Long-fic Resplandor entre Tinieblas

Tema en 'Crossover' iniciado por WingzemonX, 21 Junio 2017.

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    WingzemonX

    WingzemonX Usuario común

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    Resplandor entre Tinieblas
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    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
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    Misterio/Suspenso
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    105
     
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    9522
    Resplandor entre Tinieblas

    Por
    WingzemonX


    Capítulo 101.
    Gran Huida

    Las cosas se habían puesto bastante locas, mucho más rápido de lo que Verónica podía digerirlas. Primero la visita de esos dos extraños individuos que Damien había mandado a llamar; luego ese policía, pasando por el ataque repentino de un ejército de fantasmas, y rematando con la entrada forzada de esa mujer que había “casi literalmente” arrojado a Damien por la ventana. De por sí la joven de diecinueve años aún no comprendía muchos de los asuntos que concernían a la Hermandad y su propósito, como para ahora tener que digerir todas esas cosas que hasta hace poco habrían sido simplemente imposibles de imaginar para ella, y la hacían cuestionarse si acaso su madre era consciente de en qué la había metido con exactitud; lo más probable era que no.

    Sin embargo, en el momento en el que vio al supuesto Anticristo atravesar las puertas de vidrio de esa forma, no se pudo dar el lujo de paralizarse en pensar en todo ello. Para bien o para mal, ella estaba ahí con un propósito, y por su fe en algo más grande que su pequeña e insignificante existencia. Así que inspirada casi por la mera inercia, salió despavorida en busca del paradero de Damien.

    Al salir a la terraza, por una de las puertas no rotas, Verónica vio al joven de cabellos oscuros flotando boca abajo en el centro de la piscina; al parecer había caído ahí tras su vuelo. Pero lo que horrorizó a la joven mujer fue el hecho de que no se movía en lo absoluto. ¿Acaso estaba inconsciente…? No lo sabía, pero tampoco se iba a detener a averiguarlo. Rápidamente y sin vacilación, se quitó sus zapatos, los dejó atrás, y se lanzó de lleno a la piscina. Se aproximó al principio caminando por el agua, pero el último tramo lo recorrió nadando lo más rápido que su traje empapado le permitió.

    —Damien, ¿me escuchas? —Exclamó agitada, mientras lo zarandeaba un poco, pero no recibió respuesta; en efecto, parecía haberse desmayado. Pensó en seguir insistiendo, pero no podía tomarse demasiado tiempo, así que en su lugar lo jaló lo más rápido que pudo a la orilla.

    Llevarlo flotando resultó no ser tan complicado. Sin embargo, sacarlo del agua fue un reto mucho más difícil para los brazos flacuchos de Verónica, además de que las ropas empapadas del chico lo hacían parecer mucho más pesado. Hubo incluso un par de veces en las que su intento fue fallido y el cuerpo del muchacho volvió a caer, casi hundiéndola a ella también. Ansiaba que en cualquier momento alguno de los guardaespaldas se dignara a aparecer para echarle una mano, pero nadie vino. Esperaba que al menos fuera porque se estaban encargando de esos malditos intrusos de una buena vez.

    Al final logró sacar las fuerzas suficientes para sacarlo y hacer que quedara boca arriba en la orilla. El rostro del chico se inclinó sin resistencia hacia un lado, y su pie izquierdo quedó aún colgado, sumergido en el agua de la piscina. Verónica se tomó unos segundos para intentar recuperar el aliento tras el esfuerzo que aquello le había exigido, y una vez lista ella también salió de la piscina apoyándose en sus manos.

    Se colocó de rodillas a su lado; seguía sin reaccionar. Verónica aproximó su oído hacia su rostro para intentar identificar si respiraba, pero le pareció que no. Eso la alarmó incluso más de lo que ya estaba. Nunca había hecho respiración de boca a boca, pero la situación no pintaba para que se pusiera a buscar en YouTube cómo hacerlo. Así que sólo tomó el rostro de Damien, le abrió la boca con sus manos, tomó una larga bocanada de aire y se inclinó hacia él. Sin embargo, para el alivio y la vez sorpresa de la joven, antes de pudiera unir su boca a la suya, la mano de Damien se interpuso abruptamente entre ellos, tomándola fuerte de su rostro con sus dedos.

    —Ya quisieras… —escuchó como mascullaba la voz de Damien con molestia, y entonces sus ojos se abrieron en ese momento, volteándola a ver con cierto desdén. Al instante siguiente, Damien la empujó con la mano que tenía en su cara, haciendo que se alejara de él y cayera de sentón al suelo. En cuanto tuvo espacio, el chico giró su cuerpo hacia un lado, acostándose sobre su costado y comenzando a toser con fuerza y a soltar algo de agua por la boca.

    Verónica se sentó, y con sus dedos se apartó sus mechones húmedos de la cara, mientras contemplaba como Damien poco a poco parecía irse recuperando. Suponía que era bastante ingenuo de su parte esperar que le diera las gracias por querer salvarlo, pero al menos al parecer estaba bien.

    «Aunque claro, eso era lógico» pensó, lamentándose un poco por haberse exasperado tanto. No estaba hablando de un chico cualquiera, después de todo. Ni siquiera tenía en su rostro rasguño alguno, a pesar de haber atravesado directamente de esa forma el grueso vidrio. Aun así, algo dentro de ella la empujó a preguntarle:

    —¿Te encuentras bien?

    —¿Tú qué crees? —Contestó Damien con brusquedad. Tosió un par de veces más, y luego su respiración se fue calmando lo suficiente para poder hablar con más normalidad—. Esa mujer… ¿Sigue aquí?

    —No lo sé, yo salí a ayudarte. De seguro Kurt y los otros ya se encargaron de ella.

    —Yo no apostaría por eso.

    Damien se giró en ese momento lo que le faltaba para quedar boca abajo. Inhaló y exhaló profundamente dos veces, y luego se apoyó en sus dos manos para comenzar a levantarse. Le sorprendió sentir que sus brazos le temblaban un poco, y en general todo su cuerpo lo sentía pesado y aletargado, como si tuviera muchísimo sueño. Pero aquello era diferente; era como…

    —Damien… —escuchó que Verónica mascullaba a su lado con pasmo—. Tu nariz…

    Antes de que pudiera cuestionarle de qué estaba hablando, él mismo logró darse cuenta. Su mirada estaba fija en el suelo empapado por el agua de la alberca, y pudo ver como una pequeña gota rojiza caía desde su rostro hacia el charco de agua justo debajo de él, mezclándose sutilmente con éste.

    Los ojos de Damien se abrieron llenos de asombro, y de inmediato dirigió su mano a su nariz, tallándola con su dorso. Al echarle un vistazo a ésta, logró confirmar lo que había supuesto: sangre, su propia sangre manchando su propia mano; estaba sangrando de su nariz. No era mucha, pero en su caso sólo un poco podía ser demasiado… considerando que era la primera vez en su vida que ocurría.

    —Esto sí que es una sorpresa… —masculló despacio para sí mismo, mientras seguía contemplando en silencio la sangre en su mano. Más que preocupado o asustado como Verónica, él se veía hasta cierto punto fascinado.

    —¿Cómo es posible? —Masculló Verónica aturdida—. Se supone que nada puede dañarte…

    —Nada puede matarme —corrigió Damien con seriedad—, o eso es al menos lo que dicen Ann y los otros viejos de la Hermandad. Lo de poder dañarme… eso al parecer sólo ocupa mucho esfuerzo… Pero estaré bien pronto.

    Comenzó entonces a levantarse. Verónica hizo el ademán de querer ayudarlo, pero él no se lo permitió.

    ¿Qué había provocado eso con exactitud? ¿El ser azotado contra la pared? ¿El golpe contra la puerta de vidrio? ¿Quizás el choque contra el agua?

    No, no había sido algo como eso, o no por sí solo al menos. Había llegado a recibir golpes similares en el pasado, pero su cuerpo nunca salió lastimado de esa forma. Pero sí había algo más que no había recibido antes, más que una sola vez recientemente: el ataque de Abra.

    Había sentido como la chica desbordó todo su ser en su cabeza, como se la había taladrado por dentro, y como había revuelto todo como si de una licuadora se tratase. Y aún en esos momentos podía sentir el dolor, el mareo, incluso sus extremidades entumecidas… y esa pequeña hemorragia nasal. Cuando su tío Dan le hizo algo parecido hace días, había terminado también en un estado similar; como una fuerte resaca, recordaba. Pero esta vez al parecer era incluso un poco más intenso. Y encima de todo, su pequeño encuentro con la joven de New Hampshire lo había dejado en un estado tan vulnerable y débil, que fue pan comido para esa mujer entrar y sacudirlo como un saco de basura. Y en combinación todo aquello lo había lastimado de verdad por primera vez.

    Pero aun así, a pesar de que Abra, su amado tío Dan, o la madre de Terry habían dado todo de sí para destruirlo, los tres sólo habían logrado rozar la superficie. A pesar de todo, él seguía ahí; débil de momento, pero se recuperaría como en cada ocasión pasada. Así que incluso los más poderosos de esos sujetos seguían siendo sólo pequeñas molestias para él. Y eso sólo le confirmaba lo que ya le habían dicho en tantas ocasiones antes: ¡él era en verdad invencible!

    Aunque… Había alguien más que no había comenzado a considerar hasta recién…

    * * * *
    Los ojos de Samara se abrieron con alerta al ver esto, y todos sus sentidos se tensaron.

    —¡Dije que no! —Gritó la niña con intensidad, resonando como un fuerte trueno.

    Y de la nada, Damien sintió como su brazo era jalado fuertemente hacia un lado, jalando a su vez también a Milton lejos del vacío, de la oscuridad y del barandal. El cuerpo del chico salió volando hacia atrás, cayendo al piso y rodando hasta casi quedar a los pies de los espectadores.

    * * * *
    Samara…

    Esa niña representaba un misterio incluso para él. ¿Qué era lo que ocultaba? ¿Qué era realmente y por qué tenía esa extraña influencia en él? No tenía aún alguna idea clara, pero lo averiguaría sin importar que.

    Una vez de pie, e intentando disimular un poco la debilidad que lo invadía, comenzó a andar de regreso al interior del departamento, para encargarse de lo que fuera que siguiera sucediendo ahí dentro.

    — — — —
    En la sala, Samara, o la criatura que estaba dentro de ella en esos momentos, seguía de pie justo delante de Matilda en el suelo, contemplándola fijamente a través de sus cabellos, con esos profundos y apagados ojos oscuros. Matilda estaba inmovilizada, temerosa de siquiera mover un dedo ante la presencia de tan horrible ser; como si se tratara de un tigre o un lobo a la espera del mejor momento para saltarle encima y rajarle el cuello con sus fauces.

    —He conocido a muchas personas como tú —declaró la Otra Samara, inclinando su rostro sutilmente hacia un lado—, gente que decía amarme, y que querían ayudarme y protegerme. Mi padre, mi madre, la Dra. Grasnik, el Dr. Scott… Rachel… Pero todos eran iguales. No les importaba, y no tenían ningún interés en ayudarme. Sólo se preocupaban por sí mismos, en obtener lo que querían, en llenar lo que les hacía falta; en dormirme, ocultarme y alejarse para protegerse a ellos mismos. Intenté ser una buena niña y una buena hija; Dios sabe que lo intenté. Pero nada fue suficiente. Y ahora lo único que me mueve, lo único que me mantiene aquí… ¡es mi ira!

    Alzó su voz de forma estridente en las últimas palabras, y el sitio volvió a temblar, y el suelo de madera bajo los pies de la niña se resquebrajó un poco.

    —No, no puedo creer esto —susurró Matilda, como un pensamiento fugaz que se le escapaba—. No es cierto… Esto no puede ser cierto…

    —¿Aún no crees lo que tus propios ojos ya han visto por sí solos? —Gruñó Samara con enojo—. ¿Aún tu inocente mente no ha conseguido concebir lo realmente cruel que este mundo puede ser? Quizás te falta ver más… —Alzó en ese momento su mano derecha, aproximando sus delgados dedos hacia el rostro de la psiquiatra—. Quizás deba hacer que sientas lo que es pasar siete días en ese maldito pozo. Y quizás entonces comprendas a diferenciar qué es real y que no…

    Aquella pequeña mano se fue aproximando poco a poco a su rostro, y por un momento para Matilda se convirtió en una mano huesuda, pálida y arrugada, con uñas largas, oscuras y sucias, e incluso algunas faltantes. El agua estancada escurría por su piel, y su olor a humedad y suciedad le impregnó la nariz. Y antes de que esas pálidas yemas la tocaran, la mano se detuvo justo a unos milímetros, suspendida en el aire.

    De un parpadeo a otro, la mano volvió a ser la de Samara; la mano normal de una niña. Y comenzó entonces temblar y a retroceder lentamente. Matilda fue entonces capaz de mirar más allá, hacia el rostro de la pequeña. Éste había perdido casi por completo su expresión de ira y agresividad, y ahora parecía de alguna forma estar… sufriendo.

    —No… no… —Masculló Samara despacio, casi como si le doliera hacerlo—. No lo hagas… ¡No!

    Retrocedió rápidamente hasta alejarse de Matilda varios metros. Luego sus piernas cedieron y cayó al suelo de rodillas. Gritos desgarrados comenzaron a surgir de su garganta. Se sujetó su cabeza fuertemente con ambas manos, hasta apretársela como una prensa, y agachó la cabeza hasta pegar su frente contra el piso.

    Ese momento en el que Matilda y aquel ser se habían perdido en el recuerdo, la había distraído y debilitado lo suficiente para que la Samara real intentará resurgir a la superficie. Pero aun así el último tramo era casi como intentar atravesar una gruesa capa de hielo que se lo impedía.

    —¿Samara? —Masculló Matilda despacio, forzándose a salir de su impresión—. Samara, ¿eres tú…?

    Recuperando apenas un poco el control de su cuerpo, la psiquiatra comenzó a gatear hacia la niña.

    —Matilda, no te acerques —exclamó Cole con preocupación, pero su primer intento por aproximarse a ella fue detenido por el dolor de su pierna herida al querer moverla.

    La castaña intentó tomar la niña en sus brazos, pero Samara rápidamente retrocedió para alejarse de ella.

    —Vete Matilda, por favor… —masculló apenas con un hilo de voz—. ¡Vete!

    —No —respondió Matilda con firmeza—. No te abandonaré de nuevo, Samara. ¡Tienes que luchar contra ella!

    —¡No puedo! —Gritó la pequeña con intensidad—. ¡No puedo controlarla…! Es demasiado fuerte… ¡Por favor…! ¡¡NO!!

    Su gritó sacudió todo como un fuerte temblor, y en ese instante las puertas de vidrio que quedaban en pie se rompieron en una explosión de vidrios. Gruesas grietas se abrieron en las paredes, y algo de polvo y pedazos de techo se desprendieron de éste. Y lo más resaltante fue ver como el suelo debajo de Samara comenzó a corroerse, como devorado por ácido, y a extenderse en todas direcciones como una mancha voraz, convirtiendo ese impecable y brillante suelo en madera vieja, roída y húmeda.

    Lily y Esther retrocedieron por instinto ante esa mancha que se extendía; no sabían si les provocaría algo tocarla, pero tampoco tenían muchos deseos de descubrirlo. Matilda igualmente hizo lo mismo, hasta quedar a un lado a Cole, que la tomó de los hombros y la pegó contra él de forma protectora. Por un instante pareció que aquello se extendería a todo el cuarto, y quizás terminarían viendo una repetición de lo que había ocurrido en su habitación en Eola. Sin embargo, aquello se detuvo abruptamente, apenas a unos centímetros de los pies de Matilda. Y al instante siguiente, el delgado cuerpo de la niña se desplomó de lleno al frente, cayendo con su mejilla presionada contra un charco de agua estancada que había comenzado también a formarse debajo de ella.

    El esfuerzo de liberarse había sido demasiado…

    —¡Samara! —espetó Matilda, y de inmediato se libró de las manos de Cole y se aproximó a la niña, sin importarle pisar la madera gastada que crujió bajo sus pies o chapotear en el agua del charco. Se agachó a su lado y la tomó en sus brazos, recostándola en su regazo—. Samara, ¿me escuchas pequeña?

    La cabeza y los brazos de la niña colgaban sin oposición igual que sus cabellos, y no hubo reacción alguna en ella. Matilda le tomó el pulso y revisó su respiración; por fortuna ambos estaban presentes.

    —¡No se mueva! —Escuchó entonces una voz amenazante a sus espaldas. Al girarse, vio que uno de los guardaespaldas que había inhabilitado anteriormente ya se había puesto de pie y se dirigía apresurado hacia ella; a falta de su pistola, posiblemente pensara someterla.

    A medio camino, Cole logró lanzarse a los pies del hombre, tomándolo con fuerza de sus tobillos para jalarlo. El guardaespaldas cayó de narices al suelo, golpeándose con fuerza. Matilda de inmediato lo alzó con su telequinesis, y lo aventó con violencia hacia la cocina, haciéndolo estrellarse contra otro de ellos que igualmente se había puesto de pie y se dirigía de regreso a la sala. Por el impacto ambos terminaron de nuevo en el suelo, uno sobre el otro.

    —Vete con ella, Matilda —le indicó Cole a su compañera, mientras intentaba cómo podía ponerse de pie sin apoyarse en su pierna herida—. No hay nada más que puedas hacer aquí, ¡ya!

    Matilda asintió, y rápidamente tomó a Samara, y con sus manos, y algo de apoyo de su telequinesis, logró acomodarla en su espalda. La niña quedó contra ella, flácida como una simple mochila.

    —Tú vienes conmigo —indicó la psiquiatra, y de inmediato tomó a Cole de su brazo para ayudarlo a pararse.

    —No puedo caminar bien con esta herida. Vete tú, sólo las retrasaré…

    —No seas ridículo —le interrumpió Matilda con brusquedad, y una vez que lo tuvo parado y apoyado contra ella, Cole sintió casi como sus pies comenzaron a flotar a unos centímetros del suelo. La sensación fue rara, y tuvo que sostenerse firme del hombro de Matilda pues sentía que se iba a caer, pero no; en realidad estaba bastante estable, sostenido por la telequinesis de su acompañante.

    —Oh, claro… —murmuró el detective un poco apenado.

    Los tres comenzaron a avanzar lo más rápido posible hacia la salida. Matilda miró de reojo hacia un lado en dirección a Esther y Lily, después al otro hacia James y Mabel. Ninguno de los cuatro parecía en lo absoluto interesado en detenerla. Hasta ese punto se habían mantenido como meros espectadores de todo aquello. Matilda no entendía de qué se trataba en realidad todo eso, o qué hacían esas personas ahí con exactitud. Pero mientras no intentaran detenerla, no tendría por qué quejarse.

    Pero no todos compartían la indiferencia de esos cuatro.

    —¿Van a algún lado, ustedes dos? —Escucharon pronunciar con fuerza la amenazante voz de Damien Thorn a un lado. Matilda se detuvo un momento y se viró en su dirección. El chico, al igual que la mujer que había salido a la terraza en su auxilio, se encontraba de pie en el marco de unas puertas rotas. Estaba empapado, pero a simple vista ileso.

    —Maldición… —masculló Matilda despacio, y por el rabillo del ojo notó que también el guardaespaldas que había arrojado por el pasillo de las habitaciones se aproximaba cojeando, y poco después le siguieron los dos de la cocina.

    Sin espera Matilda siguió avanzando, pero ahora con más apuro.

    —¡Atrápenlos! —Gritó Damien con fuerza, y su sola voz fue suficiente para que los tres hombres de negro se sobrepusieran a su dolor y mareo, y apresuraran el paso detrás de los intrusos.

    A medio camino del pasillo a la salida, Matilda arrojó con su poder la puerta que había derribado hacia atrás, sin fijarse mucho pero esperando pudiera ser algún obstáculo para sus perseguidores. Siguió de largo sin mirar atrás, y se fue directo al ascensor. Presionó el botón para bajar de inmediato, y por un segundo se viró sobre su hombro. Los tres hombres estaban pasando la puerta y se aproximaban.

    La puerta del elevador se abrió al instante siguiente, y Matilda prácticamente saltó hacia adentro, haciendo que los tres se estrellaran contra la pared del fondo. Miró de nuevo a afuera, y vio a los tres hombres atravesando la puerta del departamento. Consideró empujarlos, pero en su lugar se enfocó en el botón de la planta baja en el tablero, y lo presionó con su mente, seguido por el botón para cerrar las puertas. Éstas se cerraron lentamente, tanto que Matilda creyó que casi lo hacían apropósito. Y dos segundos antes de que el primero de los hombres lograra extender su brazo lo suficiente para interponerse, las puertas se cerraron, y el elevador comenzó a bajar piso por piso.

    Kurt presionó insistentemente el botón para mandar a llamar de nuevo el elevador, pero ya era tarde; ya se había ido, y en su lugar sólo llamó a otro más. Sin embargo, éste iba subiendo desde el sótano, y para cuando llegara los intrusos ya estarían en la planta baja.

    —¡Por las escaleras! —Gritó Kurt, y rápidamente los tres se dirigieron a las escaleras de emergencia.

    — — — —
    Cuando el elevador comenzó a bajar de nuevo, Matilda soltó todo el aire en sus pulmones de golpe; ni siquiera se había dado cuenta de que había estado reteniendo el aliento. Con cuidado bajó a Cole para que se sentara en el suelo, y colocó también a Samara, aún inconsciente, a su lado. El cuerpo de Samara se dejó caer hacia un lado, apoyando su cabeza contra el policía, y ahí se quedó.

    —Gran huida —musitó Cole realmente impresionado. Con una mano se sujetaba su muslo adolorido. El vendaje improvisado que Matilda le había puesto ya estaba empapado, pero no creía que fuera el momento apropiado para mencionarlo.

    Al mirar de nuevo a su compañera de fuga, vio cómo Matilda tenía su frente y sus manos contra la pared del ascensor, y pudo escuchar cómo respiraba agitada.

    —¿Estás bien?

    —Mejor mírate en un espejo antes de preguntarme eso a mí —musitó Mtatilda un tanto a la defensiva—. Sólo estoy un poco cansada. Hacía tiempo que no usaba mis habilidades a este nivel y por tanto tiempo.

    Mínimo cuatro años, desde esa horrible noche en Chamberlain. Incluso sus dos encuentros pasados con Leena Klammer en Portland y Eola no habían resultado tan extenuantes, aunque en ambos casos había terminado gravemente herida.

    Tras tomarse un par de pisos para respirar y recobrar un poco la serenidad, se paró derecha de nuevo, se pasó sus manos por su cara para quitarse los cabellos de la cara, y luego se dio un par de palmadas en sus mejillas como si intentara despertarse. Cole sonrió al notar eso último. Ya la había visto antes hacerlo, y pese a la situación no podía evitar que le pareciera “adorable” de cierto modo.

    «Amigo, te estás enamorando» pensó con una mezcla de humor, y un poco de preocupación. Pero ya habría tiempo para pensar en eso después (si tenían suerte). De momento era mejor sólo agradecer que seguía con vida.

    —Pero tenemos otra preocupación más grave —indicó Matilda de pronto, mientras miraba la pantalla con los números digitales sobre la puerta. Ya iban en el piso ocho—. No me metí aquí del todo discreta, así que es probable que la policía nos esté esperando abajo. ¿Crees poder hacer algo para quitárnoslos de encima?

    Cole meditó un segundo antes de responder.

    —Tal vez si hago un par de llamadas. Pero mientras tanto, sea como sea nos pondrán en custodia, y eso no nos ayudará a hacer distancia entre nuestros nuevos amigos de allá arriba y nosotros. Y tengo el presentimiento de que la policía no será del todo confiable para estar a salvo, considerando el tipo de enemigo con el que estamos lidiando.

    Matilda chistó con frustración. Cuando se metió de esa forma tan brusca, no había pensado ni un poco en cómo saldría. Pero al parecer no había demasiadas opciones.

    Ya estaban en el piso cuatro, y seguían bajando.

    —Entonces nos tocará salir como entramos: por la fuerza —declaró la psiquiatra, y de inmediato se paró firme delante de la puerta, y alzó sus manos al frente, lista para lo que tuviera que pasar en cuanto esas puertas se abrieran.

    —¿Usarás tu telequinesis contra la policía? —Exclamó Cole, inquieto por la sola idea—. Te expondrás…

    —Prefiero eso a dejar que te desangres, o dejar a Samara de nuevo con ese sujeto —declaró Matilda con firmeza—. No perderé a ninguno de los dos hoy.

    Cole guardó silencio. En lo personal él nunca había tratado sus habilidades del todo como un secreto ante sus compañeros, pero la mayoría solía sólo verlo como mera excentricidad o como otro de los tantos médiums que suelen ayudar a la policía y uno no se cuestiona demasiado el cómo lo hacen mientras funcione. Pero si Matilda salía por esa puerta deteniendo balas y empujando policías por aires para abrirse paso… eso sería muy difícil de ocultar, y no podría volver a ser simplemente la psiquiatra de Boston que atendía niños con problemas especiales. ¿Estaba realmente lista para hacer tal cosa?

    Y en ese momento más que nunca, ambos se preguntaban: ¿qué les diría Eleven que hicieran en un momento así? Realmente les hacía falta su consejo; quizás de haberlo tenido no hubieran terminado en esa situación tan desastrosa en un inicio.

    El ascensor se aproximó peligrosamente a la planta baja; ya no había tiempo para vacilaciones.

    —¿Listo? —inquirió Matilda despacio, plantando sus dos pies en el suelo y colocando sus manos firmes al frente.

    —Mejor que nunca… —musitó Cole, intentando pararse apoyándose en los barandales del ascensor. Samara se quedó sentada en el piso, con su mentón cayendo sobre su pecho.

    Llegaron a su destino acompañados del pitido de aviso. Ambos miraron atentos y expectantes a las puertas, hasta que éstas comenzaron a abrirse lentamente, una a cada lado, dejando a la vista el exterior. Matilda se tensó y puso en alerta todos sus sentidos. Sintió como los vellos de su nuca se erizaban y su boca se secó.

    Del otro lado de las puertas apareció un policía uniformado, cabeza cuadrada, cabello corto, sujetando su arma al frente apuntando al interior de la cabina. Detrás de él había dos más con sus manos listas en sus fundas, y detrás de estos vio a más personas; algunas con uniforme, otras no.

    Matilda aguardó esperando alguna orden o advertencia, algo que fuera su banderazo para soltar sus habilidades y derribar a todos esos hombres como pinos de bolos. Pero eso no vino. De hecho, al segundo después de que las puertas se abrieran, el oficial que estaba hasta el frente dio un paso adentro, su arma entrando primero que él, y echó un vistazo hacia un lado y hacia el otro, recorriendo su vista por ese espacio pequeño, e incluso alzando su vista y su pistola hacia el techo. Y, sin embargo, nunca posó sus ojos directamente ni en Matilda, ni en Cole, ni en Samara.

    —Está vacío —informó el oficial girándose a sus compañeros.

    «¿Qué?» pensó Matilda estupefacta, compartiendo la misma sensación con Cole.

    No tuvieron mucha oportunidad de meditar al respecto pues en ese momento un pequeño estruendo sacudió el lobby, y desde su posición Matilda logró ver una pequeña llamarada brotar de un bote de basura cerca de la puerta.

    —¡¿Qué fue eso?! —Exclamó alarmado otro de los policías, y la atención de todos se dirigió en esa dirección.

    Un instante después hubo un segundo estruendo similar, ahora desde el fondo, y la pintura del ángel colgada en la pared se prendió en llamas, comenzando a consumirse rápidamente. El fuego no tardó en encender los aspersores, y el agua comenzó a caer como llovizna por todo el recibidor. Los oficiales, confundidos, comenzaron a moverse y algunos a refugiarse creyendo que les estaban lanzando granadas.

    —¿Y ahora qué? —exclamó Matilda, ya para ese punto algo fastidiada. Instintivamente retrocedió más adentro en el elevador, un poco asustada, pero más que nada preocupada por la seguridad de los dos que iban con ella.

    Las puertas del elevador comenzaron a cerrarse, y Matilda se debatía entre si debían salir o no. Sin embargo, antes de que se cerraran del todo, una mano se interpuso y prácticamente empujó una de las puertas para que se volviera a abrir. El primer pensamiento de Matilda fue que había sido la misma mujer de hace rato, la que le había ayudado a subir. Pero cuando la persona al otro lado se reveló, no fue la que había pensado.

    Era una mujer, en efecto. Pero ésta era alta, de cabello rubio y quebrado que caía sobre sus hombros, y unos intensos ojos azules que por un instante a Matilda le parecieron que brillaban como llamas. Usaba una chaqueta de cuero, pantalones ajustados y botas altas. La extraña los observó un segundo, como analizando la situación, y luego pronunció con rudeza:

    —Matilda y Cole, ¿no? Si quieren salir de aquí con vida, vengan conmigo.

    —¿Quién eres? —cuestionó Matilda confundida.

    —En estos momentos su única alternativa. No hay tiempo, vamos —indicó con apuro, y se giró entonces sobre sus pies en dirección a la salida—. Y quédense cerca de mí.

    Matilda volteó hacia Cole esperando que él tuviera una compresión mayor de la situación, pero éste únicamente se encogió de hombros; al parecer estaba tan confundido como ella. Pero en efecto, no era como si tuvieran muchas otras opciones de las cuales elegir.

    Rápidamente volvió a colocarse a Samara en su espalda, e hizo que Cole se apoyara en ella y avanzara ayudado por su telequinesis. En cuanto salieron, el agua de los aspersores los mojó, el piso a sus pies comenzaba a encharcarse. Aquella sensación el produjo cierta incomodidad a Matilda; en su mente seguía bastante latente en el recuerdo de ese pozo, y la sensación de sofoco que le causó. Pero por encima de aquello, hubo algo más que captó su atención: los policías se movían de un lado a otro, intentaban apagar el fuego y encontrar la ubicación del posible atacante. Sin embargo, ninguno intentaba detenerlos. Pasaban delante de ellos y ninguno parecía reparar siquiera en ellos.

    «No pueden vernos…» concluyó Matilda con asombro. ¿Era gracias a algún tipo de ilusión? ¿Acaso era obra de esa mujer?

    Al virarse de nuevo a buscar a su misteriosa salvadora, la pudo ver saliendo apresurada por la puerta, empujando ésta con algo de fuerza. Y sólo hasta entonces le resultó un poco familiar. ¿No estaba ella en la entrada justo cuando entró al edificio? No había puesto mucha atención, pero le parecía que sí era ella.

    Una vez en el exterior, la mujer cruzó apresurada la calle, pasando como si nada entre las patrullas estacionadas afuera.

    —¡Síganme!, ¡no se separen! —les gritó la mujer rubia, sonando más como una orden.

    Matilda se preguntó si sería prudente seguirla. Ya estaban afuera, podían simplemente buscar otra ruta de escape. Pero ese “manto de invisibilidad” que les estaba ofreciendo ciertamente era difícil de despreciar. Y además, ella sola cargando a Samara y a Cole; incluso con su telequinesis terminaría cansándose tarde o temprano; ya había comenzado a sentir sus fuerzas menguar. Así que, al menos de momento tendría que seguir a la extraña.

    Su guía se dirigió a una camioneta azul al otro lado de la calle. Se dirigió a la parte trasera, abrió la puerta y se metió de un salto al vehículo.

    —¡Suban! —Les gritó desde adentro, de nuevo sonando como una orden.

    Meterse a la camioneta de una completa extraña; a su madre le fascinaría enterarse de eso…

    Matilda ayudó a Cole a sentarse en la orilla y así pudiera subirse por su cuenta, mientras ella cargaba a Samara. Adentro, ambos se sorprendieron un poco a ver a otras dos personas: una chica joven recostada en el suelo, totalmente inconsciente, y una mujer de piel oscura y cabello mitad negro mitad morado sentada en una silla de ruedas, y con su cuerpo inclinado al frente sobre el teclado de una computadora. La mujer no estaba inconsciente como la joven, pero ciertamente parecía estar cerca de estarlo.

    Cole se sentó en el piso a un lado de la chica, y pudo contemplar de más cerca su rostro. Le resultó conocido prácticamente de inmediato.

    —Es Abra… —indicó con asombro.

    —¿Abra? —Inquirió Matilda sin entender; ella igual tomó asiento, sujetando a Samara en sus brazos muy cerca de ella.

    Cole tendría que explicarle todo lo que había ocurrido antes de que entrara de esa forma tan espectacular al departamento. Pero de momento al menos él se sentía más seguro de saber que la joven estaba ahí, y que al parecer seguía con vida. Así que desde ahí se había proyectado para salvarle la vida; le debía una, sin lugar a duda. Pero, ¿quiénes eran las otras dos mujeres?

    —Listo, Kali —Indicó la mujer rubia con optimismo, dándole un par de palmadas a su amiga en la silla de ruedas—. Lo hiciste bien, colega.

    La mujer morena se incorporó, jalando su cabeza hacia atrás hasta que su rostro miró al techo. Con las palmas de sus manos intentó limpiarse la nariz, pues ésta al parecer le había sangrado intensamente.

    —Aún tengo el toque —murmuró con bastante debilidad en su voz, aunque intentaba disimularlo con una pequeña risilla despreocupada—. Ahora sácanos de aquí, rápido.

    —No tienes que decirlo dos veces —respondió la mujer de la chaqueta de cuero, mientras se colocaba al volante.

    Matilda escuchó en silencio todo ese pequeño diálogo, jalando su atención principalmente como su aparente salvadora había llamado a la mujer en la silla de ruedas.

    —¿Kali? —Susurró despacio, y al escuchar su nombre la mujer morena inclinó sólo un poco su rostro hacia ella, pegando su mejilla contra su propio hombro.

    Ese nombre.

    Su apariencia.

    La hemorragia en su nariz.

    Y la ilusión que los había sacado a salvo de ese edificio…

    Los ojos de Matilda se abrieron ampliamente cuando aquel revelador pensamiento le cruzó por su mente.

    —Tú… —murmuró despacio con incredulidad—. Tú eres Kali Prasad. Eres Eight…

    Aquella mujer se limitó a sonreírle, y volvió de inmediato a poner su nariz en alto para prevenir que siguiera sangrando.

    —¿Eight? —Murmuró Cole, ahora siendo él quien no comprendía, aunque la realidad era que la propia Matilda tampoco lo hacía del todo.

    Kali Prasad, otro más de los sujetos derivados de los experimentos que el gobierno había realizado en los 70’s y 80’s; los mismos experimentos de los que provenía la propia Eleven. Su antigua mentora le había hablado al respecto, al igual que de otros individuos que salieron de ahí; incluyendo a aquella a la que llamaba “Eight.”

    Para cuando logró reaccionar, la camioneta ya había arrancado y se incorporó a la avenida, comenzando su silenciosa huida lejos del Edificio Monarch.

    —¿Qué está ocurriendo? —Masculló Matilda sobresaltada—. ¿Qué hacen ustedes aquí?

    —Esperemos a estar lo más lejos posible de ese maldito edificio —indicó la conductora con seriedad, mientras aceleraba un poco más—. Tenemos mucho de qué hablar, chicos…

    Matilda y Cole se miraron el uno al otro, estando cada uno a un costado contrario de la camioneta. Ninguno tenía la historia completa, y en realidad ni entre los dos juntaban la mitad. Pero con sus solas miradas se dijeron mutuamente que, al menos de momento, estaban a salvo. Así que podían darse el lujo de respirar y descansar, sólo un segundo…

    — — — —
    Mientras abajo se suscitaba el cao, en el pent-house poco a poco se había recuperado la tranquilidad, o al menos algo parecido a ello. El sillón de la sala había sido puesto de nuevo en su sitio, y Damien había tomado asiento, cerrado los ojos y tomado un segundo para calmar el dolor de su cabeza. Esto resultó un poco difícil, considerando que estaba rodeado por todos los destrozos ocasionados, en especial los de Samara. Entre tanta revoltura de pensamientos, uno un tanto más divertido se le vino a la mente al pensar en lo molesta que estaría Ann al ver ese sitio. No sería barato repararlo, si acaso valía la pena hacerlo.

    Abrió tras unos momentos los ojos y recorrió la sala para contemplar a los que seguían ahí con él. Kurt y los otros dos guardaespaldas habían bajado en su persecución por los dos intrusos, y aún no se habían reportado. Sólo habían pasado un par de minutos, pero la impaciencia de Damien lo hacía sentir que habían sido más.

    Por su parte, delante de él, Verónica se había autoimpuesto la tarea de barrer los vidrios rotos de la mesa y de las puertas corredizas.

    «Siempre tan servicial» pensó con ironía el muchacho. De momento, sin embargo, no tenía muchos deseos de decirle algo. Dudaba que se hubiera ahogado de verdad de haber permanecido más tiempo en el agua, pero si no fuera por ella quizás aún seguiría ahí flotando. Así que de momento no le desagradaba tanto tenerla cerca.

