Long-fic Resplandor entre Tinieblas

Tema en 'Crossover' iniciado por WingzemonX, 21 Junio 2017.

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    WingzemonX

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    Resplandor entre Tinieblas
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    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
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    Misterio/Suspenso
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    Resplandor entre Tinieblas

    Por
    WingzemonX


    Capítulo 81.
    Inspector de Milagros

    El avión del padre Jaime Alfaro aterrizó en Los Ángeles cerca de las dos de la tarde. Había sido un largo vuelo de quince horas, incluyendo una escala en Dublín. Sin embargo, ese tipo de viajes ya no le resultaban inusuales o incómodos al padre español, pues por su labor era muy común que le tocara viajar a una gran variedad de lugares alrededor del mundo. Y, de hecho, visitar Los Ángeles, California en los Estados Unidos, representaba una encomienda significativamente más simple en comparación a otras.

    Una vez que pasó por las puertas automáticas que separaban el área de llegada, se encontró de frente con las dos personas que habían ido a recibirlo. Karina y Carl, los dos ayudantes del padre Frederick Babato, se encontraban aguardando solemnes a unos metros de las puertas. Y, muy diferente a como habían recibido a Cole hace un par de días, el rostro de ambos se iluminó al reconocerlo entre los pasajeros que salían por la puerta.

    —Padre Alfaro —musitó Karina alegre, aproximándose a él y permitiéndose darle un gentil abrazo, mismo que el religioso aceptó.

    —Karina, hola de nuevo. Siempre es un gusto verte, hija.

    —El gusto es mío, padre.

    Se separaron tras unos segundos, y entonces la atención de Jaime se enfocó en Carl.

    —Carl, ¿cómo has estado, viejo amigo? —le saludó, estrechando firmemente una de sus gruesas y fuertes manos.

    —No me puedo quejar, padre —asintió el hombre grande y de cabeza rapada, notándosele incluso un poco de nervios al hablar—. Bienvenido. Permítame ayudarle con su equipaje.

    —Eres muy amable.

    Carl tomó en ese momento la maleta con ruedas del sacerdote, así como su maletín, y los tres comenzaron a caminar calmadamente hacia la salida más cercana. En cuanto salieron, fueron recibidos por el cielo despejado de Los Ángeles, y por un sol relativamente fuerte. Jaime, vestido con su traje negro completo y su cuello clerical, dio seña de sentirse un tanto incómodo en ese momento.

    —Hace calor aquí para ser noviembre, ¿no?

    —El auto tiene aire acondicionado —le indicó Karina, lo cual ciertamente le produjo algo de alivio.

    —Bendito sea —exclamó Jaime con un tono un tanto jocoso.

    Carl subió la maleta a la cajuela del Honda Accord plateado, pero Jaime insistió en llevar su maletín consigo al frente. El hombre grande tomó el asiento del conductor, mientras Karina y el recién llegado se sentaban en la parte trasera. No tardaron mucho después en retirarse de ahí.

    — — — —​

    Durante su estancia en Los Ángeles, el padre Frederick se hospedaba temporalmente en una casa parroquial muy cerca de la Iglesia de San Vicente de Paúl, en el centro. Jaime era igualmente más que bienvenido a quedarse con él, y lo más seguro es que así lo hiciera, pues su viaje hasta ahí no incluía precisamente los viáticos para un hotel de cinco estrellas. Mientras Carl y Karina iban a recoger al sacerdote recién llegado de Roma, Frederick aguardaba su regreso sentado en la sala de estar de la elegante casa de dos pisos, leyendo en silencio. Se encontraba sentado en uno de los sillones de espalda a la gran ventana de la sala, iluminado su lectura principalmente por la luz natural que por ella se filtraba. La casa estaba de momento sola, lo cual sería más que adecuado para que pudieran discutir con considerable privacidad el tema tan delicado que los atañía.

    Cuando sintió el vehículo estacionándose frente al garaje, Frederick se viró un poco hacia la ventana sobre el respaldo del sillón y se retiró sus gruesos anteojos para leer. Pudo distinguir lejanamente el marcado acento de Jaime al hablar, y no pudo evitar sonreír con un poco de emoción por ver a su viejo amigo luego de tanto tiempo.

    Dejó entonces el libro sobre la mesita de centro, y se puso de pie apoyándose en su bastón. La puerta principal se abrió poco después, y menos de un minuto más tarde Carl y Karina aparecieron en la entrada principal de la sala, guiando a Jaime que avanzaba unos pasos detrás de ellos.

    —Jaime —exclamó Frederick contento, extendiendo hacia él el brazo con el que no sujetaba su bastón—. Benvenuto amico mio.

    Jaime se tomó la libertad de aproximarse hacia el padre robusto y de estatura baja, dándole un caluroso abrazo similar al que Karina le había dado. E igualmente, Frederick se lo recibió.

    —Los años no pasan sobre ti —le murmuró el padre italiano con tono de broma, a lo que el recién llegado respondió de forma similar:

    —Me gustaría decirte lo mismo, Frederick.

    Ambos rieron al unísono y se separaron en ese momento, cortando su abrazo.

    —Viejo embustero —suspiró Frederick al final de sus risas—. Carl, deja el equipaje del padre Alfaro arriba, por favor. Y, ¿serías tan amable de prepararnos un café?

    —Enseguida —respondió el hombre de cabeza calva, y sin dudarlo tomó la maleta y se dirigió de regreso al vestíbulo para subir las escaleras.

    —El mío sin azúcar, por favor —pidió Jaime rápidamente antes de que Carl se retirará del todo. Esperaba que lo hubiera escuchado.

    Una vez que Carl salió, y sin necesidad de que se lo pidieran, Karina se encargó de cerrar cuidadosamente las puertas corredizas que había en las dos entradas de la sala. La casa en efecto estaba sola, pero nunca se podía ser lo suficientemente cuidadosos con ciertos asuntos. Incluso creyó prudente correr las gruesas cortinas marrones de la ventana, sacrificando la hermosa luz de sol pero ganando más seguridad de que no había ojos curiosos al otro lado de la acera. Terminado aquello, se quedó de pie delante de las cortinas, y detrás del sillón del padre Babato, adoptando una postura marcial bastante digna de cualquier militar de carrera.

    Frederick aguardó a que Karina terminara con lo suyo, más por respeto que por verdadera precaución.

    —Toma asiento, por favor —le indicó a su invitado, extendiendo su mano hacia el sillón pequeño más cercano. Luego él mismo pasó a sentarse en su sitio, soltando un nada discreto quejido de dolor en el proceso. Su mano igualmente se dirigió después a su muslo, comenzando a frotarlo por encima del pantalón.

    —¿Cómo sigue tu pierna? —Le cuestionó Jaime, curioso pero también un poco preocupado, mientras igualmente se sentaba.

    Frederick lo miró sonriente, y bastante despreocupado ante su pregunta.

    —Aún sigue aquí, y eso es ganancia. Pero no hablemos de eso por el momento. ¿Tuviste tiempo de leer todo el expediente?

    —Fue un viaje largo, así que sí.

    Jaime tomó entonces su maletín negro de piel, con el escudo de las Llaves de San Pedro cruzadas decorando al frente, y sacó de su interior una tableta electrónica y un legajo grueso. Dejó el legajo a un lado suyo sobre el sillón, y la tableta sobre sus piernas.

    —Está bastante completo, debo señalar —añadió con genuina admiración—. Parece que han estado siguiéndole la pista a este chico Thorn desde hace tiempo; más que a otros sospechosos. Pero no entiendo una cosa. —Jaime miró entonces con marcada seriedad a Frederick, adoptando en ese momento una actitud mucho más acorde al papel que había ido a desempeñar en ese sitio—. Si es un sospechoso tan prometedor, ¿por qué hasta ahora se ha solicitado una revisión por parte de un Inspector?

    Frederick resopló, como una señal de cansancio o quizás frustración. Pero ésta no se originaba de la pregunta, sino más bien de su respuesta.

    —Cómo pudiste ver en el expediente, siempre ha habido acontecimientos inusuales alrededor de este joven; sobre todo extraños accidentes, y muertes. Cabe mencionar que también los ha habido en los otros sospechosos, incluidos los que se te ha pedido revisar. Pero en el caso de Damien Thorn, de alguna forma todo suele acomodarse para darle otra explicación, o desmentir que incluso estuviera involucrado o presente. La culpa suele recaer en alguien más, y nunca hay testigos ni pistas. Si a mí me lo preguntas, yo diría que eso podría considerarse sospechoso por sí solo.

    —Quizás —asintió Jaime—. Pero no lo suficiente como para tomarlo como una prueba fehaciente de lo que estamos buscando, ¿no te parece? —Frederick permaneció callado—. ¿Y qué cambió esta vez? No vi en el expediente cuál fue el hecho más reciente que te hizo cambiar de opinión, Frederick.

    —Bueno… —masculló despacio el padre Babato, notándosele algo vacilante. Extendió entonces su mano hacia la mesa del centro, en donde además de su libro, reposaba otro legajo de color blanco, notablemente más delgado. Tomó dicho expediente y lo sujetó contra su pecho, como si temiera que su invitado lo viera antes de tiempo—. La verdad es que omití deliberadamente esa parte en el reporte que envié. Consideré muy probable que la mayoría de los superiores del Scisco Dei no la verían con buenos ojos, así que decidí alegar mejor a tu mente un tanto más abierta, Jaime.

    —¿Así que por eso solicitaste por mí?, ¿por mi mente abierta? —Inquirió Jaime con algo de sarcasmo. No sonaba realmente molesto, ni siquiera sorprendido. Se podría decir que no era la primera vez que Frederick Babato ocultaba cosas a los superiores, y esperaba que otros lo hicieran igual. Pero al menos en las ocasiones que le habían tocado al sacerdote español, le constaba que lo hacía por un buen motivo.

    —Bien, soy todo oído —declaró Jaime, cruzándose de piernas y apoyándose por completo contra el sillón.

    Frederick le pasó entonces el folder blanco para que lo tuviera, y pudiera echarle un ojo al mismo tiempo que él le relataba lo mejor que podía su charla de hace tres días con Cole.

    Su relato comenzó precisamente explicándole quién era el detective de Filadelfia, cuáles eran sus supuestas habilidades especiales, y el trabajo que realizaba con éstas en la Fundación Eleven, en su labor como detective de homicidios, y el apoyo que le brindaba seguido al padre Michael, amigo personal de Frederick y quien lo había recomendado ampliamente. La segunda parte de su explicación se enfocó por completo en Samara, en todo lo que Cole les había contado sobre sus habilidades, los incidentes en su casa, su ingreso en aquel hospital psiquiátrico, y claro lo sucedido los últimos días con respecto a su secuestro, o quizás escape, de ese sitio. Pero en lo que Frederick puso más cuidado, fue en la teoría de Cole con respecto a la posible naturaleza real de Samara, incluyendo la procedencia de su padre.

    Jaime escuchó todo aquello con mucha atención, interviniendo sólo lo mínimo con preguntas concretas para dejar claros algunos puntos; Frederick sabía que los cuestionamientos reales vendrían después. Jame además dividía de vez en cuando su atención entre su amigo y el legajo en sus manos, que se componía de artículos de periódico, reportes policiacos, e información personal principalmente de Cole y Samara.

    Cuando Frederick ya había casi terminado de explicar por completo lo que respectaba a Samara, las puertas corrediza de la sala se abrieron, y Carl apareció del otro lado sujetando una bandeja con dos tazas de café humeante. El hombre grande se aproximó a ellos y colocó cuidadosamente cada taza delante de ellos.

    —Gracias, Carl —masculló Frederick y Jaime le secundó.

    Carl entonces se hizo a un lado, tomando una posición similar a la de Karina, pero enfrente de una de las puertas corredizas. Frederick sintió que, por sus posturas, ambos esperaban algún atacante sorpresivo en cualquier momento, lo cual le pareció preocupante, pero también un poco divertido.

    Por su parte, Jaime tomó su taza sin azúcar, pero antes de darle cualquier sorbo introdujo su otra mano en su saco, sacando del interior de éste una pequeña licorera plateada. Desenroscó entonces la pequeña tapita del recipiente, y vertió un pequeño chorro del licor oscuro en su café.

    —¿Enserio, Jaime? —Cuestionó Frederick, mirándolo con cierta crítica en su mirada.

    —Oye, para mí en estos momentos es como media noche —se excusó, aunque su voz sonaba más bromista que otra cosa—. Así que esto es más para mantenerme despierto, enserio.

    —Claro —murmuró Frederick, no muy convencido.

    El padre español dio un pequeño sorbo de su café con piquete, sin preocupare mucho por la forma en que al parecer lo estaban juzgando. Soltó entonces un pequeño quejido de satisfacción al sentir el líquido resbalar por su garganta. Así era justo como le gustaba.

    —Es toda una historia la que me cuentas —señaló intentando volver la atención a la plática anterior—. ¿Y estás seguro de que ese hombre puede ver y oír lo que afirma?

    —Hice una prueba, y salió satisfactoria —explicó Frederick—. Y a modo personal confió mucho en la declaración del padre Michael de Filadelfia al respecto. Pero el Inspector de Milagros eres tú, así que si quieres verificarlo…

    —No es mala idea, pero ya veremos. Lo que no entiendo, sin embargo, es qué relación tiene esta serie de acontecimientos que el tal detective Sear te contó, con nuestro sospechoso. Pareciera más que toda su declaración apuntara a esta niña… —Jaime abrió en ese momento como pudo el expediente blanco con una mano, pues la otra sujetaba su café, buscando el nombre que se le escapaba de momento—. ¿Cómo dices que se llama?

    —Samara Morgan —respondió Frederick rápidamente, evitándole la molestia—. La investigamos lo mejor que pudimos. Fue adoptada siendo muy pequeña, y su madre biológica está internada en un psiquiátrico en Washington. De ella no se sabe nada de su pasado, incluyendo quién es el padre biológico de la niña.

    —Que tu detective piensa es un demonio, según entendí.

    —Es su teoría, sí —asintió Frederick—. Pero según su relato y lo que pudimos recabar, las habilidades de la niña son realmente inquietantes. Al parecer puede influir en la mente de las personas y los animales, de una forma que los puede llevar a la muerte con sólo desearlo. Y hace unos días incluso su madre adoptiva fue víctima de esto. No pudimos obtener aún los expedientes de su estancia en Eola; al parecer las autoridades confiscaron todo luego de lo sucedido. Por lo que respecto a esa otra entidad que parece acosarla, sólo tenemos la declaración del Detective Sear como respaldo. Pero incluso sin aún haberla conocido en persona, ciertamente siento que hay algo perturbador e incómodo en esta jovencita.

    —Esperaría ese tipo de afirmación de cualquiera —sentenció Jaime, un tanto despectivo—, menos de un exorcista de tu trayectoria y experiencia, Frederick.

    El padre Babato enmudeció unos momentos tras ese comentario. Cualquiera quizás se hubiera ofendido, pero Frederick más que nadie entendía que aquello no era algo personal, y obedecía más a la actitud firme y sobria que el trabajo de Jaime exigía.

    Los Inspectores como Jaime Alfaro tenían la misión de cuestionarlo todo, y ponerle a las investigaciones como esa su respectiva dosis de objetividad. Dicha capacidad para ver las cosas desde una perspectiva que la mayoría de los eclesiásticos no podían, era aprovechada para determinar la veracidad o falsedad de un supuesto milagro, o la autenticidad de una posesión para así justificar un exorcismo. Al propio Frederick le había tocado desempeñar esa misma labor hace ya un tiempo atrás, aunque nunca en las circunstancias actuales. Pues esa búsqueda en la que estaban enfrascados desde poco más de diecisiete años, era una sin precedentes: la búsqueda del mismísimo Anticristo en la tierra…

    Jaime dio un sorbo más de su taza expresando la misma satisfacción que la primera vez. Optó en ese momento por dejar la taza unos momentos en la mesa de centro, y poder hojear mejor el expediente que le acababan de proporcionar.

    —Aun suponiendo que todo lo que dices fuera cierto —señaló fehaciente en padre español—, no sería el primer niño que nos hemos cruzado con estas habilidades; si es que realmente las tiene, que eso aún tendría que comprobarse. Pero por encima de todo, está de más decir que no cumple con nuestros parámetros de búsqueda. El sujeto que buscamos debió haber nacido en algún momento alrededor de junio del 2000, cuando la señal en el cielo apareció. Eso significa que debe tener diecisiete años actualmente; esta niña tiene doce. Por no mencionar que se supone debía ser un varón, y nacer en una cuna privilegiada; emerger del mar de la política, ¿recuerdas? Los padres adoptivos de esta niña —buscó rápidamente entre las hojas del legajo la parte en la que le pareció haber visto la información de sus padres—, son simples criadores de caballos en una isla remota, sin ningún cargo o poder, ¿no? Supongo que tampoco han de tener mucho dinero.

    Dicho eso, colocó el expediente blanco sobre la mesa de centro con actitud despreocupada.

    —Lo siento, Frederick —murmuró encogiéndose de hombros—. Pero incluso con mi mente abierta, no es una candidata a la que puedo tomar enserio.

    El padre italiano suspiró con cierto agotamiento, pasando su mano por su rostro, frotándose principalmente el área de su boca y nariz con sus dedos.

    —No estoy diciendo que esta niña sea directamente a quien buscamos —aclaró una vez que sus ideas se acomodaron en su cabeza—. Pero, sí creo que de alguna forma podría estar relacionada con él.

    —¿Relacionada con el Anticristo? —Cuestionó Jaime, notándosele claramente el escepticismo en su rostro—. ¿Qué te hizo pensar eso? Porque tuvo que ser algo más significativo que todo eso —murmuró señalando con su dedo al legajo blanco—, para que consideraras oportuno llamarme hasta acá. ¿O no?

    Frederick asintió lentamente, y a Jaime de hecho le sorprendió un poco la confianza que demostró al hacerlo.

    —Hay una cosa más que no te he dicho —apuntó Frederick—. Durante su relato, el Detective Sear me contó sobre uno de estos espíritus que él puede ver, pero mencionó que a éste en especial lo percibió con claros atributos demoníacos; dijo que por su experiencia había aprendido a darse cuenta de eso. Y lo más interesante es que, al parecer, prácticamente lo amenazó de muerte si no se alejaba de esta niña.

    —¿Un espíritu? —Inquirió Jaime, incrédulo—. No es precisamente la prueba más confiable que me puedas dar, en especial si sólo tienes el testimonio de una persona como sustento.

    —Sin lugar a duda yo concluiría lo mismo… sino fuera porque este espíritu se identificó con él con un nombre: Gema.

    El semblante completo de Jaime cambió drásticamente al oír aquello último. Incluso su mano se quedó a medio camino de su taza, paralizada en el aire, y rápidamente se viró alarmado hacia Frederick, preguntándole con su sola expresión si acaso eso era algún tipo de broma. Pero, por supuesto, no lo era.

    —¿Gema? —repitió Jaime, más para convencerse a sí mismo de que había oído bien.

    —Sabía que con eso tendría tu atención —señaló el padre Babato, sonriendo y al parecer complacido con la reacción de su colega.

    Jaime no respondió nada. De momento sólo se paró de su sillón, se alejó caminando hacia la puerta que no tenía guardia delante, y por uno momentos los otros tres creyeron que saldría de la sala. No lo hizo, aunque sí se quedó de pie un par de minutos dándoles la espalda, con sus manos en la cintura y su vista puesta en el techo. Parecía estar intentando digerir lo mejor posible el último trozo de información, como si éste se le hubiera atorado a la mitad del esófago.

    —Podría ser una coincidencia —concluyó en voz baja después de un rato.

    —¿En verdad crees eso? —Inquirió Frederick, suspicaz.

    —¿Y si no lo es qué se supone que significa, Frederick? —Soltó Jaime con actitud defensiva, girándose rápidamente de vuelta a él—. ¿Me estás diciendo que tú sinceramente crees que Gema Calabresi está en estos momentos rondando a esta niña como un fantasma?

    —O un demonio que adoptó su forma y nombre, quizás —respondió Frederick, encogiéndose de hombros.

    —¿Y cómo sabes que este sujeto no está sólo engañándote?

    —No lo creo. El detective Sear no tenía ni idea de lo que ese nombre significaría para mí cuando lo mencionó; de hecho ni siquiera hizo hincapié en él. No tenía tampoco idea de quién era yo, ni tenía tampoco pensado verme hasta que el padre Michael se lo sugirió.

    —¿Y por qué estás tan seguro de eso? —Avanzó entonces unos pasos, fijando su atención ahora en Karina—. ¿Ya lo investigaron lo suficiente? ¿Ya descartaron que no pudiera ser miembro de la Hermandad?

    Karina se sobresaltó un poco al verse introducida de esa forma a la discusión, y especialmente desconcertada por esa conducta tan impropia por parte del padre Alfaro.

    —De momento no hemos visto nada en él que pudiera indicar tal cosa —aclaró Karina con la mayor seguridad que pudo—. Sin embargo, yo no lo descartaría tan rápido…

    —Tranquilo, Jaime —intervino Frederick rápidamente, poniéndose de pie de nuevo con la ayuda de su bastón—. Es cierto, quizás se trate de una coincidencia o un engaño. Pero por eso te llamé aquí, para contar con tu visión objetiva.

    Jaime suspiró con pesadez. Se cubrió su rostro con ambas manos, comenzando a tallárselo con un poco de frustración, pero al parecer poco a poco recuperando esa tranquilidad que tanto ocupaba en esos momentos.

    —¿Y enserio crees que puedo ser objetivo ahora que me has dicho esto? —Le preguntó con ligera molestia en su voz, a lo que Frederick asintió y dijo:

    —Es justo por eso que eres a quién necesito.

    Jaime se tomó unos momentos más para que toda esa confusión se saliera de su cuerpo y poder recobrar en su totalidad la compostura. Una vez que se sintió preparado, volvió a su sillón y se sentó en el mismo sitio. Tomó su taza otra vez y se la aproximó a sus labios, dándole ahora un trago más largo que los anteriores; para esos momentos ya se había enfriado un poco.

    —Bien —murmuró con firmeza tras unos momentos—. Creo que casi he comprendido tu tren de pensamiento. La declaración de este detective y los reportes de las inusuales habilidades de esta niña, abren la posibilidad, énfasis en posibilidad, de un origen demoníaco detrás. Y si de alguna forma Gema Calabresi podría estar involucrada en todo esto, ya sea en vida… o en muerte, eso además implicaría una conexión entre esta niña y la Hermandad. Está de más que te diga que todo esto hasta ahora es sólo una teoría, cuyas bases se tambalean más que una mesa con tres patas; pero dejémosla así de momento.

    Hizo una pausa, se inclinó al frente apoyando sus codos en sus muslos, y juntó sus manos delante de él, como si estuviera a punto de empezar a rezar. Sin embargo, sus ojos no se cerraron, y en su lugar se clavaron fijos en Frederick, casi acusadores.

    —Ahora explícame qué tiene que ver Damien Thorn en todo esto —cuestionó secamente—. O, ¿fue sólo la excusa que tomaste para que el Vaticano aprobara mi intervención?

    —Todo lo contrario —se apresuró Frederick a contestar, seguido justó después por un pequeño suspiro de pesar y cansancio mientras él mismo volvía a tomar asiento—. Pero lo creas o no, esa es la parte más complicada de este asunto. La verdad es que, a pesar de que este chico se ha prácticamente salvado siempre de cualquier sospecha, yo siempre lo he tenido en el número uno de mi lista. ¿Recuerdas a Carl Bugenhagen?

    —Por supuesto.

    Frederick extendió en ese momento su mano hacia el libro que estaba leyendo justo antes de que ellos llegaran. Metido entre las página de en medio, sacó un pedazo de papel blanco, doblado dos veces, y lo alzó para que Jaime pudiera verlo.

    —Doce años atrás, antes de morir, Bugenhagen mandó esta carta al Vaticano. —Le extendió entonces el papel a su compañero, y éste lo tomó un tanto vacilante—. En ella señala directamente a este muchacho como el Anticristo. Describe también que se reunió con Richard Thorn, su padre, y le entregó a éste las Dagas de Megido para que las usara en él. El señor Thorn murió sólo un par de días después, acribillado por la policía cuando intentó apuñalar a su hijo en una iglesia de Londres. La carta fue sepultada en los archivos, y nunca se le dio seguimiento. ¿No te parece eso bastante extraño?

    Jaime se tomó un par de minutos para leer en silencio la mencionada carta. Era un poco larga, pero en realidad sólo daba más detalles sobre lo que Frederick bien acababa de resumir. Una vez que logró hacerse una idea general, bajó el pedazo de papel, soltó un largo resoplido, y se talló un poco sus ojos con sus dedos.

    —Frederick —comenzó a decir con seriedad—, sabes tan bien como yo que desde que se estableció la Orden Papal 13118, el Vaticano ha recibido cientos, sino es que miles, de cartas similares a ésta de teólogos, exorcistas, sacerdotes, y frailes de todas partes del mundo. Y creo que no es necesario que te recuerde que en realidad no muchos creen en la existencia, no se diga la efectividad, de estas Dagas de Megido; yo incluido. Y de paso, Bugenhagen no tenía precisamente una reputación del todo intachable en la Santa Sede en sus últimos años, debido a sus ideas tan radicales. Si a esta carta no se le dio seguimiento en su momento, puede que haya sido por estos factores, o quizás se determinó que el hecho ocurrido en Londres no tenía relación alguna con esto.

    —O por qué alguien se encargó de que no se hiciera —señaló Frederick fervientemente, apuntando con su dedo a la carta como si fuera el acusado en un juicio.

    —Eso es bastante paranoico de tu parte. Estarías implicando la existencia de enemigos dentro del propio Vaticano entorpeciendo nuestra búsqueda.

    —¿No explicaría eso por qué después de tanto tiempo y esfuerzo, no hemos logrado verdaderos avances?

    El padre Alfaro guardó silencio, observando a su compañero con desaprobación por sus atrevidas palabras.

    —Bien —musitó Frederick, al parecer ya un poco frustrado—. Llámalo un presentimiento, o un dolor en mi pierna como cuando llueve. Pero yo siempre he sentido que Bugenhagen tenía razón, y este chico es a quien hemos buscado todos estos años. Pero nunca he podido encontrar las pruebas suficientes para convencer a los superiores; y de paso creo que ni a mí mismo por completo. Pero ahora sospecho que él está de alguna forma relacionado con todo este extraño asunto. La niña Morgan viene para acá a Los Ángeles, si no es que ya está aquí.

    —¿Y cómo sabes eso? —Interrumpió Jaime, dudoso—. ¿También te lo dijo ese detective? —Frederick se limitó a asentir—. ¿Y él cómo lo sabe? ¿No se supone que la niña está perdida en estos momentos?

    —Dijo que lo sabía de buena fuente, pero por otras cosas que mencionó en la conversación, intuyo que se refería quizás a que alguno de sus espíritus se lo dijo.

    —Frederick… —exclamó Jaime incrédulo, frotándose su frente con sus dedos con notorio infortunio.

    —Espera, escúchame, por favor —espetó el padre italiano, casi como súplica—. El Detective Sear piensa que ella viene para acá a reunirse con alguien, y Damien Thorn está en estos momentos aquí mismo. Lleva ya unas semanas aquí, aunque ya no tendría por qué seguir en la ciudad. Su tía y toda su comitiva se fueron hace unos días, y él se quedó sólo con unos cuantos hombres de su seguridad privada. Lo hemos estado observando todo este tiempo, y no entendíamos porque se quedaba, incluso faltando a clases. Es una conducta impropia de él hasta ahora. Pero con lo que nos dijo el Detective Sear, las cosas cobraron sentido. Está o estaba esperando a esta niña. Él sabía que venía para acá, y aguardaba aquí para poder reunirse con ella.

    —Pero es sólo una teoría que se basa en la especulación de que en efecto esa niña viene para acá, y que viene específicamente a reunirse con este chico —añadió Jaime, algo acalorado.

    —Es una teoría, pero encaja…

    —O la niña podría venir a reunirse con cualquiera de las millones de personas que viven en esta ciudad, y el chico Thorn sólo se está tomando unos días de pinta de la escuela para pasear por Hollywood lejos de su tía.

    —¿Y su presencia en la misma ciudad es sólo una coincidencia?

    —Podría serlo.

    Frederick se apoyó hacia atrás, pegando completamente su espalda contra el respaldo del sillón, notándosele algo agotado. Quizás la reticencia de Jaime había resultado ser más de la que esperaba. Sin embargo, al mismo tiempo el Inspector de Milagros también estaba confundido con el frenesí con el que Frederick defendía dicha teoría, casi como si deseara con todas sus fuerzas que fuera cierta.

    —Lo entiendo —asintió el padre Babato tras unos segundos de meditación—. En comparación con otros sospechosos que hemos visto, el caso no se sostiene tan bien. Pero tú mismo viste su expediente. Encaja en todos los parámetros: la edad, el sexo, la posición social… Y las desgracias lo persiguen a donde quiera que va; desde el hospital en el que nació, pasando por sus padres, su tío y su primo. Hasta ahora todo se le ha resbalado, lo que implicaría la mano protectora de la Hermandad que tanto hemos estado investigando. Han sido muy cuidadosos y han estado operando fuera de nuestro radar. Pero este hecho —extendió en ese momento su mano derecha, presionando su dedo índice contra el expediente blanco en la mesa—, y esta niña, son la clave. Ésta es su primera gran equivocación en todo ese tiempo. Y si tengo razón, probaría que Damien Thorn oculta algo debajo de toda esa fachada que siempre carga. Ésta podría ser nuestra única oportunidad de desenmascararlo.

    Jaime lo contempló silencioso. De nuevo Frederick se mostraba bastante exaltado, empecinado en que le escuchara y creyera sus palabras a como diera lugar. Él no sabía cuál debía de ser su reacción o su contrargumento en un momento como ese. Frederick parecía bastante convencido de su teoría… quizás, demasiado como para verla desde una posición más alta y ver todas las verdaderas deficiencias que ésta tenía.

    Era mejor que omitiera, al menos de momento, la sensación que él mismo había tenido al ver por primera vez el expediente del muchacho; y en especial lo que la Novicia Loren le había mencionado sobre esa “oscuridad.” Aceptaba que le era difícil olvidarse de ambas cosas mientras argumentaba, pero no podía permitir dejarse llevar por esas impresiones iniciales, ni dejarse arrastrar por el acalorado entusiasmo de su colega.

    —Frederick, seré honesto —murmuró Jaime, intentando ser firme pero también comprensivo—. Creo que estás comenzando a tomarte esto muy personal. Quizás sea hora de que dejes esta búsqueda a…

    Su frase quedó cortada en el aire.

    —¿A quién? —Musitó Frederick, inquisitivo—. ¿Padres más jóvenes y sin su mente tan nublada con los años de ver cosas horrible azorando entre las sombras? —Jaime permaneció callado, evidentemente no deseando terminar su propia frase—. Haré un trato contigo, Jaime —prosiguió—. Si tu conclusión después de que realices tu investigación, es que Damien Thorn no es el Anticristo, y esta niña no tiene relación alguna con nuestra búsqueda… Entonces me retiraré y le dejaré el camino a alguien más. Es una promesa.

    Su propuesta pareció alarmar tanto a Karina como a Carl. Ambos hicieron el ademán de querer decir algo, pero ambos parecieron optar por permanecer callados. Jaime igual se había sorprendido un poco, pero en realidad a él le había parecido más un chantaje que una verdadera resolución.

    —No hay que ser tan fatalistas —comentó Jaime con tono calmado, y pasó a dar un par de tragos más de su (ahora sí frío) café—. Pero ya que volé hasta aquí, sólo me queda en efecto hacer mi trabajo y ver hasta dónde nos lleva el agujero de este conejo, ¿te parece? Pero antes de proseguir, quisiera hablar yo mismo con el señor Sear. Como gran parte de esta teoría, sino es que toda ella, se sostienen en su declaración, quisiera verificarla yo mismo. Además, si tiene habilidades tan excepcionales como tú o este padre Michael de Filadelfia afirman, podría sernos de utilidad en esta investigación.

    —Estoy de acuerdo —asintió Frederick, satisfecho—. A Karina le encantará ir por él para que lo conozcas. ¿Cierto?

    El padrea Babato se giró en ese momento hacia su ayudante a sus espaldas, que se sobresaltó sorprendida al oír tales palabras, y al ver la expresión burlona en el rostro de Frederick. Su boca se curveó entonces en una marcada mueca de molestia.

    —Por supuesto… —masculló despacio de forma forzada.

    — — — —​

    La misma tarde en que Jaime Alfaro aterrizó en los Estados Unidos, Cole tenía una cita para reunirse con el Jefe de Policía Jack Thomson, en los Cuarteles Generales de la Policía de Los Ángeles.

    De manera oficial, Cole no se encontraba en la ciudad como policía, y eso le impedía involucrarse directamente en la investigación activa sobre Leena Klammer, Lily Sullivan y Samara Morgan. Por lo mismo, tampoco tenía medios para obtener cualquier información sobre ellas; al menos, no por los canales convencionales. Pero estando en una ciudad tan grande y desconocida para él, buscando a tres niñas que bien podían camuflarse entre la multitud, tenía que arriesgarse un poco con el fin de progresar. Aunque ello incitara más preguntas de las deseadas.

    Para intentar obtener algo de información de la policía, Cole tuvo que recurrir a una llamada a su capitán en Filadelfia, Phil Morrison, esperando que pudiera enlazarlo con alguno de sus contactos en el DPLA, y así poder obtener un poco de información. Cómo esperaba, dicha petición despertó bastante la curiosidad de su capitán… ¿Por qué uno de sus detectives, supuestamente de vacaciones, le pedía algo cómo eso de pronto? Y además, ¿qué hacía en Los Ángeles?, ¿qué no iba a Oregón?

    Cole tuvo que decir la verdad, o al menos parte de ella, explicándole de manera general al Capitán Morrison cómo se involucró sin quererlo en el caso (y sin entrar en los detalles más escabrosos). Pero el énfasis de su alegato fue más hacia su deseo de compartir lo poco que sabía con la policía para así ayudar; y claro, omitiendo de momento su deseo verdadero, que era él mismo obtener información de ellos. El único cuestionamiento real de Morrison luego de esa explicación, fue uno que Jaime igualmente le haría a Frederick esa tarde: «¿Por qué estás tan seguro de que esa mujer está ahí en Los Ángeles?» Y, por supuesto, esa parte de la verdad no podía decírsela.

    El rumor de sus habilidades especiales era bien conocido en la Policía de Filadelfia; no por nada lo apodaban el Detective de los Muertos. Sin embargo, entre sus compañeros había aquellos que se tomaban muy enserio dicho tema, y otro que lo veían como una excentricidad suya, o incluso una locura. El capitán Morrison se encontraba en medio, en una posición marcadamente neutral. Aun así, sabía muy que si le decía que su fuente era un fantasma, descartaría todo de inmediato y no movería ni un dedo para ayudarlo. Así que en su lugar sólo se limitó a decir que mientras estuvo en Eola, logró encontrar un par de pistas que apuntaban a que Leena Klammer iba justo a Los Ángeles, y que era parte de lo que quería compartir con la policía. Dicha explicación resultó suficiente.

    Para sorpresa de Cole, el capitán Morrison era amigo cercano del actual Jefe de Policía del DPLA, y le consiguió una reunión con él de unos minutos ese mismo día. Cole no esperaba tanto, y ciertamente estuvo agradecido. Aunque, quizás su agradecimiento se redujo cuando llegó a los cuarteles a la hora pactada y lo tuvieron esperando casi dos horas y media antes de que el Jefe Thomson lo recibiera. Y en realidad, llamar reunión a aquello sería de hecho ser bastante optimista, pues al parecer a lo que el Jefe había accedido era a hablar con él en el tramo entre su oficina y el estacionamiento, mientras se retiraba de los Cuarteles a un compromiso en la Alcaldía.

    Cole se cuestionaría después qué tan buen amigo era su capitán en realidad de este hombre. Pero, dadas las circunstancias, quizás no podía darse el lujo de ponerse exigente.

    —¿Cuál es el interés de la policía de Filadelfia con este caso? —Le cuestionó el Jefe Thomson, un hombre alto de complexión gruesa y cabello cano, mientras ambos caminaban por los pasillos en dirección al ascensor—. Morrison no fue muy claro cuando me llamó. ¿Leena Klammer es buscada allá por algo?

    —No que yo sepa —respondió Cole andando a su lado. Agradecía al menos que el policía veterano moderaba un poco su marcha para que él pudiera seguirlo—. En realidad no estoy aquí por algún asunto oficial, sino más bien personal. Por una u otra causa, me tocó estar involucrado con los dos tiroteos en Portland y Salem. Conocí al oficial que asesinó en Portland, y en el psiquiátrico de Eola hirió a una buena amiga mía.

    —Lo lamento —masculló Thomson, son sinceridad. La muerte de un policía siempre afectaba a cualquier miembro de la fuerza, fuera de la ciudad que fuera. Y Lenna ya había matado a dos en su trayecto.

    —No me quiero meter en la jurisdicción o en el trabajo de alguien más —añadió Cole—. Sólo estoy intentando ayudar cómo pueda. Como le dije, Leena Klammer viene para acá con las dos niñas que secuestró. Incluso ya podría estar aquí.

    Thomson soltó un pequeño murmullo, similar a un quejido, que Cole no supo cómo interpretar. Permaneció callado durante los últimos metros que los separaban de las puertas del ascensor. Luego presionó el botón para bajar, y aguardaron a que éste llegara. Mientras esperaban, Thomson agregó:

    —Bueno, le alegrará saber que los Federales piensan igual que usted, detective. Descubrieron que ella de hecho estuvo viviendo el último un par de años aquí.

    —¿Aquí en L.A.? —Exclamó Cole, sorprendido. Ese era un dato que desconocía por completo, aunque en realidad no era que supiera mucho en ese punto.

    —Trabajaba como prostituta en las calles, y era medianamente conocida, de hecho. Se hacía llamar La Huérfana.

    Aquello dejó al pensativo al detective, especialmente por ese apodo tan inusual.

    El ascensor llegó en ese momento, por lo que ambos avanzaron hacia él. Había otras dos personas adentro, que de inmediato le desearon las buenas tardes al Jefe de Policía. Éste se inclinó hacia el tablero para presionar el botón del estacionamiento E1, y poco después las puertas se cerraron y comenzaron a descender.

    —Ocho años atrás —murmuró Cole, exteriorizando un poco los pensamientos que lo habían azorado en ese momento—, Lenna Klammer se hizo pasar por una niña huérfana para ser adoptada por una familia. No sé si quizás de ahí venga ese sobrenombre.

    —Encima de todo es cínica la condenada —musitó Thomson, entre enojado y divertido por la ironía—. No quiero saber si sus clientes sabían que era una mujer adulta o no.

    —¿Saben en dónde vivía?

    —En un viejo y feo departamento en el sur. Lo revisaron, pero ya está habitado por otra mujer, y no había ningún rastro reciente de Klammer ahí. Me parece que los Federales lo tienen vigilado, pero no he recibido noticias de que haya habido algo sospechoso hasta ahora. No más de lo que ocurre usualmente por esa zona, al menos.

    —Debe estarse quedando en otro sitio.

    —O siguió de largo hasta Tijuana —comentó Thomson, encogiéndose de hombros—. A estas alturas es difícil saberlo.

    Las dos personas que iban con ellos se bajaron en la plata baja. Ellos siguieron un piso más abajo, antes de también bajarse y comenzar a andar por el estacionamiento cerrado y alumbrado con lámparas en el techo.

    —Y me temo que eso es todo lo que sabemos de momento, detective —comentó Thomson con algo de pesar—. Los Federales se han apoderado del caso y restringen la información. Todas las jefaturas tienen orden de estar atentas ante cualquier niña con la descripción de Klammer o las otras dos, y de avisar de inmediato a la Oficina Federal. Pero fuera de eso, tenemos las manos atadas y no hay mucho más que podamos hacer.

    Cole ya se temía por adelantado que los Federales tomaran por completo la jurisdicción del caso. Era el accionar más obvio, pues los crímenes de Leena Klammer habían cruzado tres estados, incluido el secuestro de dos menores. Lo que le preocupaba, sin embargo, era saber quién realmente se estaba encargando de ese caso. Recordaba la última conversación que había tenido con Vázquez en Eola, en la que le había mencionado a personas de alguna agencia que se habían presentado en el hospital en Portland posterior al tiroteo, tomando todas las pruebas y testimonios, y sin dar ninguna explicación. ¿Serían esas mismas personas las involucradas en ese bloqueo de información? Aquello le hizo teorizar que, al igual que él, podrían saber parte de la verdad detrás de ese asunto, y no estaban dispuestos a compartirla del todo.

    La caminata terminó cuando llegaron ante el vehículo el Jefe, una camioneta Ford Escape del año color gris oscuro. El oficial superior se paró a un lado de la puerta del conductor, y se viró unos momentos a Cole, observándolo con severidad.

    —Yo le recomiendo no involucrarse más en este asunto, especialmente si no tiene un motivo oficial para hacerlo como policía. Mejor disfrute lo que le queda de vacaciones y deje que nos encarguemos de esto.

    Dicho eso, abrió la puerta del vehículo e ingresó en él.

    —Quisiera poder hacerlo, Jefe —musitó Cole, y se tomó el atrevimiento de acercársele—. Sólo prométame que sus hombres estarán atentos por cualquier cosa.

    —Como dije, eso es todo lo que podemos hacer —respondió Thomson. Encendió el vehículo justo después, y cerró la puerta. Tuvo, sin embargo, la gentileza de bajar la ventanilla para al menos terminar la conversación antes de irse—. Si me disculpa, tengo un compromiso.

    —Lo entiendo, y gracias por recibirme —expresó el detective, extendiendo su mano hacia el interior del vehículo.

    —No hay de qué —respondió el Jefe, estrechando su mano firmemente—. Salúdeme a Morrison.

    —De su parte.

    Cole sacó su mano del vehículo, y justo después la ventanilla subió por completo hasta ocultar al Jefe del otro lado. La camioneta se puso en marcha justo después, comenzando a alejarse por el estacionamiento hacia la salida. Cole se preguntó si acaso no estaba demasiado apresurado por alejarse de él, y eso le hizo pensar que quizás sí sabía algo más de todo eso que no le había dicho.

    Fuera como fuera, era claro que ya no obtendría mucho más ahí.

    — — — —​

    Al salir del edificio gubernamental, Cole se paró unos momentos en la acera intentando aclarar sus pensamientos, que se difuminaban un poco debido a la gran frustración que sentía. Y no era para menos; ese era su tercer día ahí y no había realmente logrado avanzar ni un poco en su búsqueda. Esa reunión era quizás su última esperanza de obtener algo, pero se había encontrado de frente con la pared de los Federales, o quienes fueran realmente. Mientras ellos restringieran la información del caso, no había mucho que pudiera obtener por el medio oficial.

    Mientras estaba sumido en todos esos pensamientos, sus manos habían reaccionado por sí solas, sacando su cajetilla y encendedor del bolsillo de su saco. Para cuando fue consciente de lo que estaba haciendo, ya tenía el cigarrillo en los labios y estaba a punto de encenderlo. Se sintió de momento un poco impresionado por cómo su cuerpo había realizado tal acción en respuesta a su estado de ánimo; como un mero reflejo involuntario.

    Se le vino en ese momento a la mente el Dr. Crowe, y lo que le había mencionado en aquella última conversación:

    “Deberías considerar dejar de fumar. No te traerá nada bueno a la larga.”

    Cole sabía que a veces los comentarios casuales de los fantasmas sólo eran eso. Pero, en otras ocasiones, resultaban ser advertencias reales de cosas que su visión un poco más amplia les permitía ver. ¿Cuál era el caso en esa ocasión?, no lo sabía con seguridad. Pero nunca antes de ese momento justo había relacionado tanto la imagen su madre moribunda, con su hábito de fumar que poco a poco se había vuelto tan usual en él.

    Quizás debía intentar reducirlo un poco; sólo por si acaso.

    Con eso en mente, se retiró el cigarrillo de sus labios, lo guardó de nuevo en la cajetilla, y colocó ésta y su encendedor de regreso a su bolsillo.

    Para bien o para mal, ese pequeño exabrupto le había ayudado a desviar su mente hacia otro lado, por lo menos por un segundo. Al final había perdido toda la tarde, sin obtener gran cosa a cambio. Lo único relevante que sabía ahora era que Leena Klammer solía vivir ahí en Los Ángeles. Eso daría más validez a la teoría de que ella y las dos niñas estaban ahí. Pero la pregunta seguía siendo la misma: ¿dónde?

    Quizás su siguiente plan de acción debía ser ir a revisar el antiguo departamento de Klammer. El Jefe había dicho que los Federales lo habían revisado sin obtener nada. Sin embargo, por experiencia sabía que él tenía… buen ojo para ver lo que otros no, por decirlo de alguna forma.

    Se encontraba meditando en todo ello, e intentando no pensar en lo mucho que le ayudaría un cigarrillo a calmarse, cuando entonces escuchó a su costado:

    —Detective Sear —pronunció una voz de forma tosca, haciendo que el oficial se sobresaltara un poco.

    Al virarse, un tanto defensivo, reconoció casi de inmediato el rostro duro, casi agresivo, de la misma mujer que lo había recibido en el aeropuerto; la ayudante, o algo así, del padre Babato. Ella se aproximaba caminando hacia él con sus manos en el interior de su abrigo, que aún le daba la impresión de estar ocultando una o dos armas debajo. El reconocerla no lo hizo sentir mucho más tranquilo, pero como siempre intentó fingir que así era.

    —Vaya, si es mi nueva amiga, la sicario de Dios —comentó con un tono burlón, aunque algo irritado—. ¿Acaso me está siguiendo?

    La mujer se paró justo enfrente de él, e ignorando un poco su cuestionamiento pronunció de inmediato:

    —El padre Babato me mandó a buscarlo. Desea hablar con usted otra vez.

    —¿Ya terminó de analizar mi caso? —Ironizó Cole, molesto—. Lo que sea que eso signifique… Dígale que no tengo tiempo para otra charla como la del otro día. Tengo una asesina y una niña secuestrada que encontrar.

    Y dada por terminada la charla con esa última declaración, Cole se dio media vuelta y comenzó a caminar calle abajo, sin una dirección o intención más allá de querer alejarse de ella lo antes posible. No pareció sorprendido al darse cuenta de que la mujer había optado por andar detrás de él, algo insistente.

    —El padre también desea encontrar a esta niña —le informó inmutable—, y cree que ambos se pueden ayudar mutuamente. Pero desea primero presentarle a una persona.

    —Como dije, estoy ocupado —persistió Cole, acelerando un poco su paso—. Y la verdad, preferiría trabajar esto solo…

    La huida de Cole fue cortada cuando la puerta de un vehículo estacionado en la banqueta se abrió, cortándole el camino abruptamente. Antes de que Cole viera salir a su ocupante, ya se había dado una idea de quién sería al reconocer el Honda Accord plateado. Y en efecto, del vehículo se bajó el alto y silencioso Carl, que amablemente lo había llevado a su hotel la última vez que se vieron. El hombre se paró firme delante de él, con sus manos juntas al frente en posición marcial. Sus pequeños y amenazantes ojos de fijaron en él, dejándole bastante claro que no le permitiría avanzar ni un paso más de donde estaba.

    —Tendremos que insistir, detective —susurró la mujer de color a sus espaldas, sólo un poco menos agresiva que la mirada de aquel hombre.

    Al verse acorralado de esa forma, una vez más Cole recordó sus encuentros con hombres de la mafia, y el chiste que había pronunciado hace poco al referirse a esa mujer como “sicario de Dios,”, le hacía de hecho más sentido. Como fuera, aparentemente no tenía muchas opciones a elegir. E incluso si las tenía, en ese momento Carl le abrió la puerta de la parte trasera del vehículo, eligiendo por él.

    —¿Entienden ustedes lo que es un secuestro? —Musitó sarcástico mientras avanzaba de mala gana al automóvil. Ninguno le respondió nada.

    Igual como la primera vez, la mujer se sentó a su lado detrás, y el hombre de cabeza calva tomó el lugar del conductor. Cole pensó, un tanto en broma, que al menos se ahorraría el taxi de regreso.

    FIN DEL CAPÍTULO 81
     
  2.  
    WingzemonX

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    Resplandor entre Tinieblas
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    Resplandor entre Tinieblas

    Por
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    Capítulo 82.
    Orden Papal 13118

    Cole esperaba ser llevado de nuevo a la misma iglesia de la vez pasada, o quizás a alguna otra similar. Para su sorpresa, el lugar al que sus captores se dirigían resultó ser un restaurante estilo italiano, cerca del centro. Era elegante, pero no del tipo que te hacía sentir que te costaba un ojo de la cara el sólo entrar en él. Al ingresar, la mujer de gabardina que lo había escoltado se dirigió directo a la anfitriona y le susurró algo en su oído. Ésta asintió y le respondió algo, que a Cole le pareció era italiano, y entonces les indicó con una mano que la siguieran.

    Avanzaron por el local, estando Cole prácticamente rodeado, con la mujer afroamericana al frente y el hombre grande y calvo detrás, como si temieran que en cualquier momento intentara escapar. Y, ciertamente, la idea le había cruzado por la cabeza en un par de ocasiones.

    Sólo había unas tres mesas ocupadas en esos momentos; la hora de comer ya había pasado, y todavía faltaban un par de horas para la cena. La anfitriona los llevó hasta la parte de atrás, hacia unas puertas que aparentemente llevaban a un área privada, apartada del resto de las mesas.

    Un policía siendo escoltado por dos personas con apariencia de matones, por un restaurante italiano hacia un área privada al fondo del local. Ahora eso ya no le rememoraba sus propias experiencias con la mafia local de Filadelfia, sino más bien a alguna estereotipada película que habría visto durante la madrugada por televisión.

    La habitación era pequeña, y era ocupada principalmente por una larga mesa rectangular de mantel blanco, con sillas suficientes para aproximadamente veinte personas, aunque en esos momentos sólo había dos. Y evidentemente ninguno era algún viejo jefe de la Cosa Nostra, aunque uno de ellos sí era italiano. El padre Babato, sentado en uno de los extremos de la mesa, sonrió contento al verlo entrar, y sin dudarlo mucho se paró de su silla apoyado en su bastón y se le aproximó.

    —Detective —exclamó con singular júbilo, apretando uno de los brazos de Cole con su mano, quizás como un gesto similar a un saludo o un abrazo, pero que al oficial le incomodó un poco—. Qué gusto volverlo a ver. Gracias por aceptar de nuevo mi invitación.

    —¿Así es cómo usted le llama? —Masculló sarcástico, mirando de reojo a las dos personas que lo habían acompañado. Ambos, sin pronunciar palabra, se dirigieron al extremo contrario de la mesa y tomaron asiento, para después comenzar a revisar el menú. Cole supuso que aunque estuvieran relativamente lejos, igual intervendrían para evitar su salida si lo intentaba.

    —¿Cómo ha pasado su estadía en Los Ángeles? —le cuestionó Frederick, llamando de nuevo su atención.

    —Con altibajos —le respondió secamente—. Escuche, sé que la intención del padre Michael fue buena, pero realmente no sé si fue correcto acudir a ustedes. Preferiría encargarme yo mismo de aquí en adelante.

    Frederick asintió lentamente, aparentemente comprensivo.

    —Supongo que eso significa que ya pensó en lo que hablamos, ¿verdad? ¿Ya sabe lo que hará con la niña?

    Cole enmudeció un poco por ese repentino cuestionamiento.

    —No voy a matar a una niña inocente; eso lo tengo claro.

    —Entonces, faltaría determinar si es realmente inocente o no. ¿Correcto?

    De nuevo, Cole se quedó sin palabras, aunque más que nada se sentía impresionado por un cierto cinismo que había detectado en ese comentario, y que no supo bien cómo interpretar.

    Antes de que pudiera reaccionar de algún modo claro, sintió como Frederick colocaba una mano sobre su espalda y lo guiaba sutilmente hacia la mesa. Cole, por algún motivo, lo siguió sin protestar.

    —Detective, permítame presentarle al padre Jaime Alfaro —masculló el sacerdote, extendiendo su mano hacia el otro hombre que estaba sentado con él antes de que entraran—. Viene llegando directo de la Santa Sede.

    Cole despabiló un poco y logró entonces echarle un vistazo a aquel individuo. Era un hombre también mayor, aunque de seguro al menos diez o quince años más joven que el padre Babato. Tenía el cabello negro corto, con la presencia muy notable de canas decorándolo en varios puntos, y un poblado bigote sobre sus labios en el mismo estado. Usaba el traje negro completo y el cuello clerical que lo identificaban claramente también como sacerdote. Cuando lo presentó, Jaime le sonrió gentilmente (aunque no demasiado), y entonces se puso de pie para extenderle su mano por encima de la mesa.

    —Encantado de conocerlo, detective —murmuró con un marcado acento español acompañando sus palabras—. He oído muchas maravillas sobre usted.

    —Gracias —respondió Cole dudoso, estrechando su mano más por amabilidad que por deseo propio—. ¿También es un exorcista, padre?

    Jaime rio ligeramente, echándole una mirada rápida de complicidad a Frederick, que ya estaba de regreso en su silla.

    —No precisamente —respondió Jaime con normalidad—, pero suelo trabajar de cerca con ellos. Pero siéntese, por favor. ¿Gusta beber o comer algo?

    —Preferiría no tener que quedarme tanto —respondió Cole con un nada disimulado fastidio, pero igual jaló la silla delante de Jaime y a la diestra de Frederick, y se sentó.

    —El padre Babato me contó a detalle sobre el tema que lo trajo a Los Ángeles —indicó Jaime, mirando a Cole firmemente—, y sobre la niña que está buscando. Me gustaría hablar con usted sobre algunos detalles de dicha situación, con el fin de poder ayudarnos mutuamente a resolverla.

    Cole suspiró, ya en ese punto un tanto cansado de lo repetitivo que se estaba volviendo todo.

    —Como bien le dije a la señorita —pronunció lo suficiente fuerte para que la mujer al otro lado de la mesa lo oyera—, y al padre Babato hace un momento, en verdad agradezco su intención, pero no creo que necesite realmente...

    —¿No cree que necesite nuestra ayuda? —Le interrumpió el padre Alfaro, completando su frase—. Pero usted mismo vino a pedírsela al padre Babato, ¿no?

    —No, escuche. —Cole se inclinó hacia el frente y extendió sus manos a modo de exposición, observando atentamente a los dos sacerdotes—. El padre Michael fue el que me insistió en que hablara con él. Y se lo agradezco; fue una plática interesante y me dio mucho en qué pensar. Pero enserio, ahora necesito irme y buscar a mi sospechosa antes de que alguien más resulte herido.

    Se puso de pie una vez más en ese momento, acomodándose su saco.

    —Se los agradezco, disfruten su cena...

    Se giró en ese momento hacia la puerta para salir por ella sin mirar atrás. Sin embargo, al voltearse se encontró con el enorme cuerpo de Carl, parado justo delante de la entrada cubriéndola casi por completo, mientras lo miraba amenazante hacia abajo. A Cole en realidad no le sorprendió demasiado el verlo, sino más bien el hecho de que se hubiera acercado desde el otro lado el cuarto tan rápido sin que se diera cuenta.

    —Lo entiendo, es un hombre ocupado, detective —pronunció Jaime a sus espaldas. El padre español se paró también en ese momento, sujetando en sus manos ahora un sobre abultado color amarillo, y comenzó a rodear la mesa para ir en su encuentro—. Y lo que menos deseamos es quitarle mucho tiempo de su investigación. Sólo quería pedirle de favor si podía echarle un vistazo a estas fotos.

    Le extendió entonces el sobre que sujetaba en su mano para que él lo tomara. Cole lo miró, un tanto extrañado.

    —¿Fotos?

    —Sí —asintió Jaime—. Sólo quisiera ver si reconoce a alguna persona en ellas. Como detective, seguro que le ha pedido cosas parecidas a un testigo antes, ¿no? Si las ve y no reconoce a nadie, podrá irse y Carl lo llevará a dónde guste.

    Cole miró sobre su hombro a Carl, como buscando alguna confirmación de aquello. El hombre calvo sólo lo miró de la misma firma dura y agresiva de antes.

    —¿Y si sí reconozco a alguien? —Cuestionó el policía justo después, volviendo su atención hacia el sacerdote delante de él. Éste sonrió, de una forma que le pareció tan cínica como aquella inapropiada frase del padre Babato, y entonces le respondió:

    —Entonces tendremos una charla un poco más larga. —Volvió en ese momento a alzar el sobre, acercándoselo más—. Por favor.

    Cole supo que esa petición no tenía prácticamente nada de opcional.

    Tomó entonces el sobre, un poco de mala gana, y se aproximó de nuevo en la mesa. No se sentó en la misma silla de antes, sino que eligió una un poco más alejada de ambos sacerdotes. Abrió el sobre y sacó el contenido de éste, que en efecto era un fajo de varias fotos; Cole contó que debían ser al menos unas treinta.

    Comenzó entonces a recorrer una por una de forma algo perezosa, arrojando a la mesa aquellas que iba viendo.

    En la primera había una mujer rubia de facciones europeas y ojos azules.

    En la segunda un hombre de color de cabello corto.

    En la tercera una niña pelirroja de ojos verdes.

    En la cuarta un chico castaño de piel morena.

    Y así cada foto mostraba a una persona totalmente diferente a la anterior, y sin alguna relación evidente a simple vista. De hecho, algunas incluso le llegaron a dar la impresión de que eran fotos al azar bajadas de internet.

    —¿Quiénes se supone que son estas personas? —cuestionó un poco fastidiado cuando ya iba casi la mitad del monto.

    —Será mejor que de momento no lo sepa —le respondió Jaime de forma enigmática. Cole sólo rodó los ojos y siguió revisando.

    Cuando ya estaba en el último tercio de las fotos, y había llegado a pensar que todo aquello era algún tipo de intento de fastidiarlo, algo cambió. Justo detrás de la foto de un hombre robusto de cabello canoso, la foto siguiente dejó a Cole sin aliento. En ésta vio a una mujer joven, de rostro delgado y sonrosado, con cabello castaño claro, corto hasta sus hombros, y ojos azul cielo. Sonreía ampliamente a la cámara, mostrando unos dientes blancos y brillantes.

    Cole soltó aquella fotografía, y las demás que faltaban, y las arrojó a la mesa como si le quemaran. Se paró de un salto y se alejó dos pasos de la mesa. Aquella reacción hizo que todos se pusieran en alerta.

    —Esa mujer —masculló, señalando con su dedo hacia la fotografía que había quedado encima de todas las demás.

    Frederick se aproximó por un costado e inclinó su cuerpo sobre el montículo de fotos. Tomó aquella sobre el resto, la sujetó delante de su rostro, y luego se le extendió a Cole para que la viera de nuevo.

    —¿Conoce a esta mujer, detective?

    —Sí, claro —respondió Cole, aún exaltado—. El espíritu que se me apareció dos veces en Eola, tenía la apariencia de esa mujer.

    Frederick asintió, y entonces se viró hacia Jaime y le extendió la foto. Éste la tomó entre sus dedos, la contempló en silencio unos segundos, y entonces miró a Cole con severidad.

    —¿Está usted seguro? —Inquirió el padre español con sequedad, sonando casi como una reprimienda.

    —¡Por supuesto que estoy seguro! —Exclamó Cole, irritado—. ¿Qué está pasando aquí? ¿Quién es esa mujer?

    Las puertas del privado se abrieron en ese momento, y un par de meseros entraron cada uno con una bandeja. Con ellos llevaban dos botella de vino, y algunos platos pequeños con entradas. Todos guardaron absoluto silencio mientras colocaban las cosas en la mesa, viéndose de seguro bastante sospechosos en el proceso.

    —¿Listos para ordenar? —Preguntó una mesera mirando a los dos sacerdotes, pero Carl se adelantó a intervenir primero.

    —Nosotros nos encargaremos —le indicó a los dos meseros, y con sus largos brazos les indicó a ambos que avanzaran hacia la otra punta de la mesa, donde Karina con los menús aguardaba. Los meseros no se opusieron.

    Sin Carl cubriendo la puerta, Cole podría haber salido corriendo en ese mismo instante, pero eso ya no era una opción. Ahora quería respuestas.

    Cuando los meseros estuvieron lo suficientemente alejados, Frederick se apresuró a tomar el resto de las fotos y guardarlas en el sobre. Luego, le hizo un ademán con su cabeza a Cole para que retomara su asiento original con ellos, y éste así lo hizo. Frederick se sentó a la cabeza, y Cole y Jaime tomaron su diestra y su zurda, respectivamente. Jaime, sin embargo, parecía algo apartado y pensativo, sentado en su sitio pero abstraído en su propia cabeza.

    Todos siguieron en silencio hasta que Carl y Karina terminaron de hacer el pedido, y el hombre grande y calvo guio de nuevo a los meseros a la puerta.

    —Yo les indicaré cuando servir la comida —lo escuchó Cole murmurar cuando pasaba detrás de él—. Hasta entonces, les agradeceremos si pueden darnos un poco de privacidad. Grazie per i tuoi servizi.

    Cole no sabía mucho italiano, pero presintió que aquello lo había pronunciado fatal.

    Cuando los meseros salieron, Carl cerró la puerta detrás de ellos y volvió a tomar su lugar de guardia delante de ésta. Karina también se aproximó, parándose detrás de la silla de Frederick de forma protectora. Por su parte, el padre Babato volvió a tomar la foto que tanto había alterado a Cole, y la colocó sobre la mesa, delante de él para que todos pudieran verla.

    —Su nombre era Gema Calabresi —indicó con voz solemne, y el nombre "Gema" no pasó desapercibido para Cole—. Era de origen Italiano, así como un servidor, aunque no tuve mucha oportunidad de conocerla en su momento. Se ordenó como monja a los veintiún años, y durante los 90's trabajó como enfermera en un hospital católico en Marsala. Siempre fue una chica muy devota y alegre, entregada a ayudar a las personas. Sin embargo, en junio del 2000 desapareció de su orden sin dejar rastro, y nadie supo nada de ella por un largo tiempo. Quince años después, comenzaron a surgir rumores de su presencia aquí en los Estados Unidos, y se sospechó de su conversión al Satanismo. Luego de meses de esfuerzo, rastreamos su ubicación en New York. Sin embargo, justo cuando estábamos por encararla, se suicidó... rebanándose su propia garganta.

    —Santo Dios —exclamó Cole, impresionado.

    —Dios no tuvo nada que ver con eso, se lo aseguro —añadió Jaime en voz baja, como si aquello no hubiera sido realmente para Cole.

    Entonces, ¿sí existió una mujer llamada Gema con ese rostro? ¿Y murió en el 2015 rebanándose su propio cuello? Cole no pudo evitar recordar como aquel espíritu había narrado su muerte de una forma muy distinta:

    No es una gran historia. Solamente un día me fui a dormir, y a la mañana siguiente... bueno, digamos que todo se volvió mucho más frío.

    Muy lejos de suponer que aquello se refería a algo como lo que el padre Babato estaba describiendo. Sin embargo, Cole sabía bien que no podía fiarse de nada de lo que aquel ser le había dicho. Todo pudo haber sido simples mentiras, incluido su nombre y su identidad.

    —Escuchen —pronunció Cole intentando ser claro y tranquilo—, yo en verdad no podría garantizarles que a quien vi fuera al fantasma de esta mujer que describen. Como bien le dije al padre Babato, al principio creí que era un espíritu humano, pero luego cambió a una naturaleza totalmente demoníaca.

    —Pero mencionó que sintió ambas cosas, ¿no? —Señaló Frederick—. Un espíritu humano y un espíritu demoníaco al mismo tiempo, según recuerdo.

    —Sí lo dije, pero la verdad es que nunca me había encontrado con algo así antes, y no sé bien cómo interpretarlo. Pero lo más seguro es que fuera un demonio adoptando su nombre y su imagen.

    —¿Y por qué haría tal cosa? —Intervino Jaime con suspicacia—. Usted dice que no la conocía de antes. ¿O sí?

    —No, nunca la había visto.

    —¿Y no había forma de que supiera que usted nos conocería más adelante?

    —Eso no lo sé —murmuró Cole, vacilante—. Lo único que puedo confirmarles es que yo ni siquiera sabía del padre Babato, hasta una hora antes de subir a mi avión para acá hace tres días.

    Cole notó entonces la manera en que los dos sacerdotes, y la mujer detrás del italiano, lo miraban. Y estaba seguro de que si volteaba a ver a Carl, el mismo sentimiento se vería reflejado en su mirada. Él la conocía muy bien, pues él mismo había visto antes así a muchos sospechosos durante un interrogatorio. Y eso lo hizo comprender que justamente esa era su posición en esa charla "amistosa."

    —¿De eso se trata esto? —Espetó con actitud defensiva—. ¿Creen acaso que tuve que ver con la muerte de esta mujer o sé algo de ella? Porqué si es así, están muy equivocados. No sé qué fue lo que vi, ni qué relación tiene esta mujer con Samara. Y no puedo ayudarlos con eso.

    Los dos sacerdotes se miraron el uno al otro en silencio por un largo rato, casi como si estuvieran teniendo algún tipo de conversación privada en sus mentes a la cual Cole no era bienvenido. Y considerando el tipo de personas que había conocido en la Fundación Eleven, la posibilidad no era tan inverosímil, pero no creyó que se tratara realmente de ello.

    Luego de unos momentos Jaime exhaló lentamente por su boca, y fijo sus ojos de nuevo en el detective.

    —Quizás nosotros podríamos ayudarlo a usted con su problema, señor Sear —señaló considerablemente más calmado—. Frederick me mencionó que está convencido de que esta niña perdida, Samara Morgan, está aquí en Los Ángeles. Y que vino para reunirse con una persona.

    A Cole le extrañó un poco el abrupto cambio de tema. Se viró un momento hacia el padre Babato, que sólo se encogió de hombros, aunque su mirada casi pícara hacía ver claramente que entre ambos curas había algo en mente que él no sabía.

    —No creo haberlo dicho exactamente de esa forma —señaló el policía—. Pero sí, creo que la persona para quien Leena Klammer trabaja está aquí en Los Ángeles. De hecho, averigüé que ella vivía aquí en la ciudad hasta hace poco. Puede que aquí sea donde ese individuo la contactó.

    Jaime solamente asintió como respuesta, y miró de nuevo a Frederick como cediéndole la palabra. El padre italiano buscó en el interior de su saco negro otro sobre, ahora más pequeño y de color blanco.

    —Quisiera enseñarle otra fotografía, detective —propuso el padre, y colocó cuidadosamente el sobre enfrente de Cole—. Si está de acuerdo, claro. Sólo dígame si también reconoce a la persona en ella.

    Cole miró el sobre, un poco preocupado por lo que fuera a encontrar en él tras la sorpresa anterior. Pero, a su vez, eso mismo le provocaba una curiosidad difícil de ignorar. Así que tomó el sobre, lo abrió y sacó sin mucha espera su contenido. Era en efecto sólo una foto, rectangular, con la imagen de busto y cara de un chico... joven, de diecisiete o dieciocho, de ojos azules y cabello negro. Y, se podría decir, apuesto...

    El detective se quedó helado ante la mirada y sonrisa astuta de aquella persona. Y aunque en un inicio no identificó claramente el porqué de su reacción, poco a poco la idea se volvió más que clara en su mente, hasta que lo supo: no era la primera vez que lo veía.

    * * * *

    —¿Por qué no me demuestra a mí de lo que es capaz? —se escuchó su voz astuta resonando como una carcajada, tomando por sorpresa a la mujer dentro del cuerpo de Cole Sear.

    Sintió en ese momento como si alguien se hubiera parado justo detrás de ella, le rodeara el cuello con un brazo y lo apretaran con fuerza con él hasta casi sofocarla. Sintió además cómo colocaba su rostro a un lado del suyo, y le susurraba despacio en el oído:

    —¿Lista para el Round 2, señora?

    Y entonces, fue jalada violentamente hacia atrás, arrancada a la fuerza del cuerpo de Cole y desapareciendo entre sombras.

    * * * *

    Cole bajó la foto hasta la mesa, y se quedó unos instantes ensimismado en sí mismo, repitiendo aquella escena en su cabeza como si pudiera darle retroceso y luego avanzarla en cámara lenta. Aquel momento había sido difuso, como una serie de pequeños flashazos de un sueño que tenía problemas para recordar tras despertar. Pero al ver esa foto, ese instante se volvió completamente claro. Él no lo había visto directamente, sino a través de los ojos de Eleven... ¿o ella lo había visto a través de los suyos? No tenía idea de cómo explicarlo con exactitud, pero no tenía duda alguna. La persona que había intervenido en aquel momento, había tomado a Eleven y la había jalado fuera de él; y quién por consiguiente la había atacado en su propia casa luego de ese momento... Esa persona...

    —Es él... —Exclamó atónito con sus ojos fijos en la imagen inerte sobre la mesa—. Es el chico, el que atacó a Eleven... el culpable de toda esta maldita locura...

    Aquellas palabras habían sido más para sí mismo que para sus acompañantes; una conclusión que necesitaba a todas luces pronunciar en voz alta para poder convencerse a sí mismo de ella.

    —¿Entonces sí lo ha visto antes? —Cuestionó Frederick con apremiante curiosidad.

    —Sí —Respondió rápidamente, aunque casi de inmediato vaciló—. Eso creo.

    —¿Eso cree? —Cuestionó Jaime a continuación, mostrándose claramente reticente ante tan dudosa declaración. Frederick intervino rápidamente, indicándole con un ademán de su mano a su compañero para que no dijera más de momento.

    —¿Dónde lo vio? —insistió el padre Babato.

    —En el psiquiátrico de Eola —contestó Cole, aún indeciso—. No lo recordaba hasta ahora... En verdad no estoy seguro siquiera si realmente lo vi.

    —Cuéntenos, por favor —solicitó Frederick apremiante.

    Cole se sentía alterado. Sin pensarlo, su mano se dirigió al bolsillo en donde guardaba sus cigarrillos, pero logró detenerse a mitad del camino. En su lugar, se extendió ahora hacia una de las botellas de vino y se sirvió un poco en su copa. Tomó de ella casi de inmediato sin titubear, esperando que un poco de alcohol lo calmara tanto como un cigarrillo. No lo hizo, pero sí lo suficiente para que pudiera contarles lo que querían saber. Sobre cómo había acorralado a Leena Klammer en el pasillo del psiquiátrico, pero luego todo se había vuelto confuso para él por la intervención de aquel otro hombre que lo había paralizado. También sobre cómo éste lo hubiera matado, si Eleven no hubiera intervenido para ayudarlo. Pero, al hacerlo, se había expuesto a esa persona, que terminó atacándola y dejándola en coma.

    Intentó ser lo más claro posible, pero incluso para él todo lo que había pasado en ese momento resultaba confuso.

    Mientras iba terminando su relato, Jaime había decidido imitarlo y también se sirvió algo de vino; aunque, en una cantidad relativamente mayor a la de Cole. Cuando éste terminó de hablar, y ya llevaba al menos tres tragos de vino, el padre español carraspeó un poco y se inclinó hacia el frente, observando a Cole con dureza.

    —No intentaremos decirle que entendemos cómo funcionan las habilidades únicas de los que son como usted. A pesar de todo lo que hemos visto, hay muchas cosas que no comprendemos, y quizás nunca lo haremos. —Extendió entonces su mano para tomar la foto y alzarla para que el detective pudiera verla de frente—. Sólo quisiera que me confirmará si está seguro de que el chico que vio fue éste.

    Cole contempló unos segundos la foto, pero luego necesitó desviar su vista hacia otro lado como si se sintiera cohibido. Su mano se talló contra su nuca, mostrándose incómodo.

    —Mi parte objetiva me dice que no; no podría estar seguro. Pero yo siento que sí, es él. El sólo verlo trajo a mi mente vívidamente ese recuerdo, y cumple con la descripción que mi compañera nos dio.

    Miró entonces a ambos sacerdotes, adoptando una postura más fehaciente, incluso acusadora.

    —¿Quién es él? —Preguntó, notándose algo de exigencia en su tono—. Díganme quién es. Si tengo razón, él es el culpable de todo esto; de las personas que han muerto, el secuestro de Samara, lo que le pasó a Eleven...

    —¿Y si se lo decimos qué hará? —Respondió Jaime, desafiante—. Usted es un oficial de policía, por lo que no haría nada incorrecto, ¿o sí?

    —No jueguen conmigo —espetó Cole, alzando sólo un poco la voz pero lo suficiente para que Carl se sobresaltara nervioso—. Me están enseñando esa foto por un motivo. Ustedes saben quién es, y saben que está relacionado con todo esto, ¿o no? Díganmelo. —Se tomó un segundo, respiró lentamente por su nariz, y entonces murmuró con más calma—: Por favor... necesito saberlo.

    Frederick se mantuvo impasible ante su enérgica petición, aunque luego se volteó de nuevo hacia Jaime.

    —¿Qué dices, amigo mío? —Le preguntó curioso a su compañero—. ¿Lo que has oído te es suficiente?

    —Por supuesto que no —respondió Jaime con normalidad, seguido después por un trago más de su copa—. Pero es tu decisión. Ésta es tu investigación, después de todo. Yo soy un mero observador.

    Frederick sonrió divertido, dejando en evidencia que de seguro se trataba de más que eso. Como fuera, se volvió de nuevo a Cole, centrando entonces enteramente su atención en él, y a hablarle casi en el mismo tono y emoción como de seguro presidiría misa en parroquia.

    —Como bien podría ya haberse dado cuenta, Karina, Carl y su servidor, no somos precisamente los religiosos comunes. Y eso es porque, efectivamente, no realizamos una labor común. —Hizo una pausa, y entrecruzó sus dedos sobre la mesa—. Los tres somos parte del Scisco Dei, un grupo secreto dentro del Vaticano dependiente del Ministerio de Exorcismos. Nuestro deber es ser el brazo de Dios para combatir la influencia del demonio en la Tierra, como bien le había dicho en nuestra primera conversación. Sin embargo, esto lo realizamos de una forma muy diferente a la mayoría de los exorcistas que de seguro ha conocido hasta ahora. De hecho, nuestra labor es mucho más similar a la suya, detective. Pues como usted ya sabe, hay muchos demonios, por así llamarlos, que no pueden ser combatidos sólo con rezos y agua bendita. Hay algunas amenazas acechando este mundo que ocupan un enfoque más... drástico.

    —¿Cómo matar a una niña? —inquirió Cole, acusativo, a lo que el padre Babato respondió esbozando una sonrisa bastante desatinada en la opinión del detective. Y, encima del todo, al final el sacerdote concluyó aquello con:

    —Eso y otras cosas más.

    Cole enmudeció, recargándose por completo contra su silla y mirando al sacerdote delante de él con desconfianza. No sabía bien cómo interpretar lo que acababa de oír. ¿Un grupo secreto de exorcistas para enfoques más "drásticos" contra los demonios? La idea de religiosos con pistolas u otras armas, le provocaba una mezcla de sentimientos. Por una parte debía admitir que le daba gracia; por otra le daba un poco de alivio pues, como bien el padre había dicho, no a todos los seres inhumanos que había conocido se les podía combatir sólo con rezos; y, por último, le daba bastante preocupación... sobre todo por esa última declaración, que inevitablemente le trajo a su mente a aquella mujer que había visto en la iglesia su primer día en Los Ángeles.

    Pero dicha descripción explicaba bastantes cosas, incluyendo la extraña forma de comportarse de esas personas, y el conocimiento que abiertamente le habían demostrado de cosas que Cole creía sólo él había visto y enfrentado.

    Scisco Dei... Nunca había oído sobre ese grupo, pero definitivamente haría su investigación para saber más al respecto. Claro, si primero lo dejaban salir vivo de ese lugar.

    —Pero ustedes tres ya estaban aquí en Los Ángeles desde antes de que Samara fuera secuestrada —señaló Cole—. ¿Qué hacían aquí exactamente? ¿Esto es mera coincidencia?

    —Absolutamente no —masculló Frederick casi riendo, pero procuró casi de inmediato recuperar su compostura anterior—. La historia de trasfondo para explicar eso es muy larga. No unos mil años de historia como dirían algunos... pero sí al menos un par de cientos. Pero intentaré resumírsela, y quiero que tenga su mente muy abierta mientras me escucha.

    ¿Alguien le estaba pidiendo a él, el detective de los muertos, que tuviera la mente abierta ante lo que estaba por escuchar?

    "Lo reto a decirme algo que no he escuchado antes," recordaba que el mismo padre Babato le había dicho aquel otro día. Ahora era él quien tenía ese mismo pensamiento, aunque no lo dijo en voz alta. En su lugar, se limitó a sólo asentir. Ese sólo gesto fue suficiente para que Frederick comenzara su historia que, efectivamente, sería larga.

    —A finales del siglo XIX, un hombre autoproclamado brujo, de nombre Adrian Marcato, afirmó públicamente haber invocado al Demonio en persona, y que éste le había dado instrucciones sobre las cosas que vendrían en el nuevo siglo. Era una época llena de charlatanes que hablaban del Fin del Mundo, y muchos no lo tomaron enserio... pero otros sí. Poco a poco, Marcato fue ganando adeptos, creyentes de sus palabras, creando un grupo de seguidores de Satanás que continuaron con sus enseñanzas incluso después de su muerte. Y cuando la comunicación instantánea entre puntos recónditos del mundo se hizo una realidad, estos mismos adeptos entablaron amistad y contacto con otros grupos similares de otros muchos países; creando una red internacional de Satanistas, se podría decir. El Vaticano siempre tuvo noción de su existencia, pero se sorprendería si le dijera la verdadera cantidad de cultos satanistas, o pseudo-satanistas, que existen incluso en la actualidad. La mayoría son de hecho inofensivos, y éste se consideró uno más de ellos.

    Frederick hizo una pequeña pausa, y su boca se curveó en una mueca que casi parecía querer indicar que estaba sintiendo un poco de dolor.

    —Sin embargo, algo cambió a mediados de los 60's —prosiguió Frederick—. El grupo de Marcato simplemente se esfumó. Ya no había reportes o información sobre sus acciones en lo absoluto. Sus miembros que ya estaban identificados, murieron o igualmente desaparecieron. Y esto se repitió con más de estos grupos alrededor del mundo. Fue algo muy extraño, que sin duda llamó la atención de más de uno en la Santa Sede, pero no lo suficiente para ser un verdadero motivo de alarma. Pero entre algunos surgió una teoría, sobre que estos grupos no estaban desapareciendo, sino más bien todo lo contrario. Se decía que se estaban de hecho uniendo, volviéndose más fuertes y creando una sola organización conjunta de alcances inimaginables. Y que, lo más importante, estaban tramando algo a gran escala, ocultos de la vista pública.

    Frederick rompió unos momentos su semblante duro para soltar una pequeña carcajada, haciendo que Cole, que se había ensimismado en el relato sin darse cuenta, casi saltara de su silla.

    —Lo sé, muy conspiranoico, ¿verdad? —rio como intentando restarle importancia—. Muchos así lo pensaron, pero otros se dedicaron a investigar el asunto a detalle. Y al hacerlo, dieron con cierta información que validaba la teoría, y confirmaba la existencia de esta organización; una llamada... Hermandad, que con los años había ido ganando más y más poder. Y que, al parecer, se había formado con un fin muy específico —se inclinó entonces hacia Cole, observándolo atentamente con sus casi saltones—: propiciar la llegada del Anticristo a la Tierra, además de protegerlo y ayudarlo en su ascenso hacia el control absoluto del mundo.

    El padre Babato guardó silencio tras esa afirmación, pero mantuvo su mirada tan fija en Cole que parecía incluso no querer parpadear. Cole, por su parte, aguardó esperando que dijera algo más, o comenzara a reír señalando lo absurdo de lo que acababa de decir como lo había hecho anteriormente. Pero no rio... nadie lo hizo. De hecho, Cole, notó que Jaime lo veía de la misma forma, al igual que los otros dos ayudantes en la sala; como si todos estuvieran aguardando atentamente cuál sería si respuesta o reacción.

    —¿El Anticristo? —Soltó Cole, sin poder evitar sonar sarcástico—. ¿El Anticristo del Apocalipsis? ¿Hablan enserio?

    —Bastante enserio, detective —asintió Frederick—. Y fue precisamente a esta Hermandad a la que se supone Gema Calabresi se unió al dejar su convento; igualmente desapareciendo por completo, como los miembros de este grupo acostumbran hacer. El si siempre fue una de ellos o la convirtieron, eso está aún en duda.

    Cole balbuceó un poco, sin poder pensar coherentemente en qué exactamente debía responder o preguntar a todo eso.

    —De acuerdo —susurró dudoso el detective—. ¿Y qué tiene que ver esto con...?

    Su mano señaló fugazmente la foto del muchacho de cabellos negros sobre la mesa. Aunque en el fondo comenzaba a hacerse una idea de hacia dónde iba eso, sencillamente se rehusaba a dejar que dicho pensamiento se fraguara enteramente en su mente.

    —A eso voy —indicó Frederick, continuando con su relato—. Esta Hermandad se las ha arreglado para ser tan hermética y secreta, que nos ha sido casi imposible averiguar mucho de ella. Entre las pocas cosas que conocemos, es que existe un poema dejado por Marcato; una... profecía, se podría decir, en la que sus miembros creen ciegamente y rigen su misión. Es una combinación de pasajes y profecías de las Escrituras. Va algo así:

    Cuando los judíos regresen a Sion, y un cometa queme el cielo, y el Sacro Imperio Romano ascienda; entonces usted y yo habremos de morir. Desde el mar eterno se elevará, creando ejércitos en cada orilla, volviendo al hombre contra su hermano, hasta que el hombre no exista más.

    Hizo una pausa, como queriendo dejar que las palabras se asentaran en la mente de su oyente, y entonces prosiguió:

    —Estos eventos, de acuerdo a lo que ellos creen, preceden el nacimiento del Anticristo en la Tierra. Según interpretaciones, el regreso de los judíos a Sion describe la formación del Estado de Israel. El ascenso del Sacro Imperio Romano se cree se refiere a los Tratados de Roma, y a la posterior formación de la Unión Europea. Sólo faltaba el cometa... Pero, ¿qué cometa con exactitud? ¿Cualquiera que cruzara el cielo aplicaría? Bueno, la respuesta era no.

    De pronto, Jaime tomó de la silla que estaba a su lado un nuevo sobre, y Cole para ese entonces se preguntaba cuántos sobre secretos con fotos tenían ocultos en esa habitación. Jaime le pasó el sobre a Frederick, que sacó de éste (por supuesto) una foto, aunque más grande que las otras, casi del tamaño de una hoja tamaño carta.

    —Durante junio del año 2000, observatorios de todo el mundo captaron esto.

    Frederick colocó la foto en la mesa delante de Cole. Parecía en efecto la foto tomada por un telescopio, en donde se veía un amplio cielo estrellado, y en el centro un largo cometa luminoso... No, mirando con más atención, Cole notó que no era uno, sino tres cometas viajando uno a lado del otro. ¿Era eso posible? No sabía casi nada de astronomía, pero se aventuraría a deducir que no era algo usual.

    —Un cuerpo celeste cruzando nuestro cielo —señaló Frederick, recuperando su atención—. Un cuerpo celeste que no debería estar ahí. Esto que ve en esa foto, es un cometa que pareció simplemente haber salido de la nada. Pero lo más extraño es que en algunas de las imágenes captadas del cuerpo, como esa que ve, el cometa parecía dividirse en tres. Tres haces de luz, quemando el cielo a su paso, como una burla o espejo a la Santa Trinidad, y a la estrella que anunció hace dos mil años el nacimiento de nuestro Señor Jesucristo. Todo esto, más los actos de la Hermandad, y muchos otros eventos y sucesos, fueron ya suficientes. Se convocó rápidamente a una reunión extraordinaria, en donde se le presentó a los Cardenales y al Santo Padre todas estas evidencias, y se exhortó a una acción inmediata... y drástica. —De nuevo esa palabra, y la forma tan remarcada con la que la pronunciaba—. La única organización con los recursos y la libertad de actuar como se debía, aunque fuera en las sombras, éramos nosotros; el Scisco Dei.

    »Se nos dieron entonces dos encomiendas. La primera, rastrear a la Hermandad, a sus integrantes y a sus cabezas, exponerlos y acabar con ellos a como diera lugar. Y la segunda, dar con el paradero del Anticristo, y hacer justo lo mismo con él. A esto se le conoce como la Orden Papal 13118, y la hemos venido desempeñando estos últimos años fielmente. Lo que Karina, Carl y yo hacemos, es investigar a posibles candidatos a ser el Anticristo al que la Hermandad sirve. Los parámetros de búsqueda que usamos son muy específicos. El más sencillo es la edad; su fecha de nacimiento debió ser en algún punto mientras el cometa fue visible en nuestro cielo, aproximadamente en Junio del 2000. Debe ser un varón, aunque no estoy seguro de cómo determinaron eso exactamente. Debió además haber crecido en una familia de gran poder económico y político; el mar del que se describe emerge la Bestia, se cree es el mar de la política. Y cobra sentido, considerando que la Hermandad poco a poco lo iría posicionando para que la gente lo adore, y deposite su confianza en él. Además de eso, el Anticristo tendrá ciertas habilidades únicas... como las que ustedes tienen, pero mucho más destructivas. O, en apariencia benignas, pero engañosas. La última seña, y la definitiva, sería la marca de la bestia en alguna parte de su cuerpo. Pero no un tatuaje, sino un lunar como parte de su piel. El seiscientos sesenta y seis. Así que, tomando todo esto como base, hemos estado investigando a varios candidatos alrededor del mundo que pudieran cumplir con esto.

    Frederick extendió en ese momento su mano para tomar la foto del muchacho, y la sostuvo enfrente de él para que Cole pudiera verla bien una vez más.

    —Este chico, es uno de estos sospechosos. Y, a modo personal, el más prometedor que he visto en estos años. Y, ¿quiere saber lo más interesante? —Se inclinó en ese momento hacia Cole, parecido a como lo había hecho un momento atrás—. Él está aquí en Los Ángeles en estos momentos. Esto es lo que hacíamos aquí: seguirle la pista a este muchacho.

    Cole había permanecido calmado escuchando toda aquella larga explicación. Sin embargo, al oír ese último dato, ahora sí se tuvo que parar de nuevo de su silla y caminar un poco para alejarse de la mesa. Carl se irguió firme en la puerta temeroso de que intentara salir, pero no lo hizo. Sólo avanzó hacia un lado, mirando al suelo, al techo, o la propia palma de su mano.

    —¿Está bien, detective? —Le cuestionó Jaime, curioso.

    Cole no respondió de inmediato. Siguió sumido en su propia cabeza, hasta que soltó de pronto una pequeña risa nerviosa y se viró de nuevo hacia los sacerdotes.

    —Escuchen, no esperan realmente que me crea todo esto, ¿o sí? —Comentó incluso algo burlón.

    —Le dije que debía tener la mente abierta —señaló Frederick.

    —Eso es mucho más que tenerla abierta, padre. Usted me está hablando del Anticristo y el Apocalipsis. Por favor...

    El padre Babato resopló, al parecer un poco decepcionado.

    —Esperaba que alguien que ha visto lo que usted, tuviera una perspectiva diferente de estas cosas.

    Cole volvió a reír como antes

    —Una cosa es haber interactuado con fantasmas y criaturas no humanas, y otra muy diferente que me pida creer en...

    Cortó su argumento abruptamente a la mitad de éste, y su cabeza pareció divagar un poco, y su mirada se fijó en algún lugar indefinido a la distancia. Algún pensamiento parecía haberle llegado de pronto.

    —¿Qué pasa? —Cuestionó Frederick, preocupado.

    —No, nada... —Respondió Cole, un poco ausente. Y una inesperada sonrisa de... ¿alegría?, se dibujó en sus labios en ese momento—. Es sólo que por un momento comencé a sonar muy parecido a alguien que conozco.

    El recuerdo de Matilda le había llegado abruptamente, pero ciertamente la comparación era inevitable. Él también había intentado hacer que ella creyera en algo que contradecía por completo sus conocimientos y creencias, usando lo que ya había visto y conocido como argumento base. Ahora alguien le acababa de hacer exactamente lo mismo, y su reacción había sido casi igual...

    ¿Había quizás juzgado mal a Matilda en aquel entonces? ¿Debió su enfoque ser diferente? Quizás sí... Pero fuera como fuera, recordar aquello, y sobre todo recordarla a ella, le provocó una pequeña sensación de paz en toda esa locura en la que se había revuelto. Se daría cuenta sólo hasta tiempo después lo que ese momento en específico significó realmente en él. De momento, sin embargo, debía darle un cierre a eso.

    Se aproximó silencioso de nuevo a su silla, y se sentó en ella. Se le veía bastante más calmado.

    —Bien, escuchen —pronunció con firmeza—. Yo no sé nada de profecías bíblicas o Anticristos. Ni tampoco puedo creer en todo esto que me acaban de comentar. Y como oficial de policía, estoy casi seguro de que esta búsqueda que están llevando a cabo, por no llamarla literalmente una cacería de brujas, viola un sinfín de leyes y libertades de personas inocentes. Pero, si este chico es a quien yo estoy buscando, Anticristo o no, se trata de alguien muy, muy peligroso. Aproximarse a él sin cuidado, y con la mente revuelta con todas estas... creencias, puede costarles la vida. Jane Wheeler es una de las resplandecientes más fuertes que conozco, y este chico le hizo un daño horrible. Por favor, no se acerquen a él. Dejen que nosotros nos encarguemos.

    —¿Nosotros quiénes, detective? —Cuestionó Jaime, reticente—. ¿La policía?, ¿su Fundación? Hasta donde entiendo, usted está aquí sin el apoyo de ninguna de las dos.

    Cole no respondió.

    —¿Qué hará exactamente con él si le damos la información que necesita? —Cuestionó Frederick justo después, lo que provocó que Cole se tomara unos instantes para meditarlo antes de dar su respuesta.

    —Mi prioridad es salvar a Samara y ponerla a salvo.

    Frederick volvió a resoplar, pero ahora Cole pudo notarlo incluso molesto. No sabía qué respuesta esperaba de él exactamente, pero al parecer se alejaba mucho de esa.

    —¿Tanto interés tiene sólo en esa niña? —Inquirió Frederick, un tanto agresivo—. ¿Acaso no ha comprendido todo lo que está en juego aquí?

    —Ella es muy importante... para alguien que aprecio.

    Ahora fue el turno de Frederick para tomar la botella de vino y servirse sólo un poco, apenas lo suficiente para dos tragos (aunque terminó empinándose todo en sólo uno).

    —Suponga por un momento —comenzó a pronunciar el padre italiano, notándose que se esforzaba por no perder de nuevo la compostura—, sólo suponga, que lo que decimos es cierto. Que este chico es el Anticristo, y la niña que está buscando vino a Los Ángeles para reunirse con él. Encajé esto con su propia teoría, suya que usted me compartió antes de que supiera de todo esto; sobre la verdadera naturaleza de esta niña, su padre, y el ente que la está persiguiendo. Si las cosas fueran de esta manera, ¿cree enserio que puede confiar en ella? ¿Cree enserio que es sólo una niña inocente?

    —¿Y usted qué cree que es acaso? —Le devolvió Cole el cuestionamiento.

    —¿La verdad? Aún no lo sé. Pero deseo averiguarlo también.

    No era el tipo de respuesta que esperaba, pero de seguro no le tenía otra mejor.

    Cole debía admitir que tenía razón en algo. Lo que le acababan de contar no contradecía de momento sus propias experiencias y teorías, sino que incluso las complementaban. Si acaso se permitía a sí mismo ver las cosas desde esa perspectiva, una naturaleza casi sobrenatural detrás de todo eso podría explicar varias cosas. Después de todo, Gema le había advertido sobre alguien la última vez que la vio; sobre alguien que no lo dejaría ir.

    Debiste hacerle caso a tu mami cuando podías, guapo. Ahora es tarde; Él ya no te dejará ir, lo siento.

    Al principio consideró que hablaba de ese chico que estaban buscando. Pero, ahora que hacía memoria, Evelyn también había hablado sobre ese ser que le susurraba desde el mar, aquel que estaba buscando a Samara, y a quien ella sólo se refería como "Él."

    Si ella está viva, entonces Él aún la busca... Él la encontrará...

    El Padre Burke me dijo que Él nos había elegido. Me dijo que a través de nosotros, Él le daría vida a quien vendría a transformar al mundo. Él se lo mostró todo en visiones... lo obligó a hacerlo... Yo no pude evitarlo... no pude evitarlo...

    ¿Estaban ambas refiriéndose a lo mismo? Pero, si las cosas fueran como estos dos sacerdotes decían, entonces de quién estarían hablando sería...

    Pero entonces... el padre de Samara...

    Cole agitó su cabeza con violencia, y se empinó de golpe todo lo que quedaba en su copa, sintiendo como éste le quemaba un poco la garganta, aunque no de forma desagradable. No podía permitirse dejarse llevar con esas ideas. En el momento en el que sumergiera en esas creencias en Anticritos y Satanás en persona, perdería por completo la perspectiva y cualquier enfoque objetivo que pudiera usar a su favor; si es que aún le quedaba alguno.

    —¿Quién es este chico? —Cuestionó tajantemente como una orden una vez que logró armarse lo suficiente de fuerzas—. ¿Y dónde está? Ustedes lo saben, ¿no? Dicen que le han estado siguiendo la pista. Díganme dónde encontrarlo.

    —¿Para hacer exactamente qué con esa información? —Respondió Frederick cortante, mirándolo con severidad—. ¿Se lo dirá a la policía? ¿A sus amigos? ¿O piensa ir e encararlo usted solo? —Cole no respondió, quizás porque él mismo no tenía clara la respuesta—. Lo siento, pero no creo que sea prudente decírselo en estos momentos. Está muy alterado, y no queremos que cometa una locura. Como usted bien dijo, estamos hablando de alguien muy peligroso. Si desea encontrarlo, necesita trabajar con nosotros. Ayudarnos a encontrar al Anticristo, detenerlo, y así salvar a millones de personas. ¿No vale eso mucho más que la vida de una sola niña?

    Cole empujó su silla hacia atrás abruptamente y se puso de pie. Se le veía tan molesto que Carl y Karina pensaron se intentaría atacar a los padres, y se pusieron en alerta. Sin embargo, sólo se giró hacia la puerta y encaró a Carl, que seguía obstruyéndola.

    —Quiero irme, ahora —exigió mirando fijamente al hombre de cabeza calva. Ya había tenido suficiente de esa conversación, y tenía claro que no podría obtener nada más de esas personas.

    Carl no se movió de su lugar ni se mostró intimidad por su petición. Se viró en su lugar hacia el padre Babato, en busca de su siguiente orden. Éste también parecía molesto, pero sobre todo cansado. Quizás ya había tenido también demasiado por ese día.

    —De acuerdo, tiene mucho que digerir y pensar —señaló Frederick, agitando una mano despreocupada en el aire—. Carl, lleva al detective a su hotel, por favor.

    Carl asintió, y de inmediato se quitó de la puerta para dejarle el camino libre. Cole avanzó hacia la puerta, en el entendido de que su secuestrador lo seguiría. Sin embargo, tanto Carl como él se detuvieron al oír de pronto:

    —Descuida, Carl —murmuró Karina abruptamente—. Yo me encargo de llevarlo.

    Aquello sorprendió a todos, incluso al padre Frederick que se volteó a verla, preguntándole con su mirada si acaso estaba segura, pues su descontento hacia el detective había sido más que evidente desde el primer día. Karina no dijo nada más, y en su lugar caminó tranquilamente hacia la puerta, pasando a lado de Cole y saliendo del privado. Cole dudó un poco entre seguirla o no, pero al final lo hizo y ambos se alejaron entre las mesas del restaurante.

    Carl se permitió cerrar las puertas de nuevo, antes de que tuvieran que ordenárselo.

    Frederick suspiró agotado, y pasó a servirse más vino.

    —Admito que esperaba que todo saliera de una forma diferente —masculló, casi como un reclamo a sí mismo. Luego de dar un sorbo de su copa, se viró hacia su compañero en la mesa—. ¿Qué te pareció a ti?

    —Sabes que ocupo más que una pequeña conversación para sacar un veredicto —Señaló Jaime con tranquilidad.

    —No serías un buen Inspector de Milagros si no fuera así.

    Jaime tomó su propia copa y también bebió de ella.

    —¿En verdad crees que eso sea cierto? —Soltó Jaime al aire de pronto.

    —¿Qué de todo?

    —Lo de Gema —respondió con pesadez, transmitiéndole ese mismo sentimiento a su compañero—. ¿Tú en verdad crees que sea posible que su... fantasma, esté por ahí vagando?

    Frederick guardó silencio, y contempló a su amigo, reflexivo. Se preguntó fugazmente si aquello lo preguntaba el Inspector de Milagros... o el hombre bajo el hábito; pero él conocía claramente la respuesta. Había notado como se pareció cerrar desde el momento mismo en que Cole reconoció la fotografía de Gema, y sólo él mismo podría decir qué era lo que le había estado cruzando por la cabeza durante todo ese rato.

    —Yo espero que no sea así —comentó Frederick de pronto, extendiendo su mano hacia él para palparle su brazo de forma amistosa—. Sería muy triste para mí saber que, encima de todo lo que pasó, ni siquiera muerta esa niña pueda descansar en paz.

    Jaime lo miró de reojo y le ofreció una amarga sonrisa. Tomó de nuevo la botella y volvió a servirse... bastante más, hasta casi llenar la copa. Frederick quiso decirle que no lo hiciera, pero prefirió abstenerse al último momento. En esa ocasión, era probable que lo necesitara enserio.

    —Pero ciertamente es un hombre interesante —señaló el padre español tras unos momentos, regresando la conversación abruptamente a Cole—. Creo que podría sernos de mucha ayuda, o convertirse en un tremendo estorbo. Como sea, espero que sea lo primero, pues sería una lástima que tuviéramos que hacer algo en su contra. —Su mirada se endureció, fija en la foto del muchacho de cabellos negros sobre la mesa—. La identificación y aniquilación del Anticristo es tu mayor prioridad, y la de tu equipo, Frederick. No lo olvides.

    Frederick se limitó a sólo asentir y beber de su copa. Él también lamentaría mucho el tener que hacer algo que no quería en contra del detective Sear. A pesar del corto tiempo que llevaba de conocerlo, ya le había tomado cierto cariño.

    — — — —​

    El tiempo se había ido volando tan rápido, que ya estaba prácticamente atardeciendo cuando salieron del restaurante. Por primera vez a Cole le tocaba viajar en el asiento del copiloto del Honda Accord plateado. Y además ahora la persona al volante no era Carl. Por un momento creyó que su escolta le exigiría ir en el asiento trasero como si fuera un Uber, pero en realidad no opuso resistencia alguna cuando se sentó al frente con ella.

    Gran parte del viaje fue en silencio, como de costumbre. Ni siquiera tuvo que decirle cuál era su hotel, pues al parecer ella ya lo sabía. A esas alturas, eso realmente ya no le resultaba tan preocupante en comparación con todo lo demás que había visto y oído esa tarde.

    —¿Se llama Karina? —Soltó de pronto tomando un poco por sorpresa a la mujer a volante, que lo volteó a ver desconcertada por un segundo.

    —¿Disculpe?

    —Nunca me dijo su nombre, y nadie tuvo la gentileza de presentarla —señaló Cole, teniendo su atención puesta en el camino como si fuera él quien conducía—. Pero el padre Babato mencionó a "Karina" un par de veces durante su explicación. ¿Ese es su nombre?

    La mujer, que efectivamente se llamaba Karina, se viró de nuevo al frente y se quedó callada unos instantes, como si dudara sobre responder o no.

    —Sí —pronunció con seriedad tras un rato.

    —¿Sólo Karina?

    —Hasta donde a usted le consta, sí.

    Cole rio divertido, preguntándose si ese secretismo era protocolo de su grupo secreto, o simplemente le gustaba hacerse la interesante.

    —Bueno, pues mucho gusto, sólo Karina; yo soy Cole Sear —le comentó con tono burlón, incluso extendiéndole su mano para estrecharlas. Karina, sin embargo, no le respondió nada ni tampoco aceptó tomarle su mano. Pero Cole no se ofendió; ya estaba acostumbrado a que la gente lo dejara con la mano extendida, por diferentes motivos.

    Por un rato más el viaje siguió en silencio. Y cuando ya estaban cerca de llegar a su destino, Cole pensó que ya no hablarían en lo absoluto, y estaba bien con eso. Como bien habían dicho, tenía muchas cosas que pensar y digerir. Sin embargo, Karina rompió abruptamente el silencio.

    —El padre Babato y el padre Alfaro son increíbles personas —indicó tajantemente, casi como si le estuviera regañando—. ¿Recuerda lo que me dijo cuándo nos conocimos?, ¿sobre personas confiables y buenas que hay en cualquier organización? Es cierto, la Iglesia no es perfecta, y su historia está llena de errores. No tiene por qué confiar en el Vaticano si no quiere, ni siquiera en mí si no le agrado. Pero le aseguro que puede confiar en ellos dos. Yo les debo la vida; a ellos y a otras personas más dentro de la Iglesia. He dedicado mi vida a esto no porque crea ciegamente en su causa, sino porque creo en ellos. Quizás lo que digo sea un pecado... pero es lo que siento. Si es que le sirve de algo saberlo.

    Cole estaba impresionado de escucharla decir tanto en tan poco tiempo. Sonó a que quizás era algo que había tenido dentro durante toda esa larga conversación, donde ella había servido más como un mueble sin oportunidad de decirlo. ¿Era por eso que se había ofrecido a llevarlo?

    —¿Y por qué piensa que usted no me agrada? —Le preguntó Cole con tono irónico, a lo que ella no respondió nada—. Dice que cree más en ellos que en su causa, ¿verdad? Este chico del que hablaban, ¿usted también cree que puede ser el Anticristo?

    Aquello creó una notable señal de vacilación en Karina, cuyos dedos se apretaron incómodamente alrededor del volante, y sus gruesos labios se presionaron mutuamente con fuerza.

    —Yo... —balbuceó la conductora con duda—. Llevo ya muchos años ayudando al padre Babato en esta búsqueda. En ese tiempo, les hemos seguido la pista a varios candidatos prometedores en todo el mundo. Algunos con aparentes habilidades inusuales, otros con actitudes sospechosas, y otros más principalmente por su fecha de nacimiento y por ser niños ricos privilegiados. De todos ellos, él es quizás el más posible que hemos visto hasta ahora. Y el padre parece estar muy seguro.

    —Presiento que hay un pero ligado a todo eso —señaló Cole. Y, en efecto, tenía razón.

    Pero, ya ha habido otros candidatos antes que también nos daban la misma sensación, y nunca pudieron ser comprobados por completo. Es por eso que prefiero mantener mis reservas y esperar a ver qué determina el padre Alfaro. Yo acataré su veredicto.

    —Bastante sensato —asintió el detective—. Pero como les dije, si este chico es quien creo, y estoy casi seguro de que es así, se trata de alguien muy peligroso. Si van a ir tras él, deben tener mucho cuidado.

    Cole notó que una singular sonrisa astuta y confiada se asomó en los labios de la mujer en ese momento.

    —Lo crea o no, sabemos bien cómo cuidarnos, detective. Pero gracias.

    Definitivamente Cole le creía. Tanto Carl como ella se veían como personas con las que realmente no deseaba meterse en malos términos.

    El Honda Accord se estacionó justo enfrente de la fachada del hotel. Aún era temprano, pero Cole se sentía tan agotado por todo que lo único que deseaba era subir, darse una ducha, y acostarse una horas sólo a ver televisión; no pensar en asesinas, niñas secuestradas, policías muertos, federales ocultando información, amenazas de espíritus demoníacos, Anticristos, y el Fin del Mundo. Mañana tendría mucho tiempo para meditar en todo eso, y tomar algunas decisiones.

    Sin embargo, Karina tenía otro motivo oculto que la había llevado a ofrecerse para ese favor, y que podría quizás truncar su plan.

