qué significa eso? —cuestionó Eleven, claramente desconfiada—. ¿Qué es lo piensan hacer exactamente?

    El mesero llegó en esos momentos con su orden, así que su plática tuvo que detenerse unos momentos. Sarah les había ordenado a ambas un espagueti con mariscos, con un olor penetrante que cubrió por completo la nariz de Eleven, pero que no era para nada desagradable. Siguieron en silencio hasta que el mesero se retiró.

    —Me temo que eso tampoco puedo compartírselos, aún —contestó Frederic con firmeza—. Sólo puedo decirles que desde hace mucho tiempo hemos estado librando una guerra, se podría decir “fría”, con el grupo que protege y sirve al Anticristo. Pero si hemos encontrado al fin a la persona correcta, y tras todo lo ocurrido, estas personas que hasta ahora se han mantenido ocultas, se verán forzadas a salir; y nuestra guerra ya no será tan fría. Por suerte, nos hemos estado preparado para esto, y estamos listos para lo que se viene. Pero claro, siempre nos vendría bien tener una mano amiga que nos apoye.

    —¿A eso se refería con que deseaba que nuestras organizaciones cooperaran? —susurró Eleven en voz baja, mientras picoteaba su plato con un tenedor—. Mi Fundación no fue hecha para pelear ninguna guerra, señor. Mi propósito siempre ha sido de hecho lo contrario: evitar que las personas como yo tengan que involucrarse en este tipo de cosas y puedan vivir una vida tranquila.

    —Y eso lo entiendo y apoyo totalmente, en serio —señaló Frederic con solemnidad—. Pero me temo que en cuanto sus caminos se cruzaron con los de Thorn, inevitablemente terminaron involucrados en esto de una u otra forma. Y aunque no hayan sido entrenados para la guerra como bien dice, usted y sus colegas pudieron darle un golpe certero en la cara al peor de los enemigos…

    —Al costo de que él nos diera varios más fuertes primero —indicó Eleven con pesar.

    —Sí… Y lo volverá a hacer en cuanto logré recuperarse, y se recuperará. Ya que en dónde quiera que esté en estos momentos, es sólo cuestión de tiempo para que resurja. Y todos debemos estar preparados cuando eso ocurra.

    Eleven guardó silencio. Por lo que decía, lo más seguro era que no supiera aún del paradero actual de Damien en las garras del DIC. Pensó rápidamente en las implicaciones de compartir esa información con él, pero concluyó que no era conveniente. No sabía de qué imprudencia serían capaces si acaso se enteraban de ello.

    Siguió comiendo su plato en silencio por un rato, y cuando se sintió lista, hizo una pregunta que quizás se podría sentir como si quisiera desviar la conversación a otro lado. Sin embargo, lo que más le preocupaba era que, de hecho, no estuviera tan apartado en realidad.

    —¿Qué tiene que ver todo esto con Samara Morgan?

    Los ojos de Frederic destellaron con ligera sorpresa.

    —Porque tiene que ver, ¿no es cierto? Si su meta final es Thorn, ¿por qué les interesa tanto el caso de Samara?

    Frederic y Carl se miraron el uno al otro en silencio, como preguntándose mutuamente cómo responder aquello de forma correcta. Eleven notó eso, y la irritó un poco.

    —Si me dice que es otra cosa que no me puede compartir, nos iremos en este instante.

    —No es precisamente eso —murmuró Frederic, vacilante—. No es directamente parte de la misión… del todo. Es más una teoría que comparten algunos de mis colegas.

    —¿Qué teoría? —insistió Eleven.

    —Bueno, nuestra búsqueda del Anticristo se basa mucho en lo que dicen las escrituras, claro, y en las propias creencias que la Hermandad de la que les he hablado ha compartido entre sus miembros. Pero hay quienes creen que nuestro enfoque de estar buscando a una sola persona en específico, no es el correcto, y que de hecho podría no haber sólo un Anticristo. Después de todo, como bien sabe, en las escrituras se le describe como una Bestia de siete cabezas, cada una con un nombre diferente.

    «No, en realidad no lo sé» pensó Eleven, pero mantuvo la serenidad para no dejarlo en evidencia.

    Frederic continuó.

    —Esto, como casi todo en el libro de las Revelaciones, está abierto a muchas interpretaciones. Hay quienes creen, sin embargo, que esto indicaría que existen en realidad siete personas, todas hijas del Dragón, nacidas en este nuevo milenio, y que traerán consigo un poder tal que, en cuanto se junten los siete, entonces daría inicio el verdadero Fin de los Tiempos. Y de estos siete, el joven nacido bajo los cometas que cruzaron el cielo en el año 2000, sería sólo el primero, y el líder de todos ellos.

    Hubo una pausa, en donde varias ideas cruzaron la mente de Eleven, sólo para llegar a la conclusión más lógica posible de lo que ese hombre intentaba decirle.

    —¿Y cree que Samara Morgan es uno de esos siete? —soltó Eleven, incrédula e incluso un poco molesta.

    —Como todo lo que hemos hablado, es una teoría —explicó el padre Babatos—. Pero todo lo que el Det. Sear nos contó de ella, más lo que hemos investigado por nuestra cuenta, y su reciente encuentro con Thorn, nos hace al menos requerir sopesar la posibilidad. Y, con todo respeto, esto no debería ser del todo descabellado para ustedes. Después de todo, sé que fueron usted y el detective los primeros en considerar que las habilidades de la niña pudieran ser de un origen muy diferente a los otros niños que han visto antes, ¿o me equivoco?

    Eleven no respondió a esa pregunta. Sí, eso era cierto, pero lo que estaba implicando distaba mucho de lo que habían considerado en un inicio. Aunque ciertamente el propio Damien Thorn representaba un enigma, y era la prueba de que podían existir individuos cuyas habilidades salían de los estándares que habían conocido hasta entonces. ¿Podría Samara ser alguien como Damien? ¿Podrían las habilidades de ambos estar de alguna manera relacionados? Y, por consiguiente, ¿podrían llegar a estar al mismo nivel?

    Mientras su mente estaba sumida en aquellos pensamientos, El dio unos últimos bocados rápidos a su plato, terminándolo de inmediato. Se limpió justo después la boca con su servilleta y se puso de pie, recordando casi al instante la debilidad de su cuerpo y teniendo que apoyarse en la mesa para no caerse. Sarah se paró rápidamente para ayudarla, y Carl hizo lo mismo por reflejo. El, sin embargo, alzó una mano para indicarles a todos que estaba bien. Respiró hondo para intentar recuperar fuerzas, y poder encarar de nuevo al padre Babatos, aún sentado en su silla.

    —Como dije, Samara Morgan está bajo nuestro cuidado —declaró Eleven con inamovible convicción—. Si se atreven a acercarse a ella de cualquier modo, le aseguro que la protegeremos a cualquier costo. Y si está tan preocupado por su inminente guerra con sus enemigos actuales, lo mejor sería que no intentara buscarse enemigos nuevos.

    —No es lo que buscamos en lo absoluto —respondió Frederic, inmutable ante la aparente amenaza de la Sra. Wheeler—. Al menos le pediría que nos dejara hablar con la niña, ver qué es lo que vio o escuchó mientras estuvo con Thorn. Y le pediré también que piense en todo lo que le acabo de decir. No debe confiarse en que Thorn los dejará en paz luego de todo esto. La mejor forma de combatirlo y ponerle un fin será juntos.

    —Reflexionaré profundamente en sus palabras —contestó Eleven con estoicidad—. Mientras tanto, le agradezco la comida, pero como le dije tenemos cosas que hacer. No se molesten, podemos salir por nuestra cuenta.

    No había terminado aún su apresurada despedida cuando ya estaba dirigiéndose a la puerta del restaurante, lo más rápido que los pasos de su bastón le permitían. Sarah vaciló un poco por el cambio repentino. Sin siquiera haber terminado de comer, dio un paso hacia ella, se regresó un momento por su bolso que casi olvidaba, y luego se apresuró a alcanzarla.

    Frederic, por su parte, observó en silencio como se alejaban. Cuando estuvieron a una distancia prudente, dejó que su rostro de sólida seguridad se desmoronara, y dejó salir un pesado y cansado suspiro.

    —Esperaba que fuera más fácil tratar con ella que con la Dra. Honey —masculló despacio, sin ser del todo un comentario para su compañero sino más bien un simple pensamiento al aire sin receptor específico—. Pero veo que me equivoqué.

    Sin decir nada, Carl se sentó de regreso en la silla a su lado.

    —¿Qué haremos ahora?

    Frederic sonrió y se encogió de hombros.

    —Con respecto a la Sra. Wheeler y su gente, sólo esperar que cumpla su palabra de reflexionar sobre lo que le hemos dicho. Es obvio que el tema de la niña Morgan será un problema en el que no podremos llegar a un consenso de forma sencilla, pero al menos siento que son conscientes de la amenaza de Thorn aún representa. Fuera de eso, lamentablemente hasta que los cardenales dejen de deliberar, no hay mucho más que podamos hacer. Salvo, por supuesto, seguir con nuestra investigación secreta.

    El sacerdote se giró casi por completo hacia su ayudante, inclinando su cuerpo hacia él para poder susurrarle en voz aún más baja.

    —¿Has tenido algún avance?

    —No aún —negó Carl con la cabeza—. El correo del Sr. Warren en donde menciona las dagas fue escrito hace cinco años, y es lo último que se ha sabido de él desde entonces. Ningún familiar o amigo ha tenido noticia alguna; no sabemos siquiera si sigue con vida o no. Y si acaso las dagas estaban en el museo como describe en su correo, muy probablemente se perdieron durante el incendio de éste. Pero seguiré investigando.

    Frederic asintió, no precisamente conforme o feliz con la falta de avance, pero al menos con el consuelo de que las cosas iban caminando de alguna forma. Estar sentados sin hacer nada y a la espera, ciertamente no era de su agrado. Y si además Jaime había tenido que morir para obtener este pedazo de información crucial, lo que menos deseaba era que su sacrificio hubiera sido en vano. No dejaría que Damien Thorn y la Hermandad se salieran con la suya.

    — — — —

    En cuanto salieron a la banqueta, Eleven vio acercarse por la calle un taxi, por lo que se apresuró a la orilla y alzó una mano al aire para llamar su atención.

    —¡Taxi! —exclamó con fuerza, pero el vehículo amarillo siguió de largo. Esto la hizo golpear frustrada el concreto con su bastón. Quizás sería mejor que Sarah les pidiera un vehículo, pero no quería estar más tiempo ahí esperando. Quería irse de ahí cuánto antes; necesitaba pensar, y en especial descansar.

    —Dime por favor que no les creíste nada de lo que dijeron —escuchó mascullar con molestia a su hija, jalando su atención. La mirada de Sarah demostraba bastante inconformidad—. ¿Anticristo? ¿Apocalipsis? ¿Bestia de Siete Cabezas? Son unos jodidos fanáticos religiosos. Si les entregas a esa niña, son capaces de quemarla en la hoguera como si fuera una bruja.

    —No tengo pensado hacer tal cosa —respondió Eleven tajante. Vio en ese momento otro taxi acercándose, e hizo el segundo intento de pararlo, obteniendo de nuevo el mismo resultado que antes—. No sé qué tanto de cierto tenga todo lo que nos dijeron —añadió—, pero hay al menos dos cosas que no puedo negar. Lo que Damien Thorn puede hacer sí dista mucho de lo que hemos visto antes, y Samara no está muy lejos de eso. Si esto implica que están de alguna forma relacionados, no lo sé… Pero que ambos terminaran cruzándose de esta forma resulta al menos curioso.

    Hizo una pausa reflexiva, mientras fijaba su mirada en la calle, en la búsqueda de cualquier punto amarillo que se aproximara en la lejanía.

    —Y lo segundo, es que si Thorn estuvo tanto tiempo fuera del radar del DIC, y del nuestro, implica que alguien en efecto lo ha estado protegiendo desde que era pequeño, como este hombre nos acaba de decir. Y si es así, estaríamos hablando de gente poderosa, de la que deberíamos preguntarnos cómo es que reaccionarán ahora que Thorn está en las garras del DIC.

    Soltó un pesado y cansado suspiro, muy similar al que Frederic había soltado justo cuando se retiraron.

    —Me temo que las cosas son mucho más complicadas de lo que pensaba. Ese descanso que prometí tendrá que esperar un poco más.

    —¿Crees que en verdad sigamos en peligro? —inquirió Sarah, comenzando a contagiarse rápidamente de la preocupación que inundaba a su madre. Ésta, sin embargo, no le respondió.

    Otro taxi apareció al doblar en la esquina, y antes de que Eleven hiciera un nuevo intento de pararlo, Sarah se adelantó, prácticamente colocando medio cuerpo delante del vehículo para obligarlo a detenerse.

    —¡Taxi! —pronunció con fuerza alzando una mano al frente. Las llantas del taxi rechinaron ante el repentino frenado, deteniéndose a unos centímetros de ellas. Eleven miró a su hija, sorprendida por ese acto tan osado—. Cosas que aprender viviendo en New York —respondió a su pregunta silenciosa, y de inmediato se dirigió de regreso a ella para ayudarla a subir a la parte trasera.

    — — — —

    Lo que Jane y el propio padre Babatos ignoraban era que, mientras en el centro de Los Ángeles ambos daban por terminada su plática, una nueva reunión estaba por comenzar a varios kilómetros de ellos, en un rincón remoto a las afueras de Chicago.

    El Club Campestre San Aquiles era uno de los más exclusivos y elegantes de la zona, compuesto por un amplio campo de golf, albercas, canchas deportivas, restaurantes, spa y salones de eventos. Entre sus miembros se encontraban empresarios y políticos locales de renombre que podían hacer uso de sus instalaciones como mejor les pareciera; algunos más, otros menos, dependiendo de su nivel de socio. Y, por supuesto, la familia Thorn y los altos directivos de su empresa eran parte de esta exclusiva lista, y era común ver a alguno de ellos paseando por las instalaciones, comiendo en el buffet, o jugando unos cuantos hoyos con algún invitado.

    Sin embargo, la verdad era que la influencia que los Thorn tenían en aquel sitio era mayor a lo que la mayoría de sus miembros pensaban, pues aquel Club Campestre era apenas un poco más que una conveniente y lucrativa fachada para uno de los tantos sitios de reunión seguros para la Hermandad en la zona de Chicago. De hecho, había zonas de aquel complejo que ni siquiera socios del más alto nivel conocían siquiera que existían; y una de ellas era justo a la que se dirigía Paul Buher esa tarde.

    El joven gerente de Thorn Industries ingresó al terreno del club en su flamante deportivo planteado, cuyo motor resonó mientras avanzaba con rapidez desde la verja principal del club, hacia la puerta del vestíbulo en el edificio principal. Conducía aquel vehículo repleto de orgullo, con la capota abajo desde que venía en la carretera, sintiendo como el aire agitaba sus rizos rubios, luciendo unas elegantes gafas oscuras espejadas, y con Sweet Child O' Mine de Guns N' Roses retumbando con fuerza en el espléndido equipo de sonido. El auto redujo su velocidad de un instante a otro sólo hasta que logró posicionarse justo delante de la puerta. Uno de los empleados del valet parking se apresuró a abrirle.

    —Bienvenido, Sr. Buher —le saludó el chico con amabilidad, agachando un poco la mirada.

    —Gracias, Milo —le regresó el saludo Paul de forma animada, bajándose de su vehículo con resaltante gracia en sus movimientos. Recorrió de forma rápida sus manos por su atuendo, acomodándose su corbata y los puños de su camisa—. Trata a mi bebé tan bien como siempre, ¿quieres? —murmuró con tono jocoso, sacando del bolsillo de su saco color gris oscuro un fajo de billetes sujeto con un clip. Extrajo de éste uno de cincuenta dólares, y lo colocó discretamente en el bolsillo de la camisa del muchacho.

    —Sí, señor —se apresuró Milo a responderle con una amplia y emocionada sonrisa, misma que Paul le devolvió, seguido de un par de palmadas amistosas en su brazo a modo de despedida, antes de comenzar a caminar hacia el interior del complejo.

    Cada empleado y socio con el que se cruzaba lo reconocía al instante y lo saludaba con ferviente amabilidad. Él respondía a cada uno de esos saludos, e incluso llamaba a varios de ellos directamente por su nombre, mientras esbozaba su radiante sonrisa blanca. Su caminar seguro y despreocupado lo llevó hasta el buffet, donde una anfitriona lo recibió con la misma afabilidad que el resto.

    —Buenas tardes, Sr. Buher —masculló la elegante y hermosa mujer de cabellos rubios, sonriendo—. ¿Su mesa de siempre?

    —Hoy no, Lorena —respondió el empresario, retirándose sus lentes oscuros para colgarlos del bolsillo de su saco—. Creo que me sentaré en la Terraza Número 7, si no es mucha molestia.

    —Por supuesto —asintió la anfitriona de nombre Lorena—. Por aquí —indicó señalando el camino con una mano.

    La mujer comenzó a andar, con la alfombra bajo sus pies amortiguando el sonido de sus tacones altos de aguja. Paul la siguió de cerca, igualmente saludando a algunos de los hombres que ahí comían, y si acaso sólo deteniéndose unos segundos a estrechar la mano de un directivo importante de Winston Motors, prometiendo que quizás jugarían un par de hoyos más tarde. Paul siguió avanzando cerca de Lorena, hasta que ambos pasaron todas las mesas y siguieron de largo, incluso rodeando la barra del buffet y dirigiéndose a las puertas de la cocina al otro lado. Ambos ingresaron a dicha área, y caminaron por ella con una naturalidad propia de alguien que se siente en un ambiente conocido. Ninguno de los que ahí trabajaba dijo o señaló algo; ni siquiera voltearon a verlos cuanto pasaban a escasos centímetros de ellos.

    Lorena guió al visitante hacia la parte trasera de la cocina, a la amplia alacena de ingredientes enlatados y enfrascados. Ella ingresó primero y se dirigió al fondo de aquella área, en donde reposaba un estante repleto de latas, frascos y bolsas de comida. Sin decir palabra alguna, colocó una mano a un costado de dicho estante, y éste se deslizó hacia un lado, casi como si se resbalara en hielo, con todo y el muro falso detrás de él, sólo lo suficiente para mostrar una puerta metálica que se escondía justo detrás de él con un sensor electrónico a un costado. Lorena sacó del interior de su blusa una tarjeta electrónica, sujeta a su cuello con una cadena, y se la retiró sólo un momento para poder pasar la cinta magnética por el lector de la puerta. Un pequeño led pasó de rojo a verde, y las puertas metálicas se abrieron hacia los lados, revelando del otro lado el pequeño espacio cuadrado e iluminado de blanco de un ascensor.

    —Qué disfrute su comida, Sr. Buher —indicó la anfitriona, haciéndose a un lado para dejarle el camino libre a su visitante.

    —Gracias, Lorena —respondió el gerente con normalidad. Caminó hacia el ascensor, pero antes de ingresar a éste, se regresó unos pasos. Sacó de nuevo su fajo de billetes, sacando en esta ocasión uno de cien—. Por las molestias —murmuró con elocuencia, extendiendo el billete entre sus dedos en dirección a la mujer.

    Lorena no vaciló mucho al tomar el billete. No tanto por el dinero en sí, como por el hecho de que era un gesto de amabilidad de parte de unos de los Diez Apóstoles de la Bestia, a los cuáles ella servía fielmente; y lo que menos podía permitirse era ofenderlo.

    —Muchas gracias, señor.

    Paul le guiñó un ojo con complicidad, y se dirigió ahora sí al interior del elevador. Lorena volvió a pasar su tarjeta y las puertas se cerraron. Un instante después, y tras una pequeña sacudida inicial, comenzó a descender, precisamente a uno de esos sitios que la mayoría de los socios del club desconocían.

    El ascensor no tardó mucho en llegar a la “Terraza Número 7”, que era, si la describían en términos simples, una sala de reuniones ubicada en un nivel subterráneo por debajo del edificio principal del club, construida hace menos de una década, bien disfrazada durante una remodelación completa que se realizó del complejo. Todo ello planificado desde el momento en el que fue un hecho que Damien iría a vivir con su tío Richard en Chicago tras la muerte de sus padres.

    La sala era amplia, pero era ocupada en gran parte por la mesa redonda de madera brillante, con un diseño de líneas sobre su superficie que en conjunto dibujaban la figura de una estrella de diez puntas, y en cada una de esas se ubicaba una silla de respaldo alto forrada en terciopelo negro.

    Diez sillas, para diez Apóstoles. Aunque no todas estarían ocupadas en esa ocasión.

    Los muros de la cámara eran lisas, de un gris oscuro, con faroles que alumbraban con luz blanca, y algunas pinturas entre estos para adornarlas que mostraban hermosas representaciones de ángeles y demonios combatiendo en los cielos; estelas de fuego cayendo y cubriendo la tierra de llamas; ángeles alzándose con trompetas contra sus labios, mientras a sus pies las ciudades se derrumbaban; y un dragón rojo de sietes cabezas devorando al mundo. En contraste con las piezas de arte, en el fondo había una amplia pantalla que abarcaba casi toda la pared, en donde en esos momentos se veía la señal de espera.

    Cuando Paul arribó y las puertas del ascensor se abrieron, vio que ya había dos personas ahí, ambas sentadas en una silla de la mesa, pero casi en extremos opuestos del círculo, como si quisieran estar lo más apartados el uno del otro. Por un lado se encontraba su viejo y conocido amigo John Lyons, sentado contemplando fijamente a la nada mientras pasaba su mano por su fina barba blanca. Se le veía serio y sereno, pero Paul sabía que esa era más bien su mirada de inquietud.

    —Hey, John —le saludó como cualquier cosa, aproximándose por un costado. Antes de que Lyons se pudiera virar por completo hacia él, Paul lo alcanzó y le dio un par de palmadas amistosas en su brazo; quizás demasiado amistosas para el gusto del viejo Apóstol—. Siempre es un gusto tenerte por estos lares. ¿Te apetece que juguemos unos hoyos terminando con esto? Tim de Winston Motors está arriba y más que dispuesto. ¿Qué dices? ¿O te da miedo, anciano?

    Lyons volteó a verlo de reojo con marcado desdén inundado su expresión entera.

    —Creo que no has dimensionado lo grave de la situación, Buher —masculló Lyons con voz carrasposa.

    —Oye, para tu información, tenía una cita con mi masajista, y la cancelé para estar aquí —bromeó Paul con fingida indignación—. Y no sabes lo difícil que fue. Lo entenderías si supieras lo que la linda de Yin-Lu puede hacer con esas manitas suyas. Algún día te llevaré para que la conozcas; te cambiará la vida.

    —Tendré que pasar —masculló Lyons con fastidio, virándose hacia otro lado.

    Paul sonrió, divertido por su reacción . Sí, estaba bastante inquieto, y no era para menos. Por supuesto que él entendía bien lo grave la situación, pero tenía también el suficiente temple para mantenerse calmado pese a eso, pues alterarse no serviría de nada. Además, resultaba sencillo cuando el asunto no era directamente su culpa.

    —Qué considerados, nos pusieron galletas y café —masculló Paul, extendiéndose hacia una de las dos bandejas en el centro de la mesa, para tomar una galleta con chispas—. Al menos no es una cabra desangrada sobre la mesa, ¿cierto, Lyons?

    John no le respondió nada.

    Paul tomó un par de galletas más en una servilleta y se dirigió hacia una mesa ubicada a un costado, donde había una cafetera, algunas tazas limpias, botellas de agua y algunos otros aperitivos cortesía del buffet del club, ubicado justo sobre sus cabezas.

    —¿Te sirvo un café, Sally? —le preguntó con gentileza a la segunda persona en la mesa al pasar cerca de ella en su camino a la cafetera.

    —No, gracias —respondió Sally Steel con voz neutra, una mujer de cabellos rojizos y lacios con escasas canas asomándose debajo del tinte. Vestía un elegante traje estilo ejecutivo de blazer y falda morado obispo. Usaba además unos anteojos redondos de armazón delgado, y frente a su rostro sujetaba con ambas manos su teléfono móvil—. La cafeína me altera, y lo que menos quiero es alterarme antes de que esto empiece.

    —Cómo quieras —masculló Paul, tomando él sí una de las tazas para servirse un poco de café y acompañar sus galletas.

    A media taza llena, escuchó a la mujer a sus espaldas soltar una pequeña maldición.

    —Olvidaba la horrible señal que hay aquí abajo —masculló con molestia la senadora actual por el estado de Indiana, haciendo su tercer intento fallido de mandar un mensaje.

    Paul rió, divertido al parecer por la reacción de la senadora.

    —¿No estás harta de que nunca se piense en las antenas de celular cuando se construyen guaridas secretas? —comentó Paul con tono jocoso. Retiró poco después su taza ya llena, y tomó un sobrecito de crema para colocárselo a su bebida—. Y hablando de eso, ¿sólo a mí me molesta todo el esfuerzo y dinero que nos costó hacer esta pequeña mejora subterránea para que sólo la hayamos usado…? ¿Cuánto? ¿Dos o tres veces? Algunos pensarían que fue lavado dinero.

    —El hecho de que no haya sido necesario reunirnos tan seguido, es buena señal —indicó Lyons desde su extremo de la mesa con tono aburrido.

    —Así que si no reunirnos es bueno, el que tuviéramos que hacerlo, y tan apresuradamente… es todo lo contrario de bueno, ¿verdad? —indicó Paul un tanto desvergonzado. Lyons se viró de nuevo hacia otro lado, sin tomarse la molestia de responderle—. De hecho, me sorprende verte por aquí en persona, Sally. ¿No estás un poco lejos del Capitolio?

    —Por suerte, o no, estaba por estos rumbos cuando recibí el llamado de Lyons —respondió Sally, rindiéndose en ese momento con su celular y mejor dejándolo sobre la mesa de forma despectiva—. Tuve que cancelar varios compromisos e inventarme que tenía que visitar a una prima enferma. Sólo espero que podamos terminar rápido.

    —Yo no apostaría por eso —indicó Paul, al tiempo que se sentaba en una silla a su lado—. ¿Adrián nos va a acompañar? —preguntó rápidamente en dirección a Lyons.

    —Ya debe estar en camino —respondió el hombre de barba blanca con voz apagada.

    —¿Y Ann? —añadió Paul justo después, dando luego un sorbo de su taza—. ¿Se puede saber cuándo piensa volver al trabajo? Aunque me encanta estar a cargo, hay algunos asuntos que sólo ella puede atender y firmar.

    A mitad de su comentario, el cartel de espera se había retirado de la gran pantalla empotrada en el fondo de la sala, y el rostro de la primera de los invitados conectados de vía remota se hizo visible en un recuadro justo en el centro de ésta.

    —Estoy bastante segura de lo mucho que me extrañas, Paul —masculló de pronto la voz fría de Ann Thorn, resonando en los altavoces de la pantalla—. Después de todo, no tiene caso hacer tus diabluras de oficina a escondidas, si no hay de quien esconderse.

    Paul se giró un tanto consternado hacia la pantalla, sus ojos cruzándose de inmediato con el rostro sereno y estoico de Ann perfectamente maquillado, incluidos sus famosos labios rojizos, y sus brillantes cabellos negros sueltos sobre sus hombros. De lo que se alcanzaba a captar en la imagen de la cámara, portaba un traje rojo escarlata que combinaba muy bien con el color de sus labios.

    —Hey, mi presidenta favorita —dijo Paul, alzando su taza hacia la pantalla a modo de saludo—. ¿Se puede saber dónde estás? ¿Te tomaste unas vacaciones a Tombuctú sin molestarte en avisarle a nadie?

    —¿Por qué no le preguntas a Adrián en cuanto llegue? —respondió Ann con voz punzante—. De seguro estará encantado de explicártelo. Pero descuida, luego de zanjar este asunto tengo pensado volver a Chicago lo antes posible.

    —Más te vale —comentó Paul con un tono casi amenazante—. Sería un tanto desagradable para todos suponer que te estás escondiendo temerosa de las represalias por… bueno, este desastre que ocurrió durante tu guardia mientras te fuiste a quién sabe dónde.

    Terminó su comentario aproximando su taza a sus labios para beber con cuidado de ella. Por su parte, la mirada de Ann se volvió notoriamente más afilada tras escucharlo. Y si no hubiera un par de pantallas y kilómetros separándolos, lo más seguro es que se le hubiera aproximado con paso desafiante para encararlo de frente.

    —¿Me estás culpando de algo, Buher? —cuestionó Ann, su voz radiando una rabia pausada y tajante.

    —Mejor dejemos eso para cuando empiece la reunión, ¿sí? —le contestó el gerente, guiñandole un ojo de forma juguetona—. Creo que todos tendrán mucho que opinar al respecto, y sería descortés de mi parte no esperarlos.

    Aquella astuta insinuación que a simple vista no decía nada, de hecho respondía bastante bien al cuestionamiento de Ann. Ésta tuvo la clara disposición de decir algo, pero la presencia repentina de alguien más en aquella sala captó la atención de ambos, al igual que la de Sally y John.

    Lo primero que se escuchó fue el sonido de unas pesadas botas resonando contra los escalones de acero de la escalera de caracol; el otro modo de salir y entrar adicional al ascensor. En un inicio todos pensaron que podría ser Adrián, pero en cuanto la complexión fornida de aquella personas y la tela verde militar de sus pantalones fueron visibles, dedujeron de inmediato de quién se trataba en realidad.

    El hombre alto y de hombros anchos se paró al pie de la escalera, y recorrió cautelosamente su mirada seria y aguda por todo aquel espacio, contando rápidamente a los que estaban presentes. Su cabello era negro muy corto con algunas canas. Su grueso y fuerte cuerpo se encontraba ataviado con un uniforme militar verde, y sobre éste usaba un abrigo negro largo, mismo que se retiró en cuanto pareció ya tener la imagen completa del lugar.

    —¿Llegó tarde? —masculló despacio, aproximándose a la silla de la mesa más cerca de él para colocar su abrigo sobre el respaldo de ésta.

    —No, no. Pasa, Neff —le indicó Paul con entusiasmo, haciéndole además la invitación con un ademán de su mano—. ¿Quieres un café?

    No recibió respuesta, y en su lugar el recién llegado se limitó a tomar asiento y permanecer callado. Ann, desde su sitio, contemplaba a aquella persona fijamente a través de la cámara.

    Daniel Neff, un soldado de las Fuerzas Armadas de gran renombre, retirado hace cinco años para dedicarse a la enseñanza y trabajar como Jefe de Pelotón en la Academia Davidson. Hacía dos años, ya cuando Damien no estudiaba más en Davidson, dejó la Academia volviendo al ejército, obteniendo recientemente el rango de Mayor; y se rumoreaba que al ritmo que iba y las conexiones que había logrado hacer, no se quedaría sólo ahí.

    Él era justo el Apóstol de la Bestia que lograba inquietar más a Ann, y que presentía podía ser también de quién Adrián sentía más recelo, aunque no lo señalara directamente. Neff siempre había logrado tener una gran presencia e influencia entre los otros desde que se convirtió en Apóstol; no por nada era uno de los protegidos favoritos de Argyron Stavropoulos, quien le cedería su puesto cuando ya los achaques de la edad le hicieron imposible seguir cumpliendo con sus deberes. Sin embargo, tras su acercamiento a Damien durante su tiempo en Davidson, se volvió muy cercano a éste, convirtiéndose en su confidente y consejero en más de un tema.

    Ann sabía bien lo beneficioso que podía ser estar en el lado bueno del Salvador, así como lo perjudicial que era estar en el lado contrario. Y para bien o para mal, tras esta pequeña rebeldía que había surgido en Damien, si había alguien en esa mesa que podría aún tener cierta influencia en él, ese era Neff. Y esa era una idea que hacía que a Ann le hirviera la sangre.

    La sala se quedó unos minutos en silencio, hasta que se comenzaron a conectar por video llamada los otros cuatro Apóstoles que estaban lo suficientemente lejos como para no estar ahí de manera presencial.

    La primera fue Tsukiji Otomi, Ministra de Asuntos Exteriores del gobierno japonés, que en esos momentos acompañaba al Primer Ministro en una gira por Asia Continental, y tenía que tomar esa llamada desde su suite privada en Seúl; había empezado su llamada señalando lo complicado que había sido conectarse a la red segura desde ahí. Era una mujer joven, incluso más que Paul, pero que se había logrado abrir camino rápidamente; una parte por sus propias habilidades, y otra claro por el apoyo extra de la Hermandad.

    El siguiente fue Pavel Minsky, un acaudalado empresario ruso, para no usar el término de “oligarca” que a modo personal no le agradaba tanto. Tomaba la llamada desde su despacho en su residencia privada a las afueras de San Petersburgo. Era quizás el miembro de mayor edad entre Apóstoles, pero se las arreglaba para mantenerse en bastante buena forma. Y su sola mirada era suficiente para paralizar a cualquier hombre valiente.

    El próximo en sumarse fue Conrad Cox, oficial de inteligencia de alto rango del MI6 en Reino Unido, y que por seguridad su ubicación actual resultaba mucho más clasificada que la de Ann. Era un hombre de pocas palabras, pero contundentes cuando tenían que ser, de rostro alargado y ojos cansados y profundos que guardaban detrás miles de secretos. Si Ann no se equivocaba, esa era la primera vez que estaba en una reunión en dónde él se encontrara, aunque en realidad no estaban ni cerca en la misma habitación. No conocía mucho de él, más allá de que era amigo cercano de Lyons, y por consiguiente esperaba que lo fuera también de Adrián. Les vendría bien un poco de apoyo en lo que se vendría.

    La última en conectarse fue Amelia Moyez, una mujer de color en sus cincuentas de ojos penetrantes y agresivos, de la que Ann sabía incluso menos que Conrad. Tampoco había estado en la misma habitación con ella, pero sí en otras llamadas a distancia como esa, y siempre se mostraba con sus vestidos holgados y coloridos, sus collares de cuenta, y su cabello cubierto con un elaborado turbante estilo haitiano. Lo único que Ann sabía, o más bien había notado con sus propios ojos, era que los otros parecían tener siempre en cuenta lo que tenía que opinar; incluso Lyons y Adrián.

    Todos eran parte del grupo selecto que dirigía la Hermandad de los Discípulos de la Guardia, y que desde hace décadas se habían ido colando poco a poco en las estructuras de poder principales del mundo; ya fuera directamente ellos diez o sus discípulos. Todos sabían los secretos mejor guardados, y tenían las llaves para desatarlos. Eran los protectores del Salvador, los emisarios del Dador de Luz para hacer cumplir su gran plan en el mundo. Los Diez Apóstoles de la Bestia, sus servidores más cercanos y fieles.

    O al menos eso era lo que se decían entre ellos. Pero fuera eso del todo cierto o no, era innegable que cada uno poseía el suficiente poder en sus manos para hacer la vida de muchas personas menos placentera si se les apetecía.

    Sólo faltaba una persona para completar el grupo; la cabeza principal de todos ellos.

    El sonido del ascensor arribando una vez más captó la atención de todos, y silenció al instante cualquier intento de conversación que podría haber estado surgiendo en los nueve apóstoles. Sus miradas observaron fijamente a las puertas mecánicas cuando éstas se abrieron, revelando del otro lado el rostro sereno de ojos avellana, cabello largo y barba anaranjada.

    —Buenas tardes —pronunció Adrián con voz serena, ingresando a la habitación e impregnando ésta de inmediato con su abrumadora presencia. Los presentes en la sala se pusieron de pie ante su llegada, y los que estaban en la llamada se sentaron derechos y observaron con atención—. Hermanos míos, me alegra ver el rostro de todos de nuevo tras tanto tiempo, pero soy sincero al decir que desearía que fuera en mejores circunstancias.

    Adrián avanzó hacia la silla más próxima, colocando sus manos sobre el respaldo de ésta.

    —Tomen asiento —indicó con voz de mando, y todos lo hicieron. Él los siguió poco después también—. Debemos comenzar esto cuanto antes, ya que el tiempo no está a nuestro favor.

    El Apóstol Supremo cerró sus ojos y alzó sus manos al frente de él, con sus palmas extendidas apuntando hacia arriba. Todos los presentes, y también los conectados en la llamada, imitaron su gesto. Un segundo después, las diez voces comenzaron a resonar como una sola, pronunciando las mismas palabras en un acorde perfecto que retumbaba en las paredes de aquella bóveda subterránea, con tanto poderío que casi las hicieron temblar:

    —Divina Estrella de la Mañana, Dador de Luz y Guardián del Conocimiento. Tuyo es el poder que derrocará a los poderosos y destruirá sus templos; reivindicará a los despreciados, y destruirá con fuego y hielo el mundo antiguo para traer el nacimiento de uno nuevo. Estamos aquí para hacer cumplir tu voluntad, Oh Gran Rey Carmesí, tú que gobiernas a todos los demonios. Somos tus siervos, somos tus discípulos, somos tu espada y tu escudo. Somos las Diez Coronas sobre las Siete Cabezas de la Bestia. Tuyo será el mundo que la Bestia dividirá para que lo gobernemos en tu nombre. Danos tu poder, danos tu conocimiento, y danos tu luz. Salve Satanás. Qué Tu Reino sea Eterno.

    —Qué Tu Reino sea Eterno —pronunció como un pequeño susurro una onceava voz justo cuando los otros habían terminado. Sin embargo, ninguno de ellos la escucharía. Ninguno de ellos sería consciente siquiera de que en efecto, existía alguien más escuchando y viendo todo lo que hacían.

    Desde un rincón de aquella habitación, la imagen de Veróncia Selvaggio observaba sonriente y expectante la importante reunión que estaba por comenzar.

    FIN DEL CAPÍTULO 124
    Notas del Autor:

    —En la escena final del capítulo hicieron su aparición varios personajes, algunos ya conocidos, otros nuevos. De estos últimos Sally Steel, Tsukiji Otomi, Pavel Minsky, Conrad Cox, y Amelia Moyez son personajes originales que no están basados en ningún personaje de ninguna película o serie en especial. Todos aparecen y se les menciona por primera vez, a excepción de Sally que había aparecido muy escuetamente en el Capítulo 56 como una de las invitadas de la parrillada de Lucas. En el próximo capítulo veremos más de ellos, pero sólo unos cuantos tendrán mayor relevancia en capítulos posteriores (aunque dependerá también de cómo evolucione la trama).

    Sé que estos últimos capítulos han sido mucho bla bla bla, pero espero no les resulté cansado o aburrido. Son cosas que se tenían que platicar y explicar, en especial para abrir camino a lo que se viene después.
     
  5.  
    WingzemonX

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    Resplandor entre Tinieblas
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    Misterio/Suspenso
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    Resplandor entre Tinieblas

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    Capítulo 125.
    Lo que tengo es fe

    A media tarde de ese día, la enfermera de guardia entró en la habitación ocupada por Verónica Selvaggio como parte de su ronda, para revisar que la joven estuviera bien y no ocupara nada. Al ingresar, sin embargo, se encontró con las luces del cuarto apagadas, y a la joven rubia plácidamente dormida. La enfermera encendió las luces, para luego ingresar con paso silencioso y aproximarse a la camilla. El respaldo estaba levantado en un ángulo de cuarentaicinco grados, y Verónica estaba recostada bocarriba, con sus ojos cerrados y su cabeza presionada contra la almohada. Su respiración era lenta y relajada. No se había movido siquiera un poco cuando encendió las luces.

