Long-fic Resplandor entre Tinieblas

Tema en 'Crossover' iniciado por WingzemonX, 21 Junio 2017.

  1.  
    WingzemonX

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    Título:
    Resplandor entre Tinieblas
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Misterio/Suspenso
    Total de capítulos:
    50
     
    Palabras:
    6930
    Resplandor entre Tinieblas

    Por
    WingzemonX


    Capítulo 41.
    No me detendré

    Samara supo con antelación que esa mañana de sábado tendría que hablar con otro de los amigos de Matilda. Ésta se lo había mencionado desde incluso antes de que ocurriera todo el incidente de su habitación. Sin embargo, lo que le fue informado de forma un poco repentina, fue el hecho de que Matilda no podría estar presente mientras se realizaba dicha plática, ya que la psiquiatra tendría que salir a encargarse de un asunto rápido con el oficial que la había acompañado el otro día. La idea no le agradó en lo más mínimo. Se puso nerviosa, e incluso se podría decir que se molestó un poco, pero no lo suficiente para exteriorizarlo demasiado.

    Aceptó la petición sólo para no molestar a Matilda, especialmente tras los últimos dos malos ratos que la había hecho pasar. Lo que menos deseaba era que también ella quisiera darle la espalda; quizás no había pensado en ello explícitamente, pero algo de ello estaba presente en su decisión.

    Esa mañana, faltando unos diez minutos para la hora pactada, los enfermeros fueron a buscarla a su habitación (o más bien su nueva habitación, pues la original de seguro seguía estando inutilizable para esos momentos) y la llevaron a la sala de observaciones en la que se llevaría a cabo dicha plática. El personal del hospital parecía haber superado un poco su repulsión por ella, pero aún seguían hablándole y tratándola con pinzas, temerosos de hacer cualquier cosa que la pudiera perturbar demasiado. Esto de cierta forma le causaba un poco de satisfacción a Samara, pero no por ello la culpa estaba totalmente ausente.

    La sala era la misma en la que había estado anteriormente con Matilda y su amigo policía; aún incluso seguían algunas marcas visibles de lo que había ocurrido en aquel entonces. Los enfermeros no entraron, sólo la dejaron en la puerta y pasaron a retirarse lo más pronto posible en cuanto puso un pie en el interior. Sin ninguna indicación previa, supuso que debía sentarse en la silla del centro, como todas las veces anteriores, y así lo hizo.

    Se dispuso entonces a esperar la llegada del misterioso invitado de Matilda. No podía siquiera suponer qué era lo que sacaría de todo ello. ¿Este otro amigo sería también alguien con habilidades como la suya?, ¿así como Matilda y el policía? La psiquiatra le había dicho que particularmente le sería de mucha utilizar hablar con este otro amigo sobre lo que podía hacer. ¿Acaso él podía hacer lo mismo que ella? Ciertamente lo dudaba; comenzaba a creer que no existía nadie ni remotamente similar a ella en ese mundo. Bueno, nadie a excepción de quizás…

    Las luces del techo parpadearon de pronto. Instintivamente, Samara alzó un poco su rostro en dicha dirección, contemplando fijamente la luz fluorescente sobre su cabeza, tintineando de manera rítmica como si de algún mensaje en clave se tratase. Se sintió por unos momentos extraída en esa luz blanca, en ese prender y apagar constante, tanto que el pasar del tiempo sencillamente se le resbaló del cuerpo como simple agua…

    “Con agua… siempre hay agua. A veces siento que me ahogo y no puedo salir.”

    Samara se sobresaltó en su silla, como si acabara de despertar de un profundo sueño; sin embargo, en realidad más bien parecía que se hubiera metido en uno. Viró su rostro temerosamente hacia el frente, hacia el espejo doble que dividía ese cuarto del adyacente. El escenario que en él se reflejaba no era el mismo en el que ella se encontraba. Era un lugar extraño, aunque de cierta forma horrendamente familiar. Las paredes en el reflejo se habían despintado y descarapelado, corroídas por el óxido y el moho. El cuarto era apenas alumbrado por una leve luz parpadeante, pero en su mayoría se encontraba a oscuras. Y claro, el agua: todo el suelo se encontraba cubierto de agua, quizás lo suficiente para llegarle hasta los tobillos. Y aunque aquello era sólo una imagen en el espejo, aun así fue capaz de percibir otras cosas, como si ella misma estuviera en aquel lugar: el aire se había vuelto pesado y húmedo, acompañado de un hedor repugnante que hacía que le doliera la nariz. Todo eso era como una repetición de lo que había ocurrido en su cuarto, con la misma apariencia y sensación. Pero aquello no era lo mismo; esto no lo había provocado ella.

    Su atención se centró, casi sin querer, en el centro de aquella escena; el sitio justo en el que debería estar su propio reflejo. Y en efecto ahí estaba, sentada en la silla, en medio de la habitación, con su bata blanca, sus manos sobre sus piernas, y sus largos cabellos negros cayendo al frente y cubriéndole por completo su rostro; sólo que ella no tenía su cabello por completo hacia el frente de esa forma, y sus manos no eran grises, arrugadas y con llagas en la piel.

    Aquella figura en el espejo se puso de pie abruptamente, aunque Samara en realidad no lo había hecho. Avanzó arrastrando sus pies por el agua, acercándose al espejo lentamente, como si fuera en cualquiera momento a salir de éste como el personaje de algún programa de televisión. Samara se exaltó asustada, pero no fue capaz de moverse de su silla. Era ella de nuevo, ese otro ser… ese monstruo. Rápidamente cerró sus ojos con fuerza y se cubrió los oídos. Aun así, pudo escuchar el sonido el agua moviéndose mientras aquella cosa seguía avanzando; cada vez más y más cerca del espejo.

    Samara comenzó a cantar en voz baja, la misma canción que siempre cantaba para sentirse más segura: “Mil vueltas damos, el mundo está girando. Y al detenerse, sólo estará empezando…”

    El chapoteó del agua cesó. Aun así, Samara siguió cantando sin abrir sus ojos.

    “El sol saldrá. Vivimos y lloramos. El sol caerá. Y todos morimos…”

    —¿Me tienes tanto miedo? —escuchó que murmuró la voz ronca, carrasposa y lenta de aquel ser. Sin embargo, no sonó amenazante en lo absoluto. De hecho, a la niña le pareció un poco triste.

    Casi por mero reflejo, Samara abrió lentamente sus ojos y miró en su dirección. El reflejo fantasmal estaba justo de pie delante, quieto en la superficie como una pintura colgada en la pared. Alzó entonces su mano y la colocó contra el cristal; Samara pudo notar la piel pálida y arrugada de su mano presionándose contra éste, e incluso algo de agua escurriendo de aquel contacto.

    —No te haré daño —volvió a susurrar la misma voz de antes—. Jamás te haría daño. Todo lo que he hecho ha sido para protegerte.

    —¿Protegerme? —Exclamó Samara con incredulidad, e incluso con algo de enojo—. ¿Cómo puedes decir eso? Me has hecho hacerles daño a todos a mi alrededor. A mi madre, a Matilda, al Dr. Scott…

    La cabeza del reflejo se movió a una velocidad anormal; en un parpadeo ésta se encontraba pegada contra el cristal como si quisiera atravesarlo. Entre todos los largos cabellos negros que caían como cascada, se asomó un único ojo nublado, que la miraba directamente. Samara se estremeció asustada en su silla, y lo que fuera a decir se quedó atorado en su garganta.

    —Tú sabes que nada de eso lo hice yo —susurró el ser en el espejo con voz fría—. Tú sabes la verdad…

    Samara la miró estupefacta. Sí, sabía la verdad, pero una parte de ella intentaba convencerse de que en realidad no era así. De que todo aquello había sido culpa de aquella presencia, de aquel ser que aún no podía entender del todo. Pero ella misma le estaba diciendo que aquello que tanto temía en el interior de su corazón, era la absoluta verdad.

    El ser inclinó su cabeza lentamente hacia un lado, teniendo su rostro aún pegado contra la barrera invisible que le impedía invadir el espacio en el que Samara se encontraba; todo eso sin quitarle su ojo muerto de encima.

    —Acércate —espetó de pronto con algo de severidad—. Debo decirte algo…

    Samara se pegó aún más al respaldo de su silla, y aunque no respondió con palabras todo su lenguaje corporal indicaba que no tenía intención alguna de separarse de esa silla.

    —Es importante… no te lastimaré, sino todo lo contrario.

    No tenía ningún motivo para creer en esa cosa, y todo razonamiento consciente que pudiera maquinar en ese momento la llevaba a la misma conclusión. Sin embargo, aun así lo hizo: se puso de pie y comenzó a avanzar lentamente hacia el espejo, hacia el ser atrapado del otro lado; lento, muy lento. A pesar de que el agua que veía en el reflejo no estaba de su lado, aun así podía sentir como si sus pies se estuvieran arrastrando por ésta, empapando su bata. Se paró entonces justo delante de aquel ser, quedándose sin embargo a al menos un metro de distancia, teniendo la inocente idea de que eso bastaría para mantenerla a salvo. Quizás no era así, pero igual aquella criatura no hizo intento alguno de hacer algo más de lo que había prometido: hablar.

    —Alguien vendrá por ti pronto. Querrá sacarte de este sitio y llevarte con ella. Debes hacerle caso; vete de aquí sin oponerte y sin mirar atrás.

    —¿Por qué? —cuestionó confundida la pequeña.

    Hubo un pequeño e incómodo silencio, antes de que el ser en el espejo le respondiera.

    —Por qué si te quedas aquí… —La criatura alzó entonces su cabeza, dejando una vez más a la vista de Samara aquel rostro pálido, magullado y con agallas, decorado con sus dos ojos grises y muertos—. Terminarás convirtiéndote en mí…

    Samara se sobresaltó un poco al ver de nuevo ese rostro, pero se quedó quieta en su sitio.

    —¿Qué…? ¿Qué quieres decir con eso…?

    Instintivamente dio dos pasos más hacia el espejo. La criatura pegó su labios resecos y ásperos contra éste y le susurró despacio, muy despacio. Samara fue capaz de sentir su aliento frío y pútrido tocándole la cara, pero de momento no le molestó, pues las palabras que surgieron de ella la tuvieron mucho más fascinada, perdida en sus múltiples significados e implicaciones. Quizás fueron sólo unos segundos, pero a Samara le parecieron horas. No quería creer en lo absoluto en lo que escuchaba, pero al mismo tiempo le resultaba imposible simplemente hacerlo a un lado e ignorarlo. Ya que todo tenía… bastante sentido, si es que algo en toda esa locura podía tener tal cosa.

    La puerta se abrió repentinamente, y en un parpadeo después todo volvió a la normalidad. El reflejo en el espejo era justo el de la habitación en la que se encontraba, con toda su casi dolorosa blancura. Y el rostro que veía ante ella era el suyo, lleno de confusión y desconsuelo. Del agua, de la corrosión, de la humedad, el frío o de la criatura que se hacía llamar también Samara Morgan, no quedó ningún rastro. Sólo en su memoria.

    Samara se giró entonces lentamente hacia la puerta, y observó curiosa a quien acababa de entrar: un hombre rubio y de anteojos. Intuyó de inmediato que debía ser el amigo de Matilda, la persona que la vería ese día. Su mente seguía divagando en lo que acababa de oír y escuchar un instante antes, pero poco a poco se forzaba a sí misma para arrastrarse de nuevo al ahora.

    El hombre recién llegado le sonrió gentilmente, aunque en su opinión se veía algo nervioso.

    —Hola, Samara —le saludó con tono amistoso, avanzando un poco hacia ella—. ¿Cómo estás? —Samara sólo lo miró, sin responderle nada—. Me llamó Cody; nos conocimos la otra noche, ¿me recuerdas?

    Samara lo analizó unos segundos en silencio, intentando detectar si le resultaba familiar o no. Su veredicto quedó a la mitad de esas dos opciones.

    —Creo que sí. Matilda me dijo que debía hablar contigo. ¿Eres policía también?

    —No, soy profesor de Biología. ¿Estudias biología en la escuela, Samara…?

    — — — —​

    Luego de algunas rápidas presentaciones, y de que Cody le demostrara a Samara de lo que era capaz, ambos acordaron trabajar juntos por lo que restaba de esa tarde. Al inicio todo fue muy similar a lo que Samara hizo los primeros días con Matilda: plasmar imágenes en lienzos u hojas, intentando que tomaran justo la imagen que ella deseaba que tomaran, pero siempre terminando viéndose retorcidas y macabras a sus ojos. Mientras hacían eso, Cody le platicó mucho sobre él, sobre cómo fue crecer con sus habilidades, sobre sus horribles pesadillas, sobre el Canker Man y sobre aquellos que de alguna u otra forma habían terminado lastimados por esto. Le contó sobre cómo personas como su madre adoptiva o Eleven le ayudaron a descubrir la forma de manejar mejor todo aquello, a concentrarse y mejorar. Samara escuchó atentamente todo lo que Cody decía, pero no se mostraba particularmente interesada. Y si llegaba a comentar algo, estos comentarios se limitaban principalmente a respuestas cortas y un poco ausentes.

    Ya casi al final de su sesión, Cody intentó ver qué podía hacer con un objeto físico. Trajo consigo un muñeco de madera articulado, usado normalmente como referencia para dibujos. Lo colocó delante de Samara y le pidió que lo modificara cómo ella quisiera. Samara tuvo un feo recuerdo de lo que había ocurrido cuando intentó hacer algo así como el rompecabezas que Matilda le había regalado, pero igual lo intentó. Logró hacer que la figura se moviera, cambiara de color, e incluso de forma a una más grande o más pequeña. Pero al final, ante los ojos de ambos, la figura comenzó a correrse como si un fuego invisible la consumiera. Manchas oscuras lo cubrieron poco a poco como un cáncer, y se retorció en sí misma hasta terminar siendo un pedazo deforme de madera opaca y vieja.

    Samara miró aquella horrible imagen con cierta apatía; no se veía ni siquiera sorprendida en esa ocasión.

    —Lo siento —murmuró despacio.

    —Descuida, no te preocupes —le respondió Cody con normalidad, y de inmediato guardó lo que quedó de la figura—. ¿Sabes?, no soy psiquiatra como Matilda. Pero, si tengo que suponer basado en mi propia experiencia con mis habilidades, creo que esto que acabas de hacer, y en los dibujos o en tu habitación el otro día, podrían ser sólo reflejos inconscientes de tu estado mental. ¿Te sientes molesta o asustada en estos momentos?

    —Siempre me siento así —respondió Samara con voz algo apagada.

    —Sé lo que es eso. Cuando era niño solía sentirme así todo el tiempo, y eso se reflejaba en horribles pesadillas que no podía controlar. Creo que eso es lo que te ocurre, Samara. Todas estas cosas son como pesadillas que estás teniendo despierta. Y si es así, antes de esperar algún resultado diferente a estas pruebas, creo que debes trabajar con Matilda sobre esas emociones negativas que te agobian.

    —¿Cómo puedo hacer eso? —espetó Samara de pronto, y a Cody le pareció percibir cierta agresividad en su tono que lo tomó desprevenido—. He lastimado a muchos, y lo que he hecho no desaparece cuando dejo de pensar en ello.

    Eso último pareció casi una recriminación hacia Cody, pero éste no se lo tomó personal. Era evidente que se sintiera a la defensiva; él mismo lo había estado cuando comenzaron a ayudarlo con ese tipo de temas. Además, Samara aún no sabía que no todo lo que hacía desaparecía cuando dejaba de pensar en ello… muchos daños perduraban aún después.

    —Lo sé —le respondió Cody con calma—. Pero lo primero que debes hacer para poder superar todo esto, es entender que nada de ello es tu culpa. Yo sé muy bien que nunca quisiste hacerle daño a alguien, así como yo…

    —No es cierto —soltó Samara de pronto, interrumpiéndole de forma cortante.

    Cody vaciló, confundido.

    —¿Qué dices?

    —Digo que no es cierto. Sí quería hacerlo…

    Esa afirmación tan repentina sorprendió a Cody, y no supo interpretar si estaba hablando enserio o si acaso entendía lo que decía. Samara desvió entonces su mirada hacia un lado, algo pensativa, y siguió hablando.

    —No al inicio. Cuando dormía, también mis sueños afectaban a mis padres. Intenté no dormir, pero no pude hacerlo. Entonces me mandaron a dormir al establo. Me hicieron una pequeña habitación ahí y era cómoda, supongo. Pero los caballos hacían demasiado ruido de noche y no me dejaban dormir. Sólo quería que se callaran, pero no lo hacían… y entonces yo misma hice que se callaran.

    Cody permaneció en silencio. Recordó el incidente de los caballos de su granja que Matilda le había mencionado, pero no sabía que había ocurrido justo bajo esas circunstancias, y sospechaba que Matilda tampoco.

    —Mi madre se enojó conmigo por eso —prosiguió, notándosele ahora más congoja en sus palabras—. Me dijo que era un monstruo y me quiso hacer daño. Yo quería que me dejara, que no me lastimara más… y le terminé yo haciéndole daño a ella… Y el Dr. Scott se estaba portando mal conmigo, y hablaba cosas malas de Matilda. Me hizo enojar demasiado, y sólo quise darle un empujón para que me dejara en paz, pero creo que también lo lastimé, demasiado. Todos terminaron lastimados por mi culpa, y porque yo quise hacerlo. Quise convencerme a mí misma de que esa otra Samara lo había hecho, pero no es así… todo lo hice yo…

    Conforme fue hablando, su voz fue cambiando gradualmente de ser insensible y apagada, a llenar de angustia, e incluso soltó algunos pequeños sollozos y rastros de lágrimas se asomaron.

    —Escucha —musitó Cody con firmeza, inclinándose hacia ella—, no importa si lo quisiste o no. Es normal a tu edad y con tu falta de experiencia perder el control de momentos. No es tu culpa haber lastimado a los caballos o alguna de esas personas.

    —Pero lo hice, y en verdad lo siento. Pero… —Guardó silencios unos momentos y entonces lentamente volvió a alzar su mirada hacia Cody. Sus ojos ya no se veían preocupados o triste—. Sé muy bien… que no me detendré. No hasta que aprenda por qué puedo hacer lo que hago.

    Había tanto desapego en esas palabras que Cody difícilmente podía creer que vinieran de una niña. De hecho, todo en torno a Samara había cambiado. No parecía ser la misma niña con la que había pasado las últimas horas. Su mirada, sus ojos, todo en ella era distinto. Y algo muy en el fondo de la cabeza de Cody le gritaba una sola cosa: algo no estaba bien, nada bien. La misma sensación de aprensión que tuvo la primera vez que entro a ese hospital volvió, aquella que le decía que no debía entrar, sino huir de ahí. Y esa misma idea comenzaba a surcar por su mente.

    —Matilda y tú tienen buenas intenciones, y se los agradezco. Pero ustedes no me pueden ayudar. Necesito encontrar a alguien que sí pueda.

    —¿De qué estás hablando, Samara?