    —Bueno, gracias por el aventón —saludó Cole abriendo la puerta de su lado para salir—. Cómo siempre fue un placer, señorita Karina.

    Apenas acababa de colocar un pie en la acera, cuando entonces la mujer al volante exclamó:

    —Damien Thorn.

    Cole se detuvo en seco con la mitad de su cuerpo ya afuera, y tuvo que regresarse y sentarse de nuevo en su asiento. Karina seguía aferrada al volante, y miraba fijamente al frente, estoica.

    —El nombre del chico de la foto es Damien Thorn —repitió claramente—. Es el único heredero de sangre de la familia Thorn, una de las familias más ricas y poderosas de los Estados Unidos. Se está quedando en estos momentos en un pent-house propiedad de la empresa de su familia, sobre Wilshire Boulevard, en Beverly Hills. No tengo a la mano el nombre o dirección del edificio, pero tengo entendido que usted tiene sus fuentes que podrían ayudarlo con eso, ¿no?

    En efecto las tenía, pero Cole se encontraba tan atónito que no fue capaz de responderle, si acaso ella deseaba que lo hiciera.

    —Tiene a varios guardaespaldas armados custodiándolo las veinticuatro horas —añadió Karina a continuación—. La mayoría son de hecho mercenarios, parte de una milicia privada con arduo entrenamiento en guerreras reales. Así que aunque no sea a quien usted busca, o a quien nosotros buscamos, es igual alguien muy peligroso, detective. Por lo que le ofrezco su misma advertencia: debe tener mucho cuidado si quiere acercársele.

    Cole permaneció pensativo, repasando con cuidado todo lo que le acababa de decir, que ciertamente era bastante.

    ¿Hijo de una de las familias más ricas del país? ¿Heredero de una importante empresa? ¿Un ejército de mercenarios protegiéndolo? Y, encima de todo eso, ¿podría ser su enemigo?, ¿ese psíquico tan poderoso que fue capaz de hacerle tal daño a Eleven?

    —¿Por qué me da esta información yendo en contra de los deseos de sus jefes? —Cuestionó Cole dudoso, pensando por un momento que incluso todo aquello podría ser algún tipo de truco.

    Karina suspiró despacio, y agachó un poco la mirada.

    —Por qué, aunque aprecio demasiado al padre Babato... no estoy de acuerdo con él sobre Samara Morgan. —Levantó su rostro en ese momento, encarando a Cole de frente, y éste pudo percibir una fuerte decisión brotando de ella—. La vida de una niña inocente no debería ser el pago por salvar al mundo. Si puede llegar a ella y ponerla a salvo, por favor hágalo.

    Aquello realmente sorprendió al detective, y le hizo darse cuenta de que quizás se había hecho una imagen bastante errada de esa mujer; y quizás en general de todo ese asunto.

    —Lo haré —asintió Cole con firmeza—. Muchas gracias, Karina.

    Ella sólo le respondió de regreso con un pequeño gesto de confirmación. Cole se bajó justo después y caminó apresurado a la entrada del hotel, mientras a sus espaldas el Honda Accord se alejaba calle arriba.

    Después de todo, sí tendría mucho que pensar esa misma noche.

    FIN DEL CAPÍTULO 82

    Notas del Autor:

    Este fue un capítulo repleto de explicaciones, en el cual se dio un vistazo al trasfondo detrás de la Hermandad y el Scisco Dei, dos de las fuerzas en conflicto en estos momentos.

    Gran parte de lo que se explicó en este capítulo con respecto a la Hermandad es una mezcla entre el trasfondo narrado del Aquelarre de Marcato en Rosemary's Baby o El Bebé de Rosemary, y lo que se llegó a saber del misterioso grupo que protegía y servía a Damien en la franquicia de The Omen o La Profecía. Como ya deben haberse dado cuenta, la Hermandad que hemos estado conociendo a lo largo de estos capítulos sería una combinación de ambos conceptos en uno solo, además de claro mis respectivos agregados propios. Sin embargo, aún hay muchas cosas que faltan por explicar con respecto a este grupo.

    Por otro lado, el grupo del Scisco Dei, y más específico su nombre, viene originalmente de la serie de Damien del 2016. Aunque no se llegó a explicar demasiado sobre dicha organización en la serie, se tomó lo poco que se sabe cómo base. Además de dicha serie, se ha tomado también como inspiración la película de The Omen del 2006, y también varias otras películas y series que, aunque no están directamente relacionadas con la historia, tratan de diferentes formas y ángulos el tema de las posesiones y el combate a los demonios. E Igualmente hay muchas cosas que faltan explicar sobre ellos.

    Como siempre, si alguien tiene alguna duda o desea que se le aclaré mejor algo, no duden en preguntarme en los comentarios y con gusto les responderé lo mejor que pueda.
     
  3.  
    WingzemonX

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    Resplandor entre Tinieblas

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    Capítulo 83.
    Protector de la Paz

    Lucy, o al menos quien la mayoría en la Fundación creía se llamaba así, se había levantado más temprano que de costumbre esa mañana. No había motivo aparente para esto, pues solía tener un sueño bastante regular; tomaba un té especial con hierbas de su propio jardín todas las noches, que le ayuda justo a dormir profundamente y de corrido. Las pocas veces que no le había funcionado, habían sido casi por el mismo motivo: el presentimiento subconsciente de que algo iba a pasar.

    La rastreadora Lucy era una de las resplandecientes más sobresalientes dentro de la Fundación Eleven, gracias a su precognición tan acertada, y su capacidad de localización que rivalizaba con Mónica, e incluso con Eleven. Ayudaba en la Fundación todo lo que podía, convirtiéndose en algunas ocasiones casi como unos ojos y oídos extras para su líder; especialmente ahora que ella se encontraba indispuesta. Sin embargo, no le gustaba mucho llamar la atención o tener más del contacto necesario con los demás miembros de la Fundación.

    Era una mujer joven de veintiséis años que disfrutaba mucho de su privacidad. Vivía en una pequeña casa a las afueras de Bismarck, Dakota del Norte, sobre la carretera que iba al este. La casa pertenecía a sus padres, los cuales habían fallecido hace diez años. Tenía un lindo jardín donde cultivaba ella misma algunas hierbas medicinales y tubérculos; más por pasatiempo que por otra cosa. Su trabajo cotidiano era como diseñador gráfica freelancer, labor en el cual su sensibilidad especial para captar las emociones de la gente le ayudaba bastante. Dicho trabajo le daba al menos lo suficiente para comer y pagar los servicios, aunque habría que sumarle también el pequeño pago que la Fundación le daba a cambio de su labor con ellos.

    Era una mujer de gustos simples, así que realmente no necesitaba demasiado del dinero. Su labor en la Fundación lo hacía únicamente para ayudar a las personas, especialmente a Jane Wheeler que le había extendido una mano tras la muerte de sus padres, y la había ayudado a ser el adulto más o menos funcional que era en esos momentos. Y es que desde su adolescencia, siempre había sido un poco… rara. Ya fuera como reflejo de sus habilidades únicas o mera coincidencia, su manera de pensar y ver las cosas siempre había distado de la forma en la que la mayoría lo hacía. Y el ser diferente siempre traía consigo algunos inconvenientes.

    Al levantarse de su cama esa mañana, lo primero que hizo fue prepararse uno de sus tés energéticos especiales para intentar despertarse lo mejor posible, y lo acompañó sólo con una tostada con mantequilla. Con su taza y pan en mano, se colocó frente a la computadora de su estudio, y comenzó a avanzar en sus trabajos pendientes; mientras esperaba a que lo que fuera que iba a pasar, pasara. Porque estaba segura de que algo pasaría; una vez que se terminó su té y despertó por completo, estuvo aún más segura de ello.

    Lo que tanto aguardaba no sucedió hasta cerca del mediodía. Mientras lidiaba con la cuarta versión de una propuesta que estaba diseñado para la identidad corporativa de una empresa en Ohio, su celular sonó repentinamente, haciéndola saltar en su silla. Su precognición le servía para muchas cosas, pero por algún motivo no le advertía con anticipación cuando su teléfono iba a sonar. Quizás porque de hecho no solía hablar o recibir llamadas. Todo lo arreglaba por mensajes de texto o correos, salvo contadas excepciones; como clientes muy tercos, su tía que vivía en Fargo que aún no comprendía cómo usar WhatsApp, o bajo instrucción expresa de Eleven. Como esa llamada que tuvo que hacer unos días atrás a la señorita Charlie McGee, por ejemplo. En realidad, aquello se suponía debía hacerlo Mónica, pero le dejó a ella el encargo de rastrear a aquella mujer, que resultaba ser bastante escurridiza, y comunicarse con ella. Supuso poco después que en realidad Mónica simplemente no deseaba hacerlo.

    Lo que sí solía indicarle su precognición, a veces con acierto y a veces no tanto, era quién le marcaba. Y para su sorpresa, en cuanto tomó el teléfono en su mano, un nombre saltó en su cabeza con fuerza, como un grito. Su ceño de frunció ante dicho pensamiento, y le causó por igual confusión… y molestia.

    Respondió rápidamente colocando el altavoz (lo prefería a tener el dispositivo pegado a su oreja) y murmuró de inmediato sin ningún saludo previo:

    —¿Cody Hobson?

    —¿Eh? —Soltó la voz en la línea, algo sorprendido—. Ah, sí… ¿Lucy? ¿Cómo supiste que era yo?

    La pregunta le resultó tonta a la joven diseñadora. Bien podría haber tenido su número guardado con su nombre; no lo tenía, y de hecho salía en la pantalla como número desconocido, pero él no tendría por qué saber eso.

    —Una mejor pregunta sería preguntarte cómo es que sabes mi número —señaló Lucy, un tanto acusadora—. Cuido mucho mi privacidad, al menos que sea para casos especiales.

    —Lo sé, lo siento —se disculpó Cody, apenado—. Eleven me pasó tu número hace tiempo para cuando tuviera alguna emergencia y no me pudiera comunicar con ella.

    —La Sra. Wheeler sigue en coma, así que cumples el segundo criterio —indicó Lucy, con una notoria falta de tacto que dejó a Cody helado por unos momentos—. Debo suponer entonces que tienes una emergencia, ¿cierto? Una que espero fuera imperativo no atender por correo electrónico.

    Cody vaciló un poco antes de poder responderle.

    —Algo así… Necesito que rastrees la ubicación de una persona por mí. Te acabo de mandar su foto. Se llama Lisa Mathews.

    —¿Lisa Mathews tu novia?

    De nuevo, Cody vaciló.

    —¿Sabes de ella?

    —Sé muchas cosas —declaró Lucy con simplicidad—. ¿En verdad me estás llamando para que espíe a tu novia con mis habilidades? ¿Esa es tu definición de una emergencia? No esperaba algo tan bajo de ti, Cody Hobson; me asombras.

    —¡No se trata de espiarla! —Espetó Cody rápidamente, y aún en la distancia Lucy pudo sentir que se ruborizaba avergonzado. Balbuceó un poco mientras ordenaba las palabras en su mente y explicó al fin—: Ella… yo… le conté de mi Resplandor hace unos días.

    Lucy arqueó una ceja ligeramente; la mayor reacción que le fue posible hacer, aunque por dentro estaba realmente intrigada por aquella explicación. Por experiencia sabía que decirle de tus habilidades a alguien, en especial amantes, solía no salir bien.

    Cody prosiguió:

    —No reaccionó de buena forma, y ahora se ha ido de la ciudad. Supuestamente fue a hacer un trabajo a no sé dónde. Pero ni siquiera se despidió o me dijo algo antes de irse; sólo me mandó un extraño mensaje sin mucha información. Nadie sabe a dónde se fue, ni siquiera su familia. En su trabajo no me quieren decir nada, y no contesta mis llamadas. Estoy… preocupado.

    —Suena preocupante —respondió Lucy escuetamente, sintiendo que era lo que se esperaría que dijera—. ¿Seguro que no es sólo un arranque de celos de tu parte?

    —¿Qué?, no, claro que no —contesto Cody rápidamente, un poco a la defensiva en la opinión de Lucy—. Por favor, sabes que nunca le he pedido ningún favor personal a la Fundación, pero yo siempre los apoyo en todo lo que me piden.

    —¿Eso es chantaje emocional?

    —No… —respondió Cody indeciso, y estaba por dar un argumento adicional cuando ella añadió con voz tranquila y monótona:

    —Pregunto porque en realidad no sé cómo es eso. Pero me siento chantajeada… y emocional.

    Cody se quedó callado, sin ser capaz de identificar si aquello era algún tipo de broma.

    Esa era la primera vez que hablaba por teléfono con ella; antes de eso, toda su comunicación había sido por correo electrónico, justo como ella lo prefería. Y casi siempre sus correos eran cortos, concisos e iban de inmediato al grano, pero no más de lo que otras personas de carácter más corporativo solían escribir. A través de ellos no se había hecho una idea clara de cuál era la personalidad de la rastreadora… y aún no lograba hacerse una.

    Mientras Cody meditaba en ello, Lucy había ya abierto el correo enviado, con la fotografía de Lisa Mathews en ella. En ella aparecía con rostro serio, y un intento un poco forzado de sonrisa; quizás sólo la había hecho para que le tomaran la foto, sin sentirlo realmente. Eso era algo con lo que Lucy se podía sentir identificada.

    La mandó a imprimir.

    —Está bien —musitó de pronto, con el sonido de la impresora sonando de fondo—, déjame ver si puedo al menos calmar tus preocupaciones y decirte que está bien. Pero si es así, no te diré dónde está ni con quién está. ¿Estás de acuerdo con esos términos?

    —Supongo que sí —respondió Cody, llegando fácilmente a la conclusión de que no tenía opción de dar alguna respuesta diferente.

    Lucy aguardó paciente a que la impresora terminara, y justo después tomó la hoja de la bandeja y la contempló justo delante de su rostro. En un primer vistazo no percibió nada en aquel objeto, más allá de ser una hoja de papel con tinta. Pero no siempre tenía un primer presentimiento, así que tampoco era algo raro.

    Colocó la fotografía sobre el escritorio. Cerró sus ojos, inhaló profundamente por su nariz, y exhaló por su boca. Intentó despejar lo más posible su mente de cualquier otro pensamiento, y sólo se enfocó en visualizar la fotografía. Susurró entonces lentamente su nombre: Lisa Mathews, y colocó toda su palma sobe el papel. Guardó silencio, se concentró únicamente en esa persona, dejó que su mente volara y se dejara llevar, y…

    Y nada.

    Absolutamente nada vino a ella.

    —¿Qué? —Exclamó en voz alta.

    —¿Qué sucede? —Cuestionó Cody, algo alterado.

    —No lo sé… —Le respondió perpleja.

    Y en verdad no lo sabía. Había hecho ese tipo de rastreos miles de veces, y a veces al primer intento sólo percibía flashazos, pensamientos o ideas sin un orden o lógica. Pero no recordaba alguna ocasión anterior en la que hubiera percibido absolutamente nada; ni siquiera una sola imagen, sonido u olor.

    —Déjame intentarlo de nuevo —murmuró tras un rato, sintiendo ya un poco más de motivación personal.

    Cerró de nuevo los ojos, respiró hondo, y tocó la fotografía con sus dedos. Lo estuvo intentando por casi dos minutos, obteniendo el mismo frustrante resultado. Soltó de pronto un quejido de enojo, y posteriormente golpeó el escritorio con su mano entera, creando un fuerte estruendo.

    —¿Qué ocurre, Lucy? —Preguntó Cody, inquieto.

    —No estoy logrando sentir nada; nada en lo absoluto sobre esta persona…

    —¿Qué…? —Murmuró Cody despacio, dejando en evidencia la gran angustia que aquellas palabras le habían causado—. Oh, Dios mío, Lucy… por favor no me digas qué…

    No fue capaz de terminar su cuestionamiento, pero Lucy pudo darse una idea de lo que le preocupaba; con precognición o sin ella.

    —No podría asegurarlo y negarlo en estos momentos —le aclaró—. Pero en situaciones normales, aunque estuviese muerta debería poder recibir alguna señal de donde está su cuerpo o qué le pasó.

    —Qué consuelo… —ironizó Cody, maldiciendo de nuevo en silencio la falta de tacto de la rastreadora—. Entonces, ¿qué ocurre?

    —No lo sé —repitió Lucy con tanta confusión en su voz como la de Cody—. Dame un minuto, intentaré concentrarme más. No me cuelgues…

    Ese minuto fueron de hecho unos quince o veinte, en los que Cody se quedó expectante en la línea. Lucy pasó a prepararse otro té, pero ahora uno enfocado en potenciar la concentración. Cerró las cortinas de su estudio quedando casi a oscuras, y apagó también su computadora con tal de disminuir a lo mínimo cualquier distracción. Se sentó en el suelo con sus piernas cruzadas, colocando la fotografía de Lisa delante de ella, y su teléfono aún en altavoz a un lado.

    Lucy bebió lentamente su té, al tiempo que inhalaba y exhalaba profundo y despacio. Sentía como la energía y el calor recubrían su cuerpo de extremo a extremo, y su mente se iba aclarado de cualquier preocupación mundana como el trabajo; incluso se le olvidó por un momento que tenía a alguien al teléfono esperando.

    Cuando se sintió lista, volvió a cerrar los ojos como en su primer intento, a respirar muy lentamente, y a tocar la fotografía con la palma entera. Ahora intentaría un enfoque diferente al anterior. Ya no buscaría en dónde se encontraba en esos momentos, sino dónde había estado, y de ahí intentaría ir hacia adelante como buscando un momento exacto en un video.

    El resultado fue más prometedor, pero aún seguía siendo difuso. Comenzó a ver diferente imágenes de Lisa, mostrándose en su mente como en cámara lenta, pero de pronto saltando a otro lugar y momento; como si faltara un pedazo de la película.

    Comenzó a describir en voz alta lo que veía a cómo le era entendible, para que así Cody la escuchara.

    —Unos hombres en traje la recogieron en un auto temprano por la mañana en su edificio. Ella se fue con ellos por su voluntad. Llevaba su equipaje consigo. Luego tomó un avión al este. Puedo verla moverse en esa dirección, pero no sé exactamente a dónde. Pero cuando llegó allá, se subió a… un helicóptero negro y…

    Lo que siguió no habría sabido cómo describirlo aunque lo hubiera intentado. Veía el helicóptero negro volando, avanzando en línea recta a una dirección específica, y de pronto todo se distorsionó y agitó, como si alguien lo sacudiera todo similar a un globo de nieve. Y entonces la imagen se volvió completamente blanca, y Lucy sintió como si alguien le diera un fuerte manotazo en la frente y la empujara hacia atrás. Y de hecho estuvo a punto de caer de espaldas al suelo, pero interpuso sus manos antes para prevenirlo.

    Esa última sensación le parecía un poco similar a cuando otro resplandeciente la repelía o empujaba lejos de ella cuando se daba cuenta de que estaba viéndolo; era algo que pasaba en ocasiones, aunque no era habitual. Sin embargo, aquello se había sentido un poco diferente. En su cabeza no se sintió como tal un empujón, sino más bien algo parecido a chocar contra una puerta de cristal cerrada creyendo que estaba abierta; eso también le había pasado más veces de las que estaba dispuesta a admitir.

    —¿Y? —Pronunció la apremiante voz de Cody al teléfono, luego de aguardar uno tiempo considerable a que dijera algo—. ¿Y luego qué, Lucy?

    —Y luego nada —masculló la rastreadora, asertiva—. Nada de nada. No logro captar nada sobre a dónde fue en ese helicóptero o en dónde se encuentra en estos momentos. Es como si la hubieran encerrado en una caja de plomo.

    —¿Qué? —Murmuró Cody, sintiendo un poco perdido por el comentario aparentemente al azar.

    —Ya sabes. En los cómics clásicos de Superman, él puede ver a través de cualquier cosa, excepto el plomo. Así que si escondes algo dentro de una caja de plomo, él no podrá verlo. Algo así me refiero.

    —Entiendo… —susurró Cody despacio, haciendo un gran esfuerzo para no sonar sarcástico—. Pero, ¿quieres decir que Lisa está en un lugar que por algún motivo tú no puedes ver con tus habilidades?

    —La verdad no lo sé —confesó Lucy, algo avergonzada—. Nunca me había pasado algo parecido antes. Quizás… ¿tendrás algún objeto personal de ella? ¿Algo que haya tocado o usado mucho? Eso a veces nos sirve como un potenciador. Si me lo envías y tengo contacto con él, puede que obtenga algo más claro.

    —¿Un objeto personal…?

    Hubo un rato de silencio, en el que Cody recorrió en su memoria las opciones. Después de un rato, pareció dar con una posible opción.

    —Sí, puede que tenga algo —declaró—. Iré y te lo llevaré yo mismo.

    —¿Tú venir para acá? —Exclamó Lucy con preocupación, tomando el teléfono y parándose casi de un salto del suelo—. ¿Acaso no oíste lo que dije sobre mi privacidad?

    —Por favor, Lucy. Esto ya me preocupó más de lo que estaba. Necesito saber dónde está Lisa y qué está ocurriendo con ella. No puedo quedarme aquí sentado esperando.

    Lucy bufó exasperada, y comenzó a caminar por el estudio con impaciencia. Ya le resultaba lo suficientemente molesto que Eleven le hubiera pasado su teléfono directo a otra persona; la idea de tener a alguien de la Fundación ahí en su casa, no le parecía para nada.

    Por otro lado, la verdad era que pocas cosas lograban despertar la curiosidad de Lucy; pero cuando algo lo hacía, le resultaba difícil sacárselo de la cabeza. Y si existía un punto en el mundo que sus habilidades de rastreadores no podían alcanzar, resultaba imposible no preguntarse qué podría estarse ocultando en ese pequeño punto ciego. Definitivamente quería saber dónde estaba ese sitio, y qué demonios era.

    Quizás podía hacer una pequeña excepción, con el fin de resolver ese apremiante misterio.

    —Está bien —respondió casi entre dientes—. Pero ni se te ocurra pasarte de listo e intentar algo conmigo por despecho, por qué no lo voy a permitir.

    —¿Qué? —Exclamó Cody escandalizado—. Claro que no…

    —Más te vale, porque no me acuesto con chicos con novia; sin excepción. Te compraré el boleto de avión para hoy en la tarde, y te lo mandaré dos horas antes de que salga el vuelo. Así que estate ya preparado.

    —No es necesario, yo puedo encargarme…

    —No —respondió Lucy tajantemente—. Prefiero que no sepas exactamente en dónde vivo hasta que sea completamente necesario. Nos comunicaremos desde ahora por correo, ¿está claro?

    —De acuerdo… —murmuró Cody vacilante, de nuevo sintiendo que no tenía opción de responder algo más.

    Lucy le colgó en ese mismo momento sin siquiera despedirse, y colocó el teléfono sobre su escritorio. Suspiró, sintiéndose muy cansada; esos intentos de rastreo realmente le habían consumido sus energías. Se sintió tentada a tirarse en su sillón y echar una siesta. Pero antes de eso, tendría que encender de nuevo su computadora y comprar el boleto como había prometido.

    Y lo peor era que todo eso estaba ocurriendo justo cuando Eleven no estaba para echarles una mano. Lucy esperaba no se estuvieran metiendo en algo igual de peligroso como lo que le pasó a ella, o peor…

    Vaya que esa noche de sueño irregular había tenido su motivo de ser.

    — — — —​

    Mike Wheeler avanzó con paso perezoso por los pasillos del hospital de Hawkins, con un vaso de café grande en una mano, del que apenas y había dado pequeños sorbos, y una dona azucarada en la otra. Su apariencia era lo que se podía describir fácilmente como “un desastre.” Su cabello y ropas estaban desalineadas, y dos grandes ojeras adornaban su rostro, junto con una barba sin afeitar de al menos tres días. Estaba totalmente agotado, y era evidente con tan sólo ver su paso, su postura, o con escuchar su voz.

    Tras la partida de Charlie y Abra, nada había cambiado; tanto en el estado de salud de su esposa como en los ánimos de su familia y allegados. Mike seguía pasando la mayor parte del tiempo en el hospital, esperando a que ocurriera el milagro que cada vez veía más lejano. Sus hijos y Will se turnaban para hacerle compañía o relevarlo para que fuera a casa, pero apenas y se permitía separarse hospital unas cuantas horas. Si eso no cambiaba, el siguiente en ser hospitalizado sería él.

    Se sentó en una silla de una de las salas de espera, y se quedó unos instantes mirando fijamente a la pared un poco despintada delante de él. En ese momento Terry estaba haciéndole compañía a Jane, así que él salió un momento a tomarse ese café y comerse esa dona; más de la mitad de su dieta esos días se había basado básicamente en esas dos cosas. Y lo peor era que ni siquiera tenía hambre, pues sentía el estómago revuelto, y la garganta cerrada como si se resistiera a dejar pasar cualquier bocado. Aún así comenzó a darle pequeñas mordidas a la dona, y más pequeños sorbos al café. Esperaba que ya fuera la azúcar o la cafeína, alguna de las dos le ayudara a salir de su letargo, aunque pareciera que su cuerpo se hubiera vuelto inmune a sus efectos.

    Toda esa situación era simplemente horrible; no había otra forma de describirla. Una horrible pesadilla por la que avanzaba sin rumbo, como un zombi arrastrando sus propis tripas. La comparación, de hecho, le parecía bastante acertada.

    Escuchó los pasos de alguien aproximándose a la sala de espera, pero Mike no le prestó importancia; ni siquiera cuando por el rabillo del ojo percibió que se acercaba a donde él estaba, o incluso después de que dicha persona se sentara justo en la silla a su lado. No era su hospital, y mucho menos su sala; cualquier era libre sentarse donde le diera la gana, ¿o no? Aunque ciertamente esperaba que no estuviera buscando la compañía de alguien con quien hablar, porque definitivamente ese no podría ser él, aunque quisiera.

    —Hola, Mike —pronunció la voz de la persona a su lado, y el oírla provocó que ya no pudiera seguir indiferente a su presencia—. ¿Cómo estás, amigo? Mejor ni me digas; te ves terrible…

    Mike alzó su mirada, casi asustada, hacia aquel individuo. Se acomodó sus anteojos, y lo contempló con detenimiento, pese a que por supuesto lo había reconocido desde el primer vistazo.

    —¿Lucas? —Pronunció despacio el nombre de su viejo amigo, ahora ahí sentado con un elegante traje negro, camisa blanca y corbata; zapatos lustrados, rostro perfectamente afeitado, y cabello corto y bien peinado; todo el contraste con él en esos momentos—. ¿Qué haces aquí? —Inquirió Mike, preocupado.

    —¿Tú qué crees? —Respondió Lucas Sinclair con seriedad—. Vine a ver a Eleven, y a saber cómo están tú y los chicos. Disculpa que viniera hasta ahora, pero sabes que mi trabajo es muy complicado.

    —Claro que lo sé —musitó Mike, escéptico—. Es curioso que te pares aquí en Hawkins por primera vez en tanto tiempo, justo cuando Charlie aparece. —Aquello había sonado claramente como una acusación, y el semblante poco contento de Lucas hizo ver que así lo sintió—. Llegas tarde —añadió tajantemente—, ya hace unos días que se fue. Y antes de que lo preguntes, no sé a dónde.

    Lucas suspiró. Se desabotonó y abrió su saco por completo, y cruzó de piernas tomando una postura más relajada.

    —Mike, tú y yo sabemos muy bien lo peligrosa que puede ser esa mujer. Supe que causó toda una situación aquí, y que casi lastiman a Eleven por su culpa.

    —No fue ella, sino otras dos personas.

    —¿Cuáles dos?

    Mike vaciló unos momentos al responder.

    —No lo sé; y no importa. Escucha, gracias por venir, pero no puedo ayudarte a encontrar a Charlie. En verdad no tengo idea de a dónde se fue.

    Lucas asintió comprensivo. Parecía que en efecto le creía, o al menos en mayor parte.

    —Charlie McGee no es el único motivo por el que vine —aclaró Lucas—. La persona que le hizo esto a El, también quiero encontrarla y detenerla. Es claro que es un peligro; para la Fundación, para tu familia, y para todos. Si tienes cualquier información…

    —¿Para que despliegues a tus asesinos y empieces una cacería? —Soltó Mike abruptamente.

    —Y si fuera así, ¿qué? —Respondió Lucas claramente a la defensiva—. ¿No es lo que quieres? ¿Qué ese bastardo pagué por lo que le hizo a la mujer que amas?

    —No si eso va terminar poniendo a mis hijos en medio.

    —¿Y a tus hijos por qué? —Cuestionó Lucas, confundido.

    —Por qué Terry…

    Mike se contuvo a último momento, arrepintiéndose de lo que estaba por decir. Lucas lo contempló, achicando un poco sus ojos con expresión de suspicacia.

    —¿Qué pasó con Terry? —Inquirió con algo de exigencia, pero también con preocupación.

    Mike agachó la mirada y bebió de nuevo de su café. No tenía intención de compartir con su amigo Lucas que su hija se había vuelto también un blanco de ese mismo individuo. Que lo había visto, y la había amenazado directamente. Que casi le hacía lo mismo que le hizo a Eleven, o incluso algo peor. A Mike le daba terror la idea de que pudiera también perder a su hija. Y a su vez, también le avergonzaba lo impotente que se había vuelto para protegerla; a ella o a cualquier otra persona que le importaba.

    Lucas volvió a suspirar, e intentó calmarse un poco y aclarar su mente. No había ido a provocar algún conflicto, pero su viejo amigo parecía no compartir su disposición.

    —Escucha —comenzó a pronunciar Lucas con firmeza en su voz—, tú sabes que siempre he tenido el mayor respeto por El y por lo que su Fundación hace. Pero no a todos los Usuarios Psíquicos se les puede dar el mismo trato; no todos ocupan sólo que alguien los ayude y les extienda una mano. Hay muchos, miles allá afuera, que lo único que quieren es hacer trizas el mundo entero, sólo porque creen que sus habilidades les da el derecho de hacerlo. Y eso es algo que incluso la propia Eleven entendía muy bien, y por eso ella también respetaba lo que yo hacía…

    —No hables de ella en pasado como si estuviera muerta —espetó Mike, molesto—. No lo está.

    —No, claro que no —respondió Lucas—. Lo siento. Lo que trato de decirte es que, no soy su enemigo, Mike; nunca lo he sido. Ella es, y siempre será, mi amiga. Y como su amigo, y como protector de la paz que soy, es mi deber encontrar a este sujeto, y encargarme de que ya no lastime a nadie más.

    Mike desvió su mirada hacia otro lado, y se contuvo para no reírse con ironía de la afirmación de “protector de la paz.” Mike conocía muchas de las cosas que Lucas había tenido que hacer esos años para proteger esa paz de la que hablaba, y estaba seguro que no eran ni siquiera las peores. Eleven había tenido que llegar a condonar algunas de dichas acciones por el bien de su Fundación y de los chicos que protegía, y Mike la había apoyado en su decisión. Pero a él le resultaba muy difícil ver a aquel hombre sentado a su lado como su viejo amigo Lucas, con el que jugaba Calabozos y Dragones, andaba en bicicleta, perdían el tiempo en el club de audiovisual de la escuela, y de vez en cuando saboteaban algunas conspiraciones gubernamentales o combatían a monstruos de otras dimensiones.

    Para Mike, aquel sujeto se había vuelto casi un completo desconocido. Y no era el único que lo sentía así.

    —Tampoco tengo información sobre esa persona, lo siento —respondió Mike encogiéndose de hombros—. Yo te agradezco que vinieras, pero estamos bien. En estos momentos, mi prioridad es cuidar a mi familia. Y mientras más nos mantengamos alejados de esto, será mejor.

    La mirada de Lucas se endureció, revelando que aquello lo había molestado enserio.

    —El viejo Mike que conozco nunca hubiera querido ocultar su cabeza entre las piernas y fingir que nada pasaba —declaró Lucas, ferviente.

    —El viejo Mike no tenía tres hijos en los cuales pensar —respondió Mike, aguerrido—. Por favor vete, Lucas.

    Lucas suspiró una vez más, ahora más frustrado que molesto.

    —Está bien —musitó despacio, parándose de su silla y abotonándose de nuevo su saco—. Pero primero pasaré a ver a Eleven, si estás de acuerdo. Como dije, ella siempre ha sido mi amiga.

    A Mike no se le ocurrió alguna buena razón para prohibírselo, y en realidad tampoco tenía las energías o los ánimos para pensarlo demasiado. Sólo se limitó a asentir con su cabeza, y con un ademán de mano indicarle que podía pasar. Lucas le agradeció con un propio asentimiento de su cabeza, y se alejó caminando por el pasillo.

    — — — —​

    Después de Mike, quien más pasaba tiempo en el hospital era Terry. La chica parecía haberse sumido en una profunda culpa por lo ocurrido hace unos días, a pesar de que todo el mundo ya le había repetido varias veces que su madre estaba bien, y que no había sucedido ningún revés en su estado a causa de aquello. Pero Terry no lo creía. Los demás no habían visto lo que ella vio en el interior de la mente de su madre. No habían visto cómo su consciencia se había hundido más en aquel mundo, presa del miedo; yéndose a un lugar tan profundo que quizás nunca podrían alcanzar.

    Cuando Abra se despidió de ella y le dijo lo que haría, Terry había deseado acompañarla y ayudarla a encarar a aquel individuo de una vez por todas. Abra le hizo ver que aquello era una locura (y en parte la propia Terry ya lo sabía), y que en otras circunstancias ni siquiera ella misma se arriesgaría a algo así, mucho menos arrastraría a alguien más a exponerse junto con ella. Le pidió que dejara todo en sus manos, y le hizo la promesa de que ella se encargaría de que ese maldito ya no le hiciera más daño a nadie. Terry asintió, pero tuvo la sensación de que ni siquiera la propia Abra creía del todo en dicha promesa.

    A Eleven la acaban de mover recientemente del área de emergencias a una habitación más privada; pequeña, pero cómoda. Terry se encontraba sentada a un lado de la camilla, sujetándole la mano a su madre y admirando en silencio su rostro. Le habían dicho que a veces ayudaba hablarles a los pacientes en ese estado, pero Terry no había tenido ánimos de intentarlo; ni con su voz, ni con su mente. Seguía sintiendo que su madre se hallaba demasiado profundo como para que oyera cualquier cosa que intentara decirle.

    Alguien llamó despacio a la puerta en un momento.

    —Adelante —respondió Terry casi en automático, suponiendo que era alguna de las enfermeras, aunque ellas solían entrar aunque no les diera el permiso.

    La puerta del cuarto se abrió, y del otro lado no apareció el rostro de una enfermera.

    —Hola, Terry —saludó el hombre afroamericano de traje, mientras entraba al cuarto y cerraba la puerta detrás de él.

    —¡Tío Lucas! —Exclamó Terry sorprendida, parándose de su silla.

    Lucas esbozó una sonrisa, y se aproximó cauteloso hacia la joven.

    —Por un momento creí que no me reconocerías —bromeó un poco, y rodeó entonces a la más pequeña de los Wheeler con un brazo, dándole un pequeño baso en la corona de su cabeza.

    —No digas tonterías —respondió ella, correspondiéndole el abrazo—. Aunque es cierto que hacía mucho que no te veía.

    —Sí, lo siento. Me he mantenido alejado por trabajo, pero me hice un espacio para venir.

    La atención de Lucas se centró entonces en la mujer en la camilla, siendo ella la que él casi no reconocía en un inicio, pero un segundo vistazo le dejó claro que en efecto era la persona que había ido a ver. Su apariencia le provocó un molesto nudo en el estómago, que lo incitó a querer mirar a otro lado. Pero se contuvo.

    En esos años había visto muchas cosas horribles en diferentes niveles, pero pocas le pegaban a un nivel personal como ver a sus más cercanos en una camilla de hospital. Y, lamentablemente, era algo que le había ocurrido bastante seguido.

    —¿Cómo sigue nuestra campeona? —Preguntó intentando reflejar serenidad en su tono, incluso buen humor.

    Terry suspiró con pesadez.

    —Igual, sin cambio alguno. En estos momentos ya no sé si eso es bueno o malo…

    —Es bueno, te lo prometo —señaló Lucas, colocando una mano en el hombro de la muchacha para reconfortarla, aunque no pareció surtir ningún efecto.

    Lucas acercó entonces a la cama una de las sillas adicionales de la habitación y la colocó a un lado de la de Terry.

    —Terry, dime una cosa —comentó mientras tomaba asiento a su lado—. ¿Tu madre te contó en alguna ocasión a qué me dedico? ¿Sobre cuál es mi trabajo actual?

    Terry la miró unos momentos con confusión, y por mero reflejo se sentó de nuevo en su silla.

    —Trabajas para el gobierno, ¿no? —respondió Terry, insegura—. Para el ejército o para la policía, creo.

    —Así es —asintió Lucas—. Dirijo una agencia especial, encargada de investigar y proteger al país y a sus ciudadanos de ciertas amenazas particulares. De cierta forma, hago lo mismo que hace tu madre, pero por otros medios.

    Terry achicó un poco sus ojos, con desconcierto.

    —No te entiendo…

    —Terry —musitó Lucas con voz solemne, e inclinó un poco su cuerpo hacia ella—. Yo me encargo de cazar y castigar a personas como la que le hizo esto a tu madre.

    Los ojos de Terry se abrieron por completo, azorados. La idea tardó un poco en volverse clara en su cabeza, pero incluso una vez que estuvo ahí se negó a creer que hubiera entendido bien lo que quería decirle.

    —¿Hablas de resplandecientes? ¿Hablas de personas como…?

    Terry alzó su mano, y por la dirección que ésta tomaba fue evidente que iba a señalarse a sí misma.

    —No, no como tú —se apresuró Lucas a aclarar—, o como tu madre, o como las personas de la Fundación. Hablo de personas sin escrúpulos, que usan sus poderes para dañar a otros. Incluso he trabajado a lado de tu madre estos años para hacerlo posible. Y ahora, estoy buscando al responsable de lastimarla. Tú lo conoces, ¿verdad? Si me dices quién es, yo te prometo que lo encontraré, y lo detendré. Sólo dime lo que sepas.

    La menor de los Wheeler agachó su mirada, un poco incómoda. Se abrazó a sí misma y se talló un poco sus brazos, como si sintiera frío.

    —Yo lo vi, dos veces —masculló despacio, sintiéndose que ocupaba un gran esfuerzo para decirlo—. Una vez la noche en que atacó a mamá, y otra hace unos días.

    —¿Él estuvo aquí?

    —No. Creo que se proyectó a distancia, como lo que mi madre sabe hacer. ¿Sabes a lo que me refiero? —Lucas asintió; por supuesto que lo sabía—. Es un chico, más o menos de mi edad. Cabello negro, ojos azules y piel blanca. Refinado, bien vestido, y muy engreído. Abra me dijo…

    —¿Abra?

    —Una amiga que conocí hace poco. Es una resplandeciente muy fuerte, y ella también lo conoce. Me dijo que su nombre era Damien Thorn, que estaba en Los Ángeles, y que ella iría a detenerlo. Pero no sé si pueda hacerlo ella sola; él es muy poderoso, y aterrador. Tío Lucas —se viró a verlo, ahora con bastante preocupación—, ¿tú podrías ayudarla? Por favor, no quiero que le pase nada malo.

    Lucas permaneció en silencio unos momentos, repasando en su cabeza de forma rápida todo lo que la jovencita había dicho. Parecía que no era mucho, pero en su caso podría ser suficiente.

    —¿Dijiste Damien Thorn? —Preguntó con seriedad, al tiempo que sacaba su teléfono del interior de su saco. Terry asintió con afirmación—. Dame un minuto…

    Con el pequeño celular negro en su mano, Lucas se paró de la silla y se encaminó a la puerta para posteriormente salir de nuevo al pasillo. Una vez afuera, desbloqueó el dispositivo con su huella digital, además de una contraseña sofisticada. Marcó entonces uno de sus números rápidos y acercó el teléfono a su oído. No se escuchó del otro lado ningún sonido de marcado, como si la llamada hubiera salido mal, pero él sabía muy bien que no era el caso.

    Un fuerte pitido resonó tras medio minuto, y luego la voz de un operador se hizo presente.

    —Diga su usuario y número de empleado.

    —LuSinclair, DI-55647859 —respondió Lucas rápidamente.

    Siguió un rato de silencio, sólo opacado por el lejano sonido de los dedos del operador tecleando rápidamente.

    —Diga su clave secreta para reconocimiento de voz —pidió el operador, sonando casi como una orden.

    Un par de enfermeras se aceraron por el pasillo en su dirección, y Lucas tuvo el reflejo de virarse a la pared, como si no quisiera que le vieran el rostro. Aquella reacción no se debía sólo por la parte de “secreta” de dicha clave (que por supuesto lo era), sino también por un sentimiento de cierta… vergüenza, casi infantil, que ésta le provocaba. Con el pasar de los años había usado esa clave para varias cosas importantes, ya casi como una vieja costumbre. Pero muy pocas personas en el mundo podrían siquiera llegar a entender el significado oculto detrás de ella. Y, para bien o para mal, un par de ellas se encontraban en ese mismo hospital.

    —MADMAX751300 —pronunció en el teléfono, sólo lo suficiente alto para que su voz se escuchara clara para el detector.

    De nuevo un rato de silencio, sonido de teclas siendo presionadas, y entonces el tono y actitud del operador cambiaron abruptamente.

    —Muy buenas tardes, Director Sinclair —saludó con voz calmada y amable—. ¿En qué le puedo servir?

    —Necesito que busques el expediente de un civil. Primer nombre, Damien, Damian o Demian. Apellido, Thorn. De entre 16 y 20 años. Cabello negro, ojos azules, caucásico. Posible lugar de residencia, Los Ángeles, pero ponlo sólo como parámetro opcional.

    Al otro lado de la línea, el operador se puso de inmediato a trabajar en la búsqueda, mientras Lucas aguardaba.

    Ese monitoreo constante del que varios estadounidenses solían quejarse, era en realidad un poco peor de lo que la mayoría creía. Pero al menos en el caso del DIC, no era tanto que se pusieran a espiar sus llamadas y correos (no en un inicio, al menos). Con lo que ellos contaban era con una súper computadora a la que apodaban Halcón, que analizaba todo el contenido publicado en internet; desde las noticias de todos los periódicos, hasta los memes más recientes rondando en las redes sociales. Lo que esta computadora hacía era analizar toda esa información, y filtrarla por aquella que les pudiera ser interesante; como cualquier rumor o leyenda urbana sobre algún fenómeno o hecho inexplicable, pero con algún vestigio de posible veracidad.

    Una vez que se tenía el hecho identificado, Halcón reunía toda la información entorno a él; en especial los nombres, direcciones y cualquier dato disponible de las personas involucradas. Casi todo eso se encontraba disponible públicamente en las redes sociales, o sino en alguna de las muchas bases de datos del gobierno a las que tenían acceso. De cada uno de estos individuos se creaba un expediente, que se colocaba en una clasificación. Dicho expediente luego era catalogado y revisado por sus analistas. Y si estos lo consideraban pertinente, se autorizaba una investigación en firme de la persona. Y entonces ya era el turno de los teléfonos intervenidos, los correos interceptados, los micrófonos y cámaras de celulares y computadoras encendiéndose solos, y varias otras maravillas que la gente ni siquiera se imaginaba.

    Todo eso se hacía con el fin de identificar a posibles UP’s que pudieran significar una amenaza. Aunque claro, no tenían los recursos ni el tiempo para investigar a cuanto sospechoso era arrojado por ese análisis, así que se enfocaban sólo en los más relevantes.

    Si el tal Damien Thorn había estado involucrado en cualquier hecho sospechoso antes, sería casi seguro que habría un expediente de él con la suficiente información para comenzar su investigación. Si no, entonces tendrían que realizar la búsqueda por otros medios.

    —Tengo un resultado —indicó el operador tras unos minutos—. Damien Thorn, 17 años. Es de Chicago, pero los demás datos concuerdan.

    Bien, sonaba prometedor. Al menos parecía que era una persona real, y en alguna ocasión había llamado la atención de la computadora.

    —¿Qué clasificación tiene su expediente?

    —F.

    —¿F? —Exclamó Lucas, incrédulo—. ¿Estás seguro?

    —Por completo, señor. ¿Sucede algo?

    —No… nada —respondió dubitativo—. ¿Podrías revisar rápidamente qué hizo que llamara la atención de Halcón?

    Escuchó al operador teclear por unos minutos, y entonces le respondió:

    —Por lo que dice aquí, al parecer el hecho raíz fue la muerte repentina del primo del sujeto, Mark Thorn de 13 años. La computadora determinó que las circunstancias de dicha muerte fueron inusuales, y adicionalmente hizo señalar otras muertes extrañas de familiares y conocidos del sujeto.

    —¿Alguna nota de por qué se pasó a F?

    —Sólo dice que se determinó que todas las muertes ocurrieron por circunstancias convencionales no vinculantes directamente al sujeto. No hay ningún otro detalle anexo en el resumen que estoy consultando. Si quiere ver el expediente completo para más información, tendrá que hacerlo directamente desde su cuenta, director.

    —Sí, entiendo —murmuró Lucas con sus pensamientos algo dispersos—. Cómo sea, envíame ese resumen lo antes posible, por favor.

    —De inmediato —respondió el operador, y la llamada se cortó poco después.

    Lucas se quedó de pie en el pasillo, sujetando su teléfono en la mano. Meditaba un poco sobre aquellos últimos datos que el operador le había dado, intentando determinar qué podría significar.

    El DIC asignaba a los expedientes de las personas identificadas por la computadora, una clasificación identificada con una letra. Dicha letra indicaba el estatus en el que se encontraba de la investigación del individuo, o el resultado de ésta.

    F era para los Descartados; personas que luego de investigarlos se determinó que una seguridad aceptable que no poseían ningún Nivel de Coeficiente Psíquico. En promedio, el 60% de los expedientes que se llegaban a investigar caían en esta clasificación, y con los años esa tendencia iba en aumento.

    E era para los Sin Clasificar, que básicamente significaba que aún no se había realizado ninguna investigación correspondiente o no se había llegado a una conclusión. Todos los expedientes nuevos se colocaban inicialmente ahí, y muchos (para bien o para mal) solían quedarse así.

    D significaba que se detectó que el individuo en efecto poseía un NCP, pero éste era demasiado bajo para considerarlo una amenaza. El DIC solía a estos individuos ni siquiera considerarlos Usuario Psíquico. La cantidad de individuos de este tipo era bastante más grande de la que muchos supondrían.

    C era para los individuos en los que sí se había detectado un NCP con el rango mínimo para considerarlo un UP, y requerían más observación para determinar el accionar correcto. Esto solía abrir la puerta para utilizar medidas de investigación más sofisticadas y, en ocasiones, invasivas.

    B era para los UP’s de NCP Alto que se habían determinado Sin Amenaza. Los miembros de la Fundación Eleven solían colocarse deliberadamente en este grupo, por ejemplo.

    Y la A era para aquellos UP’S con NCP Alto confirmado y que representaban una amenaza confirmada. Cuando se encontraba uno de este tipo, se autorizaba llevar a cabo una operación para encontrarlos, y atraparlos o exterminarlos lo antes posible. Este grupo lo coronaba la famosa Charlie McGee.

    Si el expediente del tal Damien Thorn estaba clasificado como F, quería decir que en algún momento se investigó y se llegó a la conclusión de que no poseía ningún grado de NCP, y se había descartado. Eso era algo que Lucas no se esperaba; esperaba al menos que fuera una E, y siendo muy optimista quizás una D o C.

    Por otro lado, tampoco era la primera vez que oía que un individuo era identificado por Halcón debido a una “muerte sospechosa.” Muchos de los UP’s que habían llegado a identificar, lo hacían gracias a una de esas. Sin embargo, la mayoría solían ser sólo tragedias extrañas o inusuales, pero nada más.

    ¿Podría ser que no fuera el individuo que buscaba? Tendría que echarle un ojo al expediente completo como le habían sugerido. Pero había algo que aún podía revisar, antes de descartarlo por completo.

    Escuchó la notificación de su teléfono con un nuevo mensaje, y se apresuró a desbloquearlo y abrirlo. Era el resumen del expediente, justo como esperaba. Y la foto del sujeto venía adjunta en él.

    Volvió al cuarto de inmediato. Terry saltó nerviosa, pues no se había molestado en tocar antes de entrar, pero pareció calmarse al ver que era él.

    —Terry, ¿es éste el chico? —le preguntó sin muchos rodeos, acercándole el teléfono con la fotografía del expediente abierta.

    Los ojos de la muchacha se llenaron de asombro, y terror, en cuanto se posaron en la pantalla del dispositivo, y vio claramente el rostro en él, que la miraba y le sonreía de regreso.

    —Oh, por Dios… —musitó incrédula, apenas audible—. Sí, es él. ¿Cómo lo encontraste?

    Lucas tomó de regreso el celular, y volvió a mirar la imagen. La descripción era justo como la que ella le había dado: un chico joven y apuesto, de cabellos negros y ojos azules.

    Damien Thorn… No tenía idea de quién había tomado la decisión de clasificarlo como F, pero estaba ansioso por averiguarlo.

    —Escucha —susurró despacio, sentándose de nuevo a lado de Terry—, no le digas a tu padre lo que me dijiste, ¿de acuerdo? Él y yo tenemos opiniones diferentes sobre cómo tratar esto. Pero yo te prometo que encontraré a este sujeto lo antes posible, y me encargaré de que pague por lo que hizo a tu madre. ¿De acuerdo?

    Terry lo miró callada, y sólo asintió despacio.

    —Una cosa más —pronunció Lucas, y comenzó a buscar otra fotografía más en su teléfono, y se lo extendió de nuevo a la jovencita para que la viera—. ¿Viste a esta mujer en el hospital en estos días?

    Terry miró la nueva imagen, de una mujer con lentes oscuros y chaqueta de cuero.

    —Sí —respondió, aunque un poco indecisa—. El tío Will me dijo que era una vieja amiga de mis padres. Creo que Abra se fue con ella a Los Ángeles.

    —¿Tu amiga Abra?, ¿la que te dijo cómo se llamaba ese chico? —preguntó Lucas curioso, y Terry volvió a asentir—. ¿Es de la Fundación?

    —No, ella no conocía a mamá, pero mamá la estaba buscando a ella… La verdad es que yo tampoco entiendo muy bien cómo es que se involucró en todo esto. Pero conocía a ese chico, y él a ella.

    Lucas guardó silencio unos momentos, reflexivo.

    —¿Y Abra tiene apellido?

    —Yo… —Terry alzó su mirada al techo unos momentos, intentando recordar sin éxito—. No, lo siento. Si me lo dijo, no lo recuerdo.

    Lucas se preguntó cuántas Abra’s habría en sus expedientes como para solicitar una búsqueda sólo con ese dato. Quizás tendría suerte, quizás no. Pero si Terry decía que dicha chica era muy poderosa, y estaba ahora con Charlie McGee en Los Ángeles… no pudo evitar preocuparse más de lo que ya estaba.

    —¿Y quién es esa mujer? —Preguntó Terry de pronto, llamando de nuevo su atención. Cuando la miró, la joven señalaba al teléfono, aún con la foto de Charlie abierta.

    —Una vieja amiga, en efecto —respondió Lucas con aparente normalidad, y se guardó rápidamente el teléfono en el interior de su saco—. Debo irme, pero me mantendré atento a lo que le pase a tu madre.

    Se paró de la silla y se abotonó de nuevo su saco. Se inclinó hacia Terry para darle un pequeño abrazo, y un beso en su cabeza de despedida; justo como la había saludado al llegar.

    —Salúdame a tus hermanos.

    —Sí. Muchas gracias, tío.

    Lucas le sonrió gentilmente con sus blancos dientes y se dirigió a la puerta sin más espera.

    Mientras salía al pasillo, el director del DIC comenzó a pensar rápidamente en los siguientes pasos a seguir. Primero debía revisar el expediente del tal Damien Thorn, y ver si acaso su pase a la clasificación F fue justificada o no. Pero como fuera, la declaración de Terry era suficiente para al menos autorizar una nueva investigación; una en la que él personal estaría al tanto para que no ocurriera ninguna irregularidad.

    Por otro lado, el último reporte que había recibido de los operativos de campo era que habían seguido el rastro de Leena Klammer hacia Los Ángeles, lo que concordaba con todo lo que Terry le había dicho. Por lo tanto, dar la instrucción a los agentes para que tuvieran los ojos abiertos por cualquiera avistamiento de Charlie McGee, se volvía también apremiante. Sin embargo, debían de ser muy cuidadosos, ya que si Charlie le estaba pisando los talones a Damien Thorn, cualquier acto a gran escala contra ella lo pondrá en alerta a él. Así que la instrucción debería ser, al menos de momento, que los localizaran y mantuvieran bajo vigilancia hasta nuevo aviso.

    Y la tercera acción que debía realizar, era quizás la más importante, aunque no lo pareciera a simplemente vista. Si estaban a punto de entrar en combate contra Charlie McGee, y alguien potencialmente peor, necesitaban tener a su disposición todos los recursos posibles. Eso significaba que el tiempo límite para el Dr. Shepherd se había vencido: necesitaban activar a Gorrión Blanco lo antes posible, o tomar alguna otra medida de emergencia en su lugar.

    Pensaba perdido en todo aquello mientras avanzaba por el pasillo alejándose del cuarto de Eleven. Se paró frente al elevador para bajar, pero justo cuando estaba por presionar el botón para mandarlo a llamar, las puertas se abrieron solas. Del interior se asomó el rostro de una mujer en bata blanca, tan abstraída en sus pensamientos como lo estaba Lucas que ambos casi chocaron entre sí. Dicho choque fue prevenido cuando ambos pudieron despabilarse lo suficiente para ver con atención al otro; y reconocerse.

    —Max… —murmuró Lucas despacio por simple reflejo, con su mirada aturdida. La Doctora de cabellos rojizos y rostro blanquizco, avanzó hacia un lado, sacándole la vuelta para poder salir del ascensor antes de que se cerrara. No le quitó, sin embargo, los ojos de encima durante todo ese movimiento.

    —Lucas —murmuró Max despacio, también aturdida por el repentino encuentro—. ¿Qué haces aquí?

    Las puertas del elevador se volvieron a cerrar, pero a Lucas no le importó pues se le había olvidado de pronto que quería bajar, al igual que todas las instrucciones que estaba comenzando a diseñar en su cabeza.

    —¿Por qué todos me preguntan eso? —Murmuró intentando parecer molesto por el cuestionamiento, e intentar con eso disimular su reacción inicial—. ¿Es un crimen ahora venir al hospital a ver a una amiga enferma? A mí lo que me sorprende es ver que tú sigues aquí. Te imaginaba como doctora en el Johns Hopkins o algo así.

    Escuchar a su viejo amigo (y exnovio) hablar, pareció ser suficiente para disipar de la cabeza de la Dra. Mayfield la bruma que su aparición le había causado. Su postura se volvió más segura, y su semblante más serio; incluso algo agresivo, le pareció a Lucas.

    —Alguien tenía que quedarse a hacer guardia —respondió Max de modo cortante.

    —Creí que Eleven y Mike hacían justo eso.

    —¿Y quién crees que cuida de ellos cuando no lo hacen ellos mismos?

    —Esa no era tu responsabilidad; tuya ni de nadie —señaló Lucas, ahora siendo él quien tomaba la postura defensiva—. Debiste haber salido de este pueblo en cuanto tuviste la oportunidad.

    —¿Así como tú? —Soltó Max con sagacidad. Luego suspiró con molestia—. No tengo tiempo para esto. Debo volver al trabajo…

    La doctora hizo el ademán de querer darse la vuelta y retirarse. Lucas tuvo por un momento el reflejo de tomarla del brazo para detenerla, pero se detuvo de inmediato antes de siquiera alzar su mano. Odiaba cómo estar en esa ciudad solía hacerlo actuar de formas de las que no se sentía orgulloso; especialmente en presencia de Maxine Mayfield.

    —Sí, lo siento —pronunció apresurado, notándosele un tanto avergonzado—. Sólo dime una cosa. El… ¿ella cómo está?

    —Mal —respondió Max, volviéndose de nuevo hacia él un momento—. Francamente, no sé si vaya a poder despertar. Ahora estamos más cerca de requerir un milagro que algún tratamiento.

    —Si alguien es capaz de hacer milagros, es ella —comentó Lucas con optimismo, pero Max claramente no compartía el sentimiento.

    —Pues me temo que esto sí podría al fin estar por encima de las capacidades de Jane Wheeler —declaró con pesadez en su voz, y agachó entonces su cabeza y ocultó ligeramente su rostro con una mano.

    Se le veía cansada, y en efecto lo estaba, aunque más emocional que físicamente. Se había tenido que obligar a sí misma a no reflejar abiertamente sus verdaderos sentimientos por toda esa situación, como los lineamientos de su profesión le exigían. Pero aquello no era tan fácil como siempre. La persona que estaba en esa camilla desde hace días sin reaccionar, no era una completa desconocida: era su amiga, su mejor amiga en el mundo; quizás la única de verdad que había tenido. Y a diferencia de Mike y su familia, ella no podía permitirse llorar o dejarse reconfortar.

    ¿Y ahora consideró que el mejor momento para dejarlo salir era justo ese?, ¿enfrene de esa persona de todas las que podrían haber elegido…?

    —Oye, tranquila —masculló Lucas, dudoso, y se permitió colocar una mano sobre el hombro de su amiga. Ella no se lo impidió, pero Lucas supuso que si intentaba algo más (como darle un abrazo) ella no lo recibiría de buena forma—. Pase lo que pase, todo saldrá bien; yo lo sé. Eleven es fuerte, y su familia igual. Y de paso, todos nosotros también tenemos un poco de su fuerza en nosotros; en especial tú. Aunque lo peor pase, saldremos adelante.

    Max respiró lentamente y talló discreta sus ojos con la palma de su mano.

    —Gracias —pronunció despacio, en apariencia no muy contenta de tener que decirlo.

    Por supuesto, sus conceptos de “salir adelante” en ese caso, eran un poco diferentes. Lucas no podía hablar por la salud de Eleven, pero sí se encargaría del asunto de su atacante a como diera lugar.

    Lucas retiró entonces su mano de su hombro y dio un paso hacia atrás.

    —Gusto en verte, Mad Max —murmuró con un tono casi burlón, que irremediablemente le provocó una pequeña sonrisa a la doctora. Hacía años que nadie la llamaba así.

    —¿Ya te vas? —le preguntó curiosa, mientras él presionaba el botón del ascensor y las puertas se abrían.

    —Aunque no lo creas, yo también tengo que hacer mi guardia —indicó Lucas con seriedad, y dio entonces un paso hacia el interior del elevador—. Pero desde un lugar más elevado.

    Max contempló en silencio como las puertas automáticas volvían a cerrarse, ocultando la imagen de su viejo amigo justo detrás de ellas.

    FIN DEL CAPÍTULO 83

    Notas del Autor:

    Lucy es un personaje original de mi creación, sin ninguna relación con algún otro de los personajes, o las películas y series involucradas en esta historia. Ya se le había hecho mención en otros capítulos anteriores, como una de las rastreadoras de la Fundación que ayudaba con información a Matilda y los otros. No se debe confundir con la enfermera Lucy del hospital de Portland en el que estaba Lily, o con Lucy Stone la madre de Abra. Las tres son personajes distintos.
     
  4.  
    WingzemonX

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    Resplandor entre Tinieblas
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    Resplandor entre Tinieblas

    Por
    WingzemonX


    Capítulo 84.
    Quizás era demasiado

    El personal científico instalado en el Nido solía trabajar turnos de doce horas, con una hora de descanso cada cuatro. Dormían y comían dentro de las instalaciones, sin ningún tipo de contacto con el exterior, durante tres semanas seguidas incluyendo fines de semana. Luego de esas tres semanas, se les daba una de descanso, en donde se les permitía salir y volver a sus casas (con las medidas de seguridad pertinentes). No todos tomaban esa semana libre al mismo tiempo, por lo que siempre había el número necesario en guardia para que ninguno de los proyectos se detuviese.

    Los elementos militares apostados para la protección de la base se manejaban de una forma diferente, aunque en general también solían mantenerse aislados por un tiempo similar, salvo que se les asignara una misión de campo. Pero su propia disciplina y entrenamiento les hacía más sencillo adaptarse a dicho ritmo, al menos en la teoría.

    Pero el personal científico no era militar; algunos como Lisa Mathews, eran prácticamente civiles en toda la extensión de la palabra. Y para ellos, en un inicio se volvía más complicado adaptarse a ese ritmo. Lisa ya había participado en proyectos gubernamentales antes, pero ninguno con el nivel de excesiva seguridad que éste tenía. Estuvo pasando un mal rato al inicio por el hecho de que le hubieran retirado del todo su celular y su computadora personal. Pero lo que más resintió fue no poder salir a correr, algo que acostumbraba hacer cada mañana antes del trabajo. Además de buscar mantenerse en forma, lo hacía también como un método para a aclarar su mente y lograr pensar mejor en algún problema que tenía atorado. Y en esos momentos el Lote Diez era un gran problema atorado que simplemente no fluía. Y las estrictas normas de seguridad del Nido no le daban la posibilidad de siquiera salir a que le diera la luz del sol, menos salir a correr.

    Bajo esas condiciones, la bioquímica se veía limitada a usar el gimnasio ubicado dentro de la base para uso del personal, aunque sólo le sacara provecho a las caminadoras. Al inicio no le gustaba; no lo sentía igual a como era correr en el parque cerca de su edificio. Pero con el pasar de los días fue tomándole un poco el gusto; era mejor que nada, o que sus piernas se atrofiaran por tanto tiempo sentada (o parada según fuera el caso).

    Esa mañana, un par de días antes de que se cumpliera su primera semana ahí, se levantó muy temprano como todas las mañanas y bajó al gimnasio. Le gustaba ir muy temprano porque había menos gente, y así se sentía más cómoda. Aquella mañana se encontró sólo con otros tres, dispersas en puntos separados, y cada quien enfocado en su respectivo ejercicio. Ella caminó directo a una de las caminadoras al fondo. Cada una tenía incluso una pantalla vertical instalada al frente, en donde podías proyectar algo que te gustara; como una vista del campo, sendero en el bosque, o algún paisaje urbano que te hiciera imaginarte que no estabas tan encerrado como definitivamente lo estabas. O si lo preferías, podías colocar alguno de los programas o películas autorizadas, o algún noticiero. Lisa solía dejar dicha pantalla apagada. En su lugar, los últimos días aprovechaba esos momentos para escuchar sus notas grabadas, y ver si acaso con la mente más despejada podía ocurrírsele algo que no hubiera visto antes.

    Y realmente ocupaba que se le ocurriera algo; lo que fuera.

    Los primeros dos días los dedicó de lleno, casi 48 horas seguidas, a estudiar toda la información que le habían proporcionado sobre el Lote Diez y sus versiones anteriores, incluyendo las notas de los químicos anteriores que estuvieron experimentando con él los últimos años. Después de eso, comenzó a realizar variaciones del Lote Diez para aplicarlo en algunos ratones de prueba; algunos sanos, otros con lesiones cerebrales supuestamente iguales o similares a Gorrión Blanco. Lisa no tenía idea de dónde sacaban ratones con lesiones cerebrales, y prefería no preguntarlo; y la gente que se los suministraba lo agradecía.

    Los resultados, hasta ese momento, habían sido desastrosos.

    Esa mañana, mientras corría en la caminadora, se colocó sus audífonos, conectó estos a su grabadora digital (proporcionada ahí mismo) y reprodujo las notas que había grabado el día anterior al final de su jornada; llena de frustración, y algo de enojo consigo misma.

    «…el mayor reto que se ha representado en las pruebas, es la amplia gama de resultados obtenidos —pronunciaba su propia voz en la grabación—. A pesar de que el Lote Diez se supone debe tener una mayor estabilidad con respecto a sus versiones anteriores, cada sujeto al que se le administra reacciona de una forma diferente, y hasta el momento ninguna ha sido enteramente favorable; por no decir que todas las pruebas han sido horribles fracasos… El resultado más recurrente es un lapso de temporal lucidez, seguido de una hemorragia cerebral masiva, y posteriormente la muerte. Pero también se han presentado ataques epilépticos, fallos cardiacos, y un inusual estado de rabia que deriva en la automutilación de los sujetos; nunca había visto a ratones hacer tal cosa. En cualquier caso, todos estos resultados también culminan en el fallecimiento del sujeto de pruebas.»

    «He considerado seriamente que los ratones no son los sujetos adecuados. He estudiado detenidamente las notas del Dr. Wanless y los que lo sucedieron, y todos parecen concordar en que la clave para obtener el resultado deseado es una composición única y específica en el cerebro del sujeto al que se le administra. Una composición que es casi seguro afirmar que ningún ratón tendrá. Y la opción de administrarlo en individuos humanos al azar como se hizo en los 60’s, es una posibilidad que ni siquiera quiero pronunciar en voz alta en este sitio. Lamentablemente, el único sujeto disponible que podría tener esta química exacta que se ocupa, es justamente Gorrión Blanco. Pero administrarle el Lote Diez sin siquiera haber obtenido un resultado favorable, sería jugar a la ruleta rusa con la vida de esa chica…»

    —Si es que a eso se le puede llamar vida —pronunció despacio, como una respuesta a su yo del pasado.

    «Por otro lado —prosiguió narrando la grabación—, pese a los resultados finales tan agresivos y desfavorables en los ratones, según el Dr. Takashiro sí se detecta una cierta reconstrucción en el tejido cerebral de aquellos con lesiones. Esto él lo describe como una mutación acelerada; como un cáncer que se multiplica violentamente. Y según su teoría, el cerebro sencillamente no es capaz de soportar tal agresividad y se apaga por todo el esfuerzo que conlleva. Y por lo que he visto, me inclino a pensar que en efecto él tiene razón en parte. Pero por esto mismo, mis esfuerzos en estos momentos están encaminados a encontrar un inhibidor; alguna sustancia que logre mitigar la agresividad de los efectos que el químico tiene sobre el cuerpo del sujeto, y hacerlo más tolerable para éste. Pero dicha sustancia se me ha escapado hasta ahora. Y aunque he detectado una disminución en la velocidad y agresividad de cómo el Lote Diez ataca al cuerpo de los ratones, al final el resultado siempre termina siendo el mismo.»

    «Si tengo que señalar algún motivo en específico de este actual fracaso, tendría que ser mi aún desconocimiento de exactamente porqué el Lote Diez actúa de maneras tan distintas en los diferentes sujetos, o porqué lo hace de una forma tan violenta. Mi teoría recae en el único elemento del Lote Diez que desconozco del todo, y que fue agregado según las notas por un químico de nombre Serpentine, apenas unos meses atrás, y que es el mayor diferenciador entre el Lote Nueve y el Lote Diez. Todas las notas se refieren a él simplemente como el compuesto VPX-01. Todo parece indicar, según mis pruebas, que este compuesto es el encargado de hacer que el Lote Diez se distribuya con rapidez y agresividad en el cuerpo del sujeto, y tenga estos resultados tanto favorables como destructivos. Nadie aquí me puede o quiere decir algo sobre qué es el VPX-01, o quién es este Dr. Serpentine. Pero me gustaría al menos tener una charla con él, y que me explicara qué demonios es esa cosa. Quizás así pudiera descubrir…»

    Un sonido tosco a sus espaldas la hizo sobresaltarse, y perder el ritmo de su trote hasta casi caerse de la banda. Puso pausa a la caminadora, y poco después también a la grabación. Sólo hasta que se detuvo se dio cuenta de lo agitada que se encontraba; su mente estaba tan exhorta en su propia voz que sus piernas se habían estado moviendo prácticamente solas.

    Se bajó de la banda y se apoyó en sus rodillas para recobrar el aliento. Miró de reojo hacia donde aquel sonido había surgido, y su origen se volvió evidente. Una pesada pesa de dos manos estaba en el suelo; al parecer lo que había oído era el sonido de ésta cayendo al suelo. Y la persona que la había estado levantando estaba de pie delante, también inclinado intentando recuperar las energías, de seguro luego de algunas repeticiones con la pesa. Reconoció a aquel hombre rubio con peinado militar casi rapado. Era el Sargento Schur, el Jefe de Seguridad del Nido; a quien el Dr. Shepherd se refería jocosamente como “Frankie.” Usaba una camiseta negra sin mangas que dejaba a la vista sus brazos musculosos y parte de sus pectorales, y unos pantalones deportivos azules.

    La presencia de aquel hombre la dejó un poco extrañada. Lisa lo había conocido en su primer día ahí, y se lo había cruzado un par de veces en los pasillos y ascensores en esos días. Pero nunca lo había visto ahí en el gimnasio; no a la hora en que ella iba, al menos. Y por un momento le entró la extraña idea de que la estaba espiando, y ésta se acrecentó cuando Frankie alzó sus ojos azules en su dirección, haciendo que ella rápidamente se virara de nuevo a la caminadora para recoger su grabadora y audífonos. Un segundo después consideró que quizás estaba exagerando, y sólo la había volteado a ver precisamente porque ella lo miraba a él. Pero ya era tarde para arrepentirse, así que tomó sus cosas y se dirigió de regreso a los ascensores para ir a su habitación a darse una ducha rápida. Al pasar a un lado de Frankie, por el rabillo del ojo notó que había tomado ahora dos pesas, una en cada mano, y las subía y bajaba sin prestarle atención durante su huida.

    Quizá, en efecto, había exagerado.

    En general su trato con las demás personas en ese sitio se había limitado casi principalmente al Dr. Shepherd y al Dr. Takashiro, y sólo muy poco al resto del equipo científico enfocado en otros proyectos. Del Sargento Schur prácticamente no sabía nada, aunque en esas pocas veces que lo había visto le pareció una persona muy seria (tal vez en extremo), rígida y, sobre todo, muy paciente para mantenerse sereno ante el trato un poco más pesado por parte del Dr. Shepherd. Era difícil decir si ambos se agradaban, o todo lo contrario. Pero como fuera, le había provocado cierta incomodidad el verlo ahí tan cerca de ella. ¿Realmente había sido una coincidencia casual?, ¿o estaba ahí por otro motivo?

    Mientras bajaba en el elevador al nivel donde estaban los cuartos, intentó despejar su mente de todos esos pensamientos que no venían al caso. Ya tenía suficientes preocupaciones externas a su trabajo, como para sumarle ahora una paranoia que no tenía razón de ser.

    Algo que no comentaba en sus grabaciones por el riesgo de que alguien las escuchara (cosa que estaba casi segura terminaría ocurriendo) es como toda esa situación le causaba un cierto conflicto. De entrada, todos ahí hablaban con bastante naturalidad de los UP’s o Usuarios Psíquicos, como si fuera lo más normal del mundo; y pareciera que para ellos en efecto así lo era. Y de lo poco que le habían dicho de Gorrión Blanco, decían que ella era en realidad uno muy poderoso. No le decían qué era lo que se suponía podía hacer, o cómo fue que terminó así, pero algunos recalcaban aquello casi con miedo.

    No estaba segura de cómo hubiera tomado todo eso la Lisa de unas semanas atrás. Si al haber llegado ahí le platicaran todo esa verborrea sobre personas con poderes psíquicos y químicos casi mágicos, posiblemente hubiera creído que le estaban tomando el pelo. O, quizás, sencillamente se hubiera limitado a hacer su trabajo, y a ocultar su escepticismo en silencio.

    Pero justo antes de su viaje, Cody hizo lo que hizo, mostrándole aquel extraordinario “truco de magia”, a reserva de pensar en algún nombre mejor.

    Si no hubiera visto aquello con sus propios ojos, no sería capaz de creer que existieran personas capaces de hacer ese tipo de cosas. ¿Era sólo una coincidencia que justo después de que Cody le revelara eso terminara trabajando en ese sitio? ¿Sabían esas personas sobre Cody? Y si no lo sabían ya… ¿qué harían si lo descubrían?

    Lisa aún no comprendía del todo cuál era la misión exacta del DIC. Por su sólo nombre pareciera que su único fin es la investigación científica; pero, ¿con qué fin exactamente? Y no podía pasar por alto que había más soldados en esa base que científicos. ¿Cazaban acaso a personas con ese tipo de habilidades? ¿Había otros como Gorrión Blanco en ese sitio? ¿O celdas escondidas en alguno de esos tantos niveles a los que no tenía acceso? La sola idea de que involucrarse en eso pusiera de alguna forma en peligro a Cody, le punzaba el pecho.

    Las cosas con él no habían estado bien, y aún no sabía qué pensar de eso que le mostró. Pero de lo que estaba segura era que no deseaba que le pasara nada malo. Y fuera lo que fuera que el DIC realmente hiciera, decidió que lo mejor era no comentar, o siquiera pensar, en lo absoluto en Cody. Todo ese trabajo ya era suficientemente complicado como para que su mente se distrajera en ello. Ya hablaría y arreglaría las cosas con él cuando volviera; que si eso seguía así, posiblemente fuera más pronto de lo esperado.

    Bañada y vestida, Lisa subió a la cafetería para comer su desayuno. La cocina del Nido era… aceptable. No era precisamente un restaurante cinco estrellas, pero al menos tenía variedad y la comida no sabía insípida. Si la gente tenía que pasar tres semanas sólo comiendo de ese sitio, era de agradecer que al menos supiera bien.

    Terminado su desayuno, se dirigió a la habitación de Gorrión Blanco. Le habían instalado ahí mismo un área en la que pudiera realizar sus pruebas. Así estaría cerca del Dr. Takashiro para que él realizara la validación de los resultados. Y claro, también podía estar cerca de la propia Gorrión Blanco por si necesitaba alguna muestra o lectura de ella. Estaban un poco apretados, pero en general Lisa no solía ocupar mucho espacio para trabajar.

    Esa mañana, al ingresar al cuarto con la tarjeta electrónica que le habían proporcionado, se sorprendió al ver que Gorrión Blanco y el Dr. Takashiro no eran los únicos ahí. Sentado en la silla de Lisa, y al parecer leyendo algunos de los expedientes que había dejado sobre su escritorio el día anterior, se encontraba el Dr. Shepherd. Cuando la puerta se abrió, el hombre de piel oscura giró su cabeza en su dirección y sonrió; aunque no tan efusivamente como de costumbre.

    —Ah, señorita Mathews; a usted estaba buscando —murmuró jocosamente, dejando de nuevo el expediente sobre el escritorio—. Quería comunicarle que ya ha acabado con nuestra dotación de ratones de laboratorio para todo el año.

    Russel debió ver la incertidumbre y preocupación reflejada en su rostro, pues casi de inmediato su sonrisa se ensanchó, dándole un vistazo de sus dientes blancos.

    —Es broma —le indicó—. Pero con un poco de realidad.

    Dirigió entonces sus manos hacia el pequeño bocadillo que había dejado sobre el escritorio. Era otro de sus yogurts en vaso, similar al que comía la primera vez que Lisa y él se conocieron, aunque éste tenía ahora algo de cereal revuelto con el yogurt.

    Por su parte, el Dr. Takashiro miraba de nuevo un partido de béisbol por la televisión, mientras bebía zumo de naranja de una pajilla. Al principio Lisa lo había juzgado bastante mal por esa costumbre de ponerse a ver televisión ahí. Pero eso fue hasta que supo que durante todo el tiempo que el neurólogo estaba ahí en la base, no podía separarse de ese cuarto más de unos cuantos minutos, que solía usar para ir al baño y a veces comer en la cafetería. Así que Lisa decidió ser algo permisiva, aunque de vez en cuando tuviera que pedirle que bajara el volumen.

    —Veo por sus últimas notas que aún no ha obtenido un resultado favorable, ¿cierto? —Comentó Russel, apuntando con su cuchara de plástico hacia el expediente que acababa de dejar.

    Lisa se cuestionó un poco si acaso tenía derecho a enojarse o no porque ese hombre leyera sus papeles, pero decidió no hacer barullo de más por eso.

    —Estoy teniendo progresos —respondió con normalidad, aproximándosele.

    —¿Descartando cosas que no funcionan? —Señaló Russel con burla, provocando un ligero ceño fruncido en Lisa como señal de molestia—. Lo siento, sólo quería aligerar el ambiente. ¿Cuál cree que es el problema?

    Lisa respiró lentamente por la nariz, intentando calmar cualquier rastro de nervios que pudiera ser evidente en su semblante. Haber oído sus notas un rato atrás le ayudó a ya tener una respuesta en mente.

    —En términos simples, yo diría que el culpable es el VPX-01 —declaró con la mayor firmeza posible—. Su efecto es demasiado para los ratones de pruebas. Ataca todas las células del sistema nervioso con la agresividad de un cáncer en cuestión de minutos. Un simple ratón no tiene posibilidad de soportar tal golpe.

    —¿Y cree que con un humano sea diferente? —le cuestionó Russel tajante, y Lisa vaciló antes de dar su respuesta.

    —No lo sé… Pero si las notas de los estudios anteriores son ciertas, lo más probable es que si se le administrara a la persona incorrecta… bueno, quizás termine igual que los ratones. O quizás peor.

    —Entiendo —asintió Russel, poniéndose de pie rápidamente—. Lamentablemente, todo eso era algo que ya sabíamos desde antes de que usted llegara, señorita Mathews.

    Aquello sonó claramente como una acusación, casi una queja, que dejó a Lisa helada. El semblante siempre afable y bromista del Dr. Shepherd cambió drásticamente, a uno mucho más… sombrío. Incluso considerando que al tiempo que la miraba de esa forma, comía de su yogurt con cereal con bastante naturalidad.

    De pronto, en el pequeño silencio que se formó entre ambos resonó una voz, proveniente de la radio sujeta al cinturón del Jefe de Investigación.

    Dr. Shepherd —pronunció la voz de una mujer, pero Russel la ignoró por completo y en su lugar siguió con su atención fija en la bioquímica delante de él.

    —Debo confesar, señorita Mathews, que estoy un poco decepcionado —sentenció Russel con severidad—. Por su currículo y recomendaciones, esperaba de su parte una visión diferente del problema.

    —Bueno, sólo llevo menos de una semana aquí —se defendió Lisa—, y me está pidiendo que corrija el trabajo de una decena de químicos más viejos y experimentados que yo, y que han jugueteado con este químico por al menos cuatro décadas.

    Dr. Shepherd —repitió la misma voz en la radio, pero de nuevo no le hizo caso.

    —Si se cree incapaz de llevar a buen término este proyecto, supongo que será mejor no postergarlo más y que vuelva casa —soltó Russel de pronto, casi como una amenaza.

    —Espere, yo no estoy renunciado. Yo sé que la clave es buscar algún inhibidor correcto para que el químico no actúe de forma tan agresiva. Sólo necesito encontrarlo.

    —¿Y le parece que tenemos el tiempo de ir recorriendo la tabla periódica, casilla por casilla, para ver cuál le funciona?

    —Con todo respeto, no es necesario que me hable de esa forma, señor. Si tan sólo me explicaran más claramente la naturaleza del VPX-01, quizás ya podría haber pensado en alguna alternativa.

    —Ya le dije muchas veces que…

    —¡Dr. Shepherd! —gritó ahora con bastante más fuerza la persona en la radio, haciéndose notar por encima de las voces aguerridas de Lisa y Russel.

    —¡Con un demonio!, ¡¿qué?! —Exclamó el científico, tomando la radio.

    El capitán McCarthy pide que venga a verlo enseguida —le comunicó la voz en la radio, bastante más calmada que él.

    Russel resopló, molesto.

    —Ahora no, estoy muy ocupado.

    Y justo cuando estaba por apagar el radio y dejar para después cualquier cosa que el capitán quisiera, la mujer, que muy seguramente era su secretaria, se apresuró a explicar:

    El director Sinclair viene para acá y pidió hablar con ambos.

    El aire entero de la habitación cambió ante esa noticia. Lisa observó en silencio al Dr. Shepherd, un tanto perpleja. Incluso Takashiro, que durante gran parte de la plática se había mantenido más interesado en su partido que en su argumentación, giró por completo su cabeza hacia ellos, expectante.

    Russel, por su lado, guardó silencio unos momentos, mientras sujetaba la radio enfrente de él, y sus dedos se apretaban un poco contra el dispositivo.

    —Grandioso —murmuró con notable desagrado—. Grandioso, grandioso… —repitió dos veces más, antes de activar el botón para poder volver a hablar—. Dígale que voy para allá.

    Dicho eso, ahora sí apagó la radio y se la colocó de nuevo en el cinturón.

    —El tiempo se nos acabó, señorita Mathews —le indicó con voz apagada, mientras se acababa rápidamente lo poco que quedaba de su yogurt.

    —¿Cómo?, ¿a qué se refiere? —Preguntó Lisa, confundida, pero Russel siguió más concentrado en su yogurt y sólo murmulló:

    —Se le depositará su pago por los días trabajados, más un pequeño extra, y podrá irse a casa mañana temprano si todo sale bien. Gracias por todo.

    Una vez que raspó los últimos rastros de yogurt del recipiente de plástico, lo tiró rápidamente en el bote de basura a un lado del escritorio, y se encaminó a la puerta.

    —Espere, ¿por qué? —Exclamó Lisa, aún confundida, pero ahora de nuevo molesta—. Ya le dije que no me he rendido.

    —Y yo le dije que se acabó el tiempo, ¿no me oyó? —Soltó Russel algo desesperado, girándose hacia ella. Luego miró unos momentos hacia Gorrión Blanco, igual de quieta como lo había estado los últimos cuatro años, y suspiró con pesadez—. No se sienta mal. Quizás era demasiado para cualquiera de nosotros.

    Cabizbajo, se aproximó a la puerta, pasó su tarjeta electrónica por el lector para que se abriera, y salió al pasillo perdiéndose de su vista.

    Lisa estaba confundida. ¿A qué había venido todo eso? Estaban discutiendo, pero no como para tomar la decisión de despedirla tan repentinamente. ¿Y esa forma en la que había visto a Gorrión Blanco antes de irse? No, algo más pasaba ahí, y era a causa de esa llamada que había recibido. ¿Por qué la visita de ese tal director lo había alterado tanto?

    Se viró hacia el Dr. Takashiro, y notó que éste había comenzado a recolectar cosas de su escritorio y comenzar a guardarlas en su maletín.

    —¿Qué hace? —Preguntó Lisa, extrañada.

    —Si se acaba el proyecto, yo también me iré de aquí pronto —informó el neurólogo, un tanto indiferente.

    —Pero, ¿por qué terminarlo tan pronto? Si apenas comenzamos.

    Joe Takashiro siguió guardando sus cosas, sin prestarle mucha atención a sus quejas.

    A pesar de que habían sido prácticamente compañeros de laboratorio esos días, sus pláticas habían sido escasas, y en general cada quién se enfocaba en lo suyo y sólo interactuaban cuando lo necesitaban. Aunque Lisa quisiera echarle toda la culpa a él al respecto, ella sabía que igualmente había colaborado a que las cosas fueran de esa manera. Después de todo, nunca había sido precisamente muy buena haciendo amigos en sus lugares de trabajo; buenos compañero sí, pero nunca amigos.

    Pero ahora necesitaba cruzar un poco la línea del compañerismo, pues quería (y necesitaba) saber qué estaba pasando. Y tenía el presentimiento de que el Dr. Takashiro lo sabía; o al menos más que ella.

    —Dr. Takashiro —susurró cautelosa mientras se le aproximaba por un costado—. ¿Por qué el Dr. Shepherd reaccionó sí? ¿Quién es el director Sinclair?

    —El director en jefe de todo esto, querida —murmuró Takashiro con desdén, señalando con sus manos a su alrededor—. El que aprueba que te paguen o no, y muchas cosas más.

    «Es decir, ¿el jefe del Dr. Shepherd y el director de la base?», se preguntó Lisa a sí misma, pero la respuesta era obvia. Lo que no era tan obvio, era porqué Russel había reaccionado de esa forma.

    —Y, ¿por qué el escuchar que venía puso al Dr. Shepherd en ese estado? —Preguntó directamente.

    —No estoy en libertad de decirlo —respondió Takashiro, encogiéndose de hombros—. Además, ya lo oíste; se acabó. Cómo él bien dijo, era demasiado para alguien como tú.

    —¿Para alguien como yo en qué sentido? —Musitó Lisa, con notoria molestia—. ¿Una mujer? ¿O demasiado joven…?

    —No conviertas esto en un escándalo mayor. Sólo dejarlo así, que será lo mejor; para ti, para mí, y para la chica.

    —¿La chica? —Susurró Lisa despacio, y giró entonces lentamente su mirada hacia la camilla en el cuarto, y su constante ocupante—. ¿Habla de Gorrión Blanco? ¿Qué le pasará a ella cuando nos vayamos?

    El Dr. Takashiro suspiró con cansancio. Dejó unos momentos lo que hacía, y se retiró sus lentes, tallándose sus ojos. Pareció debatirse un poco sobre si responderle o no; o, quizás, más bien decidiendo qué decir y de qué forma, para no decir algo de lo que se fuera a arrepentir.

    Tras unos segundos, el neurólogo se colocó de nuevo sus anteojos y se giró hacia ella con seriedad.

    —Escucha, Russel ha estado cuatro años buscando la forma de despertarla, ¿bien? Y traerte aquí para que trabajaras con el Lote Diez, fue la última oportunidad que el director le dio para lograrlo. Y ya que no tuviste éxito, pues…

    Takashiro dejó que sus palabras quedaran flotando, y Lisa sacara su propia conclusión.

    —¿La desconectarán? —Musitó Lisa con asombro.

    —No sólo eso. Según me dijo Russel una vez, primero le abrirán la cabeza, estudiarán su cerebro, sacarán toda la información que pueda sobre su composición, y luego le extirparán su pituitaria para hacer un estudio más detallado. Y en base a lo que saquen de todo eso, creo que su intención es crear el nuevo Lote Once.

    —¿Qué cosa? —Exclamó Lisa casi horrorizada; quizás un poco más por la absoluta normalidad y frialdad que el doctor había usado para describir aquello, que por el acto en sí—. ¿Tienen el permiso o derecho de hacer tal cosa?

    Takashiro soltó una risa sarcástica, no muy disimulada.

    —¿Enserio crees que eso importa aquí?

    —¡Pues debería! —Respondió Lisa alzando de más la voz—. Si ella no donó su cuerpo a la ciencia, no deberían de disponer de él de esa forma; no es ético. ¿Acaso no tiene tutores legales o alguien que debería consultarse para tal decisión?

    El doctor la miró fijamente, y alzó un poco su ceja derecha.

    —Qué extraño —murmuró de pronto, como si fuera más un comentario al aire que para ella—. Tenía entendido que te habían elegido porque eras obedientes y no hacías preguntas. Ahora no pareces ni un poco como te habían descrito.

    Lisa se ruborizó un poco ante tal comentario. ¿Esa era la imagen que todos tenían de ella ahí?, ¿qué era sólo una hormiga obediente que hacía lo que le decían y no hacía preguntas? Tenía el vago recuerdo de haber escuchado un comentario parecido de parte el Dr. Shepherd, pero no pensaba que seriamente la habían elegido por eso, o que hubiera sido al menos un factor en la decisión.

    Pero, a pesar de su reacción adversa, cabía preguntarse: ¿lo era en realidad?

    Habiendo crecido dentro de una familia de militares, era hasta cierto punto absurdo fingir que no había algo de cierto. Y quizás en sus otros proyectos de una envergadura similar al de ese, se había comportado precisamente como el Dr. Takashiro describía. Pero entonces, ¿por qué su reacción en esos momentos era tan diferente?

    ¿Era porque le escandalizaba el hecho de que fueran a desconectar a la chica? Nunca había estado particularmente peleada con la opción de dejar ir a una persona, especialmente cuando los doctores ya no daban mayor esperanza médica en su recuperación, tal y como el Dr. Takashiro le había indicado en cuanto la conoció. Además de que no conocía a esa chica; ni siquiera sabía su nombre.

    ¿Era porque ella estaba segura que con un poco más de tiempo podría encontrar la forma de curarla? Si era honesta consigo misma, había grandes posibilidades de que aunque estuviera un año entero ahí trabajando, quizás no lograra el resultado deseado. Pero al menos a Lisa le hubiera gustado llegar el punto de poder afirmar con total seguridad que no había nada que se pudiera hacer, y quizás eso le causaba frustración. Pues irse en ese mismo momento, bajo esas circunstancias, era básicamente retirarse con un fracaso, que encima no estuvo en sus manos.

    ¿Era acaso por Cody…? Al ser esa niña quizás como él, ¿había algo que le hacía no ser del todo objetiva en lo que respectaba a que le desconectaran sin siquiera darle la oportunidad de tratar de salvarla? Quizás era pensarlo demasiado, pero en efecto en más de una ocasión había hecho una comparación entre Gorrión Blanco y su novio, preguntándose qué haría si fuera él quien estuviera en lugar de la chica; y eso lo hacía sentirse más molesta con él, por haberle metido esa maldita confusión justo antes de comenzar ese proyecto.

    Sería tan cómodo simplemente culpar a Cody de ese desastre, pero ella sabía que eso sería prácticamente negación de su parte.

    Lisa respiró lentamente, recuperó su compostura, y entonces contestó lo más calmada que pudo.

    —Solamente no me parece correcto que traten la cabeza de la pobre chica como caja de arena, especialmente sin su consentimiento o el de su familia. Suponía que vivía en un país libre que respetaba esas cosas.

    Lisa notó como Takashiro rodaba un poco sus ojos con ironía, pero al final optaba por no responderle nada a ese último comentario.

    —Si te sirve de consuelo —pronunció Takashiro—, esa chica no era una santa en lo absoluto. Algunos dirían que se merecía terminar así, o peor.

    En entrecejo de Lisa se arrugó un poco, intrigada por esa inusual observación.

    —¿Usted sabe quién es ella? —Preguntó vacilante. Takashiro, por su lado, reaccionó un poco sobresaltado, como si no hubiera sido consciente en un inicio de lo que había dicho, y se arrepintiera en el momento.

    —Ya hablé demasiado —declaró con firmeza, terminando al fin de cerrar su maletín—. Además, sin importar quien fuera antes, no era que realmente quedara mucho de ella ahí —explicó señalando con su maletín hacia la camilla—. Incluso si por un milagro la hubieras hecho despertar, sólo Dios sabe cuál hubiera sido su estado. A veces es mejor simplemente acelerar las cosas y no esperar tanto, y que así el paciente no sufra más de lo necesario.

    Lisa pareció lista para darle algún contraargumento, o quizás seguirle insistiendo con la identidad real de Gorrión Blanco. Sin embargo, lo que fuera a decir se quedó en el aire, pues casi de inmediato su rostro se tornó reflexivo, y su entrecejo volvió a arrugarse.

    —¿Acelerar? —Murmuró despacio como un pensamiento en voz alta—. Acelerar… —repitió un vez más, mientras caminaba unos pasos hacia su escritorio. Takashiro la observó en silencio, maletín en mano.

    Lisa se paró delante de su área de trabajo, mirando el expediente que Russel leía justo cuando ella entró, en donde venían las notas de las últimas pruebas. Se podía ver también algunos frascos y tubos, con muestras de sangre y, por supuesto, del Lote Diez. Y más a la izquierda, había una plancha despejada y alumbrada luces brillantes, en donde solía inyectarle las muestras de prueba a los ratones. El área estaba completamente limpia y reluciente, pero el día anterior sangre y rastros de ratón se habían esparcidos por toda esa superficie.

    Varias ideas cruzaron la cabeza de Lisa, enfocadas principalmente en eso último que el Dr. Takashiro había dicho: “A veces es mejor simplemente acelerar las cosas y no esperar tanto, y que así el paciente no sufra más de lo necesario.” Él obviamente hablaba de terminar con la vida de un paciente cuando no había esperanza, en lugar de prolongar su sufrimiento. Pero en ese momento, Lisa estaba extendiendo dicho pensamiento a lo que se prestaba justo delante de sus ojos.

    —El Lote Diez actúa de manera agresiva en el cuerpo de los sujetos —le murmuró despacio al neurólogo, aunque era claro que esas palabras eran más para sí misma—; tanto que sus cuerpos no logran resistir lo suficiente antes de que termine de hacer efecto en ellos. Sus cuerpos y mentes terminan fallando primero. Pero —se viró entonces de lleno hacia Takashiro, alzando un dedo hacia él—, según las notas, en los individuos en los que el Lote Seis y las versiones siguientes sí funcionaron, fue porque su pituitaria excretaba un químico similar al que dichas versiones usaban como base, y que en el Lote Diez fue remplazado por el VPX-01. La lógica te diría que este químico sería como un inhibidor natural, y por eso no les afecta tan agresivamente. Pero… ¿Y si es lo contrario?

    Takashiro pareció un poco perplejo, pero casi sin pensarlo musitó:

    —¿Un… acelerador?

    —Exacto —exclamó Lisa, efusiva—. ¿Qué tal si lo que provoca que el químico pueda reaccionar bien en algunos sujetos, es de hecho que en sus cebreros reacciona mucho más rápido? Tan rápido que sus cuerpos pasan por el cambio casi al instante, y por eso no lo resienten tanto. Si es así, yo y todos los otros lo hemos estado haciendo mal. Intentamos hacer que la reacción fuera más lenta, cuando debimos haber buscado que fuera más rápida. Y en el caso del Lote Diez, eso se lograría fácil usando una dosis mayor del VPX-01.

    Takashiro guardó silencio, pensativo. La idea pareció tenerlo tan intrigado, que casi sin pensarlo colocó de regreso su maletín sobre su escritorio, y ahí lo dejó.

    —Podría funcionar —señaló el neurólogo—, o matar más rápido a los ratones.

    Lisa comenzó a caminar de un lado a otro haciendo números y planificación en su cabeza.

    —Necesito al menos un resultado favorable; sólo uno para convencer al Dr. Shepherd y al director de que el experimento aún no ha fracasado.

    Decidida en el camino a tomar, se apresuró al teléfono instalado en el escritorio, y se apresuró a marcar a la extensión correspondiente para que le trajeran más ratones.

    —Tendrías que hacerlo antes de que entren o salgan de esa reunión —indicó Takashiro, apuntando con su dedo hacia el reloj en la pared—. Si el helicóptero del director Sinclair viene llegando, tendrás máximo unos… veinte minutos. ¿Lo harás en ese tiempo?

    —En diez si no me interrumpe —le indicó Lisa tajante, provocando una reacción de sorpresa en el doctor—. Hola —espetó una vez que le respondieron en el teléfono—, habla Lisa Mathews de la sala médica 5016. Necesito diez… no, veinte ratones para Gorrión Blanco. Igual que las veces pasadas, cincuenta y cincuenta. Y de prisa, por favor.

    Sin esperar a que le dieran una respuesta, Lisa colgó el teléfono y se puso manos a la obra para ir avanzando en la preparación de cinco versiones del Lote Diez, cada una con una dosis diferente del misterioso VPX-01.

    — — — —​

    Mientras Lisa se enfocaba en realizar ese último y desesperado experimento, varios niveles por encima de su cabeza el helicóptero negro que transportaba a Lucas Sinclair se aproximaba al mismo helipuerto por el que ella misma había llegado hace unos días. En la plataforma, lo aguardaba paciente un grupo de soldados del cuerpo de seguridad de la base, incluido el sargento Schur; ya vestido con su uniforme y botas, en contraste con la ropa deportiva del gimnasio que portaba más temprano.

    Cuando el helicóptero descendió por completo y la puerta de un costado se abrió, se asomó por ella la figura del director Sinclair, ataviado con un traje negro, abrigo gris, y unas gafas oscuras. Al verlo, Frankie y sus soldados se pararon firmes como señal de respeto.

    —Director Sinclair, bienvenido —murmuró Frankie estoico, a lo que Lucas simplemente respondió con un pequeño asentimiento de su cabeza, mientras caminaba directo a los ascensores. Frankie y los otros lo siguieron, aunque sólo el sargento y otros dos lo acompañaron al interior.

    —¿Shepherd y McCarthy ya están enterados de que estoy aquí? —Preguntó Lucas secamente.

    —Sí señor. Lo esperan en la sala de juntas. El capitán Albertsen, el señor Douglas, y la agente Cullen ya están también en línea esperándolo.

    —Bien —murmuró Lucas despacio, pero su tono no reflejaba para nada el sentimiento de dicha palabra.

    La sala de juntas principal del Nido era una habitación alargada, con una mesa rectangular con asientos suficientes para veinte personas. En la pared de un lado había varios monitores que se usaban para proyectar datos o, como en ese caso, realizar videollamadas. Cuatro de esos monitores estaban siendo usados en esos momentos; tres de ellos ocupados por los rostros serios de tres personas, y el cuarto mostrando la toma amplia de los tres ocupantes presentes en la sala: el director Sinclair sentado en la cabecera, y el capitán McCarthy y el Dr. Shepherd sentados a su zurda.

    Lucas había llegado directo al grano en cuanto cruzó las puertas de la sala, sin siquiera molestarse en dar un saludo debido a los participantes de la reunión. Tenía varios temas que quería tratar de inmediato, siendo el primero de ellos el que más irritación le causaba en estos momentos: el expediente de Damien Thorn de Chicago, y su estatus actual en la clasificación de F.

    Luego de haber tenido esa pequeña charla con Terry, se dedicó de lleno a echar un ojo al expediente completo del chico, además de todas las notas e información que los analistas e investigadores extrajeron durante su monitoreo del sujeto. Y lo que leyó, sencillamente lo dejó boquiabierto. «¿Cómo es posible que hayan puesto este expediente en F sin más investigación de fondo?», pensó atónito y a la vez indignado. Y fue con ese mismo cuestionamiento que entró a esa sala de juntas.

    —No veo mayor misterio aquí —respondió desde uno de los monitores Adam Douglas, investigador en jefe encargado de toda el área de inteligencia del DIC; esto incluía el uso y mantenimiento de Halcón, así como la dirección de los investigadores y analistas de información. Era el hombre de cabellos negros teñidos y un viejo traje gris; quizás el mismo que usaba en la llamada anterior en la casa de Lucas. En su computadora personal, Douglas realizaba su propia revisión del mismo expediente que Lucas llevaba consigo impreso—. Todo indica que se realizó la investigación tal y como se debe, y no se encontró ninguna anormalidad de interés en las muertes de los familiares de este chico. Todas fueron simples accidentes.

    —¿Accidentes? —Exclamó Lucas, incrédulo al escuchar tal argumento—. ¿Llama accidente a que su padre, un respetado embajador de carrera intachable, haya sido acribillado por la policía cuando intentaba apuñalarlo?

    —¿Ahora vamos a acusar de UP a cualquier niño que crezca en una familia disfuncional? —Comentó Douglas con tono de mofa, atreviéndose incluso a soltar una pequeña risa sarcástica. La mirada fría y dura de Lucas le hizo ver que no compartía en lo más mínimo su humor, por lo que lentamente retiró cualquier rastro de sonrisa su rostro.

    —¿De qué familia disfuncional me está hablando? —Cuestionó Lucas tajante, casi como una reprimenda—. Porque no de los Thorn, ¿o sí? ¿Ha visto al menos el repertorio de integrantes de esta familia? —Abrió entonces el expediente, comenzando a sacar de éste los perfiles de varias personas, y prácticamente arrojándolos a la mesa—. Estamos hablando de políticos, empresarios, filántropos, fomentadores del arte y buenas causas, por no mencionar amigos íntimos de presidentes y reyes. Una familia ejemplar en toda la extensión de la palabra, llena de buenas personas; hasta que comenzaron a caer uno a uno como moscas, y todo desde que este niño llegó a sus vidas. Literalmente toda su familia de sangre está muerta, Douglas. ¿Todos eran unos disfuncionales?, ¿esa es la conclusión experta de mi jefe de inteligencia?

    Douglas guardó silencio, agachando un poco su cabeza. Los demás igualmente se quedaron callados, no queriendo intervenir a favor o en contra del investigador en jefe. Pero Lucas aún no había terminado con él

    —Y no sólo su familia, señor Douglas. —Comenzó entonces a sacar del mismo expediente varios reportes impresos y a colocarlos también sobre la mesa. Pero estos ya no eran en el formato del DIC; algunos parecían incluso sacados directamente de páginas de internet—. Encontré al menos trece muertes más que pueden relacionarse directa o indirectamente a este chico: incendios, atropellos, decapitaciones… su niñera se ahorcó en su propio cumpleaños, por todos los cielos.

    Ese último reporte lo arrojó con bastante más molestia que los otros, terminando después azotando todo el grueso expediente con fuerza contra la mesa, haciéndola retumbar tan fuerte que pareciera que incluso los que estaban en videollamada pudieron sentirlo. El reporte de la supuesta niñera terminó deslizándose por la mesa cerca de Russel, por lo que éste, curioso, extendió su mano para alcanzarlo y echarle un vistazo. Mientras tanto, Lucas prosiguió, enfocando toda su aparente ira aún en Douglas.

    —Y adivine qué: ninguno de sus analistas hace mención alguna de estos casos, en ningún reporte. Ni siquiera como nota al pie. Mientras que yo saqué todo esto navegando unas tres horas Google; en Google, señor Douglas. ¿Necesita acaso el Director en Jefe ir para allá y enseñarles a su gente como hacer su trabajo? ¿Cómo se les pudo pasar todo esto? Me hace cuestionarme qué otras cosas han dejado pasar sin que nos demos cuenta.

    El tono de Lucas iba subiendo más y más, poniendo más nerviosos a todos, en especial al receptor directo de todos esos cuestionamientos.

    Mientras tanto, Russel siguió revisando por encima el reporte de la niñera muerta. Era bastante usual que una muerte provocada por algún UP fuera a veces escondida como un accidente o suicidio. Algunos poseían una capacidad tan increíble, y podían llegar a influir tanto en la mente de algunas personas, que podían casi literalmente empujarlos a que ellos mismos se suicidaran. Y todo eso sin llamar en lo más mínimo la atención hacia sí mismos. Si este chico era quien había atacado a Jane Wheeler, como claramente el director Sinclair estaba sospechando, que fuera capaz de hacer algo como eso era totalmente plausible.

    Sin embargo, a Russel le saltó casi de inmediato el momento en el que el suceso de la niñera había ocurrido. En reporte en su mano decía que todo había ocurrido en la fiesta de cumpleaños número cinco del niño…

    Cinco años era una edad relativamente temprana para que las habilidades psíquicas se presentaran en un individuo. Conocía de casos excepcionales que había sido a los seis o siete, pero todos habían sido pequeños destellos muy lejos de la escala que se ocuparía para obligar a alguien a colgarse de la forma que el reporte describía. El único caso de similar nivel a una edad como esa, era quizás el de Charlie McGee. Sin embargo, ella era prácticamente una anomalía científica; un milagro en un millón que el Lote Seis, ni sus versiones posteriores, pudieron volver a replicar.

    Aunque en efecto el caso McGee hacía que la teoría de que el niño de cinco años hubiera sido el causante no fuera del todo imposible, sí era bastante improbable. Russel se sintió tentado a alzar la mano y hacer notar ese punto, pero prefirió mantenerse al margen un poco más. Presentía que en un rato más le tocaría a él responder preguntas.

    Luego de un rato, Douglas se aclaró su garganta y pareció tomar al fin el valor para responder con la mayor firmeza que le era posible.

    —Con todo respeto, señor —musitó Douglas—, no me parece correcto que cuestione de esa forma mi trabajo, y sobre todo el de mi equipo. Estoy más que seguro que todo en este caso se hizo según los procedimientos establecidos, como siempre se ha hecho. Y además, estos hechos que describe no son evidencia de nada concreto. Nada de esto implica directamente que el chico tuviera algo que ver. Son muertes extrañas, sí. Pero todas pueden ser de alguna forma explicadas…

    El sonido de la mano de Lucas azotando contra la mesa resonó con fuerza, no sólo cortando las palabras de Douglas si no también haciendo que todos saltaran un poco en sus sillas.

    —¡¿Qué son novatos en esto?! —Espetó el director, molesto—. ¿Qué no han aprendido a ver más allá de la superficie de las cosas? ¿Qué no han entendido que es justo debajo de esas “explicaciones razonables” donde se esconden las acciones de estos individuos?

