Long-fic Resplandor entre Tinieblas

Tema en 'Crossover' iniciado por WingzemonX, 21 Junio 2017.

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    WingzemonX

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    Título:
    Resplandor entre Tinieblas
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Misterio/Suspenso
    Total de capítulos:
    71
     
    Palabras:
    7272
    Resplandor entre Tinieblas

    Por
    WingzemonX


    Capítulo 61.
    Ven conmigo

    Terry guio a Abra de regreso a la camilla de su madre, escabulléndose discretamente y cuidando que nadie conocido las viera. Terry fue la primera en asomarse al otro lado de la cortina, y para su fortuna no había nadie además de su madre. Su padre no quería que nadie más se acercara a ella luego de lo ocurrido, y tenía motivos válidos para quererlo. Terry solía siempre acatar sin excepción las instrucciones de sus padres, pero en esa única ocasión se vería forzada a saltar su autoridad. Era algo más que necesario, quizás la única oportunidad que podrían tener de recuperar a su madre, y no podía dejarla pasar. Así tuviera no sólo que desobedecer, sino también arriesgar su propia seguridad. Si había algo que lamentaba era tener además que arriesgar la de Abra, esta chica que apenas acababa de conocer pero que desde el primer instante le había dejado tan buena impresión. Entendió de inmediato porque su madre la estaba buscando; se notaba de inmediato que era una resplandeciente única.

    —Bien, papá y el tío Will no están —señaló con optimismo, e hizo que ambas pasaran. Justo después cerró la cortina detrás de ellas para que nadie más las viera—. Hagámoslo. ¿Qué debo hacer?

    Abra miró pensativa a la Sra. Wheeler; no preocupada o asustada, sólo pensativa. Estaba justo igual a cómo estaba cuando llegaron, como si ese exabrupto que había ocurrido unos minutos antes no hubiera ocurrido nunca. Su tío Dan le había dicho que debía aceptar la posibilidad de que quizás no quedara nada más de ella ahí. Abra se había rehusado a aceptar tal posibilidad, pero eso era antes de conocer quién había estado detrás del ataque en un inicio. Ahora que lo sabía, ¿qué pensaba de esa posibilidad? ¿Podría realmente ya no haber nada que se pudiera salvar?

    Como fuera, no deseaba implantarle esa idea a Terry, no todavía. Quizás ella misma terminara dándose cuenta si hacía ese único intento que tanto deseaba. Eso, o quizás ambas terminarían siendo compañeras de camilla de la Sra. Wheeler.

    «Dios, protégenos», se sorprendió a sí misma pensado. Nunca se había considerado una persona muy religiosa, pese a todas las cosas que había visto y vivido. Pero ciertamente la idea de tener un poco de ayuda superior en este caso en particular, le resultaba muy atractiva.

    —Primero, toma su mano —le indicó a Terry, señalando la misma mano que su padre había estado tomando durante todos esos días. Terry se apresuró para sentarse en la silla de su padre, y así poder estrechar la mano derecha de Eleven. Abra la siguió, aunque más cautelosa—. El contacto es importante. Yo colocaré mi mano sobre tu hombro, como lo hizo mi tío. ¿De acuerdo? —Terry asintió, y entonces Abra hizo justo lo que había anunciado.

    »Ahora, intentaremos entrar en su mente. El interior de cada una es diferente; créeme, he estado en varias. Imagínate lo que podría ser en el caso de tu madre el lugar en el que se sentiría segura, o en el que iría a refugiarse si tuviera algún problema. E intenta llevarnos hasta ahí.

    “Y ten cuidado.” Añadió como advertencia final en forma de un pequeño mensaje mental.

    Terry asintió.

    “Tú también…”

    La joven castaña estrechó un poco más fuerte la mano de su madre, y entonces intentó concentrarse en ese sitio seguro que Abra le había comentado. ¿Cuál podría ser?, ¿cuál sería el sitio seguro de su madre?

    ¿Su casa, quizás? Más específicamente su estudio; pasaba bastante tiempo ahí. Esa fue la primera opción que se le vino a la mente, pero tuvo que descartarlo casi de inmediato. Ahí era donde la habían atacado y le habían hecho todo este daño. Era probable que no le gustaría estar ahí en esos momentos.

    ¿Qué otro lugar había? Pensó intensamente queriendo recordar alguno. Tardó casi un minuto entero, pero entonces una idea le iluminó la cabeza.

    “Lo tengo, hay un lugar.” Pensó triunfante, y Abra pudo oírla con bastante claridad.

    Terry se inclinó hacia el frente, contemplando el rostro dormido de su madre por unos segundos, y luego cerró los ojos lentamente, comenzando a imaginarse aquel sitio en el que estaba pensando. Había estado ahí sólo unas pocas ocasiones, pero lo recordaba bien. Intentó acordarse de su aspecto, de su olor, y la de sensación que la envolvía al estar ahí. Intentó realmente estar en ese sitio, pero no sola sino con su madre; con la gran Eleven…

    “Mama… ¿me escuchas…? Mamá… Voy por ti… Por favor, ábreme la puerta… Déjame entrar, mamá…”

    Los sonidos que la rodeaban fueron desapareciendo poco a poco, hasta convertirse en un silencio tan absoluto que casi le lastimaba los oídos. Sus ojos se apretaron con más fuerza, sintió como su mente se doblaba y desprendía de su cuerpo, y entonces sus ojos se abrieron de nuevo abruptamente.

    — — — —​

    Lo había logrado, había entrado.

    Sin embargo, el sitio en el que se encontraba no era el que estaba buscando.

    Terry miró confundida a su alrededor. Aquel lugar era una habitación cuadrada y pequeña, de paredes blancas y un gran espejo (seguramente de doble cara) justo delante de ella, en dónde podía ver el reflejo del cuarto, más no el suyo. En el centro, justo delante de ella, había una mesa con una silla. Justo encima de la mesa, había una lata de Coca-Cola, machucada como si alguien la hubiera aplastado con su mano. A su izquierda había una puerta cerrada, y parecía ser la única salida de aquel sitio.

    —¿Qué lugar es éste? —Escuchó que la voz de Abra le preguntaba a sus espaldas. Ella también había ido con ella, justo como lo esperaba; al menos eso había salido bien. Fue consciente en ese momento de que aún sentía su mano en el hombro, pero Abra la retiró en ese momento y comenzó a caminar alrededor, revisando las paredes y el suelo. Ella tampoco se reflejaba en el espejo de enfrente.

    —No lo sé… —Respondió Terry con duda—. No es el lugar en el que estaba pensando. No sé cómo llegamos aquí.

    —Al menos no es el espacio negro. Eso es un progreso.

    Terry se aproximó a la mesa y se inclinó a ver la lata aplastada. ¿Todo eso se encontraba en la mente de su madre? Si era así, ¿qué significaba esa lata exactamente? Notó entonces algo más en la superficie lisa de la mesa: una pequeña mancha roca ovalada. Terry se acercó más a ésta, y notó que era una huella… de sangre, quizás de un dedo.

    —¿Es algún tipo de sala de interrogación? —Preguntó Abra curiosa. Estaba delante del espejo, tocándolo con sus dedos.

    —Es un laboratorio —susurró Terry despacio, incorporándose de nuevo—. Aquí fue donde mi madre creció.

    —¿Creció? —Repitió Abra, virándose de nuevo hacia ella—. ¿A qué te refieres?

    Terry no respondió. Sólo sabía las historias que su madre y su padre le habían contado cuando ya tuvo la edad suficiente para saberlas (que no había sido de hecho demasiado atrás). Pero tuvo el presentimiento de que en efecto ese era el sitio al que se referían esas historias; el antiguo Laboratorio Nacional de la Compañía de Luz y Energía, abandonado a las afueras. Los chicos locales solían retarse a entrar, y se decía que estaba maldito; pocos sabían que tan real era eso último, de cierta forma.

    Sin decir nada, Terry comenzó a caminar hacia la puerta.

    —Espera, debemos movernos con cuidado —indicó Abra, pero Terry continuó.

    —Mamá no está aquí —señaló teniendo ya su mano en el pomo de la puerta—. Debe de haber otro lugar al que podamos…

    Sus palabras fueron interrumpidas en el momento justo en el que abrió aquella puerta, y la mirada de ambas se encontró con el pasillo del otro lado. Las paredes, el suelo y el techo eran tan blancos como en esa habitación. O al menos daban la impresión de en alguna ocasión haberlo sido, pues todo estaba cubierto con unas extrañas enredaderas negras, que más que plantas tenían apariencia de ser carne viviente, y que roían las paredes como ácido. Todo estaba iluminado por una extraña luz azulada, y el aire estaba cubierto con una neblina ligera, y particular blanquizcas que flotaban como motas de polvo movidas por el viento. El silencio que brotaba de aquel espacio por sí sólo era igualmente atemorizante, casi tanto como lo que podían ver.

    Ambas se quedaron de pie en la puerta, contemplando aquello en silencio.

    —¿Qué es esto? —Susurró Abra un tanto pasmada. Inconscientemente dio un paso al frente, pero ahora fue Terry quien la detuvo, tomándola la tomó con cuidado de su brazo.

    —Esto es el interior de la mente de mi madre, ¿cierto? —Murmuró Terry con preocupación, mirando a lo lejos el pasillo que parecía no tener fin.

    —Yo supongo que sí —respondió Abra un poco más calmada que ella—. No es como que un sitio así pudiera existir en el mundo real.

    Abra rio un poco intentando aligerar un poco el ambiente… pero Terry no rio en lo absoluto, y sus dedos se apretaron un poco más al brazo de Abra, antes de aparentemente comenzar a relajarse poco a poco hasta soltarla por completo.

    —Tienes razón, debemos avanzar con cuidado —masculló despacio la menor de los Wheeler, comenzando entonces ella misma a avanzar por aquel oscuro espacio, vigilando por donde pisaba.

    Abra la siguió en silencio, un poco inquieta por cómo su actual guía estaba reaccionando. En cuanto salió por completo de aquel cuarto, la puerta se cerró con fuerza detrás de ella, haciéndola saltar un poco. Se volteó a verla, sintiéndose tentada a intentar abrirla, pero supuso que sería inútil. Esa no sería su salida.

    Avanzaron cuidadosas por el pasillo sin hablar entre ellas. Abra sentía un poco de aquel frío que la había prácticamente paralizado la vez pasada, pero ya no era tan intenso. ¿Sería acaso que en ese lugar estaban lejos de la fuente de aquella incomodidad?, ¿o quizás hora que ya sabía qué (o quién) lo causaba había perdido cierto poder en ella? No lo sabía, pero pedía en silencio que no volviera a ponerse como antes y terminara causando más mal que bien en ese sitio.

    Pasaron varios minutos caminando, o quizás sólo un par de segundos, sin ver algún cambio. Todo aquello no era más que un largo pasillo oscuro, cubierto de esas enredaderas y esa neblina. Respirar se volvía un poco difícil, pero aún posible de momento. El pasillo se sentía realmente largo y no parecía verse el fin a lo lejos. Quizás estaban andando en la dirección incorrecta, o quizás no existía como tal una dirección correcta.

    Y de repente, algo cambió. Entre todo el silencio que las envolvía, se escuchó un golpe pesado, como algo cayendo fuertemente al piso y haciendo que éste se estremeciera. Ambas se detuvieron y se miraron la una a la otra. Y antes de que pudieran preguntarse qué había sido aquello, al golpe le siguió un fuerte rugido que resonaba a lo lejos, pero que aun así las hizo estremecerse. Se voltearon lentamente en la dirección en la que venían, notando como una gran masa oscura al fondo comenzaba a abrirse paso, y a volverse cada vez más grande y más cercana. Oyeron más de esos golpes, que ambas identificaron casi de inmediato… como pasos.

    No ocuparon más antes de comenzar a salir corriendo con rapidez hacia el frente, sólo cuidando de no tropezar con las condenadas vainas en el suelo. Ambas corrieron, Terry unos cuantos pasos más delante, pues Abra de alguna forma esperaba que ella supiera a donde dirigirse. Abra miró hacia atrás por encima de su hombro, y notó como entre aquella oscuridad una figura casi humanoide se abría paso, y era justo esa cosa la que provocaba aquellos pasos, y ahora rugidos mucho más claros. Abra no supo ver qué era, pero era bastante grande, y parecía estarlas alcanzando.

    La joven Stone se detuvo y en lugar de seguir corriendo intentó abrir la puerta que tenía a su derecha, pero ésta no cedió por lo que siguió con la que estaba enfrente.

    —¡¿Qué haces?! —Le gritó Terry, unos pasos más adelante al notar que ya no la seguía.

    —Si seguimos corriendo no llegaremos a ningún lado —se explicó Abra mientras continuaba forcejeando con la puerta, sin ningún resultado. La criatura oscura seguía aproximándose—. Una de estas puertas tiene que llevarnos a algún lugar.

    Terry comprendía lo que decía, pero su atención estaba más puesta en la criatura que se aproximaba con tanta velocidad y directo hacia ellas. Y mientras más cerca se veía, más se materializaba ante ella la descripción que tenía en su cabeza de aquel monstruo… Un ser pálido y enorme, de dos pies, como un enorme hombre, pero en lugar de cabeza lo que tenía era una gran boca abierta, como una grotesca flor de carne y colmillos. Era esa cosa, era real… o, ¿no lo era?

    —Esto no es real, ¿cierto? —Susurró Terry despacio, casi como una súplica.

    —¡Tan real como quieres que sea! —Le gritó Abra un tanto desesperada, mientras estaba intentando ya con su cuarta puerta, sintiéndose más nerviosa cada vez que veía a aquella cosa acercándose—. ¡Terry!, ¡ayúdame! —Terry se quedó quieta en su sitio sin quitar sus ojos de la criatura que ya estaba bastante cerca—. ¡Terry!

    Abra se le acercó, tomándola fuertemente de sus hombros y jalándola hacia la quinta de las puertas. Luego, al joven de New Hampshire comenzó en su desesperación a patear la puerta, en un intento de derribarla. Sólo entonces Terry pareció reaccionar.

    —¡Espera! —Le dijo la joven de Indiana apresurada, y ella misma intentó abrirla. Para sorpresa de Abra (aunque no tanta), la puerta sí se abrió en cuanto ella lo intentó. Ninguna se quedó el suficiente tiempo a pensar demasiado en ello, pues de inmediato la atravesaron y cerraron con fuerza detrás de sí.

    En cuanto estuvieron en aquel nuevo espacio y la puerta estuvo cerrada, los golpes y los rugidos cesaron abruptamente, volviendo al silencio, aunque éste era un poco más tranquilizador.

    —¿Qué era esa cosa? —cuestionó Abra por mero reflejo, sin realmente esperar una respuesta. Sin embargo, sí la obtuvo.

    —El Demogorgon —susurró Terry, pensativa.

    —¿El qué?

    —Una vieja historia de terror. ¿Crees que pueda hacernos daño?

    —Yo no me arriesgaría para averiguarlo…

    Ambas se viraron hacia la habitación en la que se habían introducido, y se sorprendieron al ver que el escenario había cambiado bastante en comparación con el anterior. Y no fue sólo que ya no había de esas enredaderas oscuras, ni estaban siendo sofocadas por aquella neblina. Sino que ya no parecía una habitación que perteneciera al mismo laboratorio en el que se encontraban hace unos momentos. Aquello parecía más bien ser un rincón de una casa, como una sala de estar, o más bien un sótano o ático aclimatado para tal propósito. Había una mesa cuadrada casi enfrente de la puerta por la que habían entrado, con algunas cajas de juegos y libros sobre ésta. Más adelante había un sillón, con una mesa de centro al frente, y una lámpara a un costado. Y casi en la esquina contraria de donde se encontraban, podía notarse una escalera que iba hacia arriba, por lo que parecía en efecto tratarse del sótano de una casa.

    Terry fue la primera en avanzar, cautelosa, inspeccionando cada objeto y mueble, cada dibujo y poster de la pared, como si fuera la visitante de la exhibición de algún museo.

    —Creo que es el viejo sótano de mis abuelos —susurró despacio—. Pero se ve un poco diferente…

    —¿Éste es el sitio seguro en el que estabas pensando?

    —No, tampoco es éste. Aunque creo que cuando eran jóvenes mis padres y sus amigos pasaban mucho tiempo aquí…

    Ambas escucharon un ruido repentino que las puso en alerta, pero casi de inmediato repararon en que no se trataba de ningún otro rugido, sino de un sonido similar a interferencia. Terry se viró hacia un lado y notó que no muy lejos de la mesa, pegada contra la pared, había lo que le parecía una extraña tienda de acampar improvisada con sábanas, edredones y algunos cojines. Parecía similar a los fuertes de almohadas que ella misma recordaba haber hecho de niña. El sonido venía justo de ahí dentro, entre los tendidos en el suelo.

    Terry se aproximó para ver mejor, y notó que sobre los edredones reposaba un aparato que no reconoció al inicio. Parecía un viejo teléfono cuadrado, pero más grande y con una larga antena. El sonido provenía de él.

    —Creo que es un viejo radio de dos bandas —murmuró Abra de pronto, inclinándose un poco a su lado para ver mejor.

    —¿Un qué? —Cuestionó Terry un tanto confundida, virándose a verla.

    —Un radio, walkie-talkies, como los que usan los policías. Momo… es decir, mi abuela, usó unos cuando yo era más pequeña para explicarme cómo funcionaba la comunicación a distancia, aunque no eran tan viejos. ¿Era de tu madre, quizás?

    —No lo sé… Quizás de mi padre. A mi hermano y a él siempre les han gustado este tipo de cosas.

    Aproximó su mano al radio, con tanta cautela como si temiera que le quemara. No lo hizo. Lo tomó, lo aproximó a su rostro y lo examinó.

    Terry…

    Aquella voz surgió débilmente de la radio en la mano de la joven castaña entre toda la interferencia que se escuchaba, tomando por sorpresa a cada una.

    —¡Mamá! —Exclamó Terry con fuerza, acercando más la radio a su boca—. ¿Mamá? ¿Eres tú? ¿Me escuchas?

    Abra por un momento quiso decirle que tenía que presionar el botón lateral para hablar, pero pensó que dado el lugar y situación en la que se encontraban, quizás eso no importara. Del otro lado no hubo ningún tipo de respuesta por unos instantes, hasta que volvieron a escuchar de nuevo y de la misma forma que antes:

    Terry… No… no…

    Y luego silencio, completo silencio; incluso la interferencia había desaparecido, como si la radio se hubiera quedado abruptamente sin baterías.

    —¡Mamá! —Exclamó con más fuerza la joven Wheeler, llena de desesperación—. Era ella, ¿cierto? Era ella —se giró entonces hacia Abra en busca de su confirmación pero ésta en realidad no tenía como responder pues en verdad no tenía idea.

    Los rugidos de la criatura que las perseguía se oyeron justo del otro lado de la puerta por la que habían entrado, provocando que ambas se giraran al mismo tiempo hacia ella. La puerta entonces comenzó a agitarse, amenazando con ser derribada en cualquier momento. Las había encontrado; ya fuera porque los gritos de Terry lo alertaron, o quizás porque simplemente era algo inevitable.

    —Tenemos que salir de aquí, ¡vamos! —Señaló Abra fervientemente, y rápidamente tomó a Terry de su mano y la jaló hacia las escaleras. Las dos jovencitas subieron apresuradamente cada peldaño, mientras oían de fondo como su puerta de entrada era golpeada, y posteriormente se desprendía de la pared y era derribada al suelo. Un segundo después, para su suerte, ambas estaban atravesando a salvo la puerta al final de las escaleras.

    En el mundo real, seguramente esa puerta las hubiera llevado a la casa de los abuelos de Terry. En su lugar, en cuando ambas pusieron un pie al otro lado del marco, fue como pisar la nada, y sus cuerpos cayeron al frente como si hubieran dado un paso en falso en la cornisa de un edificio. Por suerte no era un edificio tan alto, pues menos de un metro después ambas cayeron sordamente a tierra firme.

    El suelo era en efecto tierra, húmeda y fría con algunos rastros de nieve en ella. Abra sintió como se golpeaba el mentón y se raspaba un poco las manos al interponerlas en la caída. Sus rodillas igualmente pasaban por un destino similar. Se dijo a sí misma que aquello no era dolor real y que tenía que reponerse lo antes posible. Se giró sobre sí y se sentó en el suelo, esperando ver alguna puerta flotando en el aire que pudiera cerrar, pero no vio nada. Lo único que miró fue un largo y oscuro bosque, alumbrado apenas por la luz de las estrellas y la luna. Igualmente había algo de nieve hasta donde lograba ver, pero extrañamente no sentía frío; no más del que sentía cuando empezaron su pequeño recorrido por ese País de las Maravillas.

    —Párate, vamos —le indicó apresuradamente a Terry, tomándola para ayudarla a pararse. Notó entonces que la joven castaña miraba fijamente al frente con sus ojos bien abiertos. Abra se viró en dicha dirección, esperando verse con la misma criatura que las perseguía, o quizás algo peor. En su lugar, notó más adelante una vieja y pequeña estructura de madera, alumbrada con algunas luces exteriores—. ¿Ahora a dónde caímos?

    Terry dio unos pasos al frente sin quitar sus ojos de la casa de madera.

    —Es aquí —musitó de pronto, y entonces comenzó a andar un poco más deprisa—. Es la cabaña del abuelo Hopper; es el sitio seguro en el que pensé. ¡Es aquí!

    Y entones aceleró el paso.

    —Terry, espera —masculló Abra, pero la joven se había adelantado bastante—. Maldición…

    Abra se talló un poco sus rodillas para limpiarlas de lodo y comenzó a seguirla, cojeando un poco.

    ¿El lugar seguro de la Sra. Wheeler era una vieja cabaña en el bosque?, a Abra aquello le pareció difícil de creer. Sin embargo, Terry sabía lo especial que era ese sitio para su madre. Había vivido unos años ahí con el alguacil Jim Hopper, su padre adoptivo. De hecho, aquella cabaña aún existía en el mundo real; el abuelo Hopper se la había heredado a su madre. Terry recordaba que de niña la había llevado un par de veces a esa parte del bosque y le había contado de cuando vivía ahí, y lo diferente que era todo (ella incluida) en aquel entonces. Su madre siempre mencionaba que quería repararle todos sus desperfectos que se le habían presentado con el pasar del tiempo, remodelarla un poco, y quizás retirarse ahí cuando fuera más vieja. Terry no creía que lo fuera hacer; no lo de irse a vivir a esa cabaña, sino más bien retirase. Conociendo lo ocupada que siempre estaba con su Fundación, y lo mucho que amaba su trabajo, estaba segura que lo seguiría haciendo hasta que muriera… y ese último pensamiento le causó una muy profunda e incómoda sensación de desagrado.

    Terry subió apresurada las escaleras frontales y se paró firme en el pórtico delante de la puerta. Abra la alcanzó unos momentos después.

    —Oye —le llamó Abra al pie de las escaleras, notándosele algo agotada. De hecho, ella misma se sorprendió de sentirse así—. Si no está aquí, debemos de comenzar a considerar nuestra huida, antes de que esa cosa nos alcance enserio…

    Terry la miró unos instantes sin responderle nada. De seguro no estaba nada contenta con esa advertencia, casi amenaza. Sin embargo, su silencio indicaba que también no tenía como repudiarla o negarla.

    La joven respiró hondo y acercó su mano al pomo de la puerta, girándolo y abriendo la puerta hacia adentro. El interior de la cabaña estaba iluminado con luz anaranjada. Pese a su apariencia externa descuidada, el interior de hecho se veía bastante agradable a ojos de ambas muchachas. En cuanto la puerta se abrió, ambas captaron otra vez ruido de estática, aunque era diferente a la que habían escuchado en la radio.

    Ingresaron lentamente, una delante de la otra. Un poco delante de la puerta, había un sillón un poco viejo de tapiz rojo manchado. Lo que Abra primero notó fue que más adelante, en la pared contraria y delante del sillón, y debajo de una pequeña ventana y la cabeza de un venado colgada, había lo que parecía ser un viejo televisor cuadrado cuya pantalla brillaba de blanco y negro, mostrando sólo estática y emitiendo sonido blanco; aquello era el sonido que habían escuchado al entrar. Sin embargo, lo que Terry notó fue que por encima del respaldo del sillón, sobresalía una cabeza pequeña, como de un niño, con cabello apenas brotando de ella. Era una persona sentada en el sillón, que miraba fijamente hacia el televisor encendido aunque éste sólo tuviera estática.

    Terry comenzó a rodear el sillón lentamente, mientras Abra se encargaba de cerrar la puerta. La joven Wheeler se aproximó con paso cauteloso hacia un costado del sillón, y luego al frente para poder ver mejor a aquella persona. Ahogó un pequeño gritito de sorpresa, y su respiración se cortó unos segundos.

    —¡Mamá!, ¡¿eres tú?! —Exclamó con fuerza sin poder contenerse.

    Abra se apresuró a ponerse a lado de su acompañante y también poder contemplar a la persona misteriosa. Su reacción fue menos efusiva que la de Terry, pero ciertamente le sorprendió un poco. Era una niña de once o doce años, aunque con el cabello rapado había sido un tanto difícil de determinar de lejos. Pero lo que delataba su identidad era su rostro, prácticamente una copia del rostro de Terry, sólo que unos años más joven. Aquella niña vestía lo que parecía ser una bata blanca de hospital con puntos negros, y nada más; incluso sus pies estaban descalzos y cubiertos de lodo. Miraba con sus ojos totalmente abiertos hacia el televisor sin siquiera pestañar. Y su nariz le sangraba… bastante. Sus labios y mentón estaban casi completamente rojos, e incluso la samgre había llegado a manchar la bata.

    —¡Mamá!, ¡te encontramos! —Exclamó Terry con emoción y sin reparo se acercó hacia ella, poniéndose de cuclillas a su lado. La niña, sin embargo, no reaccionó en lo absoluto—. ¿Mamá? ¿Me escuchas? —Terry acercó entonces una mano hacia ella, colocándola sobre su brazo, pero la retiró casi de inmediato con un gesto de dolor—. Está fría… casi congelada…

    «Fría», repitió Abra en su mente. Aquello no le sorprendió. No sabía qué significaba exactamente esa personificación de la Sra. Wheeler, pero no creía que su apariencia y estado fueran buena señal.

    No hubo mucho tiempo para pensar en aquello, pues en aquel momento las luces de la casa comenzaron parpadear en un ritmo constante, casi provocado. A aquello le siguieron los mismos sonidos de pasos pesados provenientes del frente de la casa. Y claro, lo siguiente fue un rugido. Aquello sí que logró crear una reacción en la joven Jean, pues de pronto saltó del sillón, cayó al suelo y se arrastró por él hasta una esquina de la sala, haciéndose ovillo totalmente llena de terror. Terry la miró atónita sin poder reaccionar.

    —Esa cosa estará aquí en cualquier momento —advirtió Abra y comenzó a mirar alrededor. La primera puerta adicional que vio fue una a lado de la cocina, que por la distribución muy posiblemente llevaba a un cuarto, pero esperaba que funcionara igual que la puerta del sótano y las llevara a algún otro lado—. Tráela y salgamos de aquí, rápido.

    Abra se lanzó hacia la puerta, mientras Terry se aproximaba a la versión joven de su madre para intentar obligarla a pararse, aunque la sintiera tan fría que casi la quemara. Los pasos de la criatura ya se oían en los escalones. Abra se apresuró a la puerta, la abrió de par y par, y se dispuso a dar un paso al frente… pero se detuvo.

    Alguien le estorbaba el paso, alguien parado a menos de un metro de la puerta, con sus manos en los bolsillos de su pantalón negro de vestir, y la miró fijamente con sus profundos y penetrantes ojos azules. Esos ojos… Abra no tuvo que ver el resto de su rostro; esos ojos fueron suficientes para congelarla en su sitio. Una sonrisa astuta se dibujó en los labios de aquel individuo mientras la miraba, y aquello terminó por desarmarla.

    —Hola, Abra —le saludó el apuesto muchacho, con el mismo tono de voz algo seductor, pero a la vez amenazante, que ella bien recordaba—. Vaya sorpresa…

    Abra sólo pudo reaccionar hasta que la aterradora figura de Damien Thorn dio un paso hacia al frente, penetrando de esa forma en el espacio de la cabaña. Sin embargo, dicha reacción por parte de la muchacha fue retroceder torpemente en un intento de alejarse de él, hasta tropezar con un sillón reclinable justo detrás de ella, haciéndola perder el equilibrio y caer sobre el tapete que cubría el suelo de la sala. Se alejó aún más por el suelo, hasta que su espalda se pegó contra el costado del sillón más grande, y hasta ahí llegó. Aquel individuo sonrió divertido, como si le produjera gracia verla ahí en el suelo casi temblando de miedo, y eso a ella la hizo rabiar intensamente.

    —¡Tú! —escuchó como pronunciaba la voz de Terry con su respectiva dosis de rabia. Abra no podía verla desde su posición, pero sí escuchó sus pasos retumbar en el suelo mientras se le aproximaba al chico recién aparecido—. ¡Maldito bastardo!, ¡tú le hiciste esto a mi mamá…!

    Damien apenas y la miró un instante de reojo, antes de que el mismo sillón reclinable con el que Abra se había tropezado se deslizara sólo por el suelo y chocara contra la menor de los Wheeler, haciéndola caer sobre éste. Intentó levantarse rápidamente, pero en cuanto se acomodó para sentarse y luego pararse, dos fuertes manos la sujetaron con fuerza de los brazos y la jalaron contra el sillón, obligándola a quedarse ahí. Terry miró asustada y notó que esos fuertes brazos masculinos surgían del sillón, como si fueran extensiones de éste. Más se materializaron de la misma forma, tomándola de los tobillos, sus muslos, muñecas y cuello, dejándola totalmente inmovilizada.

    —Tú no te metas, ¿quieres? —Comentó Damien con tono de amenaza—. Esto es una conversación privada.

    —¿Eres real? —Cuestionó Abra con su voz casi quebrándose. Damien la miró de nuevo desde arriba, y le sonrió.

    —En este sitio eso es relativo, ¿no crees? —ironizó alzando sus brazos hacia el espacio que los rodeaba—. Pero si te refieres a si soy yo o algún tipo de recuerdo en la cabeza de esta mujer, es lo primero definitivamente.

    —¿Cómo es posible que llegaras hasta aquí? —soltó de pronto la joven de New Hampshire, casi sin proponérselo realmente.

    —Tú me llamaste, ¿lo olvidas? —Le respondió con simpleza, haciendo que la respiración de Abra se cortara un poco—. Sólo seguí las migas de pan que me dejaste…

    En ese momento, los tres escucharon como la puerta principal de la cabaña era derribada abruptamente de un fuerte golpe, como si hubiera sido envestida por un toro. Los ojos de todos se giraron en esa dirección y se posaron en aquella casi indescriptible criatura, que se irguió potente en el marco. Su cabeza se abrió como una flor floreciendo, soltando un intenso rugido por esa boca inhumana.

    —Santo Dios —exclamó Abra, atónita al ver a lo que Terry había llamado Demogorgon, un nombre que ciertamente le quedaba bien.

    —Él no tiene nada que ver con esto, querida —señaló irónico Damien, dando un par de pasos para ponerse delante de Abra, casi como si intentara cubrirla de aquel ser pálido. El Demogorgon se aproximó velozmente hacia él, y por un momento pareció que lo embestiría. Sin embargo, justo a último momento, se detuvo delante de él, con su boca a sólo unos centímetros del rostro del muchacho, y ahí se quedó. De pie, respirando, o haciendo al menos un sonido muy similar a respiración, cerca de él. Abra miró esto desde el suelo con asombro. Damien, por su parte, sólo sonrió con normalidad. —¿Así es como me ve, señora? —Cuestionó con burla, virándose justo hacia la pequeña niña rapada que tiritaba de miedo en la esquina—. ¿O es acaso un viejo miedo?

    La niña no respondió, pero en su lugar aprovechó ese momento en que la criatura se había detenido para ponerse de pie y correr con todas fuerzas hacia la puerta por la cual Damien había entrado. Ésta al parecer de un parpadeo a otro daba ahora a un largo pasillo blanco, similar al del laboratorio pero sin las lianas negras y mucho más iluminado.

    —¡No!, ¡mamá! —Le gritó Terry, pero la niña no escuchó y siguió corriendo hasta atravesar la puerta. La criatura se alertó en cuanto pasó cerca de él, volteando todo su cuerpo en su dirección.

    —Es toda tuya —le indicó Damien, agitando una mano en el aire con indiferencia ante aquella situación. El monstruo de seguro no necesitaba su permiso, pero de todas formas en ese momento se lanzó hacia la puerta abierta, corriendo detrás de su verdadera presa.

    —¡No!, ¡mamá! —Volvió a gritar Terry, pero ahora con todas sus fuerzas mientras intentaba inútilmente de zafarse del agarre que la detenía. En cuando la criatura atravesó el umbral, la puerta se cerró abruptamente detrás de él, y ya no se escuchó sonido alguno de ninguno de los dos seres que habían pasado por ella—. ¡Mamá!

    Terry comenzó a soltar fuertes sollozos; no de tristeza ni de dolor, sino de una profunda y casi dolorosa frustración. Abra sintió aquello calándole hondo. Intentó reponerse a su impresión inicial, y comenzó a alzarse lentamente, apoyándose en el sillón.

    —¿Por qué haces esto? —Soltó de golpe, intentando mantener la firmeza lo mejor posible—. ¿Es a mí a quién quieres? ¡Pues aquí estoy! ¡Pero deja en paz a esta familia!

    Damien se viró hacia ella con una expresión un tanto confundida, que bien podría ser algo sobreactuada.

    —Y dicen que yo soy egocéntrico —respondió entonces, casi a punto de soltarse riendo—. Esto no tiene nada que ver contigo, querida. Yo no me metí con esta “familia” —señaló en ese momento con tu mano hacia la cautiva Terry—, ellos se metieron conmigo primero. Y los que lo hacen, tienen que pagar de una y otra forma.

    —¿Eso me incluye a mí?

    —¿Enserio crees que si hubiera querido hacerte algo por lo de aquel día no te hubiera encontrado y alcanzado en cualquier momento?

    Comenzó entonces a caminar hacia ella, cortando la pequeña distancia que había entre ellos.

    —¡No te acerques…! —Le advirtió Abra, señalándolo con una mano—. Te lo advierto…

    Pero él no le obedeció. Y, lo que fue peor, ella tampoco hizo nada para detenerlo. Siguió avanzando hasta que ambos quedaron frente a frente, de una forma que claramente invadía de sobra su espacio personal. Y, aun así, ella no retrocedió o hizo intento de alejarlo en esos momentos. Sólo se quedó quieta en su sitio, mirándolo fijamente como si no fuera capaz de apartar su atención de sus profundos ojos azules.

    —Siempre supe dónde estabas, Abra Stone de Anniston, New Hampshire —declaró con elocuencia, y escucharlo decir su nombre y su ciudad hizo que le recorriera un intenso escalofrío que casi la derribó de nuevo—. He tenido unos meses muy ocupados, y con el tiempo aprendí muchas nuevas habilidades que me hubieran permitido, con tan sólo desearlo, estar ahí contigo. ¿Quieres saber por qué nunca lo hice? —Inclinó en ese momento su cuerpo hacia el frente, acercando aún más sus rostros. Abra se hizo hacia atrás, teniendo que apoyarse en el sillón a sus espaldas para no caer—. Porque no tengo nada contra ti en realidad. De hecho, te estoy agradecido. Tú fuiste quien me abrió los ojos; fuiste mi motivación, se podría decir. Todo lo que he hecho desde entonces, ha sido gracias a ti. Es por eso que te dejé en paz, esperando a ver si acaso en algún momento tú venías sola a mí. Suponía que te había asustado lo que viste al otro lado del velo, pero que tarde o temprano sentirías tanta fascinación por ello que tú sola me buscarías para terminar lo que empezamos en ese vehículo.

    —¡Por supuesto que no! —respondió Abra rápidamente, recuperando su compostura y forzándose a colocar sus manos sobre su pecho para empujarlo lejos de ella. Le hubiera gustado empujarlo miles de metros lejos, pero sólo lo hizo retroceder un par de pasos—. ¿Fascinación? ¡Lo único que siento al recordar eso es absoluto asco!

    Damien rio un poco, y luego se paró derecho y se arregló un poco su atuendo. Abra notó entonces que usaba el mismo traje negro y camisa azul sin corbata del día que se conocieron. ¿Coincidencia?, ¿o así era como se había querido presentar ante ella?, ¿o… así era como ella misma lo recordaba y por eso lo veía así?

    —No es cierto —señaló el chico, moviendo un dedo con un gesto de burla. Comenzó entonces a caminar, y Abra pensó que se le aproximaría de nuevo, pero en su lugar le sacó la vuelta y avanzó hacia Terry—. Pero no importa, porque en lugar de eso volviste a mí para ponerte en mi camino, igual que estos sujetos. —Caminó hasta colocarse justo detrás del sillón con brazos, apoyando sus manos en el respaldo. Abra sintió que esa posición, y la forma en la que la miraba, querían darle a entender que tenía completo control de todo eso, y que la propia Terry era su rehén—. Estoy un poco decepcionado por eso. Pero, tratándose de ti, te daré otra oportunidad de elegir el lado correcto en esto.

    —¿Qué dices?

    —Te diré tus opciones —continuó el muchacho de cabellos negros, mientras con una mano acariciaba, casi amenazadoramente, el respaldo del sillón reclinable—. Opción uno, regresa a tu aburrida casita en New Hampshire y no vuelvas nunca a mostrar tu linda cara delante de mí, y estaremos de nuevo en paz. Opción dos, si te quedas con estos perdedores, hormigas intentando detener la pata del elefante, te aplastaré junto con ellos. A ti, a tus padres, a tu querido tío Dan, y a quien sea…

    Su voz había sido acompañada de cierto grado de ira en sus últimas palabras, que hicieron notar de inmediato que no estaba bromeando con su amenaza. Sin embargo, se calmó rápidamente, volviendo de nuevo a la misma actitud relajada y soberbia de antes.

    —O la opción tres: ven conmigo.

    —¿Qué? —Exclamó Abra, totalmente confundida, e incluso con una pequeña sensación en el estómago de querer reírse.

    Damien prosiguió con su declaración.

    —Sé lo poderosa que eres, y te quiero conmigo, de mi lado. Dentro de poco las cosas se prenderán y se pondrán divertidas. A niveles bíblicos, podría decirse; yo me encargaré de eso. Y tú puedes estar en el asiento de primera fila, conmigo. Porque, como dije, todo esto es gracias a ti…

    Abra lo contempló unos momentos en un frío silencio, pero luego esa risa que había contenido anteriormente no pudo seguir guardándose y en ese momento surgió abruptamente y con fuerza. Damien pareció un tanto desconcertado, y eso a ella le encantó.

    —Cielo santo —Murmuró Abra una vez que apagó las risas—. ¿Qué te crees?, ¿un villano de cómic con ese discurso tan estereotipado? Por favor…

    —¿Crees que estoy bromeando? —Respondió Damien, considerablemente más serio que antes.

    —Creo que eres un niño mimado y egocéntrico al que le gusta jugar al chico malo y que la gente le tema. Pero he visto a otros como tú antes, y, ¿adivina qué? —Avanzó entonces hasta ponerse a unos cuantos metros de Terry y de él, encarándolo con firmeza—. Yo no te tengo miedo… Sólo me das risa.

    Sonaba muy segura de sí misma, muy sincera y con el sartén por el mango. Pero la realidad era que si estuviera en su cuerpo físico en esos momentos, posiblemente sus piernas le estarían temblando incontrolablemente. Por supuesto que le tenía miedo. Por algo había tenido tantos deseos de salir corriendo de ese lugar en cuanto se dio cuenta de que él estaba involucrado, y por eso tenía sus reservas de volver a intentar eso. Lo que había visto al otro lado del velo, como él lo había descrito, no sólo la afectó: realmente la aterró.

    Sin embargo, había una fuerza mucho más fuerte en su interior que la movía y obligaba a pararse con firmeza delante de él, e incluso provocarlo de esa forma. Y esa fuerza era su ira, esa que tanto le preocupaba e incluso temía un poco, pero que en esos momentos era lo único a lo que podía sostenerse. Sentía ira ante como ese pelmazo la hacía sentir, como su sola presencia y sus palabras la hacían sucumbir, y de concebirse tan débil y miedosa. Su ira era lo único que tenía para poder defenderse de todo eso… y le gustaba hacerlo.

    Damien la contempló en silencio por un rato, antes de volver a sonreír de esa forma tan presuntuosa y molesta.

    —Oh, Abra —comentó con sátira—. Crees que sabes lo que realmente soy por lo que viste aquel día. Pero la verdad es que no has visto nada aún…

    De pronto, extendió su mano derecha hacia el frente, colocándola por completo contra el costado de la cara de Terry, presionando sus dedos con algo de fuerza contra su piel. La jovencita en la silla soltó un pequeño alarido de dolor. Abra, por su lado, se estremeció al verlo tocándola de esa forma.

    —No, espera… ¡No le hagas nada! —Le gritó como una advertencia vacía.

    —Ven acá y detenme, entonces —Le respondió el chico forma burlona, mientras recorría su mano por el rostro de su aparente rehén—. ¿O tus piernas no se pueden mover de tanta… risa?

    Los puños de Abra se apretaron, sus dientes se presionaron fuertemente entre ellos, y su mirada casi en llamas se clavó en aquel monstruo. Y, sin embargo, no dio ni siquiera un paso al frente. Estaba realmente congelada.

    «Muévete… ¡¿qué haces?! ¡Muévete!» Se decía a sí misma con insistencia, pero nada pasaba. «Usa tus malditos poderes, ¡haz algo maldita cobarde!» Comenzó en ese momento a sentir como resbalaban lágrimas de frustración por sus mejillas, sin saber de momento si aquello quizás estaba ocurriendo de verdad en el mundo físico.

    Damien volvió a sonreír, satisfecho por su reacción. Centró entonces su atención en Terry, agachándose un poco por un costado para poder susurrar cerca de su oído.

    —Le prometí a tu madre que te haría una visita a ti también, ¿recuerdas? Te iba a dar de alimento a un par de perros rebeldes que tengo, como un jugoso pedazo de carne. Pero supongo que uno no se puede poner quisquilloso con las oportunidades que le da la vida.

    Las manos que aprisionaban a Terry comenzaron a apretarla de golpe con más fuerza, incluyendo las que le rodeaban el cuello. La joven soltó un gemido de dolor, pero apenas fue audible pues de pronto comenzó a sentir como era asfixiada sin remedio.

    —¡No! —Exclamó Abra y sólo entonces fue capaz de moverse hacia adelante, pero fue detenida por un par de manos, similares a las del sillón, que brotaron como flores del tapete y la tomaron de los tobillos, haciéndola tropezar y caer de narices al frente, casi a los pies de la rehén.

    Una vez en el suelo, más manos surgieron y la sujetaron de todas sus extremidades para inmovilizarla, y no logró zafarse por más que forcejó. Sólo fue capaz de ver desde el suelo como el cuerpo de Terry se estremecía por el dolor y la falta de aire, y como él admiraba divertido la expresión de dolor y miedo en su rostro

    —¡Maldito bastardo! —Le gritó Abra iracunda y desesperada—. ¡Te mataré!, ¡¿me oíste?! ¡Te encontraré y te mataré con mis propias manos!, ¡hijo de puta!

    Damien sólo la miró de reojo unos momentos, con bastante poco interés en sus amenazas, y luego centró de nuevo su atención en Terry y en como la vida se escapaba poco a poco de su cuerpo.

    FIN DEL CAPÍTULO 61
     
  2.  
    WingzemonX

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    Resplandor entre Tinieblas
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    Resplandor entre Tinieblas

    Por
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    Capítulo 62.
    Vamos por él

    Dan acababa hace poco justo de decirle a Abra como el Resplandor (al menos el que él conocía, y que aún no estaba seguro que fuera lo mismo a lo que estos individuos se referían) a veces actuaba de formas extrañas; “uniendo a las personas con un fin”, recordaba haber dicho. Y al menos en el caso de Charlie (alias Roberta) y él, parecía haber jugado un poco en ese terreno. Esa pequeña plática frente a la máquina de café, junto con aquel rápido apretón de manos, parecía haber rompido el hielo entre ambos. Sin fijarse o tener que forzarlo demasiado, ambos comenzaron a platicar un poco más entre ellos, inspirados solamente por el inusual deseo de querer saber más del otro. Incluso Charlie se sirvió su propio café con el fin de hacer un poco más de tiempo, y Dan se tomó el que tenía en su mano antes de que se enfriara; al final siempre podía llenar otro más para su sobrina.

    —El Overlook, por supuesto que conozco el caso —señaló Charlie con cierto orgullo, mientras ambos caminaban de regreso a la sala de espera, cada uno con un vaso de café aunque el de ella ya estaba casi por terminarse—. El último cuidador fue un hombre llamado…

    Charlie intentó hacer un poco de memoria, pero fue evidente que ese dato en especial se le escapaba por completo. Para su suerte, a Dan no; nunca podría.

    —Jack Torrance —le respondió luego de unos momentos—. Mi padre.

    Charlie lo volteó a ver un tanto sorprendida ante esa declaración.

    —¿Entonces tú estabas ahí cuando…? —No terminó su pregunta, pero igual Dan asintió como respuesta, sonriéndole—. Oh, vaya… —Charlie dio un sorbo más de su café, quizás el último que le quedaba—. Mi curiosidad de reportera me pide preguntarte los detalles, pero siento que sería un poco impertinente de mi parte.

    —Descuida. Hasta hace unos cinco años me era muy difícil hablar de ello, pero ahora he hecho las paces con lo ocurrido y logré seguir adelante.

    —¿Cómo hiciste eso?

    —Conocer a Abra ayudó bastante. Ella me dio un motivo para pensar más en el futuro que en pasado. Y también recibí mucha ayuda del Programa, y de los buenos amigos que hice en él.

    —¿El programa? —Charlie se detuvo unos momentos y se tomó la libertad de tomarlo de su brazo con su mano libre para que también se detuviera—. ¿Hablas de Alcohólicos Anónimos? —Dan de nuevo asintió—. Oh, ¿eres…? —De nuevo no terminó su pregunta, pero igualmente Daniel no lo necesitó, así como ella no necesitó que él asintiera para entender su respuesta.

    —Diecisiete años sobrio, y contado —señaló Daniel con el mismo orgullo con el que ella había revelado que en efecto conocía el caso del Overlook.

    —Felicidades —asintió Charlie con verdadero agrado, y entonces ambos reanudaron su caminata—. De hecho pensaba invitarte a tomar un trago para poder charlar más amenamente de nuestros traumas de la niñez, pero al parecer también eso sería impertinente.

    Daniel soltó una pequeña risa divertida. Era hasta cierto punto encantador como se tomaba tan a la ligera aquello. La mayoría de las personas a las que les decía sobre su alcoholismo solían reaccionar con cierta aversión a la idea, o con miedo a decir o hacer algo incorrecto como si fuera de papel. El hecho de que ella reaccionara de esa forma, sin restarle importancia pero tampoco dándole el poder de definir a la persona con la que hablaba, era señal de que seguro tenía su propio camino duro recorrido, y lo entendía.

    —Podría ser un café —propuso Dan a continuación, alzando el vaso que tenía en su mano—. Mejor que éste, claro.

    Ella lo miró de nuevo, y una vez más en esos labios rosados se dibujó esa llamativa y tentadora sonrisa.

    —Eso suena bien…

    Entre charla y charla, cuando menos lo pensaron ya estaban de regreso a la misma sala de espera de antes. Sin embargo, cuando Dan puso su atención justo en el asiento en el que minutos antes había dejado a su sobrina, se sorprendió al verlo vacío. Miró a su alrededor un tanto consternado esperando verla en algún punto del pasillo, pero no fue así.

    —¿A dónde fue? —preguntó despacio, ligeramente irritado.

    —Quizás fue ella misma por su café —comentó Charlie, encogiéndose de hombros.

    —Le dije que no se moviera de aquí —señaló firmemente, y casi de inmediato una muy incómoda sensación le recorrió todo el cuerpo—. Algo no está bien…

    Sin dar más explicación, comenzó a andar en dirección al área de cuidados intensivos, incluso tirando el café que tenía en su mano en el primer bote que encontró en el camino para así moverse con mayor rapidez. Charlie lo siguió, preocupada por su reacción, tirando su vaso ya vacío en el mismo bote y andando con rapidez detrás de él.

    «Era enserio lo del tío sobreprotector», pensó la mujer rubia. Pero no tendría porque necesariamente estar pasando algo malo, ¿no?

    Daniel y Charlie llegaron apresuradamente a la camilla de la Sra. Wheeler. Tal y como Dan temía, no había nadie, a excepción de Abra y Terry. Ésta última tomaba la mano de su madre, pero en esos momentos tenía los ojos muy abiertos y su boca abierta intentando tomar un poco de aire, sin ningún resultado. Marcas rojas comenzaban a formarse en su cuello y muñecas, como si algo estuviera apretando fuertemente su piel. Abra estaba detrás de ella, tomándola del hombro. Se veía bien, pero largas lágrimas le recorrían ambas mejillas.

    —¡Terry! —Reaccionó Charlie, y rápidamente intentó acercarse para apartarla.

    —¡Espera!, ¡no la toques! —Le advirtió Daniel, tomándola de los brazos para detenerla. Tendrían que hablar seriamente sobe esa tendencia que tenía de tomarla de esa forma tan ruda sin su consentimiento, pero aquel no era el momento—. Están dentro de la mente de la Sra. Wheeler —Explicó Dan justo después de detenerla—. Si la tocas, podría jalarte dentro con ellas y entonces el problema empeoraría. Abra, por Dios… ¿qué hiciste?

    —Tenemos que hacer algo, ¡se está muriendo! —Señaló Charlie totalmente llena de miedo al ver como el rostro de Terry comenzaba a ponerse rojo.

    Dan tenía que pensar rápido. Respiró profundamente, despejó su mente lo mejor posible, y entonces alzó una mano hacia el frente.

    —Quédate cerca, por favor —le pidió a Charlie abruptamente, y antes de que pudiera dar más explicaciones extendió su mano, colocándola sobre la cabeza de Abra. Y justo lo que había advertido sucedió, pero él iba preparado.

    — — — —​

    Para Abra fue como si todo se hubiera congelado de un parpadeo de otro. Todo se volvió silencioso y muy quieto, sólo acompañado de un extraño zumbido en sus oídos. Se sintió asustada, pero sólo al inicio pues había una sensación conocida en ello que la hizo sentirse un poco más cómoda. Se sintió de pronto libre, como si todas las manos que la aprisionaban se hubieran retirado. Se levantó poco a poco apoyada en sus manos y rodillas hasta pararse por completo y estirar un poco su cuerpo.

    En efecto todo se había congelado. Damien seguía detrás del sillón, sujetando el rostro de Terry, que seguía presa de las manos que la sofocaban. Pero ambos estaban quietos, como si fuera una fotografía enmarcada en la pared. Miró entonces hacia abajo, y notó que en el suelo había una versión bastante exacta de sí misma tirada en el tapete y aprisionada también por todas esas manos que la sujetaban. Al parecer, ella misma también era parte de esa fotografía.

    —Abra —escuchó pronunciar detrás de ella, aunque sonó casi como un eco diluyéndose en la lejanía. La joven se viró lentamente, y no pareció sorprenderse al reconocer a su tío Dan, de pie justo delante de la puerta cerrada por la que había huido la joven Eleven y el monstruo que la perseguía. Parecía más un manchón borroso que pudiera desaparecer con tan sólo tallarse un poco los ojos. Aun así, la miraba con dureza y desaprobación.

    —Tío Dan, viniste —susurró Abra con algo de debilidad—. Lo siento, lo arruine de nuevo…

    —No es momento para eso —declaró el recién llegado, avanzando con cuidado hacia ella, y mirando atentamente al chico más adelante—. Damien Thorn, supongo.

    —Me encontró. Sabía que lo haría, y aun así lo hice. Soy tan estúpida, y ahora Terry…

    —Dije que no es momento para eso —señaló Dan tajantemente—. El tiempo se nos acaba. Tenemos que repelerlo antes de que sea tarde.

    —No… es muy fuerte… no puedo hacerlo…

    —No sola, pero juntos podemos. —Extendió en ese momento su mano hacia ella, mostrándole su palma—. Como lo hicimos con Rose y con el Cuervo.

    —No sé si sea suficiente —negó Abra con su cabeza, notándosele insegura.

    —Por favor, Abra… Ahora más que nunca necesitamos de tu fuerza.

    La joven respiró lentamente por su nariz mientras se abrazaba a sí misma. Miró de reojo el rostro lleno de sufrimiento de Terry, y se dijo a sí misma que no podía simplemente dejarse derrotar. Esa chica sólo quería salvar a su madre, y sin quererlo había sido arrastrada a ese horrible desastre. Abra no le debía nada, pero… si había alguien a quién podía ayudar de verdad…

    Se paró más firme y se viró por completo hacia su tío. Alzó su mano, acercándole a su palma, y presionando la suya propia contra ésta. Aquello no era un contacto físico, sino algo mucho más profundo que eso. Las mentes de ambos ya habían interactuado tanto la una con la otra que se conocían muy bien. Reconocían sus fortalezas y debilidades, y como completarse entre ellas. Quizás la unión de ambas no sería suficiente para patearle el trasero definitivamente a Damien Thorn… pero definitivamente harían que le doliera enserio.

    Cuando todo se reactivó, como una película que se reproduce de nuevo tras una pausa, tanto Dan como Abra pudieron ver todo a través de los ojos de ésta última. Era su imagen la que estaba ahí tirada en el suelo, pero ahora no era ella la única ahí. Podían sentir como la fuerza del otro los alimentaba de una forma casi embriagadora.

    —¡Basta! —Exclamó Abra con fuerza, resonando como la voz de ambos. Alzó sus puños, dejándolos caer con fuerza contra el suelo.

    El impacto de éste golpe provocó una fuerte ráfaga en todas direcciones que agitó todo aquel cuarto, empujando los muebles contra las paredes. Los brazos que la sujetaban y también los que aprisionaban a Terry, se esfumaron como copos de nieve en el aire. El sillón también fue empujado hacia atrás con todo y Terry, empujando también a Damien y aplastándolo contra el muro.

    Una vez que estuvo libre, Abra se puso de pie rápidamente y corrió hacia Terry. La joven castaña tosía y respiraba pesadamente intentando jalar de nuevo aire a su cuerpo. Antes de que ella pudiera pararse por su cuenta, o al menos entender lo que había ocurrido, Abra la tomó fuertemente de su muñeca.

    —¡Sal de aquí! —Le indicó casi como una orden mientras la veía a los ojos. Terry notó en ese instante que aquellos no parecían ser sus mismos ojos de antes, pero no tuvo tiempo de contemplar aquello. Como si su cuerpo no pesara nada en lo absoluto, Abra la jaló y literalmente la arrojó con fuerza contra la puerta cerrada. El cuerpo de Terry voló por el aire como si estuviera a bordo de un juego mecánico que la agitaba a gran velocidad. Atravesó la puerta como si fuera mero humo, pasó disparada por el largo pasillo blanco hasta chocar con otra puerta al fondo de ésta. Luego todo se volvió blanco…

    — — — —​

    Terry gritó con fuerza, entre asombrada y asustada, y rápidamente se apartó de la camilla de su madre, cayendo de sentón al suelo y alejándose un poco más por el piso, como si siguiera con el impulso de aquella arrojada.

    —Terry, ¿te encuentras bien? —Murmuró Charlie, algo desconcertada al verla reaccionar tan abruptamente de esa forma. Se agachó a su lado ayudándola a pararse, pero la atención de Terry estaba fija en algo más. Abra seguía de pie, con su mano alzada al frente como si aún sujetara su hombro. Dan igualmente estaba a su lado, sujetándose de su cabeza.

    —Abra… ella sigue adentro… —señaló con un hilo de voz. Intentó pararse, pero sus piernas le fallaron y casi estuvo a punto de caer de nuevo sino fuera porque Charlie la sujetó.

    —Tranquila, siéntate —la guio hacia la silla a un lado de la camilla e hizo que se sentara en ella—. ¿Qué fue lo que pasó?

    Terry la volteó a ver, pero no fue capaz de decir nada. Su mente estaba demasiado concentrada en el terror que acababa de sufrir, y en el que Abra aún se encontraba.

    — — — —​

    Damien empujó con fuerza el sillón reclinable lejos de él para así liberarse de su prisión temporal. Caminó al frente con calma, acomodándose su traje lo mejor posible, como si sólo le hubiera caído un poco de polvo.

    —Veo que tenemos nueva compañía —señaló con elocuencia, mirando de nuevo a la chica delante de él—. Debe ser el famoso tío Dan. Qué honor…

    —Quédate en donde estás, te lo advierto —masculló Abra, con su voz resonando con la de los dos, y señalándolo con su dedo.

    —¿Tú me lo adviertes? Qué presuntuosos son todos ustedes…

    Dio dos pasos hacia ella, pero fue todo lo que pudo dar. Abra alzó en ese momento su dos manos al frente, y el cuerpo del chico fue lanzado por el aire, hasta chocar su espalda contra el muro, quedándose ahí suspendido como si estuviera colgado similar a la cabeza de venado. Abra y Dan presionaron más y más, ejerciendo más fuerza, empujando más a aquel intruso para mantenerlo en su lugar. Damien sentía como si una enorme aplanadora le presionara el cuerpo entero, y sus interiores fueran a salírsele por la nuca.

    La cabaña entera comenzó a temblar, y las paredes, el suelo y el techo se desquebrajaron como si una enorme mano la estuviera presionando con sus enormes dedos desde afuera. Manteniendo una mano extendida hacia Damien, Abra alzó la otra hacia la puerta del cuarto y ésta salió volando hacia el interior del aquel pasillo blanco, dejando el camino libre.

    —Nos vamos —pronunciaron Abra y Dan al mismo tiempo. Jalaron su brazo con el que apuntaban a Damien hacia un lado y el muchacho cruzó toda la sala, hasta estrellarse contra la puerta principal, prácticamente rebotando en ésta y cayendo de bruces al piso de madera.

