Long-fic Resplandor entre Tinieblas

Tema en 'Crossover' iniciado por WingzemonX, 21 Junio 2017.

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    WingzemonX

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    Resplandor entre Tinieblas
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    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
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    Misterio/Suspenso
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    87
     
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    8106
    Resplandor entre Tinieblas

    Por
    WingzemonX


    Capítulo 81.
    Inspector de Milagros

    El avión del padre Jaime Alfaro aterrizó en Los Ángeles cerca de las dos de la tarde. Había sido un largo vuelo de quince horas, incluyendo una escala en Dublín. Sin embargo, ese tipo de viajes ya no le resultaban inusuales o incómodos al padre español, pues por su labor era muy común que le tocara viajar a una gran variedad de lugares alrededor del mundo. Y, de hecho, visitar Los Ángeles, California en los Estados Unidos, representaba una encomienda significativamente más simple en comparación a otras.

    Una vez que pasó por las puertas automáticas que separaban el área de llegada, se encontró de frente con las dos personas que habían ido a recibirlo. Karina y Carl, los dos ayudantes del padre Frederick Babato, se encontraban aguardando solemnes a unos metros de las puertas. Y, muy diferente a como habían recibido a Cole hace un par de días, el rostro de ambos se iluminó al reconocerlo entre los pasajeros que salían por la puerta.

    —Padre Alfaro —musitó Karina alegre, aproximándose a él y permitiéndose darle un gentil abrazo, mismo que el religioso aceptó.

    —Karina, hola de nuevo. Siempre es un gusto verte, hija.

    —El gusto es mío, padre.

    Se separaron tras unos segundos, y entonces la atención de Jaime se enfocó en Carl.

    —Carl, ¿cómo has estado, viejo amigo? —le saludó, estrechando firmemente una de sus gruesas y fuertes manos.

    —No me puedo quejar, padre —asintió el hombre grande y de cabeza rapada, notándosele incluso un poco de nervios al hablar—. Bienvenido. Permítame ayudarle con su equipaje.

    —Eres muy amable.

    Carl tomó en ese momento la maleta con ruedas del sacerdote, así como su maletín, y los tres comenzaron a caminar calmadamente hacia la salida más cercana. En cuanto salieron, fueron recibidos por el cielo despejado de Los Ángeles, y por un sol relativamente fuerte. Jaime, vestido con su traje negro completo y su cuello clerical, dio seña de sentirse un tanto incómodo en ese momento.

    —Hace calor aquí para ser noviembre, ¿no?

    —El auto tiene aire acondicionado —le indicó Karina, lo cual ciertamente le produjo algo de alivio.

    —Bendito sea —exclamó Jaime con un tono un tanto jocoso.

    Carl subió la maleta a la cajuela del Honda Accord plateado, pero Jaime insistió en llevar su maletín consigo al frente. El hombre grande tomó el asiento del conductor, mientras Karina y el recién llegado se sentaban en la parte trasera. No tardaron mucho después en retirarse de ahí.

    — — — —​

    Durante su estancia en Los Ángeles, el padre Frederick se hospedaba temporalmente en una casa parroquial muy cerca de la Iglesia de San Vicente de Paúl, en el centro. Jaime era igualmente más que bienvenido a quedarse con él, y lo más seguro es que así lo hiciera, pues su viaje hasta ahí no incluía precisamente los viáticos para un hotel de cinco estrellas. Mientras Carl y Karina iban a recoger al sacerdote recién llegado de Roma, Frederick aguardaba su regreso sentado en la sala de estar de la elegante casa de dos pisos, leyendo en silencio. Se encontraba sentado en uno de los sillones de espalda a la gran ventana de la sala, iluminado su lectura principalmente por la luz natural que por ella se filtraba. La casa estaba de momento sola, lo cual sería más que adecuado para que pudieran discutir con considerable privacidad el tema tan delicado que los atañía.

    Cuando sintió el vehículo estacionándose frente al garaje, Frederick se viró un poco hacia la ventana sobre el respaldo del sillón y se retiró sus gruesos anteojos para leer. Pudo distinguir lejanamente el marcado acento de Jaime al hablar, y no pudo evitar sonreír con un poco de emoción por ver a su viejo amigo luego de tanto tiempo.

    Dejó entonces el libro sobre la mesita de centro, y se puso de pie apoyándose en su bastón. La puerta principal se abrió poco después, y menos de un minuto más tarde Carl y Karina aparecieron en la entrada principal de la sala, guiando a Jaime que avanzaba unos pasos detrás de ellos.

    —Jaime —exclamó Frederick contento, extendiendo hacia él el brazo con el que no sujetaba su bastón—. Benvenuto amico mio.

    Jaime se tomó la libertad de aproximarse hacia el padre robusto y de estatura baja, dándole un caluroso abrazo similar al que Karina le había dado. E igualmente, Frederick se lo recibió.

    —Los años no pasan sobre ti —le murmuró el padre italiano con tono de broma, a lo que el recién llegado respondió de forma similar:

    —Me gustaría decirte lo mismo, Frederick.

    Ambos rieron al unísono y se separaron en ese momento, cortando su abrazo.

    —Viejo embustero —suspiró Frederick al final de sus risas—. Carl, deja el equipaje del padre Alfaro arriba, por favor. Y, ¿serías tan amable de prepararnos un café?

    —Enseguida —respondió el hombre de cabeza calva, y sin dudarlo tomó la maleta y se dirigió de regreso al vestíbulo para subir las escaleras.

    —El mío sin azúcar, por favor —pidió Jaime rápidamente antes de que Carl se retirará del todo. Esperaba que lo hubiera escuchado.

    Una vez que Carl salió, y sin necesidad de que se lo pidieran, Karina se encargó de cerrar cuidadosamente las puertas corredizas que había en las dos entradas de la sala. La casa en efecto estaba sola, pero nunca se podía ser lo suficientemente cuidadosos con ciertos asuntos. Incluso creyó prudente correr las gruesas cortinas marrones de la ventana, sacrificando la hermosa luz de sol pero ganando más seguridad de que no había ojos curiosos al otro lado de la acera. Terminado aquello, se quedó de pie delante de las cortinas, y detrás del sillón del padre Babato, adoptando una postura marcial bastante digna de cualquier militar de carrera.

    Frederick aguardó a que Karina terminara con lo suyo, más por respeto que por verdadera precaución.

    —Toma asiento, por favor —le indicó a su invitado, extendiendo su mano hacia el sillón pequeño más cercano. Luego él mismo pasó a sentarse en su sitio, soltando un nada discreto quejido de dolor en el proceso. Su mano igualmente se dirigió después a su muslo, comenzando a frotarlo por encima del pantalón.

    —¿Cómo sigue tu pierna? —Le cuestionó Jaime, curioso pero también un poco preocupado, mientras igualmente se sentaba.

    Frederick lo miró sonriente, y bastante despreocupado ante su pregunta.

    —Aún sigue aquí, y eso es ganancia. Pero no hablemos de eso por el momento. ¿Tuviste tiempo de leer todo el expediente?

    —Fue un viaje largo, así que sí.

    Jaime tomó entonces su maletín negro de piel, con el escudo de las Llaves de San Pedro cruzadas decorando al frente, y sacó de su interior una tableta electrónica y un legajo grueso. Dejó el legajo a un lado suyo sobre el sillón, y la tableta sobre sus piernas.

    —Está bastante completo, debo señalar —añadió con genuina admiración—. Parece que han estado siguiéndole la pista a este chico Thorn desde hace tiempo; más que a otros sospechosos. Pero no entiendo una cosa. —Jaime miró entonces con marcada seriedad a Frederick, adoptando en ese momento una actitud mucho más acorde al papel que había ido a desempeñar en ese sitio—. Si es un sospechoso tan prometedor, ¿por qué hasta ahora se ha solicitado una revisión por parte de un Inspector?

    Frederick resopló, como una señal de cansancio o quizás frustración. Pero ésta no se originaba de la pregunta, sino más bien de su respuesta.

    —Cómo pudiste ver en el expediente, siempre ha habido acontecimientos inusuales alrededor de este joven; sobre todo extraños accidentes, y muertes. Cabe mencionar que también los ha habido en los otros sospechosos, incluidos los que se te ha pedido revisar. Pero en el caso de Damien Thorn, de alguna forma todo suele acomodarse para darle otra explicación, o desmentir que incluso estuviera involucrado o presente. La culpa suele recaer en alguien más, y nunca hay testigos ni pistas. Si a mí me lo preguntas, yo diría que eso podría considerarse sospechoso por sí solo.

    —Quizás —asintió Jaime—. Pero no lo suficiente como para tomarlo como una prueba fehaciente de lo que estamos buscando, ¿no te parece? —Frederick permaneció callado—. ¿Y qué cambió esta vez? No vi en el expediente cuál fue el hecho más reciente que te hizo cambiar de opinión, Frederick.

    —Bueno… —masculló despacio el padre Babato, notándosele algo vacilante. Extendió entonces su mano hacia la mesa del centro, en donde además de su libro, reposaba otro legajo de color blanco, notablemente más delgado. Tomó dicho expediente y lo sujetó contra su pecho, como si temiera que su invitado lo viera antes de tiempo—. La verdad es que omití deliberadamente esa parte en el reporte que envié. Consideré muy probable que la mayoría de los superiores del Scisco Dei no la verían con buenos ojos, así que decidí alegar mejor a tu mente un tanto más abierta, Jaime.

    —¿Así que por eso solicitaste por mí?, ¿por mi mente abierta? —Inquirió Jaime con algo de sarcasmo. No sonaba realmente molesto, ni siquiera sorprendido. Se podría decir que no era la primera vez que Frederick Babato ocultaba cosas a los superiores, y esperaba que otros lo hicieran igual. Pero al menos en las ocasiones que le habían tocado al sacerdote español, le constaba que lo hacía por un buen motivo.

    —Bien, soy todo oído —declaró Jaime, cruzándose de piernas y apoyándose por completo contra el sillón.

    Frederick le pasó entonces el folder blanco para que lo tuviera, y pudiera echarle un ojo al mismo tiempo que él le relataba lo mejor que podía su charla de hace tres días con Cole.

    Su relato comenzó precisamente explicándole quién era el detective de Filadelfia, cuáles eran sus supuestas habilidades especiales, y el trabajo que realizaba con éstas en la Fundación Eleven, en su labor como detective de homicidios, y el apoyo que le brindaba seguido al padre Michael, amigo personal de Frederick y quien lo había recomendado ampliamente. La segunda parte de su explicación se enfocó por completo en Samara, en todo lo que Cole les había contado sobre sus habilidades, los incidentes en su casa, su ingreso en aquel hospital psiquiátrico, y claro lo sucedido los últimos días con respecto a su secuestro, o quizás escape, de ese sitio. Pero en lo que Frederick puso más cuidado, fue en la teoría de Cole con respecto a la posible naturaleza real de Samara, incluyendo la procedencia de su padre.

    Jaime escuchó todo aquello con mucha atención, interviniendo sólo lo mínimo con preguntas concretas para dejar claros algunos puntos; Frederick sabía que los cuestionamientos reales vendrían después. Jame además dividía de vez en cuando su atención entre su amigo y el legajo en sus manos, que se componía de artículos de periódico, reportes policiacos, e información personal principalmente de Cole y Samara.

    Cuando Frederick ya había casi terminado de explicar por completo lo que respectaba a Samara, las puertas corrediza de la sala se abrieron, y Carl apareció del otro lado sujetando una bandeja con dos tazas de café humeante. El hombre grande se aproximó a ellos y colocó cuidadosamente cada taza delante de ellos.

    —Gracias, Carl —masculló Frederick y Jaime le secundó.

    Carl entonces se hizo a un lado, tomando una posición similar a la de Karina, pero enfrente de una de las puertas corredizas. Frederick sintió que, por sus posturas, ambos esperaban algún atacante sorpresivo en cualquier momento, lo cual le pareció preocupante, pero también un poco divertido.

    Por su parte, Jaime tomó su taza sin azúcar, pero antes de darle cualquier sorbo introdujo su otra mano en su saco, sacando del interior de éste una pequeña licorera plateada. Desenroscó entonces la pequeña tapita del recipiente, y vertió un pequeño chorro del licor oscuro en su café.

    —¿Enserio, Jaime? —Cuestionó Frederick, mirándolo con cierta crítica en su mirada.

    —Oye, para mí en estos momentos es como media noche —se excusó, aunque su voz sonaba más bromista que otra cosa—. Así que esto es más para mantenerme despierto, enserio.

    —Claro —murmuró Frederick, no muy convencido.

    El padre español dio un pequeño sorbo de su café con piquete, sin preocupare mucho por la forma en que al parecer lo estaban juzgando. Soltó entonces un pequeño quejido de satisfacción al sentir el líquido resbalar por su garganta. Así era justo como le gustaba.

    —Es toda una historia la que me cuentas —señaló intentando volver la atención a la plática anterior—. ¿Y estás seguro de que ese hombre puede ver y oír lo que afirma?

    —Hice una prueba, y salió satisfactoria —explicó Frederick—. Y a modo personal confió mucho en la declaración del padre Michael de Filadelfia al respecto. Pero el Inspector de Milagros eres tú, así que si quieres verificarlo…

    —No es mala idea, pero ya veremos. Lo que no entiendo, sin embargo, es qué relación tiene esta serie de acontecimientos que el tal detective Sear te contó, con nuestro sospechoso. Pareciera más que toda su declaración apuntara a esta niña… —Jaime abrió en ese momento como pudo el expediente blanco con una mano, pues la otra sujetaba su café, buscando el nombre que se le escapaba de momento—. ¿Cómo dices que se llama?

    —Samara Morgan —respondió Frederick rápidamente, evitándole la molestia—. La investigamos lo mejor que pudimos. Fue adoptada siendo muy pequeña, y su madre biológica está internada en un psiquiátrico en Washington. De ella no se sabe nada de su pasado, incluyendo quién es el padre biológico de la niña.

    —Que tu detective piensa es un demonio, según entendí.

    —Es su teoría, sí —asintió Frederick—. Pero según su relato y lo que pudimos recabar, las habilidades de la niña son realmente inquietantes. Al parecer puede influir en la mente de las personas y los animales, de una forma que los puede llevar a la muerte con sólo desearlo. Y hace unos días incluso su madre adoptiva fue víctima de esto. No pudimos obtener aún los expedientes de su estancia en Eola; al parecer las autoridades confiscaron todo luego de lo sucedido. Por lo que respecto a esa otra entidad que parece acosarla, sólo tenemos la declaración del Detective Sear como respaldo. Pero incluso sin aún haberla conocido en persona, ciertamente siento que hay algo perturbador e incómodo en esta jovencita.

    —Esperaría ese tipo de afirmación de cualquiera —sentenció Jaime, un tanto despectivo—, menos de un exorcista de tu trayectoria y experiencia, Frederick.

    El padre Babato enmudeció unos momentos tras ese comentario. Cualquiera quizás se hubiera ofendido, pero Frederick más que nadie entendía que aquello no era algo personal, y obedecía más a la actitud firme y sobria que el trabajo de Jaime exigía.

    Los Inspectores como Jaime Alfaro tenían la misión de cuestionarlo todo, y ponerle a las investigaciones como esa su respectiva dosis de objetividad. Dicha capacidad para ver las cosas desde una perspectiva que la mayoría de los eclesiásticos no podían, era aprovechada para determinar la veracidad o falsedad de un supuesto milagro, o la autenticidad de una posesión para así justificar un exorcismo. Al propio Frederick le había tocado desempeñar esa misma labor hace ya un tiempo atrás, aunque nunca en las circunstancias actuales. Pues esa búsqueda en la que estaban enfrascados desde poco más de diecisiete años, era una sin precedentes: la búsqueda del mismísimo Anticristo en la tierra…

    Jaime dio un sorbo más de su taza expresando la misma satisfacción que la primera vez. Optó en ese momento por dejar la taza unos momentos en la mesa de centro, y poder hojear mejor el expediente que le acababan de proporcionar.

    —Aun suponiendo que todo lo que dices fuera cierto —señaló fehaciente en padre español—, no sería el primer niño que nos hemos cruzado con estas habilidades; si es que realmente las tiene, que eso aún tendría que comprobarse. Pero por encima de todo, está de más decir que no cumple con nuestros parámetros de búsqueda. El sujeto que buscamos debió haber nacido en algún momento alrededor de junio del 2000, cuando la señal en el cielo apareció. Eso significa que debe tener diecisiete años actualmente; esta niña tiene doce. Por no mencionar que se supone debía ser un varón, y nacer en una cuna privilegiada; emerger del mar de la política, ¿recuerdas? Los padres adoptivos de esta niña —buscó rápidamente entre las hojas del legajo la parte en la que le pareció haber visto la información de sus padres—, son simples criadores de caballos en una isla remota, sin ningún cargo o poder, ¿no? Supongo que tampoco han de tener mucho dinero.

    Dicho eso, colocó el expediente blanco sobre la mesa de centro con actitud despreocupada.

    —Lo siento, Frederick —murmuró encogiéndose de hombros—. Pero incluso con mi mente abierta, no es una candidata a la que puedo tomar enserio.

    El padre italiano suspiró con cierto agotamiento, pasando su mano por su rostro, frotándose principalmente el área de su boca y nariz con sus dedos.

    —No estoy diciendo que esta niña sea directamente a quien buscamos —aclaró una vez que sus ideas se acomodaron en su cabeza—. Pero, sí creo que de alguna forma podría estar relacionada con él.

    —¿Relacionada con el Anticristo? —Cuestionó Jaime, notándosele claramente el escepticismo en su rostro—. ¿Qué te hizo pensar eso? Porque tuvo que ser algo más significativo que todo eso —murmuró señalando con su dedo al legajo blanco—, para que consideraras oportuno llamarme hasta acá. ¿O no?

    Frederick asintió lentamente, y a Jaime de hecho le sorprendió un poco la confianza que demostró al hacerlo.

    —Hay una cosa más que no te he dicho —apuntó Frederick—. Durante su relato, el Detective Sear me contó sobre uno de estos espíritus que él puede ver, pero mencionó que a éste en especial lo percibió con claros atributos demoníacos; dijo que por su experiencia había aprendido a darse cuenta de eso. Y lo más interesante es que, al parecer, prácticamente lo amenazó de muerte si no se alejaba de esta niña.

    —¿Un espíritu? —Inquirió Jaime, incrédulo—. No es precisamente la prueba más confiable que me puedas dar, en especial si sólo tienes el testimonio de una persona como sustento.

    —Sin lugar a duda yo concluiría lo mismo… sino fuera porque este espíritu se identificó con él con un nombre: Gema.

    El semblante completo de Jaime cambió drásticamente al oír aquello último. Incluso su mano se quedó a medio camino de su taza, paralizada en el aire, y rápidamente se viró alarmado hacia Frederick, preguntándole con su sola expresión si acaso eso era algún tipo de broma. Pero, por supuesto, no lo era.

    —¿Gema? —repitió Jaime, más para convencerse a sí mismo de que había oído bien.

    —Sabía que con eso tendría tu atención —señaló el padre Babato, sonriendo y al parecer complacido con la reacción de su colega.

    Jaime no respondió nada. De momento sólo se paró de su sillón, se alejó caminando hacia la puerta que no tenía guardia delante, y por uno momentos los otros tres creyeron que saldría de la sala. No lo hizo, aunque sí se quedó de pie un par de minutos dándoles la espalda, con sus manos en la cintura y su vista puesta en el techo. Parecía estar intentando digerir lo mejor posible el último trozo de información, como si éste se le hubiera atorado a la mitad del esófago.

    —Podría ser una coincidencia —concluyó en voz baja después de un rato.

    —¿En verdad crees eso? —Inquirió Frederick, suspicaz.

    —¿Y si no lo es qué se supone que significa, Frederick? —Soltó Jaime con actitud defensiva, girándose rápidamente de vuelta a él—. ¿Me estás diciendo que tú sinceramente crees que Gema Calabresi está en estos momentos rondando a esta niña como un fantasma?

    —O un demonio que adoptó su forma y nombre, quizás —respondió Frederick, encogiéndose de hombros.

    —¿Y cómo sabes que este sujeto no está sólo engañándote?

    —No lo creo. El detective Sear no tenía ni idea de lo que ese nombre significaría para mí cuando lo mencionó; de hecho ni siquiera hizo hincapié en él. No tenía tampoco idea de quién era yo, ni tenía tampoco pensado verme hasta que el padre Michael se lo sugirió.

    —¿Y por qué estás tan seguro de eso? —Avanzó entonces unos pasos, fijando su atención ahora en Karina—. ¿Ya lo investigaron lo suficiente? ¿Ya descartaron que no pudiera ser miembro de la Hermandad?

    Karina se sobresaltó un poco al verse introducida de esa forma a la discusión, y especialmente desconcertada por esa conducta tan impropia por parte del padre Alfaro.

    —De momento no hemos visto nada en él que pudiera indicar tal cosa —aclaró Karina con la mayor seguridad que pudo—. Sin embargo, yo no lo descartaría tan rápido…

    —Tranquilo, Jaime —intervino Frederick rápidamente, poniéndose de pie de nuevo con la ayuda de su bastón—. Es cierto, quizás se trate de una coincidencia o un engaño. Pero por eso te llamé aquí, para contar con tu visión objetiva.

    Jaime suspiró con pesadez. Se cubrió su rostro con ambas manos, comenzando a tallárselo con un poco de frustración, pero al parecer poco a poco recuperando esa tranquilidad que tanto ocupaba en esos momentos.

    —¿Y enserio crees que puedo ser objetivo ahora que me has dicho esto? —Le preguntó con ligera molestia en su voz, a lo que Frederick asintió y dijo:

    —Es justo por eso que eres a quién necesito.

    Jaime se tomó unos momentos más para que toda esa confusión se saliera de su cuerpo y poder recobrar en su totalidad la compostura. Una vez que se sintió preparado, volvió a su sillón y se sentó en el mismo sitio. Tomó su taza otra vez y se la aproximó a sus labios, dándole ahora un trago más largo que los anteriores; para esos momentos ya se había enfriado un poco.

    —Bien —murmuró con firmeza tras unos momentos—. Creo que casi he comprendido tu tren de pensamiento. La declaración de este detective y los reportes de las inusuales habilidades de esta niña, abren la posibilidad, énfasis en posibilidad, de un origen demoníaco detrás. Y si de alguna forma Gema Calabresi podría estar involucrada en todo esto, ya sea en vida… o en muerte, eso además implicaría una conexión entre esta niña y la Hermandad. Está de más que te diga que todo esto hasta ahora es sólo una teoría, cuyas bases se tambalean más que una mesa con tres patas; pero dejémosla así de momento.

    Hizo una pausa, se inclinó al frente apoyando sus codos en sus muslos, y juntó sus manos delante de él, como si estuviera a punto de empezar a rezar. Sin embargo, sus ojos no se cerraron, y en su lugar se clavaron fijos en Frederick, casi acusadores.

    —Ahora explícame qué tiene que ver Damien Thorn en todo esto —cuestionó secamente—. O, ¿fue sólo la excusa que tomaste para que el Vaticano aprobara mi intervención?

    —Todo lo contrario —se apresuró Frederick a contestar, seguido justó después por un pequeño suspiro de pesar y cansancio mientras él mismo volvía a tomar asiento—. Pero lo creas o no, esa es la parte más complicada de este asunto. La verdad es que, a pesar de que este chico se ha prácticamente salvado siempre de cualquier sospecha, yo siempre lo he tenido en el número uno de mi lista. ¿Recuerdas a Carl Bugenhagen?

    —Por supuesto.

    Frederick extendió en ese momento su mano hacia el libro que estaba leyendo justo antes de que ellos llegaran. Metido entre las página de en medio, sacó un pedazo de papel blanco, doblado dos veces, y lo alzó para que Jaime pudiera verlo.

    —Doce años atrás, antes de morir, Bugenhagen mandó esta carta al Vaticano. —Le extendió entonces el papel a su compañero, y éste lo tomó un tanto vacilante—. En ella señala directamente a este muchacho como el Anticristo. Describe también que se reunió con Richard Thorn, su padre, y le entregó a éste las Dagas de Megido para que las usara en él. El señor Thorn murió sólo un par de días después, acribillado por la policía cuando intentó apuñalar a su hijo en una iglesia de Londres. La carta fue sepultada en los archivos, y nunca se le dio seguimiento. ¿No te parece eso bastante extraño?

    Jaime se tomó un par de minutos para leer en silencio la mencionada carta. Era un poco larga, pero en realidad sólo daba más detalles sobre lo que Frederick bien acababa de resumir. Una vez que logró hacerse una idea general, bajó el pedazo de papel, soltó un largo resoplido, y se talló un poco sus ojos con sus dedos.

    —Frederick —comenzó a decir con seriedad—, sabes tan bien como yo que desde que se estableció la Orden Papal 13118, el Vaticano ha recibido cientos, sino es que miles, de cartas similares a ésta de teólogos, exorcistas, sacerdotes, y frailes de todas partes del mundo. Y creo que no es necesario que te recuerde que en realidad no muchos creen en la existencia, no se diga la efectividad, de estas Dagas de Megido; yo incluido. Y de paso, Bugenhagen no tenía precisamente una reputación del todo intachable en la Santa Sede en sus últimos años, debido a sus ideas tan radicales. Si a esta carta no se le dio seguimiento en su momento, puede que haya sido por estos factores, o quizás se determinó que el hecho ocurrido en Londres no tenía relación alguna con esto.

    —O por qué alguien se encargó de que no se hiciera —señaló Frederick fervientemente, apuntando con su dedo a la carta como si fuera el acusado en un juicio.

    —Eso es bastante paranoico de tu parte. Estarías implicando la existencia de enemigos dentro del propio Vaticano entorpeciendo nuestra búsqueda.

    —¿No explicaría eso por qué después de tanto tiempo y esfuerzo, no hemos logrado verdaderos avances?

    El padre Alfaro guardó silencio, observando a su compañero con desaprobación por sus atrevidas palabras.

    —Bien —musitó Frederick, al parecer ya un poco frustrado—. Llámalo un presentimiento, o un dolor en mi pierna como cuando llueve. Pero yo siempre he sentido que Bugenhagen tenía razón, y este chico es a quien hemos buscado todos estos años. Pero nunca he podido encontrar las pruebas suficientes para convencer a los superiores; y de paso creo que ni a mí mismo por completo. Pero ahora sospecho que él está de alguna forma relacionado con todo este extraño asunto. La niña Morgan viene para acá a Los Ángeles, si no es que ya está aquí.

    —¿Y cómo sabes eso? —Interrumpió Jaime, dudoso—. ¿También te lo dijo ese detective? —Frederick se limitó a asentir—. ¿Y él cómo lo sabe? ¿No se supone que la niña está perdida en estos momentos?

    —Dijo que lo sabía de buena fuente, pero por otras cosas que mencionó en la conversación, intuyo que se refería quizás a que alguno de sus espíritus se lo dijo.

    —Frederick… —exclamó Jaime incrédulo, frotándose su frente con sus dedos con notorio infortunio.

    —Espera, escúchame, por favor —espetó el padre italiano, casi como súplica—. El Detective Sear piensa que ella viene para acá a reunirse con alguien, y Damien Thorn está en estos momentos aquí mismo. Lleva ya unas semanas aquí, aunque ya no tendría por qué seguir en la ciudad. Su tía y toda su comitiva se fueron hace unos días, y él se quedó sólo con unos cuantos hombres de su seguridad privada. Lo hemos estado observando todo este tiempo, y no entendíamos porque se quedaba, incluso faltando a clases. Es una conducta impropia de él hasta ahora. Pero con lo que nos dijo el Detective Sear, las cosas cobraron sentido. Está o estaba esperando a esta niña. Él sabía que venía para acá, y aguardaba aquí para poder reunirse con ella.

    —Pero es sólo una teoría que se basa en la especulación de que en efecto esa niña viene para acá, y que viene específicamente a reunirse con este chico —añadió Jaime, algo acalorado.

    —Es una teoría, pero encaja…

    —O la niña podría venir a reunirse con cualquiera de las millones de personas que viven en esta ciudad, y el chico Thorn sólo se está tomando unos días de pinta de la escuela para pasear por Hollywood lejos de su tía.

    —¿Y su presencia en la misma ciudad es sólo una coincidencia?

    —Podría serlo.

    Frederick se apoyó hacia atrás, pegando completamente su espalda contra el respaldo del sillón, notándosele algo agotado. Quizás la reticencia de Jaime había resultado ser más de la que esperaba. Sin embargo, al mismo tiempo el Inspector de Milagros también estaba confundido con el frenesí con el que Frederick defendía dicha teoría, casi como si deseara con todas sus fuerzas que fuera cierta.

    —Lo entiendo —asintió el padre Babato tras unos segundos de meditación—. En comparación con otros sospechosos que hemos visto, el caso no se sostiene tan bien. Pero tú mismo viste su expediente. Encaja en todos los parámetros: la edad, el sexo, la posición social… Y las desgracias lo persiguen a donde quiera que va; desde el hospital en el que nació, pasando por sus padres, su tío y su primo. Hasta ahora todo se le ha resbalado, lo que implicaría la mano protectora de la Hermandad que tanto hemos estado investigando. Han sido muy cuidadosos y han estado operando fuera de nuestro radar. Pero este hecho —extendió en ese momento su mano derecha, presionando su dedo índice contra el expediente blanco en la mesa—, y esta niña, son la clave. Ésta es su primera gran equivocación en todo ese tiempo. Y si tengo razón, probaría que Damien Thorn oculta algo debajo de toda esa fachada que siempre carga. Ésta podría ser nuestra única oportunidad de desenmascararlo.

    Jaime lo contempló silencioso. De nuevo Frederick se mostraba bastante exaltado, empecinado en que le escuchara y creyera sus palabras a como diera lugar. Él no sabía cuál debía de ser su reacción o su contrargumento en un momento como ese. Frederick parecía bastante convencido de su teoría… quizás, demasiado como para verla desde una posición más alta y ver todas las verdaderas deficiencias que ésta tenía.

    Era mejor que omitiera, al menos de momento, la sensación que él mismo había tenido al ver por primera vez el expediente del muchacho; y en especial lo que la Novicia Loren le había mencionado sobre esa “oscuridad.” Aceptaba que le era difícil olvidarse de ambas cosas mientras argumentaba, pero no podía permitir dejarse llevar por esas impresiones iniciales, ni dejarse arrastrar por el acalorado entusiasmo de su colega.

    —Frederick, seré honesto —murmuró Jaime, intentando ser firme pero también comprensivo—. Creo que estás comenzando a tomarte esto muy personal. Quizás sea hora de que dejes esta búsqueda a…

    Su frase quedó cortada en el aire.

    —¿A quién? —Musitó Frederick, inquisitivo—. ¿Padres más jóvenes y sin su mente tan nublada con los años de ver cosas horrible azorando entre las sombras? —Jaime permaneció callado, evidentemente no deseando terminar su propia frase—. Haré un trato contigo, Jaime —prosiguió—. Si tu conclusión después de que realices tu investigación, es que Damien Thorn no es el Anticristo, y esta niña no tiene relación alguna con nuestra búsqueda… Entonces me retiraré y le dejaré el camino a alguien más. Es una promesa.

    Su propuesta pareció alarmar tanto a Karina como a Carl. Ambos hicieron el ademán de querer decir algo, pero ambos parecieron optar por permanecer callados. Jaime igual se había sorprendido un poco, pero en realidad a él le había parecido más un chantaje que una verdadera resolución.

    —No hay que ser tan fatalistas —comentó Jaime con tono calmado, y pasó a dar un par de tragos más de su (ahora sí frío) café—. Pero ya que volé hasta aquí, sólo me queda en efecto hacer mi trabajo y ver hasta dónde nos lleva el agujero de este conejo, ¿te parece? Pero antes de proseguir, quisiera hablar yo mismo con el señor Sear. Como gran parte de esta teoría, sino es que toda ella, se sostienen en su declaración, quisiera verificarla yo mismo. Además, si tiene habilidades tan excepcionales como tú o este padre Michael de Filadelfia afirman, podría sernos de utilidad en esta investigación.

    —Estoy de acuerdo —asintió Frederick, satisfecho—. A Karina le encantará ir por él para que lo conozcas. ¿Cierto?

    El padrea Babato se giró en ese momento hacia su ayudante a sus espaldas, que se sobresaltó sorprendida al oír tales palabras, y al ver la expresión burlona en el rostro de Frederick. Su boca se curveó entonces en una marcada mueca de molestia.

    —Por supuesto… —masculló despacio de forma forzada.

    — — — —​

    La misma tarde en que Jaime Alfaro aterrizó en los Estados Unidos, Cole tenía una cita para reunirse con el Jefe de Policía Jack Thomson, en los Cuarteles Generales de la Policía de Los Ángeles.

    De manera oficial, Cole no se encontraba en la ciudad como policía, y eso le impedía involucrarse directamente en la investigación activa sobre Leena Klammer, Lily Sullivan y Samara Morgan. Por lo mismo, tampoco tenía medios para obtener cualquier información sobre ellas; al menos, no por los canales convencionales. Pero estando en una ciudad tan grande y desconocida para él, buscando a tres niñas que bien podían camuflarse entre la multitud, tenía que arriesgarse un poco con el fin de progresar. Aunque ello incitara más preguntas de las deseadas.

    Para intentar obtener algo de información de la policía, Cole tuvo que recurrir a una llamada a su capitán en Filadelfia, Phil Morrison, esperando que pudiera enlazarlo con alguno de sus contactos en el DPLA, y así poder obtener un poco de información. Cómo esperaba, dicha petición despertó bastante la curiosidad de su capitán… ¿Por qué uno de sus detectives, supuestamente de vacaciones, le pedía algo cómo eso de pronto? Y además, ¿qué hacía en Los Ángeles?, ¿qué no iba a Oregón?

    Cole tuvo que decir la verdad, o al menos parte de ella, explicándole de manera general al Capitán Morrison cómo se involucró sin quererlo en el caso (y sin entrar en los detalles más escabrosos). Pero el énfasis de su alegato fue más hacia su deseo de compartir lo poco que sabía con la policía para así ayudar; y claro, omitiendo de momento su deseo verdadero, que era él mismo obtener información de ellos. El único cuestionamiento real de Morrison luego de esa explicación, fue uno que Jaime igualmente le haría a Frederick esa tarde: «¿Por qué estás tan seguro de que esa mujer está ahí en Los Ángeles?» Y, por supuesto, esa parte de la verdad no podía decírsela.

    El rumor de sus habilidades especiales era bien conocido en la Policía de Filadelfia; no por nada lo apodaban el Detective de los Muertos. Sin embargo, entre sus compañeros había aquellos que se tomaban muy enserio dicho tema, y otro que lo veían como una excentricidad suya, o incluso una locura. El capitán Morrison se encontraba en medio, en una posición marcadamente neutral. Aun así, sabía muy que si le decía que su fuente era un fantasma, descartaría todo de inmediato y no movería ni un dedo para ayudarlo. Así que en su lugar sólo se limitó a decir que mientras estuvo en Eola, logró encontrar un par de pistas que apuntaban a que Leena Klammer iba justo a Los Ángeles, y que era parte de lo que quería compartir con la policía. Dicha explicación resultó suficiente.

    Para sorpresa de Cole, el capitán Morrison era amigo cercano del actual Jefe de Policía del DPLA, y le consiguió una reunión con él de unos minutos ese mismo día. Cole no esperaba tanto, y ciertamente estuvo agradecido. Aunque, quizás su agradecimiento se redujo cuando llegó a los cuarteles a la hora pactada y lo tuvieron esperando casi dos horas y media antes de que el Jefe Thomson lo recibiera. Y en realidad, llamar reunión a aquello sería de hecho ser bastante optimista, pues al parecer a lo que el Jefe había accedido era a hablar con él en el tramo entre su oficina y el estacionamiento, mientras se retiraba de los Cuarteles a un compromiso en la Alcaldía.

    Cole se cuestionaría después qué tan buen amigo era su capitán en realidad de este hombre. Pero, dadas las circunstancias, quizás no podía darse el lujo de ponerse exigente.

    —¿Cuál es el interés de la policía de Filadelfia con este caso? —Le cuestionó el Jefe Thomson, un hombre alto de complexión gruesa y cabello cano, mientras ambos caminaban por los pasillos en dirección al ascensor—. Morrison no fue muy claro cuando me llamó. ¿Leena Klammer es buscada allá por algo?

    —No que yo sepa —respondió Cole andando a su lado. Agradecía al menos que el policía veterano moderaba un poco su marcha para que él pudiera seguirlo—. En realidad no estoy aquí por algún asunto oficial, sino más bien personal. Por una u otra causa, me tocó estar involucrado con los dos tiroteos en Portland y Salem. Conocí al oficial que asesinó en Portland, y en el psiquiátrico de Eola hirió a una buena amiga mía.

    —Lo lamento —masculló Thomson, son sinceridad. La muerte de un policía siempre afectaba a cualquier miembro de la fuerza, fuera de la ciudad que fuera. Y Lenna ya había matado a dos en su trayecto.

    —No me quiero meter en la jurisdicción o en el trabajo de alguien más —añadió Cole—. Sólo estoy intentando ayudar cómo pueda. Como le dije, Leena Klammer viene para acá con las dos niñas que secuestró. Incluso ya podría estar aquí.

    Thomson soltó un pequeño murmullo, similar a un quejido, que Cole no supo cómo interpretar. Permaneció callado durante los últimos metros que los separaban de las puertas del ascensor. Luego presionó el botón para bajar, y aguardaron a que éste llegara. Mientras esperaban, Thomson agregó:

    —Bueno, le alegrará saber que los Federales piensan igual que usted, detective. Descubrieron que ella de hecho estuvo viviendo el último un par de años aquí.

    —¿Aquí en L.A.? —Exclamó Cole, sorprendido. Ese era un dato que desconocía por completo, aunque en realidad no era que supiera mucho en ese punto.

    —Trabajaba como prostituta en las calles, y era medianamente conocida, de hecho. Se hacía llamar La Huérfana.

    Aquello dejó al pensativo al detective, especialmente por ese apodo tan inusual.

    El ascensor llegó en ese momento, por lo que ambos avanzaron hacia él. Había otras dos personas adentro, que de inmediato le desearon las buenas tardes al Jefe de Policía. Éste se inclinó hacia el tablero para presionar el botón del estacionamiento E1, y poco después las puertas se cerraron y comenzaron a descender.

    —Ocho años atrás —murmuró Cole, exteriorizando un poco los pensamientos que lo habían azorado en ese momento—, Lenna Klammer se hizo pasar por una niña huérfana para ser adoptada por una familia. No sé si quizás de ahí venga ese sobrenombre.

    —Encima de todo es cínica la condenada —musitó Thomson, entre enojado y divertido por la ironía—. No quiero saber si sus clientes sabían que era una mujer adulta o no.

    —¿Saben en dónde vivía?

    —En un viejo y feo departamento en el sur. Lo revisaron, pero ya está habitado por otra mujer, y no había ningún rastro reciente de Klammer ahí. Me parece que los Federales lo tienen vigilado, pero no he recibido noticias de que haya habido algo sospechoso hasta ahora. No más de lo que ocurre usualmente por esa zona, al menos.

    —Debe estarse quedando en otro sitio.

    —O siguió de largo hasta Tijuana —comentó Thomson, encogiéndose de hombros—. A estas alturas es difícil saberlo.

    Las dos personas que iban con ellos se bajaron en la plata baja. Ellos siguieron un piso más abajo, antes de también bajarse y comenzar a andar por el estacionamiento cerrado y alumbrado con lámparas en el techo.

    —Y me temo que eso es todo lo que sabemos de momento, detective —comentó Thomson con algo de pesar—. Los Federales se han apoderado del caso y restringen la información. Todas las jefaturas tienen orden de estar atentas ante cualquier niña con la descripción de Klammer o las otras dos, y de avisar de inmediato a la Oficina Federal. Pero fuera de eso, tenemos las manos atadas y no hay mucho más que podamos hacer.

    Cole ya se temía por adelantado que los Federales tomaran por completo la jurisdicción del caso. Era el accionar más obvio, pues los crímenes de Leena Klammer habían cruzado tres estados, incluido el secuestro de dos menores. Lo que le preocupaba, sin embargo, era saber quién realmente se estaba encargando de ese caso. Recordaba la última conversación que había tenido con Vázquez en Eola, en la que le había mencionado a personas de alguna agencia que se habían presentado en el hospital en Portland posterior al tiroteo, tomando todas las pruebas y testimonios, y sin dar ninguna explicación. ¿Serían esas mismas personas las involucradas en ese bloqueo de información? Aquello le hizo teorizar que, al igual que él, podrían saber parte de la verdad detrás de ese asunto, y no estaban dispuestos a compartirla del todo.

    La caminata terminó cuando llegaron ante el vehículo el Jefe, una camioneta Ford Escape del año color gris oscuro. El oficial superior se paró a un lado de la puerta del conductor, y se viró unos momentos a Cole, observándolo con severidad.

    —Yo le recomiendo no involucrarse más en este asunto, especialmente si no tiene un motivo oficial para hacerlo como policía. Mejor disfrute lo que le queda de vacaciones y deje que nos encarguemos de esto.

    Dicho eso, abrió la puerta del vehículo e ingresó en él.

    —Quisiera poder hacerlo, Jefe —musitó Cole, y se tomó el atrevimiento de acercársele—. Sólo prométame que sus hombres estarán atentos por cualquier cosa.

    —Como dije, eso es todo lo que podemos hacer —respondió Thomson. Encendió el vehículo justo después, y cerró la puerta. Tuvo, sin embargo, la gentileza de bajar la ventanilla para al menos terminar la conversación antes de irse—. Si me disculpa, tengo un compromiso.

    —Lo entiendo, y gracias por recibirme —expresó el detective, extendiendo su mano hacia el interior del vehículo.

    —No hay de qué —respondió el Jefe, estrechando su mano firmemente—. Salúdeme a Morrison.

    —De su parte.

    Cole sacó su mano del vehículo, y justo después la ventanilla subió por completo hasta ocultar al Jefe del otro lado. La camioneta se puso en marcha justo después, comenzando a alejarse por el estacionamiento hacia la salida. Cole se preguntó si acaso no estaba demasiado apresurado por alejarse de él, y eso le hizo pensar que quizás sí sabía algo más de todo eso que no le había dicho.

    Fuera como fuera, era claro que ya no obtendría mucho más ahí.

    — — — —​

    Al salir del edificio gubernamental, Cole se paró unos momentos en la acera intentando aclarar sus pensamientos, que se difuminaban un poco debido a la gran frustración que sentía. Y no era para menos; ese era su tercer día ahí y no había realmente logrado avanzar ni un poco en su búsqueda. Esa reunión era quizás su última esperanza de obtener algo, pero se había encontrado de frente con la pared de los Federales, o quienes fueran realmente. Mientras ellos restringieran la información del caso, no había mucho que pudiera obtener por el medio oficial.

    Mientras estaba sumido en todos esos pensamientos, sus manos habían reaccionado por sí solas, sacando su cajetilla y encendedor del bolsillo de su saco. Para cuando fue consciente de lo que estaba haciendo, ya tenía el cigarrillo en los labios y estaba a punto de encenderlo. Se sintió de momento un poco impresionado por cómo su cuerpo había realizado tal acción en respuesta a su estado de ánimo; como un mero reflejo involuntario.

    Se le vino en ese momento a la mente el Dr. Crowe, y lo que le había mencionado en aquella última conversación:

    “Deberías considerar dejar de fumar. No te traerá nada bueno a la larga.”

    Cole sabía que a veces los comentarios casuales de los fantasmas sólo eran eso. Pero, en otras ocasiones, resultaban ser advertencias reales de cosas que su visión un poco más amplia les permitía ver. ¿Cuál era el caso en esa ocasión?, no lo sabía con seguridad. Pero nunca antes de ese momento justo había relacionado tanto la imagen su madre moribunda, con su hábito de fumar que poco a poco se había vuelto tan usual en él.

    Quizás debía intentar reducirlo un poco; sólo por si acaso.

    Con eso en mente, se retiró el cigarrillo de sus labios, lo guardó de nuevo en la cajetilla, y colocó ésta y su encendedor de regreso a su bolsillo.

    Para bien o para mal, ese pequeño exabrupto le había ayudado a desviar su mente hacia otro lado, por lo menos por un segundo. Al final había perdido toda la tarde, sin obtener gran cosa a cambio. Lo único relevante que sabía ahora era que Leena Klammer solía vivir ahí en Los Ángeles. Eso daría más validez a la teoría de que ella y las dos niñas estaban ahí. Pero la pregunta seguía siendo la misma: ¿dónde?

    Quizás su siguiente plan de acción debía ser ir a revisar el antiguo departamento de Klammer. El Jefe había dicho que los Federales lo habían revisado sin obtener nada. Sin embargo, por experiencia sabía que él tenía… buen ojo para ver lo que otros no, por decirlo de alguna forma.

    Se encontraba meditando en todo ello, e intentando no pensar en lo mucho que le ayudaría un cigarrillo a calmarse, cuando entonces escuchó a su costado:

    —Detective Sear —pronunció una voz de forma tosca, haciendo que el oficial se sobresaltara un poco.

    Al virarse, un tanto defensivo, reconoció casi de inmediato el rostro duro, casi agresivo, de la misma mujer que lo había recibido en el aeropuerto; la ayudante, o algo así, del padre Babato. Ella se aproximaba caminando hacia él con sus manos en el interior de su abrigo, que aún le daba la impresión de estar ocultando una o dos armas debajo. El reconocerla no lo hizo sentir mucho más tranquilo, pero como siempre intentó fingir que así era.

    —Vaya, si es mi nueva amiga, la sicario de Dios —comentó con un tono burlón, aunque algo irritado—. ¿Acaso me está siguiendo?

    La mujer se paró justo enfrente de él, e ignorando un poco su cuestionamiento pronunció de inmediato:

    —El padre Babato me mandó a buscarlo. Desea hablar con usted otra vez.

    —¿Ya terminó de analizar mi caso? —Ironizó Cole, molesto—. Lo que sea que eso signifique… Dígale que no tengo tiempo para otra charla como la del otro día. Tengo una asesina y una niña secuestrada que encontrar.

    Y dada por terminada la charla con esa última declaración, Cole se dio media vuelta y comenzó a caminar calle abajo, sin una dirección o intención más allá de querer alejarse de ella lo antes posible. No pareció sorprendido al darse cuenta de que la mujer había optado por andar detrás de él, algo insistente.

    —El padre también desea encontrar a esta niña —le informó inmutable—, y cree que ambos se pueden ayudar mutuamente. Pero desea primero presentarle a una persona.