    Lucas observó atentamente a Douglas esperando algún tipo de respuesta de su parte, que no vino. Tras unos segundos, respiró hondo por su nariz, se recargó contra el respaldo de su silla y se acomodó su corbata.

    —Ya no quiero seguir discutiendo esto —señaló en voz más baja, pero no por ello menos severa—. Lo que sea que haya pasado, en este justo momento no es relevante. Lo que me importa es que Terry Wheeler identificó a este chico, Damien Thorn, como el atacante de su madre. Y aun no siendo un analista, puedo ver que hay bastante para sospechar de AFP’s no identificados entorno a él. Así que ordeno que se pase su expediente de regreso a E, y autorizo de inmediato una revisión exhaustiva de toda la información pertinente de este chico. Además de una investigación de todas estas muertes y accidentes relacionados con él, y una imagen completa de todo lo que haya hecho en los últimos cinco años. Si una cámara lo captó picándose la nariz, quiero esa maldita captura en el expediente.

    —Nunca hemos regresado un expediente de F a E en todos estos años —declaró Douglas, casi ofendido por tal instrucción—. ¿Y lo haremos ahora sólo por los desvaríos de una niña?

    —Pues en estos momentos, confío más en esa niña que en usted y en sus analistas, señor Douglas.

    —¿Por qué? No es su madre…

    —¡Porque yo lo digo! —Exclamó Lucas alzando de nuevo su voz—. Ya tiene sus órdenes, así que apártese de mi vista de una vez. Quiero ver un avance de la investigación a más tardar hoy a las diez de la noche, así que dese prisa.

    Antes de Douglas tuviera la iniciativa de decir algo más para defenderse, Lucas presionó el control táctil con el que se controlaba la videollamada, y en dos toques desconectó a Douglas y su imagen en el monitor quedó remplazada por el fondo azul con el logo del DIC en el centro. Russel habría sentido un poco de pena por el pobre de Adam Douglas, sino fuera porque aquello último le había parecido de hecho un poco divertido; aunque de seguro Douglas no compartía su sentir.

    Lucas se tomó un momento para cerrar los ojos y respirar lentamente, intentando calmarse antes de proseguir.

    —Agente Cullen —comentó una vez que estuvo listo, enfocando su atención en la mujer de cabello rubio y rostro duro en la pantalla inferior derecha—. Antes de proseguir con el tema en cuestión, ¿tiene alguna novedad sobre la búsqueda de Leena Klammer y las otras dos?

    La mujer se sentó derecha en su silla, y miró firme hacia la cámara de su computadora. Ruby Cullen dirigía a la mayoría de los agentes de campo del DIC, encargados de la limpieza y el control de daños, así como el manejo de la información y el rastreo más discreto de sospechosos y fugitivos. Los últimos días habían sido muy ocupados para ellos, teniendo que moverse por Washington, Oregón, y ahora California, siguiendo el rastro de los últimos acontecimientos.

    —Cómo le comenté hace poco, no ha habido otro avistamiento de Klammer, o las dos niñas que la acompañan, desde el incidente del motel en Eugene —indicó Cullen con tono estoico—. El caso ya tiene el interés de todas las autoridades locales y estatales, pero nos hemos encargado de tomar la jurisdicción de cada escena usando nuestra identificación federal, para así mantenerlos alejados lo más posible. Tanto hacia ellos como a la prensa, hemos podido mantener cualquier AFP fuera de la información oficial, y todo ha sido catalogado simplemente como las acciones descarriadas de esa mujer. Y cómo habíamos platicado, de momento nuestra atención sigue puesta aquí en Los Ángeles. Por la ruta que llevaban, estamos casi seguros de que éste era su destino. Esto se sustenta con el descubrimiento de que Leena Klammer vivía en un viejo departamento al sur de la ciudad. Lo hemos tenido vigilado, pero no se ha parado por ahí aún. Sin embargo, tenemos vigiladas las salidas y entradas de la ciudad las veinticuatros horas. Si están aquí, las atraparemos.

    —Terry me dijo que Damien Thorn está en Los Ángeles —indicó Lucas justo después—. Si es así, es muy probable que Leena Klammer se dirigiera justamente a verlo a él. No esperemos a ver si Douglas y su equipo nos confirman su localización, que ya vimos lo que pasa si nos atenemos a ellos. —Aquel comentario lleno de desdén volvió a causar una sensación de incomodidad en los demás—. Así que usted que está ahí, haga que sus agentes confirmen su ubicación, y que no le quiten los ojos de encima. Si tiene cualquier contacto con Leena Klammer o alguna de las otras dos niñas, quiero que me lo notifiquen de inmediato. Y que abran sus ojos también para localizar a Charlie McGee, pues al parecer es probable que ella también ande por ahí.

    —¿McGee está aquí en Los Ángeles? —Exclamó Cullen, sorprendida y a la vez fascinada.

    —Se los dije, ¿recuerdan? Que este ataque a Jane la haría reaccionar, y así fue. Y si todo lo que me dijo Terry es cierto, estará ahí también pisándole los talones a Thorn. Así que sean precavidos y discretos para no poner a ninguno en alerta. Sólo intenten ubicarlos y vigílenlos hasta recibir nuevas órdenes.

    —Sí, señor —respondió Cullen, notándosele no tan convencida.

    —Director Sinclair —intervino en ese momento la tercera persona en la videollamada, el capitán Jules Albertsen, encargado de toda la división militar y de asalto del DIC—. Es importante señalar en ese punto que, si este chico del que nos habla es el que buscamos, y además Charlie McGee está involucrada… podríamos ocupar a todo un batallón para apresar a ambos. Y creo que a nadie aquí le emociona la idea de convertir el centro de Los Ángeles en zona de guerra.

    Los escuadrones de Albertsen intervenían justamente como una fuerza de asalto, tanto de eliminación como captura, cuando la situación así lo ameritaba. Y, como bien lo había señalado, claramente esa parecía que sería una de esas situaciones. Pero Lucas esperaba para esos momentos poder contar con una alternativa diferente a mandar a mil hombres armados de Albertsen a marcar ley marcial en una de las principales ciudades del país. Ese era el tipo de cosas que una organización como la suya intentaba evitar lo más posible.

    —Estoy consciente de lo que eso implicaría, capitán —asintió Lucas—. Y por eso estoy aquí, para ver si podemos prescindir de ese batallón. Dr. Shepherd —pronunció con fuerza, y giró en ese momento su mirada justo hacia Russel. El científico pudo intuir de inmediato hacia dónde se encaminaba eso—. Gorrión Blanco; ¿algún progreso que reportar?

    Russel suspiró, entre resignado y cansado. Había estado bastante callado y apartado durante toda esa reunión, y todos sabían que aquello era algo inusual en él. Quizás en el fondo esperaba que todo terminara sin que tuvieran realmente que hablar de Gorrión Blanco. Pero él sabía que aquello era una esperanza casi infantil.

    Se talló un poco su cabeza rapada con una mano, y se dispuso a responder lo mejor que podía. Sin embargo, antes de que dijera algo, la agente Cullen intervino, un tanto exasperada.

    —Con todo respeto, ¿ese es su plan alterno, señor? —Soltó la mujer rubia—. En lugar de mandar a nuestros escuadrones, ¿quiere arrojar contra los dos sospechosos a una niña con el poder de destruir a toda una ciudad? Si es así, permítame corregir al capitán Albertsen: no convertiremos a Los Ángeles en zona guerra, sino más bien en un cráter humeante.

    —Cuida tu tono, Cullen —le reprendió Lucas, aunque logrando mantener bastante bien la calma en comparación con cómo había reaccionado con Douglas—. Conozco bien las reservas de algunos de ustedes, y les recuerdo que ya fueron discutidas en su momento. Desde hace tiempo sabíamos que necesitábamos a un elemento capaz de hacerle frente a amenazas como McGee. Y si hay una posibilidad de que Carrie White pueda ser ese elemento, la usaremos.

    —Pero es una locura —añadió Cullen justo después—. Aunque fueran capaces de despertar a esa chica, no hay garantía de que podamos hacer que trabaje con nosotros. Especialmente en tan poco tiempo.

    —Ustedes ocúpense de sus obligaciones, y dejen que sea la división científica la que se preocupe por eso —indicó el director con firmeza, señalando con su mano a McCarthy y a Russel, pero especialmente a éste último—. ¿Entonces, Dr. Shepherd? ¿Algún progreso con Gorrión Blanco sí o no?

    Russel guardó silencio unos momentos. Sus manos juntas sobre la mesa, y sus pulgares moviéndose nerviosos entre ellos.

    FIN DEL CAPÍTULO 84

    Notas del Autor:

    Antes de que alguien diga algo, debo pedir disculpas por este capítulo, porque estoy seguro que dije bastantes tonterías sin sentido en lo que respecta a los diálogos más… “científicos” de éste. Así que me disculpo. Al menos podemos concordar que tanto Ojos de Fuego como Stranger Things tienen un poco de ciencia ficción en sus respectivas tramas, así que nos abre un poco la puerta a decir y hacer algunas cosas de este tipo de vez en cuando. ¿No…? Bueno, ténganme paciencia.

    Creo que muchos pueden ver qué es lo que se viene dentro de poco. Y si no, quédense al pendiente a los siguientes capítulos.
     
  5.  
    WingzemonX

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    Resplandor entre Tinieblas
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    Resplandor entre Tinieblas

    Por
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    Capítulo 85.
    Su queja está anotada

    El ratón blanco, que había estado completamente quieto por casi un minuto luego de suministrarle el compuesto, comenzó abruptamente a convulsionar y a retorcerse, soltando agudos chillidos de dolor. Sangre comenzó a brotar de sus ojos, oídos y boca, hasta después sencillamente quedar inmóvil y tieso sobre la plancha metálica, y un pequeño charco rojizo comenzó a formarse debajo de su pequeño cuerpo. El ratón al que se le había aplicado la misma porción, pero presentando la lesión en su cerebro, tuvo un resultado bastante parecido, con la excepción de que en su caso no hubo chillidos.

    Lisa soltó un fuerte quejido de frustración, incluso llegando a golpear la mesa con su mano, provocando que el cadáver de los dos ratones saltara un poco.

    —Y con esos ya van ocho ratones muertos, más rápido que los anteriores —señaló el Dr. Takashiro sobre su hombro—. Y ya pasaron bastante más de diez minutos, por cierto.

    —No me está ayudando —musitó Lisa con molestia y pasó rápidamente a preparar a los otros dos sujetos de prueba—. ¿Decidió quedarse sólo para molestarme?

    —Por curiosidad, supongo —respondió el neurólogo, encogiéndose de hombros. Lisa tuvo deseos de decirle que saciara su curiosidad en otro lado si no le iba a ser de apoyo, pero se lo guardó—. Si sirve de algo —mencionó Takashiro poco después—, puedo hacerle la radiografía a los ratones con lesiones para ver si hubo alguna mejora.

    —No importa la mejora que hayan tenido las lesiones, si el sujeto muere en el proceso —señaló Lisa de mala gana. Quizás había sonado más dura de lo debido, pero ambos sabían que era la pura verdad.

    La quinta y última dosis que había logrado crear en ese corto tiempo, contenía la mayor cantidad del VPX-01, superando incluso cualquier otra que se hubiera hecho antes para un ratón de prueba; al menos según las notas que tenía a la mano. Esperaba no tener que llegar a usarlo, pero era lo último que le quedaba. Si no tenía al menos un resultado significativamente diferente con esa última prueba, entonces eso sería todo.

    Eligió a los dos ratones y le administró a cada uno la dosis correspondiente. Y al principio en efecto sí pasó algo diferente: una reacción casi igual a las otras, pero ocurrida justo al instante en cuanto el Lote Diez entró en sus sistemas. Ambos ratones comenzaron a convulsionar violentamente, y el que no tenía la lesión a chillar incluso más fuerte que los anteriores. Aquello fue tan extremo, que Lisa tuvo que retroceder un poco, con miedo reflejándose en su mirada. Todo fue en efecto más rápido que las veces anteriores, apenas un poco más de un minuto. La sangre comenzó a brotar de sus orificios, y tras esa al menos corta agonía, ambos quedaron totalmente inmóviles sobre la plancha.

    De nuevo, evidentemente ambos muertos.

    —¡Maldita sea! —espetó Lisa con enojo, retirándose las gafas de seguridad y tirándolas al suelo con frustración. Luego se dirigió a su escritorio, apoyando sus manos sobre éste y comenzando a respirar lentamente intentando calmarse.

    —Debías intentarlo —oyó pronunciar a Takashiro a sus espaldas—. No te sientas mal.

    Lisa no le respondió nada. En realidad, que ese sujeto intentara reconfortarla era lo que menos deseaba en esos momentos.

    Si tan sólo le hubieran dado más tiempo podría haber encontrado una solución; ella sabía que sí. Pero ahora ni siquiera podía dejar alguna constancia de que su teoría del acelerador podría funcionar o no. Lo único que le quedaba por hacer, como lo haría cualquier profesional como ella, era dejar sus notas lo más claras y detalladas posibles, e intentar expresar el hilo de pensamiento que la había llevado a realizar esos últimos experimentos. De esa forma, quizás toda esa información le pudiera ser de utilidad a los que estén a cargo del Lote Once, y puedan terminar lo que ella no…

    —Por Dios —escuchó de nuevo a Takashiro hablar a sus espaldas, pero estaba tan ensimismada que no le prestó bastante atención al inicio—. Mathews, mira eso. No puede ser.

    —¿Qué cosa? —Musitó Lisa algo irritada, girándose a verlo sobre su hombro. Notó que el doctor miraba estupefacto hacia la plancha. Y al mirar en dicha dirección, pudo ver lo que había causado tal reacción en él: uno de los ratones se estaba moviendo.

    Pero no sólo moviéndose. Al aproximarse con cautela, Lisa pudo notar que el ratón respiraba con regularidad, movía un poco sus patitas, y sus ojos estaban abriéndose. Aún con su cabeza manchada por su sangre, el ratón logró girarse sobre su lomo para quedar bocabajo, y apoyó sus patas rosadas sobre la superficie fría. Alzó entonces su cabeza, olfateando, y luego dio unos débiles pasos, casi teniendo que arrastrar su cuerpo en dirección al otro ratón. Éste seguía igual de quieto, y muerto, que hace unos momentos.

    Lisa contempló todo aquello boquiabierta. Y lo más impresionante era que ese ratón… era el de la lesión, el que no era capaz de despertar y reaccionar. Y ahora ahí estaba, moviéndose. Tomó rápidamente una pluma y se la acercó al ratón, moviéndola con cuidado frente a su rostro. El ratón olfateó la pluma y giró la cabeza en la dirección en la que la pluma se movía.

    —¡Increíble! —Exclamó la bioquímica, soltando una risa casi nerviosa—. Está vivo, y alerta. ¿La lesión cerebral se curó?

    Volteó a ver a Takashiro en busca de una confirmación de su parte. Éste seguía tan atónito, que tuvo problemas para poder responderle.

    —Eso pareciera —comentó el neurólogo con vacilación—. Tendría que hacerle una radiografía para estar seguro…

    —Hágalo, rápido —señaló Lisa tajante mientras tomaba con apuro sus notas y lo juntaba todo en un legajo—. En cuanto tenga el resultado mándemelo, por favor.

    —¿A dónde vas? —Le preguntó Takashiro extrañado, pero Lisa no respondió y en su lugar corrió apurada hacia la puerta cargando todos aquellos papeles en sus brazos. Por un momento se le olvidó su tarjeta para poder abrir la puerta y tuvo que regresarse, casi tropezándose, para luego entonces sí salir con paso veloz como si escapara de algún peligro inminente.

    — — — —
    —Hemos… tenido algunos progresos —respondió Russel al fin al último cuestionamiento del director Sinclair—. La señorita Mathews cree que puede encontrar la dosis correcta en unos días más.

    —No tenemos unos días más —espetó Lucas, beligerante—. Nuestros dos objetivos están por reunirse en el mismo punto en cuestión de días. No tendremos otra oportunidad igual para atraparlos a ambos.

    —Supongo —asintió Russel—, pero eso no quiere decir que debamos comportarnos tan impulsivos.

    Lucas lo observó con dureza desde su silla.

    —Entonces, ¿le parece que estoy actuando impulsivamente?

    «¡Por supuesto que sí!», pensó Russel con tanta fuerza que por un momento temió haber sido escuchado de alguna forma. Se limitó entonces a sólo aclararse la garganta e intentar responder con la mayor serenidad posible.

    —Sólo le pido que nos dé un poco más de tiempo…

    —Le he dado cuatro años, Shepherd —respondió Lucas con dureza—. Cuatro —repitió alzando la misma cantidad de dedos para que los viera—, y aún no es capaz de siquiera garantizarme que podrá despertarla. Así que es todo: cancelaremos Gorrión Blanco y procederemos con la elaboración del Lote Once. Encárgate de que se haga lo más pronto posible, McCarthy.

    —Sí, señor —asintió el militar de barba anaranjadas, evidentemente más por obligación que porque él mismo compartiera su mismo sentir.

    —Sea razonable, director —exclamó Russel, ya no importarle tanto el sonar sereno o no—. Tardaríamos mucho más en elaborar el Lote Once de lo que nos tomaría terminar nuestras pruebas actuales. Y aunque tuviéramos el nuevo compuesto mañana, no hay garantía de que tenga mejores resultados. Como sea que lo vea, esta decisión no le ayudará en nada a atrapar a los dos objetivos.

    —Pero al parecer tampoco el darle más tiempo, ¿o sí? —respondió Lucas con recriminación, provocando que el siempre elocuente Russel Shepherd se quedara sin palabras—. Mi decisión está tomada, así que…

    Antes de que Lucas pudiera terminar lo que iba a decir, un pequeño alboroto justo afuera de la sala llamó la atención de todos.

    —No puede entrar —escucharon como anunciaba uno firmeza uno de los soldados que cuidada la puerta.

    —¡Ya le dije que necesito hacerlo ahora mismo! —Le respondió alguien más justo después—. ¡Dr. Shepherd! —Gritó con más fuerza para que le escucharan.

    Los ojos de todos se fijaron en Russel, que estaba tan confundido como ellos. Sin embargo, quien se terminó levantando y caminando a la puerta fue McCarthy. Se aproximó a las dos puertas gruesas de manera y las abrió rápidamente deslizándolas hacia los lados. Afuera, logró ver a los dos soldados sujetando a una mujer de bata blanca y anteojos, que forcejeaba con ellos. Al verlo, los dos soldados intentaron pararse derechos, pero sin soltar a la mujer.

    —¿Qué significa esto? —Musitó McCarthy con molestia—. Les dije que no quería ningún tipo de interrupción.

    —Lo siento, señor —se disculpó uno de los soldados, y comenzó entonces a intentar llevarse a la mujer lejos de la sala.

    —No, esperen —exclamó ella, continuando con su forcejeó—. ¡Dr. Shepherd! ¡Tuvimos un resultado positivo con el Lote Diez! ¡Un resultado positivo!

    Aquello fue suficiente para que Russel reaccionara, y reconociera además de quién era la voz.

    —¿Señorita Mathews? —Exclamó sorprendido, parándose rápidamente y dirigiéndose a la puerta—. Suéltenla, ¿qué les pasa? —Pronunció como reprimenda a los dos soldados. Miró entonces a McCarthy esperando que éste le secundara. El capitán vaciló un momento, pero entonces con un asentimiento de su cabeza les indicó que lo hicieran.

    Una vez que estuvo libre, Lisa se acomodó como pudo su bata y anteojos, y miró de mala gana a los dos hombres. Se aproximó entonces hacia Russel, y le susurró despacio:

    —Hice una nueva ronda de pruebas rápidas, y uno de los ratones con lesión respondió bien al Lote Diez; despertó y reaccionó. Creo que estábamos viendo el problema de forma incorrecta. No ocupábamos un inhibidor, sino uno acelerador.

    —¿Un acelerador? —Musitó Russel, aún confundido. Intentaba pensar rápidamente en qué hacer o decir, pero de pronto la voz de Lucas se hizo notar.

    —Que pase y nos diga lo que vino a decir —ordenó desde su silla en la cabecera de la larga mesa.

    —Lo siento, director —musitó Rusel, virándose hacia él—. Esto es algo que creo debo revisar primero…

    —Dije que pase, ¿no me oyó? —repitió Lucas con severidad, dejando claro que aquello no era una sugerencia.

    Russel titubeó un poco, preguntándose si aquello sería la salvación de su proyecto… o su perdición. Pero, fuera como fuera, el no hacer nada daría el mismo resultado; ¿qué tenía que perder?

    Se hizo entonces hacia un lado para que Lisa pudiera pasar. Ésta, aparentemente nerviosa, dio unos pasos hacia el interior de las sala, apretando los papeles que traía consigo contra su pecho. En aquel cuarto se percibía un aire muy denso, y la imagen de la larga mesa, con aquel hombre sentado en la otra punta observándola, la hizo por un momento sentirse pequeña.

    McCarthy cerró de nuevo las puertas, no sin antes repetirles a los soldados que nadie debía interrumpirlos. Y una vez que lo hizo, todo el ruido del exterior desapareció, y Lisa se sintió envuelta en ese gran y profundo silencio que casi la ahogaba.

    Lucas se giró unos momentos hacia los monitores a un lado, con el control táctil en su mano.

    —Cullen, ya tienes tus órdenes —indicó el director—. Albertsen, te llamo en un par de horas para revisar otros puntos. Gracias a ambos.

    Tras las despedidas correspondientes, Lucas cortó la llamada, y la imagen de ambos se desvaneció dejando igual que con Douglas sólo el logo del DIC en fondo azul.

    Al parecer había considerado que lo siguiente a discusión sólo debía ser oído por la división científica. O, quizás, era su intento de quitarle ojos de encima a su recurso civil, y que ésta a su vez pudiera ver u oír más de lo necesario.

    —Señorita Mathews, supongo —pronunció Lucas, colocando de nuevo su atención en la recién llegada.

    —Sí, señor —asintió Lisa, interpretando de inmediato que aquel individuo debía ser el director Sinclair.

    —¿Estaba diciendo que obtuvo un resultado positivo con el Lote Diez?, ¿o acaso oí mal? —Le preguntó Lucas sin muchos rodeos.

    Lisa titubeó un poco sin poder decir nada, como si su lengua se hubiera trabado. Insegura, se aproximó a la mesa, permitiéndose dejar sobre ésta los papeles que traía consigo. Carraspeó un poco, y entonces comenzó a explicarse.

    —Cómo le decía al Dr. Shepherd, hice una última ronda de pruebas, esta vez intentando aumentar la dosis del VPX-01 en el Lote Diez para que la reacción fuera más rápida. Y… en uno de los ratones con lesión, éste logró reaccionar de buena forma y comenzar a moverse.

    A sus espaldas, Russel intentaba mantener mitigados su emoción y sus nervios. Esperaba que lo que estuviera diciendo fuera enserio, aunque tampoco tenía ningún motivo para sospechar que podría llegar a mentirles.

    —¿Y ese mismo resultado se puede aplicar en Gorrión Blanco? —Cuestionó Lucas con seriedad.

    —Teóricamente —respondió Lisa, aunque no sonando muy segura—. Cabe mencionar que en esta ronda, sólo uno de los diez ratones tuvo esta reacción. Pero, si tomáramos una muestra de la chica e hiciéramos algunas pruebas adicionales, podríamos encontrar la dosis correcta del VPX-01 para su caso, y tener el mejor resultado posible. Seguiría siendo prácticamente imposible predecirlo por completo, en base a los resultados obtenidos anteriormente. Pero al menos podríamos aumentar las posibilidades de éxito.

    —¿Qué tanto? —Soltó Lucas de pronto, y Lisa pareció por un momento no comprender la pregunta por lo que añadió con más claridad—: ¿A qué tanto aumentarían las posibilidades de éxito si hacemos esto que dice?

    Lisa pensó con rapidez, intentando dar alguna respuesta que fuera realista, pero que tampoco sonara desalentadora. Sabía que el destino de su proyecto, y la vida de esa chica, dependían de ello.

    —Supongo que quizás… un 60 o 65% —respondió lentamente.

    Lucas asintió, al parecer satisfecho con la respuesta, y eso le permitió a Lisa respirar un poco. El director entonces preguntó a continuación:

    —¿Cuánto tiempo le tomaría sacar esa muestra y hacer las pruebas que mencionó?

    De nuevo, Lisa tuvo que ser cuidadosa con lo que respondiera. Sabía que lo ideal sería que le dieran todo el tiempo posible para intentar estar más seguros de los resultados. Pero, al igual que con la pregunta anterior, sabía que si daba el número incorrecto eso significaría el carpetazo definitivo de ese asunto.

    —Tres días —respondió con firmeza—. Cuatro, máximo.

    De nuevo el agobiante silencio inundó la sala. Lucas observaba atentamente a la señorita Mathews, pero su mente de seguro divagaba en otro lugar. De seguro él también realizaba sus propias cuentas en su cabeza, para determinar si aquello era algo que le funcionaba o no.

    Russel predecía que, en base a la conversación que habían tenido, ese tiempo no le parecería, pues él quería lo antes posible armar ese operativo para capturar tanto a Charlie McGee como a Damien Thorn. Sin embargo, Russel sabía que si alguien en el DIC quería que Gorrión Blanco tuviera éxito más que él, ese era el directorio Sinclair. Por su historia con Jane Wheeler, sabía los beneficios que el tener a una persona con esas capacidades de su lado podía traer. Y no por nada le había dado esos cuatro años para intentar despertarla, más otros procedimientos y preparaciones adicionales que se habían dado para ese momento. Si tomaba ahora la decisión de cerrar definitivamente el proyecto, era más por su frustración al no ver resultados, y apuro por la situación que pasaban. Pero si lo que la señorita Mathews le acababa de decir le revelaba que no todo estaba perdido, y que sí le podían dar garantía de éxito si sólo les daba tres o cuatro días más, quizás eso lo haría recapacitar en su decisión, aunque no le ayudara con el plan que estaba ejecutando.

    Esa era, de momento, la única esperanza a la que podían aferrarse.

    Después de ese apremiante tiempo de meditación, Lucas volvió a asentir, y se paró abruptamente de su silla.

    —Muy bien —murmuró despacio mientras se abotonaba de nuevo su saco. Y Russel y Lisa por igual festejaron en silencio, cuando de pronto les soltó lo siguiente—: Tiene ocho horas.

    —¡¿Qué?! —Exclamaron los dos científicos al mismo tiempo, creyendo por un momento que habían oído mal, o era algún tipo de broma de mal gusto. Pero el rostro serio y duro de Lucas les indicaba que no era para nada algo como eso.

    —Administraremos el nuevo Lote Diez a Gorrión Blanco a las siete en punto, ni un minuto después —indicó Lucas con firmeza, comenzando a caminar por un costado de la mesa hacia las puertas de la sala.

    —Eso es una locura —exclamó Lisa abiertamente—. ¡No puede…!

    Antes de que dijera más, Russel se le aproximó y le colocó una mano firme en el hombro. La miró en silencio, negando rápidamente con su cabeza para indicarle que ya no dijera nada.

    Lucas, por su lado, pasó a un lado de ellos sin siquiera verlos.

    —McCarthy, vamos a su oficina —le indicó con seriedad, abriendo las puertas de la sala. Los soldados del otro lado se hicieron a un lado y se pararon firmes—. Si la señorita Mathews y el Dr. Shepherd fallan hoy en la noche, será necesario ir planeando ese batallón que solicitó Albertsen.

    —Sí, señor —fue la respuesta sencilla de McCarthy. Y antes de seguir al director hacia afuera, les dio a Russel y Lisa una mirada que, sin decir palabra, les indicaba que compartía su misma opinión sobre lo que acababa de pasar, pero no podía hacer nada para ayudarlos.

    McCharthy y el director Sinclair salieron de la sala, siendo escoltados por detrás por los dos soldados.

    Una vez que estuvieron solos, Russel se permitió a sí mismo volver a respirar, y se dejó caer de sentón en una de las sillas. Se comenzó a tallar su frente con sus dedos, intentando mitigar una migraña que estaba comenzando a formarse, quizás como efecto colateral de esa estresante reunión.

    —Dr. Shepherd, no puede permitir esto —exclamó Lisa con severidad, no ayudando del todo a que su migraña se mitigara—. Es muy poco tiempo para obtener la dosis correcta, no se diga hacer las pruebas necesarias.

    —Bueno, sonó muy segura en cuanto entro de esa forma, ¿se da cuenta? —Lanzó Russel casi como una recriminación, por lo que Lisa no dudó en defenderse de inmediato.

    —No dije que tuviera ya la respuesta definitiva; sólo que ya había dado con una posible solución. Y tenía que decírselos antes de que ordenaran desconectar a la pobre chica y jugar con su cerebro, cuando todavía había una posibilidad de salvarla.

    Russel soltó una pequeña risa irónica, y volteó a verla de reojo con expresión agotada.

    —Takashiro le contó, ¿verdad? Pues bueno, eso era justo lo que ese hombre acababa de ordenar un segundo antes de que viniera. Así que, para bien o para mal, le salvó la vida con su repentino arrebato.

    —Sólo para posiblemente matarla en cuanto le inyectemos esa cosa —lamentó Lisa, agachando la cabeza.

    —Bueno, cómo le dije el primer día, no puede estar peor de lo que ya está. Al menos ahora le ha dado una posibilidad, y eso es mejor que nada.

    Russsel se paró de su silla y se encaminó también a la puerta, permitiéndose darle un par de palmadas en su hombro antes de irse.

    —Haga su mejor esfuerzo, y que pase lo que tenga que pasar. La veo en ocho horas.

    Y dado ese último aliento, salió de la sala dejándola un momento sola.

    Lisa no tenía mucho tiempo para lamentarse; tenía que intentar sacarle el mayor provecho a esas ocho horas, aunque supiera que quizás sería en vano. Pero igual se tomó un momento para respirar, calmarse, aclarar su mente y recuperarse. Tomó de regreso sus papeles, y se dirigió con paso firme de regreso al nivel médico y a la sala 5016.

    Debía terminar el trabajo de una u otra forma.

    — — — —​

    Mientras subían por el elevador hacia el nivel administrativo, Lucas le hizo saber a McCarthy que existía otro tema más que deseaba discutir con él, adicional a la coordinación del inminente asalto a Los Ángeles. Sin embargo, en el elevador los acompañaban los dos soldados escolta, por lo que prefirió hablar al respecto hasta que llegaran a la oficina del capitán. Normalmente no habría problema en confiar en la discreción en los hombres, pero ese tema en especial tocaba ciertas fibras sensibles. Y nunca sabían cuando la persona incorrecta podría estar oyendo.

    Cuando llegaron a la oficina, Lucas se detuvo unos momentos en el escritorio de Kat, la secretaria de McCarthy, para pedirle que hiciera llamar al sargento Schur lo antes posible. Ella atendió el pedido de inmediato, tomando su radio para localizarlo.

    Una vez dentro, Lucas y Davis cerraron la puerta y corrieron las cortinas para mayor privacidad. Lucas tomó asiento en una de las sillas frente al escritorio, y el capitán se sentó en la suya detrás. Se suponía que llamarían a Albertsen, pero primero Lucas quería discutir ese otro tema que le inquietaba, en especial aprovechando antes de Frankie llegara.

    —¿Quiere investigar a Douglas? —Exclamó McCarthy, un tanto sorprendido, aunque no demasiado considerando todo lo que había acontecido en esa sala.

    Lucas, con sus piernas cruzadas y su mirada pensativa, respondió:

    —No estoy convencido de que esta tremenda omisión con el expediente de Damien Thorn, haya sido sólo un descuido o ineptitud suya o de su equipo. Tengo el presentimiento de que alguien deliberadamente omitió la información más incriminatoria para colocar el expediente como F y que pasara desapercibido.

    —¿Por qué motivo?

    —Se me ocurre que por dinero, o por influencia de alguien. Los Thorn son una de las familias más ricas y poderosas del país. Bueno, los que quedan… La tutora legal del chico es la actual CEO de Thorn Industries; un emporio de mucho, pero muchos millones de dólares. Ese sólo puesto, más el renombre y peso que lleva su apellido, pueden abrir muchas puertas. Incluso aquí en el DIC.

    —Entonces, ¿cree que Douglas o alguno de sus analistas se contactó con esa mujer, y deliberadamente marcó su expediente como F a cambio de un pago?

    Lucas se encogió de hombros.

    —En estos momentos cualquier posibilidad me parece plausible —declaró—. Si es su único familiar con vida, puede que ella sepa lo que él es capaz de hacer y lo protege. Ya sea por cariño, o quizás miedo a terminar como los otros. No sería la primera vez que viéramos algo así, ¿cierto? Y no se confunda, capitán. No soy ningún niño, y sé exactamente cómo se manejan las cosas, incluso en agencias como ésta. Si un millonario o político desea ocultar que su hijo es un UP a cambio de una… pequeña contribución, estoy dispuesto a mirar a otro lado y que lo coloquen en la clasificación B, con un pequeño asterisco en su nombre. Pero usted no escuchó tal cosa de mí, ¿entendido?

    McCarthy simplemente asintió como respuesta.

    —Sin embargo, colocarlo deliberadamente en F sin ningún otro tipo de seguimiento, y encima con tanta evidencia que apunta a que podría ser responsable de quizás veinte muertes de las que sepamos… Es mucho más de lo que estoy dispuesto a tolerar, si es que eso fue lo que pasó. Y la persona que lo hizo, fuera quien fuera, no sólo sería digno de una sanción; yo sería el primero en aprobar que se le condenara por traición.

    —Aún cabe la posibilidad de que haya sido un error sincero —apuntó McCarthy con seriedad.

    —Sí, tal vez. Pero no estaré tranquilo hasta que descartemos que no haya sido otra cosa. Pero si mi propia división de inteligencia puede estar comprometida, sólo puedo recurrir a ustedes y al equipo de la agente Cullen. Quiero que en conjunto intenten encontrar cualquier movimiento extraño en las cuentas de Douglas y los analistas, en caso de que en efecto hubiera habido algún pago de por medio. Y especialmente quiero saber de cualquier conexión entre alguno de ellos y Thorn Industries.

    —Haremos lo posible —asintió el capitán de barba anaranjada—. Pero lamentablemente es justamente el equipo del señor Douglas quien está más calificado para ese tipo de investigación. —Hizo entonces una pequeña pausa reflexiva, y entonces comentó—: He oído que la Fundación Eleven cuenta con su propia inteligencia. Un grupo de UP’s con capacidad de buscar y espiar a personas, y con conocimientos para realizar investigaciones más convencionales.

    Lucas rio un poco, haciéndose hacia atrás en su silla.

    —Sí, sus famosos rastreadores —murmuró Lucas, un tanto irónico—. Intenté en varias ocasiones convencer a Eleven de que me apoyara con alguno de ellos, pero siempre se mantuvo firme en no querer involucrar a sus chicos en ningún asunto del DIC.

    —Entiendo —murmuró McCarthy—. Pero, para bien o para mal, la señora Wheeler no está disponible en estos momentos. Quizás al saber que sería para detener a su atacante, consideren ser un poco más cooperativos en este caso.

    Lucas observó al militar con expresión pensativa, y luego se viró hacia otro lado, pensando un poco en lo que acababa de decir. Eso sonaba de alguna forma a saltarse la autoridad de Eleven aprovechando la situación, algo que de seguro ella le recriminaría fuertemente cuando, Dios quiera, lograra recuperar la consciencia. Pero dado el estado de su confianza hacia su propio equipo, posiblemente esa sería su mejor alternativa.

    —Quizás… —murmuró un poco distante—. Pero no sé quién se esté encargando de esos asuntos en lugar de El. Mike definitivamente no.

    Apoyó su barbilla contra su mano, y miró distraído hacia una esquina de la habitación, intentando recordar algunas de las conversaciones que había tenido con su vieja amiga.

    —Hay una mujer de la que El siempre hablaba —indicó tras un rato—. Era casi como su mano derecha, aunque ella nunca la describió así. —Se tomó un momento para hacer memoria de nuevo, y luego murmuró—: Matilda, Matilda Honey se llama; una de las UP’s telequinéticas más sobresalientes de la Fundación, según recuerdo. Es probable que ella esté a cargo. Veré si puedo contactarla.

    No conocía en persona a la señorita Honey, pero si era la persona de confianza de Eleven, Lucas sabía que era muy probable que tampoco viera con buenos ojos involucrarse. La única posibilidad era que, justo como McCarthy había apuntado, lo ocurrido a El la hiciera cambiar de idea. Como fuera, no perdía nada con intentarlo. Tenía que aguardar ahí unas ocho horas, así que podía tomar un par de ellas para revisar su expediente con detenimiento.

    —Señor, una cosa más —comentó McCarthy abruptamente, trayendo de nuevo su atención—. Si todas sus sospechas fueran ciertas, y en la división de inteligencia hubiera un informante… ¿Está consciente de que eso significaría que en cualquier momento Damien Thorn o su tutora podrían enterarse de que tenemos el ojo puesto en él?

    Lucas respiró hondo por su nariz.

    Sí, era una posibilidad en la que también había pensado. Si alguien en el equipo de Douglas no tuvo reparó en pasar el expediente del muchacho a F, ya fuera por dinero u otra cosa, también era posible que optara por notificarle a la señora Thorn sobre lo que estaba ocurriendo con dicho expediente. Era en parte por ello que había optado por desconectar a Douglas antes de comenzar a hablar del plan de captura, pero sabía bien que eso no garantizaba que no fuera a enterarse de todas formas.

    —Por eso sólo les di estas últimas horas de gracia al Dr. Shepherd y a su química nueva —señaló Lucas vehemente—. No tenemos mucho tiempo para reaccionar. Así que realmente espero que tengan éxito esta vez, y no se repita lo del agosto pasado.

    Aquella repentina mención pareció poner un tanto nervioso a McCarthy, pero logró controlarse con la disciplina que tanto lo identificaba.

    —Yo también espero que eso no pase —señaló despacio.

    Alguien llamó a la puerta justo en ese momento, y ambos hombres de seguro pensaron de inmediato en qué se trataba de la persona que esperaban. Y, quizás, alguno querría hacer notar la coincidencia con respecto a lo que acababan de comentar, pero ninguno lo hizo.

    —Adelante —ordenó McCarthy, y tras la puerta se asomó el rostro y figura de Francis Schur.

    —¿Quería verme, señor? —Preguntó Francis con su siempre inmutable firmeza.

    —Sargento Schur, pase —indicó Lucas, acompañado de un ademán de su mano. Frankie dio un paso al frente, cerrando la puerta detrás de él. Se paró firme sobre ambos pies, y juntó sus manos detrás de su espalda en posición de descanso, aguardando por la siguiente instrucción—. Es probable que hoy a las siete de la noche, el Dr. Shepherd, y la nueva química que lo está apoyando, realicen un complicado experimento referente al proyecto Gorrión Blanco. ¿Está familiarizado con él?

    —Sí, señor —respondió Frankie, asintiendo.

    —Excelente. En base a la naturaleza y posible resultado de dicho experimento, necesitamos que usted prepare a un equipo de respuesta táctica, por si las cosas se salen de control.

    Aquello pareció, quizás por primera vez en mucho tiempo, causar un pequeño atavismo de incordia en el duro rostro del sargento. En concreto, pareció bastante asombrado, incluso un poco temeroso.

    —¿Van a despertarla? —Preguntó tras unos momentos.

    —Esa es la intención —apuntó Lucas—. Pero aunque las posibilidades van en contra, nunca está de más prevenir. Y dentro de lo posible, si es que en verdad logra despertar, quisiéramos prevenir el tener que… usted sabe, matarla. Se ha invertido mucho en ella, como bien usted debe saber. La primera medida sería sólo inhabilitarla usando el ASP-55. Pero, si la situación ya no es más manejable de otra forma… Bueno, confío en que dado el momento sabrá qué hacer. ¿De acuerdo?

    Frankie permaneció en silencio unos segundos, y aparentemente aún afectado por la información. Se forzó a sí mismo para recuperar la calma, y volver a su habitual semblante estoico y frío. Aunque, por dentro, no se sintiera como tal.

    —Sí, señor —respondió entonces como siempre.

    — — — —
    Tal y cómo Lisa se lo temía, esas ocho horas no fueron en lo absoluto suficientes. Lo más que logró fue hacer otra serie de pruebas con diez ratones más, usando la misma dosis que había usado anteriormente y que había obtenido el resultado favorable. Sólo uno de esos diez reaccionó igual que el primer ratón, y un segundo parecía por lo menos estar vivo, pero quedar en un estado catatónico total. Los otros ocho murieron de forma violenta y grotesca, como todos los demás. De nuevo, aquello era prácticamente como jugar a la ruleta rusa, pero al menos ahora tenían la pequeña posibilidad de obtener un éxito, aunque bastante lejos del 60% o 65% que le había prometido al director.

    Terminadas las pruebas con los ratones, Lisa logró sacar la muestra de Gorrión Blanco, revisarla, hacer algunas pruebas en un simulador con el fin de obtener la dosis que, en teoría debería de funcionar con la chica. Aquello terminaría siendo más especulación que otra cosa, pues en realidad no tenía aún los datos adecuados para que el simulador fuera confiable. Así que faltando una hora para el límite que le habían establecido, lo que Lisa tenía eran tres ampolletas de su nueva versión del Lote Diez, aunque quizás habría que llamarlo diez punto cinco. Y de las posibilidades que creyó que tendría con un poco más de tiempo, calculaba que había un 12% o 15% de que aquello funcionara bien. Es decir, prácticamente una sentencia de muerte segura.

    Una vez hecho todo lo que le era humanamente posible hacer, Lisa se tomó unos minutos de descanso, si así se podría decir. Por algún motivo, tuvo el impulso de sentarse justo a un lado de la camilla de Gorrión Blanco, y contemplarla en silencio por un rato. A pesar de todos los días que llevaba en ese sitio, trabajando prácticamente a un lado de esa chica, y que todo su esfuerzo fuera encaminado a salvarla… en realidad, no se había dado el tiempo de mirarla, o pensar demasiado en ella. De hecho, si lo pensaba un poco, hasta antes de que el Dr. Takashiro le revelara lo qué le harían quizás la había llegado a ver apenas como un poco más que sos ratones. Sólo un sujeto de pruebas, sin nombre ni pasado, y sin ninguna relación con ella.

    Pero esa chica era una persona, que de seguro tenía su propia historia detrás que había provocado que terminara en ese sitio y en ese estado. El Dr. Takshiro dijo que quizás se merecía terminar así, pero Lisa no se imaginaba cómo eso era posible. El expediente no tenía muchos datos sobre ella, pero uno de ellos era su edad, relevante para cuestiones médicas: 22 años. Decían que llevaba ahí poco más de cuatro años, por lo que debió haber tenido apenas 17 o 18 cuando le pasó lo que fuera que le hubiera pasado. ¿Qué podría haber hecho una chica de apenas 17 años para merecer estar así?

    «¿Quién eres en realidad, Gorrión Blanco?», se preguntó sin quitar los ojos de su apacible rostro. El Dr. Shepherd le había dicho que si todo salía bien, quizás ella misma le contaría su historia. Pero todo parecía indicar que eso no ocurriría. Que terminaría inyectándole esa cosa que de seguro la mataría de una forma horrible como a los ratones. Sería su verdugo, y ni siquiera sabía su nombre…

    El sensor de la puerta soltó un pitido y poco después se abrió. Cómo invocado por su fugaz pensamiento, Russel Shepherd hizo acto de presencia en la sala, con sus manos en los bolsillos de su bata, y ni una golosina o tentempié a la vista. Debía estar igual o más nervioso que ella.

    —¿Y cómo le fue con eso, señorita Mathews? —Le preguntó el científico en jefe, aproximándosele.

    Lisa suspiró con cansancio.

    —Hice lo mejor que pude con este absurdo límite de tiempo —indicó un poco molesta, señalando con su mano hacia su escritorio, donde las tres ampolletas aguardaban—. Pero quiero enfatizar de nuevo que haremos esto totalmente en contra de mi recomendación, y no quiero ser responsable de lo que ocurra.

    —Ojalá fuera tan simple con tal sólo quererlo —musitó Russel mientras veía los pequeños frascos con líquido transparente—. Pero su queja está anotada, descuide. Takashiro ya está preparando el quirófano. Vendrán en un rato más a llevársela para allá. Usted debería ir a prepararse también y darse un baño rápido.

    Lisa asintió. Ni siquiera tenía deseos de discutir si acaso tenía que ser ella en persona quien le suministrara el químico; simplemente le pareció bastante lógico el suponer que debía ser así.

    Se paró de su silla, resintiendo en ese momento lo realmente agotada que estaba, pero sobreponiéndose para salir e ir a su dormitorio en ese poco tiempo que le quedaba.

    —Estaremos observándola —le indicó Russel antes de que se fuera—. Suerte.

    Lisa no respondió. Sólo salió y se dirigió justo a hacer lo que le habían indicado.

    Se dio una ducha rápida. Aunque se había bañado esa mañana luego del gimnasio, sintió que su cuerpo realmente lo necesitaba. Aquello la hizo sentir un poco mejor. Recién salida de la regadera, la llamaron por el comunicador de su cuarto para indicarle que ya todo estaba listo, y la aguardaban en el quirófano 24.

    «¿Hay más de veinticuatro quirófanos en este sitio?», se preguntó perdiéndose un poco en dicho pensamiento, pero al final de cuentas no le importó la respuesta. Dijo que iría en un minuto, y terminó rápidamente de arreglarse.

    Antes de entrar al quirófano 24, le proporcionaron un uniforme quirúrgico de su talla, con pantalón y filipina azules, así como un cubre bocas y un gorro. Lisa se preguntó si acaso eso era necesario; no era como si realmente fueran a realizar una cirugía, y menos ella. Pero supuso que debía ser procedimiento, y en una base casi militar como esa, los procedimientos debían ser importantes.

    Le sorprendió mucho ver que el quirófano 24 era algo similar a un anfiteatro de escuela de medicina. Tenía forma circular, y un techo de cristal transparente justo sobre sus cabezas. Había un nivel superior con un pasillo con barandal entorno a la circunferencia de la sala desde el cual las personas podían ver hacia el interior a través del techo de cristal. Al alzar su mirada, reconoció en dicho pasillo superior al Dr. Shepherd, al capitán McCarthy, el director Sinclair, y algunas personas más, entre ellos al menos cinco soldados armados.

    Pero no había sólo soldados allá arriba, pues en cuanto entró, Lisa vio que de pie y pegados contra la pared dibujando un circulo a su alrededor, había entre diez y quince soldados, todos armados con rifles largos, caretas y chalecos; por supuesto, ninguno traía uniforme quirúrgico, y dudaba que esas armas se hubiera esterilizado antes de entrar. Entre ellos, al fondo, reconoció el rostro apacible del sargento Schur.

    Aquello la impresionó un poco. ¿Por qué estaban todos esos soldados ahí? ¿Era también parte del procedimiento?

    Adicional a los soldados, vio también al Dr. Takashiro y a tres enfermeros, dos mujeres y un hombre, ellos también vestidos de azul como ella. Y en el centro de la habitación estaba la invitada de honor: Gorrión Blanco, recostada en su camilla, con los viejos y nuevos aparatos conectados a ella, mismos que los enfermeros revisaban con detenimiento, y anotaban lo que veían en sus tablas para escribir. Algunos de esos aparatos no le resultaron familiares a Lisa.

    La bioquímica se aproximó cautelosa a la camilla. A un lado había una pequeña mesa con instrumentos quirúrgicos y medicamentos, entre los que identificó de inmediato las tres dosis del Lote Diez que había preparado, así como tres inyecciones haciéndoles compañía. Para que el químico surtiera efecto en una persona, bastante más grande que un ratón, era necesario suministrar tres ampolletas completas, en un lapso de dos minutos entre una y otra. O al menos eso decían las notas; esa sería la primera vez real en que Lisa lo aplicaría a un ser humano.

    —Todos los signos están estables —escuchó como le indicaba la reconocible voz del Dr. Takashiro—. Estamos listos. ¿Y tú, Mathews?

    Lisa permaneció en silencio. Miró de nuevo hacia arriba, en dirección a sus espectadores en lo alto, y luego hacia los soldados que la rodeaban. Tuvo el presentimiento, casi paranoico, de que si acaso fallaba no saldría con vida de esa sala circular de brillantes luces blancas. Aquello sólo acrecentó sus nervios, tanto que sintió que sus manos le sudaban un poco.

    Respiró lentamente, lo mejor que su cubre bocas le permitía. Tomó entonces una de las ampolletas, una inyección, y comenzó a llenar ésta última casi por completo con el líquido transparente. Una vez que tuvo la dosis adecuada, golpeó ligeramente la inyección en un costado para liberar cualquier burbuja de aire que hubiera quedado. Jeringa en mano, caminó haca el porta suero, tomó el tubo conectado al brazo de la paciente (si acaso era posible llamarla así), y acercó la inyección hacia el punto para suministrar medicamento adicional.

    Antes de al fin suministrar esa primera dosis, Lisa miró un instante al rostro de la chica, tan estático y tranquilo como lo había estado hace un rato atrás en la sala médica.

    «Qué Dios me perdone», pensó para sí misma con pesar. Y sin más espera, insertó la aguja en el tubo, y presionó lentamente el émbolo para que el líquido fuera lentamente vertiéndose en el tubo, y viajara por éste hacia su destino final.

    Retiró la aguja, y se volvió de nuevo a la mesita para preparar la otra jeringa, mientras esperaban los dos minutos. El Dr. Takashiro y los enfermeros revisaban las mediciones de los aparatos con sumo interés.

    —No hay cambio aparente en los signos —indicaron como conclusión. Aquello podía ser por igual buena como mal señal, considerando el área tan incierta en la que se estaban moviendo.

    Pasado el tiempo necesario. Lisa suministró la segunda inyección del mismo modo que la primera. De nuevo el químico fue entrando al cuerpo de la joven por la vena de su brazo, y de seguro debía estar ahora recorriendo rápidamente éste por su torrente. Aun así, los dispositivos seguían sin marcar alguna diferencia.

    «Quizás me equivoqué en algo —pensó Lisa, por igual aliviada y preocupada—. Quizás mi versión modificada del Lote Diez ocupe otro ajuste adicional para reaccionar en humanos. Si tan sólo hubiera tenido más tiempo para hacer pruebas…»

    Mientras preparaba la tercera inyección, Lisa sintió que su mano le temblaba, pero aplicó todo su autocontrol para intentar controlarse. Solo una dosis más y todo terminaría. Aún vacilante por dentro, pero con mano firme por fuera, introdujo la aguja por el punto de inserción del tubo, y aplicó la última dosis. Y en el momento justo en el que el líquido dejó la jeringa, a fin se presentó un cambio.

    Todos los aparatos que los rodeaban comenzaron a pitar al mismo tiempo como pequeñas alarmas, y los gráficos de algunos comenzaron a mostrar picos irregulares. Todo aquello puso en alerta al equipo médico presente, y Lisa rápidamente retrocedió para darles espacio. Incluso los observadores de la parte superior parecieron alterarse enormemente al ver esto, y los soldados tomaron con firmeza sus rifles, apuntando en dirección a la camilla.

    —La frecuencia cardiaca subió de golpe a 120, y sigue subiendo —indicó uno de los enfermeros.

    —Su temperatura corporal también se está incrementando —añadió una enfermera—. Está llegando a los 40° C.

    —Apliquen lidocaína, rápido —ordenó Takashiro apurado, pero con envidiable calma—. Y colóquenle compresas frías. ¿Qué indica el encefalograma?

    —La actividad eléctrica también va en aumento —indicó casi con miedo una de las enfermeras—. Todos los signos se están saliendo de la escala al mismo tiempo. Esto es…

    Todos guardaron un profundo silencio de golpe, justo cuando el cuerpo hasta ese momento inmóvil de Gorrión Blanco comenzó a convulsionarse y agitarse en la camilla, como si un choque eléctrico la recorriera por completo, estando casi a punto de caerse.

    —¡Sujétenla! —Ordenó Takashiro, y el enfermero y una enfermera prácticamente se lanzaron sobre la chica para sostenerla lo mejor que podían.

    Todos pudieron ver entonces como la chica comenzaba a tener una abundante hemorragia nasal, que luego le secundaron rastros de sangre que brotaron de la comisura de sus ojos como lágrimas, y de los orificios de sus oídos. La sangre llegó incluso a manchar a las personas que la seguían sosteniendo.

    Todo se volvía en un momento casi surrealista para Lisa. Takashiro y los enfermeros seguían gritando y dando indicaciones, pero ella todo lo que escuchaba eran los aparatos, que seguían resonando como una horrible sinfonía discordante. Observaba todo eso de pie desde su posición, pero sentía su cuerpo tan ligero que por un momento creyó que no estaba ahí realmente… que todo era un horrible sueño.

    Aquello se prolongó por unos extenuantes segundos, quizás minutos. No importaba lo que Takashiro y los enfermeros hicieran para estabilizarla, sencillamente no reaccionaba, y parecía ir incluso a peor. Y de pronto, tan abrupto como todo había comenzado, así cesó.

    El cuerpo de Gorrión Blanco dejó de agitarse, quedando torcido en la camilla, con su cabeza cayendo hacia un lado sin menor oposición. Los sensores se fueron de los picos hasta lo más bajos. La línea del pulso se aplanó por completo, resonando con el reconocible sonido de la ausencia de éste. Los demás sensores callaron, y sólo ese agobiante pitido constante perduró en los oídos de todos; todo lo demás, era silencio.

    —No hay pulso —murmuró despacio una enfermera, y por mero reflejo se aproximó al resucitador, mientras otro de sus compañeros acercaba el desfibrilador.

    —No, déjenlo así —les indicó Takashiro rápidamente, antes de que alguno pudiera hacer uso de alguno de los dos instrumentos. Los dos enfermeros lo miraron dudosos, y su sola mirada asertiva les hizo ver que hablaba enserio.

    Takashiro había visto suficientes ratones muertos en las pruebas de Lisa. Y aquel cuerpo delante de él, retorcido y tieso, con abundante sangre brotando de todos los orificios de su cara… era una representación exacta de la misma imagen, sólo que más grande. No había nada que hacer, si es que en algún momento lo hubo.

    El neurólogo suspiró con agotamiento, y se retiró con pereza su tapabocas y gorro. Miró hacia la gente de arriba, negando con su cabeza. Lucas y McCarthy se mantuvieron en apariencia serenos, mientras que Russel cerró unos momentos los ojos y agachó la cabeza, golpeando además un poco el barandal con su puño derecho. Los tres permanecieron reflexivos unos instantes. Lucas entonces respiró profundo por su nariz, y murmuró despacio:

    —Procedan con el Lote Once como habíamos dicho.

    —Sí, señor —respondió McCarthy rápidamente, asintiendo.

    Lucas se separó del barandal, se acomodó su corbata, y caminó entonces hacia la salida, siendo seguido de cerca por dos soldados. Russel se quedó quieto en su sitio, con sus manos aferradas al barandal y su mirada aún agachada. Parecía intentar contenerse para no reaccionar como realmente se sentía por dentro.

    —Siempre supiste que ésta era una posibilidad —le musitó McCarthy en voz baja como si quisiera reconfortarlo, sin mucho éxito.

    En la sala, los soldados ya habían también bajado sus armas y se habían al parecer relajado una vez la situación terminó. Los enfermeros comenzaban a quitarse sus aditamentos y a revisar y apagar los equipos. Takashiro se viró un momento hacia Lisa, que seguía observando estática desde su posición, tiesa como estatua.

    —Lo siento —murmuró Takashiro, sin estar del todo seguro de que lo hubiera escuchado.

    La bioquímica comenzó a avanzar despacio hacia la camilla, hasta pararse a un lado de ésta. A pesar de la horrible posición en la que Gorrión Blanco había quedado, o de la sangre brotando de su cara… aún se veía igual de tranquila como siempre lo había estado. Como si aún durmiera…

    Un pitido a su diestra hizo que Lisa se sobresaltara. Al virarse, se encontró de frente con el monitor cardíaco, que una enfermera estaba a punto de apagar cuando ella también lo vio: un pico, y luego otro, y otro, cada vez más constante.

    Había pulso.

    —Eso es impos… —comenzó a pronunciar la enfermera con asombro, pero su declaración no logró ser concluida.

    Las luces sobre ellos parpadearon, y miraron sorprendidos como la camilla y el equipo médico comenzaron a agitarse como si un pequeño terremoto los sacudiera. El cuerpo de Gorrión Blanco se movió lentamente sobre la camilla intentando tomar una posición más cómoda, y entonces… los ojos azules de la chica se abrieron por completo de pronto, grandes como dos enormes lunas, y con sus pupilas dilatadas casi por completo. El monitor cardiaco, el único que seguía encendido, comenzó a pitar como loco de nuevo.

    —Oh, por Dios… —murmuró Lisa estupefacta, retrocediendo por mero reflejo.

    Los demás enfermeros y el Dr. Takashiro se dieron cuenta también del drástico cambio, y voltearon a ver sorprendidos a la camilla, notando como los ojos de la chica se movían a los lados, intentando vislumbrar su entorno. Todos se aproximaron por mero reflejo hacia ella para revisarla.

    —¡Director! —Gritó McCarthy justo cuando Lucas ya estaba en el umbral de la puerta, obligándolo a regresarse. Russel también alzó de nuevo su mirada al oír aquello, mirando de nuevo hacia abajo al movimiento que comenzaba a presentarse.

    —¿Qué ocurrió? —Preguntó el Lucas, mirando con interés hacia el quirófano—. ¿Acaso ella…?

    Las luces comenzaron a parpadear de nuevo, y los instrumentos a vibrar, al igual que los cristales del techo. La respiración de Gorrión Blanco se agitó, y su rostro comenzó a llenarse de miedo en cuanto aquellas personas comenzaron a rodearla.

    —No… —murmuró despacio con voz carrasposa, como si la garganta le doliera—. No se acerquen… ¿dónde… estoy…? ¡No me toquen!

    Su gritó retumbó con fuerza, y todos los presentes, incluida Lisa y los soldados contra la pared, sintieron casi como si aquella voz hubiera agitado el interior de sus propias cabezas, creándoles un ligero dolor. Lo siguiente que notaron fue como Takashiro y los tres enfermeros, los más cercanos a la camilla, salían literalmente volando por los aires hacia diferentes direcciones con gran fuerza, como si un camión los hubiera envestido a toda velocidad.

    Lisa tuvo que saltar rápidamente a un lado, apenas a tiempo para que el cuerpo de uno de los enfermeros no la golpeara, y en su lugar siguiera de largo chocando contra uno de los soldados. Los demás sufrieron suertes parecidas. Cuando Lisa alzó su mirada al frente, notó como Takashiro daba un par de vueltas en el aire, antes de estrellarse de cabeza directo contra la pared, para después precipitarse al suelo y quedar ahí inmóvil.

    Y al virarse hacia la camilla, lo siguiente que vio fue a la figura de su ocupante sentándose lentamente, con su cabello rubio largo y desalineado cayendo sobre su rostro y hombros.

    FIN DEL CAPÍTULO 85
     
  6.  
    WingzemonX

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    Resplandor entre Tinieblas
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    Resplandor entre Tinieblas

    Por
    WingzemonX


    Capítulo 86.
    Gorrión Blanco

    —¡Disparen! —Gritó Frankie rápidamente en cuanto logró recuperarse, y todos los soldados alzaron sus armas, apuntando en dirección a la chica en la camilla.

    «¡Oh mi Dios!» pensó Lisa horrorizada, y rápidamente se tiró al suelo pecho a tierra, cubriéndose su cabeza con ambas manos.

    Gorrión Blanco volteó a verlos de reojo, un instante antes de que todos comenzaran a dispararle. No se escucharon como tal detonaciones, y de los cañones de las armas no salieron balas, sino dardos, todos ellos cargados con suficiente de la droga ASP-55, un potente sedante de efecto rápido especialmente diseñado para UP’s. Sin embargo, ninguno dio en su blanco. Los soldados y los demás espectadores miraron atónitos como cada uno de los dardos se detenía abruptamente en el aire a unos centímetros de la chica, y ahí se quedaban suspendidos como si el tiempo se hubiera detenido. Ella sencillamente los miraba atentamente, en silencio, aun respirando con agitación. Un instante después, los dardos cayeron por sí solos al suelo.

    Gorrión Blanco alzó abruptamente sus manos y luego las dejó caer hacia los lados. Todos los aparados e instrumentos que la rodeaban volaron en todas direcciones como lo habían hecho los enfermeros antes, dirigiéndose como proyectiles hacia los soldados. Estos intentaron rápidamente esquivarlos, pero al menos tres de ellos fueron golpeados con fuerza, cayendo al suelo adoloridos, y uno de ellos inconsciente.

    Entre las cosas que habían volado se había ido también el porta sueros, que inevitablemente terminó arrancándole la intravenosa del brazo. Gorrión Blanco gritó de dolor, sujetándose su brazo, y cayendo al suelo sobre su costado derecho, golpeándose fuertemente. Miró de reojo a cinco soldados que se le aproximaban por un costado aprovechando que estaba en el suelo, pero rápidamente la camilla salió disparada en su dirección, golpeando a cuatro de ellos y aplastándolos contra la pared.

    Una de las enfermeras se levantó a duras penas, adolorida y sangrando por el golpe, e intentó correr hacia la puerta para huir. Pero su cuerpo se elevó de pronto antes de pudiera hacerlo, y fue jalada hacia un lado, siendo usada como un proyectil contra los soldados que intentaban volver a dispararle.

    En un segundo todo aquello se volvió una completa locura. Los cuerpos de las personas y los aparatos volaban por los aires, golpeándolos para mantenerlos lejos de la chica recién resucitada. Incluso en algún momento una de las lámparas del techo se desprendió, cayendo y aplastando a un soldado. Algunos de ellos habían optado por dejar ya de lado los dardos, y comenzaron sin más a disparar. La balas eran desviadas en el aire, algunas de ellas incluso dándole a otros de sus compañeros.

    Era una absoluta pesadilla.

    Frankie se las había arreglado para mantenerse a salvo de los proyectiles, humanos y de objetos. Se tiró al suelo y se arrastró, hasta colocarse detrás de la chica, que ya estaba de pie tambaleante, con su brazo sangrándole. Si se le acercaba por detrás podría tener una oportunidad. Pero tenía que tomar una decisión rápida: dispararle o tomar una de las inyecciones que tenía en su cinturón con la droga e intentar inyectarla. Su cuerpo entero le gritaba que le disparara y terminara todo aquello de una maldita vez… pero no lo hizo.

    El sargento guardó su pistola, sacó la inyección de su cinturón, se puso de pie rápidamente y corrió en dirección hacia ella, sujetando la jeringa en alto como una daga. Pero antes de poder alcanzarla, Gorrión Blanco se giró abruptamente. Y en cuanto sus fríos ojos se posaron en él, su cuerpo se detuvo como si hubiera chocado con un muro invisible, y un parpadeo después se elevó en el aire a gran velocidad, hasta chocar con fuerza contra con el techo de vidrio. Su cabeza y espalda se estrellaron tan fuerte que Russel y los demás arriba vieron como el vidrio se cuarteaba, dejando un rastro de su sangre en éste. Justo después se desplomó abruptamente de regreso al piso, chocando contra éste y ahí quedándose tirado e inmóvil.

    —Santo Dios —fue lo único que McCarthy había podido exclamar al ver tal masacre. En el tiempo que llevaba en el DIC nunca había visto algo así; y esa chica hasta hace unos minutos había estado en coma por cuatro años. ¿Era acaso eso un efecto del Lote Diez?

    Pero no podía dejar que aquello mitigara su razonamiento. Necesitaba recuperarse y reaccionar antes de que fuera tarde. Por ello rápidamente se giró a uno de los soldados que los acompañaban y gritó con fuerza:

    —¡Sellen la sala!

    El soldado asintió, y se dirigió a un panel de emergencia en la pared.

    —¿Sellarla? —Exclamó Russel, escandalizado—. ¿Los encerrará ahí con ella?

    —Debemos contenerla aquí mismo y solicitar refuerzos, antes de que cause más daño —indicó McCarthy con severidad.

    —Los condenará a muerte si hace eso.

    Ambos se viraron entonces hacia Lucas, en busca de su confirmación. El director miraba en silencio hacia abajo, donde el combate aún se libraba, a través del vidrio cuarteado y manchado de sangre. Se viró entonces sólo un poco hacia McCarthy y asintió lentamente.

    —Proceda, capitán —le indicó con seriedad.

    McCarthy se giró hacia el soldado, que ya tenía su mano en el interruptor, mismo que bajó rápidamente para activar el cerrado automático.

    Abajo en el quirófano, Lisa había estado tirada en el suelo todo ese tiempo, apenas logrando alzar su rostro lo suficiente para ver los cuerpos volando, y escuchar los disparos y, especialmente, los gritos y golpes. Estaba aterrada; nunca había estado en un tiroteo, mucho menos en algo tan irreal como eso. ¿Eso en verdad estaba pasando? ¿Esa chica realmente estaba haciendo que eso ocurriera? ¿Cómo podía alguien así existir en ese mundo?

    Su mirada se fijó en la puerta del quirófano, en ese momento con el camino libre, salvo por el cuerpo de un soldado ensangrentado delante de ella. Intentó con todas sus fuerzas reponerse de su terror y levantarse. Sus piernas, y de paso todo su cuerpo, le temblaban violentamente, pero al parecer la adrenalina fue suficiente para permitirle correr con toda su alma hacia la puerta. Sin embargo, no lo suficientemente rápido antes de que una pesada placa de acero bajara abruptamente justo delante de la puerta, tapando por completo la salida.

    —¡No! —Exclamó Lisa pasmada, casi chocando contra la placa de acero. Comenzó entonces a golpearla con sus palmas con insistencia. Las lágrimas de desesperación comenzaron a brotar de sus ojos y bañar su rostro—. ¡Abran!, ¡por favor abran!

    Su instinto fue virarse hacia arriba, esperando ver aún ahí de pie al Dr. Russel y a los demás. Sin embargo, sólo alcanzó a ver como un techó de acero, igual a la placa de la puerta, se cerraba también por encima del cristal, aislándolos por completo.

    «Nos abandonaron —pensó Lisa, horrorizada—, nos abandonaron aquí con ella…»

    De pronto, sintió como su cuerpo entero era jalado hacia atrás, y sus pies se deslizaban solos por el brillante piso. La misma fuerza que la jaló la volteó ciento ochenta grados, y la hizo ver con pánico que había quedado justo enfrente de Gorrión Blanco. Ella estaba de pie a unos cuantos metros, encorvada, con su cabello cayendo sobre su cara, y ésta estaba manchado de sangre, al igual que su bata blanca y sobre todo su brazo. Ella la miró fijamente con sus ojos llenos de una furia indescriptible.

    Los pies de Lisa se encontraban suspendidos unos centímetros del suelo, y no era capaz de siquiera mover un dedo, pues esa fuerza la oprimía por completo como una soga invisible. Aun así, no pudo evitar comenzar a sollozar con miedo, especialmente cuando la chica se le aproximó lentamente, con su mano ensangrentada alzada hacia ella.

    —Por favor, no… —musitó Lisa entre sollozos—. Por favor… no me lastimes…

    Y entonces, Gorrión Blanco se detuvo abruptamente, y algo cambió en su rostro. Sus ojos se abrieron grandes, mirándola con asombro y confusión en ellos. Lisa notó este cambio, aunque no entendía su causa, y mucho menos le ayudó a mitigar su terror.

    Lo cierto era que esas palabras habían despertado en la chica un pequeño y confuso recuerdo. Fue más como un flashazo, una imagen que pasó rápidamente por su cabeza de manera difuminada. La imagen de una chica, pero diferente a la que tenía enfrente. También inmóvil, y mirándola con terror…

    “Por favor, Carrie… no me lastimes…” había escuchado a aquella desconocida murmurar, con el mismo tono y cubierta de lágrimas como esa otra persona.

    “¿Por qué no? Todos ustedes me lastimaron toda mi vida…” respondió la voz de alguien más en su cabeza, pero… ¿quién había dicho aquellas palabras?

    Gorrión Blanco se sumió por completo en aquel fugaz pensamiento, sin identificar su procedencia exacta; tanto que por un instante prácticamente se había olvidado de la persona delante de ella, o de cualquier otra en esa habitación.

    Lisa miró entonces sorprendida como desde atrás de la chica surgía la figura del sargento Schur, saltando sobre ella para derribarla al suelo. Su cabeza le sangraba, pero aún parecía ser capaz de moverse. Ambos cayeron, y Gorrión Blanco terminó golpeándose la nariz contra el suelo. Frankie intentó rodear su cuello con su brazo para someterla, pero su cuerpo estaba de pronto siendo empujado hacia atrás para alejarlo de ella. Él se resistió contra esa fuerza invisible, y como pudo extendió su mano izquierda hacia el frente, hasta colocarla y presionarla fuertemente contra la cabeza de la chica.

    Gorrión Blanco soltó un fuerte quejido al sentir el contacto de la mano de Frankie, y sus ojos y boca se abrieron por completo. Su mirada contempló perdida hacia el frente, como si mirara algo en algún horizonte lejano. El cuerpo de Lisa dejó de estar suspendido, al igual que otros objetos que flotaban a su alrededor, y todo se precipitó de regreso al piso.

    La bioquímica alzó su mirada como pudo, viendo confundida como la atacante se había quedado así de quieta, ensimismada en sus propios pensamientos, mientras Frankie la seguía sujetando de la cabeza, con sus dedos presionados contra ella. «¿Qué le está haciendo?» se preguntó Lisa confundida, y notó entonces como de la nariz del sargento comenzaba a surgir un poco de sangre, que escurrió por su labio, hasta llegar a su barbilla.

    Lisa lo supo en ese momento; había leído sobre ese efecto en específico en las notas…

    Mientras la tenía sujeta de esa forma, y notándosele cada vez más débil, Frankie alzó con su otra mano la jeringa, y la jaló directo hacia el cuello de Gorrión Blanco, clavándola e inyectándole la droga. Aquello pareció hacer reaccionar al fin a la chica de lo que fuera aquel extraño trance. Giró su brazo hacia atrás, y Frankie fue empujado hacia un lado, volando por el aire y chocando contra la pared.

    Gorrión Blanco intentó ponerse de pie de nuevo, tambaleándose. Dio un paso, luego otro, y entonces sus ojos se pusieron en blanco y se desplomó de nuevo al suelo por sí sola, totalmente inconsciente. Y la misteriosa fuerza que había envuelto toda esa sala, se esfumó al fin, dejando en su lugar un latente y doloroso vacío.

    Lisa se incorporó lentamente, aún temerosa. Miró fijamente a Gorrión Blanco, que yacía bocabajo tan quieta y placida como había estado en la camilla. Esperó quieta a que en cualquier momento se volviera a levantar, pero no lo hizo. En su lugar, notó como alguno de los sobrevivientes comenzaban a reaccionar; varios de ellos claramente malheridos.

    —El sujeto está inhabilitado —murmuró con esfuerzo uno de los soldado hablando por su radio—. Repito, el sargento Schur logró inhabilitar a la chica. El área ya es segura…

    Tras haber dado aquel aviso, el mismo soldado dejó caer su brazo hacia un lado, y se sentó en el suelo, agotado.

    Al fondo del cuarto, Lisa divisó al sargento Schur, que parecía igualmente haber quedado inconsciente tras ese último golpe. Y a unos metros de él, logró divisar el sitio en donde el Dr. Takashiro había caído tras ese último empujón. Con sus piernas temblándole un poco al inicio, se aproximó a ese punto para ver si acaso podía socorrerlo de alguna forma en lo que llegaba la ayuda médica.

    —Dr. Takashiro —murmuró despacio mientras se agachaba a su lado—. ¿Puede oírme? Ya estamos…

    Con una mano jaló apenas un poco al doctor, y éste se giró por completo, quedando bocarriba. Lisa soltó un pequeño gritillo de horror en cuanto lo vio: sus ojos totalmente abiertos y nublados, y su cabeza ladeada hacia un lado, casi apoyada por completo contra su propio hombro, pero apenas sujeta a su cuerpo. El golpe le había destrozado por completo el cuello; probablemente murió al instante.

    Lisa cayó de sentón al piso, y se alejó arrastrándose hacia atrás por mero reflejo, sólo para toparse con el cuerpo de un soldado, que al parecer había recibido una bala perdida en el cuello, y Lisa terminó empapándose sus pantalones y manos con el charco de sangre que se había formado debajo de él. Volvió a gritar, y se pegó contra la pared, abrazándose a sí misma y temblando. Lo surreal de toda esa situación poco a poco se fue desvaneciendo, dejando en su lugar sólo esa grotesca y asfixiante realidad.

    ¿Cómo es que algo tan horrible como eso había ocurrido…? Si tan sólo el Lote Diez no hubiera funcionado; si tan sólo hubiera matado a Gorrión Blanco como lo había hecho con todos esos ratones…

    «Es mi culpa —se dijo a sí misma—. Yo la desperté, yo provoqué esto… ¡es mi culpa!»

    Lisa estaba tan ensimismada en sus propios horrores, que no notó cuando la placa metálica de la puerta se abrió, y varias personas comenzaron a ingresar al cuarto. Algunos eran más soldados armados, mientras que otros eran personas con trajes blancos y caretas, cargando equipo médico y camillas.

    —Señorita Mathews —escuchó la lejana voz de Dr. Shepherd murmurar a su lado, y lentamente se viró en su dirección. Él estaba de cuclillas a su lado, observándola—. ¿Se encuentra bien? ¿Está herida? ¿Puede escucharme?

    Lisa no fue capaz de responderle. Por un lado no podía articular palabra alguna, y por otro sencillamente no quería hacerlo.

    —Saquéenla de aquí, rápido —le ordenó Russel a dos de los hombres de trajes blancos. Estos se apresuraron a guiar a Lisa a una de las camillas portátiles que traían consigo, y ésta no opuso resistencia al momento de subirse a ella. Uno minuto después, ya se la estaban llevando, al igual que a otros de los sobrevivientes.

    De hecho, mientras se iba, Lisa miró de reojo a un lado y notó como también cargaban a Frankie en otra camilla parecida, mientras le daban aire con un resucitador. Al parecer, seguía con vida. Eso le dio un poco de alivio, antes de que sus ojos irremediablemente se cerraran cuando todo el agotamiento de la situación la subyugara por completo…

    Por su lado, una vez que Lisa y Frankie se hubieran ido, Russel se aproximó hacia el equipo médico que revisaba a Gorrión Blanco, mejor conocida como la legalmente muerta Carrie White de Chamberlain, Maine. Aún no podía creer que después de tantos años, al fin hubiera logrado despertarse de ese coma; por un momento realmente parecía que sería algo imposible. Tristemente, no le resultaba tan increíble la horrible escena que se había suscitado justo cuando esto pasó. Al mirar a su alrededor, Russel se sintió asustado, pero a vez fascinado, por tal despliegue de poder telequinético. ¿Cuánto de eso había sido el talento natural de la muchacha, y cuánto había sido el efecto del Lote Diez potenciando sus habilidades? Viniendo de una chica que se rumorea había sido la causante de la destrucción de la mitad de su ciudad, la línea debía ser difícil de vislumbrar.

    El equipo médico le indicó a Russel que Carrie se encontraba bien y estable. El ASP-55 hizo bien su trabajo, y ahora estaba plácidamente dormida, y lo estaría al menos por tres horas más con la dosis que el sargento Schur le había aplicado. Sus únicas heridas eran la de su brazo y el golpe en su nariz, pero ninguna era de cuidado y ya le habían puesto los primeros auxilios correspondientes.

    —Llévenla a una de las salas médicas de contingencia —se oyó como Lucas ordenaba con seriedad, ingresando al quirófano seguido de cerca por McCarthy—. Traten sus heridas y manténganla dormida.

    —Sí, señor —le respondió uno de los hombres de blanco, y rápidamente pasaron a subirla a otra camilla para llevársela. El cuerpo de la chica se encontraba flácido y sin fuerza, con sus brazos colgando como espagueti.

    Russel se puso de pie y contempló en silencio como se la llevaban.

    —Lo logró, Dr. Shepherd —murmuró Lucas, notándosele orgullo en el tono, y luego incluso le dio un par de palmadas en la espalda que lo sacudieron—. Tenía todo en contra, y sin embargo lo hizo.

    —Sí, bueno… —masculló Russel, dubitativo. Miró entonces a su alrededor, viendo como trataban a los otros heridos, y comenzaban a revisar y recoger a los muertos—. Disculpe si no lo siento aún como una victoria.

    —Siempre es una pena perder a buenos hombres —asintió Lucas—. Pero era un riesgo que sabíamos que podía ocurrir, y esto fue además una pequeña muestra de lo que esa chica es capaz de hacer. Piensen que hizo esto luego de despertarse de un coma de cuatro años; imagínese lo que podrá hacer una vez que esté a toda su capacidad. —Russel no quiso imaginárselo—. Si logramos detener a McGee y a Thorn, salvaremos muchas más vidas de las que perdimos este día aquí.

    —Dígale eso a sus familias —masculló Russel con aspereza.

    —Lo haré si es necesario. Mientras tanto, no tenemos tiempo que perder. Necesito que la estabilicen, y en cuanto pueda la despierten para hablar con ella.

    Aquella instrucción alertó tanto a Russel como a McCarthy, y ambos se voltearon a verlo con rostros atónitos.

    —¿Hablar con ella? —Cuestionó McCarthy con aprensión—. Señor, eso no sería en lo absoluto recomendable. Vea lo que pasó —señaló extendiendo sus brazos hacia alrededor—. Es claro que los ajustes mentales que se realizaron mientras estuvo en coma no funcionaron. Lo ideal será mantenerla dormida y volver a intentarlo, o ver la forma de garantizar que no sea una amenaza.

    —¿No había quedado claro nuestra falta de tiempo para esperar? —Soltó Lucas defensivo, y entonces e viró hacia Russel—. ¿Qué dice usted, Shepherd? ¿Esto qué pasó significa sin lugar a duda que los ajustes no funcionaron?

    Russel guardó silencio, agachando un poco su mirada, y volvió a ver de reojo el resto de aquella escena. Le llamó extrañamente la atención la camilla volcada contra un rincón. Luego de meditarlo unos segundos, respondió:

    —Dadas las lesiones tan graves que Gorrión Blanco presentaba en su cerebro, siempre supimos que era posible que dichos ajustes no funcionaran como lo esperábamos. Y con esto que pasó, todo pareciera indicar que nuestras sospechas fueron cierta. —Guardó silencio unos momentos, y entonces añadió—. Sin embargo, esta reacción adversa podría también haber sido consecuencia de la confusión y desorientación por su abrupto despertar, además de un efecto provocado por el Lote Diez. Se ha visto que en su primer contacto, tiende a provocar reacciones de agresividad incontrolable en los sujetos, que suele pasar tras unas horas… o cuando el sujeto expira. Así que, puede ser que aún haya una posibilidad.

    —No arriesgaré a más de mis hombres por una ambigua posibilidad —respondió McCarthy, firme en su convicción.

    —No lo haga entonces —respondió Lucas con la misma firmeza, y comenzó entonces a caminar a la salida. Ambos hombres lo siguieron de cerca—. Yo hablaré con ella, como dije. Que mantengan la dosis mínima del ASP-55 para que sus poderes queden incapacitados mientras tanto. Y si tras esa conversación detecto que en efecto los ajustes no funcionaron, entonces pensaremos en nuestras opciones. Pero por ahora es nuestra mejor oportunidad.

    McCarthy y Russel guardaron silencio. De todas formas daría igual lo que dijeran; era obvio que la decisión estaba tomada.

    — — — —
    Lisa fue llevada a la enfermería del personal y colocada en una camilla para observación. Estaba alterada y casi no lograba responder a las indicaciones del equipo médico. Sin embargo, no parecía tener ninguna herida, más allá de unos cuantos raspones.

    Una vez que terminaron de examinarla, le aplicaron un calmante que le relajara y la ayudara a dormir un poco. La doctora estaba justo haciendo aquello, cuando el Dr. Shepherd se hizo presente en su camilla.

    —¿Señorita Mathews? —murmuró Russel despacio, aproximándose por un costado.

    Lisa lo observó en silencio, notando sólo hasta ese momento que miraba borroso pues no llevaba sus anteojos puestos. Debieron habérsele caído en algún momento durante la conmoción, y quizás ahora yacían rotos en el suelo del Quirófano 24. Y lo peor era que ni siquiera traía los de repuesto… o, más bien, esos eran los de repuesto.

    Como fuera, eso no evitó que viera a su jefe (temporal) con evidente enfado en su expresión, mismo que al parecer puso un tanto incómodo al científico. Russel se aclaró su garganta, y sacó entonces del bolsillo de su bata una barra de chocolate, y comenzó a retirarle lentamente su envoltorio. Aquello era bastante menos sano que los bocadillos que acostumbraba comer, pero quizás la situación así lo ameritaba.

    —Me dicen que está bien, al menos físicamente —indicó Russel, justo antes de darle una mordida al chocolate—. ¿Cómo se siente?

    —Todo el cuerpo me tiembla —fue lo único que Lisa pudo articular como respuesta a tan imprudente pregunta.

    —El calmante que le suministraron deberá hacer efecto pronto —le explicó Russel—. Intente dormir un poco.

    —¿Dormir? —Espetó Lisa, como si aquella sugerencia le ofendiera de alguna forma—. ¿Cómo me puede pedir que duerma luego de lo que ocurrió?

    Hizo una pequeña pausa, y entonces cuestionó con temor:

    —¿El Dr. Takashiro…?

    —Falleció al instante —respondió Russel casi de inmediato—. Al igual que dos de los enfermeros que lo asistían, y siete soldados. Cinco más están heridos de gravedad, incluido el sargento Schur.

    —Dios santo —musitó Lisa horrorizada, escondiendo su rostro detrás de sus manos.

    Russel parecía un tanto incómodo por su reacción, y ciertamente tenía motivo para estarlo. Vacilante, acercó una mano al hombro de la joven mujer, dándole lo más parecido que él podía dar a palmadas de ánimo.

    —No fue su culpa. Usted hizo su trabajo, y lo hizo de maravilla. Tenía todo en contra, y aun así lo logró. Debe sentirse orgullosa de sí misma.

    ¿Orgullosa? ¿Cómo podía pedirle que se sintiera orgullosa de tan espantoso resultado? De haber sabido que algo como eso ocurriría, hubiera preferido por mucho haber fracasado, aunque ello hubiera costado la vida de esa chica. Ahora lograba entender un poco porque Takashiro le había dicho que se merecía terminar en ese estado, o peor.

    Lisa bajó sus manos lentamente, revelando de nuevo su rostro, y observó a Russel fijamente con agobiante seriedad.

    —Si no se hubiera detenido en ese momento, yo también estaría muerta, ¿o no? —Le cuestionó con brusquedad, y Russel no pudo responderle nada—. ¿Quién es esa chica realmente? ¿Cómo es posible que un ser humano sea capaz de hacer algo como lo que hizo en ese sitio?

    Russel suspiró con pesadez.

    —De eso hablaremos después —le respondió de forma disimulada—. Si acaso me es permitido hacerlo…

    —¿Y el sargento Schur? —Soltó Lisa de pronto, tomando a Russel por sorpresa—. ¿Él es uno de ellos? ¿Es un UP?

    Aunque Russel no conocía con exactitud el por qué le cuestionaba ello, se podía hacer una idea. De seguro lo había visto hacer algo durante ese lapso de tiempo en el que estuvieron encerrados, y así fue como Frankie logró neutralizar a Gorrión Blanco. Aún no había visto la grabación de las cámaras, pero estaba casi seguro de que dichas imágenes confirmarían su sospecha.

    —Técnicamente, sí —asintió Russel sin muchos rodeos—. Pero no como Gorrión Blanco… o como su novio, señorita Mathews.

    Aquel último comentario provocó una nada disimulada reacción de asombro, y quizás miedo, en Lisa. Una sonrisa astuta se dibujó en los labios de Russel.

    —Sí, sabemos de su relación con Cody Hobson —aclaró el hombre de bata blanca—. No lo sabía al inicio, claro. El dato surgió durante la investigación que le hicieron una vez que fue elegida para el trabajo. Pero no tiene de qué preocuparse. Su novio es parte de una organización con la que… se podría decir, tenemos buena relación. Pero ya hablaremos también de ese tema cuando esté más calmada.

    »Sobre Frankie, él no es como ellos dos. Gorrión Blanco y su novio nacieron o desarrollaron sus habilidades de manera natural. Frankie… él es básicamente un UP artificial. En sus notas es probable que se haya omitido al respecto, y con obvia razón. Pero el agosto pasado, luego de que se implementó el VPX-01 en el Lote Diez, se hizo una prueba en diez voluntarios. Todos eran soldados entrenados del DIC, y sus análisis nos indicaron que tenían la predisposición genética adecuada para procesar el químico y, quizás, desarrollar habilidades psíquicas. Justo como se dio en los 60’s con Andy McGee y Vicky Tomlinson, usando el Lote Seis. Supongo que de ellos sí leyó en los expedientes, ¿o no? Bueno, este nuevo experimento fue incluso más desastroso que el de 1969. Nueve de los sujetos murieron; algunos en el acto, otros luego de días de agonía, y sólo a uno de ellos logramos salvarle la vida.

    —¿El sargento Schur? —concluyó Lisa con voz seria, a lo que Russel asintió.

    —Y justo como lo deseábamos, desarrolló algunas pequeñas habilidades especiales. Pero similar a como ocurrió antes, al ser artificiales, por decirlo de algún modo, tienen un efecto negativo en él si las usa prolongadamente. Pero en ocasiones resulta útil.

    Lisa recordaba lo que había leído sobre los efectos negativos documentados a los usuarios de las pruebas de los 60´s, sobre todo Andy McGee. O también las hemorragias nasales presentes en los sujetos de los 70’s y 80’s, que en las notas se referían sólo por un número clave. Pero en efecto, esas pruebas del agosto pasado no estaban nombradas en ningún lado.

    —¿Eso es lo que quieren hacer con el Lote Diez? —cuestionó Lisa con preocupación—. ¿Crear soldados con poderes psíquicos?

    —Es la intención final de todo esto, por supuesto —contestó Russel sin mucho miramiento—. Aunque aún creo que estamos lejos de lograrlo con seguridad. Pero su descubrimiento definitivamente será un paso importante en dicha dirección.

    Lisa agachó su mirada con reservas. La angustia que aquella idea le causaba se hizo aún más evidente.

    —Sé lo que está pensando —comentó Russel—, pero tiene que creerme cuando le digo que todo lo que aquí hacemos, es con la intención de proteger a las personas. Además, como científicos, no nos corresponde decidir en qué se usa o no un nuevo conocimiento. Nosotros lo ofrecemos al mundo, y éste decide qué hacer con él.

    —Esa es una posición demasiado cómoda —señaló Lisa, acusadora.

    —Quizás… Pero ya habrá tiempo de hablar de todo eso. —Le dio un par de palmadas en su hombro y entonces se alejó de la camilla para marcharse—. Ahora descanse.

    Lisa no se sentía capaz de descansar, pero poco a poco el calmante pareció hacerle efecto. Se recostó de nuevo en la camilla, junto sus manos sobre el regazo, y cerró los ojos. No tardó mucho en quedarse dormida.

    — — — —
    Gorrión Blanco seguía plácidamente dormida, cortesía del fármaco ASP-55. Por seguridad la colocaron en una de las salas médicas de contingencia, justo como Lucas había ordenado. Estas salas eran diferentes a aquella en la que la habían tenido los últimos años. La puerta y las paredes eran de acero reforzado, y la camilla venía integrada con correas de doble cuero. Todo eso, y otros aditamentos más de seguridad, la volvían básicamente una celda.

    Los médicos se encargaron de curarle sus golpes y su brazo, y de estabilizarla. Sus signos vitales se habían normalizado, al igual que su actividad cerebral. En toda apariencia todo indicaba que se había recuperado de aquel estado que la había afectado durante cuatro años, y lo único que la mantenía dormida en esos momentos era justamente la droga que en esos momentos le suministraban en pequeñas dosis por intravenosa.

    Una vez que le indicaron que estaba estable, Lucas pidió ir a verla. El director ingresó a la sala médica acompañado de cerca por McCarthy, y se paró firme al pie de la camilla. La jovencita estaba recostada, como lo había estado durante todo ese tiempo, aunque su rostro ahora se veía menos tranquilo que siempre. Su nariz además estaba vendada por el golpe que se había dado. En la sala había también tres doctores, revisándola a ella y a los aparatos a los que estaba conectada.

    —¿Podrán despertarla? —Preguntó Lucas con firmeza.

    —El RTP-34 contrarrestará los efectos del ASP-55, y la hará recobrar un poco la consciencia —le informó uno de los médicos—. Pero seguiremos administrándole el sedante en una dosis menor, lo suficiente para que no pueda usar sus habilidades, o al menos le resulte difícil.

    —¿Y estará lo suficientemente despierta para entenderme?

    —Lo más seguro es que el ASP-55 la tendrá algo confundida, pero podrá responder sus preguntas. Aunque… siempre las dosis menores suelen tener efectos diversos dependiendo del individuo.

    —¿Eso implica que aún es posible que pueda usar sus poderes? —cuestionó McCarthy, visiblemente consternado.

    El doctor dudó un poco antes de responderle.

    —Es poco probable… pero es una posibilidad.

    McCarthy negó con su cabeza, y se viró entonces hacia Lucas.

    —Le pido de favor que reconsidere esto, director —le pidió casi sonando como una exigencia—. Lo prudente será ir tanteando poco a poco el terreno con esta chica, hasta determinar su estado mental real y la forma correcta de tenerla controlada. Al menos espere a que el sargento Schur esté recuperado para que le sirva de apoyo.

    —¿No le quedó claro que no tenemos tiempo, McCarthy? —le respondió Lucas con severidad—. Nos preparamos con bastante antelación para este momento, así que tendremos que arriesgarnos. Si los “ajustes” que le estuvimos haciendo mientras dormía no funcionaron, entonces tendremos que pensar en otra forma de actuar. Pero será mejor saberlo de una vez.

    —Sí, señor —respondió McCarthy, más que nada resignado.

    El capitán se hizo a un lado, pegándose a la pared para no estorbar, pero con su mano puesta sobre su arma para sacarla de su funda al primer vistazo de problemas.

    —Despiértenla —ordenó Lucas, por lo que uno de los doctores se apresuró a inyectar el RTP-34 en la intravenosa.

    Una vez realizado aquello, el médico, y todos los demás, se apartaron aprehensivos contra la pared. Aquello definitivamente no daba mucha confianza. Aún así, Lucas se quedó de pie, firme delante de la cama, aunque por dentro por supuesto le afloraban los nervios. Sólo escuchar las historias de lo ocurrido cuatro años atrás en Chamberlain sería suficiente para hacer que se sintiera así. Pero luego de ver lo ocurrido en ese quirófano, simplemente era imposible evitarlo, incluso para él que mostraba tanta seguridad por fuera.

    Pasaron algunos minutos sin que nada cambiara. Pasado ese tiempo, algunos de los músculos del rostro de Gorrión Blanco comenzaron a moverse en pequeños gestos de incomodidad. Sus ojos se abrieron pesadamente, y sus labios se abrieron y cerraron despacio.

    McCarthy y todos los médicos presentes se pusieron aún más nerviosos.

    —¿Dónde…? —susurró Carrie despacio, mirando alrededor con confusión.

    —Todo está bien, tranquila —se apresuró Lucas, dando un paso más hacia la camilla. El rostro de Gorrión Blanco se giró perezosamente hacia él, dificultándole al parecer el enfocar su mirada—. Estás en un hospital, te estamos cuidado.

    Gorrión Blanco se le quedó mirando en silencio, como si estuviera de alguna forma intentando entender quién o qué estaba viendo realmente.

    —¿Puedes entenderme? —le peguntó Lucas despacio.

    La chica siguió sin reaccionar por un rato más, pero era difícil saber qué tanto de ese estado era causado por el sedante, cuanto por la conmoción o confusión de haber despertado de su coma luego de tanto tiempo, y cuanto era porque quizás las lesiones de su cabeza no estaban del todo curadas como se esperaba.

    —¿Qué me pasó…? —Preguntó Gorrión Blanco de pronto, con un poco más de claridad en su voz.

    —¿Qué es lo último que recuerdas? —respondió Lucas con cautela.

    Carrie cerró los ojos, arrugando un poco el entrecejo. Luego alzó una mano hacia su rostro, presionándola contra su ojo derecho y su frente.

    —No lo sé… Todo es muy confuso…

    Se notó un poco de desesperación y frustración en su tono. Eso era peligroso. Si aquello se salía de control, podía repetirse lo de hace un par de horas; la dosis pequeña del ASP-55 era lo único que en teoría podía impedirlo.

    —¿Recuerdas algo? —Murmuró Lucas—. ¿Sabes cuál es tu nombre?

    —No… no lo sé —respondió Carrie con algo de enojo, y Lucas sintió por un momento que la camilla y los aparatos se agitaron, pero aquello bien podría haber sido sólo su imaginación.

    Carrie bajó su mano lentamente, y entonces enfocó su mirada en Lucas, de una forma tan penetrante y agresiva, que incluso el director del DIC tuvo el reflejo de él también tomar su arma, pero se contuvo.

    —¿Quién es usted? —Preguntó Gorrión Blanco directamente.

    Lucas guardó silencio unos instantes.

    Durante la llamada de la mañana, la agente Cullen había dicho que, aunque lograran despertar a esta chica, no había garantía de que pudieran convencerla de trabajar para ellos en tan corto tiempo. Bien, eso era verdad. Sin embargo, lo que Cullen, y ninguno de los otros directivos más que Lucas, McCarthy y Russel sabían, era que no habían dejado tal posibilidad al azar. El monitoreo constante del Dr. Takashiro, y las pruebas del Lote Diez, no eran las únicas vertientes del Proyecto Gorrión Blanco. Aquellos “ajustes” que habían estado comentando, eran pequeñas influencias que habían implementado en la mente de esa chica mientras dormía. Eso con la intención de implantare ciertas ideas e instrucciones, para cuando lograra al fin despertar.

    Todo se había hecho con bastante cuidado y detalle. Sin embargo, el estado de su cerebro tras sus lesiones, hacía imposible predecir qué efecto tendrían dichos ajustes en realidad. Pero ahora era momento de descubrirlo…

    —Me llamo Lucas Sinclair —le respondió con vehemente seriedad—. Y soy tu jefe.

    Carrie arrugó un poco su entrecejo con confusión.

    —¿Mi jefe? —Murmuró despacio, aunque casi de inmediato desvió su mirada hacia un lado, como si estuviera recordando algo—. Mi jefe…

    —¿Lo recuerdas? —Susurró Lucas con cuidado, colocando una mano sobre el barandal de la camilla—. Eres Gorrión Blanco, una agente al servicio del DIC. Fuiste herida hace cuatro años y estuviste en coma. Pero hoy logramos despertarte al fin.

    —¿Cuatro años? —exclamó la chica, sorprendida.

    —Así es. Pero no te preocupes, de seguro todo volverá poco a poco. Pero ahora necesitamos que te recuperes rápidamente. Tenemos una misión importante que debes cumplir lo antes posible.

    —¿Una misión…?

    La joven seguía confundida, pero… al parecer, no tanto. Era más como si aquellas palabras le resultaran familiares, pero aún no lograra identificar claramente de dónde. Pero, poco a poco, todo le fue dando mucho más sentido.

    —Una misión —repitió con voz más firme, y entonces se viró de nuevo hacia Lucas—. Sí, claro. ¿Qué debo hacer, señor…?

    Aquello causó una profunda sensación de alivio en todos los presentes; McCarthy incluso retiró su mano del arma. Al parecer, de momento, todo estaba funcionando bien…

    — — — —
    El avión de Cody aterrizó en el aeropuerto de Bismarck, Dakota del Norte a las ocho de la noche. Fue un viaje ligero; sólo se llevó una pequeña maleta con un par de cambios de ropa y el maletín con su computadora. Lucy le había mandado un mensaje informándole que iría a recogerlo, aunque en dicho mensaje no sonaba del todo contenta con dicha idea.

    Cuando bajó del avión y cruzó las puertas de los arribos, sacó su teléfono con la intención de mandarle un mensaje a Lucy y avisare que había llegado, pues ya había dejado muy claro que no le gustaba que le marcara. A esas alturas quizás aquello sería una tontería, considerando que ahora tendrían que verse cara a cara, pero prefirió no tentar más a la suerte con ella. Sin embargo, casi inmediatamente de cruzar las puertas automáticas, divisó el cartel blanco y grande con un enorme CODY HOBSON escrito con marcador negro. Y las manos que sujetaban dicho cartel eran las de una mujer, alta y delgada de cabello castaño claro y quebrado que caía libre sobre sus hombros como una maraña. Usaba unos grandes lentes redondos que hacían ver sus ojos más grandes, un suéter holgado color olivo, y unos pantalones gastados.

    Esa debía ser Lucy.

    Cuando los grandes ojos de aquella mujer se posaron en él, bajó el cartel en el entendido de que él ya la había visto a ella.

    —Cody Hobson —murmuró despacio cuando el visitante estuvo a la distancia correcta—. Me alegra darme cuenta que la foto de tu expediente es bastante adecuada.

    —Lucy, supongo —murmuró Cody, un poco dudoso sobre cómo debía actuar—. Qué gusto conocerte en persona al fin…

    Extendió su mano con la intención de estrecharle la suya, pero Lucy no sólo no la tomó, sino que en ese momento se giró y comenzó a caminar en dirección a la salida.

    —Mi auto está afuera —indicó con voz alta para que lo oyera—. Si no salimos ahora, me cobrarán otra hora.

    Cody bajó su mano, y comenzó a seguir a la mujer unos pasos detrás. Creyó que al verla en persona esa impresión que le había dado al hablar por teléfono pasaría. Pero, al menos de momento, las cosas no iban en esa dirección.

    El auto de Lucy era un New Beetle anaranjado de al menos doce años de edad, con la pintura un poco desgastada. Era pequeño, pero por suerte ni Cody ni su maleta ocupaban mucho espacio. Cuando salieron de estacionamiento del aeropuerto, comenzó a lloviznar, y sólo unos minutos después dicha llovizna se convirtió en un fuerte aguacero. Lucy conducía aferrada a su volante, con su cuerpo inclinado al frente mientras intentaba ver el camino que los parabrisas le limpiaban. Ya estaba oscuro, y Cody se preguntó por un momento si acaso su acompañante estaba acostumbrada a conducir de noche… y lloviendo.

    —Te aviso desde ahora que dormirás en la sala —mencionó Lucy de pronto, tomando un poco por sorpresa a Cody pues dicho comentario había salido de ningún lado—. El sillón no es muy grande, pero por lo que veo tú tampoco.

    —¿Disculpa? —Murmuró Cody, preguntándose si aquello era algún tipo de insulto. Ciertamente él no era muy alto, y le pareció que ella le sobresalía por unos centímetros. Como fuera, Lucy no hizo caso de su reacción y prosiguió con lo que deseaba decir.

    —Y te advierto que cerraré la puerta de mi cuarto con llave, y duermo con un gas pimienta sobre mi buró.

    Cody abrió la boca con la intención de responder algo a tal insinuación, pero prefirió evitarlo. Él ni siquiera le había pedido que fuera a recogerlo, mucho menos que le dejara quedarse en su casa. De hecho, tal opción ni siquiera le había cruzado por la cabeza hasta ese momento.

    —Puedo quedarme en un hotel, Lucy —indicó Cody con seriedad, lo que provocó un casi inmediato intento de risa irónica por parte de ella.

    —No, no es cierto —respondió Lucy casi como un regaño—. Mi casa está a las afueras sobre la carretera; alejada lo suficiente para que tus sueños no afecten a nadie cercano.

    Cody se sobresaltó al escuchar aquello. De nuevo pensó en decir algo, ahora para cuestionarle cómo sabía de sus sueños. Sin embargo, entendió casi de inmediato que cuestionarle a esa mujer cómo sabía lo que sabía sería inútil.

    —A nadie excepto a ti —señaló Cody con más serenidad—. Y no querrás estar cerca si tengo una pesadilla.

    —Será preferible a que uses esas pastillas que traes contigo —fue la respuesta siguiente de Lucy, señalando incluso con una de sus manos hacia el bolsillo del abrigo de Cody. El carro se agitó un poco cuando retiró la mano del volante, por lo que rápidamente lo volvió a tomar para estabilizarlo.

    Cody se agitó un poco por tal sacudida, pero logró enderezarse rápidamente. De nuevo, prefirió no preguntarle como sabía de las pastillas. Y aunque la idea de quedarse en su casa no le causaba ningún placer, y evidentemente tampoco a ella… debía aceptar que tenía razón con respecto a sus pesadillas. Sería mucho más seguro quedarse en un sitio donde pudiera afectar a la menor cantidad de personas posibles. Y además, con alguien que ya sabía de antemano de su estado.

    Suspiró lentamente, resignado.

    —Bueno, gracias —pronunció despacio, intentando sonar lo más genuinamente agradecido que pudo.

    —No hay de qué —asintió Lucy mientras seguía viendo cómo podía el camino—. Mamá siempre me dijo que tenía que ser hospitalaria con los invitados.

    «Si a eso le llamas hospitalidad» pensó Cody con cierta ironía, sin poder evitarlo.

    Llegaron a la casa de Lucy unos veinte minutos después, retrasados un poco por la lluvia. La casa parecía bastante más acogedora de lo que Cody se imaginaba. Le recordaba un poco a la casa de los Hobson en donde había crecido; la clase de lugar en la que le gustaría vivir algún día.

    Lucy lo hizo sentarse en la pequeña sala, mientras ella se dirigió directo a la cocina a preparar un té, aunque no se lo había pedido. Volvió unos diez minutos después con dos tazas humeantes en sus manos.

    —Bien, ¿qué objeto personal de Lisa Mathews me trajiste? —cuestionó de pronto, justo antes de colocar una de las tazas delante de él. Cody tomó entones su maletín y lo abrió, sacando de éste un estuche rectangular color morado—. ¿Unos lentes? —Cuestionó Lucy, curiosa.

    —Son de ella —respondió Cody, abriendo el estuche que contenía en su interior unos anteojos cuadrados de armazón negro grueso—. Los dejó en mi casa unos días antes de… bueno, unos días antes de nuestra discusión. No he tenido tiempo de devolvérselos, como podrás adivinar.

    —¿Por qué habría de adivinar eso? —Preguntó Lisa, genuinamente confundida por el comentario, justo ante de dar un sorbo de su taza. Cody quiso decirle que sólo era un decir, pero Lucy se paró rápidamente y se dirigió hacia su estudio antes de que pudiera decir algo.

    Cody aguardó, y se limitó a beber un poco del té. Su sabor era muy intenso, y le provocó un par de tosidos por el ardor que le causaba en la garganta. ¿Para qué exactamente servía ese té? Y, ¿era acaso el mismo que ella estaba bebiendo?

    Lucy volvió luego de un rato con lo que parecía ser un papel doblado en su mano y un marcador rojo. Se puso de rodillas enfrente de la mesa de centro de la sala, y retiró rápidamente las dos tazas de té, colocándolas en el suelo. Desplegó entonces sobre la mesa el papel, revelando que era un ancho mapa con la división política de los Estados Unidos, incluidas las ciudades y carreteras principales.

    —Usaremos este mapa —dijo Lucy—. Si mi teoría de la caja de plomo es cierta, es probable que ni siquiera usando esos anteojos pueda dar con su ubicación exacta. Pero puede que, con la suficiente suerte, nos dé una localización más cercana. Colócalos ahí, sobre el mapa. —Cody sacó los lentes del estuche y los colocó justo en el centro—. Ahora deja me concentro. Intenta no moverte y no hacer ruido mientras lo hago. Si puedes evitar respirar, sería genial.

    —¿Hablas enserio? —Inquirió Cody incrédulo. Lucy no le respondió.