    Era destacable que pudiera dormir tan profundamente, considerando sus heridas. Los medicamentos para el dolor que le estaban suministrando debían estar haciendo buen efecto.

    Los platos de la última comida que le habían llevado estaban casi limpios, y colocados ordenadamente sobre la mesita plegable de la camilla. Su apetito igualmente parecía estar bien. Y en realidad, no había dado ni un sólo problema desde que fue bajada a cuarto. Hacía todo lo que le decían, tomaba todos los medicamentos que le daban sin chistar, y ni siquiera se quejaba de dolor o molestia. Y era en verdad un amor; amable y gentil, y muy platicadora con todas.

    «Ojalá tuviéramos más pacientes así por aquí» pensó la enfermera.

    Retiró los platos de la mesita, y plegó está a un lado, cuidando no hacer demasiado ruido. Hizo justo después una revisión rápidamente del suero; todo parecía estar bien.

    También había estado progresando bastante favorable de sus heridas. Los doctores pensaban que podría ser dada de alta pronto, aunque Thorn Industries directamente había pagado para mantenerla cómoda y segura en esa habitación todo el tiempo que fuera necesario. Dudaba que fueran tan serviciales con todos sus empleados, así que esa chica debía ser alguien importante; o al menos importante para alguien dentro de esa empresa.

    Tan sigilosa como entró, la enfermera se retiró, apagando de nuevo las luces antes de salir. Todo esto de nuevo con cuidado de no perturbar su sueño pacífico.

    Sin embargo, lo que ignoraba era que la joven en la camilla en realidad no dormía; al menos no de un modo convencional o que ella pudiera entender. Y un segundo justo luego de que saliera, los parpados de Verónica se abrieron de par en par, revelando detrás de estos uno ojos nublados que casi parecían totalmente blancos. Estos estaban fijos en el techo sobre ella, cubierto con la oscuridad de la habitación. Sin embargo, ella no miraba ese techo en realidad en esos momentos.

    — — — —​

    La mente de Verónica en realidad estaba en esos momentos muy lejos de su cuerpo recostado en aquella habitación de hospital. En realidad, sus ojos y oídos estaban fijos en aquella sala de reuniones oculta debajo del Club Campestre San Aquiles a las afueras de Chicago, en donde los Diez Apóstoles de la Hermandad de los Discípulos de la Guardia celebraban su reunión de emergencia. Ninguno de ellos era consciente de su presencia ahí, ni siquiera Adrián, y ella así lo prefería. Así que desde un rincón de aquella sala, como una simple sombra en la pared, se limitó a simplemente ser una espectadora silenciosa.

    Luego de recitado su juramento, los Apóstoles debían pasar cuanto antes al asunto importante que los había reunido en ese sitio. Todos, los presentes y los conectados en video llamada, ya conocían dicho asunto, o al menos se les había compartido una vaga noción sobre éste. Aun así, Adrián no se anduvo con rodeos, y en cuanto llegó su momento pasó a explicarlo de la forma más clara y resumida posible, alto para que todos pudieran oírlo.

    —Como ya han de haber sido informados, dos noches atrás un grupo armado, bajo las órdenes del Departamento de Investigación Científica, realizó un ataque al pent-house del edificio Monarch en Beverly Hills, en el cual Damien se había estado alojando las últimas semanas. El operativo fue realizado explícitamente con la intención de someterlo y aprehenderlo, bajo la sospecha de ser lo que ellos nombran un Usuario Psíquico altamente peligroso para la seguridad nacional. Dicho operativo lamentablemente fue exitoso, y ahora el Salvador se encuentra, hasta donde sabemos, bajo custodia del DIC.

    »Lo ocurrido con exactitud en aquel sitio sigue siendo algo difuso, y de momento sólo contamos con la declaración de una sola testigo, la Srta. Verónica Selvaggio. Para los que no la conozcan, es una discípula de Ann, que trabaja en estos momentos como interna en Thorn Industries. La Srta. Selvaggio había estado recientemente asistiendo a Damien durante su estadía en Los Ángeles, y le tocó estar presente al menos durante la primera parte del ataque. Les haré llegar un resumen detallado de lo que la Srta. Selvaggio nos dijo si lo requieren, pero para el propósito de esta reunión hay dos cosas claves que debemos saber: la primera, hubo dos personas que ingresaron al pent-house antes de la llegada de los hombres del DIC, ambas sin identificar, y una de ellas en específico logró causarle un gran daño al Salvador. Y la segunda es que, derivado quizás de este daño antes mencionado, los soldados del DIC lograron someter a Damien y llevárselo.

    »John ha intentado obtener la mayor información posible sobre su localización y estado actual. Hasta donde hemos podido averiguar, lo llevaron a una base de investigación fuertemente protegida conocida coloquialmente como El Nido, ubicada en una zona boscosa y apartada en el centro de Maine. Y al parecer desde esa noche, y hasta el día de hoy, lo mantienen totalmente inconsciente usando una droga especial. No sabemos qué intenciones tienen con él, ni cuál es su estado de salud tras el ataque que recibió. Pero sea lo que sea, el tiempo que tenemos para actuar es limitado. Lo que vayamos a hacer, tenemos que decidirlo y ejecutarlo cuanto antes. Por ello la premura de esta reunión. Lo que decidamos hacer aquí y ahora podría cambiar el rumbo que nuestra Hermandad ha seguido hasta el día de hoy. Podría también cambiar el plan que se tenía previsto desde el inicio para Damien, pues es innegable que su fachada ha sido comprometida. Es por eso que necesitamos decidirlo entre los Diez, ahora mismo.

    Hizo una pausa, contemplando en silencio los rostros de sus nueve camaradas. Todos lo observaban serios, pensativos, y claro un poco preocupados.

    —¿Alguna pregunta o duda que deseen aclarar hasta aquí? —inquirió Adrián con firmeza.

    —Sí, yo —masculló Paul, alzando una mano para hacerse notar—. Creo que lo que todos quisiéramos saber a estas alturas es… ¿cómo es que algo como esto pasó? Yo no lo entiendo, y me parece que mi sentir es compartido. —Se giró hacia el resto, y aunque ninguno dijo nada, en las miradas de varios se hizo evidente el apoyo al cuestionamiento—. Se supone que hemos construido cientos de redes de protección para evitar que algo como esto le ocurriera a cualquiera de nosotros, en especial al Salvador. ¿Cómo es que terminó tan expuesto de esta forma? ¿Dónde falló nuestra protección? O, más bien, ¿quién falló tan estrepitosamente?

    De alguna u otra forma, todos supieron que la atención de todos se centró en Ann al instante. Ésta se mantuvo serena, respirando lentamente, mientras fuera del alcance de la cámara su uñas casi rasgaban el descansabrazos de la silla en la que se encontraba.

    Ann no sólo era la presidente de Thorn Industries, además de la tía y tutora legal de Damien; era la Apóstol asignada a su protección y crianza, un puesto de enorme relevancia en el Plan. Y si el chico había terminado en un peligro como el que describían, era inevitable preguntarse dónde estaba su cuidadora en el momento en el que esto pasó.

    —Eso no es lo importante ahora… —indicó Adrián con firmeza, siendo casi de inmediato interrumpido por Pavel Minsky desde su posición en la video llamada.

    —A mí me parece que es bastante importante —pronunció con un tono que intentaba parecer calmado pese a su marcado y fuerte acento ruso—. El Salvador ha caído en manos de una jodida agencia de seguridad, poniendo en riesgo no sólo su fachada, sino la de toda la Hermandad, sin mencionar de poner en peligro al Gran Plan por completo. Éste es un error imperdonable, y alguien tiene que pagar por él. O varios, si es que hay más de un culpable.

    —Dejémonos de tonterías y seamos claros —soltó Ann de pronto, claramente defensiva—. Si hay algo que quieran decir, tengan el valor suficiente para decirlo de frente.

    —Si gustas confesar algo, querida Ann —añadió Pavel con tono elocuente—, creo que todos estaremos más que encantados de escucharte.

    —¿Confesar? ¿Quieren que confiese algo? —musitó Ann, a una milésima de soltarse riendo—. Les diré lo que tengo que confesar. Todo este teatro es típico de todos ustedes. Se sienten muy seguros y cómodos sentados en sus pequeños tronos, apartados de la línea de fuego y mirando a otro lado cuando las cosas se complican, sólo para alzar la mano y señalar cuando se trata de culpar a alguien más. Ninguno tiene ni la menor idea de lo que está pasando aquí. Ninguno conoce realmente a Damien; la mayoría ni siquiera se ha atrevido a conocerlo en persona y verlo de frente, por el simple miedo que les provoca su sola mención. Pero yo lo he visto a los ojos día a día en los últimos años. Lo he visto crecer, lo he visto madurar y evolucionar. Lo conozco mucho mejor que cualquiera de ustedes, y puedo decirles algo con total seguridad: Damien no es un arma que puedas desenvainar cuando te dé la gana, ni una bestia que puedas encerrar para liberarla sólo cuando la necesitas, ni una joya valiosa que puedes guardar y esconder para mantenerla a salvo. Damien es una fuerza con un potencial de destrucción y cambio imparable, más allá de lo que cualquiera en esta reunión podría llegar a entender; quizás más allá del entendimiento de cualquier ser pensante en la historia. Pero por encima de todo eso, Damien es sólo un muchacho de diecisiete años; rebelde y obstinado como cualquier otro, luchando por encontrar cuál es su verdadero lugar. Y en vez de ayudarlo con todas estas inquietudes, no hicimos más exacerbarlas. Hemos sido todos nosotros, incluyéndome a mí, responsables de que decidiera hacer todo esto que ha estado haciendo. Le ocultamos cosas, le mentimos, lo aislamos, le decimos qué hacer y qué decir, y todo eso solamente pidiéndole que tuviera confianza en lo que nosotros le ordenamos, sin cuestionar…

    —Le pedimos que tuviera fe —le corrigió Lyons tajantemente—. Fe en que todo lo que hacemos cumplirá a un bien mayor, a un Gran Plan que se debe seguir. La fe es el motor que ha movido a esta Hermandad desde sus raíces…

    —Entonces quizás debimos habernos esforzado más para ser dignos de esa fe —sentenció Ann con dureza—. Debimos ser abiertos desde un inicio con él, decirle todo lo que sabíamos, contestarle todas las preguntas que podíamos. De esa forma no se hubiera apartado de nosotros, no hubiera hecho las locuras que hizo, y no estaríamos ahora en esta horrible situación.

    —Sólo intentas tapar con palabras elocuentes la verdad innegable de que fuiste incapaz de controlar al Anticristo —le acusó Tsukiji Otomi con fiereza en su voz—. Se te confió su seguridad y crianza, y el que lo tuvieras siempre de nuestro lado, y fallaste en cada una de esas tareas. Fallaste como tía, como madre, y como Apóstol.

    —¿Piensas que harías un mejor trabajo, Tsukiji? —ironizó Ann—. ¿Por qué no lo intentas? Ven, hazte su protectora, cuídalo, edúcalo y mantenlo “siempre de tu lado”. Veamos qué cualidades maternales tienes para demostrar.

    Antes de que Tsukiji pudiera responder algo, Pavel volvió a intervenir.

    —Ese es justo tu problema, Ann. Siempre has querido ver a ese chico como tu hijo, pero no lo es, y nunca lo será. Y es justo esa visión de madre protectora la que ha impedido que puedas controlarlo, y se haya desatado todo este caos…

    —¡Suficiente! —resonó con poderío la voz de Adrián, seguida justo después por ensordecedor retumbar de su mano contra la superficie de la mesa, que por algún motivo rugió también en las paredes de la sala como si se tratara de un relámpago.

    Todo intento de cualquiera de los otros por decir algo, fue acallado de golpe. Y una vez que los ecos de la voz y el golpe de Adrián se asentaron, todo el sitio se sumió en un profundo y expectante silencio.

    Adrián aguardó unos momentos, y observó a todos para asegurarse de que tenía su atención, pero también para darse el tiempo de darle forma a las palabras en su cabeza. Sin embargo, antes de poder decir cualquier cosa más, una nueva voz, que hasta el momento había permanecido callada, se hizo notar desde los altavoces de la pantalla.

    —La creencia de que cualquiera entre nosotros es capaz de controlar al Anticristo, es una mera ilusión —escucharon todos como mascullaba con calma Amelia Moyez. Su rostro se mostraba totalmente estoico, inmutable ante las discusiones que se suscitaban ante ella—. La Sra. Thorn bien lo dijo: estamos hablando de una fuerza de destrucción y cambio que no podemos contener, mucho menos controlar. Y en algún punto de nuestro largo camino, nos olvidamos de esto, junto con cuál es nuestro propósito aquí. Nos hemos olvidado que nuestra misión es cuidar, enseñar y apoyar al muchacho en su propio camino hacia la grandeza absoluta. Y en especial, hemos olvidado que somos nosotros los que le servimos, y no al revés. Si el Salvador está en peligro en estos momentos, es porque todos aquí le fallamos.

    Las palabras de Amelia eran severas, pero a la vez frías, y calaban tanto como las de una madre que, más que molesta, se percibía decepcionada, lo que te obligaba a bajar la mirada y guardar silencio. Era curiosa la influencia que la persona adecuada, en el momento adecuado, podía llegar a tener entre los que la rodeaban. De todas formas, Adrián agradeció esa intervención de su parte, tan acertada como siempre, para apaciguar lo poco del fuego que podría haber quedado. Aunque, todos sabían que no por eso se había extinguido.

    Una vez que todo volvió a la calma, Adrián habló al fin.

    —Si tanto quieren señalar culpables, o incluso cambiar algunos de los rostros en esta mesa, se hará solamente hasta que el Salvador esté fuera de peligro. Hasta entonces, debemos enfocarnos en decidir cuál será nuestro plan de acción para que esto ocurra, y en nada más. Y el próximo que desvíe la conversación de este único propósito, responderá a mí aquí y ahora. ¿Ha quedado claro?

    De nuevo silencio, aunque éste por sí sólo bastaba para responder su cuestionamiento.

    Quien rompió el silencio fue de nuevo Tsukiji, aunque en su voz se percibía vacilación.

    —Cuando mencionas “decidir nuestro plan de acción”, ¿de qué estamos hablando, Adrián? ¿Qué es lo que deseas que decidamos aquí y ahora con exactitud?

    —¿No es obvio? —musitó Adrián con impaciencia—. La estrategia que habremos de tomar para rescatar al Salvador de las manos de sus captores.

    —¿Te refieres acaso a… sacarlo a la fuerza de esa base militar que mencionaste? —cuestionó Paul Buher, esbozando una media sonrisa incómoda—. ¿Cómo lanzar un ataque con hombres armados, bombas, helicópteros y todo eso…?

    —No nos precipitemos —se apresuró Pavel Minsky a decir, antes de que alguien más dijera algo—. Opino que debemos discutir todas las opciones posibles primero. ¿Hay algún medio más diplomático por el que podamos actuar?

    —Bueno, creo que esa sería más tu área, Sally —indicó Paul, virándose hacia la senadora sentada a su lado—. ¿Hay algo que podrías hacer desde tu posición que pudiera ayudarnos?

    Sally Steel entornó los ojos, y adoptó una postura pensativa.

    —Hasta donde sé, el estatuto legal del DIC es un poco ambiguo. No está claro a quién responde directamente; si a la CIA, a la NSA, o al Secretario de Defensa directamente. Pero cualquiera de esos tres caminos pudiera ser una opción para intervenir en nombre de la familia Thorn, expresando su preocupación por el bienestar de su hijo. Y si no, yo tengo una muy buena relación con Lucas Sinclair, actual director del DIC. Quizás pudiera hablar con él y convencerlo de que todo esto es sólo un malentendido…

    —Eso no servirá —intervino Lyons con pesadez—. El que el DIC se enfrascara tan decididamente a efectuar este operativo en contra Damien, fue en un inicio justo por una vendetta personal de Lucas Sinclair. Una amiga muy cercana de él fue una de las afectadas directamente por las acciones recientes del muchacho, y fue por dicho acto que volvió a estar en su mira. No lo soltará tan fácil. Además, si eligiéramos irnos por el lado más “diplomático” como han dicho, habría que responder bastantes preguntas incómodas. Hasta ahora el DIC sólo considera a Damien un Usuario Psíquico peligroso más, que casualmente pertenece a una familia rica y poderosa. Pero cualquier acción para intervenir a su favor despertará las sospechas de que se trata de algo más.

    —¿Y que un comando armado penetre a la fuerza a una base militar para sacarlo no despertará muchas más sospechas? —señaló Paul con ironía—. No seamos ingenuos. No habrá forma de que el chico pueda volver a recuperar su fachada anterior y seguir con el plan original que teníamos para él luego de esto. Y cualquier acción que hagamos para remediarlo, nos expondrá también a todos nosotros.

    —Es verdad —escucharon de pronto que pronunciaba la voz grave y apagada de Conrad Cox, haciéndose notar por primera vez en la discusión, e inevitablemente jalando la atención de todos—. Quizás sea prudente considerar sobre la mesa alguna otra medida para solventar los daños.

    —¿De qué medida estás hablando exactamente? —cuestionó Ann, un tanto perturbada por el tono sombrío con el que había pronunciado aquello.

    Conrad guardó silencio unos momentos, antes de dejar salir sin más su sugerencia.

    —Según lo que se dice, si el Anticristo muere, su alma simplemente volverá a reencarnar. ¿No es así? —soltó su pregunta al aire, sin esperar realmente alguna respuesta—. Si la identidad y el cuerpo de Damien Thorn han sido comprometidos, quizás lo más prudente sería eliminarlo, y empezar de nuevo.

    —¿Qué cosa? —exclamó Ann, claramente alarmada, por no decir furiosa, por lo que acababa de escuchar—. ¿Estás sugiriendo acaso matarlo? No estás hablando en serio.

    —Si te detienes a pensarlo, es la solución más práctica —explicó Conrad con abrumadora calma—. Y en especial, la que menos nos expondría. Tengo a mi alcance un catálogo variado de venenos efectivos, muchos de ellos desconocidos e indetectable para las agencias de seguridad de Estados Unidos. El lugar de realizar un ataque con decenas de hombres, sólo necesitaríamos infiltrar a uno que pudiera acercársele lo suficiente al muchacho. Si sigue dormido, sería mucho más sencillo administrar el veneno, y sería indoloro para él.

    —No puedo creer lo que estoy escuchando —musitó Ann, indignada—. Después de lo que la Sra. Moyez acababa de decirnos de que nuestra misión es justamente protegerlo, ¿estás seriamente considerando el asesinarlo? ¿Deshacernos del Salvador para quitarnos un problema de encima…?

    —No confunda las cosas, Sra. Thorn —intervino Amelia repentinamente—. Nosotros no somos servidores de Damien Thorn; somos servidores del Anticristo, tenga el nombre y rostro que tenga. Y nuestra labor, y el destino que el Salvador debe cumplir, son mucho más grandes que un sólo cuerpo de carne y hueso.

    Ann se quedó atónita, incapaz de creer lo que escuchaba. Su atención de fijó en la imagen de Adrián en la pantalla, esperando que dijera cualquier cosa para apaciguar esa locura. Sin embargo, el Apóstol Supremo no decía nada. De hecho, por la expresión reflexiva de su rostro, parecía incluso estar sopesando la posibilidad, y eso la hizo sentir enferma.

    —Sin embargo —añadió Amelia repentinamente con tono más moderado—, aunque nos sentáramos a considerar esta posibilidad seriamente, todos sabemos que no hay nada en este mundo que pueda matar al Anticristo… salvo quizás las Dagas de Megido.

    Un ligero rastro de tensión recorrió el rostro de Ann ante esa repentina mención, pero intentó disimularlo.

    —Si es que queremos realmente creer esas viejas habladurías —señaló Pavel, risueño—. Valdría la pena al menos intentarlo, ¿no creen?

    —Si la historia de las Dagas de Megido le parecen “viejas habladurías”, Sr. Minsky, entonces podríamos decir lo mismo de todo en lo que creemos, incluida la posible reencarnación del Anticristo bajo la que se sustenta esta idea —sentenció Amelia con una fría dureza que dejó a Pavel sin habla—. Si están dispuestos a intentar un movimiento tan arriesgado, deberán estar dispuesto a correr con las consecuencias que éste pudiera traer. Tanto si tienen éxito, como si no…

    Todos se tomaron un momento para meditar en dichas consecuencias. Si tenían éxito, perdían a su Anticristo, aferrados sólo a la fe de que rencarnaría, y en la idea de que podrían dar con él de nuevo, y antes de que sus enemigos lo hicieran. Y si no tenían éxito, ya fuera porque en verdad les resultara imposible matarlo o no pudiera acercársele lo suficiente, tendrían ahora que tener fe en que el Salvador entendería sus acciones, y no desataría su ira sobre ellos por siquiera considerar dicho plan.

    Ciertamente, todo se trataba de fe; siempre la fe.

    —Entonces no hay opciones, ¿eh? —indicó Paul, apoyándose por completo contra su silla—. O nos exponemos sacándolo por la fuerza, o nos exponemos intentando intervenir por los medios sugeridos por Sally, o nos exponemos intentando eliminarlo. Y claro, está la posibilidad de dejarlo a la merced de esta gente, sin saber qué desgracia podría traernos eso a la larga. Pero lo importante es que, en cualquiera de los casos, nuestra Hermandad, nuestro Anticristo y nuestra misión quedan arruinadas. ¿Les parece un buen resumen?

    Volteó a mirar a todos los otros, como si esperara genuinamente escuchar sus opiniones. Pero, por supuesto, nadie dijo nada; nadie, excepto…

    —Quizás no tenga que ser así —indicó la voz de Daniel Neff, desquebrajando el silencio con un corte limpio y suave. El mayor había permanecido en silencio durante casi toda la conversación, sólo sentado ahí en su silla, escuchando con su mirada agachada, y tamborileando sus dedos sobre la superficie de la mesa—. Hay una forma en la que podríamos rescatar al Salvador, y de paso eliminar cualquier sospecha que pudiera haber caído sobre él, o sobre nosotros.

    —No me digas —masculló Pavel con tono irónico—. ¿Y cuál es esa solución mágica que sólo hasta ahora se te ha ocurrido compartirnos, amigo Neff?

    El mayor alzó su mirada, contemplando en silencio al hombre ruso en la pantalla por unos instantes. Se giró entonces por toda la sala, hasta centrar su atención en Adrián al otro extremo de la mesa.

    —Eliminar al DIC —soltó de pronto con total normalidad, encogiéndose de hombros.

    —¿Qué? —soltó Paul, acompañado además de una risa—. ¿Eliminar a toda una agencia del gobierno? ¿Y eso es más sencillo que sólo entrar a una base y sacar al muchacho?

    —No dije que fuera sencillo —aclaró Neff, parándose de su silla—. Y en realidad, no lo será en lo absoluto, y requerirá de varios pasos; algunos más delicados que otros. Pero sí es posible. Aunque quizás la palabra “eliminar” no sea la más adecuada. Más bien esto sería más cercano a tomar el control de dicha organización, hasta que todos sus recursos queden por complejo bajo nuestro poder, y ya no representen una amenaza para nosotros, ni para el Anticristo.

    Los demás Apóstoles se observaron en silencio, perplejos pero ciertamente interesados. Incluso Ann que tenía sus reservas con respecto a las intenciones de Daniel, tras haber escuchado las posturas de todos los otros, estaba dispuesta a aceptar cualquier alternativa.

    —Te escuchamos, Neff —indicó Adrián, extendiendo una mano hacia él—. ¿Qué es lo que tienes en mente?

    El mayor se paró derecho, se acomodó sutilmente su uniforme y comenzó entonces a caminar alrededor de la mesa mientras hablaba, quizás en un intento de concentrarse mejor al hablar.

    —Lo primero que tienen que saber es que tenemos varios puntos a nuestro favor en estos momentos —señaló con voz propia de un militar hablándole a sus subordinados, o quizás más un maestro a sus alumnos—. El DIC no sólo no sabe aún la verdadera identidad de Damien, sino que además las personas dentro de dicha organización que saben siquiera que el chico que aprehendieron es el joven heredero de la familia Thorn, o por qué se le buscó en primer lugar, es reducido. Y la gran mayoría de estos están ahí mismo, en el Nido.

    —¿Y tú cómo sabes eso? —cuestionó Lyons con incredulidad, pero Neff lo ignoró y continuó con su explicación.

    —Sin embargo, no podemos confiarnos en que esto duré así por mucho tiempo, así que es importante actuar. Ese ataque a la base del Nido del que tanto han estado hablado durante su plática, deberá suceder, y lo antes posible. Pero mientras su fin principal será en efecto rescatar a Damien y ponerlo a salvo, tendrá que cumplir también con el fin secundario de eliminar a todos y cada uno de los elementos del DIC reunidos en ese sitio… incluido el Dir. Sinclair y su círculo cercano.

    —¿Estás loco? —espetó Lyons, casi sonando espantado—. Con problema y podríamos reunir a los hombres suficientes entre las fuerzas de Armitage para hacer una extracción rápida, no se diga combatir contra todos los cientos de soldados apostados en esa base y todas sus defensas.

    La Hermandad había dedicado mucho tiempo y dinero en armarse de su propio ejército privado, bajo la fachada de empresas militares de defensa como la de Armitage, que Lyons dirigía directamente. Entre estas filas contaban con miles de hombres entrenados, varios de ellos con experiencia en combates reales por todo el mundo; Kurt y los demás guardaespaldas que acompañaban a Damien eran parte de estos. Todos eran, por supuestos, seguidores leales del Anticristo, o al menos lo suficientemente preparados para obedecer sin cuestionar. Su intención era que fueran la fuerza de ataque y protección del Anticristo cuando fuera el momento requerido.

    Sin embargo, desplegar a dichas fuerzas era justo lo que a muchos les preocupaba, pues era muy posible que ligaran a dichos atacantes con Armitage de una u otra forma. Además, muchos de sus operativos estaban dispersos en varios puntos del mundo. Y previendo que la posibilidad de un ataque directo se tomaría en consideración, Lyons ya había revisado los elementos que tenían disponibles en el territorio para uso inmediato. La cantidad era… notoria, pero temía que no suficientes para tomar una base militar entera por su cuenta, menos realizar algo como lo que Neff describía.

    Pero el mayor era también muy consciente de esto. Y, por supuesto, no estaba hablando sólo por hablar.

    —Los hombres de Armitage serán cruciales para esto, en efecto —indicó Neff—. Pero no podrán hacerlo ellos solos. Es por ello que el ataque al Nido deberá ser en dos frentes: un ataque externo, y un ataque interno.

    Aquella última mención captó principalmente la atención de todos los presentes. ¿Una ataque “interno”?

    —Tengo a algunos de mis discípulos infiltrados entre las fuerzas del DIC —informó Neff de pronto, tomando por sorpresa a todos los presentes por igual—. Varios de ellos se encuentran en el Nido, y son los que he me han estado informando del estado actual de Damien.

    —¿Qué cosa? —exclamó Lyons, atónito—. ¿Tienes a gente infiltrada dentro del Nido? —cuestionó con voz grave, con un dejo de enojo dejándose notar entre sus palabras—. ¿Acaso sabías de antemano que esto iba a pasar?

    —No cuándo con exactitud —aclaró el Mayor Neff.

    —¿Pero no podrías acaso haber hecho algo para evitarlo? —inquirió Tsukiji, más curiosa que molesta.

    —No sin comprometer el trabajo que hemos estado realizado. Durante años, he dedicado mucho esfuerzo en preparar e infiltrar a elementos de confianza en cada una de las agencias de seguridad, militares y de inteligencia de este país, con el fin de tener ojos y oídos en cada una, y poder contar con un apoyo interno cuando fuera necesario. Tanto ha sido esta labor, que al día de hoy, nuestra red de influencia se extiende mucho más allá de lo que pueden imaginarse. Estos elementos, como han de suponer, son un bien muy valiosos que podría sernos de utilidad a futuro, cuando el momento llegue. Por tal motivo, no podía simplemente arriesgarlos por cualquier motivo.

    —La seguridad del Anticristo no es “cualquier motivo” —exclamó Ann, algo irritada pero más moderada que Lyons.

    —Si en el momento hubiera visto alguna forma de evitar lo sucedido sin arriesgarnos, les aseguro que lo hubiera hecho —aclaró Neff, notándose bastante sereno pese a los cuestionamientos—. Pero quizás la única explicación que valga es que fui cobarde. Yo también le fallé a Damien, como todos ustedes.

    Agachó su mirada con pesar al comentar aquellas palabras, en un acto de culpabilidad que a algunos les resultaba un tanto falso. E inevitablemente por la mente de varios, incluidos Ann, Lyons, Adrián, o incluso el propio Paul, cruzó una idea que tomaba bastante peso: ¿había acaso dejado que esto ocurriera apropósito? ¿Quería que justamente llegaran a ese punto en donde, al parecer, el único que podía sacarlos de ese embrollo era él…?

    —Por eso ahora estoy dispuesto a arriesgarme para remediarlo —sentenció el mayor con firmeza, alzando de nuevo su mirada—. Activaré a todos los operativos que tengo infiltrados en el Nido al mismo tiempo, para que realicen un ataque desde adentro, desactiven las defensas de la base, y así los hombres de Lyons podrán realizar su ataque simultáneo. Una vez que Damien esté a salvo, ambas fuerzas conjuntas realizarán una limpieza del sitio. Nadie saldrá con vida de esa base, salvo nuestros propios elementos. Nadie sabrá lo que realmente pasó, y nadie sabrá siquiera que Damien estuvo alguna vez ahí.

    —Pero es que… ¿acaso tienes suficientes infiltrados en el DIC como para realizar un ataque como ese? —masculló Lyons, bastante escéptico—. ¿De cuántos elementos estamos hablando?

    Neff lo observó en silencio, su rostro de roca totalmente inmutable y carente de cualquier reacción evidente.

    —Bastantes —fue la corta respuesta del mayor—. Tras el incidente con Mark Thorn de hace cinco años que disparó las alertas del DIC por primera vez, preví que pudieran volverse un problema a futuro, en especial si los poderes del Salvador comenzaban a volverse más grandes, y más evidentes. Así que puse principal énfasis en introducir elementos en dicha organización. Al parecer, mi previsión fue acertada.

    «Esto es inaudito». Los labios de Lyons se movieron, aunque no emitió sonido alguno.

    ¿Había estado haciendo todo eso por su cuenta sin decírselo a nadie más? ¿Cuántos otros discípulos tenía bajo su mano en posiciones de poder y que no les había informado? ¿Qué más acciones había realizado a sus espaldas? Lyons, y de paso también Ann, no podían evitar sentirse totalmente incrédulos de que todo hubiera sido solamente por buenas intenciones. Era justo ese tipo de acciones las que los tenían preocupados, y demostraban también el peso e influencia que Daniel Neff poseía en esa mesa, sin que todos fueran por completo conscientes de eso.

    —Suponiendo que tuvieras razón —exclamó Pavel desde el monitor, con algo de recelo—. Supongamos que pudieran hacer su ataque conjunto, por dentro y por fuera, sacar al muchacho de esa base y matar a todos los testigos… ¿Y luego qué? Algo como esto sin lugar a duda sería investigado hasta por debajo de la última piedra para encontrar a los culpables.

    —En efecto —asintió Neff, girándose hacia la pantalla—. Es por eso que además de nuestros infiltrados, la segunda clave para el éxito de esto es tener un chivo expiatorio.

    —¿Y lo tenemos? —cuestionó Paul, curioso.

    —Sí —respondió Neff sin vacilación alguna—. Su nombre es Charlene McGee, una poderosa Usuaria Psíquica buscada por el DIC desde hace décadas, incluso desde los tiempos del primer DIC disuelto en los ochentas. Está acusada de un sinfín de actos en su contra, y todos dentro de la organización saben de ella, así como que ha pasado años buscando la ubicación del Nido. Y, para nuestra suerte, ella fue también aprehendida esa misma noche, y en estos momentos está también recluida en el Nido.

    —Mucha coincidencia —musitó Lyons, aprensivo.

    —No del todo —señaló Neff—. Parece ser que ella había estado tras Damien días previos al ataque, y estaba presente en el pent-house cuando los hombres del DIC arribaron. De hecho, es probable que haya sido la persona responsable de la explosión, y del daño que Damien sufrió como mencionó Adrián al inicio. Como sea que haya sido, podremos usar esto a nuestro favor. Haremos que los hombres de Armitage se hagan pasar por un grupo radical opositor al DIC, que es bien sabido que Charlene McGee ha tenido contacto con varios de ellos a lo largo de los años. Y su misión aparente sería justamente liberarla a ella, y de esa forma serían los únicos responsables del ataque. Está de más decir que la clave de esto será también la eliminación de esta persona, para atar cualquier cabo suelto.

    —¿Matar a alguien que fue capaz de lastimar al Salvado? —cuestionó Tsukiji con moderada preocupación.

    —Según me han informado, el Dir. Sinclair la tiene en estos momentos cautiva en una celda hecha especialmente para ella. Será fácil llegar a ella y eliminarla sin correr riesgo.

    —Así de simple —musitó Lyons con sarcasmo—. Es demasiado arriesgado. Cualquier error y nos expondremos por completo.

    —Cualquiera de las medidas propuestas en esta mesa implica un riesgo. Yo sólo les propongo una que también es arriesgada, pero el resultado favorable sería recuperar al Anticristo, y cuidar la fachada tanto de éste como de la Hermandad.

    —Sí, pero hay un problema —señaló Sally—. Bueno, varios problemas, pero hay uno que me preocupa en especial. ¿Qué pasa si la investigación que el DIC ejecute posterior al ataque no sigue la teoría de su chivo expiatorio? ¿O si en efecto su investigación de alguna forma los lleva hacia Armitage, a los traidores dentro de su organización, y por consiguiente a nosotros? ¿Tus infiltrados podrán encaminar la investigación hacia esa dirección?

    —Es una duda válida —secundó Paul—. Especialmente si tu intención es también eliminar al director actual de la agencia, e ignoramos a quién van a poner en su lugar.

    —No es así —declaró Neff con firmeza, confundiendo un poco a sus oyentes—. No dejaremos el nombramiento del nuevo director del DIC al azar. Una vez Damien esté asegurado, y Lucas Sinclair y su círculo cercano eliminados, la siguiente parte de este plan implicará colocar a uno de nosotros como el nuevo dirigente de la agencia; yo, específicamente.

    —¿Tú? —exclamó Ann con asombro, casi sin darse cuenta; las palabras prácticamente se habían escapado solas de su boca—. ¿Quieres ser el nuevo director del DIC?

    —Sería la forma más segura de que su investigación vaya en la dirección que deseamos —puntualizó Neff—. Además de también asegurarnos de que no vuelvan a ser un problema en el futuro, y tendríamos además a nuestra disposición sus recursos, que nos podrían ser útiles. Este es un movimiento que estaba planeado a mediano plazo, pero la situación nos fuerza a actuar cuánto antes. He reunido las influencias suficientes para hacer esto posible, y con el apoyo de Sally y sus contactos, dicho movimiento podría consolidarse sin problema.

    Neff hizo una pausa, contempló a cada uno de los rostros que lo miraban, y por último añadió:

    —Ésta es la alternativa que les ofrezco. Y, si me permiten decirlo, es a mi parecer la mejor que tenemos. Y como dije en un inicio, si queremos que tenga éxito es necesario comenzar a movernos hoy mismo si es posible. Así que la vacilación para decidirse no es una opción.

    Miró entonces de nuevo a cada uno, esperando que alguno expresara alguna duda o inquietud con respecto a todo lo que les acababa de recitar. Nadie dijo nada, aunque eso no implicaba que dichas inquietudes no existieran. Sin embargo, la mayoría estaba de acuerdo en su afirmación de que, al menos de momento, era la mejor opción que tenían. Aun así, la atención de todos se centró especialmente en Adrián, a la espera de que él dijera algo.

    El Apóstol Supremo fue consciente de las expectativas puestas en él, pero no fue capaz de dar alguna respuesta inmediata. Tenía sus reservas, aunque no precisamente hacia el plan propuesto, sino a la forma en el que éste había salido a la luz. Era obvio que Neff no había pensado todo esto en sólo unos minutos; todo esto ya lo tenía planeado con bastante anticipación. Y aun así se quedó ahí sentado, observando cómo todos discutían y se peleaban, riéndose por dentro de todos ellos. Incluso ahora, mientras estaba de pie en el extremo contrario de la mesa, mirándolo fijamente con su expresión estoica e inmutable, Adrián sentía que se burlaba de él.

    ¿En verdad había dejado que Damien fuera capturado, sin avisarles ni hacer nada para evitarlo, justo para llegar a este momento como el héroe? Y estaba seguro de que no dudaría en hacérselo saber a Damien cuando estuviera a salvo, junto con el dato de que todos los otros no tenían idea de qué hacer, e incluso habían considerado envenenarlo.

    «Maldita rata» pensó Adrián con una ira reprimida, que lo único que dejó que la exterioriza fue su puño derecho bajo la mesa, apretándose con fuerza hasta casi lastimarse la palma. Pero por más molestia que le causara, tampoco podía negar que su plan era el mejor que tenían disponible.

    —¿En verdad puedes hacer que todo lo que dices ocurra, Daniel? —le cuestionó Adrián con cierta severidad.

    —Estoy seguro de que es posible lograrlo —respondió Neff sin vacilación—. No sugeriría tomar este camino si no estuviera convencido.

    —¿Y estás dispuesto a afrontar tú las consecuencias del fracaso, si ocurriese? —añadió Adrián de pronto, tomando a todos un poco desprevenidos—. ¿Tanto ante nosotros como ante el Salvador?

    El entrecejo de Neff se arrugó ligeramente, mostrando por primera vez lo más cercano a una reacción en su rostro. Mas ésta no era precisamente de enojo o sorpresa, sino más bien algo más cercano a sentirse sumamente intrigado. Y tras unos segundos de aparente cavilación, respondió:

    —Estoy dispuesto. Pero como he dicho, la clave del éxito será la colaboración entre todos nosotros, y el actuar rápido.

    —Estoy de acuerdo —asintió Adrián—. ¿Hay alguien que se oponga a ejecutar el plan propuesto por Daniel?

    La atención vagó entre los demás presentes, pero de nuevo ninguno dijo nada, otorgando su vehemencia con su sólo silencio.

    —Bien —masculló Adrián, virándose de nuevo hacia Neff—, entonces Lyons y tú pónganse manos a la obra cuánto antes. Quiero que esto se lleve a cabo antes de Acción de Gracias, mientras todos nuestros objetivos estén reunidos en el mismo lugar.

    —Sí, por supuesto —murmuró Lyons despacio, sin demasiada convicción.

    —El resto, gracias por atender a nuestro llamado. Estense lo más fuera del radar que puedan hasta que esto se resuelva, pero alerta para cualquier cambio. Y si todo sale bien, nuestra próxima noticia será que el Salvador ha vuelto a salvo con nosotros.

    —Espero que así sea —comentó Pavel con amargura antes de cortar la comunicación.

    Ganbatte Kudasai, mis hermanos —se despidió Tsukiji justo después, inclinando su cuerpo un poco hacia el frente, cortando justo después.