    —Como dije, estoy ocupado —persistió Cole, acelerando un poco su paso—. Y la verdad, preferiría trabajar esto solo…

    La huida de Cole fue cortada cuando la puerta de un vehículo estacionado en la banqueta se abrió, cortándole el camino abruptamente. Antes de que Cole viera salir a su ocupante, ya se había dado una idea de quién sería al reconocer el Honda Accord plateado. Y en efecto, del vehículo se bajó el alto y silencioso Carl, que amablemente lo había llevado a su hotel la última vez que se vieron. El hombre se paró firme delante de él, con sus manos juntas al frente en posición marcial. Sus pequeños y amenazantes ojos de fijaron en él, dejándole bastante claro que no le permitiría avanzar ni un paso más de donde estaba.

    —Tendremos que insistir, detective —susurró la mujer de color a sus espaldas, sólo un poco menos agresiva que la mirada de aquel hombre.

    Al verse acorralado de esa forma, una vez más Cole recordó sus encuentros con hombres de la mafia, y el chiste que había pronunciado hace poco al referirse a esa mujer como “sicario de Dios,”, le hacía de hecho más sentido. Como fuera, aparentemente no tenía muchas opciones a elegir. E incluso si las tenía, en ese momento Carl le abrió la puerta de la parte trasera del vehículo, eligiendo por él.

    —¿Entienden ustedes lo que es un secuestro? —Musitó sarcástico mientras avanzaba de mala gana al automóvil. Ninguno le respondió nada.

    Igual como la primera vez, la mujer se sentó a su lado detrás, y el hombre de cabeza calva tomó el lugar del conductor. Cole pensó, un tanto en broma, que al menos se ahorraría el taxi de regreso.

    FIN DEL CAPÍTULO 81
     
  2.  
    WingzemonX

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    Resplandor entre Tinieblas
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    Resplandor entre Tinieblas

    Por
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    Capítulo 82.
    Orden Papal 13118

    Cole esperaba ser llevado de nuevo a la misma iglesia de la vez pasada, o quizás a alguna otra similar. Para su sorpresa, el lugar al que sus captores se dirigían resultó ser un restaurante estilo italiano, cerca del centro. Era elegante, pero no del tipo que te hacía sentir que te costaba un ojo de la cara el sólo entrar en él. Al ingresar, la mujer de gabardina que lo había escoltado se dirigió directo a la anfitriona y le susurró algo en su oído. Ésta asintió y le respondió algo, que a Cole le pareció era italiano, y entonces les indicó con una mano que la siguieran.

    Avanzaron por el local, estando Cole prácticamente rodeado, con la mujer afroamericana al frente y el hombre grande y calvo detrás, como si temieran que en cualquier momento intentara escapar. Y, ciertamente, la idea le había cruzado por la cabeza en un par de ocasiones.

    Sólo había unas tres mesas ocupadas en esos momentos; la hora de comer ya había pasado, y todavía faltaban un par de horas para la cena. La anfitriona los llevó hasta la parte de atrás, hacia unas puertas que aparentemente llevaban a un área privada, apartada del resto de las mesas.

    Un policía siendo escoltado por dos personas con apariencia de matones, por un restaurante italiano hacia un área privada al fondo del local. Ahora eso ya no le rememoraba sus propias experiencias con la mafia local de Filadelfia, sino más bien a alguna estereotipada película que habría visto durante la madrugada por televisión.

    La habitación era pequeña, y era ocupada principalmente por una larga mesa rectangular de mantel blanco, con sillas suficientes para aproximadamente veinte personas, aunque en esos momentos sólo había dos. Y evidentemente ninguno era algún viejo jefe de la Cosa Nostra, aunque uno de ellos sí era italiano. El padre Babato, sentado en uno de los extremos de la mesa, sonrió contento al verlo entrar, y sin dudarlo mucho se paró de su silla apoyado en su bastón y se le aproximó.

    —Detective —exclamó con singular júbilo, apretando uno de los brazos de Cole con su mano, quizás como un gesto similar a un saludo o un abrazo, pero que al oficial le incomodó un poco—. Qué gusto volverlo a ver. Gracias por aceptar de nuevo mi invitación.

    —¿Así es cómo usted le llama? —Masculló sarcástico, mirando de reojo a las dos personas que lo habían acompañado. Ambos, sin pronunciar palabra, se dirigieron al extremo contrario de la mesa y tomaron asiento, para después comenzar a revisar el menú. Cole supuso que aunque estuvieran relativamente lejos, igual intervendrían para evitar su salida si lo intentaba.

    —¿Cómo ha pasado su estadía en Los Ángeles? —le cuestionó Frederick, llamando de nuevo su atención.

    —Con altibajos —le respondió secamente—. Escuche, sé que la intención del padre Michael fue buena, pero realmente no sé si fue correcto acudir a ustedes. Preferiría encargarme yo mismo de aquí en adelante.

    Frederick asintió lentamente, aparentemente comprensivo.

    —Supongo que eso significa que ya pensó en lo que hablamos, ¿verdad? ¿Ya sabe lo que hará con la niña?

    Cole enmudeció un poco por ese repentino cuestionamiento.

    —No voy a matar a una niña inocente; eso lo tengo claro.

    —Entonces, faltaría determinar si es realmente inocente o no. ¿Correcto?

    De nuevo, Cole se quedó sin palabras, aunque más que nada se sentía impresionado por un cierto cinismo que había detectado en ese comentario, y que no supo bien cómo interpretar.

    Antes de que pudiera reaccionar de algún modo claro, sintió como Frederick colocaba una mano sobre su espalda y lo guiaba sutilmente hacia la mesa. Cole, por algún motivo, lo siguió sin protestar.

    —Detective, permítame presentarle al padre Jaime Alfaro —masculló el sacerdote, extendiendo su mano hacia el otro hombre que estaba sentado con él antes de que entraran—. Viene llegando directo de la Santa Sede.

    Cole despabiló un poco y logró entonces echarle un vistazo a aquel individuo. Era un hombre también mayor, aunque de seguro al menos diez o quince años más joven que el padre Babato. Tenía el cabello negro corto, con la presencia muy notable de canas decorándolo en varios puntos, y un poblado bigote sobre sus labios en el mismo estado. Usaba el traje negro completo y el cuello clerical que lo identificaban claramente también como sacerdote. Cuando lo presentó, Jaime le sonrió gentilmente (aunque no demasiado), y entonces se puso de pie para extenderle su mano por encima de la mesa.

    —Encantado de conocerlo, detective —murmuró con un marcado acento español acompañando sus palabras—. He oído muchas maravillas sobre usted.

    —Gracias —respondió Cole dudoso, estrechando su mano más por amabilidad que por deseo propio—. ¿También es un exorcista, padre?

    Jaime rio ligeramente, echándole una mirada rápida de complicidad a Frederick, que ya estaba de regreso en su silla.

    —No precisamente —respondió Jaime con normalidad—, pero suelo trabajar de cerca con ellos. Pero siéntese, por favor. ¿Gusta beber o comer algo?

    —Preferiría no tener que quedarme tanto —respondió Cole con un nada disimulado fastidio, pero igual jaló la silla delante de Jaime y a la diestra de Frederick, y se sentó.

    —El padre Babato me contó a detalle sobre el tema que lo trajo a Los Ángeles —indicó Jaime, mirando a Cole firmemente—, y sobre la niña que está buscando. Me gustaría hablar con usted sobre algunos detalles de dicha situación, con el fin de poder ayudarnos mutuamente a resolverla.

    Cole suspiró, ya en ese punto un tanto cansado de lo repetitivo que se estaba volviendo todo.

    —Como bien le dije a la señorita —pronunció lo suficiente fuerte para que la mujer al otro lado de la mesa lo oyera—, y al padre Babato hace un momento, en verdad agradezco su intención, pero no creo que necesite realmente...

    —¿No cree que necesite nuestra ayuda? —Le interrumpió el padre Alfaro, completando su frase—. Pero usted mismo vino a pedírsela al padre Babato, ¿no?

    —No, escuche. —Cole se inclinó hacia el frente y extendió sus manos a modo de exposición, observando atentamente a los dos sacerdotes—. El padre Michael fue el que me insistió en que hablara con él. Y se lo agradezco; fue una plática interesante y me dio mucho en qué pensar. Pero enserio, ahora necesito irme y buscar a mi sospechosa antes de que alguien más resulte herido.

    Se puso de pie una vez más en ese momento, acomodándose su saco.

    —Se los agradezco, disfruten su cena...

    Se giró en ese momento hacia la puerta para salir por ella sin mirar atrás. Sin embargo, al voltearse se encontró con el enorme cuerpo de Carl, parado justo delante de la entrada cubriéndola casi por completo, mientras lo miraba amenazante hacia abajo. A Cole en realidad no le sorprendió demasiado el verlo, sino más bien el hecho de que se hubiera acercado desde el otro lado el cuarto tan rápido sin que se diera cuenta.

    —Lo entiendo, es un hombre ocupado, detective —pronunció Jaime a sus espaldas. El padre español se paró también en ese momento, sujetando en sus manos ahora un sobre abultado color amarillo, y comenzó a rodear la mesa para ir en su encuentro—. Y lo que menos deseamos es quitarle mucho tiempo de su investigación. Sólo quería pedirle de favor si podía echarle un vistazo a estas fotos.

    Le extendió entonces el sobre que sujetaba en su mano para que él lo tomara. Cole lo miró, un tanto extrañado.

    —¿Fotos?

    —Sí —asintió Jaime—. Sólo quisiera ver si reconoce a alguna persona en ellas. Como detective, seguro que le ha pedido cosas parecidas a un testigo antes, ¿no? Si las ve y no reconoce a nadie, podrá irse y Carl lo llevará a dónde guste.

    Cole miró sobre su hombro a Carl, como buscando alguna confirmación de aquello. El hombre calvo sólo lo miró de la misma firma dura y agresiva de antes.

    —¿Y si sí reconozco a alguien? —Cuestionó el policía justo después, volviendo su atención hacia el sacerdote delante de él. Éste sonrió, de una forma que le pareció tan cínica como aquella inapropiada frase del padre Babato, y entonces le respondió:

    —Entonces tendremos una charla un poco más larga. —Volvió en ese momento a alzar el sobre, acercándoselo más—. Por favor.

    Cole supo que esa petición no tenía prácticamente nada de opcional.

    Tomó entonces el sobre, un poco de mala gana, y se aproximó de nuevo en la mesa. No se sentó en la misma silla de antes, sino que eligió una un poco más alejada de ambos sacerdotes. Abrió el sobre y sacó el contenido de éste, que en efecto era un fajo de varias fotos; Cole contó que debían ser al menos unas treinta.

    Comenzó entonces a recorrer una por una de forma algo perezosa, arrojando a la mesa aquellas que iba viendo.

    En la primera había una mujer rubia de facciones europeas y ojos azules.

    En la segunda un hombre de color de cabello corto.

    En la tercera una niña pelirroja de ojos verdes.

    En la cuarta un chico castaño de piel morena.

    Y así cada foto mostraba a una persona totalmente diferente a la anterior, y sin alguna relación evidente a simple vista. De hecho, algunas incluso le llegaron a dar la impresión de que eran fotos al azar bajadas de internet.

    —¿Quiénes se supone que son estas personas? —cuestionó un poco fastidiado cuando ya iba casi la mitad del monto.

    —Será mejor que de momento no lo sepa —le respondió Jaime de forma enigmática. Cole sólo rodó los ojos y siguió revisando.

    Cuando ya estaba en el último tercio de las fotos, y había llegado a pensar que todo aquello era algún tipo de intento de fastidiarlo, algo cambió. Justo detrás de la foto de un hombre robusto de cabello canoso, la foto siguiente dejó a Cole sin aliento. En ésta vio a una mujer joven, de rostro delgado y sonrosado, con cabello castaño claro, corto hasta sus hombros, y ojos azul cielo. Sonreía ampliamente a la cámara, mostrando unos dientes blancos y brillantes.

    Cole soltó aquella fotografía, y las demás que faltaban, y las arrojó a la mesa como si le quemaran. Se paró de un salto y se alejó dos pasos de la mesa. Aquella reacción hizo que todos se pusieran en alerta.

    —Esa mujer —masculló, señalando con su dedo hacia la fotografía que había quedado encima de todas las demás.

    Frederick se aproximó por un costado e inclinó su cuerpo sobre el montículo de fotos. Tomó aquella sobre el resto, la sujetó delante de su rostro, y luego se le extendió a Cole para que la viera de nuevo.

    —¿Conoce a esta mujer, detective?

    —Sí, claro —respondió Cole, aún exaltado—. El espíritu que se me apareció dos veces en Eola, tenía la apariencia de esa mujer.

    Frederick asintió, y entonces se viró hacia Jaime y le extendió la foto. Éste la tomó entre sus dedos, la contempló en silencio unos segundos, y entonces miró a Cole con severidad.

    —¿Está usted seguro? —Inquirió el padre español con sequedad, sonando casi como una reprimienda.

    —¡Por supuesto que estoy seguro! —Exclamó Cole, irritado—. ¿Qué está pasando aquí? ¿Quién es esa mujer?

    Las puertas del privado se abrieron en ese momento, y un par de meseros entraron cada uno con una bandeja. Con ellos llevaban dos botella de vino, y algunos platos pequeños con entradas. Todos guardaron absoluto silencio mientras colocaban las cosas en la mesa, viéndose de seguro bastante sospechosos en el proceso.

    —¿Listos para ordenar? —Preguntó una mesera mirando a los dos sacerdotes, pero Carl se adelantó a intervenir primero.

    —Nosotros nos encargaremos —le indicó a los dos meseros, y con sus largos brazos les indicó a ambos que avanzaran hacia la otra punta de la mesa, donde Karina con los menús aguardaba. Los meseros no se opusieron.

    Sin Carl cubriendo la puerta, Cole podría haber salido corriendo en ese mismo instante, pero eso ya no era una opción. Ahora quería respuestas.

    Cuando los meseros estuvieron lo suficientemente alejados, Frederick se apresuró a tomar el resto de las fotos y guardarlas en el sobre. Luego, le hizo un ademán con su cabeza a Cole para que retomara su asiento original con ellos, y éste así lo hizo. Frederick se sentó a la cabeza, y Cole y Jaime tomaron su diestra y su zurda, respectivamente. Jaime, sin embargo, parecía algo apartado y pensativo, sentado en su sitio pero abstraído en su propia cabeza.

    Todos siguieron en silencio hasta que Carl y Karina terminaron de hacer el pedido, y el hombre grande y calvo guio de nuevo a los meseros a la puerta.

    —Yo les indicaré cuando servir la comida —lo escuchó Cole murmurar cuando pasaba detrás de él—. Hasta entonces, les agradeceremos si pueden darnos un poco de privacidad. Grazie per i tuoi servizi.

    Cole no sabía mucho italiano, pero presintió que aquello lo había pronunciado fatal.

    Cuando los meseros salieron, Carl cerró la puerta detrás de ellos y volvió a tomar su lugar de guardia delante de ésta. Karina también se aproximó, parándose detrás de la silla de Frederick de forma protectora. Por su parte, el padre Babato volvió a tomar la foto que tanto había alterado a Cole, y la colocó sobre la mesa, delante de él para que todos pudieran verla.

    —Su nombre era Gema Calabresi —indicó con voz solemne, y el nombre "Gema" no pasó desapercibido para Cole—. Era de origen Italiano, así como un servidor, aunque no tuve mucha oportunidad de conocerla en su momento. Se ordenó como monja a los veintiún años, y durante los 90's trabajó como enfermera en un hospital católico en Marsala. Siempre fue una chica muy devota y alegre, entregada a ayudar a las personas. Sin embargo, en junio del 2000 desapareció de su orden sin dejar rastro, y nadie supo nada de ella por un largo tiempo. Quince años después, comenzaron a surgir rumores de su presencia aquí en los Estados Unidos, y se sospechó de su conversión al Satanismo. Luego de meses de esfuerzo, rastreamos su ubicación en New York. Sin embargo, justo cuando estábamos por encararla, se suicidó... rebanándose su propia garganta.

    —Santo Dios —exclamó Cole, impresionado.

    —Dios no tuvo nada que ver con eso, se lo aseguro —añadió Jaime en voz baja, como si aquello no hubiera sido realmente para Cole.

    Entonces, ¿sí existió una mujer llamada Gema con ese rostro? ¿Y murió en el 2015 rebanándose su propio cuello? Cole no pudo evitar recordar como aquel espíritu había narrado su muerte de una forma muy distinta:

    No es una gran historia. Solamente un día me fui a dormir, y a la mañana siguiente... bueno, digamos que todo se volvió mucho más frío.

    Muy lejos de suponer que aquello se refería a algo como lo que el padre Babato estaba describiendo. Sin embargo, Cole sabía bien que no podía fiarse de nada de lo que aquel ser le había dicho. Todo pudo haber sido simples mentiras, incluido su nombre y su identidad.

    —Escuchen —pronunció Cole intentando ser claro y tranquilo—, yo en verdad no podría garantizarles que a quien vi fuera al fantasma de esta mujer que describen. Como bien le dije al padre Babato, al principio creí que era un espíritu humano, pero luego cambió a una naturaleza totalmente demoníaca.

    —Pero mencionó que sintió ambas cosas, ¿no? —Señaló Frederick—. Un espíritu humano y un espíritu demoníaco al mismo tiempo, según recuerdo.

    —Sí lo dije, pero la verdad es que nunca me había encontrado con algo así antes, y no sé bien cómo interpretarlo. Pero lo más seguro es que fuera un demonio adoptando su nombre y su imagen.

    —¿Y por qué haría tal cosa? —Intervino Jaime con suspicacia—. Usted dice que no la conocía de antes. ¿O sí?

    —No, nunca la había visto.

    —¿Y no había forma de que supiera que usted nos conocería más adelante?

    —Eso no lo sé —murmuró Cole, vacilante—. Lo único que puedo confirmarles es que yo ni siquiera sabía del padre Babato, hasta una hora antes de subir a mi avión para acá hace tres días.

    Cole notó entonces la manera en que los dos sacerdotes, y la mujer detrás del italiano, lo miraban. Y estaba seguro de que si volteaba a ver a Carl, el mismo sentimiento se vería reflejado en su mirada. Él la conocía muy bien, pues él mismo había visto antes así a muchos sospechosos durante un interrogatorio. Y eso lo hizo comprender que justamente esa era su posición en esa charla "amistosa."

    —¿De eso se trata esto? —Espetó con actitud defensiva—. ¿Creen acaso que tuve que ver con la muerte de esta mujer o sé algo de ella? Porqué si es así, están muy equivocados. No sé qué fue lo que vi, ni qué relación tiene esta mujer con Samara. Y no puedo ayudarlos con eso.

    Los dos sacerdotes se miraron el uno al otro en silencio por un largo rato, casi como si estuvieran teniendo algún tipo de conversación privada en sus mentes a la cual Cole no era bienvenido. Y considerando el tipo de personas que había conocido en la Fundación Eleven, la posibilidad no era tan inverosímil, pero no creyó que se tratara realmente de ello.

    Luego de unos momentos Jaime exhaló lentamente por su boca, y fijo sus ojos de nuevo en el detective.

    —Quizás nosotros podríamos ayudarlo a usted con su problema, señor Sear —señaló considerablemente más calmado—. Frederick me mencionó que está convencido de que esta niña perdida, Samara Morgan, está aquí en Los Ángeles. Y que vino para reunirse con una persona.

    A Cole le extrañó un poco el abrupto cambio de tema. Se viró un momento hacia el padre Babato, que sólo se encogió de hombros, aunque su mirada casi pícara hacía ver claramente que entre ambos curas había algo en mente que él no sabía.

    —No creo haberlo dicho exactamente de esa forma —señaló el policía—. Pero sí, creo que la persona para quien Leena Klammer trabaja está aquí en Los Ángeles. De hecho, averigüé que ella vivía aquí en la ciudad hasta hace poco. Puede que aquí sea donde ese individuo la contactó.

    Jaime solamente asintió como respuesta, y miró de nuevo a Frederick como cediéndole la palabra. El padre italiano buscó en el interior de su saco negro otro sobre, ahora más pequeño y de color blanco.

    —Quisiera enseñarle otra fotografía, detective —propuso el padre, y colocó cuidadosamente el sobre enfrente de Cole—. Si está de acuerdo, claro. Sólo dígame si también reconoce a la persona en ella.

    Cole miró el sobre, un poco preocupado por lo que fuera a encontrar en él tras la sorpresa anterior. Pero, a su vez, eso mismo le provocaba una curiosidad difícil de ignorar. Así que tomó el sobre, lo abrió y sacó sin mucha espera su contenido. Era en efecto sólo una foto, rectangular, con la imagen de busto y cara de un chico... joven, de diecisiete o dieciocho, de ojos azules y cabello negro. Y, se podría decir, apuesto...

    El detective se quedó helado ante la mirada y sonrisa astuta de aquella persona. Y aunque en un inicio no identificó claramente el porqué de su reacción, poco a poco la idea se volvió más que clara en su mente, hasta que lo supo: no era la primera vez que lo veía.

    * * * *

    —¿Por qué no me demuestra a mí de lo que es capaz? —se escuchó su voz astuta resonando como una carcajada, tomando por sorpresa a la mujer dentro del cuerpo de Cole Sear.

    Sintió en ese momento como si alguien se hubiera parado justo detrás de ella, le rodeara el cuello con un brazo y lo apretaran con fuerza con él hasta casi sofocarla. Sintió además cómo colocaba su rostro a un lado del suyo, y le susurraba despacio en el oído:

    —¿Lista para el Round 2, señora?

    Y entonces, fue jalada violentamente hacia atrás, arrancada a la fuerza del cuerpo de Cole y desapareciendo entre sombras.

    * * * *

    Cole bajó la foto hasta la mesa, y se quedó unos instantes ensimismado en sí mismo, repitiendo aquella escena en su cabeza como si pudiera darle retroceso y luego avanzarla en cámara lenta. Aquel momento había sido difuso, como una serie de pequeños flashazos de un sueño que tenía problemas para recordar tras despertar. Pero al ver esa foto, ese instante se volvió completamente claro. Él no lo había visto directamente, sino a través de los ojos de Eleven... ¿o ella lo había visto a través de los suyos? No tenía idea de cómo explicarlo con exactitud, pero no tenía duda alguna. La persona que había intervenido en aquel momento, había tomado a Eleven y la había jalado fuera de él; y quién por consiguiente la había atacado en su propia casa luego de ese momento... Esa persona...

    —Es él... —Exclamó atónito con sus ojos fijos en la imagen inerte sobre la mesa—. Es el chico, el que atacó a Eleven... el culpable de toda esta maldita locura...

    Aquellas palabras habían sido más para sí mismo que para sus acompañantes; una conclusión que necesitaba a todas luces pronunciar en voz alta para poder convencerse a sí mismo de ella.

    —¿Entonces sí lo ha visto antes? —Cuestionó Frederick con apremiante curiosidad.

    —Sí —Respondió rápidamente, aunque casi de inmediato vaciló—. Eso creo.

    —¿Eso cree? —Cuestionó Jaime a continuación, mostrándose claramente reticente ante tan dudosa declaración. Frederick intervino rápidamente, indicándole con un ademán de su mano a su compañero para que no dijera más de momento.

    —¿Dónde lo vio? —insistió el padre Babato.

    —En el psiquiátrico de Eola —contestó Cole, aún indeciso—. No lo recordaba hasta ahora... En verdad no estoy seguro siquiera si realmente lo vi.

    —Cuéntenos, por favor —solicitó Frederick apremiante.

    Cole se sentía alterado. Sin pensarlo, su mano se dirigió al bolsillo en donde guardaba sus cigarrillos, pero logró detenerse a mitad del camino. En su lugar, se extendió ahora hacia una de las botellas de vino y se sirvió un poco en su copa. Tomó de ella casi de inmediato sin titubear, esperando que un poco de alcohol lo calmara tanto como un cigarrillo. No lo hizo, pero sí lo suficiente para que pudiera contarles lo que querían saber. Sobre cómo había acorralado a Leena Klammer en el pasillo del psiquiátrico, pero luego todo se había vuelto confuso para él por la intervención de aquel otro hombre que lo había paralizado. También sobre cómo éste lo hubiera matado, si Eleven no hubiera intervenido para ayudarlo. Pero, al hacerlo, se había expuesto a esa persona, que terminó atacándola y dejándola en coma.

    Intentó ser lo más claro posible, pero incluso para él todo lo que había pasado en ese momento resultaba confuso.

    Mientras iba terminando su relato, Jaime había decidido imitarlo y también se sirvió algo de vino; aunque, en una cantidad relativamente mayor a la de Cole. Cuando éste terminó de hablar, y ya llevaba al menos tres tragos de vino, el padre español carraspeó un poco y se inclinó hacia el frente, observando a Cole con dureza.

    —No intentaremos decirle que entendemos cómo funcionan las habilidades únicas de los que son como usted. A pesar de todo lo que hemos visto, hay muchas cosas que no comprendemos, y quizás nunca lo haremos. —Extendió entonces su mano para tomar la foto y alzarla para que el detective pudiera verla de frente—. Sólo quisiera que me confirmará si está seguro de que el chico que vio fue éste.

    Cole contempló unos segundos la foto, pero luego necesitó desviar su vista hacia otro lado como si se sintiera cohibido. Su mano se talló contra su nuca, mostrándose incómodo.

    —Mi parte objetiva me dice que no; no podría estar seguro. Pero yo siento que sí, es él. El sólo verlo trajo a mi mente vívidamente ese recuerdo, y cumple con la descripción que mi compañera nos dio.

    Miró entonces a ambos sacerdotes, adoptando una postura más fehaciente, incluso acusadora.

    —¿Quién es él? —Preguntó, notándose algo de exigencia en su tono—. Díganme quién es. Si tengo razón, él es el culpable de todo esto; de las personas que han muerto, el secuestro de Samara, lo que le pasó a Eleven...

    —¿Y si se lo decimos qué hará? —Respondió Jaime, desafiante—. Usted es un oficial de policía, por lo que no haría nada incorrecto, ¿o sí?

    —No jueguen conmigo —espetó Cole, alzando sólo un poco la voz pero lo suficiente para que Carl se sobresaltara nervioso—. Me están enseñando esa foto por un motivo. Ustedes saben quién es, y saben que está relacionado con todo esto, ¿o no? Díganmelo. —Se tomó un segundo, respiró lentamente por su nariz, y entonces murmuró con más calma—: Por favor... necesito saberlo.

    Frederick se mantuvo impasible ante su enérgica petición, aunque luego se volteó de nuevo hacia Jaime.

    —¿Qué dices, amigo mío? —Le preguntó curioso a su compañero—. ¿Lo que has oído te es suficiente?

    —Por supuesto que no —respondió Jaime con normalidad, seguido después por un trago más de su copa—. Pero es tu decisión. Ésta es tu investigación, después de todo. Yo soy un mero observador.

    Frederick sonrió divertido, dejando en evidencia que de seguro se trataba de más que eso. Como fuera, se volvió de nuevo a Cole, centrando entonces enteramente su atención en él, y a hablarle casi en el mismo tono y emoción como de seguro presidiría misa en parroquia.

    —Como bien podría ya haberse dado cuenta, Karina, Carl y su servidor, no somos precisamente los religiosos comunes. Y eso es porque, efectivamente, no realizamos una labor común. —Hizo una pausa, y entrecruzó sus dedos sobre la mesa—. Los tres somos parte del Scisco Dei, un grupo secreto dentro del Vaticano dependiente del Ministerio de Exorcismos. Nuestro deber es ser el brazo de Dios para combatir la influencia del demonio en la Tierra, como bien le había dicho en nuestra primera conversación. Sin embargo, esto lo realizamos de una forma muy diferente a la mayoría de los exorcistas que de seguro ha conocido hasta ahora. De hecho, nuestra labor es mucho más similar a la suya, detective. Pues como usted ya sabe, hay muchos demonios, por así llamarlos, que no pueden ser combatidos sólo con rezos y agua bendita. Hay algunas amenazas acechando este mundo que ocupan un enfoque más... drástico.

    —¿Cómo matar a una niña? —inquirió Cole, acusativo, a lo que el padre Babato respondió esbozando una sonrisa bastante desatinada en la opinión del detective. Y, encima del todo, al final el sacerdote concluyó aquello con:

    —Eso y otras cosas más.

    Cole enmudeció, recargándose por completo contra su silla y mirando al sacerdote delante de él con desconfianza. No sabía bien cómo interpretar lo que acababa de oír. ¿Un grupo secreto de exorcistas para enfoques más "drásticos" contra los demonios? La idea de religiosos con pistolas u otras armas, le provocaba una mezcla de sentimientos. Por una parte debía admitir que le daba gracia; por otra le daba un poco de alivio pues, como bien el padre había dicho, no a todos los seres inhumanos que había conocido se les podía combatir sólo con rezos; y, por último, le daba bastante preocupación... sobre todo por esa última declaración, que inevitablemente le trajo a su mente a aquella mujer que había visto en la iglesia su primer día en Los Ángeles.

    Pero dicha descripción explicaba bastantes cosas, incluyendo la extraña forma de comportarse de esas personas, y el conocimiento que abiertamente le habían demostrado de cosas que Cole creía sólo él había visto y enfrentado.

    Scisco Dei... Nunca había oído sobre ese grupo, pero definitivamente haría su investigación para saber más al respecto. Claro, si primero lo dejaban salir vivo de ese lugar.

    —Pero ustedes tres ya estaban aquí en Los Ángeles desde antes de que Samara fuera secuestrada —señaló Cole—. ¿Qué hacían aquí exactamente? ¿Esto es mera coincidencia?

    —Absolutamente no —masculló Frederick casi riendo, pero procuró casi de inmediato recuperar su compostura anterior—. La historia de trasfondo para explicar eso es muy larga. No unos mil años de historia como dirían algunos... pero sí al menos un par de cientos. Pero intentaré resumírsela, y quiero que tenga su mente muy abierta mientras me escucha.

    ¿Alguien le estaba pidiendo a él, el detective de los muertos, que tuviera la mente abierta ante lo que estaba por escuchar?

    "Lo reto a decirme algo que no he escuchado antes," recordaba que el mismo padre Babato le había dicho aquel otro día. Ahora era él quien tenía ese mismo pensamiento, aunque no lo dijo en voz alta. En su lugar, se limitó a sólo asentir. Ese sólo gesto fue suficiente para que Frederick comenzara su historia que, efectivamente, sería larga.

    —A finales del siglo XIX, un hombre autoproclamado brujo, de nombre Adrian Marcato, afirmó públicamente haber invocado al Demonio en persona, y que éste le había dado instrucciones sobre las cosas que vendrían en el nuevo siglo. Era una época llena de charlatanes que hablaban del Fin del Mundo, y muchos no lo tomaron enserio... pero otros sí. Poco a poco, Marcato fue ganando adeptos, creyentes de sus palabras, creando un grupo de seguidores de Satanás que continuaron con sus enseñanzas incluso después de su muerte. Y cuando la comunicación instantánea entre puntos recónditos del mundo se hizo una realidad, estos mismos adeptos entablaron amistad y contacto con otros grupos similares de otros muchos países; creando una red internacional de Satanistas, se podría decir. El Vaticano siempre tuvo noción de su existencia, pero se sorprendería si le dijera la verdadera cantidad de cultos satanistas, o pseudo-satanistas, que existen incluso en la actualidad. La mayoría son de hecho inofensivos, y éste se consideró uno más de ellos.

    Frederick hizo una pequeña pausa, y su boca se curveó en una mueca que casi parecía querer indicar que estaba sintiendo un poco de dolor.

    —Sin embargo, algo cambió a mediados de los 60's —prosiguió Frederick—. El grupo de Marcato simplemente se esfumó. Ya no había reportes o información sobre sus acciones en lo absoluto. Sus miembros que ya estaban identificados, murieron o igualmente desaparecieron. Y esto se repitió con más de estos grupos alrededor del mundo. Fue algo muy extraño, que sin duda llamó la atención de más de uno en la Santa Sede, pero no lo suficiente para ser un verdadero motivo de alarma. Pero entre algunos surgió una teoría, sobre que estos grupos no estaban desapareciendo, sino más bien todo lo contrario. Se decía que se estaban de hecho uniendo, volviéndose más fuertes y creando una sola organización conjunta de alcances inimaginables. Y que, lo más importante, estaban tramando algo a gran escala, ocultos de la vista pública.

    Frederick rompió unos momentos su semblante duro para soltar una pequeña carcajada, haciendo que Cole, que se había ensimismado en el relato sin darse cuenta, casi saltara de su silla.

    —Lo sé, muy conspiranoico, ¿verdad? —rio como intentando restarle importancia—. Muchos así lo pensaron, pero otros se dedicaron a investigar el asunto a detalle. Y al hacerlo, dieron con cierta información que validaba la teoría, y confirmaba la existencia de esta organización; una llamada... Hermandad, que con los años había ido ganando más y más poder. Y que, al parecer, se había formado con un fin muy específico —se inclinó entonces hacia Cole, observándolo atentamente con sus casi saltones—: propiciar la llegada del Anticristo a la Tierra, además de protegerlo y ayudarlo en su ascenso hacia el control absoluto del mundo.

    El padre Babato guardó silencio tras esa afirmación, pero mantuvo su mirada tan fija en Cole que parecía incluso no querer parpadear. Cole, por su parte, aguardó esperando que dijera algo más, o comenzara a reír señalando lo absurdo de lo que acababa de decir como lo había hecho anteriormente. Pero no rio... nadie lo hizo. De hecho, Cole, notó que Jaime lo veía de la misma forma, al igual que los otros dos ayudantes en la sala; como si todos estuvieran aguardando atentamente cuál sería si respuesta o reacción.

    —¿El Anticristo? —Soltó Cole, sin poder evitar sonar sarcástico—. ¿El Anticristo del Apocalipsis? ¿Hablan enserio?

    —Bastante enserio, detective —asintió Frederick—. Y fue precisamente a esta Hermandad a la que se supone Gema Calabresi se unió al dejar su convento; igualmente desapareciendo por completo, como los miembros de este grupo acostumbran hacer. El si siempre fue una de ellos o la convirtieron, eso está aún en duda.

    Cole balbuceó un poco, sin poder pensar coherentemente en qué exactamente debía responder o preguntar a todo eso.

    —De acuerdo —susurró dudoso el detective—. ¿Y qué tiene que ver esto con...?

    Su mano señaló fugazmente la foto del muchacho de cabellos negros sobre la mesa. Aunque en el fondo comenzaba a hacerse una idea de hacia dónde iba eso, sencillamente se rehusaba a dejar que dicho pensamiento se fraguara enteramente en su mente.

    —A eso voy —indicó Frederick, continuando con su relato—. Esta Hermandad se las ha arreglado para ser tan hermética y secreta, que nos ha sido casi imposible averiguar mucho de ella. Entre las pocas cosas que conocemos, es que existe un poema dejado por Marcato; una... profecía, se podría decir, en la que sus miembros creen ciegamente y rigen su misión. Es una combinación de pasajes y profecías de las Escrituras. Va algo así:

    Cuando los judíos regresen a Sion, y un cometa queme el cielo, y el Sacro Imperio Romano ascienda; entonces usted y yo habremos de morir. Desde el mar eterno se elevará, creando ejércitos en cada orilla, volviendo al hombre contra su hermano, hasta que el hombre no exista más.

    Hizo una pausa, como queriendo dejar que las palabras se asentaran en la mente de su oyente, y entonces prosiguió:

    —Estos eventos, de acuerdo a lo que ellos creen, preceden el nacimiento del Anticristo en la Tierra. Según interpretaciones, el regreso de los judíos a Sion describe la formación del Estado de Israel. El ascenso del Sacro Imperio Romano se cree se refiere a los Tratados de Roma, y a la posterior formación de la Unión Europea. Sólo faltaba el cometa... Pero, ¿qué cometa con exactitud? ¿Cualquiera que cruzara el cielo aplicaría? Bueno, la respuesta era no.

    De pronto, Jaime tomó de la silla que estaba a su lado un nuevo sobre, y Cole para ese entonces se preguntaba cuántos sobre secretos con fotos tenían ocultos en esa habitación. Jaime le pasó el sobre a Frederick, que sacó de éste (por supuesto) una foto, aunque más grande que las otras, casi del tamaño de una hoja tamaño carta.

    —Durante junio del año 2000, observatorios de todo el mundo captaron esto.

    Frederick colocó la foto en la mesa delante de Cole. Parecía en efecto la foto tomada por un telescopio, en donde se veía un amplio cielo estrellado, y en el centro un largo cometa luminoso... No, mirando con más atención, Cole notó que no era uno, sino tres cometas viajando uno a lado del otro. ¿Era eso posible? No sabía casi nada de astronomía, pero se aventuraría a deducir que no era algo usual.

    —Un cuerpo celeste cruzando nuestro cielo —señaló Frederick, recuperando su atención—. Un cuerpo celeste que no debería estar ahí. Esto que ve en esa foto, es un cometa que pareció simplemente haber salido de la nada. Pero lo más extraño es que en algunas de las imágenes captadas del cuerpo, como esa que ve, el cometa parecía dividirse en tres. Tres haces de luz, quemando el cielo a su paso, como una burla o espejo a la Santa Trinidad, y a la estrella que anunció hace dos mil años el nacimiento de nuestro Señor Jesucristo. Todo esto, más los actos de la Hermandad, y muchos otros eventos y sucesos, fueron ya suficientes. Se convocó rápidamente a una reunión extraordinaria, en donde se le presentó a los Cardenales y al Santo Padre todas estas evidencias, y se exhortó a una acción inmediata... y drástica. —De nuevo esa palabra, y la forma tan remarcada con la que la pronunciaba—. La única organización con los recursos y la libertad de actuar como se debía, aunque fuera en las sombras, éramos nosotros; el Scisco Dei.

    »Se nos dieron entonces dos encomiendas. La primera, rastrear a la Hermandad, a sus integrantes y a sus cabezas, exponerlos y acabar con ellos a como diera lugar. Y la segunda, dar con el paradero del Anticristo, y hacer justo lo mismo con él. A esto se le conoce como la Orden Papal 13118, y la hemos venido desempeñando estos últimos años fielmente. Lo que Karina, Carl y yo hacemos, es investigar a posibles candidatos a ser el Anticristo al que la Hermandad sirve. Los parámetros de búsqueda que usamos son muy específicos. El más sencillo es la edad; su fecha de nacimiento debió ser en algún punto mientras el cometa fue visible en nuestro cielo, aproximadamente en Junio del 2000. Debe ser un varón, aunque no estoy seguro de cómo determinaron eso exactamente. Debió además haber crecido en una familia de gran poder económico y político; el mar del que se describe emerge la Bestia, se cree es el mar de la política. Y cobra sentido, considerando que la Hermandad poco a poco lo iría posicionando para que la gente lo adore, y deposite su confianza en él. Además de eso, el Anticristo tendrá ciertas habilidades únicas... como las que ustedes tienen, pero mucho más destructivas. O, en apariencia benignas, pero engañosas. La última seña, y la definitiva, sería la marca de la bestia en alguna parte de su cuerpo. Pero no un tatuaje, sino un lunar como parte de su piel. El seiscientos sesenta y seis. Así que, tomando todo esto como base, hemos estado investigando a varios candidatos alrededor del mundo que pudieran cumplir con esto.

    Frederick extendió en ese momento su mano para tomar la foto del muchacho, y la sostuvo enfrente de él para que Cole pudiera verla bien una vez más.

    —Este chico, es uno de estos sospechosos. Y, a modo personal, el más prometedor que he visto en estos años. Y, ¿quiere saber lo más interesante? —Se inclinó en ese momento hacia Cole, parecido a como lo había hecho un momento atrás—. Él está aquí en Los Ángeles en estos momentos. Esto es lo que hacíamos aquí: seguirle la pista a este muchacho.

    Cole había permanecido calmado escuchando toda aquella larga explicación. Sin embargo, al oír ese último dato, ahora sí se tuvo que parar de nuevo de su silla y caminar un poco para alejarse de la mesa. Carl se irguió firme en la puerta temeroso de que intentara salir, pero no lo hizo. Sólo avanzó hacia un lado, mirando al suelo, al techo, o la propia palma de su mano.

    —¿Está bien, detective? —Le cuestionó Jaime, curioso.

    Cole no respondió de inmediato. Siguió sumido en su propia cabeza, hasta que soltó de pronto una pequeña risa nerviosa y se viró de nuevo hacia los sacerdotes.

    —Escuchen, no esperan realmente que me crea todo esto, ¿o sí? —Comentó incluso algo burlón.

    —Le dije que debía tener la mente abierta —señaló Frederick.

    —Eso es mucho más que tenerla abierta, padre. Usted me está hablando del Anticristo y el Apocalipsis. Por favor...

    El padre Babato resopló, al parecer un poco decepcionado.

    —Esperaba que alguien que ha visto lo que usted, tuviera una perspectiva diferente de estas cosas.

    Cole volvió a reír como antes

    —Una cosa es haber interactuado con fantasmas y criaturas no humanas, y otra muy diferente que me pida creer en...

    Cortó su argumento abruptamente a la mitad de éste, y su cabeza pareció divagar un poco, y su mirada se fijó en algún lugar indefinido a la distancia. Algún pensamiento parecía haberle llegado de pronto.

    —¿Qué pasa? —Cuestionó Frederick, preocupado.

    —No, nada... —Respondió Cole, un poco ausente. Y una inesperada sonrisa de... ¿alegría?, se dibujó en sus labios en ese momento—. Es sólo que por un momento comencé a sonar muy parecido a alguien que conozco.

    El recuerdo de Matilda le había llegado abruptamente, pero ciertamente la comparación era inevitable. Él también había intentado hacer que ella creyera en algo que contradecía por completo sus conocimientos y creencias, usando lo que ya había visto y conocido como argumento base. Ahora alguien le acababa de hacer exactamente lo mismo, y su reacción había sido casi igual...

    ¿Había quizás juzgado mal a Matilda en aquel entonces? ¿Debió su enfoque ser diferente? Quizás sí... Pero fuera como fuera, recordar aquello, y sobre todo recordarla a ella, le provocó una pequeña sensación de paz en toda esa locura en la que se había revuelto. Se daría cuenta sólo hasta tiempo después lo que ese momento en específico significó realmente en él. De momento, sin embargo, debía darle un cierre a eso.

    Se aproximó silencioso de nuevo a su silla, y se sentó en ella. Se le veía bastante más calmado.

    —Bien, escuchen —pronunció con firmeza—. Yo no sé nada de profecías bíblicas o Anticristos. Ni tampoco puedo creer en todo esto que me acaban de comentar. Y como oficial de policía, estoy casi seguro de que esta búsqueda que están llevando a cabo, por no llamarla literalmente una cacería de brujas, viola un sinfín de leyes y libertades de personas inocentes. Pero, si este chico es a quien yo estoy buscando, Anticristo o no, se trata de alguien muy, muy peligroso. Aproximarse a él sin cuidado, y con la mente revuelta con todas estas... creencias, puede costarles la vida. Jane Wheeler es una de las resplandecientes más fuertes que conozco, y este chico le hizo un daño horrible. Por favor, no se acerquen a él. Dejen que nosotros nos encarguemos.

    —¿Nosotros quiénes, detective? —Cuestionó Jaime, reticente—. ¿La policía?, ¿su Fundación? Hasta donde entiendo, usted está aquí sin el apoyo de ninguna de las dos.

    Cole no respondió.

    —¿Qué hará exactamente con él si le damos la información que necesita? —Cuestionó Frederick justo después, lo que provocó que Cole se tomara unos instantes para meditarlo antes de dar su respuesta.

    —Mi prioridad es salvar a Samara y ponerla a salvo.

    Frederick volvió a resoplar, pero ahora Cole pudo notarlo incluso molesto. No sabía qué respuesta esperaba de él exactamente, pero al parecer se alejaba mucho de esa.

    —¿Tanto interés tiene sólo en esa niña? —Inquirió Frederick, un tanto agresivo—. ¿Acaso no ha comprendido todo lo que está en juego aquí?

    —Ella es muy importante... para alguien que aprecio.

    Ahora fue el turno de Frederick para tomar la botella de vino y servirse sólo un poco, apenas lo suficiente para dos tragos (aunque terminó empinándose todo en sólo uno).

    —Suponga por un momento —comenzó a pronunciar el padre italiano, notándose que se esforzaba por no perder de nuevo la compostura—, sólo suponga, que lo que decimos es cierto. Que este chico es el Anticristo, y la niña que está buscando vino a Los Ángeles para reunirse con él. Encajé esto con su propia teoría, suya que usted me compartió antes de que supiera de todo esto; sobre la verdadera naturaleza de esta niña, su padre, y el ente que la está persiguiendo. Si las cosas fueran de esta manera, ¿cree enserio que puede confiar en ella? ¿Cree enserio que es sólo una niña inocente?

    —¿Y usted qué cree que es acaso? —Le devolvió Cole el cuestionamiento.

    —¿La verdad? Aún no lo sé. Pero deseo averiguarlo también.

    No era el tipo de respuesta que esperaba, pero de seguro no le tenía otra mejor.

    Cole debía admitir que tenía razón en algo. Lo que le acababan de contar no contradecía de momento sus propias experiencias y teorías, sino que incluso las complementaban. Si acaso se permitía a sí mismo ver las cosas desde esa perspectiva, una naturaleza casi sobrenatural detrás de todo eso podría explicar varias cosas. Después de todo, Gema le había advertido sobre alguien la última vez que la vio; sobre alguien que no lo dejaría ir.

    Debiste hacerle caso a tu mami cuando podías, guapo. Ahora es tarde; Él ya no te dejará ir, lo siento.

    Al principio consideró que hablaba de ese chico que estaban buscando. Pero, ahora que hacía memoria, Evelyn también había hablado sobre ese ser que le susurraba desde el mar, aquel que estaba buscando a Samara, y a quien ella sólo se refería como "Él."

    Si ella está viva, entonces Él aún la busca... Él la encontrará...

    El Padre Burke me dijo que Él nos había elegido. Me dijo que a través de nosotros, Él le daría vida a quien vendría a transformar al mundo. Él se lo mostró todo en visiones... lo obligó a hacerlo... Yo no pude evitarlo... no pude evitarlo...

    ¿Estaban ambas refiriéndose a lo mismo? Pero, si las cosas fueran como estos dos sacerdotes decían, entonces de quién estarían hablando sería...

    Pero entonces... el padre de Samara...