    Miró más detrás de Verónica hacia la cocina, en dónde notó a Lily sentada y comiendo… ya a esas alturas no lo sabía, y poco le importaba. ¿Helado?, ¿papas?, daba igual. Su indiferencia a lo ocurrido no le sorprendía. Y al girarse a su zurda, miró a Esther sentada en el suelo contra la pared. Estaba abrazada de sus piernas y tenía su mejilla pegada contra sus rodillas. Su vista estaba perdida en dirección a la terraza, y quizás en el cielo azul que se veía a lo lejos. ¿Qué tanto pensaba en esos momentos? Sólo ella lo sabía.

    Damien se viró entonces hacia su lado derecho, y ahí vio a los otros dos: James y Mabel, parados un poco más alejados de todos cerca de la puerta del baño, murmurando entre ellos muy despacio para no ser oídos. Damien se sorprendió un poco al percatarse de que casi se había olvidado de la presencia de los dos verdaderos. Pero en cuanto o vio, y fue consciente de su simple existencia, un pensamiento, o quizás más bien un recuerdo, se le vino a la mente abruptamente. Y esa debilidad y dolor que sentía en esos momentos, fue mitigada por una ferviente furia que lo hizo casi ver todo en rojo.

    Agachó su mirada a sus pies. Ahí reposaba una pistola, la cual Verónica había estado evitando en su barrida casi como si temiera tocarla. ¿Era del policía? ¿O quizás de alguno de los guardaespaldas? Daba igual, pues en esos momentos era suya. Así que rápidamente se estiró, tomó el arma firmemente con su mano y se paró de su asiento.

    —¿Necesitas algo, Damien? —Le preguntó Verónica apresurada al ver que se paraba, pensando que quizás quería un vaso con agua o algo de comer. Pero no. La necesidad que invadía al chico en esos momentos era otra muy diferente.

    James y Mabel en efecto hablaban entre ellos, volteados hacia la pared como niños regañados, pero en realidad querían sentirse de cierta forma aparte de todo lo demás. Ambos estaban realmente alterados por lo ocurrido, pero como siempre James lo exteriorizaba menos; su semblante se mantenía sereno y firme, al igual que su postura. Mabel, por su parte, casi temblaba, y abrazaba contra sí el cilindro con vapor que James le había traído para curarle su herida (ya para esos momentos complementa cerrada).

    —¿Qué fue todo esto? —Exclamó Mabel, sonando casi como un reclamo a su pareja, aunque no era precisamente el caso—. ¿De dónde salieron estos vaporeros tan poderoso? ¿Cómo nunca supimos de ellos antes?

    —A uno de ellos ya lo había visto —indicó James, recordando de nuevo su primer encuentro con Cole—. Y en esa ocasión también sentí a otra, una mujer. Pero al parecer hay más.

    Mabel se mordió ligeramente su pulgar como señal con nerviosismo. Había una época en donde haberse cruzado con individuos como estos la hubiera emocionado tanto como le emocionaría a cualquier niño ver su platillo favorito servido en mantel blanco ante él, totalmente a su disposición. Pero en esos momentos era incapaz de sentir nada cercano a emoción. Aquellos que antes hubieran significado comida para ella, en esos momentos eran un peligro latente para su seguridad. Y eso, una vez más, la hizo rabiar de frustración.

    —Hubo alguien más aquí aparte de ese hombre y la mujer, ¿cierto? —Le cuestionó James, incluso más despacio que antes—. La que lo atacó y lastimó. Tú la viste, ¿cierto?

    Mabel guardó silencio, teniendo su mirada agachada y pensativa. Claro que la había visto; hubiera sido imposible no verla.

    James interpretó su silencio de la mejor forma.

    —¿Acaso era…?

    Su pregunta quedó en el aire, pues antes de poder terminarla, sin que ninguno lo notara Damien se les había acercado por detrás, y lo siguiente que Mabel sintió fue como el chico la tomaba fuertemente de sus cabellos, y empujaba su cara hacia la pared, golpeando un costado de su frente contra ésta. Aturdida, lo siguiente que sintió fue que empujaba y presionaba su cabeza, haciendo que su mejilla se aplastara con el muro.

    —¿Qué no habías sentido nada de nada al tocar su foto, dijiste? —Murmuró Damien con marcada molestia. Alzó el arma que sujetaba en su otra mano, y pegó el cañón directo contra su cráneo—. Al parecer crees que soy un idiota, ¿cierto?

    Aquel giro tan repentino llamó de inmediato la atención de todos. Verónica y Esther miraron al mismo tiempo en su dirección, e incluso Lily salió de la cocina para chismosear. James, por su lado, se quedó unos segundos estupefacto al ver esto justo delante de sus ojos. Pero no se quedó en ese estado por mucho.

    —¡Suéltala…! —Le gritó furioso la Sombra, y de inmediato estiró su mano hacia el chico, tomándolo firmemente de la muñeca que sujetaba la pistola para apartarla de ella.

    —¿Enserio quieres intentarlo? —Exclamó Damien desafiante, volteando a ver al verdadero pero sin soltar ni su arma ni la cabellera de Mabel—. ¿Quieres intentar paralizarme y salvar a tu doncella en apuros? Anda, quiero que lo hagas; en estos momentos me fascinaría que lo hicieras. Pero más te vale lograrlo a la primera, porque si no le meteré esta arma por la nuca a “tu” Mabel, y luego seguirás tú. Así que piensa muy bien lo que harás, Sombra…

    Y por unos instantes todo se sumió en un agobiante y tenso silencio, en el que ambos hombres se observaron el uno al otro, a la espera de que cualquiera diera un paso de más, o incluso un pestañeó indebido. James ciertamente vacilaba, pues pese a los fuertes deseos que tenía de salvar a su compañera, el temor que ese individuo le provocaba a ambos era innegable y humillante.

    Sin embargo, aunque la amenaza de Damien no era para nada en vano, lo cierto era que una parte de su siempre inmutable seguridad era prácticamente bluff. Damien sabía muy bien que no estaba en las mejores condiciones; nunca antes se había sentido tan agotado y adolorido como en esos momentos, y la verdad dudaba un poco de qué pasaría si en verdad James intentaba paralizarlo con esa habilidad suya. Pero claro, no podía darse el lujo de que alguno de esos dos se diera cuenta de ello. Y quizás todo ese acto era una forma de quitarles de la cabeza cualquier idea que les hubiera quedado de que estaba débil tras lo que habían visto. ¿Funcionaría?, ¿o tomaría el riesgo sin importar qué?

    Por suerte la Sombra no tuvo que tomar esa difícil decisión, pues Mabel intervino y la tomó por él.

    —Por favor James, no lo hagas —murmuró Mabel con aprehensión, extendiendo una mano hacia él en señal de alto.

    La Sombra titubeó unos instantes, pero al final soltó la mano de Damien y retrocedió un paso. Sin embargo, no le quitó los ojos de encima ni un poco. Lo apartaría de ella en cuanto lo viera necesario, aunque tuviera que teclearlo al viejo estilo.

    Mabel comenzó entonces a hablarle fuerte y claro a Damien, a pesar que por su posición tan incómoda le era imposible mirarlo directamente:

    —Te juro que no sentí su presencia en lo absoluto. Debió haberse ocultado. Que apareciera me sorprendió tanto como a ti…

    —Pues eso resulta aún peor, ¿no te parece? —Musitó Damien con amenaza en su voz—. Si no fuiste capaz de percibir que estaba tan cerca de mí, ¿para qué me sirves exactamente? Y si la sentiste y no me lo dijiste, es obvio que puedo contar menos con tu lealtad de lo que pensé.

    Alzó en ese momento el revólver y pegó la punta del cañón de nuevo contra su cabeza. James reaccionó de inmediato con la intención de volver a tomarlo, y esta vez dispuesto a hacer lo que tenía que hacer. Mabel se percató de inmediato de esto, y rápidamente alzó una mano hacia él para detenerlo, al tiempo que alzaba su voz en alto para poder ser oída sin duda:

    —¡Puedo traértela! Está muy débil y vulnerable luego de su lucha, pude sentirlo. Ya no podrá ocultarse. La rastrearé y la mataré por ti; también a ese policía y a la mujer. Sólo tomaré un poco de vapor y podré encontrarlos a todos. Soy la única que te puede ayudar con eso, y lo sabes.

    Damien no respondió nada, aunque tampoco quitó de inmediato la pistola de su cabeza, así que la amenaza latente de que se suscitara un disparo se mantuvo ahí entre ellos, flotando como un denso y penetrante hedor. Si acaso Damien tenía verdaderas intenciones de volarle la cabeza a la doncella en esos momentos, éstas se hicieron a un lado cuando se escucharon pasos aproximándose por el pasillo desde la entrada principal. Al virarse en esa dirección, más allá del hombro de James vio a dos de sus guardaespaldas ingresando a la sala.

    Los dos hombres miraron al inicio un poco sorprendidos la escena, pero intentaron recuperar su compostura rápidamente. Aunque, en realidad no se veían del todo firmes y seguros en dichas posturas, lo que le indicó a Damien de inmediato que no tenían buenas noticias.

    —Los perdimos, señor —le informó Kurt con abatimiento—. No sabemos qué pasó. La policía dice que no llegaron a la planta baja en el elevador.

    —Debieron haber bajado en algún piso y salido por otro medio —informó el otro—, o quizás siguen aún en el edificio. Los están buscando en cada planta, y también en los alrededores.

    —Pierden el tiempo —exclamó Lily en ese momento con sorna, jalando las miradas de todos hacia ella—. De seguro ya deben estar lejos de aquí. Al parecer tienen más trucos escondidos de los que parecían.

    Una sonrisa astuta, casi burlona, se dibujó en los labios de la niña. ¿Qué sabía o qué creía saber? Daba igual; Damien de todas formas tenía el mismo presentimiento.

    —Alguien debió haberlos ayudado —añadió Esther, parándose del suelo—. Con esa pierna herida, ese policía no llegará muy lejos sin atención.

    Damien meditó unos segundos, y luego soltó a Mabel abruptamente y se alejó de ella. Ésta, a pesar de que estaba contra la pared, sus piernas casi cedieron y estuvo por caerse, pero James se apresuró a sostenerla.

    —Señor —susurró Kurt con voz casi temblorosa, aproximándose a Damien. Éste se viró hacia él de reojo, y su sola mirada le daba a entender que más le valía que lo que iba a decir fuera importante. Y el hecho de que tuviera aún esa arma de fuego bien sujeta en su mano derecha, no le daba más confianza al hombre de seguridad—. La policía quiere subir a que les dé su declaración. William está abajo hablando con ellos para entretenerlos, pero subirán en cualquier momento. Y…

    La mirada de Kurt se desvió sutilmente hacia otra dirección en la sala, y en realidad a otras dos personas: Esther y Lily. Éstas dos, y en realidad todos los presentes, comprendieron el predicamento.

    —Y no te conviene tener a una prófuga y a una niña secuestrada aquí cuando suban, ¿eh? —ronroneó Esther con tono jocoso.

    Por su puesto que no les convenía, y la más de acuerdo con dicha idea era Verónica.

    —Hay que sacarlas de aquí de inmediato —espetó la mujer rubia alarmada.

    —Gracias por señalarme lo obvio —respondió Damien con sequedad.

    Se viró entonces a James y Mabel, apuntándolos con el arma aunque no precisamente con intención de dispararles.

    —Llévenselas con ustedes y encárguense de esos sujetos como bien prometieron; luego póngalas a salvo —ordenó con firmeza, a lo que los verdaderos no respondieron nada; no era como si tuvieran de otra en esos momentos. Se giró justo después hacia Eshter y Lily, aunque con actitud menos agresiva—. Y ustedes asegúrense de traer a Samara con vida. Ella y yo aún tenemos cosas de qué hablar.

    Y dadas sus instrucciones, se dispuso a caminar hacia su habitación con el fin de quitarse esas ropas húmedas que olían a cloro de alberca, y en general a arreglarse lo mejor posible antes de que la policía estuviera ahí. Pero antes de que pudiera retirarse, una inesperada queja lo retuvo.

    —Yo no iré a ningún lado con nadie —exclamó Lily desafiante; Damien se detuvo en seco al oírla—. ¿No has entendido que yo no pienso hacer más lo que tú me digas? —Resopló con fastidio la niña de Portland, y entonces se dio media vuelta y caminó tranquilamente hacia la salida—. Yo me iré por mi cuenta de este circo, justo como lo…

    Apenas había dado unos cinco pasos como máximo, cuando sintió abruptamente la presencia de Damien a sus espaldas, casi como si se hubiera materializado justo detrás en un segundo. Y antes de que pudiera voltearse hacia él, sintió como la mano del joven se movía hacia delante de ella y la tomaba fuertemente de su cuello, apretándolo con gran fuerza entre sus dedos. A su vez el chico la empujó contra él, haciendo que su espalda quedara contra su torso, quedando totalmente atrapada.

    Los ojos de Lily se abrieron por completo, llenos de asombro pero también de… miedo, esa sensación que tanto había disfrutado en otros. Con su garganta aprisionada de esa forma le era imposible respirar con normalidad, y de su boca sólo salían pequeños gemidos sin sentido. Alzó sus manitas por reflejo, intentando apartar la mano que le apresaba el cuello, pero sus dedos no fueron capaces de moverla ni un poco. Incluso según ella lo arañaba, sin obtener tampoco ningún resultado.

    —Tu actitud ya me tiene harto, y mi paciencia se agotó —escuchó como Damien le susurró cerca de su oído, sonando tan agresivo y gutural como si una bestia fuera quien le hablaba—. Así que dime, ¿por qué no resultaría más sencillo ocultar tu cuerpo que seguirte soportando? Si es que puedes decir algo…

    Sus dedos se apretaron incluso más contra su garganta. Lily soltó un quejido de dolor, pero nada parecido a una palabra. El aire se le había casi acabado, y no fue capaz de concentrarse lo suficiente para contraatacar de alguna forma, crear alguna ilusión que inundara la mente de ese maldito y lo obligara a soltarla, por la combinación de dolor, asombro y terror. Y también, quizás de manera inconsciente, le daba mucho más miedo el tener que meterse a la cabeza de ese sujeto…

    —Damien, espera… —musitó Verónica preocupada, aproximándose cautelosa al chico, aun a sabiendas de que en ese estado en el que se encontraba ella podría salir incluso peor parada. Pero antes de que pudiera decirle algo para calmarlo, alguien se le adelantó.

    —No estás pensando con claridad, chico —murmuró Esther, parándose firme a un lado de Damien. Éste la miró de reojo, al igual que la propia Lily. Su rostro a simple vista parecía intentar parecer tranquilo, pero un atavismo de inquietud podía ser percibido si ponías la suficiente atención—. Ya tienes demasiados problemas y a los lobos rascando tu puerta, como para complicarte más las cosas con un homicidio por rabia. Créeme, yo sé de lo que te hablo, y entiendo mejor que nadie las ganas de romperle su cuello a esta pequeña rata de una vez por todas. Pero tú mismo lo dijiste hace rato, ¿recuerdas? Que la necesitabas y que la querías como parte de tu familia; ¿eh? Además, ¿quieres a Samara de regreso? Yo te la traeré, pero necesito a Lily conmigo para hacerlo, ¿entiendes? Sé un Anticristo razonable por una vez.

    Esther habló rápido, pero clara, y no le quitó los ojos de encima a Damien ni un instante; posiblemente ni siquiera parpadeó. El chico la observo en silencio mientras le daba todo ese discurso, sin dar seña en su semblante de si surtía algún efecto o no. Al final algo debió funcionar, pues tras un rato soltó a Lily abruptamente, empujándola hacia el frente. La niña cayó al suelo de rodillas, y luego sobre su costado, comenzando a toser con fuerza y a respirar con dificultad.

    Leena miró azorada a la niña en el suelo, y casi de inmediato se giró de nuevo hacia Damien, como si temiera que si le quitaba los ojos de encima un segundo ella sería la siguiente en recibir la ira de ese sujeto.

    —Ninguno se atreva a volver sin Abra y sin Samara —soltó el chico en ese momento, siendo dicha amenaza tanto para las dos niñas como para Mabel y James—. Las quiero a ambas vivas…

    Se dirigió entonces de nuevo hacia su cuarto, y todos se quedaron quietos esperando que se fuera (salvo Lily que seguía retorciéndose en el suelo intentando normalizar su respiración).

    —Kurt —exclamó Damien con fuerza ya estando en el pasillo, y el guardia atendió de inmediato a su llamado, aproximándosele por un costado. Ambos caminaron lado a lado por el pasillo, y cuando estuvieron a la distancia apropiada Damien le susurró—: Acompáñalos.

    —¿Señor? —Inquirió Kurt un poco confundido.

    —No me fio de ninguno. Si te da la impresión de que alguno intenta algo indebido… bueno, lo dejo a tu criterio. ¿Entiendes?

    Kurt guardó silencio un segundo, y luego añadió con fría firmeza:

    —Sí, señor.

    Sin más, Damien caminó hacia su habitación al fondo del pasillo con intención de encerrarse en ella y poder cambiarse. Se encontró sin embargo con la puerta derrumbada, a causa de que la mujer invasora había arrojado a uno de sus guardaespaldas contra ella hasta tumbarla. Aquello podría haberlo hecho rabiar aún más de lo que ya estaba, pero extrañamente pareció tomarlo con algo de humor; aunque eso no le impidió patear un poco la puerta, levantándola apenas unos centímetros del suelo.

    Como fuera, igual tenía que quitarse esa ropa mojada.

    Mientras tanto, en la sala, Lily había ya comenzado a calmarse. Dejó de toser, y ya respiraba con más normalidad, aunque de vez en cuando se percibían pequeños silbidos que no deberían estar ahí cuando inhalaba aire a sus pulmones. Estaba con su cara contra el suelo, y sus cabellos castaños se desparramaban sueltos por el suelo. Esther la contemplaba en silencio, de pie a un lado de ella. Cuando le pareció prudente, se agachó colocándose de cuclillas a su diestra.

    —Oye, ¿estás…? —musitó Leena despacio, y aproximó con cuidado una de sus manos a su cabeza. Pero antes de poder tocarla, Lily se giró rápidamente, apartando bruscamente su mano lejos de ella.

    —¡No me toques! —Le gritó furiosa la niña de Portland, incluso después llegando a empujarla con ambas manos hacia atrás. Esther cayó de sentón al suelo. Lily reveló en ese momento que tenía su rostro humedecido y sus ojos rojos; similar a cómo había estado la noche anterior, cuando le hizo aquella herida aún presente en su frente—. No necesitaba de tu ayuda… —musitó con una ferviente agresividad, que Esther notó se le dificultaba mantener.

    —Pues bueno —exclamó la mujer de Estonia con indiferencia, parándose y arreglándose su vestido como si nada hubiera pasado—. Como sea, ahora estamos a mano por lo de hace un rato —sentenció casi como una amenaza, y se alejó de ella con profunda normalidad.

    Lily se quedó ahí sentada en el suelo un rato más, como si temiera que si se paraba sus piernas la traicionarían y la harían caer de nuevo. Pero al final tuvo que ponerse de pie ella misma; como siempre lo había hecho antes.

    FIN DEL CAPÍTULO 101
    Notas del Autor:

    Comienzo a sentir que Lily ha sido un personaje muy maltratado en esta historia. Aunque bueno, algunos dirían que se lo merece; ¿qué opinan ustedes?

    Después de un pequeño receso, volvemos con un capítulo más de esta historia. Matilda y Cole no sólo lograron huir con vida (aunque no intactos) del pent-house de Damien, sino que además pudieron llevarse a Samara con ellos. Lo crean o no, algunas cosas no fueron de la forma en que esperaban que pasaran, pero bueno; hay que adaptarse a las situaciones.

    Pero esto no se ha calmado todavía, pues nuestro Anticristo no los dejará escapar tan fácil. Y no hay que olvidar que el DIC está rondando muy cerca. Sin embargo, toca desviarnos un poco y en los siguientes capítulos iremos a recorrer algunos otros temas que habíamos dejando un poco pendiente. Pero no se preocupen, no será por mucho y volveremos más pronto de lo que creen con estos personajes.

    ¡Nos leemos pronto!
     
  2.  
    WingzemonX

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    Resplandor entre Tinieblas
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    Misterio/Suspenso
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    Resplandor entre Tinieblas

    Por
    WingzemonX

    Capítulo 102.
    Un regalo para su más leal servidor

    El Dr. Haddad encendió su pequeña linterna frente al rostro de Rosemary, y pasó sutilmente la luz de ésta delante de sus ojos claros y brillosos. La mujer, de rostro arrugado y delgado pero de un color particularmente saludable en esos momentos, se encontraba sentada en su cama médica, la misma en dónde había estado dormida por casi veinte años, en esa bonita habitación del departamento de su hijo. La cama había sido colocada en la posición adecuada para que la paciente pudiera estar sentada de forma cómoda. Sus labios delgados y sonrosados dibujaban una pequeña sonrisa alegre, o mínimo de comodidad.

    —Siga la luz, por favor —le indicó el médico de cabello corto y nariz aguileña, mientras movía la luz frente a su rostro.

    Rosemary movía sus ojos a donde le indicaba. A veces el brillo llegaba a molestarle y tenía que cerrarlos unos segundos, para luego seguir adelante con el examen justo como se lo pedían.

    —Muy bien, lo está haciendo muy bien —le felicitó el doctor, y un par de segundos después apagó su linterna y la guardó en el bolsillo de su camisa color beige.

    Rosemary y el Dr. Haddad no eran los únicos ahí presentes. De pie frente a la puerta, aunque manteniendo una distancia prudente, Andy y Ann observaban todo en silencio, pero notablemente interesados. Haddad era el neurólogo que había estado tratando a Rosemary Reilly desde que Andy la transportó hasta New York. Por eso mismo, la acción inmediata del exitoso músico, tras digerir y entender (lo mínimo posible) lo que ocurría, fue llamarlo de emergencia y pedirle (aunque quizás hubo un poco de orden en su tono) que fuera para allá de inmediato.

    Andy aún no lograba concebir del todo lo que ocurría, incluso estando de pie mirando aquello con sus propios ojos. Una parte de él pensaba que en cualquier momento Haddad se giraría hacia él y le diría que todo fue un gran malentendido, y que su madre seguía exactamente igual a cómo estaba antes de que se fuera a Grecia, por más incoherente que ese pensamiento le resultara. Era obvio que estaba despierta; lo había visto y hablado… pero él no era capaz de creerlo, o quizás en realidad no quería hacerlo.

    —Dígame, ¿cómo se siente? —preguntó el Dr. Haddad con voz templada—. Físicamente hablando.

    —Salvo que se me dificulta un poco mover el cuerpo, me siento bien —respondió Rosemary con insólito optimismo—. No tengo ningún dolor o molestia en específico.

    —Esa es una buena señal —asintió Haddad—. Vamos a hacer una prueba rápida de su sensibilidad, ¿le parece?

    Rosemary asintió como respuesta, aunque no es como si tuviera algún motivo para negarse.

    Haddad se paró entonces y se acercó un poco al pie de la cama. Retiró con cuidado el cobertor de la pierna derecha de Rosemary, que se asomaba de debajo de la bata de hospital desde la rodilla hasta la punta de los pies. Haddad tomó una pluma del bolsillo de su camisa (el mismo donde había colocado su linterna) y la aproximó a un costado de su pantorrilla, presionando un poco la punta contra su piel.

    —¿Siente esto?

    —Sí —respondió Rosemary.

    A continuación, el médico bajó un poco más, ahora hacia los dedos de su pie.

    —¿Y esto? —preguntó un segundo antes de presionar la pluma contra la punta de su dedo gordo, quizás más fuerte de lo requerido pues en ese instante Rosemary dio un pequeño sobresalto en la cama.

    —Sí… y le pido que no lo haga de nuevo, que duele —le reprendió Rosemary.

    —En este caso el dolor es bueno, en realidad —se excusó Haddad, y siguiendo su petición guardó de nuevo su pluma y dejó esa prueba hasta ahí; igual todo se veía bien—. Intentemos algo más. Voy a decirle tres palabras, y le pido que intente memorizarlas lo mejor que pueda, ¿de acuerdo? —Rosemary asintió—. Las palabras son: manzana, martillo, papel. ¿Puede repetirlas?

    —Manzana, martillo y papel.

    —Muy bien. ¿Puede decirme su nombre completo y su lugar de nacimiento?

    —Rosemary Reilly, y nací en Omaha, Nebraska —respondió rápidamente y con bastante fluidez en sus palabras.

    —¿Recuerda el nombre de sus padres?

    —Claro que sí: Edward y Mary.

    —¿Y el de sus hermanos?

    —Eddie, Margaret, Brian, Jean y Pat —enlistó sin vacilación alguna.

    —¿Y el nombre de su esposo?

    —Exesposo —le corrigió tajantemente, al parecer con la intención de alzar su mano en señal de regaño, pero cediendo de su intento pues ésta de momento la sentía demasiado pesada para levantarla—. Su nombre era Guy Woodhouse —respondió tras un rato, aunque no del todo contenta de hacerlo al parecer.

    —¿Y el de su hijo? —preguntó el doctor por último, volteando a ver a Andy, que se estremeció un poco al sentirse de golpe jalado de ser un mero espectador a parte de la conversación.

    Rosemary igualmente se volteó hacia él, y todos pudieron ver cómo su rostro entero se iluminaba de golpe. Y su sonrisa, hasta ese momento moderada, se amplió por completo llena de júbilo.

    —Adrew, mi pequeño Andrew —murmuró despacio, con cariño acompañando cada palabra—. Que ya no es tan pequeño, en realidad. Se ha convertido en un hombre mucho más apuesto y galante de lo que pensé que sería. ¿No le parece a usted, doctor?

    Haddad carraspeó, y al parecer la pregunta le incomodó un poco pues de inmediato pasó a otro tema.

    —Sra. Reilly, ¿qué es lo último que recuerda antes de quedar inconsciente?

    Rosemary desvió lentamente su vista de su hijo al médico de pie a su lado al oír su pregunta. Su sonrisa se esfumó lentamente y su entrecejo se arrugó un poco, en señal de que estaba haciendo un pequeño esfuerzo por formular de forma correcta su respuesta. Andy en particular se tensó un poco, intentando adivinar qué estaba por responder. Él sabía lo que había ocurrido; estaba presente en ese momento, después de todo.

    —Yo… estaba en el Bramford —comenzó a explicar la mujer en la camilla—, era de noche y me dirigía al ascensor con Andy para irnos de ese sitio. Y luego… —hizo una pequeña pausa reflexiva, y entonces añadió—: luego ya no recuerdo más. ¿Fue ahí donde me desmayé?

    —Así parece, señora —aclaró el médico. Aquello concordaba con lo que el mismo Andy le había contado hace mucho cuando recién comenzó a tratarla—. ¿Por qué intentaba salir de su edificio tan tarde?

    —Quería hacer un viaje sorpresa a casa para visitar a mis padres, y llevar a Andy para que lo conocieran al fin en persona.

    —¿Por qué tan tarde?

    Rosemary volvió a tomar unos segundos de cavilación, y luego se encogió de hombros, apenas con un pequeño movimiento apreciable de estos.

    —No lo sé, en realidad. Fue una ocurrencia del momento, y me dije: ¿por qué no? Creo que no estaba pensando con claridad en ese momento. Quizás ya tenía algo malo en la cabeza y eso causó todo esto. ¿Puede eso ser posible?

    —Sí, es posible —asintió Haddad, al parecer satisfecho por la respuesta,

    Andy, por su lado, estaba un poco sorprendido por su contestación tan clara y rápida, a pesar de que él sabía muy bien que no todo lo que decía era cierto. ¿Estaba mintiendo deliberadamente?, ¿o quizás realmente era así como ella lo recordaba?

    —¿Me repite las tres palabras que le dije antes que memorizara? —comentó Haddad de pronto, tomando un poco por sorpresa a Rosemary. Ésta vaciló sólo un segundo, y entonces susurró:

    —Manzana, martillo… y papel, ¿cierto?

    —Esas eran —afirmó Haddad con entusiasmo. Luego incluso se permitió darle a la mujer un par de palmadas en su hombro, como si la estuviera felicitando—. Muy bien, Sra. Reilly. Ya terminamos por hoy. Sólo me queda decirle que nos da mucho gusto a todos tenerla de vuelta entre los vivos.

    —No tanto como a mí, doctor —respondió Rosemary sonriente—. Gracias.

    El Dr. Haddad se dirigió entonces a la puerta y salió tranquilamente al pasillo. Fue evidente para Andy y Ann que quería que lo siguieran, y así lo hicieron. Sin embargo, el dueño del departamento se detuvo unos momentos a mirar a su madre en la cama, que le volvió a sonreír con entusiasmo como hace rato. Él intentó devolvérsela de la misma forma, aunque de seguro se le notaba bastante menos júbilo. Luego sólo asintió una vez y salió un poco apresurado de la habitación.

    —¿Y bien? —preguntó Andy sin rodeos una vez que los tres estuvieron afuera y de pie a un par de metros de la puerta.

    Haddad se acomodó sutilmente sus anteojos, y entonces respondió:

    —Tendría que hacerle estudios más detallados, pero a simple vista no parece haber ningún daño neurológico. De hecho, parece estar en perfecto estado y bastante lúcida; como si tuviera veinte años, y sólo se hubiera echado a dormir una siesta el día de ayer. Es realmente impresionante.

    Andy guardó silencio, asombrado por oírlo decir eso; al parecer esperaba recibir algún otro tipo de respuesta.

    —¿Y crees que le sea posible pararse de esa cama? —preguntó una vez se sobrepuso.

    —Los ejercicios y terapias que le has aplicado cada día le han ayudado. Con algo de terapia más intensiva ahora que está despierta, lo veo bastante viable.

    El médico se tomó la libertad de acercarse al músico y tomarlo delicadamente de los brazos, como un intento contenido de abrazo. Luego le sonrió, bastante más entusiasmado.

    —Felicidades, Andy. Si alguien se merece este regalo, eres tú.

    El músico se limitó sólo a sonreírle ligeramente, pero de sus labios no surgió ninguna palabra…

    Ann, que estaba de pie a lado de los dos, había tenido su atención puesta en Andy todo ese tiempo, y se había percatado de inmediato lo difícil que le estaba resultando mantener esa máscara de cordialidad y felicidad. Aquello ciertamente lo había puesto de cabeza, y no era para menos. Así que decidió tomar la iniciativa y ayudarlo un poco.

    —Muchas gracias por todo, doctor —murmuró la empresaria con gentileza, y colocando una mano en la espalda del médico comenzó a guiarlo por el pasillo hacia el recibidor—. Déjeme acompañarlo a la puerta.

    Ambos avanzaron solos hacia la salida, dejando a Andy atrás que agradeció en silencio que Ann estuviera ahí para encargarse de eso para lo que no tenía precisamente mucha cabeza. Especialmente ahora, que no podía postergar más entrar en ese cuarto y encarar a la mujer de la camilla, ahora despierta.

    —Quisiéramos que la noticia no se diera a conocer de momento —comentó Ann con moderación una vez que Haddad y ella se encontraban ya en el recibidor del departamento—. Todo esto será un proceso complicado para el señor Woodhouse y su madre, y lo que menos quisiéramos es tener a la prensa metida aquí haciendo preguntas. Usted me entiende.

    —No se preocupe, señora… —murmuró Haddad, dudando un poco al momento de referirse a la mujer a su lado, pues no recordaba que Andy los hubiera presentado formalmente. Y en efecto, no lo había hecho, y no podía culparlo pues su cabeza había estado divagando en mil cosas después de todo.

    Ann sonrió con sus brillantes labios rojos, y le respondió con amabilidad:

    —Rutledge, Ann Rutledge.

    De momento consideró preferible no involucrar el apellido “Thorn” en eso, al menos que no hubiera de otra.

    —Le aseguro que seré extremadamente discreto con esto, Sra. Rutledge. Estoy realmente contento por Andy. Él esperó mucho tiempo para que esto ocurriera.

    —Sí, todos los estamos —asintió Ann, aunque en realidad ella no estaba aún segura de qué tan “contentos” debían de estar en realidad. Se aproximó entonces a la puerta principal y se la abrió—. Buenas tardes, y gracias por su visita.

    —No hay de qué —se despidió Haddad ya con un pie afuera—. Cualquier cosa, llámenme con confianza.

    Ann agradeció su gentileza una última vez, y entonces cerró la puerta una vez que el médico se encaminó al ascensor. Se permitió entonces borrar su falsa sonrisa de su rostro y soltar un pesado suspiro de cansancio.

    Hace sólo un par de horas acababa de bajar de un largo vuelo; realmente no estaba de humor para lidiar con esas cosas. Se suponía que debía estar de camino a Los Ángeles para esos momentos; ni siquiera había tenido oportunidad de comunicarse con Verónica y notificarle de su retraso.

    Miró en dirección al pasillo de las habitaciones y ya no vio a Andy de pie en él. Supuso que estaba con su madre… así que era mejor no molestarlo. En lugar de irlo a buscar, se dirigió a la sala y se sentó para esperarlo. Su expectativa era que pudieran decidir pronto qué es lo que harían con el otro asunto que los atañía. Lo más seguro era que tendría que irse ella sola a Los Ángeles, como tenía planeado originalmente…

    — — — —
    Andy en efecto había vuelto al cuarto, donde su madre lo esperaba paciente. En cuanto lo vio en la puerta, de nuevo la mujer le sonrió con alegría; alegría sincera, más profunda que la que había percibido de cualquiera de sus fans, o de los demás seguidores de la Hermandad. Una alegría con la que, para sorpresa de Andy, no estaba del todo acostumbrado a lidiar.

    El músico se aproximó a la camilla y se sentó a su lado en la silla, inclinándose un poco hacia la mujer. Ésta lo admiraba intensamente, como si intentara memorizar cada centímetro de su rostro.

    —No puedo creer que realmente seas tú, Andy —musitó Rosemary con excitación—. Con esa barba y ese cabello largo, casi te pareces a Jesucristo, ¿sabes?

    —Me lo dicen seguido —bromeó Andy como respuesta.

    —¿Aún ocultas tus lindos ojos de tigre con magia?

    —Aprendí a hacerlo por mi cuenta hace tiempo, y ahora siempre los tengo así. Es necesario; aún en esta época la gente no entendería muy bien a alguien de ojos dorados de bestia andando por ahí. Aunque, aquí entre nosotros, hay cosas más extrañas hoy en día.

    Rosemary de seguro no entendió del todo su comentario, pero igual rio de forma armoniosa.

    —¿Le mentiste al doctor cuando te preguntó sobre lo ocurrido aquella noche? —inquirió Andy sin muchos rodeos, pues realmente deseaba aclarar esa duda.

    —¿Y qué le iba a decir? ¿Que ese grupo de brujos que vivía en la puerta de al lado me lanzó un hechizo para dejarme en coma y evitar que huyera contigo? Por qué eso fue lo que pasó, ¿cierto? Me hicieron lo mismo que a mi amigo Hutch. —En su voz se percibió por primera vez enojo, y sobre todo un muy marcado resentimiento—. Pero lo que me hicieron a mí fue incluso más cruel… ¿En verdad estamos en el 2017?

    —Sí —respondió Andy con voz neutra—. Es noviembre, de hecho. Dentro de unos días será Acción de Gracias.

    Rosemary apoyó su cabeza por completo contra la almohada, y fijó sus ojos fríos en el techo sobre ella.

    —Cuarenta y un años… —murmuró despacio, como un pensamiento que se le escapaba de la cabeza sin que ella lo quisiera—. Esos malditos me arrebataron cuarenta y un años de mi vida. ¿Cómo pudieron hacerme esto? —Alzó entonces lo más que pudo su delgada y arrugada mano, que además le tembló un poco por el esfuerzo de mantenerla levantada—. Mírame, soy una anciana decrépita. Sólo desperté de ese largo sueño para de seguro morirme en serio dentro de poco.

    —No digas eso, mamá —exclamó Andy de inmediato, tomando con delicadeza su mano, y haciendo que la bajara de nuevo y la recostara sobre la cama—. El doctor dice que estás perfectamente. Aún estás a tiempo de vivir una vida plena, y de pasar mucho tiempo al lado mío y de tu nieto.

    El mal humor y enojo se esfumó un poco del rostro de Rosemary al sentir el tacto de su hijo en su mano, y en especial cuando mencionó a su “nieto”.

    —Sebastián es un niño adorable, y muy inteligente —declaró la mujer—. Se sentó aquí a mi lado a hablar conmigo desde que desperté, y a contarme muchas cosas sobre ti, sobre él, y sobre cómo es el mundo en estos momentos. Se parece tanto a ti a su edad. Me fue difícil creer por un momento que fuera adoptado. Si no me lo hubieran dicho, juraría que estaban relacionados de alguna forma.

    Andy nada más sonrió, sin responder en realidad nada a tal observación.

    —¿Nunca te casaste? —preguntó Rosemary de pronto, al parecer llena de curiosidad—. Esa señorita que está aquí, ¿es tu novia o... algo?

    Su tono era casi de acusación, pero su sonrisa pícara era más de complicidad. Incluso lo había susurrado más despacio que lo anterior, como si temiera que “esa señorita” de la que hablaba pudiera oírla. Andy no pudo evitar reír un poco. Aquello le había parecido casi como si se lo estuviera preguntando a un niño de diez años con respecto a alguna compañera de su clase.