    En ese momento, justo antes de que pudiera responderle cualquier cosa, las alarmas de emergencia del hospital resonaron con fuerza desde el pasillo, tomando por sorpresa al profesor. Samara, sin embargo, no parecía compartir dicho sentimiento.

    —Creo que tengo que irme…

    — — — —​

    Unos minutos atrás, mientras Cody y Samara seguían con sus pruebas, un encargado de limpieza había salido por una de las puertas traseras del hospital, hacia el área en la que se encontraban los contenedores de basura. Cargaba consigo una pesada bolsa oscura de basura, misma que con un movimiento diestro logró introducir en el gran contenedor verde. Había atrancado la puerta que no se cerrera, y así poder tomarse tranquilamente un par de minutos para fumar un cigarrillo. Se recargó contra la pared mientras disfrutaba de sus minutos de descanso. Su turno estaba por terminar, y lo esperaba con ansias. Conforme el cigarrillo se consumía, también lo hacía el estrés y el cansancio de ese largo día.

    —Disculpe, señor —escuchó una vocecilla que murmuraba a su lado, justo cuando se encontraba inhalando una profunda bocanada. Lentamente giró su cabeza hacia esa dirección, pero no alcanzó a ver a quién le hablaba; no antes de que el silbido bajo del silenciador cortara el aire, y la bala le atravesara directo por el centro de la nariz y la saliera por la parte trasera del cráneo. La pared detrás de él se cubrió de una densa salpicadura de sangre, y entonces se desplomó a tierra, arrastrando su espalda por el muro. Todo el humo que había inhalado se le escapó de golpe de la boca, y luego su cabeza cayó al frente, con su barbilla contra el pecho. El cigarrillo aún encendido cayó al suelo, y un segundo después un pequeño zapato negro lo aplastó con fuerza para apagarlo.

    Los ojos oscuros y duros de Leena Klammer miraron con indiferencia al intendente por unos instantes, principalmente para asegurarse de que no se fuera a mover sorpresivamente; no lo hizo. Guardó de nuevo el arma, con todo y su silenciador, en la mochila que cargaba en su otra mano. Se colocó ésta en la espalda rápidamente y se acercó al cadáver, esculcándolo para buscar su gafete de acceso.

    —¿Era eso necesario? —Murmuró con algo de sarcasmo la voz astuta de Lily, acercándosele por detrás apoyada en sus muletas.

    —No tengo tiempo para falsas cortesías —musitó Esther, justo cuando ya tuvo el gafete entre sus dedos.

    Había sido un viaje cansado desde la Isla Moesko, hasta ese punto tan oculto en Oregón. Tuvieron que tomar una ruta mucho más lenta para rodear Portland. Se detuvieron en Willamina a descansar por una noche, y usó una parte considerable del dinero que le había dado su misterioso cliente para comprar una camioneta algo vieja pero funcional a un chatarrero que estaba dispuesto a no hacer demasiadas preguntas, y a adecuarla para que alguien de la complexión de Esther pudiera conducirla; y gastó algo extra con tal de que la tuviera lista al día siguiente en la mañana. Ese sería su vehículo de escape, al menos el mejor que pudieron haber conseguido en tan poco tiempo.

    Para el último tramo de ese viaje, Esther tendría que hacer algo que no le gustaba mucho: adoptar una apariencia bastante diferente a la habitual. Sin maquillaje que ocultara las imperfecciones y arrugas de su cara, sin vestidos infantiles, sin peinados elaborados, y sin gargantillas o pulseras. Tomar, en pocas palabras, la apariencia de una mujer adulta, de baja estatura, pero una mujer adulta aun así. Muchos lo resumirían a asumir la apariencia de quién realmente era, pero esa opinión ella no la compartía. Si acaso en el tramo de carretera que les tocaría conducir le tocaba que algún policía las detuviera, sería más sencillo salir del problema si se presentaba con esa apariencia, y no con la de la niña de nueve años al volante. Igual se arriesgaba a que algún policía estatal estuviera buscando justo a una mujer con su apariencia, pero tendría que arriesgarse un poco.

    Igual al parecer tuvieron suerte, pues nadie las molestó en su camino a Eola. Bueno, suerte, o quizás la buena fortuna de alguien que vigilaba su viaje desde lejos.

    Estacionaron la camioneta oculta detrás del hospital, y ahí aguardaron a que anocheciera. Mientras esperaban, Leena aprovechó el tiempo para volver a arreglarse y convertirse de nuevo en Esther.

    —¿Enserio? —Le había cuestionado Lily desde el asiento trasero, mientras miraba como se volvía a maquillar frente a un pequeño espejo de bolso—. ¿Tanto te asusta tu propio rostro que no toleras tenerlo mucho tiempo al descubierto? Qué patética eres.

    Leena la miró de reojo un instante, y luego continuó con lo suyo sin mucha espera. Ella no lo entendería; ella ni nadie. La persona que veía al espejo cuando no estaba arreglada era Leena Klammer, pero ella no era Leena, y no lo había sido por muchos años.

    “Llámame Esther. Leena Klammer murió hace ya mucho, mucho tiempo.”

    Eso era lo que le había dicho a aquel muchacho el día que se presentó repentinamente en su departamento de Los Ángeles. Y aquello no era un mero capricho o una petición frívola; en su mente era completamente verdad. Lo poco que su padre, las calles y aquel asilo para dementes habían dejado de Leena Klammer, había muerto aquella noche en las congeladas aguas de aquel lago. Lo que había surgido del agua en aquel momento, había sido alguien totalmente diferente… sino es que acaso lo correcto sería decir que fue un “algo”. Eso aún lo sabía. Como fuera, para ella la verdadera máscara era la de Leena, no la de Esther.

    Una vez que tuvieron el gafete del intendente, entraron por la puerta que había atrancado y se movieron sigilosamente por los pasillos. Ese era un hospital psiquiátrico, así era mucho menos común ver a dos niñas caminando solas por ahí. Pero aquello no fue problema, pues Lily se encargó muy bien de solucionarlo. Usando sus habilidades, hizo que pasaran totalmente desapercibidas por las tres o cuatro personas que llegaron a cruzarse en su camino. Pasaban a su lado sin mirarlas u oírlas siquiera, y podían de hecho avanzar con moderada prisa; muy apropiado considerando que una de ellas iba en muletas.

    Su destino era el cuarto de control de la seguridad del hospital. Una vez que llegaron a dicha puerta, Esther volvió a sacar su arma, e hizo uso del gafete que había tomado para abrirla. Lily en ese punto dejó de ocultarlas, por lo que justo cuando la puerta se abrió, los dos guardias que se encontraban adentro se giraron rápidamente hacia ésta y notaron a las dos niñas paradas del otro lado. Esther rápidamente penetró con pasos apresurados, dirigiéndose hacia ellos sin decir nada.

    —Hey, ¿qué hacen…? —murmuró uno de los guaridas parándose de su silla. Antes de que terminara su pregunta, un disparo directo del arma de Esther le entró justo en la frente, haciendo que se desplomara hacia atrás sobre la silla y luego cayera al suelo junto con ésta.

    El otro guardia miró estupefacto el arma en las manos de la niña, y luego a su compañero tirado en el suelo. Todo fue tan rápido que ni siquiera logró procesar por completo qué había pasado. No pudo tomar su radio, ni pararse siquiera de su silla, o aproximar su mano a su propia arma paralizadora. De inmediato otro silbido más del silenciador se hizo presente, y la bala le atravesó la sien derecha. Su torso se desplomó al frente sobre la consola de control, la cual comenzó a mancharse de rojo mientras los ojos desorbitados del guardia miraban hacia la pared.

    —Vaya, ¿qué pasó con la discreción y pasar desapercibidas? —Murmuró Lily una vez adentro de la sala, y cerrando la puerta detrás de ella—. ¿O con ese silenciador nuevo cumples con ese propósito?

    —Al diablo con eso —le respondió Esther mientras se acercaba a los controles del panel. Empujó bruscamente al segundo guardia de la silla en la que estaba para tumbarlo al suelo y así poder ella subirse —. Quiero salir de este agujero lo más rápido posible.

    —¿Enserio te molestan tanto los manicomios? ¿Sólo porque estuviste en uno? ¿Tienes miedo acaso de quedarte aquí encerrada?

    Esther no respondió, pero en efecto esa afirmación era bastante acertada. Odiaba los sitios como ese, y lo que menos quería era estar ahí más de la cuenta.

    Inspeccionó de forma rápidamente el tablero delante de ella, identificando las opciones disponibles. Había un mecanismo de emergencia en caso de algún percance mayor que abría todas las cerraduras electrónicas para así evacuar a los pacientes; eso sería de gran ayuda. Miró entonces hacia los monitores, revisando los pasillos que se iban intercalando cada cierto tiempo. Sería muy oportuno encontrarse a la persona que iban a buscar en alguno de ellos, pero evidentemente su suerte no llegaba tan lejos.

    Tomó su mochila y buscó en su interior los dos walki-talkies amarillos que había traído consigo, y le arrojó uno a Lily quien apenas y logró atraparlo antes de que se resbalara de sus dedos.

    —Necesito que encuentres a la mocosa y me digas cómo llegar hasta ella —le indicó como una tajante orden—. También necesito una distracción para moverme con más libertad.

    Accionó en ese momento la opción de emergencia, y las alarmas comenzaron a sonar con fuerza por todo el lugar, y las luces anaranjadas a parpadear intensamente. Por los monitores, se pudo ver como algunas de las puertas de los pacientes se abrían, y estos se asomaban confundidos hacia los pasillos.

    —¿Liberarás a todos los locos? —Preguntó Lily, curiosa.

    —Y tú les causarás unas cuantas pesadillas —añadió Esther con complicidad—. Si sabes a lo que me refiero.

    Lily pareció extrañarse un poco por tal sugerencia. Miró hacia los monitores. Más pacientes, enfermeros y otros guardias comenzaban a moverse por los pasillos sin entender aún qué ocurría.

    —¿A todos ellos?

    —A todos. ¿Puedes hacerlo o no?

    —Por supuesto —le respondió con marcado orgullo—. Pero con el caos que se cause, no te puedo garantizar que alguno de ellos no te termine atacando a ti.

    —Ya me las arreglaré. —Se bajó entonces de a silla, con su mochila en la espalda, su walkie-talkie en un bolsillo y su arma firme en su mano derecha. Se dirigió entonces apresurada hacia la salida—. Avísame en cuanto la encuentres. Y no salgas de aquí hasta que yo te lo indique.

    Esther salió entonces por la puerta, cerrándola detrás de sí.

    —No es que pueda ir muy lejos con mi maldita pierna en este estado —masculló Lily con molestia.

    La niña se sentó en la silla y se giró hacia los monitores, vendo a todas las personas que iban apareciendo. Debía causar un caos, eso lo tenía claro. Y crear caos era justo lo que mejor hacía. Aunque nunca había usado sus habilidades al mismo tiempo con tantas personas, pero siempre habría una primera vez.

    Respiró profundamente, se inclinó al frente viendo fijamente a los monitores y se concentró.

    Debía admitir que fuera como fuera, la idea de poder hacer tal desastre le causaba cierta emoción.

    — — — —​

    —¿Qué está pasando? —Murmuró Cody confundido, parándose de su silla. Samara no respondió nada.

    Las alarmas sonaban con mucha fuerza, y por el pasillo lograba escuchar algo de ajetreo. ¿Sería un incendio?, ¿justo en ese momento? Parecía algo bastante inconveniente… ¿o quizás todo lo contrario? Cómo fuera, ¿qué sería lo mejor?, ¿esperar ahí a que alguien los buscara?, ¿o dirigirse a alguna salida de emergencias? Como profesor, en la escuela le había tocado realizar simulacros y guiado a los niños hacia las salidas; esa era su responsabilidad. Pero, en esa ocasión por algún motivo sentía que estaban más seguros ahí dentro que aventurándose al pasillo. Pero, ¿por qué?, no tenía ningún motivo lógico para justificar ese pensamiento. Aunque… ¿tenía alguno que fuera ilógico?

    Dejó su maletín y sus cosas en el suelo y comenzó a avanzar hacia la puerta.

    —Quédate aquí —le indicó a Samara, dudoso de si esa sería la acción responsable de un adulto—. Voy a averiguar qué ocurre y seguiremos hablando de esto. No tardo.

    Samara sólo asintió con su cabeza, pero no dijo nada más.

    Cody no se permitiría pensar en ello directamente, pero esa parte de su cabeza que le gritaba que se fuera, se sintió mucho más aliviada en cuanto cruzó la puerta y estuvo varios pasos lejos de Samara. ¿Le estaba dando miedo esa niña?, ¿él que se suponía había ido a ese sitio justo para demostrarle a ella que ese pensamiento no era correcto? Mientras se alejaba por el pasillo, se sintió asqueado por esa idea.

    Por su parte, Samara permaneció sentada un rato, mirando en silencio la puerta cerrada. Cuando estuvo segura de que Cody ya no estaba cerca de ella, se viró de nuevo al espejo. Y ahí estaba otra vez, la otra Samara asomándose desde el reflejo distorsionado. Esta vez no le sorprendió, pues incluso deseaba que así fuera.

    —Es hora —susurró despacio el ser en el espejo—. Debes salir ahora…

    Samara no expresó objeción ni duda. Sólo asintió una vez, se puso de pie y comenzó a caminar hacia la puerta tranquilamente.

    — — — —​

    Sólo unos cuantos segundos después de que el cuerpo del Dr. Scott se desplomara al pavimento entre Matilda, Cole y el Detective Vázquez, las armas resonaron con fuerza, como si ambos incidentes estuvieran de alguna forma relacionados. Cuando esas alarmas suenan, el curso de acción esperado es dirigirse a la salida más cercana, pero Matilda quería hacer justo lo contrario: esa alarma era su señal para entrar lo antes posible.

    —Samara, tengo que encontrarla —fue lo único que dijo, antes de avanzar apresurada hacia la puerta.

    —Matilda, espera —la detuvo Cole rápidamente, tomándola del brazo con quizás algo de brusquedad—. Déjame entrar primero a ver que todo esté bien.

    —No tengo tiempo —le respondió la psiquiatra tajantemente, y de un tirón se zafó de su agarre—. Algo está pasando con Samara, puedo sentirlo.

    —¿De qué están hablando? —Intervino Vázquez, acercándose a ellos con sus muletas—. ¿Qué está pasando ahí adentro?

    —En estos momentos sabemos tanto como usted, detective —le respondió Cole secamente. El tono de confrontación que habían mantenido antes al parecer no se había esfumado del todo.

    De pronto, escucharon un sonido intenso provenir de adentro del hospital, similar a un objeto metálico chocando fuertemente contra el suelo. A ello le siguió un fuerte grito, más golpes similares al anterior, y luego más gritos.

    —¿Qué fue eso? —Masculló Vázquez, quién instintivamente acercó su mano al arma que guardaba en su cintura.

    Los sonidos se fueron intensificando; parecía como si adentro estuviera ocurriendo algún tipo de pelea. Eso, en lugar de asustar a Matilda, la motivó aún más a adentrarse. Y antes de que Cole pudiera detenerla otra vez, corrió hacia las puertas, atravesándolas sólo un segundo después de que éstas se abrieran lo suficiente para que pasara.

    —Matilda —le llamó Cole con fuerza, pero ella no se detuvo. El detective de Filadelfia se lanzó detrás y Vázquez los siguió a ambos, algo más lento pero con su arma en mano.

    Al inicio no detectaron cuál era la fuente de todo el alboroto que escuchaban. En el recibidor y en los primeros pasillos todo parecía tranquilo, salvo los gritos y sonidos a lo lejos, así como las respectivas alarmas. Sin embargo, no tardaron mucho en encontrarse con lo que buscaban. Los tres se detuvieron en seco al ver por el pasillo por el que habían girado a un grupo de enfermeros y pacientes. Estos últimos gritaban aterrados, golpeaban a los enfermeros y enfermeras que intentaban calmarlos como fuera, los tacleaban e incluso arañaban y mordían. Era como una pelea campal, justo en ese pequeño espacio.

    Todo era un caos, y acompañado además con el incesante sonido de la alarma que taladraba los oídos.

    —¿Qué les pasa a todos? —Exclamó Cole, y de inmediato se acercó para intentar separar a un paciente de una enfermera que forcejeaban en el suelo—. ¡¿Qué ocurre?! ¡¿Qué pasa?!

    —¡Monstruos!, ¡todos son monstruos! —Le gritó con desesperación y horror el paciente que estaba sujetando, y qué también intentó atacarlo repentinamente. Cole forcejeó con él, intentando ponerlo contra la pared.

    —¿Qué está diciendo? ¿Cuáles monstruos?

    —No lo sé —exclamó agitada la enfermera, estando sentada en el suelo pues parecía que aún le era imposible ponerse de pie—. La alarma sonó repentinamente, las puertas se abrieron y en cuanto quisimos encaminarlos a la salida simplemente enloquecieron. Pero estos no son pacientes de estado tan severo, no deberían tener este tipo de episodios. Especialmente todos al mismo tiempo.

    Cole no le respondió nada, pero intuyó de inmediato que podía haber una influencia externa provocando todo eso. Tomó con fuerza al hombre que sujetaba e intentó arrastrarlo a uno de los cuartos abiertos.

    —¡Policía! —Escuchó como Vázquez gritaba con fuerza, alzando su arma al aire—. ¡Todos cálmense! ¡¿Qué es lo que está pasando?! ¡¿Cuál es la situación…?!

    Uno de los pacientes, una mujer de cabello rubio, se le lanzó encima de golpe, derribándolo al piso e intentando justo después arañarle la cara con sus uñas. Vázquez la tomó firmemente de las muñecas, intentando quitársela de encima. Cole de inmediato se le acercó para tomar a la mujer por la cintura y alzarla para quitársela de encima.

    —¡Será mejor que se vaya se aquí, detective! —le sugirió Cole, aunque sonó más como una orden. Pero Vázquez claramente no estaba dispuesto a tomar dicho consejo de buena manera.

    Mientras ambos lidiaban con esa situación, Matilda se había quedado un poco al margen, analizándolo todo para intentar decidir qué hacer. Eso era bastante grave, y al igual que Cole supuso que algo, o alguien, estaba causando ese comportamiento. Sin embargo, su mente seguía enfocada en Samara. No podía ser una coincidencia que eso pasara en ese sitio y en ese momento. Debía encontrar a Samara y ponerla a salvo lo antes posible. Era una sensación que la empujaba a sólo enfocarse en eso; una sensación muy similar a la que había sentido aquella noche de mayo de hace cuatro años atrás.

    Sin decir nada, retrocedió unos pasos y volvió corriendo por dónde venían, para intentar buscar otra ruta hacia donde suponía Samara y Cody debían estar.

    —¡Matilda! —escuchó que le gritó Cole, pero de nuevo no lo escuchó. Se alejó corriendo, intentando dejar detrás toda aquella locura.

