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Long-fic Resplandor entre Tinieblas

Tema en 'Crossover' iniciado por WingzemonX, 21 Junio 2017.

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    WingzemonX

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    Virgo
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    Resplandor entre Tinieblas
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    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
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    Misterio/Suspenso
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    82
     
    Palabras:
    8106
    Resplandor entre Tinieblas

    Por
    WingzemonX


    Capítulo 81.
    Inspector de Milagros

    El avión del padre Jaime Alfaro aterrizó en Los Ángeles cerca de las dos de la tarde. Había sido un largo vuelo de quince horas, incluyendo una escala en Dublín. Sin embargo, ese tipo de viajes ya no le resultaban inusuales o incómodos al padre español, pues por su labor era muy común que le tocara viajar a una gran variedad de lugares alrededor del mundo. Y, de hecho, visitar Los Ángeles, California en los Estados Unidos, representaba una encomienda significativamente más simple en comparación a otras.

    Una vez que pasó por las puertas automáticas que separaban el área de llegada, se encontró de frente con las dos personas que habían ido a recibirlo. Karina y Carl, los dos ayudantes del padre Frederick Babato, se encontraban aguardando solemnes a unos metros de las puertas. Y, muy diferente a como habían recibido a Cole hace un par de días, el rostro de ambos se iluminó al reconocerlo entre los pasajeros que salían por la puerta.

    —Padre Alfaro —musitó Karina alegre, aproximándose a él y permitiéndose darle un gentil abrazo, mismo que el religioso aceptó.

    —Karina, hola de nuevo. Siempre es un gusto verte, hija.

    —El gusto es mío, padre.

    Se separaron tras unos segundos, y entonces la atención de Jaime se enfocó en Carl.

    —Carl, ¿cómo has estado, viejo amigo? —le saludó, estrechando firmemente una de sus gruesas y fuertes manos.

    —No me puedo quejar, padre —asintió el hombre grande y de cabeza rapada, notándosele incluso un poco de nervios al hablar—. Bienvenido. Permítame ayudarle con su equipaje.

    —Eres muy amable.

    Carl tomó en ese momento la maleta con ruedas del sacerdote, así como su maletín, y los tres comenzaron a caminar calmadamente hacia la salida más cercana. En cuanto salieron, fueron recibidos por el cielo despejado de Los Ángeles, y por un sol relativamente fuerte. Jaime, vestido con su traje negro completo y su cuello clerical, dio seña de sentirse un tanto incómodo en ese momento.

    —Hace calor aquí para ser noviembre, ¿no?

    —El auto tiene aire acondicionado —le indicó Karina, lo cual ciertamente le produjo algo de alivio.

    —Bendito sea —exclamó Jaime con un tono un tanto jocoso.

    Carl subió la maleta a la cajuela del Honda Accord plateado, pero Jaime insistió en llevar su maletín consigo al frente. El hombre grande tomó el asiento del conductor, mientras Karina y el recién llegado se sentaban en la parte trasera. No tardaron mucho después en retirarse de ahí.

    — — — —​

    Durante su estancia en Los Ángeles, el padre Frederick se hospedaba temporalmente en una casa parroquial muy cerca de la Iglesia de San Vicente de Paúl, en el centro. Jaime era igualmente más que bienvenido a quedarse con él, y lo más seguro es que así lo hiciera, pues su viaje hasta ahí no incluía precisamente los viáticos para un hotel de cinco estrellas. Mientras Carl y Karina iban a recoger al sacerdote recién llegado de Roma, Frederick aguardaba su regreso sentado en la sala de estar de la elegante casa de dos pisos, leyendo en silencio. Se encontraba sentado en uno de los sillones de espalda a la gran ventana de la sala, iluminado su lectura principalmente por la luz natural que por ella se filtraba. La casa estaba de momento sola, lo cual sería más que adecuado para que pudieran discutir con considerable privacidad el tema tan delicado que los atañía.

    Cuando sintió el vehículo estacionándose frente al garaje, Frederick se viró un poco hacia la ventana sobre el respaldo del sillón y se retiró sus gruesos anteojos para leer. Pudo distinguir lejanamente el marcado acento de Jaime al hablar, y no pudo evitar sonreír con un poco de emoción por ver a su viejo amigo luego de tanto tiempo.

    Dejó entonces el libro sobre la mesita de centro, y se puso de pie apoyándose en su bastón. La puerta principal se abrió poco después, y menos de un minuto más tarde Carl y Karina aparecieron en la entrada principal de la sala, guiando a Jaime que avanzaba unos pasos detrás de ellos.

    —Jaime —exclamó Frederick contento, extendiendo hacia él el brazo con el que no sujetaba su bastón—. Benvenuto amico mio.

    Jaime se tomó la libertad de aproximarse hacia el padre robusto y de estatura baja, dándole un caluroso abrazo similar al que Karina le había dado. E igualmente, Frederick se lo recibió.

    —Los años no pasan sobre ti —le murmuró el padre italiano con tono de broma, a lo que el recién llegado respondió de forma similar:

    —Me gustaría decirte lo mismo, Frederick.

    Ambos rieron al unísono y se separaron en ese momento, cortando su abrazo.

    —Viejo embustero —suspiró Frederick al final de sus risas—. Carl, deja el equipaje del padre Alfaro arriba, por favor. Y, ¿serías tan amable de prepararnos un café?

    —Enseguida —respondió el hombre de cabeza calva, y sin dudarlo tomó la maleta y se dirigió de regreso al vestíbulo para subir las escaleras.

    —El mío sin azúcar, por favor —pidió Jaime rápidamente antes de que Carl se retirará del todo. Esperaba que lo hubiera escuchado.

    Una vez que Carl salió, y sin necesidad de que se lo pidieran, Karina se encargó de cerrar cuidadosamente las puertas corredizas que había en las dos entradas de la sala. La casa en efecto estaba sola, pero nunca se podía ser lo suficientemente cuidadosos con ciertos asuntos. Incluso creyó prudente correr las gruesas cortinas marrones de la ventana, sacrificando la hermosa luz de sol pero ganando más seguridad de que no había ojos curiosos al otro lado de la acera. Terminado aquello, se quedó de pie delante de las cortinas, y detrás del sillón del padre Babato, adoptando una postura marcial bastante digna de cualquier militar de carrera.

    Frederick aguardó a que Karina terminara con lo suyo, más por respeto que por verdadera precaución.

    —Toma asiento, por favor —le indicó a su invitado, extendiendo su mano hacia el sillón pequeño más cercano. Luego él mismo pasó a sentarse en su sitio, soltando un nada discreto quejido de dolor en el proceso. Su mano igualmente se dirigió después a su muslo, comenzando a frotarlo por encima del pantalón.

    —¿Cómo sigue tu pierna? —Le cuestionó Jaime, curioso pero también un poco preocupado, mientras igualmente se sentaba.

    Frederick lo miró sonriente, y bastante despreocupado ante su pregunta.

    —Aún sigue aquí, y eso es ganancia. Pero no hablemos de eso por el momento. ¿Tuviste tiempo de leer todo el expediente?

    —Fue un viaje largo, así que sí.

    Jaime tomó entonces su maletín negro de piel, con el escudo de las Llaves de San Pedro cruzadas decorando al frente, y sacó de su interior una tableta electrónica y un legajo grueso. Dejó el legajo a un lado suyo sobre el sillón, y la tableta sobre sus piernas.

    —Está bastante completo, debo señalar —añadió con genuina admiración—. Parece que han estado siguiéndole la pista a este chico Thorn desde hace tiempo; más que a otros sospechosos. Pero no entiendo una cosa. —Jaime miró entonces con marcada seriedad a Frederick, adoptando en ese momento una actitud mucho más acorde al papel que había ido a desempeñar en ese sitio—. Si es un sospechoso tan prometedor, ¿por qué hasta ahora se ha solicitado una revisión por parte de un Inspector?

    Frederick resopló, como una señal de cansancio o quizás frustración. Pero ésta no se originaba de la pregunta, sino más bien de su respuesta.

    —Cómo pudiste ver en el expediente, siempre ha habido acontecimientos inusuales alrededor de este joven; sobre todo extraños accidentes, y muertes. Cabe mencionar que también los ha habido en los otros sospechosos, incluidos los que se te ha pedido revisar. Pero en el caso de Damien Thorn, de alguna forma todo suele acomodarse para darle otra explicación, o desmentir que incluso estuviera involucrado o presente. La culpa suele recaer en alguien más, y nunca hay testigos ni pistas. Si a mí me lo preguntas, yo diría que eso podría considerarse sospechoso por sí solo.

    —Quizás —asintió Jaime—. Pero no lo suficiente como para tomarlo como una prueba fehaciente de lo que estamos buscando, ¿no te parece? —Frederick permaneció callado—. ¿Y qué cambió esta vez? No vi en el expediente cuál fue el hecho más reciente que te hizo cambiar de opinión, Frederick.

    —Bueno… —masculló despacio el padre Babato, notándosele algo vacilante. Extendió entonces su mano hacia la mesa del centro, en donde además de su libro, reposaba otro legajo de color blanco, notablemente más delgado. Tomó dicho expediente y lo sujetó contra su pecho, como si temiera que su invitado lo viera antes de tiempo—. La verdad es que omití deliberadamente esa parte en el reporte que envié. Consideré muy probable que la mayoría de los superiores del Scisco Dei no la verían con buenos ojos, así que decidí alegar mejor a tu mente un tanto más abierta, Jaime.

    —¿Así que por eso solicitaste por mí?, ¿por mi mente abierta? —Inquirió Jaime con algo de sarcasmo. No sonaba realmente molesto, ni siquiera sorprendido. Se podría decir que no era la primera vez que Frederick Babato ocultaba cosas a los superiores, y esperaba que otros lo hicieran igual. Pero al menos en las ocasiones que le habían tocado al sacerdote español, le constaba que lo hacía por un buen motivo.

    —Bien, soy todo oído —declaró Jaime, cruzándose de piernas y apoyándose por completo contra el sillón.

    Frederick le pasó entonces el folder blanco para que lo tuviera, y pudiera echarle un ojo al mismo tiempo que él le relataba lo mejor que podía su charla de hace tres días con Cole.

    Su relato comenzó precisamente explicándole quién era el detective de Filadelfia, cuáles eran sus supuestas habilidades especiales, y el trabajo que realizaba con éstas en la Fundación Eleven, en su labor como detective de homicidios, y el apoyo que le brindaba seguido al padre Michael, amigo personal de Frederick y quien lo había recomendado ampliamente. La segunda parte de su explicación se enfocó por completo en Samara, en todo lo que Cole les había contado sobre sus habilidades, los incidentes en su casa, su ingreso en aquel hospital psiquiátrico, y claro lo sucedido los últimos días con respecto a su secuestro, o quizás escape, de ese sitio. Pero en lo que Frederick puso más cuidado, fue en la teoría de Cole con respecto a la posible naturaleza real de Samara, incluyendo la procedencia de su padre.

    Jaime escuchó todo aquello con mucha atención, interviniendo sólo lo mínimo con preguntas concretas para dejar claros algunos puntos; Frederick sabía que los cuestionamientos reales vendrían después. Jame además dividía de vez en cuando su atención entre su amigo y el legajo en sus manos, que se componía de artículos de periódico, reportes policiacos, e información personal principalmente de Cole y Samara.

    Cuando Frederick ya había casi terminado de explicar por completo lo que respectaba a Samara, las puertas corrediza de la sala se abrieron, y Carl apareció del otro lado sujetando una bandeja con dos tazas de café humeante. El hombre grande se aproximó a ellos y colocó cuidadosamente cada taza delante de ellos.

    —Gracias, Carl —masculló Frederick y Jaime le secundó.

    Carl entonces se hizo a un lado, tomando una posición similar a la de Karina, pero enfrente de una de las puertas corredizas. Frederick sintió que, por sus posturas, ambos esperaban algún atacante sorpresivo en cualquier momento, lo cual le pareció preocupante, pero también un poco divertido.

    Por su parte, Jaime tomó su taza sin azúcar, pero antes de darle cualquier sorbo introdujo su otra mano en su saco, sacando del interior de éste una pequeña licorera plateada. Desenroscó entonces la pequeña tapita del recipiente, y vertió un pequeño chorro del licor oscuro en su café.

    —¿Enserio, Jaime? —Cuestionó Frederick, mirándolo con cierta crítica en su mirada.

    —Oye, para mí en estos momentos es como media noche —se excusó, aunque su voz sonaba más bromista que otra cosa—. Así que esto es más para mantenerme despierto, enserio.

    —Claro —murmuró Frederick, no muy convencido.

    El padre español dio un pequeño sorbo de su café con piquete, sin preocupare mucho por la forma en que al parecer lo estaban juzgando. Soltó entonces un pequeño quejido de satisfacción al sentir el líquido resbalar por su garganta. Así era justo como le gustaba.

    —Es toda una historia la que me cuentas —señaló intentando volver la atención a la plática anterior—. ¿Y estás seguro de que ese hombre puede ver y oír lo que afirma?

    —Hice una prueba, y salió satisfactoria —explicó Frederick—. Y a modo personal confió mucho en la declaración del padre Michael de Filadelfia al respecto. Pero el Inspector de Milagros eres tú, así que si quieres verificarlo…

    —No es mala idea, pero ya veremos. Lo que no entiendo, sin embargo, es qué relación tiene esta serie de acontecimientos que el tal detective Sear te contó, con nuestro sospechoso. Pareciera más que toda su declaración apuntara a esta niña… —Jaime abrió en ese momento como pudo el expediente blanco con una mano, pues la otra sujetaba su café, buscando el nombre que se le escapaba de momento—. ¿Cómo dices que se llama?

