Long-fic Resplandor entre Tinieblas

Tema en 'Crossover' iniciado por WingzemonX, 21 Junio 2017.

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    WingzemonX

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    Título:
    Resplandor entre Tinieblas
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Misterio/Suspenso
    Total de capítulos:
    66
     
    Palabras:
    7272
    Resplandor entre Tinieblas

    Por
    WingzemonX


    Capítulo 61.
    Ven conmigo

    Terry guio a Abra de regreso a la camilla de su madre, escabulléndose discretamente y cuidando que nadie conocido las viera. Terry fue la primera en asomarse al otro lado de la cortina, y para su fortuna no había nadie además de su madre. Su padre no quería que nadie más se acercara a ella luego de lo ocurrido, y tenía motivos válidos para quererlo. Terry solía siempre acatar sin excepción las instrucciones de sus padres, pero en esa única ocasión se vería forzada a saltar su autoridad. Era algo más que necesario, quizás la única oportunidad que podrían tener de recuperar a su madre, y no podía dejarla pasar. Así tuviera no sólo que desobedecer, sino también arriesgar su propia seguridad. Si había algo que lamentaba era tener además que arriesgar la de Abra, esta chica que apenas acababa de conocer pero que desde el primer instante le había dejado tan buena impresión. Entendió de inmediato porque su madre la estaba buscando; se notaba de inmediato que era una resplandeciente única.

    —Bien, papá y el tío Will no están —señaló con optimismo, e hizo que ambas pasaran. Justo después cerró la cortina detrás de ellas para que nadie más las viera—. Hagámoslo. ¿Qué debo hacer?

    Abra miró pensativa a la Sra. Wheeler; no preocupada o asustada, sólo pensativa. Estaba justo igual a cómo estaba cuando llegaron, como si ese exabrupto que había ocurrido unos minutos antes no hubiera ocurrido nunca. Su tío Dan le había dicho que debía aceptar la posibilidad de que quizás no quedara nada más de ella ahí. Abra se había rehusado a aceptar tal posibilidad, pero eso era antes de conocer quién había estado detrás del ataque en un inicio. Ahora que lo sabía, ¿qué pensaba de esa posibilidad? ¿Podría realmente ya no haber nada que se pudiera salvar?

    Como fuera, no deseaba implantarle esa idea a Terry, no todavía. Quizás ella misma terminara dándose cuenta si hacía ese único intento que tanto deseaba. Eso, o quizás ambas terminarían siendo compañeras de camilla de la Sra. Wheeler.

    «Dios, protégenos», se sorprendió a sí misma pensado. Nunca se había considerado una persona muy religiosa, pese a todas las cosas que había visto y vivido. Pero ciertamente la idea de tener un poco de ayuda superior en este caso en particular, le resultaba muy atractiva.

    —Primero, toma su mano —le indicó a Terry, señalando la misma mano que su padre había estado tomando durante todos esos días. Terry se apresuró para sentarse en la silla de su padre, y así poder estrechar la mano derecha de Eleven. Abra la siguió, aunque más cautelosa—. El contacto es importante. Yo colocaré mi mano sobre tu hombro, como lo hizo mi tío. ¿De acuerdo? —Terry asintió, y entonces Abra hizo justo lo que había anunciado.

    »Ahora, intentaremos entrar en su mente. El interior de cada una es diferente; créeme, he estado en varias. Imagínate lo que podría ser en el caso de tu madre el lugar en el que se sentiría segura, o en el que iría a refugiarse si tuviera algún problema. E intenta llevarnos hasta ahí.

    “Y ten cuidado.” Añadió como advertencia final en forma de un pequeño mensaje mental.

    Terry asintió.

    “Tú también…”

    La joven castaña estrechó un poco más fuerte la mano de su madre, y entonces intentó concentrarse en ese sitio seguro que Abra le había comentado. ¿Cuál podría ser?, ¿cuál sería el sitio seguro de su madre?

    ¿Su casa, quizás? Más específicamente su estudio; pasaba bastante tiempo ahí. Esa fue la primera opción que se le vino a la mente, pero tuvo que descartarlo casi de inmediato. Ahí era donde la habían atacado y le habían hecho todo este daño. Era probable que no le gustaría estar ahí en esos momentos.

    ¿Qué otro lugar había? Pensó intensamente queriendo recordar alguno. Tardó casi un minuto entero, pero entonces una idea le iluminó la cabeza.

    “Lo tengo, hay un lugar.” Pensó triunfante, y Abra pudo oírla con bastante claridad.

    Terry se inclinó hacia el frente, contemplando el rostro dormido de su madre por unos segundos, y luego cerró los ojos lentamente, comenzando a imaginarse aquel sitio en el que estaba pensando. Había estado ahí sólo unas pocas ocasiones, pero lo recordaba bien. Intentó acordarse de su aspecto, de su olor, y la de sensación que la envolvía al estar ahí. Intentó realmente estar en ese sitio, pero no sola sino con su madre; con la gran Eleven…

    “Mama… ¿me escuchas…? Mamá… Voy por ti… Por favor, ábreme la puerta… Déjame entrar, mamá…”

    Los sonidos que la rodeaban fueron desapareciendo poco a poco, hasta convertirse en un silencio tan absoluto que casi le lastimaba los oídos. Sus ojos se apretaron con más fuerza, sintió como su mente se doblaba y desprendía de su cuerpo, y entonces sus ojos se abrieron de nuevo abruptamente.

    — — — —​

    Lo había logrado, había entrado.

    Sin embargo, el sitio en el que se encontraba no era el que estaba buscando.

    Terry miró confundida a su alrededor. Aquel lugar era una habitación cuadrada y pequeña, de paredes blancas y un gran espejo (seguramente de doble cara) justo delante de ella, en dónde podía ver el reflejo del cuarto, más no el suyo. En el centro, justo delante de ella, había una mesa con una silla. Justo encima de la mesa, había una lata de Coca-Cola, machucada como si alguien la hubiera aplastado con su mano. A su izquierda había una puerta cerrada, y parecía ser la única salida de aquel sitio.

    —¿Qué lugar es éste? —Escuchó que la voz de Abra le preguntaba a sus espaldas. Ella también había ido con ella, justo como lo esperaba; al menos eso había salido bien. Fue consciente en ese momento de que aún sentía su mano en el hombro, pero Abra la retiró en ese momento y comenzó a caminar alrededor, revisando las paredes y el suelo. Ella tampoco se reflejaba en el espejo de enfrente.

    —No lo sé… —Respondió Terry con duda—. No es el lugar en el que estaba pensando. No sé cómo llegamos aquí.

    —Al menos no es el espacio negro. Eso es un progreso.

    Terry se aproximó a la mesa y se inclinó a ver la lata aplastada. ¿Todo eso se encontraba en la mente de su madre? Si era así, ¿qué significaba esa lata exactamente? Notó entonces algo más en la superficie lisa de la mesa: una pequeña mancha roca ovalada. Terry se acercó más a ésta, y notó que era una huella… de sangre, quizás de un dedo.

    —¿Es algún tipo de sala de interrogación? —Preguntó Abra curiosa. Estaba delante del espejo, tocándolo con sus dedos.

    —Es un laboratorio —susurró Terry despacio, incorporándose de nuevo—. Aquí fue donde mi madre creció.

    —¿Creció? —Repitió Abra, virándose de nuevo hacia ella—. ¿A qué te refieres?

    Terry no respondió. Sólo sabía las historias que su madre y su padre le habían contado cuando ya tuvo la edad suficiente para saberlas (que no había sido de hecho demasiado atrás). Pero tuvo el presentimiento de que en efecto ese era el sitio al que se referían esas historias; el antiguo Laboratorio Nacional de la Compañía de Luz y Energía, abandonado a las afueras. Los chicos locales solían retarse a entrar, y se decía que estaba maldito; pocos sabían que tan real era eso último, de cierta forma.

    Sin decir nada, Terry comenzó a caminar hacia la puerta.

    —Espera, debemos movernos con cuidado —indicó Abra, pero Terry continuó.

    —Mamá no está aquí —señaló teniendo ya su mano en el pomo de la puerta—. Debe de haber otro lugar al que podamos…

    Sus palabras fueron interrumpidas en el momento justo en el que abrió aquella puerta, y la mirada de ambas se encontró con el pasillo del otro lado. Las paredes, el suelo y el techo eran tan blancos como en esa habitación. O al menos daban la impresión de en alguna ocasión haberlo sido, pues todo estaba cubierto con unas extrañas enredaderas negras, que más que plantas tenían apariencia de ser carne viviente, y que roían las paredes como ácido. Todo estaba iluminado por una extraña luz azulada, y el aire estaba cubierto con una neblina ligera, y particular blanquizcas que flotaban como motas de polvo movidas por el viento. El silencio que brotaba de aquel espacio por sí sólo era igualmente atemorizante, casi tanto como lo que podían ver.

    Ambas se quedaron de pie en la puerta, contemplando aquello en silencio.

    —¿Qué es esto? —Susurró Abra un tanto pasmada. Inconscientemente dio un paso al frente, pero ahora fue Terry quien la detuvo, tomándola la tomó con cuidado de su brazo.

    —Esto es el interior de la mente de mi madre, ¿cierto? —Murmuró Terry con preocupación, mirando a lo lejos el pasillo que parecía no tener fin.

    —Yo supongo que sí —respondió Abra un poco más calmada que ella—. No es como que un sitio así pudiera existir en el mundo real.

    Abra rio un poco intentando aligerar un poco el ambiente… pero Terry no rio en lo absoluto, y sus dedos se apretaron un poco más al brazo de Abra, antes de aparentemente comenzar a relajarse poco a poco hasta soltarla por completo.

    —Tienes razón, debemos avanzar con cuidado —masculló despacio la menor de los Wheeler, comenzando entonces ella misma a avanzar por aquel oscuro espacio, vigilando por donde pisaba.

    Abra la siguió en silencio, un poco inquieta por cómo su actual guía estaba reaccionando. En cuanto salió por completo de aquel cuarto, la puerta se cerró con fuerza detrás de ella, haciéndola saltar un poco. Se volteó a verla, sintiéndose tentada a intentar abrirla, pero supuso que sería inútil. Esa no sería su salida.

    Avanzaron cuidadosas por el pasillo sin hablar entre ellas. Abra sentía un poco de aquel frío que la había prácticamente paralizado la vez pasada, pero ya no era tan intenso. ¿Sería acaso que en ese lugar estaban lejos de la fuente de aquella incomodidad?, ¿o quizás hora que ya sabía qué (o quién) lo causaba había perdido cierto poder en ella? No lo sabía, pero pedía en silencio que no volviera a ponerse como antes y terminara causando más mal que bien en ese sitio.

    Pasaron varios minutos caminando, o quizás sólo un par de segundos, sin ver algún cambio. Todo aquello no era más que un largo pasillo oscuro, cubierto de esas enredaderas y esa neblina. Respirar se volvía un poco difícil, pero aún posible de momento. El pasillo se sentía realmente largo y no parecía verse el fin a lo lejos. Quizás estaban andando en la dirección incorrecta, o quizás no existía como tal una dirección correcta.

    Y de repente, algo cambió. Entre todo el silencio que las envolvía, se escuchó un golpe pesado, como algo cayendo fuertemente al piso y haciendo que éste se estremeciera. Ambas se detuvieron y se miraron la una a la otra. Y antes de que pudieran preguntarse qué había sido aquello, al golpe le siguió un fuerte rugido que resonaba a lo lejos, pero que aun así las hizo estremecerse. Se voltearon lentamente en la dirección en la que venían, notando como una gran masa oscura al fondo comenzaba a abrirse paso, y a volverse cada vez más grande y más cercana. Oyeron más de esos golpes, que ambas identificaron casi de inmediato… como pasos.

    No ocuparon más antes de comenzar a salir corriendo con rapidez hacia el frente, sólo cuidando de no tropezar con las condenadas vainas en el suelo. Ambas corrieron, Terry unos cuantos pasos más delante, pues Abra de alguna forma esperaba que ella supiera a donde dirigirse. Abra miró hacia atrás por encima de su hombro, y notó como entre aquella oscuridad una figura casi humanoide se abría paso, y era justo esa cosa la que provocaba aquellos pasos, y ahora rugidos mucho más claros. Abra no supo ver qué era, pero era bastante grande, y parecía estarlas alcanzando.

    La joven Stone se detuvo y en lugar de seguir corriendo intentó abrir la puerta que tenía a su derecha, pero ésta no cedió por lo que siguió con la que estaba enfrente.

    —¡¿Qué haces?! —Le gritó Terry, unos pasos más adelante al notar que ya no la seguía.

    —Si seguimos corriendo no llegaremos a ningún lado —se explicó Abra mientras continuaba forcejeando con la puerta, sin ningún resultado. La criatura oscura seguía aproximándose—. Una de estas puertas tiene que llevarnos a algún lugar.

    Terry comprendía lo que decía, pero su atención estaba más puesta en la criatura que se aproximaba con tanta velocidad y directo hacia ellas. Y mientras más cerca se veía, más se materializaba ante ella la descripción que tenía en su cabeza de aquel monstruo… Un ser pálido y enorme, de dos pies, como un enorme hombre, pero en lugar de cabeza lo que tenía era una gran boca abierta, como una grotesca flor de carne y colmillos. Era esa cosa, era real… o, ¿no lo era?

    —Esto no es real, ¿cierto? —Susurró Terry despacio, casi como una súplica.

    —¡Tan real como quieres que sea! —Le gritó Abra un tanto desesperada, mientras estaba intentando ya con su cuarta puerta, sintiéndose más nerviosa cada vez que veía a aquella cosa acercándose—. ¡Terry!, ¡ayúdame! —Terry se quedó quieta en su sitio sin quitar sus ojos de la criatura que ya estaba bastante cerca—. ¡Terry!

    Abra se le acercó, tomándola fuertemente de sus hombros y jalándola hacia la quinta de las puertas. Luego, al joven de New Hampshire comenzó en su desesperación a patear la puerta, en un intento de derribarla. Sólo entonces Terry pareció reaccionar.

    —¡Espera! —Le dijo la joven de Indiana apresurada, y ella misma intentó abrirla. Para sorpresa de Abra (aunque no tanta), la puerta sí se abrió en cuanto ella lo intentó. Ninguna se quedó el suficiente tiempo a pensar demasiado en ello, pues de inmediato la atravesaron y cerraron con fuerza detrás de sí.

    En cuanto estuvieron en aquel nuevo espacio y la puerta estuvo cerrada, los golpes y los rugidos cesaron abruptamente, volviendo al silencio, aunque éste era un poco más tranquilizador.

    —¿Qué era esa cosa? —cuestionó Abra por mero reflejo, sin realmente esperar una respuesta. Sin embargo, sí la obtuvo.

    —El Demogorgon —susurró Terry, pensativa.

    —¿El qué?

    —Una vieja historia de terror. ¿Crees que pueda hacernos daño?

    —Yo no me arriesgaría para averiguarlo…

    Ambas se viraron hacia la habitación en la que se habían introducido, y se sorprendieron al ver que el escenario había cambiado bastante en comparación con el anterior. Y no fue sólo que ya no había de esas enredaderas oscuras, ni estaban siendo sofocadas por aquella neblina. Sino que ya no parecía una habitación que perteneciera al mismo laboratorio en el que se encontraban hace unos momentos. Aquello parecía más bien ser un rincón de una casa, como una sala de estar, o más bien un sótano o ático aclimatado para tal propósito. Había una mesa cuadrada casi enfrente de la puerta por la que habían entrado, con algunas cajas de juegos y libros sobre ésta. Más adelante había un sillón, con una mesa de centro al frente, y una lámpara a un costado. Y casi en la esquina contraria de donde se encontraban, podía notarse una escalera que iba hacia arriba, por lo que parecía en efecto tratarse del sótano de una casa.

    Terry fue la primera en avanzar, cautelosa, inspeccionando cada objeto y mueble, cada dibujo y poster de la pared, como si fuera la visitante de la exhibición de algún museo.

    —Creo que es el viejo sótano de mis abuelos —susurró despacio—. Pero se ve un poco diferente…

    —¿Éste es el sitio seguro en el que estabas pensando?

    —No, tampoco es éste. Aunque creo que cuando eran jóvenes mis padres y sus amigos pasaban mucho tiempo aquí…

    Ambas escucharon un ruido repentino que las puso en alerta, pero casi de inmediato repararon en que no se trataba de ningún otro rugido, sino de un sonido similar a interferencia. Terry se viró hacia un lado y notó que no muy lejos de la mesa, pegada contra la pared, había lo que le parecía una extraña tienda de acampar improvisada con sábanas, edredones y algunos cojines. Parecía similar a los fuertes de almohadas que ella misma recordaba haber hecho de niña. El sonido venía justo de ahí dentro, entre los tendidos en el suelo.

    Terry se aproximó para ver mejor, y notó que sobre los edredones reposaba un aparato que no reconoció al inicio. Parecía un viejo teléfono cuadrado, pero más grande y con una larga antena. El sonido provenía de él.

    —Creo que es un viejo radio de dos bandas —murmuró Abra de pronto, inclinándose un poco a su lado para ver mejor.

    —¿Un qué? —Cuestionó Terry un tanto confundida, virándose a verla.

    —Un radio, walkie-talkies, como los que usan los policías. Momo… es decir, mi abuela, usó unos cuando yo era más pequeña para explicarme cómo funcionaba la comunicación a distancia, aunque no eran tan viejos. ¿Era de tu madre, quizás?

    —No lo sé… Quizás de mi padre. A mi hermano y a él siempre les han gustado este tipo de cosas.

    Aproximó su mano al radio, con tanta cautela como si temiera que le quemara. No lo hizo. Lo tomó, lo aproximó a su rostro y lo examinó.

    Terry…

    Aquella voz surgió débilmente de la radio en la mano de la joven castaña entre toda la interferencia que se escuchaba, tomando por sorpresa a cada una.

    —¡Mamá! —Exclamó Terry con fuerza, acercando más la radio a su boca—. ¿Mamá? ¿Eres tú? ¿Me escuchas?

    Abra por un momento quiso decirle que tenía que presionar el botón lateral para hablar, pero pensó que dado el lugar y situación en la que se encontraban, quizás eso no importara. Del otro lado no hubo ningún tipo de respuesta por unos instantes, hasta que volvieron a escuchar de nuevo y de la misma forma que antes:

    Terry… No… no…

    Y luego silencio, completo silencio; incluso la interferencia había desaparecido, como si la radio se hubiera quedado abruptamente sin baterías.

    —¡Mamá! —Exclamó con más fuerza la joven Wheeler, llena de desesperación—. Era ella, ¿cierto? Era ella —se giró entonces hacia Abra en busca de su confirmación pero ésta en realidad no tenía como responder pues en verdad no tenía idea.

    Los rugidos de la criatura que las perseguía se oyeron justo del otro lado de la puerta por la que habían entrado, provocando que ambas se giraran al mismo tiempo hacia ella. La puerta entonces comenzó a agitarse, amenazando con ser derribada en cualquier momento. Las había encontrado; ya fuera porque los gritos de Terry lo alertaron, o quizás porque simplemente era algo inevitable.

    —Tenemos que salir de aquí, ¡vamos! —Señaló Abra fervientemente, y rápidamente tomó a Terry de su mano y la jaló hacia las escaleras. Las dos jovencitas subieron apresuradamente cada peldaño, mientras oían de fondo como su puerta de entrada era golpeada, y posteriormente se desprendía de la pared y era derribada al suelo. Un segundo después, para su suerte, ambas estaban atravesando a salvo la puerta al final de las escaleras.

    En el mundo real, seguramente esa puerta las hubiera llevado a la casa de los abuelos de Terry. En su lugar, en cuando ambas pusieron un pie al otro lado del marco, fue como pisar la nada, y sus cuerpos cayeron al frente como si hubieran dado un paso en falso en la cornisa de un edificio. Por suerte no era un edificio tan alto, pues menos de un metro después ambas cayeron sordamente a tierra firme.

    El suelo era en efecto tierra, húmeda y fría con algunos rastros de nieve en ella. Abra sintió como se golpeaba el mentón y se raspaba un poco las manos al interponerlas en la caída. Sus rodillas igualmente pasaban por un destino similar. Se dijo a sí misma que aquello no era dolor real y que tenía que reponerse lo antes posible. Se giró sobre sí y se sentó en el suelo, esperando ver alguna puerta flotando en el aire que pudiera cerrar, pero no vio nada. Lo único que miró fue un largo y oscuro bosque, alumbrado apenas por la luz de las estrellas y la luna. Igualmente había algo de nieve hasta donde lograba ver, pero extrañamente no sentía frío; no más del que sentía cuando empezaron su pequeño recorrido por ese País de las Maravillas.

    —Párate, vamos —le indicó apresuradamente a Terry, tomándola para ayudarla a pararse. Notó entonces que la joven castaña miraba fijamente al frente con sus ojos bien abiertos. Abra se viró en dicha dirección, esperando verse con la misma criatura que las perseguía, o quizás algo peor. En su lugar, notó más adelante una vieja y pequeña estructura de madera, alumbrada con algunas luces exteriores—. ¿Ahora a dónde caímos?

    Terry dio unos pasos al frente sin quitar sus ojos de la casa de madera.

    —Es aquí —musitó de pronto, y entonces comenzó a andar un poco más deprisa—. Es la cabaña del abuelo Hopper; es el sitio seguro en el que pensé. ¡Es aquí!

    Y entones aceleró el paso.

    —Terry, espera —masculló Abra, pero la joven se había adelantado bastante—. Maldición…

    Abra se talló un poco sus rodillas para limpiarlas de lodo y comenzó a seguirla, cojeando un poco.

    ¿El lugar seguro de la Sra. Wheeler era una vieja cabaña en el bosque?, a Abra aquello le pareció difícil de creer. Sin embargo, Terry sabía lo especial que era ese sitio para su madre. Había vivido unos años ahí con el alguacil Jim Hopper, su padre adoptivo. De hecho, aquella cabaña aún existía en el mundo real; el abuelo Hopper se la había heredado a su madre. Terry recordaba que de niña la había llevado un par de veces a esa parte del bosque y le había contado de cuando vivía ahí, y lo diferente que era todo (ella incluida) en aquel entonces. Su madre siempre mencionaba que quería repararle todos sus desperfectos que se le habían presentado con el pasar del tiempo, remodelarla un poco, y quizás retirarse ahí cuando fuera más vieja. Terry no creía que lo fuera hacer; no lo de irse a vivir a esa cabaña, sino más bien retirase. Conociendo lo ocupada que siempre estaba con su Fundación, y lo mucho que amaba su trabajo, estaba segura que lo seguiría haciendo hasta que muriera… y ese último pensamiento le causó una muy profunda e incómoda sensación de desagrado.

    Terry subió apresurada las escaleras frontales y se paró firme en el pórtico delante de la puerta. Abra la alcanzó unos momentos después.

    —Oye —le llamó Abra al pie de las escaleras, notándosele algo agotada. De hecho, ella misma se sorprendió de sentirse así—. Si no está aquí, debemos de comenzar a considerar nuestra huida, antes de que esa cosa nos alcance enserio…

    Terry la miró unos instantes sin responderle nada. De seguro no estaba nada contenta con esa advertencia, casi amenaza. Sin embargo, su silencio indicaba que también no tenía como repudiarla o negarla.

    La joven respiró hondo y acercó su mano al pomo de la puerta, girándolo y abriendo la puerta hacia adentro. El interior de la cabaña estaba iluminado con luz anaranjada. Pese a su apariencia externa descuidada, el interior de hecho se veía bastante agradable a ojos de ambas muchachas. En cuanto la puerta se abrió, ambas captaron otra vez ruido de estática, aunque era diferente a la que habían escuchado en la radio.

    Ingresaron lentamente, una delante de la otra. Un poco delante de la puerta, había un sillón un poco viejo de tapiz rojo manchado. Lo que Abra primero notó fue que más adelante, en la pared contraria y delante del sillón, y debajo de una pequeña ventana y la cabeza de un venado colgada, había lo que parecía ser un viejo televisor cuadrado cuya pantalla brillaba de blanco y negro, mostrando sólo estática y emitiendo sonido blanco; aquello era el sonido que habían escuchado al entrar. Sin embargo, lo que Terry notó fue que por encima del respaldo del sillón, sobresalía una cabeza pequeña, como de un niño, con cabello apenas brotando de ella. Era una persona sentada en el sillón, que miraba fijamente hacia el televisor encendido aunque éste sólo tuviera estática.

    Terry comenzó a rodear el sillón lentamente, mientras Abra se encargaba de cerrar la puerta. La joven Wheeler se aproximó con paso cauteloso hacia un costado del sillón, y luego al frente para poder ver mejor a aquella persona. Ahogó un pequeño gritito de sorpresa, y su respiración se cortó unos segundos.

    —¡Mamá!, ¡¿eres tú?! —Exclamó con fuerza sin poder contenerse.

    Abra se apresuró a ponerse a lado de su acompañante y también poder contemplar a la persona misteriosa. Su reacción fue menos efusiva que la de Terry, pero ciertamente le sorprendió un poco. Era una niña de once o doce años, aunque con el cabello rapado había sido un tanto difícil de determinar de lejos. Pero lo que delataba su identidad era su rostro, prácticamente una copia del rostro de Terry, sólo que unos años más joven. Aquella niña vestía lo que parecía ser una bata blanca de hospital con puntos negros, y nada más; incluso sus pies estaban descalzos y cubiertos de lodo. Miraba con sus ojos totalmente abiertos hacia el televisor sin siquiera pestañar. Y su nariz le sangraba… bastante. Sus labios y mentón estaban casi completamente rojos, e incluso la samgre había llegado a manchar la bata.

    —¡Mamá!, ¡te encontramos! —Exclamó Terry con emoción y sin reparo se acercó hacia ella, poniéndose de cuclillas a su lado. La niña, sin embargo, no reaccionó en lo absoluto—. ¿Mamá? ¿Me escuchas? —Terry acercó entonces una mano hacia ella, colocándola sobre su brazo, pero la retiró casi de inmediato con un gesto de dolor—. Está fría… casi congelada…

    «Fría», repitió Abra en su mente. Aquello no le sorprendió. No sabía qué significaba exactamente esa personificación de la Sra. Wheeler, pero no creía que su apariencia y estado fueran buena señal.

    No hubo mucho tiempo para pensar en aquello, pues en aquel momento las luces de la casa comenzaron parpadear en un ritmo constante, casi provocado. A aquello le siguieron los mismos sonidos de pasos pesados provenientes del frente de la casa. Y claro, lo siguiente fue un rugido. Aquello sí que logró crear una reacción en la joven Jean, pues de pronto saltó del sillón, cayó al suelo y se arrastró por él hasta una esquina de la sala, haciéndose ovillo totalmente llena de terror. Terry la miró atónita sin poder reaccionar.

    —Esa cosa estará aquí en cualquier momento —advirtió Abra y comenzó a mirar alrededor. La primera puerta adicional que vio fue una a lado de la cocina, que por la distribución muy posiblemente llevaba a un cuarto, pero esperaba que funcionara igual que la puerta del sótano y las llevara a algún otro lado—. Tráela y salgamos de aquí, rápido.

    Abra se lanzó hacia la puerta, mientras Terry se aproximaba a la versión joven de su madre para intentar obligarla a pararse, aunque la sintiera tan fría que casi la quemara. Los pasos de la criatura ya se oían en los escalones. Abra se apresuró a la puerta, la abrió de par y par, y se dispuso a dar un paso al frente… pero se detuvo.

    Alguien le estorbaba el paso, alguien parado a menos de un metro de la puerta, con sus manos en los bolsillos de su pantalón negro de vestir, y la miró fijamente con sus profundos y penetrantes ojos azules. Esos ojos… Abra no tuvo que ver el resto de su rostro; esos ojos fueron suficientes para congelarla en su sitio. Una sonrisa astuta se dibujó en los labios de aquel individuo mientras la miraba, y aquello terminó por desarmarla.

    —Hola, Abra —le saludó el apuesto muchacho, con el mismo tono de voz algo seductor, pero a la vez amenazante, que ella bien recordaba—. Vaya sorpresa…

    Abra sólo pudo reaccionar hasta que la aterradora figura de Damien Thorn dio un paso hacia al frente, penetrando de esa forma en el espacio de la cabaña. Sin embargo, dicha reacción por parte de la muchacha fue retroceder torpemente en un intento de alejarse de él, hasta tropezar con un sillón reclinable justo detrás de ella, haciéndola perder el equilibrio y caer sobre el tapete que cubría el suelo de la sala. Se alejó aún más por el suelo, hasta que su espalda se pegó contra el costado del sillón más grande, y hasta ahí llegó. Aquel individuo sonrió divertido, como si le produjera gracia verla ahí en el suelo casi temblando de miedo, y eso a ella la hizo rabiar intensamente.

    —¡Tú! —escuchó como pronunciaba la voz de Terry con su respectiva dosis de rabia. Abra no podía verla desde su posición, pero sí escuchó sus pasos retumbar en el suelo mientras se le aproximaba al chico recién aparecido—. ¡Maldito bastardo!, ¡tú le hiciste esto a mi mamá…!

    Damien apenas y la miró un instante de reojo, antes de que el mismo sillón reclinable con el que Abra se había tropezado se deslizara sólo por el suelo y chocara contra la menor de los Wheeler, haciéndola caer sobre éste. Intentó levantarse rápidamente, pero en cuanto se acomodó para sentarse y luego pararse, dos fuertes manos la sujetaron con fuerza de los brazos y la jalaron contra el sillón, obligándola a quedarse ahí. Terry miró asustada y notó que esos fuertes brazos masculinos surgían del sillón, como si fueran extensiones de éste. Más se materializaron de la misma forma, tomándola de los tobillos, sus muslos, muñecas y cuello, dejándola totalmente inmovilizada.