    La rastreadora cerró sus ojos y respiró profundamente; inhalando por la nariz y exhalando por la boca, intentando relajarse y despejar su mente lo mejor posible. Dada la dificultad que sabía de antemano implicaba esa búsqueda, necesitaba concentrarse más que de costumbre.

    Intentó divisar en su mente lo mismo que había visto durante su primer intento. Todo el recorrido de Lisa, desde que salió de su edificio, subirse a aquel avión, luego a aquel helicóptero, hasta el punto justo en el que ya no pudo detectarla más. Una vez que su mente estaba ya fija en ese pensamiento y en ese lugar, extendió una mano hacia los anteojos, y la otra la colocó suspendida en el aire a unos cuantos centímetros por el área derecha del mapa. Y antes de que sus dedos tocaran los lentes, susurró muy despacio:

    —Lisa Mathews…

    Y entonces los tomó firmemente entre sus dedos, y al instante su mente se desprendió de ella y voló abruptamente lejos de ese sitio; hacia el este, muy al este.

    Desde su perspectiva, toda su visión se amplió tanto que podía ver entera la costa este, sintiendo todas las voces y pensamientos de las miles de personas en dicha área. Poco a poco fue achicando la visión, haciendo que el área se redujera. Su mano fue moviéndose por el mapa de arriba abajo, dando pequeños giros, hasta enfocarse en un área casi específica. Lucy pudo ver de nuevo el helicóptero, viendo desde los ojos de Lisa su recorrido. Vio un paisaje boscoso amplio sin ningún edificio o carretera a la vista. Y a lo lejos, al fondo de todo ese panorama, logró ver una montaña alta que sobresalía por encima de todos los árboles.

    Y entonces, volvió a sentir como era empujada hacia atrás con fuerza.

    En ese momento mismo Lucy dejó caer su dedo sobre el mapa, apuntando justo un punto específico de éste. Lucy abrió de nuevo sus ojos y vio el sitio que señalaba. En cuanto lo vio estuvo segura; esa era el área en la que se encontraba su visión hace unos momentos, o al menos cerca de ahí.

    Tomó rápidamente el marcador rojo y dibujó un círculo, limitando el área con la que se sentía cómoda con respecto a su visión. Y una vez que lo hizo, soltó el aire comenzando a respirar agitadamente, y se dejó caer hacia atrás, casi cayendo rendida por le esfuerzo que aquello le había provocado. Aunque lo que más le había afectado era precisamente ese empujón final.

    —Ahí es… —susurró cansada entre respiros—. Eso creo…

    Cody se inclinó apremiante para echar un vistazo al área que había marcado.

    —¿En Maine? —Murmuró Cody, un poco confundido. El círculo rojo en realidad marcaba un área al noroeste de dicho estado.

    —Nada bueno ocurre en Maine —respondió Lucy, encogiéndose de hombros—. Alguien me lo dijo una vez, no sé por qué.

    Mientras decía aquello, Lucy se incorporó de nuevo, tomó su teléfono y comenzó a buscar en Google Maps una vista más completa sólo del estado de Maine. Le echó un vistazo y también al mapa en la mesa, intentando identificar cuál era el punto que había seleccionado; inspirada también un poco por su propia intuición.

    —Me parece que el helicóptero se dirigía a un punto aquí, en esta zona boscosa —indicó pasándole el teléfono a Cody para que pudiera ver el punto que había marcado—. No sé con exactitud a dónde, pero estoy casi segura de que era algún sitio en esa área. Pero por lo que veo no hay algún pueblo o ciudad. ¿Alguna idea de por qué iría a ese sitio?

    Cody miró atentamente el punto marcado, haciendo un poco más grande la vista para ver más completa la ubicación. No se le ocurría de momento algo en específico por lo que Lisa quisiera ir a Maine, mucho menos a un bosque sin nada cerca a la redonda.

    —Dijo que era por trabajo, pero… no lo sé —respondió Cody, vacilante.

    Cody bajó el teléfono, colocándolo sobre la mesa. Se sentó en el sillón con su espalda contra el respaldo del sillón, y su mirada alzada hacia el techo. Lucy lo contempló en silencio, expectante.

    —¿Y qué harás ahora? —le preguntó de pronto con curiosidad.

    Cody permaneció en silencio. Aquella era una buena pregunta en realidad…

    FIN DEL CAPÍTULO 86
     
  7.  
    WingzemonX

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    Resplandor entre Tinieblas
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    Género:
    Misterio/Suspenso
    Total de capítulos:
    95
     
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    9308
    Resplandor entre Tinieblas

    Por
    WingzemonX


    Capítulo 87.
    El plan ha cambiado

    Argyron Stavropoulos fue en algún momento uno de los hombres más ricos de Grecia, y quizás de todo Europa. Sus negocios eran muy variados, pero su enfoque había sido principalmente los bienes raíces. Poseía propiedades en casi todo el mundo, incluyendo la antigua pero lujosa casa en la que habitaba desde ya hacía dos décadas, en el sureste de Atenas a la falda del monte Himeto. En su juventud fue conocido como un hombre apuesto y galante; todo un conquistador y mujeriego, con una radiante sonrisa capaz de encantar a cualquiera. Acostumbraba dar grandes fiestas en sus varias mansiones, en las que se codeaba con la élite más sobresaliente de Europa y América, así como con los actores y actrices más famosos.

    El señor Stavropoulos era sin lugar a duda un hombre poderoso, envidado y adorado, que todo el mundo deseaba tener como amigo y aliado. Sin embargo, la verdad era que sus mejores días de gloria habían quedado ya muy lejos, y poco quedaba de aquel imponente y temido magnate y negociador.

    A sus ochenta y un años, Argyron se encontraba ya imposibilitado para caminar. Su rostro se había arrugado marcadamente, y ya no quedaba nada de su brillante y elegante cabellera oscura, sino apenas unas pequeñas malejas canosas en los costados de su cabeza. Sus manos le temblaban tanto que le era casi imposible comer por su cuenta, beber agua o siquiera escribir. Nunca se casó o tuvo hijos (legítimos), y todos sus conocidos más cercanos hacía mucho que se le habían adelantado. La mayor parte de su tiempo la pasaba encerrado en esa casa, solo con sus sirvientes; el jardinero, el cocinero, su enfermera de día, su enfermera de noche, su ama de llaves, y su asistente que se paraba por ahí una o dos veces por semana, principalmente para pedirle su firma en algún papel que apenas podía entender para ese punto.

    Para algunos aquello podría resultar triste, pero en realidad Argyron no tenía remordimiento alguno en su consciencia. Vivió justo como deseaba vivir, y se le fue dado todo lo que se le prometió a cambio de la fidelidad a su Señor. Él le dio todo lo que había obtenido a lo largo de su vida, y Argyron a cambio se dedicó a hacer su voluntad. Su situación actual no era motivo para deprimirse o para que su fe decayera. Él sabía que todo aquello sólo era una muestra de que ya no había más que esa vida pudiera ofrecerle, o él a ella. Pero en la siguiente, todo se le sería compensado, y más…

    Por Argyron siempre había sido un fiel soldado, y lo sería hasta el último momento.

    Ese día en particular de noviembre, hubo un curioso cambio en su usual rutina. A media tarde recibió una visita inesperada, muy diferente a las personas que habitualmente se paraban por ahí. Argyron se encontraba sentado en una mesa en el jardín interior de la casa, tomando un poco de sol, mientras de vez en cuando tomaba un pedazo de pan con sus manos temblorosas y lo arrojaba hacia la familia de patos que vivían en el pequeño estanque artificial que había hecho construir ahí mismo en el jardín. Siempre que se sentaba en esa mesa, los patos se le aproximaban y lo rodeaban, ansiosos por recibir su ración del día. Lo que reveló la presencia de su visitante inesperado, fue precisamente la reacción de los patos. Repentinamente parecieron alterarse, comenzar graznar como locos, a revolotear y a alejarse de él.

    Aquello ciertamente conmocionó a Argyron, que nunca los había visto comportarse de esa forma. Comprendería el porqué de esto poco después de escuchar aquella voz a sus espaldas:

    —Hola, Argyron. ¿Cómo estás, viejo amigo?

    El viejo millonario se viró hacia atrás a como su cansado cuerpo le permitió, y ahí lo vio. De pie a unos metros de él, con su cabello largo cayendo libremente en sus hombros, y su barba anaranjada perfectamente recortada y arreglada, y vistiendo una brillante camisa azul oscuro semi abierta, y unos jeans ajustados color negro.

    Ya sabía quién era incluso desde antes de mirarlo, con tan sólo escucharlo hablar.

    —Adrian... —murmuró sorprendido, pero a su vez maravillado por tal aparición.

    El recién llegado se viró hacia la ama de llaves, que le había hecho el favor de guiarlo hasta ahí, y le indicó que por favor los dejara solos. La mujer sólo agachó la cabeza y se alejó sin protestar. De todos los sirvientes actuales de esa casa, ella era la que más tiempo llevaba sirviendo a su jefe, y quizás la única que conocía la verdadera relación que existía entre éste y el famoso cantante y actor Andy Woodhouse. Por qué claro, que una persona como él visitara a Argyron Stavropoulos, no resultaba nada raro. Pero lo cierto era que ambos se conocían de mucho, mucho tiempo más atrás de lo que la mayoría sabía. Se podría decir que Andy conocía aquel hombre de toda su vida, literalmente.

    Una vez que la mujer se retiró, Andy avanzó hacia la mesa y se sentó en la silla justo delante de la de Argyron. Éste lo contempló fijamente con una enorme sonrisa en los labios, que posiblemente no había esbozado en años.

    —Mi señor… —murmuró Argyron, agachando la mirada con sumisión—. Me honras con tu presencia...

    —También me alegra verte —respondió Andy indiferencia, y con un ademán de su mano le indicó que levantara la cabeza, y así lo hizo—. Te ves bien —mintió disimuladamente, pues la verdad era que su aspecto decaído le provocaba cierto malestar con tan sólo verlo—. Lamento tener que molestarte en tu retiro, pero eres el único al que puedo acudir.

    —No hay mucho en lo que te pueda servir ahora, mi señor —lamentó Argyron, agachando de nuevo la vista—. Mi mente y mi cuerpo ya no son lo que eran antes. Lo único de valor que me queda son mi dinero y mis influencias, que no me bastaron para tener un final más digno que mis otros camaradas.

    —Yo creo que aún hay bastante en ti que me puede ser útil —señaló Andy con optimismo. El cantante introdujo entonces su mano en el interior del bolsillo derecho de su pantalón, sacando de éste un pedazo grueso de papel. Al desdoblarlo, reveló que se trataba de hecho de una foto rectangular, misma que colocó en la mesa delante de su anfitrión—. Esta niña, ¿te suena de alguna parte?

    Argyron observó aquella foto, confundido. Extendió una mano hacia un lado de la mesa para tomar sus gruesos anteojos y colocárselos. Luego sostuvo como pudo la foto delante de su rostro con sus manos temblorosas, intentando enfocar lo mejor posible su cansada vista. Logró distinguir entonces que se trataba de una niña, de once o dos años, de rostro pálido y ojos oscuros, con cabello largo y lacio que caía suelto al frente cubriendo sus hombros. Miraba hacia la cámara algo inexpresiva, mientras tenía su mano colocada sobre lo que parecía ser el lomo de un cabello de pelaje café.

    La observó por casi un minuto con rostro reflexivo, pero luego simplemente bajó la foto de nuevo a la mesa, se quitó sus lentes y respondió:

    —No, lo siento. ¿La conozco? Mi memoria ya no es lo que era antes…

    Andy suspiró un poco decepcionado, pero no derrotado.

    —Su nombre es Samara Morgan —le indicó con firmeza—. Nació hace doce años en un convento de monjas en Washington, en los Estados Unidos. Su madre era una joven sin apellido ni pasado llamada Evelyn. ¿La conoces?

    —No he estado en los Estados Unidos en mucho tiempo, Adrian —respondió Argyron, un tanto defensivo—. ¿Por qué me lo preguntas?

    —Ella está en un sanatorio mental, totalmente carente de sus facultades y de su memoria. —Se encogió de hombros mientras contemplaba al hombre delante de él, inquisitivo—. No lo sé; me sonó al tipo de cosas que Roman hacía para deshacerse de las madres que le estorbaban.

    El rostro de Argyron se frunció en una marcada expresión de molestia por tal comentario, que si acaso intentaba ser una indirecta no resultó serlo en lo absoluto. Su mirada severa se posó en él, como la había hecho hace muchos años las de Roman y Minnie Castevet, y otros varios maestros que a lo largo de su vida fueron enseñándole todo lo que ellos creían debía saber. Andy odiaba esa mirada, y ya estaba bastante lejos de necesitar que otro de esos viejos brujos se sintiera con las cualidades para reprenderlo. Pero, para bien o para mal, él era quien había ido ahí en busca de ayuda; así que decidió de momento quedarse callado.

    —Roman lleva décadas muerto —pronunció Argyron casi como una reprimenda—, y yo apenas un poco menos postrado en esta silla y encerrado entre estas paredes. Ya todos los demás han muerto también; soy el último que queda de mi amada Aquelarre. Así que tu acusación está absolutamente de más: yo no sé nada sobre esta niña o su madre. Si busca a alguien a quien acusar, te recomiendo buscarlo en otro lado; alguno de tus subordinados actuando de nuevo por su cuenta, por ejemplo.

    —Créeme, esa es mi segunda opción —indicó Andy con tranquilidad—. Pero no es necesario ponernos a la defensiva. Mi intención al venir aquí no es picar viejas heridas.

    —Eso dices, pero no pierdes oportunidad para reclamarme por lo ocurrido a esa chica, Rosemary. —Esa mención tan directa a su madre, y de manera tan despectiva, por un momento hizo flaquear el semblante calmado de Andy, pero se contuvo—. Pero no me malinterpretes. Con todos mis hermanos muertos, si volcar tu enojo en mí te satisface de alguna forma, entonces recibiré tus palabras con placer, mi señor. Pero nunca me retractaré de lo que ya he dicho: todo lo que hicimos fue por tu bien; para que cumplieras tu destino y pudieras recorrer el camino que te fue marcado. Y si tuviera que hacerlo de nuevo —golpeó en ese momento la mesa con una fuerza tal que uno no esperaría esas viejas manos aún tuvieran—, lo haría con gran placer y fidelidad a la gran causa.

    Los dedos de Andy tamborileaban sobre la superficie de la mesa mientras él hacía tan ferviente declaración. Cuando terminó, todo su semblante se veía sereno, pero sus dedos se cerraron en un puño, apretándose tan fuerte que sintió que sus dedos casi lastimaban su palma. Pero igual que antes, intentó que aquello no lo dominara.

    —Como dije, no vine a hablar de eso —musitó Andy con aparente indiferencia—. Mis asuntos son otros.

    Señaló entonces con su dedo hacia la fotografía en la mesa, intentando que la atención de su anfitrión regresara al tema inicial. Argyron volvió a mirar a la niña en la imagen, tan intrigado y confundido como si fuera de nuevo la primera vez que la veía.

    —Ya te lo dije, no sé nada al respecto —repitió Argyron, notándosele ya algo agotado; más mental que físicamente—. ¿Quién es esta niña? ¿Qué tiene de especial para ocupar tanto tu atención, mi señor?

    Andy se volteó distraído hacia un lado, en dirección al bonito jardín de la casa. Se veía que Argyron tenía a un buen jardinero dándole mantenimiento seguido. Pero lo que tenía más atraída la atención del cantante era justamente el estanque artificial, donde algunos de los patos se encontraban nadando o remojando sus cabezas. A pesar de la presencia de las aves, el agua se veía tan tranquila, y espejeaba en su superficie el cielo y las plantas que lo rodeaban. Era una bonita vista, digna de algún oleo. Sin embargo, a Andy aquello le traía otro tipo de imagen a la mente; una que distaba bastante de ese bonito paisaje.

    —Te contaré algo que no le he dicho a nadie, Argyron —dijo de pronto, volviéndose de nuevo a su anfitrión—. Ni siquiera a John. Y espero contar con tu discreción, aunque no es como que puedas hablar con demasiada gente por aquí después de todo.

    Argyron no respondió, y se limitó a sólo agachar la cabeza, aceptando sus palabras.

    Andy se cruzó de piernas, y comenzó a hablar con la misma voz clara y fluida que solía usar en sus entrevistas o discursos motivacionales. Mientras lo hacía, no miraba a su único oyente, sino que seguía viendo el estanque y los patos, que poco a poco se iban pintando de gris, y convirtiéndose justo en aquella imagen que tanto le obsesionaba en esos momentos.

    —En el año 2000, un poco antes del nacimiento de Damien, tuve una visión —indicó abruptamente, jalando en ese mismo instante toda la atención de Argyron, si es que algo de ella le hacía falta—. En ella, yo estaba parado en una playa, con arena oscura como las aguas del mar delante de mí. Todo estaba en tinieblas, pero aun así logré ver que en el agua flotaban cientos, quizás miles… de cadáveres. Hombres, mujeres, niños, ancianos; de todo tipo de razas y tamaños. Era una escena sacada del mismo Apocalipsis, o quizás de alguna pesadilla. Como fuera, al principio pensé que era sólo un aviso de lo que vendría con la próxima llegada de Damien.

    Detuvo unos momentos su narración, intentando acomodar sus ideas.

    —Pero entonces la vi… una figura, alzándose del agua, caminando hacia la orilla y hacia mí, abriéndose paso entre todos aquellos cadáveres que la flaqueaban como una guardia de honor. Era una niña, que usaba un vestido blanco y sucio, y su cabello era negro, lacio y muy largo. Caminó hacia mí encorvada, casi tocando la arena con sus manos. Yo no me moví; mi cuerpo no me respondía, como si en realidad no fuera mío. Esa niña se paró ante mí, y entonces me volteó a ver, con sus ojos nublados carentes de cualquier rastro de vida en ellos. Su rostro era deforme, arrugado y pálido. Y en verdad… sentí miedo al verlos.

    Pasó su mano nerviosa por su rostro, sorprendiéndose de que aún con tan sólo recordarlo ésta le temblaba un poco, como le había ocurrido aquella vez. Apretó su puño con fuerza para intentar mitigar aquella reacción.

    —Aquella imagen me hizo pensar en ese pasaje —prosiguió—: «Miré, y vi un caballo amarillento, y el que lo montaba llevaba como nombre Muerte, y el Infierno mismo lo seguía de cerca. Y se le dio poder sobre la cuarta parte del mundo, para matar con guerras, con hambres, con enfermedades y con las fieras de la tierra.» El Jinete de la Muerte…

    El rostro pálido y demacrado de aquel ser, envuelto en la negrura de sus largos cabellos, se volvió vivido en su mente, como si estuviera de pie en ese jardín observándolo tal y como la vio en su visión. Se había quedado tan bien grabado en su memoria, que lo recordaba con perfecta exactitud.

    —Pero supe de inmediato que no era eso, sino algo más —pronunció, virándose de nuevo hacia el hombre anciano delante de él—. Pero que igualmente cubriría al mundo de cadáveres, así como aquel mar. Nunca supe qué significaba, y con el tiempo sencillamente lo dejé pasar. Pero entonces vi esta foto —indicó mientras señalaba con su dedo a la foto de la niña en la mesa—, y justo al hacerlo toda esa visión vino a mi mente completa, como si la acabara de ver por primera vez. Ella es la niña que vi, no tengo duda alguna de ello. Y ahora parece que de alguna forma Damien y ella acaban de cruzar sus caminos, y sé que eso no es ninguna coincidencia; nada en todo este asunto lo es. Por eso necesito saber quién demonios es, para saber a qué me estoy enfrentando. No hay nadie como ella descrita en el plan trazado por Marcato, a menos que…

    Hizo en ese momento una abrupta pausa. Un pensamiento repentino le cruzó de pronto la mente, uno que quizás había remotamente considerado anteriormente, pero que en realidad no había llegado a tomar una forma completa hasta ese mismo instante.

    —A menos que sea uno de nosotros siete —señaló perplejo tras un rato.

    —Eso es imposible —respondió Argyron rápidamente, incluso irritado por la sola sugerencia.

    Era bien sabido por los integrantes de la Hermandad que había muchos secretos bien guardados que no se le compartía a todos; no serían una buena organización secreta si no fuera así. Sin embargo, ninguno de los otros secretos se comparaba a ese; uno que sólo conocían tres personas con vida, y dos de ellas estaban sentadas en esa mesa en ese momento.

    —Si no está contemplada en el Plan, no existe —declaró Argyron fervientemente, notándosele por un momento la misma intensidad y fuerza de su juventud—. O, más bien, no tiene importancia. Damien se convertirá en el único conquistador del mundo; ustedes seis serán sus cabezas, y los diez Apóstoles sus coronas. El Gran Plan así lo dice, y debe seguirse paso a paso. Las distracciones, todas ellas, deben ser eliminadas.

    —Lo sé, el Plan, el Gran Plan… —masculló Andy, un tanto encrespado. Se inclinó entonces un poco hacia el magnate, contemplándolo muy fijamente—. Pero, ¿y si el plan ha cambiado?

    Aquel cuestionamiento flotó en el aire a su alrededor como una amenaza latente. Argyron lo contempló en silencio, sin reaccionar abiertamente de alguna forma.

    —Marcato recibió estas instrucciones ya hace más de un siglo —explicó Andy—. Hemos pasado años siguiendo sus palabras, convencidos de que era el único camino y lo que nuestro Amo deseaba; lo que mi Padre deseaba. ¿Y si el plan cambió? ¿Y si las fuerzas que controlan todo esto han decidido cambiar el rumbo de lo que vendrá? ¿Y si esta niña es el inicio de algo mucho más grande que no teníamos contemplado?

    —Si ese fuera el caso, una señal nos habría sido enviada —contestó Argyron, con una seguridad bastante insólita—. Una señal mucho más clara que tu visión tan ambigua.

    —Quizás sí la hubo, pero no la vimos por estar perdidos en nuestra arrogancia…

    —El Plan debe seguir tal y como fue dictado —declaró Argyron, con la misma firmeza que usaría un juez al dictaminar su sentencia final—. Quien quiera que sea esta niña, no es importante. Si representa un peligro o una distracción, elimínala cuanto antes y asegúrate de que Damien y los otros sigan adelante como hasta ahora. Esa es tu misión en este mundo, mi señor. ¡Cúmplela!

    Andy suspiró pesadamente, frustrado y resignado por igual. Fue bastante evidente que el hombre griego no sabía absolutamente nada que le pudiera ser de utilidad. Y si acaso sabía algo, muy probablemente no lo sacaría de esa postura. Lo que en esencia hacía toda es plática, por no decir el viaje entero, una verdadera pérdida de tiempo. Y lo peor era que si Argyron Stavropoulos no podía darle la información que requería, no había nadie más que pudiera dársela; nadie con vida, al menos.

    —Como siempre hablar con uno de ustedes, viejos brujos, resulta refrescante —musitó Andy casi como un reclamo, parándose de su silla con algo de pereza y tomando de regreso la foto—. Gracias por nada, Argyron…

    Dicho eso, se dispuso a irse de ese sitio sin mayor despedida. Sin embargo, Andy sintió de pronto que una mano huesuda y temblorosa se aferraba a su brazo lo más firme que le era posible. Al virarse, pudo ver a Argyron, estirado lo más posible para poder tomarlo. Un movimiento que a todas luces parecía haber requerido bastante esfuerzo de su parte.

    —Espera, por favor... —musitó el anciano, suplicante—. Déjame verlos, te lo imploro. Yo sé que no me queda mucho tiempo, y quiero verlos una última vez antes de partir. Quiero sentir a mi Amo mirándome como aquella primera vez...

    Andy lo contempló en silencio, inmutable ante su petición. Él entendió de inmediato lo que quería, pues no era el primero que lo hacía. Después de todo, Roman siempre dijo que él tenía los ojos de su padre, y por eso muchos se maravillaban con ellos. Pero no esos ojos color avellana que todo el mundo conocía, sino los otros; sus ojos reales, más similares a los de una bestia voraz. Para él no sería ningún problema hacerlo y cumplirle ese pequeño e insignificante deseo. Sin embargo, lo cierto era que no sentía interés alguno en complacerlo. Quizás si le hubiera dicho algo útil o remotamente interesante lo consideraría, pero incluso entonces era probable que no lo hiciera.

    Él ya no le debía nada a ese hombre ni a su maldita Aquelarre.

    —No es un lugar apropiado para eso, lo siento —se disculpó con falso pesar, soltándose de un jalón de su mano—. Quizás la siguiente vez, ¿sí?

    Esbozó entonces una sonrisa un tanto cínica, pues ambos sabían que quizás no habría una siguiente vez.

    —Apropósito, hice este viaje de forma repentina, y tuve que cancelar algunos compromisos. Cuando me pregunten al respecto, mi coartada será que mi querido amigo y benefactor, Argyron Stavropoulos, estaba delicado de salud y quise venir a verlo. Así que si hablas con alguien de esto, intenta poner tu mejor cara enferma y moribunda, ¿quieres? Aunque, por lo que veo, no te resultará tan difícil.

    Antes de que Argyron pudiera darle forma en su cabeza a alguna respuesta, o algún otro tipo de súplica para convencerlo de su petición anterior, Andy se dirigió tranquilamente al interior de la casa, con sus manos en su bolsillo, mientras silbaba la tonada de su canción La Balada de las Estrellas como despedida.

    — — — —​

    Andy tenía deseos de irse en ese mismo momento de Grecia y dejar atrás esa inútil experiencia. Sin embargo, retirarse tan rápido de regreso a los Estados Unidos sería demasiado sospechoso, en especial si se suponía que estaba ahí porque estaba muy preocupado por su querido amigo. Tendría que esperar al menos una noche más, y tomar un avión mañana al mediodía. Para ese entonces de seguro Lyons ya se habría también enterado de su escapada, pero esperaba que la misma excusa que usaría con todos los demás le funcionara con él. O, ¿sería mejor compartir con su viejo amigo su preocupación? No sabía cómo lo tomaría, pero ciertamente en ese momento parecía la única persona a la que podría confiárselo. Y eso lo hacía darse cuenta de lo realmente solo que se encontraba en realidad.

    Saliendo de la casa de Argyron, el vehículo privado que contrató se encargó de llevarlo a su hotel, un lujoso sitio de cinco estrellas con una hermosa vista a la Acrópolis. En otras circunstancias Andy podría incluso disfrutar de esa pequeña escapada de sus obligaciones, pero eso era tener demasiadas expectativas.

    Pasó el resto de la tarde en su habitación, meditando un poco e intentando aclarar su mente. Se atrevió incluso a pedirle algo de claridad a su padre, o que le mandara algún tipo de señal sobre lo que se suponía debía hacer. A veces Él le respondía, otras veces no. En esa ocasión, en efecto no hubo ninguna respuesta, ni siquiera una sutil. Aquello le frustraba tanto que de no haberse contenido quizás habría roto una o dos cosas de esa costosa habitación de hotel.

    Un arrebato como ese no hubiera sido muy propio de un Hijo de la Luz.

    Cuando se hizo de noche, decidió subir al restaurante-bar en la azotea para tomar un par de tragos, y quizás cenar algo si le apetecía. Esa sería su última noche antes de volver a la realidad, así que era mejor que la aprovechara de alguna forma. Al llegar, el hombre que atendía en la entrada lo reconoció de inmediato, muy diferente a otros con los que se había cruzado y que sólo lo miraban dudosos de si era él o no. Igual éste logró mantener la calma, quizás ya muy acostumbrado a ver celebridades en esos lares.

    —Su mesa, señor Woodhouse —le indicó el mesero, guiándolo hacia una mesa ya preparada en la terraza, desde la cual la vista de la Acrópolis iluminada de noche era aún más espectacular.

    —Gracias —murmuró Andy despacio, y se sentó en una de las únicas dos sillas de la mesa. El mesero le dejó un menú de cenas, así como la de los tragos, pero de momento no les puso demasiada atención.

    El mesero se retiró, y él se quedó mirando fijamente a la vista; no sólo la Acrópolis, sino toda la ciudad.

    Su mente divagó un poco sobre cómo ese escenario se había transformado tanto en esos miles de años. Cómo ahí se había erguido una de las ciudades más impresionantes del mundo occidental, aún muchísimo antes de que existiera su querido New York. Y aún después de todo el tiempo que ha pasado aún seguían esos antiguos vestigios de esa antigua ciudad, siendo aún objeto de admiración por todos sus visitantes.

    ¿Qué sería de todas las grandes ciudad actuales una vez que lo que tenía que pasar, pasara? ¿Qué sería de New York, Londres, Paris, Tokio, Sídney, y tantas más cuando ese mundo acabe al fin, para darle paso al nuevo? ¿Serían las ruinas de estas civilizaciones adoradas y admiradas por los habitantes del nuevo mundo?, ¿o sería todo borrado por completo y serían sólo historias y leyendas que nadie sabrá si fueron reales o no?

    Una noche para filosofar, al parecer. Aunque, cuando tienes el contador del Apocalipsis en tu muñeca, todas las noches son buenas para filosofar.

    Aquellos pensamientos comenzaban a sonar como una buena letra para una canción. Pero, aunque la escribiera, dudaba mucho de poder hacerla pública. Ese tipo de ideas, un tanto depresivas de seguro para algunos, no era el tipo de cosas que la gente esperaba oír de Andy Woodhouse, el señor optimismo, amor y paz. Si tan sólo esos idiotas supieran…

    —¿Le molesta si lo acompaño, señor Woodhouse? —Escuchó una voz murmurando justo delante de él, y eso lo sacudió y sacó abruptamente de sus pensamientos tan profundos.

    Al virarse hacia enfrente de su mesa, Andy se quedó casi atónito al ver a la exuberante mujer que se encontraba ahí de pie. Enfundada en un ajustado vestido rojo carmesí que dibujaba a la perfección su figura, y dejaba a la vista lo necesario de sus largas piernas con medias oscuras. El vestido tenía además un generoso escote en “v” que ofrecía una sugerente vista de su busto, para nada desmerecedor. Sobre los hombros portaba además un abrigo ligero color negro.

    El cabello de la mujer era totalmente oscuro y ondulado, suelto libremente sobre sus hombros y espalda. Y quizás lo más llamativo de todo el conjunto eran sus labios, de un rojo intenso y que en ese momento dibujaban una cautivadora y sagaz sonrisa, y hacían juego perfecto con esos profundos y seductores ojos cafés oscuros. Y aún a pesar de todo esto, lo que realmente dejó impresionado a Andy, y le impidió reaccionar por unos segundos, fue otra cosa: que él ya conocía a esa mujer, y la conocía muy bien.

    —Ann Thorn —murmuró el cantante una vez que logró recuperarse de la sorpresa—. Cuánto tiempo. —Extendió entonces una mano hacia la silla delante de él, ofreciéndosela, y ella la aceptó sin protestar—. Siempre tan cautivadora.

    —Lo mismo digo —le respondió Ann mientras se retiraba su abrigo, dejando a la vista sus hombros y brazos descubiertos. Dejó el abrigo sobre el respaldo de la silla y tomó asiento, cruzando las piernas—. El tiempo no pasa sobre ti, Adrian; tú pasas sobre el tiempo, ¿cierto?

    Andy sonrió complacido por el cumplido, y simplemente se encogió de hombros.

    —¿Puedo preguntar qué trae a la presidenta de Thorn Industries a Grecia? Y no intentes convencerme de que esto es una coincidencia.

    —Más o menos sí lo es. Tenía unos asuntos de negocio en Londres, y cuando me enteré que venías para acá me dije: ¿por qué no desviarme un poco para saludar?

    —Eso fue más que desviarte un poco —bromeó Andy, y justo después se permitió echar de nuevo un no muy disimulado vistazo al atuendo de la mujer—. ¿Y acaso traías ese vestido en tu maleta para tus asuntos de negocios?

    —¿Te gusta?

    —Creo que me trae algunos recuerdos.

    El mismo mesero de antes se aproximó de nuevo, con otro menú para la repentina invitada de la mesa del señor Woodhouse.

    —Gracias —confirmó Ann, tomando el menú.

    —Dennos un poco más de tiempo para ordenar, por favor —pidió Andy, y el mesero sólo asintió y se retiró de nuevo.

    —¿No es gracioso? —Murmuró Ann de pronto, mientras le echaba un vistazo al menú—. Vivimos a un par de horas en avión el uno del otro, y aun así tenemos que venir al otro lado del mundo para poder vernos en paz.

    —Por mí está bien así —respondió Andy, encogiéndose de hombros—. Lejos de los ojos curiosos de Lyons, Damien, y de todo el hecatombe que me enteré se está gestando por allá. Porque de eso quieres hablar, ¿no es cierto? No creo que hayas hecho ese pequeño desvío sólo para una charla casual. ¿O sí?

    Ann lo miró de reojo por encima de la orilla de la carta, de forma astuta. Cerró entonces el menú y lo colocó en la mesa a su lado para que pudieran verse frente a frente sin interrupciones.

    —De entrada, quería preguntarte si aún tengo mi empleo.

    —No sabía que tenía tantas acciones de Thorn Industries como para decir quién es su presidente —respondió Andy con humor, aunque Ann no pareció compartir el sentimiento—. Si lo dices por Lyons, no te preocupes. Sabes muy bien que no dejaría que ese viejo te pusiera una mano encima.

    —Ese privilegio te lo reservas sólo para ti, supongo —señaló Ann con un poco discreto tono de coqueteo—. Pero además de mí, hablaron de Damien, ¿no es cierto? Y justo después de esto corriste para acá. ¿Por qué?

    —Vine a ver a un viejo amigo. Eso es todo.

    —Todo lo que estás dispuesto a compartir, supongo.

    —Bueno, te comparto más si tú me dices cuál es ese negocio que te llevó a Londres tan repentinamente.

    El rostro de Ann se quedó calmado, y sus labios rojos continuaron sonriendo como si nada pasara. Sin embargo, Andy logró notar que debajo de toda esa calma, se asomaba un pequeño rastro de incomodidad ante su pregunta.

    La empresaria notó entonces por encima del hombro de Andy que el mesero se aproximaba de nuevo a la mesa.

    Touché —murmuró despacio, y volvió entonces a alzar su carta—. Supongo que es justo guardarnos nuestros respectivos secretos.

    El mesero se paró a lado de la mesa antes de que Andy objetara cualquier cosa. Ann pidió una margarita, mientras Andy pidió lo primero que leyó de la carta de tragos, aunque lo olvidaría prácticamente un minuto después, y pidió que se le cargara todo a su habitación. El mesero se retiró, dejándoles un menú por si deseaban pedir algo más tarde.

    Una melodía comenzó a sonar desde la pequeña pista de baile, ubicada a unos metros ahí mismo en la terraza. Un grupo se había colocado en un costado; un teclado, un saxofón, una guitarra, un bajo, una batería, y una cantante. Ésta última invitaba por el micrófono a los presentes a pasar a bailar aquella melodía lenta que comenzaba a sonar. La mayoría estaba ahí para comer y disfrutar de la vista, pero un par de parejas sí se permitieron el gusto, y avanzaron muy juntos el uno al otro a la pista.

    Ann y Andy contemplaban aquello en silencio.

    —¿Quieres bailar? —Preguntó el cantante tras un rato de estar escuchando la canción—. ¿Cómo en los viejos tiempos?

    —Viejos para ti —respondió Ann, juguetona—. Para mí son bastante recientes.

    Pese a su respuesta, Ann fue la que se paró primero, y Andy la siguió. Él le ofreció su brazo, y ella se sostuvo de éste. Mientras avanzaban uno a lado del otro hacia la pista, oyeron como algunos de los otros comensales murmuraban entre ellos si acaso aquel hombre era Andy Woodhouse, pero muchos parecieron descartar tan posibilidad de inmediato; otros no tanto.

    Una vez en el área de baile, Andy colocó su mano derecha en la cadera de su compañera, y lentamente la deslizó por la suave tela de su vestido, hasta su espalda. Acercó su cuerpo al de ella, hasta casi pegarse por completo, mientras la contemplaba con sus falsos ojos avellana, fijos en los oscuros de ella. Ann también lo miraba. Ella posó su mano izquierda delicadamente sobre el pecho de él, y ambos entrelazaron los dedos de sus manos libres. Y en esa posición, tan cerca y sumidos en la mirada del otro, comenzaron a mecerse lentamente al ritmo de aquella música. Ninguno tuvo que decir o dar alguna instrucción; todo se dio de manera natural, tan natural como el flujo de un río.

    Fuera o no aquel hombre el famoso cantante y actor Andy Woodhouse, o ella la presidenta de la multinacional Thorn Industries Ann Thorn, ante los ojos de todos los que los miraban no había duda de que eran una muy hermosa y enamorada pareja.

    —¿A dónde se va el tiempo, Adrian? —Musitó Ann despacio, casi como un lamento nostálgico—. ¿Hace cuánto estábamos los dos bailando justo así en Florencia? Yo usando un vestido rojo como éste, pero mucho más ajustado y escotado. Ese que te gustaba tanto, ¿lo recuerdas? Yo sé que sí, porque ese fue el recuerdo que te vino al verme, ¿cierto?

    La sonrisa de la empresaria se ensanchó aún más, tomando una postura incluso un poco cínica que a Andy desconcertó un poco.

    —¿Sabes qué recuerdo más yo sobre ese vestido? —De pronto, la mano que Ann tenía entrelazada con la él, se apretó con fuerza, llegando a causarle algo de dolor que el cantante intentó disimular—. Lo que más recuerdo es como Baylock me lo rasgó, me desnudó enfrente de sus discípulos, y me azotó con su maldita vara una y otra vez hasta que le dijera quién era el padre de mi bebé. Y todo eso con tu anuencia, ¿no es cierto?

    Andy zarandeó su mano, librándose de ese molesto agarre. Miró a su alrededor disimuladamente, esperando que nadie hubiera notado eso, y así parecía ser. Colocó entonces ambas manos en la cintura de la mujer para disimular, y Ann hizo lo propio rodeando delicadamente su cuello, y continuaron con el baile.

    —¿A qué viene ese absurdo reclamo de nuevo? —masculló Andy, molesto—. Sabes muy bien que las cosas no fueron así. Yo mandé a Lyons a sacarte de ahí…

    —Algo tarde —señaló Ann, sonriente pero cortante—. Supongo que él también quería que probara un poco de humillación primero, ¿verdad? Para que aprendiera la lección.

    —¿A eso viniste hasta aquí?, ¿a recordar viejas heridas? —Andy soltó entonces una risilla irónica—. Esto me gano por querer defenderte.

    —¿Defenderme? —Masculló Ann casi ofendida, y entonces hizo que sus manos jalaran su cuello con rudeza hacia ella, como si quisiera besarlo, aunque en realidad lo volvía a lastimar como antes, incluso atreviéndose a presionar sus uñas contra su nuca—. ¿Cuándo me has defendido? —Susurró agresiva sobre sus labios—. ¿Cuándo has realmente metido las manos al fuego por mí, o por nuestra… hija…?

    Aquellas palabras se entremezclaron con la melodía, y flotaron a su alrededor como hojas alzadas por el viento.

    Esa era la verdad que Agatha Baylock tanto le quiso sacar a golpes aquella noche, y que ni siquiera la propia Verónica sabía aún.

    A sus veinticuatro años, cuando Ann trabajaba en Florencia para la Hermandad bajo el cuidado de Baylock y Spiletto, conoció a Adrian y ambos no tardaron mucho en comenzaron una relación a escondidas. Relación que dio lugar a un embarazo, posteriormente al nacimiento a escondidas de su hija en ese hospital de monjas en Marsala, y a todo lo que siguió después. Para la ingenua y leal jovencita, aquello había sido su primer gran amor. Para Adrian… sólo él sabía qué había sido para él.

    Andy alzó en ese momento su mano derecha, colocándola en el cuello de Ann, apretándolo un poco entre sus dedos. Ya no había ternura alguna en sus falsos ojos avellana, sino sólo enojo.

    —Estás haciendo una escena, Ann —le advirtió secamente—. No me obligues…

    —¿A qué? —Soltó Anna, retadora—. ¿Me matarás aquí mismo? A Lyons le encantaría que lo hicieras, así que anda; complace a tu perro más fiel. Será un grandioso encabezado para los periódicos de mañana: «El famoso Andy Woodhouse estrangula a la CEO de Thorn Industries enfrente de decenas de comensales.» Esa sí será una escena.

    Por unos segundos ambos permanecieron justo en la misma posición, sin moverse ni dejar de mirar al otro como si fuera un duelo de miradas. La mano de Andy se tensaba sobre el cuello de Ann, y él sintió que si acaso apretaba sólo un poco más, en verdad podría matarla justo como ella lo estaba pidiendo. Y una parte de él quería hacerlo. La misma frustración que le había invadido esa tarde y que casi lo obligaba a destruir su habitación, aún pedía ser liberada. Y era como si Ann se estuviera ofreciendo a sí misma a ser ese escape.

    Pero no lo haría, por supuesto que no. No sólo porque sería una completa estupidez hacerlo ahí mismo, sino que justo como Ann confiaba tanto, él no sería capaz de matarla con sus propias manos y mirándola a los ojos; a ella no.

    Justo cuando la canción que sonaba terminó, Adrian apartó rápidamente su mano de su cuello, y retrocedió un paso, rompiendo ese doloroso abrazo. Para seguir aparentando, volvió ofrecerle su brazo a su compañera de baile, y ésta de nuevo lo aceptó. Ambos salieron de la pista en absoluto silencio, y evidentemente menos cariñosos que hace un momento. Sin embargo, no se dirigieron a su mesa, a pesar de que sus tragos ya estaban ahí. En lugar de eso, Andy los dirigió hasta una parte más apartada de la terraza, especial para fumadores pero que en esos momentos se encontraba sola.

    Ambos se aproximaron al barandal de cristal, y se pararon ahí dándole la espalda al resto del restaurante, y teniendo de frente a la Acrópolis iluminada.

    —Sabes muy bien porque se hizo lo que se hizo en aquel entonces —musitó Adrian con su vista fija al frente, rompiendo al fin el silencio—. Baylock y Spiletto habían comenzado a crear división entre nosotros, y cuestionaban mi liderazgo. Si sabían la verdad, las habrían usado a ti y a la bebé en mi contra, o aún peor. Por eso, de haber intervenido yo directamente a defenderte, hubiera levantado bastante sospechosas. Es por eso que John tuvo que encargarse.

    —Todo sea por defender tu corona, ¿cierto? —señaló Ann, punzante—. Y por ese propósito nos dejaste en manos de Lyons, aun sabiendo que si la decisión hubiera recaído en él nos hubiera tirado en el primer barranco que encontrara para así librarse del problema. Supongo que sólo no lo hizo porque temía enojarte, pensando ingenuamente que a pesar de todo defenderías a tu hija.

    —¿Insinúas que no lo hice?

    —Insinúo que ella es tu sangre, y aun así permitiste que la arrancaran de mí. Y en su lugar tienes viviendo contigo a ese niño, que ve tú a saber quién es su madre… Mientras tanto, tu verdadera hija pasó toda su niñez sin saber quiénes eran sus verdaderos padres; quién era yo.

    —No metas a Sebastian en esto —señaló Adrian con dureza—. No tienes ni idea de lo que estás hablando, y no voy a tolerar más reclamos de tu parte; no sobre este tema. La sangre es mucho más valiosa para mí de lo que crees.

    Ann lo observó rígidamente, con esa desconfianza y frialdad que le daban una presencia tan fuerte que a muchos otros había logrado amedrentar. Pero no a Andy Woodhouse. Había bastante historia entre ambos como para que él se doblara como otros. Y, en realidad, ella no deseaba tal cosa.

    —¿Y yo? —Musitó con firmeza, y entonces se pegó más contra él, presionando su esbelto cuerpo—. ¿Qué tan valiosa soy para ti? ¿Qué significó yo para ti ahora?

    Andy la miró, desconcertado.

    —¿Qué crees que estás haciendo? ¿Ahora que Damien te dio la espalda vienes buscando refugio y protección en mí? ¿O crees acaso que puedo hacer que él vuelva a confiar en ti?

    Ann volvió a sonreír, irónica.

    —¿Me crees capaz de hacer algo como eso? ¿De manipular al Líder Supremo de la Hermandad de los Discípulos de la Guardia para mi propio beneficio? Sólo soy una chiquilla ingenua, con una cara bonita para seducir millonarios y ser la madrastra buena, ¿recuerdas?

    —Por supuesto que no —declaró Andy con seguridad—. Tú sabes que siempre has sido mucho más, incluso cuando estuvimos juntos.

    —¿Eso piensas? Entonces demuéstramelo. —Ann pegó aún más su cuerpo contra él, colocando además sus manos sobre su pecho. Sus ojos además mostraban una palpable añoranza que Andy sintió de inmediato que era sólo por él—. Dame mi lugar, el que me gané no por haberme acostado contigo o con Robert Thorn, o por haber sido la niñera de Damien todos estos años; sino el que me merezco por todo mi trabajo, mi lealtad… y mi fe.

    Las manos de Ann subieron lentamente del pecho de Adrian, hasta rodear de nuevo su cuello, ahora con bastante más suavidad que hace unos momentos. Las manos de éste, por su parte, rodearon sin espera la cintura de ella, sin que fuera del todo consciente de que lo estaba haciendo, casi como si éstas se hubieran movido solas.

    —Tú no has cambiado nada, ¿cierto? —Susurró el cantante muy cerca de los labios de la mujer, y ella le respondió justo de la misma forma:

    —Te equivocas. Ahora soy mucho mejor…

    Y fue Ann la que extendió su rostro hacia el suyo, rompiendo esa pequeña distancia que los separaba y así fundirse en ese apasionado beso que se había hecho esperar toda la noche. O, más bien, se había hecho esperar veinte largos años… Andy le correspondió su beso sin siquiera vacilar, y ambos desbordaron en cada roce el ardor acumulado que guardaban.

    Volverían a la mesa únicamente por el bolso y el abrigo de Ann, pero no tocarían los tragos en lo absoluto. En lugar de eso, ambos se dirigirían directo al cuarto Andy, sin escalas y sin apartarse ni un poco el uno del otro en todo camino.

    — — — —​

    Argyron Stavropoulos pidió que lo llevaran a su estudio un rato antes de acostarse. Solicitó además que le encendieran la chimenea, colocaran su silla de ruedas cerca del fuego, le dispusieran su mejor botella de whiskey en la mesita a su lado, y lo dejaran solo. Estando ahí, alumbrado únicamente por la luz ferviente de las llamas, muchas cosas pasaban por la mente del viejo satanista.

    La visita de Adrian lo dejó bastante desconcertado. Y no sólo por su actitud hacia él o sus palabras condescendientes, sino por el motivo que lo había llevado a buscarlo después de tantos años. A pesar de que había hecho el intento de restarle casi por completo la importancia a su dichosa visión, la verdad era que sí le había causado cierta incertidumbre, por decirlo menos.

    No le había mentido en lo absoluto. En efecto no sabía quién era esa niña, y no tenía conocimiento alguno de qué papel podría tener en todo eso. Pero esa visión que Adrian le había descrito, el mar lleno de cadáveres, y ese ser emergiendo de las aguas… No podía quitarse la imagen de su mente, como si él mismo lo hubiera visto.

    Y las cosas que había dicho, sobre si el Plan había cambiado. Era imposible, ¿cierto? Todo lo que habían hecho ese tiempo había sido siguiendo las instrucciones detalladas que se les habían sido entregadas, con la promesa de que si hacían exactamente lo que dicho plan describía, harían que el mundo entero cambiara a su voluntad, y obtendrían innumerables recompensas.

    El Plan no podría haber cambiado; ¿por qué motivo lo haría?, ¿por qué en ese momento? No, simplemente era inconcebible. Todos esos sacrificios, todas esas vidas, todas esas atrocidades cometidas… no podían haber sido en vano…

    Extendió su mano temblorosa hacia la botella a su lado para servirse un trago en su vaso. Logró destaparla y alzarla, pero cuando estaba sirviendo el licor, sus dedos le fallaron, soltando la botella que chocó contra la mesa, y luego cayó a sus pies. No se rompió, pero empezó a soltar el líquido opaco a borbotes, empapando la alfombra.

    —Maldita sea —soltó molesto, y bastante frustrado. Cerró unos momentos los ojos como si se lamentara, y entonces pasó a estirarse lo mejor que su estado le permitía para así recoger la botella. Sus dedos acababan de rozar la superficie lisa de vidrio, cuando entonces la escuchó.

    —Incluso en tus últimos momentos, a mí me sigues pareciendo apuesto, Argyron —murmuró una voz intrusa ahí mismo en su estudio.

    Argyron se incorporó rápidamente, un tanto asustado. Al hacerlo, distinguió de inmediato la figura de una persona, sentada en la silla a su lado, alumbrada también por la luz anaranjada de la chimenea. Era una mujer de cabello castaño corto y ojos azules, que en esos momentos resplandecían con el fulgor de la luz del fuego, y ataviada en un vestido largo color blanco. Aquella intrusa le sonreía de forma astuta y divertida, sentada cómodamente en su sillón individual de respaldo alto, con sus piernas cruzadas.

    —¿Quién eres tú? —Cuestionó Argyron alarmado mirando hacia la puerta, sintiendo el deseo de gritar por ayuda o incluso intentar dirigir su silla a su escritorio donde según recordaba aún guardaba su vieja arma de fuego.

    —¿No me reconoces? —le cuestionó la extraña con tono burlón—. Supongo que es lógico. Pero si no te gusta mi apariencia actual, descuida; la cambiaré dentro de poco.

    Al escuchar esa última afirmación, Argyron se viró de nuevo hacia ella, un tanto perplejo. Y sorprendentemente mientras más la miraba, más familiar se le hacía. Pero no por su rostro en general, que estaba seguro nunca antes haber visto; sino por sus ojos y esa casi prepotente sonrisa… que él sí estaba casi seguro que conocía.

    Y la revelación vino abruptamente a él como un golpe.

    —¿Maestra…? —susurró totalmente atónito.

    —Ya me reconociste, excelente —señaló la mujer con aparente alegría.

    La extraña (o quizás no tanto) extendió su mano hacia el vaso que seguía sobre la mesita entre ellos, posando sus dedos sobre la orilla de éste. Y ante la mirada aún estupefacta de Argyron, el vaso se comenzó a llenar poco a poco hasta la mitad, como si la botella, ahora casi por completo vacía a sus pies, lo estuviera sirviendo.

    —Bebe, anda —le indicó la mujer, una vez que el vaso estuvo servido—. Tu mano ya no te temblará por este rato.

    Argyron alzó su mano y la observó detenidamente, notando sorprendido que en efecto no temblaba; se mantenía firme, como hacía años no lograba estar. Tomó el vaso con ella, y sus dedos lo sujetaron con estabilidad. ¿Era acaso todo eso algún tipo de sueño?

    —En estos momentos me llamo Gema —escuchó que la mujer murmuraba en ese momento, llamando por un momento su atención de nuevo—. Sólo por si te interesa saberlo.

    Argyron no respondió nada, si es que acaso se suponía que debía. En su lugar acercó el vaso a sus labios y dio un largo trago de whiskey. Saboreó el licor en su boca y posteriormente en su garganta. Si aquello era un sueño, el sabor de su mejor botella ciertamente se sentía muy real.

    —Adrian siempre ha sido muy astuto, ¿cierto? —Comentó Gema abruptamente, mientras contemplaba pensativa al fuego—. Debe ser por sus genes privilegiados, ¿no crees? Como sea, sus corazonadas son ciertas: el Plan ha cambiado, y la niña es la clave.

    Aquello retumbó en la mente de Argyron con fuerza, y casi lo hizo soltar su vaso.

    —¿Qué? —Exclamó confundido, mirado a su intrusa en busca de algún otro tipo de explicación. Ésta seguía contemplando la hoguera en la chimenea, fascinada por el brillo y el movimiento del fuego.

    —Me temo que este mundo se ha ido por un camino inesperado, y nuevas fuerzas han entrado al juego por el control de éste. Las cosas necesitan cambiar para garantizar nuestro éxito, y a veces el mejor cambio es un borrón y cuenta nueva. Por lo tanto, dentro de poco, Adrian y su querida Hermandad ya no serán necesarios.

    El fuego saltó abruptamente tras esa última declaración, que casi se hizo resonar como amenaza latente. Argyron se sobresaltó un poco asustado por ese cambio repentino, y al virarse de nuevo a la silla a su lado, se sorprendió al verla completamente vacía. Cuando comenzaba a creer que quizás todo había sido algún tipo de alucinación, sintió entonces una mano posándose justo sobre su hombro derecho.

    Gema estaba ahora justo detrás de él.

    —Damien cree que está actuando por su libre albedrío y propia voluntad —susurró la mujer despacio, colocando su rostro al costado del de Argyron—. Pero la verdad es que no. Incluso en estos momentos, con esta pequeña rebelión suya, está cumpliendo la voluntad de nuestro Señor. Y yo estoy aquí para encargarme de que eso siga así… como lo he hecho por los últimos trescientos ochenta y siete años…

    —¿Qué es lo que pasará? —Cuestionó Argyron, nervioso—. ¿Qué es esa niña…?

    —Nada de eso debe preocuparte más, Argyron. Tú ya has cumplido con tu deber en esta tierra. Has sido un leal sirviente hasta el final, y es hora de que obtengas tu recompensa.

    —¿Recompensa?

    Las suaves manos de Gema se posaron desde atrás en las mejillas del rostro desgastado del magnate, e hizo que mirara atentamente al fuego de la chimenea, y nada más.

    —Anda —susurraba Gema con mucha suavidad mientras lo sujetaba—, ve gustoso, que nuestro Amo te espera con sus brazos abiertos para recibirte con todos los honores. Roman, Minnie, Guy y los otros aguardan por ti también; ¿puedes oírlos llamarte?

    Argyron se sintió abstraído en el fuego, y en el armonioso sonido de la voz de aquella mujer que ejercía un efecto relajante en él. Poco a poco sintió que le invadía un sueño muy pesado, y que sus ojos iban cediendo a él.

    —Cierra ya tus ojos, mi valiente soldado —añadió Gema como palabras finales, colocando una mano sobre su frente, y bajándola lentamente por sus ojos hasta su nariz.

    La mano de Argyron colgó abruptamente hacia un lado, dejando caer el vaso y todo lo que quedaba de whiskey en él. Un segundo después, la cabeza de Argyron se inclinó por completo al frente, apoyando su mentón contra su pecho. Su respiración se cortó abruptamente al mismo tiempo, y su corazón se detuvo sólo un segundo después.

    Para ese momento, Gema había desaparecido por completo de aquel cuarto.

    — — — —​

    Mientras en Atenas era ya entrada la noche, en New York apenas era la mitad de la tarde. Sebastian Woohouse, el hijo adoptivo de Andy, ya había llegado hacía un rato de la escuela, y se encontraba en la sala realizando su tarea como siempre. En la cocina, Gilda se encontraba preparándole un almuerzo, mientras Miriam estaba en la habitación de Rosemary velando como siempre su sueño. Todo se sentía bastante normal; incluso la ausencia de Andy se percibía casi como algo habitual.

    Pero mientras se encontraba sumido en la resolución de alguno de los problemas más complejos de su libro de matemáticas, el pequeño Sebastian tuvo una extraña sensación que le recorrió su nuca. Algo que, ciertamente, no se sentía tan normal como todo lo demás.

    Alzó lentamente su rostro del libro, y miró confundido a su alrededor, como si esperara ver algo o alguien ahí con él que tuviera algo que decirle. No vio nada, pero la sensación no desapareció. Se paró y avanzó cuidadoso hacia la cocina. Se paró en la puerta, y vio la espalda de Gilda, de pie frente a la estufa mientras cocinaba y canturreaba alguna melodía en ruso. No le pareció que era ahí de donde lo llamaban.

    Se fue de la cocina y avanzó ahora por el pasillo, en dirección a la habitación de Rosemary. Al aparecerse en la puerta, vio a Miriam sentada en la silla, con su celular en una mano y los audífonos conectados a éste en sus oídos. Cabeceaba ligeramente de seguro al ritmo de la canción que escuchaba, mientras escribía en la pantalla. Definitivamente no era ella quien le estaba hablando.

    Se aproximó cauteloso a la camilla médica, parándose justo delante los pies. Sólo hasta ese momento Miriam se volvió consciente de su presencia, y rápidamente se retiró sus audífonos.

    —¿Sebastian?, ¿qué pasa, amigo? —Le preguntó curiosa, pues no era habitual que él entrara a esa habitación.

    El niño no le respondió, pues su atención estaba puesta enteramente en la mujer en la camilla, en su rostro quieto y dormido, en sus cabellos grisáceos, y los pitidos que hacían de vez en cuando los aparatos a lo que estaba conectada.

    Un beep

    Dos beeps

    Tres beeps

    Nadie lo sabría jamás, pero el cuarto beep ocurrió en el instante justo en el que, a muchos kilómetros de ahí, el corazón de Argyron Stavropoulos se detenía. Y un segundo después, el hecho anormal que Sebastian tanto buscaba ocurrió.

    Los ojos de Rosemary se abrieron abruptamente en ese momento, y su boca jaló una larga bocanada de aire seguida de algunos pequeños tosidos secos.

    —¡Santo Dios! —Exclamó Miriam espantada, parándose de un salto de silla. Sebestian, igualmente retrocedió un poco, impresionado por ese cambio tan repentino.

    Rosemary tosió un par de veces más, hasta lograr calmarse. Sus ojos azulados miraron nerviosos y perdidos a su alrededor.

    —¿Dónde estoy? —Preguntó adormilada, pero aun así algo asustada. Su voz sonaba clara y dulce.

    —Espere, no se mueva por favor —indicó Miriam, sobreponiéndose a su impresión inicial para acercársele y tomar sus signos vitales—. ¿Puede oírme? ¿Me entiende? ¿Siente algún dolor o molestia?

    Rosemary la oía, pero no respondió ninguno de sus cuestionamientos. Seguía mirando a todos lados, intentando identificar algo conocido. Sus ojos se centraron en el niño a los pies de su cama, que observaba todo en silencio.

    —¿Andy? —Exclamó la mujer con emoción, e intentó de pronto sentarse, pero la debilidad de su cuerpo no se lo permitió.

    —No lo haga —le indició Miriam, haciendo que se volviera a recostar—. No se mueva, Sra. Woodhouse, por favor. Está bien, está a salvo. Éste es el departamento de su hijo. Ha estado en coma por cuarenta años, pero se encuentra bien. ¿Entiende lo que le digo?

    Sí, Rosemary le entendía, pero a su vez no. Su mente divagaba y se perdía sin rumbo. ¿Departamento de su hijo?, ¿en coma? ¿Qué había pasado? ¿Cómo había llegado ahí?

    Miró de nuevo al niño a sus pies, y cuando lo contempló con más cuidado se dio cuenta que en efecto no era quien ella creía, aunque sí se le parecía.

    —¿Quién eres tú…? —Murmuró despacio—. ¿Dónde está mi hijo? ¿Dónde está mi bebé…?

    FIN DEL CAPÍTULO 87

    Notas del Autor:

    —El personaje de Argyron Stavropoulos está basado en el personaje del mismo nombre que aparece fugazmente al final de la novela de Rosemary's Baby o El Bebé de Rosemary de Ira Levin, y en la película de 1968 basada en ésta. No se describe mucho sobre él en alguna de las dos versiones de la historia, más allá de su nacionalidad y su papel importante en el Aquelarre. Por tal motivo, algunos detalles más personales del personaje fueron más que nada añadidos de mi parte.

    —En este capítulo se menciona también a otros personajes pertenecientes a la novela de Rosemary's Baby, entre ellos Roman y Minnie Castevet, así como Guy Woodhouse.
     
  8.  
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    Resplandor entre Tinieblas

    Por
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    Capítulo 88.
    Tenemos confirmación

    Esa mañana de viernes, las tres invitadas de Damien Thorn pasaban el tiempo en el área de la piscina del pent-house. Los Ángeles habían amanecido con un cielo despejado, por lo que el clima era idóneo para ello. Incluso el día anterior, Verónica les había hecho el favor (por orden de Damien) de ir a comprarles unos trajes de baño. Aun así, la única que disfrutaba del agua era Lily, que aparentemente gozaba con lanzarse de clavado al agua, y nadar de punta a punta con fuertes pataleos. La alberca no era muy grande, pero el sólo hecho de tenerla toda para ella le era más que suficiente.

    Por su parte, Esther se había sentado en una de las reposeras largas de plástico a la orilla de la piscina, protegida del sol bajo una sombrilla, mientras en sus piernas apoyaba un bloc de dibujo (que también Verónica les había traído, junto con unos lápices y marcadores), y evidentemente estaba trazando algo que requería toda su concentración.

    Y Samara… ella se mantenía un tanto más alejada. La niña de Moesko se encontraba se pie frente al barandal de la azotea, observando fijamente alrededor y hacia abajo. Desde el pent-house de Thorn Industries, la vista de la ciudad era vistosa, aunque sus dos compañeras no creían que lo fuera tanto para abstraer tanto su atención.

    Luego de hacer uno de sus recorridos de punta a punta, Lily se apoyó en la orilla, cerca de donde Esther se encontraba sentada, y alzó su cabeza para respirar profundamente y recuperar el aliento.

    —Al fin se te hizo usar una alberca —comentó Esther, sin apartar sus ojos de su bloc—. Y que estemos a mitad del otoño no fue un impedimento para ti, ¿eh?

    —Aquí es más cálido que en Portland —le respondió Lily, una vez que su respiración de calmó—. Esto es casi como un día templado de verano de allá.

    —¿Quieres hablar de frío? Imagínate tener que dormir en las calles de San Petersburgo.

    —¿No eras de Estonia?

    —Ahí nací y me internaron. Pero luego hui lo más lejos que pude. ¿Recuerdas que te conté?

    —En realidad, no. Pero has tenido una vida taaan interesante —musitó Lily, sarcástica—. Como para que escribas tu autobiografía y te hagan una película.

    —Y tú me podrías interpretar.

    Lily soltó abruptamente un quejido de desdén, casi de asco, ante tal idea.

    —Primero me suicido antes de ser tú —declaró fríamente, y entonces se apoyó con ambas manos en la orilla para impulsarse hacia afuera del agua.

    Sentada ya en la orilla, dejó sus pies sumergidos, agitando un poco el agua con su movimiento. Esther la miró de reojo, notando como lo dedos de su mano presionaban su muslo derecho, expuesto gracias a su traje de baño. No necesitó ver de cerca para saber exactamente qué era lo que presionaba. En el área exacta donde hasta hace unos días había estado esa fea herida de bala, ahora sólo quedaba una mancha negra en su piel, como un extraño lunar de forma indefinida. Una curación milagrosa, a reserva a de una mejor palabra, cortesía de Samara Morgan.

    —¿Te duele? —le preguntó Esther, curiosa, a lo que Lily le respondió:

    —No, es aún peor. No siento absolutamente nada en este punto... como si ya no fuera parte de mi cuerpo.

    A Esther le resultaba un poco difícil imaginárselo, pero sonaba incómodo de cierta manera.

    —¿Se ha extendido?

    —No, pero tampoco se ha hecho más pequeña o menos visible.

    —Pues sea lo que sea que te hizo, al menos te salvó la vida y ahora puedes caminar; y nadar. Una mancha permanente que puedes ocultar con tu ropa, y perder un poco de sensibilidad, es un precio justo. Así que mejor supéralo, y agradécele.

    —No haré tal cosa —espetó Lily, virándose hacia ella casi ofendida por la insinuación, y luego intentando mirar más allá, hacia donde Samara seguía parada viendo el paisaje—. Y tú tampoco lo harías si hubieras visto cómo se puso cuando lo hizo. Parecía otra persona…

    * * * *​

    Antes de que Lily pudiera moverse, o siquiera hacer alguna otra pregunta, el semblante de Samara cambió abruptamente. De verse asustada y cohibida, pasó a reflejar una sensación más fría, seria, e incluso algo ausente.

    De pronto, se le aproximó rápidamente, casi lanzándosele encima. Lily quiso retroceder, pero el dolor de su pierna no la dejó moverse demasiado. La mano derecha de Samara de aferró de golpe fuertemente a su muslo, tanto que sus dedos casi se encajaron en su piel.

    —¡Ah!, ¡¿qué haces?! ¡Suéltame! —Gimoteó Lily con dolor. Samara no respondió, y no la soltó para nada. Sus ojos oscuros estaban fijos en su herida. Y, un instante después, desde el punto en el que sus dedos presionaban su piel, comenzó a dibujarse sobre ésta decenas de líneas negras, como venas o ríos negros—. ¡¿Qué estás haciendo?! ¡Aaaaaah!

    Lily gritó intensamente con dolor, pues sentía como si le estuvieran desgarrando la piel con hierro hirviendo.

    * * * *​

    Esther bajó su block hasta colocarlo sobre sus piernas, y viró también su atención hacia donde se encontraba Samara.

    —Sí, también he notado que a veces se pone así —indicó con un poco de preocupación en su voz, recordando ella también aquellas dos ocasiones, en las que por igual alguien resultó muerto.

    * * * *​

    El suelo a los pies de Samara comenzó a corroerse y romperse, y a tomar una tonalidad ocre y sucia. Lentamente la niña alzó de nuevo su rostro hacia su madre. Sin embargo, sus ojos se habían llenado por completo de furia, totalmente ajenos a los jubilosos de hace un rato, y se clavaron justo en la mujer delante de ella.

    Sin decir nada, Anna Morgan tomó firmemente el bisturí con su mano, lo alzó hasta su cuello y entonces, ante los ojos atónitos de Esther, y los furiosos y coléricos de Samara, se lo clavó directo en el costado derecho de su cuello, hasta lo más hondo.

    * * * *​

    —No… —escucharon como pronunciaba abruptamente una voz grave, y potente como un rayo, retumbando en el eco del cuarto. Samara alzó su rostro en su dirección, y a través de la cascada de cabellos negros lograron distinguirse sus ojos, oscuros e intensos, llenos de una furia inhumana.

    Owen se sintió aterrado al sentir esos ojos sobre él. Inconscientemente alzó el arma, apuntando a la niña con ella, pero no fue capaz de presionar el gatillo. Samara comenzó a rodear la cama y empezó a avanzar sin quitarle los ojos de encima. El hombre comenzó a retroceder asustado…

    —Déjanos en paz, cerdo asqueroso… —masculló Samara, y de nuevo su voz sonó tan diferente a la que tendría una niña de su apariencia.

    Owen siguió retrocediendo cada vez más rápido, hasta que su espalda se encontró con el barandal de seguridad del pasillo. El cuerpo del gerente pasó por completo por encima de dicho barandal, hasta que sus pies señalaron hacia el suelo. Luego se desplomó desde aquel segundo piso, directo hacia el primero, y desapareció por completo de la vista de Samara.

    * * * *​

    Esther llegó a pensar en algún momento que su personalidad cohibida e indefensa no era más que una actuación, no muy diferente a la suya o la de Lily. Y que en el fondo, ese ser lleno de rabia y sin remordimiento que habían visto era su verdadero ser. Sin embargo, conforme más pasaba tiempo con ella, se daba cuenta de que no era el caso. No entendía qué era lo que le pasaba cuando entraba en ese extraño… ¿trance? Pero fuera lo que fuera, era algo que le provocaba cierta preocupación.

    ¿Qué más sería capaz de hacer si se le daba la oportunidad de hacerlo?

    De pronto, mientras pensaban en todo aquello, ambas notaron como Samara volteaba abruptamente su cabeza, mirándolas directamente. Como dos niñas planeando una jugarreta, Esther y Lily reaccionaron rápidamente desviando su mirada hacia otro lado.

    —¿Nos habrá oído? —Susurró Lily despacio, un poco preocupada.

    Esther sólo respondió alzando un dedo frente a sus labios en señal de silencio. Alzó de nuevo su block, volviendo a su dibujo como si nunca lo hubiera dejado. Lily la imitó, volviendo a enfocarse en mover sus pies en el interior del agua. Ambas oyeron como Samara caminaba hacia ellas tranquilamente, parándose a un lado de Esther debajo de su sombrilla.

    —Hey —le saludó Esther sonriente, fingiendo que lo de hace rato no había pasado—. ¿Qué tanto estabas viendo?, ¿eh?

    Samara miró discretamente sobre su hombro al punto en el que hasta hace un momento estaba parada, contemplando algo (o alguien) que sólo ella podía ver.

    —Nada —respondió con simpleza, virándose de nuevo en su dirección.

    Inclinó entonces un poco su rostro, echándole un vistazo al dibujo que Esther se encontraba haciendo. La imagen le asustó un poco al principio, pero pasada la sorpresa inicial lo logró contemplar mejor. Era el dibujo de una mujer adulta, completamente desnuda, con sus brazos alzados y su cuerpo expuesto, incluyendo sus prominentes pechos, y parte del vello de su pubis. Su cabello negro rizado y la expresión de su rostro, le hizo pensar que se parecía un poco a Esther. Estaba de hecho muy bien hecho. La figura general de la mujer ya estaba terminada, sólo faltaba aplicarle las sombras en algunas partes.

    —Es un dibujo muy bonito —comentó Samara, genuinamente impresionada.

    —Gracias —asintió Esther, sonriéndole orgullosa.

    —Tocas el piano, pintas y dibujas —listó de pronto la llamativa voz de su anfitrión. Al darse cuenta, las tres vieron a Damien aproximándose hacia ellas con paso relajado—. Eres toda una caja de sorpresas, ¿verdad, Esther?

    La mujer de Estonia sólo miró de reojo al muchacho sin responder nada, y decidió mejor volver a su dibujo. Lily igual pareció preferir ignorar al chico. Sin embargo, Samara en cuanto lo vio se paró derecha, y una larga sonrisa se dibujó por sí sola en sus labios.

    —Buenos días —entonó despacio, y un pequeño sonroso se asomó en sus mejillas pálidas.

    —Buenos días, Samara; y amigas de Samara —comentó el muchacho con un tono burlón—. ¿Cómo se la están pasando acaparando mi alberca y mi comida?

    Ese último comentario le hizo ganarse una mirada poco agradable de parte de Esther y Lily por igual.

    —Bromeo, tranquilas —aclaró irónico. Se inclinó entonces también a un lado de Esther para ver su dibujo—. Pero enserio es un buen dibujo. ¿Me lo regalas?

    —¿Ya tienes dieciocho años? —Cuestionó Esther con una falsa y exagerada seriedad, que hizo que el chico riera un poco.

    Samara contempló aquello en silencio, mirando el dibujo y a Damien respectivamente, notando que su interés parecía genuino. ¿A él le gustaban ese tipo de cosas? Recordaba lo que Esther le había dicho el otro día, sobre lo que a los chicos de su edad le gustaban. ¿Qué había dicho? ¿Tetas grandes, piernas largas, traseros firmes, y labios carnosos? La mujer del dibujo definitivamente parecía tener eso.

    —Yo también puedo hacerlo —comentó Samara de pronto, provocando que los tres la voltearan a ver—. Un dibujo… quiero decir. ¿Quieres ver? —Preguntó con ligera emoción, mirando a Damien.

    —Seguro —asintió Damien, en verdad interesado. Y no era el único, pues aquella afirmación había llamado también la atención de Esther; quería ver qué tan bien dibujaba la señorita sombría.

    Dio entonces la vuelta a la hoja de su dibujo, dejando una en blanco para ella.

    —Adelante —indicó Esther, extendiéndole el block y sus lápices. Samara tomó el block, pero al mirar los lápices respondió:

    —No los necesito.

    Aquella extraña afirmación los confundió, e incluso Lily pareció interesarse. ¿Cómo iba a hacer un dibujo sin lápices con exactitud?

    Samara no tardaría mucho en demostrárselos.

    Tomó el block frente a ella con una mano, y contempló fijamente la hoja en blanco. Alzó entonces su otra mano, y pasó sus dedos lentamente por la hoja, sintiendo su textura. Matilda y su amigo (¿cuál era su nombre?, ¿Cory?) le habían pedido plasmar sus pensamientos en cuadernos como ese, así que sería sencillo. El problema era que siempre las imágenes que creaba terminaban distorsionándose, tomando un aspecto oscuro y aterrador, a veces incluso agresivo.

    “Creo que esto que acabas de hacer, y en los dibujos o en tu habitación el otro día, podrían ser sólo reflejos inconscientes de tu estado mental.” Le había comentado el amigo de Matilda (¿quizás se llamaba Tory?) “¿Te sientes molesta o asustada en estos momentos?”

    Samara no estaba segura de cómo se sentía en esos momentos. Pero a diferencia de los otros dibujos que le habían hecho hacer casi obligada, ese realmente quería que saliera bien por su propia iniciativa. Quizás con eso el resultado sería diferente.

    Colocó entonces toda su palma sobre el papel y cerró sus ojos. Intentó visualizar en su mente la imagen de una hermosa mujer desnuda, pensando que de seguro eso le gustaría a Damien. Aunque no era que tuviera muchas referencias de cómo era el cuerpo de una mujer adulta, más allá de ese dibujo que Esther acababa de hacer, los libros de anatomía con los que estudiaba en su casa, y algunas ocasiones cuando más niña le había tocado bañarse con su madre…

    Su madre…

    Al pensar en ella, inevitablemente su mente trajo su imagen clavándose aquel bisturí en el cuello, y toda esa sangre brotando de su cuerpo, manchándola para entonces morir en sus brazos.

    Los ojos de Samara se abrieron asustada por tal visión, sólo para contemplar que en el papel comenzaba a dibujarse algo. Cientos de líneas negras recorrieron la superficie, marcándola como si la estuvieran quemando. Samara pensó en detenerse, pero los otros tres se habían parado a su alrededor, y contemplaban expectantes y sorprendidos lo que ocurría. Intentó entonces que aquello se tornara un poco más hacia lo que quería originalmente.

    La imagen plasmada terminó de formarse, y para su suerte, no era su madre apuñalándose su cuello. Era una mujer en efecto, y aparentemente desnuda… hasta donde se podía distinguir.

    Era una imagen caricaturesca, pero aquello no le quitaba la sensación de angustia que causaba el mirarla. Sus brazos y dedos eran anormalmente alargados, y se doblaban de una forma imposible, casi grotesca. Su boca era también más grande lo normal, con dos hileras de colmillos arriba y abajo. Sus ojos eran como manchas de tinta escurriendo en la hoja, y gotas negras bajaban de ellos por su cuerpo como lágrimas de sangre. Sus pechos eran grandes como deseaba, pero en ellos tenía marcas similares a arañazos. Y sus piernas largas se doblaban hacia atrás, como si se hubieran roto al caer con ellas.

    ¿Esa imagen había venido de ella? No podía entender cómo. Miró entonces sobre su hombro de nuevo al barandal, esperando ver de nuevo a aquel ser que sólo ella veía. Sin embargo, ya no estaba ahí, aunque sabía que no tardaría en volver a aparecer ante ella.

    —Vaya, qué buen truco —escuchó como Damien comentaba con asombro—. Te quedó estupendo.

    Samara se volteó a verlo, sorprendida por sus palabras. El muchacho se había permitido tomar el bloc para echarle un ojo más de cerca al dibujo, y su rostro parecía maravillado por él.

    —¿Enserio? —preguntó Samara, algo apenada.

    —No está mal —añadió Esther, inclinándose para también ver la imagen—. Me agrada tu estilo.

    —Podría ser el estampado de una camiseta —añadió Damien.

    —Para mí fue hacer trampa —musitó Lily, encogiéndose de hombros.

    —No le hagas caso, es una envidiosa —comentó Esther de inmediato, riendo un poco.

    Las mejillas de Samara se ruborizaron un poco por los halagos, por lo que rápidamente se volteó hacia otro lado y dejó que su cabello le ocultara un poco su rostro; en especial la pequeña sonrisilla que le había surgido de pronto. En ese tiempo nadie le había dicho que le gustaran las imágenes que creaba. Matilda había dicho que eran buenas, pero no le agradaba el sentimiento negativo que cargaban consigo. Pero a ellos tres no parecía molestarles eso, o incluso era posible que les agradara justo por esa misma sensación.

    —¿Éste sí me lo puedo quedar? —Preguntó Damien con interés, a lo que Samara respondió asintiendo rápidamente con su cabeza—. Gracias.

    Arrancó entonces la hoja del cuaderno, la dobló y la guardó en el bolsillo de su pantalón. Luego le pasó de regreso el block a Esther, prácticamente lanzándoselo para que lo atrapara. Pasó entonces a sentarse en una de las sillas de alberca, justo a un lado de la que ocupaba Esther, y se colocó en una pose cómoda bastante exagerada.

    —Bueno, chicas, sólo vine a decirles que probablemente no nos quedemos por aquí por mucho tiempo más. Yo debo volver a mi hogar, a la escuela y esas cosas.

    —¿Y nosotras qué se supone que haremos? —Cuestionó Esther.

    —Mi intención es que me acompañen, claro.

    —¿A dónde? —Preguntó Samara, curiosa.

    —A mediano plazo, quiero que se reúnan conmigo en Chicago. Ahí está mi mansión.

    —¿Tienes una mansión? —Inquirió Lily, un poco sorprendida. Aunque, viendo el sitio en el que estaban, quizás no debió haberle extrañado tanto.

    —De mi familia —respondió Damien—. Chicago y sus alrededores son más mis dominios, y estando allá podremos movernos con libertad. El problema es cómo llegar hasta allá con la asesina más buscada del país —señaló con su mano en dirección a Esther—, y sus dos niñas secuestradas —hizo justo después lo mismo hacia Samara y Lily respectivamente—. Le encargué a Verónica la tarea de buscar cómo hacerlo, lo cual significa que no hará nada, para variar. Así que yo me encargaré de eso.

    Dejó su posición cómoda casi acostado en la silla larga, y tomó una más convencional, bajando sus pies al suelo e inclinando su cuerpo hacia ellas como si les fuera a susurrar un secreto.

    —Hice llamar a un par de amigos que tienen mucha experiencia moviéndose por debajo del radar a la vista de todo el mundo. Siglos de experiencia, se podría decir. Ya te conté de ellos, Esther; ¿recuerdas? —comentó de pronto con tono de complicidad, destanteando un poco a la mujer de Estonia. Lily la observó de reojo, inquisitiva—. Como sea, ellos podrán darnos una mano llevándolas a salvo a Chicago. Pero primero, voy a ocupar que ustedes y ellos me apoyen encargándose de… ciertas personas.

    Aquella enigmática afirmación confundió un poco a las tres chicas, que se miraron dudosas entre ellas.

    —¿Qué personas? —Cuestionó Lily, un poco agresiva.

    Damien sonrió, divertido.

    —Un par de fastidiosos que se han metido conmigo demasiado, y ya no tengo intención de seguirlo tolerando. Y yo sé bien que ustedes tienen mucha experiencia encargándose de ese tipo de gente, y que además lo disfrutan.

    El rostro de Samara palideció un poco ante la afirmación, y por un momento pareció querer decir algo, pero se retractó al final, limitándose sólo a mirar a otro lado y que su cabello volviera a esconderla. No quería decir algo que arruinara las cosas; no en ese momento cuando se estaba sintiendo tan cómoda y segura.

    —¿Quieres acaso que matemos a esas personas por ti? —Soltó Esther, sentándose también derecha en su silla y virándose hacia él para encararlo de frente—. ¿Ahora somos tus asesinas a sueldo?

    —No lo digas cómo si no te interesara, Esther —pronunció Damien con tono burlón—. ¿Recuerdas lo que probaste el otro día? Podrás obtener mucho si me ayudas con este favor. —Un ligero rastro de sorpresa se asomó en su mirada, y de nuevo aquello fue detectado principalmente por la pequeña Lily—. Pero quizás tengas que compartirlo con mis dos colegas de los que te hablo. Una de ellos tiene facilidad para encontrar personas y podrá decirnos dónde están exactamente.

    Esther guardó silencio un rato, al parecer meditando un poco mientras el lápiz en sus dedos tamborileaba un poco sobre el cuaderno.

    —¿Y cuando llegan? —Preguntó al final con voz estoica.

    —Lo más seguro es que hasta mañana. Así que eso lo conversamos después.

    Damien se paró entonces de la silla, estirándose un poco para desperezarse.

    —Mientras tanto, ¿qué les parece si les preparo un desayuno?

    Esther y Lily no mostraron emoción alguna ante la propuesta. Sin embargo, para su sorpresa, en ese momento Samara dio un paso rápido hacia él.

    —¿Te ayudo? —Le preguntó con una radiante emoción, tan extraña en ella que dejó confundidas a sus dos compañeras de cuarto.

    —Claro —respondió Damien con elocuencia.

    Estiró entonces su brazo en dirección a las puertas, dejándole el camino libre para que ella pasara primero. Samara así lo hizo, caminando despacio delante de él y bajando la mirada apenada. Damien la siguió justo después, y ambos entraron juntos frente a la mirad inquisitiva de las otras dos.

    —Parece que la pequeña Samara tiene las hormonas alborotadas por nuestro Anticristo —comentó Esther con una sonrisilla burlona en sus labios—. Crecen tan rápido.

    Se acomodó de nuevo como antes en su silla, y volvió a la página anterior de su bloc para así poder continuar con su dibujo. Quizás no podía crear imágenes lascivas mágicamente con tan sólo tocar el papel, pero ella estaba bien con hacerlo al modo tradicional.

    Lily por su parte caminó hacia la silla a su lado, tomando la toalla que ahí había dejado para envolverse con ella y secarse. Pese a lo que había dicho antes, en realidad sí le había dado un poco de frío.

    —¿Para eso nos trajo aquí? —Se quejó con molestia la niña de Portland mientras miraba en dirección al departamento—. ¿Para qué ahora trabajemos para él?

    —Supongo que estaba implícito en su discurso del otro día —respondió Esther, encogiéndose de hombros mientras pasaba el lápiz por la hoja.

    —¿Y tú estás bien con eso?

    Leena guardó silencio unos momentos, sin apartar su mirada de la imagen plasmada delante de ella. Lily por un momento pensó que no pensaba responderle, pero entonces la escuchó murmurar:

    —Es complicado…

    —¿Complicado cómo? —Insistió Lily, pero de nuevo Esther guardó silencio, y en esa ocasión parecía que se quedaría así.

    Lily tomó entonces la silla y la arrastró hasta colocarla casi pegada a la de ella. Y, envuelta aún en la toalla, se sentó en la silla, inclinada hacia Esther para hablarle despacio y que la pudiera escuchar sin problema.

    —¿Qué fue todo eso que te dijo? —Preguntó de pronto, sonando casi como una exigencia—. Sobre esos dos que vienen y lo que… ¿probaste? ¿A dónde fuiste el otro día que te desapareciste toda la mañana?

    Esther suspiró pesadamente, y con algo de resignación bajó el cuaderno de nuevo y lo apoyó sobre sus piernas.

    —Hagamos esto —propuso Leena, virándose hacia ella con expresión retadora—. Te lo digo si tú me respondes lo que te pregunté el otro día: ¿eres realmente un demonio o sólo una niña con mal temperamento?

    Lily la observó, al inicio al parecer molesta por su brusco cuestionamiento. Y quizás de antemano Esther sabía que aquello tocaría algún nervio sensible en ella, y justo por eso lo había mencionado.

    —¿Enserio quieres saberlo? —Cuestionó Lily secamente, a lo que Esther sólo la miró fijamente sin decir nada. Lily entonces se recargó contra el respaldo de la silla, y alzó su mirada pensativa hacia el cielo despejado sobre ellas—. La verdad es que no lo sé —pronunció despacio, aunque no con pesar sino más bien con apatía ante su propia afirmación—. Hasta donde comprendo, simplemente nací así, como ese sujeto dijo el otro día. No me maltrataron o me violaron de pequeña para que me volviera como soy. Mis padres no hicieron un pacto con el diablo ni jugaron a la ouija mientras me concebían. Solamente llegué a este mundo con estas habilidades, y estos deseos… Pero nunca tuve un plan en mente, mucho menos quería destruir el mundo o algo así. Antes de que te cruzaras en mi camino, disparando y golpeando como la demente que eres, yo sólo quería cambiar de familia, conocer sus mayores miedos, y hacerlos vivirlos día a día hasta que sus mentes y sus corazones se secaran. Luego, cuando me aburriera de ellos, hacer que terminaran como mis padres; o como Emily.

    Se encogió de hombros y torció un poco su boca, como si aquello que acabara de pronunciar realmente no fuera tan importante.

    —Después, ya vería —añadió con normalidad—. No tenía mayor ambición que esa, y eso se mantiene igual.

    —¿Y dices que la demente soy yo? —Bromeó Esther, divertida, aunque a Lily le pareció que esa reacción despreocupada escondía algo más de fondo.

    —Pero yo sí sé lo que tú deseas en estos momentos —señaló la niña Portland, inclinándose un poco más—, y no es servirle a este principito en sus caprichos.

    —¿Lo leíste en mi mente acaso? —Musitó Esther con falsa sorpresa, señalando a su propia cabeza con la punta de su lápiz—. Lo veo difícil, porque ni yo sé lo que quiero en estos momentos, así que no seas presuntuosa.

    —Lo que tú quieres es buscar a esos dos hermanos, el chico y la niña —soltó Lily abruptamente, y la sonrisa en los labios de Esther se desvaneció poco—. Los que hablaron mal de ti en las noticias. Son los que se te escaparon, ¿no? De esa última familia en la que estuviste, antes de que te descubrieran; eso sí lo recuerdo de tu horrible relato. Quieres encontrarlos y terminar lo que comenzaste, ¿o me equivoco?

    Esther la contempló con una expresión fría y calmada, que en parte Lily presintió se esforzaba de más por mantener. Mientras la miraba, comenzó a girar un poco su lápiz entre sus dedos. Lily intentó detectar si acaso tenía deseos de clavárselo en el ojo por su osadía, pero el veredicto no fue claro.

    —¿Eso crees que quiero? —Musitó Esther despacio tras un rato, en apariencia calmada.

    Lily soltó una risa burlona, como si aquella pregunta le pareciera, por lo menos, absurda.

    —No, creo que destruiste esa televisión del cuarto de hotel porque quieres buscarlos y darles muchos abrazos y besos —ironizó Lily de forma bastante tajante—. Lo creas o no, te entiendo. E incluso podría ayudarte con eso si me lo pidieras.

    —¿Ah sí? —Cuestionó Esther, incrédula—. ¿Y por qué harías eso exactamente?

    —Ya lo dije: disfruto mucho del sufrimiento ajeno. Especialmente cuando la pequeña felicidad de la gente es hecha pedazos delante de sus incrédulas caritas. Y tu pequeña venganza tiene potencial de tener mucho sufrimiento, ya sea el de esos chicos... o el tuyo. Sea como sea, no me molestaría verlo en primera fila.

    —Sí, debe ser eso —susurró Esther despacio, como si intentara convencerse a sí misma de ese pensamiento. Pero justo después de eso, una sonrisita mordaz y confiada reapareció en su semblante—. O, quizás, ya te gustó viajar conmigo y me extrañarías si me fuera sin ti.

    Lily reaccionó sorprendida al inicio por tal acusación, y justo después una palpable rabia se hizo evidente en su mirada, que casi atravesaba la cabeza de Esther como un cuchillo. Esto, más que asustarla, pareció divertir a la mujer.

    —Oh, la pequeña Lilith tiene su corazoncito después de todo —murmuró Esther con tono burlón, permitiéndose incluso extender su mano hacia ella y pellizcarle su mejilla como a una niña pequeña. Lily no reaccionó nada bien a esto, golpeándola con un manotazo para que le quitara su mano de encima.

    —Olvídalo —sentenció secamente, poniéndose rápidamente de pie—. Retiro lo que dije. Púdrete aquí besándole el trasero a este idiota al igual que Samara. No me importa.

    Dicho eso, se envolvió por completo en la toalla y se dirigió furiosa de regreso al interior, con la intención de no mirar atrás.

    —Hacemos un buen equipo, ¿no crees? —Escuchó a Esther pronunciar de pronto, haciendo que se detuviera un momento. Al mirarla discretamente sobre su hombro, la vio centrada de nuevo en su dibujo como si nada hubiera pasado—. Hay muchas cosas más que podríamos lograr si quisiéramos —prosiguió—; mucho que podríamos aprender la una de la otra. Tu ofrecimiento me interesa, no te mentiré. Lamentablemente, en estos momentos estoy… lidiando con algunas cosas, y necesito quedarme por aquí un poco más. Pero, si tú quieres irte, no creo que alguien quiera o pueda detenerte. O puedes quedarte, y ver con nosotras qué sigue en este pedazo de locura en el que hemos caído. Piénsalo…

    Luego guardó silencio de nuevo, mientras deslizaba su lápiz por la hoja del block, bastante concentrada en ello. Lily la observó unos momentos, sin una intención clara de querer responderle. Al final, se giró de nuevo al frente y se largó con la misma prisa que antes. El qué decidiría a partir de esa esporádica conversación, sólo ella los sabría.

    — — — —​

    La vieja van recién adquirida, cuidosamente disfrazada como camioneta de una televisora local, llevaba ya varias horas de ese día estacionada justo frente al elegante edificio de departamentos. Aún no había llamado lo suficiente la atención como para que alguien quisiera llamar a la policía y reportarla, pero era muy probable que sus ocupantes tuvieran que moverse en un par de horas más para no despertar sospechas. Después de todo, Kali Prasad y Charlie McGee tenían bastante experiencia en ese tipo de vigilancias, y tenían algunos conocimientos esenciales para pasar desapercibidas. Y esa, su supuesta última misión, no podía ser la excepción.

    Las dos más buscadas del DIC, acompañadas de la joven Abra Stone como su invitada especial, habían arribado a Los Ángeles el día anterior. Habían rápidamente conseguido un nuevo vehículo, una bodega donde guardarlo junto con sus demás cosas, además de un hospedaje más normal en un motel barato pero que no estuviera demasiado lejos del sitio (lo cual no fue del todo sencillo, considerando que estaban en una de las zonas más exclusivas de Beverly Hills).

    No tardaron mucho en dar con el paradero de su objetivo, el famoso Damien Thorn; prácticamente todos en Los Ángeles sabían en dónde estaba. Lo que aún no tenían muy decidido era cómo lo abordarían. De momento, la vigilancia silenciosa parecía ser su mejor alternativa.

    Mientras sobre sus cabezas Damien y sus invitadas tenían aquella conversación, en la van las únicas presentes eran Kali y Abra; Charlie había salido a comprar algunas cosas para comer y beber. Mientras la vieja Eight estaba pegada a sus monitores, en los que se mostraban diferentes cámaras de seguridad del circuito cerrado del edificio que vigilaban, Abra estaba sentada en el piso, un metro a sus espaldas. Tenía sus piernas cruzadas, sus ojos cerrados, y sus manos posadas sobre sus rodillas en una casi estereotipada pose de meditación. Kali no necesitaba preguntar qué hacía; había repetido lo mismo en varias ocasiones durante su viaje a hasta ahí.

    La joven de New Hampshire respiraba profundamente, inhalando por su nariz y exhalando por su boca. Intentaba mantenerse totalmente quieta y concentrada, y para ello ocupaba el mayor silencio posible. Para Kali aquello era más que perfecto; no era que le apeteciera mucho entablar conversación con una adolescente en realidad. No estaba del todo convencida de la decisión de Charlie de traer a esa chica con ellas, pero igual no era como si tuviera mucha opción de quejarse. Normalmente lo que Charlie McGee quería se hacía. Sólo esperaba que cuando el momento de la verdad llegara, realmente supiera lo que estaba haciendo.

    "Tío Dan,” pronunciaba la joven en su cabeza con bastante intensidad. Su mente se había ya desprendido de ella, y viajaba mucho más allá de dónde estaba físicamente, intentando alcanzar aquel sitio en el que había estado no hace mucho. “Tío Dan, contéstame; por favor. ¿Estás ahí...?"

    Aguardó, esperando recibir algún tipo de respuesta de cualquier tipo proveniente de la persona que estaba intentando contactar. Pero, al igual que en todos sus intentos anteriores, lo único que percibió fue el frío silencio de su campo mental.

    Abra soltó un pesado suspiro de frustración. Volvió a abrir sus ojos y pegó su cabeza contra la pared de la van, mirando pensativa hacia el techo.

    —¿Aún nada? —Preguntó Kali con disimulado interés.

    —No —respondió Abra, derrota—. Debe seguir inconsciente… o quizás está demasiado enojado porque me fui así y no quiere hablarme.

    —No sé mucho de tíos, pero no creo que se trate de eso último.

    —Pues la verdad preferiría que fuera eso. Al menos significaría que está despierto, y bien…

    Cuando dejaron Hawkins, Daniel Torrance aún no reaccionaba, pero su estado era al menos estable. Lo correcto hubiera sido quedarse ahí en la espera de su recuperación, e incluso quizás debería haberle llamado a sus padres, que de seguro tras no haber recibido noticia de ninguno de ellos en días debían estar al borde del colapso nervioso, y quizás ya tenían al FBI buscándola. Abra sabía que tarde o temprano tendría que comunicarse con ellos y decirles que estaba bien (si es que a eso se le podía llamar bien), pero era una llamada que había estado postergando, pues sabía que no sería nada agradable.

    Le esperaba el peor castigo de su vida al volver a casa… claro, si es que lograba volver.

    Se arrastró por el suelo de la van hacia la ventanilla frontal del vehículo, asomándose un poco el rostro por ésta para ver hacia el edificio delante del cual estaban estacionadas. Era un edificio muy bonito y alto; quizás el más alto que le había tocado ver, al menos de frente y con sus propios ojos.

    —¿Realmente él está ahí arriba? —Susurró despacio con curiosidad.

    Kali le miró de reojo desde su asiento.

    —Según mi investigación, sí —le respondió con voz pesada—. Se está quedando en el último piso, en el pent-house.

    Un elegante pent-house, en un alto edificio, en una de las zonas más elegantes de Los Ángeles. Sí, definitivamente aquello sonaba al Damien Thorn que ella había conocido aquella tarde que en esos momentos ya se sentía tan lejana.

    Abra siguió mirando por la ventana hacia el edificio de forma pensativa por un rato más, mientras Kali la observaba en silencio.

    —¿Puedes sentirlo o algo así? —Le preguntó Kali curiosa, a lo que Abra negó lentamente con su cabeza.

    —Nunca he podido notar su presencia hasta que él así lo desea —explicó—. O quizás yo soy la que no quiero hacerlo.

    Abra no pudo evitar preguntarse cuántas veces ese sujeto estuvo cerca de ella, físicamente o no, y sencillamente su presencia le había pasado desapercibida. ¿Él tampoco la sentiría a ella? O, ¿sabría acaso que estaba justo ahí? Y si acaso lo sabía, ¿qué le impediría salir de ese edificio, caminar directo a esa camioneta, y…?

    La puerta trasera de la van se abrió abruptamente en ese momento, provocando que tanto Abra como Kali saltaran asustadas. Al virarse en dirección a la puerta, ambas divisaron de inmediato el rostro apacible de Charlie, alias Roberta. La reportera traía consigo una base de cartón con tres cafés en ella, y una bolsa de 7Eleven con varios artículos.

    Al alzar su mirada hacia sus dos compañeras, la recién llegada notó de inmediato el estrés en sus rostros.

    —Tranquilas, soy yo —indicó Charlie con seriedad, cerrando la puerta firmemente detrás de ella—. Les traje café.

    —Gracias —musitó Abra, aún sumida en su impresión. Extendió su mano para tomar uno de los vasos, sintiendo el agradable calor que se filtraba por sus paredes.

    —¿Y mis cigarrillos? —Espetó Kali casi como exigencia. Charlie la miró de malagana, pero de todas formas metió su mano en la bolsa del 7Eleven y sacó de ésta una cajetilla cuadrada y blanca.

    —Toma —musitó la mujer rubia, arrojándole la cajetilla a su compañera que rápidamente la atrapó entre sus manos—. Pero deberías ser un mejor ejemplo para nuestra joven invitada.

    —Descuida, no es como que quede mucho de mí que estas cositas puedan matar —señaló Kali con un amargo humor en su voz.

    Abra no se dio por aludida al inicio, hasta que notó que Kali le miraba fijamente al tiempo que abría su cajetilla. Supuso, obviamente, que la joven invitada era ella.

    —Descuiden, no se contengan por mí —señaló agitando su mano derecha con despreocupación—. Los cigarrillos no me molestan. Al parecer, en mi familia es mucho más preocupante el alcohol… Pero, estoy bien; tampoco bebo.

    —Veamos si sigue siendo así luego de que termine todo esto —ironizó Kali mientras encendía su primer cigarrillo (de las últimas horas).

    —Kali —musitó Charlie como reprimenda, a lo que la mujer en la silla de ruedas simplemente se encogió de hombros.

    Abra no pudo evitar sonreír divertida. Las dos mujeres que eran sus actuales compañeras de aventura le resultaban ciertamente… interesantes. Ambas eran resplandecientes muy poderosas y experimentadas, tanto como su tío Dan, y era evidente que habían pasado por mucho igual que él. Quizás era algo que venía con el paquete de esos poderes. Pero le gustaban sus maneras de ser y como se llevaban entre sí. Esperaba algún día tener una amiga con la que pudiera llevarse así de bien a pesar de los años. Aunque claro, esperaba que las circunstancias de dicha amistad fueran un poco más placenteras que en las que se encontraban ellas dos en esos momentos.

    Charlie sacó de la bolsa un paquete de galletas, mismas que le extendió a Abra.

    —Toma —le indicó—. No has desayunado nada todavía, ¿o sí?

    Galletas y café no era precisamente un desayuno que su madre aprobaría, pero debería de bastar de momento.

    —Gracias —musitó Abra, tomando el paquete y abriéndolo casi de inmediato.

    Charlie se aproximó entonces de regreso hacia Kali, inclinándose detrás de ella para mirar hacia los monitores.

    —¿Alguna novedad? —le susurró con interés.

    —Ninguna —respondió Eight con brusquedad—. Según la cámara de seguridad del edificio, una camioneta de Thorn Industries salió ayer a las 11:00, volvió un poco después de las 14:00 horas, y no ha vuelto a salir desde entonces. Y ni siquiera estamos seguras si el chico Thorn iba en ella o no. La buena noticia es que conseguí en una vieja página del edificio estas vistas de cómo es el departamento. Quizás nos pueda servir de algo.

    Tras presionar un par de teclas, uno de los monitores mostró un croquis de cómo era, en teoría, el pent-house de la azotea, con algunos renders en 3D aproximados del diseño interior y los muebles. En resumen, se veía amplio, espacioso, y muy bonito.

    —Si yo tuviera un lugar como ese, tampoco ocuparía salir —señaló Charlie con sarcasmo.

    Abra se aproximó gateando al oír eso para echar un vistazo. Su impresión no fue muy distinta a la suya.

    —Del Top 5 más ricos de la nación —murmuró despacio, mientras masticaba una galleta. Una vez que terminó y tragó, preguntó—: ¿Cuál es el plan exactamente? ¿Sólo sentarnos aquí y esperar a que salga?

    —De momento, sí —respondió Charlie sin mucho rodeo—. Si es tan peligroso como dicen, no podemos ser descuidadas.

    —Además que estamos hablando de un edificio de quince pisos, lleno de personas inocentes —añadió Kali tajantemente—. Tenemos que ser aún más cuidadosas cuando se trata de desencadenar a esta incendiaria —indicó señalando con su pulgar a Charlie—, si no queremos que todo el edificio se haga cenizas.

    Aquella afirmación impresionó un poco a Abra.

    —¿Tanto así eres capaz de hacer con tus poderes? —Le preguntó a Charlie con cierta reserva, y ésta pareció incomodarse un poco por dicho cuestionamiento.

    —No le hagas caso —respondió acompañada de una pequeña risa nerviosa. Guardó silencio unos momentos, dio un sorbo de su vaso de café y añadió despacio—: Pero sí, más o menos.

    Abra se le quedó viendo fijamente, entre impresionada e incrédula.

    Hasta ese momento Abra sólo había visto pequeñas demostraciones de lo que esa mujer era capaz de hacer. No estaba segura de que aquello pudiera llamarse como tal piroquinésis, o al menos era muy distinto a lo que ella se había imaginado por las películas y novelas. Abra no lo entendía muy bien, pero al parecer Charlie era capaz de generar una energía inusual con su propio cuerpo, capaz de generar grandes cantidades de calor, y expulsarlo como un potente misil hacia un objetivo que ella decidiera. Era impresionante, pero aún le era difícil imaginarse que fuera capaz de hacer algunas de las cosas que Kali o ella habían llegado a comentar. Aunque, definitivamente le gustaría verlo.

    Sin embargo, considerando el peligroso enemigo al que se iban a enfrentar, dudaba que atacarlo de frente con un lanzallamas, o una bomba atómica como Kali bien había mencionado en alguna ocasión, sería el mejor acercamiento. Y no sólo por el potencial daño a las demás personas que hubiera en ese edificio, sino porque temía que incluso haciendo tal cosa terminaran por provocarlo más de lo que llegarían a lastimarlo de verdad…

    Pero había otra opción, una que de antemano Abra sentía podría tener más probabilidad de éxito, y que era quizás el único motivo por el que estaba en ese sitio en realidad.

    Una vez que terminó sus galletas se limpió las migajas de sus manos, respiró hondo, y entonces pronuncio con seriedad:

    —Quizás no sea necesario incendiar el edificio. Yo pude sentir como el tío Dan le hizo daño empujando todo su ser contra él, y así lo repelió. No sé si tus poderes puedan lastimarlo o no, pero lo que hizo mi tío me deja claro que no es invencible ante un ataque mental.

    —Sí, y tu tío terminó con un derrame y en coma sólo para hacerle ese pequeño daño —señaló Charlie con tan poca delicadeza que destanteó un poco a Abra al inicio, pero ella procuró no dejarse llevar por ello.

    —Lo sé —respondió la joven en voz baja—. Pero mi poder siempre ha sido mayor al de mi tío. Quizás, si yo hago lo mismo que él hizo… quizás si lo ataco con todo lo que tengo…

    —No, ni siquiera lo pienses —respondió Charlie bastante alarmada, virándose de lleno hacia ella con voz de regaño—. Danny hizo ese gran esfuerzo para protegerte, no para que intentaras hacer lo mismo y terminaras como él o peor. Cuando despierte ya estará bastante furioso de que te haya traído conmigo; ¿qué crees que piense si se entera que te dejé hacer tal irresponsabilidad?

    Abra se quedó callada, un poco sorprendida por la forma tan apasionada y firme que le había hecho aquella declaración. Incluso por un momento le pareció haber escuchado las palabras de su tío Dan materializándose en su voz.

    La mirada de Charlie se suavizó, y una sonrisa mucho más afable se dibujó en sus labios.

    —Descuida —murmuró la reportera, guiñándole un ojo con complicidad—. Sin importar qué tan fuerte sea este sujeto, yo me encargaré de darle su merecido. ¿Está bien?

    La joven asintió lentamente como respuesta, aunque fue evidente que no estaba en realidad tan convencida como ella lo parecía.

    Al virarse de nuevo hacia los monitores, Charlie se encontró de frente con la mirada inquisitiva, por no llamar acusadora, de Kali totalmente fija en ella. Incluso una sonrisilla astuta se dibujó en sus labios, provocándole una tangible sensación de incomodidad.

    —¿Qué? —Le preguntó, defensiva.

    Kali simplemente le respondió con un marcado todo irónico:

    —¿Danny?

    Charlie se sobresaltó sorprendida, y sus mejillas inevitablemente se ruborizaron ante tan evidente acusación. Su lengua se trabó un poco incapaz de dar una respuesta rápida, y en su lugar sus pies se movieron por sí solos hacia la puerta trasera de la van.

    —Voy a revisar los alrededores para ver las entradas y salidas del edificio —indicó rápidamente mientras se disponía a salir.

    —Anda, haz eso —le respondió Kali con tono burlón, observando cómo huía de esa forma—. Parece que tú tío y ella se hicieron más amigos de lo que sabía.

    —No sé cómo pasó —indicó Abra, aún algo distraída en sus propias preocupaciones—. A mí me pareció que se estaban llevando muy mal.