    — — — —​

    Cuando todo comenzó, Anna Morgan escuchó como saltaba el seguro mecánico de su puerta y luego la alarma comenzó a sonar, sacudiendo su cabeza de todos los pensamientos que estaba teniendo. Se encontraba unos minutos antes peinando su largo cabello negro con un cepillo, como siempre acostumbraba hacerlo cada noche desde que era niña. No tenía un espejo en ese cuarto, pues por sus aparentes tendencias suicidas temían que pudiera intentar romperlo y usar uno de los pedazos para terminar de cortarse las venas. Pensó con ironía que igual podría haberlo intentado con ese cepillo de plástico, pero definitivamente hubiera sido menos agradable. De igual forma la idea de morir no le cruzaba de momento por la cabeza; no podía permitirse morir antes que aquella cosa que se había metido en sus vidas hasta corromperlas y marchitarlas por completo. Sólo hasta que estuviera segura de que esa niña ya no respiraba, podría plantearse la mejor forma de dejar ese mundo.

    Permaneció sentada en su cama, aguardando mientras miraba hacia la puerta. Nadie vino a buscarla o a decirle algo. Su única compañía era el molesto sonido de la alarma.

    —¿Hola? ¿Hay alguien ahí? —Espetó con fuerza, pero no escuchó nada como respuesta. Al menos, no de inmediato.

    Unos minutos después, justo cuando se había decidido a pararse y avanzar a la puerta, llegaron a sus oídos los sonidos de la confrontación, la pelea y la locura que estaba ocurriendo afuera. Asustada, instintivamente se ocultó detrás de la cama, mirando apenas lo necesario por encima del borde de ésta hacia la puerta. En su mente se imaginó que en cualquier momento entraría por ahí alguna criatura oscura y horrenda, de esas con las que tantas pesadillas había tenido, desde que aquella mocosa del demonio se metió en su cabeza. La podía ver tal y como lo había hecho durante las noches: estirando los largos dedos hacia ella, mirándola fijamente con sus seis ojos dorados e inhumaos, abriendo su enorme hocico cubierto de colmillos sucios y saliva tóxica para arrancarle la cabeza de un solo jalón.

    Pero no hubo monstruo ni ninguna otra cosa. Poco a poco los sonidos de pelea se fueron disipando, o más bien alejando como si la conmoción se estuviera moviendo hacia otro lado. Anna salió con cuidado de su escondite, se acercó a la puerta y la abrió sólo un poco para asomarse al pasillo. No vio nada ni nadie al principio. Abrió más y se dio valor para dar un paso hacia afuera. El resto de las habitaciones estaban abiertas. En el pasillo vio tiradas sabanas y papeles, y a su derecha lo que le pareció era un carrito de utensilios médicos, ladeado en el suelo regando por éste jeringas, algodón, bisturís y algunos pequeños frascos con medicamento.

    Giró un poco más su mirada hacia el pasillo adyacente, y entonces ahí vio algo que la estremeció y la hizo retroceder. En la pared izquierda había una larga macha de sangre, que se escurría hacia abajo y terminaba en el cuerpo de un hombre de bata blanca, tirado en el linóleo sobre su costado derecho, totalmente inmóvil. A simplemente vista no podía ver de dónde le había brotado esa sangre, o si acaso estaba muerto o sólo inconsciente; y realmente, en ese momento no le importaban tales cosas.

    Sintió por un momento el instinto de volver a su cuarto, pero lo contuvo. No sabía qué estaba ocurriendo exactamente, pero algo tuvo seguro: eso lo estaba causando esa… cosa. Estaba volviendo a todos locos, como lo había hecho con sus amados caballos; cómo lo había hecho con ella misma. No le bastaba con destruir su casa y su familia, debía esparcir la muerte y la locura en cualquier sitio en el que pusiera un pie. Ella sabía que eso pasaría tarde o temprano. Se lo había advertido a aquella dichosa doctora, pero evidentemente no la escuchó; nadie lo hacía.

    Dependería sólo de ella corregir todo eso.

    Se agachó para tomar uno de los bisturís que estaban en el suelo, lo sujetó firmemente entre sus dedos y comenzó a avanzar lentamente por el pasillo. Esa sería quizás su única oportunidad de acabar con esa maldición.

    FIN DEL CAPÍTULO 41
     
  2.  
    WingzemonX

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    Título:
    Resplandor entre Tinieblas
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    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Misterio/Suspenso
    Total de capítulos:
    50
     
    Palabras:
    6261
    Resplandor entre Tinieblas

    Por
    WingzemonX


    Capítulo 42.
    Mira lo que hice

    Mientras todo afuera era un absoluto caos, la verdadera culpable de aquel horro contemplaba su obra desde la sala de seguridad de hospital, con cierto orgullo y satisfacción. Lily Sullivan se encontraba aún sentada delante de la consola, con sus manos apoyadas en ésta. Desde su posición, miraba atentamente a todos los que aparecían y desaparecían de los monitores, aunque en realidad no necesitaba de éstos para poder ver a todas sus víctimas actuales. Pero sí eran una buena guía, como un pequeño mapa para no perderse, pues la cantidad de personas a las que debía alcanzar era mayor a cualquiera que hubiera logrado anteriormente.

    Lily creaba horribles visiones en las cabezas de todos esos locos, alterándolos y dejando que sus miedos los consumieran y actuaran en base a ellos. Hacía que vieran a todas las demás personas como horribles criaturas, de piel podrida colgándoles del rostro, dientes amarillentos saltando de sus bocas, y ojos enrojecidos y llenos de pus. La reacción de todos era por supuesto de aversión, terror, y sobre todo de violencia; mucha violencia.

    El espectáculo era un real deleite para ella. Tanto caos, tanta confusión, tanto miedo… Se sentía deleitada, e incluso embriagada, por todo ello. Su padre siempre pensó que el miedo era como comida para ella; que se alimentaba de él y la hacía más fuerte. Ella nunca creyó del todo esa afirmación, pero en ese momento se sentía tentada a considerarlo. La sensación que le recorría el cuerpo era exquisita.

    De pronto, de entre todos los rostros asustados y confundidos que aparecían en los monitores, uno llamó su atención de manera particular; uno que logró reconocer de inmediato: el de ese odioso detective de Portland que la interrogó y se atrevió a encerrarla en aquel cuarto (con todo y guardia en la puerta). Supo de inmediato que era él, y aquello la tomó ligeramente por sorpresa. ¿Qué hacía ese sujeto ahí?, ¿acaso la estaba buscando? Daba igual, pues sin saberlo se acababa de meter a la cueva del peor lobo que hubiera conocido.

    Lily sonrió complacida.

    —Vaya, miren a quién tenemos aquí. Mi viejo amigo detective. Justo a tiempo para la diversión…

    A su mente vinieron todas las ideas que le habían cruzado por la cabeza para hacer con ese hombre en cuanto tuviera la oportunidad, y ésta al parecer se le estaba presentando delante en bandeja de plata. De seguro su mente cuadrada y simple era incapaz de entender lo que veía, y se estaba preguntando ingenuamente por qué todos estaban actuando como… “locos”. Pues claro, él aún no era capaz de ver nada de lo que ellos veían. Sólo estaba ahí de pie, con su arma en una mano y apenas logrando sostenerla al tiempo que se movía con esas muletas. De seguro deseaba tener un objetivo claro al cual disparar, pues era para lo que mejor servía: para apuntar y luego “¡bang!”. Si eso era lo que él quería, ¿por qué no ayudarle un poco con ello? Eso de seguro lo haría sentir mejor.

    —¿A qué le tiene miedo, detective? —susurró, centrando la mayor parte de su atención en ese único individuo.

    — — — —​

    En los pasillos, Vázquez y Cole seguían intentando tranquilizar las cosas, pero parecía no haber ninguna resolución favorable. Todo era una horrible batalla campal de todos contra todos. Las caras eran arañadas, las cabezas estrelladas contra las paredes, e incluso las manos, brazos o cuellos eran mordidos como acto de desesperada defensa. Vázquez, debido a su condición, era el que más difícil la tenía, pero su obstinación era mucho más poderosa que su limitación física.

    De pronto, el detective de Portland se detuvo abruptamente sin que Cole lo notara en un inicio. Miraba perplejo a la multitud de personas delante de él, pues su apariencia comenzaba a cambiar, poco a poco, con cada parpadeo que daba. Los rostros de los pacientes y enfermeros por igual se iban demacrando, hasta dejar en su lugar sólo pellejos colgantes adheridos a sus cráneos. El detective retrocedió, atónito. En un segundo, todos esos horribles rostros se viraron hacia él al mismo tiempo, y uno a uno comenzaron a acercársele.

    —¡Atrás! —Les gritó con fuerza, alzando su arma hacia ellos—. ¡No se me acerquen!

    Vázquez retrocedió asustado, pisando torpemente con sus muletas y cayendo al suelo; su tobillo lastimado le dolió intensamente, pero no realizó exclamación alguna. Todos sus sentidos estaban centrados en esos rostros de mejillas y ojos hundidos, pieles cenizas, y dentaduras manchadas y con faltantes. Esos rostros, todos ellos eran parecidos; todos eran el rostro de…

    —Deja de llorar, Roberto —escuchó como uno de esos rostro pronunciaba con voz ronca, en un perfecto español.

    —¡Deja de llorar como una puta! —añadió uno más de ellos, con la misma voz de antes.

    Se seguían acercando, paso a paso arrastrando los pies. Uno a uno le habló con la misma voz jalada de algún rincón olvidado y frío de su memoria.

    —Miren a la niña de mami.

    —¿Vas a ir a llorarle a mami?

    —No, no, no —musitó el policía, totalmente petrificado, aunque su brazo derecho seguía alzado y su pistola apuntando al frente. Las siguientes palabras también se le escaparon en español—. Tú estás muerto… Hijo de tu puta madre, ¡tú estás muerto!

    —Soy un viejo que se caga encima, y aun así sigues temblando al verme, niñita.

    —¿A quién crees que engañas con tu disfraz de policía?

    —Eres un pendejo, un inútil, y un malagradecido.

    —Sólo sabes responder a putazos, igual que tu madre…

    Aquel que se encontraba más cerca de él alzó su brazo en el aire, y desde su perspectiva su mano se veía inmensa, como la veía cuando tenía apenas seis años, era un niñito temblando en un rincón de la sala, y el rostro que acompañaba a esa mano no era aún el demacrado por el alcohol y la coca de sus últimos años.

    —¡No me toques!, ¡no me toques bastardo!

    Tomó con fuerza su arma, con su dedo puesto en el gatillo.

    Otra de aquellas criaturas se le lanzó encima con gran velocidad por un costado, tomándolo de su brazo y desviando el arma hacia arriba. El arma se disparó, y la bala golpeó una lámpara en el techo justo sobre ellos, creando una pequeña explosión y una lluvia de chispas.

    —¡Vázquez! —Pronunciaba Cole con fuerza, mientras forcejaba en el suelo con el detective de Portland, intentando quitarle su arma—. ¡Lo que sea que estés viendo no es real! ¡Dame tu arma!

    Él no lo escuchaba. Seguía pataleando y rostiéndose, escupiendo alaridos en español que Cole no alcanzaba a entender del todo. El arma disparó una vez más, dando ahora contra una pared. Los enfermeros que no eran presas de alucinaciones iguales o peores a las de Vázquez, no tuvieron más remedio que alejarse asustados del lugar. Los pacientes afectados, algunos también corrieron despavoridos por el pasillo, pero otros más se quedaron en su sitio, gritando aterrados, golpeando las paredes y sus propias caras.

    Desde la sala de control, Lily reía más que contenta. Todo aquello era mucho mejor de lo que esperaba.

    Cole siguió forcejeando con Vázquez, intentando desarmarlo antes de que lastimara a alguien más. Pero la desesperación y el miedo que lo invadían le habían dado más fuerza de la esperada para defenderse. El sujeto era un testarudo molesto, pero era un policía como él, herido en cumplimiento de su deber, y además estaba alucinando por culpa de un tercero, o al menos eso le parecía a Cole que era lo más seguro. Lo que menos deseaba era lastimarlo, pero al final no tuvo mucha más opción.

    A mitad de su forcejeo, le clavó con fuerza su rodilla contra su abdomen, sacándole el aire. Vázquez se dobló sobre sí mismo, exhalando un profundo gemido de dolor. De inmediato Cole le retiró su arma y la arrojó lejos de él. Seguido, le dio un fuerte puñetazo en la cara que hizo que el oficial de Portland cayera de costado al suelo, aturdido, pero aún aun con actitud retadora. Cole se colocó sobre él, y le dio un golpe más, y éste pareció afectarlo aún más que el anterior.

    Vázquez permaneció en el suelo, semiconsciente y quejándose del dolor que de seguro le invadía el cuerpo. Cole se paró, agitando un poco sus manos adoloridas por los golpes. Antes de que se pudiera recuperar, arrastró a Vázquez de los pies hacia uno de los cuartos abiertos; no se resistió en lo absoluto. Lo pudo adentro y lo encerró, para su protección y de pasó la de los demás

    Respiró profundamente con algo de alivio. Se tomó unos segundos para intentar digerirlo todo, tranquilizarse, y entonces pensar en su siguiente acción. Instintivamente, alzó su mirada hacia una esquina del pasillo, donde se encontraba una de las cámaras de seguridad; ésta lo miraba fijamente como un sólo ojo acusador, con la luz roja sobre éste parpadeando cada cierto tiempo. Tuvo el presentimiento de que el telépata que estuviera causando todo eso, los podría estar viendo justo por esa cámara, y por lo tanto en teoría, él lo estaba fijamente a los ojos justo ahora; a él o a ella.

    —Qué aburrido —murmuró Lily desde el otro lado, contemplando el rostro furioso de Cole en el monitor. Poco después, el detective comenzó a andar por el pasillo con prisa, no sin antes agacharse para tomar el arma de Vázquez del suelo—. ¿Vienes por mí? No me hagas reír. Podría hacer que te dispares tú mismo con esa arma en cuanto yo quiera… —su atención se desvió en ese momento hacia otro de los monitores, en donde pudo ver a Esther andando sigilosa. Y justo en el tablero de a un lado, vio a otra persona también deambulando, pero con pasos más modestos, incluso se atrevería decir temerosos—. Pero creo que no estaremos mucho más por aquí para verlo.

    — — — —​

    Samara vagó perdida por un rato entre los pasillos del hospital, sin saber exactamente a dónde debía de ir. No se había cruzado con nadie hasta ese punto, ni había visto de primera mano los estragos que Lily Sullivan estaba provocando en la mente de los ahí presentes. Sin embargo, sí le causaba algo de confusión, y cierta angustia, la soledad que se respiraba. ¿Qué había ocurrido? Y lo que fuera, ¿estaba pasando por su culpa? Si era para que pudiera irse, era probable que en efecto fuera así… Pero, ¿quién estaba haciéndolo exactamente? Le resultaba imposible creer que era directamente a causa de la otra Samara; no tenía ese tipo de influencia, al menos que ella se lo permitiera de alguna forma.

    Siguió andando sin rumbo por un rato más. Se disponía a ir hacia donde le parecía recordar que se encontraba la recepción y la puerta principal del hospital (llevaba demasiado tiempo encerrada ahí, y la puerta de salida no era precisamente un sitio al que acostumbran o quisiera siquiera llevarla).

    Unos pasos a su derecha llamaron su atención. Pensó por unos momentos que sería algún enfermero que intentaría llevarla de regreso a su habitación. Pensó fugazmente en qué haría si es que se trataba de eso. ¿Le daría un “empujón” como el que le había dado al Dr. Scott? ¿Deseaba tanto poder salir como para hacer eso? Se volteó lentamente en esa dirección. La persona que vio, no era una enfermera. De hecho, era una niña, un poco más baja que ella, con una mochila en la espalda, y que la miraba con cierta ansiedad en su mirada.

    —Samara —pronunció con firmeza la extraña—. Eres Samara Morgan, ¿cierto?

    La miró atentamente sin responderle de inmediato. No le resultaba familiar, y no estaba vestida para que fuera una paciente de ese sitio. Y además… había algo extraño con ella. Lo percibió en cuánto la vio, pero no supo identificar qué era con exactitud. Algo en ella no concordaba, y eso le causó cierta desconfianza.

    —¿Quién eres? —murmuró intranquila, retrocediendo un poco.

    —Tranquila —susurró despacio la niña alanzando sus manos hacia ella. Su rostro se suavizó abruptamente y esbozó una gentil sonrisa, que le resultaría quizás adorable si no fuera porque le parecía totalmente falsa—. No tengo tiempo para explicaciones largas, ¿de acuerdo? Dejémoslo en que me llamo Esther, y vine a sacarte de aquí. Y lo voy a hacer por las buenas, o por las malas. —Aún sin dejar de sonreír, acercó sutilmente su mano izquierda hacia su mochila, mientras tenía aún la derecha arriba, quizás en un intento de distraerla—. En verdad no quiero lastimarte, soy tu amiga…

    Samara entrecerró un poco sus ojos, aún desconfiada.

    —¿Eres quien ella dijo que vendría por mí?

    La niña se exaltó confundida, y lentamente hizo que su mano retrocediera de su intento de tomar su mochila.

    —No sé a qué “ella” te refieres, pero sí, me envió alguien por ti. Un chico muy guapo, creo que te agradará conocerlo —eso último lo comentó con un muy notorio tono de cotilleo—. ¿Qué dices?, ¿vienes conmigo?

    Samara la miró en silencio unos instantes, y entonces alzó sólo un poco su vista por encima de la cabeza de aquella extraña. Y ahí estaba, esa figura oscura parada a mitad de todo ese pasillo blanco y perfecto, resaltando por su estado demacrado y opaco. Ella la miró de regreso; entre todo el mar de cabellos negros que ocultaban su rostro, pudo notarlo, así como que asentía lentamente con su cabeza con señal de afirmación.

    Vaciló unos momentos, pero luego asintió ella también de la misma forma. La niña de la mochila pareció sorprenderse, quizás por lo (aparentemente) sencillo que había resultado convencerla.

    —Perfecto, rápido —le extendió su mano para que la tomara. Samara lo hizo, y en menos de un segundo después comenzaron a correr despavoridas. Samara casi volaba, pues aquella niña resultó ser más fuerte y rápida de lo que parecía, o quizás ella estaba bastante más delgada y ligera de lo que creía.

    —¿Qué está ocurriendo? —Murmuró despacio la joven de Moesko, mirando las sirenas naranjas de la alarma conforme avanzaban—. ¿Tú hiciste esto?

    —Yo y otra nueva amiga —le respondió—. También te agradará; debajo de su máscara de antipática, es algo agradable.

    Samara no entendió si lo decía enserio, pero no lo pensó demasiado. No sabía a dónde la estaba llevando con exactitud, pero confiaba en qué ella lo supiera.

    Mientras avanzaban, por el rabillo del ojo Samara notó una figura moviéndose por otro pasillo adyacente por el que iban. Se viró levemente hacia ella, y en cuanto la vio se detuvo en seco, al parecer aplicando la suficiente fuerza para que el agarre de Esther se zafara y ésta casi cayera de bruces al frente por el repentino cambio.