    —Tú no te metas, ¿quieres? —Comentó Damien con tono de amenaza—. Esto es una conversación privada.

    —¿Eres real? —Cuestionó Abra con su voz casi quebrándose. Damien la miró de nuevo desde arriba, y le sonrió.

    —En este sitio eso es relativo, ¿no crees? —ironizó alzando sus brazos hacia el espacio que los rodeaba—. Pero si te refieres a si soy yo o algún tipo de recuerdo en la cabeza de esta mujer, es lo primero definitivamente.

    —¿Cómo es posible que llegaras hasta aquí? —soltó de pronto la joven de New Hampshire, casi sin proponérselo realmente.

    —Tú me llamaste, ¿lo olvidas? —Le respondió con simpleza, haciendo que la respiración de Abra se cortara un poco—. Sólo seguí las migas de pan que me dejaste…

    En ese momento, los tres escucharon como la puerta principal de la cabaña era derribada abruptamente de un fuerte golpe, como si hubiera sido envestida por un toro. Los ojos de todos se giraron en esa dirección y se posaron en aquella casi indescriptible criatura, que se irguió potente en el marco. Su cabeza se abrió como una flor floreciendo, soltando un intenso rugido por esa boca inhumana.

    —Santo Dios —exclamó Abra, atónita al ver a lo que Terry había llamado Demogorgon, un nombre que ciertamente le quedaba bien.

    —Él no tiene nada que ver con esto, querida —señaló irónico Damien, dando un par de pasos para ponerse delante de Abra, casi como si intentara cubrirla de aquel ser pálido. El Demogorgon se aproximó velozmente hacia él, y por un momento pareció que lo embestiría. Sin embargo, justo a último momento, se detuvo delante de él, con su boca a sólo unos centímetros del rostro del muchacho, y ahí se quedó. De pie, respirando, o haciendo al menos un sonido muy similar a respiración, cerca de él. Abra miró esto desde el suelo con asombro. Damien, por su parte, sólo sonrió con normalidad. —¿Así es como me ve, señora? —Cuestionó con burla, virándose justo hacia la pequeña niña rapada que tiritaba de miedo en la esquina—. ¿O es acaso un viejo miedo?

    La niña no respondió, pero en su lugar aprovechó ese momento en que la criatura se había detenido para ponerse de pie y correr con todas fuerzas hacia la puerta por la cual Damien había entrado. Ésta al parecer de un parpadeo a otro daba ahora a un largo pasillo blanco, similar al del laboratorio pero sin las lianas negras y mucho más iluminado.

    —¡No!, ¡mamá! —Le gritó Terry, pero la niña no escuchó y siguió corriendo hasta atravesar la puerta. La criatura se alertó en cuanto pasó cerca de él, volteando todo su cuerpo en su dirección.

    —Es toda tuya —le indicó Damien, agitando una mano en el aire con indiferencia ante aquella situación. El monstruo de seguro no necesitaba su permiso, pero de todas formas en ese momento se lanzó hacia la puerta abierta, corriendo detrás de su verdadera presa.

    —¡No!, ¡mamá! —Volvió a gritar Terry, pero ahora con todas sus fuerzas mientras intentaba inútilmente de zafarse del agarre que la detenía. En cuando la criatura atravesó el umbral, la puerta se cerró abruptamente detrás de él, y ya no se escuchó sonido alguno de ninguno de los dos seres que habían pasado por ella—. ¡Mamá!

    Terry comenzó a soltar fuertes sollozos; no de tristeza ni de dolor, sino de una profunda y casi dolorosa frustración. Abra sintió aquello calándole hondo. Intentó reponerse a su impresión inicial, y comenzó a alzarse lentamente, apoyándose en el sillón.

    —¿Por qué haces esto? —Soltó de golpe, intentando mantener la firmeza lo mejor posible—. ¿Es a mí a quién quieres? ¡Pues aquí estoy! ¡Pero deja en paz a esta familia!

    Damien se viró hacia ella con una expresión un tanto confundida, que bien podría ser algo sobreactuada.

    —Y dicen que yo soy egocéntrico —respondió entonces, casi a punto de soltarse riendo—. Esto no tiene nada que ver contigo, querida. Yo no me metí con esta “familia” —señaló en ese momento con tu mano hacia la cautiva Terry—, ellos se metieron conmigo primero. Y los que lo hacen, tienen que pagar de una y otra forma.

    —¿Eso me incluye a mí?

    —¿Enserio crees que si hubiera querido hacerte algo por lo de aquel día no te hubiera encontrado y alcanzado en cualquier momento?

    Comenzó entonces a caminar hacia ella, cortando la pequeña distancia que había entre ellos.

    —¡No te acerques…! —Le advirtió Abra, señalándolo con una mano—. Te lo advierto…

    Pero él no le obedeció. Y, lo que fue peor, ella tampoco hizo nada para detenerlo. Siguió avanzando hasta que ambos quedaron frente a frente, de una forma que claramente invadía de sobra su espacio personal. Y, aun así, ella no retrocedió o hizo intento de alejarlo en esos momentos. Sólo se quedó quieta en su sitio, mirándolo fijamente como si no fuera capaz de apartar su atención de sus profundos ojos azules.

    —Siempre supe dónde estabas, Abra Stone de Anniston, New Hampshire —declaró con elocuencia, y escucharlo decir su nombre y su ciudad hizo que le recorriera un intenso escalofrío que casi la derribó de nuevo—. He tenido unos meses muy ocupados, y con el tiempo aprendí muchas nuevas habilidades que me hubieran permitido, con tan sólo desearlo, estar ahí contigo. ¿Quieres saber por qué nunca lo hice? —Inclinó en ese momento su cuerpo hacia el frente, acercando aún más sus rostros. Abra se hizo hacia atrás, teniendo que apoyarse en el sillón a sus espaldas para no caer—. Porque no tengo nada contra ti en realidad. De hecho, te estoy agradecido. Tú fuiste quien me abrió los ojos; fuiste mi motivación, se podría decir. Todo lo que he hecho desde entonces, ha sido gracias a ti. Es por eso que te dejé en paz, esperando a ver si acaso en algún momento tú venías sola a mí. Suponía que te había asustado lo que viste al otro lado del velo, pero que tarde o temprano sentirías tanta fascinación por ello que tú sola me buscarías para terminar lo que empezamos en ese vehículo.

    —¡Por supuesto que no! —respondió Abra rápidamente, recuperando su compostura y forzándose a colocar sus manos sobre su pecho para empujarlo lejos de ella. Le hubiera gustado empujarlo miles de metros lejos, pero sólo lo hizo retroceder un par de pasos—. ¿Fascinación? ¡Lo único que siento al recordar eso es absoluto asco!

    Damien rio un poco, y luego se paró derecho y se arregló un poco su atuendo. Abra notó entonces que usaba el mismo traje negro y camisa azul sin corbata del día que se conocieron. ¿Coincidencia?, ¿o así era como se había querido presentar ante ella?, ¿o… así era como ella misma lo recordaba y por eso lo veía así?

    —No es cierto —señaló el chico, moviendo un dedo con un gesto de burla. Comenzó entonces a caminar, y Abra pensó que se le aproximaría de nuevo, pero en su lugar le sacó la vuelta y avanzó hacia Terry—. Pero no importa, porque en lugar de eso volviste a mí para ponerte en mi camino, igual que estos sujetos. —Caminó hasta colocarse justo detrás del sillón con brazos, apoyando sus manos en el respaldo. Abra sintió que esa posición, y la forma en la que la miraba, querían darle a entender que tenía completo control de todo eso, y que la propia Terry era su rehén—. Estoy un poco decepcionado por eso. Pero, tratándose de ti, te daré otra oportunidad de elegir el lado correcto en esto.

    —¿Qué dices?

    —Te diré tus opciones —continuó el muchacho de cabellos negros, mientras con una mano acariciaba, casi amenazadoramente, el respaldo del sillón reclinable—. Opción uno, regresa a tu aburrida casita en New Hampshire y no vuelvas nunca a mostrar tu linda cara delante de mí, y estaremos de nuevo en paz. Opción dos, si te quedas con estos perdedores, hormigas intentando detener la pata del elefante, te aplastaré junto con ellos. A ti, a tus padres, a tu querido tío Dan, y a quien sea…

    Su voz había sido acompañada de cierto grado de ira en sus últimas palabras, que hicieron notar de inmediato que no estaba bromeando con su amenaza. Sin embargo, se calmó rápidamente, volviendo de nuevo a la misma actitud relajada y soberbia de antes.

    —O la opción tres: ven conmigo.

    —¿Qué? —Exclamó Abra, totalmente confundida, e incluso con una pequeña sensación en el estómago de querer reírse.

    Damien prosiguió con su declaración.

    —Sé lo poderosa que eres, y te quiero conmigo, de mi lado. Dentro de poco las cosas se prenderán y se pondrán divertidas. A niveles bíblicos, podría decirse; yo me encargaré de eso. Y tú puedes estar en el asiento de primera fila, conmigo. Porque, como dije, todo esto es gracias a ti…

    Abra lo contempló unos momentos en un frío silencio, pero luego esa risa que había contenido anteriormente no pudo seguir guardándose y en ese momento surgió abruptamente y con fuerza. Damien pareció un tanto desconcertado, y eso a ella le encantó.

    —Cielo santo —Murmuró Abra una vez que apagó las risas—. ¿Qué te crees?, ¿un villano de cómic con ese discurso tan estereotipado? Por favor…

    —¿Crees que estoy bromeando? —Respondió Damien, considerablemente más serio que antes.

    —Creo que eres un niño mimado y egocéntrico al que le gusta jugar al chico malo y que la gente le tema. Pero he visto a otros como tú antes, y, ¿adivina qué? —Avanzó entonces hasta ponerse a unos cuantos metros de Terry y de él, encarándolo con firmeza—. Yo no te tengo miedo… Sólo me das risa.

    Sonaba muy segura de sí misma, muy sincera y con el sartén por el mango. Pero la realidad era que si estuviera en su cuerpo físico en esos momentos, posiblemente sus piernas le estarían temblando incontrolablemente. Por supuesto que le tenía miedo. Por algo había tenido tantos deseos de salir corriendo de ese lugar en cuanto se dio cuenta de que él estaba involucrado, y por eso tenía sus reservas de volver a intentar eso. Lo que había visto al otro lado del velo, como él lo había descrito, no sólo la afectó: realmente la aterró.

    Sin embargo, había una fuerza mucho más fuerte en su interior que la movía y obligaba a pararse con firmeza delante de él, e incluso provocarlo de esa forma. Y esa fuerza era su ira, esa que tanto le preocupaba e incluso temía un poco, pero que en esos momentos era lo único a lo que podía sostenerse. Sentía ira ante como ese pelmazo la hacía sentir, como su sola presencia y sus palabras la hacían sucumbir, y de concebirse tan débil y miedosa. Su ira era lo único que tenía para poder defenderse de todo eso… y le gustaba hacerlo.

    Damien la contempló en silencio por un rato, antes de volver a sonreír de esa forma tan presuntuosa y molesta.

    —Oh, Abra —comentó con sátira—. Crees que sabes lo que realmente soy por lo que viste aquel día. Pero la verdad es que no has visto nada aún…

    De pronto, extendió su mano derecha hacia el frente, colocándola por completo contra el costado de la cara de Terry, presionando sus dedos con algo de fuerza contra su piel. La jovencita en la silla soltó un pequeño alarido de dolor. Abra, por su lado, se estremeció al verlo tocándola de esa forma.

    —No, espera… ¡No le hagas nada! —Le gritó como una advertencia vacía.

    —Ven acá y detenme, entonces —Le respondió el chico forma burlona, mientras recorría su mano por el rostro de su aparente rehén—. ¿O tus piernas no se pueden mover de tanta… risa?

    Los puños de Abra se apretaron, sus dientes se presionaron fuertemente entre ellos, y su mirada casi en llamas se clavó en aquel monstruo. Y, sin embargo, no dio ni siquiera un paso al frente. Estaba realmente congelada.

    «Muévete… ¡¿qué haces?! ¡Muévete!» Se decía a sí misma con insistencia, pero nada pasaba. «Usa tus malditos poderes, ¡haz algo maldita cobarde!» Comenzó en ese momento a sentir como resbalaban lágrimas de frustración por sus mejillas, sin saber de momento si aquello quizás estaba ocurriendo de verdad en el mundo físico.

    Damien volvió a sonreír, satisfecho por su reacción. Centró entonces su atención en Terry, agachándose un poco por un costado para poder susurrar cerca de su oído.

    —Le prometí a tu madre que te haría una visita a ti también, ¿recuerdas? Te iba a dar de alimento a un par de perros rebeldes que tengo, como un jugoso pedazo de carne. Pero supongo que uno no se puede poner quisquilloso con las oportunidades que le da la vida.

    Las manos que aprisionaban a Terry comenzaron a apretarla de golpe con más fuerza, incluyendo las que le rodeaban el cuello. La joven soltó un gemido de dolor, pero apenas fue audible pues de pronto comenzó a sentir como era asfixiada sin remedio.

    —¡No! —Exclamó Abra y sólo entonces fue capaz de moverse hacia adelante, pero fue detenida por un par de manos, similares a las del sillón, que brotaron como flores del tapete y la tomaron de los tobillos, haciéndola tropezar y caer de narices al frente, casi a los pies de la rehén.

    Una vez en el suelo, más manos surgieron y la sujetaron de todas sus extremidades para inmovilizarla, y no logró zafarse por más que forcejó. Sólo fue capaz de ver desde el suelo como el cuerpo de Terry se estremecía por el dolor y la falta de aire, y como él admiraba divertido la expresión de dolor y miedo en su rostro

    —¡Maldito bastardo! —Le gritó Abra iracunda y desesperada—. ¡Te mataré!, ¡¿me oíste?! ¡Te encontraré y te mataré con mis propias manos!, ¡hijo de puta!

    Damien sólo la miró de reojo unos momentos, con bastante poco interés en sus amenazas, y luego centró de nuevo su atención en Terry y en como la vida se escapaba poco a poco de su cuerpo.

    FIN DEL CAPÍTULO 61
     
  2.  
    WingzemonX

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    Resplandor entre Tinieblas
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    Resplandor entre Tinieblas

    Por
    WingzemonX


    Capítulo 62.
    Vamos por él

    Dan acababa hace poco justo de decirle a Abra como el Resplandor (al menos el que él conocía, y que aún no estaba seguro que fuera lo mismo a lo que estos individuos se referían) a veces actuaba de formas extrañas; “uniendo a las personas con un fin”, recordaba haber dicho. Y al menos en el caso de Charlie (alias Roberta) y él, parecía haber jugado un poco en ese terreno. Esa pequeña plática frente a la máquina de café, junto con aquel rápido apretón de manos, parecía haber rompido el hielo entre ambos. Sin fijarse o tener que forzarlo demasiado, ambos comenzaron a platicar un poco más entre ellos, inspirados solamente por el inusual deseo de querer saber más del otro. Incluso Charlie se sirvió su propio café con el fin de hacer un poco más de tiempo, y Dan se tomó el que tenía en su mano antes de que se enfriara; al final siempre podía llenar otro más para su sobrina.

    —El Overlook, por supuesto que conozco el caso —señaló Charlie con cierto orgullo, mientras ambos caminaban de regreso a la sala de espera, cada uno con un vaso de café aunque el de ella ya estaba casi por terminarse—. El último cuidador fue un hombre llamado…

    Charlie intentó hacer un poco de memoria, pero fue evidente que ese dato en especial se le escapaba por completo. Para su suerte, a Dan no; nunca podría.

    —Jack Torrance —le respondió luego de unos momentos—. Mi padre.

    Charlie lo volteó a ver un tanto sorprendida ante esa declaración.

    —¿Entonces tú estabas ahí cuando…? —No terminó su pregunta, pero igual Dan asintió como respuesta, sonriéndole—. Oh, vaya… —Charlie dio un sorbo más de su café, quizás el último que le quedaba—. Mi curiosidad de reportera me pide preguntarte los detalles, pero siento que sería un poco impertinente de mi parte.

    —Descuida. Hasta hace unos cinco años me era muy difícil hablar de ello, pero ahora he hecho las paces con lo ocurrido y logré seguir adelante.

    —¿Cómo hiciste eso?

    —Conocer a Abra ayudó bastante. Ella me dio un motivo para pensar más en el futuro que en pasado. Y también recibí mucha ayuda del Programa, y de los buenos amigos que hice en él.

    —¿El programa? —Charlie se detuvo unos momentos y se tomó la libertad de tomarlo de su brazo con su mano libre para que también se detuviera—. ¿Hablas de Alcohólicos Anónimos? —Dan de nuevo asintió—. Oh, ¿eres…? —De nuevo no terminó su pregunta, pero igualmente Daniel no lo necesitó, así como ella no necesitó que él asintiera para entender su respuesta.

    —Diecisiete años sobrio, y contado —señaló Daniel con el mismo orgullo con el que ella había revelado que en efecto conocía el caso del Overlook.

    —Felicidades —asintió Charlie con verdadero agrado, y entonces ambos reanudaron su caminata—. De hecho pensaba invitarte a tomar un trago para poder charlar más amenamente de nuestros traumas de la niñez, pero al parecer también eso sería impertinente.

    Daniel soltó una pequeña risa divertida. Era hasta cierto punto encantador como se tomaba tan a la ligera aquello. La mayoría de las personas a las que les decía sobre su alcoholismo solían reaccionar con cierta aversión a la idea, o con miedo a decir o hacer algo incorrecto como si fuera de papel. El hecho de que ella reaccionara de esa forma, sin restarle importancia pero tampoco dándole el poder de definir a la persona con la que hablaba, era señal de que seguro tenía su propio camino duro recorrido, y lo entendía.

    —Podría ser un café —propuso Dan a continuación, alzando el vaso que tenía en su mano—. Mejor que éste, claro.

    Ella lo miró de nuevo, y una vez más en esos labios rosados se dibujó esa llamativa y tentadora sonrisa.

    —Eso suena bien…

    Entre charla y charla, cuando menos lo pensaron ya estaban de regreso a la misma sala de espera de antes. Sin embargo, cuando Dan puso su atención justo en el asiento en el que minutos antes había dejado a su sobrina, se sorprendió al verlo vacío. Miró a su alrededor un tanto consternado esperando verla en algún punto del pasillo, pero no fue así.

    —¿A dónde fue? —preguntó despacio, ligeramente irritado.

    —Quizás fue ella misma por su café —comentó Charlie, encogiéndose de hombros.

    —Le dije que no se moviera de aquí —señaló firmemente, y casi de inmediato una muy incómoda sensación le recorrió todo el cuerpo—. Algo no está bien…

    Sin dar más explicación, comenzó a andar en dirección al área de cuidados intensivos, incluso tirando el café que tenía en su mano en el primer bote que encontró en el camino para así moverse con mayor rapidez. Charlie lo siguió, preocupada por su reacción, tirando su vaso ya vacío en el mismo bote y andando con rapidez detrás de él.

    «Era enserio lo del tío sobreprotector», pensó la mujer rubia. Pero no tendría porque necesariamente estar pasando algo malo, ¿no?

    Daniel y Charlie llegaron apresuradamente a la camilla de la Sra. Wheeler. Tal y como Dan temía, no había nadie, a excepción de Abra y Terry. Ésta última tomaba la mano de su madre, pero en esos momentos tenía los ojos muy abiertos y su boca abierta intentando tomar un poco de aire, sin ningún resultado. Marcas rojas comenzaban a formarse en su cuello y muñecas, como si algo estuviera apretando fuertemente su piel. Abra estaba detrás de ella, tomándola del hombro. Se veía bien, pero largas lágrimas le recorrían ambas mejillas.

    —¡Terry! —Reaccionó Charlie, y rápidamente intentó acercarse para apartarla.

    —¡Espera!, ¡no la toques! —Le advirtió Daniel, tomándola de los brazos para detenerla. Tendrían que hablar seriamente sobe esa tendencia que tenía de tomarla de esa forma tan ruda sin su consentimiento, pero aquel no era el momento—. Están dentro de la mente de la Sra. Wheeler —Explicó Dan justo después de detenerla—. Si la tocas, podría jalarte dentro con ellas y entonces el problema empeoraría. Abra, por Dios… ¿qué hiciste?

    —Tenemos que hacer algo, ¡se está muriendo! —Señaló Charlie totalmente llena de miedo al ver como el rostro de Terry comenzaba a ponerse rojo.

    Dan tenía que pensar rápido. Respiró profundamente, despejó su mente lo mejor posible, y entonces alzó una mano hacia el frente.

    —Quédate cerca, por favor —le pidió a Charlie abruptamente, y antes de que pudiera dar más explicaciones extendió su mano, colocándola sobre la cabeza de Abra. Y justo lo que había advertido sucedió, pero él iba preparado.

    — — — —​

    Para Abra fue como si todo se hubiera congelado de un parpadeo de otro. Todo se volvió silencioso y muy quieto, sólo acompañado de un extraño zumbido en sus oídos. Se sintió asustada, pero sólo al inicio pues había una sensación conocida en ello que la hizo sentirse un poco más cómoda. Se sintió de pronto libre, como si todas las manos que la aprisionaban se hubieran retirado. Se levantó poco a poco apoyada en sus manos y rodillas hasta pararse por completo y estirar un poco su cuerpo.

    En efecto todo se había congelado. Damien seguía detrás del sillón, sujetando el rostro de Terry, que seguía presa de las manos que la sofocaban. Pero ambos estaban quietos, como si fuera una fotografía enmarcada en la pared. Miró entonces hacia abajo, y notó que en el suelo había una versión bastante exacta de sí misma tirada en el tapete y aprisionada también por todas esas manos que la sujetaban. Al parecer, ella misma también era parte de esa fotografía.

    —Abra —escuchó pronunciar detrás de ella, aunque sonó casi como un eco diluyéndose en la lejanía. La joven se viró lentamente, y no pareció sorprenderse al reconocer a su tío Dan, de pie justo delante de la puerta cerrada por la que había huido la joven Eleven y el monstruo que la perseguía. Parecía más un manchón borroso que pudiera desaparecer con tan sólo tallarse un poco los ojos. Aun así, la miraba con dureza y desaprobación.

    —Tío Dan, viniste —susurró Abra con algo de debilidad—. Lo siento, lo arruine de nuevo…

    —No es momento para eso —declaró el recién llegado, avanzando con cuidado hacia ella, y mirando atentamente al chico más adelante—. Damien Thorn, supongo.

    —Me encontró. Sabía que lo haría, y aun así lo hice. Soy tan estúpida, y ahora Terry…

    —Dije que no es momento para eso —señaló Dan tajantemente—. El tiempo se nos acaba. Tenemos que repelerlo antes de que sea tarde.

    —No… es muy fuerte… no puedo hacerlo…

    —No sola, pero juntos podemos. —Extendió en ese momento su mano hacia ella, mostrándole su palma—. Como lo hicimos con Rose y con el Cuervo.

    —No sé si sea suficiente —negó Abra con su cabeza, notándosele insegura.

    —Por favor, Abra… Ahora más que nunca necesitamos de tu fuerza.

    La joven respiró lentamente por su nariz mientras se abrazaba a sí misma. Miró de reojo el rostro lleno de sufrimiento de Terry, y se dijo a sí misma que no podía simplemente dejarse derrotar. Esa chica sólo quería salvar a su madre, y sin quererlo había sido arrastrada a ese horrible desastre. Abra no le debía nada, pero… si había alguien a quién podía ayudar de verdad…

    Se paró más firme y se viró por completo hacia su tío. Alzó su mano, acercándole a su palma, y presionando la suya propia contra ésta. Aquello no era un contacto físico, sino algo mucho más profundo que eso. Las mentes de ambos ya habían interactuado tanto la una con la otra que se conocían muy bien. Reconocían sus fortalezas y debilidades, y como completarse entre ellas. Quizás la unión de ambas no sería suficiente para patearle el trasero definitivamente a Damien Thorn… pero definitivamente harían que le doliera enserio.

    Cuando todo se reactivó, como una película que se reproduce de nuevo tras una pausa, tanto Dan como Abra pudieron ver todo a través de los ojos de ésta última. Era su imagen la que estaba ahí tirada en el suelo, pero ahora no era ella la única ahí. Podían sentir como la fuerza del otro los alimentaba de una forma casi embriagadora.

    —¡Basta! —Exclamó Abra con fuerza, resonando como la voz de ambos. Alzó sus puños, dejándolos caer con fuerza contra el suelo.

    El impacto de éste golpe provocó una fuerte ráfaga en todas direcciones que agitó todo aquel cuarto, empujando los muebles contra las paredes. Los brazos que la sujetaban y también los que aprisionaban a Terry, se esfumaron como copos de nieve en el aire. El sillón también fue empujado hacia atrás con todo y Terry, empujando también a Damien y aplastándolo contra el muro.

    Una vez que estuvo libre, Abra se puso de pie rápidamente y corrió hacia Terry. La joven castaña tosía y respiraba pesadamente intentando jalar de nuevo aire a su cuerpo. Antes de que ella pudiera pararse por su cuenta, o al menos entender lo que había ocurrido, Abra la tomó fuertemente de su muñeca.

    —¡Sal de aquí! —Le indicó casi como una orden mientras la veía a los ojos. Terry notó en ese instante que aquellos no parecían ser sus mismos ojos de antes, pero no tuvo tiempo de contemplar aquello. Como si su cuerpo no pesara nada en lo absoluto, Abra la jaló y literalmente la arrojó con fuerza contra la puerta cerrada. El cuerpo de Terry voló por el aire como si estuviera a bordo de un juego mecánico que la agitaba a gran velocidad. Atravesó la puerta como si fuera mero humo, pasó disparada por el largo pasillo blanco hasta chocar con otra puerta al fondo de ésta. Luego todo se volvió blanco…

    — — — —​

    Terry gritó con fuerza, entre asombrada y asustada, y rápidamente se apartó de la camilla de su madre, cayendo de sentón al suelo y alejándose un poco más por el piso, como si siguiera con el impulso de aquella arrojada.

    —Terry, ¿te encuentras bien? —Murmuró Charlie, algo desconcertada al verla reaccionar tan abruptamente de esa forma. Se agachó a su lado ayudándola a pararse, pero la atención de Terry estaba fija en algo más. Abra seguía de pie, con su mano alzada al frente como si aún sujetara su hombro. Dan igualmente estaba a su lado, sujetándose de su cabeza.

    —Abra… ella sigue adentro… —señaló con un hilo de voz. Intentó pararse, pero sus piernas le fallaron y casi estuvo a punto de caer de nuevo sino fuera porque Charlie la sujetó.

    —Tranquila, siéntate —la guio hacia la silla a un lado de la camilla e hizo que se sentara en ella—. ¿Qué fue lo que pasó?

    Terry la volteó a ver, pero no fue capaz de decir nada. Su mente estaba demasiado concentrada en el terror que acababa de sufrir, y en el que Abra aún se encontraba.

    — — — —​

    Damien empujó con fuerza el sillón reclinable lejos de él para así liberarse de su prisión temporal. Caminó al frente con calma, acomodándose su traje lo mejor posible, como si sólo le hubiera caído un poco de polvo.

    —Veo que tenemos nueva compañía —señaló con elocuencia, mirando de nuevo a la chica delante de él—. Debe ser el famoso tío Dan. Qué honor…

    —Quédate en donde estás, te lo advierto —masculló Abra, con su voz resonando con la de los dos, y señalándolo con su dedo.

    —¿Tú me lo adviertes? Qué presuntuosos son todos ustedes…

    Dio dos pasos hacia ella, pero fue todo lo que pudo dar. Abra alzó en ese momento su dos manos al frente, y el cuerpo del chico fue lanzado por el aire, hasta chocar su espalda contra el muro, quedándose ahí suspendido como si estuviera colgado similar a la cabeza de venado. Abra y Dan presionaron más y más, ejerciendo más fuerza, empujando más a aquel intruso para mantenerlo en su lugar. Damien sentía como si una enorme aplanadora le presionara el cuerpo entero, y sus interiores fueran a salírsele por la nuca.

    La cabaña entera comenzó a temblar, y las paredes, el suelo y el techo se desquebrajaron como si una enorme mano la estuviera presionando con sus enormes dedos desde afuera. Manteniendo una mano extendida hacia Damien, Abra alzó la otra hacia la puerta del cuarto y ésta salió volando hacia el interior del aquel pasillo blanco, dejando el camino libre.

    —Nos vamos —pronunciaron Abra y Dan al mismo tiempo. Jalaron su brazo con el que apuntaban a Damien hacia un lado y el muchacho cruzó toda la sala, hasta estrellarse contra la puerta principal, prácticamente rebotando en ésta y cayendo de bruces al piso de madera.

    Abra y Dan no esperaron más y comenzaron a correr hacia la puerta abierta, hacia donde habían lanzado a Terry. Estaban a punto de cruzarla, sólo les faltaban unos cuantos centímetros, cuando de nuevo volvieron esos horribles brazos. Se extendieron del piso y de la pared alrededor de la puerta. Abra dio un salto hacia atrás intentando esquivar las de la pared, pero las del piso la tomaron de los tobillos, y luego fueron escalando por sus piernas como arañas, empezando a cubrirla por completo. Se concentraron, dejando escapar más de la misma energía que habían usado la primera vez para deshacerlas, y lo lograban, pero unas nuevas tomaban su lugar casi de inmediato.