    Cole agitó su cabeza con violencia, y se empinó de golpe todo lo que quedaba en su copa, sintiendo como éste le quemaba un poco la garganta, aunque no de forma desagradable. No podía permitirse dejarse llevar con esas ideas. En el momento en el que sumergiera en esas creencias en Anticritos y Satanás en persona, perdería por completo la perspectiva y cualquier enfoque objetivo que pudiera usar a su favor; si es que aún le quedaba alguno.

    —¿Quién es este chico? —Cuestionó tajantemente como una orden una vez que logró armarse lo suficiente de fuerzas—. ¿Y dónde está? Ustedes lo saben, ¿no? Dicen que le han estado siguiendo la pista. Díganme dónde encontrarlo.

    —¿Para hacer exactamente qué con esa información? —Respondió Frederick cortante, mirándolo con severidad—. ¿Se lo dirá a la policía? ¿A sus amigos? ¿O piensa ir e encararlo usted solo? —Cole no respondió, quizás porque él mismo no tenía clara la respuesta—. Lo siento, pero no creo que sea prudente decírselo en estos momentos. Está muy alterado, y no queremos que cometa una locura. Como usted bien dijo, estamos hablando de alguien muy peligroso. Si desea encontrarlo, necesita trabajar con nosotros. Ayudarnos a encontrar al Anticristo, detenerlo, y así salvar a millones de personas. ¿No vale eso mucho más que la vida de una sola niña?

    Cole empujó su silla hacia atrás abruptamente y se puso de pie. Se le veía tan molesto que Carl y Karina pensaron se intentaría atacar a los padres, y se pusieron en alerta. Sin embargo, sólo se giró hacia la puerta y encaró a Carl, que seguía obstruyéndola.

    —Quiero irme, ahora —exigió mirando fijamente al hombre de cabeza calva. Ya había tenido suficiente de esa conversación, y tenía claro que no podría obtener nada más de esas personas.

    Carl no se movió de su lugar ni se mostró intimidad por su petición. Se viró en su lugar hacia el padre Babato, en busca de su siguiente orden. Éste también parecía molesto, pero sobre todo cansado. Quizás ya había tenido también demasiado por ese día.

    —De acuerdo, tiene mucho que digerir y pensar —señaló Frederick, agitando una mano despreocupada en el aire—. Carl, lleva al detective a su hotel, por favor.

    Carl asintió, y de inmediato se quitó de la puerta para dejarle el camino libre. Cole avanzó hacia la puerta, en el entendido de que su secuestrador lo seguiría. Sin embargo, tanto Carl como él se detuvieron al oír de pronto:

    —Descuida, Carl —murmuró Karina abruptamente—. Yo me encargo de llevarlo.

    Aquello sorprendió a todos, incluso al padre Frederick que se volteó a verla, preguntándole con su mirada si acaso estaba segura, pues su descontento hacia el detective había sido más que evidente desde el primer día. Karina no dijo nada más, y en su lugar caminó tranquilamente hacia la puerta, pasando a lado de Cole y saliendo del privado. Cole dudó un poco entre seguirla o no, pero al final lo hizo y ambos se alejaron entre las mesas del restaurante.

    Carl se permitió cerrar las puertas de nuevo, antes de que tuvieran que ordenárselo.

    Frederick suspiró agotado, y pasó a servirse más vino.

    —Admito que esperaba que todo saliera de una forma diferente —masculló, casi como un reclamo a sí mismo. Luego de dar un sorbo de su copa, se viró hacia su compañero en la mesa—. ¿Qué te pareció a ti?

    —Sabes que ocupo más que una pequeña conversación para sacar un veredicto —Señaló Jaime con tranquilidad.

    —No serías un buen Inspector de Milagros si no fuera así.

    Jaime tomó su propia copa y también bebió de ella.

    —¿En verdad crees que eso sea cierto? —Soltó Jaime al aire de pronto.

    —¿Qué de todo?

    —Lo de Gema —respondió con pesadez, transmitiéndole ese mismo sentimiento a su compañero—. ¿Tú en verdad crees que sea posible que su... fantasma, esté por ahí vagando?

    Frederick guardó silencio, y contempló a su amigo, reflexivo. Se preguntó fugazmente si aquello lo preguntaba el Inspector de Milagros... o el hombre bajo el hábito; pero él conocía claramente la respuesta. Había notado como se pareció cerrar desde el momento mismo en que Cole reconoció la fotografía de Gema, y sólo él mismo podría decir qué era lo que le había estado cruzando por la cabeza durante todo ese rato.

    —Yo espero que no sea así —comentó Frederick de pronto, extendiendo su mano hacia él para palparle su brazo de forma amistosa—. Sería muy triste para mí saber que, encima de todo lo que pasó, ni siquiera muerta esa niña pueda descansar en paz.

    Jaime lo miró de reojo y le ofreció una amarga sonrisa. Tomó de nuevo la botella y volvió a servirse... bastante más, hasta casi llenar la copa. Frederick quiso decirle que no lo hiciera, pero prefirió abstenerse al último momento. En esa ocasión, era probable que lo necesitara enserio.

    —Pero ciertamente es un hombre interesante —señaló el padre español tras unos momentos, regresando la conversación abruptamente a Cole—. Creo que podría sernos de mucha ayuda, o convertirse en un tremendo estorbo. Como sea, espero que sea lo primero, pues sería una lástima que tuviéramos que hacer algo en su contra. —Su mirada se endureció, fija en la foto del muchacho de cabellos negros sobre la mesa—. La identificación y aniquilación del Anticristo es tu mayor prioridad, y la de tu equipo, Frederick. No lo olvides.

    Frederick se limitó a sólo asentir y beber de su copa. Él también lamentaría mucho el tener que hacer algo que no quería en contra del detective Sear. A pesar del corto tiempo que llevaba de conocerlo, ya le había tomado cierto cariño.

    — — — —​

    El tiempo se había ido volando tan rápido, que ya estaba prácticamente atardeciendo cuando salieron del restaurante. Por primera vez a Cole le tocaba viajar en el asiento del copiloto del Honda Accord plateado. Y además ahora la persona al volante no era Carl. Por un momento creyó que su escolta le exigiría ir en el asiento trasero como si fuera un Uber, pero en realidad no opuso resistencia alguna cuando se sentó al frente con ella.

    Gran parte del viaje fue en silencio, como de costumbre. Ni siquiera tuvo que decirle cuál era su hotel, pues al parecer ella ya lo sabía. A esas alturas, eso realmente ya no le resultaba tan preocupante en comparación con todo lo demás que había visto y oído esa tarde.

    —¿Se llama Karina? —Soltó de pronto tomando un poco por sorpresa a la mujer a volante, que lo volteó a ver desconcertada por un segundo.

    —¿Disculpe?

    —Nunca me dijo su nombre, y nadie tuvo la gentileza de presentarla —señaló Cole, teniendo su atención puesta en el camino como si fuera él quien conducía—. Pero el padre Babato mencionó a "Karina" un par de veces durante su explicación. ¿Ese es su nombre?

    La mujer, que efectivamente se llamaba Karina, se viró de nuevo al frente y se quedó callada unos instantes, como si dudara sobre responder o no.

    —Sí —pronunció con seriedad tras un rato.

    —¿Sólo Karina?

    —Hasta donde a usted le consta, sí.

    Cole rio divertido, preguntándose si ese secretismo era protocolo de su grupo secreto, o simplemente le gustaba hacerse la interesante.

    —Bueno, pues mucho gusto, sólo Karina; yo soy Cole Sear —le comentó con tono burlón, incluso extendiéndole su mano para estrecharlas. Karina, sin embargo, no le respondió nada ni tampoco aceptó tomarle su mano. Pero Cole no se ofendió; ya estaba acostumbrado a que la gente lo dejara con la mano extendida, por diferentes motivos.

    Por un rato más el viaje siguió en silencio. Y cuando ya estaban cerca de llegar a su destino, Cole pensó que ya no hablarían en lo absoluto, y estaba bien con eso. Como bien habían dicho, tenía muchas cosas que pensar y digerir. Sin embargo, Karina rompió abruptamente el silencio.

    —El padre Babato y el padre Alfaro son increíbles personas —indicó tajantemente, casi como si le estuviera regañando—. ¿Recuerda lo que me dijo cuándo nos conocimos?, ¿sobre personas confiables y buenas que hay en cualquier organización? Es cierto, la Iglesia no es perfecta, y su historia está llena de errores. No tiene por qué confiar en el Vaticano si no quiere, ni siquiera en mí si no le agrado. Pero le aseguro que puede confiar en ellos dos. Yo les debo la vida; a ellos y a otras personas más dentro de la Iglesia. He dedicado mi vida a esto no porque crea ciegamente en su causa, sino porque creo en ellos. Quizás lo que digo sea un pecado... pero es lo que siento. Si es que le sirve de algo saberlo.

    Cole estaba impresionado de escucharla decir tanto en tan poco tiempo. Sonó a que quizás era algo que había tenido dentro durante toda esa larga conversación, donde ella había servido más como un mueble sin oportunidad de decirlo. ¿Era por eso que se había ofrecido a llevarlo?

    —¿Y por qué piensa que usted no me agrada? —Le preguntó Cole con tono irónico, a lo que ella no respondió nada—. Dice que cree más en ellos que en su causa, ¿verdad? Este chico del que hablaban, ¿usted también cree que puede ser el Anticristo?

    Aquello creó una notable señal de vacilación en Karina, cuyos dedos se apretaron incómodamente alrededor del volante, y sus gruesos labios se presionaron mutuamente con fuerza.

    —Yo... —balbuceó la conductora con duda—. Llevo ya muchos años ayudando al padre Babato en esta búsqueda. En ese tiempo, les hemos seguido la pista a varios candidatos prometedores en todo el mundo. Algunos con aparentes habilidades inusuales, otros con actitudes sospechosas, y otros más principalmente por su fecha de nacimiento y por ser niños ricos privilegiados. De todos ellos, él es quizás el más posible que hemos visto hasta ahora. Y el padre parece estar muy seguro.

    —Presiento que hay un pero ligado a todo eso —señaló Cole. Y, en efecto, tenía razón.

    Pero, ya ha habido otros candidatos antes que también nos daban la misma sensación, y nunca pudieron ser comprobados por completo. Es por eso que prefiero mantener mis reservas y esperar a ver qué determina el padre Alfaro. Yo acataré su veredicto.

    —Bastante sensato —asintió el detective—. Pero como les dije, si este chico es quien creo, y estoy casi seguro de que es así, se trata de alguien muy peligroso. Si van a ir tras él, deben tener mucho cuidado.

    Cole notó que una singular sonrisa astuta y confiada se asomó en los labios de la mujer en ese momento.

    —Lo crea o no, sabemos bien cómo cuidarnos, detective. Pero gracias.

    Definitivamente Cole le creía. Tanto Carl como ella se veían como personas con las que realmente no deseaba meterse en malos términos.

    El Honda Accord se estacionó justo enfrente de la fachada del hotel. Aún era temprano, pero Cole se sentía tan agotado por todo que lo único que deseaba era subir, darse una ducha, y acostarse una horas sólo a ver televisión; no pensar en asesinas, niñas secuestradas, policías muertos, federales ocultando información, amenazas de espíritus demoníacos, Anticristos, y el Fin del Mundo. Mañana tendría mucho tiempo para meditar en todo eso, y tomar algunas decisiones.

    Sin embargo, Karina tenía otro motivo oculto que la había llevado a ofrecerse para ese favor, y que podría quizás truncar su plan.

    —Bueno, gracias por el aventón —saludó Cole abriendo la puerta de su lado para salir—. Cómo siempre fue un placer, señorita Karina.

    Apenas acababa de colocar un pie en la acera, cuando entonces la mujer al volante exclamó:

    —Damien Thorn.

    Cole se detuvo en seco con la mitad de su cuerpo ya afuera, y tuvo que regresarse y sentarse de nuevo en su asiento. Karina seguía aferrada al volante, y miraba fijamente al frente, estoica.

    —El nombre del chico de la foto es Damien Thorn —repitió claramente—. Es el único heredero de sangre de la familia Thorn, una de las familias más ricas y poderosas de los Estados Unidos. Se está quedando en estos momentos en un pent-house propiedad de la empresa de su familia, sobre Wilshire Boulevard, en Beverly Hills. No tengo a la mano el nombre o dirección del edificio, pero tengo entendido que usted tiene sus fuentes que podrían ayudarlo con eso, ¿no?

    En efecto las tenía, pero Cole se encontraba tan atónito que no fue capaz de responderle, si acaso ella deseaba que lo hiciera.

    —Tiene a varios guardaespaldas armados custodiándolo las veinticuatro horas —añadió Karina a continuación—. La mayoría son de hecho mercenarios, parte de una milicia privada con arduo entrenamiento en guerreras reales. Así que aunque no sea a quien usted busca, o a quien nosotros buscamos, es igual alguien muy peligroso, detective. Por lo que le ofrezco su misma advertencia: debe tener mucho cuidado si quiere acercársele.

    Cole permaneció pensativo, repasando con cuidado todo lo que le acababa de decir, que ciertamente era bastante.

    ¿Hijo de una de las familias más ricas del país? ¿Heredero de una importante empresa? ¿Un ejército de mercenarios protegiéndolo? Y, encima de todo eso, ¿podría ser su enemigo?, ¿ese psíquico tan poderoso que fue capaz de hacerle tal daño a Eleven?

    —¿Por qué me da esta información yendo en contra de los deseos de sus jefes? —Cuestionó Cole dudoso, pensando por un momento que incluso todo aquello podría ser algún tipo de truco.

    Karina suspiró despacio, y agachó un poco la mirada.

    —Por qué, aunque aprecio demasiado al padre Babato... no estoy de acuerdo con él sobre Samara Morgan. —Levantó su rostro en ese momento, encarando a Cole de frente, y éste pudo percibir una fuerte decisión brotando de ella—. La vida de una niña inocente no debería ser el pago por salvar al mundo. Si puede llegar a ella y ponerla a salvo, por favor hágalo.

    Aquello realmente sorprendió al detective, y le hizo darse cuenta de que quizás se había hecho una imagen bastante errada de esa mujer; y quizás en general de todo ese asunto.

    —Lo haré —asintió Cole con firmeza—. Muchas gracias, Karina.

    Ella sólo le respondió de regreso con un pequeño gesto de confirmación. Cole se bajó justo después y caminó apresurado a la entrada del hotel, mientras a sus espaldas el Honda Accord se alejaba calle arriba.

    Después de todo, sí tendría mucho que pensar esa misma noche.

    FIN DEL CAPÍTULO 82

    Notas del Autor:

    Este fue un capítulo repleto de explicaciones, en el cual se dio un vistazo al trasfondo detrás de la Hermandad y el Scisco Dei, dos de las fuerzas en conflicto en estos momentos.

    Gran parte de lo que se explicó en este capítulo con respecto a la Hermandad es una mezcla entre el trasfondo narrado del Aquelarre de Marcato en Rosemary's Baby o El Bebé de Rosemary, y lo que se llegó a saber del misterioso grupo que protegía y servía a Damien en la franquicia de The Omen o La Profecía. Como ya deben haberse dado cuenta, la Hermandad que hemos estado conociendo a lo largo de estos capítulos sería una combinación de ambos conceptos en uno solo, además de claro mis respectivos agregados propios. Sin embargo, aún hay muchas cosas que faltan por explicar con respecto a este grupo.

    Por otro lado, el grupo del Scisco Dei, y más específico su nombre, viene originalmente de la serie de Damien del 2016. Aunque no se llegó a explicar demasiado sobre dicha organización en la serie, se tomó lo poco que se sabe cómo base. Además de dicha serie, se ha tomado también como inspiración la película de The Omen del 2006, y también varias otras películas y series que, aunque no están directamente relacionadas con la historia, tratan de diferentes formas y ángulos el tema de las posesiones y el combate a los demonios. E Igualmente hay muchas cosas que faltan explicar sobre ellos.

    Como siempre, si alguien tiene alguna duda o desea que se le aclaré mejor algo, no duden en preguntarme en los comentarios y con gusto les responderé lo mejor que pueda.
     
  3.  
    WingzemonX

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    Resplandor entre Tinieblas

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    Capítulo 83.
    Protector de la Paz

    Lucy, o al menos quien la mayoría en la Fundación creía se llamaba así, se había levantado más temprano que de costumbre esa mañana. No había motivo aparente para esto, pues solía tener un sueño bastante regular; tomaba un té especial con hierbas de su propio jardín todas las noches, que le ayuda justo a dormir profundamente y de corrido. Las pocas veces que no le había funcionado, habían sido casi por el mismo motivo: el presentimiento subconsciente de que algo iba a pasar.

    La rastreadora Lucy era una de las resplandecientes más sobresalientes dentro de la Fundación Eleven, gracias a su precognición tan acertada, y su capacidad de localización que rivalizaba con Mónica, e incluso con Eleven. Ayudaba en la Fundación todo lo que podía, convirtiéndose en algunas ocasiones casi como unos ojos y oídos extras para su líder; especialmente ahora que ella se encontraba indispuesta. Sin embargo, no le gustaba mucho llamar la atención o tener más del contacto necesario con los demás miembros de la Fundación.

    Era una mujer joven de veintiséis años que disfrutaba mucho de su privacidad. Vivía en una pequeña casa a las afueras de Bismarck, Dakota del Norte, sobre la carretera que iba al este. La casa pertenecía a sus padres, los cuales habían fallecido hace diez años. Tenía un lindo jardín donde cultivaba ella misma algunas hierbas medicinales y tubérculos; más por pasatiempo que por otra cosa. Su trabajo cotidiano era como diseñador gráfica freelancer, labor en el cual su sensibilidad especial para captar las emociones de la gente le ayudaba bastante. Dicho trabajo le daba al menos lo suficiente para comer y pagar los servicios, aunque habría que sumarle también el pequeño pago que la Fundación le daba a cambio de su labor con ellos.

    Era una mujer de gustos simples, así que realmente no necesitaba demasiado del dinero. Su labor en la Fundación lo hacía únicamente para ayudar a las personas, especialmente a Jane Wheeler que le había extendido una mano tras la muerte de sus padres, y la había ayudado a ser el adulto más o menos funcional que era en esos momentos. Y es que desde su adolescencia, siempre había sido un poco… rara. Ya fuera como reflejo de sus habilidades únicas o mera coincidencia, su manera de pensar y ver las cosas siempre había distado de la forma en la que la mayoría lo hacía. Y el ser diferente siempre traía consigo algunos inconvenientes.

    Al levantarse de su cama esa mañana, lo primero que hizo fue prepararse uno de sus tés energéticos especiales para intentar despertarse lo mejor posible, y lo acompañó sólo con una tostada con mantequilla. Con su taza y pan en mano, se colocó frente a la computadora de su estudio, y comenzó a avanzar en sus trabajos pendientes; mientras esperaba a que lo que fuera que iba a pasar, pasara. Porque estaba segura de que algo pasaría; una vez que se terminó su té y despertó por completo, estuvo aún más segura de ello.

    Lo que tanto aguardaba no sucedió hasta cerca del mediodía. Mientras lidiaba con la cuarta versión de una propuesta que estaba diseñado para la identidad corporativa de una empresa en Ohio, su celular sonó repentinamente, haciéndola saltar en su silla. Su precognición le servía para muchas cosas, pero por algún motivo no le advertía con anticipación cuando su teléfono iba a sonar. Quizás porque de hecho no solía hablar o recibir llamadas. Todo lo arreglaba por mensajes de texto o correos, salvo contadas excepciones; como clientes muy tercos, su tía que vivía en Fargo que aún no comprendía cómo usar WhatsApp, o bajo instrucción expresa de Eleven. Como esa llamada que tuvo que hacer unos días atrás a la señorita Charlie McGee, por ejemplo. En realidad, aquello se suponía debía hacerlo Mónica, pero le dejó a ella el encargo de rastrear a aquella mujer, que resultaba ser bastante escurridiza, y comunicarse con ella. Supuso poco después que en realidad Mónica simplemente no deseaba hacerlo.

    Lo que sí solía indicarle su precognición, a veces con acierto y a veces no tanto, era quién le marcaba. Y para su sorpresa, en cuanto tomó el teléfono en su mano, un nombre saltó en su cabeza con fuerza, como un grito. Su ceño de frunció ante dicho pensamiento, y le causó por igual confusión… y molestia.

    Respondió rápidamente colocando el altavoz (lo prefería a tener el dispositivo pegado a su oreja) y murmuró de inmediato sin ningún saludo previo:

    —¿Cody Hobson?

    —¿Eh? —Soltó la voz en la línea, algo sorprendido—. Ah, sí… ¿Lucy? ¿Cómo supiste que era yo?

    La pregunta le resultó tonta a la joven diseñadora. Bien podría haber tenido su número guardado con su nombre; no lo tenía, y de hecho salía en la pantalla como número desconocido, pero él no tendría por qué saber eso.

    —Una mejor pregunta sería preguntarte cómo es que sabes mi número —señaló Lucy, un tanto acusadora—. Cuido mucho mi privacidad, al menos que sea para casos especiales.

    —Lo sé, lo siento —se disculpó Cody, apenado—. Eleven me pasó tu número hace tiempo para cuando tuviera alguna emergencia y no me pudiera comunicar con ella.

    —La Sra. Wheeler sigue en coma, así que cumples el segundo criterio —indicó Lucy, con una notoria falta de tacto que dejó a Cody helado por unos momentos—. Debo suponer entonces que tienes una emergencia, ¿cierto? Una que espero fuera imperativo no atender por correo electrónico.

    Cody vaciló un poco antes de poder responderle.

    —Algo así… Necesito que rastrees la ubicación de una persona por mí. Te acabo de mandar su foto. Se llama Lisa Mathews.

    —¿Lisa Mathews tu novia?

    De nuevo, Cody vaciló.

    —¿Sabes de ella?

    —Sé muchas cosas —declaró Lucy con simplicidad—. ¿En verdad me estás llamando para que espíe a tu novia con mis habilidades? ¿Esa es tu definición de una emergencia? No esperaba algo tan bajo de ti, Cody Hobson; me asombras.

    —¡No se trata de espiarla! —Espetó Cody rápidamente, y aún en la distancia Lucy pudo sentir que se ruborizaba avergonzado. Balbuceó un poco mientras ordenaba las palabras en su mente y explicó al fin—: Ella… yo… le conté de mi Resplandor hace unos días.

    Lucy arqueó una ceja ligeramente; la mayor reacción que le fue posible hacer, aunque por dentro estaba realmente intrigada por aquella explicación. Por experiencia sabía que decirle de tus habilidades a alguien, en especial amantes, solía no salir bien.

    Cody prosiguió:

    —No reaccionó de buena forma, y ahora se ha ido de la ciudad. Supuestamente fue a hacer un trabajo a no sé dónde. Pero ni siquiera se despidió o me dijo algo antes de irse; sólo me mandó un extraño mensaje sin mucha información. Nadie sabe a dónde se fue, ni siquiera su familia. En su trabajo no me quieren decir nada, y no contesta mis llamadas. Estoy… preocupado.

    —Suena preocupante —respondió Lucy escuetamente, sintiendo que era lo que se esperaría que dijera—. ¿Seguro que no es sólo un arranque de celos de tu parte?

    —¿Qué?, no, claro que no —contesto Cody rápidamente, un poco a la defensiva en la opinión de Lucy—. Por favor, sabes que nunca le he pedido ningún favor personal a la Fundación, pero yo siempre los apoyo en todo lo que me piden.

    —¿Eso es chantaje emocional?

    —No… —respondió Cody indeciso, y estaba por dar un argumento adicional cuando ella añadió con voz tranquila y monótona:

    —Pregunto porque en realidad no sé cómo es eso. Pero me siento chantajeada… y emocional.

    Cody se quedó callado, sin ser capaz de identificar si aquello era algún tipo de broma.

    Esa era la primera vez que hablaba por teléfono con ella; antes de eso, toda su comunicación había sido por correo electrónico, justo como ella lo prefería. Y casi siempre sus correos eran cortos, concisos e iban de inmediato al grano, pero no más de lo que otras personas de carácter más corporativo solían escribir. A través de ellos no se había hecho una idea clara de cuál era la personalidad de la rastreadora… y aún no lograba hacerse una.

    Mientras Cody meditaba en ello, Lucy había ya abierto el correo enviado, con la fotografía de Lisa Mathews en ella. En ella aparecía con rostro serio, y un intento un poco forzado de sonrisa; quizás sólo la había hecho para que le tomaran la foto, sin sentirlo realmente. Eso era algo con lo que Lucy se podía sentir identificada.

    La mandó a imprimir.

    —Está bien —musitó de pronto, con el sonido de la impresora sonando de fondo—, déjame ver si puedo al menos calmar tus preocupaciones y decirte que está bien. Pero si es así, no te diré dónde está ni con quién está. ¿Estás de acuerdo con esos términos?

    —Supongo que sí —respondió Cody, llegando fácilmente a la conclusión de que no tenía opción de dar alguna respuesta diferente.

    Lucy aguardó paciente a que la impresora terminara, y justo después tomó la hoja de la bandeja y la contempló justo delante de su rostro. En un primer vistazo no percibió nada en aquel objeto, más allá de ser una hoja de papel con tinta. Pero no siempre tenía un primer presentimiento, así que tampoco era algo raro.

    Colocó la fotografía sobre el escritorio. Cerró sus ojos, inhaló profundamente por su nariz, y exhaló por su boca. Intentó despejar lo más posible su mente de cualquier otro pensamiento, y sólo se enfocó en visualizar la fotografía. Susurró entonces lentamente su nombre: Lisa Mathews, y colocó toda su palma sobe el papel. Guardó silencio, se concentró únicamente en esa persona, dejó que su mente volara y se dejara llevar, y…

    Y nada.

    Absolutamente nada vino a ella.

    —¿Qué? —Exclamó en voz alta.

    —¿Qué sucede? —Cuestionó Cody, algo alterado.

    —No lo sé… —Le respondió perpleja.

    Y en verdad no lo sabía. Había hecho ese tipo de rastreos miles de veces, y a veces al primer intento sólo percibía flashazos, pensamientos o ideas sin un orden o lógica. Pero no recordaba alguna ocasión anterior en la que hubiera percibido absolutamente nada; ni siquiera una sola imagen, sonido u olor.

    —Déjame intentarlo de nuevo —murmuró tras un rato, sintiendo ya un poco más de motivación personal.

    Cerró de nuevo los ojos, respiró hondo, y tocó la fotografía con sus dedos. Lo estuvo intentando por casi dos minutos, obteniendo el mismo frustrante resultado. Soltó de pronto un quejido de enojo, y posteriormente golpeó el escritorio con su mano entera, creando un fuerte estruendo.

    —¿Qué ocurre, Lucy? —Preguntó Cody, inquieto.

    —No estoy logrando sentir nada; nada en lo absoluto sobre esta persona…

    —¿Qué…? —Murmuró Cody despacio, dejando en evidencia la gran angustia que aquellas palabras le habían causado—. Oh, Dios mío, Lucy… por favor no me digas qué…

    No fue capaz de terminar su cuestionamiento, pero Lucy pudo darse una idea de lo que le preocupaba; con precognición o sin ella.

    —No podría asegurarlo y negarlo en estos momentos —le aclaró—. Pero en situaciones normales, aunque estuviese muerta debería poder recibir alguna señal de donde está su cuerpo o qué le pasó.

    —Qué consuelo… —ironizó Cody, maldiciendo de nuevo en silencio la falta de tacto de la rastreadora—. Entonces, ¿qué ocurre?

    —No lo sé —repitió Lucy con tanta confusión en su voz como la de Cody—. Dame un minuto, intentaré concentrarme más. No me cuelgues…

    Ese minuto fueron de hecho unos quince o veinte, en los que Cody se quedó expectante en la línea. Lucy pasó a prepararse otro té, pero ahora uno enfocado en potenciar la concentración. Cerró las cortinas de su estudio quedando casi a oscuras, y apagó también su computadora con tal de disminuir a lo mínimo cualquier distracción. Se sentó en el suelo con sus piernas cruzadas, colocando la fotografía de Lisa delante de ella, y su teléfono aún en altavoz a un lado.

    Lucy bebió lentamente su té, al tiempo que inhalaba y exhalaba profundo y despacio. Sentía como la energía y el calor recubrían su cuerpo de extremo a extremo, y su mente se iba aclarado de cualquier preocupación mundana como el trabajo; incluso se le olvidó por un momento que tenía a alguien al teléfono esperando.

    Cuando se sintió lista, volvió a cerrar los ojos como en su primer intento, a respirar muy lentamente, y a tocar la fotografía con la palma entera. Ahora intentaría un enfoque diferente al anterior. Ya no buscaría en dónde se encontraba en esos momentos, sino dónde había estado, y de ahí intentaría ir hacia adelante como buscando un momento exacto en un video.

    El resultado fue más prometedor, pero aún seguía siendo difuso. Comenzó a ver diferente imágenes de Lisa, mostrándose en su mente como en cámara lenta, pero de pronto saltando a otro lugar y momento; como si faltara un pedazo de la película.

    Comenzó a describir en voz alta lo que veía a cómo le era entendible, para que así Cody la escuchara.

    —Unos hombres en traje la recogieron en un auto temprano por la mañana en su edificio. Ella se fue con ellos por su voluntad. Llevaba su equipaje consigo. Luego tomó un avión al este. Puedo verla moverse en esa dirección, pero no sé exactamente a dónde. Pero cuando llegó allá, se subió a… un helicóptero negro y…

    Lo que siguió no habría sabido cómo describirlo aunque lo hubiera intentado. Veía el helicóptero negro volando, avanzando en línea recta a una dirección específica, y de pronto todo se distorsionó y agitó, como si alguien lo sacudiera todo similar a un globo de nieve. Y entonces la imagen se volvió completamente blanca, y Lucy sintió como si alguien le diera un fuerte manotazo en la frente y la empujara hacia atrás. Y de hecho estuvo a punto de caer de espaldas al suelo, pero interpuso sus manos antes para prevenirlo.

    Esa última sensación le parecía un poco similar a cuando otro resplandeciente la repelía o empujaba lejos de ella cuando se daba cuenta de que estaba viéndolo; era algo que pasaba en ocasiones, aunque no era habitual. Sin embargo, aquello se había sentido un poco diferente. En su cabeza no se sintió como tal un empujón, sino más bien algo parecido a chocar contra una puerta de cristal cerrada creyendo que estaba abierta; eso también le había pasado más veces de las que estaba dispuesta a admitir.

    —¿Y? —Pronunció la apremiante voz de Cody al teléfono, luego de aguardar uno tiempo considerable a que dijera algo—. ¿Y luego qué, Lucy?

    —Y luego nada —masculló la rastreadora, asertiva—. Nada de nada. No logro captar nada sobre a dónde fue en ese helicóptero o en dónde se encuentra en estos momentos. Es como si la hubieran encerrado en una caja de plomo.

    —¿Qué? —Murmuró Cody, sintiendo un poco perdido por el comentario aparentemente al azar.

    —Ya sabes. En los cómics clásicos de Superman, él puede ver a través de cualquier cosa, excepto el plomo. Así que si escondes algo dentro de una caja de plomo, él no podrá verlo. Algo así me refiero.

    —Entiendo… —susurró Cody despacio, haciendo un gran esfuerzo para no sonar sarcástico—. Pero, ¿quieres decir que Lisa está en un lugar que por algún motivo tú no puedes ver con tus habilidades?

    —La verdad no lo sé —confesó Lucy, algo avergonzada—. Nunca me había pasado algo parecido antes. Quizás… ¿tendrás algún objeto personal de ella? ¿Algo que haya tocado o usado mucho? Eso a veces nos sirve como un potenciador. Si me lo envías y tengo contacto con él, puede que obtenga algo más claro.

    —¿Un objeto personal…?

    Hubo un rato de silencio, en el que Cody recorrió en su memoria las opciones. Después de un rato, pareció dar con una posible opción.

    —Sí, puede que tenga algo —declaró—. Iré y te lo llevaré yo mismo.

    —¿Tú venir para acá? —Exclamó Lucy con preocupación, tomando el teléfono y parándose casi de un salto del suelo—. ¿Acaso no oíste lo que dije sobre mi privacidad?

    —Por favor, Lucy. Esto ya me preocupó más de lo que estaba. Necesito saber dónde está Lisa y qué está ocurriendo con ella. No puedo quedarme aquí sentado esperando.

    Lucy bufó exasperada, y comenzó a caminar por el estudio con impaciencia. Ya le resultaba lo suficientemente molesto que Eleven le hubiera pasado su teléfono directo a otra persona; la idea de tener a alguien de la Fundación ahí en su casa, no le parecía para nada.

    Por otro lado, la verdad era que pocas cosas lograban despertar la curiosidad de Lucy; pero cuando algo lo hacía, le resultaba difícil sacárselo de la cabeza. Y si existía un punto en el mundo que sus habilidades de rastreadores no podían alcanzar, resultaba imposible no preguntarse qué podría estarse ocultando en ese pequeño punto ciego. Definitivamente quería saber dónde estaba ese sitio, y qué demonios era.

    Quizás podía hacer una pequeña excepción, con el fin de resolver ese apremiante misterio.

    —Está bien —respondió casi entre dientes—. Pero ni se te ocurra pasarte de listo e intentar algo conmigo por despecho, por qué no lo voy a permitir.

    —¿Qué? —Exclamó Cody escandalizado—. Claro que no…

    —Más te vale, porque no me acuesto con chicos con novia; sin excepción. Te compraré el boleto de avión para hoy en la tarde, y te lo mandaré dos horas antes de que salga el vuelo. Así que estate ya preparado.

    —No es necesario, yo puedo encargarme…

    —No —respondió Lucy tajantemente—. Prefiero que no sepas exactamente en dónde vivo hasta que sea completamente necesario. Nos comunicaremos desde ahora por correo, ¿está claro?

    —De acuerdo… —murmuró Cody vacilante, de nuevo sintiendo que no tenía opción de responder algo más.

    Lucy le colgó en ese mismo momento sin siquiera despedirse, y colocó el teléfono sobre su escritorio. Suspiró, sintiéndose muy cansada; esos intentos de rastreo realmente le habían consumido sus energías. Se sintió tentada a tirarse en su sillón y echar una siesta. Pero antes de eso, tendría que encender de nuevo su computadora y comprar el boleto como había prometido.

    Y lo peor era que todo eso estaba ocurriendo justo cuando Eleven no estaba para echarles una mano. Lucy esperaba no se estuvieran metiendo en algo igual de peligroso como lo que le pasó a ella, o peor…

    Vaya que esa noche de sueño irregular había tenido su motivo de ser.

    — — — —​

    Mike Wheeler avanzó con paso perezoso por los pasillos del hospital de Hawkins, con un vaso de café grande en una mano, del que apenas y había dado pequeños sorbos, y una dona azucarada en la otra. Su apariencia era lo que se podía describir fácilmente como “un desastre.” Su cabello y ropas estaban desalineadas, y dos grandes ojeras adornaban su rostro, junto con una barba sin afeitar de al menos tres días. Estaba totalmente agotado, y era evidente con tan sólo ver su paso, su postura, o con escuchar su voz.

    Tras la partida de Charlie y Abra, nada había cambiado; tanto en el estado de salud de su esposa como en los ánimos de su familia y allegados. Mike seguía pasando la mayor parte del tiempo en el hospital, esperando a que ocurriera el milagro que cada vez veía más lejano. Sus hijos y Will se turnaban para hacerle compañía o relevarlo para que fuera a casa, pero apenas y se permitía separarse hospital unas cuantas horas. Si eso no cambiaba, el siguiente en ser hospitalizado sería él.

    Se sentó en una silla de una de las salas de espera, y se quedó unos instantes mirando fijamente a la pared un poco despintada delante de él. En ese momento Terry estaba haciéndole compañía a Jane, así que él salió un momento a tomarse ese café y comerse esa dona; más de la mitad de su dieta esos días se había basado básicamente en esas dos cosas. Y lo peor era que ni siquiera tenía hambre, pues sentía el estómago revuelto, y la garganta cerrada como si se resistiera a dejar pasar cualquier bocado. Aún así comenzó a darle pequeñas mordidas a la dona, y más pequeños sorbos al café. Esperaba que ya fuera la azúcar o la cafeína, alguna de las dos le ayudara a salir de su letargo, aunque pareciera que su cuerpo se hubiera vuelto inmune a sus efectos.

    Toda esa situación era simplemente horrible; no había otra forma de describirla. Una horrible pesadilla por la que avanzaba sin rumbo, como un zombi arrastrando sus propis tripas. La comparación, de hecho, le parecía bastante acertada.

    Escuchó los pasos de alguien aproximándose a la sala de espera, pero Mike no le prestó importancia; ni siquiera cuando por el rabillo del ojo percibió que se acercaba a donde él estaba, o incluso después de que dicha persona se sentara justo en la silla a su lado. No era su hospital, y mucho menos su sala; cualquier era libre sentarse donde le diera la gana, ¿o no? Aunque ciertamente esperaba que no estuviera buscando la compañía de alguien con quien hablar, porque definitivamente ese no podría ser él, aunque quisiera.

    —Hola, Mike —pronunció la voz de la persona a su lado, y el oírla provocó que ya no pudiera seguir indiferente a su presencia—. ¿Cómo estás, amigo? Mejor ni me digas; te ves terrible…

    Mike alzó su mirada, casi asustada, hacia aquel individuo. Se acomodó sus anteojos, y lo contempló con detenimiento, pese a que por supuesto lo había reconocido desde el primer vistazo.

    —¿Lucas? —Pronunció despacio el nombre de su viejo amigo, ahora ahí sentado con un elegante traje negro, camisa blanca y corbata; zapatos lustrados, rostro perfectamente afeitado, y cabello corto y bien peinado; todo el contraste con él en esos momentos—. ¿Qué haces aquí? —Inquirió Mike, preocupado.

    —¿Tú qué crees? —Respondió Lucas Sinclair con seriedad—. Vine a ver a Eleven, y a saber cómo están tú y los chicos. Disculpa que viniera hasta ahora, pero sabes que mi trabajo es muy complicado.

    —Claro que lo sé —musitó Mike, escéptico—. Es curioso que te pares aquí en Hawkins por primera vez en tanto tiempo, justo cuando Charlie aparece. —Aquello había sonado claramente como una acusación, y el semblante poco contento de Lucas hizo ver que así lo sintió—. Llegas tarde —añadió tajantemente—, ya hace unos días que se fue. Y antes de que lo preguntes, no sé a dónde.

    Lucas suspiró. Se desabotonó y abrió su saco por completo, y cruzó de piernas tomando una postura más relajada.

    —Mike, tú y yo sabemos muy bien lo peligrosa que puede ser esa mujer. Supe que causó toda una situación aquí, y que casi lastiman a Eleven por su culpa.

    —No fue ella, sino otras dos personas.

    —¿Cuáles dos?

    Mike vaciló unos momentos al responder.

    —No lo sé; y no importa. Escucha, gracias por venir, pero no puedo ayudarte a encontrar a Charlie. En verdad no tengo idea de a dónde se fue.

    Lucas asintió comprensivo. Parecía que en efecto le creía, o al menos en mayor parte.

    —Charlie McGee no es el único motivo por el que vine —aclaró Lucas—. La persona que le hizo esto a El, también quiero encontrarla y detenerla. Es claro que es un peligro; para la Fundación, para tu familia, y para todos. Si tienes cualquier información…

    —¿Para que despliegues a tus asesinos y empieces una cacería? —Soltó Mike abruptamente.

    —Y si fuera así, ¿qué? —Respondió Lucas claramente a la defensiva—. ¿No es lo que quieres? ¿Qué ese bastardo pagué por lo que le hizo a la mujer que amas?

    —No si eso va terminar poniendo a mis hijos en medio.

    —¿Y a tus hijos por qué? —Cuestionó Lucas, confundido.

    —Por qué Terry…

    Mike se contuvo a último momento, arrepintiéndose de lo que estaba por decir. Lucas lo contempló, achicando un poco sus ojos con expresión de suspicacia.

    —¿Qué pasó con Terry? —Inquirió con algo de exigencia, pero también con preocupación.

    Mike agachó la mirada y bebió de nuevo de su café. No tenía intención de compartir con su amigo Lucas que su hija se había vuelto también un blanco de ese mismo individuo. Que lo había visto, y la había amenazado directamente. Que casi le hacía lo mismo que le hizo a Eleven, o incluso algo peor. A Mike le daba terror la idea de que pudiera también perder a su hija. Y a su vez, también le avergonzaba lo impotente que se había vuelto para protegerla; a ella o a cualquier otra persona que le importaba.

    Lucas volvió a suspirar, e intentó calmarse un poco y aclarar su mente. No había ido a provocar algún conflicto, pero su viejo amigo parecía no compartir su disposición.

    —Escucha —comenzó a pronunciar Lucas con firmeza en su voz—, tú sabes que siempre he tenido el mayor respeto por El y por lo que su Fundación hace. Pero no a todos los Usuarios Psíquicos se les puede dar el mismo trato; no todos ocupan sólo que alguien los ayude y les extienda una mano. Hay muchos, miles allá afuera, que lo único que quieren es hacer trizas el mundo entero, sólo porque creen que sus habilidades les da el derecho de hacerlo. Y eso es algo que incluso la propia Eleven entendía muy bien, y por eso ella también respetaba lo que yo hacía…

    —No hables de ella en pasado como si estuviera muerta —espetó Mike, molesto—. No lo está.

    —No, claro que no —respondió Lucas—. Lo siento. Lo que trato de decirte es que, no soy su enemigo, Mike; nunca lo he sido. Ella es, y siempre será, mi amiga. Y como su amigo, y como protector de la paz que soy, es mi deber encontrar a este sujeto, y encargarme de que ya no lastime a nadie más.

    Mike desvió su mirada hacia otro lado, y se contuvo para no reírse con ironía de la afirmación de “protector de la paz.” Mike conocía muchas de las cosas que Lucas había tenido que hacer esos años para proteger esa paz de la que hablaba, y estaba seguro que no eran ni siquiera las peores. Eleven había tenido que llegar a condonar algunas de dichas acciones por el bien de su Fundación y de los chicos que protegía, y Mike la había apoyado en su decisión. Pero a él le resultaba muy difícil ver a aquel hombre sentado a su lado como su viejo amigo Lucas, con el que jugaba Calabozos y Dragones, andaba en bicicleta, perdían el tiempo en el club de audiovisual de la escuela, y de vez en cuando saboteaban algunas conspiraciones gubernamentales o combatían a monstruos de otras dimensiones.

    Para Mike, aquel sujeto se había vuelto casi un completo desconocido. Y no era el único que lo sentía así.

    —Tampoco tengo información sobre esa persona, lo siento —respondió Mike encogiéndose de hombros—. Yo te agradezco que vinieras, pero estamos bien. En estos momentos, mi prioridad es cuidar a mi familia. Y mientras más nos mantengamos alejados de esto, será mejor.

    La mirada de Lucas se endureció, revelando que aquello lo había molestado enserio.

    —El viejo Mike que conozco nunca hubiera querido ocultar su cabeza entre las piernas y fingir que nada pasaba —declaró Lucas, ferviente.

    —El viejo Mike no tenía tres hijos en los cuales pensar —respondió Mike, aguerrido—. Por favor vete, Lucas.

    Lucas suspiró una vez más, ahora más frustrado que molesto.

    —Está bien —musitó despacio, parándose de su silla y abotonándose de nuevo su saco—. Pero primero pasaré a ver a Eleven, si estás de acuerdo. Como dije, ella siempre ha sido mi amiga.

    A Mike no se le ocurrió alguna buena razón para prohibírselo, y en realidad tampoco tenía las energías o los ánimos para pensarlo demasiado. Sólo se limitó a asentir con su cabeza, y con un ademán de mano indicarle que podía pasar. Lucas le agradeció con un propio asentimiento de su cabeza, y se alejó caminando por el pasillo.

    — — — —​

    Después de Mike, quien más pasaba tiempo en el hospital era Terry. La chica parecía haberse sumido en una profunda culpa por lo ocurrido hace unos días, a pesar de que todo el mundo ya le había repetido varias veces que su madre estaba bien, y que no había sucedido ningún revés en su estado a causa de aquello. Pero Terry no lo creía. Los demás no habían visto lo que ella vio en el interior de la mente de su madre. No habían visto cómo su consciencia se había hundido más en aquel mundo, presa del miedo; yéndose a un lugar tan profundo que quizás nunca podrían alcanzar.

    Cuando Abra se despidió de ella y le dijo lo que haría, Terry había deseado acompañarla y ayudarla a encarar a aquel individuo de una vez por todas. Abra le hizo ver que aquello era una locura (y en parte la propia Terry ya lo sabía), y que en otras circunstancias ni siquiera ella misma se arriesgaría a algo así, mucho menos arrastraría a alguien más a exponerse junto con ella. Le pidió que dejara todo en sus manos, y le hizo la promesa de que ella se encargaría de que ese maldito ya no le hiciera más daño a nadie. Terry asintió, pero tuvo la sensación de que ni siquiera la propia Abra creía del todo en dicha promesa.

    A Eleven la acaban de mover recientemente del área de emergencias a una habitación más privada; pequeña, pero cómoda. Terry se encontraba sentada a un lado de la camilla, sujetándole la mano a su madre y admirando en silencio su rostro. Le habían dicho que a veces ayudaba hablarles a los pacientes en ese estado, pero Terry no había tenido ánimos de intentarlo; ni con su voz, ni con su mente. Seguía sintiendo que su madre se hallaba demasiado profundo como para que oyera cualquier cosa que intentara decirle.

    Alguien llamó despacio a la puerta en un momento.

    —Adelante —respondió Terry casi en automático, suponiendo que era alguna de las enfermeras, aunque ellas solían entrar aunque no les diera el permiso.

    La puerta del cuarto se abrió, y del otro lado no apareció el rostro de una enfermera.

    —Hola, Terry —saludó el hombre afroamericano de traje, mientras entraba al cuarto y cerraba la puerta detrás de él.

    —¡Tío Lucas! —Exclamó Terry sorprendida, parándose de su silla.

    Lucas esbozó una sonrisa, y se aproximó cauteloso hacia la joven.

    —Por un momento creí que no me reconocerías —bromeó un poco, y rodeó entonces a la más pequeña de los Wheeler con un brazo, dándole un pequeño baso en la corona de su cabeza.

    —No digas tonterías —respondió ella, correspondiéndole el abrazo—. Aunque es cierto que hacía mucho que no te veía.

    —Sí, lo siento. Me he mantenido alejado por trabajo, pero me hice un espacio para venir.

    La atención de Lucas se centró entonces en la mujer en la camilla, siendo ella la que él casi no reconocía en un inicio, pero un segundo vistazo le dejó claro que en efecto era la persona que había ido a ver. Su apariencia le provocó un molesto nudo en el estómago, que lo incitó a querer mirar a otro lado. Pero se contuvo.