    Abra y Dan no esperaron más y comenzaron a correr hacia la puerta abierta, hacia donde habían lanzado a Terry. Estaban a punto de cruzarla, sólo les faltaban unos cuantos centímetros, cuando de nuevo volvieron esos horribles brazos. Se extendieron del piso y de la pared alrededor de la puerta. Abra dio un salto hacia atrás intentando esquivar las de la pared, pero las del piso la tomaron de los tobillos, y luego fueron escalando por sus piernas como arañas, empezando a cubrirla por completo. Se concentraron, dejando escapar más de la misma energía que habían usado la primera vez para deshacerlas, y lo lograban, pero unas nuevas tomaban su lugar casi de inmediato.

    —Tomaste tu decisión, Abra —escucharon a un furioso Damien Thorn pronunciar a sus espaldas. Ambos se voltearon y vieron cómo se ponía de pie, tallándose la boca en donde se había golpeado, pero sin ningún rastro de herida o sangre en ella—. Te dije que te aplastaría a ti y a toda tu familia, así que empezaré con tu tío y tú; dos por el precio uno…

    Las manos jalaron el cuerpo de Abra hasta el suelo, hasta forzarla a recostarse de espaldas en éste. Damien se colocó rápidamente sobre ella, con sus ojos casi enrojecidos por la rabia que lo consumía en ese momento. Mientras las otras manos la sujetaban firmemente, él mismo la tomó del cuello con las suyas, comenzando a apretárselo fuertemente con la clara intención de asfixiarla. Y ciertamente en el mundo real posiblemente tanto Abra como Dan habrían de estar con la misma apariencia de Terry de hace unos momentos, comenzando a perder poco a poco el aire de sus cuerpos.

    —¡Vete de aquí, Abra! —Exclamó como pudo la voz de Dan, resonando por encima de todo lo demás.

    —¿Qué?, pero… —sonó considerablemente más débil la voz de Abra.

    —¡¡Ahora!! —Gritó Dan con fuerza, y extendiendo su mano hacia la puerta, y tras un enorme esfuerzo que le costaría casi la mitad de sus fuerzas, hizo que sus mentes se separaran de golpe, como una fuerte explosión.

    Ahora fue Abra la que sintió como su cuerpo era lanzado por los aires como un balón, atravesando la puerta tan rápido que las manos que ahí la esperaban no pudieron agarrarla.

    —¡¡Tío Dan!!, ¡¡NO!! —Gritó la voz de Abra mientras se alejaba por el pasillo, hasta desaparecer. La puerta se levantó por sí sola en ese momento, uniéndose de nuevo al marco.

    Todo aquello confundió un tanto a Damien, desconcertándolo. En un momento miró hacia la salida, logrando ver apenas por un segundo el cuerpo de Abra alejándose, para luego ser cubierta por la puerta. Cuando bajó de nuevo su mirada para ver a quien aprisionaba del cuello entre sus manos, ya no vio a Abra, sino a un hombre adulto, de cabello rubio oscuro, barba a medio crecer, pero los mismos ojos azules que lo miraban hace unos instantes. Esos pequeños momentos de titubeo de su parte en los que su defensa se bajaron, fueron suficientes para que Daniel pudiera zafar al menos su mano derecha, y pegarla fuertemente contra la cabeza del muchacho.

    —¿Te interesa conocer el Resplandor, hijo? —Murmuró Daniel con dureza—. ¡Pues siéntelo todo!

    Hace demasiados años atrás, la primera vez que un joven Danny Torrance conoció a Dick Hallorann en el Overlook, ambos estaban sentados en el interior de su auto y el cocinero le pidió que le mandara un pensamiento, lo que fuera pero con fuerza. Su intención era de alguna forma medir que tanto Danny resplandecía en realidad en aquel entonces. Y aunque Danny se había acobardado un poco casi al final y no lo había mandado con todas sus fuerzas, sí habían sido lo suficiente para que Dick se estremeciera y por un momento casi perdiera la consciencia.

    “Dios mío, muchacho, eres una pistola,” le había dicho su buen amigo Dick en aquel momento, aún conmocionado por el golpe. No había entendido con claridad a qué se refería con eso, hasta mucho después Abra hiciera algo parecido con él. Así pues, si sus pensamientos podían ser como un fuerte disparo en la cabeza de alguien, se encargaría de convertirlos en un condenado misil que le penetrara la cabeza a ese hijo de puta que tenía delante de él.

    Concentró todo de él para golpearlo con todo el poder de su mente, elevando las revoluciones por minuto de su maquinaria interna al máximo. Usaría cada pulgada de lo que le quedaba de capacidad, aunque tuviera que sacrificar toda su cordura en el proceso. Si cuando lo hizo con Dick en aquel momento lo visualizó todo como lanzarle una pelota de béisbol, en ese momento era más como estarle disparando una AK-47 directo en la cara a ese mocoso, y él de seguro lo sentía así también.

    Damien gimió con dolor, al inicio apenas audible, pero luego convirtiéndose poco a poco en un tremendo grito que retumbó aquel sitio. El muchacho se paró rápidamente, quitándose la mano de Daniel de encima y alejándose de él mientras se sujetaba su cabeza, pero no sirvió de nada. Los golpes seguían uno tras otro sin darle ni un instante de descanso. Daniel siguió en el suelo, enfocando cada gramo de su consciencia en ello, sin siquiera permitirse penar en la idea de pararse y huir; o incluso respirar. Notó como el cuerpo de aquel muchacho, o más bien esa proyección que había hecho de sí mismo en ese espacio, comenzaba a desgarrarse como una tela mientras seguía gritando de dolor.

    Era fuerte, Daniel lo sintió casi desde el inicio. Sabía bien que si hubiera hecho esto mismo con Dick en aquel entonces, posiblemente hubiera provocado que le explotara cabeza. Pero este muchacho seguía ahí, aferrándose, rehusándose a dejarse repeler hasta el último momento. Entendió porque Abra le temía y porque, por más que él lo intentara, no lograría acabarlo, sino quizás todo lo contrario...

    Mientras seguía desamorándose en pedazos, el chico alzó su cara colérica una última vez hacia él. Sus ojos estaban enrojecidos, y brotaba sangre de ellos, al igual que de su nariz y oídos como si le hubieran aplastado la cabeza y el relleno se le saliera por cada agujero. Y aún entre toda esa horripilante imagen, logró ver cómo le sonría con una muy extraña satisfacción.

    —Dígale a Abra que nos volveremos a ver… muy pronto…

    A aquellas palabras le siguió una estruendosa carcajada, y justo después, al menos desde la perspectiva de Daniel, fue como si su cuerpo entero estallara en un resplandor rojizo y blanco que lo envolvió todo. Aquella grotesca imagen fue lo último Daniel pudo ver, antes de que todo eso se desmoronara.

    — — — —​

    Cuando Abra volvió abruptamente a la realidad, intentó sujetarse de la camilla para no caerse, pero de todas formas terminó desplomándose al piso, golpeándose su cadera. Se quedó ahí sentada, mirando perdidamente al piso sin lograr comprender del todo qué miraba en realidad. Sus manos estaban apoyadas contra la superficie lisa, brillante y fría, y aun así no le parecía que aquello fuera real.

    —Abra, ¿estás bien? —Escuchó que la voz de Terry le preguntaba, pero ella no le entendió. Su mente divagaba, y no creía que aquella voz lejana le estuviera realmente hablando a ella—. Abra, ¿me escuchas? ¡Abra!

    La joven Wheeler la tomó de los hombros y comenzó a agitarla con un poco de fuerza, haciendo que su cabeza se sacudiera hacia atrás y hacia adelante. Abra reaccionó al fin en ese momento, pero dicha reacción fue prácticamente empujar con fuerza a Terry lejos de ella con actitud agresiva, como si la sintiera una amenaza. El cuerpo de la castaña fue empujado para atrás, cayendo de sentón al piso. Abra la miró, y poco a poco la fue reconociendo, saliendo a su vez de la bruma que la rodeaba.

    —Terry… lo siento —se disculpó despacio, pero de inmediato se tuvo que olvidar de ella. Alzó su mirada, notando a su lado a su tío Dan, de pie justo a un lado de donde ella lo estaba hacia un momento.

    Lo siguió viendo, preocupada y asustada, esperando ver algún tipo de reacción en él. Y cuando parecía que en efecto no la habría, notó como daba una fuerte inhalación de aire y sus ojos se abrían de nuevo. Se quedó quieto, mirando fijamente al muro sin moverse ni parpadear, hasta que poco a poco agachó la mirada y vio a su sobrina a sus pies con rostro pálido.

    —Tío Dan —respiró Abra con alivio, parándose rápidamente con la ayuda de Terry—. Lo logramos, tío Dan. Lo hicimos… —Daniel no pareció compartir su efusividad. Sólo se quedó ahí de pie, aun mirándola con la misma cara inexpresiva—. ¿Tío Dan?

    —¿Daniel? —Masculló Charlie, aproximándosele cuidadosamente—. Daniel, ¿estás aquí?

    Charlie lo tomó en ese momento del brazo y lo sacudió un poco. Y justo cuando hizo eso, los ojos de Dan se pusieron en blanco, y todo su cuerpo se desplomó hacia un lado, cayendo sobre la camilla, e incluso presionando su cara contra el cuerpo de la inconsciente Sra. Wheeler.

    La respiración de todas las presentes se cortó abruptamente, e incluso Terry soltó un pequeño quejido de horror. De la nariz de Daniel comenzó a surgir una abundante hemorragia que comenzó a manchar las sábanas blancas de la camilla.

    El mundo de Abra sencillamente se hizo pedazos en ese instante.

    —¡No!, ¡no!, ¡Tío Dan! Tú no, ¡por favor tú no…! —Exclamó horrorizada y a punto del llanto la joven Stone, aproximándose hacia él para sacudirlo e intentar hacer que despertara—. ¡No!, ¡por favor no! ¡Esto fue mi culpa!, ¡por favor! —Siguió gritando desesperada, aun sabiendo que sería inútil.

    Charlie rápidamente se obligó a reaccionar, abriendo las cortinas que las ocultaban.

    —¡Ayuda!, ¡por favor! —Gritó con fuerza—. ¡Rápido!, ¡es una emergencia!

    Tardaron unos segundos, en los cuáles, entre sollozos, Abra siguió agitando el cuerpo de su tío, e incluso intentando voltearlo sin éxito. Un grupo de enfermeras y un doctor entraron luego de un rato, cada uno tomando con diferentes grados de confusión la escena ante ellos, pero teniendo que recuperarse de inmediato para poder reaccionar. Mientras el doctor y una enfermera comenzaban a revisar a la Sra. Wheeler y sus signos para ver que todo estuviera bien, otras dos enfermeras fueron de inmediato por una camilla y por dos enfermeros más que les ayudaran. Cuando volvieron, una de las enfermeras intentó retirar tranquilamente a Abra de Dan, pero ésta forcejó y gritó presa del llanto y la desesperación. Tuvieron que hacerlo las dos mujeres juntas para arrastrarla fuera del sitio, aun pataleando. Algunos sintieron en ese momento como las luces parpadeaban y algunos de los instrumentos se agitaban como si hubiera ocurrido un pequeño temblor, sin darle mucha importancia.

    Los dos enfermeros hombres se las arreglaron para quitar el cuerpo de Daniel de encima de Jane y colocarlo en su respectiva camilla. El doctor luego pasó a revisarle sus ojos y sus signos vitales, y fue lo último que Abra logró ver antes de que la alejaran lo suficiente.

    —Salgan de aquí, por favor —les indicó una de las enfermeras a las tres, y rápidamente se incorporaron de nuevo para ayudar a sus compañeros.

    Terry abrazó con fuerza a Abra, que rápidamente aceptó su abrazo y comenzó a sollozar en su hombro. Charlie tomó a ambas de los hombros y comenzó a guiarlas hacia la salida de aquella área. En el camino se cruzaron con Max que iba entrando apurada.

    —¡¿Qué pasó?! —Les gritó casi molesta, mirando especialmente a Charlie.

    —¡Doctora! —Le gritó una de las enfermeras desde la camilla de Eleven antes de que alguien le respondiera—. La necesitamos, venga rápido.

    Max miró una vez más a las tres de forma rápida, y luego se aproximó de inmediato a dónde la llamaban. Charlie siguió andando hacia la salida con ambas chicas para aguardar en alguna sala de espera de afuera. Abra no se logró calmar ni un poco, hasta varios minutos después

    — — — —​

    Mike estuvo más que furioso cuando se enteró de lo ocurrido, tanto lo que los doctores y enfermeros sabían, como lo que desconocían. Sin importarle que estuvieran en un hospital, le gritó a Terry totalmente exaltado, e incluso dijo algunas cosas de las que posiblemente se arrepentiría una vez que su cabeza se enfriara. Sólo la intervención de Will y sus otros dos hijos pudieron calmar un poco los ánimos antes de que aquello explotara por completo. En otras circunstancias, Terry habría intentado defenderse de alguna forma, o al menos explicado sus intenciones. Sin embargo, en ese momento se sentía tan derrotada que sólo agachó su cabeza y recibió el regaño de su padre en silencio.

    Al revisar a Eleven, los doctores no detectaron ningún cambio en su condición, ni para bien ni para mal. Pero Terry no creía que aquello fuera del todo cierto. Tenía el presentimiento de que sus dos incursiones en el interior de la dañada mente de su madre, podrían incluso haber empeorado las cosas.

    Sarah y Jim decidieron llevarse a su hermana menor de ahí, y ya en la casa cuando estuviera más calmada poder hablar mejor. Antes de irse, miró a Abra, que estaba sentada a lado de Charlie con su cabeza apoyada en su hombro y le susurró despacio:

    —Lo siento…

    Pero Abra ni siquiera la miró, o dio indicio alguno de que haberla oído. Los tres hijos de los Wheeler se retiraron en silencio.

    Pasó una hora, o quizás un poco más sin ninguna noticia. Charlie se quedó ahí con Abra todo el tiempo, dejándola apoyarse en ella, e incluso abrazándola. La muchacha no dijo prácticamente nada en todo ese tiempo, pero Charlie comprendió como se sentía. Debía esperar sentir algún tipo de alivio y seguridad en su contacto. Charlie no sabía si acaso lograba obtenerlo, pero esperaba que así fuera.

    A pesar de apenas haber conocido a ambos, Charlie sentía también una gran preocupación por lo sucedido. La imagen de Dan desmoronándose de esa forma, y de la sangre brotando de su nariz, trajo a su memoria horribles recuerdos de su padre, que casi provocaron que ella misma se soltara llorando. Pero quizás por su propio orgullo, o quizás porque quería parecer fuerte ante la joven que estaba reconfortando, uso toda su fuerza de voluntad para no hacerlo.

    Max apareció al fin, y sólo eso hizo que Abra al fin saliera de su letargo, se secara las lágrimas y se pusiera de pie.

    —¿Eres familiar del hombre que estaba con Jane? —Le cuestionó Max con cierta reserva.

    —Es su sobrina —se adelantó Charlie a responder, parándose a lado de la joven—. ¿Cómo está?

    Max miró a ambas de forma reflexiva. Suspiró pesadamente y se paró derecha, con la disciplina propia de una doctora de su experiencia.

    —Tuvo un derrame —explicó Max con cautela, pero aun así Abra pareció realmente impresionada por lo que rápidamente prosiguió—. Pero lo atendimos a tiempo, y ya está estable y fuera de peligro. En estos momentos está en observación.

    —Pero, ¿estará bien?, ¿va a despertar pronto? ¿Qué le pasará? —Cuestionó Abra con apuro, notándosele bastante nerviosa.

    —Es difícil determinar en estos momentos las posibles secuelas. De momento está inconsciente, pero podría despertar en cuestión de horas, o quizás en un par de días.

    —¿Puedo verlo?

    —No aún. Seguirá en observación al menos hasta mañana. —Se acercó entonces un poco más a Abra, mirándola atentamente—. ¿Eres mayor de edad? —La joven negó lentamente—. Necesitamos que alguien firme por él para poder internarlo. Encontramos la tarjeta de su seguro médico en su billetera, pero si hay algo adicional que se ocupe necesitamos también a alguien que corra con los gastos. ¿Hay algún otro familiar al que le puedas hablar? ¿Esposa, hijos, padres…?

    —Su único familiar es mi madre, su media hermana. Pero ella está en New Hampshire ahora…

    «Además, si se entera de lo ocurrido me hará subir al primer avión a Boston, aunque tenga que hacer que la policía local me escolte a la fuerza hasta mi asiento», pensó para sí misma, prefiriendo no tener que revelar ese dato.

    Max aguardó en silencio, intentando decidir qué hacer a continuación, cuando Charlie se decidió a intervenir.

    —Yo firmó por él —señaló con firmeza, tomando un poco por sorpresa a la doctora.

    —¿Y tú qué eres de él?

    —Es… mi amigo —declaró no sonando del todo convencida—. Sólo necesitas a alguien dispuesto a firmar y pagar, así que no cuestiones, Maxie. Sólo… has que se mejore, ¿de acuerdo?

    Max pareció dudar, pero al final decidió no meterse de más en ello. Aún a sabiendas de que esa podría ser la última vez que vería a Roberta Manders, o como sea que se llamara ahora, por esos lares. Pero decidió tomar el riesgo por esa jovencita que parecía tan preocupada.

    —Haré el papeleo. De todas formas sería bueno que contactes a tu madre y le informes de lo ocurrido.

    Abra asintió, aunque en realidad no estaba en sus planes cumplir esa encomienda; no todavía, al menos. Una vez que Max se retiró, Abra se sentó de nuevo en su silla, mirando de forma ausente al suelo. Se veía tan agotada, como si no hubiera dormido en un par de días. Charlie volvió a tomar asiento a su lado.

    —Tranquila, ya oíste a Max —comentó la mujer rubia, intentando sonar optimista—. Él estará bien, no es como lo que le pasó a Jane. Tu tío es un hombre fuerte. Despertará en cualquier momento, ya lo verás.

    —Espero que no sea demasiado pronto —susurró la joven, tomando un poco por sorpresa a Charlie—. Por qué de seguro él me convencería de no hacerlo.

    —¿No hacer qué?

    Abra no respondió inmediatamente. Siguió mirando al piso en silencio un rato más, y luego aspiró hondo por su nariz, y cerró sus ojos unos momentos, permitiéndose soltar sólo una lágrima más. Entonces habló de nuevo, con voz más clara que antes.

    —Hace unos años, fui perseguida por cierta persona… si es que acaso podía llamarla así, pues en realidad era un maldito demonio.

    Charlie la contempló en silencio, y sólo unos segundos después de que ella dijera aquello, de los labios de la reportera surgió abruptamente un nombre:

    —Rose la Chistera.

    Abra la volteó a ver, estupefacta.

    —¿Cómo sabes de ella?

    —No lo sé… Yo… —Charlie se frotó nerviosamente su cuello, intentando darle algún orden a sus ideas. Era una de las cosas que había logrado captar al momento de tomar la mano de Daniel por primera vez, aunque no sabía cómo tal quién o qué era esa persona exactamente. Aun así, al oír esa descripción se le había venido a la mente, como si hubiera sido algo de lo más natural—. Aún no lo entiendo. No me hagas caso, continúa.

    Esa explicación, que en realidad no lo era como tal, no convenció en lo absoluto a la joven Stone. Aun así, decidió no darle muchas más vueltas de momento y sólo decir lo que quería.

    —Ella quería matarme. O peor, alimentarse de mí indefinidamente. No era alguien con la que podías negociar o hablar. Era un monstruo al que había que eliminar, porque si no lo hacía nunca dejaría de buscarme. Nunca dejaría de lastimarme a mí o a los que quiero. Es por eso que hice… hicimos, lo único que podíamos hacer en aquel entonces: ir directo hacia ella, enfrentarla… y matarla junto con toda su igualmente maldita familia. Sólo así volví a sentirme segura…

    La reportera la escuchó atentamente. No necesitaba hacer ninguna pregunta adicional, pues fue como si los pedazos que ya tenía en su cabeza llenaran de alguna forma los huecos, y pudiera hacerse una imagen general de aquello que le relataba. Los cómo, los cuándos y los porqués de aquel suceso no eran lo que le preocupaban, sino esa última parte, sobre cómo fue que se deshicieron de aquella amenaza, y cómo ello se relacionaba con lo que estaban viviendo en esos momentos. Y, como si le hubiera leído la mente (que bien pudo haber sido así), Abra se encargó en ese momento de confirmarle cuál era esa relación:

    —Y es también lo único que puedo hacer por ahora por mi tío Dan, por mis padre, y por mí —señaló firmemente, virándose lentamente hacia Charlie—. Debo eliminar a Damien Thorn.

    Charlie suspiró despacio, notándosele también algo de cansancio.

    —Hablar sobre matar a alguien es sencillo, pequeña…

    —Ya he matado antes —explicó Abra abruptamente—. Y prometí no hacerlo de nuevo. No porque lo considerara horrible, incorrecto o inmoral. Sino porque me daba miedo a mí misma lo mucho que lo disfruté la primera vez. Lo mucho que disfruté dejar salir mi rabia… Pero lo haré. Ese bastardo amenazó a mi familia, y debe pagar…

    “Lo mucho que disfruté dejar salir mi rabia”; aquellas palabras llegaron bastante hondo en Charlie, pues era algo que podría comprender a la perfección. Pero además de eso, estaba esa mirada que tenía mientras hablaba de cómo ese sujeto debía pagar por lo que hizo. Esos ojos tan fieros, casi en llamas. Ella también los conocía muy bien: se parecían demasiado a los suyos…

    —Bobbi, ¿me oyes? —Oyó abruptamente a Kali pronunciar en su comunicador, sacudiéndola ligeramente y haciéndola salir de su meditación.

    —Un segundo —le indicó a la chica y entonces se paró y se alejó unos pasos para poder hablar con su compañera—. Aquí estoy, ¿qué averiguaste?

    —Muchas cosas, pero la principal es la ubicación actual de Damien Thorn. Según sus redes sociales y los movimientos de su tarjeta personal, se encuentra en estos momentos en Los Ángeles. De hecho, participará en un torneo de tenis el día de mañana.

    «Los Ángeles», repitió en su mente la rubia, dibujando en su mapa mental dicha ubicación. Increíble que alguien pudiera causar tal daño a tantas personas, estando casi al otro lado del país. Y ni siquiera se preocupaba por esconderse; así se arrogante era el maldito. Pero le quitarían esa arrogancia de alguna u otra forma.

    —Entonces hacia allá iremos —le indicó como declaración final a su compañera antes de cortar de nuevo la comunicación.

    Se viró de nuevo hacia Abra poco después pero ya no se sentó a su lado, sino que se paró firme delante de ella, con sus dedos pulgares en el interior de los bolsillos de sus jeans.

    —Yo conozco un poco lo que es temerle a tus poderes y lo que pueden hacer —le dijo con voz firme, incluso un poco intimidante—. Y sobre todo, temerle al placer de usarlos en contra de aquellos que te hacen daño. Porque con el tiempo, se vuelve bastante sencillo perder el control, y perderse en lo realmente bien que se siente. Yo soy la menos indicada para decirte qué hacer con ello. Pero, si eliges ese camino que estás pensando, será mejor que estés segura de querer recorrerlo hasta el final. La menor vacilación, sería fatal para ti y para los que quieres.

    Abra la contempló y escuchó en silencio. Supo de inmediato que sus palabras no eran vacías, y venían acompañada de su buena dosis de experiencia propia. Y en ese momento ella también vio un poco de sí misma en aquella mujer adulta de apariencia tan fuerte y ruda, llegando incluso a sentir algo de admiración por ella aunque en realidad no la conociera aún del todo.

    Tras darle unos momentos para asimilar lo anterior, Charlie prosiguió.

    —Ya sabemos en dónde se encuentra el chico Thorn. ¿Quieres venir conmigo? —Aquella petición no fue inesperada para Abra; de hecho, la deseaba—. Aunque, ten en cuenta que si tu tío no te encuentra cuando despierte, de seguro se preocupará mucho.

    Abra lo sabía, así como sabía que no sólo su tío se molestaría. Si a su madre no le provocaba un ataque al enterarse de eso, entonces era capaz de buscarla debajo de cada piedra de Estados Unidos hasta dar con ella. Lo sabía muy bien, y su parte objetiva y menos iracunda le decía que era una tontería, algo que pensaría y haría una niña pequeña, no una mujer a punto de entrar a la universidad.

    Pero había sido testigo ya en dos ocasiones de lo que Damien Thorn era capaz, y sabía que no importaba si se iba a esconder en el rincón más alejado de New Hampshire o de China; igualmente terminaría por encontrarla, y tomarla contra ella y todos a los que quería. Tenía que hacerlo, tenía que ponerle un fin a eso por su cuenta, aunque tuviera que hacerlo en esa ocasión sin Dan.

    Miró pensativa hacia el pasillo por el cual pensaba (o sentía) que se encontraba su tío. Pensó profundamente en él, intentando captar sus pensamientos, ubicarlo entre todo ese mar de mentes y así poder transmitirle un último mensaje:

    “Te quiero, tío Dan. Y lo siento…”

    No supo si en verdad lo habría captado, pero en su interior tuvo el presentimiento de que sí.

    Respiró hondo, miró de nuevo a Charlie y asintió.

    —Vamos por él…

    — — — —​

    Damien Thorn nunca se había enfermado o lastimado en toda su vida; ni siquiera había tenido que sufrir los estragos físicos de una resaca. Todo ello era derivado de su verdadera naturaleza no humana, o eso era lo que todos en la Hermandad decían: no había nada en ese mundo que pudiera hacerle daño alguno. Sin embargo, si lo que estaba sintiendo en esos momentos no era estar enfermo o tener resaca, definitivamente se le debía acercar bastante.

    Cuando se vio forzado a volver a su cuerpo físico de esa forma tan abrupta, cayó de su cama en el Penthouse como si alguien lo hubiera pateado de ésta, y se desplomó de narices a la alfombra. Y ahí se había quedado, incapaz de levantarse por un buen rato, sufriendo de un horrible dolor de cabeza que sencillamente lo tenía paralizado. Incluso sintió por un momento que en efecto sería incapaz de mover su cuerpo otra vez, pero ese miedo fue rápidamente mitigado. Luego de un largo rato, empezó a alzarse con mucho cuidado, y al hacerlo toda la habitación le dio vueltas y cayó sentado en la cama. Sentía que su cabeza le latía con fuerza como si fuera su propio corazón, y el tan sólo pensar en algo le resultaba doloroso.

    Intentó pararse una segunda vez tras quizás quince minutos de espera, y tuvo entonces que sobreponerse lo mejor que pudo y correr al baño, pues le dio de golpe una enorme necesidad de vomitar. Se quedó inclinado frente al retrete otros quince minutos, quizás veinte, expulsando todo lo que tenía en el estómago.

    Al parecer este Anticristo tenía su lado bastante humano (o de chacal, dependiendo de a quién le preguntaras), y ese pensamiento le provocó bastante gracia, aunque apenas y se permitió reír un poco debido al dolor. Se sentía fatal, y todo por la culpa de aquel sujeto, el tal tío Dan. Le había sacudido sus sesos con fuerza, como no sabía que era posible. Se sentía humillado y lastimado, pero no molesto en lo absoluto. En primera porque sabía que se terminaría reponiendo rápido. ¿Por qué no lo haría?, si nada en ese mundo podía matarlo, y eso era algo que de alguna u otra forma ya había confirmado.

    El segundo motivo por el que no estaba molesto, era porque, así como había ocurrido con la Sra. Wheeler, la primera vez sus trucos podían tomarlo por sorpresa y sobrepasarlo. La segunda, si es que la había, no tendrían tanta suerte.

    Y el tercer motivo era…

    Cuando la necesidad de vomitar se aplacó, se paró de nuevo y volvió hacia la habitación. Su cabeza seguía doliéndole, y no se calmaría hasta varias horas después. Se dejó cae en la cama y recostó su cabeza en la almohada. Era apenas la mitad de la tarde, pero se quedaría encerrado en su cuarto por el resto del día. No podía dejar que ninguno de sus hombres lo viera así, pues armarían un escándalo y se lo notificarían de inmediato a Ann y a todos los que estaban por encima de ella. Esperaba mañana estar mucho mejor; tenía un torneo de tenis, después de todo.

    Volteó unos momentos al buró a un lado de su cama, en donde reposaba su tableta electrónica. La tomó y la encendió, accediendo rápidamente a su carpeta en la nube con todas sus fotografías. Accedió a un directorio especial, un poco oculto e incluso protegido con una contraseña. Dicho directorio tenía en su interior sólo una foto, misma que abrió para poder ver en grande en toda la pantalla del dispositivo.

    Era una foto que él mismo había tomado, y una de sus favoritas, pese a que era algo simple en comparación con otras. Era sólo la foto de una chica, sentada en una mesa delante del lente. Miraba hacia arriba en un pequeño ángulo ascendente, como si contemplara algo lejano encima de ella, con una expresión soñadora que no tenía nada que envidiarle a ninguna pintura. La composición de luces y sombras en su hermoso rostro y en sus cabellos rubios era perfecta. Podría bien ser servir para algún anuncio publicitario, especialmente por su atractiva modelo.

    Y el tercer motivo para no estar molesto, era precisamente que había podido ver a esa misma chica otra vez; su modelo favorita. Estaba agradecido por eso. Sin embargo, sentía una gran decepción al saber que posiblemente la siguiente vez que la viera, tendría que hacer añicos ese bello rostro, y todo lo que estuviera alrededor de él.

    —Que pase lo que tenga que pasar —se dijo a sí mismo mientras seguía contemplando la fotografía—. Será la voluntad de Dios… —Comentó con tono irónico, y entonces se soltó riendo con más libertad, aguantándose el tremendo dolor que aquello le ocasionaba.

    FIN DEL CAPÍTULO 62
     
  3.  
    WingzemonX

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    Resplandor entre Tinieblas
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    Misterio/Suspenso
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    Resplandor entre Tinieblas

    Por
    WingzemonX


    Capítulo 63.
    Una pequeña bendición

    El viaje rápido que Ann le había comentado a Verónica en su última llamada, comenzó prácticamente al instante de haberle colgado. Su avión aterrizó pasado el mediodía, hora de Zúrich. Había sido un vuelo bastante incómodo para ella. Y no sólo por las insufribles ocho horas que tomó desde New York, sino porque hacía tiempo que no viajaba en clase turística, con personas tan… comunes; en su mayoría gente enojada y escandalosa, sobre todo niños. Ni siquiera la habían dejado dormir más de un par de horas.

    «¿En qué momento te volviste tan quisquillosa, querida Ann?» se decía a sí misma estando sentada en el pequeño asiento F de la fila 15. «Es sorprendente lo rápido que alguien se acostumbraba a la buena vida».

    Porque efectivamente, no siempre había sido la directora millonaria que era ahora; por supuesto que no. Sus orígenes eran mucho más bajos de lo que la mayoría creía. Si la prensa especializada supiera de dónde venía realmente, ciertamente eso sería todo un espectáculo. Aunque ella sabía que primero la matarían o la harían desaparecer, antes de dejar que esa verdad saliera a la luz.

    Dejando eso de lado y con respecto al viaje en cuestión, dada la situación era mejor hacerlo de esa forma. No podía hacer uso de ninguno de los medios usuales de Ann Thorn para ese viaje. Eso incluía su tarjeta corporativa y personal, sus millas de viajero frecuente, sus boletos de cortesía, sus puntos de Club Premier, o cualquier otra cosa remotamente similar a eso. Todo tendría que ser pagado de sus fondos secretos, de esos que estaba segura todo miembro de alto rango de la Hermandad tenía para diferentes fines, pero nadie aceptaría abiertamente.

    Para todos en Thorn Industries, y a quien le pudiera importar dentro de la Hermandad, ella se había subido a un avión a Londres para atender negocios en la sede central de Thorn en Inglaterra. Se las había arreglado para ocultar bien su rastro y que todo se viera legítimo; incluso su nombre venía incluido entre los pasajeros de ese otro vuelo, y estaba registrado que en efecto había subido a él. Igual ya tenía también comprado su boleto para dentro de seis horas de Zúrich a Londres, y así poder hacer acto de presencia allá antes de que a alguien se le ocurriera hacer averiguaciones de más. Es por ello que su tiempo en Zúrich era limitado, y tenía que moverse rápidamente. Igual el asunto que la había llevado ahí era bastante puntual, y no deseaba dedicarle ni un segundo más del necesario.

    Contrató un servicio de trasporte privado en el aeropuerto para que la llevara a su destino, la esperara afuera con todo y su maleta, y la llevara de regreso al aeropuerto en cuanto terminara. Quizás a lo mucho se tomaría unos minutos para comer algo, pero poco más. Una vez en el vehículo, más allá de dar esas instrucciones, no pronunció palabra alguna, ni siquiera como respuesta al par de intentos de su chofer temporal por sacarle un poco de plática. Llegaron después de treinta minutos al lugar deseado: un alto y hermoso edificio del Banco Cantonal de Zúrich, con grandes ventanales que reflejaban el cielo azul y despejado de esos momentos.

    —Estaciónese y espéreme; no tardo —le indicó Ann al chofer, resumiendo de esa forma tan tajante las instrucciones de antes. El hombre al volante sólo le respondió con un gesto de afirmación con su mano, y entonces la mujer se bajó apresurada del vehículo, solamente con un maleta de mano amplia que colgaba de su hombro con una correa.

    Hasta ese punto lo importante era parecer una turista cualquiera en un viaje exprés, sin nada que la hiciera resaltar más de lo debido. Pero de las puertas de cristal de ese edificio en adelante, tendría que tomar otra actitud; una más jovial para empezar, aunque fuera un poco. Por suerte tenía facilidad para pasar de un estado de ánimo a otro conforme le fuera necesario. Así que mientras caminaba hacia las puertas, con su atuendo ejecutivo gris oscuro y tacones negros, se arregló un poco su cabello con los dedos, dándole un estilo natural pero elegante, y dibujó en sus labios esa sonrisa que la hacía salir seguido en las listas de las ejecutivas más poderosas y hermosas de los Estados Unidos, y que esperaba nadie en Zúrich reconociera. Por si acaso, se había dejado puestos unos lentes con tinte oscuros para disimular aunque fuera un poco su apariencia.

    Al entrar, se anunció en atención al cliente como Martina Ricci. Los boletos de avión, la reservación del transporte, la cita en el banco y la cuenta que tenía abierta ahí, todo ello estaba a ese nombre. Era una identidad falsa que había usado ya hace mucho, y de la que sólo Lyons y ella tenían conocimiento, pero dudaba de que el primero siquiera la recordara. En el banco ya la esperaba un ejecutivo de nombre Ronnie Shrift, por lo que no tardó mucho en ser atendida.

    Signora Ricci, benvenuta —le saludó Ronnie Shrift con un fluido italiano, aunque con un acento difícil de ignorar. Amable de su parte el recibirla en italiano, pues por supuesto Martina Ricci era italiana. Y, técnicamente, Ann igualmente lo era, pero de aquello hacía tanto que prácticamente le parecía un sueño lejano—. La estábamos esperando. ¿Tuvo un buen viaje?

    —Bastante cómodo, gracias —le respondió Ann con una fría sonrisa.

    —¿Gusta que le traiga algo de beber? ¿Un café, quizás?

    —Un café estaría bien. Pero quisiera primero pasar a mi caja de seguridad, sino es mucha molestia. Como les indique en mi mensaje, me urge sacar algo de ella cuanto antes, y tengo poco tiempo.

    Certo, certo. Sígame entonces. Trajo su llave, ¿verdad?

    —Por supuesto.

    Ronnie Shrift la guio hacia su oficina, o quizás una sala para clientes internacionales muy bien arreglada y decorada para impresionar. Se sentaron cada uno a un lado de una mesa rectangular para seis, y Ronnie le pasó los papeles que tenía que firmar para poder hacer el retiro de la caja. Ann les dio una leída por encima, y los firmó a nombre de Martina Ricci en todas las partes que era necesario. Ronnie los revisó justo después para darle un visto bueno.

    —Muy bien, todo se ve bien. Entonces, ¿bajamos?

    —Por favor —pronunció Ann despacio, manteniendo aún esa sonrisa que cada vez le resultaba más difícil.

    Ronnie y Ann bajaron por unas escaleras, custodiadas tanto al principio como al final de éstas. El segundo guardia hizo que ambos firmaran su hora de entrada, y Ann tuvo que dejar una identificación en su puesto; una licencia falsa de Roma a nombre a Martina Ricci, por supuesto. Entraron entonces al área de las cajas privadas, un gran espacio alumbrado con luz blanca, con diferentes paneles metálicos enumerados en las paredes que asemejaban a cajones o casilleros. Todos tenían dos aberturas para dos llaves; una para la llave del cliente, y otra para la llave del banco. Se ocupaban ambas para poder abrir la gruesa puerta del casillero.

    Caminaron por el pasillo central del aquella área, buscando la caja que concordara con el papel que Ronnie tenía en sus manos con la información de la cuenta abierta hace unos cinco años atrás. La caja en cuestión era la 2327.

    —Aquí está —señaló sonriente el ejecutivo, apuntando hacia la caja en cuestión, aproximadamente a la mitad del muro. Tomó entonces la llave del banco que traía consigo. Ann portaba la suya propia colgada de su cuello y sujeta a una cadena, algo que a Ronnie no le extrañó tanto pues algunos clientes lo hacían. Dependiendo de qué era lo que la gente guardaba en esas cajas, podía tener un gran valor monetario o sentimental.

    Ronnie tomó las dos llaves e introdujo cada una en su respectiva abertura. Las giró tres veces hacia el mismo lado, y se pudo escuchar como los candados internos se movían, terminando con un sonoro click. Ronnie tomó la manija de la puerta y la abrió, revelando dentro una caja rectangular que casi ocupaba todo el espacio del interior, también marcada con el número 2327. El ejecutivo la tomó de una manija que sobresalía y la sacó de casillero; su apariencia era similar a la de un maletín metálico grueso. Pareció sorprenderse un poco al inicio por el peso (que resultó ser más de lo esperaba), pero se repuso.

    —Por aquí —le indicó a su cliente, y la guio entonces a una de las salas privadas al fondo. Dicha sala era bastante sencilla, compuesta por un par de sillones y una mesa al centro.

    Ronnie colocó entonces la caja metálica sobre la mesa.

    —Toda suya, signora Ricci. La dejó sola para que haga el movimiento que requiere. La espero afuera si le parece bien.

    Grazie —murmuró Ann sonriente, mirándolo atentamente hasta que se fue y cerró la puerta detrás de él, dejándola totalmente sola en ese espacio cuadrado. Sólo entonces su sonrisa falsa se esfumó por completo de su rostro, y logró descansar un poco.

    Se viró hacia la caja en la mesa y la contempló fijamente, como si se tratara de algún ser vivo que temiera la fuera a atacar si hacía algún movimiento indebido. Se aproximó lentamente al sillón, sentándose delante de la caja, y colocando la maleta que traía consigo a un lado. Colocó sus manos sobre la superficie metálica de la caja, pero no la abrió; no aún.

    Una parte de ella esperaba realmente nunca tener que volver a ese sitio, y nunca más tener que ver esa caja; o, más bien, lo que ocultaba en su interior. Deseaba que la situación no hubiera llegado a ese punto, y creía que aún podría solucionarse de alguna forma. Pero si no, esa era una de las únicas cartas que tenía a su favor, y la más fuerte de éstas. Quizás lo único que podría darle un poco de ventaja sobre aquellos que quisieran hacerle algún daño.

    Todos los caminos de su vida inevitablemente la habían llevado ahí; caminos largos y difíciles, cimentados con la sangre de extraños y conocidos. Y ahora le tocaba seguir recorriéndolos, luchar con uñas y dientes con el sólo fin de sobrevivir… como siempre lo había hecho…

    * * * *​

    Nunca jamás volvió a sentir tanto terror como aquella vez, principalmente porque no se permitió a sí misma volver a sentir algo siquiera cercano a ello. Tenía veinticinco años, cumplidos hace sólo un par de semanas antes, cuando la amordazaron fuertemente con aquel pañuelo blanco para ahogar no sólo sus gritos, sino también sus súplicas. Un instante después de haber sido silenciada, le pusieron aquella bolsa negra sobre su cabeza que le dificultaba tanto respirar que pensó que moriría asfixiada por ella. Y le amarraron las manos tan fuerte con una soga que sentía que le había abierto la carne en el proceso. La metieron a empujones en la parte trasera de una camioneta, y luego se pusieron en marcha. Ninguno de los que iba en el vehículo pronunció palabra alguna, salvo dos ocasiones en que le gritaron que dejara de moverse y hacer ruido, siendo la segunda acompañada por el tacto de un revólver contra su cabeza.

    Luego de quizás dos o tres horas de camino, el vehículo al fin se detuvo. Las puertas de la camioneta se volvieron a abrir y la sacaron a la fuerza, arrastrándola por un camino de grava, mientras ella gemía lo más que su mordaza la permitía, y forcejeaba lo más que su debilidad le permitía. La hicieron pararse sólo para bajar unos escalones. Sintió que entraban en algún túnel húmedo y frío por el que oía el eco de sus pasos resonar. Escuchó por último un pesado candado abriéndose y el rechinar de las bisagras de una puerta. Sólo entonces se dignaron a quitarle la bolsa de la cabeza. Delante de ella vio en efecto el umbral de una puerta abierta, que daba a un cuarto sumamente pequeño, cuadrado y oscuro sin ningún tipo de ventana a la vista. La puerta era de acero, gruesa y algo oxidada.

    Miró alrededor rápidamente; parecía estar en los túneles de alguna de las tantas catacumbas de Florencia, pero esa en especial no le pareció conocida. De hecho, considerando todo lo que habían viajado en auto, era probable que ya no estuviera siquiera en la ciudad.

    Sintió como cortaban las sogas que sujetaban sus manos por detrás de un tajo, y antes de poder virarse aunque fuera un poco, la empujaron con violencia al frente, haciéndola caer de bruces en el suelo de tierra de aquella diminuta celda. La pesada puerta de acero se cerró detrás de ella, dejándola casi en completas penumbras salvo por un pequeño rastro de luz que entraba por una rejilla superior.

    Se incorporó lo más rápido posible, quitándose la mordaza de la boca. Tosió un par de veces debido a la sensación de asco, pero se acercó de inmediato a la puerta, golpeándola fuertemente con sus palmas.

    —¡Esperen! —Gritó con ímpetu—. ¡¿Por qué me hacen esto?! ¡¿Qué quieren?! ¡Saquéenme de aquí! —No hubo respuesta. Sólo escuchó como los pasos de sus captores se alejaban caminando, y luego ya nada—. ¡Vuelvan!, ¡vuelvan…!

    Siguió gritando y golpeando la puerta con insistencia por quizás diez minutos más, antes de rendirse. Comenzó a sollozar e intensas lágrimas le recorrieron todo el rostro. Su hermoso maquillaje, al que le había puesto tanto empeño antes de salir, ya debía de ser un completo desastre. Pero claro, eso era lo último en lo que podía pensar…

    Caminó por el pequeño cuarto, tocando a tientas la pared de piedra, raspándose un poco en el proceso, y se sentó en una esquina, aferrando sus manos a su vientre de forma protectora.

    No entendía de qué iba todo eso o quienes eran esas personas, pero definitivamente no sabían con quien se habían metido. Ya no era una andrajosa huérfana que mendigaba en las calles. Ahora tenía amigos, amigos muy poderosos que la querían y la protegían. No debía perder la calma. Tarde o temprano llegarían, matarían a todos esos bastardos, y la rescatarían de ese horripilante lugar.

    Sus manos se aferraron aún más a su vientre.

    Más bien, los rescatarían.

    Pero pasaron las horas y nada cambió. El silencio y la oscuridad se volvieron su única compañía por todo ese tiempo, y la fueron adormeciendo poco a poco. A pesar del miedo que sentía, se fue permitiendo recostarse sobre ese suelo rugoso y duro. Y aunque en un inicio le resultó casi imposible, al final cayó rendida al cansancio y se durmió.

    Despertó tiempo después con el cuerpo todo adolorido y magullado. La rejilla en la parte superior dejaba entrar sólo un poco de luz, pero aquello bastaba para alumbrar su celda. Igual no había mucho que ver; era un espacio vacío y sucio con paredes y suelo de piedra. Tristemente no era el peor lugar en el que había dormido en su vida, pero sí en los últimos años.

    Tenía demasiada hambre y sed. Se paró como pudo haca la puerta, volviendo a golpearla con insistencia, mientras gritaba:

    —¡¿Hay alguien ahí?! Por favor, quiero un poco de agua… ¡por favor!, ¿alguien me escucha?

    De nuevo, sólo silencio.

    Aumentó de golpe la insistencia de sus golpes, al igual que el tono de sus gritos.

    —¡No pueden hacerme esto! ¡¿Qué quieren de mí?! No tengo dinero, soy una simple asistente. Debieron confundirse de persona. ¡Por favor!, sólo díganme qué quieren y podré ayudarlos.

    Por supuesto, no era una simple asistente. Pero sin saber con seguridad de qué iba todo eso, no podía permitirse revelar más de la cuenta; al menos, no todavía. La misión, la guardia que debía ejecutar, era mucho más importante que cualquier otra cosa, más importante que su propia vida. O eso pensaba hasta hace una semana atrás, cuando se enteró de que su vida de momento no venía sola. Eso podría cambiarlo todo, pero aún no estaba dispuesta a dejarlo ocurrir del todo. Debía intentar ser una sierva fiel… hasta que ya no pudiera serlo más.

    No hubo respuestas, ni visitas, ni interrogatorio, ni nada. Como si fuera la única persona viviente, y ese reducido cuarto fuera lo único que existía en el mundo. El movimiento de la luz que entraba por la rejilla le indicaba el paso del tiempo, dejándole claro que todo ese día se iba acabando poco a poco, y sus secuestradores la tenían ahí abandonada. El hambre y la sed se volvieron cada vez más intensos, y comenzó a preocuparse de las consecuencias que eso pudiera tener. Al final se sintió tan débil y aturdida que se regresó a su esquina de la noche anterior y ahí permaneció sentada, sólo mirando como la luz de la rejilla se iba desvaneciendo, hasta dejarla de nuevo en penumbras.

    Comenzó a pensar que en realidad no había nadie en ese sitio. La habían tirado ahí sola para matarla de hambre y desaparecerla. Pero, ¿quién querría hacerle algo tan horrible? Conforme más estaba en ese sitio, la respuesta se volvió cada vez más evidente, aunque se rehusó a aceptarlo.

    ¿La Hermandad era la que le estaba haciendo eso? ¿La Hermandad que la había acogido y protegido?, ¿la misma a la que le había dedicado su vida y por la que había hecho todo lo que le ordenaban si cuestionar ni una sola vez? ¿Por qué sus hermanos le harían eso? ¿No eran su familia?, ¿no dijeron que desde ahora siempre estarían ahí para ella?, ¿no le dijeron que sólo debía ser una sierva fiel…?

    ¿Qué podría haber hecho para hacerlos enojar de esta forma? De nuevo, la respuesta era evidente: aquello que estaba comenzando a crecer a su vientre.

    «No, no puede ser cierto» se decía a sí misma, abrazándose no sólo para protegerlo sino también para mitigar el hambre que la invadía. «Él no permitiría que esto me pasara… Todo lo que he hecho ha sido para complacerlo. Él me protegerá. Él matará a todos estos malditos y me sacará de aquí. Y me recompensará por haberme mantenido fuerte y fiel… Sólo debemos resistir, pequeño…»

    Pasó entonces el tiempo suficiente como para ya haber estado ahí más de veinticuatro horas. Ann había caído de nuevo en el doloroso sueño, cuando el eco del candado abriéndose la despertó, seguido después por el rechinar de la puerta. Ann alzó su mirada temerosa hacia la puerta, pero al mismo tiempo contenta en el fondo de que algo al fin cambiara. La luz del pasillo alumbrado con tenues luces anaranjadas le lastimó un poco los ojos, y su visión estaba borrosa. Luego de unos segundos, logró ver claramente parada en el marco de la puerta la figura de una persona; una mujer.

    Era delgada y alta, de cabello rubio rizado sujeto con una perfecta cebolla, y unos profundos y penetrantes ojos azul cielo que la miraron fijamente entre las sombras de su celda. Le sonrió con sus labios algo gruesos pintados de un rosado oscuro. Se encontraba enfundada en un impecable traje de saco negro de cuello alto y falda larga hasta los tobillos. Iba acompañada de dos hombres altos de trajes negros que aguardaban detrás de ella.

    Aunque al inicio no la pudo ver bien, Ann la reconoció rápidamente, y sus ojos se alumbraron de emoción y alegría.

    —Sra. Baylock… —murmuró con debilidad, e intentó incorporarse pero no le fue posible del todo. Aun así, usó todas las fuerzas que le quedaban en su cuerpo para acercarse a gatas hacia ella, aunque terminara raspándose las rodillas—. Mi señora, yo sabía que vendría por mí. Gracias, gracias…

    La joven se colocó de rodillas delante de ella, tomó su mano derecha y comenzó a besársela con desesperación y agradecimiento. La mujer, sin embargo, se quedó quieta en su lugar, manteniendo su expresión apacible.

    —Mírate nomás, pequeña —señaló la mujer con una voz llena de una preocupación casi maternal. Se agachó entonces delante de ella y tomó su rostro por su barbilla para mirarla. Sus ojos ya no lloraban más sólo porque posiblemente se había quedado sin agua para ello. Su maquillaje estaba en efecto arruinado y se había convertido sólo en manchas sin sentido por su cara, como una prueba de Rorschach—. Eres todo un desastre. Ya no te ves tan bonita ahora, ¿cierto?

    Aquel comentario desconcertó un poco a Ann, y su alegría inicial comenzó a esfumarse.

    —¿Qué…?

    —¿Crees que tuviste suficiente con sólo un día en este hueco para ablandar esta carne? —La tomó entonces con fuerza de su brazo, presionando sus uñas contra su piel, lastimándola y haciendo que la joven soltara un alarido de dolor. Intentó por instinto alejarse de ella, pero la tenía fuertemente prensada y cualquier movimiento sólo la lastimaba más—. ¿O crees que debamos dejarte uno más? ¿Quizás hasta que sean tres? ¿Qué te parece una semana entera?, ¿será eso suficiente?

    —Por favor, no —suplicó Ann entre sollozos. Al parecer sí le quedaban algunas lágrimas que derramar—. ¿Por qué me hace esto…?

    Sin haber terminado por completo de hablar, Baylock la jaló hacia ella y con su otra mano le dio un fuerte golpe con el revés de ésta contra su mejilla, haciéndola caer al suelo, y encima de todo golpeándose el labio contra la roca.

    —¡¿Qué por qué te hago esto?! —Le gritó Baylock llena de cólera—. ¡¿Y todavía te atreves a preguntármelo, ramera desvergonzada?! ¡¿Todavía osas fingir inocencia ante mí?!

    Ann no podía decir nada. Sólo se quedó tirada en el suelo, contraída en sí misma y llorando. Baylock se paró, agitando un poco la mano con la que la había golpeado. Lo había hecho tan fuete que incluso a ella le había dolido.

    —¿Sabes qué?, tienes razón. Será mejor terminar con esto ahora mismo. Sáquenla —le indicó a los dos hombres que la acompañaban, mientras ella comenzó a andar por el pasillo

    Los dos hombres entraron apresurados a la celda y tomaron a Ann por sus brazos. La alzaron de un tirón lastimándola en el proceso sin que eso al parecer les importara mucho.

    —No, esperen… por favor, no… —Gimió Ann mientras la arrastraban hacia afuera de su celda. No tenía fuerzas para siquiera caminar, mucho menos forcejar contra esos sujetos que le doblaban su peso y casi su estatura.

    Durante el largo camino por aquel oscuro pasillo en el que resonaron los pesados pasos de aquellos hombres, y los tacones de Baylock más delante, Ann tuvo tiempo para digerir que la posibilidad que tanto se rehusó aceptar, era en efecto la verdad. Su Hermandad, su familia… no eran tal cosa.

    La llevaron por otra puerta de metal y luego la hicieron bajar por otras escaleras hacia un cuarto de forma redonda y techos un poco más altos que en el resto de lugar. Al mirar con cuidado, notó en el centro del cuarto, dibujado en el piso, un pentagrama con un círculo y signos sobre éste. Había rastros de cera derretida a su alrededor y… sangre… muchas mancha oscuras de sangre adornando varios puntos alrededor y dentro de aquel círculo. Y colgando encima de ese punto, había unas largas cadenas con dos grilletes en sus puntas.

    —Atenla ahí —escuchó como ordenaba la voz de Baylock, retumbando en aquel eco similar al de una iglesia.

    —No, por favor… —Intentó Ann por última vez de suplicar y aplicar algún tipo de resistencia, sin lograrlo—. Señora… No… no me haga esto…

    —Cierra la boca, cerda sucia —fue la única respuesta que le ofreció aquella mujer que hasta ese momento había sido su mentora, su amiga, y prácticamente su única madre.

    Los hombres colocaron los grilletes en torno a las muñecas de Ann. Luego, de un lado del cuarto, Baylock hizo girar un palanca que hizo que las cadenas se contrajeran hacia arriba, jalando el delgado cuerpo de Ann hacia arriba hasta que tuviera que pararse apenas en la punta de sus pies para no terminar colgada por completo de las muñecas y los grilletes le lastimaran aún más.

    Su respiración se aceleró junto con los latidos del corazón. Los hombres se apartaron de ella y del círculo. Ella intentó ver en dónde se encontraba Baylock, pero desde su posición no la veía, como si se hubiera esfumado entre las sombras de los rincones. Luego de unos segundos de incertidumbre, la sintió de golpe aparecer detrás de ella, tomándola fuertemente de sus cabellos y jalando su cabeza hacia atrás hasta que sus ojos sólo pudieran ver el techo.

    —Dime, ¿crees que eres especial, Ann? —Le susurró Baylock con una tremenda frialdad, cerca de su oído—. ¿Crees que puedes hacer todo lo que se te venga en gana sin ninguna consecuencia? ¿Y encima de todo pregonarlo por ahí con orgullo? ¡¿Es nuestra misión un juego para ti?!

    Baylock empujó su cabeza de nuevo al frente, haciendo que el cuerpo entero de Ann se balanceara. Se le acercó de nuevo, pero está vez sintió como tomaba la tela de su elegante vestido rojo nuevo, y lo rasgaba de un fuerte tirón. Pudo oír como la tela se separaba y luego sintió como todo su torso desnudo quedaba expuesto, y ni siquiera contaba con sus brazos para poder cubrirse.

    —¡Tú no eras nada cuando te recogí de las calles! —Espetó Baylock con fuerza a sus espaldas, y un instante después escuchó como el aire era cortado con un movimiento rápido, e inmediatamente después sintió un intenso y ardiente dolor en la espalda que la hizo doblarse un poco y gritar.

    Reconocía esa sensación; era la larga y dura vara de castigo, que ahora estaba dejando una vez más horribles marcas rojas en su espalda blanca. Y no fue sólo un golpe, sino dos, tres, cuatro… tantos que Ann perdió la cuenta. Baylock la golpeó una y otra vez mientras continuaba hablando.

    —Nosotros te vestimos, te educamos, te preparamos para cumplir un fin mucho más allá de lo que tu minúsculo cerebro podría llegar a entender. ¿Y cómo me lo pagas? ¡Abriéndote de piernas ante cualquiera cual puta barata! —Tras esas palabras, el golpe bajó de su espalda a quedar directo en sus glúteos, y uno más contra su muslo derecho—. ¡Dime quién es el padre!

    Ann sólo gimoteaba y lloraba con fuerza, incapaz de articular palabra coherente.

    —¡Dije que me digas quién es el padre! —Repitió Baylock aún más frenética que antes, volviéndola a golpear dos veces más en sus muslos—. ¡¿Es que acaso no me entendiste, puta estúpida?!

    —Por favor… por favor… Por Dios…

    —¿Dios? —Rio Baylock cínicamente, volviéndola a jalar de su cabello—. ¿A qué Dios le estás pidiendo misericordia?, ¿eh? Satanás es el verdadero Dios, ¿lo olvidas? Y él no meterá las manos al fuego por una desvergonzada perdida como tú, ¿me oíste?

    La soltó, empujándola hacia un lado con violencia; de no haber estado colgada de las muñecas de seguro hubiera caído con su cara contra la cera en el suelo. Baylock la rodeó hasta colocarse delante de ella, y azotó su vara dos veces contra su busto desnudo, dejándole largas marcas rojas en sus pechos.

    —¡Dime quién es el padre o te sacaré ese engendro a golpes! —Le gritó Baylock con su cara casi pegada a la suya, y entonces se alejó y alzó su vara con la clara intención de golpearle ahora el vientre con ella

    —¡No!, ¡por favor no…! —Exclamó Ann presa del pánico por tal amenaza. Y por un instante estuvo a punto de gritarle con todas sus energías lo que tanto quería saber, con tal de proteger a su hijo… Pero, para bien o para mal, no tuvo oportunidad de hacerlo.

    En el eco del cuarto resonó el rechinar de las bisagras de la puerta al abrirse rápidamente, seguido por una recia voz que resonó con potencia.

    —¡Suficiente, Agatha! Detente.

    La vara de Baylock se quedó suspendida en el aire, dejando su amenaza sólo en eso. Desde su perspectiva Ann no logró ver qué ocurría, pero agradeció entre sollozos que aquello hubiera parado al fin, aunque fuera un instante.

    Por su parte, las miradas de la torturadora y los dos hombres que la acompañaban se viraron hacia la puerta. Los tres vieron con algo de asombro bajar por las escaleras al hombre alto de cabeza casi calva, vestido con una túnica de padre católico. Miró con severidad a Baylock y se le aproximó con paso desafiante. Aun así, ella no se mutó en lo absoluto ante su presencia.

    —No te metas en esto, Spiletto —exclamó la torturadora con firmeza, apuntando al recién llegado con su vara y provocando con este acto que el hombre se detuviera en seco en su lugar—. Tú no tienes jurisdicción alguna sobre cómo lidio con mis discípulos.