    —Así es mi vieja amiga —suspiró Kali, soltando una densa bocanada de humo oscuro—. Cómo sea, mejor hazle caso en lo que te dice. He visto de lo que es capaz, especialmente cuando está enojada. Si ese individuo sobrevive a la rabia de Roberta Manders, es que simplemente no es humano.

    —Quizás no lo sea —respondió Abra con voz ausente, posando de nuevo su mirada en la ventanilla, y al alto edificio que desde ella se miraba.

    — — — —​

    Charlie y Kali creían tener bastante experiencia ocultándose y espiando de lejos a sus objetivos. Lo habían hecho por muchos años, y por algo habían logrado mantenerse lo más posible lejos de los ojos y oídos fisgones de aquellos que las perseguían. Y aun así, en esa última misión ninguna previó que ellas no serían las únicas detrás del joven Damien Thorn. Desconocían que desde hacía unos días, alguien más tenía su atención puesta en ese mismo edificio y en ese mismo pent-house. Y, por consiguiente, ésta había terminado irremediablemente también en ellas.

    Desde que Charlie salió de la camioneta esa primera vez durante la mañana, el lente curioso de la cámara de tránsito sobre la calle ya la había enfocado. Y esa segunda vez en la que prácticamente había huido, ocurrió exactamente lo mismo. Y desde un cuarto cerrado y oscuro, un grupo de al menos cinco agentes del DIC contemplaban su imagen en los monitores, avanzando por la banqueta.

    —Ahí está otra vez —indicó uno de ellos, señalando hacia el monitor. Los otros se aproximaron, mirando el video sobre su hombro. El rostro de la mujer fue encuadrado y ampliado, y una fotografía mucho más clara de su expediente se abrió a su lado, concordando sin lugar a duda los rasgos faciales de ambas imágenes.

    —Está confirmado, es Charlie McGee —indicó el mismo agente con seriedad.

    En otro monitor se mostraba otra imagen, ésta tomada de un pequeño dron que había estado sobrevolando los alrededor del edificio de forma discreta. En concreto se enfocaba el barandal frontal de la terraza, y la figura de una niña de largos caballos negros parada delante de éste, y mirando al frente, pensativa; casi como si pudiera ver aquello que la estaba grabando. Una foto que acababan de conseguir para cortejarla se desplegaba a su lado, confirmando también su identidad.

    —Y la niña en la terraza de Thorn ya fue identificada como Samara Morgan —indicó otro agente—, la niña al cuidado de la Fundación Eleven que fue secuestrada en Oregón.

    Una agente de pie detrás de las sillas, se inclinó al frente sobre sus cabezas, para poder ver mejor ambos monitores y las identificaciones que se veía en ambos. Sus ojos miraron la información con incredulidad, en especial el reconocimiento de Charlie McGee. Les habían informado que estuvieran atentos por si se aparecía por ese sitio, pero en verdad no creyó que aquello fuera pasar. E igualmente no creyó que ese otro chico de calificaciones ejemplares y familia ideal, podría de alguna forma estar involucrado con todos esos sucesos que habían estado rastreando desde Portland hasta ahí.

    Pero ambas cosas parecían ser ciertas; las pruebas era ya irrefutables.

    —Con un demonio —soltó la agente por mero reflejo—. Comuníquenle a la capitana Cullen que tenemos confirmación. Y prepárense, caballeros, que esto muy pronto se va a poner feo…

    Los agentes en los monitores se apresuraron a atender la orden.

    Ninguno tuvo duda alguna de que aquella advertencia que acababan de lanzarles.

    FIN DEL CAPÍTULO 88
     
  9.  
    WingzemonX

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    Resplandor entre Tinieblas
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    Género:
    Misterio/Suspenso
    Total de capítulos:
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    Palabras:
    10077
    Resplandor entre Tinieblas

    Por
    WingzemonX


    Capítulo 89.
    No la abandonaré

    Ese mismo día en la tarde, Matilda tenía una cita con el Dr. Shawn, un viejo amigo pediatra de Jennifer Honey que había sido el encargado de tratar prácticamente cualquier mal de su hija adoptiva, desde que era niña y hasta antes de que se fuera a estudiar la universidad. Siendo ya una mujer adulta de casi treinta años, a Matilda le resultaba un poco extraño el ir consultar a un pediatra, y aún más considerando que su motivo para verlo era una herida de bala; si hay algo en lo que un pediatra tiene experiencia, es en heridas bala, ¿no? Bueno, puede que en algunos casos tristemente fuera así…

    Como fuera, lo único que necesitaba era a alguien de confianza que le diera seguimiento, y le retirara los puntos llegado el momento; en especial antes de que se decidiera a hacerlo ella misma.

    El consultorio actual del Dr. Shawn se encontraba en el Torrance Memorial Medical Center al sur de Los Angeles, lo que implicaba un viaje de un poco más de media hora desde la residencia de las Honey en Arcadia. Jennifer de inmediato se ofreció a acompañarla y llevarla en su vehículo, sin lugar alguno a la negociación. Durante todos esos días, la maestra se había comportado incluso más sobreprotectora de lo que Matilda había esperado. Y en parte estaba bien, pues ese reposo casi absoluto era quizás lo que le estaba ayudando a recuperarse rápido.

    Luego de aguardar unos quince minutos en la sala de espera, las hicieron pasar al fin a la oficina del Dr. Shawn. El pediatra era un hombre de cabello casi enteramente gris, a pesar de que no era de hecho mucho mayor que Jennifer, de nariz aguileña y sonrisa afable. Salvo por su cabello, no había cambiado mucho de cómo Matilda lo recordaba de cuando era niña.

    Después de unos minutos de saludos, ponerse al día, y los habituales “qué grande estás”, “¿cómo has estado?”, “recuerdo cuando eras de este tamaño”, y varias otras expresiones similares, Matilda se sentó en la mesa de exploración (con un curioso forro de grabados de colores en él). El doctor le ayudó a retirarse el cabestrillo, y posteriormente ella misma se retiró su chaqueta y se abrió lo suficiente su blusa.

    —Muy bien, vamos a revisar esa herida, ¿quieren? —propuso Shawn mientras pasaba a usar unas tijeras para retirar el vendaje.

    Jennifer, que aguardaba sentada en una silla, tuvo por mero reflejo que desviar su mirada hacia otro lado. Ver directamente la herida de su hija había sido de las cosas más difíciles que la profesora había tenido que hacer esos días, y muchas veces le había tenido que pedir a Maxima que ella se encargara de cambiarle su vendaje y limpiarle la herida; ella parecía tener mayor tolerancia a ello.

    Sin embargo, si Jennifer se hubiera atrevido a ver, se hubiera sorprendido de que para esos momentos el hombro de Matilda estaba muchísimo mejor.

    —Se ve muy bien —indicó Shawn con bastante optimizo. Aún no estaba completamente cerrada obviamente, pero no había rastro alguno de infección ni de ninguna complicación. Matilda misma se había dado cuenta al verla en el espejo, pero el visto bueno de otro médico era tranquilizante—. Esta semana de reposo se ve que le ha servido, Dra. Honey.

    —Reposo se queda corto —bromeó Matilda, volteando hacia Jennifer con cierto reproche en su mirada—. Mi madre apenas y me deja levantarme de la cama.

    Jennifer se sobresaltó, un poco apenada al parecer por la forma tan repentina en la que la acababan de poner en evidencia.

    —Es sólo que a veces eres un poco difícil, Matilda —carraspeó Jennifer con sus mejillas enrojecidas.

    El Dr. Shawn rio de forma casi estridente por su reacción, y añadió:

    —Pues su madre hace bien. Hágale caso y ese hombro estará listo para lanzar bolas rápidas más pronto de lo que cree.

    Matilda solamente sonrió como respuesta a su comentario, tentada a decirle lo únicas que eran sus bolas rápidas con curva cuando era niña (aunque llevaban un poco de ayuda psíquica con ellas).

    El doctor pasó entonces a limpiarle la herida y a revisarla con más detenimiento a través de sus gruesos anteojos.

    —La herida se ve limpia y está cicatrizando bien —concluyó tras unos minutos—. Creo que podemos ya dejarla respirar sin el vendaje. Sólo hay que tener cuidado, mantenerla limpia, y aplicarle un ungüento antiséptico. A este ritmo creo que podríamos quitarle los puntos la semana siguiente.

    —Qué bueno oírlo —suspiró Matilda, más que aliviada. Moría por ya dejar eso de lado de una vez.

    —¿Tiene que seguir usando el cabestrillo? —preguntó Jennifer, notándosele igualmente aliviada y emocionada por el diagnostico.

    —Sería bueno, pero no indispensable —respondió Shawn, encogiéndose de hombros—. Si ya se hartó de él, sólo procure no hacer esfuerzos ni cargar cosas pesadas, al menos por una semana más.

    —Descuide —murmuró Matilda—. Cargar cosas pesadas nunca ha sido un problema para mí.

    —¿Cómo dice? —musitó Shawn, un poco confundido por el comentario.

    —No le haga caso —se adelantó Jennifer rápidamente a responder; ella definitivamente había entendido la broma oculta detrás de esa afirmación—. Yo me encargaré de que se porte bien y no se fuerce.

    —No lo dude —contestó Matilda, irónica.

    Matilda se abotonó de nuevo su blusa y se colocó su chaqueta. Le agradaba ya no sentir tanto dolor al mover el brazo, pero la molestia aún estaba presente, recordándole que aún no estaba completamente sana.

    Por su lado, Shawn caminó hacia su escritorio y comenzó a escribir una receta para su tratamiento de la siguiente semana.

    —Por más Doctora de Yale que se sea, los hijos siempre serán los hijos. ¿Cierto, maestra? —Comentó el pediatra, mirando con complicidad a Jennifer—. Eso me recuerda, ¿quiere una paleta, Dra. Honey?

    Matilda rio creyendo estaba bromeando, hasta que lo vio sacar un bote de plástico, lleno de paletas de caramelo de diferentes colores.

    —¿Enserio? —Masculló la psiquiatra, escéptica.

    —Si tú no la quieres... —pronunció Jennifer con voz traviesa, acercándose al tarro para tomar una.

    —Oye, debes cuidar más tu consumo de azúcar, ¿recuerdas? —le regañó Matilda con aprehensión.

    —Una vez al año no hace daño, ¿verdad? —comentó buscando el apoyo del pediatra, que sólo rio y asintió.

    Jennifer introdujo su mano en el bote, sacando una pequeña paleta verde limón. Matilda sólo negó con su cabeza y suspiró resignada. Pero en el fondo estaba feliz de ver a su madre de mucho mejor humor. Esos días había estado tan preocupada por ella que por un momento creyó que se enfermaría.

    Y, de paso, ella misma también se sentía un poco mejor. Aunque en su caso la herida era lo que menos le causaba angustia. Las preocupaciones y los recuerdos de lo sucedido la agotaban mucho más que su recuperación.

    —Gracias, Dr. Shawn —agradeció Matilda, estrechando firmemente la mano del pediatra—. Nos vemos la semana que viene.

    —Cuídese —le indicó el médico—. Y no olvide seguir tomando sus medicamentos.

    —Por supuesto.

    Ya con receta y paleta mano, las dos Srtas. Honey se dispusieron a retirarse de una vez antes de que se hiciera más tarde.

    — — — —
    Montadas ya en el Audi del año 2000 que la profesora Honey había estado conduciendo durante ya casi una década, se dirigieron de regreso a Arcadia. Ya era la mitad de la tarde y estaba comenzando a refrescar un poco, a pesar de que el día había estado bastante templado. Jennifer se las arreglaba para conducir al mismo tiempo que comía su paleta, mientras Matilda en el asiento del pasajero miraba pensativa por la ventanilla. De vez en cuando inconscientemente llevaba su mano a su hombro y presionaba un poco su herida, pero la retiraba de inmediato en cuanto sentía la sensación de dolor. Ese tic le resultaba bastante molesto, y se repetía a sí misma que no lo hiciera.

    —Me alegra escuchar que tu herida va bien —comentó Jennifer con moderado entusiasmo—. Pero espero que no se vuelva costumbre que te metas en este tipo de situaciones. Lo de hace cuatro años ya había sido bastante preocupante, pero esto...

    —Mamá, por favor —murmuró Matilda con sequedad; lo que menos deseaba en esos momentos era pensar en Carrie, y en lo que había ocurrido en Chamberlain hace cuatro años. En aquel entonces también había terminado con un cabestrillo, aunque no por un disparo.

    —Tienes razón, lo siento —se disculpó Jennifer rápidamente. Extendió su mano hacia ella, dándole un par de palmadas cariñosas en su rodilla—. Pero estoy feliz de que estés bien.

    Matilda le ofreció la sonrisa más sincera que le fue posible, y se viró de nuevo hacia la ventanilla.

    —Me pregunto cómo estará Eleven —murmuró la psiquiatra de pronto, casi sin darse cuenta siquiera de que lo había dicho en voz alta.

    —¿No has recibido ninguna noticia al respecto? —Le preguntó Jennifer con seriedad, quizás dándose cuenta de que el ambiente había cambiado.

    —No he querido comunicarme para preguntar —explicó Matilda en voz baja—. Tengo un poco de miedo de lo que podrían decirme.

    —Si algo malo hubiera pasado ya te habrían avisado.

    —También si hubiera pasado algo bueno…

    Matilda suspiró pesadamente, e intentó recobrar lo más pronto posible la compostura. Ese había sido un buen día; no tenía motivo para estar deprimida o triste, y especialmente no tenía motivo para contagiarle su preocupación a su madre.

    —Como sea, tengo pensado ir a Hawkins y apoyar en lo que pueda a la Fundación mientras Eleven se recupera. Pero será hasta después de Acción de Gracias, y que esta herida me permita viajar.

    —Yo estoy contenta de tenerte aquí todo el tiempo que pueda —comentó Jennifer, bastante más optimista. Y de nuevo Matilda le sonrió, esta vez más sincera que antes.

    El resto del viaje fue un poco más silencio. Matilda necesitaba pensar en sus cosas, y Jennifer decidió darle su espacio.

    Cuando habían ya entrado a la propiedad y se aproximaban a la residencia Honey, ambas notaron a Maxima sentada en la pequeña sala del pórtico. Pero no estaba sola. Había otra persona, una mujer al parecer, sentada en otro de los sillones a su lado, y ambas parecían estar tomando té mientras charlaban; o eso parecía al menos a la distancia. A lado de la extraña, muy pegada a ella, notó también a una pequeña niña de trenzas y vestido rosa que devoraba en pequeñas mordidas una galleta de avena.

    —¿Quién está con Max? —Preguntó Matilda, curiosa.

    —No sé —respondió Jennifer, en un estado similar al de su hija—. Un cliente, quizás.

    A Matilda le convenció aquella explicación, aunque no era muy usual que Maxima atendiera a sus clientes en casa, además de no les había comentado nada al respecto.

    Sin embargo, conforme el vehículo se fue aproximando más, el rostro de aquella persona le resultó cada vez más… familiar. Era una mujer de piel oscura, cabello negro muy rizado que caía sobre sus hombros, y complexión pequeña. Cuando estuvieron lo suficientemente cerca, la mujer se viró a verlas, y sus ojos oscuros se cruzaron con los de Matilda. Y en ese momento justo la Dra. Honey supo exactamente de quién se trataba.

    —¡No puede ser! —Exclamó asombrada, pero bastante emocionada.

    En cuanto el vehículo se estacionó frente a la casa, Matilda abrió rápidamente la puerta y salió casi disparada por ella.

    —¡Matilda!, ¡no corras! —le gritó la Srta. Honey a sus espaldas, pero Matilda no la escuchó. Rápidamente subió los escalones del pórtico, en donde aquella mujer de piel oscura ya la aguardaba de pie, con una emoción igual o mayor que la suya.

    —¡No puedo creerlo!, ¡Lavender! —Exclamó Matilda llena de júbilo, y sin pensarlo mucho la rodeó con sus brazos.

    —¡La única! —Respondió la mujer casi gritando, y de inmediato la correspondió el abrazo con fuerza—. ¡Qué alegría verte, Matilda!

    —Auh, auh… —exclamó la psiquiatra en voz baja, y lentamente se vio forzada a romper su efusivo abrazo—. Más despacio… —murmuró risueña, mientras se presionaba un poco su hombro herido.

    El rostro de la visitante se llenó de miedo y pena.

    —Lo siento, lo siento. Me emocioné de más.

    —No, descuida. Es que tengo…

    —Te dispararon, lo sé —murmuró la mujer rápidamente, tomando a Matilda bastante desprevenida—. Bruce Bogtrotter me lo contó.

    —¿Bruce? —Musitó Matilda, aún más confundida por esa explicación—. ¿Y él cómo lo supo?

    —Es una ciudad pequeña, todo se sabe rápido —comentó entre risas burlonas, que inevitablemente se le contagiaron a la psiquiatra y comenzó a reír también, como posiblemente no lo había hecho en mucho tiempo.

    Lavender Brown había sido la mejor amiga de Matilda desde los seis años. A pesar de los grados que le tocó saltarse a la castaña y que les impidió estar en el mismo grupo, igual se las arreglaban para siempre estar en contacto, y verse en las tardes y fines de semana cuanto fuera posible. Eso hasta que Matilda se fue a estudiar a Yale y ya no fue tan sencillo seguirse viendo.

    Durante el tiempo que Matilda estuvo en Connecticut, Lavender se casó con su novio de preparatoria y se mudó con él a Phoenix. Y desde entonces y en el pasar de esos años, las ocasiones en las que tocaba que ambas estuvieran en la misma ciudad al mismo tiempo, habían sido muy reducidas. Aunque seguían de vez en cuando en contacto por Facebook, viendo y comentando las publicaciones de la otra. Sin embargo, a la larga esa había sido otra de esas amistades que Matilda, quizás sin darse cuenta, había estado dejando de lado poco a poco.

    Pero el verla ahí después de tanto tiempo, y justo en ese momento, traía todo de regreso y de una forma tan natural, como si nunca se hubieran separado.

    Jennifer subió las escaleras del pórtico con bastante más calma que su hija. Ella igualmente ya había reconocido a su antigua estudiante de primaria, si acaso el que Matilda gritara su nombre en alto no hubiera sido suficiente, y una amplia sonrisa de alegría le iluminaba el rostro. Lavender también se sintió bastante feliz de ver a su maestra favorita.

    —Srta. Honey, ¿cómo está? —saludó, aproximándosele para darle un abrazo bastante más cuidadoso que el que le había dado a Matilda.

    —Lavender, qué gusto verte —murmuró Jennifer despacio, abrazándola también—. No sabía que andabas por aquí.

    —Para variar pasaremos Acción de Gracias en casa de mi mamá este año —se explicó Lavender—. Roland sigue en Phoenix trabajando, pero nos alcanzará en un par de días. Y todo quedó justo para poder ver a mi vieja amiga.

    —Oye, ¿cómo que vieja? —exclamó Matilda, fingiendo estar ofendida. Pero no pudo sostenerlo mucho, pues casi de inmediato volvió a reír y ambas se abrazaron de nuevo—. Ha pasado… ¿cuánto?

    —¿Cuatro? Cinco años, quizás…

    Las palabras de Lavender se cortaron, al sentir el pequeño cuerpo de la niña que la acompañaba chocar contra su pierna y abrazarse de ella con fuerza.

    —Mandy —masculló Lavender con seriedad—. Ven, saluda a tu tía Matilda.

    Lavender intentó hacer que la niña la soltara para ponerla delante de ella, pero no se dejó, y en su lugar se esforzó por ocultar su rostro detrás de su pierna para que nadie la mirara.

    —No puede ser Mandy —exclamó Matilda maravillada. Sólo había conocido a la hija de Lavender por las fotos de compartía de ella en Facebook, pero definitivamente la reconocía—. Estás tan grande.

    Matilda se agachó poniéndose de cuclillas delante de ella para verla mejor. Le sonrió gentilmente, y la pequeña de piel oscura y cabello negro trenzado apenas y la vio de reojo desde atrás de la pierna de su madre. Sin embargo, rápidamente volvió a ocultarse. Se veía tan parecida a su madre cuando era niña, que era casi imposible de creer.

    —Hey, deja de ser tan penosa —le reprendió Lavender, volviendo a intentar hacer que la soltara y que saludara como debía. La niña sin embargo siguió resistiéndose, y a la madre no le quedó de otra más que suspirar y resignarse.

    Jennifer y Matilda rieron divertidas al ver esto.

    —Es una niña preciosa —comentó Matilda, incorporándose de nuevo.

    —Es la luz de mis ojos —respondió Lavender con una amplia sonrisa—. Pero ven, tenemos mucho de qué hablar.

    —Por supuesto —asintió Matilda—. Vayamos a mi cuarto. Vamos a estar arriba, mamá.

    —Adelante —musitó Jennifer—. Pero recuerda lo que dijo el doctor.

    —Prometo no cargar nada pesado —murmuró Matilda con tono burlón mientras caminaba hacia la puerta abierta de la casa. Lavender la siguió por detrás, luego de que Mandy al fin la soltara y pudiera cargarla en sus brazos.

    Las dos viejas amigas ingresaron a la casa, y Jennifer se quedó de pie en el pórtico observándolas con una inusual ilusión en sus ojos. Se quedó ahí hasta que las dos (tres contando a Mandy) subieron las escaleras y ya no las vio más.

    La maestra soltó entonces un largo suspiro liberador, y se dirigió hacia la pequeña salita del pórtico, en donde Maxima había observado todo en silencio, aunque ella también se veía contenta.

    —Por un segundo, al verla sonreír así otra vez, me pareció ver a la pequeña de seis años corriendo por aquí otra vez —comentó Jennifer con emoción, sentándose en el sillón justo al lado de su pareja.

    —Pues la veo de mucho mejor humor —comentó Max—. ¿El médico les dio buenas noticias?

    —Sí. La herida va muy bien hasta ahora.

    —No me sorprende, con todo lo que la has obligado a reposar. No la has dejado moverse en toda la semana. De hecho, me sorprende que la hayas dejado recibir a su amiga.

    —Oh, ¿tú también me vas a criticar? —Respondió Jennier molesta, dándole una pequeña palmada en su pierna como represalia—. Mejor sírveme un poco de té, ¿sí?

    —Creí que nunca lo pedirías —bromeó Max, y comenzó de inmediato a servirle de la tetera caliente en una de las tazas.

    —Pero sin azúcar, por favor. Me comí una paleta de camino para acá y Matilda ya me regañó.

    —¿Ella te regañó a ti? —Max soltó una pequeña risilla divertida—. Ustedes dos son tal para cual.

    Jennifer sólo sonrió, no molesta en lo absoluto por ese último comentario.

    Max le pasó su taza de té caliente, y la profesora comenzó a beberlo lentamente en pequeños sorbos. La sensación cálida era agradable, considerando que la tarde se estaba poniendo más fría.

    — — — —
    Matilda se resistió al principio, pero al final le insistencia de Lavender pudo más y pasó a contarle la historia detrás de su herida de bala. Por supuesto, cuidando de no contar de más, y enfocarse más en la versión oficial que había compartido con la policía cuando la interrogaron.

    Estando ambas recostadas en la cama de su infancia mientras le contaba todo, Matilda recordó otras tardes ya algo lejanas, en las cuales Lavender iba también de visita a esa casa, y ambas se la pasaban ahí en su cuarto, o jugando en el amplio jardín. Días cuando todo era más simple; antes de que comenzara a perder el control de sus poderes, de conocer la Fundación Eleven, de chicas de preparatoria incendiando sus escuelas y sus ciudades, niñas haciendo que sus madres se apuñalaran su propio cuello, o asesinas con cuerpos de niña disparando en hospitales.

    Algunas de esas cosas eran precisamente las que omitió en su relato, incluyendo también las más gráficas que pudieran escuchar los oídos curiosos de Mandy, aunque ésta estuviera aparentemente muy entretenida revisando los viejos juguetes de Matilda en las cajas del armario.

    —Te oigo y no lo creo —susurró Lavender asombrada mientras miraba al techo. Ella se encontraba recostada con su cabeza hacia los pies de la cama, en posición contraria a la de Matilda—. Aún no puedo concebir que algo como eso te haya pasado justo a ti.

    —Pues créelo, porque esta herida es muy real; dolorosamente real —respondió Matilda, mirando también hacia el mismo techo.

    —Vaya… Siempre escuchas de tiroteos en escuelas y en la calle, pero siempre es como algo ajeno; nunca algo que le pasa a alguien conocido. Y encima de todo te disparó esa asesina de la que todas las noticias hablan. Es increíble.

    —Espero no lo digas en el buen sentido.

    —No —respondió Lavender rápidamente, sentándose para poder verla—. Digo, claro, todo esto que me cuentas es horrible. Pero al mismo tiempo es lo más fascinante que he oído en mucho tiempo. Lo más impresionante que me ha pasado en Phoenix fue hace dos años, cuando choqué con aquel hombre y me comenzó a insultar en coreano. Al final nadie le disparó a nadie, y terminamos como amigos.

    —Yo hubiera preferido un final como ese —señaló Matilda con ironía.

    —Claro, lo siento. No sé lo que digo; ya sabes que cuando estoy nerviosa mi boca se acelera.

    Matilda sólo rio un poco, al parecer no molesta en absoluto por sus palabras. Llevaba muchos años de conocerla como para ofenderse por algún repentino exabrupto de emoción por cosas que, en esencia, no deberían emocionarla.

    La atención de Lavender se desvió un poco hacia su hija, que en esos momentos sujetaba un oso de peluche color azul de los brazos, y lo estiraba un poco y le daba vueltas.

    —Mandy, si rompes algo lo pagarás de tu fondo universitario, ¿oíste? —le amenazó su madre con tono firme, pero la niña no pareció escucharla, o quizás ni siquiera entendió el significado de la amenaza.

    —Déjala, no te preocupes —le indicó Matilda, sentándose también en la cama—. Es bueno ver a un niño jugar con esos juguetes para variar.

    Lavender suspiró, esperando que su amiga no se arrepintiera de dichas palabras.

    —Entonces, ¿esa mujer se llevó a la niña que tratabas? —preguntó de pronto, volviendo un poco al tema anterior.

    La sonrisa de Matilda se fue ante la mención directa hacia Samara.

    —Sí —respondió despacio.

    —Santo Dios, pobre pequeña. Recemos porqué esté bien y la encuentren pronto.

    —Yo también lo espero —añadió Matilda, aunque no sonaba del todo convencida—. Pero ya no hablemos de eso, por favor. Mejor cuéntame, ¿cómo te va en Phoenix?

    Lavender no parecía muy contenta de dejar ese asunto por la paz, pero pareció percibir de inmediato el ambiente y darse cuenta de que Matilda en verdad no quería hablar de eso. Aunque ciertamente a Lavender tampoco le emocionaba mucho hablar de su vida. No porque no le gustara o le molestara, sino que en su opinión ésta era demasiado… normal.

    —Bien, como te dije no pasa nada muy interesante en mi vida —indicó Lavender encogiéndose de hombros—. Las clases van bien, y todo bien también con Roland; lo más bien que se puede estar con un Entomólogo. —Entonó entonces una pequeña risa sarcástica—. No me malinterpretes; lo amo, pero tengo un cierto límite en el número de tipos de cucarachas y arañas que quería saber que existían. Y Mandy…

    Hizo una pausa y se viró a ver a su hija de nuevo. La pequeña ya había dejado el oso en el suelo a un lado, y esculcaba en la caja para ver qué más había.

    —Bueno, como ves ella está bien —murmuró con seriedad—. Sólo que es tan tímida y cerrada con los extraños. En la casa no la calla nadie, pero nomas sale a algún lado y… —Concluyó con un pequeño suspiro de preocupación, que dijo más que las palabras—. Oye, no pienses que quiero consulta gratis ni nada pero, ¿puedes decirme si al menos eso es algo… normal a su edad o…?

    Sorprendentemente Lavender pareció bastante más cohibida al momento de hacer tal pregunta de lo que estuvo todo el resto de la tarde. Parecía que era un tema que en verdad le preocupaba, pero no se sentía cómoda de hablarlo abiertamente. Pero aquello había sido un buen primer paso.

    Matilda le ofreció una sonrisa tranquilizadora y asintió.

    —Sí, es normal —murmuró con suavidad, como lo haría con la madre de cualquiera de sus pacientes—. Durante sus primeros años los niños son muy apegados a sus padres, y dependientes de ellos en lo que respecta a su trato con el mundo exterior. Intenta darle tareas que le requieran abrirse con la gente sin que tú le ayudes. Que en la tienda o en la biblioteca ella misma pida lo que ocupa, o incluso que llame para pedir una pizza.

    —Eso hasta yo tengo problemas de hacerlo —bromeó Lanvander, riendo de nuevo, y Matilda le acompañó. Extendió entonces su mano hacia a ella, estrechando la de Matilda entre sus dedos—. Gracias, amiga. Te he extrañado mucho, ¿sabes?

    —Y yo a ti —respondió Matilda, apretando también un poco su mano—. En especial estos últimos días…

    La presencia de alguien en la puerta abierta del cuarto, acompañada del sonido de sus nudillos contra el marco para hacerse notar, las hicieron desviar su atención.

    —Matilda, alguien más te busca abajo —le informó Maxima, tomando un poco por sorpresa a la psiquiatra. No esperaba siquiera una visita ese día, mucho menos dos.

    —¿Quién es? —Preguntó Matilda, perspicaz.

    —No lo sé —respondió Max encogiéndose de hombros, pero casi de inmediato una sonrisa astuta se asomó en sus labios—. Pero es un chico guapo.

    Tras dejar esas últimas palabras en el aire, se dio media vuelta y pasó a retirarse antes de que Matilda pensara siquiera en preguntarle más al respecto.

    —Debe ser Bruce —indicó Lavender de pronto, con bastante emoción.

    —¿Bruce?, ¿por qué lo dices tan segura?

    —Puede que casualmente le haya mencionado que vendría visitarte hoy —murmuró Lavender con un claro tono de complicidad—. Y quizás él me haya dicho que intentaría darse una vuelta por aquí durante la tarde.

    Matilda la observó fijamente, arqueando su ceja intrigada.

    —¿Y no me habías dicho nada por qué…?

    —Para que fuera sorpresa —exclamó Lavender con bastante más agitación de la que Matilda esperaba—. ¿No has visto sus fotos en Facebook recientemente? Está aún más bueno que antes.

    —Lavender —musitó Matilda, casi sonando como un regaño.

    —¿Qué? Estoy casada, no ciega. Pero él sigue soltero, y creo que nunca te superó.

    —¿Superar qué? Si nunca fuimos nada.

    —Por qué tú nunca quisiste, amiga.

    —Ay, por favor…

    Irritada, aunque más que nada apenada por las insinuaciones de Lavender, Matilda se paró de la cama, sintiendo un pequeño respingo de dolor al hacerlo tan rápido, pero logró recuperarse casi de inmediato para seguir con su huida. Lavender se apresuró a seguirla, pero primero se regresó para tomar a su hija en sus brazos, y entonces apresurarse para alcanzarla en las escaleras.

    —Si es Bruce, promete que te comportarás o te encierro en el sótano —le amenazó Matilda mientras bajaban.

    —Me comportaré, enserio —respondió Lavender rápidamente a sus espaldas—. O si quieres los dejamos solos…

    —Te lo advierto, no estoy para esos juegos. Ahora menos que nunca.

    Y en verdad no lo estaba. Con todo lo que había pasado, para lo que menos tenía cabeza era para los intentos de su vieja amiga por querer emparejarla con Bruce Bogtrotter. Los tres habían sido muy buenos amigos desde que eran niños. Los tres habían sobrevivido juntos el reino de terror de Tronchatoro en su escuela, y se habían vuelto más unidos con el pasar del tiempo; de nuevo, al menos hasta antes de que se fuera a Yale.

    Y claro, Matilda siempre había sido una niña inteligente y perspicaz. En efecto se había dado cuenta de que Bruce estaba un poco interesado en ella, pero nada más allá del usual e inocente enamoramiento de pubertad. Él nunca lo mencionó, y ella tampoco. Nunca vio a su viejo amigo de esa forma, y estaba segura de que con el tiempo se le pasaría como el suele ocurrir a todo adolecente. Pero si a Lavender se le ocurría insinuar cosas, podría incomodarlo demasiado (y de paso a ella también).

    Al bajar al recibidor de la casa no vieron a nadie, así que Matilda supuso que Max lo había pasado a la sala. Al ingresar a dicho cuarto, divisó casi de inmediato al hombre de pie enfrente de la chimenea, observando con curiosidad la pintura sobre ésta de Magnus Honey, el padre de Jennifer. Sin embargo, en cuanto lo vio… se dio cuenta casi de inmediato de que no era Bruce. Y cuando aquel hombre se dio cuenta de su presencia y se giró hacia ellas, Matilda pudo confirmar que su primer presentimiento había sido correcto.

    —Cole… —murmuró asombrada la psiquiatra, quedándose casi paralizada en su sitio.

    El hombre rubio le sonrió gentilmente y se viró por completo hacia ella.

    —Buenas tardes, Matilda —le saludó asintiendo ligeramente con su cabeza.

    Ambos se miraron el uno al otro en silencio. El rostro de Matilda se había quedado congelado en su perpetua expresión de asombro; aunque, para dicha de Cole Sear, no se notaba precisamente molestia de verlo.

    Cole se aclaró un poco su garganta, rompiendo un poco el silencio con su carraspeo.

    —Espero no ser inoportuno.

    —No, no —respondió Matilda rápidamente, sobresaltándose—. Es sólo que no esperaba… verte aquí. ¿Qué haces en Arcadia? Pensé que volverías a Filadelfia.

    —Iba a hacerlo, pero…

    Antes de seguir hablando, la vista de Cole se desvió un poco del aún sorprendido rostro de Matilda, hacia más allá detrás de ella. Matilda se viró lentamente en esa dirección, notando de nuevo la presencia de Lavender y Mandy a unos cuantos pasos de ella.

    —Lo siento —pronunció Matilda, apenada al darse cuenta de que prácticamente se había olvidado de que no venía sola—. Lavender, él es el detective Cole Sear de la policía de Filadelfia; es uno de mis colegas que me estuvo apoyando con mi caso en Oregón. —Se viró entones hacia Cole—. Ella es Lavender Brown, una muy buena amiga mía de hace muchos años.

    —Encantada, señorita Brown —le saludó Cole, extendiendo su mano hacia ella para estrechársela.

    —Igualmente, detective —musitó Lavender, y se acomodó a su hija en un brazo para para poder estrecharle su mano—. Ella es Mandy, mi hija. Saluda, cariño.

    Como respuesta a su petición, la niña rápidamente ocultó su rostro contra el cuello de su madre, y se abrazó fuertemente a ella.

    —Lo siento, se cohíbe con los extraños.

    —Descuide, yo la entiendo —asintió Cole, y entonces se permitió aproximarse un poco para ver más de cerca a la niña—. Hola, Mandy. ¿Cómo estás, linda?

    La niña poco a poco comenzó a alzar su mirada, hasta que sus ojitos se encontraron con los ojos azules del policía. Éste le sonrió jovialmente, y Mandy pareció reaccionar correspondiéndole de la misma forma. Aquello tomó por sorpresa a Lavender; su hija nunca hacía eso con alguien que acababa de conocer.

    —¿Viniste por algo en especial? —intervino Matilda, dando un paso hacia él—. ¿Pasó algo con la Sra. Wheeler?

    —No, no… o más bien no lo sé —respondió Cole—. Vine porque necesito hablar contigo… sobre Samara.

    Eso último lo había pronunciado despacio, y con un bastante notable tono de preocupación que a Matilda dejó intranquila; aunque la sola mención de Samara hubiera bastado para provocarle aquello. Pero sin lugar a duda aquello despertó enormemente el interés de la psiquiatra.

    —Lavender, ¿podrías darnos un minuto? —solicitó Matilda con seriedad, pero procurando que su amiga no se diera cuenta de lo realmente preocupada que se sentía en realidad.

    —Sí, claro —contestó Lavender sin titubear—. Ven, cariño. Vamos a ayudar a la Srta. Honey a preparar algo para merendar, ¿sí?

    Mandy no pronunció nada a favor o en contra de la propuesta, pero no opuso resistencia cuando su madre comenzó a caminar hacia la entrada de la sala. Mientras se iban, sin embargo, observó sobre el hombro de su madre hacia Cole, hasta que desaparecieron de su vista.

    —Siéntate, por favor —le indicó Matilda apuntando con su mano hacia una de las sillas de la sala. Cole tomó asiento, y Matilda hizo lo mismo en el sillón más grande, justo enfrente de él.

    —¿Cómo sigue tu herida? —Preguntó Cole con sincero interés—. Veo que ya no usas el cabestrillo.

    —Justo hoy dejé de usarlo —respondió Matilda—. Fui a ver a mi doctor y dijo que estoy cicatrizando bien. Quizás la próxima semana me quiten los puntos.

    —Me alegra mucho oír eso. ¿Me creerías si te dijera que en ocho años de servicio, nunca he recibido una herida de bala?

    —Suena a que has tenido mucha suerte.

    —En realidad, que un policía reciba un disparo no es tan común como la gente pudiera llegar a pensar. Por otro lado, muchas veces sólo llegan a recibir uno… y ese único es todo lo que hace falta. —Cierto pesar cargó sus palabras, dejando un poco destanteada a Matilda—. Pero al menos ya estás bien, y eso es lo que importa.

    Matilda asintió, sonriendo levemente como agradecimiento a sus buenos deseos.

    —¿Tienes noticias de Samara? —Preguntó directamente—. ¿La encontraron? ¿Ella está…?

    —Aún no —se apresuró Cole a responder antes de que la psiquiatra se hiciera ideas—. Pero tengo una pista importante de dónde podrían estar ella, Leena Klammer, y también la persona detrás de todo esto.

    —¿Dónde? —cuestionó Matilda, apremiante.

    Cola vaciló, agachando su mirada hacia la alfombra bajo sus pies.

    —Matilda… siendo franco, estuve pensando demasiado si venir a verte o no. Yo tenía pensado irme a Filadelfia como habíamos dicho, pero entonces recibí información de hacia dónde se dirigía Leena Klammer, y pensé en avistarte. Pero luego decidí no hacerlo porque me preocupé por ti.

    —¿Por mí? No te estoy entendiendo. Sé más claro, por favor.

    —Lo haré —aclaró Cole, alzando una mano hacia ella indicándole que aguardara—. Pero necesito que intentes tener la mente abierta mientras lo hago.

    —Si es otro tema de fantasmas y demonios, te aseguro que mi mente ya está muy abierta…

    —No, hablo enserio —le interrumpió Cole abruptamente, con cierta hostilidad en su voz—. Necesito que me escuches, y realmente tomes con seriedad lo que te diré, Matilda. Porque no se trata de un juego, por más absurdo que te pueda parecer.

    Matilda lo miró bastante azorada por oírlo hablarle de esa forma. Es verdad que su actitud no había sido la mejor cuando él le hablaba de esos asuntos un tanto más fuera de su zona de confort. Sin embargo, no lo había visto comportarse de esa forma las anteriores veces. ¿Lo que estaba por decirle era incluso más serio, y a la vez inverosímil, que fantasmas y demonios? Matilda no sabía qué pensar, pero de cierta forma también sintió curiosidad al respecto; especialmente si tenía de alguna forma que ver con Samara.

    —Está bien —asintió con cuidado—. Haré lo posible, te lo prometo.

    Cole suspiró y volvió a agachar su mirada. Guardó silencio unos segundos mientras repasaba en su mente lo que ya había pensado con anterioridad que diría, y entonces comenzó:

    —Te conté sobre mi madre, ¿recuerdas? Sobre que murió de cáncer y yo la seguía llamando hacia mí, hasta que al fin la dejé ir.

    —Sí, lo recuerdo.

    —Lo que no te dije es que hace poco se apareció ante mí de nuevo, sin que yo la llamara. Fue el mismo día que hablamos con Samara en Eola. Y no fue la única que se me apareció ese día.

    Matilda arrugó el ceño, intrigada por lo que escuchaba.

    Cole intentó explicarle lo mejor posible lo que había ocurrido en aquel pasillo. Le habló de la mujer que se había presentado como Gema, de cómo su madre se apareció abruptamente para advertirle, y como la apariencia de aquella mujer había cambiado drásticamente de un momento a otro. Matilda lo escuchaba con atención. Y aunque en su semblante se reflejaba el escepticismo que todo ese relato le causaba, se las arregló para mantenerse serena y con la mente abierta como había prometido.

    —¿Qué era esa criatura? —Preguntó Matilda, dándole el privilegio de la duda a su compañero.

    —Aún no lo sé —respondió Cole—. Recientemente me acabo de enterar que sí existió una mujer llamada Gema, que se suicidó hace dos años. Pero no estoy seguro de qué lo que vi haya sido ella realmente. Y la volví a ver una vez más, la noche que Leena Klammer secuestró a Samara.

    Su relato prosiguió dando un poco más de detalle sobre lo que había pasado aquella noche cuando se llevaron a Samara, y como aquel hombre misterioso intervino para ayudar a Leena a escapar. Parte de ello se lo había contado aquella noche, pero no la parte en la que el mismo ser llamado Gema le susurró mientras aún estaba paralizado.

    —Mi madre y el Dr. Crowe me han estado advirtiendo todo este tiempo sobre este asunto —indicó Cole con palpable preocupación—. Ambos me han dicho que debemos apartarnos de esto; que hay fuerzas en juego más allá de nuestro alcance detrás. Y sea lo que sean esas fuerzas, esa criatura creo que es parte de ello. Y me han dicho que si seguimos interviniendo, no sólo mi vida estará en peligro, sino también la tuya. Es por eso que cuando me enteré de a dónde se dirigían Leena Klammer y las dos niñas, pensé en no decirte nada, para mantenerte alejada de todo.

    —¿Y qué cambió? —Inquirió Matilda—. ¿Por qué decidiste venir a verme ahora?

    —Porque me acabo de enterar de lo que podría estar realmente detrás de todo esto. Y es algo tan loco, incluso para mí. Pero si fuera aunque un poco la verdad, tú… necesitas saberlo, necesitas estar enterada para estar a salvo.

    —¿De qué hablas? ¿De qué te enteraste?

    Cole pasó su mano por su nuca, y desvió su mirada para no ver directamente a la mujer delante de él. Hasta ahora había sido sencillo; ahora comenzaba la parte complicada de esa visita.

    —Me hablaron de un chico, que a todas luces es quien te atacó a ti y a Eleven. Y, Matilda… Él está en Los Ángeles.

    —¿Qué? —Exclamó Matilda atónita, parándose rápidamente de su asiento, haciendo que su herida le doliera un poco. Cole también se paró, alarmado, pero ella le extendió una mano, indicándole que estaba bien—. ¿Samara está…?

    —Es probable que Samara esté en Los Ángeles, con él —indicó el detective con seriedad—. Pero las cosas que me dijeron de este chico son simplemente…

    Cole fue incapaz de seguir, y en su lugar caminó hacia un lado, aproximándose a la chimenea. Se apoyó en ella con una mano, mientras la otra la pasaba por su rostro agotado.

    —¿Qué?, ¿qué te dijeron? —Preguntó Matilda con apuro, aproximándosele—. Habla; dímelo, por favor.

    El detective respiró hondo, y contuvo las grandes ansias que tenía en ese momento de fumar un cigarrillo. Una vez que recobró de nuevo la compostura, o la mayor parte de ella, se volvió a virar hacia Matilda para seguirle hablando.

    —Conocí a dos padres católicos, que trabajan directamente para el Vaticano. Me contaron de una orden secreta que se ha llevado a cabo desde el año 2000 para dar… con el Anticristo.

    Hubo un momento de silencio, que sólo fue roto hasta que Matilda susurró:

    —¿Qué…?

    —El Anticristo —repitió Cole—, el hijo de Satanás, la Bestia del Apocalipsis. Ellos creen que se trata de una persona, de carne y hueso, y que nació en el 2000. Por lo que me dijeron, han estado desde entonces buscando a candidatos que pudieran encajar en su perfil. Y este chico del que te hablo, es uno de sus sospechosos. Y antes de que me digas algo, yo seré el primero en señalar lo absurdo que suena. Yo creo en muchas cosas, algunas incluso bíblicas. Pero hay otras que no considero se puedan interpretar de forma literal; y el Anticristo es una de ellas. Pero hay ciertas cosas que no me permiten descartar por completo la idea de una fuerza desconocida detrás de esto. Ese espíritu, el que se hizo llamar Gema, es uno de esos.

    Matilda retrocedió un poco, mirando reflexiva hacia un lado. Se veía a simple vista que se contenía para no reaccionar justo como sus instintos le gritaban que hiciera, y mantener su promesa de la mente abierta. Pero, ciertamente aquello había puesto realmente a prueba el peso de dicha petición.

    —¿Entonces tú crees que, quizás, quien me atacó a mí y dejó a Eleven en coma… es el Anticristo? —Musitó despacio la psiquiatra, intentando sonar lo más seria y respetuosa posible con su pregunta.

    —No lo sé, Matilda —respondió Cole encogiéndose de hombros—. Pero lo sea o no, es obvio que se trata de alguien mucho más poderoso que nosotros.

    —¿Y qué tiene que ver Samara en eso? —Señaló Matilda virándose de nuevo hacia él—. ¿Qué querría un individuo como ese con una niña como ella?

    Cole guardó silencio, y Matilda notó cierta culpa asomándose de él, casi como un sonoro grito.

    —Hay algunas cosas que no te compartí del todo sobre mis sospechas de la verdadera naturaleza de Samara. La verdad es que creo que sus poderes realmente tienen un origen no humano. Y que incluso su padre podría…

    —Por Dios, Cole —espetó Matilda, caminando hacia el lado contrario de la sala—. Ya tuvimos esa discusión, y acordamos…

    —Que si no obtenía nada de su madre biológica descartaría la idea, lo sé —respondió Cole, andando detrás de ella para seguirla en su andar—. Pero, ¿recuerdas las cosas que dijo? ¿Cómo se refería al ser que le hablaba desde el mar? ¿A Él?

    —Eran desvaríos —señaló tajante la psiquiatra, girándose rápidamente hacia él—. Es obvio que no estaba consciente de lo que decía.

    —Lo sé, lo sé. Pero, ¿y si no? ¿Y si lo que decía era su forma de interpretar lo que le pasó?

    —¿Qué me estás queriendo decir, Cole? —Le cuestionó Matilda con ímpetu en su tono—. Dilo directamente. ¿Me estás diciendo acaso que el padre de Samara… es el Diablo? ¿Satanás? ¿Lucifer? Dime Cole, ¿eso es lo que realmente crees?

    Él no pudo responderle de inmediato. Sus cuestionamientos, y la expresión dura e inquisitiva de su mirada lo dejaron casi indefenso. Pensó que quizás esa era la misma forma en la que él había cuestionado al padre Babato y al otro. Pero quien lo cuestionaba a él era Matilda… y ella tenía un efecto mucho más fuerte en él de la que podría tener en esos dos sacerdotes, y de eso él se volvió más consciente que nunca en ese preciso momento.

    No deseaba que le creyera un loco o se decepcionara de él. Quería que ella le respetara, le admirara, e incluso algo más. Porque lo que había dicho a Eleven hace unos días sobre lo especial y hermosa que le parecía la Dra. Honey pudiera haber sido sólo un comentario casual, casi una broma. Pero lo que sentía en ese mismo momento al tenerla de frente, y mirándolo de esa forma… eso era real; lo más real que había sentido en mucho tiempo.

    —No sé si se trata el Diablo de la Biblia, ¿bien? —Logró responderle en cuanto se recuperó—. Pero sí, creo que su concepción podría haber sido realizada por parte de esta fuerza que está detrás de la criatura que me atacó, y que posiblemente también es el origen de las habilidades de este chico. No te estoy diciendo que estemos lidiando con el Anticristo, Satanás o el Apocalipsis. Pero sí con algo mucho más grande de lo que incluso Eleven previó, y con lo que quizás no podremos lidiar; ni nosotros, ni la policía, ni nadie.

    —¿Y qué significa entonces? ¿Qué pasará con Samara?

    —Yo quiero salvarla —declaró Cole fervientemente, sorprendido un poco a Matilda—. Quiero ponerla a salvo, y alejarla de ese sujeto y de Leena Klammer. Y te juro que mi primera intención al venir acá era lograr justo eso. Pero, aunque lo hagamos, quizás nunca podremos alejarla de lo que habita en su interior; de lo que es realmente. Por qué, si tengo razón, no hay un demonio poseyéndola o acosándola: ella misma sería ese demonio. Y por eso… quizás no esté en nuestras manos el salvarla.

    Matilda enmudeció, pasmada al escuchar tal declaración, que aunque no era tan directa no dejaba mucho a la imaginación la verdad que intentaba transmitirle con ella. Retrocedió un poco, y caminó cruzada de brazos hacia un lado, meditando. Le dio la espalda a Cole por casi minuto, y éste le dio su espacio para que pensara por sí sola en todo aquello.

    —¿A eso viniste? —Pronunció despacio, sin mirarlo aún—. ¿A decirme que es un caso perdido? ¿A decirme que debo darme por vencida… y abandonarla?

    Cole no respondió, pero su silencio dejó en evidencia que, efectivamente, intentaba decirle algo muy parecido a eso.

    Hubo más silencio, en el cual Matilda observaba pensativa hacia las ventanas que daban al frente de la casa, aunque su mente se encontraba muy lejos de ese lugar y momento.

    ¿No la había ella de hecho ya abandonado? ¿No había en aquel momento tras el disparo, el secuestro y el ataque a Eleven, decidido que todos debían volver a sus casas y dejar eso atrás? ¿No podrían decir algunos que había ido a ese sitio específicamente a esconderse?, ¿a lamer sus heridas y curarse, para luego irse con la cola entre las patas en cuanto pudiera? ¿No había ella decidido dejar a Samara atrás…?

    —No —pronunció de pronto despacio, pero Cole la pudo escuchar con bastante claridad—. No lo haré; ¡no lo haré! —Pronunció con bastante más fuerza, virándose hacia su visitante rápidamente. Cole se sorprendió al ver un fuego casi viviente alumbrando sus ojos—. Así sus padres, sus doctores, la Fundación o el mundo entero le den la espalda, yo no lo haré.

    —Matilda… —intentó Cole decirle algo, pero ella no le dio oportunidad.

    —Dijiste que sabías en dónde podría estar —señaló la castaña, aproximándosele con paso firme hasta pararse justo delante de él de nuevo—. ¿Dónde?

    Cole la observó en silencio, de nuevo sintiéndose intimidado por su presencia, y por esos brillantes y penetrantes ojos azules. Aun así, se mantuvo firme lo suficiente.

    —No te lo diré —le respondió con decisión.

    —¿Por qué no?

    —Por qué sé que si lo supieras irías directo a encarar a ese sujeto, aunque tuvieras que hacerlo sola. Y lo que más deseaba es que estuvieras a salvo… Así que fue un error venir aquí.

    De pronto, Cole le sacó la vuelta y comenzó a caminar rápidamente hacia la salida con la clara intención de irse. Esto alertó a Matilda, y rápidamente lo alcanzó.

    —Aguarda —pronunció apresurada la psiquiatra, tomándolo de su brazo para detenerlo. Al sentir su tacto, Cole se vio obligado a detenerse y voltearse a verla. La mirada de Matilda era mucho más serena, llena ahora de más suplica que exigencia—. No puedes soltarme todo esto y luego irte.

    Lentamente retiró su mano del brazo de Cole, pero no desvió su mirada de él ni un momento.

    —Lo admito, tenías razón. Lo que Cody y tú me dijeron sobre Samara es cierto: yo la quiero, muchísimo, y ella me necesita, así como yo necesité a la Srta. Honey y ella me extendió la mano sin dudarlo. Y así como ella, yo estoy dispuesta a hacer lo que sea con tal de ayudar a Samara. Así que dime lo que sepas, por favor. No puedo abandonar a esa niña otra vez…

    La sinceridad que brotó de cada una de sus palabras fue casi embriagante. Cole sentía que veía a la verdadera Matilda por primera vez, mostrándosele como realmente era debajo de su respectiva máscara. Y, quizás, él inconscientemente había estado haciendo lo mismo durante toda esa plática, pues por un momento volvió a sentirse como aquel muchacho asustadizo e inseguro. Y todo aquello no hacía más que hacerlo sentir aún más fascinado por ella; e incluso se atrevería a decir, aunque no con palabras, enamorado.

    Y estaba casi dispuesto a decirle eso que le preguntaba con tanta desesperación, pues era posible que en ese momento hiciera cualquier cosa que ella le pidiera sin excepción. Pero afortunadamente para él, fue salvado por la campana, pues en ese mismo momento el timbre de la casa sonó, haciendo que ambos se estremecieran.

    —¿Ahora qué? —Maldijo Matilda por tal inoportunidad—. No te muevas, por favor —le indicó a Cole, justo antes de dirigirse apresurada a la puerta. Él la siguió unos pasos detrás, dispuesto a aprovechar la primera oportunidad para seguir con su plan de escape.

    Por su lado, Matilda estaba dispuesta a despachar a quien quiera que fuera rápidamente, pues la plática que estaba teniendo se había tornado prioritaria por encima de cualquier otra cosa. Sin embargo, su actitud cambió en cuanto abrió la puerta, y se encontró de frene del otro lado con el hombre alto y de complexión fornida, de cabello negro y corto, y una elegante barba de candado oscura bien recortada y arreglada. El hombre le sonrió ampliamente con una brillante y blanca sonrisa, y Matilda lo reconoció casi al instante.

    —Hey, Matilda, ¿cómo estás? —Pronunció el hombre en la puerta con bastante alegría, y se inclinó entonces para abrazarla, cuidando de que el recipiente de plástico que traía consigo en una mano no le estorbara. Matilda estaba algo aturdida y no fue capaz de corresponderle su abrazo, aunque tampoco se lo impidió.

    —Bruce… hola —pronunció Matilda en voz baja, aún incapaz de salir de su impresión. Se había olvidado por completo de Bruce Bogtrotter, o quizás más bien había creído que en realidad no se presentaría como Lavender había creído. Pero ahí estaba, de carne y hueso, justo como en las fotos de su Facebook que al parecer tanto habían fascinado a su vieja amiga.

    Una vez que dejó de abrazarla, Bruce se enderezó de nuevo, y se quedó de pie ahí en la puerta sujetando entre sus manos el recipiente de plástico. Y ahí se quedó unos segundos, antes de Matilda reaccionara al fin.

    —Lo siento, pasa por favor —le indicó rápidamente, haciéndose a un lado para que pudiera entrar.

    —Con permiso —pronunció Bruce, aceptando su invitación e ingresando a la casa. Era más alto de lo que Matilda recordaba, sacándole al menos una cabeza y media—. No quiero ser inoportuno. Me enteré hace unos días de que estabas aquí, y ayer me encontré con Lavender…

    Cuando ya estuvo adentro y Matilda cerró la puerta detrás de ellos, Bruce notó la presencia de Cole en el vestíbulo, que lo observaba desde una prudente distancia. Y pareció entonces darse cuenta de la extraña seriedad que rodeaba tanto a aquel hombre, como a su vieja amiga Matilda.

    —Ah, lo siento —pronunció Bruce un poco apenado—. ¿Interrumpí algo?

    —No, descuida —se apresuró Cole rápidamente a responder, volviendo a sonreír ampliamente, y de cierta forma colocándose de nuevo su máscara de seguridad y despreocupación. Se aproximó entonces al recién llegado, extendiendo su mano hacia él—. Cole Sear, colega de la Dra. Honey. Mucho gusto.

    —Igualmente —correspondió el hombre alto, estrechando con fuerza la mano que Cole le ofrecía—. Bruce Bogtrotter, viejo amigo de Matilda desde la primaria.

    —¿Bruce Bogtrotter? —Pronunció Cole con curiosidad, y luego echó un nada discreto vistazo al hombre de arriba a abajo—. ¿El famoso Bruce Bogtrotter que acabó él solo con todo un pastel de chocolate frente a toda la escuela?

    Aquella afirmación hizo que Matilda se sobresaltara casi asustada, aunque era más asombro de oírlo mencionar aquello tan repentinamente. Bruce, por su parte, sólo sonrió, un poco apenado pero no precisamente molesto.

    —Oh, veo que Matilda te contó sobre eso —murmuró Bruce con tono de broma.

    —No, claro que no —se apresuró la psiquiatra a responder, alzando un poco de más la voz—. Te juro que no sé cómo es que sabe de eso.

    —No, no te preocupes —intervino Cole, alzando una mano en señal de tranquilidad—. Descubrir cosas de la gente es mi trabajo. Soy detective de policía.

    Aquella explicación sí causó una reacción de sorpresa, y se podría decir que también incomodidad, en el recién llegado.

    —Oh, vaya —pronunció Bruce despacio—. No sabía que comerse un pastel entero quedaba en tu expediente. Pero ahora sé que definitivamente debería ser ilegal.

    Bruce terminó su comentario con una pequeña risa burlona, misma que Cole le correspondió. Quien no reía era Matilda, cuyas mejillas se habían ruborizado sin que ella pudiera evitarlo. ¿Era eso parte de lo que había investigado sobre ella antes de que se conocieran? ¿Qué tenía que ver el incidente de Bruce y el pastel de Tronchatoro con ella o su trabajo como para que alguno de los rastreador le hubiera transmitido tal dato? Al menos Bruce no se lo había tomado a mal.

    —Sí, de hecho… —pronunció Cole, y de nuevo guardó silencio unos momentos, mirando de nuevo la figura del hombre sin disimularlo demasiado—. Espero no ofenderte, pero definitivamente no pareces el tipo de sujeto que haría tal proeza.

    Bruce rio ante su comentario.

    —De niño era muy diferente, te lo aseguro. Matilda puede confirmarlo. Pero durante mi adolescencia mi sobrepeso me trajo varios problemas; de salud… y de otros tipos. Así que di todo de mí para mejorar, ponerme en forma y cambiar mis hábitos alimenticios. Fue duro, pero Matilda fue un gran apoyo; no lo habría logrado sin ella. Desde entonces yo sabía que sería una gran psiquiatra.

    —No tienes que decir eso —indicó Matilda con gentileza—. Todo lo difícil lo hiciste tú mismo, Bruce.

    —Tú misma me dijiste que uno tiene que aprender a aceptar los cumplidos, ¿recuerdas? —Señaló Bruce, casi como un regaño, y de nuevo las mejillas de Matilda se ruborizaron—. Eres una persona fantástica, y lo sabes.

    —Estoy de acuerdo —asintió Cole—. Es fantástica…

    Matilda se sintió de pronto acorralada, y un poco confundida por el ambiente que se había formado en este vestíbulo. Abrió la boca como queriendo decir algo, aunque no estaba segura de qué con exactitud. Pero la voz de Lavender le ganó.

    —¡Bruce! —Exclamó Lavender con fuerza, ingresando al vestíbulo por la puerta que llevaba a la cocina, trayendo de la mano a Mandy—. Sí viniste, y estás aquí… justo ahora. —Lavender sonrió nerviosa, viendo respectivamente a Bruce y a Cole—. Qué oportunamente genial…

    —Sí, te dije que vendría —señaló Bruce, un tanto confundido por la extraña reacción de Lavender—. Y hablando de pastel de chocolate, traje un poco del que prepara mi madre.

    Alzó entonces el recipiente de plástico que traía consigo, y lo abrió para que pudieran ver su contenido. Y en efecto, dentro del recipiente había un gran pedazo de pastel de chocolate, de una apariencia obscenamente deliciosa.

    —El legendario pastel de chocolate de la señora Bogtrotter que es mejor que el de Tronchatoro —señaló Lavender, maravillada.

    —Ese comentario me costó caro, pero lo sostengo hasta la fecha —indicó Bruce con orgullo.

    —Luce delicioso, Bruce —dijo Matilda—. Creo que a Mandy ya se le hizo agua la boca.

    Cuando miraron a Mandy, la niña miraba el pastel con sus ojos muy abiertos, al igual que su boca, y no le quitaba para nada la vista de encima.

    —Sólo un pedacito, ¿oíste? —le indicó su madre severamente, aunque era difícil decir si la niña la había escuchado o no.

    —¿Gustas probar un poco, detective? —Le preguntó Bruce, extendiendo el recipiente hacia Cole—. Te aseguro que nunca has probado uno igual.

    —Eso me encantaría —asintió Cole, aunque su atención se fijó en ese momento en Matilda—. Pero no puedo, lo siento. Debo irme ya.

    —No tienes irte —se apresuró Matilda a indicarle, tomándolo del brazo otra vez.

    —Será mejor que lo haga —murmuró Cole, y se retiró su mano con delicadeza—. Hablamos otro día. Con su permiso, disfruten su velada.

    Antes de que Matilda pudiera pensar en alguna respuesta, o cualquier cosa que pudiera decirle para que no se fuera, Cole se aproximó a la puerta, la abrió y salió casi disparado de la casa. Matilda observó en silencio la puerta cerrada, inmóvil en su sitio sin poder reaccionar.

    —¿Todo está bien, Matilda? —le preguntó Lavender, acercándosele por un costado. Sólo hasta entonces la castaña logró reaccionar.

    —Sí, por supuesto —respondió rápidamente, sacudiendo un poco su cabeza—. Pasemos a la cocina.

    Matilda comenzó a aminar apresurada hacia la cocina, y sus dos amigos la siguieron por detrás. Toda esa conversación que había tenido con Cole le seguía dando vueltas en la cabeza. Sin embargo, de momento no le quedaba más remedio que intentar seguir adelante con la visita de sus amigos, y quizás mañana intentar solucionar todo ese ostentoso dilema.

    — — — —
    El anochecer no estaba muy lejos, y la temperatura había descendido considerablemente. Cole comenzó a alejarse de la casa caminando tranquilamente, abrazándose a sí mismo para mitigar el frío. Sentía una fuerte opresión en el pecho al recordar lo que acababa de ocurrir, pero esa misma sensación lo obligaba a no mirar atrás mientras se alejaba.

    El deseo de sacar la cajetilla de su bolsillo y fumar un cigarrillo se hizo más vivido que antes, y al final cedió. Se detuvo a mitad de su camino, sacó la cajetilla y un cigarrillo, colocándoselo en los labios. Sacó su encendedor y estuvo a punto de accionarlo y encender el cigarrillo, cuando entonces escuchó a sus espaldas:

    —¿Por qué hiciste eso, Cole?

    Cole se sobresaltó impresionado. Aún antes de girarse, se había hecho una idea de quién le estaba hablando. Y en efecto, ahí estaba de pie frente a él, con su apariencia sana y joven, muy diferente a la real de sus últimos días de vida.

    —Mamá… —susurró sorprendido mirando a aquella mujer. Por mero reflejo se retiró su cigarrillo de los labios, como si le avergonzara que ella lo viera fumar, especialmente cuando se había hecho a la idea de dejarlo—. ¿Qué haces aquí? Creí que no te…

    —¿Por qué viniste aquí? —Exclamó Lynn Sear, aproximándosele—. ¿Por qué viniste a decirle todo eso? Dijiste que la mantendrías al margen, que no querías seguirla exponiendo. Y aun así viniste… ¿Por qué, Cole?

    El detective guardó silencio, desviando su mirada hacia otro lado, como queriendo evitar la mirada inquisitiva de su madre fallecida.

    —¿Acaso viniste a despedirte de ella? —Soltó Lynn de pronto, tomándolo por sorpresa.

    ¿Despedirse? ¿A eso había venido realmente? ¿A despedirse de Matilda?

    Alzó su rostro, mirando hacia la casa aún visible no muy lejos de dónde estaba. Y entonces se dio cuenta, muy a su pesar, de que dicha interpretación era de hecho bastante… acertada. En el fondo había querido verla una vez más, si acaso lo que planeaba hacer no salía como lo esperaba. Aquello, más que preocuparlo o hacerlo sentir triste, le provocó una singular sensación de paz. Al menos le daba claridad sobre por qué había hecho tal cosa.

    —No lo hagas, hijo —pronunció Lynn llena de preocupación—. Por favor, no lo hagas…

    La mujer extendió entonces su mano lentamente con la intención de colocarla sobre su mejilla. Sin embargo, Cole retrocedió un paso, rechazando su frío roce.

    —Debo hacerlo —respondió con severidad y firmeza en su voz—. Tranquila, todo terminará pronto. Por favor, ya no vengas a verme.

    Dicho eso, se viró sobre sus pies y prosiguió con su partida.

    —No, Cole… —Pronunció Lynn a sus espaldas con un nudo en la garganta.

    —Adiós mamá —murmuró Cole despacio mientras se alejaba—. Te quiero…

    La sensación fría y la presencia de la mujer se esfumarían un poco después, dejando al policía de nuevo completamente solo. Un par de cuadras después, tomaría ese cigarrillo de nuevo.

    FIN DEL CAPÍTULO 89

    Notas del Autor:

    Lavender Brown se basa íntegramente en el respectivo personaje de la película Matilda de 1996, y en menor medida en el respectivo personaje de la novela de Roald Dahl. A pesar de que en ambas versiones de la historia no encontré como tal que se mencionara explícitamente su apellido, he visto en diferentes fuentes que se refieren a éste como Brown, y decidí tomar lo como base para esta historia. Su hija, Mandy, es un personaje original de mi creación que no se basa directa o indirectamente en algún otro personaje conocido de novela, película o serie.

    Bruce Bogtrotter (Bruce Bolaños en el doblaje latino) se basa íntegramente en el respectivo personaje de la película Matilda de 1996, y en menor medida en el respectivo personaje de la novela de Roald Dahl.

    Después de 32 capítulos, Matilda vuelve a las andadas (sí, 32, yo también estoy sorprendido de que hayan pasado tantos desde la última vez que la vimos). No sé ustedes pero ya me hacía falta tenerla en la historia. Y además se ha encontrado de nuevo con Cole. ¿Qué pasará con ellos dos a continuación? Quédense pendientes que las cosas están por ponerse aún más interesantes.
     
  10.  
    WingzemonX

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    Resplandor entre Tinieblas
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    Género:
    Misterio/Suspenso
    Total de capítulos:
    95
     
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    9387
    Resplandor entre Tinieblas

    Por
    WingzemonX

    Capítulo 90.
    Noche de Fiesta

    Entrada la tarde, mientras Damien trabajaba en el estudio del pent-house en sus tareas atrasadas, Verónica hizo acto de presencia ante él, con esa misma actitud cohibida que tanto le molestaba, pero que la prefería un poco más a ese intento de desafío que había mostrado el otro día. Al inicio Damien en realidad no le puso gran atención, y apenas y separó sus ojos del monitor de la computadora cuando se dio cuenta que era ella. Aquello era como una pequeña remembranza del día en que Ann se fue y se paró igualmente justo delante del escritorio como su adorada asistente lo hacía en esos momentos. Aunque claro, el porte y la firmeza de una nada tenían que ver con la otra.

    La actitud de Damien cambió un poco al escuchar el motivo por el cual Verónica había decidido entrar al estudio a interrumpirlo. Al parecer, le traía una propuesta con respecto a la petición que le había hecho sobre que investigara una forma segura de sacar a las tres niñas de Los Ángeles. Aquello resultó para Damien, a lo menos, interesante. Justo esa mañana le había dicho a Samara, Esther y Lily que no esperaba que Verónica pudiera lograr nada al respecto. Así que al menos le dio el privilegio de su curiosidad para escuchar qué había planeado.

    —Estuve hablando con el encargado del equipo de logística de Thorn en nuestra sede de Los Ángeles —indicó Verónica con la mayor firmeza que le era posible—. No entré en muchos detalles sobre lo que ocupamos, aún. Sin embargo, me pareció de acuerdo a lo que dijo que sería posible introducirlas en uno de nuestros camiones de carga que salga a Chicago. Al parecer ya han hecho cosas parecidas antes… o eso quiso insinuarme… Como sea, nuestros camiones tienen libre acceso en las autopistas, y casi nunca los revisan…

    —¿Casi nunca? —Musitó Damien, interrumpiéndola—. Eso no suena muy seguro.

    —Aunque ocurriera, hay maneras de evitarlo —aclaró Verónica, y Damien no necesitó en realidad que le dijera más. Podía imaginarse sin problema cuales eran esas maneras.

    El joven se apoyó contra el respaldo de su silla, y entrelazó sus dedos delante de su rostro al tiempo que observaba fijamente a la joven universitaria delante de él. Verónica parecía esforzarse por no temblar, o al menos esa impresión le daba.

    —Entonces —murmuró Damien con elocuencia—, ¿tu propuesta es meter a las tres en la parte trasera de un camión durante un viaje de más de un día? ¿Qué clase de anfitrión sería si hiciera eso?

    Verónica suspiró con frustración, y usó todo su autocontrol para no reaccionar de más.

    —Damien, las tres están siendo buscadas por toda la policía. No puedes sacarlas ni por avión, tren o automóvil. Si quieres llevarlas a salvo a Chicago, tiene que ser a escondidas, y no hay muchas opciones disponibles. Ésta es la mejor que te puedo conseguir.

    —Eso no lo dudo ni un poco —murmuró el muchacho con tono burlón. Aunque debía darle un poco de crédito; era más de lo que esperaba que hiciera. Quizás la pequeña mascota de su tía Ann no era tan inútil como él creía—. Bien, escucha —dijo tras un rato, parándose de su silla y rodeando el escritorio—. Dos amigos llegan mañana, y creo que ellos podrían ayudarnos con nuestro problema. Si no es así, prometo que consideraré seriamente tu propuesta del camión.

    Mientras hablaba, Damien comenzó a caminar hacia la puerta, para luego salir tranquilamente del estudio. Verónica vaciló al inicio, pero luego se apresuró a alcanzarlo en el pasillo. Notó que el muchacho había sacado su teléfono, y había comenzado a revisar sus redes sociales al tiempo que caminaba.

    —Pero de todas formas es probable que ellas no vayan a Chicago todavía —añadió Damien mientras marchaba hacia la sala—. Ocupo que se encarguen de algo por mí primero.

    —¿Que se encarguen de qué? —Cuestionó Verónica, sonando sólo un poco impertinente, pero aún dentro de lo tolerable.

    —¿Para qué quieres saberlo todo? Ah, sí, lo olvidaba; para reportárselo a Ann, ¿no? Pues no te lo dejaré tan fácil.

    Damien la escuchó a sus espaldas volviendo a suspirar, o quizás soltando algún tipo de maldición silenciosa.

    —¿Al menos me dirás quiénes son esos dos amigos que vendrán? ¿Son de la Hermandad?

    —Claro que no —negó el muchacho, casi riendo—. Pero descuida, ya los conocerás. Son dos individuos muy interesantes.

    Tan enigmático como siempre. Fue evidente para Verónica que no le sacaría nada más sobre eso, e igual no estaba muy segura si en verdad quería saberlo.

    Por otro lado, la joven pasante de Thorn Industries debía aceptar que se sentía, hasta cierto punto, un poco orgullosa del resultado. Damien no la había insultado o burlado de su propuesta, ni tampoco la había rechazado absolutamente. De hecho, a su modo particular, sentía que incluso la había felicitado por su esfuerzo…

    Y al darse cuenta de que se sentía casi regocijada por eso, le asustó y asqueó un poco.

    ¿Así eran todos en la Hermandad?, ¿incluso su madre? ¿Todos se la pasaban orbitando en torno a ese sujeto, felices de lamer del suelo las pocas muestras de aprecio o respeto que de vez en cuando era capaz de darles, y sentirse orgullosos por eso? Ella había pasado gran parte de su vida lejos de todo eso, y aún no lograba comprender del todo su manera de pensar. De hecho, ni siquiera estaba aún del todo segura de realmente adorar en Satanás, mucho menos a su supuesto hijo.

    Pero estaba en eso por su madre; si creía en alguien, era en ella. Y si Ann Thorn creía en Damien y en lo que representaba, lo que ella menos podía hacer era darle el privilegio de la duda. Además de que ella misma debía aceptar que su sola presencia, y el cómo funcionaban su mente, lo hacían a lo menos una persona diferente a cualquier otra que hubiera conocido.

    Ambos ingresaron juntos a la sala, en donde las tres invitadas de Damien se encontraban sentadas en los sillones, viendo televisión. No era de sorprenderse el verlas ahí; prácticamente se habían apoderado de ese espacio desde que llegaron. Lily estaba en el sillón individual, con sus pies sobre la mesa de centro de una forma muy poco cuidadosa. Samara estaba recostada en el sillón más largo, con su cabeza contra el descansabrazos de éste. Y Esther, por su lado, estaba en el otro extremo del mismo sillón, pero ella no miraba la tele como las otras dos; y al parecer continuaba con su dibujo de esa mañana, o quizás con algún otro, pintando con algunos crayones pasteles que Verónica también le había conseguido.

    Parecían estar viendo una película de terror, y justo cuando entraron se mostraba una escena bastante cruda donde alguien estaba siendo partido a la mitad por una cierra, y todo se cubría del rojo de la sangre. Samara desvió un poco la mirada hacia otro lado, extrañamente pareciendo más avergonzada que asustada. Lily, sin embargo, ni siquiera pestañeó.

    —Buenas tardes, señoritas —Murmuró Damien con soltura al acercárseles—. ¿Por qué se ven tan aburridas?

    —Por qué estamos aburridas —le respondió Lily secamente, volteándolo a ver de reojo—. Llevamos encerradas en este sitio días, ¿recuerdas?

    —Y no han estado precisamente incómodas, ¿o sí? —Señaló Damien, sonando casi como un reclamo.

    —Es un departamento bonito, sí —musitó Esther mientras seguía con su atención puesta en su dibujo—. Pero hasta la prisión más bonita aburre luego de una semana.

    —Qué actitud —soltó el Thorn, fingiendo sentirse ofendido. Volvió entonces a revisar su celular, mientras se permitía sentarse en uno de los descansabrazos del sillón de Lily, quien se hizo a un lado para no estar tan cerca de él—. Pero tranquilas; les recuerdo que dentro de poco nos iremos. Quizás incluso mañana mismo…

    Algo en la pantalla de su teléfono pareció llamar de pronto su atención, pues sus palabras se cortaron en ese momento, y sus ojos se posaron serios en su dispositivo. Su silencio llamó más la atención de las presentes que sus palabras, haciendo que incluso Esther lo volteara a ver. Sin embargo, antes de que alguna le preguntara qué le pasaba, Damien apagó la pantalla del teléfono y lo guardó su bolsillo.

    —Pero tienen razón —comentó entonces, volviéndose a parar—. Creo que han estado demasiado tiempo encerradas. Y si ésta es su última noche en Los Ángeles, merecen salir y divertirse un poco.

    Aquellas repentinas palabras tomaron por sorpresa a las cuatro; incluida Verónica.

    —¿Enserio? —Preguntó Samara con duda, sentándose.

    —Damien, no pueden salir —espetó Verónica, exasperada—. ¿Ya olvidaste lo que acabamos de decir de la policía hace sólo un minuto?

    —¿Y se puede saber a ti quien te preguntó tu opinión? —Murmuró Damian con voz ceñuda, haciendo que la joven retrocediera un paso por mero reflejo—. Mejor sé útil y consígueles a las tres unos lindos atuendos de noche; casuales y cómodos. Y ayúdalas a arreglarse lo mejor posible.

    —No estás hablando enserio —susurró Verónica despacio, pero su sola mirada, filosa como un cuchillo, le bastaba para saber que no estaba bromeando.

    —¿Y a dónde iremos? —Preguntó Lily, también algo escéptica de que estuviera hablando enserio.

    Damien sonrió, y se viró ligeramente hacia ellas.

    —A una fiesta. Nos divertiremos, confíen en mí. ¿Por qué no van a ducharse en lo que Verónica les consigue su ropa?

    Las tres se quedaron en sus lugares, al parecer confundidas sobre lo que deberían de hacer. Samara miró a Esther, como esperando que ella se lo dijera; Lily se dio cuenta de eso y resopló con molestia, pero tampoco se levantó. Tras unos segundos de silencio, Esther cerró su bloc de dibujo y lo colocó sobre la mesa con todo y sus pasteles.

    —Si insistes —musitó entonces, parándose de su asiento—. Vengan, mocosas. Pongámonos lindas.

    Samara siguió vacilando un instante más, pero al final se paró y siguió a Esther al cuarto. Lily parecía no querer hacerlo, y permaneció unos segundos más viendo la película. Al final, sin embargo, también se paró y caminó hacia la habitación.

    Cuando las tres dejaron la sala, Verónica se armó de valor para volver a hablar.

    —¿Te volviste loco? —le susurró a Damien, inundada de una tangible preocupación—. No puedes dejar que te vean en la calle con ellas. ¿Acaso quieres que te atrapen, y ensuciar tu nombre y el de Thorn Industries?

    Damien sólo la miró de reojo, sin pronunciar ninguna palabra. Verónica entonces se sobresaltó, impactada por la idea que le había cruzado por la mente.

    —Oh, Santo Dios —musitó despacio—. ¿Eso es realmente lo que quieres con todo esto…?

    —¿Santo Dios, dijiste? —Masculló el chico con burla—. Creo que deberías replantearte tu fe, querida. Cómo sea, si crees que lo que hago es una locura —Se le aproximó de pronto, encarándola con cierta amenaza en su mirada y en su postura que obligó a Verónica a volver a retroceder—, intenta detenerme, entonces. Es para lo que Ann te envió, ¿no? Anda, dime: ¿cómo me vas a detener?

    Verónica retrocedió al ritmo que él se le acercaba, hasta que sus piernas tropezaron con la mesa de centro de la sala. Se tambaleó, su cuerpo se ladeó hacia un lado, y cayó sobre el sillón, con su torso sobre éste y sus rodillas contra la alfombra.

    —Eso pensé —exclamó Damien entre risas burlonas. Se viró entonces en dirección a las escaleras de la planta alta, en donde estaba su habitación, y se dirigió hacia ahí—. Si te sientes tan preocupada de lo que haré, eres libre de acompañarnos. Sólo espero puedas seguirnos el ritmo.

    Aún con la mitad de su cuerpo en el suelo, Verónica se viró a ver cómo subía las escaleras, desbordando su prepotencia incluso en su maldito caminar. Un pequeño quejido de frustración se le atoró en la garganta, aunque lo que no pudo contener fue su mano golpeando tres veces un cojín del sillón.

    Se paró rápidamente y se dirigió a la terraza. Una vez afuera, sacó su celular y buscó rápidamente el contacto de la señora Thorn. Eso que Damien estaba por hacer era una maldita locura, o más bien una estupidez. Tenía que comunicárselo a su madre lo antes posible. Sin embargo, el teléfono sonó y sonó, sin obtener respuesta.

    —Maldición —soltó despacio, y de inmediato intentó calcular en su mente qué hora sería en Londres para ese momento. ¿Las dos o tres de la mañana? Eso si realmente estaba en Londres, pues en realidad no le constaba a dónde se había ido realmente. Pero donde fuera, por lo visto era poco probable que le respondiera en esos momento.

    Optó entonces por mandarle un mensaje, orando (¿pero a quién?) para que lo viera lo antes posible:


    Damien dice que quiere salir a una fiesta con las tres niñas.

    No puedo detenerlo.

    ¿Qué debo hacer? Si alguien lo ve con ellas y las reconocen, sería terrible.

    Háblame en cuanto puedas, por favor.


    Y enviados los mensajes, ya no le quedaba nada más que hacer. Si era tan tarde como creía, era probable que no los viera hasta dentro de varias horas, si bien le iba. Si no recibía noticias de ella antes de que se fueran… ¿Qué debía hacer?, ¿acompañarlos como bien Damien le había dicho? Al menos así sabría los daños de lo ocurrido, si los había. Pero si las cosas se complicaba, y con esas tres era probable que así fuera, ¿realmente quería quedar en medio?

    —Maldita sea —soltó con más fuerza que antes, dejándose caer de sentón en una de las sillas de la alberca.

    Respiró lentamente e intentó calmarse. Y cuando su mente se apaciguó lo suficiente… recordó la absurda petición que Damien le había hecho de que les consiguiera ropa a esas tres. Y no era la primera vez que le pedía algo así, pues hace sólo un día le había pedido que les consiguiera trajes de baño, y así como otras cosas querían, incluyendo los artículos de dibujo.

    «¿Ahora soy la asistente de los cuatro?», se cuestionó a sí misma, igual o más frustrada que antes. Pensó en no hacer caso de tal petición, pero entendió rápidamente que aquel camino no resultaría bien para ella si decidía tomarlo.

    Suspiró resignada, y entonces comenzó a navegar en su teléfono, buscando una boutique de ropa para niñas que pudiera hacerles una entrega rápida. Y, de paso, se compraría también algo para ella.

    — — — —
    El día había sido un tanto tedioso para la joven Abra. Todo había sido básicamente seguir una rutina: primero se quedaron estacionadas frente al edifico de su objetivo un par de horas. Pasado ese tiempo, se movieron a otra posición cercana para que ni la policía ni alguien más les llamaran la atención. Se quedaron ahí unas horas más, volvieron a colocarse frente al edificio por otra tanda de tiempo, y a media tarde volvieron a la bodega, que iba a ser su refugio temporal, para cambiar a su segundo vehículo de vigilancia; una camioneta de reparto de correos color azul de bastante mejor estado que la otra. Y entonces volvieron a comenzar, y seguirían así al menos hasta entrada la noche.

    Kali y Charlie estaban acostumbradas a ese tipo de situaciones, pero definitivamente para Abra resultaba ser un tanto diferente a cómo se imaginaba que sería eso. Para ese punto, cuando el sol se había ya metido por completo, Abra reposaba dormida en el suelo de la parte trasera de la camioneta, con su cabeza recostada sobre una improvisada almohada hecha con su chaqueta. A pesar de lo incómodo que aquello parecía, en realidad se veía profundamente dormida.

    —Parece que nuestra novata se durmió —bromeó Kali, mirándola acurrucada en el rincón—. No debió ser por lo divertida que es esta vigilancia.

    —No molestes, Kali —objetó Charlie desde los asientos delanteros, desde los cuales observaba atenta a la entrada del edificio—. Tú eres la que dijo que no debíamos actuar si no teníamos más información.

    —Sí, pero ya no creo que podamos conseguir mucho más aquí sentadas…

    Mientras Charlie miraba al edificio, Eight revisaba unas fotografías que su compañera había tomado más temprano ese día. Usando sus encantos, además de sus trucos bajo la manga, se las había arreglado para entrar a la terraza el edificio de enfrente y tomar discretamente algunas fotografías del pent-house que tanto les interesaba. Su cámara era potente, pero principalmente pudo tomar fotografías de la terraza y el área de la alberca. Pudo también captar movimiento de personas en la sala a través de las puertas de cristal, pero ninguna lo suficientemente calara como para distinguir quiénes eran con exactitud. Esperaban detectar alguna manera de entrar por ahí, pero al menos de que se tiraran de paracaídas desde un avión, no veía que fuera algo factible.

    Según los planos que habían obtenido del edificio (no precisamente por medios demasiado legales), había dos ascensores que llegaban al nivel pent-house; uno era desde el vestíbulo, que ocupaba que pasaras por seguridad para ingresar. Y el otro era uno privado desde el área de estacionamiento Premium, que ocupaba una llave de residente para poder usarlo. Estaban también las escaleras de emergencia que podían ser accedidas desde los niveles, pero no podían ser abiertas desde las mismas escaleras si no tenías la misma llave electrónica para abrirlas.

    Parecía que lo más factible sería intentar emboscar a su objetivo afuera del edificio. Sin embargo, parecía que en los días que llevaba ahí no salía demasiado. Así que sólo les quedaba esperar e intentar descifrar su rutina.

    Eight tomó en ese momento su cajetilla otra vez, golpeándola un poco de la parte inferior para que un cigarrillo saliera por la superior, y así colocarse la punta en los labios para terminar de sacarlo.

    —Ya deja eso —le reprendió Charlie, mirándola por encima del asiento—. Te la has pasado fumando todo el día. Toda mi chaqueta ya apesta a humo.

    —¿Segura que es por mí, incendiaria? —respondió Kali con una risa burlona, y pese a las quejas de su compañera de todas formas encendió el cigarrillo. Charlie sólo soltó un quejido de molestia y volvió a mirar al edificio.

    Kali echó un vistazo discreto de nuevo hacia Abra, para verificar que en efecto estaba dormida. Así lo parecía. Entonces, intentando no hacer mucho ruido, maniobró su silla de ruedas para acercarla hacia el frente el vehículo, en específico a un lado de Charlie.

    —Tengo que preguntarte algo, aprovechando que la niña no está despierta —le susurró despacio, llamando de inmediato la atención de su receptora—. ¿Tienes pensado realmente… liberarte contra este muchacho? ¿Vas a soltar toda tu furia en él? —Hizo una pausa reflexiva, y luego añadió—: Por qué te recuerdo que si haces tal cosa, lo que esté, y los que estén, alrededor de él… no la pasarán muy bien.

    Roberta guardó silencio unos instantes. Miró una vez más al edificio, alzando la vista hasta lo más alto de éste. Recordaba que cuando era niña, ella también podía sentir a las personas, sobre toda a aquellas que resultaban una amenaza para ella. No siempre, pero cuando ocurría simplemente lo sabía. Con el tiempo, conforme su habilidad principal se fortalecía, esa otra pareció menguar poco a poco, hasta sólo de repente tener algunos pequeños presentimientos.

    En esos momentos no sentía nada, ni como lo que sentía de niña ni como sus presentimientos. Pero sabía que ese individuo estaba ahí, de alguna forma diferente a la habitual.

    —Espero que no sea necesario liberarlo todo —respondió con seriedad tras un rato—. Pero si le hizo eso a Eleven estando a distancia, no creo que deba arriesgarme demasiado cuando lo tenga de frente.

    —¿Sin importar a quién te lleves de paso? —Cuestionó Kali severa, a lo que Charlie respondió de inmediato sin titubear:

    —Sin importar nada…

    Kali no supo cómo interpretar esas palabras, pero se sintió inquieta por lo que podrían implicar.

    —Sabes que siempre he sido la primera dispuesta a hacer cenizas a quienes nos hacen daño —señaló Eight, expulsando humo por su boca—. Hace mucho que dejé de preocuparme por mi alma; como dije, no queda mucho de mí por matar, realmente. Y en cuanto a ti, no me corresponde hablar de tu alma, pero desde hace tiempo supongo que estamos en situaciones parecidas. Sin embargo… —Viró entonces su silla ligeramente hacia atrás para poder contemplar a Abra en la parte trasera—. No sé por qué cosas haya pasado esta chiquilla. Pero a pesar de que se ve tan ruda y fuerte, me atrevería a decir que aún tiene cierta ingenuidad en su interior que quizás no comprenda lo que estás pensando hacer. Incluso, pese al miedo o repulsión que profesa tener al chico Thorn, no creo que esté del todo conforme con la idea de matarlo.

    —La estás subestimando —susurró Charlie con seriedad, sin mirarla—. Me dijo que ya había matado antes, a un monstruo casi tan desagradable como este chico, y le creo.

    —Eleven también se paró ante mí la primera vez que la vi diciéndose algo parecido, y aun así su mano terminó vacilando más de una vez. Incluso tú lo hiciste a veces, ¿lo olvidas? —Charlie permaneció callada—. Quizás las presioné demasiado, a las dos…

    —Nunca nos forzaste a hacer nada que no quisiéramos.

    —Eso me repito seguido. —Guardó silencio unos segundos, y entonces añadió por último—: Pero olvidemos el pasado. Lo que trato de decir justo ahora es que, si has decidido ir con todo contra este sujeto, intenta involucrar lo menos posible a Abra.

    —No creo tener la capacidad de mantenerla al margen si ella no quiere —susurró Charlie, virándose también a echarle un vistazo a la chica dormida—. Vino con nosotras hasta acá por un motivo. No será fácil hacerla a un lado.

    —Pues sea como sea, nos tocará ser las adultas por una jodida vez —musitó Kali riendo irónica, inhalando otra bocanada de su cigarrillo. Charlie no pudo evitar reír, igualmente divertida por la idea.

    Un sonido repentino hizo que ambas se estremecieran. Abra había soltado un extraño quejido, como si de repente hubiera sentido un dolor muy profundo. Al virarse hacia ella, la vieron en el suelo, abrazándose a sí misma y temblando.

    Charlie se levantó de su asiento y se le intentó acercar, pero su cuerpo fue inmovilizado, y no fue capaz de avanzar demasiado hacia ella. Y en ese mismo momento notaron como papeles o rastros de comida que habían quedado ahí en la camioneta comenzaron a levitar lentamente a su alrededor.

    —¿Está teniendo una pesadilla o qué? —Masculló Kali, confundida.

    Y en efecto parecía una pesadilla, pero no del tipo que ellas hubieran imaginado. Ni siquiera Abra entendía muy bien lo que veía. Parecía… agua, mucha agua oscura y fría que la envolvía, y algo que la tomaba del tobillo y la jalaba hacia abajo, rasguñándole la piel. Era tan real que podía sentirlo todo vívidamente: el dolor, el frío, la falta de aire…

    Y entonces, al agachar su mirada para intentar ver qué era lo que la estaba sujetando… se arrepintió de ello.

    No vio mucho, pero fue suficiente. Era un ser envuelto en negrura absoluta como la noche, con ojos grises carentes de cualquier luz en ellos. Y su rostro, demacrado y arrugado, parecía el de un cadáver viviente, pero totalmente ajeno al que verías en una película. Aquello era horrible, frío, y real…

    ¿Qué era esa cosa…?

    Abra se despertó abruptamente, lanzando un pequeño grito de espanto, y sentándose de golpe. Al mismo tiempo los objetos que se habían elevado cayeron de nuevo al suelo, y Charlie fue de nuevo capaz de moverse; de hecho, estuvo a punto de caer de narices, pero logró mantener el equilibrio a último momento.

    Charlie se aproximó rápidamente a Abra, y se colocó de rodillas a su lado.

    —Hey, ¿estás bien? —Murmuró despacio la reportera, colocando lentamente su mano sobre su hombro.

    Abra respiraba agitada, y parecía aturdida, como si aún no hubiera despertado del todo. Y de pronto, alzó su mirada, fijándola en el edificio de departamentos, con sus ojos completamente abiertos y llenos de asombro.

    Por mero reflejo, tanto Kali como Charlie se viraron a ver en la misma dirección, pero sólo Kali, que seguía en la parte delantera, logró ver lo que parecía haber llamado tanto su atención: una camioneta negra estaba en ese mismo momento salieron de la salida del estacionamiento de residentes, y Eight la reconoció de inmediato.

    —Es la camioneta de Thorn Industries —indicó con apuro, y rápidamente dirigió su silla hacia sus computadoras—, está saliendo del edificio.

    Charlie reaccionó ante ese aviso, y se paró rápidamente con la intención de tomar el volante. Abra, sin embargo, la tomó fuertemente de la muñeca, deteniéndola.

    —Hay algo… en ese vehículo… —susurró la joven de New Hampshire apenas con un pequeño hilo de voz.

    —¿Lo sentiste? —Cuestionó Charlie—. ¿El chico Thorn va en ese auto?

    —No… lo sé —susurró Abra muy despacio, agachando su mirada—. No sé qué era, pero… fue una sensación muy parecida a la que sentí aquel día con él…

    —¿De qué estás hablando? —Inquirió Kali, pues en realidad parecía que la chica no les estuviera hablando a ellas en realidad.

    Charlie volvió a agacharse delante de ella, y la tomó firmemente de sus hombros para encararla.

    —Abra, escúchame. ¿Va Thorn en ese auto sí o no?

    —¡No lo sé!, ya lo dije —gritó Abra con frustración—. Pero sea lo que sea, hay algo realmente malo en ese vehículo. Es todo lo que les puedo decir.

    Charlie y Kali se miraron la una a la otra en silencio.

    —¿Qué hacemos, jefa? —Le preguntó Eight, dejándole por completo la decisión a ella.

    A pesar de la oscura advertencia de Abra, Charlie tenía muy claro lo que quería hacer.

    —Sigamos la camioneta de cerca y veamos qué pasa —indicó Roberta, sentándose rápidamente en el asiento del conductor y arrancando el motor. Debía apresurarse antes de que los perdieran.

    —Pero no tan cerca —pidió Abra aún con debilidad en su voz.

    —Entendido —respondió Charlie en voz baja, y de inmediato comenzaron a moverse.

    — — — —
    La camioneta era bastante espaciosa, con dos filas de asientos traeros adicionales a los dos delanteros. Al frente, en el volante, iba uno de los guardaespaldas de Damien, el único que había aceptado que lo acompañara, aunque no tendría permitido entrar con ellos a la dichosa fiesta. En el asiento del copiloto iba Verónica, mientras que la primera fila de asientos traseros era ocupada por Damien y Samara, y en la segunda fila de atrás estaban Esther y Lily, cada una sentada en extremos opuestos.

    Desde que salieron del edificio, Samara había estado mirando pensativa por la ventanilla, como si quisiera en realidad mirar hacia detrás de ellos por algún motivo.

    —¿Sucede algo? —Le preguntó Damien tras notar luego de un par de minutos que seguía haciéndolo.

    La niña tardó unos momentos en responder, mirando aún por su ventana, y entonces le respondió en voz baja:

    —No —aunque aquello no sonaba muy sincero.

    En ese momento Samara se sentó derecha en su lugar, y fijó su mirada en su acompañante sentado a su lado, esbozando una apenas apreciable sonrisa. El atuendo que Verónica le había conseguido era un vestido amarillo (no precisamente su color favorito) de una sola pieza, y una chaqueta azul de mezclilla.

    —Te… ves bien —murmuró despacio la niña de Moesko, sin poder evitar ruborizarse un poco al decirlo. El muchacho usaba el pantalón de vestir de uno de sus trajes negros de marca, camisa roja, una gabardina de piel, y zapatos bien lustrados.

    —Igualmente —le respondió Damien, inclinando su cabeza como una pequeña reverencia.

    —¿Y de quién es la fiesta? —Preguntó Samara, curiosa.

    —De un conocido. Rony Helmut.

    —¿Rony Helmut? —Masculló Verónica, volteando a verlo desde el asiento delantero. Su atuendo era un tanto más formal de lo esperado, de pantalón y saco azul, blusa y bufanda blanca, e incluso tacones altos—. ¿El del campeonato de tenis?

    —Sí —respondió Damien con normalidad, alzando su teléfono para que pudiera ver la pantalla encendida—, parece que les pidió prestada a sus papis su elegante casa en Malibú, la llenó de un montón de idiotas, y lo presume en sus redes sociales. Así que vamos a hacerle una visita sorpresa.

    Verónica estaba por decirle algo, pero Lily se adelantó, inclinándose hacia el frente y apoyándose en el respaldo del asiento de Damien y Samara.

    —¿Entonces tu plan es sacarnos de un pent-house elegante y meternos a una casa elegante? Qué divertido —masculló con ironía. Lily usaba un atuendo un tanto más normal, con sólo un pantalón azul, una camiseta celeste, y un suéter gris un poco afelpado.

    —Éste es un espacio mucho más grande y lujoso —se explicó Damien—. Y habrá mucha gente ahí, ¿ves?

    Le extendió el teléfono para que pudiera tomarlo y ver las fotos en cuestión. Lily lo tomó y se volvió a sentar en su lugar. Esther se inclinó hacia ella para echar un ojo también. En la foto se veían varios chicos y chicas, la mayoría de no más de veinte años, todos bien vestidos y arreglados, en una amplia estancia, o nadando en una piscina bastante grande desde la que se veía una hermosa vista del atardecer de la playa.

    —Puros adolescentes idiotas como tú, por lo que veo —comentó Esther, despectiva. Ella usaba de hecho un atuendo más adulto de los que acostumbraba: un pantalón estrecho color rosado, una blusa blanca de tirante, y un suéter abierto largo color rojo, además de zapatos abiertos. Adicionalmente, se había maquillado un poco más cargada que de costumbre, teniendo algo de sombra en los ojos y sus labios tan rojos como su suéter. Adicionalmente, como su rostro podría ser el más visible en los medios, portaba una peluca castaña lacia, la misma que había usado cuando fue a Thorn Industries, y lentes circulares.

    —Quizás tengas suerte y haya algún universitario musculoso, Esther —comentó Damien burlón, a lo que Esther sólo respondió con una sonrisa irónica—. Pero tú, Verónica… —murmuró entonces, echándole un vistazo a la chica delante de ellos—. Yo que tú mejor no me hago muchas ilusiones. Podrías al menos haberte arreglado más.

    —No vengo aquí para divertirme, mucho menos para ligar —respondió Verónica secamente, con sus brazos cruzados y su vista puesta al frente.

    Damien simplemente se encogió de hombros, indiferente

    —Cómo digas.

    — — — —
    Pasada un poco más de media hora, la camioneta de repartos de Charlie, Kali y Abra continuaba siguiendo el vehículo oscuro de los Thorn por la noche. En un momento salieron de la ciudad y comenzaron a andar por una carretera en dirección al oeste, teniendo las aguas de la Bahía de Santa Monica a su izquierda. El sol ya se había metido por completo, y Charlie se veía forzada a mantener una distancia mayor entre ellos y su objetivo, pues mientras más tiempo pasaba más era posible que se dieran cuenta de su presencia, especialmente en esa carretera en esos momento no demasiado transitada.

    —¿En dónde estamos exactamente? —Preguntó Abra con curiosidad, sentada en el asiento del pasajero delante.

    Kali había estado siguiendo su trayecto en uno de sus monitores, usando el GPS de sus teléfonos. Por lo mismo, fue capaz de responder la duda de Abra casi de inmediato:

    —Estamos por entrar a Malibú.

    —¿Malibú? —Exclamó Abra sorprendida, volteándola a ver hacia atrás—. ¿Cómo en las películas?

    Kali y Charlie rieron al mismo tiempo, inspiradas por la refrescante ingenuidad de su acompañante. Tal y como Kali había dicho, se veía que a su modo, y a pesar de sus grandiosos poderes, seguía siendo una chica de ciudad pequeña que apenas y había salido de su estado en contadas ocasiones. Todo aquello debía ser toda una aventura para ella, a pesar de lo atenuante de las circunstancias.

    —Un poco tarde para ir a la playa, ¿no? —Señaló Charlie, un poco irónica—. ¿Qué irá a hacer por aquí?

    Para eso Kali definitivamente no tenía respuesta.

    Siguieron andado por la carretera paralela a la orilla del mar por algunos minutos más. En su mayoría lo que veían a su alrededor eran casas de playa, varias en apariencia solas debido a la temporada que ya no era precisamente la más alta para ese tipo de lugares. En un momento la camioneta negra giró a la derecha en un semáforo, tomando una calle que subía por la colina aledaña y se alejaba de la carretera principal. Las tres perseguidoras fueron sin vacilar detrás de ella.

    La calle subía por la colina más y más, y conforme avanzaban las casas se volvían más grande, y en apariencia mucho más costosas. Aquello no le agrado demasiado a Charlie y Kali. Casas grandes y lujosas normalmente significaban muchas cámaras de seguridad, y más atención de la policía si algo fuera de lo común ocurría. Y esa preocupación se volvió mayor cuando vieron que la camioneta volteaba en un camino un poco más pequeño, y se encontraba de frente con una verja cerrada, y una caseta con un guardia justo delante de ella. La entrada a una colonia privada, de seguro.

    —Mierda —soltó Charlie despacio al ver esto, y tuvo entonces que seguir de largo para no llamar demasiado la atención—. Será difícil entrar a ese lugar sin una buena explicación.

    —¿Quién vivirá ahí? —Preguntó Abra curiosa, viendo por su ventanilla como se alejaban, y luego de unos segundos perdían de vista la camioneta.

    —Ni idea —respondió Charlie con molestia—. Busquemos un lugar donde estacionarnos, y entonces bajaré a ver si encuentro una forma de entrar.

    —¿Tú sola? —Cuestionó Abra, alarmada por la propuesta.

    Charlie y Kali se miraron a una a la otra en silencio, intentando disimular dicho acto. Y al poner sus ojos de nuevo en el camino, la reportera murmuró:

    —Sí, yo sola. Sólo iré a revisar… será más fácil sí solo va una.

    Abra la miró fijamente, suspicaz. No había como tal leído su mente, pero igual no lo necesitó para que su resplandor le hiciera sentir que no estaba siendo del todo honesta.

    — — — —
    La camioneta de Thorn Industries se estacionó a un lado de la caseta, y el guardia, con uniforme azul marino, salió de ésta y se aproximó al vehículo con una tabla, hojas y pluma a la mano. Antes de que el guardaespaldas que conducía abriera su ventanilla, desde la parte trasera Damien salió por un costado, rodeó el vehículo por detrás, y se aproximó al hombre mientras se cerraba su gabardina por el fresco de la noche. Los demás ocupantes de la camioneta abrieron las ventanillas para asomarse hacia afuera, y poder escuchar y ver mejor lo que el joven Thorn hacía.

    —Buenas noches —saludó Damien con elocuencia, parándose delante de guardia—. Venimos a la fiesta de Rony Helmut, en la casa de los Helmut en el 132.

    El guardia pareció entender de inmediato de qué le estaba hablando, y rápidamente se adelantó un par de páginas más adelante en las que traía en su tabla.

    —¿Cuál es su nombre? —Preguntó el hombre de azul.

    —Damien Thorn, y acompañantes… Y una sanguijuela que se nos pegó.

    Verónica arrugó un poco entrecejo, sabiendo de inmediato que estaba siendo aludida con tan grosero comentario.

    El guardia recorrió la lista, usando la pluma en su mano como apuntador de apoyo, llegando hasta el final de ésta sin encontrar lo que buscaba.

    —Lo siento, su nombre no está en la lista —respondió con voz firme, bajando su tabla y juntando sus manos delante de él.

    —¿No fuiste invitado? —Musitó Lily desde su ventanilla, entre molesta pero también con un poco de burla acompañándola—. ¿Y qué hacemos aquí entonces?

    Damien no hizo caso de su comentario, y se siguió centrando en el guardia delante de él.

    —¿Podría por favor llamarle al buen Rony? —Solicitó el chico, señalando con un dedo hacia la caseta—. Estoy seguro que si sabe que estoy aquí, nos dejará pasar sin problema,

    —Si no están en la lista, no pueden pasar —aclaró el guardia con voz severa—. Esa fue la instrucción que me hicieron.

    —Insisto —añadió Damien, mirando más fijamente a aquel hombre—. Por favor, llame a Rony, y dígale que Damien Thorn está aquí. ¿Sí?

    Aquella última instrucción la pronunció lenta y claramente, mientras sus intensos ojos azules lo seguían mirando con un ardor casi palpable. El guardia había perdido para la mitad de sus palabras su postura firme y beligerante, y su rostro había tomado una expresión más vacilante y confusa. Pero, aun así, él también miraba al chico delante de él, con la misma fascinación que alguien miraría una flama danzando.

    Se quedó totalmente inmóvil unos segundos, y de repente se giró y caminó casi de forma automática de regreso a la caseta. Fue obvio para sus acompañantes, al menos para las tres de los asientos traseros, que le acababa de dar un pequeño “empujón” para que dejara de protestar e hiciera lo que pedía…

    — — — —
    La casa de los Helmut en Malibú era una residencia amplia de cuatro habitaciones y tres plantas construida alto en la ladera de la colina. Tenía una espaciosa terraza con alberca climatizada, desde la que se apreciaba una hermosa vista del mar y de la ciudad debajo, además del hermoso manto de estrellas de esa noche despejada. Dicha terraza era el centro de la fiesta de Rony Helmut, compuesta para ese momento de unas veinticinco personas entre compañeros de clases, amigos y conocidos. Aunque claro, eso no impedía que algunos pasearan por el resto de la casa.

    La música sonaba con fuerza en los altavoces que habían colocado afuera. Y mientras algunos nadaban en la alberca, bastante cálida y agradable para la noche, otros estaban en el área del asador encargándose de cocinar hamburguesas para todos; otros estaban en la cocina, preparando bebidas con la nada despreciable dotación de alcohol que habían traído; unos más estaban posados en el sillón de la sala de estar frente a la pantalla de 85 pulgadas, disfrutando de unas partidas rápidas de un videojuego y apostando en base a éstas; y un par más de seguro se divertían a su propio modo en alguna de las habitaciones.