    En esos años había visto muchas cosas horribles en diferentes niveles, pero pocas le pegaban a un nivel personal como ver a sus más cercanos en una camilla de hospital. Y, lamentablemente, era algo que le había ocurrido bastante seguido.

    —¿Cómo sigue nuestra campeona? —Preguntó intentando reflejar serenidad en su tono, incluso buen humor.

    Terry suspiró con pesadez.

    —Igual, sin cambio alguno. En estos momentos ya no sé si eso es bueno o malo…

    —Es bueno, te lo prometo —señaló Lucas, colocando una mano en el hombro de la muchacha para reconfortarla, aunque no pareció surtir ningún efecto.

    Lucas acercó entonces a la cama una de las sillas adicionales de la habitación y la colocó a un lado de la de Terry.

    —Terry, dime una cosa —comentó mientras tomaba asiento a su lado—. ¿Tu madre te contó en alguna ocasión a qué me dedico? ¿Sobre cuál es mi trabajo actual?

    Terry la miró unos momentos con confusión, y por mero reflejo se sentó de nuevo en su silla.

    —Trabajas para el gobierno, ¿no? —respondió Terry, insegura—. Para el ejército o para la policía, creo.

    —Así es —asintió Lucas—. Dirijo una agencia especial, encargada de investigar y proteger al país y a sus ciudadanos de ciertas amenazas particulares. De cierta forma, hago lo mismo que hace tu madre, pero por otros medios.

    Terry achicó un poco sus ojos, con desconcierto.

    —No te entiendo…

    —Terry —musitó Lucas con voz solemne, e inclinó un poco su cuerpo hacia ella—. Yo me encargo de cazar y castigar a personas como la que le hizo esto a tu madre.

    Los ojos de Terry se abrieron por completo, azorados. La idea tardó un poco en volverse clara en su cabeza, pero incluso una vez que estuvo ahí se negó a creer que hubiera entendido bien lo que quería decirle.

    —¿Hablas de resplandecientes? ¿Hablas de personas como…?

    Terry alzó su mano, y por la dirección que ésta tomaba fue evidente que iba a señalarse a sí misma.

    —No, no como tú —se apresuró Lucas a aclarar—, o como tu madre, o como las personas de la Fundación. Hablo de personas sin escrúpulos, que usan sus poderes para dañar a otros. Incluso he trabajado a lado de tu madre estos años para hacerlo posible. Y ahora, estoy buscando al responsable de lastimarla. Tú lo conoces, ¿verdad? Si me dices quién es, yo te prometo que lo encontraré, y lo detendré. Sólo dime lo que sepas.

    La menor de los Wheeler agachó su mirada, un poco incómoda. Se abrazó a sí misma y se talló un poco sus brazos, como si sintiera frío.

    —Yo lo vi, dos veces —masculló despacio, sintiéndose que ocupaba un gran esfuerzo para decirlo—. Una vez la noche en que atacó a mamá, y otra hace unos días.

    —¿Él estuvo aquí?

    —No. Creo que se proyectó a distancia, como lo que mi madre sabe hacer. ¿Sabes a lo que me refiero? —Lucas asintió; por supuesto que lo sabía—. Es un chico, más o menos de mi edad. Cabello negro, ojos azules y piel blanca. Refinado, bien vestido, y muy engreído. Abra me dijo…

    —¿Abra?

    —Una amiga que conocí hace poco. Es una resplandeciente muy fuerte, y ella también lo conoce. Me dijo que su nombre era Damien Thorn, que estaba en Los Ángeles, y que ella iría a detenerlo. Pero no sé si pueda hacerlo ella sola; él es muy poderoso, y aterrador. Tío Lucas —se viró a verlo, ahora con bastante preocupación—, ¿tú podrías ayudarla? Por favor, no quiero que le pase nada malo.

    Lucas permaneció en silencio unos momentos, repasando en su cabeza de forma rápida todo lo que la jovencita había dicho. Parecía que no era mucho, pero en su caso podría ser suficiente.

    —¿Dijiste Damien Thorn? —Preguntó con seriedad, al tiempo que sacaba su teléfono del interior de su saco. Terry asintió con afirmación—. Dame un minuto…

    Con el pequeño celular negro en su mano, Lucas se paró de la silla y se encaminó a la puerta para posteriormente salir de nuevo al pasillo. Una vez afuera, desbloqueó el dispositivo con su huella digital, además de una contraseña sofisticada. Marcó entonces uno de sus números rápidos y acercó el teléfono a su oído. No se escuchó del otro lado ningún sonido de marcado, como si la llamada hubiera salido mal, pero él sabía muy bien que no era el caso.

    Un fuerte pitido resonó tras medio minuto, y luego la voz de un operador se hizo presente.

    —Diga su usuario y número de empleado.

    —LuSinclair, DI-55647859 —respondió Lucas rápidamente.

    Siguió un rato de silencio, sólo opacado por el lejano sonido de los dedos del operador tecleando rápidamente.

    —Diga su clave secreta para reconocimiento de voz —pidió el operador, sonando casi como una orden.

    Un par de enfermeras se aceraron por el pasillo en su dirección, y Lucas tuvo el reflejo de virarse a la pared, como si no quisiera que le vieran el rostro. Aquella reacción no se debía sólo por la parte de “secreta” de dicha clave (que por supuesto lo era), sino también por un sentimiento de cierta… vergüenza, casi infantil, que ésta le provocaba. Con el pasar de los años había usado esa clave para varias cosas importantes, ya casi como una vieja costumbre. Pero muy pocas personas en el mundo podrían siquiera llegar a entender el significado oculto detrás de ella. Y, para bien o para mal, un par de ellas se encontraban en ese mismo hospital.

    —MADMAX751300 —pronunció en el teléfono, sólo lo suficiente alto para que su voz se escuchara clara para el detector.

    De nuevo un rato de silencio, sonido de teclas siendo presionadas, y entonces el tono y actitud del operador cambiaron abruptamente.

    —Muy buenas tardes, Director Sinclair —saludó con voz calmada y amable—. ¿En qué le puedo servir?

    —Necesito que busques el expediente de un civil. Primer nombre, Damien, Damian o Demian. Apellido, Thorn. De entre 16 y 20 años. Cabello negro, ojos azules, caucásico. Posible lugar de residencia, Los Ángeles, pero ponlo sólo como parámetro opcional.

    Al otro lado de la línea, el operador se puso de inmediato a trabajar en la búsqueda, mientras Lucas aguardaba.

    Ese monitoreo constante del que varios estadounidenses solían quejarse, era en realidad un poco peor de lo que la mayoría creía. Pero al menos en el caso del DIC, no era tanto que se pusieran a espiar sus llamadas y correos (no en un inicio, al menos). Con lo que ellos contaban era con una súper computadora a la que apodaban Halcón, que analizaba todo el contenido publicado en internet; desde las noticias de todos los periódicos, hasta los memes más recientes rondando en las redes sociales. Lo que esta computadora hacía era analizar toda esa información, y filtrarla por aquella que les pudiera ser interesante; como cualquier rumor o leyenda urbana sobre algún fenómeno o hecho inexplicable, pero con algún vestigio de posible veracidad.

    Una vez que se tenía el hecho identificado, Halcón reunía toda la información entorno a él; en especial los nombres, direcciones y cualquier dato disponible de las personas involucradas. Casi todo eso se encontraba disponible públicamente en las redes sociales, o sino en alguna de las muchas bases de datos del gobierno a las que tenían acceso. De cada uno de estos individuos se creaba un expediente, que se colocaba en una clasificación. Dicho expediente luego era catalogado y revisado por sus analistas. Y si estos lo consideraban pertinente, se autorizaba una investigación en firme de la persona. Y entonces ya era el turno de los teléfonos intervenidos, los correos interceptados, los micrófonos y cámaras de celulares y computadoras encendiéndose solos, y varias otras maravillas que la gente ni siquiera se imaginaba.

    Todo eso se hacía con el fin de identificar a posibles UP’s que pudieran significar una amenaza. Aunque claro, no tenían los recursos ni el tiempo para investigar a cuanto sospechoso era arrojado por ese análisis, así que se enfocaban sólo en los más relevantes.

    Si el tal Damien Thorn había estado involucrado en cualquier hecho sospechoso antes, sería casi seguro que habría un expediente de él con la suficiente información para comenzar su investigación. Si no, entonces tendrían que realizar la búsqueda por otros medios.

    —Tengo un resultado —indicó el operador tras unos minutos—. Damien Thorn, 17 años. Es de Chicago, pero los demás datos concuerdan.

    Bien, sonaba prometedor. Al menos parecía que era una persona real, y en alguna ocasión había llamado la atención de la computadora.

    —¿Qué clasificación tiene su expediente?

    —F.

    —¿F? —Exclamó Lucas, incrédulo—. ¿Estás seguro?

    —Por completo, señor. ¿Sucede algo?

    —No… nada —respondió dubitativo—. ¿Podrías revisar rápidamente qué hizo que llamara la atención de Halcón?

    Escuchó al operador teclear por unos minutos, y entonces le respondió:

    —Por lo que dice aquí, al parecer el hecho raíz fue la muerte repentina del primo del sujeto, Mark Thorn de 13 años. La computadora determinó que las circunstancias de dicha muerte fueron inusuales, y adicionalmente hizo señalar otras muertes extrañas de familiares y conocidos del sujeto.

    —¿Alguna nota de por qué se pasó a F?

    —Sólo dice que se determinó que todas las muertes ocurrieron por circunstancias convencionales no vinculantes directamente al sujeto. No hay ningún otro detalle anexo en el resumen que estoy consultando. Si quiere ver el expediente completo para más información, tendrá que hacerlo directamente desde su cuenta, director.

    —Sí, entiendo —murmuró Lucas con sus pensamientos algo dispersos—. Cómo sea, envíame ese resumen lo antes posible, por favor.

    —De inmediato —respondió el operador, y la llamada se cortó poco después.

    Lucas se quedó de pie en el pasillo, sujetando su teléfono en la mano. Meditaba un poco sobre aquellos últimos datos que el operador le había dado, intentando determinar qué podría significar.

    El DIC asignaba a los expedientes de las personas identificadas por la computadora, una clasificación identificada con una letra. Dicha letra indicaba el estatus en el que se encontraba de la investigación del individuo, o el resultado de ésta.

    F era para los Descartados; personas que luego de investigarlos se determinó que una seguridad aceptable que no poseían ningún Nivel de Coeficiente Psíquico. En promedio, el 60% de los expedientes que se llegaban a investigar caían en esta clasificación, y con los años esa tendencia iba en aumento.

    E era para los Sin Clasificar, que básicamente significaba que aún no se había realizado ninguna investigación correspondiente o no se había llegado a una conclusión. Todos los expedientes nuevos se colocaban inicialmente ahí, y muchos (para bien o para mal) solían quedarse así.

    D significaba que se detectó que el individuo en efecto poseía un NCP, pero éste era demasiado bajo para considerarlo una amenaza. El DIC solía a estos individuos ni siquiera considerarlos Usuario Psíquico. La cantidad de individuos de este tipo era bastante más grande de la que muchos supondrían.

    C era para los individuos en los que sí se había detectado un NCP con el rango mínimo para considerarlo un UP, y requerían más observación para determinar el accionar correcto. Esto solía abrir la puerta para utilizar medidas de investigación más sofisticadas y, en ocasiones, invasivas.

    B era para los UP’s de NCP Alto que se habían determinado Sin Amenaza. Los miembros de la Fundación Eleven solían colocarse deliberadamente en este grupo, por ejemplo.

    Y la A era para aquellos UP’S con NCP Alto confirmado y que representaban una amenaza confirmada. Cuando se encontraba uno de este tipo, se autorizaba llevar a cabo una operación para encontrarlos, y atraparlos o exterminarlos lo antes posible. Este grupo lo coronaba la famosa Charlie McGee.

    Si el expediente del tal Damien Thorn estaba clasificado como F, quería decir que en algún momento se investigó y se llegó a la conclusión de que no poseía ningún grado de NCP, y se había descartado. Eso era algo que Lucas no se esperaba; esperaba al menos que fuera una E, y siendo muy optimista quizás una D o C.

    Por otro lado, tampoco era la primera vez que oía que un individuo era identificado por Halcón debido a una “muerte sospechosa.” Muchos de los UP’s que habían llegado a identificar, lo hacían gracias a una de esas. Sin embargo, la mayoría solían ser sólo tragedias extrañas o inusuales, pero nada más.

    ¿Podría ser que no fuera el individuo que buscaba? Tendría que echarle un ojo al expediente completo como le habían sugerido. Pero había algo que aún podía revisar, antes de descartarlo por completo.

    Escuchó la notificación de su teléfono con un nuevo mensaje, y se apresuró a desbloquearlo y abrirlo. Era el resumen del expediente, justo como esperaba. Y la foto del sujeto venía adjunta en él.

    Volvió al cuarto de inmediato. Terry saltó nerviosa, pues no se había molestado en tocar antes de entrar, pero pareció calmarse al ver que era él.

    —Terry, ¿es éste el chico? —le preguntó sin muchos rodeos, acercándole el teléfono con la fotografía del expediente abierta.

    Los ojos de la muchacha se llenaron de asombro, y terror, en cuanto se posaron en la pantalla del dispositivo, y vio claramente el rostro en él, que la miraba y le sonreía de regreso.

    —Oh, por Dios… —musitó incrédula, apenas audible—. Sí, es él. ¿Cómo lo encontraste?

    Lucas tomó de regreso el celular, y volvió a mirar la imagen. La descripción era justo como la que ella le había dado: un chico joven y apuesto, de cabellos negros y ojos azules.

    Damien Thorn… No tenía idea de quién había tomado la decisión de clasificarlo como F, pero estaba ansioso por averiguarlo.

    —Escucha —susurró despacio, sentándose de nuevo a lado de Terry—, no le digas a tu padre lo que me dijiste, ¿de acuerdo? Él y yo tenemos opiniones diferentes sobre cómo tratar esto. Pero yo te prometo que encontraré a este sujeto lo antes posible, y me encargaré de que pague por lo que hizo a tu madre. ¿De acuerdo?

    Terry lo miró callada, y sólo asintió despacio.

    —Una cosa más —pronunció Lucas, y comenzó a buscar otra fotografía más en su teléfono, y se lo extendió de nuevo a la jovencita para que la viera—. ¿Viste a esta mujer en el hospital en estos días?

    Terry miró la nueva imagen, de una mujer con lentes oscuros y chaqueta de cuero.

    —Sí —respondió, aunque un poco indecisa—. El tío Will me dijo que era una vieja amiga de mis padres. Creo que Abra se fue con ella a Los Ángeles.

    —¿Tu amiga Abra?, ¿la que te dijo cómo se llamaba ese chico? —preguntó Lucas curioso, y Terry volvió a asentir—. ¿Es de la Fundación?

    —No, ella no conocía a mamá, pero mamá la estaba buscando a ella… La verdad es que yo tampoco entiendo muy bien cómo es que se involucró en todo esto. Pero conocía a ese chico, y él a ella.

    Lucas guardó silencio unos momentos, reflexivo.

    —¿Y Abra tiene apellido?

    —Yo… —Terry alzó su mirada al techo unos momentos, intentando recordar sin éxito—. No, lo siento. Si me lo dijo, no lo recuerdo.

    Lucas se preguntó cuántas Abra’s habría en sus expedientes como para solicitar una búsqueda sólo con ese dato. Quizás tendría suerte, quizás no. Pero si Terry decía que dicha chica era muy poderosa, y estaba ahora con Charlie McGee en Los Ángeles… no pudo evitar preocuparse más de lo que ya estaba.

    —¿Y quién es esa mujer? —Preguntó Terry de pronto, llamando de nuevo su atención. Cuando la miró, la joven señalaba al teléfono, aún con la foto de Charlie abierta.

    —Una vieja amiga, en efecto —respondió Lucas con aparente normalidad, y se guardó rápidamente el teléfono en el interior de su saco—. Debo irme, pero me mantendré atento a lo que le pase a tu madre.

    Se paró de la silla y se abotonó de nuevo su saco. Se inclinó hacia Terry para darle un pequeño abrazo, y un beso en su cabeza de despedida; justo como la había saludado al llegar.

    —Salúdame a tus hermanos.

    —Sí. Muchas gracias, tío.

    Lucas le sonrió gentilmente con sus blancos dientes y se dirigió a la puerta sin más espera.

    Mientras salía al pasillo, el director del DIC comenzó a pensar rápidamente en los siguientes pasos a seguir. Primero debía revisar el expediente del tal Damien Thorn, y ver si acaso su pase a la clasificación F fue justificada o no. Pero como fuera, la declaración de Terry era suficiente para al menos autorizar una nueva investigación; una en la que él personal estaría al tanto para que no ocurriera ninguna irregularidad.

    Por otro lado, el último reporte que había recibido de los operativos de campo era que habían seguido el rastro de Leena Klammer hacia Los Ángeles, lo que concordaba con todo lo que Terry le había dicho. Por lo tanto, dar la instrucción a los agentes para que tuvieran los ojos abiertos por cualquiera avistamiento de Charlie McGee, se volvía también apremiante. Sin embargo, debían de ser muy cuidadosos, ya que si Charlie le estaba pisando los talones a Damien Thorn, cualquier acto a gran escala contra ella lo pondrá en alerta a él. Así que la instrucción debería ser, al menos de momento, que los localizaran y mantuvieran bajo vigilancia hasta nuevo aviso.

    Y la tercera acción que debía realizar, era quizás la más importante, aunque no lo pareciera a simplemente vista. Si estaban a punto de entrar en combate contra Charlie McGee, y alguien potencialmente peor, necesitaban tener a su disposición todos los recursos posibles. Eso significaba que el tiempo límite para el Dr. Shepherd se había vencido: necesitaban activar a Gorrión Blanco lo antes posible, o tomar alguna otra medida de emergencia en su lugar.

    Pensaba perdido en todo aquello mientras avanzaba por el pasillo alejándose del cuarto de Eleven. Se paró frente al elevador para bajar, pero justo cuando estaba por presionar el botón para mandarlo a llamar, las puertas se abrieron solas. Del interior se asomó el rostro de una mujer en bata blanca, tan abstraída en sus pensamientos como lo estaba Lucas que ambos casi chocaron entre sí. Dicho choque fue prevenido cuando ambos pudieron despabilarse lo suficiente para ver con atención al otro; y reconocerse.

    —Max… —murmuró Lucas despacio por simple reflejo, con su mirada aturdida. La Doctora de cabellos rojizos y rostro blanquizco, avanzó hacia un lado, sacándole la vuelta para poder salir del ascensor antes de que se cerrara. No le quitó, sin embargo, los ojos de encima durante todo ese movimiento.

    —Lucas —murmuró Max despacio, también aturdida por el repentino encuentro—. ¿Qué haces aquí?

    Las puertas del elevador se volvieron a cerrar, pero a Lucas no le importó pues se le había olvidado de pronto que quería bajar, al igual que todas las instrucciones que estaba comenzando a diseñar en su cabeza.

    —¿Por qué todos me preguntan eso? —Murmuró intentando parecer molesto por el cuestionamiento, e intentar con eso disimular su reacción inicial—. ¿Es un crimen ahora venir al hospital a ver a una amiga enferma? A mí lo que me sorprende es ver que tú sigues aquí. Te imaginaba como doctora en el Johns Hopkins o algo así.

    Escuchar a su viejo amigo (y exnovio) hablar, pareció ser suficiente para disipar de la cabeza de la Dra. Mayfield la bruma que su aparición le había causado. Su postura se volvió más segura, y su semblante más serio; incluso algo agresivo, le pareció a Lucas.

    —Alguien tenía que quedarse a hacer guardia —respondió Max de modo cortante.

    —Creí que Eleven y Mike hacían justo eso.

    —¿Y quién crees que cuida de ellos cuando no lo hacen ellos mismos?

    —Esa no era tu responsabilidad; tuya ni de nadie —señaló Lucas, ahora siendo él quien tomaba la postura defensiva—. Debiste haber salido de este pueblo en cuanto tuviste la oportunidad.

    —¿Así como tú? —Soltó Max con sagacidad. Luego suspiró con molestia—. No tengo tiempo para esto. Debo volver al trabajo…

    La doctora hizo el ademán de querer darse la vuelta y retirarse. Lucas tuvo por un momento el reflejo de tomarla del brazo para detenerla, pero se detuvo de inmediato antes de siquiera alzar su mano. Odiaba cómo estar en esa ciudad solía hacerlo actuar de formas de las que no se sentía orgulloso; especialmente en presencia de Maxine Mayfield.

    —Sí, lo siento —pronunció apresurado, notándosele un tanto avergonzado—. Sólo dime una cosa. El… ¿ella cómo está?

    —Mal —respondió Max, volviéndose de nuevo hacia él un momento—. Francamente, no sé si vaya a poder despertar. Ahora estamos más cerca de requerir un milagro que algún tratamiento.

    —Si alguien es capaz de hacer milagros, es ella —comentó Lucas con optimismo, pero Max claramente no compartía el sentimiento.

    —Pues me temo que esto sí podría al fin estar por encima de las capacidades de Jane Wheeler —declaró con pesadez en su voz, y agachó entonces su cabeza y ocultó ligeramente su rostro con una mano.

    Se le veía cansada, y en efecto lo estaba, aunque más emocional que físicamente. Se había tenido que obligar a sí misma a no reflejar abiertamente sus verdaderos sentimientos por toda esa situación, como los lineamientos de su profesión le exigían. Pero aquello no era tan fácil como siempre. La persona que estaba en esa camilla desde hace días sin reaccionar, no era una completa desconocida: era su amiga, su mejor amiga en el mundo; quizás la única de verdad que había tenido. Y a diferencia de Mike y su familia, ella no podía permitirse llorar o dejarse reconfortar.

    ¿Y ahora consideró que el mejor momento para dejarlo salir era justo ese?, ¿enfrene de esa persona de todas las que podrían haber elegido…?

    —Oye, tranquila —masculló Lucas, dudoso, y se permitió colocar una mano sobre el hombro de su amiga. Ella no se lo impidió, pero Lucas supuso que si intentaba algo más (como darle un abrazo) ella no lo recibiría de buena forma—. Pase lo que pase, todo saldrá bien; yo lo sé. Eleven es fuerte, y su familia igual. Y de paso, todos nosotros también tenemos un poco de su fuerza en nosotros; en especial tú. Aunque lo peor pase, saldremos adelante.

    Max respiró lentamente y talló discreta sus ojos con la palma de su mano.

    —Gracias —pronunció despacio, en apariencia no muy contenta de tener que decirlo.

    Por supuesto, sus conceptos de “salir adelante” en ese caso, eran un poco diferentes. Lucas no podía hablar por la salud de Eleven, pero sí se encargaría del asunto de su atacante a como diera lugar.

    Lucas retiró entonces su mano de su hombro y dio un paso hacia atrás.

    —Gusto en verte, Mad Max —murmuró con un tono casi burlón, que irremediablemente le provocó una pequeña sonrisa a la doctora. Hacía años que nadie la llamaba así.

    —¿Ya te vas? —le preguntó curiosa, mientras él presionaba el botón del ascensor y las puertas se abrían.

    —Aunque no lo creas, yo también tengo que hacer mi guardia —indicó Lucas con seriedad, y dio entonces un paso hacia el interior del elevador—. Pero desde un lugar más elevado.

    Max contempló en silencio como las puertas automáticas volvían a cerrarse, ocultando la imagen de su viejo amigo justo detrás de ellas.

    FIN DEL CAPÍTULO 83

    Notas del Autor:

    Lucy es un personaje original de mi creación, sin ninguna relación con algún otro de los personajes, o las películas y series involucradas en esta historia. Ya se le había hecho mención en otros capítulos anteriores, como una de las rastreadoras de la Fundación que ayudaba con información a Matilda y los otros. No se debe confundir con la enfermera Lucy del hospital de Portland en el que estaba Lily, o con Lucy Stone la madre de Abra. Las tres son personajes distintos.
     
  4.  
    WingzemonX

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    Resplandor entre Tinieblas
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    Misterio/Suspenso
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    Resplandor entre Tinieblas

    Por
    WingzemonX


    Capítulo 84.
    Quizás era demasiado

    El personal científico instalado en el Nido solía trabajar turnos de doce horas, con una hora de descanso cada cuatro. Dormían y comían dentro de las instalaciones, sin ningún tipo de contacto con el exterior, durante tres semanas seguidas incluyendo fines de semana. Luego de esas tres semanas, se les daba una de descanso, en donde se les permitía salir y volver a sus casas (con las medidas de seguridad pertinentes). No todos tomaban esa semana libre al mismo tiempo, por lo que siempre había el número necesario en guardia para que ninguno de los proyectos se detuviese.

    Los elementos militares apostados para la protección de la base se manejaban de una forma diferente, aunque en general también solían mantenerse aislados por un tiempo similar, salvo que se les asignara una misión de campo. Pero su propia disciplina y entrenamiento les hacía más sencillo adaptarse a dicho ritmo, al menos en la teoría.

    Pero el personal científico no era militar; algunos como Lisa Mathews, eran prácticamente civiles en toda la extensión de la palabra. Y para ellos, en un inicio se volvía más complicado adaptarse a ese ritmo. Lisa ya había participado en proyectos gubernamentales antes, pero ninguno con el nivel de excesiva seguridad que éste tenía. Estuvo pasando un mal rato al inicio por el hecho de que le hubieran retirado del todo su celular y su computadora personal. Pero lo que más resintió fue no poder salir a correr, algo que acostumbraba hacer cada mañana antes del trabajo. Además de buscar mantenerse en forma, lo hacía también como un método para a aclarar su mente y lograr pensar mejor en algún problema que tenía atorado. Y en esos momentos el Lote Diez era un gran problema atorado que simplemente no fluía. Y las estrictas normas de seguridad del Nido no le daban la posibilidad de siquiera salir a que le diera la luz del sol, menos salir a correr.

    Bajo esas condiciones, la bioquímica se veía limitada a usar el gimnasio ubicado dentro de la base para uso del personal, aunque sólo le sacara provecho a las caminadoras. Al inicio no le gustaba; no lo sentía igual a como era correr en el parque cerca de su edificio. Pero con el pasar de los días fue tomándole un poco el gusto; era mejor que nada, o que sus piernas se atrofiaran por tanto tiempo sentada (o parada según fuera el caso).

    Esa mañana, un par de días antes de que se cumpliera su primera semana ahí, se levantó muy temprano como todas las mañanas y bajó al gimnasio. Le gustaba ir muy temprano porque había menos gente, y así se sentía más cómoda. Aquella mañana se encontró sólo con otros tres, dispersas en puntos separados, y cada quien enfocado en su respectivo ejercicio. Ella caminó directo a una de las caminadoras al fondo. Cada una tenía incluso una pantalla vertical instalada al frente, en donde podías proyectar algo que te gustara; como una vista del campo, sendero en el bosque, o algún paisaje urbano que te hiciera imaginarte que no estabas tan encerrado como definitivamente lo estabas. O si lo preferías, podías colocar alguno de los programas o películas autorizadas, o algún noticiero. Lisa solía dejar dicha pantalla apagada. En su lugar, los últimos días aprovechaba esos momentos para escuchar sus notas grabadas, y ver si acaso con la mente más despejada podía ocurrírsele algo que no hubiera visto antes.

    Y realmente ocupaba que se le ocurriera algo; lo que fuera.

    Los primeros dos días los dedicó de lleno, casi 48 horas seguidas, a estudiar toda la información que le habían proporcionado sobre el Lote Diez y sus versiones anteriores, incluyendo las notas de los químicos anteriores que estuvieron experimentando con él los últimos años. Después de eso, comenzó a realizar variaciones del Lote Diez para aplicarlo en algunos ratones de prueba; algunos sanos, otros con lesiones cerebrales supuestamente iguales o similares a Gorrión Blanco. Lisa no tenía idea de dónde sacaban ratones con lesiones cerebrales, y prefería no preguntarlo; y la gente que se los suministraba lo agradecía.

    Los resultados, hasta ese momento, habían sido desastrosos.

    Esa mañana, mientras corría en la caminadora, se colocó sus audífonos, conectó estos a su grabadora digital (proporcionada ahí mismo) y reprodujo las notas que había grabado el día anterior al final de su jornada; llena de frustración, y algo de enojo consigo misma.

    «…el mayor reto que se ha representado en las pruebas, es la amplia gama de resultados obtenidos —pronunciaba su propia voz en la grabación—. A pesar de que el Lote Diez se supone debe tener una mayor estabilidad con respecto a sus versiones anteriores, cada sujeto al que se le administra reacciona de una forma diferente, y hasta el momento ninguna ha sido enteramente favorable; por no decir que todas las pruebas han sido horribles fracasos… El resultado más recurrente es un lapso de temporal lucidez, seguido de una hemorragia cerebral masiva, y posteriormente la muerte. Pero también se han presentado ataques epilépticos, fallos cardiacos, y un inusual estado de rabia que deriva en la automutilación de los sujetos; nunca había visto a ratones hacer tal cosa. En cualquier caso, todos estos resultados también culminan en el fallecimiento del sujeto de pruebas.»

    «He considerado seriamente que los ratones no son los sujetos adecuados. He estudiado detenidamente las notas del Dr. Wanless y los que lo sucedieron, y todos parecen concordar en que la clave para obtener el resultado deseado es una composición única y específica en el cerebro del sujeto al que se le administra. Una composición que es casi seguro afirmar que ningún ratón tendrá. Y la opción de administrarlo en individuos humanos al azar como se hizo en los 60’s, es una posibilidad que ni siquiera quiero pronunciar en voz alta en este sitio. Lamentablemente, el único sujeto disponible que podría tener esta química exacta que se ocupa, es justamente Gorrión Blanco. Pero administrarle el Lote Diez sin siquiera haber obtenido un resultado favorable, sería jugar a la ruleta rusa con la vida de esa chica…»

    —Si es que a eso se le puede llamar vida —pronunció despacio, como una respuesta a su yo del pasado.

    «Por otro lado —prosiguió narrando la grabación—, pese a los resultados finales tan agresivos y desfavorables en los ratones, según el Dr. Takashiro sí se detecta una cierta reconstrucción en el tejido cerebral de aquellos con lesiones. Esto él lo describe como una mutación acelerada; como un cáncer que se multiplica violentamente. Y según su teoría, el cerebro sencillamente no es capaz de soportar tal agresividad y se apaga por todo el esfuerzo que conlleva. Y por lo que he visto, me inclino a pensar que en efecto él tiene razón en parte. Pero por esto mismo, mis esfuerzos en estos momentos están encaminados a encontrar un inhibidor; alguna sustancia que logre mitigar la agresividad de los efectos que el químico tiene sobre el cuerpo del sujeto, y hacerlo más tolerable para éste. Pero dicha sustancia se me ha escapado hasta ahora. Y aunque he detectado una disminución en la velocidad y agresividad de cómo el Lote Diez ataca al cuerpo de los ratones, al final el resultado siempre termina siendo el mismo.»

    «Si tengo que señalar algún motivo en específico de este actual fracaso, tendría que ser mi aún desconocimiento de exactamente porqué el Lote Diez actúa de maneras tan distintas en los diferentes sujetos, o porqué lo hace de una forma tan violenta. Mi teoría recae en el único elemento del Lote Diez que desconozco del todo, y que fue agregado según las notas por un químico de nombre Serpentine, apenas unos meses atrás, y que es el mayor diferenciador entre el Lote Nueve y el Lote Diez. Todas las notas se refieren a él simplemente como el compuesto VPX-01. Todo parece indicar, según mis pruebas, que este compuesto es el encargado de hacer que el Lote Diez se distribuya con rapidez y agresividad en el cuerpo del sujeto, y tenga estos resultados tanto favorables como destructivos. Nadie aquí me puede o quiere decir algo sobre qué es el VPX-01, o quién es este Dr. Serpentine. Pero me gustaría al menos tener una charla con él, y que me explicara qué demonios es esa cosa. Quizás así pudiera descubrir…»

    Un sonido tosco a sus espaldas la hizo sobresaltarse, y perder el ritmo de su trote hasta casi caerse de la banda. Puso pausa a la caminadora, y poco después también a la grabación. Sólo hasta que se detuvo se dio cuenta de lo agitada que se encontraba; su mente estaba tan exhorta en su propia voz que sus piernas se habían estado moviendo prácticamente solas.

    Se bajó de la banda y se apoyó en sus rodillas para recobrar el aliento. Miró de reojo hacia donde aquel sonido había surgido, y su origen se volvió evidente. Una pesada pesa de dos manos estaba en el suelo; al parecer lo que había oído era el sonido de ésta cayendo al suelo. Y la persona que la había estado levantando estaba de pie delante, también inclinado intentando recuperar las energías, de seguro luego de algunas repeticiones con la pesa. Reconoció a aquel hombre rubio con peinado militar casi rapado. Era el Sargento Schur, el Jefe de Seguridad del Nido; a quien el Dr. Shepherd se refería jocosamente como “Frankie.” Usaba una camiseta negra sin mangas que dejaba a la vista sus brazos musculosos y parte de sus pectorales, y unos pantalones deportivos azules.

    La presencia de aquel hombre la dejó un poco extrañada. Lisa lo había conocido en su primer día ahí, y se lo había cruzado un par de veces en los pasillos y ascensores en esos días. Pero nunca lo había visto ahí en el gimnasio; no a la hora en que ella iba, al menos. Y por un momento le entró la extraña idea de que la estaba espiando, y ésta se acrecentó cuando Frankie alzó sus ojos azules en su dirección, haciendo que ella rápidamente se virara de nuevo a la caminadora para recoger su grabadora y audífonos. Un segundo después consideró que quizás estaba exagerando, y sólo la había volteado a ver precisamente porque ella lo miraba a él. Pero ya era tarde para arrepentirse, así que tomó sus cosas y se dirigió de regreso a los ascensores para ir a su habitación a darse una ducha rápida. Al pasar a un lado de Frankie, por el rabillo del ojo notó que había tomado ahora dos pesas, una en cada mano, y las subía y bajaba sin prestarle atención durante su huida.

    Quizá, en efecto, había exagerado.

    En general su trato con las demás personas en ese sitio se había limitado casi principalmente al Dr. Shepherd y al Dr. Takashiro, y sólo muy poco al resto del equipo científico enfocado en otros proyectos. Del Sargento Schur prácticamente no sabía nada, aunque en esas pocas veces que lo había visto le pareció una persona muy seria (tal vez en extremo), rígida y, sobre todo, muy paciente para mantenerse sereno ante el trato un poco más pesado por parte del Dr. Shepherd. Era difícil decir si ambos se agradaban, o todo lo contrario. Pero como fuera, le había provocado cierta incomodidad el verlo ahí tan cerca de ella. ¿Realmente había sido una coincidencia casual?, ¿o estaba ahí por otro motivo?

    Mientras bajaba en el elevador al nivel donde estaban los cuartos, intentó despejar su mente de todos esos pensamientos que no venían al caso. Ya tenía suficientes preocupaciones externas a su trabajo, como para sumarle ahora una paranoia que no tenía razón de ser.

    Algo que no comentaba en sus grabaciones por el riesgo de que alguien las escuchara (cosa que estaba casi segura terminaría ocurriendo) es como toda esa situación le causaba un cierto conflicto. De entrada, todos ahí hablaban con bastante naturalidad de los UP’s o Usuarios Psíquicos, como si fuera lo más normal del mundo; y pareciera que para ellos en efecto así lo era. Y de lo poco que le habían dicho de Gorrión Blanco, decían que ella era en realidad uno muy poderoso. No le decían qué era lo que se suponía podía hacer, o cómo fue que terminó así, pero algunos recalcaban aquello casi con miedo.

    No estaba segura de cómo hubiera tomado todo eso la Lisa de unas semanas atrás. Si al haber llegado ahí le platicaran todo esa verborrea sobre personas con poderes psíquicos y químicos casi mágicos, posiblemente hubiera creído que le estaban tomando el pelo. O, quizás, sencillamente se hubiera limitado a hacer su trabajo, y a ocultar su escepticismo en silencio.

    Pero justo antes de su viaje, Cody hizo lo que hizo, mostrándole aquel extraordinario “truco de magia”, a reserva de pensar en algún nombre mejor.

    Si no hubiera visto aquello con sus propios ojos, no sería capaz de creer que existieran personas capaces de hacer ese tipo de cosas. ¿Era sólo una coincidencia que justo después de que Cody le revelara eso terminara trabajando en ese sitio? ¿Sabían esas personas sobre Cody? Y si no lo sabían ya… ¿qué harían si lo descubrían?

    Lisa aún no comprendía del todo cuál era la misión exacta del DIC. Por su sólo nombre pareciera que su único fin es la investigación científica; pero, ¿con qué fin exactamente? Y no podía pasar por alto que había más soldados en esa base que científicos. ¿Cazaban acaso a personas con ese tipo de habilidades? ¿Había otros como Gorrión Blanco en ese sitio? ¿O celdas escondidas en alguno de esos tantos niveles a los que no tenía acceso? La sola idea de que involucrarse en eso pusiera de alguna forma en peligro a Cody, le punzaba el pecho.

    Las cosas con él no habían estado bien, y aún no sabía qué pensar de eso que le mostró. Pero de lo que estaba segura era que no deseaba que le pasara nada malo. Y fuera lo que fuera que el DIC realmente hiciera, decidió que lo mejor era no comentar, o siquiera pensar, en lo absoluto en Cody. Todo ese trabajo ya era suficientemente complicado como para que su mente se distrajera en ello. Ya hablaría y arreglaría las cosas con él cuando volviera; que si eso seguía así, posiblemente fuera más pronto de lo esperado.

    Bañada y vestida, Lisa subió a la cafetería para comer su desayuno. La cocina del Nido era… aceptable. No era precisamente un restaurante cinco estrellas, pero al menos tenía variedad y la comida no sabía insípida. Si la gente tenía que pasar tres semanas sólo comiendo de ese sitio, era de agradecer que al menos supiera bien.

    Terminado su desayuno, se dirigió a la habitación de Gorrión Blanco. Le habían instalado ahí mismo un área en la que pudiera realizar sus pruebas. Así estaría cerca del Dr. Takashiro para que él realizara la validación de los resultados. Y claro, también podía estar cerca de la propia Gorrión Blanco por si necesitaba alguna muestra o lectura de ella. Estaban un poco apretados, pero en general Lisa no solía ocupar mucho espacio para trabajar.

    Esa mañana, al ingresar al cuarto con la tarjeta electrónica que le habían proporcionado, se sorprendió al ver que Gorrión Blanco y el Dr. Takashiro no eran los únicos ahí. Sentado en la silla de Lisa, y al parecer leyendo algunos de los expedientes que había dejado sobre su escritorio el día anterior, se encontraba el Dr. Shepherd. Cuando la puerta se abrió, el hombre de piel oscura giró su cabeza en su dirección y sonrió; aunque no tan efusivamente como de costumbre.

    —Ah, señorita Mathews; a usted estaba buscando —murmuró jocosamente, dejando de nuevo el expediente sobre el escritorio—. Quería comunicarle que ya ha acabado con nuestra dotación de ratones de laboratorio para todo el año.

    Russel debió ver la incertidumbre y preocupación reflejada en su rostro, pues casi de inmediato su sonrisa se ensanchó, dándole un vistazo de sus dientes blancos.

    —Es broma —le indicó—. Pero con un poco de realidad.

    Dirigió entonces sus manos hacia el pequeño bocadillo que había dejado sobre el escritorio. Era otro de sus yogurts en vaso, similar al que comía la primera vez que Lisa y él se conocieron, aunque éste tenía ahora algo de cereal revuelto con el yogurt.

    Por su parte, el Dr. Takashiro miraba de nuevo un partido de béisbol por la televisión, mientras bebía zumo de naranja de una pajilla. Al principio Lisa lo había juzgado bastante mal por esa costumbre de ponerse a ver televisión ahí. Pero eso fue hasta que supo que durante todo el tiempo que el neurólogo estaba ahí en la base, no podía separarse de ese cuarto más de unos cuantos minutos, que solía usar para ir al baño y a veces comer en la cafetería. Así que Lisa decidió ser algo permisiva, aunque de vez en cuando tuviera que pedirle que bajara el volumen.

    —Veo por sus últimas notas que aún no ha obtenido un resultado favorable, ¿cierto? —Comentó Russel, apuntando con su cuchara de plástico hacia el expediente que acababa de dejar.

    Lisa se cuestionó un poco si acaso tenía derecho a enojarse o no porque ese hombre leyera sus papeles, pero decidió no hacer barullo de más por eso.

    —Estoy teniendo progresos —respondió con normalidad, aproximándosele.

    —¿Descartando cosas que no funcionan? —Señaló Russel con burla, provocando un ligero ceño fruncido en Lisa como señal de molestia—. Lo siento, sólo quería aligerar el ambiente. ¿Cuál cree que es el problema?

    Lisa respiró lentamente por la nariz, intentando calmar cualquier rastro de nervios que pudiera ser evidente en su semblante. Haber oído sus notas un rato atrás le ayudó a ya tener una respuesta en mente.

    —En términos simples, yo diría que el culpable es el VPX-01 —declaró con la mayor firmeza posible—. Su efecto es demasiado para los ratones de pruebas. Ataca todas las células del sistema nervioso con la agresividad de un cáncer en cuestión de minutos. Un simple ratón no tiene posibilidad de soportar tal golpe.

    —¿Y cree que con un humano sea diferente? —le cuestionó Russel tajante, y Lisa vaciló antes de dar su respuesta.

    —No lo sé… Pero si las notas de los estudios anteriores son ciertas, lo más probable es que si se le administrara a la persona incorrecta… bueno, quizás termine igual que los ratones. O quizás peor.

    —Entiendo —asintió Russel, poniéndose de pie rápidamente—. Lamentablemente, todo eso era algo que ya sabíamos desde antes de que usted llegara, señorita Mathews.

    Aquello sonó claramente como una acusación, casi una queja, que dejó a Lisa helada. El semblante siempre afable y bromista del Dr. Shepherd cambió drásticamente, a uno mucho más… sombrío. Incluso considerando que al tiempo que la miraba de esa forma, comía de su yogurt con cereal con bastante naturalidad.

    De pronto, en el pequeño silencio que se formó entre ambos resonó una voz, proveniente de la radio sujeta al cinturón del Jefe de Investigación.

    Dr. Shepherd —pronunció la voz de una mujer, pero Russel la ignoró por completo y en su lugar siguió con su atención fija en la bioquímica delante de él.

    —Debo confesar, señorita Mathews, que estoy un poco decepcionado —sentenció Russel con severidad—. Por su currículo y recomendaciones, esperaba de su parte una visión diferente del problema.

    —Bueno, sólo llevo menos de una semana aquí —se defendió Lisa—, y me está pidiendo que corrija el trabajo de una decena de químicos más viejos y experimentados que yo, y que han jugueteado con este químico por al menos cuatro décadas.

    Dr. Shepherd —repitió la misma voz en la radio, pero de nuevo no le hizo caso.

    —Si se cree incapaz de llevar a buen término este proyecto, supongo que será mejor no postergarlo más y que vuelva casa —soltó Russel de pronto, casi como una amenaza.

    —Espere, yo no estoy renunciado. Yo sé que la clave es buscar algún inhibidor correcto para que el químico no actúe de forma tan agresiva. Sólo necesito encontrarlo.

    —¿Y le parece que tenemos el tiempo de ir recorriendo la tabla periódica, casilla por casilla, para ver cuál le funciona?

    —Con todo respeto, no es necesario que me hable de esa forma, señor. Si tan sólo me explicaran más claramente la naturaleza del VPX-01, quizás ya podría haber pensado en alguna alternativa.

    —Ya le dije muchas veces que…

    —¡Dr. Shepherd! —gritó ahora con bastante más fuerza la persona en la radio, haciéndose notar por encima de las voces aguerridas de Lisa y Russel.

    —¡Con un demonio!, ¡¿qué?! —Exclamó el científico, tomando la radio.

    El capitán McCarthy pide que venga a verlo enseguida —le comunicó la voz en la radio, bastante más calmada que él.

    Russel resopló, molesto.

    —Ahora no, estoy muy ocupado.

    Y justo cuando estaba por apagar el radio y dejar para después cualquier cosa que el capitán quisiera, la mujer, que muy seguramente era su secretaria, se apresuró a explicar:

    El director Sinclair viene para acá y pidió hablar con ambos.

    El aire entero de la habitación cambió ante esa noticia. Lisa observó en silencio al Dr. Shepherd, un tanto perpleja. Incluso Takashiro, que durante gran parte de la plática se había mantenido más interesado en su partido que en su argumentación, giró por completo su cabeza hacia ellos, expectante.

    Russel, por su lado, guardó silencio unos momentos, mientras sujetaba la radio enfrente de él, y sus dedos se apretaban un poco contra el dispositivo.

    —Grandioso —murmuró con notable desagrado—. Grandioso, grandioso… —repitió dos veces más, antes de activar el botón para poder volver a hablar—. Dígale que voy para allá.

    Dicho eso, ahora sí apagó la radio y se la colocó de nuevo en el cinturón.

    —El tiempo se nos acabó, señorita Mathews —le indicó con voz apagada, mientras se acababa rápidamente lo poco que quedaba de su yogurt.

    —¿Cómo?, ¿a qué se refiere? —Preguntó Lisa, confundida, pero Russel siguió más concentrado en su yogurt y sólo murmulló:

    —Se le depositará su pago por los días trabajados, más un pequeño extra, y podrá irse a casa mañana temprano si todo sale bien. Gracias por todo.

    Una vez que raspó los últimos rastros de yogurt del recipiente de plástico, lo tiró rápidamente en el bote de basura a un lado del escritorio, y se encaminó a la puerta.

    —Espere, ¿por qué? —Exclamó Lisa, aún confundida, pero ahora de nuevo molesta—. Ya le dije que no me he rendido.

    —Y yo le dije que se acabó el tiempo, ¿no me oyó? —Soltó Russel algo desesperado, girándose hacia ella. Luego miró unos momentos hacia Gorrión Blanco, igual de quieta como lo había estado los últimos cuatro años, y suspiró con pesadez—. No se sienta mal. Quizás era demasiado para cualquiera de nosotros.

    Cabizbajo, se aproximó a la puerta, pasó su tarjeta electrónica por el lector para que se abriera, y salió al pasillo perdiéndose de su vista.

