Long-fic Resplandor entre Tinieblas

Tema en 'Crossover' iniciado por WingzemonX, 21 Junio 2017.

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    WingzemonX

    WingzemonX Usuario común

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    Resplandor entre Tinieblas
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    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
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    Misterio/Suspenso
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    Resplandor entre Tinieblas

    Por
    WingzemonX


    Capítulo 101.
    Gran Huida

    Las cosas se habían puesto bastante locas, mucho más rápido de lo que Verónica podía digerirlas. Primero la visita de esos dos extraños individuos que Damien había mandado a llamar; luego ese policía, pasando por el ataque repentino de un ejército de fantasmas, y rematando con la entrada forzada de esa mujer que había “casi literalmente” arrojado a Damien por la ventana. De por sí la joven de diecinueve años aún no comprendía muchos de los asuntos que concernían a la Hermandad y su propósito, como para ahora tener que digerir todas esas cosas que hasta hace poco habrían sido simplemente imposibles de imaginar para ella, y la hacían cuestionarse si acaso su madre era consciente de en qué la había metido con exactitud; lo más probable era que no.

    Sin embargo, en el momento en el que vio al supuesto Anticristo atravesar las puertas de vidrio de esa forma, no se pudo dar el lujo de paralizarse en pensar en todo ello. Para bien o para mal, ella estaba ahí con un propósito, y por su fe en algo más grande que su pequeña e insignificante existencia. Así que inspirada casi por la mera inercia, salió despavorida en busca del paradero de Damien.

    Al salir a la terraza, por una de las puertas no rotas, Verónica vio al joven de cabellos oscuros flotando boca abajo en el centro de la piscina; al parecer había caído ahí tras su vuelo. Pero lo que horrorizó a la joven mujer fue el hecho de que no se movía en lo absoluto. ¿Acaso estaba inconsciente…? No lo sabía, pero tampoco se iba a detener a averiguarlo. Rápidamente y sin vacilación, se quitó sus zapatos, los dejó atrás, y se lanzó de lleno a la piscina. Se aproximó al principio caminando por el agua, pero el último tramo lo recorrió nadando lo más rápido que su traje empapado le permitió.

    —Damien, ¿me escuchas? —Exclamó agitada, mientras lo zarandeaba un poco, pero no recibió respuesta; en efecto, parecía haberse desmayado. Pensó en seguir insistiendo, pero no podía tomarse demasiado tiempo, así que en su lugar lo jaló lo más rápido que pudo a la orilla.

    Llevarlo flotando resultó no ser tan complicado. Sin embargo, sacarlo del agua fue un reto mucho más difícil para los brazos flacuchos de Verónica, además de que las ropas empapadas del chico lo hacían parecer mucho más pesado. Hubo incluso un par de veces en las que su intento fue fallido y el cuerpo del muchacho volvió a caer, casi hundiéndola a ella también. Ansiaba que en cualquier momento alguno de los guardaespaldas se dignara a aparecer para echarle una mano, pero nadie vino. Esperaba que al menos fuera porque se estaban encargando de esos malditos intrusos de una buena vez.

    Al final logró sacar las fuerzas suficientes para sacarlo y hacer que quedara boca arriba en la orilla. El rostro del chico se inclinó sin resistencia hacia un lado, y su pie izquierdo quedó aún colgado, sumergido en el agua de la piscina. Verónica se tomó unos segundos para intentar recuperar el aliento tras el esfuerzo que aquello le había exigido, y una vez lista ella también salió de la piscina apoyándose en sus manos.

    Se colocó de rodillas a su lado; seguía sin reaccionar. Verónica aproximó su oído hacia su rostro para intentar identificar si respiraba, pero le pareció que no. Eso la alarmó incluso más de lo que ya estaba. Nunca había hecho respiración de boca a boca, pero la situación no pintaba para que se pusiera a buscar en YouTube cómo hacerlo. Así que sólo tomó el rostro de Damien, le abrió la boca con sus manos, tomó una larga bocanada de aire y se inclinó hacia él. Sin embargo, para el alivio y la vez sorpresa de la joven, antes de pudiera unir su boca a la suya, la mano de Damien se interpuso abruptamente entre ellos, tomándola fuerte de su rostro con sus dedos.

    —Ya quisieras… —escuchó como mascullaba la voz de Damien con molestia, y entonces sus ojos se abrieron en ese momento, volteándola a ver con cierto desdén. Al instante siguiente, Damien la empujó con la mano que tenía en su cara, haciendo que se alejara de él y cayera de sentón al suelo. En cuanto tuvo espacio, el chico giró su cuerpo hacia un lado, acostándose sobre su costado y comenzando a toser con fuerza y a soltar algo de agua por la boca.

    Verónica se sentó, y con sus dedos se apartó sus mechones húmedos de la cara, mientras contemplaba como Damien poco a poco parecía irse recuperando. Suponía que era bastante ingenuo de su parte esperar que le diera las gracias por querer salvarlo, pero al menos al parecer estaba bien.

    «Aunque claro, eso era lógico» pensó, lamentándose un poco por haberse exasperado tanto. No estaba hablando de un chico cualquiera, después de todo. Ni siquiera tenía en su rostro rasguño alguno, a pesar de haber atravesado directamente de esa forma el grueso vidrio. Aun así, algo dentro de ella la empujó a preguntarle:

    —¿Te encuentras bien?

    —¿Tú qué crees? —Contestó Damien con brusquedad. Tosió un par de veces más, y luego su respiración se fue calmando lo suficiente para poder hablar con más normalidad—. Esa mujer… ¿Sigue aquí?

    —No lo sé, yo salí a ayudarte. De seguro Kurt y los otros ya se encargaron de ella.

    —Yo no apostaría por eso.

    Damien se giró en ese momento lo que le faltaba para quedar boca abajo. Inhaló y exhaló profundamente dos veces, y luego se apoyó en sus dos manos para comenzar a levantarse. Le sorprendió sentir que sus brazos le temblaban un poco, y en general todo su cuerpo lo sentía pesado y aletargado, como si tuviera muchísimo sueño. Pero aquello era diferente; era como…

    —Damien… —escuchó que Verónica mascullaba a su lado con pasmo—. Tu nariz…

    Antes de que pudiera cuestionarle de qué estaba hablando, él mismo logró darse cuenta. Su mirada estaba fija en el suelo empapado por el agua de la alberca, y pudo ver como una pequeña gota rojiza caía desde su rostro hacia el charco de agua justo debajo de él, mezclándose sutilmente con éste.

    Los ojos de Damien se abrieron llenos de asombro, y de inmediato dirigió su mano a su nariz, tallándola con su dorso. Al echarle un vistazo a ésta, logró confirmar lo que había supuesto: sangre, su propia sangre manchando su propia mano; estaba sangrando de su nariz. No era mucha, pero en su caso sólo un poco podía ser demasiado… considerando que era la primera vez en su vida que ocurría.

    —Esto sí que es una sorpresa… —masculló despacio para sí mismo, mientras seguía contemplando en silencio la sangre en su mano. Más que preocupado o asustado como Verónica, él se veía hasta cierto punto fascinado.

    —¿Cómo es posible? —Masculló Verónica aturdida—. Se supone que nada puede dañarte…

    —Nada puede matarme —corrigió Damien con seriedad—, o eso es al menos lo que dicen Ann y los otros viejos de la Hermandad. Lo de poder dañarme… eso al parecer sólo ocupa mucho esfuerzo… Pero estaré bien pronto.

    Comenzó entonces a levantarse. Verónica hizo el ademán de querer ayudarlo, pero él no se lo permitió.

    ¿Qué había provocado eso con exactitud? ¿El ser azotado contra la pared? ¿El golpe contra la puerta de vidrio? ¿Quizás el choque contra el agua?

    No, no había sido algo como eso, o no por sí solo al menos. Había llegado a recibir golpes similares en el pasado, pero su cuerpo nunca salió lastimado de esa forma. Pero sí había algo más que no había recibido antes, más que una sola vez recientemente: el ataque de Abra.

    Había sentido como la chica desbordó todo su ser en su cabeza, como se la había taladrado por dentro, y como había revuelto todo como si de una licuadora se tratase. Y aún en esos momentos podía sentir el dolor, el mareo, incluso sus extremidades entumecidas… y esa pequeña hemorragia nasal. Cuando su tío Dan le hizo algo parecido hace días, había terminado también en un estado similar; como una fuerte resaca, recordaba. Pero esta vez al parecer era incluso un poco más intenso. Y encima de todo, su pequeño encuentro con la joven de New Hampshire lo había dejado en un estado tan vulnerable y débil, que fue pan comido para esa mujer entrar y sacudirlo como un saco de basura. Y en combinación todo aquello lo había lastimado de verdad por primera vez.

    Pero aun así, a pesar de que Abra, su amado tío Dan, o la madre de Terry habían dado todo de sí para destruirlo, los tres sólo habían logrado rozar la superficie. A pesar de todo, él seguía ahí; débil de momento, pero se recuperaría como en cada ocasión pasada. Así que incluso los más poderosos de esos sujetos seguían siendo sólo pequeñas molestias para él. Y eso sólo le confirmaba lo que ya le habían dicho en tantas ocasiones antes: ¡él era en verdad invencible!

    Aunque… Había alguien más que no había comenzado a considerar hasta recién…

    * * * *
    Los ojos de Samara se abrieron con alerta al ver esto, y todos sus sentidos se tensaron.

    —¡Dije que no! —Gritó la niña con intensidad, resonando como un fuerte trueno.

    Y de la nada, Damien sintió como su brazo era jalado fuertemente hacia un lado, jalando a su vez también a Milton lejos del vacío, de la oscuridad y del barandal. El cuerpo del chico salió volando hacia atrás, cayendo al piso y rodando hasta casi quedar a los pies de los espectadores.

    * * * *
    Samara…

    Esa niña representaba un misterio incluso para él. ¿Qué era lo que ocultaba? ¿Qué era realmente y por qué tenía esa extraña influencia en él? No tenía aún alguna idea clara, pero lo averiguaría sin importar que.

    Una vez de pie, e intentando disimular un poco la debilidad que lo invadía, comenzó a andar de regreso al interior del departamento, para encargarse de lo que fuera que siguiera sucediendo ahí dentro.

    — — — —
    En la sala, Samara, o la criatura que estaba dentro de ella en esos momentos, seguía de pie justo delante de Matilda en el suelo, contemplándola fijamente a través de sus cabellos, con esos profundos y apagados ojos oscuros. Matilda estaba inmovilizada, temerosa de siquiera mover un dedo ante la presencia de tan horrible ser; como si se tratara de un tigre o un lobo a la espera del mejor momento para saltarle encima y rajarle el cuello con sus fauces.

    —He conocido a muchas personas como tú —declaró la Otra Samara, inclinando su rostro sutilmente hacia un lado—, gente que decía amarme, y que querían ayudarme y protegerme. Mi padre, mi madre, la Dra. Grasnik, el Dr. Scott… Rachel… Pero todos eran iguales. No les importaba, y no tenían ningún interés en ayudarme. Sólo se preocupaban por sí mismos, en obtener lo que querían, en llenar lo que les hacía falta; en dormirme, ocultarme y alejarse para protegerse a ellos mismos. Intenté ser una buena niña y una buena hija; Dios sabe que lo intenté. Pero nada fue suficiente. Y ahora lo único que me mueve, lo único que me mantiene aquí… ¡es mi ira!

    Alzó su voz de forma estridente en las últimas palabras, y el sitio volvió a temblar, y el suelo de madera bajo los pies de la niña se resquebrajó un poco.

    —No, no puedo creer esto —susurró Matilda, como un pensamiento fugaz que se le escapaba—. No es cierto… Esto no puede ser cierto…

    —¿Aún no crees lo que tus propios ojos ya han visto por sí solos? —Gruñó Samara con enojo—. ¿Aún tu inocente mente no ha conseguido concebir lo realmente cruel que este mundo puede ser? Quizás te falta ver más… —Alzó en ese momento su mano derecha, aproximando sus delgados dedos hacia el rostro de la psiquiatra—. Quizás deba hacer que sientas lo que es pasar siete días en ese maldito pozo. Y quizás entonces comprendas a diferenciar qué es real y que no…

    Aquella pequeña mano se fue aproximando poco a poco a su rostro, y por un momento para Matilda se convirtió en una mano huesuda, pálida y arrugada, con uñas largas, oscuras y sucias, e incluso algunas faltantes. El agua estancada escurría por su piel, y su olor a humedad y suciedad le impregnó la nariz. Y antes de que esas pálidas yemas la tocaran, la mano se detuvo justo a unos milímetros, suspendida en el aire.

    De un parpadeo a otro, la mano volvió a ser la de Samara; la mano normal de una niña. Y comenzó entonces temblar y a retroceder lentamente. Matilda fue entonces capaz de mirar más allá, hacia el rostro de la pequeña. Éste había perdido casi por completo su expresión de ira y agresividad, y ahora parecía de alguna forma estar… sufriendo.

    —No… no… —Masculló Samara despacio, casi como si le doliera hacerlo—. No lo hagas… ¡No!

    Retrocedió rápidamente hasta alejarse de Matilda varios metros. Luego sus piernas cedieron y cayó al suelo de rodillas. Gritos desgarrados comenzaron a surgir de su garganta. Se sujetó su cabeza fuertemente con ambas manos, hasta apretársela como una prensa, y agachó la cabeza hasta pegar su frente contra el piso.

    Ese momento en el que Matilda y aquel ser se habían perdido en el recuerdo, la había distraído y debilitado lo suficiente para que la Samara real intentará resurgir a la superficie. Pero aun así el último tramo era casi como intentar atravesar una gruesa capa de hielo que se lo impedía.

    —¿Samara? —Masculló Matilda despacio, forzándose a salir de su impresión—. Samara, ¿eres tú…?

    Recuperando apenas un poco el control de su cuerpo, la psiquiatra comenzó a gatear hacia la niña.

    —Matilda, no te acerques —exclamó Cole con preocupación, pero su primer intento por aproximarse a ella fue detenido por el dolor de su pierna herida al querer moverla.

    La castaña intentó tomar la niña en sus brazos, pero Samara rápidamente retrocedió para alejarse de ella.

    —Vete Matilda, por favor… —masculló apenas con un hilo de voz—. ¡Vete!

    —No —respondió Matilda con firmeza—. No te abandonaré de nuevo, Samara. ¡Tienes que luchar contra ella!

    —¡No puedo! —Gritó la pequeña con intensidad—. ¡No puedo controlarla…! Es demasiado fuerte… ¡Por favor…! ¡¡NO!!

    Su gritó sacudió todo como un fuerte temblor, y en ese instante las puertas de vidrio que quedaban en pie se rompieron en una explosión de vidrios. Gruesas grietas se abrieron en las paredes, y algo de polvo y pedazos de techo se desprendieron de éste. Y lo más resaltante fue ver como el suelo debajo de Samara comenzó a corroerse, como devorado por ácido, y a extenderse en todas direcciones como una mancha voraz, convirtiendo ese impecable y brillante suelo en madera vieja, roída y húmeda.

    Lily y Esther retrocedieron por instinto ante esa mancha que se extendía; no sabían si les provocaría algo tocarla, pero tampoco tenían muchos deseos de descubrirlo. Matilda igualmente hizo lo mismo, hasta quedar a un lado a Cole, que la tomó de los hombros y la pegó contra él de forma protectora. Por un instante pareció que aquello se extendería a todo el cuarto, y quizás terminarían viendo una repetición de lo que había ocurrido en su habitación en Eola. Sin embargo, aquello se detuvo abruptamente, apenas a unos centímetros de los pies de Matilda. Y al instante siguiente, el delgado cuerpo de la niña se desplomó de lleno al frente, cayendo con su mejilla presionada contra un charco de agua estancada que había comenzado también a formarse debajo de ella.

    El esfuerzo de liberarse había sido demasiado…

    —¡Samara! —espetó Matilda, y de inmediato se libró de las manos de Cole y se aproximó a la niña, sin importarle pisar la madera gastada que crujió bajo sus pies o chapotear en el agua del charco. Se agachó a su lado y la tomó en sus brazos, recostándola en su regazo—. Samara, ¿me escuchas pequeña?

    La cabeza y los brazos de la niña colgaban sin oposición igual que sus cabellos, y no hubo reacción alguna en ella. Matilda le tomó el pulso y revisó su respiración; por fortuna ambos estaban presentes.

    —¡No se mueva! —Escuchó entonces una voz amenazante a sus espaldas. Al girarse, vio que uno de los guardaespaldas que había inhabilitado anteriormente ya se había puesto de pie y se dirigía apresurado hacia ella; a falta de su pistola, posiblemente pensara someterla.

    A medio camino, Cole logró lanzarse a los pies del hombre, tomándolo con fuerza de sus tobillos para jalarlo. El guardaespaldas cayó de narices al suelo, golpeándose con fuerza. Matilda de inmediato lo alzó con su telequinesis, y lo aventó con violencia hacia la cocina, haciéndolo estrellarse contra otro de ellos que igualmente se había puesto de pie y se dirigía de regreso a la sala. Por el impacto ambos terminaron de nuevo en el suelo, uno sobre el otro.

    —Vete con ella, Matilda —le indicó Cole a su compañera, mientras intentaba cómo podía ponerse de pie sin apoyarse en su pierna herida—. No hay nada más que puedas hacer aquí, ¡ya!

    Matilda asintió, y rápidamente tomó a Samara, y con sus manos, y algo de apoyo de su telequinesis, logró acomodarla en su espalda. La niña quedó contra ella, flácida como una simple mochila.

    —Tú vienes conmigo —indicó la psiquiatra, y de inmediato tomó a Cole de su brazo para ayudarlo a pararse.

    —No puedo caminar bien con esta herida. Vete tú, sólo las retrasaré…

    —No seas ridículo —le interrumpió Matilda con brusquedad, y una vez que lo tuvo parado y apoyado contra ella, Cole sintió casi como sus pies comenzaron a flotar a unos centímetros del suelo. La sensación fue rara, y tuvo que sostenerse firme del hombro de Matilda pues sentía que se iba a caer, pero no; en realidad estaba bastante estable, sostenido por la telequinesis de su acompañante.

    —Oh, claro… —murmuró el detective un poco apenado.

    Los tres comenzaron a avanzar lo más rápido posible hacia la salida. Matilda miró de reojo hacia un lado en dirección a Esther y Lily, después al otro hacia James y Mabel. Ninguno de los cuatro parecía en lo absoluto interesado en detenerla. Hasta ese punto se habían mantenido como meros espectadores de todo aquello. Matilda no entendía de qué se trataba en realidad todo eso, o qué hacían esas personas ahí con exactitud. Pero mientras no intentaran detenerla, no tendría por qué quejarse.

    Pero no todos compartían la indiferencia de esos cuatro.

    —¿Van a algún lado, ustedes dos? —Escucharon pronunciar con fuerza la amenazante voz de Damien Thorn a un lado. Matilda se detuvo un momento y se viró en su dirección. El chico, al igual que la mujer que había salido a la terraza en su auxilio, se encontraba de pie en el marco de unas puertas rotas. Estaba empapado, pero a simple vista ileso.

    —Maldición… —masculló Matilda despacio, y por el rabillo del ojo notó que también el guardaespaldas que había arrojado por el pasillo de las habitaciones se aproximaba cojeando, y poco después le siguieron los dos de la cocina.

    Sin espera Matilda siguió avanzando, pero ahora con más apuro.

    —¡Atrápenlos! —Gritó Damien con fuerza, y su sola voz fue suficiente para que los tres hombres de negro se sobrepusieran a su dolor y mareo, y apresuraran el paso detrás de los intrusos.

    A medio camino del pasillo a la salida, Matilda arrojó con su poder la puerta que había derribado hacia atrás, sin fijarse mucho pero esperando pudiera ser algún obstáculo para sus perseguidores. Siguió de largo sin mirar atrás, y se fue directo al ascensor. Presionó el botón para bajar de inmediato, y por un segundo se viró sobre su hombro. Los tres hombres estaban pasando la puerta y se aproximaban.

    La puerta del elevador se abrió al instante siguiente, y Matilda prácticamente saltó hacia adentro, haciendo que los tres se estrellaran contra la pared del fondo. Miró de nuevo a afuera, y vio a los tres hombres atravesando la puerta del departamento. Consideró empujarlos, pero en su lugar se enfocó en el botón de la planta baja en el tablero, y lo presionó con su mente, seguido por el botón para cerrar las puertas. Éstas se cerraron lentamente, tanto que Matilda creyó que casi lo hacían apropósito. Y dos segundos antes de que el primero de los hombres lograra extender su brazo lo suficiente para interponerse, las puertas se cerraron, y el elevador comenzó a bajar piso por piso.

    Kurt presionó insistentemente el botón para mandar a llamar de nuevo el elevador, pero ya era tarde; ya se había ido, y en su lugar sólo llamó a otro más. Sin embargo, éste iba subiendo desde el sótano, y para cuando llegara los intrusos ya estarían en la planta baja.

    —¡Por las escaleras! —Gritó Kurt, y rápidamente los tres se dirigieron a las escaleras de emergencia.

    — — — —
    Cuando el elevador comenzó a bajar de nuevo, Matilda soltó todo el aire en sus pulmones de golpe; ni siquiera se había dado cuenta de que había estado reteniendo el aliento. Con cuidado bajó a Cole para que se sentara en el suelo, y colocó también a Samara, aún inconsciente, a su lado. El cuerpo de Samara se dejó caer hacia un lado, apoyando su cabeza contra el policía, y ahí se quedó.

    —Gran huida —musitó Cole realmente impresionado. Con una mano se sujetaba su muslo adolorido. El vendaje improvisado que Matilda le había puesto ya estaba empapado, pero no creía que fuera el momento apropiado para mencionarlo.

    Al mirar de nuevo a su compañera de fuga, vio cómo Matilda tenía su frente y sus manos contra la pared del ascensor, y pudo escuchar cómo respiraba agitada.

    —¿Estás bien?

    —Mejor mírate en un espejo antes de preguntarme eso a mí —musitó Mtatilda un tanto a la defensiva—. Sólo estoy un poco cansada. Hacía tiempo que no usaba mis habilidades a este nivel y por tanto tiempo.

    Mínimo cuatro años, desde esa horrible noche en Chamberlain. Incluso sus dos encuentros pasados con Leena Klammer en Portland y Eola no habían resultado tan extenuantes, aunque en ambos casos había terminado gravemente herida.

    Tras tomarse un par de pisos para respirar y recobrar un poco la serenidad, se paró derecha de nuevo, se pasó sus manos por su cara para quitarse los cabellos de la cara, y luego se dio un par de palmadas en sus mejillas como si intentara despertarse. Cole sonrió al notar eso último. Ya la había visto antes hacerlo, y pese a la situación no podía evitar que le pareciera “adorable” de cierto modo.

    «Amigo, te estás enamorando» pensó con una mezcla de humor, y un poco de preocupación. Pero ya habría tiempo para pensar en eso después (si tenían suerte). De momento era mejor sólo agradecer que seguía con vida.

    —Pero tenemos otra preocupación más grave —indicó Matilda de pronto, mientras miraba la pantalla con los números digitales sobre la puerta. Ya iban en el piso ocho—. No me metí aquí del todo discreta, así que es probable que la policía nos esté esperando abajo. ¿Crees poder hacer algo para quitárnoslos de encima?

    Cole meditó un segundo antes de responder.

    —Tal vez si hago un par de llamadas. Pero mientras tanto, sea como sea nos pondrán en custodia, y eso no nos ayudará a hacer distancia entre nuestros nuevos amigos de allá arriba y nosotros. Y tengo el presentimiento de que la policía no será del todo confiable para estar a salvo, considerando el tipo de enemigo con el que estamos lidiando.

    Matilda chistó con frustración. Cuando se metió de esa forma tan brusca, no había pensado ni un poco en cómo saldría. Pero al parecer no había demasiadas opciones.

    Ya estaban en el piso cuatro, y seguían bajando.

    —Entonces nos tocará salir como entramos: por la fuerza —declaró la psiquiatra, y de inmediato se paró firme delante de la puerta, y alzó sus manos al frente, lista para lo que tuviera que pasar en cuanto esas puertas se abrieran.

    —¿Usarás tu telequinesis contra la policía? —Exclamó Cole, inquieto por la sola idea—. Te expondrás…

    —Prefiero eso a dejar que te desangres, o dejar a Samara de nuevo con ese sujeto —declaró Matilda con firmeza—. No perderé a ninguno de los dos hoy.

    Cole guardó silencio. En lo personal él nunca había tratado sus habilidades del todo como un secreto ante sus compañeros, pero la mayoría solía sólo verlo como mera excentricidad o como otro de los tantos médiums que suelen ayudar a la policía y uno no se cuestiona demasiado el cómo lo hacen mientras funcione. Pero si Matilda salía por esa puerta deteniendo balas y empujando policías por aires para abrirse paso… eso sería muy difícil de ocultar, y no podría volver a ser simplemente la psiquiatra de Boston que atendía niños con problemas especiales. ¿Estaba realmente lista para hacer tal cosa?

    Y en ese momento más que nunca, ambos se preguntaban: ¿qué les diría Eleven que hicieran en un momento así? Realmente les hacía falta su consejo; quizás de haberlo tenido no hubieran terminado en esa situación tan desastrosa en un inicio.

    El ascensor se aproximó peligrosamente a la planta baja; ya no había tiempo para vacilaciones.

    —¿Listo? —inquirió Matilda despacio, plantando sus dos pies en el suelo y colocando sus manos firmes al frente.

    —Mejor que nunca… —musitó Cole, intentando pararse apoyándose en los barandales del ascensor. Samara se quedó sentada en el piso, con su mentón cayendo sobre su pecho.

    Llegaron a su destino acompañados del pitido de aviso. Ambos miraron atentos y expectantes a las puertas, hasta que éstas comenzaron a abrirse lentamente, una a cada lado, dejando a la vista el exterior. Matilda se tensó y puso en alerta todos sus sentidos. Sintió como los vellos de su nuca se erizaban y su boca se secó.

    Del otro lado de las puertas apareció un policía uniformado, cabeza cuadrada, cabello corto, sujetando su arma al frente apuntando al interior de la cabina. Detrás de él había dos más con sus manos listas en sus fundas, y detrás de estos vio a más personas; algunas con uniforme, otras no.

    Matilda aguardó esperando alguna orden o advertencia, algo que fuera su banderazo para soltar sus habilidades y derribar a todos esos hombres como pinos de bolos. Pero eso no vino. De hecho, al segundo después de que las puertas se abrieran, el oficial que estaba hasta el frente dio un paso adentro, su arma entrando primero que él, y echó un vistazo hacia un lado y hacia el otro, recorriendo su vista por ese espacio pequeño, e incluso alzando su vista y su pistola hacia el techo. Y, sin embargo, nunca posó sus ojos directamente ni en Matilda, ni en Cole, ni en Samara.

    —Está vacío —informó el oficial girándose a sus compañeros.

    «¿Qué?» pensó Matilda estupefacta, compartiendo la misma sensación con Cole.

    No tuvieron mucha oportunidad de meditar al respecto pues en ese momento un pequeño estruendo sacudió el lobby, y desde su posición Matilda logró ver una pequeña llamarada brotar de un bote de basura cerca de la puerta.

    —¡¿Qué fue eso?! —Exclamó alarmado otro de los policías, y la atención de todos se dirigió en esa dirección.

    Un instante después hubo un segundo estruendo similar, ahora desde el fondo, y la pintura del ángel colgada en la pared se prendió en llamas, comenzando a consumirse rápidamente. El fuego no tardó en encender los aspersores, y el agua comenzó a caer como llovizna por todo el recibidor. Los oficiales, confundidos, comenzaron a moverse y algunos a refugiarse creyendo que les estaban lanzando granadas.

    —¿Y ahora qué? —exclamó Matilda, ya para ese punto algo fastidiada. Instintivamente retrocedió más adentro en el elevador, un poco asustada, pero más que nada preocupada por la seguridad de los dos que iban con ella.

    Las puertas del elevador comenzaron a cerrarse, y Matilda se debatía entre si debían salir o no. Sin embargo, antes de que se cerraran del todo, una mano se interpuso y prácticamente empujó una de las puertas para que se volviera a abrir. El primer pensamiento de Matilda fue que había sido la misma mujer de hace rato, la que le había ayudado a subir. Pero cuando la persona al otro lado se reveló, no fue la que había pensado.

    Era una mujer, en efecto. Pero ésta era alta, de cabello rubio y quebrado que caía sobre sus hombros, y unos intensos ojos azules que por un instante a Matilda le parecieron que brillaban como llamas. Usaba una chaqueta de cuero, pantalones ajustados y botas altas. La extraña los observó un segundo, como analizando la situación, y luego pronunció con rudeza:

    —Matilda y Cole, ¿no? Si quieren salir de aquí con vida, vengan conmigo.

    —¿Quién eres? —cuestionó Matilda confundida.

    —En estos momentos su única alternativa. No hay tiempo, vamos —indicó con apuro, y se giró entonces sobre sus pies en dirección a la salida—. Y quédense cerca de mí.

    Matilda volteó hacia Cole esperando que él tuviera una compresión mayor de la situación, pero éste únicamente se encogió de hombros; al parecer estaba tan confundido como ella. Pero en efecto, no era como si tuvieran muchas otras opciones de las cuales elegir.

    Rápidamente volvió a colocarse a Samara en su espalda, e hizo que Cole se apoyara en ella y avanzara ayudado por su telequinesis. En cuanto salieron, el agua de los aspersores los mojó, el piso a sus pies comenzaba a encharcarse. Aquella sensación el produjo cierta incomodidad a Matilda; en su mente seguía bastante latente en el recuerdo de ese pozo, y la sensación de sofoco que le causó. Pero por encima de aquello, hubo algo más que captó su atención: los policías se movían de un lado a otro, intentaban apagar el fuego y encontrar la ubicación del posible atacante. Sin embargo, ninguno intentaba detenerlos. Pasaban delante de ellos y ninguno parecía reparar siquiera en ellos.

    «No pueden vernos…» concluyó Matilda con asombro. ¿Era gracias a algún tipo de ilusión? ¿Acaso era obra de esa mujer?

    Al virarse de nuevo a buscar a su misteriosa salvadora, la pudo ver saliendo apresurada por la puerta, empujando ésta con algo de fuerza. Y sólo hasta entonces le resultó un poco familiar. ¿No estaba ella en la entrada justo cuando entró al edificio? No había puesto mucha atención, pero le parecía que sí era ella.

    Una vez en el exterior, la mujer cruzó apresurada la calle, pasando como si nada entre las patrullas estacionadas afuera.

    —¡Síganme!, ¡no se separen! —les gritó la mujer rubia, sonando más como una orden.

    Matilda se preguntó si sería prudente seguirla. Ya estaban afuera, podían simplemente buscar otra ruta de escape. Pero ese “manto de invisibilidad” que les estaba ofreciendo ciertamente era difícil de despreciar. Y además, ella sola cargando a Samara y a Cole; incluso con su telequinesis terminaría cansándose tarde o temprano; ya había comenzado a sentir sus fuerzas menguar. Así que, al menos de momento tendría que seguir a la extraña.

    Su guía se dirigió a una camioneta azul al otro lado de la calle. Se dirigió a la parte trasera, abrió la puerta y se metió de un salto al vehículo.

    —¡Suban! —Les gritó desde adentro, de nuevo sonando como una orden.

    Meterse a la camioneta de una completa extraña; a su madre le fascinaría enterarse de eso…

    Matilda ayudó a Cole a sentarse en la orilla y así pudiera subirse por su cuenta, mientras ella cargaba a Samara. Adentro, ambos se sorprendieron un poco a ver a otras dos personas: una chica joven recostada en el suelo, totalmente inconsciente, y una mujer de piel oscura y cabello mitad negro mitad morado sentada en una silla de ruedas, y con su cuerpo inclinado al frente sobre el teclado de una computadora. La mujer no estaba inconsciente como la joven, pero ciertamente parecía estar cerca de estarlo.

    Cole se sentó en el piso a un lado de la chica, y pudo contemplar de más cerca su rostro. Le resultó conocido prácticamente de inmediato.

    —Es Abra… —indicó con asombro.

    —¿Abra? —Inquirió Matilda sin entender; ella igual tomó asiento, sujetando a Samara en sus brazos muy cerca de ella.

    Cole tendría que explicarle todo lo que había ocurrido antes de que entrara de esa forma tan espectacular al departamento. Pero de momento al menos él se sentía más seguro de saber que la joven estaba ahí, y que al parecer seguía con vida. Así que desde ahí se había proyectado para salvarle la vida; le debía una, sin lugar a duda. Pero, ¿quiénes eran las otras dos mujeres?

    —Listo, Kali —Indicó la mujer rubia con optimismo, dándole un par de palmadas a su amiga en la silla de ruedas—. Lo hiciste bien, colega.

    La mujer morena se incorporó, jalando su cabeza hacia atrás hasta que su rostro miró al techo. Con las palmas de sus manos intentó limpiarse la nariz, pues ésta al parecer le había sangrado intensamente.

    —Aún tengo el toque —murmuró con bastante debilidad en su voz, aunque intentaba disimularlo con una pequeña risilla despreocupada—. Ahora sácanos de aquí, rápido.

    —No tienes que decirlo dos veces —respondió la mujer de la chaqueta de cuero, mientras se colocaba al volante.

    Matilda escuchó en silencio todo ese pequeño diálogo, jalando su atención principalmente como su aparente salvadora había llamado a la mujer en la silla de ruedas.

    —¿Kali? —Susurró despacio, y al escuchar su nombre la mujer morena inclinó sólo un poco su rostro hacia ella, pegando su mejilla contra su propio hombro.

    Ese nombre.

    Su apariencia.

    La hemorragia en su nariz.

    Y la ilusión que los había sacado a salvo de ese edificio…

    Los ojos de Matilda se abrieron ampliamente cuando aquel revelador pensamiento le cruzó por su mente.

    —Tú… —murmuró despacio con incredulidad—. Tú eres Kali Prasad. Eres Eight…

    Aquella mujer se limitó a sonreírle, y volvió de inmediato a poner su nariz en alto para prevenir que siguiera sangrando.

    —¿Eight? —Murmuró Cole, ahora siendo él quien no comprendía, aunque la realidad era que la propia Matilda tampoco lo hacía del todo.

    Kali Prasad, otro más de los sujetos derivados de los experimentos que el gobierno había realizado en los 70’s y 80’s; los mismos experimentos de los que provenía la propia Eleven. Su antigua mentora le había hablado al respecto, al igual que de otros individuos que salieron de ahí; incluyendo a aquella a la que llamaba “Eight.”

    Para cuando logró reaccionar, la camioneta ya había arrancado y se incorporó a la avenida, comenzando su silenciosa huida lejos del Edificio Monarch.

    —¿Qué está ocurriendo? —Masculló Matilda sobresaltada—. ¿Qué hacen ustedes aquí?

    —Esperemos a estar lo más lejos posible de ese maldito edificio —indicó la conductora con seriedad, mientras aceleraba un poco más—. Tenemos mucho de qué hablar, chicos…

    Matilda y Cole se miraron el uno al otro, estando cada uno a un costado contrario de la camioneta. Ninguno tenía la historia completa, y en realidad ni entre los dos juntaban la mitad. Pero con sus solas miradas se dijeron mutuamente que, al menos de momento, estaban a salvo. Así que podían darse el lujo de respirar y descansar, sólo un segundo…

    — — — —
    Mientras abajo se suscitaba el cao, en el pent-house poco a poco se había recuperado la tranquilidad, o al menos algo parecido a ello. El sillón de la sala había sido puesto de nuevo en su sitio, y Damien había tomado asiento, cerrado los ojos y tomado un segundo para calmar el dolor de su cabeza. Esto resultó un poco difícil, considerando que estaba rodeado por todos los destrozos ocasionados, en especial los de Samara. Entre tanta revoltura de pensamientos, uno un tanto más divertido se le vino a la mente al pensar en lo molesta que estaría Ann al ver ese sitio. No sería barato repararlo, si acaso valía la pena hacerlo.

    Abrió tras unos momentos los ojos y recorrió la sala para contemplar a los que seguían ahí con él. Kurt y los otros dos guardaespaldas habían bajado en su persecución por los dos intrusos, y aún no se habían reportado. Sólo habían pasado un par de minutos, pero la impaciencia de Damien lo hacía sentir que habían sido más.

    Por su parte, delante de él, Verónica se había autoimpuesto la tarea de barrer los vidrios rotos de la mesa y de las puertas corredizas.

    «Siempre tan servicial» pensó con ironía el muchacho. De momento, sin embargo, no tenía muchos deseos de decirle algo. Dudaba que se hubiera ahogado de verdad de haber permanecido más tiempo en el agua, pero si no fuera por ella quizás aún seguiría ahí flotando. Así que de momento no le desagradaba tanto tenerla cerca.

    Miró más detrás de Verónica hacia la cocina, en dónde notó a Lily sentada y comiendo… ya a esas alturas no lo sabía, y poco le importaba. ¿Helado?, ¿papas?, daba igual. Su indiferencia a lo ocurrido no le sorprendía. Y al girarse a su zurda, miró a Esther sentada en el suelo contra la pared. Estaba abrazada de sus piernas y tenía su mejilla pegada contra sus rodillas. Su vista estaba perdida en dirección a la terraza, y quizás en el cielo azul que se veía a lo lejos. ¿Qué tanto pensaba en esos momentos? Sólo ella lo sabía.

    Damien se viró entonces hacia su lado derecho, y ahí vio a los otros dos: James y Mabel, parados un poco más alejados de todos cerca de la puerta del baño, murmurando entre ellos muy despacio para no ser oídos. Damien se sorprendió un poco al percatarse de que casi se había olvidado de la presencia de los dos verdaderos. Pero en cuanto o vio, y fue consciente de su simple existencia, un pensamiento, o quizás más bien un recuerdo, se le vino a la mente abruptamente. Y esa debilidad y dolor que sentía en esos momentos, fue mitigada por una ferviente furia que lo hizo casi ver todo en rojo.

    Agachó su mirada a sus pies. Ahí reposaba una pistola, la cual Verónica había estado evitando en su barrida casi como si temiera tocarla. ¿Era del policía? ¿O quizás de alguno de los guardaespaldas? Daba igual, pues en esos momentos era suya. Así que rápidamente se estiró, tomó el arma firmemente con su mano y se paró de su asiento.

    —¿Necesitas algo, Damien? —Le preguntó Verónica apresurada al ver que se paraba, pensando que quizás quería un vaso con agua o algo de comer. Pero no. La necesidad que invadía al chico en esos momentos era otra muy diferente.

    James y Mabel en efecto hablaban entre ellos, volteados hacia la pared como niños regañados, pero en realidad querían sentirse de cierta forma aparte de todo lo demás. Ambos estaban realmente alterados por lo ocurrido, pero como siempre James lo exteriorizaba menos; su semblante se mantenía sereno y firme, al igual que su postura. Mabel, por su parte, casi temblaba, y abrazaba contra sí el cilindro con vapor que James le había traído para curarle su herida (ya para esos momentos complementa cerrada).

    —¿Qué fue todo esto? —Exclamó Mabel, sonando casi como un reclamo a su pareja, aunque no era precisamente el caso—. ¿De dónde salieron estos vaporeros tan poderoso? ¿Cómo nunca supimos de ellos antes?

    —A uno de ellos ya lo había visto —indicó James, recordando de nuevo su primer encuentro con Cole—. Y en esa ocasión también sentí a otra, una mujer. Pero al parecer hay más.

    Mabel se mordió ligeramente su pulgar como señal con nerviosismo. Había una época en donde haberse cruzado con individuos como estos la hubiera emocionado tanto como le emocionaría a cualquier niño ver su platillo favorito servido en mantel blanco ante él, totalmente a su disposición. Pero en esos momentos era incapaz de sentir nada cercano a emoción. Aquellos que antes hubieran significado comida para ella, en esos momentos eran un peligro latente para su seguridad. Y eso, una vez más, la hizo rabiar de frustración.

    —Hubo alguien más aquí aparte de ese hombre y la mujer, ¿cierto? —Le cuestionó James, incluso más despacio que antes—. La que lo atacó y lastimó. Tú la viste, ¿cierto?

    Mabel guardó silencio, teniendo su mirada agachada y pensativa. Claro que la había visto; hubiera sido imposible no verla.

    James interpretó su silencio de la mejor forma.

    —¿Acaso era…?

    Su pregunta quedó en el aire, pues antes de poder terminarla, sin que ninguno lo notara Damien se les había acercado por detrás, y lo siguiente que Mabel sintió fue como el chico la tomaba fuertemente de sus cabellos, y empujaba su cara hacia la pared, golpeando un costado de su frente contra ésta. Aturdida, lo siguiente que sintió fue que empujaba y presionaba su cabeza, haciendo que su mejilla se aplastara con el muro.

    —¿Qué no habías sentido nada de nada al tocar su foto, dijiste? —Murmuró Damien con marcada molestia. Alzó el arma que sujetaba en su otra mano, y pegó el cañón directo contra su cráneo—. Al parecer crees que soy un idiota, ¿cierto?

    Aquel giro tan repentino llamó de inmediato la atención de todos. Verónica y Esther miraron al mismo tiempo en su dirección, e incluso Lily salió de la cocina para chismosear. James, por su lado, se quedó unos segundos estupefacto al ver esto justo delante de sus ojos. Pero no se quedó en ese estado por mucho.

    —¡Suéltala…! —Le gritó furioso la Sombra, y de inmediato estiró su mano hacia el chico, tomándolo firmemente de la muñeca que sujetaba la pistola para apartarla de ella.

    —¿Enserio quieres intentarlo? —Exclamó Damien desafiante, volteando a ver al verdadero pero sin soltar ni su arma ni la cabellera de Mabel—. ¿Quieres intentar paralizarme y salvar a tu doncella en apuros? Anda, quiero que lo hagas; en estos momentos me fascinaría que lo hicieras. Pero más te vale lograrlo a la primera, porque si no le meteré esta arma por la nuca a “tu” Mabel, y luego seguirás tú. Así que piensa muy bien lo que harás, Sombra…

    Y por unos instantes todo se sumió en un agobiante y tenso silencio, en el que ambos hombres se observaron el uno al otro, a la espera de que cualquiera diera un paso de más, o incluso un pestañeó indebido. James ciertamente vacilaba, pues pese a los fuertes deseos que tenía de salvar a su compañera, el temor que ese individuo le provocaba a ambos era innegable y humillante.

    Sin embargo, aunque la amenaza de Damien no era para nada en vano, lo cierto era que una parte de su siempre inmutable seguridad era prácticamente bluff. Damien sabía muy bien que no estaba en las mejores condiciones; nunca antes se había sentido tan agotado y adolorido como en esos momentos, y la verdad dudaba un poco de qué pasaría si en verdad James intentaba paralizarlo con esa habilidad suya. Pero claro, no podía darse el lujo de que alguno de esos dos se diera cuenta de ello. Y quizás todo ese acto era una forma de quitarles de la cabeza cualquier idea que les hubiera quedado de que estaba débil tras lo que habían visto. ¿Funcionaría?, ¿o tomaría el riesgo sin importar qué?

    Por suerte la Sombra no tuvo que tomar esa difícil decisión, pues Mabel intervino y la tomó por él.

    —Por favor James, no lo hagas —murmuró Mabel con aprehensión, extendiendo una mano hacia él en señal de alto.

    La Sombra titubeó unos instantes, pero al final soltó la mano de Damien y retrocedió un paso. Sin embargo, no le quitó los ojos de encima ni un poco. Lo apartaría de ella en cuanto lo viera necesario, aunque tuviera que teclearlo al viejo estilo.

    Mabel comenzó entonces a hablarle fuerte y claro a Damien, a pesar que por su posición tan incómoda le era imposible mirarlo directamente:

    —Te juro que no sentí su presencia en lo absoluto. Debió haberse ocultado. Que apareciera me sorprendió tanto como a ti…

    —Pues eso resulta aún peor, ¿no te parece? —Musitó Damien con amenaza en su voz—. Si no fuiste capaz de percibir que estaba tan cerca de mí, ¿para qué me sirves exactamente? Y si la sentiste y no me lo dijiste, es obvio que puedo contar menos con tu lealtad de lo que pensé.

    Alzó en ese momento el revólver y pegó la punta del cañón de nuevo contra su cabeza. James reaccionó de inmediato con la intención de volver a tomarlo, y esta vez dispuesto a hacer lo que tenía que hacer. Mabel se percató de inmediato de esto, y rápidamente alzó una mano hacia él para detenerlo, al tiempo que alzaba su voz en alto para poder ser oída sin duda:

    —¡Puedo traértela! Está muy débil y vulnerable luego de su lucha, pude sentirlo. Ya no podrá ocultarse. La rastrearé y la mataré por ti; también a ese policía y a la mujer. Sólo tomaré un poco de vapor y podré encontrarlos a todos. Soy la única que te puede ayudar con eso, y lo sabes.

    Damien no respondió nada, aunque tampoco quitó de inmediato la pistola de su cabeza, así que la amenaza latente de que se suscitara un disparo se mantuvo ahí entre ellos, flotando como un denso y penetrante hedor. Si acaso Damien tenía verdaderas intenciones de volarle la cabeza a la doncella en esos momentos, éstas se hicieron a un lado cuando se escucharon pasos aproximándose por el pasillo desde la entrada principal. Al virarse en esa dirección, más allá del hombro de James vio a dos de sus guardaespaldas ingresando a la sala.

    Los dos hombres miraron al inicio un poco sorprendidos la escena, pero intentaron recuperar su compostura rápidamente. Aunque, en realidad no se veían del todo firmes y seguros en dichas posturas, lo que le indicó a Damien de inmediato que no tenían buenas noticias.

    —Los perdimos, señor —le informó Kurt con abatimiento—. No sabemos qué pasó. La policía dice que no llegaron a la planta baja en el elevador.

    —Debieron haber bajado en algún piso y salido por otro medio —informó el otro—, o quizás siguen aún en el edificio. Los están buscando en cada planta, y también en los alrededores.

    —Pierden el tiempo —exclamó Lily en ese momento con sorna, jalando las miradas de todos hacia ella—. De seguro ya deben estar lejos de aquí. Al parecer tienen más trucos escondidos de los que parecían.

    Una sonrisa astuta, casi burlona, se dibujó en los labios de la niña. ¿Qué sabía o qué creía saber? Daba igual; Damien de todas formas tenía el mismo presentimiento.

    —Alguien debió haberlos ayudado —añadió Esther, parándose del suelo—. Con esa pierna herida, ese policía no llegará muy lejos sin atención.

    Damien meditó unos segundos, y luego soltó a Mabel abruptamente y se alejó de ella. Ésta, a pesar de que estaba contra la pared, sus piernas casi cedieron y estuvo por caerse, pero James se apresuró a sostenerla.

    —Señor —susurró Kurt con voz casi temblorosa, aproximándose a Damien. Éste se viró hacia él de reojo, y su sola mirada le daba a entender que más le valía que lo que iba a decir fuera importante. Y el hecho de que tuviera aún esa arma de fuego bien sujeta en su mano derecha, no le daba más confianza al hombre de seguridad—. La policía quiere subir a que les dé su declaración. William está abajo hablando con ellos para entretenerlos, pero subirán en cualquier momento. Y…

    La mirada de Kurt se desvió sutilmente hacia otra dirección en la sala, y en realidad a otras dos personas: Esther y Lily. Éstas dos, y en realidad todos los presentes, comprendieron el predicamento.

    —Y no te conviene tener a una prófuga y a una niña secuestrada aquí cuando suban, ¿eh? —ronroneó Esther con tono jocoso.

    Por su puesto que no les convenía, y la más de acuerdo con dicha idea era Verónica.

    —Hay que sacarlas de aquí de inmediato —espetó la mujer rubia alarmada.

    —Gracias por señalarme lo obvio —respondió Damien con sequedad.

    Se viró entonces a James y Mabel, apuntándolos con el arma aunque no precisamente con intención de dispararles.

    —Llévenselas con ustedes y encárguense de esos sujetos como bien prometieron; luego póngalas a salvo —ordenó con firmeza, a lo que los verdaderos no respondieron nada; no era como si tuvieran de otra en esos momentos. Se giró justo después hacia Eshter y Lily, aunque con actitud menos agresiva—. Y ustedes asegúrense de traer a Samara con vida. Ella y yo aún tenemos cosas de qué hablar.

    Y dadas sus instrucciones, se dispuso a caminar hacia su habitación con el fin de quitarse esas ropas húmedas que olían a cloro de alberca, y en general a arreglarse lo mejor posible antes de que la policía estuviera ahí. Pero antes de que pudiera retirarse, una inesperada queja lo retuvo.

    —Yo no iré a ningún lado con nadie —exclamó Lily desafiante; Damien se detuvo en seco al oírla—. ¿No has entendido que yo no pienso hacer más lo que tú me digas? —Resopló con fastidio la niña de Portland, y entonces se dio media vuelta y caminó tranquilamente hacia la salida—. Yo me iré por mi cuenta de este circo, justo como lo…

    Apenas había dado unos cinco pasos como máximo, cuando sintió abruptamente la presencia de Damien a sus espaldas, casi como si se hubiera materializado justo detrás en un segundo. Y antes de que pudiera voltearse hacia él, sintió como la mano del joven se movía hacia delante de ella y la tomaba fuertemente de su cuello, apretándolo con gran fuerza entre sus dedos. A su vez el chico la empujó contra él, haciendo que su espalda quedara contra su torso, quedando totalmente atrapada.

    Los ojos de Lily se abrieron por completo, llenos de asombro pero también de… miedo, esa sensación que tanto había disfrutado en otros. Con su garganta aprisionada de esa forma le era imposible respirar con normalidad, y de su boca sólo salían pequeños gemidos sin sentido. Alzó sus manitas por reflejo, intentando apartar la mano que le apresaba el cuello, pero sus dedos no fueron capaces de moverla ni un poco. Incluso según ella lo arañaba, sin obtener tampoco ningún resultado.

    —Tu actitud ya me tiene harto, y mi paciencia se agotó —escuchó como Damien le susurró cerca de su oído, sonando tan agresivo y gutural como si una bestia fuera quien le hablaba—. Así que dime, ¿por qué no resultaría más sencillo ocultar tu cuerpo que seguirte soportando? Si es que puedes decir algo…

    Sus dedos se apretaron incluso más contra su garganta. Lily soltó un quejido de dolor, pero nada parecido a una palabra. El aire se le había casi acabado, y no fue capaz de concentrarse lo suficiente para contraatacar de alguna forma, crear alguna ilusión que inundara la mente de ese maldito y lo obligara a soltarla, por la combinación de dolor, asombro y terror. Y también, quizás de manera inconsciente, le daba mucho más miedo el tener que meterse a la cabeza de ese sujeto…

    —Damien, espera… —musitó Verónica preocupada, aproximándose cautelosa al chico, aun a sabiendas de que en ese estado en el que se encontraba ella podría salir incluso peor parada. Pero antes de que pudiera decirle algo para calmarlo, alguien se le adelantó.

    —No estás pensando con claridad, chico —murmuró Esther, parándose firme a un lado de Damien. Éste la miró de reojo, al igual que la propia Lily. Su rostro a simple vista parecía intentar parecer tranquilo, pero un atavismo de inquietud podía ser percibido si ponías la suficiente atención—. Ya tienes demasiados problemas y a los lobos rascando tu puerta, como para complicarte más las cosas con un homicidio por rabia. Créeme, yo sé de lo que te hablo, y entiendo mejor que nadie las ganas de romperle su cuello a esta pequeña rata de una vez por todas. Pero tú mismo lo dijiste hace rato, ¿recuerdas? Que la necesitabas y que la querías como parte de tu familia; ¿eh? Además, ¿quieres a Samara de regreso? Yo te la traeré, pero necesito a Lily conmigo para hacerlo, ¿entiendes? Sé un Anticristo razonable por una vez.

    Esther habló rápido, pero clara, y no le quitó los ojos de encima a Damien ni un instante; posiblemente ni siquiera parpadeó. El chico la observo en silencio mientras le daba todo ese discurso, sin dar seña en su semblante de si surtía algún efecto o no. Al final algo debió funcionar, pues tras un rato soltó a Lily abruptamente, empujándola hacia el frente. La niña cayó al suelo de rodillas, y luego sobre su costado, comenzando a toser con fuerza y a respirar con dificultad.

    Leena miró azorada a la niña en el suelo, y casi de inmediato se giró de nuevo hacia Damien, como si temiera que si le quitaba los ojos de encima un segundo ella sería la siguiente en recibir la ira de ese sujeto.

    —Ninguno se atreva a volver sin Abra y sin Samara —soltó el chico en ese momento, siendo dicha amenaza tanto para las dos niñas como para Mabel y James—. Las quiero a ambas vivas…

    Se dirigió entonces de nuevo hacia su cuarto, y todos se quedaron quietos esperando que se fuera (salvo Lily que seguía retorciéndose en el suelo intentando normalizar su respiración).

    —Kurt —exclamó Damien con fuerza ya estando en el pasillo, y el guardia atendió de inmediato a su llamado, aproximándosele por un costado. Ambos caminaron lado a lado por el pasillo, y cuando estuvieron a la distancia apropiada Damien le susurró—: Acompáñalos.

    —¿Señor? —Inquirió Kurt un poco confundido.

    —No me fio de ninguno. Si te da la impresión de que alguno intenta algo indebido… bueno, lo dejo a tu criterio. ¿Entiendes?

    Kurt guardó silencio un segundo, y luego añadió con fría firmeza:

    —Sí, señor.

    Sin más, Damien caminó hacia su habitación al fondo del pasillo con intención de encerrarse en ella y poder cambiarse. Se encontró sin embargo con la puerta derrumbada, a causa de que la mujer invasora había arrojado a uno de sus guardaespaldas contra ella hasta tumbarla. Aquello podría haberlo hecho rabiar aún más de lo que ya estaba, pero extrañamente pareció tomarlo con algo de humor; aunque eso no le impidió patear un poco la puerta, levantándola apenas unos centímetros del suelo.

    Como fuera, igual tenía que quitarse esa ropa mojada.

    Mientras tanto, en la sala, Lily había ya comenzado a calmarse. Dejó de toser, y ya respiraba con más normalidad, aunque de vez en cuando se percibían pequeños silbidos que no deberían estar ahí cuando inhalaba aire a sus pulmones. Estaba con su cara contra el suelo, y sus cabellos castaños se desparramaban sueltos por el suelo. Esther la contemplaba en silencio, de pie a un lado de ella. Cuando le pareció prudente, se agachó colocándose de cuclillas a su diestra.

    —Oye, ¿estás…? —musitó Leena despacio, y aproximó con cuidado una de sus manos a su cabeza. Pero antes de poder tocarla, Lily se giró rápidamente, apartando bruscamente su mano lejos de ella.

    —¡No me toques! —Le gritó furiosa la niña de Portland, incluso después llegando a empujarla con ambas manos hacia atrás. Esther cayó de sentón al suelo. Lily reveló en ese momento que tenía su rostro humedecido y sus ojos rojos; similar a cómo había estado la noche anterior, cuando le hizo aquella herida aún presente en su frente—. No necesitaba de tu ayuda… —musitó con una ferviente agresividad, que Esther notó se le dificultaba mantener.

    —Pues bueno —exclamó la mujer de Estonia con indiferencia, parándose y arreglándose su vestido como si nada hubiera pasado—. Como sea, ahora estamos a mano por lo de hace un rato —sentenció casi como una amenaza, y se alejó de ella con profunda normalidad.

    Lily se quedó ahí sentada en el suelo un rato más, como si temiera que si se paraba sus piernas la traicionarían y la harían caer de nuevo. Pero al final tuvo que ponerse de pie ella misma; como siempre lo había hecho antes.

    FIN DEL CAPÍTULO 101
    Notas del Autor:

    Comienzo a sentir que Lily ha sido un personaje muy maltratado en esta historia. Aunque bueno, algunos dirían que se lo merece; ¿qué opinan ustedes?

    Después de un pequeño receso, volvemos con un capítulo más de esta historia. Matilda y Cole no sólo lograron huir con vida (aunque no intactos) del pent-house de Damien, sino que además pudieron llevarse a Samara con ellos. Lo crean o no, algunas cosas no fueron de la forma en que esperaban que pasaran, pero bueno; hay que adaptarse a las situaciones.

    Pero esto no se ha calmado todavía, pues nuestro Anticristo no los dejará escapar tan fácil. Y no hay que olvidar que el DIC está rondando muy cerca. Sin embargo, toca desviarnos un poco y en los siguientes capítulos iremos a recorrer algunos otros temas que habíamos dejando un poco pendiente. Pero no se preocupen, no será por mucho y volveremos más pronto de lo que creen con estos personajes.

    ¡Nos leemos pronto!
     
  2.  
    WingzemonX

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    Resplandor entre Tinieblas
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    Misterio/Suspenso
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    Resplandor entre Tinieblas

    Por
    WingzemonX

    Capítulo 102.
    Un regalo para su más leal servidor

    El Dr. Haddad encendió su pequeña linterna frente al rostro de Rosemary, y pasó sutilmente la luz de ésta delante de sus ojos claros y brillosos. La mujer, de rostro arrugado y delgado pero de un color particularmente saludable en esos momentos, se encontraba sentada en su cama médica, la misma en dónde había estado dormida por casi veinte años, en esa bonita habitación del departamento de su hijo. La cama había sido colocada en la posición adecuada para que la paciente pudiera estar sentada de forma cómoda. Sus labios delgados y sonrosados dibujaban una pequeña sonrisa alegre, o mínimo de comodidad.

    —Siga la luz, por favor —le indicó el médico de cabello corto y nariz aguileña, mientras movía la luz frente a su rostro.

    Rosemary movía sus ojos a donde le indicaba. A veces el brillo llegaba a molestarle y tenía que cerrarlos unos segundos, para luego seguir adelante con el examen justo como se lo pedían.

    —Muy bien, lo está haciendo muy bien —le felicitó el doctor, y un par de segundos después apagó su linterna y la guardó en el bolsillo de su camisa color beige.

    Rosemary y el Dr. Haddad no eran los únicos ahí presentes. De pie frente a la puerta, aunque manteniendo una distancia prudente, Andy y Ann observaban todo en silencio, pero notablemente interesados. Haddad era el neurólogo que había estado tratando a Rosemary Reilly desde que Andy la transportó hasta New York. Por eso mismo, la acción inmediata del exitoso músico, tras digerir y entender (lo mínimo posible) lo que ocurría, fue llamarlo de emergencia y pedirle (aunque quizás hubo un poco de orden en su tono) que fuera para allá de inmediato.

    Andy aún no lograba concebir del todo lo que ocurría, incluso estando de pie mirando aquello con sus propios ojos. Una parte de él pensaba que en cualquier momento Haddad se giraría hacia él y le diría que todo fue un gran malentendido, y que su madre seguía exactamente igual a cómo estaba antes de que se fuera a Grecia, por más incoherente que ese pensamiento le resultara. Era obvio que estaba despierta; lo había visto y hablado… pero él no era capaz de creerlo, o quizás en realidad no quería hacerlo.

    —Dígame, ¿cómo se siente? —preguntó el Dr. Haddad con voz templada—. Físicamente hablando.

    —Salvo que se me dificulta un poco mover el cuerpo, me siento bien —respondió Rosemary con insólito optimismo—. No tengo ningún dolor o molestia en específico.

    —Esa es una buena señal —asintió Haddad—. Vamos a hacer una prueba rápida de su sensibilidad, ¿le parece?

    Rosemary asintió como respuesta, aunque no es como si tuviera algún motivo para negarse.

    Haddad se paró entonces y se acercó un poco al pie de la cama. Retiró con cuidado el cobertor de la pierna derecha de Rosemary, que se asomaba de debajo de la bata de hospital desde la rodilla hasta la punta de los pies. Haddad tomó una pluma del bolsillo de su camisa (el mismo donde había colocado su linterna) y la aproximó a un costado de su pantorrilla, presionando un poco la punta contra su piel.

    —¿Siente esto?

    —Sí —respondió Rosemary.

    A continuación, el médico bajó un poco más, ahora hacia los dedos de su pie.

    —¿Y esto? —preguntó un segundo antes de presionar la pluma contra la punta de su dedo gordo, quizás más fuerte de lo requerido pues en ese instante Rosemary dio un pequeño sobresalto en la cama.

    —Sí… y le pido que no lo haga de nuevo, que duele —le reprendió Rosemary.

    —En este caso el dolor es bueno, en realidad —se excusó Haddad, y siguiendo su petición guardó de nuevo su pluma y dejó esa prueba hasta ahí; igual todo se veía bien—. Intentemos algo más. Voy a decirle tres palabras, y le pido que intente memorizarlas lo mejor que pueda, ¿de acuerdo? —Rosemary asintió—. Las palabras son: manzana, martillo, papel. ¿Puede repetirlas?

    —Manzana, martillo y papel.

    —Muy bien. ¿Puede decirme su nombre completo y su lugar de nacimiento?

    —Rosemary Reilly, y nací en Omaha, Nebraska —respondió rápidamente y con bastante fluidez en sus palabras.

    —¿Recuerda el nombre de sus padres?

    —Claro que sí: Edward y Mary.

    —¿Y el de sus hermanos?

    —Eddie, Margaret, Brian, Jean y Pat —enlistó sin vacilación alguna.

    —¿Y el nombre de su esposo?

    —Exesposo —le corrigió tajantemente, al parecer con la intención de alzar su mano en señal de regaño, pero cediendo de su intento pues ésta de momento la sentía demasiado pesada para levantarla—. Su nombre era Guy Woodhouse —respondió tras un rato, aunque no del todo contenta de hacerlo al parecer.

    —¿Y el de su hijo? —preguntó el doctor por último, volteando a ver a Andy, que se estremeció un poco al sentirse de golpe jalado de ser un mero espectador a parte de la conversación.

    Rosemary igualmente se volteó hacia él, y todos pudieron ver cómo su rostro entero se iluminaba de golpe. Y su sonrisa, hasta ese momento moderada, se amplió por completo llena de júbilo.

    —Adrew, mi pequeño Andrew —murmuró despacio, con cariño acompañando cada palabra—. Que ya no es tan pequeño, en realidad. Se ha convertido en un hombre mucho más apuesto y galante de lo que pensé que sería. ¿No le parece a usted, doctor?

    Haddad carraspeó, y al parecer la pregunta le incomodó un poco pues de inmediato pasó a otro tema.

    —Sra. Reilly, ¿qué es lo último que recuerda antes de quedar inconsciente?

    Rosemary desvió lentamente su vista de su hijo al médico de pie a su lado al oír su pregunta. Su sonrisa se esfumó lentamente y su entrecejo se arrugó un poco, en señal de que estaba haciendo un pequeño esfuerzo por formular de forma correcta su respuesta. Andy en particular se tensó un poco, intentando adivinar qué estaba por responder. Él sabía lo que había ocurrido; estaba presente en ese momento, después de todo.

    —Yo… estaba en el Bramford —comenzó a explicar la mujer en la camilla—, era de noche y me dirigía al ascensor con Andy para irnos de ese sitio. Y luego… —hizo una pequeña pausa reflexiva, y entonces añadió—: luego ya no recuerdo más. ¿Fue ahí donde me desmayé?

    —Así parece, señora —aclaró el médico. Aquello concordaba con lo que el mismo Andy le había contado hace mucho cuando recién comenzó a tratarla—. ¿Por qué intentaba salir de su edificio tan tarde?

    —Quería hacer un viaje sorpresa a casa para visitar a mis padres, y llevar a Andy para que lo conocieran al fin en persona.

    —¿Por qué tan tarde?

    Rosemary volvió a tomar unos segundos de cavilación, y luego se encogió de hombros, apenas con un pequeño movimiento apreciable de estos.

    —No lo sé, en realidad. Fue una ocurrencia del momento, y me dije: ¿por qué no? Creo que no estaba pensando con claridad en ese momento. Quizás ya tenía algo malo en la cabeza y eso causó todo esto. ¿Puede eso ser posible?

    —Sí, es posible —asintió Haddad, al parecer satisfecho por la respuesta,

    Andy, por su lado, estaba un poco sorprendido por su contestación tan clara y rápida, a pesar de que él sabía muy bien que no todo lo que decía era cierto. ¿Estaba mintiendo deliberadamente?, ¿o quizás realmente era así como ella lo recordaba?

    —¿Me repite las tres palabras que le dije antes que memorizara? —comentó Haddad de pronto, tomando un poco por sorpresa a Rosemary. Ésta vaciló sólo un segundo, y entonces susurró:

    —Manzana, martillo… y papel, ¿cierto?

    —Esas eran —afirmó Haddad con entusiasmo. Luego incluso se permitió darle a la mujer un par de palmadas en su hombro, como si la estuviera felicitando—. Muy bien, Sra. Reilly. Ya terminamos por hoy. Sólo me queda decirle que nos da mucho gusto a todos tenerla de vuelta entre los vivos.

    —No tanto como a mí, doctor —respondió Rosemary sonriente—. Gracias.

    El Dr. Haddad se dirigió entonces a la puerta y salió tranquilamente al pasillo. Fue evidente para Andy y Ann que quería que lo siguieran, y así lo hicieron. Sin embargo, el dueño del departamento se detuvo unos momentos a mirar a su madre en la cama, que le volvió a sonreír con entusiasmo como hace rato. Él intentó devolvérsela de la misma forma, aunque de seguro se le notaba bastante menos júbilo. Luego sólo asintió una vez y salió un poco apresurado de la habitación.

    —¿Y bien? —preguntó Andy sin rodeos una vez que los tres estuvieron afuera y de pie a un par de metros de la puerta.

    Haddad se acomodó sutilmente sus anteojos, y entonces respondió:

    —Tendría que hacerle estudios más detallados, pero a simple vista no parece haber ningún daño neurológico. De hecho, parece estar en perfecto estado y bastante lúcida; como si tuviera veinte años, y sólo se hubiera echado a dormir una siesta el día de ayer. Es realmente impresionante.

    Andy guardó silencio, asombrado por oírlo decir eso; al parecer esperaba recibir algún otro tipo de respuesta.

    —¿Y crees que le sea posible pararse de esa cama? —preguntó una vez se sobrepuso.

    —Los ejercicios y terapias que le has aplicado cada día le han ayudado. Con algo de terapia más intensiva ahora que está despierta, lo veo bastante viable.

    El médico se tomó la libertad de acercarse al músico y tomarlo delicadamente de los brazos, como un intento contenido de abrazo. Luego le sonrió, bastante más entusiasmado.

    —Felicidades, Andy. Si alguien se merece este regalo, eres tú.

    El músico se limitó sólo a sonreírle ligeramente, pero de sus labios no surgió ninguna palabra…

    Ann, que estaba de pie a lado de los dos, había tenido su atención puesta en Andy todo ese tiempo, y se había percatado de inmediato lo difícil que le estaba resultando mantener esa máscara de cordialidad y felicidad. Aquello ciertamente lo había puesto de cabeza, y no era para menos. Así que decidió tomar la iniciativa y ayudarlo un poco.

    —Muchas gracias por todo, doctor —murmuró la empresaria con gentileza, y colocando una mano en la espalda del médico comenzó a guiarlo por el pasillo hacia el recibidor—. Déjeme acompañarlo a la puerta.

    Ambos avanzaron solos hacia la salida, dejando a Andy atrás que agradeció en silencio que Ann estuviera ahí para encargarse de eso para lo que no tenía precisamente mucha cabeza. Especialmente ahora, que no podía postergar más entrar en ese cuarto y encarar a la mujer de la camilla, ahora despierta.

    —Quisiéramos que la noticia no se diera a conocer de momento —comentó Ann con moderación una vez que Haddad y ella se encontraban ya en el recibidor del departamento—. Todo esto será un proceso complicado para el señor Woodhouse y su madre, y lo que menos quisiéramos es tener a la prensa metida aquí haciendo preguntas. Usted me entiende.

    —No se preocupe, señora… —murmuró Haddad, dudando un poco al momento de referirse a la mujer a su lado, pues no recordaba que Andy los hubiera presentado formalmente. Y en efecto, no lo había hecho, y no podía culparlo pues su cabeza había estado divagando en mil cosas después de todo.

    Ann sonrió con sus brillantes labios rojos, y le respondió con amabilidad:

    —Rutledge, Ann Rutledge.

    De momento consideró preferible no involucrar el apellido “Thorn” en eso, al menos que no hubiera de otra.

    —Le aseguro que seré extremadamente discreto con esto, Sra. Rutledge. Estoy realmente contento por Andy. Él esperó mucho tiempo para que esto ocurriera.

    —Sí, todos los estamos —asintió Ann, aunque en realidad ella no estaba aún segura de qué tan “contentos” debían de estar en realidad. Se aproximó entonces a la puerta principal y se la abrió—. Buenas tardes, y gracias por su visita.

    —No hay de qué —se despidió Haddad ya con un pie afuera—. Cualquier cosa, llámenme con confianza.

    Ann agradeció su gentileza una última vez, y entonces cerró la puerta una vez que el médico se encaminó al ascensor. Se permitió entonces borrar su falsa sonrisa de su rostro y soltar un pesado suspiro de cansancio.

    Hace sólo un par de horas acababa de bajar de un largo vuelo; realmente no estaba de humor para lidiar con esas cosas. Se suponía que debía estar de camino a Los Ángeles para esos momentos; ni siquiera había tenido oportunidad de comunicarse con Verónica y notificarle de su retraso.

    Miró en dirección al pasillo de las habitaciones y ya no vio a Andy de pie en él. Supuso que estaba con su madre… así que era mejor no molestarlo. En lugar de irlo a buscar, se dirigió a la sala y se sentó para esperarlo. Su expectativa era que pudieran decidir pronto qué es lo que harían con el otro asunto que los atañía. Lo más seguro era que tendría que irse ella sola a Los Ángeles, como tenía planeado originalmente…

    — — — —
    Andy en efecto había vuelto al cuarto, donde su madre lo esperaba paciente. En cuanto lo vio en la puerta, de nuevo la mujer le sonrió con alegría; alegría sincera, más profunda que la que había percibido de cualquiera de sus fans, o de los demás seguidores de la Hermandad. Una alegría con la que, para sorpresa de Andy, no estaba del todo acostumbrado a lidiar.

    El músico se aproximó a la camilla y se sentó a su lado en la silla, inclinándose un poco hacia la mujer. Ésta lo admiraba intensamente, como si intentara memorizar cada centímetro de su rostro.

    —No puedo creer que realmente seas tú, Andy —musitó Rosemary con excitación—. Con esa barba y ese cabello largo, casi te pareces a Jesucristo, ¿sabes?

    —Me lo dicen seguido —bromeó Andy como respuesta.

    —¿Aún ocultas tus lindos ojos de tigre con magia?

    —Aprendí a hacerlo por mi cuenta hace tiempo, y ahora siempre los tengo así. Es necesario; aún en esta época la gente no entendería muy bien a alguien de ojos dorados de bestia andando por ahí. Aunque, aquí entre nosotros, hay cosas más extrañas hoy en día.

    Rosemary de seguro no entendió del todo su comentario, pero igual rio de forma armoniosa.

    —¿Le mentiste al doctor cuando te preguntó sobre lo ocurrido aquella noche? —inquirió Andy sin muchos rodeos, pues realmente deseaba aclarar esa duda.

    —¿Y qué le iba a decir? ¿Que ese grupo de brujos que vivía en la puerta de al lado me lanzó un hechizo para dejarme en coma y evitar que huyera contigo? Por qué eso fue lo que pasó, ¿cierto? Me hicieron lo mismo que a mi amigo Hutch. —En su voz se percibió por primera vez enojo, y sobre todo un muy marcado resentimiento—. Pero lo que me hicieron a mí fue incluso más cruel… ¿En verdad estamos en el 2017?

    —Sí —respondió Andy con voz neutra—. Es noviembre, de hecho. Dentro de unos días será Acción de Gracias.

    Rosemary apoyó su cabeza por completo contra la almohada, y fijó sus ojos fríos en el techo sobre ella.

    —Cuarenta y un años… —murmuró despacio, como un pensamiento que se le escapaba de la cabeza sin que ella lo quisiera—. Esos malditos me arrebataron cuarenta y un años de mi vida. ¿Cómo pudieron hacerme esto? —Alzó entonces lo más que pudo su delgada y arrugada mano, que además le tembló un poco por el esfuerzo de mantenerla levantada—. Mírame, soy una anciana decrépita. Sólo desperté de ese largo sueño para de seguro morirme en serio dentro de poco.

    —No digas eso, mamá —exclamó Andy de inmediato, tomando con delicadeza su mano, y haciendo que la bajara de nuevo y la recostara sobre la cama—. El doctor dice que estás perfectamente. Aún estás a tiempo de vivir una vida plena, y de pasar mucho tiempo al lado mío y de tu nieto.

    El mal humor y enojo se esfumó un poco del rostro de Rosemary al sentir el tacto de su hijo en su mano, y en especial cuando mencionó a su “nieto”.

    —Sebastián es un niño adorable, y muy inteligente —declaró la mujer—. Se sentó aquí a mi lado a hablar conmigo desde que desperté, y a contarme muchas cosas sobre ti, sobre él, y sobre cómo es el mundo en estos momentos. Se parece tanto a ti a su edad. Me fue difícil creer por un momento que fuera adoptado. Si no me lo hubieran dicho, juraría que estaban relacionados de alguna forma.

    Andy nada más sonrió, sin responder en realidad nada a tal observación.

    —¿Nunca te casaste? —preguntó Rosemary de pronto, al parecer llena de curiosidad—. Esa señorita que está aquí, ¿es tu novia o... algo?

    Su tono era casi de acusación, pero su sonrisa pícara era más de complicidad. Incluso lo había susurrado más despacio que lo anterior, como si temiera que “esa señorita” de la que hablaba pudiera oírla. Andy no pudo evitar reír un poco. Aquello le había parecido casi como si se lo estuviera preguntando a un niño de diez años con respecto a alguna compañera de su clase.

    —No, nunca me casé —respondió tranquilamente a su primera pregunta—. Siempre ha habido mucho trabajo, y me temo que muy pocas personas pueden seguir mi ritmo. Y Ann, ella… —titubeó un momento, pero luego prosiguió con normalidad, como si nada hubiera pasado—. Es sólo una muy buena amiga.

    Rosemary sólo asintió despacio, aunque en sus ojos se podía ver que no le creía del todo su explicación. “Una madre siempre sabe”, dirían algunos.

    —Sebastián me dijo que eres músico, y que eres muy famoso —añadió Rosemary con entusiasmo.

    —Entre otras cosas.

    —También me dijo que ayudas a las personas, y siempre haces el bien. Que eres un Hijo de la Luz… Aunque no entendí bien qué significaba eso.

    —Es mi asociación benéfica —explicó Andy, cruzándose de piernas en una posición más cómoda—. Ayudamos en causas humanitarias y ecológicas lo mejor que se puede, e intentamos unir a las personas en una sola comunidad, más allá de sus ideas políticas y credos. Hemos hecho un gran progreso en combatir el hambre, las guerras, el cambio climático, la deforestación, los prejuicios y la discriminación. Aún queda mucho por hacer, pero todo lo hacemos un día a la vez.

    Mientras Andy contaba todo eso, Rosemary lo observaba atentamente, llena de interés y de emoción con cada una de sus palabras. A Andy por un momento se le vino a la mente momentos de muy atrás, cuando era un niño de 9 o 10 años, explicándole con mucha emoción a su madre alguna cosa que había visto en la tele u oído en la radio, y como lo miraba de regreso de la misma forma que lo hacía en ese momento. Eso le provocó una inusual sensación cálida en el pecho, aunque… también dolorosa.

    —Estoy tan feliz de oír todo eso —musitó Rosemary despacio, intentando apretar entre sus delgados dedos la mano de su hijo, aunque era claro que le faltaba bastante fuerza en estos—. Estoy tan tranquila de saber que Roman y Minnie no lograron convertirte en el monstruo que tanto querían que te volvieras. Yo sabía que la bondad en ti podría más, y que terminarías revelándote contra ellos y eligiendo tu propio camino. Estoy tan orgullosa de ti, Andy.

    Y como antes, Andy intentó sonreír despreocupado, pero ocultando detrás de esa cándida sonrisa demasiadas cosas. Lo cierto era que su madre tenía razón sólo a medias. No se había convertido en el monstruo que Roman y Minnie Castevet deseaban, pero… algunos quizás opinarían que se había transformado en uno peor.

    —¿Qué pasó con Roman y sus seguidores? —Cuestionó Rosemary de pronto.

    —Todos murieron ya hace tiempo —respondió Andy con absoluta indiferencia, como si hablara de personas con las que en realidad ni siquiera se hubiera cruzado en persona—. Roman falleció de su enfermedad tres meses después de que fingieran de esa forma tu muerte. Minnie le siguió un par de años después de un paro cardíaco fulminante. Y así cada uno fue muriendo, algunos de formas menos pacíficas. El último miembro que quedaba de esas viejas Aquelarres de brujos era Argyron, pero él acaba de morir justo el día de ayer.

    —¿El griego?

    —Ese mismo. Tuvo una larga y fructífera vida, pero un triste y solitario final.

    —¿Y la mujer francesa? ¿La que te quería llevar con ella a París?

    Andy arrugó un poco su entrecejo, colocando una expresión de intriga, o quizás de confusión, en su rostro.

    —¿Margaux Blanchard? —murmuró despacio, y al momento de hacerlo aquel nombre le sonó extraño, casi desconocido. Era un poco curioso; en realidad no había pensado en ella en mucho tiempo—. Luego de lo que te pasó, me fui a vivir con ella a Francia, y estudié allá hasta los dieciocho años, que fue también cuando ella murió.

    —¿Está muerta? —Exclamó Rosemary, al parecer incrédula ante la noticia.

    —Se suicidó con una sobredosis de pastillas. Su salud se había ido deteriorando los últimos años por un motivo u otro, y yo supongo que deseaba terminarlo todo a su modo y bajo sus términos. Siempre fue ese tipo de persona. Luego de su muerte volví aquí a New York, y comencé a incursionar en el mundo de la música. Y bueno, heme aquí.

    —Estoy tan contenta, hijo —exclamó Rosemary con júbilo, y dicha emoción al parecer le permitió tener un poco más de fuerza en su apretón, aunque de seguro terminaría por cansarla pronto—. Te convertiste en el hombre que siempre supe que podías ser. Gracias por nunca perder la fe en que volveríamos a vernos. Dios nos ha concedido este milagro…

    —Sí… —susurró Andy muy despacio, sin mutar su expresión serena ni un poco—, debió ser Dios…

    La presencia de una tercera persona en la puerta captó la atención de ambos. Andy pensó por un momento que se trataba de Ann, pero no. Era su hijo, Sebastián, y traía consigo su violín y el arco de éste.

    —Sebastián, ¿qué ocurre, muchacho? —Le preguntó Andy, y aquello lo tomó como una pequeña invitación para que se acercara a ellos.

    —La abuela me dijo que quería escuchar cómo toco el violín.

    —Entiendo —musitó Andy—. Pero me temo que han sido muchas emociones por un día. Tu abuela necesita descansar.

    —¿Descansar? —Exclamó Rosemary con molestia, casi como si la acabaran de insultar de algún modo—. Estuve dormida por cuarenta y un años; lo que menos quiero en estos momentos es descansar. Ven, Sebastián. Enseñarme tu talento musical.

    Con su mano izquierda le hizo lo mejor que le fue posible el ademán para que se aproximara, y el muchacho así lo hizo, poniéndose de pie a su lado. Andy supo de inmediato que no tenía mucha voz o voto en ese asunto.

    —Bien, los dejaré solos entonces —indicó el hombre de barba, parándose de la silla—. Cuídala bien, ¿sí? —le indicó al niño, seguido de un sutil guiño de su ojo, mismo que Sebastián respondió con un ligero asentimiento.

    Andy se dirigió a afuera de la habitación, permitiéndose cerrar con cuidado la puerta de éste una vez afuera. En parte para darles privacidad, y en parte porque… quería que Sebastián y su madre escucharan lo menos posible la conversación que le tocaba tener a continuación. Aunque aún con la puerta cerrada, mientras se alejaba logró escuchar cómo el niño comenzaba a tocar, con bastante fluidez y armonía cabía mencionar.

    Se dirigió por el pasillo hacia el área común, y en específico a la sala de estar. No le sorprendió encontrarse ahí mismo con Ann, sentada en uno de los sillones grandes, con su celular en la mano. Al sentir su presencia, alzó su vista hacia él, y sus miradas se cruzaron. Ambos guardaron silencio, ambos pensando por su cuenta casi en lo mismo. Tras unos segundos, Andy suspiró pesadamente, talló sus dedos por su frente, y murmuró despacio:

    —¿Te apetece un trago?

    —Suena apropiado —señaló Ann con elocuencia.

    Andrew se dirigió hacia su vitrina y tomó la primera botella que tenía a la mano, sin siquiera detenerse a verificar qué era. Tomó también un par de vasos de vidrio, y comenzó a servir generosamente el licor claro en ambos

    —Cuarenta y un años en coma y despierta de repente sin razón aparente —comentó Ann mientras lo observaba servir—. De seguro existe un récord al respecto. Debes de estar contento. —Andy no respondió nada, y siguió con su labor—. Pero no lo pareces...

    —Lo estaría si pudiera creer que en verdad esto fue una coincidencia… o una bendición bien intencionada —murmuró Andy con brusquedad, incluso molestia en su voz.

    Aquella respuesta desconcertó un poco a Ann.

    —¿A qué te refieres?

    Andy no contestó, al menos no de inmediato. Terminó de servir ambos vasos, luego volvió a cerrar la botella, pero no la guardó sino que la dejó sobre la barda. Luego se dirigió con los vasos hacia Ann, ofreciéndole uno de ellos. Ann lo tomó, y en cuanto lo acercó a su rostro el intenso aroma de éste le impregnó la nariz y la hizo apartarlo un poco de ella. Si su nariz no le fallaba, aquello era tequila; y uno bastante fuerte a su parecer, y encima le había servido bastante. Quizás en el fondo Andy sí deseaba festejar, aunque su semblante no lo reflejara.

    El dueño del departamento se sentó en el mismo sillón que ella justo a su lado, aunque manteniendo una prudente distancia. Dio un pequeño trago de su vaso, sin siquiera pestañear, y justo después comenzó a relatarle con voz calmada, aunque algo ausente.

    —Uno de los tantos maestros que tuve de niño fue una mujer llamada Margaux Blanchard. Ella decía que era capaz de escuchar la voz del Dador de Luz. Literalmente que Él le hablaba, y le daba instrucciones claras de lo que deseaba. Nunca supe si era en serio o sólo estaba un poco loca. Lo que sé es que yo nunca tuve tal privilegio. A lo más que siempre he llegado es a tener visiones, algunas más confusas que otras, que siempre he tenido que interpretar lo mejor que puedo. Cuando estaba en Atenas, intenté concentrarme, intenté llamarlo, intenté que me diera alguna señal de lo que debía de hacer de aquí en adelante. Y no recibí nada, absolutamente nada como respuesta... salvo tú. —Esa repentina mención a su persona tomó un poco desprevenida a la mujer a su lado. Poco después de eso te apareciste de la nada ante mí, y yo llegué a pensar que quizás tú eras la respuesta que Él me había mandado para mostrarme el camino que debía seguir.

    —Haces que me ruborice —comentó Ann con voz juguetona.

    Andy la miró, le sonrió del mismo modo que ella a él, y volvió a beber un poco de su vaso.

    —Pero de repente —prosiguió—, llego aquí y me entero que después de cuarenta y un años, mi madre está despierta, justo en este momento en el cual necesito tener mi mente concentrada en este otro problema que nos inquieta. Y no puedo evitar preguntarme qué es lo que nuestro Señor intenta decirme con esto, si es que en verdad está involucrado de alguna forma.

    —Quizás sea un regalo para su más leal servidor.

    —Si es eso, me hace cuestionarme porque tardó tanto en concedérmelo —contestó Andy sonando casi como un reclamo, y quizás en efecto lo era.

    El timbre de la puerta principal sonó en ese instante, y fue casi como una señal para que ambos guardaran silencio, sin que ninguno tuviera que indicarlo. Unos segundos después, los pasos de Gilda dirigiéndose al recibidor se hicieron presentes, y poco después vieron a la mujer de origen ruso pasar cerca de donde estaba, y perderse tras el muro que separaba la sala de la entrada principal.

    —Esa no es la clase de dudas que uno esperaría oír de parte del Apóstol Supremo de la Bestia —murmuró Ann muy despacio, inclinándose más hacia Andy—.Te aconsejaría no compartirlas con nadie más.

    —Por eso te las digo a ti. Puedo confiar en tu discreción, ¿cierto?

    —Por supuesto que sí. Ya te lo dije: yo siempre estaré de tu lado…

    Oyeron la puerta abrirse en ese instante, y poco después la voz de Gilda pronunciar con su marcado acento:

    —Sr. Lyons…

    Ann y Andy se pusieron en alerta al oír aquello, cado uno con pensamientos diferentes, aunque muy parecidos, cruzándoles la cabeza. Andy recorrió su mano por su rostro, soltó un pesado suspiro y se puso de pie con todo y su bebida en mano. Ann permaneció sentada, esperando a ver cómo se desenvolvía todo. La última vez que Lyons y ella se vieron, éste no se fue del todo en buenos términos con ella; de hecho, le parecía que indirectamente la había amenazado de muerte, aunque de seguro él lo negaría. Al menos con Adrián ahí estaba segura que no intentaría nada indebido; ya tenía de nuevo las cartas a su favor.

    —Sé que ya volvió, necesito verlo urgentemente —indicó la voz grave y firme de John Lyons desde la puerta, y luego escucharon sus pesados pasos aproximándose, quizás abriéndose paso incluso a través del ama de llaves.

    —Espere, por favor —exclamó Gilda con preocupación, andando detrás de él—. No es un buen momento…

    —Está bien, Gilda —comentó Andy con fuerza. Ya se había aproximado unos pasos hacia el vestíbulo, tanto así que cuando la figura de Lyons surgió al otro lado del muro divisorio, casi chocó de frente con el músico. Los ojos del hombre mayor de barba blanco se abrieron ampliamente aprensivos, y luego incluso retrocedió un paso, agachando su mirada—. Puedes dejarnos solos, por favor —le indicó Andy a su empleada, que de inmediato asintió y se retiró, para así darles la privacidad que su conversación requería.

    Lyons observó de reojo como Gilda se retiraba, aguardando hasta que estuviera lo suficientemente lejos. Antes de ello, Andy ya se había dado la media vuelta y avanzado de regreso a la sala. John lo siguió de cerca, midiendo sus pasos así como sus palabras.

    —Lamento presentarme de esta forma, pero… —calló de golpe en el momento en el que puso un pie en el área de la sala, y por el rabillo de su ojo percibió la presencia de Ann, sentada en un sillón de lo más casual, con sus piernas cruzadas y un vaso con bebida en su mano—. ¿Qué haces tú aquí? —exclamó de golpe, entre sorprendido y molesto.

    Ann, más que sentirse preocupada por su reacción, de hecho le resultó un tanto divertida.

    —Vengo a dar apoyo moral —le informó con bastante calma, dejándolo sin embargo más confundido que antes.

    —¿Qué dices…?

    Lyons se viró hacia Adrián en busca de alguna explicación más coherente. Éste se había dirigido de regreso a la barra de su pequeña zona de bar, para tomar otro vaso limpio para su invitado.

    —Mi madre despertó —le respondió el músico sin mayor rodeos, dejando al hombre de barba blanca totalmente pasmado.

    —¿Rosemary? ¿Despertó de verdad? ¿Cuándo?

    —Ayer en la tarde, según me dijeron —aclaró Andy con algo de pereza—. ¿Te sirvo uno para que brindes con nosotros, viejo amigo?

    Antes de que Lyons pudiera responderle algo, Andy se tomó de inmediato el atrevimiento de servirle en el vaso nuevo del mismo tequila que ellos estaban bebiendo. Y mientras lo hacía añadió con la misma desidia de antes:

    —Por esto mismo, entenderás que no estoy del todo disponible para tus repentinas y explosivas crisis, John.

    —Lo siento, pero ésta es una crisis en especial que no puede esperar —aclaró el empresario tajantemente—. Surgió algo realmente grave con respecto a Damien, de lo que necesitamos hablar de inmediato.

    —Si es por la fiesta de anoche, ya estamos enterados del asunto —comentó Andy con cierto humor.

    —¿Fiesta? —Exclamó Lyon visiblemente confundido, y luego volteó a ver tanto a Andy como a Ann, como si esperara que el rostro de alguno revelara algo más de información—. ¿Qué fiesta?

    Andy y Ann se miraron el uno al otro con complicidad en sus ojos, como dos hermanos que se habían auto incriminado con su padre por alguna jugarreta, sin proponérselo.

    —Entonces no es eso —concluyó Andy encogiéndose de hombros—. No importa…

    Cerró de nuevo la botella de tequila, y se dirigió con el vaso recién servido hacia su nuevo invitado, extendiéndoselo.

    —Cuéntanos lo tuyo primero.

    Lyons pareció aprensivo, posiblemente más preocupado de lo que ya estaba cuando entró por esa “fiesta” que la que hablaban. Aun así aceptó el vaso. Andy le indicó justo después que tomara asiento, señalando con una mano hacia el lugar en el sillón a un lado de Ann. A éste no le agradaba mucho la idea de sentarse a lado de esa mujer, pero igual lo hizo (aunque bastante más separado de lo que Andy lo había estado hace unos minutos). Por su parte, el dueño del departamento se dirigió al otro sillón delante de ellos, quedando en puntos separados de la sala, y con la mesa de madera en el centro como separación.

    John acercó el vaso a su rostro, y su reacción resultó bastante similar a la primera de Ann. No dio ningún trago a éste, pero lo sostuvo entre sus dedos delante de él, sólo como una simple señal de respeto para quien se lo había ofrecido.

    —Me ha llegado información muy alarmante —comenzó a explicarse con voz seria, pero notablemente preocupada—. El anonimato de Damien puede haber sido comprometido. Al parecer por todas estas… tonterías que ha estado haciendo últimamente, incluyendo quizás esa fiesta de la que hablan, está de nuevo en la mira del Departamento de Investigación Científica.

    —¿Departamento de Investigación Científica? —Repitió Ann, claramente desorientada—. ¿Qué es eso?

    —La llaman la Tienda —se adelantó Andy a responder—. Es una agencia secreta subsidiaria de la CIA que se enfoca al estudio y control de las… personas con fuertes habilidades psíquicas, y de otros tipos.

    El entrecejo de Ann se arrugó, y miró a ambos hombres con marcado escepticismo.

    —¿Algo como eso realmente existe?

    —Desde hace bastante tiempo —aclaró Andy con seriedad—. Se dedican entre varias cosas a localizar individuos como estos que pudieran ser un peligro para el país, y… bueno, hacer lo que sea necesario para detenerlos. Ya habían puesto sus ojos en Damien antes, hace cinco años tras las muertes repentinas de Mark y Richard Thorn. Pero… —se viró entonces directo a Lyons en busca de un poco de aclaración adicional—. Yo tenía entendido que aquello se había logrado solucionar sin ningún contratiempo, y se sepultó sin llamar de más la atención.

    John carraspeó un poco, y procedió de inmediato a responder.

    —Sí, en aquel entonces nos las arreglamos para desviar su atención y que lo dejaran en paz. Pero en esta ocasión eso ya no será tan sencillo. Al parecer una de las personas con las que Damien se metió en este jueguito que está jugando, es una amiga íntima del director actual del DIC. Un hombre agradable, por cierto. Cené en su casa hace algunas noches; hace unas buenas hamburguesas… y también resulta ser un hombre muy rencoroso. No tengo todos los detalles, pero al parecer Damien dejó a esta amiga suya en coma, y agredió a algunos de sus protegidos. Mis contactos me dicen que ha tomado el asunto de forma personal, y está en estos momentos armando un operativo de gran tamaño para ir tras Damien y aprehenderlo.

    —¿Aprehenderlo? —Espetó Ann, bastante exaltada—. ¿Bajo qué cargos?

    —No lo has entendido —le reprendió Lyons con dureza—. No es esa clase de agencia; no necesitan tener “cargos” contra alguien para realizar su trabajo, sólo la sospecha de que puede resultar un peligro inminente.

    —No puede ser —exclamó Ann entre dientes.

    La CEO de Thorn Industries colocó de inmediato su vaso sobre la mesa de centro y se paró casi de un brinco de su asiento. Comenzó a caminar de un lado a otro por la sala, tomándose su cabeza con ambas manos mientras respiraba profundamente por su nariz.

    —Sabía que algo como esto ocurriría —soltó con enojo desbordando de sus palabras, y de inmediato se giró hacia Lyons, mirándolo de forma de acusadora—. ¡Te dije que la situación con Damien era demasiado seria y debíamos hacer algo respecto cuanto antes! ¡Pero no quisiste hacerme caso!

    Lyons no se tomó nada bien aquello. Su rostro enrojeció, y él igualmente se puso de pie rápidamente y se le acercó para encararla de frente.

    —¡Y yo te dije que tú debiste haberlo controlado desde el inicio para que no escalara a esto! En lo que a mí respecta, todo esto es tu maldita culpa.

    Ann soltó una sonora risa irónica, y de inmediato le respondió sin doblegarse.

    —Como siempre, el gran John Lyons sentado en su silla de egocentrismo y autocomplacencia, sin mover un dedo y esperando que todos los demás vayan por ahí resolviéndolo todo, sólo interviniendo para lavarse las manos y señalar con el dedo cuando algo sale mal.

    Lyons estaba más que dispuesto a responderle su argumento, pero en ese mismo instante ambos oyeron cómo el vaso de Andy golpeaba con fuerza la mesa de centro, como si fuera el martillo de un juez. Ambos callaron y se viraron a verlo. El vaso había desparramado su líquido en la mesa y mojado también la mano del Apóstol. Pero lo que más los impactó fue la expresión en su rostro: fría, dura, y agresiva a la vez. Y los miraba intensamente a cada uno.

    Andy se sentó derecho en el sillón y sacó de un bolsillo de su saco un pañuelo blanco que usó para secarse su mano con calma. Todo esto sin quitarles los ojos de encima a ninguno.

    —¿Quieren los dos bajar la voz? —murmuró despacio, pero no por ello disfrazando su enojo—. Lo que menos quiero es que Sebastián o… mi madre escuchen algo de esto. Así que siéntense, y cállense.

    Ann y Lyons acataron la orden, dirigiéndose de regreso a sus respectivos asientos. Sus movimientos eran cuidadosos y lentos, como si temieran que algún acto brusco pudiera enfurecer aún más a la bestia ante ellos. Una vez que sus dos invitados estuvieron sentados, y su mano limpia, Andy se sentó derecho, cruzó las piernas, y con voz más estoica musitó:

    —En lo que a respecta, ambos son culpables de este desastre.

    —Adrián… —exclamó Lyons, saltando de inmediato a querer defenderse, pero el Apóstol alzó de inmediato una mano al frente, indicando con un gesto que se abstuviera, y así lo hizo.

    —Y yo también lo soy —prosiguió Andy—. Me he desentendido demasiado de este asunto, manteniendo esta distancia entre Damien y yo hasta que fuera el momento adecuado. Pero es evidente que eso ya no puede seguir así.

    Hizo una pausa reflexiva, en la cual repitió en su mente toda la nueva información que le habían proporcionado de punta a punta. Tras unos momentos volvió a hablar, pero ahora con bastante más calma; más de lo que se esperaría.

    —Esta gente del DIC, ¿sabe quién o qué es Damien realmente?

    —Lo dudo mucho —negó Lyons—. Darán por hecho que es sólo un psíquico muy poderoso, como otros que han visto anteriormente, pero nada fuera de eso.

    —Entonces es imposible que puedan hacerle daño. Si mandan a sus hombres tras él, lo más seguro es que terminen muertos.

    —Esa es una posibilidad que tampoco nos ayudaría —señaló Lyons con vehemencia—. En el momento en que eso pase, no podremos volver a hacerlo pasar por un chico normal. Toda su pantalla y la preparación en la que hemos trabajado, se vendrá abajo. Y lo más importante: nunca lo soltarán de nuevo.

    —Lyons tiene razón —exclamó Ann de pronto, tomando bastante por sorpresa a los dos hombres—. Necesitamos que Damien vuelva a Chicago de inmediato para resguardarlo, o incluso mejor deberíamos sacarlo del país. Enviarlo a Inglaterra o a Italia, en donde les sea más difícil alcanzarlo, en lo que solucionamos todo este asunto con esa… agencia o lo que sea.

    John la observó unos momentos en silencio, y luego secundó su propuesta con un simple:

    —Quizás sea lo mejor.

    Andy comenzó a cavilar un poco sobre su propuesta. El hecho de que Damien se hubiera quedado tanto tiempo en Los Ángeles ya era problemático, aunque manejable; sacarlo del país tan repentinamente sería bastante sospechoso, y haría que algunas personas se preguntaran si sucedía algo con él que no se estaba diciendo. Obviamente nunca adivinarían ni de cerca los motivos verdaderos, pero surgirían rumores como uso de drogas, enredos de faldas, o (algo más cercano a la realidad) problemas legales. Y ninguno de esos ayudaría demasiado a su causa. Aunque dentro de poco sería Acción de Gracias, y unas semanas después de eso las vacaciones de Navidad; podrían inventarse algo aprovechando esa justificación, aunque desconocía con qué tanto tiempo contaban.

    —¿Cuándo planea el DIC hacer su operativo?

    —Eso no lo sé aún —respondió Lyons—. Pero por lo que me dijo mi contacto, podría ser en cualquier momento en estos días.

    Andy soltó una risa sarcástica, y luego recorrió su mano por su agotado rostro. Si antes pensaba que el hecho de que su madre despertara había sido en el peor momento posible, ahora hasta estaba totalmente convencido de ello.

    —¿Y todavía crees que esto fue un regalo? —Inquirió el músico, mirando de reojo hacia Ann—. Más bien pareciera que es un tipo de prueba.

    —¿Hablas de tu madre? —Cuestionó Lyons, un poco confundido por el comentario.

    —Eso no importa ahora. El caso es que ambos tienen razón; es momento de que Damien deje estas tonterías, y en especial que deje de exponerse así. Iré a Los Ángeles ahora mismo como teníamos planeado, y yo personalmente hablaré con él.

    La propuesta dejó a Lyon un poco desorientado, pero ciertamente le provocaba algo de tranquilidad escuchar que se encargaría él mismo de ese asunto. Ann, por su parte, fue la más de acuerdo con seguir adelante con lo planeado, pese a la inesperada nueva situación.

    —Reservaré los boletos para ambos enseguida —indicó la empresaria, parándose de su asiento y comenzando a teclear en su celular.

    —No, iré yo solo —exclamó Andy de pronto, siendo ahora Ann la desorientada—. Necesito que te quedes aquí con mi madre.

    —¿Qué? —espetó Ann confundida, y hasta cierto punto molesta—. Yo no soy enfermera, Adrián.

    —Lo sé —musitó Andy con voz calmada, y de inmediato se paró, avanzó hacia ella y la tomó con cuidado de los hombros. Pese a su tacto y acercamiento gentil, Ann lo miraba de regreso con bastante recelo—. Sé que esto no te corresponde, pero necesito de tu apoyo en esto. En el momento en el que este asunto de Damien se sepa, las cosas se pueden poner complicadas dentro de la Hermandad, y hay gente que pudiera intentar usar esto en mi contra.

    —Ese argumento me suena familiar… —musitó Ann con tono mordaz, casi hostil. Por supuesto, Adrián entendió a lo que se refería.

    —Por favor, Ann. En serio necesito que alguien se quede aquí a cuidar de ella, al menos por este par de días que estaré fuera. Sólo ustedes dos saben que ha despertado, y así debe quedarse de momento. Y ella conoce a John, y definitivamente no confiará en él.

    —¿Por qué no? —Preguntó la empresaria con curiosidad, volteándose hacia Lyons aún sentado en el sillón. Éste soltó un pesado suspiro, y se acomodó las mangas de su saco de forma distraída.

    —Cuando cayó en coma, ella y yo teníamos… amistades diferentes —musitó el empresario en voz baja, y sin deseos de dar más información al respecto.

    Lo último que Rosemary supo del joven John Lyons, es que era el protegido de Roman Castevet, además de su ayudante. Si estaba convencida de que el viejo Aquelarre estuvo detrás de lo que le pasó (y no estaría equivocada con esa deducción), sería complicado que confiara en él en un inicio; si es que en algún momento le resultara posible hacerlo.

    —Por favor, Ann —repitió Andy de nuevo, con el mismo tono calmado, casi dulce, mientras recorría sus manos lentamente por sus hombros—. Sólo podré encargarme de este asunto si tengo la seguridad de que alguien de mi completa confianza va a estar aquí con ella, cuidándola.

    Ann le sostuvo la mirada, parada firme con sus brazos cruzados y su rostro estoico, aunque reflexivo. Tras unos angustiantes segundos, dejó escapar el aire por su nariz, y se giró hacia otro lado para ya no verlo más a los ojos.

    —De acuerdo —susurró despacio con resignación—. Haré todo lo que tú me pidas, siempre.

    —Gracias —le respondió Andy sonriendo, y se permitió entonces retirar las manos de sus hombros—. Una cosa más. Por favor, no le comentes nada sobre John, o sobre la Hermandad… o sobre Damien. Las personas que la pusieron en ese estado hace cuarenta años… bueno, digamos que no lo entendería. Yo se lo explicaré todo en su momento, pero primero necesito encargarme de esto. ¿De acuerdo?

    —¿Tampoco le debo decir nada sobre quién soy yo? —Cuestionó Ann algo hiriente—. ¿O sobre su nieta mayor?

    —Oh, por favor… —musitó Lyons con molestia, y al momento se paró y se alejó algunos pasos de ellos hasta el otro extremo de la sala.

    En ese sitio no se encontraban sólo los únicos miembros de la Hermandad que de momento sabían que Rosemary Reilly había despertado, sino también los únicos que sabían que Andy Woodhouse tenía una hija; una biológica, no adoptiva como el joven Sebestián. Ese era otro tema que el hijo abnegado de Rosemary tenía todavía que pensar si era conveniente decírselo o no; de entrada ya le había mentido diciéndole que Ann era sólo una amiga.

    —Confiaré en tu criterio al respecto —le respondió Andy tras un rato con tranquilidad. Sólo le quedaba confiar en que tomaría la decisión correcta al respecto; y claro, que sabría bien identificar cuál era ésta.

    —Bien —musitó Ann al parecer más tranquila—. Igual haré algunas llamadas para avisar que estaré aquí un par de días, y para que envíen algo de seguridad adicional.

    Tomó entonces de regreso su teléfono y comenzó a marcar la primera de la serie de llamadas que haría. Mientras lo hacía, caminó hacia la puerta de la terraza, y salió por ésta para hablar con un poco más de privacidad. Andy y John la siguieron con la mirada, ambos en silencio hasta que deslizó la puerta de cristal detrás de ella, colocándola como una delgada barrera entre ellos y ella.

    —Esa mujer te está manipulando, ¿te das cuenta? —Señaló Lyons tajantemente, no disimulando ni un poco que aquello era casi un regaño—. Ya no es la chiquilla ingenua e inocente que conociste hace veinte años.

    —Si es que alguna vez lo fue —pronunció Andy en voz baja—. De momento necesito confiar en ella, John. Quiero confiar en ella.

    —Cómo desees —resopló Lyons, molesto—. No creo que quieras que vaya a Los Ángeles contigo, ¿o sí?

    —Sin ofender, pero en estos momentos creo que tu presencia con Damien podría estorbar un poco más de lo que ayudaría. Además, necesito que te mantengas al tanto del DIC, y descubras lo antes posible sus planes, y cuándo tienen pensado ejecutarlos para así estar preparados. Y necesito también que contactes a los otros Apóstoles.

    —¿A cuáles?

    —A todos —declaró Andy con voz grave y firme, tomando por sorpresa a su acompañante—. Avísales que requiero que las Diez Coronas se reúnan en Chicago, una vez que Damien esté allá de nuevo. Los que estén demasiado lejos para asistir en persona, supongo que podrían estar por video llamada. Pero todos tienen que estar presentes de una u otra forma. Si la situación se ha descontrolado tanto como dices, es probable que tengamos que plantear una respuesta ofensiva en contra de estas personas. Y para eso necesitamos hablarlo entre todos.

    —¿En qué tipo de respuesta ofensiva estás pensando? —inquirió Lyons, evidentemente algo temeroso de escuchar la respuesta que fuera a darle. Andy notó esto, y una sonrisa casi astuta se dejó ver a través de su elegante barba.

    —¿De entrada? Estoy pensando en aplastar por completo al DIC, y a cualquiera que piense siquiera en hacerle daño a nuestro Salvador. Justo como lo hemos hecho durante todos estos años.

    El rostro de Lyons palideció un poco al escuchar tal propuesta, en especial por la forma tan calmada y casual que había usado para decirlo; tan normal como decir que pidieran una pizza o salieran a tomar un trago. Lyons temió que su actual líder no tuviera del todo claras las dimensiones del problema que estaban sorteando.

    —Puede que hacer eso sea mucho más complicado que en ocasiones anteriores —musitó Lyons, intentando ser prudente con cada una de sus palabras—. Estamos hablando de toda una agencia gubernamental…

    —Y nosotros somos la representación del Poder de mi Padre en este mundo —declaró Adrián fehaciente, aproximándose casi de forma amenazante a Lyons. Éste permaneció quieto en su sitio, incluso en el momento en el que se paró ante él, y lo miró fijamente con esos ojos… que habían dejado abruptamente de ser los seductores color avellana que todos conocían, mutando en esos ojos dorados de pupilas alargadas, y con un brillo inusual que casi parecía reflejar un fuego que no existía más allá de ellos—. Nosotros somos la fuerza del cambio, ¿recuerdas?; capaces de manipular el rumbo de la historia, y destruir imperios enteros si así lo requerimos. Un montón de soldaditos y científicos no nos amedrentarán. ¿Entendido?

    Lyons no respondió nada, y lo único que pudo hacer fue agachar su mirada casi con temor; como si le preocupara mirar por demasiado tiempo esos inhumanos ojos. Pero Andy tomó abruptamente su rostro con una mano, y prácticamente lo obligó a mirarlo de nuevo y a no desviar su vista a ningún otro lado.

    —Salve Satanás —susurró Andy con voz grave y firme—. Salve el Dador de Luz, Salve el Salvador… Salve Damien…

    —Salve Damien —repitió Lyons muy despacio, pero no siendo capaz de emular ni un poco la emoción que Adrián desbordaba en esos momentos.

    Sería difícil determinar si acaso John Lyons se hubiera sentido más tranquilo o más preocupado si supiera que dicha confianza y emoción en Andy… tampoco eran del todo sinceras. Pero el Apóstol Supremo sabía que ese era justo el momento en el que se esperaba que él mostrara todo de lo que era capaz. Pues lo que tenía en definitiva seguro era que, justo como Lucas Sinclair les había advertido a sus hombres aquella misma noche en la que Lyons comió hamburguesas en su patio... se venía una inminente batalla...

    FIN DEL CAPÍTULO 102
    Notas del Autor:

    Como ven las cosas se están calentando también del lado de la Hermandad. Adrián y los otros no saben aún el desastre que está ocurriendo en Los Ángeles, pero ya lo sabrán. Pese a todo el reencuentro de Andy y su madre me resultó bastante emotivo, aunque con sus mentiras e incomodidades esperadas. ¿Qué les pareció a ustedes? Como prometí nos desviaremos un poco para ver a algunos otros personajes, pero no se preocupen. Volvemos con Matilda, Cole, Damien y compañía muy pronto. Ya falta muy poco para que termine este arco (y comience otro, obviamente). Espero que su desenlace sea tan genial como lo tengo en la cabeza. ¡Nos leemos!
     
  3.  
    WingzemonX

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    Resplandor entre Tinieblas
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    Misterio/Suspenso
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    Resplandor entre Tinieblas

    Por
    WingzemonX


    Capítulo 103.
    Inconcluso

    Esa mañana Jaime se levantó alrededor de hora y media antes del mediodía; bastante más tarde de lo que acostumbraba. Pero ese cambio de horario había sido necesario para intentar recuperar sus fuerzas, pues apenas había arribado a Los Ángeles durante la madrugada, luego de su viaje exprés a Chicago de tres días. Para su buena suerte, con sólo colocar la cabeza en la almohada, y con la ayuda de un par de tragos de su leal licorera, había logrado dormir plácidamente esas horas. Y si por él fuera quizás hubiera dormido más, pero ese mismo día en la tarde tenía una cita a la que no podía faltar.

    En cuanto se despertó, lo primero que hizo fue darse una ducha rápida para refrescarse, e igualmente terminar de despertar. Uno de los padres que vivía en la casa parroquial le hizo el favor de subirle un poco de fruta y yogurt para que pudiera desayunar algo. Y el par de horas siguientes las dedicó casi de lleno a repasar todas sus notas y memorizando todo aquello que le hiciera falta, aunque no era demasiado; todo lo tenía bastante claro. De todos modos, dada la naturaleza de la reunión que tendría, no podía dejar nada a la suerte.

    Faltando ya quince minutos para la hora pactada de la reunión, Jaime guardó todas sus notas en un expediente, mismo que guardó bajó llave en el buró a un lado de su cama. Lo que presentaría de todas formas lo tenía ya en su tableta electrónica desde la que realizaría toda la presentación.

    Se arregló su túnica y su clériman, pasó un poco sus dedos por su cabello, y salió al fin de su cuarto. Se dirigió con paciencia hacia las escaleras que daban al sótano de la casa, mismo que había sido habilitado hace tiempo como sala de conferencias para diferentes pláticas y grupos de apoyo que la Iglesia local solía dar en ocasiones, pero que ese día serviría para su videoconferencia.

    Aquel cuarto era bastante más acogedor de lo que se esperaría un sótano pudiera ser. Estaba bien iluminado, y contaba con mesas que normalmente estaban colocadas en forma de herradura, y suficiente sillas para diez personas, o acomodándolas debidamente incluso hasta quince. Había una pizarra, un proyector, un ordenador, y un equipo para video llamadas que Jeremy, uno de los sacerdotes más jóvenes de la casa, se estaba encargando en esos momentos de conectar.

    Además del joven padre Jeremy, Jaime divisó al padre Babato sentado en una de las sillas del extremo derecho de la herradura, que le sonrió jovial en cuanto lo vio pasar por el arco de las escaleras.

    —Buenos días, Frederic —saludó Jaime con cordialidad.

    —Buenos días, Jaime —le respondió Frederic, asintiendo—. ¿Dormiste bien?

    —¿Lo poco que pude? Sí, bastante bien.

    Jaime se dirigió a la cabecera de la mesa, sentándose en el puesto de honor. La pantalla había sido colocada justo en el centro, para que tanto Jaime como Frederic pudieran verla con bastante facilidad. A su vez, sobre ésta se encontraba una cámara especial que facilitaría a las personas del otro lado del gran charco el verlos a ellos. Sin embargo, al parecer aún tenían problemas técnicos al respecto.

    —¿Ya estamos listo, hermano Jeremy? —Cuestionó Jaime, intentando no sonar exigente. Si lo fue, igual el padre más joven no pareció darse cuenta, pues siguió calmado con su tarea.

    —Ya casi, padre. Sólo un minuto más.

    Jaime sólo asintió tranquilo, aunque sus dedos tamborileando en la mesa dejaban en evidencia algo de su nerviosismo. Se le antojó de pronto un tranquilizador trago antes de comenzar, pero su sentido común le dijo de inmediato que eso no sería una muy buena idea.

    —¿Y tú estás listo, viejo amigo? —Escuchó que Frederic le preguntaba a su diestra, sonando casi un poco irónico en su tono.

    —Lo más listo que puedo estar, dadas las circunstancias —respondió Jaime con emoción neutra. Decidió en ese momento aprovechar el tiempo para conectar su tableta al dispositivo de conferencias. Al menos eso sí lo sabía hacer—. Sé que no es tu primera vez, pero es mi deber recordarte que tu presencia en esta reunión es más que nada mera cortesía, y sólo tienes permitido estar como oyente. No puedes intervenir de ninguna forma durante mi exposición.

    —Tranquilo, sé bien cómo funciona esto —mencionó Frederic rápidamente, extendiendo una mano frente a él—. Aunque sigo pensando que te estás apresurando. ¿En tan poco días ya has realizado la suficiente investigación para dar tu conclusión?

    —Una preliminar, sí. Además, no fue sólo mi decisión, pues hay muchos otros que quieren terminar con esto lo más pronto posible. No por nada esta revisión será presidida justo por el cardenal Erasmus.

    Frederic soltó un sonoro y nada disimulado resoplido que dejaba en claro su inconformidad con respecto a ese último dato. Esto pareció ser percibido incluso por el padre Jeremy, que asomó su rostro desde la parte trasera de la pantalla.