    Conrad y Amelia les siguieron, sin pronunciar ninguna gran despedida. Ann se quedó un rato más, mirando fijamente a la cámara como si quisiera decir algo más. Sin embargo, lo que fuera no podría decirlo en presencia de esas otras personas, así que decidió también irse sin más.

    —Comenzaré los preparativos de mi parte —indicó Neff mientras avanzaba hacia su silla para recoger su abrigo, para luego dirigirse hacia las escaleras—. Te contactaré en unas horas para afinar los demás detalles, Lyons.

    John se limitó sólo a hacer un ademán de su mano como respuesta mientras el militar se alejaba, no muy claro si era algún tipo de gesto de despedida en realidad. Neff subió con paso firme los escalones de acero, haciendo que sus pesadas botas resonaran contra cada uno.

    —Supongo que no querrás jugar esos hoyos después de todo, ¿verdad? —comentó Paul hacia Lyons con sorna, parándose de su silla. La mirada seria del hombre de barba blanca lo decía todo.

    —Gracias por tu gran apoyo —masculló Lyons con molestia—. ¿Qué pensabas al incitar la discordia de esa forma?

    —Oye, alguien tiene que ser la persona que diga lo que otros no se atrevan —contestó Paul con indiferencia, encogiéndose de hombros—. Y como bien dijo Adrián, puede que algunos cambios tengan que venir. Pero lo discutiremos una vez que el Salvador esté a salvo, ¿de acuerdo?

    Culminó su comentario con uno de sus coquetos y molestos guiños de ojo.

    —¿Compartes el ascensor conmigo, Sally? —preguntó el gerente de Thorn Industries mientras se dirigía a la salida.

    —Definitivamente —respondió la senadora rápidamente, tomando su celular justo después y poniéndose de pie—. John, Adrián… si ocupan cualquier cosa en lo que pueda ayudarlos.

    —Eres muy amable, Sally. Gracias —comentó Adrián en voz baja, sin mirarla. Si bien es cierto que no adoptó ninguna postura antagónica durante la discusión, el mantenerse tan neutral y poco participativa tampoco era algo que le hubiera servido de ayuda al Apóstol Supremo. Y aunque las palabras de Adrián sonaban en efecto amables, ciertamente ese disgusto era palpable por debajo de éstas.

    Sally lo percibió, así que prefirió no decir nada más. Sólo asintió una vez como despedida y se si dirigió al elevador con Paul.

    Una vez que ambos se fueron y sólo quedaron Adrián y John, éste último acercó su silla al primero, y a pesar de estar solos le susurró despacio como si temiera que alguien más los oyera.

    —Este imbécil nos va a joder —murmuró Lyons, provocando involuntariamente una sonrisa en los labios de Adrián. Era inusual escuchar a su viejo amigo hablar con tan poca propiedad—. Se las va a arreglar para salir de todo esto como el héroe que salvo al Anticristo, y dejarnos a nosotros como los inútiles que no pudieron cuidar de él. Y se está encargando de dejarlo claro desde este mismo momento.

    —No me dices nada de lo que no me haya dado cuenta yo mismo —soltó Adrián con pesadez—. Pero no tenemos otra opción. Lo primero es recuperar a Damien, y luego preocuparnos por el resto.

    —Esto no me agrada —masculló Lyons, sonando muy cercano a una maldición—. Nos arriesgaremos enormemente para salvar a ese mocoso desagradecido, que muy seguramente ni siquiera aprenderá ni una lección de todo esto.

    —Yo no estaría tan seguro —señaló Adrián con calma—. Olvidas que antes de que todo esto ocurriera él ya había accedido a volver a Chicago. Creo que ya estaba a un paso de recapacitar, y es probable que esta experiencia sí le deje una enseñanza de lo que puede pasar si hace las cosas sin pensar. Y que, al menos de momento, es mucho mejor para él contar con nosotros que estar en nuestra contra.

    Lyons soltó un quejido bajo que bien podría haber sido un vago intento de risa.

    —Tienes demasiada confianza en ese muchacho.

    —No, amigo —le corrigió Adrián, mirándolo de soslayo—. Como tú bien dijiste hace un rato, lo que tengo es fe

    FIN DEL CAPÍTULO 125
    Notas del Autor:

    —Y el plan de la Hermandad se ha puesto en marcha, con sus respectivos problemas. Pero como pueden prever, las cosas se pondrán peligrosas más pronto que tarde. Espero que el capítulo no haya sido demasiado pesado, pero creo que los siguientes serán un poco más tranquilos (de cierta forma). Así que nos vemos muy pronto, si todo sale bien.
     
  6.  
    WingzemonX

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    Resplandor entre Tinieblas
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    Misterio/Suspenso
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    Resplandor entre Tinieblas

    Por
    WingzemonX


    Capítulo 126.
    Haré que valga la pena

    Al mismo tiempo que la reunión de los Apóstoles terminaba en Chicago, los ojos de Verónica se abrían en su habitación de hospital de Los Ángeles, enfocándose ahora sí en el techo sobre su camilla. Tras recuperarse un poco de la desorientación que el cambio de escenario le causaba, comenzó a darle forma a sus pensamientos lo mejor posible.

    Habían ocurrido más cosas en esa reunión de las que se esperaba, y ciertamente Daniel Neff había sido la sorpresa de la tarde. No había previsto que tuviera bajo la manga todo un plan tan detallado para salvar a Damien, y al parecer nadie en la reunión tampoco. Sus intenciones igualmente resultaban evidentes para ella, pero más que preocuparse o molestarse como Adrián, Lyons o Ann, Verónica debía aceptar que se sentía un poco impresionada.

    «Ahora veo porque Argyron siempre habló tan bien de ti» pensó, intentando a su vez imaginar de qué forma el mayor podría llegar a serle útil en un futuro. Algo surgiría, eso lo tenía seguro.

    Sin embargo, de momento había que concentrarse en algo más. Si todo salía tal y cómo Neff había expuesto, la Hermandad estaba a punto de lanzar su ataque al Nido en máximo un par de días. Era algo que había previsto que pasaría, pero no pensó que fuera a ser tan pronto, o que estuvieran tan preparados como para que dicho ataque barriera con toda la base entera. Eso la obligaría a moverse más rápido de lo que se esperaba. Aunque claro, tenía la pequeña desventaja de que la condición actual de su cuerpo le impedía en realidad hacer muchas cosas fuera de esa camilla.

    «Creo que tendré que despertar más pronto de lo esperado a mi nueva amiga» se dijo a sí misma. Pero antes de hacer cualquier cosa, tendría que hacer una pequeña excursión de reconocimiento para ver cuál era la situación real, y en especial qué opciones tenía disponibles.

    Pasó entonces a moverse lentamente por la camilla hasta sentarse en la orilla. El dolor de sus heridas punzaba un poco con cada movimiento, pero sabía bien cómo lidiar con él. Se puso de pie con cuidado, y se dirigió cojeando hacia su silla de ruedas. Lo más complicado fue acomodar el suero al que aún la tenían conectada en el gancho de la silla, pero nada del otro mundo.

    Quizás estaba un poco limitada de momento, pero nunca lo estaría del todo.

    — — — —
    A media tarde, los detectives Samantha Hills y Arnold Stuart arribaron al Hospital Saint John's para darle seguimiento a uno de sus casos; uno en particular que al Det. Stuart lo tenía intrigado desde hacía dos noches, cuando había encontrado a aquella mujer inconsciente a la orilla del río, gravemente herida pero al menos respirando aún; apenas. Estaban a la espera de que despertara y pudiera darles más detalle de su atacante, o atacantes, y de cómo había terminado en esas condiciones. Sin embargo, para ese momento la mujer seguía sin despertar.

    El doctor encargado de la misteriosa paciente, un hombre bajo de tez morena y gruesos anteojos cuadrados, los recibió con gusto en cuanto llegaron, y los encaminó hacia el área de cuidados intensivos, en donde en esos momentos la mujer seguía reposando.

    —Como les dije por teléfono, detectives, su desconocida no ha presentado ningún cambio en su estado —les informaba el médico con tono afable, aunque algo cansado, mientras ingresaba por las puertas del área de cuidados intensivos. Los dos oficiales de policía lo seguían de cerca—. Le extrajimos las balas, que ya deben estar camino a su laboratorio, y sus heridas fueron tratadas lo mejor que pudimos. De momento se encuentra fuera de peligro, pero la verdad es todo lo que podemos hacer por ella de momento.

    Los tres avanzaron entre las dos filas de camillas, la mayoría desocupadas en esos momentos, hasta colocarse delante de la tercera del lado derecho. Ésta se encontraba ocupada por la persona en cuestión, una mujer joven, de rostro delgado y facciones finas, de piel pálida como nieve, con algunos lunares notables adornándola. A pesar de llevar al menos dos días inconsciente, sus cabellos castaños rojizos se veían brillantes y acomodados, casi como si alguien se hubiera tomado la molestia de lavarla y peinarla recientemente.

    El médico encargado tomó de los pies de la camilla el expediente y lo hojeó de manera rápida para ver si acaso había algún dato nuevo que se le hubiera pasado. Sin embargo, no lo había; todo seguía siendo casi igual al último vistazo que había dado la noche anterior.

    —No sabría asegurarles cuánto tiempo le tomará despertar —suspiró el doctor, colocando de nuevo el expediente en su sitio—, o si lo hará siquiera. Si sigue sin reaccionar, tendremos que trasladarla a un área de cuidados más especializados.

    La Det. Hills se aproximó a un costado de la camilla, para poder contemplar más de cerca el rostro de aquella mujer, plácido y tranquilo, sin ninguna señal de dolor o incomodidad. De hecho sus mejillas presentaban un rubor natural saludable, al igual que el llamativo rosado de sus labios, que no se veían para nada resecos o agrietados. Si no fuera por sus ojos cerrados, los vendajes que envolvían su cabeza y brazo, y todos los aparatos que tenía conectados, uno creería a primera vista que se encontraba totalmente sana.

    —Pobre chica —masculló Samantha en voz baja para sí misma.

    Samantha Hills tenía ya para esos momentos casi quince años de experiencia como detective de la Policía de Los Ángeles. Aquella desconocida no era ni de cerca la primera víctima con la que le tocaba lidiar; viva, muerta, mujer, hombre, encontrada a la orilla del río, habitación de hotel, portaequipaje de un vehículo… No creía haberlo visto todo en absoluto (y cada nuevo caso parecía de alguna forma confirmarlo), pero sí lo suficiente. Y, aun así, había algo en aquella mujer que le causaba desde la otra noche una opresión en el pecho de congoja cada vez que la veía. Casi como si sintiera personal el verla en ese estado, como si fuera su hija o su hermana, y no una completa extraña.

    No podía decir con seguridad por qué sentía eso, y quería convencerse a sí misma de que no era tan superficial como para que fuera sólo por lo bonita que era; casi como una hermosa muñeca hecha con las delicadas y cuidadosas manos de un artesano. Una hermosura que le parecía ciertamente irreal. Pero encima de eso, era por mucho una chica fuerte. Recibir esos disparos, ese horrible golpe en la cabeza, caer al agua, y aún así salir de ahí con vida… Era una muestra impresionante de su deseo por vivir.

    ¿De dónde había venido? ¿Quién era en realidad? ¿Quién la odiaba tanto como para hacerle eso? Todas esas eran preguntas que Samantha quería de alguna forma resolver, y deseaba con una intensidad casi desbordada que abriera sus ojos y poder preguntárselo directamente; escuchar al menos una vez cómo sonaba su voz.

    —¿Qué arrojaron los análisis? —escuchó de pronto que la voz de su compañero preguntaba con seriedad, sacándola de golpe de su ensimismamiento. Samantha apartó la mirada, se talló discretamente un ojo con sus dedos, y se dirigió de regreso a lado de Arnold.

    —El examen de agresión sexual salió negativo —le respondió el médico—. Claro que el agua podría haberse llevado mucha de la evidencia, pero no presenta ninguna laceración, hematoma o algún otro signo esperado. De hecho, no presentó ninguna herida adicional a los disparos y el golpe en la cabeza al caer al canal.

    —¿Y el examen toxicológico? —preguntó el Det. Stuart un tanto impaciente—. ¿Encontraron algo en su sangre?

    El médico pareció ponerse un poco tenso al oír esa pregunta. Carraspeó un poco, y luego intentó responder con la mayor naturalidad posible.

    —Están en proceso. Tuve que pedir que los realizaran una vez más.

    Aquello dejó un tanto perplejos a los dos oficiales.

    —¿Por qué? —inquirió Samantha, cruzándose de brazos.

    —Nada de cuidado. Es sólo que los primeros análisis de sangre arrojaron valores… anormales en varios parámetros; bastante anormales —recalcó—. Además de saturación de una sustancia desconocida, igual en niveles que no podrían ser posibles, sea lo que fuera ésta. Muy probablemente se trató de algún error en el laboratorio —se apresuró a aclarar antes de que alguno pensara siquiera en preguntar algo más—. No es usual que pase, pero tristemente no es algo que se pueda evitar por completo. Pedí que se hicieran una segunda vez. Si vuelven hoy en la noche, de seguro ya estarán listos.

    Samantha y Arnold se miraron el uno al otro en silencio. Sus ojos por sí solos le indicaron al otro que aquello les resultaba extraño, por decirlo menos. Pero tampoco tenían motivo para dudar de la palabra del doctor, mucho menos para cuestionarle más al respecto. Así que sólo les quedaba confiar.

    —Supongo que volveremos más tarde, entonces —indicó Arnold con resignación—. Gracias por su tiempo, doctor —dijo justo después, extendiendo su mano hacia él.

    —Encantado de ayudar como siempre —le contestó el médico, estrechándole firmemente su mano—. Si me disculpan, debo atender a más pacientes.

    Ambos detectives lo despidieron con un ligero ademán de sus cabezas, y el doctor se dirigió con paso veloz hacia la puerta.

    Los oficiales permanecieron un rato más de pie frente a la camilla, contemplando a su ocupante en silencio, casi como esperando que el deseo de Samantha se cumpliera y en cualquier momento abriera sus ojos y les hablara. Aquello, por supuesto, no pasó. Y tras unos minutos, o quizás menos, ambos se dirigieron a la puerta sin necesidad de indicarle al otro que era tiempo de irse.

    —¿Balística ya comparó si las balas en el cuerpo de esta chica concuerdan con las de la otra mujer muerta en la bodega? —preguntó Arnold en voz baja mientras caminaban.

    —No he recibido su informe —respondió Samantha, negando con la cabeza—. ¿Sigues pensando que ambos casos están conectados?

    —Llámalo una corazonada.

    La Det. Hills sonrió, divertida. Las corazonadas de su compañero solían dar en el clavo una de tres veces, pero eso no le impedía seguir cada una como un gato al punto rojo del láser, esperando que lo llevaran a algo. Y para bien o para mal, era ella a quien le tocaba acompañarlo en cada una de sus búsquedas.

    En cuanto atravesaron las puertas del área de cuidados intensivos, doblaron a la derecha para dirigirse hacia el vestíbulo. Sin embargo, habían dado apenas unos tres pasos cuando escucharon una voz a sus espaldas:

    —Detectives —pronunció con tono animado, obligando que ambos se detuvieran y se giraran en sincronía hacia atrás. Miraron entonces a una joven de cabellos rubios quebrados, aproximándose hacia ellos sobre una silla de ruedas que ella hacía avanzar lentamente con sus manos—. Qué sorpresa verlos por aquí —dijo aquella joven, esbozando una amplia y despreocupada sonrisa—. ¿Me estaban buscando, acaso?

    Su cabello estaba algo desalineado, su rostro un poco pálido, y sus ojos mostraban unas discretas ojeras por debajo de ellas. Aun así, ciertamente les resultó familiar desde el primer vistazo, pero sólo cuando estacionó su silla de ruedas a un par de metros de ellos, Arnold logró identificarla con certeza.

    —Tú eres… la asistente del joven Thorn —murmuró el Det. Stuart, señalándole—. No, corrijo. La asistente de su tía, ¿no?

    Ese pedazo de información era justo el que le faltaba a Samantha para también identificarla. Era la joven que estaba en ese pent-house en donde dos desconocidos habían ingresado por la fuerza hace dos días. Ella estaba ahí con aquel chico, Damien Thorn, cuando ambos fueron a interrogarlo sobre el allanamiento. Samantha recordaba sobre todo que aquel muchacho había sido un tanto grosero con ella. Aunque claro, era difícil que aquello no fuera opacado por el hecho de que Andy Woodhouse en persona se había presentado también en aquel sitio de la nada.

    Definitivamente había sido un día fuera de lo común.

    —Qué buena memoria, detective —indicó la joven de la silla de ruedas, asintiendo—. Pero si vienen a hacerme alguna pregunta sobre el ataque, ya di mi declaración completa a los otros oficiales, y no creo tener algo más que añadir. ¿O es que tienen alguna novedad?

    —No, lo sentimos, señorita… —se apresuró a responder Samantha, quedándose a la mitad de su explicación al no recordar su nombre, si es que acaso se los había dado en aquel entonces.

    —Selvaggio —indicó la joven rápidamente—. Verónica Selvaggio.

    —Srta. Selvaggio —pronunció la Det. Hills con mayor seguridad—. La verdad es que estamos aquí por otro asunto. Pero escuchamos lo ocurrido.

    Era difícil no hacerlo. La extraña explosión ocurrida en el pent-house del edificio Monarch esa misma noche de hace dos días, había sido una noticia demasiado sonada por toda la ciudad. Y Arnold en particular no había soltado el tema en todo ese tiempo.

    —¿Se encuentra bien? —añadió Samantha, sonando sincera.

    Verónica le sonrió con sosiego, sus labios rojizos resaltaban en la palidez de su rostro.

    —Bueno, lo más bien que se puede estar luego de recibir un disparo y que una varilla de acero te atraviese la pierna —bromeó divertida, encogiéndose además de hombros—. Pero sí, estoy bien. Recuperándome.

    —Nos alegra escucharlo —expresó Samantha, y se dispuso al momento a disculparse para que se retiraran de una vez. Sin embargo, Arnold se adelantó a hablar primero; justo lo que intentaba evitar.

    —Es una pena que haya tenido que estar presente cuando eso ocurrió —masculló el Det. Stuart, en un tono que no dejaba claro si era una afirmación, o algún tipo de pregunta disfrazada.

    —Mala suerte, diría yo —respondió Verónica con tono relajado.

    —¿Y el chico Thorn? —preguntó Arnold justo después—. Entiendo que él no estaba.

    —Oh, no —contestó Verónica, negando rápidamente con la cabeza—. Gracias a Dios no. Él ya estaba en ese momento camino de regreso a Chicago.

    —¿Y usted no iba con él? —preguntó Arnold, sintiéndose en ese punto ya algo insistente.

    —Esa era la idea, pero me atrasé con algunos asuntos —respondió Verónica con tranquilidad, encogiéndose de hombros—. ¿Acaso me está interrogando, detective? Porque me dijeron que no hablara con la policía sin un abogado de Thorn Industries presente. Por seguridad, usted sabe.

    —Lo entendemos —se apresuró Samantha a intervenir, dando un paso al frente antes de que su compañero prosiguiera—. Y disculpe las molestias, Srta. Selvaggio. —Sacó en ese momento de su bolsillo una de sus tarjetas, y se la extendió a la joven en la silla de ruedas—. Si podemos ayudarle en cualquier cosa, no dude en llamarme. ¿De acuerdo?

    —Muchas gracias, detective —agradeció Verónica, tomando la tarjeta entre sus dedos, y después le sonrió con gentileza.

    —Si nos disculpa —murmulló la Det. Hills justo después, y al momento tomó a su compañero del brazo y prácticamente comenzó a jalarlo a la salida.

    Mientras se alejaban, Verónica los despidió desde su silla, agitando lentamente una mano en el aire.

    —¿Qué te pasa? —le reprendió Samantha a Arnold, una vez que estuvieron lo suficientemente lejos—. Ese ya no es nuestro caso, y lo sabes.

    —Y hace que te preguntes el porqué, ¿no crees? —le respondió Arnold con reticencia.

    Samantha suspiró, un tanto cansada, y un tanto más resignada.

    —¿Acaso también crees que esa explosión tuvo que ver con los otros dos casos?

    —No dije eso —murmuró Arnold entre dientes, no sintiéndose del todo sincero—. Sólo que pasaron muchas cosas raras ese día.

    —Ya hablamos de eso, ¿recuerdas? Son los Ángeles, Det. Stuart; pasan cosas raras todo el tiempo.

    Ambos salieron por las puertas automáticas del vestíbulo principal, siendo recibidos por el sol de la tarde, intenso y brillante, pero el clima fresco lo compensaba un poco.

    —Deja tus conspiraciones por un segundo y mejor dime qué planes tienes para Acción de Gracias —propuso Samantha de pronto, más que deseosa de cambiar de tema.

    Arnold soltó una risilla irónica antes de dar su respuesta.

    —¿Además de ir al bar, beber y ver el juego como siempre? Nada en especial. ¿Por qué la pregunta? ¿Piensas invitarme a cenar?

    —Lo dices como si fuera una horrible alternativa —masculló Samantha con tono de ofensa. Ambos ya se estaban encaminando por el estacionamiento hacia su vehículo.

    —No es eso, sólo que sabes que yo y tus pequeños no nos llevamos muy bien…

    La Det. Hills no pudo evitar reírse divertida. Arnold Stuart era una persona curiosa que acostumbraba cuestionar a todo el mundo sobre casi cualquier cosa, pero se portaba evasivo cuando era él quien tenía que responder preguntas; en especial si estás venían de un niño de ocho y un niña de diez, y rozaban tan peligrosamente el terreno de lo personal como sólo un niño sin demasiados filtros podía atreverse. Samantha debía reconocer que resultaba divertido ver a su enorme compañero, cuya apariencia por sí sola bastaba para intimidar hasta los pandilleros más aguerridos, siendo intimidado por dos pequeños

    —Supéralo, Arnold —señaló Samantha, dándole un par de palmadas en su brazo—. Además, estás de suerte pues Richard los tendrá toda la semana, y se los llevará a Flagstaff. Así que seríamos sólo tú, yo… —Hizo una pequeña pausa, carraspeó un poco, y sólo volvió a hablar cuando ambos se encontraban en lados opuestos del vehículo—. Y Minerva…

    Arnold volteó a verla rápidamente por encima del techo del auto. Sus ojos se abrieron grandes, casi como los de un animal espantado preparándose para correr.

    —¿Tu hermana? —exclamó con más fuerza de la necesaria. Por supuesto no era una pregunta real; él sabía bien de quién le hablaba—. No, Sam. No otra vez.

    —Tranquilo —musitó Samantha entre risas—. Actúas como si te hubiera arrollado con el auto o algo. Sólo fue una cita, y según ella no salió tan mal como tú dices. Anda, sin ti, se me quedará todo el pavo guardado hasta Navidad.

    Samantha hizo una nada sutil cara de inocente suplica, que muy poco pegaba con ella como bien Arnold sabía. Éste suspiró con pesadez y miró a su alrededor, como si en verdad estuviera buscando la mejor ruta de escape posible.

    —Haré también ese puré que tanto te gusta —murmulló Samantha con tono juguetón.

    —Lo pensaré, ¿de acuerdo? —respondió Arnold algo resignado, abriendo justo después la puerta de su lado para meterse al auto—. Pero nada de dejarnos solos, ni que me pidas llevarla a su casa cuando termine la cena, ni nada parecido.

    —¿Por quién me tomas? —masculló Samantha entre risas, subiéndose también en el asiento del conductor.

    El vehículo se dirigió a la salida del estacionamiento unos minutos después.

    — — — —
    Cuando los detectives la dejaron, Verónica se dirigió hacia el interior del área de cuidados intensivos, como era su plan original. Intentó ser lo más discreta que una chica en sillas de ruedas podía ser. Su Señor debía estarla cuidando, pues sólo se cruzó con una enfermera en su trayecto, pero ésta parecía tener algo mucho más importante que hacer pues prácticamente la pasó de largo sin cuestionarle si debería estar ahí o no.

    Guió entonces su silla hacia la tercera camilla a la derecha, la misma que los detectives Stuart y Hills habían ido a visitar hace unos momentos. Su ocupante, por supuesto, continuaba en el mismo estado de inconsciencia. Verónica se colocó justo a un lado de la camilla, e inclinó su cuerpo al frente, lo más que su herida le permitió, para echarle un vistazo al rostro dormido de la hermosa Mabel, alias la Doncella del una vez temido, aunque poco conocido, Nudo Verdadero.

    Fue una sorpresa el encontrarla en ese sitio; ni siquiera esperaba que siguiera con vida. Y, viendo las heridas que le cubrían el cuerpo, su suposición no estaba tan desacertada. Al parecer la Doncella se encontraba más fuerte de lo que pensaba. De seguro el vapor que Damien le había dado recientemente tuvo algo que ver. Aun así, evidentemente no había sido suficiente para evitar que entrara en ese estado comatoso. Y aunque no se consideraba del todo conocedora de cómo era la anatomía de estas criaturas no humanas en particular, dudaba que hubiera algo que la medicina de ese sitio pudiera hacer para ayudarle.

    Lo único que podría darle el empujón suficiente para levantarla de esa camilla, era una dosis de vapor. Pero tendría que ser más directo que los vagos rastros que de seguro flotaban en el aire de ese sitio, cortesía de la gente muriendo o sufriendo de dolor de ese hospital, y que muy seguramente eran los culpables de ese envidiable rubor que le coloreaba las mejillas, pero que no haría mucho más por ella.

    ¿Quedaría alguno de los cilindros que Damien tenía? Lo dudaba. Le parecía que Mabel se había llevado el último cuando se fue del pent-house para buscar a Samara. Así que si la quería de pie pronto, tendría que obtener esa dosis de vapor de alguna otra parte. Y tendría que ser lo más pronto posible, pues mientras más tiempo pasara ahí más probable era que los médicos se dieran cuenta de que estaban lidiando con alguien, o algo, muy lejos de ser común.

    Pero, ¿valdría la pena arriesgarse tanto? Era cierto que necesitaba a alguien que cuidara sus intereses en Maine mientras se recuperaba, pero esta mujer no era del todo confiable. Pero tenía dos cosas a su favor: primero, Verónica tenía algo que ofrecerle para que el trabajar con ella le resultara al menos tentador. Y segundo, la Doncella ahora estaba totalmente sola, y una persona sola se podría volver desesperada.

    Como fuera, primero tendría que pensar de dónde sacar el vapor, y luego preocuparse si el riesgo lo valía o no.

    Pensativa, y algo frustrada, dirigió su silla de nuevo de regreso al pasillo, y posteriormente se encaminó hacia los elevadores. En el camino, sin embargo, cruzó justo enfrente de uno de los módulos de las enfermeras, donde un chico con chaqueta de paramédico se encontraba al parecer firmando unos formularios.

    Verónica se detuvo unos instantes y contempló a aquella persona desde la distancia. Le parecía conocido. Era alto y joven, quizás un poco más de veinte años. Piel morena, cabello negro corto; latino, si no se equivocaba. ¿De dónde lo conocía?

    El chico terminó de firmar los papeles y se los extendió junto con la pluma a una de las enfermeras. Intercambió unas cuantas palabras con ella que Verónica no alcanzó a escuchar. Ambos se sonrieron, y luego soltaron una risa, con el volumen moderado considerando el lugar en el que estaban. El joven paramédico se despidió, y entonces avanzó en dirección a Verónica. Cuando estuvo a unos cuantos pasos de ella, supo al instante de dónde lo conocía. Y, cuando los ojos de él se posaron en ella a su vez, fue evidente que él también la había reconocido.

    —Hey, hola —dijo el joven paramédico, esbozando una luminosa sonrisa.

    —Hola —murmuró Verónica despacio, acercando un poco más su silla hacia él—. Yo te conozco, ¿cierto? Eres el paramédico que me atendió afuera del edificio la otra noche.

    —Sí —asintió el joven—. Bueno, uno de ellos, sí.

    —Muchas gracias —murmuró Verónica, sonriéndole de regreso—. Salvaste mi vida.

    —No, claro que no —murmuró el paramédico, claramente apenado—. Yo sólo…

    —Acepta el agradecimiento, ¿quieres? —rio la mujer en la silla de ruedas, y justo después le extendió una mano a modo de saludo—. Soy Verónica.

    —Miguel, encantado —le respondió el muchacho, estrechándole la mano que le extendía, aunque cuidado de no ejercer demasiada fuerza.

    En cuanto sus manos se tocaron, Verónica lo percibió claramente. Era poco, apenas lo suficiente para ser perceptible… pero podría ser suficiente para lo que necesitaba.

    —¿Cómo te estás sintiendo? —preguntó el paramédico Miguel con genuino interés.

    —Un poco mejor —respondió Verónica, encogiéndose de hombros. Su semblante se tornó serio de pronto—. Tú… atendiste también a ese otro hombre, ¿cierto? El que murió en la ambulancia.

    Aquella repentina mención pareció poner notablemente nervioso a Miguel, o quizás más incómodo que otra cosa.

    —Sí, yo… —balbuceó mirando en otra dirección—. No sabía que él había sido el responsable de aquello, o que te había atacado.

    Verónica sonrió levemente. Así que esa versión de los hechos ya se había esparcido; eso le complacía.

    —¿Hubiera cambiado algo si lo supieras? —inquirió Verónica con tono de complicidad—. Era tu deber intentar salvarlo, ¿cierto? Y pareces ser alguien que nunca haría a un lado su deber, sin importar de quién se tratase.

    —Sí, supongo que es cierto —musitó Miguel en voz baja. No parecía ser que dudara de la veracidad de la afirmación, sino más bien le daba pena admitirlo frente a ella, temeroso de que aquello la pudiera molestar de alguna forma.

    «Si supieras…» pensó Verónica, divertida por dentro como una niña que hizo una travesura por la que terminan culpando a su hermanito.

    —¿Te dijo algo? —le preguntó de pronto, tomando un poco por sorpresa al paramédico.

    —¿Cómo qué?

    —No sé —respondió Verónica, encogiéndose de hombros—. Todo lo que pasó es muy confuso para mí. Ni siquiera estoy segura de por qué ese hombre hizo todo eso. Sólo pensé que quizás te habría dicho algo que lo aclarara todo un poco.

    Miguel vaciló. Intentó disimularlo, y quizás a una persona común esto hubiera pasado desapercibido. Pero para el ojo observador de Verónica, fue claro que sí había algo que le cruzaba por la cabeza, pero no estaba muy convencido de compartirlo. Y tras unos segundos de meditación, su elección fue en efecto guardárselo.

    —Nada, lo siento. Sólo desvariaba, pero no decía nada… con sentido.

    Verónica asintió y sonrió, sabiendo con total certeza que mentía. Desconocía qué clase de “desvaríos” eran los que Jaime había compartido con él, pero podía imaginarlos, y le preocupaba un poco. En especial si entre ellos se incluía la palabra “Anticristo” o el nombre de “Damien Thorn”.

    —Tengo que irme, lo siento —se disculpó Miguel de pronto, señalando en dirección a la salida.

    —Sí, descuida —musitó Verónica, haciendo su silla a un lado para abrirle el paso. Sin embargo, Miguel apenas y dio un par de pasos antes de que le hablara de nuevo—. Pero, oye… ¿Qué harás hoy en la noche?

    Miguel se detuvo y se giró hacia ella, un tanto confundido.

    —¿Perdón?

    Verónica aproximó su silla de nuevo hacia el joven paramédico, con movimientos de sus manos sobre las ruedas que se sentían incluso tímidos.

    —La verdad es que… me he sentido muy sola —susurró la joven italiana, agachando su mirada con vergüenza—. No soy de aquí, y no conozco a nadie en realidad. Fuera de abogados y la policía, nadie más ha venido a verme; ni siquiera mi madre ha podido desocuparse de su trabajo lo suficiente como para tomar un avión y venir a visitarme. Y tú en verdad me pareces un chico lindo. Sólo pensaba que, quizás, sería agradable pasar el rato con…

    Hizo una pausa, y desvió su rostro ruborizado hacia un lado, cubriéndose la boca con una mano.

    —Olvídalo, es una tontería —comentó de pronto, haciendo girar la silla rápidamente—. No me hagas caso.

    —No, no, está bien —pronunció Miguel rápidamente, avanzando con apuro hasta colocarse a su lado antes de que se fuera. Verónica detuvo su huida, volteando a verlo desde abajo con mirada reservada—. Yo… hoy termino mi turno a las ocho —le informó el paramédico, sonriéndole nervioso—. Puedo pasar quizás a esa hora o a las nueve. Podríamos charlar, o bajar a comer algo a la cafetería, si quieres.

    Verónica sonrió dulcemente, y su rostro se suavizó un poco.

    —¿Te dejarán entrar fuera del horario de visitas?

    —Conozco a varias personas aquí —contestó Miguel con tono confiado—. Puede arreglarse.

    —Muchas gracias —exclamó Verónica, visiblemente encantada—. En verdad eres un buen chico, Miguel…

    La joven aproximó sólo un poco más su silla a él, pero esos escasos centímetros resultaban quizás ya ser demasiados. Y antes de que Miguel lograra reaccionar o decir algo más, notó que algo en la mirada de aquella chica cambiaba. En general la dulzura y agradecimiento seguían presentes, pero detrás de esos ojos claros, revoloteaba una chispa ladina, casi seductora, con la que Miguel debía aceptar no estaba del todo acostumbrado. Pero que aun así, lo tuvo lo suficientemente cautivado para que se quedara quieto, sin desviar su mirada en ninguna otra dirección que no fuera en la que se encontraba el delgado y sonrosado rostro de ella.

    —Yo… te aseguro que haré… que valga la pena —susurró Verónica muy despacio, únicamente para los oídos del chico delante de ella. Miguel sintió de pronto una de sus manos sobre su brazo; no supo en qué momento la había colocado ahí, pero sí que sintió como las yemas de sus dedos se deslizaban por su piel, llegando a su mano, y saltando discretamente de está a su cintura, y luego bajando lentamente por el costado de su pantalón—. Quizás esté herida, pero… hay varias cosas que puedo hacer por ti, sin necesidad de levantarme de esta silla…

    Miguel se quedó totalmente mudo, escuchando el sonido de su propio corazón retumbando en sus oídos. No lo había notado en un inicio, debido a su evidente estado actual. Sin embargo, de un momento a otro no pudo evitar reparar en lo singularmente atractiva que era aquella muchacha. No era precisamente una belleza convencional como las chicas que a Miguel le solían gustar, pero… había algo en sus ojos y en la forma tan específica de su sonrisa que simplemente lo flechó. Y el roce de sus dedos, aunque fuera a través de la tela de su ropa, lo hizo estremecerse como si lo hiciera directo contra su piel desnuda.

    Se quedó tan embobado con todo esto, que sólo reaccionó hasta que sintió que los dedos que bajaban por su pantalón se retiraron abruptamente. Notó entonces que Verónica sujetaba ahora entre sus dedos su teléfono, mismo que hasta hace un segundo traía guardado en su bolsillo izquierdo, apenas sobresaliendo un poco de éste, pero lo suficiente para que Verónica lo tomara y lo retirara sin mucho problema.

    La chica en la silla de ruedas le ofreció una discreta mirada coqueta, antes de voltearse hacia la pantalla de su teléfono y comenzar a mover sus pulgares sobre ésta, evidentemente escribiendo algo en ella. Miguel sintió el impulso de preguntarle qué hacía, pero su mente estaba tan aletargada todavía que ninguna palabra surgió de su boca, y en su lugar solamente permaneció en silencio, observándola como una obediente mascota.

    —Mi número —indicó Verónica, extendiéndole el teléfono de vuelta una vez que terminó. Desconcertado, Miguel tomó de nuevo el teléfono y lo revisó. La pantalla desplegaba la lista de contactos, en la cual había uno nuevo bajo el nombre de V. S.

    —¿Cómo lo desbloqueaste? —fue la primera pregunta que logró articular de alguna forma, aunque no por ello resultaba la más relevante. Como fuera, Verónica no le respondió, y se limitó a simplemente guiñarle un ojo.

    —¿Hasta la noche? —comentó tras unos segundos, a lo que Miguel sólo pudo responderle con una afirmación:

    —Hasta la noche…

    Con su cabeza dando vueltas, y con una presión bajo su pantalón que había surgido repentinamente y resultaba difícil de pasar por alto, Miguel se dio media vuelta y comenzó a caminar hacia la salida, andando por un rato como zombi sin un rumbo fijo. Verónica lo contempló mientras se alejaba, sin borrar la sonrisa astuta de su rostro.

    Era en verdad un buen chico, pero un chico al final de cuentas. Y Verónica había aprendido muy bien cómo leerlos y manejarlos; desde luego, mucho antes de que “Verónica” fuera su nombre.

    FIN DEL CAPÍTULO 126
    Notas del Autor:

    —Los detectives Samantha Hills y Arnold Stuart son personajes originales no basados en ningún personaje ya existente. Estos ya habían aparecido anteriormente, primero en el Capítulo 105 interrogando a Damien, y posteriormente en el Capítulo 113, sacando a Mabel inconsciente del canal.

    —El paramédico Miguel es también un personaje original no basado en ningún personaje ya existente. Ésta ya había aparecido anteriormente en el Capítulo 112 atendiendo a Jaime y posteriormente a Verónica.
     
  7.  
    WingzemonX

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    Título:
    Resplandor entre Tinieblas
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    Género:
    Misterio/Suspenso
    Total de capítulos:
    131
     
    Palabras:
    8023
    Resplandor entre Tinieblas

    Por
    WingzemonX


    Capítulo 127.
    Primera Cita

    Matilda y Cole habían pactado verse a las ocho, pero la psiquiatra había comenzado a arreglarse desde dos horas antes, empezando por darse una larga ducha. Había aprovechado gran parte de la tarde para descansar, que bien le hacía falta, y por unos momentos la cita (aún no se hacía la idea de llamarla así) prácticamente se le había borrado de la memoria. Sin embargo, eso no duró mucho, y en cuanto lo consideró prudente se puso manos a la obra. No era la clase de persona que le gustaba estar mucho tiempo sin hacer nada, en especial cuando tenía algo que hacer próximamente.

    Una vez que salió de la ducha, se dirigió envuelta en su bata de baño hacia su habitación, en donde en compañía de la mirada curiosa de Samara comenzó rápidamente a secarse el cabello, mientras intentaba elegir qué atuendo se pondría. Había tenido toda la tarde para hacerlo, pero no lo consideró algo tan relevante hasta ese momento.

    Mientras con una mano pasaba distraídamente el secador por su cabello, y con la otra esculcaba entre las prendas colgadas en el armario, Samara la observaba desde la cama, recostada sobre su vientre, y su barbilla apoyada contra sus brazos cruzados. Matilda se había acostumbrado bastante rápido a la presencia de la niña, casi como si siempre hubieran estado juntas en esa casa, o compartiendo esa habitación; como dos viejas amigas, o como dos hermanas que se conocían de toda la vida.

    Samara se mostró especialmente interesada en el momento en el que Matilda le informó que saldría con Cole esa noche.

    —¿Puedo ir también? —fue lo primero que preguntó al instante, causando un par de miradas inquisitivas entre la psiquiatra y la Srta. Honey.