    Una mujer de largos cabellos negros, traje blanco de paciente y un suéter gris sobre éste, avanzaba mirando a todos lados, desorientada. Sus dos manos se aferraban firmemente delante de ella, al parecer sujetando algo.

    Samara la reconoció inmediatamente, y su corazón saltó de emoción al hacerlo.

    —¿Mamá? —Exclamó con la suficiente fuerza para ser oída en el eco del pasillo. Anna Morgan dejó de avanzar y se viró rápidamente hacia ella con sus ojos abiertos en asombro y confusión. Sí, era ella—. ¡Mamá! ¡Mami!

    Samara, sin pensárselo dos veces, comenzó a correr rápidamente por el pasillo hacia ella, antes de que la extraña que había ido a sacarla, según sus palabras, pudiera hacer algo para detenerla. Por primera vez en semanas, el rostro de Samara se iluminó aunque fuera un poco, dibujando lo más cercano a una sonrisa de alegría que le era posible esbozar. Incluso la forma en la que corría hacia su madre era totalmente contrastante con la actitud adormilada y ausente que casi siempre la caracterizaba. Ahora corría, casi brincando de felicidad, como una niña normal feliz de ver a su mamá. Ésta, por su lado, permaneció de pie en su sitio, mirando silenciosa como su hija se le aproximaba, teniendo sus dos manos aún firmes delante de ella.

    —Qué bueno que estás bien, mami… —susurró Samara estando ya a sólo unos pasos de ella. Y fue en ese momento que al dar uno de esos últimos pasos, pudo notar de reojo a esa misma figura oscura y demacrada de hace unos momentos, parada justo a un lado del pasillo cuando ella pasó corriendo delante de ella.

    —¡Detente! —Le gritó con intensidad la otra Samara, y su voz resonó como eco sólo en su cabeza—. ¡No te acerques más!

    Samara la volteó a ver sólo por una fracción de segundo, confundida por tal advertencia. Al virarse de nuevo hacia su madre, sin embargo, la cruel realidad de esas palabras la golpeó de frente.

    Anna sacó rápidamente el bisturí que sostenía oculto entre sus manos y lo agitó en el aire, haciéndole una larga cortada en su mejilla a Samara. Ésta retrocedió y cayó de sentón asustada, agarrándose su mejilla que comenzaba a sangrar.

    —Tú hiciste esto, ¿cierto? —Inquirió Anna tajantemente, sosteniendo el bisturí delante de ella—. Tú provocaste este caos. A dónde quiera que vas, todo lo que tocas lo corrompes y destruyes. Eres el demonio, ¡el mismísimo demonio caminando en esta tierra!

    Esther miró alarmada tal escena. Se aproximó apresurada, y por mero reflejo alzó su arma, apuntando a la mujer con ella. Pero en ese mismo momento Samara se puso de pie delante de ella, evitando que pudiera disparar.

    —No, mami… por favor… yo no hice nada… Por favor, mamá… yo te quiero…

    Samara dio un paso temeroso hacia su madre, extendiendo su mano libre hacia ella. En ese momento Anna volvió a agitar el bisturí, haciéndole ahora una profunda cortada en su palma. Samara se dobló de dolor, sujetándose su mano y retrocediéndose entre quejidos.

    —¡Yo no soy tu puta mamá!, ¡engendro del demonio! ¡Quisiera nunca haberte conocido! ¡Sólo has hecho de mi vida un infierno!

    La voz de Anna Morgan resonó fuertemente por el eco del pasillo, e igualmente lo hizo en la cabeza de la propia Esther, que observaba todo aquello paralizada en su lugar. Ya había vuelto a alzar su pistola hacia ella, con su el dedo en el gatillo preparado para volarle la cabeza sin la menor vacilación. Pero esas palabras la paralizaron…

    “¡Yo no soy tu puta mami!”

    “¡Yo no soy tu puta mami!”

    “¡Yo no soy tu puta mami!”

    Aquel gritó se repetía en su cabeza una y otra vez, creándole además un dolor que le recorría el cuello y la espalda. Su mano tembló y fue incapaz de disparar. Fue incapaz de matar a aquella mujer; fue incapaz de matar a su madre… otra vez.

    Las luces del techo comenzaron a parpadear de pronto, y un aire pesado cubrió por completo aquel pasillo. El suelo a los pies de Samara comenzó a corroerse y romperse, y a tomar una tonalidad ocre y sucia como si un fuerte ácido comenzara a consumirlo. Lentamente la niña alzó de nuevo su rostro hacia su madre. Sin embargo, sus ojos se habían llenado por completo de furia, totalmente ajenos a los jubilosos de hace un rato, y se clavaron justo en la mujer delante de ella.

    Aterrada, Anna retrocedió sólo dos pasos, antes de quedarse completamente paralizada y perdida en la profunda oscuridad que consistía los ojos de Samara. Esos ojos… eran los mismos que tuvo aquella ocasión, aquella en la que todas esas imágenes horrorosas y desagradables le inundaron la cabeza, impidiéndole pensar en cualquier otra cosa. Pero ahora era un poco diferente. No había imágenes consumiendo lentamente su cordura. En realidad… no había nada. No sentía nada, no pensaba en nada. Sólo parecía estar flotando en un profundo y oscuro mar de tinieblas…

    Sin decir nada, Anna Morgan tomó firmemente el bisturí con su mano, lo alzó hasta su cuello y entonces, ante los ojos atónitos de Esther, y los furiosos y coléricos de Samara, se lo clavó directo en el costado derecho de su cuello, hasta lo más hondo.

    Matilda había llegado al pasillo justo en ese momento, quedándose atónita ante tal imagen. Anna se sacó el bisturí una vez, y se lo volvió a encajar. La sangre brotó con un chorro de su herida, cubriendo la pared y manchando su bata blanca. Lo volvió a hacer una segunda vez, y una tercera, como si no fuera capaz de sentir dolor alguno; pero sí lo sentía, vaya que lo sentía todo…

    —¡Samara!, ¡no! —Gritó Matilda desde el extremo del pasillo, y rápidamente usando su telequinesis le arrebató el bisturí de la mano a Anna Morgan antes de que repitiera tan abominable acto una cuarta vez. Pero ya era bastante tarde.

    La mujer cayó al suelo, primero de rodillas y luego se desplomó de costado. La sangre siguió brotando de su garganta y boca, escurriendo por su cuerpo y manchando el suelo. Sólo entonces Samara pareció reaccionar y darse cuenta de lo que había hecho. Su rostro se suavizó y miró con horror a su madre tirada delante de ella.

    —No, no… ¡No! —Gritó horrorizada y se le acercó, abrazándola e intentando colocar su mano en su herida. Sus ropas se mancharon por completo de rojo, al igual que sus manos—. No, mami… lo siento, no quise hacerlo… no quise hacerlo…

    Anna la miró con sus ojos vacíos mientras escupía sangre de su boca. Tosió un par de veces, su respiración se agitó un poco cerca del final, y luego… sencillamente se quedó quieta… Sus ojos siguieron apuntando hacia su hija, pero no la estaban mirando en realidad. No miraban nada en lo absoluto, y Samara lo supo.

    —No, mami… ¡¡Nooo!! —Gritó Samara con fuerza, y las paredes y ventanas retumbaron. Entonces se abrazó fuertemente del cuerpo de su madre, comenzando a llorar desconsoladamente y manchándose aún más de su sangre. Sus alaridos sonaron con intensidad, opacando incluso el incesante sonido de la alarma.

    Matilda se quedó estupefacta unos momentos ante la horrible escena que acababa de presenciar, pero poco a poco se obligó a reaccionar. Se acercó entonces temerosa hacia su pequeña paciente.

    —Samara —susurró muy despacio—. Samara, escúchame… —La niña alzó su rostro cubierto de lágrimas y sangre (la suya y la de su madre) hacia ella—. Nada de esto es tu culpa, no…

    —Me dijiste que me ayudarías, Matilda… —susurró de pronto entre gemidos—. ¡Me dijiste que me ayudarías a controlar mis poderes! ¡Me dijiste que ya no lastimaría a nadie más! ¡Y mira lo que hice! ¡Maté a mi mamá! ¡La maté!

    Matilda volvió a quedarse paralizada ante la imagen delante de ella, la imagen de una niña cubierta de sangre, abrazando el cuerpo sin vida de su madre. La misma imagen que había visto cuatro años atrás, al entrar en aquella casa en Chamberlain.

    Esther se encontraba en un estado bastante similar al de ella. Igualmente aquella imagen le traía una oleada de recuerdos y sentimientos que la ahogaban. Sintió de pronto algo que no sentía desde hace mucho, mucho tiempo: ganas de llorar… pero no lo haría, no en ese momento ni en ese lugar. Comenzó abruptamente y sin pensarlo mucho a dispararle a Matilda. La primera bala le dio en el hombro derecho a la doctora, sacándola de sus pensamientos, pero también tirándola al piso. Esther le volvió a disparar tres veces más, pero Matilda esta vez pudo reaccionar, concentrarse y detener las balas antes de que la tocaran. Aquello no sorprendió a su atacante, y de hecho esperaba que pasara justo así.

    —¡Vámonos de aquí! —Gritó Esther con fuerza, y tomó entonces a Samara del brazo y la jaló para que se parara. Samara no tenía fuerzas para resistirse y sólo dejó que ella jalara mientras seguía soltando sollozos amargos.

    Matilda se quitó las balas de encima e intentó pararse, pero al hacerlo sintió un gran dolor punzante en su hombro que la hizo caer de rodillas de nuevo. La bala había entrado y salido sin tocar hueso ni nada, pero eso no le quitaba el dolor, y mucho menos el sangrado que empezaba a empaparle su blusa. Volvió a intentar pararse otra vez, ahora con mejor suerte. Pasó a un lado del cuerpo de Anna Morgan y corrió detrás de las niñas, mientras aferraba su mano izquierda a la herida lo mejor posible.

    Por su parte, mientras corrían, Esther sacó rápidamente su radio comunicador.

    —¡Necesito una maldita distracción! —Gritó con ímpetu, esperando que Lily la escuchara del otro lado—. La mujer que me sigue es muy peligrosa.

    No hubo como tal una respuesta por parte de Lily, pero esperó que la hubiera escuchado.

    Las dos niñas giraron en una esquina, perdiéndose de la vista de Matilda el tiempo suficiente. Cuando la psiquiatra giró en la misma esquina, se detuvo un momento y miró confundida alrededor pues no había rastro de a quienes perseguía. Ante ella sólo se encontraba un largo pasillo, lo suficientemente largo para que al menos las viera a lo lejos pues no se había quedado tan atrás. Pero por la forma del pasillo, no podían haber ido a otro lado que no fuera hacia el frente, por lo que se dispuso a correr deprisa en esa dirección.

    El hombro le ardía y había comenzado a sudar.

    Siguió avanzando por el solitario pasillo, hasta que llegó a su final… y realmente lo era. No había ningún otro pasillo adyacente, y en su lugar terminaba en una pared con una ventana, perfectamente cerrada e imposibilitada para ser abierta. Pero no había ni seña de Samara y aquella mujer, que estaba segura era la misma que había visto en Portland.

    Se giró sobre sus pies, contemplando pensativa las puertas a un lado del pasillo, sospechando que quizás se habían ocultado en alguno de esos cuartos. Un pensamiento razonable, pero equivocado. Sin que Matilda se diera cuenta, la pequeña oculta en la sala de control de seguridad se había metido en su cabeza, y para cuando terminara de revisar la mitad de dichos cuartos, y se diera cuenta que el pasillo único y largo de hecho conectaba con otros que ella no vio, o más bien no pudo ver, ya sería demasiado tarde.

    — — — —​

    —Misión cumplida —pronunció complacida Esther desde el radio que le había dejado a Lily en la sala—. No puedo volver para allá, tendrás que dirigirte a la camioneta por tu cuenta. ¿Podrás hacerlo, mocosa?

    —Con los ojos cerrados —respondió sarcástica la pequeña Lily.

    Miró de nuevo hacia los monitores y poco a poco dejó que las ilusiones que había causado se fueran disipando una a una; le sería complicado mantener todo aquello funcionando al tiempo que intentaba irse de ese sitio sin ser vista (literalmente). En los monitores se iba viendo las reacciones de alivio, pero también de confusión y, claro, terror que no se desaparecían del todo; incluso algunos de los combates que habían comenzado, parecían no estar dispuestos a apagarse pronto.

    A Lily le hubiera encantado quedarse el tiempo suficiente para ver qué tan lejos podía llevar todo aquello; ¿podría incluso hacer que sus pequeñas marionetas quemaran todo ese sitio por su propia cuenta como Emily lo había hecho? Eso hubiera sido divertido de ver. Pero en efecto, era hora de irse.

    Colocó sus manos en la consola y se empujó un poco hacia atrás para hacer que la silla rodara lejos de ella y así pudiera bajarse con más facilidad. Sin embargo, antes de que pudiera bajar sus pies lo suficiente, algo la detuvo en seco. Al inicio no lo entendió, y después… tampoco pudo del todo. Sintió como sus muñecas eran apretadas, manteniéndolas fijas e inmóviles sobre los descansa brazos. Y al mirarlas, vio que no era sólo la sensación; sus muñecas estaban rodeadas por gruesas cadenas de grilletes que habían salido prácticamente de la nada.

    —¿Qué? —Exclamó sorprendida, y un segundo después más de esas cadenas surgieron, atándole el torso entero a la silla y sus dos tobillos entre sí; esto último le provocó un calambre doloroso, pues su pierna herida se había pegado y frotado con la sana.

    ¿Qué estaba pasando? ¿Quién había hecho eso?

    La silla se giró por sí sola ciento ochenta grados, haciendo que el rostro de Lily mirara justo a la puerta. Su captor, o quién supuso era éste, estaba de pie ahí mirándola con severidad y una profunda concentración, a través del cristal transparente de sus gruesos anteojos.

    —Tú debes ser Lily —comentó Cody con algo de dureza, aproximándosele sin quitarle sus ojos de encima. Lily también lo miraba, con una combinación de confusión y principalmente enojo

    —¿Tú estás haciendo esto? —Cuestionó con brusquedad—. No son una ilusión, ¿o sí?

    —Lo son, pero no cómo las tuyas.

    Cody se paró justo delante de la niña, analizándola cuidadosamente. Pudo notar como debajo de su pelo oscuro que le cubría parte de la cara, se asomaba algo del moretón aún presente del golpe que le habían dado, así como las muletas que había recargadas contra la consola. La falda que traía le cubría por completo el muslo y por lo tanto la venda que envolvía su nada agradable herida.

    Lo siguiente que notó fue mucho más horrible, y le espantó tanto que no pudo entender cómo no lo había notado en un inicio: los dos cuerpos tirados en el suelo, cada uno con un disparo en su cabeza. Ambos con uniformes de guardias de seguridad, ambos obviamente muertos. Sintió la tentación de desviar su mirada hacia otro lado. No quería tener esas horribles imágenes en su cabeza; receta perfecta para una buena pesadilla. Pero ya era tarde, la imagen de sus rostros pegados contra el charco su propia sangre, no se borraría rápidamente de su cabeza. Decidió entonces virarse por completo hacia a Lily, e intentar no mirar o pensar en nada más.

    —¿Estás aquí con Leena Klammer? ¿Por qué ayudas a la mujer que te secuestró?

    Lily permaneció callada unos instantes, pero luego poco a poco su expresión agresiva se fue suavizando, hasta cambiar abruptamente a una mirada llena de angustia.

    —No sabía qué más hacer —musitó de una forma casi dolorosa, como si estuviera a punto de soltarse a llorar—. No es una niña como parece. ¡Está totalmente loca!, creí que me mataría. Por favor, ayúdeme… —cortó abruptamente sus palabras, soltando un profundo resoplido de agotamiento, y quizás de frustración. Ese supuesto miedo y angustia, que por un segundo Cody estuvo muy cerca de tragarse, se esfumó en sólo un santiamén—. ¿Sabes qué, Cody? Estoy demasiado cansada, y posiblemente drogada por tantas medicinas, como para jugar a eso ahora.

    Cody no tuvo mucha oportunidad de pensar en lo raro que era ese cambio tan abrupto de actitud, aún a pesar de lo que había leído en el expediente sobre ella que le había enseñado Matilda. Toda su atención se volcó abruptamente hacia una cosa: la forma en la que lo había llamado.

    —¿Cómo sabes mi nombre? —Murmuró, bastante confundido.

    Una de sus teorías tras ver lo que supuestamente había hecho en el pasado, era que podría poseer habilidades telepáticas, así que el de que descubriera algún dato de él no sería tan extraño si podía en efecto leer su mente. Pero… no había pensado en su nombre en ese momento, o no al menos que se diera cuenta. Además, ¿no se supone que tenía una protección especialmente colocada en su mente para prevenir ese tipo de cosas?

    Cody comenzó a sentirse nervioso… y quizás más que eso.

    Lily, por su parte, sonrió satisfecha con su tan evidente reacción.

    —¿Cómo sé el nombre del pequeño y miedoso Cody Morgan que le teme hasta a quedarse dormido? Los miedos y preocupaciones de la gente son los que más fácil puedo percibir; y tú gritas ambos con fuerza. —Su sonrisa se ensanchó aún más, dibujando una mueca bastante perversa en ese pequeño y supuesto rostro inocente—. ¿Qué pensabas hacer exactamente al venir aquí? No eres un héroe, Cody… Eres sólo una maleja de inseguridades y horrores…

    ¿Había dicho miedos y preocupaciones? Cody recordó de inmediato lo de hace unos momentos, su reacción al ver los cuerpos de los guardias de seguridad. ¿En qué había pensado en ese momento? ¿Qué era lo que le preocupó al pensar en sus pesadillas...?

    Cody sintió en ese momento como una larga y pesada mano se colocaba sobre su hombro derecho, apretándoselo con fuerza. Lo siguiente fue el sonido de una respiración pesada y dolorosa, que venía justo de sus espaldas. Se giró rápidamente, y entonces lo vio: aquel ser alto, delgado, de piel opaca, untada sobre su esquelético rostro sin ningún rastro de cabello, con sus ojos hundidos como si fueran sólo cuencas vacías, en cuya oscuridad se asomaban dos pequeños ojos blancos carente de cualquier rastro de humanidad o emoción en ellos. Los labios arrugados de aquella criatura se curvaron en una sonrisa aún más horrenda que la de Lily Sullivan.

    Cody soltó un pequeño grito de terror, y rápidamente retrocedió mirando incrédulo aquella figura delante de él. La criatura se le fue acercando con pasos lentos, encorvando su torso hacia un lado y su cabeza hacia otro, sin dejar de mirarlo. Sus largos brazos caían a los lados, retorciéndose mientras avanzaba; podía escuchar el sonido de sus huesos desquebrajándose y tronando.

    —No, no puede ser —murmuró Cody, notablemente en pánico. Sin fijarse, tropezó con el cuerpo de uno de los guardias mientras retrocedía, cayendo al suelo de sentón sobre uno de los charcos rojizos—. Tú ya no existes, yo te eliminé.