    —No, nunca me casé —respondió tranquilamente a su primera pregunta—. Siempre ha habido mucho trabajo, y me temo que muy pocas personas pueden seguir mi ritmo. Y Ann, ella… —titubeó un momento, pero luego prosiguió con normalidad, como si nada hubiera pasado—. Es sólo una muy buena amiga.

    Rosemary sólo asintió despacio, aunque en sus ojos se podía ver que no le creía del todo su explicación. “Una madre siempre sabe”, dirían algunos.

    —Sebastián me dijo que eres músico, y que eres muy famoso —añadió Rosemary con entusiasmo.

    —Entre otras cosas.

    —También me dijo que ayudas a las personas, y siempre haces el bien. Que eres un Hijo de la Luz… Aunque no entendí bien qué significaba eso.

    —Es mi asociación benéfica —explicó Andy, cruzándose de piernas en una posición más cómoda—. Ayudamos en causas humanitarias y ecológicas lo mejor que se puede, e intentamos unir a las personas en una sola comunidad, más allá de sus ideas políticas y credos. Hemos hecho un gran progreso en combatir el hambre, las guerras, el cambio climático, la deforestación, los prejuicios y la discriminación. Aún queda mucho por hacer, pero todo lo hacemos un día a la vez.

    Mientras Andy contaba todo eso, Rosemary lo observaba atentamente, llena de interés y de emoción con cada una de sus palabras. A Andy por un momento se le vino a la mente momentos de muy atrás, cuando era un niño de 9 o 10 años, explicándole con mucha emoción a su madre alguna cosa que había visto en la tele u oído en la radio, y como lo miraba de regreso de la misma forma que lo hacía en ese momento. Eso le provocó una inusual sensación cálida en el pecho, aunque… también dolorosa.

    —Estoy tan feliz de oír todo eso —musitó Rosemary despacio, intentando apretar entre sus delgados dedos la mano de su hijo, aunque era claro que le faltaba bastante fuerza en estos—. Estoy tan tranquila de saber que Roman y Minnie no lograron convertirte en el monstruo que tanto querían que te volvieras. Yo sabía que la bondad en ti podría más, y que terminarías revelándote contra ellos y eligiendo tu propio camino. Estoy tan orgullosa de ti, Andy.

    Y como antes, Andy intentó sonreír despreocupado, pero ocultando detrás de esa cándida sonrisa demasiadas cosas. Lo cierto era que su madre tenía razón sólo a medias. No se había convertido en el monstruo que Roman y Minnie Castevet deseaban, pero… algunos quizás opinarían que se había transformado en uno peor.

    —¿Qué pasó con Roman y sus seguidores? —Cuestionó Rosemary de pronto.

    —Todos murieron ya hace tiempo —respondió Andy con absoluta indiferencia, como si hablara de personas con las que en realidad ni siquiera se hubiera cruzado en persona—. Roman falleció de su enfermedad tres meses después de que fingieran de esa forma tu muerte. Minnie le siguió un par de años después de un paro cardíaco fulminante. Y así cada uno fue muriendo, algunos de formas menos pacíficas. El último miembro que quedaba de esas viejas Aquelarres de brujos era Argyron, pero él acaba de morir justo el día de ayer.

    —¿El griego?

    —Ese mismo. Tuvo una larga y fructífera vida, pero un triste y solitario final.

    —¿Y la mujer francesa? ¿La que te quería llevar con ella a París?

    Andy arrugó un poco su entrecejo, colocando una expresión de intriga, o quizás de confusión, en su rostro.

    —¿Margaux Blanchard? —murmuró despacio, y al momento de hacerlo aquel nombre le sonó extraño, casi desconocido. Era un poco curioso; en realidad no había pensado en ella en mucho tiempo—. Luego de lo que te pasó, me fui a vivir con ella a Francia, y estudié allá hasta los dieciocho años, que fue también cuando ella murió.

    —¿Está muerta? —Exclamó Rosemary, al parecer incrédula ante la noticia.

    —Se suicidó con una sobredosis de pastillas. Su salud se había ido deteriorando los últimos años por un motivo u otro, y yo supongo que deseaba terminarlo todo a su modo y bajo sus términos. Siempre fue ese tipo de persona. Luego de su muerte volví aquí a New York, y comencé a incursionar en el mundo de la música. Y bueno, heme aquí.

    —Estoy tan contenta, hijo —exclamó Rosemary con júbilo, y dicha emoción al parecer le permitió tener un poco más de fuerza en su apretón, aunque de seguro terminaría por cansarla pronto—. Te convertiste en el hombre que siempre supe que podías ser. Gracias por nunca perder la fe en que volveríamos a vernos. Dios nos ha concedido este milagro…

    —Sí… —susurró Andy muy despacio, sin mutar su expresión serena ni un poco—, debió ser Dios…

    La presencia de una tercera persona en la puerta captó la atención de ambos. Andy pensó por un momento que se trataba de Ann, pero no. Era su hijo, Sebastián, y traía consigo su violín y el arco de éste.

    —Sebastián, ¿qué ocurre, muchacho? —Le preguntó Andy, y aquello lo tomó como una pequeña invitación para que se acercara a ellos.

    —La abuela me dijo que quería escuchar cómo toco el violín.

    —Entiendo —musitó Andy—. Pero me temo que han sido muchas emociones por un día. Tu abuela necesita descansar.

    —¿Descansar? —Exclamó Rosemary con molestia, casi como si la acabaran de insultar de algún modo—. Estuve dormida por cuarenta y un años; lo que menos quiero en estos momentos es descansar. Ven, Sebastián. Enseñarme tu talento musical.

    Con su mano izquierda le hizo lo mejor que le fue posible el ademán para que se aproximara, y el muchacho así lo hizo, poniéndose de pie a su lado. Andy supo de inmediato que no tenía mucha voz o voto en ese asunto.

    —Bien, los dejaré solos entonces —indicó el hombre de barba, parándose de la silla—. Cuídala bien, ¿sí? —le indicó al niño, seguido de un sutil guiño de su ojo, mismo que Sebastián respondió con un ligero asentimiento.

    Andy se dirigió a afuera de la habitación, permitiéndose cerrar con cuidado la puerta de éste una vez afuera. En parte para darles privacidad, y en parte porque… quería que Sebastián y su madre escucharan lo menos posible la conversación que le tocaba tener a continuación. Aunque aún con la puerta cerrada, mientras se alejaba logró escuchar cómo el niño comenzaba a tocar, con bastante fluidez y armonía cabía mencionar.

    Se dirigió por el pasillo hacia el área común, y en específico a la sala de estar. No le sorprendió encontrarse ahí mismo con Ann, sentada en uno de los sillones grandes, con su celular en la mano. Al sentir su presencia, alzó su vista hacia él, y sus miradas se cruzaron. Ambos guardaron silencio, ambos pensando por su cuenta casi en lo mismo. Tras unos segundos, Andy suspiró pesadamente, talló sus dedos por su frente, y murmuró despacio:

    —¿Te apetece un trago?

    —Suena apropiado —señaló Ann con elocuencia.

    Andrew se dirigió hacia su vitrina y tomó la primera botella que tenía a la mano, sin siquiera detenerse a verificar qué era. Tomó también un par de vasos de vidrio, y comenzó a servir generosamente el licor claro en ambos

    —Cuarenta y un años en coma y despierta de repente sin razón aparente —comentó Ann mientras lo observaba servir—. De seguro existe un récord al respecto. Debes de estar contento. —Andy no respondió nada, y siguió con su labor—. Pero no lo pareces...

    —Lo estaría si pudiera creer que en verdad esto fue una coincidencia… o una bendición bien intencionada —murmuró Andy con brusquedad, incluso molestia en su voz.

    Aquella respuesta desconcertó un poco a Ann.

    —¿A qué te refieres?

    Andy no contestó, al menos no de inmediato. Terminó de servir ambos vasos, luego volvió a cerrar la botella, pero no la guardó sino que la dejó sobre la barda. Luego se dirigió con los vasos hacia Ann, ofreciéndole uno de ellos. Ann lo tomó, y en cuanto lo acercó a su rostro el intenso aroma de éste le impregnó la nariz y la hizo apartarlo un poco de ella. Si su nariz no le fallaba, aquello era tequila; y uno bastante fuerte a su parecer, y encima le había servido bastante. Quizás en el fondo Andy sí deseaba festejar, aunque su semblante no lo reflejara.

    El dueño del departamento se sentó en el mismo sillón que ella justo a su lado, aunque manteniendo una prudente distancia. Dio un pequeño trago de su vaso, sin siquiera pestañear, y justo después comenzó a relatarle con voz calmada, aunque algo ausente.

    —Uno de los tantos maestros que tuve de niño fue una mujer llamada Margaux Blanchard. Ella decía que era capaz de escuchar la voz del Dador de Luz. Literalmente que Él le hablaba, y le daba instrucciones claras de lo que deseaba. Nunca supe si era en serio o sólo estaba un poco loca. Lo que sé es que yo nunca tuve tal privilegio. A lo más que siempre he llegado es a tener visiones, algunas más confusas que otras, que siempre he tenido que interpretar lo mejor que puedo. Cuando estaba en Atenas, intenté concentrarme, intenté llamarlo, intenté que me diera alguna señal de lo que debía de hacer de aquí en adelante. Y no recibí nada, absolutamente nada como respuesta... salvo tú. —Esa repentina mención a su persona tomó un poco desprevenida a la mujer a su lado. Poco después de eso te apareciste de la nada ante mí, y yo llegué a pensar que quizás tú eras la respuesta que Él me había mandado para mostrarme el camino que debía seguir.

    —Haces que me ruborice —comentó Ann con voz juguetona.

    Andy la miró, le sonrió del mismo modo que ella a él, y volvió a beber un poco de su vaso.

    —Pero de repente —prosiguió—, llego aquí y me entero que después de cuarenta y un años, mi madre está despierta, justo en este momento en el cual necesito tener mi mente concentrada en este otro problema que nos inquieta. Y no puedo evitar preguntarme qué es lo que nuestro Señor intenta decirme con esto, si es que en verdad está involucrado de alguna forma.

    —Quizás sea un regalo para su más leal servidor.

    —Si es eso, me hace cuestionarme porque tardó tanto en concedérmelo —contestó Andy sonando casi como un reclamo, y quizás en efecto lo era.

    El timbre de la puerta principal sonó en ese instante, y fue casi como una señal para que ambos guardaran silencio, sin que ninguno tuviera que indicarlo. Unos segundos después, los pasos de Gilda dirigiéndose al recibidor se hicieron presentes, y poco después vieron a la mujer de origen ruso pasar cerca de donde estaba, y perderse tras el muro que separaba la sala de la entrada principal.

    —Esa no es la clase de dudas que uno esperaría oír de parte del Apóstol Supremo de la Bestia —murmuró Ann muy despacio, inclinándose más hacia Andy—.Te aconsejaría no compartirlas con nadie más.

    —Por eso te las digo a ti. Puedo confiar en tu discreción, ¿cierto?

    —Por supuesto que sí. Ya te lo dije: yo siempre estaré de tu lado…

    Oyeron la puerta abrirse en ese instante, y poco después la voz de Gilda pronunciar con su marcado acento:

    —Sr. Lyons…

    Ann y Andy se pusieron en alerta al oír aquello, cado uno con pensamientos diferentes, aunque muy parecidos, cruzándoles la cabeza. Andy recorrió su mano por su rostro, soltó un pesado suspiro y se puso de pie con todo y su bebida en mano. Ann permaneció sentada, esperando a ver cómo se desenvolvía todo. La última vez que Lyons y ella se vieron, éste no se fue del todo en buenos términos con ella; de hecho, le parecía que indirectamente la había amenazado de muerte, aunque de seguro él lo negaría. Al menos con Adrián ahí estaba segura que no intentaría nada indebido; ya tenía de nuevo las cartas a su favor.

    —Sé que ya volvió, necesito verlo urgentemente —indicó la voz grave y firme de John Lyons desde la puerta, y luego escucharon sus pesados pasos aproximándose, quizás abriéndose paso incluso a través del ama de llaves.

    —Espere, por favor —exclamó Gilda con preocupación, andando detrás de él—. No es un buen momento…

    —Está bien, Gilda —comentó Andy con fuerza. Ya se había aproximado unos pasos hacia el vestíbulo, tanto así que cuando la figura de Lyons surgió al otro lado del muro divisorio, casi chocó de frente con el músico. Los ojos del hombre mayor de barba blanco se abrieron ampliamente aprensivos, y luego incluso retrocedió un paso, agachando su mirada—. Puedes dejarnos solos, por favor —le indicó Andy a su empleada, que de inmediato asintió y se retiró, para así darles la privacidad que su conversación requería.

    Lyons observó de reojo como Gilda se retiraba, aguardando hasta que estuviera lo suficientemente lejos. Antes de ello, Andy ya se había dado la media vuelta y avanzado de regreso a la sala. John lo siguió de cerca, midiendo sus pasos así como sus palabras.

    —Lamento presentarme de esta forma, pero… —calló de golpe en el momento en el que puso un pie en el área de la sala, y por el rabillo de su ojo percibió la presencia de Ann, sentada en un sillón de lo más casual, con sus piernas cruzadas y un vaso con bebida en su mano—. ¿Qué haces tú aquí? —exclamó de golpe, entre sorprendido y molesto.

    Ann, más que sentirse preocupada por su reacción, de hecho le resultó un tanto divertida.

    —Vengo a dar apoyo moral —le informó con bastante calma, dejándolo sin embargo más confundido que antes.

    —¿Qué dices…?

    Lyons se viró hacia Adrián en busca de alguna explicación más coherente. Éste se había dirigido de regreso a la barra de su pequeña zona de bar, para tomar otro vaso limpio para su invitado.

    —Mi madre despertó —le respondió el músico sin mayor rodeos, dejando al hombre de barba blanca totalmente pasmado.

    —¿Rosemary? ¿Despertó de verdad? ¿Cuándo?

    —Ayer en la tarde, según me dijeron —aclaró Andy con algo de pereza—. ¿Te sirvo uno para que brindes con nosotros, viejo amigo?

    Antes de que Lyons pudiera responderle algo, Andy se tomó de inmediato el atrevimiento de servirle en el vaso nuevo del mismo tequila que ellos estaban bebiendo. Y mientras lo hacía añadió con la misma desidia de antes:

    —Por esto mismo, entenderás que no estoy del todo disponible para tus repentinas y explosivas crisis, John.

    —Lo siento, pero ésta es una crisis en especial que no puede esperar —aclaró el empresario tajantemente—. Surgió algo realmente grave con respecto a Damien, de lo que necesitamos hablar de inmediato.

    —Si es por la fiesta de anoche, ya estamos enterados del asunto —comentó Andy con cierto humor.

    —¿Fiesta? —Exclamó Lyon visiblemente confundido, y luego volteó a ver tanto a Andy como a Ann, como si esperara que el rostro de alguno revelara algo más de información—. ¿Qué fiesta?

    Andy y Ann se miraron el uno al otro con complicidad en sus ojos, como dos hermanos que se habían auto incriminado con su padre por alguna jugarreta, sin proponérselo.

    —Entonces no es eso —concluyó Andy encogiéndose de hombros—. No importa…

    Cerró de nuevo la botella de tequila, y se dirigió con el vaso recién servido hacia su nuevo invitado, extendiéndoselo.

    —Cuéntanos lo tuyo primero.

    Lyons pareció aprensivo, posiblemente más preocupado de lo que ya estaba cuando entró por esa “fiesta” que la que hablaban. Aun así aceptó el vaso. Andy le indicó justo después que tomara asiento, señalando con una mano hacia el lugar en el sillón a un lado de Ann. A éste no le agradaba mucho la idea de sentarse a lado de esa mujer, pero igual lo hizo (aunque bastante más separado de lo que Andy lo había estado hace unos minutos). Por su parte, el dueño del departamento se dirigió al otro sillón delante de ellos, quedando en puntos separados de la sala, y con la mesa de madera en el centro como separación.

    John acercó el vaso a su rostro, y su reacción resultó bastante similar a la primera de Ann. No dio ningún trago a éste, pero lo sostuvo entre sus dedos delante de él, sólo como una simple señal de respeto para quien se lo había ofrecido.

    —Me ha llegado información muy alarmante —comenzó a explicarse con voz seria, pero notablemente preocupada—. El anonimato de Damien puede haber sido comprometido. Al parecer por todas estas… tonterías que ha estado haciendo últimamente, incluyendo quizás esa fiesta de la que hablan, está de nuevo en la mira del Departamento de Investigación Científica.

    —¿Departamento de Investigación Científica? —Repitió Ann, claramente desorientada—. ¿Qué es eso?

    —La llaman la Tienda —se adelantó Andy a responder—. Es una agencia secreta subsidiaria de la CIA que se enfoca al estudio y control de las… personas con fuertes habilidades psíquicas, y de otros tipos.

    El entrecejo de Ann se arrugó, y miró a ambos hombres con marcado escepticismo.

    —¿Algo como eso realmente existe?

    —Desde hace bastante tiempo —aclaró Andy con seriedad—. Se dedican entre varias cosas a localizar individuos como estos que pudieran ser un peligro para el país, y… bueno, hacer lo que sea necesario para detenerlos. Ya habían puesto sus ojos en Damien antes, hace cinco años tras las muertes repentinas de Mark y Richard Thorn. Pero… —se viró entonces directo a Lyons en busca de un poco de aclaración adicional—. Yo tenía entendido que aquello se había logrado solucionar sin ningún contratiempo, y se sepultó sin llamar de más la atención.

    John carraspeó un poco, y procedió de inmediato a responder.

    —Sí, en aquel entonces nos las arreglamos para desviar su atención y que lo dejaran en paz. Pero en esta ocasión eso ya no será tan sencillo. Al parecer una de las personas con las que Damien se metió en este jueguito que está jugando, es una amiga íntima del director actual del DIC. Un hombre agradable, por cierto. Cené en su casa hace algunas noches; hace unas buenas hamburguesas… y también resulta ser un hombre muy rencoroso. No tengo todos los detalles, pero al parecer Damien dejó a esta amiga suya en coma, y agredió a algunos de sus protegidos. Mis contactos me dicen que ha tomado el asunto de forma personal, y está en estos momentos armando un operativo de gran tamaño para ir tras Damien y aprehenderlo.

    —¿Aprehenderlo? —Espetó Ann, bastante exaltada—. ¿Bajo qué cargos?

    —No lo has entendido —le reprendió Lyons con dureza—. No es esa clase de agencia; no necesitan tener “cargos” contra alguien para realizar su trabajo, sólo la sospecha de que puede resultar un peligro inminente.

    —No puede ser —exclamó Ann entre dientes.

    La CEO de Thorn Industries colocó de inmediato su vaso sobre la mesa de centro y se paró casi de un brinco de su asiento. Comenzó a caminar de un lado a otro por la sala, tomándose su cabeza con ambas manos mientras respiraba profundamente por su nariz.

    —Sabía que algo como esto ocurriría —soltó con enojo desbordando de sus palabras, y de inmediato se giró hacia Lyons, mirándolo de forma de acusadora—. ¡Te dije que la situación con Damien era demasiado seria y debíamos hacer algo respecto cuanto antes! ¡Pero no quisiste hacerme caso!

    Lyons no se tomó nada bien aquello. Su rostro enrojeció, y él igualmente se puso de pie rápidamente y se le acercó para encararla de frente.

    —¡Y yo te dije que tú debiste haberlo controlado desde el inicio para que no escalara a esto! En lo que a mí respecta, todo esto es tu maldita culpa.

    Ann soltó una sonora risa irónica, y de inmediato le respondió sin doblegarse.

    —Como siempre, el gran John Lyons sentado en su silla de egocentrismo y autocomplacencia, sin mover un dedo y esperando que todos los demás vayan por ahí resolviéndolo todo, sólo interviniendo para lavarse las manos y señalar con el dedo cuando algo sale mal.

    Lyons estaba más que dispuesto a responderle su argumento, pero en ese mismo instante ambos oyeron cómo el vaso de Andy golpeaba con fuerza la mesa de centro, como si fuera el martillo de un juez. Ambos callaron y se viraron a verlo. El vaso había desparramado su líquido en la mesa y mojado también la mano del Apóstol. Pero lo que más los impactó fue la expresión en su rostro: fría, dura, y agresiva a la vez. Y los miraba intensamente a cada uno.

    Andy se sentó derecho en el sillón y sacó de un bolsillo de su saco un pañuelo blanco que usó para secarse su mano con calma. Todo esto sin quitarles los ojos de encima a ninguno.

    —¿Quieren los dos bajar la voz? —murmuró despacio, pero no por ello disfrazando su enojo—. Lo que menos quiero es que Sebastián o… mi madre escuchen algo de esto. Así que siéntense, y cállense.

    Ann y Lyons acataron la orden, dirigiéndose de regreso a sus respectivos asientos. Sus movimientos eran cuidadosos y lentos, como si temieran que algún acto brusco pudiera enfurecer aún más a la bestia ante ellos. Una vez que sus dos invitados estuvieron sentados, y su mano limpia, Andy se sentó derecho, cruzó las piernas, y con voz más estoica musitó:

    —En lo que a respecta, ambos son culpables de este desastre.

    —Adrián… —exclamó Lyons, saltando de inmediato a querer defenderse, pero el Apóstol alzó de inmediato una mano al frente, indicando con un gesto que se abstuviera, y así lo hizo.

    —Y yo también lo soy —prosiguió Andy—. Me he desentendido demasiado de este asunto, manteniendo esta distancia entre Damien y yo hasta que fuera el momento adecuado. Pero es evidente que eso ya no puede seguir así.

    Hizo una pausa reflexiva, en la cual repitió en su mente toda la nueva información que le habían proporcionado de punta a punta. Tras unos momentos volvió a hablar, pero ahora con bastante más calma; más de lo que se esperaría.

    —Esta gente del DIC, ¿sabe quién o qué es Damien realmente?

    —Lo dudo mucho —negó Lyons—. Darán por hecho que es sólo un psíquico muy poderoso, como otros que han visto anteriormente, pero nada fuera de eso.

    —Entonces es imposible que puedan hacerle daño. Si mandan a sus hombres tras él, lo más seguro es que terminen muertos.

    —Esa es una posibilidad que tampoco nos ayudaría —señaló Lyons con vehemencia—. En el momento en que eso pase, no podremos volver a hacerlo pasar por un chico normal. Toda su pantalla y la preparación en la que hemos trabajado, se vendrá abajo. Y lo más importante: nunca lo soltarán de nuevo.

    —Lyons tiene razón —exclamó Ann de pronto, tomando bastante por sorpresa a los dos hombres—. Necesitamos que Damien vuelva a Chicago de inmediato para resguardarlo, o incluso mejor deberíamos sacarlo del país. Enviarlo a Inglaterra o a Italia, en donde les sea más difícil alcanzarlo, en lo que solucionamos todo este asunto con esa… agencia o lo que sea.

    John la observó unos momentos en silencio, y luego secundó su propuesta con un simple:

    —Quizás sea lo mejor.

    Andy comenzó a cavilar un poco sobre su propuesta. El hecho de que Damien se hubiera quedado tanto tiempo en Los Ángeles ya era problemático, aunque manejable; sacarlo del país tan repentinamente sería bastante sospechoso, y haría que algunas personas se preguntaran si sucedía algo con él que no se estaba diciendo. Obviamente nunca adivinarían ni de cerca los motivos verdaderos, pero surgirían rumores como uso de drogas, enredos de faldas, o (algo más cercano a la realidad) problemas legales. Y ninguno de esos ayudaría demasiado a su causa. Aunque dentro de poco sería Acción de Gracias, y unas semanas después de eso las vacaciones de Navidad; podrían inventarse algo aprovechando esa justificación, aunque desconocía con qué tanto tiempo contaban.

    —¿Cuándo planea el DIC hacer su operativo?

    —Eso no lo sé aún —respondió Lyons—. Pero por lo que me dijo mi contacto, podría ser en cualquier momento en estos días.

    Andy soltó una risa sarcástica, y luego recorrió su mano por su agotado rostro. Si antes pensaba que el hecho de que su madre despertara había sido en el peor momento posible, ahora hasta estaba totalmente convencido de ello.

    —¿Y todavía crees que esto fue un regalo? —Inquirió el músico, mirando de reojo hacia Ann—. Más bien pareciera que es un tipo de prueba.

    —¿Hablas de tu madre? —Cuestionó Lyons, un poco confundido por el comentario.

    —Eso no importa ahora. El caso es que ambos tienen razón; es momento de que Damien deje estas tonterías, y en especial que deje de exponerse así. Iré a Los Ángeles ahora mismo como teníamos planeado, y yo personalmente hablaré con él.

    La propuesta dejó a Lyon un poco desorientado, pero ciertamente le provocaba algo de tranquilidad escuchar que se encargaría él mismo de ese asunto. Ann, por su parte, fue la más de acuerdo con seguir adelante con lo planeado, pese a la inesperada nueva situación.

    —Reservaré los boletos para ambos enseguida —indicó la empresaria, parándose de su asiento y comenzando a teclear en su celular.

    —No, iré yo solo —exclamó Andy de pronto, siendo ahora Ann la desorientada—. Necesito que te quedes aquí con mi madre.

    —¿Qué? —espetó Ann confundida, y hasta cierto punto molesta—. Yo no soy enfermera, Adrián.

    —Lo sé —musitó Andy con voz calmada, y de inmediato se paró, avanzó hacia ella y la tomó con cuidado de los hombros. Pese a su tacto y acercamiento gentil, Ann lo miraba de regreso con bastante recelo—. Sé que esto no te corresponde, pero necesito de tu apoyo en esto. En el momento en el que este asunto de Damien se sepa, las cosas se pueden poner complicadas dentro de la Hermandad, y hay gente que pudiera intentar usar esto en mi contra.

    —Ese argumento me suena familiar… —musitó Ann con tono mordaz, casi hostil. Por supuesto, Adrián entendió a lo que se refería.

    —Por favor, Ann. En serio necesito que alguien se quede aquí a cuidar de ella, al menos por este par de días que estaré fuera. Sólo ustedes dos saben que ha despertado, y así debe quedarse de momento. Y ella conoce a John, y definitivamente no confiará en él.

    —¿Por qué no? —Preguntó la empresaria con curiosidad, volteándose hacia Lyons aún sentado en el sillón. Éste soltó un pesado suspiro, y se acomodó las mangas de su saco de forma distraída.

    —Cuando cayó en coma, ella y yo teníamos… amistades diferentes —musitó el empresario en voz baja, y sin deseos de dar más información al respecto.

    Lo último que Rosemary supo del joven John Lyons, es que era el protegido de Roman Castevet, además de su ayudante. Si estaba convencida de que el viejo Aquelarre estuvo detrás de lo que le pasó (y no estaría equivocada con esa deducción), sería complicado que confiara en él en un inicio; si es que en algún momento le resultara posible hacerlo.

    —Por favor, Ann —repitió Andy de nuevo, con el mismo tono calmado, casi dulce, mientras recorría sus manos lentamente por sus hombros—. Sólo podré encargarme de este asunto si tengo la seguridad de que alguien de mi completa confianza va a estar aquí con ella, cuidándola.

    Ann le sostuvo la mirada, parada firme con sus brazos cruzados y su rostro estoico, aunque reflexivo. Tras unos angustiantes segundos, dejó escapar el aire por su nariz, y se giró hacia otro lado para ya no verlo más a los ojos.

    —De acuerdo —susurró despacio con resignación—. Haré todo lo que tú me pidas, siempre.

    —Gracias —le respondió Andy sonriendo, y se permitió entonces retirar las manos de sus hombros—. Una cosa más. Por favor, no le comentes nada sobre John, o sobre la Hermandad… o sobre Damien. Las personas que la pusieron en ese estado hace cuarenta años… bueno, digamos que no lo entendería. Yo se lo explicaré todo en su momento, pero primero necesito encargarme de esto. ¿De acuerdo?

    —¿Tampoco le debo decir nada sobre quién soy yo? —Cuestionó Ann algo hiriente—. ¿O sobre su nieta mayor?

    —Oh, por favor… —musitó Lyons con molestia, y al momento se paró y se alejó algunos pasos de ellos hasta el otro extremo de la sala.

    En ese sitio no se encontraban sólo los únicos miembros de la Hermandad que de momento sabían que Rosemary Reilly había despertado, sino también los únicos que sabían que Andy Woodhouse tenía una hija; una biológica, no adoptiva como el joven Sebestián. Ese era otro tema que el hijo abnegado de Rosemary tenía todavía que pensar si era conveniente decírselo o no; de entrada ya le había mentido diciéndole que Ann era sólo una amiga.

    —Confiaré en tu criterio al respecto —le respondió Andy tras un rato con tranquilidad. Sólo le quedaba confiar en que tomaría la decisión correcta al respecto; y claro, que sabría bien identificar cuál era ésta.

    —Bien —musitó Ann al parecer más tranquila—. Igual haré algunas llamadas para avisar que estaré aquí un par de días, y para que envíen algo de seguridad adicional.

    Tomó entonces de regreso su teléfono y comenzó a marcar la primera de la serie de llamadas que haría. Mientras lo hacía, caminó hacia la puerta de la terraza, y salió por ésta para hablar con un poco más de privacidad. Andy y John la siguieron con la mirada, ambos en silencio hasta que deslizó la puerta de cristal detrás de ella, colocándola como una delgada barrera entre ellos y ella.

    —Esa mujer te está manipulando, ¿te das cuenta? —Señaló Lyons tajantemente, no disimulando ni un poco que aquello era casi un regaño—. Ya no es la chiquilla ingenua e inocente que conociste hace veinte años.

    —Si es que alguna vez lo fue —pronunció Andy en voz baja—. De momento necesito confiar en ella, John. Quiero confiar en ella.

    —Cómo desees —resopló Lyons, molesto—. No creo que quieras que vaya a Los Ángeles contigo, ¿o sí?

    —Sin ofender, pero en estos momentos creo que tu presencia con Damien podría estorbar un poco más de lo que ayudaría. Además, necesito que te mantengas al tanto del DIC, y descubras lo antes posible sus planes, y cuándo tienen pensado ejecutarlos para así estar preparados. Y necesito también que contactes a los otros Apóstoles.

    —¿A cuáles?

    —A todos —declaró Andy con voz grave y firme, tomando por sorpresa a su acompañante—. Avísales que requiero que las Diez Coronas se reúnan en Chicago, una vez que Damien esté allá de nuevo. Los que estén demasiado lejos para asistir en persona, supongo que podrían estar por video llamada. Pero todos tienen que estar presentes de una u otra forma. Si la situación se ha descontrolado tanto como dices, es probable que tengamos que plantear una respuesta ofensiva en contra de estas personas. Y para eso necesitamos hablarlo entre todos.

    —¿En qué tipo de respuesta ofensiva estás pensando? —inquirió Lyons, evidentemente algo temeroso de escuchar la respuesta que fuera a darle. Andy notó esto, y una sonrisa casi astuta se dejó ver a través de su elegante barba.

    —¿De entrada? Estoy pensando en aplastar por completo al DIC, y a cualquiera que piense siquiera en hacerle daño a nuestro Salvador. Justo como lo hemos hecho durante todos estos años.

    El rostro de Lyons palideció un poco al escuchar tal propuesta, en especial por la forma tan calmada y casual que había usado para decirlo; tan normal como decir que pidieran una pizza o salieran a tomar un trago. Lyons temió que su actual líder no tuviera del todo claras las dimensiones del problema que estaban sorteando.

    —Puede que hacer eso sea mucho más complicado que en ocasiones anteriores —musitó Lyons, intentando ser prudente con cada una de sus palabras—. Estamos hablando de toda una agencia gubernamental…

    —Y nosotros somos la representación del Poder de mi Padre en este mundo —declaró Adrián fehaciente, aproximándose casi de forma amenazante a Lyons. Éste permaneció quieto en su sitio, incluso en el momento en el que se paró ante él, y lo miró fijamente con esos ojos… que habían dejado abruptamente de ser los seductores color avellana que todos conocían, mutando en esos ojos dorados de pupilas alargadas, y con un brillo inusual que casi parecía reflejar un fuego que no existía más allá de ellos—. Nosotros somos la fuerza del cambio, ¿recuerdas?; capaces de manipular el rumbo de la historia, y destruir imperios enteros si así lo requerimos. Un montón de soldaditos y científicos no nos amedrentarán. ¿Entendido?

    Lyons no respondió nada, y lo único que pudo hacer fue agachar su mirada casi con temor; como si le preocupara mirar por demasiado tiempo esos inhumanos ojos. Pero Andy tomó abruptamente su rostro con una mano, y prácticamente lo obligó a mirarlo de nuevo y a no desviar su vista a ningún otro lado.

    —Salve Satanás —susurró Andy con voz grave y firme—. Salve el Dador de Luz, Salve el Salvador… Salve Damien…

    —Salve Damien —repitió Lyons muy despacio, pero no siendo capaz de emular ni un poco la emoción que Adrián desbordaba en esos momentos.

    Sería difícil determinar si acaso John Lyons se hubiera sentido más tranquilo o más preocupado si supiera que dicha confianza y emoción en Andy… tampoco eran del todo sinceras. Pero el Apóstol Supremo sabía que ese era justo el momento en el que se esperaba que él mostrara todo de lo que era capaz. Pues lo que tenía en definitiva seguro era que, justo como Lucas Sinclair les había advertido a sus hombres aquella misma noche en la que Lyons comió hamburguesas en su patio... se venía una inminente batalla...

    FIN DEL CAPÍTULO 102
    Notas del Autor:

    Como ven las cosas se están calentando también del lado de la Hermandad. Adrián y los otros no saben aún el desastre que está ocurriendo en Los Ángeles, pero ya lo sabrán. Pese a todo el reencuentro de Andy y su madre me resultó bastante emotivo, aunque con sus mentiras e incomodidades esperadas. ¿Qué les pareció a ustedes? Como prometí nos desviaremos un poco para ver a algunos otros personajes, pero no se preocupen. Volvemos con Matilda, Cole, Damien y compañía muy pronto. Ya falta muy poco para que termine este arco (y comience otro, obviamente). Espero que su desenlace sea tan genial como lo tengo en la cabeza. ¡Nos leemos!
     
  3.  
    WingzemonX

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    Resplandor entre Tinieblas
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    Misterio/Suspenso
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    105
     
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    11785
    Resplandor entre Tinieblas

    Por
    WingzemonX


    Capítulo 103.
    Inconcluso

    Esa mañana Jaime se levantó alrededor de hora y media antes del mediodía; bastante más tarde de lo que acostumbraba. Pero ese cambio de horario había sido necesario para intentar recuperar sus fuerzas, pues apenas había arribado a Los Ángeles durante la madrugada, luego de su viaje exprés a Chicago de tres días. Para su buena suerte, con sólo colocar la cabeza en la almohada, y con la ayuda de un par de tragos de su leal licorera, había logrado dormir plácidamente esas horas. Y si por él fuera quizás hubiera dormido más, pero ese mismo día en la tarde tenía una cita a la que no podía faltar.

    En cuanto se despertó, lo primero que hizo fue darse una ducha rápida para refrescarse, e igualmente terminar de despertar. Uno de los padres que vivía en la casa parroquial le hizo el favor de subirle un poco de fruta y yogurt para que pudiera desayunar algo. Y el par de horas siguientes las dedicó casi de lleno a repasar todas sus notas y memorizando todo aquello que le hiciera falta, aunque no era demasiado; todo lo tenía bastante claro. De todos modos, dada la naturaleza de la reunión que tendría, no podía dejar nada a la suerte.

    Faltando ya quince minutos para la hora pactada de la reunión, Jaime guardó todas sus notas en un expediente, mismo que guardó bajó llave en el buró a un lado de su cama. Lo que presentaría de todas formas lo tenía ya en su tableta electrónica desde la que realizaría toda la presentación.

    Se arregló su túnica y su clériman, pasó un poco sus dedos por su cabello, y salió al fin de su cuarto. Se dirigió con paciencia hacia las escaleras que daban al sótano de la casa, mismo que había sido habilitado hace tiempo como sala de conferencias para diferentes pláticas y grupos de apoyo que la Iglesia local solía dar en ocasiones, pero que ese día serviría para su videoconferencia.

    Aquel cuarto era bastante más acogedor de lo que se esperaría un sótano pudiera ser. Estaba bien iluminado, y contaba con mesas que normalmente estaban colocadas en forma de herradura, y suficiente sillas para diez personas, o acomodándolas debidamente incluso hasta quince. Había una pizarra, un proyector, un ordenador, y un equipo para video llamadas que Jeremy, uno de los sacerdotes más jóvenes de la casa, se estaba encargando en esos momentos de conectar.

    Además del joven padre Jeremy, Jaime divisó al padre Babato sentado en una de las sillas del extremo derecho de la herradura, que le sonrió jovial en cuanto lo vio pasar por el arco de las escaleras.

    —Buenos días, Frederic —saludó Jaime con cordialidad.

    —Buenos días, Jaime —le respondió Frederic, asintiendo—. ¿Dormiste bien?

    —¿Lo poco que pude? Sí, bastante bien.

