Long-fic Resplandor entre Tinieblas

Tema en 'Crossover' iniciado por WingzemonX, 21 Junio 2017.

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    WingzemonX

    WingzemonX Usuario común

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    Resplandor entre Tinieblas
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    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Misterio/Suspenso
    Total de capítulos:
    102
     
    Palabras:
    9522
    Resplandor entre Tinieblas

    Por
    WingzemonX


    Capítulo 101.
    Gran Huida

    Las cosas se habían puesto bastante locas, mucho más rápido de lo que Verónica podía digerirlas. Primero la visita de esos dos extraños individuos que Damien había mandado a llamar; luego ese policía, pasando por el ataque repentino de un ejército de fantasmas, y rematando con la entrada forzada de esa mujer que había “casi literalmente” arrojado a Damien por la ventana. De por sí la joven de diecinueve años aún no comprendía muchos de los asuntos que concernían a la Hermandad y su propósito, como para ahora tener que digerir todas esas cosas que hasta hace poco habrían sido simplemente imposibles de imaginar para ella, y la hacían cuestionarse si acaso su madre era consciente de en qué la había metido con exactitud; lo más probable era que no.

    Sin embargo, en el momento en el que vio al supuesto Anticristo atravesar las puertas de vidrio de esa forma, no se pudo dar el lujo de paralizarse en pensar en todo ello. Para bien o para mal, ella estaba ahí con un propósito, y por su fe en algo más grande que su pequeña e insignificante existencia. Así que inspirada casi por la mera inercia, salió despavorida en busca del paradero de Damien.

    Al salir a la terraza, por una de las puertas no rotas, Verónica vio al joven de cabellos oscuros flotando boca abajo en el centro de la piscina; al parecer había caído ahí tras su vuelo. Pero lo que horrorizó a la joven mujer fue el hecho de que no se movía en lo absoluto. ¿Acaso estaba inconsciente…? No lo sabía, pero tampoco se iba a detener a averiguarlo. Rápidamente y sin vacilación, se quitó sus zapatos, los dejó atrás, y se lanzó de lleno a la piscina. Se aproximó al principio caminando por el agua, pero el último tramo lo recorrió nadando lo más rápido que su traje empapado le permitió.

    —Damien, ¿me escuchas? —Exclamó agitada, mientras lo zarandeaba un poco, pero no recibió respuesta; en efecto, parecía haberse desmayado. Pensó en seguir insistiendo, pero no podía tomarse demasiado tiempo, así que en su lugar lo jaló lo más rápido que pudo a la orilla.

    Llevarlo flotando resultó no ser tan complicado. Sin embargo, sacarlo del agua fue un reto mucho más difícil para los brazos flacuchos de Verónica, además de que las ropas empapadas del chico lo hacían parecer mucho más pesado. Hubo incluso un par de veces en las que su intento fue fallido y el cuerpo del muchacho volvió a caer, casi hundiéndola a ella también. Ansiaba que en cualquier momento alguno de los guardaespaldas se dignara a aparecer para echarle una mano, pero nadie vino. Esperaba que al menos fuera porque se estaban encargando de esos malditos intrusos de una buena vez.

    Al final logró sacar las fuerzas suficientes para sacarlo y hacer que quedara boca arriba en la orilla. El rostro del chico se inclinó sin resistencia hacia un lado, y su pie izquierdo quedó aún colgado, sumergido en el agua de la piscina. Verónica se tomó unos segundos para intentar recuperar el aliento tras el esfuerzo que aquello le había exigido, y una vez lista ella también salió de la piscina apoyándose en sus manos.

    Se colocó de rodillas a su lado; seguía sin reaccionar. Verónica aproximó su oído hacia su rostro para intentar identificar si respiraba, pero le pareció que no. Eso la alarmó incluso más de lo que ya estaba. Nunca había hecho respiración de boca a boca, pero la situación no pintaba para que se pusiera a buscar en YouTube cómo hacerlo. Así que sólo tomó el rostro de Damien, le abrió la boca con sus manos, tomó una larga bocanada de aire y se inclinó hacia él. Sin embargo, para el alivio y la vez sorpresa de la joven, antes de pudiera unir su boca a la suya, la mano de Damien se interpuso abruptamente entre ellos, tomándola fuerte de su rostro con sus dedos.

    —Ya quisieras… —escuchó como mascullaba la voz de Damien con molestia, y entonces sus ojos se abrieron en ese momento, volteándola a ver con cierto desdén. Al instante siguiente, Damien la empujó con la mano que tenía en su cara, haciendo que se alejara de él y cayera de sentón al suelo. En cuanto tuvo espacio, el chico giró su cuerpo hacia un lado, acostándose sobre su costado y comenzando a toser con fuerza y a soltar algo de agua por la boca.

    Verónica se sentó, y con sus dedos se apartó sus mechones húmedos de la cara, mientras contemplaba como Damien poco a poco parecía irse recuperando. Suponía que era bastante ingenuo de su parte esperar que le diera las gracias por querer salvarlo, pero al menos al parecer estaba bien.

    «Aunque claro, eso era lógico» pensó, lamentándose un poco por haberse exasperado tanto. No estaba hablando de un chico cualquiera, después de todo. Ni siquiera tenía en su rostro rasguño alguno, a pesar de haber atravesado directamente de esa forma el grueso vidrio. Aun así, algo dentro de ella la empujó a preguntarle:

    —¿Te encuentras bien?

    —¿Tú qué crees? —Contestó Damien con brusquedad. Tosió un par de veces más, y luego su respiración se fue calmando lo suficiente para poder hablar con más normalidad—. Esa mujer… ¿Sigue aquí?

    —No lo sé, yo salí a ayudarte. De seguro Kurt y los otros ya se encargaron de ella.

    —Yo no apostaría por eso.

    Damien se giró en ese momento lo que le faltaba para quedar boca abajo. Inhaló y exhaló profundamente dos veces, y luego se apoyó en sus dos manos para comenzar a levantarse. Le sorprendió sentir que sus brazos le temblaban un poco, y en general todo su cuerpo lo sentía pesado y aletargado, como si tuviera muchísimo sueño. Pero aquello era diferente; era como…

    —Damien… —escuchó que Verónica mascullaba a su lado con pasmo—. Tu nariz…

    Antes de que pudiera cuestionarle de qué estaba hablando, él mismo logró darse cuenta. Su mirada estaba fija en el suelo empapado por el agua de la alberca, y pudo ver como una pequeña gota rojiza caía desde su rostro hacia el charco de agua justo debajo de él, mezclándose sutilmente con éste.

    Los ojos de Damien se abrieron llenos de asombro, y de inmediato dirigió su mano a su nariz, tallándola con su dorso. Al echarle un vistazo a ésta, logró confirmar lo que había supuesto: sangre, su propia sangre manchando su propia mano; estaba sangrando de su nariz. No era mucha, pero en su caso sólo un poco podía ser demasiado… considerando que era la primera vez en su vida que ocurría.

    —Esto sí que es una sorpresa… —masculló despacio para sí mismo, mientras seguía contemplando en silencio la sangre en su mano. Más que preocupado o asustado como Verónica, él se veía hasta cierto punto fascinado.

    —¿Cómo es posible? —Masculló Verónica aturdida—. Se supone que nada puede dañarte…

    —Nada puede matarme —corrigió Damien con seriedad—, o eso es al menos lo que dicen Ann y los otros viejos de la Hermandad. Lo de poder dañarme… eso al parecer sólo ocupa mucho esfuerzo… Pero estaré bien pronto.

    Comenzó entonces a levantarse. Verónica hizo el ademán de querer ayudarlo, pero él no se lo permitió.

    ¿Qué había provocado eso con exactitud? ¿El ser azotado contra la pared? ¿El golpe contra la puerta de vidrio? ¿Quizás el choque contra el agua?

    No, no había sido algo como eso, o no por sí solo al menos. Había llegado a recibir golpes similares en el pasado, pero su cuerpo nunca salió lastimado de esa forma. Pero sí había algo más que no había recibido antes, más que una sola vez recientemente: el ataque de Abra.

    Había sentido como la chica desbordó todo su ser en su cabeza, como se la había taladrado por dentro, y como había revuelto todo como si de una licuadora se tratase. Y aún en esos momentos podía sentir el dolor, el mareo, incluso sus extremidades entumecidas… y esa pequeña hemorragia nasal. Cuando su tío Dan le hizo algo parecido hace días, había terminado también en un estado similar; como una fuerte resaca, recordaba. Pero esta vez al parecer era incluso un poco más intenso. Y encima de todo, su pequeño encuentro con la joven de New Hampshire lo había dejado en un estado tan vulnerable y débil, que fue pan comido para esa mujer entrar y sacudirlo como un saco de basura. Y en combinación todo aquello lo había lastimado de verdad por primera vez.

    Pero aun así, a pesar de que Abra, su amado tío Dan, o la madre de Terry habían dado todo de sí para destruirlo, los tres sólo habían logrado rozar la superficie. A pesar de todo, él seguía ahí; débil de momento, pero se recuperaría como en cada ocasión pasada. Así que incluso los más poderosos de esos sujetos seguían siendo sólo pequeñas molestias para él. Y eso sólo le confirmaba lo que ya le habían dicho en tantas ocasiones antes: ¡él era en verdad invencible!

    Aunque… Había alguien más que no había comenzado a considerar hasta recién…

    * * * *
    Los ojos de Samara se abrieron con alerta al ver esto, y todos sus sentidos se tensaron.

    —¡Dije que no! —Gritó la niña con intensidad, resonando como un fuerte trueno.

    Y de la nada, Damien sintió como su brazo era jalado fuertemente hacia un lado, jalando a su vez también a Milton lejos del vacío, de la oscuridad y del barandal. El cuerpo del chico salió volando hacia atrás, cayendo al piso y rodando hasta casi quedar a los pies de los espectadores.

    * * * *
    Samara…

    Esa niña representaba un misterio incluso para él. ¿Qué era lo que ocultaba? ¿Qué era realmente y por qué tenía esa extraña influencia en él? No tenía aún alguna idea clara, pero lo averiguaría sin importar que.

    Una vez de pie, e intentando disimular un poco la debilidad que lo invadía, comenzó a andar de regreso al interior del departamento, para encargarse de lo que fuera que siguiera sucediendo ahí dentro.

    — — — —
    En la sala, Samara, o la criatura que estaba dentro de ella en esos momentos, seguía de pie justo delante de Matilda en el suelo, contemplándola fijamente a través de sus cabellos, con esos profundos y apagados ojos oscuros. Matilda estaba inmovilizada, temerosa de siquiera mover un dedo ante la presencia de tan horrible ser; como si se tratara de un tigre o un lobo a la espera del mejor momento para saltarle encima y rajarle el cuello con sus fauces.

    —He conocido a muchas personas como tú —declaró la Otra Samara, inclinando su rostro sutilmente hacia un lado—, gente que decía amarme, y que querían ayudarme y protegerme. Mi padre, mi madre, la Dra. Grasnik, el Dr. Scott… Rachel… Pero todos eran iguales. No les importaba, y no tenían ningún interés en ayudarme. Sólo se preocupaban por sí mismos, en obtener lo que querían, en llenar lo que les hacía falta; en dormirme, ocultarme y alejarse para protegerse a ellos mismos. Intenté ser una buena niña y una buena hija; Dios sabe que lo intenté. Pero nada fue suficiente. Y ahora lo único que me mueve, lo único que me mantiene aquí… ¡es mi ira!

    Alzó su voz de forma estridente en las últimas palabras, y el sitio volvió a temblar, y el suelo de madera bajo los pies de la niña se resquebrajó un poco.

    —No, no puedo creer esto —susurró Matilda, como un pensamiento fugaz que se le escapaba—. No es cierto… Esto no puede ser cierto…

    —¿Aún no crees lo que tus propios ojos ya han visto por sí solos? —Gruñó Samara con enojo—. ¿Aún tu inocente mente no ha conseguido concebir lo realmente cruel que este mundo puede ser? Quizás te falta ver más… —Alzó en ese momento su mano derecha, aproximando sus delgados dedos hacia el rostro de la psiquiatra—. Quizás deba hacer que sientas lo que es pasar siete días en ese maldito pozo. Y quizás entonces comprendas a diferenciar qué es real y que no…

    Aquella pequeña mano se fue aproximando poco a poco a su rostro, y por un momento para Matilda se convirtió en una mano huesuda, pálida y arrugada, con uñas largas, oscuras y sucias, e incluso algunas faltantes. El agua estancada escurría por su piel, y su olor a humedad y suciedad le impregnó la nariz. Y antes de que esas pálidas yemas la tocaran, la mano se detuvo justo a unos milímetros, suspendida en el aire.

    De un parpadeo a otro, la mano volvió a ser la de Samara; la mano normal de una niña. Y comenzó entonces temblar y a retroceder lentamente. Matilda fue entonces capaz de mirar más allá, hacia el rostro de la pequeña. Éste había perdido casi por completo su expresión de ira y agresividad, y ahora parecía de alguna forma estar… sufriendo.

    —No… no… —Masculló Samara despacio, casi como si le doliera hacerlo—. No lo hagas… ¡No!

    Retrocedió rápidamente hasta alejarse de Matilda varios metros. Luego sus piernas cedieron y cayó al suelo de rodillas. Gritos desgarrados comenzaron a surgir de su garganta. Se sujetó su cabeza fuertemente con ambas manos, hasta apretársela como una prensa, y agachó la cabeza hasta pegar su frente contra el piso.

    Ese momento en el que Matilda y aquel ser se habían perdido en el recuerdo, la había distraído y debilitado lo suficiente para que la Samara real intentará resurgir a la superficie. Pero aun así el último tramo era casi como intentar atravesar una gruesa capa de hielo que se lo impedía.