    El anfitrión de la velada se encontraba sentado en la orilla de la alberca con sus pies dentro del agua, mientras conversaba con algunos amigos. Su novia, Crystal, que lucía en esos momentos un hermoso bikini rosado en su escultural cuerpo, nadó desde el otro extremo de la piscina, se aproximó debajo del agua y lo tomó de los pies, jalándolo hasta casi tumbarlo, aunque fue más el susto que otra cosa. Los que estaban a su alrededor rieron divertidos por su reacción.

    —¿Te asusté? —Preguntó Crystal risueña, saliendo del agua y quitándose los cabellos del rostro.

    —No, claro que no —respondió Rony, sonriendo de forma nerviosa, aunque recuperó poco después la compostura. Se inclinó entonces hacia su novia, y ésta se apoyó en la orilla para alcanzarlo y poder darle un beso, aunque éste fuera sabor agua de alberca—. ¿Te diviertes?

    —Yo sí, ¿y tú? —Le contestó Crystal, sonriéndole mostrando sus dientes blancos—. Pareces tenso.

    —Pienso en todo lo que habrá que limpiar cuando estos sujetos acaben con este sitio —señaló, entre bromeando y hablando enserio, mientras miraba a las demás personas a su alrededor.

    —Ya relájate, amigo —comentó su amigo Joe, sentado a su lado en la orilla, dándole un pequeño empujón con su hombro—. Tienes todo el fin de semana para hacerlo. Y Crystal te ayudará, ¿cierto?

    —Sí… claro… —murmuró la joven con tono sarcástico, y entre risas salió de la alberca apoyándose en sus manos, para después aproximarse hacia la silla en la que había dejado su toalla. Ahí la aguardaban su prima Kelly y su mejor amiga Cindy, que charlaban amenamente aunque era la primera vez que se conocían. Rony no pudo evitar seguirla con su mirada mientras se alejaba, y especialmente admirar el sugerente movimiento de sus largas piernas al caminar.

    —Pero de seguro la fiesta cuando nos vayamos será más divertida, ¿verdad? —Murmuró Joe despacio con tono socarrón. Rony sólo rio, sin responder nada.

    Aquella reunión no tenía ningún motivo en especial, más allá del hecho de querer salir de la ciudad por una noche, divertirse, beber y hacer otras cosas, lejos de los ojos juiciosos de sus padres. Claro, a su madre le había dicho que era por el cumpleaños de un amigo, y que sólo serían seis o siete personas. La lista final era mucho más que eso. Las fotos que estaban compartiendo en las redes sociales terminarían de seguro pero delatarlo, pero sabía muy bien que mientras nadie compartiera una foto con alcohol en la vista, dejara todo limpio antes de irse, y nadie terminara embarazado (especialmente su novia), su madre sería indulgente con su error de cálculo. No era un novato en eso, después de todo.

    —Rony, te buscan en el teléfono —escuchó como otro de sus amigos le hablaba desde las puertas que daban a la terraza; era uno de los que estaba jugando en la sala—. Dicen que es de la caseta.

    —¿De nuevo? —Musitó Rony con molestia, parándose—. Le dije claramente al guardia que si estaban en la lista pasaban, y si no, no. ¿Qué tan complicado es seguir una simple instrucción?

    —Ni modo, amigo —añadió Joe, encogiéndose de hombros y siguiéndolo también hacia adentro de la casa—. Ya a estas alturas todo Los Ángeles sabe que ésta es la fiesta del año. De seguro más de uno se querrá colar.

    —Realmente espero que no se trate de eso. ¿Quién puede ser tan corriente y patético como para presentarse sin invitación a una fiesta?

    Joe rio y asintió, estando de acuerdo con la afirmación de su amigo.

    Cuando entraron en la sala, tres de los cuatro chicos sentados estaban concentrados en su juego, con sus dedos moviéndose ágilmente por los botones de los controles en sus manos. El cuarto de ellos, sentado en otro de los sillones, tenía su control a un lado, y estaba en esos momentos inclinado sobre la mesa de centro, vertiendo cuidadosamente un poco de polvo blanco sobre la superficie de ésta, que Rony no tardó nada en identificar.

    —Por el amor de Dios, Milton —exclamó Rony molesto, dándole un fuerte zape al chico en la cabeza, tumbándole el sombrero de traía en la cabeza y dejando a la vista su larga cabellera rubia, con algunas entradas prematuras—. Te dije que no trajeras esa cosa aquí.

    Milton se estremeció asustado por el golpe, y rápidamente se acomodó de nuevo su sombrero.

    —Me ayuda a jugar mejor —exclamó apresurado, notándose en su voz una excitación casi antinatural al decirlo—. Estoy por patearles el trasero a estos sujetos, enserio. Y luego descargaré toda esta suerte que traigo en los pantalones con alguna de esas bellezas de Windward.

    Concluyó su comentario alzando un poco su cadera del sillón, y comenzando a moverla de adelante hacia atrás con violencia. Los demás chicos sólo rieron por su acto.

    —Ya perdió cinco veces seguidas y nos debe hasta los pantalones que presume —comentó uno de los chicos que jugaba—. Dudo que eso le ayudé de alguna forma, y menos que le haga tener más suerte con lo otro.

    —Esperen y verán —amenazó Milton con seguridad. Pero al virarse a ver de nuevo a Rony, éste lo seguía viendo con absoluta desaprobación en su rostro—. Lo voy a limpiar, amigo; lo prometo —le respondió un tanto más calmado—. ¿No quieren un poco?

    Rony sólo rodeó los ojos y suspiro con fastidio. Y sin decir nada, siguió su camino hacia el teléfono colocado en la pared.

    —Al menos ten la decencia de hacerlo en el baño, ¿quieres? —indicó Joe, sonando en un punto intermedio entre una sugerencia y una amenazada, y siguió a Rony al teléfono.

    Una vez que los dos se fueron, Milton siguió con lo que hacía. Y al mero estilo de un estereotipado gánster de película, que pareciera ser lo que siempre intentaba aparentar con las pintas que traía pero sin lograrlo del todo, se inclinó sobre el polvo blanco con un billete enrollado, y lo aspiró fuertemente por su fosa derecha, soltando un intenso grito de emoción un segundo después.

    —Ese Milton es todo un caso —murmuró Joe despacio, con desdén—. ¿Por qué siempre lo invitas?

    —Vamos, es mi amigo desde la primaria —respondió Rony, encogiéndose de hombros—. Y cuando no está drogado es hasta agradable.

    —¿Y cuándo está drogado?

    Ambos se viraron a ver al chico de sombrero una vez más, sólo para ver cómo tomaba de nuevo su control, y comenzaba a soltar gritos y amenazas a sus contrincantes una vez que estuvo de nuevo en el juego, y aparentemente con baterías recargadas.

    —Cuando está drogado es gracioso, ¿no crees? —comentó Rony burlón, a lo que Joe sólo pudo reír en aprobación.

    —Eso no te lo discuto.

    Rony tomó entonces el teléfono, y presionó el botón del panel para activar la llamada que estaba en espera.

    —¿Sí? —murmuró Rony despacio, teniendo ya el auricular en su oído. Y justo como lo esperaba, del otro lado de la línea escuchó la voz de Matt, el guardia de la caseta.

    —Señor Helmut —pronunció el hombre en el teléfono con voz fría y ausente, pero Rony no percibió en lo absoluto dicho cambio—, aquí hay un joven que dice que viene a su fiesta.

    —¿Está en la lista que te di, Matt? —Cuestionó Rony, claramente hastiado.

    Matt en el teléfono vaciló unos momentos, balbuceó, y entonces pronunció:

    —No, pero…

    —Entonces dile a quién sea que no puede pasar, ¿está bien? —Musitó Rony, intentando sonar lo más calmado y amable que podía. No podía creer que realmente alguien hubiera tenido el atrevimiento de venir sin invitación, y más que enserio ese inútil tuviera que hablarle luego de haberle hecho aquella instrucción tan clara y sencilla. Quien quiera fuera esa persona que se quería colar, ya tenía suficiente con los idiotas que ya estaban ahí, y los pocos que faltaban, como para aceptar a más gente desconocida.

    Se dispuso entonces a colgar de inmediato, pero logró escuchar de pronto la voz de alguien más al fondo; una voz que le pareció notablemente familiar.

    —Permíteme, Matt —pronunció aquella persona, y un instante después era él quien hablaba por el teléfono—. Hey, Rony. ¿Enserio me estás prohibiendo entrar a tu súper fiesta? Creí que éramos amigos; compañeros de raquetas.

    Una inusual sensación fría recorrió la espalda de Rony al escuchar aquellas palabras, y dicha sensación se volvió tan clara en su rostro, que incluso Joe la percibió e inquietó un poco. Rony supo de inmediato quién era esa persona, por algún motivo. Y a pesar de que ese chico nunca le había causado una sensación tan incómoda antes… en ese momento le fue muy difícil de sobreponerse a ella.

    Luego de unos instantes de silencio, el joven logró sobreponerse lo suficiente para murmurar despacio en el teléfono:

    —Hey… Damien… Hola.

    —¿Damien? —Pronunció Joe, confundido—. ¿Cuál Damien?

    Rony agitó su mano hacia su amigo, pidiéndole que guardaran silencio, y se giró hacia otro lado, dándole la espalda.

    Crystal, Kelly y Cindy iban entrando en la sala en ese momento, las tres envueltas en sus toallas, riendo y conversando de lo más normal. Sin embargo, en cuanto se aproximaron, fue como si esa sensación negativa y pesada que brotaba de Rony las hubiera engullido, y las tres guardaron silencio y miraron en su dirección. Crystal, sobre todo, percibió algo extraño en el rostro y en la postura de su novio, y se le aproximó alarmada, temiendo que quizás le estuvieran comunicando alguna mala noticia. Su prima y su amiga la siguieron.

    —No sabía que seguías en Los Ángeles —murmuró Rony de la misma forma que antes.

    —Sí, apuesto a que creías que ya me había ido y por eso no me invitaste, ¿cierto? —Pronunció la voz de Damien Thorn en el teléfono, llegando a sonar incluso un poco amenazante en ese momento—. Y por eso mi nombre no está en la lista. Un simple malentendido, ¿no?

    Rony guardó silencio, incapaz de responder.

    —¿Qué ocurre? —Le susurró Crystal despacio a Joe una vez que se acercaron lo suficiente, pero éste sólo negó con su cabeza y se encogió de hombros, igual de confundido que ellas.

    —Cómo sea —prosiguió Damien en el teléfono—, estoy aquí acompañado de tres lindas chicas, y una no tanto pero muy desesperada, y les está empezando dar algo de frío. Así que, ¿por qué no le dices a Matt que nos deje entrar de una buena vez?

    —Yo… —Dudó Rony unos instantes, con un ferviente deseo en su pecho de gritar: “¡NO!” Pero, en su lugar, dijo todo lo contrario—: Sí, claro… Puedes pasar.

    —Yo ya lo sé, Rony. Díselo a él.

    — — — —
    Damien le pasó el teléfono al guardia y, con absoluta seguridad del resultado, salió de la caseta para subirse de regreso a su vehículo.

    —¿Diga? —Escuchó a Matt pronunciar a sus espaldas—. Sí… sí, señor. Entendido.

    Estaba hecho. Aunque Damien se sentía incluso un poco decepcionado de que hubiera sido tan sencillo.

    —Creo que a ese tal Rony no le agradas mucho —comentó Lily desde el asiento trasero, una vez que Damien volvió a subirse.

    —El sentimiento es mutuo —añadió el chico con tranquilidad.

    Samara lo miró, confundida, y preguntó:

    —¿Entonces por qué vinimos a su fiesta?

    Damien sonrió complacido, y con voz astuta le respondió:

    —Precisamente por eso, supongo.

    Aquello causó diferentes reacciones en los presentes. Por un lado, Verónica pareció bastante alarmada por lo que Damien estuviera realmente planeando hacer en ese sitio al que iban. Y, por otro, Esther pareció por primera vez realmente interesada en el asunto.

    —Oh, entiendo —pronunció la mujer de Estonia, esbozando una amplia sonrisa divertida—. Creo que esto sí será entretenido, después de todo.

    Lily siguió igual de indiferente por fuera, aunque por dentro la verdad era que había comenzado a sentirse curiosa. Samara, sin embargo, lo que sentía era principalmente incomodidad; y, quizás, en parte compartía las inquietudes de Verónica.

    — — — —
    —¿Damien qué? —Preguntó Cindy un tanto perdida, una vez que Rony colgó y pasó a contarles a sus amigos sobre la persona que estaba por llegar.

    —Thorn —repitió el anfitrión de la fiesta en voz baja, mientras Crystal lo abrazaba y pasaba su mano por su nuca, intentando calmarlo; eso siempre funcionaba. El grupo se había acercado a la sala, cerca de Milton y los otros jugadores—. Estudia en el Colegio Bradford de Chicago —prosiguió—. Lo conozco por los torneos de tenis.

    —¿De Chicago? —Murmuró Crystal, y entonces su atención se viró hacia su prima Kelly, que volvía de la cocina con tres cervezas en las manos; una para cada chica, como había sido su plan original al entrar a la casa—. ¿Tú lo conoces, Kelly?

    Kelly Baptiste vivía actualmente en Chicago con sus padres y su hermana menor; su familia se había mudado allá cuando Kelly tenía seis años. Era una chica joven, de la misma edad que Rony y Crystal, de piel oscura, y cabello negro y quebrado. No era tan alta y escultural como su prima, pero igualmente era muy atractiva, además de inteligente y aguerrida. Al año siguiente, si todo salía bien, ingresaría a Northwestern a la carrera de periodismo, algo que siempre supo sería su camino. Había ido a Los Ángeles a pasar unos días con Crystal, su prima favorita, y sus tíos, antes de Acción de Gracias; y claro, había terminado indudablemente siendo invitada a esa esplendida velada.

    —No en persona, pero todos en Chicago conocen a los Thorn —respondió Kelly, y justo después les pasó sus cervezas a Crystal y a Cindy—. Del tal Damien lo que he escuchado es que es un estirado mojigato; de los que siempre se portan bien, sacan calificaciones perfectas, van a la iglesia y todo eso. El chico que todas las madres quieren de yerno, según mi propia mamá.

    —¿Enserio? —Soltó Joe, con tanto desánimo como si aquella descripción le hubiera causado dolor de estómago—. Qué fastidio. ¿Por qué lo dejaste pasar, Rony?

    —Solamente porqué es uno de los estirados mojigatos más ricos del país —espetó Rony, casi defensivo—. ¿Cómo le cierras la puerta en la cara a alguien así?, ¿eh?

    Joe, Crystal, y Cindy se quedaron casi boquiabiertos al escuchar aquello; Kelly, por su lado, sólo dio un sorbo de su cerveza, pues en efecto le constaba que aquello era cierto.

    —La rica es su tía, ¿no? —Escucharon todos de pronto que Milton comentaba desde su asiento, teniendo su atención aún fija en la pantalla, con sus ojos tan abiertos y desorbitados que parecían que ni siquiera pestañaban. Y aun así, parecía que no tenía problema en tener su atención en el juego, y al mismo tempo en su conversación.

    —No, en realidad todo está a su nombre —se apresuró Kelly a corregir—. Toda su familia está muerta, a excepción de su tía que es un Thorn sólo por matrimonio. La empresa, las propiedades… todo eso es en realidad de él. Las personas lo conocen como el Joven Príncipe Heredero de Chicago.

    Aquello dejó aún más sorprendido a los otros tres. Varios de los que estaban en la fiesta eran de familiar acomodadas, incluidos Rony, Milton, Crystal, y varios compañeros de Rony en Windward. Pero ninguno llegaba al nivel de lo que ellos describían sobre este chico.

    —Créanme —musitó Rony con cierta resignación—, en cuanto cumpla dieciocho, este sujeto estará más forrado en billetes que todos los que estamos aquí juntos. Así que sólo intenten aguantarlo, y díganles a los demás que no lo molesten, ¿de acuerdo? Si es tan correcto como dicen, quizás no se quedé mucho.

    —Sí, los niños buenos tienen que acostarse temprano, ¿verdad? —Bromeó Crystal, riendo un poco.

    —¿Y cómo es? —Cuestionó Cindy, curiosa—. ¿Es apuesto además de rico?

    Todos rieron levemente, al oler desde lejos las intenciones de la joven.

    —¿Yo qué sé? —Respondió Rony, encogiéndose de hombros—. Supongo que feo no es.

    —Si es que te gustan los pálidos flacuchos como a mi prima —comentó Kelly con tono sarcástico, a lo que Crystal le respondió con una mirada de falsa molestia, y se abrazó aún más de su novio, casi de forma protectora.

    —Dijo que venía con unas chicas —comentó Rony al recordar de pronto ese dato, que por la conmoción del momento pareció casi habérsele pasado.

    —¿Enserio? —Soltó Milton con entusiasmo sin quitar sus ojos del juego—. Espero que al menos estén buenas.

    El comentario no fue de la gracia de nadie, especialmente de las chicas presentes. Al momento las tres decidieron retirarse de regreso a la terraza, pero Crystal no se fue sin antes darle como escarmiento otro zape en la cabeza, similar al que le había dado Rony, y tumbándole de nuevo su sombrero.

    —¿Qué? —Exclamó Milton entre confundido y molesto—. ¿Qué dije?

    Las tres chicas no le dijeron nada y sólo se alejaron, recobrando casi de inmediato su buen humor de hace unos momentos. Sin embargo, quien no parecía recuperarse aún era Rony.

    No podía quitarse de la cabeza la sensación tan incómoda que le había causado esa extraña conversación por teléfono. Incluso había comenzado a cuestionarse se aquella persona era en realidad el Damien Thorn que él conocía… o alguien más.

    FIN DEL CAPÍTULO 90

    Notas del Autor:

    Rony Helmut (quien ya había hecho una aparición anterior en el Capítulo 72) y el resto de sus amigos en la fiesta, son personajes originales de mi creación, a excepción de Kelly Baptiste que se encuentra inspirada en el personaje del mismo nombre de la serie Damien el 2016, y de quién es probable sepamos más cosas en un futuro.

    Y aquí estamos, luego de más de tres años, en el Capítulo 90. Sólo 10 capítulos más y llegamos al Capítulo 100, algo que nunca había logrado antes, y ni siquiera creí que fuera posible. Pero creo que no hubiera podido llegar tan lejos si no fuera por su apoyo, sus lecturas y comentarios, así que enserio muchas gracias a todos. Y desde ahora les digo que dicho capítulo no será el final de esta historia, así que estén pendientes porque aún falta mucho, mucho que contar. Y si me siguen en mi página de Facebook dedicada a esta historia, iré compartiendo algunas cosillas interesantes para celebrar estos 100 capítulos.

    ¡Nos leemos pronto!
     
  11.  
    WingzemonX

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    Resplandor entre Tinieblas
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    Misterio/Suspenso
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    95
     
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    Resplandor entre Tinieblas

    Por
    WingzemonX


    Capítulo 91.
    No hay que preocuparse por nada

    Cuando Rony salió por la puerta principal de la casa, la camioneta negra con el logo de Thorn Industries se estaba ya estacionando justo delante. Para esos momentos el anfitrión de la fiesta creía ya sentirse tranquilo, pero aquello menguó un poco cuando una de las puertas de la parte trasera del vehículo se abrió, revelando del otro lado justo la presencia de quien tanto le inquietaba.

    Damien bajó primero, se paró firme en la acera delante de la casa, y alzó su mirada hacia Rony de pie al final de las escaleras, sonriéndole además de una forma que al joven le resultó inusual. De nuevo no pudo evitar preguntarse a sí mismo si aquel individuo era en efecto quien se suponía que era, pese a que de forma racional no tenía motivo alguno para dudarlo.

    —¿Qué tal, Rony? —Le saludó Damien, alzando una mano hacia él en señal de saludo—. Te ves bien.

    —Gracias, Damien —murmuró Rony dubitativo, y bajó con cuidado los tres escalones del pórtico hasta pararse delante de su invitado (forzado)—. Qué gusto verte de nuevo.

    Le extendió su mano y Damien la estrechó con firmeza, justo como lo habían hecho hace algunos días al final de su último duelo de tenis. Pero la sensación que dicho apretón le provocó distaba mucho de asemejarse a aquel momento.

    —Sí, yo igual —respondió Damien, ensanchando un poco más su torcida sonrisa—. Bonita casa, por cierto —añadió, mirando por encima de Rony hacia la casa a sus espaldas.

    —Gracias. Es de…

    La explicación que estaba por dar, fuera la que fuese, quedó interrumpida cuando la atención de Rony se centró en las personas que habían ido bajando del vehículo detrás de Damien. Por un lado estaba una joven rubia de atuendo azul y blanco, alta y más o menos de su misma edad; no era precisamente una chica bastante llamativa, pero tampoco era de mal ver. Sin embargo, su presencia quedó prácticamente opacada cuando vio a las tres niñas que se bajaron de la parte trasera por la misma puerta por la que había bajado Damien.

    Tres niñas, ninguna de más de diez u once, pensó Rony, y ello lo dejó perplejo. Su lengua se trabó en su primer intentó por preguntar al respecto, y antes de lograrlo Damien se adelantó.

    —Chicas, él es el buen Rony Helmut de quien les hablé —comentó el joven Thorn—. Y ellas son Sara —indicó colocando su mano sobre el hombro de la niña de largos cabellos negros—, Lala —prosiguió haciendo lo mismo con la segunda, de cabellos castaños, aunque a ésta pareció agradarle menos su contacto y se apresuró a quitarse su mano de encima en cuanto pudo—, y…

    —Jessica —se apresuró a pronunciar la tercera de ellas, de anteojos y cabello castaño oscuro, antes de que la presentaran.

    —Y Jessica —repitió Damien, con un extraño tono de complicidad—. Y ella… —Se viró entonces hacia la otra chica mayor, pero se le quedó viendo un rato con una sobreactuada expresión de confusión—. Lo siento, ¿tú cómo te llamabas?

    En lugar de responderle, la chica sólo respiró hondo por su nariz, dio un paso al frente y le extendió su mano directamente a Rony.

    —Soy Verónica —pronunció con voz estoica, pero amable a su modo—. Encantada de conocerte, Rony. Jugaste muy bien en la final de la otra semana.

    —Oh, ¿estabas ahí? —Pronunció Rony, sintiéndose algo más a gusto con ella que con los demás presentes, y el sentimiento se mantuvo cuando estrechó su mano—. Te lo agradezco. La verdad es que creo que tuve un poco de suerte; estuve a nada de perder.

    —Ni te imaginas lo cierto que es eso —soltó Damien de forma mordaz, confundiendo un poco al muchacho—. Pero bueno, ¿entramos de una vez?

    Antes de que Rony les diera alguna confirmación a dicha solicitud, la niña presentada como Jessica se adelantó, casi haciendo a un lado a Rony para poder pasar, y subió los escalones hacia la puerta dando pequeños saltitos en cada uno. Lala la siguió justo después, y un poco detrás iba Sara.

    —Con tu permiso —pronunció ésta última, con su mirada agachada al pasar delante de Rony.

    Damien se dispuso a seguirlas, pero Rony se sobrepuso lo suficiente para tomarlo del brazo y detenerlo.

    —Damien, espera un poco, por favor —le indicó casi sonando como una pequeña suplica. Damien sonrió extrañamente complacido, y miró sobre su hombro a Verónica.

    —Mejor adelántate —le indicó apuntando con su cabeza en dirección a la casa—. No querrás dejarlas mucho rato solas, ¿o sí?

    La chica rubia lo observó con seriedad unos instantes, y luego sin decir nada se adentró hacia la casa detrás de las niñas. En cuanto se alejó lo suficiente, Rony soltó sin pudor lo que tanto quería preguntar:

    —¿Qué te pasa?, ¿por qué trajiste a esas niñas contigo?

    —¿Por qué? —Murmuró el chico Thorn, irónico—. ¿Hay algún problema con eso?

    —Pues… sí —pronunció Rony algo más dudoso, apartando además en ese momento su mano del brazo de Damien como si éste le hubiera quemado, y de cierta forma así lo sentía—. Cuando dijiste que venías con unas chicas… yo me imaginé otra cosa. No es en lo absoluto una fiesta para niñas, si entiendes lo que digo…

    Damien rio abruptamente, sonando casi como si de alguna forma aquel comentario hubiera sido una de las cosas más estúpidas que hubiera oído, y Rony no pudo evitar cohibirse por ello, más que molestarse.

    —Yo que tú me preocupaba más por tus invitados que por las mías —señaló Damien justo después, rematando su comentario (¿o advertencia?) con un par de palmadas en el brazo de Rony. Éste se quedó helado, sin saber cómo reaccionar.

    El chofer de la camioneta se bajó en ese momento, rodeándola por el frente para entonces pararse firme a un costado, como miembro del servicio secreto.

    —Kurt, espéranos acá afuera, ¿bien? —Le indicó Damien—. Estaremos sólo un rato.

    —Lo que diga, Sr. Thorn —le respondió el guardaespaldas, apenas asintiendo lo necesario.

    —Anda, Rony —añadió el Thorn justo después, rodeando el cuello de su anfitrión (forzado) con un brazo para obligarlo a andar hacia adentro de la casa—. No te quedes afuera en tu propia fiesta.

    Rony no respondió nada, ni tampoco se opuso demasiado a que Damien lo llevara de nuevo adentro. Su único consuelo fue haberle escuchado decir que estaría “sólo un rato.” Esperaba fuera cierto.

    — — — —
    Dentro de la casa, Crystal, Kelly y Cindy se habían posicionado a un costado de la sala, en apariencia platicando entre ellas al tiempo que bebían de sus vasos. Pero, en realidad, las tres tenían un ojo en la entrada para apreciar cuando el tal Damien Thorn hiciera su aparición, pero procuraban no ser demasiado obvias al respecto. Sin embargo, lo que terminaron vieron entrar por esa puerta, ellas y todos los presentes por igual, fueron a las tres jóvenes acompañantes del joven Thorn. Las niñas se pararon una a lado de la otra, contemplando a su alrededor con curiosidad, pero no más curiosidad y confusión que como todos los demás las miraban a ellas.

    —¿Pero qué carajos…? —Soltó Cindy, de una forma bastante contraria a su plan original de ser discretas, pero las otras dos no la culparon por dicha reacción.

    —¿Quien abrió la guardería? —Comentó Crystal con tono irónico, aunque no precisamente divertida.

    Verónica entró un poco después que las niñas, parándose detrás de ellas e inclinándose un poco hacia ellas para susurrarles algo.

    —¿Y esa quién es?, ¿su niñera? —cuestionó Cindy, con una sensación similar a su comentario anterior.

    Mientras las tres chicas, y otros más, intentaban adivinar a qué se debían esas presencias tan extrañas, Rony entró también a la sala, acompañado de alguien más. Y ese chico, de cabellos negros, rostro delicado, intensos ojos azules y una larga gabardina negra, rápidamente llamó la atención de Kelly y sus dos acompañantes.

    —¿Ese es? —Le murmuró Crystal muy despacio a su prima, y ésta asintió lentamente.

    —Ese es Damien Thorn, en todo su esplendor —murmuró Kelly, siendo incapaz de ella misma ocultar su impresión. Lo reconocía fácilmente, a pesar de en realidad nunca haberlo visto de tan cerca.

    —Y qué esplendor —musitó Cindy con bastante impresión reflejada en su voz y rostro; sus ojos no se apartaban ni un instante del recién llegado.

    —¿Y enserio es un niño bueno de iglesia? —Cuestionó Crystal a continuación, a lo que Kelly se encogió de hombros.

    —Eso dicen.

    —Quizás yo pueda hacerlo pecar un poco —señaló Cindy, con un tono tan pícaro que casi sonó lascivo.

    —No seas tan zorra, Cindy —le reprendió Crystal, dándole un manotazo en su bazo que al parecer resultó ser más fuerte de lo previsto, pues Cindy soltó un pequeño quejido y se sostuvo el área golpeada con su mano.

    Las tres notaron entonces como el tal Damien Thorn se aproximaba a la chica rubia y a las tres niñas, comenzando a hablar de manera bastante casual con las cuatro.

    —¿Acaso las niñas son esas amigas que dijo que venían con él? —Murmuró Crystal, entre sorprendida y divertida—. Vaya broma.

    —Quizás son sus hermanitas —especuló Cindy, ya menos adolorida por el golpe, pero Kelly se apresuró a responderle:

    —No lo creo, se supone no tiene nada de familia, menos hermanas.

    —¿Y la chica será su novia? —Inquirió Crystal con genuina curiosidad.

    Las tres observaron cómo el muchacho se mantenía a una distancia prudente de ella, pero igual de vez en cuando le dirigía algún comentario, aunque pareciera que no fuera directamente a ella.

    —Yo no la conozco —indicó Kelly tras un rato—. Pero se ve tan santurrona como él, así que tal vez…

    Pero en realidad no lo creía; su lenguaje corporal no indicaba nada parecido a ello. Además de que en su opinión, si Damien Thorn tuviera una novia, aunque fuera por una noche, sería alguien más… llamativa que esa flacucha insípida.

    — — — —
    —¿Y ahora qué hacemos? —cuestionó Samara con curiosidad, mientras recorría su mirada por toda la sala, inspeccionando al resto de las personas ahí presentes; todos jóvenes de la edad de Damien o mayores, y ninguno en apariencia demasiado amistoso.

    —Lo que gusten, por supuesto —respondió Damien con simpleza a su pregunta, acompañado de un par de palmadas en la espalda de la pequeña—. Diviértanse; pero con moderación…

    Y dada aquella instrucción, caminó entre ellas y se dirigió directo a la puerta que daba hacia la terraza.

    —¿A dónde vas? —Le cuestionó Verónica efusiva, pero el chico no se viró siquiera a mirarla mientras salía.

    Las cuatro lo miraron en silencio, al menos dos de ellas preguntándose si acaso debían seguirlo o no, aunque otras tenían mucho más claro lo que querían hacer.

    —Si me disculpan, yo buscaré un poco de alcohol —indicó Esther sin menor miramiento, y se dirigió entonces hacia dónde parecía estar la cocina.

    —¿Qué?, no puedes… —pronunció Verónica alarmada, dando unos pasos detrás de ella, pero luego deteniéndose unos instantes al dudar si acaso debía o no dejar solas a las otras dos.

    Lily en esos momentos miraba fijamente a su alrededor, con su rostro alzado como si intentara percibir algún tipo de aroma o sonido. Su expresión era particularmente seria, o incluso reflexiva.

    —¿Estás bien? —Le preguntó Samara, ligeramente preocupada, a lo que Lily asintió lentamente.

    —Hay muchas emociones flotando en ese sitio —masculló despacio la niña de Portland, aunque no era muy evidente si aquel comentario era hacia Samara o hacia sí misma—. Discúlpenme un momento…

    Y al igual como Damien y Esther lo habían hecho, comenzó a andar por su cuenta hacia un rincón del cuarto.

    —Lily, no deberíamos separarnos —masculló Verónica entre dientes.

    —No molestes —le respondió la jovencita de mala gana sin detenerse—. Tu jefe dijo que hiciéramos lo que quisiéramos; qué no te importe lo que yo haga.

    Y tras un rato se perdió también de su vista, dejando muy claro que no le haría caso.

    Verónica se encontraba en los primeros indicios de un ataque de ansiedad. ¿Cómo era posible que evitara que esas niñas, y el propio Damien, hicieran una locura si ni siquiera la escuchaban?

    Sacó rápidamente su teléfono y abrió la conversación con Ann. Ésta aún no le respondía, y de hecho ni siquiera había leído aún sus mensajes, y era probable que no los leyera hasta dentro de algunas horas, si tenía suerte…

    —Descuida, yo me portaré bien —escuchó la voz apagada de Samara pronunciar a su lado. La joven de Moesko la veía atentamente con sus ojos tranquilos, un poco ausentes—. No tienes que ocuparte de mí…

    Verónica se preguntó si acaso había leído en su mente las preocupaciones que la saturaban en esos momentos, pero en realidad poco importaba pues éstas igual eran bastante visibles en su rostro de seguro. Y para bien o para mal, debía aceptar que en el poco tiempo que llevaba de conocerlas, Samara parecía la más tranquila y cooperativa de las tres chicas. En el fondo sentía que ella era una buena chica; demasiado buena para andar en compañía de esos otros dos pequeños monstruos.

    —Está bien, gracias —asintió Verónica, sonriéndole—. Iré a vigilar a las otras entonces, ¿sí?

    Samara asintió lentamente, y Verónica se apresuró en la misma dirección a la que había ido Lily. La niña sólo la observó en silencio…

    En realidad no quería que se fuera; estar sola en un sitio como ese le provocaba demasiada incomodidad, especialmente al estar rodeada de tantos extraños con aires agresivos.

    Giró su mirada distraída, quizás buscando un sitio en el que pudiera sentarse y no llamar la atención, o quizás ver si le era posible ver a dónde se había ido Damien. En su lugar, sin embargo, lo que captó la atención de la niña fue la enorme pantalla de la sala, con el videojuego que los chicos en el sillón jugaban. Parecía ser algún tipo de juego de disparos con estética futurista, que además de todo hacía bastante ruido. Samara no conocía mucho de eso pues sus padres no les agradaban mucho, pero ciertamente los conocía. En el Psiquiátrico de Eola la habían hecho jugar uno para algunas pruebas, pero bastante menos detallado que ese. Esas pruebas para variar no le desagradaban tanto.

    Sin darse cuenta, comenzó a aproximarse hacia dicho sitio, contemplando fijamente como los personajes se movían por la pantalla dividida en cuatro, disparando a enemigos de apariencias monstruosas que saltaban delante de ellos, manchando sus cámaras de sangre. Aunque uno de los cuatro en particular hacía rato que había dejado de moverse.

    — — — —
    Ya fuera por la droga o no, lo cierto es que la concentración de Milton había mejorado bastante, y la partida que los chicos jugaban en esos momentos estaba saliendo bastante mejor de lo esperado. Sin embargo, esa concentración, en apariencia tan sólida, terminó por menguar bastante fácil en cuanto se enfocó enteramente en otra cosa, o más bien en otra persona.

    Al dirigirse a la terraza por la puerta que había tomado Lily, Verónica pasó por un lado de los sillones, y los ojos azulados, y algo enrojecidos, del muchacho se fijaron en ella y la siguieron atentamente en su avance hasta que se perdió en el exterior. Fueron unos segundos, pero a Milton aquello le bastó para inspeccionarla de arriba abajo, y memorizar su apariencia con bastante claridad.

    No tenía ni la menor idea de quién era esa chica, pero definitivamente quería saberlo…

    —Ese es mi tipo de mujer —exclamó efusivamente el muchacho de sombrero, parándose abruptamente de su asiento y tirando el control contra la mesa de centro de forma poco cuidadosa—. Ahí se ven, perdedores.

    Y sin dar mayor explicación, se dirigió apresurado hacia la puerta, persiguiendo a la misteriosa chica que tanto le había cautivado.

    —¡Oye! —Exclamó claramente molesto uno de los otros chicos, contemplando cómo se alejaba de esa forma a media partida—. ¡Aún no terminamos! ¡Vuelve acá!

    Pero Milton hizo caso omiso de sus quejas, e igual se fue bastante decidido, y sus compañeros de juego soltaron una maldición en su nombre.

    Al virarse hacia la pantalla con la intención de decidir qué hacer a continuación, aquel que se encontraba más a la izquierda se sobresaltó asustado, al notar repentinamente a la niña de vestido amarillo y largo cabello negro de pie prácticamente a su lado, y que no había notado en lo absoluto antes.

    —¿Y tú de dónde saliste? —le cuestionó entre sorprendido, y extrañamente asustado.

    —Vengo con… —murmuró Samara dudosa, y se giró con la intención de señalar a alguien, pero fue consciente en ese momento de que en realidad no había nadie conocido cerca—. Sólo estaba mirando…

    Los chicos la observaron un tanto extrañados. ¿Qué hacía exactamente una niña en una fiesta como esa? Pero por el motivo que fuera, a uno de ellos en particular pareció no importarle mucho, pues en ese momento estiró el brazo hacia la mesa, tomó el control que Milton había dejado, y entonces se lo extendió a la desconocida.

    —¿Quieres jugar? —Le preguntó sin muchos rodeos, tomando por sorpresa a sus compañeros.

    —Oye —le reprendió uno de ellos, dándole un discreto golpe en su brazo con una mano, y preguntándole con la sola mirada: “¿qué crees que haces?”

    —Nos falta uno —respondió el mismo chico a la defensiva—. Sólo para terminar la partida, no sean infantiles.

    Se viró entonces de regreso a Samara y añadió:

    —¿Entonces? ¿Quieres o no?

    Samara miró algo temerosa el control que le extendían, con bastante más botones que el que había usado en el psiquiátrico. Le provocaba demasiada ansiedad el imaginarse metiendo la pata al no saber cómo jugar, y que por ello esos chicos se enojaran con ella, le gritaran, la reprendieran, o…

    Arrugó un poco el entrecejo, preguntándose repentinamente a sí misma por qué exactamente les tenía miedo a esos sujetos.

    «Si alguno de ellos se enojara con Damien, Esther o Lily… ellos no permitirían que les hablaran de mala forma. Los harían respetarlos» meditó para sí misma, sintiéndose de hecho un poco sorprendida por su propio pensamiento, pero no por ello le restaba veracidad.

    Al final decidió no darle tantas vueltas, y sólo aceptó el control que le ofrecían, tomándolo entre sus dedos.

    —Supongo que sí —masculló despacio, tomando asiento justo después en el sillón individual que Milton había dejado desocupado. Miró entonces hacia la pantalla, intentando entender más claramente la situación—. ¿Quién soy?

    —El de armadura negra, en la esquina superior izquierda —le respondió de malagana uno de los chicos, y rápidamente comenzaron de nuevo la partida, sin darle demasiado tiempo a la nueva jugadora para prepararse por completo.

    Rápidamente los cuatro jugadores comenzaron a moverse por el campo repleto de monstruos. Y mientras los otros tres se movían con gran facilidad y atacaban sin dudar, Samara tenía problemas al inicio para entender qué hacía con exactitud cada uno de los botones. Escuchó incluso como uno de ellos se reía, y claramente sintió que era de ella. Aquello no la puso más nerviosa… sino más bien molesta.

    Sus ojos oscuros se fijaron por completo en la pantalla; en la oscuridad, en las criaturas monstruosas, en la sangre… nada peor a lo que le habían mostrado sus pesadillas.

    Poco a poco sus dedos comenzaron a reaccionar casi por sí solos, como si las claves sobre qué debía de hacer vinieran a su mente directamente sin que ella tuviera que pensarlo. Y de un momento a otro, comenzó a moverse a la par de los otros; o, incluso, un poco mejor.

    —No está mal, niña —comentó uno de los chicos, sinceramente impresionado, y aquello hizo que una sonrisita se dibujara en los labios de la pequeña.

    — — — —
    Esther entró en la cocina, y desde la puerta contempló a un grupo de siete chicos (cinco hombres y dos mujeres) de pie alrededor de la isla del centro, platicando y riendo mientras se servían licor en sus vasos rojos. Estaban tan ensimismados en sus asuntos que no notaron a la niña de un metro treintaicinco hasta que ya estuvo lo suficientemente cerca de ellos.

    —Buenas noches, chicos —saludó efusivamente, abriéndose paso entre ellos y entonces colocándose de rodillas sobre uno de los taburetes de la barra. Los siete presentes la miraron totalmente perplejos, mientras ella inspeccionaba curiosa las botellas y latas de alcohol sobre la encimera—. ¿Qué es lo más fuerte que tienen? Llevo bastante tiempo sin un buen trago.

    Sin que nadie le tuviera que dar permiso, tomó una botella de lo que parecía ser tequila, y la abrió con la intención de servirse un poco en un vaso limpio.

    —¡Oye! —exclamó alarmada una de las chicas presentes, apresurandose a arrebatarle la botella, y derramando un poco sobre la isla en el proceso—. Ni lo sueñes, mocosa. ¿Qué edad tienes?

    —¿Qué edad tienes tú? —Le respondió Esther sagaz, recorriendo entonces su mirada lentamente por cada uno de ellos—. Creo que está de más decir que ninguno de ustedes se ve de más de veintiuno.

    Su atención se centró entonces justo en un muchacho de piel oscura, de pie al otro lado de la isla, bastante alto y fornido; lo suficiente para llamar la atención de la necesitada Leena.

    —Bueno, creo que excepto tú, guapo —sonrió Esther con complicidad, teniendo además en sus ojos una muy incómoda y taimada expresión—. Lindos brazos...

    Los siete chicos se miraron entre ellos, ofuscados, y quizás preguntándose entre ellos si acaso aquello era algún tipo de broma.

    Esther notó entonces una cajetilla de cigarrillos abierta, puesta sobre la encimera muy cerca de ella. Y luego, sin necesidad de que pidiera permiso, la tomó y sacó un cigarrillo de ésta, colocándoselo entre los labios.

    —¿Alguno tiene fuego? —Les preguntó con absoluta normalidad, y aquello pareció suficiente para todos.

    —Pero qué loca —señaló otro de los chicos, y uno a uno comenzaron a salir de la cocina, intentando alejarse de aquella niña tan extraña, y especialmente de la obligación de tener que buscar con quién venía o, aún peor, tener que cuidarla ellos mismos. Esther no lamentó su partida; bueno, quizás sólo la de uno de ellos.

    —Oye —exclamó con fuerza hacia el mismo muchacho de color que había contemplado hace unos momentos, justo cuando éste pasaba a su lado. Por mero reflejo, y quizás cortesía, el chico se detuvo la miró, y ésta lo hizo de regreso de la misma forma que antes—. No me suelen gustar tan jóvenes, pero por ti haría una excepción. Si quieres ir a una de las habitaciones conmigo, no te arrepentirás…

    La intención detrás de esa propuesta era bastante clara, y el chico se sintió profundamente asqueado por ella.

    —Estas muy dañada, pequeña —le murmuró despacio con molestia, pero también con cierta compasión en su voz—. ¿Quién te lastimó tanto?

    Esther bufó divertida por su pregunta tan ocurrente, mientras jugaba con el cigarrillo entre sus dedos.

    —¿Tienes una hora?, porque la lista es larga…

    El muchacho sólo negó con su cabeza, y se apresuró a salir de la cocina detrás de sus demás amigos.

    —Aguafiestas… —murmuró Esther con marcado enojo al verlo partir.

    En otro momento y lugar hubiera optado por ir detrás de ese idiota, y atravesarle el hígado con un picahielos (había uno a la vista sobre la cocina) como castigo por haberle rechazado de esa forma. Y dicha opción ciertamente seguía sobre la mesa, pero de momento tenía otro interés.

    Ya que se fueron ahora sí tomó la botella de tequila y se sirvió todo lo que quedaba en el vaso, hasta casi hacerlo desbordarse. Lo tomó entonces con cuidado, y dio el que sería su primer trago de la noche, pero no el último.

    — — — —
    A lo largo de su productiva carrera como reportera, activista y, para algunos, terrorista, Charlie se había tenido que meter a escondidas a una gran cantidad de sitios con alta seguridad. En comparación, saltar la barda trasera de ese residencial en Malibú no representó mucho mayor problema.

    Habían estacionado la camioneta unas calles más adelante, escondida entre algunos follajes para no llamar demasiado la atención, pero en un punto en donde pudieran tener una vista casi directa de la entrada y salida del residencial por los binoculares. Y mientras Kali y Abra la aguardaban ahí, ella se adentró sola, pero siempre acompañada del audífono y micrófono en su oído, y un pequeño prendedor en la solapa de su chaqueta que serviría en realidad como cámara integrada para que sus dos acompañantes pudieran ver lo que ella veía.

    —Estoy dentro —les murmuró despacio mientras avanzaba con paso relajado y tranquilo, como si no fuera una completa intrusa en ese lugar—. Hay demasiadas casas, ¿cómo saber en cuál está?

    —La camioneta no ha salido —le indicó la voz de Eight en su oído—. Ve si la identificas estacionada afuera de alguna.

    No era mal consejo, siempre y cuando no se hubieran metido al garaje de alguna.

    —Muchas de estas casas parecen vacías —señaló Charlie al darse cuenta que las luces de varias estaban apagadas, y no había vehículos visibles en ellas—. De seguro son casas de playa de ricos para el fin de semana, o quizás para rentarlas en el verano. Pero a mitad de noviembre…

    Sus oídos captaron algo diferente entre la casi absoluta quietud de la calle, que la hizo ponerse en alerta.

    —Oigo música —indicó con seriedad, y comenzó entonces a avanzar con más prisa en la dirección de la cual aquel sonido venía, pero no lo suficiente para verse apurada.

    Al dar vuelta en una esquina, unas tres casas más adelante justo donde la calle terminaba en una amplia rotonda, divisó la camioneta negra que había estado siguiendo durante todo ese rato. Y en un vistazo más cuidadoso, observó también al hombre de traje negro de pie a un lado del vehículo, fumando un cigarrillo mientras revisaba su teléfono.

    Charlie se viró hacia otro lado, se pasó discretamente a la otra acera y caminó por ella como si se dirigiera a la casa de enfrente. Miró de reojo en dirección a la camioneta, y no le pareció que el hombre del cigarrillo hubiera captado su presencia.

    —Ya vi la camioneta, está frente aquella casa —indicó Charlie en voz baja mientras se adentraba en el porche de la otra casa, por suerte al parecer sola en sus momentos, ocultándose un poco entre las sombras—. Creo que sólo está el conductor.

    —Thorn debe estar dentro —indicó Kali, señalando la deducción más obvia.

    Oculta en las sombras, y detrás de un pilar del porche, Charlie echó un vistazo a la casa en cuestión, la cual parecía de las más grandes y lujosas del barrio, y ciertamente eso era decir mucho. Todas las luces estaban encendidas, y la música, aunque no era estridente, estaba en el volumen suficiente para que se escuchara desde ese punto.

    — — — —
    De hecho, incluso Kali y Abra fueron capaces de oírla a través del micrófono de Charlie. Y a la más joven del trío la canción en cuestión le pareció conocida; era una bastante popular de ese mismo año.

    —¿Es una fiesta? —Murmuró confundida la joven de Anniston—. ¿Vino hasta acá sólo para asistir a una fiesta?

    —Al final sigue siendo un chico de diecisiete años, al parecer —señaló Kali, encogiéndose de hombros, a lo que Abra no tuvo mucho para responder—. Te diría que entraras a ver, Roberta; pero si es una fiesta de chicos, de seguro un vejestorio como tú resaltaría rápidamente.

    —Qué graciosa —murmuró Charlie secamente en su micrófono.

    —Yo puedo hacerlo —propuso Abra rápidamente, a lo que Charlie no tardó mucho en responder con bastante agresividad:

    —¡Claro que no! Thorn te conoce, ¿lo olvidas?

    —No hablo de ir, ir —respondió Abra, defensiva—. Me refiero a proyectar mi mente hacia ahí. Lo he hecho en distancias mucho más largas; entrar en esa casa no debería ser problema.

    Kali y Charlie, aunque separadas físicamente por una distancia considerable, se quedaron en silencio compartiendo el mismo sentimiento de duda sobre si aquello sería buena o mala idea.

    —¿Estás segura? —Le cuestionó Kali—. ¿Thorn no podría detectarte?

    Abra vaciló unos momentos al responder, pues ella misma no estaba segura. Recordaba aquella vez hace meses en el evento en Manchester, dónde él parecía haberla sentido entre la multitud. Y más recientemente en Indiana, mientras Terry y ella surcaban los rincones oscuros de la mente de la Sra. Wheeler, y él se había dado cuenta…

    Pero en ambas ocasiones ella no era consciente de la presencia el chico. No había preparado su mente y, especialmente, no la había blindado cómo se debía. Desde su encuentro con Rose la Chistera cinco años atrás, su tío Dan y ella habían estado trabajando juntos en formas de blindar sus mentes para que individuos como ella no los detectaran tan fácil.

    Y, adicionalmente, para bien o para mal en los dos encuentros que había tenido con Damien había podido percibir de primera mano cómo funcionaban sus poderes.

    En base a todo ello, tenía la teoría de que si se concentraba lo suficiente, podría pasar desapercibida, incluso tratándose de él. Aunque claro, era sólo una teoría, pero bien valía la pena para ella el intentarlo. Aunque al transmitirle esa idea a sus dos compañeras debía procurar sonar más convencida.

    —Creo que ambos sabemos muy bien como escondernos del otro —indicó tras unos segundos con voz calmada—. Creo que si blindó mi mente totalmente, pasaré sin llamar la atención. Igualmente no me quedaría mucho; sólo entraré, veré qué pasa, confirmaré si está ahí, y cuál es la situación.

    Le pareció que su propuesta tenía sentido, pero no percibió la misma seguridad de las otras dos.

    —Creo que es mala idea —indicó Kali, notándose que el comentario iba más hacia Charlie que hacia Abra.

    —Sí… Pero es la única opción moderadamente segura que tenemos de momento —comentó Charlie de pronto, tomando por sorpresa a Kali—. Hazlo, Abra.

    —Bien —asintió la joven, antes de que Kali tuviera algo más que decir—. Espérenme sólo un poco; necesito unos minutos para lograr concentrarme…

    Dicho eso, Abra se fue a un extremo de la camioneta, se sentó y cerró los ojos, comenzando a respirar lentamente. Kali pensó por un momento que se pondría en posición de loto y empezaría a flotar, pero en realidad no se veía muy diferente a como si se hubiera quedado dormida sentada.

    Discretamente desactivó el altavoz de la computadora, y susurró lo más despacio posible a su micrófono, esperando que la jovencita a sus espaldas estuviera tan concentrada en lo suyo para escucharla.

    —¿No habíamos dicho que la mantendríamos lo más alejada posible del peligro?

    —Está bastante lejos como para que ese sujeto le haga algún daño —respondió Charlie, sonando sólo en los audífonos de Kali en esa ocasión.

    —Dile eso a El. El chico estaba acá a medio país de distancia, y mira cómo la dejó.

    Charlie guardó silencio, quizás pensativa sobre esa última advertencia.

    —Si percibes por un instante que ese sujeto le está haciendo algún daño, dímelo de inmediato y quemaré toda esa casa con él dentro.

    —¿Y quién sea que esté también ahí? —Musitó Kali, inquisitiva, a lo que Charlie ya no se preocupó por responder.

    — — — —
    Mientras Abra se preparaba mentalmente para su expedición, su objetivo se movía sigilosamente por la terraza de la casa, contemplando pensativo a las personas ahí presentes; algunos metidos en la alberca, otros en el área de los asadores, sentados en las sillas, o de pie frente al barandal que daba al barranco a un lado de la casa.

    Damien ciertamente había llamado la atención de más de uno, aunque la mayoría estaba bastante metido en lo suyo como para prestarle demasiada atención. Todos, por lo que lograba percibir, eran chicos de la misma edad de Rony, posiblemente compañeros de clase, e igual de vacíos y aburridos como él. Nadie lo bastante interesante como para merecer su atención, al parecer…

    ¿A qué había ido a ese sitio exactamente? ¿A arruinarle su fiesta a Rony como Verónica al parecer estaba convencida? ¿A intentar demostrar algún punto? ¿O realmente sólo quería que sus nuevas tres amigas salieran un poco de su elegante “prisión” como bien la habían llamado?

    Quizás era un poco de todo.

    Quizás él mismo se sentía también encerrado para esos momentos. Irónicamente, aquello era lo más libre que había estado en mucho tiempo; lejos de la Hermandad, de Ann, de Lyons, de Adrián… y aun así se sentía atado de manos… Pero, ¿por quién?, ¿por él mismo acaso…?

    —Hola —escuchó una voz aguda pronunciar a su costado derecho, tomándolo un poco desprevenido, pero no lo suficiente para asustarlo.

    Al virarse en dicha dirección, el joven Thorn se encontró de frente con una chica apenas unos centímetros más baja que él, de cabellos rubios en esos momentos húmedos por haber estado en la alberca, y luciendo un nada modesto bikini color celeste. Le sonreía ampliamente, mostrándole un poco de sus dientes blancos con brackets. Y en cada mano sujetaba un vaso rojo con bebida en su interior; y claramente ninguna era refresco de naranja.

    —Eres Damien Thorn, ¿cierto? —preguntó la chica con marcada curiosidad.

    —¿Eso dicen? —Respondió el muchacho con tono esquivo, que sólo provocó que la extraña riera un poco.

    —Soy Cindy. ¿Quieres una cerveza? —Le ofreció la chica, extendiéndole uno de los vasos—. Aunque quizás no; escuché que eras un niño bueno…

    —No esta noche —respondió Damien con sencillez, aceptando uno de los vasos que le ofrecía sin dudarlo demasiado.

    Mientras daba un primer sorbo, fingiendo que éste le afectaba más de lo real, contempló que dos chicas más se aproximaban por detrás de la tal Cindy, ambas de piel oscura, una más alta, con un bikini rosado, y la otra con un traje de baño un poco más modesto color blanco.

    Al notar su cercanía, Cindy se viró hacia ellas y se apresuró a presentarlas.

    —Ellas son Crystal, la novia de Rony, y su prima Kelly.

    —Encantada —se adelantó Crystal, extendiendo una mano hacia él para estrecharla—. Rony me ha contado de ti.

    —Cosas buenas, espero.

    Ciertamente parecía el tipo de chica que haría buena pareja con alguien como Rony. No recordaba haberla visto en alguna de las competencias de tenis en las que habían concedido (definitivamente no hubiera pasado desapercibida), así que o era una conquista reciente, o simplemente no le gustaba el tenis.

    —¿Es cierto que eres asquerosamente rico? —Soltó Cindy abruptamente, tomando por sorpresa incluso al propio Damien; parecía una pregunta que había tenido demasiadas ganas de hacer, hasta que ya no pudo contenerse.

    —¡Cindy! —Exclamó Crystal, alarmada por la falta de tacto de su amiga. Damien, sin embargo, se repuso bastante rápido a la impresión inicial.

    —Sí, más o menos —respondió el muchacho con simpleza.

    —Apuesto a que tu casa es más grande que ésta —susurró Cindy con tono provocativo, pegándose un poco a su brazo sin mucho pudor; ni en su actuar, ni en su voz, ni en su mirada.

    —Discúlpala, ya está ebria —señaló Crystal, y rápidamente tomó a su amiga del brazo y la apartó—. Ven acá…

    Crystal comenzó a jalarla hacia el interior de la casa. Y aunque Cindy se resistió al principio, la manera en la que se movía, hasta casi caerse un par de veces, dejó en evidencia que aquellas palabras sobre su estado, no eran sólo una excusa.

    —Yo estaba hablando con él, ¿por qué te metes? —murmuró Cindy arrastrando un poco las palabras.

    La tercera de ellas, la que al parecer era la prima Kelly, se dispuso a seguirlas sin más, pero se detuvo al escuchar cómo el invitado sorpresa de la fiesta le hablaba.

    —¿Tú me conoces?

    —¿Disculpa? —Murmuró Kelly confundida, virándose de nuevo hacia él.

    —Que si me conoces —repitió el muchacho, y señaló entonces a su rostro usando su vaso rojo—. Lo digo por tu mirada.

    Kelly inconscientemente llevó una mano a su rostro, como si su primer reflejo hubiera sido tocarse los ojos.

    —¿Te veo como si te conociera?

    —Algo así —respondió Damien con simpleza, encogiéndose de hombros—. Y creo que no te agrado.

    Aquello la sorprendió un poco más, principalmente por lo acertado…

    —No, no te conozco —le respondió con bastante calma, cruzándose de brazos—. Aunque he oído mucho de ti. También vivo en Chicago.

    —Ah, entiendo —asintió Damien, en efecto comprendiendo todo con ese sólo pequeño pedazo de información—. ¿En dónde estudias?

    —En una escuela muy por debajo de la tuya, créeme.

    —De acuerdo. ¿Y qué haces por aquí?

    —Vine de visita con mi prima; ¿cuál es tu excusa?

    —Vine a ver universidades, luego me quedé para el torneo juvenil del Club Rotario, y ahora sólo disfruto del clima.

    —¿Y has estado faltando a clases todo ese tiempo?

    —¿No muy propio de un niño bueno? —musitó Damien con un tono burlón, dando un pequeño sorbo del vaso que Cindy le había dejado. Teorizó que quien les había dicho sobre eso de que era un “niño bueno” había sido precisamente Kelly, y no como un halago de seguro.

    Fuera como fuera, pareció sacarle una sonrisa a la joven, quien además pareció comenzar a relajarse un poco.

    —Debo admitir que no me das la vibra de lo que he escuchado de ti.

    —Sí —asintió el muchacho, extendiendo su mirada un poco hacia el paisaje oscuro más allá de esa terraza—. Supongo que no me siento yo mismo estos días…

    — — — —
    No a todos en la fiesta les importaba tanto, o eran siquiera conscientes de la presencia de Damien Thorn y sus “amigas.” La mayoría estaba muy entretenido en otras cosas; como Charles y su novia Lidya, compañeros de escuela de Rony, que en esos momentos estaban en la alberca, pero no nadando. El muchacho fornido y con amplios tatuajes en su brazo derecho, se encontraba sentado en la parte baja de la piscina con sus brazos apoyados en la orilla, mientras ella se había sentado sobre sus piernas, y ambos se besaban con bastante entusiasmo sin importarles mucho la gente que los estuviera viendo; y realmente tampoco nadie se los impedía.

    Ambos estaban muy metidos en ello. Y además del beso, Charles además se dio el permiso de introducir su mano en el agua, y recorrer el muslo entero de su novia, subiendo hacia su cadera y su glúteo, y ésta no se lo impidió. De hecho, si alguien no los detenía pronto, la escena amenazaba con ponerse bastante menos apta para menores.

    Para bien o para mal, el ánimo tuvo que apagarse un poco, justo cuando entre un roce de lengua y otro, Lidya abrió un poco los ojos lo suficiente para ver la repentina figura de la niña de pantalón y suéter gris, de pie en la orilla a unos cuantos centímetros de ellos, y viendo en su dirección. Y si aquella casi aparición repentina no era suficiente para asustarla, por un instante mientras Lidya le miraba de reojo, le pareció ver en su rostro algo anormal… algo más acorde a la expresión de una bestia deforme.

    —¡Dios Santo! —Exclamó espantada, apartándose de Charles, prácticamente empujando a éste con sus manos contra la orilla sin darse cuenta. Su primera impresión se esfumó casi de inmediato, y de un parpadeo a otro fue capaz de percibir el rostro frío y sereno de aquella jovencita desconocida.

    ¿Había sido su imaginación…?

    Charles, por su lado, no entendía a qué se debía tan repentina reacción. Se viró entonces sobre su hombro, viendo también hacia la niña, aunque con más confusión y molestia que miedo.

    —¿Se te ofrece algo? —Le cuestionó toscamente—. ¿Qué haces aquí?

    Lily, o más bien Lala según la había presentado Damien afuera, se agachó en ese momento, poniéndose de cuclillas, y acercó su mano derecha al agua.

    —Sólo quiero ver si el agua está caliente —informó de manera ausente, como si en realidad se lo estuviera diciendo a alguien más y no a ellos—. Y sí lo está; increíble. Nunca había estado en una piscina climatizada. Qué mal que no tengo mi traje de baño.

    —Sí, qué mal —masculló Charles, fastidiado por cómo le habían arruinado el buen rato tan fácil—. ¿Ahora puedes dejarnos, enana?

    Lily se viró lentamente hacia él, y Charles por un segundo se sintió incluso amenazado por la extraña agresividad que radiaban esos pequeños ojos claros.

    —No tienes que ser tan grosero —indicó Lily con seriedad.

    —Yo soy lo que me da la gana. ¿Por qué no te largas de aquí a buscar a tu mami?

    La niña se le quedó viendo unos segundos en silencio, y pareció por un momento que no pensaba irse. Sin embargo, luego de un rato se puso de pie.

    —Seguro —murmuró con una sonrisita inocente, que no se esforzó mucho en ocultar que era falsa—. Pero primero dime, ¿quién es Amanda?

    Aquella repentina pregunta menguó notablemente la actitud beligerante de Charles, quien además no fue capaz de ocultar su asombro; tanto que incluso Lidya lo notó.

    —¿Qué? —Balbuceó el chico, dubitativo.

    —Amanda, ¿quién es? —repitió Lily con cierta complicidad, como si quisiera dar a entender que ella ya sabía la respuesta a dicha pregunta.

    —Yo… no sé… —respondió Charles tras un rato, encogiéndose de hombros.

    —¿No se llama así tu compañera de estudio? —Intervino Lidya de pronto, sonando casi como una acusación.

    Los nervios de Charles se hicieron aún más palpables, pero intentó no dejarse llevar por ellos.

    —Ah, sí, creo que sí —respondió procurando sonar desinteresado, y se viró inquisitivo a la jovencita—. ¿Acaso tú la conoces?

    —No —respondió Lily negando lentamente con su cabeza—. Pero tú sí; y muy bien, ¿verdad?

    Y sin disponerse a dar más explicaciones, se dio la media vuelta y se alejó caminando tranquilamente paralela a la orilla de la alberca, disponiéndose a rodearla.

    —¿De qué está hablando esa mocosa? —Le preguntó Lidya, visiblemente molesta, apartándose rápidamente de encima de él.

    —¿Yo qué sé? —Masculló Charles, defensivo—. Ni siquiera sé quién es esa niña, enserio. Debe ser todo una broma de Rony. Iré a hablar con él y a ponerlo en su lugar.

    Y antes de que Lidya pudiera hacerle algún otro cuestionamiento, Charles se salió de inmediato del agua, y así totalmente mojado se alejó por la orilla. Pero por supuesto que no iba a hablar con Rony como había dicho; su preocupación iba enfocada en otros sentidos.

    —Oye —pronunció Charles con molestia, mientras se apresuraba a alcanzar a Lily, pero ésta ni siquiera lo volteó a ver—. ¡Oye tú!

    Se apresuró más hasta interceptarla, y la tomó entonces violentamente de su brazo, jalándola. Esto no le agradó a la niña ni un poco.

    —Suéltame si sabes lo que te conviene —le amenazó con voz severa, pero eso no intimidó a Charles; su propia ansiedad y enojo podían más.

    —¿Cómo conoces a Amanda? ¿Ella te envió? ¿Qué quiere?

    —Ya te lo dije, no la conozco —contestó Lily con voz estoica—. Pero quizás deba contarle a tu novia lo que hiciste con ella en el laboratorio de química la otra semana. ¿Crees que le interese?

    Si Charles no se encontraba lo suficientemente alterado y molesto hasta ese momento, ciertamente aquella afirmación terminó de llevarlo hasta al punto máximo. Pues, en efecto, él sabía muy bien de qué estaba hablando esa enana.

    —Oye, pequeña puta —espetó furioso, jalándola con incluso más fuerza hasta llegar a lastimar un poco—. A mí nadie me amenaza, ¡¿oíste?!

    Pese a la situación y como ese sujeto la tomaba y le hablaba, Lily siguió en apariencia totalmente calmada… inhumanamente calmada.

    —No te hagas el valiente conmigo —susurró la niña despacio, esbozando justo después una sonrisa torcida que hizo que todo su rostro tomara una apariencia inquietante para su opresor—. Yo sé bien que no eres más que un gusano arrastrándose de miedo. Le tienes tanto miedo a tu propia novia que vienes a amenazar en falso a una pequeña niña. Qué triste remedo de hombre eres, Charlie…

    Aquellas palabras lo desconcertaron. ¿Qué niña hablaba de esa forma? No sabía si aquello era una jugarreta de Amanda, o quizás sólo una pésima broma de alguien. Pero fuera lo que fuera, él no se iba a quedar tranquilo.

    —¡Te voy a demostrar quién amenaza en falso a quien! —Exclamó Charles molesto, y volvió a jalonearla, casi amenazando con aventarla a la alberca, ya fuera por accidente o apropósito.

    —¡Oye!, ¡¿qué te pasa?! —Se escuchó la voz de Verónica pronunciar alarmada no muy lejos. Y cuando Charles se viró sobre su hombro, observó de inmediato a la mujer rubia aproximándose hacia ellos con paso firme—. ¡Suéltala ahora mismo, desquiciado!

    —No te metas, perra.

    —¿Cómo me llamaste?

    Verónica lo tomó de la muñeca intentando apartarlo de Lily, pero Charles la empujó hacia atrás, casi haciéndola caer pero ella logró sostenerse. Ante tal agresión, instintivamente Verónica aproximó su mano hacia su espalda para tomar el taser que llevaba ahí oculto para cualquier emergencia. Pero antes de sacarlo, al último momento se detuvo a meditar si aquello sería un movimiento adecuado o no, considerando que ya de por sí sus gritos y empujones estaban llamando bastante al atención. Pero para su fortuna, no tuvo que elegir de momento.

    —Hey, hey, Charlie —pronunció una cuarta persona, aproximándose rápidamente hacia ellos, aunque con actitud mucho más calmada—. ¿Qué crees que haces? ¿No ves que son invitadas de Rony?

    Aquel muchacho rubio y de sombrero se abrió paso, colocando una mano sobre su hombro, y otra en su mano para jalarla y hacer que soltara a Lily.

    —Y es sólo una niña, vamos viejo.

    —Ella empezó —se defendió Charles, señalando hacia Lily.

    —¿La niña empezó? —Rio divertido el extraño—. ¿Escuchas lo que dices?

    —Ella… —Charles parecía querer decir algo más para escudarse, pero el sólo hecho de darle forma a las palabras en su mente ya era suficiente para que se percatara de lo absurdo de todo eso.

    ¿En verdad él había actuado de esa forma? Nunca había sido el chico más paciente del mundo, pero ni él atacaría a una niña. Pero las cosas que dijo… ¿en verdad las había dicho?

    —Oye, cálmate —pronunció el muchacho de sombrero, y le rodeó los hombros con un brazo para apartarlo un poco de Verónica y Lily, y así poder hablar más calmadamente en voz baja—. Es evidente que estás muy estresado. Mira, traje de la que te gusta.

    Extendió entonces su palma derecha justo delante de Charles, enseñándole lo que ahí sostenía: dos pequeñas bolsitas de su querido polvo blanco, que Charles reconoció muy bien; tanto que incluso sus ojos destellaron un poco al verlas.

    —No traigo efectivo… —murmuró Charles despacio, pero también un poco ansioso.

    —Por esta vez son cortesía de la casa, ¿sí? —Indicó el chico de sombrero, y sin mucha ceremonia colocó las bolsitas en la mano aún húmeda de Charles, e hizo que cerrara los dedos en torno a ellas—. Anda, ahora ve a seguir la fiesta por ahí, ¿quieres?

    Le dio entonces un par de palmadas en la espalda, indicándole que se fuera. Y aunque aquello no era precisamente una orden, Charles así lo hizo, andando en la dirección por la que había venido sin mirar siquiera a las dos chicas agredidas. Más adelante en su retirada, Lidya ya lo esperaba, notablemente molesta pues de seguro había visto la escena, o parte de ella. Se notó que comenzó a pedirle explicaciones, pero ambos se dirigieron juntos al interior de la casa, conversando en voz baja a pesar de que aun así fue claro que estaban discutiendo.

    —¿Están bien? —Preguntó el muchacho, virándose hacia Verónica y Lily con una amplia sonrisa despreocupada.

    —No necesitaba ayuda —masculló Lily secamente sin mirarlo. Verónica únicamente la miró con expresión severa, y se permitió entonces rodeara con un brazo con cierto afecto… que a Lily desconcertó.

    —Gracias por tu ayuda —asintió la chica mayor, y entonces comenzó a guiar a la niña para que la siguiera hacia la casa, en dónde esperaba aún encontrar a Samara.

    —Fue un placer —masculló el muchacho de sombrero, y de inmediato comenzó a andar a lado de ambas—. Me llamó Milton, por cierto. ¿Y tú?

    —Verónica —respondió intentando sonar lo más cordial posible.

    —Qué lindo nombre. Eres de las chicas que vinieron con Damien Thorn, ¿cierto? ¿Eres su prima… o novia…?

    —¿Qué? —Exclamó Verónica, casi alarmada por tal pregunta, y justo después escuchó como Lily soltaba una risa burlona que sólo hizo que el rostro de la chica de ruborizara por la pena—. No, no, yo… trabajo con su tía. Soy… algo así como su asistente.

    —Eso suena fascinante —asintió Milton, permitiéndose aproximarse un poco más hacia ella.

    —Este sujeto se quiere acostar contigo —soltó Lily de la nada, haciendo que tanto Verónica como Milton se sobresaltaran.

    —Oye… —Masculló el chico, riendo nervioso—. Qué ocurrente es tu hermanita.

    —Ella no es mi… —Intentó explicarse Verónica, pero en ese mismo momento Lily se apartó de ella y se fue en una dirección diferente—. Oye, ¿a dónde vas?

    —A ver qué más hay de interesante por aquí —respondió Lily con simpleza mientras se alejaba, claramente sin la disposición de escuchar alguna sugerencia diferente a dicho plan.

    Verónica soltó una pequeña maldición apenas audible. Sabía bien que intentar obligar a cualquiera de ellas a hacer algo que no quisieran era inútil, pero esperaba al menos poder apelar a su sentido común, pues suponía que ninguna de ellas quería ir a la cárcel, a algún laboratorio de experimentos humanos, o a dónde fuera que terminarían si no eran prudentes.

    Dio unos pasos detrás Lily queriendo alcanzarla, pero se detuvo al escuchar no muy lejos de su posición una risa; una risa que le resultaba desconocida, pero al mismo tiempo extrañamente familiar.

    Al virar su atención sólo un poco en dicha dirección, divisó rápidamente a Damien, sentado cómodamente en una de las sillas largas de alberca, con un vaso en su mano, y una chica de traje de baño blanco a su lado, con la que al parecer platicaba animadamente, e incluso ambos reían; ni siquiera sabía que Damien era capaz de reír así.

    Aquella imagen provocó una molestia bastante intensa en Verónica, que casi sintió que se le atoraba en la garganta hasta sofocarla. Mientras ella estaba preocupada por mantener todo en orden, el culpable directo de todo ese desastre estaba ahí sentado, relajado y divirtiéndose. De hecho, al parecer todos se divertían ahí menos ella… algo que de hecho era bastante más común de lo que le gustaba aceptar.

    —¿Saben qué? —Soltó en voz baja, como si realmente tuviera a sus cuatro dolores de cabeza justo delante, aunque sus palabras claramente eran sólo para sí misma—. Hagan los que les dé la gana, todos ustedes. Ya no me importa.

    Y soltada esa declaración al aire, aunque no fuera oída por nadie, caminó de largo, pasando incluso delante de Damien y su nueva amiga, aunque ninguno de los dos reparó en ella en lo absoluto.

    Aunque para su consuelo, sus palabras sí habían sido oídas por alguien más; por quien estaba más cerca de ella en ese momento.

    —Esa es la actitud —escuchó a Milton pronunciar con entusiasmo a sus espaldas, aun siguiéndola unos pasos detrás—. Esta noche no hay que preocuparse por nada. ¿Quieres un trago?

    Verónica se detuvo y se viró hacia el chico, quien ahora le extendía un vaso rojo a medio llenar de un líquido transparente con un fuerte olor. ¿De dónde había sacado ese vaso?, ¿ya lo traía consigo? De hecho traía dos; el adicional de seguro para sí mismo. Verónica miró el vaso con dudas. Echó un vistazo más a Damien, aún sentado con la misma chica, y ello la terminó de convencer. Pero, por si acaso, no tomó el vaso que Milton le ofrecía, sino que extendió su mano y tomó el que al parecer él reservaba para sí mismo. Milton, aunque un poco confundido, igual se lo permitió.

    La realidad era que no estaba muy acostumbrad a beber. Y al empinarse aquel vaso y pasar un largo primer trago, como si fuera agua, éste le raspó la garganta provocándole un fuerte ardor. Comenzó a toser con fuerza rápidamente, doblándose un poco sobre sí misma.

    —¿Qué es esto? —Exclamó con su voz enronquecida, oliendo con más detenimiento el contenido del vaso; eso definitivamente era algo más fuerte que cerveza.

    —A veces es mejor no saberlo —le respondió Milton, encogiéndose de brazos—. ¿Quieres más?

    —Definitivamente —Respondió Verónica de inmediato, tomando un segundo trago, el cual le afectó significativamente menos.

    — — — —
    Pasados casi diez minutos, Abra seguía aún sentada en el mismo lugar en la parte trasera de la camioneta, aún con sus ojos cerrados y en la misma posición. Su respiración se había relajado tanto que casi ni se percibía. Kali llegó a temer por un momento que realmente se hubiera quedado dormida, o algo peor. La experiencia que tenía con respecto a aquellos que podían “proyectarse” se limitaba más que nada a Eleven, y recordaba cómo en un inicio necesitaba aislarse de cualquier sonido o imagen para poder enfocar su mente únicamente en dicha acción.

    No dudaba que esta chica fuera también capaz, pero… ¿en verdad podría hacerlo tan fácilmente como sólo sentarse ahí y cerrar los ojos? Y, más importante aún, ¿podría hacerlo sin exponerse a ningún peligro como había afirmado tan segura?

    —Guarda silencio, por favor —masculló Abra en voz baja, tomando a Kali por sorpresa.

    —Yo no he dicho nada —soltó Eight rápidamente, con una clara postura defensiva.

    —Tus pensamientos y preocupaciones son demasiado ruidosos —añadió Abra con voz lenta y pausada, como si aún una parte de ella siguiera sumida en su meditación y no estuviera en realidad presente del todo—. Necesito asilarme de cualquier intervención externa, pero no me lo haces sencillo.

    —¿Quieres que apague mis pensamientos y preocupaciones? Lamento decirte que en eso no tengo tanta gerencia como me gustaría.

    Kali sonaba sarcástica y tranquila, pero en realidad dicha afirmación la puso un poco nerviosa. ¿Le había estado leyendo la mente? ¿Desde cuándo? ¿Sólo en ese mismo momento o desde hace ya tiempo atrás? Si hablaba de sus preocupaciones, ¿habrá percibido lo que Charlie y ella habían dicho hace un rato?

    —Sigues haciendo mucho ruido —dijo Abra de nuevo—. Estaré bien, descuida. He hecho esto muchas veces.

    —Está bien, intentaré calmarme —masculló Kali, no sonando en realidad muy convencida de su propia promesa.

    Pasaron unos minutos más en los que la mujer en silla de ruedas intentó despejar su mente lo más posible en otra cosa, cualquier cosa… Y casi siempre que hacía eso terminaba de alguna forma pensando en su madre; aquella mujer sin nombre de aquella foto que tanto añoraba. Y quizás al pensar en ello en ese momento, le estaba compartiendo sin querer dicho secreto a su joven acompañante. Pero daba igual si al pensar en eso podía calmarse lo suficiente para no interferir en la delicada misión que estaba por ejecutarse.

    De pronto escuchó a Abra jalar aire con fuerza por su nariz, y contenerlo dentro por varios segundos. Kali se viró a verla unos instantes, notando que se había quedado rígida como tabla, con su espalda recta y su cabeza alzada.

    —¿Abra? —Susurró Kali despacio, pero no hubo respuesta; al menos no de inmediato.

    Los ojos de la joven se abrieron abruptamente, y detrás de sus párpados no se asomaron más sus grandes ojos azules, sino uno ojos totalmente blancos y vacíos…

    FIN DEL CAPÍTULO 91
     
  12.  
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    Resplandor entre Tinieblas
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    Resplandor entre Tinieblas

    Por
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    Capítulo 92.
    Así como lo hace Dios

    Desde la perspectiva de Abra, sin embargo, al momento de abrir los ojos ya no se encontraba más en aquella camioneta en compañía de Kali, sino de pie justo en una terraza al aire libre, a la orilla de una piscina, con la música de los altavoces retumbando en sus oídos y acompañando las voces y risas de los demás chicos ahí presentes. Se sentía tan vivido como si realmente estuviera ahí físicamente, pero no era así, y había aprendido hace tiempp como diferenciarlo. Nadie más en ese sitio podía verla y oírla; y si había hecho las cosas bien, eso también debería incluir a…

    —Periodismo, ¿eh? —Escuchó su voz pronunciar a sus espaldas, resaltando vívidamente del resto de sonidos—. Qué interesante elección de carrera.

    Abra se concentró para hacer que su mente dejara de lado la música y las voces, la imagen de la piscina o de los demás chicos y chicas, y se enfocara solamente en lo que fuera que se encontraba detrás de ella.

    Se giró lentamente, un tanto aprensiva, y justo como lo esperaba ahí lo vio. Damien Thorn se encontraba sentado en una de las sillas de la alberca, a menos de un metro de donde ella se encontraba en ese preciso momento. Y, pese a ello, el chico en efecto parecía no haber percibido su presencia en lo absoluto.

    —Sí, él está aquí —murmuró despacio con su cuerpo físico, haciendo que Kali y Charlie le escucharan.

    —No tanto como dirigir todo un emporio internacional —pronuncio una segunda voz, pero ésta le resultó desconocida—. Porque supongo que eso es lo que harás, ¿no?

    Abra viró su atención sólo un poco hacia un lado de Damien, notando que no estaba solo: una chica estaba sentada en la silla a su diestra, y ambos parecían estar platicando de una forma bastante… ¿normal?

    —¿Y ésta quién es? —Murmuró Abra despacio, aproximándose un poco hasta colocarse justo a un lado de ambos.

    —En su momento —asintió Damien, respondiendo a la última pregunta de Kelly, y en efecto ignorante aún del público adicional que tenía—. Mi tío siempre quiso que la empresa quedara en la familia; es lo menos que puedo hacer para cumplir su voluntad.

    —Tú tío… —Pronunció Kelly con una sensación un tanto sombría en su voz—. ¿Tu tío el que…?

    Kelly dejó sus palabras flotando en el aire, siendo incapaz de culminar su propia pregunta, quizás al darse cuenta de que ésta podría ser un poco impertinente o pudiera llegar a molestarlo. En su lugar, sin embargo, una extraña sonrisa burlona se dibujó en los labios del muchacho.

    —Sí, el que le prendió fuego a todo el museo y se suicidó —musitó de pronto, sorprendiendo un poco a Kelly por la forma tan casual que lo había pronunciado, pero también a Abra quien no tenía idea de qué hablaba, pero que igual le resultó intrigante.

    Quizás Abra, y muchos más fuera de Chicago, no conocían la historia, o al menos no todos sus detalles. Pero lo cierto era que el incendio ocurrido durante la Noche Buena de hace cinco años en el Museo Nacional Thorn, era uno de los sucesos recientes más infames de la ciudad. Y no sólo por la pérdida de tres vidas humanas, entre ellas la del propio Richard Thorn, o los invaluables objetos históricos… sino por el secreto a voces de que, a pesar de haberlo querido hacer pasar por un accidente en un inicio, no había sido en lo absoluto tal cosa. Y que en realidad, justo como Damien había descrito con tanta elocuencia, había sido provocado por su propio tío en un perverso suicidio, tras perder la cabeza a causa de la repentina muerte de su único hijo.

    Kelly recordaba bien que de niña le gustaba mucho ir a ese museo, y cuando escuchó que se quemó quedó impactada. Claro que en aquel entonces nunca hubiera pensado en un escenario tan horrible como el que ese rumor relataba, aunque dicha idea cambió un poco conforme iba creciendo. Pero como fuera, no podía creer que realmente un miembro de los Thorn hubiera dicho aquello con tanta soltura, especialmente a una completa extraña. Su mejor deducción fue que su pregunta, incluso sin concluir, le había molestado por lo sensible del tema, y aquello era más una respuesta irónica como reflejo de dicho enojo.

    —Lo siento, no quise ser imprudente —se disculpó Kelly tomando una postura mucho más reservada—. Es sólo que ese suceso siempre me pareció muy extraño.

    —No serías una buena reportera si no fuera así —señaló Damien con un tono extrañamente tranquilo—. ¿Te gustaría saber qué pasó en verdad ese día?

    Kelly rio nerviosa, creyendo que sólo estaba bromeando. Sin embargo, la manera tan seria en la que el joven Thorn la miraba terminó por borrarle su sonrisa.

    —¿Hablas enserio? —Musitó Kelly despacio, sentándose recta en la silla y colocando sus pies en el suelo—. ¿Quieres decir que no fue un accidente? ¿Realmente enloqueció por la muerte de su hijo y…? —Guardó silencio unos instantes, y tras calmarse añadió—: Si no quieres hablar de eso, está bien; enserio.

    Por supuesto que sí quería saber de primera mano qué había pasado en aquel momento, especialmente si el rumor que todos decían era cierto. Pero, al mismo tiempo, le daba miedo quizás estar abriendo una puerta y estarse metiendo en algo que, no sólo no le concernía, sino que además podía resultar peligroso.

    Damien, sin embargo, no dio señal de querer retractarse. Él también se sentó recto en la silla, se giró por completo hacia ella, y la miró fijamente a los ojos con una abrumadora gravedad en sus ojos azules que a Kelly preocupó. Y no era la única que lo miraba expectante, pues Abra sin darse cuenta se había colocado de pie a un lado de Kelly, para contemplar el rostro de Damien de frente y poder escuchar bien lo que fuera que estuviera por decir.

    Y entonces, tras unos segundos de silencio dramático, el joven de Chicago pronunció:

    —La verdad es que… Yo maté a mi primo Mark.

    Los ojos de Kelly se abrieron por completo llenos de asombro, y con apenas un hilo de voz fue capaz de susurrar un escueto:

    —¿Qué…?

    —Yo lo maté —repitió el chico con la misma severidad—, con mis propias manos. Mi tío Richard lo sabía, y planeaba matarme a mí en venganza. Pero mi tía Ann se enteró primero, así que ella lo asesinó a él, y a dos guardias de seguridad del museo. Luego le prendió fuego a todo para ocultarlo, y se alejó caminando tranquilamente de regreso a la casa como si nada hubiera pasado. Y con mi padre y mi madre pasó algo parecido; y con cuánta gente se me acerca, al parecer. Todos y cada uno terminan muertos; ya sea por mi mano, y por la de aquellos que quieren protegerme…

    Aquellas últimas palabras, resonando como una aterradora advertencia, dejaron paralizada a Kelly. Lo miraba atentamente en busca de cualquier seña que le indicara si acaso estaba bromeando. Pero la frialdad con la que lo había dicho, y con la que la miraba en esos momentos, no dejaban ver nada ni remotamente similar a ello. ¿Estaba hablando enserio…?

    De pronto, esa máscara de dura seriedad se desquebrajó. Una amplia sonrisa burlona se dibujó en los labios del chico, y le siguió justo después una sonora risa satírica.

    —Debiste ver tu cara —pronunció entre risas, haciéndose hacia atrás para volverse a recostar en la silla—. No te lo creíste enserio, ¿o sí?

    Kelly fue capaz de respirar en ese momento, y sólo hasta entonces se dio cuenta de que había estado aguantando el aliento. Por supuesto que se estaba burlando de ella; ¿qué más podría ser? Y aunque sintió un peso liberarse de sus hombros, al mismo tiempo todo aquello no le produjo ni un poco de la gracia que aparentemente le causaba a él, sino todo lo contrario.

    —Tienes un horrible sentido del humor —espetó la joven con marcado enojo, parándose de su silla rápidamente—. ¿Cómo puedes bromear con eso?

    —Si uno no puedo burlarse de sus propias tragedias, ¿qué sentido tiene pasar por ellas? —Respondió Damien con simpleza, encogiéndose de hombros. Y dicha explicación no ayudó a disminuir ni un poco el enojo de la joven.

    —Eres un idiota —exclamó Kelly, y justo después comenzó a caminar apresurada hacia la casa—. Me agradabas más cuando creí que eras un santurrón engreído.

    Damien guardó silencio mientras la veía alejarse, sin tener al parecer intención alguna de seguirla.

    —Sí, a mí también —susurró despacio una vez que Kelly se fue, dando un pequeño sorbo de su vaso. Y ahí se quedó sentado, mirando fijamente hacia la piscina, sin ver nada en realidad; ni siquiera a la proyección de la chica de cabellos rubios se pie a un lado de su silla.

    Abra se sintió igual de aturdida que Kelly al escuchar aquella historia, pero su reacción ante su última excusa no fue igual. Claro, esa chica no conocía todo de lo que ese sujeto era capaz, así que no había forma de que creyera que realmente había asesinado a su primo, o que su tía hubiera matado a tu tío por él. Pero Abra ya había visto qué se ocultaba detrás de esa cara bonita y sonrisa afable, y sabía bien que ambas cosas eran más que posibles.

    Sin embargo, no era la historia en sí o su verdad lo que la tenía tan intrigada, sino la forma en la que la había contado. Especialmente esa última parte: "y con cuánta gente se me acerca, al parecer. Todos y cada uno terminan muertos…” Las palabras que había usado, y la mirada que tenía al decirlo; parecía casi como… si realmente lo lamentara. ¿Podría ser posible que…?

    —Abra —escuchó la voz de Kali hablarle desde su posición física—. Vuelve antes de que te detecte.

    —Sí, ya voy… —murmuró despacio, e intentó apartar rápidamente de su mente cualquier pensamiento ajeno a lo que había ido a hacer a ese sitio. Lo que menos le debía importar en ese momento eran las lamentaciones de ese individuo; de seguro no estaba ni remotamente igual de arrepentido por lo que le había hecho a la Sra. Wheeler o a su tío Dan.

    Se alejó unos pasos, y casi como si supieran que ahí estaba y estuvieran esperando que se fuera, dos chicas más se aproximaron a Damien, una sentándose en la silla que Kelly había dejado vacía, y otra más se quedó de pie. Ambas saludaron al chico, presentándose, y éste les sonrió de esa forma tan coqueta propia de él.

    Abra resopló un poco, y entonces se alejó unos pasos más para concentrarse en volver a su cuerpo. Pero antes de comenzar, algo llamó su atención desde el interior de la casa.

    En general todo estaba bien iluminado a pesar de ser de noche, lleno de movimiento y sonido. Todo, excepto un extraño punto totalmente negro en una pared de lo que parecía ser la sala… Y no sólo era la falta total de luz, sino que en cuanto sus ojos se pusieron fijos en ese punto, fue como si poco a poco alguien le hubiera bajado el volumen a todo lo demás; la música y las voces de la gente por igual.

    Se sintió extrañamente atraída hacia lo que fuera aquello, y cuando menos se dio cuenta ya se encontraba avanzando en su dirección.

    —¿Abra?, ¿me escuchas? —Pronunció entonces la voz de Charlie, posiblemente saliendo del altavoz de la computadora en la camioneta. Pero Abra continuó andando, derecho, sin importarle nada ni nadie más.

    En la sala había un gran televisor, en el que al parecer en esos momentos se proyectaba algún tipo de videojuego. Había cuatro personas sentadas en los sillones, que eran al parecer los que estaban jugando. Y aquella inusual oscuridad se encontraba justo detrás de uno de ellos.

    Abra se aproximó cautelosa por un lado. Aquella persona, sentada en un sillón individual y con su atención fija en la pantalla, era distinta de las otras tres. Era una niña, de quizás diez u once años, de cabellos negros y ojos oscuros, con un vestido amarillo. Su concentración estaba fija en la pantalla y en los movimientos de sus dedos contra los botones del control en sus manos. Al igual que todos los demás, no reparó en su presencia… o eso pensaba Abra.

    Observó unos instantes el rostro pálido e inexpresivo de aquella niña, y por algún motivo le resultó inusualmente familiar. Se viró entonces hacia el muro detrás de su asiento, ahí donde esa mancha negra se cernía… y movía. Era como una extraña humedad extendiéndose poco a poco, carcomiendo el papel tapiz para convertirlo en tiras arrugadas, como pedazos de piel desprendiéndose de una persona.

    —¿Qué es eso? —Susurró despacio, mirando alrededor para verificar si alguien más se percataba de ello. Nadie lo hacía, ni siquiera los sentados en la sala. Lo que fuera que estuviera pasando, sólo ella lo veía… y ni siquiera estaba ahí realmente.

    Retrocedió un paso, y sintió que sus pies agitaban agua. Bajó su mirada se dio cuenta de que el suelo estaba cubierto de agua, al menos un poco menos de un centímetro. Y esa agua al parecer provenía de esa mancha en el muro, escurriendo por éste como lágrimas.

    Algo no estaba bien. Abra comenzó a sentir de pronto una dolorosa presión en el pecho, y una gran urgencia por irse de ahí de una buena vez. Cerró sus ojos fuertemente, intentando concentrarse en volver a su cuerpo, y parecía que iba bien encaminada en ello, pero algo la detuvo: un sonido de chapoteo que la hizo abrir de nuevo los ojos.

    Y entonces ahí la vio, surgiendo de detrás del sillón de la niña, arrastrándose por el suelo empapado, impulsándose con sus manos y pies como un animal rastrero. Toda su cabeza y espalda cubierta con una maraña de pelos negros.

    —Oh, Dios —pronunció la joven impresionada por tal imagen, dando unos pasos más hacia atrás, arrastrando de nuevo sus pies por el agua.

    —Abra, ¿qué pasa? —le cuestionó Kali, consternada.

    —Hay algo aquí —respondió Abra en voz baja.

    —¿Qué cosa? —Pronunció Charlie después, pero Abra ya no respondió.

    Esa cosa alzó su rostro lentamente hacia ella, y entre todos sus cabellos logró distinguir apenas una porción de un rostro blanco y arrugado, y de un ojo carente de cualquier color que se fijó justo en ella. Y Abra entonces la reconoció: era la criatura de su pesadilla de más temprano.

    Sus pies se movieron por sí solos, y se dio media vuelta con la intención de salir corriendo. Aquel reflejo carecía de propósito, pues ella no estaba físicamente ahí; lo que debía hacer era simplemente volver a su cuerpo y ya. Pero el miedo que la invadía en esos momentos no la dejó pensar con claridad.

    E igualmente no fue capaz de avanzar mucho, antes de que inexplicablemente aquella criatura la alcanzara a una velocidad sobrehumana, y la tomara firmemente de sus pies, con sus dedos como si fueran garras. Al ser sujetada de esa forma, el cuerpo de Abra se precipitó al frente. Pero en lugar de que su rostro golpeara el suelo, sintió como se sumergía en aguas profundas, como se acabara de meterse de clavado en una piscina. Pero aquellas aguas eran en realidad oscuras, y muy, muy frías.

    Abra pataleó y agitó sus brazos intentando alcanzar la superficie, pero sentía como aquella cosa la sujetaba aún de los pies y la jalaba había abajo, sumergiéndola más y más. Era justo como en su sueño. Sólo que en esos momentos no estaba soñando. ¿Había sido entonces aquello algún tipo de premonición…?

    Fuera lo que fuera, Abra sintió que realmente le faltaba el aire, como si realmente se estuviera ahogando. Aunque todo eso ocurriera en su mente, en muy real.

    — — — —
    En la camioneta, Abra comenzó a soltar varios gemidos de dolor. Intentaba con desesperación jalar aire a sus pulmones por su boca o nariz, pero no surtía ningún alivio. Su cuerpo se desplomó hacia un lado, mientras se retorcía con sufrimiento.

    —¡Abra! —Exclamó Kali alarmada, aproximando su silla hacia ella.

    —¿Qué está pasando? —Espetó Charlie en los altavoces.

    —¡No lo sé!, se está asfixiando. Niña, reacciona… —Kali intentó agitarla, como si pudiera hacerla despertar—. ¡Debe ser Thorn! De seguro la descubrió.

    —Maldición —soltó Charlie desde su posición, claramente frustrado. Eso era justo lo que se temía que pasara—. Voy a entrar —señaló con decisión, saliendo de su escondite y comenzando a caminar con la mirada fija en la casa al otro lado de la calle.

    Con cada paso, se concentraba para que aquella energía que se ocultaba en ella se fuera acumulando justo detrás de sus ojos, preparándose para salir disparada como un proyectil. Ella bien lo había dicho: si algo salía mal, ella misma quemaría toda esa casa, con Thorn… y quien estuviera dentro.

    —¡No!, ¡no lo hagas! —Escuchó en ese momento la voz de Abra exclamar con fuerza, casi como una suplica. Se había sobrepuesto lo suficiente a su estado justo para hacer esa petición.

    Charlie se quedó quieta, antes de que sus pies tocaran siquiera la calle, aguardando expectante.

    — — — —
    Abra sabía bien lo que pensaban hacer; pudo sentir sus intenciones antes de sumergirse en su concentración. Y lo que menos podía permitirse era que un lugar lleno de gente inocente ardiera en llamas sólo por salvarla a ella. No podría vivir con esa culpa… no después de lo que le había ocurrido a su tío Dan. Y por eso tenía que dar todo de sí para librarse de eso.

    Se calmó lo mejor posible, recordándose a sí misma que no eran sus pulmones reales los que carecían de aire, sino que todo eso estaba sólo en su mente. Aquello era más fácil decirlo que entenderlo, pero fue suficiente para lograr enfocarse. Viró su atención hacia el ser que la tenía sujeta y entonces, tomando como base lo que su tío había hecho anteriormente con Damien, volcó toda su mente y concentración en su atacante. Y ésta pareció, de hecho, bastante sorprendida por ello… Poco a poco fue como si una fuerte ráfaga de viento le estuviera golpeando la cara, intentando alejarla de ella. Y aunque intentó resistirlo al principio, al final fue repelida con fuerza.

    En el mundo real, los presentes en la sala notaron como todas las luces comenzaron a parpadear, y la pantalla del videojuego se distorsionaba un poco, confundiendo a los cuatro jugadores. Pero lo que ninguno notó, salvo Samara justo al último momento, fue cómo la silueta pálida de aquel ser cruzaba la habitación como golpeada de frene por un tráiler, y se estrellaba justo contra la gran pantalla en la pared. Y aquel choque de energías de su lado se tradujo en fuertes chispas que surgieron del aparato, en una larga rajada en la pantalla, y que posteriormente toda se pusiera en negro, antes de desprenderse de lo que la sostenía y cayera al suelo justo delante de ellos.

    Los tres chicos saltaron de su asiento, asustados. Samara, sin embargo, permaneció sentada, mirando confundida el sitio en donde hasta hace un segundo se encontraba el televisor. Y al igual que la imagen de su personaje en el campo de batalla, la imagen de la otra Samara también había desaparecido.

    La niña se viró lentamente hacia un lado. Y entre toda la confusión que reinaba en esos momentos en el cuarto, sus ojos se encontraron con los de Abra. La joven respiraba agitadamente, un poco aturdida y mareada tras el esfuerzo que había tenido que aplicar. Se volvió consciente de que la niña la miraba, pero aquello de momento ya no importaba.

    Abra cerró sus ojos, se concentró, y un instante después su mente abandonó por completo aquel espacio.

    — — — —
    Cuando sus ojos se abrieron de nuevo, estos vieron el techo de la camioneta sobre ella. Estaba tirada en el piso, y aún respiraba desesperada por hacer llegar el aire a sus pulmones reales. Kali estaba a su lado en su silla, observándola al parecer sin saber si debía estar ya tranquila o no.

    —Estoy bien —pronunció en cuanto pudo, con la suficiente fuerza para que Charlie también la escuchara a través del micrófono—. No fue Damien quien me atacó. Hay algo más en esa casa; es lo mismo que sentí en la camioneta cuando salía, y lo que vi en mi visión.

    —¿Qué cosa es? —Inquirió Kali, ya recuperando también su compostura.

    —Un fantasma… creo —susurró Abra, no sonando de hecho muy convencida.

    —¿Dijiste fantasma?

    —Pero no uno normal —recalcó con más fervor—. No sé qué era esa cosa, pero me vio… y me atacó…

    Se alzó de pronto y se aproximó a la computadora de Kali, con la intención de que Charlie la oyera con la mayor claridad posible.

    —Por favor, Roberta, no te acerques a esa casa. Sea lo que sea, es muy peligroso.

    —¿Más que Thorn? —Cuestionó Charlie con seriedad, y Abra dudo un poco antes de poder responderle.

    —No lo sé… Pero al menos a él ya lo conozco y sé de lo que es capaz. Esta criatura es terreno desconocido; nunca había visto a un fantasma hacer algo como lo que ella hizo.

    —¿Y has visto muchos fantasmas antes, acaso? —Murmuró Kali detrás de ella, con ironía. Ciertamente el tema del fantasma no le convencía mucho.

    — — — —
    Pero Charlie era otra historia. Aunque ella propiamente no podría asegurar haber visto un fantasma en sí, en los años que llevaba viajando e interactuando con otros resplandecientes, especialmente cuando apoyaba a El y su Fundación, había visto muchas cosas… y criaturas que definitivamente no eran de ese mundo. Así que fuera lo que fuera que Abra había visto en ese sitio, no estaba dispuesta a tentar a la suerte hasta no saber más.

    —Está bien —murmuró la mujer rubia, asintiendo—. Sólo me quedaré cerca un poco más para vigilar, ¿bien?

    Su propuesta pareció tranquilizar a Abra, y de paso también a Kali. Sin embargo, en el fondo no estaba del todo convencida de dejar las cosas así, teniendo a su objetivo tan cerca… Y entonces su atención se fijó de nuevo en el conductor de la camioneta; el hombre de traje negro a un lado del vehículo, fumando su segundo o tercer cigarrillo.

    —Quizás un poco más cerca —murmuró despacio tras su nueva resolución.

    Rápidamente pasó a recogerse el pelo en una cola alzada, y a abrirse un par de botones de su blusa, y cruzó entonces la calle con paso relajado en dirección al guardaespaldas. A veces cuando querías obtener un poco de información, debías jugar algunas cartas poco convencionales.

    —Oye —pronunció cuando ya estaba lo suficientemente cerca.

    El hombre de negro pareció alterarse un poco, e instintivamente su mano derecha se alzó a la altura del arma oculta a su costado; fue un movimiento que Charlie reconoció de inmediato. Sin embargo, pareció relajarse un poco al verla, y lo hizo aún más cuando ella le sonrió ampliamente de forma bastante agradable, y casi inocente. Quizás ya no era una jovencita, pero aún le quedaban bastantes encantos que sabía muy bien cómo usar.

    —¿Me regalas un cigarrillo? —Le preguntó, usando sólo una pequeña dosis de coqueteo en su tono; lo suficiente para que él lo captara.

    El guardaespaldas vaciló unos instantes, pero entonces relajó los brazos y sacó su cajetilla para extendérsela. Charlie aceptó la invitación y avanzó hacia él la distancia que los separaba, para tomar uno de los cigarrillos entre sus dedos y entonces colocárselo entre los labios. Sin que tuviera que pedírselo, él mismo extendió en ese momento su encendedor rectangular color plateado y le ofreció su flama. Al acercarse lo suficiente para encender el cigarrillo, Charlie notó en un costado del encendedor el escudo militar que le resultó conocido: verde y azul, con un sol y una estrella, y un trueno rojo cruzando por el centro.

    «75° Regimiento Ranger» pensó para sí misma. Y por cómo había reaccionado hace un momento, era claro que sí tenía entrenamiento militar, así que supuso que ese escudo en su encendedor no era mera decoración. Pero claro, no podía dar indicios de que se había dado cuenta de ambas cosas, así que sólo prendió el cigarrillo y le sonrió de forma boba como hace unos momentos.

    —Gracias —pronunció despacio dando una pequeña bocanada de humo. No acostumbraba fumar regularmente (definitivamente no tanto como Kali) pero a veces era un método efectivo para sacar información cuándo se ocupaba—. No eres de por aquí, ¿cierto?

    —¿Y tú? —Respondió el guardaespaldas con voz seca, notándosele aún un poco desconfiado.

    Charlie rio un poco, y entonces le respondió.

    —¿Qué? ¿No parezco del tipo que tendría una casa cómo éstas?

    El hombre no respondió. Charlie desvió entonces su vista hacia la puerta de la camioneta, donde era visible el logo de la empresa a la que pertenecía.

    —Thorn Industries, ¿eh? —Murmuró señalando a la puerta el cigarrillo encendido entre sus dedos—. ¿Trabajas ahí?

    —Algo así.

    —¿En qué?

    —Seguridad.

    —Qué interesante.

    —¿Y tú?

    —No, yo no —respondió apresurada, volviendo a reír despreocupada como antes—. No me dedico a nada sexy como eso. Sólo soy bibliotecaria…

    — — — —
    El desastre ocurrido en la sala no pasó desapercibido para el anfitrión de la fiesta. Rony se acercó apresurado hacia los sillones, parándose justo a un lado del televisor tirado en el suelo, aun soltando un par de chispas por lo que rápidamente se apresuró a desconectarlo de la corriente.

    —¡¿Qué rayos hicieron?! —Espetó molesto, volteándose hacia los chicos que jugaban.

    —¡Nada!, te lo juro —respondió uno de ellos, alarmado—. Sólo explotó de repente, y luego se cayó.

    —Quizás fue una falla eléctrica o algo así —añadió otro más intentando suavizar las cosas, sin mucho éxito.

    —¡¿Una falla eléctrica lo arranco de la pared?! —Soltó Rony molesto, sujetándose su cabeza—. ¡Maldita sea! Mi madre hará que la reponga de mi maldito bolsillo…

    Mientras todos los demás estaban concentrados en el televisor, la atención de Samara seguía fija en el punto en el cual, hasta hace unos segundo atrás, había visto a aquella chica desconocida, y que ahora había desaparecido. Ella había hecho aquello de alguna forma; eso lo sabía bien. Pero no sólo eso, pues también parecía que le había hecho algo a la otra Samara, pues por primera vez desde que dejó Eola no la sentía cerca de ella. Eso, sin embargo, no le daba tanto alivio como hubiera creído.

    —Oye, ¿me escuchas? —Oyó de pronto la voz de Rony pronunciar cerca de ella, sacándola de sus pensamientos. Al virarse hacia él, lo notó de cuclillas a lado de la pantalla caída, con su mano extendida hacia ella, como si esperara algo.

    —¿Qué? —Cuestionó la niña confundida, pues si le había hecho alguna petición no la había oído.

    —El control —soltó Rony, al parecer algo impaciente. Samara notó entonces que seguía sujetando el control del videojuego, e incluso sus dedos se habían aferrado fuertemente a éste como si no quisiera soltarlo.

    —Lo siento… —murmuró algo apenada, y entonces le pasó el control a Rony, que prácticamente se lo arrebató de las manos.

    Los cuatro chicos comenzaron a guardar los controles y la consola, además de ver la forma de levantar el televisor. Samara supuso que lo prudente de su parte era retirarse, antes de que alguien se lo pidiera o exigiera. Se paró entonces del sillón y comenzó a andar por mero reflejo hacia la puerta que daba a la terraza. Se preguntaba si acaso alguien más se había percatado de lo ocurrido. Supuso que quizás Lily o Damien podrían haber sentido algo. Quizás alguno de ellos supiera quien era la extraña chica que había visto, y si quizás debía de preocuparse.

    Al pararse en el marco de la puerta abierta, sus ojos oscuros se percataron casi de inmediato de la ubicación actual de Damien: sentado en una de las illas a lado de la piscina, junto a dos chicas en traje de baño, que lo miraban y reían divertidas, e incluso una le tocaba de vez en cuando el brazo de una forma bastante atrevida. Y él, a su vez, parecía bastante a gusto con ellas; les sonreía, y también se reía de lo que ellas les decían. Parecía disfrutar bastante su compañía…

    Samara permaneció de pie, observando desde la distancia aquella escena sin que ninguno de los tres se percatara de su presencia. Aunque su rostro permaneció estoico e incluso indiferente, esto no revelaba ni un poco lo que realmente le nacía por dentro en esos momentos; y quizás ni ella misma sería capaz de describirlo si tuviera que hacerlo.

    —¿Te lo dije, recuerdas? —Escuchó de pronto a su lado, deduciendo casi de inmediato que se trataba de Esther, que se le había aproximado por un costado hasta pararse a su izquierda y poder contemplar lo mismo que ella miraba con tanto interés—. Tetas grandes, piernas largas, trasero firme, y labios carnosos; eso es lo que les gusta a los chicos de esa edad.