    —Tomaste tu decisión, Abra —escucharon a un furioso Damien Thorn pronunciar a sus espaldas. Ambos se voltearon y vieron cómo se ponía de pie, tallándose la boca en donde se había golpeado, pero sin ningún rastro de herida o sangre en ella—. Te dije que te aplastaría a ti y a toda tu familia, así que empezaré con tu tío y tú; dos por el precio uno…

    Las manos jalaron el cuerpo de Abra hasta el suelo, hasta forzarla a recostarse de espaldas en éste. Damien se colocó rápidamente sobre ella, con sus ojos casi enrojecidos por la rabia que lo consumía en ese momento. Mientras las otras manos la sujetaban firmemente, él mismo la tomó del cuello con las suyas, comenzando a apretárselo fuertemente con la clara intención de asfixiarla. Y ciertamente en el mundo real posiblemente tanto Abra como Dan habrían de estar con la misma apariencia de Terry de hace unos momentos, comenzando a perder poco a poco el aire de sus cuerpos.

    —¡Vete de aquí, Abra! —Exclamó como pudo la voz de Dan, resonando por encima de todo lo demás.

    —¿Qué?, pero… —sonó considerablemente más débil la voz de Abra.

    —¡¡Ahora!! —Gritó Dan con fuerza, y extendiendo su mano hacia la puerta, y tras un enorme esfuerzo que le costaría casi la mitad de sus fuerzas, hizo que sus mentes se separaran de golpe, como una fuerte explosión.

    Ahora fue Abra la que sintió como su cuerpo era lanzado por los aires como un balón, atravesando la puerta tan rápido que las manos que ahí la esperaban no pudieron agarrarla.

    —¡¡Tío Dan!!, ¡¡NO!! —Gritó la voz de Abra mientras se alejaba por el pasillo, hasta desaparecer. La puerta se levantó por sí sola en ese momento, uniéndose de nuevo al marco.

    Todo aquello confundió un tanto a Damien, desconcertándolo. En un momento miró hacia la salida, logrando ver apenas por un segundo el cuerpo de Abra alejándose, para luego ser cubierta por la puerta. Cuando bajó de nuevo su mirada para ver a quien aprisionaba del cuello entre sus manos, ya no vio a Abra, sino a un hombre adulto, de cabello rubio oscuro, barba a medio crecer, pero los mismos ojos azules que lo miraban hace unos instantes. Esos pequeños momentos de titubeo de su parte en los que su defensa se bajaron, fueron suficientes para que Daniel pudiera zafar al menos su mano derecha, y pegarla fuertemente contra la cabeza del muchacho.

    —¿Te interesa conocer el Resplandor, hijo? —Murmuró Daniel con dureza—. ¡Pues siéntelo todo!

    Hace demasiados años atrás, la primera vez que un joven Danny Torrance conoció a Dick Hallorann en el Overlook, ambos estaban sentados en el interior de su auto y el cocinero le pidió que le mandara un pensamiento, lo que fuera pero con fuerza. Su intención era de alguna forma medir que tanto Danny resplandecía en realidad en aquel entonces. Y aunque Danny se había acobardado un poco casi al final y no lo había mandado con todas sus fuerzas, sí habían sido lo suficiente para que Dick se estremeciera y por un momento casi perdiera la consciencia.

    “Dios mío, muchacho, eres una pistola,” le había dicho su buen amigo Dick en aquel momento, aún conmocionado por el golpe. No había entendido con claridad a qué se refería con eso, hasta mucho después Abra hiciera algo parecido con él. Así pues, si sus pensamientos podían ser como un fuerte disparo en la cabeza de alguien, se encargaría de convertirlos en un condenado misil que le penetrara la cabeza a ese hijo de puta que tenía delante de él.

    Concentró todo de él para golpearlo con todo el poder de su mente, elevando las revoluciones por minuto de su maquinaria interna al máximo. Usaría cada pulgada de lo que le quedaba de capacidad, aunque tuviera que sacrificar toda su cordura en el proceso. Si cuando lo hizo con Dick en aquel momento lo visualizó todo como lanzarle una pelota de béisbol, en ese momento era más como estarle disparando una AK-47 directo en la cara a ese mocoso, y él de seguro lo sentía así también.

    Damien gimió con dolor, al inicio apenas audible, pero luego convirtiéndose poco a poco en un tremendo grito que retumbó aquel sitio. El muchacho se paró rápidamente, quitándose la mano de Daniel de encima y alejándose de él mientras se sujetaba su cabeza, pero no sirvió de nada. Los golpes seguían uno tras otro sin darle ni un instante de descanso. Daniel siguió en el suelo, enfocando cada gramo de su consciencia en ello, sin siquiera permitirse penar en la idea de pararse y huir; o incluso respirar. Notó como el cuerpo de aquel muchacho, o más bien esa proyección que había hecho de sí mismo en ese espacio, comenzaba a desgarrarse como una tela mientras seguía gritando de dolor.

    Era fuerte, Daniel lo sintió casi desde el inicio. Sabía bien que si hubiera hecho esto mismo con Dick en aquel entonces, posiblemente hubiera provocado que le explotara cabeza. Pero este muchacho seguía ahí, aferrándose, rehusándose a dejarse repeler hasta el último momento. Entendió porque Abra le temía y porque, por más que él lo intentara, no lograría acabarlo, sino quizás todo lo contrario...

    Mientras seguía desamorándose en pedazos, el chico alzó su cara colérica una última vez hacia él. Sus ojos estaban enrojecidos, y brotaba sangre de ellos, al igual que de su nariz y oídos como si le hubieran aplastado la cabeza y el relleno se le saliera por cada agujero. Y aún entre toda esa horripilante imagen, logró ver cómo le sonría con una muy extraña satisfacción.

    —Dígale a Abra que nos volveremos a ver… muy pronto…

    A aquellas palabras le siguió una estruendosa carcajada, y justo después, al menos desde la perspectiva de Daniel, fue como si su cuerpo entero estallara en un resplandor rojizo y blanco que lo envolvió todo. Aquella grotesca imagen fue lo último Daniel pudo ver, antes de que todo eso se desmoronara.

    — — — —​

    Cuando Abra volvió abruptamente a la realidad, intentó sujetarse de la camilla para no caerse, pero de todas formas terminó desplomándose al piso, golpeándose su cadera. Se quedó ahí sentada, mirando perdidamente al piso sin lograr comprender del todo qué miraba en realidad. Sus manos estaban apoyadas contra la superficie lisa, brillante y fría, y aun así no le parecía que aquello fuera real.

    —Abra, ¿estás bien? —Escuchó que la voz de Terry le preguntaba, pero ella no le entendió. Su mente divagaba, y no creía que aquella voz lejana le estuviera realmente hablando a ella—. Abra, ¿me escuchas? ¡Abra!

    La joven Wheeler la tomó de los hombros y comenzó a agitarla con un poco de fuerza, haciendo que su cabeza se sacudiera hacia atrás y hacia adelante. Abra reaccionó al fin en ese momento, pero dicha reacción fue prácticamente empujar con fuerza a Terry lejos de ella con actitud agresiva, como si la sintiera una amenaza. El cuerpo de la castaña fue empujado para atrás, cayendo de sentón al piso. Abra la miró, y poco a poco la fue reconociendo, saliendo a su vez de la bruma que la rodeaba.

    —Terry… lo siento —se disculpó despacio, pero de inmediato se tuvo que olvidar de ella. Alzó su mirada, notando a su lado a su tío Dan, de pie justo a un lado de donde ella lo estaba hacia un momento.

    Lo siguió viendo, preocupada y asustada, esperando ver algún tipo de reacción en él. Y cuando parecía que en efecto no la habría, notó como daba una fuerte inhalación de aire y sus ojos se abrían de nuevo. Se quedó quieto, mirando fijamente al muro sin moverse ni parpadear, hasta que poco a poco agachó la mirada y vio a su sobrina a sus pies con rostro pálido.

    —Tío Dan —respiró Abra con alivio, parándose rápidamente con la ayuda de Terry—. Lo logramos, tío Dan. Lo hicimos… —Daniel no pareció compartir su efusividad. Sólo se quedó ahí de pie, aun mirándola con la misma cara inexpresiva—. ¿Tío Dan?

    —¿Daniel? —Masculló Charlie, aproximándosele cuidadosamente—. Daniel, ¿estás aquí?

    Charlie lo tomó en ese momento del brazo y lo sacudió un poco. Y justo cuando hizo eso, los ojos de Dan se pusieron en blanco, y todo su cuerpo se desplomó hacia un lado, cayendo sobre la camilla, e incluso presionando su cara contra el cuerpo de la inconsciente Sra. Wheeler.

    La respiración de todas las presentes se cortó abruptamente, e incluso Terry soltó un pequeño quejido de horror. De la nariz de Daniel comenzó a surgir una abundante hemorragia que comenzó a manchar las sábanas blancas de la camilla.

    El mundo de Abra sencillamente se hizo pedazos en ese instante.

    —¡No!, ¡no!, ¡Tío Dan! Tú no, ¡por favor tú no…! —Exclamó horrorizada y a punto del llanto la joven Stone, aproximándose hacia él para sacudirlo e intentar hacer que despertara—. ¡No!, ¡por favor no! ¡Esto fue mi culpa!, ¡por favor! —Siguió gritando desesperada, aun sabiendo que sería inútil.

    Charlie rápidamente se obligó a reaccionar, abriendo las cortinas que las ocultaban.

    —¡Ayuda!, ¡por favor! —Gritó con fuerza—. ¡Rápido!, ¡es una emergencia!

    Tardaron unos segundos, en los cuáles, entre sollozos, Abra siguió agitando el cuerpo de su tío, e incluso intentando voltearlo sin éxito. Un grupo de enfermeras y un doctor entraron luego de un rato, cada uno tomando con diferentes grados de confusión la escena ante ellos, pero teniendo que recuperarse de inmediato para poder reaccionar. Mientras el doctor y una enfermera comenzaban a revisar a la Sra. Wheeler y sus signos para ver que todo estuviera bien, otras dos enfermeras fueron de inmediato por una camilla y por dos enfermeros más que les ayudaran. Cuando volvieron, una de las enfermeras intentó retirar tranquilamente a Abra de Dan, pero ésta forcejó y gritó presa del llanto y la desesperación. Tuvieron que hacerlo las dos mujeres juntas para arrastrarla fuera del sitio, aun pataleando. Algunos sintieron en ese momento como las luces parpadeaban y algunos de los instrumentos se agitaban como si hubiera ocurrido un pequeño temblor, sin darle mucha importancia.

    Los dos enfermeros hombres se las arreglaron para quitar el cuerpo de Daniel de encima de Jane y colocarlo en su respectiva camilla. El doctor luego pasó a revisarle sus ojos y sus signos vitales, y fue lo último que Abra logró ver antes de que la alejaran lo suficiente.

    —Salgan de aquí, por favor —les indicó una de las enfermeras a las tres, y rápidamente se incorporaron de nuevo para ayudar a sus compañeros.

    Terry abrazó con fuerza a Abra, que rápidamente aceptó su abrazo y comenzó a sollozar en su hombro. Charlie tomó a ambas de los hombros y comenzó a guiarlas hacia la salida de aquella área. En el camino se cruzaron con Max que iba entrando apurada.

    —¡¿Qué pasó?! —Les gritó casi molesta, mirando especialmente a Charlie.

    —¡Doctora! —Le gritó una de las enfermeras desde la camilla de Eleven antes de que alguien le respondiera—. La necesitamos, venga rápido.

    Max miró una vez más a las tres de forma rápida, y luego se aproximó de inmediato a dónde la llamaban. Charlie siguió andando hacia la salida con ambas chicas para aguardar en alguna sala de espera de afuera. Abra no se logró calmar ni un poco, hasta varios minutos después

    — — — —​

    Mike estuvo más que furioso cuando se enteró de lo ocurrido, tanto lo que los doctores y enfermeros sabían, como lo que desconocían. Sin importarle que estuvieran en un hospital, le gritó a Terry totalmente exaltado, e incluso dijo algunas cosas de las que posiblemente se arrepentiría una vez que su cabeza se enfriara. Sólo la intervención de Will y sus otros dos hijos pudieron calmar un poco los ánimos antes de que aquello explotara por completo. En otras circunstancias, Terry habría intentado defenderse de alguna forma, o al menos explicado sus intenciones. Sin embargo, en ese momento se sentía tan derrotada que sólo agachó su cabeza y recibió el regaño de su padre en silencio.

    Al revisar a Eleven, los doctores no detectaron ningún cambio en su condición, ni para bien ni para mal. Pero Terry no creía que aquello fuera del todo cierto. Tenía el presentimiento de que sus dos incursiones en el interior de la dañada mente de su madre, podrían incluso haber empeorado las cosas.

    Sarah y Jim decidieron llevarse a su hermana menor de ahí, y ya en la casa cuando estuviera más calmada poder hablar mejor. Antes de irse, miró a Abra, que estaba sentada a lado de Charlie con su cabeza apoyada en su hombro y le susurró despacio:

    —Lo siento…

    Pero Abra ni siquiera la miró, o dio indicio alguno de que haberla oído. Los tres hijos de los Wheeler se retiraron en silencio.

    Pasó una hora, o quizás un poco más sin ninguna noticia. Charlie se quedó ahí con Abra todo el tiempo, dejándola apoyarse en ella, e incluso abrazándola. La muchacha no dijo prácticamente nada en todo ese tiempo, pero Charlie comprendió como se sentía. Debía esperar sentir algún tipo de alivio y seguridad en su contacto. Charlie no sabía si acaso lograba obtenerlo, pero esperaba que así fuera.

    A pesar de apenas haber conocido a ambos, Charlie sentía también una gran preocupación por lo sucedido. La imagen de Dan desmoronándose de esa forma, y de la sangre brotando de su nariz, trajo a su memoria horribles recuerdos de su padre, que casi provocaron que ella misma se soltara llorando. Pero quizás por su propio orgullo, o quizás porque quería parecer fuerte ante la joven que estaba reconfortando, uso toda su fuerza de voluntad para no hacerlo.

    Max apareció al fin, y sólo eso hizo que Abra al fin saliera de su letargo, se secara las lágrimas y se pusiera de pie.

    —¿Eres familiar del hombre que estaba con Jane? —Le cuestionó Max con cierta reserva.

    —Es su sobrina —se adelantó Charlie a responder, parándose a lado de la joven—. ¿Cómo está?

    Max miró a ambas de forma reflexiva. Suspiró pesadamente y se paró derecha, con la disciplina propia de una doctora de su experiencia.

    —Tuvo un derrame —explicó Max con cautela, pero aun así Abra pareció realmente impresionada por lo que rápidamente prosiguió—. Pero lo atendimos a tiempo, y ya está estable y fuera de peligro. En estos momentos está en observación.

    —Pero, ¿estará bien?, ¿va a despertar pronto? ¿Qué le pasará? —Cuestionó Abra con apuro, notándosele bastante nerviosa.

    —Es difícil determinar en estos momentos las posibles secuelas. De momento está inconsciente, pero podría despertar en cuestión de horas, o quizás en un par de días.

    —¿Puedo verlo?

    —No aún. Seguirá en observación al menos hasta mañana. —Se acercó entonces un poco más a Abra, mirándola atentamente—. ¿Eres mayor de edad? —La joven negó lentamente—. Necesitamos que alguien firme por él para poder internarlo. Encontramos la tarjeta de su seguro médico en su billetera, pero si hay algo adicional que se ocupe necesitamos también a alguien que corra con los gastos. ¿Hay algún otro familiar al que le puedas hablar? ¿Esposa, hijos, padres…?

    —Su único familiar es mi madre, su media hermana. Pero ella está en New Hampshire ahora…

    «Además, si se entera de lo ocurrido me hará subir al primer avión a Boston, aunque tenga que hacer que la policía local me escolte a la fuerza hasta mi asiento», pensó para sí misma, prefiriendo no tener que revelar ese dato.

    Max aguardó en silencio, intentando decidir qué hacer a continuación, cuando Charlie se decidió a intervenir.

    —Yo firmó por él —señaló con firmeza, tomando un poco por sorpresa a la doctora.

    —¿Y tú qué eres de él?

    —Es… mi amigo —declaró no sonando del todo convencida—. Sólo necesitas a alguien dispuesto a firmar y pagar, así que no cuestiones, Maxie. Sólo… has que se mejore, ¿de acuerdo?

    Max pareció dudar, pero al final decidió no meterse de más en ello. Aún a sabiendas de que esa podría ser la última vez que vería a Roberta Manders, o como sea que se llamara ahora, por esos lares. Pero decidió tomar el riesgo por esa jovencita que parecía tan preocupada.

    —Haré el papeleo. De todas formas sería bueno que contactes a tu madre y le informes de lo ocurrido.

    Abra asintió, aunque en realidad no estaba en sus planes cumplir esa encomienda; no todavía, al menos. Una vez que Max se retiró, Abra se sentó de nuevo en su silla, mirando de forma ausente al suelo. Se veía tan agotada, como si no hubiera dormido en un par de días. Charlie volvió a tomar asiento a su lado.

    —Tranquila, ya oíste a Max —comentó la mujer rubia, intentando sonar optimista—. Él estará bien, no es como lo que le pasó a Jane. Tu tío es un hombre fuerte. Despertará en cualquier momento, ya lo verás.

    —Espero que no sea demasiado pronto —susurró la joven, tomando un poco por sorpresa a Charlie—. Por qué de seguro él me convencería de no hacerlo.

    —¿No hacer qué?

    Abra no respondió inmediatamente. Siguió mirando al piso en silencio un rato más, y luego aspiró hondo por su nariz, y cerró sus ojos unos momentos, permitiéndose soltar sólo una lágrima más. Entonces habló de nuevo, con voz más clara que antes.

    —Hace unos años, fui perseguida por cierta persona… si es que acaso podía llamarla así, pues en realidad era un maldito demonio.

    Charlie la contempló en silencio, y sólo unos segundos después de que ella dijera aquello, de los labios de la reportera surgió abruptamente un nombre:

    —Rose la Chistera.

    Abra la volteó a ver, estupefacta.

    —¿Cómo sabes de ella?

    —No lo sé… Yo… —Charlie se frotó nerviosamente su cuello, intentando darle algún orden a sus ideas. Era una de las cosas que había logrado captar al momento de tomar la mano de Daniel por primera vez, aunque no sabía cómo tal quién o qué era esa persona exactamente. Aun así, al oír esa descripción se le había venido a la mente, como si hubiera sido algo de lo más natural—. Aún no lo entiendo. No me hagas caso, continúa.

    Esa explicación, que en realidad no lo era como tal, no convenció en lo absoluto a la joven Stone. Aun así, decidió no darle muchas más vueltas de momento y sólo decir lo que quería.

    —Ella quería matarme. O peor, alimentarse de mí indefinidamente. No era alguien con la que podías negociar o hablar. Era un monstruo al que había que eliminar, porque si no lo hacía nunca dejaría de buscarme. Nunca dejaría de lastimarme a mí o a los que quiero. Es por eso que hice… hicimos, lo único que podíamos hacer en aquel entonces: ir directo hacia ella, enfrentarla… y matarla junto con toda su igualmente maldita familia. Sólo así volví a sentirme segura…

    La reportera la escuchó atentamente. No necesitaba hacer ninguna pregunta adicional, pues fue como si los pedazos que ya tenía en su cabeza llenaran de alguna forma los huecos, y pudiera hacerse una imagen general de aquello que le relataba. Los cómo, los cuándos y los porqués de aquel suceso no eran lo que le preocupaban, sino esa última parte, sobre cómo fue que se deshicieron de aquella amenaza, y cómo ello se relacionaba con lo que estaban viviendo en esos momentos. Y, como si le hubiera leído la mente (que bien pudo haber sido así), Abra se encargó en ese momento de confirmarle cuál era esa relación:

    —Y es también lo único que puedo hacer por ahora por mi tío Dan, por mis padre, y por mí —señaló firmemente, virándose lentamente hacia Charlie—. Debo eliminar a Damien Thorn.

    Charlie suspiró despacio, notándosele también algo de cansancio.

    —Hablar sobre matar a alguien es sencillo, pequeña…

    —Ya he matado antes —explicó Abra abruptamente—. Y prometí no hacerlo de nuevo. No porque lo considerara horrible, incorrecto o inmoral. Sino porque me daba miedo a mí misma lo mucho que lo disfruté la primera vez. Lo mucho que disfruté dejar salir mi rabia… Pero lo haré. Ese bastardo amenazó a mi familia, y debe pagar…

    “Lo mucho que disfruté dejar salir mi rabia”; aquellas palabras llegaron bastante hondo en Charlie, pues era algo que podría comprender a la perfección. Pero además de eso, estaba esa mirada que tenía mientras hablaba de cómo ese sujeto debía pagar por lo que hizo. Esos ojos tan fieros, casi en llamas. Ella también los conocía muy bien: se parecían demasiado a los suyos…

    —Bobbi, ¿me oyes? —Oyó abruptamente a Kali pronunciar en su comunicador, sacudiéndola ligeramente y haciéndola salir de su meditación.

    —Un segundo —le indicó a la chica y entonces se paró y se alejó unos pasos para poder hablar con su compañera—. Aquí estoy, ¿qué averiguaste?

    —Muchas cosas, pero la principal es la ubicación actual de Damien Thorn. Según sus redes sociales y los movimientos de su tarjeta personal, se encuentra en estos momentos en Los Ángeles. De hecho, participará en un torneo de tenis el día de mañana.

    «Los Ángeles», repitió en su mente la rubia, dibujando en su mapa mental dicha ubicación. Increíble que alguien pudiera causar tal daño a tantas personas, estando casi al otro lado del país. Y ni siquiera se preocupaba por esconderse; así se arrogante era el maldito. Pero le quitarían esa arrogancia de alguna u otra forma.

    —Entonces hacia allá iremos —le indicó como declaración final a su compañera antes de cortar de nuevo la comunicación.

    Se viró de nuevo hacia Abra poco después pero ya no se sentó a su lado, sino que se paró firme delante de ella, con sus dedos pulgares en el interior de los bolsillos de sus jeans.

    —Yo conozco un poco lo que es temerle a tus poderes y lo que pueden hacer —le dijo con voz firme, incluso un poco intimidante—. Y sobre todo, temerle al placer de usarlos en contra de aquellos que te hacen daño. Porque con el tiempo, se vuelve bastante sencillo perder el control, y perderse en lo realmente bien que se siente. Yo soy la menos indicada para decirte qué hacer con ello. Pero, si eliges ese camino que estás pensando, será mejor que estés segura de querer recorrerlo hasta el final. La menor vacilación, sería fatal para ti y para los que quieres.

    Abra la contempló y escuchó en silencio. Supo de inmediato que sus palabras no eran vacías, y venían acompañada de su buena dosis de experiencia propia. Y en ese momento ella también vio un poco de sí misma en aquella mujer adulta de apariencia tan fuerte y ruda, llegando incluso a sentir algo de admiración por ella aunque en realidad no la conociera aún del todo.

    Tras darle unos momentos para asimilar lo anterior, Charlie prosiguió.

    —Ya sabemos en dónde se encuentra el chico Thorn. ¿Quieres venir conmigo? —Aquella petición no fue inesperada para Abra; de hecho, la deseaba—. Aunque, ten en cuenta que si tu tío no te encuentra cuando despierte, de seguro se preocupará mucho.

    Abra lo sabía, así como sabía que no sólo su tío se molestaría. Si a su madre no le provocaba un ataque al enterarse de eso, entonces era capaz de buscarla debajo de cada piedra de Estados Unidos hasta dar con ella. Lo sabía muy bien, y su parte objetiva y menos iracunda le decía que era una tontería, algo que pensaría y haría una niña pequeña, no una mujer a punto de entrar a la universidad.

    Pero había sido testigo ya en dos ocasiones de lo que Damien Thorn era capaz, y sabía que no importaba si se iba a esconder en el rincón más alejado de New Hampshire o de China; igualmente terminaría por encontrarla, y tomarla contra ella y todos a los que quería. Tenía que hacerlo, tenía que ponerle un fin a eso por su cuenta, aunque tuviera que hacerlo en esa ocasión sin Dan.

    Miró pensativa hacia el pasillo por el cual pensaba (o sentía) que se encontraba su tío. Pensó profundamente en él, intentando captar sus pensamientos, ubicarlo entre todo ese mar de mentes y así poder transmitirle un último mensaje:

    “Te quiero, tío Dan. Y lo siento…”

    No supo si en verdad lo habría captado, pero en su interior tuvo el presentimiento de que sí.

    Respiró hondo, miró de nuevo a Charlie y asintió.

    —Vamos por él…

    — — — —​

    Damien Thorn nunca se había enfermado o lastimado en toda su vida; ni siquiera había tenido que sufrir los estragos físicos de una resaca. Todo ello era derivado de su verdadera naturaleza no humana, o eso era lo que todos en la Hermandad decían: no había nada en ese mundo que pudiera hacerle daño alguno. Sin embargo, si lo que estaba sintiendo en esos momentos no era estar enfermo o tener resaca, definitivamente se le debía acercar bastante.

    Cuando se vio forzado a volver a su cuerpo físico de esa forma tan abrupta, cayó de su cama en el Penthouse como si alguien lo hubiera pateado de ésta, y se desplomó de narices a la alfombra. Y ahí se había quedado, incapaz de levantarse por un buen rato, sufriendo de un horrible dolor de cabeza que sencillamente lo tenía paralizado. Incluso sintió por un momento que en efecto sería incapaz de mover su cuerpo otra vez, pero ese miedo fue rápidamente mitigado. Luego de un largo rato, empezó a alzarse con mucho cuidado, y al hacerlo toda la habitación le dio vueltas y cayó sentado en la cama. Sentía que su cabeza le latía con fuerza como si fuera su propio corazón, y el tan sólo pensar en algo le resultaba doloroso.

    Intentó pararse una segunda vez tras quizás quince minutos de espera, y tuvo entonces que sobreponerse lo mejor que pudo y correr al baño, pues le dio de golpe una enorme necesidad de vomitar. Se quedó inclinado frente al retrete otros quince minutos, quizás veinte, expulsando todo lo que tenía en el estómago.

    Al parecer este Anticristo tenía su lado bastante humano (o de chacal, dependiendo de a quién le preguntaras), y ese pensamiento le provocó bastante gracia, aunque apenas y se permitió reír un poco debido al dolor. Se sentía fatal, y todo por la culpa de aquel sujeto, el tal tío Dan. Le había sacudido sus sesos con fuerza, como no sabía que era posible. Se sentía humillado y lastimado, pero no molesto en lo absoluto. En primera porque sabía que se terminaría reponiendo rápido. ¿Por qué no lo haría?, si nada en ese mundo podía matarlo, y eso era algo que de alguna u otra forma ya había confirmado.

    El segundo motivo por el que no estaba molesto, era porque, así como había ocurrido con la Sra. Wheeler, la primera vez sus trucos podían tomarlo por sorpresa y sobrepasarlo. La segunda, si es que la había, no tendrían tanta suerte.

    Y el tercer motivo era…

    Cuando la necesidad de vomitar se aplacó, se paró de nuevo y volvió hacia la habitación. Su cabeza seguía doliéndole, y no se calmaría hasta varias horas después. Se dejó cae en la cama y recostó su cabeza en la almohada. Era apenas la mitad de la tarde, pero se quedaría encerrado en su cuarto por el resto del día. No podía dejar que ninguno de sus hombres lo viera así, pues armarían un escándalo y se lo notificarían de inmediato a Ann y a todos los que estaban por encima de ella. Esperaba mañana estar mucho mejor; tenía un torneo de tenis, después de todo.

    Volteó unos momentos al buró a un lado de su cama, en donde reposaba su tableta electrónica. La tomó y la encendió, accediendo rápidamente a su carpeta en la nube con todas sus fotografías. Accedió a un directorio especial, un poco oculto e incluso protegido con una contraseña. Dicho directorio tenía en su interior sólo una foto, misma que abrió para poder ver en grande en toda la pantalla del dispositivo.

    Era una foto que él mismo había tomado, y una de sus favoritas, pese a que era algo simple en comparación con otras. Era sólo la foto de una chica, sentada en una mesa delante del lente. Miraba hacia arriba en un pequeño ángulo ascendente, como si contemplara algo lejano encima de ella, con una expresión soñadora que no tenía nada que envidiarle a ninguna pintura. La composición de luces y sombras en su hermoso rostro y en sus cabellos rubios era perfecta. Podría bien ser servir para algún anuncio publicitario, especialmente por su atractiva modelo.

    Y el tercer motivo para no estar molesto, era precisamente que había podido ver a esa misma chica otra vez; su modelo favorita. Estaba agradecido por eso. Sin embargo, sentía una gran decepción al saber que posiblemente la siguiente vez que la viera, tendría que hacer añicos ese bello rostro, y todo lo que estuviera alrededor de él.

    —Que pase lo que tenga que pasar —se dijo a sí mismo mientras seguía contemplando la fotografía—. Será la voluntad de Dios… —Comentó con tono irónico, y entonces se soltó riendo con más libertad, aguantándose el tremendo dolor que aquello le ocasionaba.

    FIN DEL CAPÍTULO 62
     
  3.  
    WingzemonX

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    Resplandor entre Tinieblas
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    Misterio/Suspenso
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    6808
    Resplandor entre Tinieblas

    Por
    WingzemonX


    Capítulo 63.
    Una pequeña bendición

    El viaje rápido que Ann le había comentado a Verónica en su última llamada, comenzó prácticamente al instante de haberle colgado. Su avión aterrizó pasado el mediodía, hora de Zúrich. Había sido un vuelo bastante incómodo para ella. Y no sólo por las insufribles ocho horas que tomó desde New York, sino porque hacía tiempo que no viajaba en clase turística, con personas tan… comunes; en su mayoría gente enojada y escandalosa, sobre todo niños. Ni siquiera la habían dejado dormir más de un par de horas.