    —¿Tampoco yo? —Se escuchó otra voz introduciéndose en escena desde la puerta del cuarto, y de nuevo llamando la atención de todos. Para su sorpresa, sobre todo para Baylock, a quien vieron bajar por las escaleras fuera John Lyons, veinte años más joven que como se vería en aquella reunión rápida en la iglesia de Washington con Ann. En aquellos momentos era un hombre de cuarenta y uno, alto y fornido, con cabellera oscura y barba de candado, aunque en ambas ya se mostraban los primeros rastros de canas. Su presencia era incluso más intimidante en aquel entonces, y en cuanto entró al cuarto todo enmudecieron por unos momentos, mientras él los contemplaba impasible con sus penetrantes ojos azules. En su brazo derecho llevaba colgando su grueso abrigo de lana, negro.

    —¿Lyons? —Exclamó Baylock tras lograr salir de su impresión inicial—. ¿Qué haces en Florencia?

    —Vine a encargarme de este asunto, ¿qué más? —musitó el hombre de barba con cierto desdén mientras se aproximaba a un lado de Spiletto.

    Baylock bufó, incrédula, y sólo entonces bajó su vara hasta pegarla al costado de su muslo derecho. Lyons se acercó al círculo, cuidando de no pisar los rastros de cerca con sus brillantes zapatos nuevos, que aun así parecían ya haberse empolvado por estar caminando en esos túneles. Se paró justo detrás de Ann, contemplando estoico, casi indiferente, su espalda desnuda y las líneas rojas que se habían dibujado sobre su piel por los golpes.

    Ella no podía voltearse a mirarlo; ni siquiera tenía fuerzas para sostenerse en sus puntas y se dejaba colgar de las cadenas, sin importarle ya lo mucho que los grilletes le lastimaban. Aun así, lo había oído al entrar y había reconocido su voz. Sintió un poco de alivio al inicio, pero desconocía si acaso Spiletto y él estaban ahí para quizás cambiar esa tortura por algo peor.

    —¿Desde cuándo la mano derecha de Adrian tiene que bajar de su pedestal para encargarse personalmente de putas embarazadas? —Cuestionó Baylock con ironía, aunque también suspicacia en su tono. Lyons se volteó ligeramente hacia ella, mirándola con apenas un ligero rastro de molestia en esos fríos ojos.

    —¿Y desde cuándo tengo que darte a ti alguna explicación sobre qué hago o por qué? —Le respondió tajantemente, haciendo que la sonrisa burlona de los labios de Agatha Baylock se borrara de golpe—. Te recuerdo que tenemos mucho tiempo y esfuerzo invertido en esta chica. Hay planes que tienen que llevarse a cabo, y no puedo darme el lujo de que tú los arruines por tus inútiles impulsos.

    —¿Cómo te atreves a hablarme así? —Masculló la mujer rubia, avanzando hacia él. Spiletto intentó detenerla, pero ella lo empujó hacia un lado con notable facilidad, y se paró justo a un lado de Lyons, encarándolo con fiereza en su mirada—. No me trates como si fuera tu sirvienta, anciano. Yo soy una Apóstol de la Bestia, ¡y me he ganado mi corona!

    —¿Y eres tan estúpida como para pensar que realmente eso nos vuelve iguales? —Farfulló Lyons con una pequeña risilla que sólo hizo enojar aún más a la mujer. Sus dedos se aferraron fuertemente a su vara de castigo, y su puño entero tembló por la fuerza que aplicaba. Lyons notó esto, y mirando de reojo hacia su mano con asombrosa tranquilidad—. Será mejor que pienses muy bien lo que tienes pensado hacer con esa cosa.

    El momento se volvió bastante tenso, y realmente por un segundo, todos los que veían aquello pensaron que Baylock terminaría estampándole la vara de madera en la cara. Sin embargo, su sentido común pareció sobreponerse y entonces su mano se relajó. Respiró hondo por su nariz y se paró derecha y serena, tal pulcra como casi siempre se mostraba.

    —Es una pérdida de tiempo —señaló más calmada, pero igualmente con un poco de rabia que no era capaz de esconder—. Tengo a decenas de chicas que podrían encargarse de ese trabajo dado el momento. ¡Y de seguro cualquiera de ellas sería más obediente que esta estúpida!

    Baylock alzó en ese momento la vara, con la clara intención de volver a golpearla. Aunque Ann no vio esto, lo sintió, como si el dolor se materializara aún antes de recibir el golpe. Pero no hubo un golpe como tal, pues Lyons la tomó fuertemente de su muñeca para detenerla.

    —Eso ya no te corresponde a ti decidirlo —Le indicó Lyons con dureza, mirándola intensamente a los ojos—. Ahora vete, antes de que pierda la poca calma que me queda.

    La mujer le regresó la misma mirada con la que él la miraba. Jaló su brazo, librándose de su agarre, y tirando con enojo la vara al suelo. Sin decir nada más, caminó apresurada hacia las escaleras, pasando a un lado de Spiletto. Éste sólo se alejó, dejándole el camino totalmente libre para que pasara. Luego, el supuesto padre católico miró a Lyons, le ofreció un sutil asentimiento de su cabeza y se dispuso a seguir a la mujer hacia la puerta.

    Una vez que ambos se fueron, Lyons se fijó en los dos hombres que habían asistido a Baylock. Seguían en su sitio, esperando a que se les diera alguna nueva orden. «Cómo buenos soldados» pensó el hombre de barba.

    —Libérenla de esas cosas y déjenos solos —les ordenó con dureza, señalando hacia los grilletes que sujetaban a la mujer semidesnuda.

    Los dos hombres se apresuraron a cumplir la encomienda, haciendo bajar la cadena hasta que el cuerpo de Ann, sin oponer resistencia, se fue recostando el suelo y quedara totalmente rendida sobre éste. Uno de ellos se aproximó y la liberó de los grilletes. Anna sintió mucho alivio en ese momento, pero no fue capaz de expresarlo de ninguna forma. Una vez que terminaron, Lyons sólo hizo un ademán con su cabeza para recordarles que se fueran, y así lo hicieron. Subieron las mismas escaleras por la que los otros dos se habían ido, cerrando la puerta detrás de sí.

    Ya que estuvieron solos, el hombre de barba puso su atención en la mujer, que yacía en el piso sin moverse, como si se hubiera desmayado. Mas no era así. Ann estaba bastante despierta, pero la sola idea de tener que moverse ya le provocaba una sensación de dolor.

    Lyons suspiró con cansancio, quizás incluso fastidio. Se acercó hacia ella y de manera poca cuidadosa le arrojó su abrigó encima para cubrirla.

    —Levántate —le ordenó secamente.

    Ann, acostumbrada a siempre obedecer hasta entonces, hizo el intento de hacerlo una vez más. Como pudo se sentó en el piso, tomando el abrigo que tenía encima y envolviéndose en él para cubrir poco su magullado y expuesto cuerpo. Alzó entonces sus ojos cristalinos hacia el hombre de pie delante de ella, que la miraba con una pose prepotente, como si viera alguna cucaracha patas arriba que le provocara asco. Ann no olvidaría esa mirada en los años posteriores.

    —Sabes por qué estoy aquí, ¿o no? —Le cuestionó de golpe, pero Ann no respondió nada, pese a que una parte de ella tenía una teoría—. Yo sí sé quién es el padre de ese bebé. Y, a pesar de todo, aún tienes amigos que siguen viendo tu potencial y teniendo fe en ti. Por eso estoy aquí, para encargarme de sepultar este asunto lo mejor posible.

    —¿Sepultar…? —masculló Ann un tanto horrorizada.

    —Quizás no fue la mejor elección de palabras —Masculló Lyons con un tono burlón. Comenzó entonces a camina hacia un lado del cuarto con sus manos en sus bolsillos, dándole la espalda—. Esto es lo que pasará. Te llevaremos a un hospital religioso en Marsala, apartado y discreto. Pertenece en realidad a nuestra organización, y lo usamos para… no precisamente este tipo casos, pero sí similares. Te registraremos con un nombre falso. Ahí pasarás tus meses de embarazo, darás a luz, y entonces daremos al bebé en adopción de forma anónima. Luego de eso, viajarás a los Estados Unidos, servirás ahora a mi cargo, y seguiremos adelante como si nada de esto hubiera pasado.

    —¿Lo daremos… en adopción…? —Pronunció Ann despacio, apenas separando lo suficiente sus labios resecos—. ¿No podré ver a mi bebé…?

    —No —espetó Lyons molesto, girándose hacia ella con actitud amenazante. Se le aproximó entonces con paso apresurado, agachándose delante de ella para verle directo a su cara—. ¿No has comprendido aún la situación en la que te encuentras? Esto no es una negociación, ni tampoco una sugerencia. Si tu destino dependiera de Baylock y Spiletto, te enterrarían a ti con todo y tu feto en la fosa más profunda y escondida que encontraran, y fingirían que nunca exististe. Y eso no sería diferente aunque supieran quién es el padre de ese bebé. De hecho, eso podría hacerlo mucho peor, y eres más estúpida de lo que pareces si crees lo contrario. Así que jamás pienses siquiera en revelarlo, ¿me oíste? Ésta opción que te estoy ando es la única que tienes para salir medianamente bien librada de esto y recobrar tu papel en la Hermandad. ¿Está claro?

    Ann lo contempló en silencio, casi al borde del llanto de nuevo mientras le hablaba de esa forma. Agacho entonces su rostro, sin responder nada.

    —¿Está claro? —Repitió Lyons entonces con más ímpetu que antes, y la mujer sólo asintió levemente. Aquello fue suficiente para que su aparente benefactor se pusiera de pie, arreglándose lo mejor posible su elegante traje—. Hay un auto esperando para llevarte a tu departamento. Báñate y arréglate lo mejor que puedas. Partimos mañana mismo.

    Sin más, él mismo se dirigió a la salida, dejándola ahí en el suelo sin saber siquiera si sería capaz de ponerse de pie y caminar. Sí lo fue, aunque luego de varios minutos y dos intentos fallidos. Luego tuvo que andar tambaleándose por esos oscuros túneles, cubierta sólo por ese abrigo que (¿gentilmente?) Lyons al parecer le había regalado, y lo que quedaba de su vestido rojo. Anduvo apoyada en las paredes rugosas para no caer, y temiendo estar caminando en la dirección incorrecta. Al final tras mucho esfuerzo, logró llegar al exterior, y al auto que la aguardaba.

    No se cruzó ni con Lyons, ni con Baylock, ni tampoco con Spiletto en el camino, y eso fue de momento una pequeña bendición.

    FIN DEL CAPÍTULO 63

    Notas del Autor:

    Baylock y Spiletto son ambos personajes pertenecientes a la franquicia de The Omen o La Profecía, apareciendo ambos en la primera película de 1976 y en su remake del 2006. Como había mencionado antes, por conveniencia del tiempo en el que se desarrolla la historia, se está tomando más en cuenta los acontecimientos como ocurrieron en el remake del 2006, por lo que la descripción física y personalidad descrita de ambos igualmente es más parecida a la de dicha versión. En ninguna de las dos versiones se revela de manera clara el nombre de pila de la Sra. Baylock, por lo que el nombre Agatha mencionado en el capítulo es invención de mi parte.

    —Como comenté hace tiempo, el personaje de Ann es una combinación de dos personajes ya existentes: Ann Thorn de la película Damien: Omen II de 1978, y Ann Rutledge de la serie Damien del 2016. Sin embargo, los hechos narrados en este capítulo con respecto a su pasado, no se encuentra basados ni en la película ni en la serie, ya que en ambos medios nunca llegamos a saber mucho (o prácticamente nada) del pasado de ambas, por lo que en su mayoría es de mi creación y adaptado al contexto de esta historia.

    —En el capítulo siguiente y posteriores, continuaremos exploraremos la historia de Ann, y se darán algunas explicaciones sobre el trasfondo de ella y de otros personajes pertenecientes a la franquicia de The Omen. Es por ello que veremos a más personajes y momentos tanto de las películas como de la serie de Damien, adaptados a esta línea. Intentaré irme lo más rápido posible en algunas cosas para no dedicarle demasiados capítulos, pero intentando explicar y clarificar lo que sea necesario.
     
  4.  
    WingzemonX

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    Resplandor entre Tinieblas
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    Resplandor entre Tinieblas

    Por
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    Capítulo 64.
    Santa Engracia

    Todo se llevó a cabo tal y como Lyons se lo había indicado, y Ann no opuso ninguna resistencia o reclamo. Llegó al Hospital de San Engracia en Marsala bajo el nombre de Martina Ricci; esa sería la primera vez que lo usaría, aunque ciertamente no la última. El viejo edificio parecía más un convento que un hospital, atendido principalmente por monjas jóvenes, un par de padres y algunos doctores externos. Aun así, era bastante bonito y bien conservado. Se encontraba sobre una colina con una hermosa vista al azulado mar. El aire se sentía delicioso desde ahí. Si no fuera por las situaciones específicas que la habían llevado a aquel sitio, podría haber sido un buen lugar para pasar unas agradables vacaciones. En su lugar, aquel sitio era casi como una prisión a la que su querida Hermandad la había mandado a pasar una corta sentencia. Al menos era mejor que el calabozo de Baylock.

    Por supuesto, aquello no era un hotel ni un spa, así que la posibilidad de tener una habitación privada ni siquiera estaba a discusión. En su lugar, fue instalada en un cuarto largo rectangular con diez camas, cinco de cada lado, y separadas entre ellas sólo por unas cortinas. Cada espacio individual contaba además con un buró con dos cajones, y una silla para visitas (o en su caso para los doctores, pues dudaba recibir algo parecido a lo primero en los meses que le deparaban ahí). Lyons la hizo viajar ligera, por lo que sólo llevó una pequeña maleta con tres o cuatro cambios de ropa, y al menos unos pocos artículos de higiene y belleza.

    La Ann de aquel entonces no se había acostumbrado tanto a las cosas finas y cómodas como la de veinte años después. Aun así, aquello tampoco le provocaba por completo indiferencia. Pero debía obedecer. Como Lyons le había dicho, era su única alternativa de al menos poder salvarle la vida a su bebé, y volver en buenos términos a la Hermandad… si es que realmente eso era lo que quería.

    Tendría mucho tiempo para pensar al respecto en los meses posteriores. De momento, sin embargo, en cuanto le indicaron cuál sería su cama lo único que hizo fue colocar su maleta a un lado de ésta y recostarse un poco, sin siquiera quitarse los zapatos. Se quedó ahí recostada, sólo mirando el techo. Los golpes de la nefasta vara de Agatha Baylock aún le dolían, pero lo peor era aún seguir escuchando en su cabeza el eco de su voz, y el sonido de la vara cortando el aire un instante antes de tocar su piel. Por confuso que fuera, ni siquiera se sentía enojada con su torturadora, sino consigo misma. Enojada por haberla decepcionado, por haberla hecho hacerle eso con sus acciones egoístas… o, al menos en aquel momento así lo veía. Con el pasar del tiempo se daría cuenta de la verdadera perra que había sido aquella bruja, e incluso sentiría algo de gozo al saber de su horrenda muerte años después.

    Buongiorno, signorina Martina —Escuchó que una risueña voz pronunciaba desde el pie de su cama, sacándola al poco de su auto lamentación.

    Ann volteó a ver en aquella dirección sin alzar demasiado el cuerpo, y vio a una mujer joven, posiblemente de su misma edad o un poco menor, vestida con el hábito de monja color blanco, de mangas cortas por las que se asomaban unos flacuchos brazos pálidos. Debajo de su velo blanco se asomaban unos rizos de un muy bonito castaño claro. Su rostro era delgado, de ojos serenos y azules como el cielo, con una pequeña nariz. Sus labios se encontraban curveados en la sonrisa más sincera y natural que Ann había visto en años. Abrazada contra su delgado cuerpo, lleva una tabla de apoyo, posiblemente con papeles con los datos de los pacientes, incluida la propia Ann.

    —¿Cómo se encuentra? —Le preguntó la joven con genuino interés, avanzando hasta colocarse a un costado de su cama.

    —Bien —respondió Ann con apenas la suficiente dosis de cortesía.

    —Espero de corazón que haya tenido un placentero viaje y que no tenga problemas para instalarse. —Echó entonces un vistazo rápido a los papeles que traía consigo—. Por lo que veo nos acompañara por unos meses hasta el final de su embarazo. Muchas felicidades, por cierto.

    —Gracias —le respondió Ann, con notoria menos cortesía que antes.

    Se sintió tentada a preguntarle a esa risueña hermana si acaso sabía que al término de su embarazo le arrebatarían a ese bebé sin que ella pudiera siquiera decir algo al respecto. O aún mejor, ¿sabría que su adorado hospital religioso en realidad servía de tapadera para una de las Organizaciones Satánicas más grande y poderosa del mundo que había estado planeando por décadas la llegada del Anticristo y el fin del orden establecido? ¿Y qué ella misma hace mucho que le había dado la espalda a su falso Dios?

    Pero no, no dijo nada de eso. ¿Qué habría ganado?, sólo perturbar un poco a esa sonriente muchacha. Le esperaba una larga estancia ahí, así que era mejor tomárselo con calma. Como fuera, la monja no pareció captar en lo absoluto el estado de ánimo de la recién llegada, pues le siguió sonriendo con bastante naturalidad.

    —Bueno, de mi parte es un placer conocerla, signorina. Mi nombre es Gema, y la madre superiora me pidió directamente que me pusiera a su disposición para lo que ocupe. Intentaré atenderla lo mejor posible en estos meses que vienen de aquí en adelante, así que no dude en acudir a mí para lo que sea.

    —¿Cómo mi enfermera religiosa particular? —Musitó Ann con tono jocoso—. ¿Pueden darse ese lujo?

    Gema rio divertida por su comentario. Ann comenzó a preguntarse si realmente era una monja, pues no se comportaba como la imagen que tenía de las religiosas. Parecía mucho más… alegre.

    —Aquí suelen ser particularmente amables con nuestros principales benefactores —señaló Gema justo después, guiñándole discretamente su ojo derecho.

    —Eso suena a favoritismo.

    —Me gusta más bien pensar que por algo Dios desea que esté cerca de usted en estos momentos, signorina. Así que sí le puedo ser de utilidad en algo…

    —Estoy bien de momento —señaló Ann rápidamente, volviéndose a recostar por completo como estaba antes—. Sólo quisiera descansar un poco.

    —Muy bien —asintió Gema, y entonces miró de nuevo sus papeles—. Sólo le notifico que en dos horas servimos el almuerzo, y luego de eso tiene una cita con el Dr. Dal Bianco para su primera revisión. Le preguntará algunas cosas sobre cuánto lleva el embarazo, si a consultado a otro obstetra, y posiblemente le recete algunas vitaminas o medicamentos complementarios, que yo me encargaré de traérselos a la hora indicada y recordarle que los tome. ¿Alguna duda?

    —De momento no se me ocurre nada.

    —Perfecto. Benvenuta, a Santa Engracia, signorina Martina.

    Tras eso último Gema se retiró al fin, aunque no muy lejos. Sólo a la camilla a su lado izquierdo a revisar a su vecina.

    Agradable chica, aunque en pequeñas dosis. Luego se volvía un poco fastidiosa. Pero al menos tendría a alguien que velara por ella en ese sitio. Y parecía tan ingenua que en un momento dado podría usarla en su beneficio.

    Cuando pensó que al fin tendría un poco de silencio y paz, una risa ronca resonó desde la camilla al lado contrario al que se había ido Gema. Luego de unos segundos, dicha risa fue remplazada por una estridente y dolorosa tos. Ann se sentó en su cama por mero instinto, mirando con algo de preocupación en dicha dirección. A través de la cortina no lograba ver más que una silueta moviéndose del otro lado.

    —Eres una mujer de pocas palabras, ¿eh? —pronunció una voz áspera, sintiéndose un tanto lejana—. Eso me gusta. Pero intenta tratar mejor a la pequeña Gema, que es un rayo de sol en este lugar.

    Ann permaneció callada, sin saber si responderle o sólo fingir que no la había oído. Sin embargo, su vecina derecha no le dejó esa opción, pues notó como su silueta se sentaba en su cama, soltando algunos quejidos de dolor al hacerlo, y entonces extendió su mano hacia la cortina, corriéndola hacia un lado.

    Quien ocupaba la cama era una mujer grande de cuerpo redondo. Su piel era tostada, y su rostro se encontraba marcado con notorias arrugas. Su cabello era una maraña de rizos grises y negros, cortos. Usaba un pijama color beige, y sobre ésta una bata abierta color verdoso, que al parecer le quedaba un poco pequeña. A simple vista parecía una mujer muy anciana, pero al verla con más detenimiento, Ann sintió que no podía tener más de sesenta, o incluso más de cincuentaicinco. Parecía más bien alguien a quien la vida le había pasado encima muy rápido.

    Sin embargo, hubo un detalle en esa mujer que resaltaba en todo el resto de su apariencia enfermiza y débil: sus ojos. Eran negros y profundos, muy intensos, y cuando se posaron en Ann se sintió de inmediato intimidada, y tuvo el impulso de retroceder, pese a que estaba sentada.

    La extraña volvió a toser, acercándose un pañuelo a la boca para cubrírsela. Ese pequeño ataque sólo duró unos segundos, y luego aspiró profundo por su nariz, recobrando de inmediato su compostura.

    —Lo siento —susurró despacio, volviéndola a ver con esos intimidantes ojos y sonriéndole de una forma que no era tampoco mucho más tranquilizadora—. Te prometo que durante las noches no te molestaré, linda. Igual no creo estar mucho más en esta cama como para llegar a importunarte demasiado.

    —Descuide —respondió Ann, temerosa de quizás decir algo que pudiera de alguna forma ser incorrecto. Sólo se había sentido de esa forma ante Baylock y los otros altos rangos de la Hermandad. Pero en esa ocasión fue un poco más intenso que aquellas veces, y no lograba comprender por qué.

    La mujer se inclinó un poco al frente, mirándola con un poco más de detenimiento.

    —Así que, estás embarazadas, ¿cierto? —Soltó de pronto sin más—. No creas que soy una vieja chismosa. Sólo soy alguien a quien… le interesan las personas. Y cuando me dijeron que tendría una nueva compañera, me entró curiosidad y paré un poco la oreja. No te molesta, ¿o sí?

    —No, claro que no.

    —Me llamo Ingrid Archer, por cierto. Encantada de conocerte… ¿Margarita?

    —Martina. Encantada también, señora Archer… ¿Usted no es italiana?

    La mujer soltó entonces otra carcajada, de nuevo seguida por un pequeño ataque de tos.

    —He sido muchas cosas, en diferentes momentos. En éste, supongo que lo más adecuado es decir que soy de la Gran Isla. De Inglaterra —clarificó—. Pero me vine a pasar los últimos días de esta vida a un lugar hermoso, con personas agradables. Y de momento no me arrepiento.

    —¿Qué es lo que tiene? —Soltó Ann de pronto sin proponérselo, como si su curiosidad se hubiera apoderado de su boca por unos segundos. Ingrid Archer, sin embargo, no pareció tomárselo a mal.

    —Los doctores lo llaman cáncer —respondió con bastante naturalidad, incluso con ironía—. Yo lo describiría más como un veneno negro que se extiende lentamente, devorándome por dentro como un montón de pirañas.

    —Lo siento —murmuró Ann, y por algún motivo en efecto así era.

    —No lo hagas, linda —exclamó Ingrid, agitando una mano en el aire con apatía—. Hace mucho, mucho tiempo, que la muerte dejó de tener poder en mí, ¿sabes? Ya no es un final, sino una nueva oportunidad. ¿Me entiendes?

    Le guiñó en ese momento su ojo derecho, de una forma un tanto más obscena que como Gema lo había hecho, haciendo que el rostro de Ann se ruborizara. No podía decir que entendía del todo a qué se refería. Supuso que debía estar hablando del asunto religioso, la vida después de la muerte y todo eso. Si eso le daba consuelo, pues bien por ella.

    —Además, Dios es muy sabio, ¿no te parece? —Señaló Ingrid, cambiando el tono de sus palabras por uno más solemne—. Porque, cuando una vieja vida se va, una nueva llega a tomar su lugar…

    Extendió entonces su mano al frente, señalando hacia el vientre de Ann para ejemplificar su punto. Ésta al notar esto, se rodeó con sus brazos, en un intento inconsciente de protegerse.

    —Supongo que es una forma de verlo —respondió la mujer de cabellos negros, algo insegura.

    —¿Me permitirías tocar tu vientre un momento?

    —¿Disculpe? —Reaccionó Ann, sobresaltada—. Yo… llevo muy poco, aún no se siente nada en lo absoluto

    —Oh, te sorprenderías de las cosas que pudiera sentir de tu bebé desde ahora. Anda, no te voy a morder, linda.

    Ann vaciló. Tuvo el presentimiento de que no había lugar a que se negara a tal petición, aunque le resultara tan incómoda. No era que creyera que pudiera hacerle algo a ella o a su bebé con tan sólo tocarla. Sin embargo, por algún motivo, presentía que si lo permitía se terminaría arrepintiendo de alguna forma. Aun así, la presencia tan intimidante de esa mujer terminó por obligarla a sólo asentir y así darle el permiso que solicitaba.

    Ingrid extendió su mano para tomar su grueso bastón de cuatro patas y así ayudarse a levantarse de la cama. Fue una tarea que a simple vista requirió de mucho esfuerzo de su parte, pero al final lo logró. Se aproximó lentamente hacia ella, arrastrando sus pesados pies. Ann se resistió al inicio a la idea de quitar sus manos de su vientre (su única defensa), pero al final lo hizo. La mujer se inclinó al frente, apoyando casi todo su peso en el bastón de aluminio, y pegó su mano derecha con dedos gruesos contra el vientre. Ann se había imaginado sentir algún tipo de dolor o calor, pero en realidad no sintió nada de eso. En su lugar, la mayor parte de su atención se centró en el hecho de que aquella mujer olía a un perfume de rosas bastante fino que le resultó conocido.

    Tras unos segundos de silencio, en los que tuvo toda su palma pegada a ella, Ingrid al fin habló.

    —Es una niña —soltó de pronto, tomando por completo por sorpresa a Ann. Y antes de que pudiera preguntarle cómo era que lo sabía, ella prosiguió—. Y siento mucha fuerza emanar de ella. Su padre debe ser un hombre excepcional, ¿o me equivoco?

    La lengua de Ann enmudeció por unos instantes.

    —Su padre no existe —declaró fervientemente.

    —No es la primera vez que lo escucho —bromeó Ingrid, retirando su mano y retrocediendo un poco para poder verla directo a su rostro—. ¿Sabes?, creo que me has dado un motivo para intentar durar un poco más por aquí. Quisiera estar lo suficiente para conocer a la pequeña.

    Ann solamente sonrió y asintió a su comentario. De todas formas, posiblemente ni ella misma terminaría por conocer a esa bebé, si realmente era una niña como había predicho.

    —¿Qué hace afuera de su cama, signora Archer? —Escucharon de pronto como la risueña voz de Gema pronunciaba con un tono de falso regaño. La joven monja se aproximó a la camilla de Ann, parándose a lado de la mujer mayor—. Le acaban de dar sus medicamentos, y sabe que eso la puede marear un poco. No queremos que ocurra algún accidente, ¿cierto?

    —Lo lamento, pequeña —le murmuró Ingrid, incorporándose completamente—. Sólo saludaba a la recién llegada. Es una chica muy agradable, y tendrá una hija muy fuerte.

    —Todos esperamos que así sea. Ahora, déjeme ayudarla a recostarse de nuevo. —Gema la tomó entonces de su brazo y la encaminó paso a paso de regreso a la cama—. Si quiere después de la comida saldremos a dar una pequeña caminata por el patio. ¿Eso le gustaría?

    —Muchas gracias, encanto. Justo le decía a Martina que eres el rayo de sol de este sitio.

    —Usted siempre tan amable conmigo, signora Archer.

    —Oh, es que sabes que te quiero mucho. —Ingrid extendió su mano una vez que ya estaba recostada en su cama para acariciarle gentilmente su mejilla a la monja—. Trata bien a mi nueva amiga. Ya le tome cariño, y especialmente a su bebé.

    —Descuide, lo haré —señaló Gema, mientras la arropaba—. Ahora duerma un poco y deje que la medicina haga efecto.

    Una vez que la mujer estuvo en su sito, Gema recorrió la cortina de nuevo a su sitio, y Ann se sintió mucho más aliviada.

    «Qué mujer tan rara», pensó para sí misma. Ella también se volvió a recostar, y esperaba ya no tener más visitas inesperadas hasta la comida. Sus manos se posaron sobre su vientre, y meditó un poco sobre lo que había dicho. «Desvaríos de una mujer moribunda», concluyó sin más. Aunque… le resultaba un tanto preocupante lo que había de alguna forma adivinado sobre el padre de su bebé. En efecto, era un hombre excepcional…

    — — — —​

    Pese a todo, los meses siguientes fueron de los más pacíficos que Ann viviría en mucho tiempo. Su embarazo progresó de forma adecuada, sin ninguna complicación física. Acudió a cada una de sus revisiones, tomó puntalmente sus medicamentos, e hizo cada una de las cosas que los médicos le recomendaron. Su vientre iba creciendo poco a poco con el pasar de los días, lo que le dificultaba el andar. Aun así, no se sentía tan mal como esperaba. Casi no tuvo mareos o dolores, y de hecho se sentía bastante bien.

    La parte menos agradable de su estadía empezó un poco antes de que entrara a su último mes de gestación. Ann no hizo mucha amistad con el resto de las pacientes, pero Ingrid y Gema se volvieron sus principales compañeras durante ese tiempo. Aunque su actitud reticente y reservada le impedía ver a alguna como una amiga, ciertamente era un desahogo el tener a alguien con quien hablar y compartir. Sin embargo, en un momento Ingrid pareció tener un intenso ataque durante la madrugada, tanto que la hizo despertarse alarmada. Las monjas y el doctor de guardia se la llevaron en una camilla, y ya no volvió. Cada cierto tiempo le preguntaba a Gema sobre su estado, y ella sólo le decía que estaba en observación en al área de cuidados intensivos, pero no daba más detalle al respecto.

    Ese suceso tan repentino tomó bastante por sorpresa a Ann. El estado de salud de Ingrid se había mantenido bastante igual desde su llegada, o al menos eso le había parecido. Pero claro, ella no era nada cercano a un médico, así que bien podrían haber estado pasando cosas dentro de ella que no se exteriorizaban. La propia Ingrid le había dicho que no creía durar mucho tiempo en ese sitio, así que había sido avisada con bastante anticipación de que algo así podría pasar. Le sorprendió sobre todo el darse cuenta de lo mucho que su ausencia le afectó. Supuso que simplemente se había acostumbrado a su presencia, a su voz, y a sus anécdotas, que en realidad eran bastante interesantes. Había viajado por casi todo el mundo, y vivido en varias de las ciudades más importantes. Eso tenía sentido con lo que le había dicho cuando se conocieron, sobre que había sido muchas cosas en diferentes momentos.

    Un par de semanas antes de la fecha programada para su parto, Gema también desapareció, aunque de una forma menos dramática. Sólo una mañana la monja que le trajo sus medicamentos resultó ser otra; más regordeta y de menor actitud risueña. Ann le preguntó sobre Gema, pero su nueva enfermera sólo le dijo qwue ahora tenía otras obligaciones, y no pareció estar de humor para responder ninguna otra pregunta; y se mantuvo así por el resto de los días.

    Sin Ingrid y sin Gema, esas últimas dos semanas resultaron ser un tanto solitarias. Por suerte, fue un tiempo corto.

    Comenzó a sentir los dolores previos al parto desde algunos días antes del gran día, y al menos en un par de ocasiones ella, y algunos de los doctores, pensaron que ya sería el momento. Pero no, el pequeño en su vientre se esperó hasta el último momento.

    Su fuente se rompió temprano en la mañana, y fue llevada de inmediato al quirófano. Aunque bien, llamar a aquel sitio quirófano era darle demasiado crédito. Era más un cuarto aislado con una cama más amplia y resistente, y espacio suficiente para que el Dr. Dal Bianco y las enfermas pudieran maniobrar mejor.

    Le habían advertido que podría estar un largo tiempo esperando sólo a que tuviera la dilatación correcta para comenzar el parto, pero esa espera resultó ser casi diez horas. Le aplicaron un medicamento para el dolor, y eso lo hizo un tanto más llevadero. Aun así, fueron horas de incomodidad, sudor, una presión en toda la parte baja de su cuerpo como si éste se le fuera a desgarrar, mareos y nauseas. Fue como si todas esas molestias que por suerte no tuvo durante los meses anteriores, se hubieran acumulado para salir todas justo al final.

    «El milagro de la vida» se decía a sí misma entre risas, maldiciendo a cualquiera que hubiera dicho tal cosa en el pasado. Y aun así, ninguna de esas molestias se comparó cuando ya fue el momento de la verdad.

    Todos decían que los partos eran dolorosos, pero las descripciones y advertencias no le habían sido suficientes. Sentía como si su cuerpo entero se fuera a partir en dos, pero de una forma bastante lenta. En un momento notó al Dr. Dal Bianco con su cara metida entre sus pierna y a las monjas que corrían de un lado a otro, pero llegado un punto dejó de verlos o escucharlos, como si gran parte de su cerebro se hubiera apagado para enfocarse sólo en la pesada labor que estaba llevando a cabo. De vez en cuando le llegaban algunos escuetos remedos de voces que le decían cosas como: “Tú puedes, Martina” o “un poco más, sólo un poco más”, y lo único que ella quería gritarles era que se callaran sus putas bocas, y que si les parecía tan sencillo que lo hicieran ellos en su lugar. Pero su cerebro seguía medio apagado, así que no fue capaz de articular palabra alguna.

    A la mitad ya se encontraba totalmente agotada y sólo quería desmayarse. Pero siguió un poco más, ese “un poco más” que le decían repetidas veces que faltaba. No pensó que realmente un cuerpo humano fuera capaz de resistir tanto, y de modificar tanto su estructura y aumentar tan exponencialmente sus fuerzas para lograr algo como eso. Ese debía ser el verdadero milagro del que tanto hablaban…

    El veinteavo “un poco más” fue al fin el último. Sintió de golpe como toda la presión que tenía acumulada en su parte baja salió de golpe como el corcho de un champagne, sintiendo al fin aunque sea un poco de alivio. Se dejó caer rendida a la cama, con su cabeza dándole vueltas y sintiéndose asfixiada al no poder respirar con normalidad. En su mente no estaba segura si ya había terminado todo o no, pero ya le daba igual. Quería dormirse y no despertar en días, o nunca si era posible. Sus ojos se estaban ya cerrando plácidamente… cuando entonces lo escuchó.

    Era un llanto, un sonoro y estridente llanto que retumbó el cuarto. Ese llanto la hizo reaccionar, inyectándole de golpe un gramo de energía adicional que la hizo volver a abrir los ojos y alzarse lo suficiente para ver un poco de lo que ocurría. Todo era borroso y confuso, pero lo que notó fue el manchón blanco de las monjas, todas juntas entorno a un punto, hablando y cuchicheando alrededor de la fuente del llanto. Estaban limpiándolo lo mejor posible, y envolviéndolo con una manta blanca. Se tomaron su tiempo, antes de que una se girara hacia ella, cargando en sus fuertes brazo ese bulto envuelto que seguía chillando con dolor y miedo.

    —Felicidades, Martina —pronunció alegre la monja mientras se le aproximaba—. Es una niña.

    Aquello terminó por espantar casi por completo el letargo en el que se había sumido.

    —¿Una niña…? —musitó despacio. «Justo como Ingrid predijo» pensó fugazmente, aunque no le dio mucha importancia de momento. Su vieja compañera de cortina tenía un cincuenta-cincuenta de posibilidad de acertar, después de todo.

    Intentó incorporarse, pero el ardor de su cuerpo la hizo caer de nuevo contra su almohada.

    —No te levantes, querida —le indicó la monja, y entonces se agachó a su lado colocando a la bebé en la cama justo a su lado.

    Ann se giró sólo un poco hacia ella. De la manta sólo se asomaba su pequeña cabecita enrojecida, coronada con unos disparejos mechones rubios. Seguía llorando, aunque ahora con menos insistencia pues posiblemente se le agotaban las energías. Parecía asustada, y ese era un sentimiento que Ann compartía. Instintivamente colocó su mano sobre su cuerpo cubierto con la manta, acariciándola lentamente.

    —Hola… —susurró muy despacio—. Eres tan pequeña… Yo te sentía enorme adentro de mí…

    La bebé poco a poco se fue calmando. Sus llantos se apaciguaron hasta apagarse por completo y quedar sólo ahí recostada, con sus ojitos cerrados.

    Una vez que el doctor y sus ayudantes terminaron con su labor, dejaron a la nueva mamá y a su bebé a solas. Ann sintió que recuperaba un poco las fuerzas de su cuerpo, por lo que se permitió sentarse y tomar a la pequeña en sus brazos. La pequeña se veía mucho más tranquila. De seguro ya se estaba acostumbrando al mundo exterior.

    —¿Qué otra cosa nos queda?, ¿cierto? —Le susurraba despacio mientras con sus dedos apenas rozaba la suave piel de su carita, así como sus cabellos—. Sólo adaptarnos o morir. Pero tú viniste a este mundo a vivir y ser más fuerte de lo que yo fui. ¿De acuerdo?

    La bebé, obviamente, no le respondió. Pero Ann se sintió satisfecha con tan sólo tener alguien con quien pudiera hablar tan libremente.

    Ese par de horas en la que estuvo a solas con ella la hicieron sentir que toda esa experiencia casi traumática de antes había valido un poco la pena. Era hermosa a su modo. Claro, su cara estaba enrojecida y arrugada, y parecía una especie de criatura alienígena si la miraba de cierto ángulo. Pero aun así, tenía una belleza particular que a Ann tenía fascinada. ¿Cómo algo como eso pudo haber surgido de alguien como ella? Ese sí era un milagro…

    Pero ese par horas pasaron, y era momento de volver a la realidad.

    Dos personas entraron con paso firme al cuarto. Ann pensó que era el doctor o alguna de las monjas, pero no. En su lugar, vio a un hombre y una mujer, ambos vestidos con atuendos negros bastantes finos. Los dos se aproximaron hacia la cama sin decir nada en un inicio, hasta pararse justo al pie de ésta.

    —¿Señorita Ricci? —Pronunció el hombre con voz grave e impasible—. Venimos por la bebé.

    —¿Qué? —Exclamó Ann casi horrorizada, e instintivamente abrazó un poco más a la pequeña contra sí—. Pero… es demasiado pronto. Apenas…

    —El Sr. Lyons quiere terminar rápido con este asunto —señaló el hombre, con el mismo tono de antes.

    Ann miró a cada uno de esos individuos con dureza. Ninguno le daba una buena impresión. Ambos la miraban con tanta frialdad, como si fueran maniquís de un aparador y no personas de verdad. Intentó ver a sus costados y notar si acaso venían armados, pero no logró cerciorarse por completo. Y, aunque no lo estuvieran, ¿qué más daba? No había nada que pudiera evitar que eso pasara. Ya fuera en ese momento, en unas horas o días más, al final de cuentas, todo terminaría de la misma firma. Ese era el trato.

    —Lyons me prometió que ella estaría bien —declaró Ann con fiereza—. Que si hacía esto, podía salvar su vida…

    —Si eso fue lo que él le prometió, ¿entonces qué es lo que teme? —Respondió el hombre, encogiéndose de hombros. Si acaso intentaba tranquilizarla con esas palabras, estaba haciendo un pésimo trabajo.

    La mujer, que hasta ese momento había permanecido en silencio, se aproximó hasta pararse a un lado de la cama. La miró con cierto desdén, y entonces le extendió sus brazos sin más.

    —Entréguemela, por favor —pidió con una voz mecánica e insensible, como proveniente de algún robot.

    Ann echó un vistazo a la pequeña en sus brazos, y contempló una vez más su pequeña carita, sus cabellos rubios, y sus manitas con dedos que apenas y lograban ejercer un poco de presión entorno a uno suyo. Ann sintió por dentro el inmenso deseo de llorar, pero lo contuvo usando cada milímetro de autocontrol que tenía. No les daría a esos dos robots el gusto de verla así.

    Se inclinó cuidadosamente hacia la bebé, besando con delicadeza su cabecita. La pequeña se agitó un poco en el regazo, y luego volvió a quedarse quieta.

    —Te encontraré, lo prometo —le susurró muy despacio teniendo aún sus labios cerca de su cabeza, y esperando que los dos robots no la oyeran.

    Se enderezó y de mala gana obedeció, extendiendo sus brazos con la pequeña hacia la mujer. La mujer la tomó, sorprendentemente, con bastante cuidado. Y sin decir ni una palabra más, ambos se dirigieron a la salida apresuradamente. Ann los vio salir desde la cama, y desaparecer por el pasillo detrás de la pared, llevándose de esa forma a su bebé.

    Pero esa última promesa que le había hecho antes de que se la llevaran no había sido en vano, y tarde o temprano la cumpliría.

    — — — —​

    Ann se quedó en Santa Engracia sólo dos días más para reposar y recuperarse del parto. Su actitud había cambiado drásticamente desde que se llevaron a su bebé. Se volvió incluso más solitaria, más callada, y más indiferente ante las monjas que la atendían. No quería hablar ni ver a nadie. Usó ese tiempo sólo para sumirse en sus propios pensamientos y preocupaciones. Se sintió similar a cómo se había sentido en el parto, retraída en sí misma con su cerebro medio apagado y concentrado sólo en un par de acciones a ña vez. Todo lo demás, había desaparecido para ella.

    La mañana del tercer día, sin embargo, era momento de volver, en más de un sentido. Se levantó temprano, se duchó y se puso el mejor de los cambios de ropa que había traído consigo. Se maquilló detenidamente, como lo hacía cada mañana antes de ir a su oficina antes de ese desastre. Y mientras se admiraba a sí misma en su espejo de mano, sus labios rojos dibujaron esa fragante sonrisa que la haría tan reconocida en años posteriores. Lo único que no le encantaba era su cabello; tendría que ir a un buen estilista una vez que volviera a Florencia. Pero ya le habían indicado que no estaría ahí por mucho. En unos días más tendría que volar hacia los Estados Unidos, a empezar un nuevo trabajo y una nueva vida. Y Ann Rutledge estaba más que preparada para ambas cosas.

    Arrastrando su maleta con ruedas por el sitio, se despidió amablemente de cada una de las pacientes, monjas y doctores, incluyendo aquellas personas cuyo nombre desconocía, o más bien nunca le interesó en lo más mínimo aprender. Pero la manera en la que les hablaba, los miraba y les sonreía los hacía sentir como si fueran verdaderos amigos de toda la vida.

    «Colmena de mentirosos hipócritas» pensaba para sí misma mientras hacía su recorrido de despedida. «Todos fueron cómplices de este ultraje, lo supieran o no. Quisiera poder quemar este sitio con todos ustedes dentro. Y quizás algún día lo haga...»

    Mientras iba camino a la salida, con su espalda erguida, su rostro en alto y sus tacones resonando en el empedrado, vio a una joven monja de hábito blanco salir por una puerta delante de ella, cargando en sus brazos un bulto se sábanas blancas. Ann se detuvo como si acabara de ver una repentina aparición, y bien podría llamarla así. Reconoció a la religiosa, y una sensación de genuino gozo le llenó el pecho.

    —Gema —pronunció con fuerza, y la mujer de velo blanco se detuvo a mitad del pasillo y la volteó a ver un tanto sorprendida al inicio. Ann se le aproximó más, y entonces pareció al fin reconocerla.

    —Ah, signorina Ricci —sonrió modesta la monja.

    Si había alguien en ese sitio de quién sí quería despedirse en buenos términos, esa era Gema. Estaba tan emocionada de verla ahí de pie, sana y salva. Había llegado a pensar que le había pasado algo trágico, al igual que a Ingrid.

    —Hacía mucho que no te veía —señaló Ann, ya de pie enfrente de ella.

    —Sí, lo lamento —asintió Gema—. Me asignaron a otra área, y no tuve siquiera tiempo de despedirme. Pero escuché que todo salió bien con su parto.

    Ann sólo sonrió en silencio. Esperaba que le preguntara en dónde estaba su bebé y porque no estaba con ella en ese momento. Sin embargo, ella no lo hizo. Ann pensó si acaso ya sabía lo que había ocurrido. De seguro las mujeres que iban ahí a dar a luz y luego deshacerse de sus hijos por medio de la adopción, eran bastante comunes. Y de seguro debían tener el protocolo de no hacer preguntas de más, algo que Ann definitivamente agradeció.

    —¿Ya se va? —Cuestionó Gema de pronto, echándole un vistazo a la maleta detrás de ella.

    —Sí, es momento de volver al mundo real.

    Hubo una pausa. Ann vaciló mucho entre hacer esa pregunta que le carcomía por dentro, pese a que ya sabía la respuesta. Al final tomó el valor suficiente, pues esa sería en definitiva la última vez que podría saberlo con seguridad.

    —¿Sabes algo de Ingrid? —Cuestionó de pronto con tono reservado—. ¿Ella...?

    Ann no concluyó su pregunta. Gema permaneció callada, mirándola sonriente y calmada. Ann notó en ese momento que aquella no le parecía la habitual expresión risueña y feliz que tanto le recordaba; no tanto un rayo de luz, como Ingrid la describía. Parecía algo más apagada. Quizás esa era la Gema real, la no tan feliz y radiante. Después de todo, la respuesta que estaba por darle no ameritaba sonreír más de lo que ya lo estaba haciendo.

    —Ingrid Archer falleció, hace dos semanas —le indicó con tono serio y directo.

    Ann suspiró.

    —Eso creí.

    —Fue bastante tranquilo, descuide. A ella le hubiera gustado mucho poder conocer a su bebé.

    —Sí, lo sé.

    Otra pausa silenciosa, que se volvió rápidamente incómoda.

    —Bueno, será mejor que me dé prisa —le indicó un tanto más jovial, y entonces pasó a sacarle la vuelta y seguir su camino. Sería complicado darle un abrazo y beso de despedida mientras cargaba esas sabanas, así que esperaba que lo comprendiera—. Cuídate, Gema.

    —Tú también cuídate, linda —Le respondió Gema de pronto cuando ya le estaba dando la espalda.

    Ann se detuvo de golpe en su camino al sentir un extraño escalofrío recorriéndole la espalda. El tono en el que había dicho eso último… no le pareció normal.

    Se giró lentamente de regreso hacia ella para mirarla una vez más. Gema la observaba y le sonreía, más ampliamente que antes. Y al igual que su tono, esa sonrisa y esa mirada le resultaron un tanto inquietantes, aunque no supo identificar por qué exactamente.

    Sintió abruptamente aún más deseos de irse de ahí, por lo que no le dio más vueltas. Se giró de regreso a su camino, andando aún más rápido con sus tacones, y saliendo de ese sitio de una vez por todas.

    Ann volvería a Santa Engracia varios años después, en busca de información sobre su hija. Gema ya no se encontraría más ahí, y nadie podría darle razón alguna de qué había pasado con ella. De hecho, muchos ni siquiera la recordarían…

    FIN DEL CAPÍTULO 64

    Notas del Autor:

    Gema e Ingrid Archer ambas son personajes originales que no se encuentran basados directamente en algún personaje ya existente de alguna película o serie.
     
  5.  
    WingzemonX

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    Resplandor entre Tinieblas

    Por
    WingzemonX


    Capítulo 65.
    Ann Thorn

    Cuatro años después de que Ann saliera de Santa Engracia y se mudara a los Estados Unidos, la residencia de los Thorn en Chicago se vistió de gala para celebrar las nuevas nupcias. Era otoño del 2002, y follaje de los árboles se había pintado de un hermoso ocre. El patio fue acondicionado para el evento con mesas y sillas colocadas en torno a una pequeña pista de baile y a una tarima donde un grupo de cuerdas se encargaría de amenizar una vez que el evento principal hubiera concluido. Para dicho momento, dos sillas habían sido colocadas en el centro de la pista, frente a una pequeña mesa. El novio y la novia se encontraban ahí sentados uno a lado del otro, tomados de las manos a cada momento. El juez, un hombre mayor de anteojos redondos y abundante bigote blanco, se encontraba de pie delante de ellos. Las demás personas se habían congregado alrededor de la pista, e intentaban tomar fotografías del momento desde todos los ángulos posibles.

    La novia lucía preciosa. A sus veintinueve años, se veía mejor que nunca. Su cabello negro corto lucía suelto hasta sus hombros, sólo con algunos rizos en las puntas. Sus labios rojos sonreían radiantes. Usaba un vestido sencillo color blanco sin mangas que se entallaba perfecto a su figura. Era sin duda el centro de atención de conocidos y extraños, aunque no sólo por su apariencia.

    El novio era un hombre cinco años mayor que ella, de rostro apuesto con barbilla cuadrada. Era de complexión fuerte, propia de una antigua estrella del futbol americano universitario. Lucía un smoking negro sencillo con corbatín gris.

    Todo el evento se veía de hecho bastante sencillo, considerando que se trataba de la segunda boda del Richard Thorn, el joven presidente de Thorn Industries desde hacía tres años. Aun así, pese a la sencillez del evento, entre los invitados había varios directores de las empresas más importantes de Chicago y de todo el noreste del país. Incluso algunos senadores y representantes de la oficina del gobernador estaban ahí; todos decididos a hacer acto de presencia en el matrimonio del joven empresario.

    El discurso del juez fue bastante estándar en su mayoría, aunque dijo unas hermosas palabras justo antes de que guiara a los novios en la pronunciación de sus votos. La culminación de la ceremonia (que bien lo más correcto sería llamarlo trámite) fue con la firma del acta de matrimonio por los testigos y, por supuesto, por los dos contrayentes. Primero lo hizo la novia, deslizando la pluma grácilmente sobre la línea en la que se ilustraba su nombre: Ann Rutledge. Richard le siguió un instante después, y tras el último trazo el contrato estaba cerrado.

    —Ann y Richard —pronunció el juez con voz potente, alzando sus manos hacia los dos novios—. Por el poder investido en mí por el estado de Illinois, yo los declaró marido y mujer. Puede besar a la novia.

    Richard no necesitó que se lo dijeran dos veces. Sin dudarlo ni un segundos, rodeó a su ahora esposa entre sus brazos, y la atrajo hacia sí, dándole un beso que si bien intentó ser modesto para no arruinar el hermoso maquillaje de la novia, no por ello dejaba de demostrar abiertamente la pasión que el novio sentía por ella. Ann lo rodeó por el cuello con sus brazos, correspondiéndole su primer beso como esposos. Fueron acompañados por un estruendo de aplausos que fueron en aumento hasta convertirse en una fuerte tormenta.

    —¡Vivan los novios! —Comenzaron a vitorear casi todos los presentes entre los aplausos.

    Richard y Ann se separaron al fin y les ofrecieron a sus invitados unas fragantes y brillantes sonrisas, dignas de una portada de revista (y quizás terminarían siéndolo).

    —Una foto, por favor —Les indicó uno de los fotógrafos contratados, parándose justo delante de los novios. Ambos se abrazaron y pegaron sus mejillas, y el fotógrafo tomó rápidamente una serie de tres.

    —Una más, pero con Mark —señaló Richard, a lo que Ann asintió emocionada. Richard extendió su mano, llamando la atención de la niñera de su hijo que rápidamente se aproximó cargando en sus brazos al chico de tres años, con cabellos rubios y vestido con un pequeño traje de fiesta que parecía quedarle un poco grande—. Ven aquí hijo, no seas tímido —indicó Richard, y la niñera le pasó al pequeño para que lo cargara. Los novios lo colocaron entre ellos abrazándolo, y voltearon juntos hacia la cámara—. Sonrían

    Los tres sonrieron entusiasmados, incluso el pequeño y silencioso Mark Thon. El fotógrafo se emocionó aún más por esa pose y tomó hasta cinco fotografías de corrido. Esa sí era definitivamente material de portada.

    Richard había conocido a Ann dos años atrás cuando ésta última comenzó a trabajar en el corporativo de Thorn Industries como su asistente ejecutiva, sobresaliendo enormemente en sus entrevistas por encima de los demás candidatos. Ambos habían congeniado y trabajado bastante bien desde el primer día, pues sus formas de pensar y de tomar decisiones concordaban casi a la perfección. Unos meses después, sin embargo, Rebecca, la primera esposa de Richard y madre de Mark, fallecería de una repentina y rápida enfermedad. Aquello devastaría al joven empresario, pero Ann estaría ahí para apoyarlo tanto a él como a su hijo, volviéndose una parte sumamente importante de la vida de ambos. Una cosa llevó a la otra con bastante naturalidad, y fue bastante evidente que esa coordinación que ambos tenían no se limitaba sólo al trabajo, lo que terminó llevándolos ese día a ese gran momento.

    No todo el mundo vio con buenos ojos su relación, mucho menos su casamiento. Algunos pensaban que era demasiado pronto tras la muerte de Rebecca. Algunos se atrevían a teorizar que habían estado juntos desde antes de aquel fallecimiento, y muchos eran más osados a insinuar que incluso la tal Ann podría haber estado de alguna forma involucrada en dicha muerte. Muchos lo pensaban, lo comentaban entre sus acercados, pero ninguno lo decía libremente en público y mucho menos enfrente de Richard. Pocos tenían la osadía de expresar abiertamente este descontento, pero los había; especialmente miembros de la familia.

    Pero en ese momento ni a Richard ni a Ann les importaban las habladurías. Él sabía que su hijo pequeño necesitaba una madre, y él una esposa. Así que no había arrepentimiento alguno, «y qué se jodan todos los demás» se decía.

    —¿Cómo estás, Mark? —Murmuró Ann mientras cargaba al pequeño en sus brazos y con sus dedos le acomodaba sus cabellos—. ¿Te estás divirtiendo? Qué apuesto te ves con tu traje. Más apuesto que tu padre.

    —Por mucho —secundó Richard con una pequeña risa.

    El niño sonreía, pero parecía cohibido por tanta atención. Instintivamente ocultó su rostro contra el cuello de Ann, y ésta rio por esta reacción tan adorable.

    Los novios comenzaron a andar en dirección a su mesa de honor, y en el camino la multitud no perdía la oportunidad para felicitarlos; ya fuera de lejos, o abriéndose paso para darles un abrazo o al menos un apretón de manos.

    —Richard —resaltó una voz entre la multitud, y ambos se viraron al mismo tiempo en su dirección. Una cara muy conocida para Richard (y secretamente aún más para Ann), se abrió paso para aproximarse hacia los recién casados.

    —¡John! —Exclamó Richard notoriamente contento, y rápidamente se le aproximó a su viejo amigo John Lyons, y ambos se dieron un fuerte y caluroso abrazo. Ann, por su lado, aguardó unos pasos detrás, cargando aún a Mark.

    —Lamento la demora —comentó Lyons una vez que rompieron el abrazo. El hombre de barba usaba un atuendo fino color gris oscuro.

    —Ni lo digas —Le respondió Richard, dándole un par de palmadas en su hombro—. Qué bien que pudiste venir.

    —Su padrino se disculpa por no poder asistir. Pero les manda un muy bonito regalo de su parte y de su esposa.

    —Es mucho esperar que el presidente se tome una hora para asistir a una boda, ¿no? —Bromeó Richard, y Lyons lo acompañó en las risas. Luego lo guio unos pasos más hacia donde Ann y Mark los esperaban—. Ven, déjame presentarte a mi esposa, Ann Rutledge; Ann Thorn, ahora.

    Los ojos de Lyons se posaron en la hermosa mujer de vestido blanco, y le ofreció una afable sonrisa, así como una discreta reverencia de su cabeza.

    —Encantado, madame —musitó el hombre de barba, y se tomó la libertad de aproximársele y darle un discreto abrazo y un beso en su mejilla—. John Lyons, para servirte en lo que necesites.

    —Es un placer, señor Lyons —respondió Ann con la misma afabilidad, o incluso mayor—. Richard habla mucho de usted. Dice que algún día será presidente.

    —Dios me libré —ironizó Lyons entre risas—. Es una verdadera preciosidad, Richard.

    —Y bastante inteligente —señaló Richard con firmeza—. El trabajo que realizó en Thorn Industries estos últimos dos años ha sido impecable.

    —Claro, te enamoró con sus cualidades con los números, ¿cierto? —Comentó Lyons con tono pícaro, culminando con un sutil guiño de su ojo.

    —Bueno, y con otras cosas —añadió Richard juguetón, atreviéndose a recorrer la cintura y espalda de su ahora esposa, haciendo que ella se sobresaltara sorprendida.

    —Oh, Richard, ¡cálmate! —Señaló Ann con falso enojo, dándole un pequeño golpecito con su codo.

    —Tranquila, estamos en confianza. John es parte de la familia.

    Los tres rieron un poco, y Mark también rio por mero reflejo, aunque no entendiera para nada de qué hablaban. Ann bajó al niño de sus brazos al piso, y éste comenzó a caminar con pasos torpes hacia un lado. Su niñera se apresuró a tomarlo de su mano y comenzó a caminar justo con él entre las personas.

    —Hablando de familia —dijo Lyons recuperando la conversación—, me llego el rumor de que tu hermano estaría aquí.

    Richard echó un vistazo rápido a su reloj antes de responderle.

    —Su avión llegó de Roma apenas esta mañana. Debe estar a punto de llegar en cualquier momento.

    —¿Y tu tía Marion?

    Esa última mención creó un pequeño respingo en ambos novios, que se miraron entre ellos discretamente, como intentando ponerse de acuerdo sobre qué decir con sólo sus miradas.

    —Ella… —comenzó a pronunciar Richard, pero no llegó mucho más lejos de eso.

    —Nos informó que no asistiría, que la disculpáramos —se apresuró Ann a explicar. La cara de Lyons dejó en evidencia que había comprendido bastante bien lo que se ocultaba detrás de esa excusa.

    —Ya sabes cómo es esa mujer —dijo Richard, encogiéndose de hombros.

    —Sí, descuiden —se apresuró Lyons a contestar, alzando sus manos hacia ellos en señal de calma—. Todos saben que es una mujer chapada a la antigua. Para ella de seguro sólo existe un primer y único matrimonio.

    —No nos preocupa —declaró Richard con firmeza, rodeando los hombros de su ahora esposa con su brazo—. ¿Cierto, Ann?

    —Por supuesto —secundó Ann con una media sonrisa.