    —¿Samara? —Masculló Matilda despacio, forzándose a salir de su impresión—. Samara, ¿eres tú…?

    Recuperando apenas un poco el control de su cuerpo, la psiquiatra comenzó a gatear hacia la niña.

    —Matilda, no te acerques —exclamó Cole con preocupación, pero su primer intento por aproximarse a ella fue detenido por el dolor de su pierna herida al querer moverla.

    La castaña intentó tomar la niña en sus brazos, pero Samara rápidamente retrocedió para alejarse de ella.

    —Vete Matilda, por favor… —masculló apenas con un hilo de voz—. ¡Vete!

    —No —respondió Matilda con firmeza—. No te abandonaré de nuevo, Samara. ¡Tienes que luchar contra ella!

    —¡No puedo! —Gritó la pequeña con intensidad—. ¡No puedo controlarla…! Es demasiado fuerte… ¡Por favor…! ¡¡NO!!

    Su gritó sacudió todo como un fuerte temblor, y en ese instante las puertas de vidrio que quedaban en pie se rompieron en una explosión de vidrios. Gruesas grietas se abrieron en las paredes, y algo de polvo y pedazos de techo se desprendieron de éste. Y lo más resaltante fue ver como el suelo debajo de Samara comenzó a corroerse, como devorado por ácido, y a extenderse en todas direcciones como una mancha voraz, convirtiendo ese impecable y brillante suelo en madera vieja, roída y húmeda.

    Lily y Esther retrocedieron por instinto ante esa mancha que se extendía; no sabían si les provocaría algo tocarla, pero tampoco tenían muchos deseos de descubrirlo. Matilda igualmente hizo lo mismo, hasta quedar a un lado a Cole, que la tomó de los hombros y la pegó contra él de forma protectora. Por un instante pareció que aquello se extendería a todo el cuarto, y quizás terminarían viendo una repetición de lo que había ocurrido en su habitación en Eola. Sin embargo, aquello se detuvo abruptamente, apenas a unos centímetros de los pies de Matilda. Y al instante siguiente, el delgado cuerpo de la niña se desplomó de lleno al frente, cayendo con su mejilla presionada contra un charco de agua estancada que había comenzado también a formarse debajo de ella.

    El esfuerzo de liberarse había sido demasiado…

    —¡Samara! —espetó Matilda, y de inmediato se libró de las manos de Cole y se aproximó a la niña, sin importarle pisar la madera gastada que crujió bajo sus pies o chapotear en el agua del charco. Se agachó a su lado y la tomó en sus brazos, recostándola en su regazo—. Samara, ¿me escuchas pequeña?

    La cabeza y los brazos de la niña colgaban sin oposición igual que sus cabellos, y no hubo reacción alguna en ella. Matilda le tomó el pulso y revisó su respiración; por fortuna ambos estaban presentes.

    —¡No se mueva! —Escuchó entonces una voz amenazante a sus espaldas. Al girarse, vio que uno de los guardaespaldas que había inhabilitado anteriormente ya se había puesto de pie y se dirigía apresurado hacia ella; a falta de su pistola, posiblemente pensara someterla.

    A medio camino, Cole logró lanzarse a los pies del hombre, tomándolo con fuerza de sus tobillos para jalarlo. El guardaespaldas cayó de narices al suelo, golpeándose con fuerza. Matilda de inmediato lo alzó con su telequinesis, y lo aventó con violencia hacia la cocina, haciéndolo estrellarse contra otro de ellos que igualmente se había puesto de pie y se dirigía de regreso a la sala. Por el impacto ambos terminaron de nuevo en el suelo, uno sobre el otro.

    —Vete con ella, Matilda —le indicó Cole a su compañera, mientras intentaba cómo podía ponerse de pie sin apoyarse en su pierna herida—. No hay nada más que puedas hacer aquí, ¡ya!

    Matilda asintió, y rápidamente tomó a Samara, y con sus manos, y algo de apoyo de su telequinesis, logró acomodarla en su espalda. La niña quedó contra ella, flácida como una simple mochila.

    —Tú vienes conmigo —indicó la psiquiatra, y de inmediato tomó a Cole de su brazo para ayudarlo a pararse.

    —No puedo caminar bien con esta herida. Vete tú, sólo las retrasaré…

    —No seas ridículo —le interrumpió Matilda con brusquedad, y una vez que lo tuvo parado y apoyado contra ella, Cole sintió casi como sus pies comenzaron a flotar a unos centímetros del suelo. La sensación fue rara, y tuvo que sostenerse firme del hombro de Matilda pues sentía que se iba a caer, pero no; en realidad estaba bastante estable, sostenido por la telequinesis de su acompañante.

    —Oh, claro… —murmuró el detective un poco apenado.

    Los tres comenzaron a avanzar lo más rápido posible hacia la salida. Matilda miró de reojo hacia un lado en dirección a Esther y Lily, después al otro hacia James y Mabel. Ninguno de los cuatro parecía en lo absoluto interesado en detenerla. Hasta ese punto se habían mantenido como meros espectadores de todo aquello. Matilda no entendía de qué se trataba en realidad todo eso, o qué hacían esas personas ahí con exactitud. Pero mientras no intentaran detenerla, no tendría por qué quejarse.

    Pero no todos compartían la indiferencia de esos cuatro.

    —¿Van a algún lado, ustedes dos? —Escucharon pronunciar con fuerza la amenazante voz de Damien Thorn a un lado. Matilda se detuvo un momento y se viró en su dirección. El chico, al igual que la mujer que había salido a la terraza en su auxilio, se encontraba de pie en el marco de unas puertas rotas. Estaba empapado, pero a simple vista ileso.

    —Maldición… —masculló Matilda despacio, y por el rabillo del ojo notó que también el guardaespaldas que había arrojado por el pasillo de las habitaciones se aproximaba cojeando, y poco después le siguieron los dos de la cocina.

    Sin espera Matilda siguió avanzando, pero ahora con más apuro.

    —¡Atrápenlos! —Gritó Damien con fuerza, y su sola voz fue suficiente para que los tres hombres de negro se sobrepusieran a su dolor y mareo, y apresuraran el paso detrás de los intrusos.

    A medio camino del pasillo a la salida, Matilda arrojó con su poder la puerta que había derribado hacia atrás, sin fijarse mucho pero esperando pudiera ser algún obstáculo para sus perseguidores. Siguió de largo sin mirar atrás, y se fue directo al ascensor. Presionó el botón para bajar de inmediato, y por un segundo se viró sobre su hombro. Los tres hombres estaban pasando la puerta y se aproximaban.

    La puerta del elevador se abrió al instante siguiente, y Matilda prácticamente saltó hacia adentro, haciendo que los tres se estrellaran contra la pared del fondo. Miró de nuevo a afuera, y vio a los tres hombres atravesando la puerta del departamento. Consideró empujarlos, pero en su lugar se enfocó en el botón de la planta baja en el tablero, y lo presionó con su mente, seguido por el botón para cerrar las puertas. Éstas se cerraron lentamente, tanto que Matilda creyó que casi lo hacían apropósito. Y dos segundos antes de que el primero de los hombres lograra extender su brazo lo suficiente para interponerse, las puertas se cerraron, y el elevador comenzó a bajar piso por piso.

    Kurt presionó insistentemente el botón para mandar a llamar de nuevo el elevador, pero ya era tarde; ya se había ido, y en su lugar sólo llamó a otro más. Sin embargo, éste iba subiendo desde el sótano, y para cuando llegara los intrusos ya estarían en la planta baja.

    —¡Por las escaleras! —Gritó Kurt, y rápidamente los tres se dirigieron a las escaleras de emergencia.

    — — — —
    Cuando el elevador comenzó a bajar de nuevo, Matilda soltó todo el aire en sus pulmones de golpe; ni siquiera se había dado cuenta de que había estado reteniendo el aliento. Con cuidado bajó a Cole para que se sentara en el suelo, y colocó también a Samara, aún inconsciente, a su lado. El cuerpo de Samara se dejó caer hacia un lado, apoyando su cabeza contra el policía, y ahí se quedó.

    —Gran huida —musitó Cole realmente impresionado. Con una mano se sujetaba su muslo adolorido. El vendaje improvisado que Matilda le había puesto ya estaba empapado, pero no creía que fuera el momento apropiado para mencionarlo.

    Al mirar de nuevo a su compañera de fuga, vio cómo Matilda tenía su frente y sus manos contra la pared del ascensor, y pudo escuchar cómo respiraba agitada.

    —¿Estás bien?

    —Mejor mírate en un espejo antes de preguntarme eso a mí —musitó Mtatilda un tanto a la defensiva—. Sólo estoy un poco cansada. Hacía tiempo que no usaba mis habilidades a este nivel y por tanto tiempo.

    Mínimo cuatro años, desde esa horrible noche en Chamberlain. Incluso sus dos encuentros pasados con Leena Klammer en Portland y Eola no habían resultado tan extenuantes, aunque en ambos casos había terminado gravemente herida.

    Tras tomarse un par de pisos para respirar y recobrar un poco la serenidad, se paró derecha de nuevo, se pasó sus manos por su cara para quitarse los cabellos de la cara, y luego se dio un par de palmadas en sus mejillas como si intentara despertarse. Cole sonrió al notar eso último. Ya la había visto antes hacerlo, y pese a la situación no podía evitar que le pareciera “adorable” de cierto modo.

    «Amigo, te estás enamorando» pensó con una mezcla de humor, y un poco de preocupación. Pero ya habría tiempo para pensar en eso después (si tenían suerte). De momento era mejor sólo agradecer que seguía con vida.

    —Pero tenemos otra preocupación más grave —indicó Matilda de pronto, mientras miraba la pantalla con los números digitales sobre la puerta. Ya iban en el piso ocho—. No me metí aquí del todo discreta, así que es probable que la policía nos esté esperando abajo. ¿Crees poder hacer algo para quitárnoslos de encima?

    Cole meditó un segundo antes de responder.

    —Tal vez si hago un par de llamadas. Pero mientras tanto, sea como sea nos pondrán en custodia, y eso no nos ayudará a hacer distancia entre nuestros nuevos amigos de allá arriba y nosotros. Y tengo el presentimiento de que la policía no será del todo confiable para estar a salvo, considerando el tipo de enemigo con el que estamos lidiando.

    Matilda chistó con frustración. Cuando se metió de esa forma tan brusca, no había pensado ni un poco en cómo saldría. Pero al parecer no había demasiadas opciones.

    Ya estaban en el piso cuatro, y seguían bajando.

    —Entonces nos tocará salir como entramos: por la fuerza —declaró la psiquiatra, y de inmediato se paró firme delante de la puerta, y alzó sus manos al frente, lista para lo que tuviera que pasar en cuanto esas puertas se abrieran.

    —¿Usarás tu telequinesis contra la policía? —Exclamó Cole, inquieto por la sola idea—. Te expondrás…

    —Prefiero eso a dejar que te desangres, o dejar a Samara de nuevo con ese sujeto —declaró Matilda con firmeza—. No perderé a ninguno de los dos hoy.

    Cole guardó silencio. En lo personal él nunca había tratado sus habilidades del todo como un secreto ante sus compañeros, pero la mayoría solía sólo verlo como mera excentricidad o como otro de los tantos médiums que suelen ayudar a la policía y uno no se cuestiona demasiado el cómo lo hacen mientras funcione. Pero si Matilda salía por esa puerta deteniendo balas y empujando policías por aires para abrirse paso… eso sería muy difícil de ocultar, y no podría volver a ser simplemente la psiquiatra de Boston que atendía niños con problemas especiales. ¿Estaba realmente lista para hacer tal cosa?

    Y en ese momento más que nunca, ambos se preguntaban: ¿qué les diría Eleven que hicieran en un momento así? Realmente les hacía falta su consejo; quizás de haberlo tenido no hubieran terminado en esa situación tan desastrosa en un inicio.

    El ascensor se aproximó peligrosamente a la planta baja; ya no había tiempo para vacilaciones.

    —¿Listo? —inquirió Matilda despacio, plantando sus dos pies en el suelo y colocando sus manos firmes al frente.

    —Mejor que nunca… —musitó Cole, intentando pararse apoyándose en los barandales del ascensor. Samara se quedó sentada en el piso, con su mentón cayendo sobre su pecho.

    Llegaron a su destino acompañados del pitido de aviso. Ambos miraron atentos y expectantes a las puertas, hasta que éstas comenzaron a abrirse lentamente, una a cada lado, dejando a la vista el exterior. Matilda se tensó y puso en alerta todos sus sentidos. Sintió como los vellos de su nuca se erizaban y su boca se secó.

    Del otro lado de las puertas apareció un policía uniformado, cabeza cuadrada, cabello corto, sujetando su arma al frente apuntando al interior de la cabina. Detrás de él había dos más con sus manos listas en sus fundas, y detrás de estos vio a más personas; algunas con uniforme, otras no.

    Matilda aguardó esperando alguna orden o advertencia, algo que fuera su banderazo para soltar sus habilidades y derribar a todos esos hombres como pinos de bolos. Pero eso no vino. De hecho, al segundo después de que las puertas se abrieran, el oficial que estaba hasta el frente dio un paso adentro, su arma entrando primero que él, y echó un vistazo hacia un lado y hacia el otro, recorriendo su vista por ese espacio pequeño, e incluso alzando su vista y su pistola hacia el techo. Y, sin embargo, nunca posó sus ojos directamente ni en Matilda, ni en Cole, ni en Samara.

    —Está vacío —informó el oficial girándose a sus compañeros.

    «¿Qué?» pensó Matilda estupefacta, compartiendo la misma sensación con Cole.