    «¿En qué momento te volviste tan quisquillosa, querida Ann?» se decía a sí misma estando sentada en el pequeño asiento F de la fila 15. «Es sorprendente lo rápido que alguien se acostumbraba a la buena vida».

    Porque efectivamente, no siempre había sido la directora millonaria que era ahora; por supuesto que no. Sus orígenes eran mucho más bajos de lo que la mayoría creía. Si la prensa especializada supiera de dónde venía realmente, ciertamente eso sería todo un espectáculo. Aunque ella sabía que primero la matarían o la harían desaparecer, antes de dejar que esa verdad saliera a la luz.

    Dejando eso de lado y con respecto al viaje en cuestión, dada la situación era mejor hacerlo de esa forma. No podía hacer uso de ninguno de los medios usuales de Ann Thorn para ese viaje. Eso incluía su tarjeta corporativa y personal, sus millas de viajero frecuente, sus boletos de cortesía, sus puntos de Club Premier, o cualquier otra cosa remotamente similar a eso. Todo tendría que ser pagado de sus fondos secretos, de esos que estaba segura todo miembro de alto rango de la Hermandad tenía para diferentes fines, pero nadie aceptaría abiertamente.

    Para todos en Thorn Industries, y a quien le pudiera importar dentro de la Hermandad, ella se había subido a un avión a Londres para atender negocios en la sede central de Thorn en Inglaterra. Se las había arreglado para ocultar bien su rastro y que todo se viera legítimo; incluso su nombre venía incluido entre los pasajeros de ese otro vuelo, y estaba registrado que en efecto había subido a él. Igual ya tenía también comprado su boleto para dentro de seis horas de Zúrich a Londres, y así poder hacer acto de presencia allá antes de que a alguien se le ocurriera hacer averiguaciones de más. Es por ello que su tiempo en Zúrich era limitado, y tenía que moverse rápidamente. Igual el asunto que la había llevado ahí era bastante puntual, y no deseaba dedicarle ni un segundo más del necesario.

    Contrató un servicio de trasporte privado en el aeropuerto para que la llevara a su destino, la esperara afuera con todo y su maleta, y la llevara de regreso al aeropuerto en cuanto terminara. Quizás a lo mucho se tomaría unos minutos para comer algo, pero poco más. Una vez en el vehículo, más allá de dar esas instrucciones, no pronunció palabra alguna, ni siquiera como respuesta al par de intentos de su chofer temporal por sacarle un poco de plática. Llegaron después de treinta minutos al lugar deseado: un alto y hermoso edificio del Banco Cantonal de Zúrich, con grandes ventanales que reflejaban el cielo azul y despejado de esos momentos.

    —Estaciónese y espéreme; no tardo —le indicó Ann al chofer, resumiendo de esa forma tan tajante las instrucciones de antes. El hombre al volante sólo le respondió con un gesto de afirmación con su mano, y entonces la mujer se bajó apresurada del vehículo, solamente con un maleta de mano amplia que colgaba de su hombro con una correa.

    Hasta ese punto lo importante era parecer una turista cualquiera en un viaje exprés, sin nada que la hiciera resaltar más de lo debido. Pero de las puertas de cristal de ese edificio en adelante, tendría que tomar otra actitud; una más jovial para empezar, aunque fuera un poco. Por suerte tenía facilidad para pasar de un estado de ánimo a otro conforme le fuera necesario. Así que mientras caminaba hacia las puertas, con su atuendo ejecutivo gris oscuro y tacones negros, se arregló un poco su cabello con los dedos, dándole un estilo natural pero elegante, y dibujó en sus labios esa sonrisa que la hacía salir seguido en las listas de las ejecutivas más poderosas y hermosas de los Estados Unidos, y que esperaba nadie en Zúrich reconociera. Por si acaso, se había dejado puestos unos lentes con tinte oscuros para disimular aunque fuera un poco su apariencia.

    Al entrar, se anunció en atención al cliente como Martina Ricci. Los boletos de avión, la reservación del transporte, la cita en el banco y la cuenta que tenía abierta ahí, todo ello estaba a ese nombre. Era una identidad falsa que había usado ya hace mucho, y de la que sólo Lyons y ella tenían conocimiento, pero dudaba de que el primero siquiera la recordara. En el banco ya la esperaba un ejecutivo de nombre Ronnie Shrift, por lo que no tardó mucho en ser atendida.

    Signora Ricci, benvenuta —le saludó Ronnie Shrift con un fluido italiano, aunque con un acento difícil de ignorar. Amable de su parte el recibirla en italiano, pues por supuesto Martina Ricci era italiana. Y, técnicamente, Ann igualmente lo era, pero de aquello hacía tanto que prácticamente le parecía un sueño lejano—. La estábamos esperando. ¿Tuvo un buen viaje?

    —Bastante cómodo, gracias —le respondió Ann con una fría sonrisa.

    —¿Gusta que le traiga algo de beber? ¿Un café, quizás?

    —Un café estaría bien. Pero quisiera primero pasar a mi caja de seguridad, sino es mucha molestia. Como les indique en mi mensaje, me urge sacar algo de ella cuanto antes, y tengo poco tiempo.

    Certo, certo. Sígame entonces. Trajo su llave, ¿verdad?

    —Por supuesto.

    Ronnie Shrift la guio hacia su oficina, o quizás una sala para clientes internacionales muy bien arreglada y decorada para impresionar. Se sentaron cada uno a un lado de una mesa rectangular para seis, y Ronnie le pasó los papeles que tenía que firmar para poder hacer el retiro de la caja. Ann les dio una leída por encima, y los firmó a nombre de Martina Ricci en todas las partes que era necesario. Ronnie los revisó justo después para darle un visto bueno.

    —Muy bien, todo se ve bien. Entonces, ¿bajamos?

    —Por favor —pronunció Ann despacio, manteniendo aún esa sonrisa que cada vez le resultaba más difícil.

    Ronnie y Ann bajaron por unas escaleras, custodiadas tanto al principio como al final de éstas. El segundo guardia hizo que ambos firmaran su hora de entrada, y Ann tuvo que dejar una identificación en su puesto; una licencia falsa de Roma a nombre a Martina Ricci, por supuesto. Entraron entonces al área de las cajas privadas, un gran espacio alumbrado con luz blanca, con diferentes paneles metálicos enumerados en las paredes que asemejaban a cajones o casilleros. Todos tenían dos aberturas para dos llaves; una para la llave del cliente, y otra para la llave del banco. Se ocupaban ambas para poder abrir la gruesa puerta del casillero.

    Caminaron por el pasillo central del aquella área, buscando la caja que concordara con el papel que Ronnie tenía en sus manos con la información de la cuenta abierta hace unos cinco años atrás. La caja en cuestión era la 2327.

    —Aquí está —señaló sonriente el ejecutivo, apuntando hacia la caja en cuestión, aproximadamente a la mitad del muro. Tomó entonces la llave del banco que traía consigo. Ann portaba la suya propia colgada de su cuello y sujeta a una cadena, algo que a Ronnie no le extrañó tanto pues algunos clientes lo hacían. Dependiendo de qué era lo que la gente guardaba en esas cajas, podía tener un gran valor monetario o sentimental.

    Ronnie tomó las dos llaves e introdujo cada una en su respectiva abertura. Las giró tres veces hacia el mismo lado, y se pudo escuchar como los candados internos se movían, terminando con un sonoro click. Ronnie tomó la manija de la puerta y la abrió, revelando dentro una caja rectangular que casi ocupaba todo el espacio del interior, también marcada con el número 2327. El ejecutivo la tomó de una manija que sobresalía y la sacó de casillero; su apariencia era similar a la de un maletín metálico grueso. Pareció sorprenderse un poco al inicio por el peso (que resultó ser más de lo esperaba), pero se repuso.

    —Por aquí —le indicó a su cliente, y la guio entonces a una de las salas privadas al fondo. Dicha sala era bastante sencilla, compuesta por un par de sillones y una mesa al centro.

    Ronnie colocó entonces la caja metálica sobre la mesa.

    —Toda suya, signora Ricci. La dejó sola para que haga el movimiento que requiere. La espero afuera si le parece bien.

    Grazie —murmuró Ann sonriente, mirándolo atentamente hasta que se fue y cerró la puerta detrás de él, dejándola totalmente sola en ese espacio cuadrado. Sólo entonces su sonrisa falsa se esfumó por completo de su rostro, y logró descansar un poco.

    Se viró hacia la caja en la mesa y la contempló fijamente, como si se tratara de algún ser vivo que temiera la fuera a atacar si hacía algún movimiento indebido. Se aproximó lentamente al sillón, sentándose delante de la caja, y colocando la maleta que traía consigo a un lado. Colocó sus manos sobre la superficie metálica de la caja, pero no la abrió; no aún.

    Una parte de ella esperaba realmente nunca tener que volver a ese sitio, y nunca más tener que ver esa caja; o, más bien, lo que ocultaba en su interior. Deseaba que la situación no hubiera llegado a ese punto, y creía que aún podría solucionarse de alguna forma. Pero si no, esa era una de las únicas cartas que tenía a su favor, y la más fuerte de éstas. Quizás lo único que podría darle un poco de ventaja sobre aquellos que quisieran hacerle algún daño.

    Todos los caminos de su vida inevitablemente la habían llevado ahí; caminos largos y difíciles, cimentados con la sangre de extraños y conocidos. Y ahora le tocaba seguir recorriéndolos, luchar con uñas y dientes con el sólo fin de sobrevivir… como siempre lo había hecho…

    * * * *​

    Nunca jamás volvió a sentir tanto terror como aquella vez, principalmente porque no se permitió a sí misma volver a sentir algo siquiera cercano a ello. Tenía veinticinco años, cumplidos hace sólo un par de semanas antes, cuando la amordazaron fuertemente con aquel pañuelo blanco para ahogar no sólo sus gritos, sino también sus súplicas. Un instante después de haber sido silenciada, le pusieron aquella bolsa negra sobre su cabeza que le dificultaba tanto respirar que pensó que moriría asfixiada por ella. Y le amarraron las manos tan fuerte con una soga que sentía que le había abierto la carne en el proceso. La metieron a empujones en la parte trasera de una camioneta, y luego se pusieron en marcha. Ninguno de los que iba en el vehículo pronunció palabra alguna, salvo dos ocasiones en que le gritaron que dejara de moverse y hacer ruido, siendo la segunda acompañada por el tacto de un revólver contra su cabeza.

    Luego de quizás dos o tres horas de camino, el vehículo al fin se detuvo. Las puertas de la camioneta se volvieron a abrir y la sacaron a la fuerza, arrastrándola por un camino de grava, mientras ella gemía lo más que su mordaza la permitía, y forcejeaba lo más que su debilidad le permitía. La hicieron pararse sólo para bajar unos escalones. Sintió que entraban en algún túnel húmedo y frío por el que oía el eco de sus pasos resonar. Escuchó por último un pesado candado abriéndose y el rechinar de las bisagras de una puerta. Sólo entonces se dignaron a quitarle la bolsa de la cabeza. Delante de ella vio en efecto el umbral de una puerta abierta, que daba a un cuarto sumamente pequeño, cuadrado y oscuro sin ningún tipo de ventana a la vista. La puerta era de acero, gruesa y algo oxidada.

    Miró alrededor rápidamente; parecía estar en los túneles de alguna de las tantas catacumbas de Florencia, pero esa en especial no le pareció conocida. De hecho, considerando todo lo que habían viajado en auto, era probable que ya no estuviera siquiera en la ciudad.

    Sintió como cortaban las sogas que sujetaban sus manos por detrás de un tajo, y antes de poder virarse aunque fuera un poco, la empujaron con violencia al frente, haciéndola caer de bruces en el suelo de tierra de aquella diminuta celda. La pesada puerta de acero se cerró detrás de ella, dejándola casi en completas penumbras salvo por un pequeño rastro de luz que entraba por una rejilla superior.

    Se incorporó lo más rápido posible, quitándose la mordaza de la boca. Tosió un par de veces debido a la sensación de asco, pero se acercó de inmediato a la puerta, golpeándola fuertemente con sus palmas.

    —¡Esperen! —Gritó con ímpetu—. ¡¿Por qué me hacen esto?! ¡¿Qué quieren?! ¡Saquéenme de aquí! —No hubo respuesta. Sólo escuchó como los pasos de sus captores se alejaban caminando, y luego ya nada—. ¡Vuelvan!, ¡vuelvan…!

    Siguió gritando y golpeando la puerta con insistencia por quizás diez minutos más, antes de rendirse. Comenzó a sollozar e intensas lágrimas le recorrieron todo el rostro. Su hermoso maquillaje, al que le había puesto tanto empeño antes de salir, ya debía de ser un completo desastre. Pero claro, eso era lo último en lo que podía pensar…

    Caminó por el pequeño cuarto, tocando a tientas la pared de piedra, raspándose un poco en el proceso, y se sentó en una esquina, aferrando sus manos a su vientre de forma protectora.

    No entendía de qué iba todo eso o quienes eran esas personas, pero definitivamente no sabían con quien se habían metido. Ya no era una andrajosa huérfana que mendigaba en las calles. Ahora tenía amigos, amigos muy poderosos que la querían y la protegían. No debía perder la calma. Tarde o temprano llegarían, matarían a todos esos bastardos, y la rescatarían de ese horripilante lugar.

    Sus manos se aferraron aún más a su vientre.

    Más bien, los rescatarían.

    Pero pasaron las horas y nada cambió. El silencio y la oscuridad se volvieron su única compañía por todo ese tiempo, y la fueron adormeciendo poco a poco. A pesar del miedo que sentía, se fue permitiendo recostarse sobre ese suelo rugoso y duro. Y aunque en un inicio le resultó casi imposible, al final cayó rendida al cansancio y se durmió.

    Despertó tiempo después con el cuerpo todo adolorido y magullado. La rejilla en la parte superior dejaba entrar sólo un poco de luz, pero aquello bastaba para alumbrar su celda. Igual no había mucho que ver; era un espacio vacío y sucio con paredes y suelo de piedra. Tristemente no era el peor lugar en el que había dormido en su vida, pero sí en los últimos años.

    Tenía demasiada hambre y sed. Se paró como pudo haca la puerta, volviendo a golpearla con insistencia, mientras gritaba:

    —¡¿Hay alguien ahí?! Por favor, quiero un poco de agua… ¡por favor!, ¿alguien me escucha?

    De nuevo, sólo silencio.

    Aumentó de golpe la insistencia de sus golpes, al igual que el tono de sus gritos.

    —¡No pueden hacerme esto! ¡¿Qué quieren de mí?! No tengo dinero, soy una simple asistente. Debieron confundirse de persona. ¡Por favor!, sólo díganme qué quieren y podré ayudarlos.

    Por supuesto, no era una simple asistente. Pero sin saber con seguridad de qué iba todo eso, no podía permitirse revelar más de la cuenta; al menos, no todavía. La misión, la guardia que debía ejecutar, era mucho más importante que cualquier otra cosa, más importante que su propia vida. O eso pensaba hasta hace una semana atrás, cuando se enteró de que su vida de momento no venía sola. Eso podría cambiarlo todo, pero aún no estaba dispuesta a dejarlo ocurrir del todo. Debía intentar ser una sierva fiel… hasta que ya no pudiera serlo más.

    No hubo respuestas, ni visitas, ni interrogatorio, ni nada. Como si fuera la única persona viviente, y ese reducido cuarto fuera lo único que existía en el mundo. El movimiento de la luz que entraba por la rejilla le indicaba el paso del tiempo, dejándole claro que todo ese día se iba acabando poco a poco, y sus secuestradores la tenían ahí abandonada. El hambre y la sed se volvieron cada vez más intensos, y comenzó a preocuparse de las consecuencias que eso pudiera tener. Al final se sintió tan débil y aturdida que se regresó a su esquina de la noche anterior y ahí permaneció sentada, sólo mirando como la luz de la rejilla se iba desvaneciendo, hasta dejarla de nuevo en penumbras.

    Comenzó a pensar que en realidad no había nadie en ese sitio. La habían tirado ahí sola para matarla de hambre y desaparecerla. Pero, ¿quién querría hacerle algo tan horrible? Conforme más estaba en ese sitio, la respuesta se volvió cada vez más evidente, aunque se rehusó a aceptarlo.

    ¿La Hermandad era la que le estaba haciendo eso? ¿La Hermandad que la había acogido y protegido?, ¿la misma a la que le había dedicado su vida y por la que había hecho todo lo que le ordenaban si cuestionar ni una sola vez? ¿Por qué sus hermanos le harían eso? ¿No eran su familia?, ¿no dijeron que desde ahora siempre estarían ahí para ella?, ¿no le dijeron que sólo debía ser una sierva fiel…?

    ¿Qué podría haber hecho para hacerlos enojar de esta forma? De nuevo, la respuesta era evidente: aquello que estaba comenzando a crecer a su vientre.

    «No, no puede ser cierto» se decía a sí misma, abrazándose no sólo para protegerlo sino también para mitigar el hambre que la invadía. «Él no permitiría que esto me pasara… Todo lo que he hecho ha sido para complacerlo. Él me protegerá. Él matará a todos estos malditos y me sacará de aquí. Y me recompensará por haberme mantenido fuerte y fiel… Sólo debemos resistir, pequeño…»

    Pasó entonces el tiempo suficiente como para ya haber estado ahí más de veinticuatro horas. Ann había caído de nuevo en el doloroso sueño, cuando el eco del candado abriéndose la despertó, seguido después por el rechinar de la puerta. Ann alzó su mirada temerosa hacia la puerta, pero al mismo tiempo contenta en el fondo de que algo al fin cambiara. La luz del pasillo alumbrado con tenues luces anaranjadas le lastimó un poco los ojos, y su visión estaba borrosa. Luego de unos segundos, logró ver claramente parada en el marco de la puerta la figura de una persona; una mujer.

    Era delgada y alta, de cabello rubio rizado sujeto con una perfecta cebolla, y unos profundos y penetrantes ojos azul cielo que la miraron fijamente entre las sombras de su celda. Le sonrió con sus labios algo gruesos pintados de un rosado oscuro. Se encontraba enfundada en un impecable traje de saco negro de cuello alto y falda larga hasta los tobillos. Iba acompañada de dos hombres altos de trajes negros que aguardaban detrás de ella.

    Aunque al inicio no la pudo ver bien, Ann la reconoció rápidamente, y sus ojos se alumbraron de emoción y alegría.

    —Sra. Baylock… —murmuró con debilidad, e intentó incorporarse pero no le fue posible del todo. Aun así, usó todas las fuerzas que le quedaban en su cuerpo para acercarse a gatas hacia ella, aunque terminara raspándose las rodillas—. Mi señora, yo sabía que vendría por mí. Gracias, gracias…

    La joven se colocó de rodillas delante de ella, tomó su mano derecha y comenzó a besársela con desesperación y agradecimiento. La mujer, sin embargo, se quedó quieta en su lugar, manteniendo su expresión apacible.

    —Mírate nomás, pequeña —señaló la mujer con una voz llena de una preocupación casi maternal. Se agachó entonces delante de ella y tomó su rostro por su barbilla para mirarla. Sus ojos ya no lloraban más sólo porque posiblemente se había quedado sin agua para ello. Su maquillaje estaba en efecto arruinado y se había convertido sólo en manchas sin sentido por su cara, como una prueba de Rorschach—. Eres todo un desastre. Ya no te ves tan bonita ahora, ¿cierto?

    Aquel comentario desconcertó un poco a Ann, y su alegría inicial comenzó a esfumarse.

    —¿Qué…?

    —¿Crees que tuviste suficiente con sólo un día en este hueco para ablandar esta carne? —La tomó entonces con fuerza de su brazo, presionando sus uñas contra su piel, lastimándola y haciendo que la joven soltara un alarido de dolor. Intentó por instinto alejarse de ella, pero la tenía fuertemente prensada y cualquier movimiento sólo la lastimaba más—. ¿O crees que debamos dejarte uno más? ¿Quizás hasta que sean tres? ¿Qué te parece una semana entera?, ¿será eso suficiente?

    —Por favor, no —suplicó Ann entre sollozos. Al parecer sí le quedaban algunas lágrimas que derramar—. ¿Por qué me hace esto…?

    Sin haber terminado por completo de hablar, Baylock la jaló hacia ella y con su otra mano le dio un fuerte golpe con el revés de ésta contra su mejilla, haciéndola caer al suelo, y encima de todo golpeándose el labio contra la roca.

    —¡¿Qué por qué te hago esto?! —Le gritó Baylock llena de cólera—. ¡¿Y todavía te atreves a preguntármelo, ramera desvergonzada?! ¡¿Todavía osas fingir inocencia ante mí?!

    Ann no podía decir nada. Sólo se quedó tirada en el suelo, contraída en sí misma y llorando. Baylock se paró, agitando un poco la mano con la que la había golpeado. Lo había hecho tan fuete que incluso a ella le había dolido.

    —¿Sabes qué?, tienes razón. Será mejor terminar con esto ahora mismo. Sáquenla —le indicó a los dos hombres que la acompañaban, mientras ella comenzó a andar por el pasillo

    Los dos hombres entraron apresurados a la celda y tomaron a Ann por sus brazos. La alzaron de un tirón lastimándola en el proceso sin que eso al parecer les importara mucho.

    —No, esperen… por favor, no… —Gimió Ann mientras la arrastraban hacia afuera de su celda. No tenía fuerzas para siquiera caminar, mucho menos forcejar contra esos sujetos que le doblaban su peso y casi su estatura.

    Durante el largo camino por aquel oscuro pasillo en el que resonaron los pesados pasos de aquellos hombres, y los tacones de Baylock más delante, Ann tuvo tiempo para digerir que la posibilidad que tanto se rehusó aceptar, era en efecto la verdad. Su Hermandad, su familia… no eran tal cosa.

    La llevaron por otra puerta de metal y luego la hicieron bajar por otras escaleras hacia un cuarto de forma redonda y techos un poco más altos que en el resto de lugar. Al mirar con cuidado, notó en el centro del cuarto, dibujado en el piso, un pentagrama con un círculo y signos sobre éste. Había rastros de cera derretida a su alrededor y… sangre… muchas mancha oscuras de sangre adornando varios puntos alrededor y dentro de aquel círculo. Y colgando encima de ese punto, había unas largas cadenas con dos grilletes en sus puntas.

    —Atenla ahí —escuchó como ordenaba la voz de Baylock, retumbando en aquel eco similar al de una iglesia.

    —No, por favor… —Intentó Ann por última vez de suplicar y aplicar algún tipo de resistencia, sin lograrlo—. Señora… No… no me haga esto…

    —Cierra la boca, cerda sucia —fue la única respuesta que le ofreció aquella mujer que hasta ese momento había sido su mentora, su amiga, y prácticamente su única madre.

    Los hombres colocaron los grilletes en torno a las muñecas de Ann. Luego, de un lado del cuarto, Baylock hizo girar un palanca que hizo que las cadenas se contrajeran hacia arriba, jalando el delgado cuerpo de Ann hacia arriba hasta que tuviera que pararse apenas en la punta de sus pies para no terminar colgada por completo de las muñecas y los grilletes le lastimaran aún más.

    Su respiración se aceleró junto con los latidos del corazón. Los hombres se apartaron de ella y del círculo. Ella intentó ver en dónde se encontraba Baylock, pero desde su posición no la veía, como si se hubiera esfumado entre las sombras de los rincones. Luego de unos segundos de incertidumbre, la sintió de golpe aparecer detrás de ella, tomándola fuertemente de sus cabellos y jalando su cabeza hacia atrás hasta que sus ojos sólo pudieran ver el techo.

    —Dime, ¿crees que eres especial, Ann? —Le susurró Baylock con una tremenda frialdad, cerca de su oído—. ¿Crees que puedes hacer todo lo que se te venga en gana sin ninguna consecuencia? ¿Y encima de todo pregonarlo por ahí con orgullo? ¡¿Es nuestra misión un juego para ti?!

    Baylock empujó su cabeza de nuevo al frente, haciendo que el cuerpo entero de Ann se balanceara. Se le acercó de nuevo, pero está vez sintió como tomaba la tela de su elegante vestido rojo nuevo, y lo rasgaba de un fuerte tirón. Pudo oír como la tela se separaba y luego sintió como todo su torso desnudo quedaba expuesto, y ni siquiera contaba con sus brazos para poder cubrirse.

    —¡Tú no eras nada cuando te recogí de las calles! —Espetó Baylock con fuerza a sus espaldas, y un instante después escuchó como el aire era cortado con un movimiento rápido, e inmediatamente después sintió un intenso y ardiente dolor en la espalda que la hizo doblarse un poco y gritar.

    Reconocía esa sensación; era la larga y dura vara de castigo, que ahora estaba dejando una vez más horribles marcas rojas en su espalda blanca. Y no fue sólo un golpe, sino dos, tres, cuatro… tantos que Ann perdió la cuenta. Baylock la golpeó una y otra vez mientras continuaba hablando.

    —Nosotros te vestimos, te educamos, te preparamos para cumplir un fin mucho más allá de lo que tu minúsculo cerebro podría llegar a entender. ¿Y cómo me lo pagas? ¡Abriéndote de piernas ante cualquiera cual puta barata! —Tras esas palabras, el golpe bajó de su espalda a quedar directo en sus glúteos, y uno más contra su muslo derecho—. ¡Dime quién es el padre!

    Ann sólo gimoteaba y lloraba con fuerza, incapaz de articular palabra coherente.

    —¡Dije que me digas quién es el padre! —Repitió Baylock aún más frenética que antes, volviéndola a golpear dos veces más en sus muslos—. ¡¿Es que acaso no me entendiste, puta estúpida?!

    —Por favor… por favor… Por Dios…

    —¿Dios? —Rio Baylock cínicamente, volviéndola a jalar de su cabello—. ¿A qué Dios le estás pidiendo misericordia?, ¿eh? Satanás es el verdadero Dios, ¿lo olvidas? Y él no meterá las manos al fuego por una desvergonzada perdida como tú, ¿me oíste?

    La soltó, empujándola hacia un lado con violencia; de no haber estado colgada de las muñecas de seguro hubiera caído con su cara contra la cera en el suelo. Baylock la rodeó hasta colocarse delante de ella, y azotó su vara dos veces contra su busto desnudo, dejándole largas marcas rojas en sus pechos.

    —¡Dime quién es el padre o te sacaré ese engendro a golpes! —Le gritó Baylock con su cara casi pegada a la suya, y entonces se alejó y alzó su vara con la clara intención de golpearle ahora el vientre con ella

    —¡No!, ¡por favor no…! —Exclamó Ann presa del pánico por tal amenaza. Y por un instante estuvo a punto de gritarle con todas sus energías lo que tanto quería saber, con tal de proteger a su hijo… Pero, para bien o para mal, no tuvo oportunidad de hacerlo.

    En el eco del cuarto resonó el rechinar de las bisagras de la puerta al abrirse rápidamente, seguido por una recia voz que resonó con potencia.

    —¡Suficiente, Agatha! Detente.

    La vara de Baylock se quedó suspendida en el aire, dejando su amenaza sólo en eso. Desde su perspectiva Ann no logró ver qué ocurría, pero agradeció entre sollozos que aquello hubiera parado al fin, aunque fuera un instante.

    Por su parte, las miradas de la torturadora y los dos hombres que la acompañaban se viraron hacia la puerta. Los tres vieron con algo de asombro bajar por las escaleras al hombre alto de cabeza casi calva, vestido con una túnica de padre católico. Miró con severidad a Baylock y se le aproximó con paso desafiante. Aun así, ella no se mutó en lo absoluto ante su presencia.

    —No te metas en esto, Spiletto —exclamó la torturadora con firmeza, apuntando al recién llegado con su vara y provocando con este acto que el hombre se detuviera en seco en su lugar—. Tú no tienes jurisdicción alguna sobre cómo lidio con mis discípulos.

    —¿Tampoco yo? —Se escuchó otra voz introduciéndose en escena desde la puerta del cuarto, y de nuevo llamando la atención de todos. Para su sorpresa, sobre todo para Baylock, a quien vieron bajar por las escaleras fuera John Lyons, veinte años más joven que como se vería en aquella reunión rápida en la iglesia de Washington con Ann. En aquellos momentos era un hombre de cuarenta y uno, alto y fornido, con cabellera oscura y barba de candado, aunque en ambas ya se mostraban los primeros rastros de canas. Su presencia era incluso más intimidante en aquel entonces, y en cuanto entró al cuarto todo enmudecieron por unos momentos, mientras él los contemplaba impasible con sus penetrantes ojos azules. En su brazo derecho llevaba colgando su grueso abrigo de lana, negro.

    —¿Lyons? —Exclamó Baylock tras lograr salir de su impresión inicial—. ¿Qué haces en Florencia?

    —Vine a encargarme de este asunto, ¿qué más? —musitó el hombre de barba con cierto desdén mientras se aproximaba a un lado de Spiletto.

    Baylock bufó, incrédula, y sólo entonces bajó su vara hasta pegarla al costado de su muslo derecho. Lyons se acercó al círculo, cuidando de no pisar los rastros de cerca con sus brillantes zapatos nuevos, que aun así parecían ya haberse empolvado por estar caminando en esos túneles. Se paró justo detrás de Ann, contemplando estoico, casi indiferente, su espalda desnuda y las líneas rojas que se habían dibujado sobre su piel por los golpes.