    Jaime se dirigió a la cabecera de la mesa, sentándose en el puesto de honor. La pantalla había sido colocada justo en el centro, para que tanto Jaime como Frederic pudieran verla con bastante facilidad. A su vez, sobre ésta se encontraba una cámara especial que facilitaría a las personas del otro lado del gran charco el verlos a ellos. Sin embargo, al parecer aún tenían problemas técnicos al respecto.

    —¿Ya estamos listo, hermano Jeremy? —Cuestionó Jaime, intentando no sonar exigente. Si lo fue, igual el padre más joven no pareció darse cuenta, pues siguió calmado con su tarea.

    —Ya casi, padre. Sólo un minuto más.

    Jaime sólo asintió tranquilo, aunque sus dedos tamborileando en la mesa dejaban en evidencia algo de su nerviosismo. Se le antojó de pronto un tranquilizador trago antes de comenzar, pero su sentido común le dijo de inmediato que eso no sería una muy buena idea.

    —¿Y tú estás listo, viejo amigo? —Escuchó que Frederic le preguntaba a su diestra, sonando casi un poco irónico en su tono.

    —Lo más listo que puedo estar, dadas las circunstancias —respondió Jaime con emoción neutra. Decidió en ese momento aprovechar el tiempo para conectar su tableta al dispositivo de conferencias. Al menos eso sí lo sabía hacer—. Sé que no es tu primera vez, pero es mi deber recordarte que tu presencia en esta reunión es más que nada mera cortesía, y sólo tienes permitido estar como oyente. No puedes intervenir de ninguna forma durante mi exposición.

    —Tranquilo, sé bien cómo funciona esto —mencionó Frederic rápidamente, extendiendo una mano frente a él—. Aunque sigo pensando que te estás apresurando. ¿En tan poco días ya has realizado la suficiente investigación para dar tu conclusión?

    —Una preliminar, sí. Además, no fue sólo mi decisión, pues hay muchos otros que quieren terminar con esto lo más pronto posible. No por nada esta revisión será presidida justo por el cardenal Erasmus.

    Frederic soltó un sonoro y nada disimulado resoplido que dejaba en claro su inconformidad con respecto a ese último dato. Esto pareció ser percibido incluso por el padre Jeremy, que asomó su rostro desde la parte trasera de la pantalla.

    —Uno de los mayores opositores de la 13118. Vaya suerte.

    —Siendo honestos —añadió Jaime con una pequeña dosis de humor en su tono—, ambos sabemos que sus defensores más fervientes como tú, no son ni cerca mayoría en la Santa Sede.

    Frederic sonrió ligeramente y se encogió de hombros, no del todo contento por el comentario, aunque tampoco precisamente molesto.

    —Eso es porque muchos de ellos no han visto las mismas cosas que nosotros. Incluido tú, Jaime.

    Eso era algo que no podía discutírselo, aunque Jaime lo diría de una forma distinta. Ambos habían visto muchas cosas únicas durante esos años. La diferencia radicaba en que Jaime Alfaro, en su papel de Inspector de Milagros, muy pocas de ellas las había tomado como lo que parecían ser a simple vista; algo en lo que al parecer difería con su colega.

    —Como sea, una mirada escéptica y objetiva siempre es prudente —señaló el padre español con solemnidad—. En especial considerando este tema tan… complicado.

    Ambos sacerdotes guardaron silencio, cada uno meditando por separado la cuestión.

    Tres minutos después, Jeremy salió al fin de detrás del aparato, con una sonrisa triunfal en su rostro.

    —Ya está lista la conexión —indicó el padre joven. Tomó entonces el control remoto y colocó la pantalla en la entrada para el dispositivo de conferencias. La aplicación estaba en la espera de iniciar la reunión, e incluso marcaba que ya había alguien aguardando.

    —Muchas gracias, Jeremy —pronunció Frederic con amabilidad—. Nos encargaremos desde aquí.

    Jeremy asintió complacido, colocó el control remoto ceca de Frederic, y se dirigió entonces a las escaleras. Los dos sacerdotes aguardaron hasta que sus pasos ya no fueron audibles, y en su lugar percibieron la puerta superior cerrándose.

    —¿Listo? —murmuró Frederic con complicidad, a lo que Jaime asintió cuidadoso.

    —Adelante.

    Frederic se encargó de dar por iniciada la reunión. Unos segundos después se pudieron ver a sí mismos en un recuerdo en la esquina inferior derecha, siendo captados por la cámara sobre la pantalla, y una pantalla negra que indicaba que la otra persona, o más bien personas, se estaban conectando.

    Tras unos instantes de espera, gran parte de la pantalla fue ocupada por la imagen de tres personas; tres hombres usando túnicas y solideos rojos representativos de los cardenales católicos (puesto que ejercían los tres por igual), sentados uno al lado del otro detrás de una mesa de madera rectangular, con un mantel blanco y rojo que la cruzaba por el centro. A sus espaldas se extendían tres altos ventanales que mostraban del otro lado el cielo nocturno y estrellado de Roma, aunque aún se percibía algo de luz artificial opacándolo.

    Los tres hombres miraron con cierta dureza hacia su respectiva pantalla, y por consiguiente a ambos sacerdotes a miles de kilómetros de distancia de ellos.

    —Padre Babatos, padre Alfaro —murmuró el cardenal O’Brien, sentado a la derecha, con un tono gentil que destanteaba con su rostro impasible y serio—. Muy buenas noches a ambos.

    —Buenas noches, eminencias —respondió Jaime con solemnidad, parándose de su silla con su tableta en mano—. Gracias por aceptar nuestra llamada, aun considerando la diferencia horaria.

    —No se disculpe —respondió rápidamente el cardenal Robles, sentado a la izquierda, incluso esbozando una cordial sonrisa a diferencia de sus dos acompañantes—. El tema a tratar es apremiante, padre.

    —Para algunos más que para otros —añadió con severidad el cardenal en el centro, un hombre corpulento de piel oscura, e intensos ojos oscuros. Éste era precisamente el cardenal Erasmus, que a tanta inquietud le causaba a Frederic, y el que menos contento parecía de estar participando en dicha reunión—. Como bien dijo, padre Alfaro, es un poco tarde por aquí. Así que si podemos terminar con esto rápido…

    —Intentaré que así sea, cardenal —se apresuró Jaime a puntualizar.

    Tras dos toques sobre la pantalla de su tableta, la vista de la conferencia cambió. Los recuadros de los cardenales y los suyos propios se hicieron hacia un lado, y en el centro comenzó a proyectarse la presentación que Jaime había preparado, y que lo iría acompañando al ritmo de su narración.

    —Bien —empezó con voz firme y clara—, como ya han de estar todos enterados, y obedeciendo los estatutos especificados en la Orden Papal 13118, yo, Jaime Alfaro de la Compañía de Jesús, fui designado como Inquisidor con el fin de realizar la primera etapa de evaluación para este posible sospechoso, identificado por el padre Frederic Babatos del Scisco Dei, aquí presente.

    Jaime extendió en ese momento su mano hacia su compañero, que se limitó a simplemente asentir y alzar una mano para hacer notar su presencia. Justo después prosiguió con su introducción, más protocolar que indispensable en realidad.

    —El motivo de esta reunión es exponer a este comité de revisión las conclusiones obtenidas sobre dicha evaluación realizada. Repasando un poco las características que se buscan en el individuo señalado por la 13118, estamos hablando de un varón de diecisiete años, cuya fecha de nacimiento sea alrededor de Junio del año 2000. Debió haber sido criado en el seno de una familia rica y de gran poder político, poseer habilidades únicas comprobables que lo distingan de un humano común, y tener en su cuerpo de forma clara la comúnmente conocida como “Marca de Bestia”. Igualmente se busca cualquier posible nexo entre el sospechoso y la llamada Hermandad de los Discípulos de la Guardia.

    Todos lo escuchaban y observaban atentamente, aunque ya hubieran oído un discurso similar antes, al menos una vez. Jaime se tomó un segundo para recobrar el aliento, y entonces pasó a la siguiente diapositiva, que mostraba la fotografía de un chico, acompañada a un lado por sus datos generales.

    —El nombre del sospechoso que evaluaremos hoy es Damien Thorn. De entrada cumple a la perfección los primeros criterios listados. Su fecha de nacimiento oficial es el 6 de junio del 2000, en Roma. Sus presuntos padres fueron Robert y Katherine Thorn, miembros de una de las familias más importantes de los Estados Unidos.

    Lo siguiente para Jaime fue dar un repaso bastante detallado de la historia de la familia Thorn, sus negocios, sus influencias, y todos los puestos políticos y empresariales que sus miembros habían tenido a lo largo de su historia, destacando por supuesto el de Robert Thorn como embajador de Estados Unidos en Inglaterra.

    —Muy fascinante el trasfondo del joven Thorn —comentó el cardenal O’Brien, aunque no dejando claro si lo decía enserio o con algún atavismo de sarcasmo—. Pero ya hemos conocido antes a otros jóvenes con trasfondos interesantes durante estos diecisiete años.

    —Además de su fecha de nacimiento y familia, ¿encontró alguna prueba de los otros criterios en este muchacho, padre Alfaro? —Se apresuró el cardenal Robles a preguntar, antes de que la conversación se desviara a otra dirección.

    Era claro que el cardenal latinoamericano era el mejor aliado que tenían en esa revisión, mientras que O’Brien se mantenía neutral, y Erasmus dejaba en evidencia su inconformidad sin siquiera tener que decir mucho.

    Jaime se aclaró un poco su garganta, y pasó a responder la pegunta del cardenal. Aunque en un inicio de seguro no fue ni cerca lo que los otros esperaban oír; incluso Frederic.

    —Sí, y no… No hay como tal un hecho específico que se pueda adjudicar directamente a una acción o habilidad inusual por parte de este chico. Sin embargo, lo que sí es un hecho comprobable, es que situaciones trágicas y fuera de lo común han ocurrido a su alrededor, prácticamente desde el mismo momento de su nacimiento.

    Ninguno de los tres cardenales, ni siquiera Erasmus, pudo ocultar su interés en el momento en que Jaime comenzó a relatar todos esas “situaciones trágicas y fuera de lo común”. Éstas se componían en un inicio por el trágico incendio que consumió por completo el hospital en donde nació, apenas unos días después del hecho, pasando por la muerte de sus dos niñeras, la de sus padres, y la de todos sus demás familiares, siendo las más recientes, y de hecho más sospechosas, las de su primo Mark y su tío Richard.

    Los cardenales cuestionaron un poco cada hecho para tener más detalles, pero lo cierto era que la mayoría de ellos (o más bien todos) carecían de una mayor explicación.

    —Todos me parecen sólo horribles accidentes —pronunció Erasmus con aspereza—. O, en su defecto, horribles tragedias cometidas por individuos perturbados.

    —Demasiados accidentes o tragedias para ser meras coincidencias, diría yo —señaló O’Brien, cuya postura neutra parecía ya estar comenzando a oscilar hacia una dirección específica, aunque no lo suficiente aún.

    —Ciertamente todos estos hechos que les he narrado, aunque extraños, parecen tener de fondo una explicación lógica —indicó Jaime, tomando un poco por sorpresa a Frederic que rápidamente se viró apremiante hacia él—. Así también, todos cuentan con evidencia sólida que los sustenta hasta donde pude investigar.

    Hizo una pausa, volvió a tomar aire, y entonces añadió abruptamente:

    —Excepto por dos, que resaltan un poco más que el resto.

    Colocó entonces en la pantalla dos fotografías lado a lado; una de un chico rubio, y la otra de un hombre adulto de rostro reacio pero mirada gentil.

    —Me refiero a la muerte de su primo, Mark Thorn, y la de su tío, Richard Thorn. Ambas sucedidas en circunstancias no sólo sospechosas y extrañas, sino que además emanan una cierta… irregularidad en ellas.

    Jaime comenzó a repasar con bastante más detalle todos los hechos conocidos de ambas muertes. En el caso de Mark no era mucho lo que se sabía, más allá de que había colapsado en el bosque justo cuando estaba a solas con Damien. Y aunque al inicio no se encontró ningún motivo médico, luego salió a la luz una extraña condición médica no diagnosticada y de la que poco o nada de documentación existía en realidad.

    En el caso de Richard se sabía mucho más, y a la vez también se sabía casi nada. Sin ningún testigo con vida que pudiera decir con exactitud que pasó esa tarde de 24 de diciembre, lo que más existían eran teorías. Se decía que Richard quizás padecía la misma enfermedad mental de su hermano Robert, y que su mente sucumbió al dolor por la muerte de su hijo, y lo había llevado a decidir suicidarse prendiéndose fuego a sí mismo en el Museo Thorn de Chicago, llevándose consigo a dos inocentes guardias, y una gran cantidad de invaluables piezas exhibidas. El por qué había elegido tan horrible, y a la vez inusual, forma de suicidarse, sólo él lo sabía; claro, esto si realmente las cosas habían ocurrido así.

    En su viaje rápido a Chicago, Jaime encontró a mucha gente que hablaba de lo ocurrido. De hecho, aquel horripilante suceso se había convertido casi en una leyenda urbana entre las personas, en especial entre los jóvenes. Pero lo extraño no era que cada persona con la que hablara dijera una historia diferente, que sería casi esperable, sino que casi todos parecían decir la misma, con los mismos detalles y puntos. Casi como si toda la ciudad la hubiera repetido una y otra vez, hasta que a todos se les quedó bien grabada.

    —En conclusión —pronunció Jaime tras terminar su explicación del hecho—, ambas muertes parecen simplemente fuera del lugar. Y, de cierta forma, dejan más a la vista la posibilidad de una mano encubridora que los otros hechos anteriores.

    —¿Insinúa acaso la presencia de la Hermandad detrás de estos encubrimientos? —Cuestionó Robles, bastante interesado. Jaime, sin embargo, negó discretamente con su cabeza.

    —No podría asegurar que se trate específicamente de la Hermandad. Pero sí considero factible la posibilidad de que exista más en estos dos asuntos de lo que se sabe, y también que alguien deliberadamente pudo haber decidido sepultarlos.

    Los cardenales se miraron entre ellos, pensativos, y algunos se murmuraron cosas al oído que ni Jaime ni Frederic lograron captar. Aun así, éste último sonreía complacido. Desde el inicio a él también le habían resultado sospechosas las muertes de Mark y Richard Thorn; de hecho fueron los puntos principales que llamaron su atención hacia Damien Thorn en un inicio, adicional a la carta de Carl Bugenhagen. Y el hecho de que a Jaime igualmente le hubieran parecido resaltantes, y llamado la atención de los cardenales, incluido Erasmus, le daba al padre italiano cierta sensación de éxito que no lograba disimular en su rostro.

    Por otro lado, con respecto a la carta de Carl Bugenhagen, Jaime también tenía algo que agregar en ese punto; cosas que incluso Frederic aún ignoraba.

    —Adicional a todo esto —prosiguió Jaime—, creo que es relevante que este comité sepa que ésta no es la primera vez que Damien Thorn es acusado de ser el Anticristo.

    —¿Cómo dice? —Exclamó Robles, sorprendido, pero también curioso.

    —De hecho, ha habido tres acusaciones anteriores por escrito, de tres personas diferentes —aclaró Jaime, de nuevo jalando la mirada inquisidora de Frederic hacia él. ¿Tres acusaciones? Él conocía de una pero, ¿cuáles eran las otras dos?—. La más reciente es de hace sólo un par de años atrás. Sin embargo, la primera fue de hace un poco más de diez años; una carta escrita por el teólogo y arqueólogo Carl Bugenhagen a la Santa Sede.

    —¿Bugenhagen? —Espetó Erasmus, seguido de una pequeña risa sarcástica—. ¿Enserio?

    —Por favor, Giorgio —murmuró Robles rozando casi en una reprimenda a su compañero cardenal—. Escuchemos primero lo que el padre Alfaro tiene que decir antes de levantar conclusiones.

    El cardenal de Sudáfrica resopló con cierta molestia, pero con un ademán de su mano le indicó a Jaime que podía proseguir. Jaime tomó la oportunidad y comenzó a leer directamente la misma carta que Frederic le había proporcionado en su primer día en Los Ángeles, y que Jaime había solicitado que se cotejara con la original guardada en los Archivos del Vaticano para revisar su autenticidad; esto, y lo que descubrió poco después por su cuenta, parecieron sustentarlo.

    La carta decía muchas cosas, pero podía resumirse en que señalaba directamente y sin la menor duda al en aquel entonces niño de seis años como el Anticristo. Decía además que no era hijo de sangre de Robert Thorn, y describía como éste se había presentado con él en compañía de un reportero, y les había entregado personalmente las infames Dagas de Megido, y le había dado instrucciones específicas al señor Thorn de cómo usarlas en un ritual para asesinar al niño; tanto su cuerpo como su alma. Mencionaba también la muerte de Robert Thorn a manos de la policía en la iglesia de Inglaterra para prevenir que apuñalara a su hijo, justo como Jaime había descrito anteriormente. Pero claro, esta carta ahora revelaba cuales, según Bugenhagen, habían sido las intenciones reales del embajador aquella fatídica noche, y cuál era el arma que empuñaba en su mano al momento de morir. Por último, exhortaba al Vaticano a aplicar de inmediato la 13118, y realizar acciones inmediatas en contra este chico, antes de que fuera demasiado tarde.

    Aunque los tres cardenales escucharon palabra por palabra el contenido de la carta con atención, sus expresiones dejaban en evidencia su profundo recelo.

    —Esa carta lo único que me dice es que Bugenhagen confiesa haber sido cómplice del intento de homicidio de un niño —indicó Erasmus con sequedad, cruzándose de brazos.

    —Al igual que el cardenal Erasmus, yo también tengo mis reservas en confiar en una declaración como ésta, viniendo precisamente de Bugenhagen —añadió O’Brien justo después, con voz más calmada pero igual sin ocultar su suspicacia—. Todos los aquí presentes sabemos bien que el hombre no tenía precisamente una buena reputación, especialmente desde que empezó a… profesar sobre el Anticristo con tanto fervor, y sin el permiso de la Santa Sede. Y no olvidemos que fue también el culpable de difundir ese… cuento sobre esas dagas, que como vemos incluso orilló a un hombre a intentar asesinar a su hijo.

    Robles en esa ocasión decidió guardar silencio. Evidentemente compartía parte de la opinión de los otros dos cardenales, pero no parecía tan dispuesto a expresarla abiertamente como estos. Frederic los observó con reticencia. Estaba ya acostumbrado a que hablaran mal de su viejo amigo, cuya sospechosa muerte él mismo consideraba como otro hecho extraño ocurrido en torno a Damien Thorn, aunque Jaime no le hubiera hecho alusión. Pero no le agradaba que fueran a descartar sus palabras sólo por sus opiniones personales sobre él. ¿Esa era la mirada objetiva que Jaime esperaba obtener?

    —Sin embargo, usted dijo que había otras dos acusaciones, ¿cierto? —señaló O’Brien, al parecer curioso por saber qué más tenía Jaime que ofrecer.

    El padre español asintió, y en su tableta deslizó la carta de Bugenhagen a un lado, para abrir paso a la siguiente, que más que carta era de hecho el contenido de un correo electrónico de hace cinco años atrás. De éste ni siquiera Frederic había oído antes. En el remitente del correo, proyectado en la pantalla delante de ellos, logró ver que venía de un tal Charles Warren.

    —La segunda está de hecho muy relacionada con la primera —indicó Jaime—. Pertenece a un hombre llamado Charles Warren, que por largo tiempo trabajó como curador del Museo Thorn en Chicago; el mismo que Richard Thorn supuestamente incendió durante su suicidio. El señor Warren se encuentra actualmente catalogado como desparecido, pues se desconoce su paradero desde las muertes sospechosas de Mark y Richard Thorn. Pero un hecho al parecer desconocido hasta ahora, es que antes de desaparecer envió este correo electrónico a un amigo suyo, periodista del Daily Herald.

    Así como la carta de Bugenhagen, Jaime pasó a leer textualmente el correo de Charles Warren. Era bastante menos extenso y detallado que la carta del arqueólogo, pero lo que decía era igual de relevante para el caso que estaban revisando. Lo principal era su declaración, casi desesperada, de que si algo le ocurría en los días siguientes al envío de dicho correo, el culpable no sería otro más que Damien Thorn, aunque en aquel entonces tuviera apenas doce años. Al igual que Bugenhagen, señalaba también al joven directamente como el Anticristo, e incluso hacía mención a otra carta que el mismo Bugenhagen le había envido a Richard Thorn tras la muerte de su hermano, muy similar a la que envió al Vaticano y posiblemente escrita en el mismo tiempo. Pero un dato adicional a este punto, y lo que impresionó tanto a Frederic que se paró abruptamente al oírlo, fue la indicación de que junto con dicha carta… Bugenhagen le había enviado también a Richard una caja que contenía las Siete Dagas de Megido.

    —¿Qué? —Exclamó atónito el padre italiano, aproximándose unos pasos más hacia la pantalla, como si el leer de más cerca aquel texto pudiera darle más claridad o pistas que no hubiera visto antes—. ¿Las Dagas de Megido están aquí? ¿En los Estados Unidos?

    —Frederic, por favor —exclamó Jaime con cierta agresividad.

    Al mirarlo sobre su hombro, Frederic notó como su colega lo observaba con desaprobación pro su exabrupto, y señalaba con su mano hacia su silla para indicarle que volviera a sentarse. Notó además que los tres cardenales en la pantalla lo observaban con extrañeza, y quizás un poco de preocupación. El padre Babato se forzó a recuperar su compostura lo mejor posible, y entonces retrocedió de regreso a su silla.

    Una vez que Frederic se sentó, Jaime prosiguió, aunque no terminó de leer el correo como tal sino que prefirió explicar esa última parte con respecto a las dagas, que igualmente pareció captar la atención de los cardenales.

    —El correo es de hace cinco años, como pueden ver, y no menciona mucho más sobre las dagas, más allá de que en su carta Bugenhagen al parecer reafirma que se las dio a Robert Thorn para usarlas contra su hijo. De momento no pude encontrar nada más sobre esta carta original que menciona. Quizás estaba en posesión del Sr. Warren o de Richard Thorn, pero por obvias razones ninguno de los dos podría dar fe de su existencia.

    »Sea como sea, pese a la desaparición del Sr. Warren, su amigo periodista no se atrevió a publicar nada sobre esto, por lo inverosímil que le resultaba todo y por la acusación tan absurda hacia una familia como los Thorn, con los que, en palabras de este hombre, el Sr. Warren siempre tuvo una cercana y cordial amistad. Cuando hablé con él, sin embargo, accedió a reenviármelo para que yo lo juzgara por mi cuenta. Podrán verlo por completo en el archivo que les haré llegar terminada esta llamada.

    Un silencio casi incomodo se ciñó sobre la sala; tanto en la de Los Ángeles como a su paralela en la Ciudad del Vaticano. Jaime aguardó un poco a que todas las emociones se asentaran, y entones prosiguió con la tercera y última carta. Ésta en efecto sí era una carta escrita en puño y letra como la primera, aunque era relativamente más corta. Jaime prefirió no leerla directamente como las otras sino sólo explicarla a grandes rasgos con el fin de poder proseguir un poco más rápido. Además de que, por encima de lo que decía la carta, era su trasfondo lo que llamaba más la atención.

    —La tercera acusación es quizás la más extraña. Ésta viene de un viejo sacerdote que vivió por quince años en el Monasterio de San Benedetto, en Subiaco. Este hombre respondía al nombre de Spiletto y, según los residentes, fue en algún momento el sacerdote a cargo del mismo hospital religioso en Roma en el que Damien Thorn nació, y que como les mencioné fue reducido a cenizas en un incendio. Este hombre terminó con horribles quemaduras a raíz de dicho incidente, y su capacidad de movimiento y comunicación quedó gravemente reducida. Murió en invierno del 2015, pero antes de hacerlo confesó arrepentido a uno de sus cuidadores el haber sido parte de un complot para remplazar al hijo biológico de Robert y Katherine Thorn por, y cito: el hijo del Diablo y de una chacal.

    —Santo Dios —exclamó Robles horrorizado, e incluso su mano por impulso dibujó rápidamente la señal de cruz de su frente a su pecho y hombros.

    Erasmus y O’Brien no reaccionaron de forma tan notoria, aunque igualmente la sugerente idea les causaba repulsión, y claro bastante desconfianza.

    —En su confesión, Spiletto señala al chico que conocemos actualmente como Damien Thorn como el bebé fruto de esta unión profana —informó Jaime a continuación—, e igualmente como el Anticristo. La carta que les muestro en pantalla es una supuesta transcripción hecha por uno de sus cuidadores, resumiendo dicha confesión previa al momento de su muerte, y que igualmente hizo llegar a la Santa Sede hace dos años. Pero al igual que la carta de Bugenhagen, quedó archivada y no se le dio seguimiento.

    Los ojos de Frederic estaban totalmente abiertos y fijos en la carta mostrada en la pantalla. Él no tenía ni idea de la existencia de ésta, y no podía evitar cuestionarse como su colega había dado con ella, en especial con tan poco tiempo. Pero eso en realidad no importaba mucho, pues lo que más le interesaba al padre Babato es que esa carta era como la pieza del rompecabezas que hacía falta.

    Este intercambio de bebés descrito por el tal Spiletto lo confirmaba. La Hermandad había introducido deliberadamente al Anticristo en la familia Thorn, y lo había estado siguiendo y cuidado durante todos esos años. Y todos los demás sucesos que le siguieron con Robert Thorn y Bugenhagen, tomaban mucho más sentido.

    Sin embargo, para su asombro y decepción, Jaime no compartía del todo el mismo pensamiento.

    —Pese a todo lo que acabo de decir, es importante señalar que la veracidad de esta declaración tendría que ponerse en duda —indicó Jaime con dureza—. Según testimonios de otros sacerdotes de San Benedetto, que fueron incluidos como anexos a esta carta, la identidad real del hombre que ellos conocían como Spiletto no estaba del todo confirmada, debido a las fuertes deformaciones que había sufrido su rostro por el fuego, y a sus dificultades de comunicación. Además, según la opinión de varios de ellos, su mente había estado delirante durante sus últimos años, y al momento de hacer esta confesión divagaba demasiado, y hasta para él mismo parecía difícil identificar qué de lo que decía era real y que no. He de suponer que fue justo debido a estas declaraciones que a la carta no se le dio mayor seguimiento en su momento.

    »Por último, quiero comentar que yo mismo me contacté a Subiaco para intentar verificar que en efecto la procedencia de esta carta fue real. Y no sólo logré hablar con un sacerdote que estuvo presente al momento de la declaración final del padre Spiletto, sino que además recordaba otro hecho importante. Me contó que en el 2006, Spiletto recibió la visita de dos hombres americanos, de los cuales uno de ellos se presentó directamente con el nombre de Robert Thorn, y su descripción concuerda con la del difunto embajador. Por aquellas fechas suponemos que también fue cuándo el señor Thorn se reunió con Bugenhagen, pero desconocemos si este encuentro con el padre Spiletto ocurrió antes o después de eso.

    —¿Y eso qué significa? —Cuestionó Robles, un tanto perdido sobre ese último dato.

    Jaime bajó en ese momento su tableta y alzó su mirada para posarla fijamente en la cámara sobre la pantalla, como si estuviera viendo a los ojos a las tres personas del otro lado de la llamada.

    —Significa que no hay forma de saber si esta confesión fue real, o bien podría haber sido delirios implantados por Robert Thorn, e indirectamente por Bugenhagen —declaró Jaime con firmeza, destanteando un poco a Frederic, e igual a sus demás oyentes—. De hecho, como pueden darse cuenta, las tres acusaciones presentadas de alguna forma se originan de Bugenhagen: la carta que él mismo escribió, el correo electrónico de Charles Warren originado por otra carta del arqueólogo, y esta confesión de un hombre con su mente confundida al que Robert Thorn pudo haber presionado en busca de información, alentado por las mismas ideas que Bugenhagen le compartió. Pareciera ser que fue este hombre el primero en difundir la idea de que Damien Thorn es el Anticristo, de una forma un tanto obsesiva a mi parecer. Incluso el padre Babato comenzó a poner su atención en este chico precisamente por la declaración de Bugenhagen.

    Frederic reaccionó incomodó a la mención tan directa a su persona, que incluso rozaba un poco en una acusación; como si su intención fuera ponerlo de cabeza frente a los superiores.

    —Es también bastante resaltante que los tres acusadores se encuentren en estos momentos muertos o desaparecidos —señaló O’Brien, reflexivo—. Es sospechoso, pero también impide que alguno pueda dar fe o sustento real a alguna de ellas.

    —Coincido —señaló Erasmus con sequedad.

    Robles prefirió permanecer callado.

    Jaime tomó de nuevo su tableta, y pasó a una de las últimas diapositivas, compuesta principalmente por varias fotos del joven Thorn de los últimos años. Varias de cuerpo completo, un par en traje de baño en la alberca o en la playa.

    —Para concluir, como saben el criterio de la marca de la bestia es el más complicado de probar sin tener contacto directo con el acusado o algún testigo que pudiera dar fe de la presencia de ésta. Busqué algunas fotografías, por ejemplo ésta de una competencia de nado en la que estuvo, sin ninguna marca visible como pueden ver. Por lo que es imposible, de momento, verificar o negar su presencia.

    La única forma factible de verificar la presencia de la marca, era una revisión directa con el acusado. Había formas más sutiles de lograrlo, como arreglar alguna revisión médica, y otras un tanto menos ortodoxas… Pero cualquier método implicaría cruzar una línea que el Vaticano no aprobaría, al menos que encontraran pruebas suficientes para proceder. Y justo para ello se realizaba dicha revisión. A raíz de lo expuesto ahí, los cardenales deliberarían y decidirían cómo proceder con este acusado. Pero antes de que pasaran a eso, y una vez expuesta toda la información, quedaba una última pregunta importante que debía ser contestada.

    —Entonces, ¿cuál es su conclusión, padre Alfaro? —Inquirió Robles con solemnidad—. ¿Cree que existe suficiente información para proceder a la siguiente fase con este sospechoso?

    —Ciertamente ha dado muchos datos a favor y en contra de la acusación —secundó O’Brien—. Pero, ¿cuál es su opinión final al respecto?

    Pese a que la última palabra la tenían ellos tres, una conclusión por parte del Inquisidor era importante para el proceso. Les daría un punto de partida para comenzar sus deliberaciones, que casi siempre concluían con la misma opinión del Inquisidor. Así que ese era el momento que más expectativa le causaba a Frederic, y por consiguiente a todos en esa reunión.

    Jaime respiró hondo y se paró firme en su sitio. Le hubiera gustado en esa ocasión decir algo diferente a las otras revisiones de la 13118 en las que había participado, pero lamentablemente su conclusión era bastante parecida a éstas.

    —Mi opinión final está inconclusa, eminencias —murmuró despacio pero claro—. Ciertamente hay evidencias para suponer que Damien Thorn, o quizás la gente que lo rodean, han cometido actos sospechosos e indebidos a lo largo de estos años. Pero si tuviera que formular una teoría, me inclinaría más a pensar que estamos hablando de intentos de ocultar actos ilegales más mundanos, y que todos estos encubrimientos han sido perpetrados por los miembros aún con vida de la familia Thorn con el fin de obtener ganancia económica o personal. No encontré nada que pudiera apuntar directamente a la Hermandad o alguno de sus miembros conocidos en ninguno de estos actos.

    —Entonces, para quedar claros —musitó Erasmus con gravedad—. ¿Usted no cree que Damien Thorn sea el sujeto que se está buscando? ¿Pese a las tres acusaciones que mencionó o a todos estos actos sospechosos entorno a él?

    Jaime guardó silencio unos segundos, dubitativo. Pero una vez que tuvo bien estructurada en su cabeza su respuesta final, la soltó sin más.

    —Si algo es casi seguro en todo esto, es que Damien Thorn necesita ser investigado y seguido más a fondo. Sin embargo, no creo que sea un asunto en el que el Scisco Dei o la Santa Sede deban inmiscuirse. Creo que hay otras organizaciones que pudieran hacerse cargo, si fuera necesario.

    Y eso era todo: Damien Thorn y su familia eran sospechosos y potencialmente peligrosos, pero no había nada concluyente que lo señalara como el Anticristo que buscaban. Por lo que la recomendación era que el Vaticano se retirara del asunto hasta que surgiera más evidencia. Esa era la conclusión de todo eso, y sería exactamente la misma a la que llegarían los cardenales. Frederic lo veía tan claro que no necesitaba en lo absoluto recibir la notificación oficial, o siquiera seguir oyendo. Por esto mismo, y sin disimular ni un poco su inconformidad, el padre italiano se paró, se apoyó en su bastón y comenzó a avanzar hacia la salida sin pronunciar palabra alguna de despedida.

    La partida abrupta de Frederic destanteó un poco a Jaime, pero no le impidió cerrar la reunión por su cuenta. Lo siguiente que hizo fue enviar un correo electrónico, que ya tenía redactado y listo, con toda la información que había presentado en esa llamada, y más.

    —Les estoy haciendo llegar ahora mismo el expediente completo con toda mi investigación. Dejo a su criterio el siguiente paso a realizar, eminencias.

    —Muy bien, padre Alfaro —asintió Erasmus—. Mañana por la mañana revisaremos todo lo que nos ha compartido, deliberaremos, y tendrán nuestra respuesta a más tardar cuarenta y ocho horas. Comuníqueles al padre Babato y a su equipo que hasta entonces, no tienen permitido acercársele más a Damien Thorn.

    —Así lo haré.

    —Estaremos en contacto.

    —Buenas noches, eminencias.

    Y la llamada se cortó en ese momento de forma abrupta, dejando todo el sótano sumido a en un sepulcral silencio, adicionado con una abrumadora sensación de soledad.

    Jaime se tomó unos momentos para intentar calmar su mente y sus ánimos. Por un lado, todo había salido justo como lo había esperado. Dio su informe de manera completa, se hicieron las preguntas pertinentes, y las conclusiones quedaron plasmadas de forma clara. Y, aun así, no se sentía tranquilo ni feliz. Y en parte esto se debía a la conversación incómoda con la que tendría que enfrentarse al subir esas escaleras.

    Era inútil postergarlo demasiado. Además, estaba cansado, quería recostarse, y (lo más importante) ocupaba un trago con urgencia. Así que tomó su tableta, apagó los equipos así como las luces, y subió a la planta baja de la casa parroquial. No le sorprendió ni un poco encontrarse con Frederic, de pie a un lado del marco de la puerta, apoyado con sus manos en el bastón y su espalda contra la pared. Era evidente que lo estaba esperando.

    —No tenía conocimiento alguno de esas otras dos cartas —musitó Frederic despacio, casi como si fuera un simple comentario al aire y no dirigido hacia él. Aunque quedó claro que no era el caso cuando en ese momento se viró hacia el padre español y le cuestionó sin rodeos—: ¿Cómo es que diste con ellas?

    —Tengo facilidad para descubrir cosas —respondió Jaime con estoicidad—. Creí que lo sabías.

    Frederic bufó, más molesto que divertido por el comentario.

    —Y a pesar de todo lo que descubriste, ¿aun así tu conclusión final fue inconclusa? ¿Aun así les dijiste que el chico no era nuestro asunto?

    —Di la conclusión que tenía que dar —declaró Jaime con suma firmeza—. Lo acepto, Frederic; el chico es sospechoso, quizás incluso un peligro para quienes lo rodean. Pero se necesita más que cosas sospechosas para acusar de alguien de ser el Anticristo, y más para sugerirle a la Santa Sede que activamente realice una acción en su contra. Y más allá de esas tres acusaciones, que como bien dije las tres de alguna u otra forma podrían provenir de la misma fuente, no hay nada concreto que ligue a este chico con la persona que buscamos, ni tampoco con la Hermandad.

    —En eso te equivocas —indicó Frederic con apuro, señalándolo con un dedo casi de forma acusadora—. Porque tú bien sabes qué si hay una conexión con la Hermandad en todo esto: Gema Calabresi.

    La sola mención de ese nombre hizo mellas en la inmutable templanza del padre Alfaro, dejando en evidencia una irritabilidad en ascenso. Y aunque de seguro Frederic lo notó, eso no lo detuvo.

    —Sabías de antemano que Gema estaba de alguna forma involucrada en esto, y aun así deliberadamente les ocultaste a los cardenales…

    —¿Les oculté qué exactamente? —Exclamó Jaime con tono ya rozando lo hostil—. ¿Le oculté que te reuniste con un detective que podría o no hablar con fantasmas, y que te dijo que vio a uno que podría o no ser Gema, y que podría o no estar de alguna forma no específica relacionada con una niña, que podría o no haber venido a Los Ángeles para reunirse con Thorn?

    A pesar de su molestia, Jaime no pudo evitar soltar una marcada risilla irónica, por lo ridículo que a él mismo le resultaba lo que acababa de decir.

    —Por favor, Frederic. ¿En verdad creíste que informaría tal tontería al comité? Lo creas o no, te hice un favor al no mencionar en lo absoluto al detective Sear o tus teorías. Te habrían retirado de esta misión en un chasquido. Y comienzo a pensar que quizás habría sido mejor…

    Dicho eso, y por su parte dada por terminada esa discusión, Jaime le sacó la vuelta a su compañero y comenzó a avanzar en dirección a su cuarto. Frederic, sin embargo, no tenía intención de dejar todo así, y avanzó sin vacilación detrás de él.