    Luego de que Matilda le explicara, con la mayor delicadeza, que era una salida sólo para ellos dos, y que Jennifer añadiera que esa noche la pasarían juntas viendo algunas películas, Samara arrugó un poco entrecejo, pensativa, y entonces preguntó:

    —¿Es una cita?

    —Algo así… —pronunció Matilda, sonriendo nerviosa. Samara sólo asintió, al parecer comprensiva de lo que esto implicaba, pero aparentemente también más interesada en el asunto que antes.

    Durante un rato en la tarde, la niña le estuvo preguntando qué harían, a dónde irían, si acaso Cole era su novio, o si quería que lo fuera. Matilda intentó responder a todas esas preguntas lo más abierta posible, siendo sin embargo un tanto ambigua con las que le resultaban un poco más escabrosas.

    Samara hizo incluso la audaz observación de que, cuando recién conoció a Cole, le había dado la impresión de que Matilda y él no se llevaban bien. Esto sorprendió un poco a la Dra. Honey. No porque la afirmación no fuera cierta, que de hecho lo era, y eso ella lo sabía muy bien, sino porque no estaba segura de cómo se había dado cuenta, pues siempre había procurado tener una actitud profesional y amable con el detective estando en su presencia. Aunque claro, casi de inmediato se reprendió a sí misma al darse cuenta de que muy probablemente había sido algo que captó flotando en la superficie de sus pensamientos, más que en sus actos.

    —Sí, es verdad —le había respondido Matilda con total seguridad—. A veces cuando recién conoces a alguien, puedes llegar a sentir una resistencia casi inconsciente a siquiera querer convivir con esa persona, incluso cuando en realidad no conoces nada de ella aún. Y a veces, si te tomas el tiempo para conocerla mejor… confirmas que de hecho tus primeras impresiones estaban bastante justificadas —rio divertida, y Samara le acompañó, aunque con más moderación—. Pero otras, te das cuenta de que esa obstinación inicial era más por algo que vivía en ti, que algo de la otra persona. ¿Entiendes a lo que me refiero?

    —Eso creo —masculló Samara, aunque no sonando tan convencida en realidad.

    —Supongo que lo que trato de decir, en pocas palabras, es que… me equivoqué en la forma en la que juzgué a Cole al inicio. Pensé que era un engreído que creía en cosas que podrían ser dañinas; para ti, y para todos. Pero la verdad es que no es nada de eso. Es de hecho una persona bastante… agradable.

    —¿Entonces ahora te gusta? —insistió Samara, ya siendo para ese momento quizás la tercera vez que le preguntaba, y de seguro dándose cuenta de que Matilda no le había dado hasta ese momento una respuesta directa.

    Matilda rio entre nerviosa y divertida. Y un poco más resignada para ese punto, le respondió de la mejor forma que le era posible:

    —La verdad, no lo sé. Pero tener esta primera cita es un buen paso para intentar descubrirlo.

    Unos minutos después de terminada esa conversación, se ruborizaría un poco ante la idea de que haberla llamado “primera cita” implicaba la posibilidad de que podría haber más. Y… ¿no era ese caso?

    Incluso horas más tarde, ya en su habitación eligiendo su atuendo, seguía sintiendo las mariposas revoloteando en su estómago ante todas esas posibilidades.

    «Por favor, Matilda, te comportas como un adolescentes inexperta» se decía a sí misma a modo de regaño.

    —¿Qué te parece éste? —preguntó virándose hacia Samara, justo después de sacar del armario un atuendo de blusa blanca de mangas cortas y holgadas con un discreto estampado negro, acompañado de una falda larga negra de tela delgada y ligera, y sosteniendo ambos contra su cuerpo aún envuelto en la bata de baño.

    Samara entornó los ojos, contemplando pensativa el atuendo, y quizás intentando imaginar a Matilda con él.

    —Es lindo —murmuró despacio—. Pero, ¿no dijiste que irían a comer perros calientes?

    —Sí… ¿Te parece demasiado formal? —masculló Matilda indecisa, echándole de nuevo un vistazo a las dos prendas—. Es verdad, quizás algo más casual…

    Colgó de nuevo la blusa y la falda en el armario, y volvió a revisar prenda por prenda desde el inicio, sintiéndose ya en esos momentos algo frustrada.

    —Lo que pasa es que tengo tan pocas opciones —soltó al aire, sin dejar en claro si aquello era para Samara o sólo para sí misma—. Sólo los cambios que había empacado para mi viaje a Oregón, y casi todos son ropa formal de trabajo. Y claro, estas prendas que dejé aquí hace tiempo, y varias no las he usado en años.

    —¿También necesitas comprarte ropa nueva? —preguntó Samara con curiosidad, alzando un poco más el torso de la cama para ver mejor.

    —No, no —masculló Matilda, riendo—. Bueno, quizás un poco. Tengo de hecho bastante ropa casual, pero está en mi departamento, en Boston.

    Samara se alzó con cuidado para poder sentarse en la cama, con sus piernas cruzadas.

    —¿Cómo es tú casa en Boston? —preguntó con interés.

    —Oh, es… —Matilda vaciló unos segundos, intentando encontrar las palabras adecuadas para describir su departamento—. Práctica… y cómoda.

    Se sintió algo avergonzada. Hasta ella debía aceptar que no era una forma muy interesante de describirlo.

    —Pero es un departamento bastante bonito, y amplio —se apresuró a señalar desde el interior del armario—. Tengo una habitación que convertí entera en mi biblioteca personal, con estantes del piso hasta el techo llenos de libros; tantos que creo que ya me quedó algo pequeña. Y hay un parque amplio frente al edificio, y una piscina privada… aunque casi no los he usado. Y mi consultorio no está muy lejos. Y hablando de mi consultorio, tiene una vista hermosa de la bahía.

    —¿Dónde arrojaron el té? —preguntó Samara con inocente curiosidad, arrugando un poco su entrecejo.

    Matilda rio.

    —Sí, creo que sí.

    —Me gustaría conocer tu casa y tu consultorio algún día —indicó Samara, esbozando una gentil y emocionada sonrisa.

    Aquello destanteó un poco a Matilda. Como era obvio, no había compartido con Samara por el momento sus deseos a largo plazo en lo que respectaba a ellas dos, y de hecho intentó desviar su mente hacia otra cosa; no fuera a ser que alguno de esos pensamientos pudiera alcanzarla por accidente. De momento el adoptarla era más un deseo y una opción, más que un plan en firme. Cómo Eleven le había indicado, antes de llegar a eso había cosas que se tenían que hacer primero, incluyendo llevar a Samara de regreso a casa, y ver cómo se daban las cosas con su padre. Así que no tenía sentido decirle nada a la niña aún, ni hacerle promesas que no estaba segura si podría cumplir.

    Lo que menos deseaba era lastimarla, como ya tanta gente lo había hecho.

    —Si se da la oportunidad, prometo que te los mostraré —comentó con voz disipada.

    Y esperaba que así fuera, aunque en realidad aún no había decidido del todo en dónde vivirían si acaso el tema de la adopción se daba. Su departamento en Boston quizás les quedaría un poco pequeño a ambas. Si decidía que vivieran allá, tal vez tendrían que buscar un sitio mejor; quizás una casa, aunque dudaba que sus ahorros e historial crediticio le dieran para tanto. Además, había estado considerando seriamente la posibilidad de mudarse de regreso ahí a California. No a esa casa, pues aunque su madre de seguro estaría encantada, en esta travesía en la que estaba considerando embarcarse no podía depender tanto de ella; aunque claro, tenerla cerca para cualquier situación o emergencia siempre sería un punto a favor.

    Pero esas serían cuestiones que tendría que meditar con mayor profundidad cuando todo fuera un hecho. Tenía que enfocarse en un asunto a la vez, y esa noche el asunto era su “cita”.

    —¿Y éste? —salió del armario, cargando en una mano una blusa de color amarillo con blanco, y unos pantalones de mezclilla azules. Bastante más casual.

    —Creo que está bien —comentó Samara, encogiéndose de hombros—. Es una linda combinación.

    Matilda no estaba segura, pero no podía perder más tiempo. Tendría que quedarse con ello.

    Se aproximó con el conjunto hacia la cama, colocando ambas prendas sobre ésta. Echó un vistazo rápido a su espejo de tocador; su cabello estaba seco, pero estaba lejos de estar en su sitio. Rápidamente se sentó en su banquito frente al tocador, tomó su cepillo y comenzó a pasarlo por sus desacomodados y algo rebeldes cabellos cafés.

    —¿Quieres que te ayude a cepillarte? —propuso Samara, parándose de la cama.

    Matilda se viró hacia ella, un tanto sorprendida por la propuesta, pero no precisamente en desacuerdo con ella.

    —Sí, claro —le respondió con ánimo, extendiéndole el cepillo. Samara lo tomó y se colocó detrás de la psiquiatra, comenzando a pasar el cepillo por la parte trasera de su cabello.

    A Matilda le llamó la atención la manera en la que la niña llevaba aquella tarea. Mirando su rostro por el reflejo del espejo, su expresión era de concentración; no como si realizara una tarea difícil, sino una que quería hacer bien. En sus movimientos se notaba delicadeza, deseando de seguro no lastimarla. Pero, al mismo tiempo, parecía saber de antemano que para desatar algún nudo rebelde era necesario aplicar la cantidad adecuada de fuerza.

    —Solía hacer esto con mi mamá —murmuró Samara de pronto, tomando un poco desprevenida a Matilda—. Ella me peinaba a mí, y luego yo a ella.

    —Ya veo —masculló Matilda con cautela.

    La voz de Samara al pronunciar aquello no parecía cargar tristeza, enojo o desagrado. Sonaba como una anécdota normal, que alguien contaría añorando un recuerdo que le resultaba feliz. Era destacable que pudiera hablar de su madre en ese contexto, en especial tras lo que Jennifer le contó que había ocurrido en la cocina cuando vio el cuenco con la masa de panqués. Matilda había estado esperando el momento para hablar con ella al respecto; tarde o temprano tendrían que hablar abiertamente de la muerte de Anna Morgan y lo que significaba esto para ella. Si ese era el momento en el que Samara se sentía lista para hacerlo, se lo permitiría. Si no, no la forzaría a hacerlo.

    —De seguro por eso tienes un cabello tan bonito —señaló Matilda con seguridad—. Yo nunca me animaría a dejármelo crecer tan largo.

    Samara alzó ligeramente su mirada, contemplando su propio reflejo en el espejo, en específico sus largos y lizos cabellos oscuros que caían sobre sus hombros y se perdían detrás de su espalda.

    —Tú cabello también es bonito —respondió tras un rato, continuando con sus cepilladas—. Yo… nunca lo he tenido tan corto, que yo recuerde. Mi madre era a la que le gustaba que lo tuviera tan largo.

    —¿Y a ti te gusta tenerlo así? —le preguntó Matilda con curiosidad.

    No hubo una respuesta directa a dicha pregunta, pues Samara en realidad no estaba muy segura de cómo responder. Como le había comentado a Esther la primera mañana que despertaron en aquel Motel, si había algo que le gustaba de tener el cabello tan largo era poder ocultar su rostro detrás de él si se sentía cohibida o malhumorada. Era casi un tic que se le había quedado arraigado desde que era muy pequeña. Pero, fuera de eso, ¿le gustaba tenerlo de esa forma? Era difícil decirlo cuando era el único estilo que conocía; era como si le preguntaran si le gustaba tener dos ojos o cinco dedos.

    Tras unos segundos de silencio, Samara volvió a hablar, pero resultó ser algo desconectado del rumbo original de la conversación.

    —Pensé en lo que dijiste hace rato, sobre que a veces conoces a alguien que te desagrada al inicio, pero cuando la conoces puede cambiar tu opinión. ¿Crees que pudiera ocurrir… al revés?

    —¿Qué alguien te agrade al inicio y luego cuando la conoces mejor eso cambie? —preguntó Matilda, a lo que Samara respondió sólo asintiendo con la cabeza—. Si, por supuesto. ¿Lo preguntas por algo en especial?

    —Yo… —balbuceó Samara con duda, deteniendo su mano que sujetaba el cepillo—. Estaba pensando en Damien.

    La mención repentina de aquel nombre hizo que Matilda se estremeciera, y por mero reflejo se girara a mirarla; ya no por el reflejo del espejo, sino directamente.

    —Me pareció… un chico muy agradable cuando lo conocí —comentó la niña, apretando el cepillo entre sus dedos—. Fue muy lindo y amable conmigo desde el inicio, y me hizo sentir importante y afortunada por sólo poder estar cerca de él. Realmente sentí… que me entendía como nadie nunca lo había hecho.

    —¿Y ahora? —preguntó Matilda, cuidado sus palabras y su tono—. ¿Cómo te sientes ahora? ¿Te has dado cuenta de que no era eso que creías?

    —No… —musitó Samara, agachando su mirada—. Ese… es el problema. Yo sé que es una mala persona; de hecho, él nunca lo ocultó. Pero en verdad sentí que era la persona con quien debía estar. Esther incluso dijo que eso significaba que él me gustaba, pero no estoy segura si es así. Lo que sé es que, aún ahora, me preocupa lo que él pudiera pensar de mí. Me pone triste que se sienta decepcionado, o incluso que lo traicioné al irme contigo. ¿Tiene eso algún… sentido…?

    —Tiene todo el sentido —respondió Matilda sin vacilación alguna. Se giró entonces por completo en su banquito, hasta estar completamente volteada hacia su lado—. Lo que sientes es totalmente normal —añadió, extendiendo sus manos para tomar firmemente las de la niña, mientras la observaba atenta a los ojos—. Pasaste por una situación muy difícil, que te dejó totalmente indefensa, desorientada y asustada. Es totalmente comprensible que quisieras aferrarte a cualquier cosa que te pudiera dar tranquilidad y seguridad cuando más la necesitabas. Y, para bien o para mal, Leena Klammer, Lilith Sullivan, y Damien Thorn terminaron siendo ese sustento para ti. El que sigas sintiendo apego, o incluso cariño, por esas personas no es nada malo. Pero lo importante es que comiences a ver más allá de ese sentimiento, y evitar que éste no te deje ver el gran daño que estas personas te han hecho a ti, y a tantos otros. Samara, esa seguridad que creías sentir con ellos, era sólo un espejismo; una forma que utilizaron para manipularte, hacerte creer que sólo podrías estar a salvo y bien estando ellos. Pero no es así, Samara. Las cosas que te hayan dicho o de lo que te hayan convencido creer o hacer, no puedes dejar que sigan dominando tus acciones. No será un proceso sencillo, pero poco a poco y con esfuerzo, irás dejando todo lo que pasó atrás.

    —No creo que todo haya sido mentira —musitó la pequeña, un dejo de duda adornando sus palabras—. Yo creo que en verdad se preocupaban por mí, o les simpatizaba. Creo que, a su forma… ellos sí querían lo mejor para mí.

    —Quizás —musitó Matilda con voz neutra—. Pero algo difícil de asimilar cuando creces, es darte cuenta de que una persona puede quererte con todo su corazón, y aun así provocarte un terrible daño. Y aún más difícil convencerte de que lo primero, no compensa ni borra lo segundo. No te voy a decir que borres los buenos recuerdos o los sentimientos positivos que puedas tener por esas personas, ni siquiera por Damien Thorn. Nunca sentir amor o cariño por alguien será algo incorrecto. Pero si elegiste alejarte fue porque tú sabes muy bien que tú no eres como ellos, y que no quieres serlo. Sabes aquí —pronunció señalando un dedo a su pecho—, profundamente, que estando con ellos no podrías nunca sentirte enteramente segura ni feliz. Y debes aferrarte firmemente a esa decisión, convencida de que fue la correcta, porque yo te prometo que así fue. ¿De acuerdo?

    Samara asintió lentamente, y Matilda justo después la rodeó con sus brazos, acercándola hacia ella. La niña le correspondió el abrazo, apoyando su cabeza contra su hombro.

    —Matilda —pronunció Samara despacio tras un rato—. ¿Y cómo sabes cuando alguien te gusta?

    —Esa es una pregunta complicada —murmuró Matilda cerca de su oído, y luego se apartó lo suficiente para poder verla a los ojos de nuevo—. Pero te puedo decir que a tu edad es usual sentirse atraída por un chico mayor y atractivo como Damien Thorn, en especial si éste se porta atento contigo. Pero dejarte llevar por esas emociones siendo tan joven puede ser muy peligroso para ti, y en especial te puede dejar vulnerable a personas peligrosas. Aunque en estos momentos no lo parezca, sólo la edad y la experiencia te ayudarán a diferenciar lo que es una simple atracción superficial, de un verdadero cariño, amistad, y amor. Y si la vida lo tiene predestinado para ti, y espero que así sea, tarde o temprano conocerás a una persona que te haga sentir que eres más cuando estás con ella; no una que te haga sentir que eres menos si no lo estás.

    —¿Eso sientes tú con Cole? —preguntó la pequeña repentinamente, tomando a Matilda totalmente desprevenida (otra vez).

    Los labios de la psiquiatra se separaron, pero de ellos no surgió ninguna palabra. Aunque hasta ese momento había podido hablar y responder con bastante fluidez y seguridad, eso había cambiado de golpe ante ese repentino giro.

    Por suerte, el sonido de alguien llamando a la puerta la salvó en el momento.

    —¿Matilda? —musitó la voz de Jennifer Honey desde el otro lado.

    —Pasa —respondió rápidamente, en parte sintiéndose culpable por dejar la pregunta de Samara en el aire, pero al mismo tiempo aliviada por eso mismo.

    Jennifer abrió con cuidado la puerta, asomándose al interior. Sus ojos saltaron entre Samara y Matilda, quizás percibiendo que había interrumpido algo importante. Intentó recuperarse rápido sin embargo, y concentrarse en lo que había ido a informar.

    —Cole ya llegó —musitó sin mucho rodeos, y esas simples tres palabras fueron suficientes para que el corazón de Matilda diera un brinco, y el resto de su cuerpo de paso lo diera también, parándose rápidamente del banco.

    —¡¿Qué cosa?! —exclamó casi asustada, virándose de inmediato a mirar el reloj digital sobre su buró—. No, no, quedamos a las ocho, y aún no son las ocho. ¡No estoy lista!

    —Al parecer creyó que iba a haber más tráfico y no quería llegar tarde, así que se vino más temprano. ¿No es lindo? —sonrió Jennifer maravillada, pero el rostro exasperado de Matilda no parecía reflejar su mismo sentimiento. Jennifer carraspeó un poco y añadió—: Igual dijo que no te preocupes, que él te esperará abajo hasta que estés lista.

    —Qué considerado —musitó con ligera molestia, y se dirigió de inmediato al banco para revisar su cabello y su rostro. Samara ya había hecho casi todo el trabajo con lo primero, pero igual tomó otro cepillo para acomodarse algunos cabellos que aún seguían fuera de su sitio.

    —Ven, Samara —masculló Jennifer, extendiéndole una mano a la niña—. Dejemos a Matilda sola para que termine de alistarse, ¿de acuerdo?

    Samara observó un tanto vacilante la mano que Jennifer le extendía. Volteó a ver a Matilda, y ésta lo notó en el reflejo.

    —Estoy bien, tranquila —le sonrió Matilda a través del espejo—. Bajo en un minuto, ¿de acuerdo?

    Samara asintió, y teniendo su permiso tomó la mano de la Srta. Honey y ambas salieron del cuarto, dejando sola a su ocupante. Ésta se tomó sólo un segundo para respirar, intentar calmarse, y recordarse que no era una quinceañera arreglándose para el baile (cosa que de hecho ella no había hecho nunca pues se había ido a la universidad antes de ir a cualquier baile), y que sólo era una salida casual de dos amigos adultos, que sólo por convenio social llamaban “cita”. Nada más…

    Un poco más tranquila, aunque no por completo, siguió arreglándose.

    — — — —
    Cole se encontraba sentado en la sala, en el mismo sillón en el que horas más temprano había estado charlando con Eleven frente a él, y Matilda a su lado. Ahora el motivo que lo tenía de regreso al mismo sitio resultaba ser totalmente diferente, pero no por eso le causaba menos ansiedad; de hecho, se atrevía a decir que era incluso más.

    Pasada la emoción del momento, no había tardado en sorprenderse a sí mismo con la increíble realidad de que se había animado a pedirle una cita a Matilda, o la más impactante aún de que ésta había aceptado. No tardaron en aplastarlo las dudas, como si acaso era correcto hacer tal cosa cuando hace dos noches estuvieron a punto de morir, y aún seguía sobre ellos la amenaza latente; o si acaso había acorralado a Matilda y prácticamente obligado a aceptar su invitación; o que de seguro haría el ridículo, y ésta sería la primera y única oportunidad que tendría…

    «Y uno cree que deja de ser una masa de inseguridades cuando se vuelve adulto; vaya mentira» pensó, riéndose nervioso de sí mismo.

    Al final por suerte tuvo varias horas para meditarlo, y decidir que no valía la pena abrumarse. Aquello no se trataba de un examen ni una entrevista de trabajo. Sólo era un momento para que ambos pudieran pasar un rato agradable, sin disparos, sin ilusiones, sin fantasmas (con suerte así sería), y sin Anticristos u organizaciones secretas del gobierno. Sólo “un chico y una chica” saliendo a comer perros calientes, pasear y charlar. Nada por lo cual sentirse ansioso… ¿verdad?

    —¿Una cerveza para el valor? —escuchó de pronto que le preguntaban, haciendo salir de sus cavilaciones. A su diestra, Máxima le extendía una botella opaca en una mano, mientras en la otra sujetaba una más para ella misma.

    —Gracias —murmuró el detective, tomando la botella.

    Máxima se dirigió al sillón enfrente de él, tomando asiento con las piernas cruzadas, y abrió su respectiva botella con un simple giro de su mano, con bastante facilidad. Cole intentó hacer lo mismo, pero no tardó en darse cuenta de que no era tan sencillo. ¿No se ocupaba un destapador de botellas?

    —Y dime, ¿qué intenciones tienes con mi hijastra, jovencito? —cuestionó Máxima de pronto con severidad, tomando por sorpresa a Cole, que alzó su mirada hacia ella con mirada casi espantada. Max no pudo evitar soltar una sonora carcajada—. Sólo bromeo, tranquilo. ¿Te ayudo con eso? —añadió justo después, inclinándose al frente y extendiendo su mano hacia él.

    —Sí, por favor —susurró Cole, pasándole la botella aún algo aturdido. Máxima colocó un instante su botella sobre la mesa de frente para así tomar la de Cole con ambas manos y abrirla con la misma facilidad que lo hizo con la suya. «¿De qué están hechas sus manos?»

    —Aquí tienes —indicó Máxima, pasándole la botella de regreso—. Cole, ¿cierto? ¿Te puedo confesar algo?

    —Claro —respondió el policía con sinceridad, dando justo después un trago de la botella. La cerveza era bastante ligera, así que le pareció ideal para ir abriendo un poco el apetito.

    Entre trago y trago de su botella, Máxima comenzó a explayarse.

    —Yo comencé a salir con Jenny cuando Matilda ya estaba estudiando su doctorado en Connecticut, así que en verdad nunca convivimos cuando ella era joven. Pero sé por algunas cosas que me ha contado Jenny que de hecho no la pasó tan bien mientras iba a la escuela aquí en California. Se saltó varios años, le tocaba convivir con chicos y chicas bastante mayores que ella, y no a todos les agradaba la idea de compartir aula con una niña que se jactaba de ser mucho más inteligente que ellos; o al menos así lo veían. Y en el tiempo que llevo de conocerla en persona… si bien es cierto que la mayoría del tiempo no está por aquí, nunca he oído mencionar a Jenny ni a nadie de ninguna pareja, cita, o siquiera amigo demasiado cercano que tuviera. Claro, es probable que no fuera el tipo de cosas que uno quiere estarle contando a su madre, y eso lo respeto. Pero, aquí entre nosotros, dudo de que ese sea el caso. —Esa última afirmación fue acompañada de un discreto toque de su dedo contra su nariz—. No digo que nunca haya salido en una cita con alguien antes, pero no creo que haya sido nunca algo en serio, o siquiera que a ella le importara demasiado. Y, definitivamente, nunca alguna que la haya puesto tan nerviosa como lo ha estado todo el día —rio burlona, señalando con un dedo hacia las escaleras.

    Cole instintivamente se giró en la misma dirección que había señalado. ¿Matilda se había puesto nerviosa? Había llegado a pensar que eso era imposible. Estaban hablando de una mujer que se había parado firmemente ante pistolas y rifles, con el suficiente temple para incluso detener las balas sin pestañear, y mandar a sus atacantes a volar. O incluso recibir un disparo en el hombro, ponerse de pie, y sobreponerse al dolor para ir tras la niña a su cuidado. ¿Cómo podía una persona tan ruda ponerse nerviosa por una simple cita? Cole debía admitir que era algo que no le molestaría ver directamente.

    —Siempre me ha parecido que es una persona que se dedica de lleno a su trabajo —añadió Máxima tras un rato, jalando de nuevo su atención—. O al menos lo suficiente para nunca tener tiempo para cosas más… mundanas como ésta.

    —Eso es algo que tenemos en común —masculló sonriendo—. Debo confesar que yo también me he dedicado únicamente a mi trabajo durante estos años, quizás más de lo que debería.

    —Pues a su salud, muchachos —prorrumpió Máxima con entusiasmo, alzando su cerveza—. Qué todo les salga bien esta noche, que Dios sabe que les hace falta un momento de calma.

    —Brindo por eso —añadió Cole sonriente, alzando también su botella.

    Ambos bebieron un trago más, casi al mismo tiempo que Jennifer y Samara venían bajando las escaleras y se dirigían a la sala.

    —Matilda estará aquí en unos minutos —indicó Jennifer con elocuencia.

    —No hay prisa —se apresuró Cole a indicar—. Fue mi culpa por llegar tan temprano.

    —Oh, a mí siempre me han gustado las personas que cuidan la puntualidad —comentó Jennifer, tomando asiento a lado de Máxima en el sillón.

    —Llegar demasiado antes también va en contra de la puntualidad, ¿no? —bromeó Máxima, bebiendo otro sorbo de su botella—. Sólo estoy jugando, estoy segura que Matilda también apreciará que no hayas llegado tarde.

    Jennifer carraspeó un poco y desvió su mirada hacia otro lado. No podía evitar recordar que la reacción de Matilda no había sido precisamente de aprecio, pero sabía que esto era más debido a los nervios que a otra cosa.

    Samara permaneció de pie a un lado Jennifer, observando sólo de reojo a Cole a través de sus largos cabellos negros. El policía le sonrió con amabilidad, inclinando su cuerpo hacia el frente.

    —¿Cómo te has sentido, Samara? —le preguntó con voz suave—. ¿Aquel otro ser no ha vuelto a aparecer?

    —No —respondió la niña, negando su cabeza—. Sé que dijiste que volvería, pero no la he vuelto a sentir cerca desde esa noche.

    —Eso es bueno —asintió Cole—. Pero no hay que confiarnos, ¿de acuerdo? No hay necesidad de estar mirando sobre tu hombro cada cinco minutos, pero sólo estemos alerta. ¿Bien?

    Samara asintió lentamente. Jennifer y Max no estaban muy seguras de qué estaban hablando con exactitud, pero prefirieron mejor no preguntar.

    Los minutos pasaron, y haciendo lujo de una puntualidad casi perfecta, un poco antes de las ocho se escucharon los pasos de la chica más esperada de la noche bajando al fin por la escalera de la casa. Cole se puso de inmediato de pie por mero reflejo, y centró su atención en la puerta de la sala, tan nervioso que sintió los latidos de su corazón atorandose de alguna forma en su garganta, y tuvo que dejar la botella de cerveza a la mitad en la mesita para que no se fuera a resbalar de sus manos húmedas.

    Matilda ingresó con paso discreto a la sala, captando de inmediato las miradas de todos, y no sólo la de Cole. El detective tuvo que contenerse para no soltar alguna exclamación de asombro demasiado obvia, pero era un hecho que su respiración se había detenido por un instante en cuanto sus ojos se posaron en ella.

    La psiquiatra vestía el último atuendo que había elegido junto con Samara: una blusa amarilla holgada, de manga corta y con los hombros un poco descubiertos. Unos pantalones azules de mezclilla un poco entallados, y en sus pies unos zapatos descubiertos color anaranjado. Traía su cabello suelto, brillando un poco por la crema que se había colocado para mantenerlo en su lugar, y apenas con un pequeño y discreto broche amarillo sujetando el lado derecho de su fleco. En su rostro no portaba ningún maquillaje demasiado cargado; nunca había sido su estilo. Sólo un poco de base, y un discreto corrector en los ojos. Cole no sabría decir si se había colocado algo en los labios o no, pero desde su perspectiva estos le parecían ligeramente más rosados que antes; quizás sólo era su propia imaginación. Pero fuera lo que fuera, se veía simplemente perfecta; como siempre.

    —Disculpa la tardanza —musitó Matilda en voz baja, ingresando con mayor seguridad a la sala.

    —No, descuida —se apresuró Cole a responder—. Fue mi culpa por sobrestimar el tráfico de Los Ángeles. O quizás sólo tuve demasiada suerte.

    Matilda se paró a unos metros, recorriendo su vista por él sin proponérselo del todo consciente.

    —Vaya —exclamó con algo de sorpresa, sonriendo divertida—. Comenzaba a pensar que sólo habías traído trajes de detective a tus vacaciones.

    —¿Qué? —murmuró Cole, un tanto distraído para entender el comentario al inicio, pero comprendiendo casi al instante siguiente—. ¡Ah!, sí, claro —exclamó, echándole un vistazo a su propio atuendo.

    En efecto, a diferencia de los trajes de pantalón y saco de vestir, camisa y corbata que le había tocado usar casi siempre desde que aterrizó en Oregón, en esa ocasión su atuendo era también bastante más casual, aunque no por ello menos cuidado. Éste se componía de una camisa blanca a cuadros, unos jeans grises, y una cazadora de piel. Lo único que quizás se mantenía de su atuendo usual eran sus zapatos cafés, ya un poco maltratados por todo lo que tuvieron que pasar esos días.

    —¿Me creerías si te dijera que pasé toda la tarde en tiendas de ropa eligiéndola? —comentó con tono burlón, provocando que Matilda soltara una pequeña pero notable risilla.

    —¿La verdad…? Sí —le respondió con sorna, tocándole ahora a Cole reír.

    Y así, de forma tan fácil y tan natural, todo ese nerviosismo e incluso incomodidad que ambos habían llegado a sentir, simplemente se esfumó, y todo se volvía a sentir como siempre. Y es que, por más que se vistieran o se arreglaran de forma diferente, seguían siendo ellos mismos; y eso era justamente lo que les gustaba.

    Esa comodidad, sin embargo, se apaciguó un poco cuando Matilda desvió su mirada hacia un lado, lo suficiente para notar las miradas inquisitivas de Jennifer, Máxima, e incluso Samara, que las observaban con interés desde sus asientos.

    —Creo que será mejor que nos vayamos —indicó Matilda con relativo apuro—. Antes de que… sea más tarde.

    —Sí, de hecho ya me está dando hambre —señaló Cole con tono jocoso, colocando una mano sobre su abdomen—. He estado pensando todo el día en los “mejores perros calientes de Los Ángeles”.

    —No me culpes si no cumplen tus expectativas, que ya te dije que hace años que no voy —le advirtió Matilda mientras rodeaba la mesita, dirigiéndose a Samara. Se agachó frente a la niña, colocando su rostro a su misma altura—. No tardaré, ¿de acuerdo? Pórtate bien.

    Samara asintió, y justo después la rodeó con sus brazos para darle un rápido abrazo.

    —Diviértete —le susurró la pequeña despacio.

    —Gracias, lo haré —le respondió Matilda con dulzura, y luego ambas se separaron.

    —No te preocupes, nosotras también nos divertiremos, Samara —mencionó la Srta. Honey, colocando con cuidado una mano sobre el hombro de Samara—. Haremos unas palomitas y veremos algunas películas en Netflix. ¿Eso te gustaría?

    Samara volvió a asentir despacio, aunque con menor seguridad.

    Matilda se incorporó una vez más, y comenzó a caminar ahora hacia el vestíbulo.

    —¿Nos vamos? —le indicó a Cole, apuntando con su cabeza hacia la puerta.

    —Sí, gracias por todo —comentó el detective girándose un momento hacia Máxima y Jennifer.

    —Diviértanse y cuídense —murmuró Jennifer agitando una mano en el aire a modo de despedida—. Y no lleguen muy tarde, por favor.

    —Mamá —murmulló Matilda, apenada aunque aun así riendo.

    —Bueno, un poquito tarde no estaría mal —comentó Máxima con tono socarrona, alzando su cerveza—. Como hasta mañana, por ejemplo.

    —¡Máxima! —exclamaron Jennifer y Matilda prácticamente al mismo tiempo, ambas sorprendidas y apenadas, aunque sólo la Srta. Honey estaba en la posición adecuada para darle una ligera palmada de regaño contra su pierna. La arquitecta sólo sonrió divertida y dio un trago de su botella.

    Cole se quedó congelado en su sitio un momento, pero forzó a que sus piernas se movieran para poder seguir a Matilda. Ésta, sin decir nada y mirando a otro lado para disimular su sonrojo, fue directo al perchero para tomar un bolso pequeño, guardar en éste sus llaves y su nuevo teléfono celular recién comprado, y luego directo hacia el pórtico por la puerta abierta de la entrada.

    —Perdón por eso —le comentó Matilda a su acompañante una vez que estuvieron afuera.

    —No sé de qué hablas —respondió Cole encogiéndose de hombros—. Descuida. Si hubieras conocido a mi madre, te aseguro que hubiera sido mucho peor.

    Matilda se detuvo en seco de pronto. Su rostro se tornó un poco pálido, aunque las luces no tan brillantes del exterior de la casa lo lograban disimular un poco.

    “Si hubieras conocido a mi madre…”

    Cole se giró hacia ella al notar que se había detenido.

    —¿Sucede algo? —le preguntó preocupado.

    —No, no —respondió la psiquiatra rápidamente, reanudando al momento la marcha—. Vamos, creo que también ya me está dando hambre.

    — — — —
    Stan’s Dogs resultó no ser precisamente el tipo de local que se había imaginado Cole al recibir la invitación de Matilda para comer perros calientes, pero ciertamente no estaba decepcionado. El sitio no estaba de hecho tan lejos de la residencia Honey, aunque sí lo suficiente para tomar un taxi que les ahorrase los diez a quince minutos de caminata que les hubiera tomado. Estaba ubicado sobre una avenida amplia, en un terreno pavimentado y cercado al aire libre, como si se tratara de un pequeño estacionamiento, sólo que lo único que estaba ahí estacionado eran tres food trucks colocados en las orillas entorno al área central en la que había varias mesas y bancos de madera.

    Uno de los camiones se llamaba Tacos Félix, cuyo menú era bastante explicativo por su propio nombre; el otro era Carson Brothers’ Harbor, que por el nombre y los olores que desprendía era claramente de mariscos; y claro, el que los había llevado ahí esa noche, Stan’s Dogs. Las bancas se encontraban casi todas ocupadas, y encima cada camión atendía su respectiva larga fila de clientes ansiosos y hambrientos. Parecía ser una noche concurrida.

    —Parece que también hay tacos o mariscos, si prefieres —le señaló Matilda mientras ingresaban al área.

    —Suena tentador, pero creo que me iré por los perros calientes —respondió Cole, apuntando con su cabeza hacia el camión al fondo—. Después de todo, si vienen con tu recomendación debo tomarlo en cuenta.

    —Insisto que no me culpes si acaso no son como te los imaginas —murmuró Matilda, notándose ligeramente apenada—. Este sitio ha cambiado un poco desde la última vez que estuve aquí. Esos otros dos camiones son nuevos… bueno, al menos para mí. Y las bancas se ven que también las renovaron.

    Ambos avanzaron hasta colocarse en la fila de Stan’s Dogs; había cinco clientes más adelante. A Matilda le llamó principalmente la atención el que estaba justo después de ellos; un hombre tan alto que le dificultaba poder ver a lo lejos el menú colgado a un lado del camión.

    —Debo confesar que no imaginé que fueras asidua a sitios para comer como éste —le susurró Cole casi como si fuera un secreto, provocando que Matilda se volteara a verlo con cierta aprensión.

    —¿Y qué sitios pensabas que eran más mi estilo exactamente? —le cuestionó cruzándose de brazos.

    —Bueno… —masculló Cole, un poco dudoso—. No lo sé, restaurantes franceses o italianos muy costosos, con platillos e ingredientes que no sé ni pronunciar, o con cortes de carne tan gruesos como mi puño. O en su defecto, cafeterías bohemias donde se lee poesía y cosas así.

    Matilda no pudo evitar soltar una fuerte carcajada, aunque se forzó rápidamente a moderar su tono.

    —Pues lamento romper la imagen que tenías de mí —bromeó la psiquiatra—. ¿Tan estirada te parezco?

    —No es eso lo que quise decir, en serio. Lo siento, supongo que sólo saqué mis propias conclusiones, por la casa estilo victoriano tan grande, la carrera y posgrado en Yale, y la forma de hablar tan correcta…

    —Espera un momento, ¿creías que era rica? —masculló Matilda girándose por completo hacia él, su rostro reflejando una combinación de asombro, pero también de incredulidad.

    —No, no, no —se apresuró a pronunciar Cole, agitando una mano. Luego hizo una pausa, y añadió—. Bueno, quizás sí, un poco…

    Matilda volvió a reír, aunque con bastante más moderación.

    —Bueno, espero que no me hayas invitado a salir por eso, porque será una nueva decepción. Es verdad que el padre de la Srta. Honey le dejó al morir lo suficiente para sobrevivir el resto de su vida sin muchas preocupaciones, y en ello se incluye también esa casa “estilo victoriano tan grande”. Pero tampoco creas que era demasiado dinero como para despilfarrarlo, además de que su tía ya se había gastado mucho de él para cuando lo recuperó, y otro tanto se fue en abogados justamente para lograrlo. Así que a partir de ahí mi madre se volvió muy cuidadosa con ese tema, y siempre ha tomado de ese dinero sólo lo necesario, y para emergencias inesperadas. La mayor parte de sus gastos siempre los ha cubierto su sueldo de maestra y directora; y bueno ahora que vive con Max, ella la apoya con lo que gana de su firma de arquitectos. En mi caso, mi “carrera y posgrado en Yale” fue gracias a varias becas y créditos estudiantiles, mismos que sigo pagando, por cierto. Y todos mis gastos los cubro por medio de lo que gano como psiquiatra en la práctica privada, más mi sueldo fijo por el trabajo que realizo para la Fundación. Que sí, en conjunto es… suficiente. Pero quitando las deudas, los gastos variados… y los libros —había bajado casi involuntariamente la voz al pronunciar esa última parte—, creo que me queda lo suficiente para unos cuantos lujos, pero no para irme de vacaciones a Europa o comprar diademas de diamantes, si eso creías. Y no he hecho los cálculos completos, pero creo que economizando en algunas cosas alcanzará bien para poder cuidar de Samara. Y sobre mi “forma de hablar tan correcta…” no sé, supongo que podría ser porque leo mucho, y claro los buenos modales que me inculcó la Srta. Honey.