    Marion Thorn era la tía de Richard y su hermano menor, Robert. Era la hermana de su fallecido padre. Nunca se había casado, pero había dedicado su vida a crear una cuantiosa fortuna en diferentes negocios, usando su apellido como carta fuerte. Era una mujer fuerte y decidida, muy religiosa y, como bien Lyons había mencionado, chapada a la antigua; al menos en lo que le convenía. Ella había sido desde el inicio la mayor detractora de ese matrimonio, y su ausencia ahí en ese momento era por mucho su mayor demostración de ello.

    Mientras Richard y Lyons seguían conversando, alguien más se les aproximó por un costado.

    —Richard —Pronunció el hombre de bigote y cabello grisáceo, alzando su mano para llamar la atención del novio.

    —Ah, Bill, ¿recuerdas a mi viejo amigo, John Lyons? —comentó alegre Richard a Bill Atherto, su gerente general—. Uno de los mayores inversionistas de nuestro padrino, y su hombre de confianza para manejo de situaciones delicadas.

    —Sí, por supuesto —respondió Bill, y pasó de inmediato a estrechar la mano de Lyons con firmeza—. Un placer volverlo a ver, señor Lyons.

    —Atherton —contestó el saludo Lyons de la misma forma—. ¿Sigues de gerente al servicio de este sujeto? Sabes que te tengo un puesto mejor en Armitage.

    —Oye, sé más discreto al menos —señaló Richard con falsa molestia por su comentario, y los tres empresarios rieron al unísono.

    —Estoy bien dónde estoy, gracias —contestó Bill, asintiendo—. Richard, la comitiva de tu hermano ya llegó.

    Los ojos de Richard se iluminaron al escuchar esa noticia. A pesar de que ya era prácticamente un hecho de que su hermano menor estaría ahí, y ya hasta había recibido confirmación de la llegada de su vuelo, una parte de él había llegado a sospechar que algo lo impediría. La felicidad que se reflejó en su rostro en esos momentos fue ciertamente contagiosa.

    —No tendremos al presidente, pero si al recién nombrado embajador en Reino Unido. Algo es algo, ¿no? —Bromeó Richard con sus amigos, y volvieron a reír.

    Llamó de nuevo la atención de la niñera de Mark para que lo trajera hacia él.

    —Ven, Mark —dijo Richard mientras alzaba en brazos a su hijo—. Vamos a recibir a tu tío Robert y a tu tía Katie, ¿sí?

    El niño de tres años volvió a asentir con su cabeza, sonriendo de forma penosa, y luego volviendo a querer ocultar su rostro contra el cuello de su padre.

    —Aquí te espero, ¿sí? —Comentó Ann, a lo que Richard respondió con un asentimiento de su cabeza, y con su mano alzada con su pulgar arriba.

    Richard, Bill y Mark se dirigieron al interior de la casa con la intención de dirigirse a la entrada principal, en donde la limosina del embajador y su comitiva de seguridad ya debían estarse estacionando. Ann se quedó entonces a solas con Lyons; rodeados de gente, pero a solas aun así.

    Sin que ninguno tuviera que decirlo, comenzaron a andar por el patio uno a lado del otro, intentando ser discretos y sutiles en su conversación. Ann le aceptó una copa de champagne a uno de los meseros que pasó cerca de ella y comenzó a darle pequeños sorbos, aunque lo que realmente quería era empinarse toda la copa de golpe y luego pedir otra.

    —Lo estás haciendo todo muy bien, te lo reconozco —comentó Lyons con elocuencia—. Todos pensábamos que te tomaría al menos dos años más ganarte a Richard Thorn, pero ya incluso lo llevaste ante el juez. Baylock te enseñó bien.

    Ann no dibujó cambió alguno en su falsa expresión de novia feliz, pero aquel comentario realmente le había causado una sensación de molestia en el estómago. La sola idea de que insinuara que todo lo que había logrado era por Agatha Baylock, sencillamente le enfermaba.

    —Me complace ser de utilidad —respondió Ann sonriente, alzando su copa hacia él en gesto de respeto, enmascarando de esa forma lo que realmente sentía. Si acaso Lyons se dio cuenta de esto, lo disimuló pues sólo asintió complacido.

    —Ahora sólo procura mantener su interés hasta que sea el momento adecuado.

    —¿Y cuál será ese momento?

    —Te lo comunicaremos cuando sea requerido.

    Ann se viró hacia el frente y dio otro pequeño sorbo de su copa. «Sí, claro; cuando sea requerido deshacerse de mí también, de seguro» pensó mientras seguían avanzando alrededor de las mesas del patio. De vez en cuando alguno de los invitados se le acercaba a felicitarla, y ella sólo aceptaba sus palabras con rostro jovial, los abrazaba y besa, para luego continuar caminando a lado de su nuevo mentor.

    —No creo que de aquí en adelante resulte tan complicado para ti, ¿o sí? —Señaló Lyons, casi burlón—. Pasaste de ser una niña pordiosera en las calles de Roma, a convertirte en la esposa de uno de los hombres más ricos de Estados Unidos, y parte de una familia de gran nombre. Has subido bastante alto, ¿verdad? —La volteó a ver como si esperara algún tipo de respuesta de su parte, pero no la obtuvo en lo absoluto—. Ahora vivirás en una casa enorme, con tantos sirvientes que ni siquiera recordarás el nombre de la mayoría. Pobre de ti.

    Lyons acompañó su último comentario de un par de risas, que Ann correspondió sólo permaneciendo con sus labios curveados en ese discreto gesto de (falsa) felicidad.

    —¿Qué hago si Richard quiere tener más hijos? —cuestionó de pronto un momento antes de dar un trago más de su copa. Aquello pareció tomar desprevenido a Lyons, que la volteó a ver un tanto desconcertado.

    —¿Disculpa? ¿Te ha dicho algo al respecto?

    —No… —respondió Ann, encogiéndose de hombros—. Pero es un tema que puede surgir en cualquier momento.

    —Pues dado el momento lo pensaremos. Aunque de todas formas, ¿cuál sería el problema si eso ocurriese?

    —¿Todavía lo preguntas? —Le respondió con un tono jocoso como si acabara de decirle una broma. Sin embargo, había un sentimiento oculto tras ello que a Lyons no pasó desapercibido. Aquello sonaba a una disimulada recriminación.

    —¿Qué?, ¿qué significa eso? —Musitó molesto el hombre de barba, tomándola del brazo para detenerla, pero la soltó casi de inmediato ante el riesgo de que alguien los viera. Con un ademán de su cabeza le indicó que se alejaran un poco más, hasta pararse cerca de un árbol, a unos metros del área de las mesas—. ¿Esto es por esa niña? —Ann no respondió; ni siquiera lo miró directamente—. Pensaba que ya habíamos superado ese tema. No has cometido la estupidez de mencionarle algo de eso a Richard, ¿o sí?

    —Claro que no —contestó Ann rápidamente con seguridad.

    —Pues que siga así. Y escúchame bien: esto es muy, muy importante. Necesito tú completa concentración y compromiso en esto. No estamos jugando a la casita aquí, están en juego cosas mucho más cruciales. ¿Necesitas que te dé un recordatorio de eso?

    Sin darse cuenta, Ann había hecho desaparecer su sonrisa, pero en esos momentos no le importó en lo absoluto. Se terminó lo que quedaba en su copa, y luego tuvo deseos de tirarla al suelo y romperla en pedazos, pero se contuvo.

    —No —respondió luego de un rato con bastante claridad—. Soy una leal sierva de la Bestia, y conozco mi deber.

    —Bien —ratificó Lyons, aunque no se le veía del todo seguro aún.

    La atención del hombre se distrajo unos momentos hacia la casa, y a como gran parte de los invitados comenzó a congregarse en torno a la puerta que daba al patio. Robert Thorn en efecto había llegado. Y, lo más importante, no venía solo.

    —Olvídate de eso y ahora ven —le indicó a la novia, volviéndola a tomar del brazo, pero ahora de una forma mucho más cuidadosa—. A pesar de todo eres una chiquilla con suerte. Tendrás el honor de conocerlo tan pronto.

    —¿A quién? —cuestionó Ann, distraída y ausente.

    —¿Cómo que a quién? Ven.

    Lyons comenzó a guiarla hacia la multitud, y Ann se dejó llevar sin nada de oposición. A ella en verdad no le importaba. Todo lo que había hecho ese día, y quizás los últimos meses, lo había hecho prácticamente en automático. A veces se sentía como esos robots humanos que se habían aparecido aquel día en Santa Engracia para llevarse a su bebé. No sentía ni pensaba en nada; sólo actuaba. Era la elegante y despampanante asistente, novia y ahora esposa de Richard Thorn, con todas las risillas, coqueteos, comentarios ingeniosos y habilidades sexuales que eso debía traer consigo. Se casaría con ese hombre, lo besaría, se lo cogería las veces que fuera necesario, pero no podía forzarse a sentir siquiera lo mínimo por él. Tampoco por su pequeño hijo, tan hambriento de un amor maternal que ella estaba dispuesta a simularle como un placebo.

    Mientras más se acercaban, Ann distinguió poco a poco a Richard, que caminaba con su brazo entorno a un hombre bastante parecido a él, unos cuantos años más joven, de cabello negro corto bien peinado. Ann no lo conocía en persona, pero había visto su rostro en fotos familiares y en los periódicos de días pasados. Robert Thorn, el hermano menor de Richard, y recién nombrado embajador de Estados Unidos en Inglaterra tras la (trágica y misteriosa) muerte del embajador anterior. El ahijado y protegido del presidente, y el embajador más joven en mucho tiempo.

    Richard estaba muy emocionado por ver a su hermano luego de tanto tiempo, pues llevaba varios años viviendo en Europa como parte de equipo del ahora fallecido embajador Haines. Y en definitiva se le veía bastante feliz mientras caminaba a su lado, tanto que incluso Ann se sintió un poco contagiada por el sentimiento.

    —Oh, ahí está mi hermosa esposa —exclamó Richard, señalándola con su mano una vez que la vio acercarse junto con Lyons.

    —Disculpen, le estaba dando algunos consejos para tener un buen matrimonio a la señorita —se disculpó Lyons por adelantado—. No por nada llevo veinte años, casado con la misma maravillosa mujer. —Miró entonces a Robert, extendiéndoles sus brazos para darle un ferviente abrazo—. Señor embajador.

    —John, cuánto gusto verte —dijo Robert, correspondiéndole su abrazo.

    —Muchas felicidades, muchacho.

    —Gracias.

    —Fue trágico lo de Steven, terrible. Pero no quiero que dudes ni por un segundo que tú más que nadie te merecías este puesto, ¿de acuerdo? —Se separó un poco de él y colocó sus manos en sus hombros de forma reconfortante—. Tu padrino te apoya por completo, ¿de acuerdo?

    Robert sólo asintió y sonrió como agradecimiento. Fue evidente que el nombramiento, y como la gente lo describía en los periódicos como el “ahijado del presidente”, lo tenían aún abrumado.

    Lyons se hizo a un lado para dejarle el camino libre a la verdadera estrella de esa tarde.

    —Ann —musitó Richard, colocando una mano en la espalda de su novia para animarla a aproximarse más—, quiero presentarte a mi hermano Robert.

    —Encantado, Ann —le saludó Robert, estrechándole la mano e inclinándose hacia ella para darle un beso en su mejilla—. Richard habló sólo maravillas de ti.

    —Igualmente, señor Embajador.

    —Por favor, llámame Robert. Somos familia ahora.

    Una mujer rubia y de vestido azul se aproximó en ese momento por detrás de Robert, empujando consigo una carriola negra con rojo. Ann vio además a Mark, que caminaba a un lado de la carriola, agarrado de ésta bajo el ojo protector de la mujer rubia.

    —Y aquí viene mi esposa y nuestro hijo —indicó Robert, haciéndose a un lado para que la mujer pudiera aproximarse con todo y la carriola.

    —Katie —exclamó Lyons, aproximándose hacia ella para igualmente abrazarla y darle un beso en cada mejilla—. Más preciosa cada vez que te veo.

    —John, no sabía que estarías aquí —le respondió ella con entusiasmo, abrazándolo también—. Siempre tan elegante.

    Lyons le sonrió con falsa molestia, y entonces echó un vistazo al interior de la carriola.

    —Ah, y éste debe ser el pequeño Damien. Qué grande estás, amiguito.

    Ann se puso en alerta de golpe, alzando su mirada como si hubiera escuchado un fuerte estruendo.

    —¿Damien? —exclamó en voz baja, casi sin proponérselo.

    —Nuestro hijo, Damien Thorn —respondió Robert rápidamente, y entonces se aproximó al coche para desabrochar al niño que en éste viajaba.

    Mientras él hacia eso, Katie se tomó un momento para rodearlo y aproximarse a la novia.

    —Hola, Katherine Thorn —La saludó con entusiasmo.

    —Ann, un placer —Le respondió Ann escuetamente, pues su atención se había concentrado de golpe en la carriola. Igualmente intentó no ser tan evidente, y recibió de buena manera el abrazo de felicitación de su nueva cuñada.

    —Bienvenida a la familia —le murmuró Katie mientras la abrazaba, y luego añadió a tono de broma—: Aún estás a tiempo de arrepentirte.

    Ambas mujeres rieron, más por compromiso que por otra cosa.

    En ese momento Robert se incorporó de nuevo, y sentado en su brazo derecho cargaba ahora a un pequeño de máximo dos años de edad, de cabello negro corto, vestido con un pequeño trajecito negro que casi parecía un disfraz. El niño tenía una expresión bastante seria para ser tan pequeño, y miraba curioso a todas las personas que lo rodeaban en esos momentos.

    Ann sintió que su respiración se cortó en cuanto sus ojos se posaron en aquel niño. La sensación que le recorrió el cuerpo fue indescriptible. Se sintió paralizada, pero al mismo tiempo como si le hubieran inyectado una fuerte dosis de adrenalina que le aceleró el corazón. El niño entonces pareció al fin notarla, y sus ojos azules y profundos se centraron en ella, y sólo en ella. Ann no pudo evitar sonreír (la primera sonrisa sincera de todo ese día) y entonces se aproximó cautelosa hacia él, temerosa de hacer cualquier movimiento indebido que lo alterara.

    —Hola, Damien —le saludó con suavidad, pasando sus dedos por su torso mientras Robert lo seguía cargando—. Qué guapo eres, jovencito. ¿Puedo cargarlo?

    —Claro —respondió Robert, y de inmediato se lo pasó.

    La mujer de blanco tomó al muchacho de sus costados y entonces lo acomodó sentado en sus brazos similar a como Robert lo sujetaba hace unos momentos. El niño la miró con su rostro inexpresivo, y alzó sus manos para recorrer el rostro de la mujer con sus pequeños dedos. Ann lo dejó hacer lo que quisiera. El niño comenzó a sonreír luego de unos segundos, e incluso soltó una pequeña risa. Aquello sencillamente derritió el corazón de Ann. Katie, Robert y Lyons miraban fascinados la escena.

    —Parece que le agradas —comentó Katie un poco sorprendida—. Casi nunca se ríe, en especial con extraños.

    —A Mark también le agradó —añadió a Richard, alzando también a su hijo del suelo y acercándolo un poco a Damien. Ambos niños se voltearon a ver de nuevo y Damien estiró su mano, intentando alcanzarle su cabeza. Mark sólo rio divertido—. Es una lástima que no podrán verse tan seguido estando tan lejos.

    —Quizás puedan venir a pasar la Navidad a Londres —Indicó Robert, optimista—. Claro, primero deberíamos instalarnos y…

    Ann dejó de escuchar lo que decían, pues había perdido absoluto interés en cualquier otra persona en esa fiesta. Toda su atención estaba cien por ciento fija en el niño en sus brazos.

    Ann se giró un poco, casi dándole la espalda al resto. Damien la miró de nuevo, aunque había vuelto a su expresión demasiado seria de antes. Por otro lado, la alegría se desbordaba por el rostro de Ann sin que pudiera ocultarlo.

    —Qué gusto conocerte, Damien —le susurró muy despacio para que sólo él la escuchara—. Yo soy tú tía Ann. Y desde ahora cuidaré de ti… mi señor.

    El niño no reaccionó de ninguna forma a sus palabras, y posiblemente ni siquiera le entendía del todo lo que decía. Pero a Ann no le importó.

    — — — —​

    Diez años pasaron casi volando después de aquella boda, y muchísimas cosas habían pasado en la vida de la familia Thorn. Pese a varios problemas y desgracias ocurridas que aún los perseguían, en aquel otoño del 2012 todo iba bastante bien para Ann y Richard. En los diez años que habían transcurrido, Thorn Industries se había expandido aún más, ampliando sus operaciones en un gran número de países, y diversificando en una gran cantidad de nuevos negocios.

    En el matrimonio todo había ido de maravilla. Como todos, habían tenido sus altibajos y problemas, pero siempre habían logrado solucionarlo todo. Para Richard, Ann era la esposa perfecta, quién mejor le entendía, lo apoyaba y se encargaba cada día de hacerlo feliz. Y para Ann… bueno, como bien había dicho Lyons hace tiempo, ser la esposa de uno de los hombres más ricos y poderosos de Estados Unidos ciertamente no le había lastimado. Su vida había sido bastante cómoda y tranquila durante ese tiempo, y había disfrutado bastante el ser Ann Thorn y todo lo que esto conllevaba.

    Sin embargo, Lyons siempre estaba al pendiente de ella, aunque físicamente no estuviera cerca, para recordarle a cada momento su papel y su verdadera misión. Como fuera, Ann se encargaba de cumplir ambas, especialmente cuando su labor tomó una importancia aún mayor a mediados del 2005. En ese momento ocurrió una de esas tragedias, tal vez la peor en la vida de Richard luego de la muerte de su primera esposa. Para Ann, sin embargo, aquello había sido una bendición, casi un regalo. Y el que aquello hubiera venido acompañado con la repentina y dolorosa muerte de su antigua mentora y torturadora, había sido un encantador agregado.

    La mañana del lunes siguiente al fin de semana de Acción de Gracias, las cosas se encontraban algo movidas en la mansión Thorn en Chicago. Ann se había despertado muy temprano para supervisar que todo lo que había que arreglar esa mañana se hiciera como era debido, especialmente porque Richard se había tenido que ir temprano a la oficina.

    Ann era en ese momento ya una mujer de cuarenta años, a unos meses de cumplir los cuarenta y uno, pero aún lucía radiante. Los años la habían bendecido con una belleza natural difícil de ignorar, además de mucha experiencia en diferentes cosas. Muy lejos había quedado ya aquella mujer inocente de veinticinco años a la que habían amarrado y golpeado en una sucia catacumba de Florencia. Muy lejos estaba ya esa misma mujer que había estado escondida nueve meses en un hospital oculto de Marsala, para al final ser obligada a entregar a su bebé. Incluso se encontraba lejos la mujer de sonrisa hermosa pero falsa que se había casado en esa misma casa con Richard Thorn, prácticamente obligada a hacerlo.

    Ann Thorn era una persona muy diferente en esos momentos. Y aun así, había cosas que no habían cambiado en lo absoluto en esos diez, quince o veinte años. Y había cosas que no olvidaría en lo absoluto, sin importar cuanto tiempo pasara.

    Desde las puertas que daban a la pequeña terraza del jardín, Ann contemplaba a los jardineros barriendo las hojas ocres de los árboles y colocándolas en bolsas de basura. Ya comenzaba a refrescar, y era cuestión de tiempo para que la nieve comenzara a caer. El invierno estaba a un mes, incluso menos.

    Una vez que se aseguró que todo se estaba haciendo de forma correcta, o más bien que la vista simplemente le cansara, ingresó de regreso a la casa. En cuanto cruzó por el umbral, sus ojos divisaron a su hijastro Mark, acercándose por el pasillo vestido con su elegante uniforme de traje gris con hombreras y botones dorados, y el abrigo negro cubriéndole los hombros y los brazos. Cargaba la maleta con las cosas que había llevado para ese fin de semana largo en casa, y revisaba de forma ausente su teléfono celular sin percatarse de inmediato de la presencia de su madrastra. Mark se había convertido en un muy apuesto jovencito de trece años, alto y de hombros anchos para su edad, de cabellos dorados brillantes.

    —Mark, ¿ya están listos? —Le preguntó Ann con ánimo, y al fin el muchacho alzó su mirada de su celular hacia ella—. Murray los está esperando en el auto.

    —Yo sí —respondió Mark con normalidad, guardando su teléfono en su bolsillo—. Damien no sé qué tanto se está arreglando. Quizás no quiere que se acaben tan pronto las vacaciones.

    Los muchachos cursaban la escuela intermedia en la Academia Militar Davidson, una institución privada para varones de gran renombre, en donde sus padres y su abuelo habían estudiado anteriormente, lo que la hacía básicamente una tradición familiar. Habían tenido libre desde el jueves hasta el domingo, pero era hora de volver. Por suerte no sería por mucho, pues las vacaciones de fin de año también estaban cerca.

    Ann se aproximó a Mark, permitiéndose arreglarle un poco su cabello (eso se había vuelto casi un tic involuntario en ella con los años), así como su corbata que estaba un poco floja. El muchacho igualmente se lo permitió sin oposición.

    —Siempre me ha encantado lo apuestos que se ven con estos uniformes —señaló Ann con orgullo mientras lo arreglaba.

    —Como adornos de pastel, ¿no?

    —No bromees —musitó la mujer, dándole un golpecito sobre su pecho—. Aun así, siempre he creído que esto de las escuelas militares sólo para hombres es tan anticuado y poco natural.

    —Davidson es una gran academia. No cualquier chico termina su escuela intermedia sabiendo cómo disparar de manera correcta un rifle.

    —Sí, eso definitivamente será algo que impresionará a las chicas —dijo Ann con tono burlón, guiñándole un ojo—. Porque, admítelo, no te molestaría ir a una escuela donde hubiera algunas lindas jovencitas, ¿o sí?

    El rostro de Mark se ruborizó notoriamente, y desvió su mirada apenado hacia otro lado. Aquello fue suficiente respuesta para Ann.

    —Sólo un semestre más y veremos entonces, ¿sí? —susurró Ann con tono de complicidad, tomándolo discretamente de su brazo. Mark sólo le sonrió y asintió—. Adelántate al auto, ¿sí? Yo iré a ver qué hace tu primo.

    Mark obedeció y se dirigió a la puerta principal con todo y su maleta. Mientras tanto, Ann se dirigió a las escaleras para subir al cuarto del otro chico que vivía en esa casa.

    La relación entre Ann y Mark había sido igualmente bastante buena. El chico apenas y recordaba a su madre biológica, por lo que Ann había sido prácticamente la única madre que había tenido en realidad, y como tal la respetaba y quería. Las historias sobre madrastras malvadas no significaban nada para Mark, pues él siempre señalaba sin pena a todo el mundo lo agradecido que estaba de tener a Ann en su vida. Aun así, siempre le había llamado por su nombre, quizás como una última forma de respeto a su fallecida madre. Igual a Ann eso nunca le molestó, ni tampoco forzó a que lo cambiara. De hecho, en realidad no le importaba.

    Mark era un buen chico, y puede que en el paso de esos diez años hubiera llegado a tenerle un poco de cariño. Sin embargo, la realidad era que tanto su padre como él eran personas que le eran indiferente, en el mejor de los casos. Eran las figuras ideales para tener la imagen de la familia perfecta: el esposo rico y exitoso, el hijastro guapo y atento. En ese sentido, apenas eran poco más que simples accesorios para lucir, como una pulsera o un vestido. No conocía aún qué contemplaba el gran plan de la Hermandad para ellos dos, pues Lyons solía compartirle los siguientes pasos sólo cuando necesitaba saberlos. Aun así, tenía el presentimiento de que no durarían mucho tiempo en el panorama, pues ambos representaban un peligro potencial para lo que querían lograr a futuro. La cuestión era sólo que le comunicaran el cómo y el cuándo. Por lo mismo, era absurdo sentir aunque fuera un poco de aprecio genuino por alguno de los dos. Sólo podía esperar que Mark tuviera una vida agradable hasta entonces, y que en verdad conociera a algunas chicas lindas antes de fuera demasiado tarde. Luego, ya verían…

    FIN DEL CAPÍTULO 65

    Notas del Autor:

    Robert y Katherine “Katie” Thorn son ambos personajes pertenecientes a la franquicia de The Omen o La Profecía, apareciendo ambos en la primera película de 1976 y en su remake del 2006. Igualmente su descripción es un poco más basada en la versión del 2006.

    Richard y Mark Thorn, así como Bill Atherton, son personajes que originarios de la película de 1978 titulada Damien: Omen II, perteneciente a la franquicia de The Omen o La Profecía, basándose casi por completo en las interpretaciones de los personajes hechas en dicha película.

    —Parte de este capítulo y de los siguientes se encuentran basados en acontecimientos ocurridos en la película Damien: Omen II, pero adaptados y modificados para la línea de la historia. Estos capítulos sirven principalmente para explicar cómo ocurrieron estos acontecimientos en esta nueva línea alterna.
     
  6.  
    WingzemonX

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    Resplandor entre Tinieblas

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    Capítulo 66.
    Amor y fe

    Luego de despedir a Mark en el vestíbulo, Ann subió las escaleras hacia la planta alta y caminó por el pasillo hacia el cuarto de su sobrino, parándose firme delante de su puerta. Tuvo el tic, casi nervioso, de pasar sus dedos por cabello para acomodarlo, y entonces tocó a la puerta con delicadeza.

    —¿Damien?

    —Pasa, tía —le respondió una voz juvenil desde el interior del cuarto, y Ann le tomó la palabra.

    Al abrir la puerta, encontró al joven Damien Thorn de doce años, de pie frente a su ventana abierta que daba al patio (el mismo que ella vigilaba hace unos minutos), con su nueva cámara profesional delante de su rostro, enfocando hacia el exterior. Tenía sus cabellos negros cortos peinados de lado, con su flequillo cayendo sobre el lado derecho de su frente. Usaba el mismo uniforme y abrigo que su primo Mark. Y, en cuestión de buena apariencia, no tenía nada que enviarle a su primo; si acaso el hecho de que éste era notablemente más alto que él, incluso considerando el hecho de que Mark era un año mayor.

    —¿Ya estás listo? —le preguntó Ann, aproximándosele por un lado.

    —Más o menos —respondió Damien un tanto reticente, tomando entonces una fotografía, y un segundo después una más.

    —¿Estás tomando fotos del patio otra vez? ¿No tuviste suficiente tiempo estos días para hacer eso?

    —Sólo quería experimentar un poco más con la cámara nueva antes de irme. El invierno se acerca, y los árboles están tomando un bello color. —Bajó en ese momento el dispositivo y comenzó a revisar las fotografías que había tomado, intentando elegir la mejor—. En la Academia ni siquiera me dejaran tenerla.

    Damien era bueno en muchas cosas (por no decir en todas), pero en realidad no mostraba un interés genuino en casi ninguna. Uno de esos escasos gustos, y quizás el más importante, era la fotografía. Había comenzado a mostrarse atraído a ello recién ese año. Y aunque en inicio sus tíos y su primo creyeron que sería algo que se le olvidaría pronto, de momento parecía que no sería así.

    —Te prometo encargarme personalmente de llevarla a la casa del lago —indicó Ann, y entonces le retiró delicadamente la cámara de sus manos y la extendió hacia el escritorio para colocarla sana y salva sobre éste—. Te aseguro que cuando estemos allá podrás tomar muchas fotos mejores que éstas.

    —Gracias, tía —masculló Damien con una discreta sonrisa.

    —Déjame verte —le pidió Ann, y similar a como había hecho con Mark se paró delante del muchacho, arreglándole sólo un poco su cabello, pues su corbata estaba perfecta en su sitio—. Te ves tan guapo y elegante. Tu madre estaría orgullosa de ver el increíble muchacho en el que te has convertido.

    —¿Y mi padre? —Cuestionó Damien de pronto con genuina curiosidad. Ann vaciló unos segundos antes de responder, pero sin romper su sonrisa.

    —Tu padre también —respondió entonces con tono cauteloso—. Vamos, Mark te espera en el auto.

    Damien asintió, y sin más tomó la maleta que reposaba sobre su cama y se dirigió a la puerta junto con su tía. Ya en el pasillo, Ann lo rodeó con su brazo y así fueron andando todo el camino.

    —¿Y el tío Richard? —Le preguntó el chico de cabellos negros a su tía, justo cuando terminaron de bajar las escaleras y giraron hacia el vestíbulo.

    —Tuvo que salir muy temprano a la oficina, por eso se despidió de ustedes desde anoche. Le mandaré tus saludos…

    Justo cuando ya tuvieron la puerta principal de la mansión en su rango de visión, ambos se detuvieron en seco al vislumbrar al mismo tiempo a una persona de pie delante de ésta. Una mujer muy mayor, delgada, de cabello canoso corto y rizado, rostro blanco muy bien maquillado. Lucía un vestido azul con una pequeña chaqueta a juego, y una bufanda azul con blanco rodeándole el cuello. La mujer se viró lentamente hacia ellos al sentir su presencia, fijando sus duros e inexpresivos ojos azules en ambos, curveando sus labios pintados de rojo en una marcada mueca de desagrado.

    Pasada la impresión inicial, Damien fue el primero en recuperar la compostura y dar un paso adelante.

    —Tía Marion, hola —murmuró el chico con tono jovial—. No sabía que vendrías.

    —Esa era la idea —señaló tajantemente la mujer, virándose hacia otro lado para no mirarlo—. Esperaba que ya te hubieras ido cuando llegara.

    —Lamento decepcionarte —ironizó Damien, dando unos pasos en su dirección, aunque su intención era más bien acercarse a la puerta—. Pero ya me voy. Es un gusto verte…

    Al pasar a su lado, el chico se inclinó hacia ella para darle un beso en la mejilla, pero la mujer alejó su rostro de manera despectiva para evitarlo.

    —No seas mentiroso —masculló de mala gana, sin mirarlo aún.

    —Tía Marion, por favor —exclamó Ann a tono de reclamo. Miró entonces a Damien y le indicó con un gesto de su cabeza que se retirara. Damien no lo pensó dos veces y de inmediato continuó con su camino a la puerta, no sin antes virarse en el umbral a ver a Marion, sacándole la lengua y agitando su mano libre en un gesto de burla mientras la mujer le daba la espalda. Ann tuvo que disimular las ganas de reírse, cubriendo su boca con su mano.

    Una vez que Damien se fue, Marion se viró entonces hacia la señora de la casa, mirándola de arriba debajo de una forma crítica no precisamente muy disimulada.

    —¿Te cambiaste el peinado? —Musitó de pronto la mujer, a lo que Ann asintió y colocó su mano sobre el costado derecho de su cabeza. Llevaba un corte bastante más corto del que estaba acostumbrada, que le cubría las orejas pero poco más.

    —¿Te gusta? —le preguntó con tono amistoso, pero Marion no respondió nada y en su lugar se giró de nuevo hacia otro lado. Aquello había sido bastante grosero, pero al menos había notado su cambio, considerando que hacía meses, o incluso un año entero, que no se veían, pese a que ellos eran prácticamente la última familia que le quedaba.

    Un sirviente y una sirvienta entraron en ese momento por la puerta principal, cargando cada uno una maleta. Marion los miró y a ellos sí les ofreció una gentil sonrisa, lo que no pudo hacer por su sobrina política y por su sobrino nieto.

    —Suban el equipaje a mi habitación y prepárenla, por favor —les indicó con amabilidad, y ambos asintieron y pasaron de inmediato a cumplir el encargo. Antes de que Ann pudiera preguntar o decir algo diferente a esa orden, Marion comenzó a andar en dirección a la sala principal—. ¿Y Richard? —Preguntó mientras caminaba.

    —En la oficina —se apresuró Ann a responder, y luego aceleró el paso para alcanzarla—. Tía Marion, debiste habernos avisado que vendrías. Mañana comenzaremos a cerrar la mansión para irnos a la casa del lago durante el invierno.

    —Ya lo sé, y no te inquietes por eso —añadió la mujer mayor, agitando su mano en el aire con desdén—. Me quedaré sólo esta noche y partiré mañana temprano, así que no los importunaré más de lo necesario. Vengo hablar con Richard de algo importante y puntual, y no pienso quedarme más de la cuenta.

    Ann suspiró, intentando que su molestia no fuera tan evidente. Desde su boda, las interacciones entre ambas habían sido pocas, pero ninguna había sido agradable. Marion no dudaba en demostrar abiertamente su desagrado hacia Ann. Pero no sólo eso, sino que desde hace un par de años había comenzado a demostrar las mismas actitudes hacia Damien, sin ningún motivo aparente. Incluso desde antes nunca se había prestado cariñosa ni atenta con él, no cómo lo era con Mark. A Ann aquello siempre le había preocupado un poco. ¿Qué sabía?, ¿por qué se comportaba así precisamente con ellos dos? Era como si de alguna forma presintiera que ambos representaban un peligro para su familia… y tenía razón.

    Fuera lo que fuera, al parecer no pasaba de un presentimiento, pues nunca había hecho algo bastante más grave hacia ninguno de los dos que mostrarles su desagrado. Mientras se quedara así, Ann estaría tranquila. Al igual que Richard y Mark, también estaba segura que esa anciana no andaría mucho por esos lares; ya fuera por un motivo o por otro.

    —De acuerdo, haré que te preparen tu habitación… —indicó Ann, intentando ser gentil.

    —Ya me encargué de eso yo misma, ¿qué no oíste? —Replicó Marion con molestia, sentándose entonces en uno de los sillones de la sala—. ¿No tienes que ir a la peluquería o que te pinten las uñas?

    Ann respiró lentamente por su nariz, manteniendo la calma lo mejor posible.

    —Con tu permiso, entonces…

    Se giró entonces sobre sus pies y dejó su invitada sola en la sala, deseando por dentro que cuando volviera a verla le hubiera dado un infarto repentino; eso habría hecho todo más sencillo.

    — — — —​

    Esa noche, cuando Richard volvió de la oficina, los tres se sentaron a cenar juntos para poder hablar de eso tan importante que había llevado de imprevisto a la mayor de los Thorn a Chicago. Ann había pedido que cocinaran el estofado de pollo y papas favorito de la tía Marion, pero ni eso había animado el humor de la mujer. Durante la cena las cosas fueron tranquilas. Marion había decidido, al parecer, dejar la charla complicada para después de comer.

    Pese a todo, Richard parecía muy contento de verla después de tanto tiempo, y Marion igualmente se comportaba muy cortés y animosa con él.

    «Vieja doble cara e hipócrita» pensaba Ann por dentro, mientras por fuera continuaba sonriendo.

    Una vez terminada la cena y que los sirvientes retiraran los platos, le trajeron a cada uno un café; de la marca que pertenecía a Thorn Industries, por supuesto.

    —¿Quieres crema, tía Marion? —Le ofreció Ann con amabilidad, alzando el pequeño recipiente blanco de porcelana para la crema.

    —Cada vez que vengo me preguntas lo mismo, y siempre te respondo que no —respondió Marion de mala gana sin mirarla—. Lo tomó sin crema y sin azúcar, siempre ha sido así.

    —¿Enserio? Lo siento, creo que lo olvidé.

    —No lo olvidaste. Es que no te importa.

    —Por favor, tía —Intervino Richard, estando sentado a la cabecera de la mesa y por lo tanto teniendo a las dos mujeres a sus lados—. Sabes que eres más que bienvenida en nuestro hogar, pero te pido respetes a Ann como la señora de esta casa es.

    —¿Señora? —musitó Marion, seguida de una risa irónica—. Rebecca era una señora. Esta mujer… no sé qué sea, pero señora no.

    —Tía Marion… —farfulló Richard presa del enojo, pero Ann se apresuró a tomarlo de su brazo con una mano para indicare que se tranquilizarla. Eso era lo que se esperaba que hiciera, pero por dentro ella misma tenía ganas de arrojarle su café caliente, con bastante crema, justo en su cara.

    Richard respiró hondo y se calmó lo mejor que pudo.

    —Dijiste que tenías algo que querías discutir con nosotros, ¿no? Habla entonces.

    Marion guardó silencio, mientras daba un sorbo de su café y miraba discretamente a Ann sentada justo enfrente de ella.

    —¿Tiene que ser enfrente de esta mujer? —soltó de pronto con hastío, pero el frío silencio de ambos la hizo desistir de llevar esa petición más lejos—. Cómo sea…

    Marion dejó su taza de regreso en su plato, y se sentó derecha en su silla, entrecruzando sus dedos sobre la mesa. Centró entonces toda su atención en su sobrino, actuando como si fueran las únicas personas en esa mesa. Y entonces comenzó a hablarle con bastante firmeza en su voz.

    —Richard, al morir tu padre, mi hermano, él me dejó una gran parte de sus acciones a mí. Eso me convirtió en la dueña del treintaicinco por ciento de Thorn Industries, y virtualmente en la socia mayoritaria de esta empresa.

    —Eso ya lo sé muy bien —respondió Richard encogiéndose de hombros—. ¿A qué viene ese repentino recordatorio?

    —Soy una persona mayor, y sé muy bien que no me queda mucho tiempo. Y en estos días he estado repasando bastante cómo disponer de todo esto que me pertenece después de mi partida.

    —Vamos, tía —dijo Richard con tono despreocupado—. Eres una persona muy sana…

    Marion alzó su mano en ese momento, indicándole que se detuviera.

    —Déjame terminar, por favor —indicó seriamente, volviendo a bajar su mano y retomando su postura anterior—. Hasta ahora, como sabes, mi plan ha sido que cuando eso pase la totalidad de mis bienes te sean entregados a ti; para que todo mi patrimonio quede en la familia. Sin embargo, me veo en la necesidad de decirte que al menos que…

    —Alto ahí, por favor —fue ahora Richard el que tuvo que pedir que se detuviera. Su actitud, hasta ese punto algo más relajada, se volvió tensa y fría de golpe—. Si acaso estás apunto de ponerme condiciones a cambio de recibir tu herencia, te voy a pedir, tía, que pienses muy bien lo que vas a decir a continuación.

    —Es por tu bien, Richard. El tuyo y el de tu hijo.

    —¿De qué estás hablando? ¿Qué es lo quieres?

    —Quiero que saques a los chicos de esa academia y los mandes a escuelas separadas.

    Aquella repentina petición dejó totalmente desconcertado tanto a Richard como a Ann, que enmudecieron por unos instantes.

    —¿Qué cosa? —Masculló Richard, incluso riendo un poco por lo absurdo que le sonaba aquello—. ¿Eso qué tiene…?

    —¿Cómo se atreve a intentar imponer su voluntad sobre la educación de los chicos? —Intervino Ann en ese momento, notablemente menos divertida que Richard. De hecho, se le notaba bastante molesta, como nunca se había permitido mostrarse delante de Marion—. ¿Cree que puede venir a restregarnos su dinero en nuestras caras y hacernos hacer su voluntad? Mark y Damien no son sus hijos, son nuestros.

    —Ninguno de ellos es tuyo, zorra caza fortunas —soltó Marion de golpe alzando su voz, de una forma que tampoco se había permitido demostrar tan abiertamente delante de ambos. Richard se quedó atónito al ver tal arrebató tan poco delicado en contra de su esposa. Ann, por su parte, se quedó callada sin reaccionar.

    —Tía Marion —intervino Richard, bastante molesto—, te lo advierto yo a ti…

    —Está bien, Richard —se apresuró Ann a decir antes de que él terminara. Se limpió entonces la comisura de sus labios con su servilleta y se paró lentamente de su silla—. Es bueno saber al fin abiertamente cuál es su opinión de mí. Con su permiso…

    Sin mirar atrás, Ann se dirigió a la puerta del comedor con paso apresurado.

    —Ann… —murmuró Richard intentando detenerla, pero ella siguió de largo hasta desaparecer detrás de las puertas de cristal.

    —Déjala que se vaya —exclamó Marion agitando de nuevo su mano en el aire con ese menosprecio habitual en ella.

    Ann salió del comedor, pero no se retiró del todo. Pese a que su enojo era genuino, no podía dejarse llevar por éste. Esa amenaza que Marion había lanzado tan espontáneamente ciertamente la tenía desconcertada y necesitaba saber qué se tenía esa anciana entre manos. Pensó, sin embargo, que sin ella ahí hablaría con más libertad. Por lo mismo, se quedó de pie en el pasillo muy cerca de la puerta para lograr escuchar lo que decían, como un vulgar ladronzuelo.

    Por su parte, en el interior del comedor los ánimos se habían calentado. El rostro de Richard se había puesto rojo del coraje, y se notaba que intentaba contenerse lo más posible, pues a pesar de todo aquella mujer era su tía.

    —¿No te das cuenta de lo que estás ocasionando con tus actitudes, tía? —Cuestionó Richard exaltado—. Yo me esfuerzo por tener a esta familia unida, y tú te obstinas en que estemos peleados y separados.

    —Pues no me importa si me consideras una bruja o la peor persona del mundo —se defendió Marion impávidamente—. Porque todo lo que hago es también por el bien de nuestra familia, aunque no lo creas.

    —¿Has perdido la razón? ¿Cómo el separar a los niños puede hacerle bien a nuestra familia? Ambos son muy unidos, prácticamente hermanos…

    —Pero no lo son —señaló Marion tajantemente, chocando un poco su palma contra la mesa—. Mark es tu hijo, y el futuro de Thorn Industries. El único motivo por el que te dejaré todo a ti, es por Mark y para asegurar su futuro. Pero mientras tenga a Damien a su lado…

    —¿Qué demonios tienes contra Damien? Es un buen muchacho.

    —Es una sabandija rebelde, egocéntrica y una horrible influencia para Mark —enlistó Marion con ferviente enojo—. No me digas que no lo has notado.

    —Pues no, no lo he notado en lo absoluto. Damien es un buen estudiante, disciplinado, y un gran amigo de Mark; como su hermano como bien te dije.

    —Es un manipulador, un mentiroso y un peligro para esta familia. ¿Acaso ya olvidaste que casi mata a ese chico en la escuela el año pasado? ¡Le prendió fuego!, por el amor de Dios.

    —Él no le prendió fuego a nadie —respondió Richard, aunque con cierta consternación por recordar aquello—. Fue un terrible accidente, un estúpido juego de niños que salió mal. Damien y Mark fueron duramente reprendidos en la escuela, y aquí también. Ahora el muchacho está bien y se está recuperando. No puedo creer que insinúes que fue apropósito. ¡Damien estaba muy afectado por lo ocurrido!

    —¡Puras mentiras! —Exclamó Marion con fuerza—. Te tiene totalmente manipulado y engañado, y a Mark, e incluso a esa mujer que tienes como esposa. Nadie ve cómo es realmente…

    Marion colocó una mano sobre su pecho y comenzó a respirar con algo de agitación. El enojo se volvió bastante intenso en su rostro, y Richard se sintió por un momento realmente preocupado.

    —Por favor, no te alteres tanto —le pidió extendiendo una mano para colocarla sobre la de ella. Marion, sin embargo, miraba fijamente a su café con sus ojos casi desorbitados por la rabia.

    —A veces quisiera que Robert hubiera tenido éxito en matarlo aquella noche —soltó la mujer de pronto, tomando por completo desprevenido a Richard, pero igualmente a Ann. Esta última sintió el deseo de volver a entrar al comedor en ese momento y estrellarle su cara pálida contra la mesa y exigirle que se retractara de tales palabras. Pero, por supuesto, no podía hacer tal cosa por lo que decidió contenerse.

    Richard quizás no llegó a los extremos de Ann, pero definitivamente aquello lo había contrariado demasiado. Retiró su mano de la de Marion y se paró rápidamente de su silla. Caminó hacia un lado, respirando lentamente y pasando su mano por su rostro, tallándolo, intentando calmarse. Aquel tema realmente lo afectaba, y el que su propia tía lo sacara de esa forma lo hacía incluso peor. Aquello había sido un verdadero escándalo del que les costó años poder recuperarse. La sola idea de que Robert, su propio hermano, hubiera intentado asesinar a su hijo de cinco años y terminara muerto a tiros por la policía… sencillamente había partes de él que no lograba concebirlo todavía.

    —No vuelvas a decir algo tan horrible otra vez —exclamó luego de un rato, señalando a su tía con su dedo acusador—, especialmente cerca de Damien, ¿está claro? Él nunca debe saber sobre lo que pasó esa noche, ¡nunca! Y mucho menos escuchar ese tipo de comentarios de su propia tía abuela.

    Marion guardó silencio y bajó su mirada algo avergonzada. Era evidente que incluso ella, en todo su enojo y repudio hacia Damien, se daba cuenta de que se había pasado. Su respiración se fue calmando poco a poco, hasta que fue capaz de volver a hablar con normalidad.

    —Me disculpo, crucé la línea con ese comentario tan fuera del lugar —musitó la mujer con serenidad. Aguardó unos segundos más a que su cuerpo se calmara del todo, y entonces volvió a alzar su mirada hacia él con la misma firmeza que antes—. Pero mi exigencia se mantiene. Damien no debe estar más tiempo cerca de Mark, ni bajo este techo. Mándalo a algún internado a Suiza o a dónde sea, pero que esté lo más lejos posible. Sé que crees que es una petición irracional, pero créeme, yo sé lo que te digo. Ese chico será la ruina de Mark si no haces algo al respecto.

    Los labios de Richard se movieron pero Marion no logró escuchar lo que dijo; de seguro no era nada agradable o lindo hacia ella. Caminó entonces hacia la ventana del comedor, mirando por ella y dándole la espalda a su tía.

    —Mi hermano estaba enfermo —susurró Richard tras unos instantes sin mirarla—. La muerte de Katie lo afectó demasiado, y me culpo cada día por no haber estado ahí para darle la ayuda que necesitaba. Pero ahora estoy aquí para su hijo, y no pienso abandonarlo en ningún internado, ni separarlo de la única familia que le queda en este mundo. Y no importa si no estás de acuerdo, esa es mi decisión. Así que fin de la discusión.

    Dejando el tema por terminado, Richard se dirigió rápidamente hacia la puerta. Ann lo sintió aproximarse, por lo que rápidamente se apresuró por el pasillo para no ser descubierta. Aun así, mientras se iba logró escuchar como la silla de Marion rechinaba al moverse y gritaba con todas las fuerza de su anciano cuerpo:

    —Si no separas a Mark de Damien, ¡dejaré todo mi dinero a la beneficencia y tú no verás ni un centavo! ¡¿Me oíste?!

    —Has lo que te plazca con tu dinero, que por algo es tuyo —le respondió Richard impasible ante su amenaza un instante antes de dejar definitivamente el comedor.

    — — — —​

    Marion estaba enojada por el resultado de esa charla, pero principalmente frustrada y preocupada. Entendía la postura de Richard, su sensación de responsabilidad hacia Damien tras lo ocurrido con Robert. Y aunque Marion intentó en un inicio aceptar al chico e igualmente apoyarlo y animarlo, sencillamente no pudo. Había algo en él que sencillamente no le gustaba, incluso cuando era muy pequeño. No se parecía en nada de Robert o a Katie, ni a nadie de la familia. Las pocas veces que le tocó verlo de bebé en sus viajes a Inglaterra, nunca lo vio llorar ni reír, y siempre parecía que la estuviera viendo fijamente con un inusual resentimiento para ser tan pequeño. Creyó que quizás había algo malo en su cabeza, pero nunca lo comentó para no preocupar a Katie sin razón. De todas formas pareció que no era así, pues había crecido como un niño normal… o al menos lo más normal posible. Siempre fue un niño algo callado, abstraído en sí mismo, mirando a la nada como si viera algo que los demás no, y haciendo comentarios realmente extraños, a veces desagradables.

    Nunca lo vio derramar una lágrima por sus padres. Y luego de que estos murieran y comenzara a vivir con Richard y Ann, pareció comenzar a abrirse más, a hablar más, a expresarse de una forma siempre cortés y alegre con todos. Pero a Marion siempre le pareció que detrás de esa actitud había un pensamiento constante de que todos eran poco más que graciosas mascotas para él.

    No le agradaba, ni un poco. Y cada vez que lo veía convivir con Mark se le revolvía el estómago de la preocupación, como si esperara que en cualquier momento le fuera hacer algún tipo de daño. Había tenido imágenes de Damien encajándole un tenedor en el ojo al chico rubio, ahogándolo en el lago, o golpeándolo hasta matarlo con sus propios puños, sin ningún motivo para que esas imágenes tan horribles estuvieran en su cabeza. Pero hasta ese entonces todo eran sólo presentimientos y malas sensaciones, nada puntual con lo que pudiera justificarse a sí misma hacer realmente algo. Hasta que entonces ocurrió ese horrible incidente el año pasado, con el chico Powell.

    Marion no conocía los detalles exactos, pero al parecer algunos chicos de la Academia estaban haciendo una absurda prueba de valor; o al menos eso fue lo que dijeron a los profesores y a sus padres. Entre ellos estaban Damien, Mark y un chico llamado Charles Powell que era un buen amigo de ambos. La dichosa prueba consistía en rosearse las manos con butano líquido y prenderse fuego. Se suponía que el butano se quemaría rápido y no los lastimaría, pero la prueba consistía en que se atrevieran y lo aguantaran. Charles lo hizo confiando en sus amigos… y terminó encendido en llamas.

    La mitad de su cuerpo terminó con quemaduras de tercer y cuarto grado, y hasta ese momento aún seguía recuperándose de esas horribles heridas. Todos señalaron a otro chico como el de la idea y el que los había hostigado a hacerlo, y éste a su vez lo confesó. Ese chico fue expulsado, mientras que Damien, Mark y los otros fueron suspendidos por un tiempo. Señalado el culpable y aplicados los castigos, todo quedó como un mero accidente, como bien Richard había mencionado en su charla.

    Pero Marion lo sabía; aquello no había sido un accidente, y estaba segura de que el muchacho expulsado no había sido el de la idea ni el que había obligado a los demás a hacerlo. Había sido Damien, estaba convencida de ello, y se las había arreglado para salir de eso sólo con un pequeño jalón de orejas. Y lo peor de todo (dejando de lado el infierno por el paso el pobre Charles Powell y que seguía pasando), era que había arrastrado a Mark con él hacia ello. Fue en ese instante en el que Marion había decidido que no se quedaría más de brazos cruzados y haría algo antes de que ocurriera alguna otra desgracia.

    Sin embargo, su primer intento había fallado. Richard no la había escuchado.

    Luego de que su plática concluyera, Marion se dirigió de inmediato a su habitación, aquella que había sido suya desde la época en la que ella y su fallecido hermano, el padre de Richard, vivían ahí, y que siempre ocupaba cuando iba de visita. Se encerró en el cuarto, intentando tranquilizarse y aclarar su mente. Su pecho le había molestado un poco, y eso la había preocupado. Richard había dicho que era una mujer sana, y en general lo era. En su último chequeo, sin embargo, le habían dicho que debía tener algo más de cuidado con su corazón, con una dieta adecuada y ejercicio, y entones podría llegar sin problema a los cien años. No deseaba vivir tanto realmente, sólo lo suficiente para asegurarse de que su familia estaba libre de peligro.

    Lamentablemente, ese deseo no se le cumpliría.

    Vestida ya con su camisón de noche blanco para dormir, se sentó frente a la ventana abierta para sentir un poco la brisa fría de la noche. Intentó seguir leyendo el libro que había comenzado en el avión para despejar su mente, pero fue simplemente inútil; no lograba concentrarse. En su lugar, decidió mirar hacia la noche y pensar en qué debía hacer ahora.

    Mientras Richard siguiera teniendo esa sensación de deber con Damien, no podría convencerlo de nada. La única forma era que el propio Damien hiciera algo imperdonable frente a sus narices, o convencerlo de que lo había hecho. Siempre pensó que la manera en la que Katie había muerto era muy sospechosa, y que quizás él había tenido algo que ver. Pero, aunque hubiera sido así, en aquel entonces era un niño de cinco años, ¿qué tanto podría haber deseado realmente matar a su propia madre? Si es que era su madre… Ese era otro pensamiento que la seguía últimamente, especialmente mientras el chico iba creciendo y menos le veía parecido a sus sobrinos o a Mark. ¿Y si no era realmente hijo de Robert? No deseaba pensar mal de Katie, que siempre le había demostrado ser una mujer recta de excelente familia y crianza, como lo había sido Rebecca. Pero, ¿podría haber alguna forma en la que ese chiquillo podría no ser realmente un Thorn? Eso realmente le aclararía bastante las cosas.

    Alguien llamó en ese momento a su puerta, haciéndola saltar un poco en su silla.

    —Tía Marion, ¿aún estás despierta? —escuchó que susurraba la voz de Ann del otro lado. Marion resopló con molestia, y no le respondió. Prefirió incluso volver a alzar su libro aunque no lo estuviera leyendo realmente. Sin embargo, aún sin su respuesta, Ann abrió la puerta y se autorizó a sí misma a entrar.

    Marion la vio apenas de reojo por encima del armazón de sus lentes. Ann seguía vestida y maquillada a pesar de la hora. En sus manos sujetaba una tacita de porcelana sobre un platito, y avanzó hacia ella con una leve sonrisa amistosa que a Marion le resultaba bastante forzada.

    —Te traje un poco de leche caliente —le indicó Ann, extendiendo la taza y su platito hacia ella—. Richard me mencionó que te gusta tomar un poco antes de dormir.

    —¿Qué le pusiste?, ¿veneno? —ironizó Marion.

    —Sólo un poco de canela —respondió Ann sin desaparecer su sonrisa. Marion no abandonó su libro, por lo que Ann se aproximó y dejó la taza en la mesita a un lado de su silla—. No me gustaría que te fueras mañana dejando esta pelea con Richard sin resolver.

    —¿Y a ti eso qué te importa? —masculló Marion con molestia, volteando al fin mirarla. Ann retrocedió, sentándose sobre la orilla de la cama.

    —Sé que tú nunca me has querido ver como parte de esta familiar. Pero Richard es mi esposo, Mark mi hijastro, y Damien mi sobrino. Lo que le pasa a esta familia me importa.

    Marion resopló de nuevo, incrédula ante tal afirmación. Cerró su libro y lo colocó sobre sus piernas, dignándose después de todo a tomar la taza con leche que estaba a su lado. Pese a todo, le parecía que sería lo ideal para calmarse y dormir.

    —De seguro lo que te preocupa realmente es que no le deje a Richard mi dinero, ¿no? —musitó Marion burlona, y dio entonces un pequeño sorbo de leche.

    Ann suavizó un poco su sonrisa, hasta adoptar un semblante mucho más frío. Inclinó un poco su cabeza hacia un lado mientras la contemplaba en silencio.

    —¿Esa es la imagen que tienes realmente de mí? —Dijo de pronto con seriedad—. ¿Qué sólo estoy aquí por el dinero de los Thorn? —Marion no contestó, y dio dos tragos más de la leche caliente—. Pues eso habla más de ti que de mí.

    —¿De qué hablas? —Respondió Marion, un tanto indiferente a su queja. Sintió en ese momento una pequeña comezón en la garganta y tosió un par de veces. Bebió un poco más de leche para intentar calmarlo.

    Ann le respondió sin vacilar:

    —Sólo una persona tan simple le da tanto poder al dinero como para creer que amenazando con él puede hacer que todos hagan su absoluta voluntad. Incluso aquellos que afirma querer. Pero hay cosas más grandes e importantes que el dinero en este mundo, tía Marion.

    —¿Cómo qué?

    Ann inclinó su cabeza hacia el otro lado y se cruzó de piernas, arreglándose después su falda antes de responder.

    —Como el amor, o la fe…

    Marion soltó una pequeña risilla nada discreta al escucharla decir aquello. Dio un último trago de la taza, dejándola un poco por debajo de la mitad, y la colocó de nuevo sobre la mesita.

    —¿Ahora resulta que eres muy religiosa? —dijo Marion con tono burlón—. Nunca te he visto ir a la iglesia, ni un sólo día. Ni siquiera te casaste… en una…

    Su voz falló cerca del final de su frase, pues sintió de nuevo ese cosquilleó en su garganta. Sin embargo, éste bajó rápidamente por ésta hasta su pecho, provocándole abruptamente un dolor punzante en el centro de éste que la hizo aferrarse con una mano a ese punto y doblarse hacia el frente. Soltó un gruñido de dolor y sintió como se le empezaba a dificultar respirar. Ann delante de ella, sin embargo, permaneció apacible en su lugar, sólo observándola.

    —Bueno, eso es porque mi fe está depositada en otros lados —musitó de pronto la mujer, respondiendo a su último comentario como si lo demás no hubiera ocurrido—. En Damien, por ejemplo. Yo creo en él. Mi fe, así como mi amor, le pertenecen a él.

    Marion apenas y lograba entender lo que le decía. El dolor se volvió cada vez más intenso, y terminó desplomándose hacia el frente, cayendo al suelo sobre su costado izquierdo. Aunque hubiera querido levantarse, simplemente no hubiera podido hacerlo, pues todo su cuerpo comenzaba a sentirse paralizado.

    —¿Estás bien, tía Marion? —Preguntó Ann sarcástica, parándose entonces de la cama, pero en lugar de ir hacia ella fue a la mesita para tomar de nuevo la taza.

    —¿Qué… me hiciste…? —musitó Marion en el suelo, sonando como si hablar le resultara dolorosos.

    —Quizás no era canela, después de todo —respondió Ann encogiéndose de hombros, mirando complacida como Marion intentaba arrastrarse por la alfombra como si realmente tuviera un lugar al cual ir—. Lo siento por Richard, enserio. Creo que a pesar de todo, a él sí le dolerá tu muerte. Pero será el único, ¿sabes? Porque en lo que respecta a todos los demás, celebraremos con champagne sobre tu tumba, bruja amargada y mezquina.

    Ann se agachó a su lado, y mientras sujetaba el platito y la taza con una mano, con la otra tomó fuertemente del cabello de la mujer en el suelo, y jaló su cabeza hacia atrás. Acercó entonces su rostro a su oído derecho para susúrrale despacio:

    —¿Te hubiera matado haberme dicho una sola cosa linda en tu vida? Enserio intenté ser una buena sobrina, ¿sabes? Pero ya no importa…

    Empujó de forma violenta su cabeza al frente, haciendo que se golpeara contra el suelo. Marion se quedó quieta, soltando algunos quejidos punzantes, mientras sus ojos cristalinos miraban de forma perdida hacia debajo de la cama. Ann permaneció a su lado, mirándola en silencio hasta que sus quejidos y su respiración se fueron apagando, y luego desaparecieron por completo…

    Se quedó un rato más de ahí en cuclillas para asegurarse de que en efecto no siguiera respirando o no se fuera a mover de nuevo. No lo hizo. La gran Marion Thorn acababa de morir de un infarto, quizás derivado del tremendo enojo que había hecho al discutir con su sobrino esa noche. Vaya pesar le caería encima a Richard por no haber podido solucionar eso de otra forma. Pero ya lo superaría; Ann se encargaría de ello.