    —Samara Morgan —respondió Frederick rápidamente, evitándole la molestia—. La investigamos lo mejor que pudimos. Fue adoptada siendo muy pequeña, y su madre biológica está internada en un psiquiátrico en Washington. De ella no se sabe nada de su pasado, incluyendo quién es el padre biológico de la niña.

    —Que tu detective piensa es un demonio, según entendí.

    —Es su teoría, sí —asintió Frederick—. Pero según su relato y lo que pudimos recabar, las habilidades de la niña son realmente inquietantes. Al parecer puede influir en la mente de las personas y los animales, de una forma que los puede llevar a la muerte con sólo desearlo. Y hace unos días incluso su madre adoptiva fue víctima de esto. No pudimos obtener aún los expedientes de su estancia en Eola; al parecer las autoridades confiscaron todo luego de lo sucedido. Por lo que respecto a esa otra entidad que parece acosarla, sólo tenemos la declaración del Detective Sear como respaldo. Pero incluso sin aún haberla conocido en persona, ciertamente siento que hay algo perturbador e incómodo en esta jovencita.

    —Esperaría ese tipo de afirmación de cualquiera —sentenció Jaime, un tanto despectivo—, menos de un exorcista de tu trayectoria y experiencia, Frederick.

    El padre Babato enmudeció unos momentos tras ese comentario. Cualquiera quizás se hubiera ofendido, pero Frederick más que nadie entendía que aquello no era algo personal, y obedecía más a la actitud firme y sobria que el trabajo de Jaime exigía.

    Los Inspectores como Jaime Alfaro tenían la misión de cuestionarlo todo, y ponerle a las investigaciones como esa su respectiva dosis de objetividad. Dicha capacidad para ver las cosas desde una perspectiva que la mayoría de los eclesiásticos no podían, era aprovechada para determinar la veracidad o falsedad de un supuesto milagro, o la autenticidad de una posesión para así justificar un exorcismo. Al propio Frederick le había tocado desempeñar esa misma labor hace ya un tiempo atrás, aunque nunca en las circunstancias actuales. Pues esa búsqueda en la que estaban enfrascados desde poco más de diecisiete años, era una sin precedentes: la búsqueda del mismísimo Anticristo en la tierra…

    Jaime dio un sorbo más de su taza expresando la misma satisfacción que la primera vez. Optó en ese momento por dejar la taza unos momentos en la mesa de centro, y poder hojear mejor el expediente que le acababan de proporcionar.

    —Aun suponiendo que todo lo que dices fuera cierto —señaló fehaciente en padre español—, no sería el primer niño que nos hemos cruzado con estas habilidades; si es que realmente las tiene, que eso aún tendría que comprobarse. Pero por encima de todo, está de más decir que no cumple con nuestros parámetros de búsqueda. El sujeto que buscamos debió haber nacido en algún momento alrededor de junio del 2000, cuando la señal en el cielo apareció. Eso significa que debe tener diecisiete años actualmente; esta niña tiene doce. Por no mencionar que se supone debía ser un varón, y nacer en una cuna privilegiada; emerger del mar de la política, ¿recuerdas? Los padres adoptivos de esta niña —buscó rápidamente entre las hojas del legajo la parte en la que le pareció haber visto la información de sus padres—, son simples criadores de caballos en una isla remota, sin ningún cargo o poder, ¿no? Supongo que tampoco han de tener mucho dinero.

    Dicho eso, colocó el expediente blanco sobre la mesa de centro con actitud despreocupada.

    —Lo siento, Frederick —murmuró encogiéndose de hombros—. Pero incluso con mi mente abierta, no es una candidata a la que puedo tomar enserio.

    El padre italiano suspiró con cierto agotamiento, pasando su mano por su rostro, frotándose principalmente el área de su boca y nariz con sus dedos.

    —No estoy diciendo que esta niña sea directamente a quien buscamos —aclaró una vez que sus ideas se acomodaron en su cabeza—. Pero, sí creo que de alguna forma podría estar relacionada con él.

    —¿Relacionada con el Anticristo? —Cuestionó Jaime, notándosele claramente el escepticismo en su rostro—. ¿Qué te hizo pensar eso? Porque tuvo que ser algo más significativo que todo eso —murmuró señalando con su dedo al legajo blanco—, para que consideraras oportuno llamarme hasta acá. ¿O no?

    Frederick asintió lentamente, y a Jaime de hecho le sorprendió un poco la confianza que demostró al hacerlo.

    —Hay una cosa más que no te he dicho —apuntó Frederick—. Durante su relato, el Detective Sear me contó sobre uno de estos espíritus que él puede ver, pero mencionó que a éste en especial lo percibió con claros atributos demoníacos; dijo que por su experiencia había aprendido a darse cuenta de eso. Y lo más interesante es que, al parecer, prácticamente lo amenazó de muerte si no se alejaba de esta niña.

    —¿Un espíritu? —Inquirió Jaime, incrédulo—. No es precisamente la prueba más confiable que me puedas dar, en especial si sólo tienes el testimonio de una persona como sustento.

    —Sin lugar a duda yo concluiría lo mismo… sino fuera porque este espíritu se identificó con él con un nombre: Gema.

    El semblante completo de Jaime cambió drásticamente al oír aquello último. Incluso su mano se quedó a medio camino de su taza, paralizada en el aire, y rápidamente se viró alarmado hacia Frederick, preguntándole con su sola expresión si acaso eso era algún tipo de broma. Pero, por supuesto, no lo era.

    —¿Gema? —repitió Jaime, más para convencerse a sí mismo de que había oído bien.

    —Sabía que con eso tendría tu atención —señaló el padre Babato, sonriendo y al parecer complacido con la reacción de su colega.

    Jaime no respondió nada. De momento sólo se paró de su sillón, se alejó caminando hacia la puerta que no tenía guardia delante, y por uno momentos los otros tres creyeron que saldría de la sala. No lo hizo, aunque sí se quedó de pie un par de minutos dándoles la espalda, con sus manos en la cintura y su vista puesta en el techo. Parecía estar intentando digerir lo mejor posible el último trozo de información, como si éste se le hubiera atorado a la mitad del esófago.

    —Podría ser una coincidencia —concluyó en voz baja después de un rato.

    —¿En verdad crees eso? —Inquirió Frederick, suspicaz.

    —¿Y si no lo es qué se supone que significa, Frederick? —Soltó Jaime con actitud defensiva, girándose rápidamente de vuelta a él—. ¿Me estás diciendo que tú sinceramente crees que Gema Calabresi está en estos momentos rondando a esta niña como un fantasma?

    —O un demonio que adoptó su forma y nombre, quizás —respondió Frederick, encogiéndose de hombros.

    —¿Y cómo sabes que este sujeto no está sólo engañándote?

    —No lo creo. El detective Sear no tenía ni idea de lo que ese nombre significaría para mí cuando lo mencionó; de hecho ni siquiera hizo hincapié en él. No tenía tampoco idea de quién era yo, ni tenía tampoco pensado verme hasta que el padre Michael se lo sugirió.

    —¿Y por qué estás tan seguro de eso? —Avanzó entonces unos pasos, fijando su atención ahora en Karina—. ¿Ya lo investigaron lo suficiente? ¿Ya descartaron que no pudiera ser miembro de la Hermandad?

    Karina se sobresaltó un poco al verse introducida de esa forma a la discusión, y especialmente desconcertada por esa conducta tan impropia por parte del padre Alfaro.

    —De momento no hemos visto nada en él que pudiera indicar tal cosa —aclaró Karina con la mayor seguridad que pudo—. Sin embargo, yo no lo descartaría tan rápido…

    —Tranquilo, Jaime —intervino Frederick rápidamente, poniéndose de pie de nuevo con la ayuda de su bastón—. Es cierto, quizás se trate de una coincidencia o un engaño. Pero por eso te llamé aquí, para contar con tu visión objetiva.

    Jaime suspiró con pesadez. Se cubrió su rostro con ambas manos, comenzando a tallárselo con un poco de frustración, pero al parecer poco a poco recuperando esa tranquilidad que tanto ocupaba en esos momentos.

    —¿Y enserio crees que puedo ser objetivo ahora que me has dicho esto? —Le preguntó con ligera molestia en su voz, a lo que Frederick asintió y dijo:

    —Es justo por eso que eres a quién necesito.

    Jaime se tomó unos momentos más para que toda esa confusión se saliera de su cuerpo y poder recobrar en su totalidad la compostura. Una vez que se sintió preparado, volvió a su sillón y se sentó en el mismo sitio. Tomó su taza otra vez y se la aproximó a sus labios, dándole ahora un trago más largo que los anteriores; para esos momentos ya se había enfriado un poco.

    —Bien —murmuró con firmeza tras unos momentos—. Creo que casi he comprendido tu tren de pensamiento. La declaración de este detective y los reportes de las inusuales habilidades de esta niña, abren la posibilidad, énfasis en posibilidad, de un origen demoníaco detrás. Y si de alguna forma Gema Calabresi podría estar involucrada en todo esto, ya sea en vida… o en muerte, eso además implicaría una conexión entre esta niña y la Hermandad. Está de más que te diga que todo esto hasta ahora es sólo una teoría, cuyas bases se tambalean más que una mesa con tres patas; pero dejémosla así de momento.

    Hizo una pausa, se inclinó al frente apoyando sus codos en sus muslos, y juntó sus manos delante de él, como si estuviera a punto de empezar a rezar. Sin embargo, sus ojos no se cerraron, y en su lugar se clavaron fijos en Frederick, casi acusadores.

    —Ahora explícame qué tiene que ver Damien Thorn en todo esto —cuestionó secamente—. O, ¿fue sólo la excusa que tomaste para que el Vaticano aprobara mi intervención?

    —Todo lo contrario —se apresuró Frederick a contestar, seguido justó después por un pequeño suspiro de pesar y cansancio mientras él mismo volvía a tomar asiento—. Pero lo creas o no, esa es la parte más complicada de este asunto. La verdad es que, a pesar de que este chico se ha prácticamente salvado siempre de cualquier sospecha, yo siempre lo he tenido en el número uno de mi lista. ¿Recuerdas a Carl Bugenhagen?

    —Por supuesto.

    Frederick extendió en ese momento su mano hacia el libro que estaba leyendo justo antes de que ellos llegaran. Metido entre las página de en medio, sacó un pedazo de papel blanco, doblado dos veces, y lo alzó para que Jaime pudiera verlo.

    —Doce años atrás, antes de morir, Bugenhagen mandó esta carta al Vaticano. —Le extendió entonces el papel a su compañero, y éste lo tomó un tanto vacilante—. En ella señala directamente a este muchacho como el Anticristo. Describe también que se reunió con Richard Thorn, su padre, y le entregó a éste las Dagas de Megido para que las usara en él. El señor Thorn murió sólo un par de días después, acribillado por la policía cuando intentó apuñalar a su hijo en una iglesia de Londres. La carta fue sepultada en los archivos, y nunca se le dio seguimiento. ¿No te parece eso bastante extraño?

    Jaime se tomó un par de minutos para leer en silencio la mencionada carta. Era un poco larga, pero en realidad sólo daba más detalles sobre lo que Frederick bien acababa de resumir. Una vez que logró hacerse una idea general, bajó el pedazo de papel, soltó un largo resoplido, y se talló un poco sus ojos con sus dedos.

    —Frederick —comenzó a decir con seriedad—, sabes tan bien como yo que desde que se estableció la Orden Papal 13118, el Vaticano ha recibido cientos, sino es que miles, de cartas similares a ésta de teólogos, exorcistas, sacerdotes, y frailes de todas partes del mundo. Y creo que no es necesario que te recuerde que en realidad no muchos creen en la existencia, no se diga la efectividad, de estas Dagas de Megido; yo incluido. Y de paso, Bugenhagen no tenía precisamente una reputación del todo intachable en la Santa Sede en sus últimos años, debido a sus ideas tan radicales. Si a esta carta no se le dio seguimiento en su momento, puede que haya sido por estos factores, o quizás se determinó que el hecho ocurrido en Londres no tenía relación alguna con esto.

    —O por qué alguien se encargó de que no se hiciera —señaló Frederick fervientemente, apuntando con su dedo a la carta como si fuera el acusado en un juicio.

    —Eso es bastante paranoico de tu parte. Estarías implicando la existencia de enemigos dentro del propio Vaticano entorpeciendo nuestra búsqueda.

    —¿No explicaría eso por qué después de tanto tiempo y esfuerzo, no hemos logrado verdaderos avances?

    El padre Alfaro guardó silencio, observando a su compañero con desaprobación por sus atrevidas palabras.

    —Bien —musitó Frederick, al parecer ya un poco frustrado—. Llámalo un presentimiento, o un dolor en mi pierna como cuando llueve. Pero yo siempre he sentido que Bugenhagen tenía razón, y este chico es a quien hemos buscado todos estos años. Pero nunca he podido encontrar las pruebas suficientes para convencer a los superiores; y de paso creo que ni a mí mismo por completo. Pero ahora sospecho que él está de alguna forma relacionado con todo este extraño asunto. La niña Morgan viene para acá a Los Ángeles, si no es que ya está aquí.

    —¿Y cómo sabes eso? —Interrumpió Jaime, dudoso—. ¿También te lo dijo ese detective? —Frederick se limitó a asentir—. ¿Y él cómo lo sabe? ¿No se supone que la niña está perdida en estos momentos?

    —Dijo que lo sabía de buena fuente, pero por otras cosas que mencionó en la conversación, intuyo que se refería quizás a que alguno de sus espíritus se lo dijo.

    —Frederick… —exclamó Jaime incrédulo, frotándose su frente con sus dedos con notorio infortunio.