    —Uno de los mayores opositores de la 13118. Vaya suerte.

    —Siendo honestos —añadió Jaime con una pequeña dosis de humor en su tono—, ambos sabemos que sus defensores más fervientes como tú, no son ni cerca mayoría en la Santa Sede.

    Frederic sonrió ligeramente y se encogió de hombros, no del todo contento por el comentario, aunque tampoco precisamente molesto.

    —Eso es porque muchos de ellos no han visto las mismas cosas que nosotros. Incluido tú, Jaime.

    Eso era algo que no podía discutírselo, aunque Jaime lo diría de una forma distinta. Ambos habían visto muchas cosas únicas durante esos años. La diferencia radicaba en que Jaime Alfaro, en su papel de Inspector de Milagros, muy pocas de ellas las había tomado como lo que parecían ser a simple vista; algo en lo que al parecer difería con su colega.

    —Como sea, una mirada escéptica y objetiva siempre es prudente —señaló el padre español con solemnidad—. En especial considerando este tema tan… complicado.

    Ambos sacerdotes guardaron silencio, cada uno meditando por separado la cuestión.

    Tres minutos después, Jeremy salió al fin de detrás del aparato, con una sonrisa triunfal en su rostro.

    —Ya está lista la conexión —indicó el padre joven. Tomó entonces el control remoto y colocó la pantalla en la entrada para el dispositivo de conferencias. La aplicación estaba en la espera de iniciar la reunión, e incluso marcaba que ya había alguien aguardando.

    —Muchas gracias, Jeremy —pronunció Frederic con amabilidad—. Nos encargaremos desde aquí.

    Jeremy asintió complacido, colocó el control remoto ceca de Frederic, y se dirigió entonces a las escaleras. Los dos sacerdotes aguardaron hasta que sus pasos ya no fueron audibles, y en su lugar percibieron la puerta superior cerrándose.

    —¿Listo? —murmuró Frederic con complicidad, a lo que Jaime asintió cuidadoso.

    —Adelante.

    Frederic se encargó de dar por iniciada la reunión. Unos segundos después se pudieron ver a sí mismos en un recuerdo en la esquina inferior derecha, siendo captados por la cámara sobre la pantalla, y una pantalla negra que indicaba que la otra persona, o más bien personas, se estaban conectando.

    Tras unos instantes de espera, gran parte de la pantalla fue ocupada por la imagen de tres personas; tres hombres usando túnicas y solideos rojos representativos de los cardenales católicos (puesto que ejercían los tres por igual), sentados uno al lado del otro detrás de una mesa de madera rectangular, con un mantel blanco y rojo que la cruzaba por el centro. A sus espaldas se extendían tres altos ventanales que mostraban del otro lado el cielo nocturno y estrellado de Roma, aunque aún se percibía algo de luz artificial opacándolo.

    Los tres hombres miraron con cierta dureza hacia su respectiva pantalla, y por consiguiente a ambos sacerdotes a miles de kilómetros de distancia de ellos.

    —Padre Babatos, padre Alfaro —murmuró el cardenal O’Brien, sentado a la derecha, con un tono gentil que destanteaba con su rostro impasible y serio—. Muy buenas noches a ambos.

    —Buenas noches, eminencias —respondió Jaime con solemnidad, parándose de su silla con su tableta en mano—. Gracias por aceptar nuestra llamada, aun considerando la diferencia horaria.

    —No se disculpe —respondió rápidamente el cardenal Robles, sentado a la izquierda, incluso esbozando una cordial sonrisa a diferencia de sus dos acompañantes—. El tema a tratar es apremiante, padre.

    —Para algunos más que para otros —añadió con severidad el cardenal en el centro, un hombre corpulento de piel oscura, e intensos ojos oscuros. Éste era precisamente el cardenal Erasmus, que a tanta inquietud le causaba a Frederic, y el que menos contento parecía de estar participando en dicha reunión—. Como bien dijo, padre Alfaro, es un poco tarde por aquí. Así que si podemos terminar con esto rápido…

    —Intentaré que así sea, cardenal —se apresuró Jaime a puntualizar.

    Tras dos toques sobre la pantalla de su tableta, la vista de la conferencia cambió. Los recuadros de los cardenales y los suyos propios se hicieron hacia un lado, y en el centro comenzó a proyectarse la presentación que Jaime había preparado, y que lo iría acompañando al ritmo de su narración.

    —Bien —empezó con voz firme y clara—, como ya han de estar todos enterados, y obedeciendo los estatutos especificados en la Orden Papal 13118, yo, Jaime Alfaro de la Compañía de Jesús, fui designado como Inquisidor con el fin de realizar la primera etapa de evaluación para este posible sospechoso, identificado por el padre Frederic Babatos del Scisco Dei, aquí presente.

    Jaime extendió en ese momento su mano hacia su compañero, que se limitó a simplemente asentir y alzar una mano para hacer notar su presencia. Justo después prosiguió con su introducción, más protocolar que indispensable en realidad.

    —El motivo de esta reunión es exponer a este comité de revisión las conclusiones obtenidas sobre dicha evaluación realizada. Repasando un poco las características que se buscan en el individuo señalado por la 13118, estamos hablando de un varón de diecisiete años, cuya fecha de nacimiento sea alrededor de Junio del año 2000. Debió haber sido criado en el seno de una familia rica y de gran poder político, poseer habilidades únicas comprobables que lo distingan de un humano común, y tener en su cuerpo de forma clara la comúnmente conocida como “Marca de Bestia”. Igualmente se busca cualquier posible nexo entre el sospechoso y la llamada Hermandad de los Discípulos de la Guardia.

    Todos lo escuchaban y observaban atentamente, aunque ya hubieran oído un discurso similar antes, al menos una vez. Jaime se tomó un segundo para recobrar el aliento, y entonces pasó a la siguiente diapositiva, que mostraba la fotografía de un chico, acompañada a un lado por sus datos generales.

    —El nombre del sospechoso que evaluaremos hoy es Damien Thorn. De entrada cumple a la perfección los primeros criterios listados. Su fecha de nacimiento oficial es el 6 de junio del 2000, en Roma. Sus presuntos padres fueron Robert y Katherine Thorn, miembros de una de las familias más importantes de los Estados Unidos.

    Lo siguiente para Jaime fue dar un repaso bastante detallado de la historia de la familia Thorn, sus negocios, sus influencias, y todos los puestos políticos y empresariales que sus miembros habían tenido a lo largo de su historia, destacando por supuesto el de Robert Thorn como embajador de Estados Unidos en Inglaterra.

    —Muy fascinante el trasfondo del joven Thorn —comentó el cardenal O’Brien, aunque no dejando claro si lo decía enserio o con algún atavismo de sarcasmo—. Pero ya hemos conocido antes a otros jóvenes con trasfondos interesantes durante estos diecisiete años.

    —Además de su fecha de nacimiento y familia, ¿encontró alguna prueba de los otros criterios en este muchacho, padre Alfaro? —Se apresuró el cardenal Robles a preguntar, antes de que la conversación se desviara a otra dirección.

    Era claro que el cardenal latinoamericano era el mejor aliado que tenían en esa revisión, mientras que O’Brien se mantenía neutral, y Erasmus dejaba en evidencia su inconformidad sin siquiera tener que decir mucho.

    Jaime se aclaró un poco su garganta, y pasó a responder la pegunta del cardenal. Aunque en un inicio de seguro no fue ni cerca lo que los otros esperaban oír; incluso Frederic.

    —Sí, y no… No hay como tal un hecho específico que se pueda adjudicar directamente a una acción o habilidad inusual por parte de este chico. Sin embargo, lo que sí es un hecho comprobable, es que situaciones trágicas y fuera de lo común han ocurrido a su alrededor, prácticamente desde el mismo momento de su nacimiento.

    Ninguno de los tres cardenales, ni siquiera Erasmus, pudo ocultar su interés en el momento en que Jaime comenzó a relatar todos esas “situaciones trágicas y fuera de lo común”. Éstas se componían en un inicio por el trágico incendio que consumió por completo el hospital en donde nació, apenas unos días después del hecho, pasando por la muerte de sus dos niñeras, la de sus padres, y la de todos sus demás familiares, siendo las más recientes, y de hecho más sospechosas, las de su primo Mark y su tío Richard.

    Los cardenales cuestionaron un poco cada hecho para tener más detalles, pero lo cierto era que la mayoría de ellos (o más bien todos) carecían de una mayor explicación.

    —Todos me parecen sólo horribles accidentes —pronunció Erasmus con aspereza—. O, en su defecto, horribles tragedias cometidas por individuos perturbados.

    —Demasiados accidentes o tragedias para ser meras coincidencias, diría yo —señaló O’Brien, cuya postura neutra parecía ya estar comenzando a oscilar hacia una dirección específica, aunque no lo suficiente aún.

    —Ciertamente todos estos hechos que les he narrado, aunque extraños, parecen tener de fondo una explicación lógica —indicó Jaime, tomando un poco por sorpresa a Frederic que rápidamente se viró apremiante hacia él—. Así también, todos cuentan con evidencia sólida que los sustenta hasta donde pude investigar.

    Hizo una pausa, volvió a tomar aire, y entonces añadió abruptamente:

    —Excepto por dos, que resaltan un poco más que el resto.

    Colocó entonces en la pantalla dos fotografías lado a lado; una de un chico rubio, y la otra de un hombre adulto de rostro reacio pero mirada gentil.

    —Me refiero a la muerte de su primo, Mark Thorn, y la de su tío, Richard Thorn. Ambas sucedidas en circunstancias no sólo sospechosas y extrañas, sino que además emanan una cierta… irregularidad en ellas.

    Jaime comenzó a repasar con bastante más detalle todos los hechos conocidos de ambas muertes. En el caso de Mark no era mucho lo que se sabía, más allá de que había colapsado en el bosque justo cuando estaba a solas con Damien. Y aunque al inicio no se encontró ningún motivo médico, luego salió a la luz una extraña condición médica no diagnosticada y de la que poco o nada de documentación existía en realidad.

    En el caso de Richard se sabía mucho más, y a la vez también se sabía casi nada. Sin ningún testigo con vida que pudiera decir con exactitud que pasó esa tarde de 24 de diciembre, lo que más existían eran teorías. Se decía que Richard quizás padecía la misma enfermedad mental de su hermano Robert, y que su mente sucumbió al dolor por la muerte de su hijo, y lo había llevado a decidir suicidarse prendiéndose fuego a sí mismo en el Museo Thorn de Chicago, llevándose consigo a dos inocentes guardias, y una gran cantidad de invaluables piezas exhibidas. El por qué había elegido tan horrible, y a la vez inusual, forma de suicidarse, sólo él lo sabía; claro, esto si realmente las cosas habían ocurrido así.

    En su viaje rápido a Chicago, Jaime encontró a mucha gente que hablaba de lo ocurrido. De hecho, aquel horripilante suceso se había convertido casi en una leyenda urbana entre las personas, en especial entre los jóvenes. Pero lo extraño no era que cada persona con la que hablara dijera una historia diferente, que sería casi esperable, sino que casi todos parecían decir la misma, con los mismos detalles y puntos. Casi como si toda la ciudad la hubiera repetido una y otra vez, hasta que a todos se les quedó bien grabada.

    —En conclusión —pronunció Jaime tras terminar su explicación del hecho—, ambas muertes parecen simplemente fuera del lugar. Y, de cierta forma, dejan más a la vista la posibilidad de una mano encubridora que los otros hechos anteriores.

    —¿Insinúa acaso la presencia de la Hermandad detrás de estos encubrimientos? —Cuestionó Robles, bastante interesado. Jaime, sin embargo, negó discretamente con su cabeza.

    —No podría asegurar que se trate específicamente de la Hermandad. Pero sí considero factible la posibilidad de que exista más en estos dos asuntos de lo que se sabe, y también que alguien deliberadamente pudo haber decidido sepultarlos.

    Los cardenales se miraron entre ellos, pensativos, y algunos se murmuraron cosas al oído que ni Jaime ni Frederic lograron captar. Aun así, éste último sonreía complacido. Desde el inicio a él también le habían resultado sospechosas las muertes de Mark y Richard Thorn; de hecho fueron los puntos principales que llamaron su atención hacia Damien Thorn en un inicio, adicional a la carta de Carl Bugenhagen. Y el hecho de que a Jaime igualmente le hubieran parecido resaltantes, y llamado la atención de los cardenales, incluido Erasmus, le daba al padre italiano cierta sensación de éxito que no lograba disimular en su rostro.

    Por otro lado, con respecto a la carta de Carl Bugenhagen, Jaime también tenía algo que agregar en ese punto; cosas que incluso Frederic aún ignoraba.

    —Adicional a todo esto —prosiguió Jaime—, creo que es relevante que este comité sepa que ésta no es la primera vez que Damien Thorn es acusado de ser el Anticristo.

    —¿Cómo dice? —Exclamó Robles, sorprendido, pero también curioso.

    —De hecho, ha habido tres acusaciones anteriores por escrito, de tres personas diferentes —aclaró Jaime, de nuevo jalando la mirada inquisidora de Frederic hacia él. ¿Tres acusaciones? Él conocía de una pero, ¿cuáles eran las otras dos?—. La más reciente es de hace sólo un par de años atrás. Sin embargo, la primera fue de hace un poco más de diez años; una carta escrita por el teólogo y arqueólogo Carl Bugenhagen a la Santa Sede.

    —¿Bugenhagen? —Espetó Erasmus, seguido de una pequeña risa sarcástica—. ¿Enserio?

    —Por favor, Giorgio —murmuró Robles rozando casi en una reprimenda a su compañero cardenal—. Escuchemos primero lo que el padre Alfaro tiene que decir antes de levantar conclusiones.

    El cardenal de Sudáfrica resopló con cierta molestia, pero con un ademán de su mano le indicó a Jaime que podía proseguir. Jaime tomó la oportunidad y comenzó a leer directamente la misma carta que Frederic le había proporcionado en su primer día en Los Ángeles, y que Jaime había solicitado que se cotejara con la original guardada en los Archivos del Vaticano para revisar su autenticidad; esto, y lo que descubrió poco después por su cuenta, parecieron sustentarlo.

    La carta decía muchas cosas, pero podía resumirse en que señalaba directamente y sin la menor duda al en aquel entonces niño de seis años como el Anticristo. Decía además que no era hijo de sangre de Robert Thorn, y describía como éste se había presentado con él en compañía de un reportero, y les había entregado personalmente las infames Dagas de Megido, y le había dado instrucciones específicas al señor Thorn de cómo usarlas en un ritual para asesinar al niño; tanto su cuerpo como su alma. Mencionaba también la muerte de Robert Thorn a manos de la policía en la iglesia de Inglaterra para prevenir que apuñalara a su hijo, justo como Jaime había descrito anteriormente. Pero claro, esta carta ahora revelaba cuales, según Bugenhagen, habían sido las intenciones reales del embajador aquella fatídica noche, y cuál era el arma que empuñaba en su mano al momento de morir. Por último, exhortaba al Vaticano a aplicar de inmediato la 13118, y realizar acciones inmediatas en contra este chico, antes de que fuera demasiado tarde.

    Aunque los tres cardenales escucharon palabra por palabra el contenido de la carta con atención, sus expresiones dejaban en evidencia su profundo recelo.

    —Esa carta lo único que me dice es que Bugenhagen confiesa haber sido cómplice del intento de homicidio de un niño —indicó Erasmus con sequedad, cruzándose de brazos.

    —Al igual que el cardenal Erasmus, yo también tengo mis reservas en confiar en una declaración como ésta, viniendo precisamente de Bugenhagen —añadió O’Brien justo después, con voz más calmada pero igual sin ocultar su suspicacia—. Todos los aquí presentes sabemos bien que el hombre no tenía precisamente una buena reputación, especialmente desde que empezó a… profesar sobre el Anticristo con tanto fervor, y sin el permiso de la Santa Sede. Y no olvidemos que fue también el culpable de difundir ese… cuento sobre esas dagas, que como vemos incluso orilló a un hombre a intentar asesinar a su hijo.

    Robles en esa ocasión decidió guardar silencio. Evidentemente compartía parte de la opinión de los otros dos cardenales, pero no parecía tan dispuesto a expresarla abiertamente como estos. Frederic los observó con reticencia. Estaba ya acostumbrado a que hablaran mal de su viejo amigo, cuya sospechosa muerte él mismo consideraba como otro hecho extraño ocurrido en torno a Damien Thorn, aunque Jaime no le hubiera hecho alusión. Pero no le agradaba que fueran a descartar sus palabras sólo por sus opiniones personales sobre él. ¿Esa era la mirada objetiva que Jaime esperaba obtener?

    —Sin embargo, usted dijo que había otras dos acusaciones, ¿cierto? —señaló O’Brien, al parecer curioso por saber qué más tenía Jaime que ofrecer.

    El padre español asintió, y en su tableta deslizó la carta de Bugenhagen a un lado, para abrir paso a la siguiente, que más que carta era de hecho el contenido de un correo electrónico de hace cinco años atrás. De éste ni siquiera Frederic había oído antes. En el remitente del correo, proyectado en la pantalla delante de ellos, logró ver que venía de un tal Charles Warren.

    —La segunda está de hecho muy relacionada con la primera —indicó Jaime—. Pertenece a un hombre llamado Charles Warren, que por largo tiempo trabajó como curador del Museo Thorn en Chicago; el mismo que Richard Thorn supuestamente incendió durante su suicidio. El señor Warren se encuentra actualmente catalogado como desparecido, pues se desconoce su paradero desde las muertes sospechosas de Mark y Richard Thorn. Pero un hecho al parecer desconocido hasta ahora, es que antes de desaparecer envió este correo electrónico a un amigo suyo, periodista del Daily Herald.

    Así como la carta de Bugenhagen, Jaime pasó a leer textualmente el correo de Charles Warren. Era bastante menos extenso y detallado que la carta del arqueólogo, pero lo que decía era igual de relevante para el caso que estaban revisando. Lo principal era su declaración, casi desesperada, de que si algo le ocurría en los días siguientes al envío de dicho correo, el culpable no sería otro más que Damien Thorn, aunque en aquel entonces tuviera apenas doce años. Al igual que Bugenhagen, señalaba también al joven directamente como el Anticristo, e incluso hacía mención a otra carta que el mismo Bugenhagen le había envido a Richard Thorn tras la muerte de su hermano, muy similar a la que envió al Vaticano y posiblemente escrita en el mismo tiempo. Pero un dato adicional a este punto, y lo que impresionó tanto a Frederic que se paró abruptamente al oírlo, fue la indicación de que junto con dicha carta… Bugenhagen le había enviado también a Richard una caja que contenía las Siete Dagas de Megido.

    —¿Qué? —Exclamó atónito el padre italiano, aproximándose unos pasos más hacia la pantalla, como si el leer de más cerca aquel texto pudiera darle más claridad o pistas que no hubiera visto antes—. ¿Las Dagas de Megido están aquí? ¿En los Estados Unidos?

    —Frederic, por favor —exclamó Jaime con cierta agresividad.

    Al mirarlo sobre su hombro, Frederic notó como su colega lo observaba con desaprobación pro su exabrupto, y señalaba con su mano hacia su silla para indicarle que volviera a sentarse. Notó además que los tres cardenales en la pantalla lo observaban con extrañeza, y quizás un poco de preocupación. El padre Babato se forzó a recuperar su compostura lo mejor posible, y entonces retrocedió de regreso a su silla.

    Una vez que Frederic se sentó, Jaime prosiguió, aunque no terminó de leer el correo como tal sino que prefirió explicar esa última parte con respecto a las dagas, que igualmente pareció captar la atención de los cardenales.

    —El correo es de hace cinco años, como pueden ver, y no menciona mucho más sobre las dagas, más allá de que en su carta Bugenhagen al parecer reafirma que se las dio a Robert Thorn para usarlas contra su hijo. De momento no pude encontrar nada más sobre esta carta original que menciona. Quizás estaba en posesión del Sr. Warren o de Richard Thorn, pero por obvias razones ninguno de los dos podría dar fe de su existencia.

    »Sea como sea, pese a la desaparición del Sr. Warren, su amigo periodista no se atrevió a publicar nada sobre esto, por lo inverosímil que le resultaba todo y por la acusación tan absurda hacia una familia como los Thorn, con los que, en palabras de este hombre, el Sr. Warren siempre tuvo una cercana y cordial amistad. Cuando hablé con él, sin embargo, accedió a reenviármelo para que yo lo juzgara por mi cuenta. Podrán verlo por completo en el archivo que les haré llegar terminada esta llamada.

    Un silencio casi incomodo se ciñó sobre la sala; tanto en la de Los Ángeles como a su paralela en la Ciudad del Vaticano. Jaime aguardó un poco a que todas las emociones se asentaran, y entones prosiguió con la tercera y última carta. Ésta en efecto sí era una carta escrita en puño y letra como la primera, aunque era relativamente más corta. Jaime prefirió no leerla directamente como las otras sino sólo explicarla a grandes rasgos con el fin de poder proseguir un poco más rápido. Además de que, por encima de lo que decía la carta, era su trasfondo lo que llamaba más la atención.

    —La tercera acusación es quizás la más extraña. Ésta viene de un viejo sacerdote que vivió por quince años en el Monasterio de San Benedetto, en Subiaco. Este hombre respondía al nombre de Spiletto y, según los residentes, fue en algún momento el sacerdote a cargo del mismo hospital religioso en Roma en el que Damien Thorn nació, y que como les mencioné fue reducido a cenizas en un incendio. Este hombre terminó con horribles quemaduras a raíz de dicho incidente, y su capacidad de movimiento y comunicación quedó gravemente reducida. Murió en invierno del 2015, pero antes de hacerlo confesó arrepentido a uno de sus cuidadores el haber sido parte de un complot para remplazar al hijo biológico de Robert y Katherine Thorn por, y cito: el hijo del Diablo y de una chacal.

    —Santo Dios —exclamó Robles horrorizado, e incluso su mano por impulso dibujó rápidamente la señal de cruz de su frente a su pecho y hombros.

    Erasmus y O’Brien no reaccionaron de forma tan notoria, aunque igualmente la sugerente idea les causaba repulsión, y claro bastante desconfianza.

    —En su confesión, Spiletto señala al chico que conocemos actualmente como Damien Thorn como el bebé fruto de esta unión profana —informó Jaime a continuación—, e igualmente como el Anticristo. La carta que les muestro en pantalla es una supuesta transcripción hecha por uno de sus cuidadores, resumiendo dicha confesión previa al momento de su muerte, y que igualmente hizo llegar a la Santa Sede hace dos años. Pero al igual que la carta de Bugenhagen, quedó archivada y no se le dio seguimiento.

    Los ojos de Frederic estaban totalmente abiertos y fijos en la carta mostrada en la pantalla. Él no tenía ni idea de la existencia de ésta, y no podía evitar cuestionarse como su colega había dado con ella, en especial con tan poco tiempo. Pero eso en realidad no importaba mucho, pues lo que más le interesaba al padre Babato es que esa carta era como la pieza del rompecabezas que hacía falta.

    Este intercambio de bebés descrito por el tal Spiletto lo confirmaba. La Hermandad había introducido deliberadamente al Anticristo en la familia Thorn, y lo había estado siguiendo y cuidado durante todos esos años. Y todos los demás sucesos que le siguieron con Robert Thorn y Bugenhagen, tomaban mucho más sentido.

    Sin embargo, para su asombro y decepción, Jaime no compartía del todo el mismo pensamiento.

    —Pese a todo lo que acabo de decir, es importante señalar que la veracidad de esta declaración tendría que ponerse en duda —indicó Jaime con dureza—. Según testimonios de otros sacerdotes de San Benedetto, que fueron incluidos como anexos a esta carta, la identidad real del hombre que ellos conocían como Spiletto no estaba del todo confirmada, debido a las fuertes deformaciones que había sufrido su rostro por el fuego, y a sus dificultades de comunicación. Además, según la opinión de varios de ellos, su mente había estado delirante durante sus últimos años, y al momento de hacer esta confesión divagaba demasiado, y hasta para él mismo parecía difícil identificar qué de lo que decía era real y que no. He de suponer que fue justo debido a estas declaraciones que a la carta no se le dio mayor seguimiento en su momento.

    »Por último, quiero comentar que yo mismo me contacté a Subiaco para intentar verificar que en efecto la procedencia de esta carta fue real. Y no sólo logré hablar con un sacerdote que estuvo presente al momento de la declaración final del padre Spiletto, sino que además recordaba otro hecho importante. Me contó que en el 2006, Spiletto recibió la visita de dos hombres americanos, de los cuales uno de ellos se presentó directamente con el nombre de Robert Thorn, y su descripción concuerda con la del difunto embajador. Por aquellas fechas suponemos que también fue cuándo el señor Thorn se reunió con Bugenhagen, pero desconocemos si este encuentro con el padre Spiletto ocurrió antes o después de eso.

    —¿Y eso qué significa? —Cuestionó Robles, un tanto perdido sobre ese último dato.

    Jaime bajó en ese momento su tableta y alzó su mirada para posarla fijamente en la cámara sobre la pantalla, como si estuviera viendo a los ojos a las tres personas del otro lado de la llamada.

    —Significa que no hay forma de saber si esta confesión fue real, o bien podría haber sido delirios implantados por Robert Thorn, e indirectamente por Bugenhagen —declaró Jaime con firmeza, destanteando un poco a Frederic, e igual a sus demás oyentes—. De hecho, como pueden darse cuenta, las tres acusaciones presentadas de alguna forma se originan de Bugenhagen: la carta que él mismo escribió, el correo electrónico de Charles Warren originado por otra carta del arqueólogo, y esta confesión de un hombre con su mente confundida al que Robert Thorn pudo haber presionado en busca de información, alentado por las mismas ideas que Bugenhagen le compartió. Pareciera ser que fue este hombre el primero en difundir la idea de que Damien Thorn es el Anticristo, de una forma un tanto obsesiva a mi parecer. Incluso el padre Babato comenzó a poner su atención en este chico precisamente por la declaración de Bugenhagen.

    Frederic reaccionó incomodó a la mención tan directa a su persona, que incluso rozaba un poco en una acusación; como si su intención fuera ponerlo de cabeza frente a los superiores.

    —Es también bastante resaltante que los tres acusadores se encuentren en estos momentos muertos o desaparecidos —señaló O’Brien, reflexivo—. Es sospechoso, pero también impide que alguno pueda dar fe o sustento real a alguna de ellas.

    —Coincido —señaló Erasmus con sequedad.

    Robles prefirió permanecer callado.

    Jaime tomó de nuevo su tableta, y pasó a una de las últimas diapositivas, compuesta principalmente por varias fotos del joven Thorn de los últimos años. Varias de cuerpo completo, un par en traje de baño en la alberca o en la playa.

    —Para concluir, como saben el criterio de la marca de la bestia es el más complicado de probar sin tener contacto directo con el acusado o algún testigo que pudiera dar fe de la presencia de ésta. Busqué algunas fotografías, por ejemplo ésta de una competencia de nado en la que estuvo, sin ninguna marca visible como pueden ver. Por lo que es imposible, de momento, verificar o negar su presencia.

    La única forma factible de verificar la presencia de la marca, era una revisión directa con el acusado. Había formas más sutiles de lograrlo, como arreglar alguna revisión médica, y otras un tanto menos ortodoxas… Pero cualquier método implicaría cruzar una línea que el Vaticano no aprobaría, al menos que encontraran pruebas suficientes para proceder. Y justo para ello se realizaba dicha revisión. A raíz de lo expuesto ahí, los cardenales deliberarían y decidirían cómo proceder con este acusado. Pero antes de que pasaran a eso, y una vez expuesta toda la información, quedaba una última pregunta importante que debía ser contestada.

    —Entonces, ¿cuál es su conclusión, padre Alfaro? —Inquirió Robles con solemnidad—. ¿Cree que existe suficiente información para proceder a la siguiente fase con este sospechoso?

    —Ciertamente ha dado muchos datos a favor y en contra de la acusación —secundó O’Brien—. Pero, ¿cuál es su opinión final al respecto?

    Pese a que la última palabra la tenían ellos tres, una conclusión por parte del Inquisidor era importante para el proceso. Les daría un punto de partida para comenzar sus deliberaciones, que casi siempre concluían con la misma opinión del Inquisidor. Así que ese era el momento que más expectativa le causaba a Frederic, y por consiguiente a todos en esa reunión.

    Jaime respiró hondo y se paró firme en su sitio. Le hubiera gustado en esa ocasión decir algo diferente a las otras revisiones de la 13118 en las que había participado, pero lamentablemente su conclusión era bastante parecida a éstas.

    —Mi opinión final está inconclusa, eminencias —murmuró despacio pero claro—. Ciertamente hay evidencias para suponer que Damien Thorn, o quizás la gente que lo rodean, han cometido actos sospechosos e indebidos a lo largo de estos años. Pero si tuviera que formular una teoría, me inclinaría más a pensar que estamos hablando de intentos de ocultar actos ilegales más mundanos, y que todos estos encubrimientos han sido perpetrados por los miembros aún con vida de la familia Thorn con el fin de obtener ganancia económica o personal. No encontré nada que pudiera apuntar directamente a la Hermandad o alguno de sus miembros conocidos en ninguno de estos actos.

    —Entonces, para quedar claros —musitó Erasmus con gravedad—. ¿Usted no cree que Damien Thorn sea el sujeto que se está buscando? ¿Pese a las tres acusaciones que mencionó o a todos estos actos sospechosos entorno a él?

    Jaime guardó silencio unos segundos, dubitativo. Pero una vez que tuvo bien estructurada en su cabeza su respuesta final, la soltó sin más.

    —Si algo es casi seguro en todo esto, es que Damien Thorn necesita ser investigado y seguido más a fondo. Sin embargo, no creo que sea un asunto en el que el Scisco Dei o la Santa Sede deban inmiscuirse. Creo que hay otras organizaciones que pudieran hacerse cargo, si fuera necesario.

    Y eso era todo: Damien Thorn y su familia eran sospechosos y potencialmente peligrosos, pero no había nada concluyente que lo señalara como el Anticristo que buscaban. Por lo que la recomendación era que el Vaticano se retirara del asunto hasta que surgiera más evidencia. Esa era la conclusión de todo eso, y sería exactamente la misma a la que llegarían los cardenales. Frederic lo veía tan claro que no necesitaba en lo absoluto recibir la notificación oficial, o siquiera seguir oyendo. Por esto mismo, y sin disimular ni un poco su inconformidad, el padre italiano se paró, se apoyó en su bastón y comenzó a avanzar hacia la salida sin pronunciar palabra alguna de despedida.

    La partida abrupta de Frederic destanteó un poco a Jaime, pero no le impidió cerrar la reunión por su cuenta. Lo siguiente que hizo fue enviar un correo electrónico, que ya tenía redactado y listo, con toda la información que había presentado en esa llamada, y más.

    —Les estoy haciendo llegar ahora mismo el expediente completo con toda mi investigación. Dejo a su criterio el siguiente paso a realizar, eminencias.

    —Muy bien, padre Alfaro —asintió Erasmus—. Mañana por la mañana revisaremos todo lo que nos ha compartido, deliberaremos, y tendrán nuestra respuesta a más tardar cuarenta y ocho horas. Comuníqueles al padre Babato y a su equipo que hasta entonces, no tienen permitido acercársele más a Damien Thorn.

    —Así lo haré.

    —Estaremos en contacto.

    —Buenas noches, eminencias.

    Y la llamada se cortó en ese momento de forma abrupta, dejando todo el sótano sumido a en un sepulcral silencio, adicionado con una abrumadora sensación de soledad.

    Jaime se tomó unos momentos para intentar calmar su mente y sus ánimos. Por un lado, todo había salido justo como lo había esperado. Dio su informe de manera completa, se hicieron las preguntas pertinentes, y las conclusiones quedaron plasmadas de forma clara. Y, aun así, no se sentía tranquilo ni feliz. Y en parte esto se debía a la conversación incómoda con la que tendría que enfrentarse al subir esas escaleras.

    Era inútil postergarlo demasiado. Además, estaba cansado, quería recostarse, y (lo más importante) ocupaba un trago con urgencia. Así que tomó su tableta, apagó los equipos así como las luces, y subió a la planta baja de la casa parroquial. No le sorprendió ni un poco encontrarse con Frederic, de pie a un lado del marco de la puerta, apoyado con sus manos en el bastón y su espalda contra la pared. Era evidente que lo estaba esperando.

    —No tenía conocimiento alguno de esas otras dos cartas —musitó Frederic despacio, casi como si fuera un simple comentario al aire y no dirigido hacia él. Aunque quedó claro que no era el caso cuando en ese momento se viró hacia el padre español y le cuestionó sin rodeos—: ¿Cómo es que diste con ellas?

    —Tengo facilidad para descubrir cosas —respondió Jaime con estoicidad—. Creí que lo sabías.

    Frederic bufó, más molesto que divertido por el comentario.

    —Y a pesar de todo lo que descubriste, ¿aun así tu conclusión final fue inconclusa? ¿Aun así les dijiste que el chico no era nuestro asunto?

    —Di la conclusión que tenía que dar —declaró Jaime con suma firmeza—. Lo acepto, Frederic; el chico es sospechoso, quizás incluso un peligro para quienes lo rodean. Pero se necesita más que cosas sospechosas para acusar de alguien de ser el Anticristo, y más para sugerirle a la Santa Sede que activamente realice una acción en su contra. Y más allá de esas tres acusaciones, que como bien dije las tres de alguna u otra forma podrían provenir de la misma fuente, no hay nada concreto que ligue a este chico con la persona que buscamos, ni tampoco con la Hermandad.

    —En eso te equivocas —indicó Frederic con apuro, señalándolo con un dedo casi de forma acusadora—. Porque tú bien sabes qué si hay una conexión con la Hermandad en todo esto: Gema Calabresi.

    La sola mención de ese nombre hizo mellas en la inmutable templanza del padre Alfaro, dejando en evidencia una irritabilidad en ascenso. Y aunque de seguro Frederic lo notó, eso no lo detuvo.

    —Sabías de antemano que Gema estaba de alguna forma involucrada en esto, y aun así deliberadamente les ocultaste a los cardenales…

    —¿Les oculté qué exactamente? —Exclamó Jaime con tono ya rozando lo hostil—. ¿Le oculté que te reuniste con un detective que podría o no hablar con fantasmas, y que te dijo que vio a uno que podría o no ser Gema, y que podría o no estar de alguna forma no específica relacionada con una niña, que podría o no haber venido a Los Ángeles para reunirse con Thorn?

    A pesar de su molestia, Jaime no pudo evitar soltar una marcada risilla irónica, por lo ridículo que a él mismo le resultaba lo que acababa de decir.

    —Por favor, Frederic. ¿En verdad creíste que informaría tal tontería al comité? Lo creas o no, te hice un favor al no mencionar en lo absoluto al detective Sear o tus teorías. Te habrían retirado de esta misión en un chasquido. Y comienzo a pensar que quizás habría sido mejor…

    Dicho eso, y por su parte dada por terminada esa discusión, Jaime le sacó la vuelta a su compañero y comenzó a avanzar en dirección a su cuarto. Frederic, sin embargo, no tenía intención de dejar todo así, y avanzó sin vacilación detrás de él.

    —Si realmente querías hacerme un favor, podrías haberme informado de esas otras dos cartas antes de presentárselas al comité. Podrías haberme dado oportunidad de investigar más por mi cuenta al respecto, y quizás presentar evidencia más sólida…

    —No tenía ninguna obligación de hacer tal cosa —contestó Jaime con ahínco, deteniéndose y girándose hacia él para encararlo. Frederic se vio forzado a frenar de golpe, y un pequeño resbalón de su bastón casi lo hizo tropezar, pero se sostuvo—. Hice mi trabajo, justo cómo debía de hacerlo —prosiguió el padre español, defensivo—. Si te hacía falta información, debiste de haberla reunido antes de pedir que un Inquisidor viniera a revisar a tu sospechoso, no después. ¿O es que acaso creíste que vendría, mencionarías el nombre de Gema, y de inmediato me creería todo lo que me dijeras y no haría mi labor?

    Los ojos de Frederic se abrieron por completo, espantados por tal acusación. Aunque, en la opinión de Jaime, se veían también bastante culpables.

    —Por supuesto que no —respondió el padre italiano con voz apagada, agachando su mirada un poco—. Esa jamás fue mi intención…

    —En verdad quiero creerte, amigo mío —mencionó Jaime con cierta amargura.

    Jaime se giró de nuevo sobre sí mismo en la dirección que iba originalmente. Se sobresaltó un poco al ver de pie unos pasos más adelante por el pasillo a Karina, que miraba quieta en su dirección. Jaime no sabía qué tanto tiempo llevaba ahí o cuánto había escuchado, pero por su cara de desconcierto podía intuir que había sido suficiente.

    Se paró entonces derecho y se acomodó su traje, intentando recuperar rápidamente su compostura.

    —Si me disculpan, estoy un poco agotado, y quiero ir a descansar —indicó al tiempo que avanzaba un par de pasos, aunque se detuvo un poco después y se viró de regreso a Frederic una última vez—. Una cosa más. Los cardenales me pidieron que te recordara que hasta que no den su veredicto final, tu equipo y tú no tienen permitido acercarse a Thorn.

    —Lo tengo claro —respondió Frederic con sequedad, como si aquello no tuviera en realidad nada que ver con él—. Gracias.

    Jaime ya no esperó más y comenzó a caminar con más prisa hacia su cuarto. Karina se hizo rápidamente a un lado para dejarlo pasar; ni siquiera la volteó a ver cuándo la pasó. Una vez que el padre español dio la vuelta en la esquina, ella se apresuró preocupada hacia el padre Babato.

    —¿Todo está bien, padre? —Musitó Karina despacio. Aun así, Frederic no hizo caso de su pregunta, y en su lugar se enfocó en uno de los tantos asuntos que le preocupaban mucho más.

    —No podemos acercarnos a Thorn, pero eso no implica que no podamos investigar otras cosas —le indicó despacio, mirándola fijamente a los ojos.

    —¿Qué otras cosas? —cuestionó la mujer, confundida.

    —Durante la llamada con los cardenales, surgió una pista importante: las Dagas de Megido podrían haber estado hace cinco años aquí en los Estados Unidos, en poder de Richard Thorn, el tío de Damien.

    —¿Las Dagas? —Exclamó Karina con asombro—. ¿Las siete?

    —Eso parece. Contacta de inmediato a nuestros contactos en Chicago, para ver si alguien sabe algo al respecto. Quizás se encontraron entre los escombros del museo, quizás se confundieron con piezas de éste, se vendieron a alguien, o están sepultadas en una vieja caja de evidencias de algún recinto. Esas dagas son las únicas armas seguras que pueden darle muerte definitiva al Anticristo. Si están en poder de Thorn, o de quién sea… tenemos que recuperarlas.

    Karina sólo respondió a su instrucción con un discreto asentimiento de su cabeza. Sacó entonces su teléfono de su bolsillo y se alejó caminando por el pasillo mientras comenzaba a marcar un número.

    Frederic la observó alejarse, quedándose en su lugar un rato más, intentando acomodar sus ideas. Sin importar lo que el Vaticano dijera, no soltaría a Thorn. Estaba totalmente seguro de que él era a quien buscaban. Y aunque tuviera que ir en contra de las órdenes dadas, no permitiría que se volviera una amenaza mucho mayor de lo que ya era.

    — — — —
    Tal y como se lo propuso, Jaime se fue directo a su cuarto, cerrando la puerta con algo de ímpetu detrás de él. El sonido estridente de ésta hizo que él mismo se diera cuenta de qué tanto había perdido los estribos, lo que lo orilló a intentar calmarse con un pequeño ejercicio de respiración. Mientras hacía esto, se retiró con cuidado su cuello clerical y se abrió un poco su camisa para mitigar la sensación de sofoco que lo había aprisionado.

    Avanzó hacia el buró a la derecha de la cama y dejó el clériman sobre éste. El siguiente paso lógico hubiera sido recostarse en la cama y dejarse llevar por todo ese profundo cansancio, y que lo condujera directo a un reconfortante sueño que tanta falta le hacía. Sin embargo, Jaime tenía otras prioridades, y en lugar de ello avanzó hacia su maleta, colocada horizontalmente sobre una silla, y la abrió con cuidado, aunque con un ligero temblor ansioso en su mano. Esculcó entre sus ropas, hasta que dio con lo buscaba con tanta ansiedad: una botella de Jack Daniels, aún quizás con la mitad de su contenido, que había comprado durante su viaje a Chicago. Reposaba ahí entre las prendas, esperándolo, con su líquido opaco meciéndose lentamente en su interior como un pequeño vaivén sugerente e hipnótico.

    Permaneció de pie unos instantes, sólo mirándola en silencio, como si intentara convencerse a sí mismo de que no la tomaría; que quizás sólo le bastaba con echarle un vistazo, saber qué estaba ahí. Pero aquello era una mentira, y él lo sabía bien. Así que una vez que dejó de auto engañarse, tomó la botella con firmeza, desenroscó apresurado la tapa, y dio un largo trago directo de la boquilla, sin siquiera plantearse mejor rellenar su licorera. El líquido penetró caliente por su garganta, llevándose consigo gran parte de su preocupación y estrés. Cuando retiró la botella de su boca, soltó un profundo suspiro de alivio, de liberación y, ¿por qué no?, de paz.

    Volvió a cerrar la botella, aunque sabía bien que no estaría así por mucho tiempo. Mientras lo hacía, su mirada estaba fija en la pared delante de él, contemplando aún en su mente sin embargo la pantalla con la imagen de los tres cardenales, su propia presentación, y la mirada de enojo y decepción de Frederic. También recordó el rostro de la novicia Loren, preguntándole con tono irónico: “¿Para recibir su aviso de que fue otra vez inconcluso?” Y a pesar de que le había dicho que quizás en esa ocasión no sería así, en efecto todo había sido igual que las veces anteriores: inconcluso...

    Jaime se sentía seguro de lo que había hecho y dicho. Su posición era firme, las evidencias y su investigación lo respaldaban. Y aun así él...

    —Hola, guapo —escuchó pronunciar detrás de él de pronto, como un sugerente ronroneo.

    Jaime se estremeció al escuchar aquella voz, sintiendo un horrible escalofrío que le recorrió la espalda entera. Se viró rápidamente con aprehensión, encontrándose casi de frente con esa inusual figura tan fuera del lugar, sentada en la orilla de la cama, envuelta en ese hábito blanco y túnica negra, que le cubría casi todo el cuerpo, a excepción de su rostro afilado. Lo miraba atentamente con sus ojos curiosos, con sus manos apoyadas hacia atrás sobre las sábanas de la cama, mientras sus labios rosados se curvaban en una pequeña sonrisa astuta.

    El rostro de Jaime perdió enteramente su color ante la espectral aparición. Sus manos se abrieron por sí solas, dejando libre la botella de Jack Daniels que se precipitó al suelo, rompiéndose en varios pedazos y regando lo que quedaba de su contenido por el suelo, sus zapatos y pantalón. Pero ni siquiera el estridente sonido del vidrio rompiéndose logró sacar a Jaime de su profundo estupor.

    —¿Qué? —Susurró despacio, apenas siendo capaz de emitir algo cercano a un sonido—. ¿Gema…?

    —¿A quién esperabas? ¿A la virgen María? —Respondió con tono burlón aquella imagen femenina, y justo después se paró abruptamente de la cama. Ese sólo movimiento provocó que Jaime retrocediera por mero instinto hacia atrás, chocando contra su maleta y haciendo que ésta cayera al suelo y parte de sus ropas se esparcieran por el suelo.

    —¿Qué es esto? —Murmuró aturdido. Gema, o lo que fuera esa visión que se veía como ella, rio divertida por su reacción.

    —Inconcluso, siempre con tus resultados inconclusos —murmuró Gema despacio, avanzando aunque no directamente hacia él, sino más bien a un lado como queriendo rodearlo por su flanco derecho. Jaime, aún paralizado en su sitio, sólo la siguió con la mirada, expectante y nervioso—. Cualquiera diría que se te dificulta comprometerte con una conclusión definitiva. Pero tiene sentido, viniendo de alguien que es sólo mitad sacerdote, mitad hombre, sin decidirse por uno o por el otro…

    Aquella visión dio entonces un par pasos repentinos hacia Jaime, acortando la distancia que los separaba. Jaime retrocedió apresurado, reaccionando al fin.

    —No, esto no es real —pronunció con fuerza, desviando su mirada hacia otro lado para no mirar directo a aquella… cosa. Esculcó con apuro el interior del bolsillo de su pantalón, hasta dar con su crucifijo, al cual se aferró con fuerza cerrando sus dedos entorno a él—. Dios te salve María, llena eres de gracia. El Señor es contigo. Bendita tú eres entre todas las mujeres…

    —Y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús —secundó Gema, alzando con ímpetu la voz. Jaime no pudo evitar volver la vista de nuevo hacia ella, mirando sorprendido como juntaba sus manos delante y alzaba su rostro al techo, en una jubilosa posición de rezo bastante exagerada—. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros los pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén, Amén, ¡¡Amén!!

    Aquello último lo pronunció como un fuerte grito al aire, incluso alzando sus manos al cielo, adoptando una apariencia armoniosa, casi bella pese a todo. Se quedó en esa posición por unos segundos, y luego dejó caer abruptamente sus brazos hacia sus costados, y una sonora risilla punzante se escapó de sus labios sin más; sonando de hecho mucho más sincera que la oración que acababa de articular.

    —¿No te da vergüenza? —cuestionó con tono acusador, dando pasos lentos y cautelosos hacia él—. ¿Pronunciar las palabras santas con esa boca que me susurró tantas palabras de amor al oído? ¿Qué me besó aquí…? —Colocó en ese momento su dedo índice sobre sus propios labios—. ¿Y aquí? —Bajó su dedo por su barbilla y su cuello, deteniéndose justo en el centro de su pecho—. ¿Y aquí…? —Su dedo fue bajando en línea recta por su torso, deslizándose por la tela oscura de su túnica, cruzando su vientre por el centro, pasando su ombligo, y bajando más…

    Jaime se dio cuenta sólo hasta entonces, con profundo horror, que se había quedado casi embelesado, siguiendo el provocador movimiento de su mano por su cuerpo, hasta que éste llegó muy lejos.

    —No, ¡basta! —Espetó con furia el sacerdote, y alzó rápidamente su mano al frente, colocando su crucifijo justo delante de la cara de aquella mujer—. Aléjate de mí, criatura impía…

    —¿Qué pasa?, ¿no le gusta oír la verdad, padre? —Murmuró Gema risueña, sin mutarse ni un poco por el objeto sagrado que le plantaba de frente.

    Incluso, para asombro y espanto de Jaime, sintió como las manos de aquel ser lo tomaban dulcemente de su mano, y hacía que la acercara más hacia su rostro, comenzando incluso a frotar éste contra los dedos que sujetaban el crucifijo. Jaime podía sentir su piel, su calor, incluso comenzó a percibir su olor, sobresaliendo incluso por encima del penetrante aroma a alcohol que comenzó a impregnar el cuarto. Todo se sentía tan real… como si en verdad ella estuviera ahí…

    —Yo era sólo una mujer joven y pura que deseaba dedicarse a servir a su Dios —pronunció Gema, con un muy fingido gesto de malestar—. Yo te admira, Jaime. Confíe en ti, creí en ti… y tú te aprovechaste de mi ingenuidad…

    —No, no fue así… —murmuró Jaime por mero reflejo. Su voz le temblaba cada vez más.

    —¿Ah no? —Pronunció Gema contenta, inclinando su rostro hacia un lado—. ¿Entonces me amaste? ¿Es eso? ¿Me amaste más de lo que amas a tu Señor? —acercó en ese momento su dedo al pecho del hombre, haciendo pequeños círculos en el centro de éste de forma juguetona—. ¿Por eso ocultaste información a los cardenales? Porque la mentira por omisión sigue siendo mentira, ¿o no?

    —¿Qué? —Exclamó Jaime azorado. Rápidamente se apartó de ella, le sacó la vuelta y retrocedió apresurado, tambaleándose un poco pues sentía que sus piernas le pesaban—. No, yo no hice tal cosa…

    Sus piernas chocaron contra la cama y se doblaron, haciendo que cayera sentado en la orilla de la cama. Al virarse de nuevo hacia donde se suponía aquel ser debía estar, sintió una mezcla de confusión y alivio al ya no verla en lo absoluto…

    La botella y la maleta estaban en el suelo, pero no había ni rastro de ella; como si nunca hubiera estado ahí, y quizás así había sido. ¿No tendría eso muchísimo más sentido?

    Jaime sollozó un poco, y respiró profundo, intentando tranquilizarse. Todo debió haber sido una mala jugada de su cabeza. Debía agachar la cabeza, rezar y pedir perdón, sin importar cuántas veces lo haya hecho antes; debía seguir haciéndolo sin descanso…

    De pronto, sintió como lo tomaban con fuerza de su cabeza dese atrás, y antes de que pudiera reacción su cuerpo enteró fue jalado hacia la cama, quedando de espaldas contra ésta. Y en lugar de ver el techo, lo que miró suspendido sobre él fue el rostro de Gema, mirándolo desde arriba, con el hábito blanco cayendo por un costado de su cabeza. Sus ojos estaban bien muy abiertos, y parecían brillosos y enloquecidos.

    —Claro que lo hiciste —musitó Gema con complicidad en su voz—. No tiene caso que me mientras, Jaime. Yo sé muy bien que hace dos años, después de que supiste de mi muerte, realizaste tu propia investigación sobre qué estuve haciendo todo este tiempo. Y con esa “facilidad para descubrir cosas” tuya, descubriste que en un momento estuve yendo y viniendo de Chicago. Pero, ¿a qué? ¿De paseo? ¿De vacaciones? ¿Quizás fui a recorrer los Grandes Lagos? ¿O fui a reunirme con alguien…? ¿Con Damien Thorn, quizás?

    —¿Damen Thorn? —Pronunció Jaime, con incredulidad sobreponiéndose a su terror—. ¿Te fuiste a reunir con él? ¿Él tuvo que ver con…?

    —¿Con lo que pasó? —Completó Gema, seguida de una risa satírica, y luego por unas pequeñas e inofensivas caricias por su rostro usando apenas las yemas de sus dedos—. Jaime Alfaro, el gran y famoso Inspector de Milagros, es un ciego ante lo que se alza justo delante de él…

    Las manos del espectro se apretaron abruptamente contra la cara de Jaime, haciendo que sus uñas incluso se encajaran un poco en su piel. Jaime gruñó con dolor, y se zarandeó intentando librarse de su agarre, sin ningún éxito. No era capaz de siquiera de desviar su mirada hacia otro lado, y tuvo que contemplar atónito como la sonrisa se Gema se ensanchaba tanto que casi parecía salirse de su cara, y sus ojos se agrandaban e inyectaban de sangre. Todo en ella comenzó a deformarse poco a poco, hasta alejarse casi por completo de lo que Jaime podría llegar a considerar un rostro humano.

    —Yo nací justo y para servirle a él —musitó Gema, su voz sonando grave y gutural, pero aun dejando lo suficiente para que reconociera la voz de la mujer que alguna vez conoció—. Incluso cuando estaba contigo, incluso cuando me hiciste pecar y traicionar mis votos a favor de complacerte, mi destino siempre fue estar a su lado… E incluso ahora lo sigo haciendo… Yo siempre le he pertenecido… Y tú se lo permitiste, Jaime… Nunca viniste a salvarme…

    Abrió entonces por completo su boca, soltando una estridente carcajada, y además dejando a la vista del sacerdote la hilera de afilados colmillos que se habían formado en el interior de la oscura caverna de su boca.

    —¡No! —Gritó Jaime con todas sus fuerzas—. ¡Aléjate de mí, ser de las Profundidades!

    Sacando fuerzas más allá de las que pensó sería capaz, empujó con frenesí a aquel ser lejos de él, y éste se hizo hacia atrás, cayendo de la cama. Sus uñas rasgaron su carne al apartarse de él, dejándole marcadas líneas rojizas a cada costado de su cara.

    Jaime se paró de un salto, se apartó de la cama y extendió su crucifijo al frente, de forma protectora. Contempló entonces como aquella criatura surgía de detrás de la cama, apoyada en sus manos y pies contra el suelo, como un animal arrastrándose con su pecho casi pegado a tierra, y se aproximaba lento y cauteloso hacia él.

    —San Miguel Arcángel, defiéndenos en la lucha —pronunció el sacerdote con ímpetu, sin bajar ni un poco su brazo, aunque sí fue retrocediendo por impulso al mismo ritmo que aquella criatura avanzaba—. Sé nuestro amparo contra la perversidad y las amenazas del Demonio. Qué Dios manifieste sobre ti su poder, es nuestra humilde súplica. Y tú, oh Príncipe de la Milicia Celestial, con el poder que Dios te ha conferido, ¡arroja al infierno a Satanás y a los demás espíritus malignos que vagan por el mundo para la perdición de las almas…!

    En un parpadeo, aquella criatura pasó de estar arrastrándose en el piso, a estar de pie a menos de un metro, y al siguiente instante estaba justo delante de él, con sus narices a milímetros de tocarse. Lo tomó entonces de su cuello con una mano, y con una fuerza insólita pegó la espalda del sacerdote contra la puerta del cuarto, sujetándolo firme para que no pudiera moverse. El crucifijo de Jaime se zafó de su mano, cayendo en el suelo lo suficientemente lejos.

    —¿Por qué Dios o sus Arcángeles ayudarían a un hombre sucio y repugnante como tú? —Rio Gema, mostrando de nuevo todos sus amarillentos y largos colmillos—. Eres tan patético, Jaime Alfaro; siempre gateando a ocultarse en las faldas de Dios cuando te es conveniente…

    Acercó entonces su mano libre hacia su rostro. El reflejo de Jaime fue intentar apartarse hacia un lado, lo poco que la mano que lo sujetaba le podía permitir moverse, esperando que lo lastimara de alguna forma. En su lugar, sin embargo, Gema volvió a acariciarlo de esa forma dulce como hace rato.

    —Pero aun así me gustas un poco, ¿sabes? —Murmuró esa voz tan grotesca, y aun así humana, que emanaba de algún lugar profundo de aquel ser—. ¿Por qué no me das un besito como en los viejos tiempos…?

    Una larga y viscosa lengua se asomó desde lo profundo de la cavernosa y oscura boca de Gema, asomándose a través de sus colmillos como una ponzoñosa serpiente, y aproximándose hacia el rostro de Jaime con amenaza en su postura al colocarse justo enfrente de sus ojos para que pudiera contemplarla directo.

    —¡No! —Exclamó Jaime exaltado, intentando pegarse lo más posible contra la puerta, y moviéndose para esquivar el contacto de aquella asquerosa lengua. Sus intentos parecieron inútiles, y al final, la húmeda punta se presionó contra su mejilla, recorriéndola de abajo hacia arriba. Jaime sintió como le quemaba la piel como ácido, y no pudo evitar soltar un estridente grito de dolor.

    La puerta a sus espaldas intentó abrirse en ese momento, aunque su cuerpo se encontraba oprimida contra ésta ofreciendo resistencia. Jaime fue prácticamente empujado al frente, y ya no sintió ni la mano de Gema sujetándolo del cuello, ni tampoco aquella lengua recorriéndole la cara. Avanzó tambaleándose al frente, cayendo de rodillas en el suelo, y luego apoyándose en sus manos contra éste para no desplomarse por completo.

    Jaime levantó su mirada alerta, buscando desesperado a Gema en algún rincón escondido del cuarto. Sin embargo, de nuevo había desaparecido, y una vez más se encontraba solo…

    O, quizás no por completo.

    —Jaime —escuchó la voz de Frederic a sus espaldas, un instante antes de que el padre italiano colocara su pesada mano sobre su hombro.

    Jaime saltó asustado por aquel repentino toque, y rápidamente agitó su brazo derecho, apartando la mano de su colega. Luego retrocedió asustado por el piso para alejarse de él, hasta que su mano irremediablemente se encontró con uno de los pedazos rotos de la botella de whiskey, lastimándose la palma. El dolor provocado por dicha herida pareció hacerlo despertar, aunque fuera un poco.

    —¿Qué es lo que te pasa? —inquirió Frederic con preocupación, colocándose de rodillas delante de él. Detrás de él se encontraba Karina, que observaba todo desde el marco de la puerta. Los gritos de Jaime habían alertado a toda la casa, pero ellos habían sido los primeros en arribar hasta ahí—. ¿Estás bien? Jaime, ¿me oyes?

    Jaime lo oía, en efecto, pero su mente se encontraba demasiado dispersa como para detenerse a procesar lo que le decía, mucho menos en pensar en algún tipo de respuesta. Su mirada se turnaba de su mano herida al resto del cuarto, aun esperando ver algún rastro de la horrible criatura, asomándose desde algún rincón. Apenas y reparaba en la presencia de Frederic y Karina.

    —¿Dónde está? —Cuestionó de golpe en voz alta, sonando más como una exigencia, aunque no era claro hacia quién.

    —¿Dónde está quién? —Le preguntó Frederic con confusión, pero Jaime en ese momento se paró como pudo, ignorando su pregunta.

    —No, no es cierto… no es cierto… —Repitió varias veces, mientras se aproximaba apresurado al espejo de la pared, pegado a un lado de la cómoda.

    Jaime se inclinó sobre el espejo, observando detenidamente su propio rostro en el reflejo. Esperaba ver en su piel las marcas claras de las uñas de Gema, o la quemadura que le había provocado con su lengua. No había nada de eso… Y de hecho, salvo por su mano, ya no sentía ningún otro dolor; no físico, al menos.

    —¿Qué pasa, Jaime? —Cuestionó Frederic detrás de él, y justo después desvió su mirada hacia el charco de alcohol en el suelo, y los pedazos de vidrio regados sobre éste—. ¿Acaso… viste algo?

    El padre Alfaro se giró rápidamente hacia él, con sus ojos pelones llenos de asombro y miedo por tal pregunta. Permaneció en silencio, observando tanto a Frederic como a Karina, que lo observaban expectantes y, desde la perspectiva de Jaime, juzgadores.

    Aquello no pudo haber sido causado por su mente; no pudo simplemente haber imaginado todo eso… no podía ser…

    Sin embargo, la alternativa le resultaba muchísimo más difícil de aceptar.

    Sin responder nada, Jaime les sacó la vuelta a ambos y se dirigió con paso apresurado al baño compartido al final del pasillo; de seguro con la intención de lavarse su herida.

    —Jaime, espera —espetó Frederic con aprensión, y de inmediato apuró el paso detrás de él, aunque con velocidad bastante reducida debido a su cojera y su bastón. Karina igual lo siguió, en silencio.

    Ambos notaron desde el pasillo a Jaime a través de la puerta abierta del baño, inclinado sobre el lavabo y dejando que el chorro de agua le cayera directo en la palma. El pedazo de vidrio, manchado con su sangre, reposaba a un lado de la llave.

    —Padre Babato —escucharon que la reconocible voz de Carl pronunciaba detrás de ellos. Karina se detuvo y se viró hacia atrás, notando a su compañero que se acercaba apresurado hacia ellos. Frederic, sin embargo, no se detuvo.

    —Ahora no, Carl —le indicó Frederic con aspereza, mientras proseguía hacia el baño con el fin de encarar a Jaime.

    —Es importante —recalcó Carl—. Recibimos información de que algo ocurrió en el Edificio Monarch.

    Aquello no sólo hizo que Frederic se detuviera, apenas a medio metro de la puerta del baño, y se virara por completo hacia su ayudante; sino que además incluso Jaime alzó su mirada hacia el hombre alto y fornido, con sumo interés.

    —¿En dónde se hospeda Thorn? —Cuestionó el padre Alfaro, saliendo del baño al tiempo que amarraba un pañuelo blanco alrededor de su mano.

    Carl asintió con afirmación.

    —Al parecer una o dos personas irrumpieron en el pent-house. La policía está allá cubriendo todo el sitio.

    —¿Quiénes? —Cuestionó Frederic, alarmado—. ¿Acaso fueron por Thorn?

    —No lo sabemos; en estos momentos parece que nadie sabe mucho. ¿Qué hacemos, padre?

    Frederic apretó sus labios en una mueca reflexiva, e inspeccionó con la mirada sus propios zapatos mientras repasaba todo lo que acababa de averiguar ese día, antes de dar una respuesta a esa última pregunta.

    ¿Quién podría haberse metido de esa forma al departamento de Thorn? ¿Y con qué propósito? ¿Podría ser un hecho no relacionado con el asunto que les concernía? Después de todo, era un chico rico quedándose solo en Los Ángeles. Y además de ellos, ¿quién más podría saber quién o qué era realmente ese chico? Además claro de…

    Y de pronto una idea le cruzó con fuerza por la mente, o tal vez una posibilidad era la mejor forma de describirlo. Y dicha posibilidad, o lo que fuera, lo hizo jalar su mirada lentamente justo hacia Karina. Ésta pareció casi percibir en la mirada de Frederic la acusación que le estaba cruzando por la mente en esos precisos momentos, e incluso desvió su cara hacia otro lado con cierta vergüenza.

    «Karina, ¿qué hiciste?» pensó Frederic, deseando pronunciar dicha pregunta en voz alta, pero prefiriendo no hacerlo; no frente a Carl y Jaime, al menos.

    —Nada, no haremos nada —respondió con pesar el sacerdote tras unos instantes—. Tenemos instrucciones de no acercarnos…

    —Vayamos a ver —interrumpió Jaime de golpe, interviniendo en la conversación, y por consiguiente tomando por sorpresa a todos.

    —¿Qué? —Exclamó Frederic, confundido.

    —No pueden acercarse a Thorn, pero eso no significa que yo no pueda seguir con mi investigación —aclaró Jaime, con una casi irreal frialdad en su voz, considerando el estado delirante en que se encontraba hace sólo unos segundos—. Carl, Karina, llévenme allá, por favor.

    Karina y Carl se miraron entre ellos con vacilación en sus rostros, y luego se viraron hacia Frederic en busca de alguna instrucción. Éste, sin embargo, estaba igual o más perplejo que ellos.

    —¿Estás seguro, Jaime…?

    —Por completo —respondió rápidamente, comenzando incluso a caminar por el pasillo con apuro—. Andando.

    —Jaime, espera...

    Frederic se apresuró a tomarlo de su brazo con fuerza para detenerlo, casi perdiendo el equilibrio por el movimiento tan brusco, pero su leal tercera pierna de madera lo sostuvo lo suficiente.

    —¿Seguro que estás bien?

    —¿Quieres que cambie mi decisión o no? —Exclamó Jaime desafiante, zafándose de un tirón del agarre del otro sacerdote. Cuando lo volteó a ver, Frederic notó también en su mirada una inusual rabia—. ¿Quieres que considere seriamente la posibilidad de que este chico es a quién buscamos? Entonces no interfieras y déjame hacer mi trabajo.

    Aquello desconcertó a Frederic, pero casi en igual medida lo irritó bastante por la forma en qué le hablaba. Lo soltó en ese mismo momento, dejándolo simbólicamente libre para que hiciera lo que quisiera.

    —Hagan lo que dice —les indicó con sequedad a Carl y Karina—. Al parecer el padre Alfaro sabe lo que hace… o eso espero.

    Jaime no dijo nada, ni agradeció con ninguna palabra o ademán. Simplemente se viró de nuevo al camino y comenzó a avanzar igual que antes.

    —Antes de irnos pasaré un segundo a mi habitación —les indicó con seriedad, y los tres contemplaron como su figura se perdía detrás de la puerta cerrada del cuarto.

    El padre español no había ido ahí a recoger su crucifijo, ni su biblia, ni tampoco su cuello clerical. No, lo que lo había llevado de regreso ahí era mucho más… mundano.

    Se agachó sobre su maleta, aún tirada en el piso, y esculcó entre sus ropas con más desesperación de la que había tenido al momento de buscar su botella. Sacó tras un rato de entre las prendas un estuche rectangular negro, que colocó sobre la silla a un lado para poder abrir sus seguros con combinación, y revelar lo que ahí guardaba: una pistola cargada color metálico, de apariencia casi nueva…

    Jaime contempló el arma en su estuche unos segundos; de nuevo, engañándose a sí mismo con la posibilidad de que no la tomaría, cuando estaba totalmente seguro que sí en cuanto comenzó a buscar. Así que sin esperar demasiado, la tomó con una mano, se paró y se la metió en el pantalón en su espalda. La sensación fría le caló, incluso a través de su camisa.

    Se miró un último instante al espejo, y por un segundo le pareció percibir los arañazos y la quemadura, aunque al parpadeo siguiente se esfumaron de nuevo.

    Sin perder más tiempo, se dirigió a la puerta y salió directo a enfrentar lo que, según Gema le dijo, había estado evitando…

    FIN DEL CAPÍTULO 103
    Notas del Autor:

    En estas últimas semanas han estado pasando muchas cosas en mi vida. La mayoría buenas, cabe mencionar, pero que de una u otra forma me han mantenido lejos del teclado, salvo por las horas de trabajo. Así que eso me ha atrasado mucho en mi escritura. Pero bueno, aun así he intentado ir avanzando poco a poco; cada día un poco más.

    En la tardanza de lograr terminar este capítulo también influyó que éste en particular fuera algo complicado, como bien pudieron ver. Muchos diálogos, pero también algunas revelaciones importantes. Gema vuelve a hacer de las suyas con intenciones desconocidas. ¿Qué es lo que realmente quiere este misterioso ser? Quizás dentro de poco lo descubramos… Mientras tanto, lo siguiente será volver con Matilda, Cole, Samara y los otros. Y claro, aquellos que les van pisando los talones. Estén al pendiente, que este tormentoso día en Los Ángeles aún no termina…
     
  4.  
    WingzemonX

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    Resplandor entre Tinieblas
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    Resplandor entre Tinieblas

    Por
    WingzemonX


    Capítulo 104.
    Un lugar seguro

    Charlie se las arregló relativamente fácil para conducir la camioneta por la ciudad sin llamar la atención de ningún coche policía; siempre manteniendo el límite de velocidad, y sin pasarse ninguna luz roja. Igual parecía que toda la atención se había quedado atrás en Bervely Hills, donde de seguro aún seguían buscando a los dos intrusos piso por piso y cuadra por cuadra, sin darse cuenta de que estos ya se habían dado a la fuga. Así que una vez que arribaron a la zona mucho menos concurrida del norte en donde estaba su escondite, el trayecto se volvió mucho más tranquilo; exceptuando, claro, porqué en la parte trasera del vehículo transportaba a dos chicas inconscientes, y a un hombre con una fea herida de bala en la pierna.

    Con respecto a Samara y Abra no había mucho que hacer, pues no parecía que aquello que las mantenía en ese estado fuera precisamente algo físico, así que sólo quedaba esperar que volvieran en sí paulatinamente. La herida de Cole, por otro lado, no iba a mejor. Y una vez que la adrenalina y las emociones se calmaron, todo lo que quedó en su lugar fue el dolor, y el sangrado. Matilda estuvo todo el camino ajustándole su torniquete y presionando la herida, pero lo que podía hacer dadas las circunstancias era en realidad mínimo.

    El refugio de Charlie y sus acompañantes era por supuesto una vieja bodega en un sector industrial; las siempre confiables bodegas amplias, apartadas, discretas y económicas (si no es que optaban por simplemente entrar a la fuerza a una que se viera inutilizada desde hace mucho). Charlie ingresó con rapidez la camioneta por la rampa principal, la estacionó y luego se bajó apresurada para cerrar la cortina de acero de nuevo; no sin antes echar un vistazo rápido alrededor para asegurarse de que nadie los estuviera vigilando o siguiendo. Todo parecía despejado, al menos a simple vista. Bajó de un jalón la cortina, y le puso rápidamente un doble candado.

    Sólo hasta que ya estuvieron encerrados, y con la aparente sensación de seguridad, Charlie encendió los interruptores de los tubos fluorescentes del techo, alumbrando todo el interior con luz blanca.

    Gran parte de la bodega estaba vacía cuando llegaron, salvo por unas cuantas cajas arrumbadas en un rincón, una vieja cocineta con una mesa redonda y cuatro sillas, un viejo sillón con agujeros pero que luego de una sacudida ya no estuvo tan mal, y un baño bastante rudimentario. Ellas habían guardado ahí su otra camioneta, la misma en la que habían viajado hasta ahí, la motocicleta de Charlie, un par de frigobars para comida y bebidas (en especial bebidas), y tres camas plegables para dormir aunque fuera un poco cómodas.

    —Hogar, dulce hogar temporal —murmuró con algo de amargura. De seguro no había comparación con el bonito pent-house de Thorn, pero al menos servía a su propósito. Además, Charlie había pasado bastantes noches en sitios como ese a lo largo de su vida, así que no tenía de qué quejarse.

    Se dirigió apresurada a la parte trasera de la camioneta y abrió las puertas por completo para que sus ocupantes pudieran bajarse (o al menos lo que podían caminar).

    —Ayúdame, tenemos que bajarlo y recostarlo en algún sitio —le indicó Matilda a Charlie, estando sentada a lado de Cole mientras presionaba su pierna.

    —Bajen primero a las niñas, yo estoy bien —indicó con un tono que intentó sonar firme. Y de hecho parecía calmado, incluso sonreía, a pesar de que su frente lucía aperlada por sudor, y de vez en cuando se le escapaba un discreto quejido de molestia.

    —Será mejor que hagamos eso —secundó Charlie, y de inmediato se subió al auto para tomar a Abra en sus brazos. La adolescente no opuso resistencia alguna, y Charlie prácticamente la arrastró fuera de la camioneta como un simple costal.

    Matilda vaciló un poco. Observó a Samara recostada a su lado, casi perdiéndose entre sus largos cabellos negros que asemejaban a una manta oscura que la cubría. Había visto lo que hizo con la mano de Cole, y aunque no comprendía con exactitud cómo lo había hecho, si las cosas empeoraban era probable que ella fuera la única que pudiera salvarle la pierna al detective. Aunque claro, primero tenía que sacarle la bala e intentar tratarla lo mejor posible.

    —Enseguida vuelvo, Cole —le informó Matilda a su nuevo paciente, mirándolo con dureza a los ojos—. Intenta mantener esto presionado lo más posible, ¿de acuerdo?

    —Lo haré como si mi vida dependiera de ello —bromeó Cole, colocando sus dos manos contra el paño, ya casi complemente húmedo por su sangre, que Matilda presionaba contra su herida. A Matilda no le dio gracia el comentario, pero no podía detenerse a criticarlo. El hecho de que aún mantuviera el buen humor era de cierta forma buena señal.

    Matilda tomó a Samara y la sostuvo con fuerza contra sí mientras bajaba del vehículo con un salto. Sintió como la cabeza de la niña se agitaba y rebotaba un poco contra su hombro, por lo que tuvo el instinto inmediato de sostenerla por detrás con una mano. Avanzó entonces con la niña en brazos detrás de Charlie hacia el área en donde estaban las tres camas plegables, con apenas una sábana cubriendo cada una y lo que supuso Matilda era algún tipo de almohada improvisada.

    —Recostemos a las bellas durmientes aquí —le indicó Charlie, mientras colocaba con particular delicadeza a Abra en la cama del extremo derecho. La joven quedó bocarriba, aunque su cabeza se ladeó un poco hacia un lado en cuanto Charlie la soltó.

    Matilda colocó a Samara en la cama de en medio con el mismo cuidado, colocando también su cabeza sobre la almohada. Samara se quedó quieta en su sitio, respirando lentamente, con sus ojitos cerrados y sus labios apenas un poco separados. Se veía muy tranquila. Al parecer ninguna pesadilla acosaba su sueño; al menos no de momento…

    —Enseguida vuelvo, Samara —le susurró muy despacio, y entonces se inclinó hacia ella para darle un pequeño beso en su frente. Al instante siguiente se cuestionó por qué lo había hecho, pues había sido casi una acción refleja. Aquello la destanteó un poco, pero no tenía tiempo para perderse demasiado en eso.

    Se irguió, se giró hacia la tercera cama, y con tan sólo mirarla ésta comenzó a arrastrarse por el suelo hacia el espacio entre el viejo sillón y la descuidada mesa de la cocina; un área más despejada, y sobre todo mejor iluminada. Charlie saltó un poco al ver la cama moverse de esa forma, aunque tampoco pareció del todo asustada o sorprendida después; ciertamente eso no era cosa nueva para ella.

    Matilda se dirigió entones rápidamente de regreso a la camioneta. Charlie fue detrás de ella con la intención de ayudarla a bajar al herido, pero fue evidente que no la necesitaba.

    —Esto se va a sentir raro, pero permanece tranquilo, por favor —le advirtió Matilda a Cole, y antes de que éste pudiera preguntarle de qué hablaba, su cuerpo se elevó del suelo de la camioneta y comenzó a flotar por el aire y a salir lentamente del vehículo, siempre con la mirada de la psiquiatra fija en él.

    —Sí, es bastante raro —musitó Cole, entre asustado y asombrado.

    Charlie silbó un poco, admirada al ver con qué control la mujer castaña movía con su telequinesis a aquel individuo, acercándolo casi dulcemente hacia la tercera camilla vacía. Ella, por su parte, se subió a la camioneta para ayudar a Kali a bajarse.

    —¿Tú cómo estás, anciana? —Le cuestionó con tono burlón mientras acercaba la silla de ruedas a la puerta. La mujer en ella abrió los ojos y la miró de lado, aunque sus labios dibujaban una sutil sonrisa.

    —Aún sigo aquí —murmuró despacio, pasándose justo después el dorso de su mano por su nariz. Algo de sangre casi seca se le pego a la piel, y se la terminó limpiando contra su pantalón.

    Para cuando Charlie y Kali llegaron a la que al parecer sería su nueva sala de operaciones, Matilda ya había colocado a Cole sobre la cama. Éste pareció sentir mucho dolor al tener que recostarse y cambiar de posición, pero también algo de alivio. Charlie dejó a su amiga con ellos un rato, y luego se dirigió de nuevo a la camioneta para inspeccionarla.

    Matilda suspiró y se tomó sólo un segundo para intentar recuperar la claridad mental. La cabeza le seguía doliendo un poco, pero nada que no pudiera manejar. Una vez que estuvo lista se aproximó a la camilla, se puso de rodillas a su lado, desató sólo un poco el torniquete y lo subió para poder ver la herida directamente. Era básicamente un pequeño círculo casi perfecto en la piel de su muslo, rodeada de rojo como si le hubieran dado un mal brochazo de pintura.

    —¿Cómo va el dolor? —Cuestionó con voz serena, mientras recorría sus dedos por su muslo, presionando algunos puntos de su piel. Cole no pudo evitar respingar en al menos un par de dichas presionas.

    —He sentido cosas peores —musitó Cole, intentando sonreír despreocupado.

    Su piel se sentía bien, y estaba lo suficientemente consciente como para seguir siendo… bueno, él mismo. Eran buenas señales. Pero el sangrado y la bala aún dentro seguían preocupando a la Dra. Honey.

    —Esto estaba en la camioneta —comentó Charlie al volverse a aproximar. Alzó sus manos para que ambos pudieran ver lo que sostenía: una billetera y un teléfono celular que le pertenecían a Cole, y que Matilda le había sacado de su pantalón para que pudiera estar más cómodo, y un pequeño bolso café propiedad de la psiquiatra. Al menos Matilda sí sintió un poco de alivio al ver su bolso, pues prácticamente se había olvidado de él con todo el ajetreo. Hubiera sido muy problemático haberlo extraviado en aquel pent-house.

    —Gracias, ¿podrías ponerlos por ahí? —Murmuró la castaña, señalando hacia la mesa de la cocina, y Charlie así lo hizo—. ¿Tienen un botiquín de primeros auxilios? ¿Alcohol o lo que sea?

    —Un poco de todo eso —asintió Charlie, y de inmediato se dirigió de regreso a la camioneta.

    Kali, al parecer ya más recuperada, aproximó su silla a un costado de la camilla, mirando sobre la cabeza de Matilda a la herida en el muslo de Cole.

    —No se ve tan mal —musitó Eight, sonando un poco jocosa al decirlo—. Debería mostrarte la cicatriz que me dejó la que aún tengo alojada en mi espalda.

    —Por favor, denle espacio —solicitó Matilda intentando sonar lo más cortés posible. Kali se encogió de hombros y retrocedió unos metros para así darle su espacio.

    Charlie se aproximó un poco después con una pequeña caja blanca con una cruz roja en la tapa y se la pasó. Matilda la abrió y esculcó en su contenido. Todo era bastante estándar, por decirlo de una forma. Algunas gazas y venda adhesivas, una botella de agua oxigenada, que al sostenerla se dio cuenta que debía quedar poco menos de la mitad, una caja de paracetamol (vacía), otra de medicinas para el estómago (con cuatro pastillas), algodones… y nada más. Ni guantes, ni mascarilla, tijeras, alcohol medicinal, y menos hilo.

    La mirada de desaprobación con la que la psiquiatra miró a Charlie justo después le dejó muy claro su sentir. Ésta, sin embargo, sólo se encogió de hombros con cierta resignación.

    —Se nos ha pasado resurtirlo, lo siento —murmuró, notándose un pequeño rastro de vergüenza por debajo de su desinterés—. Pero si quieres alcohol, tengo una botella de whiskey sin abrir en la alforja de mi motocicleta.

    —Yo te aceptaré un poco de ese —mencionó Cole de golpe, alzando una mano, y Charlie se dirigió apresurada hacia la moto antes de que Matilda pudiera decir algo en contra—. Y también me vendría bien un cigarrillo… Qué mal momento elegí para comenzar a dejarlo.

    —Para eso están los amigos —masculló Kali a su lado, y justo después ella misma sacó la cajetilla del bolsillo de su camisa. Colocó un cigarrillo en su boca y le extendió uno más a Cole. Éste ciertamente se sintió bastante tentado a tomarlo.

    —Ni se te ocurra —masculló Matilda, sonando casi como una reprimenda. Su sola mirada endurecida persuadió a Cole de aceptar el amable ofrecimiento—. Cole, como doctora es mi deber decirte que lo mejor que pudiéramos hacer por ti es llevarte a un hospital —añadió un instante después con voz solemne.

    —No creo que sea lo más recomendable dadas las circunstancias, ¿o sí? —Respondió Cole con humor—. Un policía de Filadelfia que entra a un hospital con una herida de bala que no puede explicar… eso haría que se hicieran muchas preguntas que no creo estemos listos para responder. Eso sin contar que quizás estén justo buscando a alguien con mi descripción… en cada sala de emergencias para estos momentos.

    —Es cierto —secundó Charlie, aproximándose con la tentadora botella de whiskey en las manos—. Ir a un hospital en estos momentos sería un error. Mejor mándalo directo a las celdas del LAPD, y te ahorras un viaje. Bebe, vaquero.

    Con inusual compañerismo en sus ademanes, Charlie le pasó la botella a Cole, que apenas y la atrapó entre sus manos. Se sentó como pudo apoyándose en un codo, desenroscó la tapa y dio un trago tímido, aunque generoso, de la botella. Soltó un pequeño quejido que casi sonó doloroso, pero en realidad era bastante placentero.

    —Está bueno —musitó despacio mientras volvía a tapar la botella—. Hay que ver el lado positivo en esto… no sólo recibí mi primer disparo, sino que además me sacarán la bala en una operación clandestina en una bodega escondida. El paquete completo de héroe de acción, ¿no creen?

    —Lo que tú digas —murmuró Charlie un poco irónica, dándole un par de palmadas de apoyo en el hombro.

    —Sí, sobre eso de la operación… —murmuró Matilda con un sombrío desánimo que casi le borró a Cole su sonrisa.

    La psiquiatra se alzó y luego se agachó justo a un lado del detective para mirarlo directamente a sus ojos. Su semblante era sereno, casi estoico, digno de cualquier médico en control de sus sentimientos al momento de hablar con su paciente. Sin embargo, si Cole observaba con más cuidado la profundidad de sus ojos, podía apreciar rastros de la profunda preocupación que la poseía. Esto fue algo que sin lugar a duda lo puso nervioso, aunque también un poco feliz.

    —Escucha, la realidad es ésta —pronunció Matilda con voz clara y firme, sin despegar su vista de él ni un instante—. No tengo el equipo adecuado para tratarte de la forma convencional. No tengo pinzas, no tengo un bisturí, ni hilo para coserte, ni siquiera guantes de látex; y este ambiente está lejos de estar esterilizado. Operarte aquí como tal es básicamente una fantasía. Lo más que puedo hacer de momento es intentar sacarte la bala. Pero para hacerlo, la única alternativa que me queda es hacer algo muy poco ortodoxo, doloroso… y peligroso.

    Al pronunciar aquella advertencia, hizo principal énfasis en su última palabra, aunque gran parte de la mente de Cole divagó en la anterior a esa. Aunque claro, no le sorprendió que su vida tuviera que depender de algo doloroso y peligroso; de otra forma sería demasiado sencillo, ¿cierto? Pero si tenía que ponerse en las manos de alguien para ello, no se le ocurría nadie mejor que la impresionante mujer de intensa y decidida mirada que tenía delante de él.

    —Confío en ti, Matilda —declaró Cole, forzándose a volver a sonreír—. Sea lo que sea que hagas, sé que saldrá bien.

    Matilda suspiró, al parecer no del todo tranquila por su respuesta, sino quizás incluso un poco más presionada. Se levantó entonces y se posicionó de regreso a la altura del muslo herido. Tomó un algodón del botiquín, lo cubrió de agua oxigenada, y comenzó con él a limpiar el área alrededor de la herida. El respingo de dolor que le provocó aquel tacto hizo que Cole se volviera un poco más consciente de la “realidad” de la cual Matilda acababa de hablarle.

    —Pero, sólo para saber… ¿qué harás con exactitud? —le preguntó con voz risueña, y ligeramente temblorosa.

    Matilda guardó silencio. Siguió limpiando la herida lo mejor posible, y luego dejó el algodón a un lado. Respiró hondo, colocó una mano sobre el sensible muslo del detective, y observó fijamente el orificio circular en su piel.

    —¿Tú qué crees? —Le susurró con severidad. Y esas solas palabras, tan enigmáticas como pudieran parecer, fueron suficiente para que tanto Cole como las dos mujeres que observaban, se dieran una idea de lo que estaba por ocurrir.

    —¿Usarás tu telequinesis? —Cuestionó Cole, por igual sorprendido y espantado por la idea—. Pero… ¿acaso puedes mover algo que no puedes ver?

    Aquella fue la forma menos alarmante en la que se le ocurrió hacer dicha pregunta. Su mayor preocupación, en realidad, era saber si acaso podía sacarle sólo la bala del cuerpo… sin llevarse nada más de paso.

    —Sí es posible hacerlo —intervino Charlie, antes de que Matilda respondiera—. El me sacó una hace tiempo también. No fue una experiencia agradable, pero sigo aquí.

    —¿Eleven lo hizo? —Cuestionó Cole, un poco escéptico.

    —Sí, ella me enseñó cómo —musitó Matilda con seriedad—. No a sacar balas de un cuerpo obviamente, pero sí cómo mover un objeto fuera de mi rango de visión. En realidad, no es necesario verlo con tus ojos; esa es una limitante mental autoimpuesta. Sólo ocupas conocer la posición exacta del objeto con respecto a ti, y entonces dejar que tu mente lo visualicé y lo jale en la dirección que requieres. Y en este caso en particular, para lograr determinar la posición de la bala… —hizo una pequeña pausa, pero casi de inmediato prosiguió—: tendré que meter mi dedo en tu herida, hasta lograr tocarla con éste.

    Los ojos de Cole se abrieron de par en par como dos enormes lunas. Y si acaso le quedaba un poco de color en sus mejillas, en ese momento justo éste se difuminó para dar paso a una pálida expresión de espanto.

    —Sí, mi dedo en tu herida —repitió Matilda con sequedad, para dejar bastante claro lo que intentaba decir—. Y sí, será doloroso y muy incómodo, pero la parte peligrosa viene después. Necesitó sacar la bala por el agujero de entrada con precisión milimétrica, para no hacer más daño del que ya hizo; como rasgarte una artería y que ahora sí mueras desangrado. Puedo intentar también comprimirla un poco con mi telequinesis para que ocupe menos espacio al salir, pero sólo un poco. Así que pase lo que pase, necesitaré que no te muevas en lo absoluto. ¿Me entendiste?

    —Lamentablemente, sí —masculló Cole con voz temblorosa—. Creo que mi confianza no es tan sólida como pensé… Quizás…

    —Tranquilo, muchacho —intervino Charlie en ese momento, parándose detrás de él para tomarlo firmemente de los hombros con ambas manos—. Cálmate, respira, y bebe un poco más para tomar valor, ¿quieres?

    Cole miró de reojo hacia la botella de Whiskey aún en su mano; casi se había olvidado de ella. Sin embargo, cuando fue consciente una vez más de su presencia, la desenroscó y dio en esta ocasión un largo trago que pasó casi raspándole la garganta. Suspiró con cierto alivio una vez que dio su trago, y volvió a cerrar la botella.

    —Adelante, Matilda —asintió el detective con la mayor firmeza que le era posible.

    —Hazlo, yo te lo sostengo —añadió Charlie, y justo después rodeó al hombre herido con sus brazos, dándole un apretón bastante fuerte en realidad. Si no impedía que se moviera por completo, al menos de seguro lo haría en gran medida.

    Matilda respiró profundo por su nariz, y exhaló lentamente por su boca. Repitió lo mismo unas tres veces, en un intento de despejar su mente lo más posible. La flama que adornaba la estufa de su mente comenzó a atenuarse poco a poco, hasta llegar a su más baja capacidad, en donde regularmente solía estar. Necesitaba mucha más precisión que fuerza bruta en esa ocasión.

    Se acomodó justo a un lado del muslo de Cole, examinó unos segundos más la herida de bala, y sin mucha ceremonia y advertencia comenzó a introducir el dedo medio de su mano derecha en él, arrastrándose por el agujero de piel, músculo y sangre como un gusano invasor.

    —¡¡Aaaaah!! —Soltó Cole de golpe al sentir un profundo dolor ante la repentina intromisión. Y quizás hubiera tenido el impulso de brincar de la camilla, sino fuera porque Charlie lo apretó aún más fuerte para evitar que hiciera algo más que gritar.

    —Tranquilo, ahí voy —musitó Matilda, con una tranquilidad que a Cole de hecho le resultaba incluso un poco inquietante.

    Había dicho que aquello sería doloroso e incómodo, y en efecto lo fue; ambas cosas y más. Pero Matilda estaba demasiado concentrada en su difícil labor del momento como para preocuparse por la incomodidad de su paciente.

    Aunque lo cierto era que aquello tampoco era del todo agradable para ella. Pese a sus entrenamientos y estudios en medicina, ella era psiquiatra, y se había dedicado casi toda su vida profesional a eso. Y no lo había hecho con la intención consciente de no tener que meter sus dedos en las heridas de la gente, pero dada la situación actual le parecía un motivo bastante válido para haber elegido dicha rama.

    Pero cuando alguien la necesitaba, en especial un amigo resplandeciente, se sentía con el deber ineludible de mancharse un poco las manos de sangre.

    Luego de varios segundos en los que su dedo inquieto estuvo explorando la cavidad de aquella herida, y una serie más de quejidos y respingos de Cole (en especial al tocar un nervio en su travesía), al fin la punta de su dedo toco algo duro y metálico, frío a pesar de todo el calor que lo rodeaba en esos momentos.

    —La tengo, la encontré —murmuró despacio, no muy triunfal o regocijante, pero al menos sí positiva—. Ahora viene la parte difícil, ¿de acuerdo?

    Cole sólo asintió lentamente, apenas siendo capaz de moverse. Su rostro estaba incluso más pálido que antes, y cubierto de sudor. Su respiración igualmente se había agitado un poco. A Matilda le gustaría realmente terminar lo más rápido posible con todo eso, pero no podía apresurar ni un poco el proceso si quería que eso resultara mínimamente satisfactorio.

    Teniendo ya su dedo en contacto directo con la bala, intentó dibujar en su mente la imagen completa de ésta, su posición, su color, su tamaño… prácticamente como si tuviera visión de Rayos X y pudiera visualizar a través de la piel de Cole, hasta fijar su mirada en aquel objeto que no debería estar ahí.

    Le tomó tiempo, quizás demasiado desde la perspectiva del paciente. Pero una vez que sintió que la tenía clara en su cabeza, comenzó entonces a intentar comprimirla justo como había dicho. Visualmente quizás aquello se vería como si tomara la bala entre sus dedos y la apretara hasta achicarla. Aunque claro, si acaso intentara eso con sus dedos físicos, no podría hacerle ni una rajadura a ese pequeño objeto de hierro y acero. Pero la fuerza de su telequinesis era bastante mayor; incluso para aplastar un autobús hasta retorcer su estructura… como Carrie lo había hecho aquella tarde hace mucho tiempo.

    Pudo sentir como la bala era comprimida poco a poco, hasta tomar una forma más delgada y alargada. No había cambiado mucho en realidad, pero tendría que bastar. Así que sin más espera, comenzó a sacar su dedo lentamente del agujero. Y al mismo tiempo que su dedo se movía, la bala deformada la seguía sólo unos cuantos milímetros detrás.

    Cole tembló un poco, y soltó unos pequeños alaridos que sonaban más a incomodidad que dolor; tal vez incluso similares a quejidos de cosquillas.

    —Qué no te muevas, te dijeron —pronunció Charlie como reprimenda, sujetando a Cole aún más fuerte contra sí. El policía enserio intentaba no moverse como le indicaban, pero era mucho más fácil decirlo que hacerlo.

    El dedo de Matilda se fue retirando poco a poco, y el objeto invasor con él. La punta del dedo salió primero, totalmente rojo y dejando un viscoso rastro entre la herida y éste. Un segundo después, el pequeño objeto metálico que estaban buscando salió prácticamente disparado en el aire, dejando el cuerpo de Cole que se estremeció por esa última desagradable sensación. Matilda atrapó rápidamente la bala en el aire con su mano, y luego la contempló en su palma.

    —¡Listo!, la tengo —exclamó con fuerza, ahora sí dejando en evidencia su felicidad.

    Charlie soltó en ese momento a Cole, y lo ayudó a recostarse con cuidado de regreso en la camilla. La ayuda fue agradecida, pues de no haber sido así se hubiera dejado caer de golpe sin medir la menor consecuencia. Una vez Cole estuvo tranquilamente recostado y con su mirada nublada puesta en el alto techo de la bodega, Charlie se aproximó a un costado de Matilda para contemplar la bala en su mano, como un pequeño trofeo.

    —Impresionante —dijo con cierto orgullo en su tono—. Ahora veo porque eres su favorita.

    Matilda la miró de reojo con desaprobación por su comentario. Supo de inmediato que hablaba de Eleven. Ese chiste sobre ser la “favorita” se había vuelto viejo demasiado pronto. Y ahora incluso se lo decían personas que nunca había visto antes.

    —¿Ya puedo desmayarme, doctora? —Pronunció Cole con debilidad, sonando precisamente ya cerca de la inconsciencia.

    —En un minuto —respondió Matilda, dejando caer la bala al suelo para enfocarse de nuevo en el agujero redondo aún abierto en el muslo de su amigo—. Ahora necesitamos cerrar esta herida de alguna forma para que deje de sangrar, pero no tengo nada… Déjame pensar en algo…

    —Yo me encargo —indicó Charlie de pronto, y con cuidado empujó a Matilda a un lado para posicionarse justo en su sitio y poder contemplar de cerca la infame herida muy, muy fijamente…

    Antes de que Matilda o Cole pudieran cuestionarle qué pensaba hacer, o incluso pudieran hacer el intento de detenerla, Cole comenzó a sentir un calor en su pierna que fue subiendo gradualmente, hasta convertirse en uno intenso y doloroso.

    —¡Aaaaah!, ¡oye! —Exclamó Cole, sentándose de inmediato inspirado por el dolor punzante. Tuvo la iniciativa de apartar su pierna de ella, pero Charlie la tomó con fuerza para evitarlo; todo eso sin apartar sus concentración del agujero.

    La carne en torno a la herida comenzó a quemarse y soltar humo. Y en cuestión de segundo, el agujero quedó cauterizado, dejando una mancha rosada rodeada de rojo.

    Una vez concluida su labor, Charlie sonrió satisfecha y se puso de pie.

    —Listo, como en el viejo oeste, vaquero —musitó triunfal, y al pasar a lado de Cole le dio un par de palmadas en su hombro.

    Cole se dejó caer hacia atrás en la camilla, aturdido por todo el dolor que lo habían invadido en cuestión de minutos. Por suerte, lo peor estaba pasando poco a poco, y en su lugar dejaba un ardor y comezón muy incómodos. Pero aún se sentía débil; quizás más mental que físicamente.

    Matilda se aproximó cautelosa a ver la herida, revisando que en efecto se había cerrado. Claro, el daño interno seguía presente, pero al menos el daño exterior estaba controlado… por el momento.

    —No es lo ideal, pero al menos servirá por ahora —indicó Matilda con seriedad, contemplando de reojo a Charlie. Ésta había ido caminando directo a uno de los pequeños refrigeradores para sacar unas cervezas.

    ¿En verdad había logrado cauterizar la herida sólo con el poder de su mente? Eso explicaba las explosiones y la activación de la alarma antiincendios en el vestíbulo del edificio de Thorn. Si era en efecto algo como lo que Matilda estaba pensado, sería quizás lo más cercano a la teórica habilidad de la piroquinesis que le hubiera tocado ver en persona. Aun así, sospechaba que se trataba de algo diferente a eso… y más complejo.

    —Gracias, Matilda —escuchó a Cole musitar despacio, llamando de nuevo su atención hacia él. El hombre rubio la observaba con una sonrisa débil, y extendía una mano hacia ella como le era posible—. Me salvaste… en más de una ocasión el día de hoy.

    —Alguien tiene que hacerlo, al parecer —indicó Matilda con cierto humor. Tomó entonces su mano entre las suyas, estrechándola con fuerza—. Ir a ese sitio tú solo fue muy irresponsable y estúpido de tu parte. Pero sé que lo hiciste por Samara, y por mí… Así que gracias…

    Matilda alzó despacio su mirada hacia los otros catres, especialmente en el que reposaba Samara.

    —Por tu estupidez, logramos salvarla —indicó Matilda, notándose incluso orgullo en su voz.

    Sin embargo, Cole no se sentía del todo contento u orgulloso por su gratitud. Y no era porque lo hubiera llamado estúpido o irresponsable, que quizás sí era ambas cosas. Ni tampoco porque fuera imposible para él sentirse feliz con esa herida en su pierna o por la “operación” tan improvisada. En realidad no podía sentirse feliz por haber “salvado” a Samara, pues sabía muy bien que en realidad no estaban precisamente cerca de lograr tal cosa. Y cuando giró su cabeza para contemplar a la niña, recostada plácidamente cerca de él… no pudo evitar que sus sentidos siguieran percibiendo esa neblina oscura y densa que la rodeaba, como un sofocante abrigo.

    —No la salvamos del todo, Matilda —musitó Cole con pesadez—. Tú misma viste lo que le pasó ahí. Ya no puedes negar que…

    Matilda alzó en ese momento una mano hacia su compañero, indicándole con una simple instrucción que se detuviera de decir lo que estaba pensando en ese momento. Cole, por mero reflejo, así lo hizo.

    —Hablemos de eso después, por favor —musitó Matilda, sonando extrañamente suplicante para Cole—. Por ahora sólo intenta descansar un poco, ¿quieres?

    —Lo intentaré, doctora —asintió el policía, acomodándose lo mejor que pudo en el catre. Sus ojos se fueron cerrando sin mucha oposición, pues de hecho parecían más que ansiosos por hacerlo desde hace rato.

    Matilda no supo identificar si ya estaba dormido cuando colocó cuidadosamente su mano de regreso a su costado, o cuando ella se apartó de la camilla caminando, pero definitivamente parecía más tranquilo.

    Charlie se había sentado en la mesa de la cocina con una cerveza en su mano de la cual daba pequeños sorbos. Kali se había acercado a su lado, y tenía también su propia cerveza en mano. Ambas contemplaron a Matilda, aproximándose a ellas con sus hombros caídos, y rostro ligeramente demacrado por el cansancio.

    —Siéntate un segundo, chica —indicó Charlie, señalando con su botella a una de las sillas vacías—. Tú también necesitas descansar. Tienes cara de que te va a explotar la cabeza en cualquier momento.

    Justo así era como Matilda se estaba sintiendo en esos momentos, así que sin protestar mucho se dejó caer en la silla. Un instante después, se sorprendió a sí misma al notar su mano presionada contra su hombro derecho. Sólo hasta entonces fue consciente de que su propia herida le había comenzado a doler. No lo suficiente para ser algo que ocupara su atención o preocupación, por suerte. Pero sin duda terminaría resintiendo todo el ajetreo de ese día de una u otra forma.

    —¿Una cerveza? —Le ofreció Charlie, y casi de inmediato se puso de pie y se dirigió a la nevera.

    —No bebo, gracias —respondió Matilda con seriedad, pero igual su anfitriona (si podía llamarla de esa forma) husmeó el interior del refrigerador en busca de algo diferente.

    —Supongo que tampoco fumas —murmuró Kali, que se turnaba entre su cerveza y su cigarrillo con bastante maestría—. No habrá mucho para ti por aquí, entonces.

    —Vas a hacer parecer que somos un par de viciosas —indicó Charlie como reprimenda, y se aproximó entonces a Matilda, colocando delante de ella una botella de plástico transparente—. También tenemos agua.

    Matilda contempló en silencio la botella, y como pequeñas gotas se formaban en su superficie debido a lo frío que estaba. Y de pronto, para sorpresa de las dos mujeres delante de ella, se abrió los primeros botones de su blusa, y se dejó al descubierto su hombro derecho, bajándose también un poco el tirante de su sujetador. Ambas pudieron ver entonces el área enrojecida y aún visible de su herida, así como los hilos negros que se mezclaban con su piel. Tomó entonces la botella con una mano, y en lugar de beberla la pegó contra ese sitio exacto, intentando calmar con el frío un poco de la molestia que había comenzado a sentir. Ni Charlie ni Kali hicieron pregunta alguna al respecto.

    —Gracias —musitó Matilda despacio, pero firme. Luego miró atenta a Charlie, y pronunció—: Necesito que me consigas algunos medicamentos para Cole; para el dolor, la inflamación y para prevenir posibles infecciones.

    —Y supongo que para ti también —respondió Charlie.

    —Si te queda tiempo. ¿Crees poder traérmelos?

    —¿Trae su talonario de recetas, doctora?

    Matilda achicó los ojos y arrugó el entrecejo en una expresión reflexiva al tiempo que hacía memoria. Miró disimuladamente hacia su bolso, colocado sobre la mesa delante de ella, y por un momento pensó que podría traer su talonario ahí. Sin embargo, tenía una imagen mucho más clara de éste guardado en el cajón de su buró, a lado de su cama en la residencia Honey. Así que era más probable que se encontrara aún ahí.

    —No… —murmuró con algo de pesar.

    —Sin una receta real será complicado —indicó Charlie, mientras se tallaba su barbilla con dos dedos—. Pero tengo mis métodos. ¿Qué medicamentos ocupas?

    —¿Tienen papel y una pluma?

    —A lado de mi computadora creo que tengo una libreta y un bolígrafo —indicó Kali, señalando hacia la camioneta, y Charlie se dispuso a ir en su búsqueda.

    Durante el rato que la mujer rubia se fue, Matilda y la mujer en silla de ruedas permanecieron en silencio. La psiquiatra siguió sujetando la botella fría contra su hombro unos segundos más, pero luego pasó a al fin abrirla y dar un trago de ella. Se volvió a su vez consciente que de sí tenía sed… y algo de hambre.

    Charlie volvió un poco después con la libreta y el bolígrafo en manos, y los colocó en la mesa frente a ella. Matilda dejó de lado la botella unos momentos y pasó rápidamente a escribir la lista de medicamentos; los primeros tres para Cole, y luego sólo un antinflamatorio leve para ella. Añadió a la lista un paquete de guantes de látex y alcohol médico, por si acaso. Pensó además si quizás agregar algo para Samara o la otra chica inconsciente, pero no se le ocurrió nada que pudiera ayudarlas dado el desconocimiento de su estado real. Quizás a lo mucho si alguna tenía dolor al despertar, el mismo analgésico les ayudaría.

    Cuando le pasó la lista a Charlie para que la viera, ésta sólo asintió, al parecer confiada en poder cumplir con el encargo.

    —Sólo no te expongas demasiado —le indicó Kali, severa—. La ciudad debe ser un caos en estos momentos.

    —No lo haré, mamá —respondió Charlie con tono sarcástico, mientras doblaba la hoja de papel y la guardaba en uno de los bolsillos de su chaqueta.

    Antes de retirarse, le echó una mirada rápida a Cole, recostado no muy lejos de ellas, pero evidentemente completamente dormido (o inconsciente sería más acertado).

    —Ese chico está loco por ti, ¿lo sabías? —Señaló de pronto, mirando a Matilda con picaría.

    Matilda alzó su mirada hacia ella, y luego miró con seriedad a Cole; sólo un segundo, antes de virarse de nuevo a su botella de agua.

    —Sí, lo sé —pronunció con asombrosa estoicidad, tomando por sorpresa tanto a Charlie como a Kali.

    —No era la respuesta que me esperaba —musitó Eight, genuinamente curiosa

    —Bueno, más bien lo supongo —añadió Matilda, dando justo después otro pequeño trago de su botella—. Eso explicaría porque siempre se ha portado tan bien conmigo, a pesar de que yo lo he tratado siempre tan mal.

    No tenía idea de por qué estaba hablando de eso con dos mujeres que justo acababa de conocer; ni siquiera estaba del todo segura de porque estaba ahí sentada con ellas, tomando agua con total confianza. Bien podrían ser nuevos enemigos en potencia, y esa botella incluso haber tenido algún tipo de droga. Matilda definitivamente no solía ser así de descuidada.

    Pero el día… semana… mes… había sido tan loco, que ya en esos momentos su mente no deseaba pensar en más de lo que fuera estrictamente necesario pensar. Quizás por eso mismo, le daba un poco igual abrirse sobre ese tema; o, quizás, abrirse sobre ese tema era justo lo que deseaba hacer, desde la noche anterior y tras esa visita espontanea de Cole a su casa.

    —¿Y a ti te gusta? —Preguntó Charlie tras un rato, apoyándose en la mesa para verla de más cerca. Su curiosidad de reportera parecía traicionarla.

    Matilda simplemente se encogió de hombro, arrepintiéndose justo después por el repentino dolor que le vino justo al hacerlo.

    —Por ahora sólo me interesa poner a Samara y a él a salvo. Si es que aún es posible.

    —Bien, entonces iré de una vez por tus medicinas —indicó Charlie, dejando (de momento) el tema de lado—. Mientras tanto, Kali te pondrá al día. ¿Puedes, amiga?

    —¿Tienes un par de semanas? —Bromeó la mujer en silla de ruedas, soltando algo de humo por la boca—. Son muchos años de historia que contar.

    Charlie le guiñó un ojo con complicidad, y entonces se dirigió sin apuro hacia su motocicleta, cubierta en esos momentos con una larga manta blanca, misma que la mujer de chaqueta negra retiró de un jalón para revelar la imponente máquina que se ocultaba debajo. La colocó entonces en neutral y la rodó hasta una salida opuesta a la que habían usado para entrar, y se perdió rápidamente de la visa expectante de Matilda y Kali. Cuando se escuchó a lo lejos el sonido del motor enciéndase y luego alejándose, Matilda fijó de nuevo su atención en a mujer delante de ella.

    —Bueno, sé quién eres tú, o al menos lo que El me llegó a contar de ti —musitó con seriedad, casi como si estuviera dando una declaración ante la policía—. Eres Kali Prasad, alias Eight. Sé que al igual que Eleven, fuiste parte de los experimentos secretos que el gobierno llevó a cabo en los 70’s y 80’s, y que dieron como resultado, deseado o no, la aparición de diferentes individuos con un poderoso, aunque inestable, resplandor. Sé que fuiste muy cercana a Eleven; ella incluso te nombra como su hermana cuando habla de ti. Y sé que estuviste involucrada en la creación inicial de la Fundación, pero que te separaste ésta por… diferencias de opiniones sobre el rumbo que debía seguir.

    Aunque Eleven nunca había profundizado demasiado sobre cuáles habían sido exactamente esas “diferencias de opiniones.” De hecho, salvo por sus habilidades de ilusionista que Eleven siempre usaba de ejemplo, lo que acababa de describir abarcaba casi todo lo que conocía de ese misterioso personaje. Y aunque ninguna de las dos era capaz de leer la mente, Matilda percibió que la mujer delante de ella se había percatado de esto.

    —Es un resumen bastante escueto de toda mi persona —musitó Kali con humor, seguida de un sorbo de su cerveza—. Pero acertado en cierta forma. ¿Qué hay de Ricitos de Oro y sus ojos de fuego? ¿El nunca te contó de ella?

    Matilda miró de reojo en la dirección en la cual Charlie se había ido, casi como si esperara verla aún ahí de pie con su motocicleta; por supuesto, no era así.

    —De esa mujer no estoy segura, pero… —miró sutilmente sobre su hombro, hacia la joven rubia dormida en la cama a lado de Samara—. Sí me mencionó hace poco que estaba buscando a alguien de nombre Abra. ¿Es esa chica?

    —Ni idea, pero en efecto esa muchacha se llama Abra —indicó Kali, señalando con su botella hacia la susodicha—. Es una jovencita tan hábil y fuerte como lo fue El a su edad, o incluso más. Conoció a Thorn hace algún tiempo, y ambos tienen una extraña relación que no me corresponde juzgar o comprender.

    Kali dio entonces una última bocanada de su cigarrillo, antes de aproximarlo al cenicero a su lado para apagarlo con algo de brusquedad.

    —Y la que acaba de salir en su moto —prosiguió—, es Roberta Manders, una simple reportera de New York. Aunque claro, eso cambia si la buscas por su nombre real: Charlie McGee.

    —¿Charlie McGee? —repitió Matilda con mero reflejo, arrugando de nuevo su entrecejo intrigada, pues aquello había retumbado en su cabeza por algún motivo.

    —¿El nombre te suena?

    —Vagamente…

    —Entonces tome otra botella de agua, doctora —anunció la mujer de piel oscura, al tiempo que encendía un segundo cigarrillo—. Porqué ésta será una larga historia…

    — — — —

    Lejos de su improvisado escondite, aunque cada vez más cerca, los perseguidores que Damien había mandado tras Matilda, Cole, Samara y Abra, avanzaban cautelosos por la ciudad. Kurt iba manejando una de las amplias camionetas oscuras de Thorn Industries, mientras a su lado iba sentada su supuesta guía. Mabel sujetaba en su regazo el tercero de los cilindros de vapor, del cual de vez en cuando daba una pequeña bocanada pero que en esos momentos permanecía sellado. La mayor parte del tiempo estaba con sus ojos cerrados y concentrada en rastrear a sus objetivos, o eso suponía Kurt. Hasta ese momento sólo le había dado algunas vagas indicaciones, pero mayormente lo habían hecho dar vueltas por la ciudad, aproximándose poco a poco, cuadra a cuadra en dirección al norte, pero sin tener aún ninguna dirección o punto exacto al que debían de ir.

    En el asiento trasero, a espaldas de Kurt, iba Esther, que había estado casi siempre mirando en silencio por su ventana, pero no perdiendo oportunidad de hacer alguno de sus sagaces comentarios si lo veía oportuno. Lily también estaba en el auto, pero en el asiento más al fondo, y sin ninguna intención de querer intercambiar palabra alguna con ninguno de ellos.

    El quinto ocupante, James la Sombra, estaba sentado justo detrás de Mabel, y durante casi todo el camino no le había quitado a Kurt su agresiva mirada de encima, como si en cualquier momento fuera a lanzársele para tomar su cabeza entre sus grandes manos, y romperle el cuello sin importarle si al hacerlo hacía que se estrellaran. La presencia de ese sujeto, y adición a las otras tres que tampoco lo hacían sentir demasiado tranquilo, provocaban que el guardaespaldas de los Thorn tuviera siempre una mano en el volante, y otra más en su pistola, guardada en su funda pero sin su seguro para sacarla a la menor provocación.

    Era un viaje bastante tenso, y con un peligro latente de que todo ello explotara en cualquier momento. Así que, aunque ninguno lo dijera, todos estaban de acuerdo en que lo mejor sería que toda esa cacería terminara lo antes posible. Pero la persona (o lo que fuera) de quién dependía directamente que eso ocurriera, no parecía estar teniendo los resultados esperados.

    Mabel abrió los ojos lentamente, tras haberlos tenido cerrados por dos minutos seguidos en los que parecía que ni siquiera hubiera respirado. Los segundo siguientes, sin embargo, no dijo nada y siguió mirando al frente, con su atención perdida en la lejanía.

    —¿Y bien? —Le cuestionó Kurt con algo de agresividad. Mabel, sin embargo, no se mutó y le respondió con asombrosa calma:

    —Están cerca, lo sé. Pero aún no logró ubicarlos por completo.

    Kurt chisteó, claramente incrédulo.

    —¿Y si eres capaz de hacerlo en verdad? O quizás lo que pasa es que no quieres hacerlo.

    —Cuidado con cómo le hablas —le amenazó James, inclinando un poco su corpulento cuerpo hacia la parte delantera.

    El guardaespaldas y exmilitar reaccionó de inmediato ante su sólo movimiento, sacando sólo un poco la pistola de su funda, lo suficiente para que James pudiera apreciarla sin que cupiera duda.

    —Tú eres quien debe tener cuidado, amigo —musitó Kurt, un ojo en la calle y un ojo en el Verdadero de atrás—. Mueve un dedo de más, y tu conejita es la que la paga, ¿entiendes?

    James lo observó en silencio, su mirada dura como piedra. Miró entonces de reojo a Mabel, y le sorprendió un poco al notar que ésta lo miraba de regreso, negando lentamente con su cabeza. Aquella indicación fue bastante clara para él, así que de inmediato volvió a acomodarse en su asiento, pero sin dejar de mirar al conductor.

    Kurt pudo también calmarse un poco, y regresar el arma a su lugar. Aunque claro, su mano derecha siguió fija en el mango de ésta.

    —Pareces muy tenso, Kurt —musitó Esther de pronto, inclinándose al frente y casi apareciendo repentinamente a un lado de la cabeza del conductor. Éste se estremeció un poco por la sorpresa, y casi perdió el equilibrio del auto, aunque logró controlarlo con bastante maestría. Esther rio divertida por su reacción, y entonces siguió hablando con ese tono provocador tan propio de ella—. ¿Acaso te estresa estar rodeado de tantas personas que podrían… matarte en un parpadeo si muestras el menor signo de debilidad? ¿Por eso cargas con esa fachada de macho alfa y no sueltas tu arma ni para conducir?

    —Regresa a tu lugar, fenómeno —le ordenó Kurt con brusquedad, sin interesarse mucho en medir sus palabras. La sonrisa despreocupada de Esther se esfumó un poco al oír tal comentario, aunque no del todo.

    La mujer de Estonia se inclinó más hacia él, colocando una mano sobre su hombro, y sus labios muy cerca de su oído para poder susurrarle:

    —Relájate, estás entre amigos…

    Kurt se estremeció casi como si le hubieran dado un zape con toda la palma en la cabeza, y de inmediato empujó a Esther haca atrás para alejarla de él. Ésta volvió a su asiento como él quería, pero antes de hacerlo del todo echó un vistazo al tablero y lanzó un último comentario al aire:

    —Y deberías echar gasolina, ¿sabes?

    Aquello obligó a Kurt a bajar su mirada hacia el indicador de la gasolina en el tablero. En efecto, la aguja roja estaba ya casi rebasando el último octavo, aproximándose a la peligrosa “E” al extremo del semicírculo. La noche anterior habían ido y venido a Malibú, así que no era de extrañarse que el tanque ocupara recarga.

    Un poco a regañadientes, Kurt se orilló para poder tomar una salida a la lateral y así poder ir a una gasolinera cercana. Dio con una justo unos tres minutos después, un poco más concurrida de lo que le hubiera gustado pero no era una situación para ponerse quisquilloso. Se colocó justo en la bomba número 4, apagó el motor, y entonces se giró hacia Mabel, haciendo su saco a un lado para que la mujer (o lo que fuera) viera con facilidad su arma; aunque no era como que necesitara enserio un recordatorio que estaba ahí.

    —Tú vienes conmigo —pronunció Kurt con seriedad, y claramente no era una sugerencia.

    —Nada de eso —saltó James de inmediato, abalanzándose al frente con la aparente intención de tomar a Kurt. Y éste, por supuesto, reaccionó al mismo tiempo para desenfundar su arma, dispuesto a volarle la tapa de su cabeza a ese sujeto sin importarle en dónde estaban; igual tenía suficiente gasolina para salir disparado de ahí de inmediato.