    Con su labor de la noche concluida, se incorporó de nuevo, sujetando la taza entre sus dedos. Pasó por encima del cuerpo de Marion sin tocarla y se dispuso a irse de ahí antes de que algún curioso se asomara, aunque dada la hora lo dudaba. Pero entonces un sonido la hizo detenerse: un fuerte graznido.

    Ann se volteó alarmada hacia la ventana, y ahí lo vio. Parado en el marco de la ventana, había un gran cuervo negro, con ojos brillantes que la miraban fijamente desde su posición. Ann se paralizó por algún motivo, sintiéndose… ¿atemorizada? La presencia de aquel animal en ese sitio y momento le resultó tan inusual, tan extraño, tan… incorrecto.

    El cuervo permaneció en su sitio por un largo rato, en el cual Ann no se movió ni un centímetro del lugar en el que estaba parada, como si temiera que si lo intentaba, aquella ave se le lanzaría encima y le picaría los ojos. El cuervo de hecho no se movió tampoco, ni hizo sonido alguno. Solamente ya al final lanzó un último graznido, extendió sus alas, y entonces emprendió el vuelo, alejándose de la ventana y perdiéndose en la oscuridad de la noche. Sólo entonces Ann reaccionó.

    No sabía qué había sido eso, pero no le importaba. Salió rápidamente del cuarto con más apuro que antes, dejando detrás de sí a la fallecida tía Marion.

    FIN DEL CAPÍTULO 66

    Notas del Autor:

    Marion Thorn es un personaje originario de la película de 1978 titulada Damien: Omen II, perteneciente a la franquicia de The Omen o La Profecía, basándose casi por completo en la interpretación del personajes hecho en dicha película, aunque justificando un poco más algunas de sus acciones y actitudes.

    —En este capítulo se hace referencia al personaje de Charles Powell perteneciente a la serie Damien del 2006, y su incidente ocurrido con Damien cuando eran jóvenes, cambiando sin embargo algunas cosas, como por ejemplo la edad a la que ocurrió.

    —Como había mencionado antes, gran parte de este capítulo y de los siguientes se encuentran basados en acontecimientos ocurridos en la película Damien: Omen II, pero adaptados y modificados para la línea de la historia.
     
  7.  
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    Resplandor entre Tinieblas

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    Capítulo 67.
    La quinta tragedia

    La repentina muerte de la Tía Marion hizo que Ann y Richard tuvieran que retrasar un par de días más la mudanza a su casa en Twin Lakes, para así poder atender los asuntos del funeral y la herencia. Marion no había llegado a vivir lo suficiente para cumplir la amenaza de cambiar su testamento, por lo que aún todo le sería pasado a Richard. Éste se sentía hasta cierto punto sucio de recibir esas acciones y propiedades luego de cómo había terminado su última discusión. Pensó seriamente en hacer justo lo que ella había dicho que haría la última vez que la vio: dar todo a los pobres. Fue la insistencia de prácticamente todos sus conocidos, principalmente la de Ann, lo que lo convenció al final de no hacerlo.

    —Ella no quería darle su dinero los pobres, sino a Mark, ¿recuerdas? —le había dicho Ann una noche mientras reposaban en su cama—. Ella misma lo dijo. Si no quieres ese dinero para ti, entonces sólo guárdaselo a tu hijo. Y que él haga lo que prefiera con él cuando sea mayor.

    Aquello para Richard tuvo bastante sentido, así que decidió hacerlo de esa forma.

    Arreglado aquel asunto, la pareja continuó con sus planes originales. Pasar el invierno en Twin Lakes era una tradición que habían llevado a cabo desde hace siete años, por el tiempo en que Damien comenzó a vivir con ellos. Richard había adquirido aquella hermosa casa sobre el Lago Mary por un precio bastante razonable. Era de buen tamaño y acogedora. Durante el resto del año la rentaban o prestaban a sus amigos, en especial en el verano. Pero llegado el invierno, cerraban la mansión en Chicago, mandaban a todos los sirvientes a casa con sus sueldos pagados, y se movían para allá desde una semana antes de Navidad, hasta después de Año Nuevo.

    Sin embargo, desde que los niños entraron a la Academia y pasaban la mayor parte del tiempo allá, Richard y Ann habían comenzado a irse ellos solos desde un poco después Acción de Gracias. No pasaban todo el tiempo en Wisconsin, y de vez en cuando se iban algunos días al extranjero, pero al volver lo hacían justo a la casa del lago. Aquellas eran las pequeñas vacaciones que Richard esperaba con más ansias cada año, especialmente cuando los chicos al fin eran libres y se les podían unir y pasar esas dos semanas como familia.

    Ese año, sin embargo, ese lapso entre el Día de Acción de Gracias y el inicio de las vacaciones de invierno, fue manchado por una serie de desgracias para la familia Thorn, de las cuales la muerte de la tía Marion había sido sólo la primera.

    La segunda pasó un poco desapercibida por los Thorn, al menos de forma personal. Joan Hart, una reportera que había estado cubriendo las excavaciones en el Medio Oriente financiadas por Thorn Industries para su Museo, había muerto atropellada por camión en la autopista. Había sido un accidente terrible, y lo fue aún más porque había ocurrido el mismo día que se presentó ante Richard cuestionándole sobre lo que había ocurrido con su hermano en Londres años antes. Aquello provocó que fuera sacada a la fuerza por seguridad. Un par de días después se enterarían de su tráfico desenlace. Richard se sintió por un momento satisfecho por ello, pues la manera en la que había abordado lo de Robert y Damien realmente lo había hecho enojar, pero se arrepintió casi de inmediato de haber tenido tales pensamientos.

    La tercera fue un extraño accidente en la planta química de Thorn Industries, del cual aún se seguían investigando sus causas. Al parecer hubo una fuga en el contenedor que almacenaba un químico mortal, y afectó a doce trabajadores de la planta; cinco habían sido ya dados de alta, cuatro seguían hospitalizados, y tres habían fallecidos. Uno de estos tres había muerto en el acto, y había sido el más expuesto al químico. Dicha persona era el Dr. David Pasarian, científico jefe y encargado de su proyecto de cultivos orgánicos. Un verdadero genio en su campo, que había muerto de una forma terrible y dolorosa. La planta tendría que detener sus operaciones hasta que se hicieran las averiguaciones y arreglos pertinentes, y eso podría tomar hasta después de Año Nuevo. Sería un golpe significativo a las finanzas e imagen de la empresa, por no mencionar a las personas y familias involucradas. Pero hallarían la forma de sobrellevarlo, siempre lo hacían. Thorn Industries era una empresa fuerte, y había sobrevivido a escándalos peores (por ejemplo, lo ocurrido con Robert).

    La cuarta tragedia fue bastante dolorosa para Richard a modo personal, incluso más que la muerte de Marion. Bill Atherton, quien había trabajado como Gerente General de Thorn Industries incluso desde la época en la que el padre de Richard encabezaba la empresa, se había aparentemente suicidado menos de una semana después de la muerte de Pasarian. Su esposa lo había encontrado encerrado en su cochera con su vehículo encendido. Se había envenenado a sí mismo con los gases del motor. No hubo ninguna nota, ni nada que explicara por qué lo había hecho. Había tenido algunos problemas con su esposa, y las presiones del trabajo ya habían comenzado a sobrepasarlo debido a su edad, y había considerado el retiro. Y encima de todo, el incidente de Pasarian ciertamente le había traído mucha más presión. Pero, ¿suicidarse por ello? Para Richard aquello no tenía sentido.

    Bill había sido un gran amigo de Richard, e incluso un mentor. Su inexplicable pérdida simplemente lo devastó, y eso fue bastante evidente en su forma de actuar. Se volvió mucho más reservado y arisco. Intentó volver a la oficina para encargarse de los asuntos de Bill, pero su cabeza sencillamente no daba para eso y tuvo un par de altercados violentos con personas debido a su mal humor. Al final tuvo que nombrar a un nuevo Gerente General y retirarse de regreso a sus vacaciones, ahora más forzadas que antes para intentar despejar su mente. El nuevo Gerente era Paul Buher, un joven muy inteligente y ambicioso, que esperaba pudiera encargarse de resolver ambos escándalos de la manera más efectiva posible. “Yo me encargo de todo, Richard,” le había dicho Paul con una de sus radiantes sonrisas.

    Richard había considerado que Ann y él volvieran a su casa en Chicago para estar cerca por si algo se ocupaba. Pero, además de todo, ya no se sentía con ánimos de estar en Twin Lakes, y fingir que todo estaba bien luego de lo que había pasado con Atherton, Pasarian, Marion y el resto de los trabajadores afectados. No se sentía correcto celebrar las fiestas en esas circunstancias. Pero, de nuevo, Ann se encargó de convencerlo de que se calmara. Los niños estaban a unos días de llegar y esperaban con ansías reunirse con ellos ahí en el lago. La casa ya estaba decorada con luces, y habían colocado un hermoso árbol en la sala. Además, estar lejos de Chicago era justo lo que Richard necesitaba para despejarse y volver a la normalidad. Y una vez más, todo aquello le sonó con bastante sentido a Richard. Intentaría sobreponerse por su familia. Lo intentaría, pero no lo lograría del todo…

    Richard no podía sacarse de la cabeza que de alguna forma todo eso tenía que estar relacionado, aunque no podía ver claramente cómo. Y, en secreto, la propia Ann también se lo preguntaba. Ella sabía muy bien lo que le había pasado a Marion, pero desconocía lo que respectaba a los demás hechos. No se había comunicado con Lyons desde que tuvo que reportarle lo de Marion, y él no se había comunicado en lo absoluto con ella. Desconocía si acaso todo aquello había sido de alguna forma obra de la Hermandad, o… quizás de otro tipo de fuerzas. Aún recordaba a aquel cuervo que se había parado en la ventana la noche que mató a Marion, y lo nerviosa que la había puesto. ¿Qué hacía ahí y qué significaba?, no tenía idea. Pero sentía que era una especie de augurio de algo más allá de su comprensión.

    Así que por separado, y movidos por fines un tanto diferentes, tanto Ann como Richard decidieron fingir que, en efecto, nada había pasado, y llevar las cosas en paz. En aquel momento, sin embargo, ninguno de los dos sabía que la quinta tragedia, y quizás la peor de todas, estaba de hecho bastante cerca.

    Damien y Mark terminaron sus últimos exámenes el 19 de diciembre, por lo que para el jueves 20 ya estaban libres. Ese mismo día Ann y Richard fueron a recogerlos a la Academia, y fueron juntos a la casa del lago. La presencia de los jóvenes pareció en efecto animar a Richard. Volvió a sonreír y reír con ellos, y hasta había propuesto que vieran una película todos juntos esa noche. Fue una larga discusión para poder elegirla, pero el consenso final se fue por Rise of the Guardians, una película animada que había salido un mes antes pero que ya estaba disponible en Pago por Evento. Mark, a sus trece, comenzaba a entrar a esa etapa en la que ya se consideraba demasiado grande para ese tipo de películas; Damien, a sus doce, aún le encantaban y le seguirían encantando (incluso más) en años posteriores.

    Con la película elegida y pagada, los cuatro se colocaron en los sillones de la sala frente a la enorme pantalla plana con su home theater, alumbrados únicamente por las luces parpadeantes del Árbol de Navidad y con dos tazones de palomitas. Vieron la película tranquilamente, solamente compartiendo de vez en cuando algunas risas o comentarios. Ann se acurrucó contra Richard a partir de la mitad, apoyando su cabeza en su hombro. Las palomitas se habían acabado desde antes de eso.

    Cuando la película concluyó, incluyendo unas graciosas escenas adicionales que acompañaban a los créditos, ya era un poco más de las diez de la noche.

    —¿Y bien? —Preguntó Richard, seguido de un pequeño bostezo—. ¿Qué les pareció?

    —Está bien, supongo —respondió Damien, encogiéndose de hombros—. Pero no es How to Train Your Dragon.

    —Mira nada más —exclamó Mark con falso enojo—. Tú eras quién más quería verla, pero siempre tienes que estar buscándole cualquier “pero” a todo, ¿verdad? —Se quejó y entonces arrojó un cojín a la cara a su primo, que lo desvió con sus manos entre risas.

    —Perdón por ser un poco exigente.

    Los cuatro rieron casi al mismo tiempo, incluso Richard. La tormenta pareció por un momento realmente haber pasado.

    —Pues a mí me gustó —opinó Ann, estirando un poco sus brazos para desentumir sus extremidades—. Muy apropiada para ambientarnos en la época, ¿no creen? ¿Vemos otra?

    —Por mí está bien —secundó Richard—. Pero primero comamos algo que no sean palomitas, ¿les parece?

    Todos parecieron estar de acuerdo, pues en realidad no habían cenado por estar viendo la película.

    —Prepararé unos emparedados, ¿les parece? —Propuso Ann, parándose del sillón—. Me ayudas, ¿Damien?

    —Seguro —respondió el joven de cabellos negros, levantándose también.

    Mark encendió las luces poco después, y Richard se disponía a salir a la terraza y encender uno de sus puros. Sin embargo, antes de abrir la puerta de cristal, escuchó el sonido de un vehículo acercándose por el camino de tierra frontal hasta la entrada, y aquello lo detuvo. De hecho, todos los demás se habían detenido también, mirando en dirección a la puerta de entrada con cierta cautela en sus miradas.

    No esperaban a nadie, y era de hecho ya bastante tarde.

    «Dios mío, ¿ahora qué?» fue el pensamiento que le cruzó a Richard por la cabeza. Habían recibido tantas malas noticias últimamente, que no sabía si podría resistir una más si es que en efecto se trataba de eso.

    Damien, que era el más cercano a la puerta en su camino a la cocina, se aproximó a la ventana y se asomó hacia afuera. Reconoció el vehículo rojo estacionándose delante de la casa, alumbrado con las luces externas. Su conjetura inicial fue confirmada al ver al hombre que se bajaba del lado del conductor.

    —Creo que es el Dr. Warren —informó el chico, girándose en dirección a su tío. Éste suspiró pesadamente, pasando una mano por su cara.

    Charles Warren era el curador encargado del Museo Nacional Thorn en Chicago, fundado por sus abuelos y financiado directamente por Thorn Industries. Warren era un buen amigo, invitado habitual de su casa, por lo que su presencia no sería en realidad tan rara. Sin embargo, que llegara sin avisar y a esa hora… no era buena señal.

    —Si hubiera pasado algo en el museo, de seguro te hubiera hablado por teléfono para avisarte —mencionó Ann, intentando tranquilizarlo.

    —No creo que haya hecho el viaje hasta aquí a mitad de la noche sólo para saludar, ¿o sí? —Espetó Richard algo áspero, dándose cuenta de inmediato lo fácil que había permitido que el buen humor se esfumara—. Lo siento… Por favor, háganlo pasar a mi estudio. Ahí lo atenderé.

    Comenzó entonces a caminar en dirección a dónde se encontraba la habitación que habían acondicionado como estudio para que Richard pudiera trabajar cuando se ocupara. Quería tomarse unos segundo antes de verlo para intentar calmarse, y quizás beber algo.

    —Richard, es nuestra primera noche familiar en un mes —señaló Ann intentando sonar calmada.

    —Lo sé, lo sé —profirió Richard un tanto fastidiado, deteniéndose unos segundos para mirarla—. Descuida, lo atenderé rápido. ¿De acuerdo?

    Sin esperar respuesta, siguió su camino y se perdió de sus vistas por el pasillo.

    El aire se volvió algo tenso de golpe. Ann resopló despacio, volteando a otro lado. El timbre sonó en ese mismo momento, y la mujer sintió un deseo ferviente de sacar a ese sujeto a patadas de su propiedad.

    —Yo le abriré —se ofreció Damien rápidamente, y Ann decidió que sería mejor así. Sin decir nada, se dirigió a la cocina para empezar los emparedados mientras los chicos lo atendían.

    Damien abrió la puerta con una amigable sonrisa. Del otro lado se encontraba Charles Warren, un hombre de cabello rubio oscuro y rostro cuadrado, bien parecido, con un grueso abrigo café para protegerse del frío. En cuanto vio al chico que le había abierto, el rostro del hombre pareció ponerse tenso.

    —Hola, Damien… —saludó el recién llegado, algo nervioso—. No pensé encontrarlos aquí. Creí que llegarían hasta el fin de semana…

    —Hola, Dr. Warren —saludó ahora Damien, con tono afable. Mark se le había aproximado por detrás—. Terminamos antes nuestros exámenes, así que nos largamos temprano de ese lugar. Supongo que viene a ver a mi tío, ¿no?

    —Sí… —Asintió Charles, despacio—. ¿Se encuentra aquí?

    —Lo espera en su estudio —se adelantó a responder Mark—. Déjeme lo guio hacia allá.

    —Gracias, Mark —contestó Charles apresurado, y entró rápidamente a la cabaña, sacándole la vuelta a Damien. Éste lo siguió con su mirada un tanto perplejo.

    —Por aquí, sígame —le indicó el joven rubio y comenzó a caminar por el pasillo, seguido de cerca por el curador. Damien los siguió mirando unos segundos, y luego cerró la puerta.

    — — — —
    Cuando Damien ingresó a la cocina, Ann se encontraba repartiendo las rebanadas de jamón entre los diferentes pares de panes que había distribuido para los emparedados. Al notar su presencia, la mujer se viró a verlo sobre su hombro derecho y le sonrió complacida.

    —Creí que te habías olvidado de mí —comentó burlona, pero Damien no le respondió. De hecho su expresión se veía un tanto ausente—. ¿Todo está bien?

    —No lo sé —Le respondió el joven, estando ya de pie a su lado. Su mirada estaba fija en la ventana delante de él, que sólo daba a la oscuridad de la noche—. El Dr. Warren parecía un poco extraño.

    —¿Cómo extraño?

    —Lo sentí asustado.

    Aquello confundió Ann, e hizo que captara por completo su atención.

    —¿Acaso te dijo algo?

    —No, no fue algo que haya dicho o hecho. Sólo… —Damien vaciló un poco antes de poder hablar—. Lo sentí… asustado de mí.

    —¿De ti? —Ann rio, despreocupada—. Qué tontería. ¿Por qué estaría asustado de ti?

    Damien negó con su cabeza, sin apartar su mirada de la noche.

    —No lo sé, pero eso fue lo que sentí cuando lo vi. Eso me ha estado pasando mucho últimamente.

    —¿Qué cosa?

    Damien se sobresaltó un poco al oír su pregunta, como si él mismo no hubiera sido consciente de lo que había dicho. De nuevo vaciló un poco, y luego todo su semblante cambio. Sonrió tranquilo, y se mostró totalmente relajado, como si lo de hace un momento no hubiera ocurrido en lo absoluto.

    —Nada, olvídalo —le respondió indiferente—. ¿En qué te ayudo, tía?

    Ann lo miró en silencio unos momentos. Todo eso en verdad la había preocupado, pero no podía permitirse demostrarlo demasiado, así que intentó igualmente tomar una postura relajada.

    —Lava los tomates y la lechuga por mí, por favor —le respondió señalando hacia la tarja en donde había colocado las verduras. Damien se aproximó gustoso y comenzó a hacer lo que le pidieron.

    Ambos continuaron cada uno con su labor en silencio por un rato más, hasta que Ann murmuró de pronto:

    —Sabes que si algo te molesta, lo que sea, puedes decírmelo. ¿Verdad?

    —Claro que sí —respondió Damien sin pensarlo mucho ni dejar de lavar las verduras, por lo que Ann no sintió que fuera muy sincero con su respuesta. Pero ella sí lo era con su ofrecimiento; muy sincera, pues en realidad le importaba el chico. Y no sólo por su deber secreto, casi sagrado, sino por mucho más que eso.

    Poco antes de que terminaran los cuatro emparedados, escucharon como la puerta de la entrada se abría y se cerraba fuertemente de nuevo. Ninguno dijo nada, pero supusieron que el Dr. Warren se había retirado, aunque les pareció que había sido bastante más pronto de lo esperado.

    Los dos salieron de la cocina, cada uno cargando dos platos con un emparedado y papas fritas a un lado. Cuando entraron a la sala, divisaron como Richard se dirigía apresurado hacia las escaleras de la planta alta.

    —Richard —le llamó Ann alzando la voz, haciendo que el hombre se detuviera al pie de las escaleras. Ann notó en ese momento que Richard sujetaba en su mano derecha un sobre blanco, pero no le dio importancia en ese momento—. ¿Y Charles?

    —Ya se fue —respondió secamente y siguió su camino.

    —¿A dónde vas? ¿Y la película?

    —Véanla sin mí si gustan.

    —Tu emparedado…

    —No tengo hambre —respondió por último cuando ya iba cerca de los últimos escalones. Lo escucharon andar por el piso de arriba y entrar a la habitación principal.

    —¿Qué le pasa? —cuestionó Damien, algo molesto—. Si él fue quien dijo que quería comer algo.

    Ann no tenía una respuesta para ello. Supuso que había ocurrido otra cosa, y eso ya había sido la gota que derramó el vaso para él. Igual fuera lo que fuera, de seguro se lo diría esa noche cuando estuviera más calmado. Ahora lo que le importaba era Damien.

    —No es nada —respondió Ann con normalidad—. De seguro lo que le vino a decir Charles lo alteró un poco. Debió haber ocurrido algo grave en el museo. ¿Quieres que nosotros veamos la otra película?

    —No veo por qué no —respondió Damien, encogiéndose de hombros.

    —Perfecto. Veamos si Mark está de ánimos, ¿sí?

    Pero Mark no estaba de ánimos. Se excusó diciendo que estaba cansado y subió también a su habitación; él si se llevó su emparedado, sin embargo.

    Ann y Damien tuvieron que ver la segunda película solos, mientras comían. Por petición del chico, ésta sería How to Train your Dragon, que tan claramente había expresado que le gustaba. Para Ann, la noche resultó mucho mejor de esa forma.

    — — — —​

    Cuando subieron a dormirse, alrededor de la media noche, Ann encontró a Richard ya acostado y vestido con su pijama. Supuso que estaba dormido. Esperaba poder cuestionarle sobre lo ocurrido, y quizás que tuvieran un poco de sexo para ver si eso le calmaba el mal humor. No lamentó mucho en realidad el que no pudiera hacer ninguna de las dos cosas, y prefirió ella también acostarse a su lado sin hacer ruido. Mañana se enteraría de todo.

    A mitad de la madrugada, Ann se despertó abruptamente. Sumergida aún en el sueño, le pareció ver a Richard de pie en la puerta. Pero no estaba saliendo; de hecho, parecía que fuera entrando.

    —¿Richard? —Susurró Ann confundida, seguida poco después por un largo bostezo—. ¿Dónde estabas?

    —Sólo… me encargaba de un asunto —le respondió Richard escuetamente, mientras se retiraba su bata roja para el frío.

    Ann volteó fugazmente al reloj digital sobre su buró. Eran las 4:12.

    —¿Tan tarde? ¿Qué pasó?

    —Vuelve a dormir, Ann —le indicó Richard, sentándose de su lado de la cama y volviéndose a recostar—. Mañana hablaremos de eso.

    Ante de que pudiera preguntarle otra cosa, el hombre se recostó sobre su costado derecho, dándole la espalda. Ann lo miró en la oscuridad, confundida.

    —Está bien…

    Ann volvió a acostarse, pero se pegó por detrás a su esposo, rodeándolo con sus brazos. Richard no la rechazó, pero tampoco sintió que estuviera del todo feliz con su cercanía. De hecho, Ann lo sintió bastante frío; literal y metafóricamente.

    — — — —​

    El viernes 21 de diciembre del 2012, fue una fecha muy sonada durante mucho tiempo anterior a ese momento. Casi todas las personas en el planeta esperaban expectantes la llegada de dicho día, que muchos afirmaban sería el “Fin del Mundo.” Había habido otras fechas con ese mismo significado antes, pero esa había sido por algún motivo la más popular, luego del inicio del año 2000. Pero Ann estaba totalmente tranquila al respecto; estaba segura que si ese día fuera a pasar algo importante, Lyons se lo hubiera comunicado… quizás. Ella estaba convencida que ese sería un día como cualquier. Sin embargo, no fue así. Y, de cierta forma, el mundo sí acabó para algunas personas ese día.

    Ann se despertó antes que Richard por nos unos minutos. Se sorprendió un poco al no ver a los chicos en su cuarto, pero no le dio mucha importancia. Como tampoco estaba la cámara de Damien, supuso que habían salido a caminar muy temprano para tomar algunas fotos del amanecer. Se disponía a bajar a preparar el desayuno, cuando divisó la presencia de Richard en el marco de su cuarto, mirándola ausente como si se tratara un muerto viviente.

    —Te ves fatal —murmuró Ann intentando sonar bromista, pero Richard no se rio—. ¿Tuviste mala noche? ¿Te preparó un café?

    Richard ignoró su pregunta, quizás deliberadamente. Alzó su mano derecha, mostrándole claramente el sobre blanco que sujetaba, que Ann supuso era el mismo con el que lo vio la noche anterior.

    —¿Qué es eso? —Preguntó Ann, azorada.

    —Es lo que Charles vino a mostrarme anoche —le respondió Richard con voz apagada—. Es una carta, escrita por un arqueólogo llamado Carl Bugenhagen hace siete años para mí, pero que hasta ahora fue encontrada.

    —¿Para ti? ¿Y por qué era tan importante como para traértela con tanto apuro?

    Richard enmudeció unos momentos. Pasó su lengua por sus labios resecos, y miró hacia otro lado como si se sintiera avergonzado.

    —No sé ni cómo explicarlo. Tienes que leerla tú misma. Pero antes de que lo hagas, te advierto que lo que dice puede parecerte absurdo, y a mí también me lo pareció cuando Charles me lo contó. Pero en la noche no lo podía sacar de la cabeza, y me tuve que levantarme a leerla yo mismo. —Ann recordó ese inusualmente momento a mitad de la madrugada, y supuso que a eso se refería—. Y luego de hacerlo… ya no sé qué pensar. Quiero que la leas con la mente lo más abierta posible, por favor. Y ten en cuenta que fue escrita hace siete años, pero de alguna forma parece predecir justo lo que nos está pasando ahora.

    La mirada de Richard era bastante intensa, como nunca Ann la había visto. Parecía estar al borde de un colapso nervioso, ese que había estado todas esas semanas amenazando con ocurrir. Le extendía en ese momento el sobre, con su mano temblorosa, y Ann se sintió un tanto intimidada. No supo, sin embargo, si esa sensación se la provocaba la carta y lo que podría contener, o la actitud tan inestable de Richard.

    —Está bien, la leeré —le respondió procurando mantenerse calmada, y tomó el sobre que le ofrecía.

    Ambos bajaron a la sala y se sentaron el uno frente al otro mientras Ann se tomaba su tiempo para leer la carta con todo el cuidado posible. Lo más complicado, sin embargo, fue mantener una actitud normal, calmada pero a la vez confundida mientras lo hacía, cuando en realidad… cada línea que leía la llenaba aún más de un tremendo terror que le hacía palpitar su corazón con intensidad en su pecho.

    Ann no podía creer lo que estaba leyendo. No tenía idea de quién era ese tal Carl Bugenhagen, pero en esa dichosa carta estaba describiéndolo absolutamente todo sobre Damien, incluso aspectos que ella misma desconocía.

    Revelaba abiertamente la identidad de Damien como el Anticristo descrito en el Libro de las Revelaciones, el Conquistador que traerá consigo el inicio del Fin de los Tiempos. Describía como el hijo biológico de Robert y Katie había sido asesinado por seguidores de la Bestia y le habían dado a un recién nacido Damien a Robert para que lo hiciera pasar como su hijo. Como desde siempre ha tenido a discípulos protegiéndolo y eliminando a todos los que son una amenaza para él, incluida la propia Katie. Mencionaba que días antes de su muerte, Robert había ido a verlo y él le había dicho todo, incluida la forma de matarlo. Explicaba que las circunstancias de su muerte, llevando a su hijo a aquella iglesia en Londres, había sido por sus indicaciones de que el ritual debía realizarse en suelo santo. Hablaba de la marca de la Bestia en la cabeza de Damien, y de cómo el que ahora viviera con ellos era de seguro todo un plan mayor para posteriormente hacerse el control de Thorn Industries y sus casi ilimitados recursos. Advertía que Damien era un peligro para Richard y su familia, y que llegado el momento comenzaría a asesinar a todos a su alrededor que considerara obstáculos en su camino. Y que Richard debía detenerlo antes de que eso ocurriese…

    Ann estaba atónita. Había sido entrenada para realizar acciones rápidas si alguna situación de peligro como esa se presentaba, pero aquello superaba bastante cualquier situación anterior por la que hubiera pasado o le hubieran advertido. Era suficientemente malo que una maldita carta salida de la nada revelara los grandes secretos que habían intentado ocultar por tanto tiempo, pero lo peor era que Richard parecía estarlas creyendo, o al menos no las desechaba como disparates de inmediato.

    Bajó la carta lentamente, y volteó a ver fijamente a Richard. Debía ser muy cuidadosa con qué diría a continuación; mantener la calma para no dejar en evidencia su nerviosismo, pero aun así reaccionar lo molesta y confundida que una persona normal estaría al leer algo como eso por primera vez.

    —¿Qué es esto? —Exclamó casi indignada, golpeando el papel con sus dedos—. Esto es ridículo, Richard. Nada en esta carta tiene el más mínimo sentido. ¿Anticristo?, ¿Damien suplantando al verdadero hijo de Robert y Katie?, ¿una conspiración? —Soltó una pequeña risa irónica—. Parece el guion de una película; y no una muy buena, si me lo preguntas. Es tan absurdo que ni siquiera sé si se le podría llamar difamación.

    Arrojó la carta al frente de forma despectiva, y ésta se balanceó en el aire, cayendo en la mesa de centro entre los sillones. Se recargó entonces por completo contra su respaldo, se cruzó de piernas y pasó sus dedos por su sien derecha, como si comenzara a sentir el inicio de un dolor de cabeza (y bien podría ser el caso).

    —No puedes realmente creer en algo de esto —indicó Ann, incrédula.

    Richard estaba inclinado hacia el frente, con sus codos apoyados en sus muslos y sus ojos puestos en la alfombra de la sala. No reaccionó de forma alguna ante todos esos reclamos soltados por su esposa, como si ya los esperara de antemano.

    —No dije que lo creyera —susurró muy despacio—. Sólo te estoy compartiendo lo que Charles vino a decirme anoche.

    —Si no lo crees, ¿por qué te ves tan preocupado? —Cuestionó Ann, mirándolo de forma acusadora—. ¿Por qué no lo desechaste como la tontería que es desde un inicio? ¿Por qué no tiraste esta carta en cuanto te la dio en lugar de quedarte toda la noche leyéndola? —Él no respondía, sólo seguía mirando hacia la alfombra como si fuera un niño siendo regañado—. ¿Richard?

    La cabeza actual de los Thorn soltó un profundo suspiro y se paró abruptamente de su sillón. Comenzó a caminar por la sala frente al ojo juzgador de Ann, pero no la volteaba a ver. Su mente de seguro era un verdadero desastre en ese momento.

    —No lo sé, Ann. No lo sé —le respondió de golpe, alzando su voz con actitud defensiva—. Yo sólo… Han pasado tantas cosas raras desde la muerte de Katie y Robert. Lo del chico Powell, por ejemplo. Y ahora lo de Bill, Pasarian, esa amiga reportera de Charles…

    —Todos esos fueron sólo accidentes, Richard —señaló Ann parándose también de su asiento—. Horribles y trágicos, pero accidentes aún así. No puedes creer que enserio Damien haya tenido que ver con todas esas muertes. ¿O sí?

    Richard de nuevo guardó silencio, vacilante.

    —La tía Marion… —susurró de pronto, como un pensamiento que se le vino espontáneamente—. Ella estaba convencida de que Damien era un peligro, y siempre tuvo muy buen instinto para los negocios y para las personas. ¿Qué tal si ella…?

    —Marion era una mujer anciana, terca y prejuiciosa —exclamó Ann con fuerza, aproximándosele casi violenta. Se detuvo uno momento al darse cuenta de que quizás estaba perdiendo el control. Respiró lentamente, y entonces prosiguió con más calma—. Lamento tener que expresarme de ella de esta forma, pero es la verdad. No dejes que sus palabras te contaminen, y mucho menos esta absurda carta. Damien es tu sangre, es como tu hijo; nuestro hijo. Sólo olvida esta broma de mal gusto de una buena vez.

    Lo tomó firmemente de las manos y lo miró a los ojos, suplicante. Richard también la miró, y aunque se le veía aún bastante afectado y ojeroso, pareció que de memento poco a poco las palabras que le decía comenzaban a cobrar sentido. Apretó las manos de su esposa con un poco de fuerza entre sus dedos, y entonces le sonrió.

    —Está bien, así lo haré… —le respondió, no con demasiada convicción pero de momento era suficiente.

    Ann también sonrió, y se apartó un poco, tomando una actitud más relajada.

    —Y si fuera tú, reprendería fuertemente a Charles por venir a molestarte con esto; especialmente sabiendo lo afectado que estabas por lo de Bill. Y nunca les digamos nada de esto ni a Damien ni a Mark. ¿De acuerdo?

    —Por supuesto —asintió Richard levemente. Sin embargo, Ann notó que su atención no parecía estar de hecho en su último comentario, pues miraba fijamente al frente con expresión perdida en el horizonte.

    Ann miró en esa misma dirección, y notó que miraba por la gran ventana de la sala, desde la cual se podían ver los árboles y el bosque, cubiertos con una fina capa de nieve que había caído durante la noche.

    —¿Qué pasa? —le preguntó confundida.

    Richard se quedó en silencio un rato, y luego musitó sin apartar sus ojos de la ventana:

    —¿Dónde están los chicos?

    —Creo… que salieron más temprano a caminar. ¿Por qué?

    —No, por nada… —respondió Richard en voz baja, pero no como una verdadera respuesta en realidad sino como un comentario al aire que no estuviera en lo absoluto relacionado.

    Sin decir nada más, Richard comenzó a caminar apresuradamente hacia la puerta principal.

    —¿Richard? —Exclamó Ann para llamar su atención, pero él siguió adelante en su camino. Tomó su chaqueta que colgaba del perchero y salió apresurado por la puerta, vestido únicamente con su pijama, su bata y sus pantuflas a pesar de que afuera estaba nevado—. ¡Richard! ¡¿A dónde vas?!

    Ann se apresuró para alcanzarlo, pero no lo hizo a tiempo antes de que cerrera la puerta detrás de él. Ella la abrió rápidamente después y el aire congelado del exterior le golpeó la cara. Lo vio bajar por las escaleras del porche al tiempo que se colocaba encima su chaqueta, y comenzaba a caminar hacia el bosque abrazándose.

    —¡Richard! —Le gritó Ann con fuerza, pero de nuevo el hombre la ignoró y se alejó caminando—. ¡Maldita sea!

    No tenía ni idea de qué era lo que le había cruzado la cabeza en esos momentos, pero Ann no creyó que fuera nada bueno. Tuvo el arranque inicial de ir tras él, pero estaba sólo vestida con su bata de noche, por lo que hubiera significado un suicidio. Cerró la puerta azotándola y subió de prisa a su cuarto para al menos ponerse unos pantalones y unas botas antes de ir en su persecución.

    Consideró contactar a Lyons, pero no tenía tiempo para eso. Si acaso Richard había salido con la intención de lastimar a Damien de algún modo, ella tendría que actuar primero y dar explicaciones después.

    — — — —​

    Richard no había salido con la intención de lastimar a Damien, o al menos no había concebido tal idea por completo aún. Solamente le había brotado la imperante necesidad de salir en ese momento y buscar a su hijo Mark. Mientras miraba por la ventana hacia los bosques, la voz de Marion resonó en su cabeza como un eco que le martillaba por detrás.

    “Mark es tu hijo, y el futuro de Thorn Industries.”

    “Es una sabandija rebelde, egocéntrica y una horrible influencia para Mark.”

    “Ese chico será la ruina de Mark si no haces algo al respecto.”

    Fue como si la propia Marion estuviera a su lado, susurrándole todo aquello al oído, suplicándole que fuera a buscar a su hijo y lo alejara de Damien de una vez por todas.

    Ella se lo había advertido. ¿Y si tenía razón?, ¿y se debió haber separado a los chicos desde un inicio? Quizás todas las desgracias que ocurrieron después podrían haber sido evitadas. La parte lógica de su mente sabía que lo que pensaba no tenía sentido, pero aun así aquel pensamiento era el combustible que lo hacía andar por esos caminos helados, intentando seguir el rastro de los dos chicos.

    Se abrazó a sí mismo, sintiendo un gran frío del que su chaqueta no lo podía proteger de todo, especialmente en sus pies. En otras circunstancias no hubiera salido en ese estado, pero la urgencia se lo exigió. Además, no quería que Ann lo detuviera de alguna forma, y no tenía forma de convencerla y hacerla ver las cosas a su forma.

    Quizás todo eso no era más que una locura provocada por todo el estrés por el que estaba pasando. Quizás para mañana viera todo mucho más claro, y se reiría de lo idiota que se había comportado. Pero, al menos de momento, no era así.

    —¡Damien!, ¡Mark! —Gritó con fuerza, sin recibir respuesta más allá del pequeño y lejano aullar del viento— ¡Mark!, ¡¿dónde estás, hijo?!

    Siguió avanzando lentamente por la senda, hasta que estuvo totalmente rodeado por árboles casi por completo desprovistos de todas sus hojas. Sus pies le dolían, pero por algún motivo cada vez menos. Lanzó los mismos gritos al aire un par de veces más sin recibir ningún tipo de contestación a cambio, como si realmente fuera el único ser humano (o incluso ser vivo) en todo ese paraje. Y mientras más tiempo pasaba, más la angustia y preocupación por su hijo lo inundaban.

    Mark siempre fue un gran amigo de Damien, incluso desde esa primera vez que se vieron en la boda de Ann y él, aunque de seguro ninguno de los dos recordaba aquello. Cuando Damien llegó a vivir a su casa, Mark hizo todo lo posible para hacerlo sentir bienvenido, compartiéndole sus juguetes, su habitación, y tratándolo más que un amigo como un verdadero hermano. Damien siempre fue muy callado y hasta de mal temperamento, pero con Mark siempre fue diferente.

    Dios obraba de formas misteriosas, pues en medio de la tragedia que había vivido por lo ocurrido con su hermano, una pequeña bendición les había llegado. Richard estaba tan satisfecho de ver cómo ambos se llevaban, que la idea de que su hijo pudiera necesitar un hermano se le esfumó por completo de la cabeza. Ya eran una familia, más que nunca. En ese mismo momento Richard fue feliz.

    Pero ahora ahí estaba, arrastrándose por la nieve, temeroso y asustado, y sobre todo confundido. ¿Así era como Robert se había sentido? ¿Había sido ese el estado ánimo anterior al momento en qué decidido llevar a Damien a aquella iglesia y apuñalarlo con aquellos cuchillos? ¿Estaba él pasando exactamente por lo mismo?

    —¡¡MARK!! —Escuchó de pronto un chillido agudo y fuerte que retumbó entre los árboles, haciéndolo detenerse—. ¡¡AAAAAAAAAAH!!

    La sangre se le congeló al oír tal grito, y sintió como su respiración se cortaba al grado de casi asfixiarlo.

    —Mark… No… No… —Se decía a sí misma, negándose a darle una forma definida a alguno de los muchos pensamientos que le cruzaron por la cabeza en ese momento.

    Se olvidó por completo del frío o del dolor. Comenzó a correr con todas las fuerzas que tenía en el cuerpo, incluso deshaciéndose de sus pantuflas y corriendo descalzo si eso era lo que se ocupaba. Le pareció haber recorrido cientos de kilómetros, pero sólo tuvo que avanzar unos cuantos metros antes de divisar el abrigo azul oscuro de uno de los chicos a la distancia. Ambos estaban al pie de una alta colina desde la cual se podía ver el amplio lago. Richard corrió aún más rápido, esquivando todos los troncos usando toda la condición y agilidad que le quedaban encima de sus años como corredor de americano.

    Realmente deseaba equivocarse, y que todos se rieran juntos frente a la chimenea de lo estúpido que había sido, mientras tomaban chocolate caliente. Incluso ya podía saborearlo. Pero cuando estuvo lo suficientemente cerca, se sintió horrorizado ante lo que vio, y toda la imagen feliz que podría haber sido capaz de dibujar en su imaginación, fue abruptamente destruida. Damien estaba de rodillas en el suelo, y frente a él Mark, su Mark, yacía boca abajo, como su mejilla derecha aplanada contra la nieve. Sus ojos se encontraban bien abiertos, pero sin ningún tipo de brillo en ellos. Y del ojo izquierdo, al igual que su nariz, brotaba un hilo de rojizo que le manchaba su cara.

    —¡Mark!, ¡no! —Gritó Richard desgarradoramente.

    Rápidamente se acercó, tomó a Damien de los hombros, y sin pensarlo ni un poco lo empujó hacia un lado, lanzándolo contra el suelo. El chico cayó con su barbilla contra la tierra, aturdido y confundido. Su rostro estaba cubierto de lágrimas, pero Richard ni siquiera lo miró. En ese momento aquel chico no le importaba en lo más mínimo.

    Tomó a Mark y le dio la vuelta, y se sintió asqueado al sentir su cuerpo tan pesado e inmóvil, como un inerte saco de cemento. Al voltearlo, su cabeza se ladeó sin oposición alguna hacia otro lado, como si su cuello fuera sólo goma sin la menor fuerza.

    —¡Mak!, ¡mi hijo!, ¡mi hijo! —Lo abrazó fuertemente, pegándolo contra él. La cabeza y brazos del chico colgaron como enredaderas y los ojos desorbitados se fijaron en el cielo, sin mirar nada en realidad.

    Richard comenzó a llorar, con bastante fuerza sobre el pecho de su hijo.

    —¡¿Qué pasó?! —Exclamó furioso volteando a ver a Damien sin soltar el cuerpo de su hijo—. ¡¿Qué le hiciste?!

    Damien se sobresaltó, quizás incluso asustado, al oír cómo le gritaba de esa forma.

    —Nada… —Dijo apresuradamente, aunque indeciso—. Estábamos hablando… y comenzó a…

    —¡Damien! —Escucharon pronunciar la voz de Ann, que se aproximaba apresurada por la misma dirección en la que había llegado Richard. Se detuvo un momento en su sitio, mirando la escena delante de ella e intentando entenderla—. Mark… Oh, Dios mío…

    La mujer posó sus ojos en Damien, que de inmediato se puso de pie.

    —¡Yo no lo hice…! —Exclamó rápidamente, defendiéndose—. ¡Sólo se cayó…! ¡Yo no lo hice! Mark, Mark por favor…

    Se aproximó con paso lento hacia Richard y Mark, pero a medio camino Richard lo miró de nuevo con incluso más fiereza que antes.

    —¡Aléjate de él! —Le gritó agitando una mano en el aire para mantenerlo lejos. Damien retrocedió asustado, cayendo de sentón al suelo de nuevo—. ¡No lo toques!, ¡no te atrevas a ponerle una mano encima de nuevo!

    Damien enmudeció, respirando agitadamente y comenzando a llorar una vez más. Ann estaba azorada, y su cabeza le daba vueltas. De nuevo, se tenía que forzar a actuar con calma, aunque esa situación resultara prácticamente imposible.

    —Ve a la casa, Damien —le indicó Ann con premura, al tiempo que sacaba su teléfono celular—. Por favor, todo estará bien.

    Damien la miró en silencio unos momentos como si no comprendiera en qué lenguaje le estaba hablando. Al final, sin embargo, el chico se levantó de apresuradamente, y se alejó corriendo en dirección a la casa sin mirar atrás ni una vez.

    Ann quería ir tras él, hacerle compañía y reconfortarlo en ese momento que se veía le estaba afectando demasiado más de la cuenta. Pero lamentablemente tenía otro deber en ese momento. Así que en lugar de irse con Damien, se aproximó a Richard, que lloraba descorazonado aferrado a su hijo.

    —Llamaré a una ambulancia —le indicó con firmeza, comenzando a marcar el 911—. Tranquilo, todo estará bien.

    Le decía eso, pero por supuesto que no lo creía. Con sólo ver el rostro y la mirada inmóvil de Mark, lo supo de inmediato. Y nunca la mirada de la muerte le había resultado tan difícil de sostener.

    FIN DEL CAPÍTULO 67

    Notas del Autor:

    Charles Warren es un personaje originario de la película de 1978 titulada Damien: Omen II, perteneciente a la franquicia de The Omen o La Profecía, basándose casi por completo en la interpretación del personajes hecho en dicha película.

    —Se menciona casualmente en este capítulo las películas de Rise of the Guardians y How to Train Your Dragon, ambas películas de Dreamworks estrenadas en el 2010 y 2012 respectivamente.

    —Gran parte de este capítulo se encuentran basado en acontecimientos ocurridos en la película Damien: Omen II, pero adaptados y modificados para la línea de la historia. Por ejemplo, las muertes de David Pasarian y Bill Atherton descritas en este capítulo, fueron cambiadas de orden y sus circunstancias.
     
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    Resplandor entre Tinieblas
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    Resplandor entre Tinieblas

    Por
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    Capítulo 68.
    Yo siempre le he pertenecido

    Se terminaron las vacaciones antes de que realmente comenzaran. Para cuando llegó la ambulancia, ya no había nada que se pudiera hacer por Mark, más que transportarlo a Kenosha y llamar a las autoridades. Todo el viernes 21, los Thorns la pasaron siendo interrogados, al tiempo que ellos mismos intentaban obtener algún tipo de respuesta sobre qué había ocurrido exactamente con su hijo.

    La autopsia concluyó que la causa de la muerte fue una grave hemorragia cerebral, causada por una malformación arteriovenosa en el cerebro. En términos simples, una maraña anormal de vasos, venas y arterias en el cerebro, que simplemente había estallado e inundado su cerebro de sangre. Así de simple. No había un crimen que perseguir, ni siquiera un accidente; sólo una anomalía fisiológica no identificada ni tratada. Y con ello el caso parecía cerrado. Al menos para el resto del mundo, pues no para los Thorns.

    Ni Ann, ni Richard, ni Damien lo decían abiertamente, salvo un escueto comentario escéptico por parte de Richard hacia el médico que les había compartido el parte. Pero Ann sabía muy bien que ninguno de los tres estaba convencido de dicha explicación, y todos a menor o mayor medida tenían su propia idea sobre lo que había ocurrido en realidad. Y la idea que tenía Ann le causaba igual fascinación como miedo.

    Damien lo había hecho. No sabía cómo, pero había sido así. Siempre le dijeron que conforme creciera sería capaz de hacer cosas extraordinarias. Milagros que parecerían magia, pero que serían en realidad poderes concebidos por fuerzas mayores y externas a ese mundo. Ann ya había visto algo de eso, incluso desde que Damien era pequeño. Él sabía cosas sobre las personas con sólo verlas, y podía a veces influir en ellas sin quererlo. Pero esto que le había ocurrido a Mark era algo mucho más allá. ¿Cómo podría haber provocado que los vasos de su cerebro estallaran con tan sólo quererlo? ¿O acaso no lo había querido?

    ¿Qué había pasado realmente en ese bosque? Ann deseaba saberlo, pero el único que podía decírselo con seguridad era el propio Damien. Y no podía cuestionarle directamente, pues eso significaría revelar su verdadera identidad ante él, y por consiguiente la suya propia. Ambas cosas eran algo no previsto aún en el plan, hasta dónde ella sabía. Pero, ¿existía acaso aún un plan luego de esa desgracia?, ¿o incluso después de esa carta intrusa que tanto había alterado la mente de Richard?

    Ann intentó manejar las cosas con la mayor calma y normalidad posible, pero corría prácticamente a ciegas. Y le dolía sobre todo ver a Damien tan afectado. Él que siempre estaba tan sonriente y animado, que parecía siempre tener una respuesta astuta preparada para cualquier cuestionamiento, en esos momentos permanecía callado, frío, totalmente encerrado en su propia cabeza. Siempre creyó que nada lo alteraría o molestaría, pero al parecer la muerte de Mark lo había logrado de forma genuina. En verdad lo quería, y su muerte, y sobre todo haber sido el culpable de ésta, lo tenía destrozado. Y Ann se sentía frustrada por no poder apoyarlo y reconfortarlo como necesitaba. Sólo podía estar ahí, sólo como una tía, ignorante de la verdad.

    No les entregaron el cuerpo hasta el domingo 23 en la mañana. Lo transportaron a Chicago en una carroza para realizar ese mismo día el velorio. La funeraria se llenó de personas, casi la misma cantidad que años antes habían acudido a las nupcias de Richard y Ann. El cuerpo de Mark reposaba en el frente de la capilla, en un fieltro abierto pero con un cristal que cubría su rostro y torso. Sus ojos reposaban cerrados, y su cara ya no tenía esa expresión de miedo y dolor con la cual Richard lo había encontrado. Un niño de apenas trece años, con tantas cosas que le quedaban por vivir. Eso era algo que no debía pasar; un padre no debería enterrar a su hijo, y mucho menos así.

    Richard había estado en demasiados funerales los últimos años (sus padres, Rebecca, Robert y Katie), e incluso en las últimas semanas (Marion, Bill, Pasarian). Pero ninguno como ese… ninguno tan doloroso y desgarrador. Cuando la gente se le acercaba a darle el pésame, su actitud era irritable e indiferente. Apenas y respondía un par de palabras o los miraba. Muchos nunca lo habían visto en un estado similar antes, pues casi siempre se mostraba tranquilo y centrado incluso en las peores situaciones. La mayoría intentó no tomarlo a mal, dada la situación. Pero Ann presintió que algo se escondía detrás de su actitud.

    El domingo, un poco antes del mediodía, los tres Thorns se encontraban sentados en la banca más próxima al fieltro. Los tres vestían de negro, Richad y Damien de traje y corbata, y Ann con un vestido negro muy discreto. No hablaban entre sí o hacían otra cosa que estar ahí sentados y recibir a quienes los iban a saludar. Ninguno tampoco lloraba, aunque Ann se había forzado a hacerlo anteriormente. No sentía como tal tristeza por Mark, sino más bien algo de pena. En efecto sabía que tendría que morir tarde o temprano, pero no esperaba que fuera tan temprano, y sin haber conocido a unas lindas chicas como le había prometido.

    Paul Buher, el nuevo Gerente General de Thorn Industries en remplazo de Bill Atherton, apareció en aquel momento en la capilla y se aproximó discretamente hacia los Thorns. Paul era un hombre alto y en forma, de cabello rubio rizado y piel bronceada. Venía de negro como todos los demás, aunque usaba una corbata de un azul muy hermoso.

    —Richard —pronunció Paul al estar justo delante de él—. Cuanto lo siento, enserio. Esto es horrible…

    Paul estrechó la mano de Richard, pero similar a cómo había ocurrido con los otros, éste apenas y lo miró, y sólo respondió a sus lamentos con un pequeño asentimiento. Paul mantuvo la serenidad y lo dejó pasar. Avanzó un poco para colocarse ahora delante de Ann.

    —Ann, lo siento tanto —pronunció despacio y se inclinó hacia ella para abrazarla.

    —Gracias, Paul —pronunció la mujer despacio, correspondiéndole el abrazo.

    El rostro de Paul se apoyó sobre su hombro izquierdo, del lado contrario al que se encontraba Richard, y entonces lo escuchó susurrar muy despacio cerca de su oído:

    —Lyons está afuera y quiere hablar contigo ahora mismo. Anda, te cubriré con Richard.

    Ann no reaccionó de forma alguna a sus palabras, pero había comprendido de inmediato la instrucción. Ella ya sabía dese hace tiempo que Paul era uno de ellos suyos; un Apóstol recién nombrado, de hecho, con una de las Diez Coronas de la Bestia. El hecho de que la muerte de Bill hubiera concluido en su ascenso como Gerente General, era el mayor motivo que tenía Ann para creer que aquello había sido de alguna forma obra de la Hermandad.

    Paul dejó de abrazarla, la tomó unos momentos de las manos, y entones se movió hacia Damien.

    —Damien, cuánto lo siento —Pronunció el gerente con solemnidad, estrechando su mano. Similar a Richard, el chico le correspondió su apretón, pero apenas y lo miró.

    Ann aprovechó ese momento para salir como le habían indicado.

    —Enseguida vuelvo —le murmuró a su esposo mientras se ponía de pie. Richard no respondió nada; ni siquiera dio alguna señal de haberla oído.

    Caminó entonces hacia la entrada de la capilla, teniendo que saludar y estrechar algunas manos en su camino. Una vez fuera, caminó por enfrente de otras capillas, dos más ocupadas con sus respectivos velorios. Se aproximó a una puerta de cristal que llevaba a un tranquilo jardín exterior dónde la gente solía tomarse un momento para despejarse, y quizás fumar un cigarrillo. Haciendo esto último fue como encontró a Lyons, de pie a unos metros de la puerta, y cerca de un cenicero sobre un bote de basura. En todos los años que llevaba de conocerlo, era la primera vez que lo veía fumando. En aquel momento ya era bastante más similar al Lyons con el que se reuniría en San Patricio años después. Su cabello y barba ya era casi por completo blancos. Aun así, aquella aura de superioridad que siempre lo acompañaba no se había reducido ni un poco.

    Ann se le aproximó con cautela. De cierta forma sentía un poco de alivio de verlo ahí, pues toda esa situación estaba a punto de superarla. Un poco de indicación sobre lo que debía hacer sería bien recibido. Lo que sí le molestaba era que, conociéndolo, vería la forma de culparla y reprocharle lo ocurrido. Y lo que menos deseaba en esos momentos era recibir regaños por cosas que estaban mucho más allá de su control.

    Cuando Lyons se percató de su presencia y la miró (de una forma bastante intensa y hasta casi agresiva), apagó lo que le quedaba de su cigarrillo en el cenicero y ahí lo dejó con el resto de las colillas usadas.

    —Esto es un verdadero desastre —pronunció con seriedad sin siquiera saludarla primero. Comenzó entonces a caminar por el camino de piedra del pequeño jardín, y Ann lo siguió un par de pasos detrás—. La muerte de Mark no estaba prevista en el plan. No en estos momentos, y menos bajo estas circunstancias tan sospechosas. Lo de Marion fue manejable y necesario debido a su amenaza inminente. Pero esto será más complicado de mitigar, y llamará demasiado la atención.

    —¿Eso es lo que te preocupa?, ¿la atención? —Soltó Ann, al parecer algo molesta—. Mark era prácticamente un hermano para Damien, su único amigo real. ¿No te das cuenta de lo mucho que esto le está afectando?

    —No estoy aquí para preocuparme por los sentimientos del chico —respondió Lyons, flemático—. Para eso estás tú, ¿o no? Lo importante en ese terreno es saber qué pasó realmente. ¿En verdad Damien lo hizo?

    Ann bajó su mirada, dudosa.

    —Eso creo… Pero, ¿cómo es posible? ¿Fueron sus poderes? ¿Han despertado al fin?

    —Baylock ya había informado algo al respecto hace unos años. Mientras lo cuida, indicó haber presenciado señales claras de habilidades inusuales, pero nada a este nivel. —Ann igualmente lo había visto—. Puede que a partir de aquí se vayan presentando más y más sin freno.

    —¿Qué más será capaz de hacer? —Cuestionó Ann con genuina curiosidad, casi sin proponérselo.

    —Eso nadie lo sabe. Pero creo que lo que le hizo a Mark es sólo el comienzo.

    La fascinación y terror de Ann se volvieron aún mayores ante esa enigmática respuesta. ¿Podría hacer cosas como curar a los heridos y revivir a los muertos como lo hizo el Nazareno en los relatos bíblicos? ¿O todo lo que podía hacer iba ligado más a la destrucción y la muerte? Se preguntaba además si acaso esos actos tan perturbadores a simple vista, podrían ser llamados “milagros”.

    —Hay algo más de lo que tenemos que ocuparnos —indicó Ann, procurando dejar de momento el otro tema de lado—. La noche anterior a que esto ocurriera, Charles Warren, el curador del museo, se presentó en la cabaña y habló a solas con Richard. Al parecer le dio una carta que iba dirigida a él, donde le contaban todo.

    Lyons se viró a mirarla, desorientado.

    —¿A qué te refieres con todo?

    —Me refiero a todo —señaló Ann tajantemente—. En ella decía quién es Damien en realidad, que no es hijo de Robert, que estuvo detrás de la muerte de Katie, y que Robert intentó asesinarlo aquella noche porque estaba convencido de que era el Anticristo.

    Lyons se detuvo en seco plantando sus dos pies en la tierra. Sus ojos grandes y pelones, y su rostro de tono un tanto más pálido que de costumbre. Ann se cuestionó si acaso hubiera sido mejor dar aquella información de una forma más cuidadosa. Luego de unos segundos, el color volvió a las mejillas de John, pero no con ella su calma. Miró al rededor para asegurarse de no tener ningún oído curioso cercano. Había dos personas más por el jardín, ambos fumando cerca de la puerta, lo suficientemente lejos para darles privacidad. Reanudó de nuevo su marcha sin advertencia.

    —¿Quién demonios escribió esa carta?, ¿de dónde salió? —Cuestionó evidentemente molesto.

    —No lo sé con seguridad —respondió Ann, siguiéndolo—. Al parecer fue escrita hace siete años, por un tal Bugenhagen.

    —¿Carl Bugenhagen? —Inquirió Lyons, curioso—. ¿El arqueólogo?

    —Es creo. ¿Lo conoces?

    Lyons se viró hacia el lado contrario, soltando una aparente maldición silenciosa.