    —Espera, escúchame, por favor —espetó el padre italiano, casi como súplica—. El Detective Sear piensa que ella viene para acá a reunirse con alguien, y Damien Thorn está en estos momentos aquí mismo. Lleva ya unas semanas aquí, aunque ya no tendría por qué seguir en la ciudad. Su tía y toda su comitiva se fueron hace unos días, y él se quedó sólo con unos cuantos hombres de su seguridad privada. Lo hemos estado observando todo este tiempo, y no entendíamos porque se quedaba, incluso faltando a clases. Es una conducta impropia de él hasta ahora. Pero con lo que nos dijo el Detective Sear, las cosas cobraron sentido. Está o estaba esperando a esta niña. Él sabía que venía para acá, y aguardaba aquí para poder reunirse con ella.

    —Pero es sólo una teoría que se basa en la especulación de que en efecto esa niña viene para acá, y que viene específicamente a reunirse con este chico —añadió Jaime, algo acalorado.

    —Es una teoría, pero encaja…

    —O la niña podría venir a reunirse con cualquiera de las millones de personas que viven en esta ciudad, y el chico Thorn sólo se está tomando unos días de pinta de la escuela para pasear por Hollywood lejos de su tía.

    —¿Y su presencia en la misma ciudad es sólo una coincidencia?

    —Podría serlo.

    Frederick se apoyó hacia atrás, pegando completamente su espalda contra el respaldo del sillón, notándosele algo agotado. Quizás la reticencia de Jaime había resultado ser más de la que esperaba. Sin embargo, al mismo tiempo el Inspector de Milagros también estaba confundido con el frenesí con el que Frederick defendía dicha teoría, casi como si deseara con todas sus fuerzas que fuera cierta.

    —Lo entiendo —asintió el padre Babato tras unos segundos de meditación—. En comparación con otros sospechosos que hemos visto, el caso no se sostiene tan bien. Pero tú mismo viste su expediente. Encaja en todos los parámetros: la edad, el sexo, la posición social… Y las desgracias lo persiguen a donde quiera que va; desde el hospital en el que nació, pasando por sus padres, su tío y su primo. Hasta ahora todo se le ha resbalado, lo que implicaría la mano protectora de la Hermandad que tanto hemos estado investigando. Han sido muy cuidadosos y han estado operando fuera de nuestro radar. Pero este hecho —extendió en ese momento su mano derecha, presionando su dedo índice contra el expediente blanco en la mesa—, y esta niña, son la clave. Ésta es su primera gran equivocación en todo ese tiempo. Y si tengo razón, probaría que Damien Thorn oculta algo debajo de toda esa fachada que siempre carga. Ésta podría ser nuestra única oportunidad de desenmascararlo.

    Jaime lo contempló silencioso. De nuevo Frederick se mostraba bastante exaltado, empecinado en que le escuchara y creyera sus palabras a como diera lugar. Él no sabía cuál debía de ser su reacción o su contrargumento en un momento como ese. Frederick parecía bastante convencido de su teoría… quizás, demasiado como para verla desde una posición más alta y ver todas las verdaderas deficiencias que ésta tenía.

    Era mejor que omitiera, al menos de momento, la sensación que él mismo había tenido al ver por primera vez el expediente del muchacho; y en especial lo que la Novicia Loren le había mencionado sobre esa “oscuridad.” Aceptaba que le era difícil olvidarse de ambas cosas mientras argumentaba, pero no podía permitir dejarse llevar por esas impresiones iniciales, ni dejarse arrastrar por el acalorado entusiasmo de su colega.

    —Frederick, seré honesto —murmuró Jaime, intentando ser firme pero también comprensivo—. Creo que estás comenzando a tomarte esto muy personal. Quizás sea hora de que dejes esta búsqueda a…

    Su frase quedó cortada en el aire.

    —¿A quién? —Musitó Frederick, inquisitivo—. ¿Padres más jóvenes y sin su mente tan nublada con los años de ver cosas horrible azorando entre las sombras? —Jaime permaneció callado, evidentemente no deseando terminar su propia frase—. Haré un trato contigo, Jaime —prosiguió—. Si tu conclusión después de que realices tu investigación, es que Damien Thorn no es el Anticristo, y esta niña no tiene relación alguna con nuestra búsqueda… Entonces me retiraré y le dejaré el camino a alguien más. Es una promesa.

    Su propuesta pareció alarmar tanto a Karina como a Carl. Ambos hicieron el ademán de querer decir algo, pero ambos parecieron optar por permanecer callados. Jaime igual se había sorprendido un poco, pero en realidad a él le había parecido más un chantaje que una verdadera resolución.

    —No hay que ser tan fatalistas —comentó Jaime con tono calmado, y pasó a dar un par de tragos más de su (ahora sí frío) café—. Pero ya que volé hasta aquí, sólo me queda en efecto hacer mi trabajo y ver hasta dónde nos lleva el agujero de este conejo, ¿te parece? Pero antes de proseguir, quisiera hablar yo mismo con el señor Sear. Como gran parte de esta teoría, sino es que toda ella, se sostienen en su declaración, quisiera verificarla yo mismo. Además, si tiene habilidades tan excepcionales como tú o este padre Michael de Filadelfia afirman, podría sernos de utilidad en esta investigación.

    —Estoy de acuerdo —asintió Frederick, satisfecho—. A Karina le encantará ir por él para que lo conozcas. ¿Cierto?

    El padrea Babato se giró en ese momento hacia su ayudante a sus espaldas, que se sobresaltó sorprendida al oír tales palabras, y al ver la expresión burlona en el rostro de Frederick. Su boca se curveó entonces en una marcada mueca de molestia.

    —Por supuesto… —masculló despacio de forma forzada.

    — — — —​

    La misma tarde en que Jaime Alfaro aterrizó en los Estados Unidos, Cole tenía una cita para reunirse con el Jefe de Policía Jack Thomson, en los Cuarteles Generales de la Policía de Los Ángeles.

    De manera oficial, Cole no se encontraba en la ciudad como policía, y eso le impedía involucrarse directamente en la investigación activa sobre Leena Klammer, Lily Sullivan y Samara Morgan. Por lo mismo, tampoco tenía medios para obtener cualquier información sobre ellas; al menos, no por los canales convencionales. Pero estando en una ciudad tan grande y desconocida para él, buscando a tres niñas que bien podían camuflarse entre la multitud, tenía que arriesgarse un poco con el fin de progresar. Aunque ello incitara más preguntas de las deseadas.

    Para intentar obtener algo de información de la policía, Cole tuvo que recurrir a una llamada a su capitán en Filadelfia, Phil Morrison, esperando que pudiera enlazarlo con alguno de sus contactos en el DPLA, y así poder obtener un poco de información. Cómo esperaba, dicha petición despertó bastante la curiosidad de su capitán… ¿Por qué uno de sus detectives, supuestamente de vacaciones, le pedía algo cómo eso de pronto? Y además, ¿qué hacía en Los Ángeles?, ¿qué no iba a Oregón?

    Cole tuvo que decir la verdad, o al menos parte de ella, explicándole de manera general al Capitán Morrison cómo se involucró sin quererlo en el caso (y sin entrar en los detalles más escabrosos). Pero el énfasis de su alegato fue más hacia su deseo de compartir lo poco que sabía con la policía para así ayudar; y claro, omitiendo de momento su deseo verdadero, que era él mismo obtener información de ellos. El único cuestionamiento real de Morrison luego de esa explicación, fue uno que Jaime igualmente le haría a Frederick esa tarde: «¿Por qué estás tan seguro de que esa mujer está ahí en Los Ángeles?» Y, por supuesto, esa parte de la verdad no podía decírsela.

    El rumor de sus habilidades especiales era bien conocido en la Policía de Filadelfia; no por nada lo apodaban el Detective de los Muertos. Sin embargo, entre sus compañeros había aquellos que se tomaban muy enserio dicho tema, y otro que lo veían como una excentricidad suya, o incluso una locura. El capitán Morrison se encontraba en medio, en una posición marcadamente neutral. Aun así, sabía muy que si le decía que su fuente era un fantasma, descartaría todo de inmediato y no movería ni un dedo para ayudarlo. Así que en su lugar sólo se limitó a decir que mientras estuvo en Eola, logró encontrar un par de pistas que apuntaban a que Leena Klammer iba justo a Los Ángeles, y que era parte de lo que quería compartir con la policía. Dicha explicación resultó suficiente.

    Para sorpresa de Cole, el capitán Morrison era amigo cercano del actual Jefe de Policía del DPLA, y le consiguió una reunión con él de unos minutos ese mismo día. Cole no esperaba tanto, y ciertamente estuvo agradecido. Aunque, quizás su agradecimiento se redujo cuando llegó a los cuarteles a la hora pactada y lo tuvieron esperando casi dos horas y media antes de que el Jefe Thomson lo recibiera. Y en realidad, llamar reunión a aquello sería de hecho ser bastante optimista, pues al parecer a lo que el Jefe había accedido era a hablar con él en el tramo entre su oficina y el estacionamiento, mientras se retiraba de los Cuarteles a un compromiso en la Alcaldía.

    Cole se cuestionaría después qué tan buen amigo era su capitán en realidad de este hombre. Pero, dadas las circunstancias, quizás no podía darse el lujo de ponerse exigente.

    —¿Cuál es el interés de la policía de Filadelfia con este caso? —Le cuestionó el Jefe Thomson, un hombre alto de complexión gruesa y cabello cano, mientras ambos caminaban por los pasillos en dirección al ascensor—. Morrison no fue muy claro cuando me llamó. ¿Leena Klammer es buscada allá por algo?

    —No que yo sepa —respondió Cole andando a su lado. Agradecía al menos que el policía veterano moderaba un poco su marcha para que él pudiera seguirlo—. En realidad no estoy aquí por algún asunto oficial, sino más bien personal. Por una u otra causa, me tocó estar involucrado con los dos tiroteos en Portland y Salem. Conocí al oficial que asesinó en Portland, y en el psiquiátrico de Eola hirió a una buena amiga mía.

    —Lo lamento —masculló Thomson, son sinceridad. La muerte de un policía siempre afectaba a cualquier miembro de la fuerza, fuera de la ciudad que fuera. Y Lenna ya había matado a dos en su trayecto.

    —No me quiero meter en la jurisdicción o en el trabajo de alguien más —añadió Cole—. Sólo estoy intentando ayudar cómo pueda. Como le dije, Leena Klammer viene para acá con las dos niñas que secuestró. Incluso ya podría estar aquí.

    Thomson soltó un pequeño murmullo, similar a un quejido, que Cole no supo cómo interpretar. Permaneció callado durante los últimos metros que los separaban de las puertas del ascensor. Luego presionó el botón para bajar, y aguardaron a que éste llegara. Mientras esperaban, Thomson agregó:

    —Bueno, le alegrará saber que los Federales piensan igual que usted, detective. Descubrieron que ella de hecho estuvo viviendo el último un par de años aquí.

    —¿Aquí en L.A.? —Exclamó Cole, sorprendido. Ese era un dato que desconocía por completo, aunque en realidad no era que supiera mucho en ese punto.

    —Trabajaba como prostituta en las calles, y era medianamente conocida, de hecho. Se hacía llamar La Huérfana.

    Aquello dejó al pensativo al detective, especialmente por ese apodo tan inusual.

    El ascensor llegó en ese momento, por lo que ambos avanzaron hacia él. Había otras dos personas adentro, que de inmediato le desearon las buenas tardes al Jefe de Policía. Éste se inclinó hacia el tablero para presionar el botón del estacionamiento E1, y poco después las puertas se cerraron y comenzaron a descender.

    —Ocho años atrás —murmuró Cole, exteriorizando un poco los pensamientos que lo habían azorado en ese momento—, Lenna Klammer se hizo pasar por una niña huérfana para ser adoptada por una familia. No sé si quizás de ahí venga ese sobrenombre.

    —Encima de todo es cínica la condenada —musitó Thomson, entre enojado y divertido por la ironía—. No quiero saber si sus clientes sabían que era una mujer adulta o no.

    —¿Saben en dónde vivía?

    —En un viejo y feo departamento en el sur. Lo revisaron, pero ya está habitado por otra mujer, y no había ningún rastro reciente de Klammer ahí. Me parece que los Federales lo tienen vigilado, pero no he recibido noticias de que haya habido algo sospechoso hasta ahora. No más de lo que ocurre usualmente por esa zona, al menos.

    —Debe estarse quedando en otro sitio.

    —O siguió de largo hasta Tijuana —comentó Thomson, encogiéndose de hombros—. A estas alturas es difícil saberlo.

    Las dos personas que iban con ellos se bajaron en la plata baja. Ellos siguieron un piso más abajo, antes de también bajarse y comenzar a andar por el estacionamiento cerrado y alumbrado con lámparas en el techo.

    —Y me temo que eso es todo lo que sabemos de momento, detective —comentó Thomson con algo de pesar—. Los Federales se han apoderado del caso y restringen la información. Todas las jefaturas tienen orden de estar atentas ante cualquier niña con la descripción de Klammer o las otras dos, y de avisar de inmediato a la Oficina Federal. Pero fuera de eso, tenemos las manos atadas y no hay mucho más que podamos hacer.

    Cole ya se temía por adelantado que los Federales tomaran por completo la jurisdicción del caso. Era el accionar más obvio, pues los crímenes de Leena Klammer habían cruzado tres estados, incluido el secuestro de dos menores. Lo que le preocupaba, sin embargo, era saber quién realmente se estaba encargando de ese caso. Recordaba la última conversación que había tenido con Vázquez en Eola, en la que le había mencionado a personas de alguna agencia que se habían presentado en el hospital en Portland posterior al tiroteo, tomando todas las pruebas y testimonios, y sin dar ninguna explicación. ¿Serían esas mismas personas las involucradas en ese bloqueo de información? Aquello le hizo teorizar que, al igual que él, podrían saber parte de la verdad detrás de ese asunto, y no estaban dispuestos a compartirla del todo.

    La caminata terminó cuando llegaron ante el vehículo el Jefe, una camioneta Ford Escape del año color gris oscuro. El oficial superior se paró a un lado de la puerta del conductor, y se viró unos momentos a Cole, observándolo con severidad.