    No tuvieron mucha oportunidad de meditar al respecto pues en ese momento un pequeño estruendo sacudió el lobby, y desde su posición Matilda logró ver una pequeña llamarada brotar de un bote de basura cerca de la puerta.

    —¡¿Qué fue eso?! —Exclamó alarmado otro de los policías, y la atención de todos se dirigió en esa dirección.

    Un instante después hubo un segundo estruendo similar, ahora desde el fondo, y la pintura del ángel colgada en la pared se prendió en llamas, comenzando a consumirse rápidamente. El fuego no tardó en encender los aspersores, y el agua comenzó a caer como llovizna por todo el recibidor. Los oficiales, confundidos, comenzaron a moverse y algunos a refugiarse creyendo que les estaban lanzando granadas.

    —¿Y ahora qué? —exclamó Matilda, ya para ese punto algo fastidiada. Instintivamente retrocedió más adentro en el elevador, un poco asustada, pero más que nada preocupada por la seguridad de los dos que iban con ella.

    Las puertas del elevador comenzaron a cerrarse, y Matilda se debatía entre si debían salir o no. Sin embargo, antes de que se cerraran del todo, una mano se interpuso y prácticamente empujó una de las puertas para que se volviera a abrir. El primer pensamiento de Matilda fue que había sido la misma mujer de hace rato, la que le había ayudado a subir. Pero cuando la persona al otro lado se reveló, no fue la que había pensado.

    Era una mujer, en efecto. Pero ésta era alta, de cabello rubio y quebrado que caía sobre sus hombros, y unos intensos ojos azules que por un instante a Matilda le parecieron que brillaban como llamas. Usaba una chaqueta de cuero, pantalones ajustados y botas altas. La extraña los observó un segundo, como analizando la situación, y luego pronunció con rudeza:

    —Matilda y Cole, ¿no? Si quieren salir de aquí con vida, vengan conmigo.

    —¿Quién eres? —cuestionó Matilda confundida.

    —En estos momentos su única alternativa. No hay tiempo, vamos —indicó con apuro, y se giró entonces sobre sus pies en dirección a la salida—. Y quédense cerca de mí.

    Matilda volteó hacia Cole esperando que él tuviera una compresión mayor de la situación, pero éste únicamente se encogió de hombros; al parecer estaba tan confundido como ella. Pero en efecto, no era como si tuvieran muchas otras opciones de las cuales elegir.

    Rápidamente volvió a colocarse a Samara en su espalda, e hizo que Cole se apoyara en ella y avanzara ayudado por su telequinesis. En cuanto salieron, el agua de los aspersores los mojó, el piso a sus pies comenzaba a encharcarse. Aquella sensación el produjo cierta incomodidad a Matilda; en su mente seguía bastante latente en el recuerdo de ese pozo, y la sensación de sofoco que le causó. Pero por encima de aquello, hubo algo más que captó su atención: los policías se movían de un lado a otro, intentaban apagar el fuego y encontrar la ubicación del posible atacante. Sin embargo, ninguno intentaba detenerlos. Pasaban delante de ellos y ninguno parecía reparar siquiera en ellos.

    «No pueden vernos…» concluyó Matilda con asombro. ¿Era gracias a algún tipo de ilusión? ¿Acaso era obra de esa mujer?

    Al virarse de nuevo a buscar a su misteriosa salvadora, la pudo ver saliendo apresurada por la puerta, empujando ésta con algo de fuerza. Y sólo hasta entonces le resultó un poco familiar. ¿No estaba ella en la entrada justo cuando entró al edificio? No había puesto mucha atención, pero le parecía que sí era ella.

    Una vez en el exterior, la mujer cruzó apresurada la calle, pasando como si nada entre las patrullas estacionadas afuera.

    —¡Síganme!, ¡no se separen! —les gritó la mujer rubia, sonando más como una orden.

    Matilda se preguntó si sería prudente seguirla. Ya estaban afuera, podían simplemente buscar otra ruta de escape. Pero ese “manto de invisibilidad” que les estaba ofreciendo ciertamente era difícil de despreciar. Y además, ella sola cargando a Samara y a Cole; incluso con su telequinesis terminaría cansándose tarde o temprano; ya había comenzado a sentir sus fuerzas menguar. Así que, al menos de momento tendría que seguir a la extraña.

    Su guía se dirigió a una camioneta azul al otro lado de la calle. Se dirigió a la parte trasera, abrió la puerta y se metió de un salto al vehículo.

    —¡Suban! —Les gritó desde adentro, de nuevo sonando como una orden.

    Meterse a la camioneta de una completa extraña; a su madre le fascinaría enterarse de eso…

    Matilda ayudó a Cole a sentarse en la orilla y así pudiera subirse por su cuenta, mientras ella cargaba a Samara. Adentro, ambos se sorprendieron un poco a ver a otras dos personas: una chica joven recostada en el suelo, totalmente inconsciente, y una mujer de piel oscura y cabello mitad negro mitad morado sentada en una silla de ruedas, y con su cuerpo inclinado al frente sobre el teclado de una computadora. La mujer no estaba inconsciente como la joven, pero ciertamente parecía estar cerca de estarlo.

    Cole se sentó en el piso a un lado de la chica, y pudo contemplar de más cerca su rostro. Le resultó conocido prácticamente de inmediato.

    —Es Abra… —indicó con asombro.

    —¿Abra? —Inquirió Matilda sin entender; ella igual tomó asiento, sujetando a Samara en sus brazos muy cerca de ella.

    Cole tendría que explicarle todo lo que había ocurrido antes de que entrara de esa forma tan espectacular al departamento. Pero de momento al menos él se sentía más seguro de saber que la joven estaba ahí, y que al parecer seguía con vida. Así que desde ahí se había proyectado para salvarle la vida; le debía una, sin lugar a duda. Pero, ¿quiénes eran las otras dos mujeres?

    —Listo, Kali —Indicó la mujer rubia con optimismo, dándole un par de palmadas a su amiga en la silla de ruedas—. Lo hiciste bien, colega.

    La mujer morena se incorporó, jalando su cabeza hacia atrás hasta que su rostro miró al techo. Con las palmas de sus manos intentó limpiarse la nariz, pues ésta al parecer le había sangrado intensamente.

    —Aún tengo el toque —murmuró con bastante debilidad en su voz, aunque intentaba disimularlo con una pequeña risilla despreocupada—. Ahora sácanos de aquí, rápido.

    —No tienes que decirlo dos veces —respondió la mujer de la chaqueta de cuero, mientras se colocaba al volante.

    Matilda escuchó en silencio todo ese pequeño diálogo, jalando su atención principalmente como su aparente salvadora había llamado a la mujer en la silla de ruedas.

    —¿Kali? —Susurró despacio, y al escuchar su nombre la mujer morena inclinó sólo un poco su rostro hacia ella, pegando su mejilla contra su propio hombro.

    Ese nombre.

    Su apariencia.

    La hemorragia en su nariz.

    Y la ilusión que los había sacado a salvo de ese edificio…

    Los ojos de Matilda se abrieron ampliamente cuando aquel revelador pensamiento le cruzó por su mente.

    —Tú… —murmuró despacio con incredulidad—. Tú eres Kali Prasad. Eres Eight…

    Aquella mujer se limitó a sonreírle, y volvió de inmediato a poner su nariz en alto para prevenir que siguiera sangrando.

    —¿Eight? —Murmuró Cole, ahora siendo él quien no comprendía, aunque la realidad era que la propia Matilda tampoco lo hacía del todo.

    Kali Prasad, otro más de los sujetos derivados de los experimentos que el gobierno había realizado en los 70’s y 80’s; los mismos experimentos de los que provenía la propia Eleven. Su antigua mentora le había hablado al respecto, al igual que de otros individuos que salieron de ahí; incluyendo a aquella a la que llamaba “Eight.”

    Para cuando logró reaccionar, la camioneta ya había arrancado y se incorporó a la avenida, comenzando su silenciosa huida lejos del Edificio Monarch.

    —¿Qué está ocurriendo? —Masculló Matilda sobresaltada—. ¿Qué hacen ustedes aquí?

    —Esperemos a estar lo más lejos posible de ese maldito edificio —indicó la conductora con seriedad, mientras aceleraba un poco más—. Tenemos mucho de qué hablar, chicos…

    Matilda y Cole se miraron el uno al otro, estando cada uno a un costado contrario de la camioneta. Ninguno tenía la historia completa, y en realidad ni entre los dos juntaban la mitad. Pero con sus solas miradas se dijeron mutuamente que, al menos de momento, estaban a salvo. Así que podían darse el lujo de respirar y descansar, sólo un segundo…

    — — — —
    Mientras abajo se suscitaba el cao, en el pent-house poco a poco se había recuperado la tranquilidad, o al menos algo parecido a ello. El sillón de la sala había sido puesto de nuevo en su sitio, y Damien había tomado asiento, cerrado los ojos y tomado un segundo para calmar el dolor de su cabeza. Esto resultó un poco difícil, considerando que estaba rodeado por todos los destrozos ocasionados, en especial los de Samara. Entre tanta revoltura de pensamientos, uno un tanto más divertido se le vino a la mente al pensar en lo molesta que estaría Ann al ver ese sitio. No sería barato repararlo, si acaso valía la pena hacerlo.

    Abrió tras unos momentos los ojos y recorrió la sala para contemplar a los que seguían ahí con él. Kurt y los otros dos guardaespaldas habían bajado en su persecución por los dos intrusos, y aún no se habían reportado. Sólo habían pasado un par de minutos, pero la impaciencia de Damien lo hacía sentir que habían sido más.

    Por su parte, delante de él, Verónica se había autoimpuesto la tarea de barrer los vidrios rotos de la mesa y de las puertas corredizas.

    «Siempre tan servicial» pensó con ironía el muchacho. De momento, sin embargo, no tenía muchos deseos de decirle algo. Dudaba que se hubiera ahogado de verdad de haber permanecido más tiempo en el agua, pero si no fuera por ella quizás aún seguiría ahí flotando. Así que de momento no le desagradaba tanto tenerla cerca.

    Miró más detrás de Verónica hacia la cocina, en dónde notó a Lily sentada y comiendo… ya a esas alturas no lo sabía, y poco le importaba. ¿Helado?, ¿papas?, daba igual. Su indiferencia a lo ocurrido no le sorprendía. Y al girarse a su zurda, miró a Esther sentada en el suelo contra la pared. Estaba abrazada de sus piernas y tenía su mejilla pegada contra sus rodillas. Su vista estaba perdida en dirección a la terraza, y quizás en el cielo azul que se veía a lo lejos. ¿Qué tanto pensaba en esos momentos? Sólo ella lo sabía.

    Damien se viró entonces hacia su lado derecho, y ahí vio a los otros dos: James y Mabel, parados un poco más alejados de todos cerca de la puerta del baño, murmurando entre ellos muy despacio para no ser oídos. Damien se sorprendió un poco al percatarse de que casi se había olvidado de la presencia de los dos verdaderos. Pero en cuanto o vio, y fue consciente de su simple existencia, un pensamiento, o quizás más bien un recuerdo, se le vino a la mente abruptamente. Y esa debilidad y dolor que sentía en esos momentos, fue mitigada por una ferviente furia que lo hizo casi ver todo en rojo.

    Agachó su mirada a sus pies. Ahí reposaba una pistola, la cual Verónica había estado evitando en su barrida casi como si temiera tocarla. ¿Era del policía? ¿O quizás de alguno de los guardaespaldas? Daba igual, pues en esos momentos era suya. Así que rápidamente se estiró, tomó el arma firmemente con su mano y se paró de su asiento.

    —¿Necesitas algo, Damien? —Le preguntó Verónica apresurada al ver que se paraba, pensando que quizás quería un vaso con agua o algo de comer. Pero no. La necesidad que invadía al chico en esos momentos era otra muy diferente.

    James y Mabel en efecto hablaban entre ellos, volteados hacia la pared como niños regañados, pero en realidad querían sentirse de cierta forma aparte de todo lo demás. Ambos estaban realmente alterados por lo ocurrido, pero como siempre James lo exteriorizaba menos; su semblante se mantenía sereno y firme, al igual que su postura. Mabel, por su parte, casi temblaba, y abrazaba contra sí el cilindro con vapor que James le había traído para curarle su herida (ya para esos momentos complementa cerrada).

    —¿Qué fue todo esto? —Exclamó Mabel, sonando casi como un reclamo a su pareja, aunque no era precisamente el caso—. ¿De dónde salieron estos vaporeros tan poderoso? ¿Cómo nunca supimos de ellos antes?

    —A uno de ellos ya lo había visto —indicó James, recordando de nuevo su primer encuentro con Cole—. Y en esa ocasión también sentí a otra, una mujer. Pero al parecer hay más.

    Mabel se mordió ligeramente su pulgar como señal con nerviosismo. Había una época en donde haberse cruzado con individuos como estos la hubiera emocionado tanto como le emocionaría a cualquier niño ver su platillo favorito servido en mantel blanco ante él, totalmente a su disposición. Pero en esos momentos era incapaz de sentir nada cercano a emoción. Aquellos que antes hubieran significado comida para ella, en esos momentos eran un peligro latente para su seguridad. Y eso, una vez más, la hizo rabiar de frustración.

    —Hubo alguien más aquí aparte de ese hombre y la mujer, ¿cierto? —Le cuestionó James, incluso más despacio que antes—. La que lo atacó y lastimó. Tú la viste, ¿cierto?

    Mabel guardó silencio, teniendo su mirada agachada y pensativa. Claro que la había visto; hubiera sido imposible no verla.

    James interpretó su silencio de la mejor forma.

    —¿Acaso era…?