    Samara la miró de reojo. Esther sujetaba en una mano un vaso rojo servido hasta la mitad, y en su otra mano traía una botella transparente, a la que aún le quedaba al menos tres cuartos del mismo líquido. Su aliento estaba penetrado del aroma a licor, por lo que era evidente que había estado bebiendo todo ese tiempo, como bien había amenazado que haría.

    —Sus pechos no son tan grandes —fue lo único que se le ocurrió responder a Samara, volviendo de nuevo su atención hacia Damien.

    Esther rio divertida.

    —Lo son lo suficiente, te lo aseguro. ¿Qué harás al respecto?

    —¿A qué te refieres?

    —¿Sabes lo que yo haría si viera al chico que me gusta hablando con chicas cómo esas? —Samara guardó silencio, pero su respuesta era más que evidente—. Sí, lo sabes; o te puedes dar una idea. Y no te hagas la espantada, que he visto que tú eres bastante capaz de hacerlo. ¿O quieres que yo lo haga por ti?

    Una sonrisa de complicidad adornó los labios de Esther, y Samara supo sin lugar a duda que su propuesta era enserio, y de qué le estaba sugiriendo con exactitud. Y, ¿era eso lo que quería? ¿Esa sensación que le oprimía el pecho en esos momentos se calmaría si acaso les hacía daño a esas dos chicas que ni siquiera conocía? ¿Eso la haría feliz de alguna forma…?

    La muerte de los caballos de sus padres, su madre, y la de aquel hombre del motel le vinieron a la mente una detrás de la otra. Y lo que sentía al recodarlas… no era precisamente felicidad. Sin embargo, ya no era tampoco lo que ella misma esperaría sentir al recordar aquello. Aun así, tras un rato la respuesta simple y corta que le dio a Esther fue:

    —No…

    Y dicho aquello, se dio media vuelta y volvió a entrar en la casa, sin deseo alguno de que Damien la viera.

    Esther, por su lado, se encogió de hombros y bebió de su vaso al tiempo que siguió contemplando a Damien y sus dos nuevas amigas.

    — — — —
    —¿Eres de Italia? —Exclamó Milton sorprendido, a lo que Verónica asintió afirmativamente—. Pero si no tienes nada de acento.

    —Nací y crecí en Milán —explicó la joven rubia—, pero ya llevo seis años viviendo en Estados Unidos. Y supongo que siempre se me han dado muy bien los idiomas.

    Sonrió entonces tras esa pequeña explicación, de una forma confiada y alegre que hizo que se formara un pequeño hoyuelo en su mejilla derecha que le daba un aire casi inocente.

    Ambos se habían ido a charlar en un rincón un tanto más tranquilo de la terraza, sentados en unas sillas plegables, mientras cada uno tenía su respectivo vaso en sus manos, y una botella de ron en una mesita redonda a su lado les hacía compañía.

    Aunque al inicio se puso a hablar con él más que nada por enojo, Milton había resultado ser un chico bastante agradable y divertido. Tanto así que Verónica poco a poco se fue sintiendo más relajada, y se le fue olvidando todas las preocupaciones que le invadían por culpa de Damien y sus pequeñas amiguitas. Aunque claro, el hecho de que Milton cuidara que su vaso no se quedara demasiado tiempo vacío podía tener algo que ver en ello también.

    —Con razón —asintió el chico de sombrero—. Se notaba a leguas que eras única.

    —¿Única? —Musitó Verónica, achicando un poco sus ojos, intrigada.

    —Diferente —se corrigió Milton rápidamente, creyendo casi de inmediato que había sido una elección de palabra incluso peor que la anterior—. Mujer de mundo me refiero; tú me entiendes. La mayoría de los que están aquí no han salido de California en todo lo que llevan de vida.

    —¿Y tú?

    —¿Yo qué?

    —¿Tú has salido de aquí alguna vez?

    Milton vaciló un poco antes de responder.

    —He viajado, claro. No tan lejos como Italia, pero fui una vez a Paris.

    —¿Paris, Texas? —Pronunció Verónica con una sonrisa jocosa, y Milton respondió con una pequeña risa nerviosa.

    —Ya te habían hecho ese chiste, ¿eh?

    —Un par de veces —asintió Verónica, encogiéndose de hombros—. Eres un chico divertido, ¿sabes?

    —Me lo dicen seguido.

    Mientras decía aquello, sacó algo del bolsillo de su pantalón y lo colocó en la mesita. Verónica se inclinó un poco para ver lo que era: una bolsita pequeña cuadrada con polvo blanco en su interior.

    —¿Quieres? —Le preguntó Milton de pronto, tomándola por sorpresa.

    —No, gracias —respondió Verónica calmadamente.

    El chico se encogió de hombros, y entonces tomó de nuevo la bolsita, colocando sólo un poco con mucho cuidado sobre el dorso de su mano, dibujando una pequeña línea. Luego se acercó la mano a su nariz y aspiró la cocaína con una fuerte succión. Soltó justo después un fuerte quejido e inclinó su cabeza hacia atrás, cerrando sus ojos unos segundos.

    —¿Consumes mucho de eso? —Le preguntó Verónica, genuinamente curiosa.

    Milton respiró con fuerza por la nariz, y luego pasó sus dedos por ella, limpiándosela.

    —Más o menos —respondió con bastante tranquilidad, restándole importancia—. Me ayuda a estar alerta. ¿Te molesta?

    Verónica permaneció en silencio unos instantes, y entonces negó lentamente con la cabeza.

    —He visto cosas peores como para asustarme de eso —respondió intentando sonar firme. Aquella respuesta tan eclíptica confundió un poco a su acompañante.

    —¿Cómo qué?

    Era una buena pregunta. ¿Qué cosas “peores” que un chico de dieciocho años metiéndose droga por la nariz había visto una joven universitaria tan tranquila y, en apariencia, religiosa y bien portada? Sólo se le venían a la mente un par de rituales bastante desagradables y sangrientos con animales involucrados, además de un par de asesinatos no mucho mejores que dichos rituales, entre ellos los dos guardias degollados que había encontrado en el pent-house en el que se quedaba hace unos días atrás, con su sangre decorando las paredes como una mórbida pintura abstracta; e incluso luego tuvo que buscar alguien que lo limpiara, cabía mencionar. Y quizás menos grave que eso, tuvo que investigar todo lo que su compañía mueve bajo las cuerdas desde que su madre biológica la dirige, incluyendo personas escondidas en sus camiones, y de seguro no siempre bajo su propia voluntad.

    Sí, ¿qué podía criticarle alguien como ella a ese muchacho, considerando las compañías y asuntos en lo que ella misma se movía actualmente? Realmente esa fiesta era el sitio más normal en el que había estado desde hace mucho, y esos instantes sentada en esa silla el mayor tiempo que había estado sin pensar en Ann Thorn, Damien Thorn, Thorn Industries y cualquier otra cosa entorno a los Thorns y su dichosa Hermandad.

    Había olvidado lo que se sentía tener una vida normal, si es que realmente en alguna ocasión la había tenido.

    —No importa —le respondió tras un rato, seguida después por un sorbo más de su vaso, que ya iba por la mitad—. ¿Es verdad lo que Lily… digo, Lala dijo?

    —¿Quién es Lily? —Preguntó Milton, un tanto perdido—. ¿Y quiénes Lala?

    —La niña alegre que estaba conmigo —contestó Verónica, con marcado sarcasmo en la palabra “alegre”. Miró entonces fijamente al chico a su lado, y le dijo con una inusitada seriedad—: ¿Te quieres acostar conmigo? ¿Por eso me estás hablando y eres tan amable?

    Aquel repentino cuestionamiento hizo que Milton se sobresaltara un poco, y se quedara pasmado por unos instantes antes de poder reaccionar.

    —Vaya, eres directa, chica —murmuró riendo un poco nervioso, pero luego recuperando su compostura tras un trago más de su propio vaso—. No diré que la idea no me entusiasma… ¿Eso te incómoda?

    Verónica pudo sentir como sus mejillas se ruborizaban al oírlo. A pesar de que ella misma había hecho la pregunta, la realidad es que no estaba segura de qué respuesta esperaba. Desvió entonces su mirada hacia el interior de su vaso, contemplando el líquido opaco meciéndose en su interior.

    —No sé si se supone que debería sentirme incómoda o no —susurró despacio—. No estoy acostumbrada a que los chicos me vean de esa forma. Casi siempre suelo ser invisible para todo el mundo…

    —Hey —musitó Milton, aproximándosele de repente tanto que Verónica se sintió por un momento algo intimidada por la repentina cercanía. Él la miró fijamente con esos profundos ojos claros de pupilas dilatadas, y le sonrió de una forma bastante cándida—. Para mí definitivamente no eres invisible…

    Milton inclinó un poco más el rostro hacia ella, y Verónica identificó de inmediato cuál era su intención. No supo cómo reaccionar, y aún se debatía en si quería o no que lo hiciera, cuando el chico cortó la distancia que los separaba y unió sus labios a los suyos, dándole un sutil beso, que no tardó en volverse un tanto más enérgico. El aroma del ron combinado con su colonia impregnó la nariz de la joven, no siendo del todo desagradable sino más bien… inusual.

    Verónica intentó relajarse, cerró los ojos y le correspondió como pudo su beso. Milton no era el tipo de chico que ella habría llamado “apuesto” antes de conocerlo, pero ciertamente feo no era. Y era muy agradable, y había mostrado un interés sincero en ella, así que no deseaba molestarlo o decepcionarlo. Quizás podía sólo dejarse llevar, y ver a dónde iba todo eso. Para eso eran ese tipo de fiestas, ¿o no…?

    Sintió entonces como Milton pegaba más su cuerpo contra ella, y su espalda quedaba por completo contra el respaldo de su silla. Su vaso de ron se soltó de sus dedos, cayó al piso y se derramó a un costado. Verónica por mero reflejo se separó y volteó a ver el vaso y el charco que se había formado en el suelo, pero Milton de inmediato la tomó de la barbilla y la viró de nuevo hacia él.

    —Deja eso, no importa —le susurró despacio, y de inmediato volvió a besarla del mismo modo que antes, como si nunca se hubieran separado.

    Verónica intentó volver al modo anterior, pero poco a poco dejó de sentirse tan cómoda como hace unos momentos. Y una parte pequeña de su mente le susurraba despacio que esa idea de “dejarse llevar” no era en realidad tan buena como había concluido. Y esa sensación se volvió aún mayor cuando sintió la mano de Milton en su costado, comenzando a acariciarla sobre su blusa, y subiendo poco a poco hasta amenazar con posarse sobre uno de sus pechos.

    —No, espera —murmuró apresurada rompiendo el beso, y tomándolo además de la muñeca para detenerlo.

    —Tranquila, no te preocupes —le respondió él en voz baja, dándole ahora un beso en su mejilla, luego otro más en su mentón, y moviéndose poco después a su cuello, casi hundiendo su rostro en éste. Su mano, además, siguió con su intención a pesar de que ella lo había detenido, tomando su pecho izquierdo sobre sus ropas de una forma que resultó más brusca de lo que Verónica esperaba.

    —Espera, por favor —le susurró despacio entre los pequeños suspiros que surgían de su boca—. No debo…

    —Sólo relájate…

    —Dije que no, no quiero —masculló, ya ella misma volviéndose consciente de la desesperación que empezaba a aflorar en su propia voz, a pesar de que ese chico parecía no notarla (o había decidido directamente ignorarla).

    El reflejo siguiente de Verónica fue intentar empujarlo lejos de ella, colocando sus manos en su pecho para alejarlo. Milton al parecer se resistía, e incluso la tomó firmemente de una de sus muñecas para apartar su mano de él, mientras con la otra seguía apretujándole su seno.

    —Cálmate, qué sé lo que hago —le murmuró el muchacho con una bastante incómoda seguridad.

    —¡Suéltame! —Exclamó Verónica al fin con algo de fuerza, pero él no le hizo caso y continuó besándole el cuello y a tocarla de esa forma tan brusca e indebida que comenzaba a lastimarle.

    Todo el encanto y seguridad que había llegado a sentir en presencia de ese sujeto, ya fuera por el alcohol o no, se esfumó por completo en ese momento, dejando en su lugar sólo una ferviente furia. Acercó como pudo su única mano libre hacia su espalda, buscando a tientas el taser que seguía aún oculto en su cintura. Ni siquiera se detuvo a pensar si aquello era buena idea o no, o si era una reacción exagerada o correcta; lo único que quería era quitarse de encima a ese bastardo, y su asqueroso olor a colonia y alcohol…

    Tomó firmemente el aparato de defensa de su mano, y sin titubear ni un poco lo jaló al frente, pegando la punta electrificada contra el muslo de Milton, presionándolo con fuerza. El chasquido del choque eléctrico resonó, seguido después por un fuerte grito de dolor proveniente del muchacho. Milton se apartó de ella, se retorció un poco, y entonces se alejó unos pasos, con una mano aferrada a su muslo.

    En cuanto estuvo libre, Verónica se paró apresurada de la silla, sosteniendo el arma delante de ella con ambas manos. Al parecer la potencia había sido menor a la que esperaba, pues sólo le había causado un poco de dolor. Intentó entonces ver cómo podía subirse, pero en ese mismo instante Milton la volteó a ver con sus ojos enrojecidos llenos de una palpable furia.

    —¡¿Qué te pasa, perra?! —Le gritó molesto, aproximándosele rápidamente, y antes de que pudiera usar de nuevo el arma, él la golpeó con fuerza en la cara, haciéndola caer al suelo.

    Todo ese repentino alboroto no tardó en llamar la atención de varios de los presentes, que más que nada lo que alcanzaron a ver fue a Milton gritar, y luego golpear a la chica rubia de esa forma. Aquello obviamente los escandalizó.

    —¡Milton! —Gritó Joe a la distancia, y rápidamente se aproximó entre la gente, colocándose entre él y Verónica aún en el suelo, apuntándolo con su arma en una mano y su rostro enrojecido por el golpe—. ¡¿Qué estás haciendo?! —Reprendió Joe a su amigo, empujándolo con una mano para que se alejara más—. Ya te metiste demasiado de esa basura por la nariz.

    —¡Estoy bien! —Se defendió Milton, respirando agitadamente pero aun así intentando calmarse—. ¡Fue ella la que…!

    Lo que estuviera por decir, ya no fue capaz de hacerlo pues en ese momento sintió cómo lo tomaban violentamente de su camisa, y comenzaban entonces a jalarlo, aparatándolo de Joe y Verónica. Milton tardó demasiado en poder girarse y ver qué era lo que estaba ocurriendo, pero los otros dos, y de paso todos los que estaban lo suficientemente cerca, lo vieron con claridad…

    Damien Thorn se había parado en ese momento de su silla, había caminado rápidamente directo hacia Milton, lo tomó de su camisa con firmeza, y comenzó casi literalmente a arrastrarlo por la terraza, rodeando la piscina. Milton gimió confundido, y de inmediato tomó la mano de aquel chico para apartarla de él, pero fue inútil. No podía siquiera moverla; era como si su mano fuera una barra de acero pesada. Y encima de todo lo estaba arrastrando con una fuerza impresionante a la que él no podía siquiera resistirse. Y todo esto mientras miraba fijamente al frente sin mirarlo, con una expresión fría y totalmente ausente en su rostro.

    —¡Damien!, ¡espera…! —Exclamó Verónica, alarmada al ver aquello, y rápidamente se puso de pie yendo detrás de él.

    Todos en la terraza poco a poco se fueron dando cuenta de lo que sucedía. Alguien apagó la música de pronto, y todos contemplaron como el chico de gabardina negra jalaba a Milton en dirección al barandal. Y nadie intervino; nadie lo detuvo…

    Al llegar al barandal, Damien jaló al muchacho hacia adelante, haciendo que pegara por completo su espalda contra éste y ambos quedaran frente a frente. Y cuando Milton lo vio al fin a los ojos… no supo cómo interpretar lo que vio. Era como si detrás de sus ojos azules y normales, se alzara un muro de fuego rojizo, y pudiera sentir el calor de dichas flamas en su cara. Y simplemente se quedó congelado ante esa horrible visión…

    —Cometiste el más grande error de tu vida, porquería asquerosa —le susurró Damien despacio, sólo siendo oído por Milton.

    Tomándolo de su camisa con ambas manos, lo empujó hacia delante de tal forma que el cuerpo de Milton quedó inclinado sobre el barandal. Su espalda quedó suspendida sobre la nada, y su sombrero salió volando de su cabeza, cayendo hacia la oscuridad del barranco debajo de ellos. Y cuando Milton volteó hacia abajo, sólo vio eso: oscuridad. Sus pies ya no tocaban el suelo, y la verdad era que lo único que evitaba que cayera eran justamente las manos de Damien que aún lo sujetaban. Y al volverse consciente de ello, el terror se apoderó por completo de él, y se aferró fuertemente a sus muñecas, como si se sujetara de la coroniza de un edificio.

    Los presentes, incluso aquellos que estaban dentro de la casa, comenzaron poco a poco aproximarse, pero manteniendo una prudente distancia. El desconcierto era lo que reinaba entre ellos al no saber lo qué pasaba, pero también la curiosidad.

    Entre los espectadores, inevitablemente se sumaron las tres invitadas de Damien. Primero fue Lily, pero posteriormente Esther, aún con su bebida en mano, se le aproximó por un costado.

    —Al fin esta fiesta se puso buena —comentó con un tono jocoso, notándosele que el alcohol ya le estaba afectando. Lily la miró de reojo unos momentos, pero luego centró enteramente su atención en Milton, deleitándose por el ferviente miedo que lo inundaba y los pensamientos que le cruzaban por la cabeza, los cuales le resultaban casi deliciosos.

    Samara se aproximó poco después, contemplando la escena fijamente con sus ojos muy abiertos. Parecía igual de confundida y alarmada que los demás, pero aquella descripción sería un poco superficial para describir lo que realmente sentía.

    —Lo siento… —pronunció Milton apenas siendo capaz de hablar—. Todo esto es sólo un malentendido. Es la coca, lo juro; yo no suelo ser así. —Desvió su mirada hacia abajo, como esperando poder ver algo más que aquel barranco oscuro—. Por favor, amigo; no es gracioso…

    —¿Te parece que quiero ser gracioso? —Murmuró Damien con un tono burlón, y justo después una larga sonrisa torcida se dibujó en su rostro, haciendo que toda esa amenaza que lo envolvía estuviera además acompañada de una extraña locura inhumana que a Milton estremeció—. ¿Por qué tienes tanto miedo? Quizás no mueras desde esta altura. Y aunque fuera así, ¿cuál sería la pérdida? ¿Quién extrañaría al patético de Milton Higes que no puede estar sin meterse nada en su nariz por más de cinco minutos?

    Milton lo observó, perplejo por lo que escuchaba. ¿Cómo sabía su nombre?, ¿por qué le hablaba como si lo conociera…?

    —Apuesto a que todos aquí desearían que lo hiciera —indicó Damien, señalando con su cabeza hacia la multitud a sus espaldas. Todos estaban ahí de pie en hilera, observándolos en silencio—. Sólo míralos. Se ven sorprendidos y asustados, pero nadie viene a ayudarte. Parece que en el fondo todos desean también que te suelte. ¿No es eso triste?

    Milton miraba a la gente de reojo, y a Damien respectivamente. Y las palabras que aquel sujeto pronunciaba le resultaban tan… coherentes. Y comenzó a sentir que de hecho eran ciertas, y hasta él mismo se sintió de acuerdo con aquella aseveración. Quizás todos querían lo soltara, incluso él mismo… Y antes de que se diera cuenta, sus manos se soltaron de las de Damien, dejando por completo lo que fuera a pasar sólo a la decisión de su captor. Y, por algún motivo, estaba bien con ello…

    —¡Basta! —resonó con fuerza la voz de Samara entre el casi sepulcral silencio que se había formado en esa terraza. Y a diferencia de todos los demás, justo entonces la niña de vestido amarillo se aproximó apresurada, parándose a la diestra de Damien—. No lo hagas, por favor…

    —No te metas —le respondió el chico de gabardina sin mirarla.

    —No quiero que lo hagas —susurró Samara despacio, sintiéndose una gran congoja apretándole la garganta—. No quiero…

    —¿No quieres qué? —Le cuestionó Damien irritado, volteándose hacia ella—. ¿Qué este remedo de ser humano muera? ¿Por qué eso habría de importarte? ¿No has entendido aún como son las cosas?

    De pronto, Damien soltó a Milton de su mano derecha, haciendo que un gemido de exaltación sugiera entre la gente al creer que lo soltaría, pero al final siguió sujetándolo únicamente con la izquierda. Extendió más su brazo, haciendo que el cuerpo de Milton quedara ya mayormente suspendido sobre el vacío. Desde esa posición, si Damien lo soltaba no habría forma de que él pudiera sostenerse a sí mismo; su caída sería inevitable.

    —Estas personas tan patéticas no son nada para nosotros —declaró Damien, con su penetrante mirada fija en Samara, la cual intentaba sostenerle lo mejor posible—. Podemos disponer de sus vidas y sus muertes cuando se nos antoje; así como lo hace Dios.

    —No, por favor… no… —Escucharon como Milton murmuraba con su voz temblorosa.

    —¿Enserio no quieres morir, Milton Higes? —Rio Damien con malicia—. Yo creo que incluso tú estarías conforme con ello...

    Y entonces los dedos de la mano de Damien comenzaron a abrirse, soltando poco a poco la tela de la camisa de Milton, y su cuerpo empezando a liberarse de su única atadura de seguridad.

    Los ojos de Samara se abrieron con alerta al ver esto, y todos sus sentidos se tensaron.

    —¡¡Dije que no!! —Gritó la niña con intensidad, resonando como un fuerte trueno.

    Y de la nada, Damien sintió como su brazo era jalado fuertemente hacia un lado, jalando a su vez también a Milton lejos del vacío, de la oscuridad y del barandal. El cuerpo del chico salió volando hacia atrás, cayendo al piso y rodando hasta casi quedar a los pies de los espectadores. Y a pesar de que no era capaz de procesar aun lo que había pasado, su primer reflejo fue alejarse lo más posible de ellos dos, arrastrándose por el piso. Dos chicos lo ayudaron a pararse de nuevo, pero sus piernas le temblaban tanto que no fue capaz de sostenerse.

    —Aguafiestas —bufó Esther inconforme, empinándose un trago directo de su botella. Lily no dijo nada, pero ciertamente compartía el sentimiento, para variar.

    Toda la terraza se sumió en silencio, y las miradas estaban fijas en Damien, y en parte también en la niña de vestido amarillo a su lado. El chico contemplaba pensativo su brazo izquierdo, como si se estuviera preguntando por qué se había movido… a pesar de que él sabía muy bien el motivo.

    Sus ojos claramente molestos se fijaron en Samara. Ella misma parecía bastante ofuscada por lo que acababa de hacer, preguntándose a sí misma si en verdad había sido ella.

    Tras unos momentos, Damien pareció al fin reaccionar. Se acomodó de nuevo su gabardina, así como algunos cabellos de su fleco que se había desacomodado, y se giró entonces hacia la multitud comenzando a avanzar hacia ellos. Estos, por mero reflejo, se hicieron a un lado para abrirle el paso, como si temieran incluso el sólo tocarlo.

    —Será mejor que nos retiremos de una vez —murmuró en voz alta para que todos lo oyeran, y avanzó entonces en dirección al interior de la casa para, justo como había dicho, irse de ahí—. Gracias por tu hospitalidad, Rony —pronunció con sequedad al pasar a lado de Rony, que lo observaba también en silencio entre los espectadores.

    Verónica, que lo había estado observando en silencio todo este tiempo, fue la primera en ir detrás de él. Intentó decirle algo, pero Damien rápidamente alzó una mano en su dirección, indicándole que callara. Y aunque aquello quizás no era una orden como tal, igual ella así lo hizo. Esther se encogió de hombros, y comenzó sin más a caminar detrás de Damien; Lily le siguió justo después. Samara tardó un poco en reaccionar y decidir si seguirlos o no, pero al final sus pies se movieron por sí solos y anduvo junto con las otras dos niñas. Los demás invitados sólo vieron callados como los cinco se retiraban.

    Al pasar a lado de una de las mesas, Esther extendió su mano y tomó otra de las botellas que ahí se encontraba, sin preocuparse demasiado por verificar qué era con exactitud.

    —Me llevaré esto —informó volteándose hacia las personas y alzando la botella en el aire—. No les importa, ¿o sí?

    Nadie le respondió, y Esther tomó ese silencio como una afirmación. Se dio media vuelta y siguió al resto del grupo, dejando detrás esa pequeña e incómoda confusión en el aire.

    — — — —
    A pesar de la reticencia inicial que había mostrado, el conductor de la camioneta de Thorn Industries, que ahora Charlie sabía que se llamaba Kurt, poco a poco pareció relajarse en presencia de Bobbi, la bibliotecaria que cuidaba la casa de una amiga rica, a cambio de un extra y un lugar dónde quedarse. Resultó ser un sujeto agradable, aunque demasiado serio y cuadrado para el gusto de Charlie. Pero igual había logrado encontrar la forma de que bajara la guardia; sólo lo necesario para poder obtener al menos un poco de información útil.

    Hasta ahora había confirmado que en efecto había sido militar, que trabajaba en el equipo de seguridad de Ann Thorn y su sobrino Damien, y que en efecto sólo había ido ahí a llevar a este último a una fiesta de un amigo (aunque la forma en la que había pronunciado amigo no le dejó muy claro si aquello era del todo cierto).

    —Ser el guardaespaldas de un chiquillo rico y mimado debe ser lo peor en este mundo —masculló Bobbi con hastío, soltando un poco de humo al hablar.

    —Serví un par de años en Medio Oriente —respondió Kurt, encogiéndose de hombros—. Aquí al menos puedo estar en aire acondicionado.

    —Siempre me han gustado los hombres con uniformes militares —susurró Charlie despacio con un tono provocador que ya para ese punto no se esforzaba casi nada en disimular.

    —Oh, por favor —pronunció con fastidio la voz de Kali en su oído, pues había estado oyendo toda esa falsa conversación desde el principio, pero aquello había sido demasiado—. Para de una vez que me harás vomitar.

    El rostro de Charlie se mantuvo sereno y estático a pesar de la queja de su vieja amiga, aunque en su mente pensó tan fuerte un “cierra el pico, que esto tampoco me gusta mucho a mí” que temió que su pensamiento hubiera sido oído por la propia Abra a la distancia.

    —¿Y qué tal es el chico que cuidas? —Musitó Charlie con indiscreción—. Debe ser un verdadero dolor de cabeza, ¿no?

    —Tiene sus momentos —asintió Kurt—. Pero estar a su lado es el más grande honor de mi vida.

    La manera en la que había dicho aquello desconcertó un poco a Charlie. ¿El más grande honor de su vida?, ¿cuidar a un chico rico que lo hacía conducir hasta Malibú sólo para ir a una fiesta y dejarlo afuera esperando en el frío? No era lo esperaba oír de un exmilitar que había servido en combate. Y ciertamente no sonaba a sarcasmo.

    —¿Enserio? —Pronunció Charlie, exagerando un poco su sorpresa—. Y, ¿por qué?

    Kurt miró pensativo al suelo, mientras daba una bocanada de su cigarrillo. Charlie presintió que se estaba arrepintiendo de haber dicho eso último, o al menos de haber usado esas palabras. Y al ver cómo su mano se movía inquieta cerca de su costado izquierdo, dedujo que estaba dispuesto a corregir ese error a su modo. Y si acaso se atrevía a poner un dedo en esa condenada arma, Charlie estaba ya lista para hacerlo cenizas.

    Por suerte para el pobre Kurt, algo más llamó su atención, desviándolo de su intención inicial. Alzó su mirada hacia la casa y la observó fijamente. Sin embargo, no era “observarla” precisamente lo que hacía.

    —La música se detuvo —señaló de pronto, expectante.

    Charlie se viró también hacia la casa y se dio cuenta de lo mismo. De hecho, todo se sentía demasiado silencioso.

    —Quizás la fiesta ya acabó —pronunció la reportera despreocupada, pero en el fondo ella tampoco creía que aquello fuera buena señal.

    —Debería a ir a ver —indicó el guardaespaldas, y tiró entonces su cigarrillo para pisarlo con su pie.

    —Sí, quizás deberías —le respondió Charlie rápidamente, y entonces comenzó a moverse hacia un lado, aprovechando ese momento para retirarse antes de que aquello se pusiera más feo.

    Y de pronto, la puerta principal de la casa se abrió, y cinco personas salieron por ella una detrás de otra.

    —Tu idea de diversión fue tan aburrida como pensé que sería —masculló Lily de malagana mientras bajaba los escalones del pórtico.

    —Yo al menos traigo recuerdos —comentó Esther alegre, alzando un poco las botellas que traía en sus manos.

    Charlie se viró rápidamente en su dirección al escuchar sus voces, y ahí los vio: Damien, Verónica, Samara, Esther y Lily habían salido de la casa, y bajaban los escalones en dirección a la camioneta. Y en cuanto Charlie lo vio, lo reconoció de las varias fotos que había visto. Y a través de su cámara en su solapa, Kali y Abra lo vieron también.

    —Es él —susurró Roberta despacio, temiendo por un momento que lo hubiera dicho demasiado alto.

    —¿Todo bien, Sr. Thorn? —Preguntó Kurt, parándose derecho en cuanto el chico se aproximó a él.

    —Podría estar mejor —masculló Damien con sequedad sin mirarlo—. Por ahora volvamos al pent-house, Kurt.

    —De inmediato.

    Verónica se subió al asiento del copiloto al frente, mientras que Samara, Esther y Lily se subían a la parte trasera por un costado. Damien, por su lado, comenzó a rodear la camioneta por detrás para subirse por el otro lado. Y al avanzar, pasó justo delante de Charlie. Ésta lo miró en silencio, estática en su posición. El chico la volteó a ver apenas un poco en cuanto pasó a su lado, pero no le dio la más mínima importancia y siguió su camino sin más. Y en cuanto le dio la espalda, Charlie supo que era su oportunidad…

    FIN DEL CAPÍTULO 92
     
  13.  
    WingzemonX

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    Resplandor entre Tinieblas
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    Resplandor entre Tinieblas

    Por
    WingzemonX


    Capítulo 93.
    Se te pasará

    Ya era entrada la noche cuando los invitados inesperados de Matilda Honey decidieron que era hora de retirarse. La tarde había sido bastante amena, más de lo que Matilda hubiera esperado. Charlaron del pasado, del presente, y también un poco sobre el futuro. La Srta. Honey les preparó una cena ligera, así como unos refrigerios, y entre todos se comieron a pedazos el famoso pastel de chocolate que Bruce les había traído.

    Todo había sido muy divertido. Pero era ya momento de dejar el país de los recuerdos, y volver a la realidad…

    —Se nos fue el tiempo volando —señaló Lavender un poco sorprendida al salir tomada de la mano de Mandy, y ver el cielo estrellado sobre ellos—. Mi mamá me va a matar. Le dije que sólo me iría un par de horas, y ella quería que le ayudará a limpiar el horno. Ahora pensará que me escapé apropósito.

    —¿Y no fue así? —Cuestionó Matilda, acusadora, y Lavender sólo sonrió con complicidad.

    Sacó entonces su teléfono con la intención de pedir un transporte, pero Bruce rápidamente se le adelantó.

    —Yo las llevo, Lavender —le ofreció el hombre joven, sacando sus llaves y presionando el botón para abrir los seguros de su elegante sedan color gris, estacionado frente a la casa. El auto soltó un pitido, y sus luces parpadearon.

    —¿Enserio? —Musitó Lavender, claramente de acuerdo con la propuesta—. Siempre tan dulce, Bruce —murmuró alegre, girándose entonces hacia Matilda con mirada suspicaz—. ¿No es realmente dulce este chico?

    Matilda sólo le respondió con una media sonrisa, ya para nada dispuesta en seguirle su juego. Aunque no era que estuviera muy dispuesta a hacerlo antes, en realidad.

    —Gracias por venir a verme, a ambos —agradeció la psiquiatra, aproximándose hacia Bruce para darle un gentil abrazo de despedida—. Fue un gusto que nos reuniremos los tres después de tanto tiempo.

    Tras unos segundos, Matilda se apartó de Bruce y se viró ahora hacia Lavender, abrazándola también del mismo modo.

    —El gusto fue nuestro, Matilda —masculló su amiga, correspondiéndole su abrazo con un brazo, mientras con su otra mano seguía sujetando a su hija para que no se apartara de ella. La pequeña en realidad ya se veía bastante adormilada, y tenía su rostro pegado contra la pierna de su madre, y sus ojitos amenazaban con cerrarse. Una vez que su abrazo terminó, Lavender la cargó, acomodándola para que recostara su cabeza en su hombro. Y en cuanto lo hizo, la niña pareció caer dormida en un chasquido—. Debemos hacer algo antes de Acción de Gracias —propuso Lavender, susurrando un poco despacio—. Incluso podemos invitar a Hortensia y a Amanda Thripp.

    —Sí, estaría bien —asintió Matilda, manteniendo su escueta sonrisa inmutable.

    —Que estés bien, Matilda —añadió Bruce, ofreciendo además un último ademán de su cabeza como señal de adiós—. Espero que ese brazo se cure pronto, y que encuentren a esa niña.

    —Muchas gracias, Bruce —respondió Matilda, correspondiendo su gesto del mismo modo—. Vayan con cuidado a casa.

    Bruce y Lavender, y Mandy en los brazos de su madre, bajaron lentamente los escalones, y Bruce se apresuró a abrirle la puerta del copiloto a su amiga para que se subiera con mayor libertad.

    —Despídenos de la Srta. Honey —solicitó Lavender una vez que ya estuvo sentada en su asiento.

    Bruce cerró la puerta con cuidado un instante después. Luego rodeó el vehículo por el frente, virándose una última vez haca Matilda para despedirse agitando su mano, y ella le respondió desde el pórtico haciendo lo mismo. Bruce se subió, y un poco después el vehículo se alejó por el camino de la propiedad, con sus luces internándose en la oscuridad y desaparecido.

    Matilda permaneció de pie, con su hombro sano apoyado contra uno de los posters del pórtico, y su vista puesta en donde el vehículo se había ido. Sin darse cuenta, comenzó a abrazarse a sí misma, pues al parecer la noche había refrescado un poco. Decidió entonces que era momento de entrar.

    Durante todo ese rato, Matilda pareció relajada, y despejada de todas esas abrumadoras preocupaciones que la oprimían. Pero lo cierto es que era todo una simple fachada. Por detrás de sus risas y comentarios divertidos, una parte importante de ella estaba aún enfocada en todo lo que le había ocurrido antes de volver a esa casa y, en especial, en todo lo que Cole le había ido a decir. Y por más que lo intentó, no pudo sacarse todo aquello de la cabeza; y quizás, en realidad, no quería hacerlo.

    Todo era tan apremiante y preocupante, que el tener que fingir normalidad como si nada pasara, sencillamente le resultó agotador. Hasta el punto de sentirse un poco molesta por la visita de Lavender y Bruce, y en el fondo desear que se fueran lo más pronto posible.

    Aquel pensamiento ciertamente la hizo sentir algo de culpa. Lavender y Bruce eran personas tan buenas, y habían ido hasta ahí para verla y animarla; no merecían una amiga que no pudiera disfrutar su compañía…

    «Esos pensamientos no son productivos y no te llevarán a ningún lado» se dijo a sí misma, al tiempo que entraba a la casa y cerraba con cuidado la puerta con llave, colocando además su pasador. Al virarse, divisó a su madre, observándola desde el arco de la sala, con una frazada alrededor de sus hombros y brazos, de seguro para mitigar al fresco.

    —¿Te divertiste? —Le preguntó Jennifer con una alegre sonrisa en sus labios, misma que Matilda intentó imitar, pero de seguro sin mucho éxito.

    —Sí, por supuesto —respondió intentando sonar lo más firme posible.

    Jennifer se le aproximó lentamente, se paró delante, la observó en silencio unos momentos, y luego extendió sus manos hacia ella, colocándolas delicadamente sobre sus brazos.

    —Pero creo que tu mente estaba en otros sitios, ¿cierto? —Le preguntó sin muchos rodeos, tomando a Matilda un poco por sorpresa.

    —¿Fui tan obvia?

    —No, descuida —negó Jennifer rápidamente—. Es que yo te conozco muy bien.

    La antigua profesora de primaria aproximó su mano hacia el rostro de la muchacha, retirándole sutilmente algunos mechones de su rostro, como solía hacer cuando era niña (y cuando ya no era tan niña).

    —Ese hombre que vino, ¿era de la Fundación? —Inquirió Jennifer con curiosidad, a lo que Matilda respondió asintiendo con la cabeza—. ¿Te trajo malas noticias?

    —Algo así —susurró la psiquiatra, desviando un poco su mirada hacia un costado—. Ha sido un día agotador… Sólo quiero descansar.

    —Anda —indicó Jennifer, y se inclinó entonces hacia ella, dándole un dulce beso en su frente—. Te subiré un té en un minuto, y tus medicinas.

    —Gracias.

    La Srta. Honey se dirigió entonces en dirección a la cocina, y Matilda comenzó a subir las escaleras. A mitad de camino intentó estirar un poco sus brazos para desperezarse, pero el dolor punzante de su hombro le recordó que aún no estaba bien, y la obligó a bajar de nuevo su brazo con más cuidado. Estaba considerando si acaso sería conveniente darse un baño y lavar bien la herida antes de acostarse, cuando escuchó su teléfono sonar.

    Matilda aproximó su brazo hacia hacía atrás, tomando el teléfono del bolsillo trasero de los pantalones que usaba en esos momentos. Al revisar la pantalla, éste no mostraba el número que le marcaba, sino sólo la leyenda: “Número Privado.” A veces alguno de los rastreadores de la Fundación le llamaba por números bloqueados como ese, en especial Mónica y su paranoia con la privacidad, así que supuso que podría ser precisamente ella. Pensó rápidamente si acaso le llamaba para darle alguna otra mala noticia sobre Eleven o Samara, y meditó si acaso sería capaz de afrontarlo en esos momentos. Pero no podía simplemente ocultarse en su caparazón: fuera lo que fuera, tenía que afrontarlo.

    Sin titubear, aceptó la llamada y aproximó el teléfono a su oído.

    —¿Diga? —Pronunció despacio, al tiempo que reanudaba su trayecto hacia la planta alta.

    La voz que escuchó del otro lado no fue la de Mónica, ni de nadie más que ella conociera. Era la voz de un hombre, grave y seria, que sin algún saludo previo preguntó rápidamente:

    —¿Hablo con la Dra. Matilda Honey?

    —Ella misma. ¿En qué puedo servirle?

    —Mucho gusto, doctora; y disculpe la hora. Me llamo Lucas Sinclair, soy amigo Jane Wheeler.

    El nombre de aquella persona no le resultó familiar a primera instancia, pero la sola mención de Eleven la hizo estremecerse un poco, y la hizo volver a creer que aquella llamada era una mala señal.

    —¿Pasó algo con…? —Intentó preguntar sin rodeos, pero el Sr. Sinclair se apresuró a responder, previendo cuál sería su cuestionamiento.

    —Descuide, Jane sigue estable; sin cambio en su condición. Le llamaba por otro asunto.

    Matilda respiró un poco aliviada, aunque casi de inmediato concluyó que la falta de cambio tampoco era algo bueno del todo, aunque de momento preferible a la alternativa. Se encaminó entonces a su habitación, y cerró con cuidado la puerta detrás de ella, mientras el misterioso Sr. Sinclair le explicaba ese “otro asunto” por el que le llamaba. Matilda supuso que sería algo referente a la Fundación, y de cierta forma tenía razón.

    —No sé si El llegó a hablarle de mí en alguna ocasión. Trabajo para una agencia de investigación del gobierno que en ocasiones ha solicitado apoyo de la Fundación Eleven, y viceversa. Por ejemplo, hace unas semanas Jane me contactó para que la ayudara a usted y al Sr. Hobson con un pequeño problema con la policía de Portland, sino mal recuerdo.

    —¿Fue usted? —Inquirió Matilda un poco sorprendida, mientras se sentaba en la orilla de su cama.

    —Sólo pedí un favor a un amigo, así como El lo es para mí —aclaró el Sr. Sinclair.

    Matilda recordaba claramente aquel suceso. El Detective Vázquez y la demás policía los tenían a Cody y ella prácticamente bajo custodia en aquel hospital, aunque no de forma oficial. Y con una sola llamada que recibió uno de los detectives, los habían dejado irse tras dar su declaración por escrito. Cody y Matilda supusieron que en efecto Eleven había intervenido para sacarlos de eso, aunque no sabían con exactitud el cómo; al parecer ahora ya lo sabía.

    —Cómo sea —prosiguió el Sr. Sinclair—, el motivo de mi llamada es para pedir una vez más su apoyo en un asunto. Supongo que dada la situación actual de Eleven, usted se está haciendo cargo de la Fundación, ¿no es así?

    El entrecejo de Matilda se arrugó un poco, intrigada por tal deducción.

    —¿Por qué supone eso?

    —El siempre habló de usted como su mano derecha; su persona de confianza. Nunca me lo dijo directamente, pero supuse que si algo le llegara a pasar, a ella le gustaría que usted se hiciera cargo de todo.

    Matilda sintió que su respiración se cortaba un poco al oír tal cosa. ¿Ella?, ¿encargarse de la Fundación en lugar de Eleven? Nunca habían hablado de tal posibilidad, o al menos no recordaba que Eleven se lo hubiera mencionado o sugerido en alguna ocasión. ¿Eso era lo que ella quería? Recordó entonces como todos al parecer la llamaban la “Favorita de Eleven” a su espaldas, y se preguntó si acaso todos los demás igualmente esperaban que ella tomara el mando…

    La posibilidad tan repentina la abrumó un poco, pero no tanto por el miedo a la responsabilidad, sino más bien por la idea de tomar el sitio de Eleven… cuando ella ni siquiera había muerto… Pero no dejó que dicho sentimiento la dominara, y especialmente que la pusiera en evidencia frente a esta persona desconocida.

    —Lo siento, yo en estos momentos me estoy recuperando de una herida, así que no estoy del todo enterada de la situación con la Fundación. En cuanto pueda viajaré a Indiana para ver en qué puedo ayudar.

    —Lo entiendo, escuché sobre lo que ocurrió en Eola —señaló el Sr. Sinclair, y Matilda no pudo evitar preguntarse qué tan enterado estaba en realidad al respecto—. No quiero exigirle demasiado, Dra. Honey. Solamente quisiera pedir el apoyo de uno de sus rastreadores con una investigación muy importante que necesito llevar acabo lo antes posible.

    —¿Una investigación para el gobierno? —Musitó Matilda, desconfiada—. ¿Qué tipo de investigación?

    —Es confidencial —respondió Lucas con voz un tanto apagada—, y me temo que sólo podría revelarle los detalles mínimos requeridos a la persona que acepte nos ayude.

    —Lo siento, Sr. Sinclair. No puedo pedirle a un miembro de la Fundación que se involucre en un asunto en el que ni siquiera yo sé de qué se trata. Y estoy segura de que Eleven pensaría igual.

    —Entiendo la situación en la que la pongo, Dra. Honey. Pero aclaro que no esperaba que este favor fuera a cambio de nada.

    —Escuche, lo de Portland fue de mucha ayuda, pero aun así…

    —Me refería a otra cosa —le interrumpió rápidamente, similar a cómo había hecho a inicios de la llamada. Guardó silencio unos instantes, y luego añadió—: Es de mi entendimiento que la Fundación, y en especial usted, podrían estar interesados en la ubicación actual de Samara Morgan. Era una niña que estaba a su cuidado, ¿cierto?

    Matilda se paró abruptamente debido a la impresión de tales palabras. ¿Había realmente dicho lo que creyó oír?

    —¿Usted sabe dónde está Samara? —Le preguntó con brusquedad, sin lograr ocultar del todo su excitación.

    —Esa información también es confidencial, doctora —le respondió el Sr. Sinclair con una estoicidad casi marcial, que a Matilda exasperó un poco. Pero al mismo tiempo, el sólo hecho que supiera de Eola y de Samara, le hacía darse cuenta de que no estaba hablando con un simple “amigo” de Eleven.

    —Si lo que dice es cierto, ¿por qué está hablando conmigo en lugar de comunicárselo a la policía? —Le cuestionó acusadora, y él le respondió del mismo modo frío de antes.

    —Le aseguro que las autoridades que deben saber al respecto, ya saben lo que les es adecuado saber. Pero si usted me hiciera el favor de apoyarme con uno de sus rastreadores para mi investigación, yo estaría dispuesto a compartir ese dato también con usted. Sé de antemano que le sabrá dar buen uso.

    Matilda guardó silencio, meditando un poco sobre todo lo que estaba diciendo. Se dio cuenta de inmediato que este hombre, quien quiera que fuera, sabía demasiado. No sólo sabía sobre Samara, sino que le estaba dando a entender qué también conocía las circunstancias “inusuales” de su secuestro, y posiblemente actual estancia con su “captor.”

    No le agradaba en lo más mínimo la idea de una persona que le hablaba con evasivas, que sabía tanto de ella y de ese asunto, y se sentía con el derecho de administrar y negociar con dicha información como le viniera en gana.

    ¿En verdad era amigo de Eleven?; le resultaba difícil verla relacionada con alguien así.

    En cualquier otra circunstancia, hubiera rechazado tal ofrecimiento, colgado, y comunicado directo con Eleven para discutirlo.

    Pero Eleven no estaba en esos momentos…

    Y las circunstancias no eran las usuales; Samara no era sólo una paciente para ella, y de eso se había dado cuenta en su discusión con Cole de esa tarde.

    Y también estaba Cole, y todo lo que le había dicho, y esa intención un tanto ambigua en sus palabras que le provocó preocupación.

    Si lo que ese hombre decía era cierto y podía darle la ubicación de Samara, y si podía llegar a ella… tal vez podía ponerle fin a todo eso…

    —Muy bien —suspiró tras unos instantes—. Acepto hablar con uno de los rastreadores para que lo apoye en lo que desee. Ahora dígame, por favor, ¿dónde está Samara…?

    — — — —
    Charlie lo tenía a unos centímetros de ella; al maldito arrogante que le había hecho todo ese daño a El y a Danny, con la guardia baja, y completamente ignorante de la amenaza latente que ella significaba. Lo único que Charlie tenía que hacer era concentrarse, dejar salir toda su energía directo en él, y hacerlo desaparecer de una maldita vez como había ido a hacer. Y entonces todo terminaría al fin…

    —No me voy a sentar contigo con esa peste a alcohol que te cargas —escuchó de pronto que una de las niñas pronunciaba a un costado, llamando su atención, y las vio entonces aún en la acera discutiendo sobre cómo subirse.

    —Qué delicada —le respondió Esther con sorna, pegándosele para hablar cerca de su rostro, molestándola con su aliento. Y en efecto Lily intentó retroceder, alejándose de ella.

    —Yo me puedo sentar atrás si… —propuso Samara en voz baja, pero calló abruptamente cuando las tres escucharon la puerta del lado de Damien siendo azotada por éste.

    —Súbanse de una maldita vez —espetó Damien irritado desde su asiento. Las tres se miraron entre ellas en silencio.

    —¿Y sentarme con el señor simpatía? —Masculló Lily sarcástica—. Prefiero lidiar con la borracha. Además de que es tu culpa que esté de ese humor.

    Y sin más, Lily se subió a la parta de atrás, y Esther la siguió alegre. A Samara no le quedó más que subirse en medio con Damien, algo que de momento no le alegraba tanto como lo había sido en el viaje de ida.

    Charlie vaciló, observando toda aquella escena. No tendría problema en volar toda esa camioneta entera con Thorn y su guardaespaldas (que de paso estaba segura que había tenido la intención de matarla hace un momento por haber aflojado la lengua), e incluso con la chica que venía al frente. Pero esas tres niñas… ¿por qué iban ellas tres con ese sujeto? Fueran quienes fueran, no podía hacerlas volar también; no a tres niñas inocentes… como ella misma lo fue en alguna ocasión. Y ese pensamiento inevitablemente la paralizó, y le impidió realizar su esperado ataque.

    Para cuando logró reaccionar, la camioneta ya se había puesto en movimiento y se alejó por la calle. Charlie simplemente se quedó de pie, observándola hasta que dio vuelta en la esquina.

    Esa había sido una oportunidad de oro, y la había dejado pasar…

    —Lo tenías en la mira —susurró Kali en su oído, sonando casi como un regaño.

    La reportera suspiró agotada, y se forzó a recobrar su compostura lo más pronto posible.

    —Esas niñas y la muchacha que venían con él también estaban en la línea de tiro —musitó despacio, procurando transmitir confianza en sus palabras—. No era el momento.

    —Quizás no vayamos a tener otro —señaló Kali con desgano.

    —Lo tendremos, te lo prometo —escuchó entonces que indicaba Abra con bastante seguridad en sus palabras—. Yo creo que hiciste lo correcto, Roberta. Gracias…

    Charlie no pudo evitar sonreír por las palabras de la joven, al tiempo que se dirigía hacia la misma barda que había saltado, ahora con la intención de salir. Concluyó al igual que Abra que su accionar había sido el adecuado. Había hecho demasiadas cosas en su vida para condenar su alma; no necesitaba agregarle la muerte de tres niñas a su expediente. Así que de momento, su conciencia estaba tranquila.

    Sin embargo, muy poco tiempo después terminaría por lamentar enormemente su decisión…

    — — — —
    El humor se había prácticamente apagado en la fiesta. La música no se volvió a encender, nadie nadaba en la alberca, y la mayoría estaba reunida en pequeños grupos charlando en voz baja sobre lo sucedido. Algunos ya estaban considerando la opción de mejor retirarse.

    Dicho sentimiento se extendía hacia Rony. Ciertamente desde la llegada de Damien, lo que le ocurrió al televisor, y ahora rematando con esa pelea, si es que se podía llamar así… sus ánimos por seguir celebrando se habían mermado. Una vez que Thorn y sus acompañantes se retiraron, Rony se sentó en la sala en compañía de Joe, Crystal, Kelly y Cindy. Todos intentaban calmarse, e igualmente decidir qué hacer a continuación.

    —¿No deberíamos de llamar a la policía o algo? —Propuso Crystal con seriedad.

    —¿Para qué? —Respondió Rony de malagana.

    —¿Cómo que para qué? Ese loco casi arroja Milton por el barandal.

    —Y fue tan sexy… —masculló Cindy despacio con tono adormilado. Ella ya se encontraba bastante ebria para ese momento, y tenía recostada su cabeza sobre las piernas de Crystal. Igual eso no impidió que su comentario molestara a su amiga, y le diera un fuerte manotazo con su mano en su frente como represalia.

    —Tú mejor ya no hables, Cindy —le reprendió Crystal—. No ayudas en ese estado.

    La chica rubia se quejó y se sobó su enrojecida frente, mas no levantó su cabeza de sus piernas.

    —Milton está hasta las cejas de coca —señaló Rony con severidad—. Llama a la policía y sólo provocarás que se lo lleven preso a él, sin mencionar a los que aún no tenemos edad legal para beber… Y de todas formas Thorn ya se fue, y aquí no pasó nada. Dejemos las cosas así.

    Crystal lo miró con molestia, notándosele que no estaba de acuerdo con la decisión. Sin embargo, no dijo nada más como réplica.

    —Milton se lo buscó —espetó Joe con disgusto—, yo vi cómo golpeó a esa chica. Le dijimos que dejara de meterse eso aquí, pero no hizo caso.

    —Quizás ella hizo algo para provocarlo —masculló Cindy arrastrando sus palabras, lo que provocó que Crystal alzara su mano de nuevo amenazando con darle otro zape en su frente. Sólo fue una amenaza, pero igual ella reaccionó alzando sus brazos para cubrirse por reflejo.

    —Ya, no importa, olvídense de todo eso —señaló Rony, parándose rápidamente de su asiento—. Lo mejor será que todos los demás se vayan. La fiesta terminó.

    Y dada esa indicación, caminó apresurado hacia la escalera, quizás con la intención de ir a su cuarto y encerrarse ahí un rato. Crystal lo observó unos segundos, y luego se viró hacia Joe.

    —¿Tú podrías encargarte de decirle a los demás? —le pidió la joven de bikini rosa, a lo que Joe asintió sin dudarlo.

    —Yo me encargo de eso, tranquila.

    —Gracias.

    Crystal se retiró delicadamente la cabeza de Cindy de sus piernas. Y en cuanto su mejilla tocó el sillón, Cindy pareció quedarse dormida. Por su parte, Crystal se fue apresurada detrás de Rony para intentar calmarlo.

    Joe se paró y se disponía a cumplir el cargo que le habían dejado. Antes de irse, sin embargo, su atención se centró en Kelly. Ella estaba sentada en un extremo del sillón, a un lado de Cindy. Tenía entre sus dedos una botella de cerveza a la que apenas y le había dado un par tragos. Su mirada estaba perdida en el televisor roto apoyado contra la pared, aunque era evidente que en realidad su atención estaba en algún otro sitio. En todo ese rato que habían estado sentados, ella no había dicho nada, y sólo había estado ahí pensando en… bueno, sólo ella pudiera decirlo.

    —¿Tú estás bien? —Le preguntó Joe con gentileza, y aunque Kelly al inicio no pareció captar que dicha pregunta era para ella, tras unos momentos reaccionó y se volteó hacia él.

    —Sí, yo… —vaciló un poco, sintiéndose algo dispersa—. Sólo estoy algo impactada por lo sucedido.

    —Al menos nadie salió herido de verdad —señaló Joe conforme, y comenzó a avanzar hacia la puerta de la terraza—. Parece que Damien Thorn no era tan chico bueno como creías, ¿eh?

    Kelly no le respondió, y su atención siguió puesta en el mismo punto de antes, y en sus mismos pensamientos.

    No, definitivamente el Damien Thorn del que ella había oído hablar no encajaba en alguien que hubiera hecho o dicho lo que acababa de pasar. ¿Estaba acaso borracho?, ¿también estaba drogado quizás? Sí, era probable. Sin embargo, no podía quitarse la mente lo que le había dicho un rato antes de que todo eso ocurriera:

    “La verdad es que… yo maté a mi primo Mark. Yo lo maté, con mis propias manos. Mi tío Richard lo sabía, y planeaba matarme a mí en venganza…”

    Aceptó sin chistear la explicación de que le estaba jugando una broma de muy mal gusto. Porque obviamente tenía que ser eso, ¿o no? ¿Quién pudiera creerse una locura como esa? Y, sin embargo, tras ver lo que acababa de ocurrir, ese arranque de ira y disposición para jugar con la vida de otra persona de esa forma. ¿Podría ser posible… que no fuera del todo una broma…?

    Dio entonces un sorbo de su cerveza, e intentó despejar su mente lo mejor posible. Aquello debía ser sólo una coincidencia, o un simple hecho aislado. La alternativa era simplemente horrible como para considerarla de verdad.

    — — — —
    —¿Qué habrá pasado allá afuera? —Musitó Lidya, mientras se amarraba de nuevo la parte superior de su bikini frente al espejo de cuerpo completo de la habitación—. Todo está muy callado.

    Lidya y Charles habían sido de los pocos que no se habían percatado del incidente de la terraza entre Milton y Damien. Mientras todo aquello ocurría, ambos habían subido a una de las habitaciones vacías del tercer piso. Al principio se suponía que sólo iba a hablar sobre lo ocurrido con esa extraña niña, y sobre la tal Amanda. Sin embargo, en el fondo ambos sabían que al final “hablar” no era lo único que iban a hacer.

    Siempre era lo mismo con ellos dos. Discutían por algo, se amenazaban de muerte, pero al final terminaban contentándose y volvían a no poder quitarse las manos de encima, como más temprano en la piscina. Y cuando Charles se metía una pequeña dosis de coca de por medio, sus ánimos se volvían el doble de insaciables, y Lidya siempre estaba ahí, dispuesta a satisfacerlos; excepto cuando no lo estaba, y entonces más recientemente Amanda se había ofrecido de voluntaria…

    Como fuera, mientras en el exterior se formaba todo aquel alboroto, ellos estaban muy concentrados en lo suyo. Y sólo hasta que volvieron a vestirse se percataron de que algo había cambiado en el entorno, aunque aún no sabían qué con exactitud.

    —Quizás vino la policía —respondió Carles con absoluta tranquilidad, al tiempo que vertía un poco de la cocaína que Milton le había dado sobre el buró a un lado de la cama.

    —Si es así, guarda esa cosa —le regañó Lidya al ver a través del espejo lo que estaba haciendo. Aquello, sin embargo, no le agradó ni un poco al chico.

    —No me digas qué hacer, ¿quieres? —Le respondió malhumorado, quizás alzando la voz más de lo que se le proponía. Y del mismo modo, esto no le pareció para nada simpático a su novia.

    Sin decir nada, Lidya caminó apresurada hacia la puerta con la intención de irse.

    —Oye, espera —masculló Charles, parándose y dando unos pasos hacia ella.

    —Vete a la mierda —le respondió Lidya irritada, abriendo la puerta para luego azotarla con fuerza detrás de ella al salir.

    Charles soltó una maldición silenciosa. Se debatió entre ir tras ella o no… por un par de segundos, antes de volverse a sentar en la cama y volver a lo que estaba haciendo hace unos momentos. Le gustaba Lidya, especialmente por la buena química sexual que tenían. Pero ciertamente a veces lo desesperaba tanto que le daban ganas de estrellarle su carita contra la pared. Aunque claro, nunca lo había hecho… aún.

    Se inclinó sobre la línea de polvo blanco en el buró, y lo aspiró todo con fuerza a través de su fosa izquierda. Se incorporó justo después, haciendo su cabeza hacia atrás y dejando que su cuerpo asumiera la sustancia poco a poco. Charles no se consideraba en lo absoluto un maldito drogadicto que no sabía controlarse, como Milton; él sólo lo usaba antes y después del sexo para relajarse, y a veces para los exámenes. Lo tenía bajo control… todo bajo control…

    Al abrir de nuevo los ojos y mirar a su alrededor, algo le resultó… diferente. La paredes de la habitación a su alrededor comenzaron a distorsionarse, a ondear como el movimiento las olas en el mar. Aquello lo confundió, e incluso asustó un poco. Se alzó como pudo de la cama, pero se sintió mareado, como si el suelo bajo sus pies se hubiera agitado. Avanzó tambaleándose, amenazando con caerse un par de veces, y casi se cayó de hocico, pero se agarró fuertemente del marco del espejo de cuerpo completo en el que Lidya se estaba viendo hace unos momentos. Al alzar su mirada al espejo y ver su propio reflejo, vio entonces su rostro, deformándose de una manera extraña, alargándose hacia abajo como si se estuviera derritiendo. Luego, observó horrorizado como pedazos de piel comenzaron a desprenderse de su cara, cayendo y dejando la carne viva expuesta.

    Charles soltó un gemido de horror, y llevó de inmediato sus manos a su cara, pero en cuanto sus dedos tocaron su rostro se llevó de paso un pedazo entero de su nariz, que se quedó pegada a su mano, derritiéndose como la cera de una vela.

    —¡¿Qué demonios?! —Gritó, sollozando de miedo—. ¡¿Qué me está pasando…?! ¡Ayuda!

    Comenzó a correr desesperado a la puerta, aun tambaleándose en el camino, y sintiendo un ardor intenso en su cara, y en otras partes de su cuerpo en donde igualmente su piel había comenzado a caerse y a quedar en el suelo como pedazos de carne sin forma.

    — — — —
    Milton nunca había sentido que el efecto de la coca se le pasara tan abrumadoramente rápido, como le ocurrió tras esa horrible experiencia en la terraza. Ahora estaba resintiendo el dichoso “bajón” se solía darle después, acompañado de una migraña más intensa que las de costumbre. Y claro, todo eso además del sentimiento de humillación, impotencia, y bastante confusión y miedo que lo ahogaba. Incluso sus manos y piernas le seguían temblando un poco…

    Rony básicamente lo había obligado a que fuera a lavarse la cara, y después se fuera a recostar en alguna habitación. Y aunque no lo había dicho directamente con palabras, era claro que no tenía deseo alguno de verlo en lo que restaba de la noche. Y para Milton aquello estaba bien; en realidad, no quería que nadie lo viera.

    En aquel momento se encontraba en el baño del tercer piso, enjuagándose la cara con abundante agua. Adicionalmente buscó en el botiquín, encontrando algunas aspirinas; se había tomado tres de un sólo trago.

    Más allá de lo horrible que había sido todo lo que había pasado, le causaba además un poco de intriga todo lo que aquel chico y esa niña habían dicho. ¿Qué significaba realmente todo eso de disponer de la vida de la gente como si fueran Dioses? ¿A qué estaba jugando ese demente con esas niñas? También le confundía qué había sido eso que había visto en los ojos de Damien. ¿Había sido una alucinación por la droga?; en todo el tiempo que llevaba de usarla, nunca le había provocado nada similar. Y la forma en la que Damien lo había jalado de vuelta a la terraza en último momento… ¿realmente había sido él?

    Algo muy raro había ocurrido en ese sitio; mucho más de lo que los demás que habían estado ahí presentes podrían creer.

    Al salir del baño, ya se sentía un poco mejor, aunque aún estaba demasiado inquieto. Quizás algo de sueño era justo lo que necesitaba.

    De pronto, vio por el rabillo del ojo como una puerta en el pasillo se abrió abruptamente. Al voltear a ver, miró a Charles, saliendo del cuarto, tambaleándose mientras se sujetaba de las paredes. Parecía aturdido y muy asustado; pero en contraposición, no tenía la cara descarnada, ni estaba dejando rastros de piel a su paso cómo él creía.

    —¿Charlie? —murmuró Milton, un tanto desconcertado al verlo—. ¿Qué te pasa…?

    Charles alzó su mirada rápidamente hacia él, y sus ojos se cubrieron de un ferviente y profundo espanto. Ante él no se encontraba Milton, o quizás sí… Pero su cara era en esos momentos sólo un cráneo, con apenas remedos de carne pegados a él, y escasas hebras de cabello rubio cayendo sin orden ni forma hacia los lados. Su único ojo sobresalía de su cuenca, hincado como si estuviera a punto de explotar. Y al hablar, su quijada se abría de una forma desfigurada, y de su boca surgieron decenas de arañas que caminaron por su cara, colocándose una justo en ese horrible ojo hinchado.

    —¡No te me acerques! —Le gritó una fuerza aguerrida—. ¡No me toques!

    La reacción inmediata de Charles no fue correr precisamente, sino lanzarse contra esa cosa, empujándolo contra la pared. La espalda de Milton chocó con fuerza contra ésta, golpeándose fuertemente la parte posterior de su cabeza. Aquello lo aturdió demasiado, pero no lo suficiente para no sentir como un ofuscado Charles lo tomaba de sus ropas y lo sacudía, estrellándolo repetidas veces contra la pared.

    —¡Charlie!, ¡soy yo…! —Intentaba Milton de decirle, pero Charles no lo escuchaba en lo absoluto.

    El atacante jaló entonces su puño derecho hacia atrás y lo dirigió con todas fuerzas hacia la cara de Milton. El impacto fue tan potente que le desencajó la mandíbula. Su cuerpo se precipitó hacia un lado, y luego cayó al piso de costado. Pero una vez ahí, Charles no dejó las cosas así, y prosiguió ahora a patearlo repetidas veces, una y otra vez en su cabeza, como si quisiera aplastar cada una de esas arañas, y asegurarse que esa cosa nunca se volviera a levantar.

    Y siguió así por un buen rato, hasta que Rony rápidamente se la aproximó por detrás, lo tomó de los brazos y lo jaló.

    —¡Charlie!, ¡déjalo! —Le gritó horrorizado, mientras lo jalaba. Charles se agitaba violentamente, soltando alaridos incomprensibles al aire.

    Mientras Rony lo sujetaba, Crystal se aproximó apresurada a Milton. El chico estaba ahí tendido, completamente quieto, con su cara totalmente roja e irreconocible por todos aquellos golpes. Su apariencia la espantó enormemente, pero se sobrepuso lo suficiente para agacharse a su lado para revisarlo.

    —Milton, ¿puedes oírme? Milton… —Intentó agitarlo como queriendo hacerlo despertar, pero no hubo respuesta. Se aproximó más acercando su oído a su rostro, y el abrumador silencio que percibió la dejó azorada—. Oh, por Dios… —susurró despacio, y se viró rápidamente hacia Rony—. ¡No está respirando!

    —¡Llama una ambulancia, rápido! —Le indicó Rony, que aún intentaba de someter a Charlie. Crystal se apresuró rápidamente de regreso a la habitación de ambos, en busca de su teléfono, escuchando los gritos descontrolados, casi salvajes, de Charles mientras se alejaba.

    — — — —
    Lily Sullivan abrió sus ojos de nuevo justo cuando estaban cruzando la reja principal del residencial, y una sonrisa de satisfacción se dibujó de inmediato en sus labios. Aquello no pasó desapercibido para Esther a su lado, que reconoció que esa sonrisa no era sólo por qué sí.

    —¿Qué hiciste ahora? —Le cuestionó curiosa, estando casi recostada por completo sobre su asiento. Lily la volteó a ver unos instantes, aun sonriendo del mismo modo, y entonces le contestó con un tono juguetón:

    —Nada…

    Y claro, bajo su lógica ella no había hecho absolutamente nada. Y cualquiera a quien ese bastardo que la había tomado y amenazado de esa forma le dijera lo que había visto, o creído ver, estaría de acuerdo. Todo habría sido obra de la droga, pero eso no le importaría mucho a la policía cuando llegara. Y el otro tipo que había recibido la paliza, desde ahí podía percibir que no la libraría; no lo tenía planeado de esa forma, pero igual se lo merecía.

    Eso les enseñará a cuidar más con quien se meten la próxima vez… si es que había tal próxima.

    — — — —
    El viaje de regreso fue bastante más silencioso que el de ida para Damien y sus acompañantes. Pero todos los presentes en la camioneta estuvieron bien con eso, pues ninguno tenía humor para platicar, y cada uno prefirió dedicar ese tiempo para meditar por su cuenta en lo ocurrido en aquella fiesta. A algunos, por supuesto, les había afectado más que a otros.

    Ya era cerca de la medianoche cuando el grupo entró al pent-house. Para ese momento los ánimos en general parecían haberse calmado; al menos Damien en particular se sentía más tranquilo. Pero una de ellos parecía estar incluso más encendida que antes.

    —Bien, gracias por la hermosa velada, mocoso —musitó Esther, mientras se quitaba sus zapatos y agitaba sus piernas para que estos cayeran en dirección a la sala, y se quedaran ahí en la alfombra sin intención de recogerlos. Le siguieron poco después su peluca y los anteojos de su disfraz de Jessica—. Ahora yo haré mi propia fiesta, ¿sí? Con su permiso.

    Y sin más, la mujer de Estonia se dirigió derecho al cuarto que compartió con las otras dos, con las dos botellas que se había robado en sus manos. Y justo como lo había dicho, parecía que tenía intención de seguir bebiendo un rato más. Lily sólo soltó un quejido de molestia al ver esto, pero de todas formas se dirigió también al cuarto; fuera como fuera, ella sólo quería dormir.

    Samara se disponía a seguirlas igual, pero sus intenciones fueron interrumpidas.

    —Samara, aguarda un momento —indicó Damien con algo de severidad, sintiéndose casi como si aquello fuera una orden.

    La niña se detuvo en seco en su sitio y se giró lentamente a verlo. Damien caminó lentamente hacia el sillón individual de la sala, y se dejó caer de sentón en éste. Luego extendió su mano hacia el sillón más grande a su izquierda, indicándole que tomara asiento; de nuevo, sintiéndose como si fuera casi una orden.

    Samara vaciló unos instantes, pero luego se acercó cautelosa al asiento que el muchacho le ofrecía, y se sentó en el puesto más cercano a él. Mientras esto ocurría, Verónica se había quedado de pie, un poco por detrás de Damien, observando todo en silencio. No sabía si lo que fuera a ocurrir sería algo que debía oír o no, pero al menos de momento nadie le había indicado que se fuera. Quizás Damien se había olvidado de que ella estaba siquiera ahí.

    —¿Estás molesto conmigo? —Murmuró Samara cabizbaja, con sus cabellos negros cayendo sobre su rostro.

    —Decepcionado, más bien —respondió Damien, un tanto sombrío—. ¿Por qué hiciste eso?

    —Lo siento, lo hice sin pensar…

    —Pero querías hacerlo, ¿o no? —señaló Damien acusador, a lo que Samara no fue capaz de responder de inmediato.

    Los dedos de sus manos se movieron nerviosos sobre la tela amarilla de su vestido, apretujando un poco la tela entre ellos.

    —Ya he visto demasiadas muertes estos día —musitó despacio tras unos momentos, apenas logrando ser escuchado—. Solamente no quería ver una más en este momento…

    Damien la observó con dureza, como un maestro reprendiendo a un estudiante que acaba de cometer una estupidez, y al parecer no era aún siquiera capaz de comprender que lo fuera. Sin embargo, su expresión se fue relajando poco a poco, y con un último suspiro al parecer dejó salir el poco enojo que tenía dentro. Era un poco extraño; con la mayoría de la gente no tenía reparo en demostrar su furia, pero con Samara era diferente. Por algún motivo, no sentía que podía (o debía) permanecer demasiado tiempo enojado con ella.

    El chico apoyó sus codos sobre sus muslos, y se inclinó un poco hacia ella para poder hablarle de más cerca.

    —Tú problema es que sigues viéndote a ti misma como igual a estas personas, y piensas que éstas te ven del mismo modo. Pero no es así; tú nunca serás como ellos, y ellos no quieren que tú lo seas. A estas alturas pensé que ya lo habías entendido.

    —Lo entiendo —respondió Samara rápidamente, alzando al fin su rostro hacia él—. La verdad es que sí lo entiendo. De hecho, cuando te vi ahí sujetando a ese chico de esa forma, no estaba en realidad aterrada o molesta como lo parecía…

    Su voz sonó un tanto eclíptica, y lentamente se fue volteando hacia un lado, más no volvió a agachar la mirada del todo.

    —La verdad es que no sentí casi nada; como si en verdad no me importara en lo absoluto. —Aquella extraña explicación desconcertó un poco Damien—. Y eso es lo que en verdad me asusta —añadió Samara, inquieta—, cómo cada vez todo esto me afecta un poco menos…

    A Damien aquello no le quedaba del todo claro, pero de cierta forma sí lo suficiente para comprender lo que estaba tratando de decirle; e incluso sentirse un poco identificado.

    Ambos se quedaron en silencio algunos segundos, hasta que Samara se volvió de nuevo hacia él, en apariencia más calmada tras haber sacado eso de su pecho, y le dijo:

    —Por favor, no estés enojado conmigo.

    —Tranquila, no lo estoy —respondió Damien sin vacilar, y extendió una mano hacia ella, dándole un par de palmadas reconfortantes en una de sus manos—. Mientras no vuelvas a usar tus trucos conmigo, yo no lo haré contigo, y estaremos en paz. ¿De acuerdo? —Samara asintió lentamente como respuesta—. Lo creas o no, entiendo lo que sientes. Yo también pasé por algo parecido cuando tenía más o menos tú edad… Pero se te pasará, igual que a mí.

    Su último comentario fue acompañado de una sonrisa inusualmente amistosa, la cual no tardó en contagiarse a Samara. A pesar de su habitual apariencia apagada, en verdad resultaba ser una niña muy linda cuando sonreía.

    —Ahora descansa —le indicó Damien, ya no sonando como una orden, pero quizás en parte lo era. Luego el muchacho se puso de pie y se aproximó caminando hacia las puertas de cristal de la terraza.

    —Sí, tú también —le respondió Samara siguiendo con su mirada su andar. Se paró entonces del sillón y comenzó a caminar a su cuarto, pero no sin antes fijarse unos momentos en la tercera persona en la sala y decirle—: Buenas noches, Verónica.

    —Buenas noches —le respondió la joven italiana, asintiendo con su cabeza.

    Samara se alejó entonces caminando por el pasillo, desapareciendo rápidamente de la vista de Verónica. Cuando la niña se fue, centró entonces su atención en Damien. Éste se había parado justo delante de las puertas de cristal, viendo hacia el exterior en silencio, con postura pensativa mientras tenía sus manos en los bolsillos de su pantalón. Verónica se la aproximó cautelosa por un costado, parándose a su lado. Él no la miró, pero fue claro que su presencia no le era ajena.

    —¿Y tú cómo estás? —Murmuró el chico en voz baja, quizás intentando sonar lo menos interesado posible.

    —Bien, gracias —asintió Verónica—. Pero no lo entiendo, ¿por qué me defendiste?

    —¿Eso hice?

    «Eso me pareció al menos» pensó Verónica para sí misma. No veía lógico que hubiera atacado a Milton de esa forma enteramente al azar.

    —Te expusiste demasiado, ¿no lo crees? —Añadió la joven rubia—. No tenías que hacerlo, en especial por mí…

    —No, no tenía. Pero cómo tú misma dijiste, en realidad no me importa mucho en estos momentos exponerme o no.

    Verónica agudizó un poco su mirada, escéptica.

    —¿Así que sólo fue una excusa para crear alboroto?

    —¿Esperabas algo más? —Ironizó Damien, volteándola a ver de reojo—. No te creas tan especial, perrito faldero.

    No supo cómo interpretar esas palabras, pero al menos sonaba como el Damien que ella conocía bien. Y eso, por extraño que pareciera, la hizo sentir un poco más tranquila.

    —Pues por el motivo que haya sido, gracias —musitó Verónica con un ademán de agradecimiento de su cabeza. Damien no le respondió nada, y simplemente se viró de nuevo hacia las puertas de cristal.

    Verónica sintió en ese momento como su teléfono comenzaba vibrar en el bolsillo de su pantalón celeste. Se apresuró rápidamente a sacarlo, y en cuanto vio la pantalla su respiración se detuvo unos momentos. El nombre del contacto que llamaba se mostraba claramente: Ann Thorn. De seguro ya era de mañana en donde quiera que estaba en esos momentos.

    —Es tu tía —le informó cautelosa a Damien, pero éste no pareció impresionado—. Sabes que tendré que reportarle todo lo que pasó, ¿verdad?

    —Te perdería el poco respeto que te tengo si no lo hicieras —le respondió con indiferencia, con su mirada fija en el exterior.

    ¿El poco respeto que le tenía? Eso era muchísimo más de lo que esperaba escuchar viniendo de él… al menos que fuera algún tipo extraño de sarcasmo.

    Verónica se alejó entonces unos pasos, aceptó la llamada, y acercó el teléfono a su oído mientras seguía andando en dirección a su cuarto.

    —¿Hola…?

    Por su parte, Damien permaneció de pie en el mismo sitio. Sin mirar nada en específico, ni tampoco pensar en algo particular. Simplemente intentando despejar su mente de esas pequeñas y mundanas preocupaciones.

    — — — —
    Samara ingresó cabizbaja a la habitación que compartía con las otras dos chicas. No estaba muy segura aún si la conversación con Damien le había ayudado a sentirse mejor, o quizás incluso peor. Pero lo cierto era que ya no quería seguir pensando más en lo ocurrido; sólo quería recostarse y descansar, y dejar cualquier cosa para otro día.

    Además, tenía el presentimiento de que esa noche dormiría mejor que otras veces, pues no había vuelto a sentir la presencia de la Otra Samara desde lo ocurrido con la pantalla de la casa de playa. Fuera lo que fuera que aquella chica desconocida había hecho, al parecer la había alejado, pero sabía que no sería para siempre. Así que debía aprovechar mientras podía.

    «La chica» pensó de pronto, deteniéndose en el marco de la puerta. Con todo lo sucedido después, se le había olvidado la extraña visión que había tenido sobre aquella chica rubia, y que luego simplemente desapareció en un parpadeo… ¿Debería contarle a Damien sobre eso? Quería hacerlo, pero no lo sentía apropiado, considerando que aún no estaba del todo segura de que le haya perdonado del todo lo que hizo. Quizás lo haría mañana, sino es que lo recordaba.

    —Al fin llegaste —escuchó que la voz de Esther pronunciaba alegremente, haciéndola alzar su mirada—. Ven, acompáñame en un brindis, ¿quieres? —Le pidió efusivamente, mientras servía un poco del contenido de una de sus botellas en un par de taza de la cocina que tenía sobre el buró a un lado de la cama. Esther estaba sentada en la orilla, meciendo sus pies alegremente mientras tarareaba una canción.

    —Está fuera de control —añadió Lily justo después—. Más que de costumbre…

    La niña de Portland estaba sentada en una silla a un costado del cuarto, leyendo aburrida una de las revistas de la sala. Ya se había quitado sus zapatos y su suéter, pero aún no se ponía su pijama.

    Samara se aproximó cautelosa hacia Esther, como si se acercara a un perro que no sabía aún si era agresivo o no. Se sentó entonces a su lado en la orilla de la cama, manteniendo una distancia prudente entre ambas. Esther le extendió una de las tazas, pero Samara la rechazó negando con su cabeza. Esther sólo se encogió de hombros, y se empinó ella misma el licor de la taza.

    —¿Estás bien? —Le preguntó la niña de Moesko con suavidad.

    —Por supuesto que estoy bien —respondió Esther con fuerza, alzando ambas tazas servidas por encima de su cabeza—. Estoy de fiesta, ¿no lo ves? Por ustedes, estúpidas mocosas, y por todas las bendiciones que han traído a mi vida; ¡salud! —Pronunció con algo de ironía, haciendo chocar ambas tazas una contra la otra como si brindara con otra persona.

    —Has estado un poco diferente estos días —señaló Samara tras observarla en silencio unos momentos.

    Esther rio divertida, casi histérica. Se hizo hacia atrás pegando su cabeza contra la cabecera de la cama, y entonces le respondió.

    —¿Un poco diferente cómo?, dime.

    —Creo que estás triste —indicó Samara rápidamente, tomando un poco por sorpresa a Esther, pero también a Lily que incluso alzó su mirada de la revista para verlas.

    —¿Triste? —Pronunció la niña castaña con sarcasmo, cerrando la revisa y dejándola a un lado con la intención de poner un poco más de atención a lo que acontecía delante de ella.

    Esther se vio pasmada unos instantes, pero luego su sonrisa y aparente buen humor volvieron de golpe, como si le acabaran de prender un interruptor en su espalda que la hiciera reaccionar.

    —¿Triste?, ¿yo? —Masculló risueña, inclinándose un poco hacia Samara, llegando incluso a picarle un poco su mejilla con un dedo—. Pero si soy la persona más feliz de este pent-house de… ¿Cuánto crees que cueste este sitio…? Cómo sea, ¿por qué dices esas cosas?, ¿eh? ¿Te has estado metiendo en mi cabeza así como ella? —Inquirió, señalando con una de sus tazas hacia Lily.

    —Yo no me meto a tu cabeza —espetó Lilith rápidamente, casi horrorizada por la acusación—. Me asusta lo que podría encontrar ahí adentro.

    —Creí que nada te asustaba —Canturreó Esther con sorna, dando un sorbo más de su bebida. Luego miró fijamente a Lily con sus ojos entrecerrados, como si fuera ahora ella quien tratara de meterse a su mene de alguna forma—. Pero qué bien que no has entrado aquí —se señaló entonces, pegando una de las tazas contra su sien—, porque según recuerdo te debo una cosita.

    —¿Sólo una?

    —Habló enserio, pequeña dulzura. Esta mañana te dije que si me contabas si eras un demonio o no, yo te contaría mi pequeño secreto. ¿Ya lo olvidaste?

    —En realidad sí —contestó Lily, encogiéndose de hombros con desinterés. Pero aquello no era del todo cierto; por supuesto que sí recordaba esa conversación, más de lo que ella quería, y Esther lo sabía.

    La alegre mujer de Estonia dejó una de las tazas sobre el buró, subió por completo sus pies a la cama, y se sentó acomodando su espalda contra los almohadones a la cabeza.

    —Pues igual te lo voy a contar. Así que ven, acércate —le indicó, palpando con su mano libre la cama, justo a su lado. Lily la miró fijamente con desconfianza—. Anda, no te voy a morder; aunque no es que no te lo merezcas, pequeña perra…

    Aproximó entonces la orilla de la taza a sus labios, la inclinó un poco, y comenzó a sorber de ella como si fuera un delicioso chocolate caliente, y no… bueno, ya no estaba segura qué era, pero era fuerte y era alcohol, y era lo único que le importaba.

    Lily, por su parte, dibujó una mueca de hastío al oír los desagradables sonidos que hacía, y pareció insegura entre acercarse o no. No era que le tuviera miedo, pero ciertamente le causaba una inusual incomodidad el verla en ese estado. Recordaba que su padre de vez en cuando bebía; algo inevitable debido al constante estrés que le provocaba tener una hija tan “especial” como ella. Y cuando lo hacía, solía envalentonarse para decirle cosas que normalmente no haría, y a veces soltaba bastante de más la lengua. Muchas veces se sintió tentada a hacer que se la mordiera hasta arrancársela, pero se conformaba con atormentarlo de otras formas más divertidas.

    ¿Qué haría si a esta mujer se le ocurría, al igual que a él, soltar su lengua de más? No lo sabía de momento, pero quizás sería hora de descubrirlo.

    Soltó entonces un pesado suspiro, se paró de la silla y caminó a la cama. Se sentó en ésta, pero por supuesto no cerca de Esther; de hecho se quedó en el extremo contraria a ella. Esther sonrió divertida, y entonces se paró en sus rodillas y fue ella quien se le acercó. Lily se mantuvo firme en su sitio, sin intención de mostrarse intimidada por ella.

    —Mi secreto es que —susurró Esther despacio, inclinando su rostro hacia ella, y golpeándola de nuevo con su desagradable aliento—, al parecer, yo sí lo soy.

    —¿Sí eres qué? —Musitó Lily molesta, empujándola con su mano para alejarla de ella. Esther cayó de sentón en la cama, derramando un poco de alcohol en su atuendo, y unas gotas en el cobertor. Pero en lugar de molestarse, volvió a reír, incluso peor que antes.

    —¡Soy un demonio! —Soltó con entusiasmo entre risa y risa—. Soy un monstruo, un asqueroso vampiro que se alimenta de la vida de sus víctimas… A que ninguna se lo imaginaba, ¿eh?

    Samara y Lily la miraron fijamente en silencio, obviamente sin entender ni un poco sus enigmáticas palabras.

    —¿A qué te refieres? —Musitó Samara, dudosa de qué sería lo que recibiría como respuesta.

    Antes de responderle, Esther se empinó la taza en su mano, bebiendo lo poco que quedaba en ella.

    —Verán, resulta que esto…

    De la nada, estiró su brazo hacia el buró, y estrelló con fuerza la taza contra éste, astillándolo y haciendo que ambas niñas se sobresaltaran, sorprendidas por el golpe tan repentino. La intención de Esther al parecer era romper la taza, pues la golpeó dos veces más con bastante fuerza, hasta que se partió a la mita, quedándose ella con una parte sujeta por el aza. Luego, aproximó el pedazo de afilada porcelana a su mano, y ambas supieron de inmediato lo que haría.

    —No lo hagas… —le pidió Samara, pero Esther no le hizo caso.

    Esther Presionó con fuerza la orilla de la porcelana contra su palma, y luego la jaló rápidamente hacia un lado. Un agudo quejido de dolor se escapó de sus labios, y por reflejó apretó fuertemente su puño. Su sangre roja comenzó a escurrir por su mano, manchando con algunas gotas el cobertor.

    —¡Esto…! —Exclamó Leena con fuerza extendiendo su mano hacia ellas para que vieran su horrible cortada, y también como poco a poco se fue cerrando, dejando sólo las manchas rojas en su lugar—. Esto ocurre porque mi cuerpo le roba la vida a la gente que asesino. Cada vez que mató a alguien o estoy cerca de alguien que muere, mi cuerpo se alimenta de él o ella. Y eso me hace fuerte, resistente, y me ayuda a curarme así de rápido. ¿Qué les parece eso?, ¿eh?

    Ambas siguieron en silencio.

    Esther se volvió a inclinar contra las almohadas, y con su mano aún manchada de rojo buscó a tientas la otra taza que tenía servida, sin voltear a ver el buró.

    —Al parecer no volví a la vida esa noche en el hielo por la bondad de Dios, cómo creí; en realidad nunca salí de esas frías aguas… Lo que salió sólo fue un remedo der ser, una criatura inhumana, un demonio vacío sin nada aquí dentro… —indicó apretando con fuerza la tela de su vestido en el área de sus pecho—. Aunque bueno, no es que hubiera mucho antes, si lo pienso bien…

    Su voz se había apagado considerablemente en comparación a cómo había estado hasta entonces. Era como si al fin se hubiera cansado de fingir que nada le molestaba, y que se encontraba celebrando como bien había repetido varias veces. En su lugar, el aire que la rodeó en ese momento fue mucho más similar al sentimiento que Samara acababa de describir hace poco: tristeza.

    Una vez que sus dedos se encontraron con la taza, la tomó, la acercó a sus labios, y volvió a beber de ella como lo estaba haciendo antes de su demostración.

    —¿Quién te dijo todo eso?, ¿ese sujeto? —Cuestionó Lily con sequedad, sonando casi como una acusación, apuntando con su cabeza a la sala para señalar hacia Damien. Esther sólo se encogió de hombros sin responder, aunque fue claro para Lily de que en efecto así había sido—. Eres una idiota si le crees lo que te diga. Lo esperaba de esta retrasada —señaló entonces a Samara, tomando a esta un poco desprevenida—, pero pensé que al menos tú eras un poco más lista.

    —No sólo me lo dijo, me lo demostró —le corrigió Esther, alzando un dedo hacia ella de forma sobreactuada—. ¿O acaso tú en tu gran cabecita tienes una mejor explicación a qué soy?

    —No tengo idea de qué eres, y no me importa —espetó Lily, estoica—. Pero aunque lo que dices sea cierto, ¿por eso estás haciendo este espectáculo? ¿Te alimentas de la gente que matas?, ¿y eso qué? Ahora sabes lo que tienes que hacer para seguir con vida todo lo que desees: alimentarte bien.

    Esther la volteó a ver apenas lo suficiente por encima de la orilla de su taza, y Samara percibió que algo estaba cambiando en ella... y eso la puso nerviosa.

    —Claro —musitó Esther, despacio y fríamente—. Para ti todo es muy simple. A ti nada ni nadie te importa un comino, ¿cierto? Sólo vas por la vida secando a la gente de su felicidad hasta que quedan como pasas, y luego pasas al siguiente. Y todo eso lo haces por mera diversión…

    Lily rio sarcástica al escuchar tal acusación, y le sonrió con astucia y arrogancia, como siempre lo hacía.

    —Por favor, no te atrevas ahora a decir que eres muy diferente de mí…

    —¡Tú no te atrevas a decir que soy igual a ti! —Gritó Esther de golpe y sin aviso, con su cara enrojecida, y cambiando abruptamente todo su humor como si de pronto fuera otra persona. Aquel cambió desconcertó a ambas chica, pero lo hizo aún más el hecho de que al mismo tiempo que gritaba aquello, había tomado la taza de su mano, y la había lanzado con todas sus fuerzas directo contra Lily…

    La niña no tuvo oportunidad de reaccionar, y la taza terminó irremediablemente golpeándola directo en la frente, por encima de su ceja izquierda. La cabeza de Lily se hizo hacia atrás por el impacto, y rápidamente su cuerpo reaccionó alzándose de la cama y retrocediendo unos pasos. Soltó un fuerte quejido de dolor, y se aferró con ambas manos al sitio golpeado, cayendo posteriormente de rodillas en la alfombra.

    Samara, alarmada, se paró rápidamente y se le aproximó por un costado. La taza yacía el suelo, astillada en un borde por el golpe, pero en su mayoría entera. Lily seguía soltando varios quejidos inentendibles mientras se sujetaba su frente, pero a Samara además le pareció percibir que sollozaba un poco. Notó además que un hilo rojo escurría por su palma y caía a la alfombra.

    —Estás sangrando —señaló Samara, asustada—. Vayamos con Damien y Verónica, ellos pueden…

    —¡No me toques! —Exclamó Lily con furia, empujándola con violencia hacia atrás. El delgado cuerpo de la niña de vestido amarillo se hizo hacia tras, cayendo también de sentón al suelo.

    Esther entonces se aproximó a la orilla de la cama, colocándose de rodillas justo en ésta y viendo a Lily hacia abajo con enojo inundando su rostro. Lily la volteó a ver también, e igualmente la rabia se desbordaba por sus poros, así como las lágrimas brotaban sin remedio de sus ojos…

    —¿Crees que todo lo que he hecho, todo lo que te he contado, lo hice por gusto? —Espetó Esther con brusquedad—. ¿Qué lo hice porque lo disfrutaba?, ¿porque me quería comer a toda esa gente? ¡Tu patética mentecita de diez años jamás podría entenderme! Así que escúchame bien, estúpida: todo lo que he hecho, cada maldita cosa, y cada maldito asesinato… ha sido siempre y únicamente por amor… Siempre ha sido por eso. Lo único que he querido toda mi maldita vida es que alguien me ame; un padre, una madre, una hermana, un amante… Pero nunca he podido sentir el calor del amor real. Todo lo que conozco desde que nací es el frío del odio, la indiferencia… y el rencor.

    Ester soltó entonces un quejido de desagrado, y añadió por último:

    —Pero, ¿qué puede saber cualquiera de ustedes dos, pequeños monstruos, sobre el amor? Ustedes están tan vacías por dentro como yo…

    Lily se alzó abruptamente, parándose firme justo delante de ella. Retiró su mano de su frente, revelando el área ovalada y enrojecida donde había recibido el golpe, que tenía además una herida en diagonal por la que le escurría un rastro de sangre. Toda la parte izquierda de su frente y el área de ojo estaban embarradas de rojo por culpa de sus propias manos. Sus ojos estaban enrojecidos y húmedos, y respiraba agitadamente en pequeños sollozos.

    En el tiempo que llevaba de conocerla, Esther nunca la había visto así. Por poco y parecía una niña normal, llorando descorazonada por un golpe que se había dado. Pero detrás de esos ojos llorosos y ese rostro de pujido, Esther pudo ver esa ira y amenaza tan latente en ella que le había acompañado desde que la conoció, pero esa vez era incluso mayor. Y Esther comprendió claramente lo que estos significaba: estaba furiosa, como nunca lo había estado en su presencia.

    En lugar de asustarse o preocuparse, sin embargo, Esther sonrió complacida, casi como si eso hubiera sido justo lo que esperaba que pasara.

    —Anda, dame tu mejor golpe, brujita —le retó con la mirada en alto, extendiendo además sus brazos hacia los lados—. Lánzame la peor pesadilla que me tengas reservada. Hazme alucinar con mi madre, con mi padre, con Kate, ¡con lo que te dé la gana!, ¡ya no me importa! ¡Vamos!

    Lily permaneció inmóvil y en silencio, contemplándola aún con la furia desmedida apoderada de ella. Sus puños se apretaban con fuerza, y su boca se encontraba torcida en una dolorosa mueca sin forma. Tanto Esther como Samara estaban seguras e que haría justo lo que la mujer de Estonia le había provocado a hacer. Sin embargo, para su sorpresa, no lo hizo.

    Poco a poco la respiración de Lily se fue calmando, y su rostro se relajó. Sus sollozos, que por un momento amenazaron con convertirse en llanto, se fueron apaciguando hasta desaparecer. Y llegado ese punto, se paró de nuevo con firmeza, y con una mano se presionó su herida, mientras con la otra se tallaba sus ojos para limpiarse cualquier rastro de lágrimas que hubiera quedado en ellos.

    —Eres patética —espetó con fuerza—. Las dos lo son…

    Y sin más, se viró hacia la puerta y caminó hacia ella, sin voltear a ver a ninguna. Al salir, azotó la puerta con fuerza a sus espaldas, casi haciendo retumbar las paredes al hacerlo. Y una vez que se fue, el silencio que quedó en su lugar se volvió un tanto incómodo para las dos que restaban.

    —Eso no me lo esperaba —musitó Esther despacio, y justo después se dejó caer de sentón en la cama, para posteriormente hacer su cuerpo hacia atrás, recostándose de espaldas con su rostro fijo en el techo, y ahí se quedó.

    Samara se paró y la miró con seriedad.

    —¿Necesitas algo? —Le preguntó con un tono neutro, que no revelaba a simple vista si lo que acababa de ocurrir le molestaba o no.

    —Tengo todo lo que necesito en estos momentos —le respondió Esther con voz apagada, teniendo su vista aún en el techo.

    Samara se retiró también del cuarto, aunque de forma mucho más discreta y silenciosa.

    Esther se giró, recostándose sobre su costado derecho, y sus parpados no tardaron mucho en cerrarse. Se sentía bastante adormecida por todo el alcohol que había bebido…

    FIN DEL CAPÍTULO 93
     
  14.  
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    Resplandor entre Tinieblas
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    Resplandor entre Tinieblas

    Por
    WingzemonX


    Capítulo 94.
    Rosemary Reilly

    Era temprano en la mañana cuando los ojos de Ann Thorn se abrieron al fin, y se encontraron casi de frente con la poca luz que entraba por la ventana de la elegante y amplia suite. En un inicio, la vista matutina de la ciudad le resultó ajena, y su mente aún adormilada divagó entre los diferentes escenarios en los que había estado en tan sólo unos cuantos días de diferencia: Chicago, Los Ángeles, Washington, Zúrich, Londres, y por último…

    «Atenas, por supuesto» se dijo a sí misma con una sutil sonrisa adornando su rostro. Estiró entonces su cuerpo por debajo de las suaves sábanas de la cama, obteniendo bastante deleite del delicado roce de éstas contra su cuerpo desnudo.

    —Buenos días —escuchó pronunciar con suavidad a sus espaldas, y un instante después le siguió un repentino beso en su mejilla, y otro más en su cuello. Más que la sensación de los labios contra su piel, lo que hizo que la sonrisa de Ann se ensanchara más fueron las cosquillas que aquella barba anaranjada le provocó—. Parece que alguien descansó bien.

    —Mejor que en mucho tiempo —respondió la mujer con bastante seguridad. Se viró entonces para recostarse sobre su espalda y poder apreciar de frente al hermoso hombre de barba y cabello largo que estaba a su lado, y que él pudiera verla a ella con esos hermosos ojos avellana—. ¿Llevas mucho rato despierto?

    —Un rato —respondió Andrew (Adrián) Woodhouse, mientras la admiraba fijamente, y se atrevía además a recorrer delicadamente su cuello, hombros y torso con el dedo anular de su mano izquierda; ese delicado roce le provocó más agradables cosquillas a su acompañante. Él también estaba desnudo, por supuesto, apenas cubriéndose de la cintura a las rodillas con la misma sábana que ella.

    —¿Qué hora es? —Preguntó Ann de pronto, extendiendo su mano hacia el buró a su lado para alcanzar su teléfono. Sus dedos apenas y rozaron la orilla del aparato, cuando Adrián la tomó repentinamente en sus brazos, se pegó a ella por completo por detrás, y comenzó sin remordimiento alguno a recorrer sus labios por su oído, nunca y hombros.

    —Casi hora de volver al mundo real —murmuró el músico entre beso y beso—, así que hay que aprovechar lo que nos queda de estas pequeñas vacaciones.

    Adrián se permitió entonces comenzar a recorrer sus manos ansiosas debajo de las sábanas por el cuerpo de Ann. Ella se rió por esos repentinos contactos, pero no pudo evitar igualmente suspirar complacida; él siempre había sabido exactamente como tocarla.

    —¿Podríamos al menos primero pedir el desayuno? —Propuso Ann, apenas logrando ser oída, pero de todas formas Adrián no parecía muy interesado en dicha sugerencia.

    —Yo ya estoy en eso —indicó con cierta malicia, haciendo que ella se recostara boca arriba, para que así él se colocara encima. Dirigió de inmediato su boca a la suya, besándola no con gentileza, sino con bastante voracidad y apetito.

    Anna lo recibió por completo, rodeando su cuello con sus brazos y acercándolo. Él recostó casi por completo su cálido cuerpo contra ella, y Ann logró percibir la ansiedad que lo envolvía en esos momentos, rozando su muslo.

    —Espera un segundo —musitó la Thorn, apartando su rostro para que dejara de besarla, y volvió entonces a extender su mano al buró.

    —¿Enserio? —Masculló Adrián casi dolido, mientras recorría sus labios su oreja y cuello—. El mundo no se acabará si no ves tu teléfono por un rato más.

    —Sólo será un segundo —respondió Ann entre risillas debido a las cosquillas que sus besos le provocaban. Sus dedos entonces alcanzaron su teléfono, y lo colocó de tal forma que pudiera ver la pantalla desde su inconveniente posición—. Sólo quiero verificar que...

    Su explicación fue silenciada al ver que tenía una notificación de cuatro mensajes nuevos, y al revisar el destinatario los cuatro eran de una misma persona: Verónica Selvaggio.

    Sin ser demasiado brusca, Ann apartó un poco a Adrián de ella y se inclinó a un costado de la cama para poder ver más de cerca su teléfono. Abrió la conversación con su hija, y los cuatro mensajes que le había enviado, hace ya algunas horas posiblemente cuanto todavía dormían, le terminó por quitar el entusiasmo que aún pudiera quedarle con respecto a lo que estaban haciendo sólo un segundo atrás.

    Los mensajes decían:

    Damien dice que quiere salir a una fiesta con las tres niñas.

    No puedo detenerlo.

    ¿Qué debo hacer? Si alguien lo ve con ellas y las reconocen, sería terrible.

    Háblame en cuanto puedas, por favor.

    Una parte de Ann esperaría sentirse preocupada, o incluso molesta, por ese pedazo de información que le acababan de compartir. Pero en su lugar, aquello le resultaba más que nada… interesante.

    «¿Las llevaste a una fiesta, Damien?, ¿enserio?» pensó mientras leía por segunda vez los cuatro mensajes. Aquello casi rozaba en una rabieta para querer llamar la atención.

    —¿Qué ocurre? —Escuchó que Adrián pronunciaba justo a un costado de su cabeza, asomándose sutilmente sobre su hombro. Por mero reflejo Ann apagó la pantalla para que no viera directamente los mensajes.

    —Nada que no me esperara, desgraciadamente —murmuró con pesadez, y entonces se retiró por completo la sabana de encima y se paró de la cama—. Parece que tenías razón con respecto a tener que volver al mundo real.

    Caminó unos pasos hacia un costado de la habitación, recogiendo en el trayecto del suelo una bata de baño color lila que usó para cubrirse lo más posible su cuerpo, y luego se alejó más hasta pararse frente a la ventana. Adrián sólo la observó en silencio desde la cama. No era que no quisiera que él se enterara de lo sucedido, sino que ella quería saber primero un poco más; especialmente porque los mensajes habían sido de hace horas y no había habido una actualización desde entonces.

    Marcó sin espera al número de Verónica. En Los Ángeles debía ser quizás media noche, así que era probable que aún la encontrara despierta. Tardó un poco en responder, pero al final escuchó claramente su voz pronunciar al otro lado de la línea:

    —¿Hola?

    —Acabo de ver tus mensajes —le comentó sin espera—. ¿Qué pasó?

    Escuchó como su hija soltaba un pesado suspiro, antes de responderle con la franqueza necesaria.

    —Dentro de lo que cabe, nada tan grave. Hubo un incidente entre Damien y un chico, pero no pasó a mayores.

    —¿Qué tipo de incidente?

    —Él… —Verónica vaciló unos momentos, y Ann percibió algo de incomodidad en sus escuetos balbuceos. Fuera lo que fuera que le había causado tal reacción, la joven al parecer decidió proseguir por otro camino—. Damien casi lo lanza por la terraza, enfrente de todos los presentes. Pero al final no lo hizo.

    Quizás esperaba que esa última aclaración hiciera todo más digerible. Y en parte lo hacía, pero no demasiado.

    —¿Alguien lo grabó? —Musitó Ann con la mayor calma que le fue posible.

    —No lo sé. Pero era una fiesta llena de chicos bastante ebrios, así que es muy probable.

    —¿Y las niñas? ¿Hicieron alguna otra cosa de la que debamos ocuparnos?

    —No, en realidad las tres se comportaron; hasta donde les era posible, supongo. Lily puso incómodos a algunos chicos, y Esther estuvo bebiendo y fumando por toda la casa.

    —¿Y la otra?

    Verónica guardó silencio unos instantes; un silencio que inquietó un poco a Ann.

    —Samara… creo que ella usó sus poderes para detener a Damien de arrojar al otro chico —explicó con voz baja, como si temiera ser escuchado por algún oído curioso—. Pero no creo que alguien más se haya dado cuenta. No creo tampoco que alguien las haya reconocido, pero el rumor de que Damien estuvo en esa fiesta con tres niñas no tardará mucho en esparcirse.

    Por supuesto que no, y menos en esa época y lo rápido que se daban las noticias por las dichosas redes sociales.

    Con respecto al incidente con ese otro chico, tendrían que ver la forma de mitigarlo todo, y hacerlo ver como una simple noche de jóvenes que se salió un poco de control. No podrían evitar que la reputación hasta ese momento intachable de Damien se viera afectada, pero no era nada que no pudieran manejar si se lo proponían. Si habían logrado sortear el incidente de Richard y Museo Thorn de forma efectiva, una pequeña discusión de jóvenes no sería la gran cosa.

    Por otro lado, el asunto de las tres niñas llamaría demasiado más la atención, y haría que se hicieran más preguntas de lo que cualquiera querría. Eso habría que resolverlo de otra forma, pero no podrían hacerlo mientras se siguiera paseando por Los Ángeles sin rumbo, haciendo más cosas como esa. Era urgente que todo volviera a la normalidad…

    —Tienen que volver a Chicago lo antes posible, con todo y esas niñas si no hay de otra —indicó Ann como absoluta resolución. Y Verónica, por supuesto, estaba de acuerdo.

    —He intentado convencerlo de eso desde que llegué aquí, pero Damien no escucha razones.

    —Me escuchará, quiera o no. Yo ya voy de regreso; estaré allá en unas horas. Mantenme informada y cuida que nada se salga de control hasta que vuelva, ¿quieres?

    —Lo intentaré… —murmuró Verónica con bastante pesar. Al parecer se disponía a colgar justo después, pero rápidamente se acordó de una última cosa que deseaba comentarle primero—: Dijo algo de que mañana vendrían dos personas a verlo, pero que no eran de la Hermandad. ¿Sabes de quién habla?

    ¿Dos personas? Aparte de esas tres niñas, sólo se le venían a la mente ese hombre y esa mujer que tenía trabajando con él; bajo amenaza, según tenía entendido. Que los hiciera llamar justo en ese momento no era tampoco buena señal.

    —Me doy una idea —respondió Ann sin intención de dar más detalles—. Te aviso en cuanto aterrice allá.

    Ambas colgaron un instante después. Ann se tomó sólo un par de segundos para acomodar sus pensamientos, respirar hondo, y entonces se viró lentamente hacia la cama. Adrián la observaba atento desde ésta, con la sábana blanca apenas cubriéndole lo necesario.

    —Damien sigue causando problemas, ¿eh? —Comentó el Apóstol de la Bestia con humor. Ann no estaba segura de qué tanto había podido concluir en base a lo poco que escuchó, pero supuso que al menos se daba una idea.

    —Por decirlo menos —respondió ella, intentando parecer calmada—. Debo volver e intentar convencerlo de regresar a Chicago, antes de que arruine lo poco de reputación que le quede.

    —Yo te acompaño —indicó Adrián abruptamente, tomándola por sorpresa—. John me puso al tanto de lo que Damien ha estado haciendo, y sobre estas tres niñas. Iré contigo a hablar con él.

    —Eso es muy noble de tu parte. Pero, si te soy sincera, no creo que te haga más caso a ti que a mí o a Lyons.