    —Entiendo —murmuró Cole en voz baja, sonriendo tímidamente, y sintiéndose además profundamente apenado—. Lo lamento mucho. Si fuera tan buen detective como creo que soy, no debería haber sacado conclusiones sin haber tenido los hechos claros.

    —Descuida —murmuró Matilda; no se le notaba realmente ningún dejo de enojo en su voz—. Quizás no sea detective, pero se podría decir que yo hice lo mismo contigo al inicio.

    —Bueno, para eso estamos haciendo esto, ¿cierto? —indicó Cole, encogiéndose de hombros—. Para conocernos mejor. Y en sólo un par de minutos ya sé bastante más de ti; como que tienes una deuda estudiantil, y que quizás gastas bastante más en libros de lo que deberías.

    Matilda no pudo evitar ruborizarse un poco al escucharlo y se giró rápidamente hacia otra dirección.

    —Yo no diría “bastante más”… —masculló muy despacio.

    La fila avanzó rápido mientras ambos conversaban, así que cuando menos se lo pensaron ya estaban frente a la caja. Matilda tenía claro lo que pediría, pero Cole, al ser su primera vez, le tomó un poco más de tiempo. Su elección fue un perro caliente especial, con una salchicha y pan de un tamaño mayor a la normal, con bastante queso encima, algo de carne molida, champiñones e incluso pepperoni. Y, por supuesto, venía acompañado de una pequeña ración de papas. En una mesa colocada a un lado del camión había varios condimentos que uno le podía agregar al gusto, incluyendo pepinillos, cebolla, catsup, mostaza, y otras más. Cole le puso un poco de cada cosa.

    Al parecer en verdad tenía hambre

    Unos minutos después, ya con sus órdenes en mano, ambos buscaron una banca disponible, y prácticamente se lanzaron contra una justo cuando sus ocupantes se paraban y se retiraron. Ambos no pudieron evitar reír por esa maniobra que habían hecho en perfecta sincronía, sin siquiera proponérselo al otro.

    Matilda observó expectante mientras Cole daba la primera mordida. Creyó que tendría problemas por su tamaño, pero pareció bastante conocedor del tema en lo que respectaba a tomarlo y darle un primer bocado bastante generoso. Los ojos del detective se iluminaron al instante, y una discreta exclamación de gusto se hizo notar mientras masticaba su bocado. Al parecer le había gustado bastante, y no tardó en confirmarlo en cuanto logró tragar lo suficiente para poder hablar.

    —Qué maravilla —exclamó con júbilo—. No está nada mal, pero debo confesar que no es el mejor que he probado.

    —¿Ah no? —murmuró Matilda, riendo un poco—. ¿Y cuáles serían esos?

    Cole dio un sorbo de la pajilla de su soda de cola para terminar de pasar el bocado, antes de volver a hablar.

    —Si no me equivoco, serían unos que probé en un puesto en New York, hace como dos años cuando fui por otro caso que me encargó Eleven. Presumían de ser perros calientes totalmente artesanales. No sé qué tan cierto fuera eso, ni de qué estaba hecha esa salchicha, pero nunca he vuelto probar algo parecido. Pero éste —alzó entonces el perro caliente en sus manos a la altura de su rostro—, definitivamente se lleva el segundo lugar.

    —Tendré que conformarme con el segundo lugar, entonces —bromeó Matilda, probando ella también su respectivo perro caliente, bastante más pequeño y modesto que el de Cole, pero igualmente surtido de varios condimentos. Eran justo como los recordaba.

    Comieron en silencio por un rato, cada uno disfrutando de su respectiva cena. Cuando Cole ya iba más o menos a la mitad, bajó su perro caliente a la pequeña charola de cartón en la que se lo habían dado, con la intención de hacer un poco de espacio y poder terminarlo en un rato más.

    —Bueno, ¿qué más me puedes contar de ti? —preguntó Cole curioso, dando poco después un sorbo más de su refresco—. Ya sé que no eres rica, qué mal; que tienes una deuda estudiantil, un problema de libros…

    —Ya no digas eso —masculló Matilda con tono de reproche.

    —…y que tienes muy buen gusto en perros calientes —añadió Cole sin detenerse—. ¿Algún otro secreto que la Dra. Honey oculte?

    —Ninguno de esos eran secretos, en realidad —respondió la psiquiatra con normalidad, bajando también su aperitivo a su charola—. Y… no se me ocurre qué más podría contarte. Ya sabes casi todo lo importante, creo que yo. Al menos que ya quieras entrar al terreno de mis libros o películas favoritas.

    —No estaría mal —asintió Cole—. Pero antes de eso, yo sí sé de algo que no me has contado, y de lo que en serio me gustaría saber.

    —¿Qué cosa? —preguntó Matilda curiosa, bebiendo de su soda justo después.

    —Creo que tú ya lo sabes —desdeñó Cole, sonriendo con complicidad—. Eso que ya te he pedido como unas tres veces que me cuentes y siempre te has rehusado.

    Matilda arrugó su entrecejo, sintiéndose un poco perdida al no identificar de inmediato a qué se refería. Siguió sorbiendo refresco de su vaso mientras pensaba en aquello. Y de pronto, con la misma rapidez que la bebida azucarada entraba a su cuerpo, así mismo cayó en cuenta de qué estaba hablando.

    —¡Ah! —exclamó con un poco de fuerza, bajando de nuevo su vaso a la mesa—. ¿Te refieres a la historia del “poltergeist” que ocurrió en mi primaria?

    —Eso mismo —espetó Cole con entusiasmo, apuntándole con un dedo casi acusador—. Tengo mis teorías, pero en verdad quiero saber qué pasó ahí.

    —Vaya, no lo vas a soltar, ¿cierto? —masculló Matilda con resignación—. Te aseguro que en realidad no es una historia tan “extraordinaria” como de seguro te la estás imaginando.

    —No estaría muy seguro de eso —respondió Cole encogiéndose de hombros—. Presiento que el sólo oírte relatarlo valdrá totalmente la pena.

    Se inclinó entonces al frente y apoyó su barbilla contra sus manos, y la observó con sumo interés. Matilda suspiró con pesadez. Suponía que quizás se lo debía; él le había contado aquella noche en Salem la historia completa de su primer amigo fantasma. En comparación, la historia de su pequeña “travesura” de niña no parecía la gran cosa.

    —De acuerdo —pronunció Matilda con firmeza—. Pero antes de llegar a eso, necesitas conocer algo de contexto, y debo contarte de mi directora en aquel entonces, la Srta. Tronchatoro…

    —Espera, ¿en verdad su nombre era Tronchatoro? —cuestionó Cole, riéndose.

    —Era su apellido en realidad, pero eso no importa. ¿Por dónde empiezo? Veamos, cuando tenía seis años y medio, mi padre biológico…

    Y sin darse cuenta, y a pesar de su resistencia inicial, comenzó a relatarle entre broma y broma mucho más de lo que se proponía, sobre aquella época ya tan lejana de su vida, que recordaba en parte con cariño, y en parte con horror. Cole la escuchó atentamente, comentando cada cierto tiempo sobre los puntos más resaltantes. Y aunque ya conocía varios de esos fragmentos de información, fue bastante agradable poder unirlos todos en una sola imagen, en especial siendo descrita de viva voz de su increíble protagonista.

    FIN DEL CAPÍTULO 127
     
  8.  
    WingzemonX

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    Resplandor entre Tinieblas
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    Misterio/Suspenso
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    Resplandor entre Tinieblas

    Por
    WingzemonX

    Capítulo 128.
    Levántate y Anda

    Los detectives Stuart y Hills tuvieron un día bastante atareado, dándole seguimiento a varios de sus otros casos. Tanto así que su comida de la tarde había sido básicamente una dona y un café. No era de sorprenderse que para esas horas ya estuvieran muertos de hambre. Sin embargo, mientras Samantha se conformaba con calmar su estómago con unas frituras a la espera de terminar sus últimas vueltas y llegar a su casa para poder comer con sus hijos, Arnold tenía expectativas un tanto diferentes. Así que aprovechando que estaban por el rumbo, pidió que se desviaran un poco hacia el pequeño parque de food trucks en dónde se encontraba estacionado el camión de Tacos Félix. Era bien sabido que después del café y los nachos con queso, los tacos eran la tercera mayor debilidad del Det. Arnold Stuart, y en esos momentos tenía un antojo muy particular de unos buenos tacos de pastor.

    —Siempre que compras esas cosas dejas todo el auto oliendo a… lo que sea que tengan —se quejó Samantha, mientras sostenía el volante del auto y al mismo tiempo maniobraba con su bolsa de frituras.

    —Igual ya viene siendo hora de que le demos una lavada —respondió Arnold restándole importancia.

    Pese a la reticencia inicial, al final la Det. Hills aceptó cumplirle el pequeño capricho a su compañero y dio vuelta en la siguiente esquina para dirigirse al puesto de tacos.

    Sam se estacionó al otro lado de la calle, y Arnold se bajó rápidamente por el lado del pasajero.

    —¿Segura que no quieres nada? —preguntó a través de la ventanilla abierta.

    —Lo que quiero es terminar de una vez con este día tan largo e ir a casa con mis hijos —respondió Samantha con voz quejumbrosa—. Así que apresúrate, que todavía tenemos que ir a Saint John's para ver si tienen listos esos exámenes de sangre.

    —Te dará aún más hambre de aquí a que lleguemos allá, te lo advierto —bromeó Arnold con ese tono condescendiente que a veces usaba con los sospechosos, y que a Samantha le resultaba tan molesto; en especial cuando lo usaba con ella.

    —Gracias por los buenos deseos —soltó Samantha, sarcástica—. Ve por tus tacos de una vez antes de que decida irme sin ti.

    Arnold cruzó rápidamente la calle hacia el local iluminado al otro lado. Los tres camiones de comida se veían concurridos esa noche. Había de hecho una fila particularmente larga frente a Tacos Félix, tanto que Arnold consideró la posibilidad de optar más por unos tacos de pescado de Carson Brothers’ Harbor en su lugar. Sin embargo, pensó de inmediato que Sam lo mataría mucho más rápido si se atrevería a aparecerse con cualquier cosa con olor de mariscos en el auto. Así que al final optó mejor por un confiable perro caliente de Stan’s Dogs, cuya fila era relativamente menor. Su antojo de tacos no sería satisfecho, pero era una buena alternativa.

    Se paró en la fila, resaltando un poco por encima de las demás cabezas por su altura tan significativa. Sacó su teléfono para distraerse un poco revisándolo mientras esperaba. Menos de un minuto después sintió que dos personas se colocaron detrás de él; un hombre y una mujer por lo que alcanzaba a escuchar de sus voces mientras platicaban. No le puso en realidad demasiada atención a su conversación, aunque eso cambió un poco cuando tras un rato escuchó a ella pronunciar con algo de fuerza:

    —Espera un momento, ¿creías que era rica?

    Sin lograr identificar con claridad si lo hacía molesta o divertida.

    Arnold no pudo evitar mirar un instante sobre su hombro, sólo lo suficiente para visualizar a la mujer joven de cabello castaño corto, y al hombre de hombros anchos y cabello rubio. Los dos bien arreglado, aunque tampoco demasiado. Se giró de nuevo al frente, volviendo su vista hacia la pantalla de su teléfono.

    Primera cita, supuso Arnold; quizás incluso una cita a ciegas. Él odiaba esas cosas, principalmente porque no recordaba algún intento que le hubiera resultado algo cercano a “exitoso”. Siempre surgía algo que terminaba arruinando la velada, ya fuera de parte de ella o de él; mayormente de él. Pese a que su trabajo consistía básicamente en convivir con las personas a diario, se había dado cuenta bastante temprano que tenía una gran facilidad para irritar a la gente. Así que en lugar de intentar negarlo, o incluso de cambiarlo, había optado más por abrazar esa cualidad de él e incluso sacarle provecho. Era sorprendente la cantidad de errores que la gente cometía cuando se les molestaba lo suficiente.

    Samantha lo sabía muy bien, y aun así insistió en arreglarle esa cita con su hermana, que por supuesto terminó tan desastrosa como todas las demás. Lo más agradable que recordaba de aquella noche fue haber podido llegar a su departamento terminada la cita, quitarse sus pantalones y relajarse en el sillón viendo la televisión en compañía de Molly, su gata y, al parecer, la mujer de su vida. Pero sabía bien que para su compañera, describirle tal escenario haría que se le formara un nudo en la garganta, y lo mirara con una odiosa compasión.

    Nunca lo había dicho abiertamente, pero Arnold sabía que a su compañera le preocupaba que siempre estuviera “solo”. Lo cual era gracioso, pues él esperaría que justo alguien como ella añoraría la dulzura de la soledad, considerando que entre su esposo, ahora exesposo, sus hijos, su hermana, su madre entrometida y él, prácticamente no había pasado ni un sólo momento a solas al menos en la última década. Pero por algún motivo, que escapaba aún de la comprensión del detective, era en realidad justo lo contrario. Al parecer Sam se había acostumbrado tanto a vivir rodeada de personas, y a forjar su concepto de felicidad entorno a ellas, que no podía evitar sentirse angustiada al ver a alguien tan solitario y metido en su mundo como Arnold Stuart.

    Y aun así, y a pesar de todas sus diferencias, de alguna forma lograban ser amigos; muy buenos amigos. Samantha resultaba ser de hecho una de las poquísimas personas a las que no lograba ahuyentar con su nefasta actitud, por alguna razón.

    Algunos pedazos de la conversación de la pareja a sus espaldas lograron llegar a sus oídos; algo sobre herencias, posgrados en Yale, gastos y algo sobre el trabajo de psiquiatra de ella. Arnold prefería no meterse en la vida de los extraños, al menos claro que su trabajo lo requiriera.

    Llegó hasta la caja y obtuvo su orden para llevar en cuestión de minutos. Mientras se dirigía a la salida con la charola de unicel en las manos, echó un rápido vistazo a la pareja que había estado detrás de él, confirmando la impresión que le habían dado la primera vez. Siguió de largo rodeando las bancas y mesas, saliendo a la banqueta. Miró que no viniera ningún auto, y se dispuso a cruzar la calle de regreso al auto donde Sam lo aguardaba. Sin embargo, antes de que pusiera siquiera un pie en el asfalto, se regresó un momento.

    «Hombre de cabello rubio, ojos azules y estatura mediana. Mujer delgada, cabello castaño corto y ojos azules. Él se presentó como un detective de policía, y ella como una doctora; una psiquiatra…»

    Aquella descripción correspondía con las dos personas que, supuestamente, habían entrado por la fuerza al edificio Monarch, la tarde de hace dos días.

    Se giró un segundo a ver sobre su hombro. Desde su posición no podía ver a aquella pareja, pero evidentemente tenían que seguir por ahí, quizás pidiendo en la caja de Stan’s Dogs. ¿Sería sólo una coincidencia? La lógica le decía que sí; hombres rubios y mujeres castañas con ojos azules debía haber por montones en Los Ángeles, y algunas de ellas de seguro eran psiquiatras. Aun así, algo le decía que podría no ser sólo eso. De nuevo un presentimiento, que le decía que debía devolverse, buscar a esos dos e interrogarlos, aunque no tuviera ninguna causa o pista; sólo debía hacerlo, cuánto antes…

    El estridente claxon del vehículo estacionado al otro lado de la calle lo hizo sobresaltarse y salir de su despabilamiento. Se giró hacia el frente, y logró ver la mano impaciente de Samantha que le hacía señas para que cruzara la calle de una buena vez; al parecer se había quedado ahí de pie más de lo debido.

    Se forzó a dejar a un lado aquellos pensamientos, y se apresuró a cruzar la calle antes de que cambiara el semáforo. Sería absurdo alargar más la noche por un simple presentimiento sin base, y en especial quitarle más tiempo a Samantha para estar con sus hijos. Debían ir al hospital, recoger ese examen, e irse cada quien para su casa. Eso era lo correcto.

    Y aun así, en su pecho no se sentía como tal.

    Cuando ingresó de regreso al vehículo, su compañera estaba al teléfono terminando una llamada.

    —…lo veremos en la mañana. Sí, él está aquí conmigo. Se lo diré, gracias Nico. Buenas noches. —Cortó la llamada en ese instante, y alargó el brazo para meter el teléfono en el bolsillo de su abrigo—. ¿Qué hacías ahí parado mirando a la nada? —le cuestionó con ligera irritación.

    —Nada, sólo me distraje un momento —respondió Arnold con apatía. Y antes de que le preguntara más, se apresuró a cambiar el tema—. ¿Era Nico de balística?

    —Sí —respondió Sam—. Malas noticias, o buenas dependiendo de cómo lo veas. Las balas de nuestra desconocida en coma no concuerdan con la del pecho de la mujer encontrada en aquella bodega. Ni siquiera son del mismo calibre. Así que no hay nada que diga que ambas escenas están relacionadas.

    —Tampoco hay nada que confirme que no lo están —señaló Arnold con astucia, a lo que Samantha respondió simplemente con una escueta risilla.

    Arnold abrió la charola de unicel luego de colocarse el cinturón de seguridad, y los penetrantes olores del perro caliente llenaron rápidamente el auto.

    —Dijiste que venías por tacos —comentó Samantha, claramente confundida.

    —Cambié de opinión. ¿Quieres un poco?

    —No gracias. Vayamos al hospital y acabemos con esto. Quizás el examen de sangre nos dé más información.

    Samantha encendió el auto, y a la primera oportunidad se incorporó al tráfico.

    — — — —
    Esa noche, el técnico de laboratorio Henry Waltz del Hospital Saint John’s debería haberse retirado a su casa dos horas atrás. Sin embargo, había en esos momentos una “situación” que lo forzaba a no irse hasta poder hablar directamente con el Dr. Hubert, jefe de Cuidados Intensivos, y el médico encargado de la paciente desconocida que habían encontrado en el río. Éste le había encargado directamente realizar una vez más las pruebas de sangre y el toxicológico de la paciente para poder compartirle dicha información a la policía. Henry había cumplido el encargo, aplicando el mayor cuidado posible para evitar que sucediera de nuevo el mismo extraño, y de momento desconocido, error que podría haber provocado que los resultados anteriores terminaran siendo tan… extraños.

    Estuvo al pendiente a cada paso de las pruebas. Estaba seguro de que había hecho todo bien. Y, aun así, los resultados habían sido… de nuevo “extraños”, por decirlo menos. Lo repitió incluso una tercera vez, sólo para en verdad descartar que no se tratara de una extraña e improbable coincidencia. Para su sorpresa, tuvo éxito en replicarlo una tercera vez. No había forma posible de que eso fuera un error, mucho menos una coincidencia.

    Pero, ¿qué significaba eso? Ya que esos resultados… no podían ser reales. No había forma.

    El Dr. Hubert había estado en una conferencia gran parte de la tarde, y luego en una reunión de la mesa directiva del hospital. Henry lo aguardó pacientemente afuera de la sala de juntas, sujetando en sus manos el expediente con los resultados. Conforme pasaron esas dos horas, se sintió cada vez más tentado a sólo irse; dejar los resultados con la persona de guardia y que se los entregara a los policías. Después de todo, había realizado su trabajo justo como se lo habían indicado, y estaba seguro de que no había error. Que fueran la policía y sus forenses los que se encargaran de descubrir qué significaba todo eso y quién, o qué, era en realidad esa mujer.

    Sin embargo, para bien o para mal, Henry Waltz era una persona que le gustaba hacer bien su trabajo, y no quería que hubiera ninguna duda de qué él había hecho todo bien, y deseaba aclararle eso directamente al Dr. Hubert. Aunque claro, también existía el factor de la “curiosidad”, que en él siempre había sido bastante alto. Y si acaso el médico tenía alguna teoría que pudiera explicar esos resultados, quería saberlo, pues su exhaustiva búsqueda en internet no arrojó nada ni remotamente similar a lo que sujetaba en sus manos.

    Cerca de las ocho y media, la puerta de la sala se abrió, y se escucharon las risas y murmullos de sus ocupantes desde el interior. Uno a uno comenzaron a salir, y Henry se paró rápidamente, buscando con su mirada al Dr. Hubert. Éste salió unos tres minutos después, en compañía del Dr. Mantle de oncología.

    —Sí, nos vemos mañana en el squash, ¿de acuerdo? —le indicó el Dr. Hubert a su colega, y éste le respondió asintiendo—. Nos vemos, Joe. Buenas noches.

    Luego de despedirse, ambos médicos se dirigieron en direcciones contrarios por el pasillo, y Henry se apresuró a alcanzar a aquel que esperaba antes de que se alejara demasiado.

    —Dr. Hubert —lo llamó con fuerza a sus espaldas—. Necesito hablar con usted.

    El médico se volteó a verlo sobre su hombro, pero no se detuvo.

    —¿Sigues por aquí, Waltz? —murmuró un tanto ausente—. ¿Qué pasa? Tengo una cena a la que debo acudir —indicó señalando con un dedo a su reloj de muñeca—. ¿Ya vinieron los detectives por los resultados de la desconocida?

    —De eso quería hablarle —respondió Henry, extendiéndole el expediente—. Repetí los exámenes correspondientes, pero los resultados salieron iguales a la primera vez.

    —¿Qué? —exclamó el Dr. Hubert, ahora sí teniendo que detenerse inevitablemente.

    —Con ligeras variaciones, pero en esencia son iguales —remarcó Henry, sujetando aún el expediente hacia el doctor. Éste lo tomó rápidamente y se acomodó sus anteojos para echarle un vistazo.

    Como la primera vez que hicieron el examen, el toxicológico había salido limpio, a excepción de esa misma sustancia desconocida que prácticamente tenía saturada su sangre por completo. Y en lo que respectaba al análisis bioquímico, igual que esa primera vez prácticamente cada partida arrojaba valores totalmente fuera de los parámetros normales; algunos exageradamente altos, otros absurdamente bajos. Niveles que él nunca había visto antes, o sabía siquiera que fueran posibles.

    Luego de revisar los resultados al menos dos veces, el Dr. Hubert cerró el expediente, se retiró sus anteojos para tallarse un poco los ojos, y murmuró sin más:

    —Obviamente se volvieron a equivocar. Háganlo otra vez.

    —Ya lo hice —recalcó Henry—. Lo repetí una tercera vez, y ocurrió lo mismo. Incluso probé con muestras de otros pacientes para verificar que no fuera algún desperfecto del equipo o de los instrumentos, pero ninguno arrojó nada parecido a esto.

    —Pues no sé cómo, pero de alguna forma alguien cometió un error —exclamó el Dr. Hubert, ofuscado—. No hay forma posible de que un ser humano, o siquiera un ser vivo en general, pudiera tener estos niveles en la sangre. ¿Y qué hay de esa sustancia que marca como desconocida? ¿Qué es? ¿Alguna droga, esteroide? Lo que sea, la concentración sobrepasa el nivel de lo que sería cualquier sobredosis. Así que al menos de que nuestra desconocida sea un extraterrestre, alguienseequivocó

    Recalcando esas últimas palabras, le regresó el expediente a Henry, que lo tomó y lo abrazó contra su pecho.

    —¿Y si sí lo es? —inquirió Henry de pronto, desconcertando un poco al Dr. Hubert.

    —¿Una extraterrestre?

    —No… bueno, no sé. Quizás extraterrestre no precisamente. Pero si las pruebas marcan que su sangre es diferente a lo conocido, ¿Qué podría ser? ¿Algún tipo de enfermedad desconocida? ¿Un virus? ¿Un mal genético? ¿Deberíamos llamar a Control de Enfermedades?

    —¿Qué? No vamos a hacer que sellen el hospital entero sólo por un claro error humano —susurró el Dr. Hubert despacio, casi como si temiera que alguien le escuchara—. Escucha, Waltz —murmuró con un poco más de calma, guiando al técnico hacia un lado el pasillo para hablar con mayor discreción—. No hay ningún otro síntoma que nos indique una posible infección viral o bacteriológica. Salvo por los claros disparos y el golpe en la cabeza, la mujer está sana. Esto es obvio un error.

    —Sigue repitiendo eso, pero ya le dije que hemos hecho la prueba tres veces. Estoy seguro que no hubo ningún error.

    —Bien, de acuerdo —respondió el Dr. Hubert, alzando sus manos en posición de rendición—. Hagamos esto, toma una nueva muestra de la paciente; tú personalmente, para que podamos estar seguros que no está contaminada en lo absoluto. Has las pruebas sólo una vez más, y agrega también las pruebas para enfermedades de la sangre conocidas. Y te prometo que si dan el mismo resultado, o detecta alguna posible enfermedad desconocida, yo personalmente le hablaré al CDC. ¿Está bien?

    —Está bien —suspiró Henry, resignado pero definitivamente no contento.

    —Muy bien. Ahora tengo que irme a la cena, pero llámame en cuanto tengas esos últimos resultados, ¿sí? Esto es importante, así que hazlo cuanto antes. Llámame, ¿está bien?

    El Dr. Hubert se alejó apresurado por el pasillo, y Henry no pudo evitar preguntarse si su apuro era por la mencionada cena, o porque deseaba escapar por esa noche de las responsabilidades que esa situación le traería.

    Como fuera, Henry se había comprometido a hacerlo todo una vez más, aunque estaba seguro de que pasaría lo mismo. Esperaba que al menos los exámenes para enfermedades pudiera darle algo de luz, aunque quizás le tomara toda la noche terminarlo.

    Era mejor apurarse, así que se dirigió en la dirección contraria, hacia los ascensores y posteriormente al área de cuidados intensivos.

    — — — —
    Como había prometido, en cuanto terminó su turno Miguel se dirigió de regreso al hospital. Le pidió a uno de sus compañeros de la ambulancia que lo dejaran ahí en lugar de su parada habitual para tomar el autobús. Éste obviamente le cuestionó al respecto, pero Miguel se las arregló para no dar demasiadas explicaciones. A quien quizás tendría que darle un poco más era a su madre, aunque éstas no fueran del todo la verdad. Así que una vez que se bajó en el hospital, sacó su teléfono y le marcó para poder explicarle por qué llegaría un poco más tarde que de costumbre esa noche.

    —Sí, sólo iré a cenar algo con mis compañeros —le dijo a su madre mientras ingresaba por la puerta principal—. No, no beberé, mamá. ¿Cómo se te ocurre? Sólo comeré algo y luego tomo el autobús. Descuida, creo que sí lo alcanzaré. Sí, me cuidaré, no te preocupes. No llegaré muy tarde. Gracias. Te quiero.

    Un golpe de inevitable culpabilidad le llegó en cuanto colgó el teléfono. Odiaba tener que mentirle a su madre sobre lo que haría realmente, pero… ¿Qué se suponía que debía decirle? ¿Qué se vería con una chica a la que había atendido que se sentía sola, y que podría o no haberle ofrecido hacerle algunos “favores” especiales si aceptaba verse con ella? Hasta a él mismo debía aceptar que se sentía que había algo incorrecto en ello, pero… Bueno, era un chico, era joven, y tenía que aceptar que por algún motivo la chica en cuestión lo había cautivado. Además, no era como si fuera un doctor metiéndose con una paciente, que bien sabía que ocurría; ni tampoco alguien aprovechándose de alguien vulnerable… ¿verdad?

    Definitivamente nadie se tomaba la molestia de explicarte eso en el entrenamiento.

    Igual bien podría él haber malentendido todo, aunque aquella insinuación no había dejado mucho a la imaginación en su opinión. Él sólo había prometido ir a hacerle un poco de compañía, cenar algo juntos y charlar. Y si sólo ocurría eso, no tendría por qué haber ningún problema. Aunque los latidos ansiosos de su corazón dejaban en evidencia que esperaba que no fuera precisamente así.

    Al ingresar por las puertas automáticas del hospital, sintió que su teléfono vibraba al recibir un nuevo mensaje. Creyó por un momento que sería su madre, que como buena madre sobreprotectora que era, tenía que repetirle que se cuidara. Sin embargo, al echar un vistazo a las notificaciones, se dio cuenta de que era un mensaje de V. S. El mismo nombre con el que Verónica había guardado su teléfono.

    El mensaje decía:

    “Estoy en el área de cuidados intensivos. Cuando llegues búscame en la camilla 5.”

    Eso preocupó un poco a Miguel. ¿Se habría puesto mal de nuevo? No era raro que un paciente que ya estuviera dando señales de mejoría de repente tuviera una complicación; por eso solían tenerlos en observación por un periodo de tiempo ante de darlos de alta, en especial con heridas de gravedad.

    Al ingresar al mostrador principal, para su suerte conocía a la mujer que estaba de guardia, y pudo convencerla de que la dejara pasar al área de cuidados intensivos para ir visitar a una “amiga”.

    —Sabes bien que estoy todo el día en la ambulancia, y sólo hasta ahora pude desocuparme. Sólo quiero estar seguro de que está bien. Por favor, te deberé una.

    La mujer en el mostrador vaciló un poco, pero al final accedió.

    —Estás de suerte —comentó—. El Dr. Hubert creo que iba de salida a una cena. Sólo intenta que no te vean, ¿de acuerdo?

    —No te preocupes, yo me encargo. Gracias, te debo una.

    —Ya son dos, me parece.

    Ya con el camino despejado, Miguel se abrió camino hacia el sitio indicado. En cuanto entró en aquella área, una extraña sensación fría le recorrió el cuerpo entero, dejándolo quieto en su sitio por unos instantes. La luz principal de la sala estaba apagada, y la única iluminación era la de las lámparas individuales de algunas de las camillas, aunque éstas no alumbraban precisamente mucho pues las cortinas de todas las camillas estaban corridas, ocultando detrás de éstas a sus ocupantes, si es que tenían alguno. De hecho, salvo por el ocasional pitido de alguno de los aparatos, todo se encontraba muy silencioso.

    Su mente fue invadida por uno de esos extraños presentimientos que a veces le llegaban, y que le gritaba con fuerza: “algo no está bien, sal de ahí”. Pero claro, era un hospital, y en esa área en específico debía haber gente en estado delicado; sería raro no sentir que algo no estaba bien, o al menos eso se repitió a sí mismo para convencerse y así comenzar a caminar entre las camillas.

    —¿Verónica? —susurró despacio, temerosos de quizás perturbar el descanso de algún paciente. No estaba seguro de cuál sería la camilla cinco, así que se limitó a contarlas a partir de la puerta, y acercarse cauteloso a la que pensaba podría ser le indicada—. ¿Verónica? ¿Estás aquí? —murmuró despacio mientras se aproximaba a la cortina. La corrió con cuidado hacia un lado para echar un vistazo al otro lado.

    No había nadie en la camilla. La luz individual sobre la cabecera de la camilla estaba encendida, pero no había nadie ahí.

    —Acá estoy —escuchó de pronto a sus espaldas, asustándolo un poco y haciéndolo saltar.

    Se giró entonces hacia la camilla de enfrente. A través de la transparencia de la cortina y por el efecto de la luz de la lámpara contra ella, una sombra moviéndose escuetamente fue visible. Miguel se aproximó a esa otra camilla, e hizo lo mismo echando un vistazo al otro lado de la cortina. La camilla estaba en efecto ocupada por una mujer, con los ojos cerrados, con un delgado tuvo de oxígeno contra sus fosas nasales, un suero conectado a su brazo, y un indicador de ritmo cardiaco en su dedo. Pero esa mujer no era Verónica. Ésta, de hecho, se encontraba en su silla de ruedas, estacionada a un lado de la camilla. Observaba fijamente a la mujer en la camilla con mirada taciturna.

    —Entra y cierra la cortina, por favor —le pidió Verónica en voz baja sin mirarlo.

    Miguel obedeció.

    —Cuando leí tu mensaje, pensé que quizás eras tú a la que habían traído aquí de nuevo —indicó Miguel, aproximándose para pararse a su lado.

    —No, por fortuna estoy bien —comentó la chica rubia con humor en su voz—. Lo siento, sólo quería venir a ver cómo estaba.

    Miguel echó un vistazo más cuidadoso a la mujer en la camilla. En un primer vistazo no lo notó, pero de hecho era una chica bastante atractiva, hasta casi resultar un poco intimidante pese a estar dormida en una camilla de hospital.

    —Está en coma —le informó Verónica sin que él le preguntara—. Y los doctores no saben si despertará.

    —¿Es tu amiga? —preguntó Miguel con curiosidad—. ¿Estaba también en el edificio cuando ocurrió la explosión?

    Miguel no la recordaba de la escena, pero para cuando la dejaron los bomberos seguían abriéndose paso hacia el pent-house y buscando piso por piso a personas que aún no hubiera salido. Podría haber sido alguien a quien sacaron después.

    —¿Amiga? —musitó Verónica, sonando casi como si el significado de aquella palabra le resultara extraño—. Sí, algo así.

    Se volteó a mirarlo en ese momento, esbozando una amplia y radiante sonrisa que Miguel sintió que le detenía la respiración. Y por un instante, aquella muchacha le pareció muchísimo más atractiva que la mujer inconsciente en la camilla… o quizás que cualquier otra mujer que hubiera conocido o visto en su vida.

    —Realmente pensé que no vendrías —susurró Verónica, uno de sus dedos jugaba inquieto con uno de sus mechones dorados.

    —Claro que sí, lo prometí —respondió Miguel, intentando no tartamudear, o no demasiado.

    —Y siempre cumples tus promesas, ¿cierto? —señaló Verónica, sin ser una pregunta que en verdad esperara una respuesta—. En verdad eres una buena persona, Miguel.

    —Sí, supongo —masculló sonriendo con nervios, y sus mejillas acaloradas—. Bueno, ¿quieres que bajemos a la cafetería a comer algo? Quizás aún alcancemos a alguien de la cocina.

    Mientras proponía aquello, el paramédico avanzó hasta colocarse detrás de su silla y tomar las manillas traseras. Sin embargo, antes de que pudiera girar la silla para empujarla fuera de la cortina, una mano de Verónica se extendió hacia atrás, y colocó delicadamente la yema de sus dedos contra una de las manos de Miguel. El sólo roce de su piel contra la suya fue como una chispa eléctrica que hizo que el muchacho se estremeciera ligeramente.

    —Quedémonos aquí un poco más —indicó Verónica, rozando peligrosamente el límite para convertirse en una orden. Como fuera, Miguel no se opuso, y casi de forma automática sus manos soltaron las manijas y se retiró de detrás de la silla. Verónica lo siguió atenta con sus casi hipnóticos ojos de un frío azul—. Ven, acércate —le indicó haciendo con un dedo el ademán para que se aproximara a ella.

    Miguel se inclinó hacia ella lentamente. Cuando estuvo a la distancia correcta, Verónica se estiró hacia él. El muchacho se puso un poco tenso ante su repentina proximidad, aunque se calmó un poco más al sentir el dulce roce de los labios de la muchacha contra su mejilla derecha.

    —En verdad eres un buen chico, Miguel —repitió Verónica, como un pequeño susurro sólo para sus oídos—. Y los chicos buenos merecen ser tratados bien…

    Además del dulce cosquilleo de su aliento contra su mejilla, Miguel sintió como los dedos de una de las manos de aquella muchacha se colocaba sobre su muslo, comenzando a subir por éste por encima de su grueso pantalón, aunque él podía sentirlo aquel roce casi como si lo hiciera directamente.

    —¿Qué haces? —preguntó Miguel nervioso, pero su cuerpo se quedó quieto, incapaz de hacer cualquier movimiento para detenerla.

    —No te pongas nervioso —le susurró Verónica de forma juguetona—. Sólo quiero tratarte bien, como te mereces…

    La mano de Verónica siguió subiendo, y no tardó mucho en llegar a ese punto entre sus piernas, que con tan sólo aquellos ligeros roces parecía ya sentirse más tenso que el resto del cuerpo. Verónica presionó su palma entera contra aquel bulto, comenzando a acariciarlo por encima de su pantalón. Pequeños gemidos surgieron de la boca del muchacho al ritmo de cada movimiento que la joven hacía de su mano, volviéndose poco a poco más intensos.

    —Siéntate en la orilla de la camilla —le susurró Verónica tras casi un minuto. Miguel la observó dudoso, volteando justo después a mirar a la mujer desconocida—. No se va a despertar —señaló Verónica con sorna—. Y si lo hiciera, eso sería un bien recibido milagro, ¿no crees? Anda, rápido antes de que a alguna enfermera se le ocurra venir.

    Esa parte de su mente que le había gritado al entrar que “algo no está bien, sal de ahí” se hizo una vez más presente, incitándole de nuevo a justo seguir ese consejo. Sin embargo, al instante siguiente fue como si una nube gris la cubriera, y apenas y lograra visualizar rezagos de ese pensamiento. Y sin siquiera cuestionárselo demasiado, su cuerpo pareció decidir por su propia cuenta que tenía que obedecer todo lo que esa chica le decía, y así lo hizo.

    Miguel se subió con cuidado a la camilla, sentándose en la orilla de ésta. Verónica aproximó su silla, colocándose delante de él, y con cuidado tomó sus piernas y las separó sin que él opusiera resistencia. Con sus manos comenzó a abrirle su pantalón, mientras sus ojos observaban seductores al rostro de Miguel. La respiración del muchacho se volvía poco a poco más agitada, mientras lo hacía también aquella casi dolorosa presión en su entrepierna. Ésta última logró al menos ser un poco liberada al momento en que Verónica logró abrirle su pantalón y sacar lo que ahí escondía.

    —Vaya, vaya —murmuró la chica despacio, en un tono que a Miguel le resultó indescifrable. Sin decir nada, Verónica comenzó a recorrer su mano, comenzando a acariciarlo más directamente y sin ropa de por medio, al principio con cuidado, pero rápidamente volviéndose más agresiva.

    Todo aquello era demasiado para Miguel, y si no fuera porque no deseaba ser irrespetuoso con la mujer en la camilla (más de lo que ya lo estaba siendo) quizás se hubiera tirado de espaldas a la cama, incapaz de sostenerse. En su lugar sólo alzó su rostro y cerró sus ojos, concentrándose en los movimientos de arriba abajo que Verónica había comenzado a emplear con una mano, haciendo muestra de una gran habilidad pues lo hacía justo y como a él le gustaba.

    Tomó particularmente por sorpresa al chico cuando retiró su mano, y en su lugar aproximó sus labios, comenzando rápidamente a estimularlo con su boca. Un fuerte gemido se escapó de los labios del joven paramédico; aquello era más intenso que cualquier otra cosa que hubiera sentido antes, tanto que creyó por un momento que se desmayaría. Sentía su cuerpo flotar, y su mente divagar por completo en el espacio, muy, muy lejos de esa camilla o de ese hospital.

    —¿Te gusta? —escuchó que la voz de Verónica le preguntaba, sonando como un sonido distante apaciguado por varias capas más de neblina oscura.

    —Sí… mucho… —masculló Miguel con voz entrecortada, teniendo aún los ojos cerrados.

    —¿Sí? ¿Y esto? —añadió la misma voz lejana de Verónica, y al instante Miguel logró sentir los pequeños roces de la punta de su lengua.

    —Ah… Sí, sí… me gusta…

    —¿Sí?

    —¡Sí…!