    Su pregunta quedó en el aire, pues antes de poder terminarla, sin que ninguno lo notara Damien se les había acercado por detrás, y lo siguiente que Mabel sintió fue como el chico la tomaba fuertemente de sus cabellos, y empujaba su cara hacia la pared, golpeando un costado de su frente contra ésta. Aturdida, lo siguiente que sintió fue que empujaba y presionaba su cabeza, haciendo que su mejilla se aplastara con el muro.

    —¿Qué no habías sentido nada de nada al tocar su foto, dijiste? —Murmuró Damien con marcada molestia. Alzó el arma que sujetaba en su otra mano, y pegó el cañón directo contra su cráneo—. Al parecer crees que soy un idiota, ¿cierto?

    Aquel giro tan repentino llamó de inmediato la atención de todos. Verónica y Esther miraron al mismo tiempo en su dirección, e incluso Lily salió de la cocina para chismosear. James, por su lado, se quedó unos segundos estupefacto al ver esto justo delante de sus ojos. Pero no se quedó en ese estado por mucho.

    —¡Suéltala…! —Le gritó furioso la Sombra, y de inmediato estiró su mano hacia el chico, tomándolo firmemente de la muñeca que sujetaba la pistola para apartarla de ella.

    —¿Enserio quieres intentarlo? —Exclamó Damien desafiante, volteando a ver al verdadero pero sin soltar ni su arma ni la cabellera de Mabel—. ¿Quieres intentar paralizarme y salvar a tu doncella en apuros? Anda, quiero que lo hagas; en estos momentos me fascinaría que lo hicieras. Pero más te vale lograrlo a la primera, porque si no le meteré esta arma por la nuca a “tu” Mabel, y luego seguirás tú. Así que piensa muy bien lo que harás, Sombra…

    Y por unos instantes todo se sumió en un agobiante y tenso silencio, en el que ambos hombres se observaron el uno al otro, a la espera de que cualquiera diera un paso de más, o incluso un pestañeó indebido. James ciertamente vacilaba, pues pese a los fuertes deseos que tenía de salvar a su compañera, el temor que ese individuo le provocaba a ambos era innegable y humillante.

    Sin embargo, aunque la amenaza de Damien no era para nada en vano, lo cierto era que una parte de su siempre inmutable seguridad era prácticamente bluff. Damien sabía muy bien que no estaba en las mejores condiciones; nunca antes se había sentido tan agotado y adolorido como en esos momentos, y la verdad dudaba un poco de qué pasaría si en verdad James intentaba paralizarlo con esa habilidad suya. Pero claro, no podía darse el lujo de que alguno de esos dos se diera cuenta de ello. Y quizás todo ese acto era una forma de quitarles de la cabeza cualquier idea que les hubiera quedado de que estaba débil tras lo que habían visto. ¿Funcionaría?, ¿o tomaría el riesgo sin importar qué?

    Por suerte la Sombra no tuvo que tomar esa difícil decisión, pues Mabel intervino y la tomó por él.

    —Por favor James, no lo hagas —murmuró Mabel con aprehensión, extendiendo una mano hacia él en señal de alto.

    La Sombra titubeó unos instantes, pero al final soltó la mano de Damien y retrocedió un paso. Sin embargo, no le quitó los ojos de encima ni un poco. Lo apartaría de ella en cuanto lo viera necesario, aunque tuviera que teclearlo al viejo estilo.

    Mabel comenzó entonces a hablarle fuerte y claro a Damien, a pesar que por su posición tan incómoda le era imposible mirarlo directamente:

    —Te juro que no sentí su presencia en lo absoluto. Debió haberse ocultado. Que apareciera me sorprendió tanto como a ti…

    —Pues eso resulta aún peor, ¿no te parece? —Musitó Damien con amenaza en su voz—. Si no fuiste capaz de percibir que estaba tan cerca de mí, ¿para qué me sirves exactamente? Y si la sentiste y no me lo dijiste, es obvio que puedo contar menos con tu lealtad de lo que pensé.

    Alzó en ese momento el revólver y pegó la punta del cañón de nuevo contra su cabeza. James reaccionó de inmediato con la intención de volver a tomarlo, y esta vez dispuesto a hacer lo que tenía que hacer. Mabel se percató de inmediato de esto, y rápidamente alzó una mano hacia él para detenerlo, al tiempo que alzaba su voz en alto para poder ser oída sin duda:

    —¡Puedo traértela! Está muy débil y vulnerable luego de su lucha, pude sentirlo. Ya no podrá ocultarse. La rastrearé y la mataré por ti; también a ese policía y a la mujer. Sólo tomaré un poco de vapor y podré encontrarlos a todos. Soy la única que te puede ayudar con eso, y lo sabes.

    Damien no respondió nada, aunque tampoco quitó de inmediato la pistola de su cabeza, así que la amenaza latente de que se suscitara un disparo se mantuvo ahí entre ellos, flotando como un denso y penetrante hedor. Si acaso Damien tenía verdaderas intenciones de volarle la cabeza a la doncella en esos momentos, éstas se hicieron a un lado cuando se escucharon pasos aproximándose por el pasillo desde la entrada principal. Al virarse en esa dirección, más allá del hombro de James vio a dos de sus guardaespaldas ingresando a la sala.

    Los dos hombres miraron al inicio un poco sorprendidos la escena, pero intentaron recuperar su compostura rápidamente. Aunque, en realidad no se veían del todo firmes y seguros en dichas posturas, lo que le indicó a Damien de inmediato que no tenían buenas noticias.

    —Los perdimos, señor —le informó Kurt con abatimiento—. No sabemos qué pasó. La policía dice que no llegaron a la planta baja en el elevador.

    —Debieron haber bajado en algún piso y salido por otro medio —informó el otro—, o quizás siguen aún en el edificio. Los están buscando en cada planta, y también en los alrededores.

    —Pierden el tiempo —exclamó Lily en ese momento con sorna, jalando las miradas de todos hacia ella—. De seguro ya deben estar lejos de aquí. Al parecer tienen más trucos escondidos de los que parecían.

    Una sonrisa astuta, casi burlona, se dibujó en los labios de la niña. ¿Qué sabía o qué creía saber? Daba igual; Damien de todas formas tenía el mismo presentimiento.

    —Alguien debió haberlos ayudado —añadió Esther, parándose del suelo—. Con esa pierna herida, ese policía no llegará muy lejos sin atención.

    Damien meditó unos segundos, y luego soltó a Mabel abruptamente y se alejó de ella. Ésta, a pesar de que estaba contra la pared, sus piernas casi cedieron y estuvo por caerse, pero James se apresuró a sostenerla.

    —Señor —susurró Kurt con voz casi temblorosa, aproximándose a Damien. Éste se viró hacia él de reojo, y su sola mirada le daba a entender que más le valía que lo que iba a decir fuera importante. Y el hecho de que tuviera aún esa arma de fuego bien sujeta en su mano derecha, no le daba más confianza al hombre de seguridad—. La policía quiere subir a que les dé su declaración. William está abajo hablando con ellos para entretenerlos, pero subirán en cualquier momento. Y…

    La mirada de Kurt se desvió sutilmente hacia otra dirección en la sala, y en realidad a otras dos personas: Esther y Lily. Éstas dos, y en realidad todos los presentes, comprendieron el predicamento.

    —Y no te conviene tener a una prófuga y a una niña secuestrada aquí cuando suban, ¿eh? —ronroneó Esther con tono jocoso.

    Por su puesto que no les convenía, y la más de acuerdo con dicha idea era Verónica.

    —Hay que sacarlas de aquí de inmediato —espetó la mujer rubia alarmada.

    —Gracias por señalarme lo obvio —respondió Damien con sequedad.

    Se viró entonces a James y Mabel, apuntándolos con el arma aunque no precisamente con intención de dispararles.

    —Llévenselas con ustedes y encárguense de esos sujetos como bien prometieron; luego póngalas a salvo —ordenó con firmeza, a lo que los verdaderos no respondieron nada; no era como si tuvieran de otra en esos momentos. Se giró justo después hacia Eshter y Lily, aunque con actitud menos agresiva—. Y ustedes asegúrense de traer a Samara con vida. Ella y yo aún tenemos cosas de qué hablar.

    Y dadas sus instrucciones, se dispuso a caminar hacia su habitación con el fin de quitarse esas ropas húmedas que olían a cloro de alberca, y en general a arreglarse lo mejor posible antes de que la policía estuviera ahí. Pero antes de que pudiera retirarse, una inesperada queja lo retuvo.

    —Yo no iré a ningún lado con nadie —exclamó Lily desafiante; Damien se detuvo en seco al oírla—. ¿No has entendido que yo no pienso hacer más lo que tú me digas? —Resopló con fastidio la niña de Portland, y entonces se dio media vuelta y caminó tranquilamente hacia la salida—. Yo me iré por mi cuenta de este circo, justo como lo…

    Apenas había dado unos cinco pasos como máximo, cuando sintió abruptamente la presencia de Damien a sus espaldas, casi como si se hubiera materializado justo detrás en un segundo. Y antes de que pudiera voltearse hacia él, sintió como la mano del joven se movía hacia delante de ella y la tomaba fuertemente de su cuello, apretándolo con gran fuerza entre sus dedos. A su vez el chico la empujó contra él, haciendo que su espalda quedara contra su torso, quedando totalmente atrapada.

    Los ojos de Lily se abrieron por completo, llenos de asombro pero también de… miedo, esa sensación que tanto había disfrutado en otros. Con su garganta aprisionada de esa forma le era imposible respirar con normalidad, y de su boca sólo salían pequeños gemidos sin sentido. Alzó sus manitas por reflejo, intentando apartar la mano que le apresaba el cuello, pero sus dedos no fueron capaces de moverla ni un poco. Incluso según ella lo arañaba, sin obtener tampoco ningún resultado.

    —Tu actitud ya me tiene harto, y mi paciencia se agotó —escuchó como Damien le susurró cerca de su oído, sonando tan agresivo y gutural como si una bestia fuera quien le hablaba—. Así que dime, ¿por qué no resultaría más sencillo ocultar tu cuerpo que seguirte soportando? Si es que puedes decir algo…

    Sus dedos se apretaron incluso más contra su garganta. Lily soltó un quejido de dolor, pero nada parecido a una palabra. El aire se le había casi acabado, y no fue capaz de concentrarse lo suficiente para contraatacar de alguna forma, crear alguna ilusión que inundara la mente de ese maldito y lo obligara a soltarla, por la combinación de dolor, asombro y terror. Y también, quizás de manera inconsciente, le daba mucho más miedo el tener que meterse a la cabeza de ese sujeto…

    —Damien, espera… —musitó Verónica preocupada, aproximándose cautelosa al chico, aun a sabiendas de que en ese estado en el que se encontraba ella podría salir incluso peor parada. Pero antes de que pudiera decirle algo para calmarlo, alguien se le adelantó.

    —No estás pensando con claridad, chico —murmuró Esther, parándose firme a un lado de Damien. Éste la miró de reojo, al igual que la propia Lily. Su rostro a simple vista parecía intentar parecer tranquilo, pero un atavismo de inquietud podía ser percibido si ponías la suficiente atención—. Ya tienes demasiados problemas y a los lobos rascando tu puerta, como para complicarte más las cosas con un homicidio por rabia. Créeme, yo sé de lo que te hablo, y entiendo mejor que nadie las ganas de romperle su cuello a esta pequeña rata de una vez por todas. Pero tú mismo lo dijiste hace rato, ¿recuerdas? Que la necesitabas y que la querías como parte de tu familia; ¿eh? Además, ¿quieres a Samara de regreso? Yo te la traeré, pero necesito a Lily conmigo para hacerlo, ¿entiendes? Sé un Anticristo razonable por una vez.

    Esther habló rápido, pero clara, y no le quitó los ojos de encima a Damien ni un instante; posiblemente ni siquiera parpadeó. El chico la observo en silencio mientras le daba todo ese discurso, sin dar seña en su semblante de si surtía algún efecto o no. Al final algo debió funcionar, pues tras un rato soltó a Lily abruptamente, empujándola hacia el frente. La niña cayó al suelo de rodillas, y luego sobre su costado, comenzando a toser con fuerza y a respirar con dificultad.

    Leena miró azorada a la niña en el suelo, y casi de inmediato se giró de nuevo hacia Damien, como si temiera que si le quitaba los ojos de encima un segundo ella sería la siguiente en recibir la ira de ese sujeto.

    —Ninguno se atreva a volver sin Abra y sin Samara —soltó el chico en ese momento, siendo dicha amenaza tanto para las dos niñas como para Mabel y James—. Las quiero a ambas vivas…

    Se dirigió entonces de nuevo hacia su cuarto, y todos se quedaron quietos esperando que se fuera (salvo Lily que seguía retorciéndose en el suelo intentando normalizar su respiración).

    —Kurt —exclamó Damien con fuerza ya estando en el pasillo, y el guardia atendió de inmediato a su llamado, aproximándosele por un costado. Ambos caminaron lado a lado por el pasillo, y cuando estuvieron a la distancia apropiada Damien le susurró—: Acompáñalos.

    —¿Señor? —Inquirió Kurt un poco confundido.

    —No me fio de ninguno. Si te da la impresión de que alguno intenta algo indebido… bueno, lo dejo a tu criterio. ¿Entiendes?

    Kurt guardó silencio un segundo, y luego añadió con fría firmeza:

    —Sí, señor.

    Sin más, Damien caminó hacia su habitación al fondo del pasillo con intención de encerrarse en ella y poder cambiarse. Se encontró sin embargo con la puerta derrumbada, a causa de que la mujer invasora había arrojado a uno de sus guardaespaldas contra ella hasta tumbarla. Aquello podría haberlo hecho rabiar aún más de lo que ya estaba, pero extrañamente pareció tomarlo con algo de humor; aunque eso no le impidió patear un poco la puerta, levantándola apenas unos centímetros del suelo.