    Ella no podía voltearse a mirarlo; ni siquiera tenía fuerzas para sostenerse en sus puntas y se dejaba colgar de las cadenas, sin importarle ya lo mucho que los grilletes le lastimaban. Aun así, lo había oído al entrar y había reconocido su voz. Sintió un poco de alivio al inicio, pero desconocía si acaso Spiletto y él estaban ahí para quizás cambiar esa tortura por algo peor.

    —¿Desde cuándo la mano derecha de Adrian tiene que bajar de su pedestal para encargarse personalmente de putas embarazadas? —Cuestionó Baylock con ironía, aunque también suspicacia en su tono. Lyons se volteó ligeramente hacia ella, mirándola con apenas un ligero rastro de molestia en esos fríos ojos.

    —¿Y desde cuándo tengo que darte a ti alguna explicación sobre qué hago o por qué? —Le respondió tajantemente, haciendo que la sonrisa burlona de los labios de Agatha Baylock se borrara de golpe—. Te recuerdo que tenemos mucho tiempo y esfuerzo invertido en esta chica. Hay planes que tienen que llevarse a cabo, y no puedo darme el lujo de que tú los arruines por tus inútiles impulsos.

    —¿Cómo te atreves a hablarme así? —Masculló la mujer rubia, avanzando hacia él. Spiletto intentó detenerla, pero ella lo empujó hacia un lado con notable facilidad, y se paró justo a un lado de Lyons, encarándolo con fiereza en su mirada—. No me trates como si fuera tu sirvienta, anciano. Yo soy una Apóstol de la Bestia, ¡y me he ganado mi corona!

    —¿Y eres tan estúpida como para pensar que realmente eso nos vuelve iguales? —Farfulló Lyons con una pequeña risilla que sólo hizo enojar aún más a la mujer. Sus dedos se aferraron fuertemente a su vara de castigo, y su puño entero tembló por la fuerza que aplicaba. Lyons notó esto, y mirando de reojo hacia su mano con asombrosa tranquilidad—. Será mejor que pienses muy bien lo que tienes pensado hacer con esa cosa.

    El momento se volvió bastante tenso, y realmente por un segundo, todos los que veían aquello pensaron que Baylock terminaría estampándole la vara de madera en la cara. Sin embargo, su sentido común pareció sobreponerse y entonces su mano se relajó. Respiró hondo por su nariz y se paró derecha y serena, tal pulcra como casi siempre se mostraba.

    —Es una pérdida de tiempo —señaló más calmada, pero igualmente con un poco de rabia que no era capaz de esconder—. Tengo a decenas de chicas que podrían encargarse de ese trabajo dado el momento. ¡Y de seguro cualquiera de ellas sería más obediente que esta estúpida!

    Baylock alzó en ese momento la vara, con la clara intención de volver a golpearla. Aunque Ann no vio esto, lo sintió, como si el dolor se materializara aún antes de recibir el golpe. Pero no hubo un golpe como tal, pues Lyons la tomó fuertemente de su muñeca para detenerla.

    —Eso ya no te corresponde a ti decidirlo —Le indicó Lyons con dureza, mirándola intensamente a los ojos—. Ahora vete, antes de que pierda la poca calma que me queda.

    La mujer le regresó la misma mirada con la que él la miraba. Jaló su brazo, librándose de su agarre, y tirando con enojo la vara al suelo. Sin decir nada más, caminó apresurada hacia las escaleras, pasando a un lado de Spiletto. Éste sólo se alejó, dejándole el camino totalmente libre para que pasara. Luego, el supuesto padre católico miró a Lyons, le ofreció un sutil asentimiento de su cabeza y se dispuso a seguir a la mujer hacia la puerta.

    Una vez que ambos se fueron, Lyons se fijó en los dos hombres que habían asistido a Baylock. Seguían en su sitio, esperando a que se les diera alguna nueva orden. «Cómo buenos soldados» pensó el hombre de barba.

    —Libérenla de esas cosas y déjenos solos —les ordenó con dureza, señalando hacia los grilletes que sujetaban a la mujer semidesnuda.

    Los dos hombres se apresuraron a cumplir la encomienda, haciendo bajar la cadena hasta que el cuerpo de Ann, sin oponer resistencia, se fue recostando el suelo y quedara totalmente rendida sobre éste. Uno de ellos se aproximó y la liberó de los grilletes. Anna sintió mucho alivio en ese momento, pero no fue capaz de expresarlo de ninguna forma. Una vez que terminaron, Lyons sólo hizo un ademán con su cabeza para recordarles que se fueran, y así lo hicieron. Subieron las mismas escaleras por la que los otros dos se habían ido, cerrando la puerta detrás de sí.

    Ya que estuvieron solos, el hombre de barba puso su atención en la mujer, que yacía en el piso sin moverse, como si se hubiera desmayado. Mas no era así. Ann estaba bastante despierta, pero la sola idea de tener que moverse ya le provocaba una sensación de dolor.

    Lyons suspiró con cansancio, quizás incluso fastidio. Se acercó hacia ella y de manera poca cuidadosa le arrojó su abrigó encima para cubrirla.

    —Levántate —le ordenó secamente.

    Ann, acostumbrada a siempre obedecer hasta entonces, hizo el intento de hacerlo una vez más. Como pudo se sentó en el piso, tomando el abrigo que tenía encima y envolviéndose en él para cubrir poco su magullado y expuesto cuerpo. Alzó entonces sus ojos cristalinos hacia el hombre de pie delante de ella, que la miraba con una pose prepotente, como si viera alguna cucaracha patas arriba que le provocara asco. Ann no olvidaría esa mirada en los años posteriores.

    —Sabes por qué estoy aquí, ¿o no? —Le cuestionó de golpe, pero Ann no respondió nada, pese a que una parte de ella tenía una teoría—. Yo sí sé quién es el padre de ese bebé. Y, a pesar de todo, aún tienes amigos que siguen viendo tu potencial y teniendo fe en ti. Por eso estoy aquí, para encargarme de sepultar este asunto lo mejor posible.

    —¿Sepultar…? —masculló Ann un tanto horrorizada.

    —Quizás no fue la mejor elección de palabras —Masculló Lyons con un tono burlón. Comenzó entonces a camina hacia un lado del cuarto con sus manos en sus bolsillos, dándole la espalda—. Esto es lo que pasará. Te llevaremos a un hospital religioso en Marsala, apartado y discreto. Pertenece en realidad a nuestra organización, y lo usamos para… no precisamente este tipo casos, pero sí similares. Te registraremos con un nombre falso. Ahí pasarás tus meses de embarazo, darás a luz, y entonces daremos al bebé en adopción de forma anónima. Luego de eso, viajarás a los Estados Unidos, servirás ahora a mi cargo, y seguiremos adelante como si nada de esto hubiera pasado.

    —¿Lo daremos… en adopción…? —Pronunció Ann despacio, apenas separando lo suficiente sus labios resecos—. ¿No podré ver a mi bebé…?

    —No —espetó Lyons molesto, girándose hacia ella con actitud amenazante. Se le aproximó entonces con paso apresurado, agachándose delante de ella para verle directo a su cara—. ¿No has comprendido aún la situación en la que te encuentras? Esto no es una negociación, ni tampoco una sugerencia. Si tu destino dependiera de Baylock y Spiletto, te enterrarían a ti con todo y tu feto en la fosa más profunda y escondida que encontraran, y fingirían que nunca exististe. Y eso no sería diferente aunque supieran quién es el padre de ese bebé. De hecho, eso podría hacerlo mucho peor, y eres más estúpida de lo que pareces si crees lo contrario. Así que jamás pienses siquiera en revelarlo, ¿me oíste? Ésta opción que te estoy ando es la única que tienes para salir medianamente bien librada de esto y recobrar tu papel en la Hermandad. ¿Está claro?

    Ann lo contempló en silencio, casi al borde del llanto de nuevo mientras le hablaba de esa forma. Agacho entonces su rostro, sin responder nada.

    —¿Está claro? —Repitió Lyons entonces con más ímpetu que antes, y la mujer sólo asintió levemente. Aquello fue suficiente para que su aparente benefactor se pusiera de pie, arreglándose lo mejor posible su elegante traje—. Hay un auto esperando para llevarte a tu departamento. Báñate y arréglate lo mejor que puedas. Partimos mañana mismo.

    Sin más, él mismo se dirigió a la salida, dejándola ahí en el suelo sin saber siquiera si sería capaz de ponerse de pie y caminar. Sí lo fue, aunque luego de varios minutos y dos intentos fallidos. Luego tuvo que andar tambaleándose por esos oscuros túneles, cubierta sólo por ese abrigo que (¿gentilmente?) Lyons al parecer le había regalado, y lo que quedaba de su vestido rojo. Anduvo apoyada en las paredes rugosas para no caer, y temiendo estar caminando en la dirección incorrecta. Al final tras mucho esfuerzo, logró llegar al exterior, y al auto que la aguardaba.

    No se cruzó ni con Lyons, ni con Baylock, ni tampoco con Spiletto en el camino, y eso fue de momento una pequeña bendición.

    FIN DEL CAPÍTULO 63

    Notas del Autor:

    Baylock y Spiletto son ambos personajes pertenecientes a la franquicia de The Omen o La Profecía, apareciendo ambos en la primera película de 1976 y en su remake del 2006. Como había mencionado antes, por conveniencia del tiempo en el que se desarrolla la historia, se está tomando más en cuenta los acontecimientos como ocurrieron en el remake del 2006, por lo que la descripción física y personalidad descrita de ambos igualmente es más parecida a la de dicha versión. En ninguna de las dos versiones se revela de manera clara el nombre de pila de la Sra. Baylock, por lo que el nombre Agatha mencionado en el capítulo es invención de mi parte.

    —Como comenté hace tiempo, el personaje de Ann es una combinación de dos personajes ya existentes: Ann Thorn de la película Damien: Omen II de 1978, y Ann Rutledge de la serie Damien del 2016. Sin embargo, los hechos narrados en este capítulo con respecto a su pasado, no se encuentra basados ni en la película ni en la serie, ya que en ambos medios nunca llegamos a saber mucho (o prácticamente nada) del pasado de ambas, por lo que en su mayoría es de mi creación y adaptado al contexto de esta historia.

    —En el capítulo siguiente y posteriores, continuaremos exploraremos la historia de Ann, y se darán algunas explicaciones sobre el trasfondo de ella y de otros personajes pertenecientes a la franquicia de The Omen. Es por ello que veremos a más personajes y momentos tanto de las películas como de la serie de Damien, adaptados a esta línea. Intentaré irme lo más rápido posible en algunas cosas para no dedicarle demasiados capítulos, pero intentando explicar y clarificar lo que sea necesario.
     
  4.  
    WingzemonX

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    Resplandor entre Tinieblas
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    Misterio/Suspenso
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    66
     
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    Resplandor entre Tinieblas

    Por
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    Capítulo 64.
    Santa Engracia

    Todo se llevó a cabo tal y como Lyons se lo había indicado, y Ann no opuso ninguna resistencia o reclamo. Llegó al Hospital de San Engracia en Marsala bajo el nombre de Martina Ricci; esa sería la primera vez que lo usaría, aunque ciertamente no la última. El viejo edificio parecía más un convento que un hospital, atendido principalmente por monjas jóvenes, un par de padres y algunos doctores externos. Aun así, era bastante bonito y bien conservado. Se encontraba sobre una colina con una hermosa vista al azulado mar. El aire se sentía delicioso desde ahí. Si no fuera por las situaciones específicas que la habían llevado a aquel sitio, podría haber sido un buen lugar para pasar unas agradables vacaciones. En su lugar, aquel sitio era casi como una prisión a la que su querida Hermandad la había mandado a pasar una corta sentencia. Al menos era mejor que el calabozo de Baylock.

    Por supuesto, aquello no era un hotel ni un spa, así que la posibilidad de tener una habitación privada ni siquiera estaba a discusión. En su lugar, fue instalada en un cuarto largo rectangular con diez camas, cinco de cada lado, y separadas entre ellas sólo por unas cortinas. Cada espacio individual contaba además con un buró con dos cajones, y una silla para visitas (o en su caso para los doctores, pues dudaba recibir algo parecido a lo primero en los meses que le deparaban ahí). Lyons la hizo viajar ligera, por lo que sólo llevó una pequeña maleta con tres o cuatro cambios de ropa, y al menos unos pocos artículos de higiene y belleza.

    La Ann de aquel entonces no se había acostumbrado tanto a las cosas finas y cómodas como la de veinte años después. Aun así, aquello tampoco le provocaba por completo indiferencia. Pero debía obedecer. Como Lyons le había dicho, era su única alternativa de al menos poder salvarle la vida a su bebé, y volver en buenos términos a la Hermandad… si es que realmente eso era lo que quería.

    Tendría mucho tiempo para pensar al respecto en los meses posteriores. De momento, sin embargo, en cuanto le indicaron cuál sería su cama lo único que hizo fue colocar su maleta a un lado de ésta y recostarse un poco, sin siquiera quitarse los zapatos. Se quedó ahí recostada, sólo mirando el techo. Los golpes de la nefasta vara de Agatha Baylock aún le dolían, pero lo peor era aún seguir escuchando en su cabeza el eco de su voz, y el sonido de la vara cortando el aire un instante antes de tocar su piel. Por confuso que fuera, ni siquiera se sentía enojada con su torturadora, sino consigo misma. Enojada por haberla decepcionado, por haberla hecho hacerle eso con sus acciones egoístas… o, al menos en aquel momento así lo veía. Con el pasar del tiempo se daría cuenta de la verdadera perra que había sido aquella bruja, e incluso sentiría algo de gozo al saber de su horrenda muerte años después.

    Buongiorno, signorina Martina —Escuchó que una risueña voz pronunciaba desde el pie de su cama, sacándola al poco de su auto lamentación.

    Ann volteó a ver en aquella dirección sin alzar demasiado el cuerpo, y vio a una mujer joven, posiblemente de su misma edad o un poco menor, vestida con el hábito de monja color blanco, de mangas cortas por las que se asomaban unos flacuchos brazos pálidos. Debajo de su velo blanco se asomaban unos rizos de un muy bonito castaño claro. Su rostro era delgado, de ojos serenos y azules como el cielo, con una pequeña nariz. Sus labios se encontraban curveados en la sonrisa más sincera y natural que Ann había visto en años. Abrazada contra su delgado cuerpo, lleva una tabla de apoyo, posiblemente con papeles con los datos de los pacientes, incluida la propia Ann.

    —¿Cómo se encuentra? —Le preguntó la joven con genuino interés, avanzando hasta colocarse a un costado de su cama.

    —Bien —respondió Ann con apenas la suficiente dosis de cortesía.

    —Espero de corazón que haya tenido un placentero viaje y que no tenga problemas para instalarse. —Echó entonces un vistazo rápido a los papeles que traía consigo—. Por lo que veo nos acompañara por unos meses hasta el final de su embarazo. Muchas felicidades, por cierto.

    —Gracias —le respondió Ann, con notoria menos cortesía que antes.

    Se sintió tentada a preguntarle a esa risueña hermana si acaso sabía que al término de su embarazo le arrebatarían a ese bebé sin que ella pudiera siquiera decir algo al respecto. O aún mejor, ¿sabría que su adorado hospital religioso en realidad servía de tapadera para una de las Organizaciones Satánicas más grande y poderosa del mundo que había estado planeando por décadas la llegada del Anticristo y el fin del orden establecido? ¿Y qué ella misma hace mucho que le había dado la espalda a su falso Dios?

    Pero no, no dijo nada de eso. ¿Qué habría ganado?, sólo perturbar un poco a esa sonriente muchacha. Le esperaba una larga estancia ahí, así que era mejor tomárselo con calma. Como fuera, la monja no pareció captar en lo absoluto el estado de ánimo de la recién llegada, pues le siguió sonriendo con bastante naturalidad.

    —Bueno, de mi parte es un placer conocerla, signorina. Mi nombre es Gema, y la madre superiora me pidió directamente que me pusiera a su disposición para lo que ocupe. Intentaré atenderla lo mejor posible en estos meses que vienen de aquí en adelante, así que no dude en acudir a mí para lo que sea.

    —¿Cómo mi enfermera religiosa particular? —Musitó Ann con tono jocoso—. ¿Pueden darse ese lujo?

    Gema rio divertida por su comentario. Ann comenzó a preguntarse si realmente era una monja, pues no se comportaba como la imagen que tenía de las religiosas. Parecía mucho más… alegre.

    —Aquí suelen ser particularmente amables con nuestros principales benefactores —señaló Gema justo después, guiñándole discretamente su ojo derecho.

    —Eso suena a favoritismo.

    —Me gusta más bien pensar que por algo Dios desea que esté cerca de usted en estos momentos, signorina. Así que sí le puedo ser de utilidad en algo…

    —Estoy bien de momento —señaló Ann rápidamente, volviéndose a recostar por completo como estaba antes—. Sólo quisiera descansar un poco.

    —Muy bien —asintió Gema, y entonces miró de nuevo sus papeles—. Sólo le notifico que en dos horas servimos el almuerzo, y luego de eso tiene una cita con el Dr. Dal Bianco para su primera revisión. Le preguntará algunas cosas sobre cuánto lleva el embarazo, si a consultado a otro obstetra, y posiblemente le recete algunas vitaminas o medicamentos complementarios, que yo me encargaré de traérselos a la hora indicada y recordarle que los tome. ¿Alguna duda?

    —De momento no se me ocurre nada.

    —Perfecto. Benvenuta, a Santa Engracia, signorina Martina.

    Tras eso último Gema se retiró al fin, aunque no muy lejos. Sólo a la camilla a su lado izquierdo a revisar a su vecina.

    Agradable chica, aunque en pequeñas dosis. Luego se volvía un poco fastidiosa. Pero al menos tendría a alguien que velara por ella en ese sitio. Y parecía tan ingenua que en un momento dado podría usarla en su beneficio.

    Cuando pensó que al fin tendría un poco de silencio y paz, una risa ronca resonó desde la camilla al lado contrario al que se había ido Gema. Luego de unos segundos, dicha risa fue remplazada por una estridente y dolorosa tos. Ann se sentó en su cama por mero instinto, mirando con algo de preocupación en dicha dirección. A través de la cortina no lograba ver más que una silueta moviéndose del otro lado.

    —Eres una mujer de pocas palabras, ¿eh? —pronunció una voz áspera, sintiéndose un tanto lejana—. Eso me gusta. Pero intenta tratar mejor a la pequeña Gema, que es un rayo de sol en este lugar.

    Ann permaneció callada, sin saber si responderle o sólo fingir que no la había oído. Sin embargo, su vecina derecha no le dejó esa opción, pues notó como su silueta se sentaba en su cama, soltando algunos quejidos de dolor al hacerlo, y entonces extendió su mano hacia la cortina, corriéndola hacia un lado.

    Quien ocupaba la cama era una mujer grande de cuerpo redondo. Su piel era tostada, y su rostro se encontraba marcado con notorias arrugas. Su cabello era una maraña de rizos grises y negros, cortos. Usaba un pijama color beige, y sobre ésta una bata abierta color verdoso, que al parecer le quedaba un poco pequeña. A simple vista parecía una mujer muy anciana, pero al verla con más detenimiento, Ann sintió que no podía tener más de sesenta, o incluso más de cincuentaicinco. Parecía más bien alguien a quien la vida le había pasado encima muy rápido.

    Sin embargo, hubo un detalle en esa mujer que resaltaba en todo el resto de su apariencia enfermiza y débil: sus ojos. Eran negros y profundos, muy intensos, y cuando se posaron en Ann se sintió de inmediato intimidada, y tuvo el impulso de retroceder, pese a que estaba sentada.

    La extraña volvió a toser, acercándose un pañuelo a la boca para cubrírsela. Ese pequeño ataque sólo duró unos segundos, y luego aspiró profundo por su nariz, recobrando de inmediato su compostura.

    —Lo siento —susurró despacio, volviéndola a ver con esos intimidantes ojos y sonriéndole de una forma que no era tampoco mucho más tranquilizadora—. Te prometo que durante las noches no te molestaré, linda. Igual no creo estar mucho más en esta cama como para llegar a importunarte demasiado.

    —Descuide —respondió Ann, temerosa de quizás decir algo que pudiera de alguna forma ser incorrecto. Sólo se había sentido de esa forma ante Baylock y los otros altos rangos de la Hermandad. Pero en esa ocasión fue un poco más intenso que aquellas veces, y no lograba comprender por qué.

    La mujer se inclinó un poco al frente, mirándola con un poco más de detenimiento.

    —Así que, estás embarazadas, ¿cierto? —Soltó de pronto sin más—. No creas que soy una vieja chismosa. Sólo soy alguien a quien… le interesan las personas. Y cuando me dijeron que tendría una nueva compañera, me entró curiosidad y paré un poco la oreja. No te molesta, ¿o sí?

    —No, claro que no.

    —Me llamo Ingrid Archer, por cierto. Encantada de conocerte… ¿Margarita?

    —Martina. Encantada también, señora Archer… ¿Usted no es italiana?

    La mujer soltó entonces otra carcajada, de nuevo seguida por un pequeño ataque de tos.

    —He sido muchas cosas, en diferentes momentos. En éste, supongo que lo más adecuado es decir que soy de la Gran Isla. De Inglaterra —clarificó—. Pero me vine a pasar los últimos días de esta vida a un lugar hermoso, con personas agradables. Y de momento no me arrepiento.

    —¿Qué es lo que tiene? —Soltó Ann de pronto sin proponérselo, como si su curiosidad se hubiera apoderado de su boca por unos segundos. Ingrid Archer, sin embargo, no pareció tomárselo a mal.

    —Los doctores lo llaman cáncer —respondió con bastante naturalidad, incluso con ironía—. Yo lo describiría más como un veneno negro que se extiende lentamente, devorándome por dentro como un montón de pirañas.

    —Lo siento —murmuró Ann, y por algún motivo en efecto así era.

    —No lo hagas, linda —exclamó Ingrid, agitando una mano en el aire con apatía—. Hace mucho, mucho tiempo, que la muerte dejó de tener poder en mí, ¿sabes? Ya no es un final, sino una nueva oportunidad. ¿Me entiendes?

    Le guiñó en ese momento su ojo derecho, de una forma un tanto más obscena que como Gema lo había hecho, haciendo que el rostro de Ann se ruborizara. No podía decir que entendía del todo a qué se refería. Supuso que debía estar hablando del asunto religioso, la vida después de la muerte y todo eso. Si eso le daba consuelo, pues bien por ella.

    —Además, Dios es muy sabio, ¿no te parece? —Señaló Ingrid, cambiando el tono de sus palabras por uno más solemne—. Porque, cuando una vieja vida se va, una nueva llega a tomar su lugar…

    Extendió entonces su mano al frente, señalando hacia el vientre de Ann para ejemplificar su punto. Ésta al notar esto, se rodeó con sus brazos, en un intento inconsciente de protegerse.

    —Supongo que es una forma de verlo —respondió la mujer de cabellos negros, algo insegura.

    —¿Me permitirías tocar tu vientre un momento?

    —¿Disculpe? —Reaccionó Ann, sobresaltada—. Yo… llevo muy poco, aún no se siente nada en lo absoluto

    —Oh, te sorprenderías de las cosas que pudiera sentir de tu bebé desde ahora. Anda, no te voy a morder, linda.

    Ann vaciló. Tuvo el presentimiento de que no había lugar a que se negara a tal petición, aunque le resultara tan incómoda. No era que creyera que pudiera hacerle algo a ella o a su bebé con tan sólo tocarla. Sin embargo, por algún motivo, presentía que si lo permitía se terminaría arrepintiendo de alguna forma. Aun así, la presencia tan intimidante de esa mujer terminó por obligarla a sólo asentir y así darle el permiso que solicitaba.

    Ingrid extendió su mano para tomar su grueso bastón de cuatro patas y así ayudarse a levantarse de la cama. Fue una tarea que a simple vista requirió de mucho esfuerzo de su parte, pero al final lo logró. Se aproximó lentamente hacia ella, arrastrando sus pesados pies. Ann se resistió al inicio a la idea de quitar sus manos de su vientre (su única defensa), pero al final lo hizo. La mujer se inclinó al frente, apoyando casi todo su peso en el bastón de aluminio, y pegó su mano derecha con dedos gruesos contra el vientre. Ann se había imaginado sentir algún tipo de dolor o calor, pero en realidad no sintió nada de eso. En su lugar, la mayor parte de su atención se centró en el hecho de que aquella mujer olía a un perfume de rosas bastante fino que le resultó conocido.

    Tras unos segundos de silencio, en los que tuvo toda su palma pegada a ella, Ingrid al fin habló.

    —Es una niña —soltó de pronto, tomando por completo por sorpresa a Ann. Y antes de que pudiera preguntarle cómo era que lo sabía, ella prosiguió—. Y siento mucha fuerza emanar de ella. Su padre debe ser un hombre excepcional, ¿o me equivoco?

    La lengua de Ann enmudeció por unos instantes.

    —Su padre no existe —declaró fervientemente.

    —No es la primera vez que lo escucho —bromeó Ingrid, retirando su mano y retrocediendo un poco para poder verla directo a su rostro—. ¿Sabes?, creo que me has dado un motivo para intentar durar un poco más por aquí. Quisiera estar lo suficiente para conocer a la pequeña.

    Ann solamente sonrió y asintió a su comentario. De todas formas, posiblemente ni ella misma terminaría por conocer a esa bebé, si realmente era una niña como había predicho.

    —¿Qué hace afuera de su cama, signora Archer? —Escucharon de pronto como la risueña voz de Gema pronunciaba con un tono de falso regaño. La joven monja se aproximó a la camilla de Ann, parándose a lado de la mujer mayor—. Le acaban de dar sus medicamentos, y sabe que eso la puede marear un poco. No queremos que ocurra algún accidente, ¿cierto?

    —Lo lamento, pequeña —le murmuró Ingrid, incorporándose completamente—. Sólo saludaba a la recién llegada. Es una chica muy agradable, y tendrá una hija muy fuerte.

    —Todos esperamos que así sea. Ahora, déjeme ayudarla a recostarse de nuevo. —Gema la tomó entonces de su brazo y la encaminó paso a paso de regreso a la cama—. Si quiere después de la comida saldremos a dar una pequeña caminata por el patio. ¿Eso le gustaría?

    —Muchas gracias, encanto. Justo le decía a Martina que eres el rayo de sol de este sitio.

    —Usted siempre tan amable conmigo, signora Archer.

    —Oh, es que sabes que te quiero mucho. —Ingrid extendió su mano una vez que ya estaba recostada en su cama para acariciarle gentilmente su mejilla a la monja—. Trata bien a mi nueva amiga. Ya le tome cariño, y especialmente a su bebé.

    —Descuide, lo haré —señaló Gema, mientras la arropaba—. Ahora duerma un poco y deje que la medicina haga efecto.

    Una vez que la mujer estuvo en su sito, Gema recorrió la cortina de nuevo a su sitio, y Ann se sintió mucho más aliviada.

    «Qué mujer tan rara», pensó para sí misma. Ella también se volvió a recostar, y esperaba ya no tener más visitas inesperadas hasta la comida. Sus manos se posaron sobre su vientre, y meditó un poco sobre lo que había dicho. «Desvaríos de una mujer moribunda», concluyó sin más. Aunque… le resultaba un tanto preocupante lo que había de alguna forma adivinado sobre el padre de su bebé. En efecto, era un hombre excepcional…

    — — — —​

    Pese a todo, los meses siguientes fueron de los más pacíficos que Ann viviría en mucho tiempo. Su embarazo progresó de forma adecuada, sin ninguna complicación física. Acudió a cada una de sus revisiones, tomó puntalmente sus medicamentos, e hizo cada una de las cosas que los médicos le recomendaron. Su vientre iba creciendo poco a poco con el pasar de los días, lo que le dificultaba el andar. Aun así, no se sentía tan mal como esperaba. Casi no tuvo mareos o dolores, y de hecho se sentía bastante bien.

    La parte menos agradable de su estadía empezó un poco antes de que entrara a su último mes de gestación. Ann no hizo mucha amistad con el resto de las pacientes, pero Ingrid y Gema se volvieron sus principales compañeras durante ese tiempo. Aunque su actitud reticente y reservada le impedía ver a alguna como una amiga, ciertamente era un desahogo el tener a alguien con quien hablar y compartir. Sin embargo, en un momento Ingrid pareció tener un intenso ataque durante la madrugada, tanto que la hizo despertarse alarmada. Las monjas y el doctor de guardia se la llevaron en una camilla, y ya no volvió. Cada cierto tiempo le preguntaba a Gema sobre su estado, y ella sólo le decía que estaba en observación en al área de cuidados intensivos, pero no daba más detalle al respecto.

    Ese suceso tan repentino tomó bastante por sorpresa a Ann. El estado de salud de Ingrid se había mantenido bastante igual desde su llegada, o al menos eso le había parecido. Pero claro, ella no era nada cercano a un médico, así que bien podrían haber estado pasando cosas dentro de ella que no se exteriorizaban. La propia Ingrid le había dicho que no creía durar mucho tiempo en ese sitio, así que había sido avisada con bastante anticipación de que algo así podría pasar. Le sorprendió sobre todo el darse cuenta de lo mucho que su ausencia le afectó. Supuso que simplemente se había acostumbrado a su presencia, a su voz, y a sus anécdotas, que en realidad eran bastante interesantes. Había viajado por casi todo el mundo, y vivido en varias de las ciudades más importantes. Eso tenía sentido con lo que le había dicho cuando se conocieron, sobre que había sido muchas cosas en diferentes momentos.