    Lisa estaba confundida. ¿A qué había venido todo eso? Estaban discutiendo, pero no como para tomar la decisión de despedirla tan repentinamente. ¿Y esa forma en la que había visto a Gorrión Blanco antes de irse? No, algo más pasaba ahí, y era a causa de esa llamada que había recibido. ¿Por qué la visita de ese tal director lo había alterado tanto?

    Se viró hacia el Dr. Takashiro, y notó que éste había comenzado a recolectar cosas de su escritorio y comenzar a guardarlas en su maletín.

    —¿Qué hace? —Preguntó Lisa, extrañada.

    —Si se acaba el proyecto, yo también me iré de aquí pronto —informó el neurólogo, un tanto indiferente.

    —Pero, ¿por qué terminarlo tan pronto? Si apenas comenzamos.

    Joe Takashiro siguió guardando sus cosas, sin prestarle mucha atención a sus quejas.

    A pesar de que habían sido prácticamente compañeros de laboratorio esos días, sus pláticas habían sido escasas, y en general cada quién se enfocaba en lo suyo y sólo interactuaban cuando lo necesitaban. Aunque Lisa quisiera echarle toda la culpa a él al respecto, ella sabía que igualmente había colaborado a que las cosas fueran de esa manera. Después de todo, nunca había sido precisamente muy buena haciendo amigos en sus lugares de trabajo; buenos compañero sí, pero nunca amigos.

    Pero ahora necesitaba cruzar un poco la línea del compañerismo, pues quería (y necesitaba) saber qué estaba pasando. Y tenía el presentimiento de que el Dr. Takashiro lo sabía; o al menos más que ella.

    —Dr. Takashiro —susurró cautelosa mientras se le aproximaba por un costado—. ¿Por qué el Dr. Shepherd reaccionó sí? ¿Quién es el director Sinclair?

    —El director en jefe de todo esto, querida —murmuró Takashiro con desdén, señalando con sus manos a su alrededor—. El que aprueba que te paguen o no, y muchas cosas más.

    «Es decir, ¿el jefe del Dr. Shepherd y el director de la base?», se preguntó Lisa a sí misma, pero la respuesta era obvia. Lo que no era tan obvio, era porqué Russel había reaccionado de esa forma.

    —Y, ¿por qué el escuchar que venía puso al Dr. Shepherd en ese estado? —Preguntó directamente.

    —No estoy en libertad de decirlo —respondió Takashiro, encogiéndose de hombros—. Además, ya lo oíste; se acabó. Cómo él bien dijo, era demasiado para alguien como tú.

    —¿Para alguien como yo en qué sentido? —Musitó Lisa, con notoria molestia—. ¿Una mujer? ¿O demasiado joven…?

    —No conviertas esto en un escándalo mayor. Sólo dejarlo así, que será lo mejor; para ti, para mí, y para la chica.

    —¿La chica? —Susurró Lisa despacio, y giró entonces lentamente su mirada hacia la camilla en el cuarto, y su constante ocupante—. ¿Habla de Gorrión Blanco? ¿Qué le pasará a ella cuando nos vayamos?

    El Dr. Takashiro suspiró con cansancio. Dejó unos momentos lo que hacía, y se retiró sus lentes, tallándose sus ojos. Pareció debatirse un poco sobre si responderle o no; o, quizás, más bien decidiendo qué decir y de qué forma, para no decir algo de lo que se fuera a arrepentir.

    Tras unos segundos, el neurólogo se colocó de nuevo sus anteojos y se giró hacia ella con seriedad.

    —Escucha, Russel ha estado cuatro años buscando la forma de despertarla, ¿bien? Y traerte aquí para que trabajaras con el Lote Diez, fue la última oportunidad que el director le dio para lograrlo. Y ya que no tuviste éxito, pues…

    Takashiro dejó que sus palabras quedaran flotando, y Lisa sacara su propia conclusión.

    —¿La desconectarán? —Musitó Lisa con asombro.

    —No sólo eso. Según me dijo Russel una vez, primero le abrirán la cabeza, estudiarán su cerebro, sacarán toda la información que pueda sobre su composición, y luego le extirparán su pituitaria para hacer un estudio más detallado. Y en base a lo que saquen de todo eso, creo que su intención es crear el nuevo Lote Once.

    —¿Qué cosa? —Exclamó Lisa casi horrorizada; quizás un poco más por la absoluta normalidad y frialdad que el doctor había usado para describir aquello, que por el acto en sí—. ¿Tienen el permiso o derecho de hacer tal cosa?

    Takashiro soltó una risa sarcástica, no muy disimulada.

    —¿Enserio crees que eso importa aquí?

    —¡Pues debería! —Respondió Lisa alzando de más la voz—. Si ella no donó su cuerpo a la ciencia, no deberían de disponer de él de esa forma; no es ético. ¿Acaso no tiene tutores legales o alguien que debería consultarse para tal decisión?

    El doctor la miró fijamente, y alzó un poco su ceja derecha.

    —Qué extraño —murmuró de pronto, como si fuera más un comentario al aire que para ella—. Tenía entendido que te habían elegido porque eras obedientes y no hacías preguntas. Ahora no pareces ni un poco como te habían descrito.

    Lisa se ruborizó un poco ante tal comentario. ¿Esa era la imagen que todos tenían de ella ahí?, ¿qué era sólo una hormiga obediente que hacía lo que le decían y no hacía preguntas? Tenía el vago recuerdo de haber escuchado un comentario parecido de parte el Dr. Shepherd, pero no pensaba que seriamente la habían elegido por eso, o que hubiera sido al menos un factor en la decisión.

    Pero, a pesar de su reacción adversa, cabía preguntarse: ¿lo era en realidad?

    Habiendo crecido dentro de una familia de militares, era hasta cierto punto absurdo fingir que no había algo de cierto. Y quizás en sus otros proyectos de una envergadura similar al de ese, se había comportado precisamente como el Dr. Takashiro describía. Pero entonces, ¿por qué su reacción en esos momentos era tan diferente?

    ¿Era porque le escandalizaba el hecho de que fueran a desconectar a la chica? Nunca había estado particularmente peleada con la opción de dejar ir a una persona, especialmente cuando los doctores ya no daban mayor esperanza médica en su recuperación, tal y como el Dr. Takashiro le había indicado en cuanto la conoció. Además de que no conocía a esa chica; ni siquiera sabía su nombre.

    ¿Era porque ella estaba segura que con un poco más de tiempo podría encontrar la forma de curarla? Si era honesta consigo misma, había grandes posibilidades de que aunque estuviera un año entero ahí trabajando, quizás no lograra el resultado deseado. Pero al menos a Lisa le hubiera gustado llegar el punto de poder afirmar con total seguridad que no había nada que se pudiera hacer, y quizás eso le causaba frustración. Pues irse en ese mismo momento, bajo esas circunstancias, era básicamente retirarse con un fracaso, que encima no estuvo en sus manos.

    ¿Era acaso por Cody…? Al ser esa niña quizás como él, ¿había algo que le hacía no ser del todo objetiva en lo que respectaba a que le desconectaran sin siquiera darle la oportunidad de tratar de salvarla? Quizás era pensarlo demasiado, pero en efecto en más de una ocasión había hecho una comparación entre Gorrión Blanco y su novio, preguntándose qué haría si fuera él quien estuviera en lugar de la chica; y eso lo hacía sentirse más molesta con él, por haberle metido esa maldita confusión justo antes de comenzar ese proyecto.

    Sería tan cómodo simplemente culpar a Cody de ese desastre, pero ella sabía que eso sería prácticamente negación de su parte.

    Lisa respiró lentamente, recuperó su compostura, y entonces contestó lo más calmada que pudo.

    —Solamente no me parece correcto que traten la cabeza de la pobre chica como caja de arena, especialmente sin su consentimiento o el de su familia. Suponía que vivía en un país libre que respetaba esas cosas.

    Lisa notó como Takashiro rodaba un poco sus ojos con ironía, pero al final optaba por no responderle nada a ese último comentario.

    —Si te sirve de consuelo —pronunció Takashiro—, esa chica no era una santa en lo absoluto. Algunos dirían que se merecía terminar así, o peor.

    En entrecejo de Lisa se arrugó un poco, intrigada por esa inusual observación.

    —¿Usted sabe quién es ella? —Preguntó vacilante. Takashiro, por su lado, reaccionó un poco sobresaltado, como si no hubiera sido consciente en un inicio de lo que había dicho, y se arrepintiera en el momento.

    —Ya hablé demasiado —declaró con firmeza, terminando al fin de cerrar su maletín—. Además, sin importar quien fuera antes, no era que realmente quedara mucho de ella ahí —explicó señalando con su maletín hacia la camilla—. Incluso si por un milagro la hubieras hecho despertar, sólo Dios sabe cuál hubiera sido su estado. A veces es mejor simplemente acelerar las cosas y no esperar tanto, y que así el paciente no sufra más de lo necesario.

    Lisa pareció lista para darle algún contraargumento, o quizás seguirle insistiendo con la identidad real de Gorrión Blanco. Sin embargo, lo que fuera a decir se quedó en el aire, pues casi de inmediato su rostro se tornó reflexivo, y su entrecejo volvió a arrugarse.

    —¿Acelerar? —Murmuró despacio como un pensamiento en voz alta—. Acelerar… —repitió un vez más, mientras caminaba unos pasos hacia su escritorio. Takashiro la observó en silencio, maletín en mano.

    Lisa se paró delante de su área de trabajo, mirando el expediente que Russel leía justo cuando ella entró, en donde venían las notas de las últimas pruebas. Se podía ver también algunos frascos y tubos, con muestras de sangre y, por supuesto, del Lote Diez. Y más a la izquierda, había una plancha despejada y alumbrada luces brillantes, en donde solía inyectarle las muestras de prueba a los ratones. El área estaba completamente limpia y reluciente, pero el día anterior sangre y rastros de ratón se habían esparcidos por toda esa superficie.

    Varias ideas cruzaron la cabeza de Lisa, enfocadas principalmente en eso último que el Dr. Takashiro había dicho: “A veces es mejor simplemente acelerar las cosas y no esperar tanto, y que así el paciente no sufra más de lo necesario.” Él obviamente hablaba de terminar con la vida de un paciente cuando no había esperanza, en lugar de prolongar su sufrimiento. Pero en ese momento, Lisa estaba extendiendo dicho pensamiento a lo que se prestaba justo delante de sus ojos.

    —El Lote Diez actúa de manera agresiva en el cuerpo de los sujetos —le murmuró despacio al neurólogo, aunque era claro que esas palabras eran más para sí misma—; tanto que sus cuerpos no logran resistir lo suficiente antes de que termine de hacer efecto en ellos. Sus cuerpos y mentes terminan fallando primero. Pero —se viró entonces de lleno hacia Takashiro, alzando un dedo hacia él—, según las notas, en los individuos en los que el Lote Seis y las versiones siguientes sí funcionaron, fue porque su pituitaria excretaba un químico similar al que dichas versiones usaban como base, y que en el Lote Diez fue remplazado por el VPX-01. La lógica te diría que este químico sería como un inhibidor natural, y por eso no les afecta tan agresivamente. Pero… ¿Y si es lo contrario?

    Takashiro pareció un poco perplejo, pero casi sin pensarlo musitó:

    —¿Un… acelerador?

    —Exacto —exclamó Lisa, efusiva—. ¿Qué tal si lo que provoca que el químico pueda reaccionar bien en algunos sujetos, es de hecho que en sus cebreros reacciona mucho más rápido? Tan rápido que sus cuerpos pasan por el cambio casi al instante, y por eso no lo resienten tanto. Si es así, yo y todos los otros lo hemos estado haciendo mal. Intentamos hacer que la reacción fuera más lenta, cuando debimos haber buscado que fuera más rápida. Y en el caso del Lote Diez, eso se lograría fácil usando una dosis mayor del VPX-01.

    Takashiro guardó silencio, pensativo. La idea pareció tenerlo tan intrigado, que casi sin pensarlo colocó de regreso su maletín sobre su escritorio, y ahí lo dejó.

    —Podría funcionar —señaló el neurólogo—, o matar más rápido a los ratones.

    Lisa comenzó a caminar de un lado a otro haciendo números y planificación en su cabeza.

    —Necesito al menos un resultado favorable; sólo uno para convencer al Dr. Shepherd y al director de que el experimento aún no ha fracasado.

    Decidida en el camino a tomar, se apresuró al teléfono instalado en el escritorio, y se apresuró a marcar a la extensión correspondiente para que le trajeran más ratones.

    —Tendrías que hacerlo antes de que entren o salgan de esa reunión —indicó Takashiro, apuntando con su dedo hacia el reloj en la pared—. Si el helicóptero del director Sinclair viene llegando, tendrás máximo unos… veinte minutos. ¿Lo harás en ese tiempo?

    —En diez si no me interrumpe —le indicó Lisa tajante, provocando una reacción de sorpresa en el doctor—. Hola —espetó una vez que le respondieron en el teléfono—, habla Lisa Mathews de la sala médica 5016. Necesito diez… no, veinte ratones para Gorrión Blanco. Igual que las veces pasadas, cincuenta y cincuenta. Y de prisa, por favor.

    Sin esperar a que le dieran una respuesta, Lisa colgó el teléfono y se puso manos a la obra para ir avanzando en la preparación de cinco versiones del Lote Diez, cada una con una dosis diferente del misterioso VPX-01.

    — — — —​

    Mientras Lisa se enfocaba en realizar ese último y desesperado experimento, varios niveles por encima de su cabeza el helicóptero negro que transportaba a Lucas Sinclair se aproximaba al mismo helipuerto por el que ella misma había llegado hace unos días. En la plataforma, lo aguardaba paciente un grupo de soldados del cuerpo de seguridad de la base, incluido el sargento Schur; ya vestido con su uniforme y botas, en contraste con la ropa deportiva del gimnasio que portaba más temprano.

    Cuando el helicóptero descendió por completo y la puerta de un costado se abrió, se asomó por ella la figura del director Sinclair, ataviado con un traje negro, abrigo gris, y unas gafas oscuras. Al verlo, Frankie y sus soldados se pararon firmes como señal de respeto.

    —Director Sinclair, bienvenido —murmuró Frankie estoico, a lo que Lucas simplemente respondió con un pequeño asentimiento de su cabeza, mientras caminaba directo a los ascensores. Frankie y los otros lo siguieron, aunque sólo el sargento y otros dos lo acompañaron al interior.

    —¿Shepherd y McCarthy ya están enterados de que estoy aquí? —Preguntó Lucas secamente.

    —Sí señor. Lo esperan en la sala de juntas. El capitán Albertsen, el señor Douglas, y la agente Cullen ya están también en línea esperándolo.

    —Bien —murmuró Lucas despacio, pero su tono no reflejaba para nada el sentimiento de dicha palabra.

    La sala de juntas principal del Nido era una habitación alargada, con una mesa rectangular con asientos suficientes para veinte personas. En la pared de un lado había varios monitores que se usaban para proyectar datos o, como en ese caso, realizar videollamadas. Cuatro de esos monitores estaban siendo usados en esos momentos; tres de ellos ocupados por los rostros serios de tres personas, y el cuarto mostrando la toma amplia de los tres ocupantes presentes en la sala: el director Sinclair sentado en la cabecera, y el capitán McCarthy y el Dr. Shepherd sentados a su zurda.

    Lucas había llegado directo al grano en cuanto cruzó las puertas de la sala, sin siquiera molestarse en dar un saludo debido a los participantes de la reunión. Tenía varios temas que quería tratar de inmediato, siendo el primero de ellos el que más irritación le causaba en estos momentos: el expediente de Damien Thorn de Chicago, y su estatus actual en la clasificación de F.

    Luego de haber tenido esa pequeña charla con Terry, se dedicó de lleno a echar un ojo al expediente completo del chico, además de todas las notas e información que los analistas e investigadores extrajeron durante su monitoreo del sujeto. Y lo que leyó, sencillamente lo dejó boquiabierto. «¿Cómo es posible que hayan puesto este expediente en F sin más investigación de fondo?», pensó atónito y a la vez indignado. Y fue con ese mismo cuestionamiento que entró a esa sala de juntas.

    —No veo mayor misterio aquí —respondió desde uno de los monitores Adam Douglas, investigador en jefe encargado de toda el área de inteligencia del DIC; esto incluía el uso y mantenimiento de Halcón, así como la dirección de los investigadores y analistas de información. Era el hombre de cabellos negros teñidos y un viejo traje gris; quizás el mismo que usaba en la llamada anterior en la casa de Lucas. En su computadora personal, Douglas realizaba su propia revisión del mismo expediente que Lucas llevaba consigo impreso—. Todo indica que se realizó la investigación tal y como se debe, y no se encontró ninguna anormalidad de interés en las muertes de los familiares de este chico. Todas fueron simples accidentes.

    —¿Accidentes? —Exclamó Lucas, incrédulo al escuchar tal argumento—. ¿Llama accidente a que su padre, un respetado embajador de carrera intachable, haya sido acribillado por la policía cuando intentaba apuñalarlo?

    —¿Ahora vamos a acusar de UP a cualquier niño que crezca en una familia disfuncional? —Comentó Douglas con tono de mofa, atreviéndose incluso a soltar una pequeña risa sarcástica. La mirada fría y dura de Lucas le hizo ver que no compartía en lo más mínimo su humor, por lo que lentamente retiró cualquier rastro de sonrisa su rostro.

    —¿De qué familia disfuncional me está hablando? —Cuestionó Lucas tajante, casi como una reprimenda—. Porque no de los Thorn, ¿o sí? ¿Ha visto al menos el repertorio de integrantes de esta familia? —Abrió entonces el expediente, comenzando a sacar de éste los perfiles de varias personas, y prácticamente arrojándolos a la mesa—. Estamos hablando de políticos, empresarios, filántropos, fomentadores del arte y buenas causas, por no mencionar amigos íntimos de presidentes y reyes. Una familia ejemplar en toda la extensión de la palabra, llena de buenas personas; hasta que comenzaron a caer uno a uno como moscas, y todo desde que este niño llegó a sus vidas. Literalmente toda su familia de sangre está muerta, Douglas. ¿Todos eran unos disfuncionales?, ¿esa es la conclusión experta de mi jefe de inteligencia?

    Douglas guardó silencio, agachando un poco su cabeza. Los demás igualmente se quedaron callados, no queriendo intervenir a favor o en contra del investigador en jefe. Pero Lucas aún no había terminado con él

    —Y no sólo su familia, señor Douglas. —Comenzó entonces a sacar del mismo expediente varios reportes impresos y a colocarlos también sobre la mesa. Pero estos ya no eran en el formato del DIC; algunos parecían incluso sacados directamente de páginas de internet—. Encontré al menos trece muertes más que pueden relacionarse directa o indirectamente a este chico: incendios, atropellos, decapitaciones… su niñera se ahorcó en su propio cumpleaños, por todos los cielos.

    Ese último reporte lo arrojó con bastante más molestia que los otros, terminando después azotando todo el grueso expediente con fuerza contra la mesa, haciéndola retumbar tan fuerte que pareciera que incluso los que estaban en videollamada pudieron sentirlo. El reporte de la supuesta niñera terminó deslizándose por la mesa cerca de Russel, por lo que éste, curioso, extendió su mano para alcanzarlo y echarle un vistazo. Mientras tanto, Lucas prosiguió, enfocando toda su aparente ira aún en Douglas.

    —Y adivine qué: ninguno de sus analistas hace mención alguna de estos casos, en ningún reporte. Ni siquiera como nota al pie. Mientras que yo saqué todo esto navegando unas tres horas Google; en Google, señor Douglas. ¿Necesita acaso el Director en Jefe ir para allá y enseñarles a su gente como hacer su trabajo? ¿Cómo se les pudo pasar todo esto? Me hace cuestionarme qué otras cosas han dejado pasar sin que nos demos cuenta.

    El tono de Lucas iba subiendo más y más, poniendo más nerviosos a todos, en especial al receptor directo de todos esos cuestionamientos.

    Mientras tanto, Russel siguió revisando por encima el reporte de la niñera muerta. Era bastante usual que una muerte provocada por algún UP fuera a veces escondida como un accidente o suicidio. Algunos poseían una capacidad tan increíble, y podían llegar a influir tanto en la mente de algunas personas, que podían casi literalmente empujarlos a que ellos mismos se suicidaran. Y todo eso sin llamar en lo más mínimo la atención hacia sí mismos. Si este chico era quien había atacado a Jane Wheeler, como claramente el director Sinclair estaba sospechando, que fuera capaz de hacer algo como eso era totalmente plausible.

    Sin embargo, a Russel le saltó casi de inmediato el momento en el que el suceso de la niñera había ocurrido. En reporte en su mano decía que todo había ocurrido en la fiesta de cumpleaños número cinco del niño…

    Cinco años era una edad relativamente temprana para que las habilidades psíquicas se presentaran en un individuo. Conocía de casos excepcionales que había sido a los seis o siete, pero todos habían sido pequeños destellos muy lejos de la escala que se ocuparía para obligar a alguien a colgarse de la forma que el reporte describía. El único caso de similar nivel a una edad como esa, era quizás el de Charlie McGee. Sin embargo, ella era prácticamente una anomalía científica; un milagro en un millón que el Lote Seis, ni sus versiones posteriores, pudieron volver a replicar.

    Aunque en efecto el caso McGee hacía que la teoría de que el niño de cinco años hubiera sido el causante no fuera del todo imposible, sí era bastante improbable. Russel se sintió tentado a alzar la mano y hacer notar ese punto, pero prefirió mantenerse al margen un poco más. Presentía que en un rato más le tocaría a él responder preguntas.

    Luego de un rato, Douglas se aclaró su garganta y pareció tomar al fin el valor para responder con la mayor firmeza que le era posible.

    —Con todo respeto, señor —musitó Douglas—, no me parece correcto que cuestione de esa forma mi trabajo, y sobre todo el de mi equipo. Estoy más que seguro que todo en este caso se hizo según los procedimientos establecidos, como siempre se ha hecho. Y además, estos hechos que describe no son evidencia de nada concreto. Nada de esto implica directamente que el chico tuviera algo que ver. Son muertes extrañas, sí. Pero todas pueden ser de alguna forma explicadas…

    El sonido de la mano de Lucas azotando contra la mesa resonó con fuerza, no sólo cortando las palabras de Douglas si no también haciendo que todos saltaran un poco en sus sillas.

    —¡¿Qué son novatos en esto?! —Espetó el director, molesto—. ¿Qué no han aprendido a ver más allá de la superficie de las cosas? ¿Qué no han entendido que es justo debajo de esas “explicaciones razonables” donde se esconden las acciones de estos individuos?

    Lucas observó atentamente a Douglas esperando algún tipo de respuesta de su parte, que no vino. Tras unos segundos, respiró hondo por su nariz, se recargó contra el respaldo de su silla y se acomodó su corbata.

    —Ya no quiero seguir discutiendo esto —señaló en voz más baja, pero no por ello menos severa—. Lo que sea que haya pasado, en este justo momento no es relevante. Lo que me importa es que Terry Wheeler identificó a este chico, Damien Thorn, como el atacante de su madre. Y aun no siendo un analista, puedo ver que hay bastante para sospechar de AFP’s no identificados entorno a él. Así que ordeno que se pase su expediente de regreso a E, y autorizo de inmediato una revisión exhaustiva de toda la información pertinente de este chico. Además de una investigación de todas estas muertes y accidentes relacionados con él, y una imagen completa de todo lo que haya hecho en los últimos cinco años. Si una cámara lo captó picándose la nariz, quiero esa maldita captura en el expediente.

    —Nunca hemos regresado un expediente de F a E en todos estos años —declaró Douglas, casi ofendido por tal instrucción—. ¿Y lo haremos ahora sólo por los desvaríos de una niña?

    —Pues en estos momentos, confío más en esa niña que en usted y en sus analistas, señor Douglas.

    —¿Por qué? No es su madre…

    —¡Porque yo lo digo! —Exclamó Lucas alzando de nuevo su voz—. Ya tiene sus órdenes, así que apártese de mi vista de una vez. Quiero ver un avance de la investigación a más tardar hoy a las diez de la noche, así que dese prisa.

    Antes de Douglas tuviera la iniciativa de decir algo más para defenderse, Lucas presionó el control táctil con el que se controlaba la videollamada, y en dos toques desconectó a Douglas y su imagen en el monitor quedó remplazada por el fondo azul con el logo del DIC en el centro. Russel habría sentido un poco de pena por el pobre de Adam Douglas, sino fuera porque aquello último le había parecido de hecho un poco divertido; aunque de seguro Douglas no compartía su sentir.

    Lucas se tomó un momento para cerrar los ojos y respirar lentamente, intentando calmarse antes de proseguir.

    —Agente Cullen —comentó una vez que estuvo listo, enfocando su atención en la mujer de cabello rubio y rostro duro en la pantalla inferior derecha—. Antes de proseguir con el tema en cuestión, ¿tiene alguna novedad sobre la búsqueda de Leena Klammer y las otras dos?

    La mujer se sentó derecha en su silla, y miró firme hacia la cámara de su computadora. Ruby Cullen dirigía a la mayoría de los agentes de campo del DIC, encargados de la limpieza y el control de daños, así como el manejo de la información y el rastreo más discreto de sospechosos y fugitivos. Los últimos días habían sido muy ocupados para ellos, teniendo que moverse por Washington, Oregón, y ahora California, siguiendo el rastro de los últimos acontecimientos.

    —Cómo le comenté hace poco, no ha habido otro avistamiento de Klammer, o las dos niñas que la acompañan, desde el incidente del motel en Eugene —indicó Cullen con tono estoico—. El caso ya tiene el interés de todas las autoridades locales y estatales, pero nos hemos encargado de tomar la jurisdicción de cada escena usando nuestra identificación federal, para así mantenerlos alejados lo más posible. Tanto hacia ellos como a la prensa, hemos podido mantener cualquier AFP fuera de la información oficial, y todo ha sido catalogado simplemente como las acciones descarriadas de esa mujer. Y cómo habíamos platicado, de momento nuestra atención sigue puesta aquí en Los Ángeles. Por la ruta que llevaban, estamos casi seguros de que éste era su destino. Esto se sustenta con el descubrimiento de que Leena Klammer vivía en un viejo departamento al sur de la ciudad. Lo hemos tenido vigilado, pero no se ha parado por ahí aún. Sin embargo, tenemos vigiladas las salidas y entradas de la ciudad las veinticuatros horas. Si están aquí, las atraparemos.

    —Terry me dijo que Damien Thorn está en Los Ángeles —indicó Lucas justo después—. Si es así, es muy probable que Leena Klammer se dirigiera justamente a verlo a él. No esperemos a ver si Douglas y su equipo nos confirman su localización, que ya vimos lo que pasa si nos atenemos a ellos. —Aquel comentario lleno de desdén volvió a causar una sensación de incomodidad en los demás—. Así que usted que está ahí, haga que sus agentes confirmen su ubicación, y que no le quiten los ojos de encima. Si tiene cualquier contacto con Leena Klammer o alguna de las otras dos niñas, quiero que me lo notifiquen de inmediato. Y que abran sus ojos también para localizar a Charlie McGee, pues al parecer es probable que ella también ande por ahí.

    —¿McGee está aquí en Los Ángeles? —Exclamó Cullen, sorprendida y a la vez fascinada.

    —Se los dije, ¿recuerdan? Que este ataque a Jane la haría reaccionar, y así fue. Y si todo lo que me dijo Terry es cierto, estará ahí también pisándole los talones a Thorn. Así que sean precavidos y discretos para no poner a ninguno en alerta. Sólo intenten ubicarlos y vigílenlos hasta recibir nuevas órdenes.

    —Sí, señor —respondió Cullen, notándosele no tan convencida.

    —Director Sinclair —intervino en ese momento la tercera persona en la videollamada, el capitán Jules Albertsen, encargado de toda la división militar y de asalto del DIC—. Es importante señalar en ese punto que, si este chico del que nos habla es el que buscamos, y además Charlie McGee está involucrada… podríamos ocupar a todo un batallón para apresar a ambos. Y creo que a nadie aquí le emociona la idea de convertir el centro de Los Ángeles en zona de guerra.

    Los escuadrones de Albertsen intervenían justamente como una fuerza de asalto, tanto de eliminación como captura, cuando la situación así lo ameritaba. Y, como bien lo había señalado, claramente esa parecía que sería una de esas situaciones. Pero Lucas esperaba para esos momentos poder contar con una alternativa diferente a mandar a mil hombres armados de Albertsen a marcar ley marcial en una de las principales ciudades del país. Ese era el tipo de cosas que una organización como la suya intentaba evitar lo más posible.

    —Estoy consciente de lo que eso implicaría, capitán —asintió Lucas—. Y por eso estoy aquí, para ver si podemos prescindir de ese batallón. Dr. Shepherd —pronunció con fuerza, y giró en ese momento su mirada justo hacia Russel. El científico pudo intuir de inmediato hacia dónde se encaminaba eso—. Gorrión Blanco; ¿algún progreso que reportar?

    Russel suspiró, entre resignado y cansado. Había estado bastante callado y apartado durante toda esa reunión, y todos sabían que aquello era algo inusual en él. Quizás en el fondo esperaba que todo terminara sin que tuvieran realmente que hablar de Gorrión Blanco. Pero él sabía que aquello era una esperanza casi infantil.

    Se talló un poco su cabeza rapada con una mano, y se dispuso a responder lo mejor que podía. Sin embargo, antes de que dijera algo, la agente Cullen intervino, un tanto exasperada.

    —Con todo respeto, ¿ese es su plan alterno, señor? —Soltó la mujer rubia—. En lugar de mandar a nuestros escuadrones, ¿quiere arrojar contra los dos sospechosos a una niña con el poder de destruir a toda una ciudad? Si es así, permítame corregir al capitán Albertsen: no convertiremos a Los Ángeles en zona guerra, sino más bien en un cráter humeante.

    —Cuida tu tono, Cullen —le reprendió Lucas, aunque logrando mantener bastante bien la calma en comparación con cómo había reaccionado con Douglas—. Conozco bien las reservas de algunos de ustedes, y les recuerdo que ya fueron discutidas en su momento. Desde hace tiempo sabíamos que necesitábamos a un elemento capaz de hacerle frente a amenazas como McGee. Y si hay una posibilidad de que Carrie White pueda ser ese elemento, la usaremos.

    —Pero es una locura —añadió Cullen justo después—. Aunque fueran capaces de despertar a esa chica, no hay garantía de que podamos hacer que trabaje con nosotros. Especialmente en tan poco tiempo.

    —Ustedes ocúpense de sus obligaciones, y dejen que sea la división científica la que se preocupe por eso —indicó el director con firmeza, señalando con su mano a McCarthy y a Russel, pero especialmente a éste último—. ¿Entonces, Dr. Shepherd? ¿Algún progreso con Gorrión Blanco sí o no?

    Russel guardó silencio unos momentos. Sus manos juntas sobre la mesa, y sus pulgares moviéndose nerviosos entre ellos.

    FIN DEL CAPÍTULO 84

    Notas del Autor:

    Antes de que alguien diga algo, debo pedir disculpas por este capítulo, porque estoy seguro que dije bastantes tonterías sin sentido en lo que respecta a los diálogos más… “científicos” de éste. Así que me disculpo. Al menos podemos concordar que tanto Ojos de Fuego como Stranger Things tienen un poco de ciencia ficción en sus respectivas tramas, así que nos abre un poco la puerta a decir y hacer algunas cosas de este tipo de vez en cuando. ¿No…? Bueno, ténganme paciencia.

    Creo que muchos pueden ver qué es lo que se viene dentro de poco. Y si no, quédense al pendiente a los siguientes capítulos.
     
  5.  
    WingzemonX

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    Resplandor entre Tinieblas
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    Resplandor entre Tinieblas

    Por
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    Capítulo 85.
    Su queja está anotada

    El ratón blanco, que había estado completamente quieto por casi un minuto luego de suministrarle el compuesto, comenzó abruptamente a convulsionar y a retorcerse, soltando agudos chillidos de dolor. Sangre comenzó a brotar de sus ojos, oídos y boca, hasta después sencillamente quedar inmóvil y tieso sobre la plancha metálica, y un pequeño charco rojizo comenzó a formarse debajo de su pequeño cuerpo. El ratón al que se le había aplicado la misma porción, pero presentando la lesión en su cerebro, tuvo un resultado bastante parecido, con la excepción de que en su caso no hubo chillidos.

    Lisa soltó un fuerte quejido de frustración, incluso llegando a golpear la mesa con su mano, provocando que el cadáver de los dos ratones saltara un poco.

    —Y con esos ya van ocho ratones muertos, más rápido que los anteriores —señaló el Dr. Takashiro sobre su hombro—. Y ya pasaron bastante más de diez minutos, por cierto.

    —No me está ayudando —musitó Lisa con molestia y pasó rápidamente a preparar a los otros dos sujetos de prueba—. ¿Decidió quedarse sólo para molestarme?

    —Por curiosidad, supongo —respondió el neurólogo, encogiéndose de hombros. Lisa tuvo deseos de decirle que saciara su curiosidad en otro lado si no le iba a ser de apoyo, pero se lo guardó—. Si sirve de algo —mencionó Takashiro poco después—, puedo hacerle la radiografía a los ratones con lesiones para ver si hubo alguna mejora.

    —No importa la mejora que hayan tenido las lesiones, si el sujeto muere en el proceso —señaló Lisa de mala gana. Quizás había sonado más dura de lo debido, pero ambos sabían que era la pura verdad.

    La quinta y última dosis que había logrado crear en ese corto tiempo, contenía la mayor cantidad del VPX-01, superando incluso cualquier otra que se hubiera hecho antes para un ratón de prueba; al menos según las notas que tenía a la mano. Esperaba no tener que llegar a usarlo, pero era lo último que le quedaba. Si no tenía al menos un resultado significativamente diferente con esa última prueba, entonces eso sería todo.

    Eligió a los dos ratones y le administró a cada uno la dosis correspondiente. Y al principio en efecto sí pasó algo diferente: una reacción casi igual a las otras, pero ocurrida justo al instante en cuanto el Lote Diez entró en sus sistemas. Ambos ratones comenzaron a convulsionar violentamente, y el que no tenía la lesión a chillar incluso más fuerte que los anteriores. Aquello fue tan extremo, que Lisa tuvo que retroceder un poco, con miedo reflejándose en su mirada. Todo fue en efecto más rápido que las veces anteriores, apenas un poco más de un minuto. La sangre comenzó a brotar de sus orificios, y tras esa al menos corta agonía, ambos quedaron totalmente inmóviles sobre la plancha.

    De nuevo, evidentemente ambos muertos.

    —¡Maldita sea! —espetó Lisa con enojo, retirándose las gafas de seguridad y tirándolas al suelo con frustración. Luego se dirigió a su escritorio, apoyando sus manos sobre éste y comenzando a respirar lentamente intentando calmarse.

    —Debías intentarlo —oyó pronunciar a Takashiro a sus espaldas—. No te sientas mal.

    Lisa no le respondió nada. En realidad, que ese sujeto intentara reconfortarla era lo que menos deseaba en esos momentos.

    Si tan sólo le hubieran dado más tiempo podría haber encontrado una solución; ella sabía que sí. Pero ahora ni siquiera podía dejar alguna constancia de que su teoría del acelerador podría funcionar o no. Lo único que le quedaba por hacer, como lo haría cualquier profesional como ella, era dejar sus notas lo más claras y detalladas posibles, e intentar expresar el hilo de pensamiento que la había llevado a realizar esos últimos experimentos. De esa forma, quizás toda esa información le pudiera ser de utilidad a los que estén a cargo del Lote Once, y puedan terminar lo que ella no…

    —Por Dios —escuchó de nuevo a Takashiro hablar a sus espaldas, pero estaba tan ensimismada que no le prestó bastante atención al inicio—. Mathews, mira eso. No puede ser.

    —¿Qué cosa? —Musitó Lisa algo irritada, girándose a verlo sobre su hombro. Notó que el doctor miraba estupefacto hacia la plancha. Y al mirar en dicha dirección, pudo ver lo que había causado tal reacción en él: uno de los ratones se estaba moviendo.

    Pero no sólo moviéndose. Al aproximarse con cautela, Lisa pudo notar que el ratón respiraba con regularidad, movía un poco sus patitas, y sus ojos estaban abriéndose. Aún con su cabeza manchada por su sangre, el ratón logró girarse sobre su lomo para quedar bocabajo, y apoyó sus patas rosadas sobre la superficie fría. Alzó entonces su cabeza, olfateando, y luego dio unos débiles pasos, casi teniendo que arrastrar su cuerpo en dirección al otro ratón. Éste seguía igual de quieto, y muerto, que hace unos momentos.

    Lisa contempló todo aquello boquiabierta. Y lo más impresionante era que ese ratón… era el de la lesión, el que no era capaz de despertar y reaccionar. Y ahora ahí estaba, moviéndose. Tomó rápidamente una pluma y se la acercó al ratón, moviéndola con cuidado frente a su rostro. El ratón olfateó la pluma y giró la cabeza en la dirección en la que la pluma se movía.

    —¡Increíble! —Exclamó la bioquímica, soltando una risa casi nerviosa—. Está vivo, y alerta. ¿La lesión cerebral se curó?

    Volteó a ver a Takashiro en busca de una confirmación de su parte. Éste seguía tan atónito, que tuvo problemas para poder responderle.

    —Eso pareciera —comentó el neurólogo con vacilación—. Tendría que hacerle una radiografía para estar seguro…

    —Hágalo, rápido —señaló Lisa tajante mientras tomaba con apuro sus notas y lo juntaba todo en un legajo—. En cuanto tenga el resultado mándemelo, por favor.

    —¿A dónde vas? —Le preguntó Takashiro extrañado, pero Lisa no respondió y en su lugar corrió apurada hacia la puerta cargando todos aquellos papeles en sus brazos. Por un momento se le olvidó su tarjeta para poder abrir la puerta y tuvo que regresarse, casi tropezándose, para luego entonces sí salir con paso veloz como si escapara de algún peligro inminente.

    — — — —
    —Hemos… tenido algunos progresos —respondió Russel al fin al último cuestionamiento del director Sinclair—. La señorita Mathews cree que puede encontrar la dosis correcta en unos días más.

    —No tenemos unos días más —espetó Lucas, beligerante—. Nuestros dos objetivos están por reunirse en el mismo punto en cuestión de días. No tendremos otra oportunidad igual para atraparlos a ambos.

    —Supongo —asintió Russel—, pero eso no quiere decir que debamos comportarnos tan impulsivos.

    Lucas lo observó con dureza desde su silla.

    —Entonces, ¿le parece que estoy actuando impulsivamente?

    «¡Por supuesto que sí!», pensó Russel con tanta fuerza que por un momento temió haber sido escuchado de alguna forma. Se limitó entonces a sólo aclararse la garganta e intentar responder con la mayor serenidad posible.

    —Sólo le pido que nos dé un poco más de tiempo…

    —Le he dado cuatro años, Shepherd —respondió Lucas con dureza—. Cuatro —repitió alzando la misma cantidad de dedos para que los viera—, y aún no es capaz de siquiera garantizarme que podrá despertarla. Así que es todo: cancelaremos Gorrión Blanco y procederemos con la elaboración del Lote Once. Encárgate de que se haga lo más pronto posible, McCarthy.

    —Sí, señor —asintió el militar de barba anaranjadas, evidentemente más por obligación que porque él mismo compartiera su mismo sentir.

    —Sea razonable, director —exclamó Russel, ya no importarle tanto el sonar sereno o no—. Tardaríamos mucho más en elaborar el Lote Once de lo que nos tomaría terminar nuestras pruebas actuales. Y aunque tuviéramos el nuevo compuesto mañana, no hay garantía de que tenga mejores resultados. Como sea que lo vea, esta decisión no le ayudará en nada a atrapar a los dos objetivos.

    —Pero al parecer tampoco el darle más tiempo, ¿o sí? —respondió Lucas con recriminación, provocando que el siempre elocuente Russel Shepherd se quedara sin palabras—. Mi decisión está tomada, así que…

    Antes de que Lucas pudiera terminar lo que iba a decir, un pequeño alboroto justo afuera de la sala llamó la atención de todos.

    —No puede entrar —escucharon como anunciaba uno firmeza uno de los soldados que cuidada la puerta.

    —¡Ya le dije que necesito hacerlo ahora mismo! —Le respondió alguien más justo después—. ¡Dr. Shepherd! —Gritó con más fuerza para que le escucharan.

    Los ojos de todos se fijaron en Russel, que estaba tan confundido como ellos. Sin embargo, quien se terminó levantando y caminando a la puerta fue McCarthy. Se aproximó a las dos puertas gruesas de manera y las abrió rápidamente deslizándolas hacia los lados. Afuera, logró ver a los dos soldados sujetando a una mujer de bata blanca y anteojos, que forcejeaba con ellos. Al verlo, los dos soldados intentaron pararse derechos, pero sin soltar a la mujer.

    —¿Qué significa esto? —Musitó McCarthy con molestia—. Les dije que no quería ningún tipo de interrupción.

    —Lo siento, señor —se disculpó uno de los soldados, y comenzó entonces a intentar llevarse a la mujer lejos de la sala.

    —No, esperen —exclamó ella, continuando con su forcejeó—. ¡Dr. Shepherd! ¡Tuvimos un resultado positivo con el Lote Diez! ¡Un resultado positivo!

    Aquello fue suficiente para que Russel reaccionara, y reconociera además de quién era la voz.

    —¿Señorita Mathews? —Exclamó sorprendido, parándose rápidamente y dirigiéndose a la puerta—. Suéltenla, ¿qué les pasa? —Pronunció como reprimenda a los dos soldados. Miró entonces a McCarthy esperando que éste le secundara. El capitán vaciló un momento, pero entonces con un asentimiento de su cabeza les indicó que lo hicieran.

    Una vez que estuvo libre, Lisa se acomodó como pudo su bata y anteojos, y miró de mala gana a los dos hombres. Se aproximó entonces hacia Russel, y le susurró despacio:

    —Hice una nueva ronda de pruebas rápidas, y uno de los ratones con lesión respondió bien al Lote Diez; despertó y reaccionó. Creo que estábamos viendo el problema de forma incorrecta. No ocupábamos un inhibidor, sino uno acelerador.

    —¿Un acelerador? —Musitó Russel, aún confundido. Intentaba pensar rápidamente en qué hacer o decir, pero de pronto la voz de Lucas se hizo notar.

    —Que pase y nos diga lo que vino a decir —ordenó desde su silla en la cabecera de la larga mesa.

    —Lo siento, director —musitó Rusel, virándose hacia él—. Esto es algo que creo debo revisar primero…

    —Dije que pase, ¿no me oyó? —repitió Lucas con severidad, dejando claro que aquello no era una sugerencia.

    Russel titubeó un poco, preguntándose si aquello sería la salvación de su proyecto… o su perdición. Pero, fuera como fuera, el no hacer nada daría el mismo resultado; ¿qué tenía que perder?

    Se hizo entonces hacia un lado para que Lisa pudiera pasar. Ésta, aparentemente nerviosa, dio unos pasos hacia el interior de las sala, apretando los papeles que traía consigo contra su pecho. En aquel cuarto se percibía un aire muy denso, y la imagen de la larga mesa, con aquel hombre sentado en la otra punta observándola, la hizo por un momento sentirse pequeña.

    McCarthy cerró de nuevo las puertas, no sin antes repetirles a los soldados que nadie debía interrumpirlos. Y una vez que lo hizo, todo el ruido del exterior desapareció, y Lisa se sintió envuelta en ese gran y profundo silencio que casi la ahogaba.

    Lucas se giró unos momentos hacia los monitores a un lado, con el control táctil en su mano.

    —Cullen, ya tienes tus órdenes —indicó el director—. Albertsen, te llamo en un par de horas para revisar otros puntos. Gracias a ambos.

    Tras las despedidas correspondientes, Lucas cortó la llamada, y la imagen de ambos se desvaneció dejando igual que con Douglas sólo el logo del DIC en fondo azul.

    Al parecer había considerado que lo siguiente a discusión sólo debía ser oído por la división científica. O, quizás, era su intento de quitarle ojos de encima a su recurso civil, y que ésta a su vez pudiera ver u oír más de lo necesario.

    —Señorita Mathews, supongo —pronunció Lucas, colocando de nuevo su atención en la recién llegada.

    —Sí, señor —asintió Lisa, interpretando de inmediato que aquel individuo debía ser el director Sinclair.

    —¿Estaba diciendo que obtuvo un resultado positivo con el Lote Diez?, ¿o acaso oí mal? —Le preguntó Lucas sin muchos rodeos.

    Lisa titubeó un poco sin poder decir nada, como si su lengua se hubiera trabado. Insegura, se aproximó a la mesa, permitiéndose dejar sobre ésta los papeles que traía consigo. Carraspeó un poco, y entonces comenzó a explicarse.

    —Cómo le decía al Dr. Shepherd, hice una última ronda de pruebas, esta vez intentando aumentar la dosis del VPX-01 en el Lote Diez para que la reacción fuera más rápida. Y… en uno de los ratones con lesión, éste logró reaccionar de buena forma y comenzar a moverse.

    A sus espaldas, Russel intentaba mantener mitigados su emoción y sus nervios. Esperaba que lo que estuviera diciendo fuera enserio, aunque tampoco tenía ningún motivo para sospechar que podría llegar a mentirles.

    —¿Y ese mismo resultado se puede aplicar en Gorrión Blanco? —Cuestionó Lucas con seriedad.

    —Teóricamente —respondió Lisa, aunque no sonando muy segura—. Cabe mencionar que en esta ronda, sólo uno de los diez ratones tuvo esta reacción. Pero, si tomáramos una muestra de la chica e hiciéramos algunas pruebas adicionales, podríamos encontrar la dosis correcta del VPX-01 para su caso, y tener el mejor resultado posible. Seguiría siendo prácticamente imposible predecirlo por completo, en base a los resultados obtenidos anteriormente. Pero al menos podríamos aumentar las posibilidades de éxito.

    —¿Qué tanto? —Soltó Lucas de pronto, y Lisa pareció por un momento no comprender la pregunta por lo que añadió con más claridad—: ¿A qué tanto aumentarían las posibilidades de éxito si hacemos esto que dice?

    Lisa pensó con rapidez, intentando dar alguna respuesta que fuera realista, pero que tampoco sonara desalentadora. Sabía que el destino de su proyecto, y la vida de esa chica, dependían de ello.

    —Supongo que quizás… un 60 o 65% —respondió lentamente.

    Lucas asintió, al parecer satisfecho con la respuesta, y eso le permitió a Lisa respirar un poco. El director entonces preguntó a continuación:

    —¿Cuánto tiempo le tomaría sacar esa muestra y hacer las pruebas que mencionó?