    Como fuera, igual tenía que quitarse esa ropa mojada.

    Mientras tanto, en la sala, Lily había ya comenzado a calmarse. Dejó de toser, y ya respiraba con más normalidad, aunque de vez en cuando se percibían pequeños silbidos que no deberían estar ahí cuando inhalaba aire a sus pulmones. Estaba con su cara contra el suelo, y sus cabellos castaños se desparramaban sueltos por el suelo. Esther la contemplaba en silencio, de pie a un lado de ella. Cuando le pareció prudente, se agachó colocándose de cuclillas a su diestra.

    —Oye, ¿estás…? —musitó Leena despacio, y aproximó con cuidado una de sus manos a su cabeza. Pero antes de poder tocarla, Lily se giró rápidamente, apartando bruscamente su mano lejos de ella.

    —¡No me toques! —Le gritó furiosa la niña de Portland, incluso después llegando a empujarla con ambas manos hacia atrás. Esther cayó de sentón al suelo. Lily reveló en ese momento que tenía su rostro humedecido y sus ojos rojos; similar a cómo había estado la noche anterior, cuando le hizo aquella herida aún presente en su frente—. No necesitaba de tu ayuda… —musitó con una ferviente agresividad, que Esther notó se le dificultaba mantener.

    —Pues bueno —exclamó la mujer de Estonia con indiferencia, parándose y arreglándose su vestido como si nada hubiera pasado—. Como sea, ahora estamos a mano por lo de hace un rato —sentenció casi como una amenaza, y se alejó de ella con profunda normalidad.

    Lily se quedó ahí sentada en el suelo un rato más, como si temiera que si se paraba sus piernas la traicionarían y la harían caer de nuevo. Pero al final tuvo que ponerse de pie ella misma; como siempre lo había hecho antes.

    FIN DEL CAPÍTULO 101
    Notas del Autor:

    Comienzo a sentir que Lily ha sido un personaje muy maltratado en esta historia. Aunque bueno, algunos dirían que se lo merece; ¿qué opinan ustedes?

    Después de un pequeño receso, volvemos con un capítulo más de esta historia. Matilda y Cole no sólo lograron huir con vida (aunque no intactos) del pent-house de Damien, sino que además pudieron llevarse a Samara con ellos. Lo crean o no, algunas cosas no fueron de la forma en que esperaban que pasaran, pero bueno; hay que adaptarse a las situaciones.

    Pero esto no se ha calmado todavía, pues nuestro Anticristo no los dejará escapar tan fácil. Y no hay que olvidar que el DIC está rondando muy cerca. Sin embargo, toca desviarnos un poco y en los siguientes capítulos iremos a recorrer algunos otros temas que habíamos dejando un poco pendiente. Pero no se preocupen, no será por mucho y volveremos más pronto de lo que creen con estos personajes.

    ¡Nos leemos pronto!
     
  2.  
    WingzemonX

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    Resplandor entre Tinieblas
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    Misterio/Suspenso
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    Resplandor entre Tinieblas

    Por
    WingzemonX

    Capítulo 102.
    Un regalo para su más leal servidor

    El Dr. Haddad encendió su pequeña linterna frente al rostro de Rosemary, y pasó sutilmente la luz de ésta delante de sus ojos claros y brillosos. La mujer, de rostro arrugado y delgado pero de un color particularmente saludable en esos momentos, se encontraba sentada en su cama médica, la misma en dónde había estado dormida por casi veinte años, en esa bonita habitación del departamento de su hijo. La cama había sido colocada en la posición adecuada para que la paciente pudiera estar sentada de forma cómoda. Sus labios delgados y sonrosados dibujaban una pequeña sonrisa alegre, o mínimo de comodidad.

    —Siga la luz, por favor —le indicó el médico de cabello corto y nariz aguileña, mientras movía la luz frente a su rostro.

    Rosemary movía sus ojos a donde le indicaba. A veces el brillo llegaba a molestarle y tenía que cerrarlos unos segundos, para luego seguir adelante con el examen justo como se lo pedían.

    —Muy bien, lo está haciendo muy bien —le felicitó el doctor, y un par de segundos después apagó su linterna y la guardó en el bolsillo de su camisa color beige.

    Rosemary y el Dr. Haddad no eran los únicos ahí presentes. De pie frente a la puerta, aunque manteniendo una distancia prudente, Andy y Ann observaban todo en silencio, pero notablemente interesados. Haddad era el neurólogo que había estado tratando a Rosemary Reilly desde que Andy la transportó hasta New York. Por eso mismo, la acción inmediata del exitoso músico, tras digerir y entender (lo mínimo posible) lo que ocurría, fue llamarlo de emergencia y pedirle (aunque quizás hubo un poco de orden en su tono) que fuera para allá de inmediato.

    Andy aún no lograba concebir del todo lo que ocurría, incluso estando de pie mirando aquello con sus propios ojos. Una parte de él pensaba que en cualquier momento Haddad se giraría hacia él y le diría que todo fue un gran malentendido, y que su madre seguía exactamente igual a cómo estaba antes de que se fuera a Grecia, por más incoherente que ese pensamiento le resultara. Era obvio que estaba despierta; lo había visto y hablado… pero él no era capaz de creerlo, o quizás en realidad no quería hacerlo.

    —Dígame, ¿cómo se siente? —preguntó el Dr. Haddad con voz templada—. Físicamente hablando.

    —Salvo que se me dificulta un poco mover el cuerpo, me siento bien —respondió Rosemary con insólito optimismo—. No tengo ningún dolor o molestia en específico.

    —Esa es una buena señal —asintió Haddad—. Vamos a hacer una prueba rápida de su sensibilidad, ¿le parece?

    Rosemary asintió como respuesta, aunque no es como si tuviera algún motivo para negarse.

    Haddad se paró entonces y se acercó un poco al pie de la cama. Retiró con cuidado el cobertor de la pierna derecha de Rosemary, que se asomaba de debajo de la bata de hospital desde la rodilla hasta la punta de los pies. Haddad tomó una pluma del bolsillo de su camisa (el mismo donde había colocado su linterna) y la aproximó a un costado de su pantorrilla, presionando un poco la punta contra su piel.

    —¿Siente esto?

    —Sí —respondió Rosemary.

    A continuación, el médico bajó un poco más, ahora hacia los dedos de su pie.

    —¿Y esto? —preguntó un segundo antes de presionar la pluma contra la punta de su dedo gordo, quizás más fuerte de lo requerido pues en ese instante Rosemary dio un pequeño sobresalto en la cama.

    —Sí… y le pido que no lo haga de nuevo, que duele —le reprendió Rosemary.

    —En este caso el dolor es bueno, en realidad —se excusó Haddad, y siguiendo su petición guardó de nuevo su pluma y dejó esa prueba hasta ahí; igual todo se veía bien—. Intentemos algo más. Voy a decirle tres palabras, y le pido que intente memorizarlas lo mejor que pueda, ¿de acuerdo? —Rosemary asintió—. Las palabras son: manzana, martillo, papel. ¿Puede repetirlas?

    —Manzana, martillo y papel.

    —Muy bien. ¿Puede decirme su nombre completo y su lugar de nacimiento?

    —Rosemary Reilly, y nací en Omaha, Nebraska —respondió rápidamente y con bastante fluidez en sus palabras.

    —¿Recuerda el nombre de sus padres?

    —Claro que sí: Edward y Mary.

    —¿Y el de sus hermanos?

    —Eddie, Margaret, Brian, Jean y Pat —enlistó sin vacilación alguna.

    —¿Y el nombre de su esposo?

    —Exesposo —le corrigió tajantemente, al parecer con la intención de alzar su mano en señal de regaño, pero cediendo de su intento pues ésta de momento la sentía demasiado pesada para levantarla—. Su nombre era Guy Woodhouse —respondió tras un rato, aunque no del todo contenta de hacerlo al parecer.

    —¿Y el de su hijo? —preguntó el doctor por último, volteando a ver a Andy, que se estremeció un poco al sentirse de golpe jalado de ser un mero espectador a parte de la conversación.

    Rosemary igualmente se volteó hacia él, y todos pudieron ver cómo su rostro entero se iluminaba de golpe. Y su sonrisa, hasta ese momento moderada, se amplió por completo llena de júbilo.

    —Adrew, mi pequeño Andrew —murmuró despacio, con cariño acompañando cada palabra—. Que ya no es tan pequeño, en realidad. Se ha convertido en un hombre mucho más apuesto y galante de lo que pensé que sería. ¿No le parece a usted, doctor?

    Haddad carraspeó, y al parecer la pregunta le incomodó un poco pues de inmediato pasó a otro tema.

    —Sra. Reilly, ¿qué es lo último que recuerda antes de quedar inconsciente?

    Rosemary desvió lentamente su vista de su hijo al médico de pie a su lado al oír su pregunta. Su sonrisa se esfumó lentamente y su entrecejo se arrugó un poco, en señal de que estaba haciendo un pequeño esfuerzo por formular de forma correcta su respuesta. Andy en particular se tensó un poco, intentando adivinar qué estaba por responder. Él sabía lo que había ocurrido; estaba presente en ese momento, después de todo.

    —Yo… estaba en el Bramford —comenzó a explicar la mujer en la camilla—, era de noche y me dirigía al ascensor con Andy para irnos de ese sitio. Y luego… —hizo una pequeña pausa reflexiva, y entonces añadió—: luego ya no recuerdo más. ¿Fue ahí donde me desmayé?

    —Así parece, señora —aclaró el médico. Aquello concordaba con lo que el mismo Andy le había contado hace mucho cuando recién comenzó a tratarla—. ¿Por qué intentaba salir de su edificio tan tarde?

    —Quería hacer un viaje sorpresa a casa para visitar a mis padres, y llevar a Andy para que lo conocieran al fin en persona.

    —¿Por qué tan tarde?

    Rosemary volvió a tomar unos segundos de cavilación, y luego se encogió de hombros, apenas con un pequeño movimiento apreciable de estos.

    —No lo sé, en realidad. Fue una ocurrencia del momento, y me dije: ¿por qué no? Creo que no estaba pensando con claridad en ese momento. Quizás ya tenía algo malo en la cabeza y eso causó todo esto. ¿Puede eso ser posible?

    —Sí, es posible —asintió Haddad, al parecer satisfecho por la respuesta,

    Andy, por su lado, estaba un poco sorprendido por su contestación tan clara y rápida, a pesar de que él sabía muy bien que no todo lo que decía era cierto. ¿Estaba mintiendo deliberadamente?, ¿o quizás realmente era así como ella lo recordaba?

    —¿Me repite las tres palabras que le dije antes que memorizara? —comentó Haddad de pronto, tomando un poco por sorpresa a Rosemary. Ésta vaciló sólo un segundo, y entonces susurró:

    —Manzana, martillo… y papel, ¿cierto?

    —Esas eran —afirmó Haddad con entusiasmo. Luego incluso se permitió darle a la mujer un par de palmadas en su hombro, como si la estuviera felicitando—. Muy bien, Sra. Reilly. Ya terminamos por hoy. Sólo me queda decirle que nos da mucho gusto a todos tenerla de vuelta entre los vivos.

    —No tanto como a mí, doctor —respondió Rosemary sonriente—. Gracias.

    El Dr. Haddad se dirigió entonces a la puerta y salió tranquilamente al pasillo. Fue evidente para Andy y Ann que quería que lo siguieran, y así lo hicieron. Sin embargo, el dueño del departamento se detuvo unos momentos a mirar a su madre en la cama, que le volvió a sonreír con entusiasmo como hace rato. Él intentó devolvérsela de la misma forma, aunque de seguro se le notaba bastante menos júbilo. Luego sólo asintió una vez y salió un poco apresurado de la habitación.

    —¿Y bien? —preguntó Andy sin rodeos una vez que los tres estuvieron afuera y de pie a un par de metros de la puerta.

    Haddad se acomodó sutilmente sus anteojos, y entonces respondió:

    —Tendría que hacerle estudios más detallados, pero a simple vista no parece haber ningún daño neurológico. De hecho, parece estar en perfecto estado y bastante lúcida; como si tuviera veinte años, y sólo se hubiera echado a dormir una siesta el día de ayer. Es realmente impresionante.

    Andy guardó silencio, asombrado por oírlo decir eso; al parecer esperaba recibir algún otro tipo de respuesta.

    —¿Y crees que le sea posible pararse de esa cama? —preguntó una vez se sobrepuso.

    —Los ejercicios y terapias que le has aplicado cada día le han ayudado. Con algo de terapia más intensiva ahora que está despierta, lo veo bastante viable.

    El médico se tomó la libertad de acercarse al músico y tomarlo delicadamente de los brazos, como un intento contenido de abrazo. Luego le sonrió, bastante más entusiasmado.

    —Felicidades, Andy. Si alguien se merece este regalo, eres tú.

    El músico se limitó sólo a sonreírle ligeramente, pero de sus labios no surgió ninguna palabra…

    Ann, que estaba de pie a lado de los dos, había tenido su atención puesta en Andy todo ese tiempo, y se había percatado de inmediato lo difícil que le estaba resultando mantener esa máscara de cordialidad y felicidad. Aquello ciertamente lo había puesto de cabeza, y no era para menos. Así que decidió tomar la iniciativa y ayudarlo un poco.

    —Muchas gracias por todo, doctor —murmuró la empresaria con gentileza, y colocando una mano en la espalda del médico comenzó a guiarlo por el pasillo hacia el recibidor—. Déjeme acompañarlo a la puerta.

    Ambos avanzaron solos hacia la salida, dejando a Andy atrás que agradeció en silencio que Ann estuviera ahí para encargarse de eso para lo que no tenía precisamente mucha cabeza. Especialmente ahora, que no podía postergar más entrar en ese cuarto y encarar a la mujer de la camilla, ahora despierta.