    —Qué bien…

    En un instante a otro, mientras Miguel estaba ensimismado en todas esas sensaciones que le recorrían el cuerpo, Verónica se paró abruptamente de la silla y extendió una mano hacia él, tomándole firmemente de sus cabellos con sus dedos, provocándole una sensación dolorosa que se revolvía un poco con las placenteras.

    Antes de que el muchacho pudiera preguntar algo, o siquiera abrir sus ojos, Verónica lo obligó a girar su rostro hacia un lado y lo empujó para que inclinara el cuerpo en dicha dirección. Cuando al fin logró ver de nuevo, se encontró prácticamente de frente con el rostro de la mujer en coma. Al segundo siguiente, sintió la punzada del filo del bisturí que sostenía Verónica en su otra mano perforándole la piel del cuello hasta lo más hondo, y luego deslizarse de un sólo tajo rápido y certero hacia el otro extremo, abriéndole la garganta entera.

    Un chorro de sangre surgió de la profunda herida, manchando el rostro y ropas de la mujer dormida. Los ojos de Miguel se llenaron de un gran miedo y confusión de golpe, mientras su boca igualmente se impregnaba con el sabor metálico. La mano de Verónica, aún con el bisturí entre sus dedos, se dirigió a su boca, presionándola con fuerza para evitar que gritara o pronunciar sonido alguno. Su otra mano lo sujetaba aún con fuerza de los cabellos, manteniendo su cabeza firme en su sitio.

    Miguel intentó quitársela de encima, manotear con fuerza, pero sus manos sólo golpeaban el aire infructuosamente.

    —Está bien, está bien —susurró la voz de Verónica con aterradora dulzura a un lado de su oído, mientras la sangre seguía brotando de su garganta a borbotones, manchando casi enteramente la bata de la mujer y las sabanas de la camilla—. El miedo, la felicidad, el dolor, el placer… todo es lo mismo llegado a un punto. ¿Puedes sentirlo?, ¿cómo todo eso te recorre el cuerpo al mismo tiempo? Es porque sólo cuando estamos en el momento justo antes de morir, podemos sentir lo que realmente es estar vivos. Es mi regalo para ti, Miguel… ya que en verdad eras un muy buen chico…

    Lagrimas comenzaron a brotar de los ojos del muchacho mientras su vista se nublaba y su cuerpo comenzaba a perder fuerzas. Sus manos al final dejaron de intentar agarrarse a algo que simplemente no podía alcanzar, y su boca de intentar emitir un grito que simplemente no saldría. Su cuerpo entero comenzó a ponerse suelto, flojo, y más pesado. Verónica retiró sus manos de golpe y dejó que su torso y cabeza se desplomaran hacia el frente, cayendo contra el cuerpo de la mujer dormida. Lo sangre siguió brotando de la herida, llegando incluso un poco a comenzar a gotear de la camilla y a crear un charco en el suelo.

    Verónica se sentó de regreso en su silla, sintiendo un dolor punzante en la herida de su costado por el esfuerzo que había aplicado. Esperaba no haberse abierto los puntos. De momento, sin embargo, le preocuparon más las pequeñas manchas de sangre que le habían quedado en la mano con la que había sujetado la boca de Miguel. Tomó los pañuelos que había traído consigo para comenzar a tallar su mano con fuerza.

    Notó entonces que algunas gotas habían caído en su bata.

    —Maldición —murmuró despacio. De eso tendría que encargarse después.

    De momento, su mirada se centró fija en la mujer de cabellos cobrizos delante de ella.

    Durante todo aquel largo proceso, desde que le había abierto su garganta al pobre Miguel, hasta que terminó inerte contra ella, rastros de vapor, invisibles para el ojo común, habían surgido del cuerpo del muchacho, de cada orificio de su rostro, pero en especial de su garganta cercenada. Habían flotado en el aire justo delante del rostro placido de la mujer en coma, y su cuerpo, hambriento como estaba, lo succionó como una esponja, jalando hasta al último bocado. El vapor había penetrado en su cuerpo, comenzando a esparcirse rápidamente, dirigiéndose en especial a aquellas partes heridas: los disparos, el golpe en la cabeza, comenzando a hacer su magia. Y tras unos largos minutos de espera, aquella horribles heridas que la habían tenido postrada a esa cama terminaron de curarse.

    Y unos segundos después, los ojos miel de Mabel la Doncella se abrieron de par en par, y jaló una larga inhalación de aire por su boca.

    Como sacudida violentamente de un profundo sueño, comenzó a mirar confundida a su alrededor. Cuando intentó levantarse, sintió el peso del cuerpo del paramédico contra ella impidiéndoselo. Y la presencia de ese paleto desconocido, además de volverse consciente de que se encontraba totalmente empapada de su sangre, no hizo más que empeorar aún más su confusión.

    —Buenos días, bella durmiente —murmuró burlona la voz de Verónica, jalando rápidamente la atención de la recién despertada hacia ella. La joven rubia le sonrió elocuente desde su silla a un lado de la camilla—. ¿Cómo te sientes? ¿Lista para levantarte y andar?

    FIN DEL CAPÍTULO 128
    Notas del Autor:

    Bueno, creo que todos sabíamos que el pobre Miguel terminaría así, ¿correcto? Aun así fue una pena, pero bueno… Lo importante es que la nueva Verónica hizo al fin su primer movimiento, ahora Mabel, la amiga de todos los niños, está de vuelta. ¿Qué les pareció? Obviamente esta escena no ha terminado, pero la concluiremos en el siguiente capítulo.
     
  9.  
    WingzemonX

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    Resplandor entre Tinieblas

    Por
    WingzemonX


    Capítulo 129.
    Una chica tan bonita como yo

    La mente de Mabel se sentía difusa y pesada, pero la obligó con esfuerzo a reaccionar. Debía de alguna forma hacer el intento de entender qué había ocurrido, en dónde estaba, y qué significaba toda esa escena tan extraña que se dibujaba ante ella.

    ¿Qué era lo último que recordaba? Era difícil indagar en ello, como escarbar en arena húmeda y pesada sólo con las manos. Pero le parecía recordar el rostro de aquella mujer con apariencia de niña, apuntándole con su arma directo a la cara. Y el dolor; sí que sentía mucho dolor de todos los disparos que le habían dado esa noche. Y luego hubo… ¿voces?, acercándose hasta donde estaban. Y justo después ella cayó hacia atrás.

    ¿Y luego?

    Agua, por supuesto. Ya estaba mojada de antes debido a la lluvia, pero aquel había sido un tremendo chapuzón hacia la corriente, que la llevó arrastrando como una simple bolsa de basura.

    ¿Y luego?

    Nada… Oscuridad, si acaso.

    Y luego ese momento preciso, en el que se encontraba recostada en lo que parecía ser una camilla de hospital, con el cadáver de un paleto con la garganta abierta sobre su cuerpo, y su cara y cuerpo empapados en su sangre. Y a su lado, sentada en una silla de ruedas y mirándola con una sonrisa ladina y astuta, estaba…

    —Tú —masculló Mabel con voz carrasposa—. Eres la asistente de Thorn…

    Verónica rio con fuerza, agitando un poco delante de ella la mano con el bisturí, aún manchado con la sangre de Miguel.

    —Es la segunda vez que me reconocen así este día. Es gracioso: toda mi existencia entera reducida únicamente a que soy la “Asistente de Damien Thorn”. Y lo peor el caso es que en realidad no lo…

    De pronto, y mientras Verónica estaba a mitad de su frase, Mabel se movió a una gran velocidad, como un felino al ataque. Empujó primero el cuerpo inerte de Miguel hacia un lado, tan fácil como se quitaría las sábanas de encima. Luego, se estiró hacia Verónica con un movimiento tan violento que terminó arrancándose el suelo, tomándola firmemente de su muñeca y torciéndosela con brusquedad para que soltara el bisturí lo suficiente para que pudiera arrebatárselo de los dedos. Y sin soltarla de la muñeca, empuñó firmemente el arma con la otra mano, y lo aproximó al cuello de la chica rubia, pegando la punta contra su piel lo suficiente para una pequeña gota rojiza se deslizara por su filo. Verónica, sin embargo, ni siquiera pestañeó. Se quedó calmada en su sitio, sonriendo con una extraña tranquilidad que destanteó a Mabel.

    —Veo que ya te sientes mucho mejor —indicó Verónica con una voz que resultaba incluso “alegre”—. Menos mal…

    Bajó entonces un poco la mirada, lo más que el bisturí contra su cuello se lo permitía, para ver el cuerpo de Miguel tirado en el piso a un lado de la camilla tras el empujón que Mabel le había dado.

    —Pude sentir que este chico tenía un poco más de ese vapor que tanto les gusta a los de tu clase, pero temía que no fuera suficiente para que te despertaras. Al parecer ambas corrimos con suerte, ¡yeih!

    Acompañó su exclamación de júbilo con un pequeño movimiento de celebración de sus manos hacia arriba, aunque no el suficiente par que Mabel pensara que intentaría quitarle el arma de encima y se pusiera nerviosa. Lo que menos quería era precisamente poner nerviosa a la loca con el cuchillo en su cuello.

    Mabel, sin embargo, estaba más abstraída en darle una forma clara a las palabras que aquella chica acababa de pronunciar. Sabía del vapor, sabía que éste los podía curar, y que lo obtenían de los paletos… Resultaba extraño que una paleta supiera tanto de ellos pero, siendo franca, eso podía no significar nada; quizás Thorn le había contado al respecto en algún momento. Sin embargo, la Doncella no sentía que fuera el caso, y en especial le provoca incertidumbre esa forma en la que había dicho “los de tu tipo”. Había algo detrás de eso; un conocimiento y consciencia de lo que hablaba, no sólo algo que le habían contado de segunda mano.

    —¿Cómo…? —susurró Mabel, pero no alcanzó a terminar su pregunta.

    —¿Cómo sé todo eso? —murmuró Verónica, encogiéndose después de hombros—. Es una larga historia…

    Aquella respuesta al parecer no le agradó en lo absoluto, pues al momento Mabel la tomó con mayor firmeza de su muñeca y la jaló, obligándola a pararse de su silla. El tirón provocó un dolor punzante en la herida de su vientre, pero Verónica se forzó para no reflejar dicho dolor en su rostro. El bisturí seguía contra su cuello, en el punto justo para rebanarle de un tajo su yugular.

    —Tranquila, tranquila… —susurró Verónica muy despacio, alzando sus manos lentamente, como si intentara calmara a un animal salvaje—. No tienes por qué estar tan nerviosa. Damien no me mandó por ti. De hecho, él no se encuentra disponible en este momento para mandar a nadie a hacer nada. Así que ni siquiera sabe que estás aquí, o que siquiera sigues con vida. Pero esa es una ventaja que no te durará mucho, así que debes ser inteligente.

    Mabel vaciló. Miraba a Verónica, la sangre que empapaba sus ropas, y al cuerpo del paramédico Miguel consecutivamente. Aún intentaba hacerse una imagen completa en su cabeza de qué rayos había pasado con exactitud. ¿Había esa chica encontrado a alguien con al menos un poco de vapor para así curarla? ¿Lo había llevado hasta ahí y cortado el cuello para eso? Si eso era lo que había pasado, ¿por qué lo había hecho? Ciertamente para entregarla a Thorn hubiera sido mucho más sencillo hacerlo mientras se encontraba indispuesta.

    —¿Qué es lo que quieres? —masculló Mabel, indecisa—. ¿Por qué me ayudaste? Si no fue por tu amo, ¿por qué?

    La sonrisa de Verónica se ensanchó más, adoptando una extraña mueca que inquietó a Mabel incluso más de lo que ya estaba.

    —Varias cosas están por comenzar —explicó Verónica con calma—, y estoy un poco limitada en estos momentos en lo que puedo y no hacer. Así que necesito a alguien que me haga un par de favores.

    —¿Favores? —escupió Mabel como si se tratara de algún insulto—. ¿Por qué te haría yo un favor? ¿Crees que por hacer esto te debo algo, estúpida paleta?

    —Alguien con el mínimo sentido de la gratitud lo pensaría —susurró Verónica con tono jocoso—. Pero sé que ese no es tu caso. Así que espero que lo hagas por un simple motivo. —El semblante de Verónica se volvió bastante más serio y severo al instante—. Porque estás completamente sola —pronunció de golpe, tomando por sorpresa a la mujer con el bisturí en su cuello—. Tu querido Nudo Verdadero, tu amado James la Sombra, y la gran Rose la Chistera… Todos se han ido; sólo quedas tú. Y estoy segura de que el fuerte instinto de supervivencia que distingue a los de tu estirpe, te podrá decir sin problema que más que nunca te hace falta una amiga que te cuide. En especial una como yo, que puede darte lo que tanto añoras en estos momentos.

    —¿Qué cosa? —cuestionó Mabel por mero reflejo, sin proponérselo del todo consciente.

    —Venganza, por supuesto. Y tu libertad.

    Mabel permaneció en silencio, pero sin darse cuenta la presión de su arma contra el cuello de su potencial víctima se aflojó, incluso estando a nada de separarse por completo de su piel. Sus ojos miel resplandecieron con un ligero fulgor plateado, mientras prácticamente se perdían en la profundidad de los de aquella muchacha. Y entonces comenzó a volverse poco a poco consciente de qué era lo que le causaba tanta incomodidad de toda esa situación.

    Si bien sólo había conocido a esa paleta por un corto de tiempo esa tarde en el pent-house de aquel mocoso, lo cierto era que no había sentido de ella ni de cerca lo que sentía en esos momentos. Era como estar frente a una persona totalmente diferente… Y nunca había conocido a un paleto que pudiera engañarla de esa forma.

    —¿Quién eres…? —murmuró despacio, dándole una forma más material al pensamiento que tanto impregnaba su cabeza.

    El rostro entero de Verónica se mantuvo inmutable, incluso llegando a sostenerle con bastante facilidad la mirada depredadora de la Doncella sin atisbo de intimidación.

    Esa mujer no era una paleta cualquiera, pero tampoco era una vaporera; eso lo podía sentir completamente. Era algo… más.

    Ambas estaban tan sumidas en no mostrar vacilación alguna ante la otra, que no escucharon los pasos del técnico de laboratorio Henry hasta que estuvo prácticamente frente a la cortina que rodeaba la camilla. Sin enterarse de lo que ocurría al otro lado, y concentrándose únicamente en ir hasta ahí y tomar la muestra necesaria para cumplir el encargo que le habían hecho, corrió la cortina de un jalón.

    Las dos mujeres se viraron al mismo tiempo hacia él, y el técnico las miró a ellas.

    Henry tardó bastante en poder procesar la escena que se mostraba ante él. El hecho de que la mujer que hasta hace menos de una hora atrás estaba en un profundo coma, ahora estaba despierta y sentada como si nada, era lo menos inentendible de todo. Estaba además empapada de sangre, tanto que su bata parecía ser enteramente roja, igual que las sábanas. Había además otra chica ahí, y la mujer en la camilla sujetaba un bisturí contra su cuello. Y en el suelo…

    —Oh, por Dios —murmuró Henry muy, muy despacio cuando sus ojos se posaron en el charco rojo en el piso, y en el cuerpo con chaqueta de paramédico que yacía en él totalmente quieto.

    —¡Auxilio! —exclamó Verónica de golpe de forma desgarradora y aterrada, tomando por sorpresa tanto a Henry como a la propia Mabel. Los ojos de la joven italiana se habían cubierto de lágrimas de golpe, y estiraba una mano suplicante hacia el recién llegado—. ¡Ayúdeme por favor! ¡Está loca!

    Aquel grito fue suficiente para que Henry pudiera al fin salir de su ensimismamiento, retrocediera torpemente sobre sus pies, y en cuanto fue capaz de darle la indicación a sus piernas, se giró hacia la puerta, corriendo despavorido, no sin tirar una mesita con instrumento a media huida y haciendo que todos estos tintinearan con el linóleo junto con la charola de aluminio.

    Una vez se fue, el semblante de Verónica se transformó de nuevo a aquella expresión despreocupada y tranquila de hace un momento, con una rapidez y facilidad casi irreal.

    —Te sugiero que te concentres de momento en escapar de este sitio —señaló volteando a ver de nuevo a Mabel—. Y de preferencia dejando la menor cantidad de testigos posibles; sé lo mucho que al Nudo le gusta mantener su anonimato. Yo te contactaré pronto.

    Mabel la miró, claramente perdida, incluso algo mareada. Pero no había tiempo para eso.

    —¡Anda! —exclamó Verónica con fuerza, quitándose de encima el bisturí de un manotazo—. ¿Qué esperas?

    Mabel por mero reflejo saltó de la camilla, alejándose de ésta un par de pasos, antes de detenerse un segundo para mirar de nuevo a aquella chica. No entendía qué estaba pasando, pero entendía que de momento ella no era un peligro… Y aun así, presentía que se arrepentiría en algún momento de no haberla matado en ese mismo instante.

    Sin más espera, comenzó a correr con rapidez en la misma dirección que Henry se había ido, dejando en el piso huellas rojas de sus pies descalzos.

    Sólo cuando estuvo de nuevo sola, Verónica pudo relajarse y volvió a sentarse con cuidado en su silla. Le ardía un poco la pequeña herida que el bisturí le había hecho en su cuello, pero en especial lo que le dolía era la herida de su vientre. Se revisó rápidamente; había pequeños rastros de sangre manchado la bata en el área de la herida.

    —Grandioso —masculló de mala gana. Igual al menos eso podría justificar cualquier otra mancha de sangre que se le podría haber pegado—. Será mejor que vuelva a mi cuarto rápido.

    Comenzó entonces a dirigir su silla fuera del área de la camilla, aunque al mirar hacia el cuerpo de Miguel en el suelo se le ocurrió que no sería buena idea dejarle su teléfono con su número y los mensajes que le había mandado. Resopló un poco, se aproximó con cuidado, inclinándose al frente y cuidando de no pisar la sangre, para alcanzar el bolsillo de su pantalón. Fue una maniobra incómoda y complicada, pero fructífera al final.

    —Gracias por el buen rato, Miguel —masculló bromista, incluso dándole un par de palmadas al cadáver en su trasero—. Repítanoslo, ¿sí?

    Se montó de nuevo en la silla, y ahora sí se dirigió a la salida de aquella área lo más pronto que le fue posible.

    — — — —
    Los pasillos se encontraban anormalmente solos cuando Henry comenzó a correr por éste, sin pensar de manera clara hacia dónde iría con exactitud. Quiso gritar algo, pedir ayuda, pero sentía la garganta tan cerrada que le fue imposible pronunciar palabra alguna.

    ¿Qué había pasado ahí? ¿Cómo se había despertado? ¿Quién era la persona en el suelo?; ¿en verdad estaba muerta?, ¿esa mujer lo había matado? ¿Y quién era esa otra chica? Eso no podía estar pasando; debía ser una maldita pesadilla.

    Y entonces lo vio más adelante en el pasillo, como la luz de un faro llamándolo: una alarma de incendios. Sin pensarlo dos veces se lanzó con paso veloz hacia ella, con sus dedos estirados lo más posible hacia adelante para poder accionarla. Sin embargo, notó que su avance se había vuelto de pronto bastante más cortado. Cada paso que daba se sentía que retrocedía en lugar de adelantarse. Y poco a poco comenzó a sentir sus piernas muy, muy pesadas, hasta el punto que le terminó siendo imposible separar los pies del piso. Como pudo se lanzó al frente, estirando su mano hacia la alarma, pero sus dedos pasaron a apenas unos centímetros de ella, sin alcanzar a tocarla, y luego cayó al suelo como piedra al igual que el resto de su cuerpo que se desplomó con fuerza contra el piso, golpeándose la boca y barbilla contra éste.

    Se quedó ahí tirado. No podía mover ni un sólo dedo, como si una pesada plancha le presionara el cuerpo entero contra el piso y le impidiera levantarse. ¿Qué era lo que estaba pasando…?

    Mientras Henry intentaba de alguna forma hallarle un sentido a esa horrible sensación que lo oprimía, Mabel la Doncella se le aproximaba con paso calmado. Sus ojos resplandecían con un intenso fulgor plateado. Había logrado penetrar fácilmente en la mente de aquel patético individuo, haciendo que ésta misma lo inmovilizara en cuestión de segundos. Con los paletos con poco o nada de vapor, trucos como ese resultaban particularmente sencillos para ella, incluso a pesar de que seguía bastante débil por su estado anterior.

    Una vez que lo alcanzó, colocó cada pierna a un costado del técnico de laboratorio, y sin mucho problema se sentó sobre su espalda. Henry pudo sentirla, y supo que era bastante real, a diferencia de aquella fuerza invisible que lo detenía. Como pudo, giró su mirada hacia atrás, sólo alcanzando a ver por el rabillo del ojo la silueta cubierta sangre de su rostro, esos ojos resplandecientes y, por encima de todo, el bisturí en su mano que brillaba al reflejar las luces sobre ellos.

    —No… por favor, no… —masculló Henry con la voz entrecortada por el terror. El rostro de Mabel, sin embargo, no se agitó ni un poco ante aquella suplica.

    La verdadera extendió su mano libre, pegando su palma entera contra el costado del rostro de Henry, presionándolo fuerte contra el piso.

    —Lo que puedo exprimir de un paleto común como tú es prácticamente nada —murmuró Mabel despacio con un tono frío y doloroso—. Y quizás me haga más mal que bien. Pero… en verdad estoy hambrienta…

    Dicho eso, tomó el bisturí con su afilada punta hacia abajo, y sin menor miramiento lo encajó enteró en el mero centro de la espalda de Henry. Éste soltó un intenso alarido de dolor al aire que retumbó en el eco del pasillo.

    — — — —
    Samantha y Arnold acababan de llegar no hace mucho al hospital, y se dirigían ya hacia el área de cuidados intensivos cuando escucharon a lo lejos aquel repentino grito, y todos aquellos que le siguieron justo después. Los dos detectives se detuvieron de golpe, sorprendidos y confundidos, pero su experiencia les ayudó a recobrarse rápidamente. De inmediato dirigieron sus manos a sus armas, las sacaron de sus fundas, les quitaron el seguro y las alzaron al frente; sólo en fracciones de segundos. Se miraron el uno al otro, y sin necesidad de decir nada comprendieron lo que trataban de decirse.

    Comenzaron a avanzar por el pasillo, con paso rápido pero cuidadoso, yendo Arnold al frente.

    — — — —
    Mabel apuñaló a su víctima una y otra vez en su espalda y cuello sin que éste pudiera siquiera intentar defenderse. Con cada oleada de dolor que lo recorría, una pizca de esa esencia que Mabel tanto buscaba brotaba de él. Sin embargo, era tan minúscula que apenas y logró captar un poco de ésta. Además, era de un hombre adulto, muy lejos de la pureza y fuerza que requería para recuperarse plenamente. El de aquel chico que la tal Verónica había matado fue suficiente para curarle sus heridas, pero poco más.

    El suelo se cubrió de sangre, al igual que sus manos, e incluso su rostro y ropas se llevaron un poco más. Henry dejó rápidamente de moverse, y Mabel supo que por más que lo exprimiera no podría sacarle más de lo que ya había obtenido.

    —Migajas… simples migajas —masculló con hastío, poniéndose al momento de nuevo de pie—. Necesito más…

    Sus sentidos agudizados captaron al momento los pasos de los dos policías aproximándose por el pasillo. Aunque no podía saber aún de quiénes se trataba, una sensación fría en su espalda le indicó que representaban peligro. Rápidamente se paró de encima de Henry, y comenzó a moverse en la dirección contraria.

    Cuando los dos detectives dieron vuelta en la esquina, apenas alcanzaron ver parte de la silueta de la asesina, ingresando por la puerta abierta de una sala.

    —¡Policía!, ¡alto! —gritó la Det. Hills con fuerza, apuntando con su arma al frente, pero no lo suficientemente rápido antes de que aquella escurridiza figura desapareciera de sus vistas.

    Ambos avanzaron despacio, apenas dándole indicación a su compañero con discretos movimientos de su cabeza. Se acercaron al cuerpo inmóvil de Henry, tirado en aquel charco rojizo, y con la espalda de su camisa empapada y llena de agujeros. Arnold se agachó a revisarle el pulso en su cuello mientras Samantha lo cubría. Tras unos segundos la miró y sólo negó lentamente con su cabeza, dejando bastante claro que no había nada que hacer por aquel pobre individuo.

    Arnold se puso de pie y ambos se aproximaron hacia la sala en la que habían visto a aquella persona se había metido. Las huellas rojas en el suelo de dos pies descalzos dejaban también evidencia de en qué dirección ir.

    Sujetando aún su arma con una mano, Samantha aproximó la otra hacia la radio que portaba en el otro lado de su cinturón y lo activó próximo a su rostro.

    —Aquí la Det. Samantha Hills de la 98. Atacante desconocido en el Providence Saint John's Health Center. Al menos una víctima letal con arma blanca. Dos oficiales en escena. Solicitamos refuerzos.

    Samantha colocó de nuevo la radio en su lugar y volvió a tomar su arma con ambas manos. Tras sólo unos segundos, oyeron que alguien respondió:

    —Copiado. Patrulla 233 en la zona. Vamos en camino.

    Tenían que moverse con cuidado. No sabían qué ocurría, y si sólo era un atacante o varios. En esas circunstancias, uno no podía ser descuidado. Pero tampoco podía quedarse quietos, pues no sabían qué otras intenciones podrían tener. Y en un hospital, el catálogo de posibles víctimas podía ser variado.

    Arnold entró primero en la sala con su arma apuntando al interior. Al parecer se trataba de un cuarto largo, con varias camillas a los lados, todas al parecer vacías a simple vista. Había algunas ventanas en las paredes laterales, pero se veían cerradas. No parecía haber otra salida. Al fondo del cuarto, una figura totalmente blanca de la Virgen María se encontraba potrada en la pared, como vigilante silenciosa de los enfermos que podrían haber estado ahí en algún momento.

    Ingresaron lentamente, disponiéndose a revisar debajo de cada camilla, cada uno de un lado.

    Arnold se asomó debajo de la primera con pistola en mano. Nada.

    Repitió lo mismo con la siguiente. Nada otra vez.

    En la tercera, sin embargo, había un bulto justo encima cubierto con las sábanas blancas. Aproximó una mano con cuidado hacia éste, continuando apuntando con su arma en todo momento. Retiró la sábana de un jalón hacia un lado, revelando lo que escondía debajo. Sólo una almohada.

    Un brazo se alargó desde debajo de la camilla empuñando el bisturí, haciendo un corte rápido y limpio en su pierna derecha a través del pantalón.

    Arnold gritó adolorido, haciéndose hacia atrás hasta chocar con la otra camilla, perdiendo el equilibrio por la herida profunda en su piel. La mujer cubierta de sangre salió de debajo de la camilla como una fiera, tacleándolo con todo su cuerpo, haciendo que empujara la otra camilla hacia un lado y ésta se deslizara. El pesado cuerpo del Det. Stuart se precipitó de espaldas al suelo, con la atacante sobre él. El arma del policía se soltó de sus manos, cayendo al piso y deslizándose por éste un par de metros, mientras que el bisturí en mano de la mujer terminó encajándose contra el brazo derecho de Arnold. El detective sintió al momento como la manga de su camisa y su abrigo comenzaba a empapares con su cálida sangre.

    Mabel sacó el bisturí de su brazo, y estando aún a horcajas sobre él, alzó el arma en alto con la clara disposición de ahora encajarlo ya fuera en su pecho, o directo en su rostro. En ese pequeño instante, Arnold pudo tener la suficiente claridad para alzar su mirada y echarle un vistazo más directo a la extraña; solamente que, en realidad, no era una extraña del todo. A pesar de la sangre que la cubría de la cabeza hasta el torso, y de la expresión de fría agresividad que portaba, Arnold logró distinguir el bello rostro de la víctima desconocida del río.

    —Tú… —masculló totalmente desconcertado.

    Justo cuando la mano armada de Mabel se disponía a dirigirse directo al detective, la voz de su compañera resonó como un trueno en la habitación.

    —¡Detente ahora mismo! —gritó la Det. Hills a sus espaldas, sujetando su arma con ambas manos y apuntando ésta justo a la parte trasera de su cabeza. Mabel se detuvo en su sitio, como petrificada en el tiempo—. ¡Suelta el arma y ponte de pie! ¡Hazlo o disparo!

    Mabel se mantuvo quieta en su sitio. Aquella situación le trajo recuerdos desagradables, de aquel momento, en esa bodega, cuando ya tenía a la estúpida de Abra sometida en una posición bastante similar a esa, y estaba más que lista para acabar con ella de una vez por todas. Pero igual que en ese momento, alguien había aparecido detrás de ella apuntándole con un arma.

    Qué curiosas formas tenía la vida de repetirse.

    Aquel momento no había salido bien para ella; y, de hecho, había perdido demasiado más que el hecho de simplemente haber recibido un disparo.

    Pero no había vivido tanto tiempo sin aprender de sus errores. Y no permitiría que ese se repitiera.

    Lentamente alzó sus manos y se alzó de encima del Det. Stuart, alejándose de él un par de pasos hacia un lado. Sin embargo, el bisturí seguía aún en una de sus manos.

    —Suelta el arma —le ordenó Samantha con severidad. La mujer, sin embargo, siguió quieta, dándole la espalda y sin dejar ir el cuchillo—. ¡Dije que lo soltaras!

    —¿Por qué? —susurró Mabel despacio, su voz sonando anormalmente dulce, sintiéndose como una brisa fresca que soplaba por la habitación. Comenzó a darse media vuelta lentamente. Samantha se puso tensa, apretando aún más sus dedos contra su arma—. Si tú no me harás daño, ¿o sí?

    Cuando se volteó por completo y Samantha pudo verle mejor su rostro, ella también la reconoció. Sin embargo, su mente no pudo pensar demasiado en ello. Los ojos de Mabel resplandecieron de nuevo como antes, como dos brillantes monedas de plata reflejando la luz de la luna.

    —No a una chica tan bonita como yo… —susurró de nuevo con el mismo tono de antes, comenzando entonces a dar pequeños pasos hacia la detective.

    Samantha la observaba muy fijamente, con su arma arriba. Pero aunque ella estuviera cada vez más cerca, su dedo no presionaba el gatillo. Su cerebro parecía incapaz de dar esa orden; parecía estar más bien totalmente concentrado en el hermoso brillo de esos ojos.

    —Sam, ¿qué estás haciendo? —exclamó confundido Arnold en el suelo. Su mano estaba aferrada firmemente a la herida de su brazo que sangraba abundantemente.

    Su compañera, sin embargo, era como si no lo escuchara. No lo volteó a ver, ni reaccionó en lo absoluto a sus gritos. Ni siquiera pestañeó mientras aquella figura casi fantasmal cubierta de sangre se le aproximaba, con el filoso bisturí girando entre sus dedos.

    —¡Sam…! —gritó Arnold con más fuerza, pero no obteniendo ningún resultado. Intentó pararse, pero la herida de su pierna le recordó al instante que estaba ahí, provocando que cayera de nuevo al suelo sobre su costado.

    Mabel se aproximó lo suficiente hasta estar frente a frente a la Det. Hills. Ésta estaba totalmente sumida en esa laguna mental, que la hacía sentir que flotaba, y que todo su cuerpo era ligero como una simple nube de algodón. La Doncella empujó con un dedo el arma de Samantha hacia abajo, y los brazos de la oficial de policía bajaron sin oponer menor resistencia, hasta que el cañón del arma apuntó directo al suelo.

    —Sientes compasión por mí, ¿no es cierto? —masculló Mabel con tono juguetón, recorriendo sutilmente los dedos de su mano libre por la frente, sien y mejilla de la mujer detective, en una casi maternal caricia—. Sólo quieres ayudarme, ¿no es cierto?

    —Sí —susurró Samantha por mero reflejo, apenas logrando que su voz fuera oída—. Sólo quiero ayudarte…

    Los dedos de la Det. Hills se abrieron, soltando el arma y dejando que cayera al suelo, retumbando con fuerza contra éste.

    —¡Sam! —gritó Arnold lleno de desesperación, pero su compañera siguió sin reaccionar. Comenzó entonces a arrastrarse hacia el sitio en el que había caído su propia arma.

    —Sí, eso es —musitó Mabel despacio, recorriendo sus dedos por el rostro de la oficial. Ésta movía ligeramente su cabeza contra su mano, como añorando sentir más de su tacto—. No hay motivo por el cual tú y yo no podamos ser buenas amigas…

    Y al mismo tiempo que le acariciaba su rostro con tal delicadeza y dulzura, su otra mano se dirigió directo al abdomen de la detective, enterrándole el bisturí hasta lo más hondo. Los ojos de la detective se abrieron de par en par, y su cuerpo se dobló hacia el frente por el dolor. Al instante, Mabel jaló con fuerza su letal arma hacia un lado, rasgándola por completo de extremo a extremo, casi como si le dibujara una morbosa segunda boca rojiza en su abdomen, la cual comenzó a vomitar sangre y rastros de sus entrañas por ella.

    —¡Sam! —exclamó Arnold, horrorizado.

    Las piernas de la detective fallaron y estuvo a punto de derrumbarse, pero Mabel la tomó firmemente de su cuello, sujetándola en alto para mantener su rostro cerca del suyo. Los ojos humedecidos y llenos de terror de Samantha se clavaron de nuevo en aquellas dos gemas plateadas de la verdadera. Pequeños rastros de vapor opaco surgió de la boca de la oficial mientras sollozaba y gemía de miedo y dolor. Mabel aspiró profundo por su nariz, desdibujando casi al instante una mueca bastante similar al asco.

    La Doncella soltó a la policía al instante, dejándola caer sin oposición hacia el charco rojizo opaco que se había formado debajo de ellas. Samantha quedó recostada boca arriba, gimoteando e intentando respirar, mientras su mano sin fuerza alguna se presionaba contra su abdomen abierto.

    —De nuevo, sólo migajas asquerosas —masculló Mabel con hastío, incluso pasando su mano por su boca, como si intentara quitarse el rastro de algún trago amargo.

    Sintió de pronto la misma sensación de peligro de hace un rato, justo a sus espaldas. Por mero reflejo se hizo a un lado, justo un instante antes de que el Det. Stuart diera su primer disparo desesperado desde el suelo. La bala le pasó rosando la cabeza, siguió de largo y perforó una de las ventanas, haciendo pedazos el vidrio al contacto.

    Mabel se giró hacia el policía en el suelo, que intentaba sobreponerse al dolor y debilidad para apuntarle con su mano izquierda y dar otro disparo más.

    —No —pronunció Mabel con voz tajante, y de golpe Arnold sintió algo similar a lo que había sentido el pobre Henry: que su cuerpo pesaba, en especial su brazo, y que lo empujaba con ímpetu contra el piso.

    La Doncella se aproximó cautelosa. A pesar del efecto mental que estaba oponiéndole, el detective parecía de alguna forma sobreponerse lo suficiente para intentar alzar su brazo poco a poco, apuntando con su arma. Mabel se movió juguetona saltando hacia un lado y al otro para no ponérselo tan fácil, hasta que estuvo lo suficientemente cerca para tomarlo firmemente de su muñeca, y desviar el arma hacia un lado el momento justo en el que Arnold dio su segundo disparo, dando esta vez justo en la figura blanca de la Virgen María en la pared, prácticamente volándole la cabeza.

    —Pero tú pareces tener un poquito más de lo que necesito —indicó la verdadera con tono jocoso mientras contemplaba con curiosidad el rostro confundido y aperlado por el sudor del detective—. Casi nada —comentó, y justo después aproximó el bisturí a la mejilla de Arnold, dibujando una larga línea rojiza en su piel como si de un pincel se tratase—. Pero me bastará ahora que sólo soy yo…

    Fue bajando el bisturí, acercándose peligrosamente hacia su cuello. Al último momento, sin embargo, Arnold logró sobreponerse a ese efecto aletargado en el que se había sumido lo suficiente para presionar el gatillo de su arma repitas veces. Las balas volaron por toda la habitación, pero el estruendo de los disparos, prácticamente a un lado de su oído mientras sujetaba la muñeca del policía, estremecieron y aturdieron lo suficiente a la Doncella para que lo soltara y retrocediera un poco. Arnold cayó al suelo sobre su costado una vez que ella ya no lo sostuvo.

    —¿Qué fue eso? —se escuchó que una voz por el pasillo pronunciaba, y el sonido de varios pasos aproximándose se hizo presente.

    Mabel sopesó rápidamente que hacer, aferrando sus dedos con fuerza a su bisturí. Podría acabar con un par de enfermeros si se lo proponía. Sin embargo, antes de que las nuevas amenazas llegaran, las luces azules y rojas de una patrulla acercándose fueron visibles desde una de las ventanas. Debían ser los refuerzos que Sam había pedido.

    —Genial —exclamó la Doncella con sarcasmo—. Tendrá que ser en otra ocasión…

    Dejó caer entonces el bisturí al suelo y corrió con rapidez hacia la ventana que el primer disparo había alcanzado.

    —¡Alto! —gritó Arnold con las pocas fuerzas que le quedaban. Volvió a apuntarle como pudo y presionó el gatillo una vez… pero esta vez ninguna bala salió. Se había acabado todo su cartucho en ese arrebato desesperado.

    Mabel atravesó la ventana rota, cortándose un poco con los pedazos de vidrio que quedaban en su marco, pero aun así perdiéndose en un instante entre las sombras de la noche que se extendían a lo lejos sin mirar atrás.

    Arnold se sentía frustrado y furioso. Le gustaría poder desear que sus compañeros de la patrulla la interceptaran y detuvieran de alguna forma, pero viendo lo que había pasado en ese sitio sabía que eso no pasaría.

    Se olvidó de ella de inmediato, y centró su atención en su compañera. Samantha seguía tendida sobre su espalda, empapada en su sangre.

    —Sam —pronunció Arnold con debilidad, aproximándosele lentamente, arrastrándose por el suelo. Los ojos de la Det. Hills miraban perdidos al techo. Aún respiraba, pero apenas; y cada respiro parecía ser una dolorosa agonía. Algo de sangre comenzó a escurrirle por la comisura de su labio—. Escúchame, Sam. ¿Me oyes?

    Arnold se sentó como pudo a su lado, y presionó sus dados manos con todas sus fuerzas contra su abdomen, provocando que su compañera, y amiga, soltara un agudo sollozo de dolor.

    —Tranquila, estarás bien, estarás bien —pronunció el detective, intentando que su voz sonara mucho más firme y segura de lo que realmente se sentía. Los ojos de Samantha se viraron sólo lo suficiente para mirar en su dirección, aunque en realidad no parecían ver nada; se veían nublosos y dispersos—. ¡Ayuda! —gritó Arnold con ahínco—. ¡Ayúdenos por favor!

    Dos enfermeros, aquellos que habían oído los disparos, aparecieron de pronto en la puerta del cuarto y se apresuraron hacia ellos. Le dijeron algo, pero Arnold no lo entendió; sus voces eran como zumbidos lejanos. Lo único que sus sentidos podían captar, era sensación de la vida de su compañera escapándosele por entre sus dedos; una sensación cálida, y abrumadoramente fría al mismo tiempo.