    —Ese maldito viejo entrometido fue quien le entregó las Dagas de Megido a Thorn en Israel. Tiene sentido que la carta haya sido escrita hace siete años, pues supe que al fin había muerto en un accidente en una excavación. Pero, ¿cómo fue que llegó a manos de este tal Warren?

    —Eso aún no lo sé —respondió Ann un tanto distante, pues casi la mayoría de su atención se había quedado en el inicio de su repentina y apresurada explicación—. ¿Qué son las Dagas de Megido?

    Ann recordaba que en la carta que había leído se mencionaba en efecto algo sobre unas dagas, que esa persona le había dado a Robert para usarlas con Damien. Recordó también que según lo que le habían contado, Robert había intentado apuñalar a Damien en una iglesia cuando los policías entraron y lo abatieron a tiros antes de pudiera hacerlo. Había relacionado una cosa con la otra sin mucha dificultad. Pero la forma en la que Lyons las había mencionado directamente y de esa forma, le hizo pensar que había una parte dicha historia que se estaba perdiendo. Y ese pensamiento casi se confirmó al notar como él la volteaba a ver un tanto alterado, como si se hubiera dado cuenta de que había dicho algo que no debía.

    Lyons vaciló un poco, pera al final pareció calmarse. Respiró lentamente, y buscó con su mirada una banca cercana en la pudieran sentarse y empezó a caminar hacia ella.

    —Al parecer tu papel como protectora de Damien va a tener que tomar un peso mayor, así que será mejor que lo sepas de una vez.

    El viejo asesor se sentó en un extremo de la banca, dejándole bastante espacio para que ella pudiera sentarse a su lado. Ann se sintió un tanto intimidada por ese cambio tan repentino. Además de nunca haberlo visto fumando en todo ese tiempo que llevaba de conocerlo, tampoco le había tocado que la invitara a sentarse a su lado. Lo que fuera que iba a decirle, al parecer era bastante importante.

    Ann caminó hacia la banca y se sentó a su lado, dejando una distancia razonable entre ambos. Lyons comenzó a hablar de nuevo prácticamente de inmediato.

    —Como ya has de haberte dado cuenta, no hay nada que pueda dañar al Salvador. Nunca se enferma, y no hay arma alguna en este mundo que pueda lastimarlo… —Lyons hizo una pequeña pausa, quizás intentando acomodar sus ideas—. Excepto estas siete dagas… Su procedencia no está clara. Dicen que alguien las forjó hace mil años en la ciudad de Megido, guiado por un ángel que las bañó con su propia sangre, y no sé qué más estupideces. Lo importante es que, supuestamente, son las únicas armas capaces de hacerle un daño físico real al Anticristo, o incluso matarlo. Y se usan las siete de la forma correcta sobre suelo sagrado, podría matar su espíritu y evitar que rencarne.

    —¿Suelo sagrado? —Repitió Ann sorprendida—. ¿Eso es lo que Robert intentaba hacer aquella noche en la iglesia? ¿Él tenía esas mismas dagas?

    Lyons asintió.

    —Bugenhagen se las dio y le explicó cómo usarlas. Luego él volvió a Londres, mató a Baylock, y se llevó a Damien a esa iglesia para usarlas. Y quizás lo hubiera logrado, si no fuera porque la policía lo mató antes.

    Ann enmudeció. En efecto, en esos siete años se había percatado de la increíble salud de Damien. Incluso cuando Mark y todos sus amigos contrajeron la varicela, Damien no tuvo ni un sólo síntoma. Además de que nunca se raspaba o cortaba como otros niños. Supuso efectivamente que aquello no era normal, y que tendría algo que ver con su naturaleza prácticamente “sobrenatural.” Aun así, no tenía conocimiento de que era realmente inmune a cualquier daño físico, o que existían siete dagas hechas específicamente para lastimarlo. Otro más de los tantos secretos que los Apóstoles de la Hermandad decidían guardarse para ellos mismos.

    —Si lo que dices es cierto, esas dagas representan un gran peligro —concluyó Ann una vez que logró digerirlo—. ¿En dónde están ahora?

    —Ojala lo supiera —respondió Lyons, encogiéndose de hombros—. Hasta dónde sé, quedaron en manos de la policía de Londres luego de lo ocurrido con Robert. Con Baylock muerta, tardamos en enterarnos de todo y de reaccionar. Nuestra prioridad, obviamente, fue poner seguro al Salvador. Cuando al fin supimos de las dagas y conocimos su ubicación, movimos nuestras influencias y contactos para sustraerlas. Sin embargo, ya era demasiado tarde. Alguien se las había llevado antes que nosotros.

    —¿Alguien? —Susurró Ann despacio, y luego añadió—: ¿El Vaticano?

    —No lo descartaría en lo absoluto. Sin embargo, si ellos hubieran tenido pleno conocimiento de la procedencia de esas dagas, y que fueron usadas en un intento de homicidio contra un chiquillo, su atención se hubiera centrado en Damien desde hace mucho tiempo. Cosa que, al menos de momento, no ha pasado. Pero en efecto, son un peligro, ya sea que estén en las manos del Vaticano o de cualquier otro.

    A Ann le pareció que hablaba de todo aquello con demasiada ligereza. Mientras esas armas estuvieran desaparecidas, la amenaza latente contra Damien sería constante. ¿Qué descartaba que cualquier individuo en la calle pudiera tener alguna de ellas en sus manos en este momento, acercársele por detrás y apuñalarlo por la espalda? Buscar y resguardar esas cosas debería ser prioridad, o al menos confirmar si el Vaticano en efecto las tenía o no.

    Pero Lyons al parecer no pensaba lo mismo de momento. Su mente estaba más ocupada con la crisis actual y real, que con la hipotética.

    —Pero olvídate de eso por ahora —le indicó con seriedad, mirándola severamente—. ¿Cuál fue la reacción de Richard al leer esa carta? ¿Lo creyó?

    —Al principio no estaba seguro —respondió Ann—. Pero luego de lo ocurrido con Mark, se ha estado portando muy raro. Y las cosas que le dijo a Damien ese día…

    “¡¿Qué pasó?! ¡¿Qué le hiciste?!”

    “¡Aléjate de él! ¡No lo toques!, ¡no te atrevas a ponerle una mano encima de nuevo!”

    Aquellos gritos retumbaron en la cabeza de Ann con total claridad. Pero más que las palabras, era el sentimiento cargado de odio y rencor que las acompañaba, como si fuera a lanzársele encima a golpearlo en cualquier momento. Y desde entonces no le había dirigido la palabra a Damien, o siquiera volteado a verlo. Todo aquello eran muy malas señales.

    —Creo que una parte de él lo está creyendo —pronunció Ann como conclusión final.

    Lyons suspiró pesadamente, notándosele un gran agobio en su rostro. Con una mano recorrió de nuevo su boca y su barba blanca.

    —Qué pesadilla —musitó con molestia, y golpeó con su mano el respaldo de madera la banca—. Deshacernos de Richard tampoco estaba previsto para hacerse en estos momentos. Es una figura pública muy notoria, y Damien aún necesitaba que fungiera como su tutor unos años más. Pero el que más me preocupa es el muchacho. Sus poderes ya han despertado, y querrá respuestas. Las cosas tendrán que acelerarse un poco más de lo que teníamos previsto.

    —¿Quieres decir que le diremos la verdad? —Aquello causó aprehensión en Ann. No estaba segura si Damien estaba listo, especialmente luego de lo que había ocurrido con Mark.

    —Creo que ya lo sospecha —le indicó Lyons, un tanto más tranquilo que ella—. Me llegó el rumor de que nuestro hombre en la Academia soltó de más la lengua hace poco. Esperemos que lo tome de buena manera cuando le expliquemos todo lo demás. Pero primero tenemos que solucionar todo este desastre.

    Ann asintió, despacio.

    —Entonces, ¿qué pasará con Richard y Charles?

    —Del tal Warren nos ocuparemos, no te preocupes. Sobre Richard…

    El hombre de barba calló por un buen rato, pues aquella no era una decisión sencilla. Como él mismo había dicho, Richard era una figura pública importante y aún era necesario para el plan. Pero bajo esas circunstancias, Ann pensaba que era un peligro potencial para Damien, y Lyons de seguro también lo veía de esa forma.

    —Hablaré con Adrian hoy mismo para tomar una decisión —dijo cuando al fin volvió a hablar—. Tú mientras tanto vigílalo y cuida todo lo que haga. Es hora de que demuestres a todos que no me equivoqué al darte a ti este papel. ¿Está claro?

    Ann no le respondió, pues tal comentario le pareció bastante fuera del lugar, y un regaño disfrazado como bien lo esperaba. Estaba harta de que usará lo ocurrido en Florencia como carta para decir que le debía la vida. La veracidad de tal pensamiento estaba abierto a debate, pues ella sabía muy bien que no hubiera movido ni un dedo por ella por decisión propia. Pero como fuera, ahí estaba en esos momentos dependiendo de él, le gustara o no.

    Lyons se paró primero, se acomodó su saco y se dirigió sin decir nada a la puerta, posiblemente para presentarse ante Richard y dale su pésame ahora que tenía toda la información a la mano. Ann esperó un poco más para hacer tiempo. Pero, concluida esa complicada conversación, sólo quedaba volver con su esposo y su sobrino, y seguir con el ritual del velorio hasta donde se necesitara.

    — — — —​

    El funeral ocurrió el lunes 24 en la tarde, la Víspera de Navidad. Ese día deberían haberlo pasado en familia en la cabaña, preparando entre todos la cena de Navidad, jugando algún juego, viendo alguna otra película, o recibiendo la visita de algunos amigos. Incluso quizás podrían patinar en el lago, si amanecía lo suficientemente congelado. Pero en lugar de eso, estaban en el cementerio de Chicago enterrando a Mark.

    El cementerio estuvo mucho menos concurrido que la funeraria, posiblemente por la fecha tan complicada que inspiró a varios para acudir al velorio el día anterior y así desocuparse, si era acaso correcto llamarlo de esa forma, para ese día. De todas formas, los amigos más cercanos estuvieron presentes, entre ellos por supuesto Lyons y Buher. Charles Warren no se apareció por ningún lado, y de hecho tampoco había ido al velorio. Ann se preguntó si acaso Lyons ya se había encargado de él, o quizás tras su plática fallida con Richard había decidido alejarse.

    Ann, Richard y Damien se encontraban de pie más próximos al ataúd, colocado ya en el agujero y listo para descender en cuanto fuera el momento. Una foto de Mark en su uniforme de la Academia se había colocado a la cabeza del ataúd; Richard y Damien parecían conscientemente evitar mirar dicha foto. El padre Stewart de la Iglesia de San Clemente, que Ann y Richard solían apoyar con frecuencia aunque no fueran muy adeptos a ir todos los domingos, pronunció unas hermosas palabras y oraciones para los presentes. Similar a cuando conoció a Gema en Santa Engracia, Ann se preguntó qué pensaría el buen padre Stewart si supiera que quizás la mitad de la gente con la que rezaba en esos momentos eran Satanistas, e incluso el Anticristo en persona.

    —Todo lo que el Padre me dio, vendrá a mí. Y al que viene a mí, de ninguna manera lo echaré fuera. Él que levantó a Jesús de entre los muertos, también dará vida a nuestros cuerpos mortales por medio de su espíritu que habita en nosotros. Con certeza y esperanza en la Resurrección a la vida eterna a través de nuestro Señor Jesucristo, encomendamos al Dios Todopoderoso nuestro hermano Mark, y lo entregamos a la tierra. Tierra a la tierra, cenizas a las cenizas, polvo al polvo. Recemos todos juntos. Dios misericordioso, Padre de Nuestro Señor Jesucristo, quien es la resurrección y la vida...

    Todo fue corto y rápido. Una vez que el ataúd estuvo en el hoyo y los sepultureros comenzaron a cubrirlo de tierra, era tiempo para que los asistentes se retiraran.

    Era costumbre que las personas acompañaran a los dolientes un tiempo más en sus casas, para que no estuvieran solos en esos momentos tan complicados. Eso, y además comer y beber un poco, como si de una fiesta se tratase. Era claro que Richard no tenía el menor interés en ello, pero igual Ann se había encargado de preparar todo, al menos para mantener las apariencias. Así que había un pequeño banquete acorde a la ocasión esperándolos en la Mansión Thorn, recientemente reinaugurada de forma forzada. Serviría a la par de banquete de funeral y cena improvisada de Noche Buena.

    La gente se dirigió uno a uno a sus vehículos, y los Thorns hicieron de lo mismo. Ann y Damien avanzaron tomados de la mano hacia su auto en dónde su chofer los aguardaba, con Richard andando unos pasos detrás como si no fuera con ellos. Cuando estaban a punto de subirse, sin embargo, Richard pareció reaccionar y los detuvo.

    —Murray, lleva a Damien a la casa, por favor —le indicó al conductor, mientras tomaba a una sorprendida Ann del brazo—. Nosotros nos iremos aparte.

    Murray lo miró sin entender, y de manera muy similar lo hicieron Damien y Ann.

    —¿A dónde van? —cuestionó Damien con seriedad y desconfianza.

    Richard no le respondió, y de hecho se giró hacia otro lado sin mirarlo. El primer pensamiento que se le vino a Ann fue que no quería estar en el mismo auto que Damien, o que quizás todo eso ya lo tenía muy cansado y no quería ir a la mansión y tener que atender a toda esa gente. Como fuera, le habían dado la instrucción de vigilarlo, así que era mejor no dejarlo solo.

    Ann se soltó delicadamente de su agarre y se dirigió cuidadosamente hacia Damien, agachándose delante de él.

    —Descuida —le susurró despacio para que sólo él la escuchara—, tu tío sólo está algo alterado. Todo esto ha sido demasiado para él. Tú adelántate y te alcanzaremos en la mansión dentro de poco, ¿de acuerdo?

    Damien la miró inexpresivo, y sólo asintió lentamente. Ann se le acercó, rodeándolo delicadamente con sus brazos.

    —Te quiero —le susurró despacio en su oído.

    —Y yo a ti…

    Richard y Ann se quedaron en su sitio hasta que Damien se subió al vehículo y éste se enfiló hacia la salida. En cuanto esto ocurrió, Richard comenzó a andar sin aviso. Ambos caminaron juntos, pero no hacia la puerta principal del cementerio sino a una secundaria lateral. Ann le preguntó un par de veces porqué hacían eso, pero Richard siguió sin responder. Su intención al parecer era tomar un taxi. Y una vez de pie en la acera, no tuvieron que esperar mucho a que uno amarillo pasara y los subiera.

    —Al Museo Thorn, por favor —indicó Richard de inmediato en cuanto se subieron en la parte trasera del vehículo. El chofer asintió y se incorporó de nuevo a la calle.

    —¿Al Museo? —Musitó Ann, confundida—. Todos nos están esperando en la casa, ¿por qué quieres ir allá justo ahora? —Él de nuevo permaneció callado—. ¿Richard? Respóndeme, por favor…

    —Aquí no —soltó el hombre toscamente—. Hablemos cuando estemos allá…

    Ann vaciló, pero al final asintió lentamente y guardó silencio. Comenzó a sentirse verdaderamente preocupada luego de eso. Le parecía que aquello era más que sólo no querer estar con Damien o con las demás personas. ¿Por qué quería ir al museo? ¿Acaso quería hablar con Charles? Si es que acaso él estaba allá realmente. Y además había querido que fuera con él. Quizás quería que Charles le contara lo mismo que le había dicho a él aquella noche, y quizás lograr convencerla también de que todo era cierto. Si era así, entonces de cierta forma era un golpe de suerte que haya decidido llevarla, pero al mismo tiempo la ponía en una situación complicada. Lyons no le había comunicado qué decisión habían tomado con respecto a Richard; quizás esperaba decírselo cuando estuvieran en casa. ¿Qué haría si la situación se ponía difícil? ¿Tendría ella que tomar la decisión por su cuenta así como lo hizo con Marion?, ¿así como estaba dispuesta a hacerlo aquel día cuando salió al frío bosque detrás de él?

    El taxi los dejó justo en el frente del edificio. El Museo estaba cerrado al público el 24 y 25 por las fiestas, pero había dos guardias que les permitieron el acceso en cuanto reconocieron a Richard.

    —Señor Thorn, bienvenido —le comentó uno de los guardias, un señor mayor de bigote y cabello canoso. El hombre se quitó su boina, pegándola contra su pecho de forma respetuosa—. Lamento lo de su hijo, señor… Es una tragedia…

    —Gracias, Jimmy —pronunció Richard apresuradamente, cortando lo que fuera a decir después—. Estoy buscando a Charles. ¿Está en su oficina?

    —El Dr. Warren no ha venido en unos días, señor —respondió otro de los guardias, un hombre moreno de estatura baja.

    Richard pareció preocuparse por esto y pensar unos momentos su próximo movimiento.

    —Entiendo. Hay algo que quería mostrarme. Pasaré a su oficina y veré si me lo dejo ahí, ¿está bien?

    —Por supuesto, señor. Pase usted.

    Richard agradeció el gesto con un ademán de su cabeza y comenzó entonces a caminar rápidamente por un pasillo lateral sólo para personal autorizado, en dónde se encontraban las oficinas administrativas. Luego comenzaron a bajar por unas escaleras hacia el sótano, en dónde se encontraba la oficina, talleres y bodegas de Charles.

    —Richard, ¿ahora sí vas a decirme qué está pasando? —Le cuestionó Ann aprensiva mientras bajaban.

    —Todos tenían razón —soltó Richard de pronto como un desvarío—. Robert, Marion, Charles. Me advirtieron y yo no quise escuchar.

    —¿De qué estás hablando?

    —¡De Damien! —Espetó exaltado, virándose hacia Ann que yacía unos escalones por encima de él—. Es un monstruo que a dónde va esparce sólo la muerte. Robert, Katie, Marion, Bill, ¡Mark! Dios me perdone, pero incluso hasta Rebecca podría… —fue incapaz de terminar esa última afirmación, pero fue bastante claro su punto.

    —Escucha —susurró Ann con suavidad, bajando con cuidado hasta estar a su altura—, estás muy alterado por todo lo que ha pasado, y eso es totalmente normal. Pero intenta pensar las cosas con claridad, por favor. —Lo tomó entonces de sus manos y lo miró fijamente a los ojos. La luz en las escaleras era escasa, pero aun así logró ver la rabia contenida en ellos—. Todo eso que dices es una locura, y lo sabes. Eres un hombre sensato, Richard. Tú no crees en supersticiones absurdas como esa…

    —No son supersticiones —declaró fervientemente, apartando sus manos de ella—. Todo está bastante claro ahora. Si hubiera hecho algo desde que Marion me lo dijo la primera vez, Mark estaría vivo y ella también. Pero no dejaré que siga lastimando a más personas. Terminaré lo que Robert empezó.

    Y dicho eso, bajó rápidamente lo que quedaba de escalones y avanzó apresurado por el pasillo hacia la oficina de Charles.

    —¿Qué quieres decir con eso? —Le gritó Ann con preocupación, pero él no le respondió. Se apresuró entonces a alcanzarlo.

    Al llegar a la puerta del Dr. Warren, Richard intentó abrirla pero al parecer estaba con llave. Introdujo entonces su mano en el bolsillo de su pantalón, sacando un manojo de llaves de repuesto, entre las que eligió una y la introdujo en la cerradura para abrirla. El hecho de que trajera eso consigo le indicó a Ann que tenía pensado ir ahí incluso desde antes de que salieran temprano de la casa.

    El interior de la oficina estaba algo desordenado, con libros, paquetes y algunas piezas de exhibición como estatuas, herramientas o pergaminos esparcidos entre su escritorio, su mesa de trabajo, y los libreros. Olía un poco a encerrado y a polvo, pero no más de lo que se esperaría de la oficina de un curador de museo. Pero no había rastro de Charles, o de que hubiera estado ahí en esos días. Sin embargo, igualmente Richard hizo el intento de llamarlo.

    —¡Charles!, ¿estás aquí? —pronunció con fuerza. La explicación de los guardias parece no haberlo satisfecho, o quizás esperaba que Charles se estuviera escondiendo ahí, algo que a Ann en un momento no le pareció tan descabellado. Sin embargo, como era de esperarse, no hubo respuesta alguna a dicho llamado.

    —Quizás está en la casa, dónde nosotros deberíamos estar también —señaló Ann—. Todos deben estarnos esperando allá…

    Richard sin embargo hizo oídos sordos de las palabras de Ann e ingresó rápidamente a la oficina, revisando de forma poco cuidadosa lo que había encima de la mesa de trabajo y el escritorio, esculcando los papeles e incluso abriendo algunos de los paquetes.

    —¿Qué estás buscando? —Le cuestionó Ann, ya algo fastidiada—. Ten cuidado, algunas de estas cosas se ven delicadas…

    —Charles dijo que estaban aquí —fue lo único que soltó Richard, aunque quizás no era precisamente una respuesta hacia ella.

    Luego de revisar todo lo que estaba sobre el escritorio y, evidentemente, no encontrar lo que buscaba, intentó abrir los cajones pero estos también estaban bajo llave. Volvió a sacar el manojo y luego de tratar con cinco diferentes, la sexta logró entrar y girar a la perfección en la cerradura del escritorio. Abrió rápidamente el cajón superior y lo esculcó sacando todo lo que contenía, sin éxito aparente.

    —Charles estará muy molesto cuando vea cómo estás dejando sus cosas —le regañó Ann con los brazos cruzados desde la puerta, desde donde había visto todo lo que hacía. A pesar de su advertencia, en realidad esperaba que Charles en ese momento estuviera muerto y pudriéndose en una zanja y nunca volviera a esa oficina.

    Una vez que terminó con el cajón superior, Richard siguió con el inferior, y casi inmediatamente después de haberlo abierto, se quedó quieto, contemplando el interior del cajón que Ann no podía ver desde su posición. Lentamente, introdujo sus manos en el cajón y extrajo algo que colocó sobre la superficie del escritorio, entre todos los papeles revueltos.

    Ann se aproximó cautelosa por detrás. Lo que Richard había sacado era una manta gris oscuro, sucia y vieja, que envolvía algo. Richard extendió la manta en lo largo del escritorio, revelando de esa forma lo que escondía.

    —Aquí están… —susurró despacio, no con alegría y victoria, sino con un neutral alivio.

    Ann se apuró a su lado para poder verlo también. Aunque a simple vista no era claro qué eran, parecían ser en efecto objetos antiguos, como cuchillos ceremoniales o algo parecido. Sus hojas eran de un acero oscuro, delgadas como pequeños floretes que terminaban en punta. Sus empuñaduras parecían ser del mismo metal que las hojas, pero un poco más claro, y tenían un relieve en ellas que resultaba extraño considerando el tipo de objetos que eran. Parecía ser una representación de Jesús en la Cruz, con sus brazos extendidos hacia el pomo y sus pies juntos en dirección a la hoja. Eran varias, siete de hecho, y todas eran en aparentemente idénticas entre sí.

    Siete cuchillos… siete dagas.

    —Las Dagas… —susurró despacio, incapaz de contener su asombro al comprender lo que veía.

    Ann nunca las había visto, y hasta el día anterior ni siquiera sabía de su existencia. Aun así, logró adivinar claramente lo que eran: las siete Dagas de Megido, de las que Lyons le había hablado. Las únicas armas en ese mundo capaces de matar al Anticristo, expuestas delante de ella como si fueran cualquier otra baratija de ese museo.

    La respiración de Ann se detuvo por unos instantes. ¿Cómo era eso posible?, ¿por qué Charles las tenía? ¿El tal Bugenhagen no sólo le había escrito esa carta a Richard, también le había enviado las malditas dagas? Si lo hizo, claramente había sido con la intención de que las usara contra Damien, así como se las había dado a Robert siete años atrás con el mismo fin. ¿Fue él quien las había sustraído de la policía de Londres antes que la Hermandad? Era lo más seguro, pero en esos momentos daba igual. Lo importante era que estaban ahí delante de ella justo ahora, y Richard al parecer sabía lo que eran. Y Ann esperaba que su reacción no hubiera dejado en descubierto que en efecto ella también.

    Richard, sin embargo, no pareció poner demasiada atención en ella. Su vista estaba fija en las dagas, como si fueran lo más fascinante y extraño que hubiera visto en su vida. Su diseño era de hecho muy rustico y poco estético. Aun así, tenían una presencia atrapante y atrayente, incluso seductora en ellas…

    El Thorn, quizás el único Thorn de sangre verdadero que quedaba con vida, acercó su mano lentamente con la intención de tomar una. Esto puso en alerta a Ann, que de inmediato reaccionó, empujándolo hacia un lado y colocándose delante de las dagas para cubrirlas con su cuerpo.

    —¡No!, Richard —exclamó Ann con fuerza—. ¿Qué es lo que estás pensado hacer con estas cosas? Por el amor de Dios, ¡Damien es tu sobrino!, el hijo de tu hermano. Los has criado y cuidado durante siete años. Piensa bien las cosas.

    —¡No es humano!, ¡es un demonio! —Le gritó Richard, dejando al fin salir por completo su ira escondida, revelando ante Ann los verdaderos sentimientos que lo inundaban—. Mató a todas esas personas, ¡mató a mi hijo! Debe morir, y éstas son las únicas armas que pueden hacerlo.

    —Estás perdiendo la razón, igual como le pasó a Robert. ¿Acaso quieres terminar como él?

    La mención tan directa a su hermano y su destino pareció quebrar un poco la decisión de Richard. Se apartó un poco, miró pensativo hacia un lado, y se quedó en silencio. Ann aguardó, esperando a ver si acaso algo de lo que había dicho tendría algún efecto, si aún había una oportunidad de salvación temporal para ese hombre.

    Pero la espera fue inútil.

    En cuanto Richard la miró de nuevo, lo vio claramente en sus ojos. La locura realmente se había apoderado de él, y lo que menos quería era escuchar razones. En su mente la verdad se había arraigado de forma inamovible. Anticristo o no, Damien era la representación física de todas las desgracias de su vida, y de la muerte de cada uno de sus seres queridos. Y lo haría pagar por eso de alguna u otra forma. Y, lo más importante, por encima de cualquiera, incluso ella.

    —Dame esas dagas, Ann —ordenó Richard, extendiendo su mano hacia ella—. Esto es una guerra. ¿Estás conmigo o con él?

    Ann observó la mano que le estiraba en silencio. Ella también tuvo clara una cosa en ese momento: ahí se había ido volando la última oportunidad de terminar eso de buena forma. Richard se había vuelto una amenaza inminente para Damien, al punto de que era capaz de irse de ahí directo a la mansión y apuñarlo ahí mismo, incluso delante de todas las demás personas. No había tiempo de consultar con Lyons, ni de saber qué habían decidido. Lo importante era sólo una cosa, lo que único que había importado desde siempre. Incluso desde aquella noche en que la llevaron arrastrando a aquel calabozo, incluso desde antes de que conociera por primera vez al muchacho.

    Se giró entonces lentamente, dándole la espalda a su hasta entonces esposo. Tomó dos de las dagas, una en cada mano, con la aparente intención de entregárselas como había pedido. Sus manos se aferraron más firmemente a esas empuñaduras, que de hechos se sentían tan incomodas. Detrás de ella, Richard seguía aguardando.

    Se giró entonces de golpe con gran rapidez, como había sido entrenada a reaccionar. Antes de que Richard pudiera siquiera parpadear y darse cuenta de esto, Ann jaló con fuerza las dos dagas al frente, perforando el abdomen de Richard completamente con ellas, hasta la empuñadura. Los ojos de Richard se abrieron por completo, llenándose de inmediato de confusión y dolor. Aún incrédulo, llevó sus manos a su vientre, sintiendo las manos de Ann contra él, y el frío acero de las empuñaduras que se perdía en sus ropas.

    —¿Ann…? —murmuró perplejo, con debilidad en su voz. La expresión de ella igualmente había cambiado. Ya no se veía atemorizada o preocupada. Por primera vez, Richard veía un rostro más genuino de Ann: uno frío e impúdico, que lo miraba con total indiferencia a los ojos como miraría a cualquier animal rastrero, o incluso como menos que eso.

    —Lo siento, cariño… Pero yo siempre le he pertenecido… a él…

    Sacó rápidamente las dos dagas, provocándole una fuerte punzada de dolor al hacerlo. Su sangre comenzó a brotar violentamente de sus dos heridas, empapando sus ropas y sus manos. Retrocedió sólo un par de pasos, antes de que Ann volviera a lanzarle dos puñaladas más con las mismas dagas, ahora a la altura el pecho, dejándolas bien enterradas ahí.

    —Mal… dita… —Balbuceó Richard arrastrando las letras, y aun así el coraje era palpable en cada una.

    En lugar de apartarla de él o intentar agarrarse sus heridas, su siguiente reacción fue de lucha. Extendió sus manos cubiertas de sangre hasta ella y la tomó del cuello con las fuerzas que le quedaban encima. La empujó contra el escritorio, pegando su trasero contra la orilla de éste. Las grandes manos de Richard la presionaron fuertemente, y Ann sintió como le faltaba el aire casi al instante. A tientas, recorrió el escritorio buscando alguna otra de las dagas. En cuanto sintió alguna de las empuñaduras, la tomó firmemente, y sin vacilación la clavó justo en el costado izquierdo del cuello de Richard. La sangre brotó en borbotones de la herida, y luego también de su boca, manchándole la cara a la Satanista.

    Richard retrocedió con su mano en su cuello, y sus dedos buscando a tientas el mango para sacarse el puñal. Sangraba abundantemente de todas sus heridas, hasta que su camisa blanca que usaba debajo de su traje negro se volvió totalmente roja. Cayó entonces de rodillas al suelo cuando éstas ya no tuvieron fuerza para sostenerlo, y luego se precipitó al frente. Su cabeza quedó contra el suelo a unos centímetros de las zapatillas de Ann, y ahí se quedó quieto con sus ojos mirando perdidos hacia el muro.

    Ann permaneció en su sitio, respirando agitada mientras su corazón retumbaba dolorosamente en su pecho. Con sus manos se frotó su rostro, y sintió la sensación húmeda contra éste que le indicó que se había embarrado de sangre. Bajó su mirada y vio que no era sólo su rostro: sus manos, sus ropas, y de paso todo ese sitio estaba cubiertos de rojo…

    FIN DEL CAPÍTULO 68

    Notas del Autor:

    —Las Dagas de Megido pertenecen al universo de The Omen o La Profecía, haciendo su primera aparición en la película de 1976 y siendo un concepto recurrente en las secuelas posteriores y spin-offs. Como bien se explicó en este capítulo, son siete armas que teóricamente son las únicas que pueden hacerle daño a Damien.

    —Similar a los anteriores, mucho de lo visto en este capítulo está inspirado en los sucesos de Damien: Omen II, pero con muchos cambios importantes, siendo el principal el destino final de Ann.

    El siguiente será el último capítulo enfocado en este arco sobre la historia de Ann y Damien. Luego de eso volveremos al presente. Gracias a todos por su paciencia, y espero les guste la conclusión de este arco que, siendo honesto, duró mucho más de lo que me esperaba…
     
  9.  
    WingzemonX

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    Resplandor entre Tinieblas
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    5791
    Resplandor entre Tinieblas

    Por
    WingzemonX


    Capítulo 69.
    La Caja

    Un olor metálico le inundó la nariz, posiblemente procedente de la sangre que se había embarrado en la cara, o incluso de aquella que Richard le había escupido encima. Sus piernas le temblaban, al igual que sus manos, por lo que se apoyó en el escritorio casi teniendo que sentarse en él.

    Lo había hecho; acababa de matar a Richard Thorn con sus propias manos. Su ahora difundo esposo no era ni de cerca el primero, ni siquiera el que había tenido asesinar de la forma más violenta. Pero aun así, era de momento el que más le había afectado hasta el punto de dejarla en blanco, y tremendamente agotada. Así que se tomó sólo un par de minutos. Su respiración se fue normalizando, y conforme fue capaz de tranquilizarse pudo pensar con más claridad. Lo hecho, hecho estaba; ahora debía actuar rápido y ser inteligente.

    Lo primero serían las malditas dagas. De ninguna manera podía dejarlas ahí y exponerse a que alguien más pusiera sus manos en ellas. Se aproximó a Richard, y le retiró de un jalón rápido la que tenía encajada en su cuello. Algo de sangre brotó como una cascada, pero luego se detuvo. Dejó dicha daga con las demás, y luego volvió al cuerpo para girarlo. Estaba muy pesado, y tuvo demasiados problemas para hacerlo, e incluso uno de sus tacones resbaló en la sangre y cayó de sentón al suelo. Si no estuviera con la adrenalina al máximo, posiblemente aquello le hubiera dolido demasiado (y posiblemente lo haría en un par de horas), e incluso podría haberse reído un poco. En su lugar se recuperó de inmediato y volvió a intentarlo.

    Luego de quizás diez minutos, logró que ponerlo bocarriba. Las dos empuñaduras sobresalían de su pecho como las dos antenas de un viejo televisor. Sacarlas necesitó igualmente de esfuerzo, pues parecían haberse hundido más al ser presionadas contra el piso al caer y se habían atorado. Una vez que estuvieron libres, Ann se sorprendió un poco al ver que no se habían siquiera astillado un poco. Las hojas seguías intactas, justo como habían entrado.

    Pero no era hora de apreciar tal cosa.

    Colocó las dos con el resto, completando de esa forma las siete; tres de ellas con bastante ADN, y esparciendo este mismo en las demás.

    Y, ¿ahora qué?

    ¿Cómo se desharía del cuerpo? ¿Cómo limpiaría las evidencias? ¿Y los guardias que los habían visto entrar? ¿Y el taxista que los había llevado? ¿O todos los del cementerio que habían visto que fueron juntos?

    Comenzó a sentirse superada por todo aquello, pero se esforzaba para no caer en pánico. Quizás lo mejor sería llamar a Lyons, y que mandara ayuda, o al menos que le dijera qué hacer.

    «Sí, eso será lo mejor» se dijo a sí misma totalmente convencida. Rápidamente esculcó su bolso, que había caído al suelo durante todo el forcejeo, para sacar su teléfono y marcar el número de Lyons. Sus dedos mancharon el aparato, y sus huellas rojas quedaron marcadas en la pantalla. Abrió sus contactos y buscó el número privado de Lyons, disfrazado con el nombre de una vieja tintorería del centro. Su dedo pulgar tembloroso se dirigió a la opción de marcar… y entonces lo escuchó.

    Un fuerte graznido retumbó en el eco de aquella oficina subterránea, que bien podría ser una catacumba. Provenía justo de sus espaldas, y resonó dos veces más antes de que tuviera la decisión suficiente para virarse a ver. De pie sobre una de las repisas, mirándola con sus grandes y brillantes ojos oscuros, se encontraba un cuervo negro de gran tamaño. Se quedó totalmente quieto por unos segundos, y Ann llegó a pensar que se trataba de algún animal disecado. Pero los ojos del ave parpadearon una vez, y luego su largo y afilado pico se abrió, soltando otro graznido más fuerte que los anteriores. Ann contuvo la respiración una vez más, retrocediendo asustada sin ningún motivo claro.

    ¿Era el mismo de aquella noche en la habitación de Marion? Eso era imposible. Pero… ¿cómo es que un ave así había entrado a un sitio como ese en primer lugar? ¿Acaso estaba alucinando? Aquello era una posibilidad que en verdad comenzó a considerar seriamente.

    El cuervo extendió sus alas y voló directo hacia Ann. Su primera reacción fue extender su mano al escritorio y tomar una de las dagas como arma. Lanzó una puñalada al aire, pero el filo ni siquiera rozó al ave, y está siguió de largo por encima de su cabeza. Ann lo siguió con la mirada, viendo como descendía ahora lentamente sobre unos recipientes apilados en una esquina, se viraba de nuevo hacia ella y le graznaba. Ann lo miró extrañada, pero de pronto, como salido de la nada, Ann tuvo una revelación.

    Fue como si por un instante fuera capaz de ver con claridad el futuro inmediato y supiera exactamente lo que pasaría. Tuvo la idea clara de que llamarle a Lyons y le contarle lo que había ocurrido, sería un terrible error de su parte

    «Quédate dónde estás y no toques nada. Te mandaré ayuda»

    Pero no sería precisamente ayuda lo que mandaría. Por como hacía las cosas, lo que haría de seguro sería mandar a dos mantones vestidos de negro, que le meterían una bala en la cabeza y se desharían de ella junto con Richard, y fin del problema. Para ellos sólo era un peón desechable, después de todo. Incluso alguien tan leal y de tanto poder como Spiletto, terminó hecho a un lado cuando el momento llegó; quemado vivo en casi la totalidad de su cuerpo, condenado a vivir el resto de su vida confinado a una silla sin poder hablar o moverse siquiera…

    «Spiletto…»

    Al pensar en el antiguo Apóstol, o más específico en la imagen de su cuerpo cubierto de llamas mientras él corría por su vida, otra imagen de otro futuro posible se le vino a la mente. Echó un vistazo a los recipientes azules de plástico sobre los que se había parado el cuervo. Supo de inmediato qué eran: queroseno… bastantes recipientes de éste químico. Charles de seguro lo usaba en varias de sus restauraciones y limpiezas.

    La imagen que se proyectaba en su cabeza era un tanto diferente a la anterior, pero igual de desalentadora. Se vio a sí misma vertiéndose el contenido de todo ese recipiente encima, quedando totalmente empapada, para luego usar el encendedor de Charles que estaba justo sobre el escritorio, y permitir que ella y toda esa habitación, incluido Richard, se cubrieran de llamas hasta consumirlo todo. De esa forma ambos morirían, en sus propios términos y no por la acción traicionera de su actuar mentor. Y todo quedaría como un terrible accidente, o como las acciones desquiciadas de Richard, que todos habían visto de sobra que había perdido la cabeza poco a poco.

    No habría más averiguación (la Hermandad se encargaría de eso), y Damien estaría a salvo. Lyons y los otros lo protegerían y seguirían adelante con el plan. Y ella sería una mártir en lugar de una inútil fracasada, recibida en presencia de su Amo como la valiente guerrera que había sido. O al menos eso era lo que le habían hecho creer desde muy joven que pasaría si hacía justo lo que debía hacer sin titubear.

    ¿Eso era lo que… Él quería que hiciera? Todo lo que había luchado, todo lo que había escalado, todos sus sacrificios, ¿la habían traído a ese momento? ¿A realizar aquel último acto de fe… y de amor? ¿Eso era lo que la presencia de ese cuervo intentaba decirle?

    “Yo siempre le he pertenecido a él,” le había dicho a Richard con ferviente orgullo en sus palabras. Y era así. Pero al pronunciarles, no tenía en su mente a Dador de la Luz, al Lucero de la Mañana que le habían inculcado era el Verdadero Dios. No, su alma y su vida en realidad le pertenecían a Damien, y a nadie más. Y si él necesitaba o deseaba su vida, ella se la daría. Porque era una… leal sierva.

    Se aproximó lentamente a los recipientes de queroseno. El cuervo emprendió de nuevo el vuelo, elevándose sobre su cabeza. Ann no lo miró, pero tuvo el presentimiento de que si volteaba hacia arriba para buscarlo, ya no lo vería. Tomó uno de los recipientes, que de seguro estaba lleno pues se sentía pesado. Desenroscó la tapa negra lentamente, y al retirarla el penetrante aroma del líquido inflamable le inundó la nariz. Cerró sus ojos unos momentos, respiró lentamente por su boca, y lanzó una plegaria silenciosa a su Señor, para que la protegiera y la recompensara por lo que estaba por hacer. Alzó el recipiente por encima de su cabeza y…

    “Hola… Eres tan pequeña… Yo te sentía enorme adentro de mí…”

    “¿Qué otra cosa nos queda?, ¿cierto? Sólo adaptarnos o morir. Pero tú viniste a este mundo a vivir y ser más fuerte de lo que yo fui. ¿De acuerdo?”

    “Te encontraré, lo prometo…”

    Abrió sus ojos y rápidamente bajó el galón de queroseno, pero lo sostuvo aún en sus manos delante de ella.

    No, no había llegado tan lejos para que todo terminara tan rápido. Aún quedaba mucho que tenía que hacer; por Damien y por esa niña… sus dos hijos… Ella moriría tarde o temprano, y quizás de una forma tan horrible como la que acababa de visualizar. Pero no sería en ese lugar ni tiempo.

    Y entonces se permitió imaginar otro futuro más. Éste no surgió de ningún lado, más que de sí misma.

    — — — —​

    Los dos guardias saltaron asustados de sus lugares al oír los desgarradores gritos de desesperación de Ann, provenientes de las escaleras.

    —¡¡Auxilio!! —Exclamaba con fuerza entre llantos—. ¡¡Ayúdenme, por favor!!

    Los dos hombres se pararon apresurados y corrieron por el pasillo hacia las escaleras del sótano. Encontraron a Ann sentada en los escalones, sollozando y cubierta de sangre. Los dos se horrorizaron al inicio por tal imagen, pero procuraron que aquello no los paralizara.

    —¡Señora Thorn!, ¡¿qué pasó?! —pronunció uno de ellos, el de bigote, y bajó apresurado hacia ella, queriendo ayudarla a pararse, pero ella no cooperaba.

    —Mi esposo… mi esposo… —sollozaba, señalando con sus manos rojas escaleras abajo—. Está herido… no sé qué pasó… no sé qué pasó… ¡por favor!, ¡ayúdenlo! Creo que está, creo que está…

    Sus palabras se ahogaron en un largo y lastimero llanto.

    —Yo me quedaré con ella —indicó el otro guardia, el de tez morena—. Tú ve, ¡rápido!

    El hombre de bigote asintió y se fue corriendo por las escaleras hacia la oficina del Dr. Warren. Ann lloraba desconsolada, con su rostro contra el muro. El guardia la miró preocupado, aunque también un poco incómodo pues no sabía cómo reaccionar o qué decir. Se agachó a su lado, retirándose su boina.

    —Tranquila, señora —le susurró despacio y con suavidad—. Por favor, trate de calmarse y dígame qué…

    Sus palabras quedaron ahogadas en su propia sangre, pues en ese mismo momento Ann se giró hacia él, clavándole una más de las Dagas de Megido directo en el costado de su cuello, hasta que la punta se asomó por el otro lado. Perplejo y desorientado, y sintiendo como su garganta y boca se llenaba de su propia sangre impidiéndole incluso el gritar, el hombre miró como la expresión de Ann había cambiado por completo a una fría y dura, a pesar de que su cara estaba cubierta de sus lágrimas, y de la sangre de su esposo.

    Ann dejó la daga clavada en su cuello, y tomó entonces su cabeza con ambas manos, empujándola con todas sus fuerzas contra la pared, estrellando su costado derecho contra ésta. El primer golpe sólo lo aturdió, pero Ann lo hizo una vez más, y otra, y cada golpe hacía que todo el interior de su cabeza se agitara como en una licuadora, hasta que ya no fue capaz de reconocer ningún sonido o imagen de forma coherente, más que puro rojo.

    El cuerpo del guardia cayó hacia atrás, rodando por las escaleras sin oposición alguna. A mitad del camino se escuchó un fuerte chasquido como el de una rama rompiéndose, y Ann supuso que había sido su cuello. Terminó tirado al pie de las escaleras, boca abajo con su lengua de fuera, además de otras cosas.

    Ann se puso de pie rápidamente, tallándose sus ojos con el dorso de su mano para limpiarse las molestas lágrimas. Bajó las escaleras, se agachó a lado del rostro del guardia para asegurarse que ya no respiraba, y entonces le retiró la daga de un rápido jalón. Tomó además el arma que guardaba en su funda, y comenzó a caminar con sus pies descalzos (había dejado sus tacones para no hacer ruido de más) de vuelta a la oficina de Charles.

    El otro guardia de bigote ya había llegado a la oficina sin percatarse de lo que había ocurrido en las escaleras. La puerta estaba cerrada con llave; Ann lo había hecho para darle un poco de tiempo. El guardia sacó rápidamente su manojo y buscó la llave de esa oficina. Luego de unos segundos logró entrar y se asomó apremiante hacia el interior. No tardó casi nada en divisar el cuerpo de Richard, tendido en el suelo cubierto de sangre.

    —¡Señor Thorn! —Exclamó con una burda esperanza de que siguiera con vida, pero en cuanto se le acercó se dio cuenta de que no era así. Sus ojos aún abiertos lo miraron con una perpetua expresión de sorpresa y miedo.

    Pero algo que también notó en cuanto se acercó, fueron las heridas de en su pecho y cuello, heridas que por sus cursos amateurs de investigación policiaca identificó de inmediato como apuñaladas con arma blanca. Giró su mirada alrededor, divisando sobre el escritorio las dagas ensangrentadas sobre la manta gris.

    —¿Qué demonios…? —Pronunció incrédulo, incapaz de procesar todo aquello tan rápido.

    Dirigió su mano a su arma, le retiró el seguro para desenfundarla, se giró de regreso a la puerta, y fue entonces recibido de frente por un disparo directo en su cara que le atravesó la mejilla izquierda, saliendo por detrás de su oreja. El hombre retrocedió confundido, cubriéndose el agujero en su rostro con su mano libre. Apenas y logró divisar a Ann Thorn en la puerta y alzar su pistola, cuando tropezó con el cuerpo de Richard, cayendo de espaldas al suelo. Su dedo se presionó contra el gatillo, pero la bala dio en el techo, quedándose ahí clavada.

    Ann se aproximó rápidamente y se paró enfrente de él, disparando tres veces más en el torso del pobre guardia, dándole una en el costado izquierdo de su pecho, y dos más en el vientre. Su mano dejó caer su arma hacia un lado, y su rostro quedó colgando hacia atrás. El cuerpo se convulsionó un par de veces, antes de quedarse totalmente quieto sobre Richard, creando, desde la perspectiva de Ann, la forma de una cruz invertida entre ambas.

    «Qué poco sutil» pensó con desanimo.

    Se acercó al escritorio, dejando sobre éste el arma y tomándose sólo un momento para recuperar el aliento. La parte difícil del trabajo ya estaba hecha, pero aún no había terminado del todo.

    Salió de regreso a las escaleras, a dónde había quedado el cuerpo del otro guardia. Lo tomó de los pies y lo comenzó a jalar por el pasillo hacia la oficina, dejando un camino rojo a su paso. Por suerte era pequeño y no muy pesado. Lo colocó a lado de Richard y el otro, destruyendo de esa forma la figura de la cruz. Se retiró su abrigo negro manchado y lo tiró sobre los cuerpos, tomando en su lugar una gabardina café colgada en un perchero que muy seguramente era de Charles. Antes de ponérselo, sin embargo, pasó al baño privado de la oficina, comenzando a lavarse lo mejor posible las manos y la cara. No podría quitar la sangre por completo, pero al menos debía intentar pasar desapercibida en la calle. Luego juntó las siete dagas en la manta y las envolvió muy bien en ellas. Las metió lo mejor que pudo en el interior de la gabardina y se la cerró, amarrándose también firmemente el cinturón de ésta. Se colocó sus tacones de nuevo, y tomó además el encendedor del escritorio y lo introdujo al bolsillo de la gabardina.

    Ahora sí tocaba el turno al queroseno. Tomó uno de los galones y se dio gusto rociándolo por completo sobre los tres cuerpos y sobre su abrigo. Tomó un segundo e hizo exactamente lo mismo. El tercero lo uso para rociar todo el resto de la oficina: los libreros, la mesa de trabajo, el escritorio, las paredes, el suelo… Todo se impregnó de ese fuerte olor, que de seguro la acompañaría por un buen tiempo. El cuarto y quinto galón lo usó para rociar el pasillo, usando de hecho el camino rojo que había dejado el cuerpo del guardia como base, pero mojando también las paredes. Al llegar a las escaleras, roció lo poco que quedaba del quinto en éstas, hasta llegar al descanso.

    Hecho aquello, sólo quedaba una última cosa: el encendedor. Lo sacó de su bolsillo, lo prendió al tercer intento, y contempló la llama danzando delante de ella. Si su Amo la quería muerta, lo más seguro es que terminara quemándose a sí misma, o el fuego no sería suficiente para quemar todo ese sitio. Si no, entonces haría que ese fuego purificador emprendiera su camino libremente hacia su destino. Arrojó el encendedor hacia los escalones el pie de las escaleras, y la llama se volvió inmensa de inmediato, y comenzó a extenderse rápidamente por el pasillo como una serpiente al acechó. Los escalones comenzaron a quemarse, y también las paredes. Vio a lo lejos como el fuego se aproximaba a la puerta abierta de la oficina, penetraba en ella, y luego un fuerte flamazo surgía de ella. Todo el sitio se cubrió de calor y de humo rápidamente.

    Ann suspiró, agotada.

    Estaba ilesa, y era hora de irse.

    Comenzó a subir tranquilamente el último tramo de escaleras, mientras debajo de ella se creaba un verdadero infierno. Para cuando salió por la misma puerta por la que había entrado, el fuego en el sótano era ya incontrolable. Cientos de reliquias que ahí se guardaban fueron destruidas, incluidos los cuerpos de tres buenos hombres. El fuego se extendería más y más sin control, consumiendo gran parte del área administrativa, antes de que los bomberos fueran alertados del suceso. Estando sólo los pocos en guardia por las fiestas, batallarían dos horas para intentar apagar el incendio, sin lograr evitar que el humo y el calor dañaran algunas de las salas de exhibición.

    Para cuando el fuego fue controlado, o al menos en su mayoría, Ann ya estaba entrando por la puerta trasera de la Mansión Thorn.

    — — — —​

    Fue un larga caminata por las frías calles de Chicago, en tacones y cubierta con aquella gabardina que le quedaba grande y que escondía debajo el resto de sus prendas impregnadas de la sangre de sus últimas tres víctimas. Encima de todo, estaba cansada. Ya lo estaba desde el funeral, y el encargarse ella sola de tres personas ameritaba bastante esfuerzo, tanto físico como mental. Pero las calles de la ciudad brillaban con la decoración y las luces, y eso la animó un poco. Pese a todo, esas fechas le gustaban. Obviamente no por el contexto religioso, sino por sus colores y sabores. Aunque en ese momento los únicos sabores que tenía en la boca eran hierro, queroseno y humo.

    Cuando llegó a la mansión, no se sorprendió al ver que ya no había tantos vehículos estacionados afuera. Ya se estaba haciendo tarde, y las personas debían irse a sus cenas y con sus familias, felices de haber cumplido su deber con los Thorns en estos difíciles momentos. No tenían idea de cuanto más difíciles de estaban poniendo en ese mismo momento. La noticia de lo ocurrido en el museo correría rápidamente el día de mañana, o incluso ese mismo día más tarde. Debía por lo tanto hablar con Lyons para que puedan de una vez encargarse de encubrirlo todo. Pero primero tenía que arreglarse, quitarse cualquier evidencia de encima, y hacer acto de presencia ante las personas que quedaran ahí dentro. De esa forma, si había testigos que la hubieran visto sana y salva en ese momento, la idea de deshacerse de ella en una zanja como muy seguramente le había pasado al buen Dr. Warren, se volvería más complicada.

    Se escabulló discretamente por la puerta de la cocina y entró en cuanto vio el camino libre del personal contratado para el banquete. Se dirigió por una puerta lateral hacia un pasillo alejado de la sala, donde de seguro los invitados aún seguían reunidos, y subió por la escalera secundaria de servicio hacia la planta alta. No tenía de seguro mucho tiempo, así que sólo se quitaría esas ropas y se daría una ducha exprés. Se vestiría, y bajaría a la sala para sonreírle con tristeza a todos los que aún quedaban ahí y hacer su debido acto de madre dolida, y futura viuda.

    «Oh, querida, ¿cuándo llegaste que no te vi?»

    «Hace como hora y media, pero subí a descansar un poco. Tenía un horrible dolor de cabeza. Gracias a todos por estar aquí con nosotros, en especial en este día que se supone debería ser de celebración. ¿Y Richard?»

    «No lo he visto desde el cementerio. ¿No estaba contigo?»

    «¿No ha llegado? Me vino a dejar, pero me dijo que ocupaba ir al museo a revisar unas osas con Charles. Creí que ya estaría de regreso. Qué extraño… No sé porque tenía que ser justo hoy, pero ha estado tan afectado por todo esto que simplemente no lo quise contrariar con cuestionamientos»

    «Yo también lo vi muy extraño desde el velorio. Perder a un hijo debe ser algo simplemente horrible…»

    «Lo es, sí lo es. Sólo espero por Dios que no haga ninguna locura… No sé qué haría si también lo perdiera a él…»

    Y acompañaría aquello con algunas pequeñas lágrimas que limpiaría con su pañuelo de seda… O tal vez eso sería demasiado. Como fuera, ya vería la forma de preparar el terreno para lo que vendría mañana. Richard lo había hecho más sencillo, pues más de uno notó de antemano lo aquejado e inestable que estaba desde la muerte de Bill, y luego tras cómo se había comportado con los que le daban el pésame. El primer pensamiento de todos sería que él había sido el responsable de todo lo ocurrido en el museo. Ya sería cuestión de que la Hermandad moviera sus influencias para que esa impresión perdurara. Y por supuesto que lo harían; lo que Lyons menos quería era llamar más la atención, como bien había dejado claro el día anterior.

    Pensaba en todo ello mientras subía las escaleras, y luego se dirigiría por el pasillo a su habitación. Sin embargo, a mitad de su camino sus ojos divisaron al final de aquel corredor una figura pequeña, parada volteando hacia el alto ventanal que daba al jardín y dándole a ella la espalda. Aquella visión la paralizó justo en su sitio, y contempló en silencio aquella espalda pequeña y cabeza cubierta con lacio y brillante cabello oscuro. Sus manos se encontraban ocultas en el interior de los bolsillos de su abrigo.

    Ann aguardó unos momentos. Al principio le pareció que el muchacho no había percibido su presencia. Sin embargo, justo cuando pensó que podría escabullirse en silencio hacia su habitación, el chico se viró lentamente a mirarla sobre su hombro. Y en cuanto esos inexpresivos y distantes ojos azules se clavaron en ella, volvió una vez más a paralizarse.

    —Damien… —murmuró sonriendo, pero incapaz de esconder sus nervios. Por mero reflejo, su mano derecha se presionó contra aquello que escondía en el interior de su gabardina—. ¿Qué haces aquí arriba?

    Damien permaneció callado unos instantes, sólo mirándola y sin que un sólo milímetro de su rostro se moviera de su sitio. Ann sintió que la exploraba profundamente, como si esos ojos pudieran penetrar su cabeza y su pecho, y ver todo lo que tenía en su interior. Sintió por unos momentos un miedo bastante punzante, más del que vivió en cualquier momento de esa infernal tarde. Recordó lo que había hablado con Lyons, sobre cómo desconocían todo lo que Damien sería capaz de hacer. Y se preguntó entonces si en ese momento el muchacho pensaba en una forma de deshacerse de ella, por haber rechazado la visión que le habían dado. Quizás terminaría envuelta en llamas ahí mismo, sólo por tener esa intensa mirada en ella; de hecho, una vez más fue capaz de verlo claramente en su mente.

    Pero no hubo llamas ni nada parecido. Damien luego de un rato retiró su mirada de ella y se giró de nuevo hacia la ventana.

    —Sólo me tomo un descanso —señaló con apatía—. Estar con toda esa gente hipócrita de abajo me enferma… —Hizo una pequeña pausa, y entonces le preguntó—. ¿Y el tío Richard?

    Ann respiró con un poco más de tranquilidad, pero no demasiada. No podía permitirse bajar demasiado la guardia en un momento tan crítico como ese.

    —Él… fue al museo —respondió con la mayor convicción que le fue posible—. Tenía un asunto del cual encargarse. Debe estar en camino…

    —Lo mataste, ¿no es así? —Soltó de pronto el muchacho sin el menor pudor. Ann se quedó estupefacta al oírlo hacer esa pregunta tan directa—. Él quería hacerme daño; lo sentí en el cementerio.

    —¿Lo sentiste?

    Damien guardó silencio, pero a la memoria de Ann vino aquella noche en la cabaña, cuando le dijo que había sentido que Charles le temía miedo. ¿Había sido lo mismo con Richard? ¿Podía sentir lo que ella estaba pensando ene se momento…?

    —Tú eres uno de ellos, ¿verdad? —Soltó de pronto el chico, obligándola a dejar de lado sus cavilaciones.

    —¿De quiénes…?

    Damien se volteó de nuevo hacia ella. Su mirada ya no se veía tan apagado como antes, sino que había recuperado un poco de su fuerza habitual. Aun así, seguía viéndose claramente decaído.

    —Estos días he recordado muchas cosas de mi infancia que creía olvidadas —comenzó a explicarle—. Aquella mujer que me cuidaba en Londres, ella me dijo que después de ella vendrían otros a protegerme, que me enseñarían y guiarían cuando llegara el momento. —Comenzó entonces a caminar en su dirección, y Ann de nuevo fue incapaz de mover ni un dedo—. No sabía a qué se refería, pero ahora comienzo a comprenderlo… —Se paró justo delante de ella, mirándola firmemente—. ¿Tú eres una de esas personas? ¿Estás aquí para protegerme?

    La boca de Ann se abrió pero de ella sólo surgió un sonido inentendible. Sus piernas le fallaron, no sólo por el cansancio acumulado sino por la enorme presencia de aquel muchacho, que sentía como la aplastaba con su sola cercanía. Ann cayó irremediablemente de rodillas delante de él, agachando su cabeza con absoluta sumisión. Y no se sintió mal o menos por hacerlo; de hecho, lo sintió tan bien y correcto que incluso le provocó un cálido alivio.

    —Ese ha sido siempre mi propósito —le respondió con voz clara y concisa, mientras se postraba a sus pies—. He vivido toda mi vida sólo para servirte, mi señor… Y de ahora en adelante, siempre estaré a tu lado como tu más leal servidora. —Volteó a verlo desde abajo con sus ojos al borde de las lágrimas—. Haré cualquier cosa por ti, mi Salvador…

    Damien la miraba desde arriba totalmente estoico ante sus palabras, como si sus declaraciones realmente le dieran lo mismo, o más bien ella le fuera totalmente indiferente. Un pesado suspiró, quizás de cansancio o quizás de fastidio, se escapó de los labios del muchacho, y se viró entonces hacia otro lado para ya no mirarla más.