    —Quisiéramos que la noticia no se diera a conocer de momento —comentó Ann con moderación una vez que Haddad y ella se encontraban ya en el recibidor del departamento—. Todo esto será un proceso complicado para el señor Woodhouse y su madre, y lo que menos quisiéramos es tener a la prensa metida aquí haciendo preguntas. Usted me entiende.

    —No se preocupe, señora… —murmuró Haddad, dudando un poco al momento de referirse a la mujer a su lado, pues no recordaba que Andy los hubiera presentado formalmente. Y en efecto, no lo había hecho, y no podía culparlo pues su cabeza había estado divagando en mil cosas después de todo.

    Ann sonrió con sus brillantes labios rojos, y le respondió con amabilidad:

    —Rutledge, Ann Rutledge.

    De momento consideró preferible no involucrar el apellido “Thorn” en eso, al menos que no hubiera de otra.

    —Le aseguro que seré extremadamente discreto con esto, Sra. Rutledge. Estoy realmente contento por Andy. Él esperó mucho tiempo para que esto ocurriera.

    —Sí, todos los estamos —asintió Ann, aunque en realidad ella no estaba aún segura de qué tan “contentos” debían de estar en realidad. Se aproximó entonces a la puerta principal y se la abrió—. Buenas tardes, y gracias por su visita.

    —No hay de qué —se despidió Haddad ya con un pie afuera—. Cualquier cosa, llámenme con confianza.

    Ann agradeció su gentileza una última vez, y entonces cerró la puerta una vez que el médico se encaminó al ascensor. Se permitió entonces borrar su falsa sonrisa de su rostro y soltar un pesado suspiro de cansancio.

    Hace sólo un par de horas acababa de bajar de un largo vuelo; realmente no estaba de humor para lidiar con esas cosas. Se suponía que debía estar de camino a Los Ángeles para esos momentos; ni siquiera había tenido oportunidad de comunicarse con Verónica y notificarle de su retraso.

    Miró en dirección al pasillo de las habitaciones y ya no vio a Andy de pie en él. Supuso que estaba con su madre… así que era mejor no molestarlo. En lugar de irlo a buscar, se dirigió a la sala y se sentó para esperarlo. Su expectativa era que pudieran decidir pronto qué es lo que harían con el otro asunto que los atañía. Lo más seguro era que tendría que irse ella sola a Los Ángeles, como tenía planeado originalmente…

    — — — —
    Andy en efecto había vuelto al cuarto, donde su madre lo esperaba paciente. En cuanto lo vio en la puerta, de nuevo la mujer le sonrió con alegría; alegría sincera, más profunda que la que había percibido de cualquiera de sus fans, o de los demás seguidores de la Hermandad. Una alegría con la que, para sorpresa de Andy, no estaba del todo acostumbrado a lidiar.

    El músico se aproximó a la camilla y se sentó a su lado en la silla, inclinándose un poco hacia la mujer. Ésta lo admiraba intensamente, como si intentara memorizar cada centímetro de su rostro.

    —No puedo creer que realmente seas tú, Andy —musitó Rosemary con excitación—. Con esa barba y ese cabello largo, casi te pareces a Jesucristo, ¿sabes?

    —Me lo dicen seguido —bromeó Andy como respuesta.

    —¿Aún ocultas tus lindos ojos de tigre con magia?

    —Aprendí a hacerlo por mi cuenta hace tiempo, y ahora siempre los tengo así. Es necesario; aún en esta época la gente no entendería muy bien a alguien de ojos dorados de bestia andando por ahí. Aunque, aquí entre nosotros, hay cosas más extrañas hoy en día.

    Rosemary de seguro no entendió del todo su comentario, pero igual rio de forma armoniosa.

    —¿Le mentiste al doctor cuando te preguntó sobre lo ocurrido aquella noche? —inquirió Andy sin muchos rodeos, pues realmente deseaba aclarar esa duda.

    —¿Y qué le iba a decir? ¿Que ese grupo de brujos que vivía en la puerta de al lado me lanzó un hechizo para dejarme en coma y evitar que huyera contigo? Por qué eso fue lo que pasó, ¿cierto? Me hicieron lo mismo que a mi amigo Hutch. —En su voz se percibió por primera vez enojo, y sobre todo un muy marcado resentimiento—. Pero lo que me hicieron a mí fue incluso más cruel… ¿En verdad estamos en el 2017?

    —Sí —respondió Andy con voz neutra—. Es noviembre, de hecho. Dentro de unos días será Acción de Gracias.

    Rosemary apoyó su cabeza por completo contra la almohada, y fijó sus ojos fríos en el techo sobre ella.

    —Cuarenta y un años… —murmuró despacio, como un pensamiento que se le escapaba de la cabeza sin que ella lo quisiera—. Esos malditos me arrebataron cuarenta y un años de mi vida. ¿Cómo pudieron hacerme esto? —Alzó entonces lo más que pudo su delgada y arrugada mano, que además le tembló un poco por el esfuerzo de mantenerla levantada—. Mírame, soy una anciana decrépita. Sólo desperté de ese largo sueño para de seguro morirme en serio dentro de poco.

    —No digas eso, mamá —exclamó Andy de inmediato, tomando con delicadeza su mano, y haciendo que la bajara de nuevo y la recostara sobre la cama—. El doctor dice que estás perfectamente. Aún estás a tiempo de vivir una vida plena, y de pasar mucho tiempo al lado mío y de tu nieto.

    El mal humor y enojo se esfumó un poco del rostro de Rosemary al sentir el tacto de su hijo en su mano, y en especial cuando mencionó a su “nieto”.

    —Sebastián es un niño adorable, y muy inteligente —declaró la mujer—. Se sentó aquí a mi lado a hablar conmigo desde que desperté, y a contarme muchas cosas sobre ti, sobre él, y sobre cómo es el mundo en estos momentos. Se parece tanto a ti a su edad. Me fue difícil creer por un momento que fuera adoptado. Si no me lo hubieran dicho, juraría que estaban relacionados de alguna forma.

    Andy nada más sonrió, sin responder en realidad nada a tal observación.

    —¿Nunca te casaste? —preguntó Rosemary de pronto, al parecer llena de curiosidad—. Esa señorita que está aquí, ¿es tu novia o... algo?

    Su tono era casi de acusación, pero su sonrisa pícara era más de complicidad. Incluso lo había susurrado más despacio que lo anterior, como si temiera que “esa señorita” de la que hablaba pudiera oírla. Andy no pudo evitar reír un poco. Aquello le había parecido casi como si se lo estuviera preguntando a un niño de diez años con respecto a alguna compañera de su clase.

    —No, nunca me casé —respondió tranquilamente a su primera pregunta—. Siempre ha habido mucho trabajo, y me temo que muy pocas personas pueden seguir mi ritmo. Y Ann, ella… —titubeó un momento, pero luego prosiguió con normalidad, como si nada hubiera pasado—. Es sólo una muy buena amiga.

    Rosemary sólo asintió despacio, aunque en sus ojos se podía ver que no le creía del todo su explicación. “Una madre siempre sabe”, dirían algunos.

    —Sebastián me dijo que eres músico, y que eres muy famoso —añadió Rosemary con entusiasmo.

    —Entre otras cosas.

    —También me dijo que ayudas a las personas, y siempre haces el bien. Que eres un Hijo de la Luz… Aunque no entendí bien qué significaba eso.

    —Es mi asociación benéfica —explicó Andy, cruzándose de piernas en una posición más cómoda—. Ayudamos en causas humanitarias y ecológicas lo mejor que se puede, e intentamos unir a las personas en una sola comunidad, más allá de sus ideas políticas y credos. Hemos hecho un gran progreso en combatir el hambre, las guerras, el cambio climático, la deforestación, los prejuicios y la discriminación. Aún queda mucho por hacer, pero todo lo hacemos un día a la vez.

    Mientras Andy contaba todo eso, Rosemary lo observaba atentamente, llena de interés y de emoción con cada una de sus palabras. A Andy por un momento se le vino a la mente momentos de muy atrás, cuando era un niño de 9 o 10 años, explicándole con mucha emoción a su madre alguna cosa que había visto en la tele u oído en la radio, y como lo miraba de regreso de la misma forma que lo hacía en ese momento. Eso le provocó una inusual sensación cálida en el pecho, aunque… también dolorosa.

    —Estoy tan feliz de oír todo eso —musitó Rosemary despacio, intentando apretar entre sus delgados dedos la mano de su hijo, aunque era claro que le faltaba bastante fuerza en estos—. Estoy tan tranquila de saber que Roman y Minnie no lograron convertirte en el monstruo que tanto querían que te volvieras. Yo sabía que la bondad en ti podría más, y que terminarías revelándote contra ellos y eligiendo tu propio camino. Estoy tan orgullosa de ti, Andy.

    Y como antes, Andy intentó sonreír despreocupado, pero ocultando detrás de esa cándida sonrisa demasiadas cosas. Lo cierto era que su madre tenía razón sólo a medias. No se había convertido en el monstruo que Roman y Minnie Castevet deseaban, pero… algunos quizás opinarían que se había transformado en uno peor.

    —¿Qué pasó con Roman y sus seguidores? —Cuestionó Rosemary de pronto.

    —Todos murieron ya hace tiempo —respondió Andy con absoluta indiferencia, como si hablara de personas con las que en realidad ni siquiera se hubiera cruzado en persona—. Roman falleció de su enfermedad tres meses después de que fingieran de esa forma tu muerte. Minnie le siguió un par de años después de un paro cardíaco fulminante. Y así cada uno fue muriendo, algunos de formas menos pacíficas. El último miembro que quedaba de esas viejas Aquelarres de brujos era Argyron, pero él acaba de morir justo el día de ayer.

    —¿El griego?

    —Ese mismo. Tuvo una larga y fructífera vida, pero un triste y solitario final.

    —¿Y la mujer francesa? ¿La que te quería llevar con ella a París?

    Andy arrugó un poco su entrecejo, colocando una expresión de intriga, o quizás de confusión, en su rostro.

    —¿Margaux Blanchard? —murmuró despacio, y al momento de hacerlo aquel nombre le sonó extraño, casi desconocido. Era un poco curioso; en realidad no había pensado en ella en mucho tiempo—. Luego de lo que te pasó, me fui a vivir con ella a Francia, y estudié allá hasta los dieciocho años, que fue también cuando ella murió.

    —¿Está muerta? —Exclamó Rosemary, al parecer incrédula ante la noticia.

    —Se suicidó con una sobredosis de pastillas. Su salud se había ido deteriorando los últimos años por un motivo u otro, y yo supongo que deseaba terminarlo todo a su modo y bajo sus términos. Siempre fue ese tipo de persona. Luego de su muerte volví aquí a New York, y comencé a incursionar en el mundo de la música. Y bueno, heme aquí.

    —Estoy tan contenta, hijo —exclamó Rosemary con júbilo, y dicha emoción al parecer le permitió tener un poco más de fuerza en su apretón, aunque de seguro terminaría por cansarla pronto—. Te convertiste en el hombre que siempre supe que podías ser. Gracias por nunca perder la fe en que volveríamos a vernos. Dios nos ha concedido este milagro…

    —Sí… —susurró Andy muy despacio, sin mutar su expresión serena ni un poco—, debió ser Dios…

    La presencia de una tercera persona en la puerta captó la atención de ambos. Andy pensó por un momento que se trataba de Ann, pero no. Era su hijo, Sebastián, y traía consigo su violín y el arco de éste.

    —Sebastián, ¿qué ocurre, muchacho? —Le preguntó Andy, y aquello lo tomó como una pequeña invitación para que se acercara a ellos.

    —La abuela me dijo que quería escuchar cómo toco el violín.

    —Entiendo —musitó Andy—. Pero me temo que han sido muchas emociones por un día. Tu abuela necesita descansar.

    —¿Descansar? —Exclamó Rosemary con molestia, casi como si la acabaran de insultar de algún modo—. Estuve dormida por cuarenta y un años; lo que menos quiero en estos momentos es descansar. Ven, Sebastián. Enseñarme tu talento musical.

    Con su mano izquierda le hizo lo mejor que le fue posible el ademán para que se aproximara, y el muchacho así lo hizo, poniéndose de pie a su lado. Andy supo de inmediato que no tenía mucha voz o voto en ese asunto.

    —Bien, los dejaré solos entonces —indicó el hombre de barba, parándose de la silla—. Cuídala bien, ¿sí? —le indicó al niño, seguido de un sutil guiño de su ojo, mismo que Sebastián respondió con un ligero asentimiento.

    Andy se dirigió a afuera de la habitación, permitiéndose cerrar con cuidado la puerta de éste una vez afuera. En parte para darles privacidad, y en parte porque… quería que Sebastián y su madre escucharan lo menos posible la conversación que le tocaba tener a continuación. Aunque aún con la puerta cerrada, mientras se alejaba logró escuchar cómo el niño comenzaba a tocar, con bastante fluidez y armonía cabía mencionar.

    Se dirigió por el pasillo hacia el área común, y en específico a la sala de estar. No le sorprendió encontrarse ahí mismo con Ann, sentada en uno de los sillones grandes, con su celular en la mano. Al sentir su presencia, alzó su vista hacia él, y sus miradas se cruzaron. Ambos guardaron silencio, ambos pensando por su cuenta casi en lo mismo. Tras unos segundos, Andy suspiró pesadamente, talló sus dedos por su frente, y murmuró despacio:

    —¿Te apetece un trago?

    —Suena apropiado —señaló Ann con elocuencia.