    —Si realmente querías hacerme un favor, podrías haberme informado de esas otras dos cartas antes de presentárselas al comité. Podrías haberme dado oportunidad de investigar más por mi cuenta al respecto, y quizás presentar evidencia más sólida…

    —No tenía ninguna obligación de hacer tal cosa —contestó Jaime con ahínco, deteniéndose y girándose hacia él para encararlo. Frederic se vio forzado a frenar de golpe, y un pequeño resbalón de su bastón casi lo hizo tropezar, pero se sostuvo—. Hice mi trabajo, justo cómo debía de hacerlo —prosiguió el padre español, defensivo—. Si te hacía falta información, debiste de haberla reunido antes de pedir que un Inquisidor viniera a revisar a tu sospechoso, no después. ¿O es que acaso creíste que vendría, mencionarías el nombre de Gema, y de inmediato me creería todo lo que me dijeras y no haría mi labor?

    Los ojos de Frederic se abrieron por completo, espantados por tal acusación. Aunque, en la opinión de Jaime, se veían también bastante culpables.

    —Por supuesto que no —respondió el padre italiano con voz apagada, agachando su mirada un poco—. Esa jamás fue mi intención…

    —En verdad quiero creerte, amigo mío —mencionó Jaime con cierta amargura.

    Jaime se giró de nuevo sobre sí mismo en la dirección que iba originalmente. Se sobresaltó un poco al ver de pie unos pasos más adelante por el pasillo a Karina, que miraba quieta en su dirección. Jaime no sabía qué tanto tiempo llevaba ahí o cuánto había escuchado, pero por su cara de desconcierto podía intuir que había sido suficiente.

    Se paró entonces derecho y se acomodó su traje, intentando recuperar rápidamente su compostura.

    —Si me disculpan, estoy un poco agotado, y quiero ir a descansar —indicó al tiempo que avanzaba un par de pasos, aunque se detuvo un poco después y se viró de regreso a Frederic una última vez—. Una cosa más. Los cardenales me pidieron que te recordara que hasta que no den su veredicto final, tu equipo y tú no tienen permitido acercarse a Thorn.

    —Lo tengo claro —respondió Frederic con sequedad, como si aquello no tuviera en realidad nada que ver con él—. Gracias.

    Jaime ya no esperó más y comenzó a caminar con más prisa hacia su cuarto. Karina se hizo rápidamente a un lado para dejarlo pasar; ni siquiera la volteó a ver cuándo la pasó. Una vez que el padre español dio la vuelta en la esquina, ella se apresuró preocupada hacia el padre Babato.

    —¿Todo está bien, padre? —Musitó Karina despacio. Aun así, Frederic no hizo caso de su pregunta, y en su lugar se enfocó en uno de los tantos asuntos que le preocupaban mucho más.

    —No podemos acercarnos a Thorn, pero eso no implica que no podamos investigar otras cosas —le indicó despacio, mirándola fijamente a los ojos.

    —¿Qué otras cosas? —cuestionó la mujer, confundida.

    —Durante la llamada con los cardenales, surgió una pista importante: las Dagas de Megido podrían haber estado hace cinco años aquí en los Estados Unidos, en poder de Richard Thorn, el tío de Damien.

    —¿Las Dagas? —Exclamó Karina con asombro—. ¿Las siete?

    —Eso parece. Contacta de inmediato a nuestros contactos en Chicago, para ver si alguien sabe algo al respecto. Quizás se encontraron entre los escombros del museo, quizás se confundieron con piezas de éste, se vendieron a alguien, o están sepultadas en una vieja caja de evidencias de algún recinto. Esas dagas son las únicas armas seguras que pueden darle muerte definitiva al Anticristo. Si están en poder de Thorn, o de quién sea… tenemos que recuperarlas.

    Karina sólo respondió a su instrucción con un discreto asentimiento de su cabeza. Sacó entonces su teléfono de su bolsillo y se alejó caminando por el pasillo mientras comenzaba a marcar un número.

    Frederic la observó alejarse, quedándose en su lugar un rato más, intentando acomodar sus ideas. Sin importar lo que el Vaticano dijera, no soltaría a Thorn. Estaba totalmente seguro de que él era a quien buscaban. Y aunque tuviera que ir en contra de las órdenes dadas, no permitiría que se volviera una amenaza mucho mayor de lo que ya era.

    — — — —
    Tal y como se lo propuso, Jaime se fue directo a su cuarto, cerrando la puerta con algo de ímpetu detrás de él. El sonido estridente de ésta hizo que él mismo se diera cuenta de qué tanto había perdido los estribos, lo que lo orilló a intentar calmarse con un pequeño ejercicio de respiración. Mientras hacía esto, se retiró con cuidado su cuello clerical y se abrió un poco su camisa para mitigar la sensación de sofoco que lo había aprisionado.

    Avanzó hacia el buró a la derecha de la cama y dejó el clériman sobre éste. El siguiente paso lógico hubiera sido recostarse en la cama y dejarse llevar por todo ese profundo cansancio, y que lo condujera directo a un reconfortante sueño que tanta falta le hacía. Sin embargo, Jaime tenía otras prioridades, y en lugar de ello avanzó hacia su maleta, colocada horizontalmente sobre una silla, y la abrió con cuidado, aunque con un ligero temblor ansioso en su mano. Esculcó entre sus ropas, hasta que dio con lo buscaba con tanta ansiedad: una botella de Jack Daniels, aún quizás con la mitad de su contenido, que había comprado durante su viaje a Chicago. Reposaba ahí entre las prendas, esperándolo, con su líquido opaco meciéndose lentamente en su interior como un pequeño vaivén sugerente e hipnótico.

    Permaneció de pie unos instantes, sólo mirándola en silencio, como si intentara convencerse a sí mismo de que no la tomaría; que quizás sólo le bastaba con echarle un vistazo, saber qué estaba ahí. Pero aquello era una mentira, y él lo sabía bien. Así que una vez que dejó de auto engañarse, tomó la botella con firmeza, desenroscó apresurado la tapa, y dio un largo trago directo de la boquilla, sin siquiera plantearse mejor rellenar su licorera. El líquido penetró caliente por su garganta, llevándose consigo gran parte de su preocupación y estrés. Cuando retiró la botella de su boca, soltó un profundo suspiro de alivio, de liberación y, ¿por qué no?, de paz.

    Volvió a cerrar la botella, aunque sabía bien que no estaría así por mucho tiempo. Mientras lo hacía, su mirada estaba fija en la pared delante de él, contemplando aún en su mente sin embargo la pantalla con la imagen de los tres cardenales, su propia presentación, y la mirada de enojo y decepción de Frederic. También recordó el rostro de la novicia Loren, preguntándole con tono irónico: “¿Para recibir su aviso de que fue otra vez inconcluso?” Y a pesar de que le había dicho que quizás en esa ocasión no sería así, en efecto todo había sido igual que las veces anteriores: inconcluso...

    Jaime se sentía seguro de lo que había hecho y dicho. Su posición era firme, las evidencias y su investigación lo respaldaban. Y aun así él...

    —Hola, guapo —escuchó pronunciar detrás de él de pronto, como un sugerente ronroneo.

    Jaime se estremeció al escuchar aquella voz, sintiendo un horrible escalofrío que le recorrió la espalda entera. Se viró rápidamente con aprehensión, encontrándose casi de frente con esa inusual figura tan fuera del lugar, sentada en la orilla de la cama, envuelta en ese hábito blanco y túnica negra, que le cubría casi todo el cuerpo, a excepción de su rostro afilado. Lo miraba atentamente con sus ojos curiosos, con sus manos apoyadas hacia atrás sobre las sábanas de la cama, mientras sus labios rosados se curvaban en una pequeña sonrisa astuta.

    El rostro de Jaime perdió enteramente su color ante la espectral aparición. Sus manos se abrieron por sí solas, dejando libre la botella de Jack Daniels que se precipitó al suelo, rompiéndose en varios pedazos y regando lo que quedaba de su contenido por el suelo, sus zapatos y pantalón. Pero ni siquiera el estridente sonido del vidrio rompiéndose logró sacar a Jaime de su profundo estupor.

    —¿Qué? —Susurró despacio, apenas siendo capaz de emitir algo cercano a un sonido—. ¿Gema…?

    —¿A quién esperabas? ¿A la virgen María? —Respondió con tono burlón aquella imagen femenina, y justo después se paró abruptamente de la cama. Ese sólo movimiento provocó que Jaime retrocediera por mero instinto hacia atrás, chocando contra su maleta y haciendo que ésta cayera al suelo y parte de sus ropas se esparcieran por el suelo.

    —¿Qué es esto? —Murmuró aturdido. Gema, o lo que fuera esa visión que se veía como ella, rio divertida por su reacción.

    —Inconcluso, siempre con tus resultados inconclusos —murmuró Gema despacio, avanzando aunque no directamente hacia él, sino más bien a un lado como queriendo rodearlo por su flanco derecho. Jaime, aún paralizado en su sitio, sólo la siguió con la mirada, expectante y nervioso—. Cualquiera diría que se te dificulta comprometerte con una conclusión definitiva. Pero tiene sentido, viniendo de alguien que es sólo mitad sacerdote, mitad hombre, sin decidirse por uno o por el otro…

    Aquella visión dio entonces un par pasos repentinos hacia Jaime, acortando la distancia que los separaba. Jaime retrocedió apresurado, reaccionando al fin.

    —No, esto no es real —pronunció con fuerza, desviando su mirada hacia otro lado para no mirar directo a aquella… cosa. Esculcó con apuro el interior del bolsillo de su pantalón, hasta dar con su crucifijo, al cual se aferró con fuerza cerrando sus dedos entorno a él—. Dios te salve María, llena eres de gracia. El Señor es contigo. Bendita tú eres entre todas las mujeres…

    —Y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús —secundó Gema, alzando con ímpetu la voz. Jaime no pudo evitar volver la vista de nuevo hacia ella, mirando sorprendido como juntaba sus manos delante y alzaba su rostro al techo, en una jubilosa posición de rezo bastante exagerada—. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros los pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén, Amén, ¡¡Amén!!

    Aquello último lo pronunció como un fuerte grito al aire, incluso alzando sus manos al cielo, adoptando una apariencia armoniosa, casi bella pese a todo. Se quedó en esa posición por unos segundos, y luego dejó caer abruptamente sus brazos hacia sus costados, y una sonora risilla punzante se escapó de sus labios sin más; sonando de hecho mucho más sincera que la oración que acababa de articular.

    —¿No te da vergüenza? —cuestionó con tono acusador, dando pasos lentos y cautelosos hacia él—. ¿Pronunciar las palabras santas con esa boca que me susurró tantas palabras de amor al oído? ¿Qué me besó aquí…? —Colocó en ese momento su dedo índice sobre sus propios labios—. ¿Y aquí? —Bajó su dedo por su barbilla y su cuello, deteniéndose justo en el centro de su pecho—. ¿Y aquí…? —Su dedo fue bajando en línea recta por su torso, deslizándose por la tela oscura de su túnica, cruzando su vientre por el centro, pasando su ombligo, y bajando más…

    Jaime se dio cuenta sólo hasta entonces, con profundo horror, que se había quedado casi embelesado, siguiendo el provocador movimiento de su mano por su cuerpo, hasta que éste llegó muy lejos.

    —No, ¡basta! —Espetó con furia el sacerdote, y alzó rápidamente su mano al frente, colocando su crucifijo justo delante de la cara de aquella mujer—. Aléjate de mí, criatura impía…

    —¿Qué pasa?, ¿no le gusta oír la verdad, padre? —Murmuró Gema risueña, sin mutarse ni un poco por el objeto sagrado que le plantaba de frente.

    Incluso, para asombro y espanto de Jaime, sintió como las manos de aquel ser lo tomaban dulcemente de su mano, y hacía que la acercara más hacia su rostro, comenzando incluso a frotar éste contra los dedos que sujetaban el crucifijo. Jaime podía sentir su piel, su calor, incluso comenzó a percibir su olor, sobresaliendo incluso por encima del penetrante aroma a alcohol que comenzó a impregnar el cuarto. Todo se sentía tan real… como si en verdad ella estuviera ahí…

    —Yo era sólo una mujer joven y pura que deseaba dedicarse a servir a su Dios —pronunció Gema, con un muy fingido gesto de malestar—. Yo te admira, Jaime. Confíe en ti, creí en ti… y tú te aprovechaste de mi ingenuidad…

    —No, no fue así… —murmuró Jaime por mero reflejo. Su voz le temblaba cada vez más.

    —¿Ah no? —Pronunció Gema contenta, inclinando su rostro hacia un lado—. ¿Entonces me amaste? ¿Es eso? ¿Me amaste más de lo que amas a tu Señor? —acercó en ese momento su dedo al pecho del hombre, haciendo pequeños círculos en el centro de éste de forma juguetona—. ¿Por eso ocultaste información a los cardenales? Porque la mentira por omisión sigue siendo mentira, ¿o no?

    —¿Qué? —Exclamó Jaime azorado. Rápidamente se apartó de ella, le sacó la vuelta y retrocedió apresurado, tambaleándose un poco pues sentía que sus piernas le pesaban—. No, yo no hice tal cosa…

    Sus piernas chocaron contra la cama y se doblaron, haciendo que cayera sentado en la orilla de la cama. Al virarse de nuevo hacia donde se suponía aquel ser debía estar, sintió una mezcla de confusión y alivio al ya no verla en lo absoluto…

    La botella y la maleta estaban en el suelo, pero no había ni rastro de ella; como si nunca hubiera estado ahí, y quizás así había sido. ¿No tendría eso muchísimo más sentido?

    Jaime sollozó un poco, y respiró profundo, intentando tranquilizarse. Todo debió haber sido una mala jugada de su cabeza. Debía agachar la cabeza, rezar y pedir perdón, sin importar cuántas veces lo haya hecho antes; debía seguir haciéndolo sin descanso…

    De pronto, sintió como lo tomaban con fuerza de su cabeza dese atrás, y antes de que pudiera reacción su cuerpo enteró fue jalado hacia la cama, quedando de espaldas contra ésta. Y en lugar de ver el techo, lo que miró suspendido sobre él fue el rostro de Gema, mirándolo desde arriba, con el hábito blanco cayendo por un costado de su cabeza. Sus ojos estaban bien muy abiertos, y parecían brillosos y enloquecidos.

    —Claro que lo hiciste —musitó Gema con complicidad en su voz—. No tiene caso que me mientras, Jaime. Yo sé muy bien que hace dos años, después de que supiste de mi muerte, realizaste tu propia investigación sobre qué estuve haciendo todo este tiempo. Y con esa “facilidad para descubrir cosas” tuya, descubriste que en un momento estuve yendo y viniendo de Chicago. Pero, ¿a qué? ¿De paseo? ¿De vacaciones? ¿Quizás fui a recorrer los Grandes Lagos? ¿O fui a reunirme con alguien…? ¿Con Damien Thorn, quizás?

    —¿Damen Thorn? —Pronunció Jaime, con incredulidad sobreponiéndose a su terror—. ¿Te fuiste a reunir con él? ¿Él tuvo que ver con…?

    —¿Con lo que pasó? —Completó Gema, seguida de una risa satírica, y luego por unas pequeñas e inofensivas caricias por su rostro usando apenas las yemas de sus dedos—. Jaime Alfaro, el gran y famoso Inspector de Milagros, es un ciego ante lo que se alza justo delante de él…

    Las manos del espectro se apretaron abruptamente contra la cara de Jaime, haciendo que sus uñas incluso se encajaran un poco en su piel. Jaime gruñó con dolor, y se zarandeó intentando librarse de su agarre, sin ningún éxito. No era capaz de siquiera de desviar su mirada hacia otro lado, y tuvo que contemplar atónito como la sonrisa se Gema se ensanchaba tanto que casi parecía salirse de su cara, y sus ojos se agrandaban e inyectaban de sangre. Todo en ella comenzó a deformarse poco a poco, hasta alejarse casi por completo de lo que Jaime podría llegar a considerar un rostro humano.

    —Yo nací justo y para servirle a él —musitó Gema, su voz sonando grave y gutural, pero aun dejando lo suficiente para que reconociera la voz de la mujer que alguna vez conoció—. Incluso cuando estaba contigo, incluso cuando me hiciste pecar y traicionar mis votos a favor de complacerte, mi destino siempre fue estar a su lado… E incluso ahora lo sigo haciendo… Yo siempre le he pertenecido… Y tú se lo permitiste, Jaime… Nunca viniste a salvarme…

    Abrió entonces por completo su boca, soltando una estridente carcajada, y además dejando a la vista del sacerdote la hilera de afilados colmillos que se habían formado en el interior de la oscura caverna de su boca.

    —¡No! —Gritó Jaime con todas sus fuerzas—. ¡Aléjate de mí, ser de las Profundidades!

    Sacando fuerzas más allá de las que pensó sería capaz, empujó con frenesí a aquel ser lejos de él, y éste se hizo hacia atrás, cayendo de la cama. Sus uñas rasgaron su carne al apartarse de él, dejándole marcadas líneas rojizas a cada costado de su cara.

    Jaime se paró de un salto, se apartó de la cama y extendió su crucifijo al frente, de forma protectora. Contempló entonces como aquella criatura surgía de detrás de la cama, apoyada en sus manos y pies contra el suelo, como un animal arrastrándose con su pecho casi pegado a tierra, y se aproximaba lento y cauteloso hacia él.

    —San Miguel Arcángel, defiéndenos en la lucha —pronunció el sacerdote con ímpetu, sin bajar ni un poco su brazo, aunque sí fue retrocediendo por impulso al mismo ritmo que aquella criatura avanzaba—. Sé nuestro amparo contra la perversidad y las amenazas del Demonio. Qué Dios manifieste sobre ti su poder, es nuestra humilde súplica. Y tú, oh Príncipe de la Milicia Celestial, con el poder que Dios te ha conferido, ¡arroja al infierno a Satanás y a los demás espíritus malignos que vagan por el mundo para la perdición de las almas…!

    En un parpadeo, aquella criatura pasó de estar arrastrándose en el piso, a estar de pie a menos de un metro, y al siguiente instante estaba justo delante de él, con sus narices a milímetros de tocarse. Lo tomó entonces de su cuello con una mano, y con una fuerza insólita pegó la espalda del sacerdote contra la puerta del cuarto, sujetándolo firme para que no pudiera moverse. El crucifijo de Jaime se zafó de su mano, cayendo en el suelo lo suficientemente lejos.

    —¿Por qué Dios o sus Arcángeles ayudarían a un hombre sucio y repugnante como tú? —Rio Gema, mostrando de nuevo todos sus amarillentos y largos colmillos—. Eres tan patético, Jaime Alfaro; siempre gateando a ocultarse en las faldas de Dios cuando te es conveniente…

    Acercó entonces su mano libre hacia su rostro. El reflejo de Jaime fue intentar apartarse hacia un lado, lo poco que la mano que lo sujetaba le podía permitir moverse, esperando que lo lastimara de alguna forma. En su lugar, sin embargo, Gema volvió a acariciarlo de esa forma dulce como hace rato.

    —Pero aun así me gustas un poco, ¿sabes? —Murmuró esa voz tan grotesca, y aun así humana, que emanaba de algún lugar profundo de aquel ser—. ¿Por qué no me das un besito como en los viejos tiempos…?

    Una larga y viscosa lengua se asomó desde lo profundo de la cavernosa y oscura boca de Gema, asomándose a través de sus colmillos como una ponzoñosa serpiente, y aproximándose hacia el rostro de Jaime con amenaza en su postura al colocarse justo enfrente de sus ojos para que pudiera contemplarla directo.

    —¡No! —Exclamó Jaime exaltado, intentando pegarse lo más posible contra la puerta, y moviéndose para esquivar el contacto de aquella asquerosa lengua. Sus intentos parecieron inútiles, y al final, la húmeda punta se presionó contra su mejilla, recorriéndola de abajo hacia arriba. Jaime sintió como le quemaba la piel como ácido, y no pudo evitar soltar un estridente grito de dolor.

    La puerta a sus espaldas intentó abrirse en ese momento, aunque su cuerpo se encontraba oprimida contra ésta ofreciendo resistencia. Jaime fue prácticamente empujado al frente, y ya no sintió ni la mano de Gema sujetándolo del cuello, ni tampoco aquella lengua recorriéndole la cara. Avanzó tambaleándose al frente, cayendo de rodillas en el suelo, y luego apoyándose en sus manos contra éste para no desplomarse por completo.

    Jaime levantó su mirada alerta, buscando desesperado a Gema en algún rincón escondido del cuarto. Sin embargo, de nuevo había desaparecido, y una vez más se encontraba solo…

    O, quizás no por completo.

    —Jaime —escuchó la voz de Frederic a sus espaldas, un instante antes de que el padre italiano colocara su pesada mano sobre su hombro.

    Jaime saltó asustado por aquel repentino toque, y rápidamente agitó su brazo derecho, apartando la mano de su colega. Luego retrocedió asustado por el piso para alejarse de él, hasta que su mano irremediablemente se encontró con uno de los pedazos rotos de la botella de whiskey, lastimándose la palma. El dolor provocado por dicha herida pareció hacerlo despertar, aunque fuera un poco.

    —¿Qué es lo que te pasa? —inquirió Frederic con preocupación, colocándose de rodillas delante de él. Detrás de él se encontraba Karina, que observaba todo desde el marco de la puerta. Los gritos de Jaime habían alertado a toda la casa, pero ellos habían sido los primeros en arribar hasta ahí—. ¿Estás bien? Jaime, ¿me oyes?

    Jaime lo oía, en efecto, pero su mente se encontraba demasiado dispersa como para detenerse a procesar lo que le decía, mucho menos en pensar en algún tipo de respuesta. Su mirada se turnaba de su mano herida al resto del cuarto, aun esperando ver algún rastro de la horrible criatura, asomándose desde algún rincón. Apenas y reparaba en la presencia de Frederic y Karina.

    —¿Dónde está? —Cuestionó de golpe en voz alta, sonando más como una exigencia, aunque no era claro hacia quién.

    —¿Dónde está quién? —Le preguntó Frederic con confusión, pero Jaime en ese momento se paró como pudo, ignorando su pregunta.

    —No, no es cierto… no es cierto… —Repitió varias veces, mientras se aproximaba apresurado al espejo de la pared, pegado a un lado de la cómoda.

    Jaime se inclinó sobre el espejo, observando detenidamente su propio rostro en el reflejo. Esperaba ver en su piel las marcas claras de las uñas de Gema, o la quemadura que le había provocado con su lengua. No había nada de eso… Y de hecho, salvo por su mano, ya no sentía ningún otro dolor; no físico, al menos.

    —¿Qué pasa, Jaime? —Cuestionó Frederic detrás de él, y justo después desvió su mirada hacia el charco de alcohol en el suelo, y los pedazos de vidrio regados sobre éste—. ¿Acaso… viste algo?

    El padre Alfaro se giró rápidamente hacia él, con sus ojos pelones llenos de asombro y miedo por tal pregunta. Permaneció en silencio, observando tanto a Frederic como a Karina, que lo observaban expectantes y, desde la perspectiva de Jaime, juzgadores.

    Aquello no pudo haber sido causado por su mente; no pudo simplemente haber imaginado todo eso… no podía ser…

    Sin embargo, la alternativa le resultaba muchísimo más difícil de aceptar.

    Sin responder nada, Jaime les sacó la vuelta a ambos y se dirigió con paso apresurado al baño compartido al final del pasillo; de seguro con la intención de lavarse su herida.

    —Jaime, espera —espetó Frederic con aprensión, y de inmediato apuró el paso detrás de él, aunque con velocidad bastante reducida debido a su cojera y su bastón. Karina igual lo siguió, en silencio.

    Ambos notaron desde el pasillo a Jaime a través de la puerta abierta del baño, inclinado sobre el lavabo y dejando que el chorro de agua le cayera directo en la palma. El pedazo de vidrio, manchado con su sangre, reposaba a un lado de la llave.

    —Padre Babato —escucharon que la reconocible voz de Carl pronunciaba detrás de ellos. Karina se detuvo y se viró hacia atrás, notando a su compañero que se acercaba apresurado hacia ellos. Frederic, sin embargo, no se detuvo.

    —Ahora no, Carl —le indicó Frederic con aspereza, mientras proseguía hacia el baño con el fin de encarar a Jaime.

    —Es importante —recalcó Carl—. Recibimos información de que algo ocurrió en el Edificio Monarch.

    Aquello no sólo hizo que Frederic se detuviera, apenas a medio metro de la puerta del baño, y se virara por completo hacia su ayudante; sino que además incluso Jaime alzó su mirada hacia el hombre alto y fornido, con sumo interés.

    —¿En dónde se hospeda Thorn? —Cuestionó el padre Alfaro, saliendo del baño al tiempo que amarraba un pañuelo blanco alrededor de su mano.

    Carl asintió con afirmación.

    —Al parecer una o dos personas irrumpieron en el pent-house. La policía está allá cubriendo todo el sitio.

    —¿Quiénes? —Cuestionó Frederic, alarmado—. ¿Acaso fueron por Thorn?

    —No lo sabemos; en estos momentos parece que nadie sabe mucho. ¿Qué hacemos, padre?

    Frederic apretó sus labios en una mueca reflexiva, e inspeccionó con la mirada sus propios zapatos mientras repasaba todo lo que acababa de averiguar ese día, antes de dar una respuesta a esa última pregunta.

    ¿Quién podría haberse metido de esa forma al departamento de Thorn? ¿Y con qué propósito? ¿Podría ser un hecho no relacionado con el asunto que les concernía? Después de todo, era un chico rico quedándose solo en Los Ángeles. Y además de ellos, ¿quién más podría saber quién o qué era realmente ese chico? Además claro de…

    Y de pronto una idea le cruzó con fuerza por la mente, o tal vez una posibilidad era la mejor forma de describirlo. Y dicha posibilidad, o lo que fuera, lo hizo jalar su mirada lentamente justo hacia Karina. Ésta pareció casi percibir en la mirada de Frederic la acusación que le estaba cruzando por la mente en esos precisos momentos, e incluso desvió su cara hacia otro lado con cierta vergüenza.

    «Karina, ¿qué hiciste?» pensó Frederic, deseando pronunciar dicha pregunta en voz alta, pero prefiriendo no hacerlo; no frente a Carl y Jaime, al menos.

    —Nada, no haremos nada —respondió con pesar el sacerdote tras unos instantes—. Tenemos instrucciones de no acercarnos…

    —Vayamos a ver —interrumpió Jaime de golpe, interviniendo en la conversación, y por consiguiente tomando por sorpresa a todos.

    —¿Qué? —Exclamó Frederic, confundido.

    —No pueden acercarse a Thorn, pero eso no significa que yo no pueda seguir con mi investigación —aclaró Jaime, con una casi irreal frialdad en su voz, considerando el estado delirante en que se encontraba hace sólo unos segundos—. Carl, Karina, llévenme allá, por favor.

    Karina y Carl se miraron entre ellos con vacilación en sus rostros, y luego se viraron hacia Frederic en busca de alguna instrucción. Éste, sin embargo, estaba igual o más perplejo que ellos.

    —¿Estás seguro, Jaime…?

    —Por completo —respondió rápidamente, comenzando incluso a caminar por el pasillo con apuro—. Andando.

    —Jaime, espera...

    Frederic se apresuró a tomarlo de su brazo con fuerza para detenerlo, casi perdiendo el equilibrio por el movimiento tan brusco, pero su leal tercera pierna de madera lo sostuvo lo suficiente.

    —¿Seguro que estás bien?

    —¿Quieres que cambie mi decisión o no? —Exclamó Jaime desafiante, zafándose de un tirón del agarre del otro sacerdote. Cuando lo volteó a ver, Frederic notó también en su mirada una inusual rabia—. ¿Quieres que considere seriamente la posibilidad de que este chico es a quién buscamos? Entonces no interfieras y déjame hacer mi trabajo.

    Aquello desconcertó a Frederic, pero casi en igual medida lo irritó bastante por la forma en qué le hablaba. Lo soltó en ese mismo momento, dejándolo simbólicamente libre para que hiciera lo que quisiera.

    —Hagan lo que dice —les indicó con sequedad a Carl y Karina—. Al parecer el padre Alfaro sabe lo que hace… o eso espero.

    Jaime no dijo nada, ni agradeció con ninguna palabra o ademán. Simplemente se viró de nuevo al camino y comenzó a avanzar igual que antes.

    —Antes de irnos pasaré un segundo a mi habitación —les indicó con seriedad, y los tres contemplaron como su figura se perdía detrás de la puerta cerrada del cuarto.

    El padre español no había ido ahí a recoger su crucifijo, ni su biblia, ni tampoco su cuello clerical. No, lo que lo había llevado de regreso ahí era mucho más… mundano.

    Se agachó sobre su maleta, aún tirada en el piso, y esculcó entre sus ropas con más desesperación de la que había tenido al momento de buscar su botella. Sacó tras un rato de entre las prendas un estuche rectangular negro, que colocó sobre la silla a un lado para poder abrir sus seguros con combinación, y revelar lo que ahí guardaba: una pistola cargada color metálico, de apariencia casi nueva…

    Jaime contempló el arma en su estuche unos segundos; de nuevo, engañándose a sí mismo con la posibilidad de que no la tomaría, cuando estaba totalmente seguro que sí en cuanto comenzó a buscar. Así que sin esperar demasiado, la tomó con una mano, se paró y se la metió en el pantalón en su espalda. La sensación fría le caló, incluso a través de su camisa.

    Se miró un último instante al espejo, y por un segundo le pareció percibir los arañazos y la quemadura, aunque al parpadeo siguiente se esfumaron de nuevo.

    Sin perder más tiempo, se dirigió a la puerta y salió directo a enfrentar lo que, según Gema le dijo, había estado evitando…

    FIN DEL CAPÍTULO 103
    Notas del Autor:

    En estas últimas semanas han estado pasando muchas cosas en mi vida. La mayoría buenas, cabe mencionar, pero que de una u otra forma me han mantenido lejos del teclado, salvo por las horas de trabajo. Así que eso me ha atrasado mucho en mi escritura. Pero bueno, aun así he intentado ir avanzando poco a poco; cada día un poco más.

    En la tardanza de lograr terminar este capítulo también influyó que éste en particular fuera algo complicado, como bien pudieron ver. Muchos diálogos, pero también algunas revelaciones importantes. Gema vuelve a hacer de las suyas con intenciones desconocidas. ¿Qué es lo que realmente quiere este misterioso ser? Quizás dentro de poco lo descubramos… Mientras tanto, lo siguiente será volver con Matilda, Cole, Samara y los otros. Y claro, aquellos que les van pisando los talones. Estén al pendiente, que este tormentoso día en Los Ángeles aún no termina…
     
  4.  
    WingzemonX

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    Resplandor entre Tinieblas
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    Misterio/Suspenso
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    Resplandor entre Tinieblas

    Por
    WingzemonX


    Capítulo 104.
    Un lugar seguro

    Charlie se las arregló relativamente fácil para conducir la camioneta por la ciudad sin llamar la atención de ningún coche policía; siempre manteniendo el límite de velocidad, y sin pasarse ninguna luz roja. Igual parecía que toda la atención se había quedado atrás en Bervely Hills, donde de seguro aún seguían buscando a los dos intrusos piso por piso y cuadra por cuadra, sin darse cuenta de que estos ya se habían dado a la fuga. Así que una vez que arribaron a la zona mucho menos concurrida del norte en donde estaba su escondite, el trayecto se volvió mucho más tranquilo; exceptuando, claro, porqué en la parte trasera del vehículo transportaba a dos chicas inconscientes, y a un hombre con una fea herida de bala en la pierna.

    Con respecto a Samara y Abra no había mucho que hacer, pues no parecía que aquello que las mantenía en ese estado fuera precisamente algo físico, así que sólo quedaba esperar que volvieran en sí paulatinamente. La herida de Cole, por otro lado, no iba a mejor. Y una vez que la adrenalina y las emociones se calmaron, todo lo que quedó en su lugar fue el dolor, y el sangrado. Matilda estuvo todo el camino ajustándole su torniquete y presionando la herida, pero lo que podía hacer dadas las circunstancias era en realidad mínimo.

    El refugio de Charlie y sus acompañantes era por supuesto una vieja bodega en un sector industrial; las siempre confiables bodegas amplias, apartadas, discretas y económicas (si no es que optaban por simplemente entrar a la fuerza a una que se viera inutilizada desde hace mucho). Charlie ingresó con rapidez la camioneta por la rampa principal, la estacionó y luego se bajó apresurada para cerrar la cortina de acero de nuevo; no sin antes echar un vistazo rápido alrededor para asegurarse de que nadie los estuviera vigilando o siguiendo. Todo parecía despejado, al menos a simple vista. Bajó de un jalón la cortina, y le puso rápidamente un doble candado.

    Sólo hasta que ya estuvieron encerrados, y con la aparente sensación de seguridad, Charlie encendió los interruptores de los tubos fluorescentes del techo, alumbrando todo el interior con luz blanca.

    Gran parte de la bodega estaba vacía cuando llegaron, salvo por unas cuantas cajas arrumbadas en un rincón, una vieja cocineta con una mesa redonda y cuatro sillas, un viejo sillón con agujeros pero que luego de una sacudida ya no estuvo tan mal, y un baño bastante rudimentario. Ellas habían guardado ahí su otra camioneta, la misma en la que habían viajado hasta ahí, la motocicleta de Charlie, un par de frigobars para comida y bebidas (en especial bebidas), y tres camas plegables para dormir aunque fuera un poco cómodas.

    —Hogar, dulce hogar temporal —murmuró con algo de amargura. De seguro no había comparación con el bonito pent-house de Thorn, pero al menos servía a su propósito. Además, Charlie había pasado bastantes noches en sitios como ese a lo largo de su vida, así que no tenía de qué quejarse.

    Se dirigió apresurada a la parte trasera de la camioneta y abrió las puertas por completo para que sus ocupantes pudieran bajarse (o al menos lo que podían caminar).

    —Ayúdame, tenemos que bajarlo y recostarlo en algún sitio —le indicó Matilda a Charlie, estando sentada a lado de Cole mientras presionaba su pierna.

    —Bajen primero a las niñas, yo estoy bien —indicó con un tono que intentó sonar firme. Y de hecho parecía calmado, incluso sonreía, a pesar de que su frente lucía aperlada por sudor, y de vez en cuando se le escapaba un discreto quejido de molestia.

    —Será mejor que hagamos eso —secundó Charlie, y de inmediato se subió al auto para tomar a Abra en sus brazos. La adolescente no opuso resistencia alguna, y Charlie prácticamente la arrastró fuera de la camioneta como un simple costal.

    Matilda vaciló un poco. Observó a Samara recostada a su lado, casi perdiéndose entre sus largos cabellos negros que asemejaban a una manta oscura que la cubría. Había visto lo que hizo con la mano de Cole, y aunque no comprendía con exactitud cómo lo había hecho, si las cosas empeoraban era probable que ella fuera la única que pudiera salvarle la pierna al detective. Aunque claro, primero tenía que sacarle la bala e intentar tratarla lo mejor posible.

    —Enseguida vuelvo, Cole —le informó Matilda a su nuevo paciente, mirándolo con dureza a los ojos—. Intenta mantener esto presionado lo más posible, ¿de acuerdo?

    —Lo haré como si mi vida dependiera de ello —bromeó Cole, colocando sus dos manos contra el paño, ya casi complemente húmedo por su sangre, que Matilda presionaba contra su herida. A Matilda no le dio gracia el comentario, pero no podía detenerse a criticarlo. El hecho de que aún mantuviera el buen humor era de cierta forma buena señal.

    Matilda tomó a Samara y la sostuvo con fuerza contra sí mientras bajaba del vehículo con un salto. Sintió como la cabeza de la niña se agitaba y rebotaba un poco contra su hombro, por lo que tuvo el instinto inmediato de sostenerla por detrás con una mano. Avanzó entonces con la niña en brazos detrás de Charlie hacia el área en donde estaban las tres camas plegables, con apenas una sábana cubriendo cada una y lo que supuso Matilda era algún tipo de almohada improvisada.

    —Recostemos a las bellas durmientes aquí —le indicó Charlie, mientras colocaba con particular delicadeza a Abra en la cama del extremo derecho. La joven quedó bocarriba, aunque su cabeza se ladeó un poco hacia un lado en cuanto Charlie la soltó.

    Matilda colocó a Samara en la cama de en medio con el mismo cuidado, colocando también su cabeza sobre la almohada. Samara se quedó quieta en su sitio, respirando lentamente, con sus ojitos cerrados y sus labios apenas un poco separados. Se veía muy tranquila. Al parecer ninguna pesadilla acosaba su sueño; al menos no de momento…

    —Enseguida vuelvo, Samara —le susurró muy despacio, y entonces se inclinó hacia ella para darle un pequeño beso en su frente. Al instante siguiente se cuestionó por qué lo había hecho, pues había sido casi una acción refleja. Aquello la destanteó un poco, pero no tenía tiempo para perderse demasiado en eso.