    —Yo le recomiendo no involucrarse más en este asunto, especialmente si no tiene un motivo oficial para hacerlo como policía. Mejor disfrute lo que le queda de vacaciones y deje que nos encarguemos de esto.

    Dicho eso, abrió la puerta del vehículo e ingresó en él.

    —Quisiera poder hacerlo, Jefe —musitó Cole, y se tomó el atrevimiento de acercársele—. Sólo prométame que sus hombres estarán atentos por cualquier cosa.

    —Como dije, eso es todo lo que podemos hacer —respondió Thomson. Encendió el vehículo justo después, y cerró la puerta. Tuvo, sin embargo, la gentileza de bajar la ventanilla para al menos terminar la conversación antes de irse—. Si me disculpa, tengo un compromiso.

    —Lo entiendo, y gracias por recibirme —expresó el detective, extendiendo su mano hacia el interior del vehículo.

    —No hay de qué —respondió el Jefe, estrechando su mano firmemente—. Salúdeme a Morrison.

    —De su parte.

    Cole sacó su mano del vehículo, y justo después la ventanilla subió por completo hasta ocultar al Jefe del otro lado. La camioneta se puso en marcha justo después, comenzando a alejarse por el estacionamiento hacia la salida. Cole se preguntó si acaso no estaba demasiado apresurado por alejarse de él, y eso le hizo pensar que quizás sí sabía algo más de todo eso que no le había dicho.

    Fuera como fuera, era claro que ya no obtendría mucho más ahí.

    — — — —​

    Al salir del edificio gubernamental, Cole se paró unos momentos en la acera intentando aclarar sus pensamientos, que se difuminaban un poco debido a la gran frustración que sentía. Y no era para menos; ese era su tercer día ahí y no había realmente logrado avanzar ni un poco en su búsqueda. Esa reunión era quizás su última esperanza de obtener algo, pero se había encontrado de frente con la pared de los Federales, o quienes fueran realmente. Mientras ellos restringieran la información del caso, no había mucho que pudiera obtener por el medio oficial.

    Mientras estaba sumido en todos esos pensamientos, sus manos habían reaccionado por sí solas, sacando su cajetilla y encendedor del bolsillo de su saco. Para cuando fue consciente de lo que estaba haciendo, ya tenía el cigarrillo en los labios y estaba a punto de encenderlo. Se sintió de momento un poco impresionado por cómo su cuerpo había realizado tal acción en respuesta a su estado de ánimo; como un mero reflejo involuntario.

    Se le vino en ese momento a la mente el Dr. Crowe, y lo que le había mencionado en aquella última conversación:

    “Deberías considerar dejar de fumar. No te traerá nada bueno a la larga.”

    Cole sabía que a veces los comentarios casuales de los fantasmas sólo eran eso. Pero, en otras ocasiones, resultaban ser advertencias reales de cosas que su visión un poco más amplia les permitía ver. ¿Cuál era el caso en esa ocasión?, no lo sabía con seguridad. Pero nunca antes de ese momento justo había relacionado tanto la imagen su madre moribunda, con su hábito de fumar que poco a poco se había vuelto tan usual en él.

    Quizás debía intentar reducirlo un poco; sólo por si acaso.

    Con eso en mente, se retiró el cigarrillo de sus labios, lo guardó de nuevo en la cajetilla, y colocó ésta y su encendedor de regreso a su bolsillo.

    Para bien o para mal, ese pequeño exabrupto le había ayudado a desviar su mente hacia otro lado, por lo menos por un segundo. Al final había perdido toda la tarde, sin obtener gran cosa a cambio. Lo único relevante que sabía ahora era que Leena Klammer solía vivir ahí en Los Ángeles. Eso daría más validez a la teoría de que ella y las dos niñas estaban ahí. Pero la pregunta seguía siendo la misma: ¿dónde?

    Quizás su siguiente plan de acción debía ser ir a revisar el antiguo departamento de Klammer. El Jefe había dicho que los Federales lo habían revisado sin obtener nada. Sin embargo, por experiencia sabía que él tenía… buen ojo para ver lo que otros no, por decirlo de alguna forma.

    Se encontraba meditando en todo ello, e intentando no pensar en lo mucho que le ayudaría un cigarrillo a calmarse, cuando entonces escuchó a su costado:

    —Detective Sear —pronunció una voz de forma tosca, haciendo que el oficial se sobresaltara un poco.

    Al virarse, un tanto defensivo, reconoció casi de inmediato el rostro duro, casi agresivo, de la misma mujer que lo había recibido en el aeropuerto; la ayudante, o algo así, del padre Babato. Ella se aproximaba caminando hacia él con sus manos en el interior de su abrigo, que aún le daba la impresión de estar ocultando una o dos armas debajo. El reconocerla no lo hizo sentir mucho más tranquilo, pero como siempre intentó fingir que así era.

    —Vaya, si es mi nueva amiga, la sicario de Dios —comentó con un tono burlón, aunque algo irritado—. ¿Acaso me está siguiendo?

    La mujer se paró justo enfrente de él, e ignorando un poco su cuestionamiento pronunció de inmediato:

    —El padre Babato me mandó a buscarlo. Desea hablar con usted otra vez.

    —¿Ya terminó de analizar mi caso? —Ironizó Cole, molesto—. Lo que sea que eso signifique… Dígale que no tengo tiempo para otra charla como la del otro día. Tengo una asesina y una niña secuestrada que encontrar.

    Y dada por terminada la charla con esa última declaración, Cole se dio media vuelta y comenzó a caminar calle abajo, sin una dirección o intención más allá de querer alejarse de ella lo antes posible. No pareció sorprendido al darse cuenta de que la mujer había optado por andar detrás de él, algo insistente.

    —El padre también desea encontrar a esta niña —le informó inmutable—, y cree que ambos se pueden ayudar mutuamente. Pero desea primero presentarle a una persona.

    —Como dije, estoy ocupado —persistió Cole, acelerando un poco su paso—. Y la verdad, preferiría trabajar esto solo…

    La huida de Cole fue cortada cuando la puerta de un vehículo estacionado en la banqueta se abrió, cortándole el camino abruptamente. Antes de que Cole viera salir a su ocupante, ya se había dado una idea de quién sería al reconocer el Honda Accord plateado. Y en efecto, del vehículo se bajó el alto y silencioso Carl, que amablemente lo había llevado a su hotel la última vez que se vieron. El hombre se paró firme delante de él, con sus manos juntas al frente en posición marcial. Sus pequeños y amenazantes ojos de fijaron en él, dejándole bastante claro que no le permitiría avanzar ni un paso más de donde estaba.

    —Tendremos que insistir, detective —susurró la mujer de color a sus espaldas, sólo un poco menos agresiva que la mirada de aquel hombre.

    Al verse acorralado de esa forma, una vez más Cole recordó sus encuentros con hombres de la mafia, y el chiste que había pronunciado hace poco al referirse a esa mujer como “sicario de Dios,”, le hacía de hecho más sentido. Como fuera, aparentemente no tenía muchas opciones a elegir. E incluso si las tenía, en ese momento Carl le abrió la puerta de la parte trasera del vehículo, eligiendo por él.

    —¿Entienden ustedes lo que es un secuestro? —Musitó sarcástico mientras avanzaba de mala gana al automóvil. Ninguno le respondió nada.

    Igual como la primera vez, la mujer se sentó a su lado detrás, y el hombre de cabeza calva tomó el lugar del conductor. Cole pensó, un tanto en broma, que al menos se ahorraría el taxi de regreso.

    FIN DEL CAPÍTULO 81
     
  2.  
    WingzemonX

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    Resplandor entre Tinieblas
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    Resplandor entre Tinieblas

    Por
    WingzemonX


    Capítulo 82.
    Orden Papal 13118

    Cole esperaba ser llevado de nuevo a la misma iglesia de la vez pasada, o quizás a alguna otra similar. Para su sorpresa, el lugar al que sus captores se dirigían resultó ser un restaurante estilo italiano, cerca del centro. Era elegante, pero no del tipo que te hacía sentir que te costaba un ojo de la cara el sólo entrar en él. Al ingresar, la mujer de gabardina que lo había escoltado se dirigió directo a la anfitriona y le susurró algo en su oído. Ésta asintió y le respondió algo, que a Cole le pareció era italiano, y entonces les indicó con una mano que la siguieran.

    Avanzaron por el local, estando Cole prácticamente rodeado, con la mujer afroamericana al frente y el hombre grande y calvo detrás, como si temieran que en cualquier momento intentara escapar. Y, ciertamente, la idea le había cruzado por la cabeza en un par de ocasiones.

    Sólo había unas tres mesas ocupadas en esos momentos; la hora de comer ya había pasado, y todavía faltaban un par de horas para la cena. La anfitriona los llevó hasta la parte de atrás, hacia unas puertas que aparentemente llevaban a un área privada, apartada del resto de las mesas.

    Un policía siendo escoltado por dos personas con apariencia de matones, por un restaurante italiano hacia un área privada al fondo del local. Ahora eso ya no le rememoraba sus propias experiencias con la mafia local de Filadelfia, sino más bien a alguna estereotipada película que habría visto durante la madrugada por televisión.

    La habitación era pequeña, y era ocupada principalmente por una larga mesa rectangular de mantel blanco, con sillas suficientes para aproximadamente veinte personas, aunque en esos momentos sólo había dos. Y evidentemente ninguno era algún viejo jefe de la Cosa Nostra, aunque uno de ellos sí era italiano. El padre Babato, sentado en uno de los extremos de la mesa, sonrió contento al verlo entrar, y sin dudarlo mucho se paró de su silla apoyado en su bastón y se le aproximó.

    —Detective —exclamó con singular júbilo, apretando uno de los brazos de Cole con su mano, quizás como un gesto similar a un saludo o un abrazo, pero que al oficial le incomodó un poco—. Qué gusto volverlo a ver. Gracias por aceptar de nuevo mi invitación.

    —¿Así es cómo usted le llama? —Masculló sarcástico, mirando de reojo a las dos personas que lo habían acompañado. Ambos, sin pronunciar palabra, se dirigieron al extremo contrario de la mesa y tomaron asiento, para después comenzar a revisar el menú. Cole supuso que aunque estuvieran relativamente lejos, igual intervendrían para evitar su salida si lo intentaba.

    —¿Cómo ha pasado su estadía en Los Ángeles? —le cuestionó Frederick, llamando de nuevo su atención.

    —Con altibajos —le respondió secamente—. Escuche, sé que la intención del padre Michael fue buena, pero realmente no sé si fue correcto acudir a ustedes. Preferiría encargarme yo mismo de aquí en adelante.

    Frederick asintió lentamente, aparentemente comprensivo.

    —Supongo que eso significa que ya pensó en lo que hablamos, ¿verdad? ¿Ya sabe lo que hará con la niña?

    Cole enmudeció un poco por ese repentino cuestionamiento.

    —No voy a matar a una niña inocente; eso lo tengo claro.

    —Entonces, faltaría determinar si es realmente inocente o no. ¿Correcto?

    De nuevo, Cole se quedó sin palabras, aunque más que nada se sentía impresionado por un cierto cinismo que había detectado en ese comentario, y que no supo bien cómo interpretar.

    Antes de que pudiera reaccionar de algún modo claro, sintió como Frederick colocaba una mano sobre su espalda y lo guiaba sutilmente hacia la mesa. Cole, por algún motivo, lo siguió sin protestar.

    —Detective, permítame presentarle al padre Jaime Alfaro —masculló el sacerdote, extendiendo su mano hacia el otro hombre que estaba sentado con él antes de que entraran—. Viene llegando directo de la Santa Sede.

    Cole despabiló un poco y logró entonces echarle un vistazo a aquel individuo. Era un hombre también mayor, aunque de seguro al menos diez o quince años más joven que el padre Babato. Tenía el cabello negro corto, con la presencia muy notable de canas decorándolo en varios puntos, y un poblado bigote sobre sus labios en el mismo estado. Usaba el traje negro completo y el cuello clerical que lo identificaban claramente también como sacerdote. Cuando lo presentó, Jaime le sonrió gentilmente (aunque no demasiado), y entonces se puso de pie para extenderle su mano por encima de la mesa.

    —Encantado de conocerlo, detective —murmuró con un marcado acento español acompañando sus palabras—. He oído muchas maravillas sobre usted.

    —Gracias —respondió Cole dudoso, estrechando su mano más por amabilidad que por deseo propio—. ¿También es un exorcista, padre?

    Jaime rio ligeramente, echándole una mirada rápida de complicidad a Frederick, que ya estaba de regreso en su silla.

    —No precisamente —respondió Jaime con normalidad—, pero suelo trabajar de cerca con ellos. Pero siéntese, por favor. ¿Gusta beber o comer algo?

    —Preferiría no tener que quedarme tanto —respondió Cole con un nada disimulado fastidio, pero igual jaló la silla delante de Jaime y a la diestra de Frederick, y se sentó.

    —El padre Babato me contó a detalle sobre el tema que lo trajo a Los Ángeles —indicó Jaime, mirando a Cole firmemente—, y sobre la niña que está buscando. Me gustaría hablar con usted sobre algunos detalles de dicha situación, con el fin de poder ayudarnos mutuamente a resolverla.

    Cole suspiró, ya en ese punto un tanto cansado de lo repetitivo que se estaba volviendo todo.

    —Como bien le dije a la señorita —pronunció lo suficiente fuerte para que la mujer al otro lado de la mesa lo oyera—, y al padre Babato hace un momento, en verdad agradezco su intención, pero no creo que necesite realmente...

    —¿No cree que necesite nuestra ayuda? —Le interrumpió el padre Alfaro, completando su frase—. Pero usted mismo vino a pedírsela al padre Babato, ¿no?