    Andrew se dirigió hacia su vitrina y tomó la primera botella que tenía a la mano, sin siquiera detenerse a verificar qué era. Tomó también un par de vasos de vidrio, y comenzó a servir generosamente el licor claro en ambos

    —Cuarenta y un años en coma y despierta de repente sin razón aparente —comentó Ann mientras lo observaba servir—. De seguro existe un récord al respecto. Debes de estar contento. —Andy no respondió nada, y siguió con su labor—. Pero no lo pareces...

    —Lo estaría si pudiera creer que en verdad esto fue una coincidencia… o una bendición bien intencionada —murmuró Andy con brusquedad, incluso molestia en su voz.

    Aquella respuesta desconcertó un poco a Ann.

    —¿A qué te refieres?

    Andy no contestó, al menos no de inmediato. Terminó de servir ambos vasos, luego volvió a cerrar la botella, pero no la guardó sino que la dejó sobre la barda. Luego se dirigió con los vasos hacia Ann, ofreciéndole uno de ellos. Ann lo tomó, y en cuanto lo acercó a su rostro el intenso aroma de éste le impregnó la nariz y la hizo apartarlo un poco de ella. Si su nariz no le fallaba, aquello era tequila; y uno bastante fuerte a su parecer, y encima le había servido bastante. Quizás en el fondo Andy sí deseaba festejar, aunque su semblante no lo reflejara.

    El dueño del departamento se sentó en el mismo sillón que ella justo a su lado, aunque manteniendo una prudente distancia. Dio un pequeño trago de su vaso, sin siquiera pestañear, y justo después comenzó a relatarle con voz calmada, aunque algo ausente.

    —Uno de los tantos maestros que tuve de niño fue una mujer llamada Margaux Blanchard. Ella decía que era capaz de escuchar la voz del Dador de Luz. Literalmente que Él le hablaba, y le daba instrucciones claras de lo que deseaba. Nunca supe si era en serio o sólo estaba un poco loca. Lo que sé es que yo nunca tuve tal privilegio. A lo más que siempre he llegado es a tener visiones, algunas más confusas que otras, que siempre he tenido que interpretar lo mejor que puedo. Cuando estaba en Atenas, intenté concentrarme, intenté llamarlo, intenté que me diera alguna señal de lo que debía de hacer de aquí en adelante. Y no recibí nada, absolutamente nada como respuesta... salvo tú. —Esa repentina mención a su persona tomó un poco desprevenida a la mujer a su lado. Poco después de eso te apareciste de la nada ante mí, y yo llegué a pensar que quizás tú eras la respuesta que Él me había mandado para mostrarme el camino que debía seguir.

    —Haces que me ruborice —comentó Ann con voz juguetona.

    Andy la miró, le sonrió del mismo modo que ella a él, y volvió a beber un poco de su vaso.

    —Pero de repente —prosiguió—, llego aquí y me entero que después de cuarenta y un años, mi madre está despierta, justo en este momento en el cual necesito tener mi mente concentrada en este otro problema que nos inquieta. Y no puedo evitar preguntarme qué es lo que nuestro Señor intenta decirme con esto, si es que en verdad está involucrado de alguna forma.

    —Quizás sea un regalo para su más leal servidor.

    —Si es eso, me hace cuestionarme porque tardó tanto en concedérmelo —contestó Andy sonando casi como un reclamo, y quizás en efecto lo era.

    El timbre de la puerta principal sonó en ese instante, y fue casi como una señal para que ambos guardaran silencio, sin que ninguno tuviera que indicarlo. Unos segundos después, los pasos de Gilda dirigiéndose al recibidor se hicieron presentes, y poco después vieron a la mujer de origen ruso pasar cerca de donde estaba, y perderse tras el muro que separaba la sala de la entrada principal.

    —Esa no es la clase de dudas que uno esperaría oír de parte del Apóstol Supremo de la Bestia —murmuró Ann muy despacio, inclinándose más hacia Andy—.Te aconsejaría no compartirlas con nadie más.

    —Por eso te las digo a ti. Puedo confiar en tu discreción, ¿cierto?

    —Por supuesto que sí. Ya te lo dije: yo siempre estaré de tu lado…

    Oyeron la puerta abrirse en ese instante, y poco después la voz de Gilda pronunciar con su marcado acento:

    —Sr. Lyons…

    Ann y Andy se pusieron en alerta al oír aquello, cado uno con pensamientos diferentes, aunque muy parecidos, cruzándoles la cabeza. Andy recorrió su mano por su rostro, soltó un pesado suspiro y se puso de pie con todo y su bebida en mano. Ann permaneció sentada, esperando a ver cómo se desenvolvía todo. La última vez que Lyons y ella se vieron, éste no se fue del todo en buenos términos con ella; de hecho, le parecía que indirectamente la había amenazado de muerte, aunque de seguro él lo negaría. Al menos con Adrián ahí estaba segura que no intentaría nada indebido; ya tenía de nuevo las cartas a su favor.

    —Sé que ya volvió, necesito verlo urgentemente —indicó la voz grave y firme de John Lyons desde la puerta, y luego escucharon sus pesados pasos aproximándose, quizás abriéndose paso incluso a través del ama de llaves.

    —Espere, por favor —exclamó Gilda con preocupación, andando detrás de él—. No es un buen momento…

    —Está bien, Gilda —comentó Andy con fuerza. Ya se había aproximado unos pasos hacia el vestíbulo, tanto así que cuando la figura de Lyons surgió al otro lado del muro divisorio, casi chocó de frente con el músico. Los ojos del hombre mayor de barba blanco se abrieron ampliamente aprensivos, y luego incluso retrocedió un paso, agachando su mirada—. Puedes dejarnos solos, por favor —le indicó Andy a su empleada, que de inmediato asintió y se retiró, para así darles la privacidad que su conversación requería.

    Lyons observó de reojo como Gilda se retiraba, aguardando hasta que estuviera lo suficientemente lejos. Antes de ello, Andy ya se había dado la media vuelta y avanzado de regreso a la sala. John lo siguió de cerca, midiendo sus pasos así como sus palabras.

    —Lamento presentarme de esta forma, pero… —calló de golpe en el momento en el que puso un pie en el área de la sala, y por el rabillo de su ojo percibió la presencia de Ann, sentada en un sillón de lo más casual, con sus piernas cruzadas y un vaso con bebida en su mano—. ¿Qué haces tú aquí? —exclamó de golpe, entre sorprendido y molesto.

    Ann, más que sentirse preocupada por su reacción, de hecho le resultó un tanto divertida.

    —Vengo a dar apoyo moral —le informó con bastante calma, dejándolo sin embargo más confundido que antes.

    —¿Qué dices…?

    Lyons se viró hacia Adrián en busca de alguna explicación más coherente. Éste se había dirigido de regreso a la barra de su pequeña zona de bar, para tomar otro vaso limpio para su invitado.

    —Mi madre despertó —le respondió el músico sin mayor rodeos, dejando al hombre de barba blanca totalmente pasmado.

    —¿Rosemary? ¿Despertó de verdad? ¿Cuándo?

    —Ayer en la tarde, según me dijeron —aclaró Andy con algo de pereza—. ¿Te sirvo uno para que brindes con nosotros, viejo amigo?

    Antes de que Lyons pudiera responderle algo, Andy se tomó de inmediato el atrevimiento de servirle en el vaso nuevo del mismo tequila que ellos estaban bebiendo. Y mientras lo hacía añadió con la misma desidia de antes:

    —Por esto mismo, entenderás que no estoy del todo disponible para tus repentinas y explosivas crisis, John.

    —Lo siento, pero ésta es una crisis en especial que no puede esperar —aclaró el empresario tajantemente—. Surgió algo realmente grave con respecto a Damien, de lo que necesitamos hablar de inmediato.

    —Si es por la fiesta de anoche, ya estamos enterados del asunto —comentó Andy con cierto humor.

    —¿Fiesta? —Exclamó Lyon visiblemente confundido, y luego volteó a ver tanto a Andy como a Ann, como si esperara que el rostro de alguno revelara algo más de información—. ¿Qué fiesta?

    Andy y Ann se miraron el uno al otro con complicidad en sus ojos, como dos hermanos que se habían auto incriminado con su padre por alguna jugarreta, sin proponérselo.

    —Entonces no es eso —concluyó Andy encogiéndose de hombros—. No importa…

    Cerró de nuevo la botella de tequila, y se dirigió con el vaso recién servido hacia su nuevo invitado, extendiéndoselo.

    —Cuéntanos lo tuyo primero.

    Lyons pareció aprensivo, posiblemente más preocupado de lo que ya estaba cuando entró por esa “fiesta” que la que hablaban. Aun así aceptó el vaso. Andy le indicó justo después que tomara asiento, señalando con una mano hacia el lugar en el sillón a un lado de Ann. A éste no le agradaba mucho la idea de sentarse a lado de esa mujer, pero igual lo hizo (aunque bastante más separado de lo que Andy lo había estado hace unos minutos). Por su parte, el dueño del departamento se dirigió al otro sillón delante de ellos, quedando en puntos separados de la sala, y con la mesa de madera en el centro como separación.

    John acercó el vaso a su rostro, y su reacción resultó bastante similar a la primera de Ann. No dio ningún trago a éste, pero lo sostuvo entre sus dedos delante de él, sólo como una simple señal de respeto para quien se lo había ofrecido.

    —Me ha llegado información muy alarmante —comenzó a explicarse con voz seria, pero notablemente preocupada—. El anonimato de Damien puede haber sido comprometido. Al parecer por todas estas… tonterías que ha estado haciendo últimamente, incluyendo quizás esa fiesta de la que hablan, está de nuevo en la mira del Departamento de Investigación Científica.

    —¿Departamento de Investigación Científica? —Repitió Ann, claramente desorientada—. ¿Qué es eso?

    —La llaman la Tienda —se adelantó Andy a responder—. Es una agencia secreta subsidiaria de la CIA que se enfoca al estudio y control de las… personas con fuertes habilidades psíquicas, y de otros tipos.

    El entrecejo de Ann se arrugó, y miró a ambos hombres con marcado escepticismo.

    —¿Algo como eso realmente existe?

    —Desde hace bastante tiempo —aclaró Andy con seriedad—. Se dedican entre varias cosas a localizar individuos como estos que pudieran ser un peligro para el país, y… bueno, hacer lo que sea necesario para detenerlos. Ya habían puesto sus ojos en Damien antes, hace cinco años tras las muertes repentinas de Mark y Richard Thorn. Pero… —se viró entonces directo a Lyons en busca de un poco de aclaración adicional—. Yo tenía entendido que aquello se había logrado solucionar sin ningún contratiempo, y se sepultó sin llamar de más la atención.

    John carraspeó un poco, y procedió de inmediato a responder.

    —Sí, en aquel entonces nos las arreglamos para desviar su atención y que lo dejaran en paz. Pero en esta ocasión eso ya no será tan sencillo. Al parecer una de las personas con las que Damien se metió en este jueguito que está jugando, es una amiga íntima del director actual del DIC. Un hombre agradable, por cierto. Cené en su casa hace algunas noches; hace unas buenas hamburguesas… y también resulta ser un hombre muy rencoroso. No tengo todos los detalles, pero al parecer Damien dejó a esta amiga suya en coma, y agredió a algunos de sus protegidos. Mis contactos me dicen que ha tomado el asunto de forma personal, y está en estos momentos armando un operativo de gran tamaño para ir tras Damien y aprehenderlo.

    —¿Aprehenderlo? —Espetó Ann, bastante exaltada—. ¿Bajo qué cargos?

    —No lo has entendido —le reprendió Lyons con dureza—. No es esa clase de agencia; no necesitan tener “cargos” contra alguien para realizar su trabajo, sólo la sospecha de que puede resultar un peligro inminente.

    —No puede ser —exclamó Ann entre dientes.

    La CEO de Thorn Industries colocó de inmediato su vaso sobre la mesa de centro y se paró casi de un brinco de su asiento. Comenzó a caminar de un lado a otro por la sala, tomándose su cabeza con ambas manos mientras respiraba profundamente por su nariz.

    —Sabía que algo como esto ocurriría —soltó con enojo desbordando de sus palabras, y de inmediato se giró hacia Lyons, mirándolo de forma de acusadora—. ¡Te dije que la situación con Damien era demasiado seria y debíamos hacer algo respecto cuanto antes! ¡Pero no quisiste hacerme caso!

    Lyons no se tomó nada bien aquello. Su rostro enrojeció, y él igualmente se puso de pie rápidamente y se le acercó para encararla de frente.

    —¡Y yo te dije que tú debiste haberlo controlado desde el inicio para que no escalara a esto! En lo que a mí respecta, todo esto es tu maldita culpa.

    Ann soltó una sonora risa irónica, y de inmediato le respondió sin doblegarse.

    —Como siempre, el gran John Lyons sentado en su silla de egocentrismo y autocomplacencia, sin mover un dedo y esperando que todos los demás vayan por ahí resolviéndolo todo, sólo interviniendo para lavarse las manos y señalar con el dedo cuando algo sale mal.

    Lyons estaba más que dispuesto a responderle su argumento, pero en ese mismo instante ambos oyeron cómo el vaso de Andy golpeaba con fuerza la mesa de centro, como si fuera el martillo de un juez. Ambos callaron y se viraron a verlo. El vaso había desparramado su líquido en la mesa y mojado también la mano del Apóstol. Pero lo que más los impactó fue la expresión en su rostro: fría, dura, y agresiva a la vez. Y los miraba intensamente a cada uno.

    Andy se sentó derecho en el sillón y sacó de un bolsillo de su saco un pañuelo blanco que usó para secarse su mano con calma. Todo esto sin quitarles los ojos de encima a ninguno.

    —¿Quieren los dos bajar la voz? —murmuró despacio, pero no por ello disfrazando su enojo—. Lo que menos quiero es que Sebastián o… mi madre escuchen algo de esto. Así que siéntense, y cállense.