    Un par de semanas antes de la fecha programada para su parto, Gema también desapareció, aunque de una forma menos dramática. Sólo una mañana la monja que le trajo sus medicamentos resultó ser otra; más regordeta y de menor actitud risueña. Ann le preguntó sobre Gema, pero su nueva enfermera sólo le dijo qwue ahora tenía otras obligaciones, y no pareció estar de humor para responder ninguna otra pregunta; y se mantuvo así por el resto de los días.

    Sin Ingrid y sin Gema, esas últimas dos semanas resultaron ser un tanto solitarias. Por suerte, fue un tiempo corto.

    Comenzó a sentir los dolores previos al parto desde algunos días antes del gran día, y al menos en un par de ocasiones ella, y algunos de los doctores, pensaron que ya sería el momento. Pero no, el pequeño en su vientre se esperó hasta el último momento.

    Su fuente se rompió temprano en la mañana, y fue llevada de inmediato al quirófano. Aunque bien, llamar a aquel sitio quirófano era darle demasiado crédito. Era más un cuarto aislado con una cama más amplia y resistente, y espacio suficiente para que el Dr. Dal Bianco y las enfermas pudieran maniobrar mejor.

    Le habían advertido que podría estar un largo tiempo esperando sólo a que tuviera la dilatación correcta para comenzar el parto, pero esa espera resultó ser casi diez horas. Le aplicaron un medicamento para el dolor, y eso lo hizo un tanto más llevadero. Aun así, fueron horas de incomodidad, sudor, una presión en toda la parte baja de su cuerpo como si éste se le fuera a desgarrar, mareos y nauseas. Fue como si todas esas molestias que por suerte no tuvo durante los meses anteriores, se hubieran acumulado para salir todas justo al final.

    «El milagro de la vida» se decía a sí misma entre risas, maldiciendo a cualquiera que hubiera dicho tal cosa en el pasado. Y aun así, ninguna de esas molestias se comparó cuando ya fue el momento de la verdad.

    Todos decían que los partos eran dolorosos, pero las descripciones y advertencias no le habían sido suficientes. Sentía como si su cuerpo entero se fuera a partir en dos, pero de una forma bastante lenta. En un momento notó al Dr. Dal Bianco con su cara metida entre sus pierna y a las monjas que corrían de un lado a otro, pero llegado un punto dejó de verlos o escucharlos, como si gran parte de su cerebro se hubiera apagado para enfocarse sólo en la pesada labor que estaba llevando a cabo. De vez en cuando le llegaban algunos escuetos remedos de voces que le decían cosas como: “Tú puedes, Martina” o “un poco más, sólo un poco más”, y lo único que ella quería gritarles era que se callaran sus putas bocas, y que si les parecía tan sencillo que lo hicieran ellos en su lugar. Pero su cerebro seguía medio apagado, así que no fue capaz de articular palabra alguna.

    A la mitad ya se encontraba totalmente agotada y sólo quería desmayarse. Pero siguió un poco más, ese “un poco más” que le decían repetidas veces que faltaba. No pensó que realmente un cuerpo humano fuera capaz de resistir tanto, y de modificar tanto su estructura y aumentar tan exponencialmente sus fuerzas para lograr algo como eso. Ese debía ser el verdadero milagro del que tanto hablaban…

    El veinteavo “un poco más” fue al fin el último. Sintió de golpe como toda la presión que tenía acumulada en su parte baja salió de golpe como el corcho de un champagne, sintiendo al fin aunque sea un poco de alivio. Se dejó caer rendida a la cama, con su cabeza dándole vueltas y sintiéndose asfixiada al no poder respirar con normalidad. En su mente no estaba segura si ya había terminado todo o no, pero ya le daba igual. Quería dormirse y no despertar en días, o nunca si era posible. Sus ojos se estaban ya cerrando plácidamente… cuando entonces lo escuchó.

    Era un llanto, un sonoro y estridente llanto que retumbó el cuarto. Ese llanto la hizo reaccionar, inyectándole de golpe un gramo de energía adicional que la hizo volver a abrir los ojos y alzarse lo suficiente para ver un poco de lo que ocurría. Todo era borroso y confuso, pero lo que notó fue el manchón blanco de las monjas, todas juntas entorno a un punto, hablando y cuchicheando alrededor de la fuente del llanto. Estaban limpiándolo lo mejor posible, y envolviéndolo con una manta blanca. Se tomaron su tiempo, antes de que una se girara hacia ella, cargando en sus fuertes brazo ese bulto envuelto que seguía chillando con dolor y miedo.

    —Felicidades, Martina —pronunció alegre la monja mientras se le aproximaba—. Es una niña.

    Aquello terminó por espantar casi por completo el letargo en el que se había sumido.

    —¿Una niña…? —musitó despacio. «Justo como Ingrid predijo» pensó fugazmente, aunque no le dio mucha importancia de momento. Su vieja compañera de cortina tenía un cincuenta-cincuenta de posibilidad de acertar, después de todo.

    Intentó incorporarse, pero el ardor de su cuerpo la hizo caer de nuevo contra su almohada.

    —No te levantes, querida —le indicó la monja, y entonces se agachó a su lado colocando a la bebé en la cama justo a su lado.

    Ann se giró sólo un poco hacia ella. De la manta sólo se asomaba su pequeña cabecita enrojecida, coronada con unos disparejos mechones rubios. Seguía llorando, aunque ahora con menos insistencia pues posiblemente se le agotaban las energías. Parecía asustada, y ese era un sentimiento que Ann compartía. Instintivamente colocó su mano sobre su cuerpo cubierto con la manta, acariciándola lentamente.

    —Hola… —susurró muy despacio—. Eres tan pequeña… Yo te sentía enorme adentro de mí…

    La bebé poco a poco se fue calmando. Sus llantos se apaciguaron hasta apagarse por completo y quedar sólo ahí recostada, con sus ojitos cerrados.

    Una vez que el doctor y sus ayudantes terminaron con su labor, dejaron a la nueva mamá y a su bebé a solas. Ann sintió que recuperaba un poco las fuerzas de su cuerpo, por lo que se permitió sentarse y tomar a la pequeña en sus brazos. La pequeña se veía mucho más tranquila. De seguro ya se estaba acostumbrando al mundo exterior.

    —¿Qué otra cosa nos queda?, ¿cierto? —Le susurraba despacio mientras con sus dedos apenas rozaba la suave piel de su carita, así como sus cabellos—. Sólo adaptarnos o morir. Pero tú viniste a este mundo a vivir y ser más fuerte de lo que yo fui. ¿De acuerdo?

    La bebé, obviamente, no le respondió. Pero Ann se sintió satisfecha con tan sólo tener alguien con quien pudiera hablar tan libremente.

    Ese par de horas en la que estuvo a solas con ella la hicieron sentir que toda esa experiencia casi traumática de antes había valido un poco la pena. Era hermosa a su modo. Claro, su cara estaba enrojecida y arrugada, y parecía una especie de criatura alienígena si la miraba de cierto ángulo. Pero aun así, tenía una belleza particular que a Ann tenía fascinada. ¿Cómo algo como eso pudo haber surgido de alguien como ella? Ese sí era un milagro…

    Pero ese par horas pasaron, y era momento de volver a la realidad.

    Dos personas entraron con paso firme al cuarto. Ann pensó que era el doctor o alguna de las monjas, pero no. En su lugar, vio a un hombre y una mujer, ambos vestidos con atuendos negros bastantes finos. Los dos se aproximaron hacia la cama sin decir nada en un inicio, hasta pararse justo al pie de ésta.

    —¿Señorita Ricci? —Pronunció el hombre con voz grave e impasible—. Venimos por la bebé.

    —¿Qué? —Exclamó Ann casi horrorizada, e instintivamente abrazó un poco más a la pequeña contra sí—. Pero… es demasiado pronto. Apenas…

    —El Sr. Lyons quiere terminar rápido con este asunto —señaló el hombre, con el mismo tono de antes.

    Ann miró a cada uno de esos individuos con dureza. Ninguno le daba una buena impresión. Ambos la miraban con tanta frialdad, como si fueran maniquís de un aparador y no personas de verdad. Intentó ver a sus costados y notar si acaso venían armados, pero no logró cerciorarse por completo. Y, aunque no lo estuvieran, ¿qué más daba? No había nada que pudiera evitar que eso pasara. Ya fuera en ese momento, en unas horas o días más, al final de cuentas, todo terminaría de la misma firma. Ese era el trato.

    —Lyons me prometió que ella estaría bien —declaró Ann con fiereza—. Que si hacía esto, podía salvar su vida…

    —Si eso fue lo que él le prometió, ¿entonces qué es lo que teme? —Respondió el hombre, encogiéndose de hombros. Si acaso intentaba tranquilizarla con esas palabras, estaba haciendo un pésimo trabajo.

    La mujer, que hasta ese momento había permanecido en silencio, se aproximó hasta pararse a un lado de la cama. La miró con cierto desdén, y entonces le extendió sus brazos sin más.

    —Entréguemela, por favor —pidió con una voz mecánica e insensible, como proveniente de algún robot.

    Ann echó un vistazo a la pequeña en sus brazos, y contempló una vez más su pequeña carita, sus cabellos rubios, y sus manitas con dedos que apenas y lograban ejercer un poco de presión entorno a uno suyo. Ann sintió por dentro el inmenso deseo de llorar, pero lo contuvo usando cada milímetro de autocontrol que tenía. No les daría a esos dos robots el gusto de verla así.

    Se inclinó cuidadosamente hacia la bebé, besando con delicadeza su cabecita. La pequeña se agitó un poco en el regazo, y luego volvió a quedarse quieta.

    —Te encontraré, lo prometo —le susurró muy despacio teniendo aún sus labios cerca de su cabeza, y esperando que los dos robots no la oyeran.

    Se enderezó y de mala gana obedeció, extendiendo sus brazos con la pequeña hacia la mujer. La mujer la tomó, sorprendentemente, con bastante cuidado. Y sin decir ni una palabra más, ambos se dirigieron a la salida apresuradamente. Ann los vio salir desde la cama, y desaparecer por el pasillo detrás de la pared, llevándose de esa forma a su bebé.

    Pero esa última promesa que le había hecho antes de que se la llevaran no había sido en vano, y tarde o temprano la cumpliría.

    — — — —​

    Ann se quedó en Santa Engracia sólo dos días más para reposar y recuperarse del parto. Su actitud había cambiado drásticamente desde que se llevaron a su bebé. Se volvió incluso más solitaria, más callada, y más indiferente ante las monjas que la atendían. No quería hablar ni ver a nadie. Usó ese tiempo sólo para sumirse en sus propios pensamientos y preocupaciones. Se sintió similar a cómo se había sentido en el parto, retraída en sí misma con su cerebro medio apagado y concentrado sólo en un par de acciones a ña vez. Todo lo demás, había desaparecido para ella.

    La mañana del tercer día, sin embargo, era momento de volver, en más de un sentido. Se levantó temprano, se duchó y se puso el mejor de los cambios de ropa que había traído consigo. Se maquilló detenidamente, como lo hacía cada mañana antes de ir a su oficina antes de ese desastre. Y mientras se admiraba a sí misma en su espejo de mano, sus labios rojos dibujaron esa fragante sonrisa que la haría tan reconocida en años posteriores. Lo único que no le encantaba era su cabello; tendría que ir a un buen estilista una vez que volviera a Florencia. Pero ya le habían indicado que no estaría ahí por mucho. En unos días más tendría que volar hacia los Estados Unidos, a empezar un nuevo trabajo y una nueva vida. Y Ann Rutledge estaba más que preparada para ambas cosas.

    Arrastrando su maleta con ruedas por el sitio, se despidió amablemente de cada una de las pacientes, monjas y doctores, incluyendo aquellas personas cuyo nombre desconocía, o más bien nunca le interesó en lo más mínimo aprender. Pero la manera en la que les hablaba, los miraba y les sonreía los hacía sentir como si fueran verdaderos amigos de toda la vida.

    «Colmena de mentirosos hipócritas» pensaba para sí misma mientras hacía su recorrido de despedida. «Todos fueron cómplices de este ultraje, lo supieran o no. Quisiera poder quemar este sitio con todos ustedes dentro. Y quizás algún día lo haga...»

    Mientras iba camino a la salida, con su espalda erguida, su rostro en alto y sus tacones resonando en el empedrado, vio a una joven monja de hábito blanco salir por una puerta delante de ella, cargando en sus brazos un bulto se sábanas blancas. Ann se detuvo como si acabara de ver una repentina aparición, y bien podría llamarla así. Reconoció a la religiosa, y una sensación de genuino gozo le llenó el pecho.

    —Gema —pronunció con fuerza, y la mujer de velo blanco se detuvo a mitad del pasillo y la volteó a ver un tanto sorprendida al inicio. Ann se le aproximó más, y entonces pareció al fin reconocerla.

    —Ah, signorina Ricci —sonrió modesta la monja.

    Si había alguien en ese sitio de quién sí quería despedirse en buenos términos, esa era Gema. Estaba tan emocionada de verla ahí de pie, sana y salva. Había llegado a pensar que le había pasado algo trágico, al igual que a Ingrid.

    —Hacía mucho que no te veía —señaló Ann, ya de pie enfrente de ella.

    —Sí, lo lamento —asintió Gema—. Me asignaron a otra área, y no tuve siquiera tiempo de despedirme. Pero escuché que todo salió bien con su parto.

    Ann sólo sonrió en silencio. Esperaba que le preguntara en dónde estaba su bebé y porque no estaba con ella en ese momento. Sin embargo, ella no lo hizo. Ann pensó si acaso ya sabía lo que había ocurrido. De seguro las mujeres que iban ahí a dar a luz y luego deshacerse de sus hijos por medio de la adopción, eran bastante comunes. Y de seguro debían tener el protocolo de no hacer preguntas de más, algo que Ann definitivamente agradeció.

    —¿Ya se va? —Cuestionó Gema de pronto, echándole un vistazo a la maleta detrás de ella.

    —Sí, es momento de volver al mundo real.

    Hubo una pausa. Ann vaciló mucho entre hacer esa pregunta que le carcomía por dentro, pese a que ya sabía la respuesta. Al final tomó el valor suficiente, pues esa sería en definitiva la última vez que podría saberlo con seguridad.

    —¿Sabes algo de Ingrid? —Cuestionó de pronto con tono reservado—. ¿Ella...?

    Ann no concluyó su pregunta. Gema permaneció callada, mirándola sonriente y calmada. Ann notó en ese momento que aquella no le parecía la habitual expresión risueña y feliz que tanto le recordaba; no tanto un rayo de luz, como Ingrid la describía. Parecía algo más apagada. Quizás esa era la Gema real, la no tan feliz y radiante. Después de todo, la respuesta que estaba por darle no ameritaba sonreír más de lo que ya lo estaba haciendo.

    —Ingrid Archer falleció, hace dos semanas —le indicó con tono serio y directo.

    Ann suspiró.

    —Eso creí.

    —Fue bastante tranquilo, descuide. A ella le hubiera gustado mucho poder conocer a su bebé.

    —Sí, lo sé.

    Otra pausa silenciosa, que se volvió rápidamente incómoda.

    —Bueno, será mejor que me dé prisa —le indicó un tanto más jovial, y entonces pasó a sacarle la vuelta y seguir su camino. Sería complicado darle un abrazo y beso de despedida mientras cargaba esas sabanas, así que esperaba que lo comprendiera—. Cuídate, Gema.

    —Tú también cuídate, linda —Le respondió Gema de pronto cuando ya le estaba dando la espalda.

    Ann se detuvo de golpe en su camino al sentir un extraño escalofrío recorriéndole la espalda. El tono en el que había dicho eso último… no le pareció normal.

    Se giró lentamente de regreso hacia ella para mirarla una vez más. Gema la observaba y le sonreía, más ampliamente que antes. Y al igual que su tono, esa sonrisa y esa mirada le resultaron un tanto inquietantes, aunque no supo identificar por qué exactamente.

    Sintió abruptamente aún más deseos de irse de ahí, por lo que no le dio más vueltas. Se giró de regreso a su camino, andando aún más rápido con sus tacones, y saliendo de ese sitio de una vez por todas.

    Ann volvería a Santa Engracia varios años después, en busca de información sobre su hija. Gema ya no se encontraría más ahí, y nadie podría darle razón alguna de qué había pasado con ella. De hecho, muchos ni siquiera la recordarían…

    FIN DEL CAPÍTULO 64

    Notas del Autor:

    Gema e Ingrid Archer ambas son personajes originales que no se encuentran basados directamente en algún personaje ya existente de alguna película o serie.
     
  5.  
    WingzemonX

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    Resplandor entre Tinieblas

    Por
    WingzemonX


    Capítulo 65.
    Ann Thorn

    Cuatro años después de que Ann saliera de Santa Engracia y se mudara a los Estados Unidos, la residencia de los Thorn en Chicago se vistió de gala para celebrar las nuevas nupcias. Era otoño del 2002, y follaje de los árboles se había pintado de un hermoso ocre. El patio fue acondicionado para el evento con mesas y sillas colocadas en torno a una pequeña pista de baile y a una tarima donde un grupo de cuerdas se encargaría de amenizar una vez que el evento principal hubiera concluido. Para dicho momento, dos sillas habían sido colocadas en el centro de la pista, frente a una pequeña mesa. El novio y la novia se encontraban ahí sentados uno a lado del otro, tomados de las manos a cada momento. El juez, un hombre mayor de anteojos redondos y abundante bigote blanco, se encontraba de pie delante de ellos. Las demás personas se habían congregado alrededor de la pista, e intentaban tomar fotografías del momento desde todos los ángulos posibles.

    La novia lucía preciosa. A sus veintinueve años, se veía mejor que nunca. Su cabello negro corto lucía suelto hasta sus hombros, sólo con algunos rizos en las puntas. Sus labios rojos sonreían radiantes. Usaba un vestido sencillo color blanco sin mangas que se entallaba perfecto a su figura. Era sin duda el centro de atención de conocidos y extraños, aunque no sólo por su apariencia.

    El novio era un hombre cinco años mayor que ella, de rostro apuesto con barbilla cuadrada. Era de complexión fuerte, propia de una antigua estrella del futbol americano universitario. Lucía un smoking negro sencillo con corbatín gris.

    Todo el evento se veía de hecho bastante sencillo, considerando que se trataba de la segunda boda del Richard Thorn, el joven presidente de Thorn Industries desde hacía tres años. Aun así, pese a la sencillez del evento, entre los invitados había varios directores de las empresas más importantes de Chicago y de todo el noreste del país. Incluso algunos senadores y representantes de la oficina del gobernador estaban ahí; todos decididos a hacer acto de presencia en el matrimonio del joven empresario.

    El discurso del juez fue bastante estándar en su mayoría, aunque dijo unas hermosas palabras justo antes de que guiara a los novios en la pronunciación de sus votos. La culminación de la ceremonia (que bien lo más correcto sería llamarlo trámite) fue con la firma del acta de matrimonio por los testigos y, por supuesto, por los dos contrayentes. Primero lo hizo la novia, deslizando la pluma grácilmente sobre la línea en la que se ilustraba su nombre: Ann Rutledge. Richard le siguió un instante después, y tras el último trazo el contrato estaba cerrado.

    —Ann y Richard —pronunció el juez con voz potente, alzando sus manos hacia los dos novios—. Por el poder investido en mí por el estado de Illinois, yo los declaró marido y mujer. Puede besar a la novia.

    Richard no necesitó que se lo dijeran dos veces. Sin dudarlo ni un segundos, rodeó a su ahora esposa entre sus brazos, y la atrajo hacia sí, dándole un beso que si bien intentó ser modesto para no arruinar el hermoso maquillaje de la novia, no por ello dejaba de demostrar abiertamente la pasión que el novio sentía por ella. Ann lo rodeó por el cuello con sus brazos, correspondiéndole su primer beso como esposos. Fueron acompañados por un estruendo de aplausos que fueron en aumento hasta convertirse en una fuerte tormenta.

    —¡Vivan los novios! —Comenzaron a vitorear casi todos los presentes entre los aplausos.

    Richard y Ann se separaron al fin y les ofrecieron a sus invitados unas fragantes y brillantes sonrisas, dignas de una portada de revista (y quizás terminarían siéndolo).

    —Una foto, por favor —Les indicó uno de los fotógrafos contratados, parándose justo delante de los novios. Ambos se abrazaron y pegaron sus mejillas, y el fotógrafo tomó rápidamente una serie de tres.

    —Una más, pero con Mark —señaló Richard, a lo que Ann asintió emocionada. Richard extendió su mano, llamando la atención de la niñera de su hijo que rápidamente se aproximó cargando en sus brazos al chico de tres años, con cabellos rubios y vestido con un pequeño traje de fiesta que parecía quedarle un poco grande—. Ven aquí hijo, no seas tímido —indicó Richard, y la niñera le pasó al pequeño para que lo cargara. Los novios lo colocaron entre ellos abrazándolo, y voltearon juntos hacia la cámara—. Sonrían

    Los tres sonrieron entusiasmados, incluso el pequeño y silencioso Mark Thon. El fotógrafo se emocionó aún más por esa pose y tomó hasta cinco fotografías de corrido. Esa sí era definitivamente material de portada.

    Richard había conocido a Ann dos años atrás cuando ésta última comenzó a trabajar en el corporativo de Thorn Industries como su asistente ejecutiva, sobresaliendo enormemente en sus entrevistas por encima de los demás candidatos. Ambos habían congeniado y trabajado bastante bien desde el primer día, pues sus formas de pensar y de tomar decisiones concordaban casi a la perfección. Unos meses después, sin embargo, Rebecca, la primera esposa de Richard y madre de Mark, fallecería de una repentina y rápida enfermedad. Aquello devastaría al joven empresario, pero Ann estaría ahí para apoyarlo tanto a él como a su hijo, volviéndose una parte sumamente importante de la vida de ambos. Una cosa llevó a la otra con bastante naturalidad, y fue bastante evidente que esa coordinación que ambos tenían no se limitaba sólo al trabajo, lo que terminó llevándolos ese día a ese gran momento.

    No todo el mundo vio con buenos ojos su relación, mucho menos su casamiento. Algunos pensaban que era demasiado pronto tras la muerte de Rebecca. Algunos se atrevían a teorizar que habían estado juntos desde antes de aquel fallecimiento, y muchos eran más osados a insinuar que incluso la tal Ann podría haber estado de alguna forma involucrada en dicha muerte. Muchos lo pensaban, lo comentaban entre sus acercados, pero ninguno lo decía libremente en público y mucho menos enfrente de Richard. Pocos tenían la osadía de expresar abiertamente este descontento, pero los había; especialmente miembros de la familia.

    Pero en ese momento ni a Richard ni a Ann les importaban las habladurías. Él sabía que su hijo pequeño necesitaba una madre, y él una esposa. Así que no había arrepentimiento alguno, «y qué se jodan todos los demás» se decía.

    —¿Cómo estás, Mark? —Murmuró Ann mientras cargaba al pequeño en sus brazos y con sus dedos le acomodaba sus cabellos—. ¿Te estás divirtiendo? Qué apuesto te ves con tu traje. Más apuesto que tu padre.

    —Por mucho —secundó Richard con una pequeña risa.

    El niño sonreía, pero parecía cohibido por tanta atención. Instintivamente ocultó su rostro contra el cuello de Ann, y ésta rio por esta reacción tan adorable.

    Los novios comenzaron a andar en dirección a su mesa de honor, y en el camino la multitud no perdía la oportunidad para felicitarlos; ya fuera de lejos, o abriéndose paso para darles un abrazo o al menos un apretón de manos.

    —Richard —resaltó una voz entre la multitud, y ambos se viraron al mismo tiempo en su dirección. Una cara muy conocida para Richard (y secretamente aún más para Ann), se abrió paso para aproximarse hacia los recién casados.

    —¡John! —Exclamó Richard notoriamente contento, y rápidamente se le aproximó a su viejo amigo John Lyons, y ambos se dieron un fuerte y caluroso abrazo. Ann, por su lado, aguardó unos pasos detrás, cargando aún a Mark.

    —Lamento la demora —comentó Lyons una vez que rompieron el abrazo. El hombre de barba usaba un atuendo fino color gris oscuro.

    —Ni lo digas —Le respondió Richard, dándole un par de palmadas en su hombro—. Qué bien que pudiste venir.

    —Su padrino se disculpa por no poder asistir. Pero les manda un muy bonito regalo de su parte y de su esposa.

    —Es mucho esperar que el presidente se tome una hora para asistir a una boda, ¿no? —Bromeó Richard, y Lyons lo acompañó en las risas. Luego lo guio unos pasos más hacia donde Ann y Mark los esperaban—. Ven, déjame presentarte a mi esposa, Ann Rutledge; Ann Thorn, ahora.

    Los ojos de Lyons se posaron en la hermosa mujer de vestido blanco, y le ofreció una afable sonrisa, así como una discreta reverencia de su cabeza.

    —Encantado, madame —musitó el hombre de barba, y se tomó la libertad de aproximársele y darle un discreto abrazo y un beso en su mejilla—. John Lyons, para servirte en lo que necesites.

    —Es un placer, señor Lyons —respondió Ann con la misma afabilidad, o incluso mayor—. Richard habla mucho de usted. Dice que algún día será presidente.

    —Dios me libré —ironizó Lyons entre risas—. Es una verdadera preciosidad, Richard.

    —Y bastante inteligente —señaló Richard con firmeza—. El trabajo que realizó en Thorn Industries estos últimos dos años ha sido impecable.

    —Claro, te enamoró con sus cualidades con los números, ¿cierto? —Comentó Lyons con tono pícaro, culminando con un sutil guiño de su ojo.

    —Bueno, y con otras cosas —añadió Richard juguetón, atreviéndose a recorrer la cintura y espalda de su ahora esposa, haciendo que ella se sobresaltara sorprendida.

    —Oh, Richard, ¡cálmate! —Señaló Ann con falso enojo, dándole un pequeño golpecito con su codo.

    —Tranquila, estamos en confianza. John es parte de la familia.

    Los tres rieron un poco, y Mark también rio por mero reflejo, aunque no entendiera para nada de qué hablaban. Ann bajó al niño de sus brazos al piso, y éste comenzó a caminar con pasos torpes hacia un lado. Su niñera se apresuró a tomarlo de su mano y comenzó a caminar justo con él entre las personas.

    —Hablando de familia —dijo Lyons recuperando la conversación—, me llego el rumor de que tu hermano estaría aquí.

    Richard echó un vistazo rápido a su reloj antes de responderle.

    —Su avión llegó de Roma apenas esta mañana. Debe estar a punto de llegar en cualquier momento.

    —¿Y tu tía Marion?

    Esa última mención creó un pequeño respingo en ambos novios, que se miraron entre ellos discretamente, como intentando ponerse de acuerdo sobre qué decir con sólo sus miradas.

    —Ella… —comenzó a pronunciar Richard, pero no llegó mucho más lejos de eso.

    —Nos informó que no asistiría, que la disculpáramos —se apresuró Ann a explicar. La cara de Lyons dejó en evidencia que había comprendido bastante bien lo que se ocultaba detrás de esa excusa.

    —Ya sabes cómo es esa mujer —dijo Richard, encogiéndose de hombros.

    —Sí, descuiden —se apresuró Lyons a contestar, alzando sus manos hacia ellos en señal de calma—. Todos saben que es una mujer chapada a la antigua. Para ella de seguro sólo existe un primer y único matrimonio.

    —No nos preocupa —declaró Richard con firmeza, rodeando los hombros de su ahora esposa con su brazo—. ¿Cierto, Ann?

    —Por supuesto —secundó Ann con una media sonrisa.

    Marion Thorn era la tía de Richard y su hermano menor, Robert. Era la hermana de su fallecido padre. Nunca se había casado, pero había dedicado su vida a crear una cuantiosa fortuna en diferentes negocios, usando su apellido como carta fuerte. Era una mujer fuerte y decidida, muy religiosa y, como bien Lyons había mencionado, chapada a la antigua; al menos en lo que le convenía. Ella había sido desde el inicio la mayor detractora de ese matrimonio, y su ausencia ahí en ese momento era por mucho su mayor demostración de ello.

    Mientras Richard y Lyons seguían conversando, alguien más se les aproximó por un costado.

    —Richard —Pronunció el hombre de bigote y cabello grisáceo, alzando su mano para llamar la atención del novio.

    —Ah, Bill, ¿recuerdas a mi viejo amigo, John Lyons? —comentó alegre Richard a Bill Atherto, su gerente general—. Uno de los mayores inversionistas de nuestro padrino, y su hombre de confianza para manejo de situaciones delicadas.

    —Sí, por supuesto —respondió Bill, y pasó de inmediato a estrechar la mano de Lyons con firmeza—. Un placer volverlo a ver, señor Lyons.

    —Atherton —contestó el saludo Lyons de la misma forma—. ¿Sigues de gerente al servicio de este sujeto? Sabes que te tengo un puesto mejor en Armitage.

    —Oye, sé más discreto al menos —señaló Richard con falsa molestia por su comentario, y los tres empresarios rieron al unísono.

    —Estoy bien dónde estoy, gracias —contestó Bill, asintiendo—. Richard, la comitiva de tu hermano ya llegó.

    Los ojos de Richard se iluminaron al escuchar esa noticia. A pesar de que ya era prácticamente un hecho de que su hermano menor estaría ahí, y ya hasta había recibido confirmación de la llegada de su vuelo, una parte de él había llegado a sospechar que algo lo impediría. La felicidad que se reflejó en su rostro en esos momentos fue ciertamente contagiosa.

    —No tendremos al presidente, pero si al recién nombrado embajador en Reino Unido. Algo es algo, ¿no? —Bromeó Richard con sus amigos, y volvieron a reír.