    —No, escuche. —Cole se inclinó hacia el frente y extendió sus manos a modo de exposición, observando atentamente a los dos sacerdotes—. El padre Michael fue el que me insistió en que hablara con él. Y se lo agradezco; fue una plática interesante y me dio mucho en qué pensar. Pero enserio, ahora necesito irme y buscar a mi sospechosa antes de que alguien más resulte herido.

    Se puso de pie una vez más en ese momento, acomodándose su saco.

    —Se los agradezco, disfruten su cena...

    Se giró en ese momento hacia la puerta para salir por ella sin mirar atrás. Sin embargo, al voltearse se encontró con el enorme cuerpo de Carl, parado justo delante de la entrada cubriéndola casi por completo, mientras lo miraba amenazante hacia abajo. A Cole en realidad no le sorprendió demasiado el verlo, sino más bien el hecho de que se hubiera acercado desde el otro lado el cuarto tan rápido sin que se diera cuenta.

    —Lo entiendo, es un hombre ocupado, detective —pronunció Jaime a sus espaldas. El padre español se paró también en ese momento, sujetando en sus manos ahora un sobre abultado color amarillo, y comenzó a rodear la mesa para ir en su encuentro—. Y lo que menos deseamos es quitarle mucho tiempo de su investigación. Sólo quería pedirle de favor si podía echarle un vistazo a estas fotos.

    Le extendió entonces el sobre que sujetaba en su mano para que él lo tomara. Cole lo miró, un tanto extrañado.

    —¿Fotos?

    —Sí —asintió Jaime—. Sólo quisiera ver si reconoce a alguna persona en ellas. Como detective, seguro que le ha pedido cosas parecidas a un testigo antes, ¿no? Si las ve y no reconoce a nadie, podrá irse y Carl lo llevará a dónde guste.

    Cole miró sobre su hombro a Carl, como buscando alguna confirmación de aquello. El hombre calvo sólo lo miró de la misma firma dura y agresiva de antes.

    —¿Y si sí reconozco a alguien? —Cuestionó el policía justo después, volviendo su atención hacia el sacerdote delante de él. Éste sonrió, de una forma que le pareció tan cínica como aquella inapropiada frase del padre Babato, y entonces le respondió:

    —Entonces tendremos una charla un poco más larga. —Volvió en ese momento a alzar el sobre, acercándoselo más—. Por favor.

    Cole supo que esa petición no tenía prácticamente nada de opcional.

    Tomó entonces el sobre, un poco de mala gana, y se aproximó de nuevo en la mesa. No se sentó en la misma silla de antes, sino que eligió una un poco más alejada de ambos sacerdotes. Abrió el sobre y sacó el contenido de éste, que en efecto era un fajo de varias fotos; Cole contó que debían ser al menos unas treinta.

    Comenzó entonces a recorrer una por una de forma algo perezosa, arrojando a la mesa aquellas que iba viendo.

    En la primera había una mujer rubia de facciones europeas y ojos azules.

    En la segunda un hombre de color de cabello corto.

    En la tercera una niña pelirroja de ojos verdes.

    En la cuarta un chico castaño de piel morena.

    Y así cada foto mostraba a una persona totalmente diferente a la anterior, y sin alguna relación evidente a simple vista. De hecho, algunas incluso le llegaron a dar la impresión de que eran fotos al azar bajadas de internet.

    —¿Quiénes se supone que son estas personas? —cuestionó un poco fastidiado cuando ya iba casi la mitad del monto.

    —Será mejor que de momento no lo sepa —le respondió Jaime de forma enigmática. Cole sólo rodó los ojos y siguió revisando.

    Cuando ya estaba en el último tercio de las fotos, y había llegado a pensar que todo aquello era algún tipo de intento de fastidiarlo, algo cambió. Justo detrás de la foto de un hombre robusto de cabello canoso, la foto siguiente dejó a Cole sin aliento. En ésta vio a una mujer joven, de rostro delgado y sonrosado, con cabello castaño claro, corto hasta sus hombros, y ojos azul cielo. Sonreía ampliamente a la cámara, mostrando unos dientes blancos y brillantes.

    Cole soltó aquella fotografía, y las demás que faltaban, y las arrojó a la mesa como si le quemaran. Se paró de un salto y se alejó dos pasos de la mesa. Aquella reacción hizo que todos se pusieran en alerta.

    —Esa mujer —masculló, señalando con su dedo hacia la fotografía que había quedado encima de todas las demás.

    Frederick se aproximó por un costado e inclinó su cuerpo sobre el montículo de fotos. Tomó aquella sobre el resto, la sujetó delante de su rostro, y luego se le extendió a Cole para que la viera de nuevo.

    —¿Conoce a esta mujer, detective?

    —Sí, claro —respondió Cole, aún exaltado—. El espíritu que se me apareció dos veces en Eola, tenía la apariencia de esa mujer.

    Frederick asintió, y entonces se viró hacia Jaime y le extendió la foto. Éste la tomó entre sus dedos, la contempló en silencio unos segundos, y entonces miró a Cole con severidad.

    —¿Está usted seguro? —Inquirió el padre español con sequedad, sonando casi como una reprimienda.

    —¡Por supuesto que estoy seguro! —Exclamó Cole, irritado—. ¿Qué está pasando aquí? ¿Quién es esa mujer?

    Las puertas del privado se abrieron en ese momento, y un par de meseros entraron cada uno con una bandeja. Con ellos llevaban dos botella de vino, y algunos platos pequeños con entradas. Todos guardaron absoluto silencio mientras colocaban las cosas en la mesa, viéndose de seguro bastante sospechosos en el proceso.

    —¿Listos para ordenar? —Preguntó una mesera mirando a los dos sacerdotes, pero Carl se adelantó a intervenir primero.

    —Nosotros nos encargaremos —le indicó a los dos meseros, y con sus largos brazos les indicó a ambos que avanzaran hacia la otra punta de la mesa, donde Karina con los menús aguardaba. Los meseros no se opusieron.

    Sin Carl cubriendo la puerta, Cole podría haber salido corriendo en ese mismo instante, pero eso ya no era una opción. Ahora quería respuestas.

    Cuando los meseros estuvieron lo suficientemente alejados, Frederick se apresuró a tomar el resto de las fotos y guardarlas en el sobre. Luego, le hizo un ademán con su cabeza a Cole para que retomara su asiento original con ellos, y éste así lo hizo. Frederick se sentó a la cabeza, y Cole y Jaime tomaron su diestra y su zurda, respectivamente. Jaime, sin embargo, parecía algo apartado y pensativo, sentado en su sitio pero abstraído en su propia cabeza.

    Todos siguieron en silencio hasta que Carl y Karina terminaron de hacer el pedido, y el hombre grande y calvo guio de nuevo a los meseros a la puerta.

    —Yo les indicaré cuando servir la comida —lo escuchó Cole murmurar cuando pasaba detrás de él—. Hasta entonces, les agradeceremos si pueden darnos un poco de privacidad. Grazie per i tuoi servizi.

    Cole no sabía mucho italiano, pero presintió que aquello lo había pronunciado fatal.

    Cuando los meseros salieron, Carl cerró la puerta detrás de ellos y volvió a tomar su lugar de guardia delante de ésta. Karina también se aproximó, parándose detrás de la silla de Frederick de forma protectora. Por su parte, el padre Babato volvió a tomar la foto que tanto había alterado a Cole, y la colocó sobre la mesa, delante de él para que todos pudieran verla.

    —Su nombre era Gema Calabresi —indicó con voz solemne, y el nombre "Gema" no pasó desapercibido para Cole—. Era de origen Italiano, así como un servidor, aunque no tuve mucha oportunidad de conocerla en su momento. Se ordenó como monja a los veintiún años, y durante los 90's trabajó como enfermera en un hospital católico en Marsala. Siempre fue una chica muy devota y alegre, entregada a ayudar a las personas. Sin embargo, en junio del 2000 desapareció de su orden sin dejar rastro, y nadie supo nada de ella por un largo tiempo. Quince años después, comenzaron a surgir rumores de su presencia aquí en los Estados Unidos, y se sospechó de su conversión al Satanismo. Luego de meses de esfuerzo, rastreamos su ubicación en New York. Sin embargo, justo cuando estábamos por encararla, se suicidó... rebanándose su propia garganta.

    —Santo Dios —exclamó Cole, impresionado.

    —Dios no tuvo nada que ver con eso, se lo aseguro —añadió Jaime en voz baja, como si aquello no hubiera sido realmente para Cole.

    Entonces, ¿sí existió una mujer llamada Gema con ese rostro? ¿Y murió en el 2015 rebanándose su propio cuello? Cole no pudo evitar recordar como aquel espíritu había narrado su muerte de una forma muy distinta:

    No es una gran historia. Solamente un día me fui a dormir, y a la mañana siguiente... bueno, digamos que todo se volvió mucho más frío.

    Muy lejos de suponer que aquello se refería a algo como lo que el padre Babato estaba describiendo. Sin embargo, Cole sabía bien que no podía fiarse de nada de lo que aquel ser le había dicho. Todo pudo haber sido simples mentiras, incluido su nombre y su identidad.

    —Escuchen —pronunció Cole intentando ser claro y tranquilo—, yo en verdad no podría garantizarles que a quien vi fuera al fantasma de esta mujer que describen. Como bien le dije al padre Babato, al principio creí que era un espíritu humano, pero luego cambió a una naturaleza totalmente demoníaca.

    —Pero mencionó que sintió ambas cosas, ¿no? —Señaló Frederick—. Un espíritu humano y un espíritu demoníaco al mismo tiempo, según recuerdo.

    —Sí lo dije, pero la verdad es que nunca me había encontrado con algo así antes, y no sé bien cómo interpretarlo. Pero lo más seguro es que fuera un demonio adoptando su nombre y su imagen.

    —¿Y por qué haría tal cosa? —Intervino Jaime con suspicacia—. Usted dice que no la conocía de antes. ¿O sí?

    —No, nunca la había visto.

    —¿Y no había forma de que supiera que usted nos conocería más adelante?

    —Eso no lo sé —murmuró Cole, vacilante—. Lo único que puedo confirmarles es que yo ni siquiera sabía del padre Babato, hasta una hora antes de subir a mi avión para acá hace tres días.

    Cole notó entonces la manera en que los dos sacerdotes, y la mujer detrás del italiano, lo miraban. Y estaba seguro de que si volteaba a ver a Carl, el mismo sentimiento se vería reflejado en su mirada. Él la conocía muy bien, pues él mismo había visto antes así a muchos sospechosos durante un interrogatorio. Y eso lo hizo comprender que justamente esa era su posición en esa charla "amistosa."

    —¿De eso se trata esto? —Espetó con actitud defensiva—. ¿Creen acaso que tuve que ver con la muerte de esta mujer o sé algo de ella? Porqué si es así, están muy equivocados. No sé qué fue lo que vi, ni qué relación tiene esta mujer con Samara. Y no puedo ayudarlos con eso.

    Los dos sacerdotes se miraron el uno al otro en silencio por un largo rato, casi como si estuvieran teniendo algún tipo de conversación privada en sus mentes a la cual Cole no era bienvenido. Y considerando el tipo de personas que había conocido en la Fundación Eleven, la posibilidad no era tan inverosímil, pero no creyó que se tratara realmente de ello.

    Luego de unos momentos Jaime exhaló lentamente por su boca, y fijo sus ojos de nuevo en el detective.

    —Quizás nosotros podríamos ayudarlo a usted con su problema, señor Sear —señaló considerablemente más calmado—. Frederick me mencionó que está convencido de que esta niña perdida, Samara Morgan, está aquí en Los Ángeles. Y que vino para reunirse con una persona.

    A Cole le extrañó un poco el abrupto cambio de tema. Se viró un momento hacia el padre Babato, que sólo se encogió de hombros, aunque su mirada casi pícara hacía ver claramente que entre ambos curas había algo en mente que él no sabía.

    —No creo haberlo dicho exactamente de esa forma —señaló el policía—. Pero sí, creo que la persona para quien Leena Klammer trabaja está aquí en Los Ángeles. De hecho, averigüé que ella vivía aquí en la ciudad hasta hace poco. Puede que aquí sea donde ese individuo la contactó.

    Jaime solamente asintió como respuesta, y miró de nuevo a Frederick como cediéndole la palabra. El padre italiano buscó en el interior de su saco negro otro sobre, ahora más pequeño y de color blanco.

    —Quisiera enseñarle otra fotografía, detective —propuso el padre, y colocó cuidadosamente el sobre enfrente de Cole—. Si está de acuerdo, claro. Sólo dígame si también reconoce a la persona en ella.

    Cole miró el sobre, un poco preocupado por lo que fuera a encontrar en él tras la sorpresa anterior. Pero, a su vez, eso mismo le provocaba una curiosidad difícil de ignorar. Así que tomó el sobre, lo abrió y sacó sin mucha espera su contenido. Era en efecto sólo una foto, rectangular, con la imagen de busto y cara de un chico... joven, de diecisiete o dieciocho, de ojos azules y cabello negro. Y, se podría decir, apuesto...

    El detective se quedó helado ante la mirada y sonrisa astuta de aquella persona. Y aunque en un inicio no identificó claramente el porqué de su reacción, poco a poco la idea se volvió más que clara en su mente, hasta que lo supo: no era la primera vez que lo veía.

    * * * *

    —¿Por qué no me demuestra a mí de lo que es capaz? —se escuchó su voz astuta resonando como una carcajada, tomando por sorpresa a la mujer dentro del cuerpo de Cole Sear.

    Sintió en ese momento como si alguien se hubiera parado justo detrás de ella, le rodeara el cuello con un brazo y lo apretaran con fuerza con él hasta casi sofocarla. Sintió además cómo colocaba su rostro a un lado del suyo, y le susurraba despacio en el oído:

    —¿Lista para el Round 2, señora?