    Aquello definitivamente parecía que terminaría mal, sino fuera por la rápida intervención de Mabel, que de inmediato se giró hacia ambos hombres, colocando una mano sobre el brazo de James, y otra más sobre el de Kurt. Ambos, con su sólo tacto sobre ellos, se quedaron quietos en su lugar; prácticamente congelados.

    —Está bien, James —murmuró la Doncella despacio, con sus ojos color miel serenos y fijos en su compañero—. Está bien…

    James la miró de reojo, y casi por mero reflejo fue retrocediendo hasta colocarse de nuevo en su asiento; casi como si todo el enojo que lo había poseído hubiera simplemente desaparecido.

    Todo aquello ciertamente sorprendió a Esther, que observó en silencio.

    Una vez que James estuvo de nuevo sentado, la atención de Mabel se viró hacia Kurt, teniendo aún su mano posicionada en su brazo. El guardaespaldas la observó intentando parecer calmado, aunque lo cierto era que su cercanía, y la intensidad de sus ojos, lo habían puesto profundamente nervioso.

    —Tú das las órdenes, paleto —susurró la Doncella despacio, retirando entonces sus dedos lentamente de él—. Te sigo.

    Kurt no respondió nada. Simplemente guardó de regreso su arma, y salió apresurado de la camioneta. Justo como le había indicado, Mabel bajó también, y ambos se dirigieron al interior de la tienda de autoservicio para pagar la gasolina, y quizás comprar algunas otras cosas aprovechando la parada.

    —Paleto —murmuró Esther con tono jocoso—. ¿No se les ocurrió un mejor insulto?

    Volteó en ese momento a ver su compañero de asiento que, por supuesto, miraba atento por la ventanilla como Mabel y Kurt ingresaban en la tienda, y se perdían de su vista. Sus hombros tensos y puños apretaban dejaron en evidencia su incomodidad y enfado por todo eso.

    —¿Siempre eres tan posesivo con ella? —Musitó Esther con tono de burla—. Los perros falderos y en exceso leales tienden a aburrir a las chicas, ¿sabes? Aunque…

    Esther se aproximó en ese momento, moviendo su cuerpo por el asiento hasta prácticamente pegarse contra él, cadera con cadera. Sólo hasta entonces James se viró a mirarla, sorprendido y hastiado. El pequeño cuerpo de la mujer contrastaba demasiado en comparación al grande y corpulento de la Sombra.

    —A mí, alguien tan grande y varonil como tú difícilmente llegaría a aburrirme… —musitó con un tono coqueto, mientras movía sus dedos juguetones por el brazo izquierdo del hombre.

    —Por favor, ¿puedes dejar de ser tan asquerosa por un segundo? —Exclamó Lily desde el asiento trasero con fastidio.

    —Ah, ¿ya me hablas de nuevo? —Murmuró Esther con ironía, volteando a verla sobre su hombro un instante, aunque casi de inmediato giró su atención de regreso a James—. Ignórala, sólo es una pequeña diablilla a la que aún no le crecen los cuernos por la pubertad. Finjamos que no está aquí.

    Dicho eso, Leena se tomó el atrevimiento de colocar una de sus manos sobre el muslo de James, aunque sólo logró mantenerla ahí un segundo antes de que él la tomara y la apartara con algo de brusquedad; tanto que el delgado cuerpo de la mujer se inclinó hacia un costado en su asiento.

    —¿Cuál es tu maldito problema? —Cuestionó la Sombra con enojo

    Esther rio divertida, apoyándose sobre su codo en el asiento, y mirándolo sobre su hombro con una expresión claramente provocadora.

    —Ya sabes… lo usual. Madre muerta, padre abusador, un deseo insano de llenar mi vacío de amor con lo que pueda, y una violenta aversión al rechazo. ¿Y el tuyo?

    James la contempló en absoluto silencio por un rato; y, de hecho, esa bien podría ser la primera vez que en verdad la observaba. Claro, la había seguido de cerca desde Washigton, vigilando sus movimientos hasta que llegaron a Los Ángeles. Y por supuesto, ya sabía que a pesar de su apariencia, no era ni de cerca una niña. Pero, en ese mismo instante, el Verdadero se dio cuenta de que había algo más detrás de esa fachada; algo que se sintió en su interior como una sensación fría y dolorosa…

    —¿Qué demonios eres? —Soltó James de golpe, casi sin proponérselo conscientemente.

    Esther sonrió, de nuevo complacida por causar una reacción tan palpable en ese hombre.

    —Esperaba que ustedes pudieran decírmelo —canturreó Esther con sarcasmo—. ¿Te enseño un truco?

    Se estiró en ese momento hacia el frente del vehículo, específicamente hacia el encendedor de mechero, el cual presionó con su dedo para activarlo. Se quedó en esa posición un rato hasta que se calentara lo suficiente; James la observaba con confusión. Una vez que estuvo listo, retiró el mechero de la toma y se sentó de nuevo en su sitio. La resistencia en el interior resplandecía claramente de un intenso anaranjado.

    —¿Qué piensas hacer con esa cosa? —Exclamó James con cierta alarma, que de nuevo hizo que Esther riera entretenida.

    —Ya te lo dije, sólo quiero mostrarte un truco…

    Y sin más, la mujer de Estonia introdujo su dedo pulgar en el interior del mechero, como si de un puro se tratase. Soltó de inmediato un chillido de dolor, apretó sus ojos con fuerza y dobló su cuerpo al frente. Aun así, dejó el dedo en su lugar, hasta que el calor se fue esfumando poco a poco.

    —¿Qué demonios estás haciendo, demente? —Musitó James, inseguro sobre qué era lo que estaba ocurriendo.

    —Un segundo, guapo —susurró Esther, casi al borde de las lágrimas. Y entonces, sacó lentamente su dedo chamuscado y lo alzó hacia James, para que éste pudiera ver con claridad la forma oscurecida de la resistencia dibujada en su piel—. Y ahora… Tadá

    Y ante los ojos incrédulos de James, la marca de quemadura se fue difuminando poco a poco, combinándose con el tono normal de su piel casi como si alguien estuviera pasando un borrador sobre una hoja. Y tras unos segundos, el dedo de aquella mujer simplemente había vuelto a la normalidad; como si nada hubiera pasado.

    James observó aquello, atónito, aunque no era precisamente algo nuevo para él en realidad. Sí, en efecto ya había visto heridas curarse así de rápido antes; incluso en él mismo…

    —¿Eres una Verdadera? —Preguntó la Sombra con vacilación.

    —Soy bastante verdadera, cariño —le respondió Esther juguetona, y metió en ese momento su pulgar a su boca, quizás con la intención de calmar un poco el ardor que aún sentía en él—. Pero no sé a qué te refieres exactamente. Lo único que sé es que al parecer morí, y cuándo volví a la vida ya era así. Y entiendo que ustedes dos son algo parecido, ¿no es cierto?

    Una vez pasada la impresión inicial, James pudo pensar mejor en lo que acababa de ver, llegando rápidamente a la conclusión de que nunca había visto algo parecido antes. Aunque en apariencia parecía similar a cuando alguno de ellos se curaba de sus heridas o rejuvenecía, esto él lo había visto únicamente en el momento en el que consumían vapor. Y, dependiendo de la gravedad de la herida, solían ocupar bastante más vapor que el usual para poder curarse por completo.

    Además, lo que percibía de esa mujer, niña o lo que fuera, no era como lo que percibía en sus otros hermanos Verdaderos. Y se basaba principalmente en su olor, y esa esencia que la impregnaba. No era como la de los paletos, eso era seguro; pero definitivamente tampoco era como ellos. Así que, fuera lo que fuera esa mujer, no era una Verdadera.

    —No, no somos nada parecido a eso —le respondió James con sequedad tras unos instantes de silencio, y se viró entonces rápidamente de regreso a la ventanilla.

    —No eres tan interesante como guapo, ¿cierto? —Musitó Esther con ironía. Miró entonces más allá de la Sombra, notando que en efecto éste miraba de nuevo hacia la tienda—. ¿Qué tiene la tal Mabel para que le seas tan leal? —Comentó de pronto, sin recibir ningún tipo de respuesta o reacción por parte de James—. Ah, ¿coge así de bien?

    Aunque en efecto fue apreciable la molestia que aquel último comentario le había causado al receptor del mismo, sorprendentemente quien tuvo la reacción más notable fue Lily, que soltó un sonoro quejido de fastidio, y justo después de dirigió a la puerta más cercana a ella para abrirla con rapidez.

    —¿Qué?, ¿vas a intentar escapar de nuevo? —preguntó Esther.

    —Sólo iré por un jodido chocolate —respondió Lily con brusquedad, y se bajó de la camioneta de un salto, para luego caminar con paso veloz hacia la tienda, dejando la puerta abierta detrás de ella.

    —Tráeme uno —le gritó Esther con fuerza, pero Lily ni siquiera la volteó a ver.

    De todas maneras no importaba.

    —Al fin solos… —jugueteó aproximándose de nuevo hacia James para pegarse contra él.

    En esta ocasión, sin embargo, el Verdadero fue más allá con su reacción, y no sólo la apartó de él sino que encima también se bajó del vehículo, cerrando la puerta justo después casi en la cara de Esther.

    —Corrijo… —susurró despacio, acomodándose con sus dedos un par de mechones fuera del lugar—. Al fin sola…

    Se sentó derecha en su lugar para esperar a que sus “compañeros” volvieran. Apoyó su cabeza contra el respaldo, y miró pensativa hacia el techo del vehículo.

    — — — —

    El interior de la tienda estaba bastante más concurrido de lo que el exterior podía dar a parecer; lo suficiente para que Kurt se cerrara su saco y mantuviera su arma lo menos visible posible.

    Mientras el guardaespaldas hacía fila para pagar la gasolina, Mabel se tomó la libertad de alejarse un poco y caminar por los pasillos y revisar los estantes. Kurt la miró fijamente, indicándole con su sola mirada que no se le ocurriera hacer algo estúpido. Mabel sólo rodó sus ojos (de forma discreta) y caminó calmada por ahí, dando la impresión de que estaba buscando algún bocadillo para calmar su hambre. De todas formas sabía que Kurt no haría nada que fuera sospechoso con toda esa gente ahí. E igual ella no tenía pensado hacer nada “estúpido”; sólo tenía deseos de alejarse un poco de su casi captor, y despejar su mente.

    Despejar su mente… sí, quizás eso era lo que necesitaba.

    Caminó de manera distraída frente a los diferentes estantes y mostradores, pasando sus dedos por algunas de las superficies de estos. Pequeños destellos de recuerdos surgieron en su mente mientras hacía eso, de seguro pertenecientes a los paletos que habían estado recientemente por ahí tocando todo con sus aceitosos y regordetes dedos. Y aunque eran muchos, estos no la agobiaban en lo absoluto. Sus poderes estaban en perfecta sintonía, y su mente tan clara que podía acomodarlos de la forma adecuada para que no terminara siendo sepultada en ellos.

    Hacía mucho que no se sentía así de bien; quizás no desde antes de la infección…

    Pensaba también en lo que había ocurrido hace sólo unos minutos en el vehículo; como Kurt y James se habían detenido ante su sólo deseo. ¿Los había empujado para que lo hicieran solamente con su encanto natural? ¿O había sido algo más? Se sentía tentada a suponer que había sido lo segundo.

    ¿Era acaso gracias al vapor? Ciertamente había consumido bastante más en esos días de lo que había logrado consumir en los meses anteriores, o incluso en el último año. Pero, ¿suficiente para que los síntomas y la debilidad causados por la enfermedad desaparecieran? Temía que empezara a quizás confiarse de más, y terminara cayendo de nuevo en lo mismo…

    Su mente fue jalada de golpe lejos de esos pensamientos en el momento justo en el que pasó frente a un aparador de gafas oscuras. En cuanto sus ojos se posaron en el pequeño espejo que acompañaba dicho mueble para poder verse con los diferentes modelos, además de su propio reflejo pudo ver por encima de su hombro el rostro de alguien más; el reconocible y hermoso rostro de una mujer… con su perpetua chistera adornando su cabeza.

    Mabel mantuvo la calma, respirando lentamente por su nariz. Se viró discretamente para mirar de reojo sobre su hombro, esperando que al hacerlo aquella visión de ultratumba ya no estuviera ahí. Pero no fue así; de hecho, ésta incluso se atrevió a sonreírle triunfal, como un morboso saludo.

    —Los tienes dando vueltas por la ciudad como gallinas sin cabeza —musitó la figura de Rose, su voz resonando con completa claridad en sus oídos. Mabel reaccionó, avanzando ahora hacia el fondo de la tienda, aunque con más prisa que antes. Rose, o lo que fuera esa visión, la siguió sólo unos pasos detrás—. ¿En verdad piensas que alguien te creerá que eres incapaz de encontrar a la mocosa con las defensas tan bajas como las tiene?

    —Deja de hablarme —musitó Mabel en voz muy baja, esperando que nadie más la oyera—. Tú no estás aquí. Estás muerta…

    —¡No!, ¿enserio? —Exclamó Rose con falsa sorpresa—. ¿Y la culpa de quién crees que es?

    —¡No mía! —Soltó Mabel de golpe, sonando prácticamente ofendida por la evidente acusación.

    A diferencia de Rose, cuya voz en efecto no parecía ser captada por nadie más que ella, en cuanto Mabel pronunció aquellas palabras más de uno de los clientes de la tienda se viraron a verla; algunos de forma discreta, otros como Kurt de forma bastante más directa. Mabel disimuló, como si no se hubiera percatado de ello, y centró su atención en el estante de papas fritas, viendo cada producto como si realmente estuviera intentando decidirse por uno.

    —¿Por qué estoy viéndote? —Murmuró, de nuevo volviendo al tono discreto de hace unos momentos—. ¿Acaso la enfermedad que nos contagiaste ya consumió al fin mi cerebro?

    —Quisieras que fuera tan simple, ¿no? —Murmuró Rose con voz sarcástica—. Pero tú misma ya te diste cuenta de que has consumido suficiente vapor, y tu debilidad y síntomas se han aplacado. ¿No es cierto? —Mabel no respondió nada, pero en efecto era justo lo que estaba pensando unos momentos atrás—. Por lo mismo, deberías ser capaz de encontrar a esa chica y sus acompañantes sin problemas.

    —Es una ciudad demasiado grande y llena de personas. Hay muchas presencias…

    —Excusas —le cortó Rose tajantemente—. En nuestro mejor momento, podíamos distinguir fácilmente a seres como ellos entre la multitud; resaltaban como faros en la oscuridad. Lo que ocurre es que no quieres encontrarla, porque le temes.

    —No es cierto —respondió Mabel rápidamente, sólo hasta ese momento atreviéndose a mirarla de frente—. Solamente aún no he decidido qué hacer con exactitud cuando la encuentre. Ella podría ser la única que…

    Rose bufó con fastidio, girando el rostro hacia otro lado antes de que la Doncella pudiera terminar su explicación.

    —¿Sigues considerando siquiera la posibilidad de pedirle ayuda a la mocosa, cuando una mejor opción se ha presentado ante ti como caída del cielo?

    —¿De qué hablas? —murmuró Mabel con desconcierto.

    —¿Ni siquiera te diste cuenta? —le respondió Rose con una media sonrisa dibujada en sus labios—. Tu falta de visión me resulta más preocupante que molesta.

    Antes de que pudiera replicarle algo, y dejando un pequeño aire de misterio a su alrededor, Rose comenzó a caminar por el pasillo, esperando sin lugar a duda que la Doncella la siguiera; y así fue. Para esos momentos Mabel parecía ya haberse olvidado por completo que estaba prácticamente hablando con un fantasma, un engaño de su propia mente, o quizás alguna otra cosa que desconocía. Por ese instante, ella sentía que estaba realmente hablando con su antigua mentora y líder, siguiéndola fielmente en espera de escuchar su consejo. Y éste, por supuesto, no tardó mucho en llegar.

    —Su enfrentamiento de hace unos momentos los dejó muy débiles a ambos; a Thorn y a la tal Abra. Están vulnerables y expuestos, y tú debes aprovecharlo para así terminar con esto de una vez por todas. Encuentra a la chica, y exprímele todo, hasta la última gota de su vida. No guardes nada, consume hasta que revientes. Y luego haz lo mismo con todos los que están con ella… y también con las tres niñas.

    Mabel no tuvo que preguntar a qué tres niñas se refería; ella lo supo de inmediato.

    En ese momento, casi como un presagio, la puerta de la tienda se abrió y Mabel se giró rápidamente en dicha dirección. Su mirada se cruzó con la de Lily, que iba entrando despreocupada, aunque visiblemente molesta. Ambas se miraron unos segundos, antes de que Mabel se girara de nuevo a los anaqueles, restándole importancia. Lily siguió de largo en dirección al pasillo de los chocolates.

    —Cualquier rastro que te quede de la enfermedad, desaparecerá —añadió la voz de Rose cerca de su oído derecho—, y tus poderes se incrementarán como nunca. Serás invencible… más que suficiente para acabar tú sola con el mocoso paleto en su estado actual.

    —¿Invencible…? —Murmuró Mabel dubitativa—. Pero… ¿y qué hay de James?

    —¿Qué con él?

    —Debería compartir algo de ese vapor con él, para que también se cure y tenga fuerzas suficientes. Juntos tendremos más oportunidad…

    —Esto sólo funcionará si uno de ustedes obtiene todo el botín —respondió Rose tajante—. Y seamos honestas, las dos sabemos que la más poderosa siempre has sido tú. Y de todas formas, una vez que elimines a tus dos enemigos, ya nada los detendrá. Podrás recorrer de nuevo las carreteras libremente, y buscar a todos estos vaporeros que se han mantenido escondidos estos años. Podrás saciar sin problema tu hambre y la de tu hombre, e incluso crear un Nuevo Nudo… como su líder.

    Mabel se estremeció al escuchar esas palabras, sus pies quedaron petrificados en su sitio.

    —¿Un Nuevo Nudo? ¿Yo…? —Susurró con incredulidad, viendo de reojo como la figura de Rose pasaba caminando a su lado, y se dirigía justo a un aparador a un lado de la puerta principal de la tienda.

    —Siempre fuiste mi mayor esperanza para el futuro, mi Doncella —indicó Rose con solemnidad—. Cumple con tu deber, acaba con nuestros enemigos, y haz que nos alcemos de nuevo.

    Rose se paró delante del aparador, pero señaló con su cabeza justo a una parte superior de éste, en donde había varios sombreros. La mayoría eran de viaje, de paja o lona, frescos para la playa o un día caluroso. También había algunas gorras, y un par de boinas. Pero entre todos ellos resaltaba un modelo en específico, sintiéndose casi como fuera del lugar entre los otros: un sombrero negro y redondo, de estilo clásico; posiblemente un bombín.

    Mabel se aproximó lentamente hacia el estante, contemplando aquel sombrero tan anticuado con mucha atención. Extendió sus manos, lo tomó con exceso de cuidado, casi como si temiera romperlo, y lo sostuvo frente a su rostro. La tela oscura brillaba ligeramente cuando la luz resbalaba por él. Era tan común, incluso corriente. Pero aun así, le causó una palpable fascinación.

    —Somos los elegidos —escuchó la voz de Rose susurrándole justo a un lado de su oído—. Somos los afortunados. Somos el Nudo Verdadero…

    —Muévanse —escuchó la voz de Kurt pronunciar de golpe, sonando claramente como una orden.

    Mabel se viró hacia un lado, el momento justo para ver a Kurt dirigirse a la puerta con apuro. Lily venía detrás de él, con su chocolate en la mano. Kurt abrió la puerta y la niña salió sin voltear atrás. Kurt permaneció en la entrada, observando a Mabel con impaciencia.

    La Doncella miró una vez más el sombrero en sus manos, y entonces se lo colocó con cuidado en su cabeza, girándolo un poco para que quedara en la posición correcta. Le quedaba perfecto.

    Al mirar sobre su hombro una vez más, no le extrañó que, como las veces anteriores, Rose ya no estuviera más ahí.

    —Nosotros perduramos… —susurró despacio para sí misma, pero no reflejando ni un poco la nueva y firme resolución que había surgido en ella.

    FIN DEL CAPÍTULO 104
     
  5.  
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    Resplandor entre Tinieblas
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    Resplandor entre Tinieblas

    Por
    WingzemonX


    Capítulo 105.
    Volver a casa

    Adrián Woodhouse arribó a Los Ángeles ya avanzada la tarde, en un vuelo express desde New York. Apenas pudo descansar un par de horas tras bajarse de su largo vuelo desde Grecia, pero extrañamente no se sentía cansado. Su mente estaba demasiado ocupada en pensar en tantas cosas al mismo tiempo como para darse el lujo de cansarse.

    Su pequeña expedición a California sería uno de esos viajes discretos donde no llevaría ni guardaespaldas, ni asistentes, ni ningún tipo de séquito que pudiera llamar de más la atención. Si todo salía como quería, nadie se enteraría siquiera de que estaba en la ciudad, salvo la gente que fuera necesario.

    Solicitó un transporte privado en el aeropuerto con otro nombre, y con su poco equipaje en la cajuela se dirigió directo a Beverly Hills. Sin embargo, a pesar de sus precauciones, su atuendo más casual y sus gafas oscuras, desde que su conductor lo miró Andy detectó con facilidad que lo había reconocido, aunque aquel hombre de momento no hizo ningún comentario. Andy esperaba que, siendo Los Ángeles, ya estuviera bastante acostumbrado a transportar celebridades en su vehículo; algunos de seguro más famosos que él.

    El viaje comenzó fluido y rápido. Sin embargo, conforme fueron acercándose a su destino, su avance se fue desacelerando por el tránsito, hasta que tras unos minutos de incorporarse a una avenida principal, el vehículo prácticamente se quedó parado en el tráfico apenas avanzando un poco cada minuto.

    Pasados cerca de quince minutos sin que hubieran avanzado demasiado, Andy comenzó a impacientarse un poco; algo indignó de él, en la opinión de algunas personas.

    —¿Este tráfico es usual? —preguntó con tono pensativo desde el asiento trasero del Buick, mientras admiraba por la ventanilla a los demás automóviles.

    —Siempre hay tráfico a esta hora, pero no a este nivel —le informó el conductor—. Debió de haber ocurrido un accidente, o quizás alguna avenida está bloqueada por obras de construcción.

    —Entiendo…

    Andy no era ajeno a los congestionamientos de las grandes ciudades, ni siquiera los de ahí mismo en L. A. Sin embargo, no pudo evitar cuestionarse si de nuevo la mano interventora de algo, o alguien, le ponía trabas en el camino de cumplir su encomienda actual. Y si era así, y si el responsable era quién tanto sospechaba, realmente desearía que Él fuera más claro con lo que quería que hiciera exactamente.

    Aunque claro, quizás sólo sobre pensaba las cosas. Accidentes que arruinaban el tránsito podían ocurrir todos los días, sin intervención externa adicional a la propia estupidez humana.

    —Sr. Woodhouse —escuchó que el conductor le hablaba de nuevo, haciéndolo dirigir su mirada hacia la parte delantera. Logró percibir los ojos serenos del hombre reflejándose en el espejo retrovisor, aunque supo sin lugar a duda que estaba viendo directo hacia su reflejo—. Sé que de seguro se lo dicen todo el tiempo, pero tengo que decirle que en verdad lo admiro. Usted es una inspiración para mí.

    —Muchas gracias, lo aprecio —musito Adrián, procurando que se percibiera dicha al escucharlo, y no la absoluta indiferencia que le producía en realidad su comentario.

    Pese a que habitualmente lo disfrutaría, lo que menos le interesaba a Andy en esos momentos eran los vagos halagos de un donnadie como ese que desconocía la gran importancia de ese viaje en el que era partícipe. Sin embargo, su actitud inevitablemente cambió al escuchar el siguiente comentario que le compartió aquel hombre…

    —En especial me desgarró conocer la historia de su madre —musitó el chofer despacio, jalando una vez más la atención del músico hacia el reflejo de sus ojos en el espejo—. Yo... de cierta forma me identifiqué con usted cuando escuché cómo la ha cuidado todos estos años desde que la encontró, sin perder la esperanza de que algún día despierte. Sé que no es lo mismo, pero mi madre padece de Alzheimer, y estos últimos años… han sido difíciles.

    Hizo una pequeña pausa reflexiva, y entonces añadió por último:

    —Pero seguimos adelante; cada día hacia adelante, como usted siempre dice en sus canciones.

    Su madre… por supuesto que tenía que mencionar a su madre. Casi pareciera que supiera con anticipación la pequeña reacción que tenía en él ese tema en esos momentos. ¿Otra jugarreta de su padre, acaso?

    —¿Cómo te llamas? —le preguntó Andy sin muchos rodeos, tomando al conductor un poco por sorpresa.

    —¿Yo? George, señor. Para servirle.

    Andy inclinó entonces su cuerpo hacia el frente, posicionándose entre los dos asientos delanteros para así poder colocar una de sus manos justo sobre el hombro izquierdo del hombre. Ese sólo contacto provocó algo en el chofer; una sensación cálida que le recorrió el cuerpo entero, y que le impidió moverse o desviar su mirada en otra dirección que no fuera el camino al frente.

    —George —pronunció su pasajero con voz suave y clara—. Mantén siempre esa hermosa sonrisa en tu rostro, sin importar qué. Hazlo, y te prometo que todo será mejor de aquí en adelante.

    Esas simples palabras parecieron tener un curioso efecto en George. Le resultaron relajantes, como una pequeña ducha de agua caliente que se llevaba consigo cualquier preocupación o miedo; incluso aquellos que no sabía siquiera que cargaba. Y, justo como Andy le había solicitado, sus labios dibujaron una amplia sonrisa de alegría en ese momento.

    —Gracias, señor Woodhouse —murmuró George con una contagioso alivio en su tono.

    Andy se hizo hacia atrás, volviéndose a sentar con su espalda apoyada contra el asiento, y su vista fija en el exterior. No estaba seguro de por qué había hecho eso en realidad, pero tampoco tenía interés en cuestionárselo demasiado. Esperaba que al menos ese pequeño “empujón” le resultara de utilidad a ese individuo.

    —En cuanto puedas, ¿podrías orillarte? —indicó Andy de pronto—. Creo que caminaré desde aquí.

    —¿Está seguro? —le cuestionó George, un poco preocupado.

    —Sí, no te preocupes. El lugar al que voy ya no está muy lejos, y creo que llegaré más rápido a pie.

    No muy convencido, pero aún así con la disposición de obedecer, George hizo lo posible para cambiarse de carril y orillarse poco a poco hacia la acera del lado izquierdo. Le tomó algunos minutos, pero al final logró estacionarse en un pequeño lugar libre entre otros dos vehículos.

    Una vez que pudieron parar, el conductor se dirigió de inmediato a la cajuela para sacar el equipaje de su pasajero. Éste al mismo tiempo se bajó del vehículo, estirando un poco sus piernas y su espalda. Alzó su mirada al cielo, admirando a través de sus lentes oscuros el cielo despejado y luminoso de Los Ángeles. Aunque, a pesar del clima actual, su aguda nariz percibía un aroma lejano de humedad y tierra; en algún lugar quizás estaba lloviendo, y era probable que esas nubes cargadas de agua se estuvieran acercando a ellos poco a poco.

    Cuando bajó de nuevo la mirada, George ya había colocado su maleta en la acera a su lado.

    —Gracias, George —murmuró el músico tomando la maleta por su manija—. Fue un gusto conocerte.

    —El gusto fue mío, señor Woodhouse —asintió el hombre con humildad.

    Andy comenzó a andar en dirección a su destino, pero se detuvo apenas un par de pasos después y se viró rápido hacia el chofer, antes de que éste se subiera por completo de regreso al vehículo.

    —Una cosa más —le indicó con seriedad, alzando un dedo en su dirección—. Mi viaje aquí debe ser discreto. ¿Entiendes lo que digo?

    —Descuide, no se lo diré a nadie —respondió George con firme seguridad.

    —Confío en ti, amigo —comentó Andy, bajando un poco sus gafas para ofrecerle un pequeño guiño de complicidad.

    Aclarado ese puto, Andy comenzó a avanzar con paso relajado por la acera, arrastrando detrás de sí su maleta con ruedas. No estaba seguro si en efecto George le guardaría el secreto o no, pero al final quizás daría lo mismo. Sabía bien que sería imposible pasar del todo desapercibido en realidad.

    Caminó sin mucho contratiempo por varios minutos, abriéndose paso entre la multitud sin llamar demasiado la atención. Al menos un par de personas de seguro repararon en él, y quizás se preguntaron si en efecto era quien creían que era, pero sin llegar a mayores. Sin embargo, conforme más avanzaba y se acercaba a su destino final, más notaba que la multitud de gente iba en aumento, así como los vehículos atorados en el tráfico.

    Al final, al ya estar en la cuadra del Edificio Monarch, notó de inmediato las luces azules y rojas de las patrullas de policías estacionadas justo al frente. Además de los vehículos, estaban además varios uniformados que vigilaban la entrada, y claro los curiosos que observaban todo desde afuera pero sin poder acercarse demasiado por el cerco policial que habían colocado en la calle.

    Aquello dejó a Andy absorto unos momentos en su sitio, haciéndolo además pensar rápidamente en las posibilidades de que todo ese ajetreo no tuviera relación alguna con Damien; posibilidad que, sabía bien, era bastante improbable.

    Con algo de resignación en su paso, Andy se aproximó un poco más a los curiosos.

    —¿Qué ocurrió? —preguntó con voz neutra a un grupo de personas que estaban justo frente al cerco policial, observando atentos al edificio y grabando con sus teléfonos celulares.

    —Aún no dicen nada, pero parece que un par de personas se metieron sin permiso a un departamento o algo así —contestó un hombre con desinterés, sin voltear a verlo.

    —Claro, pasa eso en un edificio de gente rica y media policía de Los Ángeles está aquí —señaló con algo de disgusto una mujer a su lado—. Si pasara en cualquier otro vecindario, seguiríamos aún esperando que la policía llegara. ¿No le parece injusto?

    —Por supuesto —murmuró Andy en voz baja, sin reflejar realmente alguna emoción negativa o positiva al respecto.

    La mente de Andy se dirigió de inmediato a lo que Lyons les había advertido con respecto al próximo movimiento del DIC, y se cuestionó si acaso ya era demasiado tarde. Si algo tan grave como lo que temían hubiera ocurrido, esperaría que la seguridad de Damien se los hubiera notificado de inmediato… al menos claro que todos estuvieran muertos.

    Pensó si debía llamarle a Lyons y ver si acaso él podía confirmar sus sospechas con su supuesto contacto. O, si por otro lado, lo mejor era que ingresara a la escena y viera por su cuenta si podía obtener más información de lo ocurrido.

    Mientras pensaba en ello, su atención en la fachada del edificio se fijó en un hombre alto de traje negro que caminaba hacia el interior por la puerta principal, acompañado de dos uniformados. Los tres conversaban, mientras el hombre de traje señalaba hacia los edificios aledaños. A Andy aquel hombre le resultó familiar. Si no estaba equivocado, era uno de los guardaespaldas de Damien; le parecía que su nombre era William. Si aún estaba por ahí, era definitivamente una buena señal.

    Sin cuestionárselo demasiado, comenzó a andar al frente directo al cerco policiaco, y pasó a través de esté con todo y su maleta para dirigirse a las puertas principales del edificio. No le sorprendió que justo unos pasos antes de poder ingresar, uno de los oficiales de policía se interpusiera en su camino, y alzara una mano hacia él en señal de “alto” para detenerlo.

    —Disculpe, no puede pasar —le indicó el oficial, un hombre delgado de piel oscura.

    —¿Y eso por qué? —le preguntó Andy, fingiendo una inocente confusión.

    —Hay una situación. Pero no se preocupe, nos iremos en unos minutos.

    A Andy le alegró oír eso, pues la manera en que lo decía sonaba a que lo ocurrido no había sido tan grave; nadie había muerto, nuestro había sido secuestrado... Pero aún así, no tenía la paciencia suficiente para esperar “unos minutos”.

    —¿Hay algún herido? —cuestionó curioso, inclinando su cabeza hacia un lado para intentar ver hacia el recibidor.

    —No señor, todo está bajo control… —El oficial calló unos momentos, arrugó un poco su entrecejo mientras observaba fijamente a Andy, y tras unos segundos musitó—: Oiga, ¿usted no es…?

    —¿Cómo te llamas, hijo? —inquirió Andy de pronto antes de que el oficial terminara su pregunta, y al mismo extendió su mano derecha hacía él, sujetándolo con un pequeño apretón de su brazo.

    Los ojos del policía se quedaron quietos, al igual que todos los músculos de su rostro, como si fuera el de una estatua de piedra. Y tras unos instantes, respondió la pregunta de Andy con voz escueta y monótona, apenas abriendo lo suficiente su boca.

    —Vic Ramírez, señor.

    —Vic, en serio necesito pasar —murmuró Andy lento y claro.

    —Necesita pasar —repitió el oficial de la misma forma que antes.

    —Y tú no ves ningún problema con eso, ¿correcto?

    —No veo ningún problema con eso —afirmó totalmente carente de emoción en su voz, pero aun así cuando Andy lo soltó, él se hizo a un lado para dejarle el camino totalmente libre—. Pase, por favor.

    —Te lo agradezco.

    Andy ingresó al edificio como se lo proponía en un inicio, y el oficial Ramírez no hizo nada para detenerlo. De nuevo había tenido que recurrir a un pequeño “empujón”, pero en esa ocasión uno un tanto diferente al del buen George.

    Al pisar el vestíbulo, no tardó mucho en divisar a William frente a los elevadores, aun charlando con los mismos dos oficiales. Y éste no tardó tampoco mucho en darse cuenta de su presencia, como bien dejó entre ver su mirada llena de asombro puesta justo en él.

    —Un momento, por favor —le indicó el guardaespaldas a los dos oficiales, y sin espera se acercó con paso apresurado hacia Andy. Éste se quedó en su sitio, aguardando—. Sr. Woodhouse… —murmuró una vez que estuvo delante de él. Miró entonces sobre su hombro para asegurarse que no hubiera nadie lo suficientemente cerca, y entonces pronunció aún más despacio y con actitud bastante más sumisa que antes—: Maestro, ¿qué hace aquí…?

    William era bastante alto y musculoso; más que Andy, y sin mucho problema. Aun así, fue notable como su actitud se volvió temerosa en presencia del recién llegado; casi como un niño asustadizo. La presencia repentina y sin aviso del Apóstol Supremo definitivamente podía tener ese efecto.

    —¿Dónde está Damien? —cuestionó Andy de golpe y sin muchos rodeos.

    —Él está bien, está ileso —se apresuró William a aclarar—. Pero aún hay dos detectives arriba haciéndole preguntas.

    Andy miró de reojo hacia arriba mero instinto al escuchar eso. Al menos Damien estaba ahí y estaba bien, según ese hombre ante él declaraba. Pero era más que apreciable la indeseable atención que se había depositado en ese sitio, fuera ello culpa del DIC, o quizás de algún otro desajuste provocado por el propio Anticristo. Cualquiera de las dos opciones que fuera, era su deber intentar aplacarlo lo mejor posible, ya que estaba ahí.

    —Acompáñame y cuéntame todo lo sucedido —ordenó el músico, dirigiéndose sin más a los elevadores—. La versión real y la oficial.

    —¿Está seguro que es prudente que lo vean aquí en este momento? —le cuestionó William nervioso, mientras lo seguía con paso dubitativo.

    —Deja que yo me preocupe por eso. Tienes quince pisos para explicarte, así que empieza rápido.

    Andy presionó de inmediato el botón del elevador, y las puertas del más cercano a su derecha se abrieron. Ingresó a éste acompañado del guardaespaldas, que en efecto aprovecharía lo mejor posible para resumirle lo acontecido durante su ascenso.

    — — — —
    En el pent-house, los sillones de la sala habían sido colocados de nuevo en su lugar. Sin embargo, eso había sido prácticamente lo único que se pudo arreglar (además de sacar a Esther y Lily del edificio junto con James y Mabel) antes de que la policía subiera a ser su esperada investigación. Así que cuando los dos detectives, un hombre y una mujer de nombre Arnold y Samantha respectivamente, arribaron a la escena acompañados de otros dos oficiales, se encontraron con puertas derribadas, ventanas rotas, una mesa de centro hecha pedazos, agujeros de bala en las paredes y techos, y una extraña mancha de humedad en un suelo de madera desquebrajado como si algo pesado lo hubiera golpeado, además de varias manchas de sangre.

    Los hombres del equipo de seguridad de Thorn Industries mostraban algunos golpes, pero Damien Thorn estaba en apariencia totalmente ileso. El joven había logrado cambiarse sus ropas mojadas a tiempo, pero su cabello aún húmedo de seguro dejaba en evidencia que había estado en la piscina recientemente.

    Todo esto en conjunto de seguro hacía muy difícil que la policía se pudiera hacer siquiera una suposición de qué había ocurrido ahí con exactitud. Aun así, Damien respondió todos sus cuestionamientos con admirable tranquilidad, sentado en el apacible sillón individual de la sala. Y aunque su relato parecía en esencia creíble y bien estructurado, el escenario a su alrededor hacía que los oficiales no terminaran de aterrizarlo del todo.

    —Es difícil creer que sólo dos personas hicieron todo esto —señaló el detective Arnold, mientras presionaba la punta de su pie ligeramente contra la parte dañada del suelo.

    —No sé qué decirles, oficiales —les respondió Damien, encogiéndose de hombros—. Quizás tenían bastante rabia acumulada, y buscaban una excusa para dejarla salir.

    Los detectives caminaron en silencio alrededor, contemplando de manera inquisidora cada uno de los estragos. Los forenses ya estaban también ahí para ese punto, tomando fotografías como evidencia. No había habido como tal un crimen mayor que ameritara cerrar la escena y tomar muestras, pero dado el perfil de los afectados los superiores habían indicado que debían esforzarse un poco más de lo usual.

    —Repasemos una vez más los hechos, ¿le parece, señor Thorn? —propuso la detective Samantha, mientras se rascaba su cabeza con desconcierto.

    —Si quiere, pero no sé qué más esperan de mí —suspiró Damien con algo de cansancio—. Ya les dije todo lo que sé.

    —Sólo complázcanos —indicó la detective, sonriendo de manera fable—. Entonces, primero llegó el hombre que se identificó como policía, y unos minutos después la mujer. ¿Es correcto?

    —Me parece que sí.

    —¿Exactamente por qué autorizó que el primer hombre subiera? ¿Lo conocía de algún lado?

    —No. Cómo ya les dije, nunca había visto a ninguno de los dos antes. Y autoricé que subiera porque… —Hizo una pausa, y soltó entonces una pequeña risilla que quizás intentaba parecer inocente—. Bueno, si un policía viene y toca tu timbre, ¿no es lo que se debe hacer? Cómo ustedes dos que están ahora aquí parados haciéndome estas preguntas, por ejemplo.

    —Nosotros nos identificamos con nuestras placas en cuanto llegamos —intervino el detective Arnold, dando un paso al frente y extendiendo su respectiva al placa al frente para que el muchacho pudiera verla—. ¿Este hombre hizo lo mismo?

    —Le mostró su placa al guardia abajo, sino malentiendo.

    —Hablando del guardia… —murmuró la detective Samantha, abriendo su agenda de apuntes para leer algunas de sus notas anteriores—. Él nos mencionó que usted lo autorizó a subir una vez que dijo que lo buscaba por un asunto relacionado con una persona de nombre… —hizo una pausa en lo que buscaba en sus notas justo la que buscaba—. Samara Morgan. ¿Sabe usted quién es esta persona?

    Damien guardó silencio, contemplando atentamente a los dos detectives expectantes de su respuesta. El chico cruzó entonces sus piernas, y se apoyó por completo contra el respaldo del sillón.

    —Sí… —respondió despacio, casi sonando como un pequeño lamento—. Es una niña que fue secuestrada en Oregón de un hospital; lo vi en las noticias. Supuse que aquel hombre era algún policía investigando dicho incidente.

    —¿Y por qué vendría a preguntarle a usted al respecto? —cuestionó Arnold con curiosidad—. ¿Sabe algo, acaso?

    —Por supuesto que no —respondió Damien, casi riendo—. Pero no creí que me viniera a buscar a mí en realidad sino a mi tía, ya que ella estaba aquí conmigo en Los Ángeles hasta hace unas semanas. No sé, supuse que quizás el hospital donde esa niña fue secuestrada era uno de los tantos que Thorn Industries financia, y quizás buscaban a mi tía Ann por algo de información. No había mucho que yo pudiera darles, pero esperaba poder pasarle el mensaje a ella en cuanto pudiera. Sólo quería ayudar… Pero quizás mis pensamientos fueron un poco ingenuos; si soy culpable de algo, de seguro es de eso.

    Samantha y Arnold se miraron el uno al otro, y fue evidente que se cuestionaban qué tan factible les parecía aquella explicación.

    —¿En dónde se encuentra su tía en estos momentos?

    —En Chicago trabajando, supongo.

    —¿Y por qué usted no se fue con ella?

    —Me quedé a ver un par de universidades más en la zona, y fui invitado también a un torneo de tenis en el Club Rotario. Y por ahora, bueno… disfruto del agradable clima antes de volver a la monotonía de siempre. Eso no es un crimen, ¿o sí?

    Una amplia sonrisa despreocupada adornó los labios del joven Thorn, creando de hecho un cierto desconcierto en los dos detectives. Había algo extraño en ese chico que no sabían bien cómo describir. Todo lo que decía, y la forma en cómo lo hacía, sonaba bastante convincente, a pesar de que objetivamente todo ese asunto resultaba en exceso extraño. Además, les incomodaba un poco que en todo ese rato que llevaban ahí, se había mostrado calmado; quizás demasiado calmado, considerando la situación que los atañía.

    —¿Cuánto van a seguir con estas preguntas? —intervino Verónica de pronto, alzando su voz—. Por qué esto cada vez se está pareciendo más a un interrogatorio, y les recuerdo que el Sr. Thorn es aún menor de edad.

    La joven italiana se había mantenido hasta ese momento un poco apartada del asunto, de pie a un lado de la habitación sólo escuchando y observando. Pero en ese momento decidió dar un paso al frente para intentar terminar con eso lo antes posible, antes de que las cosas se fueran por un peor camino.

    —No es un interrogatorio, señorita… —murmuró Arnold, deteniéndose un momento al no tener vivido en su mente el nombre de aquella persona.

    —Verónica Selvaggio —respondió la joven rubia con firmeza—. Trabajo como asistente de la Sra. Thorn.

    —Bien, Srta. Selvaggio, como le dije esto no es un interrogatorio. Sólo queremos comprender mejor qué pasó aquí exactamente. Dos sujetos desconocidos entran, hacen un desastre, no exigen ni se llevan nada, y luego simplemente se van. Es muy extraño, ¿no le parece a usted?

    —No simplemente se fueron —señaló Verónica puntualmente—. El cuerpo de seguridad del Sr. Thorn se encargó de ahuyentarlos; ese es su trabajo, después de todo.

    Al comentar aquello, extendió su mano señalando hacia Jimmy, el tercer guardaespaldas de Damien, que en ese momento aguardaba de pie justo detrás del sillón del muchacho a que ocurriera cualquier incidente, por pequeño que fuera, que pudiera requerir su intervención. Los dos detectives miraron al hombre alto de piel oscura, que los miraba de regreso con cierto recelo. No parecía al parecer muy interesado en hacerlos sentir bienvenidos.

    —Cómo haya sido —señaló la detective Samantha a continuación—, si esto les incomoda de alguna forma, nos encantaría hablar mejor con la Sra. Thorn. Si es tan amable de contactarla por nosotros…

    —A quien contactaré será al abogado de la familia Thorn —lanzó Verónica, casi rozando la amenaza—, que de seguro nos recomendará no contestar ninguna pregunta más.

    —No se verá bien si hacen eso —le advirtió Arnold—. Podría parecer que no quieren cooperar con nosotros.

    —¿Cómo se atreve? —espetó Verónica, marcadamente ofendida. Y definitivamente estaba dispuesta a decir más, pero alguien más intervino abruptamente en ese momento.

    —Verónica —exclamó Damien, con la fuerza suficiente para llamar la atención de todos los presentes. Al mirarlo, la joven italiana se percató de la mirada molesta del chico, puesta fija en ella, y eso la desconcertó—. ¿Quieres guardar silencio y no meterte, para variar? Eres la asistente de mi tía, no la mía. Así que retírate, ¿quieres? Yo puedo atender solo a los oficiales.

    —Pero yo sólo… —intentó Verónica defenderse, pero los ojos centellantes de Damien le indicaron que su “petición” no dejaba lugar a explicaciones ni excusas de su parte.

    Verónica no tuvo más opción que agachar la cabeza y retroceder, alejándose del centro del escenario. Incluso cuando intentaba realmente ser útil, pareciera siempre de alguna u otra forma jalar la ira de Damien hacia ella. Esa situación ya la estaba realmente cansando.

    Una vez que Verónica se retiró, Damien volvió a sonreír afable como antes, y se centró de nuevo en los dos oficiales delante de él.

    —Discúlpenla, por favor —murmuró con un tono risueño—. Tiene el mal hábito de tomar atribuciones que no le corresponden. Como sea, la verdad es que yo estoy igual de confundido que ustedes con todo este asunto. No entiendo qué fue lo que esos sujetos buscaban o querían. No sé si querían secuestrarme, hacerme daño, o sólo tenían algún extraño resentimiento hacia mí o mi familia; no lo sé, en verdad. Solamente agradezco que Jimmy y el resto de mis guardaespaldas hayan estado aquí para protegerme. No sé qué hubiera pasado si no fuera así.

    —Es un jovencito muy elocuente al hablar, Sr. Thorn —señaló Samantha de pronto.

    —Quiero pensar que me lo dice como un halago, detective —farfulló Damien divertido por su comentario. Aunque, ciertamente, ni la propia detective estaba segura de con qué intención lo decía.

    Mientras la conversación continuaba en la sala, Verónica, entre enojada y quizás incluso un poco triste, se dirigió con paso apresurado hacia la puerta principal del apartamento, de la que sólo quedaba en realidad el marco, pues la puerta había sido derribada por Matilda al ingresar. Si Damien no la quería ahí, pues ella tampoco quería estarlo. Bajaría en el ascensor y se iría… en realidad no sabía adónde o a hacer qué, pero cualquier cosa sería mejor que eso.

    Sin embargo, antes de que Verónica pudiera salir del apartamento, las puertas del elevador delante de ella se abrieron, y de éste salieron dos personas. Verónica esperaba que fueran más policía, pero no. Uno de ellos era Willy, otro de los tres guardaespaldas. Y el otro era un hombre de gafas oscuras, barba y cabellos anaranjados que venía arrastrando una maleta detrás de él. En cuanto Verónica vio a este segundo individuo, se detuvo en seco en su sitio, y lo miró al menos dos o tres veces más para asegurarse que en efecto fuera quien le había parecido a primera vista.

    Y en efecto, sí lo era.

    —Sr. Woodhouse —murmuró la joven italiana con sorpresa.

    Andy se detuvo no muy lejos de ella, e igualmente la observó; incluso se retiró con cuidado sus gafas oscuras, quizás en un intento de contemplarla mejor. Era la primera vez que la veía en persona, no se diga tenerla tan cerca y frente a frente. Aun así, Andy reconoció de inmediato quién era.

    —Hola… —murmuró despacio, intentando sonar tranquilo—. Eres Verónica, ¿cierto?

    —¿Usted me conoce? —exclamó Verónica incrédula, y su rostro se pintó rápidamente de rojo.

    —Sí, claro —asintió Andy con seguridad, esbozando además una gentil sonrisa—. Ann me ha hablado mucho de ti…

    Eso, claro, sin mencionar el pequeño secreto que los involucraba a los tres. Ann le había dicho que Verónica no sabía (aún) la parte de ese secreto que lo involucraba a él. Y por su reacción, que no parecía muy diferente a la que tenía cualquier otro miembro de la Hermandad que conocía su puesto e importancia, intuía que en efecto así era.

    Andy había visto algunas fotos y videos de Verónica antes, en especial desde que ésta comenzó a trabajar con Ann. Pero al verla de frente, al tener a alguien supuestamente de su propia sangre justo delante de él, le resultaba una persona tan… común.

    Algunas veces pensó que si se encontraba con ella como en ese momento, sentiría algo o percibiría una cierta conexión, o alguna energía en especial provenir de ella, o quizás incluso tendría alguna visión. Pero no había pasado nada de ello. De hecho, desde su posición, esa chica no parecía más interesante o llamativa que cualquier otra mujer que pudiera haberse cruzado casualmente en la calle.

    Vaya decepción. ¿Sería esa chica en realidad su hija?; valía la pena cuestionárselo, ahora que al parecer conocía mucho mejor a la verdadera Ann Thorn.

    Pero eso no importaba de momento. El asunto que lo había llevado ahí era uno de muchísima más importancia.

    —Vine a ayudar con todo este asunto —indicó Andy, de nuevo con tono seguro y firme—. Willy ya me puso al tanto de lo sucedido. ¿Cómo está todo por aquí?

    Verónica se sobresaltó un poco, como si acabara de darse cuenta que de hecho le estaba hablando a ella.

    —Los detectives siguen interrogando a Damien —indicó la joven, virándose en dirección a la sala—. Creo que sospechan algo, y no los culpo. Todo esto fue… una verdadera locura.

    —Despreocúpate, Verónica —indicó el Apóstol Supremo, y avanzó entonces un par de pasos en dirección a la sala, dándole en su camino un par de palmadas reconfortantes a la joven mujer. Ésta lo siguió con la mirada, en realidad no del todo tranquila por su presencia ahí.

    Andy ingresó con calma a la sala, y su presencia no pasó desapercibida por ninguno de los ahí presentes; en especial, no pasó desapercibida para Damien.

    —Buenas tardes, oficiales —saludó el músico con elocuencia—. Soy Andy Woodhouse, amigo de la familia Thorn.

    —¿Andy Woodhouse? —masculló el detective Arnold, visiblemente impresionado—. ¿El Andy Woodhouse de…?

    —Sí, ese Andy Woodhouse en el que está pensando —respondió con tono burlón, incluso acompañado de un juguetón guiño de su ojo.

    Los detectives, y también el resto de los oficiales, se miraron entre ellos impresionados, aunque era evidente que su presencia tampoco los deslumbraba demasiado. Era claro que la policía de Los Ángeles solía involucrarse en casos de alto perfil con bastante frecuencia, aunque de seguro sí los había destanteado un poco con su repentina aparición.

    —¿Qué hace aquí?, si me permite preguntar —inquirió Samantha, intentando sonar calmada.

    —Cómo dije, soy amigo de la familia Thorn —contestó Andy sin vacilar—. Estaba en la ciudad, y la Sra. Ann Thorn se comunicó conmigo al enterarse de lo sucedido. Me pidió que acudiera de inmediato para verificar que su sobrino estuviera bien, y apoyarlo en todo lo que ocupara. Pero estoy seguro que mi presencia no es necesaria, y que todo se está manejando de la forma correcta en las manos del LAPD. ¿No es así?

    —Por supuesto que sí —respondió Arnold con apuro—. Es sólo que intentamos comprender bien lo que aquí pasó, Sr. Woodhouse. Hay ciertos detalles que no parecen tener mucho sentido.

    —Y estoy seguro que le encontrarán ese sentido muy pronto —indicó el músico, caminando a su alrededor, y dirigiendo sus palabras no sólo a los dos detectives sino a todos los demás policías—. Confiamos en todos ustedes para que lo hagan. Sin embargo, deben comprender que todo este suceso ha sido demasiado agotador para todos, en especial para Damien.

    Al mencionarlo, Andy extendió su brazo en dirección al muchacho en el sillón. Éste no reaccionó en lo absoluto; ni siquiera parecía estar parpadeando.

    —Por eso su tía necesita llevarlo lo antes posible de regreso a casa —complementó Andy su explicación.

    —No podemos permitirle que deje la ciudad todavía —denunció Samantha, dando un paso al frente—. Aún es posible que necesitemos hacerle más preguntas.

    —Y si eso pasa, sabrán justo donde encontrarlo, se los aseguro. Por ahora, les pediré, como un favor personal, que lo dejen respirar y descansar un poco. ¿De acuerdo?

    Adornó su comentario final con una de sus famosas sonrisas que derretían el corazón de sus fans, y que a veces resultaban más efectivas que sus pequeños “empujones”. Los policías, sin embargo, parecieron dudar un poco sobre qué hacer a continuación. Al final, sin embargo, el detective Arnold les indicó con un ademán de su mano al resto de sus compañeros para que se retiraran. Todos comenzaron a recoger sus cosas, y uno a uno comenzaron a salir, ante las miradas inquisitivas de Verónica, Jimmy y Willy; pero no la de Damien y Andy, pues estos sólo se miraban el uno al otro, inmóviles y en absoluto silencio.

    Los dos detectives fueron los últimos en salir, en específico Arnold, que antes de irse les indicó con un tono severo:

    —Seguiremos en contacto.

    Y justo después se retiró también del departamento. Los policías tuvieron que bajar un poco apretujados en el ascensor, pero una vez que las puertas de éste se cerraron, el pent-house terminó como tal libre de “intrusos”. Sólo hasta entonces ese extraño concurso de miradas entre Andy y Damien se detuvo.

    —Damien —murmuró el músico con solemnidad.

    —Adrián —le respondió el muchacho, con bastante menos interés en su tono.

    En personas comunes, eso podía llegar a considerarse un incómodo saludo. Pero siendo las dos personas que eran, eso sería simplificar demasiado el momento.

    —Déjenos solos —indicó Andy, virándose hacia Verónica y los dos guardaespaldas presentes.

    —¿Y qué caso tiene? —murmuró Damien con ironía—. No quedan muchos lugares con puerta a dónde puedan ir de todas formas.

    —Entonces, ¿por qué no salimos nosotros a la terraza? —propuso a continuación, extendiendo su mano hacia las puertas de cristal, en esos momentos rotas—. Enserio necesitamos hablar.

    Damien soltó un pequeño suspiro de fastidio, pero de todas formas se paró, se abrochó el botón de su saco y caminó hacia el balcón justo como se lo solicitaban; más por curiosidad que por deber. Antes de seguirlo, Andy miró a Verónica y a los otros dos, dándoles una pequeña indicación con su cabeza para que se quedaran ahí. Los dos guardaespaldas le respondieron con un ligero asentimiento de sus cabezas; Verónica, sin embargo, dudó un poco.

    Ya afuera, Damien se encontraba rodeando la alberca hasta dejarse caer en una de las sillas de piscina, sentándose de una forma despreocupada y relajada, casi exagerada.

    —¿Enserio viniste corriendo hasta acá sólo porque Ann te lo pidió? —le cuestionó con sorna al Apóstol, una vez que éste estuvo de pie a lado de su asiento.

    —En parte sí —respondió Andy con sinceridad—. Pero creo que ambos sabemos que no fue precisamente por… —señaló entonces en dirección al interior del departamento, a través de las puertas rotas de la terraza—. Lo que sea que haya pasado aquí en realidad.

    —Por supuesto que no. Mi querida tía sin lugar a duda fue a llorarte y a decirte que me estoy portando mal. Y como ni Lyons ni ella son capaces de jalarme las orejas, quieren probar si tú sí, ¿verdad?

    Damien soltó entonces una sonora carcajada de burla, y añadió por último sonando casi como un reto:

    —Quisiera ver que lo intentaras, enserio.

    Andy no pareció tomarse a mal su provocación, o si lo hizo no lo exteriorizó. De hecho, ésta de alguna forma le había parecido divertida, pues incluso una disimulada y despreocupada sonrisa le adornó los labios.

    —¿Puedo sentarme? —preguntó con tranquilidad, virándose hacia la silla justo al lado de la de Damien.

    El chico se encogió de hombros, indiferente.

    —¿Acaso tengo opción a decir que no?

    Andy no le respondió nada, y en su lugar sólo se sentó a su lado, aunque sólo en un costado de la larga silla para poder quedar volteado en dirección al chico. El semblante del músico era bastante calmado, como si estuviera moviéndose por terreno que no sólo le resultaba conocido, sino además cómodo. Esto a Damien le resultó inusual, pues que él recordara, en toda su vida sólo habían cruzado palabras máximo unas tres veces antes de ese día. Su mayor suposición fue que, a pesar de su supuesto papel como su Anticristo, Andy lo seguía viendo como un simple chiquillo tonto; no muy diferente a Lyons y los demás Apóstoles, incluida, en cierta medida, Ann.

    —Escucha, Damien —comenzó a decir Andy, con esa voz relajada y profunda que tanto lo distinguía—. Lo creas o no, yo comprendo esta faceta por la que estás pasando. Yo también pasé por lo mismo más o menos a tu edad, de hecho. Me cuestioné fuertemente si realmente todo esto que me habían dicho hasta ahora pudiera ser cierto, o sólo una sarta de tontería de ancianos locos a los que ya no les funcionaba del todo bien su maquinaria. Y el hacerse ese tipo de preguntas no tiene nada de malo. Cuestionar lo establecido, poner en tela de duda los dogmas y el “statu quo”, es la base misma de la que proviene nuestra fe.

    »¿No fue Satanás, después de todo, expulsado del Cielo por rebelarse contra todo lo que sustentaba la tela misma del universo en ese momento? ¿No cayó de la supuesta gracia por haber encarado de frente al Dios Falso, y cuestionarle sus planes para la humanidad? Se podría decir entonces que sólo estás demostrando el mismo valor y tenacidad que Él demostró.

    —Sólo estoy siguiendo los pasos de mi padre, ¿eh? —masculló Damien con marcado sarcasmo.

    —Por decirlo de cierta forma. Pero cómo te dije, entiendo por lo que estás pasando. Y si tienes realmente estás dudas sobre quién eres y el papel que has de desempeñar en los hechos que vendrán, es sensato que llevaras a cabo tu propia búsqueda de la verdad. Pero es igual de sensato preguntarte ahora, después de todo lo que has visto y hecho, después de recorrer este camino buscando a tus iguales… ¿A qué conclusión has llegado? ¿O no has aún encontrado una?

    Damien lo contempló en silencio, con estoicidad absoluta en su rostro, aunque su pie izquierdo se movió inquieto, meciéndose hacia un lado y hacia el otro sobre su talón.

    —Siendo franco, no lo sé —respondió de pronto, sonando casi como si intentara restarle por completo la importancia al asunto—. Si he sacado algo de toda esta experiencia, es que en efecto existen otros seres rondando por aquí con esta… oscuridad inherente en ellos como yo. Y de seguro hay más allá afuera; más de los que me imagino.

    Hizo una pausa en la que fijó su mirada en el agua de la alberca, la misma donde hace poco había estado flotando inconsciente tras haber sido lanzado con esa agresividad. El agua reflejaba escuetamente el cielo azul, que poco a poco parecía irse nublando pues podía percibir las sombras de las nubes moviéndose sobre ellos. El movimiento del agua era escaso, pero lo suficiente para alterar y deformar el reflejo; como un espejo que distorsionaba la realidad.

    —Pero —masculló despacio, pensativo—, al parecer ninguno de ellos es enteramente como yo. Ninguno se acerca a tener en ellos esto que he sentido rondándome desde que era niño, cuidándome y a la vez guiándome. Ninguno… salvo quizás…

    Calló de golpe, dejando su explicación inconclusa. Andy aguardó esperando que dijera algo más, pero tras un rato fue evidente que no lo haría.

    —¿Salvo quizás quién? —le cuestionó el Apóstol con curiosidad, pero Damien siguió callado.

    El nombre que estaba por pronunciar era sin duda el de Samara. Había algo en esa niña que lo tenía inquieto, y a la vez fascinado; algo que no era como lo de los demás. Pero, antes de que él mismo pudiera identificar qué era, no tenía interés alguno en compartir sus sospechas con Adrián, ni con nadie más.

    En lugar de responder, el muchacho se paró abruptamente de la silla, y con sus manos en sus bolsillos se aproximó a la piscina, hasta pararse a la orilla de ésta y poder ver su propio reflejo distorsionado en el agua. Así se sentía en esos momentos; como si una gran roca hubiera golpeado la superficie, y todo su ser se hubiera revuelto.

    —No estoy convencido de volver a creer en el cuento del Anticristo, Adrián —declaró ferviente sin quitar su atención del agua—. Y la verdad es que tampoco sé si podré volver a creer en ustedes como antes. Pero algo sí tengo seguro, y es que… —volteó en ese momento a verlo sobre su hombro, y Andy notó como una repentina y amplia sonrisa de satisfacción le adornaba su rostro— he comprobado que en efecto estoy muy por encima de cualquiera en este aburrido mundo. De los humanos comunes, de cualquiera de ustedes en la Hermandad, e incluso por encima de estos individuos que tienen el resplandor.

    —¿Resplandor? —masculló Andy con curiosidad—. ¿Así es como lo llamas?

    —Así lo llamaba la primera de ellos que conocí. Cómo sea, no sé si esto se deba a simple genética, gracia divida o… de otro tipo; suerte, o la mano y acción de alguien más. Pero lo que sea, dudo que vaya a encontrar la respuesta con ustedes.

    —¿Y dónde la encontrarás entonces? —le cuestionó Andy con un poco de severidad. Damien, sin embargo, no respondió, y en su lugar sólo viró en silencio su atención de vuelta a la piscina.

    Andy se puso en ese momento también de pie, y avanzó hasta pararse justo a su lado. El hombre ya adulto era relativamente más alto que él y de complexión más gruesa. Pero, al menos en sus respectivos reflejos en la piscina, ambos de hecho se parecían bastante.

    —Damien, eres un chico listo —indicó Andy—, quizás el más listo que he conocido. Y yo sé que tú mismo te das cuenta de que este camino no es el que te llevará a lo que quieres. Sólo mira el desastre tras desastre que ha ido ocurriendo desde que estás haciendo todo esto, y todos los enemigos innecesarios que te has ganado. La Hermandad no será perfecta, y de seguro crees que ya no somos dignos de tu confianza. Pero te ofrecemos al menos estabilidad, protección, y una manera de arreglar todo esto, y encaminar las cosas por la ruta correcta de nuevo.

    —¿Para que vuelva a ser el chico bueno y perfecto que quieren que sea a los ojos del mundo? —bufó Damien con fastidio, avanzando por la orilla de la alberca para alejarse de él.

    —Nunca hemos ocultado que en efecto tenemos grandes planes para ti. Y sí, tu comportamiento más reciente choca bastante con dichos planes. Pero al menos hasta que encuentres qué es lo que realmente deseas, ¿qué te impide seguir disfrutando de nuestra protección aunque sea un poco más? Quizás con el tiempo tú solo te convenzas de que éste es el sitio en el que debes estar.

    —¿Eso fue lo que te pasó a ti cuando quisiste cuestionar todo esto? —inquirió Damien desafiante, girándose de regreso hacia él. Ahora había un tramo de algunos metros entre uno y otro, pero la tenacidad de su mirada pesaba tanto como si estuvieran frente a frente.

    —Aquí sigo después de todo, ¿no? —respondió Andy, encogiéndose de hombros—. Y créeme, no fue porque no me haya cuestionado mi papel o mi deber, más de una vez. Ahora mismo incluso pasó por un momento bastante retador en ese aspecto.

    —¿Tú? —masculló Damien, escéptico.

    —Aunque no lo creas, es verdad. Pero aquí estoy, cumpliendo con mi deber porque creo en el mundo que construiremos todos juntos. Y en especial creo en Él… y en ti. Y sé que no me habrías escuchado tan paciente todo este tiempo si no hubiera una parte de ti que igual estuviera planteándose hacer esto justo que te estoy pidiendo.

    —¿Y qué me estás pidiendo exactamente?

    —Para empezar, volver a Chicago hoy mismo —sentenció el Apóstol con palpable firmeza—. Ir a casa, volver con nosotros, y en especial volver con Ann. Te necesitamos, Damien. Y tú a nosotros; Al menos de momento.

    —¿Y si me sigo rehusando?

    Andy volvió a sonreír, y se encogió de hombros.

    —El libre albedrio es una de nuestras creencias centrales, después de todo. Pero sé qué harás lo correcto. Como dije, creo en ti.

    Damien soltó un quejido, que bien pudo ser una risa o un suspiro. Se giró sobre sus pies para darle la espalda al Apóstol, y avanzó tranquilamente hacia el barandal que rodeaba la terraza, parándose justo enfrente de éste para mirar fijamente hacia el firmamento.

    Andy se quedó en su sitio, sin intención aparente de aproximarse a él, sino todo lo contrario.

    —Te dejaré un rato a solas para que pienses, ¿de acuerdo? —le informó despacio, y de inmediato se giró para dirigirse al interior del departamento. Avanzó un par de pasos, antes de detenerse y virarse hacia Damien una vez más—. Por cierto, me pareció curioso ese término que usaste hace poco: resplandor. Me gusta. Tuve una maestra cuando era joven y vivía en Francia; se llamaba Margaux Blanchard. ¿Alguna vez que te hablé de ella?

    Damien no respondió, ni dio indicio siquiera de haberlo escuchado, pero Andy estaba seguro de que sí.

    —Era una mujer extraña —indicó el músico con tono jovial—, pero sabía muchas cosas. Ella decía que estas personas con habilidades psíquicas que aparecían de vez en cuando, lo que tenían era un… toucher; un toque. Nunca lo entendí, en verdad. Un resplandor suena mejor.

    Dicho lo que quería decir, se giró de nuevo al interior del pent-house y prosiguió con su retirada. Damien permaneció frente al barandal, con su atención puesta en algún punto allá a lo lejos.

    Al ingresar a la sala, divisó de inmediato a Verónica, aguardando paciente sentada en uno de los sillones. En cuanto lo vio en el umbral de las puertas, se puso rápidamente de pie con apremiante preocupación.

    —¿Todo está bien? —le preguntó sin muchos rodeos.

    Al verla de nuevo, la impresión inicial de Andy se mantenía intacta. Seguía sin percibir algo especial en esa chica; algo que pudiera relacionar consigo mismo, que lo atrajera o repeliera, como sí sentía con Damien. Si en verdad era su hija, al parecer había heredado muchísimo más de su madre; aunque tampoco percibía mucho de ella en realidad. Era casi como un aburrido lienzo en blanco al que no se le antojaba siquiera mirar por demasiado tiempo.

    Era inevitable preguntarse si quizás era el mismo sentimiento que su Padre tenía hacia toda su descendencia. Eso explicaría algunas cosas.

    —Me parece que sí —le respondió el Apóstol, sonriendo despreocupado e intentando disimular su casi repudio hacia ella—. Me retiraré de momento, pero me pondré en contacto más tarde. Cuida bien de nuestro muchacho, ¿quieres?

    Verónica asintió lentamente como respuesta.

    Andy se dirigió a la entrada del departamento, donde también había dejado su maleta. Tomó su equipaje de la manija y la arrastró tranquilo hacia la salida.

    —Espero verte de nuevo pronto, Verónica —murmuró Andy con entusiasmo mientras se retiraba, aunque en realidad era mentira. Si estaba en sus manos decidirlo, preferiría no volver a cruzar caminos con esa jovencita, al menos que fuera enteramente inevitable.

    Una vez que se retiró, Verónica se dirigió a la terraza, aunque con cautela a cada paso. Tenía que andarse con cuidado, pues ya había tenido demasiadas malas experiencias lidiando con los impredecibles cambios de humor de Damien. Al salir, lo encontró aún de pie frente al barandal, quieto como estatua.

    Verónica se aproximó a él por detrás, cuidado incluso de no hacer ruido al caminar.

    —Damien, ¿estás bien? —le preguntó despacio, estando ya a unos cuantos pasos de su espalda.

    El chico no respondió de inmediato, y de hecho parecía que no pensaba hacerlo. Pero tras un rato, Verónica escuchó como murmuraba con un poco desdén:

    —Ya estarás contenta. Al fin te vas a salir con la tuya.

    —¿De qué hablas? —preguntó Verónica, confundida.

    Damien rio, y entonces se giró en su dirección y Verónica reaccionó con un pequeño sobresalto. Sin embargo, Damien no se dirigió a ella, y en realidad caminó pasándola de largo, y se dirigió hacia el interior del pent-house.

    —Prepara todo —indicó el muchacho en voz alta—. Volveremos a casa hoy mismo.

    —¿De verdad? —Exclamó Verónica, incrédula de realmente haberlo escuchado decir eso—. ¿Y qué hay de Samara, Esther y Lily? ¿O esos otros dos sujetos que enviaste tras los atacantes?

    El joven Thorn se detuvo unos momentos, quizás reflexionando al menos un poco sobre esa pregunta, y entonces respondió con sosiego:

    —Si tenemos suerte, volverán antes de nuestra partida. Y si no, bueno… tengo el presentimiento que de una u otra forma nos volveremos a ver.

    Y dada esa ecléctica contestación, siguió andando de regreso al departamento; tal vez a descansar, tal vez para ir arreglando sus cosas.

    Verónica estaba realmente asombrada, pero por supuesto que se sentía aliviada. Unos cuántos minutos con el Sr. Woodhouse, y Damien había al fin recapacitado. Era increíble; por algo era el Apóstol Supremo de la Bestia, a quien su madre al parecer respetaba tanto.

    Lo que fuera que hiciera o dijera, estaba en verdad contenta de que lo hubiera hecho.

    Al fin toda esa locura terminaría…

    FIN DEL CAPÍTULO 105
    Notas del Autor:

    Han sido un par de meses complicado, y sobre todo muy atareados. Las cosas están comenzando a estabilizarse, pero bueno… viene el fin del año, así que no se puede decir con seguridad las cosas que pasarán. Pero entre que son peras o son manzanas, les comparto este capítulo en el que estuve trabajando entre ratos libres, con un encuentro más que necesario entre Damien y Adrián. Las cosas parecen que se van a calmar, ¿no? Pero todos sabemos que eso no será tan fácil como Verónica cree…
     
  6.  
    WingzemonX

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    Resplandor entre Tinieblas
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    Misterio/Suspenso
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    Resplandor entre Tinieblas

    Por
    WingzemonX


    Capítulo 106.
    Nuestra única oportunidad

    El descanso de Cole fue tranquilo, al menos al inicio. Pero conforme pasaba el tiempo ahí recostado en la camilla plegable, la intranquilidad lo consumía cada vez más, volviéndose incluso palpable desde el exterior. Su rostro sudaba un poco, pequeños quejidos de molestia y miedo se escapaban de su garganta, y su cabeza se sacudía un poco hacia los lados, y en menor medida también el resto de su cuerpo.

    Una horrible pesadilla había empezado a acosar al policía de Filadelfia. Cualquiera podría quizás intuirlo con sólo ver sus reacciones, pero no serían capaces de adivinar del todo lo realmente horrible que ésta era.

    En su mente, Cole se encontraba de nuevo en el suelo de ese pent-house. Matilda no estaba con él, pero no estaba solo. A su alrededor había decenas de sombras oscuras sin forma que lo miraban y se reían de él. ¿Eran Damien Thorn y los demás individuos que estaban con él?; era difícil decirlo. Pero la angustia y el temor que lo invadían eran bastante parecidos a lo que sintió cuando estuvo ahí tirado, indefenso y a su merced.

    Distinguió entonces sólo una silueta con una forma definida entre ellos, pero esto estuvo lejos de ser más tranquilizador, pues era… ella… La niña de vestido blanco sucio y desgastado, con cabellos negros largos desalineados, y rostro gris demacrado; la Otra Samara. Ésta avanzaba hacia él arrastrando sus pies, dejando marcadas huellas húmedas en el suelo. Cole intentaba retroceder y alejarse de ella, pero sus piernas parecían pesar como si fueran de plomo, y era incapaz de siquiera arrastrarlas.

    Aquel espectro, uno de los más horripilantes que había visto en todos sus años, se paró abruptamente delante de él, inclinando el cuerpo en su dirección para que su rostro quedara cerca del suyo; demasiado cerca… Cole tuvo que apreciar con detenimiento los rasgos pálidos y arrugados de aquel ser, como lo había hecho por primera vez en aquella sala en Eola. Y sintió de nuevo toda esa rabia inhumana que surgía de ella como el calor abrazador de una llama.

    El único ojo visible de la niña se desvió de pronto hacia un lado, y Cole miró en la misma dirección por mero reflejo. Ambos miraron entonces hacia la mano de Cole presionada contra el suelo, pero ésta también sujetaba algo más entre sus dedos: un largo y afilado pedazo de vidrio…

    Cole lo contempló ensimismado, de la misma forma que quizás el Dr. Scott había visto aquel pedazo de porcelana de su taza rota hace tiempo; como si fuera algo extraño, curioso, y de cierta forma hermoso. Y sin siquiera cuestionárselo ni un poco, tomó firmemente aquel pedazo de vidrio, y lo dirigió directo al costado de su cuello, hundiéndolo casi hasta la mitad de una sola puñalada fuerte y directa.

    Sintió vívidamente el filo del vidrio abriéndole carne, y al instante la sangre caliente bañándole todas sus ropas, cayendo por su cuerpo como una pequeña cascada. Pero una vez no fue suficiente. Sacó el vidrio de un jalón y volvió a apuñalarse a sí mismo con fuerza una vez más, dos veces más, tres veces más… Comenzó a sentir como también se atragantaba, y la sangre comenzó inevitable a surgir de su boca.

    Era un sueño, y una parte de él lo sabía. Pero podía sentirlo todo por completo; absolutamente todo…

    Y mientras se provocaba a sí mismo esa mortal herida, los ojos de Cole se encontraban fijos en el rostro de la Otra Samara, que observaba todo quizás complacida. Y por más que una parte de la mente de Cole intentaba ordenarle a su mano que se detuviera, ésta parecía simplemente haber obtenido conciencia propia. O, más correcto, la conciencia de alguien más la movía por él…

    En el mundo real, mientras Cole estaba sumido en su terror, Matilda se le aproximó sosteniendo en sus manos sus medicinas. Notó de inmediato lo inquieto que se encontraba, incluso retorciéndose un poco en el catre. Matilda se agachó a su lado y acercó con cuidado una mano a él para agitarlo sólo lo suficientemente fuerte para lograr despertarlo.

    —Hey, Cole, despierta —le murmuró alzando un poco la voz.

    Cole despertó alarmado, estremeciéndose y casi cayéndose de su lecho si no fuera porque Matilda se lo impidió.

    —¿Qué? —exclamó Cole con debilidad, mirando a su alrededor aturdido como si no reconociera en dónde estaba. Además de todo, el movimiento tan repentino le causó un irremediable choque de dolor en su pierna, que nubló aún más su mente.

    —Soy yo, tranquilo —murmuró Matilda con un tono mucho más moderado, mientras lo acomodaba de regreso en el catre. Bajó rápidamente a revisar la herida cauterizada, temerosa de que se hubiera vuelto a abrir; de momento todo se veía bien—. ¿Tenías una pesadilla?

    —No… Bueno, tal vez —respondió Cole, su respiración aún agitada pero poco a poco volviendo a la normalidad. Sin embargo, tenía una mano presionada contra el costado de su cuello, temeroso de que aquella herida imaginaria fuera a materializarse espontáneamente.

    —Tranquilo, todo está bien —le susurró la psiquiatra con un tono suave y lento, mientras colocaba su mano derecha sobre su brazo—. Respira, profundo y lento.

    El dulce sonido de su voz, así como el delicado tacto de sus dedos, fueron una combinación ganadora para que la cabeza del policía se despejara, y fuera sacado por completo de aquella horrible pesadilla y traído de regreso al presente; incluso se atrevió a apartar su mano de su cuello, sin que hubiera derramamiento de sangre en el proceso.

    —Estoy bien, gracias —musitó despacio, y bastante más calmado. Se permitió sonreírle a su salvadora de manera despreocupada y noble, como solía hacerlo.

    —Ven, siéntate —le pidió Matilda, ayudándolo a sentarse en la camilla—. Necesito que te tomes unas pastillas. Ésta cada ocho horas, y ésta cada doce —indicó justo después, mostrándole los empaques del antinflamatorio y del antibiótico respectivamente—. Y sólo si el dolor se vuelve insoportable, te daré un analgésico fuerte. Pero espero que antes de llegar a eso ya hayamos podido llevarte a un lugar donde te puedan tratar de forma apropiada.

    —Yo espero lo mismo —respondió Cole con tono irónico. Al parecer estaba de muchísimo mejor humor.

    Matilda le acercó también una botella de agua para que pudiera pasarse ambas pastillas. Cole tomó una y luego la otra, soltando un pequeño quejido que era difícil decir si era de alivio o dolor. Se recostó de nuevo justo después con la ayuda de Matilda.

    —¿Cómo te sientes?

    —Lo mejor que puedo estar, supongo. Siento la pierna como si me hubiera pasado una aplanadora encima y me la hubiera hecho puré.

    —¿Y tu mano?

    Al oír esa pregunta, Cole alzó su mano derecha y la aproximó a su rostro para contemplarla mejor. La gran mancha negra sin forma definida decoraba aún su palma y dorso, en el sitio mismo en el que estuvo alguna ocasión aquel horrible agujero de bala.

    Aproximó los dedos de su otra mano al área oscurecida, presionándolos contra ésta con algo de fuerza. No sólo no sintió dolor al hacerlo: no sintió nada en lo absoluto.

    —Ésta no me duele nada —comentó en voz baja, prefiriendo no dar más detalles de momento. Su atención se viró entonces por sí sola en dirección a los otros dos catres, en específico al ocupado por la niña de la Isla Moesko—. ¿Samara aún no despierta?

    —No, ni tampoco la otra chica —respondió Matilda con moderada calma—. Físicamente me parece que están bien. Creo que con lo que sea que pelearon las dejó agotadas.

    —Yo no me preocuparía —añadió en ese momento la efusiva voz de Charlie, que se aproximó por un costado de la camilla. Antes de que Cole pudiera verla, lo primero que sintió fue su pesada mano dándole un par de palmadas en su hombro—. ¿Estás mejor, vaquero?

    —Algo así —respondió Cole con sequedad, mirándola de reojo. Traía en su mano una caja de comida china, con unos palillos de madera encajados en su contenido—. Disculpe, ¿su nombre era…?

    Charlie se dejó caer en el sillón cerca de ellos, adoptando una postura bastante relajada. Tomó los palillos de manera y comenzó a comer tranquilamente de su caja.

    —Llámame Roberta —le respondió con normalidad—. ¿Tienes hambre? Traje varias de éstas.

    —No mucha, en realidad —contestó Cole con desánimo.

    —Será mejor que comas algo, para que los medicamentos no te caigan pesados —añadió Kali justo en ese momento, acercando su silla hacia ellos. Sobre sus piernas llevaba tres cajas más de comida, y le extendió una de ellas a Cole—. ¿Cierto, doctora?

    Desvió su mirada hacia Matilda en busca de su confirmación.

    —Sí —asintió—, por esa y otras razones más, lo recomendable es que intentes comer aunque sea un poco.

    —Ya la oíste —remató Kali, colocando la caja sobre el regazo del hombre herido.

    Cole sentía su estómago un poco revuelto, además de que seguía débil. Aun así no le quedaban muchas opciones más que obedecer. Así que resignado, volvió a intentar sentarse en el catre para comer, lográndolo únicamente con la ayuda de Matilda.

    Mientras tanto, Kali aproximó su silla hacia el sillón, no sin antes dejarle en el suelo a un lado a Matilda la cajita que le correspondía, pese a que ella no parecía del todo interesada en comer en ese momento. En su lugar, pareció elegir mejor tomar la caja de Cole y los palillos, e intentar ayudarlo a comer para que no hiciera tanto esfuerzo. Tomaba los pedazos grandes de carne o verduras entre los palillos y los aproximaba a la boca de Cole con cuidado. El policía pareció un poco desconcertado al principio, pero al final aceptó el gesto con gusto.

    —¿No son adorables? —musitó Charlie con ironía mientras veía fijamente aquella escena.

    Matilda sólo la miró sobre su hombro unos instantes, pero de inmediato siguió con lo suyo ignorando el comentario. Si acaso la había hecho sentir apenada, lo había disimulado muy bien.

    Kali comió un bocado de su caja, y luego de masticar y tragar comentó:

    —Ahora que todos estamos calmados y somos amigos… tenemos que decidir qué hacer a continuación. La policía de seguro los estará buscando, o a dos que se parecen mucho a ustedes. Y bajo esas circunstancias no habrá forma de acercarnos de nuevo a Thorn. Al menos no a corto plazo.

    —¿Acercársele? —comentó Cole un poco desconcertado, aún con un bocado a medio masticar. Miró a Matilda, esperando ver si ella podía darle una explicación más clara de a qué se referían con eso. Lamentablemente, sí podía.

    —Ellas vinieron a Los Ángeles… para matar al chico —murmuró la psiquiatra sin muchos rodeos, tomando un poco por sorpresa al policía.

    —¿Matarlo? —murmuró despacio, mirando ahora hacia las dos mujeres del lado del sillón. Aquella que se había nombrado como Roberta no tuvo mucho reparo en responderle.

    —Sí, matarlo; por lo que le hizo a El. Es obviamente una amenaza para todos, y no una con la que puedes dialogar, ¿o sí? Me parece que tú lo intentaste, y mira cómo terminó eso.

    Al hacer el último comentario, señaló directo a la pierna herida de Cole, intentando dejar más claro su punto.

    —Les dije que yo no tengo deseos de participar en eso —aclaró Matilda rápidamente—. Y que Eleven tampoco querría que lo hicieran, y menos por ella.

    —Te sorprenderías de las cosas que Eleven querría o no hacer, dadas las circunstancias —comentó Charlie, acompañada de una pequeña sonrisa irónica—. Pero, está bien. Es evidente que no tienen el estómago suficiente para eso.

    —A usted le sorprendería saber lo mucho que aguanta mi estómago —le respondió Cole, claramente a la defensiva.

    —Tranquilo, vaquero. Estamos del mismo lado, aunque no lo crean.

    Los cuatro se quedaron en silencio, sólo mirándose el uno al otro como si estuvieran a mitad de un duelo, salvo que de vez en cuando alguno tomaba un bocado de su respectiva caja de comida china.

    —Les diría que pueden quedarse aquí el tiempo que quieran —murmuró Charlie tras un rato—, pero no creo siquiera que este sitio siga siendo muy seguro dentro de poco. ¿Tienen a alguien a quién puedan llamar para que los ayude a ponerse a salvo? ¿Alguien de la Fundación, quizás?

    —Yo no conozco a nadie de la Fundación de este lado del país, salvo Cody —comentó Cole sin pensárselo mucho—. Y no creo que pueda hacer mucho por nosotros desde Seattle. Tampoco tengo precisamente amigos en la policía de aquí. Podría llamar a mi capitán o a mi compañero en Filadelfia para que me contacten con alguien, pero quisiera dejarlo como el último recurso. Fue bastante difícil explicar hace unos días por qué quería reunirme con el Jefe de Policía para preguntar sobre Leena Klammer, y lo sería mucho más el cómo es que terminé en esta situación. Eso incluso podría empeorar las cosas. ¿Qué hay de ti, Matilda?

    La atención de todos se fijó en la psiquiatra, expectantes. La mujer castaña agachó su mirada pensativa hacia el suelo, posiblemente meditando en la mejor respuesta que pudiera dar. Aunque, en realidad, no tenía que pensarlo demasiado, pues ella tampoco conocía a alguien de la Fundación por esos lares. Pero eso no significaba que no tuviera a nadie, pues después de todo tenía familia y amigos cerca de ahí, a una llamada de distancia. Sin embargo... eran su familia y amigos, y la situación en la que se encontraba sobrepasaba cualquier cosa en la que alguno de ellos pudiera echarle una mano.

    —Nadie a quien desee meter en esta locura —susurró despacio tras un rato, casi como si doliera—. No sé siquiera si sería buena idea ir a mi casa en estos momentos. Aunque de seguro mi madre empezará a preguntarse en cualquier momento en dónde rayos me metí.

    Y de nuevo todo volvió al silencio, entrecortado en ocasiones únicamente por el sonido de los palillos raspando el cartón de alguna de las cajas de comida.

    —Ahora que lo pienso —musitó Cole tras un rato de meditación—, yo quizás sí conozco a alguien que nos podría echar una mano.

    —¿Alguien de la policía? —cuestionó Matilda, curiosa.

    —Sin policías —se apresuró Charlie a señalar tajantemente.

    —No son policías —aclaró Cole—, pero son algo quizás peor. Unos padres.

    —¿Padres? —farfulló Kali, curiosa.

    —Sacerdotes. Son los mismos que me contaron de…

    Hizo una pausa, y fijó su atención en Matilda, esperando que su sola expresión le dejara claro lo que intentaba decir. Y, al parecer, así fuera.

    —¿Del Anticristo? —musitó Matilda, insegura.

    Charlie tosió con fuerza, pues al parecer por la impresión de ese último comentario un poco de arroz se le había ido por otro lado.

    —¿Dijiste Anticristo? —inquirió la mujer rubia, intrigada.

    —Esa es historia para otro día —aclaró Cole—. Aunque suene raro, no son los religiosos habituales, y tienen a un par de ayudantes que… me atrevería a decir que parecen bastante acostumbrados a situaciones como ésta. Creo que ellos podrían darnos refugio en algún lado, o quizás sacarnos de la ciudad.

    —Sacerdotes traficantes, ¿eh? —asintió Kali—. Claro, me he cruzado con un par de esos.

    —Yo no dije que fueran…

    —¿Y cómo te pondrás en contacto con ellos? —le interrumpió Charlie, curiosa—. ¿Tienes su número para emergencias?

    Cole caviló un segundo.

    —No, en realidad siempre son ellos los que me encuentran a mí… de alguna forma. Pero conozco a alguien que de seguro tiene cómo comunicarse con ellos. ¿Puedes pasarme mi teléfono, Matilda? Por favor —pidió señalando con su dedo hacia la mesa, en donde habían colocado su teléfono y billetera.

    Matilda se paró rápidamente y se aproximó hacia la mesa. Se le notaba cierto apuro en su paso, y claro la situación en sí era lo suficientemente apremiante para merecerlo. Tomó el teléfono con una mano y se giró de regreso a la camilla. Al hacerlo, sin embargo, su mano terminó empujando la billetera de Cole, y ésta se cayó de la mesa abriéndose.

    —Lo siento, toma —señaló apresuradamente, extendiéndole el teléfono a Cole. Cuando éste lo tomó, ella regresó a la billetera para levantarla.

    La psiquiatra se agachó al suelo y recogió la billetera. La giró en sus manos con la intención de cerrarla y volverla a poner en su lugar. Sin embargo, al momento de echarle ese pequeño vistazo a su interior, sus ojos se fijaron de inmediato en algo que la dejó perpleja, y la obligó a quedarse viéndola mucho más tiempo del que quería en un inicio.

    La billetera tenía un apartado a un lado, especial para poner una fotografía pequeña que era visible a través de una película transparente. En éste, Cole tenía la fotografía de una mujer, de cabello castaño oscuro quebrado suelto hasta sus hombros, y unos hermosos ojos verdes. Sonreía afable hacia la cámara.

    Ese rostro, ese peinado, esos ojos…

    Matilda la reconoció casi de inmediato.

    —Hola, Padre Michael, ¿cómo está? —escuchó la voz de Cole pronunciar a sus espaldas, lo que le provocó un repentino respingo y la hizo cerrar de inmediato la billetera como si pudiera de alguna forma esconder su crimen.

    Se viró entonces al catre, en donde Cole ya se encontraba hablando por teléfono con alguien.

    —Me alegro, sí… —murmuraba como respuesta por el celular—. Yo, bueno… he estado mejor. ¿Recuerda ese asunto que le conté hace unos días? Bueno, se ha complicado un poco más de lo esperado, y necesito un poco de apoyo. ¿Cree que pudiera pasarme el contacto del padre Babato o del padre Alfaro? —Hubo una pausa en la que al parecer la persona al otro lado de la línea le hizo una pregunta—. Sí, creo que su nombre era Jaime, Jaime Alfaro. Supuse que también era amigo suyo; se ve que comparten su gusto por el vino… pero no es el momento, lo siento. Sería preferible que yo me comunicara directo con ellos. La situación es un poco complicada de explicar a un tercero.

    Hubo una pausa más, en la que quizás la otra persona se encontraba debatiéndose entre aceptar o no la petición. Al final pareció acceder.

    —Muchas gracias, padre. No se preocupe, estaré bien. No estoy solo. —Al comentar ello, se giró hacia Matilda, que ya se le había aproximado a él unos cuantos pasos con la billetera entre sus manos—. Lo mantendré informado de cualquier cosa, gracias.

    Cole cortó la llamada en ese momento y colocó el teléfono sobre la camilla a su lado.

    —Listo, me pasará el contacto de uno de ellos en unos minutos.

    Matilda por supuesto tenía bastante curiosidad por saber más sobre esos sacerdotes y el asunto del Anticristo. Sin embargo, de momento había algo más apremiante en su mente.

    —Cole —murmuró la castaña, aproximándose por un costado. Cuando Cole se viró hacia ella, Matilda le extendió la billetera abierta, señalando con su dedo a la fotografía en su interior—. ¿Quién es esta mujer?

    Cole echó un vistazo rápido a la foto, más por reflejo pues por supuesto sabía muy bien de qué mujer hablaba.

    —Es mi madre —respondió el policía con una afable sonrisa—, la encantadora Lynn Sear.

    —¿Tu madre? —exclamó Matilda pasmada; su rostro pareció incluso palidecer un poco.

    Sin darse cuenta del todo de la reacción aversiva de su compañera, Cole tomó su billetera e inspeccionó de cerca la fotografía. Era raro, si lo pensaba bien. Se había acostumbrado tanto a tenerla ahí, pero sentía como si en realidad no la hubiera visto en mucho tiempo.

    —Esto fue un tiempo antes de que comenzara las quimioterapias —añadió, sin rastro de amargura o tristeza en su voz—. Una de las últimas fotos que aceptó tomarse… Y así es como me gusta recordarla, en verdad.

    —Espera… —masculló Matilda, un tanto alterada—. Pero tú me dijiste… que tu madre… que ella…

    —¿Que murió? —complementó Cole—. Sí, así es. De cáncer, ya hace algunos años.

    Matilda retrocedió lentamente, se giró hacia la mesa y se apoyó contra ésta con sus dos manos. Respiraba lentamente, como si intentara calmar sus nervios, al igual que el pequeño temblor que le había surgido en las piernas.

    Esa mujer en la foto, la madre de Cole… era la misma que se había aparecido ante ella en el vestíbulo de aquel edificio; la que le había ayudado a subir al ascensor.

    “No permitas que nada malo le pase a Cole. Protégelo por mí…”

    Había pensado que se había tratado de algún tipo de proyección de alguien en algún lugar, pero… ¿un fantasma? ¿Lo que acababa de ver en ese sitio había sido un fantasma de verdad…? Aunque, si era honesta consigo misma, si acaso la visión que tuvo de la Otra Samara era real, significaría que entonces había visto dos fantasmas ese día en realidad…

    —¿Todo bien, Maty? —le preguntó Charlie desde su asiento. Al virarse hacia atrás, Matilda notó que los tres la miraban con una mezcla de confusión y preocupación en sus rostros.

    —Sí, sí… —se apresuró a responder, enderezándose y arreglándose sus ropas con apuro—. Es sólo que ha sido un día bastante largo… Discúlpenme un momento.

    Y con paso aparentemente tranquilo, empezó a marchar en dirección al baño del lugar, ante la mirada curiosa de las tres personas despiertas.

    Matilda no sabía cómo interpretar lo que había visto. ¿Aquella mujer había sido el fantasma de la madre de Cole, ayudándola a subir para poder rescatarlo? Luego de lo que había visto y sentido al momento de tocar a la supuesta “Otra Samara”, se sentía casi obligada a abrir su mente a las posibilidades. Pero, quizás, no estaba del todo lista para abrirla del todo.

    — — — —
    Los ojos de Mabel se abrieron en ese mismo momento, siendo jalada de regreso al asiento del copiloto de la camioneta, y su mirada se posó en la calle por la que Kurt iba conduciendo. Pero sólo un segundo antes, había estado ahí parada a mitad de la bodega que servía como escondite de sus presas. Los vio y los sintió, a pesar de que ninguno se percató de su presencia. Y aún sentada en ese vehículo, los seguía sintiendo con total claridad.

    —Los encontré —murmuró despacio, pero lo suficientemente alto para que todos los demás ocupantes del vehículo la escucharan—. Da vuelta aquí y sigue derecho —le indico a Kurt señalando con su dedo a la siguiente calle. El guardaespaldas se apresuró a hacer justo eso.

    El vehículo avanzó por la misma calle por más de quince minutos, hasta que dejó las casas y comercios atrás, y comenzó a adentrarse en un área industrial con varias bodegas y camiones de carga estacionados. Había grafiti en los muros y bolsas de basura acumuladas en las banquetas, pero se veía muy poca gente andando por la calle. Algunos lugares se veían aún en uso; otros más, estaban claramente abandonados desde hacía tiempo, o eran quizás el hogar secreto de algunos vagabundos, o incluso laboratorios secretos de meta o plantíos de marihuana. No se veía que la policía se metiera mucho por ahí en realidad, así que todo era posible.

    A Kurt le pareció un lugar ideal para esconderse. Sin embargo, ni aquel policía ni la mujer que había llegado a salvarlo tenían la apariencia de saber cómo moverse en sitios como ese. ¿Los estaría ayudando alguien más?

    —Detente —le indicó Mabel con un poco de alarma en su voz, apuntando al frente—. Orillate aquí.

    A Kurt no le agradaba en lo más mínimo el tono de mando que estaba usando para hablarle. Parecía tener la idea equivocada de que estaba en posición de darle órdenes. Aún así, se tragó de momento su molestia y se estacionó donde le indicó, justo detrás de un camión de carga cuya caja los cubría casi por completo.

    —Están en una bodega más adelante —indicó Mabel, apuntando al frente—. Y hay más personas de las que creíamos.

    —¿Más?, ¿cuántos más? —cuestionó Kurt, aprensivo.

    Mabel guardó silencio mientras observaba fijamente al frente, como perdida en sus propios pensamientos.

    —Además de la mujer de la telequinesis y el policía, hay dos mujeres más. Las dos también son vaporeras, y una de ellas… es una muy poderosa. La niña y Abra también están ahí, pero inconscientes.

    —¿Todos siguen vivos? —preguntó Esther con curiosidad, inclinándose un poco hacia el frente del automóvil—. ¿Incluso el puerco? Su herida era realmente fea.

    —Sí, está vivo —contestó Mabel con sequedad—. Pero débil. Nuestra verdadera preocupación serían las tres mujeres.

    —¿Estás segura de que no hay nadie más? —cuestionó Kurt con agresividad. Mabel guardó silencio sin dar respuesta alguna—. ¿Estás segura o no? —exigió el guardaespaldas más tajante.

    —No lo sé —respondió la verdadera con tono defensivo—. Necesito concentrarme un poco más para estar segura. —Se viró entonces hacia la parte trasera, mirando a su compañero del Nudo—. James, acompáñame afuera.

    Aquella petición tan repentina desconcertó un poco a James, aunque la reacción más palpable fue en efecto la de Kurt.

    —Nada de eso —espetó el guardaespaldas, dirigiendo de inmediato su mano hacia su arma. Pero antes de que pudiera sacarla, o siquiera tocarla con los dedos, Mabel extendió su propia mano hacia él, colocándola firmemente sobre su hombro.

    —Sólo iremos aquí afuera para poder enfocarme mejor —musitó la mujer despacio, mirando a Kurt fijamente a los ojos—. No hay nada de qué preocuparse, ¿de acuerdo?

    Kurt la observó atentamente. En su mirada se percibía confusión, tan profunda como si hubiera olvidado por un instante en dónde estaba. Tras unos segundos, Mabel retiró lentamente su mano de su hombro, y Kurt se sobresaltó como si acabara de ser sacado de un sueño. Miró entonces de reojo a James con desconfianza.

    —¿Y para qué lo quieres a él? —inquirió el guardaespaldas con escepticismo—. ¿Cómo te ayudará a enfocarte específicamente?

    —Tienes una mente muy sucia, paleto —exclamó Mabel de pronto, tomando por sorpresa incluso al propio Kurt con dicha acusación—. Nosotros los verdaderos tenemos una conexión única que tu débil y simple mente nunca sería capaz de comprender. Si en verdad quieres cumplir las órdenes de tu amo, danos sólo un poco de espacio y te daremos la información que requieres. Sólo será un minuto.

    Los dedos de Kurt tamborilearon sobre el volante. Se percibía vacilación en él, algo un poco inusual considerando que toda la tarde había estado bastante seguro de no darle ni un metro de libertad a la su rastreadora encargada. Y de seguro hace una hora no hubiera accedido ni por un asomo a lo que Mabel le estaba pidiendo. Sin embargo, en esos momentos por algún motivo su solicitud le estaba pareciendo bastante… razonable.

    Aunque claro, su “débil y simple mente”, como Mabel había mencionado, no era capaz de suponer que quizás esto se debía a una intervención externa. Y como tal, no dudó mucho antes de indicarles que hicieran lo que querían, con un escueto gesto de su cabeza.

    Mabel bajó del vehículo, abrazando el termo con vapor contra su pecho. James se bajó también por la puerta de la parte trasera, y ambos caminaron lado a lado hacia el frente del vehículo, y luego le sacaron la vuelta a la caja del camión de carga hasta pararse prácticamente a la mitad de la solitaria calle, llegando a un punto exacto en donde ni Kurt ni las otras dos niñas eran capaces de verlos.

    —Alguien se puso un poco altanera desde que tiene sombrero nuevo, ¿no crees? —masculló Esther, inclinándose al frente hasta colocarse justo a un lado de Kurt, y asustándolo de nuevo como la vez pasada—. ¿Al menos pagó por él? Lo que menos quisiéramos es que la policía nos esté buscando por ladrones de sombreros, ¿no crees, Kurt?

    —Vuelve a tu asiento, fenómeno —exclamó Kurt con molestia, su mano de nuevo apoyada contra la culata de su arma.

    Esther se limitó a sólo sonreír, y se sentó tranquilamente. Aunque en su mente le pasaron un par de cosas para hacer con ese sujeto tan bruto que al parecer no sabía cómo tratar a una dama.

    Mientras tanto, una vez que se detuvieron a la distancia adecuada, fuera de la vista o el oído de su cuidador, James le murmuró despacio a su compañera:

    —Tú en realidad no me necesitas para esto. ¿Qué es lo que ocupas realmente?

    Mabel tenía su mirada fija al frente, como si realmente estuviera observando aquella bodega más adelante en donde se ocultaban sus presas. Aquello era en parte cierto, pero en parte una simple actuación, justo como James lo había adivinado.

    —Ésta es nuestra oportunidad, quizás la única que tendremos —declaró Mabel despacio, pero con fervor acompañando a sus palabras—. Tenemos que matar a todos los que están ahí dentro, incluida la tal Abra… y también a la niña… —Hubo una pequeña pausa en ese momento, y entonces se permitió virarse sutilmente sobre su hombro derecho en la dirección que se encontraba la camioneta—. Y a esas otras dos también.

    El rostro de la Sombra se mantuvo en su mayoría inmutable ante la repentina proposición, aunque ciertamente sí lo tomaba un poco por sorpresa. No era que la opción le pareciera horrible o poco atractiva; era de conocimiento mutuo que no había nada que desearan más que hacer jsuto eso. Sin embargo, James creía que también ambos estaban de acuerdo en que ese no era el momento ni el lugar adecuado para un movimiento tan osado.

    —Pero Thorn… —murmuró James intentando explicar su inquietud, pero Mabel lo interrumpió de inmediato.

    —Thorn está vulnerable, aunque finja que no. Si consumo el vapor de todos estos vaporeros al mismo tiempo, tendré el poder suficiente para acabar con él de una vez por todas.

    —¿Estás segura…? —inquirió James, visiblemente inseguro.

    Mabel lo miró con marcada decepción en sus ojos.

    —¿Acaso no confías en mí?, ¿dudas de lo que te digo? —soltó la Doncella, acusadora. James sólo guardó silencio.

    Mabel respiró profundo por su nariz, y entonces se viró de nuevo al frente, en dirección a sus objetivos.

    —Tenemos que encargarnos primero de las tres mujeres —explicó—. Consumiendo su vapor, podré matar a ese estúpido paleto y a las otras dos. Abra y la otra niña serán las siguientes, y el policía para el final; ese será todo tuyo, ya prácticamente está muerto. Y con todas esas nuevas fuerzas, podré acabar fácilmente con el maldito mocoso.

    Parecía bastante segura de lo que decía, y esa seguridad más que causarle confianza a James debía admitir que lo ponía más nervioso. ¿De dónde habían surgido esas ideas tan repentinas? ¿Cuándo había decidido precisamente que ese debía ser su plan de acción? Todo aquello se sentía tan fuera del lugar… como aquello que adornaba su cabeza en ese momento.

    —¿Por qué traes ese sombrero? —cuestionó James de forma tajante, siendo una pregunta que tenía en su cabeza desde el momento justo en que la vio subirse de regreso al automóvil en la gasolinera—. Hace que te parezcas un poco a…

    Mabel se viró abruptamente hacia él, con expresión molesta; James rara vez la había visto así. Sin embargo, supo en ese momento que no habría forma de persuadiarla; llevaría a cabo su plan con o sin él. Así de firme era su nueva convicción.

    —Sabes que siempre estaré contigo, Mabel —expresó James unos instantes después, intentando no sonar vacilante en lo absoluto—. Hasta el final, siempre estaré contigo.

    La Doncella asintió, contenta con su declaración final. Miró entonces de nuevo a la calle, y le extendió el cilindro metálico que cargaba consigo para que lo tomara.

    —Consume todo lo que queda de vapor —musitó Mabel, sonando muy parecido a las casi órdenes que le daba a Kurt sólo unos minutos atrás—. Te necesito con todas tus fuerzas para esto.

    James tomó el cilindro, pero se percibía duda en él. Después de todo, nunca sabía cuándo volverían a aparecer los síntomas de la enfermedad, especialmente en ella. ¿Sería sensato desperdiciarlo todo de esa forma?

    —Yo estoy bien, y estaré mucho mejor en unos momentos —murmuró Mabel, percibiendo al parecer su incertidumbre—. Apresúrate o comenzarán a sospechar.

    De nuevo sonaba como una orden; y de nuevo volvía a la mente de James la imagen y la voz de su fallecida líder.

    Abrió sin mucha más espera el cilindro por completo, y el vapor comenzó a escaparse rápidamente por él. James aspiró profundamente por su nariz y boca, dejando que toda esa sustancia blanquecina y dulce penetrara en su cuerpo, y lo llenara de fuerzas con cada inhalación.

    Sintió las energías volviendo rápidamente a su cuerpo. El cansancio desapareció, su mente se aclaró, y sus músculos se endurecieron y marcaron más. Aquello fue tan intenso que en las últimas inhalaciones, sus dedos se apretaron contra el cilindro, abollándolo un poco. Una vez que estuvo lleno, se paró derecho y miró al frente con sus ojos centelleantes, sintiéndose tan bien como su primer día como un verdadero; casi como volver a nacer.

    —¿Listo? —murmuró Mabel despacio, a lo que James respondió solamente asintiendo.

    Ambos comenzaron entonces a caminar de regreso a la camioneta, con absoluta calma. Fingir normalidad y que nada fuera de lo esperado ocurría era una de las habilidades más sobresalientes del Nudo Verdadero.

    Mabel se paró justo a un lado de la ventanilla de Kurt. Éste bajó el vidrio para poder escucharla.

    —Sí, sólo están las personas que ya dije —indicó Mabel con profunda calma—. Si las tomamos por sorpresa, podremos acabarlas rápido.

    Kurt asintió. Era entonces momento de hacer para lo que realmente era bueno.

    El guardaespaldas se bajó rápidamente de la camioneta, azotando un poco la puerta detrás de sí. Se dirigió a la parte trasera acompañado de los dos verdaderos, y abrió la puerta de la cajuela. Había llevado consigo dos bolsas grandes color negro, que al abrirlas dejó a la vista varias armas de fuego; en su mayoría largas, y un par cortas.

    Los tres comenzaron a tomar, revisar y cargar los rifles de asalto, así como un par de pistolas adicionales. A pesar de su apariencia tan normal y cotidiana, era claro que tanto James como Mabel no mostraban la menor vacilación cuando de armas de fuego se trataba. Esto fue algo que llamó bastante la atención de Esther, que miraba hacia atrás desde su asiento.

    —¿Podrás seguirnos el ritmo, paleto? —cuestionó James, un poco agresivo en su tono.

    —Soy un soldado entrenado —contestó Kurt con brusquedad, mientras colocaba una carga completa en su rifle con bastante maestría—. Ustedes… sólo son unos monstruos.

    —Monstruos que cazaban a los tuyos muchísimos antes de que tus abuelos siquiera nacieran —le advirtió Mabel, mirándolo de reojo inquisitiva—. Y espero que tu supuesto entrenamiento sea tan bueno como crees, pues ahí adentro ninguno saltará a salvarte si las cosas se complican.

    —Como si lo necesitará —exclamó Kurt con amargura, y cerró en ese momento la puerta trasera con fuerza. Aún había algunas armas adicionales en las maletas, pero igualmente cargar demasiado tampoco sería del todo conveniente—. Ustedes dos quédense aquí y no se muevan —le ordenó el guardaespaldas a Lily y a Esther al pasar justo al lado de la ventanilla de esta última.

    —Lo que digas —masculló Esther con aburrimiento sin voltear a verlo.

    Los tres se dirigieron con paso sigiloso al frente, intentando ocultarse detrás de los vehículos de carga. Seguían atentos las indicaciones de Mabel, que era quien conocía la posición exacta de su objetivo.

    Esther contempló en silencio por el parabrisas, hasta que salieron enteramente de su vista. Resopló con fastidio, levantando con el aire un mechón de su cabello que le había caído sobre la cara, y se recargó por completo hacia atrás contra el respaldo de su asiento. Sólo quedaba esperar, al parecer. Y aunque la idea le resultaba un tanto aburrida, de momento le sonaba mejor a la alternativa.

    No tenía en absoluto interés en ir a jugar a los mercenarios contra psíquicos en una vieja bodega, en especial tras haber visto como aquella mujer había sacudido a Kurt y los otros como si fueran simples juguetes. No conocía aún todos los trucos que los dos verdaderos o lo que fueran tenían bajo sus mangas, pero tenía el presentimiento de que todo terminaría de manera similar. Y siendo así, quizás lo más sensato sería planear su propia ruta de escape…

    Kurt se había llevado las llaves consigo; astuto. Pero había dejado un decente arsenal de armas en la parte trasera; algo podría hacer eso…

    —Oye —escuchó abruptamente la voz de Lily pronunciar, tomándola un poco por sorpresa. Esther se viró rápidamente hacia un lado, y divisó a la niña inclinada hacia el frente, apoyada en sus brazos contra el respaldo de los asientos, y mirándola con seriedad.

    —¿Ahora sí ya me hablas…? —masculló Esther con ironía, pero Lily no le dejó decir demasiado.

    —Cállate un segundo y escúchame —espetó Lily con voz beligerante—. Luego haz lo que te dé la gana.

    Esther arqueó una ceja, intrigada. Siempre había sido un poco complicado leer en el rostro casi de piedra de Lily qué era lo que sentía, salvo ese par de veces recientes en las que el miedo y la frustración parecían dominarla. Esa ocasión no era la excepción, pero Esther sí pudo detectar que había un poco de preocupación asomándose por debajo de su agresividad convencional.

    —¿Qué te pasa ahora? —murmuró Esther, severa pero también curiosa.

    Lily alzó su mirada al frente, en la dirección en la que los otros tres se habían ido.

    —Esos dos… están tramando algo —susurró despacio—. No sé qué, pero pude percibirlo vagamente en el grandote. Su mente es un revoltijo como la de la otra, pero no al mismo nivel. Al menos sus pensamientos fueron lo suficientemente claros para poder darme cuenta.

    —No me digas —susurró Esther con ligero interés—. ¿Y están tramando qué con exactitud?

    —Ya te dije que no lo sé bien —le respondió Lily con brusquedad—. Pero no creo que sea algo favorable para nosotras, así que yo me iré ahora que puedo. Y si eres un poco inteligente, harás lo mismo…

    Y sin esperar respuesta, abrió la puerta a su lado y se dispuso a bajar de un salto del vehículo; y, en efecto, a alejarse de ese sitio lo más pronto que pudiera. Esther la contempló en silencio sin intención aparente de querer moverse. Quizás estaba cavilando un momento sobre cuál sería su mejor accionar dada la nueva información. Por supuesto, la sugerencia de Lily resultaba la más lógica; sin embargo…

    Los ojos verdosos de la mujer de Estonia se movieron lentamente de regreso al frente, exactamente en el último punto en el que había visto a esos tres antes de que se alejaran por completo. En esos momentos el atardecer se sentía cada vez más cerca, pero además el cielo había comenzado a nublarse, lo que hacía sentir que era de hecho más tarde de lo que era.

    —Creo que va a llover —susurró Esther despacio al percibir un aroma a humedad y tierra que entraba por su ventanilla.

    — — — —
    En el edificio Monarch las cosas ya se estaban calmando. La multitud de curiosos ya se había comenzado a disipar, y ya quedaban sólo unos cuantos coches patrulla estacionados en la parte de afuera. Los residentes y visitantes ya podían entrar con mayor libertad, aunque igual la presencia de algunos policías en el vestíbulo los tenía un poco nerviosos. Pero como fuera, y a pesar del hecho tan inusual y problemático que había sucedido, las cosas parecían poco a poco tender a la normalidad.

    Aunque no todos los ojos curiosos se retiraban aún. Un par de estos, de hecho, se encontraban sentados en la mesa exterior de una cafetería al otro lado de la calle, desde la cual observaban atentos al edificio, y en especial a la punta de éste; a su ya en ese momento infame pent-house.

    El padre Alfaro y sus acompañantes habían llegado hacía apenas unos veinte minutos, quizás un poco más. En cuanto llegaron, Carl se encaminó hacia el edificio para poder hablar con algunos de los oficiales. Carl y Karina tenían algunos conocidos que con sólo pronunciar sus nombres les podía abrir varias puertas; y si no, la sola apariencia intimidante de Carl muchas veces bastaba para que las personas eligieran ser un poco más cooperativas.

    Mientras Carl estaba en lo suyo, Karina y Jaime habían aguardado de pie frente al edificio. Jaime apenas y había dicho media palabra durante el camino, y la situación seguía parecida estando ahí de pie. Esto sin lugar a duda preocupaba un poco a Karina, pero no tenía claro qué debía hacer o decir; normalmente eran ella quien solía hablarle a los sacerdotes de sus problemas, no al revés.

    Pasados algunos minutos, Karina consideró que su presencia ahí comenzaría a llamar demasiado la atención, así que sugirió que se movieran un poco hacia el café. Ahí podría sentarse, esperar, y de paso beber algo. Jaime aceptó la propuesta con escueto entusiasmo, mas aún desde su asiento no quitaba su atención de aquel sitio. Estaba viendo fijamente a la otra acera cuando Karina se fue a pedir los cafés, y lo estaba aun cuando volvió con ellos; incluso parecía no haber cambiado siquiera de posición.

    —Padre Alfaro —pronunció la mujer en voz alta para llamar su atención. El sacerdote reaccionó lentamente, virándose apenas lo necesario hacia ella—. Aquí tiene —murmuró extendiéndole su vaso de café.

    —Gracias, Karina —asintió el sacerdote, tomando el vaso y colocándolo en la mesa delante de él; pasaría algunos minutos antes de que le diera el primer sorbo—. ¿Carl no ha vuelto? —cuestionó apurado en cuanto Karina se sentó delante de él.

    —Creo que aún no. Debe estar intentando averiguar lo más posible.

    Ambos se quedaron en silencio en ese momento, sólo bebiendo de su café, y con sus atenciones claramente dispersas.

    —¿Se encuentra bien, padre? —se aventuró Karina a preguntar tras un rato. Jaime volvió a verla del mismo modo que antes, pero en esa ocasión incluso le regaló una pequeña sonrisa que… no se antojaba del todo sincera.

    —Claro, ¿por qué lo preguntas?

    —Lo noto algo distraído —aclaró la mujer con seriedad—. Escuché que usted y el padre Babato discutían por lo ocurrido en la llamada con los cardenales.

    —Es sólo una diferencia de opiniones —respondió Jaime, un poco tajante—. Nada de qué preocuparse; ya pasará.

    —Sí, eso espero. Pero… —Karina vaciló un momento, y luego prosiguió—. También en su habitación, escuché cómo usted…

    Jaime se paró abruptamente de su silla en ese momento, lo que causó una reacción adversa en Karina al creer que quizás lo había molestado de más con sus preguntas. Sin embargo, notó que su mirada estaba más bien puesta en algún punto a sus espaldas y no en ella. Y al virarse, ella también pudo ver la prominente figura de Carl, caminando entre las demás mesas en su dirección.