    —Entonces todo es cierto, ¿no? Lo que el Sargento Neff me dijo, lo que el Dr. Warren le dijo a mi tío, lo que ocurrió la noche en que mi padre murió… ¿Todo es verdad? —Ann no respondió, pero era evidente que en realidad no esperaba que lo hiciera—. Creo que una parte de mí siempre lo supo… que no era cómo los demás…

    Damien se giró por completo hacia un lado y acerco su mano derecha a su rostro, tallándose un poco su ojo izquierdo. Ann no pudo notar si acaso estaba llorando. Sin embargo, si acaso lo hacía, aquella sería la última vez que lo vería hacerlo, pues en ese momento se giró de nuevo hacia ella, y toda su expresión había cambiado. Ahora sonreía, ampliamente, y el sentimiento de sus ojos ya no era de tristeza, sino de elocuencia, de soberbia… de poder…

    —En fin, levántate de una buena vez —le dijo bromista, y con una mano le indicó que se para. Ann lo hizo de inmediato—. Lávate un poco, ¿quieres? No vayas a bajar así.

    Ann sólo asintió sin decir nada. El chico el sacó la vuelta y comenzó a caminar hacia las escaleras con sus manos en sus bolsillos. Ann supo en ese momento que algo había cambiado en Damien, y por consiguiente podría decirse que había igualmente cambiado en el mundo entero. Si tenía que describirlo de alguna forma, para Ann era como un gran cronometro que había comenzado a andar hacia atrás, sobre las cabezas de todas y cada una de las personas vivas…

    Y algo había también cambiado en ella, algo que no se volvería claro hasta mucho tiempo después. Mientras Damien se retiraba, ella se quedó quieta en su lugar sin mirarlo. Y presionó de nuevo su mano derecha contra ese bulto que ocultaba debajo de su gabardina…

    * * * *​

    Ann contempló con dureza la caja fuerte aún cerrada delante de ella, con sus manos colocadas sobre su superficie metálica y fría. Había estado esperando a recibir algún tipo de señal que le dijera que no la abriera, o que se le ocurriese alguna justificación coherente para no hacerlo. Pero no hubo ninguna de las dos. Todo lo ocurrido los últimos meses, y especialmente esas últimas semanas, le dejaban claro que era la jugada más arriesgada que tenía a su disposición, pero también la mejor.

    Y entonces la abrió al fin, levantando la tapa superior hacia atrás para revelar ante ella lo que ahí se guardaba. Tomó con sumo cuidado la manta beige (mucho más nueva y limpia que aquella gris que había tenido prácticamente que quemar en cuanto tuvo oportunidad) que envolvía aquellos objetos y la colocó en la mesa. La distendió por completo a lo largo para asegurarse de que estaban todas y las colocó una a lado de la otra. En efecto, estabas todas; las siete de ellas…

    Las siete Dagas de Megido se veían exactamente iguales a cómo eran aquella Noche Buena en el Museo Thorn, y hace cinco años cuando ella mismas las metió en esa caja. Las había limpiado una a una de cualquier rastro de sangre con mucho detenimiento, pero estaba segura de que observando lo suficiente aún encontraría el algún rastro de Richard o del guardia en algunas de ellas. Pero a simple vista lucían limpias e impecables, aunque poco estéticas que siempre.

    La Hermandad y el Vaticano habían estado buscándolas desde aquella noche en que Robert Thorn intentó usarlas en Damien, y de seguro ambas organizaciones ya las daban por perdidas. Pero no lo estaban; ella las tenía, y las había tenido guardadas todo ese tiempo a espaldas de Lyons, de Adrian, de Damien, e incluso de Verónica. Las únicas armas en el mundo que podían lastimar, e incluso matar, al Anticristo, estaban en manos de quien había sido una huérfana pordiosera mendigado en las calles de Roma, como siempre se encargaban de recordarle. Ella a quien habían encerrado, torturado, y usado a su antojo menospreciándola y mirándola sobre el hombro.

    Tener ese pequeño secreto a espaldas de todos aquellos que siempre se habían creído superiores a ella, ciertamente le causaba una gran satisfacción. Pero ese no había sido el motivo principal por el que había decidido guardarlas.

    Luego de que todo el asunto del museo fue aparentemente aclarado y olvidado, había pensado en arrojarlas al río Chicago, o incluso intentar destruirla. Pero al final su decisión fue esconderlas en un lugar seguro, para que nunca nadie le pusiera las manos encima; y eso incluía a las propia Hermandad. Ella sería la única que las sacaría dada la necesidad, o si moría antes se perderían para siempre. Siempre pensó que ocurriría primero lo segundo, pero lamentablemente la otra opción se había presentado primero, y mucho más pronto de lo que se esperaba.

    ¿Qué tenía pensado hacer con ellas? Eso aún no lo tenía completamente claro, pero tenía algunas ideas en mente. Sabía muy bien que sacar esas cosas de la caja y llevárselas consigo traería un grave peligro, pero era un riesgo que correría. Haría lo que fuera necesario con tal de sobrevivir, como siempre lo había hecho.

    Envolvió las dagas de nuevo en la manta y las introdujo en la maleta que traía consigo, escondiéndolas bien. Se colocó de nuevo la maleta al hombro, se puso de pie, y salió apresurada del Banco Cantonal para dirigirse a su siguiente vuelo. Con ese acto, daba comienzo a su propia guerra personal, aunque sus enemigos aún no lo supieran.

    FIN DEL CAPÍTULO 69

    Notas del Autor:

    ¿Me creerían si les dijera que en la primera proyección que hice esta historia, este arco del pasado de Ann abarcaba un sólo capítulo? De hecho, cuando comencé a escribirlo, pensé que serían tres… Y terminaron siendo siete.

    Entiendo que quizás a algunos estos capítulos les pudieron haber resultado algo pesados, en especial porque estaban 100% dedicados a un personaje que no había sido hasta el momento muy protagónico. Sin embargo, realmente no me arrepiento de haber contado todo esto en este momento, pues muchas de las cosas que vimos en estos capítulos serán muy importantes para lo que vendrá de aquí en adelante. Así que espero que hayan leído con atención, pues las cosas se van a poner realmente complicadas a partir de este punto, y mucho de lo que ocurrirá tendrá su raíz en todo esto.

    En fin, sólo me queda darles las gracias por su paciencia, y espero hayan disfrutado de estos flashbacks, especialmente aquellos que sean fans de The Omen. Ahora es momento de volver al presente y enfocarnos al fin en otros personajes. Estén al pendiente al siguiente capítulo, que espero sea de su agrado.
     
  10.  
    WingzemonX

    WingzemonX Usuario común

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    Resplandor entre Tinieblas
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    Misterio/Suspenso
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    Resplandor entre Tinieblas

    Por
    WingzemonX


    Capítulo 70.
    Lote Diez

    En cuanto Cody volvió a Seattle, lo primero que hizo fue descansar; esta vez de verdad. Su agotamiento no se debía sólo a la horrible noche que pasó por el medicamento, aunque mucho tuvo que ver. El motivo principal fue lo extenuante que había resultado todo lo acontecido aquel día Eola. Volver a su rutina normal luego de aquello le parecía falso e inapropiado, especialmente cuando no tenía aún ninguna noticia del estado de Eleven o del paradero de Samara Morgan. Pero, ¿qué otra cosa podía hacer? Matilda, Cole y él habían llegado al consenso de hacerse a un lado y no complicar las cosas, y de momento parecía haber sido la mejor decisión. No eran súper héroes, como bien Matilda lo había dicho. Era sólo un profesor de biología y un novio apenas decente, y sólo le quedaba enfocarse en cumplir ambos papeles mientras aún podía.

    El primero fue complicado, pero manejable. El lunes se presentó ante los niños y puso todo de sí para fingir que no pasaba nada. Y aparentemente lo logró, o al menos ninguno de sus estudiantes o compañeros hizo comentario alguno respecto a su apatía más notoria de lo usual.

    Lo segundo resultó ser más difícil de cumplir.

    No tenía idea de qué pasaría entre Lisa y él tras su última conversación. Fue evidente que ella no había tomado de buena manera la revelación de sus poderes, acompañada además de esa pequeña demostración. ¿Le preocupaba qué podría hacer con esa información? No exactamente, o al menos no se había permitido meditar seriamente en ello. Confiaba en ella, y quería creer que a pesar de la opinión que pudiera tener de él en esos momentos, mantendría el secreto hasta que hablaran de nuevo. Y de momento eso era lo único que quería: hablar con ella, intentar arreglar las cosas, o al menos aclararlas. Sin embargo, durante casi todo el lunes y martes intentó ponerse en contacto con ella, mandándole mensaje y llamándole por teléfono, hasta estar a punto de conscientemente caer en el acoso. Pero en ninguno de sus intentos recibió respuesta.

    Muy mala señal.

    Pensó que quizás sólo se estaba vengando por ese tiempo de la semana pasada tas el tiroteo en Portland, en el cual él también había ignorado sus mensajes. Pero mientras más lo pensaba, menos le convencía; Lisa era mucho más madura que eso. Pero las alternativas no eran más tranquilizadoras.

    El miércoles en la mañana tomó la decisión de que, terminando sus clases, iría a su departamento y se plantaría en su puerta hasta que accediera a hablar con él… o ella llamara a la policía. Esperaba que las cosas no llegaran tan lejos. Pero como fuera, si acaso aquello era el final, era mejor saberlo de una vez.

    Mientras tanto, hasta que el momento de la confrontación llegara, debía enfocarse en su trabajo. No había tenido mucha cabeza para preparar su clase esos días, pero por suerte tenía una presentación del año anterior sobre el tema que le tocaba revisar en su primera hora. Así que llevó su laptop, la conectó al proyector del salón, apagó las luces, e hizo que las diapositivas se mostraran en la pantalla blanca que se corría hacia abajo delante de los pizarrones. Ayudaba un poco que el tema en cuestión fuera uno de sus favoritos: las cadenas alimenticias.

    La primera mitad de su catedra corrió de forma normal y tranquila. Los niños ponían atención y tomaban sus apuntes en silencio, mientras él permanecía de pie a lado de la imagen proyectada en la pared, dando su explicación.

    —…la naturaleza es muy sabia, como bien se los había dicho antes —pronunciaba con claridad, mirando hacia el resto del salón. En su mano sujetaba el control para ir cambiando de diapositiva con mayor facilidad—. Y las cadenas alimenticias son el ejemplo claro del perfecto equilibrio que ésta maneja. Todo animal en este mundo se alimenta justo de lo que necesita, y sirve a su vez de alimento para otro miembro más de la misa cadena. Incluso los depredadores, que creeríamos se encuentran en la cima de la cadena, al final de sus vidas sus cuerpos serán alimento para los insectos, los animales carroñeros, o incluso la propia tierra. Y con su muerte, crean nueva vida. Por eso lo llaman el ciclo de la vida…

    —Como en El Rey León —comentó un chico al fondo del salón con tono jocoso, y algunos de sus compañeros le respondieron con pequeñas risillas. En otras circunstancias Cody también hubiera reído, pero no esa vez.

    —Justamente, como en El Rey León —señaló Cody de manera rápida antes de proseguir—. Pero este equilibro es también muy frágil. Se le llama cadena por un motivo. Si un sólo eslabón de dicha cadena desaparece, pones en un grave peligro tanto a los que están después de él, como los que están antes.

    —¿Incluso aquellos a los que se come? —Cuestionó curiosa una jovencita en la primera fila.

    —Por supuesto. Los depredadores no son asesinos malvados ni nada parecido. Incluso ellos cumplen un papel en este frágil equilibrio, como moderadores de las especies. Sin ellos, las poblaciones de los animales de los cuales se alimentan se multiplicarían sin control. Y una mayor cantidad de estos, viene de la mano con un incremento en la necesidad de alimento, y por lo tanto de una disminución sustancial del siguiente eslabón. Y si escasea éste, el entorno ya no sería capaz de sostener tal cantidad de población, y estos morirían; hasta que se alcance un nuevo punto de equilibrio o…

    Calló de pronto, permaneciendo un tanto pensativo. Miró lentamente hacia la dispositiva que tenía proyectada, donde se veía la cadena de ejemplo del león, la gacela y la hierba. El león se encontraba tachado con una gran equis roja, y había cinco cabezas de gacelas amontonadas en un punto, y la hierba escaseando.

    —O la especie simplemente desaparezca —concluyó Cody tras un rato, con una sensación bastante pesada en su voz.

    Cuando se volteó de nuevo hacia la clase, pudo ver la mano alzada de alguien en la tercera fila. Cody la señaló sin fijarse realmente en quién era, indicándole de esta forma que podía hablar con confianza. Sin embargo, no esperaba el tipo de pregunta que surgió de los labios de aquel muchacho.

    —¿Eso es lo que pasa con los humanos? —Musitó la voz del chico, lleno de deseos de saber y sin malicia alguna en sus palabras—. No tenemos un depredador que nos coma, así que nos reproducimos sin control y consumimos todo el alimento, hasta que todos nos muramos. ¿No?

    Se escucharon un par de risas de fondo que parecían intentar restarle importancia a tal cuestionamiento. Cody miró con más cuidado e intentó identificar entre las sombras del salón a quien había hecho la pregunta. Era un niño pelirrojo con rizos; el buen Oscar Hanson, si no se equivocaba. No solía participar mucho, y que lo hiciera de esa forma le parecía inusual.

    —Te estás adelantando un poco, Oscar —respondió Cody con una sonrisa despreocupada—. Eso será parte de nuestra siguiente lección. Pero sí, es cierto. El ser humano no sólo ha venido a crear un problema en su entorno por su crecimiento desmedido, sino que ha afectado con sus acciones a otras cadenas al ser la causa directa o indirecta de la desaparición de muchas especies. ¿Sería la solución para este problema meter un nuevo depredador a la ecuación? —Dejó que la pregunta se quedara en el aire, como si esperara que alguien la respondiera. Pero luego de unos segundos él prosiguió por su cuenta—. Algunos dirían que los virus y las enfermedades modernas, incluso el cáncer, podrían tomar ese papel como moderadores de nuestra especie…

    Su vista se fijó unos segundos en el rincón al fondo del salón, ahí donde la luz del proyector no alcanzaba a tocar nada, y todo lo que sus ojos lograban captar era una gran mancha negra embarrada a la pared, que mientras la veía más deforme y extraña le parecía, como un enorme insectos aguardando el momento perfecto para extender sus alas y volar directo a su cara.

    —O incluso —comenzó a murmurar despacio sin percatarse del todo que lo estaba haciendo—, podría haber… otros seres… que se alimenten de nosotros sin que siquiera lo sepamos. Aguardando el momento de poder saltarnos encima como un león a una gacela…

    Cody se percató en ese momento que su mano derecha había comenzado a temblar un poco, y gotas de sudor se habían materializado en su frente, provocándole una sensación fría que incluso podía ser un poco agradable. Apretó fuertemente su puño intentando tranquilizarse. No podía ver los rostros de los niños en la oscuridad, pero presentía que sus palabras habían alterado a más de uno. Recuperó lo mejor posible la compostura, sonriendo aunque quizás ellos no lo pudieran ver haciéndolo.

    —Pero, si me lo preguntan, los propios humanos hacemos muy bien esa tarea entre nosotros mismos…

    Un agudo sonido resonó en la quietud del salón, interrumpiendo sus palabras; esto fue algo que maldijo, pero al mismo tiempo agradeció. Sin embargo, cuando su cabeza se enfrío lo suficiente, pudo reconocer que aquel sonido había sido el de un celular anunciando de un mensaje nuevo. Y no había sido cualquier celular, sino el que reposaba justo sobre su propio escritorio.

    —No se permiten celulares en clase, profesor —señaló la voz de un niño entre la multitud, quizás el mismo que había mencionado El Rey León. Igual que la vez anterior, los niños lo secundaron con sus risas.

    —Lo siento, creí haberlo puesto en silencio —se disculpó Cody mientras se aproximaba al escritorio, e intentaba disimular lo más posible su apuro. Sabía que era poco probable que fuera un mensaje de quién esperaba, y más probablemente podría ser de cualquier otra persona, incluso Matilda, Cole, o alguien más de la Fundación con alguna actualización sobre Eleven. Pero aunque fuera ese caso, igualmente debía echarle un ojo lo antes posible.

    Cundo tomó el teléfono y vio la pantalla, su respiración se cortó al ver en las notificaciones el nombre de Lisa. Por un segundo se olvidó por completo de en dónde estaba, y abrió el mensaje ahí mismo en el salón y lo leyó. Y, de hecho, tuvo que leerlo dos veces antes de poder comprenderlo por completo.

    No era una respuesta directa a ninguna de las decenas de mensajes que él le había enviado antes. Era sólo un mensaje largo que decía:


    Hoy comencé mi nuevo proyecto. Será fuera de la ciudad, por lo que estaré ausente e incomunicada por un tiempo. No sé qué tanto. Por favor no me busques, será mejor así.

    Cuando vuelva a Seattle yo te busco para que podamos hablar. Cuídate.


    —¿Qué? —Soltó de pronto en voz alta, una vez más sin cuidar en dónde se encontraba—. Lo siento, tengo que hacer una llamada urgente. Por favor, sigan leyendo el capítulo. Enseguida vuelvo…

    Y sin apartar la vista del teléfono, o incluso encender la luz para que en efecto los estudiantes pudieran leer como les había pedido, se dirigió a la puerta y salió apresurado al pasillo.

    En unos cuantos segundos, Cody pasó de sentir emoción y alivio por al fin recibir una respuesta, a confusión absoluta por el contenido de dicha respuesta, y culminando en un creciente enojo. Días sin hablar, sin atender sus llamadas, ¿y lo único que le enviaba era eso? Recordaba que la última vez que hablaron comentó que quizás le asignarían un nuevo proyecto, pero no dijo que sería tan pronto y mucho menos que involucraría que se fuera de la ciudad y estuviera incomunicada por… ¿cuánto era exactamente “un tiempo”?

    El mensaje lo había enviado (o al menos a él le había llegado) hace poco más de minuto, así que aún debía de tener el teléfono en sus manos. Sin dudarlo marcó su número, pegó el teléfono a su oído y esperó. La llamada estuvo sonando, y sonando... pero no hubo respuesta y saltó el buzón de voz.

    —Maldita sea —musitó despacio, y volvió a marcar de inmediato. Al segundo intento, ahora la llamada había saltado directamente al buzón voz, sin siquiera sonar—. ¡Maldita sea!

    Había alzado la voz de más. No creía que alguien le hubiera oído, pero igual respiró lentamente antes de que hiciera o dijera alguna otra locura.

    ¿Qué rayos significaba ese trato ahora?, ¿qué acaso tenían trece años? ¿Se escudaría en su supuesto nuevo proyecto para no darle la cara?, ¿enserio quería que las cosas fueran de esa forma?

    Sus dedos se habían apretado fuertemente contra su teléfono, dejando en evidencia la gran frustración que le invadía. Al percatarse de esto, intentó relajarse. No era habitual en él perder la compostura de esa forma. Quizás estaba mucho más afectado por todo ocurrido en Oregón de lo que creía… Pero no había forma de que dejara las cosas de esa forma. Una parte de él sabía que no era correcto, pero otra más fuerte le gritaba al oído: “¡al carajo!”

    Volvió al salón con el mismo apuro con el que había salido, y en esa ocasión si se tomó un segundo para encender las luces.

    —Chicos, tendrán que disculparme —les informó apresurado mientras se dirigía a su escritorio para recoger el resto de sus cosas— Me surgió una situación personal, y tendré que retirarme. Voy a pedir que venga algún profesor a cuidarlos por el resto de la hora. Nos vemos el viernes; no hay tarea.

    Ni siquiera se tomó un momento para ver las expresiones confundidas, o incluso preocupadas de los niños. Sólo desconectó su laptop, la guardó en su mochila junto con todas sus demás cosas, y se la colocó al hombro. Y sin decir nada adicional a lo que ya había dicho, salió de nuevo del salón. Y tras una parada rápida a dirección para dar aviso, salió también de la escuela.

    — — — —​

    Más temprano ese día, en algún punto entre los bosques de Maine, el Dr. Russel Shepherd comenzaba su día como de costumbre. Despertó a las siete de la mañana en su cuarto en el nivel -10 de la Instalación 24G1 del DIC, conocida coloquialmente como El Nido. Los niveles del -10 al -13 de la base construida en el interior de una alta montaña, estaban destinados para los cuartos del personal científico de planta. Una vez que salías del ascensor, era como haber entrado al pasillo de un elegante hotel, o de un costoso edificio de departamentos. Claro, las habitaciones eran pequeñas, apenas lo necesario, aunque la del Dr. Shepherd era de las más amplias.

    Luego de despertarse, tomar una ducha, vestirse y comer su desayuno en el Comedor del Nivel -9, el resto de su día solía repartirse entre los diferentes proyectos que estaban a su cargo directo. Russel era el Jefe de Investigación del nuevo DIC. En concreto, él mismo supervisaba cualquier proyecto que tuviera relación con los UP’s o Usuarios Psíquicos, un término acuñado desde antes de que él llegara a ese sitio y que él consideraba un poco inexacto para categorizar la gran cantidad de personas con habilidades diferentes que habían ido encontrando a lo largo de los años.

    De todos los proyectos que tenía en curso, ninguno le causaba tanto interés al buen Dr. Shepherd como Gorrión Blanco, pese a que era uno de los que estaban más estancados. Pero tenía fe en que ya no sería así. De hecho, ese mismo día llegaría un nuevo elemento externo que esperaba pudiera ayudarles a darle al fin un progreso satisfactorio. Eso sería quizás el cambio más significativo en su rutina, después del viaje de tres días que había hecho la semana pasada para entrevistar en persona a diferentes candidatos alrededor del país.

    A mitad de la mañana, mientras se distraía con otras cosas en lo que le confirmaban la llegada de dicho nuevo elemento, la secretaria personal del Capitán McCarthy, Director Genral del Nido, se comunicó con él por su radio remoto, indicándole que el Capitán deseaba verlo en su oficina lo antes posible. El “lo antes posible” sonaba serio, pero a Russel no le preocupó mucho. Indicó que iría para allá de inmediato, pero de hecho se tomó un poco más del tiempo necesario para ir a la máquina expendedora del comedor y comprar una barra de arándano. Pero no lo hacía para molestar… o no conscientemente al menos.

    Una vez que tuvo su bocadillo, subió por el ascensor al nivel -1, en donde se encontraba todas las oficinas administrativas y de seguridad. Kat, la secretaria de McCarthy, no se encontraba en su lugar cuando llegó. Por lo tanto, se tomó la libertad de dirigirse directo a la puerta de roble con la placa dorada empotrada en ella que mostraba el nombre Cap. Davis McCarthy, y llamó con sus nudillos con sólo la fuerza necesaria

    —Adelante —pronunció una voz profunda desde el interior la oficina, y Russel le tomó la palabra.

    Davis McCarthy, un hombre a la mitad de sus cuarentas de cabello y barba rojos, se encontraba sentado en su escritorio, aparentemente firmando unos papeles en el interior de un legajo. A sus espaldas las ventanas que daban al área de entrenamiento de los militares de planta se encontraban abiertas. En ese momento los jóvenes soldados de uniformes azules corrían en formación por la amplia área despejada.

    —Buenos días, capitán —saludó Russel desde la entrada, dándose cuenta un poco tarde de que tenía algo de la barra que comía en su boca—. ¿Quería verme?

    —Russel, siempre estás comiendo alguna golosina cuando te veo, ¿por qué? —Le cuestionó el hombre pelirrojo sin voltear a verlo directamente, sabiendo sólo por cómo había hablado que en efecto estaba comiendo algo.

    —Es una barra de arándano; se supone que es saludable —se defendió Russel, burlón. Cerró la puerta detrás de él y se aproximó hacia una de las sillas delante del escritorio y se sentó en ésta de forma relajada, cruzándose de piernas—. Lo cierto es que soy un adicto a los dulces. No al nivel de tener que ir a comedores anónimos o algo así, pero si lo suficiente para que me preocupe un poco tras mis últimos análisis de sangre. Así que estoy intentando dejarlo, en especial los chocolates. —Dio entonces una mordida más de su barra, de la cual ya quedaba menos de la mitad—. Pero estas cosas son el doble de caras y la mitad de buenas. No lo hacen fácil.

    McCarthy sólo soltó un pequeño murmullo con su garganta, que apenas y mostraba interés en su explicación. Su atención seguía puesta en los papeles delante de él, que leía con mucho cuidado antes de al fin firmarlos en la parte inferior. El capitán era un hombre fornido, de rostro fuerte y mirada intensa, propio de un militar de carrera. Su personalidad seria y estricta, que rozaba casi en lo mojigato, era igualmente la estereotipada de alguien de su cargo. No llevaba mucho en el Nido ni en el DIC; quizás un poco más de año y medio, a diferencia de Russel que ya tenía unos quince años metidos en ese pequeño mundo de los UP’s.

    De manera oficial, McCarthy era el encargado de la seguridad y la administración de esas instalaciones, así como de ser el contacto directo con la Directiva del DIC. Todo eso lo convertía teóricamente en su superior, al menos en el organigrama. Sin embargo, en la práctica, Russel, en su carácter de Jefe de Investigación, tenía casi completa autonomía para actuar como mejor le pareciera, dirigir a su equipo y sus proyectos, y solamente entregar sus reportes en tiempo y forma. Esa manera de trabajar siempre había funcionado, aunque había traído algunos roces con los dos antecesores del capitán McCarthy. En contraste, su relación actual con éste era bastante más calmada y cooperativa, pues cada uno parecía estar más que feliz de no tener que meterse en el terreno del otro. Aun así, esa petición de que fuera a su oficina “lo antes posible”, hizo despertar en Russel sus viejos hábitos de autodefensa para lo que pudiera venir.

    Sabía que quería hablarle de Gorrión Blanco; últimamente era lo único de lo que hablaban. Ese tema, y el de la famosa Charlie McGee, eran los que más agitaban el avispero de los altos rangos, y últimamente ambos habían pasado a estar muy relacionados entre sí. Así que no tenía prisa en que le dijera qué deseaba con exactitud, por lo que se quedó sentado en su silla, comiendo su barra pacientemente en lo que terminaba lo que estaba haciendo. No fue mucho. Un par de minutos después McCarthy firmó el último de los papeles, cerró el legajo y lo colocó a un lado de su escritorio.

    —Cómo sea. ¿No llegaba hoy la nueva bioquímica independiente que habías seleccionado para Gorrión Blanco?

    —Oh sí, la señorita Mathews —confirmó Russel—. Recibí noticia de que la recogieron en el aeropuerto hace una hora, así que debe estar por llegar en cualquier momento.

    McCarthy asintió y se hizo hacia atrás, recargándose completamente contra su silla. Parecía tenso, pero ni así Russel dejó de comer su barra de arándano hasta terminarla por completo.

    —Sé que tenemos prisa —declaró el capitán—, en especial tras la última advertencia del Director Sinclair. Pero aun así tengo que preguntarlo: ¿estás seguro que será la adecuada para esto? No entrevistaste a muchos otros candidatos, y la seleccionaste después de hablar con ella sólo una vez.

    —¿Qué si estoy seguro?, pues no —respondió Russel con simpleza, encogiéndose de hombros—. Ignoro si será la gran revelación milagrosa que resolverá este pequeño embrollo que tenemos en manos. Pero sí sé que es la mejor opción que podríamos haber encontrado en tan poco tiempo.

    —¿Y por qué estás tan seguro?

    —Bueno, su experiencia, referencias, historial familiar, y el hecho de que ya se le hubiera dado Autorización de Seguridad antes, ayudó bastante.

    —Con historial familiar supongo que te refieres a su padre. Es militar, ¿no?

    —Cuerpo de Marines, para ser exacto. Retirado. Sus dos hermanos mayores también están enlistados. Así que se podría decir que este tipo de ambientes no son extraños para ella. Pero además de todo eso, también influyó la sensación que me dio cuando hablé con ella. Un buen presentimiento, se podría decir. Y cómo nuestra experiencia nos ha mostrado, los presentimientos muchas veces no son sólo eso, ¿cierto?

    Acompañó su comentario con un juguetón guiño de su ojo. McCarthy no parecía ni a favor ni en contra de sus comentarios. De todas formas, ¿qué podría decir a esas alturas? La decisión ya estaba tomada, y la chica venía en camino en ese mismo momento. Además, elegir a su personal a cargo era parte de la autonomía con la que Russel contaba, pese a que el capitán tenía la libertad de expresar su opinión si le apetecía.

    —Pues esperemos que tengas razón —concluyó McCarthy, girándose hacia las ventanas a sus espaldas. Debajo, en el nivel -2, los muchachos seguían con su entrenamiento diario—. El Director Sinclair me pidió que te recordara que ésta es tu última oportunidad. Y que si esto no funciona, el recurso será aprovechado de otras formas.

    —Por supuesto —respondió Russel con bastante calma. No era la primera que le lanzaban dicha amenaza, y estaba seguro de que no sería la última.

    Llamaron a la puerta, y antes de que McCarthy terminara de girar su silla de regreso, ésta se abrió. El rostro de Kat, una mujer de cincuenta años de cabello rojizo con canas, se asomó hacia el interior del despacho.

    —Disculpe, capitán —dijo la secretaria con precaución—. Me pidieron que le comunicara al Dr. Shepherd que el helicóptero que esperaba ya se está acercando. Parece que tiene su radio apagado.

    Russel se sobresaltó un poco en su silla, y entonces tomó el pequeño radio negro sujeto a su cinturón para revisarlo.

    —Vaya, qué barbaridad —musitó el hombre de cabeza rapada, sonriendo ampliamente con sus dientes blancos y brillantes—. Gracias, Kat. Iré enseguida.

    La secretaria asintió y se retiró cerrando la puerta de nuevo.

    —Bueno, tu presentimiento ya está aquí —señaló McCarthy, demasiado serio para considerarlo una broma—. Debes ir a recibirla.

    —Por supuesto —indicó Russel, parándose de su asiento rápidamente—. Me voy entonces.

    Russel se viró hacia la puerta, y apenas alcanzó a dar dos pasos en su dirección antes de escuchar la voz del capitán otra vez.

    —Con Autorización de Seguridad o sin ella, procura no revelarle más de lo necesario —musitó McCarthy, casi como una peligrosa advertencia. Russel se detuvo y se giró a mirarlo, un tanto desconcertado.

    —Si queremos que haga una buena labor, tenemos que darle todos los datos precisos para trabajar.

    —Lo sé —susurró el hombre pelirrojo en voz baja, y entonces alzó esa mirada penetrante hacia él—. Por eso lo digo: no más de lo necesario.

    Russel guardó silencio unos momentos, sosteniéndole su mirada. La suya también podía ser penetrante e intensa si lo necesitaba.

    —No más de lo necesario. Entendido.

    Sin más, el Jefe de Investigación dejó la habitación para cumplir su nueva labor de ese día.

    — — — —​

    Para cuando llegó al Nivel 0, en donde se encontraba el Helipuerto en el punto más alto de la base, el helicóptero azul ya era visible a simple vista y se preparaba para bajar. Los encargados de la pista ya les estaban dando las indicaciones, y estaban listos para recibirlo. Al salir del elevador, lo primero que Russel distinguió fue la espalda ancha y la nuca descubierta del Sargento Francis Schur (Frankie para los amigos, y Russel), encargado de la seguridad del base y hombre de confianza de McCarthy. Él se encontraba de pie a un lado de la pista, con sus manos atrás de su espalda mientras miraba al helicóptero descender. Russel se le aproximó, parándose a un lado e él.

    —Hey, Frankie —le saludó, animoso—. Mi soldado favorito. ¿Cómo estamos hoy?

    —Bien —le respondió el hombre de uniforme azul, de forma impasible.

    —Animado como siempre —ironizo Russel—. Sé que no te agrada mucho el tener civiles rondando por aquí. Pero cuando se trata de ciencia, a veces es bueno tener un par extra de ojos, con otras ideas alejadas de los cuadrados procedimientos de una institución gubernamental.

    —Si usted lo dice, Doctor —le respondió Frankie con la misma falta de emoción que antes.

    Russel resopló, cansado. Le agradaba Frankie, pero sacarle plática era realmente un dolor de cabeza.

    El helicóptero descendió hasta posarse firmemente en la pista. El motor se fue apagando, y las hélices poco a poco se detuvieron hasta quedar inmóviles. Colocaron una escalerilla a un lado del helicóptero, y la compuerta se abrió. Uno de los ayudantes de la pista ayudó con su mano a que la pasajera se bajara. En cuanto Russel divisó a la mujer delgada de cabello negro corto y anteojos, se aproximó con paso seguro hacia ella, seguido detrás por Frankie.

    —Señorita Mathews, qué placer verla de nuevo —anunció Russel con fuerza, llamando de inmediato la atención de una aún aturdida Lisa Mathews.

    —Dr. Shepherd, igualmente —le respondió Lisa, extendiendo su mano para estrechar la de él. Traía unos pantalones azules y zapatos cómodos, y una chaqueta café, ropa más casual que la bata de laboratorio que tenía el día que la entrevistó. En su hombro cargaba una mochila gris para computadora.

    —¿Cómo estuvo el viaje en helicóptero? —Le cuestionó Russel, mientras con una mano en su espalda le guiaba para que se alejaran del vehículo.

    —Bastante bien, gracias —murmuró despacio, mientras sobre su hombro miraba hacia el paisaje visible, que parecía ser sólo bosque extendiéndose a la distancia—. ¿En verdad esto es un Centro de Investigación? Parece casi la base de algún villano de caricatura.

    Russel carcajeó estridente, divertido por el comentario.

    —Muy bueno, por supuesto que sí. No es una instalación militar común, eso se lo puedo asegurar. La apodamos cariñosamente El Nido.

    —Oh, ¿por la altura?

    —Supongo —respondió Russel encogiéndose de hombros—. No dije que fuera un apodo muy creativo.

    Al mirar una vez más sobre su hombro, Russel notó como los pilotos del helicóptero bajaban del comportamiento trasero de éste tres maletas; una rosada y dos negras.

    —Veo que trajo suficiente equipaje.

    —Bueno —pronunció Lisa, un poco cohibida—, me dijeron que ocuparían de mis servicios por quizás dos o tres semanas, así que quise venir preparada.

    —Mujer precavida, me gusta. Ustedes dos —Russel señaló entonces a otros dos soldados, con el mismo uniforme azul que Frankie—, ¿podrían llevar ese equipaje a la recamara de personal temporada 103? Mientras le damos su introducción a la señorita Mathews para que pueda ponerse a trabajar lo antes posible.

    Los soldados se miraron entre ellos algo confundidos. Sus expresiones enteras gritaban: “somos soldados, no mozos.” Ambos miraron hacia Frankie buscando alguna instrucción diferente, pero éste sólo asintió con su cabeza, indicándoles que hicieran lo que les habían ordenado. Y, un poco a regañadientes, así lo hicieron.

    —Por aquí, por favor —le indicó Frankie a la recién llegada justo después, y la llevó hacia una mesa colocada delante de los elevadores. Ahí, otro soldado más aguardaba. Sobre la mesa había tres cajas metálicas enumeradas, que al parecer se cerraban con llave—. Le voy a pedir que deje en estos recipientes cualquier aparato electrónico que traiga consigo. Teléfonos, tabletas, computadoras, cargadores, memorias extraíble, cigarros electrónicos, etc.

    —Necesitaré al menos mi computadora para poder trabajar —indicó Lisa con preocupación.

    —Se le asignará un equipo certificado para sus labores —le aclaró Frankie—. Si necesita algún archivo o programa en especial de alguno de sus equipos, se le proporcionará dado el momento. Mientras tanto, el acceso de cualquier aparato electrónico se encuentra restringido más allá de esos elevadores.

    —Ya ha trabajado anteriormente en proyectos gubernamentales, así que sabe cómo es esto, ¿no? —Indicó Russel, con un tono más calmado que el de su colega militar—. No se preocupe, en su cuarto tendrá también un equipo para su uso personal, con acceso a cualquier sitio aprobado, e incluso una televisión con Netflix… O, más bien, algo similar a Netflix. Pero mientras esté aquí, entenderá que su contacto con el exterior tendrá que ser limitado. Supongo que sus jefes se lo explicaron, ¿no?

    —Sí, y lo entiendo —asintió Lisa—. No se preocupe.

    Colocó su mochila sobre la mesa y la abrió, sacando del interior su laptop, su tableta personal, sus respectivos cargadores, y su lector de libros electrónicos. Del bolsillo de su pantalón sacó su teléfono celular y sus audífonos. Sin embargo, antes de colocar el teléfono sobre la mesa, vaciló un poco.

    —¿Podría antes enviar un último mensaje? —les preguntó intentando sonar firme.

    —No está permitido hacer tal cosa dentro de este perímetro —le informó Frankie con voz tosca.

    —Oh, vamos, cómo si nadie más aquí lo hiciera de vez en cuando —bromeó Russel entre risas, lo que provocó que Frankie lo mirara molesto. El doctor se giró curioso hacia Lisa—. ¿Algún motivo en especial por el que debas mandar dicho mensaje?

    —Es personal —le respondió Lisa, dudosa—. Todo el viaje fue tan repentino que no pude avisarle apropiadamente a… —Dudó unos momentos antes de proseguir—. A mi novio, sobre esto. Sólo no quiero que esté preocupado.

    Russel asintió, al parecer convencido. Miró de nuevo a Frankie, pero evidentemente él no se encontraba nada conmovido por la explicación.

    —Aún no ingresa a los elevadores, así que técnicamente aún está en el área restringida —señaló Russel, como si se tratara del argumento de un abogado.

    Frankie suspiró resignado. Si se tratara de cualquier otro, se mantendría firme en su convicción sin necesidad de siquiera consultarlo con McCarthy. Pero él entendía bien que en ese sitio Russel no era cualquier persona.

    —Tendré que revisar el contenido del mensaje antes de que lo envíe —indicó Frankie con seriedad.

    Lisa asintió y sonrió agradecida. Tomó su teléfono y rápidamente comenzó a escribir lo que quería decir en un sólo mensaje, intentando no revelar ni decir más de la cuenta. Una vez que lo terminó de redactar, se lo pasó al soldado para que lo revisará. Frankie le echó un vistazo rápidamente.



    Hoy comencé mi nuevo proyecto. Será fuera de la ciudad, por lo que estaré ausente e incomunicada por un tiempo. No sé qué tanto. Por favor no me busques, será mejor así.

    Cuando vuelva a Seattle yo te busco para que podamos hablar. Cuídate.


    Frankie lo leyó una segunda vez, y luego le pasó de regreso el teléfono a Lisa, asintiendo para indicarle que podía proseguir. Lisa envió el mensaje, apagó la pantalla y entonces colocó el teléfono con el resto de sus cosas.

    —Gracias.

    Sus dispositivos fueron guardados en las cajas bajo llave y fueron llevados por uno de los soldados hacia una puerta lateral, que de seguro daba a una bodega. Lisa firmó unos papeles para confirmar lo que estaba dejando, y a cambio le dieron tres fichas con los números de las cajas.

    —Todo le será devuelto cuando deje las instalaciones al final de su trabajo —le indicó Frankie.

    —Está bien.

    Una vez terminado ese trámite, le pasaron un detector de metales y revisaron el resto de su equipaje. Todo ello no fue agradable, pero sí lo suficientemente respetuoso.

    —Ahora, si me sigue, por favor —le pidió Russel, avanzando hacia los ascensores—. Disculpe que no la deje siquiera descansar un poco, pero estamos un tanto apresurados. Por eso ocupamos que se empape del trabajo que tendrá que hacer lo más pronto posible.

    Frankie igualmente los acompañó, y similar a como lo había hecho aquella noche cuando Russel volvió de su viaje, extendió su tarjeta de acceso al lector a un lado de la puerta para llamar al elevador.

    —Sus jefes ya le dieron una introducción, supongo —le susurró Russel a su invitada, mientras aguardaban la llegada del ascensor.

    —Sí, aunque no me dijeron mucho —respondió Lisa—. Por lo que entiendo, hay un químico sintético que desean que revise, estudie, pruebe sus efectos en sujetos de laboratorio, y cree un derivado seguro para su uso en humanos.

    —Un buen resumen —asintió Russel, conforme—. Similar al trabajo que realiza todos los días en su empresa, ¿no? Sólo que este químico es un tanto más complejo que aquellos con los que ha trabajado hasta ahora.

    —Era de esperarse. ¿Qué es lo que debe hacer dicho químico?

    A diferencia de su actitud hasta ese momento, Russel guardó un singular silencio, que le hizo sentir a Lisa que quizás había hecho una pregunta inapropiada.

    El elevador llegó en ese mismo momento, por lo que los tres ingresaron. Las puertas se cerraron, Frankie presionó el botón -5 y comenzaron a bajar. Entonces Russel volvió a hablar.

    —Ya firmó el papeleo de la confidencialidad y todo eso, ¿cierto?

    —No me dejaron subirme al helicóptero sin hacerlo —aclaró Lisa.

    —Por supuesto. Bueno, ¿recuerda que cuando nos conocimos usted me mencionó a la antigua agencia del DIC, y esos oscuros experimentos que supuestamente estuvieron haciendo en los 60’s y 70’s?

    Lisa se sobresaltó, un poco asustada por tal cuestionamiento. Respiró lentamente intentando calmarse, antes de responderle:

    —Sí, lo recuerdo.

    —Mucho de lo que se dice con respecto a eso son meras exageraciones. Pero claro, eso usted ya lo sabe.

    —Por supuesto —sonrió Lisa, serena.

    Russel carraspeó un poco, y se acomodó sus anteojos.

    —Pero lo cierto es que esos individuos sí realizaron proyectos interesantes, que quedaron en el olvido tras la disolución de la agencia en los 80’s. Recientemente, sin embargo, algunas personas… importantes, se podría decir, decidieron retomar algunos de estos. Entre ellos, uno que involucraba a una fuerte droga química conocida como el Lote Seis.

    —¿Lote Seis? —Cuestionó Lisa, curiosa.

    —Los detalles los verá en los expedientes que le proporcionaremos dentro de poco. Pero en términos simples, se trataba de un anestésico, además de alucinógeno, que en teoría sería capaz de realizar modificaciones físicas al cerebro de a quienes se les aplicara, sobre todo en lo respectaba a su glándula pituitaria; ese pequeño puntito tan mágico en nuestras cabezas. De hecho, el componente base de dicho químico era una versión sintética de una sustancia muy inusual y única, excretada por esta glándula y presente sólo en cierto grupo de personas.

    Lisa estaba tan concentrada y sumida en lo que le estaba contando, que no se dio cuenta que habían llegado a su destino hasta que Russel y Frankie comenzaron a caminar. Ella se apresuró a alcanzarlos antes de que las puertas se cerraran y la dejaran atrás.

    —Éste es el Nivel -5 —le informó Russel—, nuestro centro médico. Sígame, por favor.

    Aquel era un largo pasillo blanco bien iluminado, con varias puertas enumeradas a los lados. Ciertamente parecía el pasillo de algún hospital de alta gama.

    —¿A qué se refiere exactamente con cambios físicos? —Preguntó Lisa, un tanto ansiosa de seguir con la conversación.

    —Bueno —prosiguió Russel, aunque al parecer no tan convencido como antes—, el Lote Seis podría, en teoría, hacer que personas tan normales como usted o yo, desarrolláramos capacidades fuera de lo común. Incuso algunas casi… sobrenaturales.

    —¿Qué? —Exclamó Lisa sorprendida, deteniéndose de golpe—. ¿Está hablando de… poderes psíquicos? Cuando hablamos el otro día me dijo que usted no creía en esas cosas.

    Russel se detuvo unos pasos más adelante, y se giró hacia ella, mirándola con una expresión, casi sombría.

    —No recuerdo haber dicho eso, exactamente —musitó despacio, dejando a Lisa aún más impresionada que antes—. Sigamos, casi llegamos.

    Reanudaron en ese momento la marcha, por lo que Lisa no tuvo más remedio que hacerlo también.

    —¿Probaron ese químico en personas?

    —Sí —respondió Russel escuetamente.

    —¿Y… funcionó?

    —¿Qué cree usted?

    Lisa no respondió, y la verdad no estaba segura de querer seguir insistiendo.

    Luego de avanzar un poco más, se detuvieron justo delante de una puerta con el número 5016 en ella.

    —Ya llegamos —murmuró Russel con tono triunfante, y pasó él mismo a usar su propia tarjeta frente al lector electrónico para que la puerta se abriera.

    Al entrar, lo primero que Lisa notó fue una moderna camilla de hospital, y una persona recostada en ella, al parecer inconsciente. Al inicio no la vio con claridad, pero tras dar dos pasos más hacia la cama, pudo divisar que se trataba de una joven rubia y delgada, plácidamente dormida; o, aparentemente dormida. Había una persona más ahí, un hombre asiático en bata blanca, sentado en una silla viendo el televisor del cuarto.

    —Dr. Takashiro, buenos días —le saludó Russel.

    —Buenos días, doctor —le respondió el hombre de bata blanca, sin apartar sus ojos del televisor. Al parecer veía un partido de béisbol.

    —¿Viendo el Béisbol tan temprano? —musitó Russel con sarcasmo.

    —Es una repetición —indicó el médico con voz ausente.

    —Entonces no le importará…

    Russel tomó en ese momento el control remoto, y con él apagó el televisor de un sólo botonazo. Esto pareció sorprender al médico asiático, que rápidamente se volteó y pudo notar que Russel no venía solo.

    —Señorita Mathews —comenzó a presentar Russel, extendiendo su mano hacia el médico—, este amable caballero es el Dr. Joe Takashiro, nuestro neurólogo de cabecera en este proyecto, y quien ha estado supervisando durante el último año el estado de Gorrión Blanco.

    El Dr. Takashiro se puso de pie, un tanto avergonzado y con la intención de presentarse y extenderle la mano a la recién llegada. Pero Russel no le dio tiempo de hacerlo, pues de inmediato guio a Lisa hacia la camilla, provocando que prácticamente ambos le dieran la espalda.

    —Y ésta de acá —indicó Russel mirando a la joven rubia inconsciente—, es efectivamente nuestra querida Gorrión Blanco, quien a partir de hoy se convertirá en su nueva mejor amiga.

    —¿Gorrión Blanco? —Susurró Lisa y se aproximó cautelosa a un costado de la camilla, y examinó con más cuidado a la persona en ella. Era una mujer joven, de quizás sólo un poco más de veinte años. Era delgada, de rostro afilado y pálido, con algunas marcas de acné adolescente. Su piel, y sobre todos sus labios, se veían resecos, y su cabello parecía algo descuidado y sin forma—. ¿Quién es?

    —Eso no es tan importante, ¿o sí? —Respondió Russel, encogiéndose de hombros—. Bien podría ser una princesa, la hija de un importante mandatario, o una simple chica de clase baja de Maine. Para el caso da lo mismo.

    «No creo que estaría en una instalación como está si fuera una simple chica normal de Maine», pensó Lisa mientras seguía observándola.

    —¿Está en coma? —Preguntó la bioquímica de pronto, aunque la respuesta era de seguro bastante lógica.

    —Desde hace cuatro años —Respondió Russel, asintiendo—. Dr. Takashiro, por favor. La señorita Mathews no es médico, pero es bastante inteligente.

    El médico asintió y se aproximó hacia una computadora, colocada sobre un pequeño escritorio en un rincón. Luego de ingresar con su usuario, abrió un expediente y luego abrió dos imágenes que ocuparon entre ambas todo el espacio del monitor plano. Lisa se aproximó y echó un vistazo. Parecía ser la tomografía de un cerebro. A simple vista lo primero que le llamó a atención fue una mancha, más clara que el resto, que cruzaba en diagonal por el centro de la imagen. Además había al menos tres áreas del mismo tono, esparcidas en diferentes puntos. En efecto Lisa no era un médico, y menos neuróloga, pero eso no le parecía que pudiera ser algo bueno.

    —En términos simples, la chica tiene graves lesiones cerebrales a causa de un trauma severo en la cabeza —explicó Takashiro, señalando al monitor—. ¿Las ve?

    Lisa asintió.

    —¿Qué le pasó? ¿Fue un accidente?

    —Le cayó su casa encima —explicó Russel rápidamente, provocando que Lisa lo volteara a ver confundida—. Bueno, mínimo toda la planta alta —añadió Russel con tono burlón, como si aquello hiciera todo mejor.

    —Además de esto, estuvo clínicamente muerta por al menos quince minutos —añadió Takashiro—, cuando el límite suele ser de diez. Se cortó la oxigenación al cerebro durante todo ese tiempo, lo que provocó que otras áreas fueran dañadas. Médicamente hablando, es más un vegetal que un ser humano. Su estado se ha mantenido exactamente igual en estos cuatro años, sin empeorar o mejorar. Incluso en los escenarios más optimistas, que rozan en lo que la medicina puede llegar a considerar milagros, no hay forma de que despierte de nuevo. Esas máquinas son las que la mantienen viva. Si fuera un paciente de cualquier hospital convencional, hace mucho que como médico hubiera sugerido terminar con esto.

    —¿Y por qué no lo han hecho? —Cuestionó Lisa, desconcertada por tan horrible diagnóstico.

    —Bueno —intervino Russel, retirándose sus gruesos anteojos—, en estos momentos precisos, por usted, señorita Mathews. Usted es lo único que separa a esta joven de su tan poco prometedor destino.

    —¿Disculpe? —Exclamó Lisa confundida, e incluso algo asustada.

    Russel avanzó hacia el mismo escritorio en el que se encontraba la computadora, y con una llave que sacó de su pantalón abrió el cajón archivero de éste.

    —¿Recuerda lo que le comenté del Lote Seis? —Inquirió al tiempo que esculcaba en el interior del cajón—. ¿Y sobre cómo era capaz de realizar cambios físicos en los cerebros de las personas? Bueno…

    Sacó entonces del cajón un grueso legajo negro con un broche para sostener papeles adornando su parte superior. Se viró entonces hacia Lisa y se lo extendió para que lo tomara.

    —Le presento al Lote Diez, señorita Mathews.

    Lisa miró perpleja el expediente, y dudando un poco lo tomó entre sus dedos. Al abrirlo, se encontró con varios papeles, decenas de ellos, que parecían ser reportes, notas, fórmulas y bitácoras de experimentos. Aunque la información general de lo que contenían no le era conocida, los formatos y varios de los términos y procedimiento descritos eran muy similares a los que usaban en su empresa. Todo aquello describía con sumo detalle la composición y los efectos de una droga, a la que en efecto se referían repetidas veces como el Lote Diez.

    Mientras Lisa le echaba un vistazo rápido a todos esos papeles, Russel se apoyó contra el escritorio, casi sentándose en éste, y comenzó a explicarle la historia detrás de ellos.

    —Ampliando mi respuesta a su pregunta anterior: sí, el Lote Seis fue probado en humanos, pero dicho experimento no resultó como lo esperaban. Causó algunos resultados impredecibles e inestables en los sujetos a los que se les aplicó. Ira, depresión, trastornos psicológicos graves… y la muerte. —Aquello provocó que Lisa despegara su atención de los papeles por un segundo y lo volteara a ver sobre el armazón de sus lentes—. Pero sí hubo algunos que reaccionaron de buena manera, y en los que el experimento tuvo éxito. El Dr. Wanless, quien estuvo a cargo del proyecto original, intentó perfeccionar la fórmula, pero el proyecto fue finiquitado antes de que incluso el DIC fuera disuelto. Pero como bien le dije, algunas personas importantes lo retomaron hace tiempo, atraídos por los resultados obtenidos anteriormente. Y no me refiero a las muertes, sino a los éxitos. Es por eso que en los últimos años se ha invertido mucho en perfeccionar la fórmula, y dichos esfuerzos han dado como resultado esta nueva versión: el Lote Diez.

    Russel señaló al legajo en las manos de Lisa, y ésta volvió por mero reflejo sus ojos de regreso a su contenido. Volvió a hojearlo con cuidado, revisando superficialmente los datos mientras caminaba por el cuarto. Por su parte, el Jefe de Investigación prosiguió con su explicación:

    —Aunque sigue siendo impredecible en la mayoría de los sujetos, o incluso mortal, se llegó a la teoría de que si se administra en algunos sujetos específicos, cuya glándula pituitaria presente esta cierta… mutación llamémosle, podría llegar a modificar sus cerebros, mejorar exponencialmente sus habilidades únicas, y regenerar incluso este tipo de lesiones. —Al hacer ese último comentario, con su pulgar señaló hacia el monitor, aún con las tomografías abiertas—. Gorrión Blanco es nuestro principal paciente y sujeto de estudio. Si el Lote Diez tiene éxito curándola, entonces los alcances de nuestro proyecto se ampliarían. Sin embargo, necesitamos asegurar lo mayor posible el resultado antes de administrárselo, pues sólo tendremos una oportunidad. Y ahí es donde entra usted, señorita Mathews.

    Lisa sólo asintió, como si en realidad no lo hubiera escuchado. Pero sí lo había hecho, atentamente, incluso a pesar de que gran parte de su atención divagaba entre sus palabras y los papeles que leía. Luego de un rato, cerró cuidadosamente el legajo de nuevo, y lo sujetó pensativa contra su pecho.

    —Lo que requiere es que estudie la composición y los efectos de este Lote Diez, lo haga seguro, y entonces… —Se volvió lentamente hacia la camilla, y hacia el rostro dormido de su ocupante—. ¿Usarlo en esta chica? ¿Y espera que esto sea capaz de curarle esas lesiones tan horribles en su cerebro y hacerla despertar?

    —Y que no sólo despierte —señaló Russel, alzando su dedo índice—, sino que lo haga aún mejor de lo que era antes de caer en coma.

    —Que sus habilidades únicas aumenten exponencialmente —susurró Lisa despacio, repitiendo la expresión que él acababa de usar hace poco—. Cuando habla de habilidades únicas… ¿Estamos hablando de…? —Se viró en ese momento hacia Russel, pero su respuesta fue sólo una sonrisa discreta poco comprometida—. ¿Entonces ella…?

    Ni Russel, ni Takashiro, ni Frankie dijeron nada, pero la verdad flotaba tan clara en el aire que no fue necesario.

    Si hubiera ido a ese sitio y escuchado todo aquello un día antes de su última plática con Cody, de seguro hubiera tachado todo de una absoluta locura, y posiblemente hubiera pedido (o exigido) que la dejaran salir de ese lugar cuánto antes. Pero luego de aquello que Cody le había dicho y mostrado, en realidad ya no sabía qué pensar. Sí, esa chica podría ser una princesa, la hija de un mandatorio, una chica normal de Maine… o alguien especial como aparentemente lo era su novio.

    —Si todo sale bien, quizás ella misma le cuente su historia —añadió Russel con un tono bastante relajado; quizás demasiado—. Ahora, sé que es mucho por digerir, y de seguro tiene cientos de preguntas. Pero lo importante de momento es que entienda que este trabajo es muy, muy importante. Perfeccionar el Lote Diez es la última esperanza que esta joven tiene para poder despertar. Si tiene éxito, habrá salvado su vida. Y si no… bueno, no puede estar peor que como está. —De nuevo un comentario (demasiado) relajado—. Así que sin presiones. Yo sé que usted puede, tengo un fuerte presentimiento.

    «Claro, sin presiones» pensó Lisa con ironía, intentando que dicho sentimiento no se reflejara vívidamente en su rostro. Sabía que el trabajo que iría a hacer ahí sería complicado, pero no pensó que sería algo que rozaría casi la ciencia ficción. Pero a pesar de lo casi fantasioso de todo eso, al final de cuentas todo se trataba de químicos, compuestos y reacciones en el organismo. Esa era su especialidad, y se enorgullecía de ser substancialmente buena en ella.

    —Gracias —asintió Lisa con expresión neutral—. Pero la verdad es que sí es mucho que digerir… ¿Podría ir a mi habitación para refrescarme un poco y poder empezar a estudiar estos papeles?

    —Seguro, Frankie la llevará, ¿cierto? —Indicó Russel apuntando hacia el soldado con su mano. Éste sólo asintió de forma afirmativa—. Nos vemos en… tres horas, ¿le parece?

    —Sí, claro. Con su permiso.

    Lisa se dirigió a la puerta, un tanto apresurada al parecer, y Frankie la acompañó en cuanto pasó a su lado para poder abrir la puerta con su llave. Ambos salieron, la puerta se cerró sola detrás de ellos, y sólo entonces Russel pudo respirar con normalidad. Se retiró de nuevo sus anteojos, y se talló sus ojos con sus dedos. Un pequeño dolor de cabeza comenzaba a asomar su fea cara.

    —No le dijo todo —señaló Takashiro en ese momento, casi como un regaño—. Ni siquiera quién es realmente esta chica, o para qué tienen pensado usarla si es que logra despertar.

    El médico miró entonces de reojo a la joven en la cama, como si se sintiera temeroso de verla directamente.

    —Tarde o temprano se enterará, sí —respondió Russel, encogiéndose de hombros—. Pero por lo pronto, ¿para qué abrumarla con tanto? De todas formas el capitán no quiere que le diga más de lo necesario. Normalmente sus “órdenes” me dan igual, pero en este caso decidí que la prudencia sería buena idea.

    —¿Y está seguro de que es la adecuada? —Cuestionó Takashiro justo después, lo que a Russel le causó una mezcla de gracia y molestia, pues era lo mismo que McCarthy le había preguntado—. Recuerde que ésta es la última oportunidad de la chica. Si no lo logra, apagaran la máquina, le extirparan su pituitaria y la usarán como base para crear el Lote Once. Y yo sé que se ha encariñado demasiado con ella en este tiempo…

    —¿Encariñado? —Le interrumpió Russel, seguido de una pequeña risa divertida—. ¿Por quién me tomas, Takashiro? Sólo es un recurso valioso, que será útil a la causa ya sea de una forma o la otra. —Mientras hablaba, caminó hacia la camilla, parándose a la derecha de ésta. Miró pensativo el rostro dormido de Gorrión Blanco, incluso un poco melancólico—. Sólo preferiría que fuera la primera opción. Así que seamos positivos, ¿de acuerdo, Carrietta?

    Dio un par de palmadas en la mano delgada de la joven que reposaba a su lado, aun sabiendo que ella no mostraría reacción alguna a esto.

    Se dirigió él también a la puerta entonces, para seguir con el resto de sus pendientes para ese día.