    Adrián sonrió con pícara, extendiendo su mano hacia ella, invitándole a acercarse. Ann aceptó tal ofrecimiento sin mucha vacilación, recorriendo sus pies desnudos por la suave alfombra del cuarto, hasta estar lo suficientemente cerca como para colocar su mano sobre la suya. Adrián la jaló delicadamente hacia él, y ella sin necesidad de mayor indicación subió sus piernas a la cama, sentándose sobre él. Su delgada bata terminó inevitablemente abriéndose un poco por la posición.

    —Puedo ser bastante persuasivo cuando quiero, ¿sabes? —Susurró Adrián con complicidad en su voz, teniendo ambos sus rostros frente a frente—. Incluso con el Anticristo.

    —Puedo imaginarme eso —contestó Ann de la misma forma, al tiempo que rodeaba su cuello con sus brazos y se pegaba aún más a su torso desnudo—. ¿Qué pasará ahora?

    —Volveremos a casa a encargarnos de este embrollo, obviamente.

    —Me refiero a ti y a mí…

    Adrián la miró en silencio unos momentos, sin borrar esa galante sonrisa de sus labios.

    —Sabes muy bien cuál es nuestra situación —musitó despacio. Sus manos comenzaron a recorrer su espalda por encima de la tela de la bata—. No somos la clase de pareja que puede andar por la calle tomados de la mano, adoptar un cachorrito, y elegir qué pastel queremos para la boda. Nuestro compromiso es con una causa mucho más grande que esa.

    —Estoy consciente de ello —respondió Ann rápidamente sin titubear—, y no te pediría algo que no me puedas dar; nunca lo he hecho. Pero espero que a partir de ahora me tengas siempre en cuenta, y me veas como lo que soy: tu más leal sierva, mi señor.

    —¿Tú eres mi más leal sierva? —Repitió Adrián, notándose una marcada ironía en su tono.

    —¿Tienes a alguien más que daría absolutamente todo su ser por ti?

    —No —contestó el Apóstol con sobriedad, y luego añadió mirándola fijamente a los ojos—: Pero contéstame algo. Si esta situación evolucionara a que tuvieras que decidir entre mi bando y el de Damien… ¿Qué elegirías?

    La inquietud se volvió notable en el rostro de Ann, tanto así que su casi inmutable sonrisa se desdibujó ligeramente. Fue obvio para Adrián que no esperaba que le hicieran tal cuestionamiento: tener que elegir entre sus dos más grandes amores. Aquello, sin embargo, sólo duró lo que suele durar un pensamiento fugaz y poco importante. Justo después, su sonrisa volvió, la seguridad que se reflejaba en sus ojos también, y entonces se inclinó hacia el frente, atrayéndolo hacia ella con sus brazos para besarlo directo en sus labios. No lo hacía principalmente con pasión y deseo como había sido anoche, sino con una suavidad y ternura casi impropia de ella, pero que de cierta forma cautivó a su receptor.

    —Yo siempre he estado en tu bando, Adrián —respondió Ann despacio tras aquel beso—; y siempre lo estaré… a pesar de todo. Pero confío en que arreglarás este asunto para que no lleguemos a eso.

    —Por supuesto —respondió el hombre de barba con una sonrisa confiada—. Yo siempre lo soluciono todo, ¿lo sabes…?

    * * * *
    Una tarde de primavera, más de cuarenta años antes de aquel momento en esa habitación de hotel en Atenas, el joven Andrew Woodhouse de diez años paseaba por su cuenta por el amplio departamento que compartía con su madre, en el histórico edificio Bramford en Manhattan. Era el lugar justo en el que había nacido y vivido durante esa primera década, y que era de cierta forma como su pequeño reino personal en el que podía ir y venir a su antojo. Sin embargo, de las rejas de la entrada principal en adelante, las cosas eran un tanto distintas.

    El niño delgado de cabellos anaranjados cortos y piel sonrosada, avanzaba tranquilo por las diferentes habitaciones del lugar, mientras con su mano derecha hacía bajar el brillante yoyo rojo por su cuerda, sólo para hacerlo subir de regreso a su mano con el movimiento adecuado de su muñeca. Llevaba apenas un par de semanas con él y aún no era capaz de hacer mucho más que eso. Le había pedido a su madre cada día que le comprara un libro de trucos, pero hasta el momento no le había sido posible darse el tiempo de pasar a la librería luego de su trabajo; o al menos eso decía ella, pero no tenía motivo para suponer que no le dijera la verdad.

    El departamento se sentía inusualmente vacío y silencioso, salvo por sus pisadas contra el entablado del piso. Normalmente siempre había alguien ahí con él mientras su madre trabajaba, o en su defecto él se encontraría en el departamento de alguno de sus varios cuidadores; especialmente en el de a lado, habitado por los Castevet, sus padrinos y maestros. Pero ese día todos parecían estar bastante ocupados con otra cosa; incluso la mujer que lo había estado cuidando durante la mañana, se había tenido que ir hace cerca de una hora sin dar mayor explicación más allá de: «Tengo algo muy importante que hacer con Minnie y Roman. Pórtate bien Adrián, ¿sí? No le abras la puerta a nadie». El niño sólo se limitó a asentir como respuesta.

    “Adrián” era como los Castevet y todos los demás en el edificio lo llamaban, a pesar de que su madre insistía en que su nombre era Adrew. No le agradaba, o más bien no entendía el porqué de esa paridad. Prefería en todo caso que todos le llamaran Andy; parecía funcionarle bien a todos hacerlo de esa forma, y nadie se molestaba.

    Su recorrido con yoyo en mano lo llevó a la sala, y a una de las grandes ventanas verticales de la fachada del edificio. Andy solía pasar delante de ellas seguido, pero casi nunca se asomaba por ellas, principalmente porque no lo tenía permitido. Pero en aquel momento algo jaló su mirada hacia esa dirección, casi como si una mano lo hubiera tomado del mentón y lo hubiera hecho girar el rostro hacia ahí en contra de su voluntad. Fue una sensación extraña, aunque por algún motivo no del todo desconocida.

    Andy enrolló su yoyo, lo dejó sobre la mesita de centro de la sala, y se aproximó cauteloso a la ventana. Éstas se abrían hacia adentro como dos pequeñas puertecitas, con un pasador de seguridad que hacía ya tiempo que había logrado alcanzar, pero su madre y el resto parecían no haberse percatado de ello. Al abrirlas, una fría brisa acarició su rostro, y un fresco aroma a hierba húmeda le entró por la nariz. Sacó su cabeza por la ventana, algo que se suponía no debía hacer, y volteó a ver hacia abajo, a la acera delante del Bramford. Un auto brillante y alargado de color negro estaba estacionado justo ahí, y el nuevo portero (un hombre alto y con algunas canas llamado Charlie) estaba abriendo la puerta trasera para que sus pasajeros bajaran, mientras otro hombre de boina y traje negro (¿el conductor?) abría la cajuela para bajar el equipaje.

    Aún a pesar de la altura, los privilegiados ojos de Andy le permitieron ver a las dos personas que bajaron. La primera fue una mujer de piel oscura, rostro redondo y cabello negro muy corto y algo rizado, vestida con un traje verde de falda entubada y tacones altos que pisaban firmemente el concreto debajo de ellos. Cargaba en su costado un maletín de piel café, y caminó hacia la entrada del edificio sin voltear a ver siquiera a Charlie, ni darle las gracias por su cortesía.

    La segunda era también una mujer, pero era muy diferente a la primera. Al inicio Andy no la vio bien, pues usaba un amplio sombrero blanco, quizás uno de los sombreros más grandes que Andy había visto, con plumas lilas y que la cubría casi por completo desde el ángulo en que la miraba. Le pareció casi increíble que hubiera podido salir del vehículo tan fácilmente, sin que el sombrero le estorbara o se le cayera. Ella sí reparó en Charlie, e incluso le extendió la mano, cubierta con un guante largo lila como las plumas de su sombrero. El portero la tomó con gentileza, pero no la estrechó como Andy esperaba sino que inclinó su cabeza hacia la mano y la beso; aquello a Andy le pareció curioso.

    La mujer también usaba tacones altos, y no tardó mucho en caminar hacia la entrada detrás de la primera. Sin embargo, a media acera se detuvo, se quedó quieta en ese punto por varios segundos, y entonces lentamente alzó su mirada hacia arriba, y el sombrero no la siguió escondiendo más. Su rostro, afilado y pálido, con rizos cayendo sobre él, quedó a la vista del joven Andy. Y sus ojos, de un azul claro, lo miraron a él, algo que se suponía debía intentar evitar lo más posible. Pero aun siendo consciente de eso, no fue capaz de apartar su mirada, o retroceder para ocultarse. En su lugar permaneció ahí de pie, observando a aquella mujer con una fascinación que le resultaba un tanto ajena.

    Y entonces pudo ver como ella le sonreía, ampliamente y con emoción… Y aquello inquietó al muchacho, pero al mismo tiempo le reveló bastante más de lo que hubiera esperado.

    El sonido de la puerta del departamento abriéndose fue lo único que logró hacer que Andy reaccionara, y apartara la concentración de la mujer, más no su mirada.

    —Andy —escuchó la voz de su madre pronunciar desde el pequeño vestíbulo—. ¿Dónde estás, cariño?

    —En la sala —respondió sólo con el volumen adecuado para ser oído, pero no más. Permaneció de pie frente a la ventana, sólo para ver cómo la mujer del sombrero blanco siguió caminando como antes, hasta que perderse de su vista en el interior del edificio.

    La presencia de su madre a sus espaldas se volvió palpable, y lo hizo virar al interior del departamento. Su madre, la hermosa y única Rosemary, se encontraba de pie en el arco de la sala, aún con su abrigo olivo puesto, y su bolso colgando de su hombro. Parecía un poco alarmada por verlo ahí de pie frente a la ventana, y más por qué ésta estuviera abierta.

    Andy tendría muy grabada en su mente la apariencia de su madre en esos tiempos, y sería siempre la que lo acompañaría en los años por venir, incluso más que la de la mujer cuarenta años mayor, postrada en una cama médica sin poder abrir sus ojos siquiera. En aquellos momentos, para Andy su madre era la mujer más hermosa que había conocido nunca, con su cabello rubio corto cayendo sobre sus hombros, sus ojos grandes y azules y su rostro de facciones delicadas y casi inocentes, a pesar de ya haber cumplido los treinta y cuatro.

    —¿Cómo te fue? —Preguntó el niño con absoluta tranquilidad.

    —Tan bien como podría —respondió Rosemary despacio, intentando sonar calmada.

    Luego de divorciarse, poco después del nacimiento de Andy, Rosemary tuvo que ingeniárselas para conseguir un trabajo que fuera lo suficiente para mantenerlos a su hijo y a ella, dejando el poco dinero que su exmarido les daba, así como los “desinteresados” regalos del resto de los vecinos, sólo para cuando fuera inevitablemente necesario (que lamentablemente era bastante seguido). Al inicio había saltado de trabajo en trabajo haciendo prácticamente lo que fuera, hasta que consiguió una oportunidad en un nuevo canal de televisión gracias a su experiencia pasada como secretaria y asistente de producción antes de casarse. Llevaba tres años ahí, y de momento las cosas parecían estar bien, pero rara vez le era posible llegar tan temprano a casa como ese día.

    Rosemary entró en la sala y caminó hacia el pequeño. En el camino dejó su bolso sobre uno de los sillones.

    —¿Qué haces en la ventana? —Le preguntó con tono neutral, parándose a su lado, y atrayéndolo hacia ella con una mano. Miró entonces en dirección a las dos salidas de la sala, o más bien escuchó para percatarse de la presencia o ausencia de alguna tercera persona—. ¿Estás solo?

    —Laura-Louise estuvo toda la mañana —respondió Andy—, pero Minnie la mandó a llamar hace una hora. Creo que les acaba de llegar una visita.

    —¿Una visita? —Musitó Rosemary, un tanto perpleja, y se aproximó entonces a la ventana, asomándose hacia afuera. El vehículo negro seguía ahí estacionado, pero ya no había rastro de las dos mujeres que Andy había visto bajándose de él, ni tampoco del conductor o de Charlie.

    Rosemary cerró de nuevo las dos puertecitas de la ventana, y les colocó el seguro. Luego se viró hacia su hijo, se inclinó hacia él apoyándose en sus rodillas, y le murmuró despacio procurando no sonar demasiado alarmada:

    —¿Alguien te vio?

    —No —mintió Andy con deliberación, pues él sabía muy bien que la mujer del sombrero lo había visto, pero presentía que aquello no sería en realidad un gran problema.

    Todos ahí lo protegían mucho al momento de tener contacto con las personas fuera del Bramford. No cualquiera debía de verlo, o en específico sus ojos…

    En ese rostro infantil, serio la mayor parte del tiempo pero no carente de esa inocencia propia de un niño que aún desconoce del todo la maldad verdadera, aquellos ojos grandes y dorados con pupilas alargadas, resaltaban enormemente. No eran los ojos de un niño, ni siquiera los de un ser humano, sino más propios de un animal, un felino… o una Bestia. Había forma de ocultarlos, y siempre que era inevitable el tener que sacarlo a la calle Roman se encargaba de ello. Y aunque en un inicio Rosemary se había sentido espantada por dichos ojos, no tardó mucho en, no sólo acostumbrarse a ellos, sino incluso a amar esos “hermosos ojos de tigre” como solía llamarlos. Eran los ojos de su hijo, y eso era lo único que le importaba.

    Rosemary sonrió ante la respuesta del pequeño, aunque no estuviera del todo convencida de que le dijera la verdad. Colocó una mano en su cabeza y se inclinó hacia él, dándole un pequeño beso en su frente. Luego se puso de pie y caminó de regreso hacia el sillón dónde había dejado su bolso.

    —Te tengo una sorpresa —le advirtió Rosemary con voz juguetona, y Andy la siguió curioso con la mida. Rosemary abrió su bolso, y sacó algo de su interior—. ¡Ta-dá! —Pronunció con júbilo al girarse hacia su hijo, extendiendo en sus manos el pequeño libro de color alegres, con un dibujo de dos niños jugando con yoyos en su portada—. ¿Era lo que querías?

    Los ojos dorados de Andy se iluminaron al verlo, y rápidamente se le aproximó, tomando delicadamente el libro entre sus manitas. En letras grandes y rojas se leía: “101 Trucos para tu Yoyo.” Aquel número terminó por impactar aún más a la joven mente del pequeño; no creyó que existieran tantos.

    —¡Sí! —Pronunció Andrew con entusiasmo, y sin vacilación se lanzó hacia su madre, rodeándola fuertemente con sus brazos—. Gracias, mamá.

    —De nada, mi pequeño —pronunció la mujer con alegría, abrazando también su cuerpecito—. Sólo procura no romper nada cuando intentes esos trucos, ¿sí?

    —Sí, lo prometo.

    Rosemary sonrió satisfecha.

    —¿Qué te parece si te preparo un espagueti para que comamos juntos? ¿Te gustaría?

    —No tengo hambre, pero sí me gustaría.

    —¿Quieres ayudarme? —Le preguntó Rosemary, apartándose un poco para poder verle el rostro. Andy asintió rápidamente—. Siempre tan atento, mi pequeño caballero —añadió la mujer, dándole un beso más en su frente, y otro más en su cabecita.

    Luego de dejar su bolso y abrigo en el closet de la entrada, ambos se dirigieron lado a lado a la cocina. Rosemary sentó al pequeño sobre la encimera, y comenzó entonces a prepararlo todo. Llenó una olla con agua y le prendió fuego para que el agua hirviera. Puso a calentar también el aceite en un sartén, y sacó la carne molida del refrigerador para guisarla. Adicionalmente sacó todos los ingredientes para preparar la receta de salsa para espagueti casera que una de sus compañeras del trabajo le había pasado, y que tanto le había gustado a Andy la última vez.

    Mientras ella iba de un lado a otro con todo aquello, le contaba a Andy todo lo que había hecho desde que cruzó la puerta esa mañana, su trayecto por el metro (a Andy le encantaba subirse al metro), todo lo que había hecho en el trabajo haciéndolo sonar más increíble e interesante de lo que realmente era, y claro su desviación a la librería para conseguirle su nuevo libro. El chico simplemente la miraba, sonreía y asentía. Quizás no comprendía todo lo que le decía, pero le gustaba que le contara todas sus cosas; le era más interesante oírlo de ella que de la televisión o la radio.

    Para Rosemary, esos pequeños momentos de júbilo más “normal” la hacían sentir que por un instante podían ser una familia convencional. Que sólo eran ellos dos contra el mundo, sin importar lo que hubiera más allá de esas ventanas o de esa puerta. Que era sólo una madre divorciada más, de esas que se estaban haciendo poco a poco más comunes en esa época, que hacía todo lo posible por sacar adelante a su hijo. Que era una buena madre, criando a un estupendo niño que algún día sería un hombre ejemplar, al que ella vería con orgullo y admiración…

    Al menos así se sentía, hasta que la realidad llamaba a la puerta, justo como lo hizo en ese momento.

    El timbre de la puerta fue como el sonido del despertador, haciendo que Rosemary se estremeciera en su sitio. Su mirada se desvió lentamente en dirección a la puerta, pese a que había al menos dos muros entre dicho punto y ella. Andy también miraba en la misma dirección, con esa estoicidad tan habitual en él que no hizo más que aumentar la sensación de malestar que Rosemary ya presentía. Nunca era bueno cuando alguien tocaba a la puerta inesperadamente.

    Rosemary apagó rápidamente las hornillas de la estufa, y se retiró apresurada el mandil color rosado atado a su cintura.

    —Quédate aquí —le indicó a Andy, que le asintió aún desde la encimera de la cocina.

    Salió entonces con paso firme y decidido, y se dirigió directo a la puerta. Sus puños se apretaban igual que sus dientes. Dudó un momento antes de asomarse por la mirilla de la puerta, pero al final lo hizo. El rostro alargado, arrugado y exageradamente maquillado de Minnie Castevet se hizo presente del otro lado, mirando a la puerta como alguna grotesca aparición recién levantada de la tumba.

    Rosemary soltó un quejido de desagrado, y consideró seriamente la idea de alejarse de la puerta y fingir que no había oído nada. Pero casi al instante el timbre volvió a sonar una segunda vez, obligándola a reaccionar.

    Retiró entonces los tres seguros de la puerta, y la abrió rápidamente, encarando de malagana a la mujer del otro lado. Ésta la miró desde abajo con sus ojos entrecerrados y su mueca torcida, al parecer algo asombrada de que hubiera sido justamente ella quien le abrió.

    —Ah, hola Rosemary —saludó Minnie Castevet, apartando su mirada hacia un lado con cierta indiferencia—. No sabía que ya habías vuelto.

    —¿Qué quieres, Minnie? —Le cuestionó Rosemary sin rodeos, y sin la menor cortesía.

    —No es contigo, querida. Vengo por Adrián.

    Andrew está ocupado —pronunció Rosemary con severidad, haciendo principal énfasis en el nombre que ella había elegido para su hijo y que ellos insistían en ignorar—. Estamos preparando la cena y comeremos juntos. Y no hay suficiente para más personas, así que lo siento…

    Se dispuso entonces sin la menor espera, y en especial sin la menor culpa, a cerrarle la puerta en la cara a su agradable vecina. Sin embargo, ésta alzó rápidamente su mano y, a pesar de sus años, tuvo la fuerza suficiente para detenerla de hacerlo.

    —No es momento para tus tonterías, Rosemary —musitó Minnie con voz rasposa y gutural, como salida de algún animal rastrero que intentara imitar de alguna forma una voz humana. Al parecer intentó calmarse justo después, recuperando su compostura y su tono solamente con lo mínimo requerido de cortesía—. Alguien importante acaba de llegar, y vino de muy lejos justo y únicamente para conocer al muchacho. ¿Tengo que recordarte, otra vez, cómo funciona este acuerdo entre nosotros, jovencita?

    Rosemary respiró profundamente por su nariz, conteniendo sus ganas de empujar la puerta con más fuerza, aunque le rompiera su frágil brazo de anciana en el proceso. Le resultaba principalmente molesto como sacaba a relucir ese supuesto “trato”, al que la palabra “extorción” le quedaba mejor. Básicamente ellos se creían en el derecho de darle permiso o no de ver a su propio hijo, de decir cómo criarlo y cómo no, y de disponer de él en el momento y lugar que les viniera en gana. Rosemary los odiaba enormemente, y con el pasar de los años ese sentimiento sólo había ido en aumento.

    Y, aun así, ahí seguía, en ese mismo departamento, aguantando todo eso por ya casi diez años. Y, ¿por qué? Porque al final de cuentas ella los necesitaba. Andy no era un chico normal, y no sólo por sus ojos. Para bien o para mal, la única forma en que su muchacho podría tener una vida medianamente normal, era si ellos lo ayudaban a hacerlo. Y debido a eso, Rosemary tenía a veces que tragarse su coraje y su odio por estas personas, y sólo hacer lo que pedían sin chistar. Y eso ellos lo sabían muy bien…

    —Arréglalo lo más presentable que puedas y traelo lo antes posible —le indicó Minnie, que tomó el silencio de Rosemary como suficiente respuesta—. Pueden seguir con su cena después de eso.

    —¿Cuándo piensas morirte, maldita bruja? —Soltó Rosemary, siendo el único escape de rabia que se podía permitir de momento. Minnie, más que molestarse, sólo rio divertida por ello.

    —Todavía no, querida. Todavía no…

    Cuando Minnie se alejó por el pasillo, Rosemary cerró la puerta con fuerza, imaginándose por un momento que la golpeaba en su gran nariz con ella, y quizás incluso se la rompía en el proceso. Se quedó de pie frente a la entrada, sujetándose su frente con una mano y cerrando los ojos, dando la impresión de que le estaba dando una migraña, pero siendo de hecho algo más complejo que eso; para una migraña podría al menos tomar una pastilla.

    Recordó entonces lo que Andy había comentado más temprano, sobre que les había llegado una visita, y que parecía concordar con lo que Minnie acababa de decir. No era inusual que vinieran personas de lejos a verlos, en especial a Andy. Pero como todo lo que involucraba a esa maldita Aquelarre y su hijo, a Rosemary no le gustaban esas visitas, pero era de esas cosas que no se podía saltar.

    Al girarse por el pasillo, se encontró con Andy de pie más adelante, contemplándola en silencio.

    «¿En qué momento te volviste tan grande como para bajarte tú solo de la encimera?» se cuestionó Rosemary a sí misma. Se olvidaba a veces de que su hijo tenía ya diez años; no era ni de cerca un niño pequeño, sino todo lo contrario. Muy pronto sería incluso más alto que ella.

    —Vamos a cambiarte, Andy —le indicó al pequeño, extendiendo su mano hacia él.

    —Mamá —pronunció el niño con seriedad—. No estés molesta. Está bien, enserio. A mí no me molesta ver a estas personas.

    —Yo sé —pronunció Rosemary por mero requisito, pues en realidad el hecho de que no le molestara le resultaba incluso más preocupante—. Vamos.

    — — — —
    Rosemary hizo que Andy se pusiera uno de los trajes que Roman le había regalado hace tiempo, de un color azul oscuro, además de una camisa blanca y una corbata negra a la que ella le hizo el nudo, explicándole como otras veces cada paso que debía realizar para él mismo hacerlo. El niño siempre parecía entenderlo, pero quizás era mucho esperar que se lo memorizara en esos momentos.

    Luego de vestirlo y peinarlo, ambos salieron del departamento tomados de la mano, y se dirigieron a la puerta de a lado, hacia el infame departamento 7-A de los Castevet, alias el corazón negro entorno al cuál giraba toda la oscuridad y maldad del Bramford, en opinión de Rosemary.

    Cuando la puerta se abrió, fueron recibidos del otro lado por la jovial sonrisa John Lyons, el apuesto nieto de veinte años del Dr. Shand, otra de las viejas escorias del Aquelarre de Marcato. John acababa hace relativamente poco de mudarse a New York, y desde entonces se había vuelto el ayudante no oficial de los Castevet para apoyarlos en lo que ocuparan; después de todo «ambos ya son demasiado mayores para vivir completamente solos», había alegado Stanley Shand, quizás sin ser muy consciente de que él estaba a unos cuantos años de distancia de su misma situación.

    —Buenas tardes, pasen —les saludó John con gentileza, haciéndose a un lado para dejarles el camino libre.

    —Hola, Johnny —pronunció Andy con moderada alegría mientras pasaba al departamento junto con su madre.

    —Mi señor Adrián, qué placer verlo —profirió John con un tono juguetón, haciendo además una exagerada reverencia cuando pasaron a su lado. Andy soltó una risa distraída.

    Después de Andy, John era el más joven de los que vivían en el Bramford, a pesar de que se llevaban diez años de diferencia. Aun así, el niño se había vuelto muy apegado a él, de vez en cuando refiriéndosele como su único amigo. Aquella relación tenía a Rosemary en conflicto, pues indudablemente John era otro más de los adoradores del Diablo bajo la tutela de Roman, convirtiéndose ya en esos momentos prácticamente en su hombre de confianza, que eso por sí mismo ya lo haría no sólo merecedor de su desconfianza, sino también de su desagrado.

    Por otro lado, era quizás el único en ese sitio, aparte de ella, que de vez en cuando solía interactuar con su hijo de una forma más normal, jugando juegos de mesa, viendo televisión con él, o acompañándolo al parque. De todos sus cuidadores en ese sitio, John era con el que más tranquila se sentía… pero eso no era decir demasiado.

    John cerró la puerta del 7-A una vez que ambos entraron, y los guió hacia un par de sillas ubicadas más adelante ahí mismo en el recibidor.

    —Aguarden aquí, avisaré que ya llegaron —les indicó John, y Andy se apresuró a acatar la instrucción de inmediato. Rosemary permaneció de pie un poco más. Notó que las puertas corredizas del salón principal estaban cerradas, por lo que intuyó que ahí debían de estar Roman, Minnie y quizás todos sus demás “amigos” reunidos con la importante persona que había ido a visitarlos. Dicha sospecha se confirmó cuando John se dirigió precisamente a dichas puertas, y entró por ellas sólo abriéndolas lo necesario, como si temiera que alguno de los dos pudiera ver para adentro.

    «Dios, que no tengan algún cordero degollado o algo así ahí adentro, por favor» pensó Rosemary, sujetándose su frente con una mano, y se sentó al fin en la silla a lado de su hijo. Al mirar a éste, notó que él miraba fijamente hacia un lado, al perchero de la esquina a un lado de la puerta. O, más específico, al ancho sombrero blanco con plumas lila que colgaba de uno de sus brazos.

    —¿Estás bien, cariño? —le preguntó con delicadeza, tomando una de sus manos entre sus dedos. Andy siguió mirando el sombrero un rato más, y luego pronunció en voz baja:

    —No lo sé... Hay algo diferente.

    —¿Diferente cómo?

    Andy se viró en dirección a las puertas cerradas del salón, y añadió:

    —No sé cómo describirlo.

    Rosemary no supo cómo interpretar aquello, pero era la primera vez que lo veía así de inquieto. Ella misma miró aquel curioso sombrero, y no pudo evitar preguntarse qué clase de persona usaría algo tan exagerado y de mal gusto como eso.

    Las puertas del salón se abrieron en ese momento de par en par.

    —Pasen, por favor —pronunció el elocuente John, y añadió justo después para quedar claro—: Ambos.

    Rosemary se sorprendió un poco al oírlo. Normalmente no la dejaban entrar a esas reuniones, y le pedían que se quedara ahí afuera, si es que en su defecto no la dejaban enteramente afuera del departamento. Pero no iba a discutirlo, en especial porque sintió que Andy apretaba más su mano entre sus dedos, convenciéndola aún más de que fuera lo que fuera que ocurría ahí adentro, lo tenía inquieto. Así que sin más, ambos se pararon y avanzaron al salón.

    Para sorpresa y alivio de Rosemary, no había ningún animal degollado, ni velas encendidas, ni pentagramas o sangre en las paredes. Ni siquiera estaban ahí Laura-Louise, el Dr. Shand y el resto de los lamebotas de Roman. En su lugar, al entrar Rosemary sólo reparó en la presencia de cuatro personas, incluidas Roman y Minnie, ambos sentados en el sillón largo al fondo del salón. Una mujer de piel oscura y de traje verde que ella no conocía estaba de pie a lado de la silla individual. Y justo en esa silla, por encima del alto respaldo, sobresalía la corona de la cabeza de la cuarta persona, decorada con unos rizos color castaño claro.

    —Oh, Adrián —le saludó Roman desde su asiento, sin hacer de momento el intento de pararse. Sólo alzó su mano, haciendo el ademán para que se acercara más—. Pasa muchacho, por favor. Hay alguien que tienes que conocer…

    Andy obedeció, soltando lentamente la mano de su madre y avanzando hacia ellos. Rosemary permaneció de pie frente a las puertas, de nuevo cerradas por John, observando todo en silencio.

    —Tío Roman, tía Minnie —saludó Andy agachando la cabeza con respeto. Se quedó entonces de pie en el centro del salón mirando hacia Minnie y Roman, y dándoles deliberadamente la espalda a las otras dos personas, en especial a la que estaba sentada.

    —Vaya, vaya, vaya —pronunció una voz melodiosa y juguetona que resonó en el salón con un extraño eco que al menos Rosemary no recordaba que esa habitación tuviera—. Qué caballero tan apuesto tenemos aquí…

    Andy se giró irremediablemente hacia ese sillón que intentaba evitar. No le sorprendió ver ahí sentada a la misma mujer que había visto anteriormente frente al edificio. Aunque ahora sin su sombrero, y teniéndola más cerca, pudo percatarse más de su apariencia. Era una mujer mayor, aunque no tanto como Roman, Minnie u otros más de sus cuidadores en el Bramford. Usaba un vestido entallado color blanco, y unos guantes lila que se llegaban hasta por debajo de los codos. Su cabello era muy rizado, castaño claro, y caía frente a sus hombros. Su piel era muy blanca, quizás por maquillaje, y sus labios tenían un rojo intenso y se curvaban en una amplia sonrisa despreocupada. Sus ojos además eran de un azul tan claro que casi parecían ser blancos, y tenían una mirada intensa que Andy no pudo evitar sentirse un poco incómodo al sentirla.

    —Ravi de vous rencontrer, jeune maître Adrian —pronunció aquella extraña, en un francés bastante fluido, y extendió entonces su mano derecha hacia el chico—. Me llamo Margaux, y soy… una vieja amiga de la familia.

    Rosemary percibió el marcado acento francés que se escuchaba en cada una de sus palabras. En efecto, venía de un lugar lejano como Minnie había dicho, pero no lo más lejano que alguno de sus visitantes había venido.

    —Acércate, no estés nervioso —le indicó la mujer presentada como Margaux a Andy, pues éste se había quedado totalmente quieto a pesar de que ella había extendido la mano.

    Andy se aproximó cauteloso, y su primer reflejo fue extender su mano para tomar la de la mujer, pero no fue capaz de hacerlo. En su lugar, ella alargó el brazo hasta colocar su mano sobre el rostro del niño. Rosemary se alarmó un poco por esto, y pareció tener por un momento la iniciativa de aproximarse, pero John la detuvo tomándola gentilmente de su brazo. Su preocupación igual no fue necesaria, pues la mujer simplemente pasó su mano enguantada por el rostro del pequeño, haciendo que lo girara un poco hacia los lados para poder apreciarlo mejor.

    —Eres tan hermoso y perfecto cómo Argyron me había contado —indicó la mujer de blanco con ferviente emoción—. Especialmente esos ojos —añadió mientras observaba maravillada los penetrantes ojos dorados del niño.

    «¿Argyron?, ¿el griego?» pensó Rosemary al escuchar ese nombre. Si era quien pensaba, era uno de los visitantes habituales de los Castevet, estando incluso presente en la celebración del nacimiento de Andy (en donde ella misma no fue invitada pero se metió aún así). Era bastante agradable, a pesar de que seguro era un maldito bastardo como todos los demás. ¿Qué relación tenía esa mujer con él?

    —Normalmente usamos un conjuro para ocultarlos cuando sale a la calle —indicó Minnie, refiriéndose a los ojos del niño—. Pero aquí adentro es un lugar seguro. Ya no hay ningún inquilino o trabajador en este edificio que no esté con nosotros; nos aseguramos de eso hace tiempo.

    Bien entendu —pronunció Margaux asintiendo, y retiró al fin la mano del rostro del muchacho—. Deberás disculparme que haya tardado tanto en venir a conocerte. Han sido tiempos complicados, pero al fin estoy aquí. Así que dime, Adrián, ¿estos viejos te han estado enseñando un poco de su magia?

    —Algo —respondió Andy con seriedad—. Pero aún no logro hacer mucho.

    —Claro que no, porque lo que ellos pueden enseñarte son apenas un poco más que trucos de carnaval. —Rosemary notó que tanto Roman como Minnie no parecieron muy contentos por ese comentario, y eso de cierta forma le produjo satisfacción—. Pero tú estás muy por encima de eso, mon chéri —añadió Margaux, inclinándose hacia el niño para verlo más de cerca con sus intensos ojos claros—. ¿Te gustaría conocer el alcance real de lo que eres capaz? ¿Conocer el mundo? ¿Vencer a la muerte? ¿Vivir… deliciosamente?

    Hubo algo en la forma en que esa mujer pronunció aquello que incomodó notoriamente a Rosemary. Pero lo que más la desconcertó fue que Andy, tras unos segundos de meditación, respondió con un frío y escueto:

    —Sí…

    Los labios rojos de Margaux se ensancharon en una amplia sonrisa al oír su respuesta.

    —Entonces tú y yo seremos muy buenos amigos de aquí en adelante, Adrián.

    La mujer francesa se paró entonces de su asiento, y se giró sobre sus pies en dirección a la puerta, posando de inmediato sus ojos en Rosemary. Ésta se estremeció un poco al sentirse observada, y más al notar que aquella mujer era bastante más alta que ella, sacándole al menos una cabeza y media.

    —Y tú debes ser Rosemary —pronunció Margaux jubilosa, aproximándosele. Rosemary se quedó quieta en su posición. Por algún motivo la imponente presencia de aquella mujer la había dejado petrificada—. He oído mucho de ti…

    La mujer la tomó abruptamente de los hombros, aunque no con demasiada fuerza. Y justo después se inclinó hacia ella, dándole dos besos rápidos, uno en cada una de sus mejillas, antes de que Rosemary pudiera siquiera reaccionar. Luego se paró de nuevo firme delante de ella, la miró atentamente a los ojos, y le sonrió ampliamente de una forma que quizás intentaba ser amistosa, sin lograrlo del todo…

    —No sabes la envidia que te tengo, chéri… —pronunció Margaux despacio, como un susurro secreto sólo para ellas dos. Rosemary permaneció callada.

    La mujer retiró entonces sus manos de sus hombros y le sacó la vuelta, avanzando hacia las puertas que John se encargó rápidamente de abrir.

    —Roman, descansaré un rato si no les molesta —indicó elocuente mientras salía—. Ingrid se encargará del resto.

    —¿El resto de qué? —Pronunció Rosemary al fin, pero cuando fue capaz de girarse a ver a la extraña, ella ya se había perdido dando la vuelta por el pasillo y desapareciendo de la vista de todos.

    Rosemary se giró hacia Roman y Minnie, en busca de alguna explicación más clara sobre de qué se trataba todo ese asunto.

    —John —pronunció Roman, apuntando en su cabeza a Andy. El veinteañero pareció comprender sin problema.

    —Ven, Adrián —pronunció John, extendiéndole su mano al muchacho—. ¿Quieres que vayamos a jugar abajo?

    El chico arrugó un poco su entrecejo, y se viró sobre su hombro hacia los dos dueños del departamento.

    —Ve Adrián —le indicó Minnie con una sonrisa despreocupada—. Hay asuntos de adultos que discutir.

    Andy miró entonces a su madre en busca de otra confirmación. Ella vaciló, pero al final simplemente asintió para indicarle que podía ir. Si lo que ese par de brujos querían decir era algo tan serio que ni siquiera querían que Andy lo oyera, definitivamente ella tampoco lo quería ahí.

    Siguiendo entonces la instrucción que le habían dado, Andy se aproximó hacia las puertas aún abiertas. John colocó una mano en su espalda para guiarlo, pero antes de irse cerró las puertas detrás de ellos. Rosemary se preocupó un poco al darse cuenta que se había ido sin que Roman le pusiera el dichoso conjuro o lo que fuera en sus ojos, pero si sólo iban al jardín central de la planta baja no debería haber problema.

    Una vez que los dos más jóvenes del lugar salieron del departamento, las cosas comenzaron a moverse.

    —Señora Woodhouse, un placer —pronunció la mujer de vestido verde, la otra extraña de esa reunión, aproximándose con su mano extendida hacia ella—. Soy Ingrid Archer, la asistente y abogada de la Sra. Margaux Blanchard.

    —Yo ya no soy la Señora Woodhouse —le respondió Rosemary secamente—. Mi apellido de soltera es Reilly.

    Adicional a esa corrección, se volvió evidente que no tenía intención alguna de estrechar la mano que aquella mujer le extendía, lo que obligó a que Ingrid Archer tuviera que bajarla con cierta derrota.

    —Me disculpo —pronunció Ingrid despacio, intentando no sonar irritada. Se aproximó entonces a la mesa de centro de la sala, colocando sobre ésta su maletín y comenzó a revisar su interior hasta sacar una gruesa carpeta azul—. No le quitaré mucho tiempo, sólo tengo unos papeles que necesitan su firma.

    —¿Papeles? —Pronunció Rosemary confundida.

    —Si gusta tomar asiento —le indicó la mujer de verde, extendiendo su mano hacia el mismo sillón que hasta hace poco estaba ocupado con Margaux.

    Vacilante, Rosemary tomó asiento como le habían indicado. Ingrid le extendió en ese momento la carpeta para que la tomara.

    —¿Qué es esto? —Cuestionó Rosemary defensiva, tomando aquel legajo entre sus manos. Ingrid no tardó en comenzar su explicación.

    —Es la inscripción del joven Adrián al Colegio Lafayette, el trámite de su visa, los permisos pertinentes para su viaje y residencia, así como los documentos necesarios para que la Sra. Blanchard ejerza como su tutora legal para cualquier asunto referente al niño durante su estancia en París.

    —¿París? —Pronunció Rosemary con fuerza, casi con espanto—. ¿De qué demonios está hablando esta mujer, Roman?

    Rosemary se viró en dirección al viejo satanista sentado en el otro sillón. Éste, para sorpresa de la mujer, agachó su mirada, casi avergonzado. Aquello era inusual en él, pues siempre había parecido tan seguro de sí mismo desde que lo conoció. Roman se puso entonces de pie, caminó hacia la chimenea del salón, apoyándose en la repisa de ésta mientras le daba la espalda a su invitada forzada.

    —Margaux ha venido a llevarse a Adrián a Europa durante una temporada —indicó el descendiente de Marcato—. Ahí podrán enseñarle y adiestrarlo de una forma más… apropiada a lo que podríamos hacer aquí.

    Aquello fue tan repentino e inexplicable para Rosemary, casi como si le acabaran de dar un puñetazo en la cara.

    —¡¿Estás bromeando?! —Espetó la madre con ímpetu, parándose rápidamente de su asiento—. Ustedes y yo teníamos un trato, ¿y ahora están hablando de la nada de mandar a mi hijo a París lejos de mí?

    —Todo tiene que ser un melodrama contigo, ¿cierto? —Masculló Minnie con fastidio desde el sillón—. Ya tuviste diez años en los que se te dio permiso de hacer lo que te viniera en gana con él; es hora de que te vuelvas un poco más cooperativa, ¿no te parece?

    Rosemary se viró a verla con el coraje desbordándose en sus ojos, casi como si fueran lágrimas. Aun así, Minnie no pareció intimidarse ni un poco por ello.

    —Míralo como un simple programa de intercambio —balbuceó la anciana, agitando de forma despreocupada una mano en el aire—, para que el chico amplíe sus horizontes y conozca más del mundo fuera de estas oscuras paredes. Es una escuela estupenda, y París es una ciudad hermosísima. Aprenderá mucho más allá de lo que podría hacerlo aquí contigo.

    —Sólo tiene diez años —señaló Rosemary con firmeza—. Aún necesita a su mamá.

    Minnie bufó irónica ante tal argumento, estando muy cerca de soltar una risa burlona.

    —Eso es debatible…

    —Escucha, Rosemary —pronunció Roman abruptamente, girándose de nuevo hacia la mujer más joven. Su semblante era seguro y firme, pero no tanto como Rosemary estaba acostumbrada a verlo—. Esto no me agrada mucho más que a ti. Yo más que nadie deseaba que Adrián se quedara aquí con nosotros, para moldearlo y enseñarle a nuestra forma. Pero ésta no es más nuestra decisión.

    —¿Y por qué no? ¿Que no eres tú el líder de todos estos… locos?

    Roman calló unos momentos. Miró a Minnie, que sólo se volteó a otro lado como si quisiera ignorarlo, y luego respondió con voz apagada:

    —Yo ya no puedo encargarme más de Adrián. Estoy… muriendo, Rosemary…

    —No me digas —exclamó la rubia con sarcasmo, cruzándose de brazos—. Es la tercera vez que te oigo decir eso.

    —Esta vez es enserio —señaló Roman con melancolía en su voz—. Me quedan un par de meses, máximo…

    Rosemary lo observó en silencio, un poco desconcertada por verlo con esa actitud tan apagada e impropia de él. ¿Estaba hablando enserio? Ya la había engañado antes con trucos parecidos, pero esa ocasión se sentía un poco diferente. Podía verlo en su mirada, en su rostro avejentado, en su cabello enteramente blanco que ya en esos momentos era más escaso, y en su complexión algo más delgada y menos gruesa y firme que de costumbre. Quizás deliberadamente había decidido ignorarlo, pero ahora que lo veía no podía negar que en efecto algo era muy distinto en él…

    Roman Castevet, que siempre parecía tan fuerte, tan impecable, tan eterno… ¿en verdad moriría al fin?

    Rosemary se sorprendió un poco al darse cuenta que, de hecho, esa revelación sí la afectaba un poco más de lo que esperaba. De alguna forma enferma y casi humillante, había llegado a depender de él en esos diez años para que la cuidara y procurara. Pero dicho sentimiento era opacado casi por completo por el intenso resentimiento que le tenía por todo el daño que le había hecho; a ella y a su hijo. Así que de su parte, no le sería posible exteriorizar ni un poco de simpatía por él.

    —Tanta adoración por el Diablo, y al final te dejará morir como a un perro igual que a cualquier otro de nosotros —señaló Rosemary, sonando deliberadamente hiriente—. Te hace preguntarte qué fue lo que realmente obtuviste al final de todo esto, ¿eh?

    Roman no respondió nada a tal comentario; ni siquiera fue capaz de alzar la mirada, y Rosemary concluyó que él mismo debió de haberse hecho el mismo cuestionamiento en alguna ocasión. En silencio, el viejo inquilino del 7-A volvió al sillón, sentándose al lado de Minnie.

    —Margaux es la cabeza del Aquelarre más grande de Europa —le informó Roman con claridad, como si aquello significara algo para ella—. Es muy poderosa y tiene grandes influencias y prestigio. Cuidará muy bien de Adrián y le dará todo lo que necesita.

    —Todo lo que necesita está aquí, a lado de su madre —señaló Rosemary tajantemente—. No se irá con una completa extraña al otro lado del mundo. Yo no lo permitiré.

    —No seas impertinente —soltó Minnie con irritación—. Esto se hará con o sin tu consentimiento. Así que si quieres aún seguir siendo parte de su vida, cuando sea conveniente, te sugiero dejes las niñeras.

    —No me amenaces, Minnie —le devolvió Rosemary—. Si no ocuparan mi consentimiento, no estarían aquí pidiendo mi firma en estos papeles, ¿o me equivoco?

    Al pronunciar lo último, arrojó con molestia la carpeta azul hacia la mesa de centro, haciendo que algunos de los adornos sobre ésta se agitaran, e incluso uno estuviera a punto de caer.

    —Sra. Wood… —pronunció Ingrid de pronto intentando intervenir, pero deteniéndose un poco para corregirse a sí misma el uso del apellido incorrecto—. Sra. Reilly. Su cooperación haría todo mucho más sencillo, sí. Pero si no contamos con ella, hay otros métodos que podríamos considerar. Cómo consultar el asunto con el padre del niño, por ejemplo. El padre legal, quiero decir, no el... —Guardó silencio y se aclaró su garganta, evitando hablar de más, y luego prosiguió como si nada hubiera pasado—. Entiendo que el Señor Woodhouse es de mente mucho más… abierta

    —¿Guy? —Rio Rosemary, genuinamente divertida por la idea—. No te servirá de nada ir con ese bastardo, ¿me oíste? Además de que aquí todos sabemos muy bien que es su padre sólo en papel, yo tengo la custodia completa y todo el control legal de lo que se refiere a Andrew. Él no tiene ningún derecho.

    La mirada de Ingrid se endureció, dejando ver que sus respuestas y actitud retadora no le eran para nada agradables; incluso menos que a sus actuales anfitriones.

    —Sortear ese tipo de asuntos es lo que mejor hacemos, señora Reilly —musitó despacio con voz mordaz—. Así que no nos ponga a prueba…

    Y claro, esa más que obvia amenaza tampoco agradó en lo más mínimo a Rosemary. Y entre mujeres que no se andaban con tonterías, una madre siempre tendría más determinación. Pero en lugar de directamente darle una bofetada por su atrevimiento, que ganas no le faltaron, Rosemary sólo se retiró de ahí, abriendo las puertas corredizas hasta azotarlas, y haciendo posteriormente lo mismo con la puerta principal, pues los tres oyeron el fuerte estruendo que casi agitó todo el departamento.

    Luego de eso, todo fue silencio.

    —¿Enserio? —Musitó Roman, mirando de reojo a la mujer de verde—. Veo que no te enseñan mucha negociación en Cambridge, ¿eh?

    Ingrid guardó silencio, manteniéndose serena y con su semblante inmutable, pero en el fondo ciertamente apenada por el resultado de esa conversación. Sin embargo, no estaba del todo preocupada, pues dicha conclusión fue una de las posibilidades que su jefa le había compartido con anterioridad. Lo que Ingrid desconocía, sin embargo, era qué se suponía debían de hacer si en efecto las cosas terminaban así. Y, quizás, había tenido algo de miedo de preguntarlo directamente en aquel momento.

    FIN DEL CAPÍTULO 95
    Notas del Autor:

    ¡Flashbacks! Apuesto a que los extrañaban… ¿No?, bueno no se preocupen, éste no será tan largo, en el siguiente capítulo se termina, y es justo el momento correcto para contar este pedacito de historia. Este capítulo cómo pudieron ver está en su mayoría enfocado en los personajes y lugares del libro y película de Rosemary's Baby. Así que como siempre, les dejo aquí las notas de los personajes para no perdernos:

    Rosemary Reilly, Roman y Minnie Castevet, así como otros personajes mencionados en este capítulo como Guy Woodhouse, son personajes pertenecientes a la novela de Rosemary's Baby de Ira Levin, así como su adaptación a película de 1968. John Lyons como ya se dijo antes pertenece a la serie de Damien del 2016, aquí sólo me estoy tomando libertades para especificarle un pasado y un papel como en pasados capítulos.

    —Los acontecimientos de este Flashback ocurren en la primavera de 1976, aproximadamente 10 años después del nacimiento de Adrián en la novela y película original, y poco más de 41 años antes de los acontecimientos actuales de la historia.


    Margaux Blanchard e Ingrid Archer son personajes originales de mi creación que no se encuentran basados directamente en algún personaje ya existente en alguna de las obras involucradas. Sin embargo, si alguno tiene buena memoria, es probable que el nombre de esta última le suene familiar de algunos capítulos atrás…

    Cada vez estamos más cerca del Capítulo 100, y a modo personal me emociona mucho. Aunque claro, pueden ya intuir que ese capítulo no será el último. Pero aun así, pueden ver que nos estamos acercando a un momento clave que será el punto de inflexión de lo que vendrá después. Pero ya no diré nada, mejor léanlo ustedes mismos…
     
  15.  
    WingzemonX

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    Resplandor entre Tinieblas
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    Misterio/Suspenso
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    Resplandor entre Tinieblas

    Por
    WingzemonX


    Capítulo 95.
    Yo soy su madre

    Un par de horas después de que Rosemary saliera hecha una furia del departamento 7-A, Margaux Blanchard despertó de su pequeña siesta, sólo para encontrarse con las miradas serias y rostros malhumorados de Roman, Minnie y su asistente Ingrid. La mujer francesa, sin embargo, no pareció particularmente alarmada por ello.

    Margaux le pidió a Ingrid de favor que la dejara sola con sus anfitriones para poder hablar. El que le pidiera hacerse a un lado le resultó un tanto extraño a la abogada, e incluso pareció molestarle un poco. Pero Margaux alivió su malestar con una simple frase: «es mejor para ti de momento mantenerte ignorante de algunas cosas, querida Ingrid». Con ello comprendió que la conversación que estaba por ocurrir iría por un camino por el que, quizás, aún no tenía el estómago suficiente.

    Ingrid se retiró del departamento, y los tres viejos brujos se sentaron de nuevo en el salón, en posiciones parecidas a las que habían tomado cuando Rosemary y Adrián estaban ahí, sólo que ahora Minnie y Roman eligieron sillones separados. Ambos comenzaron a contarle a su invitada lo acontecido, mientras bebían té preparado de las hierbas del huerto de Minnie. Habían incluso sacado la porcelana fina para la ocasión.

    —Entonces no lo tomó bien, ¿verdad? —comentó Margaux con tono divertido, simplificando de cierta forma lo ocurrido.

    —Todo esto es tu culpa, Roman —señaló Minnie secamente, consternando visiblemente al receptor de su acusación—. Has sido demasiado permisivo con ella estos años, dejándola hacer lo que se le diera la gana con el muchacho. Ahora cree que tiene derechos sobre él que no le corresponden.

    —Es una mujer interesante, ciertamente —musitó Margaux como un comentario al aire, no dirigido a nadie en especial.

    —Al final de cuentas es su madre —se defendió Roman con firmeza—, y ha sido un elemento importante para controlar a Adrián.

    —¿Y de qué nos sirvió eso justo ahora?, ¿eh? —Contestó Minnie, desafiante, a lo que Roman se quedó en silencio.

    Mientras ellos discutían, Margaux colocaba dos cucharadas de azúcar a su té, pues éste le había resultado bastante más amargo de lo que esperaba, aunque sin duda tenía un toque especial que provocaba una sensación agradable en la garganta.

    —Creo que alguien debe decir lo que todos estamos pensando —señaló Minnie con una destacable seguridad, captando de inmediato la atención de los otros dos—. Ha llegado el momento de prescindir de Rosemary de una buena vez.

    —¿Hablas de matarla? —Exclamó Roman, incapaz de ocultar su espanto—. Pero si es una de nosotros…

    —Ella nunca ha sido una de nosotros; nunca —recalcó Minnie tajantemente—. Lo que pasa es que tú te terminaste encariñado con ella. Y también, al parecer, la cercanía a la muerte te ha ablandado más de la cuenta.

    —Mucho cuidado, querida —susurró Roman con palpable amenaza—, que tú no estás muy lejos de mi posición actual.

    —Pero a diferencia de ti, yo no me pongo a temblar con la idea —dijo Minnie con una sonrisa astuta—. Estoy más que lista para recibir el regalo del descanso. Pero no todavía…

    Margaux los observaba en silencio con una sonrisita pícara, mientras daba pequeño sorbos de su taza de té. No podía evitarlo, pues su discusión le resultaba ciertamente divertida. Ver a un par de viejos compinches discutir por las cosas más pequeñas y banales, aunque no tuvieran relación directa con alguno, tenía cierta gracia. Presentía que bien podría haber sido el tema que los atañe, o qué cuadro colgar en qué pared, o qué platillo servir primero y cuál después en la siguiente fiesta. Llegados a cierta edad, cualquier excusa era buena, opinaba Margaux Blanchard.

    —Veo que ambos tienen sentimientos muy intensos por ella —señaló la francesa—. Por Rosemary, me refiero.

    —Oh, es como la hija que nunca tuvimos —murmuró Minnie con una mano en el pecho, sin intentar en lo absoluto sonar irónica—. Pero claro, eso no evitaría que le rebane el cuello de ser necesario.

    —No saltemos tan pronto a eso —indicó Margaux, acompañada de una pequeña y relajada risilla—. Después de todo, sigue siendo muy importante para Adrián. Así que démosle una última oportunidad de cambiar de opinión, ¿sí?

    —¿Qué tiene en mente? —Inquirió Roman, intrigado por la propuesta tan contraria a la de Minnie. De hecho, ésta también pareció interesada en escuchar qué era lo que les quería proponer.

    Margaux sonrió, volvió a dar un sorbo de té de la taza de porcelana en sus dedos, y entonces comenzó a explicarles sin rodeos su sugerencia…

    — — — —
    «Tenemos que largarnos de este maldito lugar» fue lo primero que Rosemary pensó en cuanto salió del departamento 7-A y se dirigió apresurada al suyo. No era la primera vez que lo pensaba, y en realidad era una idea que al menos una vez al día le brotaba. Ya había hecho en su cabeza varios planes, revisado las rutas y tomado algunas precauciones. Pero casi siempre se quedaban sólo en planes teóricos, pues al final resultaba demasiado cobarde para atreverse a realmente hacer algo.

    Pero esa vez era diferente. Deliberadamente la habían amenazado con quitarle a su hijo, diciéndole además que no tenía siquiera voz o voto en el asunto. Y eso era algo que no estaba dispuesta permitir; ya no más.

    Pero debía ser cuidadosa, y sobre todo rápida. Su desplante de seguro les haría temer que pudiera hacer algo, pero esperaba que su habitual cobardía e inacción les mitigara de creer que lo haría de inmediato; era la única ventaja con la que podía contar.

    El resto de la tarde continuó con relativa normalidad. Rosemary siguió tranquilamente con la preparación de la cena, y cuando Andy volvió de estar jugando con John abajo, ambos se sentaron a la mesa a comer. No hablaron en lo absoluto de aquella pequeña y extraña reunión, y en especial de la parte de ésta que Andy no había escuchado. El niño tampoco le preguntó al respecto, lo que le hizo preguntarse a Rosemary si acaso John ya le habría dicho algo mientras estaban solos. Pero al final daba igual; sea como sea, ese viaje a París no ocurriría.

    Luego de comer, Rosemary se sentó a ver la televisión, mientras Andy recorría el departamento con su yoyo y su nuevo libro en mano. No quería hacer un movimiento inesperado antes de tiempo, en especial porque esperaba que en cualquier momento Roman, Minnie o esa mujer francesa se pararan en su puerta para intentar de nuevo de convencerla por las buenas; quizás con una actitud mucho más amistosa (aunque sólo fuera de los dientes para afuera). Nadie se apareció, y aquello alivió y desconcertó a Rosemary por igual.

    Una vez que se hizo tarde, Rosemary le indicó a su hijo que era hora de dormir. Éste se resistió un poco al inicio pues seguía emocionado por el libro de trucos, pero no renegó demasiado. Casi siempre era muy obediente. Rosemary lo arropó, le dio un pequeño beso de buenas noches en su frente, y entonces lo dejó solo en su habitación. Ella apagó todas las luces del departamento, y se encerró en su respectivo cuarto con la aparente intención de dormir. Pero fue justo en ese momento, alumbrada sólo con una pequeña vela que tenía guardada en su cajón, que sacó de inmediato su maleta más pequeña del armario, y comenzó a llenarla con apenas lo indispensable de ropa, y nada más. Lo que no cupiera ahí, podría ser prescindible de momento.

    De joyas sólo quería llevarse puestos unos pendientes y collar de perlas que habían sido de su abuela; lo demás lo dejaría. Sin embargo, en la oscuridad sólo fue capaz de encontrar uno de los dos pendientes. Rebuscó unos minutos en su alhajero, antes de darse por vencida.

    «No importa» se dijo a sí misma. Su abuela de seguro la perdonaría si supiera cuál era su situación.

    Vestida, arreglada y con la maleta hecha, se quedó sentada en la orilla de la cama, aguardando en la oscuridad a que el reloj de su buró diera las tres de la mañana. A esa hora casi todos los viejos brujos del Bramford ya estaban dormidos, e incluso sería bastante tarde para John. Así que sólo aguardó, viendo fijamente a la pared, repasando en su cabeza todo lo que haría llegado el momento.

    En cuanto las manecillas del reloj dieron las tres en punto, Rosemary se paró de un salto de la cama, y salió a hurtadillas de su cuarto con todo y su maleta. Se escabulló por el pasillo hacia la habitación de su hijo y entró despacio; todo muy silenciosa, como si temiera despertar a algún tercer inquilino desconocido. Dejó la maleta cerca del armario de Andy, y se aproximó al pequeño dormido, que para ese entonces ya debía llevar al menos cinco horas de sueño.

    —Andy, despierta —susurró la mujer despacio, sacudiéndolo un poco con una mano—. Vamos, cariño, despierta.

    Andy tardó en poder reaccionar. Sus ojos de tigre se abrieron con pesadez, y reconocieron entre las sombras la silueta de su madre sentada a su lado.

    —¿Qué ocurre? —pronunció soñoliento el pequeño, soltando un largo bostezo.

    —Tenemos que irnos —le indicó Rosemary con seriedad—. Rápido, ponte tus zapatos y tu chaqueta.

    Luego de dar esa instrucción, Rosemary se dirigió al armario y sacó apenas dos cambio de ropa de su hijo, y los acomodó como pudo dentro de la pequeña maleta, aunque tuviera que hacerlos bola y apretujarlos junto con lo suyo.

    —¿A dónde vamos tan tarde? —cuestionó Andy confundido, pero aun así acatando la orden de su madre.

    —Tenemos que hacer un viaje de imprevisto.

    —¿A dónde iremos? ¿Vamos a California con papá Guy?

    Rosemary vaciló unos momentos. ¿Ir con Guy? Consideró por un instante la posibilidad, pero la descartó por completo en un santiamén. Ese maldito bastardo ahora se paseaba por Hollywood con súper modelos y autos de lujo, estrenando obras y ahora incluso películas. Y todo gracias a que tenía a Roman y su Aquelarre cuidando de él, dándole todos los contactos, y abriéndole todas las puertas que ocupaba. Y lo único que tuvo que hacer para obtener todo eso y más, fue venderles a su propia esposa para que hicieran con ella lo que quisieran…

    En algún momento, ya muy lejano entonces, en verdad lo había amado, y sería quizás a la única persona a la que podría haber acudido en una situación así. Y quizás aún muy en el fondo seguía sintiendo algo por él a pesar de todo. Sin embargo, la repulsión que le provocaba era mucho mayor. Además de que no podía confiar en que no le hablaría a su buen amigo Roman para avisarle de su ubicación en cuanto cruzaran la puerta. Así que la posibilidad de pedirle ayuda a ese sujeto no estaba sobre la mesa.

    Tristemente, eran justamente Guy y Roman las personas de las que más había dependido los últimos años. Y sin ellos, sólo le quedaba un lugar al cuál poder ir a refugiarse: a casa.

    —No, no —respondió Rosemary, agitando la cabeza—. Vamos a Omaha, con tus abuelos.

    —¿Por qué? Pensé que ya no te llevabas bien con ellos.

    Esa era una forma bonita de decirlo. Su relación con su familia Católica y estricta ya era de por sí complicada antes. Pero cuando les informó que se divorciaría de Guy, aquello fue como una bomba en sus caras. Y en aquel entonces, haberles explicado que lo hacía porque la había ofrecido contra su voluntad a un culto Satánico para engendrar al hijo del Diablo… eso definitivamente no mejoraría la situación.

    Desde entonces, su comunicación había sido prácticamente nula. Aun así, si el amor que sus padres sentían por ella era aunque fuera una pequeña parte parecido al que sentía ella por su hijo, confiaba que al verla de pie en su puerta necesitada de protección, no dudarían en dejarla pasar. Y era probable que tuviera que contarles toda la verdad; toda… Esa sería la parte difícil, pero a la larga sería lo mejor.

    —Andy, escúchame —pronunció Rosemary despacio, y entonces se aproximó a su hijo, se puso de cuchillas delante de él, y lo tomó de los brazos con ambas manos. Y a pesar de la oscuridad del cuarto, se las arregló para que ambos pudieran verse mutuamente a los ojos; los de Andy casi brillaban con la escasa luz que entraba por la cortina apenas un poco abierta—. No puedo explicarte todo en este momento, pero quiero que entiendas algo muy bien. Todo lo que he hecho desde que te conocí por primera vez, ha sido sólo por ti, cariño. Eres el único amor verdadero de mi vida, y siempre haré lo que sea necesario para protegerte; incluso enfrentarme al Diablo en persona. ¿Lo entiendes?

    —Eso creo… —musitó Andy, dubitativo. Rosemary sonrió, un poco divertida por esa respuesta, hasta cierto punto tan inocente.

    —Bien, por ahora será suficiente —señaló la mujer, dándole un fuerte abrazo en ese mismo momento. Justo después, sacó del cajón del buró a lado de la cama del niño unos anteojos oscuros grandes y redondos, y se los colocó. Usarlos de noche prácticamente hacía que no pudiera ver nada, pero de momento sería su única máscara para ocultar sus llamativos ojos—. Ahora vamos. Hay que salir rápido de aquí, y sin hacer ruido.

    Andy siguió a su madre, tomado de su mano y dejando que ella lo guiara por el departamento a oscuras. Salieron por la puerta principal, teniendo Rosemary especial cuidado con cada uno de sus pasos. Cerró delicadamente la puerta detrás de ellos e hizo que avanzaran del mismo modo hacia el elevador. Mientras avanzaba, su mirada se fijó inevitablemente en la puerta del departamento 7-A, temerosa de que en cualquier momento se abriera, y Roman o Minnie asomaran sus caras de momias por ella. No ocurrió, y ambos pasaron de largo sin menor contratiempo.

    Cuando faltaban ya unos cuantos metros para llegar al ascensor, Rosemary aceleró el paso casi sin pensarlo, y en cuanto pudo presionó con fuerza el botón para hacerlo llamar. Temió por un momento que el sonido mecánico del viejo ascensor subiendo alertara a alguien, y la espera se volvió simplemente tortuosa. Cuando al fin la caja de madera en forma de ataúd llegó a su piso y las puertas se abrieron, Rosemary tomó firmemente a su hijo con una mano, y la pequeña maleta con la otra. Dio un paso hacia el interior, y justo entonces comenzó a sentir un extraño mareo.

    Fue como si el suelo bajo sus pies se agitara un poco, las paredes se mecieran de un lado a otro como hierba agitada por el viento, y el techo se alejara y acercara de ella. Dio unos pasos en falso hacia adentro del elevador, sintiendo casi como si se fuera a caer por un precipicio, pero en su lugar quedó casi estampada contra el fondo del ascensor. Se aferró fuertemente a la pared, aterrada de que se fuera a desplomar si acaso se soltaba.

    —Mamá, ¿estás bien? —Escuchó la voz de su hijo pronunciar a sus espaldas, casi como un eco muy lejano que rebotaba por los muros del pasillo—. ¿Mamá?

    Poco a poco el mareo fue pasando, y Rosemary sintió que sus pies de nuevo pisaban suelo firme y estable. Se viró entonces hacia atrás, y vio a su hijo de pie, ya adentro del ascensor, y pudo ver las puertas cerrándose detrás de él lentamente. Ese nuevo ascensor automático aún la hacía sentir algo nerviosa.

    —Sí, estoy bien —respondió en cuanto le fue posible—. Lo siento, cariño. Sólo me mareé un poco…

    Lo había pronunciado con una sonrisa despreocupada, pero en realidad aquello no le había parecido normal. No tenía idea de qué le había pasado, pero lo importante era que ya se sentía bien, así que no tenía caso preocupar a su hijo innecesariamente.

    —Presiona el botón de la Planta Baja, por favor —le indicó a Andy señalando el tablero a un lado de la puerta. El chico hizo lo que le pidió, y poco después la gran caja de madera y acero comenzó a descender lentamente, con ambos dentro.

    La parte de su plan de escape que le causaba más temor, era precisamente la que seguía. Ya fuera Charlie o Bowie, los dos porteros del Bramford, uno siempre estaba en la recepción cuidando a todos los que salían y entraban. Y ambos eran, por supuesto, también discípulos de Roman. Si alguno los veía salir por la puerta a esa hora, no tardaría en avisarle a éste. En realidad, el sólo hecho de que el ascensor se hubiera activado tan tarde ya sería suficiente motivo para alertarlos. Pensó que llegado el momento se le ocurriría una forma de pasar, pero ya estaba a punto de llegar a la Planta Baja y aún no tenía una alternativa plausible… excepto una.

    No sólo traía consigo la ropa y accesorios de su maleta, sino que oculta en el bolsillo de su abrigo traía otra cosa: un pequeño revólver calibre 22 apenas un poco más grande que su mano, que había logrado comprar a escondidas hace un poco más de un año, y que tenía guardado en su cajón desde entonces para cualquier… emergencia. Nunca había usado un arma antes, mucho menos herido a alguien con una, ni hablado de matado. Pero pensaba que si acaso la pegaba contra la sien de alguno de los porteros, y disparaba a través de uno de sus pañuelos, mitigaría el sonido o podrían salir antes de que alguien más bajara. No era lo ideal, y la idea le horrorizaba, especialmente el tener que hacerlo frente a su hijo. Pero si era la única forma de salir de ahí, lo haría sin titubear… o al menos creía que podría hacerlo.

    Para su suerte, no tuvo que comprobar si sería capaz o no, pues al llegar a la Planta Baja se sorprendió al darse cuenta de que no había nadie en recepción; ni Charlie, ni Bowie, ni ninguna otra alma a la vista.

    «Gracias, Dios mío» pensó con fuerza en su mente, genuinamente pensando que Dios debía estar cuidándolos y haciendo que su travesía fuera más sencilla.

    Rosemary y Andy se dirigieron apresurados a las puertas abiertas del Bramford (¿siempre estaban abiertas a esa hora?; Rosemary no se lo cuestionó demasiado y sólo salió por ellas sin más). Caminaron con paso rápido por la acerca, dejando aquella casa del Demonio a sus espaldas. En cuanto distinguió por la calle al primer taxi aproximándose en su sentido contrario, rápidamente agitó una mano efusiva en el aire para llamarlo. Por un momento pensó que no se pararía, y encontrar algún otro a esa hora de seguro resultaría en una travesía peor que su escapada. Pero al final el vehículo amarillo giró y se estacionó justo enfrente de ambos.

    De nuevo Rosemary agradeció a Dios.

    Madre e hijo se subieron apresurados a la parte trasera del taxi, acomodando cómo pudieron la maleta entre ambos.

    —A la estación Grand Central, por favor —pidió Rosemary en cuanto estuvieron sentados. Y al alzar su mirada al frente, lo primero que notó fueron los ojos del taxista, reflejados en el espejo retrovisor, mirándola atentamente. Esos ojos que ella reconoció de inmediato: los ojos de Roman Castevet, mirándola fijamente desde aquel reflejo.

    Rosemary se sobresaltó espantada, con su espala totalmente pegada contra su asiento, y sus dedos apretando el arma oculta en su bolsillo. Y mientras se cuestionaba cómo era posible que la hubiera alcanzado tan pronto y se preparaba para sacar su arma y dispararla a través de la cabecera de su asiento, lo escuchó pronunciar:

    —¿Se encuentra bien, señora?

    Pero esa no era la voz de Roman; de hecho, ni siquiera se le parecía.

    Y al dar un segundo vistazo al espejo retrovisor, se dio cuenta que los ojos reflejados en él tampoco eran los de Roman. Eran oscuros, cansados, y se encontraban en un rostro de piel arrugada y morena, con pobladas cejas canosas.

    ¿Había sido su imaginación? Sí, debía ser eso… Estaba demasiado nerviosa, después de todo.

    —Sí, estoy bien —respondió Rosemary una vez que logró calmarse—. Gracias… Llévenos a la estación, por favor.

    El taxi comenzó a moverse por la calle en dirección a la estación de trenes. Rosemary y Andy permanecieron en absoluto silencio todo el camino, y el conductor tampoco intentó sacarles más plática, o hacer más preguntas como: “¿qué hacen una mujer y un niño, con lentes oscuros, tomando un taxi solos a la tres de la mañana?” Como fuera, de momento Rosemary agradeció el desinterés de aquel hombre en los asuntos ajenos.

    Al llegar a la estación, Rosemary le pagó la carrera al taxista, dejando un poco extra debido a que no quería perder el tiempo con el cambio, y ambos se bajaron apresurados del vehículo sin dejar o esperar un “buenas noches.”

    Estando ya tan cerca de su destino, Rosemary comenzaba a sentirse algo paranoica. Le daba la impresión de que alguien la observaba o la seguía de muy cerca, a pesar de que a su alrededor no veía a nadie. De hecho, al entrar a la estación, ésta también se encontraba vacía… muy vacía.

    ¿Era eso normal? Creía que siempre había gente yendo y viniendo por ese sitio, incluso a esa hora. Pero al parecer estaba equivocada.

    Se aproximaron hacia la que parecía ser la única casilla de boletos que estaba atendiendo. A través de la rejilla que separaba a los pasajeros del encargado, vio la figura pequeña de una mujer, con su rostro agachado y mirada fija en una revista.

    —Disculpe… —murmuró Rosemary con la suficiente fuerza para llamar la atención de la mujer, pero enmudeció en el momento en que ésta alzó su rostro hacia ella; el rostro arrugado y alargado de Minnie Castevet, mirándola por encima del armazón de sus pequeños lentes, con sus esos pequeños y endemonies ojos…

    Similar a cómo había ocurrido en el taxi, la mano de Rosemary se apretó fuerte al revólver de su bolsillo. Y del mismo modo, un parpadeo después aquella espeluznante visión se desvaneció, y en su lugar la mujer sentada en el pequeño cubículo se volvió sólo una mujer anciana y pequeña, pero bastante diferenciable de su despreciable vecina.

    —¿Algún problema, querida? —le preguntó la encargada, con voz seria y apagada, con un marcado acento de la costa oeste.

    —No, ninguno —respondió Rosemary apresurada, retirando la mano de su bolsillo antes de que en su nerviosismo cometiera una locura—. ¿Cuál es el tren más próximo que me pueda acercar a Omaha, Nebraska?

    —Nebraska… —repitió en voz baja la encargada, y revisó rápidamente su lista con el itinerario. No debían de salir muchos trenes a esas horas, pero Rosemary tomaría lo que tuviera—. Un tren a Chicago está a punto de salir. Si se apresuran aún puede alcanzarlo.

    —¿Chicago? —Repitió Rosemary, mientras se ubicaba mentalmente en el mapa. De Chicago a Omaha debían ser unas diez horas. En cuanto llegaran, podrían tomar el autobús en la misma estación. No se atrevería a siquiera pasar la noche ahí—. Sí, muy bien. Deme dos.

    Con boletos en mano, Rosemary y su hijo se dirigieron a paso rápido a los andenes, buscando el que los sacaría de una vez por todas de esa ciudad que tanto había aprendido a amar y odiar a la vez. Aquel sitio también se encontraba en apariencia solo, pero para ese momento Rosemary ya ni siquiera se detenía a cuestionarse la normalidad de tal detalle.

    —Es ese —indicó la mujer al distinguir su tren estacionado, y al parecer ya preparándose para salir. De inmediato aceleró su paso—. Vamos, no te detengas, Andy.

    —¿Estas segura de esto, mamá? —Escuchó de pronto que le cuestionaba su hijo detrás de ella, mientras lo jalaba de su mano para que no se quedara atrás y anduviera a su mismo ritmo.

    —Te lo dije, Andy —pronunció Rosemary con apuro, ya estando ante las escaleras del vagón para abordar—. No puedo explicarte ahora. Sólo confía en mí.

    —Siempre confiaré en ti, mami…

    Rosemary ya tenía un pie en los escalones de acero, cuando escuchó a Andy pronunciar aquella última frase.

    Solamente que no había sido Andy.

    Esa no había sido su voz.

    Aquel murmullo había sido grueso, gutural, algo que Rosemary sólo podría haber descrito, por raro que sonara, como el de un perro o algún otro animal intentando hablar como un humano…

    Rosemary se quedó paralizada, con su cuerpo casi inclinado hacia el interior del tren, y su mano extendida hacia atrás aún aferrada a la mano de su hijo. Pero… ¿era esa la mano de su hijo realmente? Cuando se volvió consciente, pareció percibir que la mano que tomaba la suya era de hecho más grande que la de su hijo; incluso más grande que la suya.

    Se giró lentamente a mirar hacia atrás, y lo primero que logró distinguir por el rabillo del ojo fueron unos largos y gruesos dedos rojos con garras negras, aferrándose a ella. Y del cuerpo unido a aquella mano, no era más que sombras y humo, a través de los cuales resplandecieron dos grandes ojos dorados fijos en ella…

    Soltó un agudo grito de espantó, y jaloneó su mano, y todo su cuerpo, hacia atrás para apartarse de aquella criatura. Ésta no opuso resistencia y la soltó casi de inmediato, provocando que el cuerpo de Rosemary cayera al interior del tren sobre su costado. En el instante en que su cuerpo estuvo completamente adentro, la puerta se cerró automáticamente con fuerza, como la reja de una celda.

    —¡¿Andy?! —Exclamó horrorizada, parándose lo más rápido que pudo y se aproximó a la puerta, intentando volver a abrirla sin éxito—. ¡Andy! ¡Abran esta puerta! ¡Abran!

    Comenzó a golpear, patear y gritar, pero la puerta no cedía ni un poco, como si fuera realmente una parte inamovible de la pared. Se asomó entonces por la ventanilla circular en el centro de la puerta, esperando poder ver a su hijo del otro lado… pero no logró ver absolutamente nada. Por aquella ventanilla, todo lo que se asomaba era sólo negrura completa.

    Rosemary se apartó lentamente hasta pararse a mitad del pasillo. Miró a su alrededor y notó que no era sólo la ventanilla de esa puerta; todas las demás ventanas de ese vagón no mostraban nada por ellas, como si estuvieran cruzando algún oscuro túnel a pesar de que no se movían en lo absoluto.

    —¿Qué está pasando? —Murmuró despacio para sí misma—. ¿Hay alguien aquí?, ¡necesito ayuda!

    Comenzó a avanzar con paso cuidadoso por el pasillo central. El vagón estaba levemente iluminado por las luces del techo. Los asientos a cada lado estaban todos vacíos; ningún pasajero a la vista… excepto por uno.

    Casi llegando a la última fila, por encima de los respaldos distinguió un ancho sombrero blanco que sobresalía, adornado con plumas lilas. Rosemary acababa de ver ese mismo sombrero esa tarde… colgado en el perchero de los Castevet.

    Se aproximó apresurada hasta ese sitio, parándose firme justo a un lado de la fila. Y ahí, sentada en el asiento de la derecha pegado a la ventanilla, vio a la misma mujer a la que supuso pertenecía ese sombrero, y ésta la vio de regreso, sonriéndole con una morbosa gentileza.

    —Hola, Rosemary —le saludó Margaux Blanchard—. Te estaba esperando.

    Aquello no era otra ilusión de su mente, eso lo tuvo seguro de inmediato. Rosemary ni siquiera perdió tiempo en sorprenderse, y ahora sin más sacó el arma de su bolsillo y la estiró hacia adelante, apuntando con su pequeño cañón directo a la frente de la mujer.

    —¿Dónde está mi hijo? —Cuestionó tajante, pero ni su arma ni su tono amedrentaron a la mujer de blanco.

    —El pequeño Adrián está bien, Rosemary —le respondió Margaux aún sonriente—. Toma asiento, por favor —le indicó justo después, apuntando con una mano hacia el asiento delante del suyo—. Tenemos que hablar.

    —No tengo nada que hablar con usted. Quiero salir de aquí ahora mismo y ver a mi hijo.

    —Mientras más pronto hablemos, más pronto lo verás —insistió Margaux—. Por favor.

    Rosemary vaciló e intentó pensar rápidamente en qué hacer. Se veía tan tranquila y confiada a pesar de que la apuntaba con un arma, que no pudo evitar cuestionarse el por qué y ponerse aún más nerviosa por ello. Miró alrededor, preguntándose si habría más miembros del Aquelarre listos para saltar en su defensa en cualquier momento. Y si los había, al menos a corta distancia era claro que no estaban, así que aún podía tener tiempo de al menos dispararle una vez antes de que la detuvieran. Así que confiaba en que al menos mientras la tuviera al tiro de su cañón, nadi intentaría nada.

    Lentamente se sentó en el asiento que Margaux le ofrecía, sin bajar la pistola ni un minuto, ni tampoco apartar sus ojos furiosos de la mujer delante de ella. Ésta seguía pareciendo anormalmente tranquila.

    —Escuché que tuviste un desacuerdo con Roman y Minnie por la propuesta de que Adrián nos acompañe a París.

    —No me importa lo que le pase a Roman, y no me importa quién sea usted. No me separarán de mi hijo; soy la única persona en el mundo que puede evitar que se convierta en… —su lengua vaciló unos intentes, pero luego terminó la frase sin duda alguna—: en eso que Roman tanto quiere.

    Margaux asintió, al parecer comprensiva.

    —Lo creas o no, te entiendo, Rosemary, y te compadezco —musitó la mujer francesa, con un extraño tono cariñoso, como Rosemary imaginaba que una madre le hablaría a su hija—. Debe ser tan difícil ser una mujer en tu posición. Sólo quieres lo mejor para tu hijo, ¿no? Pero me temo que desde el inicio has malentendido casi todo, chéri. Eso en lo que tanto temes que Adrián se convierta, sucederá al final; contigo o sin ti. Él tiene un papel muy importante que debe desempeñar en los años venideros, y se le ha estado preparando para ello desde su nacimiento. Y nada, ni nadie, puede impedir que cumpla con dicho papel… mucho menos tú.

    La última parte de su discurso ya no fue tan cariñosa y comprensiva como al inicio; de hecho, la amenaza latente en su tono se volvió palpable, pero Rosemary no se intimidó.

    —Andrew es un buen niño, el más bueno que conozco —señaló con firmeza en su voz—. Él nunca será el monstruo que ustedes quieren que sea.

    Margaux soltó en ese momento una aguda carcajada hiriente.

    —¿Y qué te hace pensar que nosotros queremos que sea un monstruo? —Le cuestionó la mujer francesa con ironía—. ¿O por qué das por hecho que lo que deseamos para él, y el mundo, es algo malo? Eso muestra lo cerrada y cuadrada de tu mente, chéri. Pero no es tu culpa, sino de tu prejuiciosa crianza católica, y la cultura puritana y cobarde que cimentó las bases de este país tan decadente; de eso yo sé bastante. Pero algún día, si tienes suerte, entenderás que nosotros no somos los malos aquí, sino todo lo contrario. Si quieres un villano, te sugiero que alces la mirada más arriba.

    Al hacer aquel último comentario, Margaux señaló con su dedo hacia lo alto; hacia el techo, pero en realidad hacia mucho más arriba, dejando bastante claro a qué se refería.

    —Llevo diez años conociendo a Roman y a los otros —indicó Rosemary—, y nunca he visto ni una sola cosa en ellos que me demuestre tal cosa. Y sólo la he visto usted unos cuantos minutos, y estoy convencida de que es de los seres más perverso que he conocido o conoceré… Y con más razón nunca le entregaré a mi hijo. Tendrá que matarme primero.

    —Yo que tú no hacía esa sugerencia, que hay bastantes dispuestos a tomarte la palabra —Indicó Margaux, de nuevo con esa clara amenaza acompañándola, además de una hiriente ironía. Y en esa ocasión, Rosemary no fue capaz de ocultar su impresión— He querido preguntar esto desde que me enteré de ti —añadió de pronto, cambiando la instante de actitud. Inclinó entonces su cuerpo al frente, la vio atenta a los ojos y dijo—: ¿Cómo fue?

    —¿Cómo fue qué? —Cuestionó Rosemary, confundida.

    La sonrisa de Margaux se alargó de oreja a oreja, y la miró con una extraña y desbordante excitación.

    —Ser tomada por Él, obvio —respondió emocionada—. Que te hiciera suya en cuerpo y alma…

    Rosemary palideció ante tal cuestionamiento, y su respiración se cortó abruptamente. Sintió sus piernas y manos temblar, al momento en que a su mente volvieron aquellas escenas difusas de lo que fue aquella horrible noche. Margaux no pareció notar el disgusto que su cuestionamiento le provocó; o no le importó, o quizás era justo lo que deseaba provocarle desde el inicio.

    —Muy pocos han tenido tan increíble honor —prosiguió la francesa—. Estar con cualquier otro hombre luego de Él, debe sentirse insípido, ¿o no?

    —¿Honor? —Soltó Rosemary, como si aquella palabra se le hubiera atorada en la garganta y tuviera que escupirla con asco—. Fui drogada y violada con la vehemencia de mi propio esposo. Estás más enferma de lo que pensé si llamas a eso un "honor''.

    —Cabe recordarte que tuviste un hijo a raíz de ello —señaló Margaux, alzando un dedo hacia ella casi simulando con él un ademán de regaño—. Un hijo al que al parecer quieres defender con fervor.

    —Andy no tiene nada que ver con eso. Él es un buen chico; no tiene por qué ser… como su padre.

    Aún después de diez años, y de todas las cosas que había visto y vivido en ese tiempo, aún una parte de la mente de Rosemary se rehusaba a aceptar que lo sucedido aquella noche había sido como todos decían. Que aquel ser que vio y sintió sobre ella entre retajos de consciencia, era… el Diablo en persona, tomándola a la fuerza cuando ella ni siquiera estaba del todo despierta. Que su hijo, su amado Andy, era también hijo de Él; que era el Anticristo descrito en la Biblia, el Salvador que Roman y su Aquelarre habían esperado por tanto tiempo…

    "Su padre es Satanás, no Guy. Él vino del infierno y engendró un hijo con una mujer de carne y hueso."

    "¡Salve, Satanás!"

    "Satanás es su padre, y su nombre es Adrián. Derrocará a los poderosos y destruirá sus templos. ¡Redimirá a los despreciados y vengará a todos los caídos y torturados!"

    "¡Salve, Adrián!"

    "¡Salve, Satanás!"

    "Su poder es cada vez más fuerte. Su supremacía durará por siempre."

    "¡Salve, Satanás!"

    “¡Dios ha muerto! ¡Satanás vive! ¡Es el año uno! ¡Es el año uno y Dios ya no existe! ¡Es el año uno! ¡Salve, Adrián! ¡Salve, Satanás!"

    A veces así era como Rosemary se sentía: que Dios ya no estaba ahí con ella, que la había dejado a su suerte. Pero se resistía a aceptar que aquello pudiera ser cierto. Prefería decir en voz alta que Guy era el padre de su hijo, aunque supiera que era una mentira. No era capaz de aceptar que aquella inherente maldad realmente existiera en el interior de su pequeño…

    —Yo una vez lo vi —murmuró Margaux de pronto, llamando de nuevo la atención de Rosemary, que sin darse cuenta su mente había empezado a divagar hacia aquella lejana noche. Y antes de que pudiera preguntarle a quién se refería, ella se apresuró a aclarárselo—. A Él, me refiero. A nuestro Señor, al Dador de Luz… al padre de tu hijo. Estuve en su presencia tan vívidamente cómo te tengo a ti delante de mí.

    Rosemary sintió un inusual escalofrío recorrerle la espalda al oírla decir tal cosa, y se preguntó irremediablemente si acaso aquello era algún tipo de broma. Pero pudo verlo claramente en sus ojos: estaba hablando muy, muy enserio…

    —Fue el momento más… electrizante y decisivo de mi vida —añadió Margaux con excitación—. Aunque claro, no llegué tan lejos como tú, pero no fue porque yo no lo deseara. Muchas veces he querido volver a verlo, que Él me vea, y sentir lo mismo de aquella primera vez… Pero, aunque no se me presente de frente, Él siempre está conmigo, y siempre sé lo que quiere y lo que desea. Oigo su voz, ¿entiendes? —Indicó señalando sutilmente su oído derecho—. Es uno de mis tantos dones secretos, y que muy pocos conocen. Ni Roman, ni mucho menos el inepto de su papi al que tanto idolatra, han tenido este privilegio. ¿Y sabes qué me ha dicho sobre ti, Rosemary? ¿Te gustaría saber qué es lo que opina nuestro Señor sobre la madre mortal de su hijo…?

    ¿Escuchar la voz del Diablo a cada momento? Rosemary se dijo a sí misma que esa mujer era una completa desquiciada, incluso a un nivel superior al de Roman y el resto de sus locos amigos. Y, aun así, la respuesta que terminó saliendo de sus labios, aunque ella no entendiera en ese momento del todo por qué, terminó siendo:

    —¿Qué? ¿Qué te ha dicho…?

    Margaux sonrió complacida por su interés, casi como si se regodeara de ello. Inclinó entonces su cuerpo hacia el frente, la miró atentamente con sus intensos ojos azules de serpiente, y entonces murmuró lento y alto para que Rosemary la escuchara con claridad:

    —Absolutamente nada, ni una sola cosa.

    Aguardó unos segundos para dejar que sus palabras se asentaran en la cabeza de la impresionada mujer rubia, y luego prosiguió de la misma forma que antes.

    —Tú, chéri, no tienes la menor importancia en el Gran Plan. Eres complemente insignificante en comparación con todo lo que ha de venir. Minnie piensa que Roman te ha dado demasiadas libertades durante todo este tiempo, y por eso te has dado atribuciones que no te conciernen; y tiene razón. Y quizás yo también lo esté haciendo; el sólo hecho de tomarme la molestia de tener esta plática contigo lo deja en evidencia. Todos nosotros, en menor o mayor medida, te hemos dado la falsa impresión de que realmente tienes voz y voto en lo que se hará con Adrián, pero no es así. Tú no eres nadie; nunca lo fuiste.

    Rosemary respiró lentamente, intentando calmarse. Por algún motivo, que su mente no era capaz de concebir del todo, aquellas palabras le provocaban una intensa rabia que amenazaba con escaparse de su cuerpo, en un inicio con abundantes lágrimas. Y el único motivo por el que algo como eso le afectara tanto es porque, quizás en el fondo… sabía que era verdad.

    —Soy su madre…

    —No, Rosemary —le cortó Margaux de golpe—, ahí está la raíz de todo tu error. Tú no eres su madre, tú sólo eres la vagina por la que tuvo que salir para llegar a este mundo. Pero tan bien como fue la tuya, podría haber sido la de la prostituta más barata de la otra esquina, o la de una chacal o una perra. Así que en verdad no te creas tan especial. Y, lo más importante, no te creas tan indispensable.

    —Entonces dejen de amenazarme y háganlo —espetó Rosemary furiosa, extendiendo más su pistola hacia la mujer delante de ella, dejando el cañón a unos escasos centímetros de su nariz—. Intenten matarme como tantas veces me han dicho que lo harán. Andrew no es ningún tonto; él sabrá que fueron ustedes. Y nunca harán que vuelva a confiar ni hacer lo que le digan, y a la larga él será su perdición. Así que anda, inténtelo ahora mismo, pero te aseguro que al menos tú te irás conmigo.

    No hubo reacción inmediata, ni de Margaux ni de ningún otro satanista escondido en los rincones. Todo permaneció quieto y en silencio, y la mujer francesa sólo se quedó ahí sentada, observándola con esa misma sonrisa despreocupada e ignorando el revólver apuntando a su casa.

    Rosemary sonrió confiada.

    —Eso pensé. Ustedes ladran mucho pero rara vez muerden.

    —Dile eso a tu viejo amigo, Hutch —musitó Margaux con absoluta naturalidad, dejando a Rosemary perpleja por esa mención—. Él quizás te pueda decir que tan fuerte es nuestra mordida...

    En ese momento, Margaux extendió su mano derecha hacia ella, y abrió su puño cerca de su rostro para que pudiera ver lo que ahí sostenía. Y sobre la tela morada de su guante, Rosemary reconoció de inmediato el pequeño objeto blanco y esférico: el pendiente de perla de su abuela, el que no logró encontrar más temprano antes de su huida…

    Rosemary se pegó contra su asiento, espantada. Fue invadida de inmediato por el recuerdo de Hutch; el dulce y amable Hutch, su amigo que fue casi como un segundo padre. El hombre que había caído en coma y luego muerto por culpa de Roman y los otros, sin que tuvieran que tocarlo siquiera. Lo único que necesitaron fue un objeto personal de él… como ese pendiente de perla que esa mujer sostenía en ese mismo momento.

    Se levantó de golpe de su asiento y caminó hacia el pasillo, sin dejar de amenazar a Margaux ni un instante.

    —Déjame salir ahora mismo —exigió Rosemary con fuerza—. Tomaré a Andrew y los dos nos iremos bastante lejos de todos ustedes. Y si se atreven a seguirnos, les diré a las autoridades absolutamente todo lo que sé. Y aunque me consideren una loca, gritaré y gritaré hasta que alguien me escuche. ¿Me oíste bien?

    —Te oí muy bien —asintió Margaux con indiferencia—. Pero al contrario de lo que crees, yo seré la última persona que oirá tus gritos en mucho, mucho tiempo. Y no irás a ningún lado con Adrián. De hecho, lamento decirte, chéri, que ni siquiera has puesto un pie fuera del Bramford aún.

    —¿Qué…? —Murmuró Rosemary, apenas siendo capaz de hacer su voz sonar.

    Su mano tembló sin control, y sintió como el aire se escapaba por completo de su cuerpo. Su dedo se tensó contra el gatillo del arma, y como empujada por una fuerza invisible lo presionó sin más. El estruendo del disparo resonó en el eco del vagón, y vio el flashazo surgir de la punta del cañón. La bala se fue directo a la cara de Margaux, pero pareció atravesarla como si de una cortina de humo se tratara, no dejando ni rastro alguno de herida en ella; ni siquiera borró ni un poco su soberbia sonrisa.

    La mano de Rosemary se abrió, dejando caer el revólver a sus pies.

    —¿Do… Dónde está Andrew? —Balbuceó con temor, esforzándose por mantenerse de pie—. ¿Dónde está mi hijo…?

    —No te preocupes —le respondió Margaux con elocuencia—. De ahora en adelante, nosotros cuidaremos de él.

    Y al siguiente parpadeo, la imagen de aquella mujer sentada simplemente se esfumó, como si en verdad nunca hubiera estado ahí. Y Rosemary sintió entonces como el tren comenzó a moverse, tan repentinamente que terminó cayendo de costado sobre la alfombra por el jalón.

    —¡No! —Gritó Rosemary horrorizada y rápidamente se alzó y corrió de regreso a la puerta por la supuestamente había entrado. Pero al asomarse por la ventanilla, siguió viendo sólo oscuridad—. ¡Andrew! ¡Andrew! —Gritó con todas sus energías, comenzando a golpear desesperada el vidrio en un intento de romperlo.

    El tren siguió avanzando y avanzando, alejándose cada vez más. Aunque, en realidad, aquello sólo estaba ocurriendo en la confundida mente de Rosemary Reilly. Y ella, a su pesar, lo había entendido demasiado tarde…

    — — — —
    Justo como Margaux le había advertido, Rosemary nunca dejó el Bramford. Nunca llegó a la estación de trenes, nunca tomó el taxi, ni cruzó el vestíbulo a lado de su hijo. De hecho, lo más lejos que había logrado ir fue hasta el ascensor. Aquel pequeño mareo que había sentido al entrar había sido mucho más grave de lo que su consciencia se dio cuenta. En realidad, su delgado cuerpo se había desplomado en el suelo del ascensor ante los atónitos ojos del pequeño Andrew, y ahí se había quedado.

    —¡Mamá! —había gritado horrorizado el niño. Se le aproximó y comenzó a agitarla, intentando despertarla—. Por favor reacciona, mamá… ¡Mamá!

    Por más que Andy la agitó y le gritó, Rosemary no reaccionó en lo absoluto. Asustado y confundido, el niño no tuvo más remedio que salir del elevador y correr a la puerta del 7-A. Llamó desesperado al timbre una y otra vez, hasta que Roman alarmado, envuelto en una bata de rayas azules y rojas, abrió la puerta y lo divisó al otro lado.

    —Adrián, ¿qué pasa? —Le cuestionó el hombre mayor.

    Andy lo tomó de su mano y lo jaló rápidamente hacia el pasillo, y posteriormente al ascensor aún abierto.

    —¡Es mamá! —Exclamó el muchacho—. ¡Algo le pasó! Por favor, ayúdala.

    Roman se asomó al interior de la caja del ascensor, y vio a Rosemary tirada sobre su pecho, con sus piernas torcidas y mejilla derecha presionada contra el piso. Roman la contempló en silencio, alarmado pero… no sorprendido.

    —Todo estará bien, Adrián —le indicó el hombre, rodeando al niño con un brazo—. Llamaré a una ambulancia. Todo estará bien…

    Roman llevó a Andy hacia el interior de su departamento, e hizo exactamente lo que dijo que haría: llamar a una ambulancia, aunque no con las intenciones que el chico esperaba.

    Los paramédicos llegaron unos quince minutos después. Andy, de pie en el vestíbulo, contempló con sus falsos ojos avellana como sacaban a su madre en una camilla y la subían entre dos a la parte trasera de la ambulancia. A su lado se encontraban Roman, Minnie, y su buen amigo John. Éste último lo sujetaba con una mano de su hombro, intentando reconfortarlo.

    —Tu mamá estará muy bien —le prometió John en voz baja, intentando sonar positivo. Pero Andy no compartía su sentimiento. Incluso en ese momento, el chico sentía que su madre no estaría bien en lo absoluto. Y en efecto, tenía razón.

    — — — —
    Al día siguiente durante la tarde, Roman y Minnie le comunicaron al pequeño Andy la triste noticia: su madre había muerto de una embolia repentina. Lo consolaron diciéndole que no había sufrido en lo absoluto, y que ahora “está con tu verdadero padre.” El consuelo no sirvió de nada, pues la noticia igual lo terminó destrozando. Lloró todo el resto de la tarde, como quizás nunca había llorado hasta entonces, o lloraría después.

    Pero aquello, por supuesto, sólo fue una más de las tantas mentiras que su padrinos le habían dicho. Su madre no estaba muerta, o no del todo. Así como le había ocurrido a Hutch diez años atrás, Rosemary había caído en un profundo e inexplicable sueño. Y dos días después de la noche de su fallido intento de fuga, mientras su hijo, amigos y, ¿por qué no?, enemigos enterraba en el cementerio un ataúd vacío, ella reposaba en la camilla de un pequeño hospital de New Jersey, bajo el nombre de Rosemary Fountain. Y ahí se quedaría por un buen tiempo.

    Aquella tarde, poco después del funeral, Margaux Blanchard se presentó en la habitación de Rosemary, vistiendo el mismo modelo de vestido y sombrero ancho con el que había llegado el primer día al Bramford, sólo que en color negro acorde con la aparente situación. Margaux contempló con curiosidad a la mujer en la camilla durante largo rato, llegando incluso a sentarse en la silla a su lado como si fuera una persona común, visitando a una vieja amiga. Entre sus dedos, sostenía y giraba el pendiente de perla perdido, jugando con él como si fuera una pequeña canica.

    Para ese entonces, el tren de Rosemary ya se había alejado bastante de ese sitio, por lo que ante ella sólo quedaba el cascarón vacío. Un lindo cascarón, debía aceptar Margaux, pero no del tipo que a ella le gustaban.

    La mujer francesa permaneció ahí sentada y en silencio por casi media hora, sólo observando fijamente el rostro dormido de Rosemary Fountain. Ingrid Archer, su asistente, apareció en la habitación pasado ese tiempo; también vestía de negro.

    —Acabo de hablar con el señor Woodhouse —informó Ingrid al entrar, sin molestarse siquiera en saludar primero—. Aceptó firmar todos los papeles sin objeción alguna. Le llegarán por correo mañana temprano.

    —Excelente —murmuró Margaux con emoción, virando su mirada hacia ella. Le extendió entonces su mano, indicándole que se aproximara. Ingrid, un poco reticente, avanzó lentamente hacia ella. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, Margaux alzó su mano, cubierta con su guante negro, y colocó su palma contra su mejilla, comenzando a acariciarla con gentileza—. Buen trabajo, Ingrid. Tan eficiente como siempre, mi chica especial.

    Ingrid se prestó visiblemente incómoda por ese gesto, pero sostuvo su estoicidad y calma hasta que Margaux misma decidió retirar su mano. En ese momento mismo, Ingrid se permitió dar un paso hacia atrás, y desviar su mirada hacia cualquier otro lado; hacia la mujer en la camilla, por ejemplo.

    —¿Cuánto tiempo permanecerá en ese estado? —Preguntó Ingrid con seriedad.

    Margaux se encogió de hombros.

    —El tiempo que sea necesario, supongo.

    —¿Y por qué dejarla así? —Inquirió Ingrid, confusa—. ¿No hubiera sido más simple matarla como los Castevet sugerían? Hasta donde al niño le consta, en efecto lo está.

    —Quizás —respondió Margaux con bastante calma—. Pero durante nuestra última conversación, ella me dijo algo que consideré relevante. Dijo que tarde o temprano Adrián se daría cuenta de lo que hicimos, y eso lo orillará a imponerse a nosotros. Eso es de hecho muy probable que ocurra, y dependiendo de la fuerza e influencia que el chico tenga llegado ese momento, podría hacernos las cosas… incómodas. Pero, si eso ocurre, la pequeña Rosemary podría ser una carta importante para tenerlo tranquilo; o, al menos, distraído.

    —¿Dejarla con vida no representa más un riesgo en ese sentido? —Masculló Ingrid, en efecto no convencida del argumento.

    Margaux sonrió, más divertida que molesta por sus cuestionamientos. Se estiró hacia el mueble a un lado de la camilla, dejando sobre éste el pendiente de perla. Luego se paró de su silla y se le aproximó, volviendo a tocarle sutilmente su mejilla con una mano.

    —Algún día comprenderás tan bien las cosas como yo lo hago, querida Ingrid —le susurró muy despacio, mientras le daba dos palmaditas cariñosas en su mejilla—. Y esa visión ampliada será un verdadero privilegio.

    Ingrid guardó silencio, sosteniéndole la mirada lo mejor que le era posible, pues esos intensos ojos claros ciertamente la inquietaban. Por suerte no tuvo que resistirse mucho, pues Margaux tras unos segundos apartó su mano y empezó a andar a la puerta sin más.

    —Ahora vámonos —indicó con un claro tono de orden—. Tenemos que volver a casa, con nuestro nuevo amigo.

    Ingrid asintió y la siguió de cerca a la puerta. Ambas mujeres se fueron, dejando sola a la inconsciente Rosemary en aquella habitación, y en ese profundo sueño…

    * * * *
    Más de cuarenta años después, Andy Woodhouse volvía a casa tras su corto viaje a Atenas, acompañado de Ann. Habían aterrizado en el JFK un poco después del mediodía, y su plan era partir juntos esa misma tarde a Los Ángeles. Pero antes, Andy debía hacer una pequeña y rápida parada en su departamento, y le sugirió a Ann que lo acompañara; para que conociera el lugar, y también a su hijo Sebastián. A Ann le agradó lo primero, pero lo segundo… no la entusiasmaba demasiado.

    Ambos entraron juntos por la puerta principal del departamento un poco antes de las dos de la tarde. El sonido de la puerta abriéndose y el tintineo de las llaves de Andy alertó a los ocupantes del lugar, aún antes de que su voz sonará con fuerza pronunciando:

    —Hola todos, ya estoy en casa.

    La figura de Gilda se hizo notar casi de inmediato, aproximándose apresurada por el pasillo y cruzando la sala hacia el recibidor.

    —Andy —pronunció el ama de llaves con una combinación de alivio y temor combinado—. Hemos intentado contactarte toda la noche…

    —Lo siento, Gilda —se disculpó el músico con una galante sonrisa, aproximándose hacia la mujer para entonces darle un cariñoso beso en su mejilla—. Ya sabes cómo es esto; diferencia horaria, y luego tuvimos este largo vuelo. Además de que no tengo idea de dónde dejé mi teléfono, pero ya le mandé un mensaje a Cindy para que me consiga otro.

    Mientras daba toda aquella explicación, le sacó la vuelta a la mujer y comenzó a caminar hacia el pasillo.

    —Lamentablemente sólo vengo a cambiar de maleta, pues necesito volver a salir de inmediato.

    —Pero, Andy… —pronunció Gilda con fuerza intentando llamar su atención sin mucho éxito.

    —Ah, sí —pronunció el músico de pronto, virándose unos instantes de nuevo hacia atrás—. Perdona mi descortesía, que mi mente está algo dispersa en estos momentos. Ella es Ann Rutledge, actualmente Ann Thorn. Una vieja amiga.

    Al hacer la presentación extendió su brazo en dirección a la mujer de pie a mitad del vestíbulo, sujetando a su lado su amplia maleta.

    —No tan vieja —bromeó Ann, y se aproximó entonces hacia la mujer, ofreciéndole su mano—. Encantada, Gilda.

    La mujer se giró hacia ella y la contempló con cuidado. Ella estaba igualmente tan enfocada en aquello que la tenía inquieta que no había reparado en que Andy en efecto venía acompañado.

    —Encantada, señora… —le saludó con reserva, apenas estrechando su mano lo suficiente.

    Tenía bastantes preguntas sobre quién era esa mujer, pero de momento sus preocupaciones eran otras. Para cuando logró reaccionar y girarse de nuevo hacia su jefe, éste ya iba caminando por el pasillo en dirección a su habitación.

    —Andy, hay algo que debes saber —pronunció Gilda con ímpetu, apresurándose a alcanzarlo.

    —Luego, Gilda —le respondió Andy, agitando una mano en el aire sin detenerse ni voltear a verla—. Te dije que voy a de salida. Necesito viajar de nuevo…

    —¿Andy? —Escuchó de pronto que alguien pronunciaba a su izquierda, en el momento justo que había pasado de largo la puerta abierta de un cuarto… el cuarto de su madre.

    Adrián se detuvo en seco en su lugar al escuchar aquella voz; una voz que, a pesar de todo el tiempo que había pasado, le pareció reconocer de inmediato. Y eso le provocó una opresión casi dolorosa en el estómago…

    Retrocedió lentamente dos pasos hacia atrás, hasta poder pararse justo en el umbral. Andy conocía a la perfección esa habitación, y en los últimos dieciocho años el cuadro que se le presentaba cada vez que entraba en ella era casi el mismo. Pero ese día, esa ocasión en la que su mente estaba tan concentrada en otras cosas que ni siquiera había pensado en mirar hacia ahí, las cosas eran distintas.

    Sebastián estaba sentado en la silla a un lado de la camilla, donde normalmente esperaría ver a Miriam a esa hora. Y en la camilla, como siempre, se encontraba recostada su madre, Rosemary… pero ella tenía en esos momentos sus ojos abiertos, y lo estaba viendo fijamente desde su lecho.

    —¿Eres tú? —Pronunció la mujer anciana en la camilla tras unos segundos, esbozando una alegre sonrisa—. Sí, eres tú, mi Andrew… mi pequeño…

    Andy se quedó quieto como estatua en su posición, impactado por no sólo escuchar aquella voz repentinamente, sino además por ver sus labios moverse y pronunciar aquellas palabras. Todo aquello fue tan abrumador para él, que ni siquiera reparó en qué momento Ann y Gilda se pararon a su lado, viendo también hacia el interior del cuarto. Y en realidad, no importaba… nada más importaba en esos momentos.

    FIN DEL CAPÍTULO 95
    Notas del Autor:

    Como les prometí, el flashback sólo duró dos capítulos. Espero les haya gustado, o al menos les haya parecido interesante.

    La historia de Rosemary y como terminó en ese estado se encuentra en parte inspirado en lo que ocurre en el libro El Hijo de Rosemary de Ira Levin, y muy levemente también en la película de 1976 titulada ¿Qué pasó con el Bebé de Rosemary?, pero siendo al final de cuentas mi propia versión de dicho acontecimiento. Pero como ya habíamos visto anteriormente, Rosemary al fin ha vuelto a despertar, justo como Margaux Blanchard había planeado. ¿Coincidencia?, eso lo veremos después…
     
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