    —Carl, ¿qué averiguaste? —inquirió Jaime con consternación en cuanto estuvo lo suficientemente cerca.

    El hombre de cabeza rapada se sentó en una silla más en su mesa, y suspiró con algo de cansancio. Sacó de un bolsillo de su saco un pañuelo blanco, y comenzó a pasarlo lentamente por su frente amplia y brillante.

    —No mucho más de lo que ya sabíamos —comentó Carl con aridez—. Me confirmaron que en efecto fueron dos individuos, un hombre y una mujer sin identificar, y que ingresaron a la fuerza al pent-house de Thorn. Pero todo parece indicar que éste y sus acompañantes están ilesos. Lo que sí es que pude obtener la descripción que están boletinando de ambos, y la del hombre definitivamente concuerda con la del detective Sear. Además de que se dice que se identificó como policía al llegar.

    Karina soltó un pesado y largo suspiro al escucharlo, y dirigió una de sus manos a su rostro para tallarse un poco los ojos. Una parte de ella esperaba que en verdad no se tratara de él, pero ya era más que evidente que sí lo era. Pero claro, ella tampoco tenía precisamente mucho derecho a sorprenderse, dadas las circunstancias.

    —¿Y alguna idea de quién sea la mujer? —comentó Jaime, curioso.

    —De momento no —negó Carl—, pero quizás se trate de alguna colega suya de… esa Fundación a la que pertenece. Pero la verdadera pregunta que yo me haría es cómo pudo dar con la identidad de Thorn y su ubicación tan rápido.

    Al lanzar ese repentino cuestionamiento al aire, viró su atención fijamente hacia la mujer sentada a su diestra. Y esto, por supuesto, no pasó desapercibido para ella.

    —Si hay algo que quieras decirme, Carl, dímelo de frente —soltó totalmente a la defensiva, incluso algo retadora.

    —Lo mismo te digo, Karina —le respondió el hombre grande del mismo modo que ella—. ¿Hay algo que quieras confesar?

    Lo tenía, en efecto, pero igual no lo dijo en ese momento. Para Karina, las palabras estaban de más en ese momento. Desde que notó la forma en la que el padre Frederick la miraba en el pasillo, supo que él ya lo sabía, y ahora Carl dejaba en evidencia que él también (o al menos lo sospechaba).

    Sí, ella había sido en parte participe de toda esa situación, pues a espaldas del padre Babato y de su compañero había tomado la decisión de darle dicha información al detective de Filadelfia, aun sabiendo de antemano que todo iría encaminado a que ocurriera algo como eso. Pero no se arrepentía de haberlo hecho; al menos no hasta que supiera si Cole había salido vivo de ese edificio… o no.

    Mientras el aire se tornaba tenso entre Carl y Karina, Jaime no parecía muy interesado en intervenir de alguna forma. De hecho, su atención se había puesto de nuevo en la fachada del edificio Monarch, y en las patrullas que comenzaban a marcharse una a una, hasta dejar despejada la calle de nuevo.

    —Creo que la policía ya se va —señaló Jaime de pronto, llamando la atención de sus dos acompañantes y que así dejaran de momento su discusión de lado.

    —Sí —asintió Carl un poco más calmado—. No encontraron rastro de los sospechosos en el edificio o en los alrededores. Parece que de alguna forma lograron escapar. Pero igual los seguirán buscando.

    La atención de ambos asistentes se fijó por reflejo en Jaime, en busca de algún tipo de instrucción.

    —¿Y ahora qué hacemos? —musitó Carl despacio—. ¿Volvemos a la casa parroquial?

    Jaime no les respondió, ni tampoco los miró. Su atención siguió fija en el mismo sitio que antes, como si ni siquiera los hubiera oído.

    —¿Padre…? —musitó Karina intentando llamar su atención. En ese momento, sin embargo, los tres saltaron un poco al escuchar el estridente tono de llamada del teléfono de la mujer.

    Karina revisó rápidamente el bolsillo interno de su saco, de donde tomó su celular y lo colocó delante de ella para revisar la pantalla; le sorprendió un poco ver el nombre del padre Frederick Babato en ella, casi como si lo hubieran invocado con el sólo pensamiento.

    Respondió la llamada lo más pronto que pudo y aproximó el teléfono a su oído.

    —Hola, padre —musitó con moderada efusividad—. Sí, seguimos aquí, pero ya terminamos. Vamos de regreso…

    Hubo una pausa en la que al parecer el sacerdote comenzó a decirle algo. Y, fuera lo que fuera, provocó que el rostro de Karina se tornara poco a poco más consternado.

    —¿Qué?, ¿cuándo? —exclamó Karina con fuerza, sin preocuparse siquiera de que aquello llamara la atención de algún otro de los clientes del local. Incluso se paró de su silla y se alejó unos cuantos pasos de la mesa, con las miradas inquisitivas de Carl y Jaime (que el repentino exabrupto al parecer había bastado para captar su atención)—. ¿Está herido? ¿Entonces sí fue él…? ¿Tiene su ubicación? —Una última pausa prolongada, y justo después dio cierre a la llamada de forma sencilla y rápida—. Entendido, vamos en camino.

    En cuanto colgó, Carl no perdió el tiempo y él también se paró de su asiento y se le aproximó, apremiante.

    —¿Qué pasa? —musitó el hombre grande con preocupación—. ¿El padre Babato está bien?

    —Sí, descuida —contestó Karina, aunque con su mente aún un tanto distraída—. Pero al parecer el detective Sear se contactó con él hace un minuto para solicitar nuestra ayuda.

    —¿Nuestra ayuda? —exclamó Carl, incrédulo.

    Karina asintió.

    —Al parecer está herido y acompañado de otras personas, y ocupa apoyo para ponerse a salvo y burlar a la policía.

    —¿Entonces sí fue él quien entró al edificio?

    —Es lo más seguro.

    Carl chistó con molestia, virándose hacia otra dirección. Hasta ahora se había portado bastante tranquilo, pero eso pareció cambiar al confirmar que en efecto el culpable de todo aquello era aquel hombre. Desde su primer encuentro había dejado claro que no le agradaba en lo absoluto, y eso no ayudaba mucho a cambiar dicha opinión.

    —¿Se atreve a pedirnos ayuda luego de meter la pata de esta forma? —masculló Carl con desdén.

    Karina no podía recriminarle por sentirse así. Quizás ella opinaría lo mismo, si no fuera porque al mismo tiempo tenía un incómodo sentimiento de culpa que le presionaba los hombros desde que el padre Babato le indicó que estaba herido y desesperado.

    —Sea como sea, el padre accedió a ayudarlo —señaló Karina con firmeza—, y no nos corresponde cuestionarlo.

    Esas solas palabras fueron suficientes para calmar los ánimos de Carl. Aunque pudiera estar molesto o en desacuerdo a veces, Carl era un buen soldado de Dios, y como tal confiaba completamente en las órdenes de su superior; casi siempre.

    El teléfono de Karina volvió a sonar, pero ahora con el sonido de una notificación de mensaje. Al revisarlo, vio que el padre Babato ya le había hecho llegar la ubicación del escondite del detective Sear. Era al norte, en una zona industrial. Estaba algo retirado, pero el tráfico ya estaba bajando a esa hora. Sólo tenían que ir de paso a la casa a dejar al padre Alfaro y luego, si se apresuraban y tomaban algunos atajos, podrían estar ahí en menos de media hora.

    Esperaba que fuera suficiente.

    —Tengo su ubicación, vamos —indicó Karina mostrándole la pantalla de su teléfono a su compañero—. Padre Alfaro, puede que las cosas se pongan peligrosas por allá. Lo dejaremos primero en la casa parroquial.

    Jaime, aún sentado en la mesa, negó rápidamente con su cabeza.

    —Si el detective está herido, no pueden perder el tiempo con desvíos —indicó con solemnidad—. Será mejor que vayan directo para allá. Yo regresaré por mi cuenta.

    —¿Está seguro, padre? —masculló Carl, un tanto inseguro (aunque no tanto como lo estaba Karina)—. Este ataque puede hacer que Thorn y su gente comiencen a movilizarse. Puede no ser seguro permanecer aquí, o incluso seguir en la ciudad…

    —No se preocupen —declaró Jaime con insólita tranquilidad, incluso sonriendoles—. Ustedes encárguense de lo suyo, y yo me encargaré de lo mío. —Alzó entonces su mano derecha enfrente de él, dibujando en el aire la forma de la cruz—. Vayan sin miedo, soldados del Señor.

    —Amén —pronunciaron Carl y Karina al unísono, agachando sus cabezas un poco.

    Aquello era prácticamente una reacción automática de ambos, derivada de su arduo entrenamiento. Y como tal, se veían también obligados a obedecer y no cuestionar más. Esto fue difícil, en especial para Karina que seguía preocupada por el estado de ánimo del sacerdote. Aun así, cuando Carl comenzó a moverse, ella hizo lo mismo.

    —Lo veremos más tarde, padre —musitó Karina como despedida, a lo que Jaime respondió con un pequeño asentimiento.

    El sacerdote español contempló en silencio desde su asiento como ambos se abrían paso entre las mesas, para así salir del área de la cafetería en dirección a donde habían dejado estacionado su vehículo. Una vez que ya estuvieron lejos, la sonrisa (falsa) de Jaime se desvaneció, cubriéndose de una profunda y dura amargura.

    Introdujo entonces su mano en el interior de bolsillo de su abrigo, sacando de éste su leal licorera plateada. Rápidamente la abrió, retiró además la tapa de su vaso de café, y vertió gran parte de su contenido en éste, revolviéndolo con el líquido oscuro y caliente. Volvió a tapar el vaso, guardó la licorera, y comenzó ahora sí a dar pequeños sorbos; eso era justo lo que necesitaba para calmarse.

    Y mientras bebía, observaba en silencio hacia la fachada del edificio de departamentos. No tenía ningún plan o deseo en particular. Simplemente aguardaba…

    FIN DEL CAPÍTULO 106
    Notas del Autor:

    Feliz Año Nuevo a todos, espero que se la hayan pasado muy bien, y que estén empezando con el pie derecho este 2022. Por mi parte, después de un par de meses de descanso, volvemos con un capítulo más de esta historia, ya muy cerca del final de este arco de Los Ángeles (aunque no aún del final de la historia, eso hay que señalarlo). Las cosas se han sentido un poco tranquilas estos últimos capítulos, ¿no? Pues eso cambiará a partir del siguiente. Quédense al pendiente para el pequeño clímax que se viene, que espero les guste y haga que toda esta espera valga la pena.
     
  7.  
    WingzemonX

    WingzemonX Usuario común

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    Título:
    Resplandor entre Tinieblas
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    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Misterio/Suspenso
    Total de capítulos:
    119
     
    Palabras:
    8811
    Resplandor entre Tinieblas

    Por
    WingzemonX


    Capítulo 107.
    Al fin nos conocemos de frente

    Luego de hacer sus dos llamadas, la segunda a uno de esos misteriosos sacerdotes que supuestamente podían darles una mano con esa precaria situación, Cole volvió a recostarse en la camilla lo más cómodo que le fue posible. Y ya fuera por el efecto de las medicinas o el cansancio normal de todo lo ocurrido ese día, no tardó mucho en caer dormido. Y, al menos de momento no parecía estar siendo acosado por alguna otra pesadilla, y eso ya era ventaja. Igual Matilda se mantenía cerca por si se presentaba cualquier cambio.

    Por supuesto, la psiquiatra de Boston estaba también agotada. Ese día no había sido tan pesado para ella como para Cole, pero igual le estaba pasando una molesta factura. Una parte de ella igualmente tenía deseos de recostarse un poco, pero no estaba en sus planes a corto plazo hacerlo. Por un lado por qué las únicas tres camas del lugar estaban ocupadas por los heridos, y el sillón por Roberta (o Charlie, o como se llamara), y por el otro por qué para su mente resultaba simplemente imposible mantenerse tranquila más de unos cuantos minutos. Le preocupaba Cole, le preocupaba Samara, le preocupaban las personas peligrosas que quizás los estuvieran siguiendo, le preocupaba la policía, y en parte también le preocupaban esos desconocidos que irían por ellos.

    Y claro, le preocupaba también esos otros temas que no había compartido directamente con ninguno de sus actuales compañeros de aventura aún; ni siquiera con Cole. Cuando volvió del baño, hizo todo lo posible para sacarle la vuelta al incidente de la billetera y la fotografía de su madre. De momento lo logró, pero era posible que el final de esa conversación tuviera que darse tarde o temprano.

    Al final, todo eso acumulado no le permitía siquiera sentarse, y en su lugar sólo caminaba de un lado a otro por toda la bodega, pensativa.

    —Harás un hueco en el piso si no te detienes —le comentó Kali con un tono irónico desde la mesa de la improvisada cocina.

    La mujer de cabellos morados había colocado ahí su silla, y desde hace rato se encontraba muy concentrada en una laptop en la que revisaba todas las noticias y comunicados con respecto a lo ocurrido en Beverly Hills. La buena noticia era que, al menos hasta el momento, no había en internet ninguna mención directa hacia Cole o Matilda, y todos los que reportaban al respecto se limitaban a mencionarlos como “dos personas desconocidas”, y los más osados se atrevían a señalar que fueron un hombre y una mujer. Aunque claro, nada de eso les podía dar completa certeza de qué era lo que sabía la policía; o, más bien, qué versión les dio Thorn de lo ocurrido exactamente.

    Como fuera, Matilda no hizo caso del comentario de la mujer en silla de ruedas, y continuó con su andar sin variación.

    —¿Qué te preocupa en realidad, Maty? —musitó Charlie desde el sillón, justo cuando pasó delante de ella—. Desde hace rato te veo bastante intranquila; incluso más que nosotras. Y hasta algo pálida. ¿Te preocupan también esos padres traficantes que vendrán?

    —No —respondió Matilda rápidamente—. Bueno, quizás un poco, pero no es eso… No lo entenderías…

    —Pruébame —le desafió Charlie, sentándose rápidamente y haciéndose a un lado para hacerle espacio—. Siéntate y cuéntale a la tía Roberta qué te preocupa. No seré Eleven, pero tengo su misma experiencia de vida, o incluso un poco más.

    Matilda se detuvo al oír su propuesta, y se volteó a verla claramente dubitativa entre aceptar o no. El que mencionara a Eleven justo en ese momento hizo más mellas en su cabeza de las que ya había; en verdad le vendría tan bien poder hablar con su antigua mentora en esos momentos…

    Miró entonces a Cole de reojo; seguía profundamente dormido, y seguía también tranquilo. El ver eso le dio un poco más de seguridad, pues el asunto en cuestión tenía que ver con él de cierta forma, y lo que menos deseaba era que la escuchara. Sonaba tonto, hasta quizás un poco infantil; pero era justo como se sentía.

    Se aproximó cautelosa al sillón y se sentó a lado de Charlie. Ésta la observaba atenta. Matilda respiró hondo y se sentó derecha, intentando calmar cualquier ansiedad o duda que pudiera tener, o al menos hacer que ésta no se reflejara al exterior.

    —¿Usted… cree en fantasmas? —soltó la mujer castaña de golpe, tomando un poco (o mucho) por sorpresa la mujer rubia.

    —¿Fantasmas? —respondió Charlie, claramente confundida.

    —O demonios, o… no sé, aceptaría hasta duendes en estos momentos.

    Charlie no pudo evitar soltar una pequeña risilla en ese instante, pues aquello le sonaba más como una extraña broma. Sin embargo, la seriedad que adornaba los ojos de la castaña le hacía deducir que en efecto no lo era.

    —¿Por qué me preguntas eso tan de repente? —cuestionó Charlie, tomando una postura más serena—. ¿Qué tiene que ver con… cualquiera de las cosas que están pasando aquí?

    Matilda guardó silencio, y su sola postura dejaba ver que no tenía muchos deseos de responder esa pregunta. Charlie tomó un sorbo más de su cerveza, tomándose además unos segundos para darle forma a sus ideas. Y entonces le respondió con un tono bastante más calmado y sereno, en especial tratándose de ella; casi parecía que lo estuviera diciendo otra persona diferente.

    —De acuerdo. Te diré que en mis años viajando y conociendo… gente, he visto muchas cosas raras y escalofriantes; incluidas algunas que uno podría fácilmente identificar que no son de este mundo. Pero si con “fantasma” te refieres al alma de una persona muerta caminando delante de mí y hablándome, tendría que decir que al menos yo directamente nunca he visto algo parecido o que pudiera catalogar como tal. Y si con demonios te refieres a espíritus malignos de la Biblia, con cuernos y cola, poseyendo gente o queriendo quitarte tu alma… sería prácticamente el mismo caso. Los mayores horrores que he visto, fueron cometidos por personas vivas de carne y hueso.

    Hizo una pausa para dar un sorbo más de su cerveza, ya bastante cerca de acabarse si es que no lo había hecho con ese último sorbo. Se inclinó entonces hacia Matilda, como si fuera a susurrarle un oscuro secreto que sólo ella debía oír.

    —Lo que sí sé muy bien, y lo he verificado de sobra, es que existen personas en este mundo que son mucho más sensibles a eso que la mayoría no podemos ver; incluso los que son como nosotras dos. Como esa jovencita de allá —señaló entonces en dirección a las camillas, en específico a la ocupada por la aún inconsciente Abra Stone—. O como tu amigo, ¿no? —añadió justo después, apuntando ahora con su pulgar hacia Cole al frente de ellas—. Y bajo ese panorama, a mí no me queda más que creer en su palabra, y confiar en que eso que ellos ven y sienten en efecto existe a nuestro alrededor. Y también que eso puede, o no, representar un peligro para nosotros.

    Matilda agachó su mirada, pensativa pero también algo preocupada. Cuando Cole les contó por primera vez que podía ver y hablar con fantasmas, ella la respondió que no podía creer en algo que no pudiera ver o probar por su cuenta. Y que a diferencia de todas sus habilidades especiales como telequinesis, telepatía, proyección astral, visión remota, precondición, y un largo etc., el ver fantasma de momento sólo dependía de la palabra de la persona y de ningún otro tipo de prueba que la sustentara.

    “Había una época en la que la palabra de un hombre bastaba para inspirar confianza” le había contestado Cole, y en ese momento a Matilda le había parecido una de las respuestas más absurdas que había oído. Pero extrañamente lo que más le daba vueltas de aquel momento no era eso, o siquiera la descripción que había dado de sus encuentros pasados con fantasmas. Lo que más recordaba era la frase con la que había rematado toda esa discusión:

    “¿Qué la hizo ser así doctora? Tan… adulta”

    ¿Tenía algo de malo haber visto todo eso desde la perspectiva más escéptica de un adulto? ¿O debería quizás haber tenido la mente más abierta y receptiva de un niño? Como ella misma recordaba que era…

    —¿Eso te asusta de alguna forma? —intervino de pronto Kali, y ambas mujeres en el sillón pudieron ver cómo aproximaba su silla de ruedas hacia ellas—. ¿Pensar que existen monstruos así allá afuera que pudieran acecharte?

    Por la forma en la que decía aquello, Matilda intuyó que su postura debía ser muy similar a la expuesta por Roberta.

    —No —respondió rápidamente, aunque casi de inmediato su confianza vaciló—. No exactamente, al menos…

    Se puso en ese momento de pie y se alejó un par de pasos del sillón, dándoles la espalda a las dos mujeres.

    —Yo… —comenzó a balbucear despacio—. Yo soy una persona brillante, valiente, y muy poderosa; muchas personas me lo han dicho en el pasar de los años. Y cada problema o situación difícil que tuve que enfrentar desde que era una niña, lo he podido resolver yo sola, usando esas cualidades a mi favor.

    Hubo una pequeña pausa, en la cual sus ojos se posaron fugazmente en donde reposaba Samara.

    —Pero ahora —prosiguió—, por primera vez en mucho tiempo… me asusta la posibilidad de estarme enfrentando con algo que no importa que tan inteligente sea, o que tanto explote el máximo de mis habilidades especiales… no seré capaz de resolverlo. Eleven me advirtió desde el inicio de esta locura que yo no era la persona adecuada para esto, pero sólo hasta ahora me doy cuenta realmente de que tenía razón. Quiero ayudar a esa niña con todas las fuerzas de mi corazón. Pero lo que vi en ese departamento al tocarla me dejó desconcertada, y ahora no sé qué hacer…

    Guardó silencio, y toda la bodega se sumió en el mismo. Matilda no se atrevía a voltear y verlas directamente; no soportaba la idea de que la juzgaran, ya fuera por su cobardía, o incluso por su soberbia. De nuevo se había abierto de temas bastante personales con dos completas desconocidas; y de nuevo, quizás era lo que necesitaba.

    El silencio fue interrumpido por una risa socarrona que surgió de los labios de Kali, y obligó casi por inercia a que Matilda se virara hacia ella. No le sorprendió demasiado verla sacar del bolsillo de su camisa su cajetilla de cigarros, y colocarse uno de ellos entre sus labios.

    —Ustedes tres sí que son muy parecidas —comentó de pronto mientras usaba su encendedor de bolsillo para prender el cigarrillo—. Eleven, tú… y también esta idiota de aquí —con el último comentario se permitió señalar a Charlie a su lado para dejar claro de quién hablaba—. ¿O me equivoco?

    —Lo de idiota estaba de más —respondió Charlie con ligera molestia—. Pero la verdad es que sí, te entiendo —añadió justo después, centrando de nuevo su atención en Matilda—. En mi caso, llegó un momento en que mis habilidades estaban en su punto máximo, y me creía completamente invencible; una fuerza imparable capaz de calcinar el mundo entero si así lo deseaba. Creí que podía hacerlo todo, y hacerlo yo sola. Cómo has de adivinar, aprendí algo tarde y por las malas que no era así; y Eleven tuvo que pasar por algo muy parecido también.

    Esbozó en ese momento una sonrisa pequeña, pero bastante bondadosa y suave; de nuevo contrastando con su habitual actitud mucho más tosca que había mostrado hasta ese momento.

    —A las chicas rudas como nosotras nos es difícil pedirle ayuda a alguien más, ¿cierto? —comentó con cierto tono de complicidad en su voz—. Pero tarde o temprano se vuelve necesario, y eso no tiene nada malo; no te hace menos fuerte.

    —Dímelo a mí —masculló Kali con voz burlona—. La ayudé con una cosita hace años, y es tiempo de que no puedo quitármela de encima.

    —Estarías muerta sin mí, anciana.

    —Lo mismo digo.

    Ambas mujeres comenzaron a reír con completa naturalidad.

    Matilda guardó silencio, y miró sutilmente hacia otro lado, casi como se sintiera un poco avergonzada. Una parte de ella sentía que esas palabras no tenían relación alguna con ella, pero sabía que no era así. Lo que Charlie acababa de decirle era una descripción simple, pero bastante acertada de cómo había sido su forma de afrontar los problemas durante gran parte de su vida.

    —Sé que no te conozco de mucho tiempo —añadió Kali, aproximando un poco su silla hacia Matilda—, pero puedo darme cuenta sin ningún problema de que eres brillante, fuerte y todo eso con lo que te describiste. Y si en verdad quieres ayudar a esa niña, estoy segura de que lo harás. Pero si no crees poder hacerlo sola, no lo hagas sola; así de simple.

    «Así de simple» repitió Matilda en su mente, y una sonrisita divertida le adornó el rosto; quizás la primera sonrisa sincera de toda esa tarde.

    —Gracias, a ambas —murmuró Matilda con gratitud, y de inmediato añadió—: No sé si lo van a tomar a bien o a mal, pero… en serio esto fue casi como hablar con El. Ambas son más parecidas a ella de lo que creen.

    El comentario pareció aflorar cierta sorpresa en los rostros de las dos mujeres.

    —Yo definitivamente no sé cómo tomármelo —respondió Kali, jalando una bocanada de su cigarrillo.

    —Ni yo —añadió Charlie, un poco reticente.

    Parecía que el ambiente se tornaría incómodo, pero de hecho fue todo lo contrario. Las tres comenzaron a sentirse un poco más relajadas en ese momento, en especial Matilda.

    De pronto, dicha tranquilidad fue agitada cuando las tres escucharon unos quejidos venir de un lado, a algunos metros de ellas. Al girarse, pudieron ver que estos venían de Abra, recostada aún en su catre. Y no sólo se quejaba, pues su cuerpo comenzó a agitarse un poco sobre su lecho.

    —Abra —musitó Charlie despacio, y palpablemente alarmada. De inmediato se paró, dejando su botella en el piso, y se dirigió presurosa hacia ella. Matilda no dudó en ir detrás, y Kali se les unió poco después.

    Para cuando las tres llegaron al costado de la camilla de Abra, ésta ya había abierto lentamente sus ojos, e intentaba enfocarlos (con dificultad) en el techo sobre ella.

    —¿Dónde… estoy? —masculló distraída, y al parecer aún somnolienta.

    —Tranquila, estamos en la bodega —escuchó la voz de Charlie pronunciar, estando agachada a su lado—. Te desmayaste y te trajimos aquí. ¿Recuerdas lo que pasó?

    Abra volteó a verla con un movimiento lento y débil de su cabeza. Su vista poco a poco se enfocó, y pudo reconocer el rostro de la mujer rubia que la había estado acompañando todos estos últimos días.

    —¿Roberta? —murmuró la joven despacio, sujetándose la cabeza con una mano. En cuanto escuchó su pregunta, intentó en efecto recordar lo sucedido, pero todo en su cabeza era un confuso revoltijo. Ésta además le dolía bastante, y el resto del cuerpo no se quedaba atrás.

    —¿Sientes algún tipo de dolor? —murmuró de pronto otra voz, que al inicio a Abra le resultó desconocida.

    Al virarse, la joven pudo ver al otro lado del catre a Matilda, de cuclillas sobre ella para poder revisar su rostro, en especial sus ojos, y el pulso de su muñeca. En cuanto la vio, un primer recuerdo vivido le vino a la cabeza; en específico la imagen de esa misma mujer entrando al departamento de Damien, literalmente tumbando la puerta y mandando a volar al joven Thorn hacia la piscina.

    —Usted… —susurró despacio, y de inmediato hizo el intento de sentarse, pero Matilda la detuvo.

    —No te levantes todavía. Recuéstate un poco más.

    Abra no tenía las fuerzas suficientes para oponerse, así que en cuanto ella la empujó lentamente de regreso a la camilla, no le quedó de otra más que hacer justo lo que le indicaban.

    Matilda comenzó a examinarla lo mejor que sus dedos, ojos y oídos le permitían. Su pulso era débil, pero estable. Sus pupilas estaban algo dilatadas, y parecía sensible a la luz. Abra le describió lo mejor que pudo todos los dolores que sentía, con un poco de dramático humor. Pese a todo parecía estar bien, aunque ciertamente esos dolores le causaban un poco de preocupación, en especial si significaba que pudiera haber algún daño neuronal que no pudiera detectar con una exploración tan superficial como esa. Al igual que Cole, lo más recomendable sería llevarlos a un hospital lo antes posible, pero era un momento que aún parecía un poco lejano en esos momentos.

    —Es un placer conocerte al fin, Abra —comentó Matilda con una sonrisa amistosa una vez que terminó su examen; su voz sonaba más acorde a la que solía usar con sus pacientes más jóvenes—. He oído muchas cosas increíbles de ti.

    —Gracias… —murmuró la joven rubia, un tanto insegura—. Y a mí Roberta me dijo que usted es… la favorita de la Sra. Wheeler, o algo así. —Al oír ese comentario, Matilda miró de reojo a Charlie con marcada desaprobación; ésta sólo se encogió de hombros—. Aunque no sé qué signifique con exactitud —añadió la joven seguida de una pequeña risilla, que le provocó un repentino dolor en alguna parte de su pecho.

    —¿Conociste a Eleven? —preguntó Matilda, con reserva.

    A Abra aún le resultaba un tanto extraño ese apodo de “Eleven” que solían usar Charlie y Kali, y al parecer esta mujer también. Pero, ¿quién era ella para criticar?

    —Algo así —respondió con recato—. Conocí más a su hija, Terry.

    —Terry —repitió Matilda, despacio—. ¿Cómo está ella? ¿Y Sarah y Jim? ¿Qué hay de Mike? —preguntó un poco exaltada, mirando también a Charlie y Kali en busca de que alguien le respondiera.

    —Todos están bien —respondió Charlie—. Lo mejor que pueden estar dado lo que pasó, claro. Pero todos son muy fuertes, en especial Terry.

    Matilda asintió, concordando con su aseveración. Se sintió un poco culpable de golpe; en su intento inconsciente de esconderse de cualquier mala noticia, ni siquiera había tenido el detalle de hacerle una llamada a Mike para ver cómo se encontraban sus hijos y él. En cuanto estuvieran en algún lugar más seguro corregiría ese error.

    —¿Qué pasó con Damien? —escuchó que preguntaba Abra de pronto, escuchándose más de fuerza en su voz.

    La psiquiatra la miró al inicio un poco desconcertada, como si ese nombre no le dijera nada en particular, y en parte era así. El nombre de Damien Thorn aún no se había guardar del todo en su cabeza ligado al rostro de aquel individuo que casi la asfixiaba estando a kilómetros de distancia de ella.

    —Hablas de ese chico, ¿cierto? —musitó Matilda con seriedad—. No lo sé con seguridad, pero lo más probable es que siga con vida, si es lo que preguntas.

    Abra se viró en ese momento de regreso a Charlie y Kali al otro lado. Ambas la observaban con una mezcla de alivio y preocupación; alivio por qué ya hubiera despertado, y preocupación pues era evidente que no estaba aún al cien de sus fuerzas.

    —Lo siento —susurró la joven con lamento—. Me dijeron que no me expusiera, pero hice todo lo contrario. Ahora él sabe que estoy aquí.

    —Descuida —comentó Charlie con voz comprensiva—. Lo bueno es que estás bien.

    —Y al parecer pudiste al menos darle a ese mocoso una bien merecida patada psíquica en su cabezota —añadió Kali riendo. Su risa fue contagiada a Abra, pero de nuevo se arrepintió de ello rápidamente.

    —Además —intervino en ese momento Matilda, jalando de nuevo su atención—, Cole me dijo que si no fuera por tu intervención, él de seguro habría muerto en ese lugar antes de que yo pudiera llegar. Así que ambos te estamos muy agradecidos por eso.

    Al escuchar eso último, y en especial el nombre de Cole, Abra tuvo el reflejo de recorrer su mirada por el resto de la bodega, alzándose sólo un poco en su catre. A su lado, detrás de Matilda, había otra camilla, en dónde distinguió a Samara, recostada sobre su costado derecho plácidamente dormida. Su presencia resaltó notoriamente, pero no le resultó del todo extraña.

    Giró un poco más su cabeza, y frente a ella, a algunos metros, reposaba en efecto el hombre rubio al que Damien le había disparado; el mismo que había de alguna forma invocado a todos esos espíritus a la vez. Estaba dormido, pero con vida.

    Abra suspiró despacio, sintiéndose un poco aliviada; ese sentimiento, sin embargo, no le duró demasiado.

    Abruptamente, casi como un repentino chapuzón frío, una sensación incómoda le recorrió el cuerpo entero de los pies a la cabeza. Sintió como los vellos de su nuca se erguían, y su piel se erizaba un poco. Sus oídos se agudizaron de una forma extraña, comenzando a escuchar las voces y los sonidos de los que estaban cerca de ella a un menor volumen, pero en contraposición todos los sonidos que se encontraba más alejados parecieron aumentar en su nivel. Lentamente comenzó a mirar en todas direcciones, hacia cada rincón, como si esperara ver algo, o alguien, moviéndose entre las sombras de las cajas arrumbadas.

    —¿Abra? —murmuró Charlie, percibiéndose para ella como un murmullo lejano. Evidentemente su estado de alerta se volvió bastante notable en su rostro—. Oye, ¿me escuchas, nena?

    Abra no respondió. Siguió observando a su alrededor, percibiendo cada sonido, cada movimiento, y al mismo tiempo no logrando encontrar nada tangible que justificara su aprensión.

    Con marcado y doloroso esfuerzo, comenzó a sentarse en su cama para poder ver mejor, apoyándose en sus temblorosos brazos.

    —Te dije que no te levantaras —le advirtió Matilda, y de nuevo tuvo la intención de hacer que se recostara. Sin embargo, la joven la detuvo murmurando una sencilla y corta frase:

    —Algo no está bien…

    Las tres mujeres a su alrededor se sobresaltaron al escucharla decir eso tan repentinamente.

    —¿Qué? —exclamó Charlie con receló, inclinándose hacia ella—. Oye, ¿a qué te refieres?

    Abra no sabía cómo contestar aquello. Era como un mal presentimiento, una sensación de que algo horrible estaba ocurriendo, o estaba por ocurrir; y sus sensaciones la mayoría del tiempo resultaban bastante acertada. Pero nunca habían sido tan confusas como en ese momento, y cada vez que intentaba enfocarse más, una punzada de dolor le picaba un costado de su cabeza y la hacía retroceder. Si tan sólo estuviera en mejor condición…

    —Tranquila, pequeña —comentó Kali despreocupada, inclinándose un poco al frente para tomarla de la mano—. De seguro aún estás un poco confundida por acabar de despertar.

    —¿Tú… crees? —murmuró Abra, apenas logrando abrir ligeramente uno de sus ojos debido a la migraña que la invadía.

    —No te preocupes por nada, y sólo recupérate. Nosotras te vamos a pro…

    Sus palabras fueron cortadas en ese mismo instante, opacadas de entrada por el fuerte estruendo que retumbó en el eco de la bodega. Y casi al mismo instante, del pecho de la mujer brotó un flashazo rojizo como un rocío, salpicando el rostro de Abra e incluso entrándole un poco a su ojo abierto.

    Los segundos siguientes fueron confusos y revueltos para todos, pero lo fueron en especial para la joven de Anniston. Su visión se tornó borrosa y rojiza. En sus oídos retumbaba aquel estruendo, que poco a poco se volvió claro lo que había sido: un disparo. Cuando logró enfocar lo suficiente, lo primero que distinguió fue el rostro de completo desconcierto de Kali; sus ojos desorbitados, fijos en ningún sitio. Sus manos se alzaron, al principio lentamente pero luego presurosas hacia el centro de su pecho. Justo en ese punto, sus ropas tenían un pequeño agujero perfecto, por el cual su sangre brotaba y empezaba a manchar sus ropas y dedos.

    El cuerpo entero de Kali se ladeó hacia un lado abruptamente, cayendo con todo y su silla de ruedas contra el suelo.

    —¡Kali! —exclamó Charlie con fuerza, su voz apenas siendo percibida por la joven Stone por debajo del aún presente estruendo del disparo.

    La mujer rubia se agachó rápidamente a lado a lado de su amiga, sólo un instante antes de que un segundo disparo fuera hecho, y éste casi le rozara su cabeza por unos centímetros de diferencia; de haberse agachada un segundo antes, quizás le hubiera dado directo en la sien.

    Matilda reaccionó lo más rápido que pudo, y se volteó rápidamente en la dirección que habían venido los disparos, pero justo en ese momento el tercero, el cuarto y el quinto de ellos se suscitaron uno detrás del otro. Rápidamente alzó sus manos, se concentró lo mejor que pudo, y con su telequinesis desvió las balas hacia los lados, haciendo que chocaran contra las paredes y contra una columna.

    —¡Al suelo! —exclamó con fuerza, virándose sólo un momento hacia atrás. Charlie estaba de rodillas sujetando a Kali y presionando una mano fuertemente contra su pecho. La mujer de cabellos morados gimoteaba de dolor, y un hilo de sangre se deslizaba por la comisura de su boca.

    Abra estaba petrificada en su camilla, pero al escuchar la instrucción de Matilda intentó tirarse al suelo junto con las dos mujeres. Tuvo problemas para poder moverse por la debilidad y el dolor de su cuerpo, pero al final se tumbó a un lado de Charlie, golpeándose un poco la barbilla en el proceso.

    Matilda se viró de nuevo al frente, y logró captar por el rabillo del ojo a tres personas, que de momento no eran más que siluetas confusas. Éstas comenzaron entonces a moverse entre las cajas de la bodega y los vehículos, al parecer los tres con sus armas en mano, ocultándose rápidamente de su vista. Cada uno había tomado una dirección diferente; los estaban rodeando.

    Miró rápidamente hacia un lado, hacia la cama de Samara, aún dormida, y luego al otro en donde estaba Cole. Ambos separados; si les disparaban no sería capaz de protegerlos a ambos…

    No, no era tiempo de dudar o caer en pánico. Si era tan brillante y poderosa como decía ser, era justo el momento de demostrarlo.

    Sin vacilación alguna, Matilda se apresuró y elevó con sus poderes una de las pesadas y grandes cajas, arrojándola contra uno de los atacantes, que rápidamente saltó detrás de una de las camionetas para esquivarlo. Los demás aprovecharon ese momento de distracción para moverse. Charlie comenzó a jalar a Kali herida hacia atrás de unas cajas para resguardarse, y Abra se arrastraba cómo podía pecho a tierra detrás de ellas. Matilda tomó a Samara en sus brazos, y corrió también en la misma dirección. A sus espaldas escuchó el sonido de más disparos, y casi le pareció sentir el aire agitado de alguno de ellos pasándole muy cerca de la cabeza; uno de hecho sí golpeó la caja justo a su lado, astillándola.

    Matilda se colocó detrás de la caja con el resto, y colocó a la aún inconsciente Samara en el suelo junto con Abra. Kali seguía consciente, respirando con dificultad. Su camiseta estaba empapada de rojo, al igual que su boca. Charlie le presionaba con fuerza la herida.

    —Resiste, amiga, resiste —insistía Charlie con firmeza, aunque su voz se quebraba un poco.

    Matilda se asomó a ver en dirección a Cole; parecía estarse despertando por el ajetreo pero aún era ignorante del peligro real en el que se encontraba. Matilda miró también con horror como uno de los atacantes se aproximaba sigiloso en su dirección, con su rifle alzado.

    Debía reaccionar rápido.

    —¡Quédense aquí! —les indicó a las otras, y antes de que pudieran decir algo comenzó a correr hacia Cole, claramente exponiéndose, pero no le importó de momento.

    Rápidamente con su telequinesis hizo que el sillón de la sala improvisada saliera volando en contra del atacante que se aproximaba. En ese segundo y más cuidadoso vistazo, Matilda logró reconocerlo; era el hombre alto de piel oscura que había estado en el pent-house de Thorn más temprano. Éste vio azorado el mueble dirigiéndose hacia él, y se tiró al suelo. El sillón pasó por arriba de él, estrellándose contra una columna unos metros detrás.

    El movimiento repentino del sillón pareció bastar para que Cole terminara de despertar, y se alzara un poco en su camilla.

    —¡Cole!, ¡al suelo! —le gritó Matilda con fuerza, ya estando a un par de metros de ella.

    Cole se viró hacia ella, justo para ver como un disparo más le rozaba su brazo izquierdo a la psiquiatra, rasgando su blusa y haciendo que un hilo rojizo de sangre dibujara la trayectoria de la bala que siguió de largo hasta dar contra la nevera en la cocina.

    Matilda gimoteó de dolor por la herida. Perdió el equilibro al siguiente paso, y cayó de bruces al suelo a los pies de la camilla.

    —¡Matilda! —exclamó Cole espantado, e hizo por reflejo el intento de pararse, pero el dolor de su pierna se extendió por todo su cuerpo en cuanto intentó presionarla contra el suelo, y lo hizo caer también.

    James para ese momento ya se había casi levantado, o al menos lo suficiente para poder alzar su rifle y apuntar en su dirección. Matilda notó esto, y de inmediato hizo que la camilla ahora vacía se dirigiera como un proyectil en su contra. Y antes de que pudiera dar aunque fuera un disparo, ésta se precipitó contra él y una de sus patas de metal lo golpeó directo en la frente, abriéndosela.

    El verdadero se tendió sobre su espalda, agarrándose su frente con una mano.

    Matilda, aún el piso, jaló con su telequinesis a Cole hacia ella. El policía prácticamente se deslizó por el suelo hacia al psiquiatra, que lo recibió tomándolo fuertemente de sus brazos.

    —¿Estás bien?

    —Eso está abierto a interpretación…

    Matilda se paró como pudo, y alzó a Cole, con sus manos pero también con la ayuda de su telequinesis, y ambos comenzaron a avanzar hacia el refugio improvisado detrás de las cajas. La herida de su brazo le ardía, y comenzaba a sentir su sangre resbalándose, haciendo que la ahora tela húmeda de su blusa se pegara a su piel.

    Mientras avanzaban a duras penas, sin que lo supieran ambos se encontraban en la mira del rifle de Kurt, que los apuntaba apoyado sobre el cofre de la camioneta. Tenía el dedo en el gatillo, listo para dispararle a Matilda directo en la cabeza, y luego hacer lo mismo con el policía. Sería pan comido…

    Un instante antes de que lo hiciera, sin embargo, comenzó a sentir como el arma en sus manos se calentaba abruptamente, hasta volverse insoportable. Kurt dejó salir un agudo grito de dolor que dejó en evidencia su posición, y soltó el rifle rápidamente. Se miró las manos, y éstas estaban rojas y con algunas ampollas.

    —¿Qué demonios…? —espetó el guardaespaldas furioso, pero también bastante confundido.

    Escuchó en ese momento las pesadas botas de alguien aproximándose por un costado, por lo que reponiéndose del dolor de sus manos rápidamente sacó su pistola, listo para disparar. A unos metros de él, vio a una mujer rubia de chaqueta de cuero, aproximándosele con rapidez y mirándolo con sus ojos centellantes. Kurt tuvo un momento de vacilación al reconocer a esa mujer; la misma que había visto la noche anterior en ese barrio en Malibú, afuera de la casa de la fiesta; la bibliotecaria con la que había compartido un cigarrillo.

    —¿Tú…? —exclamó el guardaespaldas, sorprendido.

    Charlie no le respondió nada, y en su lugar Kurt comenzó a sentir un tremendo ardor, en especial en la parte superior de su cuerpo. Sus ojos comenzaron a arder también, y se le dificultó ver. Comenzó a disparar prácticamente a ciegas, pero sus tres tiros no dieron en el blanco. El calor fue aumentando, y aumentando, hasta que sintió como la piel de su cara comenzaba a incendiarse. Y sólo fue capaz de soltar un corto aullido de terror y sufrimiento antes de que toda su cabeza se prendiera en llamas, y un instante después prácticamente explotara en pedazos carbonizados de carne.

    El cuerpo sin cabeza de Kurt cayó de espaldas al suelo, aún con llamas consumiendo sus hombros y los pedazos chamuscados de lo que alguna vez fue su cuello. Charlie se paró a un lado del cuerpo, observándolo con una ferviente rabia en su mirada. En otra época ya lejana, se hubiera sentido culpable por haberse dejado llevar de esa forma por su rabia y hacerle un daño tan horrible a una persona; pero ya no más. Su intuición, que rara vez se equivocaba, le decía que había sido él quien hizo el disparo que le dio a Kali.

    —Pendejo bastardo —espetó llena de odio, sumida en el pensamiento de que debió haberlo matado con todo y su jefe la otra noche…

    Pero no había tiempo para más remordimientos, debía encargarse de los demás. Sin embargo, en cuanto se giró, por el rabillo del ojo pudo ver a Mabel, apuntándole directo con su arma. El primer instinto de Charlie fue intentar moverse para esquivar, un instante antes de que Mabel disparara. La bala igual terminó dándole directo en su hombro izquierdo, entrando por el frente y saliendo por detrás.

    —¡Ah! —gritó Charlie con fuerza. Aquello la sacudió, pero se contuvo y rápidamente saltó para colocarse al frente del vehículo, refugiándose.

    Se sostuvo con fuerza de su herida, e intentó concentrarse lo mejor que su dolor le permitía para cauterizarla ella misma. El proceso no fue nada agradable, pero lo resistió. El aroma de su propia carne chamuscada se mezcló con el de la cabeza de Kurt, que ya comenzaba a impregnar el aire entero de la bodega.

    Mientras Charlie estaba enfocado en eso, un James ya más recuperado de su último golpe se aproximaba a ella por un costado. Cuando Charlie al fin se percató de su presencia, intentó rápidamente reaccionar y darle a ese sujeto el mismo trato que le había hecho a Kurt, o quizás una versión más moderada. Sin embargo, antes de que ella pudiera atacar, James se concentró primero en hacer su movimiento, y de un segundo a otro la mujer rubia quedó totalmente inmovilizada y su cuerpo cayó al suelo sin fuerza alguna.

    El viejo truco mental de James había sido más rápido que la explosión de energía de la herida Charlie.

    Una vez que la tuvo asegurada, el verdadero se acercó con su rifle en mano, listo para dispararle directo en la cabeza.

    —No, no aún —pronunció con fuerza la voz de Mabel, deteniendo sus intenciones. La verdadera salió de atrás de la camioneta, pasando incluso sobre el cuerpo inerte de Kurt sin el menor cuidado—. Esta paleta es un pez más grande de lo que pensé —señaló agachándose a un lado de Charlie para mirar su rostro de cerca—. Tenemos que sacarle todo el jugo posible…

    James no estaba muy seguro de eso, en especial después de ver lo que le había hecho al otro paleto. Pero en efecto se veía que era una presa única en su tipo, y el matarla así nomás sólo les daría una pequeña fracción del poderoso vapor que escondía en su interior. Y si querían tener las fuerzas suficientes para acabar con Thorn luego de eso, definitivamente ocuparían lo mejor posible.

    La Sombra bajó su arma tal y como se lo indicaron. Sin embargo, un segundo después sintió un fuerte empujón, y su cuerpo salió volando hacia el frente, casi chocando con Mabel pero ésta se movió a un lado, esquivándolo. James siguió de largo, chocando con fuerza de frente contra una columna y cayendo de espaldas al suelo, aparentemente desmayado.

    Mabel se giró de nuevo a dónde estaban los demás objetivos. Luego de dejar a Cole con Abra, Kali y Samara, y además ponerse un vendaje rápido e improvisado en su brazo herido, Matila ahora se dirigía hacia ellos, tan determinante y firme como había entrado al departamento de Thorn. De seguro ella era quien había empujado a James de esa forma.

    Mabel rápidamente se refugió detrás de la camioneta, sentada en el suelo muy cerca del cuerpo Kurt. Matilda se aproximó cautelosa, aunque su atención se fijo en Charlie tirada en el suelo. Vio rastros de sangre en el suelo, provenientes de la herida de bala en el hombro, y temió lo peor. Se dirigió un poco más apresurada hacia ella, se agachó a su lado y la giró para recostarla sobre su espalda. La herida no sangraba gracias a la cauterización exprés. Aún tenía pulso y seguía respirando. Sin embargo, sus ojos estaban bien abiertos y cristalinos, y no reaccionaba en lo absoluto.

    —Roberta, ¿puedes oírme? —le murmuraba despacio, dándole pequeñas palmaditas en su mejilla, pero no había ningún cambio. Debía ser algún tipo de estado catatónico derivado de un ataque psíquico. Podría ser temporal o…

    Mabel saltó de inmediato justo enfrente de ella, con el cañón de su arma casi pegado al rostro de Matilda. Ésta, sin embargo, ya se había dado cuenta de que estaba ahí, por lo que en cuanto salió y enfocó su atención a ella, el rifle fue prácticamente arrancado de las manos de la Doncella antes de que pudiera disparar, y encima de todo luego giró en el aire golpeándola en un costado de la cara y tumbándola al suelo, dejándola desorientada.

    Matilda pensó si acaso debía hacer algo… más con ella, pero de momento priorizó la seguridad de Charlie. Comenzó a alzar a la mujer rubia para llevarla con el resto, pero apenas y logró hacerla levitar unos centímetros antes de que todo en su mente se apagara de golpe, como las luces de una habitación. El cuerpo de Matilda se precipitó al suelo junto con el de Charlie. Su mejilla quedó presionada contra el frío suelo. Y justo igual como la mujer de los ojos de fuego, los suyos quedaron abiertos y fijos en la nada.

    James había logrado recuperarse más pronto de lo que Matilda pensó, y una vez de pie se aseguró de aplicarle el mismo tratamiento que a la otra mujer. Ahora ambas, las más fuertes de esos paletos, permanecían ahí paralizadas, tiradas en el suelo sin siquiera ser conscientes del pasar de los segundos.

    Mabel se puso de pie un instante después, con su cara enrojecida en el área en que su propia arma la había golpeado. Al ver a las dos mujeres en el suelo y a James aproximándosele, se sintió más tranquila.

    —¿Las tienes? —le cuestionó a su compañero, que respondió asintiendo con su cabeza.

    —Ninguna se moverá ni un centímetro por un rato —señaló James con sequedad, acompañado además de un fuerte puntapié en un costado de Matilda, haciendo que su cuerpo se girara casi por completo en el suelo. La psiquiatra ni siquiera pestañeó.

    —Excelente —murmuró Mabel, sonriente. Se agachó a recoger de nuevo su sombrero, que se había caído tras el último golpe, y se lo acomodó sin más en la cabeza. Le echó un vistazo rápido al cuerpo Kurt; esa paleta les había quitado la molestia de tener que matarlo ellos mismos.

    Tomó también su arma y una vez lista, señaló con su cabeza en dirección a las cajas en las que los demás se ocultaban, indicándole a James que prosiguieran con lo siguiente. James asintió y comenzó a andar sigiloso en dicha dirección, con su rifle alzado y señalando al frente listo para cualquier cosa. Mabel lo siguió, dejando detrás a las aún inertes Matilda y Charlie.

    Todo estaba bastante calmado conforme se iban acercando a su objetivo; ¿podría ser que ya no estuvieran ahí? Con dos heridos y una niña inconsciente, era poco probable que pudieran moverse demasiado, pero igual aún no sabían todo de lo que algunos de ellos podías hacer.

    James al frente avanzó pegado a las cajas, listo para asomarse detrás de ellas. Pero antes de llegar a su objetivo, alguien saltó abruptamente hacia él, golpeándolo justo en un brazo con lo que parecía ser una pesada barra de metal. El verdadero retrocedió, resintiendo el golpe que casi lo hizo soltar el arma, pero resistiendo al final. Al alzar su mirada, pudo ver a su atacante: el detective rubio, intentando moverse torpemente sin apoyar si pierna herida, con su hombro apoyado contra la caja para no caer y su rostro empapado de sudor. Apenas y era capaz de sostener firmemente la barra entre sus manos. A James su apariencia le resultó casi patética…

    Pese a todo, Cole se lanzó hacia él una vez, intentando volver a golpearlo. A pesar de su estado, aún parecía tener el instinto natural de proteger. Esta vez no tuvo tanta suerte, pues James fue capaz de detener la barra con una mano, y justo después le propino un fuerte rodillazo directo en la boca del estómago. Cole se dobló, perdiendo totalmente el aliento. Soltó la barra, y cayó al suelo, adolorido por el golpe pero especialmente por su pierna. En el suelo, James lo pateó dos veces más, una en el estomago y otra más en la cara. Cole quedó aturdido, a punto de caer de nuevo inconsciente.

    —¿A este imbécil también hay que dejarlo vivo más tiempo? —musitó James, claramente molesto. Ya lo habían golpeado demasiado por una noche.

    —Él era para ti, pero si no lo quieres, adelante —respondió Mabel sin mucha vacilación.

    James no lo dudó y sacó en ese momento su arma corta, le quitó el seguro y le apuntó al hombre en el suelo directo al rostro. Más allá del vapor que obtendría de él, le deleitaba más la idea de quitárselo de encima al fin. Sin embargo, en un parpadeo el policía simplemente despareció de la vista de ambos, como si nunca hubiera estado ahí. Eso los dejó desconcertados, pero antes de que pudieran realmente cuestionarse qué había ocurrido, vieron que además todo a su alrededor comenzó a distorsionarse un poco, como si las paredes se doblaran como hojas de papel. Y de un segundo a otro el techo sobre sus cabezas comenzó a derrumbarse hacia ellos.

    —¡Mabel!, ¡cuidado! —exclamó James preocupado, tirándose al piso junto con ella, cubriéndola con su cuerpo en espera de sentir las vigas de metal y los escombros golpeándolos.

    Pero eso nunca pasó.

    Tras unos segundos, James se alzó y miró hacia arriba, notando con asombro que el techo estaba en su sitio, y las paredes seguían tan firmes y estables como hace un rato.

    —¿Una ilusión? —masculló Mabel, molesta y confundida.

    Voltearon al mismo tiempo a ver en donde debía estar Cole, pero éste en efecto ya no se encontraba ahí. Pero virándose un poco hacia un lado, pudieron alcanzar a ver sus pies ocultándose detrás de las cajas mientras alguien lo arrastraba.

    Furiosos, ambos se pararon rápidamente y se dirigieron corriendo al escondite, esta vez Mabel iba al frente, y apuntó con su arma en cuanto tuvo a la persona en su rango de visión. Ésta era Abra, que usando sus escasas fuerzas intentó jalar a Cole de regreso con el resto, en un vago intento de ponerlo a salvo. En cuanto sus atacantes estuvieron frente a ella, la joven cayó de sentón al suelo por la impresión, y un semiinconsciente Cole terminó también tirado en el piso, con su cabeza pegándose con éste.

    Apoyada contra las cajas se encontraba Samara, con su barbilla reposando sobre su pecho y sus cabellos negros ocultándole el rostro. Y a su lado estaba una herida y muy débil Kali, esforzándose por seguir respirando mientras tenía su mano aferrada al pecho.

    Sin embargo, la atención de Mabel estaba fija en la joven rubia sentada en el piso delante de ella; y, en especial, en esos ojos azules que la miraban totalmente espantada. Su expresión pálida, aterrada y perdida le resultó hermosa; casi excitante…

    —Abra… cadabra… —murmuró despacio la verdadera, avanzando con pasos lentos hacia ella. Y mientras caminaba, y sin quitarle los ojos de encima ni un instante a su presa, se deshizo de su rifle y pistola, y en su lugar de su cinturón sacó un largo cuchillo de hoja brillante y delgada que sostuvo con delite frente a su rostro—. Al fin nos conocemos de frente, maldita mocosa…

    Y al verla ahí frente a ella con ese cuchillo, y al escuchar su voz hablándole de esa forma, Abra la reconoció en el instante. Pero no del departamento de Thorn, donde apenas y había reparado en su presencia, sino de más atrás, de su primer encuentro con el infame grupo de monstruos autollamado el Nudo Verdadero…

    —Tú… —murmuró Abra con su voz temblorosa, mientras retrocedía lentamente en el suelo—. Yo te conozco, estabas ahí esa noche… cuando mataron a Bradley Trevor. Eres… una de ellos… Pero, ¿cómo? Yo creía que…

    —¿Qué cosa? —exclamó Mabel con ímpetu, interrumpiéndola—. ¿Qué nos habías matado a todos, paleta estúpida? Ya ves que no…

    Comenzó caminar lentamente hacia ella, jugando y divirtiéndose con sus reacciones de ratón acorralado. Su avance se truncó unos momentos cuando sintió como una mano se aferraba a su tobillo, apenas con la debida fuerza. Al bajar su mirada, la verdadera vio la mano temblorosa de Cole, y a éste que la miraba desde el suelo, apenas consciente.

    —¡Aléjate… de ella! —masculló el policía con un hilo de voz.

    Su acto valeroso no duró mucho, pues al instante el pesado pie de James se presionó fuerte contra su muñeca, aplastándola hasta que los dedos de la mano se abrieron y la tuvo que dejar ir.

    —Ya me tienes harto, paleto —masculló James con molestia, aún con su pie contra su mano, y él mismo sacó de un estuche en su cinturón un cuchillo de cazador, más grande y grueso que el de Mabel—. ¿Por qué no te mueres de una buena vez?

    Su intención era abrirle el torso entero de abajo hacia arriba con el cuchillo y sacarle todas las entrañas de un sólo jalón. Cole lo observó fijamente, intentando mantenerse la mirada con la mayor firmeza que le era posible. Si era su inevitable final, sabría al menos que llegó a él luchando hasta el último momento.

    Algo parecido a lo ocurrido anteriormente comenzó a repetirse. La figura de Cole desapareció de la vista de James, pero a los segundos volvió a reaparecer, como un flashazo. Y lo que rodeaba a ambos verdaderos también comenzó a desdibujarse, pero en pequeños parpadeos volvía a la normalidad. Mabel recorrió su mirada inquisitiva a su alrededor, y fijó su atención en la mujer con el cabello morado sentada contra la caja. Ella los miraba también de regreso, mientras respiraba entrecortada, y su nariz sangraba abundantemente. Lo que estaba intentando hacer, al parecer superaba por mucho las ya casi inexistentes fuerzas de su cuerpo herido.

    —Así que tú eres la ilusionista —indicó Mabel con abrumadora tranquilidad, y del mismo modo se le aproximó.

    Kali comenzó a intentar hacer algo para distraerla o confundirla, pero de nuevo sólo logró pequeños destellos antes de que Mabel alzara su pie y la golpeara con fuerza en el pecho con la planta de su zapato. Kali soltó un fuerte quejido de dolor, escupiendo sangre al aire. Cualquier intento de ilusión que estuviera intentando, en ese mismo momento se acabó.

    —¡No!, ¡déjala! —exclamó Abra casi suplicante a sus espaldas, y el escucharla sólo incentivó un poco más a la verdadera.

    Mabel presionó aún más su pie contra la herida, retorciéndolo un poco como si intentara limpiarse alguna suciedad. Kali siguió gimiendo con sufrimiento, aunque su voz era cada vez menos. Mabel observó como un denso rastro de vapor opaco se escapaba de la boca de la mujer que torturaba, y comenzaba a flotar sobre su rostro. La Doncella se inclinó al frente, y por el mero instinto de un animal hambriento aspiró el vapor profundamente por su nariz y boca. Se arrepintió, sin embargo, casi de inmediato de haberlo hecho.

    Comenzó de golpe a toser con fuerza, y soltar pequeñas arcadas. Retrocedió un poco, quitando su pie del pecho de Kali, mientras se sujetaba el estómago. En cuanto quitó su pie, el cuerpo de Eight se desplomó hacia un lado, quedando recostada sobre su costado, y ya no se movió.

    —¡Ugh!, ¡qué asco! —soltó Mabel, apoyada contra sus rodillas como si fuera a vomitar—. ¡Su vapor sabe rancio y viejo!

    Unos segundos después se recuperó lo suficiente para, alimentada por el coraje, poder plantarle una fuerte patada en el abdomen a la mujer tirada. Ésta, sin embargo, no reaccionó en lo absoluto; había quedado totalmente inconsciente… o algo más.

    —Esta anciana definitivamente no nos servirá —indicó Mabel, virándose sobre su hombro a James—. Termia de matarla antes de que intente otra cosa.

    James asintió, y se olvidó un momento de Cole. Y el cuchillo de caza que empuñaba ahora tenía un nuevo objetivo. Sería rápido; un corte profundo en la garganta, o quizás sólo una apuñalada directa al corazón. No había necesidad de dedicarle más tiempo del debido.

    —¡Basta! —exclamó Abra con fuerza, y como le fue posible se puso de pie y comenzó a avanzar, casi tambaleándose, hacia Mabel—. Es a mí a quién quieren, ¿o no? Yo maté a Rose y a todos sus demás amigos. ¡Deja a todos los demás en paz…!

    Justo cuando estuvo lo suficientemente cerca, Mabel se giró rápidamente hacia ella, y sin reparo alguno encajó su cuchillo profundamente en el costado izquierdo de la chica, hasta casi hundirlo con todo y su puño. Azorada, Abra gimió de dolor con fuerza, e incluso por reflejo tuvo que sostenerse de su atacante para no caer. A Mabel el sonido de su voz sufriendo le resultó delicioso.

    —Por supuesto que estoy aquí por ti, pequeña rata —declaró ferviente la verdadera cerca del oído de la chica, girando al mismo tiempo el cuchillo en su interior y haciéndola gritar aún más. La tomó entonces con su mano libre de su rostro, obligándola a verla a los ojos—. Pero también me comeré a todos estos vaporeros, sólo por estar contigo. Y disfrutaré enormemente cada bocado…

    Un rastro de vapor surgió de la boca de Abra a la vez que gemía. Mabel, que tenía su rostro a unos pocos centímetros del suyo, recibió ese pequeño regalo con gusto, inhalándolo profundamente con su boca; aquello era casi como un obsceno beso entre ambas. Ese vapor era totalmente diferente al de hace un rato, y prácticamente le lavó por completo el mal sabor de antes.

    —Dulce… fuerte… joven… —murmuró Mabel, casi extasiada—. Justo como Rose lo dijo… eres perfecta…

    Los ojos de Mabel resplandecieron intensamente en ese momento. Esos ojos, acompañados de ese tonto sombrero en su cabeza, trajeron recuerdos bastantes feos a la mente de la joven Abra. Como pudo, alzó su mano derecha, presionando sus dedos contra el rostro de la mujer delante de ella. Comenzó entonces a enfocarse, a intentar golpearla directamente en su mente como muchas veces lo había hecho, incluso esa misma tarde contra Damien. Pero en cuanto hizo el esfuerzo, el dolor que le taladraba la cabeza se volvió punzante e intenso, incluso más que el de su apuñalada.

    —Buen intento —masculló Mabel, orgullosa—. Pero ahora tú eres la que está débil… y yo soy más fuerte que nunca…

    Sacó en ese momento el cuchillo de un tirón. Abra gimió y su cuerpo cayó al suelo. Ambas manos se aferraron con fuerza a su costado, del que brotaba la sangre y le manchaba los dedos. Intentó arrastrarse para alejarse de ella, pero no pudo avanzar más que unos centímetros antes de que Mabel la tomara, la girara y entonces se colocara sentada sobre ella, sometiéndola. Mientras la sostenía firmemente con una mano, con la otra colocó el cuchillo manchado casi por completo de rojo entre ambas, justo frente al rostro de Abra para que pudiera verla con esos lindos ojos azules aterrados.

    —Todos estos años imaginé tantas cosas que te haría en cuanto te tuviera así ante mí —masculló la Doncella con un tono que resultaba casi lascivo—. Lamentablemente no hay tiempo para nada de eso… tengo mucho que comer esta noche…

    Mabel acercó el cuchillo al cuello de Abra, lista para rebanárselo de lado a lado sin que su mano le temblara ni un poco. De hecho, estaba bastante ansiosa de hacerlo; de tomar al fin la venganza que tanto merecía, de que su rostro impregnado de placer fuera lo último que esa mocosa viera, mientras devoraba todo su ser y se llenaba de ella. Y alzando su mirada sólo un poco al frente, logró ver la imagen de Rose, ahí de pie, mirándola y sonriéndole con orgullo.

    En cuanto acabara con eso, ya no sería más Mabel la Doncella.

    Ahora seria la Mabel la Chistera.

    Y el Nuevo Nudo Verdadero que crearía no sería como el anterior; sería más fuerte, mucho mejor…

    FIN DEL CAPÍTULO 107
     
  8.  
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    Resplandor entre Tinieblas
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    Resplandor entre Tinieblas

    Por
    WingzemonX


    Capítulo 108.
    Terminar la misión

    El tan esperado momento de Mabel fue interrumpido abruptamente, cuando de nuevo el sonido de disparos cortó de tajo el embriagante silencio en el que se habían sumido todos. La Doncella se sobresaltó, y se giró por instinto hacia atrás, justo para ver cómo el último de esos repentinos disparos le daba directo a James a sus espaldas. El verdadero soltó un fuerte gemido de dolor, y su cuerpo se balanceó hacia un lado, quedando de espaldas contra una de las cajas de madera. Con una de sus manos se agarraba firmemente la parte derecha de su pecho, para cubrirse la horrible y repentina herida de bala.

    Mabel miró todo aquello completamente aturdida y confundida. ¿Qué había ocurrido? ¿Quién había hecho eso?

    —Arroja tu arma, ahora —escuchó como alguien exclamaba con fuerza, su voz resonando como trueno en el eco de la bodega. Se giró entonces hacia un lado, a la misma entrada frontal que ellos habían usado para ingresar. Y ahí los vio: dos personas, salidas de la nada, cada uno con armas de fuego en mano, apuntando en dirección a James y ella.

    Eran un hombre fornido de cabeza calva, y una mujer de piel oscura y cabello rizado. Ambos de mirada intensa y desafiante, y sostenían sus armas sin la menor vacilación o temblor en sus manos. Se aproximaron en su dirección, comenzando a separarse para rodearlos, pero sin bajar sus armas ni un instante.

    —Que arrojes tu arma —ordenó la mujer de nuevo, teniendo el cañón de su pistola apuntando justo al rostro de James—. No lo repetiré una tercera vez…

    —Karina, tenga cuidado —se escuchó pronunciar con debilidad a Cole Sear desde el suelo, a los pies de James—. Tiene el poder de paralizarle el cuerpo entero si lo desea, ¡no le dé oportunidad!

    Aquello desconcertó un poco a la mujer recién llegada. Notó entonces como aquel hombre, ahora herido, la miraba intensamente mientras sujetaba firmemente su herida con una mano, y con en la otra tenía su rifle de asalto colgando de su costado. No supo que le provocaba más alarma: el arma o esos intensos ojos. Cualquiera de las dos que fuera, bastó para que sin pensárselo dos veces le disparara una vez más, pero ahora a su pierna derecha.

    James soltó un fuerte chillido al aire, y cayó al suelo sobre su costado. Su rifle se soltó de su mano, y rodó por el suelo lejos de él.

    —James… —susurró Mabel, sorprendida y también un poco asustada por el cambio tan repentino que había ocurrido. ¿Quiénes eran esas dos personas? ¿Qué hacían ahí?

    —¡Tú también suelta ese cuchillo!, ¡ahora! —gritó justo después el hombre de cabeza rapada, él teniendo su atención y su mira fija en Mabel. La verdadera lo volteó a ver sobre su hombro, y percibió rápidamente el cañón en su arma apuntándole a la espalda.

    La quijada de la Doncella se tensó. Y en lugar de que sus dedos dejaran libre el mango del cuchillo, estos de hecho se apretaron aún más a éste, hasta ponerse blancos.

    Desvió su vista de nuevo a Abra, recostada en el suelo y totalmente a su merced. Sólo que ahora el miedo en su mirada había menguado un poco, y más que nada estaba ahí, quieta y expectante, esperando ver qué era lo siguiente que ocurriría, aunque el dolor de su herida aún permanecía vivido en la mueca de su boca.

    Estaba tan cerca; ¡la tenía ya ahí en sus manos! El dulce sabor de su vapor aún jugueteaba en su interior, y su cuerpo le incitaba a que le diera más. ¿Cómo podían exigirle que la dejara ir? ¿Cómo podían esperar que soltara su arma estando tan cerca de completar lo que tanto tiempo estuvo esperando? ¿Cómo podría seguir viviendo luego de probar ese delicioso vapor y simplemente dejarlo ir?

    Incitada por su rabia y su deseo, más que por su propio raciocinio, Mabel ignoró por completo la advertencia y jaló el cuchillo hacia atrás con la intención de encajarlo de una sola puñalada en el centro del pecho de esa mocosa de una vez por todas. Y por ese pequeño instante de tiempo, pudo ver el terror volviendo a la mirada de su víctima, y sólo eso hizo que todo valiera la pena.

    Pero no duró mucho.

    Era difícil determinar qué sonó primero: el estruendo del primer disparo del arma de Carl, o el imponente “¡NO!” que surgió de la boca de James al darse cuenta de lo que estaba por ocurrir. Quizás ambos habían ocurrido al mismo tiempo. Como fuera, ese primer disparo le dio directo a la verdadera en el hombro izquierdo, entrando por su espalda y saliendo al frente. Su sangre brotó de su herida manchando el rostro de Abra debajo de ella; un grito de espanto de la joven fue un sonido más que acompañó esa sinfonía discorde de confusión.

    Mabel arqueó su espalda, y sus ojos desorbitados si fijaron en el techo. Sus dedos se abrieron, y el cuchillo cayó al suelo a un lado de la cara de Abra. Y mientras el cuerpo de la mujer se desplomaba lentamente hacia el frente, se suscitaron tres disparos más; uno más de Carl, y dos de Karina, ambos habiendo reaccionando a la par cómo su entrenamiento así se los exigía. Y esas tres balas iban también en dirección a la misma persona. Sin embargo, ninguna dio en su blanco como la primera.

    De alguna forma que resultaría imposible para una persona común, en la escasa fracción de segundos que se suscitó entre el primero y el segundo disparo, y aún a pesar de sus dos heridas, James logró sobreponerse, pararse, y prácticamente de un salto colocarse en el camino. Los tres disparos adicionales le dieron justo en su torso, sirviendo como un gran escudo humano para proteger a su mujer.

    Todo fue tan rápido que ni siquiera los dos tiradores se dieron cuenta de lo ocurrido, hasta que el estruendo de las ráfagas se aplacó, y pudieron contemplar el cuerpo grande de la Sombra, cayendo de rodillas al suelo con ahora cuatro horribles heridas de bala en su pecho y abdomen, además de aquella en su pierna.

    Ignorante aún de lo que había ocurrido, Mabel quedó prácticamente recostada contra el cuerpo de Abra tras ese primer disparo. La joven, asqueada y alterada, usó todas las fuerzas que pudo para quitársela de encima con un empujón, causándole el esfuerzo un dolor punzante en su herida. Mabel quedó tendida a su lado, poco a poco recuperando de nuevo el sentido. Abra intentó alejarse de ella, pero recibió rápidamente apoyo de Carl, que se le aproximó, la tomó con uno de sus fuertes brazos, mientras con el otro apuntaba a Mabel.

    —¡No!, ¡suéltame! —gimoteó Abra asustada al sentir que la tomaban de esa forma.

    —Está bien, está bien. Vinimos a ayudar —le murmuró Carl despacio mientras la ayudaba a sentarse con su espalda contra otra caja. Sacó entonces un pañuelo grueso de su pantalón y lo presionó contra la herida de su costado—. Sujeta esto, presiónalo lo más fuerte que puedas.

    Abra, sollozando un poco y respirando con agitación, hizo lo que aquel hombre le decía sin cuestionárselo.

    —Es una herida fea, pero sobrevivirás —le indicó Carl, intentando sonar animado. Y Abra, de hecho, se sintió ligeramente animada de escuchar eso.

    Mientras Carl revisaba a Abra, Karina se aproximó a Cole, colocándose de cuclillas a su lado para revisarlo rápidamente con la mirada.

    —¿Se encuentra aún con nosotros, detective? —le preguntó con voz estoica.

    —Apenas… —murmuró Cole con un tono irónico que apenas se hacía notar—. No lo tome a mal, Karina, pero es la primera vez que estoy sinceramente contento de verlos. Creo que debo agradecerle a Dios de que hayan llegado justo a tiempo.

    —Sí, debería hacerlo —le respondió la mujer con algo de sequedad—. Tenemos mucho de qué hablar usted y yo; mucho que contar y explicar.

    —Supongo que sí…

    Karina se puso de pie y se aproximó hacia las otras personas. Primero revisó a Samara, tomándole el pulso y revisando si no tenía alguna herida. La niña estaba bien; parecía simplemente dormida, a pesar de todo el ajetreo que había ocurrido ante ella.

    Luego se aproximó a la mujer de piel oscura y cabello pintado, tendida en el suelo a su lado. La herida en su pecho era bastante visible, y algo de sangre se había comenzado a encharcar en el suelo debajo de ella. Karina se agachó y le tomó el pulso en su cuello. Su rostro frío no dejó muy claro su veredicto, pero era de hecho bastante esperable…

    —¿James? —se escuchó de pronto que murmuraba Mabel con debilidad. Carl y Karina se pusieron alerta al oírla, y rápidamente se incorporaron y apuntaron sus armas hacia ella. La mujer se había alzado apenas un poco, y contemplaba estupefacta a su compañero, tirado en el suelo empapado de sangre—. No, ¡no! —exclamó Mabel aturdida, y rápidamente gateó hacia donde el otro verdadero yacía. Se sentó a su lado y recostó su cabeza sobre las piernas de ella. Los ojos oscuros de la Sombra se pasaron vacilantes en ella—. James, mírame… escúchame…

    La boca de James se abrió, aspirando un poco de aire, sonando como un silbido carrasposo y doloroso.

    —Estás… herida… —masculló entrecortado—. Estos… paletos… se atrevieron a herirte… de nuevo… los…

    —No hables, mi amor —murmuró Mabel entre sollozos, mientras le acariciaba dulcemente el rostro con sus manos—. Por favor, mejor no hables…

    Abra observó y escuchó todo eso desde su posición con una extraña mezcla de sentimientos. El dolor y el coraje que se percibía en la voz de Mabel eran tan desgarradores, que quizás en otro contexto, quizás si no supiera lo que esos dos eran en realidad, podría incluso sentir lastima por ellos.

    Pero no era así.

    Y lo único que Abra sentía era una tremenda ira; de esas que a veces la dominaban y era incapaz de moderar.

    —¡No les den oportunidad! —les gritó Abra con fuerza a Carl y Karina—. ¡Mátenlos antes de que sea tarde!

    —Ya están sometidos, tranquila… —intentó decirle Carl, pero a Abra no le importó.

    —¡Ustedes no entienden! No son personas, ¡son monstruos! Si les dan oportunidad, ¡nos matarán a todos de una u otra forma! ¡Dispárenles!

    Aquello no tenía sentido para Carl y Karina. ¿Cómo lo tendría?; ellos no habían vivido lo mismo que la Abra de doce había vivido; ni siquiera habían visto por completo lo que la Abra de diecisiete había visto en esa bodega sólo unos minutos atrás. Y esa vacilación fue la que le dio una última oportunidad a James la Sombra.

    Estando ya rodeados, el verdadero hizo un último esfuerzo. Y usando las últimas fuerzas que le quedaban, volcó enteramente su mente en Karina, Carl, Cole y Abra al mismo tiempo. Los primeros dos cedieron casi de inmediato, y se quedaron de golpe congelados, de pie en su sitio sin moverse o siquiera bajar sus armas. Cole les siguió un poco después, quedando de nuevo tirado en el suelo. Y Abra, aunque al inicio se resistió, en su debilidad su mente poco a poco igual fue cediendo, quedando totalmente flácida contra la caja en la que se estaba apoyando.

    Terminada su última acción, James tosió con fuerza, se inclinó hacia un lado y escupió algo de sangre en el suelo. Y justo después, su cuerpo comenzó a ciclar… a desaparecer por fracciones de segundos, y luego a reaparecer.

    Mabel retrocedió un poco, aterrada por esa visión. Había visto a tantos de sus hermanos pasar por eso, en especial desde el contagio del mortal sarampión. Pero nunca, nunca ni en sus más catastróficos escenarios mentales, consideró la posibilidad de que algún día le tocaría ver a James, a su James, en ese estado…

    —Huye… vete… —le murmuró la Sombra con debilidad.

    —No, no te dejaré aquí solo… —le respondió Mabel, vacilante.

    —Estoy muy débil, ya no podré sostenerlos por mucho… —le señaló James, pero Mabel siguió sin reaccionar—. Vete… ¡Ya! —le gritó con más fuerza acompañado de otro ataque de tos; más sangre surgió de su boca, y de nuevo cicló.

    A como le fue posible, logró recostarse sobre su espalda y fijar su vista en ella; deseaba verla al menos una vez más. Su rostro atemorizado y ojos llenos de lágrimas no era el último recuerdo que quería tener de ella, pero pese a todo le resultaba una imagen mucho más hermosa que cualquier otra.

    Estrechó su mano entre sus dedos, apretándolos con apenas una fracción de la fuerza que sus grandes manos solían tener. Mabel lo sujetó con firmeza, y le besó dulcemente su mano, mojándola igualmente con unas cuantas de sus lágrimas.

    —Somos el Nudo Verdadero —murmuró Mabel despacio entre sollozos.

    —Nosotros… perduramos… —le respondió James con apenas un escaso hilo de voz.

    Mabel se inclinó de inmediato sobre él, dándole un beso con los labios que pudiera de alguna forma transmitirle todo el amor y toda la gratitud que sentía por él.

    Sólo hasta entonces Mabel fue capaz de comprender por completo todo lo que Hugo debió haber sentido en aquel tortuoso momento en el que tuvo que despedirse de la persona que más amaba, de una forma bastante parecida a esa.

    Temblorosa y adolorida por el disparo que había recibido, Mabel se paró y se encaminó a la salida trasera. Sin embargo, apenas dio dos pasos y se detuvo. Viró su atención hacia un lado, hacia donde Abra reposaba aún paralizada. El cuchillo estaba a unos metros de ella; podría tomarlo y terminar lo que había comenzado…

    No, no había suficientemente tiempo; y mientras vacilaba este tiempo se iría acortando. Aunque pudiera cortarle el cuello y dejarla para que se desangrara, no podría obtener de ella ni siquiera el vapor suficiente para curarse esa horrible herida, en especial si estaba prácticamente dormida mientras lo hacía.

    «Dormida…»

    Se viró entonces hacia un lado, en donde Samara reposaba aún inconsciente.

    Sin importar qué, no se iría de ahí con las manos vacías.

    —¿Qué esperas…? —masculló James con voz apagada desde el suelo. Su cuerpo iba y venía, cada vez más constante dejando incluso en una ocasión sólo a la vista la forma de sus nervios y venas—. Debes irte… no… duraré mucho más…

    —Tu sacrificio no será en vano, mi amor —declaró Mabel con beligerante decisión. Se aproximó entonces a Samara y la tomó firmemente en sus brazos. El cuello de la niña colgó hacia un lado sin oposición, al igual que sus largos cabellos.

    —Mabel, no… —murmuró James—. No vale… la pena…

    —Te lo juro —soltó Mabel con fuerza, mientras estrujaba a la niña en sus brazos contra ella—. Todos estos paletos, todos ellos pagarán por lo que nos hicieron. Empezando por esta mocosa…

    Y sin esperar más, comenzó a correr a la salida con su botín.

    James sólo pudo contemplar en su lecho como la mujer se alejaba, hasta perderla de vista en la puerta, y sólo ver cómo se internaba en la noche lluviosa que se había cernido. Ella no se giró a mirarlo de nuevo durante su huida, pero no importaba. Al menos estaba a salvo; había cumplido su deber como su protector y su amante, hasta el último momento.

    James se recostó por completo en el suelo, y fijo su mirada en el techo sobre él. No sentía miedos o remordimientos como pensó que sentiría cuando ese momento llegara. Estaba en paz, sabiendo que había hecho todo lo que debía hasta el último momento, y de que quizás lo habría hecho todo exactamente igual de tener la oportunidad.

    Estaba listo para irse…

    —Adiós… mi amor… —murmuró despacio entre ciclos, cerrando justo después sus ojos por última vez.

    Su cuerpo se sacudió dolorosamente en los últimos segundos, y soltó un fuerte grito al aire que dejó salir gran parte del vapor que su propio cuerpo guardaba. Cicló repetidas veces en cuestión de segundos, y de uno de esos estados simplemente ya no volvió…

    Todo su cuerpo físico se convirtió en vapor blanquizco, y comenzó a elevarse en el aire. James la Sombra había dejado de existir, y en el sitio donde hasta hace poco yacía sólo quedaron tiradas sus ropas. Los agujeros de bala habían quedado marcados en las prendas, pero ni siquiera la sangre se quedó como evidencia de que alguien las hubiera usado.

    Unos segundos después, el efecto de su choque mental comenzó poco a poco desvanecerse en sus últimas víctimas. Las primeras en reaccionar fueron Matilda y Charlie, que aturdidas y adoloridas comenzaron a sacudirse en el suelo delante de la camioneta. El silencio que las envolvía al despertarse (aunque llamarlo de esa forma no se sentía correcto) les resultó bastante intranquilizador.

    —¿Qué ocurrió? —masculló la psiquiatra, claramente alarmada. Se puso de pie, tambaleándose un poco—. ¿Dónde están…?

    Charlie no tenía una respuesta a sus preguntas, y tampoco intentó inventarse alguna. Simplemente cuando pudo al fin pararse, corrió apresurada hacia donde los demás se suponían se habían ocultado.

    —¡Kali!, ¡Abra! —gritó con fuerza mientras se aproximaba, con su mente más que lista para dejar salir su energía contra el que fuera.

    Al virarse detrás de las cajas, lo primero que la reportera vio fue a Carl y Karina, que recién habían reaccionado también, y miraban confundidos el montón de ropas en el piso donde, hasta hace un instante en su perspectiva, se encontraba un hombre herido.

    —¡¿Quiénes son ustedes?! —les gritó Charlie con amenaza al verlos. Los dos desconocidos se viraron al mismo tiempo hacia ella, apuntándola con sus armas. Eso por mero reflejo puso en alerta a Charlie, y un segundo más y quizás ambos hubieran terminado calcinados igual que Kurt, y quizás peor…

    —¡No, espere! —exclamó Cole desde el suelo, alzando una mano para intentar llamar su atención—. ¡Están de nuestro lado!, ¡vienen a ayudarnos!

    Al oír eso, Charlie se tranquilizó un poco… pero no demasiado. Sus ojos seguían fijos en esos dos, y los de estos en ella. Las cosas no se calmaron del todo hasta que Karina bajó lentamente su arma, seguida por Carl un rato después, y Charlie igualmente lo hizo (aunque no de forma literal).

    Su preocupación por los dos extraños se hizo de lado cuando su atención se fijó más atrás de ellos, en el cuerpo de Kali tendido e inmóvil.

    —¿Kali? Oh, no… —masculló despacio con voz quebrada. Sacándole la vuelta a Cole y a los otros dos, se dirigió directo a ella, agachándose a su lado. Sin embargo, aún antes de acercarse, aún antes de colocar sus manos en su cuello o en su rostro, ella ya lo sabía…

    El rostro de la poderosa y fuerte mujer que en alguna ocasión fue conocida como Eight, reposaba inclinado hacia un lado, quieto y, de cierta forma, tranquilo; con sus ojos cerrados, como si durmiera. Aunque, con algo de humor, Charlie pensó que en tantos años nunca la había visto dormir tan tranquila.

    Sollozos comenzaron a surgir de su boca, convirtiéndose poco después en pequeños gemidos. Intentó evitarlo al inicio, pero al final las lágrimas comenzaron a resbalarse por sus mejillas.

    —Vieja estúpida —murmuró con dolor en su voz, mientras dejaba caer una mano sobre el pecho de su amiga, sin importarle si se manchaba de su sangre—. ¿No dijiste que me enterrarías tú a mí? Dios…

    Alzó su mirada hacia otro lado, cubriéndose su boca con una mano, y comenzó a respirar lentamente en un vago intento de tranquilizarse. Sin importar qué, no era el momento ni el lugar para quebrarse así.

    Matilda se había aproximado unos instantes después detrás de Charlie, y había contemplado aquello en silencio. Pensó en acercarse y revisar a Kali, pero supo casi al momento que sería inútil. Pensó también en quizás en su lugar aproximarse a Charlie, decirle algo… pero tampoco lo sintió correcto; no de momento.

    “A las chicas rudas como nosotras nos es difícil pedirle ayuda a alguien más, ¿cierto?” le acababa de decir hace poco en realidad.

    En su lugar, Matilda se aproximó a Cole, agachándose a su lado.

    —No me preguntes si estoy bien, por favor —le murmuró el detective, aún antes de que la psiquiatra abriera la boca.

    —De acuerdo —respondió Matilda con voz apagada, pero igual posó su atención en su pierna. De nuevo sangraba, y además ahora tenía algunos nuevos golpes. No le dijo nada, pero su mirada de preocupación fue suficientemente reveladora para el oficial.

    —Así de mal, ¿eh?

    Matilda guardó silencio.

    —¿Dónde están el hombre y la mujer? —preguntó tras un rato, cambiando un poco el tema.

    —Él… creo que está ahí —respondió Cole, señalando con su mirada hacia las ropas de James en el suelo—. Y la mujer, no lo sé. Creo que él nos paralizó para que ella pudiera escapar.

    Antes de que Matilda se animara a decir algo más, la voz de alguien más se hizo notar.

    —Roberta —escuchó la reportera a sus espaldas pronunciar a Abra. Y aún con sus ojos empapados, Charlie se viró rápidamente hacia ella. Se sintió aliviada de ver que ella estaba bien; aunque no tanto al ver que en realidad no lo estaba del todo “bien”, pues se sujetaba su costado con ambas manos, en un punto justo en donde su suéter se había teñido de rojo.

    —Oh, por Dios —musitó Charlie, acercándosele rápidamente para sujetarla; justo a tiempo pues Abra casi se precipitaba al suelo—. Tranquila, siéntate…

    —Me duele —musitó la joven despacio.

    —Lo sé, lo sé… no te preocupes —le susurraba Charlie, obligándose a recuperarse más rápido, mientras la ayudaba a sentarse en el piso—. ¡Doctora!, ¡venga por favor!

    Matilda reaccionó en cuanto se sintió aludida.

    —Enseguida vuelvo —le indicó a Cole mientras se alzaba. Éste agitó su mano en señal de aprobación. Igual mientras se alejaba, Karina ya se le había aproximado para ayudarlo a levantarse.

    —Lo siento —murmuraba Abra con pesar, mientras miraba a Kali en suelo a unos cuantos metros de ellas—. No pude protegerla, lo siento… soy una inútil, soy una tonta. Ellos vinieron aquí por mí… Todo esto es mi culpa…

    —No digas tonterías —le contestó Charlie, sonando casi como un duro regaño—. Ambas sabemos bien quién es el único culpable de toda esta mierda.

    Abra guardó silencio, asintiendo. Por supuesto que lo sabía.

    Matilda se aproximó en ese momento y se agachó a un lado de Abra.

    —Permíteme —le indicó la psiquiatra, y con delicadeza alzó el suéter y la blusa de la joven para poder ver directamente la herida. Tras inspeccionarla un rato, e incluso tocar alrededor de ella con sus dedos, de nuevo su expresión no pareció alentadora—. Bien, síguela presionando —le indicó y guio sus manos con el pañuelo de regreso a la herida—. Necesita atención de inmediato —señaló con firmeza, dirigiéndose ahora a Charlie—, y Cole también. Es momento de ir a un hospital real, y que pase lo que tenga que pasar.

    —Nosotros sabemos de un lugar al que podemos llevarlos —oyeron como intervenía Karina. En ese momento se encontraba ayudando a Cole a sentarse sobre una caja—. Es una clínica a cargo de la iglesia, cerca del centro. Es parte de una red de sitios similares que ayuda a nuestra organización con situaciones como ésta. No es un hospital sofisticado, pero servirá de momento. Y es discreto.

    —¿Y cuál es su organización exactamente? —cuestionó Charlie, un tanto desconfiada.

    —Hablemos de eso después —se adelantó Cole a responder—. Por favor, llévenos. Estamos en sus manos…

    Karina asintió, y se apuró entonces a ayudarlo a pararse de nuevo.

    —El auto está afuera. Movámonos rápido.

    Carl acató la indicación y se aproximó a Abra para ayudarla también a alzarse.

    Todos estaban más que listos y dispuestos a irse de ese sitio de una vez por todas.

    El siguiente reflejo de Matilda fue virarse hacia Samara y cargarla, esperando verla aún dormida en el mismo sitio en el que la había dejado. Sin embargo, justo hasta ese momento se dio cuenta de que ella en realidad ya no estaba ahí. Y echando una mirada rápida a su alrededor, contempló con horror que no había rastro alguno de ella.

    —¿Dónde está Samara? —soltó de pronto al aire, totalmente alarmada.

    Su pregunta llamó la atención de todos, que por instinto también miraron a su alrededor en su búsqueda con el mismo resultado.

    —Ella estaba justo… —indicó Cole señalando a donde la había visto recostada. Y entonces su atención se fijó en la puerta trasera, abierta—. La mujer del sombrero… ella debió…

    —No, no… —pronunció Matilda con espanto, interrumpiendo sus palabras—. Dios, no…

    Sin dudarlo ni un instante más, comenzó a correr despavorida hacia a puerta. El dolor de la herida en su brazo la dobló un instante, pero de inmediato se apresuró a recuperarse y seguir corriendo.

    —Matilda, ¡no vayas sola! —le gritó Cole a sus espaldas, e hizo incluso el intento de querer seguirla, olvidándose de su deplorable estado por un momento.

    —Será mejor que no intente moverse más, detective —le indicó Karina, que lo sujetó firmemente contra ella para que no cayera.

    —Tienen que ayudarla, ¡no pueden dejarla ir sola! Por favor…

    Karina lo observó con atención. Se veía realmente consternado por esa mujer, quien quiera que fuera.

    —Carl —murmuró despacio, mirando a su compañero. Éste asintió, entendiendo rápidamente.

    El hombre de cabeza calva le pasó entonces Abra a Charlie para que ella la sujetara, y se apresuró a ir detrás de la doctora, con su arma en mano.

    — — — —
    Afuera el sol acababa de meterse, y la lluvia que había estado amenazando toda la tarde con caer lo había hecho al fin, con tanta fuerza desde el mero comienzo que incluso las aguas del canal que corría detrás del área de bodegas habían comenzado a arreciar.

    Una vez que salió de la bodega, Mabel comenzó a avanzar paralela a la barda del canal, con paso moderadamente acelerado considerando que cargaba a una niña de unos treinta kilos, y que la herida en su hombro le ardía. La lluvia ciertamente le resultaba molesta, y los cabellos de su fleco se le pegaban al rostro; y ni siquiera tenía tiempo de cuestionarse dónde había quedado su sombrero.

    No tenía un plan fijo, ni una ruta de escape marcada, o algún lugar claro a dónde ir más allá de su casa rodante ubicada al otro extremo de la ciudad, y a la que difícilmente podría llegar ella sola a pie. Lo único que le quedaba era buscar un lugar seguro, alejado y solitario, en donde pudiera darse el tiempo de exprimir a esa mocosa en sus brazos, y sacarle hasta la última gota de vida. Y por lo que sentía en ella, sería más que suficiente para curarse, recuperar sus fuerzas y luego…

    Luego decidiría qué hacer.

    Pero la promesa que le había hecho a su amado James antes de irse no había sido sólo palabras vacías. Y ya fuera ese día o dentro de mil más, terminaría vengándose de todos los que le hicieron daño. Y sufrirían por cien lo que les hicieron a ella y a sus hermanos.

    Sólo necesitaba primero encargarse de esa mocosa…

    Pero cuando ya se había alejado una distancia significativa de la bodega, sin que Mabel se percatara al inicio los ojos de Samara se habían abierto lentamente. Y lo primero que había percibido al estar consciente de nuevo, fue la sensación del agua fría golpeándole la cara, y el olor a hierro de la sangre que brotaba de la herida de Mabel en su hombro. Y una vez que la somnolencia se esfumó por completo de su mente, se viró a intentando ver quién la estaba cargando. Su primer pensamiento fue que era Matilda. Sin embargo, cuando se agitó y le advirtió a su captora que estaba despierta, ésta se detuvo y la volteó a ver, y le dejó claro que no lo era.

    Los ojos de Samara se abrieron por completo con alarma, y comenzó a agitarse confundida y asustada, intentando liberarse.

    —¡Estate quieta! —le ordenó Mabel con voz beligerante—. Todo está bien, soy tu amiga, ¿recuerdas? —le murmuró, intentando fingir una sonrisa amistosa—. Te llevaré con Thorn. Él me envió por ti…

    —¡No!, ¡suéltame! —le gritó Samara con fuerza, empujándose con sus manos y agitando sus pies. Mabel intentó sujetarla lo mejor posible, pero terminó soltándose de sus manos y cayendo de fauces al suelo.

    El rostro de Samara chocó contra el concreto mojado, lastimándola un poco. Aun así, intentó arrastrarse por el agua encharcada para alejarse de ella, y luego intentar levantarse. Pero antes de que se alzara por completo, Mabel se lanzó sobre ella, aplastándola con su cuerpo entero para someterla.

    —¡No!, ¡déjame! ¡Déjame! —le gritaba Samara con desesperación, mientras se sacudía debajo de ella—. ¡No quiero volver ahí!

    —¡Perfecto!, ¡por qué yo no quiero llevarte tampoco! —declaró Mabel colérica, y rápidamente la tomó y la volteó de un jalón violento, recostándola contra el suelo y sentándose sobre ella para que no se moviera.

    Ambas estaban empapadas y sucias. La niña de cabellos negros la miraba desde abajo, sollozando asustada y confundida. Mabel estaba de nuevo en la misma posición en la que había estado con Abra hace sólo un rato atrás. Pero ahora no tenía su cuchillo, ni ninguna otra arma más allá de sus propias manos…

    Y su herida le dolía aún más que antes debido a todo el ajetreo.

    No era la situación óptima que se había imaginado, pero le sería imposible llevársela muy lejos así. Tendría que encargarse rápido, sacarle al menos lo suficiente para curarse su horrible herida, y entonces poder huir por su cuenta.

    Rápidamente extendió sus manos directo hacia el delgado cuello de la niña, comenzando a apretarlo fuertemente. Samara se estremeció, y de inmediato llevó sus pequeñas manitas contra las de Mabel, intentando con desesperación quitárselas de encima, pero la fuerza física de la verdadera era superior.

    Los ojos bien abiertos y aterrados de Samara, miraban fijamente al frente, mientras de su boca surgían varios quejidos dolorosos.

    —No lo hagas… no lo hagas… —llegó a pronunciar la niña, apenas logrando sonar como algo más que un molesto sonido gutural.

    —Cállate —le ordenó Mabel mientras la seguía apretando.

    —Por favor… no lo hagas…

    —¡Cállate, puta paleta! ¡Todos ustedes no han sido más que una enfermedad en mi vida! ¡Mataron al hombre que amaba! ¡No merecen vivir…!

    Los dedos de Mabel se apretaron más fuerte contra el cuello de Samara, y la voz de ésta se cortó por completo ante la tajante falta de aire. Sin embargo, sus ojos desorbitados seguían fijos en el mismo punto, que no era de hecho el rostro de la verdadera. En realidad, su mirada y su súplica no eran directamente para su atacante, sino para algo más atrás de ella: aquel ser opaco de sus pesadillas, envuelto en oscuridad y en humedad, y que se le aproximaba por detrás paso a paso, extendiendo su larga y pálida mano a su cabeza.

    Samara no quería morir; ese era un miedo latente y fuerte en ella. Pero… si la alternativa era sumirse a la oscuridad, a someterse a lo que esa criatura deseara con tal de que la salvara una vez más… igual que había pasado con su madre…

    ¿Valía eso la pena?

    No quería ser ese monstruo.

    No quería matar a más gente…

    Sin embargo, antes de que la Otra Samara pudiera alcanzar a su presa, un estruendo similar a un relámpago se hizo sentir por encima de la lluvia o del agua del canal corriendo. Pero no era un relámpago, sino otro disparo más, como tantos que se habían suscitado en ese rato.

    —¡Agh! —gimió Mabel adolorida, y su cuerpo entero se ladeó hacia un lado, cayendo en el concreto a lado Samara.

    Una vez libre, la niña de Moesko comenzó a toser con fuerza, y a inhalar aire con fuerza de regreso a sus pulmones. Se giró en el suelo, intentando levantarse un poco aunque aún no había recuperado de todo el aliento. Escuchó entonces los pasos de alguien chapoteando, y supo de inmediato que no eran los de la Otra Samara.

    Alzó su mirada, y contempló para su sorpresa una figura pequeña aproximándose en la lluvia, con su brazo extendido al frente y un arma de fuego en su mano.

    Cuando estuvo lo suficientemente cerca, Samara la reconoció.

    —Esther… —murmuró despacio, con su voz apenas volviendo a la normalidad.

    La mujer de Estonia sonreía complacida.

    —Siempre tengo que estarte salvando el pellejo, ¿verdad? —musitó una vez que estuvo de pie a lado de Samara.

    Retiró en ese momento el cartucho de la pistola para revisar cuantas balas le quedaban. La había tomado de la bolsa de Kurt en el auto, y al parecer tenía la carga completa, salvo por el disparo que acababa de hacer. Colocó de nuevo el cartucho en el arma, en el momento justo en el que Mabel hacía el intento de volver a levantarse. El disparo le había dado justo en el brazo derecho, y al parecer la bala se había quedado ahí alojada.

    Antes de que pudiera levantarse del todo, Esther disparó una vez más, haciendo que Samara a su lado reaccionara tapándose los oídos y cerrando ojos. La bala le dio a Mabel ahora en la parte trasera de su muslo derecho. La verdadera volvió a soltar un alarido al aire y cayó de nuevo, golpeándose la cara contra el duro el suelo.

    —Para ser seres supuestamente tan antiguos y peligrosos, no son en realidad muy listos, ¿verdad? —comentó Esther con tono burlón mientras se le aproximaba—. ¿Qué es lo que te proponías exactamente?

    —¡Librarme de todos ustedes de una vez por todas! —soltó Mabel llena de ira, virándose en el piso a verla. Su nariz y labio le sangraban por el último golpe, sin contar los dos disparos—. Todos ustedes no son más que una peste, que han venido a destruir todo lo que yo amo. Desde el imbécil niño del béisbol y su sarampión, la estúpida Abra, y en especial el maldito de Damien Thorn. Consumir a todos ustedes era la única opción para poder acabar con él de una vez por todas.

    Mientras hablaba, se había ido arrastrando por el suelo con sus brazos y piernas hasta la barda baja que separaba el camino del canal. Se apoyó como le fue posible en ésta para alzarse y ponerse de pie, posada contra la barda para no caerse de nuevo. Al mirar hacia atrás, contempló a Esther a unos metros de ella. La observaba fijamente con expresión estoica y fría; y su arma ahora apuntaba al suelo.

    —Tú… tú debes de entenderme, ¿o no? —musitó Mabel, extendiendo una mano amable hacia ella—. Sabes que lo digo es cierto; ¡el mocoso Thorn debe morir! —Esther siguió en silencio—. Aún estamos a tiempo… déjame alimentarme… de ella… —indicó señalando a Samara, que se exaltó al oírla—. Será suficiente para que me cure. Y entonces acabaremos juntas con Abra y los otros. Y así tendré la fuerza suficiente para acabar con él, y seremos libres; las dos lo seremos…

    Esther la contempló en silencio por un rato. Entre las tres sólo se percibía el piqueteó de la lluvia cayendo. Tras un rato, una sonrisa gentil se dibujó en los labios de la mujer de Estonia.

    Alzó su arma justo entonces, le apuntó con ella, y al instante siguiente volvió a disparar, dándole ahora directo en el costado izquierdo de su torso.

    Mabel gritó despavorida. Su cuerpo se giró por completo contra la barda, quedando casi por completo sobre ésta.

    —Suelo tener mejor puntería —comentó Esther con tono jocoso, y comenzó caminar tranquilamente la distancia que las separaba—. Ha de ser la luz y la lluvia, lo siento.

    —¡¿Cuál es tu maldito problema?! —espetó Mabel furiosa, virándose hacia ella como pudo—. ¿Acaso en verdad le eres leal a ese bastardo? ¡Tú también deberías querer verlo muerto!

    —Sería lo esperado, ¿cierto? —respondió Esther entre risillas—. Pero, por extraño que parezca… no; no tengo interés en que muera. Y no porque le sea leal ni nada parecido. Simplemente él y yo teníamos un trato; yo cumplí mi parte, y él cumplió la suya. No hay resentimientos ni nada parecido. De hecho, ya no hay nada entre él y yo. Sólo me quedé un poco más para conocerlos a ustedes dos, y saber si podía obtener un poco más de información sobre… esto que me pasó. Pero ya veo que no, así que mis asuntos aquí han terminado.

    —¿Entonces por qué haces esto…?

    Estando ya de pie justo delante de ella, Esther le volvió a sonreír con la misma morbosa ternura de antes. Alzó su arma una vez más, pegando la punta de ésta contra la frente de la herida y desconcertada Doncella.

    —Bueno, creo que me caes mal —declaró Esther de pronto con una aterradora naturalidad, esbozando una sonrisa alegre aún más amplia, y que incluso enseñaba un poco de sus dientes.

    —¡Samara! —gritó la voz de alguien a sus espaldas, distrayendo un momento a Esther y obligándola a virarse hacia atrás en busca de su origen.

    Mabel aprovechó ese instante; James no se había sacrificado por ella para que muriera ahí sin pelear. Alzó en ese momento su pierna sana, y con una patada alejó a Esther de ella, empujándola con fuerza hacia atrás y haciéndola caer de espaldas al piso. La patada también sirvió de impulso para Mabel, pues su cuerpo se ladeó hacia atrás, pasando por encima de la barda de protección y cayendo hacia el otro lado.

    El cuerpo de la verdadera se precipitó hacia abajo, golpeándose una vez contra la pared del canal, y luego sumergiéndose en las embravecidas aguas, desapareciendo a simple vista.

    En cuanto pudo, Esther se paró de un salto y se dirigió a la barda, apuntando con su arma hacia el canal. En la oscuridad, le fue imposible divisar a la mujer, y tras unos segundos le fue más que obvio que el agua se la había llevado.

    —Maldición… —soltó molesta, volviendo a colocar sus pies en suelo seguro.

    Cuando se viró de regreso, pudo ver aproximándose por el camino a dos personas bajo la lluvia; una mujer y un hombre.

    —Matilda —musitó Samara, con júbilo desborrando de su voz. Reconocer a la psiquiatra aproximándose a ella, fue lo que le bastó a la pequeña para poder pararse al fin y caminar presurosa a su encuentro.

    —¡Samara! —exclamó Matilda, aliviada aunque aun claramente preocupada. Se agachó delante de ella sin dudar, y la abrazó fuertemente, dándole además unos pequeños besos en la corona de su cabeza—. ¿Estás bien, pequeña? ¿Estás herida?

    Samara también la abrazó, y negó rápidamente con su cabeza como respuesta, aunque ciertamente su cuello le dolía. Pero eso no importaba de momento; ahora todo estaba bien. Y al abrir sus ojos y mirar alrededor, se sintió aún más aliviada de no ver rastro alguno de la Otra Samara.

    —Qué conmovedor —musitó Esther irónica desde su posición, jalándose de inmediato la atención de Matilda. La había visto en la lejanía, pero sólo hasta ese momento su identidad le fue clara.

    Rápidamente se colocó delante de Samara de forma protectora, alzando una mano como amenaza en su dirección. Carl, detrás de ella, la apuntó con su arma. No se sentía muy cómodo con la idea de apuntarle a una niña, pero las cosas que había visto en los últimos años le habían enseñado a no juzgar a nadie por su sola apariencia.

    —Suelta esa arma, niña —le ordenó Carl con voz tosca.

    Esther se mantuvo quieta, dejando a la deriva cuál sería su siguiente acción.

    —No, no le hagan daño —pidió Samara, saliendo de detrás de Matilda para colocarse delante de ella—. Ella me salvó… —Alzó su mirada en ese momento hacia Esther, asintiendo lentamente—. Gracias…

    Matilda la miró, confundida por tal declaración. Y al ver de nuevo a Esther, ésta sólo sonrió y se encogió de hombros. Aunque igual, quizás en un intento de tranquilizar un poco las cosas, y de que ese gigantón dejara de apuntarle, tiró su arma al piso. Carl tomó con buena voluntad este acto, y bajó su pistola; Matilda no estaba segura de darle la misma oportunidad.

    Al sonido de la lluvia se le sumó algo más: las sirenas lejanas de la policía, aproximándose en su dirección. Aquello no sorprendió mucho a ninguno; se habían suscitado tantos disparos en tan corto tiempo, que era esperable que esto llamara demasiado la atención de alguien, incluso considerando la zona en la que se encontraban.

    —Mi canción favorita —musitó Esther escéptica. Miró entonces de nuevo directo hacia Samara—. Hora de elegir. ¿Vienes conmigo o te quedas?

    Samara se sobresaltó un poco. Se viró a ver a Matilda un instante y luego de regreso a Esther. Matildda percibió por un momento que podría estar dudando. Sin embargo, la decisión era de hecho bastante evidente; lo fue incluso para Esther, y lo dejó ver con la media sonrisa que dibujó en sus labios.

    —Buena suerte, lela —soltó la mujer de Estonia con elocuencia, y comenzó entonces a andar tranquilamente en la dirección contraria a la que venían las sirenas—. Ahora te toca cuidarte sola…

    —Leena Klammer —espetó Matilda ferviente, dando un paso hacia ella—. ¿Crees que puedes sólo irte luego de todo el daño que has hecho? ¿Y de todas las personas que has matado…?

    —No seas una puta resentida —soltó Esther con normalidad sin detenerse—. Tienes cosas más importantes de qué ocuparte, ¿no crees? Ya nos arreglaremos en otra ocasión.

    Matilda sentía en lo más hondo que no podía dejar que se fuera así nada más. Aunque fuera cierto que el chico Thorn fuera la mente detrás de todo, esa locura había comenzado directamente por las acciones de esa mujer; debía pagar por eso, y por todo lo que había hecho en el pasado antes de ello.

    Sin embargo, algo era cierto: su prioridad en ese momento era poner a salvo a Samara, Cole, y Abra; y no contaba con el tiempo como para hacer ambas cosas a la vez. Así que, aunque le dolía y enojaba hasta lo más hondo… sólo podía quedarse ahí, viendo cómo se alejaba en la lluvia hasta desaparecer de su vista. Y claro, esperar que esa última advertencia que le había dado se cumpliera (o no).

    —Tenemos que irnos —le advirtió Carl con aprensión.

    —Lo sé —respondió Matilda en voz baja, y por mero reflejo atrajo a Samara contra ella, como si temiera que si se separaba sólo un poco desaparecería de nuevo de su vista—. Vamos, Samara. Vamos a casa…

    —A casa… —susurró la niña despacio, como si esas palabras le resultaran de alguna forma extrañas. Pero demostró estar de acuerdo con el plan, tomando firmemente la mano la mujer castaña y asintiendo.

    Matilda la alzó rápidamente, sujetándola firmemente en sus brazos, y los tres se dirigieron presurosos de regreso a la bodega para reunirse con los demás.

    — — — —
    Carl y Karina habían estacionado fugazmente su vehículo al frente de la bodega, antes de tener que salir presurosos de éste al oír los disparos. Ahora que se retiraban, tenían que hacerlo con más cuidado por los heridos, pero quizás con la misma prisa o mayor.

    Charlie había llevado a Abra a los asientos traseros, y la había ayudado a sentarse de la forma más cómoda posible. Una vez que lo hizo, volvió rápidamente a adentro de la bodega sin decir mucho. Karina se las había arreglado a su vez para sentar a Cole detrás también, aunque difícilmente podría ir cómodo sin importar la posición que lo pusiera.

    Una vez que los dos heridos más graves estuvieron arriba, Karina revisó de mirada el espacio disponible. Aún faltaba acomodar al menos tres personas más, además de Carl. Al parecer tendrían que ir un poco apretados, pero no podían ponerse quisquillosos; y menos cuando el sonido de las sirenas de policía en la lejanía se hizo presente.

    —Debemos irnos ahora —indicó Karina, dirigiéndose a la parte delantera del vehículo.

    —No —exclamó Cole, casi dispuesto a bajarse del vehículo de un salto—. Yo no me iré sin…

    Antes de que terminara su alegato, los tres observaron cómo Charlie salía de la bodega, pero ahora empujando consigo su motocicleta.

    —¿Roberta? —masculló Abra desde el vehículo, asomando un poco su cabeza por la ventanilla—. ¿A dónde vas?

    —¿Qué piensa hacer? —añadió Cole, igual de desconcertado.

    Charlie colocó la motocicleta cerca del camino y de inmediato se montó en ella. La herida de su hombro le caló un poco y la hizo detenerse unos segundos, pero logró recuperarse rápidamente y proseguir.

    —Lo que vine a hacer aquí —les respondió secamente, extendiendo en sus dedos un objeto alargado que sujetaba entre ellos: una tarjeta blanca de acceso, la misma que había visto más temprano ese día que Kurt tenía consigo para acceder al ascensor privado; y que, al revisar en los bolsillos de su cadáver hace un momento, encontró con gusto que no se había dañado—. Iré a terminar con esta misión de una vez por todas.

    Introdujo la tarjeta en un bolsillo de su chaqueta, y sin más encendió el motor de la motocicleta, lista para salir disparada de ahí de inmediato.

    —No, ¡no lo hagas! —declaró Abra llena de inquietud, y sin importarle su dolor o su debilidad abrió la puerta de su lado y se bajó del vehículo, cojeando hacia la reportera. Karina fue detrás de ella, sujetándola a último momento antes de que cayera—. No enfrentes a Damien tú sola, ¡te matará! Por favor, espera a que me recupere, e iremos las dos y lo acabaremos; juntas.

    —No, nena —respondió Roberta con abrumadora seriedad. Se viró en ese momento hacia ella, colocó una mano detrás de su cabeza y pegó su frente a la suya, tomándola un poco por sorpresa—. Kali tenía razón; ni siquiera debí haberte traído aquí en primer lugar. Discúlpame con tu tío, por favor.

    Dicho eso, se separó de nuevo, y miró con seriedad a Karina.

    —Pónganla a salvo —indicó como últimas palabras, antes de presionar el acelerador de su moto, y comenzar a alejarse rápidamente por el camino.

    —¡No! —exclamó Abra alarmada, y de nuevo estuvo a punto de caerse si no fuera porque Karina la sostenía.

    Cuando Roberta iba saliendo, se cruzó fugazmente con Matilda, Samara y Carl que ya venían de regreso. La reportera ni siquiera volteó a verlos, pero Matilda sí a ella. Y al verla alejarse de esa forma, una desagradable sensación le invadió el estómago.

    Siguieron avanzando hasta llegar a la entrada de la bodega. Karina ya estaba en ese momento colocando de nuevo a Abra en la parte trasera.

    —Matilda —musitó Cole aliviado al verla, en especial acompañada de Samara.

    —Roberta… —murmuró Matilda despacio, mirando en dirección a donde la mujer rubia se había ido. Ni Cole ni nadie le respondieron, pero para ella resultó evidente a dónde se dirigía en realidad.

    —Suban, rápido —les apremió Karina, prácticamente empujando a Matilda y a Samara adentro. La psiquiatra se sentó a lado de Cole, sentando a Samara en sus piernas—. ¿Y la mujer? —le cuestionó Karina justo después a su compañero.

    —Se tiró al canal —respondió Carl, aunque no del todo seguro—. Pero estaba muy herida. Lo más seguro es que no sobreviviera.

    —Yo no apostaría por eso —declaró Abra con brusquedad desde el asiento trasero. Tenía su frente contra la ventanilla, y pequeñas lágrimas comenzaban a humedecerle el rostro.

    Una vez que todos estaban arriba del auto y con Karina al volante, éste giró rápidamente sobre sí para poder enfilarse al camino. Mientras giraba, Matilda pudo echar un último vistazo al interior de la bodega. A lo lejos, pudo distinguir el cuerpo de Eight, tirado entre las cajas, abandonado como si no fuera nada; como si no fuera una persona…

    Matilda tuvo que desviar su mirada, avergonzada. Sólo podía pensar en lo decepcionada que estaría Eleven de que la dejaran de esa forma. Pero ya no estaba en sus manos hacer mucho más.

    «Lo siento» pensó sin estar segura de con quién se disculpaba en realidad. Y al momento, ella también comenzó a llorar.

    Aquel había sido un día largo, agotador, y muy doloroso. Pero mientras se alejaban a toda velocidad, Matilda sintió por primera vez en todas esas horas que al fin estaban a salvo…

    — — — —​

    Esther también emprendía la retirada de la escena del crimen, aunque con bastante más cautela y calma que Matilda y sus acompañantes. Después de todo, de seguro la atención de la policía se enfocaría justo en aquella bodega, a la cual ella ni siquiera había entrado o acercado. Y aunque algunos de esos oficiales estuvieran enterados de que ciertas ramas de la ley buscaban a alguien con su descripción única, no había de momento nada que relacionara a Leena Klammer con ese misterioso tiroteo en la bodega, por lo que esperaba que ninguno tuviera en primera instancia la iniciativa de buscarla.

    Aun así, lo que sí sería difícil de explicar era por qué una niña iba caminando sola en un área industrial bajo la lluvia, así que sería mucho mejor si no se cruzaba con ningún uniformado en su camino. Y si acaso lo hacía… bueno, a pesar de que había tirado su arma atrás como muestra de buena voluntad hacia aquellos dos, la realidad era que tenía dos más ocultas en la mochila que colgaba de su espalda. Así que, dado el momento, vería que sería mejor.

    Al salir de un pequeño callejón y dar vuelta en una calle que en teoría la sacaría de esa zona, la soledad casi absoluta de la calle se vio interrumpida cuando distinguió la figura de una persona de pie más adelante, justo debajo de la única luz de la calle que parecía funcionar, y protegiéndose de la lluvia debajo de un amplio paraguas rosa y amarillo. Aquella persona la miró de regreso, sonriéndole de una forma bastante prepotente, aunque viniendo de quien venía tampoco era del todo inusual.

    —¿Sigues aquí? —murmuró Esther con indiferencia, avanzando tranquilamente en su dirección—. Creí que ya te habías ido.

    Lily Sullivan se encogió de hombros, y le respondió con profunda calma:

    —Quería estar cerca para ver en primera fila si te convertían en queso gruyere.