    Ann y Lyons acataron la orden, dirigiéndose de regreso a sus respectivos asientos. Sus movimientos eran cuidadosos y lentos, como si temieran que algún acto brusco pudiera enfurecer aún más a la bestia ante ellos. Una vez que sus dos invitados estuvieron sentados, y su mano limpia, Andy se sentó derecho, cruzó las piernas, y con voz más estoica musitó:

    —En lo que a respecta, ambos son culpables de este desastre.

    —Adrián… —exclamó Lyons, saltando de inmediato a querer defenderse, pero el Apóstol alzó de inmediato una mano al frente, indicando con un gesto que se abstuviera, y así lo hizo.

    —Y yo también lo soy —prosiguió Andy—. Me he desentendido demasiado de este asunto, manteniendo esta distancia entre Damien y yo hasta que fuera el momento adecuado. Pero es evidente que eso ya no puede seguir así.

    Hizo una pausa reflexiva, en la cual repitió en su mente toda la nueva información que le habían proporcionado de punta a punta. Tras unos momentos volvió a hablar, pero ahora con bastante más calma; más de lo que se esperaría.

    —Esta gente del DIC, ¿sabe quién o qué es Damien realmente?

    —Lo dudo mucho —negó Lyons—. Darán por hecho que es sólo un psíquico muy poderoso, como otros que han visto anteriormente, pero nada fuera de eso.

    —Entonces es imposible que puedan hacerle daño. Si mandan a sus hombres tras él, lo más seguro es que terminen muertos.

    —Esa es una posibilidad que tampoco nos ayudaría —señaló Lyons con vehemencia—. En el momento en que eso pase, no podremos volver a hacerlo pasar por un chico normal. Toda su pantalla y la preparación en la que hemos trabajado, se vendrá abajo. Y lo más importante: nunca lo soltarán de nuevo.

    —Lyons tiene razón —exclamó Ann de pronto, tomando bastante por sorpresa a los dos hombres—. Necesitamos que Damien vuelva a Chicago de inmediato para resguardarlo, o incluso mejor deberíamos sacarlo del país. Enviarlo a Inglaterra o a Italia, en donde les sea más difícil alcanzarlo, en lo que solucionamos todo este asunto con esa… agencia o lo que sea.

    John la observó unos momentos en silencio, y luego secundó su propuesta con un simple:

    —Quizás sea lo mejor.

    Andy comenzó a cavilar un poco sobre su propuesta. El hecho de que Damien se hubiera quedado tanto tiempo en Los Ángeles ya era problemático, aunque manejable; sacarlo del país tan repentinamente sería bastante sospechoso, y haría que algunas personas se preguntaran si sucedía algo con él que no se estaba diciendo. Obviamente nunca adivinarían ni de cerca los motivos verdaderos, pero surgirían rumores como uso de drogas, enredos de faldas, o (algo más cercano a la realidad) problemas legales. Y ninguno de esos ayudaría demasiado a su causa. Aunque dentro de poco sería Acción de Gracias, y unas semanas después de eso las vacaciones de Navidad; podrían inventarse algo aprovechando esa justificación, aunque desconocía con qué tanto tiempo contaban.

    —¿Cuándo planea el DIC hacer su operativo?

    —Eso no lo sé aún —respondió Lyons—. Pero por lo que me dijo mi contacto, podría ser en cualquier momento en estos días.

    Andy soltó una risa sarcástica, y luego recorrió su mano por su agotado rostro. Si antes pensaba que el hecho de que su madre despertara había sido en el peor momento posible, ahora hasta estaba totalmente convencido de ello.

    —¿Y todavía crees que esto fue un regalo? —Inquirió el músico, mirando de reojo hacia Ann—. Más bien pareciera que es un tipo de prueba.

    —¿Hablas de tu madre? —Cuestionó Lyons, un poco confundido por el comentario.

    —Eso no importa ahora. El caso es que ambos tienen razón; es momento de que Damien deje estas tonterías, y en especial que deje de exponerse así. Iré a Los Ángeles ahora mismo como teníamos planeado, y yo personalmente hablaré con él.

    La propuesta dejó a Lyon un poco desorientado, pero ciertamente le provocaba algo de tranquilidad escuchar que se encargaría él mismo de ese asunto. Ann, por su parte, fue la más de acuerdo con seguir adelante con lo planeado, pese a la inesperada nueva situación.

    —Reservaré los boletos para ambos enseguida —indicó la empresaria, parándose de su asiento y comenzando a teclear en su celular.

    —No, iré yo solo —exclamó Andy de pronto, siendo ahora Ann la desorientada—. Necesito que te quedes aquí con mi madre.

    —¿Qué? —espetó Ann confundida, y hasta cierto punto molesta—. Yo no soy enfermera, Adrián.

    —Lo sé —musitó Andy con voz calmada, y de inmediato se paró, avanzó hacia ella y la tomó con cuidado de los hombros. Pese a su tacto y acercamiento gentil, Ann lo miraba de regreso con bastante recelo—. Sé que esto no te corresponde, pero necesito de tu apoyo en esto. En el momento en el que este asunto de Damien se sepa, las cosas se pueden poner complicadas dentro de la Hermandad, y hay gente que pudiera intentar usar esto en mi contra.

    —Ese argumento me suena familiar… —musitó Ann con tono mordaz, casi hostil. Por supuesto, Adrián entendió a lo que se refería.

    —Por favor, Ann. En serio necesito que alguien se quede aquí a cuidar de ella, al menos por este par de días que estaré fuera. Sólo ustedes dos saben que ha despertado, y así debe quedarse de momento. Y ella conoce a John, y definitivamente no confiará en él.

    —¿Por qué no? —Preguntó la empresaria con curiosidad, volteándose hacia Lyons aún sentado en el sillón. Éste soltó un pesado suspiro, y se acomodó las mangas de su saco de forma distraída.

    —Cuando cayó en coma, ella y yo teníamos… amistades diferentes —musitó el empresario en voz baja, y sin deseos de dar más información al respecto.

    Lo último que Rosemary supo del joven John Lyons, es que era el protegido de Roman Castevet, además de su ayudante. Si estaba convencida de que el viejo Aquelarre estuvo detrás de lo que le pasó (y no estaría equivocada con esa deducción), sería complicado que confiara en él en un inicio; si es que en algún momento le resultara posible hacerlo.

    —Por favor, Ann —repitió Andy de nuevo, con el mismo tono calmado, casi dulce, mientras recorría sus manos lentamente por sus hombros—. Sólo podré encargarme de este asunto si tengo la seguridad de que alguien de mi completa confianza va a estar aquí con ella, cuidándola.

    Ann le sostuvo la mirada, parada firme con sus brazos cruzados y su rostro estoico, aunque reflexivo. Tras unos angustiantes segundos, dejó escapar el aire por su nariz, y se giró hacia otro lado para ya no verlo más a los ojos.

    —De acuerdo —susurró despacio con resignación—. Haré todo lo que tú me pidas, siempre.

    —Gracias —le respondió Andy sonriendo, y se permitió entonces retirar las manos de sus hombros—. Una cosa más. Por favor, no le comentes nada sobre John, o sobre la Hermandad… o sobre Damien. Las personas que la pusieron en ese estado hace cuarenta años… bueno, digamos que no lo entendería. Yo se lo explicaré todo en su momento, pero primero necesito encargarme de esto. ¿De acuerdo?

    —¿Tampoco le debo decir nada sobre quién soy yo? —Cuestionó Ann algo hiriente—. ¿O sobre su nieta mayor?

    —Oh, por favor… —musitó Lyons con molestia, y al momento se paró y se alejó algunos pasos de ellos hasta el otro extremo de la sala.

    En ese sitio no se encontraban sólo los únicos miembros de la Hermandad que de momento sabían que Rosemary Reilly había despertado, sino también los únicos que sabían que Andy Woodhouse tenía una hija; una biológica, no adoptiva como el joven Sebestián. Ese era otro tema que el hijo abnegado de Rosemary tenía todavía que pensar si era conveniente decírselo o no; de entrada ya le había mentido diciéndole que Ann era sólo una amiga.

    —Confiaré en tu criterio al respecto —le respondió Andy tras un rato con tranquilidad. Sólo le quedaba confiar en que tomaría la decisión correcta al respecto; y claro, que sabría bien identificar cuál era ésta.

    —Bien —musitó Ann al parecer más tranquila—. Igual haré algunas llamadas para avisar que estaré aquí un par de días, y para que envíen algo de seguridad adicional.

    Tomó entonces de regreso su teléfono y comenzó a marcar la primera de la serie de llamadas que haría. Mientras lo hacía, caminó hacia la puerta de la terraza, y salió por ésta para hablar con un poco más de privacidad. Andy y John la siguieron con la mirada, ambos en silencio hasta que deslizó la puerta de cristal detrás de ella, colocándola como una delgada barrera entre ellos y ella.

    —Esa mujer te está manipulando, ¿te das cuenta? —Señaló Lyons tajantemente, no disimulando ni un poco que aquello era casi un regaño—. Ya no es la chiquilla ingenua e inocente que conociste hace veinte años.

    —Si es que alguna vez lo fue —pronunció Andy en voz baja—. De momento necesito confiar en ella, John. Quiero confiar en ella.

    —Cómo desees —resopló Lyons, molesto—. No creo que quieras que vaya a Los Ángeles contigo, ¿o sí?

    —Sin ofender, pero en estos momentos creo que tu presencia con Damien podría estorbar un poco más de lo que ayudaría. Además, necesito que te mantengas al tanto del DIC, y descubras lo antes posible sus planes, y cuándo tienen pensado ejecutarlos para así estar preparados. Y necesito también que contactes a los otros Apóstoles.

    —¿A cuáles?

    —A todos —declaró Andy con voz grave y firme, tomando por sorpresa a su acompañante—. Avísales que requiero que las Diez Coronas se reúnan en Chicago, una vez que Damien esté allá de nuevo. Los que estén demasiado lejos para asistir en persona, supongo que podrían estar por video llamada. Pero todos tienen que estar presentes de una u otra forma. Si la situación se ha descontrolado tanto como dices, es probable que tengamos que plantear una respuesta ofensiva en contra de estas personas. Y para eso necesitamos hablarlo entre todos.

    —¿En qué tipo de respuesta ofensiva estás pensando? —inquirió Lyons, evidentemente algo temeroso de escuchar la respuesta que fuera a darle. Andy notó esto, y una sonrisa casi astuta se dejó ver a través de su elegante barba.

    —¿De entrada? Estoy pensando en aplastar por completo al DIC, y a cualquiera que piense siquiera en hacerle daño a nuestro Salvador. Justo como lo hemos hecho durante todos estos años.

    El rostro de Lyons palideció un poco al escuchar tal propuesta, en especial por la forma tan calmada y casual que había usado para decirlo; tan normal como decir que pidieran una pizza o salieran a tomar un trago. Lyons temió que su actual líder no tuviera del todo claras las dimensiones del problema que estaban sorteando.

    —Puede que hacer eso sea mucho más complicado que en ocasiones anteriores —musitó Lyons, intentando ser prudente con cada una de sus palabras—. Estamos hablando de toda una agencia gubernamental…

    —Y nosotros somos la representación del Poder de mi Padre en este mundo —declaró Adrián fehaciente, aproximándose casi de forma amenazante a Lyons. Éste permaneció quieto en su sitio, incluso en el momento en el que se paró ante él, y lo miró fijamente con esos ojos… que habían dejado abruptamente de ser los seductores color avellana que todos conocían, mutando en esos ojos dorados de pupilas alargadas, y con un brillo inusual que casi parecía reflejar un fuego que no existía más allá de ellos—. Nosotros somos la fuerza del cambio, ¿recuerdas?; capaces de manipular el rumbo de la historia, y destruir imperios enteros si así lo requerimos. Un montón de soldaditos y científicos no nos amedrentarán. ¿Entendido?

    Lyons no respondió nada, y lo único que pudo hacer fue agachar su mirada casi con temor; como si le preocupara mirar por demasiado tiempo esos inhumanos ojos. Pero Andy tomó abruptamente su rostro con una mano, y prácticamente lo obligó a mirarlo de nuevo y a no desviar su vista a ningún otro lado.

    —Salve Satanás —susurró Andy con voz grave y firme—. Salve el Dador de Luz, Salve el Salvador… Salve Damien…

    —Salve Damien —repitió Lyons muy despacio, pero no siendo capaz de emular ni un poco la emoción que Adrián desbordaba en esos momentos.

    Sería difícil determinar si acaso John Lyons se hubiera sentido más tranquilo o más preocupado si supiera que dicha confianza y emoción en Andy… tampoco eran del todo sinceras. Pero el Apóstol Supremo sabía que ese era justo el momento en el que se esperaba que él mostrara todo de lo que era capaz. Pues lo que tenía en definitiva seguro era que, justo como Lucas Sinclair les había advertido a sus hombres aquella misma noche en la que Lyons comió hamburguesas en su patio... se venía una inminente batalla...

    FIN DEL CAPÍTULO 102
    Notas del Autor:

    Como ven las cosas se están calentando también del lado de la Hermandad. Adrián y los otros no saben aún el desastre que está ocurriendo en Los Ángeles, pero ya lo sabrán. Pese a todo el reencuentro de Andy y su madre me resultó bastante emotivo, aunque con sus mentiras e incomodidades esperadas. ¿Qué les pareció a ustedes? Como prometí nos desviaremos un poco para ver a algunos otros personajes, pero no se preocupen. Volvemos con Matilda, Cole, Damien y compañía muy pronto. Ya falta muy poco para que termine este arco (y comience otro, obviamente). Espero que su desenlace sea tan genial como lo tengo en la cabeza. ¡Nos leemos!
     
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