    La criatura soltó un fuerte alarido de golpe, y de su boca salieron decenas de polillas oscuras que comenzaron a volar contra él. Cody cerró los ojos y alzó sus brazos, intentando protegerse de los animales. Sintió como chocaban contra él, revoloteaban en su cabello, e incluso le pareció sentir que alguna de ellas le mordía la piel de las manos. El monstruo abruptamente se lanzó contra él, cruzando la distancia que los separaba en menos de un segundo. Lo tomó de los brazos y lo empujó contra al suelo. Cuando Cody abrió de nuevo los ojos, se encontró de frente con el alargado rostro de la peor de sus pesadillas, mirándolo fijamente desde arriba, aún con esa larga y grotesca sonrisa. Extendió el rostro hacia él, hasta colocarlo justo a un lado de su oído.

    —Siempre… estaré… contigo… —Susurró con una voz ronca y agotada, que a Cody dejó petrificado.

    Lo rodeó entonces con sus dos largos y delgados brazos y pegó su frío y áspero cuerpo contra él. Y poco a poco, Cody sintió como se hundía en esa piel grisácea, siendo envuelto por ella poco a poco como si fuera el capullo de pupa.

    —¡No! —Comenzó a gritar desesperadamente, intentando quitarse aquella cosa de encima, pero le era imposible hacerlo.

    Eso era una ilusión, no era real. Esa imagen la había inventado su subconsciente hace muchos años en base a la imagen de su madre biológica moribunda por el cáncer, algo que su joven mente no había podido entender. Y en esos momentos él no la había creado ni tampoco estaba dormido, así que no había forma de que estuviera ahí. Su lado lógico lo sabía, y se lo gritaba con fuerza. Pero aun así, no lograba evitarlo. No podía apartar a aquella cosa. Él, un supuesto experto en ilusiones, no era capaz de librarse de una tan fuerte como esa.

    Y ahí se encontraba, retorciéndose de terror en el suelo como si fuera otra vez un niño de nueve años sin comprender lo que le ocurría. No había monstruo ni polillas acechándolo. Sólo Lily Sullivan, que ya hace un rato atrás se había logrado parar de la silla pues ante tal escena, Cody había sido imposibilitado de seguir manteniendo las cadenas que la sujetaban. La niña se paró a un lado de él apoyada en sus muletas, viendo con diversión como se retorcía, manchándose sus ropas con la sangre en el suelo.

    —Quizás no pueda hacer mis ilusiones reales como tú, pero no necesito que lo sean: sólo necesito que tú creas que lo son. Aun así, me sorprende ver que lo que esa mujer me dijo era cierto; hay más como yo por estos lares. —Bufó entonces con ironía—. Aunque, difícilmente un ser tan patético como tú pudiera ser considerando mi igual…

    Su radio volvió a sonar en ese momento.

    —¡Ya vamos llegando a la salida! ¡¿Dónde vas?! —Escuchó la voz de Esther resonar, sacándola un poco de la deliciosa escena que estaba contemplando.

    —Ya voy —respondió de mala gana presionando el botón para abrir la comunicación, y luego chisteó con molestia. Al parecer no tendría el tiempo suficiente para acabar con eso—. Quisiera quedarme a platicar, pero tengo prisa. Diviértete.

    Mientras Cody sentía que era absorbido por completo por aquella criatura que tenía encima, quedando totalmente inmovilizado y con dificultad para respirar, Lily comenzó entonces a dirigirse a la salida a como el ritmo de sus muletas le permitía. Dejaría esa ilusión activa hasta que estuviera ya a una distancia segura, y tuviera que ocuparse más en no ser vista que en torturar a ese extraño.

    En parte le causó algo de agrado la idea de dejar a ese individuo con vida por ahora. Quizás se volvieran a encontrar en alguna otra ocasión, y le podría demostrar de qué más era capaz; y ella igual…

    FIN DEL CAPÍTULO 42

    Notas del Autor:

    La descripción de la criatura que Cody ve al final de este capítulo es la del monstruo llamado Canker Man, originario de la película Before I Wake del 2016.
     
  3.  
    WingzemonX

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    Resplandor entre Tinieblas

    Por
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    Capítulo 43.
    Tuviste suerte esta vez

    Esther en verdad se encontraba a unos metros de la misma salida por la que habían entrado cuando habló esa última vez para avisarle a Lily. Su recorrido había sido bastante despejado tras perder de vista a Matilda. Sólo se habían cruzado con un enfermero golpeado y aturdido que intentó detenerlas, y Esther se los quitó del camino con tres balas en el abdomen. El hombre aún respiraba (aunque con dificultad) tirado en el suelo mientras se alejaban. Samara ni siquiera pestañó.

    De hecho, la niña de largos cabellos negros a la que arrastraba con ella, se había mantenido bastante callada. No hacía intento alguno de detenerse o impedir que Esther la llevara consigo; sólo miraba perdida al suelo mientras avanzaban, como si no fuera siquiera consciente de en dónde se encontraba o hacia dónde iba. Esther no sabía si sólo estaba en shock por lo que había ocurrido hace poco, o quizás en realidad estaba arrastrando por todo ese hospital a una zombi comatosa. Pero se preocuparía de eso después; de momento ese estado alelado le hacía las cosas más fáciles.

    Y hasta antes de estar prácticamente cruzando la puerta, realmente todo aquello le había resultado bastante sencillo, o al menos más que cómo había sido su travesía en el Providence Medical Center de Portland, a pesar de que la cantidad de gente a la que había tenido que dispararle era relativamente mayor. Claro, en aquel entonces no tenía a la pequeña hechicera de Lily Sullivan de su lado para cuidarle las espaldas; quizás sin eso todo hubiera sido sustancialmente más complicado. Pero entonces todo se volvió un poco menos simple.

    —¡Leena Klammer! —escuchó que alguien gritaba con fuerza, resonando por el pasillo, e instintivamente el oír su antiguo nombre la hizo detenerse—. Policía, tira tu arma y alza las manos.

    Esther se encontraba con su cara hacia la puerta, por lo que no podía ver directamente al apuesto detective de Filadelfia a sus espaldas, que la apuntaba directo a la cabeza con el arma que acababa de pedir prestada al detective Vázquez. Aun así, sus solas palabras y la forma en las que las había dicho, le indicaron sin lugar a la duda de que en efecto era un policía, y en efecto le estaba apuntando; esto último lo sintió como un escozor caliente en la parte trasera de su cabeza.

    —No intentes nada, ni siquiera des un paso de dónde estás —exigió tajantemente Cole Sear, manteniendo aún su distancia antes de atreverse a acercarse un poco más.

    Esther examinó rápidamente sus opciones. Hasta ese momento, no estaba aún segura si era capaz o no de sobrevivir a un disparo con su nueva e inusual naturaleza, y en realidad no se sentía con la suficiente suerte para probarlo en esos momentos. Podría apostar a que no le dispararía, o no lo suficientemente rápido antes de que ella lo hiciera. Pero en ese sentido él tenía la ventaja (la tenía justo en mira en esos momentos), y por su voz tan firme podía notar que no tenía duda en tener que hacerlo si era necesario. Además, la había llamado Leena Klammer; sabía quién era en realidad, así que era poco probable que le causara titubeo dispararle a esa “inocente chiquilla”.

    Si intentaba tomar de nuevo su radio y hablar con Lily, igualmente era probable que le disparara. Y, aunque lograra hacerlo, ¿cuánto tardaría su feliz acompañante en hacer algo para ayudarla desde donde quiera que estuviera? La otra alternativa era la niña que tenía justo a su lado, que era obvio que también tenía sus habilidades. Pero estaba tan ensimismada en sí misma (ni siquiera había reaccionado a la abrupta presencia del policía), que era poco probable que pudiera convencerla de hacer algo para ayudarla.

    Decidió, de momento, hacer lo que le pedía. Hacer un poco de tiempo en lo que Lily llegaba hasta ese sitio y se encargara de ese idiota con sus habilidades únicas; si en efecto, no la dejaba morir y decidiera irse de ese sitio ella sola. Como fuera, Esther tiró su arma al suelo y alzó sus dos manos sobre su cabeza como le habían indicado. Eso debía causar al menos un poco de confianza en ese policía, y los hombres confiados cometían errores.

    —Samara, ven conmigo ahora —indicó Cole con fuerza de mando en su voz, pero la niña a la que le hablaba no respondió; no alzó siquiera su rostro, como si no lo hubiera escuchado—. ¿Samara? ¿Qué le hiciste?

    —Nada, ella quiso irse conmigo por su propia voluntad —respondió Esther con simpleza, y Cole no le creyó en lo absoluto.

    —Samara, soy yo, Cole; el amigo de Matilda. Ven hacia mí, yo te protegeré.

    Samara siguió sin reaccionar en un inicio. Luego, poco a poco comenzó elevar su mirada en su dirección, y eso tranquilizó un poco a Cole. Sin embargo, dicha tranquilidad no le duró mucho. La expresión de Samara parecía ausente y perdida, como si estuviera caminando dormida, y esto le provocó una muy mala sensación a Cole.

    —Asesiné a mi madre —murmuró despacio—. Ya no puedo regresar…

    —¿Qué dices? —Cuestionó Cole, confundido—. Escucha, no sé qué haya pa…

    Y entonces, el oficial dejó de hablar abruptamente. Al inicio Esther no entendió qué ocurría, pero luego de varios segundos sin escuchar nada más, se giró lentamente a mirarlo sobre su hombro. Y entonces ahí se dio cuenta de que no sólo había dejado de hablar, sino de cualquier otra cosa. De un momento a otro, se quedó totalmente paralizado en su sitio, apuntando al frente con su arma, pero ya no dijo nada ni se movió. Sus ojos ya no parecían estarlas viendo a ellas, ni nada en particular.

    —¿Qué le pasó? —inquirió Esther.

    ¿Había sido Samara?, ¿o Lily tal vez? Echando un vistazo a la que tenía más cerca, no creyó que fuera la primera opción; Samara seguía igual de metida en su propia cabeza. Y no veía a Lily por ningún lado.

    No sabía qué había ocurrido, pero tampoco se quedaría a descubrirlo. Tomó a Samara de la mano y corrió el medio metro que las separaba de la puerta y la abrió de golpe. Del otro lado, sin embargo, encontró un nuevo aparente obstáculo que le cortaba el camino. De pie a corta distancia de ellas, se hallaba un hombre de piel oscura, alto y fornido, con su cabello negro largo sujeto en varias trenzas, y una barba de candado alrededor de la boca. Su expresión era agresiva, e hizo que Esther se estremeciera e incluso retrocediera un paso por la impresión.

    Esther tuvo el impulso de apuntarle de nuevo con su arma, pero en el apuro la había dejado en el suelo como Cole le había indicado. Miró hacia atrás, intentando determinar qué tan rápido podría moverse para alcanzarla, pero no lo necesitó. Aquel hombre las pasó de largo, caminando con paso firme por su zurda, y luego entrando por la puerta. Se agachó entonces para tomar el arma de Esther del suelo.

    —Lárguense de aquí, ahora —les indicó tajantemente sin voltear a verlas.

    —¿Y tú quién eres? —Espetó Esther, desconfiada.

    —¡Que se muevan!, ¡ya! —Les gritó casi furioso, mirándolas sobre su hombro—. Yo me encargo de este tipo.

    Sin dar más explicación, avanzó hacia Cole con el arma en mano, colgando a un lado de su muslo derecho.

    Esther no comprendió, pero no pensó desaprovechar la oportunidad con vacilaciones.

    —Cómo digas…

    Volvió a tomar a Samara de la mano y la jaló en dirección a dónde yacía oculta su camioneta.

    Una vez solo (aunque no era que eso hubiera sido un determinante), James, el misterioso salvador de Leena, se paró firme delante de Cole y lo contempló unos momentos fijamente, mientras el rostro del policía seguía congelado en el tiempo en una sola expresión de perplejidad. James lo supo de inmediato: era uno de ellos, de esos que pasó tantos años cazando y alimentándose. Y era uno muy poderoso; no necesitaba las habilidades de su Mabel para sentirlo, pues le bastaba con percibir como su mente luchaba para librarse de la atadura que le estaba imponiendo.

    Meditó un poco en sus posibilidades; sería una pena desperdiciar un alimento tan único, pero no tendría el tiempo suficiente para sacárselo cómo es debido. Podía sentir como luchaba, y él por su parte aún seguía bastante débil. De seguro en cualquier momento se libraría. La solución más práctica era acabarlo rápido, devorar lo más que pudiera brotar de él y salir de ahí lo más pronto posible. No era una comida ideal, pero era una comida.

    Mientras James pensaba en todo ello, era ignorante de que había alguien más ahí, o más bien algo. Él no la veía, y quizás Cole en su estado no era capaz de procesar por completo lo que sus ojos captaban. Pero por encima del hombro izquierdo de James se asomaba el rostro de aquel ser que se había presentado ante Cole con el nombre de Gema, con esa misma apariencia que le había mostrado en un inicio, con su cabello castaño un poco desarreglado, sus ojos azules serenos, y sus labios rojos torcidos en una sonrisa complacida ante lo que veía. Miraba atentamente al detective, deseando ver cómo terminaba esa escena tan interesante.

    —Te lo advertí, guapo —pronunció con un tono juguetón aquel ser con forma de mujer, palabras que de seguro Cole escuchó, pero quizás no entendió.

    Sin pronunciar ninguna palabra, James levantó su brazo, colocando el arma justo delante de la cara de Cole, con la punta del silenciador a sólo unos centímetros de su ojo izquierdo. E igualmente, permaneciendo en silencio, pensaba presionar el gatillo, y lo hubiera hecho sin el menor pudor… sino fuera porque su dedo, y toda su mano entero, no le respondía. A pesar de todo el esfuerzo que aplicaba, no era capaz de mover su dedo ni un milímetro.

    —¿Qué…? —Exclamó perdido, en especial cuando su mano lentamente comenzó a girarse, hasta que la punta del arma le apuntaba directo a su propia cara, y todo ello sin que él se lo ordenara.

    No era posible, ¿acaso ese hombre estaba haciendo eso? Lo miró de nuevo. Los ojos del policía habían cambiado por completo; no eran sus ojos.

    —Ni se te ocurra —murmuró aquel hombre, pero la voz que James escuchó en su cabeza también sonó diferente; sonó a la voz de una mujer.

    Cole bajó su mano derecha con su arma, y agitó la izquierda rápidamente hacia un lado. El cuerpo de James se elevó del suelo y voló violentamente hacia la pared. Chocó contra ésta y luego cayó al piso; el arma se le había resbalado de las manos en el proceso.

    —¿Quién eres…? —exclamó James aturdido, intentando alzarse lo más rápido posible.

    —Yo hago las preguntas aquí —le respondió la misma voz de mujer con autoridad. Extendió de nuevo su mano izquierda hacia él y James cayó de sentón al piso como si dos grandes manos lo hubieran empujado hacia abajo desde los hombros—. ¿Para quién trabajas? Dime su nombre.

    James lo miró desde abajó con inquebrantable dureza. No había miedo como tal en él, pero sí bastante inquietud ante la pregunta que le acababan de hacer.

    —Si fueran listos, le entregarían a las niñas y dejarían las cosas así. No saben lo que es capaz de hacer ese demonio.

    —¡Tú no sabes de lo que soy capaz yo! —Le gritó con fuerza, con su voz resonando como mil ecos. James sintió que su cuerpo se presionaba contra la pared, como si una pesada bota se aplastara contra su pecho, dificultándole respirar.

    Quien estaba usando al policía como conducto debía ser otra más de ellos, e incluso una más poderosa que ese individuo. Era impresionante, quizás eran tan poderosa como… aquella mocosa paleta.

    Por unos momentos, James sintió que ese sería el final de ese largo viaje. Si no lo mataba esa mujer quién quiera que fuera, lo haría quien lo había mandado a esa estúpida misión. No había arrepentimiento en él sobre la idea de al fin ciclar y desaparecer por completo de ese mundo, como quizás debió haberle ocurrido hace cinco años, salvo quizás uno: Mabel. ¿Quién cuidaría de su Mabel? Sabía bien que el monstruo que los había arrastrado a todo eso no lo haría. A lo mucho la usaría, las exprimiría hasta la última gota, y luego se desharía de ella cómo lo hacía con todo. Esa sola idea le causaba tanto coraje y frustración…

    Y hablando del diablo, éste se asomó, o quizás siempre estuvo observando en realidad.

    —¿Por qué no me demuestra a mí de lo que es capaz? —se escuchó su voz astuta resonando como una carcajada, tomando por sorpresa a la mujer dentro del cuerpo de Cole Sear.

    Sintió en ese momento como si alguien se hubiera parado justo detrás de ella, le rodeara el cuello con un brazo y lo apretaran con fuerza con él hasta casi sofocarla. Sintió además cómo colocaba su rostro a un lado del suyo, y le susurraba despacio en el oído:

    —¿Lista para el Round 2, señora?

    Y entonces, fue jalada violentamente hacia atrás, arrancada a la fuerza del cuerpo de Cole y desapareciendo entre sombras.

    La presión en el pecho de James se esfumó y pudo al fin respirar con normalidad, aunque tuvo en ese momento otro de esos repentinos ataques de tos que lo hicieron doblarse en el suelo. Por su parte, las piernas de Cole se doblaron, y el oficial cayó de rodillas. Tuvo que soltar la pistola con el fin de usar sus dos manos para evitar caer de lleno, pues presintió que no podría ser capaz de volver a levantarse si eso ocurría. Se sentía bastante mareado y confundido. Le parecía haber visto y oído todo lo que pasaba, pero en realidad no estaba seguro; todo era como flashazos espontáneos en su memoria, como fragmentos de un sueño. Pero algo tenía bastante claro: la identidad de quién había intervenido.

    —¿Eleven? —murmuró en voz alta, como esperando que de alguna forma la voz de su antigua mentora le respondiera, ya fuera en sus oídos o en su cabeza. Ninguna de las dos cosas ocurrió.

    Cole por unos momentos no era del todo consciente de la presencia de James justo delante de él. No hasta que notó por el rabillo del ojo como estiraba repentinamente su mano derecha para alcanzar la pistola que Cole había dejado caer. El detective reaccionó, tomándolo de la muñeca firmemente para evitarlo, y luego estiró su pie para golpear la pistola y hacer que ésta se deslizara hacia un lado por el suelo. Hizo la mano de James a un lado, y de inmediato lo tomó de sus ropas, lo alzó sólo un poco y luego le remató un fuerte puñetazo directo en la cara. James chocó de nuevo contra la pared y luego se precipitó al piso.

    El oficial de Filadelfia intentó pararse de nuevo para recuperar terreno, pero James logró barrer sus pies a medio intento y Cole cayó de bruces al piso. James se arrastró con debilidad, y aún con ciertos arranques de tos ocasionales, hacia la pistola. Cole lo tomó firmemente de su tobillo para detenerlo, y rápidamente se le colocó encima, lo giró hacia él y lo golpeó dos veces más en el suelo. Para el tercer golpe, James logró tomarlo firmemente de la muñeca para detenerlo, y entonces ambos hombres comenzaron a forcejear entre sí, haciendo alarde de su fuerza física.