    Llamó de nuevo la atención de la niñera de Mark para que lo trajera hacia él.

    —Ven, Mark —dijo Richard mientras alzaba en brazos a su hijo—. Vamos a recibir a tu tío Robert y a tu tía Katie, ¿sí?

    El niño de tres años volvió a asentir con su cabeza, sonriendo de forma penosa, y luego volviendo a querer ocultar su rostro contra el cuello de su padre.

    —Aquí te espero, ¿sí? —Comentó Ann, a lo que Richard respondió con un asentimiento de su cabeza, y con su mano alzada con su pulgar arriba.

    Richard, Bill y Mark se dirigieron al interior de la casa con la intención de dirigirse a la entrada principal, en donde la limosina del embajador y su comitiva de seguridad ya debían estarse estacionando. Ann se quedó entonces a solas con Lyons; rodeados de gente, pero a solas aun así.

    Sin que ninguno tuviera que decirlo, comenzaron a andar por el patio uno a lado del otro, intentando ser discretos y sutiles en su conversación. Ann le aceptó una copa de champagne a uno de los meseros que pasó cerca de ella y comenzó a darle pequeños sorbos, aunque lo que realmente quería era empinarse toda la copa de golpe y luego pedir otra.

    —Lo estás haciendo todo muy bien, te lo reconozco —comentó Lyons con elocuencia—. Todos pensábamos que te tomaría al menos dos años más ganarte a Richard Thorn, pero ya incluso lo llevaste ante el juez. Baylock te enseñó bien.

    Ann no dibujó cambió alguno en su falsa expresión de novia feliz, pero aquel comentario realmente le había causado una sensación de molestia en el estómago. La sola idea de que insinuara que todo lo que había logrado era por Agatha Baylock, sencillamente le enfermaba.

    —Me complace ser de utilidad —respondió Ann sonriente, alzando su copa hacia él en gesto de respeto, enmascarando de esa forma lo que realmente sentía. Si acaso Lyons se dio cuenta de esto, lo disimuló pues sólo asintió complacido.

    —Ahora sólo procura mantener su interés hasta que sea el momento adecuado.

    —¿Y cuál será ese momento?

    —Te lo comunicaremos cuando sea requerido.

    Ann se viró hacia el frente y dio otro pequeño sorbo de su copa. «Sí, claro; cuando sea requerido deshacerse de mí también, de seguro» pensó mientras seguían avanzando alrededor de las mesas del patio. De vez en cuando alguno de los invitados se le acercaba a felicitarla, y ella sólo aceptaba sus palabras con rostro jovial, los abrazaba y besa, para luego continuar caminando a lado de su nuevo mentor.

    —No creo que de aquí en adelante resulte tan complicado para ti, ¿o sí? —Señaló Lyons, casi burlón—. Pasaste de ser una niña pordiosera en las calles de Roma, a convertirte en la esposa de uno de los hombres más ricos de Estados Unidos, y parte de una familia de gran nombre. Has subido bastante alto, ¿verdad? —La volteó a ver como si esperara algún tipo de respuesta de su parte, pero no la obtuvo en lo absoluto—. Ahora vivirás en una casa enorme, con tantos sirvientes que ni siquiera recordarás el nombre de la mayoría. Pobre de ti.

    Lyons acompañó su último comentario de un par de risas, que Ann correspondió sólo permaneciendo con sus labios curveados en ese discreto gesto de (falsa) felicidad.

    —¿Qué hago si Richard quiere tener más hijos? —cuestionó de pronto un momento antes de dar un trago más de su copa. Aquello pareció tomar desprevenido a Lyons, que la volteó a ver un tanto desconcertado.

    —¿Disculpa? ¿Te ha dicho algo al respecto?

    —No… —respondió Ann, encogiéndose de hombros—. Pero es un tema que puede surgir en cualquier momento.

    —Pues dado el momento lo pensaremos. Aunque de todas formas, ¿cuál sería el problema si eso ocurriese?

    —¿Todavía lo preguntas? —Le respondió con un tono jocoso como si acabara de decirle una broma. Sin embargo, había un sentimiento oculto tras ello que a Lyons no pasó desapercibido. Aquello sonaba a una disimulada recriminación.

    —¿Qué?, ¿qué significa eso? —Musitó molesto el hombre de barba, tomándola del brazo para detenerla, pero la soltó casi de inmediato ante el riesgo de que alguien los viera. Con un ademán de su cabeza le indicó que se alejaran un poco más, hasta pararse cerca de un árbol, a unos metros del área de las mesas—. ¿Esto es por esa niña? —Ann no respondió; ni siquiera lo miró directamente—. Pensaba que ya habíamos superado ese tema. No has cometido la estupidez de mencionarle algo de eso a Richard, ¿o sí?

    —Claro que no —contestó Ann rápidamente con seguridad.

    —Pues que siga así. Y escúchame bien: esto es muy, muy importante. Necesito tú completa concentración y compromiso en esto. No estamos jugando a la casita aquí, están en juego cosas mucho más cruciales. ¿Necesitas que te dé un recordatorio de eso?

    Sin darse cuenta, Ann había hecho desaparecer su sonrisa, pero en esos momentos no le importó en lo absoluto. Se terminó lo que quedaba en su copa, y luego tuvo deseos de tirarla al suelo y romperla en pedazos, pero se contuvo.

    —No —respondió luego de un rato con bastante claridad—. Soy una leal sierva de la Bestia, y conozco mi deber.

    —Bien —ratificó Lyons, aunque no se le veía del todo seguro aún.

    La atención del hombre se distrajo unos momentos hacia la casa, y a como gran parte de los invitados comenzó a congregarse en torno a la puerta que daba al patio. Robert Thorn en efecto había llegado. Y, lo más importante, no venía solo.

    —Olvídate de eso y ahora ven —le indicó a la novia, volviéndola a tomar del brazo, pero ahora de una forma mucho más cuidadosa—. A pesar de todo eres una chiquilla con suerte. Tendrás el honor de conocerlo tan pronto.

    —¿A quién? —cuestionó Ann, distraída y ausente.

    —¿Cómo que a quién? Ven.

    Lyons comenzó a guiarla hacia la multitud, y Ann se dejó llevar sin nada de oposición. A ella en verdad no le importaba. Todo lo que había hecho ese día, y quizás los últimos meses, lo había hecho prácticamente en automático. A veces se sentía como esos robots humanos que se habían aparecido aquel día en Santa Engracia para llevarse a su bebé. No sentía ni pensaba en nada; sólo actuaba. Era la elegante y despampanante asistente, novia y ahora esposa de Richard Thorn, con todas las risillas, coqueteos, comentarios ingeniosos y habilidades sexuales que eso debía traer consigo. Se casaría con ese hombre, lo besaría, se lo cogería las veces que fuera necesario, pero no podía forzarse a sentir siquiera lo mínimo por él. Tampoco por su pequeño hijo, tan hambriento de un amor maternal que ella estaba dispuesta a simularle como un placebo.

    Mientras más se acercaban, Ann distinguió poco a poco a Richard, que caminaba con su brazo entorno a un hombre bastante parecido a él, unos cuantos años más joven, de cabello negro corto bien peinado. Ann no lo conocía en persona, pero había visto su rostro en fotos familiares y en los periódicos de días pasados. Robert Thorn, el hermano menor de Richard, y recién nombrado embajador de Estados Unidos en Inglaterra tras la (trágica y misteriosa) muerte del embajador anterior. El ahijado y protegido del presidente, y el embajador más joven en mucho tiempo.

    Richard estaba muy emocionado por ver a su hermano luego de tanto tiempo, pues llevaba varios años viviendo en Europa como parte de equipo del ahora fallecido embajador Haines. Y en definitiva se le veía bastante feliz mientras caminaba a su lado, tanto que incluso Ann se sintió un poco contagiada por el sentimiento.

    —Oh, ahí está mi hermosa esposa —exclamó Richard, señalándola con su mano una vez que la vio acercarse junto con Lyons.

    —Disculpen, le estaba dando algunos consejos para tener un buen matrimonio a la señorita —se disculpó Lyons por adelantado—. No por nada llevo veinte años, casado con la misma maravillosa mujer. —Miró entonces a Robert, extendiéndoles sus brazos para darle un ferviente abrazo—. Señor embajador.

    —John, cuánto gusto verte —dijo Robert, correspondiéndole su abrazo.

    —Muchas felicidades, muchacho.

    —Gracias.

    —Fue trágico lo de Steven, terrible. Pero no quiero que dudes ni por un segundo que tú más que nadie te merecías este puesto, ¿de acuerdo? —Se separó un poco de él y colocó sus manos en sus hombros de forma reconfortante—. Tu padrino te apoya por completo, ¿de acuerdo?

    Robert sólo asintió y sonrió como agradecimiento. Fue evidente que el nombramiento, y como la gente lo describía en los periódicos como el “ahijado del presidente”, lo tenían aún abrumado.

    Lyons se hizo a un lado para dejarle el camino libre a la verdadera estrella de esa tarde.

    —Ann —musitó Richard, colocando una mano en la espalda de su novia para animarla a aproximarse más—, quiero presentarte a mi hermano Robert.

    —Encantado, Ann —le saludó Robert, estrechándole la mano e inclinándose hacia ella para darle un beso en su mejilla—. Richard habló sólo maravillas de ti.

    —Igualmente, señor Embajador.

    —Por favor, llámame Robert. Somos familia ahora.

    Una mujer rubia y de vestido azul se aproximó en ese momento por detrás de Robert, empujando consigo una carriola negra con rojo. Ann vio además a Mark, que caminaba a un lado de la carriola, agarrado de ésta bajo el ojo protector de la mujer rubia.

    —Y aquí viene mi esposa y nuestro hijo —indicó Robert, haciéndose a un lado para que la mujer pudiera aproximarse con todo y la carriola.

    —Katie —exclamó Lyons, aproximándose hacia ella para igualmente abrazarla y darle un beso en cada mejilla—. Más preciosa cada vez que te veo.

    —John, no sabía que estarías aquí —le respondió ella con entusiasmo, abrazándolo también—. Siempre tan elegante.

    Lyons le sonrió con falsa molestia, y entonces echó un vistazo al interior de la carriola.

    —Ah, y éste debe ser el pequeño Damien. Qué grande estás, amiguito.

    Ann se puso en alerta de golpe, alzando su mirada como si hubiera escuchado un fuerte estruendo.

    —¿Damien? —exclamó en voz baja, casi sin proponérselo.

    —Nuestro hijo, Damien Thorn —respondió Robert rápidamente, y entonces se aproximó al coche para desabrochar al niño que en éste viajaba.

    Mientras él hacia eso, Katie se tomó un momento para rodearlo y aproximarse a la novia.

    —Hola, Katherine Thorn —La saludó con entusiasmo.

    —Ann, un placer —Le respondió Ann escuetamente, pues su atención se había concentrado de golpe en la carriola. Igualmente intentó no ser tan evidente, y recibió de buena manera el abrazo de felicitación de su nueva cuñada.

    —Bienvenida a la familia —le murmuró Katie mientras la abrazaba, y luego añadió a tono de broma—: Aún estás a tiempo de arrepentirte.

    Ambas mujeres rieron, más por compromiso que por otra cosa.

    En ese momento Robert se incorporó de nuevo, y sentado en su brazo derecho cargaba ahora a un pequeño de máximo dos años de edad, de cabello negro corto, vestido con un pequeño trajecito negro que casi parecía un disfraz. El niño tenía una expresión bastante seria para ser tan pequeño, y miraba curioso a todas las personas que lo rodeaban en esos momentos.

    Ann sintió que su respiración se cortó en cuanto sus ojos se posaron en aquel niño. La sensación que le recorrió el cuerpo fue indescriptible. Se sintió paralizada, pero al mismo tiempo como si le hubieran inyectado una fuerte dosis de adrenalina que le aceleró el corazón. El niño entonces pareció al fin notarla, y sus ojos azules y profundos se centraron en ella, y sólo en ella. Ann no pudo evitar sonreír (la primera sonrisa sincera de todo ese día) y entonces se aproximó cautelosa hacia él, temerosa de hacer cualquier movimiento indebido que lo alterara.

    —Hola, Damien —le saludó con suavidad, pasando sus dedos por su torso mientras Robert lo seguía cargando—. Qué guapo eres, jovencito. ¿Puedo cargarlo?

    —Claro —respondió Robert, y de inmediato se lo pasó.

    La mujer de blanco tomó al muchacho de sus costados y entonces lo acomodó sentado en sus brazos similar a como Robert lo sujetaba hace unos momentos. El niño la miró con su rostro inexpresivo, y alzó sus manos para recorrer el rostro de la mujer con sus pequeños dedos. Ann lo dejó hacer lo que quisiera. El niño comenzó a sonreír luego de unos segundos, e incluso soltó una pequeña risa. Aquello sencillamente derritió el corazón de Ann. Katie, Robert y Lyons miraban fascinados la escena.

    —Parece que le agradas —comentó Katie un poco sorprendida—. Casi nunca se ríe, en especial con extraños.

    —A Mark también le agradó —añadió a Richard, alzando también a su hijo del suelo y acercándolo un poco a Damien. Ambos niños se voltearon a ver de nuevo y Damien estiró su mano, intentando alcanzarle su cabeza. Mark sólo rio divertido—. Es una lástima que no podrán verse tan seguido estando tan lejos.

    —Quizás puedan venir a pasar la Navidad a Londres —Indicó Robert, optimista—. Claro, primero deberíamos instalarnos y…

    Ann dejó de escuchar lo que decían, pues había perdido absoluto interés en cualquier otra persona en esa fiesta. Toda su atención estaba cien por ciento fija en el niño en sus brazos.

    Ann se giró un poco, casi dándole la espalda al resto. Damien la miró de nuevo, aunque había vuelto a su expresión demasiado seria de antes. Por otro lado, la alegría se desbordaba por el rostro de Ann sin que pudiera ocultarlo.

    —Qué gusto conocerte, Damien —le susurró muy despacio para que sólo él la escuchara—. Yo soy tú tía Ann. Y desde ahora cuidaré de ti… mi señor.

    El niño no reaccionó de ninguna forma a sus palabras, y posiblemente ni siquiera le entendía del todo lo que decía. Pero a Ann no le importó.

    — — — —​

    Diez años pasaron casi volando después de aquella boda, y muchísimas cosas habían pasado en la vida de la familia Thorn. Pese a varios problemas y desgracias ocurridas que aún los perseguían, en aquel otoño del 2012 todo iba bastante bien para Ann y Richard. En los diez años que habían transcurrido, Thorn Industries se había expandido aún más, ampliando sus operaciones en un gran número de países, y diversificando en una gran cantidad de nuevos negocios.

    En el matrimonio todo había ido de maravilla. Como todos, habían tenido sus altibajos y problemas, pero siempre habían logrado solucionarlo todo. Para Richard, Ann era la esposa perfecta, quién mejor le entendía, lo apoyaba y se encargaba cada día de hacerlo feliz. Y para Ann… bueno, como bien había dicho Lyons hace tiempo, ser la esposa de uno de los hombres más ricos y poderosos de Estados Unidos ciertamente no le había lastimado. Su vida había sido bastante cómoda y tranquila durante ese tiempo, y había disfrutado bastante el ser Ann Thorn y todo lo que esto conllevaba.

    Sin embargo, Lyons siempre estaba al pendiente de ella, aunque físicamente no estuviera cerca, para recordarle a cada momento su papel y su verdadera misión. Como fuera, Ann se encargaba de cumplir ambas, especialmente cuando su labor tomó una importancia aún mayor a mediados del 2005. En ese momento ocurrió una de esas tragedias, tal vez la peor en la vida de Richard luego de la muerte de su primera esposa. Para Ann, sin embargo, aquello había sido una bendición, casi un regalo. Y el que aquello hubiera venido acompañado con la repentina y dolorosa muerte de su antigua mentora y torturadora, había sido un encantador agregado.

    La mañana del lunes siguiente al fin de semana de Acción de Gracias, las cosas se encontraban algo movidas en la mansión Thorn en Chicago. Ann se había despertado muy temprano para supervisar que todo lo que había que arreglar esa mañana se hiciera como era debido, especialmente porque Richard se había tenido que ir temprano a la oficina.

    Ann era en ese momento ya una mujer de cuarenta años, a unos meses de cumplir los cuarenta y uno, pero aún lucía radiante. Los años la habían bendecido con una belleza natural difícil de ignorar, además de mucha experiencia en diferentes cosas. Muy lejos había quedado ya aquella mujer inocente de veinticinco años a la que habían amarrado y golpeado en una sucia catacumba de Florencia. Muy lejos estaba ya esa misma mujer que había estado escondida nueve meses en un hospital oculto de Marsala, para al final ser obligada a entregar a su bebé. Incluso se encontraba lejos la mujer de sonrisa hermosa pero falsa que se había casado en esa misma casa con Richard Thorn, prácticamente obligada a hacerlo.

    Ann Thorn era una persona muy diferente en esos momentos. Y aun así, había cosas que no habían cambiado en lo absoluto en esos diez, quince o veinte años. Y había cosas que no olvidaría en lo absoluto, sin importar cuanto tiempo pasara.

    Desde las puertas que daban a la pequeña terraza del jardín, Ann contemplaba a los jardineros barriendo las hojas ocres de los árboles y colocándolas en bolsas de basura. Ya comenzaba a refrescar, y era cuestión de tiempo para que la nieve comenzara a caer. El invierno estaba a un mes, incluso menos.

    Una vez que se aseguró que todo se estaba haciendo de forma correcta, o más bien que la vista simplemente le cansara, ingresó de regreso a la casa. En cuanto cruzó por el umbral, sus ojos divisaron a su hijastro Mark, acercándose por el pasillo vestido con su elegante uniforme de traje gris con hombreras y botones dorados, y el abrigo negro cubriéndole los hombros y los brazos. Cargaba la maleta con las cosas que había llevado para ese fin de semana largo en casa, y revisaba de forma ausente su teléfono celular sin percatarse de inmediato de la presencia de su madrastra. Mark se había convertido en un muy apuesto jovencito de trece años, alto y de hombros anchos para su edad, de cabellos dorados brillantes.

    —Mark, ¿ya están listos? —Le preguntó Ann con ánimo, y al fin el muchacho alzó su mirada de su celular hacia ella—. Murray los está esperando en el auto.

    —Yo sí —respondió Mark con normalidad, guardando su teléfono en su bolsillo—. Damien no sé qué tanto se está arreglando. Quizás no quiere que se acaben tan pronto las vacaciones.

    Los muchachos cursaban la escuela intermedia en la Academia Militar Davidson, una institución privada para varones de gran renombre, en donde sus padres y su abuelo habían estudiado anteriormente, lo que la hacía básicamente una tradición familiar. Habían tenido libre desde el jueves hasta el domingo, pero era hora de volver. Por suerte no sería por mucho, pues las vacaciones de fin de año también estaban cerca.

    Ann se aproximó a Mark, permitiéndose arreglarle un poco su cabello (eso se había vuelto casi un tic involuntario en ella con los años), así como su corbata que estaba un poco floja. El muchacho igualmente se lo permitió sin oposición.

    —Siempre me ha encantado lo apuestos que se ven con estos uniformes —señaló Ann con orgullo mientras lo arreglaba.

    —Como adornos de pastel, ¿no?

    —No bromees —musitó la mujer, dándole un golpecito sobre su pecho—. Aun así, siempre he creído que esto de las escuelas militares sólo para hombres es tan anticuado y poco natural.

    —Davidson es una gran academia. No cualquier chico termina su escuela intermedia sabiendo cómo disparar de manera correcta un rifle.

    —Sí, eso definitivamente será algo que impresionará a las chicas —dijo Ann con tono burlón, guiñándole un ojo—. Porque, admítelo, no te molestaría ir a una escuela donde hubiera algunas lindas jovencitas, ¿o sí?

    El rostro de Mark se ruborizó notoriamente, y desvió su mirada apenado hacia otro lado. Aquello fue suficiente respuesta para Ann.

    —Sólo un semestre más y veremos entonces, ¿sí? —susurró Ann con tono de complicidad, tomándolo discretamente de su brazo. Mark sólo le sonrió y asintió—. Adelántate al auto, ¿sí? Yo iré a ver qué hace tu primo.

    Mark obedeció y se dirigió a la puerta principal con todo y su maleta. Mientras tanto, Ann se dirigió a las escaleras para subir al cuarto del otro chico que vivía en esa casa.

    La relación entre Ann y Mark había sido igualmente bastante buena. El chico apenas y recordaba a su madre biológica, por lo que Ann había sido prácticamente la única madre que había tenido en realidad, y como tal la respetaba y quería. Las historias sobre madrastras malvadas no significaban nada para Mark, pues él siempre señalaba sin pena a todo el mundo lo agradecido que estaba de tener a Ann en su vida. Aun así, siempre le había llamado por su nombre, quizás como una última forma de respeto a su fallecida madre. Igual a Ann eso nunca le molestó, ni tampoco forzó a que lo cambiara. De hecho, en realidad no le importaba.

    Mark era un buen chico, y puede que en el paso de esos diez años hubiera llegado a tenerle un poco de cariño. Sin embargo, la realidad era que tanto su padre como él eran personas que le eran indiferente, en el mejor de los casos. Eran las figuras ideales para tener la imagen de la familia perfecta: el esposo rico y exitoso, el hijastro guapo y atento. En ese sentido, apenas eran poco más que simples accesorios para lucir, como una pulsera o un vestido. No conocía aún qué contemplaba el gran plan de la Hermandad para ellos dos, pues Lyons solía compartirle los siguientes pasos sólo cuando necesitaba saberlos. Aun así, tenía el presentimiento de que no durarían mucho tiempo en el panorama, pues ambos representaban un peligro potencial para lo que querían lograr a futuro. La cuestión era sólo que le comunicaran el cómo y el cuándo. Por lo mismo, era absurdo sentir aunque fuera un poco de aprecio genuino por alguno de los dos. Sólo podía esperar que Mark tuviera una vida agradable hasta entonces, y que en verdad conociera a algunas chicas lindas antes de fuera demasiado tarde. Luego, ya verían…

    FIN DEL CAPÍTULO 65

    Notas del Autor:

    Robert y Katherine “Katie” Thorn son ambos personajes pertenecientes a la franquicia de The Omen o La Profecía, apareciendo ambos en la primera película de 1976 y en su remake del 2006. Igualmente su descripción es un poco más basada en la versión del 2006.

    Richard y Mark Thorn, así como Bill Atherton, son personajes que originarios de la película de 1978 titulada Damien: Omen II, perteneciente a la franquicia de The Omen o La Profecía, basándose casi por completo en las interpretaciones de los personajes hechas en dicha película.

    —Parte de este capítulo y de los siguientes se encuentran basados en acontecimientos ocurridos en la película Damien: Omen II, pero adaptados y modificados para la línea de la historia. Estos capítulos sirven principalmente para explicar cómo ocurrieron estos acontecimientos en esta nueva línea alterna.
     
  6.  
    WingzemonX

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    Resplandor entre Tinieblas

    Por
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    Capítulo 66.
    Amor y fe

    Luego de despedir a Mark en el vestíbulo, Ann subió las escaleras hacia la planta alta y caminó por el pasillo hacia el cuarto de su sobrino, parándose firme delante de su puerta. Tuvo el tic, casi nervioso, de pasar sus dedos por cabello para acomodarlo, y entonces tocó a la puerta con delicadeza.

    —¿Damien?

    —Pasa, tía —le respondió una voz juvenil desde el interior del cuarto, y Ann le tomó la palabra.

    Al abrir la puerta, encontró al joven Damien Thorn de doce años, de pie frente a su ventana abierta que daba al patio (el mismo que ella vigilaba hace unos minutos), con su nueva cámara profesional delante de su rostro, enfocando hacia el exterior. Tenía sus cabellos negros cortos peinados de lado, con su flequillo cayendo sobre el lado derecho de su frente. Usaba el mismo uniforme y abrigo que su primo Mark. Y, en cuestión de buena apariencia, no tenía nada que enviarle a su primo; si acaso el hecho de que éste era notablemente más alto que él, incluso considerando el hecho de que Mark era un año mayor.

    —¿Ya estás listo? —le preguntó Ann, aproximándosele por un lado.

    —Más o menos —respondió Damien un tanto reticente, tomando entonces una fotografía, y un segundo después una más.

    —¿Estás tomando fotos del patio otra vez? ¿No tuviste suficiente tiempo estos días para hacer eso?

    —Sólo quería experimentar un poco más con la cámara nueva antes de irme. El invierno se acerca, y los árboles están tomando un bello color. —Bajó en ese momento el dispositivo y comenzó a revisar las fotografías que había tomado, intentando elegir la mejor—. En la Academia ni siquiera me dejaran tenerla.

    Damien era bueno en muchas cosas (por no decir en todas), pero en realidad no mostraba un interés genuino en casi ninguna. Uno de esos escasos gustos, y quizás el más importante, era la fotografía. Había comenzado a mostrarse atraído a ello recién ese año. Y aunque en inicio sus tíos y su primo creyeron que sería algo que se le olvidaría pronto, de momento parecía que no sería así.

    —Te prometo encargarme personalmente de llevarla a la casa del lago —indicó Ann, y entonces le retiró delicadamente la cámara de sus manos y la extendió hacia el escritorio para colocarla sana y salva sobre éste—. Te aseguro que cuando estemos allá podrás tomar muchas fotos mejores que éstas.

    —Gracias, tía —masculló Damien con una discreta sonrisa.

    —Déjame verte —le pidió Ann, y similar a como había hecho con Mark se paró delante del muchacho, arreglándole sólo un poco su cabello, pues su corbata estaba perfecta en su sitio—. Te ves tan guapo y elegante. Tu madre estaría orgullosa de ver el increíble muchacho en el que te has convertido.

    —¿Y mi padre? —Cuestionó Damien de pronto con genuina curiosidad. Ann vaciló unos segundos antes de responder, pero sin romper su sonrisa.

    —Tu padre también —respondió entonces con tono cauteloso—. Vamos, Mark te espera en el auto.

    Damien asintió, y sin más tomó la maleta que reposaba sobre su cama y se dirigió a la puerta junto con su tía. Ya en el pasillo, Ann lo rodeó con su brazo y así fueron andando todo el camino.

    —¿Y el tío Richard? —Le preguntó el chico de cabellos negros a su tía, justo cuando terminaron de bajar las escaleras y giraron hacia el vestíbulo.

    —Tuvo que salir muy temprano a la oficina, por eso se despidió de ustedes desde anoche. Le mandaré tus saludos…

    Justo cuando ya tuvieron la puerta principal de la mansión en su rango de visión, ambos se detuvieron en seco al vislumbrar al mismo tiempo a una persona de pie delante de ésta. Una mujer muy mayor, delgada, de cabello canoso corto y rizado, rostro blanco muy bien maquillado. Lucía un vestido azul con una pequeña chaqueta a juego, y una bufanda azul con blanco rodeándole el cuello. La mujer se viró lentamente hacia ellos al sentir su presencia, fijando sus duros e inexpresivos ojos azules en ambos, curveando sus labios pintados de rojo en una marcada mueca de desagrado.

    Pasada la impresión inicial, Damien fue el primero en recuperar la compostura y dar un paso adelante.

    —Tía Marion, hola —murmuró el chico con tono jovial—. No sabía que vendrías.

    —Esa era la idea —señaló tajantemente la mujer, virándose hacia otro lado para no mirarlo—. Esperaba que ya te hubieras ido cuando llegara.

    —Lamento decepcionarte —ironizó Damien, dando unos pasos en su dirección, aunque su intención era más bien acercarse a la puerta—. Pero ya me voy. Es un gusto verte…

    Al pasar a su lado, el chico se inclinó hacia ella para darle un beso en la mejilla, pero la mujer alejó su rostro de manera despectiva para evitarlo.

    —No seas mentiroso —masculló de mala gana, sin mirarlo aún.

    —Tía Marion, por favor —exclamó Ann a tono de reclamo. Miró entonces a Damien y le indicó con un gesto de su cabeza que se retirara. Damien no lo pensó dos veces y de inmediato continuó con su camino a la puerta, no sin antes virarse en el umbral a ver a Marion, sacándole la lengua y agitando su mano libre en un gesto de burla mientras la mujer le daba la espalda. Ann tuvo que disimular las ganas de reírse, cubriendo su boca con su mano.

    Una vez que Damien se fue, Marion se viró entonces hacia la señora de la casa, mirándola de arriba debajo de una forma crítica no precisamente muy disimulada.

    —¿Te cambiaste el peinado? —Musitó de pronto la mujer, a lo que Ann asintió y colocó su mano sobre el costado derecho de su cabeza. Llevaba un corte bastante más corto del que estaba acostumbrada, que le cubría las orejas pero poco más.

    —¿Te gusta? —le preguntó con tono amistoso, pero Marion no respondió nada y en su lugar se giró de nuevo hacia otro lado. Aquello había sido bastante grosero, pero al menos había notado su cambio, considerando que hacía meses, o incluso un año entero, que no se veían, pese a que ellos eran prácticamente la última familia que le quedaba.

    Un sirviente y una sirvienta entraron en ese momento por la puerta principal, cargando cada uno una maleta. Marion los miró y a ellos sí les ofreció una gentil sonrisa, lo que no pudo hacer por su sobrina política y por su sobrino nieto.

    —Suban el equipaje a mi habitación y prepárenla, por favor —les indicó con amabilidad, y ambos asintieron y pasaron de inmediato a cumplir el encargo. Antes de que Ann pudiera preguntar o decir algo diferente a esa orden, Marion comenzó a andar en dirección a la sala principal—. ¿Y Richard? —Preguntó mientras caminaba.