    —Lamento decepcionarte —le respondió Esther impasible, y la pasó de largo, continuando con su camino. Para su sorpresa (o quizás no tanta), Lily comenzó a avanzar a su lado, sujetando el paraguas sobre ellas.

    —¿Y ahora qué harás? —le preguntó Lily con una ingenua curiosidad, que se antojaba demasiado falsa.

    —De entrada, salir de esta apestosa ciudad para nunca volver.

    —¿Significa que renunciaste ya a tu deseo de ser actriz?

    Esther se detuvo en seco unos momentos al oírla decir eso, y se viró a ella lentamente. Lily se detuvo también, y le sostuvo sin mucho problema la mirada, y en especial sin borrar su sonrisa engreída. Tras unos segundos, Esther también le sonrió de regreso.

    —¿Por qué tanto interés? —soltó de forma juguetona—. ¿Quieres venir conmigo?

    —Tal vez voy en la misma dirección.

    —Lo dudo, porque ni siquiera yo sé qué dirección es esa.

    —Sí lo sabes —señaló Lily mordaz, comenzando a jugar un poco con el paraguas en sus dedos, haciéndolo girar sobre ellas—. Ya te lo había dicho, ¿recuerdas? Tenemos que ir a buscar a tus hermanitos… Los niños que sobrevivieron

    Esther soltó en ese momento una sonora carcajada como respuesta inmediata.

    —¿En serio acabas de hacer una referencia a Harry Potter? —soltó la mujer de Estonia incrédula; Lily simplemente se volvió a encoger de hombros—. Y entonces, ¿eso significaba que sigue en pie lo de ayudarme con eso?

    —Yo no diría ayudarte, exactamente —reveló Lily con incógnita en su tono—. Más bien quiero buscar el mejor método de hacer tu vida un miserable infierno. Y la mejor forma de hacerlo, es estando cerca cuando metas la pata; y por supuesto que lo harás.

    —Lo que tú digas, mi linda hermana menor —masculló Esther traviesa, y de pronto le rodeó el cuello a la niña de Portland con su brazo, atrayéndola hacia ella y haciendo que ambas comenzaran a avanzar de ese modo.

    —No me llames así, que me harás vomitar —masculló Lily con desagrado, e hizo el intento de empujarla lejos de ella, aunque Esther no se lo permitió.

    Igual Lily tampoco se esforzó demasiado en ello, así que les tocó ir caminando todo el camino bajo la lluvia, una a lado de la otra.

    —¿Dónde conseguiste este paraguas?

    —¿Qué eres?, ¿policía…?

    FIN DEL CAPÍTULO 108
    Notas del Autor:

    ¿Me creerían que yo ingenuamente pensé que este capítulo y el anterior podrían ser uno solo? Bueno, no es la primera vez que me equivoco con eso.

    En fin, estos dos últimos capítulos fueron muy importante pues, además de que tuvimos un par de muertes trascendentales, conforme se va acabando este “Arco de Los Ángeles”, las tramas de algunos personajes se van cerrando; al menos de momento, pues de algunos es obvio que no es la última vez que los veremos. Pero esto aún no termina, pues como pudieron ver hay un enfrentamiento final que se ha estado fraguando y que ya toca ir a ver antes de cerrar con este arco. ¿Emocionados?, por qué al menos yo sí lo estoy.

    Quédense al pendiente, porque los capítulos que vienen serán explosivos (o al menos intentaré que lo sean).
     
  9.  
    WingzemonX

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    Resplandor entre Tinieblas
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    Misterio/Suspenso
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    119
     
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    Resplandor entre Tinieblas

    Por
    WingzemonX


    Capítulo 109.
    Fuego de Venganza

    La fuerte lluvia había sorprendido a los pasajeros del avión negro del DIC en cuanto surcaron el espacio aéreo circundante a la base militar. El resto del viaje hasta ese momento había sido relativamente tranquilo; apenas una pequeña turbulencia mientras cruzaban por Colorado. Resultaba incluso un poco extraño; como si las nubes de lluvia se hubieran concentrado justo en el área de Los Ángeles y se rehusaran a moverse de ahí.

    A pesar del clima, el avión logró aterrizar sin problema en la pista, dónde el personal de la base ya los aguardaba. Francis y Gorrión Blanco habían aprovechado todas las horas de vuelo para revisar detenidamente los expedientes de sus dos objetivos, familiarizarse con sus historiales y habilidades, y de paso practicar un poco el dominio de la telequinesis de Carrie; todo lo que no pudiera poner en riesgo el funcionamiento del avión, claro.

    Las dudas que la resucitada Carrie White había externado en aquella sala en presencia del director Sinclair seguían aún presentes en su mente, pero el viaje le había ayudado a aplacarlas un poco y comenzar a enfocarse como mayor prioridad en lo que se esperaba de ella en esa misión. Y le entusiasmaba enormemente poder cumplir esas expectativas.

    Los dos agentes del DIC bajaron presurosos por las escaleras del avión, siendo recibidos por la fría lluvia. Abajo en la pista, un grupo de soldados los aguardaban, y dos de ellos tenían listos unos paraguas.

    —¿Sargento Schur? —escucharon que exclamaba con fuerza un soldado del grupo, lo suficiente para que su voz se escuchara por encima del motor aún encendido del avión. Era un hombre alto, incluso más que Francis, de cabello muy corto y piel morena. Por su uniforme, se veía que era de un rango mayor que los demás que lo acompañaban.

    Francis alzó una mano, y se hizo notar rápidamente que él era en efecto a quien buscaban.

    Cuando estuvieron frente a ellos, y ya protegidos debajo de sus paraguas con el logo de la Fuerza Área, el soldado alto y moreno extendió su gruesa mano hacia Francis, ofreciéndosela.

    —Sargento Lewis —se presentó aquel hombre, al tiempo que Francis le tomaba la mano y ambos se daban un fuerte apretón—. Bienvenido a la base Edwards.

    —Gracias —respondió Francis con su usual estoicidad.

    Su nombre resonó de inmediato en la memoria del soldado Schur. De acuerdo a lo que el director les había informado antes de salir del Nido, ese debía ser el hombre del capitán Albertsen que estaría a cargo del operativo.

    —Ella es Gorrión Blanco —se apresuró Francis a mencionar, virándose a la chica a su lado para presentarla.

    —Un gusto conocerlo, sargento —masculló Carrie con notorio entusiasmo, extendiendo también su mano hacia el sargento Lewis. Éste, sin embargo, no se la tomó de regreso.

    De hecho, aquel hombre de apariencia reacia solamente la observó de reojo unos instantes, de una forma que a Gorrión Blanco ciertamente incómodo, por decirlo menos. Luego, ignorando por completo a la joven, comenzó a caminar presuroso hacia uno de los hangares cercanos a la pista. Sus hombres lo siguieron, y los dos agentes del Nido se vieron forzados a hacerlo también; incluida Gorrión Blanco, que un tanto avergonzada se vio forzada a bajar su mano y andar en silencio.

    —Los observadores tienen aún ubicado al objetivo en su departamento de Bervely Hills —comentó Lewis mientras avanzaban, aun alzando un poco de más la voz a pesar de haber dejado el avión atrás; quizás debido a la lluvia, o quizás simplemente esa era su forma de hablar—. Pero nos informan que está comenzando a moverse justo en este momento. Sé que acaban de tener un largo viaje, pero tenemos que actuar lo antes posible.

    —Descuide, a eso venimos —respondió Francis con seguridad, y Lewis asintió complacido.

    —Les daremos los detalles básicos adentro, en el puesto de control que hemos armado en el espacio que nos prestó la base. El resto tendrán que digerirlo mientras nos dirigimos para allá.

    Gorrión Blanco se sorprendió un poco al escuchar que recién acababan de tocar tierra y ya tenían que ponerse en camino de nuevo. Ingenuamente había pensado que podrían contar al menos con una o dos horas para descansar, pero fue claro que eso era una mera fantasía.

    Todo en ese asunto parecía casi estarse haciendo a las carreras. Apenas le acababan de informar esa misma mañana de la misión, y ahora estaba ahí en la costa opuesta del país. Esperaba en serio que ese apuro no fuera a jugarles en contra, y ese era un pensamiento que Francis también compartía.

    Mientras avanzaban, Gorrión Blanco se dio cuenta de que un par de los hombres que acompañaban al sargento Lewis volteaban a verla disimuladamente, y del mismo modo se viraban a otro lado cuando Carrie dejaba en evidencia que se había dado cuenta. Pero ellos no eran los únicos. Al llegar a las puertas del hangar, Lewis saludó a dos hombres armados que vigilaban la entrada y estos le regresaron de inmediato el saludo. Y al pasar a su lado, uno de ellos se le quedó mirando por largo rato de nuevo a la mujer rubia; de una forma menos disimulada que los demás.

    —¿Todo está bien? —le cuestionó Francis al frente de ella. El desconcierto de la joven agente se encontraba plasmado claramente en su cara.

    —Siento que todos me están mirando, por algún motivo —susurró Gorrión Blanco con voz tímida. Aquello ciertamente, además de hacerla sentir confundida, comenzaba a incomodarla.

    Francis igual se había percatado de algunas de esas miradas, y en realidad no podía culparlos. Aunque no todos en el DIC supieran el nombre y pasado real de esa muchacha, los rumores sobre lo ocurrido en el ahora infame quirófano 24 del Nido, pudieron en una u otra forma salir más allá de la base e infiltrarse al menos entre los miembros de las demás divisiones.

    —De seguro sólo están sorprendidos de ver a una agente tan joven —comentó Francis, un tanto indiferente—. No dejes que eso te distraiga, y sólo enfócate en nuestro objetivo.

    —Sí, señor —respondió Gorrión Blanco con marcada firmeza en su voz. Aun así, fingir que aquello no le resultaba un poco molesto sería difícil. ¿Era su apariencia tan extraña…?

    Como fuera, en efecto debía concentrarse en cumplir la misión, que para eso había ido hasta ahí. Y tras unos minutos en el hangar en el que les compartirían los aspectos más generales del operativo como les había prometido el sargento Lewis, saldrían de nuevo para montarse en los helicópteros negros sin logo reconocible alguno en sus costados, y dirigirse directo y sin otra escala a la ciudad.

    El clima seguiría sin estar a su favor.

    — — — —​

    Justo como Damien había indicado más temprano, era hora de volver a casa tras esos largos días en Los Ángeles. Verónica y los dos miembros de su seguridad que lo acompañaban todavía en el pent-house se apresuraron a arreglar todo. Verónica consiguió boletos para todos, incluido el Sr. Woodhouse, en un vuelo a Chicago que salía a las 8:40 de la noche. Los dos guardaespaldas se encargaron de empacar todo, incluidas las ropas, la computadora, tableta, cámara y demás pertenencias que el joven Thorn había llevado consigo; y, de paso, algunas de las que Esther, Lily y Samara habían dejado.

    Y Damien… bueno, él casi todo ese rato permaneció sentado en uno de los sillones de la sala; quieto y en absoluto silencio, casi como si se hubiera quedado dormido, y Verónica llegó a pensar en un par de ocasiones que así había sido. Pero no, en realidad sólo estaba ahí, tranquilo… quizás demasiado tranquilo.

    Aunque intentara disimularlo frente a todos, Verónica sabía que aquello que había ocurrido en la tarde lo había afectado; después de todo ella vio como su nariz le comenzó sangrar de esa forma, algo que ella pensaba era imposible. Y aunque aquella hemorragia por sí sola había sido demasiado escasa como para sacar una conclusión en base a ella, su actitud más apagada, casi agotada, dejaba mucho más en evidencia su estado real.

    “Estaré bien pronto”, le había dicho en aquel momento, y Verónica estaba segura de que así sería. Sin embargo, eso no la dejaba más tranquila.

    Mientras Jimmy y Willy bajaban su equipaje y el de Damien a la camioneta en el estacionamiento, Verónica se dirigió a su cuarto para ella misma encargarse de sus cosas. Claro, ella no tenía sirvientes o asistentes que pudieran hacer todo por ella mientras se quedaba sentada en el sillón sin hacer nada. Por suerte ya tenía casi todo preparado desde antes, y sólo ocupaba recoger algunas cosas esparcidas por el cuarto y tirarlo todo a la maleta de una manera más o menos acomodada.

    Unos minutos después, la joven italiana ingresó de nuevo en la sala, pero ahora arrastrando su maleta grande de ruedas; la misma con la que había llegado aquel primer día a Los Ángeles. Al aproximarse, encontró a Damien aún sentado en el mismo sitio, y en la misma posición; con sus ojos cerrados, y su frente apoyada contra sus dedos en una pose reflexiva.

    —Ya bajaron todo el equipaje —le indicó Verónica al joven Thorn, parándose a lado del sillón en el que se encontraba—. Bueno, sólo falta mi maleta… Como sea, el vuelo que conseguí sale en dos horas, así que tenemos que salir al aeropuerto lo antes posible. ¿Necesitas que haga algo más, Damien?

    El joven no respondió; ni siquiera movió un dedo, una ceja o algo que pudiera darle a entender que la había escuchado siquiera. Y tras unos incómodos segundos de silencio, Verónica se viró hacia la entrada del departamento y comenzó a caminar resignada a ésta.

    —¿Te puedo preguntar algo? —escuchó de golpe que pronunciaba la voz de Damien a sus espaldas, cuando ya estaba a un par de pasos del pasillo del recibidor.

    Verónica se detuvo rápidamente y se giró hacia atrás. Los ojos de Damien estaban una vez más abiertos, y miraban justo en su dirección con expresión soñolienta.

    —¿Disculpa? —soltó la joven, un poco desconcertada.

    —¿Por qué estás aquí en realidad? —soltó Damien sin muchos rodeos—. Y no me refiero literalmente a aquí. Me refiero a la Hermandad, conmigo o con Ann en general. Es evidente que creyente de todo esto no eres. Dudo que te agrade mucho la forma en la que trato, o todas las cosas raras que pasan a mi alrededor. A veces incluso dudo de que siquiera me tengas miedo, lo cual me desconcierta aún más. Y para poner en tu hoja de vida un puesto como pasante en una empresa como Thorn Industries, creo que hay opciones menos peligrosas para las que pudiste haber aplicado. Así que, ¿qué haces aquí? ¿Qué es lo que quieres obtener en verdad de todo esto?

    Verónica lo contempló en silencio, incluso después de que terminara de hablar, aguardando que rematara todo con alguna risa burlona a sus expensas, o algún otro comentario ingenioso que dejara más clara su intención tras esas preguntas. Pero no hubo nada de eso. Y en su lugar, Damien la observaba atento, como si en verdad esperara una respuesta…

    —No creí que pudiera importarte realmente algo que yo quisiera o pensara —masculló Verónica con mesura, esperando no sonar impertinente.

    —Y no me importa —respondió Damien sin titubear—. Pero quizás ese tiempo en el agua sin respirar me afectó tanto, que incluso tú me provocas un poco curiosidad. Así que no hagas tanto escándalo al respecto y sólo compláceme, ¿quieres?

    Ese era justo el tipo de comentario ingenioso que esperaba escuchar de su parte. Aunque no se percibía del todo tan hiriente y natural como en otras ocasiones; como si hubiera tenido que empujarse un poco a sí mismo para decirlo.

    Verónica dejó un momento su equipaje a un lado del pasillo, y avanzó de regreso a la sala con paso reservado para posicionarse delante de él.

    —En algo te equivocas —musitó la joven rubia—. Dijiste que no soy creyente, pero eso no es del todo cierto.

    —No me digas —soltó el joven Thorn, acompañado de una risa sarcástica—. ¿Entonces tú también crees que soy el Anticristo?; ¿el elegido que destruirá este mundo viejo y dará paso al nuevo?

    —Eso… no lo sé. Definitivamente no eres un individuo ordinario; eso lo tengo claro. Y Anticristo o no, estoy segura de que lograrás grandes cosas llegado el momento. Pero no me refiero precisamente a eso. El caso es que soy creyente de algo, y es que mi destino es estar aquí; contigo y con la señora Thorn.

    —¿Destino? —musitó Damien, no sonando irónico en lo absoluto, sino genuinamente sorprendido. Al menos en un inicio, pues unos instantes después una sonrisa burlona terminó de formarse en sus labios—. ¿Y eso qué supone que significa? ¿Crees que tienes un “destino” que cumplir aquí? ¿Te lo dijo tu horóscopo una mañana?

    —Ríete si quieres —contestó Verónica con sorpresiva firmeza—, pero desde siempre he sabido que mi sola existencia no es un mero accidente. Y aunque no tenga destinado hacer las grandes cosas que tú harás, sé que el futuro tiene preparado algo sólo para mí. Y aunque me trates mal, aunque me insultes, y aunque en más de una ocasión tenga deseos de salir corriendo de ti sin mirar atrás… Sé que aquí es el sitio exacto en el que debo estar. Eso es lo que sostiene mi fe.

    Damien debía admitir que no se esperaba ese tipo de respuesta. Aunque, siendo honesto, en realidad no tenía una expectativa clara de qué era lo que esperaba escuchar.

    Así que la sosa y aburrida de Verónica Selvaggio sí ocultaba un poco de profundidad después de todo.

    —Sabes que al igual que todos los idiotas allá afuera a los que también los sostiene la fe, podrías estar terriblemente equivocada, ¿cierto? —comentó tras un rato, señalando con una mano hacia las puertas de cristal rotas. Por éstas ingresaba algo de la brisa húmeda de la lluvia que caía afuera.

    —Sí, claro —respondió Verónica con reserva—. Y también podría no estarlo. Algo parecido no te permite alejarte por completo de la Hermandad, ¿cierto?

    La mirada de Damien se endureció ligeramente en ese instante en el que, evidentemente, la conversación se estaba girando hacia él. Aun así, Verónica no retrocedió y continuó con lo deseaba expresar.

    —A pesar de tu rebeldía reciente, aún está en ti el pensamiento de “¿y qué tal si todo es cierto?” Por eso accediste a volver a casa, ¿o no? —Damien siguió observándola en silencio—. ¿Por eso me preguntas esto ahora? ¿Quieres que te diga acaso si estás tomando la decisión correcta…?

    —No te alces tanto, perrito faldero —espetó el joven Thorn abruptamente, cortando sus palabras—. Ni te creas capaz de entender lo que pienso.

    Y dicho eso, se viró hacia otro lado en dirección a la terraza, a contemplar las gruesas gotas de lluvia que caían en ella, y dejando claro que ya no deseaba hablar más. Su reacción no fue sorpresiva para Verónica, aunque sí la consideró algo más recatada que de costumbre. Aunque intentara disimular, la inquietud que lo envolvía era bastante evidente si ponías la atención adecuada.

    El ascensor llegó a su piso en ese momento; Jimmy y Willy salieron de éste, e ingresaron de nuevo al departamento, que se había sumido en ese difícil silencio entre ambos. Igual a los dos guardaespaldas poco les importaba de qué estuvieran hablando ellos dos hace un momento.

    —Ya está todo en la camioneta, Sr. Thorn —le informó Willy al Damien, que apenas y reaccionó con un pequeño asentimiento de su cabeza.

    Verónica suspiró con pesadez, y se dirigió al momento de regreso a su maleta. Tomó ésta de la manija y comenzó a jalarla hacia la puerta de nuevo.

    —Me iré adelantando a dejar mi maleta en el auto —informó la universitaria mientras se iba—. Los espero abajo.

    —Sí, haz eso —musitó Damien, agitando una mano en el aire con desdén.

    De nuevo todo se quedó callado hasta que Verónica estuvo dentro del ascensor y se retiró. En ese momento justo, Damien se puso al fin de pie, y avanzó hacia las puertas de la terraza. Mientras más cerca estaba de éstas, más del rocío de la lluvia que el aire jalaba le tocaba la cara y sus ropas.

    —¿Todo bien, Sr. Thorn? —le preguntó Jimmy, un poco preocupado. Ambos guardaespaldas se habían parado detrás de él, esperando sus próximas instrucciones.

    —Sí, claro —respondió el joven, un tanto ausente. Giró entonces su cabeza hacia los lados, echando un rápido vistazo a las paredes, el techo y el suelo—. Es curioso, siento que he estado en este estúpido pent-house una eternidad, y no sólo un par de semanas. Si fuera una persona sentimental, hasta me pondría nostálgico de irme así.

    Aproximó entonces una mano hacia el marco de una de las puertas, desprendiendo con los dedos un pedazo de vidrio que se había quedado aún en él. Lo alzó frente a su rostro, contemplándolo como si se tratara del más inusual de los objetos.

    —E incluso me sentiría un poco mal de dejarlo en este deplorable estado —añadió justo después con algo de sarcasmo, dejando caer el pedazo de vidrio al suelo sin más—. ¿Han sabido algo de Kurt?

    —Aún no, señor —respondió Willy rápidamente, aunque la pregunta los había tomado por sorpresa—. ¿Quiere que le llamemos?

    Damien se quedó callado unos momentos, mirando hacia el frente como si reflexionara.

    —No —respondió tras un rato con normalidad—. Él sabe dónde encontrarnos.

    O quizás no… pero al final daba igual. No había tiempo de esperarlo, ni a él ni a los otros.

    Tenía que tomar un vuelo.

    — — — —​

    Aunque les había dicho a Carl y Karina que volvería a la casa parroquial por su cuenta, él mismo sabía que no tenía intención de hacer tal cosa; al menos, no de momento. Incluso cuando la lluvia comenzó, Jaime siguió de pie frente al edificio, refugiándose bajo el techo de lona de una tienda, en compañía de una pareja de jóvenes, hombre y mujer, al parecer sin paraguas y que esperaba a que todo se calmara también.

    —Qué mala suerte, ¿no? —le comentó el chico con cierto humor, intentando quizás sacarle un poco de plática—. Dijeron que llovería, pero el cielo estaba tan despejado esta mañana que ni siquiera se me ocurrió traer un paraguas. Y lo peor es que está empezando a refrescar —añadió abrazándose a sí mismo para darse calor—. ¿No tendrá un cigarrillo que me pueda compartir, de casualidad?

    —No fumo, lo siento —respondió Jaime escuetamente.

    —Ya deja de molestarlo —le susurró muy despacio la chica que le acompañaba, aunque no lo suficiente como para que Jaime no la oyera—. No me da buena espina, y además huele demasiado a alcohol.

    —Ya, no exageres —murmuró el chico entre dientes, al parecer más preocupado por qué el extraño a su lado se sintiera incómodo por dichos comentarios, a que su novia (o lo que fuera) se sintiera segura—. Discúlpela, por favor. Es su primera vez en Los Ángeles, y en general le teme a las grandes ciudades…

    —No tienes que decirle eso —le recriminó la chica, pegándole en un brazo con su palma—. Si quieres tanto hablar con tu nuevo amigo, los dejaré solos…

    Y lanzada dicha amenaza, la joven mujer comenzó a caminar, adentrándose en la fría lluvia pero sin mirar atrás ni un momento.

    —Oye, ya —pronunciaba el chico, dudoso de dejar la protección del techo e ir detrás de ella—. No seas infantil, vuelve. —Ella no volvió, y de hecho cada vez se alejaba más por la banqueta—. Disculpe todo esto, por favor —murmuró apenado, virándose de regreso Jaime—. Es realmente embarazoso…

    Y en ese momento se animó a ir tras ella, gritándole con insistencia que lo esperara.

    Jaime apenas y reparó en ambos mientras se perdían bajo la lluvia y las luces de las farolas. En otro momento y lugar, el sacerdote en él hubiera intentado hablar con ellos, darles algún consejo, o quizás alguna observación ingeniosa sobre la vida, que les ayudara de alguna forma a sobreponerse a ese pequeño malentendido que evidentemente estaban teniendo.

    Pero en esos momentos Jaime no se sentía demasiado un sacerdote, y los problemas de esos dos jóvenes en realidad le importaban poco; o, más bien, nada. Es como si esa parte de él se hubiera quedado en su habitación junto con su cuello clerical, y el hombre parado ahí en esos momentos era más… bueno, eso: sólo un hombre.

    ¿Qué seguía aguardando? ¿Qué era lo que quería hacer en realidad? ¿Y para qué traía esa pistola oculta en su espalda con exactitud…?

    La puerta del edificio que tanto llamaba su interés se abrió en ese momento. Dos hombres salieron por ella, aparentemente discutiendo por algo. Pero lo que realmente llamó la atención de Jaime no fueron los dos hombres, sino una tercera persona que salió justo detrás de ellos. Al inicio pareció que fuera con ellos, pero en realidad se paró en la acera bajo lluvia, mientras los dos hombres se alejaban. Y dicha persona miró hacia el otro lado de la calle, hacia Jaime; con sus dos ojos azules astutos y penetrantes.

    Jaime se estremeció, abrumado por aquella nueva visión…

    —¿Gema? —susurró el sacerdote despacio. Y como si lo hubiera oído, la imagen de aquella mujer alzó una mano a modo de saludo para él, seguido justo después por un coqueto beso lanzado al aire.

    La aparición con forma de Gema comenzó a caminar, seguida por la mirada inquisitiva e insegura de Jaime. Dio la vuelta en la esquina, comenzando a caminar por la calle lateral del edificio. Sin embargo, antes de alejarse demasiado, se viró hacia atrás, miró de nuevo a Jaime, y con el dedo le hizo un coqueto gesto de “sígueme”, antes de prácticamente salir corriendo y perderse entre las sombras.

    Jaime no se lo pensó dos veces, aunque quizás debió hacerlo. Cruzó de inmediato la calle, siendo casi golpeado por un taxi que frenó a último momento, soltándole una serie de pitidos e insultos. Jaime ni siquiera lo miró y siguió de largo, dirigiéndose a dónde había perdido de vista a Gema, o lo que fuera.

    Prosiguió bajo la lluvia hasta llegar a la parte posterior del edificio. Miró alrededor intentando encontrar de nuevo a su escurridiza guía. Tras un rato, la vio saltar justo debajo de la luz de una farola, a unos metros de él.

    —Gema… ¿eres Gema?, ¿o qué eres? —murmuró el sacerdote, sin entender ni él mismo por qué decía aquello.

    Vio entonces como la mujer de blanco solo reía divertida, aunque de su boca no surgía ningún sonido. Llevó después sus dedos a sus labios, en señal de “silencio”, y luego caminó hacia un lado, ingresando por algún tipo de entrada posterior de regreso al edificio, y una vez más desapareciendo de su vista.

    Jaime corrió presuroso hasta ese punto. Se dio cuenta que aquello era una entrada para automóviles, tapada únicamente por una pluma de líneas rojas y blancas, y vigilada por una guardia en una caseta que… ¿estaba dormida?

    Se aproximó cauteloso a la ventanilla de la caseta, asomándose mejor al interior. En el efecto, ahí vio a la mujer de uniforme de guardia de seguridad, recostada sobre su mesa y brazos, plácidamente dormida.

    Eso no podía ser una coincidencia, ¿o sí?

    ¿Ese ser o ilusión con la forma de Gema… le había hecho algo?

    Al echar un vistazo rápido al interior del estacionamiento, no muy lejos de la entrada notó estacionada en un cajón una camioneta negra, con el reconocible logo de Thorn Industries en un costado.

    Sin importarle ya demasiado las consecuencias, Jaime pasó por abajo de la aguja y se dirigió a la camioneta, aproximándosele con paso cauteloso. Y mientras lo hacía, introdujo de nuevo la mano en su saco, sacando su licorera y dando un largo y profundo trago. Ya estaba casi vacía…

    ¿Eso era lo que Gema quería enseñarle? Los vidrios de la camioneta estaban polarizados, así que resultaba bastante complicado ver hacia adentro. Como fuera, era evidente que no había nadie adentro. Y lo único que ese vehículo indicaba es que muy seguramente Damien Thorn seguí en el edificio.

    Escuchó el sonido de un elevador llegando a esa planta, a unos cuantos metros de la camioneta. Jaime reaccionó de inmediato, agachándose y ocultándose detrás del vehículo, que por suerte era lo suficientemente grande para servir de escondite. Igual se asomó un poco por encima del cofre para echar un vistazo, y pudo ver a una mujer joven y delgada de cabellos rubios saliendo del elevador, arrastrando cabizbaja detrás de sí una maleta azul con ruedas.

    La joven avanzó con paso apresurado justo hasta la parte trasera de la camioneta en la que Jaime se ocultaba, lo que lo obligó a moverse un poco más hacia el frente para mantenerse fuera de su visión. La mujer abrió la puerta de la cajuela, y subió como pudo su pesada maleta al interior de ésta.

    Esa chica… ¿tenía algún tipo de relación con Thorn…? No la recordaba de su investigación. Podría simplemente ser una empleada.

    Por su parte, y de momento ignorante de los ojos curiosos que la miraban, Verónica se las arreglaba para acomodar su maleta encima de las demás, esperando no haber aplastado la valiosa cámara fotográfica de Damien, porque entonces si de seguro estaría muerta. Resultó una tarea complicada, en la cuál hubiera agradecido enormemente la ayuda de Jimmy y Willy, pero el apuro por bajar fue más fuerte. Al final lo logró, y tras un pesado suspiro de cansancio pasó a cerrar la portezuela de nuevo.

    Ahora sólo quedaba esperar…

    A pesar de todo, lo bueno era que ya volverían a casa, y esa locura terminaría al fin; o al menos se calmaría un poco.

    Mientras aguardaba, apoyó su hombro contra la portezuela del vehículo, y sacó su teléfono. Se proponía a enviarle un mensaje a su madre para avisarle que ya iban camino al aeropuerto. Sin embargo, apenas había abierto la conversación cuando sintió la presencia de alguien justo a sus espaldas, y luego el frío del cañón del arma de Jaime Alfaro justo contra la parte posterior de su cabeza.

    —No te muevas, y no voltees —le indicó con voz carrasposa el sacerdote a sus espaldas.

    —¿Qué? ¿Quién es…? —murmuró Verónica exaltada, e inconscientemente hizo el ademán de querer voltear; justo lo que le había dicho que no hiciera. Jaime la tomó fuertemente del hombro con su mano izquierda evitando que lo hiciera. Eso, y un pequeño empujón del cañón contra su cabeza, hicieron que se volteara de nuevo hacia adelante.

    El corazón de Verónica comenzó a latir desesperadamente. Miró a su al rededor en busca de algún tipo de ayuda, pero todo el estacionamiento estaba solo, salvo por la caseta del guardia. Su repentino captor pareció leerle de alguna forma la mente, pues antes de que dijera algo le advirtió tajantemente:

    —No te atrevas a gritar. Además, la guardia no te puede ayudar; está tomando una siesta.

    Verónica tembló ligeramente al oír eso. ¿Esas palabras significaban acaso lo que ella creía?

    —Trabajas para Thorn, ¿cierto? —cuestionó Jaime con el mismo tono desesperado de antes—. ¿Tienes la llave para ese ascensor? —añadió después, girándola casi a la fuerza para que viera en dirección al ascensor privado. Pero a pesar de haber entendido bien la pregunta, Verónica no respondió—. ¡Qué si tienes la llave! ¡¿La tienes?!

    —¡Sí! —respondió en la forma de un pequeño gritillo—. En… el bolsillo de mi pantalón…

    —Sácala, lento.

    Verónica obedeció. Acercó lentamente su mano derecha al bolsillo de su pantalón, sacando de éste muy despacio la tarjeta electrónica rectangular y blanca, alzándola a un lado de su cabeza para que el misterioso hombre a sus espaldas pudiera verla.

    —Bien, ahora camina —indicó Jaime, empujándola un poco en dirección al ascensor—. Vas a llevarme al pent-house con Thorn.

    Verónica no tenía demasiadas opciones, por lo que casi por mera inercia sus pies comenzaron a avanzar hacia el elevador, y ambos ingresaron a éste. Jaime se las arregló para posicionar a Verónica frente al tablero lateral, permaneciendo él a sus espaldas y con el cañón aún pegado a su cabeza. Verónica pasó la llave electrónica frente al sensor, y éste se iluminó de verde. Presionó entonces el botón del último nivel, y justo al instante siguiente Jaime la jaló hacia atrás, alejándola del panel y de las puertas que se cerraban; quizás para evitar que presionara algún otro botón, como el de emergencia, o intentara correr.

    —No sé quién sea pero comete un gravísimo error —le advirtió Verónica mientras comenzaban a subir—. Será mejor que se vaya ahora que puede.

    Jaime soltó una pequeña risilla despreocupada.

    —Mis errores son sólo asuntos míos y de Dios, hija mía. Y ya he cometido muchos peores en el pasado; éste no es nada en comparación, o incluso podría ayudarme a compensar algunos de ellos.

    Verónica no comprendía a qué se refería con esas palabras. ¿Quién era ese individuo? Por su acento identificó que debía ser extranjero, y muy seguramente europeo como ella; ¿español, quizás?

    —Si su propósito es asaltarnos, ha elegido a las personas equivocadas —insistió Verónica cuando iban ya a la mitad del camino—. Aún está a tiempo de retractarse; no le diré a nadie de esto.

    —No quiero asaltarlos —respondió Jaime tajantemente—. Estoy aquí únicamente por respuestas, y juro por Dios que las tendré.

    De nueva esa respuesta enigmática y extraña.

    —¿Acaso está borracho? —masculló Verónica, casi sin darse cuenta de que quizás estaba sonando un poco impertinente con la persona que tenía una pistola contra su cráneo.

    Como fuera, Jaime no pareció precisamente molesto por el comentario, ni tampoco se limitó a responder algo. Después de todo, podía ser que en realidad sí lo estuviera un poco. Pero sabía muy bien que eso no nublaba su razonamiento, sino que incluso podría estárselo aclarando mucho más.

    — — — —​

    Mientras Willy y Jimmy se encargaban de cerrar las puertas y ventanas (que no estuvieran rotas o derrumbadas) y de apagar las luces, Damien permaneció de pie frente a las puertas de la terraza. La lluvia estaba arreciando un poco, e incluso habían resonando ya un par de estridentes relámpagos en ese pequeño lapso de tiempo. Se preguntaba si los dejarían despegar con ese clima.

    —Todo listo, señor —comentó uno de los guardaespaldas, volviendo ambos a la sala.

    Damien movió un poco su cabeza, como queriendo aliviar algún pequeño dolor en su cuello, y entonces se giró hacia sus dos hombres.

    —Bien, vámonos de una buena vez —indicó con algo de indiferencia en su voz. Y los tres empezaron a dirigirse juntos a la salida; Damien al frente marcando la dirección y el ritmo, y los dos grandes hombres de traje oscuro andando a sus espaldas.

    Cuando iban a mitad del pasillo hacia la salida, notaron que uno de los elevadores subía y se paraba justo en su piso. Considerando que muy pocas personas debían tener acceso a ese nivel, lo primero que Damien pensó era que Verónica había vuelto, a pesar de que dijo que los esperaría abajo. Y en parte esa deducción no fue errada, aunque le faltó predecir que la joven italiana no vendría de hecho sola…

    Verónica salió del ascensor con un pequeño empujón de su captor. Avanzó entonces hacia el departamento con sus manos ligeramente alzadas, y siendo guiada por el misterioso hombre con sus ropas y cabellos empapados a sus espaldas.

    Damien se detuvo un seco, intrigado por la… inesperada imagen que se le presentaba de golpe ante él.

    —¿Y ahora qué…? —soltó el joven Thorn, más fastidiado que sorprendido o asustado.

    Sus dos guardaespaldas no tuvieron una respuesta tan moderada, y de inmediato ambos sacaron sus respectivas armas y se colocaron rápidamente frente al muchacho.

    —Retrocedan —ordenó el extraño antes de que alguno de los otros hombres armados le lanzara alguna advertencia. Empujó la cabeza de Verónica hacia el frente con su pistola, para que los tres tuvieran bastante claridad de lo que ocurría—. No intenten nada, que tengo dedos nerviosos… y no respondo si me sale un disparo por accidente para esta señorita.

    —¿Se supone que eso debe ser algún tipo de amenaza para mí? —masculló Damien con un tono irónico.

    —Damien, por favor… —susurró Verónica despacio, alzando su mirada para verlo a como su difícil posición le permitía. Sus ojos estaban llenos de miedo; incluso parecían estar a nada de soltar lágrimas.

    Damien suspiró hastiado, además girando los ojos.

    —Bien, bajen sus armas —le ordenó a sus guardaespaldas, los cuales de entrada no parecían muy dispuestos a obedecer. El muchacho avanzó entre ellos, colocando una mano en el brazo de cada uno, y con mínimo esfuerzo los empujó hacia abajo. Ambos hombres bajaron sus brazos sin mucha oposición—. Hoy he tenido un día horrible y demasiadas visitas indeseadas —añadió justo después con bastante tranquilidad—. Y además tengo un avión que tomar, así que terminemos con esto rápido. ¿Qué es lo que quiere?

    Jaime centró toda su atención en aquel muchacho que le hablaba; el mismo que tanto obsesionaba a Frederic, y que él mismo había estado investigando durante todos esos días. Lo había en tantas fotografías y documentos que la imagen de su rostro se había quedado impregnada en su cabeza. Y al estar ahí, al tenerlo de frente, al sentir su mirada y escuchar su voz… Jaime no sabía con exactitud cómo sentirse…

    A su mente vino las palabras que la joven novicia Loren había pronunciado aquella mañana cuando vio la fotografía de aquel muchacho: “Es como si sus ojos fueran dos profundos agujeros, y a través de ellos no hubiera nada más que oscuridad absoluta. No buena o mala… sólo oscuridad.”

    En aquel momento aquello no había tenido mucho sentido para él, pero ahora comenzaba a entender un poco a qué se refería.

    Se lamió los labios secos de forma nerviosa, y sus dedos, algo temblorosos, se aferraron más fuerte al mango de la pistola. Y con la voz más firme que le fue posible, soltó el nombre que se moría pronunciar:

    —Gema Calabresi…

    Hubo silencio justo después, como en la espera de que diera algún otro detalle, pero éste nunca llegó.

    —¿Quién? —pronunció Damien tras un rato, claramente confundido.

    —No juegues conmigo muchacho, que yo no lo hago —amenazó Jaime, tomando ahora a Verónica rodeándole el cuello con un brazo, y pegando su arma contra el costado derecho de su cabeza—. Sé que sabes de quién estoy hablando. Ella estuvo en Chicago varias veces en tres años. Ella fue a verte, ¿cierto? ¿Qué fue lo que le hiciste?

    Y de nuevo silencio. El rostro calmado y estoico de Damien no reflejaba reacción alguna, ni por el cambio de posición del intruso ni tampoco por sus estridentes exigencias.

    —No tengo ni la menor de quién me está hablando —respondió con simpleza, negando levemente con la cabeza—. Me parece que se confundió de persona.

    —¡No me mientas! —exclamó el sacerdote, bastante exaltado—. ¿Qué fue lo que hiciste para apartarla de Dios? ¿Qué fue lo que hiciste para apartarla de mí…?

    Damien no pudo evitar soltar pequeña risilla burlona. La situación ameritaba algo más de seriedad, pero a él todo le parecía tan absurdo que casi parecía una mala broma.

    ¿Y acaso no lo era? ¿De dónde había salido ese sujeto de la nada, justo ese día? ¿Y quién demonios era esa persona de la que hablaba?; Damien en verdad no recordaba haber oído ese nombre nunca.

    Pero, para sorpresa de todos los otros, alguien más al parecer sí…

    —¿Gema… Calabresi? —murmuró Verónica tartamudeando un poco por el miedo, jalando de golpe la atención de todos, en especial la de su captor a sus espaldas. La jovencita volteó a verlo sólo un poco de reojo, claramente nerviosa—. ¿Cómo… conoce usted a Gema?

    Jaime se sobresaltó sorprendido. Esa chica a la que tenía como rehén y con la que se había cruzado por mero azar… ¿ella conocía a Gema?

    — — — —​

    Creyendo que su misión en Los Ángeles ya estaba concluida, Andy Woodhouse estaba ya más que dispuesto a también irse de la ciudad cuanto antes. Así que en esos momentos se encontraba en otro auto de transporte privado, que lo llevaba por la autopista bajo la lluvia en dirección al aeropuerto.

    Si de él dependiera, su siguiente destino sería New York, para ver cómo seguía su madre y encargarse de sus asuntos personales que había tenido que poner en pausa por su repentino viaje a Grecia, y posteriormente éste exprés a la costa oeste. Sin embargo, debía ir primero a Chicago; y no sólo para asegurarse de que Damien en verdad volviera a su casa, sino también para asistir a esa importante reunión que le había insistido a Lyons que debían tener con los demás Apóstoles.

    El asunto del DIC no podía ser pasado por alto, y aún representaba un peligro potencial; para Damien, y para todos ellos en realidad. El sacar a Damien del país una temporada aún era una opción que estaba sobre la mesa, pero había qué decidir cómo proceder para darle un carpetazo definitivo al asunto.

    A pesar de haberle expresado a Lyons sus dedeos de prácticamente entrar en guerra, esperaba seriamente que no tuvieran que llegar a eso. Después de todo, se habían vuelto muy buenos para eliminar a sus enemigos de maneras mucho más sutiles.

    Y justo como si lo hubiera invocado con el pensamiento, su teléfono comenzó a sonar justo en ese momento. Y al sacarlo de su bolsillo y echar un vistazo a la pantalla, quien le llamaba era justamente John Lyons; o al menos creía que era él, pues por seguridad en ese teléfono no tenía registrado como tal a nadie de la Hermandad, pero el número tenía la lada de Washington.

    Adrián echó un vistazo rápido al conductor antes de responder. Éste parecía bastante concentrado en el camino, pero igual tendría que tener mucho cuidado con lo que dijera.

    —¿Diga? —pronunció con tono despreocupado una vez que aceptó la llamada y acercó el teléfono a su oído.

    —Adrián, que bueno que logro contactarte —se escuchó una voz consternada al otro lado de la línea; la voz en efecto correspondía con Lyons.

    —Apenas —bromeó Adrián—. Voy camino al aeropuerto. Les tengo buenas noticias; Damien accedió a volver conmigo a Chicago.

    Hubo un rato de absoluto silencio, en el cual Adrián pensó por un instante que la llamada se había cortado. Eso quedó descartado cuando un instante después Lyons volvió a hablar, aunque con un tono bastante más apagado.

    —¿Está él contigo en estos momentos?

    —No —respondió Adrián con calma—, pero me reuniré con él en el aeropuerto. Debe estar en camino ahora mismo.

    Lyons soltó un pequeño quejido, que aunque Adrián no entendió del todo le pareció que muy posiblemente se trataba de una maldición escondida.

    —Adrián, tienes que sacarlo de ese sitio ahora mismo —soltó Lyons, sonando casi como una orden; y eso al Apóstol Supremo de la Bestia no le agradó ni un poco.

    —Ya me encargué de eso, ¿quieres rela…?

    —¡No!, ¡no lo entiendes! —espetó Lyons con ímpetu, interrumpiéndole de forma cortante; algo que no le parecía recordar hubiera ocurrido nunca antes—. El operativo que el DIC iba a hacer para aprehenderlo, ¡lo harán ahora mismo!

    —¿Qué? —exclamó Adrián, mostrando apenas una fracción del desconcierto que lo invadía en ese instante.

    —Incluso es probable que lo estén llevando a cabo en este mismo momento —añadió Lyons, aprensivo.

    —¡Con un demonio, John! —vociferó Adrián en alto, perdiendo por completo la calma y cuidado que se suponía tendría para atender esa llamada. Incluso el conductor se alarmó al oírlo, volteándolo a ver hacia atrás unos momentos—. ¡Se supone que tú ibas a averiguar con tiempo cuando fuera a suceder!

    —¡Tuve las manos atadas! Al parecer el director Sinclair ya sospecha de alguna filtración entre su gente, y mantuvo todo en secreto de las demás áreas hasta el último momento. Nuestro informante apenas se acaba de enterar…

    —¡Tus excusas no me sirven de nada! —le respondió Adrián, siendo ahora él el que le interrumpiera, y encima de todo le colgó sin importarle ni un poco si acaso tenía más decir.

    Notándosele algo desesperado, comenzó a marcar de memoria el número que según recordaba le pertenecía a Damien. Luego el de uno de los guardaespaldas del joven Thorn, el tal Willy que se lo había pedido mientras estuvo ahí en el pent-house. Ninguno de los dos le respondió.

    Pensó por un momento llamar a Ann y pedirle el número de Verónica, pero al instante todo eso le pareció sencillamente inútil.

    —¡Dé la vuelta! —le ordenó tajantemente al conductor, inclinando su cuerpo hacia el frente.

    —¿Qué dice…?

    —¡Qué des la maldita vuelta, gusano estúpido! —le gritó furioso, tomándolo tan fuerte de su brazo que de seguro llegó a lastimarlo.

    Ya fuera por un pequeño “empuje” de su parte o por el simple tono de mando con el que le había hablado, el conductor obedeció, tomando rápidamente la siguiente salida para salir de la autopista y poder retornarse.

    Adrián se sentó impaciente en su asiento, mirando las gotas de lluvia contra el vidrio de la ventanilla, y su pie agitándose inquieto contra el suelo del vehículo. Esperaba que no fuera demasiado tarde, y que para ese momento ya hubieran salido de ese maldito pent-house…

    — — — —​

    Para Charlie ya no había tiempo para sutilezas ni rodeos. Si todo tenía que terminar esa noche, que terminara sin más. Así que sin preocuparle la policía, la seguridad, la sorpresa, o la lluvia que caía, condujo su motocicleta a toda velocidad directo hacia Bervely Hills, y hacia la entrada trasera del edificio Monarch. En un par de ocasiones sintió que derraparía por el pavimento mojado, pero logró recuperar el control rápidamente. Tampoco se cruzó con alguna patrulla que la viera sospechosa, así que parecía que alguien arriba la estaba cuidado; quizás era Kali…

    Para cuando Charlie arribó, la guardia de seguridad en la caseta de la entrada trasera acababa sólo hace unos minutos de despertarse, avergonzada de darse cuenta de que se había dormido. No entendió cómo pudo haber pasado; si su cuerpo debía estar en esos momentos lleno de cafeína por todo el café que había estado bebiendo ese día. Pero había sido como si sus párpados se hubieran cerrado solos de un momento a otro; como si alguien le hubiera puesto su mano en el rostro, cerrado sus ojos, y luego todo simplemente se borró…

    Avergonzada, se sentó derecha y fingió que nada había pasado, esperanzada de que en verdad nada hubiera pasado. Eso se rompió por completo cuando la motocicleta de Charlie ingresó a la mala y a toda velocidad al estacionamiento, rompiendo la pluma en dos por el impacto.

    La guardia saltó alarmada de su silla, y miró estupefacta a la mujer rubia bajándose de la moto y dejando ésta en el suelo sin preocuparse por siquiera acomodarla de pie.

    —¡Oiga! —gritó la guardia con fuerza, y se apresuró a intentar salir de su caseta, con una mano aferrada al radio de su cinturón.

    Charlie se viró rápidamente en su dirección, y con sólo una mirada la perilla de la puerta de la caseta se puso tan caliente que en unos segundos se puso al rojo vivo. Cuando la guardia colocó su mano en ella, la quemadura fue prácticamente instantánea, y la hizo saltar hacia atrás, cayendo de sentón a su silla. Miró su mano enrojecida, pero también contempló atónita como la perilla de la puerta parecía casi derretirse por el intenso calor.

    Por la ventanilla de la caseta sólo pudo mirar atónita a la extraña mujer rubia ingresando al ascensor privado, y alcanzó también a ver cómo usaba una tarjeta electrónica, como la de los residentes, para acceder al panel del ascensor. Lo último que vio antes de que las puertas se cerraran y el elevador comenzara a subir, fue la intensa mirada de aquella mujer en su dirección.

    Tardó unos instantes en poder reaccionar, pues todo aquello había ocurrido en tan sólo unos segundos, y su cerebro no podía siquiera terminar de procesar qué demonios había sido todo eso. Cuando al fin lo logró, acercó su mano sana a su radio y lo acercó a su boca para poder hablar por él.

    —O… oigan… —murmuró tartamudeando un poco—. Creo que… tenemos otra situación aquí…

    Sus compañeros no tardaron en responderle pidiéndole más información. Sin embargo, ella no tenía mucho más que decir en realidad.

    — — — —​

    —¿Tú… la conoces? —murmuró Jaime despacio, una vez que logró salir de su impresión—. ¿Conociste a Gema?

    La lengua de Verónica se trabó, siendo incapaz de poder responder la pregunta con la rapidez que el sacerdote requería.

    —¡Qué si la conociste! —insistió Jaime, sacudiéndola un poco.

    —¡Sí!, la conocí… —respondió Verónica rápidamente, casi gritando—. Era a mí a quien iba a ver a Chicago… ella y yo éramos amigas…

    —Verónica, mejor no hables que empeorarás todo —le advirtió Damien con voz fría. No tenía ni idea de si lo que decía era cierto o no, pero en cualquier escenario ese hombre parecía demasiado inestable como para jugar con él.

    Verónica quizás estaba más que dispuesta a hacer justo lo que Damien le indicaba, pero Jaime no estaba de acuerdo.

    —¿Qué fue lo que le sucedió? ¡Dime! —espetó el padre Alfaro, sacudiendo un poco la pistola cerca de la cabeza de Verónica, y por consiguiente no ayudando ni un poco en que ésta se calmara.

    —¡Murió! Se suicidó hace dos años…

    —No, no es cierto. Ella nunca lo haría.

    —A mí también me sorprendió —respondió Verónica con voz temblorosa—, pero es que siempre fue una persona muy extraña… Nunca podías saber lo que le cruzaba realmente por la cabeza.

    —¡No! —exclamó Jaime, casi furioso—. Ella no era así. Ella era dulce y buena; era una persona totalmente entregada a Dios.

    La confusión se volvió más que clara en el rostro de Verónica, sobreponiéndose incluso un poco a su miedo.

    —¿Entregada a Dios? —musitó despacio, virándose ligeramente en su dirección—. Lo… siento… Creo que estamos hablando de una persona diferente…

    Por supuesto que sí. La Gema de la que esa chica hablaba y la que Jaime había conocido, eran personas totalmente distintas. Sin embargo, esa había sido precisamente la historia durante los últimos años.

    Siempre que escuchaba a alguien referirse a Gema Calabresi, las cosas que había hecho, y cómo había terminado… sencillamente para Jaime era inconcebible creer que estuvieran hablando de la mujer con la que él había pasado tanto tiempo, a la que había instruido, a la que había…

    ¿Qué le había ocurrido realmente? ¿Qué la había hecho cambiar tanto…?

    Alzó su mirada al frente en ese momento, exaltándose visiblemente ante el notable cambio que se había suscitado. Entre Damien y sus dos guardaespaldas, había ahora una tercera persona. Justo detrás del muchacho Thorn, se había materializado una vez más la imagen de Gema, con ese vestido blanco de monja, pero sin su velo dejando así al aire sus cabellos rubios rizados y cortos.

    Nadie además de él parecía percatarse de su presencia; ni la joven a la que Jaime seguía teniendo aprisionada con su brazo, ni siquiera Damien en el momento en el que aquella visión de Gema se le aproximó por detrás y rodeó su cuello con sus brazos. Aproximó justo después su rostro a la mejilla izquierda del muchacho, dándole un pequeño beso en ésta, seguida de una larga lamida desde ese mismo punto, hasta terminar en su sien. A cada momento teniendo sus lascivos ojos azules fijos en Jaime, como si lo estuviera provocando…

    Damien ni siquiera pestañeó.

    El sacerdote reaccionó de manera asertiva, extendiendo su brazo hacia el frente, y apuntando con su arma en dicha dirección. Pero no apuntaba precisamente hacia la visión de Gema que sólo él veía… sino más bien directo a la cara de Damien.

    Los guardaespaldas reaccionaron al mismo tiempo, alzando de nuevo sus armas en dirección al intruso. La respiración de Verónica se cortó, mirando con ferviente temor el cañón de aquellas armas que, de hecho, más bien parecían apuntarle a ella… Sin embargo, de momento nadie disparó, y el rostro de Damien apenas y se mutó ante la palpable amenaza.

    —En serio no quiere hacer eso, créame —musitó el chico, con tanta tranquilidad que rozaba básicamente la indiferencia ante lo que ocurría.

    —No, no quiero… —musitó Jaime, exaltado y nervioso—. Pero ella me trajo hasta aquí, y aquí hay alguien que la conoció. Y tú estás aquí. Esto no puede ser una coincidencia.

    —Oiga, a mí no me mire —respondió Damien, soltando incluso una risilla irónica—. En verdad no tengo idea de qué demonios está hablando.

    —¿Ah no? —Los dedos de Jaime apretaron con fuerza el arma; el índice temblando nervioso sobre el gatillo—. La Gema que yo conocí nunca hubiera hecho lo que todos dicen… al menos de que alguien la influenciara. Al menos de que alguien le lavara tanto el cerebro que perdiera por completo la noción de su fe, o de quién era… ¿Fuiste tú? ¿Tú le hiciste eso a ese ser tan noble bueno…? ¿Eres tú realmente al que hemos estado buscando todos estos años?

    La sonrisa burlona de Damien se esfumó, al igual que gran parte de su actitud despreocupada y estoica. Su mirada se tornó algo seria, incluso un poco… agresiva. Aquellas últimas palabras habían disparado algo en él, y Jaime lo sintió. Y al ver de nuevo hacia esa oscuridad en sus ojos… se sintió de golpe envuelto y absorbido por ella.

    —¿Y quién cree usted que soy exactamente? —inquirió Damien, resonando en los oídos de Jaime como una enérgica orden, a pesar de que lo había dicho en apariencia tranquilo y despacio.

    Jaime se sintió tan sumido en aquel chico, que cuando fue capaz de reaccionar se dio cuenta de qué Gema ya no estaba detrás de Damien; y de hecho, se había movido y ahora caminaba… justo detrás de uno de los guardaespaldas, que se había movido hacia un lado sin que se diera cuenta, y lo tenía en una mejor posición de tiro.

    Jaime por mero reflejo giró rápidamente, con todo y Verónica, dirigiendo el cañón de su arma hacia la amenaza más próxima. En los segundos siguientes, todo fue sólo confusión y ruido. Se suscitaron una serie de disparos, algunos del arma de Jaime, pero la mayoría por parte de Jimmy y Willy. El estruendo de estos fue acompañado de un fuerte grito proveniente de Verónica, y el rugido de un par de relámpagos retumbado el cielo.

    Y luego, de nuevo el silencio.

    En todo ese lapso de segundos, Damien se quedó totalmente quieto en su sitio, inmutable ante toda la confusión. Y, como era de esperarse, ninguna bala lo tocó; ni siquiera le pasó cerca.

    Viró su atención lentamente hacia un lado; Jimmy estaba en el suelo, con una fea herida en su hombro que se presionaba mientras gimoteaba. Al otro, Willy parecía estar ayudando a Verónica, que igual se había caído entre todo el ajetreo. Y justo delante de él, bocarriba en el piso, se encontraba el misterioso intruso. Sus ojos estaban fijos en el techo, y sus dos manos estaban aferradas al mero centro de su torso, y ambas se encontraban en esos momentos empapadas de sangre. El hombre soltaba además algunos balbuceos que bien pudieron haber sido palabras, o simples intentos de jalar aire.

    Damien caminó con paso calmado hacia el extraño. Éste viró ligeramente sus ojos hacia él cuando estuvo de pie a su lado.

    —Se lo dije —murmuró Damien, bastante serio para ser algún tipo de comentario irónico—. Levántese —soltó justo después con voz de mando.

    De inmediato se agachó, tomó al hombre de sus ropas con una mano y comenzó a arrastrarlo por el suelo hasta la pared. Con algo de brusquedad hizo que se sentara con su espalda contra el muro, golpeándole un poco la parte trasera de su cabeza al hacerlo. El extraño tosió un poco de sangre, que cayó al suelo a su lado.

    —Hey, míreme —exclamó el joven Thorn, y tomó entonces el rostro del hombre con fuerza entre sus dedos, obligándolo a virarse hacia él. La mirada de Jaime parecía no poder enfocarse bien, y su cabeza batallaba para permanecer erguida—. Después de hacer todo este alboroto, creo que lo mínimo que me debe son un par de explicaciones. Empecemos por lo más sencillo: ¿quién es usted?

    Jaime no respondió, o más bien ni siquiera pareció escucharlo en realidad. Sus ojos amenazaban con cerrarse, y su cuerpo entero con desplomarse hacia un lado, pero Damien lo sujetó con tosquedad para evitarlo.

    —Nada de quedarse dormido. Le hice una maldita pregunta: ¿quién es usted y qué hace aquí?

    Jaime alzó su mirada apenas un poco hacia él, y por un instante fue capaz de mantenerse en esa posición por su cuenta. Y con una voz carrasposa, pero que intentaba sostenerse firme y segura le respondió:

    —Soy un soldado de Dios… Como muchos otros que vienen por ti, Damien Thorn…

    Damien enmudeció al oír aquella declaración, con tantas interpretaciones posibles pero que para Damien sólo una tenía importancia.

    “Nosotros no somos los únicos que te tienen el ojo puesto. Hay más gente rascando tu puerta trasera, y tú ni siquiera te has dado cuenta.”

    Las palabras de aquel detective retumbaron en su cabeza, en especial esa advertencia sobre las personas “creyentes” que estaban detrás de él. ¿Era a eso a lo que se refería?

    —Señor… —escuchó pronunciar la voz de Willy en ese momento, claramente consternado.

    Aquello hizo que se olvidara por un momento de ese sujeto, y se viró en su lugar hacia donde Willy y Verónica se encontraban. Esta última estaba ahora sentada en una silla, sollozando en voz baja; y, más importante, su mano estaba presionada contra su costado izquierdo. Cuando su mano se retiró unos instantes, dejó a la vista que su suéter y blusa estaban empapados de rojo justo en esa área.

    Una bala la había alcanzado…

    —Damien… —murmuró la joven italiana, presa del pánico.

    —Carajo… —soltó Damien con fastidio, parándose en ese momento y aproximándose hacia ella—. ¿Quién de ustedes imbéciles le dio? —cuestionó mirando a Willy y a Jimmy, pero ninguno parecía dispuesto a confesar (en especial éste último que aún seguía tirado en el suelo.

    Una vez que Damien se aproximó a donde estaban, Willy se dispuso a ir ayudar a su amigo, dejando de momento a Verónica con él. Damien se agachó a su lado, mirando fijamente la tela verdosa de ese feo suéter que Verónica traía, oscurecida en una mancha húmeda deforme.

    —Esto sí que no le va a gustar a Ann —masculló más hastiado que preocupado.

    —Por favor, Damien —murmuró Verónica, al borde del llanto—. Ayúdame…

    —¿Y qué esperas que yo haga? —le respondió Damien, encogiéndose de hombros.

    —Por favor…

    Y las lágrimas se soltaron justo en ese momento, rodando por sus mejillas. Su voz estaba además cargada de miedo, y sus ojos de súplica. Normalmente Damien apreciaría una escena como esa con fascinación, o absoluta indiferencia. Sin embargo, en esa ocasión ninguna de esas dos palabras describía del todo cómo se sentía.

    Se alzó de nuevo, mirando a su alrededor. Willy ya había ayudado a Jimmy a pararse, pero igualmente era evidente que él tampoco estaba muy bien que digamos. Y a unos metros de los pies de ambos guardaespaldas, divisó el arma de Jimmy, que al parecer se le había escapado de las manos al recibir el disparo.

    Damien soltó un pesado suspiro de resignación y comenzó a avanzar… hacia el arma en el suelo.

    —Supongo que perderemos nuestro vuelo —maldijo con aburrimiento en su voz—. Willy, llama al 911.

    Esa repentina orden los tomó por sorpresa.

    —¿Está seguro, señor?

    —Es lo moralmente correcto, ¿no? —respondió Damien, agachándose en ese momento a recoger el arma en el suelo. La abrió para ver que aún le quedara alguna bala; justamente le quedaba una—. Sólo hay que decir la verdad —explicó introduciendo de nuevo el cartucho, y caminando ahora hacia el sacerdote herido contra la pared—. Otra vez la estúpida seguridad de este edificio no sirvió para nada, y otro loco armado subió hasta acá. Nos amenazó, y… —estando ya de pie delante del intruso, extendió el arma, con el cañón suspendido a sólo unos cuantos centímetros de su frente—, murió herido por mis guardaespaldas en legítima defensa propia…

    A pesar de la amenaza inminente, adicional por su puesto a su horrible herida, Jaime no pareció temer o reaccionar de forma más notoria que antes. Damien pensó que quizás para ese momento estaba ya más delirante por la pérdida de sangre que consciente de lo que pasaba. Por ello le sorprendió ver cómo cerraba los ojos, y al instante siguiente comenzaba a susurrar despacio y con bastante fluidez:

    —Dios mi Señor y Protector… acepto de buena voluntad, venida de tu mano, el tipo de muerte que te plazca enviarme… con todas sus angustias, penas y dolores… Me postro pidiéndote la última de todas las gracias…

    Su oración fue cortada sólo cuando tosió de nuevo un poco de sangre y se dobló sobre sí mismo presa del dolor.

    —¿Le das las gracias a Dios por tu muerte? —masculló Damien, burlón—. Te aseguro Dios no fue el que hizo que te metieras aquí de una forma tan estúpida.

    Jaime abrió sus ojos y lo volteó a ver despacio. Y al lograr divisar de nuevo el rostro sonriente y satírico de esa aparición con la forma Gema, mirándolo de regreso por encima del hombro del chico que sujetaba el arma delante de él, supo que en efecto sus palabras eran ciertas. Dios no lo había llevado hasta ahí, sino otra cosa muy diferente…

    Lo que rompió el silencio justo después no fue el inminente disparo final del arma en la mano de Damien, sino de nuevo el distintivo sonido de la campanita del ascensor sonando al llegar a su piso.

    El muchacho desvió su mirada de aquel hombre a la entrada del departamento. Divisó en ese instante las puertas del ascensor abriéndose, y una nueva y desconocida persona saliendo por ellas: una mujer alta, de largos cabellos rubios ondulados, una chaqueta de cuero, y pesadas botas que resonaban en el suelo mientras avanzaba hacia la entrada con rapidez.

    Y antes de que Damien pudiera reaccionar, o quizás incluso terminar de procesar esa imagen en su cabeza, de nuevo todo se sumió en locura…

    —¡Alto ahí…! —escuchó a la voz de Willy exclamar a sus espaldas. Damien se volteó a verlo sobre su hombro por mero reflejo. El guardaespaldas sujetaba su arma delante de él, apuntando directo a la nueva intrusa.

    La imagen de Willy y su arma duró en el rango de visión de Damien apenas unos instantes, pues de un parpadeó a otro el cuerpo entero del hombre salió disparado hacia atrás en la forma de una enorme bola de fuego incandescente.

    Willy, o lo que quedaba de él, se estrelló con fuerza contra la pared contraria, destrozándose y cayendo al suelo como un montón de carne carbonizada. Los sillones y la alfombra comenzaron abruptamente a arder también; todo en una simple fracción de segundos.

    —¿Pero qué mierda…? —exclamó Damien estupefacto y se volteó rápidamente al frente.

    La extraña miraba fijamente en la dirección en la que yacían los últimos rastros de Willy y las llamas, pero casi al instante se viró hacia él. Y Damien pudo verlo claramente en sus ojos: una tremenda y corrosiva ira que sentía que le hacía arder la piel con tan sólo mirarla.

    De pronto pudo ver por el rabillo del ojo como Jimmy, aún herido, se le lanzaba encima a la extraña posiblemente con la intención de taclearla. Y estuvo bastante cerca, pero al último instante la atención de aquella mujer se fijó en él, y al momento siguiente el resultado fue bastante parecido al de Willy. El cuerpo incendiado del último guardaespaldas salió disparado como una bola de fuego hacia la cocina, explotando y cubriendo aquella otra habitación de más llamas.

    En algún momento se escuchó de fondo otro grito de horror por parte de Verónica, aunque parecía bastante lejano y ajeno a lo que acontecía.

    La extraña se detuvo un momento, sujetándose la cabeza con una mano y cerrando unos momentos los ojos, como si una fuerte migraña le hubiera invadido. Pero no dejó que aquello la detuviera por mucho, y de inmediato su atención se fijó en el que a todas luces era su objetivo real.

    —¡Ni siquiera lo pienses! —espetó Damien con fuerza, alzando su mano con el arma en su dirección. La mujer, estupefacta, sintió en ese momento que perdía el control de su cuerpo, y comenzaba a dar pasos torpes hacia atrás; como una fea y descoordinada marioneta.

    Damien disparó una vez, a un costado de su pecho. Al intentar un segundo disparo, sin embargo, el gatillo sonó pero no salió nada; por supuesto, sólo le quedaba una bala.

    La atacante cayó al suelo, herida e inmovilizada. Damien tiró el arma con despreció hacia un lado, y se le aproximó con rapidez con la intención de acabar con eso de una u otra forma.

    —¡Estoy más que harto de todos ustedes! —exclamó el chico colérico—. ¡¿Cuántos más quieren venir por mí?! ¡¿No ven que ninguno puede hacerme nada?! ¡Nada!

    Tomó en ese momento a la mujer de su cuello con una mano, y como si fuera una simple muñeca la alzó. Ella seguía sin poder moverse con libertad, ni tampoco concentrarse lo suficiente para atacar. A lo mucho pudo alzar sus manos al brazo que la aprisionaba, sin obtener ningún resultado. Y los dedos de aquel sujeto se apretujaron contra su piel, amenazando con hacer su tráquea papilla si tan sólo apretaba un poco más…

    —Todos ustedes no son más que gusanos bajo mi zapato. Los aplastaré a todos y cada uno, así como aplasté a su querida líder…

    Su monólogo fue cortado de golpe, interrumpido por un fuerte quejido de dolor que lo obligó a retroceder, soltarla y tomar su cabeza con ambas manos. Ese dolor intenso le taladraba la cabeza desde dentro, justo como esa tarde, y hacía que todo su cuerpo se entumiera.

    Charlie cayó de rodillas al piso, tosiendo con fuerza, pero teniendo su mirada fija aún en su objetivo. Se sentía de nuevo libre; o al menos lo suficiente para poder pensar con claridad. El efecto de lo que ese sujeto había hecho en ella se había disipado.

    La reacción de ese bastardo… era resultado de lo que Abra le había hecho esa tarde; de alguna manera Charlie simplemente lo supo. Así como la joven de Anniston había terminado herida y débil tras su encuentro, él tampoco había salido ileso de ello. Y de no ser por eso, posiblemente ella ya estaría muerta.

    «Gracias, pequeña» pensó orgullosa, esperando que de alguna forma ese pensamiento le llegara a Abra, aunque sabía que lo más seguro era que no fuera así. Pero sin importar qué, no desaprovecharía esa oportunidad que le había dado.

    Aún a pesar de su falta de aire, aún a pesar del dolor de sus dos heridas de bala, Charlie se logró poner de pie, logró concentrar toda su mente, todo su ser y toda la energía que le quedaba en un único y mortal ataque.

    Todo el aire alrededor de Damien se tornó caliente de golpe, hasta niveles imposibles. El chico alzó su rostro, y ante la mirada atónita de Verónica, y un aún consciente Jaime, su piel se enrojeció, y decenas de ampollas comenzaron a formarse en su cara. Damien alzó sus manos, mirando cómo justo lo mismo ocurría en toda su piel.

    —¡¡Aaaaah!! —gritó el muchacho Thorn cuando un increíble dolor le recorrió todo el cuerpo, y un instante antes de que todo se cubriera de una enceguecedora luz que brilló casi como el sol.

    —¡Damien! —exclamó Verónica horrorizada, pero no fue capaz de ver ni decir nada más.

    Se suscitó en ese momento una tremenda explosión que agitó todo el edificio, y una fuerte y caliente onda expansiva empujó a Jaime y a Verónica hacia atrás, haciéndolos volar lejos del epicentro de aquella descarga. Charlie, por su lado, permaneció de pie firme en su sitio; sólo sus largos cabellos agitándose por el aire, pero sus dos ojos fijos en el mismo punto.

    Todo estaba cubierto de un fuego abrasador. La pared que daba a la terraza literalmente había desaparecido, al igual que parte del techo y el piso. No había tampoco rastro alguno de ninguno de los sillones de la sala, de las puertas de la terraza… ni del propio Damien…

    FIN DEL CAPÍTULO 109

    Notas del Autor:

    Literalmente, ¡todo explotó! De nuevo no era mi intención original dejar el capítulo en este punto, pero fue más que necesario. Aún estoy un poco ansioso por todo lo que acabo de escribir y mi cabeza da vueltas. Espero que igualmente les haya causado una reacción aunque sea un poco parecida. Y por supuesto, espero que haya captado lo suficiente su atención para aguardar pacientes el siguiente capítulo.
     
  10.  
    WingzemonX

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    Resplandor entre Tinieblas

    Por
    WingzemonX


    Capítulo 110.
    Objetivo Asegurado

    A pesar de la fuerte lluvia que seguía cayendo, los tres helicópteros negros del DIC sobrevolaban la ciudad en formación, dirigiéndose hacia su destino, ocultos en las sombras de la noche. Transportaban entre los tres alrededor de treinta elementos, incluidos dos pilotos en cada uno. Y, por supuesto, a los dos agentes “invitados” del Nido.

    Durante todo ese trayecto, Gorrión Blanco estuvo observando maravillada por su ventanilla hacia las luces de la ciudad. Aunque el viaje en avión igualmente le había resultado impresionante, al mirar hacia afuera sólo había nubes hasta donde alcanzaba a ver. Era igual una vista extraordinaria, pero no se comparaba a ver tan cerca (y a la vez tan lejos) una ciudad tan grande, iluminada y concurrida como Los Ángeles.

    Además de la impresión inicial, todo eso le hacía ver que su memoria debía estar más distorsionada de lo que creía, pues todo eso lo sentía como si fuera la primera vez que lo veía. Pero ella sabía bien que no podía ser el caso; de seguro había viajado en aviones y helicópteros como ese muchas veces antes, en otras misiones.

    Conforme se iban acercando, los nervios se fueron acumulando en el pecho de Gorrión Blanco. ¿Estaría realmente lista para enfrentar lo que fuera que se encontrarían una vez que llegaran? Se sentía aún tan fuera de lugar en todo ese ambiente…

    —Estén preparados, ya tenemos visibilidad del edificio —sonó la voz del Sargento Lewis en los audífonos que todos traían puestos, para así ponerlos en aviso.

    Carrie, por mero reflejo, se hizo un poco al frente en su asiento, intentando ver a través de la ventanilla delantera el edificio de departamentos al que se dirigían. Batalló un poco para diferenciarlo entre todos los demás rascacielos en el panorama, pero al final lo reconoció; justo como venía en la foto del expediente. Y apenas lo había vislumbrado con claridad, cuando unos segundos después ella, y todos los demás tripulantes de los tres helicópteros, vieron la tremenda llamarada que surgió desde el pent-house, y llegó incluso llegó hasta ellos el estruendo de los muros siendo derribados, y los cristales botándose de sus marcos.

    Gorrión Blanco se sobresaltó asustada, haciéndose hacia atrás y pegándose contra su asiento. Por su parte, instintivamente los pilotos de los helicópteros hicieron una maniobra evasiva hacia un lado, lo que sacudió un poco a los ocupantes.

    —¡¿Qué fue eso?! —exclamó el Sargento Lewis, inclinándose hacia el frente para poder ver mejor.

    —No lo sé, señor —le respondió el piloto, claramente confundido—. Algún tipo de explosión, al parecer.

    Francis y Gorrión Blanco igualmente observaban pegados a sus ventanillas. El helicóptero se aproximó un poco más, pero manteniendo su distancia en caso de que se suscitara alguna otra explosión. En los siguientes segundos no ocurrió nada más, y desde sus posiciones sólo podían ver como un pedazo del departamento y la terraza parecía haber sencillamente desaparecido, y un incendio había comenzado. La lluvia era posiblemente lo único que evitaba que el fuego se propagara por toda la terraza.

    —¿Fuimos nosotros? —cuestionó Lewis, molesto pero también preocupado—. ¿Algún proyectil disparado por otro de los helicópteros?

    El piloto rápidamente utilizó el micrófono incorporado a sus audífonos para comunicarse a los otros dos transportes. Ambos confirmaron que no habían sido ninguno de ellos.

    —Negativo, señor —respondió el piloto como conclusión—. Lo que haya sido, parece que se originó directamente en el departamento.

    Lewis contempló pensativo el escenario, ya en esos momentos prácticamente debajo de ellos.

    —Sargento, ¿cuáles son sus órdenes? —se escuchó en sus auriculares que los hombres de los otros helicópteros le preguntaban.

    —¿El objetivo sigue ahí dentro? —cuestionó con voz templada.

    —Los observadores confirman que no ha salido del edificio —respondió alguien más en la línea—. Pero también informan que la seguridad privada del complejo reportó otra irrupción forzada hace sólo unos minutos.

    —¿Alguien más fue tras el objetivo? —musitó Gorrión Blanco en voz baja.

    No tenían suficiente información para responder ese cuestionamiento de forma acertada, pero era lo más probable. La pregunta importante era quién había sido, y si dicho individuo, o individuos, seguían ahí abajo.

    Tras unos segundos de reflexión, Lewis volvió a activar su comunicador para que todos pudieran oírlo claro:

    —El plan sigue en marcha. Prepárense para a bajar.

    Todos le respondieron de manera afirmativa sin la menor vacilación. Todos, menos la resucitada Carrie White, pues la idea no le convencía del todo.

    Se retiró con cuidado sus auriculares y se inclinó hacia Francis sentado a su lado, para hablarle únicamente a él.

    —¿Será aconsejable hacerlo sin saber qué ocurre allá abajo? —le preguntó dubitativa, e incluso un poco temerosa.

    El rostro de piedra de Francis no reflejaba emoción alguna, como era usual. Aun así, en el fondo, lo cierto era que compartía esa misma inquietud. Pero a diferencia de Gorrión Blanco que era un soldado únicamente porque le habían implantado la idea mientras dormía, él lo había sido durante la mayor parte de su vida. Y su entrenamiento le impedía dejarse llevar por simples inquietudes.

    —Ya tenemos nuestras órdenes, Gorrión Blanco —le respondió con sequedad—. Así que prepárate.

    Carrie no respondió con ningún “sí, señor” ni nada parecido, y ciertamente no le nacía en esos momentos hacerlo. Pero igual hizo lo que le indicaron. Se abrochó hasta arriba su chaqueta, se cerró el chaleco antibalas sobre el torso, y se colocó por último la máscara táctica color negro y gris, igual al traje que traía. A diferencia de los demás solados, ella no llevaba ningún arma de fuego consigo; ella era el arma…

    — — — —​

    Charlie no pudo sostenerse más de pie y cayó irremediablemente de rodillas, golpeándose duramente con el suelo. Pero el dolor que menos le importó en esos momentos fue el de sus rodillas. Toda la fuerza y adrenalina que había generado al momento de dejar salir todo su poder, se había escapado de su cuerpo junto con toda aquella oleada de energía con la que había golpeado a su enemigo. Ahora, lo único que sentía era el tremendo dolor proveniente de sus heridas de bala; incluso respirar se había vuelto un verdadero suplicio.

    Alzó su mirada al frente, contemplando todo esa elegante sala consumida por las llamas, aunque aplacadas un poco por el agua que caía por el pedazo de techo que se había derrumbado, y que además encharcaba el suelo.

    Mientras venía de camino a ese lugar, una parte de ella había decidido, aunque fuera a un nivel inconsciente, que moriría justo ahí tras cumplir su misión. Por lo mismo, no tenía previsto ningún plan de escape claro. Así que por un lado, tenía la opción de continuar con esa idea y quedarse ahí arrodillada a lamerse las heridas, y muy seguramente terminar consumida por el fuego, o aplastada por más pedazos del techo que se desprendieran. O podía también tomar una decisión rápida y esforzarse por sobrevivir un día más.

    Sobrevivir por sus padres, por Eleven, y por Kali…

    Rápidamente, o lo más rápido que le era posible, se retiró su chaqueta, dejándola en el suelo un lado. Luego se bajó como pudo su camiseta negra de tirantes para descubrir el área de su pecho en donde aquel chico le había disparado. Era difícil verla, pero claramente la sentía. No estaba sangrando demasiado, pero el dolor era asfixiante.

    Concentrando un poco de las reservas que le quedaban en ese punto en específico, comenzó de nuevo a quemar su propia carne. Durante el proceso un par de quejidos de dolor se escaparon de sus labios, pero logró resistir hasta el final. No le orgullecía lo mucho que al parecer estaba acostumbrada a la sensación de quemazón en sí misma.

    —No puede ser —escuchó de pronto que una voz débil murmuraba desde un costado, colocándola rápidamente en alerta. Incluso ese repentino estimulo le ayudó a ponerse de nuevo de pie.

    Al virarse hacia donde aquella voz se había hecho presente, vislumbró en el pasillo, con su espalda apoyada contra el muro, a aquel hombre de ropas negras, cabello oscuro con canas y bigote. Observaba en su dirección, respirando débilmente. Sus manos se presionaban lo más firmes que podían contra su abdomen. Un hilo de sangre roja corría por la comisura de su boca.

    —¿Lo mataste…? —masculló aquel hombre, perplejo, aunque por su aparente debilidad no mostraba en realidad ni una fracción de lo que en verdad sentía.

    Charlie mantuvo su distancia, algo reticente. Haciendo un poco de memoria, recordaba haberlo visto fugazmente cuando ingresó al departamento. Thorn lo tenía amenazado con su pistola, así que era seguro decir que no era uno de sus amigos. Además que Kali, Abra y ella estuvieron día y noche observando ese edificio, y nunca lo vieron por ahí.

    —Lo aniquilé por completo, eso fue lo que hice —respondió Charlie, queriendo sonar firme pero apenas logrando un espejismo de eso.

    Comenzó entonces a caminar en su dirección con paso lento, su mano aferrada contra el lado derecho de su pecho donde yacía su última herida. Definitivamente ya estaba vieja para esas cosas…

    Cuando estuvo lo suficientemente cerca, prácticamente se dejó caer por sí sola de nuevo al suelo, justo delante del desconocido. Por un momento casi se cayó del todo de bruces al piso, pero se apresuró a poner una mano para evitarlo. Sabía que si se recostaba ahí por lo menos un segundo, ya no podría volver a alzarse.

    —¿Quién es usted y qué hace aquí exactamente? —le cuestionó tajante a aquel extraño, mirándolo de reojo a través de los mechones rubios desorganizados que caían sobre su rostro.

    Aquel hombre respiró profundamente, y cerró sus ojos fuerza, quizás en un intento de aclarar su mente lo suficiente para responder.

    —Mi nombre es Jaime Alfaro —murmuró lentamente, y con bastante claridad pese a la situación—. Soy… sacerdote…

    —¿Sacerdote? —soltó Charlie, algo desubicada por ese último dato. Definitivamente no podía ser una coincidencia—. ¿De casualidad es amigo de una mujer negra malhumorada y un hombre alto calvo?

    —¿Karina y Carl…? —masculló el padre Alfaro, arrugando levemente su entrecejo—. ¿Quién eres? ¿Eres acaso amiga del Detective Sears?

    —Algo así…

    Sus palabras fueron cortadas cuando el estruendo de un pedazo desprendiéndose del techo, y cayendo no muy lejos de ellos, los distrajo.

    —Pero mejor hablemos de eso después. Déjeme echar un vistazo.

    Charlie tomó entonces con delicadeza las manos de Jaime y las retiró lentamente para poder ver su herida. Sus ropas estaban empapadas, y tuvo que rasgar un poco la camisa para poder ver mejor el agujero de entrada; un pequeño orificio en el centro de su torso… muy parecido al que había recibido Kali.

    Charlie respiró lentamente, intentando aclarar su mente y percibir si aún quedaba algo dentro de ella para hacer un poco más. En el fondo de su cabeza, en lo que se ocultaba detrás de sus ojos, pudo percibir que sí; aún había algo de combustible.

    —Bien, esto no será agradable —le advirtió algo tajante, justo antes de enfocar su concentración en ese pequeño orificio en su abdomen. La piel de Jaime comenzó a chamuscarse y éste brincó en su sitio, soltando un pequeño alarido; al menos eso lo había despertado.

    Tras unos segundos, la herida del cura español estaba cerrada. No se desangraría por fuera, pero no podía hablar por lo que ocurriría por dentro.

    —Es lo mejor que puedo hacer por ahora —masculló Charlie tras terminar, tallándose sus ojos y frente con una mano. Encima de todo lo demás, ahora comenzaba a ser víctima de una fuerte migraña, muy seguramente derivada de haber abusado demasiado de sus poderes ese día, y de su cuerpo en general.

    Virando su atención hacia su izquierda, Charlie notó que el pasillo que llevaba a la salida del departamento y a los elevadores aún estaba libre de fuego o destrozos. Así que si querían escapar por ahí, era mejor hacerlo de una buena vez.

    —Lo sacaré de aquí —dijo en voz baja, e hizo el intento en ese momento de ponerse de pie. Y en efecto, fue un intento, pues apenas se alzó un poco antes de volver a caer de rodillas al suelo. Sintió de golpe como si su cuerpo entero le pesara una tonelada.

    —Tú también estás malherida —indicó Jaime con voz comprensiva—. Tendrás suerte si logras salir tú sola. Vete, hija mía; yo estaré bien.

    —Estará muerto —le respondió Charlie con brusquedad.

    —Yo solo me metí en esto por todas las malas decisiones que he tomado. Ahora me corresponde hacer las paces con el Creador.

    —Un pensamiento muy válido, padre. Pero ya abandoné a alguien hoy… y no quiero hacerlo de nuevo.

    Usando toda su fuerza de voluntad, que en ese momento era prácticamente la única que le quedaba, plantó sus dos pies en el suelo y se levantó lentamente, apoyada contra la pared. Tomó entonces a Jaime de un brazo e intentó alzarlo, pero el esfuerzo de volvió casi sobrehumano. Sin embargo, al ver cómo esa desconocida se esforzaba de esa forma por ayudarlo, Jaime pensó que quizás todo aquello era una respuesta de Dios mismo. Quizás, en efecto, no le tocaba morir aún; no ahí, no en ese momento.

    Jaime hizo también un esfuerzo por su parte, apoyándose para poder levantarse. De alguna forma entre los dos lo lograron, y el sacerdote casi moribundo logró pararse en sus pies, aunque apoyado contra la pared para no caerse.

    —Eso es, eso es… —murmuró Charlie despacio, respirando agitada por el tremendo esfuerzo, que encima había hecho que sus heridas le ardieran horriblemente—. Ahora, sé que dicen que no uses el elevador en un incendio, pero…

    En ese momento, algo moviéndose entre las llamas captó la atención de Charlie, y la hizo virarse de nuevo hacia la sala. Los segundos siguientes no notó nada extraño, e incluso llegó a pensar que quizás lo había imaginado. Sin embargo, poco después lo divisó de nuevo: una figura oscura arrastrándose por el suelo lentamente, como un gusano abriéndose paso entre las llamas para salir del tremendo infierno que yacía detrás de él.

    No era un movimiento natural de algo siendo agitado por el fuego o el viento. Era algo consciente; era una persona…

    —¿Qué demonios? —murmuró Charlie, totalmente incrédula—. No pude seguir vivo.

    Jaime igualmente vio lo mismo que ella, pero su reacción fue un poco distinta. Más que incredulidad, el sacerdote se sentía tremendamente… aterrado.

    —Dios santo —murmuró despacio, y rápidamente extendió una mano, estrechándola firmemente a uno de los brazos de Charlie—. Vayámonos, cuánto antes.

    —No, aguarde —le respondió la mujer rubia tajantemente. Y soltándose de su agarre, comenzó a avanzar cautelosa en dirección a las llamas—. No me iré sin acabar con esto por completo.

    —No, no lo entiende… —masculló Jaime, e intentó seguirla, pero el dolor de su herida lo inmovilizó. Permaneció ahí contra la pared, sólo viendo impotente cómo se aproximaba a aquel bulto calcinado.

    Mientras más se aproximaba, más Charlie se dio cuenta de que en efecto era una persona. Tras avanzar fuera de la llamas, se encontraba ahora inmóvil, tirado bocabajo contra un charco de agua que se había formado en el suelo. No había quedado ni un rastro de ropa o cabello en él. Todo su cuerpo estaba calcinado; un bulto de carne chamuscada roja y oscura, difícilmente reconocible como un ser humano. Pero aquello por sí solo le resultó… insólito.

    Charlie tenía pleno conocimiento del alcance de sus poderes, y sabía muy bien que considerando la cantidad de calor que había arrojado… ni siquiera debería haber quedado eso, mucho menos debería haber sido capaz de moverse.

    Pero como fuera, ahora estaba quieto en su sitio. Así que quizás, si acaso le quedaba un poco de vida encima, ésta ya se le había escurrido. Pero no tomaría riesgos.

    No creía tener la fuerza mental o física para volver a usar sus poderes, por lo que buscó rápidamente alrededor algo más que pudiera usar. Divisó no muy lejos de sus pies un pedazo de madera suelta, quizás de algún mueble, lo suficientemente largo y duro; como un bate.

    Se aproximó al arma improvisada, la tomó firmemente entre sus manos y se viró de regreso a aquella masa de carne quemada en forma de persona, dispuesta a aplastarle por completo la cabeza con ella. Se paró delante de él, alzó el pedazo de madera sobre su cabeza y… entonces notó algo que la dejó anonada.

    Lentamente, la piel chamuscada estaba comenzando a cambiar de forma y color en algunas secciones; era casi como si alguien pasara una esponja sobre él, y poco a poco estuviera limpiando la suciedad para revelar debajo la piel real. Incluso en su cabeza comenzaba igualmente a surgir nuevo cabello oscuro y lacio. Era una visión extraña, casi surreal, pero todo parecía indicar que de alguna forma… se estaba curando.

    —No puede… —masculló atónita, pero no fue capaz de terminar su frase pues en ese mismo momento, de un parpadeo a otro, aquella figura inmóvil se puso abruptamente de pie, justo delante de ella.

    Charlie soltó un alarido de susto, retrocediendo con su arma improvisada aún en sus manos. Y miró horrorizada aquel rostro quemado, con piel carbonizada colgando de él, y dos cuencas vacías y negras en donde deberían estar sus ojos. E igual que en el resto del cuerpo, en pequeñas secciones de su rostro comenzaba a materializarse de nuevo piel sana, como pequeños lunares abriéndose paso.

    Detrás de él, las llamas se alzaron con más fuerza, haciendo con todo que aquella visión pareciera sacada de las más horribles pesadillas del infierno.

    —Felicidades… —murmuró aquel ser con voz carrasposa mientras avanzaba hacia ella lentamente, arrastrando un poco los pies por el suelo—. Ese ha sido por mucho… el mejor truco del día… —añadió del mismo modo que antes, aunque incluso se permitió sonar un tanto irónico.

    Charlie comenzó a retroceder, horrorizada, pero siendo incapaz de desviar siquiera su mirada hacia otro lado. Y poco a poco también pudo ver, casi de forma hipnótica, como las cuencas de su cara volvían rellenarse, y aquellos fríos e intensos ojos azules volvieron a mirarla de regreso desde detrás de aquel rostro inhumano.

    Desde su posición en el pasillo, Jaime igualmente vislumbró totalmente pasmado y petrificado como aquel muchacho casi literalmente se levantaba de entre los muertos. Pero, en lo que más se enfocaron sus cansados ojos y que no fueron capaces de ignorar, fue la parte trasera de su cabeza, aún casi descubierta sin nada de cabello. En general parecía sólo un montón de carne abrasada y sin forma. Pero entre toda esa superficie magullada… él lo vio; ahí, justo en su cabeza, casi brillando reluciente para que no se lo perdiera.

    Y Jaime en ese momento tuvo la completa certeza.

    —Oh, Dios mío… —soltó en voz baja, siendo las únicas palabras que podía usar para exteriorizar todo el horror que lo carcomía por dentro.

    Sólo hasta ese momento Charlie pudo reaccionar de nuevo y recordar que tenía aquel trozo de madera en las manos. Sobreponiéndose como le fue posible a la impresión, se lanzó hacia el frente, jalando su arma con todas las fuerzas que tenía directo a la cabeza de Thorn, o lo que fuera esa cosa. No llegó a tocarlo donde quería, pues la mano izquierda del joven se alzó rápidamente y detuvo el pedazo de madera en pleno movimiento. Y con un fuerte tirón se lo arrebató de las manos, y luego lo jaló de nuevo al frente, siendo ahora él quien la golpeaba a ella directo a costado de su cabeza.

    El cuerpo entero de Charlie dio un giro de ciento ochenta grados, y luego se desplomó de bruces al piso mojado. Su mente comenzó a dar vueltas, y estuvo realmente a nada de perder la consciencia ahí mismo; y de hecho, la opción le parecía incluso tentadora.

    Se sentía ya tan cansada y tan adolorida… La sola idea de seguir luchando le resultaba agotadora. Pero algo, o alguien, dentro de ella le gritaba que no lo hiciera; que debía intentarlo un poco más… sólo un poco más.

    Se apoyó en sus manos para alzarse y voltear a ver al peligro inminente que se acercaba. Lo vio en efecto caminando lentamente hacia ella; ya más de su piel había vuelto a la normalidad, igual que parte de su cabello. Charlie intentó arrastrarse por el suelo para alejarse de él. Notó de pronto que Damien se detenía, caía de rodillas al piso y agachaba su cuerpo hacia el frente, soltando un fuerte grito al aire, claramente de sufrimiento. Charlie se quedó paralizada, observándolo expectante.

    Damien respiraba agitadamente. Alzó sus manos y las contempló fijamente, un poco absorto al ver cómo la piel dañada se iba recuperando a pedazos.

    —Esto sí es fascinante… —masculló despacio, incluso acompañado por una risa irónica—. Así que ni siquiera algo como esto puede matarme… Pero quizás la muerte hubiera sido mejor opción… Mierda, cómo duele…

    Se dobló hacia el frente, su frente casi tocando el piso. Más quejidos de dolor surgieron de su boca. Justo como su apariencia lo demostraba, no estaba precisamente en óptimas condiciones. Pero estaba vivo… y cada segundo que pasaba, se encontraba también un poco mejor.

    En todos sus años, Charlie nunca había visto algo como eso. ¿Quién era ese chico en realidad? No podía ser sólo un resplandeciente más. Pero si no se trataba de eso, ¿qué era entonces…?

    El sonido de motores acercándose y las hélices rotando opacó por unos momentos el sonido de la lluvia. Las luces de varios reflectores enfocaron desde arriba a través del hueco de la pared y el techo, cegándolos un poco.

    Charlie, Damien y Jaime se viraron hacia la terraza al mismo tiempo, y lograron ver las figuras oscuras de al menos tres helicópteros sobrevolando y descendiendo en dicha área. De cada uno, justo después, vieron como por unas sogas comenzaron a bajar rápidamente varias personas, sumando quizás veinte en total, y comenzaron a aproximarse al interior del departamento, atravesando incluso las llamas. Todos usaban trajes negros, mascarillas protectoras, y la mayoría iban armados con rifles largos que sostenían y apuntaban al frente.

    Era un escuadrón de asalto. Y Charlie supo de inmediato de dónde venían.

    —No puede ser… —masculló por igual incrédula, sorprendida y, por primera vez, también un poco aliviada.

    Damien logró en ese momento recuperarse lo suficiente para ponerse de pie y virarse hacia los recién llegados. Estos lo alumbraron con las linternas añadidas a sus armas, y su apariencia ciertamente los desconcertó bastante, e incluso hizo que algunos de ellos, siendo aún soldados entrenados, retrocedieran un paso. Ante ellos se erguía un muchacho totalmente desnudo, con varias partes de su cuerpo y cara seriamente quemadas o a carne viva, pero que seguía ahí de pie y los miraba de regreso.

    —¿Qué demonios es esto? —masculló uno de los soldados, su voz apenas reflejando un poco de la impresión que lo envolvía.

    —¿Es el objetivo? —murmuró el Sargento Lewis al comunicador incorporado en su careta.

    —La lectura biométrica lo confirma —le informó uno de los elementos en los helicópteros por su altavoz—. ¿Pero qué le pasó?

    Lewis ni nadie tenían una respuesta directa a ello. Viendo el escenario a su alrededor, parecía que una bomba hubiera explotado, y evidentemente el muchacho había sido víctima de ésta. Pero… ¿cómo es que teniendo esas quemaduras tan graves estaba ahí de pie como si nada? Debería estar muerto, o al menos inconsciente.

    —Sargento —murmuraron con fuerza de nuevo por su comunicador—. Es Charlie McGee.

    La atención del líder del escuadrón se enfocó en la mujer justo detrás del chico, que intentaba en esos momentos ponerse de pie. Y a diferencia de Thorn, su apariencia era fácilmente más reconocible. Eso resolvía un poco el misterio; aquello al parecer no había sido precisamente una bomba.

    —Las órdenes siguen en pie, ¡andando! —exclamó Lewis con firmeza, y rápidamente les hizo con una mano el ademán a sus hombres para que avanzaran.

    —¡¿Ahora que putas es esto?! —espetó Damien con fuerza, totalmente consumido por la ira, y por el dolor que lo invadían—. ¡¿Se pusieron todos de acuerdo para venir a joderme el día de hoy?!

    Dos de los soldados se adelantaron rápidamente, apuntándolo directamente con sus rifles.

    —¡De rodillas! —le gritó uno de ellos con voz de mando—. ¡Tus manos atrás de la cabeza!

    —Púdranse… —le respondió Damien con brusquedad, agitando con desdén una de sus manos en el aire.

    Ante ese gesto por parte del muchacho, y una sola mirada directa de éste, los dos soldados se detuvieron en seco en su sitio, se quedaron paralizados unos segundos, y luego abruptamente se viraron el uno al otro, apuntándose con sus armas de fuego. Esto dejó pasmados a todos los demás.

    —¡No! —exclamó Gorrión Blanco, e instintivamente usando su telequinesis los quiso separar en direcciones contrarias. Pero fue muy tarde. Los gatillos fueron presionados un instante antes, y se dispararon el uno al otro repetidas veces, aun cuando sus cuerpos iban volando por el aire. Los primeros fueron a quemarropa contra el chaleco, atravesándolos irremediablemente y terminando heridos de gravedad.

    Ambos cayeron en puntos contrarios de la habitación, totalmente inmóviles.

    Aquello llamó poderosamente la atención de Damien, y su mirada se fijó directo en la única de ese grupo que no traía armas y que, a todas luces, había sido la que había empujado a los dos soldados de esa forma. Y la imagen de aquella mujer que esa tarde había entrado a su departamento, y lo había arrojado contra la alberca, se le vino rápidamente a la mente.

    —¿Otro más…? —masculló con molestia.

    —¡Bomba de humo! —ordenó Lewis, y rápidamente al menos tres de los soldados arrojaron al suelo latas de las que comenzó a surgir una densa neblina blanca que comenzó a cubrir todo aquel espacio.

    Antes de que su visibilidad se cortara por completo, Charlie comenzó a andar, casi cojeando, hacia el pasillo en donde Jaime observaba todo, aún contra la pared.

    —Esos no son policías, ¿o sí? —comentó nervioso el sacerdote.

    —Son algo mucho peor —le respondió Charlie con sequedad. Y como pudo, aún cansada y adolorida pro todas sus heridas y golpes, se colocó el brazo de Jaime sobre los hombros para que pudiera apoyarse en ella—. Vamos, tenemos que irnos…

    Ninguno estaba precisamente en la mejor condición, pero entre ambos de alguna forma lograron sostenerse mutuamente para no caer y salir por la puerta principal del departamento. A sus espaldas, los sonidos de combate, disparos y gritos no tardaron en volverse presentes, pero ninguno se viró a ver en lo absoluto.

    —Me estoy enojado… ¡en serio…! —escucharon gritar con fuerza a Damien, y le siguió un fuerte estruendo que lo sacudió todo un poco.

    —No saben contra lo que se enfrentan —musitó Jaime con voz un tanto divagante.

    —Si son quienes creo, saben lo suficiente, se lo aseguro —le respondió Charlie con brusquedad, justo cuando estaban ya frente a los ascensores. Presionó entonces repetidas veces el botón de estos para mandar a llamar a cualquiera.

    —No, tú tampoco lo entiendes —soltó Jaime, casi como una reprimenda. La tomó entonces de su brazo con todas las fuerzas que tenía (que no eran en realidad muchas), y mirándola fijamente a los ojos le murmuró despacio—. No sabes lo que ese chico es en realidad.

    Charlie lo miró, un tanto turbada por su extraña declaración. Aunque, de cierta forma no tanto. Ella misma ya se había dado cuenta de que lo ocurrido en ese sitio no era como lo que había visto hasta entonces. El tal Damien Thorn… no era un resplandeciente cualquiera; ni siquiera estaba segura de que esa expresión sería adecuada para nombrarlo.

    —¡Alto ahí! —escucharon de pronto que alguien gritaba detrás de ellos. Y al virarse de regreso al departamento, vieron a un grupo de cuatro soldados que venían por el pasillo justo en su dirección, sus armas en alto apuntando hacia ellos—. ¡Charlene McGee, no intentes nada! ¡Al suelo de rodillas!

    Si acaso le quedaba alguna duda de que estos repentinos intrusos eran sus viejos amigos de la Tienda, que la llamaran justo por nombre y apellido se lo terminó de aclarar. En cualquier otra situación estaría encantada de enfrentarse a ellos, pero en su condición actual era evidente que no sería competencia alguna ni siquiera contra uno de ellos. Esperaba que al menos en realidad estuvieran yendo directo por Damien y eso le permitiera escabullirse, pero todo parecía indicar que Lucas Sinclair tenía tanto interés en vengar a Eleven como en atraparla.

    El sonido del ascensor anunciando su llegada se hizo presente en ese momento, y un segundo después las puertas de éste se abrieron justo a su lado.

    —Llegó su ascensor, padre —musitó Charlie con seriedad, y sin más tomó al sacerdote y lo empujó hacia el interior.

    Jaime cayó de costado en el piso del ascensor. Y confundido y adolorido, alzó su mirada sólo para ver cómo Charlie no ingresaba, sino que sólo presionaba el botón de la planta baja, y luego se volvía a encarar a los soldados.

    —¡No!, ¡espera…! —exclamó Jaime alarmado, mientras observaba impotente como las puertas volvían a cerrarse, y su misteriosa salvadora desaparecía de su vista.

    Charlie escuchó las puertas cerrándose a sus espaldas, y el elevador comenzando a descender. Su atención, sin embargo, estaba fija en los cuatro soldados delante de ella, que no habían hecho intento de dispararle ni nada parecido en ese lapso de tiempo. De hecho, los cuatro permanecían de pie en su posición. Y aunque no les veía sus caras debido a las caretas que traían puestas, sus posturas mostraban evidente vacilación.

    Bien, parecía que habían sido advertidos desde un inicio de lo que podía hacer; y el estado actual de la sala y la terraza al parecer se los había confirmado. Pero la triste realidad era que estaba gravemente herida, débil y cansada. Pero, al menos de momento, ninguno de ellos lo sabía.

    Intentó mantenerse lo más firme y decidida posible, aunque mentalmente su cuerpo ya estaba desplomado en el suelo.

    —¿Qué pasa, chicos? —musitó con tono jocoso, dando un paso hacia ellos—. ¿Los pongo nerviosos?

    Los cuatro saltaron claramente alarmados, pero alzaron de inmediato más sus armas.

    —¡Dije de rodillas!

    —Será mejor que me hables más bonito, chico —le advirtió Charlie, e hizo entonces su última jugada enfocando en ese sujeto lo poco de fuerzas que le quedaban.

    El resultado fue un poco vergonzoso. De haber estado en mejor condición, podría haber calcinado a los cuatro en una marejada de fuego. En su lugar, sin embargo, el chaleco de aquel en el que se había enfocado apenas y se había prendido en pequeñas llamas. El soldado retrocedió alarmado, palmeándose repetidamente con una mano para intentar apagar el fuego. Al mismo tiempo, sin embargo, otro más tuvo el valor de reaccionar, apuntar a la pierna izquierda de Charlie, y disparar. La bala la atravesó desde el frente hasta la parte trasera del muslo.

    —¡Ah! —gimió la mujer con fuerza, y un instante después cayó al suelo. Y una vez ahí, justo como lo predijo, le resultó imposible volver a levantarse.

    Su nueva herida apenas y le resultaba palpable en comparación con todas las demás; un grano de arena en todas las dolencias que inundaban su cuerpo.

    Hasta ahí había llegado por esa noche…

    Alzando con debilidad su mirada, pudo ver a los soldados aproximándose hacia ella, ya evidentemente más envalentonados.

    —Los veré en el infierno, bastardos… —masculló llena de amargura mientras miraba a cada uno de ellos, como si pudiera de alguna forma ver sus rostros a través de sus máscaras.

    Uno de ellos tomó su arma y la dejó caer con fuerza en contra de ella, golpeándola directo en la cara con la culata del rifle. Charlie fue empujada por completo de cara al suelo por tal golpe, y ahí se quedó, totalmente inmóvil.

    Pero no iban a tomar ningún riesgo.

    —¡El sedante!, ¡rápido! —gritó uno de ellos rápidamente, y sin espera otro más se aproximó a la mujer en el suelo. De uno de los compartimientos de su cinturón, sacó un pequeño dardo con líquido que de inmediato presionó y encajó contra la piel del cuello de Charlie. Y si acaso quedaba un poco de consciencia en ella, el confiable ASP-55 se encargó de arrebatárselo.

    Para ese entonces, aquel que había recibido una dosis de calor logró ya aplacar las llamas de su chaleco, saliendo aparentemente ileso.

    Los cuatro permanecieron quietos, aguardando a ver si su objetivo volvía a mover aunque fuera un dedo. Tras un rato, sin embargo, fue bastante evidente que no haría tal cosa; no en un buen rato.

    —La tenemos —murmuró uno de ellos con alivio, bajando su arma.

    —Al final no fue la gran cosa que decían todos, ¿no? —añadió uno de ellos con bastante orgullo, e incluso con algo de sorna. Sin embargo, el sentimiento no pareció ser compartido por sus compañeros, así que decidió mejor guardar silencio.

    —¿Quién era el otro hombre? —preguntó otro más, mirando curioso hacia las puertas del ascensor cerradas.

    —No importa —le respondieron con algo de brusquedad—. Tenemos que sacarla de aquí, rápido.

    Dos de los soldados tomaron a la desmayada Charlie McGee de sus brazos, y sin mucha delicadeza comenzaron a jalarla de regreso al interior del departamento, y después hacia afuera en la terraza. Los helicópteros seguían sobrevolando, listos para la extracción en cuanto fuera conveniente. Pero antes de eso, debían encargarse de su objetivo principal.

    — — — —
    Todo alrededor de Gorrión Blanco se sumió en completa confusión y caos. En cuanto bajó del helicóptero y tuvo que pasar por esas llamaradas de fuego, todo su cuerpo se tensó inexplicablemente. Sintió de golpe que estaba en otro lugar, en otro momento. A su alrededor escuchaba los gritos de los demás soldados, pero escuchaba también algo más. Había música retumbando en su cabeza, y también voces que reían estridentemente… y luego gritaban de horror mientras todo se cubría de llamas.

    Apenas logró reaccionar un poco al ver a aquellos dos soldados a punto de dispararse.

    Luego soltaron las bombas de humo, y todo se volvió aún más confuso. Escuchaba los disparos y los gritos de sus compañeros, y se mezclaban con las voces en su cabeza. ¿Quiénes eran esas otras personas? ¿Por qué la atormentaban en ese mismo momento?

    Mientras todos avanzaban e intentaban someter al objetivo, ella no pudo dar demasiados pasos antes de caer de rodillas y sujetarse su adolorida cabeza con ambas manos.

    ¿En dónde estaba? ¿Qué era lo que estaba ocurriendo a su alrededor? ¿Quién era ella realmente…?

    —¡Gorrión Blanco! —escuchó la voz de Francis a su lado, y justo después sintió como la tomaba de un hombro y la sacudía. Se viró a verlo, notablemente agitada, logrando apenas distinguir sus ojos a través del visor de su máscara—. ¡Reacciona!, ¡tenemos que movernos!

    La jaló con algo de brusquedad para obligarla a pararse y avanzar con él más adentro en la cortina de humo. Carrie escuchaba su propia respiración agitada resonando en el interior de su careta.

    Se fueron acercando cada vez más al origen de los disparos, y a poco logró ver entre la neblina blanca a un grupo de soldados intentando dispararle al objetivo. Pero a pesar de sus visores térmicos, parecía como si no lograran enfocarlo como es debido, y de un parpadeo a otro desaparecía de sus vistas sin que pudieran entender qué pasaba.

    En un momento, vieron surgir de la neblina el cuerpo de uno de los soldados, volando como proyectil en su dirección. Francis se lanzó al suelo, tumbándola también a ella para así evitar ser golpeados. La cabeza de Gorrión Blanco se goleó un poco al caer, y al abrir los ojos por unos momentos vio un sitio totalmente diferente.

    Había muchas luces, personas al frente riéndose, y debajo de ella…

    Había sangre.

    Al bajar su mirada al suelo, lo que vio fue puro rojo; un gran charco rojo que se extendía en sus rodillas. Y en éste, logró ver el reflejo de un rostro; ¿su rostro…?

    Algo de nuevo la sacudió, y al mirar otra vez volvió a estar envuelta en el humo. Al alzar su mirada, contempló a un soldado a unos metros de ella, sujetando nervioso su arma, mientras miraba en todas direcciones.

    Y de un segundo a otro, la figura de aquel chico desnudo y quemado surgió justo delante de él, como si se hubiera materializado en la neblina. El soldado exclamó con sorpresa, y se dispuso a disparar. Pero justo antes de que pudiera accionar el gatillo, Damien tomó firmemente el cañón del arma y lo desvió hacia otro lado. Los disparos que surgieron terminaron dándole a otro soldado que se aproximaba por un costado, y éste cayó al suelo, no muy lejos de dónde Gorrión Blanco se encontraba.

    El muchacho le arrebató justo después el arma de un jalón, y golpeó al soldado justo en la cara con la culata, rompiendo su visor. El soldado cayó al suelo de espaldas, totalmente aturdido. Y antes de que pudiera levantarse de nuevo, el chico pegó el cañón del arma contra su cara, y de varios disparos le terminó de destrozar su máscara, y su cara de paso.

    Carrie desvió su mirada hacia otro lado por mero reflejo, horrorizada por lo que acababa de ver. Respiró hondo, se calmó lo mejor que pudo, y entonces se apresuró a mirar de nuevo e intentar usar sus poderes; que justo para eso la habían traído. Pero en cuanto se volteó, el objetivo había desaparecido, y sólo quedaba el soldado muerto tirado en el piso.

    Miró hacia su lado. Francis tampoco estaba ahí. ¿En qué momento se había ido?

    Se apresuró a pararse lo más rápido que pudo, pero sus piernas le temblaban.

    “******, déjame ayuda...”

    Escuchó de pronto que alguien pronunciaba justo delante de ella. Y al mirar de nuevo, pudo ver a alguien extendiéndole una mano, ofreciéndosela para ayudarla a pararse. ¿Quién era? Parecía una mujer adulta en un vestido de fiesta. No le pudo ver bien el rostro, pues justo en ese momento el cuerpo de aquella visión fue abruptamente jalado hacia atrás, perdiéndose en la neblina.

    Vio justo entonces a un grupo de tres soldados, acercándose apuntando al frente con sus armas. Gritaron algo, pero a Carrie no llegaron dichas palabras; todo era como un intenso silbido en sus oídos.

    La figura de aquel chico se materializó poco a poco en el humo delante de ellos. Los tres soldados intentaron dispararle, pero sus armas por algún motivo se atoran al mismo tiempo y ninguno logró dar ni un solo disparo. Y cuando intentaron vislumbrar a Damien por sus visores, su imagen se distorsionó y cambió, y ante ellos parecía más bien estar una enorme bestia de varios metros, alzándose sobre ellos. Eso los dejó helados, e incapaces de moverse para el instante en el que él, aún con el rifle que le había quitado al otro soldado, comenzó a dispararles repetidas veces, hasta que el arma se quedó totalmente vacía. Los tres cayeron al suelo, al menos dos de ellos al parecer muertos, y uno más apenas moviéndose.

    Damien tiró entonces el arma con desdén hacia un lado, y comenzó a avanzar. El soldado herido se arrastraba por el suelo intentando alejarse, pero cuando vio a Damien cerca de él, sacó un cuchillo de combate de su cinturón, e intentó apuñalarlo con él directo en el abdomen. Su intento se quedó sólo en eso cuando el chico lo tomó firmemente de su muñeca, y la hoja del cuchillo ni siquiera lo tocó. Le torció entonces la muñeca con fuerza, haciéndolo gritar de dolor, y a su vez que soltara el cuchillo. Lo golpeó justo después con su otro puño, haciendolo caer de espaldas al suelo con el resto de los caídos. Y ya ahí, su atacante se paró a su lado, alzó su pie derecho, y lo dejó caer con tremenda fuerza contra su cabeza, comenzando a golpearlo repetidas veces, aplastando su careta y su cara…

    Sólo hasta ese momento Gorrión Blanco logró al fin reaccionar. Su mente se asentó en el presente, y se enfocó en la horrible amenaza que se alzaba justo delante de ella.

    —¡Basta! —gritó la chica con fuerza, enfocando todas su fuerzas justo al frente.

    Y de la nada, no sólo Damien, sino toda la neblina, los escombros, los rastros de muebles… todo fue empujado por aquella energía invisible, cruzando todo aquel espacio e incluso atravesando el muro que separaba la cocina de la sala.

    El cuerpo de Damien cayó en el suelo de la cocina rodando sobre éste y quedando tirado bocabajo, bastante aturdido. Carrie avanzó con paso firme hacia él, parándose en el agujero que se había abierto en el muro. Y antes de que pudiera recuperarse lo volvió a alzar, haciendo que se golpeara fuertemente contra la lámpara del techo, saltando varias chispas cuando ésta estalló. Luego lo hizo caer al piso una vez más, sólo para justo después aventarlo con aún más fuerza hacia un lado, golpeando fuertemente el refrigerador, abollándolo.

    Damien cayó entonces de nuevo al pie de la nevera, quedándose ahí tirado. Rastros de leche y agua comenzaron a filtrarse de la puerta averiada, comenzando a mojar el piso.

    Gorrión Blanco se sintió agotada de golpe, y un pequeño dolor comenzó a palpitarle en el costado derecho de su cabeza. Pero nada de eso era lo suficientemente fuerte para detenerla. Ingresó entonces cautelosa a la cocina, aproximándose al chico caído, siempre lista para mandarlo a volar al primer signo de peligro. Y éste justamente se hizo presente, cuando ante su mirada casi atónita comenzó a alzarse, apoyándose como le era posible en la puerta casi caída del refrigerador.

    Carrie se apresuró a volver a someterlo con su telequinesis. Sin embargo, él abruptamente se viró hacia ella. Y en cuanto sus profundos ojos azules se posaron en ella, sintió como todo su cuerpo se quedaba estático, y su mente se ponía en blanco, dificultándole lograr pensar en cualquier cosa con claridad… ¿Qué era lo que estaba por hacer exactamente?

    No sabía qué le ocurría, pero no pudo hacer nada más que quedarse ahí quieta, viendo impotente como aquel sujeto se volvía a poner de pie como si nada hubiera ocurrido. Y justo cuando él se levantó, ella cayó abruptamente de rodillas, como si le fuera imposible sostener su propio peso.

    Aquel chico comenzó a avanzar lentamente, y ella continuaba sin ser capaz de mover ni un sólo dedo. Cada paso que él se aproximaba, comenzaba a invadirla un profundo y agobiante terror. Su corazón se agitaba con fuerza, y la respiración que resonaba en el interior de su careta se volvía más y más presente.

    —¿Y tú quién demonio eres? —masculló aquel chico con furia, y rápidamente colocó una mano sobre su cabeza, apretando sus dedos fuertemente contra su cráneo—. No importa…

    El dolor que comenzó a invadirla en ese momento fue simplemente indescriptible; algo que ni siquiera podía concebir que un ser humano fuera capaz de sentir. Era como si varias manos invisibles comenzaran a apretarle su cabeza con fuerza por todos lados, y a su vez lo que estaba dentro de ella empujaba hacia afuera como queriendo salirse. Y todos los huesos de su cuerpo vibraban por la misma sensación, y en su mente podía visualizarlos desquebrajándose como las grietas de una pared.

    Pero nada de eso era real; sólo estaba pasando en su cabeza, ¿cierto?

    Pero eso no importaba. El dolor era real; endemoniadamente real…

    Comenzó a gritar desesperada, y gruesas lágrimas comenzaron a recorrerle el rostro. Quería tirarse al suelo y ahí quedarse, pero su cuerpo seguía aún inmovilizado por esa fuerza invisible. Ni siquiera parecía tener permitido desviar su mirada hacia otro lado, y sólo podía tenerla fija en aquel rostro chamuscado y frío, que la miraba de regreso con absoluta indiferencia mientras las destrozaba por dentro.