    James logró patear a Cole directo en la cara y arrojarlo lejos de él. Su intención era dirigirse de nuevo al arma, pero se le vino otro ataque de tos, mucho más fuerte que los anteriores, que lo inmovilizó. Alzó su manga un poco para echar un vistazo a su antebrazo; esas malditas manchas rojizas de nuevo.

    Cole se estaba incorporando de nuevo. James hizo uso de las pocas fuerzas que le quedaban para crear un amarre más, aunque fuera pequeño. Se concentró, se enfocó, y entonces clavó todo su ser en su actual oponente. Cole sintió que todo su cuerpo le dejaba de responder y todo se volvía negro una vez más. Su intento de levantarse quedó en ello, pues cayó sentado al piso, con su cabeza cayendo al frente. Cuando lograra reaccionar de nuevo minutos después, para él no habrían pasado ni un segundo, y de nuevo tendría flashazos aislados que querrían indicarle que no era así. Pero, de momento, estaba totalmente fuera de combate.

    James cayó rendido al piso, sujetándose su abdomen y tosiendo con tanta fuerza que algo de saliva se le escurrió de la boca, creando un pequeño charco con ella. Se le había olvidado meter un tercer factor que podría matarlo: esa maldita sarampión, o lo que fuera que lo estuviera consumiendo.

    Se paró a duras penas y salió tambaleándose del hospital para dirigirse a su propia camioneta y alejarse de ahí antes de que la policía se enterara de todo eso y acordonara la carretera.

    Mientras todo ese combate acontecía, Gema los observaba con detenimiento, esperando que ocurriera algún giro emocionante, pero todo terminó un poco aburrido para su gusto. Cuando James salió por la puerta, aquel ser se aproximó tranquilamente hacia Cole, poniéndose de cuclillas delante de él para contemplar de cerca su rostro perplejo y congelado que asemejaba al de un cadáver, que ni siquiera sabía qué le había pasado; se vía incluso más apuesto así. Gema sonrió ampliamente, pero dicha expresión no reflejaba felicidad, ni ninguna emoción que pudiera asemejarse a algo parecido.

    —Tuviste suerte esta vez —susurró intentando imitar cierta dulzura en su voz, mientras con una mano acariciaba su mejilla. Se aproximó entonces a su oído derecho, susurrándole sutilmente—. Pero esa puta ya no podrá protegerte más. Debiste hacerle caso a tu mami cuando podías, guapo. Ahora es tarde; Él ya no te dejará ir, lo siento —Se inclinó hacia su mejilla, dándole un pequeño beso rápido en ella—. Hasta la próxima…

    Gema se incorporó y antes de que se enderezara por completo su figura sencillamente se esfumó.

    Un par de minutos después, Lily Sullivan pasaría caminando por ese mismo pasillo, vería a Cole tirado en el suelo, pero no le prestaría mucha atención; supondría que sería otro más de las victimas del bello caos que había causado. Saldría por la misma puerta y se reuniría con sus compañeras de viaje sin mayor contratiempo.

    — — — —​

    Eleven había entrado en trance desde hace ya algunos minutos. Se había sentado firmemente en el sillón de su estudio, con su cubre ojos y audífonos para aislar el sonido con el fin de tener la mayor concentración posible. Mike, mientras tanto, la vigilaba en silencio desde una silla colocada a un lado del sillón. Él se había opuesto en un inicio a que lo hiciera, pero su esposa podía ser bastante terca cuando se lo proponía. Tenía la completa seguridad de que algo horrible estaba ocurriendo en aquel sitio en el que se encontraban Matilda, Cole y Cody, y no podía dejarlos solos. Mike de todas formas quiso quedarse cerca, con la quizás absurda idea de que podría hacer algo para traerla de vuelta si algo ocurría. Y aunque en realidad no pudiera hacer algo, se sentía más tranquilo estando ahí que yéndose a otro cuarto.

    Al inicio no pareció ocurrir nada, pero casi siempre así era. Por unos minutos sólo estuvo ahí sentada, callada e inmóvil. Mike siempre se imaginaba que aquello debía ser como intentar volar por el espacio, buscando a la persona que quería ver entre un mar de estrellas. Eleven le había dicho que no era precisamente “navegar”, pero siempre le había resultado difícil describirlo.

    La respiración de Jane se agitó un poco de pronto, sus manos se tensaron sobre el tapiz del sillón, e inclinó un poco el cuerpo hacia el frene como si comenzara a hacer un gran esfuerzo. Al ver esto, Mike se paró por mero instinto, y sintió la tentación de llamarla pero se contuvo.

    —Ni se te ocurra —exclamó Jane de pronto con tono agresivo, y por un segundo Mike creyó que se lo decía a él, pero luego comprendió que no era así; ella ni siquiera estaba ahí en ese momento.

    Las cosas del cuarto comenzó a agitarse un poco: la mesa de centro, lo que estaba sobre el escritorio, las ventanas que daban al jardín, como si estuviera ocurriendo un pequeño temblor.

    —Yo hago las preguntas aquí —murmuró Eleven de nuevo, bastante parecido a como lo había hecho antes—. ¿Para quién trabajas? Dime su nombre.

    Mike se preguntó a quién estaba interrogando con exactitud. ¿Tendría todo eso que ver con las preocupaciones que le estaba compartiendo hace sólo un momento atrás?

    —Mamá, papá —escuchó Mike que una vocecilla familiar pronunciaba desde la puerta, y un segundo después ésta se abrió.

    Mike se apresuró rápidamente hacia ella para evitar que se abriera del todo. Se paró firme en la pequeña abertura que se había creado, y miró a través de ella a su hija Terry, con Babilón a sus pies también mirándolo.

    —Ahora no, Terry —le murmuró despacio, interponiéndose como si no quisiera que viera hacia adentro—. Tu madre está proyectándose, no podemos interrumpirla.

    —¿Proyectándose? —Murmuró perpleja la niña de dieciséis años, e instintivamente intentó mirar más allá de su padre hacia adentro del estudio—. ¿Justo ahora? ¿Por qué?, ¿pasó algo?

    —No pasó nada —le respondió, aunque en realidad no estaba seguro de la veracidad de esa afirmación—. Ve a tu cuarto, no debemos…

    —¡Tú no sabes de lo que soy capaz yo! —Se escuchó como Jane gritaba con ímpetu desde su asiento, y el cuarto entero volvió agitarse.

    Terry se exaltó un poco sorprendida por tal grito.

    —¿Qué está pasando? ¿No necesita nuestra ayuda?

    —Terry, tu madre sabe lo que hace. Debemos confiar en ella, ¿de acuerdo? —Colocó entonces una mano detrás de la cabeza de su hija y se inclinó al frente para darle un rápido beso en ésta—. Ahora ve a tu cuarto. En cuanto terminé te llamó.

    —Está bien —contestó Terry, evidentemente no muy convencida. Se dispuso a obedecer y dirigirse por el pasillo a su cuarto, y Babilón igualmente parecía dispuesto a hacerlo. Sin embargo, en el último momento el husky pareció arrepentirse. Se detuvo, se giró de nuevo hacia la puerta del estudio, poniéndose en alerta, y luego comenzó a gruñir con ferocidad.

    Mike y Terry lo miraron confundidos.

    —¿Qué ocurre, Babilón? —Le preguntó Terry preocupada. Se agachó a su lado, intentando calmarlo, pero el animal de hecho se veía cada vez más tenso.

    Fue entonces cuando ambos escucharon como Eleven soltaba un fuerte alarido de dolor. Mike se giró rápidamente hacia ella, soltando la puerta. Eleven se había pegado por completo contra el respaldo del sillón y tenía su cabeza hacia atrás; más de esos mismos alaridos salieron de su boca sin reparo. Alzó sus mano con desesperación, intentando prácticamente arrancarse el cubre ojos y los audífonos. Lo hizo, tirándolos al suelo para apartarlos de ella, pero ni así se tranquilizó.

    —¡El! —exclamó Mike lleno de angustia, dirigiéndose hacia ella; Terry le siguió por detrás.

    —¡No se acerquen…! —Logró gritarles, alzando en ese momento una mano hacia ellos. Los tres, incluido Babilón, fueron empujados hacia atrás para que mantuvieran la distancia.

    Eleven permaneció en su asiento, con sus dedos aferrados con sillón como si sus uñas fueran a atravesar en tapiz. Su mirada estaba fija en las puertas de cristal delante de ella, con sus pupilas dilatas por completo. El cuerpo siguió temblando, pero poco a poco todo se fue calmando incluyendo su respiración, hasta que quedó aparentemente tranquila, con su cuerpo más relajado. Sin embargo, algo de sangre escurrió por su nariz por su fosa derecha, llegando hasta sus labios.

    Giró su rostro lentamente hacia su esposo, aunque éste no estaba seguro si en verdad lo estaba viendo a él.

    —Mike… —susurró Eleven con debilidad, casi como si hablar le doliera.

    —¿El? —Murmuró Mike con reservas, aproximándosele con cuidado—. ¿Qué ocurrió…?

    Antes de que pudiera acercársele del todo, abruptamente el cuerpo de Eleven se dobló hacia atrás y un grito aún más desgarrador que el anterior se escapó de ella, y toda la casa fue abruptamente sacudida como presa de un fuerte terremoto; incluso Mike cayó a la alfombra al no poder mantener el equilibrio por la sacudida.

    Terry, por su lado, se había pegado contra la pared a lado de la puerta, sosteniéndose para no caerse también. Babilón gruñía con agresividad, aunque era en realidad más miedo, en dirección a Eleven. Pero no le gruñía a ella. Su padre de seguro no lo veía, y Babilón sólo lograba sentirlo; pero Terry sí pudo verlo, vio claramente a ese chico de cabellos negros y traje, detrás justo de su madre, rodeándole el cuello con su brazo derecho, el cual presionaba con fuerza y ella era incapaz de quitárselo de encima.

    —Mike, ese es su nombre, ¿eh? —Murmuró con malicia aquel individuo cerca del oído de Eleven, mirando de reojo al hombre en el suelo—. Tanto que se esforzó para mantenerme lejos de aquí la primera vez, y mire ahora: me trajo justo hasta su casa, con su linda familia.

    Eleven estaba en shock; la había tomado totalmente desprevenida en ese momento, ni siquiera se dio cuenta de en qué momento la había arrastrado hasta ese punto. Era él; no necesitaba que él se lo confirmara. Era el mismo chico de la otra vez, y la tenía por completo a su merced. No era capaz de moverse o de hacer cualquier otra cosa. Jamás había sentido tal nivel de invasión en su persona… nunca se había sentido tan indefensa en toda su vida.

    —Mike… Terry… —logró pronunciar con debilidad—. Váyanse de aquí, corran…

    —¿Y enserio cree que hay algún lugar en el que se pueden esconder de mí? —Exclamó con marcada sorna en su voz—. Debió haberse quedado al margen, señora. Yo no pierdo dos veces en el mismo juego…

    —¿Quién eres tú? —Cuestionó Terry tajantemente de golpe, llamando en ese momento la atención de todos, incluida la del extraño intruso.

    —Terry, ¿a quién le hablas? —le preguntó su padre, quien intentaba ponerse de pie; en efecto, él no lo veía.

    El misterioso atacante sonrió divertido.

    —Ah, ella puede verme. ¿Acaso es como usted? —Pasó entonces los dedos de su otra mano por los rizos de la cabeza de Eleven de forma juguetona—. Quizás también deba hacerle una visita después de que acabe con usted, pero esta vez en persona. O aún mejor, tengo un par de amigos a los que les encantaría que se las diera como regalo; le darían un buen uso...

    —Ni se te ocurra ponerle un dedo encima, bastardo —espetó Eleven con tanta rabia acumulada que sus palabras se esforzaban de más para poder salir—. Te juro que te voy a…

    —¿Qué me va a qué?, ¿eh? —Ironizó el chico, apretando sus dedos contra su cabeza fuertemente—. Por si no se ha dado cuenta, no está en posición de amenazar a nadie; y nunca más lo estará…

    De pronto, los dedos de aquel chico se presionaron tanto contra la sien de Eleven, y parecieron comenzar a hundirse en su piel poco a poco. Pero no era como si ésta se abriera, sino más bien como si los dedos de aquel intruso comenzaran a fundirse con la cabeza de Eleven. Fuera lo que fuera aquello, Eleven comenzó a sentir un tremendo y horrible dolor.

    —¡¡Aaaaah!! —gritó con gran fuerza, retorciéndose en su sito pero sin lograr soltarse de ese agarre mental en que la tenía.

    Más sangre comenzó a surgir de su nariz… mucha más sangre.

    —¡No!, ¡déjala! —Le gritó Terry con tono desafiante, dando un paso hacia él que en realidad no compartía dicho sentimiento.

    —Terry —Le llamó su padre, pero ella no lo escuchó.

    —¡¡Deja a mi mamá!! —Gritó Terry con gran fuerza, y su gritó resonó como un relámpago.

    Toda la habitación se agitó con más violencia como respuesta a su grito, y todo, a excepción del sillón en el que se encontraba su madre sentada, salió volando en diferentes direcciones. Las puertas de cristal estallaron y pedazos de vidrio volaron hacia el jardín. Y lo más importante, la imagen astral de aquel individuo también pareció ser empujado violentamente junto con todo lo demás.

    Las luces tintinearon tres veces, para luego apagarse por completo; no sólo en ese cuarto, sino al parecer en toda la casa.

    Todo se quedó en silencio justo después. Mike miró a su hija cauteloso; ésta seguía mirando al sitio en el que su objetivo había estado parado hace sólo unos momentos, con la respiración tan agitada como si acabara de terminar una carrera. Miró entonces hacia su esposa. Jane Wheeler se encontraba sentada en el mismo sitio, con sus ojos desorbitados mirando hacia las puertas ahora sin cristal en ellos.

    —¿Jane? —murmuró Mike, pero no recibió ninguna respuesta.

    Y unos segundos después de que Mike la mirara, su cuerpo se fue ladeando lentamente hacia un lado, hasta caer de costado sobre el sillón, y luego rodó hacia el suelo. Quedó boca arriba en la alfombra, con sus ojos aun totalmente abiertos, pero sin emitir sonido o movimiento alguno.

    —¡Jane! —Mike cruzó en menos de un segundo la distancia que la separaba de su esposa y se agachó a su lado, tomándola rápidamente en sus brazos—. Oh, Dios, El, cariño… —Repetía lleno angustia y al borde de las lágrimas. Sus ojos no lo miraban; no miraban absolutamente nada. Pero aún respiraba, aunque muy débil, apenas apreciable—. ¡Llama a una ambulancia! ¡Rápido!

    Sólo hasta ese momento Terry fue sacada de su profundo transe. Al mirar a su madre en ese estado en los brazos de su padre, por unos momentos se sintió paralizada pero forzó a que sus piernas se movieran lo más rápido posible, y entonces salió del estudio junto con Babilón en busca de su celular.

    —Jane, contéstame por favor, reacciona… —siguió Mike insistiendo, sacudiéndola un poco y dándole palmadas en su mejilla, pero nada funcionaba. Eleven no daba señal alguna de consciencia. Y su respiración, que ya antes era escasa, comenzaba poco a poco a apagarse…

    FIN DEL CAPÍTULO 43

    Notas del Autor:

    Terry Wheeler es un personaje original de mi creación, pero se encuentra creada en base al contexto de la serie Stranger Things.
     
  4.  
    WingzemonX

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    Misterio/Suspenso
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    Resplandor entre Tinieblas

    Por
    WingzemonX


    Capítulo 44.
    No estoy bien

    Esther no se calmó o respiró tranquila hasta que ya estuvieron a varios kilómetros de Eola, y conducían hacia el sur por la 99W. Una vez que Lily se subió, la camioneta conducida por Esther salió disparada de su escondite detrás del hospital psiquiátrico, dirigiéndose hacia la carretera, tomando la ruta hacia al oeste en dirección a Rickreall. No escuchaba aún las sirenas de policía venir desde Salem, pero estaba segura de que no tardarían mucho más. No pararían en Rickreall, ni en ningún otro sitio por las siguientes dos horas al menos. Aunque el próximo paso en su misión era entregar a ambas niñas en Los Angeles, de momento no tenían un destino inmediato fijo. Sólo conducirían hacia el sur hasta que sintiera que estaban a salvo, o se cansara de conducir y necesitaran descansar. Todo había salido relativamente bien, pero no deseaba tentar de más su aparente buena suerte.

    Lily estaba sentada en el asiento del copiloto, mientras Samara se había sentado atrás. Ésta última no había dicho palabra alguna desde que salieron de Eola. De hecho, ni siquiera se movía. Estaba sentada, con su cabeza apoyada contra la ventanilla, y todo su cuerpo flojo como si durmiera, aunque sus ojos estaban abiertos, fijos en la oscuridad que envolvía el suelo de la camioneta bajo sus pies, sólo alumbrado de vez en cuando por la luz de algún otro vehículo que pasaba a su lado. Esther le había improvisado un vendaje rápido en su mano y un curita en su mejilla del botiquín que usaba para tratar la pierna de herida.

    —¿Y qué le pasa a nuestra nueva compañera de viaje? —Cuestionó Lily con curiosidad, mirando por encima de su asiento hacia atrás.

    —Déjala en paz —le reprendió Esther sin quitar sus ojos del camino—. Creo que acaba de matar a su madre.

    —¿Enserio? —Lily echó un vistazo más cuidadoso a la niña en el asiento trasero. Se veía algo escuálida y no sentía gran amenaza brotar de ella. De hecho, no sentía nada de ella: ni miedo, ni tristeza… nada. Como si fuera un simple cadáver, y en verdad casi se veía como uno. Como fuera, de momento no era su problema. Se encogió de hombros y se acomodó de nuevo en su asiento—. Gran cosa. Yo maté a mi padre y no me ves lloriqueando.

    Esther la miró sutilmente por el rabillo del ojo unos momentos, pero casi de inmediato se volvió de nuevo al camino.

    —Yo maté a ambos —susurró despacio, como si no tuviera genuino interés en que su acompañante la oyera—. A mi madre y a mi padre… más de una vez.

    — — — —​

    A lo largo de su vida, Matilda había sufrido varios tipos de heridas, pero nunca la de una bala atravesándole el cuerpo, pese a que no había sido la primera vez que le disparaban (la misma mujer acababa hace sólo unos días de hacerlo en circunstancias bastantes similares). No le había resultado tan doloroso en el momento, más como un ardor molesto. Sin embargo, pasado el tiempo y la adrenalina, dicho ardor fue incrementándose hasta volverse insoportable. En comparación, la mordida en su tobillo que le había hecho aquel perro en el hospital de Portland se sentía insignificante.