    —En la oficina —se apresuró Ann a responder, y luego aceleró el paso para alcanzarla—. Tía Marion, debiste habernos avisado que vendrías. Mañana comenzaremos a cerrar la mansión para irnos a la casa del lago durante el invierno.

    —Ya lo sé, y no te inquietes por eso —añadió la mujer mayor, agitando su mano en el aire con desdén—. Me quedaré sólo esta noche y partiré mañana temprano, así que no los importunaré más de lo necesario. Vengo hablar con Richard de algo importante y puntual, y no pienso quedarme más de la cuenta.

    Ann suspiró, intentando que su molestia no fuera tan evidente. Desde su boda, las interacciones entre ambas habían sido pocas, pero ninguna había sido agradable. Marion no dudaba en demostrar abiertamente su desagrado hacia Ann. Pero no sólo eso, sino que desde hace un par de años había comenzado a demostrar las mismas actitudes hacia Damien, sin ningún motivo aparente. Incluso desde antes nunca se había prestado cariñosa ni atenta con él, no cómo lo era con Mark. A Ann aquello siempre le había preocupado un poco. ¿Qué sabía?, ¿por qué se comportaba así precisamente con ellos dos? Era como si de alguna forma presintiera que ambos representaban un peligro para su familia… y tenía razón.

    Fuera lo que fuera, al parecer no pasaba de un presentimiento, pues nunca había hecho algo bastante más grave hacia ninguno de los dos que mostrarles su desagrado. Mientras se quedara así, Ann estaría tranquila. Al igual que Richard y Mark, también estaba segura que esa anciana no andaría mucho por esos lares; ya fuera por un motivo o por otro.

    —De acuerdo, haré que te preparen tu habitación… —indicó Ann, intentando ser gentil.

    —Ya me encargué de eso yo misma, ¿qué no oíste? —Replicó Marion con molestia, sentándose entonces en uno de los sillones de la sala—. ¿No tienes que ir a la peluquería o que te pinten las uñas?

    Ann respiró lentamente por su nariz, manteniendo la calma lo mejor posible.

    —Con tu permiso, entonces…

    Se giró entonces sobre sus pies y dejó su invitada sola en la sala, deseando por dentro que cuando volviera a verla le hubiera dado un infarto repentino; eso habría hecho todo más sencillo.

    — — — —​

    Esa noche, cuando Richard volvió de la oficina, los tres se sentaron a cenar juntos para poder hablar de eso tan importante que había llevado de imprevisto a la mayor de los Thorn a Chicago. Ann había pedido que cocinaran el estofado de pollo y papas favorito de la tía Marion, pero ni eso había animado el humor de la mujer. Durante la cena las cosas fueron tranquilas. Marion había decidido, al parecer, dejar la charla complicada para después de comer.

    Pese a todo, Richard parecía muy contento de verla después de tanto tiempo, y Marion igualmente se comportaba muy cortés y animosa con él.

    «Vieja doble cara e hipócrita» pensaba Ann por dentro, mientras por fuera continuaba sonriendo.

    Una vez terminada la cena y que los sirvientes retiraran los platos, le trajeron a cada uno un café; de la marca que pertenecía a Thorn Industries, por supuesto.

    —¿Quieres crema, tía Marion? —Le ofreció Ann con amabilidad, alzando el pequeño recipiente blanco de porcelana para la crema.

    —Cada vez que vengo me preguntas lo mismo, y siempre te respondo que no —respondió Marion de mala gana sin mirarla—. Lo tomó sin crema y sin azúcar, siempre ha sido así.

    —¿Enserio? Lo siento, creo que lo olvidé.

    —No lo olvidaste. Es que no te importa.

    —Por favor, tía —Intervino Richard, estando sentado a la cabecera de la mesa y por lo tanto teniendo a las dos mujeres a sus lados—. Sabes que eres más que bienvenida en nuestro hogar, pero te pido respetes a Ann como la señora de esta casa es.

    —¿Señora? —musitó Marion, seguida de una risa irónica—. Rebecca era una señora. Esta mujer… no sé qué sea, pero señora no.

    —Tía Marion… —farfulló Richard presa del enojo, pero Ann se apresuró a tomarlo de su brazo con una mano para indicare que se tranquilizarla. Eso era lo que se esperaba que hiciera, pero por dentro ella misma tenía ganas de arrojarle su café caliente, con bastante crema, justo en su cara.

    Richard respiró hondo y se calmó lo mejor que pudo.

    —Dijiste que tenías algo que querías discutir con nosotros, ¿no? Habla entonces.

    Marion guardó silencio, mientras daba un sorbo de su café y miraba discretamente a Ann sentada justo enfrente de ella.

    —¿Tiene que ser enfrente de esta mujer? —soltó de pronto con hastío, pero el frío silencio de ambos la hizo desistir de llevar esa petición más lejos—. Cómo sea…

    Marion dejó su taza de regreso en su plato, y se sentó derecha en su silla, entrecruzando sus dedos sobre la mesa. Centró entonces toda su atención en su sobrino, actuando como si fueran las únicas personas en esa mesa. Y entonces comenzó a hablarle con bastante firmeza en su voz.

    —Richard, al morir tu padre, mi hermano, él me dejó una gran parte de sus acciones a mí. Eso me convirtió en la dueña del treintaicinco por ciento de Thorn Industries, y virtualmente en la socia mayoritaria de esta empresa.

    —Eso ya lo sé muy bien —respondió Richard encogiéndose de hombros—. ¿A qué viene ese repentino recordatorio?

    —Soy una persona mayor, y sé muy bien que no me queda mucho tiempo. Y en estos días he estado repasando bastante cómo disponer de todo esto que me pertenece después de mi partida.

    —Vamos, tía —dijo Richard con tono despreocupado—. Eres una persona muy sana…

    Marion alzó su mano en ese momento, indicándole que se detuviera.

    —Déjame terminar, por favor —indicó seriamente, volviendo a bajar su mano y retomando su postura anterior—. Hasta ahora, como sabes, mi plan ha sido que cuando eso pase la totalidad de mis bienes te sean entregados a ti; para que todo mi patrimonio quede en la familia. Sin embargo, me veo en la necesidad de decirte que al menos que…

    —Alto ahí, por favor —fue ahora Richard el que tuvo que pedir que se detuviera. Su actitud, hasta ese punto algo más relajada, se volvió tensa y fría de golpe—. Si acaso estás apunto de ponerme condiciones a cambio de recibir tu herencia, te voy a pedir, tía, que pienses muy bien lo que vas a decir a continuación.

    —Es por tu bien, Richard. El tuyo y el de tu hijo.

    —¿De qué estás hablando? ¿Qué es lo quieres?

    —Quiero que saques a los chicos de esa academia y los mandes a escuelas separadas.

    Aquella repentina petición dejó totalmente desconcertado tanto a Richard como a Ann, que enmudecieron por unos instantes.

    —¿Qué cosa? —Masculló Richard, incluso riendo un poco por lo absurdo que le sonaba aquello—. ¿Eso qué tiene…?

    —¿Cómo se atreve a intentar imponer su voluntad sobre la educación de los chicos? —Intervino Ann en ese momento, notablemente menos divertida que Richard. De hecho, se le notaba bastante molesta, como nunca se había permitido mostrarse delante de Marion—. ¿Cree que puede venir a restregarnos su dinero en nuestras caras y hacernos hacer su voluntad? Mark y Damien no son sus hijos, son nuestros.

    —Ninguno de ellos es tuyo, zorra caza fortunas —soltó Marion de golpe alzando su voz, de una forma que tampoco se había permitido demostrar tan abiertamente delante de ambos. Richard se quedó atónito al ver tal arrebató tan poco delicado en contra de su esposa. Ann, por su parte, se quedó callada sin reaccionar.

    —Tía Marion —intervino Richard, bastante molesto—, te lo advierto yo a ti…

    —Está bien, Richard —se apresuró Ann a decir antes de que él terminara. Se limpió entonces la comisura de sus labios con su servilleta y se paró lentamente de su silla—. Es bueno saber al fin abiertamente cuál es su opinión de mí. Con su permiso…

    Sin mirar atrás, Ann se dirigió a la puerta del comedor con paso apresurado.

    —Ann… —murmuró Richard intentando detenerla, pero ella siguió de largo hasta desaparecer detrás de las puertas de cristal.

    —Déjala que se vaya —exclamó Marion agitando de nuevo su mano en el aire con ese menosprecio habitual en ella.

    Ann salió del comedor, pero no se retiró del todo. Pese a que su enojo era genuino, no podía dejarse llevar por éste. Esa amenaza que Marion había lanzado tan espontáneamente ciertamente la tenía desconcertada y necesitaba saber qué se tenía esa anciana entre manos. Pensó, sin embargo, que sin ella ahí hablaría con más libertad. Por lo mismo, se quedó de pie en el pasillo muy cerca de la puerta para lograr escuchar lo que decían, como un vulgar ladronzuelo.

    Por su parte, en el interior del comedor los ánimos se habían calentado. El rostro de Richard se había puesto rojo del coraje, y se notaba que intentaba contenerse lo más posible, pues a pesar de todo aquella mujer era su tía.

    —¿No te das cuenta de lo que estás ocasionando con tus actitudes, tía? —Cuestionó Richard exaltado—. Yo me esfuerzo por tener a esta familia unida, y tú te obstinas en que estemos peleados y separados.

    —Pues no me importa si me consideras una bruja o la peor persona del mundo —se defendió Marion impávidamente—. Porque todo lo que hago es también por el bien de nuestra familia, aunque no lo creas.

    —¿Has perdido la razón? ¿Cómo el separar a los niños puede hacerle bien a nuestra familia? Ambos son muy unidos, prácticamente hermanos…

    —Pero no lo son —señaló Marion tajantemente, chocando un poco su palma contra la mesa—. Mark es tu hijo, y el futuro de Thorn Industries. El único motivo por el que te dejaré todo a ti, es por Mark y para asegurar su futuro. Pero mientras tenga a Damien a su lado…

    —¿Qué demonios tienes contra Damien? Es un buen muchacho.

    —Es una sabandija rebelde, egocéntrica y una horrible influencia para Mark —enlistó Marion con ferviente enojo—. No me digas que no lo has notado.

    —Pues no, no lo he notado en lo absoluto. Damien es un buen estudiante, disciplinado, y un gran amigo de Mark; como su hermano como bien te dije.

    —Es un manipulador, un mentiroso y un peligro para esta familia. ¿Acaso ya olvidaste que casi mata a ese chico en la escuela el año pasado? ¡Le prendió fuego!, por el amor de Dios.

    —Él no le prendió fuego a nadie —respondió Richard, aunque con cierta consternación por recordar aquello—. Fue un terrible accidente, un estúpido juego de niños que salió mal. Damien y Mark fueron duramente reprendidos en la escuela, y aquí también. Ahora el muchacho está bien y se está recuperando. No puedo creer que insinúes que fue apropósito. ¡Damien estaba muy afectado por lo ocurrido!

    —¡Puras mentiras! —Exclamó Marion con fuerza—. Te tiene totalmente manipulado y engañado, y a Mark, e incluso a esa mujer que tienes como esposa. Nadie ve cómo es realmente…

    Marion colocó una mano sobre su pecho y comenzó a respirar con algo de agitación. El enojo se volvió bastante intenso en su rostro, y Richard se sintió por un momento realmente preocupado.

    —Por favor, no te alteres tanto —le pidió extendiendo una mano para colocarla sobre la de ella. Marion, sin embargo, miraba fijamente a su café con sus ojos casi desorbitados por la rabia.

    —A veces quisiera que Robert hubiera tenido éxito en matarlo aquella noche —soltó la mujer de pronto, tomando por completo desprevenido a Richard, pero igualmente a Ann. Esta última sintió el deseo de volver a entrar al comedor en ese momento y estrellarle su cara pálida contra la mesa y exigirle que se retractara de tales palabras. Pero, por supuesto, no podía hacer tal cosa por lo que decidió contenerse.

    Richard quizás no llegó a los extremos de Ann, pero definitivamente aquello lo había contrariado demasiado. Retiró su mano de la de Marion y se paró rápidamente de su silla. Caminó hacia un lado, respirando lentamente y pasando su mano por su rostro, tallándolo, intentando calmarse. Aquel tema realmente lo afectaba, y el que su propia tía lo sacara de esa forma lo hacía incluso peor. Aquello había sido un verdadero escándalo del que les costó años poder recuperarse. La sola idea de que Robert, su propio hermano, hubiera intentado asesinar a su hijo de cinco años y terminara muerto a tiros por la policía… sencillamente había partes de él que no lograba concebirlo todavía.

    —No vuelvas a decir algo tan horrible otra vez —exclamó luego de un rato, señalando a su tía con su dedo acusador—, especialmente cerca de Damien, ¿está claro? Él nunca debe saber sobre lo que pasó esa noche, ¡nunca! Y mucho menos escuchar ese tipo de comentarios de su propia tía abuela.

    Marion guardó silencio y bajó su mirada algo avergonzada. Era evidente que incluso ella, en todo su enojo y repudio hacia Damien, se daba cuenta de que se había pasado. Su respiración se fue calmando poco a poco, hasta que fue capaz de volver a hablar con normalidad.

    —Me disculpo, crucé la línea con ese comentario tan fuera del lugar —musitó la mujer con serenidad. Aguardó unos segundos más a que su cuerpo se calmara del todo, y entonces volvió a alzar su mirada hacia él con la misma firmeza que antes—. Pero mi exigencia se mantiene. Damien no debe estar más tiempo cerca de Mark, ni bajo este techo. Mándalo a algún internado a Suiza o a dónde sea, pero que esté lo más lejos posible. Sé que crees que es una petición irracional, pero créeme, yo sé lo que te digo. Ese chico será la ruina de Mark si no haces algo al respecto.

    Los labios de Richard se movieron pero Marion no logró escuchar lo que dijo; de seguro no era nada agradable o lindo hacia ella. Caminó entonces hacia la ventana del comedor, mirando por ella y dándole la espalda a su tía.

    —Mi hermano estaba enfermo —susurró Richard tras unos instantes sin mirarla—. La muerte de Katie lo afectó demasiado, y me culpo cada día por no haber estado ahí para darle la ayuda que necesitaba. Pero ahora estoy aquí para su hijo, y no pienso abandonarlo en ningún internado, ni separarlo de la única familia que le queda en este mundo. Y no importa si no estás de acuerdo, esa es mi decisión. Así que fin de la discusión.

    Dejando el tema por terminado, Richard se dirigió rápidamente hacia la puerta. Ann lo sintió aproximarse, por lo que rápidamente se apresuró por el pasillo para no ser descubierta. Aun así, mientras se iba logró escuchar como la silla de Marion rechinaba al moverse y gritaba con todas las fuerza de su anciano cuerpo:

    —Si no separas a Mark de Damien, ¡dejaré todo mi dinero a la beneficencia y tú no verás ni un centavo! ¡¿Me oíste?!

    —Has lo que te plazca con tu dinero, que por algo es tuyo —le respondió Richard impasible ante su amenaza un instante antes de dejar definitivamente el comedor.

    — — — —​

    Marion estaba enojada por el resultado de esa charla, pero principalmente frustrada y preocupada. Entendía la postura de Richard, su sensación de responsabilidad hacia Damien tras lo ocurrido con Robert. Y aunque Marion intentó en un inicio aceptar al chico e igualmente apoyarlo y animarlo, sencillamente no pudo. Había algo en él que sencillamente no le gustaba, incluso cuando era muy pequeño. No se parecía en nada de Robert o a Katie, ni a nadie de la familia. Las pocas veces que le tocó verlo de bebé en sus viajes a Inglaterra, nunca lo vio llorar ni reír, y siempre parecía que la estuviera viendo fijamente con un inusual resentimiento para ser tan pequeño. Creyó que quizás había algo malo en su cabeza, pero nunca lo comentó para no preocupar a Katie sin razón. De todas formas pareció que no era así, pues había crecido como un niño normal… o al menos lo más normal posible. Siempre fue un niño algo callado, abstraído en sí mismo, mirando a la nada como si viera algo que los demás no, y haciendo comentarios realmente extraños, a veces desagradables.

    Nunca lo vio derramar una lágrima por sus padres. Y luego de que estos murieran y comenzara a vivir con Richard y Ann, pareció comenzar a abrirse más, a hablar más, a expresarse de una forma siempre cortés y alegre con todos. Pero a Marion siempre le pareció que detrás de esa actitud había un pensamiento constante de que todos eran poco más que graciosas mascotas para él.

    No le agradaba, ni un poco. Y cada vez que lo veía convivir con Mark se le revolvía el estómago de la preocupación, como si esperara que en cualquier momento le fuera hacer algún tipo de daño. Había tenido imágenes de Damien encajándole un tenedor en el ojo al chico rubio, ahogándolo en el lago, o golpeándolo hasta matarlo con sus propios puños, sin ningún motivo para que esas imágenes tan horribles estuvieran en su cabeza. Pero hasta ese entonces todo eran sólo presentimientos y malas sensaciones, nada puntual con lo que pudiera justificarse a sí misma hacer realmente algo. Hasta que entonces ocurrió ese horrible incidente el año pasado, con el chico Powell.

    Marion no conocía los detalles exactos, pero al parecer algunos chicos de la Academia estaban haciendo una absurda prueba de valor; o al menos eso fue lo que dijeron a los profesores y a sus padres. Entre ellos estaban Damien, Mark y un chico llamado Charles Powell que era un buen amigo de ambos. La dichosa prueba consistía en rosearse las manos con butano líquido y prenderse fuego. Se suponía que el butano se quemaría rápido y no los lastimaría, pero la prueba consistía en que se atrevieran y lo aguantaran. Charles lo hizo confiando en sus amigos… y terminó encendido en llamas.

    La mitad de su cuerpo terminó con quemaduras de tercer y cuarto grado, y hasta ese momento aún seguía recuperándose de esas horribles heridas. Todos señalaron a otro chico como el de la idea y el que los había hostigado a hacerlo, y éste a su vez lo confesó. Ese chico fue expulsado, mientras que Damien, Mark y los otros fueron suspendidos por un tiempo. Señalado el culpable y aplicados los castigos, todo quedó como un mero accidente, como bien Richard había mencionado en su charla.

    Pero Marion lo sabía; aquello no había sido un accidente, y estaba segura de que el muchacho expulsado no había sido el de la idea ni el que había obligado a los demás a hacerlo. Había sido Damien, estaba convencida de ello, y se las había arreglado para salir de eso sólo con un pequeño jalón de orejas. Y lo peor de todo (dejando de lado el infierno por el paso el pobre Charles Powell y que seguía pasando), era que había arrastrado a Mark con él hacia ello. Fue en ese instante en el que Marion había decidido que no se quedaría más de brazos cruzados y haría algo antes de que ocurriera alguna otra desgracia.

    Sin embargo, su primer intento había fallado. Richard no la había escuchado.

    Luego de que su plática concluyera, Marion se dirigió de inmediato a su habitación, aquella que había sido suya desde la época en la que ella y su fallecido hermano, el padre de Richard, vivían ahí, y que siempre ocupaba cuando iba de visita. Se encerró en el cuarto, intentando tranquilizarse y aclarar su mente. Su pecho le había molestado un poco, y eso la había preocupado. Richard había dicho que era una mujer sana, y en general lo era. En su último chequeo, sin embargo, le habían dicho que debía tener algo más de cuidado con su corazón, con una dieta adecuada y ejercicio, y entones podría llegar sin problema a los cien años. No deseaba vivir tanto realmente, sólo lo suficiente para asegurarse de que su familia estaba libre de peligro.

    Lamentablemente, ese deseo no se le cumpliría.

    Vestida ya con su camisón de noche blanco para dormir, se sentó frente a la ventana abierta para sentir un poco la brisa fría de la noche. Intentó seguir leyendo el libro que había comenzado en el avión para despejar su mente, pero fue simplemente inútil; no lograba concentrarse. En su lugar, decidió mirar hacia la noche y pensar en qué debía hacer ahora.

    Mientras Richard siguiera teniendo esa sensación de deber con Damien, no podría convencerlo de nada. La única forma era que el propio Damien hiciera algo imperdonable frente a sus narices, o convencerlo de que lo había hecho. Siempre pensó que la manera en la que Katie había muerto era muy sospechosa, y que quizás él había tenido algo que ver. Pero, aunque hubiera sido así, en aquel entonces era un niño de cinco años, ¿qué tanto podría haber deseado realmente matar a su propia madre? Si es que era su madre… Ese era otro pensamiento que la seguía últimamente, especialmente mientras el chico iba creciendo y menos le veía parecido a sus sobrinos o a Mark. ¿Y si no era realmente hijo de Robert? No deseaba pensar mal de Katie, que siempre le había demostrado ser una mujer recta de excelente familia y crianza, como lo había sido Rebecca. Pero, ¿podría haber alguna forma en la que ese chiquillo podría no ser realmente un Thorn? Eso realmente le aclararía bastante las cosas.

    Alguien llamó en ese momento a su puerta, haciéndola saltar un poco en su silla.

    —Tía Marion, ¿aún estás despierta? —escuchó que susurraba la voz de Ann del otro lado. Marion resopló con molestia, y no le respondió. Prefirió incluso volver a alzar su libro aunque no lo estuviera leyendo realmente. Sin embargo, aún sin su respuesta, Ann abrió la puerta y se autorizó a sí misma a entrar.

    Marion la vio apenas de reojo por encima del armazón de sus lentes. Ann seguía vestida y maquillada a pesar de la hora. En sus manos sujetaba una tacita de porcelana sobre un platito, y avanzó hacia ella con una leve sonrisa amistosa que a Marion le resultaba bastante forzada.

    —Te traje un poco de leche caliente —le indicó Ann, extendiendo la taza y su platito hacia ella—. Richard me mencionó que te gusta tomar un poco antes de dormir.

    —¿Qué le pusiste?, ¿veneno? —ironizó Marion.

    —Sólo un poco de canela —respondió Ann sin desaparecer su sonrisa. Marion no abandonó su libro, por lo que Ann se aproximó y dejó la taza en la mesita a un lado de su silla—. No me gustaría que te fueras mañana dejando esta pelea con Richard sin resolver.

    —¿Y a ti eso qué te importa? —masculló Marion con molestia, volteando al fin mirarla. Ann retrocedió, sentándose sobre la orilla de la cama.

    —Sé que tú nunca me has querido ver como parte de esta familiar. Pero Richard es mi esposo, Mark mi hijastro, y Damien mi sobrino. Lo que le pasa a esta familia me importa.

    Marion resopló de nuevo, incrédula ante tal afirmación. Cerró su libro y lo colocó sobre sus piernas, dignándose después de todo a tomar la taza con leche que estaba a su lado. Pese a todo, le parecía que sería lo ideal para calmarse y dormir.

    —De seguro lo que te preocupa realmente es que no le deje a Richard mi dinero, ¿no? —musitó Marion burlona, y dio entonces un pequeño sorbo de leche.

    Ann suavizó un poco su sonrisa, hasta adoptar un semblante mucho más frío. Inclinó un poco su cabeza hacia un lado mientras la contemplaba en silencio.

    —¿Esa es la imagen que tienes realmente de mí? —Dijo de pronto con seriedad—. ¿Qué sólo estoy aquí por el dinero de los Thorn? —Marion no contestó, y dio dos tragos más de la leche caliente—. Pues eso habla más de ti que de mí.

    —¿De qué hablas? —Respondió Marion, un tanto indiferente a su queja. Sintió en ese momento una pequeña comezón en la garganta y tosió un par de veces. Bebió un poco más de leche para intentar calmarlo.

    Ann le respondió sin vacilar:

    —Sólo una persona tan simple le da tanto poder al dinero como para creer que amenazando con él puede hacer que todos hagan su absoluta voluntad. Incluso aquellos que afirma querer. Pero hay cosas más grandes e importantes que el dinero en este mundo, tía Marion.

    —¿Cómo qué?

    Ann inclinó su cabeza hacia el otro lado y se cruzó de piernas, arreglándose después su falda antes de responder.

    —Como el amor, o la fe…

    Marion soltó una pequeña risilla nada discreta al escucharla decir aquello. Dio un último trago de la taza, dejándola un poco por debajo de la mitad, y la colocó de nuevo sobre la mesita.

    —¿Ahora resulta que eres muy religiosa? —dijo Marion con tono burlón—. Nunca te he visto ir a la iglesia, ni un sólo día. Ni siquiera te casaste… en una…

    Su voz falló cerca del final de su frase, pues sintió de nuevo ese cosquilleó en su garganta. Sin embargo, éste bajó rápidamente por ésta hasta su pecho, provocándole abruptamente un dolor punzante en el centro de éste que la hizo aferrarse con una mano a ese punto y doblarse hacia el frente. Soltó un gruñido de dolor y sintió como se le empezaba a dificultar respirar. Ann delante de ella, sin embargo, permaneció apacible en su lugar, sólo observándola.

    —Bueno, eso es porque mi fe está depositada en otros lados —musitó de pronto la mujer, respondiendo a su último comentario como si lo demás no hubiera ocurrido—. En Damien, por ejemplo. Yo creo en él. Mi fe, así como mi amor, le pertenecen a él.

    Marion apenas y lograba entender lo que le decía. El dolor se volvió cada vez más intenso, y terminó desplomándose hacia el frente, cayendo al suelo sobre su costado izquierdo. Aunque hubiera querido levantarse, simplemente no hubiera podido hacerlo, pues todo su cuerpo comenzaba a sentirse paralizado.

    —¿Estás bien, tía Marion? —Preguntó Ann sarcástica, parándose entonces de la cama, pero en lugar de ir hacia ella fue a la mesita para tomar de nuevo la taza.

    —¿Qué… me hiciste…? —musitó Marion en el suelo, sonando como si hablar le resultara dolorosos.

    —Quizás no era canela, después de todo —respondió Ann encogiéndose de hombros, mirando complacida como Marion intentaba arrastrarse por la alfombra como si realmente tuviera un lugar al cual ir—. Lo siento por Richard, enserio. Creo que a pesar de todo, a él sí le dolerá tu muerte. Pero será el único, ¿sabes? Porque en lo que respecta a todos los demás, celebraremos con champagne sobre tu tumba, bruja amargada y mezquina.

    Ann se agachó a su lado, y mientras sujetaba el platito y la taza con una mano, con la otra tomó fuertemente del cabello de la mujer en el suelo, y jaló su cabeza hacia atrás. Acercó entonces su rostro a su oído derecho para susúrrale despacio:

    —¿Te hubiera matado haberme dicho una sola cosa linda en tu vida? Enserio intenté ser una buena sobrina, ¿sabes? Pero ya no importa…

    Empujó de forma violenta su cabeza al frente, haciendo que se golpeara contra el suelo. Marion se quedó quieta, soltando algunos quejidos punzantes, mientras sus ojos cristalinos miraban de forma perdida hacia debajo de la cama. Ann permaneció a su lado, mirándola en silencio hasta que sus quejidos y su respiración se fueron apagando, y luego desaparecieron por completo…

    Se quedó un rato más de ahí en cuclillas para asegurarse de que en efecto no siguiera respirando o no se fuera a mover de nuevo. No lo hizo. La gran Marion Thorn acababa de morir de un infarto, quizás derivado del tremendo enojo que había hecho al discutir con su sobrino esa noche. Vaya pesar le caería encima a Richard por no haber podido solucionar eso de otra forma. Pero ya lo superaría; Ann se encargaría de ello.

    Con su labor de la noche concluida, se incorporó de nuevo, sujetando la taza entre sus dedos. Pasó por encima del cuerpo de Marion sin tocarla y se dispuso a irse de ahí antes de que algún curioso se asomara, aunque dada la hora lo dudaba. Pero entonces un sonido la hizo detenerse: un fuerte graznido.

    Ann se volteó alarmada hacia la ventana, y ahí lo vio. Parado en el marco de la ventana, había un gran cuervo negro, con ojos brillantes que la miraban fijamente desde su posición. Ann se paralizó por algún motivo, sintiéndose… ¿atemorizada? La presencia de aquel animal en ese sitio y momento le resultó tan inusual, tan extraño, tan… incorrecto.

    El cuervo permaneció en su sitio por un largo rato, en el cual Ann no se movió ni un centímetro del lugar en el que estaba parada, como si temiera que si lo intentaba, aquella ave se le lanzaría encima y le picaría los ojos. El cuervo de hecho no se movió tampoco, ni hizo sonido alguno. Solamente ya al final lanzó un último graznido, extendió sus alas, y entonces emprendió el vuelo, alejándose de la ventana y perdiéndose en la oscuridad de la noche. Sólo entonces Ann reaccionó.

    No sabía qué había sido eso, pero no le importaba. Salió rápidamente del cuarto con más apuro que antes, dejando detrás de sí a la fallecida tía Marion.

    FIN DEL CAPÍTULO 66

    Notas del Autor:

    Marion Thorn es un personaje originario de la película de 1978 titulada Damien: Omen II, perteneciente a la franquicia de The Omen o La Profecía, basándose casi por completo en la interpretación del personajes hecho en dicha película, aunque justificando un poco más algunas de sus acciones y actitudes.

    —En este capítulo se hace referencia al personaje de Charles Powell perteneciente a la serie Damien del 2006, y su incidente ocurrido con Damien cuando eran jóvenes, cambiando sin embargo algunas cosas, como por ejemplo la edad a la que ocurrió.

    —Como había mencionado antes, gran parte de este capítulo y de los siguientes se encuentran basados en acontecimientos ocurridos en la película Damien: Omen II, pero adaptados y modificados para la línea de la historia.
     
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