    Entre un choque de dolor y otro, su mente comenzó a divagar de nuevo. Pequeños destellos de otro tiempo y sitio llegaban a su mente, cegándola como las luces intermitentes de un vehículo.

    De nuevo esas personas con trajes y vestidos elegantes, esa música, esas luces… Las risas, los gritos, el fuego…

    “¡Que lo tape!, ¡que lo tape!, ¡que lo tape!”

    “******, yo no…”

    “¡¿Qué hicieron?! ¡¿Quién hizo esto...?!”

    “¡Que lo tape!, ¡que lo tape!, ¡que lo tape!”

    “******, espera...”

    “******, déjame ayuda...”

    “¡Que lo tape!, ¡que lo tape!, ¡que lo tape!”

    “******, tranquilízate, por favor.”

    “No me obligues a lastimarte… No quiero hacerlo…”

    “¡Que lo tape!, ¡que lo tape!, ¡que lo tape!”

    "Por favor, ******… no me lastimes…"

    “******”

    “¡Carrie!”

    —¡¡AAAAAAAAAh!! —gritó Gorrión Blanco en ese momento con todas las fuerzas que su garganta y pecho eran capaces de generar. Y al mismo tiempo, dejó salir todo lo que tenía guardado en su interior, y absolutamente todo a su alrededor fue empujado en todas direcciones lejos de ella.

    Los bancos de la barra, casi la barra entera, el refrigerador, las puertas de los anaqueles fueron arrancados de sus bisagras, los mosaicos del piso se hicieron pedazos, los muros de la cocina… Todo fue golpeado con la energía generada por su cuerpo y arrojado por los aires. Y, por supuesto, el chico delante de ella también lo hizo. Su cuerpo entero voló hacia atrás, chocando de nuevo contra el muro con tanta fuerza que cualquier otra persona de seguro se hubiera hecho pedazos por el impacto. Él, sin embargo, sólo cayó de narices al piso, rebotando un poco contra éste.

    Pero Gorrión Blanco no había terminado.

    Se puso rápidamente de pie, y concentrando todo ese golpe de energías renovadas alzó a aquel sujeto por los aires y lo volvió a estrellar contra la pared. Lo estrelló una, dos, tres, cuatro… repetidas veces, una y otra vez, hasta que el muro cedió y terminó atravesándolo, cayendo en la habitación que se encontraba al otro lado.

    No hubo ningún segundo de descanso.

    Gorrión Blanco de inmediato corrió hacia el agujero en el muro, y en cuanto contempló al chico en el suelo, lo alzó una vez más arrojándolo contra la pared de un lado, luego contra la otra, y luego contra el techo, zarandeándolo por todo ese espacio como una simple pelota.

    Ya ni siquiera recordaba con claridad qué estaba haciendo ahí, quién era ese chico, o por qué estaba haciendo todo eso. Simplemente la ira se había apoderado de ella, y se desbordaba sin control, como las llamas incontenibles de un incendio consumiéndolo todo a su paso.

    Pero poco a poco ese combustible se fue agotando. El dolor que hasta hace poco la había invadido fue volviendo gradualmente. Sus piernas comenzaron a flaquear, y su cabeza se sentía casi como si estuviera a punto de explotarle por completo. Lo último que pudo hacer fue estrellar a Damien contra el techo, y luego simplemente soltarlo para que cayera por mero efecto de la gravedad al suelo.

    Gorrión Blanco ya no pudo sostenerse más justo después de eso. Cayó sobre sus rodillas, y luego se desplomó sobre su costado, inmóvil. Aun así, logró escuchar fugazmente como aquel sujeto soltaba un fuerte alarido de dolor… o quizás de enojo.

    —¡Maldita… perra! —exclamó Damien con voz entrecortada, mientras se giraba sobre su espalda. Además de sus quemaduras, ahora tenía marcas y raspones de golpes por varias partes de su cuerpo. Pero seguía con vida y, de cierta forma, en una sola pieza—. Voy… a matarte… voy a…

    Lentamente de viró para colocarse de nuevo pecho a tierra, y empezó entonces a arrastrarse por la alfombra hacia donde Gorrión Blanco yacía. Le resultaba difícil mover cualquier parte de su cuerpo sin ser presa de un choque de dolor, pero siguió adelante sobreponiéndose a ello, alimentado quizás únicamente por el odio desbordándose por sus venas.

    Estando ya a una distancia adecuada, extendió su mano temblorosa y lacerada hacia ella para tomarla de nuevo de su cabeza, y así terminar de una maldita vez con ella; aunque tuviera que estrellarle su cara contra el piso repetidas veces como ella lo había hecho con él.

    Estuvo a nada de alcanzarla, y su atención estaba tan puesta en ese único objetivo, que no se dio cuenta en lo absoluto de que alguien ingresa a sus espaldas por la puerta de cuarto y se le aproximaba rápidamente por detrás. Y cuando logró ser consciente de ello, dicha persona ya estaba prácticamente sobre él. Y antes de que pudiera siquiera voltear a mirarlo, el extraño aproximó de golpe su mano hacia su cuello, encajándole algo. Y de entre todo el dolor que lo invadía, Damien sintió el claro piquete de una pequeña aguja.

    —¿Qué me…? —musitó despacio, perplejo. Las palabras se volvieron borrosas en su mente, pues casi de golpe comenzó a sentir que todo le daba vueltas, y su visión se volvía borrosa, hasta teñirse de negro—. Bastardo…

    Su cuerpo cayó por completo al suelo, y ahí se quedó. El ASP-55 surtió efecto tan rápido y preciso como prometía.

    Una vez que el objetivo se quedó quieto, el soldado se paró rápidamente, alejándose unos pasos. Con una mano se arrebató su careta para poder respirar con mayor facilidad. Debajo se mostró el agotado y agobiado rostro del Sargento Francis Schur. El soldado siguió sujetando su arma firmemente en dirección al chico, esperando que en cualquier momento se moviera. Tras unos segundos fue capaz de calmarse un poco al ver que eso no pasaría.

    Francis bajó su arma y acercó su careta a su boca únicamente para poder hablar por el comunicador de ésta.

    —El objetivo está asegurado —reportó con la mayor serenidad posible—. Realicen extracción, ¡ahora!

    No se detuvo a escuchar si alguien le confirmaba, pero en verdad deseaba que alguien le hubiera oído. En su lugar, se aproximó rápidamente a Carrie en el suelo, se agachó a su lado y comenzó a alzarla para que se sentara. En cuanto la tocó, la joven comenzó a reaccionar poco a poco.

    —Gorrión Blanco, ¿estás bien? ¿Me escuchas? —Le murmuraba despacio mientras la sujetaba, y con una mano le retiró rápidamente su careta. Al hacerlo, Francis miró con cierto asombro que su rostro estaba cubierto de sangre…

    Había sangrado por su nariz, oídos, boca e incluso sus ojos… ¿Había sido debido a lo que ese sujeto le había hecho? ¿O era acaso un efecto secundario del uso desmedido de sus propios poderes?

    Como fuera, aún respiraba, y eso era lo que contaba de momento.

    —Lo hiciste bien; lo tenemos —le informó Francis con inusual optimismo. Los ojos de Gorrión Blanco se abrieron débilmente y lo miraron con confusión—. Ven, tenemos que salir de aquí.

    Francis la ayudó a pararse, y colocó un brazo de ella alrededor de su cuello para ayudarla a caminar. Los siguientes minutos fueron muy confusos para Gorrión Blanco, pues sentía que iba y venía de la inconsciencia. En un momento notó a algunos soldados entrando al cuarto mientras ellos salían, y al mirar hacia atrás los vio rodeando el cuerpo de aquel muchacho, y al parecer comenzaban a cargarlo entre varios.

    En otro momento, al volver a abrir los ojos, pasaron caminando entre los cuerpos de al menos cinco soldados caídos. Entre ellos, reconoció a uno. Aquel que intentó apuñalar al objetivo y terminó con su cara aplastada… Y lo que quedó de ésta, dejaba claramente a la vista que era el Sargento Lewis, que la miraba desde el piso con uno de sus ojos, ligeramente sobresaliendo de su cuenca de una forma grotesca.

    De nuevo unos segundos de negrura, tras los que sólo pudo volver a reaccionar por el estridente sonido de los helicópteros. Ya estaban en la terraza. Dos personas estaban siendo transportaos en camillas, y estaban siendo subidos con bandas a uno de los helicópteros. ¿Heridos? No, cuando logró enfocar lo suficiente se dio cuenta de que uno era el muchacho con quemaduras, y la otra era una mujer rubia; ambos inconsciente. El rostro de ella le pareció fugazmente conocida por su foto en el expediente.

    Los ojos de Gorrión Blanco volvieron a cerrarse en ese instante, y no volvieron a abrirse en un largo rato…

    — — — —​

    Todo ocurrió en cuestión de un par de segundos. Aquella explosión que la arrojó hacia atrás, haciendo que se golpeara la cabeza y perdiera el conocimiento por… ¿por cuánto tiempo había sido? No lo sabía, pero cuando Verónica al fin logró despertar, todo era un completo caos sin sentido a su alrededor.

    Había fuego a lo lejos, una densa neblina blanca flotando a su al redor, y el lejano sonido de pasos y voces. Sentía la lluvia caer sobre su cara que entraba por un prominente hueco que se había formado en el techo justo sobre ella. ¿Qué había ocurrido? ¿Dónde estaban aquel hombre y aquella mujer? ¿Dónde estaba Damien…?

    En cuanto intentó moverse y levantarse, su cuerpo entero le ordenó que no lo hiciera, y terminó cayendo de nuevo sobre su espalda. La herida de su costado se volvió a hacer presente, y en cuanto dirigió su mano a esa área, la sintió totalmente empapada. ¿De agua?, ¿de sangre?; quizás de ambas.

    Y no era lo único. Cuando intentó mover su pierna izquierda, ésta igualmente le dolió horriblemente, y la sentía enganchada con algo. Se alzó sólo un poco para poder verla mejor, y vio con espanto cono a la altura de su pantorrilla, una varilla de acero sobresalía, atravesándola desde atrás hacia adelante.

    —Oh, Dios… —exclamó entrecortada, no pensando en la ironía de que esa fuera justo la expresión elegida por ella.

    Intentó sentarse de nuevo, sobreponiéndose un poco al dolor de su costado.

    —Damien… Damien… —pronunció repetidas veces. En su cabeza creía que gritaba, pero en realidad sus palabras apenas y surgían como un débil hilo de voz de su boca.

    El sonido de los helicópteros se hizo presente en sus oídos. Se giró cómo le fue posible en dirección a la terraza, o a donde creía que estaba la terraza pues todo era tan confuso que ni siquiera estaba segura de en qué punto se encontraba. Ahí pudo notar las largas figuras negras que poco a poco iban elevándose, alejándose en el aire.

    —A… Auxilio… ¡Auxilio! Por favor, ayúdenme…

    De nuevo su voz no llegó a nadie en lo absoluto. Desde su lecho, sólo pudo ver impotente como aquellos helicópteros se alejaban, dejándola atrás totalmente sola.

    —No… no… —pronunció despacio. Su cuerpo se dejó caer hacia atrás de nuevo, terminando recostada contra los duros escombros que le lastimaban la espalda—. No puede terminar así… No… no quiero que termine así…

    Sin proponérselo, comenzó a sollozar, y pequeñas lágrimas comenzaron a recorrerle el rostro… O quizás era sólo el agua de lluvia. Sentía su cuerpo tan apagado que dudaba que fuera capaz de producir alguna lágrima. Y tenía tanto frío, tanto dolor, tanto miedo…

    ¿Ahí terminaba su glorioso destino? ¿Hasta ahí llegaban las grandes cosas que estaban preparadas para ella? ¿Eso había sido todo? Tanto esfuerzo, tanto que había soportado, tantas veces que se había levantado tras caer… ¿para qué? ¿Qué había logrado u obtenido? ¿Sólo tener una horrible y solitaria muerte en ese sitio derruido en dónde nadie siquiera lloraría por ella?

    —No quiero… no quiero morir así… —murmuró despacio entre sollozos—. Mamá… ayúdame por favor…

    Y en ese momento sintió una mano cálida colocándose sobre su cabeza, acariciándole dulcemente sus cabellos mojados. Verónica se sobresaltó asustada, y se giró lentamente hacia un lado. Su vista borrosa no le dejó al inicio ver con claridad quién era, y por un instante su mente divagante en verdad creyó que se trataba de su madre. Pero cuando logró enfocarse lo suficiente, pudo distinguir mejor aquel rostro afilado, esos cabellos rubios rizados, y los ojos azules que la miraban de regreso.

    —Tranquila, tranquila —murmuró despacio aquella mujer en un impecable vestido blanco, sin ninguna mancha o rastro de humedad en él—. No llores, querida. Las niñas grandes no lloran, ¿recuerdas?

    Verónica sintió un nudo en la garganta que le cortó por completo la respiración. Aquello que se aparecía ante ella no podía ser real. Tenía que ser una alucinación… o algo mucho peor.

    —No… puede ser… —susurró despacio, aún presa de su agobiante debilidad—. ¿Gema…?

    La mujer de blanco le sonrió ampliamente de regreso, de una forma que quizás intentaba parecer reconfortante, sin lograrlo en realidad…

    FIN DEL CAPÍTULO 110

    Notas del Autor:

    ¡Uff!, al fin salió esto. No tienen idea de lo complicado que fue escribir este capítulo; creo que de hecho ha sido de los que más dificultad me ha dado recientemente. Esto debido a todo lo que tenía que pasar, todas las secuencias de acción, las reacciones y descripciones… En fin, fue bastante complicado. Espero no haya terminado demasiado confuso y raro y se haya entendido todo lo que pasó. Igual ya saben, cualquier duda o algo que no haya quedado claro, me pueden preguntar en los comentarios.

    Ya casi terminamos con este arco de Los Ángeles. ¿Qué les ha parecido todo hasta ahora? Estoy muy emocionado por las cosas que vienen. Espero en verdad les agrade, pues ha sido una tarea ardua llegar hasta este punto. Pero espero todo valga la pena al final. ¡Nos seguimos leyendo!
     
  11.  
    WingzemonX

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    Resplandor entre Tinieblas
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    Género:
    Misterio/Suspenso
    Total de capítulos:
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    Palabras:
    8682
    Resplandor entre Tinieblas

    Por
    WingzemonX


    Capítulo 111.
    Mi poder es mío

    La clínica gratuita de San Miguel estaba teniendo una noche bastante tranquila, hasta el momento en que el Honda Accord conducido por Karina se abrió camino en la lluvia y se estacionó en la parte trasera del complejo, trayendo consigo a cuatro personas que ocupaban atención; dos de ellos de emergencia. Carl ya les había notificado con anticipación de su inminente llegada, así como un resumen rápido de la situación, por lo que ya un par de doctores y enfermeros los esperaban para recibirlos.

    Abra y Cole fueron colocados cada uno en una silla de ruedas, e ingresados de inmediato a la clínica para dirigirse a paso veloz a donde serían atendidos, pero haciéndoles la revisión rápida de su estado mientras avanzaban.

    Abra apenas y seguía consciente cuando llegaron, y su cuerpo entero se había puesto muy frío. Carl tuvo que bajarla prácticamente cargada en brazos al serle imposible moverse por sí sola debido a lo débil que se encontraba. Y al retirarla del asiento trasero, todos notaron una nada discreta mancha roja que había quedado impregnada en la tela.

    Cole no sangraba demasiado, o al menos no hacia el exterior. Pero el dolor que sentía se había vuelto casi insoportable, y estuvo también a punto de perder la consciencia en un par de ocasiones. Sólo la voz de Matilda hablándole constantemente lo pudo mantener despierto.

    Mientras los dos heridos de mayor gravedad eran ingresados, Matilda y Samara fueron pasadas a un consultorio en donde ambas fueron revisadas.

    Además del roce de una bala en su brazo izquierdo, la psiquiatra sólo había recibido algunos golpes, en especial uno muy fuerte en las costillas, cortesía de un puntapié de James la Sombra mientras estaba paralizada. Su herida de bala de hace unos días la ardía, pero no parecía haberse abierto. Así que fuera de eso, al parecer había salido bien librada de la horrible experiencia por la que habían pasado en esa bodega.

    Samara había recibido algunos golpes durante su forcejeo con Mabel la Doncella, además de que tenía el cuello lastimado por qué ésta intentó asfixiarla. Pero todo parecía indicar que también estaba bien. Y en menos de media hora, ambas estaban ya atendidas. Abra y Cole, por otro lado, tardarían bastante más.

    Matilda y Samara tomaron asiento en la sala de espera, aunque quizás llamarla de esa forma era exagerar un poco. Eran en realidad tres sillas cerca del área de la recepción de la clínica y de las puertas automáticas de la entrada principal. Les indicaron que tomaran asiento y aguardaran a que alguien viniera a darles más información, y así lo hicieron; no es que les quedara de otra, en realidad.

    Pasaron los minutos, quizás las horas; Matilda no estaba del todo segura. Se sentía cansada y algo somnolienta por los medicamentos. Samara, a pesar de haber estado bastante tiempo inconsciente, al parecer no se encontraba muy diferente a ella, y tras un rato comenzó a cabecear. Matilda le hizo una almohada improvisada con el saco de su atuendo, y la colocó sobre sus piernas. Samara recostó entonces su cabeza contra ella, y el resto de su cuerpo hecho ovillo en su silla.

    La psiquiatra contempló atenta su carita aletargada mientras pasaba su mano lentamente por su cabello y susurraba despacio una pequeña y suave tonada. La Srta. Honey hacía eso a veces para ayudarle a conciliar el sueño, y siempre funcionaba. Samara no tardó mucho en quedarse profundamente dormida y se veía bastante tranquila; ninguna pesadilla la acosaba al parecer.

    Estando ahí en ese pasillo, sentada en esa silla cerca del módulo de recepción, y el sonido de lluvia apenas siendo percibido del otro lado de las puertas automáticas de cristal, Matilda tuvo de pronto un déjà vu de una noche y un escenario muy similares a ese. La noche en que todo eso comenzó, que se sentía en ese momento a años de distancia aunque había ocurrido hace sólo… ¿unas semanas atrás?, ¿un mes? Y recostada en sus piernas tenía justo a la misma niña que había ido a conocer en ese entonces.

    Pero claro, todo era en ese momento muy diferente; ella misma incluida.

    El sonido de las puertas automáticas abriéndose atrajo su atención de pronto. Todo había estado demasiado calmado, pero no le sorprendería que dada la hora y la lluvia algunos pacientes nocturnos comenzaran a hacer acto de presencia. Al virarse, sin embargo, vio a dos personas entrando por las puertas, pero una de ellas no le era del todo desconocida. Era aquella misma mujer afroamericana que los había llevado hasta ahí. Se había casi olvidado de ella y su compañero, suponiendo que se habían ido para no involucrarse de más en ese asunto.

    El hombre que la acompañaba, sin embargo, no le resultó del todo familiar. Era bajo y robusto, de cabeza calva. Caminaba cojeando, apoyado en un bastón. La mujer, que le parecía recordar que Cole la había llamado Karina, sostenía un paraguas sobre su cabeza para protegerlo del agua, pero cuando ingresaron lo cerró y escurrió un poco. El hombre del bastón siguió avanzando, y en cuanto la vio se dirigió directo hacia ella, esbozando una amplia y gentil sonrisa. El cuello clerical que portaba se volvió bastante evidente para Matilda al estar lo suficientemente cerca.

    —¿Dra. Honey? —inquirió aquel hombre, parándose a su lado y extendiéndole la mano con la que no sujetaba su bastón—. Encantado de conocerla. Soy el padre Frederic Babatos.

    Matilda lo contempló en silencio unos segundos, pero por mero reflejo su mano se dirigió a la que aquel hombre le ofrecía, y la estrechó firmemente justo como él lo deseaba.

    —Babatos —repitió Matilda en voz baja—. Es uno de los amigos sacerdotes de Cole, ¿cierto?

    —Me gusta pensar que sí —respondió Frederic con voz risueña.

    En cuanto se soltaron las manos, los ojos pequeños del sacerdote se fijaron en la niña recostada en las piernas de la psiquiatra.

    —Y ella debe ser Samara, ¿no?

    En cuanto aquel hombre mencionó su nombre, Matilda reaccionó un tanto aprensiva, colocando una mano sobre el rostro de Samara casi como si quisiera inconscientemente ocultarla de él.

    —Cole me contó lo que ustedes piensan de ella —le respondió Matilda con tono cortante.

    Frederic respingó un poco al escuchar aquella casi acusación, aunque se esforzó por mantener su sonrisa.

    —Creo que esa conversación será mejor dejarla para otro momento —murmuró con precaución en su tono—. Por lo pronto, estoy contento de que hayan salido a salvo de esa horrible situación. ¿Le molesta si me siento? —preguntó a continuación, señalando con una mano a la silla libre a un lado de Matilda.

    La psiquiatra no pensó en ningún motivo de peso para negárselo, en especial siendo un hombre mayor con un bastón, y cuya pierna derecha claramente no era un sostén confiable.

    —Adelante.

    Frederic avanzó hacia el asiento vacío, soltando un pequeño quejido de alivio cuando al fin pudo sentarse. Karina permaneció un tanto alejada, como si quisiera darles cierta privacidad. Aun así, sus profundos ojos no se apartaban de ellos, en especial de Matilda. Ésta no sintió como tal una amenaza viniendo de aquella mujer, aunque tampoco le inspiraba del todo tranquilidad.

    —¿Ya le dieron alguna noticia los médicos? —cuestionó el sacerdote italiano, jalando de nuevo la atención de la doctora.

    —Aún nada —respondió Matilda, negando con la cabeza.

    —¿Y usted está bien? ¿Fue también herida?

    —Ya nos revisaron. Ambas estamos bien; nada de cuidado de momento.

    Matilda respiró profundamente por su nariz, mientras pasaba su mano cuidadosamente por la cabeza de Samara. La niña no parecía haberse perturbado ni un poco por la presencia repentina de esas dos personas, ni por sus voces.

    —A pesar de todo, tengo que agradecerles —murmuró la mujer castaña tras un rato, sin mirar directamente al hombre a su lado—. Si no hubieran ido a ayudarnos en el momento justo… las cosas podrían haber terminado peor.

    —No hay nada que agradecer —respondió Frederic con voz grave, algo apagada—. Pero nos hubiera gustado poder llegar antes. —Hizo una pequeña pausa reflexiva, y entonces añadió—: Karina me dijo que una mujer murió en aquel sitio.

    Matilda soltó un largo suspiro al escuchar aquella afirmación. Acercó su mano a su rostro, tallándolo un poco son sus dedos. Entre su preocupación por Cole, Samara, y esa jovencita de nombre Abra, apenas y se había permitido pensar en Kali. La imagen de su cuerpo tirado y abandonado en esa bodega aún impregnaba su mente.

    —Yo… apenas la conocí en persona este día —murmuró Matilda despacio, algo distraída—. Pero sé que era muy importante para alguien que conozco. Y sé también que a ella le dolerá mucho enterarse de lo sucedido… cuando le sea posible.

    —Qué el Señor la guíe al descanso de los justos —murmuró el sacerdote de golpe, tomándola un poco por sorpresa. Al mirarlo de regreso, lo vio pasando su mano frente a él, terminando una rápida persignación—. Amén…

    Al terminar, tomó el pequeño crucifijo que colgaba de su cuello, lo acercó a sus labios y lo besó. Cuando se giró de nuevo hacia ella, algo de desconcierto debió ser evidente en su rostro.

    —¿Le incomodan mis rezos, doctora? —murmuró con voz baja, casi juguetona.

    Matilda negó sin vacilación.

    —Sólo no sé si la persona de la que habló desearía que rezaran por ella o no.

    —Todos necesitamos que alguien rece por nosotros en alguna ocasión, incluso los no creyentes. Algunos de mis compañeros dirían que especialmente los no creyentes.

    Concluyó su comentario con una pequeña risa animada. Matilda no pensó que aquello hubiera sido con mala intención, pero ciertamente le resultó un poco fuera de lugar. Como fuera, no pudo pensar mucho en eso pues de golpe su atención fue jalada hacia Samara al sentir como la pequeña comenzaba a moverse, soltaba un par de quejidos, y luego poco a poco se incorporaba para sentarse en su silla.

    —Hey, ¿cómo te sientes, pequeña? —le susurró Matilda con suavidad, rodeando sus hombros con un brazo para sostenerla—. ¿Tuviste alguna pesadilla?

    Samara pasó sus manos por sus ojos, tallándolos con algo de pereza.

    —Creo que no… —respondió despacio, seguida justo después por un largo bostezo.

    Cuando al fin pudo abrir sus ojos por completo, se viró hacia la otra silla a lado de Matilda. Desde ésta, aquel hombre regordete de atuendo negro la miraba de regreso con una sonrisa muy grande que le recorría todo su rostro. Su apariencia le resultaba un poco chistosa; como un extraño personaje de caricaturas.

    —Él es padre Babatos, amigo de Cole —le explicó Matilda.

    —Es un gusto conocerte, Samara —añadió el sacerdote justo después, extendiendo su mano hacia ella a modo de saludo.

    Samara permaneció en silencio, contemplando aquella mano redonda con dedos gruesos. Luego alzó de nuevo sus ojos oscuros hacia él, mirándolo tan fijamente que el cura no pudo esconder por mucho el atavismo de nervios que aquello le causaba.

    —¿Me tiene miedo? —preguntó Samara de golpe. Frederic respingó un poco al escuchar tal cuestionamiento.

    —¿Por qué dices eso? —respondió el sacerdote, sin romper su sonrisa aunque su voz se notaba un tanto inestable. Se vio forzado también a retirar su mano, al ser evidente que Samara no la estrecharía de regreso.

    Matilda sólo observó aquello en silencio. Según lo que había observado tras su tiempo juntas, Samara siempre había sido buena para percibir las intenciones de las personas desde la primera vez que las veía. Y, en parte, ella también.

    El hombre religioso pareció ya no ser tanto del interés de Samara, pues tras un rato se viró hacia el piso, arrugando un poco el entrecejo como si se encontrara pensando en algo muy complicado.

    —¿Qué pasa? —le preguntó Matilda con ligera preocupación.

    —No lo sé —le respondió la niña despacio, algo distante—. Siento… como si algo malo estuviera pasando.

    —¿Algo cómo qué?

    —No lo sé —repitió negando rápidamente con su cabeza—. Quizás… aún sigo un poco dormida.

    Matilda guardó silencio. En verdad esperaba que fuera eso, y no algún indicio de que malas noticias se aproximaban.

    Y como invocado por el pensamiento de Samara (o bien podría haber sido al revés), los pasos del médico encargado se escucharon aproximándose por el pasillo. Era un hombre alto y delgado con gruesos anteojos. Vestía un atuendo de cirugía totalmente azul, con varias apreciables manchas de sangre en el área del torso, esperables si había estado realizando algún procedimiento.

    —Isaías —pronunció Frederic, y se puso de pie rápidamente antes que Matilda. El doctor fue directo hacia él y le estrechó firmemente su mano.

    —Padre Babatos, qué gusto verlo —le murmuró con tono serio, pero respetuoso.

    A Matilda no le sorprendió mucho ver que lo conocían en ese sitio. Y no sólo por ser una clínica católica, sino por lo que habían comentado el hombre y la mujer que los habían traído sobre que era un sitio seguro para los miembros de su organización; la que fuera ésta con exactitud.

    “Conocí a dos padres católicos que trabajan directamente para el Vaticano. Me contaron de una orden secreta que se ha llevado a cabo desde el año 2000 para dar… con el Anticristo.”

    La manera en la que Cole se lo había descrito la noche anterior sonaba como sacado de una loca novela de suspenso. Sin embargo, todo lo que había vivido ese día la obligaba a darse cuenta de que, en efecto, estaba prácticamente viviendo en el epicentro de una novela; y una no muy buena para su gusto.

    Le indicó a Samara que aguardara en su asiento, mientras ella hablaba con el doctor. La niña sólo asintió y se quedó quieta, observándola.

    —¿Cómo están los pacientes? —alcanzó a escuchar Matilda que el padre Babatos inquirió mientras ella se aproximaba; justo la pregunta que ella misma quería hacer.

    —La chica perdió mucha sangre —respondió el Dr. Isaías sin muchos rodeos—, pero logramos estabilizarla. Estará bien, pero lo más importante ahora es que repose.

    —Son buenas noticias —asintió Frederic con optimismo, y miró hacia Matilda, quizás en busca de su confirmación. Ella en efecto también asintió, feliz de escucharlo. Sin embargo, no podía estar del todo tranquila aún…

    —¿Y Cole? —preguntó la psiquiatra rápidamente.

    El semblante del doctor se tornó aún más serio y reacio de lo que ya se encontraba. Matilda notó cómo miraba de reojo a Frederic, casi como si le estuviera pidiendo su autorización para hablar. Y en efecto, no dijo nada hasta que ese sacerdote le indicó con un ligero movimiento de su cabeza que podía hacerlo.

    ¿Quién era ese hombre en realidad?

    El doctor suspiró con pesadez, se ajustó las gafas, y respondió la pregunta de Matilda de la forma más directa que su profesión le exigía:

    —Hicimos todo lo que podíamos hacer por nuestra cuenta. De momento ya no está en peligro… pero el daño a su pierna es bastante grave. Necesita de un cirujano especializado urgentemente. Y, aun así… me temo que es muy probable que pierda la pierna.

    El rostro de Matilda palideció al instante, y su mirada se cubrió de un desconcierto total.

    Se cruzó de brazos, y sin decir nada se alejó un par de pasos, mirando fijamente hacia el muro. Si era honesta consigo misma, no era una noticia que la tomara completamente por sorpresa; ella misma había visto la herida, profundamente… y había sido parte de la forma tan rudimentaria en la que había sido atendida.

    —Lo siento —pronunció Isaías un momento después; una frase rutinaria en ese campo, pero que pocas veces servía de algo de en realidad

    —¿Él ya lo sabe? —inquirió Matilda despacio, virándose de nuevo hacia el médico. Éste se limitó a sólo asentir.

    Frederic soltó un pesado suspiro. Su mirada también se había vuelto un poco apagada. A pesar de no llevar demasiado de conocerlo, parecía que también la suerte de Cole le afectaba un poco.

    —Me temo que el momento de mantenerse fuera del foco ha terminado —indicó con seriedad, mirando a Matilda; de nuevo, quizás buscando su confirmación, aunque ésta no le dijo nada—. Isaías —pronunció girándose de regreso al doctor—, prepara por favor su traslado al Hospital General.

    Isaías asintió como respuesta, y se dispuso de inmediato a cumplir el encargo. Sin embargo, antes de que se alejara por completo, la voz de Matilda resonó en el eco del pasillo.

    —No, esperen —pronunció con fuerza, haciendo que el médico se detuviera y se girara hacia ella, al igual que Frederic. Matilda, sin embargo, no miraba a ninguno de ellos, sino a la niña de largos cabellos negros, aún sentada en la misma silla—. Samara —pronunció con voz cauta, y se aproximó hacia ella, colocándose de cuclillas justo a su lado. La pequeña la miró de regreso con sus ojos oscuros bien abiertos—. ¿Tú… podrías hacer algo para ayudarlo? Lo que hiciste en su mano, ¿crees poder hacer lo mismo con su pierna?

    Aquellas palabras ciertamente desconcertaron a los tres oyentes que las rodeaban, en especial al médico encargado que era el que menos contexto tenía como para entender qué significaba aquello.

    —Déjanos solos un momento, Isaías —le indicó Frederic con una sonrisa despreocupada—. Te notificamos en un segundo lo siguiente que haremos.

    Quizás tratándose de alguien más, su respuesta hubiera sido diferente. Pero al parecer el tal padre Babatos tenía suficiente importancia en ese sitio para que el Dr. Isaías únicamente asintiera y se alejara sin hacer más preguntas.

    Samara se mantuvo callada hasta que estuvieron al fin solas, a excepción de Frederic y Karina que mantenían su prudente distancia.

    —No lo sé… —respondió en voz baja, agachando su mirada—. O más bien, creo que sí podría; curé la pierna de Lily también. Pero me da miedo…

    El cuerpo de Samara comenzó a temblar en ese momento, como si tuviera frío, obligándola a abrazarse a sí misma en un intento de calmarse.

    —Cada vez que uso estos poderes, siento que le abro más la puerta… a ella. La última vez me encerró en un lugar oscuro y alejado, del que no sé si podré volver a salir.

    Matilda sintió una pequeña punzada al verla así; tan aterrada e indefensa. Se dio cuenta en el momento que su petición había sido demasiado egoísta, influenciada únicamente por su preocupación hacia Cole. Al parecer le era bastante difícil ser objetiva con ese asunto; no cuando se trataba de Samara… y al parecer tampoco con Cole.

    Tomó en ese momento su chaqueta de regreso, y la desdobló para colocársela a la niña sobre sus hombros y calentarla un poco. Samara alzó su mirada, casi temerosa, aunque sus manos tomaron la chaqueta y la jaló para poder cubrirse mejor con ella. Casi de inmediato se sintió más tranquila.

    —Lo siento mucho, Samara —susurró la psiquiatra con voz suave y calmada. Extendió entonces sus manos hacia ella, tomando dulcemente las de la niña. Éstas se sentían en efecto frías, pero intentó rodarlas por completo para así intentar calentarlas—. Me temo que no soy la más capacitada para decirte cómo lidiar con esa criatura. Quizás de haberle hecho caso a Cole desde el inicio, podría haberte ayudado mejor. Y por eso te pido que me perdones, pequeña.

    —No… tienes que disculparte —respondió Samara rápidamente, negando con su cabeza—. Tú no debes disculparte por nada…

    —Quisiera que eso fuera cierto —murmuró Matilda, esbozando una leve sonrisa—. Pero aunque no sepa de fantasmas y demonios, sí hay algo que sé muy bien, y que ya te había dicho anteriormente.

    Los ojos de Matilda se tornaron firmes y serios, y se fijaron directo en los de la pequeña.

    —Esas habilidades que tienes, Samara, no son buenas o malas. Son tuyas, y de nadie más. Y tú eres la única que puede decidir qué hacer con ellas. Y como te dije esta tarde, yo sé que en ti siempre ha existido bondad. Así que sin importar cuál sea su verdadero origen, sé que con el tiempo les darás un buen uso.

    Se permitió en ese momento acercar las manos de Samara a su rostro, y darle a cada una un pequeño beso. Ese acto pareció desconcertar un poco a la pequeña. Era uno de los pocos actos de cariño sincero que alguien había tenido hacia ella en mucho, mucho tiempo… Tanto fue el efecto que sintió por un momento que pequeñas lágrimas brotarían de sus ojos, pero se contuvo como le fue posible.

    —Y no te forzaré a hacer nada para lo que no te sientas preparada —añadió Matilda, sonriéndole de nuevo llena de comprensión. Colocó entonces las manos de Samara de regreso sobre su regazo y se puso de pie—. Y sé que Cole opinaría igual que yo. Así que estate tranquila, ¿sí?

    Dicho eso, se aproximó de regreso al sacerdote italiano con la intención de seguir adelante con su propuesta inicial.

    —Padre Babatos, creo que será mejor…

    —Matilda —murmuró Samara en ese momento para llamar de nuevo su atención. Se paró justo entonces de la silla, dejando detrás la chaqueta—. Quiero intentarlo.

    —No, pequeña —murmuró Matilda rápidamente—. No te sientas obligada…

    —Él salió herido por mi culpa, por querer ayudarme —señaló Samara de golpe, con tono casi tajante—. Yo… quiero empezar a ser buena. Así como tú dijiste.

    Matilda se aproximó cautelosa de regreso, y se puso de cuclillas delante de ella para que sus rostros quedaran de nuevo a la misma altura y pudieran verse a los ojos mutuamente.

    —¿Estás segura? —le preguntó directamente sin ningún tipo de recriminación en su voz.

    Samara asintió levemente.

    —Tengo miedo… pero si tú estás conmigo…

    —Lo estaré —respondió Matilda rápidamente, permitiéndose entonces rodear a la pequeña y abrazarla gentilmente—. Siempre estaré contigo cuando me necesites…

    Samara tuvo un poco de reticencia para devolverle el abrazo, pero al final lo hizo, incluso apoyando su frente contra su hombro. De nuevo sintió que lloraría, pero pudo evitarlo. No era momento para llorar…

    Frederic contempló todo aquello desde su posición, pasando por su mente una serie de dudas, pero también de preocupaciones. ¿Estaban diciendo acaso que esa niña podía curar la herida del detective Sear? No debía ser un experto para saber que aquella no era una habilidad usual en estos niños con habilidades psíquicas. Eso sólo reforzaba aún más su teoría inicial sobre esa niña. Y, a pesar de lo que la Dra. Honey había dicho hace un momento sobre que sus habilidades no eran ni buenas ni malas… él no estaba del todo seguro de eso.

    Aun así, su opinión en ese asunto parecía no ser requerida. Al final sería decisión del detective arriesgarse o no; aún a sabiendas de que él fue quien planteó la verdadera naturaleza de esa niña en primer lugar.

    —Karina —murmuró con seriedad, girándose hacia su ayudante. Ésta no necesitó más instrucción para comprender lo que se ocupaba.

    —Las llevaré con el detective —murmuró con voz árida, aproximándose hacia Matilda y Samara—. Síganme, por favor.

    Matilda asintió y se incorporó de nuevo. Ambas comenzaron a andar detrás de la mujer de abrigo negro. Samara instintivamente tomó la mano de Matilda, y ésta no se la negó.

    — — — —
    Las camillas de la sala de emergencias se encontraban casi vacías. Matilda no sabía decir si aquello era una buena o mala señal para una clínica gratuita. Pasaron en su recorrido justo delante de la camilla de Abra, que en esos momentos se encontraba totalmente dormida; de seguro bastante sedada. Como el Dr. Isaías bien dijo, lo importante ahora era que reposara. Quizás tendría que quedarse ahí toda la noche para observación.

    Un par de camillas más adelante, se encontraron con la de Cole. A diferencia de Abra, el detective se encontraba totalmente despierto, con sus ojos bien abiertos fijos y pensativos en el techo. De seguro la noticia de su pierna lo tenía bastante inquieto y expectante de lo que vendría a continuación. Su pierna se encontraba descubierta, un poco alzada por encima de la camilla, y el área de la herida había sido propiamente vendada. Había varias manchas rojizas en las sábanas a su lado.

    Cole vio primero a Karina delante de su camilla, pero su rostro se iluminó notablemente cuando detrás de ella aparecieron Matilda y Samara.

    —Hey, dichosos los ojos que las ven —pronunció extrañamente animado, sonriendo ampliamente—. ¿Están las dos bien?

    —Estamos bien —le respondió Matilda pronta y directamente. Ambas se aproximaron entonces a un lado de la camilla, mientras Karina permaneció en su posición como mera espectadora—. Cole, el doctor nos dijo lo de tu pierna.

    La sonrisa en los labios de Cole se ensanchó aún más, y por consiguiente se sintió incluso más falsa.

    —Sí, bueno —comenzó a hablar con tono indiferente, incluso encogiéndose de hombros—. Lo más lamentable de todo esto es descubrir que las películas no son siempre tan ciertas, ¿no? Uno llega a creer que un disparo en el brazo o en la pierna siempre saldrá bien, pero la realidad es un poco distinta. Pero está bien; aunque esta chica ya no esté, hoy en día hacen maravillas con las prótesis, ¿cierto? Muy seguramente tendré que hacer trabajo de escritorio a partir de ahora, pero no me sentará mal luego de esta loca aventura.

    A Matilda esa repentina actitud despreocupada le resultaba bastante familiar. De nuevo se ponía esa máscara de payaso, de policía imperturbable y siempre calmado. Quizás lo hacía para no preocuparles a ellas, o quizás para convencerse a sí mismo de lo que decía.

    Matilda se aproximó un poco más a él, colocando cuidadosamente una mano sobre su brazo. Y mirándolo fijamente a los ojos le murmuró:

    —No hay nada de malo con estar asustado. Lo sabes, ¿cierto?

    La sonrisa de Cole se hizo un poco más pequeña, aunque no desapareció por completo.

    —Lo sé —asintió con un voz un poco más apagada, quizás más cerca de lo que realmente sentía por dentro.

    —Aún hay algo que podemos intentar —indicó Matilda—, pero sólo si tú estás de acuerdo.

    Aquello desconcertó un poco al policía.

    —¿Qué cosa?

    Matilda se viró en ese momento hacia su pequeña acompañante, quien también se aproximó a la camilla. Cole pareció en ese momento darse una ligera idea de a qué se referían.

    —¿Samara?

    —Ella está dispuesta a sobreponerse a sus miedos e intentar ayudarte —explicó Matilda—. Pero la realidad es que ninguno de nosotros entiende del todo cómo funcionan sus poderes, o la naturaleza real de estos. Por ello, cualquier intento de que haga con tu pierna lo mismo que hizo con tu mano, representaría un riesgo.

    —Lo entiendo —respondió Cole en voz baja, e instintivamente alzó su mano, contemplando pensativo esa mancha negra que se había formado en su palma y dorso. La sola presencia de ésta en el sitio en donde había estado aquel horrible agujero de bala, le hacía llegar fácilmente a la misma conclusión que Matilda hacía.

    Además, aún seguía en su mente aquella horrible pesadilla que había tenido mientras descansaba, junto con esa sensación helada y dolorosa de su propia sangre recorriéndole el cuello, a pesar de que aquello no había ocurrido en realidad. Temía que lo que fuera que aquella criatura le hubiera hecho siguiera ahí en su mente, esperando germinar lo suficiente para obligarlo a terminar lo que no pudo esa tarde con aquel vidrio. Y aun así, ¿estaba dispuesto a seguir jugando a la ruleta rusa con eso?

    Miró entonces a Samara, que lo observaba de regreso con bastante angustia en su rostro. ¿Percibía las dudas o miedos que albergaba en esos momentos? Era probable que sí.

    —Hey, pequeña —le murmuró con tono más natural y relajado—. ¿Tienes miedo? —Samara asintió lentamente—. De esa “Otra” Samara, ¿cierto? —Samara en esa ocasión no respondió, pero sus ojos lo dijeron todo—. Dime, ¿viste lo que hice en ese pent-house con todos mis amigos?

    —¿Los fantasmas? —cuestionó Samara, curiosa.

    —¿Fantasmas? —masculló Matilda, más confundida que curiosa, pero de momento era mejor no meterse de más en la plática.

    Cole se movió sólo un poco por la camilla para acercarse a la orilla e inclinar un poco más su rostro hacia Samara.

    —Te voy a decir un secreto —le susurró despacio—. Sólo entre nosotros, ¿de acuerdo? —Samara volvió a asentir—. La realidad es que lo que estos seres, humanos o no, pueden hacer en nuestro mundo es muy limitado. Siempre necesitan de uno de nosotros para poder hacer sus fechorías. Se apoderan de nuestros cuerpos o nublan nuestras mentes; se alimentan de nuestra energía, de nuestro miedo, de nuestro odio, de nuestras inseguridades… y de nuestro resplandor. Pero al final, sin eso, no pueden hacer nada. Y sin importar lo que nos quieran hacer creer, lo cierto es que los que son como nosotros tenemos siempre la sartén por el mango en esta situación. ¿Sabes lo que eso significa?

    —No estoy segura —respondió Samara un tanto vacilante.

    —Significa que nosotros somos los que decidimos qué les damos y qué no. Si nosotros no se los permitimos, no pueden tomar nada de nosotros. Están a nuestra merced. ¿Entiendes?

    —Mis poderes son mío, no de ella —murmuró la niña despacio, como repitiendo un viejo mantra—. Matilda me dijo algo parecido hace rato.

    —Bueno —murmuró Cole risueño, mirando de reojo a la psiquiatra—, creo que todos estamos de acuerdo en que Matilda es la persona más inteligente de este cuarto. Así que debe ser cierto, ¿no?

    Aquello ruborizó un poco las mejillas de la mujer, e instintivamente se giró hacia otro lado.

    —Entonces… ¿sí quieres que lo intente? —inquirió Samara, volteando levemente hacia su pierna herida—. ¿No te preocupa que pueda empeorarlo?

    —Confío en ti, y en que harás lo que sientas que sea mejor. Si no, bueno, como dije hay prótesis muy buenas en estos días.

    Aquel comentario risueño no pareció provocarle mucha gracia a la niña.

    —Sólo bromeo, Samara —aclaró el detective rápidamente—. Todo saldrá bien; yo lo sé.

    La decisión estaba al parecer tomada. Ya fuera porque en verdad Cole deseaba intentar salvar su pierna, o sólo un intento de darle a Samara una oportunidad para hacer las cosas bien. Lo que fuera, todo llevaba al mismo resultado.

    La niña respiró lentamente por su nariz varias veces, intentando tranquilizarse por completo. Se viró entonces hacia Matilda y asintió lentamente, indicando que estaba lista. Ésta se aproximó entonces al gabinete de suplementos ahí en el área de la camilla, buscando unas tijeras quirúrgicas para cortar el vendaje de la herida. Esperaba que eso en verdad funcionara, o sería un poco complicado explicar qué había ocurrido en ese sitio.

    Matilda cortó con cuidado las vendas. Cole respingó ligeramente un par de veces, pero en general logró mantenerse quieto lo suficiente para que hiciera su labor. Debajo se asomó de nuevo la herida; aquella íntima amiga de Matilda. Los doctores habían tenido que abrirla de nuevo para intentar tratarla mejor, y la habían de momento sólo cerrado lo suficiente para evitar que siguiera sangrando, pero preparada para que el cirujano especializado que el Dr. Isaías había comentado pudiera hacer su trabajo. Si supiera que dicho cirujano resultaría ser una niña de doce años, y no sería precisamente una cirugía lo que haría.

    La psiquiatra se hizo a un lado para dejarle el campo libre a Samara. Ésta se paró justo delante de la herida, contemplándola atentamente con sus ojos oscuros. Para esos momentos ese tipo de cosas ya no le causaban tanta impresión como antes. Tristemente, parecía ya haberse acostumbrado un poco…

    Samara volvió a respirar lentamente, sin apartar su mirada del objetivo. Necesitaba tener su mente lo más despejada posible. Aún recordaba lo que le había hecho al rompecabezas que Matilda le había regalado, o al muñeco de madera que Cody había llevado a Eola, o todos los dibujos retorcidos que siempre hacía sin proponerselo. Pero también recordaba la pierna de Lily y la mano de Cole. Ella podía de alguna forma materializar lo que veía en su mente, ella lo sabía. Sólo necesitaba concentrarse y estar segura de lo que quería…

    Pero el miedo seguía presente, y fue evidente conforme su respiración se fue agitando un poco, y una pequeña lágrima le recorrió la mejilla.

    —No te asustes, nena —escuchó que Matilda le pronunciaba, y sintió justo después que colocaba una mano sobre su hombro—. ¿Recuerdas el truco que te enseñé aquella noche cuando no lograbas controlar tus poderes?

    Samara se viró a verla, al inicio un poco confundida. Sin embargo, el recuerdo de la noche a la que se refería no tardó en hacerse presente. Aquel momento en su habitación en Eola, atada a su cama, mientras todo a su alrededor se había sumido en tinieblas.

    —¿El de la estufa? —murmuró Samara.

    —Ese mismo —asintió Matilda—. Quiero que respires lentamente como te enseñé esa noche. Inhala por la nariz, exhala por la boca. Con calma…

    Samara hizo justo lo que Matilda le indicaba, inhalando y exhalando con ritmo constante.

    —Ahora cierra tus ojos, y visualiza de nuevo esa misma estufa. Y quiero que te imagines a ti misma girando la perilla de la flama con mucho cuidado, y sólo lo que necesites; no más y no menos, ¿de acuerdo?

    La niña asintió, y cerró lentamente sus ojos. Se esforzó para en efecto dibujar la imagen completa de aquella estufa, justo como lo había hecho esa noche. Enfocó su mente en la flama de la hornilla de enfrente a la izquierda. La flama no estaba en su máximo como lo había estado cuando se descontroló; de hecho, se encontraba un poco baja. Necesitaba subirla un poco, sólo un poco…

    En la imagen mental que estaba formando, extendía su mano hacia la manija de la hornilla y comenzaba a abrirla lentamente. La flama subía de intensidad, pero no más de lo que ella quería. Lo tenía claro en ese momento; ella podía controlarlo.

    —Cuando la flama esté en el punto que quieres, abre los ojos… y sigue adelante —le murmuró Matilda cerca de su oído. Y un segundo después hizo justo lo que le indicó.

    En cuanto Samara observó de nuevo la herida rojiza en la piel de Cole, pudo visualizarla en su mente justo como quería. Y sin quitarle los ojos de encima, acercó rápidamente los dedos de su mano izquierda, y los presionó fuerte contra la piel.

    Similar a como había ocurrido las veces anteriores, ramificaciones venosas oscuras comenzaron a extenderse de sus dedos hacia la herida, comenzando a rodearla y a consumirla poco a poco. E igual que esa tarde en el pent-house, la misma sensación agobiante de ardor invadió el cuerpo de Cole, aunque era incluso un poco mayor a la vez pasada. Y si pensó que la operación improvisada de Matilda había sido incómoda y dolorosa, no tenía comparación con lo que sentía en esos momentos. Era como si cientos de pequeñas agujas ardientdo le rasgaran la piel desde adentro.

    Cole se dejó caer de espaldas contra la camilla. Su frente se llenó de pequeñas perlas de sudor, y sus ojos casi desorbitados se fijaron en el techo. Sus quejidos de dolor se convirtieron en pequeños alaridos.

    —¿Qué le está haciendo? —cuestionó Karina con inquietud, aproximándose.

    —No se acerque —le indicó Matilda con voz de mando, y Karina por mero reflejo se detuvo. La psiquiatra entonces se colocó justo a un lado de Cole, y estrechó fuertemente su mano entre las suyas—. Hey, Cole. Todo está bien, todo está bien, ¿me escuchas? Pasará rápido, y entonces estarás bien.

    Al inicio el detective no reaccionaba en lo absoluto. Sin embargo, Matilda sintió de pronto como su mano se apretaba contra las suyas. Y, justo después, viró su rostro hacia ella. El sufrimiento claramente lo invadía, pero aun así le sonrió de regreso.

    —Si tomo tu mano mientras te miró a los ojos… casi puedo creerlo… —logró decirle entre quejido y quejido.

    Las mejillas de Matilda se ruborizaron de nuevo al oírlo. Miró apenada por reflejo hacia Karina, que observaba aquello un tanto confundida. Aunque en lugar de intervenir, decidió retroceder.

    Matilda volvió a enfocarse en Cole, en sostenerlo, mirarlo y hablarle para que él se concentrara sólo en ella.

    El proceso fue largo y tortuoso. Nadie tomó el tiempo, pero Matilda estaba segura de que habían sido cerca de diez minutos. En todo ese tiempo, Samara estuvo quieta e inexpresiva, con su atención totalmente fija en su labor. Ni siquiera pestañeaba o movía un dedo. Era como si su cuerpo se hubiera quedado ahí, pero su mente entera se hubiera transportado a otro sitio.

    Poco a poco, la piel alrededor del agujero de bala se fue oscureciendo, y desde adentro hacia afuera se fue cerrando, milímetro a milímetro. Al final de todo, se formó otra mancha negra sobre la piel del muslo, muy similar en tamaño y forma a la de la mano. Y justo en este momento Samara reaccionó, haciendo su cuerpo hacia atrás e inhalando aire con fuerza por su boca, como si en realidad no hubiera respirado en lo absoluto durante todo ese tiempo.

    La niña cayó de sentón al suelo, tosiendo un poco. Las luces de la sala tintinearon un poco, y se escuchó además el pitido de varios de los aparatos médicos. Matilda no tardó en agacharse a su lado, sujetándola firmemente con sus manos.

    —¿Estás bien, pequeña? —le susurraba despacio, mientras retiraba lentamente sus cabellos de su rostro—. Eso es, respira, respira. Ya estás bien, ya puedes apagar la flama. Ya estás bien…

    Samara tuvo problemas para calmarse, pero lo fue logrando paulatinamente. En su imagen mental, pudo volver a girar la perilla, y la flama de su estufa se fue opacando poco a poco hasta desaparecer. Y justo al mismo tiempo, las luces y el ruido se calmaron, y todo volvió a la quietud anterior.

    Mientras Matilda calmaba a Samara, Karina se aproximó cautelosa a Cole, parándose al otro costado de su camilla. El detective parecía bastante aturdido. Sudaba abundantemente, respiraba con algo de debilidad, y parecía estar a nada de desmayarse, sino fuera quizás por su propia terquedad.

    —¿Funcionó? —preguntó con reserva.

    Cole reaccionó apenas lo suficiente para dar a entender que le había escuchado. Intentó entonces sentarse, pero resultó una tarea complicada por lo que Karina se apresuró a ayudarlo. Una vez erguido, aproximó una mano a su muslo y la presionó sobre el área donde anteriormente se encontraba la herida.

    —Ya… no duele… —murmuró despacio, algo incrédulo. Y sin espera intentó ponerse de pie con el deseo de probarlo mejor.

    —Oye, despacio —señaló Matilda desde el suelo, sin soltar aún a Samara—. Estás muy débil.

    Cole asintió, pero prosiguió con su intento. Karina quiso ayudarlo, pero Cole le indicó con un ademán de su mano que no era necesario. Él mismo plantó sus dos pies descalzos en el suelo, sintiendo de inmediato el frío de éste. Luego se alzó de la camilla lentamente, parándose al fin por su propia cuenta. Estaba de pie, y su pierna no le dolía…

    Una risa de alivio surgió abruptamente de sus labios, antes de que la misma debilidad que le habían advertido lo hizo desbalancear y caer de rodillas al suelo, a lado de Matilda y Samara.

    —Hey, ¿estás bien? —le preguntó Matilda con consternación. Se había golpeado un poco al caer, pero en esos momentos eso parecía no importarle en lo absoluto. Estaba feliz, y lo demostraba con una amplia sonrisa que le adornaba el rostro.

    —Lo hiciste, pequeña —masculló Cole despacio, colocando una mano sobre la cabeza de Samara—. Gracias…

    Ya un poco más calmada, y logrando respirar con más normalidad, la niña de cabellos negros alzó su rostro agotado hacia él, e igualmente le sonrió. Estaba, para variar, contenta…

    Sin embargo, eso se apaciguó un poco cuando por el rabillo del ojo pudo percibir la presencia de alguien más… Se giró lentamente, y a unos metros de la camilla ahí la vio de pie, con su largo cabello negro cubriéndole enteramente el rostro, y esa aura de suciedad humeda que la envolvía.

    Samara soltó un pequeño gemido de espanto, e instintivamente se pegó más a Matilda, aferrándose a ella.

    —¿Qué? —murmuró la psiquiatra, turbada por tan repentino cambio. Miró en la dirección que Samara observaba, pero ella no percibió lo mismo. Pero, de alguna forma, aun así lo supo—. ¿Ella está aquí? —preguntó despacio, rodeando a Samara con sus brazos y apretándola un poco más contra ella de forma protectora.

    —Sí, aquí está… —murmuró Cole, mirando también en la misma dirección. Él, por supuesto, sí la veía.

    Quien no era en lo absoluto consciente de la presencia extraña tan cerca de ella, era Karina. Al ver la reacción de aprensión de todos, por mero reflejo había acercado su mano al arma que traía oculta en su cintura, pero era incapaz de ver a qué se suponía debía dispararle.

    Cole se arrastró un poco por el suelo, hasta colocarse justo al lado de Matilda y Samara, pero en especial para poder hablarle más directamente a esta última.

    —Pero, ¿ves lo mismo que yo? —le susurró despacio a la pequeña—. Puedes sentirlo, ¿cierto? Está muy débil; apenas y se encuentra presente. Es más como una sombra borrosa en la pared.

    Samara alzó su mirada desde el regazo de Matilda para poder echarle un vistazo de nuevo a aquella criatura. Al principio no lo entendió, pero conforme más la observaba más claro se volvió. Sí, no la percibía como siempre, como una persona en la misma habitación, o un reflejo vivido en el espejo o en el agua. Era más como una imagen traslúcida sobre un vidrio, a través de la cuál podía incluso ver la otra camilla.

    —Eso… no es cierto… —murmuró aquel espíritu, y aún a pesar de su apariencia su voz sí que le sonó clara y contundente a Samara, y la hizo respingar de nuevo. En especial cuando vio con horror cómo comenzó a avanzar hacia ellos, arrastrando sus pies húmedos por el suelo.

    —No le temas, Samara —le indicó Cole con firmeza—. Eso es justo lo que quiere. Dile que se detenga. ¡Díselo!

    —¡Detente! —gritó Samara de golpe con fuerza. Y, ante sus ojos asombrados y atónitos… La “Otra” Samara se detuvo en seco, justo en su sitio. Sus cabellos se ladearon ligeramente hacia un lado, revelando uno de sus ojos grises que miraba de regreso, tan incrédula como la propia Samara.

    —¿Lo ves? —murmuró Cole con mayor seguridad—. Es sólo una molesta sombra; no puede hacer nada que tú no le permitas.

    —¡No es cierto…! —repitió el espíritu, pero Cole la ignoró y siguió hablándole únicamente a Samara.

    —Ahora, cierra los ojos, muy fuerte, e imagina que ya no está. Visualiza eso con todas tus fuerzas. Tu mente es increíblemente poderosa, Samara. Puede hacer todo lo que tú así desees.

    Samara apretó fuertemente los ojos como pudo, e hizo justo lo que Cole le indicaba. Así como hace unos momentos había logrado visualizar la estufa y la flama, o la herida de Cole cerrándose, intentó ahora dibujar en su mente justo la imagen de esa sala sin esa criatura en ella. La imaginó de hecho en ese mismo pozo oscuro en dónde ella misma había intentado encerrarla.

    —No sabes lo que estás haciendo —escuchaba su voz carrasposa exclamando con ímpetu—. ¡Sin mí tú terminarás…!

    —No la escuches —pronunció Cole, haciendo que su voz sobresaltara por encima del espíritu—. Sus palabras son vacías, tan irrelevantes como el zumbido de una mosca.

    —No lo entiendes… —insistió aquel ser, notándose en ese momento ya incluso algo desesperada—. ¡¿Es que no viste lo que me hicieron?! ¡¿Es que no has entendido lo que te pasará a ti también…?! Sólo quiero protegerte…

    —No es cierto —respondió Samara con abrumadora calma, sin abrir aún sus ojos—. Y no te necesito…

    Y de un segundo a otro, su voz, su presencia, la sensación pesada que siempre la acompañaba… todo se esfumó.

    Al abrir sus ojos de nuevo, Samara observó llena de alivio que, en efecto, ya no había rastro alguno de ella. Ni siquiera había dejado en el suelo las usuales marcas de agua. Comenzó entonces a sollozar sin poder contenerse; pero era por alegría y emoción, ya no por miedo.

    —¿Se fue? —murmuró Matilda, rodeando de nuevo a Samara con sus brazos. Ésta se aferró fuerte a ella de regreso.

    —Sí, se fue —respondió Cole con seriedad, mirando fijamente al punto en donde hasta hace un momento la figura de aquella criatura había estado presente—. Por ahora. Volverá, lo sé; no será tan simple deshacernos de ella. Y si no puede obtener fuerzas de Samara, las obtendrá de otro lado. —Se viró de regreso a la niña en los brazos de Matilda, colocando una mano sobre su espalda de forma reconfortante—. Pero cuando eso pase, tú estarás lista. Los tres lo estaremos, ¿de acuerdo?

    Samara apartó su rostro de Matilda, y pasó sus manos por su rostro para tallarse las lágrimas. Asintió después rápidamente como respuesta a las palabras de Cole.

    —Gracias… a ambos —murmuró entre sollozos, sonriendo plena de alegría.

    Matilda igualmente sonrió, y la volvió a abrazar cariñosamente. Volteó a ver a Cole fijamente, y moviendo sus labios lentamente le compartió un silencioso: “gracias”. Éste no respondió nada con palabras, pero entre ellos estaba de más decir algo.

    Y estando ahí los tres, aunque fuera el suelo de una sala de emergencias, por primera vez en ese día (o quizás en muchos días) pudieron sentirse tranquilos al fin. Y, pese a todo lo malo que había ocurrido, podían tener la esperanza de que todo saldría bien.

    Al estar ante una imagen tan conmovedora, y algo confusa, Karina comenzó a sentir que en verdad sobraba en ese lugar. Así que sin que nadie se lo dijera, y sin tampoco anunciarlo demasiado, salió cautelosa del área de la camilla, e incluso se permitió cerrar la cortina a su alrededor para darles un poco de privacidad.

    No tenía idea de qué había ocurrido ahí con exactitud, pero logró compartir la misma sensación de que todo saldría bien. Al menos así era, hasta que ya estaba prácticamente en la puerta del área de emergencias, y su teléfono comenzó a vibrar abruptamente en el bolsillo de su pantalón. Se detuvo un momento, sacó su celular, y en cuanto vio el nombre en la pantalla contestó de inmediato sin vacilación.

    —Padre Babatos —pronunció rápidamente como saludo—. Buenas noticias, parece que todo salió… —su explicación fue interrumpida al escuchar la voz un tanto alterada del sacerdote al otro lado de la línea—. ¿Qué…? Voy para allá…

    Colgó de inmediato, y salió presurosa del área de emergencias.

    — — — —​

    Si no fuera una clínica, se hubiera dirigido corriendo para allá. En su lugar, sólo avanzó con pasó presuroso hacia una de las oficinas administrativas del sitio. Al ingresar, los únicos que estaban dentro eran Carl y Frederic. El primero se encontraba sentado en una silla de la esquina, hablando un poco exaltado por su teléfono. El padre Babatos, por su parte, se encontraba apoyado contra el escritorio de la oficina, mirando atento a una televisión potrada en la pared. En ésta parecían estar transmitiendo las noticias de la noche.

    —¿Qué ocurre? —preguntó Karina claramente consternada. Cerró entonces la puerta detrás de ella y se adentró a la oficina.

    Frederic sólo señaló con su mano hacia el televisor. En éste se veía a una reportera con micrófono en una mano, con un paraguas en la otra para protegerse de la lluvia. Estaba de pie en una calle con varias patrullas y personas a sus espaldas. Y más atrás se apreciaba la fachada de un edificio que… a Karina le resultó conocido.

    —Es el edificio de Thorn —indicó con asombro. ¿Eso estaba pasando en esos momentos? Cuando se fueron esa tarde, la policía y la multitud ya se habían retirado también.

    Frederic le había bajado un poco el volumen al televisor para que Carl hiciera sus llamadas. Sin embargo, tomó el control remoto en ese momento y le subió el volumen para que ambos pudieran oír mejor la noticia que, al parecer, era importante.

    —…seguimos reportando aquí desde el Edificio Monarch, en Bervely Hills, donde una fuerte explosión en el último piso sacudió a todos los residentes. Los bomberos y la policía se encuentran evacuando a todos, y hasta ahora sólo se han reportado personas con lesiones leves. Los equipos de rescate, sin embargo, aún no han podido alcanzar los pisos superiores. Sigue además sin darse ninguna declaración oficial sobre el origen de la explosión. Esto ocurriría horas después de que se reportara la irrupción forzada de dos personas al edificio más temprano esta tarde. Las autoridades, sin embargo, no han indicado si ambos hechos se encuentran o no relacionados…

    —¿Una explosión? —musitó Karina totalmente confundida—. ¿Qué pasó?

    —Carl está intentando averiguarlo en este momento —indicó Frederic, mirando a su otro asistente en la esquina, aún en su acalorada llamada.

    —Una de las mujeres que estaba con el detective Sear se fue por su cuenta —indicó Karina, recordando a Charlie alejándose de la bodega en su motocicleta—. Quizás ella tuvo algo que ver.

    —Quizás —susurró Frederic despacio, aunque evidentemente había más cosas que lo inquietaban—. ¿Dónde está Jaime? —preguntó de pronto, tomando a Karina por sorpresa.

    —Cuando fuimos a reunirnos con el detective, él dijo que volvería a la casa parroquial por su cuenta.

    —No había vuelto cuando yo vine para acá. Supuse que seguía con ustedes.

    Esa noticia dejó helada a la asistente. Su mirada se enfocó de nuevo en el televisor, que ahora mostraba una toma hacia arriba del edificio, desde el cual aún surgía una cortina de humo.

    —¿No creerá que él…? —murmuró Karina despacio, sin terminar del todo su pregunta.

    Carl colgó poco después, guardó su teléfono y se puso de pie.

    —Mis contactos aún no saben nada —indicó con seriedad—. Al parecer, la versión oficial por el momento es que se trató de una fuga de gas en el pent-house. Sin embargo, extraoficialmente se rumorea que hubo un segundo allanamiento minutos antes de que ocurriera la explosión Adicionalmente, hay un par de testigos que afirman haber visto helicópteros sobrevolando esa área de la ciudad aproximadamente al mismo tiempo. Y si acaso esto último es cierto, no tienen ningún dato de quién podría haber sido. Según los planes de vuelo, nadie debería estar volando a esa hora, en especial con el clima cómo está.

    —El segundo allanamiento pudo haber sido aquella mujer —indicó Karina con voz reflexiva—. Pero, esos helicópteros que mencionan… ¿habrá sido la Hermandad?

    —Tal vez —respondió Frederic—. Pero también se me ocurren un par más de sospechosos.

    Pero por encima de quién había sido el responsable, o qué había hecho exactamente, le preocupaba un poco más si Jaime podría o no haber estado involucrado en ello. Había estado muy raro esa mañana luego de la llamada con los cardenales. Y si acaso había bebido… no quería ni suponer de qué locura podría ser capaz.

    —Karina, encárgate de que la Dra. Honey llegue con bien a su casa, ¿de acuerdo? —ordenó con severidad mientras comenzaba a avanzar hacia la puerta de la oficina—. Carl y yo iremos para allá.

    Carl se apresuró a seguirlo, aunque lo alcanzó relativamente rápido debido al paso algo más pausado del sacerdote.

    —Padre Babatos —pronunció Karina con angustia—. El padre Alfaro…

    —Descuida —le respondió con sequedad estando ya en la puerta—. De seguro está bien.

    Pero Karina supo de inmediato de que en realidad él no estaba tan seguro de dicha afirmación. Y, en el fondo, ella tampoco…

    FIN DEL CAPÍTULO 111
    Notas del Autor:

    Un capítulo tranquilo, luego de tanto capítulo lleno de disparos y explosiones que tuvimos anteriormente. Pero era necesario para así mostrar qué fue de nuestros personajes principales, y dar un poco de optimismo entre tanta amargura que nos ha venido siguiendo. Y en lo personal me gustó mucho escribir a Matilda, Samara y Cole en este contexto un poco más feliz… mientras dure.

    El siguiente capítulo también podría parecer muy tranquilo al inicio, pero será quizás uno de los más importantes de esta historia, y que mostrará un poco la base de lo que será nuestro siguiente arco. Así que espérenlo, que no tardará mucho. Lo prometo.
     
  12.  
    WingzemonX

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    Resplandor entre Tinieblas
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    Resplandor entre Tinieblas

    Por
    WingzemonX

    Capítulo 112.
    Si lo deseas con la suficiente fuerza

    Hace 10 años…

    La pequeña niña de cabellos rubios y mejillas regordetas pecosas, salió presurosa por la puerta de su casa y se encaminó hacia la barda que rodeaba la propiedad. A cada paso que daba, sus chanclas chocaban contra sus talones y resonaban con fuerza en la quietud que reinaba en esa calurosa tarde de verano. En algún momento la voz de su madre (adoptiva) resonó desde el interior, pero ella la ignoró. Siguió andando hasta la barda, y apoyó sus brazos en ella, y su mentón sobre estos. Y ahí se quedó, con su mirada fija a la casa de enfrente, al otro lado del camino, y nada más.

    El clima estaba más caliente de lo que pensó en un inicio, y sólo le tomó unos segundos sentir su rostro acalorado por los rayos del sol. Aun así, su orgullo (o algo que se le parecía bastante) le impidió mirar hacia atrás, mucho menos volver al interior relativamente más fresco. Y si acaso su madre (adoptiva) se paró tras la puerta de mosquitero para verla, ella no lo supo. Pero en efecto no le volvió a hablar, y para ella fue mejor así.

    En aquel entonces tenía casi nueve años. Su casa, o al menos la única que había conocido desde que tenía memoria, era una pequeña pero lujosa residencia, construida sobre un camino al este de Montepulciano, en la Toscana. Era un lugar tranquilo y bonito para vivir. Sus padres (adoptivos) siempre habían sido muy buenos y cariñosos con ella. Nunca le había faltado ni ropa, ni juguetes, ni comida. Tenía incluso una linda perrita llamada Luca como mascota, y varias amigas en la escuela con la que solía jugar. Tenía todo lo que una niña podría pedir.

    Y, aun así, siempre se había sentido bastante infeliz…

    ¿Qué tan mal tenía que estar alguien para sentir ese vacío en el pecho a los nueve años? Sentir simplemente que te faltaba una parte importante de ti; como un brazo, una pierna o toda la cabeza. Y tener en el fondo la certeza de que si no conseguías de alguna forma eso que te completaba, no podrías nunca ser feliz de verdad.

    ¿Todos los niños adoptados se sentirían de la misma forma?, ¿o era algo que sólo hostigaba a Verónica Selvaggio?

    La niña se encontraba tan sumida en aquellos pensamientos, que no reparó en la persona que se aproximaba caminando por el solitario camino. Con una mano sujetaba una amplia sombrilla azul, que usaba por supuesto para cubrirse del sol pues no había ni una sola nube en el cielo, y con la otra cargaba a un costado una bolsa de víveres. Verónica sólo se volvió consciente de su presencia cuando la sombrilla se colocó justo sobre su cabeza, protegiéndola con su sombra de los abrasadores rayos del sol.

    —¿Por qué esa cara larga, linda? —le murmuró despacio aquella persona con voz suave, como un canturreo.

    Verónica se sobresaltó y alzó su mirada hacia ella, un poco exaltada. En cuanto escuchó su voz había adivinado quién era, pero lo confirmó al ver su rostro afilado, sus ojos azules adormilados, y esa amplia sonrisa de labios rojos.

    —Gema —murmuró despacio, parándose derecha y dejando escapar justo después un pesado suspiro—. La Sra. Selvaggio volvió a regañarme por no rezar con ellos durante la comida.

    —¿Y por qué no lo hiciste? —le preguntó la mujer con un tono curioso casi inocente.

    —¿Cuál es el caso? —farfulló Verónica con molestia—. Tú misma me lo dijiste. —Se hizo entonces un poco hacia atrás, saliendo montamente de la protección de la sombrilla para poder mirar el cielo enteramente azul sobre ellas—. No hay nadie allá arriba que los esté escuchando de todas formas…

    Y a sus palabras le siguió el silencio. Una pequeña brisa sopló en ese momento, aunque no tan fresca como a su rostro acalorado le hubiera gustado.

    Gema, aquella hermosa mujer de cabellos rubios rizados, vivía sola a dos casas de la de Verónica, y a veces iba a tomar el café con su madre (adoptiva). Y todos los que las conocían pensaban por igual que su trato se limitaba únicamente a eso. Sin embargo, entre la pequeña Verónica Selvaggio y la extraña mujer llamada Gema, había surgido de hecho una relación de bastante amistad y confianza durante el último año y medio que llevaban de conocerse.

    Verónica podía compartir con Gema cosas que nunca le diría a nadie, sobre todo lo que respectaba a ese vacío que le invadía el pecho todo el tiempo. Y Gema no sólo la escuchó y la compendió, sino que encima le dio lo que nadie podía: el motivo y la solución a su malestar.

    —¿Cuándo podré irme de aquí y conocer a mis verdaderos padres? —cuestionó la niña, volviendo a colocarse bajo la sombra de la sombrilla.

    —Pronto, pequeña; pronto —le respondió Gema con un tono dulce y calmado.

    —Siempre dices lo mismo —masculló Verónica con molestia, inflando un poco sus cachetes.

    Una risilla divertida surgió de los labios de Gema, y Verónica no supo identificar si acaso se estaba burlando de ella de alguna forma. Pero una vez que dejó de reír, colocó su bolsa con víveres en el suelo y posó su mano ahora libre sobre la cabeza de la niña, pasándola lentamente por sus cabellos.

    —Hay un momento para todo, y el tuyo aún no ha llegado —le susurró despacio, como si le recitara alguna pequeña poesía—. Pero confía en mí, Verónica; ya llegará. Y cuando ocurra, al fin podrás cumplir tu único y especial destino; aquel por el que existes en este mundo.

    —También dices siempre lo mismo —balbuceó la niña, volteándola a ver desde abajo con súplica—. ¿Cuál es ese destino especial que tengo que cumplir? Dime.

    Gema volvió a reír como antes, y ahora Verónica estaba casi segura de que sí se burlaba de ella.

    —Si te lo dijera, se arruinaría la magia —respondió la mujer rubia, picándole su nariz de forma juguetona a la pequeña con un dedo—. Como cuando pides algo al soplar las velas de tu pastel de cumpleaños, ¿entiendes?

    Verónica arrugó ligeramente su entrecejo, al parecer meditando de más sobre esa última frase.

    —¿Lo de pedir un deseo al soplar las velas es real? —inquirió con marcado escepticismo. Pero si alguien sabía de magia en ese sitio, esa era Gema Calabresi. No por nada muchos por ahí hablaban a sus espaldas y la llamaban bruja.

    La sonrisa en los labios de Gema se ensanchó un poco más, y entonces agachó un poco el cuerpo para poder ver a la niña fijamente a sus grandes y brillantes ojos; tan jóvenes y aún llenos de infinitas posibilidades. Y con la voz clara y neutra que solía usar cuando le explicaba algo importante, le respondió:

    —En nuestro caso, todo puede ser real si lo deseas con la suficiente fuerza…

    * * * *​

    Todo se volvió bastante confuso para Jaime Alfaro una vez que las puertas del elevador se cerraron y comenzó a descender. Mientras los números del tablero iban bajando, el padre español se debatía entre la consciencia y la inconsciencia, siendo ésta última la ganadora.

    No sabría cuánto tiempo había estado desmayado, pero de seguro había sido bastante. Cuando reaccionó, sintió su espalda recostada contra el suelo, y su visión se encontraba borrosa. Veía algunas siluetas y luces moviéndose a su alrededor, y unas voces casi lejanas que murmuraban.

    —Quemadura en el área del abdomen.

    —Creo que es una herida cauterizada. Qué extraño.

    —Parece haber sangrado interno.

    —Sus ropas están empapadas, ha perdido mucha sangre.

    Poco a poco fue capaz de mover ligeramente sus brazos, agitando uno como si buscara algo en qué sostenerse para no caer.

    —Está reaccionando —pronunció una de esas voces con alarma.

    Sintió como unas manos lo sujetaban, y una de esas personas se colocó justo a un costado de su cabeza.

    —Señor, ¿puede oírme? —murmuró despacio, y justo después sintió como lo forzaba a abrir sus ojos para pasar una luz enceguecedora por ellos—. No hay señal de contusión. ¿Cuál es su nombre, señor?

    Cuando quitó la luz de sus ojos, el sacerdote logró ver un poco mejor a quién le hablaba. Era un hombre joven de piel morena, con una camisa azul oscuro de mangas cortas. Y virando su cabeza sólo un poco más, pudo ver cocido en sus ropas el emblema del Servicio de Emergencias Médicas. Eran paramédicos.

    —Jaime… —respondió con debilidad.

    —Jaime —repitió el paramédico con asombrosa calma—. Bien, escúcheme. Está herido, pero ya lo estamos estabilizando, ¿de acuerdo?

    —La mujer… —masculló Jaime de golpe, de nuevo agitando su mano en el aire.

    —¿Qué mujer?

    —En el último piso… necesita ayuda…

    —Los bomberos ya se dirigen para allá, descuide.

    No le entendían, y aunque lo intentara era posible que no fuera capaz de explicarse con claridad. Sólo podía rezar para que aquella mujer saliera con bien de aquel infierno. Le debía la vida a ella, y no podía dejar que su sacrificio fuera en vano.

    Tenía que avisar sobre lo que vio, antes de que fuera demasiado tarde.

    —¿Ya lo podemos mover? —preguntó el paramédico a uno de sus compañeros, y aunque Jaime no escuchó la respuesta sintió como todos los rodeaban y lo sujetaban—. Bien, a la camilla en uno, dos, tres…

    Todos lo alzaron al mismo tiempo, y por unos segundos sintió que flotaba como una pluma, aunque agradeció sentir el confort de la camilla una vez que estuvo sobre ella. Luego lo aseguraron a ésta con unas correas de las piernas y la cintura, y alguien le colocó la mascarilla de un respirador artificial en el rostro, cubriéndole la nariz y boca. Un segundo después sintió como la camilla comenzaba a moverse. Alcanzó a ver de forma fugaz como atravesaban la puerta principal y salían al exterior. Aún llovía, y había muchas luces azules y rojas tintineando.

    —No se preocupe, lo llevaremos al hospital —le indicó el mismo paramédico joven a su lado.

    —Un teléfono… —murmuró Jaime con todas las fuerzas que lograba sacar.

    —¿Cómo dice?

    Un poco insistente, agitó su mano sobre su rostro, hasta poder quitarse la mascarilla del respirador y poder hablar aunque fuera un poco más claro.

    —Necesito hacer… una llamada…

    —En el hospital nos comunicaremos con algún contacto, descuide.

    —No, necesito… —Extendió entonces una mano, apretando fuerte sus dedos en el brazo del paramédico; bastante fuerte, considerando su estado—. Necesito… hablar ahora… por favor…

    Aquello desconcertó un poco al hombre joven. Se sentía desesperación en su voz, y no por el estado de sus propias heridas. Sus ojos se posaron de nuevo en el crucifijo dorado que colgaba del cuello del paciente, y que ahora reposaba sobre su pecho descubierto pues le habían abierto por completo la camisa para revisarlo. Era bastante parecido al que él mismo traía en esos momentos.

    La camilla llegó a la parte trasera de la ambulancia estacionada justo afuera del edificio, y los paramédicos lo subieron con cuidado. El interior era lo suficientemente grande para llevar a dos pacientes a la vez. De hecho, a su diestra se encontraba otra camilla como la suya, aún vacía.

    —Oigan —exclamó la voz de un policía desde el exterior de la ambulancia—. Hay una señora con una fea herida en la cabeza, y está histérica. ¿Alguien puede venir a revisarla?

    Los paramédicos se apresuraron a bajarse, excepto aquel más joven que siguió a lado de Jaime.

    —Vigílalo —le indicó uno de sus compañeros—. Si ves cualquier cambio, avísanos. Recuerda tu entrenamiento, Miguel.

    El chico asintió con confianza, y se sentó a un lado de Jaime. Miró de nuevo aquel crucifijo en el pecho del paciente. No era nada fuera de lo común, pero aun así algo le decía que aquello era casi como una señal que no debía ignorar. ¿Otro de sus usuales presentimientos, quizás?

    Miró de reojo a las puertas de la ambulancia para asegurarse de que no hubiera nadie cerca. Se aproximó rápido a éstas y las cerró. Se tomó un par de segundos para repensarse las cosas, llegando sin embargo a la misma conclusión.

    —De acuerdo —indicó el paramédico Miguel, sacando de su bolsillo su teléfono móvil—. Pero no le diga a nadie, ¿está bien?

    —Dios te bendiga —murmuró Jaime, esbozando una amplia sonrisa.

    Miguel se sentó a su lado, con el teléfono en sus manos.

    —¿Qué número necesita que marque?

    — — — —​

    Justo como habían dicho, Carl y el padre Babatos se pusieron en marcha en dirección al edificio Monarch lo más rápido que la lluvia les permitía. Sin embargo, a mitad de su camino su avance se fue deteniendo debido al cada vez más concurrido embotellamiento que se iba formando una vez que entraron a Beverly Hills, hasta el punto en el que prácticamente quedaron detenido a mitad de la calle.

    Dios no estaba de su lado, al parecer.

    —El tráfico está emporando —señaló Carl con frustración, asomando su cabeza por la ventanilla de su lado. Al frente sólo se veía una fila casi interminable de luces de vehículos—. De seguro tienen bloqueada toda la zona por cualquier explosión o derrumbe que pudiera ocurrir. Quizás no podremos acercarnos. ¡Maldición! —exclamó molesto, golpeando el volante con una mano.

    —Carl —murmuró Frederic con voz de reprimenda.

    —Lo lamento, padre —murmuró apenado el hombre de cabeza cala, agachando la mirada—. Sólo estoy preocupado…

    —Lo sé, hijo. Lo sé…

    Frederic observó pensativo por su ventanilla, contemplando las gotas de lluvia que resbalaban por el vidrio. Quizás no había motivo para preocuparse tanto. Ni siquiera estaban seguros de que Jaime estuviera en aquel sitio. Quizás incluso ya estaba en la casa parroquial tomando un café y un poco de pan, mientras ellos se encontraban tan angustiados. Quizás debería llamar para preguntar. De no haber reaccionado tan abrupto, quizás hubiera podido pensar en ello primero.

    Justo pensaba en sacar el teléfono de su bolsillo, cuando sintió que éste vibraba y luego sonaba con fuerza. Eso sí era una coincidencia.

    Creyó que quizás era Karina, y esperaba que no fuera para darle alguna otra mala noticia. Sin embargo, al revisar la pantalla del teléfono, el número en cuestión era uno desconocido. Aunque, por la naturaleza misma de ese teléfono en especial, sabía que quien fuera que le estuviera llamando, tenía que atenderlo.

    —¿Hola? —murmuro cauteloso con el celular en su oído.

    —Hola, buenas noches —escuchó del otro lado la voz de un hombre, un poco aguda—. Soy un paramédico del servicio de emergencias de la ciudad. Tengo a un hombre herido que me pidió hablar con usted.

    —¿Un hombre? —preguntó Frederic con alarma—. ¿Quién?

    —Permítame…

    Hubo un tiempo de silencio, mientras la persona al otro lado de la línea posiblemente le pasaba el teléfono a alguien más. Tras unos segundos, escuchó una voz carrasposa y cansada murmurar:

    —Frederic...

    —¡¿Jaime?! —exclamó el sacerdote, reconociendo de inmediato la voz de su amigo. Eso puso también en alerta a Carl. Frederic rápidamente colocó el teléfono en altavoz, para que así ambos pudieran oírlo—. Jaime, ¿me oyes? ¿Estás bien?

    Por un rato sólo se escuchó su respiración agitada. Cuando fue al fin capaz de hablar, Carl pudo dar fe de que en efecto era justo el hombre que habían ido a buscar. Pero… se le escuchaba muy mal.

    —Escúchame, no sé cuánto tiempo me queda, pero tengo que decírtelo…

    —¿Decirme qué? —musitó el padre Babatos—. Jaime, ¿estás bien? ¿Qué te pasó?

    —Tenías razón, Frederic… tenías razón.

    —Tranquilo, Jaime. ¿De qué estás hablando?

    —La vi, Frederic… ¡Vi la marca de la bestia en el cuerpo de Thorn!

    Tanto Frederic como Carl se estremecieron al oír tales palabras, pronunciadas casi como un rugido por el altavoz del teléfono. Ambos se miraron el uno al otro, preguntándose con la pura mirada si habían oído lo mismo. En efecto, así había sido.

    —Está en su cabeza, oculta entre su cabello —prosiguió el padre español—. Pero yo la vi. Fue completamente calcinado vivo, pero en su carne quemada la marca se mantuvo intacta. Y pude verla claramente… Es la marca, la marca del Anticristo. Tan perdurable que ni siquiera el fuego mismo la borró…

    —Jaime, ¿estás seguro de lo que dices? —masculló Frederic, intentando mantener lo más posible la calma, algo que su oyente parecía no lograr.

    —¡Qué sí! ¡Te digo que la vi! ¡Escúchame, por Dios! Damien Thorn es el Anticristo, yo vi con mis propios ojos de lo que es capaz. Se levantó de entre los muertos como si nada… ni siquiera algo como eso logró matarlo. Debes avisar de inmediato… La Orden Papal 13118 debe ser ejecutada… cuánto antes…

    Sus palabras callaron de golpe, y le siguieron en su lugar varios quejidos de dolor, seguidos de un par de tosidos, y luego un golpe fuerte del teléfono chocando contra el suelo.

    —¿Jaime? ¿Jaime? —espetó Frederic repetidas veces, inquieto.

    Tras un rato, alguien volvió a tomar el teléfono y la voz del paramédico del inicio volvió a sonar.

    —¿Hola? Su amigo está bastante alterado. Lo transportaremos al hospital en cuánto podamos.

    —¿Están en el Edificio Monarch? —preguntó Frederic rápidamente—. ¿A dónde lo llevarán?

    —A Saint John’s en Santa Mónica. Tengo que irme.

    La llamada se cortó justo en ese instante.

    Todo había sido tan repentino y apresurado que Frederic se cuestionaba si acaso aquello había sido real. Pero no podía dejar que la incertidumbre lo hiciera vacilar; no en un momento como ese.

    —Cambio de planes, Carl —le indicó a su asistente con seriedad, y éste comprendió de inmediato.

    Rápidamente se metió al carril de al lado, casi chocando con un vehículo que venía, pero logrando sortear. Todo para poder tomar la siguiente salida y ponerse en camino a Saint John’s. Con el tráfico en ese estado, quizás podrían ellos llegar antes que la ambulancia.

    Mientras Carl hacía sus maniobras con el volante, Frederic comenzó a marcar rápidamente un número en su teléfono.

    —¿Va a llamar a Karina? —preguntó Carl, observándolo de reojo.

    —No —respondió el cura con voz fría. Una vez que terminó de marcar, colocó el teléfono en su oído—. Espero encontrar a alguien ya despierto en Roma.

    Carl se sorprendió un poco al oírlo decir eso.

    —¿Va a notificar lo que dijo el padre Alfaro al teléfono? ¿No deberíamos de tener más información primero?

    —No hay tiempo que perder —declaró Frederic, casi con agresividad—. Ésta es justo la pieza que nos hacía falta. Tenemos que movilizarnos lo antes posible.

    Y antes de que Carl pudiera replicarle algo, alguien en efecto sí estaba lo suficientemente despierto al otro lado de la línea para atender su llamada, y comenzó entonces a hablar en italiano con aquella persona. Carl no hablaba mucho italiano, pero lo poco que logró entender de su conversación lo puso muy inquieto…

    — — — —​

    El paramédico Miguel colgó el teléfono, y se apresuró a acomodar a Jaime en la camilla, así como la mascarilla del respirador en su rostro. De paso también le inyectó rápidamente un calmante leve. Poco a poco Jaime volvió a respirar con normalidad y a calmarse.

    —Gracias —le susurró despacio.

    —No hay de qué —murmuró Miguel, aunque se le veía un tanto confundido. Para bien o para mal, le había tocado oír todo lo que dijo por teléfono, acerca del Anticristo, personas calcinadas y demás. Era obvio que estaba muy confundido, quizás incluso delirando un poco. Eso debía ser—. Nos iremos pronto, ¿de acuerdo? —le indicó con gentileza, tomando su mano. Jaime asintió, agradecido.

    El paramédico bajó de la ambulancia, buscando a sus compañeros. Uno seguía revisando a la señora con la herida en la cabeza, sentada en la acera. Se veía más calmada. Su otra compañera se aproximaba hacia él, pasando su antebrazo por su frente para secarla.

    —No es nada grave —le indicó con voz cansada—. ¿Cómo sigue el hombre de la herida en el vientre?

    —Estable —respondió Miguel con tranquilidad.

    —Será mejor que lo llevemos de una vez antes de que…

    Un grito de conmoción a sus espaldas llamó su atención, y los hizo girarse al mismo tiempo en dirección al edificio. Los policías y las personas cercanas miraban atónitos hacia las puertas principales. Miguel y su compañera se aproximaron rápidamente, y no tardaron en ver lo mismo que las demás personas, y que había causado tal reacción.

    Una chica estaba saliendo por las puertas del lobby, cojeando y prácticamente arrastrando su pierna izquierda, dejando un rastro de sangre en el suelo al avanzar. Sus manos estaban aferradas fuertemente a su costado; claramente también estaba herida de ahí. Su cabello estaba desalineado, y su rostro manchado de hollín y tierra. Sus ojos desorbitados y nebulosos parecían resentir el tintinear de las luces de las patrullas, como si acabara de salir de un sitio totalmente oscuro.

    —Auxilio… ayúdenme… —logró susurrar con suma debilidad, antes de dar sólo unos cuantos pasos fuera del edificio, y entonces desplomarse por completo al suelo.

    —¡Rápido! —escuchó Miguel que su compañera exclamaba, y de inmediato ambos se abalanzaron hacia la chica, colocándose a su costado—. Volteémosla.

    Entre los dos le dieron la vuelta para que quedara recostada sobre su espalda. Seguía consciente, apenas. Y sollozaba de dolor, pero también de miedo. La compañera de Miguel tomó sus manos y las retiró lentamente de su costado para ver directamente a qué se enfrentaban. El agujero en la ropa y en su piel se volvió evidente de inmediato.

    —Esto es una herida de bala —señaló con asombro. Notó también su suéter y blusa empapados de sangre. Se viró para ver el largo rastro de sangre que había dejado a su paso, desde donde se desplomó hacia el interior y terminando en uno de los elevadores—. Ha perdido mucha sangre. No sé cómo sigue consciente, mucho menos cómo hizo para llegar hasta aquí.

    En situaciones extremas, el cuerpo humano hacía maravillas. O de eso estaba convencido Miguel.

    Tomó entonces una de las manos de la joven con fuerza, mientras su compañera empezaba a darle los primeros auxilios en su fea herida. La policía se encargaba de mantener a todos alejados para darles espacio.

    —¿Me escuchas? —le preguntó con firmeza. La joven asintió lentamente—. ¿Cuál es tu nombre?

    —Me llamo… Verónica… —tartamudeó despacio, apenas siendo capaz de hacer que su voz se oyera—. Por favor, ayúdenme…

    * * * *​

    Hace 5 años…

    En los primeros días de enero del 2013, se convocó en carácter de urgente a toda la junta directiva de Thorn Industries. Sólo una semana atrás las fiestas decembrinas habían sido teñidas de pena y dolor tras la repentina muerte de Mark Thorn, y el aún más extraño asesinato doble y suicidio cometido por Richard Thorn. Y aunque se habían tomado de inmediato medidas para mitigar los daños lo mejor posible, lo cierto era que la imagen de la empresa había sido fuertemente afectada. Y con ello en mente, se tenían que tomar decisiones inmediatas sobre el futuro.

    Aunque claro, dichas decisiones en realidad ya se encontraban tomadas desde antes de que la primera persona pusiera un pie en esa sala de juntas. Tan fue así que Ann se había encargado de citar a John Lyons en el corporativo de Thorn Industries ese mismo día, atendiéndolo justamente en la oficina de Richard; o, más correcto en ese momento, la que ahora era la oficina de ella.

    —¿Qué tontería estás diciendo? —espetó Lyons con ahínco desde su posición de pie frente al fino escritorio de caoba, tras el cual una sonriente y muy orgullosa Ann lo observaba de regreso.

    —No es ninguna tontería —declaró con suficiencia la mujer de brillante cabellera negra—. Se hizo oficial en la junta de esta mañana. Con la muerte de Marion, Richard y Mark, el sesenta y un por ciento de las acciones de esta empresa pasaron a ser propiedad de Damien y mías. Y como su tutora legal, tengo poder absoluto para manejar las acciones de Damien como mejor me parezca. Así que ahora no sólo soy la protectora del Salvador, sino de facto la accionista mayoritaria de esta empresa. Y, por votación, su directora ejecutiva desde hace unas horas.

    Los ojos de Lyons estaban inyectados de confusión, asombro y, por supuesto, enojo. No olvidaba ni por un segundo que esa era la pequeña niña estúpida a la que tuvo que salvar para que Baylock no la moliera a golpes sólo unos años atrás. Y ahora se atrevía a hacer un movimiento como ese, totalmente fuera del plan, y encima a sus espaldas y sin consultarlo con absolutamente nadie…

    Bueno, quizás no precisamente con nadie. Después de todo, en esa oficina también se encontraba Paul Buher, gerente general de Thorn Industries, y un Apóstol de la Bestia, igual que él. Estaba ahí sentado en una de las sillas frente al escritorio con sus piernas cruzadas, bastante calmado, casi indiferente a la conversación que se estaba suscitando justo delante de él.

    —¿Tú permitiste esto? —le cuestionó Lyons con un tono casi violento. Paul, sin embargo, sólo se encogió de hombros con confianza.

    —Dada la situación actual, es bueno para el negocio que haya un Thorn a la cabeza, aunque sea de nombre —aclaró el gerente general con su usual tono jovial y elocuente—. Al menos hasta que Damien tenga la edad para hacerlo él mismo. Y yo estaré a lado de Ann para apoyarla en todo, y juntos preparar el camino para cuando el chico pueda reclamar su puesto.

    —Gracias, Paul —murmuró Ann, aún más sonriente que antes—. Sabía que podía contar contigo.

    Lyons soltó un bufido de fastidio al aire.

    —Qué fácil cambias de amo a tu conveniencia —exclamó de golpe, observando a Paul con ojo de acusación.

    Paul no pareció intimidado por el comentario o por su mirada. De hecho, incluso soltó una ligera risa despreocupada.

    —¿Por qué esto te molesta tanto? —le cuestionó divertido, extendiendo en ese momento su mano hacia el tazón de dulces sobre el escritorio y tomando uno al azar sin mirar—. Lo importante de esto es que logramos surcar la ola en una sola pieza. Las habladurías sobre lo de Richard aún continúan, pero en poco tiempo todo esto se olvidará. Y bajo este nuevo panorama, tenemos completo control de Thorn Industries, y de la vida del Salvador, sin tener que lidiar más con el resto de la tediosa familia Thorn. —Una vez que logró quitarle la envoltura al caramelo, se lo lanzó con bastante precisión directo en su boca—. De acuerdo, quizás las cosas no ocurrieron tal cual fueron escritas hace cincuenta años. Pero adaptarse o morir es la clave de esto. ¿No lo crees, John?

    Y terminó su alegato con una afable y galante sonrisa, mientras con su lengua paseaba el caramelo por su boca.

    —Adaptarse o morir, Lyons —repitió Ann con elocuencia, y por supuesto algo de jactancia—. Ya lo oíste.

    Al parecer no había nada que el viejo Apóstol pudiera decir o hacer al respecto. La decisión ya estaba tomada, y sólo había sido citado a ese sitio para que se lo restregaran en su cara. Cuánta confianza había tomado esa chiquilla impertinente cuyo mayor logro había sido meterse en la cama de los hombres correctos.

    —Bien, así son las cosas —apuntó Lyons, con una calma que claramente escondía detrás su aún inherente molestia—. Disfruta tus segundos de gloria mientras te duren, discípula —soltó son tosquedad, virándose en ese momento a la puerta para retirarse con paso presuroso.

    —Aún no hemos terminado —advirtió Ann alzando marcadamente la voz para que pudiera oírla—, y justo de eso quería hablarte.

    Lyons se detuvo a medio camino de su partida, y se giró hacia ella un tanto confundido. Ann apoyó sus manos sobre el escritorio, y se paró de su silla, observando atenta al viejo Apóstol.

    —Me parece que en vista de los recientes cambios, mi posición en la Hermandad también debe de cambiar a partir de ahora.

    —¿De qué estás hablando? —inquirió Lyons con brusquedad.

    —¿No es obvio? —murmuró Ann con un tono casi juguetón—. Quiero una corona.

    Lyons no pudo evitar soltar una fuerte y nada discreta carcajada sarcástica al aire.

    —¿Has perdido la razón?

    —¿Por qué lo dices? —respondió Ann con tranquilidad—. Baylock murió hace siete años, y Spiletto está confinado a una silla de ruedas en… Ve tú a saber en qué montaña congelada de Europa. Si las cuentas no me fallan, luego de Paul, aún queda un lugar vacante en la mesa. Y creo que he hecho los méritos suficientes para que sea mío.

    Era claro que Ann estaba bastante convencida de lo que decía, pero Lyons no compartía en lo absoluto la misma opinión.

    —Podrás quedarte con todo Thorn y la mitad del continente si quieres —le advirtió tajante, señalándola—. Pero el convertirte en Apóstol no es decisión tuya, ni siquiera mía.

    —¿Entonces de quién?, ¿de Adrián? —soltó Ann de golpe sin más, sabiendo de antemano lo que pronunciar aquel nombre provocaba—. Preguntémosle a Adrián ahora mismo, entonces —propuso a continuación, tomando el auricular del teléfono de su escritorio y extendiéndoselo—. O preguntémosle a todos los demás Apóstoles, mejor. Pero sólo quiero que tengan en cuenta quién es la única persona en la que Damien confía en estos momentos. ¿En verdad quieren estar en mi lado malo? Y, por consiguiente, ¿en el suyo?

    El rostro de Lyons se había enrojecido del coraje, incluso más de lo que ya estaba hasta ese punto. Y aun así, su boca no dijo nada. Por qué claro, ¿qué podía decir? Sabía que ella tenía razón. En esos momentos, si querían seguir teniendo bajo control al muchacho… ella era su mejor opción.

    —Yo pienso que no hay ningún problema con eso —añadió Paul de pronto con ligereza—. Haría las cosas más claras, ¿no te parece?

    Y volvió a terminar su comentario con otra de sus malditas sonrisas. Por supuesto que estaba de acuerdo con ella; era claro qué bando había tomado en eso desde el inicio.

    Antes de que Lyons pudiera decir algo más, escucharon como alguien llamaba a la puerta de la oficina, rompiendo de cierta forma el aire tenso que los había asfixiado. Ann colocó de nuevo la bocina del teléfono en su lugar y entonces pronunció con tono prudente:

    —Adelante.

    La puerta de la oficina se abrió, y del otro lado surgió el rostro alargado y de anteojos cuadrados de Tom, asistente personal de Ann y que acababa al parecer de obtener su respectivo ascenso a asistente de director ejecutivo.

    —Lo siento, Sra. Thorn —se disculpó el hombre joven, acomodándose sus anteojos. Debajo de su brazo traía una pequeña tableta digital—. Su cita de las tres está aquí.

    —Por supuesto —asintió Ann, y comenzó a caminar rodeando el escritorio. Sus tacones altos resonaban contra el fino suelo de madera debajo de ellos—. Si me disculpan, caballeros. Pero incluso en su primer día, la nueva Directora Ejecutiva tiene una agenda ocupada.

    Paul se puso de pie en cuanto ella se retiraba como gesto de respeto. Lyons, por su parte, ni siquiera la miró.

    —Tom, el Sr. Lyons ya se iba —le informó a su asistente al pasar a su lado—. Que lo acompañen a la puerta, por favor. Es un poco mayor, y no queremos que se confunda y se pierda.

    El tono con el que lo había dicho era por completo de provocación, y eso no hizo más que hervir aún más la sangre de su receptor.

    —Yo salgo solo, gracias —respondió secamente, saliendo de la oficina detrás de ellos, aunque tomando una dirección totalmente diferente.

    El enojo de Lyons, o lo que le fuera a decir a Adrián como puchero en cuanto saliera de ahí, le preocupaban muy poco a Ann. De hecho, lo disfrutaba bastante.

    Mientras caminaba radiante y erguida por las oficinas, sentía las miradas de todos en ella. Para ese momento el comunicado ya se habría hecho oficial entre todos los empleados, y si no el rumor de seguro ya se había esparcido. O, de alguna manera, todos lo sabían con sólo mirarla. Después de todo lo que había hecho, de todo lo que había sacrificado, al fin obtenía su merecida recompensa. Al fin tenía al alcance de su mano todo lo que siempre había deseado.

    Bueno, casi todo…

    Al pasar frente a su escritorio, una de las secretarias, una veinteañera de anteojos y cabellos despeinados, cortó de tajo la llamada que estaba atendiendo y se paró rápido de la silla para alcanzarla.

    —Sra. Thorn —pronunció fuerte para llamar su atención—. Buenas tardes.

    —Buenas tardes, Melinda —respondió Ann sin voltear a verla, y sin aminorar su paso. La joven se esforzó por caminar a su lado al mismo ritmo.

    —Es Melissa… pero no importa. Quería felicitarla por su nombramiento, y decirle que es una verdadera inspiración.

    —Muchas gracias, querida —murmuró la nueva directora ejecutiva, mirándola y sonriéndole con gentileza por sólo un par de segundos—. Espero estar a la altura de esa inspiración.

    —Lo estará, yo sé que sí.

    —Gracias por tus palabras.

    Y dicho eso, Ann y su asistente Tom se apresuraron aún más hacia el elevador. Melissa por mero reflejo se giró con la intención de volver a su escritorio, pero se detuvo al instante.

    —¡Ah! —exclamó alarmada, virándose de regreso a la mujer y apresurándose para alcanzarla de nuevo—. Lo siento, soy una tonta despistada. Eso no era todo lo que quería decirle. Hay una mujer en la sala de espera que la busca.

    —¿Tiene cita? —preguntó Ann con cierto desinterés, mirando a su asistente.

    —No lo creo, madame —le respondió Tom rápidamente, revisando en su tableta—. No me parece.

    —Entonces que haga una cita y vuelva otro día, Melinda. No puedo atender a nadie así como así, en especial ahora que tengo tantos pendientes por resolver.

    —Lo sé y se lo dije —se excusó la joven secretaria, agachando la cabeza—. Pero ella insistió en que definitivamente usted la atendería, incluso sin cita.

    —¿En serio? Cuánta confianza —masculló Ann con ironía, estando ya los tres frente a los elevadores—. Llama al ascensor, Tom —le indicó a su asistente, y éste se apresuró a obedecer. Sólo hasta entonces la directora ejecutiva se tomó un momento para detenerse y mirar directamente a la chica que la había estado siguiendo todo ese rato—. ¿Quién es y qué asunto tiene conmigo?

    —Su asunto no lo dijo claramente, sólo que era algo personal. Es una mujer italiana, al parecer recién llegada al país, y dice que la refirió con usted una amiga que tienen en común.

    —¿Amiga en común? —musitó Ann, aún claramente desinteresada en el tema—. ¿Qué amiga?

    Melissa hizo el intento de pronunciarlo de memoria, pero fue evidente tras unos segundos de silencio que el nombre se le había escapado.

    —Lo anoté por aquí —indicó presurosa, comenzando a hurgar en los bolsillos de su suéter y pantalón.

    Ann no dijo nada, pero aunque su rostro reflejaba calma, por dentro se preguntaba quién había contratado a esa chiquilla tan inútil que la molestaba con una pequeñez como esa, justo ese día tan importante. Diría que quizás estaba ahí únicamente porqué se acostaba con Bill Atherton, o incluso con Richard, sino fuera porque los dos eran un par de viejos puritanos demasiado aburridos como para que ese fuera el caso. Como fuera, con ella al mando, no le quedaba mucho tiempo a Melissa, Melinda o como se llamara por ahí, por más que intentará besarle el trasero.

    Las puertas del ascensor se abrieron en ese momento, así que el tiempo de Melissa se había acabado. Ann y Tom avanzaron hacia el interior con completa calma

    —¡Espere! —exclamó la secretaria con fuerza, teniendo en su mano ya el post-it amarillo en donde había anotado la información—. Ah, Martina Ricci, ese es el nombre de la persona que mencionó.

    Un segundo antes de que las puertas del elevador se cerraran por completo, Ann alargó pronta su brazo hacia el tablero, presionando el botón para que las puertas se abrieran de nuevo. Y cuando estuvo otra vez a la vista de la secretaria, el semblante de Ann había cambiado por completo. El seguro, calmado e indiferente de hace unos segundos se había borrado casi por completo, y en su lugar ahora sólo se le veía confusión y sorpresa. Y aun así, estaba usando todo su entrenamiento para que su reacción no mostrará por completo todo lo que le cruzaba por la mente en esos momentos.

    —¿Martina Ricci? —pronunció con voz cauta, saliendo lentamente del elevador, aunque manteniendo un brazo adentro para que éste no se fuera todavía—. ¿Dijo que la refirió conmigo Martina Ricci?

    —Sí, eso dijo —asintió Melissa rápidamente.

    Ann se tomó unos segundos de reflexión para intentar entender qué es lo que eso podría significar. Aquel era un nombre que no había escuchado en mucho, mucho tiempo, pero que recordaba muy bien. Pero el único que lo conocía además de ella, o más bien que sabía qué relación guardaba con dicho nombre, era Lyons o alguno de sus subordinados directos. Y considerando que lo acababa de ver, dudaba que tuviera que ver con él. ¿Una coincidencia, entonces?, difícil de creer.

    —¿Sra. Thorn? —le preguntó Tom desde el interior del ascensor, aun aguardando por ella para ir a su reunión. Aunque claro, en ese momento la mente de Ann estaba muy lejos de esa sala de juntas a la que se dirigían.

    —¿Cómo se llama esa mujer? —le cuestionó a Melissa, sonando incluso un poco agresiva al hacerlo.

    Nerviosa, la joven secretaria volvió a revisar el post-it en sus dedos. Por suerte también había anotado el nombre la persona.

    —Se presentó como Gema Calabresi.

    De nuevo, Ann fue capaz de contener la mayor parte de su reacción, pero no ocultó del todo el marcado asombro reflejado en sus ojos. El apellido Calabresi no le decía gran cosa, pero el nombre de Gema era todo lo contrario.

    Decidida en lo que sería su siguiente paso de acción, salió por completo del elevador para permitir que éste se cerrara.

    —Tom, pídele a Paul que te acompañe a atender a la gente de Winston Motors, ¿quieres? —le indicó con seriedad a su asistente—. Y cancela mis siguientes dos citas, por favor. Gracias.

    El joven asistente se quedó en blanco ante el repentino cambio de planes.

    —¡Espere…! —intentó decirle algo, pero las puertas se cerraron al instante, dejando sus palabras en el aire.

    No era justo para Tom ponerlo en esa situación, pero de momento le importaba un comino. Sería una buena forma de demostrar si tenía lo que se necesitaba para ser asistente de una directora ejecutiva. De momento le interesaba por completo otra cosa.

    —¿Dónde está esa mujer?

    Melissa la guio hacia la sala de espera en ese piso. Había unas cuatro personas sentadas esperando que los dejaran pasar a su respectiva cita. Pero de todas, una llamó la atención de Ann, aunque desde su perspectiva no le veía el rostro; sólo el amplio sombrero que le cubría la cabeza, a pesar de ya estar adentro, y unos cuantos de sus rizos rubios que se asomaban debajo de éste, cubriéndole la nuca.

    Sin ningún motivo que resultara lógico a simple vista, supo que esa era la persona.

    —Eso es todo, Melinda —le indicó secamente a la secretaria, indicándole con cierta sutileza que se retirara.

    —Sí, con su permiso —asintió ésta a su vez, y sin demora se apresuró a alejarse, quizás agradeciéndolo de cierta forma.

    Ann contempló en la distancia aquel sombrero blanco por unos instantes. Con sus dedos retiró un mechón de su frente y se aproximó con paso seguro a la sala de espera.

    —¿Señorita Calabresi? —pronunció en alto, de pie atrás de su asiento.

    La mujer del sombrero se sobresaltó, se paró de su silla y se giró hacia ella, bajando un poco los anteojos oscuros que portaba (también a pesar de estar adentro), para echarle una rápida mirada con sus profundos ojos azules.

    —Esa soy yo —exclamó aquella mujer con una amplia y reluciente sonrisa, con unos labios pintados de un rojo intenso… bastante similar al que Ann usaba ese día.

    Ann nunca la vio sin su velo, pero el rostro era justo el mismo que ella recordaba. Claro, con sus respectivos años encima, pero en general todo era lo mismo… y a la vez era totalmente diferente. Su cabello rubio un poco rizado caía libre sobre sus hombros, brillante y sedoso. No usaba el atuendo de monja, por supuesto, sino en su lugar un traje estilo ejecutivo con falda entubada, de un color blanco tan pulcro que parecía irreal. Al juego traía igualmente unos tacones blancos, altos aunque lo suficiente para seguir viéndose profesionales.

    —Un gusto, signora —pronunció la mujer de blanco con un perfecto y fluido italiano, rodeando el sillón para aproximarse a ella y poder extenderle de frente su mano como saludo—. Gema Calabresi, piacere di conoscerti.

    —Ann Thorn, Il piacere è tutto mio —le respondió a su vez, estrechando su mano e igualmente respondiéndole en italiano—. Me dicen que viene de parte de… ¿Martina Ricci?

    —Sí, de la buena, buena Martina —suspiró con voz melancólica—. La conocí hace algunos años en Marsala. ¿Ha estado en Marsala, signora Thorn?

    La sonrisa pícara que adornaba sus labios dejaba claro que sabía la respuesta a esa pregunta.

    —¿Por qué no hablamos en mi oficina? —indicó Ann a continuación, extendiendo su mano en dirección al lugar propuesto—. Creo que sería mucho más cómodo.

    Come desidera. La sigo.

    Ambas mujeres se dirigieron en absoluto silencio al que sería el nuevo despacho de Ann. La extraña mujer cubierta de un blanco reluciente llamó bastante la atención de muchos mientras avanzaba detrás de la nueva Directora Ejecutiva; en especial por su sombrero, y ese marcado contoneo de caderas que la acompañaba a cada paso.

    Sólo hasta que estuvieron solas y con la puerta cerrada, la invitada se tomó la libertad de quitarse su sombrero y lentes oscuros, para después echarle un vistazo rápido a todo aquel espacio.

    —Qué bonita oficina —exclamó con moderado júbilo—. Pero la decoración de seguro es aún la de tu difunto esposo, ¿no? Todavía huele a hombre blanco, viejo y rico.

    —Fui nombrada directora apenas hace unas horas —le indicó Ann, aproximándose al escritorio—. Aún no busco un decorador.

    Ann tomó asiento de regreso en su silla, la misma en la que unos minutos atrás estaba sentada mientras hablaba con Lyons y Paul. La mujer de blanco se aproximó también, tomando asiento en una de las sillas para visitantes.

    —Estás tan diferente, Martina —indicó con tono juguetón—. Por poco y no te reconozco.

    —Ni yo a ti, Gema —le respondió Ann, moderando como siempre su reacción—. No es precisamente el atuendo que esperaría ver en una monja.

    —Esa vida ya quedó atrás —pronunció la mujer de blanco, como si aquello fuera en realidad un mal chiste—. Muy atrás.

    —Me lo imaginé. Hace unos años fui a Santa Engracia, y ya no te encontré. Y de hecho, casi nadie te recordaba.

    —Supongo que no soy alguien que deja una gran impresión en las personas. Salvo en ti, Martina.

    Ann no lo describiría de esa forma, pero ciertamente había llegado a pensar en ella en un par de ocasiones en ese tiempo. O al menos en la persona que era en aquel entonces, pues la que estaba sentada frente a ella le resultaba una totalmente diferente. Aunque claro, como ella bien había indicado, Ann Thorn y la chiquilla temblorosa que había llegado a aquel hospital religioso bajo el nombre de “Martina Ricci” eran dos personas muy distintas.

    —¿Qué quieres, Gema? —inquirió sin más rodeos—. ¿Y cómo es que me encontraste?

    —No fue difícil —respondió la ex monja, encogiéndose de hombros—. Siempre supe quién eras en realidad; desde la primera vez que nos vimos.

    —Por supuesto —masculló Ann, soltando una pequeña risa irónica justo después—. Eso tiene bastante sentido. Trabajabas para Lyons en aquel entonces, ¿cierto?

    —¿John Lyons? —murmuró Gema con confusión, arrugando un poco su entrecejo. No cómo si el nombre no le resultara conocido, sino más bien como si no entendiera por qué lo sacaba a colación en ese momento—. No, claro que no. Mi lealtad está en otro lado, aunque no muy lejos.

    Ann no sabía decir de momento si lo que decía era cierto o no. Pero cualquiera de las opciones que fuera, tendría que irse con cuidado. Ann sabía que Richard guardaba un arma para protección en el segundo cajón del lado izquierdo del escritorio. Estaba bajo llave, pera ella la tenía justo en el bolsillo de su saco. Así que aquella era una salida rápida, si Gema Calaloquesea se pasaba de lista. Sería un dolor de cabeza intentar explicar porque le había disparado, así que esperaba realmente no tener que llegar a eso.

    —¿Y a qué viniste entonces? —le cuestionó, ya dejando de lado la cortesía fingida—. ¿A chantajearme? ¿A sacarme dinero? ¿Lyons quiere amenazarme con esto para que no tome la dirección de Thorn Industries o mi corona?

    —¿Por qué haría tal cosa? ¿Por lo de tu hija? Creo que la persona a la que más le interesaría saber al respecto es el antiguo dueño de esta oficina, y él ya no está disponible; ¿no? Y no sabía lo de tu corona. Felicidades; nadie se lo merece más que tú.