    De nuevo, Lisa tuvo que ser cuidadosa con lo que respondiera. Sabía que lo ideal sería que le dieran todo el tiempo posible para intentar estar más seguros de los resultados. Pero, al igual que con la pregunta anterior, sabía que si daba el número incorrecto eso significaría el carpetazo definitivo de ese asunto.

    —Tres días —respondió con firmeza—. Cuatro, máximo.

    De nuevo el agobiante silencio inundó la sala. Lucas observaba atentamente a la señorita Mathews, pero su mente de seguro divagaba en otro lugar. De seguro él también realizaba sus propias cuentas en su cabeza, para determinar si aquello era algo que le funcionaba o no.

    Russel predecía que, en base a la conversación que habían tenido, ese tiempo no le parecería, pues él quería lo antes posible armar ese operativo para capturar tanto a Charlie McGee como a Damien Thorn. Sin embargo, Russel sabía que si alguien en el DIC quería que Gorrión Blanco tuviera éxito más que él, ese era el directorio Sinclair. Por su historia con Jane Wheeler, sabía los beneficios que el tener a una persona con esas capacidades de su lado podía traer. Y no por nada le había dado esos cuatro años para intentar despertarla, más otros procedimientos y preparaciones adicionales que se habían dado para ese momento. Si tomaba ahora la decisión de cerrar definitivamente el proyecto, era más por su frustración al no ver resultados, y apuro por la situación que pasaban. Pero si lo que la señorita Mathews le acababa de decir le revelaba que no todo estaba perdido, y que sí le podían dar garantía de éxito si sólo les daba tres o cuatro días más, quizás eso lo haría recapacitar en su decisión, aunque no le ayudara con el plan que estaba ejecutando.

    Esa era, de momento, la única esperanza a la que podían aferrarse.

    Después de ese apremiante tiempo de meditación, Lucas volvió a asentir, y se paró abruptamente de su silla.

    —Muy bien —murmuró despacio mientras se abotonaba de nuevo su saco. Y Russel y Lisa por igual festejaron en silencio, cuando de pronto les soltó lo siguiente—: Tiene ocho horas.

    —¡¿Qué?! —Exclamaron los dos científicos al mismo tiempo, creyendo por un momento que habían oído mal, o era algún tipo de broma de mal gusto. Pero el rostro serio y duro de Lucas les indicaba que no era para nada algo como eso.

    —Administraremos el nuevo Lote Diez a Gorrión Blanco a las siete en punto, ni un minuto después —indicó Lucas con firmeza, comenzando a caminar por un costado de la mesa hacia las puertas de la sala.

    —Eso es una locura —exclamó Lisa abiertamente—. ¡No puede…!

    Antes de que dijera más, Russel se le aproximó y le colocó una mano firme en el hombro. La miró en silencio, negando rápidamente con su cabeza para indicarle que ya no dijera nada.

    Lucas, por su lado, pasó a un lado de ellos sin siquiera verlos.

    —McCarthy, vamos a su oficina —le indicó con seriedad, abriendo las puertas de la sala. Los soldados del otro lado se hicieron a un lado y se pararon firmes—. Si la señorita Mathews y el Dr. Shepherd fallan hoy en la noche, será necesario ir planeando ese batallón que solicitó Albertsen.

    —Sí, señor —fue la respuesta sencilla de McCarthy. Y antes de seguir al director hacia afuera, les dio a Russel y Lisa una mirada que, sin decir palabra, les indicaba que compartía su misma opinión sobre lo que acababa de pasar, pero no podía hacer nada para ayudarlos.

    McCharthy y el director Sinclair salieron de la sala, siendo escoltados por detrás por los dos soldados.

    Una vez que estuvieron solos, Russel se permitió a sí mismo volver a respirar, y se dejó caer de sentón en una de las sillas. Se comenzó a tallar su frente con sus dedos, intentando mitigar una migraña que estaba comenzando a formarse, quizás como efecto colateral de esa estresante reunión.

    —Dr. Shepherd, no puede permitir esto —exclamó Lisa con severidad, no ayudando del todo a que su migraña se mitigara—. Es muy poco tiempo para obtener la dosis correcta, no se diga hacer las pruebas necesarias.

    —Bueno, sonó muy segura en cuanto entro de esa forma, ¿se da cuenta? —Lanzó Russel casi como una recriminación, por lo que Lisa no dudó en defenderse de inmediato.

    —No dije que tuviera ya la respuesta definitiva; sólo que ya había dado con una posible solución. Y tenía que decírselos antes de que ordenaran desconectar a la pobre chica y jugar con su cerebro, cuando todavía había una posibilidad de salvarla.

    Russel soltó una pequeña risa irónica, y volteó a verla de reojo con expresión agotada.

    —Takashiro le contó, ¿verdad? Pues bueno, eso era justo lo que ese hombre acababa de ordenar un segundo antes de que viniera. Así que, para bien o para mal, le salvó la vida con su repentino arrebato.

    —Sólo para posiblemente matarla en cuanto le inyectemos esa cosa —lamentó Lisa, agachando la cabeza.

    —Bueno, cómo le dije el primer día, no puede estar peor de lo que ya está. Al menos ahora le ha dado una posibilidad, y eso es mejor que nada.

    Russsel se paró de su silla y se encaminó también a la puerta, permitiéndose darle un par de palmadas en su hombro antes de irse.

    —Haga su mejor esfuerzo, y que pase lo que tenga que pasar. La veo en ocho horas.

    Y dado ese último aliento, salió de la sala dejándola un momento sola.

    Lisa no tenía mucho tiempo para lamentarse; tenía que intentar sacarle el mayor provecho a esas ocho horas, aunque supiera que quizás sería en vano. Pero igual se tomó un momento para respirar, calmarse, aclarar su mente y recuperarse. Tomó de regreso sus papeles, y se dirigió con paso firme de regreso al nivel médico y a la sala 5016.

    Debía terminar el trabajo de una u otra forma.

    — — — —​

    Mientras subían por el elevador hacia el nivel administrativo, Lucas le hizo saber a McCarthy que existía otro tema más que deseaba discutir con él, adicional a la coordinación del inminente asalto a Los Ángeles. Sin embargo, en el elevador los acompañaban los dos soldados escolta, por lo que prefirió hablar al respecto hasta que llegaran a la oficina del capitán. Normalmente no habría problema en confiar en la discreción en los hombres, pero ese tema en especial tocaba ciertas fibras sensibles. Y nunca sabían cuando la persona incorrecta podría estar oyendo.

    Cuando llegaron a la oficina, Lucas se detuvo unos momentos en el escritorio de Kat, la secretaria de McCarthy, para pedirle que hiciera llamar al sargento Schur lo antes posible. Ella atendió el pedido de inmediato, tomando su radio para localizarlo.

    Una vez dentro, Lucas y Davis cerraron la puerta y corrieron las cortinas para mayor privacidad. Lucas tomó asiento en una de las sillas frente al escritorio, y el capitán se sentó en la suya detrás. Se suponía que llamarían a Albertsen, pero primero Lucas quería discutir ese otro tema que le inquietaba, en especial aprovechando antes de Frankie llegara.

    —¿Quiere investigar a Douglas? —Exclamó McCarthy, un tanto sorprendido, aunque no demasiado considerando todo lo que había acontecido en esa sala.

    Lucas, con sus piernas cruzadas y su mirada pensativa, respondió:

    —No estoy convencido de que esta tremenda omisión con el expediente de Damien Thorn, haya sido sólo un descuido o ineptitud suya o de su equipo. Tengo el presentimiento de que alguien deliberadamente omitió la información más incriminatoria para colocar el expediente como F y que pasara desapercibido.

    —¿Por qué motivo?

    —Se me ocurre que por dinero, o por influencia de alguien. Los Thorn son una de las familias más ricas y poderosas del país. Bueno, los que quedan… La tutora legal del chico es la actual CEO de Thorn Industries; un emporio de mucho, pero muchos millones de dólares. Ese sólo puesto, más el renombre y peso que lleva su apellido, pueden abrir muchas puertas. Incluso aquí en el DIC.

    —Entonces, ¿cree que Douglas o alguno de sus analistas se contactó con esa mujer, y deliberadamente marcó su expediente como F a cambio de un pago?

    Lucas se encogió de hombros.

    —En estos momentos cualquier posibilidad me parece plausible —declaró—. Si es su único familiar con vida, puede que ella sepa lo que él es capaz de hacer y lo protege. Ya sea por cariño, o quizás miedo a terminar como los otros. No sería la primera vez que viéramos algo así, ¿cierto? Y no se confunda, capitán. No soy ningún niño, y sé exactamente cómo se manejan las cosas, incluso en agencias como ésta. Si un millonario o político desea ocultar que su hijo es un UP a cambio de una… pequeña contribución, estoy dispuesto a mirar a otro lado y que lo coloquen en la clasificación B, con un pequeño asterisco en su nombre. Pero usted no escuchó tal cosa de mí, ¿entendido?

    McCarthy simplemente asintió como respuesta.

    —Sin embargo, colocarlo deliberadamente en F sin ningún otro tipo de seguimiento, y encima con tanta evidencia que apunta a que podría ser responsable de quizás veinte muertes de las que sepamos… Es mucho más de lo que estoy dispuesto a tolerar, si es que eso fue lo que pasó. Y la persona que lo hizo, fuera quien fuera, no sólo sería digno de una sanción; yo sería el primero en aprobar que se le condenara por traición.

    —Aún cabe la posibilidad de que haya sido un error sincero —apuntó McCarthy con seriedad.

    —Sí, tal vez. Pero no estaré tranquilo hasta que descartemos que no haya sido otra cosa. Pero si mi propia división de inteligencia puede estar comprometida, sólo puedo recurrir a ustedes y al equipo de la agente Cullen. Quiero que en conjunto intenten encontrar cualquier movimiento extraño en las cuentas de Douglas y los analistas, en caso de que en efecto hubiera habido algún pago de por medio. Y especialmente quiero saber de cualquier conexión entre alguno de ellos y Thorn Industries.

    —Haremos lo posible —asintió el capitán de barba anaranjada—. Pero lamentablemente es justamente el equipo del señor Douglas quien está más calificado para ese tipo de investigación. —Hizo entonces una pequeña pausa reflexiva, y entonces comentó—: He oído que la Fundación Eleven cuenta con su propia inteligencia. Un grupo de UP’s con capacidad de buscar y espiar a personas, y con conocimientos para realizar investigaciones más convencionales.

    Lucas rio un poco, haciéndose hacia atrás en su silla.

    —Sí, sus famosos rastreadores —murmuró Lucas, un tanto irónico—. Intenté en varias ocasiones convencer a Eleven de que me apoyara con alguno de ellos, pero siempre se mantuvo firme en no querer involucrar a sus chicos en ningún asunto del DIC.

    —Entiendo —murmuró McCarthy—. Pero, para bien o para mal, la señora Wheeler no está disponible en estos momentos. Quizás al saber que sería para detener a su atacante, consideren ser un poco más cooperativos en este caso.

    Lucas observó al militar con expresión pensativa, y luego se viró hacia otro lado, pensando un poco en lo que acababa de decir. Eso sonaba de alguna forma a saltarse la autoridad de Eleven aprovechando la situación, algo que de seguro ella le recriminaría fuertemente cuando, Dios quiera, lograra recuperar la consciencia. Pero dado el estado de su confianza hacia su propio equipo, posiblemente esa sería su mejor alternativa.

    —Quizás… —murmuró un poco distante—. Pero no sé quién se esté encargando de esos asuntos en lugar de El. Mike definitivamente no.

    Apoyó su barbilla contra su mano, y miró distraído hacia una esquina de la habitación, intentando recordar algunas de las conversaciones que había tenido con su vieja amiga.

    —Hay una mujer de la que El siempre hablaba —indicó tras un rato—. Era casi como su mano derecha, aunque ella nunca la describió así. —Se tomó un momento para hacer memoria de nuevo, y luego murmuró—: Matilda, Matilda Honey se llama; una de las UP’s telequinéticas más sobresalientes de la Fundación, según recuerdo. Es probable que ella esté a cargo. Veré si puedo contactarla.

    No conocía en persona a la señorita Honey, pero si era la persona de confianza de Eleven, Lucas sabía que era muy probable que tampoco viera con buenos ojos involucrarse. La única posibilidad era que, justo como McCarthy había apuntado, lo ocurrido a El la hiciera cambiar de idea. Como fuera, no perdía nada con intentarlo. Tenía que aguardar ahí unas ocho horas, así que podía tomar un par de ellas para revisar su expediente con detenimiento.

    —Señor, una cosa más —comentó McCarthy abruptamente, trayendo de nuevo su atención—. Si todas sus sospechas fueran ciertas, y en la división de inteligencia hubiera un informante… ¿Está consciente de que eso significaría que en cualquier momento Damien Thorn o su tutora podrían enterarse de que tenemos el ojo puesto en él?

    Lucas respiró hondo por su nariz.

    Sí, era una posibilidad en la que también había pensado. Si alguien en el equipo de Douglas no tuvo reparó en pasar el expediente del muchacho a F, ya fuera por dinero u otra cosa, también era posible que optara por notificarle a la señora Thorn sobre lo que estaba ocurriendo con dicho expediente. Era en parte por ello que había optado por desconectar a Douglas antes de comenzar a hablar del plan de captura, pero sabía bien que eso no garantizaba que no fuera a enterarse de todas formas.

    —Por eso sólo les di estas últimas horas de gracia al Dr. Shepherd y a su química nueva —señaló Lucas vehemente—. No tenemos mucho tiempo para reaccionar. Así que realmente espero que tengan éxito esta vez, y no se repita lo del agosto pasado.

    Aquella repentina mención pareció poner un tanto nervioso a McCarthy, pero logró controlarse con la disciplina que tanto lo identificaba.

    —Yo también espero que eso no pase —señaló despacio.

    Alguien llamó a la puerta justo en ese momento, y ambos hombres de seguro pensaron de inmediato en qué se trataba de la persona que esperaban. Y, quizás, alguno querría hacer notar la coincidencia con respecto a lo que acababan de comentar, pero ninguno lo hizo.

    —Adelante —ordenó McCarthy, y tras la puerta se asomó el rostro y figura de Francis Schur.

    —¿Quería verme, señor? —Preguntó Francis con su siempre inmutable firmeza.

    —Sargento Schur, pase —indicó Lucas, acompañado de un ademán de su mano. Frankie dio un paso al frente, cerrando la puerta detrás de él. Se paró firme sobre ambos pies, y juntó sus manos detrás de su espalda en posición de descanso, aguardando por la siguiente instrucción—. Es probable que hoy a las siete de la noche, el Dr. Shepherd, y la nueva química que lo está apoyando, realicen un complicado experimento referente al proyecto Gorrión Blanco. ¿Está familiarizado con él?

    —Sí, señor —respondió Frankie, asintiendo.

    —Excelente. En base a la naturaleza y posible resultado de dicho experimento, necesitamos que usted prepare a un equipo de respuesta táctica, por si las cosas se salen de control.

    Aquello pareció, quizás por primera vez en mucho tiempo, causar un pequeño atavismo de incordia en el duro rostro del sargento. En concreto, pareció bastante asombrado, incluso un poco temeroso.

    —¿Van a despertarla? —Preguntó tras unos momentos.

    —Esa es la intención —apuntó Lucas—. Pero aunque las posibilidades van en contra, nunca está de más prevenir. Y dentro de lo posible, si es que en verdad logra despertar, quisiéramos prevenir el tener que… usted sabe, matarla. Se ha invertido mucho en ella, como bien usted debe saber. La primera medida sería sólo inhabilitarla usando el ASP-55. Pero, si la situación ya no es más manejable de otra forma… Bueno, confío en que dado el momento sabrá qué hacer. ¿De acuerdo?

    Frankie permaneció en silencio unos segundos, y aparentemente aún afectado por la información. Se forzó a sí mismo para recuperar la calma, y volver a su habitual semblante estoico y frío. Aunque, por dentro, no se sintiera como tal.

    —Sí, señor —respondió entonces como siempre.

    — — — —
    Tal y cómo Lisa se lo temía, esas ocho horas no fueron en lo absoluto suficientes. Lo más que logró fue hacer otra serie de pruebas con diez ratones más, usando la misma dosis que había usado anteriormente y que había obtenido el resultado favorable. Sólo uno de esos diez reaccionó igual que el primer ratón, y un segundo parecía por lo menos estar vivo, pero quedar en un estado catatónico total. Los otros ocho murieron de forma violenta y grotesca, como todos los demás. De nuevo, aquello era prácticamente como jugar a la ruleta rusa, pero al menos ahora tenían la pequeña posibilidad de obtener un éxito, aunque bastante lejos del 60% o 65% que le había prometido al director.

    Terminadas las pruebas con los ratones, Lisa logró sacar la muestra de Gorrión Blanco, revisarla, hacer algunas pruebas en un simulador con el fin de obtener la dosis que, en teoría debería de funcionar con la chica. Aquello terminaría siendo más especulación que otra cosa, pues en realidad no tenía aún los datos adecuados para que el simulador fuera confiable. Así que faltando una hora para el límite que le habían establecido, lo que Lisa tenía eran tres ampolletas de su nueva versión del Lote Diez, aunque quizás habría que llamarlo diez punto cinco. Y de las posibilidades que creyó que tendría con un poco más de tiempo, calculaba que había un 12% o 15% de que aquello funcionara bien. Es decir, prácticamente una sentencia de muerte segura.

    Una vez hecho todo lo que le era humanamente posible hacer, Lisa se tomó unos minutos de descanso, si así se podría decir. Por algún motivo, tuvo el impulso de sentarse justo a un lado de la camilla de Gorrión Blanco, y contemplarla en silencio por un rato. A pesar de todos los días que llevaba en ese sitio, trabajando prácticamente a un lado de esa chica, y que todo su esfuerzo fuera encaminado a salvarla… en realidad, no se había dado el tiempo de mirarla, o pensar demasiado en ella. De hecho, si lo pensaba un poco, hasta antes de que el Dr. Takashiro le revelara lo qué le harían quizás la había llegado a ver apenas como un poco más que sos ratones. Sólo un sujeto de pruebas, sin nombre ni pasado, y sin ninguna relación con ella.

    Pero esa chica era una persona, que de seguro tenía su propia historia detrás que había provocado que terminara en ese sitio y en ese estado. El Dr. Takshiro dijo que quizás se merecía terminar así, pero Lisa no se imaginaba cómo eso era posible. El expediente no tenía muchos datos sobre ella, pero uno de ellos era su edad, relevante para cuestiones médicas: 22 años. Decían que llevaba ahí poco más de cuatro años, por lo que debió haber tenido apenas 17 o 18 cuando le pasó lo que fuera que le hubiera pasado. ¿Qué podría haber hecho una chica de apenas 17 años para merecer estar así?

    «¿Quién eres en realidad, Gorrión Blanco?», se preguntó sin quitar los ojos de su apacible rostro. El Dr. Shepherd le había dicho que si todo salía bien, quizás ella misma le contaría su historia. Pero todo parecía indicar que eso no ocurriría. Que terminaría inyectándole esa cosa que de seguro la mataría de una forma horrible como a los ratones. Sería su verdugo, y ni siquiera sabía su nombre…

    El sensor de la puerta soltó un pitido y poco después se abrió. Cómo invocado por su fugaz pensamiento, Russel Shepherd hizo acto de presencia en la sala, con sus manos en los bolsillos de su bata, y ni una golosina o tentempié a la vista. Debía estar igual o más nervioso que ella.

    —¿Y cómo le fue con eso, señorita Mathews? —Le preguntó el científico en jefe, aproximándosele.

    Lisa suspiró con cansancio.

    —Hice lo mejor que pude con este absurdo límite de tiempo —indicó un poco molesta, señalando con su mano hacia su escritorio, donde las tres ampolletas aguardaban—. Pero quiero enfatizar de nuevo que haremos esto totalmente en contra de mi recomendación, y no quiero ser responsable de lo que ocurra.

    —Ojalá fuera tan simple con tal sólo quererlo —musitó Russel mientras veía los pequeños frascos con líquido transparente—. Pero su queja está anotada, descuide. Takashiro ya está preparando el quirófano. Vendrán en un rato más a llevársela para allá. Usted debería ir a prepararse también y darse un baño rápido.

    Lisa asintió. Ni siquiera tenía deseos de discutir si acaso tenía que ser ella en persona quien le suministrara el químico; simplemente le pareció bastante lógico el suponer que debía ser así.

    Se paró de su silla, resintiendo en ese momento lo realmente agotada que estaba, pero sobreponiéndose para salir e ir a su dormitorio en ese poco tiempo que le quedaba.

    —Estaremos observándola —le indicó Russel antes de que se fuera—. Suerte.

    Lisa no respondió. Sólo salió y se dirigió justo a hacer lo que le habían indicado.

    Se dio una ducha rápida. Aunque se había bañado esa mañana luego del gimnasio, sintió que su cuerpo realmente lo necesitaba. Aquello la hizo sentir un poco mejor. Recién salida de la regadera, la llamaron por el comunicador de su cuarto para indicarle que ya todo estaba listo, y la aguardaban en el quirófano 24.

    «¿Hay más de veinticuatro quirófanos en este sitio?», se preguntó perdiéndose un poco en dicho pensamiento, pero al final de cuentas no le importó la respuesta. Dijo que iría en un minuto, y terminó rápidamente de arreglarse.

    Antes de entrar al quirófano 24, le proporcionaron un uniforme quirúrgico de su talla, con pantalón y filipina azules, así como un cubre bocas y un gorro. Lisa se preguntó si acaso eso era necesario; no era como si realmente fueran a realizar una cirugía, y menos ella. Pero supuso que debía ser procedimiento, y en una base casi militar como esa, los procedimientos debían ser importantes.

    Le sorprendió mucho ver que el quirófano 24 era algo similar a un anfiteatro de escuela de medicina. Tenía forma circular, y un techo de cristal transparente justo sobre sus cabezas. Había un nivel superior con un pasillo con barandal entorno a la circunferencia de la sala desde el cual las personas podían ver hacia el interior a través del techo de cristal. Al alzar su mirada, reconoció en dicho pasillo superior al Dr. Shepherd, al capitán McCarthy, el director Sinclair, y algunas personas más, entre ellos al menos cinco soldados armados.

    Pero no había sólo soldados allá arriba, pues en cuanto entró, Lisa vio que de pie y pegados contra la pared dibujando un circulo a su alrededor, había entre diez y quince soldados, todos armados con rifles largos, caretas y chalecos; por supuesto, ninguno traía uniforme quirúrgico, y dudaba que esas armas se hubiera esterilizado antes de entrar. Entre ellos, al fondo, reconoció el rostro apacible del sargento Schur.

    Aquello la impresionó un poco. ¿Por qué estaban todos esos soldados ahí? ¿Era también parte del procedimiento?

    Adicional a los soldados, vio también al Dr. Takashiro y a tres enfermeros, dos mujeres y un hombre, ellos también vestidos de azul como ella. Y en el centro de la habitación estaba la invitada de honor: Gorrión Blanco, recostada en su camilla, con los viejos y nuevos aparatos conectados a ella, mismos que los enfermeros revisaban con detenimiento, y anotaban lo que veían en sus tablas para escribir. Algunos de esos aparatos no le resultaron familiares a Lisa.

    La bioquímica se aproximó cautelosa a la camilla. A un lado había una pequeña mesa con instrumentos quirúrgicos y medicamentos, entre los que identificó de inmediato las tres dosis del Lote Diez que había preparado, así como tres inyecciones haciéndoles compañía. Para que el químico surtiera efecto en una persona, bastante más grande que un ratón, era necesario suministrar tres ampolletas completas, en un lapso de dos minutos entre una y otra. O al menos eso decían las notas; esa sería la primera vez real en que Lisa lo aplicaría a un ser humano.

    —Todos los signos están estables —escuchó como le indicaba la reconocible voz del Dr. Takashiro—. Estamos listos. ¿Y tú, Mathews?

    Lisa permaneció en silencio. Miró de nuevo hacia arriba, en dirección a sus espectadores en lo alto, y luego hacia los soldados que la rodeaban. Tuvo el presentimiento, casi paranoico, de que si acaso fallaba no saldría con vida de esa sala circular de brillantes luces blancas. Aquello sólo acrecentó sus nervios, tanto que sintió que sus manos le sudaban un poco.

    Respiró lentamente, lo mejor que su cubre bocas le permitía. Tomó entonces una de las ampolletas, una inyección, y comenzó a llenar ésta última casi por completo con el líquido transparente. Una vez que tuvo la dosis adecuada, golpeó ligeramente la inyección en un costado para liberar cualquier burbuja de aire que hubiera quedado. Jeringa en mano, caminó haca el porta suero, tomó el tubo conectado al brazo de la paciente (si acaso era posible llamarla así), y acercó la inyección hacia el punto para suministrar medicamento adicional.

    Antes de al fin suministrar esa primera dosis, Lisa miró un instante al rostro de la chica, tan estático y tranquilo como lo había estado hace un rato atrás en la sala médica.

    «Qué Dios me perdone», pensó para sí misma con pesar. Y sin más espera, insertó la aguja en el tubo, y presionó lentamente el émbolo para que el líquido fuera lentamente vertiéndose en el tubo, y viajara por éste hacia su destino final.

    Retiró la aguja, y se volvió de nuevo a la mesita para preparar la otra jeringa, mientras esperaban los dos minutos. El Dr. Takashiro y los enfermeros revisaban las mediciones de los aparatos con sumo interés.

    —No hay cambio aparente en los signos —indicaron como conclusión. Aquello podía ser por igual buena como mal señal, considerando el área tan incierta en la que se estaban moviendo.

    Pasado el tiempo necesario. Lisa suministró la segunda inyección del mismo modo que la primera. De nuevo el químico fue entrando al cuerpo de la joven por la vena de su brazo, y de seguro debía estar ahora recorriendo rápidamente éste por su torrente. Aun así, los dispositivos seguían sin marcar alguna diferencia.

    «Quizás me equivoqué en algo —pensó Lisa, por igual aliviada y preocupada—. Quizás mi versión modificada del Lote Diez ocupe otro ajuste adicional para reaccionar en humanos. Si tan sólo hubiera tenido más tiempo para hacer pruebas…»

    Mientras preparaba la tercera inyección, Lisa sintió que su mano le temblaba, pero aplicó todo su autocontrol para intentar controlarse. Solo una dosis más y todo terminaría. Aún vacilante por dentro, pero con mano firme por fuera, introdujo la aguja por el punto de inserción del tubo, y aplicó la última dosis. Y en el momento justo en el que el líquido dejó la jeringa, a fin se presentó un cambio.

    Todos los aparatos que los rodeaban comenzaron a pitar al mismo tiempo como pequeñas alarmas, y los gráficos de algunos comenzaron a mostrar picos irregulares. Todo aquello puso en alerta al equipo médico presente, y Lisa rápidamente retrocedió para darles espacio. Incluso los observadores de la parte superior parecieron alterarse enormemente al ver esto, y los soldados tomaron con firmeza sus rifles, apuntando en dirección a la camilla.

    —La frecuencia cardiaca subió de golpe a 120, y sigue subiendo —indicó uno de los enfermeros.

    —Su temperatura corporal también se está incrementando —añadió una enfermera—. Está llegando a los 40° C.

    —Apliquen lidocaína, rápido —ordenó Takashiro apurado, pero con envidiable calma—. Y colóquenle compresas frías. ¿Qué indica el encefalograma?

    —La actividad eléctrica también va en aumento —indicó casi con miedo una de las enfermeras—. Todos los signos se están saliendo de la escala al mismo tiempo. Esto es…

    Todos guardaron un profundo silencio de golpe, justo cuando el cuerpo hasta ese momento inmóvil de Gorrión Blanco comenzó a convulsionarse y agitarse en la camilla, como si un choque eléctrico la recorriera por completo, estando casi a punto de caerse.

    —¡Sujétenla! —Ordenó Takashiro, y el enfermero y una enfermera prácticamente se lanzaron sobre la chica para sostenerla lo mejor que podían.

    Todos pudieron ver entonces como la chica comenzaba a tener una abundante hemorragia nasal, que luego le secundaron rastros de sangre que brotaron de la comisura de sus ojos como lágrimas, y de los orificios de sus oídos. La sangre llegó incluso a manchar a las personas que la seguían sosteniendo.

    Todo se volvía en un momento casi surrealista para Lisa. Takashiro y los enfermeros seguían gritando y dando indicaciones, pero ella todo lo que escuchaba eran los aparatos, que seguían resonando como una horrible sinfonía discordante. Observaba todo eso de pie desde su posición, pero sentía su cuerpo tan ligero que por un momento creyó que no estaba ahí realmente… que todo era un horrible sueño.

    Aquello se prolongó por unos extenuantes segundos, quizás minutos. No importaba lo que Takashiro y los enfermeros hicieran para estabilizarla, sencillamente no reaccionaba, y parecía ir incluso a peor. Y de pronto, tan abrupto como todo había comenzado, así cesó.

    El cuerpo de Gorrión Blanco dejó de agitarse, quedando torcido en la camilla, con su cabeza cayendo hacia un lado sin menor oposición. Los sensores se fueron de los picos hasta lo más bajos. La línea del pulso se aplanó por completo, resonando con el reconocible sonido de la ausencia de éste. Los demás sensores callaron, y sólo ese agobiante pitido constante perduró en los oídos de todos; todo lo demás, era silencio.

    —No hay pulso —murmuró despacio una enfermera, y por mero reflejo se aproximó al resucitador, mientras otro de sus compañeros acercaba el desfibrilador.

    —No, déjenlo así —les indicó Takashiro rápidamente, antes de que alguno pudiera hacer uso de alguno de los dos instrumentos. Los dos enfermeros lo miraron dudosos, y su sola mirada asertiva les hizo ver que hablaba enserio.

    Takashiro había visto suficientes ratones muertos en las pruebas de Lisa. Y aquel cuerpo delante de él, retorcido y tieso, con abundante sangre brotando de todos los orificios de su cara… era una representación exacta de la misma imagen, sólo que más grande. No había nada que hacer, si es que en algún momento lo hubo.

    El neurólogo suspiró con agotamiento, y se retiró con pereza su tapabocas y gorro. Miró hacia la gente de arriba, negando con su cabeza. Lucas y McCarthy se mantuvieron en apariencia serenos, mientras que Russel cerró unos momentos los ojos y agachó la cabeza, golpeando además un poco el barandal con su puño derecho. Los tres permanecieron reflexivos unos instantes. Lucas entonces respiró profundo por su nariz, y murmuró despacio:

    —Procedan con el Lote Once como habíamos dicho.

    —Sí, señor —respondió McCarthy rápidamente, asintiendo.

    Lucas se separó del barandal, se acomodó su corbata, y caminó entonces hacia la salida, siendo seguido de cerca por dos soldados. Russel se quedó quieto en su sitio, con sus manos aferradas al barandal y su mirada aún agachada. Parecía intentar contenerse para no reaccionar como realmente se sentía por dentro.

    —Siempre supiste que ésta era una posibilidad —le musitó McCarthy en voz baja como si quisiera reconfortarlo, sin mucho éxito.

    En la sala, los soldados ya habían también bajado sus armas y se habían al parecer relajado una vez la situación terminó. Los enfermeros comenzaban a quitarse sus aditamentos y a revisar y apagar los equipos. Takashiro se viró un momento hacia Lisa, que seguía observando estática desde su posición, tiesa como estatua.

    —Lo siento —murmuró Takashiro, sin estar del todo seguro de que lo hubiera escuchado.

    La bioquímica comenzó a avanzar despacio hacia la camilla, hasta pararse a un lado de ésta. A pesar de la horrible posición en la que Gorrión Blanco había quedado, o de la sangre brotando de su cara… aún se veía igual de tranquila como siempre lo había estado. Como si aún durmiera…

    Un pitido a su diestra hizo que Lisa se sobresaltara. Al virarse, se encontró de frente con el monitor cardíaco, que una enfermera estaba a punto de apagar cuando ella también lo vio: un pico, y luego otro, y otro, cada vez más constante.

    Había pulso.

    —Eso es impos… —comenzó a pronunciar la enfermera con asombro, pero su declaración no logró ser concluida.

    Las luces sobre ellos parpadearon, y miraron sorprendidos como la camilla y el equipo médico comenzaron a agitarse como si un pequeño terremoto los sacudiera. El cuerpo de Gorrión Blanco se movió lentamente sobre la camilla intentando tomar una posición más cómoda, y entonces… los ojos azules de la chica se abrieron por completo de pronto, grandes como dos enormes lunas, y con sus pupilas dilatadas casi por completo. El monitor cardiaco, el único que seguía encendido, comenzó a pitar como loco de nuevo.

    —Oh, por Dios… —murmuró Lisa estupefacta, retrocediendo por mero reflejo.

    Los demás enfermeros y el Dr. Takashiro se dieron cuenta también del drástico cambio, y voltearon a ver sorprendidos a la camilla, notando como los ojos de la chica se movían a los lados, intentando vislumbrar su entorno. Todos se aproximaron por mero reflejo hacia ella para revisarla.

    —¡Director! —Gritó McCarthy justo cuando Lucas ya estaba en el umbral de la puerta, obligándolo a regresarse. Russel también alzó de nuevo su mirada al oír aquello, mirando de nuevo hacia abajo al movimiento que comenzaba a presentarse.

    —¿Qué ocurrió? —Preguntó el Lucas, mirando con interés hacia el quirófano—. ¿Acaso ella…?

    Las luces comenzaron a parpadear de nuevo, y los instrumentos a vibrar, al igual que los cristales del techo. La respiración de Gorrión Blanco se agitó, y su rostro comenzó a llenarse de miedo en cuanto aquellas personas comenzaron a rodearla.

    —No… —murmuró despacio con voz carrasposa, como si la garganta le doliera—. No se acerquen… ¿dónde… estoy…? ¡No me toquen!

    Su gritó retumbó con fuerza, y todos los presentes, incluida Lisa y los soldados contra la pared, sintieron casi como si aquella voz hubiera agitado el interior de sus propias cabezas, creándoles un ligero dolor. Lo siguiente que notaron fue como Takashiro y los tres enfermeros, los más cercanos a la camilla, salían literalmente volando por los aires hacia diferentes direcciones con gran fuerza, como si un camión los hubiera envestido a toda velocidad.

    Lisa tuvo que saltar rápidamente a un lado, apenas a tiempo para que el cuerpo de uno de los enfermeros no la golpeara, y en su lugar siguiera de largo chocando contra uno de los soldados. Los demás sufrieron suertes parecidas. Cuando Lisa alzó su mirada al frente, notó como Takashiro daba un par de vueltas en el aire, antes de estrellarse de cabeza directo contra la pared, para después precipitarse al suelo y quedar ahí inmóvil.

    Y al virarse hacia la camilla, lo siguiente que vio fue a la figura de su ocupante sentándose lentamente, con su cabello rubio largo y desalineado cayendo sobre su rostro y hombros.

    FIN DEL CAPÍTULO 85
     
  6.  
    WingzemonX

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    Resplandor entre Tinieblas
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    Misterio/Suspenso
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    Resplandor entre Tinieblas

    Por
    WingzemonX


    Capítulo 86.
    Gorrión Blanco

    —¡Disparen! —Gritó Frankie rápidamente en cuanto logró recuperarse, y todos los soldados alzaron sus armas, apuntando en dirección a la chica en la camilla.

    «¡Oh mi Dios!» pensó Lisa horrorizada, y rápidamente se tiró al suelo pecho a tierra, cubriéndose su cabeza con ambas manos.

    Gorrión Blanco volteó a verlos de reojo, un instante antes de que todos comenzaran a dispararle. No se escucharon como tal detonaciones, y de los cañones de las armas no salieron balas, sino dardos, todos ellos cargados con suficiente de la droga ASP-55, un potente sedante de efecto rápido especialmente diseñado para UP’s. Sin embargo, ninguno dio en su blanco. Los soldados y los demás espectadores miraron atónitos como cada uno de los dardos se detenía abruptamente en el aire a unos centímetros de la chica, y ahí se quedaban suspendidos como si el tiempo se hubiera detenido. Ella sencillamente los miraba atentamente, en silencio, aun respirando con agitación. Un instante después, los dardos cayeron por sí solos al suelo.

    Gorrión Blanco alzó abruptamente sus manos y luego las dejó caer hacia los lados. Todos los aparados e instrumentos que la rodeaban volaron en todas direcciones como lo habían hecho los enfermeros antes, dirigiéndose como proyectiles hacia los soldados. Estos intentaron rápidamente esquivarlos, pero al menos tres de ellos fueron golpeados con fuerza, cayendo al suelo adoloridos, y uno de ellos inconsciente.

    Entre las cosas que habían volado se había ido también el porta sueros, que inevitablemente terminó arrancándole la intravenosa del brazo. Gorrión Blanco gritó de dolor, sujetándose su brazo, y cayendo al suelo sobre su costado derecho, golpeándose fuertemente. Miró de reojo a cinco soldados que se le aproximaban por un costado aprovechando que estaba en el suelo, pero rápidamente la camilla salió disparada en su dirección, golpeando a cuatro de ellos y aplastándolos contra la pared.

    Una de las enfermeras se levantó a duras penas, adolorida y sangrando por el golpe, e intentó correr hacia la puerta para huir. Pero su cuerpo se elevó de pronto antes de pudiera hacerlo, y fue jalada hacia un lado, siendo usada como un proyectil contra los soldados que intentaban volver a dispararle.

    En un segundo todo aquello se volvió una completa locura. Los cuerpos de las personas y los aparatos volaban por los aires, golpeándolos para mantenerlos lejos de la chica recién resucitada. Incluso en algún momento una de las lámparas del techo se desprendió, cayendo y aplastando a un soldado. Algunos de ellos habían optado por dejar ya de lado los dardos, y comenzaron sin más a disparar. La balas eran desviadas en el aire, algunas de ellas incluso dándole a otros de sus compañeros.

    Era una absoluta pesadilla.

    Frankie se las había arreglado para mantenerse a salvo de los proyectiles, humanos y de objetos. Se tiró al suelo y se arrastró, hasta colocarse detrás de la chica, que ya estaba de pie tambaleante, con su brazo sangrándole. Si se le acercaba por detrás podría tener una oportunidad. Pero tenía que tomar una decisión rápida: dispararle o tomar una de las inyecciones que tenía en su cinturón con la droga e intentar inyectarla. Su cuerpo entero le gritaba que le disparara y terminara todo aquello de una maldita vez… pero no lo hizo.

    El sargento guardó su pistola, sacó la inyección de su cinturón, se puso de pie rápidamente y corrió en dirección hacia ella, sujetando la jeringa en alto como una daga. Pero antes de poder alcanzarla, Gorrión Blanco se giró abruptamente. Y en cuanto sus fríos ojos se posaron en él, su cuerpo se detuvo como si hubiera chocado con un muro invisible, y un parpadeo después se elevó en el aire a gran velocidad, hasta chocar con fuerza contra con el techo de vidrio. Su cabeza y espalda se estrellaron tan fuerte que Russel y los demás arriba vieron como el vidrio se cuarteaba, dejando un rastro de su sangre en éste. Justo después se desplomó abruptamente de regreso al piso, chocando contra éste y ahí quedándose tirado e inmóvil.

    —Santo Dios —fue lo único que McCarthy había podido exclamar al ver tal masacre. En el tiempo que llevaba en el DIC nunca había visto algo así; y esa chica hasta hace unos minutos había estado en coma por cuatro años. ¿Era acaso eso un efecto del Lote Diez?

    Pero no podía dejar que aquello mitigara su razonamiento. Necesitaba recuperarse y reaccionar antes de que fuera tarde. Por ello rápidamente se giró a uno de los soldados que los acompañaban y gritó con fuerza:

    —¡Sellen la sala!

    El soldado asintió, y se dirigió a un panel de emergencia en la pared.

    —¿Sellarla? —Exclamó Russel, escandalizado—. ¿Los encerrará ahí con ella?

    —Debemos contenerla aquí mismo y solicitar refuerzos, antes de que cause más daño —indicó McCarthy con severidad.

    —Los condenará a muerte si hace eso.

    Ambos se viraron entonces hacia Lucas, en busca de su confirmación. El director miraba en silencio hacia abajo, donde el combate aún se libraba, a través del vidrio cuarteado y manchado de sangre. Se viró entonces sólo un poco hacia McCarthy y asintió lentamente.

    —Proceda, capitán —le indicó con seriedad.

    McCarthy se giró hacia el soldado, que ya tenía su mano en el interruptor, mismo que bajó rápidamente para activar el cerrado automático.

    Abajo en el quirófano, Lisa había estado tirada en el suelo todo ese tiempo, apenas logrando alzar su rostro lo suficiente para ver los cuerpos volando, y escuchar los disparos y, especialmente, los gritos y golpes. Estaba aterrada; nunca había estado en un tiroteo, mucho menos en algo tan irreal como eso. ¿Eso en verdad estaba pasando? ¿Esa chica realmente estaba haciendo que eso ocurriera? ¿Cómo podía alguien así existir en ese mundo?

    Su mirada se fijó en la puerta del quirófano, en ese momento con el camino libre, salvo por el cuerpo de un soldado ensangrentado delante de ella. Intentó con todas sus fuerzas reponerse de su terror y levantarse. Sus piernas, y de paso todo su cuerpo, le temblaban violentamente, pero al parecer la adrenalina fue suficiente para permitirle correr con toda su alma hacia la puerta. Sin embargo, no lo suficientemente rápido antes de que una pesada placa de acero bajara abruptamente justo delante de la puerta, tapando por completo la salida.

    —¡No! —Exclamó Lisa pasmada, casi chocando contra la placa de acero. Comenzó entonces a golpearla con sus palmas con insistencia. Las lágrimas de desesperación comenzaron a brotar de sus ojos y bañar su rostro—. ¡Abran!, ¡por favor abran!

    Su instinto fue virarse hacia arriba, esperando ver aún ahí de pie al Dr. Russel y a los demás. Sin embargo, sólo alcanzó a ver como un techó de acero, igual a la placa de la puerta, se cerraba también por encima del cristal, aislándolos por completo.

    «Nos abandonaron —pensó Lisa, horrorizada—, nos abandonaron aquí con ella…»

    De pronto, sintió como su cuerpo entero era jalado hacia atrás, y sus pies se deslizaban solos por el brillante piso. La misma fuerza que la jaló la volteó ciento ochenta grados, y la hizo ver con pánico que había quedado justo enfrente de Gorrión Blanco. Ella estaba de pie a unos cuantos metros, encorvada, con su cabello cayendo sobre su cara, y ésta estaba manchado de sangre, al igual que su bata blanca y sobre todo su brazo. Ella la miró fijamente con sus ojos llenos de una furia indescriptible.

    Los pies de Lisa se encontraban suspendidos unos centímetros del suelo, y no era capaz de siquiera mover un dedo, pues esa fuerza la oprimía por completo como una soga invisible. Aun así, no pudo evitar comenzar a sollozar con miedo, especialmente cuando la chica se le aproximó lentamente, con su mano ensangrentada alzada hacia ella.

    —Por favor, no… —musitó Lisa entre sollozos—. Por favor… no me lastimes…

    Y entonces, Gorrión Blanco se detuvo abruptamente, y algo cambió en su rostro. Sus ojos se abrieron grandes, mirándola con asombro y confusión en ellos. Lisa notó este cambio, aunque no entendía su causa, y mucho menos le ayudó a mitigar su terror.

    Lo cierto era que esas palabras habían despertado en la chica un pequeño y confuso recuerdo. Fue más como un flashazo, una imagen que pasó rápidamente por su cabeza de manera difuminada. La imagen de una chica, pero diferente a la que tenía enfrente. También inmóvil, y mirándola con terror…

    “Por favor, Carrie… no me lastimes…” había escuchado a aquella desconocida murmurar, con el mismo tono y cubierta de lágrimas como esa otra persona.

    “¿Por qué no? Todos ustedes me lastimaron toda mi vida…” respondió la voz de alguien más en su cabeza, pero… ¿quién había dicho aquellas palabras?

    Gorrión Blanco se sumió por completo en aquel fugaz pensamiento, sin identificar su procedencia exacta; tanto que por un instante prácticamente se había olvidado de la persona delante de ella, o de cualquier otra en esa habitación.

    Lisa miró entonces sorprendida como desde atrás de la chica surgía la figura del sargento Schur, saltando sobre ella para derribarla al suelo. Su cabeza le sangraba, pero aún parecía ser capaz de moverse. Ambos cayeron, y Gorrión Blanco terminó golpeándose la nariz contra el suelo. Frankie intentó rodear su cuello con su brazo para someterla, pero su cuerpo estaba de pronto siendo empujado hacia atrás para alejarlo de ella. Él se resistió contra esa fuerza invisible, y como pudo extendió su mano izquierda hacia el frente, hasta colocarla y presionarla fuertemente contra la cabeza de la chica.

    Gorrión Blanco soltó un fuerte quejido al sentir el contacto de la mano de Frankie, y sus ojos y boca se abrieron por completo. Su mirada contempló perdida hacia el frente, como si mirara algo en algún horizonte lejano. El cuerpo de Lisa dejó de estar suspendido, al igual que otros objetos que flotaban a su alrededor, y todo se precipitó de regreso al piso.

    La bioquímica alzó su mirada como pudo, viendo confundida como la atacante se había quedado así de quieta, ensimismada en sus propios pensamientos, mientras Frankie la seguía sujetando de la cabeza, con sus dedos presionados contra ella. «¿Qué le está haciendo?» se preguntó Lisa confundida, y notó entonces como de la nariz del sargento comenzaba a surgir un poco de sangre, que escurrió por su labio, hasta llegar a su barbilla.

    Lisa lo supo en ese momento; había leído sobre ese efecto en específico en las notas…

    Mientras la tenía sujeta de esa forma, y notándosele cada vez más débil, Frankie alzó con su otra mano la jeringa, y la jaló directo hacia el cuello de Gorrión Blanco, clavándola e inyectándole la droga. Aquello pareció hacer reaccionar al fin a la chica de lo que fuera aquel extraño trance. Giró su brazo hacia atrás, y Frankie fue empujado hacia un lado, volando por el aire y chocando contra la pared.

    Gorrión Blanco intentó ponerse de pie de nuevo, tambaleándose. Dio un paso, luego otro, y entonces sus ojos se pusieron en blanco y se desplomó de nuevo al suelo por sí sola, totalmente inconsciente. Y la misteriosa fuerza que había envuelto toda esa sala, se esfumó al fin, dejando en su lugar un latente y doloroso vacío.