    Y entonces, fue jalada violentamente hacia atrás, arrancada a la fuerza del cuerpo de Cole y desapareciendo entre sombras.

    * * * *

    Cole bajó la foto hasta la mesa, y se quedó unos instantes ensimismado en sí mismo, repitiendo aquella escena en su cabeza como si pudiera darle retroceso y luego avanzarla en cámara lenta. Aquel momento había sido difuso, como una serie de pequeños flashazos de un sueño que tenía problemas para recordar tras despertar. Pero al ver esa foto, ese instante se volvió completamente claro. Él no lo había visto directamente, sino a través de los ojos de Eleven... ¿o ella lo había visto a través de los suyos? No tenía idea de cómo explicarlo con exactitud, pero no tenía duda alguna. La persona que había intervenido en aquel momento, había tomado a Eleven y la había jalado fuera de él; y quién por consiguiente la había atacado en su propia casa luego de ese momento... Esa persona...

    —Es él... —Exclamó atónito con sus ojos fijos en la imagen inerte sobre la mesa—. Es el chico, el que atacó a Eleven... el culpable de toda esta maldita locura...

    Aquellas palabras habían sido más para sí mismo que para sus acompañantes; una conclusión que necesitaba a todas luces pronunciar en voz alta para poder convencerse a sí mismo de ella.

    —¿Entonces sí lo ha visto antes? —Cuestionó Frederick con apremiante curiosidad.

    —Sí —Respondió rápidamente, aunque casi de inmediato vaciló—. Eso creo.

    —¿Eso cree? —Cuestionó Jaime a continuación, mostrándose claramente reticente ante tan dudosa declaración. Frederick intervino rápidamente, indicándole con un ademán de su mano a su compañero para que no dijera más de momento.

    —¿Dónde lo vio? —insistió el padre Babato.

    —En el psiquiátrico de Eola —contestó Cole, aún indeciso—. No lo recordaba hasta ahora... En verdad no estoy seguro siquiera si realmente lo vi.

    —Cuéntenos, por favor —solicitó Frederick apremiante.

    Cole se sentía alterado. Sin pensarlo, su mano se dirigió al bolsillo en donde guardaba sus cigarrillos, pero logró detenerse a mitad del camino. En su lugar, se extendió ahora hacia una de las botellas de vino y se sirvió un poco en su copa. Tomó de ella casi de inmediato sin titubear, esperando que un poco de alcohol lo calmara tanto como un cigarrillo. No lo hizo, pero sí lo suficiente para que pudiera contarles lo que querían saber. Sobre cómo había acorralado a Leena Klammer en el pasillo del psiquiátrico, pero luego todo se había vuelto confuso para él por la intervención de aquel otro hombre que lo había paralizado. También sobre cómo éste lo hubiera matado, si Eleven no hubiera intervenido para ayudarlo. Pero, al hacerlo, se había expuesto a esa persona, que terminó atacándola y dejándola en coma.

    Intentó ser lo más claro posible, pero incluso para él todo lo que había pasado en ese momento resultaba confuso.

    Mientras iba terminando su relato, Jaime había decidido imitarlo y también se sirvió algo de vino; aunque, en una cantidad relativamente mayor a la de Cole. Cuando éste terminó de hablar, y ya llevaba al menos tres tragos de vino, el padre español carraspeó un poco y se inclinó hacia el frente, observando a Cole con dureza.

    —No intentaremos decirle que entendemos cómo funcionan las habilidades únicas de los que son como usted. A pesar de todo lo que hemos visto, hay muchas cosas que no comprendemos, y quizás nunca lo haremos. —Extendió entonces su mano para tomar la foto y alzarla para que el detective pudiera verla de frente—. Sólo quisiera que me confirmará si está seguro de que el chico que vio fue éste.

    Cole contempló unos segundos la foto, pero luego necesitó desviar su vista hacia otro lado como si se sintiera cohibido. Su mano se talló contra su nuca, mostrándose incómodo.

    —Mi parte objetiva me dice que no; no podría estar seguro. Pero yo siento que sí, es él. El sólo verlo trajo a mi mente vívidamente ese recuerdo, y cumple con la descripción que mi compañera nos dio.

    Miró entonces a ambos sacerdotes, adoptando una postura más fehaciente, incluso acusadora.

    —¿Quién es él? —Preguntó, notándose algo de exigencia en su tono—. Díganme quién es. Si tengo razón, él es el culpable de todo esto; de las personas que han muerto, el secuestro de Samara, lo que le pasó a Eleven...

    —¿Y si se lo decimos qué hará? —Respondió Jaime, desafiante—. Usted es un oficial de policía, por lo que no haría nada incorrecto, ¿o sí?

    —No jueguen conmigo —espetó Cole, alzando sólo un poco la voz pero lo suficiente para que Carl se sobresaltara nervioso—. Me están enseñando esa foto por un motivo. Ustedes saben quién es, y saben que está relacionado con todo esto, ¿o no? Díganmelo. —Se tomó un segundo, respiró lentamente por su nariz, y entonces murmuró con más calma—: Por favor... necesito saberlo.

    Frederick se mantuvo impasible ante su enérgica petición, aunque luego se volteó de nuevo hacia Jaime.

    —¿Qué dices, amigo mío? —Le preguntó curioso a su compañero—. ¿Lo que has oído te es suficiente?

    —Por supuesto que no —respondió Jaime con normalidad, seguido después por un trago más de su copa—. Pero es tu decisión. Ésta es tu investigación, después de todo. Yo soy un mero observador.

    Frederick sonrió divertido, dejando en evidencia que de seguro se trataba de más que eso. Como fuera, se volvió de nuevo a Cole, centrando entonces enteramente su atención en él, y a hablarle casi en el mismo tono y emoción como de seguro presidiría misa en parroquia.

    —Como bien podría ya haberse dado cuenta, Karina, Carl y su servidor, no somos precisamente los religiosos comunes. Y eso es porque, efectivamente, no realizamos una labor común. —Hizo una pausa, y entrecruzó sus dedos sobre la mesa—. Los tres somos parte del Scisco Dei, un grupo secreto dentro del Vaticano dependiente del Ministerio de Exorcismos. Nuestro deber es ser el brazo de Dios para combatir la influencia del demonio en la Tierra, como bien le había dicho en nuestra primera conversación. Sin embargo, esto lo realizamos de una forma muy diferente a la mayoría de los exorcistas que de seguro ha conocido hasta ahora. De hecho, nuestra labor es mucho más similar a la suya, detective. Pues como usted ya sabe, hay muchos demonios, por así llamarlos, que no pueden ser combatidos sólo con rezos y agua bendita. Hay algunas amenazas acechando este mundo que ocupan un enfoque más... drástico.

    —¿Cómo matar a una niña? —inquirió Cole, acusativo, a lo que el padre Babato respondió esbozando una sonrisa bastante desatinada en la opinión del detective. Y, encima del todo, al final el sacerdote concluyó aquello con:

    —Eso y otras cosas más.

    Cole enmudeció, recargándose por completo contra su silla y mirando al sacerdote delante de él con desconfianza. No sabía bien cómo interpretar lo que acababa de oír. ¿Un grupo secreto de exorcistas para enfoques más "drásticos" contra los demonios? La idea de religiosos con pistolas u otras armas, le provocaba una mezcla de sentimientos. Por una parte debía admitir que le daba gracia; por otra le daba un poco de alivio pues, como bien el padre había dicho, no a todos los seres inhumanos que había conocido se les podía combatir sólo con rezos; y, por último, le daba bastante preocupación... sobre todo por esa última declaración, que inevitablemente le trajo a su mente a aquella mujer que había visto en la iglesia su primer día en Los Ángeles.

    Pero dicha descripción explicaba bastantes cosas, incluyendo la extraña forma de comportarse de esas personas, y el conocimiento que abiertamente le habían demostrado de cosas que Cole creía sólo él había visto y enfrentado.

    Scisco Dei... Nunca había oído sobre ese grupo, pero definitivamente haría su investigación para saber más al respecto. Claro, si primero lo dejaban salir vivo de ese lugar.

    —Pero ustedes tres ya estaban aquí en Los Ángeles desde antes de que Samara fuera secuestrada —señaló Cole—. ¿Qué hacían aquí exactamente? ¿Esto es mera coincidencia?

    —Absolutamente no —masculló Frederick casi riendo, pero procuró casi de inmediato recuperar su compostura anterior—. La historia de trasfondo para explicar eso es muy larga. No unos mil años de historia como dirían algunos... pero sí al menos un par de cientos. Pero intentaré resumírsela, y quiero que tenga su mente muy abierta mientras me escucha.

    ¿Alguien le estaba pidiendo a él, el detective de los muertos, que tuviera la mente abierta ante lo que estaba por escuchar?

    "Lo reto a decirme algo que no he escuchado antes," recordaba que el mismo padre Babato le había dicho aquel otro día. Ahora era él quien tenía ese mismo pensamiento, aunque no lo dijo en voz alta. En su lugar, se limitó a sólo asentir. Ese sólo gesto fue suficiente para que Frederick comenzara su historia que, efectivamente, sería larga.

    —A finales del siglo XIX, un hombre autoproclamado brujo, de nombre Adrian Marcato, afirmó públicamente haber invocado al Demonio en persona, y que éste le había dado instrucciones sobre las cosas que vendrían en el nuevo siglo. Era una época llena de charlatanes que hablaban del Fin del Mundo, y muchos no lo tomaron enserio... pero otros sí. Poco a poco, Marcato fue ganando adeptos, creyentes de sus palabras, creando un grupo de seguidores de Satanás que continuaron con sus enseñanzas incluso después de su muerte. Y cuando la comunicación instantánea entre puntos recónditos del mundo se hizo una realidad, estos mismos adeptos entablaron amistad y contacto con otros grupos similares de otros muchos países; creando una red internacional de Satanistas, se podría decir. El Vaticano siempre tuvo noción de su existencia, pero se sorprendería si le dijera la verdadera cantidad de cultos satanistas, o pseudo-satanistas, que existen incluso en la actualidad. La mayoría son de hecho inofensivos, y éste se consideró uno más de ellos.

    Frederick hizo una pequeña pausa, y su boca se curveó en una mueca que casi parecía querer indicar que estaba sintiendo un poco de dolor.

    —Sin embargo, algo cambió a mediados de los 60's —prosiguió Frederick—. El grupo de Marcato simplemente se esfumó. Ya no había reportes o información sobre sus acciones en lo absoluto. Sus miembros que ya estaban identificados, murieron o igualmente desaparecieron. Y esto se repitió con más de estos grupos alrededor del mundo. Fue algo muy extraño, que sin duda llamó la atención de más de uno en la Santa Sede, pero no lo suficiente para ser un verdadero motivo de alarma. Pero entre algunos surgió una teoría, sobre que estos grupos no estaban desapareciendo, sino más bien todo lo contrario. Se decía que se estaban de hecho uniendo, volviéndose más fuertes y creando una sola organización conjunta de alcances inimaginables. Y que, lo más importante, estaban tramando algo a gran escala, ocultos de la vista pública.

    Frederick rompió unos momentos su semblante duro para soltar una pequeña carcajada, haciendo que Cole, que se había ensimismado en el relato sin darse cuenta, casi saltara de su silla.

    —Lo sé, muy conspiranoico, ¿verdad? —rio como intentando restarle importancia—. Muchos así lo pensaron, pero otros se dedicaron a investigar el asunto a detalle. Y al hacerlo, dieron con cierta información que validaba la teoría, y confirmaba la existencia de esta organización; una llamada... Hermandad, que con los años había ido ganando más y más poder. Y que, al parecer, se había formado con un fin muy específico —se inclinó entonces hacia Cole, observándolo atentamente con sus casi saltones—: propiciar la llegada del Anticristo a la Tierra, además de protegerlo y ayudarlo en su ascenso hacia el control absoluto del mundo.

    El padre Babato guardó silencio tras esa afirmación, pero mantuvo su mirada tan fija en Cole que parecía incluso no querer parpadear. Cole, por su parte, aguardó esperando que dijera algo más, o comenzara a reír señalando lo absurdo de lo que acababa de decir como lo había hecho anteriormente. Pero no rio... nadie lo hizo. De hecho, Cole, notó que Jaime lo veía de la misma forma, al igual que los otros dos ayudantes en la sala; como si todos estuvieran aguardando atentamente cuál sería si respuesta o reacción.

    —¿El Anticristo? —Soltó Cole, sin poder evitar sonar sarcástico—. ¿El Anticristo del Apocalipsis? ¿Hablan enserio?

    —Bastante enserio, detective —asintió Frederick—. Y fue precisamente a esta Hermandad a la que se supone Gema Calabresi se unió al dejar su convento; igualmente desapareciendo por completo, como los miembros de este grupo acostumbran hacer. El si siempre fue una de ellos o la convirtieron, eso está aún en duda.

    Cole balbuceó un poco, sin poder pensar coherentemente en qué exactamente debía responder o preguntar a todo eso.

    —De acuerdo —susurró dudoso el detective—. ¿Y qué tiene que ver esto con...?

    Su mano señaló fugazmente la foto del muchacho de cabellos negros sobre la mesa. Aunque en el fondo comenzaba a hacerse una idea de hacia dónde iba eso, sencillamente se rehusaba a dejar que dicho pensamiento se fraguara enteramente en su mente.

    —A eso voy —indicó Frederick, continuando con su relato—. Esta Hermandad se las ha arreglado para ser tan hermética y secreta, que nos ha sido casi imposible averiguar mucho de ella. Entre las pocas cosas que conocemos, es que existe un poema dejado por Marcato; una... profecía, se podría decir, en la que sus miembros creen ciegamente y rigen su misión. Es una combinación de pasajes y profecías de las Escrituras. Va algo así:

    Cuando los judíos regresen a Sion, y un cometa queme el cielo, y el Sacro Imperio Romano ascienda; entonces usted y yo habremos de morir. Desde el mar eterno se elevará, creando ejércitos en cada orilla, volviendo al hombre contra su hermano, hasta que el hombre no exista más.