    —Entonces, ¿qué es lo que quieres?

    —¡Relájate, Martina! —exclamó Gema con ímpetu, soltando una aguda carcajada—. Mírate, pareciera que estuvieras intentando decidir en donde meterme la bala.

    Aquel comentario desconcertó un poco a Ann, pero lo disimuló bastante bien. ¿Lo decía sólo al azar o sabía lo del arma?

    Ignorando de momento aquello, Gema tomó su sobrero y lo volteó para poder hurgar con sus dedos en su interior, buscando algo entre los pliegues de la tela.

    —No vengo a nada malo como eso —declaró con bastante calma—. De hecho, todo lo contrario. Sé por qué fuiste a Santa Engracia en aquel entonces, y sé que no obtuviste lo que querías, a pesar de lo mucho que… presionaste. Así que ahora que las cosas están un poco más despejadas, vine a entregarte justo lo que tanto estabas buscando.

    La respiración de Ann se cortó de golpe. Sin que ella se diera cuenta, poco a poco había sido arrastrada por las palabras de aquella mujer, casi perdiéndose en ellas.

    —¿Qué? —murmuró despacio—. ¿Qué cosa…?

    —No qué, sino quién —señaló Gema, sacando en ese momento al igual que un mago algo de su sombrero, para luego colocarlo sobre el escritorio, justo delante de Ann—. Quiero presentarte a Verónica. Verónica Selvaggio, por el apellido de su familia adoptiva.

    Ann no pudo mantener más su máscara de hierro. Su emoción fue palpable en sus ojos cuando vio aquella pequeña fotografía, de una niña de catorce, de rostro afilado, nariz ligeramente sobresaliente, cabello rubio largo y lacio, y unos ojos azules pensativos, además de una media sonrisa. Tenía un poco de acné en la frente, y en general no era precisamente una chica muy atractiva. Pero, ya fuera por sus ojos, sus pómulos, o sus labios… algo en ella le recordó de golpe a sí misma, un poco menor, mucho antes de ser la mujer que era ahora. Y también de cierta forma, le recordaba a él

    —¿Verónica? —susurró despacio mientras tomaba la fotografía para poder verla de más cerca—. ¿Ella es…?

    —Tu hija —se apresuró a completar Gema—. La que te arrebataron aquel horrible día. Es una niña muy inteligente y bien portada. Su familia la trata bien, y no le ha faltado nada. Pero… desde siempre ha sentido que no encaja con ellos; ni un poco. Yo he estado cerca de ella durante estos últimos años. La he cuidado, le he enseñado, y le he hablado de ti.

    —¿Sabe de mí? —inquirió Ann, con una combinación por igual de emoción y preocupación.

    —Lo suficiente. Ha esperado muy paciente el momento de poder conocerte en persona. Y entiendo que con tu posición actual, ya no habría nadie que pudiera negarse a que lo hicieras. ¿O sí?

    Ann contempló una vez la fotografía. Sí, ahora las cosas serían diferentes. Ya no sería sólo una discípula menor teniendo que obedecer las órdenes de todos, temerosa de que se le reprenda. Ahora tendría una de las Diez Coronas; sería una Apóstol de la Bestia, tanto como Lyons, Paul o el propio Adrián. Si quisiera, podría traerla con ella, como le prometió aquel día hace catorce años.

    Pero, ¿era eso verdad? ¿Era esa niña el bebé que le quitaron de sus brazos aquel día? ¿Era su hija y la de Adrián? Algo en su interior le decía que sí, pero podría estar sólo siendo influenciada por sus emociones. Y hacer justo lo contrario fue una de las primeras y más severas lecciones que Agatha Baylock le había enseñado.

    —¿Por qué haces esto? —cuestionó tajante, colocando la foto de nuevo sobre el escritorio—. ¿Qué quieres de mí en realidad?

    —Cuánta desconfianza —masculló Gema con sarcasmo. Cruzó entonces sus piernas y apoyó por completo su espalda contra el respaldo de su silla—. Creí que éramos amigas, Martina. Pero, si te resulta más creíble, la verdad es que no lo hago por ti, sino por ella. Esa niña debe estar aquí… con su verdadera familia.

    Y terminó su comentario con una amplia sonrisa que a Ann le resultó un tanto… incómoda.

    A pesar de sus dudas iniciales, el reencuentro madre e hija se llevaría a cabo no mucho después de ese momento. Y Verónica, por primera vez en su vida, se sentiría en casa…

    * * * *​

    Similar a como le había ocurrido a Carl y Frederic, el vehículo que transportaba a Andy terminó atorado en el tráfico, así que no le fue posible acercarse mucho al lugar de los hechos. Por suerte en su caso esto ocurrió relativamente cerca, o al menos lo suficiente para que la impaciencia de Adrián lo llevara a bajarse por su cuenta del vehículo y correr lo último que quedaba de distancia por su cuenta. Ni siquiera pensó de momento en la maleta aún en la cajuela del vehículo, pero ya se preocuparía por eso después.

    En el camino había estado revisando las noticias en su teléfono, y no había tardado mucho en encontrar una que hablara sobre la misteriosa explosión en el último piso del edificio Monarch. Y supo de inmediato que de “misterioso” aquello no tenía nada en realidad.

    Al llegar, se sintió abrumado por toda la confusión reinante. Había menos gente de fisgona que esa tarde, pero había más patrullas, ambulancias, camiones de bomberos, y camionetas de reporteros. En la cima del edificio las llamaradas del incendio brillaban intensamente en la noche, y parecía estarse propagando. Los bomberos de seguro aún no lograban llegar hasta ahí.

    Intentó acercarse lo suficiente para ver si lograba al menos ver algo o a alguien. Quizás, con algo de suerte, a Damien o a alguno de sus guardaespaldas siendo atendido por los paramédico, o quizás respondiendo las preguntas de los policías. Había mucha gente, en su mayoría residentes y trabajadores del edificio. Sin embargo, ninguna de las personas que buscaba… salvo una.

    Tras unos infructíferos minutos, no muy lejos de dónde él estaba parado vio a unos paramédicos empujando una camilla con apuro hacia una de las ambulancias. En ésta transportaban a alguien; una chica joven de desalineados cabellos rubios, a la que habían conectado a un suero en su brazo, y colocado una mascarilla con oxígeno en su rostro.

    —Verónica —pronunció en voz baja, y de inmediato se apresuró a intentar pasar la línea policiaca.

    —No puede pasar… —le intentó detener uno de los oficiales, pero en esa ocasión Adrián no tenía humor (ni tiempo) para sutilezas como la de esa tarde.

    —Hazte a un lado —exclamó con severidad, presionando una mano contra el pecho del oficial. Éste, con sus ojos desorbitados y confundidos, simplemente retrocedió tambaleándose con rapidez, hasta quedar prácticamente recostado de espadas contra el cofre de una de las patrullas.

    Con el camino libre, se acercó rápidamente hacia la camilla, y con algo de agresividad la tomó para detener su avance, ante las miradas confundidas de los paramédicos.

    —Verónica —pronunció despacio, inclinándose sobre la joven en la camilla. Ésta abrió débilmente sus parpados, apenas dejando lo mínimo visibles sus ojos claros y nebulosos

    —Sr. Woodhouse… —pronunció despacio a través de la mascarilla de oxígeno.

    —Señor, tenemos que irnos —le indicó uno de los paramédicos, intentando hacerlo a un lado. Adrián, sin embargo, apartó sus manos de él con algo de brusquedad.

    —Necesito hablar con ella —pronunció de inmediato algo tajante. No parecía en lo absoluto ser un comentario al aire, mucho menos una petición: era una orden.

    —Por favor, su estado es muy delicado —añadió otro de los paramédicos, una mujer de cabellos oscuros—. Tenemos que llevarla al hospital cuánto antes… Un momento, ¿usted no es…?

    —¡Déjenos solos sólo un minuto! —pronunció alzando la voz.

    Los tres paramédicos se sobresaltaron, como si una descarga de electricidad les recorriera el cuerpo entero. Y sin decir nada, ni mirarse entre ellos, los tres comenzaron a caminar en sincronía, alejándose de la camilla.

    Una vez que los dejaron solos, volvió a inclinarse sobre Verónica, acercando su rostro al suyo para poder hablarle en voz baja, pero que aun así sus palabras le llegaran con claridad.

    —Verónica, ¿dónde está Damien?

    La joven intentó hablar, pero su falta de aire provocó que sus palabras salieran de su boca como simples quejidos dolorosos. Respiró lentamente, intentando recobrar el aliento lo suficiente para poder hablar. Adrián la observaba con impaciencia, resistiéndose el deseo de gritare que dijera algo de una maldita vez.

    —Se lo llevaron, Sr. Woodhouse… —logró mascullar al fin, dejándolo helado—. Unos hombres armados… en helicópteros… No pude hacer nada…

    Verónica alzó su mano con debilidad hacia él, colocándola contra su brazo derecho. Sus dedos intentaron cerrarse y tomar la tela de su saco, pero no logró siquiera curvearlos un poco.

    —Tiene que salvarlo, Sr. Woodhouse… —musitó con apenas un hilo perceptible de voz—. Por favor… sálvelo…

    Adrián la contempló en silencio unos segundos. Necesitaba saber más sobre lo que había ocurrido allá arriba, pero era obvio que sería incapaz de sacarle algo más. Al menos de momento ya podía deducir suficiente de lo poco que le había dicho.

    El DIC se había llevado a su Anticristo bajo sus narices, y no fueron capaces de hacer absolutamente nada para protegerlo. Y lo peor era que esos idiotas no tenían ni idea de a quién se habían llevado con ellos, ni en qué enorme problema se acababan de meter.

    —Lo haré, estate tranquila —le respondió a Verónica con voz cauta, tomando su mano para retirarla de su brazo y posarla con cuidado en el regazo de la joven.

    Debería quizás sentir algún tipo de preocupación por ver a su supuesta hija en ese estado. Querer incluso venganza contra cualquiera que le hubiera provocado ese mal, como lo haría si alguien lastimara a su madre o a Sebastián. Pero no era así. De hecho, salvo por el hecho de que necesitaba hacerle más preguntas cuando estuviera recuperada, llegó a pensar incluso que si se muriera de una vez le haría la vida mucho más sencilla.

    Ann de seguro lo castraría si supiera que dicho pensamiento le había siquiera cruzado por la cabeza. Y más que preocupación, aquella idea le provocó algo de gracia.

    Se alejó entonces de la camilla, dirigiéndose hacia los paramédicos.

    —Llévensela ya —les indicó con cierto desinterés, pasándolos de largo. Los tres parecieron despertar de golpe del extraño trance en el que se habían sumido, y de inmediato se dirigieron a la camilla de Verónica para seguir con su labor. Todo como si aquel extraño individuo, tan parecido al famoso Andy Woohouse, no hubiera estado ahí en realidad.

    Adrián cruzó de regreso la línea policíaca y se alejó de la multitud por la acera. Cuando la conmoción de los policías, reporteros y bomberos quedó lo suficientemente atrás, sacó su teléfono y comenzó rápidamente a regresarle la llamada a Lyons. Éste debería estar muriéndose de la angustia luego de haberle colgado de esa forma, preguntándose qué estaba pensando. Adrián en efecto estaba molesto porque no hubiera podido evitar esa situación a tiempo, pero de momento eso no era lo que le importaba.

    —Adrián… —respondió Lyons al otro lado de la línea con cautela.

    —Lo tienen —pronunció el Apóstol Supremo sin menor rodeo—. Ellos lo tienen.

    —No puede ser —exclamó Lyons, lleno de frustración, y por supuesto de miedo.

    —Necesito que averigües de inmediato a dónde lo llevaron. No importa a quién tengas que sobornar, amenazar o asesinar: necesitamos saberlo, ¡ahora! Y reúne a todos los Apóstoles como habíamos acordado. Esto es guerra, John. ¿Me oyes?

    Lyons no estaba en posición de expresar alguna objeción a sus indicaciones. Lo que pasaría a continuación resultaba a simplemente vista inevitable.

    — — — —​

    Jaime se debatía de nuevo entre la consciencia y la inconsciencia. Su mirada borrosa estaba fija en el techo de la ambulancia, que parecía mecerse sobre él de un lado a otro, como si el vehículo entero estuviera siendo movido por el viento. Sentía su cuerpo muy ligero, casi como si flotara en el agua. Ya no había dolor, de seguro gracias a las drogas que le habían inyectado, y eso era bueno.

    En verdad esperaba que sus palabras le hubieran llegado a Frederic, y que éste decidiera tomarlas en serio; Dios sabía que él mismo quizás no lo haría en su lugar.

    Dios… era un momento bastante interesante para pensar en Él. Quizás nunca en su vida hasta ese momento había necesitado sentirlo con él, o escuchar su voz clara para decirle que todo estaría bien, y que había hecho un buen trabajo. Pero en su lugar, se sentía abrumadoramente solo en aquel espacio cerrado. Como si el mundo entero lo hubiera hecho a un lado, escondiéndolo, indicándole de cierta forma que ya no era necesario. Aquello le causaba por igual desconsuelo, aunque también un poco de paz.

    «Cumplí con mi deber» se dijo a sí mismo. «Ahora puedo aceptar lo que sea que tenga que pasar a continuación…»

    Las puertas de la ambulancia se abrieron en ese momento, haciéndolo salir sólo un poco de su aletargamiento, aunque no lo suficiente para voltear a ver en esa dirección.

    —Arriba —escuchó pronunciar al paramédico Miguel, y luego escuchó un poco de ajetreo.

    Incluso en su casi inconsciencia, fue capaz de percibir como subían otra camilla más y la colocaban justo a su lado. Alguien venía en ésta; otra persona herida, de seguro. ¿Sería aquella mujer? ¿Habían logrado sacarla de ahí? Jaime quería en serio voltearse hacia un lado para verificarlo, pero su cuerpo simplemente no le respondió.

    —No se preocupen, enseguida nos iremos —indicó de nuevo la voz de Miguel. Jaime sólo movió levemente su cabeza, apenas logrando un atavismo de asentimiento.

    Los paramédicos bajaron del vehículo, dejándolo de nuevo solo. Bueno, no solo en realidad, pues ahora tenía un compañero de viaje ahí con él, quien quiera que fuera.

    Necesitaba descansar, así que al fin se permitió cerrar los ojos lentamente, relajar el cuerpo, y dejarse llevar por el tan anhelado sueño. Esperaba que al abrir los ojos de nuevo, todo estuviera bien. Quizás lo haría en una habitación de hospital, y Frederic, Karina o Carl estarían a su lado. De seguro estarían jubilosos de verlo bien, aunque Frederic igualmente lo reprendería por haber sido tan imprudente. Tendría que confesarle todo acerca de por qué había ido a ese sitio. Y eso incluía, por supuesto, una incómoda y complicada conversación sobre eso que había estado viendo; sobre el extraño ser con la forma de…

    —Hola, guapo —escuchó de pronto que esas dos palabras eran pronunciadas con asombrosa claridad, justo a su lado, abriéndose paso entre el inminente sueño como una bala, hasta impactarlo de frente en su cabeza.

    Jaime abrió abruptamente sus ojos, y forzando de forma casi sobrehumana a su cuello a moverse para virarse a su lado. En el espacio cerrado de aquella ambulancia, no había rastro aparente de aquel ser de vestido blanco. Sólo estaban él, y la muchacha de la otra camilla… que lo miraba de regreso desde su lecho.

    El padre español la reconoció de inmediato. Era la misma joven a la que había obligado a punta de pistola a que lo llevara hacia el pent-house. Pero… había algo diferente. Lo sintió al percibir la mirada en sus ojos, y en espacial cuando con una mano se retiró la mascarilla para oxígeno de su rostro, dejando a la vista la amplia y torcida sonrisa que le recorría el rostro.

    —¿Qué sucede? —le murmuró aquella chica con tono burlón—. Parece que viste un fantasma…

    Esa mirada, esa sonrisa, esa manera de hablar…

    Jaime no podía creerlo, aunque en realidad no había ni una pizca de su ser que tuviera duda al respecto.

    —¿Ge… ma…? —murmuró despacio con voz débil y cansada.

    —Ahora me llamo… Verónica… —le respondió la joven de la otra camilla, guiñándole un ojo de forma coqueta justo después.

    * * * *​

    Hace unos minutos…

    Verónica no entendía lo que veía. Estando ahí tirada, rodeada de esos escombros, el agua y el fuego, y sumida en la completa soledad, aquella imagen de su antigua amiga y mentora Gema Calabresi se aparecía ante ella. ¿Era acaso una alucinación provocada por la pérdida de sangre?, ¿un sueño quizás? Si era alguna de las dos, no recordaba haber tenido uno tan nítido y claro.

    Esa Gema, o lo que fuera, tenía la misma apariencia exacta de la última vez que la vio; incluso el mismo vestido blanco e impecable, y esa misma sonrisa burlona que te hacía pensar que siempre sabía algo que tú no.

    —¿Cómo es posible…? —murmuró azorada la joven italiana, apenas logrando que su voz fuera oída—. Tú estás…

    —¿Muerta? —comentó aquella imagen de Gema con tono irónico—. Pues no estamos tan alejadas una de la otra en estos momentos, linda.

    Aquella lúgubre declaración dejó a Verónica atónita. ¿De eso se trataba? ¿Se presentaba ante ella de esta forma porqué estaba… muriendo? ¿Era este tipo de experiencias que la gente describía cuando estaba cerca de la muerte…?

    —No, no… —repitió Verónica rápidamente. Comenzó de nuevo a sollozar, pero con más fuerza, con más desesperación—. Yo no quiero… no quiero morir así… Esto no debería de terminar así…

    —Pero parece que así será —murmuró Gema con tranquilidad, incluso encogiéndose de hombros.

    —¡No! —espetó Verónica con fuerza, llegando incluso a golpear el suelo con una mano, salpicando en el agua encharcada debajo de ella—. ¡Tú me prometiste que llegado el momento cumpliría… un gran destino!, ¡algo para lo que sólo yo nací…!

    —¿Eso dije? —murmuró aquel espectro con voz risueña, mirando hacia otro lado de forma disimulada.

    ¿Se estaba burlando de ella? ¿Le divertía acaso verla en ese estado? Gema Calabresi siempre fue una mujer extraña, pero siempre creyó que al menos se preocupaba por ella. Gracias a ella había descubierto la verdad sobre quién era, y sobre su verdadera madre. Ella había arreglado que la conociera, había hecho que se involucrara con Damien, con la Hermandad, y con toda esa locura. Si estaba en ese momento y lugar, y en ese estado… era todo por ella y sus promesas.

    —Por favor… ayúdame… —exclamó suplicante entre sollozos, alzando una mano hacia ella. Quería alcanzarla, pero su vista se nubló y le parecía como si estuviera demasiado lejos—. Ayúdame, Gema… por favor…

    La imagen de aquella mujer se viró de nuevo hacia ella lentamente. Por primera vez ya no sonreía, y en sus ojos se percibía una inusual y casi agresiva frialdad. Se aproximó entonces más hacia ella, inclinando un poco el cuerpo sobre la joven italiana. Su rostro quedó suspendido a escasos centímetros del suyo.

    —¿En verdad quieres vivir? —le susurró lento con voz grave—. ¿En verdad lo deseas con ímpetu?

    —Sí… —respondió Verónica rápidamente, asintiendo—. Sí lo deseo… por favor… por favor…

    Gema volvió a sonreír en ese momento, pero no fue para nada parecida a la anterior. Sus labios se estiraron hacia los lados, incluso más allá de su rostro, dibujando una mueca grande y amplia que parecía más propia de una grotesca caricatura que una sonrisa humana. Sus ojos a su vez se abrieron grandes y desorbitados, tornándose enrojecidos, con sus pupilas contraídas.

    Verónica se hizo instintivamente hacia atrás, y sintió como un tremendo miedo le recorría el cuerpo entero, paralizándola incluso más que el dolor o la debilidad.

    De un parpadeo a otro, aquel ser se movió de estar de rodillas a su lado, a colocarse justo sobre ella. Verónica sintió el peso entero de su cuerpo presionándole el vientre, y provocando un fuerte respingo de dolor por su herida de bala. Soltó un fuerte alarido al aire, y desvió su rostro hacia un lado. Pero sintió al instante como las manos de Gema la tomaban con fuerza y la obligaban a girarse de nuevo hacia ella. Pero ahora sus dedos eran alargados, y sus uñas puntiagudas le lastimaban el rostro.

    ¿Cómo era posible que pudiera sentir todo eso tan vívidamente? ¿Acaso eso era real? ¿Ella realmente estaba ahí?

    —Entonces, recuerda lo que te dije hace mucho, linda —pronunció Gema despacio, inclinando su cuerpo entero hacia ella mientras la sujetaba firmemente de rostro. Su voz sonaba extraña, con un eco como si varias personas hablaran al mismo tiempo—. No lo has olvidado, ¿o sí? Te dije que para nosotras todo se puede ser realidad… si lo deseas con la suficiente fuerza… Así que hazlo, ¡desea vivir! ¡Deséalo con todas tus fuerzas! Y yo haré realidad… el deseo de ambas…

    Verónica notó que su vista comenzaba a fallar, y el rostro del ser ante ella comenzaba a deformarse, a estirarse hacia los lados como una caricaturesca pintura abstracta. Estaba tan confundida y asustada. No entendía si todo eso era real o sólo una mala jugada de su mente. Aun así, hizo justo lo que esa Gema le dijo: deseó con todas sus fuerzas vivir, salir de eso para poder cumplir el añorado destino que se le había prometido desde que era una niña. Lo deseó tan, pero tan fuerte que en efecto se le concedió.

    Aunque… no cómo ella esperaba…

    * * * *​

    Y ahora, los ojos que miraban a Jaime eran los de Verónica. Los labios que le sonreían eran los de Verónica. Y la voz que le hablaba sí, también era la de Verónica. Pero ya no era la misma chica que él había conocido y apuntado con su arma. Ni siquiera era la jovencita que Ann Thorn había visto por primera vez hace cinco años a través de una foto, ni tampoco la que había acompañado a Damien en su estancia en Los Ángeles. Ahora se había convertido en alguien diferente; en algo diferente…

    —Gracias por tu ayuda, Jaime —pronunció con tono jovial—. No podría haber logrado esto sin ti.

    —¿Qué…? —masculló el sacerdote español totalmente confundido.

    Verónica dejó salir entonces una aguda y sonora risa burlona. Jaime comenzaba a sentir que su respiración se agitaba, y su corazón le golpeaba con fuerza en el pecho, presa del horror.

    —Mírate, tan confundido y asustado —señaló Verónica con ironía—. Tantos años y sigues siendo el mismo y predecible… imbécil. Hiciste justo lo que esperaba que hicieras. Aunque no fue muy difícil; sólo tuve que avivar el fuego de tu arrepentimiento, ese que no has podido apagar con tanto alcohol. Sabía que en cuanto vieras a tu adorable Gema, vendrías corriendo dejando de lado toda tu lógica y deber.

    —¿Por qué…?

    —¿Por qué? —pronunció Verónica, volviendo a reír un poco—. ¿No es obvio? Querías una prueba irrefutable de que Damien era a quién buscaban, ¿no? Pues te la di. De nada…

    Jaime se quedó sin aliento al escucharla decir eso. La Marca de la Bestia… ¿Ella quería que la viera? ¿Quería que fuera testigo de todo lo que pasó en aquel sitio? ¿Quería que lo reportara?

    Su cabeza comenzó a dar vueltas. Inconscientemente intentó ponerse de pie, pero seguía sujeto a la camilla con las correas. Además, la debilidad y el efecto de las drogas apenas le permitían moverse lo mínimo.

    —Y Adrián —murmuró Verónica justo después mirando hacia las puertas de la ambulancia, como si aún fuera capaz de ver al Sr. Woodhouse. No estaba a la vista, aunque sabía que no se encontraba demasiado lejos—. Bueno, ese es otro caso divertido. Él y tú tienen demasiado en común, ¿sabes? Pero ahora, gracias a los dos, todo está caminando justo como debe caminar. Ahora todos nuestros enemigos saldrán a la luz y se revelarán solos. Y, ¿sabes una cosa?

    La mano de Verónica se extendió en una fracción de segundos hacia él, apretando su mano entre sus dedos con tanta fuerza que Jaime sintió que sus huesos se comprimían entre sí. Intentó gritar de dolor, pero apenas y logró pronunciar un quejido.

    —Los aplastaré a todos y cada uno de ellos —declaró Verónica con voz belicosa y agresiva—. Incluyendo a tu linda y ramera angelita.

    Jaime comenzó a sentir una fuerte punzada de dolor en el pecho, como si le acabaran de apuñalar directo y hasta el fondo. Su respiración se cortó, y comenzó rápidamente a asfixiarse. Pero a pesar de todo, tuvo la suficiente claridad mental y fuerza para pronunciar con debilidad:

    —Loren…

    —Sí, esa misma —rio Verónica de forma mordaz—. Pero no te alteres tanto por eso. Después de todo —sus dedos se apretaron aún más contra su mano—, tú ya no estarás aquí para verlo…

    Jaime sintió de inmediato como la poca vida que le quedaba abandonaba su cuerpo. Le fue imposible seguir hablando, seguir respirando, o incluso pensar. De un segundo a otro, todo se fue apagando en su cabeza, hasta que no quedó nada. Y cuando Verónica soltó al fin su mano, su cuerpo se desplomó por completo en la camilla. Sus ojos, aún abiertos y vacíos, contemplaban el techo encima de él. Y una pequeña y última lágrima se resbalaba de su ojo izquierdo por su mejilla.

    Verónica se recostó de nuevo cómodamente en su camilla, y se colocó de regreso su mascarilla como si nada hubiera pasado, y cerró después los ojos.

    —¡¿Qué pasó?! —escuchó que exclamaba espantado uno de los paramédicos al volver al interior de la ambulancia.

    —No sé, entró en shock —comentó uno más.

    —No tiene pulso.

    —¡Rápido!, ¡el desfibrilador…!

    Hubo mucho movimiento y ruido justo después, mientras muy seguramente intentaban regresarle la vida al pobre, pobre sacerdote español. Y aunque Verónica sabía de antemano que resultaría siendo inútil, no les quitaría al menos la oportunidad de intentarlo.

    Por su parte, pese a toda la conmoción que ocurría justo ahí a su lado, terminó quedándose dormida con bastante facilidad.

    Después de tanto trabajo, podría al fin tomarse un pequeño momento de descanso.

    FIN DEL CAPÍTULO 112
    Notas del Autor:

    No sé qué más decir en este punto. Mejor lo dejaré así, dejando que se digiera todo lo ocurrido y narrado. Como prometí, éste fue un capítulo muy importante para lo que será nuestro siguiente arco. Espero que lo hayan disfrutado, pues esperaba desde hace mucho poder escribirlo. Espero sus comentarios y dudas. Y como siempre, esperen el siguiente capítulo que será en parte algo así como un “epílogo” de este arco que va terminando. Nos leemos pronto.
     
  13.  
    WingzemonX

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    Resplandor entre Tinieblas
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    Género:
    Misterio/Suspenso
    Total de capítulos:
    119
     
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    9852
    Resplandor entre Tinieblas

    Por
    WingzemonX


    Capítulo 113.
    Terminar con este sueño

    Los detectives Arnold y Samantha de la policía de Los Angeles habían tenido un día peculiar, incluso para los estándares de su trabajo. Y lo peor era que éste parecía no querer terminar, pues ya entrada la noche los llamaron de emergencia para presentarse en una nueva escena del crimen. No les habían dado muchos detalles, pero se requería la presencia de un detective y, por azares del destino, ambos se encontraban cerca.

    La noticia de lo más reciente ocurrido en el edificio Monarch, el mismo sitio en el que ambos habían ido esa tarde, les había llegado un poco más temprano. Arnold logró obtener los últimos detalles tras una llamada a medio camino a su escena del crimen, aunque seguía sin ser mucho más de lo que los medios ya habían informado.

    Arnold tenía ya veinte años de experiencia como detective, y era desconfiado de la gente por naturaleza. Pero todo ese asunto lo tenía aún más suspicaz que de costumbre.

    —Justo unas horas después de hablar con ese chico, algo mágicamente explota en su pent-house —pronunciaba con cierta molestia a su compañera desde el asiento del pasajero, mientras ésta estacionaba el vehículo entre la ambulancia y las patrullas a un lado del camino—. ¿Y quieren que creamos que es sólo una coincidencia?

    —Aún no quieren que creamos nada —le respondió la detective Samantha mientras miraba por el retrovisor—. No se ha dado ninguna declaración oficial de los hechos todavía.

    —Da igual. Cuando lo hagan, dirán que fue una fuga de gas o un desperfecto eléctrico, como siempre.

    —La mayoría de las veces la explicación más simple es la correcta, ¿no?

    Una vez estacionados, Samantha apagó el motor del vehículo y ambos bajaron rápidamente. Un uniformado se encontraba de pie cuidando el paso de la gente, pero al mostrarle sus placas ambos pudieron seguir sin problema. Comenzaron entonces a bajar con cuidado por una pequeña pendiente de lodo y maleza, bastante resbaladiza debido a la reciente lluvia. Ninguno traía zapatos adecuados para la ocasión, pero ese tipo de cosas eran siempre parte del oficio.

    —No lo sé —mascullaba Arnold, aún reticente a dejar el tema por la paz—. Sólo piénsalo, Sam. Entran dos extraños por la fuerza, el muchacho Thorn cuenta una historia bastante ambigua de lo sucedido, y de repente llega Andy Woodhouse en persona para sacarnos de ahí. ¿Y ahora ocurre una extraña explosión unas horas después? Y ni siquiera nos saben decir si el chico seguía o no en el departamento cuando esto ocurrió. Te lo digo, algo muy, muy extraño está pasando aquí. Dime conspiranoico si quieres.

    —No lo haré —le respondió su compañera con seriedad—. Estoy de acuerdo en que todo es muy extraño. Pero Los Angeles siempre ha sido una ciudad extraña. Si no me crees, sólo ve esto.

    Al bajar la pendiente, terminaron de pie justo a la orilla de un canal artificial, cuya corriente en esos momentos era abundante debido a todo lo que había estado lloviendo esa noche. Los paramédicos estaban colocando en una camilla a la persona que habían encontrado en la orilla; la misma que les habían informado por radio. Ya para esos momentos habían logrado estabilizarla, vendarla y la tenían conectada por goteo intravenoso. La habían encontrado inconsciente, y al parecer seguía totalmente sumida en dicho estado.

    —¿Qué tenemos, chicos? —preguntó Samantha, parándose a un lado de la camilla. Uno de los uniformados presentes pasó rápidamente a responderle mientras los paramédicos seguían preparando a la paciente para el traslado.

    —Mujer caucásica, cuatro heridas de bala en el hombro, brazo, muslo y torso. Además de un fuerte golpe en la cabeza, posiblemente provocado al caer al canal. Aún respira, aunque no sé cómo. La corriente debió haberla arrastrado un largo tramo antes de quedar estancada en la orilla.

    —¿Alguna identificación? —preguntó Arnold, mientras observaba pensativo a la persona en la camilla.

    —Nada, sólo la ropa que trae puesta. Ni bolso, teléfono o cartera. Quizás todo se lo llevó el agua.

    —¿Alguna señal de ataque sexual? —preguntó Samantha a continuación directamente a uno de los paramédicos.

    —No a simple vista —le respondió uno de ellos—. En el hospital podrán hacerle el examen completo. Pero francamente no sé cómo pudo mantenerse a flote y evitar ahogarse con esas heridas y con la corriente cómo está.

    —Debe ser más fuerte de lo que parece —señaló Arnold de forma pensativa.

    Ambos detectives observaron fijamente a la mujer, con sus ojos cerrados y rostro apacible, a pesar de su estado tan delicado. Piel pálida con unos visibles lunares en el rostro, cuello y pecho. Cabello castaño rojizo, totalmente húmedo, al igual que la tela de su vestido ligero, bastante veraniego para mediados de noviembre.

    —Qué chica tan linda —indicó Samantha de pronto—. ¿Qué monstruo la habrá tomado de tiro al blanco y tirado de esa forma?

    Arnold no tenía una respuesta a eso; no aún.

    —Tenemos que irnos —indicó uno de los paramédicos. Y entre ambos, y con la ayuda de un par de oficiales, comenzaron a cargar la camilla por la pendiente en dirección a la ambulancia.

    Los detectives debían irse con ellos al hospital para seguir su investigación. Pero antes de retirarse, Arnold se aproximó a la orilla, contemplando atento el paso del agua.

    —Más arriba por este mismo canal se llega a la zona industrial, ¿correcto? —indicó el detective, señalando con un dedo hacia el noreste—. El sitio donde reportaron hace unas horas por la radio un tiroteo en una bodega, y donde encontraron a una mujer muerta de un disparo.

    —¿Crees que está de alguna forma involucrada con ese incidente? —inquirió Samantha, un poco escéptica—. Vaya noche. Y eso que no es luna llena.

    —Tú misma lo dijiste: Los Angeles es una ciudad extraña. Pero esperemos nos pueda decir más cuando recupere la conciencia.

    Se apresuraron entonces a volver a su vehículo para encaminarse al hospital junto con la ambulancia. Ninguno sospecharía de momento qué tan involucrada estaba en aquel tiroteo la mujer que transportaban, y mucho menos que de hecho no era precisamente la víctima del hecho.

    — — — —
    Justo como el padre Babatos le había indicado, Karina se encargó de llevar a la Dra. Honey a casa. Abra pasaría la noche en la clínica para observación, y Cole igual, a pesar de su curación milagrosa, así que sólo serían Matilda y la pequeña Samara.

    —Vamos a mi casa, Samara —le había indicado la psiquiatra a la niña—. Ahí estarás a salvo, y te presentaré a mi madre.

    Un notable rastro de júbilo y emoción floreció en el rostro de Samara, aunque también le acompañaba un poco de miedo. Pero, por supuesto, se fue con Matilda sin vacilar demasiado; tampoco era que le quedaran muchas otras opciones.

    Así ambas se montaron en el auto de Karina, uno diferente al que los había llevado. Matilda iba al frente como copiloto, mientras que Samara se colocó en el asiento trasero. Matilda se viró a verla por encima de su asiento, y le sonrió con dulzura. La niña, sorprendentemente, le sonrió de regreso. Era una pequeña y apenas notable sonrisa, pero bastante sincera.

    —Ponte el cinturón —le indicó Matilda a la pequeña, y Samara de inmediato lo hizo.

    Ya había dejado de llover al fin en ese momento, así que el viaje fue relativamente tranquilo. Tuvieron que sortear un par de calles congestionadas, pero lograron arribar a Arcadia un poco antes de la medianoche. Karina condujo su vehículo por la entrada de la propiedad, giró en la rotonda y se estacionó justo delante de las escaleras del porche.

    —¿Es aquí? —preguntó Samara con curiosidad, casi pegando su rostro contra vidrio de la ventanilla.

    —Es aquí —murmuró Matilda como respuesta, mirando también al exterior. Todas las luces parecían estar encendidas, así que lo más seguro era que su madre aún estuviera despierta, con el alma en un hilo a la espera de alguna noticia de su parte—. Ésta es la casa de mi madre. Es bonita, ¿verdad? —le preguntó a Samara volviéndose de nuevo hacia ella en el asiento trasero. Samara sólo asintió como respuesta.

    Matilda se acomodó de nuevo en su asiento, y ahora centró su atención en la mujer al volante.

    —Gracias por traernos.

    —No hay de qué —respondió Karina, intentando al parecer sonar amable, aunque se le notaba bastante incomodidad al hacerlo—. Me… alegra que estén bien. Y también el detective Sear. ¿Qué es lo que harán ahora?

    La psiquiatra suspiró con pesadez, y sobre todo cansancio. Aquella era una buena pregunta, en la que por supuesto no se había podido detener demasiado a pensar al respecto.

    —Por hoy descansar —respondió con algo de amargura—. Mañana… Mañana ya veremos.

    Hubo un par de segundos de silencio, y luego Matilda volvió a girarse hacia los asientos traseros de repente.

    —Samara, ¿puedes ir bajando? Te alcanzo en un segundo.

    La niña la observó con evidente suspicacia en sus ojos, pero no opuso objeción. Se retiró el cinturón, abrió su puerta y se bajó del vehículo. De hecho, avanzó un poco por el jardín, llamándole principalmente la atención el columpio colgando de un árbol al frente, alumbrado por un viejo farol. Matilda la observó atenta desde su asiento. Sabía que con las habilidades y la suspicacia de Samara sería un poco imposible evitar que se enterara de lo que diría, pero al menos debía intentarlo.

    —Gracias de nuevo… Karina, ¿cierto? —murmuró con seriedad, virándose una vez más a la mujer al volante—. ¿Fuiste tú quién le dijo a Cole dónde encontrar a Samara?

    —¿Él se lo dijo? —respondió Karina con brusquedad.

    —No. Pero llámalo un presentimiento. ¿Puedo preguntar por qué lo hiciste? Tengo otro presentimiento de que tu jefe no deseaba del todo que esto pasara. No de esta forma.

    —El padre Babatos no es mi jefe, él… —Karina calló de golpe, conteniéndose de decir algo de más. Y tras respirar profundo una vez, respondió con más soltura—: Tuve mis motivos, así de simple.

    —Como haya sido, estoy en deuda con ustedes —señaló Matilda—. Sin su ayuda, no sé qué nos habría pasado allá. Así que si en alguna ocasión necesitas algo…

    —No me agradezca tan pronto, doctora —le cortó Karina de golpe, un tanto tajante—. Le recuerdo que hay una conversación pendiente entre el padre Babatos y usted, que podría no resultar del todo cómoda.

    Matilda guardó silencio, y alzó discretamente su mirada de nuevo hacia afuera, y hacia la pequeña que se había animado a sentarse en el columpio y a mecerse levemente con sus pies en la tierra. Y en efecto era ese el tema real que la tenía preocupada, y que deseaba lo más posible que Samara no escuchara directamente.

    —Lo sé —le respondió con bastante seguridad. Y mirándola de nuevo, con una expresión dura que rozaba casi lo agresivo, añadió justo después—: Pero quiero que tengan muy claro que sin importar qué, no dejaré que le hagan ningún daño a esa niña. Y no me quieren tener como enemiga, se los aseguro.

    El rostro de Karina se mantuvo inmutable y sereno a pesar de la evidente amenaza. Matilda llevaba muy poco de conocer a esa mujer, pero podía darse cuenta de inmediato que no era fácil de intimidar o convencer. Muy seguramente se había enfrentado a personas mucho más grandes y amenazantes que una flacucha psiquiatra de Boston. Pero, así como se veía tan consciente de todo, muy seguramente sabía que en realidad ella era mucho más que eso.

    —Usted tampoco nos quiere tener a nosotros de sus enemigos, doctora —le respondió tras un rato, con su misma firmeza—. Pero… lo crea o no, estoy de su lado en ese sentido. Si le dije al detective Sear donde estaba la niña, fue justamente por qué no quería que saliera lastimada. Pero no creí que fuera a ser tan estúpido para ir allá él solo.

    A pesar de lo tenso del momento, Matilda no pudo evitar soltar una pequeña risilla divertida por ese último comentario.

    —Sí, es un poco estúpido, ¿verdad? —murmuró esbozando una media sonrisa—. Pero creo que eso también es parte de lo que lo hace… único.

    Matilda se ruborizó un poco al darse cuenta de lo que acababa de decir, y en especial al ver como Karina la miraba de regreso, con aún más suspicacia que antes. Miró hacia otro lado un poco avergonzada. Aquella conversación se había ido por otra dirección que ella no deseaba, así que sería mejor cortarla de una vez. Igualmente, el mensaje que había querido dar estaba bastante claro.

    —Buenas noches, Karina —murmuró despacio, abriendo rápidamente la puerta de su lado para salir.

    —Buenas noches, Dra. Honey —le respondió la asistente desde el interior del vehículo, escuetamente.

    Una vez que Matilda estuvo afuera y cerró la puerta del copiloto, casi de inmediato el vehículo se puso en marcha y se alejó por el camino que salía de la propiedad. Matilda lo observó un rato hasta que sus luces traseras se perdieron. Avanzó entonces hacia el columpio, desde el cuál Samara la miraba fijamente, y expectante.

    —Estaban hablando de mí, ¿no es cierto? —le preguntó la niña sin muchos rodeos. Matilda sabía que mentirle sería inútil, pero tampoco era un tema para tratar esa noche.

    —Nada de eso debe preocuparte, ¿está bien? —le respondió con armonía en su voz, colocándose de cuclillas delante de ella—. Ahora estás a salvo, conmigo. Y no dejaré que nada malo te pase. ¿Confías en mí?

    Samara la observó fijamente a sus ojos, y luego asintió levemente con su cabeza. Matilda pensó que de nuevo sólo haría eso, pero antes de poder incorporarse la pequeña se estiró hacia ella desde el columpio, rodeando su cuello con sus brazos para darle un fuerte y repentino abrazo.

    —Gracias, Matilda —le susurró despacio cerca de su oído, su voz desbordando en sincera gratitud y alegría.

    Aunque el abrazo la tomó un poco por sorpresa al inicio, Matilda no tardó mucho en correspondérselo y rodearla firmemente con sus brazos.

    —No tienes que agradecerme nada, cariño —le susurró en voz baja, apoyando un poco su cabeza contra la suya.

    Una vez que ambas se separaron, Matilda la tomó de la mano y ambas comenzaron a caminar hacia la casa. Cuando ya estaban al pie de los escalones del porche, la puerta principal se abrió de golpe, y del otro lado Jennifer Honey asomó su cara consternada y ansiosa.

    —¡Matilda! —exclamó la profesora, aproximándose rápidamente hacia ella—. ¿Dónde te habías metido todo el día…?

    La Srta. Honey calló de golpe cuando sus ojos bien abiertos se fijaron en la niña que Matilda traía consigo de la mano. Ésta pareció ponerse algo nerviosa por su mirada, pues inconscientemente se pegó más contra Matilda, en busca de un poco más de seguridad.

    —Lo siento —respondió la psiquiatra con voz nerviosa—. Es una larga historia, y no tengo idea de dónde quedó mi teléfono.

    Miró un momento hacia Samara, y con cuidado se las arregló para colocarse detrás de ella, de tal forma que la niña quedara justo enfrente de Jennifer.

    —Quiero presentarte a alguien —indicó con más calma, colocando sus manos en los hombros de la niña—. Ella es Samara Morgan. Samara, ella es la Srta. Honey; mi madre.

    El sólo escuchar su nombre fue bastante revelador para Jennifer. Miró a Matilda, dibujando en su mirada claramente la pregunta: “¿Es ella?” Matilda le respondió asintiendo. Tras unos segundos recuperó lo más posible su compostura, y le sonrió a la pequeña de esa forma tan dulce y cariñosa como sólo Jennifer Honey era capaz de hacer.

    —Encantada de conocerte, Samara —murmuró con delicadeza, extendiendo su mano hacia ella.

    —Mucho gusto —contestó la pequeña con miramiento, estrechando la mano de la mujer.

    —Pasen, que está haciendo mucho frío aquí afuera, y quizás empiece a llover otra vez. Les prepararé algo caliente. ¿Te gustaría un chocolate, Samara?

    —¿Chocolate? —exclamó en alto, con sus ojos azorados bien abiertos—. Me… encantaría…

    —Un chocolate será, entonces.

    Las tres comenzaron a avanzar hacia la casa. Jennifer caminaba a un lado de Matilda, con un brazo alrededor de sus hombros. Inclinó entonces un poco su rostro hacia ella, y le susurró despacio:

    —Dime, ¿quiero que me cuentes esa larga historia?

    —Yo creo que no —respondió Matilda entre dientes.

    —Pues aun así me la contarás, jovencita —señaló con ligero regaño en su voz, y Matilda supo que hablaba bastante en serio. Pero tendría que ver la forma de suavizarla lo más posible. No creía que el corazón de la Srta. Honey pudiera soportar una historia con tantos disparos, sangre, muerte e incluso algunos fantasmas.

    Las tres ingresaron a la casa, y al cerrar la puerta detrás de ellas Matilda y Samara pudieron, al fin, relajarse un poco luego de ese largo, largo día.

    — — — —​

    Dan Torrance había estado de pie ante muchas playas durante los años que estuvo vagabundeando por el país, huyendo de sí mismo, de sus demonios internos, y de algunos demonios reales. Sin embargo, frente a la que se encontraba en esos momentos no le resultaba en lo absoluto conocida. Sus aguas eran de un azul que le resultaba casi irreal, como si hubiera sido pintado con un brochazo sobre un lienzo. El oleaje era tranquilo, pero constante. El sonido de las olas chocando contra la arena resultaba enormemente relajante, al igual que ese distintivo aroma salado, o la brisa fresca que le acariciaba el rostro.

    No podría asegurar cuánto tiempo llevaba ahí parado, con sus pies descalzos sobre la arena cálida, y su atención fija en el horizonte azulado que se extendía hasta el infinito. Pero si acaso habían sido diez años, sentía que con gusto se pasaría diez más. No recordaba haber sentido una paz tan profunda y real en mucho, mucho tiempo, o quizás nunca la había sentido en realidad. Era un sitio tranquilo, sin los horrores de su niñez, sin las cadenas del alcohol, o el temor constante de la recaída.

    Un sitio lejos de la deprimente y oscura realidad que era la vida…

    —¿Disfrutando de la vista, Doc? —escuchó pronunciar una voz a sus espaldas; una que resultaba más que conocida para él.

    Al virarse, no había sorpresa alguna en el rostro de Danny cuando reconoció a su viejo amigo, el cocinero Dick Hallorann, aproximándose andando por la arena. Lo único que se reflejó en el rostro del Doctor Sueño, de hecho, fue una pequeña sonrisa de júbilo. Su amigo se veía casi como una fotografía del día en que lo conoció, con sus pantalones blancos, aquel saco azul oscuro, su cabeza completamente rapada y esa sonrisa confiada y amistosa.

    —Creo que nunca había visto un cielo o un mar tan azules —respondió Dan, virándose de nuevo al agua—. A mi madre le encantaría esta vista.

    —Estoy seguro que sí —señaló Dick, una vez que estuvo ya de pie a su lado. Introdujo sus manos en los bolsillos de su pantalón, y permaneció ahí en silencio, mirando igualmente hacia el hermoso océano delante de ambos.

    —Me preguntaba cuando asomarías tu cara, Dick —comentó Danny con un moderado tono vivaz—. Así que al fin estamos aquí, ¿eh? Algunos dirían que me tomé mi tiempo. Cómo sea, me da mucho gusto verte de nuevo.

    —A mí igual, Doc —respondió el viejo cocinero, colocando de forma reconfortante una mano sobre el hombro de Danny. Aquel hombre ya adulto apenas asemejaba al niño que había sentado alguna vez en su cocina del Overlook—. Pero creo que has malentendido las cosas. Aún no es tu momento de descansar. Y no por qué no te lo hayas ganado, sino porque aún queda trabajo por hacer.

    Dan se viró a mirarlo, visiblemente perplejo por lo que decía. ¿Acaso estaba diciendo que aún no estaba…?

    Dick señaló entonces con la mirada y el rostro hacia la diestra de Dan, y éste instintivamente se giró en dicha dirección. Hasta donde alcanzaba su vista, sólo se apreciaba más mar y playa, totalmente desolados… excepto por una persona. Sentada en la arena a varios metros de ellos, distinguió en ese momento a una chica, joven, de abundante cabello castaño rizado, y luciendo un vestido ligero color blanco y azul. Abrazaba firmemente sus piernas contra su pecho, e igual como él hasta hace un momento miraba perdida hacia el mar.

    ¿Siempre había estado ahí? Dan no recordaba haberse percatado de su presencia en todo el rato que llevaba ahí parado.

    —¿Quién es? —preguntó con curiosidad, a lo que Dick respondió simplemente:

    —Creo que lo sabes.

    Tan enigmático como siempre. Dan al inicio no creyó que esa aseveración fuera cierta. Pero al observar con más detenimiento a aquella joven, y a pesar de estar tan lejos, en efecto comenzó a parecerle familiar. Aunque no precisamente su apariencia actual, sino la que tendría muchos años después, inconsciente y recostada en una camilla de hospital.

    —¿La Sra. Wheeler? —cuestionó sorprendido, girándose de nuevo hacia Dick. Éste asintió.

    —Ha estado rondando por aquí, escondiéndose de la sombra que la ha estado persiguiendo; a ambos. Pero la sombra ya se ha apartado. Al parecer alguien se encargó de ponerlo a dormir un rato, y los dejó llegar hasta aquí.

    Dan arrugó un poco su entrecejo y miró pensativo hacia el mar. No lo recordaba con claridad en ese momento, pero en efecto tenía la sensación de que hasta hace poco había estado hundido en completa oscuridad, y luego había despertado ahí, ante ese hermoso paisaje. Y claro, no tardó mucho en saber a qué se refería con esa “sombra”; o, más bien, a quién.

    ¿Alguien le había dado al fin su merecido a ese chiquillo imbécil? ¿Había sido Abra?, ¿o aquella mujer que se presentó como Roberta?

    —Pero regresará, y pronto —advirtió Dick, tajante—. Así que el momento para que ambos vuelvan es ahora, o quizás no puedan hacerlo otra vez. Su familia la necesita, y la tuya a ti, Doc.

    —¿Abra está bien?

    —Es una chica fuerte, igual que su tío. Pero aún no está libre de peligro. Nadie lo está.

    Dan ya no necesitó preguntar nada más; la situación era en realidad bastante clara. Aunque en efecto sentía que podría quedarse en esa playa por siempre, no podía hacerlo. Era hora de despertar y enfrentar lo que lo esperaba allá afuera.

    —¿Qué es ese chico en realidad? —inquirió repentinamente—. No es como nada que haya enfrentado antes; ni como el Overlook, ni como el Nudo Verdadero.

    —Detrás de él se encuentra una fuerza mucho más oscura y antigua —respondió Dick, sonando casi agotado al hacerlo—. Lo mejor hubiera sido que nunca se cruzaran en su camino con algo así. Pero ahora que lo han hecho, no los soltará. No sin pelear.

    —¿No es siempre así? —señaló Dan con humor, aun a pesar de la situación. Se viró entonces de regreso a la (joven) Sra. Wheeler; ésta seguía aún sentada en el mismo sitio, inmóvil como una estatua—. Me dijeron que ella fue quien les habló a los demás sobre el Resplandor. Tú eres la única persona que he conocido que lo llama de esa forma. ¿Fuiste tú quien le contó al respecto? ¿La conociste, así como a mí?

    Dick soltó una marcada risa irónica, como si lo que acabara de escuchar fuera algún tipo de chiste. Aun así, le respondió con la suficiente dosis de seriedad.

    —No precisamente como a ti. Pero, así como el Resplandor hizo de las suyas para que tú y yo nos conociéramos, hizo lo mismo con otros tantos niños, casi tan extraordinarios como tú. Lo hizo también años después para que encontraras a Abra, y lo ha vuelto hacer ahora, colocando todo en su lugar para ustedes dos se conocieran. Supongo que no tengo que decirte que nada de esto ha sido al azar, ¿o sí?

    No, no era necesario; Dan ya se lo había imaginado desde antes. Con el tiempo había comenzado a darse cuenta de que el Resplandor era casi como un hilo invisible que de una u otra forma te lleva al sitio y momento en el que debes estar. Lo había llevado al Overlook, lo había llevado a Abra, y lo había llevado también a estar en ese hospital en Indiana. E incluso era probable que lo hubiera llevado justo a esa playa, fuera lo que fuera, para estar ahí presente, encontrar a la Sra. Wheeler y llevarla a casa; justo como Abra lo deseaba.

    —Es hora, Doc —le indicó Dick con cierta severidad—. Es momento de terminar con este sueño.

    Danny asintió, conforme y quizás un poco resignado.

    —Supongo que no te veré otra vez pronto, ¿verdad?

    —Francamente, espero que no —murmuró Dick, sonriendo con franqueza. Volvió entonces a colocar una vez más su mano en su hombro, apretándolo un poco entre sus dedos—. Te has convertido en un hombre excepcional, Daniel. Estoy muy orgulloso de ti, hijo. Y tus padres también.

    —¿Los dos?

    Dick no respondió con palabras, sólo ensanchó un poco más su radiante sonrisa.

    —Buena suerte —pronunció despacio, retirando la mano de su hombro. Y casi al mismo tiempo que Dan dejó de percibir dicho tacto contra él, dejó también de percibir por completo la presencia de su viejo amigo. Y al girarse por completo en su dirección, no le sorprendió tampoco ya no verlo más; ni siquiera quedaban sus huellas en la arena.

    Caminó sin más espera en dirección a la única otra persona en la playa. La chica joven mantuvo su vista fija en el horizonte, como si no se percatara en lo absoluto de su presencia.

    —Hola —masculló Danny estando ya de pie justo a su lado—. Jane, ¿cierto?

    La joven permaneció en silencio. Viéndola de más cerca, se dio cuenta no sólo del parecido con la mujer ya más cercana a su edad que había visto en el hospital, sino también a aquella jovencita con la que Abra había entablado una fugaz amistad. No había duda de que eran madre e hija

    —¿Puedo sentarme? —preguntó Dan a continuación, y en esa ocasión recibió al fin una respuesta, aunque fuera sólo un ligero asentimiento de su cabeza. Igual tomó su confirmación y se sentó a su lado en la arena—. ¿Esta playa es obra suya?

    —Me tranquiliza —pronunció al fin la versión más joven de la Sra. Wheeler, con su voz sonando un poco ausente—. Me trae buenos recuerdos, y algunos malos.

    —Al llegar a nuestra edad, eso ocurre con casi cualquier sitio, ¿no es así? —añadió Dan con cierto humor, aunque de nuevo no recibió una reacción de parte de su oyente—. Creo que conoce a mi sobrina, Abra. Ella quiso venir a ayudarla, aunque no sabía realmente en lo que se estaba metiendo.

    —Lo sé. La vi con mi hija, y sé que la salvó de ese chico. Estoy en deuda con ella, y no sólo por eso. Aunque ninguna de las dos debió meterse aquí en primer lugar.

    —Sí, bueno… meterse en problemas ajenos es lo que los Torrance hacemos mejor.

    —También los Wheeler, al parecer —comentó Jane de golpe, y por primera vez se notaba algo de chispa en su voz y en su mirada. Ambos incluso compartieron una pequeña risilla.

    —¿Está lista para volver?

    —Sí, creo que sí. Es ahora o nunca, ¿verdad?

    Pronunciada aquella declaración. Jane Wheeler se puso se puso de pie, y pasó sus manos por su vestido, arreglándoselo y limpiándolo de cualquier rastro de arena. Se dio media vuelta y comenzó a andar en la dirección contraria al mar. Danny hasta ese momento no se había atrevido a mirar hacia atrás, así que no sabía en realidad qué lo esperaba. Y en lugar de pararse y seguirla, permaneció sentado observando el hermoso océano por un instante más.

    —¿Viene, Sr. Torrance? —escuchó que le preguntaba a sus espaldas, aunque ya no era la voz apagada de una jovencita, sino la voz firme y segura de una mujer adulta.

    Y cuando al fin se animó a voltear hacia atrás por encima de su hombro, pudo verificar que en efecto la versión adolescente se había ido, y ahora quien estaba de pie a unos cuantos metros de él era una versión más cercana a la mujer que había visto en el hospital, de cabello castaño corto hasta los hombros, unos anteojos cuadrados, y un traje de pantalón y blazer azules.

    Dan sonrió, miró una última vez hacia el mar, y justo después se puso también de pie. La Sra. Wheeler volvió a caminar con paso firme en la arena, y Danny la siguió de cerca hasta que ambos se sumergieron por completo en una brillante y enceguecedora luz blanca.

    — — — —​

    Los ojos de Eleven se abrieron al fin por su propia cuenta, y la borrosa imagen del techo de su cuarto de hospital se volvió cada vez más clara. Al inicio le resultó un tanto confuso identificar dónde se encontraba, pero rápidamente el distintivo aroma y el pitido de las máquinas a las que la tenían conectada lo dejaron bastante en evidencia.

    Su cabeza le dolía, al igual que sus ojos. Y el resto de su cuerpo se sentía entumido, pero al menos aún lo sentía todo; desde la punta de los pies hasta sus orejas.

    Un pequeño pero notable ronquido la hizo respingar un poco, y la ayudó además a salir de tajo de su somnolencia. Se viró entonces lentamente hacia un lado de su cama, en dónde sentado en una silla con sus brazos cruzados y su barbilla apoyada contra su pecho, su esposo Mike parecía estar dormitando. Aunque por poco no lo reconoció. Su cabello era una maleja sin forma, la barba en su rostro dejaba bastante en evidencia que no se había rasurado en al menos una semana y media, y sus ropas arrugadas y un poco manchadas igualmente delataban que no se había cambiado en varios días.

    En lugar de sentirse espantada o confundida, una sonrisa divertida se asomó en el rostro aún adormilado de la mujer en la camilla. Así era Mike Wheeler. A pesar de los años, nunca había dejado de ser el mismo chico enamorado que no se separaba de su lado mientras se lo permitieran. Y era evidente por lo que veía que se había portado lo suficientemente terco como para que nadie pudiera impedírselo.

    —Oh, Mike… —murmuró de pronto, y el sonido de su voz provocó que el hombre en la silla se estremeciera, al principio un poco asustado al salir de su pequeño momento de sueño. Y cuando posó sus ojos en el rostro de su esposa, ésta lo miró de regreso con una amplia y hermosa sonrisa—. ¿No te has viso en un espejo últimamente?, estás espantoso —masculló Eleven con un tono burlón.

    Mike apenas y logró procesar las palabras que oía, pues su mente estaba más concentrada en intentar entender la realidad de que en efecto la estaba escuchando. Incluso se retiró sus anteojos por mero reflejo, temiendo por un momento que estos le estuvieran jugando alguna mala broma. Pero no, incluso sin ellos, seguía logrando ver el rostro de su amada Jane, mirándolo de regreso tan radiante como si se acabara simplemente de despertar de una pequeña siesta.

    —El… —pronunció Mike despacio, su voz casi temblándole—. Oh, Dios, ¡El! —exclamó de golpe, y logró entonces al fin reaccionar. Se paró apresurado de su silla, y casi se lanzó en contra de la mujer en la camilla, pero se contuvo lo suficiente para simplemente ponerse de rodillas a su lado y apretar su mano entre las suya con fuerza—. Dime por favor que no estoy soñando…

    —Espero que no —rio Eleven como respuesta, y extendió entonces su otra mano hacia el rostro de su esposo, pasando delicadamente sus dedos por su frente, sus cabellos y sus mejillas. El tacto de sus dedos contra su rostro hizo que todo se volviera mucho más real—. Ya estoy aquí, cariño…

    Mike soltó en ese momento una risa, nerviosa e involuntaria. Y sin contenerse más, se inclinó hacia ella abrazándola lo mejor que la camilla le permitía, y comenzando a llenarle su rostro entero de besos. Cada uno de estos iba acompañado de una plegaria de gratitud al cielo.

    —Por favor, rasúrate esa barba, ¿quieres? —musitó Eleven con tono de broma, sintiendo sus largos vellos rozándole su rostro con cada beso. Pero no lo apartó en lo absoluto, sino que incluso alzó sus débiles brazos para intentar abrazarlo lo mejor que pudo.

    A lo largo de su vida, ambos habían pasado por esa situación más veces de las que ninguno hubiera querido. Algo o alguien terminaba separándolos, ambos sufrían por ello a su modo, y al final terminaban reuniéndose desbordantes de felicidad. Era agradable para el corazón de Eleven saber que algunas cosas no cambiaban, y que por más veces que había sido engullida por la oscuridad, al emerger a la luz Mike siempre estaba ahí listo para recibirla.

    Pero también sabía que tarde o temprano, llegaría una última vez en la que alguno de ellos ya no volvería. Y esa ocasión se había sentido bastante más cerca de ello que las anteriores.

    La puerta del cuarto se abrió en ese momento, y Mike y Jane tuvieron que separarse lo suficiente para girarse hacia ésta. Los tres jóvenes Wheeler que iban entrando se quedaron como piedra en su sitio al contemplar la escena ante ellos, cada uno tardando su respectivo tiempo en terminar de procesarlo.

    —¿Mamá? —murmuró Terry totalmente desorientada. Y sólo hasta que Eleven le sonrió y asintió, ella y sus dos hermanos mayores lograron reaccionar por igual—. ¡Mamá!

    Rápidamente Terry se aproximó a la camilla, seguida de cerca (con un poco más de prudencia) por Jim y Sarah. A pesar de que una parte de él no lo quería, Mike se hizo a un lado para dejarles el camino libre a sus tres hijos. Terry prácticamente se subió a la camilla, aferrándose fuertemente a su madre y comenzando a sollozar contra su pecho. Jim y Sarah igualmente se las arreglaron para rodear a su madre en sus brazos, los tres al mismo tiempo.

    —Ah, mis pequeños… —murmuró Eleven, desbordante de alegría, rodeando a los tres con sus brazos como le fue posible.

    —Mamá, Dios santo —masculló Sarah con lágrimas en los ojos—. Nos tenías tan preocupados, maldita sea. —En su voz se percibía tanto felicidad como recriminación.

    —Lo sé, lo sé, y lo siento —susurró despacio la mujer del momento, y tomó la cabeza de su hija mayor para darle un fuerte beso en la corona de ésta—. Sé que los debí de tener muertos del miedo todo este tiempo. Y quisiera en verdad quedarme justo aquí en la cama con todos ustedes… Pero me temo que esto no ha terminado, y tengo trabajo que hacer.

    Los tres chicos, y también Mike, alzaron sus miradas al mismo tiempo hacia ella, totalmente confundidos de escucharla decir eso. Y antes de que alguno pudiera siquiera darle forma en su cabeza a alguna pregunta, la Sra. Wheeler se adelantó a dar su siguiente instrucción.

    —Jimmy, acércame la silla de ruedas, por favor —indicó, señalando con su mano hacia la silla colocada en un rincón de la habitación.

    Un tanto vacilante sobre qué hacer, Jim se viró hacia su padre en busca de algún tipo de confirmación. Éste, por supuesto, no se veía para nada contento.

    —Estás bromeando, ¿cierto? —exclamó Mike, sonando bastante cerca de ser un regaño—. ¿A dónde crees que vas? El, estuviste en coma varias semanas.

    —Créeme que no se me ha olvidado —murmuró Eleven, aunque bien parecía estarle restando importancia al asunto—. Pero necesito ir a hacer algo lo antes posible.

    —Lo único que necesitas es que Max y los doctores te revisen.

    —Y dejaré que lo hagan, lo prometo. Pero primero necesito hacer esto. Lo entiendes, ¿verdad? —Sus ojos se fijaron casi amenazantes en Mike, y dejó claro en la firmeza reflejada en estos que no daría su brazo a torcer al respecto; casi nunca lo hacía—. Descuida, el lugar al que quiero ir es aquí mismo en el hospital, por lo que entiendo. Así que bueno, ¿alguien me va a ayudar a levantarme o no?

    Los tres hijos Wheeler se miraron entre ellos un poco dudosos, aunque al igual que Mike sabían que no había precisamente mucho lugar a negociación cuando su madre se ponía en ese plan. Aunque, de cierta manera, eso les daba a los cuatro cierta tranquilidad, pues significaba que en verdad había vuelto; completamente.

    —Es imposible decirte que no, ¿cierto? —masculló Sarah con una media sonrisa, parándose de la camilla—. Trae la silla, Jimmy.

    El hijo de en medio sólo esperaba el visto de alguien más para poder cumplir el encargo, así que ante la indicación de su hermana mayor se apresuró al rincón para traer la silla de ruedas.

    Mientras le traían su transporte, Eleven fijó su atención en Terry. Ésta seguía recostada sobre ella, y tenía su rostro oculto contra su regazo. Eleven sintió que había más que sólo alegría por verla despierta; una parte de ella sentía también cierta vergüenza…

    —Terry, mírame —indicó El con un poco de severidad. La joven alzó su mirada lentamente hacia ella, casi de inmediato desviándola hacia otro lado en cuanto se encontró con los profundos y serios ojos de su madre.

    —Mamá, yo… —masculló despacio, dubitativa. No fue capaz de completar lo que quería decir, pero Eleven la comprendió.

    —Lo sé, Terry —susurró despacio, pasando su mano lentamente por sus cabellos—. Gracias por lo que intentaste hacer, pero te arriesgaste demasiado y sin motivo.

    Y aunque sus palabras sonaban claramente como un fuerte regaño, el punto final de éstas fue de hecho una cordial sonrisa, y un pequeño beso en la frente de su hija.

    —Me pregunto de quién lo heredaste —comentó con un pequeño rastro de humor, que terminó sacándole a Terry una pequeña risa más relajada.

    Jim se aproximó entonces con la silla de ruedas y la colocó justo a un lado de la cama.

    —Aquí tienes, mamá.

    —Gracias, querido.

    Eleven hizo el intento de levantarse por su cuenta, pero fue evidente casi al instante de que la debilidad de su cuerpo en general era mayor de la que había percibido al momento de despertar. Su primer reflejo fue virarse hacia Mike para pedir que el ayudara. Sin embargo, éste se encontraba cruzado de brazos, mirando hacia la pared, y prácticamente dándole la espalda. Esa debía ser su poco sutil forma de decir que no sólo estaba en desacuerdo, sino que encima le enojaba su decisión…

    El ver así a su esposo, quien hasta hace unos minutos la abrazaba y besaba lleno de alegría por verla de nuevo, le causó una pequeña punzada de dolor en el pecho. Pero no podía recriminárselo. Para él no debió ser nada sencillo verla en ese estado, cuidarla todos esos días, sin saber si volvería a despertar o no. Lo entendía, y si pudiera haría cualquier cosa para reconfortarlo y hacerlo sentir mejor. Pero no en ese momento…

    —Ayúdenme, por favor —le pidió a sus hijos en su lugar, extendiéndoles sus brazos. Sarah, Jim y Terry comenzaron a levantarla entre los tres para colocarla en la silla de ruedas.

    El no estaba tan acostumbrada a depender de otros. En verdad esperaba que esa debilidad no fuera a durarle demasiado. Después de todo, era muy probable que tuviera que viajar dentro de poco.

    — — — —​

    Dan Torrance tardó un poco más, pero al final sus ojos también se abrieron. Aunque en su caso no se encontraba en un cuarto privado, sino en una camilla más en el área de observación, separado del resto de los pacientes por unas cortinas azuladas. Aunque claro, él no percibió con tal detalle su alrededor hasta quizás un par de minutos después, conforme su mente fue dejando detrás lo que Dick bien había llamado como un “sueño”, aunque fuera algo bastante más complicado que eso.

    Y a diferencia de Eleven, tampoco tuvo a alguien con él al despertar, y a lado de su camilla sólo había una silla vacía. No sabía con exactitud cuánto tiempo había pasado, pero la ausencia de Abra lo inquietó bastante.

    Hizo el intento por reflejo de sentarse, pero cayó casi de inmediato de regreso a la camilla. Y no sólo porque sentía los brazos como espagueti, sino que de golpe comenzó a sentir un tremendo dolor de cabeza, como si se la estuvieran martillando por dentro. Una sensación que, tristemente, le resultaba un poco familiar.

    Su audaz movida al parecer fue suficiente para llamar la atención de una enfermera, que rápidamente se acercó a él.

    —Hey, tranquilo —murmuró con voz suave la mujer de uniforme blanco, colocando una mano sobre su pecho para que se recostara de nuevo—. Yo no intentaría levantarme aún, Sr. Torrance. Bienvenido sea de regreso al mundo de los vivos. ¿Cómo se siente?

    —Como si tuviera la peor resaca de mi vida, y eso es decir mucho —respondió con voz carrasposa, aunque sin amargura.

    —Descuide, de seguro se le pasará —indicó la enfermera con dulzura—. Y si no, tenemos muy buenos analgésicos para eso.

    —Preferiría dejar las drogas a las mínimas necesarias, por favor.

    —Cómo prefiera. Le avisaré a la Dra. Mayfield que ya está despierto, ¿de acuerdo?

    Dan asintió lentamente, apenas logrando mover su cabeza lo suficiente para ser apreciable. La enfermera comenzó entonces a alejarse de su camilla en busca de su médico.

    —Y su familia también está aquí —señaló la mujer antes de retirarse del todo—. De seguro se alegrarán mucho de saber que ya está con nosotros de nuevo.

    —¿Mi familia? —masculló Dan, un tanto perplejo. Pero antes de que pudiera preguntarle más, la mujer se esfumó de su vista detrás de la cortina.

    Quizás Abra sí estaba ahí después de todo. Si era así, sería una preocupación menos, y podría relajarse un poco. De hecho, quizás terminó relajándose de más, pues cuando menos se dio cuenta sus ojos terminaron cerrándose de nuevo. Y su mente dormitó un poco, siendo jalada de golpe a la realidad cuando la presencia de alguien al otro lado de la cortina se hizo evidente.

    Dan se giró en esa dirección, y por la figura pequeña y delgada que se percibía del otro lado, esperaba ver a su querida sobrina asomando su rostro risueño. Sin embargo, cuando la cortina se corrió hacia un lado, quien apareció era en efecto alguien muy parecida a Abra: su madre, Lucy Stone. Y en sus ojos no se reflejaba precisamente mucha felicidad como la enfermera había predicho… sino todo lo contrario.

    —Oh, no… —pronunció Dan despacio, más con frustración que preocupación. Que ella estuviera ahí en Indiana no era para nada una buena señal.

    Detrás de Lucy apareció unos segundos después su esposo, David. Éste se veía más contento de verlo, o al menos no tan molesto como su esposa.

    —Dan, qué bueno que despertaste al fin —pronunció el Sr. Stone con voz templada—. Nosotros…

    —¿Dónde está mi hija? —espetó Lucy de golpe, avanzando apresurada hacia la camilla.

    —¿Qué? —exclamó Danny, totalmente confundido.

    —¡¿Dónde está Abra, Daniel?! —pronunció Lucy con más fuerza, incluso azotando un poco su mano contra el colchón de la camilla. Su voz alta y chillante no ayudó en lo absoluto a que su dolor de cabeza mermara.

    —Lucy… No tengo ni la menor idea. Acabo de despertar, y ni siquiera sé qué día es. ¿Quieres bajar la voz?

    La Sra. Stone en efecto bajó el volumen de su voz, pero no por ello la molestia refulgente que envolvía.

    —Confíe que estaría a salvo contigo, ¡y terminas así! ¡Dejándola sola! ¡Y ni siquiera sabes dónde está! No me contesta su teléfono, y nadie en este pueblo a mitad de la nada sabe algo. ¡¿Dónde está mi bebé?!

    Dan permaneció apacible ante sus intensos reclamos. Había enojo en ella, claro, pero podía percibir también mucha angustia. Y ésta resultaba ser contagiosa, pues eso indicaba que efectivamente, Abra no estaba ahí.

    —Lucy, Lucy —masculló David despacio, tomando a su esposa de los hombros para apartarla sólo un poco de la camilla—. Discúlpala, Daniel; por favor. Han sido unos días muy difíciles…

    —Lo sé, y lo entiendo —respondió Daniel con mesura—. Pero escuchen, les prometo que, dónde quiera que se encuentre, Abra está bien.

    Aquello era casi una promesa vacía, pues no le constaba nada en realidad. Como bien había dicho, ni siquiera estaba seguro de en qué día se encontraba, y el estado actual de su sobrina era un caso similar. Aun así, estaba bastante convencido de que sus palabras de una u otra forma eran correctas; lo sabía.

    Alguien se aproximó en esos momentos a la camilla, y Dan pensó que era la enfermera de regreso con la doctora que dijo iría a buscar. Aquello le pareció improbable cuando se dio cuenta que la persona en cuestión venía en una silla ruedas.

    —Esté tranquila, Sra. Stone —escucharon los padres de Abra que pronunciaban a sus espaldas, haciéndolos girarse de inmediato.

    Detrás de ellos, visualizaron a una ya también despierta Jane Wheeler, de rostro cansado y ojeroso, pero bastante más respuesta. Detrás de ella, su hija Sarah empujaba la silla en la que iba sentada.

    —Lo que dice su hermano es cierto —indicó Eleven con prudencia—. Mi instinto me dice que su hija no sólo está bien, sino que a ella le debemos en parte el poder estar despiertos de nuevo. Así que debe sentirse muy orgullosa como madre.

    —¿Quién es usted? —cuestionó Lucy, notándose un tanto desconfiada.

    —Ella es la mujer que Abra vino a ayudar —se adelantó Danny a responderle. Lucy miró de nuevo a aquella persona, y en efecto le pareció un poco conocida de la foto que Abra les había mostrado fugazmente.

    Jane sonrió, y con un ademán de su mano le indicó a su hija que la aproximara más, y Sarah empujó la silla más cerca de la camilla. Lucy y David instintivamente se hicieron hacia un lado para dejarle el área libre, justo a un lado del lugar de reposo.

    —Sra. Wheeler —pronunció Danny, asintiendo levemente como saludo.

    —Sr. Torrance —le respondió ésta a su vez del mismo modo—. Es un gusto conocerlo al fin en persona. Creo que tenemos mucho de qué hablar, ¿no es cierto?

    —Me parece que sí.

    — — — —​

    Varias horas después de toda esta serie de sucesos, un lujoso vehículo color blanco salió a mitad de la tarde por una de las puertas traseras, y más discretas, del Vaticano. En sus costados o placas no llevaba escudo o emblema alguno que lo relacionara con su lugar de procedencia. Tampoco llevaba ninguna escolta, más allá del conductor y un hombre más, ambos miembros de la Guardia Suiza. Se movió de forma disimulada por las estrechas calles, dando algunos giros de más antes de tomar el camino directo a su destino: el antiguo Convento de Santa María de los Ángeles.

    Mientras que en Estados Unidos se hacía de madrugada y ese largo día llegaba a su fin, en Roma el día había apenas comenzando. De hecho, las cosas en la Santa Sede no tardaron en movilizarse tras el llamado matutino del padre Babatos. Los miembros del Scisco Dei se apresuraron de inmediato a intentar recaudar la mayor cantidad de información posible para tener la imagen completa, lo cual resultaba complicado pues no había nadie que supiera de momento todo lo que había pasado en realidad en Los Angeles. Y la historia parecía estar cambiando de un momento a otro conforme se comunicaban con su gente allá.

    Para el mediodía de Roma, Frederic dio un último y triste reporte a sus colegas, que terminó conmocionándolos aún más. Aquella última noticia cambiaba todo para algunos, mientras que para otros era un motivo de mayor peso para proseguir con el camino marcado. Pero en lo que la mayoría estaba de acuerdo era en que no se podía tomar una decisión final bajo esas circunstancias; no hasta que supieran más, y pudieran presentar el caso ante un comité de cardenales, o incluso ante su Santidad en persona. Aunque algunos pensaban que toda esa burocracia sólo les quitaría valioso tiempo; ya habían esperado diecisiete años, después de todo. Era necesario comenzar a moverse de inmediato, antes de que fuera demasiado tarde y sus enemigos les tomaran ventaja.

    Y a una de esas acciones necesarias era a la que obedecía esa cautelosa visita al Convento de Santa María de los Ángeles.

    El vehículo blanco se estacionó justo enfrente de la vieja casona de ladrillo rojo. Uno de los hombres de la Guardia Suiza, ataviado con un discreto traje negro y corbata, se apresuró a abrir la puerta del vehículo, mientras su compañero vigilaba atento a su alrededor. De la parte trasera se bajó un hombre alto y de hombros anchos, piel oscura y rostro rígido con notables marcas de la edad, con un atuendo mucho menos discreto que sus acompañantes: una sotana negra con un fajín rojo rodeándole el área de la cintura, y en su cabeza, de cabello grisáceo y muy corto, un solideo al juego con el color del fajín, además de un llamativo crucifijo dorado que le colgaba del cuello y reposaba sobre su pecho. Vestimentas claramente reconocibles como las de un cardenal de la iglesia.

    El hombre de sotana negra se paró frente a la alta puerta del convento, y uno de sus acompañantes se encargó de jalar la cuerda a un lado para hacer sonar la campana que avisaría de su presencia. Esperaron cerca de dos minutos, antes de que el otro lado se escuchara como alguien retiraba los candados y seguros. Del otro lado de la puerta se asomó el rostro malhumorado de una monja en hábito blanco y café. Sin embargo, su expresión entera cambió cuando sus ojos se posaron en el hombre de piel oscura ante ella.

    —¿Su Eminencia? —murmuró un tanto perpleja, llevando una mano a su pecho por la impresión—. ¿Qué hace aquí?

    —Hermana —saludó despacio el hombre en ropas de cardenal con tono respetuoso—. Disculpe que la importune sin aviso alguno, pero necesito ver a la chica cuánto antes.

    Los ojos de la monja en la puerta se abrieron por completo, totalmente azorados.

    —Ella… bueno, discúlpeme, Eminencia —murmuró un tanto vacilante la religiosa—. En estos momentos está en su tiempo de oración en la capilla, y no debería ser interrumpida…

    —Lo entiendo —respondió el cardenal con voz calmada—. Pero lo que debo hablar con ella es muy importante. Usted lo entiende, ¿no es cierto?

    —Sí, por supuesto… Pase, por favor.

    Rápidamente la hermana abrió por completo la puerta a su visitante, que agradeció el gesto con un pequeño asentimiento de su cabeza hacia la mujer. Antes de entrar les indicó a sus dos hombres que aguardaran afuera; era mucho mejor que hablara con dicha persona él solo.

    La monja dirigió al cardenal hacia la capilla, no sin que la presencia del hombre de negro llamara visiblemente la atención de algunas de las otras hermanas en su camino, además de algunos cuchicheos discretos entre ellas. A la mayoría sólo le sorprendía la presencia de un cardenal en el convento, mientras que unas pocas no tuvieron problema en de hecho reconocerlo. Era el Cardenal Phil Montgomery, jefe de la Oficina de Exorcistas del Vaticano. Y su presencia ahí resultaba no sólo inusual, sino incluso un poco inquietante.

    Su guía lo llevó directo a las puertas cerradas de la capilla, pero ella sólo llegó hasta ahí. Al igual que con los hombres que lo acompañaban, el cardenal le pidió a la monja que lo esperara afuera para poder hablar a solas con la única persona dentro, y ésta obedeció.

    La puerta de madera rechinó notablemente en el eco de la capilla cuando el cardenal ingresó. Sus pasos contra el suelo igualmente resonaron bastante mientras avanzaba cauteloso por el camino entre las filas de bancas de madera, todas vacías. Aun así, la novicia de pulcro atuendo blanco de rodillas frente al altar, no pareció percatarse en lo absoluto de su presencia. Su mente y corazón parecían totalmente sumidos en su oración, o quizás en algún sitio o tiempo distante; sólo ella y Dios lo sabrían.

    El cardenal se paró justo detrás de la joven mujer, y la contempló en silencio unos momentos. Tenía su cabeza agachada, sus ojos cerrados, y sus manos bien juntas delante de su pecho. La luz que entraba por el vitral superior de la capilla la bañaba directamente, como la estrella principal en un escenario. Su figura parecía un tanto pequeña y delgada, incluso un poco frágil. A su vez se veía un poco fuera del lugar en comparación con el escenario que la rodeaba, casi como si no estuviera ahí y fuera más algún tipo de ilusión que se evaporaría si acaso se atreviera a acercarse un poco más de donde estaba.

    —Loren —pronunció el cardenal de pronto, con prudencia, pero con la suficiente fuerza para que la joven lo escuchara.

    La chica en hábito blanco se sobresaltó en cuanto su presencia le resultó evidente, y rápidamente se viró sobre su hombro a mirarlo con sus grandes ojos azul grisáceo. Ella era en efecto de las habitantes de ese convento que reconocería a aquella persona sin ningún problema, pero el reconocerlo no hizo que su repentina presencia le resultara menos sorpresiva.

    —Cardenal Montgomery —murmuró Loren despacio, parándose del suelo y virándose por completo hacia él—. No esperaba su visita, Eminencia.

    —Disculpa que haya venido así, sin avisar —se excusó el cardenal, permitiéndose dar un paso más hacia ella—. Y en serio me gustaría que nos hubiéramos vuelto a ver en otras circunstancias, pero me temo que he venido a traerte muy tristes noticias. Nos han informado que el padre Jaime Alfaro falleció hace unas horas, durante su misión en los Estados Unidos.

    El cuerpo entero de la novicia se estremeció al oír aquellas palabras, e incluso su rostro pareció palidecer un poco. Sus ojos se abrieron grandes, casi desorbitados, y sus labios se separaron levemente con la intención de decir algo, aunque al final lo único que pudo salir por ellos fue un escueto:

    —¿Qué…?

    —Su muerte es una gran pérdida para todos —añadió el Cardenal Montgomery, extendiendo sus manos al frente en forma de plegaria—, pero debemos consolarnos en saber que ahora está al lado del Señor, como el valiente soldado de Dios que siempre fue.

    Las palabras del cardenal eran elocuentes, y quizás esperaba que la joven delante de él las complementara con un respectivo “Amén”. Sin embargo, Loren no dijo nada. Su mirada estupefacta se viró lentamente hacia un lado, mientras intentaba de alguna forma terminar de entender lo que acababan de decirle.

    ¿El padre Jaime estaba muerto? Pero si acababa de verlo ahí mismo, hace sólo unos días. Habían estado sentados el jardín comiendo un pandoro y conversando casualmente sobre su próxima misión, incluso burlándose un poco que de seguro sería de nuevo un “inconcluso”. Y antes de irse él le había pedido que le diera su bendición, y ella se le había dado…

    “Qué la bendición de Dios Omnipotente, del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, descienda sobre usted, lo acompañe en su viaje y lo traiga de regreso con bienestar a casa. Vaya sin miedo, soldado del Señor.”

    ¿Y ahora le decían que estaba… muerto? ¿Él también?, ¿al igual que todas las personas que habían significado algo importante en su vida? ¿De qué había servido su bendición? ¿De qué servía las cosas que podía hacer si no era capaz de proteger siquiera a una persona…?

    Sintió que sus piernas flaqueaban, y se apresuró rápidamente a sostenerse con ambas manos de una banca cercana para evitar caerse. El cardenal Montgomery hizo el ademán de querer aproximarse a ella para auxiliarla, pero Loren rápidamente alzó una mano en su dirección, indicándole que se detuviera; que estaba bien. El cardenal en efecto permaneció en su sitio, recuperando rápidamente su posición firme.

    —Entiendo tu fuerte impresión, Loren —murmuró el Montgomery con recato—. Sin embargo, debes saber que su muerte no ha sido en vano.

    Al oír aquello, la joven logró serenarse lo suficiente para mirarlo de nuevo. El cardenal agregó de inmediato:

    —Se nos ha notificado que el padre Alfaro tuvo éxito en el encargo que le fue dado. Y antes de morir, declaró al padre Babatos del Scisco Dei la identidad del sujeto que hemos estado buscando. Lo hemos encontrado, Loren. Luego de tantos años, al fin lo encontramos. En cuanto expongamos el caso y convenzamos a Su Santidad y los demás cardenales, la Orden Papal 13118 será ejecutada.

    Loren pareció de nuevo sorprendida por la nueva noticia, aunque por motivos diferentes. Sintió que las fuerzas le volvían al cuerpo, y logró de nuevo pararse derecha como hasta hace un rato.

    ¿El padre Jaime lo había encontrado? ¿El sospechoso que había ido a ver a los Estados Unidos resultó no ser un “inconcluso”? ¿Resultó ser el candidato real esta vez…?

    “¿Qué opinas?”, le había preguntado el sacerdote español al mostrarle la fotografía de aquel muchacho. “Su nombre es Damien Thorn.”

    —Damien Thorn —repitió con voz baja, de una forma muy similar a cómo lo había hecho también aquel día. Pero en esa ocasión, aquel nombre tomaba un sentido totalmente distinto a ese entonces. Parecía al fin significar algo más…

    “Es como si sus ojos fueran dos profundos agujeros, y a través de ellos no viera nada más que oscuridad absoluta. No buena o mala… sólo oscuridad.”

    Esas eran las palabras que ella misma había usado para describir a aquel muchacho la primera vez que vio su foto. Entonces era él… todo este tiempo había sido él. Desde ese momento debió haberlo sabido. Pero eso no importaba porque ahora lo sabía.

    —Entiendo —murmuró despacio, virándose lentamente de regreso al altar. Alzó entonces su vista por completo hacia la figura de Jesús en la Cruz que se posaba sobre todo lo demás, y cuya sombra proyectada por la luz del sol que entraba por el vitral comenzaba a alargarse sobre ella—. Entonces al fin ha llegado el momento de que cumpla con mi destino. Debo destruir al Anticristo…

    FIN DEL CAPÍTULO 113
    Notas del Autor:

    Como dije en alguna ocasión, si esta historia fuera una serie, este capítulo sería el final de la Segunda Temporada. Y como ven, se siembran las bases de lo que sería la Tercera, y quizás Última, Temporada. ¿Cuántos capítulos serán esos? Ni idea. Pero pueden intuir sin duda que hay mucho que contar todavía, algunos personajes nuevos por conocer, y algunas tramas que desarrollar. Así que aún tenemos Resplandor entre Tinieblas para un rato más. Espero estén disfrutando este largo, largo viaje, y que sigan disfrutando lo que vendrá a continuación.

    De momento nos tomaremos un pequeño receso antes de seguir con el siguiente capítulo, para asentar las ideas, terminar de planear algunas cosas, y también dedicarle un poco de tiempo a otras historias. Y también sería un buen momento si alguien desea darle una repasada a los capítulos anteriores, por si siente que algo se le pudo haber escapado. Pero no se preocupen, que volveremos más pronto de lo que creen. Así que nos vemos en el siguiente capítulo.
     
  14.  
    WingzemonX

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    Resplandor entre Tinieblas
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    Misterio/Suspenso
    Total de capítulos:
    119
     
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    9196
    Resplandor entre Tinieblas

    Por
    WingzemonX


    Capítulo 114.
    Código 266

    Debido a la naturaleza del trabajo que se realizaba en el Nido, en el cuál la mayor parte del tiempo su personal permanecía en la base con poco o casi nulo contacto con el exterior, era importante tener a la mano todo lo que se pudiera ocupar en el día a día. Eso incluía, por supuesto, alimentos y artículos de aseo personal como jabón, champú, cremas, desodorantes, etc. Y claro, también medicamentos de todo tipo para cualquier malestar menor o mediano que pudiera afectar las labores de algún empleado. Pero un producto que no era tan común que se pidiera, era precisamente una prueba de embarazo, como la que Lisa Mathews se vio necesitada a solicitar tras debatirse largo tiempo entre hacerlo o no.

    Sabía que aquello era una tontería; por supuesto que no estaba embarazada. En cada una de las ocasiones que tenía relaciones con Cody usaban preservativo; ambos eran bastante cuidadosos con ello. Además, la última vez que estuvieron juntos fue… ¿hace unas semanas? El tiempo en el interior de esa base parecía correr de una forma extraña, así que en realidad no estaba segura. Pero cuando hubiera sido, ya para esos momentos debería tener algún síntoma, ¿o no…?

    Aun así, no podía quitarse de la cabeza lo que esa chica, la tal Gorrión Blanco, le había dicho más temprano.

    “Y… ¿cómo está su bebé?”

    “Su bebé. ¿Está creciendo bien? ¿Cuánto tiempo tiene?”

    “Claro que sí. Yo lo sentí ese día, estoy segura…”

    ¿Qué trataba de decirle? ¿Qué tenía la capacidad de saber cuándo alguien estaba embarazada con tan sólo tocarla? Qué locura… Aunque, luego de ver todo lo que había hecho en ese quirófano, no se sentía capacitada para decir qué era lo que esa chica podía hacer y qué no.

    Además, su periodo aún no le había llegado, y tampoco era del todo consciente de si ya debería haberlo hecho o no; ese lugar en verdad estaba haciendo estragos en ella.

    Estuvo toda la tarde dándole vueltas a ese asunto, una y otra vez, mentalmente colocando en columnas los motivos de por qué sí y por qué no la idea era simplemente absurda. Pero al final, la opción más lógica para salir de dudas terminó siendo la ganadora en su camino a seguir.

    En su primer intento en la farmacia de la base, le habían indicado que no tenían pruebas de embarazo, pero un par de horas después le informaron que la habían conseguido, sin dar mayores detalles del cómo. Ya en la soledad de su habitación, debió leer las instrucciones del empaque unas diez veces, aunque éstas no eran en realidad tan complicadas. Cuando estuvo mental y físicamente lista (tomando casi toda una botella de agua para lo segundo), se dirigió a su baño, hizo lo que tenía que hacer, y dejó la prueba sobre el lavamanos. Salió del baño, sentándose en la orilla de la cama a esperar los diez minutos que el empaque decía que tomaba, aunque terminó aguardando en realidad cerca de media hora; para que no hubiera errores.

    Estando ahí sentada, sola y en absoluto silencio, mil cosas le pasaron por la cabeza, aunque por algún motivo la principal era la última noche en la que estuvo con Cody. Fue la misma en la que discutieron de nuevo por renuencia de él a quedarse a dormir, o que ella se quedará con su casa. Y también la noche en que recibió la llamada de su “amiga”, la tal Ma… ¿Cuál era su nombre?

    Ya en retrospectiva, tras lo que le había mostrado días después en su espontánea visita a su trabajo, y todo lo que ella había visto en ese sitio desde que llegó, aquella discusión ya le resultaba más que absurda. Sólo quería volver a casa, recuperar su vida normal, y dejar esta locura de bases secretas y gente con habilidades psíquicas muy atrás, y poder arreglar las cosas con Cody.

    «Pero Cody es parte de esta locura también» pensaba con cierta amargura. Eso significaba que aun dejando ese sitio, no podría dejar atrás todos esos asuntos si su novio podía hacer que mariposas imaginarias, o más cosas sacadas de sus sueños, se hicieran reales.

    Y, ¿cuál era la alternativa? ¿Terminar la relación? ¿Y si era cierto que estaba embarazada e iban a tener un hijo? ¿Sería capaz de seguir con una persona que podía hacer ese tipo de cosas? ¿Alguien con la que quizás nunca podría dormir en la misma cama…?

    «Todo esto es una mierda» se decía a sí misma llena de frustración, mirando fijamente la alfombra del cuarto bajo sus pies. Era increíble como su vida se había complicado tanto en sólo unos cuántos días.

    Cuando al fin tuvo el valor suficiente, se dirigió al baño para enfrentar lo que fuera que la estuviera esperando ahí. Al inicio no se atrevió a tomar la prueba, así que sólo se inclinó lo suficiente sobre ella para poder ver el resultado en la pequeña pantalla rectangular. Sin embargo, tras ese primer vistazo, se vio forzada a rápidamente tomarla entre sus dedos y acercarla para poder verla de más cerca.

    Sólo una clara línea roja.

    Un resultado negativo, según las instrucciones del empaque.

    No estaba embarazada; justo como ella ya lo sabía.

    Dejó caer sus brazos hacia los lados, sujetando aún la prueba en una de sus manos. Eso calmaba todas sus dudas, y debería darle la serenidad que necesitaba. Pero, extrañamente, no lograba hacer ninguna de las dos cosas.

    No se sentía aliviada por el resultado…

    ¿Acaso estaba decepcionada? ¿Acaso quería que el resultado fuera positivo? Eso no tenía sentido. Pero, siendo honesta consigo misma, nada en toda esa situación tenía sentido en realidad.

    Con algo de molestia, tiró la prueba a la papelera del baño, y se dirigió presurosa hacia afuera de la habitación. No tenía claro al inicio a dónde iría, pero al final decidió ir por un chocolate a la máquina expendedora del nivel inferior. Ya había comido un chocolate ese día, pero le daba igual. Sentía que era justo lo que necesitaba en esos momentos.

    Mientras aguardaba el ascensor, y posteriormente bajaba por éste, comenzó a reflexionar sobre a qué se debía su reacción tan adversa al resultado de la prueba. Si intentaba jugar un poco a la psicóloga, diría que no era tanto que en verdad deseara estar embarazada, sino que el estarlo le quitaba cierto grado de responsabilidad en su decisión de qué hacer con respeto a Cody. Claro, el tener un hijo en común no obligaba a ninguno a estar con el otro, pero… les daba un motivo de peso para considerarlo e intentarlo.

    Pero ahora que no había bebé en el panorama, todo quedaba de su lado.

    «Todo esto es una mierda» Se repitió en su cabeza mientras salía del elevador y avanzaba hacia la máquina expendedora. Ni siquiera se detuvo mucho a pensar en que fue en ese mismo sitio donde Gorrión Blanco le había dicho aquellas palabras.

    Se paró frente a la máquina y pasó su mirada por los productos exhibidos, aunque ella ya de antemano que quería una maldita barra de chocolate, la más grande que hubiera. Totalmente en contra de su régimen de alimentación, pero le daba igual.

    Mientras rebuscaba algo de cambio en su bolsillo, maldecía en silencio a Cody por no haberle dicho antes que existían personas como él. Maldecía a su empresa por mandarla a ese proyecto secreto sin decirle nada. Maldecía al Dr. Shepherd por ser directamente responsable de haberla metido en eso. Al Dir. Sinclair, al Capt. McCarthy, al Sgto. Schur, hasta al Dr. Takashiro por haber muerto de esa forma tan horrible y haberla dejado sola con todo ese embrollo.

    Y, por supuesto, maldecía a Gorrión Blanco, o cualquiera que fuera su nombre. No le bastaba con tenerla aterrorizada luego de lo que vio en ese quirófano, sino que ahora encima se metía en su cabeza haciéndola creer que estaba…

    Ya no importaba; nada de eso importaba realmente. Solamente el volver a casa lo más pronto que pudiera.

    Su deseo espontaneo por chocolate, o quizás lo más correcto era llamarlo berrinche, terminó quedando únicamente en intenciones. Antes de que pudiera sacar el total necesario del bolsillo de su pantalón, el estridente bramido de una alarma resonando la hizo exaltarse asustada, incluso tirando algunas de sus monedas. Unas luces de color naranja comenzaron a parpadear una y otra vez, alumbrando todo el pasillo, acompañando el estridente ruido de la alarma.

    —¿Qué demonios…? —musitó confundida, y bastante asustada. Una alarma de emergencias sonando en una base militar secreta; eso no podía ser bueno.

    Se agachó rápidamente a recoger sus monedas, pero casi al mismo tiempo vio por el rabillo del ojo a un grupo de tres soldados, todos portando firmemente sus armas largas de asalto en sus manos, aproximándose con paso firme por el pasillo en su dirección. Sus miradas duras, casi agresivas, y por un momento Lisa se sintió intimidada por aquello. ¿Acaso iban por ella…?

    Lisa tuvo el repentino reflejo de correr hacia al ascensor. Pero antes de que pudiera moverse, uno de aquellos hombres le dijo con voz firme, más no del todo amenazante.

    —Señorita, vuelva a su habitación.

    —¿Por qué? —musitó Lisa despacio, virándose hacia ellos—. ¿Qué ocurre?

    —Todo el personal no militar debe quedarse en sus habitaciones hasta que se les indique —añadió el mismo hombre del mismo modo. Cuando llegaron a su encuentro, el soldado colocó una mano en su espalda, y con algo de insistencia comenzó a guiarla hacia el elevador.

    —¿Todo está bien? —cuestionó Lisa, ya no preocupada porque esos hombres quisieran hacerle algo, pero sí por si acaso estuviera bajo la mira de algún misil nuclear o algo parecido.

    —Es sólo un Código 266 —le indicó el soldado son sequedad, presionando el botón del ascensor. Las puertas se abrieron en ese mismo momento, y prácticamente empujó a Lisa hacia adentro, que avanzó torpemente apenas logrando no caer—. Sólo serán unos minutos —añadió por último, antes de estirarse al panel del ascensor y presionar el botón del nivel del dormitorio de Lisa. Luego salió, dejándola subir sola hasta su destino.

    Lisa miró fijamente las puertas cerrarse, e incluso cuando la cabina cerrada comenzó a subir siguió mirándolas del mismo modo, como si esperara que en algún momento el soldado apareciera del otro lado y pudiera responderle de mejor forma sus preguntas. Como, por ejemplo:

    —¿Qué carajos es un Código 266?

    — — — —​

    De haber aceptado el nuevo trabajo de le ofrecían, Lisa hubiera conocido a mayor detalle los procedimientos estandarizados de uso interno del DIC. Y de esa forma se habría enterado que un Código 266 implicaba la trasportación de un prisionero peligroso, fuera o dentro de las instalaciones. Y en el caso del Nido, para la seguridad de todo el equipo científico residente, era imperativo que permanecieran resguardados en sus habitaciones hasta que el prisionero en cuestión estuviera resguardado o se les diera alguna otra instrucción por los altavoces del sistema de seguridad.

    Y esa noche en cuestión, en efecto estaba por arribar a la base justamente un prisionero peligroso. De hecho, estaban por llegar dos.

    Dos helicópteros negros sobrevolaban el apartado bosque, en dirección a la base en el interior de aquel risco. Lucas y McCarthy se encontraban de pie en el helipuerto, acompañados de un número considerable de soldados de la base, todos fuertemente armados y con la orden de disparar si es que cualquier cosa fuera de lo esperado ocurría. Las luces de la pista de aterrizaje alumbraron los dos transportes, mientras algunos miembros del personal de apoyo les daban instrucciones para poder aterrizar. Los dos helicópteros bajaron poco a poco, y cuando estaban a un par de metro del suelo todos los soldados en tierra tomar sus armas y apuntaron al frente al mismo tiempo, listos para actuar a la primera señal.

    Era claro que todos se encontraban bastante nerviosos; todos, excepto el Dir. Sinclair. Lucas de hecho observaba los dos helicópteros descendiendo con una singular emoción en su mirada, una que muy seguramente ninguno de los que lo acompañaban compartía, o siquiera entendía.

    Una vez que los helicópteros estuvieron estacionados y sus motores se fueron apagando, las compuertas laterales se abrieron, y rápidamente otro grupo de militares comenzó a bajar de cada uno una camilla, ocupada por una persona. Siguiendo el procedimiento, cada uno debía estar fuertemente sujeto con correas de cuero de manos, tobillos, cintura y cuello, además de estar ambos profundamente inconscientes, conectados por intravenosa a su respectiva dosis del ASP-55 para mantenerlos en ese estado todo el tiempo que fuera requerido.

    Lucas se aproximó al prisionero que se encontraba más próximo a su posición, y McCarthy lo siguió. Les hizo un ademán con la mano a los hombres que la cargaban para que se detuvieran un momento, y así poder apreciarla mejor. Le resultó un tanto difícil de creer en un inicio, incluso al estar de pie a su lado y verla de cerca. Pero él la conocía bastante bien como para no estar segurp de que, en efecto, era justo quién parecía ser.

    —Luego de casi tres décadas de cacería, el DIC al fin te atrapó, Charlie —murmuró Lucas despacio, como si esperara que la mujer inconsciente delante de él le respondiera de alguna forma. Pero Charlene McGee continuó con sus ojos cerrados y su rostro placido, disfrutando de un agradable sueño, cortesía del ASP-55.

    Permaneció en silencio unos momentos contemplándola, e intentando digerir ese momento casi catártico para él. Aunque su lugar en el DIC se había extendido a muchas causas más allá de la famosa mujer de los ojos de fuego, era difícil ignorar que su involucramiento en ese asunto empezó en parte justamente por ella. Charlie y él habían estado jugando al gato y al ratón por muchos años, y ahora al fin la había atrapado. Había tenido éxito donde sus predecesores fallaron.

    Debía sentirse emocionado, ¿no? En parte lo estaba, pero también lo agobiaba un poco la pena. Después de todo, hubo una época, ya tiempo atrás, en que esa mujer había sido su amiga, justo igual que Eleven. Pero cada uno había tomado sus decisiones, mismas que claramente los habían llevado por caminos muy diferentes.

    Les hizo a los soldados un ademán con su cabeza, indicándoles que procedieran. Los hombres así lo hicieron, aproximándose al elevador más amplio para bajarla al área médica de contención, mientras Lucas los observaba.

    —Debe sentirse orgulloso, señor —comentó McCarthy a su lado, con estoicidad—. La captura de Charlene McGee es un gran logro para el DIC. Los jefes estarán contentos.

    —Me imagino que sí —comentó Lucas con apenas un poco de entusiasmo—. Pero antes de entregarla y que rinda cuentas por sus crímenes, hay varias cosas que quiero hablar con ella. Una vez que esté asegurada en su nueva caja, claro.

    Mientras ambos hablaban, se aproximaron a otra de las camillas que bajaban de los helicópteros. Lucas pensó que esta llevaría al otro de los prisioneros, pero se sorprendió un poco al ver que en realidad la persona recostada ella era Gorrión Blanco. La joven agente estaba semiconsciente, conectada también por intravenosa, aunque claramente no al ASP-55 sino a otro tipo de medicamentos. Le habían limpiado lo mejor posible la sangre del rostro, aunque aún existían en sus ojos rastros de aquella hemorragia.

    Cuando Lucas y McCarthy se pararon a lado de la camilla, la joven mujer se giró débilmente hacia ellos, abriendo y cerrando los ojos un par de veces.

    —¿Te encuentras bien, Gorrión Blanco? —fue McCarthy el que se animó al final a preguntar—. ¿Puedes oírnos?

    La joven siguió intentando enfocar su mirada en ellos, pero ninguna palabra surgió de sus labios.

    Francis Schur se bajó en ese momento del mismo helicóptero, apoyado por dos de los solados en tierra. Él también estaba lastimado, y tenía uno de sus brazos sujeto a su cuello para que no lo moviera demasiado, además de algunos raspones y cortadas a medio tratar en el rostro. Sin embargo, al menos aún podía caminar.

    —Capitán, director —saludó a ambos superiores, ofreciéndoles el saludo militar con su mano libre.

    —Descanse, sargento —le indicó McCarthy, y Francis le tomó la palabra adoptando una postura más cómoda.

    —¿Gorrión Blanco salió herida durante la confrontación? —inquirió Lucas, más curioso que preocupado.

    —Ella cumplió excepcionalmente con su misión, señor. Logró someter al objetivo, pero esto al parecer fue a costa de un gran esfuerzo de su parte. Se encuentra ahora muy débil, y se ha mantenido inconsciente durante la mayoría del viaje. Sin embargo, lo que me preocupa es que sangró bastante mientras se enfrentaba a aquel individuo.

    —¿Por su nariz? —cuestionó Lucas.

    —No sólo por su nariz, señor. Sino también por sus ojos, su boca, sus oídos… No fue sólo como las leves hemorragias nasales que yo también he experimentado. Me pareció que fue algo mucho más grave.

    Lucas lo observó pensativo al escuchar aquella descripción. Pensaba que podría ser un efecto similar al que le ocurría a Eleven cuando usaba sus poderes con bastante intensidad, pero… Sí, eso sonaba a algo más serio que eso.

    —Llévenla a la enfermería —ordenó Lucas con seriedad—. En cuanto se apague la alarma, que el Dr. Shepherd la revisé.

    Los soldados que cargaban la camilla se apresuraron a cumplir la indicación. Pero antes de que se alejaran, Gorrión Blanco extendió abruptamente su mano hacia Francis, tomando dos de los dedos de su mano libre, apenas logrando rodearlos débilmente con los suyos.

    —Sargento… —susurró lánguidamente la chica en la camilla. Viró también su rostro hacia él, intentando mirarlo. Su mirada ausente apenas parecía poder darse cuenta de en dónde se encontraba la persona que buscaba.

    —Está bien, ya estás segura —le murmuró Francis despacio, y con delicadeza retiró su mano de la suya, colocándola de nuevo en la camilla—. Te alcanzaré en un minuto, ¿está bien?

    Carrie asintió lentamente, y se permitió de nuevo cerrar los ojos. Los soldados que la cargaban se la llevaron hacia los elevadores.

    —Veo que ha cultivado una relación de confianza con la chica —señaló Lucas de pronto, sonando casi como una acusación—. Sólo no se le olvide quién es en realidad y de lo que es capaz. Usted mismo lo vivió de primera mano.

    —Lo tengo claro, señor —fue la respuesta corta y concisa del sargento Schur. Tenía más cosas que quería decir, pero sabía que no eran apropiadas de pronunciar en ese sitio, y en especial ante esas personas.

    —¿Dónde está el otro prisionero?

    Francis comenzó a avanzar hacia uno de los helicópteros, y Lucas lo siguió, al igual que el capitán McCarthy. Mientras caminaban, el sargento les explicaba lo mejor que podía la situación, aunque ésta era de hecho bastante confusa incluso para él.

    —Las lesiones del objetivo eran bastante más graves. Así que para el transporte, y para prevenir posibles infecciones, se sugirió hacerlo dentro de una cámara hiperbárica portátil.

    Por una de las compuertas laterales del helicóptero, varios soldados se encontraban en ese momento descendiendo otra camilla, aunque ésta tenía encima lo que a parecía a simple vista una larga bolsa de tela inflada, conectada a varios dispositivos que otro par más de soldados se encargaba de bajar. En la parte frontal de la bolsa, se encontraba una película transparente que servía como ventanilla al interior. De esa forma, cuando Lucas y McCarthy se pararon a un lado de la tercera camilla, pudieron echar una mirada a la persona dentro de ella.

    Obviamente, Damien Thorn permanecía también inconsciente; tenía una mascarilla de oxígeno en el rostro, por la cual también le administraban sedante para mantenerlo así. Traía además puesta una bata corta de hospital totalmente blanca, que le cubría principalmente el torso. Aun así, ni la mascarilla ni la bata lograban ocultar del todo el estado de su cuerpo, pues aún en sus brazos, piernas, y en especial en su rostro, eran notorias las quemaduras con forma de enormes manchas oscuras en su piel. Sin embargo, alrededor de aquellas manchas marrones y rojizas, se hallaban contornos sonrosados, y conforme más se alejaban de las heridas podía percibirse piel completamente sana. Incluso cerca de dos tercios de su cabello había vuelto a poblar su cabeza.

    —No estamos aun totalmente seguros de lo que ocurrió —señaló Francis mientras sus superiores observaban al muchacho en el interior de la cámara—, pero creemos que Charlene McGee y él estuvieron enfrentándose antes de que arribáramos, y terminó gravemente quemado por ésta.

    Lucas asintió.

    —Sabiendo de lo que es capaz de hacer esa mujer, podríamos decir que no le fue tan mal.

    —Director, es que… —Francis vaciló un poco antes de animarse a complementar lo que deseaba. Sin embargo, la mirada inquisitiva de Lucas lo obligó a proseguir—. Su estado era considerablemente peor en cuanto arribamos al sitio. Literalmente todo su cuerpo había quedado quemado e irreconocible, prácticamente hecho carbón. Y aun así seguía de pie, moviéndose, y logró matar a al menos cinco de los hombres del capitán Albertsen, incluido el sargento Lewis. Fue… algo totalmente surreal. Nunca había visto algo así.

    Lucas y McCarthy lo miraron con marcado desconcierto al escuchar tan extraña declaración.

    —Pero —masculló McCarthy muy confundido—, si dices que su cuerpo estaba quemado por completo hace unas horas —señaló en ese momento directo a la ventanilla de la cámara—. ¿Cómo es que se ve tan recuperado en estos momentos?

    —Eso es lo más extraño de todo —señaló Francis rápidamente—. Durante el viaje, su cuerpo… No sé cómo explicarlo. Parece estarse curando poco a poco por sí solo. De manera espontánea, y sin tener que aplicarle ningún tratamiento adicional.

    —¿Cómo Wolverine? —soltó Lucas de pronto por mero reflejo.

    —¿Cómo dice, señor? —inquirió Francis, un poco perdido por la repentina mención. Y en la mirada de McCarthy fue evidente que él compartía el mismo sentimiento.

    Lucas carraspeó un poco su garganta y se viró hacia otro lado. Se sintió apenado de pronto al darse cuenta de que acababa de hacer una referencia quizás demasiado geek para sus dos oyentes. Como fuera no tenía caso explicarla, así que prefirió mejor fingir que no había dicho nada.

    —Igualmente que el Dr. Shepherd lo revise a fondo —indicó con voz de mando, la cual sonaba quizás más grave de lo habitual—. Quizás él pueda darnos un poco de luz sobre el asunto.

    Les indicó con un ademán de su cabeza y su mano a los hombres para que se llevaran al último prisionero.

    —Usted también vaya a que lo revisé el equipo médico, sargento Schur —musitó justo después, girándose de nuevo hacia Francis—. Y tomé un merecido descanso, que se lo ha ganado. Hizo un excelente trabajo.

    —Gracias, señor. Pero como dije, todo fue gracias a la labor de Gorrión Blanco.

    —Lo tomaré en cuenta. Ahora, vaya.

    Francis se paró firme y le ofreció a ambos un último saludo militar de despedida, antes de aproximarse también a los elevadores junto con la camilla de Thorn.

    Cuando estuvo lo suficientemente lejos, McCarthy se aproximó un poco más a Lucas para poder susurrarle despacio:

    —¿Cree que sea algo parecido a los UX?

    —No lo sé —respondió Lucas con estoicidad—. Es algo que supongo que Russel podrá decirnos con mayor seguridad. Lo importante es que lo tenemos, y ya no será un peligro para nadie. Ni él, ni tampoco Charlene McGee.

    Alzó en ese momento su muñeca izquierda, revisando rápidamente la hora en su reloj. Hizo unos cálculos rápidos en su cabeza, y entonces se dispuso a él también bajar en otro de los elevadores.

    —Si me disculpas, Davis, tengo que hacer unas llamadas. Puedo usar tu oficina, ¿correcto?

    —Sí, señor —le respondió McCarthy—. ¿Llamará a los jefes de la Agencia para reportarles lo ocurrido?

    —Quizás más tarde. Pero primero, creo que hay una persona que agradecerá mucho se le avisé primero que nadie la aprehensión de Charlene McGee.

    McCarthy asintió sin hacer más preguntas. Se pudo hacer fácilmente una idea de a quién se estaría refiriendo.

    Lucas se abotonó su saco, y caminó con porte seguro hacia los elevadores. De una u otra forma, esa era su noche.

    — — — —​

    Lucas bajó a la oficina de McCarthy como había indicado, aunque tuvo que esperar un poco más a que el Código 266 terminara, y la alarma se apagara. Sólo hasta entonces los canales de comunicación seguros fueron restablecidos, y logró hacer la llamada que había comentado; o, más bien, video llamada.

    Una vez que le confirmaron que tenía la vía libre, Lucas se sentó en una de las sillas frente al escritorio de McCarthy, y colocó sobre éste su computadora portátil. Como era de esperarse, el canal de comunicación cifrado del DIC era para uso exclusivo de sus agentes activos, y sus superiores en la Agencia. Sin embargo, había algunas pequeñas excepciones; personas que, aunque no eran en esos momentos miembros activos del DIC, tenían esa vía de comunicación para ocasión especiales o emergencias. Esa en especial era un poco ambas.

    Lucas se conectó, inició la llamada y contempló paciente la pantalla de la computadora con la animación de cargado, esperando a que la persona del otro lado respondiera. Sabía que era posible que no estuviera disponible a esa hora, por lo que quizás tuviera que esperar hasta el día siguiente. Sin embargo, justo cuando estaba a punto de desistir, la llamada al parecer fue aceptada, y el icono de conexión de la persona se volvió visible en la interfaz de la aplicación.

    La cámara se encendió, y tras unos instantes el rostro de Lucas se proyectó en la esquina inferior derecha de la pantalla, mientras el resto de ésta era ocupada por la imagen de una mujer mayor, de piel oscura, rostro alargado y delgado, cabello corto rizado y oscuro, con algunas canas asomándose por debajo del tinte. En el rostro traía unas gruesas gafas de armazón negro, sujetos a una cadena que colgaba de su cuello, mismos que tuvo que acomodarse para poder ver bien la pantalla. Estaba envuelta en una gruesa bata color rojo, por lo que Lucas intuyó que quizás en efecto la había sacado de la cama. Y eso, por el semblante de marcada molestia que tenía, evidentemente no le había agradado del todo.

    —¿Tienes idea de la hora que es, muchacho? —mustió la mujer en la pantalla con voz carrasposa.

    —No realmente —respondió Lucas con tono relajado—. Pero no debe ser tan tarde si te encontré despierta.

    La mujer en la pantalla soltó un sonoro quejido de hastío al aire como respuesta a ese comentario.

    —¿Qué es lo que quieres? Si me llamas por aquí y a estas horas, no debe ser por nada bueno.

    —Depende de cómo lo veas. Solamente creí que te gustaría ser la primera en enterarte.

    El entrecejo de la mujer se arrugó, y sus ojos se entrecerraron detrás de los anteojos en una suspicaz expresión de intriga. Todo su rostro gritaba un claro: “¿de qué carajos estás hablando?”