    — — — —​

    El primer sitio al que Cody se dirigió tras salir de la escuela, fue el trabajo de Lisa, donde se supondría que debería estar a esa hora. No se sorprendió mucho cuando le informaron que no estaba ahí, o incluso de que no podían darle ninguna indicación de a dónde se había ido. Le molestó, incluso más de lo que ya estaba, pero no le sorprendió.

    Siguió intentando llamarla repetidas veces luego de eso, obteniendo la misma negativa que antes. Desesperado, decidió tomar otro taxi hacia su edificio de departamentos y ver si de casualidad aún seguía ahí. Sabía que era poco probable, pues su mensaje decía que saldría de la ciudad, pero de momento era la única alternativa que le quedaba. Bueno, en realidad aún le quedaba otra… pero no podía permitirse perder la cabeza en esa dirección aún.

    Al llegar al edificio, se bajó apresurado del taxi junto con su mochila. Conocía la clave de acceso de la puerta del vestíbulo, por lo que pudo entrar sin problema. Lo conocían muy bien, así que tampoco nadie le cuestionó. Subió por el pequeño elevador hasta el quinto piso, y caminó hasta la mitad del pasillo hasta la puerta de Lisa. Sin espera llamó insistentemente a la puerta, quizás con bastante más fuerza de la necesaria pues el sonido retumbó en el pasillo intensamente.

    —Lisa, ¿estás ahí? —Pronunció con su voz elevada, teniendo su rostro cerca de la puerta para escuchar cualquier movimiento en el interior. Pero no hubo movimiento, ni tampoco respuesta. Sólo silencio—. ¿Lisa?

    Volvió a llamar con la misma fuerza que antes, obteniendo los mismos resultados.

    Se sintió tan frustrado y molesto que por un momento se sintió tentado a patear la puerta, pero se contuvo. Una vez más estaba dejando que sus emociones tan alteradas lo dominaran y lo hicieran explotar sin motivo. Si alguien lo viera en esos momentos, de seguro pensaría que estaba dando un espectáculo lamentable.

    Era obvio que Lisa no estaba ahí, y de seguro ya ni siquiera estaba en Seattle. Lo mejor sería irse, e intentar pensar mejor las cosas cuando su cabeza se enfriara. Ya estaba a punto de hacerlo, cuando escuchó como la puerta justo enfrente de la de Lisa se abría, dejándolo paralizado por la impresión, como criminal infraganti.

    Una mujer mayor, pequeña y delgada, con cabello negro corto, se asomó hacia el pasillo cargando en sus brazos a un enorme gato esfinge con sus cueros colgando, al igual que sus patas. Cody la conocía; se habían cruzado más de una vez cuando iba ahí, y Lisa al parecer se llevaba bien con ella a pesar de la diferencia de edad.

    —Hey, Cody —le saludó la mujer con una sonrisa, una vez que lo reconoció. De seguro el escándalo que había hecho la había alertado—. Hacía rato que no te veía por aquí.

    —Señora Tsou, buenos días —Le respondió Cody, intentando parecer más calmado que hace unos momentos—. Busco a Lisa, ¿la ha visto hoy?

    —Salió muy temprano —le respondió la mujer, mientras pasaba su mano por el arrugado lomo de su gato—, a eso de las cinco de la mañana, creo.

    —¿A las cinco? —Soltó Cody, atónito.

    —Sí, me buscó anoche y me dijo que saldría de la ciudad por unas semanas. Me pidió si podía recoger su correspondencia. ¿No te lo dijo acaso?

    Cody se sintió algo cohibido, y desvió un poco su rostro hacia otro lado, apenado.

    —Tuvimos una… —comenzó a explicarle, sin poder terminar por completo la frase.

    —¿Discutieron? —Concluyó la mujer, a lo que Cody sólo asintió—. Descuida, ustedes son el uno para el otro. De seguro lo arreglarán.

    —Sí, gracias —respondió Cody, sonriéndole—. Hablaré con ella cuando vuelva, supongo.

    —Será lo mejor. Que tengas suerte.

    Tras esa corta plática, la señora Tsou volvió a su departamento, y Cody caminó hacia el ascensor.

    ¿No vería a Lisa hasta que ésta volviera a Seattle? ¿Así serían las cosas? Cody no lo tenía claro todavía. Lo que sí tenía claro era que tenía sus propios medios para saber en dónde estaba, si así lo quería. Pero… ¿lo quería?, ¿quería hacer uso de ese recurso para buscar y rastrear a su novia? ¿Qué decía eso de él como novio o como persona? Realmente no tenía nada que le pudiera indicar que Lisa estaba en peligro, o que no fuera a volver. Lo más sensato sería esperar a que volviera para poder hablar, justo como le había escrito en su mensaje.

    Sí, sería lo más sensato… pero en esos momentos Cody no pensaba de forma sensata. En momentos como ese normalmente recurriría a pedirle consejo a Eleven, pero ya ni siquiera podía contar con ella. Sólo podía contar consigo mismo por ahora.

    Cody ingresó al ascensor, bajó al vestíbulo y salió del edificio. Tomó afuera un taxi a su casa, en donde se tomó un par de cervezas y pensó seriamente en qué debía hacer.

    FIN DEL CAPÍTULO 70

    Notas del Autor:

    —En este capítulo se menciona al Lote Seis, concepto que pertenece originalmente a la novela de Firestarter u Ojos de Fuego de Stephen King. Así mismo el llamado Lote Diez sería un derivado de la misma sustancia, como bien se explica en este capítulo.

    —En capítulos anteriores se comentó que El Nido estaba cerca de Washington. Sin embargo, por sugerencia y para mantener la tradición Stephen King de muchas de sus obras, decidí cambiar su ubicación en algún punto no definido de Maine. Porque evidentemente las peores cosas ocurren en Maine.

    —El Capitán Davis McCarthy es un personaje original, sin ninguna relación con algún otro de los personajes o de las películas o series involucradas en esta historia. Ya había hecho una aparición anteriormente en el Capítulo 56 en la videollamada con Lucas Sinclair.

    —El Dr. Joe Takashiro y Frankie son ambos personajes originales, sin ninguna relación con algún otro de los personajes o de las películas o series involucradas en esta historia. Ya habían hecho una corta aparición anteriormente al final del Capítulo 40.
     
  11.  
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    Resplandor entre Tinieblas
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    Resplandor entre Tinieblas

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    Capítulo 71.
    Andy

    A las 9:15 de la mañana, el corte comercial terminó y comenzó a sonar de fondo el tema principal de Good Morning with Claudia Bertalli. El público presente en el estudio aplaudía al unísono con fuerza, como si fuera una fuerte granizada; incluso se oían algunos gritos de emoción entre ellos. Claudia Bertalli se encontraba en el centro de su set, sonriendo hacia las personas con sus hermosos dientes blancos. Detrás de ella se encontraban dos sillas de terciopelo azul, y detrás de éstas una vista simulada de la ciudad de New York, alumbrada por los rayos del sol matutino.

    Claudia Bertalli, una mujer rubia de piel bronceada y ojos verdes, ceñida en un vestido casual verde aqua, se veía entusiasmada, o quizás incluso algo cohibida, por la ferviente emoción del público. Aguardó unos momentos hasta que la música estuvo a punto de terminar, y entonces extendió sus manos hacia el frente para indicarle a la gente que ya podían (y debían) dejar de aplaudir. Paulatinamente así lo hicieron, aunque algunos ocuparon más tiempo que otros.

    —Y estamos de vuelta, damas y caballeros —proclamó la presentadora mirando directo a la Cámara 2 una vez que reinó el silencio, con esa alegría tan contagiosa que la cateterizaba—. ¿Cómo se encuentran en casa?, porque aquí los ánimos están que arden por nuestro siguiente invitado —Hizo una mueca graciosa de sorpresa, o incluso de miedo, lo que provocó algunas risas en el estudio—. Espero que ya se hayan terminado su café y estén lo suficientemente despiertos para esto. Con más de treinta años de carrera, veinte discos, y siete películas galardonadas, una de ellas a estrenarse este fin de semana en cines… Reciban con un caluroso aplauso al único, ¡Andy Woodhouse!

    El estudio estalló en aplausos y gritos de júbilo que retumbaron las paredes. Pancartas con mensajes como “Nosotros Amamos Andy” o “Todos Somos Hijos de la Luz” ondearon sobre las cabezas de las personas. La puerta simulada colocada a un lado del set se abrió automáticamente, revelando del otro lado a la persona que todos esperaban. Al verlo, los gritos y los aplausos aumentaron el doble. De fondo comenzó a sonar una versión instrumental de La Balada de las Estrellas, una de las canciones más emblemáticas del invitado, pero apenas y era apreciable por el escándalo. Claudia incluso se tapó los oídos e hizo una mueca de espanto a la cámara, como broma.

    Cuando la puerta se abrió, aquel hombre de cabello y barba anaranjada comenzó a caminar hacia el centro del set, mirando hacia el público mientras besaba sus dos manos y lanzaba imaginariamente sus besos hacia todos ellos. Sus intensos y profundos ojos color avellana se posaron en cada uno de los presentes, o al menos así lo sintieron ellos. Su cabello largo y lacio caía libremente sobre sus hombros. Su barba estaba completamente cerrada, bien recortada y cuidada. Usaba una camisa azul oscuro de tela brillante, abierta de los primer tres botones que dejaba a la vista su pecho blanco con algo de vello, anaranjado también, y varios collares de cuentas que colgaban de su cuello.

    Se aproximó jovial hacia Claudia, y ambos se dieron un caluroso abrazo, en el cuál la presentadora se encargó de quizás exagerar un poco su emoción. El abrazo fue acompañado de un sutil beso del invitado en la mejilla de Claudia. Luego de que se separaron, se giró de nuevo hacia el público para saludarlos, y entonar con su suave voz la letra de La Balada de las Estrellas justo en dónde iba en ese momento. El público y la propia Claudia no tardaron en unírsele por unos segundos, hasta que la estrofa terminara y la música callara. Una última ronda de aplausos se hizo presente, y ambos entonces pasaron a sentarse en los sillones azules.

    —Ojala me recibieran a mí así todos los días —comentó Claudia como reclamo, y más risas le acompañaron del público, y también de su invitado que no tardó en ponerse cómodo y cruzar sus piernas enfundadas en unos pantalones negros ajustados—. Andy, no sé cómo expresarte lo feliz que estoy de verte de nuevo. Hace mucho que no venías por aquí, canalla.

    —Más bien hace mucho que tú no me invitabas —le respondió Andy, apuntándole juguetonamente con su dedo.

    El estudio ahora sí estaba en silencio, pues todos, público y staff, estaban atentos a cada una de las palabras del invitado. Y no era para menos. Andy Woodhouse era una de las estrellas de la música más grandes de los últimos treinta años, y en la última década había incursionando también al cine, hasta incluso haber ganado recientemente un Oscar a Mejor Actor. Famoso también por sus muchas acciones caritativas alrededor del mundo, y por sus filosofías de vida que habían servido de inspiraciones para miles de personas. Siempre con su cabello largo y su barba que asemejaban, según algunos, la apariencia más popularizada de Jesús. Incluso le habían propuesto interpretarlo hace un par de años atrás, pero lo rechazó.

    —Oh, tú no necesitas invitación, y lo sabes —respondió la conductora a su último comentario, dándole una palmada en su rodilla—. Pero es que además has estado en extremo ocupado, ¿no?

    —Supongo que sí —añadió Andy, asintiendo—. Acabamos de volver de una gira por Asia, y mi reloj interno aún no se acostumbra al cambio de horario.

    —Y en lugar de estar descansando te tenemos aquí; vaya montón de explotadores que somos. Pero enserio, Andy, no sé cómo lo haces. Tantos años de carrera, y sigues tan vigente. ¿A qué crees que se deba?

    —Supongo que el mal gusto nunca pasa de moda —soltó Andy de forma burlona, y el estudio se llenó de risas otra vez—. Ya enserio, siempre he creído que cuando haces algo que en verdad amas y de lo que te sientes orgulloso, la gente lo percibe y lo recibe con alegría. La música es eso para mí. Y espero seguir haciéndolo por muchos años más. Bueno, mientras el público lo quiera, y al Universo le parezca.

    —Siempre has sido un hombre muy espiritual, ¿verdad, Andy?

    El hombre de barba sonrió, mostrando parte de su brillante dentadura, y asintió con su cabeza.

    —Me agrada pensar que tengo una relación sana y estable con las fuerzas que le dan forma a nuestro mundo. Ya sea Dios, Buda, el Monstruo Gigante de Espagueti… o algo más. Llevo mi vida encaminada a estar en paz con todo y con todos.

    —En esta época predominantemente atea y agnóstica, se ha vuelto un tanto inusual que los famosos expresen ese tipo de ideas tan públicamente, ¿no?

    —La gente está cansada de las religiones organizadas y los dogmas, y ese es un sentimiento que también comparto. Confío, sin embargo, en que tarde o temprano todos comprenderán a separar lo que es la iglesia como institución, del concepto que tengan de Dios. Y al hacerlo, entiendan que su relación con Él, Ella o Eso, se trata más de una interacción íntima y personal, y menos de seguir una serie de pasos y ritos, como si se tratara de magia negra.

    El músico se quedó callado unos instantes mirando al suelo, y luego miró de nuevo al público, sonriéndoles como si se acabara de acordar de algún chiste e intentaba no reírse de ello.

    —Pero estoy divagando, lo siento —se disculpó, aparentemente un poco avergonzado—. No me invitaste para hablar de eso.

    —Oh, no te disculpes —musitó Claudia risueña, dándole otra palmada en su rodilla—. Tienes una voz tan hermosa que podría oírte por horas hablar de cualquier cosa. ¿Y ustedes? —Se viró y señaló hacia el público buscando su opinión, y estos la secundaron con aplausos y ovaciones. Andy alzó una mano hacia ellos, en gesto de gratitud—. Déjame decirte —prosiguió Claudia—, hablando de magia negra, que cada vez que te veo te ves mejor. ¿Cuántos años cumpliste el junio pasado? Si se puede saber, claro.

    —No tengo problema con revelarlo —declaró Andy, encogiéndose de hombros—. Cumplí cincuentaiuno.

    —Cincuentaiuno —repitió Claudia con gran asombro, y no todo en él era parte de su sobreactuada personalidad. Se giró con la boca bien abierta hacia las cámaras. El público rio, y algunos soltaron silbidos de admiración—. Y te ves increíble, como un jovencito.

    —Gracias, Claudia. Tú también te ves muy bien.

    —Gracias por eso —rio la presentadora, algo sarcástica—. Ya casi entras en la categoría de abuelos sexys.

    —Creo que tendremos que esperar aún algunos años antes de poder considerarme abuelo. Mi hijo Sebastián tiene apenas diez años.

    —Oh, claro, ese pequeñín que adoptaste —señaló la conductora, inclinándose hacia él con verdadero interés—. ¿Ya tiene diez? Increíble. ¿Y cómo le ha ido?

    —Bastante bien. Es el primero de su clase, y está aprendiendo a tocar el violín.

    —¿Quiere ser músico como su papá?

    —Aún no lo decide. Pero tiene bastante tiempo para pensar en eso.

    —Por supuesto que sí. Pero ya enserio, ¿cuál es tu secreto para verte tan bien?

    —Ninguno, al menos que la meditación cuente —comentó son sorna—. Supongo que simplemente tengo buenos genes.

    —Y cómo no, si tu padre fue ni más ni menos que Guy Woodhouse, toda una leyenda de Hollywood. Aunque muchos dirían que tú ya lo habías superado, incluso antes de su muerte hace…

    —Hace ocho años —se apresuró a completar Andy en cuanto Claudia pareció atorarse al no tener el número claro en la cabeza—. Era una sombra bastante grande bajo la cual vivir, sin duda. Pero mucho de lo que he logrado fue gracias a él. Le debo mucho.

    —¿Fue por él que decidiste aventurarte al cine?

    —En parte de sí. Aunque creo que a él no le agradó mucho cuando lo hice por primera vez. Creo que sintió que me estaba metiendo en su territorio; era un hombre chapado a la antigua. Y claro, también influyó el hecho de que lo hice horrible.

    —Oh, por supuesto que no —declaró Claudia casi enojada por tal comentario—. Y no digo esto por alagarte, pero la verdad es que eres tan bueno en la actuación como lo eres con la música. ¿Verdad? —Una vez más buscó el apoyo del público, y éste se lo dio sin dudarlo—. De hecho, quiero que nos cuentes un poco sobre tu película que se estrena este fin de semana. Pero antes, me gustaría hacerte una última pregunta personal.

    Claudia descruzó sus piernas, se acomodó la falda de su vestido, y las volvió a cruzar, cambiando las piernas de posición. Se acomodó en su silla y se inclinó hacia Andy, mirándolo con una expresión mucho más seria que la que había tenido hasta ese momento.

    —Sé que es un tema del que no te gusta hablar, pero…

    —Está bien —respondió Andy rápidamente, incluso antes de que terminara de formular su pregunta—. Quieres preguntar sobre mi madre, ¿cierto?

    Claudia apretó un poco sus labios, y no respondió. Debajo de la base y el maquillaje que le habían aplicado, su rostro se había ruborizado un poco ante su propio atrevimiento. Creyó por un momento que quizás lo había hecho enojar. Sin embargo, Andy se veía bastante relajado, aunque no tan juguetón y sonriente como hasta entonces.

    Con voz clara y su vista puesta en algún punto lejano y solitario del set, el músico respondió lo mejor posible aquella pregunta implícita.

    —El principal motivo por el que no me gusta hablar de eso en las entrevistas, es porque en realidad nunca hay nada nuevo que decir. Ya son casi cuarenta años que no puedo verla, escuchar su voz, abrazarla… Pero no pierdo la esperanza. —De nuevo sonrió, y de nuevo sus blancos dientes brillaron en las cámaras—. Sé que tarde o temprano ocurrirá el milagro.

    —Esperemos que sí —concluyó Claudia, estrechándole su mano entre sus dedos en solidaridad—. Si alguien se lo merece, eres tú.

    Andy le sonrió y asintió como gratitud a su comentario.

    —Ahora sí, cuéntanos sobre esa película —solicitó Claudia, recuperando su contagioso buen humor de antes—. Todos sabemos que eres muy selectivo con los proyectos que aceptas. ¿Qué te atrajo de éste en especial como para incluso acceder a rasurarte tu hermosa barba? Por suerte ya te creció de nuevo.

    —Ya estaba así al día siguiente de terminar filmaciones —bromeó el hombre, pasando su amplia mano por su barbilla—. Bueno, como ya sabrás, en esta película interpreto a un abogado de oficio, que conoce…

    La entrevista continuó sin problemas, y el público no perdió su ánimo ni un momento. Andy accedió a cantar una canción ahí en vivo, aunque no estuviera preparado y tuviera que usar una guitarra que no era la suya. Aun así lo hizo excelente, y todos los presentes lo acompañaron. Para antes de las 10:30, Andy ya estaba fuera del estudio, de camino a su siguiente compromiso.

    — — — —​

    La agenda de Andy para ese día terminó un poco antes de la seis de la tarde, sin ningún contratiempo. Luego de su última cita, una reunión con los productores de una nueva película en la que se había interesado, se dirigió a su lujoso departamento en Midtown Manhattan, cerca de Central Park. Su camioneta negra, conducida por su conductor y guardaespaldas Pattrick, ingresó al estacionamiento del edificio a las 6:20 aproximadamente. Él había estado callado prácticamente todo el viaje, mirando por la ventanilla, pensativo. De vez en cuando, y sin que él se diera cuenta conscientemente, su mano recorrió su estómago como intentando apaciguar un dolor. Pattrick notó este acto por su espejo retrovisor.

    —¿Te duele algo, Adrian? —Le preguntó el fornido hombre de ascendencia italiana—. ¿Quieres que pasemos a alguna farmacia a comprarte algo?

    —No es nada —le respondió el hombre de barba sin apartar la mirada de la ventana—. Sólo estoy algo cansado, supongo.

    Aquello no era cierto. En realidad no estaba cansado, o al menos no de forma convencional. Aquel pequeño malestar en su estómago tenía otro tipo de origen. Cualquier otro mundano lo llamaría simplemente un “mal presentimiento. En su caso, sin embargo, una expresión como esa le resultaba un poco corta.

    Una vez que arribaron al edificio, subió por el elevador privado hacia el piso diecisiete. El departamento abarcaba cerca de la mitad de aquel piso, con la vista hacia Central Park. Se había instalado ahí hace dieciocho años de forma casi permanente, salvo cuando estaba de gira o dando presentaciones. Había tomado aquella decisión tras un hecho importante que le ocurrió en aquel entonces, en el lejano noviembre de 1999. Unos años después también le serviría para darle más estabilidad a su hijo adoptivo, y para que pudiera ir al colegio ahí en New York sin problemas.

    Al ingresas al departamento, dejó sus llaves sobre un tazón en la entrada, y pasó después a retirarse su sombrero y abrigo para colgarlos en el perchero.

    —Buenas tardes, Andy —escuchó que le saludaba la voz de su ama de llaves, y niñera de su hijo, con su marcado acento ruso pero con bastante calidez.

    —Buenas tardes, Gilda —le regresó Andy el saludo, sonriéndole gentilmente. La mujer mayor y robusta se le acercó para ayudarle a quitarle su abrigo, aunque él ya estaba a la mitad del trabajo. Ya más cómodo, Andy camino hacia la sala.

    —Déjame decirte que te veía muy guapo en la entrevista —comentó Gilda con cierto tono burlón mientras caminaba detrás de él.

    —Gracias, tú siempre tan amable.

    En la sala se encontró con Sebastián, su hijo, sentado en la alfombra delante de la mesa de centro, ocupada por sus libros y cuadernos. El muchacho delgado de cabellos rubios oscuros, estaba inclinado sobre su cuaderno mientras transcribía el texto de uno de sus libros. Aún traía puesto el uniforme de su colegio, de saco azul oscuro y pantalón caqui, aunque se había retirado su corbata.

    —¿Y tú me viste, Sebastián? —Le preguntó Andy con curiosidad, aproximándose a su lado.

    —Estaba en la escuela —respondió el muchacho con seriedad, sin dejar de escribir.

    —Bien dicho. ¿Cómo estás, eh?

    —Hago tarea —señaló el chico de la misma forma que antes.

    —Bueno, entonces no te interrumpo.

    Andy se inclinó hacia él para acariciarle un poco su cabello y darle un beso en la cabeza. El chico siguió en lo suyo mientras lo hacía, aunque una vez que Andy se alejaba, alzó su mano para reacomodarse su cabello. Sebastián era un niño bastante inteligente, y siempre parecía estar pensando en algo. Pero era también muy serio y callado, incluso desde pequeño. Andy recordaba, con cierta nostalgia, que él era parecido a su edad.

    —¿Tienes hambre?, ¿quieres que te preparé algo? —Le cuestionó Gilda, un poco preocupada.

    —Más tarde —le respondió Andy algo distraído, mientras se perdía en el pasillo—. Estaré con mamá.

    El departamento tenía cuatro habitaciones. La principal era ocupada por Andy, la secundaria era el cuarto de Sebastián (aunque antes de adoptarlo había sido un gimnasio improvisado), el cuarto de servicio que era ocupado por Gilda los días que se quedaba con ellos, y una cuarta habitación, la primera del pasillo, que Andy había acondicionado de manera especial desde que su primera mudanza.

    El cuarto era ocupado casi por completo por la amplia camilla, y el múltiple equipo médico colocado alrededor de ésta. Tenía una ventana con una hermosa vista, perfecta para bañar todo con luz natural. Había igualmente algunas plantas decorativas y algunos cuadros en las paredes, pese a que su ocupante principal no era capaz de ver ninguna de las dos. A un lado de la camilla había una silla acolchonada, que en ese momento era ocupada por una jovencita de piel morena, con atuendo de enfermera de filipina médica verde y pantalones blancos. Usaba además sobre los hombros un suéter, posiblemente para protegerse mejor del clima que cada vez era más frío ese noviembre.

    Cuando Andy entró, la joven enfermera estaba más concentrada en su celular, por lo que no se percató de su presencia en un inicio.

    —Hola, Miriam —le saludó con un tono juguetón que la hizo saltar en su asiento.

    —Señor Woodhouse —exclamó casi asustada, y rápidamente apagó su celular y lo colocó a un lado en la silla, para pararse rápidamente—. Lo siento, estaba…

    —Hey —exclamó el dueño de la casa con un tono de regaño, alzando un dedo hacia ella—. ¿Cómo dije que me llamaras?

    La enfermera vaciló un poco, como si no le hubiera entendido, pero luego pareció caer en cuenta.

    —Claro, Andy —dijo rápidamente, asintiendo.

    —Exacto. Todos mis amigos me llaman Andy. ¿Eres mi amiga, Miriam?

    —Claro que sí —le respondió apresurada, como si fuera la pregunta final de su examen.

    Miriam llevaba sólo tres semanas trabajando para él, pues su antecesora (que había estado con él los últimos seis años), se retiró para descansar y viajar con su esposo. A Andy le pesó un poco, pero le deseó suerte y la dejó ir con todo su amor. Miriam era notoriamente más joven, y aún estaba deslumbrada por la idea de tener que trabajar para un famoso de su calibre. Además de que un poco más de la mitad del tiempo que llevaba ahí, Andy había estado en su gira en Asia, así que aún no se acostumbraba a su presencia. Especialmente no se acostumbraba a ese gusto que tenía de que todas las personas a su alrededor lo llamaran Andy. Lo extraño era que una vez había escuchado a Pattrick llamarlo Adrian, aunque tenía entendido que en realidad le decían Andy por Andrew. Eso lo volvía un poco más confuso.

    Andy (o Adrian, o Andrew) se aproximó a la camilla, contemplando a su ocupante, una mujer mayor, delgada, de cabello canoso rizado y desalineado, y rostro arrugado aunque sonrosado. Estaba recostada bocarriba, con sus ojos cerrados, el tubo de oxígeno en su nariz, el suero conectado a su brazo, el medidor de presión en el otro, y el sensor cardíaco perdiéndose en el interior de su bata blanca. Del abdomen para abajo se encontraba tapada con un cobertor. Las sabanas se veían limpias y recién cambiadas, al igual que la funda de la almohada.

    —¿Y cómo está mi chica especial? —Preguntó curioso, mientras le acomodaba a la mujer en la camilla algunos de sus cabellos fuera del lugar.

    —Bastante bien —respondió Miriam, aunque casi de inmediato se arrepintió de haber usado esas palabras—. Digo… si le soy sincera, no parece que llevara tanto tiempo en… —De nuevo titubeó, y el hecho de que Andy volteara a verla en ese momento no ayudó a tranquilizarla—. Es decir, está en mucho mejor estado que otros pacientes similares que he conocido. Pero cuarenta años, ¿no cree que ha sido demasiado tiempo para…?

    —¿Para qué? —Cuestionó Andy, notablemente más seco con cómo había entrado. De hecho, su mirada se había tornado tosca, incluso agresiva.

    Miriam se quedó con sus palabras en la garganta. Sabía muy bien lo que quería decir, que cuarenta años en coma ya había sido demasiado tiempo, y que si no había despertado hasta entonces era muy poco probable que lo hiciera. Y que, aunque lo hiciera, ¿en qué estado lo haría?, ¿y cuánto tiempo de vida le quedaría?, ¿y qué calidad de vida tendría en ese caso? Tenía pensado decir eso y más, pero no lo hizo. Por el aire tan denso que lo rodeó en esos momentos, fue evidente para ella que eso era lo que menos deseaba escuchar; en especial de su parte, casi una completa desconocida.

    Así que en lugar de decirlo, sólo desvió su mirada con timidez hacia otro lado y murmuró despacio:

    —No, nada. Olvídelo, por favor…

    Eso sería una lección para ella, de no volver a tocar ese tema de nuevo.

    —Ya puedes irte —le indicó Andy con la misma rudeza de antes. Aún faltaban dos horas para que terminara el tiempo que debía estar ahí al cuidado de la paciente, pero prefirió no contradecirlo.

    En silencio, tomó su celular, lo guardó en su bolso, y tomó el resto de sus cosas, incluido un gorro de lana que había colocado sobre el buró.

    —Con su permiso, nos vemos mañana —se despidió la joven con la cabeza agachada y se dirigió a la puerta. Andy la siguió en silencio con su mirada fría.

    Quizás había exagerado un poco. Después de todo, no era la primera persona que, con buenas o malas intenciones, le había dicho lo mismo. Cuarenta años era realmente muchísimo tiempo para estar así. Aún cuando su mente se recuperara, el daño que todo ese tiempo le había provocado a su cuerpo de seguro sería irreversible, por más que se hubiera encargado esos años que llevaba con ella de que le aplicaran todas las terapias físicas que hubiera a su disposición.

    La realidad era que atrás había quedado la graciosa y hermosa Rosemary Woodhouse (Riley tras divorciarse) que él había conocido. Ahora era una mujer de setenta y cinco años, que había pasado más de la mitad de esos años en camas parecidas a esa. Lo más sensato, siendo objetivo y frío, hubiera sido dejarla ir hace mucho tiempo; quizás incluso en cuanto dio con ella aquel otoño de hace dieciocho años. En ese momento en el que se volvió claro para él que le habían mentido descaradamente en su cara; que ella no había muerto aquel día cando tenía doce años, y que el ataúd que habían enterrado estaba vacío.

    Siempre supo que esas personas que se habían encargado de su crianza y de enseñarle todas esas cosas, habían sido los culpables y le habían hecho algo deliberadamente para quitarla del camino. Y siempre los odio por eso. Pero nunca se imaginó lo realmente crueles que habían sido, dejándola en ese estado, y luego abandonándola en un hospital con un nombre falso. ¿Por qué no mejor la mataron? ¿Esperaban usarla a su beneficio después? Y lo peor era que para ese entonces, todos esos viejos brujos ya estaban muertos, y no podía desquitarse con ninguno. Bueno, salvo dos, si contaba al bueno de Guy Woodhouse, su supuesto padre (al menos públicamente), a quien se encargó de hacerle su vida bastante incómoda en los años que le quedaron de vida luego de eso; y a otro anciano desagradable, que incluso aún seguía vivo en esos días, pero que ya poco le importaba.

    No podía simplemente dejarla ir, no después de haberla recuperado. Aunque fuera a despertar sólo por unos segundos y pronunciarle dos palabra, quería aguardar ese momento. Tenía fe en que eso de lo que había hablado en su entrevista, esa fuerza a la que seguía y que el daba forma al universo, pero a la que nunca se refería abiertamente por su nombre, le daría esa recompensa tarde o temprano.

    Rodeó la camilla y se aproximó a la misma silla que Miriam había estado ocupando hasta entonces, y se dejó caer en ésta. Contempló desde su asiento el plácido rostro de Rosemary, como si esperara que en cualquier momento abriera los ojos por sí sola.

    —¿Cómo estás, mamá? —Musitó despacio—. ¿Tú que piensas?, ¿también crees que ya ha sido demasiado tiempo? —Rosemary permaneció en silencio—. Dejarte ir sería como dejar que ellos ganaran, ¿no crees? Y yo estoy convencido de que darles ese gusto es lo último que querrías que pasara, ¿verdad? Así que sigamos firmes, ¿te parece?

    Andy sonrió, complacido con el silencio como si fuera una afirmación.

    —Tengo una idea para una nueva melodía. Se me vino a la mente de pronto. ¿Quieres escucharla?

    El músico salió temporalmente de la habitación y se dirigió a la suya para tomar una de sus guitarras acústicas. Se sentó de nuevo en la silla, con la guitarra en su regazo, y comenzó a tocar las primeras notas de la melodía que se le había venido a la mente. La tonada era lenta, algo melancólica. No era la primera canción que componía pensando en su madre, incluso desde antes de que la encontrara. Pero aquella daba una sensación más pesada, casi como la de un Réquiem, aunque no se percató de ello hasta que la escuchó con sus propios oídos. Aun así, siguió tocando para sacarla de su sistema, y quizás encontrar la forma de convertir el sentimiento que transmitía en algo más alegre.

    A la mitad de su interpretación privada, sólo para su madre, divisó a Gilda asomándose tímidamente en el marco de la puerta. Dejó de tocar un poco después, lo que provocó un respingo de preocupación en la mujer rusa.

    —Lamento interrumpirte, Andy —se disculpó Gilda, apenada—. Pero el señor Lyons acaba de llegar.

    Los ojos de Andy se entrecerraron un poco en una expresión escéptica.

    —¿Enserio? —inquirió con seriedad, como si esperara en verdad que le dijera que no. Pero, en su lugar, Gilda asintió lentamente con su cabeza.

    Un profundo suspiro surgió de sus labios, y se giró entonces hacia su madre con una sonrisa burlona.

    —Siempre tan pertinente nuestro amigo John, ¿eh? —Se viró de nuevo entonces hacia Gilda—. No lo hagas pasar todavía. Yo enseguida voy y lo recibo.

    Gilda volvió a asentir y se retiró apresurada.

    A pesar de la instrucción que había dado, Andy no parecía tener en realidad mucho apuro. Incluso se quedó un poco más para terminar la canción que estaba tocando, y no dejar a su Fan Número Uno con la intriga de cómo terminaba. Una vez que acabó, alzó su mano y bajó su cabeza, como si agradeciera unos silenciosos aplausos.

    —La perfeccionaré para la siguiente vez, lo prometo —bromeó, dejando su guitarra apoyada contra el buró—. Enseguida vuelvo. Sólo iré a ver qué nueva crisis toca a nuestra puerta hoy.

    Se inclinó hacia la mujer en la camilla, dándole un gentil beso en su mejilla (que se sentía sorprendentemente cálida), y salió con paso tranquilo de la habitación.

    Todos conocían, o creían conocer, a Andy Woodhouse. Conocían sus canciones, sus películas, sus libros, sus filosofías y modos de vida. Creían que sabían quién era su padre, quiénes se habían encargado de su crianza, quién le había regalado su primera guitarra, e incluso quienes habían sido los grandes amores de su vida. Pero la verdad es que todos eran unos completos estúpidos que no sabían absolutamente nada sobre él.

    No tenían ni idea de quién era realmente su padre, o las particularidades detrás de su concepción. No sabían qué era lo que realmente le había pasado a su madre, o que esos agradables ancianos que lo cuidaban mientras su padre se daba la buena vida en Hollywood, eran un montón de brujos bastardos. Y, lo más importante, no sabían que Andrew Woodhouse era la cabeza (o sumo sacerdote dirían algunos) de un grupo muy secreto, muy especial, y muy poderoso, que había puesto un Gran Plan en marcha desde el mismo día de su nacimiento, hace cincuenta y un años.

    Avanzó por el pasillo, luego hacia el vestíbulo, parándose delante de la puerta principal. Respiró hondo, como intentando tomar fuerzas, y entonces abrió la puerta de un sólo movimiento rápido. Del otro lado, parado en el pasillo con cara deslumbrada como la de un animal indefenso, se encontró de frente con John Lyons, tan elegante y bien vestido como siempre. Notó además que debajo de su brazo derecho cargaba tres folders color azul, pero no les dio importancia de momento pues supuso se enteraría en unos minutos qué eran.

    —Pero si es mi buen amigo John —comentó Andy con tono jocoso, y se hizo entonces a un lado, extendiendo su brazo para invitarlo a pasar—. Qué inesperada sorpresa. Y sabes muy bien que a nuestra edad, lo inesperado no es tan agradable.

    —Lamento ser tan inoportuno, Adrian —se disculpó Lyons mientras ingresaba cauteloso al departamento—. Pero sabes que no vendría a molestarte si no fuera necesario.

    “Adrian” era el nombre con el que los miembros de su Hermandad se referían a él, una costumbre que les había arraigado el líder de la antigua Aquelarre, el maldito de Roman Castevet que siempre quiso llamarlo de esa forma. Andy lo odiaba, especialmente tras lo ocurrido con su madre, pero con el tiempo había llegado a verlo como una forma de respeto, y se había acostumbrado a él.

    —¿Podemos hablar? —Preguntó Lyons una vez que estuvo ya de pie a mitad del vestíbulo.

    —No sería muy Hijo de la Luz de mi parte el negarme, ¿cierto? —Respondió bromeando, y prosiguió entonces a cerrar la puerta de nuevo—. Pasemos a la sala, ¿sí?

    Ambos avanzaron, y se encontraron en la sala de estar de nuevo con el pequeño Sebastián, aún enfrascado en su tarea. Sin embargo, a diferencia cómo había reaccionado cuando Andy llegó sólo, en esta ocasión el niño sí alzó su mirada a verlos, aunque más al inesperado invitado.

    —¿Remodelaste de nuevo este sitio? —Preguntó Lyons curioso, mirando a su alrededor.

    —Sólo reacomodé algunos muebles. Sebastián, ¿recuerdas al señor Lyons?

    El niño asintió lentamente y entonces se puso de pie.

    —Buenas tardes, señor Lyons —le saludó con voz calmada, casi adormilada.

    —Buenas tardes, Sebastián —le respondió Lyons con una cándida sonrisa—. Te ves muy grande, chico.

    Sebastián no reaccionó ante el comentario.

    —Ve a tu cuarto a terminar tu tarea, ¿sí? —Le indicó Andy con gentileza—. Necesito hablar algunas cosas con el señor Lyons.

    El niño no chisteó en lo absoluto, y pasó rápidamente a recoger sus cuadernos y libros. Lo metió todo a su mochila y prosiguió a retirarse. Al pasar a lado de Andy, éste lo tomó un momento para darle otro cariñoso beso en su cabeza.

    —Buen niño.

    Una vez que estuvieron solos, Lyons se aproximó a uno de los sillones y se permitió sentarse en uno de ellos, además de colocar los expedientes que traía consigo sobre la mesa de centro.

    —¿Cómo le va? —Preguntó de pronto, destanteando un poco a Andy antes de que entendiera a qué se refería.

    —¿A Sebastián? Bastante bien, dadas las circunstancias. Pero bueno, ¿qué ocurre esta vez, John? ¿Ahora quién metió la pata?

    —¿Quién crees tú? —Respondió con tono irónico—. Intentaré ser lo más breve posible.

    —Por favor. ¿Quieres algo de beber?

    —Un whisky estaría bien.

    Andy se aproximó hacia su vitrina de licores, para seleccionar de ésta una botella de Jack Daniels, y dos vasos de vidrio. Mientras hacía esto y servía los tragos, Lyons comenzó a hablar a sus espaldas.

    —No conozco todos los detalles aún. Pero al parecer unos meses atrás Damien acompañó a Ann a un evento en New Hampshire. Ahí conoció a una chica, sin identificar aún, que tenía supuestamente algunas habilidades psíquicas, como leer la mente y ese tipo de cosas.

    —Vaya —exclamó Andy con cierta sorpresa, aunque no demasiada—. ¿Y qué pasó?

    —Al parecer su encuentro tuvo cierta influencia negativa en la conducta de Damien. En concreto, ha tomado una postura un tanto más rebelde y obstinada. Se niega a obedecer a Ann, a seguir los protocolos o los planes, y en general actualmente hace lo que le da la gana.

    —¿Más que de costumbre? —Bromeó Andy, y entonces se giró hacia su invitado con los dos vasos de whisky. Se aproximó hacia John y le extendió uno de los vasos, que él aceptó gustoso. Andy, por su lado, tomó asiento en el sillón delante de él, quedando la mesa entre ambos—. Entiendo que Damien siempre ha sido un chico difícil. Pero, ¿a qué se debe este último cambio exactamente? ¿Qué relación tiene su conducta con esta… chica que conoció?

    —Bueno, yo no lo entiendo muy bien tampoco. Supongo que el conocerla, o más bien a alguien que puede hacer cosas que, a juicio suyo, son parecidas a las que él hace, lo hizo sacar la conclusión de que todo lo que le hemos dicho sobre quién es y su papel, son sólo mentiras y delirios de fanáticos religiosos. Que, en realidad, no es tan especial como todos le han dicho. —La ceja izquierda de Andy se arqueó, intrigado por esas palabras—. Ahora ya no confía en Ann, y supongo que de paso tampoco en ninguno de nosotros. Actualmente está en Los Ángeles, y se rehúsa a volver a Chicago y seguir con el resto de sus deberes.

    La expresión de Andy se tornó seria, y un pequeño rastro de preocupación se dejó asomar, aunque no permitió que éste se volviera muy evidente. Tomó un sorbo de su vaso, mientras miraba pensativo a la portada de su disco titulado La Balada de las Estrellas, así como su canción principal. El poster estaba enmarcado y colgado ahí mismo en la sala. Dicha portada consistía en él dándole la espalda, mientras miraba hacían cielo estrellado.

    —¿Así que toda la fe del muchacho iba ligada a los trucos que puede hacer? —musitó Andy, entre burlón y molesto—. Eso es decepcionante. Pero la verdad, no me preocuparía tanto por esto. Pese a todo, Damien sigue siendo un adolescente, y todos son bastante volubles y explosivos. Estoy seguro que esto se le pasará en cuanto se le enfríe la cabeza.

    —Yo dije lo mismo —señaló Lyons con confianza—, pero Ann parece creer que es más que eso. Y siendo honesto, desde lo ocurrido hace cinco años, siempre sentí que el chico buscaba alguna excusa para rebelarse, y ésta le funcionó bien.

    —¿Hace cinco años? —Cuestionó Andy, volteándolo a ver con confusión—. ¿Te refieres a lo de Mark Thorn? Creí que ya lo había superado.

    —Puede que no tanto como pensábamos. Pero lo realmente preocupante del asunto no es el berrinche del muchacho, sino que parece haberse obsesionado con encontrar a otros con estas habilidades especiales, y reunirse con ellos.

    —¿Para qué?

    —Tampoco estoy seguro. Supongo que intenta comprobar su punto, encontrando personas que pueden hacer lo mismo que él, y estar seguro de que en efecto lo hemos estado engañando. —Lyons guardó un preocupante silencio por unos instantes, antes de concluir—. O, quizás, planea hacer algo con esas personas… Tal vez reunir aliados fuera de nosotros, para que hagan lo que desea.

    Esa segunda posibilidad resultaba un tanto más preocupante, pero ni Lyons, ni Adrian, ni siquiera la propia Ann, tenían una idea clara de qué podría exactamente hacer con ese tipo de personas a su disposición, o predecir si acaso pudiera hacer algo en su contra.

    —Como sea —prosiguió Lyons, desechando de momento aquel último pensamiento—, el caso es que ya tiene a dos de ellos siguiéndoles la pista a varios de estos individuos; una de ellos al parecer tiene facilidad para encontrarlos. Además, recientemente hizo contacto con esta mujer —señaló en ese momento al primero de los expedientes sobre la mesa, colocado encima de los otros dos—, que tiene una no sé qué enfermedad que la hace ver como una niña.

    Curioso, Andy dejó su vaso sobre la mesa y extendió su mano para tomar el primero de esos expedientes. Al abrirlo, se encontró con una primera hoja, acompañada de la foto de una (aparente) niña de cabello negro corto, ojos verdes grisáceos y rostro con pecas. La hoja tenía varios de los datos personales de dicha persona, incluyendo su nombre real de Leena Klammer, y el alias de Esther Coleman; su edad de cuarenta y un años, originaria de Estonia, y otros datos sobre su historia que de seguro Lyons estuvo recolectando a través de la inteligencia a su disposición.

    —No es lo más raro que he visto en todos estos años —comentó Andy de pronto, haciendo referencia a esa mencionada enfermedad—. ¿Y ella también tiene de esos poderes psíquicos?

    —Eso no lo sé, al menos de que poder hacerse pasar por una niña, y luego por muerta, y haberse ocultado bastante bien de la policía por ocho años cuente, como tal. Parece que la buscó más por esa habilidad que tiene para escabullirse, para que buscara por él a esas otras dos niñas, y las llevara hasta él. Es por eso que no quiere moverse de los Ángeles, pues las está esperando; o eso tengo entendido.

    Andy no terminó de leer el expediente Leena, pero de momento decidió dejarlo a un lado y pasar al siguiente. Su formato era bastante similar al anterior, con la foto de otra niña, de cabellos castaños y ojos azules y rostro delgado. Su nombre, Lilith Sullivan, alias simplemente Lily, de diez años, nacida en Portland, y una larga lista de extraños incidentes ocurridos a su alrededor, incluido el hecho de que sus padres quisieron cocinarla viva en su horno, su padre murió en una pelea en el asilo psiquiátrico, la trabajadora social que la cuidaba se lanzó a sí misma con todo y la niña a un río, y terminó siendo secuestrada del hospital en el que la tenían. Parecía que la tal Lily tenía algo de mala suerte.

    —El problema es que esta mujer —prosiguió Lyons—, la tal Leena, y estas dos niñas, han causado un verdadero escándalo. Toda la costa oeste las está buscando, y han dejado quizás unos diez muertos en su camino a los Ángeles. Están llamando demasiado la atención; atención que potencialmente caerá en Damien, y por consiguiente en nosotros. Y todo esto sólo por un absurdo capricho.

    En el expediente de Lily también venían algunas noticias impresas que hablaban sobre su secuestro, el tiroteo que había ocurrido en el hospital, y lo mucho que la noticia había llamado la atención del público y la prensa. Incluso se habían suscitado algunas manifestaciones en Portland que culpaban a Asuntos Familiares y al Departamento de Policía de lo ocurrido. Andy podía ver qué le provocaba tanta alerta a su viejo amigo, pero no la compartía.

    —Es una situación incómoda, pero no hay que exagerar —respondió el músico con voz calmada. Cerró entonces el legajo y lo dejó sobre el primero, para tomar de regreso su vaso de whisky—. La Hermandad ha sabido ocultarse de escándalos mucho peores que estos durante décadas. Incluso en la era del internet.

    —Eso no es motivo para permitir que este chico haga lo que quiera —señaló Lyons, un tanto irritado—. Creo que sería conveniente si tú...

    Lyons no terminó su sugerencia, pero dejó la idea en el aire esperando que Andy la entendiera. Por suerte, pareció hacerlo.

    —¿Si intervengo en esto? —Comentó, un tanto escéptico—. ¿Enserio lo crees necesario? ¿Y qué podría hacer yo de todas formas? ¿Hablar con Damien de hombre a hombre?

    —Pensaba más en algo de… hermano a hermano.

    Andy lo volteó a ver tajantemente, con un aire sombrío en su expresión que quizás hubiera hecho que la pobre Miriam saliera corriendo despavorida de ahí si acaso la hubiera visto de esa forma. Lyons no es que estuviera cómodo con ello, pero logró mantenerse lo suficientemente tranquilo para ser osado, y terminar de expresar la idea que tenía en la mente.

    —Quizás sea momento de decirle a él, y de paso a todos los demás, quién eres realmente. Así podría olvidar esas ideas de que todo esto es mentira.

    La mirada de Andy se endureció aún más que antes, hasta el punto de que incluso Lyons comenzó a sentir miedo. Sus dedos se apretaron fuertemente al vaso que sostenía en su mano, hasta ponerse blancos. La presión se volvió más y más intensa, hasta que el vaso de vidrio no la aguantó y terminó quebrándose en su palma.

    Lyons se hizo hacia atrás, asustado. Pero dicha reacción no había sido precisamente por el vaso roto, sino porque por un momento, por unos segundos mientras esa rabia se apoderaba del hombre delante de él, pudo ver que sus ojos cambiaban. Como un sutil parpadeo, se convirtieron de esos serenos ojos avellana, a esos intensos ojos dorados con pupilas alargadas, como las de un letal tigre o una fiera aún peor. Hacía mucho tiempo que Lyons no veía esos ojos, pero los conocía muy bien. Era los mismos que Andy había tenido cuando nació, y prácticamente toda su infancia. Pero tan abruptamente como habían aparecido, se esfumaron, dejando de nuevo sus ojos normales (o los que casi todo el mundo consideraba sus ojos normales).

    Andy pareció tranquilizarse poco a poco. Con cierta indiferencia contemplo su mano, mojada por el whisky, y por algo de su sangre pues algunos de los pedazos de vidrio se habían encajado en su piel. Con absoluta tranquilidad, comenzó a retirar los pedazos uno a uno, sin siquiera pestañar.

    —¿Recuerdas cómo era la Aquelarre de Macarto? —Cuestionó de pronto, tomando desprevenido a Lyons—. ¿Llena de viejos simplones, con sus cánticos y rituales, temerosos siempre de todo? Cuando tú y yo tomamos el control, transformamos ese grupo de viejos brujos en una organización sólida y fuerte; en nuestra Hermandad. Y nos prometimos que nunca caeríamos en los mismos errores y paranoias que nuestros antecesores. Y míranos ahora, tantos años después. —Alzó su vista hacia él, sonriéndole divertido—. Tú prácticamente te has convertido en una viva imagen de Roman.

    —Dios me libre —soltó Lyons casi por mero reflejo, y luego no pudo evitar reír un poco por lo irónico del comentario. Andy lo acompañó también en esas risas.

    Lyons y Andy eran lo más parecido que el otro tenía a un amigo. Ambos se conocían prácticamente toda la vida de este último. Los padres de Lyons eran parte del Aquelarre de Roman Castevet, y él tenía diez años cuando Andy nació. Ahora Roman, y todos sus antiguos seguidores, estaban muertos. Lyons era una de las dos únicas personas con vida que conocían la verdad sobre Andy; sobre quién era su padre real, y porqué justamente acababa de referirse a Damien y a él como “hermanos.” Pues, en realidad sí lo eran, técnicamente.

    —Ya te lo he dicho muchas veces —continuó Andy, aparentemente más tranquilo y con su mano ya sin vidrios. Y, de hecho, sus heridas ya prácticamente no eran visibles—. Todos tenemos un papel que seguir en este Gran Plan; yo tengo el mío, y Damien tiene el suyo. Si reveláramos al resto de la Hermandad mi verdadera naturaleza, eso causaría confusión, o incluso división entre nosotros. En estos momentos, lo que necesitamos es que la posición de Damien como el Salvador sea afianzada, no puesta en duda. Además de que discrepo de tu punto de vista. Si realmente el chico tiene tantas dudas sobre su papel, el que yo le hable de eso creo que empeoraría las cosas. Así que no vuelvas a mencionar el tema, ¿quieres?

    —De acuerdo —respondió Lyons, agachando la cabeza.

    Andy contemplaba su mano todo el tiempo mientras hablaba. Para antes de terminar de hablar, su palma se encontraba totalmente lisa, sin ninguna imperfección más allá de las habituales. Pero sí sentía dolor, como una molesta comezón.

    —Aun así —musitó de pronto, bajando su mano—, si crees que podría ser útil el que hable con él, supongo que podríamos intentarlo. Hablaré con Cindy para que lo programe.

    —Gracias. ¿Y qué hay de Ann?

    —¿Qué hay con ella?

    —Esto que está pasando revela que ya no puede controlar al muchacho, y ha fallado en sus funciones. Es mi opinión que debemos retirarla, y asignarle a otro Apóstol su protección.

    —¿Y a qué te refieres exactamente con "retirarla"? —Cuestionó Andy entrecerrando un poco sus ojos. Lyons sólo se le quedó mirando, sin responderle, lo que lo dejó bastante claro—. La lealtad de Ann ha sido más que demostrada, y es totalmente digna de mi confianza. Es mi opinión —pronunció poniendo principal énfasis al repetir la misma expresión que él había usado—, que por todo lo que ha hecho por nosotros estos años, al menos se ha ganado el derecho de que le demos una oportunidad más de demostrar sus capacidades.

    Lyons no pudo evitar soltar un pequeño resoplido sarcástico.

    —Con todo respeto, ambos sabemos que no puedes ser del todo objetivo cuando se trata de ella —señaló Lyons, casi como un reclamo. Andy simplemente sonrió, divertido por su comentario.

    —Y aun así vienes a pedir mi permiso.

    —Es justo por eso que vengo a pedir tu permiso. Pero está bien. —Se inclinó el vaso que aún sujetaba en su mano, y se lo empinó para terminarse los últimos rastros de whisky que había en él—. ¿Y qué haremos con las niñas y con esa mujer?

    Andy posó sus ojos en el tercer expediente, aquel que aún seguía en el mismo sitio en el que Lyons lo había dejado, y que se le había casi olvidado por el calor de la plática. Sin pensarlo mucho, extendió su mano y tomó dicho legajo, colocándolo sobre sus piernas.

    —Si tenemos suerte, en cuanto Damien las conozca se decepcionará y él mismo se deshará de ellas —apuntó Andy mientras abría el expediente—. Si espera encontrar entre alguna de ellas a alguien como él, ambos sabemos que...

    Sus palabras fueron cortadas de tajo, casi como si alguien le hubiera arrancado abruptamente la lengua a mitad de su última oración. Sus ojos avellana se habían centrado en la primera hoja del expediente, similar a la de los otros tres: una ficha con los datos generales de la tercera niña, acompañada también de una foto. En ésta aparecía la jovencita (de doce años, de nombre Samara Morgan, nacida en Washington), de largos cabellos negros y lacios, rostro pálido y ojos oscuros y fríos, mirando a la cámara. Usaba una chamarra gris con gorro, y detrás de ella parecía haber un caballo.

    Andy contempló muy fijamente aquella foto por un largo rato, tanto que le fue imposible apartar su atención de ésta y seguir leyendo el resto de los datos que ahí venían. Cuando menos lo pensó, se había perdido en aquel rostro inexpresivo, sin darse cuenta del paso del tiempo a su alrededor. Lo único que lo terminó trayendo de regreso a la realidad, fue la preocupada voz de Lyons.

    —¿Adrian?, ¿ocurre algo?

    El músico se estremeció un poco, y volvió a alzar su mirada hacia su viejo amigo. Aún entonces le tomó unos segundos recuperarse por completo de la indescriptible impresión que le había dado aquel encuentro de frente. Volvió a sonreír entonces, como si nada hubiera ocurrido.

    —Nada, lo siento —se excusó despreocupado, cerrando el expediente y colocándolo con los otros—. Sólo me quedé pensando un poco.

    Se puso entonces de pie, arreglándose un poco su camisa. Al mover sólo un poco su pie, se encontró con los demás pedazos de vidrios del vaso roto en el suelo.

    —Le pediré a Gilda que limpie esto —señaló risueño—. Ya que te tomaste la molestia de venir a New York por mí, ¿qué te parece si salimos a cenar a algún lado? ¿Te parece bien en Le Bernardin?

    —¿Seguro que es buena idea que nos vean juntos en público? —inquirió Lyons, un poco inseguro, y se paró también.

    —¿Por qué no? Sólo somos dos viejos amigos charlando de negocios y de cuando los tiempos eran mejores. Anda, sólo déjame llamar para hacer la reservación. Dame un minuto.

    Lyons asintió, y extendió su mano como si le diera permiso. Aunque, realmente no era como si pudiera negarse a hacer justo lo que él quería. Incluso los Apóstoles debían agachar la mirada ante Adrian, y con más razón Lyons que sabía quién era en realidad.

    Andy caminó tranquilamente hacia el pasillo, más concretamente hacia la habitación en la que reposaba su madre, y en donde había dejado su teléfono celular. Se aproximó al buró en donde aguardaba su iPhone, y lo tomó buscando el número de Cindy, su asistente personal. Mientras lo hacía, sus ojos contemplaron fugazmente el rostro dormido de su madre, y se obligó inconscientemente a virarse a otro lado.

    Colocó el teléfono contra su oído y aguardó. Le respondieron al quinto pitido.

    —Cindy, hola —comenzó a murmurar al teléfono—. Hazme un favor, consígueme un vuelo a Atenas; para mañana mismo, a primera hora si es posible. —Guardó silencio, mientras recibía la esperada queja de Cindy—. Sí, Atenas, Grecia. Vuelvo dos días después, y encárgate de que se cancelen todas mis citas y presentaciones del resto de la semana. Sé que tenemos lo de Iowa, pero tendremos que posponerlo. Es un asunto personal, y es importante. ¿Puedes decirle a Charles que se encargue de ello?

    Cindy se siguió quejando un poco más, pero con menos fuerza que antes. Al final haría justo lo que le dijera, de alguna u otra forma.

    —Listo, muchas gracias, linda —expresó Andy con sutileza—. Espero la confirmación del vuelo en mi correo… Ah, casi lo olvido —señaló rápidamente entes de colgar—. Consígueme una mesa para dos en Le Bernardin, por favor; para ahora mismo. Sé que lo harás posible. Hablamos después.

    Y antes de que Cindy pudiera lanzarle alguna otra queja, Andy colgó y apartó el teléfono de él.

    Se giró lentamente, inevitablemente fijando su atención de nuevo en el rostro de su madre. Se le quedó viendo, como si le estuviera sosteniendo la mirada. Era momentos como ese en el que realmente deseaba tenerla con él, para darle algún consejo o guía. Incluso el más sabio de los sabios, que se suponía debía ser él, necesitaba a su madre de vez en cuando.

    Pero no estaba, así que le tocaba elegir a él.

    Salió del cuarto e iría a esa cena con Lyons. Hablarían de cualquier cosa, menos de asuntos de la Hermandad. Y, especialmente, no le mencionaría en lo absoluto ese abrupto viaje de última hora.

    FIN DEL CAPÍTULO 71

    Notas del Autor:

    Andrew Woodhouse, alias Adrian Castevet o simple Andy, está basado en el personaje del mismo nombre perteneciente al libro Rosemary's Baby o El Bebé de Rosemary escrito por Ira Levin, y a la película de 1968 basada en dicha novela. También es un personaje principal en la secuela de la novela titulada Rosemary's Son o El Hijo de Rosemary. Mucho de su apariencia, personalidad y papel se encuentra basados en cómo se le retrata y describe en Rosemary's Son, aunque me tome la libertad de hacer varios cambios para lograr adaptarlo más a la época y a la trama actual. Algunas de las cosas que iremos revelando en los siguientes capítulos, serán agregados e interpretaciones propias.

    Rosemary Woodhouse (o Riley) está basada en el personaje del mismo nombre perteneciente al libro Rosemary's Baby o El Bebé de Rosemary escrito por Ira Levin, y a la película de 1968 basada en dicha novela, además de ser la protagonista de la novela Rosemary's Son o El Hijo de Rosemary. Su destino cayendo en coma cuando Adrew/Adrian era joven, se basa en lo narrado en Rosemary's Son. Sin embargo, se hicieron algunos cambios al respecto que se irán mostrando más adelante.
     
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