    La habían encontrado sentada en un pasillo cuando ya le fue imposible caminar; apenas estaba consciente. Se había aplicado algo de alcohol que había encontrado en una de los consultorios, y luego se hizo un vendaje lo mejor que pudo usando sólo su mano izquierda. Dos enfermeras la trataron lo más rápido posible, limpiándole la herida y vendándosela de forma más apropiada. Mientras lo hacían, repitieron con insistencia lo afortunada que era, pues la bala había entrada y salido, y no parecía haber nada importante herido. Matilda difícilmente podía creer que pudiera haber algo de buena suerte en todo eso.

    Luego de tratarla, la recostaron en una camilla y le inyectaron un tranquilizante para que se relajara. No quería que lo hicieran, pues lo que menos deseaba en esos momentos era dormir. Pero al final cayó rendida. Mientras lo hacía, le pareció haber visto a Cole de pie a un lado de su camilla hablándole, y no estaba segura si acaso ella le respondió algo o no. Como fuera, el sueño le había servido, pues horas después despertó y se sentía de cierta forma mejor. Le habían vendado el hombro entero y le habían colocado un cabestrillo para que no moviera de más el brazo. Aún le dolía un poco, pero con los antinflamatorios, analgésicos y los antibióticos, todo debía estar bien en unos días.

    Se sentó con cuidado en la camilla, sujetándose un poco su cabeza; sentía que ésta le daba un poco de vueltas.

    Sintió que alguien se le acercaba por un lado. Su primer pensamiento fue que era una enfermera que venía a reprenderla y decirle que permaneciera acostada, y ella estaba más que dispuesta a decirle que se ocupara de sus asuntos. Dicen que un doctor era siempre un pésimo paciente, y al menos en su caso eso parecía ser cierto. Pero no se trató de una enfermera, sino de Cody, que se le aproximó cauteloso.

    Cody era un desastre en esos momentos. Su cabello estaba despeinado, se había quitado su corbata y su camisa estaba desalineada y manchada. No traía puestos sus anteojos, y también parecía como si se acabara de despertar no hace mucho.

    —Matilda, ¿estás…? —murmuró Cody dudoso, mirando discretamente su cabestrillo.

    —Me dispararon —respondió la psiquiatra, aunque casi de inmediato supuso que él ya debía de saberlo—. No se lo digas a mi madre; enloquecerá en cuanto se entere…

    Llevó los dedos de su mano libre a su frente y se la talló fuertemente.

    —Samara se fue. Esa… mujer se la llevó, o más bien quiso irse con ella. Su madre está muerta… no pude evitarlo…

    —Lo sé —le respondió Cody con voz apagada, y entonces se permitió sentarse en la camilla a su lado—. Yo tampoco pude hacerlo. Lily Sullivan —Matilda se sobresaltó al escucharla pronunciar ese nombre—, ella estaba aquí. Se metió en mi cabeza, pero no como otros lo han hecho antes. La protección que Eleven nos dio no sólo no sirvió de nada, pudo entrar aún más profundo, y sacar a la luz terrores que creía haber olvidado. —Hizo una pausa y respiró profundamente, como intentando recobrar las energías que había perdido al decir todo eso—. Estas niñas… no son como los otros niños que hemos ayudado antes, Matilda.

    —¿Estas niñas? —Repitió Matilda con duda—. ¿Hablas de Lily Sullivan…?

    Cody permaneció callado unos momentos, y luego se giró lentamente hacia ella, casi como si tuviera miedo de mirarla directamente.

    —Y Samara —respondió al fin, dejando a Matilda sin palabras—. Eleven tenía razón. Hay algo… que no está bien con ellas… Quizás debimos hacerle caso y hacernos a un lado… dejarle este asunto a Cole.

    Matilda no tuvo nada que responderle. Hace unos días ese comentario le hubiera enojado bastante y hubiera derivado en una marcada actitud a la defensiva. Pero, justo en ese momento, tras todo lo ocurrido, no tenía fuerzas ni armas para afirmar lo contrario. Quizás era cierto: quizás debió haberse ido de ahí en cuanto Eleven se lo advirtió.

    —¿Dónde está él ahora? —Preguntó Matilda abruptamente.

    —¿Cole?, él está bien —respondió Cody—. Tiene unos golpes, pero nada grave. Al parecer se peleó con otro individuo que también estaba ayudando a Leena Klammer. Y creo que también tenía… habilidades —eso último lo susurró, como si temiera que alguien más lo escuchara a pesar de que estaban solos en esos momentos—. Está con la policía, dando su declaración e intentando de nuevo que no nos retengan mucho aquí, supongo…

    —Lo siento —musitó Matilda de pronto, tomándolo por sorpresa—. Yo fui la que te involucró en esto.

    —No era lo que quería decir. No te estaba culpando.

    —Pero yo sí. —Matilda bajó su mirada con cierta melancolía—. Le fallé a Samara, como le fallé a…

    La puerta del consultorio en el que estaban se abrió sin aviso, poniendo a ambos un poco tensos como si hubieran sido sorprendidos a mitad de una travesura. Esa vez tampoco fue una enfermera, ni un policía. Era el Dr. Johnson, no en un mejor estado que el de ellos.

    —Dra. Honey, ya despertó —mencionó Johnson, señalando lo evidente.

    —Dr. Jhonson, ¿se encuentra bien? —le cuestionó Matilda con sincera preocupación. Johnson asintió como respuesta. Pareció vacilar unos momentos, y entonces habló.

    —El señor Morgan acaba de llegar —murmuró con voz apagada, tomando totalmente desprevenida a Matilda que abruptamente sintió que su cabeza le daba vueltas de nuevo—. Pidió hablar con usted. Le dije que estaba herida y quizás indispuesta, pero… él insistió mucho. —Intentaba justificarse con demasiada insistencia, tanto que comenzaba a rozar en lo falso—. Puedo decirle que sigue dormida…

    —No, está bien —declaró la psiquiatra con firmeza y comenzó a ponerse de pie con el cuidado que ameritaba su estado—. Iré a verlo.

    —Matilda, quizás no sea buena idea —señaló Cody con marcada preocupación. No sólo por su hombro, sino porque ya sabía de antemano porque ese hombre quería hablar con ella: no sólo su hija había desaparecido… su esposa estaba muerta.

    Matilda también lo sabía, y con bastante claridad. Lo que menos deseaba era enfrentarlo, escuchar lo que iba a decirle o recriminarle. Pero no podía esconderse de ello; tarde o temprano tendría que tener esa conversación incómoda, por llamarla de alguna forma.

    —Debo hacerlo —fue lo único que logró responderle a Cody, y entonces caminó con cuidado a la puerta. El ritmo de sus pasos se volvió más confiado conforme su estado letárgico se fue disipando, aunque no por ello ocurrió lo mismo con su anhelo por el encuentro que estaba por tener.

    — — — —​

    La policía llegó lo más rápido que pudo, seguidos de cerca por bomberos y paramédicos. No había fuego que apagar, pero si personas que tratar. Había más de veinte heridos entre personal, pacientes y visitantes, siendo la más grave Matilda y su herida de bala. Pero además, en total había siete muertos: un intendente, un enfermero y dos guardias de seguridad, asesinados los cuatro por arma de fuego presumiblemente por Leena Klammer; además, un enfermero más que sufrió un fuerte golpe en la cabeza a ser atacado por un frenético paciente; una paciente, Anna Morgan, que todo parecía indicar que se había auto infligido varias puñaladas en su propio cuello; y por último, el Dr. Scott que saltó desde el techo del edificio antes de que toda aquella locura comenzara, y cuya relación con ésta aún era imprecisa.

    La prensa vino volando dese Salem, y quizás más lejos, y en menos de una hora comenzaron a congregarse afuera del hospital.

    Todo era de cierta forma una repetición de lo sucedido en Portland: dos ataques similares, perpetrados con unos cuantos días de diferencia y por la misma persona. Si el nombre de Leena Klammer no era conocido, poco a poco comenzaría a serlo. De cierta forma eso era algo bueno, pues eso reducía los lugares en los que podría ocultarse sin ser reconocida. Sin embargo, considerando quién la acompañaba y ayudaba, Cole Sear estaba convencido de que terminaría esfumándose en el aire, y pasaría un buen tiempo antes de que la policía pudiera dar con ella. Por supuesto, no les dijo eso directamente a los oficiales que lo interrogaron. Como oficial de la ley que era, cooperó con ellos y les dijo todo lo que consideró apropiado que supieran. La mayoría del relato se enfocó en aquel hombre que lo había atacado cuando intentaba aprehender a Leena Klammer. Les dio la descripción más detallada que pudo, y les proporcionó el arma que había tomado y dejado atrás al huir para que buscaran sus huellas, aunque sospechaba que no encontrarían ninguna o no encajarían con nadie en lo absoluto.

    Omitió la parte de las personas enloquecidas viendo cosas que no estaban ahí, o que el mismo hombre que lo había atacado lograba de alguna forma apagar su cerebro unos momentos como si jalara la cadena de una lámpara de techo. Y por supuesto, fue bastante cuidadoso intentando explicar qué hacía en ese sitio en realidad, quiénes eran Matilda y Cody, y fingió ignorancia cuando le preguntaron porque esta mujer Leena querría llevarse a Lily Sullivan y Samara Morgan; y la fingió bastante bien, cabía decir. Pero aquello fue sencillo, pues en realidad no era como que tuviera del todo muy claro qué motivo podría tener Leena o quién estaba detrás de ella. Aunque, tenía su teorías…

    Al principio los oficiales de Oregón se prestaron algo renuentes a confiar del todo en su palabra. Les parecía sobre todo muy sospechoso que los tres (Matilda, Cody y él) hubieran estado en ambas escenas del crimen sólo por mera casualidad. Cole debía darles crédito en eso; sería algo que a él también le parecería bastante extraño. Insistieron mucho usando eso como principal base de su interrogatorio, pero conforme pasaron las horas, y sucedió la llegada de un muchachito de traje oscuro que Cole supuso debía ser algún asistente del fiscal, no les quedó más que aceptar que no tenían nada para relacionarlo a él o alguno de sus amigos en alguno de los dos sucesos, y dejarlos ir por ahora.

    El sitio era un caos de forenses, oficiales y personal médico. Viendo un poco el lado cínico de todo, Cole pensó que si tenías a más de veinte personas heridas, era de cierta forma buena suerte que fuera justo en un hospital, aunque fuera uno psiquiátrico; quizás gracias a eso Matilda estaba bien. De todo lo horrible que había ocurrido esa noche, enterarse que a Matilda le habían disparado fue quizás lo que más afectó al detective de Filadelfia. No le importó si los otros oficiales lo querían detener, él se abrió paso hasta el consultorio en el que ésta se encontraba reposando, sólo para ver que en verdad estuviera bien. Y en efecto lo estaba, o algo así. Al parecer estaba tan confundida por lo que le habían inyectado, que era probable que no se hubiera dado cuenta de su presencia. Y una vez que ya lo dejaron ir, sólo pensaba en ir de nuevo a verla.

    Se decía a sí mismo que era una preocupación normal de colegas, y en especial ahora que al parecer habían comenzado a hacerse amigos (o eso creía él). Pero él sabía que no era precisamente eso; era tan obvio en sus intenciones que se sentía avergonzado.

    Antes de poder llegar a donde estaba Matilda, Cole pasó por una de las salas de espera. Y ahí vio a Vázquez, sentado en una de las sillas, mirando con expresión desorbitada hacia la absoluta nada, como si a él también le hubieran inyectado una buena dosis de tranquilizantes. Tenía algunos golpes en la cara, un par hechos por el propio Cole, y de seguro tuvieron que revisarle de nuevo las heridas de su brazo y tobillo. Pero seguía en una pieza. Debía reconocérselo: era un hombre rudo.

    Cole decidió tomarse un pequeño desvío y se acercó hacia él; igual, debía devolverle algo. Vázquez no lo notó hasta que ya estuvo a su lado. Cole se sentó en la silla a un lado de él sin decir nada en un inicio. Luego introdujo su mano en el bolsillo interno de su saco, extrayendo de éste la pistola que había tomado prestada, y se le extendió.

    —Creo que esto es suyo —señaló con simpleza.

    Vázquez tomó el arma con su mano libre, y la examinó unos momentos en silencio como si fuera la primera vez que la veía. No le preguntó por qué la tenía, no le reprendió por tomarla, ni le gritó diciéndole lo irresponsable que era tomar el arma de otro oficial y los problemas en los que podría haberlo metido; dicho sea de paso, tampoco pareció interesado en darle las gracias. Sólo la guardó de regreso en su funda, y volvió al mismo estado casi letárgico de hace unos momentos.

    Cole sacó algo más de su bolsillo: una cajetilla de cigarros. Era un hospital y ya lo habían reprendido por ello demasiado en los últimos días, pero no creyó que con tanto alboroto a alguien le importaría. Se colocó uno en los labios y luego extendió la cajetilla hacia Vázquez. Él la miró de reojo y sólo negó con su cabeza lentamente. Guardó de nuevo la cajetilla y prendó el cigarrillo con su encendedor. Pensó que se sentiría mejor después de algunas bocanadas, pero parecía que la nicotina no era suficientemente en esa ocasión.

    —¿Qué es lo que ocurrió aquí? —soltó Vázquez de pronto sin provocación aparente. Ocurrieron muchas cosas, pero Cole supuso que se refería en específico a lo que le había pasado a él y a los otros.

    —Lily Sullivan, eso ocurrió —le respondió sin vacilación. Vázquez lo volteó a ver con asombro en sus ojos—. Creo que mis amigos intentaron explicárselo lo mejor posible el otro día. ¿Hay algo que yo le pudiera decir para que ahora sí lo crea?

    —Poderes psíquicos, ilusiones, telepatía… ¿Todo esto es real? —Exclamó Vázquez, aun aferrándose a un frágil escepticismo.

    —Más de lo que me gustaría. Y me temo que todo es incluso mucho peor de lo que se imagina. Ni siquiera yo, que he visto tantas cosas antes, puedo entender del todo lo que ocurrió aquí. Así que no se sienta mal si está un poco confundido: todos aquí lo estarán por un buen rato. No hay manera de que oficiales convencionales entiendan o puedan lidiar con todo esto. No te entrenan para esto en la Academia, se lo aseguro.

    Lo último al parecer había intentado decirlo con algo de humor, pero no creía haber sonado gracioso.

    —¿Y quién sí puede lidiar con algo como esto? —Cuestionó Vázquez con voz de interrogación, mirando tajantemente a Cole con cierta desconfianza—. ¿Ustedes y su Fundación?

    Cole permaneció en silencio. Aspiró un poco de su cigarrillo, exhalando el humo unos segundos después por su boca con un pequeño resoplido.

    —Lo mismo me pregunto —susurró con voz apagada.

    Volvieron a quedarse en silencio unos segundos. Un par de oficiales pasaron caminando delante de ellos, entrando por una puerta y saliendo por otra sin prestarles atención. Un bostezo se le escapó de pronto a Cole. Ya habían pasado varias horas, y aún antes de esto el día había sido bastante agotador por ir y venir de Silverdale. Se sentía cansado, pero no creía poder dormir.

    —Necesito… salir de aquí… —Murmuró Vázquez, de nuevo de la nada y sin provocación, parándose de su asiento lo más rápido que sus muletas le permitieron.

    —¿Seguro? No se ve en buen estado. Además, disparó su arma dos veces en el interior de un hospital. Si asuntos internos de Portland es como en Filadelfia, eso deberá traducirse en mucho papeleo.

    —Al carajo con eso —espetó el detective con bastante convicción, y Cole podía aplaudir eso. Se alejó unos cuantos pasos con sus muletas, pero luego se detuvo de golpe y se giró de nuevo hacia él—. Hay más detrás de todo esto de lo que incluso ustedes creen. Luego del incidente en el hospital, se presentó gente del gobierno a hacer preguntas, reclamar pruebas… y sólo Dios sabe qué cosas más.

    Cole lo miró confundido. ¿Gente del gobierno?, ese era un término bastante ambiguo.

    —¿Federales?

    —No sé qué mierda sean. Pero creo que estarán aquí muy pronto también. Será mejor que tus amigos y tú no estén en los alrededores cuando eso pase.

    No supo cómo interpretar esa extraña advertencia. No le parecería raro que personas de oficinas más arriba se presentaran en una escena de crimen como esa, especialmente una que involucraba a una asesina como Leena Klammer, que según había leído sus crímenes no sólo habían cruzado líneas estatales sino fronteras de países. Era algo con lo que Cole ya había tenido que lidiar, a pesar de que su carrera aún no era tan larga, y supuso que Vázquez debía de estar más acostumbrado a ello. Pero, aun así, se veía especialmente perturbado por eso. ¿Sería acaso que estas personas de las que hablaba no eran como las agencias habituales que solían meter sus narices cada cierto tiempo cuando olfateaban la publicidad y el reconocimiento? ¿De quiénes estarían hablando realmente?

    —¿Por qué me dice esto? —Le preguntó curioso, partiendo de la idea de que hace unas horas bien parecía dispuesto a agarrarse a golpes con él, o incluso con Matilda si era necesario.

    Vázquez vaciló.

    —No lo sé… Está noche no sé nada…

    Se giró de nuevo apoyado en sus muletas y ahora sí se alejó sin voltearse de regreso, y Cole tampoco hizo algo para detenerlo.

    Permaneció sentado unos momentos y siguió fumando un rato más, meditando sobre ese pedazo de información que acababa de recibir. Aunque realmente tenía demasiadas preocupaciones como para sumarle lo que podría o no estar haciendo alguna extraña agencia del gobierno. Quienes fueran, esperaba que no quisieran meterse de más en ese asunto, pues no podría terminar nada bien.

    Su teléfono sonó de pronto, haciendo que diera un brinco de sorpresa en su silla. Lo buscó a tientas en cada uno de sus bolsillos, hasta localizarlo en el delantero izquierdo de su pantalón. El número en la pantalla era desconocido; la lada no era de Pensilvania ni de Oregón, y de momento no pudo identificar de dónde era con exactitud. No era el mejor momento para responder llamadas extrañas, o quizás era el momento justo dependiendo de cómo lo viera; una llamada extraña fue justo el comienzo de toda su intromisión en ese asunto en el que se encontraba metido.

    Decidió atender.

    —Detective Se… —comenzó a presentarse ya con el teléfono en su oído, pero no alcanzó a terminar de pronunciar su apellido.

    —¡Hasta que logró contactar a uno de ustedes! —Escuchó como una voz femenina gritaba con bastante ahínco, y quizás enojo, en el otro lado de la línea. Cole tuvo incluso el acto reflejo de apartar un poco el aparato de él por el volumen tan alto de aquella voz—. ¡¿Qué les pasa a todos?! ¡¿Necesito llamarlos telepáticamente para que atiendan?!

    —Hey, más despacio —respondió Cole a la defensiva—. ¿Quién eres?, ¿Mónica?

    —¿Quién eres?, ¿Mónica? —Repitió la mujer en el teléfono, usando un tono de voz más que despectivo—. Sí, ¿quién más? No tengo tiempo para estupideces, Sear. ¿Qué rayos pasó?