    Se irguió, se giró hacia la tercera cama, y con tan sólo mirarla ésta comenzó a arrastrarse por el suelo hacia el espacio entre el viejo sillón y la descuidada mesa de la cocina; un área más despejada, y sobre todo mejor iluminada. Charlie saltó un poco al ver la cama moverse de esa forma, aunque tampoco pareció del todo asustada o sorprendida después; ciertamente eso no era cosa nueva para ella.

    Matilda se dirigió entones rápidamente de regreso a la camioneta. Charlie fue detrás de ella con la intención de ayudarla a bajar al herido, pero fue evidente que no la necesitaba.

    —Esto se va a sentir raro, pero permanece tranquilo, por favor —le advirtió Matilda a Cole, y antes de que éste pudiera preguntarle de qué hablaba, su cuerpo se elevó del suelo de la camioneta y comenzó a flotar por el aire y a salir lentamente del vehículo, siempre con la mirada de la psiquiatra fija en él.

    —Sí, es bastante raro —musitó Cole, entre asustado y asombrado.

    Charlie silbó un poco, admirada al ver con qué control la mujer castaña movía con su telequinesis a aquel individuo, acercándolo casi dulcemente hacia la tercera camilla vacía. Ella, por su parte, se subió a la camioneta para ayudar a Kali a bajarse.

    —¿Tú cómo estás, anciana? —Le cuestionó con tono burlón mientras acercaba la silla de ruedas a la puerta. La mujer en ella abrió los ojos y la miró de lado, aunque sus labios dibujaban una sutil sonrisa.

    —Aún sigo aquí —murmuró despacio, pasándose justo después el dorso de su mano por su nariz. Algo de sangre casi seca se le pego a la piel, y se la terminó limpiando contra su pantalón.

    Para cuando Charlie y Kali llegaron a la que al parecer sería su nueva sala de operaciones, Matilda ya había colocado a Cole sobre la cama. Éste pareció sentir mucho dolor al tener que recostarse y cambiar de posición, pero también algo de alivio. Charlie dejó a su amiga con ellos un rato, y luego se dirigió de nuevo a la camioneta para inspeccionarla.

    Matilda suspiró y se tomó sólo un segundo para intentar recuperar la claridad mental. La cabeza le seguía doliendo un poco, pero nada que no pudiera manejar. Una vez que estuvo lista se aproximó a la camilla, se puso de rodillas a su lado, desató sólo un poco el torniquete y lo subió para poder ver la herida directamente. Era básicamente un pequeño círculo casi perfecto en la piel de su muslo, rodeada de rojo como si le hubieran dado un mal brochazo de pintura.

    —¿Cómo va el dolor? —Cuestionó con voz serena, mientras recorría sus dedos por su muslo, presionando algunos puntos de su piel. Cole no pudo evitar respingar en al menos un par de dichas presionas.

    —He sentido cosas peores —musitó Cole, intentando sonreír despreocupado.

    Su piel se sentía bien, y estaba lo suficientemente consciente como para seguir siendo… bueno, él mismo. Eran buenas señales. Pero el sangrado y la bala aún dentro seguían preocupando a la Dra. Honey.

    —Esto estaba en la camioneta —comentó Charlie al volverse a aproximar. Alzó sus manos para que ambos pudieran ver lo que sostenía: una billetera y un teléfono celular que le pertenecían a Cole, y que Matilda le había sacado de su pantalón para que pudiera estar más cómodo, y un pequeño bolso café propiedad de la psiquiatra. Al menos Matilda sí sintió un poco de alivio al ver su bolso, pues prácticamente se había olvidado de él con todo el ajetreo. Hubiera sido muy problemático haberlo extraviado en aquel pent-house.

    —Gracias, ¿podrías ponerlos por ahí? —Murmuró la castaña, señalando hacia la mesa de la cocina, y Charlie así lo hizo—. ¿Tienen un botiquín de primeros auxilios? ¿Alcohol o lo que sea?

    —Un poco de todo eso —asintió Charlie, y de inmediato se dirigió de regreso a la camioneta.

    Kali, al parecer ya más recuperada, aproximó su silla a un costado de la camilla, mirando sobre la cabeza de Matilda a la herida en el muslo de Cole.

    —No se ve tan mal —musitó Eight, sonando un poco jocosa al decirlo—. Debería mostrarte la cicatriz que me dejó la que aún tengo alojada en mi espalda.

    —Por favor, denle espacio —solicitó Matilda intentando sonar lo más cortés posible. Kali se encogió de hombros y retrocedió unos metros para así darle su espacio.

    Charlie se aproximó un poco después con una pequeña caja blanca con una cruz roja en la tapa y se la pasó. Matilda la abrió y esculcó en su contenido. Todo era bastante estándar, por decirlo de una forma. Algunas gazas y venda adhesivas, una botella de agua oxigenada, que al sostenerla se dio cuenta que debía quedar poco menos de la mitad, una caja de paracetamol (vacía), otra de medicinas para el estómago (con cuatro pastillas), algodones… y nada más. Ni guantes, ni mascarilla, tijeras, alcohol medicinal, y menos hilo.

    La mirada de desaprobación con la que la psiquiatra miró a Charlie justo después le dejó muy claro su sentir. Ésta, sin embargo, sólo se encogió de hombros con cierta resignación.

    —Se nos ha pasado resurtirlo, lo siento —murmuró, notándose un pequeño rastro de vergüenza por debajo de su desinterés—. Pero si quieres alcohol, tengo una botella de whiskey sin abrir en la alforja de mi motocicleta.

    —Yo te aceptaré un poco de ese —mencionó Cole de golpe, alzando una mano, y Charlie se dirigió apresurada hacia la moto antes de que Matilda pudiera decir algo en contra—. Y también me vendría bien un cigarrillo… Qué mal momento elegí para comenzar a dejarlo.

    —Para eso están los amigos —masculló Kali a su lado, y justo después ella misma sacó la cajetilla del bolsillo de su camisa. Colocó un cigarrillo en su boca y le extendió uno más a Cole. Éste ciertamente se sintió bastante tentado a tomarlo.

    —Ni se te ocurra —masculló Matilda, sonando casi como una reprimenda. Su sola mirada endurecida persuadió a Cole de aceptar el amable ofrecimiento—. Cole, como doctora es mi deber decirte que lo mejor que pudiéramos hacer por ti es llevarte a un hospital —añadió un instante después con voz solemne.

    —No creo que sea lo más recomendable dadas las circunstancias, ¿o sí? —Respondió Cole con humor—. Un policía de Filadelfia que entra a un hospital con una herida de bala que no puede explicar… eso haría que se hicieran muchas preguntas que no creo estemos listos para responder. Eso sin contar que quizás estén justo buscando a alguien con mi descripción… en cada sala de emergencias para estos momentos.

    —Es cierto —secundó Charlie, aproximándose con la tentadora botella de whiskey en las manos—. Ir a un hospital en estos momentos sería un error. Mejor mándalo directo a las celdas del LAPD, y te ahorras un viaje. Bebe, vaquero.

    Con inusual compañerismo en sus ademanes, Charlie le pasó la botella a Cole, que apenas y la atrapó entre sus manos. Se sentó como pudo apoyándose en un codo, desenroscó la tapa y dio un trago tímido, aunque generoso, de la botella. Soltó un pequeño quejido que casi sonó doloroso, pero en realidad era bastante placentero.

    —Está bueno —musitó despacio mientras volvía a tapar la botella—. Hay que ver el lado positivo en esto… no sólo recibí mi primer disparo, sino que además me sacarán la bala en una operación clandestina en una bodega escondida. El paquete completo de héroe de acción, ¿no creen?

    —Lo que tú digas —murmuró Charlie un poco irónica, dándole un par de palmadas de apoyo en el hombro.

    —Sí, sobre eso de la operación… —murmuró Matilda con un sombrío desánimo que casi le borró a Cole su sonrisa.

    La psiquiatra se alzó y luego se agachó justo a un lado del detective para mirarlo directamente a sus ojos. Su semblante era sereno, casi estoico, digno de cualquier médico en control de sus sentimientos al momento de hablar con su paciente. Sin embargo, si Cole observaba con más cuidado la profundidad de sus ojos, podía apreciar rastros de la profunda preocupación que la poseía. Esto fue algo que sin lugar a duda lo puso nervioso, aunque también un poco feliz.

    —Escucha, la realidad es ésta —pronunció Matilda con voz clara y firme, sin despegar su vista de él ni un instante—. No tengo el equipo adecuado para tratarte de la forma convencional. No tengo pinzas, no tengo un bisturí, ni hilo para coserte, ni siquiera guantes de látex; y este ambiente está lejos de estar esterilizado. Operarte aquí como tal es básicamente una fantasía. Lo más que puedo hacer de momento es intentar sacarte la bala. Pero para hacerlo, la única alternativa que me queda es hacer algo muy poco ortodoxo, doloroso… y peligroso.

    Al pronunciar aquella advertencia, hizo principal énfasis en su última palabra, aunque gran parte de la mente de Cole divagó en la anterior a esa. Aunque claro, no le sorprendió que su vida tuviera que depender de algo doloroso y peligroso; de otra forma sería demasiado sencillo, ¿cierto? Pero si tenía que ponerse en las manos de alguien para ello, no se le ocurría nadie mejor que la impresionante mujer de intensa y decidida mirada que tenía delante de él.

    —Confío en ti, Matilda —declaró Cole, forzándose a volver a sonreír—. Sea lo que sea que hagas, sé que saldrá bien.

    Matilda suspiró, al parecer no del todo tranquila por su respuesta, sino quizás incluso un poco más presionada. Se levantó entonces y se posicionó de regreso a la altura del muslo herido. Tomó un algodón del botiquín, lo cubrió de agua oxigenada, y comenzó con él a limpiar el área alrededor de la herida. El respingo de dolor que le provocó aquel tacto hizo que Cole se volviera un poco más consciente de la “realidad” de la cual Matilda acababa de hablarle.

    —Pero, sólo para saber… ¿qué harás con exactitud? —le preguntó con voz risueña, y ligeramente temblorosa.

    Matilda guardó silencio. Siguió limpiando la herida lo mejor posible, y luego dejó el algodón a un lado. Respiró hondo, colocó una mano sobre el sensible muslo del detective, y observó fijamente el orificio circular en su piel.

    —¿Tú qué crees? —Le susurró con severidad. Y esas solas palabras, tan enigmáticas como pudieran parecer, fueron suficiente para que tanto Cole como las dos mujeres que observaban, se dieran una idea de lo que estaba por ocurrir.

    —¿Usarás tu telequinesis? —Cuestionó Cole, por igual sorprendido y espantado por la idea—. Pero… ¿acaso puedes mover algo que no puedes ver?

    Aquella fue la forma menos alarmante en la que se le ocurrió hacer dicha pregunta. Su mayor preocupación, en realidad, era saber si acaso podía sacarle sólo la bala del cuerpo… sin llevarse nada más de paso.

    —Sí es posible hacerlo —intervino Charlie, antes de que Matilda respondiera—. El me sacó una hace tiempo también. No fue una experiencia agradable, pero sigo aquí.

    —¿Eleven lo hizo? —Cuestionó Cole, un poco escéptico.

    —Sí, ella me enseñó cómo —musitó Matilda con seriedad—. No a sacar balas de un cuerpo obviamente, pero sí cómo mover un objeto fuera de mi rango de visión. En realidad, no es necesario verlo con tus ojos; esa es una limitante mental autoimpuesta. Sólo ocupas conocer la posición exacta del objeto con respecto a ti, y entonces dejar que tu mente lo visualicé y lo jale en la dirección que requieres. Y en este caso en particular, para lograr determinar la posición de la bala… —hizo una pequeña pausa, pero casi de inmediato prosiguió—: tendré que meter mi dedo en tu herida, hasta lograr tocarla con éste.

    Los ojos de Cole se abrieron de par en par como dos enormes lunas. Y si acaso le quedaba un poco de color en sus mejillas, en ese momento justo éste se difuminó para dar paso a una pálida expresión de espanto.

    —Sí, mi dedo en tu herida —repitió Matilda con sequedad, para dejar bastante claro lo que intentaba decir—. Y sí, será doloroso y muy incómodo, pero la parte peligrosa viene después. Necesitó sacar la bala por el agujero de entrada con precisión milimétrica, para no hacer más daño del que ya hizo; como rasgarte una artería y que ahora sí mueras desangrado. Puedo intentar también comprimirla un poco con mi telequinesis para que ocupe menos espacio al salir, pero sólo un poco. Así que pase lo que pase, necesitaré que no te muevas en lo absoluto. ¿Me entendiste?

    —Lamentablemente, sí —masculló Cole con voz temblorosa—. Creo que mi confianza no es tan sólida como pensé… Quizás…

    —Tranquilo, muchacho —intervino Charlie en ese momento, parándose detrás de él para tomarlo firmemente de los hombros con ambas manos—. Cálmate, respira, y bebe un poco más para tomar valor, ¿quieres?

    Cole miró de reojo hacia la botella de Whiskey aún en su mano; casi se había olvidado de ella. Sin embargo, cuando fue consciente una vez más de su presencia, la desenroscó y dio en esta ocasión un largo trago que pasó casi raspándole la garganta. Suspiró con cierto alivio una vez que dio su trago, y volvió a cerrar la botella.

    —Adelante, Matilda —asintió el detective con la mayor firmeza que le era posible.

    —Hazlo, yo te lo sostengo —añadió Charlie, y justo después rodeó al hombre herido con sus brazos, dándole un apretón bastante fuerte en realidad. Si no impedía que se moviera por completo, al menos de seguro lo haría en gran medida.

    Matilda respiró profundo por su nariz, y exhaló lentamente por su boca. Repitió lo mismo unas tres veces, en un intento de despejar su mente lo más posible. La flama que adornaba la estufa de su mente comenzó a atenuarse poco a poco, hasta llegar a su más baja capacidad, en donde regularmente solía estar. Necesitaba mucha más precisión que fuerza bruta en esa ocasión.

    Se acomodó justo a un lado del muslo de Cole, examinó unos segundos más la herida de bala, y sin mucha ceremonia y advertencia comenzó a introducir el dedo medio de su mano derecha en él, arrastrándose por el agujero de piel, músculo y sangre como un gusano invasor.

    —¡¡Aaaaah!! —Soltó Cole de golpe al sentir un profundo dolor ante la repentina intromisión. Y quizás hubiera tenido el impulso de brincar de la camilla, sino fuera porque Charlie lo apretó aún más fuerte para evitar que hiciera algo más que gritar.

    —Tranquilo, ahí voy —musitó Matilda, con una tranquilidad que a Cole de hecho le resultaba incluso un poco inquietante.

    Había dicho que aquello sería doloroso e incómodo, y en efecto lo fue; ambas cosas y más. Pero Matilda estaba demasiado concentrada en su difícil labor del momento como para preocuparse por la incomodidad de su paciente.

    Aunque lo cierto era que aquello tampoco era del todo agradable para ella. Pese a sus entrenamientos y estudios en medicina, ella era psiquiatra, y se había dedicado casi toda su vida profesional a eso. Y no lo había hecho con la intención consciente de no tener que meter sus dedos en las heridas de la gente, pero dada la situación actual le parecía un motivo bastante válido para haber elegido dicha rama.

    Pero cuando alguien la necesitaba, en especial un amigo resplandeciente, se sentía con el deber ineludible de mancharse un poco las manos de sangre.

    Luego de varios segundos en los que su dedo inquieto estuvo explorando la cavidad de aquella herida, y una serie más de quejidos y respingos de Cole (en especial al tocar un nervio en su travesía), al fin la punta de su dedo toco algo duro y metálico, frío a pesar de todo el calor que lo rodeaba en esos momentos.

    —La tengo, la encontré —murmuró despacio, no muy triunfal o regocijante, pero al menos sí positiva—. Ahora viene la parte difícil, ¿de acuerdo?

    Cole sólo asintió lentamente, apenas siendo capaz de moverse. Su rostro estaba incluso más pálido que antes, y cubierto de sudor. Su respiración igualmente se había agitado un poco. A Matilda le gustaría realmente terminar lo más rápido posible con todo eso, pero no podía apresurar ni un poco el proceso si quería que eso resultara mínimamente satisfactorio.

    Teniendo ya su dedo en contacto directo con la bala, intentó dibujar en su mente la imagen completa de ésta, su posición, su color, su tamaño… prácticamente como si tuviera visión de Rayos X y pudiera visualizar a través de la piel de Cole, hasta fijar su mirada en aquel objeto que no debería estar ahí.

    Le tomó tiempo, quizás demasiado desde la perspectiva del paciente. Pero una vez que sintió que la tenía clara en su cabeza, comenzó entonces a intentar comprimirla justo como había dicho. Visualmente quizás aquello se vería como si tomara la bala entre sus dedos y la apretara hasta achicarla. Aunque claro, si acaso intentara eso con sus dedos físicos, no podría hacerle ni una rajadura a ese pequeño objeto de hierro y acero. Pero la fuerza de su telequinesis era bastante mayor; incluso para aplastar un autobús hasta retorcer su estructura… como Carrie lo había hecho aquella tarde hace mucho tiempo.

    Pudo sentir como la bala era comprimida poco a poco, hasta tomar una forma más delgada y alargada. No había cambiado mucho en realidad, pero tendría que bastar. Así que sin más espera, comenzó a sacar su dedo lentamente del agujero. Y al mismo tiempo que su dedo se movía, la bala deformada la seguía sólo unos cuantos milímetros detrás.

    Cole tembló un poco, y soltó unos pequeños alaridos que sonaban más a incomodidad que dolor; tal vez incluso similares a quejidos de cosquillas.

    —Qué no te muevas, te dijeron —pronunció Charlie como reprimenda, sujetando a Cole aún más fuerte contra sí. El policía enserio intentaba no moverse como le indicaban, pero era mucho más fácil decirlo que hacerlo.

    El dedo de Matilda se fue retirando poco a poco, y el objeto invasor con él. La punta del dedo salió primero, totalmente rojo y dejando un viscoso rastro entre la herida y éste. Un segundo después, el pequeño objeto metálico que estaban buscando salió prácticamente disparado en el aire, dejando el cuerpo de Cole que se estremeció por esa última desagradable sensación. Matilda atrapó rápidamente la bala en el aire con su mano, y luego la contempló en su palma.

    —¡Listo!, la tengo —exclamó con fuerza, ahora sí dejando en evidencia su felicidad.

    Charlie soltó en ese momento a Cole, y lo ayudó a recostarse con cuidado de regreso en la camilla. La ayuda fue agradecida, pues de no haber sido así se hubiera dejado caer de golpe sin medir la menor consecuencia. Una vez Cole estuvo tranquilamente recostado y con su mirada nublada puesta en el alto techo de la bodega, Charlie se aproximó a un costado de Matilda para contemplar la bala en su mano, como un pequeño trofeo.

    —Impresionante —dijo con cierto orgullo en su tono—. Ahora veo porque eres su favorita.

    Matilda la miró de reojo con desaprobación por su comentario. Supo de inmediato que hablaba de Eleven. Ese chiste sobre ser la “favorita” se había vuelto viejo demasiado pronto. Y ahora incluso se lo decían personas que nunca había visto antes.

    —¿Ya puedo desmayarme, doctora? —Pronunció Cole con debilidad, sonando precisamente ya cerca de la inconsciencia.

    —En un minuto —respondió Matilda, dejando caer la bala al suelo para enfocarse de nuevo en el agujero redondo aún abierto en el muslo de su amigo—. Ahora necesitamos cerrar esta herida de alguna forma para que deje de sangrar, pero no tengo nada… Déjame pensar en algo…

    —Yo me encargo —indicó Charlie de pronto, y con cuidado empujó a Matilda a un lado para posicionarse justo en su sitio y poder contemplar de cerca la infame herida muy, muy fijamente…

    Antes de que Matilda o Cole pudieran cuestionarle qué pensaba hacer, o incluso pudieran hacer el intento de detenerla, Cole comenzó a sentir un calor en su pierna que fue subiendo gradualmente, hasta convertirse en uno intenso y doloroso.

    —¡Aaaaah!, ¡oye! —Exclamó Cole, sentándose de inmediato inspirado por el dolor punzante. Tuvo la iniciativa de apartar su pierna de ella, pero Charlie la tomó con fuerza para evitarlo; todo eso sin apartar sus concentración del agujero.

    La carne en torno a la herida comenzó a quemarse y soltar humo. Y en cuestión de segundo, el agujero quedó cauterizado, dejando una mancha rosada rodeada de rojo.

    Una vez concluida su labor, Charlie sonrió satisfecha y se puso de pie.

    —Listo, como en el viejo oeste, vaquero —musitó triunfal, y al pasar a lado de Cole le dio un par de palmadas en su hombro.

    Cole se dejó caer hacia atrás en la camilla, aturdido por todo el dolor que lo habían invadido en cuestión de minutos. Por suerte, lo peor estaba pasando poco a poco, y en su lugar dejaba un ardor y comezón muy incómodos. Pero aún se sentía débil; quizás más mental que físicamente.

    Matilda se aproximó cautelosa a ver la herida, revisando que en efecto se había cerrado. Claro, el daño interno seguía presente, pero al menos el daño exterior estaba controlado… por el momento.

    —No es lo ideal, pero al menos servirá por ahora —indicó Matilda con seriedad, contemplando de reojo a Charlie. Ésta había ido caminando directo a uno de los pequeños refrigeradores para sacar unas cervezas.

    ¿En verdad había logrado cauterizar la herida sólo con el poder de su mente? Eso explicaba las explosiones y la activación de la alarma antiincendios en el vestíbulo del edificio de Thorn. Si era en efecto algo como lo que Matilda estaba pensado, sería quizás lo más cercano a la teórica habilidad de la piroquinesis que le hubiera tocado ver en persona. Aun así, sospechaba que se trataba de algo diferente a eso… y más complejo.

    —Gracias, Matilda —escuchó a Cole musitar despacio, llamando de nuevo su atención hacia él. El hombre rubio la observaba con una sonrisa débil, y extendía una mano hacia ella como le era posible—. Me salvaste… en más de una ocasión el día de hoy.

    —Alguien tiene que hacerlo, al parecer —indicó Matilda con cierto humor. Tomó entonces su mano entre las suyas, estrechándola con fuerza—. Ir a ese sitio tú solo fue muy irresponsable y estúpido de tu parte. Pero sé que lo hiciste por Samara, y por mí… Así que gracias…

    Matilda alzó despacio su mirada hacia los otros catres, especialmente en el que reposaba Samara.

    —Por tu estupidez, logramos salvarla —indicó Matilda, notándose incluso orgullo en su voz.

    Sin embargo, Cole no se sentía del todo contento u orgulloso por su gratitud. Y no era porque lo hubiera llamado estúpido o irresponsable, que quizás sí era ambas cosas. Ni tampoco porque fuera imposible para él sentirse feliz con esa herida en su pierna o por la “operación” tan improvisada. En realidad no podía sentirse feliz por haber “salvado” a Samara, pues sabía muy bien que en realidad no estaban precisamente cerca de lograr tal cosa. Y cuando giró su cabeza para contemplar a la niña, recostada plácidamente cerca de él… no pudo evitar que sus sentidos siguieran percibiendo esa neblina oscura y densa que la rodeaba, como un sofocante abrigo.

    —No la salvamos del todo, Matilda —musitó Cole con pesadez—. Tú misma viste lo que le pasó ahí. Ya no puedes negar que…

    Matilda alzó en ese momento una mano hacia su compañero, indicándole con una simple instrucción que se detuviera de decir lo que estaba pensando en ese momento. Cole, por mero reflejo, así lo hizo.

    —Hablemos de eso después, por favor —musitó Matilda, sonando extrañamente suplicante para Cole—. Por ahora sólo intenta descansar un poco, ¿quieres?

    —Lo intentaré, doctora —asintió el policía, acomodándose lo mejor que pudo en el catre. Sus ojos se fueron cerrando sin mucha oposición, pues de hecho parecían más que ansiosos por hacerlo desde hace rato.

    Matilda no supo identificar si ya estaba dormido cuando colocó cuidadosamente su mano de regreso a su costado, o cuando ella se apartó de la camilla caminando, pero definitivamente parecía más tranquilo.

    Charlie se había sentado en la mesa de la cocina con una cerveza en su mano de la cual daba pequeños sorbos. Kali se había acercado a su lado, y tenía también su propia cerveza en mano. Ambas contemplaron a Matilda, aproximándose a ellas con sus hombros caídos, y rostro ligeramente demacrado por el cansancio.

    —Siéntate un segundo, chica —indicó Charlie, señalando con su botella a una de las sillas vacías—. Tú también necesitas descansar. Tienes cara de que te va a explotar la cabeza en cualquier momento.

    Justo así era como Matilda se estaba sintiendo en esos momentos, así que sin protestar mucho se dejó caer en la silla. Un instante después, se sorprendió a sí misma al notar su mano presionada contra su hombro derecho. Sólo hasta entonces fue consciente de que su propia herida le había comenzado a doler. No lo suficiente para ser algo que ocupara su atención o preocupación, por suerte. Pero sin duda terminaría resintiendo todo el ajetreo de ese día de una u otra forma.

    —¿Una cerveza? —Le ofreció Charlie, y casi de inmediato se puso de pie y se dirigió a la nevera.

    —No bebo, gracias —respondió Matilda con seriedad, pero igual su anfitriona (si podía llamarla de esa forma) husmeó el interior del refrigerador en busca de algo diferente.

    —Supongo que tampoco fumas —murmuró Kali, que se turnaba entre su cerveza y su cigarrillo con bastante maestría—. No habrá mucho para ti por aquí, entonces.

    —Vas a hacer parecer que somos un par de viciosas —indicó Charlie como reprimenda, y se aproximó entonces a Matilda, colocando delante de ella una botella de plástico transparente—. También tenemos agua.

    Matilda contempló en silencio la botella, y como pequeñas gotas se formaban en su superficie debido a lo frío que estaba. Y de pronto, para sorpresa de las dos mujeres delante de ella, se abrió los primeros botones de su blusa, y se dejó al descubierto su hombro derecho, bajándose también un poco el tirante de su sujetador. Ambas pudieron ver entonces el área enrojecida y aún visible de su herida, así como los hilos negros que se mezclaban con su piel. Tomó entonces la botella con una mano, y en lugar de beberla la pegó contra ese sitio exacto, intentando calmar con el frío un poco de la molestia que había comenzado a sentir. Ni Charlie ni Kali hicieron pregunta alguna al respecto.

    —Gracias —musitó Matilda despacio, pero firme. Luego miró atenta a Charlie, y pronunció—: Necesito que me consigas algunos medicamentos para Cole; para el dolor, la inflamación y para prevenir posibles infecciones.

    —Y supongo que para ti también —respondió Charlie.

    —Si te queda tiempo. ¿Crees poder traérmelos?

    —¿Trae su talonario de recetas, doctora?

    Matilda achicó los ojos y arrugó el entrecejo en una expresión reflexiva al tiempo que hacía memoria. Miró disimuladamente hacia su bolso, colocado sobre la mesa delante de ella, y por un momento pensó que podría traer su talonario ahí. Sin embargo, tenía una imagen mucho más clara de éste guardado en el cajón de su buró, a lado de su cama en la residencia Honey. Así que era más probable que se encontrara aún ahí.

    —No… —murmuró con algo de pesar.

    —Sin una receta real será complicado —indicó Charlie, mientras se tallaba su barbilla con dos dedos—. Pero tengo mis métodos. ¿Qué medicamentos ocupas?

    —¿Tienen papel y una pluma?

    —A lado de mi computadora creo que tengo una libreta y un bolígrafo —indicó Kali, señalando hacia la camioneta, y Charlie se dispuso a ir en su búsqueda.

    Durante el rato que la mujer rubia se fue, Matilda y la mujer en silla de ruedas permanecieron en silencio. La psiquiatra siguió sujetando la botella fría contra su hombro unos segundos más, pero luego pasó a al fin abrirla y dar un trago de ella. Se volvió a su vez consciente que de sí tenía sed… y algo de hambre.

    Charlie volvió un poco después con la libreta y el bolígrafo en manos, y los colocó en la mesa frente a ella. Matilda dejó de lado la botella unos momentos y pasó rápidamente a escribir la lista de medicamentos; los primeros tres para Cole, y luego sólo un antinflamatorio leve para ella. Añadió a la lista un paquete de guantes de látex y alcohol médico, por si acaso. Pensó además si quizás agregar algo para Samara o la otra chica inconsciente, pero no se le ocurrió nada que pudiera ayudarlas dado el desconocimiento de su estado real. Quizás a lo mucho si alguna tenía dolor al despertar, el mismo analgésico les ayudaría.

    Cuando le pasó la lista a Charlie para que la viera, ésta sólo asintió, al parecer confiada en poder cumplir con el encargo.

    —Sólo no te expongas demasiado —le indicó Kali, severa—. La ciudad debe ser un caos en estos momentos.

    —No lo haré, mamá —respondió Charlie con tono sarcástico, mientras doblaba la hoja de papel y la guardaba en uno de los bolsillos de su chaqueta.

    Antes de retirarse, le echó una mirada rápida a Cole, recostado no muy lejos de ellas, pero evidentemente completamente dormido (o inconsciente sería más acertado).

    —Ese chico está loco por ti, ¿lo sabías? —Señaló de pronto, mirando a Matilda con picaría.

    Matilda alzó su mirada hacia ella, y luego miró con seriedad a Cole; sólo un segundo, antes de virarse de nuevo a su botella de agua.

    —Sí, lo sé —pronunció con asombrosa estoicidad, tomando por sorpresa tanto a Charlie como a Kali.

    —No era la respuesta que me esperaba —musitó Eight, genuinamente curiosa

    —Bueno, más bien lo supongo —añadió Matilda, dando justo después otro pequeño trago de su botella—. Eso explicaría porque siempre se ha portado tan bien conmigo, a pesar de que yo lo he tratado siempre tan mal.

    No tenía idea de por qué estaba hablando de eso con dos mujeres que justo acababa de conocer; ni siquiera estaba del todo segura de porque estaba ahí sentada con ellas, tomando agua con total confianza. Bien podrían ser nuevos enemigos en potencia, y esa botella incluso haber tenido algún tipo de droga. Matilda definitivamente no solía ser así de descuidada.

    Pero el día… semana… mes… había sido tan loco, que ya en esos momentos su mente no deseaba pensar en más de lo que fuera estrictamente necesario pensar. Quizás por eso mismo, le daba un poco igual abrirse sobre ese tema; o, quizás, abrirse sobre ese tema era justo lo que deseaba hacer, desde la noche anterior y tras esa visita espontanea de Cole a su casa.

    —¿Y a ti te gusta? —Preguntó Charlie tras un rato, apoyándose en la mesa para verla de más cerca. Su curiosidad de reportera parecía traicionarla.

    Matilda simplemente se encogió de hombro, arrepintiéndose justo después por el repentino dolor que le vino justo al hacerlo.

    —Por ahora sólo me interesa poner a Samara y a él a salvo. Si es que aún es posible.

    —Bien, entonces iré de una vez por tus medicinas —indicó Charlie, dejando (de momento) el tema de lado—. Mientras tanto, Kali te pondrá al día. ¿Puedes, amiga?

    —¿Tienes un par de semanas? —Bromeó la mujer en silla de ruedas, soltando algo de humo por la boca—. Son muchos años de historia que contar.

    Charlie le guiñó un ojo con complicidad, y entonces se dirigió sin apuro hacia su motocicleta, cubierta en esos momentos con una larga manta blanca, misma que la mujer de chaqueta negra retiró de un jalón para revelar la imponente máquina que se ocultaba debajo. La colocó entonces en neutral y la rodó hasta una salida opuesta a la que habían usado para entrar, y se perdió rápidamente de la visa expectante de Matilda y Kali. Cuando se escuchó a lo lejos el sonido del motor enciéndase y luego alejándose, Matilda fijó de nuevo su atención en a mujer delante de ella.

    —Bueno, sé quién eres tú, o al menos lo que El me llegó a contar de ti —musitó con seriedad, casi como si estuviera dando una declaración ante la policía—. Eres Kali Prasad, alias Eight. Sé que al igual que Eleven, fuiste parte de los experimentos secretos que el gobierno llevó a cabo en los 70’s y 80’s, y que dieron como resultado, deseado o no, la aparición de diferentes individuos con un poderoso, aunque inestable, resplandor. Sé que fuiste muy cercana a Eleven; ella incluso te nombra como su hermana cuando habla de ti. Y sé que estuviste involucrada en la creación inicial de la Fundación, pero que te separaste ésta por… diferencias de opiniones sobre el rumbo que debía seguir.

    Aunque Eleven nunca había profundizado demasiado sobre cuáles habían sido exactamente esas “diferencias de opiniones.” De hecho, salvo por sus habilidades de ilusionista que Eleven siempre usaba de ejemplo, lo que acababa de describir abarcaba casi todo lo que conocía de ese misterioso personaje. Y aunque ninguna de las dos era capaz de leer la mente, Matilda percibió que la mujer delante de ella se había percatado de esto.

    —Es un resumen bastante escueto de toda mi persona —musitó Kali con humor, seguida de un sorbo de su cerveza—. Pero acertado en cierta forma. ¿Qué hay de Ricitos de Oro y sus ojos de fuego? ¿El nunca te contó de ella?

    Matilda miró de reojo en la dirección en la cual Charlie se había ido, casi como si esperara verla aún ahí de pie con su motocicleta; por supuesto, no era así.

    —De esa mujer no estoy segura, pero… —miró sutilmente sobre su hombro, hacia la joven rubia dormida en la cama a lado de Samara—. Sí me mencionó hace poco que estaba buscando a alguien de nombre Abra. ¿Es esa chica?

    —Ni idea, pero en efecto esa muchacha se llama Abra —indicó Kali, señalando con su botella hacia la susodicha—. Es una jovencita tan hábil y fuerte como lo fue El a su edad, o incluso más. Conoció a Thorn hace algún tiempo, y ambos tienen una extraña relación que no me corresponde juzgar o comprender.

    Kali dio entonces una última bocanada de su cigarrillo, antes de aproximarlo al cenicero a su lado para apagarlo con algo de brusquedad.

    —Y la que acaba de salir en su moto —prosiguió—, es Roberta Manders, una simple reportera de New York. Aunque claro, eso cambia si la buscas por su nombre real: Charlie McGee.

    —¿Charlie McGee? —repitió Matilda con mero reflejo, arrugando de nuevo su entrecejo intrigada, pues aquello había retumbado en su cabeza por algún motivo.

    —¿El nombre te suena?

    —Vagamente…

    —Entonces tome otra botella de agua, doctora —anunció la mujer de piel oscura, al tiempo que encendía un segundo cigarrillo—. Porqué ésta será una larga historia…

    — — — —

    Lejos de su improvisado escondite, aunque cada vez más cerca, los perseguidores que Damien había mandado tras Matilda, Cole, Samara y Abra, avanzaban cautelosos por la ciudad. Kurt iba manejando una de las amplias camionetas oscuras de Thorn Industries, mientras a su lado iba sentada su supuesta guía. Mabel sujetaba en su regazo el tercero de los cilindros de vapor, del cual de vez en cuando daba una pequeña bocanada pero que en esos momentos permanecía sellado. La mayor parte del tiempo estaba con sus ojos cerrados y concentrada en rastrear a sus objetivos, o eso suponía Kurt. Hasta ese momento sólo le había dado algunas vagas indicaciones, pero mayormente lo habían hecho dar vueltas por la ciudad, aproximándose poco a poco, cuadra a cuadra en dirección al norte, pero sin tener aún ninguna dirección o punto exacto al que debían de ir.

    En el asiento trasero, a espaldas de Kurt, iba Esther, que había estado casi siempre mirando en silencio por su ventana, pero no perdiendo oportunidad de hacer alguno de sus sagaces comentarios si lo veía oportuno. Lily también estaba en el auto, pero en el asiento más al fondo, y sin ninguna intención de querer intercambiar palabra alguna con ninguno de ellos.

    El quinto ocupante, James la Sombra, estaba sentado justo detrás de Mabel, y durante casi todo el camino no le había quitado a Kurt su agresiva mirada de encima, como si en cualquier momento fuera a lanzársele para tomar su cabeza entre sus grandes manos, y romperle el cuello sin importarle si al hacerlo hacía que se estrellaran. La presencia de ese sujeto, y adición a las otras tres que tampoco lo hacían sentir demasiado tranquilo, provocaban que el guardaespaldas de los Thorn tuviera siempre una mano en el volante, y otra más en su pistola, guardada en su funda pero sin su seguro para sacarla a la menor provocación.

    Era un viaje bastante tenso, y con un peligro latente de que todo ello explotara en cualquier momento. Así que, aunque ninguno lo dijera, todos estaban de acuerdo en que lo mejor sería que toda esa cacería terminara lo antes posible. Pero la persona (o lo que fuera) de quién dependía directamente que eso ocurriera, no parecía estar teniendo los resultados esperados.

    Mabel abrió los ojos lentamente, tras haberlos tenido cerrados por dos minutos seguidos en los que parecía que ni siquiera hubiera respirado. Los segundo siguientes, sin embargo, no dijo nada y siguió mirando al frente, con su atención perdida en la lejanía.