    FIN DEL CAPÍTULO 129
     
  10.  
    WingzemonX

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    Resplandor entre Tinieblas
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    Misterio/Suspenso
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    Resplandor entre Tinieblas

    Por
    WingzemonX


    Capítulo 130.
    Eres extraordinario

    Una vez que Matilda y Cole salieron a su cita, y justo como Jennifer le había prometido a Samara, prepararon unas palomitas con mantequilla, bajaron la televisión del cuarto de Jennifer y Max a la sala, y conectaron en ella su computadora para poder ingresar a alguna de las plataformas de streaming y elegir una película para ver las tres juntas. Samara se veía… ligeramente interesada en la propuesta. Resultaba un tanto complicado adivinar por su usual mirada estoica si algo le parecía bien o no, pero al menos no parecía que le desagradara.

    Una vez realizada toda la logística necesaria, sólo quedaba sentarse en el sillón y llevar a cabo la tarea más complicada: elegir qué película ver. Samara no parecía tener preferencia por alguna en especial, o siquiera por algún género, así que dejó que entre Jennifer y Máxima decidiera, lo cual no hizo la decisión más sencilla.

    Al final Jennifer terminó teniendo la última palabra, eligiendo la película de Up; una que consideraba apropiada para Samara, y que además a ella a manera particular le gustaba mucho. Una sola mirada de Máxima dejaba en evidencia que ya la había visto bastante más veces de las que deseaba, pero lo dejó pasar y se limitó a sólo ir por una cerveza al refrigerador antes de sentarse con ellas a ver la película.

    Un poco más de hora y media después, los créditos finales recorrían la pantalla. La tranquila y lenta melodía que acompañaba a la serie de nombres que simulaban ser recortes en un álbum de recuerdos, era además secundada por los pequeños sollozos de la Srta. Honey.

    —Esta película siempre me hace llorar —musitó Jennifer despacio, mientras se tallaba sus ojos con un pañuelo ya para esos momentos bastante estrujado y arrugado.

    —Casi todo te hace llorar, Jenny —bromeó Max a su lado, acercándole la caja de pañuelos de la mesa para que tomara otro.

    —Ay, eso no es cierto —exclamó la Srta. Honey sonando ligeramente ofendida por el comentario.

    Una vez que tuvo los ojos y la cabeza un poco más despejados, Jennifer se giró hacia Samara, sentada al otro extremo del sillón. La niña de Moesko había estado bastante callada durante la película, apenas ofreciendo algún pequeño comentario cuando Jennifer se lo pedía. Se encontraba en ese momento con sus pies descalzos sobre el sillón, sus brazos cruzados sobre su regazo, y su mirada muy fija en los créditos que subían por la pantalla, como si no se hubiera dado cuenta aún de que la película ya había terminado. Y en su rostro en general… no se veía ni una pizca de emoción. Ni tristeza, ni enojo, ni siquiera aburrimiento; solamente un vacío absoluto.

    Jennifer carraspeó un poco para llamar su atención. Samara se giró lentamente en su dirección, parpadeando un par de veces, siendo quizás la única señal clara de reacción presente en su rostro.

    —¿Te gustó, Samara? —preguntó Jennifer sonriente.

    Samara volvió a parpadear, se mantuvo en silencio unos segundos, y entonces volvió su rostro de nuevo hacia la televisión, murmurando justo después un escueto:

    —Sí.

    Jennifer y Máxima se miraron la una a la otra; ninguna sabía exactamente cómo interpretar aquello.

    —¿No la habías visto ya? —cuestionó Max con curiosidad.

    —No, creo que no —respondió Samara, negando también lentamente con la cabeza—. Hace mucho que en mi casa no veíamos películas.

    —Bueno, salió hacia ya como diez años —señaló Máxima encogiéndose de hombros.

    —Hace ocho —le corrigió Jennifer.

    —Bueno, da igual. De seguro tenías sólo tres o cuatro años en ese entonces, ¿no?

    —Supongo —respondió Samara, sin mucho interés aparente en hacer las cuentas.

    —Quizás fue un poco infantil para ti. Después de todo, ya eres casi una adolescente.

    —No, no —respondió Samara rápidamente, notándose al fin una emoción en su rostro, aunque ésta parecía ser angustia—. Estuvo bien, en serio.

    —Pues yo te agradezco que me hayas dejado verla, porque es de mis favoritas —indicó Jennifer, colocando con dulzura una mano sobre la de Samara para calmarla—. ¿Te gustaría elegir la siguiente?

    —Sí, vamos, nena —le animó Max con ímpetu—. ¿Qué te gustaría? ¿Algo de acción? ¿Algo romántico? ¿Una de terror, quizás?

    Esa última propuesta pareció poner nerviosa a la Srta. Honey.

    —Eso no creo que sea apropiado —indicó con la firmeza propia de una maestra de escuela.

    —¿Para ella o para ti? —bromeó Máxima, observando a su pareja con expresión pícara, y haciendo que las mejillas de Jennifer se ruborizaran. No era un secreto que no era muy fanática de ese tipo de películas, en especial las que eran demasiado sangrientas.

    Escucharon ese momento como alguien llamaba a la puerta, tan repentinamente y con tanta fuerza que las tres saltaron un poco en sus asientos. Miraron en dirección al vestíbulo, y escucharon un segundo después que volvían a llamar de la misma forma.

    —¿Será Matilda? —masculló Jennifer despacio.

    —Ella tiene sus llaves —indicó Máxima, notándose algo de desconfianza en su voz. Se empinó rápidamente su botella, terminando de golpe lo poco que quedaba de su cerveza, y luego se puso de pie—. Iré a ver. Que Samara se quede aquí.

    Jennifer asintió y rodeó a la pequeña a su lado con un brazo.

    Máxima se dirigió con paso firme en dirección a la puerta. No era usual que recibieran visitas tan tarde en la noche por eso rumbos, aunque ciertamente muy pocas de las cosas que ocurrían esos días resultaban “usuales”. Antes de abrir, extendió su mano para tomar un bate de aluminio tenía junto al perchero de la entrada, y lo acercó para tenerlo a la mano; sólo por si se ofrecía.

    La persona al otro lado volvió a llamar otra vez con insistencia, justo antes de que ella abriera.

    —Ya voy —masculló con molestia, abriendo al instante la puerta—. ¿Sí?

    El repentino visitante se había volteado un momento hacia el camino de la entrada, pero en cuanto escuchó la voz de Máxima se viró de nuevo hacia ella, siendo sus grandes lentes oscuros lo primero Máxima notara, en los cuales se reflejaba su propio rostro.

    —Hey, Srta. Honey —exclamó aquella persona con voz bastante animada. Era un hombre alto y de complexión gruesa, cabello oscuro muy corto, y una barba a medio crecer de un par de días de la que se asomaban algunas canas. Esbozaba al hablar una sonrisa tan grande y radiante, que Máxima no podía evitar sentirla forzada—. Qué bien se ve. ¿Se hizo algo en el cabello? Muy bonito.

    —¿Y tú te hiciste algo en los ojos? —musitó Máxima con tono seco, y antes de que el extraño reaccionara, estiró su mano hacia él, quitándole esos lentes oscuros de la cara de un tirón.

    Una vez sin los lentes cubriéndolo, y que sus ojos se lograran adaptar al cambio de luz, aquel individuo logró ver con mayor claridad a la persona que estaba delante de él. Y aunque en parte aún era evidente que dudaba, al parecer logró vislumbrar que en efecto no era quien había pensado en un inicio.

    —Ah —murmuró despacio, quizás incluso un poco apenado—. ¿Usted quién es?

    —¿Yo? —exclamó Máxima con tono defensivo—. ¿Tú quién eres…?

    —Max —pronunció la voz de la verdadera Srta. Honey desde la sala, y un instante después hizo acto de presencia en el vestíbulo, y se paró a un lado de su pareja—. Está bien —le murmuró despacio a Máxima, colocando una mano sobre su hombro. Viró entonces su atención hacia el visitante. En cuanto escuchó su voz a la distancia le pareció reconocerlo, pero al verlo su primer pensamiento resultó más que confirmado—. Michael.

    El hombre sonrió ampliamente de esa forma tan desesperadamente forzada.

    —Hey, usted sí es la Srta. Honey que recuerdo —dijo señalándola con un dedo—. No se preocupe, también se ve bien conservada.

    Máxima y Jennifer intercambiaron una mirada discreta, donde claramente la primera le cuestionaba a la segunda si acaso había escuchado bien. Y sí, lo había hecho.

    —Gracias —susurro Jennifer, carraspeando un poco—. Qué sorpresa verte por aquí, Michael. ¿No estabas viviendo en…?

    —En Chicago, sí —completó el visitante rápidamente, con un singular orgullo al decirlo—. La Gran Ciudad del Motor.

    —¿Esa no es Detroit? —señaló Máxima en voz baja.

    —¿Qué se te ofrecía? —se apresuró Jennifer a preguntar, dando un paso al frente para prácticamente colocar medio cuerpo entre Max y el visitante, como si intentar proteger a alguno de los dos, sin ser claro a quién.

    —¿No es obvio? —rio aquel hombre de forma burlona y un tanto ruidosa—. Busco a la Cara de Rata. Y no me vaya a decir que no está aquí, que me llegó el rumor de que andaba por estos lares. A mí nadie me engaña.

    —¿Cara de Rata? —inquirió Máxima, sintiéndose cada vez más perdida. La escena ante ella ciertamente comenzaba poco a poco tornarse más surreal.

    Jennifer suspiró con pesadez, recorrió una mano por su frente. Sentía el deseo de decirle “no la llames de esa forma”, pero sabía de antemano que sería inútil.

    Matilda sí está aquí en la ciudad —respondió la maestra, cuidando su tono lo mejor posible—. Pero no aquí en este momento. Salió y volverá más tarde.

    —¿Salió? —espetó aquel hombre con incredulidad—. ¿A esta hora? ¿A dónde fue o qué? ¿A una cita o algo así?

    Su pregunta fue acompañada con otra risotada molesta, quizás para indicar lo absurda que aquella sola idea resultaba, y esperando sin duda de que sus dos oyentes compartieran el mismo sentimiento y se rieran con él. Ninguna lo hizo.

    —De hecho, sí —respondió Máxima con firmeza, cruzándose de brazos.

    —Max —susurró Jennifer despacio para llamar su atención e indicarle que se detuviera, pero ella no le hizo caso.

    —Y con un policía —añadió Max con una combinación de orgullo y amenaza—. Alto y muy bien armado; en más de una forma.

    La sonrisa en el rostro de aquel individuo se borró gradualmente.

    —¿Un policía? —soltó de golpe, como si aquella palabra le raspara la garganta—. ¿Tan pocos hombres le hacen caso a esa cerebrito que ha tenido que rebajarse a salir con un policía? Si nuestro padre se enterara…

    —Michael —pronunció Jennifer con fuerza, agitando una mano su mano frente al rostro del hombre para poder llamar de regreso su atención—. Como te dijimos, Matilda no está. Si quieres que le diga algo de tu parte…

    —Preferiría hablar con ella en persona —se apresuró el visitante a aclarar—. Es algo importante. ¿Le molesta si la espero?

    Jennifer y Máxima volvieron a mirarse la una a la otra, y de nuevo la sola mirada de la arquitecta gritaba una queja silenciosa, siendo en esa ocasión algo cercano a: “no vas a dejar que este tipo entre a la casa, ¿o sí?”

    Para sorpresa y confusión de Max, en efecto, sí lo hizo.

    —No, claro —respondió Jennifer, arrastrando sus palabras y sonriéndole lo mejor que pudo—. Adelante…

    —Gracias, Srta. Honey —comentó aquel hombre con entusiasmo, abriéndose paso entre ambas mujer de golpe antes de que ellas terminaran de quitarse de su camino—. Tan linda como siempre. Por eso siempre fue mi maestra favorita.

    —Yo nunca fui tu maestra, Michael —le respondió Jennifer como un áspero regaño.

    —Sí, sí, claro… Oiga, ¿no tendrán algo de comer? Aún no he cenado y… ¡Ah! —soltó de golpe un grito de espanto, en cuanto su mirada recorrió el vestíbulo y se posó en el marco de la sala, en donde Samara se encontraba de pie, observándolo atentamente entre las sombras del cuarto, con parte de su largo cabello negro cayendo frente a su rostro—. Jesús Bendito —pronunció despacio, colocando una mano sobre su pecho—. Oye, casi me matas del susto, Morticia Addams.

    —Michael, por favor compórtate —le reprendió la Srta. Honey con severidad. Se aproximó entonces hacia la niña, parándose detrás de ella y colocando sus manos sobre sus hombros de manera protectora—. Ella es Samara, una… paciente y amiga de Matilda.

    —Ah, sí —rio el hombre, claramente aún nervioso—. Mi hermanita la loquera de niños.

    Dio entonces un par de pasos hacia ellas, e inclinó un poco el cuerpo para poder colocarse a la altura de Samara. Ésta, por mero reflejo, se hizo hacia atrás, pegándose un poco más contra la Srta. Honey. No porque aquel individuo le diera miedo, sino porque… le provocaba una extraña repulsión sin ningún motivo.

    —Hola, pequeña, ¿cómo estás? —le preguntó pronunciando sus palabras muy lentamente—. No eres retrasada o algo así, ¿verdad?

    Max detrás de él soltó una silenciosa maldición al aire. Jennifer se contuvo de hacer algo muy parecido, teniendo incluso que apretar sus labios en su intento. Y Samara… bueno, la única reacción clara en ella fue su ceño fruncido y su mirada endurecida. Y claro, su repulsión sin ningún motivo… ahora sí tenía al menos uno.

    —Michael —pronunció Jennifer, agitando de nuevo una mano frente a él para que la volteara a ver a ella—. Si vienes conmigo a la cocina te daré algo de comer, ¿está bien?

    —Ese tono me gusta más —exclamó contento, tallándose las manos.

    —Ya sabes por dónde es —le indicó Jennifer, apuntando con su mano en dirección a la cocina. El hombre se adelantó y ella lo siguió de cerca.

    —Jenny —le detuvo Máxima un momento, tomándola con cuidado de un brazo para alejarse un poco y poder hablarle con apenas un poco más de privacidad—. ¿Quién demonios es este idiota?

    Jennifer negó con su cabeza, y el respondió despacio:

    —Michael Wormwood, el hermano mayor de Matilda.

    Máxima se sobresaltó, quedando boquiabierta ante aquella explicación. Miró sobre su hombro a aquel individuo, que miraba con curiosidad el florero sobre el comedor principal, como si intentara adivinar qué tanto podría costar…

    —No sabía que tuviera un hermano —indicó Máxima, aún sumida en su impresión inicial—. Ninguna de las dos lo mencionó nunca.

    Jennifer abrió su boca con la intención de responderle, pero antes de decir cualquier cosa, Michael volvió de nuevo al vestíbulo y se les aproximó con semblante fisgón.

    —Oigan —pronunció en alto para llamar la atención de ambas—. Quizás sea una pregunta indiscreta, pero… ¿ustedes dos son pareja o algo así?

    Ninguna respondió nada, pero las miradas de incredulidad y molestia que le compartieron dijeron lo suficiente.

    —Hey, no juzgo —pronunció Michael rápidamente entre risas—. Bien por usted, Srta. Honey. Pero qué mal que nunca encontrara a un hombre que le hiciera caso. Quizás si cambiara su forma de vestir. Tiene un lindo cuerpo; para su edad, claro. Debería lucirlo un poco más.

    Para ese punto Máxima ya ni siquiera sabía si debía sentirse enojada, asqueada, o simplemente incrédula de que ese sujeto fuera real y no algún tipo de morbosa actuación. Tuvo el deseo de preguntárselo de frente, pero Jennifer volvió a tomarla del brazo, y le indicó con una pequeña negación de su cabeza que lo que fuera que estuviera pensando, no valía la pena.

    —¿Aún te preguntas por qué nunca lo mencionamos? —inquirió Jennifer despacio, y ciertamente Máxima no tuvo deseo alguno de refutar aquello—. Vamos a la cocina, Michael.

    Ya más resignada que otra cosa, Jennifer guio a su invitado forzado para darle algo de comer, justo como le había prometido. Máxima sintió el aire aligerarse en cuanto ese individuo estuvo lo suficientemente lejos, aunque estaba segura de que no podrían volver a respirar con normalidad hasta que se fuera.

    —Vaya sujeto, ¿verdad, Samara? —intentó bromear Máxima, mientras se acercaba a la puerta para volver a cerrarla.

    Samara no dijo nada de inmediato. Se quedó un rato observando en la dirección que Jennifer y aquel hombre se habían ido.

    —¿En verdad es el hermano de Matilda? —preguntó de pronto, tomando por sorpresa a Max.

    ¿Había escuchado lo que Jenny le había dicho? No estaba tan cerca como para oírlas… ¿o sí? ¿O acaso lo había averiguado de otra forma? La idea le provocó un ligero escalofrío.

    —No se parecen ni un poco, ¿cierto? —murmuró intentando aparentar calma. Samara de nuevo se quedó callada—. Vayamos a la sala y sigamos eligiendo alguna película, ¿sí?

    De nuevo silencio, pero en esta ocasión Samara se giró sobre sus pies y se dirigió de regreso al sillón. Máxima la siguió con una prudente distancia, incluso llegando a cuestionarse si estaría mejor con el tal Michael, o a solas con esa niña…

    — — — —​

    —Espera un poco —exclamó Cole al tiempo que intentaba ahogar una risa—. ¿En verdad arrojó a ese niño por la ventana?

    —Sí —respondió Matilda rápidamente, aunque casi de inmediato vaciló un poco—. Bueno, eso creo.

    El relato de Matilda se había prolongado mucho más de lo que ella se hubiera esperado. Al final, en su intento de darle el contexto suficiente para que entendiera lo que había ocurrido aquella mañana en su salón de clases, había pasado a casi contarle todo su recorrido por la Escuela Primaria Crunchem Hall; un divertido juego de palabras para “Apachúrralos a Todos”, que terminó siendo cambiando poco después de la partida de Tronchatoro. Su relato incluía, por supuesto, cómo había conocido a la Srta. Honey, y a sus amigos como Lavander o Bruce. Y en especial como había hecho frente y derrotado a la malvada Agatha Tronchatoro.

    Claro, era el relato de una niña de seis años, narrado por una mujer cerca de sus treinta. A esas alturas recordar y mencionar algunos de esos acontecimientos en voz alta, resultaba un tanto embarazoso. Por suerte, Cole se había mostrado por igual interesado y fascinado durante toda la plática, como un niño al que le cuentan un increíble cuento de dragones y caballeros por primera vez.

    La historia se prolongó tanto que para cuando llegaron a su clímax (la historia del poltergeist que tanto interesaba a Cole), ya se habían terminado por completo sus perros calientes y papas, y sólo les quedaban sus sodas. Y en vista de que había algunas personas esperando a que una mesa se desocupara, decidieron levantarse y caminar un poco mientras continuaban charlando del mismo tema. No caminaron precisamente en dirección a la residencia Honey, sino que tomaron el camino largo, para alargar un poco más la velada.

    —Debes entender que esto pasó hace más de veinte años —aclaró Matilda, agitando un poco su vaso de refresco. Ambos caminaban por una banqueta alumbrada, a lado de una calle moderadamente concurrida—. Algunas cosas puede que se hayan exagerado en mi cabeza con el paso del tiempo. Pero de lo que estoy segura es que tuve que hacerlo volar por el aire y entrar de nuevo por la ventana.

    —Es increíble que tuvieras ese nivel de control a tan corta edad —reconoció Cole con verdadero asombro.

    Matilda se encogió de hombros.

    —No sé qué decirte. Fue complicado al inicio, pero una vez que encontré cuál era el truco, se volvió relativamente sencillo hacer ese tipo cosas. Aunque claro, luego de esa escena montada en la escuela, la Srta. Honey me incentivo a no volver a hacer algo que resultara tan vistoso.

    —¿Y qué pasó después?

    Matilda pasó a contarle de manera rápida la última parte de la historia, que según Matilda recordaba se componía principalmente de algunos empujones, giros y brincos, y culminaba con Tronchatoro atravesando la puerta del salón, y una monumental guerra de comida de la cual la malvada directora era el único objetivo. Por supuesto, Matilda tuvo la necesidad de aclarar que mucho de eso podría no haber ocurrido exactamente así. Pero los hechos seguros eran que Tronchatoro abandonó despavorida la escuela en ese momento, huyendo en su vehículo como animal espantado de su depredador.

    Para cuando terminó esa parte del relato, su plática los había llevado a un pequeño parque bien iluminado, aunque un poco apartado de la calle principal. Sin que ninguno tuviera que sugerirlo directamente, se sentaron uno al lado del otro en la banca más próxima que encontraron, para reposar un poco y terminar sus refrescos, aprovechando que había un bote de basura a unos cuantos pasos.

    —¿Y qué fue de Tronchatoro luego de eso? —preguntó Cole con curiosidad.

    —La verdad, no lo sé —respondió Matilda, encogiéndose de hombros—. Desapareció de la ciudad esa misma tarde y nadie volvió a saber algo de ella, hasta dónde sé. —Dio un largo sorbo de su pajilla, y después prosiguió—. He oído muchos rumores y teorías a lo largo de los años. La versión más aceptada es que huyó a un convento escondido en alguna montaña recóndita de Europa, encontró a Dios y ahora vive ahí como monja.

    —Pero tú no lo crees, ¿verdad? —masculló Cole, riendo claramente divertido.

    —Me es imposible imaginarme a Agatha Tronchatoro en hábito de monja —señaló Matilda con todo mordaz—. Si “encontró a Dios”, de seguro fue en algún absurdo culto que alabe a… no sé, ¿las piñatas?

    Cole volvió a reír, y en esa ocasión Matilda no pudo evitar contagiarse un poco de esa risa.

    —Me gusta más imaginármela en una cabaña escondida, a mitad del bosque más recóndito del país, disparándole a todo el pobre diablo que se atreva a acercarse, y que los niños hagan historias de que es una horrible y malvada bruja; bastante cerca de la verdad. Pero, si me lo preguntas, creo que lo más probable es que se haya ido hasta México, donde consiguió trabajo de maestra de inglés o educación física, torturando a más pobres niños, hasta que quizás ya para estos momentos esté incuso retirada y viviendo en paz.

    —Eso es bastante específico.

    —He tenido tiempo para imaginármelo.

    Matilda terminó con su vaso, y Cole igualmente lo hizo un poco después. La Dra. Honey tomó entonces ambos, caminó hacia el bote de basura y los depositó en éste.

    —Así que ahí lo tienes —indicó como conclusión final, tallándose las manos y acercándose de regreso a la banca para sentarse a lado de Cole una vez más—. No hubo ningún poltergeist ni nada parecido. Todo fue sólo un pequeño “castigo”, de mano de una niña de seis años que acababa de descubrir su Resplandor, y que gracias a él se deshizo de la peor maestra y directora que cualquier niño haya tenido la desdicha de conocer. Pero supongo que la historia del fantasma era más interesante.

    —Yo no diría “interesante” —indicó Cole—, pero quizás sí un poco más fácil de contar. Lo que realmente me sorprende es que algo como eso no haya tenido más repercusión, y se haya quedado sólo como un pequeño rumor local.

    —Bueno, a mí no me extraña tanto —añadió Matilda—. Los únicos testigos fueron un puñado de niños pequeños, que ni ellos mismos se ponían de acuerdo en qué pasó realmente. Y claro, la Srta. Honey, pero ella fingió un poco demencia diciendo que no tenía ni idea de lo ocurrido. Es bastante buena haciendo eso cuando se lo propone. Así que al final, la mayoría de los otros adultos prefirieron suponer que simplemente Tronchatoro había sufrido un colapso nervioso. Y quizás eso no fue del todo incorrecto.

    Matilda se cruzó de brazos, y volteó a ver a su acompañante con una sonrisilla de complicidad.

    —Así que, ¿decepcionado? —le preguntó con tono juguetón.

    —De hecho todo lo contrario —respondió Cole sin dejo de burla—. Obtuve más de esta historia de lo que creía. Por ejemplo, jamás te hubiera imaginado como una niña que hacía ese tipo de travesuras.

    —No eran travesuras —contestó Matilda como una tajante corrección—. Eran… “castigos” para la gente que se portaba mal. Pequeñas válvulas de escape para evitar que personas como éstas me volvieran loca con sus… bueno, tú me entiendes.

    Suspiró con pesadez, casi de forma melancólica, y alzó su mirada pensativa hacia el cielo estrellado sobre ambos.

    —Pero con el tiempo, bueno… me volví cada vez más "adulta" como dijiste alguna ocasión. Entre los saltos de grados escolares y… lo difícil que resultó mi pubertad y adolescencia, me vi forzada a cambiar algunas cosas de mi conducta.

    —Sí, eso lo puedo entender bien —secundó Cole con ligero pesar—. Crecer apesta, ¿cierto?

    —No del todo —ironizó Matilda con ligero humor—. Ser adulto tiene sus ventajas, obviamente. Pero es verdad que la vida era mucho más simple en aquel entonces. Sin demonios y fantasmas…

    —Eso dilo por ti —indicó Cole rápidamente.

    Matilda lo miró de reojo, y la expresión de su rostro se tornó bastante más seria. Era verdad, él le había contado que había empezado a ver fantasmas siendo aún bastante joven; quizás al mismo tiempo que ella misma había despertados sus propias habilidades. Cuando se lo contó la primera vez, no le había dado la importancia debida, pues en ese momento aún se resistía a aceptar que dichas historias pudieran tener algo de verdad. Pero ahora que podía verlo todo desde una perspectiva diferente, sentía que ni siquiera su propia experiencia como psiquiatra infantil la tenía lo suficientemente preparada para intentar vislumbrar lo que experiencias como esas podían dejar en un niño pequeño.

    —Sí, claro —musitó Matilda con tono moderado—. Lo siento.

    Extendió en ese momento su mano hacia la de él, tomándola con delicadeza entre sus dedos. Aquel delicado y repentino toque tomó un poco desprevenido al detective.

    —Me hubiera gustado que nos conociéramos en aquel entonces —murmuró Matilda, esbozando una sincera sonrisa.

    —Créeme —exclamó Cole con ironía—, no habrías querido ser amiga de este niño tan raro y con nula capacidad social, y que luego encima comenzó a ver y hablar con personas que los demás no podían.

    —Y yo era la pequeña niña cara de rata, que hablaba de cosas que muchos chicos incluso cinco años mayores que yo ni siquiera entendían, prefería leer que interactuar con muchos de sus compañeros, y cada vez que respondía una pregunta en clase pensaban que estaba presumiendo lo lista que era.

    Los dedos de Matilda se apretaron un poco más contra la mano de Cole; la misma en donde aquella mancha negra seguía adornando el dorso de su mano.

    —Pero a diferencia de la que conociste en Portland, creo que esa Matilda sí hubiera estado mucho más abierta a escucharte y a creerte si le decías que podías ver y hablar con fantasmas. —Alzó su rostro de nuevo hacia el suyo, mirando fijamente a sus profundos ojos tan claros como el cielo—. Creo que podríamos habernos hecho compañía el uno al otro en esas etapas difíciles.

    —A mí me agrada la compañía actual como es —señaló Cole en voz baja, y sin retirarle la mirada de encima rodeó la mano con la que lo sostenía entre las suyas, como si intentara formar un capullo protector a su alrededor. Era curioso sentir las manos del policía, grandes y fuertes, rodeando la suya más pequeña y delgada.

    —A mí igual —respondió Matilda en la forma de un pequeño susurro, sonriéndole ampliamente sin apartar aún su mirada.

    Ambos se quedaron en silencio unos segundos, simplemente contemplando fijamente los ojos del otro, como si intentara memorizar su forma y color exacto. Y quizás fue su resplandor, sus mentes comunicándose la una a la otra gracias a ese pequeño regalo, o quizás fue simplemente algo más convencional, pero no por ello menos maravilloso; pero lo que haya sido, ambos tuvieron la misma idea y el mismo deseo casi al mismo tiempo, y fueron totalmente conscientes de ello. Así que ninguno tuvo que decirlo, ni tampoco tuvo que animarse a ser el primero. Casi en perfecta sincronía, cada uno aproximó su rostro al otro, cerró sus ojos en el mismo instante y al mismo ritmo, y unieron sus labios contra el otro, formando un pequeño, casi inocente, beso que igual se sintió como una ráfaga recorriendo sus cuerpos desde el punto donde se unían el uno al otro, hasta la punta de sus pies.

    Y ahí permanecieron, sin decir nada, sin abrir los ojos, y sin moverse más allá de lo necesario; quizás incluso apenas respirando. Fue un momento que duró quizás sólo unos pocos segundos, pero en la mente de ambos fue como recorrer cada momento que habían compartido esas semanas en un chasquido.

    Definitivamente el mejor y más memorable beso que cualquiera hubiera dado, hasta ese momento.

    —¿Una rosa para la bella dama, caballero? —pronunció de golpe una voz justo a su lado, haciendo que ambos se sobresaltaran asustados y se separaran de golpe.

    Una mujer envuelva en un grueso abrigo y gorro de lana estaba de pie frente a ellos, extendiéndoles una rosa color amarillo, mientras en su brazo cargaba una canasta con varias otras de diferentes colores.

    Ambos se miraron el uno al otro, y soltaron al unísono una pequeña carcajada.

    —No, no —respondió Matilda entre risas, agitando una mano delante de ella—. Estamos bien, gracias.

    La mujer no insistió mucho más, y se alejó por el camino serpenteante del parque.

    Matilda sentía sus mejillas ardiendo, y quizás de paso todo el resto de su cuerpo. Se había dicho varias veces que no tenía por qué estarse sintiendo o comportando como una adolescente con eso, pero ciertamente era así como se sentía. O como ella visualizaba que una jovencita debía sentirse al momento de dar su primer beso, aunque ella sabía bien que técnicamente no era su caso, pese a que sí se sentía bastante por encima que cualquier otro beso que hubiera tenido que dar antes, más por obligación, en sus diferentes citas pasadas.

    —Será mejor que nos encaminemos, antes de que se haga más tarde —propuso Matilda, parándose de la banca. Cole no parecía del todo conforme con regresar tan pronto, pero lo entendió, por lo que se puso también de pie y ambos comenzaron a caminar ahora sí en dirección a la residencia Honey.

    Comenzaba a ponerse cada vez más fresco, y Matilda no pudo fingir por mucho que no sentía frío, pues el movimiento de sus manos frotando sus brazos la delató. Sin decir nada, Cole se retiró la chaqueta, y la estiró para colocarla sobre sus hombros. Matilda soltó una queja al respecto, pero él la ignoró. No le parecía del todo correcto, pero al final Matilda lo dejó así. Era un acto un poco cliché, pero no por eso le resultaba desagradable. Incluso se permitió rodearse más con la chaqueta para calentarse los brazos.

    Pasaron un par de minutos en los que ambos permanecieron en total silencio. No era como tal uno incómodo, ni tampoco era tanto que no tuvieran más de qué hablar. De hecho, ciertamente Matilda tenía algo que quería decir, y que se le había venido a la mente en cuanto Cole hizo mención justo a su niñez y los fantasmas.

    Quizás la historia del poltergeist de su escuela que Cole había oído no había sido lo que había pensado. Sin embargo, Matilda sí tenía otra anécdota de fantasmas que no le había contado; una muy, muy reciente,

    —Cole, hay algo más que no te he contado —murmuró Matilda de pronto, cuando al fin pudo darse el valor suficiente para hacerlo.

    Cole se giró a mirarla con interés.

    —¿Sobre alguna otra travesura de primaria?

    —No —respondió Matilda rápidamente. Se mordió ligeramente su labio inferior, y sus dedos jugaban nerviosos entre ellos—. Es… es sobre aquel día en Beverly Hills, sobre cómo logré subir al pent-house de Thorn. La verdad es que alguien me ayudó.

    Aquello claramente confundió al detective.

    —¿Quién?

    —Una mujer —aclaró Matilda—. Nunca la había visto, pero apareció de repente frente al elevador, y detuvo la puerta para que yo pudiera colarme. Ya adentro, tocó el tablero para que el ascensor pudiera subir hasta el último piso… y luego desapareció. Creí que podría ser alguien proyectándose desde algún otro sitio, como Eleven lo hace a veces.

    Hizo una pausa, y ambos siguieron avanzando varios metros antes de que Matilda volviera a hablar:

    —Pero entonces, más tarde, vi la foto en tu billetera.

    El entrecejo de Cole se arrugó, claramente turbado.

    —¿La foto de mi madre?

    Matilda asintió.

    —Creo que era ella. No estoy del todo segura pero… era muy parecida. ¿Es eso posible?

    —Tal vez —respondió Cole con seriedad.

    —¿Era un… fantasma? —preguntó Matilda, con un ligero dejo de preocupación en su voz.

    —Eso también es muy probable.

    —¿Cómo es posible? Si yo nunca… había visto uno antes.

    —Bueno, yo siempre he creído que todo resplandeciente puede hasta cierto nivel conectar con estos seres; sólo que algunos tenemos esa puerta más abierta que otros. Pero en este caso en especial, puede que haya sido mi culpa.

    Ahora fue el turno de Matilda para sentirse confundida, pero sobre todo intrigada. ¿A qué se refería con eso?

    Cole no tardó en explicarse.

    —Yo intenté algo, ahí en el pent-house cuando estaba ante Thorn. Un viejo truco. Como le dije a Samara aquella noche, por sí solo lo que un espíritu de cualquier clase puede hacer, es bastante limitado. Necesita obtener energía de algún lado para poder materializarse en este mundo, y poder hacer algún tipo de daño. Ésta la pueden obtener de diferentes fuentes; de las emociones intensas de la gente por ejemplo, en especial el miedo; o incluso de los aparatos eléctricos como las lámparas o focos. Pero su fuente más efectiva y poderosa, es el resplandor. Hace tiempo descubrí que si les permitía a los fantasmas alimentarse sólo un poco de él, podía lograr que hicieran… cosas que te pondría en verdad la piel de gallina. Así que llevé a varios de mis amigos…

    —¿Con “amigos” te refieres a…? —cuestionó Matilda con incertidumbre. Cole sólo asintió, dejándole claro que se refería justo a lo que ella estaba pensando.

    —Los llevé conmigo, ocultos en una caja especial en mi cabeza… eso es un poco más complicado de explicar. Pero el caso es que, cuando las cosas se pusieron feas, los liberé y les di de mi energía para que se encargaran de someter a Thorn y a sus hombres, y así poder salir de ahí con Samara. Al inicio funcionó, pero… luego ese chico se deshizo de todos ellos como si fueran simples mosquitos zumbando a su alrededor. Nunca había visto algo así antes…

    El rostro de Cole palideció un poco al recordar aquel momento. Fue aterrador, aunque debía admitir que también un poco impresionante.

    Se dio cuenta que se había quedado ido por más de lo que esperaba, así que se apresuró a continuar con su explicación, con la mayor normalidad que pudo.

    —En fin, es probable que mi madre se presentara para cuidarme la espalda, y usara un poco de mi energía para poder hacer lo que hizo.

    —Entiendo —murmuró Matilda. Y al menos la parte teórica de lo que le contaba lo lograba entender; la parte práctica era la que aún le causaba problemas—. Recuerdo que me dijiste aquella noche en Salem que ya no la veías desde hace mucho; que dejaste de llamarla, y ella dejó de venir.

    —Bueno, sí —asintió Cole—. Pero últimamente parece que eso ha cambiado. El Dr. Crowe y ella parecen estar haciendo un esfuerzo para ayudarme, y advertirme.

    —¿Advertirte qué? —preguntó Matilda, notándose algo alarmada.

    Su caminata de regreso se había ido volando mucho más rápido que la de ida. Cuando menos lo pensaron, ya ambos se encontraban con el pie en el camino de entrada de la propiedad de los Honey, y caminaban uno a lado del otro en dirección a la casa.

    —De todo esto que ha pasado, creo —declaró Cole, como una respuesta un poco tardía a la pregunta de Matilda—. Ambos me dijeron a su modo que si seguía metiéndome en este asunto, terminaría muy mal. Para mí… y también para ti.

    —¿Para mí? —exclamó Matilda, exaltada—. ¿Por qué yo no en específico?

    —No lo sé, yo…

    Cole balbuceó, quizás un poco nervioso, quizás un poco enredado con sus propios pensamientos.

    Ambos caminaron hasta colocarse al pie de las escaleras del pórtico. Sólo entonces Cole tuvo el valor de voltearse a mirarla, casi del mismo modo como lo había hecho en aquella banca de parque. Matilda, por su lado, le sostuvo igual su mirada, expectante.

    —Quizás vieron lo importante que te estabas volviendo para mí en esos momentos —indicó Cole con seriedad—, o lo más importante que te volverías después… Y si algo he aprendido en todo este tiempo, es a tomarme las advertencias de los fantasmas muy en serio. No quería exponerte a ese peligro; por eso no te dije al inicio que Leena Klammer venía para acá, o en dónde estaba Samara. Pero tampoco podía dejarla sola con esta gente. Sé que no me lo perdonarías si hacía tal cosa.

    Aquello trajo a la mente de Matilda más vívidamente la conversación que habían tenido ahí mismo en la casa unos días atrás. Ahora qué lo recodaba, si le había mencionado algo parecido antes, sobre que le habían advertido que si seguían metiéndose en ello sus vidas correrían peligro. Quizás esa parte se le había escapado un poco entre toda la charla del Anticristo.

    Pero, a pesar de que no le estaba dando información demasiado diferente a la que ya le había dado aquella ocasión, ahora todo cobraba mayor sentido para ella.

    —Así que… —murmuró despacio con voz reflexiva—, preferiste ir tú solo contra el mundo a intentar rescatarla.

    —Solo no —aclaró Cole, defensivo—. Yo y mis “amigos”, ¿recuerdas?

    —Tú y tus amigos —corrigió Matilda, esbozando una media sonrisa—. Y todo eso sólo para no ponerme en peligro.

    —Sí —rio Cole nervioso—. Pero al final no funcionó, y terminaste tú salvándome el trasero a mí. Y mucho más que eso, de hecho.

    Matilda suspiró con pesadez, se cruzó de brazos, y volteó a verlo fijamente con una severidad propia de una maestra a punto de reprender a un niño.

    —Todo eso fue muy estúpido de tu parte —le recriminó con brusquedad.

    —Supongo que sí.

    —Pero —masculló Matilda con voz más suave—, también un poco valiente, supongo.

    La psiquiatra dio entonces un paso hacia él, y alzó una de sus manos para posarla delicadamente sobre su mejilla. Cole percibió enteramente el calor de su palma contra su piel fría, y observó casi atónito la sonrisa dulce y amable que se dibujó en labios de la mujer mientras lo observaba.

    —Gracias —susurró Matilda despacio, casi como un suspiro—. Por todo lo que has hecho por mí y por Samara. Te las pasas diciendo que soy extraordinaria y sorprendente, pero quizás deba verse al espejo más seguido, Det. Sear.

    —Cuando lo dices de esa forma, casi hasta me lo creo —murmuró Cole, alzando él una mano para tomar con cuidado la que Matilda tenía contra su mejilla.

    —Pues hazlo —le respondió ella, sonando casi como una advertencia.

    Y de nuevo se formó entre ambos un momento muy parecido al de la banca. Un momento en el que no eran necesarias palabras, pues ya sea por resplandor, magia o simple conexión, ambos sabían lo que el otro quería. Y similar a aquel otro momento, ambos se inclinaron hacia el otro y cerraron sus ojos, aproximando sus labios para darse un segundo beso que a ambos les cosquilleó incluso desde antes de que siquiera se tocaran.