    Hizo una pausa, como queriendo dejar que las palabras se asentaran en la mente de su oyente, y entonces prosiguió:

    —Estos eventos, de acuerdo a lo que ellos creen, preceden el nacimiento del Anticristo en la Tierra. Según interpretaciones, el regreso de los judíos a Sion describe la formación del Estado de Israel. El ascenso del Sacro Imperio Romano se cree se refiere a los Tratados de Roma, y a la posterior formación de la Unión Europea. Sólo faltaba el cometa... Pero, ¿qué cometa con exactitud? ¿Cualquiera que cruzara el cielo aplicaría? Bueno, la respuesta era no.

    De pronto, Jaime tomó de la silla que estaba a su lado un nuevo sobre, y Cole para ese entonces se preguntaba cuántos sobre secretos con fotos tenían ocultos en esa habitación. Jaime le pasó el sobre a Frederick, que sacó de éste (por supuesto) una foto, aunque más grande que las otras, casi del tamaño de una hoja tamaño carta.

    —Durante junio del año 2000, observatorios de todo el mundo captaron esto.

    Frederick colocó la foto en la mesa delante de Cole. Parecía en efecto la foto tomada por un telescopio, en donde se veía un amplio cielo estrellado, y en el centro un largo cometa luminoso... No, mirando con más atención, Cole notó que no era uno, sino tres cometas viajando uno a lado del otro. ¿Era eso posible? No sabía casi nada de astronomía, pero se aventuraría a deducir que no era algo usual.

    —Un cuerpo celeste cruzando nuestro cielo —señaló Frederick, recuperando su atención—. Un cuerpo celeste que no debería estar ahí. Esto que ve en esa foto, es un cometa que pareció simplemente haber salido de la nada. Pero lo más extraño es que en algunas de las imágenes captadas del cuerpo, como esa que ve, el cometa parecía dividirse en tres. Tres haces de luz, quemando el cielo a su paso, como una burla o espejo a la Santa Trinidad, y a la estrella que anunció hace dos mil años el nacimiento de nuestro Señor Jesucristo. Todo esto, más los actos de la Hermandad, y muchos otros eventos y sucesos, fueron ya suficientes. Se convocó rápidamente a una reunión extraordinaria, en donde se le presentó a los Cardenales y al Santo Padre todas estas evidencias, y se exhortó a una acción inmediata... y drástica. —De nuevo esa palabra, y la forma tan remarcada con la que la pronunciaba—. La única organización con los recursos y la libertad de actuar como se debía, aunque fuera en las sombras, éramos nosotros; el Scisco Dei.

    »Se nos dieron entonces dos encomiendas. La primera, rastrear a la Hermandad, a sus integrantes y a sus cabezas, exponerlos y acabar con ellos a como diera lugar. Y la segunda, dar con el paradero del Anticristo, y hacer justo lo mismo con él. A esto se le conoce como la Orden Papal 13118, y la hemos venido desempeñando estos últimos años fielmente. Lo que Karina, Carl y yo hacemos, es investigar a posibles candidatos a ser el Anticristo al que la Hermandad sirve. Los parámetros de búsqueda que usamos son muy específicos. El más sencillo es la edad; su fecha de nacimiento debió ser en algún punto mientras el cometa fue visible en nuestro cielo, aproximadamente en Junio del 2000. Debe ser un varón, aunque no estoy seguro de cómo determinaron eso exactamente. Debió además haber crecido en una familia de gran poder económico y político; el mar del que se describe emerge la Bestia, se cree es el mar de la política. Y cobra sentido, considerando que la Hermandad poco a poco lo iría posicionando para que la gente lo adore, y deposite su confianza en él. Además de eso, el Anticristo tendrá ciertas habilidades únicas... como las que ustedes tienen, pero mucho más destructivas. O, en apariencia benignas, pero engañosas. La última seña, y la definitiva, sería la marca de la bestia en alguna parte de su cuerpo. Pero no un tatuaje, sino un lunar como parte de su piel. El seiscientos sesenta y seis. Así que, tomando todo esto como base, hemos estado investigando a varios candidatos alrededor del mundo que pudieran cumplir con esto.

    Frederick extendió en ese momento su mano para tomar la foto del muchacho, y la sostuvo enfrente de él para que Cole pudiera verla bien una vez más.

    —Este chico, es uno de estos sospechosos. Y, a modo personal, el más prometedor que he visto en estos años. Y, ¿quiere saber lo más interesante? —Se inclinó en ese momento hacia Cole, parecido a como lo había hecho un momento atrás—. Él está aquí en Los Ángeles en estos momentos. Esto es lo que hacíamos aquí: seguirle la pista a este muchacho.

    Cole había permanecido calmado escuchando toda aquella larga explicación. Sin embargo, al oír ese último dato, ahora sí se tuvo que parar de nuevo de su silla y caminar un poco para alejarse de la mesa. Carl se irguió firme en la puerta temeroso de que intentara salir, pero no lo hizo. Sólo avanzó hacia un lado, mirando al suelo, al techo, o la propia palma de su mano.

    —¿Está bien, detective? —Le cuestionó Jaime, curioso.

    Cole no respondió de inmediato. Siguió sumido en su propia cabeza, hasta que soltó de pronto una pequeña risa nerviosa y se viró de nuevo hacia los sacerdotes.

    —Escuchen, no esperan realmente que me crea todo esto, ¿o sí? —Comentó incluso algo burlón.

    —Le dije que debía tener la mente abierta —señaló Frederick.

    —Eso es mucho más que tenerla abierta, padre. Usted me está hablando del Anticristo y el Apocalipsis. Por favor...

    El padre Babato resopló, al parecer un poco decepcionado.

    —Esperaba que alguien que ha visto lo que usted, tuviera una perspectiva diferente de estas cosas.

    Cole volvió a reír como antes

    —Una cosa es haber interactuado con fantasmas y criaturas no humanas, y otra muy diferente que me pida creer en...

    Cortó su argumento abruptamente a la mitad de éste, y su cabeza pareció divagar un poco, y su mirada se fijó en algún lugar indefinido a la distancia. Algún pensamiento parecía haberle llegado de pronto.

    —¿Qué pasa? —Cuestionó Frederick, preocupado.

    —No, nada... —Respondió Cole, un poco ausente. Y una inesperada sonrisa de... ¿alegría?, se dibujó en sus labios en ese momento—. Es sólo que por un momento comencé a sonar muy parecido a alguien que conozco.

    El recuerdo de Matilda le había llegado abruptamente, pero ciertamente la comparación era inevitable. Él también había intentado hacer que ella creyera en algo que contradecía por completo sus conocimientos y creencias, usando lo que ya había visto y conocido como argumento base. Ahora alguien le acababa de hacer exactamente lo mismo, y su reacción había sido casi igual...

    ¿Había quizás juzgado mal a Matilda en aquel entonces? ¿Debió su enfoque ser diferente? Quizás sí... Pero fuera como fuera, recordar aquello, y sobre todo recordarla a ella, le provocó una pequeña sensación de paz en toda esa locura en la que se había revuelto. Se daría cuenta sólo hasta tiempo después lo que ese momento en específico significó realmente en él. De momento, sin embargo, debía darle un cierre a eso.

    Se aproximó silencioso de nuevo a su silla, y se sentó en ella. Se le veía bastante más calmado.

    —Bien, escuchen —pronunció con firmeza—. Yo no sé nada de profecías bíblicas o Anticristos. Ni tampoco puedo creer en todo esto que me acaban de comentar. Y como oficial de policía, estoy casi seguro de que esta búsqueda que están llevando a cabo, por no llamarla literalmente una cacería de brujas, viola un sinfín de leyes y libertades de personas inocentes. Pero, si este chico es a quien yo estoy buscando, Anticristo o no, se trata de alguien muy, muy peligroso. Aproximarse a él sin cuidado, y con la mente revuelta con todas estas... creencias, puede costarles la vida. Jane Wheeler es una de las resplandecientes más fuertes que conozco, y este chico le hizo un daño horrible. Por favor, no se acerquen a él. Dejen que nosotros nos encarguemos.

    —¿Nosotros quiénes, detective? —Cuestionó Jaime, reticente—. ¿La policía?, ¿su Fundación? Hasta donde entiendo, usted está aquí sin el apoyo de ninguna de las dos.

    Cole no respondió.

    —¿Qué hará exactamente con él si le damos la información que necesita? —Cuestionó Frederick justo después, lo que provocó que Cole se tomara unos instantes para meditarlo antes de dar su respuesta.

    —Mi prioridad es salvar a Samara y ponerla a salvo.

    Frederick volvió a resoplar, pero ahora Cole pudo notarlo incluso molesto. No sabía qué respuesta esperaba de él exactamente, pero al parecer se alejaba mucho de esa.

    —¿Tanto interés tiene sólo en esa niña? —Inquirió Frederick, un tanto agresivo—. ¿Acaso no ha comprendido todo lo que está en juego aquí?

    —Ella es muy importante... para alguien que aprecio.

    Ahora fue el turno de Frederick para tomar la botella de vino y servirse sólo un poco, apenas lo suficiente para dos tragos (aunque terminó empinándose todo en sólo uno).

    —Suponga por un momento —comenzó a pronunciar el padre italiano, notándose que se esforzaba por no perder de nuevo la compostura—, sólo suponga, que lo que decimos es cierto. Que este chico es el Anticristo, y la niña que está buscando vino a Los Ángeles para reunirse con él. Encajé esto con su propia teoría, suya que usted me compartió antes de que supiera de todo esto; sobre la verdadera naturaleza de esta niña, su padre, y el ente que la está persiguiendo. Si las cosas fueran de esta manera, ¿cree enserio que puede confiar en ella? ¿Cree enserio que es sólo una niña inocente?

    —¿Y usted qué cree que es acaso? —Le devolvió Cole el cuestionamiento.

    —¿La verdad? Aún no lo sé. Pero deseo averiguarlo también.

    No era el tipo de respuesta que esperaba, pero de seguro no le tenía otra mejor.

    Cole debía admitir que tenía razón en algo. Lo que le acababan de contar no contradecía de momento sus propias experiencias y teorías, sino que incluso las complementaban. Si acaso se permitía a sí mismo ver las cosas desde esa perspectiva, una naturaleza casi sobrenatural detrás de todo eso podría explicar varias cosas. Después de todo, Gema le había advertido sobre alguien la última vez que la vio; sobre alguien que no lo dejaría ir.

    Debiste hacerle caso a tu mami cuando podías, guapo. Ahora es tarde; Él ya no te dejará ir, lo siento.

    Al principio consideró que hablaba de ese chico que estaban buscando. Pero, ahora que hacía memoria, Evelyn también había hablado sobre ese ser que le susurraba desde el mar, aquel que estaba buscando a Samara, y a quien ella sólo se refería como "Él."

    Si ella está viva, entonces Él aún la busca... Él la encontrará...

    El Padre Burke me dijo que Él nos había elegido. Me dijo que a través de nosotros, Él le daría vida a quien vendría a transformar al mundo. Él se lo mostró todo en visiones... lo obligó a hacerlo... Yo no pude evitarlo... no pude evitarlo...

    ¿Estaban ambas refiriéndose a lo mismo? Pero, si las cosas fueran como estos dos sacerdotes decían, entonces de quién estarían hablando sería...

    Pero entonces... el padre de Samara...

    Cole agitó su cabeza con violencia, y se empinó de golpe todo lo que quedaba en su copa, sintiendo como éste le quemaba un poco la garganta, aunque no de forma desagradable. No podía permitirse dejarse llevar con esas ideas. En el momento en el que sumergiera en esas creencias en Anticritos y Satanás en persona, perdería por completo la perspectiva y cualquier enfoque objetivo que pudiera usar a su favor; si es que aún le quedaba alguno.

    —¿Quién es este chico? —Cuestionó tajantemente como una orden una vez que logró armarse lo suficiente de fuerzas—. ¿Y dónde está? Ustedes lo saben, ¿no? Dicen que le han estado siguiendo la pista. Díganme dónde encontrarlo.

    —¿Para hacer exactamente qué con esa información? —Respondió Frederick cortante, mirándolo con severidad—. ¿Se lo dirá a la policía? ¿A sus amigos? ¿O piensa ir e encararlo usted solo? —Cole no respondió, quizás porque él mismo no tenía clara la respuesta—. Lo siento, pero no creo que sea prudente decírselo en estos momentos. Está muy alterado, y no queremos que cometa una locura. Como usted bien dijo, estamos hablando de alguien muy peligroso. Si desea encontrarlo, necesita trabajar con nosotros. Ayudarnos a encontrar al Anticristo, detenerlo, y así salvar a millones de personas. ¿No vale eso mucho más que la vida de una sola niña?

    Cole empujó su silla hacia atrás abruptamente y se puso de pie. Se le veía tan molesto que Carl y Karina pensaron se intentaría atacar a los padres, y se pusieron en alerta. Sin embargo, sólo se giró hacia la puerta y encaró a Carl, que seguía obstruyéndola.

    —Quiero irme, ahora —exigió mirando fijamente al hombre de cabeza calva. Ya había tenido suficiente de esa conversación, y tenía claro que no podría obtener nada más de esas personas.

    Carl no se movió de su lugar ni se mostró intimidad por su petición. Se viró en su lugar hacia el padre Babato, en busca de su siguiente orden. Éste también parecía molesto, pero sobre todo cansado. Quizás ya había tenido también demasiado por ese día.

    —De acuerdo, tiene mucho que digerir y pensar —señaló Frederick, agitando una mano despreocupada en el aire—. Carl, lleva al detective a su hotel, por favor.