    Lisa se incorporó lentamente, aún temerosa. Miró fijamente a Gorrión Blanco, que yacía bocabajo tan quieta y placida como había estado en la camilla. Esperó quieta a que en cualquier momento se volviera a levantar, pero no lo hizo. En su lugar, notó como alguno de los sobrevivientes comenzaban a reaccionar; varios de ellos claramente malheridos.

    —El sujeto está inhabilitado —murmuró con esfuerzo uno de los soldado hablando por su radio—. Repito, el sargento Schur logró inhabilitar a la chica. El área ya es segura…

    Tras haber dado aquel aviso, el mismo soldado dejó caer su brazo hacia un lado, y se sentó en el suelo, agotado.

    Al fondo del cuarto, Lisa divisó al sargento Schur, que parecía igualmente haber quedado inconsciente tras ese último golpe. Y a unos metros de él, logró divisar el sitio en donde el Dr. Takashiro había caído tras ese último empujón. Con sus piernas temblándole un poco al inicio, se aproximó a ese punto para ver si acaso podía socorrerlo de alguna forma en lo que llegaba la ayuda médica.

    —Dr. Takashiro —murmuró despacio mientras se agachaba a su lado—. ¿Puede oírme? Ya estamos…

    Con una mano jaló apenas un poco al doctor, y éste se giró por completo, quedando bocarriba. Lisa soltó un pequeño gritillo de horror en cuanto lo vio: sus ojos totalmente abiertos y nublados, y su cabeza ladeada hacia un lado, casi apoyada por completo contra su propio hombro, pero apenas sujeta a su cuerpo. El golpe le había destrozado por completo el cuello; probablemente murió al instante.

    Lisa cayó de sentón al piso, y se alejó arrastrándose hacia atrás por mero reflejo, sólo para toparse con el cuerpo de un soldado, que al parecer había recibido una bala perdida en el cuello, y Lisa terminó empapándose sus pantalones y manos con el charco de sangre que se había formado debajo de él. Volvió a gritar, y se pegó contra la pared, abrazándose a sí misma y temblando. Lo surreal de toda esa situación poco a poco se fue desvaneciendo, dejando en su lugar sólo esa grotesca y asfixiante realidad.

    ¿Cómo es que algo tan horrible como eso había ocurrido…? Si tan sólo el Lote Diez no hubiera funcionado; si tan sólo hubiera matado a Gorrión Blanco como lo había hecho con todos esos ratones…

    «Es mi culpa —se dijo a sí misma—. Yo la desperté, yo provoqué esto… ¡es mi culpa!»

    Lisa estaba tan ensimismada en sus propios horrores, que no notó cuando la placa metálica de la puerta se abrió, y varias personas comenzaron a ingresar al cuarto. Algunos eran más soldados armados, mientras que otros eran personas con trajes blancos y caretas, cargando equipo médico y camillas.

    —Señorita Mathews —escuchó la lejana voz de Dr. Shepherd murmurar a su lado, y lentamente se viró en su dirección. Él estaba de cuclillas a su lado, observándola—. ¿Se encuentra bien? ¿Está herida? ¿Puede escucharme?

    Lisa no fue capaz de responderle. Por un lado no podía articular palabra alguna, y por otro sencillamente no quería hacerlo.

    —Saquéenla de aquí, rápido —le ordenó Russel a dos de los hombres de trajes blancos. Estos se apresuraron a guiar a Lisa a una de las camillas portátiles que traían consigo, y ésta no opuso resistencia al momento de subirse a ella. Uno minuto después, ya se la estaban llevando, al igual que a otros de los sobrevivientes.

    De hecho, mientras se iba, Lisa miró de reojo a un lado y notó como también cargaban a Frankie en otra camilla parecida, mientras le daban aire con un resucitador. Al parecer, seguía con vida. Eso le dio un poco de alivio, antes de que sus ojos irremediablemente se cerraran cuando todo el agotamiento de la situación la subyugara por completo…

    Por su lado, una vez que Lisa y Frankie se hubieran ido, Russel se aproximó hacia el equipo médico que revisaba a Gorrión Blanco, mejor conocida como la legalmente muerta Carrie White de Chamberlain, Maine. Aún no podía creer que después de tantos años, al fin hubiera logrado despertarse de ese coma; por un momento realmente parecía que sería algo imposible. Tristemente, no le resultaba tan increíble la horrible escena que se había suscitado justo cuando esto pasó. Al mirar a su alrededor, Russel se sintió asustado, pero a vez fascinado, por tal despliegue de poder telequinético. ¿Cuánto de eso había sido el talento natural de la muchacha, y cuánto había sido el efecto del Lote Diez potenciando sus habilidades? Viniendo de una chica que se rumorea había sido la causante de la destrucción de la mitad de su ciudad, la línea debía ser difícil de vislumbrar.

    El equipo médico le indicó a Russel que Carrie se encontraba bien y estable. El ASP-55 hizo bien su trabajo, y ahora estaba plácidamente dormida, y lo estaría al menos por tres horas más con la dosis que el sargento Schur le había aplicado. Sus únicas heridas eran la de su brazo y el golpe en su nariz, pero ninguna era de cuidado y ya le habían puesto los primeros auxilios correspondientes.

    —Llévenla a una de las salas médicas de contingencia —se oyó como Lucas ordenaba con seriedad, ingresando al quirófano seguido de cerca por McCarthy—. Traten sus heridas y manténganla dormida.

    —Sí, señor —le respondió uno de los hombres de blanco, y rápidamente pasaron a subirla a otra camilla para llevársela. El cuerpo de la chica se encontraba flácido y sin fuerza, con sus brazos colgando como espagueti.

    Russel se puso de pie y contempló en silencio como se la llevaban.

    —Lo logró, Dr. Shepherd —murmuró Lucas, notándosele orgullo en el tono, y luego incluso le dio un par de palmadas en la espalda que lo sacudieron—. Tenía todo en contra, y sin embargo lo hizo.

    —Sí, bueno… —masculló Russel, dubitativo. Miró entonces a su alrededor, viendo como trataban a los otros heridos, y comenzaban a revisar y recoger a los muertos—. Disculpe si no lo siento aún como una victoria.

    —Siempre es una pena perder a buenos hombres —asintió Lucas—. Pero era un riesgo que sabíamos que podía ocurrir, y esto fue además una pequeña muestra de lo que esa chica es capaz de hacer. Piensen que hizo esto luego de despertarse de un coma de cuatro años; imagínese lo que podrá hacer una vez que esté a toda su capacidad. —Russel no quiso imaginárselo—. Si logramos detener a McGee y a Thorn, salvaremos muchas más vidas de las que perdimos este día aquí.

    —Dígale eso a sus familias —masculló Russel con aspereza.

    —Lo haré si es necesario. Mientras tanto, no tenemos tiempo que perder. Necesito que la estabilicen, y en cuanto pueda la despierten para hablar con ella.

    Aquella instrucción alertó tanto a Russel como a McCarthy, y ambos se voltearon a verlo con rostros atónitos.

    —¿Hablar con ella? —Cuestionó McCarthy con aprensión—. Señor, eso no sería en lo absoluto recomendable. Vea lo que pasó —señaló extendiendo sus brazos hacia alrededor—. Es claro que los ajustes mentales que se realizaron mientras estuvo en coma no funcionaron. Lo ideal será mantenerla dormida y volver a intentarlo, o ver la forma de garantizar que no sea una amenaza.

    —¿No había quedado claro nuestra falta de tiempo para esperar? —Soltó Lucas defensivo, y entonces e viró hacia Russel—. ¿Qué dice usted, Shepherd? ¿Esto qué pasó significa sin lugar a duda que los ajustes no funcionaron?

    Russel guardó silencio, agachando un poco su mirada, y volvió a ver de reojo el resto de aquella escena. Le llamó extrañamente la atención la camilla volcada contra un rincón. Luego de meditarlo unos segundos, respondió:

    —Dadas las lesiones tan graves que Gorrión Blanco presentaba en su cerebro, siempre supimos que era posible que dichos ajustes no funcionaran como lo esperábamos. Y con esto que pasó, todo pareciera indicar que nuestras sospechas fueron cierta. —Guardó silencio unos momentos, y entonces añadió—. Sin embargo, esta reacción adversa podría también haber sido consecuencia de la confusión y desorientación por su abrupto despertar, además de un efecto provocado por el Lote Diez. Se ha visto que en su primer contacto, tiende a provocar reacciones de agresividad incontrolable en los sujetos, que suele pasar tras unas horas… o cuando el sujeto expira. Así que, puede ser que aún haya una posibilidad.

    —No arriesgaré a más de mis hombres por una ambigua posibilidad —respondió McCarthy, firme en su convicción.

    —No lo haga entonces —respondió Lucas con la misma firmeza, y comenzó entonces a caminar a la salida. Ambos hombres lo siguieron de cerca—. Yo hablaré con ella, como dije. Que mantengan la dosis mínima del ASP-55 para que sus poderes queden incapacitados mientras tanto. Y si tras esa conversación detecto que en efecto los ajustes no funcionaron, entonces pensaremos en nuestras opciones. Pero por ahora es nuestra mejor oportunidad.

    McCarthy y Russel guardaron silencio. De todas formas daría igual lo que dijeran; era obvio que la decisión estaba tomada.

    — — — —
    Lisa fue llevada a la enfermería del personal y colocada en una camilla para observación. Estaba alterada y casi no lograba responder a las indicaciones del equipo médico. Sin embargo, no parecía tener ninguna herida, más allá de unos cuantos raspones.

    Una vez que terminaron de examinarla, le aplicaron un calmante que le relajara y la ayudara a dormir un poco. La doctora estaba justo haciendo aquello, cuando el Dr. Shepherd se hizo presente en su camilla.

    —¿Señorita Mathews? —murmuró Russel despacio, aproximándose por un costado.

    Lisa lo observó en silencio, notando sólo hasta ese momento que miraba borroso pues no llevaba sus anteojos puestos. Debieron habérsele caído en algún momento durante la conmoción, y quizás ahora yacían rotos en el suelo del Quirófano 24. Y lo peor era que ni siquiera traía los de repuesto… o, más bien, esos eran los de repuesto.

    Como fuera, eso no evitó que viera a su jefe (temporal) con evidente enfado en su expresión, mismo que al parecer puso un tanto incómodo al científico. Russel se aclaró su garganta, y sacó entonces del bolsillo de su bata una barra de chocolate, y comenzó a retirarle lentamente su envoltorio. Aquello era bastante menos sano que los bocadillos que acostumbraba comer, pero quizás la situación así lo ameritaba.

    —Me dicen que está bien, al menos físicamente —indicó Russel, justo antes de darle una mordida al chocolate—. ¿Cómo se siente?

    —Todo el cuerpo me tiembla —fue lo único que Lisa pudo articular como respuesta a tan imprudente pregunta.

    —El calmante que le suministraron deberá hacer efecto pronto —le explicó Russel—. Intente dormir un poco.

    —¿Dormir? —Espetó Lisa, como si aquella sugerencia le ofendiera de alguna forma—. ¿Cómo me puede pedir que duerma luego de lo que ocurrió?

    Hizo una pequeña pausa, y entonces cuestionó con temor:

    —¿El Dr. Takashiro…?

    —Falleció al instante —respondió Russel casi de inmediato—. Al igual que dos de los enfermeros que lo asistían, y siete soldados. Cinco más están heridos de gravedad, incluido el sargento Schur.

    —Dios santo —musitó Lisa horrorizada, escondiendo su rostro detrás de sus manos.

    Russel parecía un tanto incómodo por su reacción, y ciertamente tenía motivo para estarlo. Vacilante, acercó una mano al hombro de la joven mujer, dándole lo más parecido que él podía dar a palmadas de ánimo.

    —No fue su culpa. Usted hizo su trabajo, y lo hizo de maravilla. Tenía todo en contra, y aun así lo logró. Debe sentirse orgullosa de sí misma.

    ¿Orgullosa? ¿Cómo podía pedirle que se sintiera orgullosa de tan espantoso resultado? De haber sabido que algo como eso ocurriría, hubiera preferido por mucho haber fracasado, aunque ello hubiera costado la vida de esa chica. Ahora lograba entender un poco porque Takashiro le había dicho que se merecía terminar en ese estado, o peor.

    Lisa bajó sus manos lentamente, revelando de nuevo su rostro, y observó a Russel fijamente con agobiante seriedad.

    —Si no se hubiera detenido en ese momento, yo también estaría muerta, ¿o no? —Le cuestionó con brusquedad, y Russel no pudo responderle nada—. ¿Quién es esa chica realmente? ¿Cómo es posible que un ser humano sea capaz de hacer algo como lo que hizo en ese sitio?

    Russel suspiró con pesadez.

    —De eso hablaremos después —le respondió de forma disimulada—. Si acaso me es permitido hacerlo…

    —¿Y el sargento Schur? —Soltó Lisa de pronto, tomando a Russel por sorpresa—. ¿Él es uno de ellos? ¿Es un UP?

    Aunque Russel no conocía con exactitud el por qué le cuestionaba ello, se podía hacer una idea. De seguro lo había visto hacer algo durante ese lapso de tiempo en el que estuvieron encerrados, y así fue como Frankie logró neutralizar a Gorrión Blanco. Aún no había visto la grabación de las cámaras, pero estaba casi seguro de que dichas imágenes confirmarían su sospecha.

    —Técnicamente, sí —asintió Russel sin muchos rodeos—. Pero no como Gorrión Blanco… o como su novio, señorita Mathews.

    Aquel último comentario provocó una nada disimulada reacción de asombro, y quizás miedo, en Lisa. Una sonrisa astuta se dibujó en los labios de Russel.

    —Sí, sabemos de su relación con Cody Hobson —aclaró el hombre de bata blanca—. No lo sabía al inicio, claro. El dato surgió durante la investigación que le hicieron una vez que fue elegida para el trabajo. Pero no tiene de qué preocuparse. Su novio es parte de una organización con la que… se podría decir, tenemos buena relación. Pero ya hablaremos también de ese tema cuando esté más calmada.

    »Sobre Frankie, él no es como ellos dos. Gorrión Blanco y su novio nacieron o desarrollaron sus habilidades de manera natural. Frankie… él es básicamente un UP artificial. En sus notas es probable que se haya omitido al respecto, y con obvia razón. Pero el agosto pasado, luego de que se implementó el VPX-01 en el Lote Diez, se hizo una prueba en diez voluntarios. Todos eran soldados entrenados del DIC, y sus análisis nos indicaron que tenían la predisposición genética adecuada para procesar el químico y, quizás, desarrollar habilidades psíquicas. Justo como se dio en los 60’s con Andy McGee y Vicky Tomlinson, usando el Lote Seis. Supongo que de ellos sí leyó en los expedientes, ¿o no? Bueno, este nuevo experimento fue incluso más desastroso que el de 1969. Nueve de los sujetos murieron; algunos en el acto, otros luego de días de agonía, y sólo a uno de ellos logramos salvarle la vida.

    —¿El sargento Schur? —concluyó Lisa con voz seria, a lo que Russel asintió.

    —Y justo como lo deseábamos, desarrolló algunas pequeñas habilidades especiales. Pero similar a como ocurrió antes, al ser artificiales, por decirlo de algún modo, tienen un efecto negativo en él si las usa prolongadamente. Pero en ocasiones resulta útil.

    Lisa recordaba lo que había leído sobre los efectos negativos documentados a los usuarios de las pruebas de los 60´s, sobre todo Andy McGee. O también las hemorragias nasales presentes en los sujetos de los 70’s y 80’s, que en las notas se referían sólo por un número clave. Pero en efecto, esas pruebas del agosto pasado no estaban nombradas en ningún lado.

    —¿Eso es lo que quieren hacer con el Lote Diez? —cuestionó Lisa con preocupación—. ¿Crear soldados con poderes psíquicos?

    —Es la intención final de todo esto, por supuesto —contestó Russel sin mucho miramiento—. Aunque aún creo que estamos lejos de lograrlo con seguridad. Pero su descubrimiento definitivamente será un paso importante en dicha dirección.

    Lisa agachó su mirada con reservas. La angustia que aquella idea le causaba se hizo aún más evidente.

    —Sé lo que está pensando —comentó Russel—, pero tiene que creerme cuando le digo que todo lo que aquí hacemos, es con la intención de proteger a las personas. Además, como científicos, no nos corresponde decidir en qué se usa o no un nuevo conocimiento. Nosotros lo ofrecemos al mundo, y éste decide qué hacer con él.

    —Esa es una posición demasiado cómoda —señaló Lisa, acusadora.

    —Quizás… Pero ya habrá tiempo de hablar de todo eso. —Le dio un par de palmadas en su hombro y entonces se alejó de la camilla para marcharse—. Ahora descanse.

    Lisa no se sentía capaz de descansar, pero poco a poco el calmante pareció hacerle efecto. Se recostó de nuevo en la camilla, junto sus manos sobre el regazo, y cerró los ojos. No tardó mucho en quedarse dormida.

    — — — —
    Gorrión Blanco seguía plácidamente dormida, cortesía del fármaco ASP-55. Por seguridad la colocaron en una de las salas médicas de contingencia, justo como Lucas había ordenado. Estas salas eran diferentes a aquella en la que la habían tenido los últimos años. La puerta y las paredes eran de acero reforzado, y la camilla venía integrada con correas de doble cuero. Todo eso, y otros aditamentos más de seguridad, la volvían básicamente una celda.

    Los médicos se encargaron de curarle sus golpes y su brazo, y de estabilizarla. Sus signos vitales se habían normalizado, al igual que su actividad cerebral. En toda apariencia todo indicaba que se había recuperado de aquel estado que la había afectado durante cuatro años, y lo único que la mantenía dormida en esos momentos era justamente la droga que en esos momentos le suministraban en pequeñas dosis por intravenosa.

    Una vez que le indicaron que estaba estable, Lucas pidió ir a verla. El director ingresó a la sala médica acompañado de cerca por McCarthy, y se paró firme al pie de la camilla. La jovencita estaba recostada, como lo había estado durante todo ese tiempo, aunque su rostro ahora se veía menos tranquilo que siempre. Su nariz además estaba vendada por el golpe que se había dado. En la sala había también tres doctores, revisándola a ella y a los aparatos a los que estaba conectada.

    —¿Podrán despertarla? —Preguntó Lucas con firmeza.

    —El RTP-34 contrarrestará los efectos del ASP-55, y la hará recobrar un poco la consciencia —le informó uno de los médicos—. Pero seguiremos administrándole el sedante en una dosis menor, lo suficiente para que no pueda usar sus habilidades, o al menos le resulte difícil.

    —¿Y estará lo suficientemente despierta para entenderme?

    —Lo más seguro es que el ASP-55 la tendrá algo confundida, pero podrá responder sus preguntas. Aunque… siempre las dosis menores suelen tener efectos diversos dependiendo del individuo.

    —¿Eso implica que aún es posible que pueda usar sus poderes? —cuestionó McCarthy, visiblemente consternado.

    El doctor dudó un poco antes de responderle.

    —Es poco probable… pero es una posibilidad.

    McCarthy negó con su cabeza, y se viró entonces hacia Lucas.

    —Le pido de favor que reconsidere esto, director —le pidió casi sonando como una exigencia—. Lo prudente será ir tanteando poco a poco el terreno con esta chica, hasta determinar su estado mental real y la forma correcta de tenerla controlada. Al menos espere a que el sargento Schur esté recuperado para que le sirva de apoyo.

    —¿No le quedó claro que no tenemos tiempo, McCarthy? —le respondió Lucas con severidad—. Nos preparamos con bastante antelación para este momento, así que tendremos que arriesgarnos. Si los “ajustes” que le estuvimos haciendo mientras dormía no funcionaron, entonces tendremos que pensar en otra forma de actuar. Pero será mejor saberlo de una vez.

    —Sí, señor —respondió McCarthy, más que nada resignado.

    El capitán se hizo a un lado, pegándose a la pared para no estorbar, pero con su mano puesta sobre su arma para sacarla de su funda al primer vistazo de problemas.

    —Despiértenla —ordenó Lucas, por lo que uno de los doctores se apresuró a inyectar el RTP-34 en la intravenosa.

    Una vez realizado aquello, el médico, y todos los demás, se apartaron aprehensivos contra la pared. Aquello definitivamente no daba mucha confianza. Aún así, Lucas se quedó de pie, firme delante de la cama, aunque por dentro por supuesto le afloraban los nervios. Sólo escuchar las historias de lo ocurrido cuatro años atrás en Chamberlain sería suficiente para hacer que se sintiera así. Pero luego de ver lo ocurrido en ese quirófano, simplemente era imposible evitarlo, incluso para él que mostraba tanta seguridad por fuera.

    Pasaron algunos minutos sin que nada cambiara. Pasado ese tiempo, algunos de los músculos del rostro de Gorrión Blanco comenzaron a moverse en pequeños gestos de incomodidad. Sus ojos se abrieron pesadamente, y sus labios se abrieron y cerraron despacio.

    McCarthy y todos los médicos presentes se pusieron aún más nerviosos.

    —¿Dónde…? —susurró Carrie despacio, mirando alrededor con confusión.

    —Todo está bien, tranquila —se apresuró Lucas, dando un paso más hacia la camilla. El rostro de Gorrión Blanco se giró perezosamente hacia él, dificultándole al parecer el enfocar su mirada—. Estás en un hospital, te estamos cuidado.

    Gorrión Blanco se le quedó mirando en silencio, como si estuviera de alguna forma intentando entender quién o qué estaba viendo realmente.

    —¿Puedes entenderme? —le peguntó Lucas despacio.

    La chica siguió sin reaccionar por un rato más, pero era difícil saber qué tanto de ese estado era causado por el sedante, cuanto por la conmoción o confusión de haber despertado de su coma luego de tanto tiempo, y cuanto era porque quizás las lesiones de su cabeza no estaban del todo curadas como se esperaba.

    —¿Qué me pasó…? —Preguntó Gorrión Blanco de pronto, con un poco más de claridad en su voz.

    —¿Qué es lo último que recuerdas? —respondió Lucas con cautela.

    Carrie cerró los ojos, arrugando un poco el entrecejo. Luego alzó una mano hacia su rostro, presionándola contra su ojo derecho y su frente.

    —No lo sé… Todo es muy confuso…

    Se notó un poco de desesperación y frustración en su tono. Eso era peligroso. Si aquello se salía de control, podía repetirse lo de hace un par de horas; la dosis pequeña del ASP-55 era lo único que en teoría podía impedirlo.

    —¿Recuerdas algo? —Murmuró Lucas—. ¿Sabes cuál es tu nombre?

    —No… no lo sé —respondió Carrie con algo de enojo, y Lucas sintió por un momento que la camilla y los aparatos se agitaron, pero aquello bien podría haber sido sólo su imaginación.

    Carrie bajó su mano lentamente, y entonces enfocó su mirada en Lucas, de una forma tan penetrante y agresiva, que incluso el director del DIC tuvo el reflejo de él también tomar su arma, pero se contuvo.

    —¿Quién es usted? —Preguntó Gorrión Blanco directamente.

    Lucas guardó silencio unos instantes.

    Durante la llamada de la mañana, la agente Cullen había dicho que, aunque lograran despertar a esta chica, no había garantía de que pudieran convencerla de trabajar para ellos en tan corto tiempo. Bien, eso era verdad. Sin embargo, lo que Cullen, y ninguno de los otros directivos más que Lucas, McCarthy y Russel sabían, era que no habían dejado tal posibilidad al azar. El monitoreo constante del Dr. Takashiro, y las pruebas del Lote Diez, no eran las únicas vertientes del Proyecto Gorrión Blanco. Aquellos “ajustes” que habían estado comentando, eran pequeñas influencias que habían implementado en la mente de esa chica mientras dormía. Eso con la intención de implantare ciertas ideas e instrucciones, para cuando lograra al fin despertar.

    Todo se había hecho con bastante cuidado y detalle. Sin embargo, el estado de su cerebro tras sus lesiones, hacía imposible predecir qué efecto tendrían dichos ajustes en realidad. Pero ahora era momento de descubrirlo…

    —Me llamo Lucas Sinclair —le respondió con vehemente seriedad—. Y soy tu jefe.

    Carrie arrugó un poco su entrecejo con confusión.

    —¿Mi jefe? —Murmuró despacio, aunque casi de inmediato desvió su mirada hacia un lado, como si estuviera recordando algo—. Mi jefe…

    —¿Lo recuerdas? —Susurró Lucas con cuidado, colocando una mano sobre el barandal de la camilla—. Eres Gorrión Blanco, una agente al servicio del DIC. Fuiste herida hace cuatro años y estuviste en coma. Pero hoy logramos despertarte al fin.

    —¿Cuatro años? —exclamó la chica, sorprendida.

    —Así es. Pero no te preocupes, de seguro todo volverá poco a poco. Pero ahora necesitamos que te recuperes rápidamente. Tenemos una misión importante que debes cumplir lo antes posible.

    —¿Una misión…?

    La joven seguía confundida, pero… al parecer, no tanto. Era más como si aquellas palabras le resultaran familiares, pero aún no lograra identificar claramente de dónde. Pero, poco a poco, todo le fue dando mucho más sentido.

    —Una misión —repitió con voz más firme, y entonces se viró de nuevo hacia Lucas—. Sí, claro. ¿Qué debo hacer, señor…?

    Aquello causó una profunda sensación de alivio en todos los presentes; McCarthy incluso retiró su mano del arma. Al parecer, de momento, todo estaba funcionando bien…

    — — — —
    El avión de Cody aterrizó en el aeropuerto de Bismarck, Dakota del Norte a las ocho de la noche. Fue un viaje ligero; sólo se llevó una pequeña maleta con un par de cambios de ropa y el maletín con su computadora. Lucy le había mandado un mensaje informándole que iría a recogerlo, aunque en dicho mensaje no sonaba del todo contenta con dicha idea.

    Cuando bajó del avión y cruzó las puertas de los arribos, sacó su teléfono con la intención de mandarle un mensaje a Lucy y avisare que había llegado, pues ya había dejado muy claro que no le gustaba que le marcara. A esas alturas quizás aquello sería una tontería, considerando que ahora tendrían que verse cara a cara, pero prefirió no tentar más a la suerte con ella. Sin embargo, casi inmediatamente de cruzar las puertas automáticas, divisó el cartel blanco y grande con un enorme CODY HOBSON escrito con marcador negro. Y las manos que sujetaban dicho cartel eran las de una mujer, alta y delgada de cabello castaño claro y quebrado que caía libre sobre sus hombros como una maraña. Usaba unos grandes lentes redondos que hacían ver sus ojos más grandes, un suéter holgado color olivo, y unos pantalones gastados.

    Esa debía ser Lucy.

    Cuando los grandes ojos de aquella mujer se posaron en él, bajó el cartel en el entendido de que él ya la había visto a ella.

    —Cody Hobson —murmuró despacio cuando el visitante estuvo a la distancia correcta—. Me alegra darme cuenta que la foto de tu expediente es bastante adecuada.

    —Lucy, supongo —murmuró Cody, un poco dudoso sobre cómo debía actuar—. Qué gusto conocerte en persona al fin…

    Extendió su mano con la intención de estrecharle la suya, pero Lucy no sólo no la tomó, sino que en ese momento se giró y comenzó a caminar en dirección a la salida.

    —Mi auto está afuera —indicó con voz alta para que lo oyera—. Si no salimos ahora, me cobrarán otra hora.

    Cody bajó su mano, y comenzó a seguir a la mujer unos pasos detrás. Creyó que al verla en persona esa impresión que le había dado al hablar por teléfono pasaría. Pero, al menos de momento, las cosas no iban en esa dirección.

    El auto de Lucy era un New Beetle anaranjado de al menos doce años de edad, con la pintura un poco desgastada. Era pequeño, pero por suerte ni Cody ni su maleta ocupaban mucho espacio. Cuando salieron de estacionamiento del aeropuerto, comenzó a lloviznar, y sólo unos minutos después dicha llovizna se convirtió en un fuerte aguacero. Lucy conducía aferrada a su volante, con su cuerpo inclinado al frente mientras intentaba ver el camino que los parabrisas le limpiaban. Ya estaba oscuro, y Cody se preguntó por un momento si acaso su acompañante estaba acostumbrada a conducir de noche… y lloviendo.

    —Te aviso desde ahora que dormirás en la sala —mencionó Lucy de pronto, tomando un poco por sorpresa a Cody pues dicho comentario había salido de ningún lado—. El sillón no es muy grande, pero por lo que veo tú tampoco.

    —¿Disculpa? —Murmuró Cody, preguntándose si aquello era algún tipo de insulto. Ciertamente él no era muy alto, y le pareció que ella le sobresalía por unos centímetros. Como fuera, Lucy no hizo caso de su reacción y prosiguió con lo que deseaba decir.

    —Y te advierto que cerraré la puerta de mi cuarto con llave, y duermo con un gas pimienta sobre mi buró.

    Cody abrió la boca con la intención de responder algo a tal insinuación, pero prefirió evitarlo. Él ni siquiera le había pedido que fuera a recogerlo, mucho menos que le dejara quedarse en su casa. De hecho, tal opción ni siquiera le había cruzado por la cabeza hasta ese momento.

    —Puedo quedarme en un hotel, Lucy —indicó Cody con seriedad, lo que provocó un casi inmediato intento de risa irónica por parte de ella.

    —No, no es cierto —respondió Lucy casi como un regaño—. Mi casa está a las afueras sobre la carretera; alejada lo suficiente para que tus sueños no afecten a nadie cercano.

    Cody se sobresaltó al escuchar aquello. De nuevo pensó en decir algo, ahora para cuestionarle cómo sabía de sus sueños. Sin embargo, entendió casi de inmediato que cuestionarle a esa mujer cómo sabía lo que sabía sería inútil.

    —A nadie excepto a ti —señaló Cody con más serenidad—. Y no querrás estar cerca si tengo una pesadilla.

    —Será preferible a que uses esas pastillas que traes contigo —fue la respuesta siguiente de Lucy, señalando incluso con una de sus manos hacia el bolsillo del abrigo de Cody. El carro se agitó un poco cuando retiró la mano del volante, por lo que rápidamente lo volvió a tomar para estabilizarlo.

    Cody se agitó un poco por tal sacudida, pero logró enderezarse rápidamente. De nuevo, prefirió no preguntarle como sabía de las pastillas. Y aunque la idea de quedarse en su casa no le causaba ningún placer, y evidentemente tampoco a ella… debía aceptar que tenía razón con respecto a sus pesadillas. Sería mucho más seguro quedarse en un sitio donde pudiera afectar a la menor cantidad de personas posibles. Y además, con alguien que ya sabía de antemano de su estado.

    Suspiró lentamente, resignado.

    —Bueno, gracias —pronunció despacio, intentando sonar lo más genuinamente agradecido que pudo.

    —No hay de qué —asintió Lucy mientras seguía viendo cómo podía el camino—. Mamá siempre me dijo que tenía que ser hospitalaria con los invitados.

    «Si a eso le llamas hospitalidad» pensó Cody con cierta ironía, sin poder evitarlo.

    Llegaron a la casa de Lucy unos veinte minutos después, retrasados un poco por la lluvia. La casa parecía bastante más acogedora de lo que Cody se imaginaba. Le recordaba un poco a la casa de los Hobson en donde había crecido; la clase de lugar en la que le gustaría vivir algún día.

    Lucy lo hizo sentarse en la pequeña sala, mientras ella se dirigió directo a la cocina a preparar un té, aunque no se lo había pedido. Volvió unos diez minutos después con dos tazas humeantes en sus manos.

    —Bien, ¿qué objeto personal de Lisa Mathews me trajiste? —cuestionó de pronto, justo antes de colocar una de las tazas delante de él. Cody tomó entones su maletín y lo abrió, sacando de éste un estuche rectangular color morado—. ¿Unos lentes? —Cuestionó Lucy, curiosa.

    —Son de ella —respondió Cody, abriendo el estuche que contenía en su interior unos anteojos cuadrados de armazón negro grueso—. Los dejó en mi casa unos días antes de… bueno, unos días antes de nuestra discusión. No he tenido tiempo de devolvérselos, como podrás adivinar.

    —¿Por qué habría de adivinar eso? —Preguntó Lisa, genuinamente confundida por el comentario, justo ante de dar un sorbo de su taza. Cody quiso decirle que sólo era un decir, pero Lucy se paró rápidamente y se dirigió hacia su estudio antes de que pudiera decir algo.

    Cody aguardó, y se limitó a beber un poco del té. Su sabor era muy intenso, y le provocó un par de tosidos por el ardor que le causaba en la garganta. ¿Para qué exactamente servía ese té? Y, ¿era acaso el mismo que ella estaba bebiendo?

    Lucy volvió luego de un rato con lo que parecía ser un papel doblado en su mano y un marcador rojo. Se puso de rodillas enfrente de la mesa de centro de la sala, y retiró rápidamente las dos tazas de té, colocándolas en el suelo. Desplegó entonces sobre la mesa el papel, revelando que era un ancho mapa con la división política de los Estados Unidos, incluidas las ciudades y carreteras principales.

    —Usaremos este mapa —dijo Lucy—. Si mi teoría de la caja de plomo es cierta, es probable que ni siquiera usando esos anteojos pueda dar con su ubicación exacta. Pero puede que, con la suficiente suerte, nos dé una localización más cercana. Colócalos ahí, sobre el mapa. —Cody sacó los lentes del estuche y los colocó justo en el centro—. Ahora deja me concentro. Intenta no moverte y no hacer ruido mientras lo hago. Si puedes evitar respirar, sería genial.

    —¿Hablas enserio? —Inquirió Cody incrédulo. Lucy no le respondió.

    La rastreadora cerró sus ojos y respiró profundamente; inhalando por la nariz y exhalando por la boca, intentando relajarse y despejar su mente lo mejor posible. Dada la dificultad que sabía de antemano implicaba esa búsqueda, necesitaba concentrarse más que de costumbre.

    Intentó divisar en su mente lo mismo que había visto durante su primer intento. Todo el recorrido de Lisa, desde que salió de su edificio, subirse a aquel avión, luego a aquel helicóptero, hasta el punto justo en el que ya no pudo detectarla más. Una vez que su mente estaba ya fija en ese pensamiento y en ese lugar, extendió una mano hacia los anteojos, y la otra la colocó suspendida en el aire a unos cuantos centímetros por el área derecha del mapa. Y antes de que sus dedos tocaran los lentes, susurró muy despacio:

    —Lisa Mathews…

    Y entonces los tomó firmemente entre sus dedos, y al instante su mente se desprendió de ella y voló abruptamente lejos de ese sitio; hacia el este, muy al este.

    Desde su perspectiva, toda su visión se amplió tanto que podía ver entera la costa este, sintiendo todas las voces y pensamientos de las miles de personas en dicha área. Poco a poco fue achicando la visión, haciendo que el área se redujera. Su mano fue moviéndose por el mapa de arriba abajo, dando pequeños giros, hasta enfocarse en un área casi específica. Lucy pudo ver de nuevo el helicóptero, viendo desde los ojos de Lisa su recorrido. Vio un paisaje boscoso amplio sin ningún edificio o carretera a la vista. Y a lo lejos, al fondo de todo ese panorama, logró ver una montaña alta que sobresalía por encima de todos los árboles.

    Y entonces, volvió a sentir como era empujada hacia atrás con fuerza.

    En ese momento mismo Lucy dejó caer su dedo sobre el mapa, apuntando justo un punto específico de éste. Lucy abrió de nuevo sus ojos y vio el sitio que señalaba. En cuanto lo vio estuvo segura; esa era el área en la que se encontraba su visión hace unos momentos, o al menos cerca de ahí.

    Tomó rápidamente el marcador rojo y dibujó un círculo, limitando el área con la que se sentía cómoda con respecto a su visión. Y una vez que lo hizo, soltó el aire comenzando a respirar agitadamente, y se dejó caer hacia atrás, casi cayendo rendida por le esfuerzo que aquello le había provocado. Aunque lo que más le había afectado era precisamente ese empujón final.

    —Ahí es… —susurró cansada entre respiros—. Eso creo…

    Cody se inclinó apremiante para echar un vistazo al área que había marcado.

    —¿En Maine? —Murmuró Cody, un poco confundido. El círculo rojo en realidad marcaba un área al noroeste de dicho estado.

    —Nada bueno ocurre en Maine —respondió Lucy, encogiéndose de hombros—. Alguien me lo dijo una vez, no sé por qué.

    Mientras decía aquello, Lucy se incorporó de nuevo, tomó su teléfono y comenzó a buscar en Google Maps una vista más completa sólo del estado de Maine. Le echó un vistazo y también al mapa en la mesa, intentando identificar cuál era el punto que había seleccionado; inspirada también un poco por su propia intuición.

    —Me parece que el helicóptero se dirigía a un punto aquí, en esta zona boscosa —indicó pasándole el teléfono a Cody para que pudiera ver el punto que había marcado—. No sé con exactitud a dónde, pero estoy casi segura de que era algún sitio en esa área. Pero por lo que veo no hay algún pueblo o ciudad. ¿Alguna idea de por qué iría a ese sitio?

    Cody miró atentamente el punto marcado, haciendo un poco más grande la vista para ver más completa la ubicación. No se le ocurría de momento algo en específico por lo que Lisa quisiera ir a Maine, mucho menos a un bosque sin nada cerca a la redonda.

    —Dijo que era por trabajo, pero… no lo sé —respondió Cody, vacilante.

    Cody bajó el teléfono, colocándolo sobre la mesa. Se sentó en el sillón con su espalda contra el respaldo del sillón, y su mirada alzada hacia el techo. Lucy lo contempló en silencio, expectante.

    —¿Y qué harás ahora? —le preguntó de pronto con curiosidad.

    Cody permaneció en silencio. Aquella era una buena pregunta en realidad…

    FIN DEL CAPÍTULO 86
     
  7.  
    WingzemonX

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    Título:
    Resplandor entre Tinieblas
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    Género:
    Misterio/Suspenso
    Total de capítulos:
    87
     
    Palabras:
    9308
    Resplandor entre Tinieblas

    Por
    WingzemonX


    Capítulo 87.
    El plan ha cambiado

    Argyron Stavropoulos fue en algún momento uno de los hombres más ricos de Grecia, y quizás de todo Europa. Sus negocios eran muy variados, pero su enfoque había sido principalmente los bienes raíces. Poseía propiedades en casi todo el mundo, incluyendo la antigua pero lujosa casa en la que habitaba desde ya hacía dos décadas, en el sureste de Atenas a la falda del monte Himeto. En su juventud fue conocido como un hombre apuesto y galante; todo un conquistador y mujeriego, con una radiante sonrisa capaz de encantar a cualquiera. Acostumbraba dar grandes fiestas en sus varias mansiones, en las que se codeaba con la élite más sobresaliente de Europa y América, así como con los actores y actrices más famosos.

    El señor Stavropoulos era sin lugar a duda un hombre poderoso, envidado y adorado, que todo el mundo deseaba tener como amigo y aliado. Sin embargo, la verdad era que sus mejores días de gloria habían quedado ya muy lejos, y poco quedaba de aquel imponente y temido magnate y negociador.

    A sus ochenta y un años, Argyron se encontraba ya imposibilitado para caminar. Su rostro se había arrugado marcadamente, y ya no quedaba nada de su brillante y elegante cabellera oscura, sino apenas unas pequeñas malejas canosas en los costados de su cabeza. Sus manos le temblaban tanto que le era casi imposible comer por su cuenta, beber agua o siquiera escribir. Nunca se casó o tuvo hijos (legítimos), y todos sus conocidos más cercanos hacía mucho que se le habían adelantado. La mayor parte de su tiempo la pasaba encerrado en esa casa, solo con sus sirvientes; el jardinero, el cocinero, su enfermera de día, su enfermera de noche, su ama de llaves, y su asistente que se paraba por ahí una o dos veces por semana, principalmente para pedirle su firma en algún papel que apenas podía entender para ese punto.

    Para algunos aquello podría resultar triste, pero en realidad Argyron no tenía remordimiento alguno en su consciencia. Vivió justo como deseaba vivir, y se le fue dado todo lo que se le prometió a cambio de la fidelidad a su Señor. Él le dio todo lo que había obtenido a lo largo de su vida, y Argyron a cambio se dedicó a hacer su voluntad. Su situación actual no era motivo para deprimirse o para que su fe decayera. Él sabía que todo aquello sólo era una muestra de que ya no había más que esa vida pudiera ofrecerle, o él a ella. Pero en la siguiente, todo se le sería compensado, y más…

    Por Argyron siempre había sido un fiel soldado, y lo sería hasta el último momento.

    Ese día en particular de noviembre, hubo un curioso cambio en su usual rutina. A media tarde recibió una visita inesperada, muy diferente a las personas que habitualmente se paraban por ahí. Argyron se encontraba sentado en una mesa en el jardín interior de la casa, tomando un poco de sol, mientras de vez en cuando tomaba un pedazo de pan con sus manos temblorosas y lo arrojaba hacia la familia de patos que vivían en el pequeño estanque artificial que había hecho construir ahí mismo en el jardín. Siempre que se sentaba en esa mesa, los patos se le aproximaban y lo rodeaban, ansiosos por recibir su ración del día. Lo que reveló la presencia de su visitante inesperado, fue precisamente la reacción de los patos. Repentinamente parecieron alterarse, comenzar graznar como locos, a revolotear y a alejarse de él.

    Aquello ciertamente conmocionó a Argyron, que nunca los había visto comportarse de esa forma. Comprendería el porqué de esto poco después de escuchar aquella voz a sus espaldas:

    —Hola, Argyron. ¿Cómo estás, viejo amigo?

    El viejo millonario se viró hacia atrás a como su cansado cuerpo le permitió, y ahí lo vio. De pie a unos metros de él, con su cabello largo cayendo libremente en sus hombros, y su barba anaranjada perfectamente recortada y arreglada, y vistiendo una brillante camisa azul oscuro semi abierta, y unos jeans ajustados color negro.

    Ya sabía quién era incluso desde antes de mirarlo, con tan sólo escucharlo hablar.

    —Adrian... —murmuró sorprendido, pero a su vez maravillado por tal aparición.

    El recién llegado se viró hacia la ama de llaves, que le había hecho el favor de guiarlo hasta ahí, y le indicó que por favor los dejara solos. La mujer sólo agachó la cabeza y se alejó sin protestar. De todos los sirvientes actuales de esa casa, ella era la que más tiempo llevaba sirviendo a su jefe, y quizás la única que conocía la verdadera relación que existía entre éste y el famoso cantante y actor Andy Woodhouse. Por qué claro, que una persona como él visitara a Argyron Stavropoulos, no resultaba nada raro. Pero lo cierto era que ambos se conocían de mucho, mucho tiempo más atrás de lo que la mayoría sabía. Se podría decir que Andy conocía aquel hombre de toda su vida, literalmente.

    Una vez que la mujer se retiró, Andy avanzó hacia la mesa y se sentó en la silla justo delante de la de Argyron. Éste lo contempló fijamente con una enorme sonrisa en los labios, que posiblemente no había esbozado en años.

    —Mi señor… —murmuró Argyron, agachando la mirada con sumisión—. Me honras con tu presencia...

    —También me alegra verte —respondió Andy indiferencia, y con un ademán de su mano le indicó que levantara la cabeza, y así lo hizo—. Te ves bien —mintió disimuladamente, pues la verdad era que su aspecto decaído le provocaba cierto malestar con tan sólo verlo—. Lamento tener que molestarte en tu retiro, pero eres el único al que puedo acudir.

    —No hay mucho en lo que te pueda servir ahora, mi señor —lamentó Argyron, agachando de nuevo la vista—. Mi mente y mi cuerpo ya no son lo que eran antes. Lo único de valor que me queda son mi dinero y mis influencias, que no me bastaron para tener un final más digno que mis otros camaradas.

    —Yo creo que aún hay bastante en ti que me puede ser útil —señaló Andy con optimismo. El cantante introdujo entonces su mano en el interior del bolsillo derecho de su pantalón, sacando de éste un pedazo grueso de papel. Al desdoblarlo, reveló que se trataba de hecho de una foto rectangular, misma que colocó en la mesa delante de su anfitrión—. Esta niña, ¿te suena de alguna parte?

    Argyron observó aquella foto, confundido. Extendió una mano hacia un lado de la mesa para tomar sus gruesos anteojos y colocárselos. Luego sostuvo como pudo la foto delante de su rostro con sus manos temblorosas, intentando enfocar lo mejor posible su cansada vista. Logró distinguir entonces que se trataba de una niña, de once o dos años, de rostro pálido y ojos oscuros, con cabello largo y lacio que caía suelto al frente cubriendo sus hombros. Miraba hacia la cámara algo inexpresiva, mientras tenía su mano colocada sobre lo que parecía ser el lomo de un cabello de pelaje café.

    La observó por casi un minuto con rostro reflexivo, pero luego simplemente bajó la foto de nuevo a la mesa, se quitó sus lentes y respondió:

    —No, lo siento. ¿La conozco? Mi memoria ya no es lo que era antes…

    Andy suspiró un poco decepcionado, pero no derrotado.

    —Su nombre es Samara Morgan —le indicó con firmeza—. Nació hace doce años en un convento de monjas en Washington, en los Estados Unidos. Su madre era una joven sin apellido ni pasado llamada Evelyn. ¿La conoces?

    —No he estado en los Estados Unidos en mucho tiempo, Adrian —respondió Argyron, un tanto defensivo—. ¿Por qué me lo preguntas?

    —Ella está en un sanatorio mental, totalmente carente de sus facultades y de su memoria. —Se encogió de hombros mientras contemplaba al hombre delante de él, inquisitivo—. No lo sé; me sonó al tipo de cosas que Roman hacía para deshacerse de las madres que le estorbaban.

    El rostro de Argyron se frunció en una marcada expresión de molestia por tal comentario, que si acaso intentaba ser una indirecta no resultó serlo en lo absoluto. Su mirada severa se posó en él, como la había hecho hace muchos años las de Roman y Minnie Castevet, y otros varios maestros que a lo largo de su vida fueron enseñándole todo lo que ellos creían debía saber. Andy odiaba esa mirada, y ya estaba bastante lejos de necesitar que otro de esos viejos brujos se sintiera con las cualidades para reprenderlo. Pero, para bien o para mal, él era quien había ido ahí en busca de ayuda; así que decidió de momento quedarse callado.

    —Roman lleva décadas muerto —pronunció Argyron casi como una reprimenda—, y yo apenas un poco menos postrado en esta silla y encerrado entre estas paredes. Ya todos los demás han muerto también; soy el último que queda de mi amada Aquelarre. Así que tu acusación está absolutamente de más: yo no sé nada sobre esta niña o su madre. Si busca a alguien a quien acusar, te recomiendo buscarlo en otro lado; alguno de tus subordinados actuando de nuevo por su cuenta, por ejemplo.