    Sin embargo, dicho segundo beso tendría que esperar un poco, pues un instante antes escucharon como la puerta de la entrada se abría de golpe, y una voz grave pronunciaba con fuerza:

    —¡Oye tú!, ¡aléjate de mi hermana!

    Cole y Matilda se sobresaltaron asustados, se separaron un paso del otro y se viraron al mismo tiempo hacia la puerta. Aquel hombre corpulento de cabello oscuro y corto no le resultó nada conocido a Cole, pero sí a la mujer castaña a su lado.

    —¿Michael? —pronunció Matilda, claramente confundida.

    Aquel hombre soltó entonces una sonora y casi estridente risa.

    —Sólo bromeo, hombre —masculló entre risas, aproximándose a los escalones. La Srta. Honey se asomó desde la puerta detrás de él, apenada por no haberlo podido detener—. Ya era hora de que te consiguieras a alguien fuera de esos estúpidos libros, cara de rata.

    —¿Disculpe? —masculló Cole, nada cómodo con el tono y las palabras que aquella persona utilizaba.

    Matilda colocó una mano en el pecho de Cole, como si quisiera indicarle que se mantuviera atrás, y dio un paso al frente para encarar a aquel hombre de frente.

    —¿Qué haces aquí? —le cuestionó con severidad. Él, sin embargo, prácticamente la ignoró y estiró su mano hacia Cole, aún a pesar de que ella estaba entre ambos.

    —Michael Wormwood, encanado —le saludó con una amplia (y tal vez falsa) sonrisa.

    —Cole Sear —respondió el policía a su vez, estrechando la mano que le ofrecía por mero reflejo.

    —No está mal, Maty —susurró Michael con tono jocoso—. Mejor de lo que me había imaginado. Pero, ¿no pudiste conseguirte uno que no fuera policía?

    —Michael —pronunciaron Matilda y Jennifer al mismo tiempo con tono de reprimenda, más el susodicho no pareció escucharlas.

    —Quizás no te lo dijo —añadió inclinándose un poco hacia Cole—, pero nuestra familia tiene cierta historia con las fuerzas de la ley…

    —Michael —pronunció Matilda con más fuerza, volviéndose a colocar delante de él y haciéndolo hacia atrás con una mano para alejarlo de Cole, casi de forma protectora—. ¿Qué haces aquí? —le cuestionó de nuevo con tono tajante y severo, al igual que la expresión de sus ojos.

    Michael retrocedió un paso, se acomodó su chaqueta, y carraspeó un poco. Entonces respondió con el encantó ensayado usual de los vendedores de auto; Matilda lo reconocía bien, pues sabía de quién lo había heredado.

    —Supe que estabas aquí, así que vine a buscarte, obviamente. Pensé que quizás habías venido para la audiencia de papá así como yo.

    Matilda entrecerró un poco los ojos, y su ceja derecha se arqueó ligeramente en una expresión de intriga.

    —¿Cuál audiencia?

    FIN DEL CAPÍTULO 130
    Notas del Autor:

    Michael Wormwood se basa íntegramente en el respectivo personaje de la película Matilda de 1996, y en mucha menor medida en el respectivo personaje de la novela de Roald Dahl. En el siguientes capítulos se darán más datos referente a qué fue de su vida en todos los años posteriores al final de la película anterior, todo ello de mi propia imaginación, pero espero les agrade la caracterización que he decidido emplear para este personaje.

    Adicional a la aparición sorpresa de Michael, en este capítulo vimos algunos momentos más tranquilos y lindos para Matilda y Cole, que bien les hacían falta. ¿Qué les parecieron? Espero que los hayan disfrutado tanto como ellos lo hicieron, pues sabemos que la paz no suele durar mucho por aquí…
     
  11. Threadmarks: Capítulo 131. Resentimientos
     
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    Resplandor entre Tinieblas
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    Resplandor entre Tinieblas

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    Capítulo 131.
    Resentimientos

    Mientras Matilda y Michael movían su conversación a la cocina, en parte para poder llevarla a cabo con mayor privacidad, y en parte para que Michael pudiera terminar el plato de comida que Jennifer le había servido, Cole hizo lo mismo sentándose en la sala a aguardar a que terminaran. Por la hora quizás lo prudente sería estarse ya encaminando a su hotel, pero ciertamente no deseaba irse sin estar seguro que todo estaba bien. No en el sentido de que Matilda estuviera por algún motivo en peligro, sólo… quería estar cerca por si ocupaba cualquier cosa.

    Cole había tomado asiento en uno de los sillones, mientras Samara se encontraba en otro. Ninguno parecía interesado en intentar entablar alguna conversación, y sólo observaban en silencio en dirección a donde se encontraba la cocina, desde dónde les llegaban pequeños rastros de la conversación, aunque no los suficientes para poder darle forma completa aunque fuera a una sola frase.

    —Aquí tienes tu café, Cole —informó la Srta. Honey al entrar en la sala, cargando en cada mano una taza humeante—. Y tu chocolate, Samara.

    La maestra se inclinó sobre la mesa de centro, colocando frente a cada uno su respectiva taza.

    —Gracias, Srta. Honey —masculló Cole con amabilidad, tomando la taza frente a él para darle un pequeño sorbo. Su mirada, sin embargo, nunca se desvió de la dirección que tanto interés le provocaba en esos momentos—. ¿Estará bien si la dejamos sola?

    —¿A Matilda? —murmuró Jennifer, luego esbozando una pequeña sonrisa despreocupada—. Sí, descuida. Ella sabe muy bien cómo lidiar con los Wormwood. Ella es una después de todo… Al menos eso dice su certificado de nacimiento…

    —¿Qué acaso no tienen leche de verdad en esta casa? —se escuchó que pronunciaba con fuerza la voz de Michael desde la cocina, jalando rápidamente la atención de los tres—. ¿Qué es esta cosa de deslactosada…? ¿Agua pintada de blanco?

    Jennifer soltó un pesado suspiro, y pasó su mano por su ya un poco adolorida cabeza.

    —Pero igual estemos al pendiente —murmuró despacio, ya no tan despreocupada como antes.

    —Ese hombre no me agrada —indicó Samara en voz baja, alargando sus manos para tomar la taza de chocolate.

    —A mí tampoco, pequeña —secundó Cole con voz severa.

    — — — —
    Michael estaba sentado en la pequeña mesa cuadrada de la cocina, con su (segundo) plato de comida frente a él, y un vaso de leche (deslactosada) a un lado. Pese a sus quejas iniciales, de hecho se encontraba comiendo con bastante deleite, soltando de vez en cuando alguna pequeña exclamación de gusto entre bocado y bocado. Matilda, por su lado, se encontraba de pie, apoyada contra la superficie de la cocina, con sus brazos cruzados y su mirada apacible, aunque vigilante, sobre su hermano.

    Desde aquel día hace un poco más de veinte año que Matilda había dejado a los Wormwood y comenzado a ser Matilda Honey, su interacción posterior con los miembros de su familia biológica había sido limitada, si acaso cabía llamarla de esa forma. Y toda ésta se había limitado casi por completo a esos esporádicos encuentros que tenía con su hermano, Michael. La mayor parte del tiempo cada uno estaba bastante concentrado en su respectiva vida, y parecía procurar ignorar que el otro existía siquiera, hasta el momento en el que uno necesitaba algo del otro; o, más bien, hasta el momento en el que Michael necesitaba algo de Matilda, pues el caso contrario no había sucedido hasta el momento.

    Pese a eso, Matilda sí estaba un poco más enterada de la vida de su hermano, desde aquel momento hace poco menos de ocho años en el que había elegido aceptar su repentina solicitud de amistad en Facebook. Y no era que acostumbrara pasearse bastante en su perfil, pero al parecer él y su actual esposa eran de los que acostumbraban subir fotos de casi todo lo que hacían, así que inevitablemente se había ido cruzando con más de algún momento en sus vidas; algunos de los que hubiera preferido no saber tanto.

    —Delicioso —señaló Michael, apuntando con su tenedor a lo que quedaba del plato—. ¿Segura que no quieres? Quedó un poco en la olla.

    —Ya cené —respondió Matilda con voz escueta.

    Michael se encogió de hombros y siguió comiendo.

    —No sé cómo puedes mantener esa figura tan esquelética si la Srta. Honey cocina tan rico.

    Matilda respiró lento por su nariz, intentando no perder la calma, justo como había estado haciendo durante todo ese rato. En el fondo estaba segura que había intentado hacerle algún tipo de cumplido con eso.

    —Cuidando lo que como y lo que no, mayormente —respondió con cierta indiferencia—. ¿Viniste solo?

    —Sí —asintió Michael, aún con media porción en la boca—. Cheryl y el pequeño Mike se quedaron en casa. El chico tenía escuela, y además estos asuntos no son para niños.

    Antes de que comenzara su escueta interacción por redes sociales, Matilda se había enterado, más por terceros, que Michael había contraído matrimonio hace unos años; y sólo unos meses después nació su hijo, Mike. No se tenía que ser un genio para saber cuáles fueron las circunstancias por las que dicho matrimonio se había dado en un inicio. Matilda no conocía la nueva Sra. Wormwood en persona, pero por las fotos y videos que había llegado a ver, le resultaba casi aterrador el parecido que tenía con una versión rejuvenecida de su madre biológica; pero eso no era algo que estuviera dispuesta a señalarle a su hermano ni aunque le pagara por una sesión.

    Del pequeño Mike sabía incluso menos. Para esos momentos debía tener ocho o nueve años, y al menos en el par de fotos que había logrado ver, parecía ser un niño bien parecido. En una de ellas incluso parecía haber ganado el listón azul en alguna feria de ciencias, o eso le había parecido a Matilda. Lo que más se le quedó grabado, sin embargo, era que Michael aparecía a su lado con una sonrisa llena de orgullo. Era una escena que contrastaba bastante con la imagen que tenía en su cabeza de cómo sería la familia de su hermano mayor. Se había imaginado prácticamente una versión 2.0 de la familia Wormwood que ella misma había conocido, y su elección de esposa no le ayudaba mucho a cambiar esa idea. Y aunque en parte no descartaba del todo que así fuera, aquella foto en concreto le había dado ciertas… esperanzas.

    —¿Y cómo están? —preguntó Matilda con genuino interés.

    —Oh, genial, genial —respondió Michael con ímpetu—. Ya se adaptaron a Chicago; les encanta. La casa nueva es bellísima. Deberías verla… Bueno, si alguna vez te dignas a visitarnos.

    La recriminación oculta en esas últimas palabras, en realidad no estaba tan oculta.

    —Ah, ya no me dedico a la venta de autos, por cierto —se apresuró a comentar Michael antes de que Matilda tuviera oportunidad de decir algo.

    —Oh, qué bueno… —exclamó Matilda con sincero alivio. Le resultaba un tanto preocupante las elecciones de vida que estaba tomando, tan obviamente parecidas a las de su padre.

    —Ahora tengo una distribuidora de autopartes de lujo —añadió Michael con marcada jactancia, destruyendo casi de inmediato el poco alivio que le había proporcionado a su hermana.

    —¿Autopartes? Michael…

    —Hey, todo eso legal, lo juro —declaró Michael con tono defensivo, alzando sus manos en el aire—. Si no me crees, dile a tu novio el policía que me revise… Aunque, mejor no tan a fondo.

    Matilda, en un inconsciente acto de imitación hacia la Srta. Honey, suspiró con pesadez y pasó su mano por su levemente adolorida cabeza.

    Ese había sido el límite de charla casual que podía permitirse tener con él. Sería mejor para ambos ir directo al asunto importante y terminar rápido con eso.

    —Mencionaste algo sobre una audiencia —indicó Matilda, esperando no ser demasiado directa, pero sí lo suficiente.

    —Sí, la de libertad condicional —respondió Michael, pasando la servilleta por su boca para limpiarse los rastros de comida—. Es en unos días, después del fin de semana de Acción de Gracias. Si sale bien, papá podría salir antes de Navidad. O eso creo.

    El rostro de Matilda se mantuvo sereno como roca al escucharlo.

    Harry Wormwood, su honorable padre biológico (o eso decía su registro al menos), se encontraba desde hace ya un buen tiempo cumpliendo una condena en la Estatal de California en Lancaster; a una hora y media más o menos de donde se encontraban en esos momentos. El intento de huida de Harry duró a lo mucho tres años, antes de que las autoridades dieran con él y lo extraditaran de vuelta al país con todo y su esposa e hijo. Y no suficiente con la larga lista de cargos que ya lo esperaban en los Estados Unidos, a los que además se le sumó por supuesto el darse a la fuga, se las arregló para en esos tres años hacer de las suyas en el extranjero y sumarse aún más problemas.

    La condena final había quedado en treinta años, que dependiendo de a quién le preguntaras podría considerarla justa, exagerada, o incluso demasiado blanda; Matilda se sentía un poco más inclinada a esta última opción, en especial cuando se enteró de toda la lista completa de crímenes que aquel hombre había cometido, y que una niña de seis años no podría siquiera haber adivinado en aquel entonces.

    Adicional a ello, una vez que la sentencia fue dicha, y estuvo segura de que estaba libre de cualquier cargo, Zinnia, su querida madre biológica, no tardó mucho en preparar los papeles del divorcio para separarse de Harry. Y una vez que Michael cumplió la mayoría de edad, también se las arregló para deshacerse de él y, en sus palabras, “rehacer mi vida como yo me lo merezco, lejos de toda esta negatividad y de las habladurías.” Que, según Matilda había entendido, implicaba irse a cualquier país tropical que supiera identificar en el mapa (que no eran muchos), embriagarse hasta desfallecer, y buscarse hombres de menos de la mitad de su edad para pasar un buen rato.

    Sí, todo eso resultó bastante parecido a como Matilda suponía que terminarían sus padres tarde o temprano. Lo que le causaba quizás un poco de sorpresa es que le fueran a, tal vez, conceder la libertad condicional a Harry tan pronto. ¿O no era tan pronto? ¿Cuánto llevaba encerrado realmente? ¿Quince años? ¿Diecisiete? Matilda no estaba segura, pero lo que fuera, dudaba que hubiera sido suficiente.

    —¿Y a eso viniste? —le preguntó con curiosidad a su hermano—. ¿A presentarte en la audiencia?

    —Así es —asintió Michael—. ¿Tú no estás aquí por eso? Porque ahora vives en… ¿New Jersey?

    —Boston.

    —Sí, eso.

    —Pues no —negó Matilda con apatía—. No tenía idea de eso, en realidad. ¿Acaso él pidió que asistiera?

    —¿Él? —masculló Michael, y de inmediato se notó vacilante—. Pues… no, no directamente. Pero su abogada dice que ayudaría mucho que su familia esté presente. Por simpatía, tú sabes.

    —¿Y Zinnia?

    —¿Mamá? —soltó Michael, acompañado de una sonora carcajada—. Ni idea. Supongo que en Haití o Jamaica con su nuevo novio. ¿Lo has visto? Podría ser mi hermano.

    —Escucha, Michael —suspiró Matilda, intentando moderar su voz lo mejor posible—. Aunque quisiera, no puedo asistir ni perder tiempo con esos asuntos. Estoy en Los Ángeles por un tema delicado…

    —¿Tiene que ver con ese rumor de que te dispararon? —le interrumpió Michael, tomándola un poco por sorpresa. ¿También se había enterado de eso? Y ni así se me había tomado la molestia de al menos preguntarle cómo estaba al respecto.

    Matilda llevó por reflejo su mano contra su hombro herido. No le había estado molestando últimamente, pero su solo recordatorio fue suficiente para causarle un ligero y molesto ardor.

    —En parte —respondió Matilda cortante—. Como sea, en estos días voy a estar muy ocupada, y justo después de Acción de Gracias tendré que viajar a Washington a encargarme de varios asuntos. Simplemente no puedo.

    —¿No puedes o no quieres? —exclamó Michael, beligerante—. Por favor, cara de rata —añadió con insistencia, parándose de su silla—. No tienes que hacer o decir nada, sólo sentarte ahí y poner buena cara; si es que eres capaz de hacerlo. Podría ser su oportunidad para salir libre. Ya es un pobre hombre anciano cerca de cumplir setenta. ¿No merece pasar sus últimos años afuera y en compañía de su familia? Es tu padre, con un demonio. Tenle un poco de compasión.

    Los intentos de Matilda por mantenerse serena se volvían cada vez más complicados. Aun así fue capaz de conservar el temple suficiente para sostenerle la mirada a su hermano, y responderle con la mayor claridad posible.

    —Escúchame, Michael; y escúchame bien. Harry Wormwood no es mi padre. No lo ha sido por más de veinte años, y no empezará a serlo ahora. Es un hombre malo, corrupto, y un ladrón que hubiera entregado primero a su familia sin pestañear, si eso le hubiera salvado el pellejo. Y mientras más pronto lo aceptes y mantengas tu distancia de él, será mejor para ti, para tu esposa, y para tu hijo.

    —Por favor —espetó Michael, sin ocultar ni un poco la efervescente cólera que comenzaba a subirle por la cabeza—. Hablas como si hubiera matado a alguien. Sólo comercializaba con algunas autopartes robadas; gran cosa.

    —¿Y cómo crees que la gente que le conseguía esas autopartes las obtenía? —le cuestionó Matilda con severidad—. ¿O esos vehículos “de segunda” que le llevaban? ¿Crees que nunca nadie salió herido en todos esos robos? ¿O conduciendo algunos de los autos modificados y en mal estado que vendía? ¿Crees acaso que en serio le importaba aunque sea un poco? Lo único que a Harry Wormwood siempre le ha importado es él mismo, y cuantos dólares puede echarse al bolsillo. Y nunca cambiará.

    —¿Y tú cómo lo sabes? —le lanzó Michael como una tajante acusación—. ¿Cuándo fue la última vez que siquiera lo viste o hablaste con él? De hecho, ¿cuántas veces lo has ido a visitar desde que está aquí encerrado?

    Matilda permaneció en silencio, sin compartirle nada siquiera cercano a una respuesta directa, aunque Michael la sabía muy bien de antemano.

    —Claro, ¿qué tontería estoy diciendo? —ironizó—. Si tú ya no eres una Wormwood, ¿no? Eres una Honey. Con tu linda casa, tu lindo doctorado, y ahora hasta tu novio policía. No vayan a relacionarte con la escoria de tu familia biológica, ¿no? Después de todo lo que papá hizo por ti…

    —¿Todo lo que él hizo por mí? —espetó Matilda con fuerza, perdiendo en un instante todo el temple que había estado manteniendo a la fuerza—. Michael, ¿qué no te das cuenta de que nos obligaba a ser cómplices de sus estafas? Éramos sólo niños, y teníamos que recibir sus paquetes con mercancía robada, guardarla, mentirle a la policía o a los cobradores cuando llamaban o se aparecían en la casa… Y además, te recuerdo que a la primera oportunidad que tuvo se deshizo de mí como algo que le estorbaba.

    —¿Qué él se deshizo de ti? Oh, qué poca vergüenza tienes. Yo lo recuerdo claramente: “adópteme maestra, adópteme maestra”. Tú fuiste la que a la primera oportunidad te fuiste y abandonaste a nuestros padres.

    —Creí que también estabas muy contento de poder deshacerte de tu latosa hermanita cara de rata, y poder ser hijo único.

    —¡Pues también me abandonaste a mí! —soltó Michael, alzando exponencialmente la voz—. Y lo peor, ¡me abandonaste con ellos!

    Matilda enmudeció; no estaba para nada lista para escuchar esas palabras, o para percibir esa enorme rabia y frustración que se proyectaba en los ojos de Michael.

    “Me abandonaste.”

    Qué horrible peso significaban esas palabas al caer sobre sus hombros. Aunque objetivamente podía decirse a sí misma que aquello no era una responsabilidad que debía recaer en ella, resultaba menos fácil dejar que ese pensamiento opacara el otro sentimiento de culpa que comenzaba a surgir.

    El que su conversación se hubiera acalorado hasta ese punto, inevitablemente llamó la atención de alguien más. Y unos segundos después, tanto Cole como Jennifer se materializaron en la puerta de la cocina, mirando con preocupación hacia ambos.

    —Hey, ¿todo está bien aquí? —masculló Cole, con el tono más serio y duro que su experiencia de policía le permitía pronunciar.

    Matilda asintió, y extendió una mano hacia los recién llegados, indicándoles que permanecieran en su sitio. Luego, respiró profundo, y miró de nuevo a su hermano.

    Si era honesta consigo mismo, debía admitir que muy contadas veces se había detenido a pensar en lo difícil que todo ese desastre debió haber sido para Michael. Huir con Harry y Zinnia, volver sólo para ser testigo del largo y desgastante juicio de su padre, para terminar con éste condenado y tener que vivir esos últimos años con la desinteresada y negligente su madre, sólo para que al final también lo dejara y terminara prácticamente solo… ni siquiera pudiendo contar con pedirle ayuda a su hermana.

    No, para Matilda era mucho más sencillo considerarlo a él como parte del problema que eran Harry y Zinnia Wormwood; como un apéndice de estos dos, tan podrido y sin redención como ellos. Concentrarse en su resentimiento, en todos los insultos y maltratos que había recibido de su parte, sin detenerse a considerar que sólo era un niño unos cuantos años mayor que ella, influenciado por dos adultos a los que se desvivía por complacer y agradar.

    Incluso en ese momento, veinte años después, Matilda seguía siendo incapaz de sólo mirar al adulto que veía ante ella, y olvidarse de aquel niño que fue participe de hacer la primera parte de su niñez tan desdichada y solitaria. Le era simplemente imposible… excepto por esa foto.

    Verlo de pie a lado de su hijo, rodeándolo con un brazo, sonriendo con alegría mientras el pequeño sostenía el listón azul, y estando a lado de ambos su proyecto, una máquina rudimentaria que Matilda no identificaba en una simple foto que podría hacer, y de seguro Michael tampoco aunque la viera de frente, pero igual se sentía orgulloso del logro de su pequeño. Algo que Harry Wormwood nunca hubiera hecho, por ninguno de los dos.

    Matilda quería aferrarse a esa simple foto y todo lo que pudiera significar. Pero el pasado aún resultaba bastante difícil de soltar.

    —Tenía seis años, Michael —señaló Matilda con firmeza—. Y en verdad pensé que estarías bien.

    —No seas mentirosa —soltó Michael de forma violenta—. No estabas pensando en nadie que no fueras tú misma.

    —Quizás sea cierto —reconoció Matilda—. Quizás sí fui egoísta y sólo pensé en mí. Pero es verdad que siempre creí que a ti sí te querían, y tú a ellos. La única que siempre estuvo de más en esa familia fui yo, y lo sabes. Y eso no ha cambiado.

    Sus palabras no hicieron ningún progreso con tranquilizar el semblante desafiante de Michael.

    Matilda respiró hondo, y dio un paso hacia él con precaución.

    —Escucha, Michael. Lo mejor que puedes hacer es alejarte lo más que puedas de Harry y Zinnia. Ambos son y siempre han sido terribles personas. Lo más sano que puedes hacer es marcar tu distancia de ellos, e intentar ser un mejor padre y esposo de lo de ellos fueron. Hacer las cosas bien con tu propia familia.

    El rostro de Michael se mantuvo firme e inmutable por unos instantes, quizás mientras intentaba digerir enteramente lo que le estaba diciendo. Su reacción, sin embargo, resultó decepcionante, más no inesperada.

    —No trates de psicoanalizarme, cara de rata —espetó molesto, agitando una mano con desdén en el aire—. Me largo —indicó con firmeza, encaminándose a la salida, pero deteniéndose casi de inmediato para girarse hacia ella una última vez—. Y, ¿sabes qué? Mejor ni te pares en la audiencia. De seguro terminarías echándolo a perder todo.

    Matilda no respondió.

    Dicho lo que tenía que decir, Michael siguió con su marcha. Cole y Jennifer se hicieron a un lado para dejarle el camino libre. Los tres permanecieron el silencio, hasta que escucharon poco después el estruendo de la puerta principal al cerrare con demasiada fuerza.

    Hace unos momentos habrían creído que su partida alivianaría un poco el aire, pero lo cierto era que se las había arreglado para dejar bastante pesadez antes de irse, misma que claramente había dejado un tanto destanteada a la propia Matilda.

    —¿Estás bien, querida? —preguntó Jennifer con preocupación, acercándosele para rodearla gentilmente los hombros con un brazo.

    —Es una pregunta complicada —respondió la psiquiatra, esbozando una media sonrisa—. Sí, estoy bien. —Mientras Jennifer la abrazaba, su mirada se fijó en Cole, que aguardaba en el marco de la puerta—. Tengo algunos inconvenientes en lo que respecta a mi familia biológica. Pero supongo que eso ya lo habrás visto en tu investigación que hiciste de mí.

    —Una parte —respondió Cole con mesura. No había profundizado demasiado en ello, pero ciertamente el caso en contra de Harry Wormwood había surgido casi desde el inicio. Sin embargo, no era un tema que consideraba del todo pertinente para poder conocer quién era en verdad la Dra. Matilda Honey, y seguía pensando lo mismo.

    Matilda se soltó delicadamente del abrazo de su madre biológica, y se aproximó hacia Cole, parándose delante de él.

    —Disculpa que la velada haya terminado de esta forma tan incómoda.

    —La velada estuvo increíble, en serio —contestó Cole con una sincera sonrisa—. Mejor de lo que me esperaba, en realidad. Pero quizás sea mejor que vaya de una vez.

    —Sí, eso creo —asintió Matilda—. Ya es un poco tarde, y debo acostar a Samara.

    —Yo me encargo de que se vaya cambiando de ropa, no te preocupes —indicó Jennifer para intentar aligerar un poco las cosas.

    —Gracias, mamá —le respondió Matilda con gratitud, y se viró de nuevo hacia Cole—. Te acompaño hasta que llegue tu transporte.

    Cole aceptó el ofrecimiento, y ambos salieron al porche, mientras Jennifer se encargaba de que Samara subiera y se preparara para dormir. Una vez que Cole pidió su transporte en su teléfono, ambos se quedaron parados el uno a lado otro contra el barandal del pórtico, en una posición bastante parecida a la que tenían en su conversación de más temprano en ese mismo lugar.

    Según la aplicación, el vehículo tardaría unos diez minutos en llegar.

    Se quedaron en silencio un rato, cada uno de seguro sumido en sus propias ideas, en especial Matilda. Había pasado por tantas cosas esos últimos días, que con lo que menos necesitaba lidiar era con los problemas de su familia biológica. Hasta parecía que los Wormwood sabían justo cuando presentarse. Cuando todo comenzaba a calmarse y a solucionarse, aparecen de repente para ponerla de nuevo de cabeza.

    Era un aspecto de su vida con el que ciertamente no le gustaba lidiar, mucho menos que alguien más lo viera. Y justo tenía que pasar ambas cosas esa noche, enfrente de Cole, y justo después de un momento tan maravilloso como el que habían pasado. Si acaso creyera en el destino, pensaría que éste le intentaba decir que no podía darse el lujo de estar tranquila y feliz todavía…

    —Cuando era niño —pronunció Cole de pronto, rompiendo el silencio y jalando la atención de Matilda hacia él—, mi padre nos abandonó y huyó con su nueva novia, una operadora de cabina de peaje. No sé porque mi madre consideraba ese último dato relevante, pero procuraba casi siempre mencionarlo cuando le contaba a alguien al respecto. El caso es que luego de eso, sólo fuimos mi madre y yo, y muy rara vez tuve contacto de nuevo con mi padre, más allá de alguna llamada o visita ocasional en las fiestas, y claro el dinero que nos mandaba periódicamente. Y eso para él bastaba para ir diciendo por ahí lo buen padre era. Desde mi perspectiva, sin embargo, sentía que él en efecto estaba mucho mejor sin nosotros. Como si le estorbáramos de alguna forma para ser feliz.

    Matilda recordó que ella había usado una expresión parecida en su plática con Michael, sobre cómo su padre se deshizo de ella como algo que le estorbaba. ¿Había pronunciado eso tan alto que había llegado a escucharlo?

    Cole prosiguió:

    —Cuando mi madre enfermó y supimos que era ya… cuestión de tempo, él se enteró y al parecer la culpa comenzó a pegarle. Intentó acercarse de nuevo, comenzó a visitar a mi madre en el hospital y a hacerle compañía. Ella ya sabía que morirá pronto, y llegado a ese punto los viejos rencores y las peleas sin resolver perdieron total importancia, así que aceptó de buena forma el tener de regreso a su lado a alguien que, antes de ser su exesposo o esposo, había sido su amigo. Yo me di cuenta de que aquello le hacía bien, así que nunca dije nada. Pero en el fondo no podía evitar sentirme molesto, hasta asqueado por lo hipócrita que me parecía todo eso. Tantas veces que mi madre y yo lo necesitamos a lo largo de los años, y se presenta sólo hasta el final, cuando ya no había nada más que hacer. Y por paradójico que suene, si antes no le guardaba ningún tipo de rencor cuando no estaba en nuestras vidas, eso cambió por completo cuando comenzó a estarlo. Cuando mi madre murió, él quiso seguir en contacto conmigo, pero yo no se lo permití. No respondía sus llamadas, no respondía sus cartas, ni siquiera leía sus mensajes. Y, con el tiempo, mi silencio pareció serle lo suficientemente claro, y dejó de insistir.

    Hizo una pausa, que al parecer le era necesaria para intentar recuperar el aliento, y darle mejor forma a las ideas en su cabeza.

    —A la fecha no tengo idea de en dónde esté, o si está bien, o siquiera si sigue vivo… Bueno, quiero pensar que si esto último no fuera así, ya se habría aparecido ante mí de alguna forma… o tal vez no. Lo que trato de decir, supongo, es que entiendo lo que es tener este tipo de resentimientos a tu propia familia, e incluso la combinación de culpa que puede llegar a causarte. Pero si hay otra cosa que he aprendido gracias a mi resplandor, además de siempre hacerle caso a las advertencias de los muertos, es que no es bueno tampoco quedarse con estos sentimientos hasta el final, porque incluso después de la muerte te acompañan, y te siguen carcomiendo. Y aunque nunca he hablado de ello con mi madre las veces que la he visto luego de su muerte, creo que a ella le gustaría que al igual que ella, perdonara a mi padre, y de preferencia antes de que cualquiera de los dos esté tan cerca del final como fue en su caso. Y sé que muy seguramente esto que digo es algo que alguien como tú lo conoce mucho mejor, y quizás se lo has dicho a algunos de tus pacientes, con otras palabras. Pero también sé que a veces es más fácil darle un consejo a alguien más, que aplicarlo para ti mismo.

    —Es muy sabio de su parte, detective —indicó Matilda, sin dejo de burla—. Y tienes razón. Sin embargo, la verdad es que yo no les tengo como tal resentimiento a Harry y Zinnia Wormwood. Lo primero que uno necesita hacer para poder dejar este tipo de cosas atrás, es perdonar a los que nos dañaron, y en especial perdonarnos a nosotros mismos, entendiendo que no estaba en nuestras manos hacer que las cosas fueran de otra forma. Sin embargo, lo que mucha gente no entiende del perdón, es que no implica olvidar ni minimizar el daño que nos hicieron, y mucho menos fingir que no pasó y reanudar esa relación como si nada hubiera pasado. Y que, muchas veces, es necesario crear límites muy claros entre las personas que te dañaron y tú. Y para bien o para mal, me he esforzado todo este tiempo para marcar estos límites entre los Wormwood y yo. Hace tiempo me quedó muy claro que son lo que son, y no van a cambiar al menos que nazca de ellos. Y en el caso de Harry y Zinnia, sé muy bien que eso nunca va ocurrir. Pero con Michael…

    Hizo una pausa reflexiva, alzando su mirada hacia el techo del pórtico.

    —Con él aún tengo un poco de esperanza. Pero igualmente, deberá surgir de él ese deseo, no de mí. Si acaso viene conmigo en busca de ayuda para lograrlo, se la tenderé con gusto. Pero no puedo ser yo quien lo empuje a ello. Y en especial, no lo logrará si sigue aferrándose a Harry, y no ve el gran daño que su influencia le causa, y le puede causar a su familia. Sé que esto me puede hacer ver inflexible, y que una “persona buena” le daría una segunda, tercera, y cuarta oportunidad a su propio padre de demostrar que ha cambiado. Pero a mí hace mucho que se me agotaron esas oportunidades.

    —Es bastante válido —asintió Cole, justo cuando se veían las luces del vehículo aproximándose por el camino de la propiedad—. Sólo que estés segura que eso no te daña a ti de ninguna forma.

    —Lo estoy —señaló Matilda con firmeza.

    Cole se separó del barandal y caminó hacia los escalones. Matilda lo siguió y ambos bajaron y se detuvieron al pie de estos.

    —¿Te puedo preguntar algo antes de irme? —murmuró Cole, virándose una vez más hacia ella.

    —Si no es sobre los Wormwood, sí.

    —No. Es sobre mi madre, de hecho —aclaró el detective—. ¿Te dijo algo? Cuando le viste en aquel ascensor, me refiero.

    El entrecejo de Matilda se contrajo un poco, y desvió su mirada hacia un lado, mientras intentaba recordar claramente las palabras que aquella mujer había utilizado.

    —Sólo… que no permitiera que te pasara nada malo. Y que te protegiera por ella. En su momento no lo entendí, pero ahora que sé quién era, tiene más sentido.

    —Pues creo que lo hiciste muy bien —indicó Cole, sonriéndole.

    Instintivamente se inclinó hacia ella, quizás con la intención de besarla, y Matilda por mero reflejo hizo lo mismo. Sin embargo, ambos se detuvieron antes de avanzar demasiado. No se sentía como un momento adecuado; no como los dos anteriores. Así que del mismo modo, sin necesidad de decir nada, ambos retrocedieron y aclararon dejarlo para otra ocasión. En su lugar, dejaron que la despedida tomara la forma de un más escueto y sencillo apretón de manos.

    —Buenas noches —pronunció Cole mientras se alejaba—. Despídeme de Samara. Ah, y de la Srta. Honey. Ah, y de la Sra. Bonilla, claro.

    —De tu parte —le respondió la psiquiatra, agitando una mano en el aire con ademán de despedida—. Descansa.

    Cole subió a su vehículo, y éste se alejó por el camino un poco después. Matilda ingresó de vuelta a la casa, más que lista para dirigirse a su habitación y dar por terminado ese día.

    —Matilda —escuchó que le llamaba la voz desde su madre desde la parte alta de las escaleras. Alzó su mirada, y vio a Jennifer bajando con cuidado los escalones, trayendo en una mano el teléfono inalámbrico de la línea fija de la casa—. Es la Sra. Wheeler.

    Matilda se puso casi en alerta al escuchar aquello. Subió unos escalones, encontrándose con su madre casi a la mitad de la escalera. Tomó el teléfono y lo aproximó a su oído.

    —¿Diga?

    —Necesitas pasarme tu nuevo número, Matilda linda —murmuró de inmediato la voz de Eleven al otro lado de la línea. Por un momento a Matilda casi se le olvidó que acababa justo de verla de frente esa misma tarde, y su pecho dio un brinco como si se acabara de enterar de nuevo de que estaba despierta—. ¿Está Cole ahí contigo?

    —Se acaba de ir —le informó Matilda, intentando mantenerse serena—. Pensábamos que ya no sabríamos de ti hasta mañana. ¿Terminaste esos asuntos que dijiste que debías ver?

    —Así es. Pero todo el ajetreo, más el viaje, fue demasiado para este cuerpo cansado y tuve que descansar casi toda la tarde para intentar recuperarme. Voy despertando hace apenas una hora. La persona a la que fuimos a ver ya me respondió. Necesito verlos a Cole y a ti mañana temprano; Y también a Samara.

    —Mañana —repitió Matilda en voz baja—. ¿Qué sucederá exactamente mañana, Eleven?

    —Haremos que Samara deje de ser una niña desaparecida —aclaró con ligero humor la voz de la mujer al teléfono—. Y de paso que ustedes pasen de ser prófugos a héroes. Les daré todos los detalles mañana. ¿Puedes informarle a Cole por mí?

    —Lo intentaré. Eleven… —se percibió un dejo de preocupación en su voz—. ¿El DIC tuvo algo que ver con esto que estás planeando?

    Hubo silencio los segundos siguientes a pronunciada aquella pregunta, y una sensación fría recorrió a Matilda mientras ese tiempo transcurría.

    —¿Confías en mí, Matilda? —inquirió Eleven con severidad.

    —Sí —respondió la mujer castaña sin pensarlo mucho—. Sí, claro que sí.

    —Entonces créeme, todo lo que estamos haciendo será por el bien de Samara, y por el nuestro.

    De nuevo silencio. Ninguna parecía tener mucho más que agregar, así que sólo quedaba despedirse.

    —Descansa, Matilda. Nos vemos mañana.

    —Tú también. Hasta mañana.

    Y entonces colgaron, dejándole a la psiquiatra una incómoda sensación de inquietud en el pecho. Al mirar a su madre, notó que está la miraba de regreso, y su preocupación era también bastante evidente. Matilda intentó disimularlo con una sonrisa despreocupada.

    —Todo estará bien —le indicó a su madre, mientras le daba de regreso al teléfono—. ¿Y Samara?

    —Ya está cambiada y acostada —respondió Jennifer, señalando con su cabeza hacia el piso superior—. Dijo que te esperaría.

    —Le mandaré un mensaje a Cole para avisarle de mañana, y luego hablaré con ella también sobre eso. Luego intentaré dormir lo más que pueda… Dios, estoy ansiosa de que todo esto termine de una buena vez.

    —Al menos pudiste despejarte un poco —murmuró Jennifer, recorriendo una mano por los cabellos de Matilda—. ¿Te divertiste?

    Matilda volvió a sonreír, esta vez mucho más sincera.

    —De hecho, estuvo bastante bien; excepto cuando llegamos aquí y Michael arruinó el momento —suspiró con molestia—. Pero… no me molestaría si... lo repitiéramos algún día.

    El rostro de Jennifer se cubrió de un profundo y abrumador asombro, tanto que alzó sus dos manos hacia su boca, cubriéndola adoptando una pose casi melodramática.

    —Ya, no exageres —masculló Matilda apenada, y comenzó a subir apresurada las escaleras.

    —Per… no no puedes dejarme así —le recriminó Jennifer, siguiéndola de cerca—. Tienes que contármelo todo.

    —¡Luego! —respondió Matilda, sintiendo sus mejillas arder—. Lo prometo. Ahora tú también vete a dormir, ¿quieres?

    —No me mandes a dormir que soy tu madre, jovencita…

    FIN DEL CAPÍTULO 131
    Notas del Autor:

    Como mencioné en el capítulo anterior, en este capítulo nos tocó ver con más detalle a Michael, y un poco de qué ha sido su vida en estos años, y en especial cómo es la relación entre Matilda y éste, y en general entre Matilda y su familia biológica. Todas éstas son cuestiones que había querido tocar desde hace mucho en esta historia, pero sólo hasta ahora ha habido espacio para ello. Más adelante es probable que sigamos explorando estos temas. De momento, toca avanzar a otra cosa.
     
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