    Carl asintió, y de inmediato se quitó de la puerta para dejarle el camino libre. Cole avanzó hacia la puerta, en el entendido de que su secuestrador lo seguiría. Sin embargo, tanto Carl como él se detuvieron al oír de pronto:

    —Descuida, Carl —murmuró Karina abruptamente—. Yo me encargo de llevarlo.

    Aquello sorprendió a todos, incluso al padre Frederick que se volteó a verla, preguntándole con su mirada si acaso estaba segura, pues su descontento hacia el detective había sido más que evidente desde el primer día. Karina no dijo nada más, y en su lugar caminó tranquilamente hacia la puerta, pasando a lado de Cole y saliendo del privado. Cole dudó un poco entre seguirla o no, pero al final lo hizo y ambos se alejaron entre las mesas del restaurante.

    Carl se permitió cerrar las puertas de nuevo, antes de que tuvieran que ordenárselo.

    Frederick suspiró agotado, y pasó a servirse más vino.

    —Admito que esperaba que todo saliera de una forma diferente —masculló, casi como un reclamo a sí mismo. Luego de dar un sorbo de su copa, se viró hacia su compañero en la mesa—. ¿Qué te pareció a ti?

    —Sabes que ocupo más que una pequeña conversación para sacar un veredicto —Señaló Jaime con tranquilidad.

    —No serías un buen Inspector de Milagros si no fuera así.

    Jaime tomó su propia copa y también bebió de ella.

    —¿En verdad crees que eso sea cierto? —Soltó Jaime al aire de pronto.

    —¿Qué de todo?

    —Lo de Gema —respondió con pesadez, transmitiéndole ese mismo sentimiento a su compañero—. ¿Tú en verdad crees que sea posible que su... fantasma, esté por ahí vagando?

    Frederick guardó silencio, y contempló a su amigo, reflexivo. Se preguntó fugazmente si aquello lo preguntaba el Inspector de Milagros... o el hombre bajo el hábito; pero él conocía claramente la respuesta. Había notado como se pareció cerrar desde el momento mismo en que Cole reconoció la fotografía de Gema, y sólo él mismo podría decir qué era lo que le había estado cruzando por la cabeza durante todo ese rato.

    —Yo espero que no sea así —comentó Frederick de pronto, extendiendo su mano hacia él para palparle su brazo de forma amistosa—. Sería muy triste para mí saber que, encima de todo lo que pasó, ni siquiera muerta esa niña pueda descansar en paz.

    Jaime lo miró de reojo y le ofreció una amarga sonrisa. Tomó de nuevo la botella y volvió a servirse... bastante más, hasta casi llenar la copa. Frederick quiso decirle que no lo hiciera, pero prefirió abstenerse al último momento. En esa ocasión, era probable que lo necesitara enserio.

    —Pero ciertamente es un hombre interesante —señaló el padre español tras unos momentos, regresando la conversación abruptamente a Cole—. Creo que podría sernos de mucha ayuda, o convertirse en un tremendo estorbo. Como sea, espero que sea lo primero, pues sería una lástima que tuviéramos que hacer algo en su contra. —Su mirada se endureció, fija en la foto del muchacho de cabellos negros sobre la mesa—. La identificación y aniquilación del Anticristo es tu mayor prioridad, y la de tu equipo, Frederick. No lo olvides.

    Frederick se limitó a sólo asentir y beber de su copa. Él también lamentaría mucho el tener que hacer algo que no quería en contra del detective Sear. A pesar del corto tiempo que llevaba de conocerlo, ya le había tomado cierto cariño.

    — — — —​

    El tiempo se había ido volando tan rápido, que ya estaba prácticamente atardeciendo cuando salieron del restaurante. Por primera vez a Cole le tocaba viajar en el asiento del copiloto del Honda Accord plateado. Y además ahora la persona al volante no era Carl. Por un momento creyó que su escolta le exigiría ir en el asiento trasero como si fuera un Uber, pero en realidad no opuso resistencia alguna cuando se sentó al frente con ella.

    Gran parte del viaje fue en silencio, como de costumbre. Ni siquiera tuvo que decirle cuál era su hotel, pues al parecer ella ya lo sabía. A esas alturas, eso realmente ya no le resultaba tan preocupante en comparación con todo lo demás que había visto y oído esa tarde.

    —¿Se llama Karina? —Soltó de pronto tomando un poco por sorpresa a la mujer a volante, que lo volteó a ver desconcertada por un segundo.

    —¿Disculpe?

    —Nunca me dijo su nombre, y nadie tuvo la gentileza de presentarla —señaló Cole, teniendo su atención puesta en el camino como si fuera él quien conducía—. Pero el padre Babato mencionó a "Karina" un par de veces durante su explicación. ¿Ese es su nombre?

    La mujer, que efectivamente se llamaba Karina, se viró de nuevo al frente y se quedó callada unos instantes, como si dudara sobre responder o no.

    —Sí —pronunció con seriedad tras un rato.

    —¿Sólo Karina?

    —Hasta donde a usted le consta, sí.

    Cole rio divertido, preguntándose si ese secretismo era protocolo de su grupo secreto, o simplemente le gustaba hacerse la interesante.

    —Bueno, pues mucho gusto, sólo Karina; yo soy Cole Sear —le comentó con tono burlón, incluso extendiéndole su mano para estrecharlas. Karina, sin embargo, no le respondió nada ni tampoco aceptó tomarle su mano. Pero Cole no se ofendió; ya estaba acostumbrado a que la gente lo dejara con la mano extendida, por diferentes motivos.

    Por un rato más el viaje siguió en silencio. Y cuando ya estaban cerca de llegar a su destino, Cole pensó que ya no hablarían en lo absoluto, y estaba bien con eso. Como bien habían dicho, tenía muchas cosas que pensar y digerir. Sin embargo, Karina rompió abruptamente el silencio.

    —El padre Babato y el padre Alfaro son increíbles personas —indicó tajantemente, casi como si le estuviera regañando—. ¿Recuerda lo que me dijo cuándo nos conocimos?, ¿sobre personas confiables y buenas que hay en cualquier organización? Es cierto, la Iglesia no es perfecta, y su historia está llena de errores. No tiene por qué confiar en el Vaticano si no quiere, ni siquiera en mí si no le agrado. Pero le aseguro que puede confiar en ellos dos. Yo les debo la vida; a ellos y a otras personas más dentro de la Iglesia. He dedicado mi vida a esto no porque crea ciegamente en su causa, sino porque creo en ellos. Quizás lo que digo sea un pecado... pero es lo que siento. Si es que le sirve de algo saberlo.

    Cole estaba impresionado de escucharla decir tanto en tan poco tiempo. Sonó a que quizás era algo que había tenido dentro durante toda esa larga conversación, donde ella había servido más como un mueble sin oportunidad de decirlo. ¿Era por eso que se había ofrecido a llevarlo?

    —¿Y por qué piensa que usted no me agrada? —Le preguntó Cole con tono irónico, a lo que ella no respondió nada—. Dice que cree más en ellos que en su causa, ¿verdad? Este chico del que hablaban, ¿usted también cree que puede ser el Anticristo?

    Aquello creó una notable señal de vacilación en Karina, cuyos dedos se apretaron incómodamente alrededor del volante, y sus gruesos labios se presionaron mutuamente con fuerza.

    —Yo... —balbuceó la conductora con duda—. Llevo ya muchos años ayudando al padre Babato en esta búsqueda. En ese tiempo, les hemos seguido la pista a varios candidatos prometedores en todo el mundo. Algunos con aparentes habilidades inusuales, otros con actitudes sospechosas, y otros más principalmente por su fecha de nacimiento y por ser niños ricos privilegiados. De todos ellos, él es quizás el más posible que hemos visto hasta ahora. Y el padre parece estar muy seguro.

    —Presiento que hay un pero ligado a todo eso —señaló Cole. Y, en efecto, tenía razón.

    Pero, ya ha habido otros candidatos antes que también nos daban la misma sensación, y nunca pudieron ser comprobados por completo. Es por eso que prefiero mantener mis reservas y esperar a ver qué determina el padre Alfaro. Yo acataré su veredicto.

    —Bastante sensato —asintió el detective—. Pero como les dije, si este chico es quien creo, y estoy casi seguro de que es así, se trata de alguien muy peligroso. Si van a ir tras él, deben tener mucho cuidado.

    Cole notó que una singular sonrisa astuta y confiada se asomó en los labios de la mujer en ese momento.

    —Lo crea o no, sabemos bien cómo cuidarnos, detective. Pero gracias.

    Definitivamente Cole le creía. Tanto Carl como ella se veían como personas con las que realmente no deseaba meterse en malos términos.

    El Honda Accord se estacionó justo enfrente de la fachada del hotel. Aún era temprano, pero Cole se sentía tan agotado por todo que lo único que deseaba era subir, darse una ducha, y acostarse una horas sólo a ver televisión; no pensar en asesinas, niñas secuestradas, policías muertos, federales ocultando información, amenazas de espíritus demoníacos, Anticristos, y el Fin del Mundo. Mañana tendría mucho tiempo para meditar en todo eso, y tomar algunas decisiones.

    Sin embargo, Karina tenía otro motivo oculto que la había llevado a ofrecerse para ese favor, y que podría quizás truncar su plan.

    —Bueno, gracias por el aventón —saludó Cole abriendo la puerta de su lado para salir—. Cómo siempre fue un placer, señorita Karina.

    Apenas acababa de colocar un pie en la acera, cuando entonces la mujer al volante exclamó:

    —Damien Thorn.

    Cole se detuvo en seco con la mitad de su cuerpo ya afuera, y tuvo que regresarse y sentarse de nuevo en su asiento. Karina seguía aferrada al volante, y miraba fijamente al frente, estoica.

    —El nombre del chico de la foto es Damien Thorn —repitió claramente—. Es el único heredero de sangre de la familia Thorn, una de las familias más ricas y poderosas de los Estados Unidos. Se está quedando en estos momentos en un pent-house propiedad de la empresa de su familia, sobre Wilshire Boulevard, en Beverly Hills. No tengo a la mano el nombre o dirección del edificio, pero tengo entendido que usted tiene sus fuentes que podrían ayudarlo con eso, ¿no?

    En efecto las tenía, pero Cole se encontraba tan atónito que no fue capaz de responderle, si acaso ella deseaba que lo hiciera.

    —Tiene a varios guardaespaldas armados custodiándolo las veinticuatro horas —añadió Karina a continuación—. La mayoría son de hecho mercenarios, parte de una milicia privada con arduo entrenamiento en guerreras reales. Así que aunque no sea a quien usted busca, o a quien nosotros buscamos, es igual alguien muy peligroso, detective. Por lo que le ofrezco su misma advertencia: debe tener mucho cuidado si quiere acercársele.

    Cole permaneció pensativo, repasando con cuidado todo lo que le acababa de decir, que ciertamente era bastante.

    ¿Hijo de una de las familias más ricas del país? ¿Heredero de una importante empresa? ¿Un ejército de mercenarios protegiéndolo? Y, encima de todo eso, ¿podría ser su enemigo?, ¿ese psíquico tan poderoso que fue capaz de hacerle tal daño a Eleven?

    —¿Por qué me da esta información yendo en contra de los deseos de sus jefes? —Cuestionó Cole dudoso, pensando por un momento que incluso todo aquello podría ser algún tipo de truco.

    Karina suspiró despacio, y agachó un poco la mirada.

    —Por qué, aunque aprecio demasiado al padre Babato... no estoy de acuerdo con él sobre Samara Morgan. —Levantó su rostro en ese momento, encarando a Cole de frente, y éste pudo percibir una fuerte decisión brotando de ella—. La vida de una niña inocente no debería ser el pago por salvar al mundo. Si puede llegar a ella y ponerla a salvo, por favor hágalo.

    Aquello realmente sorprendió al detective, y le hizo darse cuenta de que quizás se había hecho una imagen bastante errada de esa mujer; y quizás en general de todo ese asunto.

    —Lo haré —asintió Cole con firmeza—. Muchas gracias, Karina.

    Ella sólo le respondió de regreso con un pequeño gesto de confirmación. Cole se bajó justo después y caminó apresurado a la entrada del hotel, mientras a sus espaldas el Honda Accord se alejaba calle arriba.

    Después de todo, sí tendría mucho que pensar esa misma noche.

    FIN DEL CAPÍTULO 82

    Notas del Autor:

    Este fue un capítulo repleto de explicaciones, en el cual se dio un vistazo al trasfondo detrás de la Hermandad y el Scisco Dei, dos de las fuerzas en conflicto en estos momentos.

    Gran parte de lo que se explicó en este capítulo con respecto a la Hermandad es una mezcla entre el trasfondo narrado del Aquelarre de Marcato en Rosemary's Baby o El Bebé de Rosemary, y lo que se llegó a saber del misterioso grupo que protegía y servía a Damien en la franquicia de The Omen o La Profecía. Como ya deben haberse dado cuenta, la Hermandad que hemos estado conociendo a lo largo de estos capítulos sería una combinación de ambos conceptos en uno solo, además de claro mis respectivos agregados propios. Sin embargo, aún hay muchas cosas que faltan por explicar con respecto a este grupo.

    Por otro lado, el grupo del Scisco Dei, y más específico su nombre, viene originalmente de la serie de Damien del 2016. Aunque no se llegó a explicar demasiado sobre dicha organización en la serie, se tomó lo poco que se sabe cómo base. Además de dicha serie, se ha tomado también como inspiración la película de The Omen del 2006, y también varias otras películas y series que, aunque no están directamente relacionadas con la historia, tratan de diferentes formas y ángulos el tema de las posesiones y el combate a los demonios. E Igualmente hay muchas cosas que faltan explicar sobre ellos.

    Como siempre, si alguien tiene alguna duda o desea que se le aclaré mejor algo, no duden en preguntarme en los comentarios y con gusto les responderé lo mejor que pueda.
     
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