    —¿Y bien? —Le cuestionó Kurt con algo de agresividad. Mabel, sin embargo, no se mutó y le respondió con asombrosa calma:

    —Están cerca, lo sé. Pero aún no logró ubicarlos por completo.

    Kurt chisteó, claramente incrédulo.

    —¿Y si eres capaz de hacerlo en verdad? O quizás lo que pasa es que no quieres hacerlo.

    —Cuidado con cómo le hablas —le amenazó James, inclinando un poco su corpulento cuerpo hacia la parte delantera.

    El guardaespaldas y exmilitar reaccionó de inmediato ante su sólo movimiento, sacando sólo un poco la pistola de su funda, lo suficiente para que James pudiera apreciarla sin que cupiera duda.

    —Tú eres quien debe tener cuidado, amigo —musitó Kurt, un ojo en la calle y un ojo en el Verdadero de atrás—. Mueve un dedo de más, y tu conejita es la que la paga, ¿entiendes?

    James lo observó en silencio, su mirada dura como piedra. Miró entonces de reojo a Mabel, y le sorprendió un poco al notar que ésta lo miraba de regreso, negando lentamente con su cabeza. Aquella indicación fue bastante clara para él, así que de inmediato volvió a acomodarse en su asiento, pero sin dejar de mirar al conductor.

    Kurt pudo también calmarse un poco, y regresar el arma a su lugar. Aunque claro, su mano derecha siguió fija en el mango de ésta.

    —Pareces muy tenso, Kurt —musitó Esther de pronto, inclinándose al frente y casi apareciendo repentinamente a un lado de la cabeza del conductor. Éste se estremeció un poco por la sorpresa, y casi perdió el equilibrio del auto, aunque logró controlarlo con bastante maestría. Esther rio divertida por su reacción, y entonces siguió hablando con ese tono provocador tan propio de ella—. ¿Acaso te estresa estar rodeado de tantas personas que podrían… matarte en un parpadeo si muestras el menor signo de debilidad? ¿Por eso cargas con esa fachada de macho alfa y no sueltas tu arma ni para conducir?

    —Regresa a tu lugar, fenómeno —le ordenó Kurt con brusquedad, sin interesarse mucho en medir sus palabras. La sonrisa despreocupada de Esther se esfumó un poco al oír tal comentario, aunque no del todo.

    La mujer de Estonia se inclinó más hacia él, colocando una mano sobre su hombro, y sus labios muy cerca de su oído para poder susurrarle:

    —Relájate, estás entre amigos…

    Kurt se estremeció casi como si le hubieran dado un zape con toda la palma en la cabeza, y de inmediato empujó a Esther haca atrás para alejarla de él. Ésta volvió a su asiento como él quería, pero antes de hacerlo del todo echó un vistazo al tablero y lanzó un último comentario al aire:

    —Y deberías echar gasolina, ¿sabes?

    Aquello obligó a Kurt a bajar su mirada hacia el indicador de la gasolina en el tablero. En efecto, la aguja roja estaba ya casi rebasando el último octavo, aproximándose a la peligrosa “E” al extremo del semicírculo. La noche anterior habían ido y venido a Malibú, así que no era de extrañarse que el tanque ocupara recarga.

    Un poco a regañadientes, Kurt se orilló para poder tomar una salida a la lateral y así poder ir a una gasolinera cercana. Dio con una justo unos tres minutos después, un poco más concurrida de lo que le hubiera gustado pero no era una situación para ponerse quisquilloso. Se colocó justo en la bomba número 4, apagó el motor, y entonces se giró hacia Mabel, haciendo su saco a un lado para que la mujer (o lo que fuera) viera con facilidad su arma; aunque no era como que necesitara enserio un recordatorio que estaba ahí.

    —Tú vienes conmigo —pronunció Kurt con seriedad, y claramente no era una sugerencia.

    —Nada de eso —saltó James de inmediato, abalanzándose al frente con la aparente intención de tomar a Kurt. Y éste, por supuesto, reaccionó al mismo tiempo para desenfundar su arma, dispuesto a volarle la tapa de su cabeza a ese sujeto sin importarle en dónde estaban; igual tenía suficiente gasolina para salir disparado de ahí de inmediato.

    Aquello definitivamente parecía que terminaría mal, sino fuera por la rápida intervención de Mabel, que de inmediato se giró hacia ambos hombres, colocando una mano sobre el brazo de James, y otra más sobre el de Kurt. Ambos, con su sólo tacto sobre ellos, se quedaron quietos en su lugar; prácticamente congelados.

    —Está bien, James —murmuró la Doncella despacio, con sus ojos color miel serenos y fijos en su compañero—. Está bien…

    James la miró de reojo, y casi por mero reflejo fue retrocediendo hasta colocarse de nuevo en su asiento; casi como si todo el enojo que lo había poseído hubiera simplemente desaparecido.

    Todo aquello ciertamente sorprendió a Esther, que observó en silencio.

    Una vez que James estuvo de nuevo sentado, la atención de Mabel se viró hacia Kurt, teniendo aún su mano posicionada en su brazo. El guardaespaldas la observó intentando parecer calmado, aunque lo cierto era que su cercanía, y la intensidad de sus ojos, lo habían puesto profundamente nervioso.

    —Tú das las órdenes, paleto —susurró la Doncella despacio, retirando entonces sus dedos lentamente de él—. Te sigo.

    Kurt no respondió nada. Simplemente guardó de regreso su arma, y salió apresurado de la camioneta. Justo como le había indicado, Mabel bajó también, y ambos se dirigieron al interior de la tienda de autoservicio para pagar la gasolina, y quizás comprar algunas otras cosas aprovechando la parada.

    —Paleto —murmuró Esther con tono jocoso—. ¿No se les ocurrió un mejor insulto?

    Volteó en ese momento a ver su compañero de asiento que, por supuesto, miraba atento por la ventanilla como Mabel y Kurt ingresaban en la tienda, y se perdían de su vista. Sus hombros tensos y puños apretaban dejaron en evidencia su incomodidad y enfado por todo eso.

    —¿Siempre eres tan posesivo con ella? —Musitó Esther con tono de burla—. Los perros falderos y en exceso leales tienden a aburrir a las chicas, ¿sabes? Aunque…

    Esther se aproximó en ese momento, moviendo su cuerpo por el asiento hasta prácticamente pegarse contra él, cadera con cadera. Sólo hasta entonces James se viró a mirarla, sorprendido y hastiado. El pequeño cuerpo de la mujer contrastaba demasiado en comparación al grande y corpulento de la Sombra.

    —A mí, alguien tan grande y varonil como tú difícilmente llegaría a aburrirme… —musitó con un tono coqueto, mientras movía sus dedos juguetones por el brazo izquierdo del hombre.

    —Por favor, ¿puedes dejar de ser tan asquerosa por un segundo? —Exclamó Lily desde el asiento trasero con fastidio.

    —Ah, ¿ya me hablas de nuevo? —Murmuró Esther con ironía, volteando a verla sobre su hombro un instante, aunque casi de inmediato giró su atención de regreso a James—. Ignórala, sólo es una pequeña diablilla a la que aún no le crecen los cuernos por la pubertad. Finjamos que no está aquí.

    Dicho eso, Leena se tomó el atrevimiento de colocar una de sus manos sobre el muslo de James, aunque sólo logró mantenerla ahí un segundo antes de que él la tomara y la apartara con algo de brusquedad; tanto que el delgado cuerpo de la mujer se inclinó hacia un costado en su asiento.

    —¿Cuál es tu maldito problema? —Cuestionó la Sombra con enojo

    Esther rio divertida, apoyándose sobre su codo en el asiento, y mirándolo sobre su hombro con una expresión claramente provocadora.

    —Ya sabes… lo usual. Madre muerta, padre abusador, un deseo insano de llenar mi vacío de amor con lo que pueda, y una violenta aversión al rechazo. ¿Y el tuyo?

    James la contempló en absoluto silencio por un rato; y, de hecho, esa bien podría ser la primera vez que en verdad la observaba. Claro, la había seguido de cerca desde Washigton, vigilando sus movimientos hasta que llegaron a Los Ángeles. Y por supuesto, ya sabía que a pesar de su apariencia, no era ni de cerca una niña. Pero, en ese mismo instante, el Verdadero se dio cuenta de que había algo más detrás de esa fachada; algo que se sintió en su interior como una sensación fría y dolorosa…

    —¿Qué demonios eres? —Soltó James de golpe, casi sin proponérselo conscientemente.

    Esther sonrió, de nuevo complacida por causar una reacción tan palpable en ese hombre.

    —Esperaba que ustedes pudieran decírmelo —canturreó Esther con sarcasmo—. ¿Te enseño un truco?

    Se estiró en ese momento hacia el frente del vehículo, específicamente hacia el encendedor de mechero, el cual presionó con su dedo para activarlo. Se quedó en esa posición un rato hasta que se calentara lo suficiente; James la observaba con confusión. Una vez que estuvo listo, retiró el mechero de la toma y se sentó de nuevo en su sitio. La resistencia en el interior resplandecía claramente de un intenso anaranjado.

    —¿Qué piensas hacer con esa cosa? —Exclamó James con cierta alarma, que de nuevo hizo que Esther riera entretenida.

    —Ya te lo dije, sólo quiero mostrarte un truco…

    Y sin más, la mujer de Estonia introdujo su dedo pulgar en el interior del mechero, como si de un puro se tratase. Soltó de inmediato un chillido de dolor, apretó sus ojos con fuerza y dobló su cuerpo al frente. Aun así, dejó el dedo en su lugar, hasta que el calor se fue esfumando poco a poco.

    —¿Qué demonios estás haciendo, demente? —Musitó James, inseguro sobre qué era lo que estaba ocurriendo.

    —Un segundo, guapo —susurró Esther, casi al borde de las lágrimas. Y entonces, sacó lentamente su dedo chamuscado y lo alzó hacia James, para que éste pudiera ver con claridad la forma oscurecida de la resistencia dibujada en su piel—. Y ahora… Tadá

    Y ante los ojos incrédulos de James, la marca de quemadura se fue difuminando poco a poco, combinándose con el tono normal de su piel casi como si alguien estuviera pasando un borrador sobre una hoja. Y tras unos segundos, el dedo de aquella mujer simplemente había vuelto a la normalidad; como si nada hubiera pasado.

    James observó aquello, atónito, aunque no era precisamente algo nuevo para él en realidad. Sí, en efecto ya había visto heridas curarse así de rápido antes; incluso en él mismo…

    —¿Eres una Verdadera? —Preguntó la Sombra con vacilación.

    —Soy bastante verdadera, cariño —le respondió Esther juguetona, y metió en ese momento su pulgar a su boca, quizás con la intención de calmar un poco el ardor que aún sentía en él—. Pero no sé a qué te refieres exactamente. Lo único que sé es que al parecer morí, y cuándo volví a la vida ya era así. Y entiendo que ustedes dos son algo parecido, ¿no es cierto?

    Una vez pasada la impresión inicial, James pudo pensar mejor en lo que acababa de ver, llegando rápidamente a la conclusión de que nunca había visto algo parecido antes. Aunque en apariencia parecía similar a cuando alguno de ellos se curaba de sus heridas o rejuvenecía, esto él lo había visto únicamente en el momento en el que consumían vapor. Y, dependiendo de la gravedad de la herida, solían ocupar bastante más vapor que el usual para poder curarse por completo.

    Además, lo que percibía de esa mujer, niña o lo que fuera, no era como lo que percibía en sus otros hermanos Verdaderos. Y se basaba principalmente en su olor, y esa esencia que la impregnaba. No era como la de los paletos, eso era seguro; pero definitivamente tampoco era como ellos. Así que, fuera lo que fuera esa mujer, no era una Verdadera.

    —No, no somos nada parecido a eso —le respondió James con sequedad tras unos instantes de silencio, y se viró entonces rápidamente de regreso a la ventanilla.

    —No eres tan interesante como guapo, ¿cierto? —Musitó Esther con ironía. Miró entonces más allá de la Sombra, notando que en efecto éste miraba de nuevo hacia la tienda—. ¿Qué tiene la tal Mabel para que le seas tan leal? —Comentó de pronto, sin recibir ningún tipo de respuesta o reacción por parte de James—. Ah, ¿coge así de bien?

    Aunque en efecto fue apreciable la molestia que aquel último comentario le había causado al receptor del mismo, sorprendentemente quien tuvo la reacción más notable fue Lily, que soltó un sonoro quejido de fastidio, y justo después de dirigió a la puerta más cercana a ella para abrirla con rapidez.

    —¿Qué?, ¿vas a intentar escapar de nuevo? —preguntó Esther.

    —Sólo iré por un jodido chocolate —respondió Lily con brusquedad, y se bajó de la camioneta de un salto, para luego caminar con paso veloz hacia la tienda, dejando la puerta abierta detrás de ella.

    —Tráeme uno —le gritó Esther con fuerza, pero Lily ni siquiera la volteó a ver.

    De todas maneras no importaba.

    —Al fin solos… —jugueteó aproximándose de nuevo hacia James para pegarse contra él.

    En esta ocasión, sin embargo, el Verdadero fue más allá con su reacción, y no sólo la apartó de él sino que encima también se bajó del vehículo, cerrando la puerta justo después casi en la cara de Esther.

    —Corrijo… —susurró despacio, acomodándose con sus dedos un par de mechones fuera del lugar—. Al fin sola…

    Se sentó derecha en su lugar para esperar a que sus “compañeros” volvieran. Apoyó su cabeza contra el respaldo, y miró pensativa hacia el techo del vehículo.

    — — — —

    El interior de la tienda estaba bastante más concurrido de lo que el exterior podía dar a parecer; lo suficiente para que Kurt se cerrara su saco y mantuviera su arma lo menos visible posible.

    Mientras el guardaespaldas hacía fila para pagar la gasolina, Mabel se tomó la libertad de alejarse un poco y caminar por los pasillos y revisar los estantes. Kurt la miró fijamente, indicándole con su sola mirada que no se le ocurriera hacer algo estúpido. Mabel sólo rodó sus ojos (de forma discreta) y caminó calmada por ahí, dando la impresión de que estaba buscando algún bocadillo para calmar su hambre. De todas formas sabía que Kurt no haría nada que fuera sospechoso con toda esa gente ahí. E igual ella no tenía pensado hacer nada “estúpido”; sólo tenía deseos de alejarse un poco de su casi captor, y despejar su mente.

    Despejar su mente… sí, quizás eso era lo que necesitaba.

    Caminó de manera distraída frente a los diferentes estantes y mostradores, pasando sus dedos por algunas de las superficies de estos. Pequeños destellos de recuerdos surgieron en su mente mientras hacía eso, de seguro pertenecientes a los paletos que habían estado recientemente por ahí tocando todo con sus aceitosos y regordetes dedos. Y aunque eran muchos, estos no la agobiaban en lo absoluto. Sus poderes estaban en perfecta sintonía, y su mente tan clara que podía acomodarlos de la forma adecuada para que no terminara siendo sepultada en ellos.

    Hacía mucho que no se sentía así de bien; quizás no desde antes de la infección…

    Pensaba también en lo que había ocurrido hace sólo unos minutos en el vehículo; como Kurt y James se habían detenido ante su sólo deseo. ¿Los había empujado para que lo hicieran solamente con su encanto natural? ¿O había sido algo más? Se sentía tentada a suponer que había sido lo segundo.

    ¿Era acaso gracias al vapor? Ciertamente había consumido bastante más en esos días de lo que había logrado consumir en los meses anteriores, o incluso en el último año. Pero, ¿suficiente para que los síntomas y la debilidad causados por la enfermedad desaparecieran? Temía que empezara a quizás confiarse de más, y terminara cayendo de nuevo en lo mismo…

    Su mente fue jalada de golpe lejos de esos pensamientos en el momento justo en el que pasó frente a un aparador de gafas oscuras. En cuanto sus ojos se posaron en el pequeño espejo que acompañaba dicho mueble para poder verse con los diferentes modelos, además de su propio reflejo pudo ver por encima de su hombro el rostro de alguien más; el reconocible y hermoso rostro de una mujer… con su perpetua chistera adornando su cabeza.

    Mabel mantuvo la calma, respirando lentamente por su nariz. Se viró discretamente para mirar de reojo sobre su hombro, esperando que al hacerlo aquella visión de ultratumba ya no estuviera ahí. Pero no fue así; de hecho, ésta incluso se atrevió a sonreírle triunfal, como un morboso saludo.

    —Los tienes dando vueltas por la ciudad como gallinas sin cabeza —musitó la figura de Rose, su voz resonando con completa claridad en sus oídos. Mabel reaccionó, avanzando ahora hacia el fondo de la tienda, aunque con más prisa que antes. Rose, o lo que fuera esa visión, la siguió sólo unos pasos detrás—. ¿En verdad piensas que alguien te creerá que eres incapaz de encontrar a la mocosa con las defensas tan bajas como las tiene?

    —Deja de hablarme —musitó Mabel en voz muy baja, esperando que nadie más la oyera—. Tú no estás aquí. Estás muerta…

    —¡No!, ¿enserio? —Exclamó Rose con falsa sorpresa—. ¿Y la culpa de quién crees que es?

    —¡No mía! —Soltó Mabel de golpe, sonando prácticamente ofendida por la evidente acusación.

    A diferencia de Rose, cuya voz en efecto no parecía ser captada por nadie más que ella, en cuanto Mabel pronunció aquellas palabras más de uno de los clientes de la tienda se viraron a verla; algunos de forma discreta, otros como Kurt de forma bastante más directa. Mabel disimuló, como si no se hubiera percatado de ello, y centró su atención en el estante de papas fritas, viendo cada producto como si realmente estuviera intentando decidirse por uno.

    —¿Por qué estoy viéndote? —Murmuró, de nuevo volviendo al tono discreto de hace unos momentos—. ¿Acaso la enfermedad que nos contagiaste ya consumió al fin mi cerebro?

    —Quisieras que fuera tan simple, ¿no? —Murmuró Rose con voz sarcástica—. Pero tú misma ya te diste cuenta de que has consumido suficiente vapor, y tu debilidad y síntomas se han aplacado. ¿No es cierto? —Mabel no respondió nada, pero en efecto era justo lo que estaba pensando unos momentos atrás—. Por lo mismo, deberías ser capaz de encontrar a esa chica y sus acompañantes sin problemas.

    —Es una ciudad demasiado grande y llena de personas. Hay muchas presencias…

    —Excusas —le cortó Rose tajantemente—. En nuestro mejor momento, podíamos distinguir fácilmente a seres como ellos entre la multitud; resaltaban como faros en la oscuridad. Lo que ocurre es que no quieres encontrarla, porque le temes.

    —No es cierto —respondió Mabel rápidamente, sólo hasta ese momento atreviéndose a mirarla de frente—. Solamente aún no he decidido qué hacer con exactitud cuando la encuentre. Ella podría ser la única que…

    Rose bufó con fastidio, girando el rostro hacia otro lado antes de que la Doncella pudiera terminar su explicación.

    —¿Sigues considerando siquiera la posibilidad de pedirle ayuda a la mocosa, cuando una mejor opción se ha presentado ante ti como caída del cielo?

    —¿De qué hablas? —murmuró Mabel con desconcierto.

    —¿Ni siquiera te diste cuenta? —le respondió Rose con una media sonrisa dibujada en sus labios—. Tu falta de visión me resulta más preocupante que molesta.

    Antes de que pudiera replicarle algo, y dejando un pequeño aire de misterio a su alrededor, Rose comenzó a caminar por el pasillo, esperando sin lugar a duda que la Doncella la siguiera; y así fue. Para esos momentos Mabel parecía ya haberse olvidado por completo que estaba prácticamente hablando con un fantasma, un engaño de su propia mente, o quizás alguna otra cosa que desconocía. Por ese instante, ella sentía que estaba realmente hablando con su antigua mentora y líder, siguiéndola fielmente en espera de escuchar su consejo. Y éste, por supuesto, no tardó mucho en llegar.

    —Su enfrentamiento de hace unos momentos los dejó muy débiles a ambos; a Thorn y a la tal Abra. Están vulnerables y expuestos, y tú debes aprovecharlo para así terminar con esto de una vez por todas. Encuentra a la chica, y exprímele todo, hasta la última gota de su vida. No guardes nada, consume hasta que revientes. Y luego haz lo mismo con todos los que están con ella… y también con las tres niñas.

    Mabel no tuvo que preguntar a qué tres niñas se refería; ella lo supo de inmediato.

    En ese momento, casi como un presagio, la puerta de la tienda se abrió y Mabel se giró rápidamente en dicha dirección. Su mirada se cruzó con la de Lily, que iba entrando despreocupada, aunque visiblemente molesta. Ambas se miraron unos segundos, antes de que Mabel se girara de nuevo a los anaqueles, restándole importancia. Lily siguió de largo en dirección al pasillo de los chocolates.

    —Cualquier rastro que te quede de la enfermedad, desaparecerá —añadió la voz de Rose cerca de su oído derecho—, y tus poderes se incrementarán como nunca. Serás invencible… más que suficiente para acabar tú sola con el mocoso paleto en su estado actual.

    —¿Invencible…? —Murmuró Mabel dubitativa—. Pero… ¿y qué hay de James?

    —¿Qué con él?

    —Debería compartir algo de ese vapor con él, para que también se cure y tenga fuerzas suficientes. Juntos tendremos más oportunidad…

    —Esto sólo funcionará si uno de ustedes obtiene todo el botín —respondió Rose tajante—. Y seamos honestas, las dos sabemos que la más poderosa siempre has sido tú. Y de todas formas, una vez que elimines a tus dos enemigos, ya nada los detendrá. Podrás recorrer de nuevo las carreteras libremente, y buscar a todos estos vaporeros que se han mantenido escondidos estos años. Podrás saciar sin problema tu hambre y la de tu hombre, e incluso crear un Nuevo Nudo… como su líder.

    Mabel se estremeció al escuchar esas palabras, sus pies quedaron petrificados en su sitio.

    —¿Un Nuevo Nudo? ¿Yo…? —Susurró con incredulidad, viendo de reojo como la figura de Rose pasaba caminando a su lado, y se dirigía justo a un aparador a un lado de la puerta principal de la tienda.

    —Siempre fuiste mi mayor esperanza para el futuro, mi Doncella —indicó Rose con solemnidad—. Cumple con tu deber, acaba con nuestros enemigos, y haz que nos alcemos de nuevo.

    Rose se paró delante del aparador, pero señaló con su cabeza justo a una parte superior de éste, en donde había varios sombreros. La mayoría eran de viaje, de paja o lona, frescos para la playa o un día caluroso. También había algunas gorras, y un par de boinas. Pero entre todos ellos resaltaba un modelo en específico, sintiéndose casi como fuera del lugar entre los otros: un sombrero negro y redondo, de estilo clásico; posiblemente un bombín.

    Mabel se aproximó lentamente hacia el estante, contemplando aquel sombrero tan anticuado con mucha atención. Extendió sus manos, lo tomó con exceso de cuidado, casi como si temiera romperlo, y lo sostuvo frente a su rostro. La tela oscura brillaba ligeramente cuando la luz resbalaba por él. Era tan común, incluso corriente. Pero aun así, le causó una palpable fascinación.

    —Somos los elegidos —escuchó la voz de Rose susurrándole justo a un lado de su oído—. Somos los afortunados. Somos el Nudo Verdadero…

    —Muévanse —escuchó la voz de Kurt pronunciar de golpe, sonando claramente como una orden.

    Mabel se viró hacia un lado, el momento justo para ver a Kurt dirigirse a la puerta con apuro. Lily venía detrás de él, con su chocolate en la mano. Kurt abrió la puerta y la niña salió sin voltear atrás. Kurt permaneció en la entrada, observando a Mabel con impaciencia.

    La Doncella miró una vez más el sombrero en sus manos, y entonces se lo colocó con cuidado en su cabeza, girándolo un poco para que quedara en la posición correcta. Le quedaba perfecto.

    Al mirar sobre su hombro una vez más, no le extrañó que, como las veces anteriores, Rose ya no estuviera más ahí.

    —Nosotros perduramos… —susurró despacio para sí misma, pero no reflejando ni un poco la nueva y firme resolución que había surgido en ella.

    FIN DEL CAPÍTULO 104
     
  5.  
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    Resplandor entre Tinieblas
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    Resplandor entre Tinieblas

    Por
    WingzemonX


    Capítulo 105.
    Volver a casa

    Adrián Woodhouse arribó a Los Ángeles ya avanzada la tarde, en un vuelo express desde New York. Apenas pudo descansar un par de horas tras bajarse de su largo vuelo desde Grecia, pero extrañamente no se sentía cansado. Su mente estaba demasiado ocupada en pensar en tantas cosas al mismo tiempo como para darse el lujo de cansarse.

    Su pequeña expedición a California sería uno de esos viajes discretos donde no llevaría ni guardaespaldas, ni asistentes, ni ningún tipo de séquito que pudiera llamar de más la atención. Si todo salía como quería, nadie se enteraría siquiera de que estaba en la ciudad, salvo la gente que fuera necesario.

    Solicitó un transporte privado en el aeropuerto con otro nombre, y con su poco equipaje en la cajuela se dirigió directo a Beverly Hills. Sin embargo, a pesar de sus precauciones, su atuendo más casual y sus gafas oscuras, desde que su conductor lo miró Andy detectó con facilidad que lo había reconocido, aunque aquel hombre de momento no hizo ningún comentario. Andy esperaba que, siendo Los Ángeles, ya estuviera bastante acostumbrado a transportar celebridades en su vehículo; algunos de seguro más famosos que él.

    El viaje comenzó fluido y rápido. Sin embargo, conforme fueron acercándose a su destino, su avance se fue desacelerando por el tránsito, hasta que tras unos minutos de incorporarse a una avenida principal, el vehículo prácticamente se quedó parado en el tráfico apenas avanzando un poco cada minuto.

    Pasados cerca de quince minutos sin que hubieran avanzado demasiado, Andy comenzó a impacientarse un poco; algo indignó de él, en la opinión de algunas personas.

    —¿Este tráfico es usual? —preguntó con tono pensativo desde el asiento trasero del Buick, mientras admiraba por la ventanilla a los demás automóviles.

    —Siempre hay tráfico a esta hora, pero no a este nivel —le informó el conductor—. Debió de haber ocurrido un accidente, o quizás alguna avenida está bloqueada por obras de construcción.

    —Entiendo…

    Andy no era ajeno a los congestionamientos de las grandes ciudades, ni siquiera los de ahí mismo en L. A. Sin embargo, no pudo evitar cuestionarse si de nuevo la mano interventora de algo, o alguien, le ponía trabas en el camino de cumplir su encomienda actual. Y si era así, y si el responsable era quién tanto sospechaba, realmente desearía que Él fuera más claro con lo que quería que hiciera exactamente.

    Aunque claro, quizás sólo sobre pensaba las cosas. Accidentes que arruinaban el tránsito podían ocurrir todos los días, sin intervención externa adicional a la propia estupidez humana.

    —Sr. Woodhouse —escuchó que el conductor le hablaba de nuevo, haciéndolo dirigir su mirada hacia la parte delantera. Logró percibir los ojos serenos del hombre reflejándose en el espejo retrovisor, aunque supo sin lugar a duda que estaba viendo directo hacia su reflejo—. Sé que de seguro se lo dicen todo el tiempo, pero tengo que decirle que en verdad lo admiro. Usted es una inspiración para mí.

    —Muchas gracias, lo aprecio —musito Adrián, procurando que se percibiera dicha al escucharlo, y no la absoluta indiferencia que le producía en realidad su comentario.

    Pese a que habitualmente lo disfrutaría, lo que menos le interesaba a Andy en esos momentos eran los vagos halagos de un donnadie como ese que desconocía la gran importancia de ese viaje en el que era partícipe. Sin embargo, su actitud inevitablemente cambió al escuchar el siguiente comentario que le compartió aquel hombre…

    —En especial me desgarró conocer la historia de su madre —musitó el chofer despacio, jalando una vez más la atención del músico hacia el reflejo de sus ojos en el espejo—. Yo... de cierta forma me identifiqué con usted cuando escuché cómo la ha cuidado todos estos años desde que la encontró, sin perder la esperanza de que algún día despierte. Sé que no es lo mismo, pero mi madre padece de Alzheimer, y estos últimos años… han sido difíciles.

    Hizo una pequeña pausa reflexiva, y entonces añadió por último:

    —Pero seguimos adelante; cada día hacia adelante, como usted siempre dice en sus canciones.

    Su madre… por supuesto que tenía que mencionar a su madre. Casi pareciera que supiera con anticipación la pequeña reacción que tenía en él ese tema en esos momentos. ¿Otra jugarreta de su padre, acaso?

    —¿Cómo te llamas? —le preguntó Andy sin muchos rodeos, tomando al conductor un poco por sorpresa.

    —¿Yo? George, señor. Para servirle.

    Andy inclinó entonces su cuerpo hacia el frente, posicionándose entre los dos asientos delanteros para así poder colocar una de sus manos justo sobre el hombro izquierdo del hombre. Ese sólo contacto provocó algo en el chofer; una sensación cálida que le recorrió el cuerpo entero, y que le impidió moverse o desviar su mirada en otra dirección que no fuera el camino al frente.

    —George —pronunció su pasajero con voz suave y clara—. Mantén siempre esa hermosa sonrisa en tu rostro, sin importar qué. Hazlo, y te prometo que todo será mejor de aquí en adelante.

    Esas simples palabras parecieron tener un curioso efecto en George. Le resultaron relajantes, como una pequeña ducha de agua caliente que se llevaba consigo cualquier preocupación o miedo; incluso aquellos que no sabía siquiera que cargaba. Y, justo como Andy le había solicitado, sus labios dibujaron una amplia sonrisa de alegría en ese momento.

    —Gracias, señor Woodhouse —murmuró George con una contagioso alivio en su tono.

    Andy se hizo hacia atrás, volviéndose a sentar con su espalda apoyada contra el asiento, y su vista fija en el exterior. No estaba seguro de por qué había hecho eso en realidad, pero tampoco tenía interés en cuestionárselo demasiado. Esperaba que al menos ese pequeño “empujón” le resultara de utilidad a ese individuo.

    —En cuanto puedas, ¿podrías orillarte? —indicó Andy de pronto—. Creo que caminaré desde aquí.

    —¿Está seguro? —le cuestionó George, un poco preocupado.

    —Sí, no te preocupes. El lugar al que voy ya no está muy lejos, y creo que llegaré más rápido a pie.

    No muy convencido, pero aún así con la disposición de obedecer, George hizo lo posible para cambiarse de carril y orillarse poco a poco hacia la acera del lado izquierdo. Le tomó algunos minutos, pero al final logró estacionarse en un pequeño lugar libre entre otros dos vehículos.

    Una vez que pudieron parar, el conductor se dirigió de inmediato a la cajuela para sacar el equipaje de su pasajero. Éste al mismo tiempo se bajó del vehículo, estirando un poco sus piernas y su espalda. Alzó su mirada al cielo, admirando a través de sus lentes oscuros el cielo despejado y luminoso de Los Ángeles. Aunque, a pesar del clima actual, su aguda nariz percibía un aroma lejano de humedad y tierra; en algún lugar quizás estaba lloviendo, y era probable que esas nubes cargadas de agua se estuvieran acercando a ellos poco a poco.

    Cuando bajó de nuevo la mirada, George ya había colocado su maleta en la acera a su lado.

    —Gracias, George —murmuró el músico tomando la maleta por su manija—. Fue un gusto conocerte.

    —El gusto fue mío, señor Woodhouse —asintió el hombre con humildad.

    Andy comenzó a andar en dirección a su destino, pero se detuvo apenas un par de pasos después y se viró rápido hacia el chofer, antes de que éste se subiera por completo de regreso al vehículo.

    —Una cosa más —le indicó con seriedad, alzando un dedo en su dirección—. Mi viaje aquí debe ser discreto. ¿Entiendes lo que digo?

    —Descuide, no se lo diré a nadie —respondió George con firme seguridad.

    —Confío en ti, amigo —comentó Andy, bajando un poco sus gafas para ofrecerle un pequeño guiño de complicidad.

    Aclarado ese puto, Andy comenzó a avanzar con paso relajado por la acera, arrastrando detrás de sí su maleta con ruedas. No estaba seguro si en efecto George le guardaría el secreto o no, pero al final quizás daría lo mismo. Sabía bien que sería imposible pasar del todo desapercibido en realidad.

    Caminó sin mucho contratiempo por varios minutos, abriéndose paso entre la multitud sin llamar demasiado la atención. Al menos un par de personas de seguro repararon en él, y quizás se preguntaron si en efecto era quien creían que era, pero sin llegar a mayores. Sin embargo, conforme más avanzaba y se acercaba a su destino final, más notaba que la multitud de gente iba en aumento, así como los vehículos atorados en el tráfico.

    Al final, al ya estar en la cuadra del Edificio Monarch, notó de inmediato las luces azules y rojas de las patrullas de policías estacionadas justo al frente. Además de los vehículos, estaban además varios uniformados que vigilaban la entrada, y claro los curiosos que observaban todo desde afuera pero sin poder acercarse demasiado por el cerco policial que habían colocado en la calle.

    Aquello dejó a Andy absorto unos momentos en su sitio, haciéndolo además pensar rápidamente en las posibilidades de que todo ese ajetreo no tuviera relación alguna con Damien; posibilidad que, sabía bien, era bastante improbable.

    Con algo de resignación en su paso, Andy se aproximó un poco más a los curiosos.

    —¿Qué ocurrió? —preguntó con voz neutra a un grupo de personas que estaban justo frente al cerco policial, observando atentos al edificio y grabando con sus teléfonos celulares.

    —Aún no dicen nada, pero parece que un par de personas se metieron sin permiso a un departamento o algo así —contestó un hombre con desinterés, sin voltear a verlo.

    —Claro, pasa eso en un edificio de gente rica y media policía de Los Ángeles está aquí —señaló con algo de disgusto una mujer a su lado—. Si pasara en cualquier otro vecindario, seguiríamos aún esperando que la policía llegara. ¿No le parece injusto?

    —Por supuesto —murmuró Andy en voz baja, sin reflejar realmente alguna emoción negativa o positiva al respecto.

    La mente de Andy se dirigió de inmediato a lo que Lyons les había advertido con respecto al próximo movimiento del DIC, y se cuestionó si acaso ya era demasiado tarde. Si algo tan grave como lo que temían hubiera ocurrido, esperaría que la seguridad de Damien se los hubiera notificado de inmediato… al menos claro que todos estuvieran muertos.

    Pensó si debía llamarle a Lyons y ver si acaso él podía confirmar sus sospechas con su supuesto contacto. O, si por otro lado, lo mejor era que ingresara a la escena y viera por su cuenta si podía obtener más información de lo ocurrido.

    Mientras pensaba en ello, su atención en la fachada del edificio se fijó en un hombre alto de traje negro que caminaba hacia el interior por la puerta principal, acompañado de dos uniformados. Los tres conversaban, mientras el hombre de traje señalaba hacia los edificios aledaños. A Andy aquel hombre le resultó familiar. Si no estaba equivocado, era uno de los guardaespaldas de Damien; le parecía que su nombre era William. Si aún estaba por ahí, era definitivamente una buena señal.

    Sin cuestionárselo demasiado, comenzó a andar al frente directo al cerco policiaco, y pasó a través de esté con todo y su maleta para dirigirse a las puertas principales del edificio. No le sorprendió que justo unos pasos antes de poder ingresar, uno de los oficiales de policía se interpusiera en su camino, y alzara una mano hacia él en señal de “alto” para detenerlo.

    —Disculpe, no puede pasar —le indicó el oficial, un hombre delgado de piel oscura.

    —¿Y eso por qué? —le preguntó Andy, fingiendo una inocente confusión.

    —Hay una situación. Pero no se preocupe, nos iremos en unos minutos.

    A Andy le alegró oír eso, pues la manera en que lo decía sonaba a que lo ocurrido no había sido tan grave; nadie había muerto, nuestro había sido secuestrado... Pero aún así, no tenía la paciencia suficiente para esperar “unos minutos”.

    —¿Hay algún herido? —cuestionó curioso, inclinando su cabeza hacia un lado para intentar ver hacia el recibidor.

    —No señor, todo está bajo control… —El oficial calló unos momentos, arrugó un poco su entrecejo mientras observaba fijamente a Andy, y tras unos segundos musitó—: Oiga, ¿usted no es…?

    —¿Cómo te llamas, hijo? —inquirió Andy de pronto antes de que el oficial terminara su pregunta, y al mismo extendió su mano derecha hacía él, sujetándolo con un pequeño apretón de su brazo.

    Los ojos del policía se quedaron quietos, al igual que todos los músculos de su rostro, como si fuera el de una estatua de piedra. Y tras unos instantes, respondió la pregunta de Andy con voz escueta y monótona, apenas abriendo lo suficiente su boca.

    —Vic Ramírez, señor.

    —Vic, en serio necesito pasar —murmuró Andy lento y claro.

    —Necesita pasar —repitió el oficial de la misma forma que antes.