    —Créeme, esa es mi segunda opción —indicó Andy con tranquilidad—. Pero no es necesario ponernos a la defensiva. Mi intención al venir aquí no es picar viejas heridas.

    —Eso dices, pero no pierdes oportunidad para reclamarme por lo ocurrido a esa chica, Rosemary. —Esa mención tan directa a su madre, y de manera tan despectiva, por un momento hizo flaquear el semblante calmado de Andy, pero se contuvo—. Pero no me malinterpretes. Con todos mis hermanos muertos, si volcar tu enojo en mí te satisface de alguna forma, entonces recibiré tus palabras con placer, mi señor. Pero nunca me retractaré de lo que ya he dicho: todo lo que hicimos fue por tu bien; para que cumplieras tu destino y pudieras recorrer el camino que te fue marcado. Y si tuviera que hacerlo de nuevo —golpeó en ese momento la mesa con una fuerza tal que uno no esperaría esas viejas manos aún tuvieran—, lo haría con gran placer y fidelidad a la gran causa.

    Los dedos de Andy tamborileaban sobre la superficie de la mesa mientras él hacía tan ferviente declaración. Cuando terminó, todo su semblante se veía sereno, pero sus dedos se cerraron en un puño, apretándose tan fuerte que sintió que sus dedos casi lastimaban su palma. Pero igual que antes, intentó que aquello no lo dominara.

    —Como dije, no vine a hablar de eso —musitó Andy con aparente indiferencia—. Mis asuntos son otros.

    Señaló entonces con su dedo hacia la fotografía en la mesa, intentando que la atención de su anfitrión regresara al tema inicial. Argyron volvió a mirar a la niña en la imagen, tan intrigado y confundido como si fuera de nuevo la primera vez que la veía.

    —Ya te lo dije, no sé nada al respecto —repitió Argyron, notándosele ya algo agotado; más mental que físicamente—. ¿Quién es esta niña? ¿Qué tiene de especial para ocupar tanto tu atención, mi señor?

    Andy se volteó distraído hacia un lado, en dirección al bonito jardín de la casa. Se veía que Argyron tenía a un buen jardinero dándole mantenimiento seguido. Pero lo que tenía más atraída la atención del cantante era justamente el estanque artificial, donde algunos de los patos se encontraban nadando o remojando sus cabezas. A pesar de la presencia de las aves, el agua se veía tan tranquila, y espejeaba en su superficie el cielo y las plantas que lo rodeaban. Era una bonita vista, digna de algún oleo. Sin embargo, a Andy aquello le traía otro tipo de imagen a la mente; una que distaba bastante de ese bonito paisaje.

    —Te contaré algo que no le he dicho a nadie, Argyron —dijo de pronto, volviéndose de nuevo a su anfitrión—. Ni siquiera a John. Y espero contar con tu discreción, aunque no es como que puedas hablar con demasiada gente por aquí después de todo.

    Argyron no respondió, y se limitó a sólo agachar la cabeza, aceptando sus palabras.

    Andy se cruzó de piernas, y comenzó a hablar con la misma voz clara y fluida que solía usar en sus entrevistas o discursos motivacionales. Mientras lo hacía, no miraba a su único oyente, sino que seguía viendo el estanque y los patos, que poco a poco se iban pintando de gris, y convirtiéndose justo en aquella imagen que tanto le obsesionaba en esos momentos.

    —En el año 2000, un poco antes del nacimiento de Damien, tuve una visión —indicó abruptamente, jalando en ese mismo instante toda la atención de Argyron, si es que algo de ella le hacía falta—. En ella, yo estaba parado en una playa, con arena oscura como las aguas del mar delante de mí. Todo estaba en tinieblas, pero aun así logré ver que en el agua flotaban cientos, quizás miles… de cadáveres. Hombres, mujeres, niños, ancianos; de todo tipo de razas y tamaños. Era una escena sacada del mismo Apocalipsis, o quizás de alguna pesadilla. Como fuera, al principio pensé que era sólo un aviso de lo que vendría con la próxima llegada de Damien.

    Detuvo unos momentos su narración, intentando acomodar sus ideas.

    —Pero entonces la vi… una figura, alzándose del agua, caminando hacia la orilla y hacia mí, abriéndose paso entre todos aquellos cadáveres que la flaqueaban como una guardia de honor. Era una niña, que usaba un vestido blanco y sucio, y su cabello era negro, lacio y muy largo. Caminó hacia mí encorvada, casi tocando la arena con sus manos. Yo no me moví; mi cuerpo no me respondía, como si en realidad no fuera mío. Esa niña se paró ante mí, y entonces me volteó a ver, con sus ojos nublados carentes de cualquier rastro de vida en ellos. Su rostro era deforme, arrugado y pálido. Y en verdad… sentí miedo al verlos.

    Pasó su mano nerviosa por su rostro, sorprendiéndose de que aún con tan sólo recordarlo ésta le temblaba un poco, como le había ocurrido aquella vez. Apretó su puño con fuerza para intentar mitigar aquella reacción.

    —Aquella imagen me hizo pensar en ese pasaje —prosiguió—: «Miré, y vi un caballo amarillento, y el que lo montaba llevaba como nombre Muerte, y el Infierno mismo lo seguía de cerca. Y se le dio poder sobre la cuarta parte del mundo, para matar con guerras, con hambres, con enfermedades y con las fieras de la tierra.» El Jinete de la Muerte…

    El rostro pálido y demacrado de aquel ser, envuelto en la negrura de sus largos cabellos, se volvió vivido en su mente, como si estuviera de pie en ese jardín observándolo tal y como la vio en su visión. Se había quedado tan bien grabado en su memoria, que lo recordaba con perfecta exactitud.

    —Pero supe de inmediato que no era eso, sino algo más —pronunció, virándose de nuevo hacia el hombre anciano delante de él—. Pero que igualmente cubriría al mundo de cadáveres, así como aquel mar. Nunca supe qué significaba, y con el tiempo sencillamente lo dejé pasar. Pero entonces vi esta foto —indicó mientras señalaba con su dedo a la foto de la niña en la mesa—, y justo al hacerlo toda esa visión vino a mi mente completa, como si la acabara de ver por primera vez. Ella es la niña que vi, no tengo duda alguna de ello. Y ahora parece que de alguna forma Damien y ella acaban de cruzar sus caminos, y sé que eso no es ninguna coincidencia; nada en todo este asunto lo es. Por eso necesito saber quién demonios es, para saber a qué me estoy enfrentando. No hay nadie como ella descrita en el plan trazado por Marcato, a menos que…

    Hizo en ese momento una abrupta pausa. Un pensamiento repentino le cruzó de pronto la mente, uno que quizás había remotamente considerado anteriormente, pero que en realidad no había llegado a tomar una forma completa hasta ese mismo instante.

    —A menos que sea uno de nosotros siete —señaló perplejo tras un rato.

    —Eso es imposible —respondió Argyron rápidamente, incluso irritado por la sola sugerencia.

    Era bien sabido por los integrantes de la Hermandad que había muchos secretos bien guardados que no se le compartía a todos; no serían una buena organización secreta si no fuera así. Sin embargo, ninguno de los otros secretos se comparaba a ese; uno que sólo conocían tres personas con vida, y dos de ellas estaban sentadas en esa mesa en ese momento.

    —Si no está contemplada en el Plan, no existe —declaró Argyron fervientemente, notándosele por un momento la misma intensidad y fuerza de su juventud—. O, más bien, no tiene importancia. Damien se convertirá en el único conquistador del mundo; ustedes seis serán sus cabezas, y los diez Apóstoles sus coronas. El Gran Plan así lo dice, y debe seguirse paso a paso. Las distracciones, todas ellas, deben ser eliminadas.

    —Lo sé, el Plan, el Gran Plan… —masculló Andy, un tanto encrespado. Se inclinó entonces un poco hacia el magnate, contemplándolo muy fijamente—. Pero, ¿y si el plan ha cambiado?

    Aquel cuestionamiento flotó en el aire a su alrededor como una amenaza latente. Argyron lo contempló en silencio, sin reaccionar abiertamente de alguna forma.

    —Marcato recibió estas instrucciones ya hace más de un siglo —explicó Andy—. Hemos pasado años siguiendo sus palabras, convencidos de que era el único camino y lo que nuestro Amo deseaba; lo que mi Padre deseaba. ¿Y si el plan cambió? ¿Y si las fuerzas que controlan todo esto han decidido cambiar el rumbo de lo que vendrá? ¿Y si esta niña es el inicio de algo mucho más grande que no teníamos contemplado?

    —Si ese fuera el caso, una señal nos habría sido enviada —contestó Argyron, con una seguridad bastante insólita—. Una señal mucho más clara que tu visión tan ambigua.

    —Quizás sí la hubo, pero no la vimos por estar perdidos en nuestra arrogancia…

    —El Plan debe seguir tal y como fue dictado —declaró Argyron, con la misma firmeza que usaría un juez al dictaminar su sentencia final—. Quien quiera que sea esta niña, no es importante. Si representa un peligro o una distracción, elimínala cuanto antes y asegúrate de que Damien y los otros sigan adelante como hasta ahora. Esa es tu misión en este mundo, mi señor. ¡Cúmplela!

    Andy suspiró pesadamente, frustrado y resignado por igual. Fue bastante evidente que el hombre griego no sabía absolutamente nada que le pudiera ser de utilidad. Y si acaso sabía algo, muy probablemente no lo sacaría de esa postura. Lo que en esencia hacía toda es plática, por no decir el viaje entero, una verdadera pérdida de tiempo. Y lo peor era que si Argyron Stavropoulos no podía darle la información que requería, no había nadie más que pudiera dársela; nadie con vida, al menos.

    —Como siempre hablar con uno de ustedes, viejos brujos, resulta refrescante —musitó Andy casi como un reclamo, parándose de su silla con algo de pereza y tomando de regreso la foto—. Gracias por nada, Argyron…

    Dicho eso, se dispuso a irse de ese sitio sin mayor despedida. Sin embargo, Andy sintió de pronto que una mano huesuda y temblorosa se aferraba a su brazo lo más firme que le era posible. Al virarse, pudo ver a Argyron, estirado lo más posible para poder tomarlo. Un movimiento que a todas luces parecía haber requerido bastante esfuerzo de su parte.

    —Espera, por favor... —musitó el anciano, suplicante—. Déjame verlos, te lo imploro. Yo sé que no me queda mucho tiempo, y quiero verlos una última vez antes de partir. Quiero sentir a mi Amo mirándome como aquella primera vez...

    Andy lo contempló en silencio, inmutable ante su petición. Él entendió de inmediato lo que quería, pues no era el primero que lo hacía. Después de todo, Roman siempre dijo que él tenía los ojos de su padre, y por eso muchos se maravillaban con ellos. Pero no esos ojos color avellana que todo el mundo conocía, sino los otros; sus ojos reales, más similares a los de una bestia voraz. Para él no sería ningún problema hacerlo y cumplirle ese pequeño e insignificante deseo. Sin embargo, lo cierto era que no sentía interés alguno en complacerlo. Quizás si le hubiera dicho algo útil o remotamente interesante lo consideraría, pero incluso entonces era probable que no lo hiciera.

    Él ya no le debía nada a ese hombre ni a su maldita Aquelarre.

    —No es un lugar apropiado para eso, lo siento —se disculpó con falso pesar, soltándose de un jalón de su mano—. Quizás la siguiente vez, ¿sí?

    Esbozó entonces una sonrisa un tanto cínica, pues ambos sabían que quizás no habría una siguiente vez.

    —Apropósito, hice este viaje de forma repentina, y tuve que cancelar algunos compromisos. Cuando me pregunten al respecto, mi coartada será que mi querido amigo y benefactor, Argyron Stavropoulos, estaba delicado de salud y quise venir a verlo. Así que si hablas con alguien de esto, intenta poner tu mejor cara enferma y moribunda, ¿quieres? Aunque, por lo que veo, no te resultará tan difícil.

    Antes de que Argyron pudiera darle forma en su cabeza a alguna respuesta, o algún otro tipo de súplica para convencerlo de su petición anterior, Andy se dirigió tranquilamente al interior de la casa, con sus manos en su bolsillo, mientras silbaba la tonada de su canción La Balada de las Estrellas como despedida.

    — — — —​

    Andy tenía deseos de irse en ese mismo momento de Grecia y dejar atrás esa inútil experiencia. Sin embargo, retirarse tan rápido de regreso a los Estados Unidos sería demasiado sospechoso, en especial si se suponía que estaba ahí porque estaba muy preocupado por su querido amigo. Tendría que esperar al menos una noche más, y tomar un avión mañana al mediodía. Para ese entonces de seguro Lyons ya se habría también enterado de su escapada, pero esperaba que la misma excusa que usaría con todos los demás le funcionara con él. O, ¿sería mejor compartir con su viejo amigo su preocupación? No sabía cómo lo tomaría, pero ciertamente en ese momento parecía la única persona a la que podría confiárselo. Y eso lo hacía darse cuenta de lo realmente solo que se encontraba en realidad.

    Saliendo de la casa de Argyron, el vehículo privado que contrató se encargó de llevarlo a su hotel, un lujoso sitio de cinco estrellas con una hermosa vista a la Acrópolis. En otras circunstancias Andy podría incluso disfrutar de esa pequeña escapada de sus obligaciones, pero eso era tener demasiadas expectativas.

    Pasó el resto de la tarde en su habitación, meditando un poco e intentando aclarar su mente. Se atrevió incluso a pedirle algo de claridad a su padre, o que le mandara algún tipo de señal sobre lo que se suponía debía hacer. A veces Él le respondía, otras veces no. En esa ocasión, en efecto no hubo ninguna respuesta, ni siquiera una sutil. Aquello le frustraba tanto que de no haberse contenido quizás habría roto una o dos cosas de esa costosa habitación de hotel.

    Un arrebato como ese no hubiera sido muy propio de un Hijo de la Luz.

    Cuando se hizo de noche, decidió subir al restaurante-bar en la azotea para tomar un par de tragos, y quizás cenar algo si le apetecía. Esa sería su última noche antes de volver a la realidad, así que era mejor que la aprovechara de alguna forma. Al llegar, el hombre que atendía en la entrada lo reconoció de inmediato, muy diferente a otros con los que se había cruzado y que sólo lo miraban dudosos de si era él o no. Igual éste logró mantener la calma, quizás ya muy acostumbrado a ver celebridades en esos lares.

    —Su mesa, señor Woodhouse —le indicó el mesero, guiándolo hacia una mesa ya preparada en la terraza, desde la cual la vista de la Acrópolis iluminada de noche era aún más espectacular.

    —Gracias —murmuró Andy despacio, y se sentó en una de las únicas dos sillas de la mesa. El mesero le dejó un menú de cenas, así como la de los tragos, pero de momento no les puso demasiada atención.

    El mesero se retiró, y él se quedó mirando fijamente a la vista; no sólo la Acrópolis, sino toda la ciudad.

    Su mente divagó un poco sobre cómo ese escenario se había transformado tanto en esos miles de años. Cómo ahí se había erguido una de las ciudades más impresionantes del mundo occidental, aún muchísimo antes de que existiera su querido New York. Y aún después de todo el tiempo que ha pasado aún seguían esos antiguos vestigios de esa antigua ciudad, siendo aún objeto de admiración por todos sus visitantes.

    ¿Qué sería de todas las grandes ciudad actuales una vez que lo que tenía que pasar, pasara? ¿Qué sería de New York, Londres, Paris, Tokio, Sídney, y tantas más cuando ese mundo acabe al fin, para darle paso al nuevo? ¿Serían las ruinas de estas civilizaciones adoradas y admiradas por los habitantes del nuevo mundo?, ¿o sería todo borrado por completo y serían sólo historias y leyendas que nadie sabrá si fueron reales o no?

    Una noche para filosofar, al parecer. Aunque, cuando tienes el contador del Apocalipsis en tu muñeca, todas las noches son buenas para filosofar.

    Aquellos pensamientos comenzaban a sonar como una buena letra para una canción. Pero, aunque la escribiera, dudaba mucho de poder hacerla pública. Ese tipo de ideas, un tanto depresivas de seguro para algunos, no era el tipo de cosas que la gente esperaba oír de Andy Woodhouse, el señor optimismo, amor y paz. Si tan sólo esos idiotas supieran…

    —¿Le molesta si lo acompaño, señor Woodhouse? —Escuchó una voz murmurando justo delante de él, y eso lo sacudió y sacó abruptamente de sus pensamientos tan profundos.

    Al virarse hacia enfrente de su mesa, Andy se quedó casi atónito al ver a la exuberante mujer que se encontraba ahí de pie. Enfundada en un ajustado vestido rojo carmesí que dibujaba a la perfección su figura, y dejaba a la vista lo necesario de sus largas piernas con medias oscuras. El vestido tenía además un generoso escote en “v” que ofrecía una sugerente vista de su busto, para nada desmerecedor. Sobre los hombros portaba además un abrigo ligero color negro.

    El cabello de la mujer era totalmente oscuro y ondulado, suelto libremente sobre sus hombros y espalda. Y quizás lo más llamativo de todo el conjunto eran sus labios, de un rojo intenso y que en ese momento dibujaban una cautivadora y sagaz sonrisa, y hacían juego perfecto con esos profundos y seductores ojos cafés oscuros. Y aún a pesar de todo esto, lo que realmente dejó impresionado a Andy, y le impidió reaccionar por unos segundos, fue otra cosa: que él ya conocía a esa mujer, y la conocía muy bien.

    —Ann Thorn —murmuró el cantante una vez que logró recuperarse de la sorpresa—. Cuánto tiempo. —Extendió entonces una mano hacia la silla delante de él, ofreciéndosela, y ella la aceptó sin protestar—. Siempre tan cautivadora.

    —Lo mismo digo —le respondió Ann mientras se retiraba su abrigo, dejando a la vista sus hombros y brazos descubiertos. Dejó el abrigo sobre el respaldo de la silla y tomó asiento, cruzando las piernas—. El tiempo no pasa sobre ti, Adrian; tú pasas sobre el tiempo, ¿cierto?

    Andy sonrió complacido por el cumplido, y simplemente se encogió de hombros.

    —¿Puedo preguntar qué trae a la presidenta de Thorn Industries a Grecia? Y no intentes convencerme de que esto es una coincidencia.

    —Más o menos sí lo es. Tenía unos asuntos de negocio en Londres, y cuando me enteré que venías para acá me dije: ¿por qué no desviarme un poco para saludar?

    —Eso fue más que desviarte un poco —bromeó Andy, y justo después se permitió echar de nuevo un no muy disimulado vistazo al atuendo de la mujer—. ¿Y acaso traías ese vestido en tu maleta para tus asuntos de negocios?

    —¿Te gusta?

    —Creo que me trae algunos recuerdos.

    El mismo mesero de antes se aproximó de nuevo, con otro menú para la repentina invitada de la mesa del señor Woodhouse.

    —Gracias —confirmó Ann, tomando el menú.

    —Dennos un poco más de tiempo para ordenar, por favor —pidió Andy, y el mesero sólo asintió y se retiró de nuevo.

    —¿No es gracioso? —Murmuró Ann de pronto, mientras le echaba un vistazo al menú—. Vivimos a un par de horas en avión el uno del otro, y aun así tenemos que venir al otro lado del mundo para poder vernos en paz.

    —Por mí está bien así —respondió Andy, encogiéndose de hombros—. Lejos de los ojos curiosos de Lyons, Damien, y de todo el hecatombe que me enteré se está gestando por allá. Porque de eso quieres hablar, ¿no es cierto? No creo que hayas hecho ese pequeño desvío sólo para una charla casual. ¿O sí?

    Ann lo miró de reojo por encima de la orilla de la carta, de forma astuta. Cerró entonces el menú y lo colocó en la mesa a su lado para que pudieran verse frente a frente sin interrupciones.

    —De entrada, quería preguntarte si aún tengo mi empleo.

    —No sabía que tenía tantas acciones de Thorn Industries como para decir quién es su presidente —respondió Andy con humor, aunque Ann no pareció compartir el sentimiento—. Si lo dices por Lyons, no te preocupes. Sabes muy bien que no dejaría que ese viejo te pusiera una mano encima.

    —Ese privilegio te lo reservas sólo para ti, supongo —señaló Ann con un poco discreto tono de coqueteo—. Pero además de mí, hablaron de Damien, ¿no es cierto? Y justo después de esto corriste para acá. ¿Por qué?

    —Vine a ver a un viejo amigo. Eso es todo.

    —Todo lo que estás dispuesto a compartir, supongo.

    —Bueno, te comparto más si tú me dices cuál es ese negocio que te llevó a Londres tan repentinamente.

    El rostro de Ann se quedó calmado, y sus labios rojos continuaron sonriendo como si nada pasara. Sin embargo, Andy logró notar que debajo de toda esa calma, se asomaba un pequeño rastro de incomodidad ante su pregunta.

    La empresaria notó entonces por encima del hombro de Andy que el mesero se aproximaba de nuevo a la mesa.

    Touché —murmuró despacio, y volvió entonces a alzar su carta—. Supongo que es justo guardarnos nuestros respectivos secretos.

    El mesero se paró a lado de la mesa antes de que Andy objetara cualquier cosa. Ann pidió una margarita, mientras Andy pidió lo primero que leyó de la carta de tragos, aunque lo olvidaría prácticamente un minuto después, y pidió que se le cargara todo a su habitación. El mesero se retiró, dejándoles un menú por si deseaban pedir algo más tarde.

    Una melodía comenzó a sonar desde la pequeña pista de baile, ubicada a unos metros ahí mismo en la terraza. Un grupo se había colocado en un costado; un teclado, un saxofón, una guitarra, un bajo, una batería, y una cantante. Ésta última invitaba por el micrófono a los presentes a pasar a bailar aquella melodía lenta que comenzaba a sonar. La mayoría estaba ahí para comer y disfrutar de la vista, pero un par de parejas sí se permitieron el gusto, y avanzaron muy juntos el uno al otro a la pista.

    Ann y Andy contemplaban aquello en silencio.

    —¿Quieres bailar? —Preguntó el cantante tras un rato de estar escuchando la canción—. ¿Cómo en los viejos tiempos?

    —Viejos para ti —respondió Ann, juguetona—. Para mí son bastante recientes.

    Pese a su respuesta, Ann fue la que se paró primero, y Andy la siguió. Él le ofreció su brazo, y ella se sostuvo de éste. Mientras avanzaban uno a lado del otro hacia la pista, oyeron como algunos de los otros comensales murmuraban entre ellos si acaso aquel hombre era Andy Woodhouse, pero muchos parecieron descartar tan posibilidad de inmediato; otros no tanto.

    Una vez en el área de baile, Andy colocó su mano derecha en la cadera de su compañera, y lentamente la deslizó por la suave tela de su vestido, hasta su espalda. Acercó su cuerpo al de ella, hasta casi pegarse por completo, mientras la contemplaba con sus falsos ojos avellana, fijos en los oscuros de ella. Ann también lo miraba. Ella posó su mano izquierda delicadamente sobre el pecho de él, y ambos entrelazaron los dedos de sus manos libres. Y en esa posición, tan cerca y sumidos en la mirada del otro, comenzaron a mecerse lentamente al ritmo de aquella música. Ninguno tuvo que decir o dar alguna instrucción; todo se dio de manera natural, tan natural como el flujo de un río.

    Fuera o no aquel hombre el famoso cantante y actor Andy Woodhouse, o ella la presidenta de la multinacional Thorn Industries Ann Thorn, ante los ojos de todos los que los miraban no había duda de que eran una muy hermosa y enamorada pareja.

    —¿A dónde se va el tiempo, Adrian? —Musitó Ann despacio, casi como un lamento nostálgico—. ¿Hace cuánto estábamos los dos bailando justo así en Florencia? Yo usando un vestido rojo como éste, pero mucho más ajustado y escotado. Ese que te gustaba tanto, ¿lo recuerdas? Yo sé que sí, porque ese fue el recuerdo que te vino al verme, ¿cierto?

    La sonrisa de la empresaria se ensanchó aún más, tomando una postura incluso un poco cínica que a Andy desconcertó un poco.

    —¿Sabes qué recuerdo más yo sobre ese vestido? —De pronto, la mano que Ann tenía entrelazada con la él, se apretó con fuerza, llegando a causarle algo de dolor que el cantante intentó disimular—. Lo que más recuerdo es como Baylock me lo rasgó, me desnudó enfrente de sus discípulos, y me azotó con su maldita vara una y otra vez hasta que le dijera quién era el padre de mi bebé. Y todo eso con tu anuencia, ¿no es cierto?

    Andy zarandeó su mano, librándose de ese molesto agarre. Miró a su alrededor disimuladamente, esperando que nadie hubiera notado eso, y así parecía ser. Colocó entonces ambas manos en la cintura de la mujer para disimular, y Ann hizo lo propio rodeando delicadamente su cuello, y continuaron con el baile.

    —¿A qué viene ese absurdo reclamo de nuevo? —masculló Andy, molesto—. Sabes muy bien que las cosas no fueron así. Yo mandé a Lyons a sacarte de ahí…

    —Algo tarde —señaló Ann, sonriente pero cortante—. Supongo que él también quería que probara un poco de humillación primero, ¿verdad? Para que aprendiera la lección.

    —¿A eso viniste hasta aquí?, ¿a recordar viejas heridas? —Andy soltó entonces una risilla irónica—. Esto me gano por querer defenderte.

    —¿Defenderme? —Masculló Ann casi ofendida, y entonces hizo que sus manos jalaran su cuello con rudeza hacia ella, como si quisiera besarlo, aunque en realidad lo volvía a lastimar como antes, incluso atreviéndose a presionar sus uñas contra su nuca—. ¿Cuándo me has defendido? —Susurró agresiva sobre sus labios—. ¿Cuándo has realmente metido las manos al fuego por mí, o por nuestra… hija…?

    Aquellas palabras se entremezclaron con la melodía, y flotaron a su alrededor como hojas alzadas por el viento.

    Esa era la verdad que Agatha Baylock tanto le quiso sacar a golpes aquella noche, y que ni siquiera la propia Verónica sabía aún.

    A sus veinticuatro años, cuando Ann trabajaba en Florencia para la Hermandad bajo el cuidado de Baylock y Spiletto, conoció a Adrian y ambos no tardaron mucho en comenzaron una relación a escondidas. Relación que dio lugar a un embarazo, posteriormente al nacimiento a escondidas de su hija en ese hospital de monjas en Marsala, y a todo lo que siguió después. Para la ingenua y leal jovencita, aquello había sido su primer gran amor. Para Adrian… sólo él sabía qué había sido para él.

    Andy alzó en ese momento su mano derecha, colocándola en el cuello de Ann, apretándolo un poco entre sus dedos. Ya no había ternura alguna en sus falsos ojos avellana, sino sólo enojo.

    —Estás haciendo una escena, Ann —le advirtió secamente—. No me obligues…

    —¿A qué? —Soltó Anna, retadora—. ¿Me matarás aquí mismo? A Lyons le encantaría que lo hicieras, así que anda; complace a tu perro más fiel. Será un grandioso encabezado para los periódicos de mañana: «El famoso Andy Woodhouse estrangula a la CEO de Thorn Industries enfrente de decenas de comensales.» Esa sí será una escena.

    Por unos segundos ambos permanecieron justo en la misma posición, sin moverse ni dejar de mirar al otro como si fuera un duelo de miradas. La mano de Andy se tensaba sobre el cuello de Ann, y él sintió que si acaso apretaba sólo un poco más, en verdad podría matarla justo como ella lo estaba pidiendo. Y una parte de él quería hacerlo. La misma frustración que le había invadido esa tarde y que casi lo obligaba a destruir su habitación, aún pedía ser liberada. Y era como si Ann se estuviera ofreciendo a sí misma a ser ese escape.

    Pero no lo haría, por supuesto que no. No sólo porque sería una completa estupidez hacerlo ahí mismo, sino que justo como Ann confiaba tanto, él no sería capaz de matarla con sus propias manos y mirándola a los ojos; a ella no.

    Justo cuando la canción que sonaba terminó, Adrian apartó rápidamente su mano de su cuello, y retrocedió un paso, rompiendo ese doloroso abrazo. Para seguir aparentando, volvió ofrecerle su brazo a su compañera de baile, y ésta de nuevo lo aceptó. Ambos salieron de la pista en absoluto silencio, y evidentemente menos cariñosos que hace un momento. Sin embargo, no se dirigieron a su mesa, a pesar de que sus tragos ya estaban ahí. En lugar de eso, Andy los dirigió hasta una parte más apartada de la terraza, especial para fumadores pero que en esos momentos se encontraba sola.

    Ambos se aproximaron al barandal de cristal, y se pararon ahí dándole la espalda al resto del restaurante, y teniendo de frente a la Acrópolis iluminada.

    —Sabes muy bien porque se hizo lo que se hizo en aquel entonces —musitó Adrian con su vista fija al frente, rompiendo al fin el silencio—. Baylock y Spiletto habían comenzado a crear división entre nosotros, y cuestionaban mi liderazgo. Si sabían la verdad, las habrían usado a ti y a la bebé en mi contra, o aún peor. Por eso, de haber intervenido yo directamente a defenderte, hubiera levantado bastante sospechosas. Es por eso que John tuvo que encargarse.

    —Todo sea por defender tu corona, ¿cierto? —señaló Ann, punzante—. Y por ese propósito nos dejaste en manos de Lyons, aun sabiendo que si la decisión hubiera recaído en él nos hubiera tirado en el primer barranco que encontrara para así librarse del problema. Supongo que sólo no lo hizo porque temía enojarte, pensando ingenuamente que a pesar de todo defenderías a tu hija.

    —¿Insinúas que no lo hice?

    —Insinúo que ella es tu sangre, y aun así permitiste que la arrancaran de mí. Y en su lugar tienes viviendo contigo a ese niño, que ve tú a saber quién es su madre… Mientras tanto, tu verdadera hija pasó toda su niñez sin saber quiénes eran sus verdaderos padres; quién era yo.

    —No metas a Sebastian en esto —señaló Adrian con dureza—. No tienes ni idea de lo que estás hablando, y no voy a tolerar más reclamos de tu parte; no sobre este tema. La sangre es mucho más valiosa para mí de lo que crees.

    Ann lo observó rígidamente, con esa desconfianza y frialdad que le daban una presencia tan fuerte que a muchos otros había logrado amedrentar. Pero no a Andy Woodhouse. Había bastante historia entre ambos como para que él se doblara como otros. Y, en realidad, ella no deseaba tal cosa.

    —¿Y yo? —Musitó con firmeza, y entonces se pegó más contra él, presionando su esbelto cuerpo—. ¿Qué tan valiosa soy para ti? ¿Qué significó yo para ti ahora?

    Andy la miró, desconcertado.

    —¿Qué crees que estás haciendo? ¿Ahora que Damien te dio la espalda vienes buscando refugio y protección en mí? ¿O crees acaso que puedo hacer que él vuelva a confiar en ti?

    Ann volvió a sonreír, irónica.

    —¿Me crees capaz de hacer algo como eso? ¿De manipular al Líder Supremo de la Hermandad de los Discípulos de la Guardia para mi propio beneficio? Sólo soy una chiquilla ingenua, con una cara bonita para seducir millonarios y ser la madrastra buena, ¿recuerdas?

    —Por supuesto que no —declaró Andy con seguridad—. Tú sabes que siempre has sido mucho más, incluso cuando estuvimos juntos.

    —¿Eso piensas? Entonces demuéstramelo. —Ann pegó aún más su cuerpo contra él, colocando además sus manos sobre su pecho. Sus ojos además mostraban una palpable añoranza que Andy sintió de inmediato que era sólo por él—. Dame mi lugar, el que me gané no por haberme acostado contigo o con Robert Thorn, o por haber sido la niñera de Damien todos estos años; sino el que me merezco por todo mi trabajo, mi lealtad… y mi fe.

    Las manos de Ann subieron lentamente del pecho de Adrian, hasta rodear de nuevo su cuello, ahora con bastante más suavidad que hace unos momentos. Las manos de éste, por su parte, rodearon sin espera la cintura de ella, sin que fuera del todo consciente de que lo estaba haciendo, casi como si éstas se hubieran movido solas.

    —Tú no has cambiado nada, ¿cierto? —Susurró el cantante muy cerca de los labios de la mujer, y ella le respondió justo de la misma forma:

    —Te equivocas. Ahora soy mucho mejor…

    Y fue Ann la que extendió su rostro hacia el suyo, rompiendo esa pequeña distancia que los separaba y así fundirse en ese apasionado beso que se había hecho esperar toda la noche. O, más bien, se había hecho esperar veinte largos años… Andy le correspondió su beso sin siquiera vacilar, y ambos desbordaron en cada roce el ardor acumulado que guardaban.

    Volverían a la mesa únicamente por el bolso y el abrigo de Ann, pero no tocarían los tragos en lo absoluto. En lugar de eso, ambos se dirigirían directo al cuarto Andy, sin escalas y sin apartarse ni un poco el uno del otro en todo camino.

    — — — —​

    Argyron Stavropoulos pidió que lo llevaran a su estudio un rato antes de acostarse. Solicitó además que le encendieran la chimenea, colocaran su silla de ruedas cerca del fuego, le dispusieran su mejor botella de whiskey en la mesita a su lado, y lo dejaran solo. Estando ahí, alumbrado únicamente por la luz ferviente de las llamas, muchas cosas pasaban por la mente del viejo satanista.

    La visita de Adrian lo dejó bastante desconcertado. Y no sólo por su actitud hacia él o sus palabras condescendientes, sino por el motivo que lo había llevado a buscarlo después de tantos años. A pesar de que había hecho el intento de restarle casi por completo la importancia a su dichosa visión, la verdad era que sí le había causado cierta incertidumbre, por decirlo menos.

    No le había mentido en lo absoluto. En efecto no sabía quién era esa niña, y no tenía conocimiento alguno de qué papel podría tener en todo eso. Pero esa visión que Adrian le había descrito, el mar lleno de cadáveres, y ese ser emergiendo de las aguas… No podía quitarse la imagen de su mente, como si él mismo lo hubiera visto.

    Y las cosas que había dicho, sobre si el Plan había cambiado. Era imposible, ¿cierto? Todo lo que habían hecho ese tiempo había sido siguiendo las instrucciones detalladas que se les habían sido entregadas, con la promesa de que si hacían exactamente lo que dicho plan describía, harían que el mundo entero cambiara a su voluntad, y obtendrían innumerables recompensas.

    El Plan no podría haber cambiado; ¿por qué motivo lo haría?, ¿por qué en ese momento? No, simplemente era inconcebible. Todos esos sacrificios, todas esas vidas, todas esas atrocidades cometidas… no podían haber sido en vano…

    Extendió su mano temblorosa hacia la botella a su lado para servirse un trago en su vaso. Logró destaparla y alzarla, pero cuando estaba sirviendo el licor, sus dedos le fallaron, soltando la botella que chocó contra la mesa, y luego cayó a sus pies. No se rompió, pero empezó a soltar el líquido opaco a borbotes, empapando la alfombra.

    —Maldita sea —soltó molesto, y bastante frustrado. Cerró unos momentos los ojos como si se lamentara, y entonces pasó a estirarse lo mejor que su estado le permitía para así recoger la botella. Sus dedos acababan de rozar la superficie lisa de vidrio, cuando entonces la escuchó.

    —Incluso en tus últimos momentos, a mí me sigues pareciendo apuesto, Argyron —murmuró una voz intrusa ahí mismo en su estudio.

    Argyron se incorporó rápidamente, un tanto asustado. Al hacerlo, distinguió de inmediato la figura de una persona, sentada en la silla a su lado, alumbrada también por la luz anaranjada de la chimenea. Era una mujer de cabello castaño corto y ojos azules, que en esos momentos resplandecían con el fulgor de la luz del fuego, y ataviada en un vestido largo color blanco. Aquella intrusa le sonreía de forma astuta y divertida, sentada cómodamente en su sillón individual de respaldo alto, con sus piernas cruzadas.

    —¿Quién eres tú? —Cuestionó Argyron alarmado mirando hacia la puerta, sintiendo el deseo de gritar por ayuda o incluso intentar dirigir su silla a su escritorio donde según recordaba aún guardaba su vieja arma de fuego.

    —¿No me reconoces? —le cuestionó la extraña con tono burlón—. Supongo que es lógico. Pero si no te gusta mi apariencia actual, descuida; la cambiaré dentro de poco.

    Al escuchar esa última afirmación, Argyron se viró de nuevo hacia ella, un tanto perplejo. Y sorprendentemente mientras más la miraba, más familiar se le hacía. Pero no por su rostro en general, que estaba seguro nunca antes haber visto; sino por sus ojos y esa casi prepotente sonrisa… que él sí estaba casi seguro que conocía.

    Y la revelación vino abruptamente a él como un golpe.

    —¿Maestra…? —susurró totalmente atónito.

    —Ya me reconociste, excelente —señaló la mujer con aparente alegría.

    La extraña (o quizás no tanto) extendió su mano hacia el vaso que seguía sobre la mesita entre ellos, posando sus dedos sobre la orilla de éste. Y ante la mirada aún estupefacta de Argyron, el vaso se comenzó a llenar poco a poco hasta la mitad, como si la botella, ahora casi por completo vacía a sus pies, lo estuviera sirviendo.

    —Bebe, anda —le indicó la mujer, una vez que el vaso estuvo servido—. Tu mano ya no te temblará por este rato.

    Argyron alzó su mano y la observó detenidamente, notando sorprendido que en efecto no temblaba; se mantenía firme, como hacía años no lograba estar. Tomó el vaso con ella, y sus dedos lo sujetaron con estabilidad. ¿Era acaso todo eso algún tipo de sueño?

    —En estos momentos me llamo Gema —escuchó que la mujer murmuraba en ese momento, llamando por un momento su atención de nuevo—. Sólo por si te interesa saberlo.

    Argyron no respondió nada, si es que acaso se suponía que debía. En su lugar acercó el vaso a sus labios y dio un largo trago de whiskey. Saboreó el licor en su boca y posteriormente en su garganta. Si aquello era un sueño, el sabor de su mejor botella ciertamente se sentía muy real.

    —Adrian siempre ha sido muy astuto, ¿cierto? —Comentó Gema abruptamente, mientras contemplaba pensativa al fuego—. Debe ser por sus genes privilegiados, ¿no crees? Como sea, sus corazonadas son ciertas: el Plan ha cambiado, y la niña es la clave.

    Aquello retumbó en la mente de Argyron con fuerza, y casi lo hizo soltar su vaso.

    —¿Qué? —Exclamó confundido, mirado a su intrusa en busca de algún otro tipo de explicación. Ésta seguía contemplando la hoguera en la chimenea, fascinada por el brillo y el movimiento del fuego.

    —Me temo que este mundo se ha ido por un camino inesperado, y nuevas fuerzas han entrado al juego por el control de éste. Las cosas necesitan cambiar para garantizar nuestro éxito, y a veces el mejor cambio es un borrón y cuenta nueva. Por lo tanto, dentro de poco, Adrian y su querida Hermandad ya no serán necesarios.

    El fuego saltó abruptamente tras esa última declaración, que casi se hizo resonar como amenaza latente. Argyron se sobresaltó un poco asustado por ese cambio repentino, y al virarse de nuevo a la silla a su lado, se sorprendió al verla completamente vacía. Cuando comenzaba a creer que quizás todo había sido algún tipo de alucinación, sintió entonces una mano posándose justo sobre su hombro derecho.

    Gema estaba ahora justo detrás de él.

    —Damien cree que está actuando por su libre albedrío y propia voluntad —susurró la mujer despacio, colocando su rostro al costado del de Argyron—. Pero la verdad es que no. Incluso en estos momentos, con esta pequeña rebelión suya, está cumpliendo la voluntad de nuestro Señor. Y yo estoy aquí para encargarme de que eso siga así… como lo he hecho por los últimos trescientos ochenta y siete años…

    —¿Qué es lo que pasará? —Cuestionó Argyron, nervioso—. ¿Qué es esa niña…?

    —Nada de eso debe preocuparte más, Argyron. Tú ya has cumplido con tu deber en esta tierra. Has sido un leal sirviente hasta el final, y es hora de que obtengas tu recompensa.

    —¿Recompensa?

    Las suaves manos de Gema se posaron desde atrás en las mejillas del rostro desgastado del magnate, e hizo que mirara atentamente al fuego de la chimenea, y nada más.

    —Anda —susurraba Gema con mucha suavidad mientras lo sujetaba—, ve gustoso, que nuestro Amo te espera con sus brazos abiertos para recibirte con todos los honores. Roman, Minnie, Guy y los otros aguardan por ti también; ¿puedes oírlos llamarte?

    Argyron se sintió abstraído en el fuego, y en el armonioso sonido de la voz de aquella mujer que ejercía un efecto relajante en él. Poco a poco sintió que le invadía un sueño muy pesado, y que sus ojos iban cediendo a él.

    —Cierra ya tus ojos, mi valiente soldado —añadió Gema como palabras finales, colocando una mano sobre su frente, y bajándola lentamente por sus ojos hasta su nariz.

    La mano de Argyron colgó abruptamente hacia un lado, dejando caer el vaso y todo lo que quedaba de whiskey en él. Un segundo después, la cabeza de Argyron se inclinó por completo al frente, apoyando su mentón contra su pecho. Su respiración se cortó abruptamente al mismo tiempo, y su corazón se detuvo sólo un segundo después.

    Para ese momento, Gema había desaparecido por completo de aquel cuarto.

    — — — —​

    Mientras en Atenas era ya entrada la noche, en New York apenas era la mitad de la tarde. Sebastian Woohouse, el hijo adoptivo de Andy, ya había llegado hacía un rato de la escuela, y se encontraba en la sala realizando su tarea como siempre. En la cocina, Gilda se encontraba preparándole un almuerzo, mientras Miriam estaba en la habitación de Rosemary velando como siempre su sueño. Todo se sentía bastante normal; incluso la ausencia de Andy se percibía casi como algo habitual.

    Pero mientras se encontraba sumido en la resolución de alguno de los problemas más complejos de su libro de matemáticas, el pequeño Sebastian tuvo una extraña sensación que le recorrió su nuca. Algo que, ciertamente, no se sentía tan normal como todo lo demás.

    Alzó lentamente su rostro del libro, y miró confundido a su alrededor, como si esperara ver algo o alguien ahí con él que tuviera algo que decirle. No vio nada, pero la sensación no desapareció. Se paró y avanzó cuidadoso hacia la cocina. Se paró en la puerta, y vio la espalda de Gilda, de pie frente a la estufa mientras cocinaba y canturreaba alguna melodía en ruso. No le pareció que era ahí de donde lo llamaban.

    Se fue de la cocina y avanzó ahora por el pasillo, en dirección a la habitación de Rosemary. Al aparecerse en la puerta, vio a Miriam sentada en la silla, con su celular en una mano y los audífonos conectados a éste en sus oídos. Cabeceaba ligeramente de seguro al ritmo de la canción que escuchaba, mientras escribía en la pantalla. Definitivamente no era ella quien le estaba hablando.

    Se aproximó cauteloso a la camilla médica, parándose justo delante los pies. Sólo hasta ese momento Miriam se volvió consciente de su presencia, y rápidamente se retiró sus audífonos.

    —¿Sebastian?, ¿qué pasa, amigo? —Le preguntó curiosa, pues no era habitual que él entrara a esa habitación.

    El niño no le respondió, pues su atención estaba puesta enteramente en la mujer en la camilla, en su rostro quieto y dormido, en sus cabellos grisáceos, y los pitidos que hacían de vez en cuando los aparatos a lo que estaba conectada.

    Un beep

    Dos beeps

    Tres beeps

    Nadie lo sabría jamás, pero el cuarto beep ocurrió en el instante justo en el que, a muchos kilómetros de ahí, el corazón de Argyron Stavropoulos se detenía. Y un segundo después, el hecho anormal que Sebastian tanto buscaba ocurrió.

    Los ojos de Rosemary se abrieron abruptamente en ese momento, y su boca jaló una larga bocanada de aire seguida de algunos pequeños tosidos secos.

    —¡Santo Dios! —Exclamó Miriam espantada, parándose de un salto de silla. Sebestian, igualmente retrocedió un poco, impresionado por ese cambio tan repentino.

    Rosemary tosió un par de veces más, hasta lograr calmarse. Sus ojos azulados miraron nerviosos y perdidos a su alrededor.

    —¿Dónde estoy? —Preguntó adormilada, pero aun así algo asustada. Su voz sonaba clara y dulce.

    —Espere, no se mueva por favor —indicó Miriam, sobreponiéndose a su impresión inicial para acercársele y tomar sus signos vitales—. ¿Puede oírme? ¿Me entiende? ¿Siente algún dolor o molestia?

    Rosemary la oía, pero no respondió ninguno de sus cuestionamientos. Seguía mirando a todos lados, intentando identificar algo conocido. Sus ojos se centraron en el niño a los pies de su cama, que observaba todo en silencio.

    —¿Andy? —Exclamó la mujer con emoción, e intentó de pronto sentarse, pero la debilidad de su cuerpo no se lo permitió.

    —No lo haga —le indició Miriam, haciendo que se volviera a recostar—. No se mueva, Sra. Woodhouse, por favor. Está bien, está a salvo. Éste es el departamento de su hijo. Ha estado en coma por cuarenta años, pero se encuentra bien. ¿Entiende lo que le digo?

    Sí, Rosemary le entendía, pero a su vez no. Su mente divagaba y se perdía sin rumbo. ¿Departamento de su hijo?, ¿en coma? ¿Qué había pasado? ¿Cómo había llegado ahí?

    Miró de nuevo al niño a sus pies, y cuando lo contempló con más cuidado se dio cuenta que en efecto no era quien ella creía, aunque sí se le parecía.

    —¿Quién eres tú…? —Murmuró despacio—. ¿Dónde está mi hijo? ¿Dónde está mi bebé…?

    FIN DEL CAPÍTULO 87

    Notas del Autor:

    —El personaje de Argyron Stavropoulos está basado en el personaje del mismo nombre que aparece fugazmente al final de la novela de Rosemary's Baby o El Bebé de Rosemary de Ira Levin, y en la película de 1968 basada en ésta. No se describe mucho sobre él en alguna de las dos versiones de la historia, más allá de su nacionalidad y su papel importante en el Aquelarre. Por tal motivo, algunos detalles más personales del personaje fueron más que nada añadidos de mi parte.

    —En este capítulo se menciona también a otros personajes pertenecientes a la novela de Rosemary's Baby, entre ellos Roman y Minnie Castevet, así como Guy Woodhouse.
     
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