    Lucas cruzó sus piernas, se desabrochó su saco, y se sentó recto en su silla. Miró fijamente a la cámara con severidad, e intentó ser lo más directo y claro posible, con la menor cantidad de palabras posibles:

    —Charlene McGee —pronunció de pronto, provocando una palpable reacción en su oyente—. La atrapamos, Madeleine.

    La mujer en la computadora enmudeció, y se quedó tan quieta que incluso por un segundo pareció que la imagen se había quedado congelada, si no fuera por el sutil parpadeo que ocurría cada cinco segundos. Lucas igualmente guardó silencio, y le dio todo el tiempo que ocupara para procesar la noticia, y pensar en las preguntas que deseara hacer.

    Madeleine Chief fue hace ya algún tiempo la cabeza del DIC; del “viejo” DIC en realidad, aquel que tan despectivamente apodaron “La Tienda”. Tuvo la mala de suerte de tener que tomar el liderazgo tras la muerte del Capitán Hollister, en uno de los momentos más bajos y complicados para la organización.

    Le había tocado dirigir toda la cacería de Charlie McGee posterior a aquel primer escape que resultó en la destrucción casi total de su base en Virginia, así como la muerte de Cap y decenas de otros agentes; y la maldita tenía apenas como siete años en ese entonces. Sin mencionar claro el desastre que resultaron no mucho después los proyectos del Dr. Brenner en Indiana, un par de incidentes rusos en plena Guerra Fría, y la serie de artículos que comenzaron a surgir en la prensa, cada vez desprestigiando más a la organización.

    Todo eso y mucho más le habían tocado lidiar a Madeleine Chief durante su tiempo en la silla grande del DIC. Y, aun así, se las arregló para mantener las cosas a flote por unos años. Hasta que la Cortina de Hierro cayó, la Guerra que siempre creyeron que llegaría nunca lo hizo, y entonces el DIC entero tuvo igualmente que desaparecer. Aunque, en realidad, no del todo.

    Pese a todo, Madeleine nunca se apartó completamente de ese mundo. Y cuando el DIC fue restructurado, sembrando las bases de lo que es ahora, fue llamada de nuevo para ser parte de eso. Fue ahí donde su camino se cruzó con el de un joven en ascenso llamado Lucas Sinclair, y la antigua jefa sirvió de una casi mentora para el muchacho. En el tiempo que trabajaron juntos, aunque corto, compartieron muchas cosas entre ellos. Y un tema en especial que tenían en común era precisamente la chica McGee.

    Madeleine era para esos momentos ya una mujer anciana, bastante cerca de sus ochentas, aunque su régimen de vida y dinero le habían facilitado llegar a esa edad en bastante buen estado. Fue una militar de carrera desde joven, fuerte y decidida, que había logrado abrirse paso en un mundo de hombres y personas blancas por su propia cuenta. Pero Charlene McGee fue siempre el punto de quiebre de toda su historial. Madeleine la estuvo persiguiendo por años, incluso después de la disolución del viejo DIC. Se volvió prácticamente en su ballena blanca, en la personificación de todos sus fracasos y, en su mente, la culpable de todo lo malo que le había pasado en los últimos treinta años. Y lo peor es que nunca había tenido siquiera la oportunidad de verla de frente; ni una sola vez.

    Por ello, el que la despertaran a mitad de la noche para avisarle que al fin la habían atrapado… le causaba una conmoción bastante fuerte.

    Tras unos minutos, y luego de que quizás miles de cosas le cruzaran por la cabeza, logró al fin pronunciar la primera de sus preguntas, y quizás la que en ese momento consideró más relevante:

    —¿Está muerta?

    —No aún —respondió Lucas con seriedad, y dicha respuesta no pareció agradarle ni un poco a la mujer.

    —¿Y qué estás esperado? Si le das aunque sea una pequeña oportunidad, esa maldita bruja…

    —Tranquilízate un poco, ¿quieres? —comentó Lucas rápidamente, incluso dándose el lujo de soltar una pequeña risilla burlona—. Ya no somos el DIC de los 80’s; no podemos simplemente asesinar gente sólo por qué sí.

    —Sí, claro… —masculló Madeleine con escepticismo—. Te esfuerzas mucho para repetir que no eres como La Tienda, e incluso te pavoneas hablando mal de nosotros, ¿no? —Lucas permaneció en silencio ante ese cuestionamiento—. Claro, ahora todos nos quieren tachar de los malos. Pero lo cierto es que hacíamos lo que se tenía que hacer, cuándo se tenía que hacer, y no nos temblaba la mano el hacerlo.

    —Te aseguro que a mí tampoco me tiembla la mano en lo absoluto —señaló Lucas con firmeza.

    —Si eso fuera cierto, ese monstruo ya hubiera sido ejecutado, y estaría ahora brindado con champán para celebrar.

    —¿Tus doctores te lo permiten? —masculló Lucas con ironía, no resultándole al parecer tan gracioso a su oyente—. No digo que eso no sea lo que el destino le tenga deparado a nuestra amiga en común. Sólo que hay cosas que deben hacerse primero, y hay personas con cierto interés en ella que deben primero dar la autorización.

    —Interés… —soltó Madeleine, y por primera vez una sonrisa se dibujó en sus labios, aunque no precisamente de felicidad—. Sí, ya he oído eso. Te recuerdo que muchos antes que tú, o tus actuales jefes, quisieron contener a esa bestia. Y de todos ellos… sólo quedo yo. Y si te confías, dentro de poco seguirá siendo así.

    —Gracias por los buenos deseos —murmuró Lucas con algo de amargura impregnando sus palabras—. Sólo quería informarte como cortesía. Pero mejor ya no te quito más tu tiempo…

    Dicho lo que tenía que decir, Lucas estiró su brazo hacia la computadora con la clara intención de cortar de una vez la video llamada.

    —¡Aguarda! —exclamó Madeleine rápidamente antes de que lo hiciera, logrando que el dedo de Lucas se mantuviera a unos pocos centímetros del botón. Madeleine recuperó rápidamente la serenidad, y mirando fijamente a la cámara pronunció—: Quiero hablar con ella, en persona.

    —¿Estás bromeando? —murmuró Lucas, estando cerca de reírse. Sin embargo, el rostro estoico de Madeleine no parecía indicar que fuera el caso—. No te entiendo. Por lo que acabas de decir, esperaría que no quisieras estar ni a dos kilómetros de este sitio, y que la ejecutáramos justo después de colgar.

    —Tú no lo entenderías —masculló Madeleine con amargura, virándose hacia un lado—. Estuve persiguiendo a esa mocosa por demasiados años. Mi reputación, mi matrimonio, mi salud… todo se deterioró por esa maldita cacería. Quiero poder encararla de frente al menos una vez. Si terminó muerta por eso… habrá valido la pena.

    Lucas, de hecho, sí lo entendía un poco. Quizás no llevaba el mismo tiempo que ella persiguiendo a Charlie, o cualquier otro de los individuos que resultaban o habían resultado una amenaza. Pero entendía lo desgastante que aquello podía ser a nivel personal y emocional, y lo importante que era tener un cierre. Eso fue algo que había experimentado incluso desde edad muy temprana…

    Aun así, Madeleine Chief no sólo ya no era un agente del DIC, sino que encima era ya una mujer mayor, con sus respectivos problemas de salud. No sabía lo que un encuentro de frente con Charlie pudiera ocasionarle, o si valía la pena lidiar con las consecuencias que ello pudiera traer sólo para complacer un capricho de su antigua mentora.

    —No estoy muy seguro de que sea buena idea…

    —No me subestimes, muchacho —señaló la mujer en la computadora con marcada confianza—. Si me obligas a saltarte, aún tengo bastantes amigos a los que les puedo pedir favores, y así ingresar cuándo me dé la gana a ese Monte de Olimpo que has construido.

    —De acuerdo, si tanto insistes —musitó Lucas, resignado. Evidentemente no tenía mayor opinión en el asunto—. Mandaré a recogerte en unos días cuando todo esté listo por acá, ¿de acuerdo?

    —Si es que logras sobrevivir hasta entonces —añadió Madeleine como último comentario sagaz.

    A Lucas no le agradó demasiado la insinuación de aquello, así que prefirió en ese mismo momento cortar la llamada sin necesidad de siquiera despedirse.

    Esa mujer causaba una mezcla confusa de sentimientos en el actual director del DIC. Podía causarle por igual admiración y respeto, como repudio y molestia. ¿Cuántos de sus subordinados sentirían quizás algo parecido hacia él?

    Lucas cerró la tapa de la computadora, y se inclinó por completo contra su silla, intentando tomarse sólo un segundo para despejar su mente. Había sido un día bastante largo, y mientras las emociones se iban asentando, el cansancio se estaba volviendo bastante notable. Tenía más llamadas, preparativos y reportes que hacer, pero quizás sería más prudente dejarlo para el día siguiente.

    Estuvo ido en sus pensamientos por varios minutos, estando incluso en una ocasión a punto de quedarse dormido ahí sentado en la silla. Pero el sonido de unos nudillos contra la puerta de la oficina lo hizo despabilarse lo suficiente.

    —Adelante —musitó despacio, sentándose derecho.

    La puerta se abrió, y del otro lado surgió el dueño original del despacho. McCarthy ingresó, cerrando con cuidado la puerta detrás de sí.

    —¿Cómo se encontraba la Sra. Chief? —preguntó curioso, permaneciendo de pie frente a la puerta.

    —Tan encantadora como siempre —respondió Lucas, con una ironía no tan disimulada en realidad—. ¿Ya volvió todo a la normalidad allá afuera?

    —Tan normal como puede ser este sitio.

    Lucas sonrió levemente. ¿Acaso esa había sido una pequeña broma? No recordaba nunca haberlo escuchado hacer una antes. En verdad ese era un día loco.

    —Dime, Davis, ¿aún tienes en tu cajón esa botella de whisky escocés? ¿Me compartes un poco? Me parece que nos merecemos un pequeño trago para celebrar una operación exitosa. ¿O tú qué dices?

    McCarthy permaneció de pie en su sitio, algo pensativo. Sin embargo, tras unos segundos comenzó en efecto a avanzar hacia detrás de su escritorio, hacia ese cajón inferior del lado derecho.

    —Le serviré ese trago con gusto, director —pronunció con seriedad al tiempo que sacaba del cajón la reluciente botella de whisky, con el líquido opaco un poco por encima de la mitad, así como dos vasos de vidrio medianos—. Y lo acompañaré en un brindis si así lo quiere —añadió justo después, desenroscando la botella y comenzando a servir un poco del licor en cada vaso—. Sin embargo, me veo en la obligación de recordarle que cinco de nuestros operativos de campo murieron durante la aprehensión de estos dos sospechosos. Y éstas se suman además con las pérdidas que sufrimos días atrás, a manos de la recién resucitada Carrie White. Muchas vidas perdidas para poder lograr esta, en teoría, operación exitosa como la describe.

    La sonrisa confiada de Lucas se fue desvaneciendo conforme McCarthy pronunciaba aquellas palabras, hasta desaparecer por completo.

    Una vez servidos los dos vasos, el Director General del Nido cerró de nuevo la botella y la guardó en el mismo cajón. Caminó rodeando el escritorio con los vasos en mano, sentándose en la otra silla, a un lado de Lucas.

    —Como líder, nunca debe olvidar que cada muerte importa —declaró McCarthy, extendiéndole uno de los vasos—. Y que toda decisión nuestra que las cause, tiene sus consecuencias.

    Lucas tomó entre sus dedos el vaso que le ofrecía, aunque fue evidente que ya no tan de buena gana.

    —Estoy muy consciente de todo eso —masculló con severidad—. Y por supuesto, no paso por alto ninguna de esas pérdidas. Pero si me detuviera a lamentarme cada vez que pierdo a alguien… no haría nada en lo absoluto. Y los malos hace mucho que nos hubieran devorado vivos. Creo que ambos hemos tenido una vida lo suficientemente larga como para saberlo. ¿No es cierto?

    McCarthy no respondió, pero en su mirada fue evidente que al menos estaba de acuerdo con esa última afirmación.

    Lucas pasó su mano libre por su rostro, tallándose un poco su frente y sus ojos. No era muy de su agrado que sus subordinados le señalaran sus culpas, o ninguna persona en realidad. Pero debía aceptar que McCarthy tenía razón en que ese asunto les había cobrado más de lo que él mismo creía. Pero todo había valido la pena al final.

    Ya sintiéndose un poco más calmado, miró de nuevo a su compañero, y extendió el vaso que sostenía hacia él.

    —Por las vidas que hemos perdido, y por las que salvaremos —murmuró en alto como un pequeño brindis. McCarthy lo acompañó, justo como dijo, chocando ligeramente su vaso con el suyo.

    Ambos bebieron al mismo tiempo, y aunque no lo dijeron con palabras fue evidente que el trago les hizo bien a ambos.

    Estando sentados en silencio, Lucas desvió ligeramente su mirada hacia el escritorio. En éste, Davis McCarthy tenía varias fotografías de su esposa y sus dos hijas; algo más que entendible si debía pasar tres semanas al mes ahí metido, o en ocasiones más.

    —¿Cómo está la familia? —preguntó Lucas con curiosidad, extendiendo su mano para tomar uno de los portarretratos y verlo de más cerca.

    —Bastante bien —respondió McCarthy justo después de otro sorbo de su vaso—. Ya me hace falta verlas.

    Lucas contempló el portarretratos que había tomado, el cual enmarcaba la fotografía de dos jovencitas de cabellos rojizos, como el de su padre; las dos hijas de Davis. Una era, al menos en esa foto, una chiquilla sonriente y pecosa de no más de quince años, mientras que la otra era ya una mujer joven y esbelta en sus veinte, usando un uniforme militar de saco y pantalón verde, con estampado de camuflaje. La mayor estaba un poco agachada para tener el rostro a la misma altura que la menor, mientras la rodeaba con un brazo. Ambas sonreían a la cámara, aunque la mayor un poco más reservada.

    —Debes actualizar esta foto —señaló Lucas mientras la colocaba de regreso en su sitio—. Tus pequeñas ya no son tan pequeñas, ¿cierto?

    McCarthy sólo rio como respuesta, confirmando que en efecto así era. No recordaba cuándo se había tomado exactamente, pero en efecto ambas ya eran un poco distintas.

    —¿Dónde está Miriam en estos momentos, por cierto? —preguntó Lucas justo después—. No la he visto en años.

    —Ojala lo supiera —contestó McCarthy, encogiéndose de hombros—. Muchas veces ni ella misma sabe en dónde estará al día siguiente. Esperábamos que pudiera venir para Acción de Gracias, pero… bueno, quizás en Navidad. Todo es parte del trabajo.

    —Debes estar muy orgulloso de ella.

    —Lo estoy —asintió el capitán—. Pero a veces me hubiera gustado que eligiera una profesión diferente, lejos de… bueno, una vida como ésta.

    —No la puedes culpar por querer seguir los pasos de su padre —señaló Lucas con algo de humor—. Igual no tienes por qué preocuparte. Es muy joven todavía, y aún se puede permitir que su vida dé algunos giros.

    —Eso me gustaría —comentó McCarthy por último con cierta pena arrastrando sus palabras. Dio entonces un trago más de su vaso, esperando que éste le ayudara de alguna forma a calmarse. Y lo logró, en parte.

    — — — —​

    Aún después que la alarma dejó de sonar, Lisa no se sentía segura para salir de su dormitorio. Esperaba que dieran algún aviso de que el código lo que sea hubiera terminado, pero no hubo uno como tal. Quizás no lo ocupaban, pues todos ahí sabían exactamente lo que tenían que hacer, menos ella.

    Así que en lugar de arriesgarse, decidió mejor irse de una vez a la cama; sin su chocolate y también sin cenar, pero daba igual. Sólo quería terminar con ese día, y acercarse más al momento en el que pudiera dejar ese sitio. Su plan, sin embargo, se vio rápidamente frustrado. En parte porque toda la agitación de su cabeza le impidió conciliar rápido el sueño, y en parte porque no llevaba ni una hora en la cama cuando alguien llamó con insistencia a su puerta, haciéndola sobresaltarse, alterada.

    Aturdida, y un poco asustada, tomó a tientas los anteojos del buró y se dirigió a la puerta, cubierta únicamente con su bata para dormir.

    —¿Quién es? —preguntó despacio, estando justo delante de la puerta.

    —Dra. Mathews —pronunció una voz recia del otro lado, que sólo podía pertenecer a uno de esos agradables soldados—. El Dr. Shepherd requiere su presencia en el área médica lo antes posible.

    Lisa quitó en ese momento el cerrojo de la puerta y la abrió sólo un poco para poder asomarse el pasillo. En efecto, dos soldados de uniformes azules y rostros malhumorados, y que le sacaban ambos fácilmente dos cabezas de altura, estaban de pie del otro lado y miraban hacia ella con severidad.

    —No soy doctora —fue lo primero que surgió de los labios de Lisa en ese momento—. No hasta que termine mi… no importa…

    Soltó en ese momento un largo bostezo y se talló sus ojos con una mano. Se dio cuenta entonces que, aunque no había como tal entrado en sueño profundo, al parecer se encontraba lo suficientemente soñolienta.

    —¿Qué dijeron del Dr. Shepherd?

    —Que requiere su presencia en el área médica lo antes posible —repitió el soldado, usando las mismas palabras exactas.

    —¿A esta hora? —soltó Lisa con exaltación. En realidad no sabía bien qué hora era, pero estaba segura que era bastante más de su horario laboral.

    —Es una situación excepcional. Si puede acompañarnos, por favor…

    —¿Puedo al menos vestirme?

    Ambos soldados se miraron el uno al otro, como si se cuestionaran mutuamente qué debían responder a esa pregunta. Lisa no esperó a que lo decidieran, y simplemente cerró la puerta con fuerza, apresurándose a colocarse rápidamente sobre la bata para dormir unos pants grises y una sudadera al juego. No era precisamente la vestimenta profesional que le caracterizaba, pero dada la hora no tendrían por qué esperar algo diferente.

    ¿Qué era tan urgente como para que el Dr. Shepherd decidiera que era necesario molestarla tan tarde? ¿Tenía algo que ver con ese código… el que fuera el número? Igualmente era válido cuestionarse qué tanta responsabilidad tenía de seguir haciéndole caso, considerando que su trabajo había terminado y sólo estaba en la espera de su transporte de salida de ese sitio. Pero mientras estas personas fueran las responsables de su alimentación, agua, y productos de higiene personal, era mejor no hacerlos enojar demasiado.

    Ya un poco más presentable, salió del cuarto y permitió que los soldados la escoltaran. Se dirigieron al ascensor, y justo después al área médica; el mismo sitio a dónde la habían llevado tras el incidente de Gorrión Blanco en el Quirófano 24. No era un sitio y momento que recordara con bastante cariño.

    La llevaron por el largo pasillo, con vistas por los ventanales hacia diferentes áreas de observación, la mayoría vacías. Pero una en específico frente a la que pasaron no lo estaba…

    Tendida en una camilla, al parecer plácidamente dormida, se encontraba Gorrión Blanco, acompañada de dos enfermeras, una revisando la bolsa del goteo intravenoso al que la tenían conectada, y otra sus signos vitales en los aparatos a un costado de la camilla.

    Al pasar frente al ventanal de dicha habitación, Lisa sintió que la respiración se le cortaba. Sus manos le temblaron ligeramente al pensar por un momento que la llevarían justo a ese sitio, pero en su lugar fue a la siguiente puerta, a la sala de al lado. Aunque su alivio fue incompleto, pues dicha sala de todas formas tenía también otra amplia ventana que igualmente daba hacia la habitación de Gorrión Blanco. Pero al menos no estaban en el mismo cuarto.

    Quien sí estaba en ese sitio era Russel, de pie frente a la ventana con sus brazos cruzados, observando atentamente a la chica en la camilla del otro cuarto. A diferencia de Lisa que iba con una apariencia mucho más casual, por decirlo de manera amable, el Dr. Shepherd tenía su atuendo habitual, incluida su bata blanca, por lo que Lisa supuso que a él no lo habían sacado de la cama.

    —Buenas noches, Srta. Mathews —le saludó Russel, mirándola fugazmente sobre su hombro.

    —Buenas noches —respondió Lisa secamente, aproximándose hacia él con cautela. Los dos soldados que la habían escoltado aguardaron de pie en la puerta, como si temieran que fuera a intentar huir corriendo en cualquier momento.

    Lisa se paró a un lado de su jefe temporal, y observó también la escena a través del cristal. Ver a esa chica plácidamente dormida sorbe una camilla, le traía irremediablemente recuerdos de sus primeros días ahí en el Nido. Prácticamente la había conocido más tiempo en ese estado que despierta. Y claro, también le recordaba la horrible escena que ocurrió cuando al fin fue capaz de levantarse de dicha camilla.

    —¿Qué fue lo pasó? —respondió Lisa con moderada curiosidad, aunque en realidad no estaba del todo segura si quería saberlo.

    Russel suspiró pesadamente. Se retiró sus anteojos y pasó a limpiarlos rápidamente con un pañuelo.

    —¿Recuerda que le dije que se llevaría a cabo un complicado operativo el día de hoy?

    —Eso creo.

    —Gorrión Blanco fue parte de él. Y al parecer utilizó tanto sus poderes que… bueno, mejor se lo muestro.

    Russel se aproximó entonces al negatoscopio, en el cual ya se encontraban colocadas tres radiografías, aunque éstas no fueron lo suficientemente visibles hasta que encendió la luz de la pantalla. Las tres mostraban la imagen superior de un cerebro; del mismo cerebro.

    —Ésta es una de las radiografías que se le hizo a Gorrión Blanco mientras estuvo en coma, y de la que creo se encuentra ya muy familiarizada, ¿cierto? —indicó Russel, señalando a la primera de las imágenes.

    En efecto, a Lisa le pareció bastante conocida. Le había tocado verla bastante seguido en compañía del Dr. Takashiro mientras realizaban las pruebas y su investigación. Lo más resaltante eran por supuesto esas áreas oscuras que indicaban los daños que el cerebro de la chica presentaba, y que se buscaba la forma de remediar con el Lote Diez.

    Russel dirigió su mano entonces a la segunda radiografía, que era casi una copia exacta de la primera, pero sin mostrar las mencionadas lesiones.

    —Ésta es una de las radiografías que se le hizo posterior a su despertar, la cual muestra un cerebro sano y sin ninguna de las heridas antes detectadas.

    La atención de ambos se centró en ese momento en la tercera y última radiografía, que a simple vista parecía muy parecida a la anterior… pero con unas pequeñas diferencias.

    —Y ésta es la que le acabamos hacerle menos de media hora —pronunció el Dr. Shepherd con voz apagada.

    Lisa se aproximó casi temerosa hacia la pantalla con luz, para poder apreciar de más cerca las imágenes. No era ni de cerca su área, y durante ese tiempo siempre había necesitado de la guía del Dr. Takashiro para interpretar ese tipo de análisis, tanto en Gorrión Blanco como en las ratas de prueba. Aun así, comparando rápidamente las tres radiografías, le pareció darse cuenta de lo que su actual jefe quería que viera. El cerebro de Gorrión Blanco ya no se encontraba precisamente tan “sano y sin ninguna herida” como en la segunda radiografía.

    —¿Algunas de las zonas dañadas con anterioridad muestran de nuevo deterioro? —musitó Lisa despacio, más como un pensamiento para sí misma que una pregunta real.

    —Muy leve, pero visible —aclaró el Dr. Shepherd, parándose a su lado—. Durante la confrontación con un sospechoso para su aprehensión, sufrió la ruptura de varios vasos sanguíneos, lo que se mostró con una considerable hemorragia en su nariz, oídos y ojos.

    —¿Hemorragias cerebrales? —susurró Lisa despacio, desviando levemente su rostro hacia un lado, intentando hacer memoria—. Leí de algo así en los expedientes de los sujetos sometidos a las versiones anteriores del Lote, en específico el Lote Seis. Este hombre… McGee… El uso prolongado de sus habilidades provocaba estas hemorragias en su cerebro, que con el tiempo dieron origen a daños permanentes. Pero en esta chica —miró hacia la tercera radiografía una vez más—, parece además estar afectando de nuevo las áreas dañadas con anterioridad.

    —¿Qué cree que esto signifique?

    —¿Yo cómo voy a saberlo? Usted sabe que yo no son neuróloga, pero…

    Lisa se tomó un momento para meditarlo. No estaba en su área de experiencia dar diagnósticos de ese tipo, pero eso no significaba que no se le vinieran un par de ideas al ver todo eso.

    —Supongo que podría significar que el Lote Diez no curó del todo su cerebro como habíamos creído. Logramos regenerarlo, lo suficiente para que incluso lograra despertar. Pero es evidente que sigue aún bastante delicado, y la exigencia que significa usar sus poderes lo puede estar dañando de nuevo.

    —Estuvo usándolos los días posteriores a su despertar, y no mostró de forma aparente ningún síntoma cómo éste.

    —Pues no sé qué decirle —musitó Lisa, encogiéndose de hombros—. Tal vez sea capaz de soportarlo en pequeñas cantidades y en un ambiente controlado. Tendrían que hacerle más pruebas para comprobarlo. Pero lo que sea que haya hecho con exactitud esta noche, si lo sigue haciendo de manera recurrente, muy seguramente repercutirá pronto en ella. Y puede que en esta ocasión no sólo caiga en coma.

    Lisa se viró a ver a Russel, que la observaba de regreso con rostro dureza en su mirada. Más que preocupación, parecía haber cierto enojo, frustración, incluso tristeza…

    —Pero creo que todo esto usted mismo ya lo dedujo, ¿o no? —cuestionó Lisa tajante, pero Russel no le respondió—. ¿Para qué me quería mostrar todo esto, entonces? ¿Para decirme que no tuve éxito? ¿Qué no logré curar por completo a su joven princesa asesina como creía? Pues le recuerdo que me dieron sólo unas horas para hacer algo que les dije que ocupaba al menos tres o cuatro días de pruebas, y eso siendo muy optimista.

    Russel siguió en silencio por largo rato más. Su rostro no dejaba ninguna evidencia de qué era lo que pasaba por su mente en realidad. Tras unos agobiantes segundos, pronunció al fin:

    —Quería que viera con sus propios ojos que el trabajo por el que se le trajo aquí aún no está terminado. Aún quedan cosas por hacer, así que no se puede ir, Srta. Mathews. No todavía.

    Lisa sintió aquello como un pequeño golpe en el estómago que le sacó de lleno todo el aire de su cuerpo, y de paso le arrancó cualquier rastro de aletargamiento que le podía haber quedado.

    Desviando su mirada de nuevo hacia la puerta, y a los dos soldados de pie frente a ésta que la observaban atentamente con sus expresiones recias, casi agresivas, supo de inmediato que en efecto, sí estaban ahí para que no intentara huir.

    Había sido muy inocente de su parte en serio creer que volvería pronto a su casa, y se alejaría de toda esa locura. El Nido evidente tenía aún planes para ella.

    FIN DEL CAPÍTULO 114
    Notas del Autor:

    Volvemos a las andadas con esta historia, empezando con este nuevo arco que como pueden intuir una parte importante de éste estará ubicado en el Nido, y en las acciones del DIC. Pero no estaremos todo el tiempo aquí, pues también hay mucho que ver de otros personajes. Y de paso, a partir del siguiente capítulo tendremos de nuevo unos flashbacks, que de seguro ya los extrañaban. Pero, ¿de quién o de qué? Eso lo descubrirán pronto.

    Antes de irme y como aclaración, Madeleine Chief, la mujer con la que Lucas habla en este capítulo, se encuentra basada en dos personajes. La primera sería la “nueva jefa” de La Tienda presentada al final de la novela de Ojos de Fuego o Firestarter. Ahí nos muestran que luego de la muerte del Cap James Hollister y de que Charlie lograra escapar, el liderazgo de la organización quedó en las manos de una nueva jefa, aunque nunca se menciona con exactitud su nombre o apariencia. El segundo personaje sería Jane Hollister de la adaptación de 2022 de la misma novela. Este personaje es en parte una adaptación de James Hollister (por ello los nombres parecidos), aunque dentro de la película curiosamente también menciona a “Cap”. Así que preferí imaginarla también como una posible adaptación de este personaje que se presenta al final de la novela, aunque con varios ajustes.
     
  15.  
    WingzemonX

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    Resplandor entre Tinieblas

    Por
    WingzemonX


    Capítulo 115.
    El Príncipe de Chicago

    Si Damien Thorn tuviera que señalar la última vez que su vida fue algo remotamente parecido a “feliz” o “tranquila”, en retrospectiva lo más acertado sería decir que en realidad nunca lo fue, ya que desde su propio nacimiento, o incluso antes de éste, su vida había sido un agujero negro de tragedias que arrastraba y aniquilaba a todos los que estuvieran aunque fuera un poco cerca de él.

    Pero sí hubo una época en la que ciertamente era gran parte ignorante de esa realidad. Una época en la que era un adolescente normal, con una vida normal, y una familia “casi” normal. Tenía un tío que había sido casi como su padre; una tía que había sido casi como su madre; y un primo… que había sido su hermano.

    Y esa época ciertamente sí tuvo un final, uno que comenzó a darse paso a paso justo después de Acción de Gracias del 2012.

    Damien era en aquel entonces un jovencito de doce años, cumplidos el junio anterior. Como en los años anteriores, le habían dado libre desde el jueves hasta el domingo, por lo que tuvo la oportunidad de dejar la Academia Davidson y pasar el feriado en su elegante casa en Chicago, en compañía de su tío Richard, su tía Ann, y su primo Mark. Los días habían sido relativamente calmados. Habían tenido una cena tranquila sólo los cuatro, en la cual su tía había hecho lucir sus dotes de ama de casa convencional. El viernes fueron de compras, y Damien agregó a su colección de cámaras fotográficas una de nueva generación, con un lente mucho más potente que las otras, y a un precio casi regalado por las ofertas del Black Friday. Aunque claro, lo cierto era que ninguno necesitaba de ese tipo de ofertas para adquirir algo como eso, pero daba una cierta satisfacción hacerlo de todas formas.

    El sábado y domingo fueron básicamente para descansar, pasar el tiempo en “familia”, y en el caso de Damien probar su nueva cámara.

    Pero el lunes llegó más pronto que tarde, y era momento de que tanto Damien como Mark volvieran a la Academia, el sitio que había sido más su hogar en el último par de años que su actual hogar.

    Damien nunca había sentido un desdén en particular por la escuela, ni siquiera por una tan estirada como la Academia Militar Davidson. Siempre se había caracterizado por ser un estudiante ejemplar en la mayoría de las materias, y al menos sobresaliente o bueno en las demás. Pero lo cierto era que eso no lo lograba por genuino interés, sino más bien todo lo contrario. La verdad era que mientras iba creciendo, menos interés le provocaba… bueno, casi todo.

    Pasatiempos, películas, series, libros, personas… todas solían aburrirle bastante pronto. Quería pensar que se trataba sólo de la inminente adolescencia pegándole con fuerza. O quizás problemas sin resolver por la muerte de su padres, y el sentirse siempre como un invitado en la casa de su tíos, por más que estos se esforzaran por hacerlo sentir como parte de su familia. O también podría ser esa creciente e inexplicable sensación que cada día lo agobiaba más, que lo hacía ver a las personas a su alrededor como simples maniquís sin rostros que poco o nada tenían que ver con él.

    Aunque claro, había sus excepciones a esto. La fotografía, por ejemplo, era una afición que había comenzado a explorar hace menos de un año, y que de momento parecía mantener su interés. Como algunos años después le describiría a una joven de su misma edad que respondía al nombre de Abra, le atraía bastante cómo era posible capturar un instante específico de una persona, congelada en el curso del tiempo junto con todo lo que pensaba y sentía en ese instante. Aunque sabía bien que quizás era algo que sólo él podía distinguir con tal nitidez.

    Esa mañana de lunes se levantó muy temprano, empacó lo que faltaba (aunque en realidad no había llevado demasiado), se vistió con el uniforme gris de la Academia, y se peinó. En el inter, una de las sirvientas de la casa le había llevado su desayuno, el cual apenas y había tocado un poco. En su lugar, dedicó los minutos siguientes a abrir las ventanas de su habitación que daban al amplio patio trasero de la propiedad, enfocar el lente de su cámara hacia éste, y tomar algunas fotos de prueba. Había tomado ya varias parecidas durante el fin de semana, pero la tonalidad de esa mañana, y el color del follaje en los árboles del patio, ciertamente lo habían atraído para probar un poco más las diferentes opciones que traía su nuevo dispositivo.

    Fotografiar paisajes no le resultaba tan interesante como fotografías personas, pero a veces una combinación adecuada de colores proporcionada por la madre naturaleza era difícil de ignorar.

    Estaba bastante concentrado en su labor, aunque no lo suficiente para no percibir la presencia de alguien aproximándose a su puerta, llamando a ésta con sus nudillos delgados cuando estuvo ya delante de ella. Supo que se trataba de su tía Ann unos segundos antes de que tocara. Esa era otra de las peculiaridades que había empezado a notar en él; su facilidad para notar y distinguir a las personas que conocía sin tener que verlas.

    «Quizás sólo me estoy volviendo loco» pensó con cierto humor.

    —¿Damien? —escuchó pronunciar la voz de su tía al otro lado de la puerta, por si acaso aún le quedaba alguna duda de que se trataba de ella.

    —Pasa, tía —le respondió con un poco de indolencia, teniendo su concentración más puesta en las fotos que seguía tomando.

    Ann abrió la puerta al recibir dicha invitación, y se asomó sonriente hacia el interior. No tardó mucho en distinguirlo frente a la ventana con su cámara nueva en manos.

    —¿Ya estás listo? —le preguntó, aproximándose a su lado.

    —Más o menos —respondió Damien reticente sin dejar de tomar fotos.

    —¿Estás tomando fotos del patio otra vez? ¿No tuviste suficiente tiempo estos días para hacer eso?

    —Sólo quería experimentar un poco más con la cámara nueva antes de irme. El invierno se acerca, y los árboles están tomando un color bello. En la Academia ni siquiera me dejaran tenerla.

    —Te prometo encargarme personalmente de llevarla a la casa del lago —indicó su tía, tomándose en ese momento el atrevimiento de retirar con cuidado la cámara de sus manos; si no lo hacía quizás nunca lo soltaría—. Te aseguro que cuando estemos allá podrás tomar muchas fotos mejores que éstas.

    —Gracias, tía.

    —Déjame verte —le pidió Ann tomándolo de los hombros y girándolo hacia ella. Lo observó detenidamente, pasando sus dedos sutilmente por los cabellos negros del muchacho, y acomodando un poco el nudo de su corbata—. Te ves tan guapo y elegante. Tu madre estaría orgullosa de ver el increíble muchacho en el que te has convertido.

    —¿Y mi padre?

    —Tu padre también —respondió Ann con tono cauteloso, aunque sin romper ni un poco su extensa sonrisa—. Vamos, Mark te espera en el auto.

    Damien asintió, y sin más tomó su maleta de la cama y se dirigió a la puerta junto con su tía. Ya en el pasillo, Ann lo rodeó con su brazo y así fueron andando todo el camino.

    En aquel entonces Damien ignoraba quién era Ann en realidad, o cuál era el verdadero papel que tenía que desempeñar estando ahí a su lado. Hasta dónde sabía, era simplemente la segunda esposa de su tío, por consiguiente su tía política, y nada más. Cuando mucho le había parecido notar en algunas ocasiones que solía portarse más apegada a él que a Mark, pero siempre pensó que debía ser solamente imaginaciones suyas. Después de todo, Mark era su hijastro, al que había criado como su hijo prácticamente desde que era un bebé. Él, por otro lado, era sólo su sobrino, hijo del hermano de su esposo, al que muy rara vez había visto por vivir en países tan alejados como lo son Estados Unidos e Inglaterra.

    Pero claro, poco después descubriría que él era mucho más que sólo un sobrino para ella, y para muchos otros.

    Cuando bajaron a la planta baja y llegaron al área del vestíbulo, ambos se encontraron casi de frente con una persona que venía entrando por la puerta principal. Una mujer muy mayor, delgada, de cabello canoso corto y rizado, rostro blanco muy bien maquillado. La mujer se viró lentamente hacia ellos al notar igualmente su presencia, fijando sus inexpresivos ojos azules en ambos. Aquella presencia tan repentina, casi como una abrupta aparición, paralizó a ambos por unos segundos.

    —Tía Marion, hola —murmuró Damien con tono jovial, dando un paso hacia la mujer—. No sabía que vendrías.

    —Esa era la idea —señaló tajantemente la tía Marion, girándose hacia otro lado—. Esperaba que ya te hubieras ido cuando llegara.

    —Lamento decepcionarte —le respondió Damien con ironía. Comenzó a avanzar entonces con su maleta al hombro en dirección a la puerta—. Pero ya me voy. Es un gusto verte…

    Al pasar a su lado, el chico se inclinó hacia ella para darle un beso en la mejilla, pero la mujer alejó su rostro de manera despectiva para evitarlo.

    —No seas mentiroso.

    —Tía Marion, por favor —exclamó Ann a tono de reclamo. Miró entonces a Damien y le indicó con un gesto de su cabeza que se retirara. Éste no lo pensó dos veces y continuó con su camino a la puerta, no sin antes virarse en el umbral a ver a Marion, sacándole la lengua y agitando su mano libre en un gesto de burla mientras la mujer le daba la espalda.

    Ann tuvo que disimular su casi inminente risa, cubriéndose su boca con su mano. Para cuando Marion se giró hacia atrás para mirar de nuevo al chico de doce, éste ya había prácticamente cruzado la puerta de un salto.

    Mientras bajaba las escaleras de la fachada principal en dirección al vehículo negro que lo esperaba, se cruzó fugazmente con dos sirvientes que iban en la dirección contraria. Se despidió rápidamente de ellos, no sin antes percatarse que cada uno subía una maleta consigo, muy seguramente de la tía Marion.

    ¿Qué tanto tiempo tenía pensado quedarse? ¿Era que no recordaba que después de Acción de Gracias sus tíos cerraban la mansión y se mudaban a la casa del lago durante las fiestas? Posiblemente sí lo recordaba pero no le importaba, y esperaba que todos cambiaran siempre sus planes sólo por ella.

    Damien ya no le dio más importancia. Lo que fuera que la tía Marion hubiera ido a hacer, ya no era su problema.

    Bajó rápidamente los últimos escalones y se dirigió presuroso al vehículo negro y brillante. Murray, su chofer, lo aguardaba para recibir gustoso su maleta y colocarla en el portaequipaje.

    —Gracias, Murray —murmuró el chico escuetamente, y una vez que le entregó su maleta al chofer se dirigió a la puerta abierta de la parta trasera del vehículo. Ahí, como su tía bien había mencionado, ya lo aguardaba su primo, Mark Thorn.

    —¿Por qué tardaste tanto? —le cuestionó Mark con ligera molestia—. He estado esperando tanto aquí que ya casi son vacaciones de nuevo.

    —Estaba despidiéndome de la bruja mandona del oeste —respondió Damien de mala gana, cerrando la puerta detrás de él—. Cada día más vieja, y más odiosa. Murray —pronunció con fuerza un instante después, cuando Murray pasó justo al lado de su ventanilla en dirección a la parte delantera—, vámonos de aquí antes de que se le ocurra venir a desquitarse más con nosotros.

    —Cómo ordene, señor —respondió Murray, un poco en tono de broma.

    Murray tomó su lugar en el asiento del conductor, y unos cuantos segundos después el vehículo ya estaba en marcha, girando alrededor de una glorieta al frente de la espectacular mansión Thorn, y luego yéndose derecho hacia el portón principal.

    —Al menos una cosa buena de volver a la Academia es que no tendremos que pasar tiempo con esa arpía —masculló Damien, aun notablemente irritado.

    —Oye, no hables así de la tía Marion —comentó Mark en ese instante, aunque al parecer más incómodo que molesto por sus palabras.

    Damien soltó de golpe una carcajada burlona, sin contenerse demasiado.

    —Para ti es fácil decirlo. Eres su adoración, después de todo. Mark, cariño. Mark, hermoso. ¡Cómo has crecido! —comenzó a pronunciar, intentando hacer su voz chillona en un aparente intento de hacer una (muy mala) imitación de la tía Marion. Mark, aunque intentaba permanecer ecuánime, no pudo evitar que se le escaparan un par de risillas—. Tú sí que eres todo un Thorn, y todo eso. Si pudiera me casaría contigo, querido Mark.

    —Oye, basta —pronunció Mark, asomándose algo de disgusto entre sus risas—. No pongas esas imágenes en mi cabeza, ¿quieres?

    —Pero mira cómo reaccionas —pronunció Damien, señalándole con su dedo acusador—. Le romperá el corazón a la pobre anciana saber que su amor no es correspondido.

    Ambos chicos siguieron riendo y bromeando un poco a expensas de la tía Marion. Murray al volante sólo los oía y los miraba de vez en cuando a través del espejo. Esa facilidad que tenían los jóvenes de burlarse de la gente mayor nunca sería de su agrado, pero sabía que tampoco era algo que se pudiera evitar.

    Mark era un año mayor que Damien, o más bien unos meses. Era hijo de su tío Richard y de su primera esposa. Su madre había muerto cuando Mark era muy pequeño, y un par de años después su tío se había vuelto a casar con su tía Ann. Durante sus primeros años, los dos muchachos habían pasado muy poco tiempo juntos, más que nada en las fiestas. Pero cuando sus padres fallecieron siete años atrás, Damien se había mudado con ellos a la mansión Thorn en Chicago.

    A pesar de que en ocasiones en efecto Damien podía sentirse fuera del lugar con el resto de su familia, con Mark era diferente. Y no creía que fuera sólo por las edades tan parecidas. Pero fuera lo que fuera, el muchacho se había convertido en más que sólo un primo; era su hermano, y su mejor amigo.

    Y desearía poder sentir lo mismo con más personas.

    Los ánimos de broma se fueron apagando, al igual que las risas. Las cosas parecían haberse calmado, pero en la turbulenta mente de Damien aún no del todo.

    —No entiendo por qué la tía Marion siempre me ha odiado —pronunció despacio, observando pensativo por la ventanilla. Ya habían salido en esos momentos de la propiedad Thorn y se dirigían por la carretera a su destino—. Si yo no le he hecho nada… que yo sepa.

    —Con el tiempo se le pasará, yo lo sé —pronunció Mark a su lado, adoptando una actitud más seria—. La familia es muy importante para ella, y tú eres su familia.

    —Pues ella no parece estar de acuerdo con eso —le respondió Damien con algo de amargura.

    Y en parte no era la única. Él mismo no se sentía del todo parte de esa familia.

    Poco tiempo después descubriría que ambos tenían razón.

    — — — —​

    La Academia Davidson era un enorme campus ubicado al este de la ciudad. Era una academia militar de gran renombre y tradición, que se distinguía por haber albergado por generaciones a los hijos de las familias más prominentes de Chicago y sus alrededores. Y claro, la familia Thorn no era la excepción. El abuelo de Mark y Damien, así como sus respectivos padres, habían asistido ahí. También el padre de su abuelo, y el padre de éste igual. Así que sí, el apellido Thorn tenía su historia en esos edificios y extensos campos. Historia de logros y excelencia… machada quizás únicamente por una “estupidez de juventud”, como la llamarían algunos, cometida por Damien y Mark a principios de ese año.

    Ese lunes después de Acción de Gracias, la academia estaba particularmente concurrida por los vehículos que venían a dejar a los demás alumnos que igualmente volvían de su feriado. Todo el estacionamiento, la entrada y explanada principal era un festival de padres, madres, e hijos. Un poco caótico para los estrictos estándares de una academia militar como esa, pero al parecer se estaban portando un poco laxos por ese día.

    Damien no se quejaba de ello. Mientras más pudiera alargar el tener que soportar las trompetas, los tambores, las marchas, los “espaldas rectas, vista al frente, pecho afuera…” mejor para él.

    Luego de que Murray los dejara en la puerta, Damien y Mark caminaron hacia la explanada principal, cada uno cargando su maleta.

    —Hola de nuevo, Academia Davidson —profirió Damien con entusiasmo, como si recitara una solemne declaratoria—. Un fin de semana largo no fue suficiente para extrañarte. Lo bueno es que ya casi son vacaciones de invierno…

    Mientras avanzaban, Damien distinguió más al frente a un grupo de chicos de pie, saludándose entre ellos, quizás también recién llegados. Los dos jóvenes Thorn los reconocieron. Eran Cray Marquand, Joe Bishop y Roland McNeil, de su mismo pelotón.

    —Hey, perdedores —le saludó Damien con energía en cuanto estuvo lo suficientemente cerca.

    Los tres chicos se viraron hacia ellos, y sus joviales y burlonas sonrisas se fueron apagando una vez que sus ojos se posaron en los primos Thorn. O, en específico, cuando se posaron en Damien.

    —Ah, hola Damien, Mark —los saludó Roland, con apenas una pizca justa de (forzado) entusiasmo. Carraspeó un poco, y justo después añadió—: ¿Cómo… pasaron Acción de Gracias?

    —¿Cómo crees tú, Roland? —le respondió Damien con tono burlón, riendo un poco. Los tres chicos rieron también justo después, sonando como un pequeño eco—. Tan aburrido como puede ser. Pero no me quejo de la comida, ¿cierto, Mark?

    Éste asintió y se encogió de hombros.

    El grupo comenzó a caminar todos juntos hacia la explanada, aunque un ojo más observador se daría cuando que los tres chicos avanzaban más a lado y al ritmo de Mark que el de su primo, que caminaba unos cuantos pasos delante de ellos.

    —Oye, Mark —comentó Cray, llamando la atención del muchacho rubio—. Escuchamos que celebrarás tu cumpleaños en el lago este año.

    —Sí, será grandioso —respondió Mark con desbordante emoción—. Espero todos puedan ir.

    —Sí, claro —respondió Joe, y los otros dos lo imitaron del mismo modo con (genuina) emoción.

    —Será la fiesta del año —señaló Damien, volteando a mirarlos fugazmente sobre su hombro—. Claro, si es que el mundo no se va a la mierda el veintiuno de diciembre como todos dicen.

    Aquel repentino comentario causó una pequeña reacción aversiva en el grupo. Especialmente en Joe Bishop, que se sobresaltó tan asustado que sus lentes casi se le resbalaron por la nariz.

    —Sí, Joe, dije “mierda” —murmuró Damien, riéndose divertido de la reacción del chico—. No te espantes, ¿quieres?

    El rostro de Joe se puso muy rojo. Se volteó hacia un lado, y rápidamente se acomodó sus anteojos.

    —No creen que realmente vaya a pasar algo el veintiuno de diciembre… ¿o sí? —inquirió Roland de pronto, bastante curioso.

    —Por favor, no le des cuerda —masculló Mark, un poco fastidiado—. Ha estado pique y pique con ese tema.

    —Oye, perdón si el posible fin del mundo me resulta interesante —pronunció Damien, riendo de nuevo de forma despreocupada—. Y respondiendo a tu pregunta, Roland: claro que sí. ¿Qué no viste la película? La tierra se partirá en dos, lloverá fuego, y todo eso. Te lo juro.

    A pesar del claro tono sarcástico que había usado para pronunciar aquello, en las miradas de algunos, como las de Joe y Roland, era evidente que el tema sí los tenía un poco inquietos; al igual, claro, que todas esas personas alrededor del mundo que se habían tragado por completo toda esa propaganda catastrófica sobre el 21 de diciembre del 2012.

    «Vaya, pero qué idiotas» pensaba divertido el joven Thorn.

    Daba igual. Lo que fuera a pasar, o no pasar, ese día, lo descubrirían muy pronto.

    Se dirigieron justo después hacia sus dormitorios para dejar sus cosas, y luego volver a la explanada para la ceremonia de bienvenida y los honores con el comandante. Y, en el caso de su pelotón, les había llegado el aviso de que tendrían un asunto adicional que tratar esa mañana.

    —Oigan, ¿no empezaba hoy nuestro nuevo jefe de pelotón? —comentó Cray una vez que iban ya de salida de los dormitorios.

    —Eso creo —murmuró Mark como respuesta.

    Les habían dado la noticia antes de irse la semana pasada. Ya llevaban un buen rato sin un líder de pelotón, desde el repentino, y bastante extraño, suicidio del “agradable” sargento Goodrich. Unos días antes de que decidiera que era buena idea intentar tragarse entero el cañón su escopeta y decorar de rojo su oficina, Damien y él habían tenido un pequeño altercado. El muchacho se había puesto un poco ingenioso, y le había respondido al sargento de una forma que algunos, incluido él, podrían definir como insolente. Aquello en realidad no pasó a mayores, y no había por qué suponer que ambos incidentes estuvieran de alguna forma relacionados.

    —Me pregunto cómo será —murmuró Mark con curiosidad.

    —Da igual, cuando conoces a uno los conoces a todos —añadió Damien con desdén—. Todos son un montón de fracasados que no hicieron la gran cosa en el ejército, y vienen a desquitarse con nosotros porque envidian nuestra juventud; y nuestro dinero, de paso.

    El grupo comenzó a reírse como respuesta al astuto comentario de Damien, aunque algunos más por deber que otra cosa.

    —¿Qué es tan gracioso?, ¿eh? —escucharon a alguien pronunciar a sus espaldas con ímpetu.

    Damien se detuvo al instante en ese momento, y el grupo que lo seguía hizo lo mismo. Al girarse a ver quién les hablaba, distinguieron al chico alto y grueso, de cabello rubio rizado y hombros anchos, que se aproximaba hacia ellos desde el interior del edificio. Era Teddy Moore, un miembro de su mismo pelotón, aunque difícilmente podrían considerarlo como algo más que eso.

    —Nada, Teddy —pronunció Roland en voz baja—. Sólo conversábamos.

    El chico, más alto que todos, incluso que Mark, se paró firme delante de ellos. Su mirada férrea, sin embargo, estaba centrada justo y únicamente en Damien. Éste lo miraba de regreso sin pestañear, con una abismal indiferencia similar a como si viera a un extraño cualquiera en la calle.

    —¿De qué conversaban, Thorn? —soltó Teddy con tono de provocación—. Yo también quiero reírme.

    Damien sonrió ligeramente ante tal pregunta. No pensó demasiado su respuesta antes de soltarla:

    —Nos burlábamos de tu cara fea y redonda, Teddy. Decíamos que parece haberse vuelto más grande en tan sólo cuatro días que no te vimos. ¿Cómo puede tu cuello sostener todo ese peso?

    La reacción obvia y esperada de Teddy fue de evidente rabia y agresión al escuchar aquello. Tuvo la clara intención de aproximarse a Damien y tomarlo de su uniforme, y quizás darle uno o dos golpes si no quitaba esa sonrisa burlona de su rostro. Y lo habría hecho, si no fuera que Mark reaccionó ante el inminente peligro, colocándose rápidamente enfrente de su primo de forma protectora, deteniendo el avance de Teddy con sus dos manos contra su pecho.

    —Hey, tranquilo, Teddy —masculló Mark despacio, sereno, aunque lo suficiente firme como para dejar claro que si le hacía algo a Damien, tendría que vérselas con él también.

    Aquello hizo que Teddy pensará mejor su actuar. Sin embargo, no disminuyó ni un poco el coraje que traía consigo que, para sorpresa de nadie, no tenía en realidad mucho que ver con el poco atinado comentario de burla a sus expensas.

    Se quitó con un poco de tosquedad las manos de Mark de encima, y se movió hacia un lado lo suficiente para poder tener sus ojos de nuevo en el primo menor. La hostilidad se había vuelto tan evidente que ya había captado la atención de algunos otros de los chicos cerca de ellos.

    —No sé cómo es posible que no te dignes a al menos bajarle un poco a tu altanería, luego de lo que le hiciste Chuck.

    —¿Chuck?, ¿Chuck Harrison? —masculló Damien, arqueando una ceja en un gesto de confusión—. ¿Y a ese idiota qué le hice?

    —No te hagas el tonto conmigo —soltó Teddy con brusquedad—. Todos sabemos que tú fuiste el de la estúpida idea de jugar con el butano, y tú fuiste el que le prendió fuego al pobre diablo de Powell.

    Si Teddy quería borrarle a Damien su sonrisa del rostro, aquel comentario en efecto lo logró. Su semblante entero se tornó rápidamente en duro como piedra al procesar aquella referencia directa a su “estupidez de juventud”.

    —Oye, no estés diciendo esas cosas —masculló Mark con firmeza—. Lo de Powell fue sólo un accidente.

    Mark se viró hacia Cray y los otros en busca de algo de apoyo al respecto. Sin embargo, ninguno hizo tal cosa. De hecho, los tres desviaron la mirada hacia otro lado en cuanto Mark los miró.

    —¿Un accidente? —soltó Teddy con molestia—. Pues yo no me lo creo.

    De pronto, con un brazo hizo a Mark a un lado, lo suficiente para poder dar un paso hacia Damien y encararlo de frente. Éste se quedó quieto en su sitio, sin que su rostro de piedra se mutara ni un poco ante su agresivo acercamiento.

    Teddy prosiguió con su acusación, lo suficientemente alto como para que todos los que estaban cerca la escucharan.

    —Todo el mundo sabe que siempre odiaste como Powell te seguía a todos lados como un perrito lame botas. Quizás lo hiciste todo apropósito para deshacerte de él. Y encima hiciste que Chuck se echara la culpa y fuera expulsado, mientras que tú sólo saliste de eso con un pequeño jalón de orejas, como siempre.

    Damien siguió sin reaccionar, apenas parpadeando un par de veces si acaso.

    —Ya déjalo… —le advirtió Mark, con la intención de volver a alejarlo. En esa ocasión, sin embargo, Damien se le adelantó.

    —Mark, tranquilo —murmuró con sorprendente calma, colocando una mano en el brazo de su primo para indicar que se detuviera—. Por favor, no le des importancia a este bobo.

    Se volteó a ver de nuevo a Teddy, otra vez con esa mirada tan fría y apartada, como si viera a la nada; como si Teddy mismo fuera nada…

    —Me das bastante crédito, Teddy. Harrison y Powell son bastante capaces de arruinar sus vidas ellos mismos, ¿no te parece? Y además, ¿a ti todo eso qué te importa? ¿Qué alguno de ellos era tu novio, acaso? ¿O quizás lo dos?

    Los ojos de Teddy se abrieron grandes al oír tal pregunta, y su rostro se pintó rápidamente de rojo.

    —Oye, lo respeto —añadió Damien, riendo un poco y alzando sus manos delante de él—. Pero definitivamente creo que Harrison podría conseguirse algo mejor que… bueno, .

    Esa fue la gota final para desbordar el vaso, que de entrada no estaba precisamente muy vacío. Los ojos de Teddy se cubrieron de una enceguecedora ira, y la clara intención de lanzarse en contra de Damien se hizo evidente. Aun así, éste no se movió, como si de hecho esperara recibir ese golpe prometido de una vez por todas y terminar con ello. Igual no ocurrió, pues dos chicos, amigos más cercanos de Teddy, se apresuraron a sujetarlo fuertemente de sus brazos para evitar que cometiera una locura.

    —Basta, Teddy —exclamó uno de ellos con severidad—. No vale la pena.

    Necesitaron la ayuda de un tercero para poder mover al corpulento chico, y alejarlo a rastras de los Thorn. No fue fácil tranquilizarlo, pero pareció serenarse lo suficiente tras unos metros, para caminar por su cuenta sin mirar atrás.

    Damien observó en silencio como se alejaba.

    —¿Qué les parece este pelmazo? —comentó con tono burlón. Al virarse a ver a sus acompañantes, sin embargo, fue evidente que ninguno tenía deseos de secundarlo; ni siquiera Mark.

    —Damien, no deberías hablar así de lo que pasó con Charles —indicó Mark, rozando peligrosamente la frontera del regaño—. Fue… algo horrible.

    Las palabras de su primo solían ser las que tenían mayor peso en Damien, y esa no fue la excepción. Borró de inmediato su sonrisa, y pasó sus dedos por sus labios, tallándolos un poco, casi como un pequeño tic nervioso.

    No podía ignorar que su “estupidez de juventud” también terminó afectando a Mark, aunque fuera lo último que deseaba en aquel momento.

    —Hey, tú mismo lo dijiste —soltó tras un rato, encogiéndose de hombros con evidente despreocupación por el tema—. Fue sólo un accidente.

    Sonaba bastante confiado de ello. Aunque, en realidad, ni siquiera el propio Damien podía asegurarlo por completo.

    — — — —​

    Dejado atrás ese molesto altercado con Teddy Moore, todos los chicos tuvieron que reunirse rápidamente en la explanada principal, formándose en sus diferentes pelotones. Y fue entonces que el joven Damien no tuvo más remedio que soportar las trompetas, tambores, y todo lo demás con lo que sabía que tendría que lidiar tarde o temprano. Y no tenía de otra más que estar ahí de pie bajo el sol, firme, con su pecho afuera, brazos a sus costados, rostro alzado, quieto como un soldadito de porcelana a lado de todos los demás, como si fueran adornos en una vitrina.

    Todo un espectáculo que no terminaba siendo más que una aburrida pérdida de tiempo.

    Bueno, aunque no todo era de hecho tan aburrido en realidad, pues algo había captado la atención del joven Thorn desde hace un rato.

    Delante de los jóvenes, sobre la tarima de presentación y escuchando atentos también el retumbar de la banda de guerra, se encontraba el comandante de la Academia, los líderes de cada pelotón, y algunos profesores. Y entre todas esas caras ya bien conocidas por él, una nueva resaltó como un faro. Estaba de pie justo a un lado del comandante, observando también hacia la banda, con su espalda recta y sus manos juntas detrás de ésta. Era un hombre alto, de hombros anchos y complexión fornida, de cabello totalmente negro, aunque en su mayoría estaba cubierto con su boina. Usaba el usual uniforme verde militar, aunque saltaba a la vista que las condecoraciones en su pecho eran relativamente más variadas que las de los demás hombres de pie a su lado.

    Su rostro era cuadrado y su mirada dura e inexpresiva, típicos de cualquiera que haya desempeñado la carrera militar hasta no hace mucho. Y en un primer vistazo su apariencia pudiera parecer que se tratara solamente de ello, como los demás profesores de esa academia. Pero… Damien sentía que había algo diferente en aquel individuo desconocido. No podía decir qué con exactitud, pero no resaltaba de ese grupo solamente por la novedad. Aunque ciertamente compararlo con la luz de un faro podría ser incorrecto. No era que algo en él brillara, sino…

    Como si hubiera presentido la mirada del muchacho sobre él, aquel hombre viró lentamente su rostro en su dirección. Damien reaccionó por mero reflejo, desviando sutilmente sus ojos en dirección a la banda. Se sintió un poco tonto inmediatamente después de haberlo hecho; como si fuera un mocoso desviando la mirada para que no descubrieran que hizo algo malo.

    La ceremonia entera se prolongó por varios minutos más, acaparada principalmente por el comandante y su recordatorio de que antes de las vacaciones de invierno tenían primero que pasar por los exámenes de fin de semestre. Así que tras ese pequeño descanso, tenían ahora que enfocar por completo su atención en sus estudios y no distraerse con nada más. El mismo discurso que daba cada año, muy seguramente.

    Cuando la ceremonia terminó, los demás pelotones comenzaron a marchar en formación hacia sus respectivos dormitorios, pero no el pelotón Bradley. Los muchachos de éste se quedaron quietos y firmes en su puesto, aguardando su siguiente instrucción. Una vez que la explanada estuvo libre, incluso de la mayoría de los maestros, el comandante se aproximó a ellos en compañía del misterioso hombre de uniforme verde que tanto había captado la atención de Damien.

    De cerca, lo que fuera ese “algo” que lo distinguía del resto, resultaba aún más intimidante.

    Cuando el comandante estuvo ya justo delante de ellos, el alumno de la primera fila más a la derecha pronunció en alto la orden de saludo, y todos rápidamente alzaron sus manos a sus frentes, ofreciéndole al oficial un firme saludo militar

    —Descansen, muchachos —indicó el comandante, y todos rápidamente atendieron colocando sus manos atrás de sus espaldas y separando sus pies; todo en perfecta sincronía—. Quiero presentarles al Sargento Mayor Daniel Neff —añadió a continuación virándose hacia el hombre que lo acompañaba. Éste se mantuvo impasible, apenas recorriendo levemente su mirada entre todo ese bosque de rostros jóvenes—. Él será a partir de este día el jefe de su pelotón. Es un soldado condecorado con gran experiencia en servicio, y que ahora ha decidido dedicarse a forjar nuevas mentes como las suyas. Somos muy afortunados de tenerlo con nosotros. Y sé que con su guía, el pelotón Bradley resaltará en esta Academia aún más de lo que ya lo ha hecho hasta ahora. Pero dejaré el resto de las presentaciones a él.

    El comandante se giró hacia el Sgto. Neff, ofreciéndole un saludo de despedida, que éste le correspondió. Luego se alejó caminando por la explanada hacia el edificio administrativo, dejando detrás al pelotón Bradley y a su nuevo líder.

    El Sgto. Neff permaneció de pie en su sitio unos segundos después de la partida del comandante, observando atento a los chicos formados delante de él. Comenzó poco después a andar hacia un lado y hacia el otro con pasos lentos, para poder ver a cada uno mejor, y que ellos lo vieran a él. El aire que rodeaba a aquel individuo se percibía pesado y tenso; incluso más que el de otros militares que igualmente enseñaban en ese sitio.

    Tras casi un par de minutos de silenciosa expectación, el militar habló al fin, fuerte y claro para que todos lo escucharan:

    —Me considero a mí mismo un hombre justo y simple. Trato a los otros con el mismo respeto con el que ellos me tratan a mí, y eso aplica también con ustedes. Así que me dirigirán la palabra cuando así se los permita, y me responderán cuando así se los indique. No vengo aquí a ser su amigo o su papá, sino para forjarlos y hacerlos aún mejores de lo que ya son. Quizás algunos consideren que alguien de mi posición no se tomaría en serio el puesto de jefe de pelotón de una simple academia militar de niños ricos. Pero lo cierto es que sí lo hago, y mucho. Tanto así que no espero que este pelotón sólo resalte, sino que sea, por mucho, el mejor y más destacado de toda la Academia. Y no lo digo como simples palabras vacías. Mi trabajo consistirá en pulir el potencial de cada uno de ustedes hasta hacerlo una realidad. Pulirlos hasta que el brillo de sus logros deslumbre a todos en este sitio. ¿Fui claro?

    —¡Sí, señor! —espetaron todos los chicos al unísono.

    Daniel Neff siguió andando delante de ellos un poco más, hasta detenerse en el extremo derecho. Una vez ahí, su mirada inquisitiva se escurrió hasta la tercera fila, en dónde el joven Damien Thorn lo observaba con la misma estoicidad marcial que mantenían el resto de sus compañeros. Quizás fue su imaginación, pero Damien en efecto sintió que lo miraba directamente a él. O, incluso, que todas esas palabras que había pronunciado iban dirigidas sólo para sus oídos.

    Cuándo aquella idea comenzaba ya a resultarle insufriblemente incómoda, el sargento se viró sobre sus pies, dándoles la espalda y comenzando a caminar hacia el edificio.

    —Ya los iré conociendo a cada uno llegado el momento —indicó mientras se alejaba—. Ahora, rompan filas y vayan a clases.

    Los chicos se relajaron al instante una vez que el sargento se alejó lo suficiente, rompiendo poco a poco la formación y comenzando a andar hacia sus salones justo como les había indicado. Los murmullos reinaron al instante, todos más que deseosos de compartir con sus compañeros las primeras impresiones de su nuevo líder de pelotón. La mayoría eran bastante neutrales, pero otras no tanto.

    “Pulirlos hasta que el brillo de sus logros deslumbre a todos” —repitió Mark con voz pomposa mientras caminaba a lado de Damien. El mayor de los primos Thorn había tenido el impulso de reírse mientras el sargento daba su discurso, pero había logrado contenerse bastante bien—. Debe pensar que nos impresionó con su discurso, pero es lo mismo que todos dicen, ¿no es cierto?

    Mark se giró hacia su primo en busca de confirmación y apoyo. Y en otras circunstancias, muy seguramente Damien hubiera sido el primero en burlarse de aquel individuo, y de formas más directas que el bonachón de Mark. Sin embargo, en esa ocasión no parecía en lo absoluto motivado a hacer tal cosa.

    —No sé —masculló Damien despacio con voz ausente—. Creo que me pareció un sujeto interesante.

    —¿Interesante? —bufó Mark, incrédulo—. Vamos, tú bien lo dijiste. Una vez que conoces a uno, los conoces a todos, ¿no?

    Damien arqueó su boca en una mueca pensativa, y centró su mirada unos instantes en el andar de sus propios zapatos, lustrosos y brillantes, contra el concreto del camino debajo de ellos.

    —Sí, tienes razón —murmuró tras un rato.

    Como fuera, lo mejor sería dejar el tema del Sgto. Neff de lado por el momento. Ya verían con el tiempo qué tipo de sujeto era, y si no eran tan “agradable” como su predecesor.

    — — — —​

    La mañana prosiguió tan lenta y aburrida como Damien Thorn esperaría que pasara una mañana de lunes, en especial después de un fin de semana largo. Sin embargo, pese a que su atención la mayoría de las veces solía ser un poco dispersa, ese día en particular lo fue aún más que de costumbre.

    Y lo peor de todo era que la clase justo antes del receso para comer era la de historia militar, una en la cual el joven Thorn no era precisamente el mejor. Y ese día el profesor Guild seguiría repasando las campañas de Napelón que dejó pendiente antes de Acción de Gracias, y Damien no podría estar menos interesado.

    —Deben tener en cuenta que para este punto, Napoleón se creía invencible —relataba el maestro al frente de la clase—. Ese fue su error. Cuando atacó, los rusos se retiraron a su país y lo burlaron. Cuando llegó a Moscú, la encontró totalmente desolada…

    Mientras él hablaba, todos tenían sus cabezas agachadas tomando notas; todos menos Damien, que prefería observar pensativo por la ventana hacia el patio. Las hojas de los árboles también comenzaban a tomar ese color de muerte, tan distintivo del inminente final del otoño. Cómo pintaba el clima, lo más seguro era que las primeras nieves caerían en quizás un par de semana, o menos. La Navidad en la casa del lago sería de seguro totalmente blanca. La mente de Damien ya se había adelantado para allá hace rato, sólo faltaba que su cuerpo la alcanzara.

    —¿Sr. Thorn? —escuchó que alguien pronunciaba con fuerza, aunque para él era como el molesto sonido lejano de los pájaros—. ¡Sr. Thorn! —insistió la misma voz, haciendo que no pudiera ignorarla mucho más.

    Damien suspiró con agotamiento, y se viró lentamente hacia el frente. No le sorprendió ver que el profesor lo observaba con expresión malhumorada. Sus compañeros igualmente lo observaban, todos con emociones diferentes en sus rostros; Mark, por ejemplo, parecía algo consternado, mientras que el estúpido de Teddy sonreía con satisfacción desde la segunda fila.

    —¿Se encuentra con nosotros, Sr. Thorn? —masculló el profesor Guild con ironía—. ¿O se fue de paseo a Moscú un rato?

    —Tal vez el próximo invierno, señor —respondió Damien con sorna—. Ahora preferiría una playa soleada, como Hawái.

    Su atinado comentario fue recompensado por las discretas risas de un par de los presentes. Aunque ninguno de ellos fue su primo Mark, y mucho menos el profesor.

    —Veo que volvimos un poco más respondones del feriado, ¿cierto? —señaló el profesor Guild, cruzándose de brazos.

    —No, señor —murmuró Damien con aparente normalidad—. Sólo la misma cantidad de respondón de siempre.

    De nuevo algunas risas se hicieron notar entre la multitud, un poco más que las anteriores. Pero de nuevo, a su primo, sentado justo a su lado, aquello no parecía resultarle tan divertido.

    —¿Qué haces? —murmuró en voz baja el mayor de los Thorn, inclinándose un poco hacia él.

    La lengua de Damien siempre había sido un poco afilada, pero nunca tanto con los profesores. Y a éste en particular al parecer le había colmado la paciencia muy rápido.

    —Venga al frente, Sr. Thorn —le ordenó el profesor Guild, haciéndole el además con su dedo para que se aproximara. La dureza con lo que lo había dicho fue suficiente para que todo el salón se tornara en silencio.

    Damien contempló unos segundos al profesor, como si esperara que le dijera que no era en serio. Pero su mirada dejaba bastante claro que no era un juego, así que no le quedó más que hacer caso. Se levantó con cuidado de su asiento, y avanzó con la misma cautela hacia el frente. El instructor lo aguardó firme en su sitio. Mientras más cerca estaban, más notoria era su diferencia de estaturas. Él era sólo un niño de doce años, después de todo.

    —Díganos, Sr. Thorn —masculló Guild con aspereza—, ¿la clase le resulta aburrida?

    —No particularmente, señor.

    —Supongo entonces que sabe todo lo que hay que saber sobre las campañas de Napoleón para el próximo examen, y por eso no requiere poner atención.

    —No sé si todo, señor. Pero quizás lo suficiente.

    —¿Ah, sí? —soltó el profesor con incredulidad, incluso permitiéndose dibujar una molesta sonrisa altanera en sus labios—. Dile a clase entonces, ¿cuántos hombres perdió Napoleón en su marcha a Moscú?

    El silencio reinó al segundo siguiente. La atención de todos se centró justo y únicamente en Damien, a la espera de ver qué decía. El joven, sin embargo, permaneció simplemente quieto en su sitio, contemplando al profesor delante de él en absoluto silencio. Ninguna respuesta se hizo presente, y eso al parecer provocó algunos murmullos risueños entre los otros alumnos; de seguro de Teddy y sus amigos mayormente.

    El que también parecía complacido con su evidente fracaso era el profesor Guild.

    —Eso pensé… —masculló con orgullo tras un rato, cuando al parecer fue claro que Damien no daría ninguna respuesta.

    Claro, de seguro le complacía bastante poder bajarle los humos a los chicos, en especial a aquellos que intentaban de alguna forma hacerse los inteligentes. Ahora se imaginaba que iría a contarle a todos los otros maestros sobre cómo le había callado la boca a ese muchacho insolente, y daría una cátedra sobre cómo un profesor debía mantenerse firme frente a los alumnos, esperando que todos los demás le alabarán por su logro.

    Todas esas ideas que le cruzaban por la cabeza resultaban totalmente claras para Damien, casi como si las tuviera directamente escritas en la cara. Así mismo lo fue la intención siguiente de ordenarle con condescendencia que se volviera a sentar, marcando de esa forma el punto final a su pequeña victoria.

    Pero Damien en ese momento no tenía intención alguna de darle tal placer.

    —450,000 hombres, señor —soltó Damien rápidamente, en el instante mismo que Guild abrió la boca para dar su orden, pero antes de que cualquier sonido surgiera de ésta—. Más o menos, claro. Pero como bien dijo, al llegar encontró a Moscú totalmente despoblada, y creyó ya haber ganado. Pero los rusos en realidad sólo fingieron rendirse. Prendieron fuego a la ciudad ellos mismos, dejando a los invasores sin abrigo ni suministros ante el cruel invierno ruso. La indecisión de Napoleón fue letal, y no le quedó más que iniciar la penosa retirada.

    El silencio volvió a caer como un pesado manto sobre el salón, aunque ahora por un motivo bastante diferente. Todos se habían quedado sorprendidos por escuchar aquel giro tan repentino, y en especial por la bastante notable confianza con la que había pronunciado esa respuesta. Incluso el profesor tardó un poco en reaccionar, y cuando lo hizo no fue para afirmar si la respuesta era correcta o no (eso estaba bastante claro para todos, en realidad).

    —¿En qué fecha fue eso? —soltó de pronto Guild, como si fuera algún tipo de bola rápida para tomar por sorpresa al muchacho. Damien, sin embargo, se limitó a simplemente sonreír y contestar:

    —Entró a Moscú el 14 de septiembre de 1812. Se retiró el 19 de octubre del mismo año.

    —¿Qué pasó después?

    —Muchas cosas, supongo —murmuró el chico, encogiéndose de hombros—. Varias batallas, varias derrotas, y tuvo que abdicar como emperador el 13 de abril de 1814

    —¿Y qué pasó después?

    —Fue exiliado a la Isla de Elba, en dónde estuvo menos de un año. Escapó, regresó a Francia, reunió fuerzas entre sus simpatizantes, y empezó la Guerra de los Cien Días, hasta que fue derrotado en Waterloo.

    —¿En qué fecha?

    —18 de junio de 1815, si no me equivoco.

    —¿Y cuándo murió?

    —5 de mayo de 1821, en la Isla de Santa Elena.

    El asombro fue generalizado en toda el aula. Incluso Teddy no tuvo más remedio que borrar su altanera sonrisa, y unirse a los demás en sus expresiones de incredulidad. Guild echó un vistazo rápido al aula, y luego al rostro confiado y tranquilo del chico justo delante de él. Damien disfrutó bastante ver cómo pasó de creer que tenía el control absoluto de todo eso, a quedar tan destanteado. Pero justo como Napelón, al parecer no estaba dispuesto a rendirse tan fácil.

    —¿Y la Batalla del Nilo? —cuestionó rápidamente, tajante.

    —Eso es irnos muy atrás, señor —respondió Damien, riendo—. Ya estábamos en su muerte, ¿recuerda?

    —¿Sabes la fecha o no? —espetó Guild, sonando incluso un poco agresivo.

    Su tono ya no le pareció nada agradable a Damien. Ya sin sonreír, con una expresión bastante más seria, pasó a responderle como quería:

    —Del 1 y 3 de agosto de 1798, señor.

    —¿Trafalgar?

    —21 de octubre de 1805.

    —¿Y la Guerra de los Treinta Años?

    —¿Ya nos olvidamos de Napoleón, señor? —inquirió Damien curioso, pero el profesor permaneció en silencio—. ¿Quiere saber el comienzo o el final?

    —El principio.

    —23 de mayo de 1618.

    —¿La Peste Negra?

    —Una fecha exacta es difícil de determinar, señor. Pero debió ocurrir entre 1346 y 1353.

    —¿La muerte de Abraham Lincoln?

    —15 de abril de 1865.

    —¿Carlos I?

    —30 de enero de 1649.

    —¿Oliver Cromwell?

    —3 de septiembre de 1658.

    —¿Thomas More?

    —6 de julio de 1535.

    —¿Thomas Becket?

    —29 de diciembre de 1170…

    Aquello se había vuelto algo casi surreal. La sorpresa de los alumnos en sus pupitres pasó a convertirse en completa confusión, incluso un poco de miedo. ¿Eso estaba pasando realmente? ¿Era algún tipo de broma? ¿Un truco quizás?

    Guild escupía pregunta tras pregunta, y cada una Damien la respondía casi de inmediato y sin la menor vacilación. Poco a poco los nervios eran más visibles en el rostro del profesor, incluso unas gotas de sudor comenzaron a asomarse en su prominente frente. Mientras que de su lado, Damien permanecía totalmente calmado, inmutable, como si aquello no le requiriera ni siquiera un esfuerzo. Incluso intentando saltar de épocas o de regiones para despistarlo, el chico continuaba respondiendo de la misma forma. Guild sabía que estaba llegado a un punto en el que aquello ya resultaba ridículo, y que incluso que el que estaba comenzando a verse mal era él. Pero no podía detenerse. Era una sensación extraña que le oprimía el pecho, de que si acaso lo hacía… algo horrible pasaría.

    —¿El Príncipe Negro?

    —8 de junio de 1376.

    —¿Sócrates?

    —399 a. C.

    —¿Aristóteles?

    —322 a. C.

    —¿Alejandro Magno?

    —323 a. C.

    —¿Julio César?

    —15 de marzo del 44 a. C.

    —¿Roosevelt?

    —Theodore el 6 de enero de 1919, y Franklin 12 de abril de 1945. ¿Cuál de los dos?

    —¿Ricardo III?

    Antes de que respondiera a esa última, la campana sonó abruptamente, marcando así el final de la clase. Aun así, nadie se movió de su asiento, como si temieran que la más mínima perturbación pudiera hacer que ese delicado equilibrio se convirtiera en absoluto caos.

    Guild respiraba con cierta agitación. Sintió una gota de sudor entrando a su ojo, y eso pareció hacerlo reaccionar. Sacó rápidamente un pañuelo de su bolsillo para limpiarse el ojo, y también su frente.

    —Pueden irse —indicó con algo de urgencia, agitando una mano en el aire. Sólo hasta ese momento los chicos comenzaron a recoger sus cosas y a levantarse.

    Damien igualmente avanzó rápidamente hacia su lugar, tomando sus libros y mochila. Luego se dirigió a la puerta igual que los otros, pero antes de irse se aproximó al escritorio de Guild. Éste, al sentir su cercanía, cayó de sentón a su silla, mirándolo desde su asiento con los ojos grandes y deslumbrados. Desde esa posición ya no se veía tan alto.

    —22 de agosto de 1485, señor —respondió el muchacho con altivez a la última pregunta, y se dirigió entonces ahora sí a la salida.

    Guild permaneció en su asiento, totalmente petrificado, observando cómo se alejaba, pero no sintiéndose en realidad nada tranquilo con ello.

    — — — —​

    Damien avanzó presuroso por el pasillo sin mirar atrás. Por fuera podría parecer de alguna forma tranquilo y confiando, pero por dentro su mente era un revoltijo de cosas. Sus pies se movían solos en dirección al patio, y en realidad no tenía ningún sitio en específico en mente al cual dirigirse. Sólo quería… alejarse; lo más posible de ese salón, de ese edificio, de esa escuela… de ese mundo.

    —¡Damien! —escuchó que lo llamaban a sus espaldas. Identificó de inmediato quién era, pero no se detuvo; de hecho, incluso aceleró un poco más—. Oye, Damien, espera.

    Estando ya en patio frente al edificio de clases, la persona que lo seguía aceleró hasta casi correr, alcanzándolo en cuestión de segundos. Lo tomó del hombro, obligándolo a detenerse y que se girara hacia él. Damien, sin embargo, no lo volteó a ver directamente; algo muy extraño en él.

    —¿Qué fue todo eso? —le cuestionó Mark, con una evidente mezcla de inquietud y recriminación.

    —¿Qué fue qué? —respondió Damien, intentando fingir ignorancia, pero sin ser del todo convincente.

    —No me salgas con “¿qué fue qué?” ¿Cómo es que sabías todas las respuestas a esas preguntas?

    —Porque… —masculló Damien vacilante, mirando discretamente hacia un lado—. Porque soy un genio, obviamente. Creí que ya lo sabías.

    —¿En Historia Militar? —soltó Mark, arqueando una ceja con incredulidad—. Por favor, si apenas y apruebas esa materia.

    —¿De qué hablas? La historia siempre me ha interesado, en serio.

    —Damien… ¿Qué sucede? Dime.

    La preocupación de Mark por su primo se sobreponía a cualquier otro sentimiento que pudiera sentir con respecto a lo que acababa de ver en esa aula, y Damien lo supo; casi del mismo modo que supo las intenciones del profesor, y todo lo demás…

    El muchacho de cabellos negros suspiró como pesadez, y comenzó a avanzar por el patio, aunque ahora con bastante más calma para que su primo pudiera seguirlo.

    —No lo sé, ¿de acuerdo? —le respondió en voz baja, aunque con ligera angustia acompañando su voz—. No sé cómo sabía esas cosas. Fue como si… como si Guild tuviera cada respuesta en su cabeza, y yo pudiera leerlas tan claro como si estuvieran escritas en la pizarra detrás de él, con el sólo hecho de querer hacerlo…

    Guardó silencio, mordiéndose ligeramente su labio inferior con algo de ansiedad.

    —No tiene ningún sentido, lo sé. Pero… no es la primera vez que me pasa. De seguro no es nada, ¿de acuerdo?

    —De acuerdo… —respondió Mark despacio, más por obligación que por un sentimiento real. Lo que describía su primo en efecto no tenía sentido, al menos no para él—. Pero lo que haya sido, será mejor que no lo vuelvas a hacer. Fue aterrador…

    “Aterrador”

    Esa era una palabra que no esperaba alguna vez escuchar que Mark usara para referirse a él. Claro, la tía Marion había usado algunos adjetivos parecidos, o incluso peores; algunos en su propia cara. Y ni se diga algunos de los alumnos de ese sitio, como el idiota de Teddy. Y presentía que el profesor Guild lo tendría igualmente en su mente de ahí en adelante.

    Y en general no le importaba lo que ellos pudiera sentir u opinar o decir de él. Pero Mark…

    Si había una persona a la que no le quería parecer aterrador, ni nada parecido, ese era él. Así que lo que fuera que hubiera pasado, debía quedarse ahí…

    Y justo cuando pensó que quizás podría dejar ya ese tema por la paz, la mala suerte tocó de nuevo a la puerta. Por el rabillo del ojo, tanto Damien como Mark notaron que alguien se les aproximaba por un costado, con actitud para nada agradable.

    «Lo que me faltaba» pensó Damien, totalmente lleno de fastidio, al ver la cara pedante de Teddy acercándose a ellos.

    Intentó en un inicio ignorarlo y seguir caminando como si no lo hubiera visto, pero Teddy se las arregló para hacerse notar.

    —Ahora encima de todo tramposo, ¿eh? —masculló Teddy con reproche, andando a un lado de él—. ¿Cómo lo hiciste? ¿Tenías un audífono en el oído?

    Teddy aproximó en ese momento una mano a su oído, tomándolo con fuerza entre sus dedos para simular que revisaba por la presencia de cualquier artefacto. Damien reaccionó de manera asertiva, dándole un fuerte manotazo a su mano para que lo soltara, y dando un paso lejos de él.

    —Hey, más te vale que lo dejes en paz, Teddy —le advirtió Mark, igual que en la mañana colocándose frente a su primo de forma protectora. Teddy simplemente rio, al parecer ahora no muy intimidado por la aparente amenaza.

    —Oye, sólo quiero saber cómo de repente te volviste experto en historia —exclamó con fuerza, mirando hacia Damien por encima del hombro de Mark—. Es más que obvio que estabas haciendo trampa de alguna forma. A muchos los han expulsado por menos que eso. Pero, como siempre, a ti no te harán nada. Porqué Damien Thorn siempre se sale con la suya, ¿verdad?

    —Suficiente, ¡ya basta! —exclamó Mark furioso, tanto que incluso se atrevió a empujarlo hacia atrás con fuerza. El grueso cuerpo de Teddy, sin embargo, apenas y retrocedió un par de pasos por aquel empujón, aunque sí tuvo efecto en exacerbar de más su humor.

    —¡Tú no te metas! —espetó Teddy furioso, regresándole rápidamente el empujón al mayor de los Thorn. Y a diferencia de él, el empujón resultó ser suficiente para que Mark no sólo retrocediera, sino que cayera de espaldas al suelo, golpeándose un poco contra éste.

    —¡Mark! —soltó Damien, pasmado al ver aquello. Su primo yacía en el suelo, agarrándose con una mano su cabeza, claramente adolorido. Al mismo tiempo, la socarrona risa de Teddy inundaba su alrededor de forma estridente y molesta.

    De inmediato fue como si la mente de Damien se nublara por completo. Como si hubiera olvidado en dónde o con quién estaba, y lo único que fuera capaz de ver fuera a aquella enorme masa de estupidez humana de pie delante de él, riéndose como un imbécil de su primo justo en su cara.

    Soltó de golpe su mochila, dejándola caer al piso, y comenzó a avanzar rápidamente hacia Teddy en actitud desafiante. El muchacho rubio se dio cuenta de esto, y más que asustarse aquello pareció incluso divertirlo más.

    —Huy, el principito de Chicago se enojó, qué miedo —farfulló con marcado sarcasmo—. ¿Qué vas a hacer, pulga…?

    Cuando Damien estuvo lo suficientemente cerca, Teddy extendió rápidamente una mano hacia él, tomándolo firmemente de su traje hasta casi alzarlo. Había esperado tanto poder hacer eso, que ya no le importaba lo que pudiera ocurrir a continuación. Así que sin vacilar ni un poco, alzó su otro puño en alto, más que preparado para hundírselo entero en su pretenciosa y egocéntrica cara.

    Pero su intención terminó quedándose sólo hasta ahí. En cuanto sus ojos se encontraron fugazmente con los del chico Thorn, una sensación de desorientación absoluta comenzó a inundarlo, siendo incapaz al instante de poder mover siquiera un dedo. Y mientras más observaba aquellos ojos azules, más se sentía absorbido por ellos, como si estuviera siendo jalado de los pies hasta lo más profundo de una piscina. Y por más que pataleaba o agitaba las manos, no era capaz de salir a flote, y sólo podía hundirse más y más.

    Su desorientación y confusión se convirtieron rápidamente en desesperación. En algún momento le pareció ya no estar viendo los ojos de un chico de su misma edad, ni siquiera los de otro ser humano. Ya ni siquiera percibía en ellos su característico y frío azul, o el enojo desbordante de hace un rato. Eran simplemente dos pozos profundos y oscuros, totalmente repletos de absoluta nada. Y Teddy era totalmente engullido en ella…

    —¿Qué… qué estás haciendo? —masculló tartamudeando. Usó las últimas fuerzas que le quedaban para obligar a su mano temblorosa a soltarlo y retroceder, intentando de alguna forma alejarse de aquella sofocante oscuridad—. ¿Qué estás haciendo? Basta… ¡Ya no más! ¡Basta!

    Teddy comenzó a gritar como enloquecido, mientras retrocedía dando pasos en falso. Su altercado, así como sus gritos, no había tardado en llamar la atención de varios de los otros chicos, que no tardaron en virarse hacia ellos. Mark igualmente ya había logrado para ese momento incorporarse un poco; lo suficiente para ver al grandulón de Teddy alejándose lleno de pánico de su pequeño primo, tan desesperado que sus pies terminaron encontrándose entre sí, y cayó al suelo de sentón. Damien se siguió aproximando hacia él.

    —¡Déjame! —gritó Teddy con fuerza, su voz resonando como un llanto de angustia—. ¡No me toques! ¡No!, ¡por favor no…!

    El muchacho terminó haciéndose ovillo en el suelo mientras sollozaba. Se cubrió la cabeza con ambas manos, y pegó su frente al suelo.

    Se veía tan patético…

    Damien se paró justo a su lado, mirándolo hacia abajo como miraría cualquier porquería que hubiera caído al suelo. A pesar de las dramáticas súplicas de Teddy, Damien no tenía pensado simplemente dejarlo así. Alzó entonces su pie derecho, por encima de la espalda del muchacho, y lo dejó caer con fuerza contra él, con la misma fuerza e indiferencia que pisaría cualquier otra cucaracha. El cuerpo entero de Teddy chocó contra el piso por la fuerza de aquel golpe, abriéndose la barbilla contra el asfalto.

    Aquello causó una reacción de asombro en todos los presentes. Y cuando vieron como Damien levantaba de nuevo su pie con la clara intención de hacerlo de nuevo, muchos tuvieron el deseo de intervenir y detenerlo, pero nadie lo hizo. No podían… o tenían miedo de hacerlo.

    Damien dejó caer de nuevo su pie con fuerza contra la espalda de Teddy. El muchacho gimió con dolor, y se retorció en el suelo.

    Lo repitió una vez más. Teddy ni siquiera hacía el intento de levantarse.

    Lo haría sin vacilación una cuarta vez, pero ahora le apetecía que la suela de su zapato se dirigiera a la altura de su cabezota. Quizás así pudiera darle una mejor apariencia…

    —¡Damien!, ¡basta! —escuchó de pronto que la voz de su primo Mark exclamaba con fuerza a sus espaldas.

    Aquello pareció hacer reaccionar al joven Thorn, al menos lo suficiente para quitar su agresiva mirada de Teddy, y virarse hacia atrás. Mark ya se encontraba de pie. Tenía el uniforme desarreglado, sus cabellos desacomodados, y un pequeño raspón en su mejilla. Fuera de eso, se encontraba bien, pero lo miraba en ese momento igual que todos los demás; con incertidumbre, confusión e incluso miedo…

    Damien sintió como el coraje que lo había cegado hace un momento se iba apaciguando, hasta prácticamente desparecer. Miró una vez más a Teddy, ahí contra el duro suelo, temblando y sollozando como un bebé, y ya no le provocó enojo. En realidad, ya no le provocaba nada.

    Bajó entonces su pie de nuevo al suelo y se alejó unos pasos del chico caído. Aquello pareció ser una invitación suficiente para que los amigos de Teddy en la multitud se aproximaran a él para socorrerlo.

    —Teddy, oye —le hablaba uno de los chicos, mientras entre todos intentaban levantarlo—. ¿Estás bien? ¿Qué te pasa, amigo?

    Teddy no reaccionaba en lo absoluto. Su mirada se encontraba totalmente ausente, y su cuerpo temblaba y se sentía engarrotado. Los chicos no lograron levantarlo más allá de ayudarlo a sentarse en el suelo.

    —¡Thorn! —se escuchó la voz de alguien más resonar con fuerza por encima de toda la conmoción. Aquel alarido como un trueno, hizo que todos reaccionar, incluso el propio Damien.

    La multitud comenzó a abrirse y a dispersarse un poco, abriéndole paso al Sargento Mayor Neff. Éste se aproximó con paso firme hacia el epicentro de todo aquello. Al distinguir la imponente silueta del militar acercándose, Damien se sobresaltó, más impresionado que asustado.

    El jefe de pelotón se paró con firmeza en el centro de la multitud, y recorrió lentamente su mirada férrea por toda la escena, observando en sólo unos segundos a Mark, a Damien y sobre todo a Teddy. No sabían qué tanto había alcanzado a ver, pero lo que hubiera no visto evidentemente no tenía problemas en deducirlo.

    —A mi oficina, ahora —espetó el sargento, dirigiéndose directa y únicamente a Damien.

    —Señor —intervino Mark, aproximándose unos pasos—, yo fui el que…

    —¿No fui claro? —murmuró Neff con firmeza interrumpiendo lo que fuera a decir, sin apartar su mirada de Damien. Éste lo observaba de regreso, intentando parecer lo más tranquilo posible.

    —Sí, señor —masculló tras un rato, y sin decir más comenzó a caminar en dirección al edificio administrativo.

    Mientras Damien se adelantaba, el sargento miró fugazmente de nuevo a los demás chicos, en especial a Teddy, que continuaba con su trasero contra el piso.

    —Llévenlo a la enfermería —le indicó rápidamente a sus amigos—. Todos los demás, ¿qué están mirando? Muévanse, ahora.

    Los pocos curiosos que ahí quedaban comenzaron a dispersarse y a alejarse; definitivamente no querían ser parte de aquello más de lo que ya habían sido. Neff se apresuró al momento para andar sobre los mismos pasos que Damien.

    Mark, por su parte, sólo pudo quedarse quieto y en silencio, observando como ambos se alejaban.

    — — — —​

    No era la primera vez que Damien se encontraba ahí sentado en la oficina del jefe de su pelotón. De hecho, ese “pequeño altercado” que había tenido con el sargento Goodrich, previo a su repentino suicidio, había sido ahí. Y claro, era también difícil ignorar que había sido ahí mismo dónde lo habían encontrado; sin la parte trasera de su cráneo, según había oído.

    Mientras aguardaba al Sgto. Neff, que evidentemente se había entretenido o sólo quería hacerlo esperar para torturarlo un poco, miraba atento la silla de terciopelo al otro lado del escritorio; la que ahora le pertenecía al nuevo jefe de pelotón. Se preguntaba si acaso sería la misma en la que Goodrich había hecho aquel último disparo. Lo más seguro era que no. Pero aunque no fuera la misma silla exacta, no debía ser el todo cómodo para el Sargento Mayor el sentarse en el mismo espacio en donde su predecesor se voló los sesos. Aunque, siendo un militar de carrera como bien el comandante lo había presentado, quizás estaba acostumbrado.

    Tras casi diez minutos de espera, la puerta de la oficina se abrió al fin, y el Daniel Neff hizo al fin su aparición. Damien se sentó derecho en su silla, y mantuvo su mirada firme al frente. El sargento no dijo nada al entrar. Sólo cerró la puerta, y comenzó a avanzar con paso calmado hacia detrás del escritorio; hacia la misma silla que Damien había estado observando tanto. Cuando ya estuvo frente a él, logró distinguir que bajo su brazo traía una expediente color café; su expediente, de seguro.

    El sargento se sentó en la silla, aún sin decir nada, y abrió el expediente sobre el escritorio, comenzando a revisarlo ante los ojos indiscretos del muchacho delante de él. Se tomó un par de minutos más, antes de al fin pronunciar algo.

    —He escuchado bastante de usted en las pocas horas que llevo aquí, Sr. Thorn.

    Normalmente Damien hubiera respondido aquello con alguna frase ingeniosa, pero en esa ocasión particular se sentía tentado a mejor no hablar si no lo necesitaba.

    —Excelente en educación física —prosiguió Neff—, muy buen futbolista según tu entrenador. Calificaciones sobresalientes en matemáticas, ciencias, inglés y ciencias sociales. En historia militar… regular.

    El sargento levantó su mirada del expediente en ese momento, apenas lo necesario para poder mirarlo.

    —Es curioso, no es lo que el profesor Guild me acaba de decir. Me detuvo allá afuera para contarme del “espectáculo” que acabas de hacer en su clase hace un rato.

    Un rastro de molestia se asomó en el semblante de Damien al oír aquello. ¿Tan pronto había ido a llorar por aquello? En verdad le gustaría saber bajo que argumento se fue a quejar; ¿ser demasiado bueno respondiendo preguntas estúpidas?

    Como fuera, Neff ya no comentó mucho más al respecto. De hecho, cerró en ese mismo momento el expediente y lo hizo a un lado. Se recargó por completo contra el respaldo de la silla, el cual se inclinó ligeramente hacia atrás, y clavó aquella intensa mirada en el muchacho delante de él. De nuevo Damien sintió el impulso de girar su rostro hacia otro lado, pero se contuvo.

    —En realidad, tu expediente estaría totalmente limpio, sino fuera por ese incidente con fuego el semestre pasado que te hizo acreedor a una suspensión. Y hubieras sido expulsado sino fuera porque otro chico se echó toda la culpa. Y ahora has hecho que se le tenga que agregar una pelea en pleno patio. ¿Te quedaron tantas ganas de lograr esa expulsión?

    Damien no respondió nada. Ya le habían echado en cara demasiadas veces lo del mentado accidente de Charles Powell ese día.

    —¿Qué le hiciste a ese chico en el patio? —cuestionó Neff—. No sólo fueron los pistones. Se veía realmente aterrado.

    —Yo no le hice nada.

    —¿Y lo del salón hace rato? ¿Estabas sólo presumiendo?

    —Sólo respondí unas estúpidas preguntas —farfulló Damien, defensivo—. ¿Es un crimen ahora saber las respuestas?

    —¿Y cómo las sabías?

    Hubo una pausa, bastante más evidente conforme pasaron los segundos. La mirada de Damien terminó inevitablemente volteándose hacia un lado, justo lo que deseaba evitar, y con amargura en su voz respondió con un simple:

    —No lo sé.

    El silencio reinó en la oficina por los siguientes minutos. Lo único que Damien quería era acabar pronto con eso. Si lo iban a suspender de nuevo, o de una vez expulsarlo, que lo hiciera de una buena vez más. A esas alturas, ya no estaba seguro si en verdad le importaba o no.

    El sargento se paró en ese momento de su silla y se giró hacia el largo ventanal que se extendía detrás de ésta. Se paró firmemente delante de éste, con sus manos detrás de su espalda, observando fijamente al patio.

    —Hay cosas que aún no entiendes —murmuró el militar abruptamente—. Cosas que deben pasar en su forma y momento justo. Y por eso no debes llamar de esa forma la atención; no todavía.

    Damien se sintió un tanto desorientado por aquello, casi como si hubieran cambiado de golpe el tema de la conversación, sin haber tenido la gentileza de avisarle primero.

    —¿A qué se refiere con eso?

    —Llegará el día en que todo el mundo sabrá quién eres, y de lo que eres capaz —añadió el jefe de pelotón—. Pero ese día aún no ha llegado. Hasta entonces, debes ser el estudiante y el chico modelo. Un ejemplo a seguir para tus compañeros, no la persona a la que temen o desprecian. Así que te disculparás con el Sr. Moore, y dejarán esto atrás. ¿Entendido?

    —¿Disculparme? —masculló Damien, incrédulo—. ¿Sólo eso?

    Neff al parecer pensaba ya haber dejado bastante clara su instrucción, pues no se preocupó por decir algo más. ¿Y qué era todo eso sobre que algún día todos verían de qué era capaz? ¿Qué sabía el Sgto. Neff que él no…? Tenía demasiadas preguntas, y aun así no hizo ninguna. En su lugar, se limitó a simplemente responder como debía:

    —Sí, sargento.

    Neff se paró más derecho frente a la ventana. Su mirada se encontraba fija en la vista que se lograba apreciar a través de ella.

    —Sé cómo te estás sintiendo en este momento. Hay cosas que están surgiendo en ti que no entiendes, y que crees no poder controlar. El mundo y la gente a tu alrededor comienzan a parécete minúsculos, insignificantes. Comienzas a darte cuenta de que estás destinado a algo más grande que estar aquí perdiendo el tiempo, jugando a ser un soldadito o un simple estudiante más. Todo esto quizás haga que te sientas emocionado, asustado, incluso molesto. Pero quiero que sepas que yo estoy aquí para ti. Para enseñarte, pero también para ayudarte. Si tienes cualquier problema, cualquier inquietud, acude a mí. Ya sea de día o noche, atenderé a tu llamado. ¿Me entiendes?

    No, en realidad no entendía por qué le estaba diciendo esas cosas tan repentinamente. Desde hacía tiempo no entendía nada de lo que le estaba ocurriendo. Aun así, sus palabras le dieron cierta seguridad y calma. Como si el saber que él estaba por ahí cerca, pudiera de alguna forma garantizarle que todo estaría bien.

    —Lo que usted diga… sargento.

    Sin evidentemente nada más de que hablar, Neff le permitió retirarse, y Damien así lo hizo.

    Una vez más había esquivado la expulsión. Había pateado a un chico en pleno patio en frente de todos, y salía de la oficina del jefe de pelotón solamente con la encomienda de pedir disculpas.

    Bajo ese escenario, ¿las palabras de Teddy no eran bendecidas con una mayor validación? ¿Acaso sería cierto que “Damien Thorn siempre se sale con la suya”? De una u otra forma…

    FIN DEL CAPÍTULO 115
    Notas del Autor:

    Como había comentado en las notas del capítulo anterior, entramos de nuevo en otro flashback, aunque en esta ocasión en terreno ya conocido. Como algunos pudieron darse cuenta, estamos de nuevo en la época de 5 años atrás, cuando Damien tenía 12 años. Anteriormente ya vimos mucho de esta época desde la perspectiva de Ann en los Capítulos del 65 al 69. Pero ahora como pudieron ver, veremos las cosas más desde la perspectiva de Damien, y en especial exploraremos más su relación con su primo Mark.

    Igual como los Flashbacks de Ann, mucho de lo que veremos se encuentra muy basado en los acontecimientos de la película Damien: Omen II (1978) siendo los personajes de Mark Thorn, Marion Thorn, Daniel Neff, y Teddy originales de esta película. Pero dichos personajes, así como los acontecimientos, tendrán varias diferencias (como algunos podrían ya haber notado en este capítulo).


    Aquí también se vuelve a mencionar el incidente de Charles Powell que ya se había comentado anteriormente en el Capítulo 66. Este personaje, así como dicho incidente, como comenté en su momento están basados en lo narrado en la serie de Damien del 2016. Esto lo profundizaremos aún más en futuros capítulos. El chico con el nombre de Cray Marquand se encuentra también basado en un personaje de dicha serie.
     
  16. Threadmarks: Capítulo 116. Una buena persona
     
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    Resplandor entre Tinieblas

    Por
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    Capítulo 116.
    Una buena persona

    Ese lunes en la mañana, Mark se encontraba listo para partir a Davidson desde temprano, y sin necesidad de que alguien fuera a despertarlo o a echarle una mano. A diferencia de su primo Damien que tenía mayor reticencia a volver a la escuela tan pronto, Mark de hecho se encontraba un poco más impaciente por emprender el camino. Claro, no era que el mayor de los primos Thorn fuera precisamente el estudiante modelo, ni tampoco que le tuviera un “cariño” particular a la academia militar. Y ciertamente estar en casa resultaba mucho más cómodo. Y aun así, siempre le había encontrado un encanto particular a libertad que daba el vivir lejos de casa, y lejos de su padre y su madrastra.

    Claro, pocos llamarían “libertad” el estar encerrado en aquel sitio en donde tenían siempre que comportarse, y donde les tenían puesto el ojo todo el día. Pero Mark sentía que se había acoplado bien al ritmo de Davidson. Además, había encontrado muy buenos amigos ahí, y siempre había contado con la compañía de su primo Damien. Y por más complicada que se pusieran las cosas, si estaban juntos había forma de sobrellevarlo.

    Eso incluía su pequeña suspensión del semestre pasado.

    De hecho había sido en ese lapso de tiempo, en el que estuvieron encerrados y castigados en casa, en el que se dio cuenta que de hecho sí extrañaba la academia, a sus amigos, e incluso las tediosas ceremonias. Eso, o quizás había surgido en él una necesidad apremiante por recuperar la confianza de sus padres y maestros por aquel horrible incidente que tanto había lastimado a Charles Powell, a pesar de que todos insistían en que no había sido culpa de nadie.

    Cuando bajó a la planta baja de la mansión, ya traía su uniforme puesto, su maleta en una mano, y en la otra sujetaba su teléfono, el cuál revisaba distraídamente. Había subido la noche anterior algunas fotografías de su fin de semana largo, entre ellas algunas de la cena de Acción de Gracias de los Thorn, y revisaba los comentarios y las reacciones de la gente; todos muy positivos. Mark siempre había sido bastante sociable. Había en él un “algo” que lo hacía fácil de tratar, y en especial de querer. Una cualidad que algunos, como su tía Marion, dirían que era muy propia de un Thorn.

    —Mark, ¿ya están listos? —escuchó de pronto que alguien le hablaba cuando ya estaba prácticamente en el vestíbulo. Al alzar su mirada, observó a su madrastra, Ann Thorn, aproximándose hacia él con una radiante sonrisa—. Murray ya los está esperando en el auto.

    —Yo sí estoy listo —respondió Mark guardando el teléfono en su bolsillo—. Damien… no sé qué tanto se está arreglando. Quizás no quiere que se acaben tan pronto las vacaciones.

    Ann se aproximó al muchacho con cautela, parándose justo delante él. Pasó entonces su dedos por los cabellos rubios y brillantes de Mark, acomodándolos como solía hacerlo seguido con su primo y él.

    —Siempre me ha encantado lo apuestos que se ven con estos uniformes —señaló Ann con orgullo, acomodándole también el nudo de su corbata.

    —Como adornos de pastel, ¿no?

    —No bromees. Aun así, siempre he creído que esto de las escuelas militares sólo para hombres es tan anticuado y poco natural.

    —Davidson es una gran academia. No cualquier chico termina su escuela intermedia sabiendo cómo disparar de manera correcta un rifle.

    —Sí, eso definitivamente será algo que impresionará a las chicas. Porque, admítelo, no te molestaría ir a una escuela donde hubiera algunas lindas jovencitas, ¿o sí?

    Los labios de Mark dibujaron una escueta sonrisa, y sus mejillas se pintaron de rojo. El comentario al parecer le había provocado la suficiente pena como para voltearse hacia otro lado para disimularlo.

    —Sólo un semestre más y veremos entonces, ¿sí? —susurró Ann con tono de complicidad—. Adelántate al auto, yo iré a ver qué hace tu primo.

    Mark asintió, y tras acomodarse mejor su maleta al hombro, se dirigió rápidamente a la puerta, mientras Anna iba hacia las escaleras.

    Si Mark tuviera que definir en aquel entonces qué opinión o relación tenía exactamente con Ann, hacerlo le resultaría ciertamente… complicado. Era la segunda esposa de su padre, y por lo tanto su madrastra; eso lo tenía bastante claro. Además de que se había casado con su padre cuando él tenía tres o cuatro años. Eso implicaba que había estado ahí con él durante casi toda su vida; mucho más que su madre biológica, a la que apenas y recordaba. Le era casi imposible retomar algún recuerdo de su infancia en dónde la hermosa mujer de cabellos oscuros y labios rojos no estuviera presente.

    Y aun así, le era muy difícil poder verla como una verdadera figura materna. No la odiaba ni nada parecido; de hecho hasta podría decir que le tenía aprecio. Pero quería pensar que el sentimiento que le debía inspirar una madre verdadera debía ser más que sólo eso. Pero, ¿qué sabía él de madres en realidad?

    Al salir por la puerta principal, vio el vehículo negro en el que Murray los llevaría a la academia. Pero también se sorprendió al notar un taxi color amarillo estacionado detrás de éste, del cual se estaba justo bajando su pasajero. Al reconocer a aquella persona, Mark se apresuró a bajar los escalones de la entrada para ir a su encuentro.

    —Tía Marion, qué sorpresa —exclamó el muchacho con fuerza para llamar la atención de la mujer mayor. Ésta alzó de inmediato su mirada hacia él, y una amplia sonrisa desbordante de alegría adornó su rostro.

    —Mark —exclamó la mujer, inclinándose hacia el muchacho para rodearlo en un cariñoso abrazo, y también darle un rápido beso en la mejilla—. Qué gusto haberte alcanzado antes de que te fueras. Pero qué grande estás.

    —No exageres, tía —rio el chico—. No hace tanto que nos vimos.

    —Para mí se sienten como si hubieran sido años —suspiró la tía Marion con algo de melancolía—. Ayúdame a subir estas escaleras, ¿quieres?

    —Claro, permíteme.

    Marion se agarró firmemente del brazo de Mark, y ambos comenzaron a subir paso a paso los escalones hacia la puerta principal.

    —Mírate —masculló Marion mientras avanzaban—, te has vuelto la viva imagen de tu abuelo. Todo un Thorn.

    —Gracias, tía.

    Al llegar al final de las escaleras, dos sirvientes iban saliendo, por lo que Marion no perdió tiempo en indicarles que trajeran su equipaje. Estos se apresuraron a obedecer la indicación sin chistar.

    Marion miró justo entonces de reojo hacia el interior de la casa, y en ese momento todo su humor pareció cambiar de golpe.

    —Ese primo tuyo… ¿sigue aquí también? —musitó despacio, con voz árida y desdeñosa.

    —¿Damien? Sí, está arriba, pero ya baja. ¿Quieres saludarlo?

    —¿Tú qué crees? —soltó Marion con desdén—. ¿Cómo se ha portado?

    —Bien, Damien siempre se porta bien.

    —No es lo que he escuchado…

    Mark no tuvo que preguntarle directamente a qué se refería. La tía Marion nunca había tenido muy buena opinión sobre Damien, pero ésta parecía haber ido a peor tras el incidente de Powell y su suspensión. Para Mark aquello no era justo, pues para él no había sido culpa de ninguno de los dos.

    Marion suspiró con pesadez, y recorrió su mano por sus cansados ojos. A Mark siempre le había parecido una mujer tan fuerte, pero últimamente cada vez que la veía le parecía un poco más cansada. Era algo que incluso un chico de trece como él podía notar.

    —Escúchame bien, Mark —pronunció Marion abruptamente, girándose hacia él y tomándolo sutilmente de sus brazos con ambas manos. Alzó además su rostro, haciendo que sus profundos ojos azul grisáceo se enfocaran fijos en los suyos—. No puedes permitir que ese mequetrefe te vuelva a meter en problemas, ¿oíste? No dejes que te maneje ni te manipule.

    —Él no hace tal cosa, tía Marion —espetó Mark con tono defensivo—. Damien no es cómo tú crees.

    —A veces me temo que pudiera ser peor. Pero él no importa. Tú, y sólo tú, eres el futuro de nuestra familia, Mark. —al pronunciar aquello, se permitió alzar una mano y recorrerla lentamente por el rostro del muchacho. Éste permaneció quieto, sintiendo las sutiles caricias de aquellos dedos delgados, y un poco fríos—. Nunca lo olvides. Y mientras más pronto hagas distancia con ese buscapleitos, será mejor. ¿De acuerdo?

    —De acuerdo —respondió Mark con voz neutra, más que nada para complacerla y terminar con esa conversación de una vez. Sabía que no importaba lo que le dijera, no la sacaría de su postura.

    Igual para Marion eso bastó. Sonrió complacida, y se inclinó de nuevo hacia él para abrazarlo.

    —Ese es mi muchacho —susurró despacio cerca de su oído—. Todo lo que hago, es por ti, Mark. Sólo por ti…

    * * * *​

    Esa sería la última vez que Mark hablaría con su tía Marion. Durante la mañana siguiente, su padre les habló para avisarles a Damien y a él que la habían encontrado sin vida en su habitación de la mansión. Algo del corazón, al parecer.

    Mark quedó en shock al escucharlo, tanto que tuvo que sentarse de inmediato en la silla que tenía más próxima. Damien, por su parte… bueno, él no reaccionó demasiado a la noticia, casi como si ésta en realidad no le hubiera sorprendido en lo absoluto. Pero al menos, si acaso tenía alguno de sus usuales comentario hiriente para dicha ocasión, fue lo suficientemente consciente de qué tan afectado se encontraba Mark como para guardárselo; de momento.

    A pesar de que sólo llevaban un día de regreso en la Academia, ambos recibieron un permiso especial para asistir al funeral y acompañar a su padre. Murray fue a recogerlos al día siguiente y los llevó de regreso a la mansión. Para ese momento ya deberían haber comenzado los preparativos para cerrar la mansión durante el invierno, pero evidentemente la situación retrasaría los planes de sus padres un poco. Y en lugar de tener ya los muebles cubiertos, las ventanas cerradas, y las habitaciones clausuradas, la mansión se encontraba en modo de luto.

    Cuando Damien y Mark arribaron, vistiendo sus uniformes negros para la ocasión, no les sorprendió ver la mansión casi repleta de personas. La mayoría amigos y conocidos de su padre, pero claro también de la difunta. Marion Thorn había apoyado con los años a prácticamente toda obra de caridad que existía en Chicago y sus al rededores, además de ser una activa fomentadora del arte y la cultura. Así que por obvias razones, mucha gente le tenía aprecio.

    Justo al entrar a la casa, se encontraron de frente con una fotografía grande enmarcada de Marion, coloca sobre un caballete, rodeada de varios arreglos de flores que tenían prácticamente invadido el vestíbulo. Mark reconoció la foto; era de hace dos o tres años, cuando había salido en la portada en una revista. Estaba arreglada y muy sonriente.

    Casi parece una persona feliz —murmuró Damien con ligera sorna al contemplar la fotografía. Mark no respondió nada.

    Mientras avanzaban por la casa, las personas no tardaron en acercárseles para saludarlos, y en especial para darles sus condolencias. Mark no estaba en lo absoluto de humor para eso, pero sabía que era el comportamiento que se esperaba de él. Era un Thorn, después de todo.

    Si alguien estaba más afectado por la repentina muerte de la tía Marion, ese era su padre. Aunque como hombre de negocios y tiburón social que era, Richard lograba mantenerse calmado, y sostener lo mejor posible las pláticas que las diferentes personas intentaban entablar con él. Pero Mark se daba cuenta de que no estaba como siempre. El dolor estaba ahí en el centro de todo. Habría también algo de culpa debido a cómo terminó su última plática con Marion la noche anterior, pero de aquello Mark nunca se enteraría, y quizás sería mejor así.

    Pasadas sólo un par de horas, el mayor de los primos Thorn ya se sentía exhausto, por lo que se dirigió a una de las salas de estar del otra ala, que al parecer se encontraba mucho menos concurrida, y se dejó caer de sentón en uno de los sillones. Cerró un instante los ojos, y pasó sus manos lentamente por su rostro. Su cabeza le dolía un poco. Siempre escuchaba a los adultos quejándose de sus dolores de cabeza, pero no era algo con lo que él estuviera identificado… hasta ese momento.

    No supo cuánto tiempo estuvo ahí sentado, pero en efecto sentía que la quietud y el silencio le estaban haciendo bien. El encanto se rompió un poco al percibir los pasos de alguien contra el suelo de madera, aproximándose hacia él desde la puerta de la sala. Al abrir sus ojos y virarse hacia esa dirección, vislumbró a su primo Damien, que caminaba hacia él con dos tazas humeantes en sus manos.

    —¿Café? —pronunció extendiéndole una de las tazas—. Hay como cuatro cafeteras encendidas a lo largo de la casa, y cada ciertos minutos alguien se sirve. Al parecer en este tipo de situaciones a la gente le gusta tomar café. Pero si alguien pregunta, es chocolate, ¿de acuerdo?

    Remató su comentario con un discreto guiño de su ojo, y una modesta sonrisa.

    Mark contempló la taza con curiosidad, como si le resultara complicado reconocer lo que era. Su mano terminó por moverse sola, estirándose para tomarla.

    —Gracias.

    Sostuvo la taza con ambas manos y dio un pequeño sorbo del líquido caliente. No sólo le quemó