    —Y tú no ves ningún problema con eso, ¿correcto?

    —No veo ningún problema con eso —afirmó totalmente carente de emoción en su voz, pero aun así cuando Andy lo soltó, él se hizo a un lado para dejarle el camino totalmente libre—. Pase, por favor.

    —Te lo agradezco.

    Andy ingresó al edificio como se lo proponía en un inicio, y el oficial Ramírez no hizo nada para detenerlo. De nuevo había tenido que recurrir a un pequeño “empujón”, pero en esa ocasión uno un tanto diferente al del buen George.

    Al pisar el vestíbulo, no tardó mucho en divisar a William frente a los elevadores, aun charlando con los mismos dos oficiales. Y éste no tardó tampoco mucho en darse cuenta de su presencia, como bien dejó entre ver su mirada llena de asombro puesta justo en él.

    —Un momento, por favor —le indicó el guardaespaldas a los dos oficiales, y sin espera se acercó con paso apresurado hacia Andy. Éste se quedó en su sitio, aguardando—. Sr. Woodhouse… —murmuró una vez que estuvo delante de él. Miró entonces sobre su hombro para asegurarse que no hubiera nadie lo suficientemente cerca, y entonces pronunció aún más despacio y con actitud bastante más sumisa que antes—: Maestro, ¿qué hace aquí…?

    William era bastante alto y musculoso; más que Andy, y sin mucho problema. Aun así, fue notable como su actitud se volvió temerosa en presencia del recién llegado; casi como un niño asustadizo. La presencia repentina y sin aviso del Apóstol Supremo definitivamente podía tener ese efecto.

    —¿Dónde está Damien? —cuestionó Andy de golpe y sin muchos rodeos.

    —Él está bien, está ileso —se apresuró William a aclarar—. Pero aún hay dos detectives arriba haciéndole preguntas.

    Andy miró de reojo hacia arriba mero instinto al escuchar eso. Al menos Damien estaba ahí y estaba bien, según ese hombre ante él declaraba. Pero era más que apreciable la indeseable atención que se había depositado en ese sitio, fuera ello culpa del DIC, o quizás de algún otro desajuste provocado por el propio Anticristo. Cualquiera de las dos opciones que fuera, era su deber intentar aplacarlo lo mejor posible, ya que estaba ahí.

    —Acompáñame y cuéntame todo lo sucedido —ordenó el músico, dirigiéndose sin más a los elevadores—. La versión real y la oficial.

    —¿Está seguro que es prudente que lo vean aquí en este momento? —le cuestionó William nervioso, mientras lo seguía con paso dubitativo.

    —Deja que yo me preocupe por eso. Tienes quince pisos para explicarte, así que empieza rápido.

    Andy presionó de inmediato el botón del elevador, y las puertas del más cercano a su derecha se abrieron. Ingresó a éste acompañado del guardaespaldas, que en efecto aprovecharía lo mejor posible para resumirle lo acontecido durante su ascenso.

    — — — —
    En el pent-house, los sillones de la sala habían sido colocados de nuevo en su lugar. Sin embargo, eso había sido prácticamente lo único que se pudo arreglar (además de sacar a Esther y Lily del edificio junto con James y Mabel) antes de que la policía subiera a ser su esperada investigación. Así que cuando los dos detectives, un hombre y una mujer de nombre Arnold y Samantha respectivamente, arribaron a la escena acompañados de otros dos oficiales, se encontraron con puertas derribadas, ventanas rotas, una mesa de centro hecha pedazos, agujeros de bala en las paredes y techos, y una extraña mancha de humedad en un suelo de madera desquebrajado como si algo pesado lo hubiera golpeado, además de varias manchas de sangre.

    Los hombres del equipo de seguridad de Thorn Industries mostraban algunos golpes, pero Damien Thorn estaba en apariencia totalmente ileso. El joven había logrado cambiarse sus ropas mojadas a tiempo, pero su cabello aún húmedo de seguro dejaba en evidencia que había estado en la piscina recientemente.

    Todo esto en conjunto de seguro hacía muy difícil que la policía se pudiera hacer siquiera una suposición de qué había ocurrido ahí con exactitud. Aun así, Damien respondió todos sus cuestionamientos con admirable tranquilidad, sentado en el apacible sillón individual de la sala. Y aunque su relato parecía en esencia creíble y bien estructurado, el escenario a su alrededor hacía que los oficiales no terminaran de aterrizarlo del todo.

    —Es difícil creer que sólo dos personas hicieron todo esto —señaló el detective Arnold, mientras presionaba la punta de su pie ligeramente contra la parte dañada del suelo.

    —No sé qué decirles, oficiales —les respondió Damien, encogiéndose de hombros—. Quizás tenían bastante rabia acumulada, y buscaban una excusa para dejarla salir.

    Los detectives caminaron en silencio alrededor, contemplando de manera inquisidora cada uno de los estragos. Los forenses ya estaban también ahí para ese punto, tomando fotografías como evidencia. No había habido como tal un crimen mayor que ameritara cerrar la escena y tomar muestras, pero dado el perfil de los afectados los superiores habían indicado que debían esforzarse un poco más de lo usual.

    —Repasemos una vez más los hechos, ¿le parece, señor Thorn? —propuso la detective Samantha, mientras se rascaba su cabeza con desconcierto.

    —Si quiere, pero no sé qué más esperan de mí —suspiró Damien con algo de cansancio—. Ya les dije todo lo que sé.

    —Sólo complázcanos —indicó la detective, sonriendo de manera fable—. Entonces, primero llegó el hombre que se identificó como policía, y unos minutos después la mujer. ¿Es correcto?

    —Me parece que sí.

    —¿Exactamente por qué autorizó que el primer hombre subiera? ¿Lo conocía de algún lado?

    —No. Cómo ya les dije, nunca había visto a ninguno de los dos antes. Y autoricé que subiera porque… —Hizo una pausa, y soltó entonces una pequeña risilla que quizás intentaba parecer inocente—. Bueno, si un policía viene y toca tu timbre, ¿no es lo que se debe hacer? Cómo ustedes dos que están ahora aquí parados haciéndome estas preguntas, por ejemplo.

    —Nosotros nos identificamos con nuestras placas en cuanto llegamos —intervino el detective Arnold, dando un paso al frente y extendiendo su respectiva al placa al frente para que el muchacho pudiera verla—. ¿Este hombre hizo lo mismo?

    —Le mostró su placa al guardia abajo, sino malentiendo.

    —Hablando del guardia… —murmuró la detective Samantha, abriendo su agenda de apuntes para leer algunas de sus notas anteriores—. Él nos mencionó que usted lo autorizó a subir una vez que dijo que lo buscaba por un asunto relacionado con una persona de nombre… —hizo una pausa en lo que buscaba en sus notas justo la que buscaba—. Samara Morgan. ¿Sabe usted quién es esta persona?

    Damien guardó silencio, contemplando atentamente a los dos detectives expectantes de su respuesta. El chico cruzó entonces sus piernas, y se apoyó por completo contra el respaldo del sillón.

    —Sí… —respondió despacio, casi sonando como un pequeño lamento—. Es una niña que fue secuestrada en Oregón de un hospital; lo vi en las noticias. Supuse que aquel hombre era algún policía investigando dicho incidente.

    —¿Y por qué vendría a preguntarle a usted al respecto? —cuestionó Arnold con curiosidad—. ¿Sabe algo, acaso?

    —Por supuesto que no —respondió Damien, casi riendo—. Pero no creí que me viniera a buscar a mí en realidad sino a mi tía, ya que ella estaba aquí conmigo en Los Ángeles hasta hace unas semanas. No sé, supuse que quizás el hospital donde esa niña fue secuestrada era uno de los tantos que Thorn Industries financia, y quizás buscaban a mi tía Ann por algo de información. No había mucho que yo pudiera darles, pero esperaba poder pasarle el mensaje a ella en cuanto pudiera. Sólo quería ayudar… Pero quizás mis pensamientos fueron un poco ingenuos; si soy culpable de algo, de seguro es de eso.

    Samantha y Arnold se miraron el uno al otro, y fue evidente que se cuestionaban qué tan factible les parecía aquella explicación.

    —¿En dónde se encuentra su tía en estos momentos?

    —En Chicago trabajando, supongo.

    —¿Y por qué usted no se fue con ella?

    —Me quedé a ver un par de universidades más en la zona, y fui invitado también a un torneo de tenis en el Club Rotario. Y por ahora, bueno… disfruto del agradable clima antes de volver a la monotonía de siempre. Eso no es un crimen, ¿o sí?

    Una amplia sonrisa despreocupada adornó los labios del joven Thorn, creando de hecho un cierto desconcierto en los dos detectives. Había algo extraño en ese chico que no sabían bien cómo describir. Todo lo que decía, y la forma en cómo lo hacía, sonaba bastante convincente, a pesar de que objetivamente todo ese asunto resultaba en exceso extraño. Además, les incomodaba un poco que en todo ese rato que llevaban ahí, se había mostrado calmado; quizás demasiado calmado, considerando la situación que los atañía.

    —¿Cuánto van a seguir con estas preguntas? —intervino Verónica de pronto, alzando su voz—. Por qué esto cada vez se está pareciendo más a un interrogatorio, y les recuerdo que el Sr. Thorn es aún menor de edad.

    La joven italiana se había mantenido hasta ese momento un poco apartada del asunto, de pie a un lado de la habitación sólo escuchando y observando. Pero en ese momento decidió dar un paso al frente para intentar terminar con eso lo antes posible, antes de que las cosas se fueran por un peor camino.

    —No es un interrogatorio, señorita… —murmuró Arnold, deteniéndose un momento al no tener vivido en su mente el nombre de aquella persona.

    —Verónica Selvaggio —respondió la joven rubia con firmeza—. Trabajo como asistente de la Sra. Thorn.

    —Bien, Srta. Selvaggio, como le dije esto no es un interrogatorio. Sólo queremos comprender mejor qué pasó aquí exactamente. Dos sujetos desconocidos entran, hacen un desastre, no exigen ni se llevan nada, y luego simplemente se van. Es muy extraño, ¿no le parece a usted?

    —No simplemente se fueron —señaló Verónica puntualmente—. El cuerpo de seguridad del Sr. Thorn se encargó de ahuyentarlos; ese es su trabajo, después de todo.

    Al comentar aquello, extendió su mano señalando hacia Jimmy, el tercer guardaespaldas de Damien, que en ese momento aguardaba de pie justo detrás del sillón del muchacho a que ocurriera cualquier incidente, por pequeño que fuera, que pudiera requerir su intervención. Los dos detectives miraron al hombre alto de piel oscura, que los miraba de regreso con cierto recelo. No parecía al parecer muy interesado en hacerlos sentir bienvenidos.

    —Cómo haya sido —señaló la detective Samantha a continuación—, si esto les incomoda de alguna forma, nos encantaría hablar mejor con la Sra. Thorn. Si es tan amable de contactarla por nosotros…

    —A quien contactaré será al abogado de la familia Thorn —lanzó Verónica, casi rozando la amenaza—, que de seguro nos recomendará no contestar ninguna pregunta más.

    —No se verá bien si hacen eso —le advirtió Arnold—. Podría parecer que no quieren cooperar con nosotros.

    —¿Cómo se atreve? —espetó Verónica, marcadamente ofendida. Y definitivamente estaba dispuesta a decir más, pero alguien más intervino abruptamente en ese momento.

    —Verónica —exclamó Damien, con la fuerza suficiente para llamar la atención de todos los presentes. Al mirarlo, la joven italiana se percató de la mirada molesta del chico, puesta fija en ella, y eso la desconcertó—. ¿Quieres guardar silencio y no meterte, para variar? Eres la asistente de mi tía, no la mía. Así que retírate, ¿quieres? Yo puedo atender solo a los oficiales.

    —Pero yo sólo… —intentó Verónica defenderse, pero los ojos centellantes de Damien le indicaron que su “petición” no dejaba lugar a explicaciones ni excusas de su parte.

    Verónica no tuvo más opción que agachar la cabeza y retroceder, alejándose del centro del escenario. Incluso cuando intentaba realmente ser útil, pareciera siempre de alguna u otra forma jalar la ira de Damien hacia ella. Esa situación ya la estaba realmente cansando.

    Una vez que Verónica se retiró, Damien volvió a sonreír afable como antes, y se centró de nuevo en los dos oficiales delante de él.

    —Discúlpenla, por favor —murmuró con un tono risueño—. Tiene el mal hábito de tomar atribuciones que no le corresponden. Como sea, la verdad es que yo estoy igual de confundido que ustedes con todo este asunto. No entiendo qué fue lo que esos sujetos buscaban o querían. No sé si querían secuestrarme, hacerme daño, o sólo tenían algún extraño resentimiento hacia mí o mi familia; no lo sé, en verdad. Solamente agradezco que Jimmy y el resto de mis guardaespaldas hayan estado aquí para protegerme. No sé qué hubiera pasado si no fuera así.

    —Es un jovencito muy elocuente al hablar, Sr. Thorn —señaló Samantha de pronto.

    —Quiero pensar que me lo dice como un halago, detective —farfulló Damien divertido por su comentario. Aunque, ciertamente, ni la propia detective estaba segura de con qué intención lo decía.

    Mientras la conversación continuaba en la sala, Verónica, entre enojada y quizás incluso un poco triste, se dirigió con paso apresurado hacia la puerta principal del apartamento, de la que sólo quedaba en realidad el marco, pues la puerta había sido derribada por Matilda al ingresar. Si Damien no la quería ahí, pues ella tampoco quería estarlo. Bajaría en el ascensor y se iría… en realidad no sabía adónde o a hacer qué, pero cualquier cosa sería mejor que eso.

    Sin embargo, antes de que Verónica pudiera salir del apartamento, las puertas del elevador delante de ella se abrieron, y de éste salieron dos personas. Verónica esperaba que fueran más policía, pero no. Uno de ellos era Willy, otro de los tres guardaespaldas. Y el otro era un hombre de gafas oscuras, barba y cabellos anaranjados que venía arrastrando una maleta detrás de él. En cuanto Verónica vio a este segundo individuo, se detuvo en seco en su sitio, y lo miró al menos dos o tres veces más para asegurarse que en efecto fuera quien le había parecido a primera vista.

    Y en efecto, sí lo era.

    —Sr. Woodhouse —murmuró la joven italiana con sorpresa.

    Andy se detuvo no muy lejos de ella, e igualmente la observó; incluso se retiró con cuidado sus gafas oscuras, quizás en un intento de contemplarla mejor. Era la primera vez que la veía en persona, no se diga tenerla tan cerca y frente a frente. Aun así, Andy reconoció de inmediato quién era.

    —Hola… —murmuró despacio, intentando sonar tranquilo—. Eres Verónica, ¿cierto?

    —¿Usted me conoce? —exclamó Verónica incrédula, y su rostro se pintó rápidamente de rojo.

    —Sí, claro —asintió Andy con seguridad, esbozando además una gentil sonrisa—. Ann me ha hablado mucho de ti…

    Eso, claro, sin mencionar el pequeño secreto que los involucraba a los tres. Ann le había dicho que Verónica no sabía (aún) la parte de ese secreto que lo involucraba a él. Y por su reacción, que no parecía muy diferente a la que tenía cualquier otro miembro de la Hermandad que conocía su puesto e importancia, intuía que en efecto así era.

    Andy había visto algunas fotos y videos de Verónica antes, en especial desde que ésta comenzó a trabajar con Ann. Pero al verla de frente, al tener a alguien supuestamente de su propia sangre justo delante de él, le resultaba una persona tan… común.

    Algunas veces pensó que si se encontraba con ella como en ese momento, sentiría algo o percibiría una cierta conexión, o alguna energía en especial provenir de ella, o quizás incluso tendría alguna visión. Pero no había pasado nada de ello. De hecho, desde su posición, esa chica no parecía más interesante o llamativa que cualquier otra mujer que pudiera haberse cruzado casualmente en la calle.

    Vaya decepción. ¿Sería esa chica en realidad su hija?; valía la pena cuestionárselo, ahora que al parecer conocía mucho mejor a la verdadera Ann Thorn.

    Pero eso no importaba de momento. El asunto que lo había llevado ahí era uno de muchísima más importancia.

    —Vine a ayudar con todo este asunto —indicó Andy, de nuevo con tono seguro y firme—. Willy ya me puso al tanto de lo sucedido. ¿Cómo está todo por aquí?

    Verónica se sobresaltó un poco, como si acabara de darse cuenta que de hecho le estaba hablando a ella.

    —Los detectives siguen interrogando a Damien —indicó la joven, virándose en dirección a la sala—. Creo que sospechan algo, y no los culpo. Todo esto fue… una verdadera locura.

    —Despreocúpate, Verónica —indicó el Apóstol Supremo, y avanzó entonces un par de pasos en dirección a la sala, dándole en su camino un par de palmadas reconfortantes a la joven mujer. Ésta lo siguió con la mirada, en realidad no del todo tranquila por su presencia ahí.

    Andy ingresó con calma a la sala, y su presencia no pasó desapercibida por ninguno de los ahí presentes; en especial, no pasó desapercibida para Damien.

    —Buenas tardes, oficiales —saludó el músico con elocuencia—. Soy Andy Woodhouse, amigo de la familia Thorn.

    —¿Andy Woodhouse? —masculló el detective Arnold, visiblemente impresionado—. ¿El Andy Woodhouse de…?

    —Sí, ese Andy Woodhouse en el que está pensando —respondió con tono burlón, incluso acompañado de un juguetón guiño de su ojo.

    Los detectives, y también el resto de los oficiales, se miraron entre ellos impresionados, aunque era evidente que su presencia tampoco los deslumbraba demasiado. Era claro que la policía de Los Ángeles solía involucrarse en casos de alto perfil con bastante frecuencia, aunque de seguro sí los había destanteado un poco con su repentina aparición.

    —¿Qué hace aquí?, si me permite preguntar —inquirió Samantha, intentando sonar calmada.

    —Cómo dije, soy amigo de la familia Thorn —contestó Andy sin vacilar—. Estaba en la ciudad, y la Sra. Ann Thorn se comunicó conmigo al enterarse de lo sucedido. Me pidió que acudiera de inmediato para verificar que su sobrino estuviera bien, y apoyarlo en todo lo que ocupara. Pero estoy seguro que mi presencia no es necesaria, y que todo se está manejando de la forma correcta en las manos del LAPD. ¿No es así?

    —Por supuesto que sí —respondió Arnold con apuro—. Es sólo que intentamos comprender bien lo que aquí pasó, Sr. Woodhouse. Hay ciertos detalles que no parecen tener mucho sentido.

    —Y estoy seguro que le encontrarán ese sentido muy pronto —indicó el músico, caminando a su alrededor, y dirigiendo sus palabras no sólo a los dos detectives sino a todos los demás policías—. Confiamos en todos ustedes para que lo hagan. Sin embargo, deben comprender que todo este suceso ha sido demasiado agotador para todos, en especial para Damien.

    Al mencionarlo, Andy extendió su brazo en dirección al muchacho en el sillón. Éste no reaccionó en lo absoluto; ni siquiera parecía estar parpadeando.

    —Por eso su tía necesita llevarlo lo antes posible de regreso a casa —complementó Andy su explicación.

    —No podemos permitirle que deje la ciudad todavía —denunció Samantha, dando un paso al frente—. Aún es posible que necesitemos hacerle más preguntas.

    —Y si eso pasa, sabrán justo donde encontrarlo, se los aseguro. Por ahora, les pediré, como un favor personal, que lo dejen respirar y descansar un poco. ¿De acuerdo?

    Adornó su comentario final con una de sus famosas sonrisas que derretían el corazón de sus fans, y que a veces resultaban más efectivas que sus pequeños “empujones”. Los policías, sin embargo, parecieron dudar un poco sobre qué hacer a continuación. Al final, sin embargo, el detective Arnold les indicó con un ademán de su mano al resto de sus compañeros para que se retiraran. Todos comenzaron a recoger sus cosas, y uno a uno comenzaron a salir, ante las miradas inquisitivas de Verónica, Jimmy y Willy; pero no la de Damien y Andy, pues estos sólo se miraban el uno al otro, inmóviles y en absoluto silencio.

    Los dos detectives fueron los últimos en salir, en específico Arnold, que antes de irse les indicó con un tono severo:

    —Seguiremos en contacto.

    Y justo después se retiró también del departamento. Los policías tuvieron que bajar un poco apretujados en el ascensor, pero una vez que las puertas de éste se cerraron, el pent-house terminó como tal libre de “intrusos”. Sólo hasta entonces ese extraño concurso de miradas entre Andy y Damien se detuvo.

    —Damien —murmuró el músico con solemnidad.

    —Adrián —le respondió el muchacho, con bastante menos interés en su tono.

    En personas comunes, eso podía llegar a considerarse un incómodo saludo. Pero siendo las dos personas que eran, eso sería simplificar demasiado el momento.

    —Déjenos solos —indicó Andy, virándose hacia Verónica y los dos guardaespaldas presentes.

    —¿Y qué caso tiene? —murmuró Damien con ironía—. No quedan muchos lugares con puerta a dónde puedan ir de todas formas.

    —Entonces, ¿por qué no salimos nosotros a la terraza? —propuso a continuación, extendiendo su mano hacia las puertas de cristal, en esos momentos rotas—. Enserio necesitamos hablar.

    Damien soltó un pequeño suspiro de fastidio, pero de todas formas se paró, se abrochó el botón de su saco y caminó hacia el balcón justo como se lo solicitaban; más por curiosidad que por deber. Antes de seguirlo, Andy miró a Verónica y a los otros dos, dándoles una pequeña indicación con su cabeza para que se quedaran ahí. Los dos guardaespaldas le respondieron con un ligero asentimiento de sus cabezas; Verónica, sin embargo, dudó un poco.

    Ya afuera, Damien se encontraba rodeando la alberca hasta dejarse caer en una de las sillas de piscina, sentándose de una forma despreocupada y relajada, casi exagerada.

    —¿Enserio viniste corriendo hasta acá sólo porque Ann te lo pidió? —le cuestionó con sorna al Apóstol, una vez que éste estuvo de pie a lado de su asiento.

    —En parte sí —respondió Andy con sinceridad—. Pero creo que ambos sabemos que no fue precisamente por… —señaló entonces en dirección al interior del departamento, a través de las puertas rotas de la terraza—. Lo que sea que haya pasado aquí en realidad.

    —Por supuesto que no. Mi querida tía sin lugar a duda fue a llorarte y a decirte que me estoy portando mal. Y como ni Lyons ni ella son capaces de jalarme las orejas, quieren probar si tú sí, ¿verdad?

    Damien soltó entonces una sonora carcajada de burla, y añadió por último sonando casi como un reto:

    —Quisiera ver que lo intentaras, enserio.

    Andy no pareció tomarse a mal su provocación, o si lo hizo no lo exteriorizó. De hecho, ésta de alguna forma le había parecido divertida, pues incluso una disimulada y despreocupada sonrisa le adornó los labios.

    —¿Puedo sentarme? —preguntó con tranquilidad, virándose hacia la silla justo al lado de la de Damien.

    El chico se encogió de hombros, indiferente.

    —¿Acaso tengo opción a decir que no?

    Andy no le respondió nada, y en su lugar sólo se sentó a su lado, aunque sólo en un costado de la larga silla para poder quedar volteado en dirección al chico. El semblante del músico era bastante calmado, como si estuviera moviéndose por terreno que no sólo le resultaba conocido, sino además cómodo. Esto a Damien le resultó inusual, pues que él recordara, en toda su vida sólo habían cruzado palabras máximo unas tres veces antes de ese día. Su mayor suposición fue que, a pesar de su supuesto papel como su Anticristo, Andy lo seguía viendo como un simple chiquillo tonto; no muy diferente a Lyons y los demás Apóstoles, incluida, en cierta medida, Ann.

    —Escucha, Damien —comenzó a decir Andy, con esa voz relajada y profunda que tanto lo distinguía—. Lo creas o no, yo comprendo esta faceta por la que estás pasando. Yo también pasé por lo mismo más o menos a tu edad, de hecho. Me cuestioné fuertemente si realmente todo esto que me habían dicho hasta ahora pudiera ser cierto, o sólo una sarta de tontería de ancianos locos a los que ya no les funcionaba del todo bien su maquinaria. Y el hacerse ese tipo de preguntas no tiene nada de malo. Cuestionar lo establecido, poner en tela de duda los dogmas y el “statu quo”, es la base misma de la que proviene nuestra fe.

    »¿No fue Satanás, después de todo, expulsado del Cielo por rebelarse contra todo lo que sustentaba la tela misma del universo en ese momento? ¿No cayó de la supuesta gracia por haber encarado de frente al Dios Falso, y cuestionarle sus planes para la humanidad? Se podría decir entonces que sólo estás demostrando el mismo valor y tenacidad que Él demostró.

    —Sólo estoy siguiendo los pasos de mi padre, ¿eh? —masculló Damien con marcado sarcasmo.

    —Por decirlo de cierta forma. Pero cómo te dije, entiendo por lo que estás pasando. Y si tienes realmente estás dudas sobre quién eres y el papel que has de desempeñar en los hechos que vendrán, es sensato que llevaras a cabo tu propia búsqueda de la verdad. Pero es igual de sensato preguntarte ahora, después de todo lo que has visto y hecho, después de recorrer este camino buscando a tus iguales… ¿A qué conclusión has llegado? ¿O no has aún encontrado una?

    Damien lo contempló en silencio, con estoicidad absoluta en su rostro, aunque su pie izquierdo se movió inquieto, meciéndose hacia un lado y hacia el otro sobre su talón.

    —Siendo franco, no lo sé —respondió de pronto, sonando casi como si intentara restarle por completo la importancia al asunto—. Si he sacado algo de toda esta experiencia, es que en efecto existen otros seres rondando por aquí con esta… oscuridad inherente en ellos como yo. Y de seguro hay más allá afuera; más de los que me imagino.

    Hizo una pausa en la que fijó su mirada en el agua de la alberca, la misma donde hace poco había estado flotando inconsciente tras haber sido lanzado con esa agresividad. El agua reflejaba escuetamente el cielo azul, que poco a poco parecía irse nublando pues podía percibir las sombras de las nubes moviéndose sobre ellos. El movimiento del agua era escaso, pero lo suficiente para alterar y deformar el reflejo; como un espejo que distorsionaba la realidad.

    —Pero —masculló despacio, pensativo—, al parecer ninguno de ellos es enteramente como yo. Ninguno se acerca a tener en ellos esto que he sentido rondándome desde que era niño, cuidándome y a la vez guiándome. Ninguno… salvo quizás…

    Calló de golpe, dejando su explicación inconclusa. Andy aguardó esperando que dijera algo más, pero tras un rato fue evidente que no lo haría.

    —¿Salvo quizás quién? —le cuestionó el Apóstol con curiosidad, pero Damien siguió callado.

    El nombre que estaba por pronunciar era sin duda el de Samara. Había algo en esa niña que lo tenía inquieto, y a la vez fascinado; algo que no era como lo de los demás. Pero, antes de que él mismo pudiera identificar qué era, no tenía interés alguno en compartir sus sospechas con Adrián, ni con nadie más.

    En lugar de responder, el muchacho se paró abruptamente de la silla, y con sus manos en sus bolsillos se aproximó a la piscina, hasta pararse a la orilla de ésta y poder ver su propio reflejo distorsionado en el agua. Así se sentía en esos momentos; como si una gran roca hubiera golpeado la superficie, y todo su ser se hubiera revuelto.

    —No estoy convencido de volver a creer en el cuento del Anticristo, Adrián —declaró ferviente sin quitar su atención del agua—. Y la verdad es que tampoco sé si podré volver a creer en ustedes como antes. Pero algo sí tengo seguro, y es que… —volteó en ese momento a verlo sobre su hombro, y Andy notó como una repentina y amplia sonrisa de satisfacción le adornaba su rostro— he comprobado que en efecto estoy muy por encima de cualquiera en este aburrido mundo. De los humanos comunes, de cualquiera de ustedes en la Hermandad, e incluso por encima de estos individuos que tienen el resplandor.

    —¿Resplandor? —masculló Andy con curiosidad—. ¿Así es como lo llamas?

    —Así lo llamaba la primera de ellos que conocí. Cómo sea, no sé si esto se deba a simple genética, gracia divida o… de otro tipo; suerte, o la mano y acción de alguien más. Pero lo que sea, dudo que vaya a encontrar la respuesta con ustedes.

    —¿Y dónde la encontrarás entonces? —le cuestionó Andy con un poco de severidad. Damien, sin embargo, no respondió, y en su lugar sólo viró en silencio su atención de vuelta a la piscina.

    Andy se puso en ese momento también de pie, y avanzó hasta pararse justo a su lado. El hombre ya adulto era relativamente más alto que él y de complexión más gruesa. Pero, al menos en sus respectivos reflejos en la piscina, ambos de hecho se parecían bastante.

    —Damien, eres un chico listo —indicó Andy—, quizás el más listo que he conocido. Y yo sé que tú mismo te das cuenta de que este camino no es el que te llevará a lo que quieres. Sólo mira el desastre tras desastre que ha ido ocurriendo desde que estás haciendo todo esto, y todos los enemigos innecesarios que te has ganado. La Hermandad no será perfecta, y de seguro crees que ya no somos dignos de tu confianza. Pero te ofrecemos al menos estabilidad, protección, y una manera de arreglar todo esto, y encaminar las cosas por la ruta correcta de nuevo.

    —¿Para que vuelva a ser el chico bueno y perfecto que quieren que sea a los ojos del mundo? —bufó Damien con fastidio, avanzando por la orilla de la alberca para alejarse de él.

    —Nunca hemos ocultado que en efecto tenemos grandes planes para ti. Y sí, tu comportamiento más reciente choca bastante con dichos planes. Pero al menos hasta que encuentres qué es lo que realmente deseas, ¿qué te impide seguir disfrutando de nuestra protección aunque sea un poco más? Quizás con el tiempo tú solo te convenzas de que éste es el sitio en el que debes estar.

    —¿Eso fue lo que te pasó a ti cuando quisiste cuestionar todo esto? —inquirió Damien desafiante, girándose de regreso hacia él. Ahora había un tramo de algunos metros entre uno y otro, pero la tenacidad de su mirada pesaba tanto como si estuvieran frente a frente.

    —Aquí sigo después de todo, ¿no? —respondió Andy, encogiéndose de hombros—. Y créeme, no fue porque no me haya cuestionado mi papel o mi deber, más de una vez. Ahora mismo incluso pasó por un momento bastante retador en ese aspecto.

    —¿Tú? —masculló Damien, escéptico.

    —Aunque no lo creas, es verdad. Pero aquí estoy, cumpliendo con mi deber porque creo en el mundo que construiremos todos juntos. Y en especial creo en Él… y en ti. Y sé que no me habrías escuchado tan paciente todo este tiempo si no hubiera una parte de ti que igual estuviera planteándose hacer esto justo que te estoy pidiendo.

    —¿Y qué me estás pidiendo exactamente?

    —Para empezar, volver a Chicago hoy mismo —sentenció el Apóstol con palpable firmeza—. Ir a casa, volver con nosotros, y en especial volver con Ann. Te necesitamos, Damien. Y tú a nosotros; Al menos de momento.

    —¿Y si me sigo rehusando?

    Andy volvió a sonreír, y se encogió de hombros.

    —El libre albedrio es una de nuestras creencias centrales, después de todo. Pero sé qué harás lo correcto. Como dije, creo en ti.

    Damien soltó un quejido, que bien pudo ser una risa o un suspiro. Se giró sobre sus pies para darle la espalda al Apóstol, y avanzó tranquilamente hacia el barandal que rodeaba la terraza, parándose justo enfrente de éste para mirar fijamente hacia el firmamento.

    Andy se quedó en su sitio, sin intención aparente de aproximarse a él, sino todo lo contrario.

    —Te dejaré un rato a solas para que pienses, ¿de acuerdo? —le informó despacio, y de inmediato se giró para dirigirse al interior del departamento. Avanzó un par de pasos, antes de detenerse y virarse hacia Damien una vez más—. Por cierto, me pareció curioso ese término que usaste hace poco: resplandor. Me gusta. Tuve una maestra cuando era joven y vivía en Francia; se llamaba Margaux Blanchard. ¿Alguna vez que te hablé de ella?

    Damien no respondió, ni dio indicio siquiera de haberlo escuchado, pero Andy estaba seguro de que sí.

    —Era una mujer extraña —indicó el músico con tono jovial—, pero sabía muchas cosas. Ella decía que estas personas con habilidades psíquicas que aparecían de vez en cuando, lo que tenían era un… toucher; un toque. Nunca lo entendí, en verdad. Un resplandor suena mejor.

    Dicho lo que quería decir, se giró de nuevo al interior del pent-house y prosiguió con su retirada. Damien permaneció frente al barandal, con su atención puesta en algún punto allá a lo lejos.

    Al ingresar a la sala, divisó de inmediato a Verónica, aguardando paciente sentada en uno de los sillones. En cuanto lo vio en el umbral de las puertas, se puso rápidamente de pie con apremiante preocupación.

    —¿Todo está bien? —le preguntó sin muchos rodeos.

    Al verla de nuevo, la impresión inicial de Andy se mantenía intacta. Seguía sin percibir algo especial en esa chica; algo que pudiera relacionar consigo mismo, que lo atrajera o repeliera, como sí sentía con Damien. Si en verdad era su hija, al parecer había heredado muchísimo más de su madre; aunque tampoco percibía mucho de ella en realidad. Era casi como un aburrido lienzo en blanco al que no se le antojaba siquiera mirar por demasiado tiempo.

    Era inevitable preguntarse si quizás era el mismo sentimiento que su Padre tenía hacia toda su descendencia. Eso explicaría algunas cosas.

    —Me parece que sí —le respondió el Apóstol, sonriendo despreocupado e intentando disimular su casi repudio hacia ella—. Me retiraré de momento, pero me pondré en contacto más tarde. Cuida bien de nuestro muchacho, ¿quieres?

    Verónica asintió lentamente como respuesta.

    Andy se dirigió a la entrada del departamento, donde también había dejado su maleta. Tomó su equipaje de la manija y la arrastró tranquilo hacia la salida.

    —Espero verte de nuevo pronto, Verónica —murmuró Andy con entusiasmo mientras se retiraba, aunque en realidad era mentira. Si estaba en sus manos decidirlo, preferiría no volver a cruzar caminos con esa jovencita, al menos que fuera enteramente inevitable.

    Una vez que se retiró, Verónica se dirigió a la terraza, aunque con cautela a cada paso. Tenía que andarse con cuidado, pues ya había tenido demasiadas malas experiencias lidiando con los impredecibles cambios de humor de Damien. Al salir, lo encontró aún de pie frente al barandal, quieto como estatua.

    Verónica se aproximó a él por detrás, cuidado incluso de no hacer ruido al caminar.

    —Damien, ¿estás bien? —le preguntó despacio, estando ya a unos cuantos pasos de su espalda.

    El chico no respondió de inmediato, y de hecho parecía que no pensaba hacerlo. Pero tras un rato, Verónica escuchó como murmuraba con un poco desdén:

    —Ya estarás contenta. Al fin te vas a salir con la tuya.

    —¿De qué hablas? —preguntó Verónica, confundida.

    Damien rio, y entonces se giró en su dirección y Verónica reaccionó con un pequeño sobresalto. Sin embargo, Damien no se dirigió a ella, y en realidad caminó pasándola de largo, y se dirigió hacia el interior del pent-house.

    —Prepara todo —indicó el muchacho en voz alta—. Volveremos a casa hoy mismo.

    —¿De verdad? —Exclamó Verónica, incrédula de realmente haberlo escuchado decir eso—. ¿Y qué hay de Samara, Esther y Lily? ¿O esos otros dos sujetos que enviaste tras los atacantes?

    El joven Thorn se detuvo unos momentos, quizás reflexionando al menos un poco sobre esa pregunta, y entonces respondió con sosiego:

    —Si tenemos suerte, volverán antes de nuestra partida. Y si no, bueno… tengo el presentimiento que de una u otra forma nos volveremos a ver.

    Y dada esa ecléctica contestación, siguió andando de regreso al departamento; tal vez a descansar, tal vez para ir arreglando sus cosas.

    Verónica estaba realmente asombrada, pero por supuesto que se sentía aliviada. Unos cuántos minutos con el Sr. Woodhouse, y Damien había al fin recapacitado. Era increíble; por algo era el Apóstol Supremo de la Bestia, a quien su madre al parecer respetaba tanto.

    Lo que fuera que hiciera o dijera, estaba en verdad contenta de que lo hubiera hecho.

    Al fin toda esa locura terminaría…

    FIN DEL CAPÍTULO 105
    Notas del Autor:

    Han sido un par de meses complicado, y sobre todo muy atareados. Las cosas están comenzando a estabilizarse, pero bueno… viene el fin del año, así que no se puede decir con seguridad las cosas que pasarán. Pero entre que son peras o son manzanas, les comparto este capítulo en el que estuve trabajando entre ratos libres, con un encuentro más que necesario entre Damien y Adrián. Las cosas parecen que se van a calmar, ¿no? Pero todos sabemos que eso no será tan fácil como Verónica cree…
     
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