    No era que Cole estuviera del mejor humor del mundo antes, pero definitivamente esa abrupta llamada tampoco hizo mucho para mejorarlo. Mónica era una las rastreadoras de la Fundación, y una de las mejores según decían algunos. Un par de veces había pedido permiso para que lo ayudara a investigar algún dato para uno de sus casos, y lo había hecho… con actitud bastante antipática de por medio; al parecer ayudar a la ley no era de sus actividades favoritas, y por consiguiente él no era de sus personas favoritas tampoco.

    —Mira, hemos tenido una noche muy ocupada por aquí —suspiró Cole con cansancio, pasando su mano por su rostro—, así que tendrás que ser mucho más específica. ¿A qué de todo lo que pasó te refieres?

    Luego de un comentario hiriente que Cole intentó ignorar, Mónica fue directo al punto, revelándole la verdadera intención de su llamada. Lo que escuchó lo dejó tan sorprendido, que el cigarrillo que sostenía entre sus dedos se le resbaló al suelo.

    Cole pensó que esa noche no podían darle más malas noticias de las que ya tenía encima. Estaba muy equivocado…

    — — — —​

    A Matilda no le sorprendió saber en dónde se encontraba el señor Morgan, pero la falta de sorpresa no evitó que se le formara un nudo en el estómago ante la idea de ir a aquel sitio. El Dr. Johnson le hizo el favor de guiarla hasta el pasillo sobre el que se encontraban las puertas dobles, pero no avanzó más allá, y no lo culpó. Un doctor con experiencia había aprendido a lidiar con los familiares de un paciente fallecido… pero esa ocasión era diferente.

    Se quedó unos momentos contemplando en silencio las puertas cerradas, y el letrero sobre éstas que rezaba: morgue.

    Respiró hondo para intentar tomar fuerzas e intentar que lo poco del mareo provocado por sus medicinas que aún le quedaba desapareciera. Abrió con cuidado una de las puertas y se asomó sutilmente al interior de aquella habitación oscura y fría. Lo primero que vio fue la espalda amplia del señor Morgan, y su cabello oscuro con algunas canas. Se encontraba justo enfrente de una de las planchas, alumbrada por una brillante luz suspendida sobre ésta. El cuerpo del señor Morgan le tapa la vista del rostro, pero ella supo sin problema que el cuerpo sobre la plancha debía de ser el de su esposa. Él la miraba en silencio, de seguro contemplando su rostro sereno.

    Matilda dio un par de pasos hacia el interior y dejó entonces que la puerta se cerrara sola detrás de ella. Richard Morgan no parecía haberse percatado de su presencia, o si lo hizo no parecía importarle lo suficiente como para voltear a verla. Matilda tuvo en ese momento un pensamiento un poco fuera del lugar, sobre cuánto tiempo había dormido realmente para que él estuviera ahí, pues el viaje desde Moesko hasta ahí no debía ser corto.

    —Señor Morgan —pronunció despacio la psiquiatra, intentando de esa forma anunciar su presencia. Él siguió sin mirarla.

    —Dijeron que estaba herida —pronunció el hombre con un tono alarmantemente tranquilo—. ¿Se encuentra bien?

    —Me recupero —fue lo único que se le ocurrió responder, arrepintiéndose un poco después sin ningún motivo.

    Se atrevió entonces a acercarse un poco más, hasta que pudo ver, queriendo o no, el rostro de la mujer recostada sobre la plancha. Su piel se veía aún más pálida que antes, y algunas de las venas se marcaban por debajo de ésta. Tenía los ojos cerrados, y la herida su cuello había sido cerrada de forma un tanto apresurada. La expresión, a veces pronunciada en un inútil intento de reconfortar, “parece sólo estar durmiendo”, no aplicaba en lo absoluto en ese caso.

    Sólo su rostro era visible; el resto de su cuerpo se encontraba cubierto con una delgada sábana blanca. Matilda miró sutilmente hacia el resto del cuarto. Había otras planchas y camillas ocupadas, todas ellas tapadas por completo con una sábana similar a la que cubría el cuerpo de Anna Morgan.

    —La amé desde la primera vez que hablé con ella, ¿sabe? —Comentó el Señor Morgan de pronto, jalando de nuevo su atención hacia él. El hombre acercó su gran mano hacia la caballera oscura del cuerpo delante de él, acariciándola muy suavemente, como si temiera romperla—. La pasión con la que hablaba los caballos, y todos los sueños que tenía a futuro. Y fui testigo de cómo los cumplía todos, uno tras otro… excepto uno. Yo le decía que no necesitábamos hijos, que nosotros, nuestro rancho y nuestros caballos eran suficientes; pero creo que para ella no lo eran. Yo sólo quería que fuera feliz, completamente feliz. Y por un momento usted me hizo pensar que eso aún podría ser posible. Que superaríamos esto, ella volvería a casa, compraríamos nuevos potrillos, y podríamos empezar de nuevo. Seguir cumpliendo sus sueños, y construir algunos nuevos. Que podríamos ser felices sólo los dos, después de que ella saliera de este sitio, y nos deshiciéramos de ese demonio. —Hizo una pequeña pausa, antes de concluir—. La esperanza es la cosa más cruel de este mundo, ¿no es así? Y usted al parecer es una experta en ese tipo de crueldad.

    No había tristeza o recriminación aparente en sus palabras, sólo una sombría y fría tranquilidad que para el caso podría ser incluso peor. Matilda se sintió totalmente desarmada en esos momentos, incapaz de poder reaccionar de alguna forma sensata. Su mente se había quedado divagando principalmente en eso último que había dicho: “La esperanza es la cosa más cruel de este mundo.” No tenía forma de negar tan afirmación… Ella había pensado lo mismo no hace mucho al recordar a Carrie White…

    —Samara estaba mejorando, señor Morgan —murmuró Matilda con toda la firmeza que le era posible, que en realidad no era mucha—. Nuestras sesiones la estaban ayudando, estoy convencida de que con el cuidado correcto podría haberla…

    —¡¿Cree que me importa un comino lo que podría o no haber hecho con esa niña?! —Espetó Richard con fuerza, volteándola a ver sólo un poco por encima de su hombro. Su voz repicó en el eco del cuarto, y por primera vez se sintió un rasgo de llanto asomándose en ella—. Mi esposa está muerta, recostada en esta plancha fría, y su asesina sigue respirando. La niña que se suponía sería su hija, que la haría más feliz de lo que yo podía hacerla.

    El señor Morgan se inclinó entonces al frente, soltando unos pequeños sollozos que ya no era capaz de contener. Siguió pasando su mano por los cabellos del cuerpo, mientras la miraba melancólico.

    Matilda intentó hablar, pero su voz se entrecortó.

    —Lo que ocurrió… no fue culpa de Samara…

    —¿Y de quién es entonces?, ¿suya? —Volvió a mirarla sobre su hombro y Matilda tuvo el deseo de decirle que sí, que todo era su culpa, pero nada salió de sus labios. Richard se giró casi de inmediato hacia el frente una vez más, sin darle importancia—. Quizás fue mía, por a pesar de todo haberme dejado engañar por su carita de ángel, y no haber visto por completo lo que era cuando Anna me lo dijo. No sólo la interné aquí por haber intentado suicidarse, ¿sabe? Ella quería matar a esa niña… —Ese dato revelado tan repentinamente dejó helada a Matilda—. Debí habérselo permitido… Ahora está libre en el mundo, y sólo Dios sabe qué clase de horrores está por desatar sobre nosotros.

    — — — —​

    No se dijeron mucho más después de eso, y en realidad no había nada más que decir. El mensaje que el señor Morgan intentaba transmitirle era demasiado claro: había fallado, y eso era algo con lo que ella difícilmente podía discutir. Lo dejó entonces solo cuando pensó que era oportuno. Caminó lentamente por el pasillo sin ningún rumbo fijo, pero en realidad sólo avanzó un par de metros antes de tener que detenerse y sostenerse de la pared con una mano para no caer. Pero en realidad aquello había sido más un acto reflejo, pues en realidad sí deseaba caer. Pegó su hombro contra la pared, luego su espalda, y dejó que ésta se deslizara por la superficie hasta caer sentada en el piso. Sus ojos azules apuntaban perdidos a la pared opuesta, sin mirar nada específico en ella.

    Su puño libre se apretó con fuerza, y en un vago intento de liberar toda la frustración y enojo que tenía dentro, lo azotó contra al suelo con fuerza. Lo hizo una vez, luego dos y tres veces. Pero no era golpear el suelo lo que realmente quería hacer: tenía ganas de gritar, de patalear, de hacer que todo ese edificio volara por los aires, de que todo y todos se fueran muy lejos. Quería deshacerse de esa agobiante y asfixiante angustia que no la dejaba respirar. Quería hacer muchas cosas, pero no hizo ninguna… solo golpear el suelo, y dejar que unas pocas lágrimas se deslizaran por sus mejillas, sin permitirse soltar el llanto por completo.

    “Me dijiste que me ayudarías Matilda… ¡Me dijiste que me ayudarías a controlar mis poderes! ¡Me dijiste que ya no lastimaría a nadie más! ¡Y mira lo que hice! ¡Maté a mi mamá! ¡La maté!”

    “Lo siento,” repetía la psiquiatra en su mente una y otra vez. “Lo siento, lo siento, lo siento, siento…”

    —Matilda, oye… —oyó de pronto que la llamaban, pero no fue suficiente para sacarla por completo del estado en el que había caído. Dicha persona se le aproximó y se agachó a su lado. Sólo hasta entonces se viró y se encontró con el rostro preocupado de Cole, y detrás de él venía Cody—. ¿Estás bien?

    —No, no estoy bien —le respondió con severidad—. ¡Nada en todo esto está bien!

    Inclino su cuerpo al frente, y pegó su mano contra sus ojos, como si quisiera calmar algún punzante dolor. Se mantuvo en esa posición sólo unos segundos, antes de virarse de nuevo hacia sus dos compañeros. Ambos la miraban con seriedad… demasiada seriedad. Al principio se dijo a sí misma que era una reacción normal que la situación ameritaba, especialmente si la encontraban en ese estado tan deplorable. Sin embargo, mientras más observaba sus caras, más le parecía que no era precisamente eso. Ambos parecían dudosos, cómo si buscaran la forma y momento de decir o a hacer algo.

    —¿Qué? —Les cuestionó sin rodeos—. ¿Qué sucede? ¿Ahora qué?

    Cole se viró hacia Cody y ambos se miraron el uno al otro, aún más dudosos que antes. El oficial la miró de nuevo, al parecer teniendo que ejercer un gran esfuerzo en ello, y la seriedad de su mirada se volvió aún más profunda.

    —Es Eleven… —le respondió al fin con tono solemne.

    Matilda lo miró confundida, aunque una parte de ella lo supo desde antes de que Cole se explicara: entre todo ese montón de desgracias, había ocurrido algo aún más horrible…

    FIN DEL CAPÍTULO 44
     
  5.  
    WingzemonX

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    Resplandor entre Tinieblas
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    Misterio/Suspenso
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    7186
    Resplandor entre Tinieblas

    Por
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    Capítulo 45.
    ¿Qué haremos ahora?

    Hacía una noche agradable en Anniston, New Hampshire. El clima estaba templado, y no había ni una nube en el cielo. Abra Stone consideró que era un buen momento para sacar a pasear a su perrito Brownie para que éste se despejara un poco, pues había estado encerrado todo el día y encima de todo en compañía de su madre que no lo dejaba siquiera comer sin que hubiera un regaño de por medio.

    Ambos anduvieron a paso tranquilo por la banqueta de aquel barrio suburbano pacífico, iluminado y callado; especialmente esto último. La calle se encontraba tan sola en esos momentos, que parecía casi como si todos se hubieran ido de vacaciones y ahora todas esas casas a su alrededor estuvieran vacías. A Abra esto no le incomodaba en lo absoluto. Tenía la correa de Brownie sujeta a su muñeca derecha, mientras éste caminaba animado delante de ella. Prácticamente permitía que el perrito la guiara en su recorrido nocturno, siempre y cuando no se saliera del camino de cemento de la banqueta. Por su parte, ella tenía media atención en sus pasos, y la otra media en su teléfono celular, en el que intercambiaba mensajes con su amiga Emma. La conversación en cuestión no era que le agradara del todo; otro chisme más del que a nadie le constaba nada, pero aun así todo el mundo estaba seguro de que era verdad. Y, sin embargo, sentía el deber casi moral de no dejar dicha discusión hasta obtener un desenlace favorable.

    Estoy cansada de tener que ser yo la que dé explicaciones.
    Si ella quiere disculparse, sabe dónde encontrarme

    La respuesta de Emma no se hizo esperar.

    No lo hará. Es demasiado orgullosa.

    Pues que se le vaya quitando, que no es el centro del universo.

    Tenle un poco de paciencia.
    Se acaba de dar cuenta de que su promedio no le alcanzará para entrar a Yale.

    Abra bufó despacio con algo de fastidio. En verdad lamentaba el asunto de Yale, pero ya estaba cansada de que sacaran ese tema como justificación para cualquier cosa. Rápidamente comenzó a mover sus dedos por la pantalla para responderle.

    Aún le queda un semestre.
    Podría aplicarse aún si dejara de…


    Sus dedos se detuvieron antes de lograr terminar y enviar el último mensaje. Le pareció escuchar claramente una voz que la llamaba por su nombre a sus espaldas, y esa presencia tan abrupta resonando entre el silencio que la envolvía, la hizo detenerse en seco, alarmada. Se giró rápidamente sobre sus pies y miró hacia alrededor; no había nadie cerca, o si acaso lo había las luces mercuriales no lo alumbraban.

    —¿Hola? —Exclamó un poco fuerte para que la escucharan—. ¿Quién anda ahí?

    No hubo respuesta. Todo regresó a ser tan silencioso como hace un momento.

    Aquello le resultó extraño a la joven. No había sido como una de esas veces en las que uno cree escuchar su nombre repentinamente pero sólo es algún ruido malinterpretado. Estaba segura de en verdad haberlo oído, con sus tres letras. Aunque, también su nombre tan corto podía fácilmente confundirse con otras palabras o expresiones; eso no sería tan raro… si no fuera porque no veía a nadie cerca.

    Luego de meditarlo por unos segundos, se encogió de hombros y siguió con su caminata, aunque ya no tan tranquila como antes.

    Unos cinco minutos después, luego de terminar de dar la vuelta a la cuadra, la chica y su perrito se encaminaron de regreso a su casa.

    —Ven, Brownie —exclamó Abra en cuanto abrió la puerta principal con sus llaves, y de inmediato el pequeño animal café entró corriendo con apuro a la casa—. Eso es, chiquito. Ya volvimos —avisó con fuerza para que la escucharan.

    Al encaminarse hacia la sala, logró ver a su padre, David Stone, sentado en la sala del comedor con su tableta en las manos, cuya pantalla miraba con bastante concentración y picaba cada ciertos segundos con su dedo índice.

    —¿Cómo estuvo la caminata? —le preguntó su padre distraídamente, sin quitar sus ojos de la tableta.

    —No hubo ninguna pelea esta vez, así que se podría decir que estuvo bien —comentó con tono burlón al tiempo que se sentaba en una de las sillas del comedor, a lado de su padre. Éste sólo asintió, posiblemente sin haberla escuchado realmente.

    De seguro seguía enfocado en ese juego de cartas que se acababa de bajar hace unos días, y qué prácticamente no lo dejaba hacer ninguna otra cosa. Se preguntaba cuánto tiempo le tomaría aburrirse de él, o a su madre obligarlo a que le aburriera de una vez.

    Como invocada por su pensamiento, Abra escuchó en ese momento la voz de su madre viniendo de las escaleras.

    —Abra, otra vez se subió a los sillones —recriminó molesta la voz de Lucy Stone, a lo que le siguieron sus pasos apresurados al bajar los últimos escalones y después dirigiéndose a la sala—. Abajo, vamos.

    Brownie, que se había acomodado en el sillón más grande la sala, se bajó de un salto antes de que la Lucy llegara hasta él, alejándose hasta ocultarse debajo de la mesa a los pies de Abra.

    —¿Qué es un poco de tierra y pelos, mamá? —comentó Abra con humor, extendiendo su mano hacia abajo para acariciar un poco la cabecita de Brownie. Su madre sólo bufó molesta, comenzando a sacudir con fuerza el sillón con sus manos—. ¿Escribiste algo mientras no estuve, papá?

    —¿Qué si qué…? —Balbuceó su padre algo desconcertado, alzando al fin su rostro hacia su hija—. Ah, no… Me distraje un poco, creo.

    —¿Haciendo qué? —Masculló con algo de agresividad Lucy desde la sala—. ¿Perdiendo el tiempo con ese tonto juego otra vez?

    —No, claro que no —respondió su padre claramente a la defensiva, apresurándose a apagar la tableta y a colocarla sobre la mesa, fingiendo que no estaba ensimismado en ella hace sólo unos segundos antes.

    Y ahí estaba lo que sabía que tarde o temprano pasaría: Lucy Stone tomando las riendas de la situación.

    —Bueno, esto es algo en lo que no quiero intervenir —masculló Abra evasiva, y lentamente se paró de su silla con la delicadeza propia de un desarmador de bombas—. Los dejo, tengo que hacer tarea. Vamos Brownie, subamos.

    La jovencita se dirigió con paso rápido hacia las escaleras. El pequeño Brownie no dudó en acudir a su llamado, y la siguió por detrás. La intención era que ambos se encerraran en su cuarto, y se concentraran de nuevo mitad en la conversación que había dejado pendiente en su teléfono, y claro mitad en la tarea. Sin embargo, ninguno de los dos alcanzó a subir más de tres escalones.

    Abra se detuvo de pronto a medio camino. Sintió que todo el cuarto a su alrededor daba vueltas, por lo que rápidamente se sostuvo del barandal para evitar caer. A su cabeza comenzaron a llegar abruptamente sonidos e imágenes que le resultaban extrañas. El escenario a su alrededor cambiaba por flashazos a otro que no le era para nada conocido, o se volvía completamente negro por unos segundos. No sabía qué estaba viendo: miraba un bosque a lo lejos, una mesa, paredes color beige, y las caras esporádicas de dos personas no lograba enfocar lo suficiente como para reconocerlas.

    Escuchó entonces un fuerte grito que le taladró los oídos y la hizo doblarse de dolor.

    —¡¡Ah!! —Gritó con fuerza, y quitó su mano del barandal para intentar instintivamente taparse los oídos, pero fue inútil; los sonidos y gritos siguieron. Y aún peor, perdió el equilibrio al no poder sostenerse, y cayó de rodillas en el escalón.

    El grito asustó a Brownie, quien rápidamente se alejó corriendo hasta esconderse de nuevo debajo de la mesa.

    —¡Abra! —Vociferó histérica Lucy Stone y de inmediato rodeó el sillón para dirigirse hacia ella. David no tardó en hacer lo mismo.

    Abra se giró sobre respalda, quedando recostada en las escaleras. Apretaba con fuerza sus ojos, al igual que sus manos contra sus oídos, pero las imágenes y sonidos siguieron.

    “¿Quién eres tú?”, escuchó de pronto que pronunciaba una voz chillante como vidrio siendo arañado. Dos más similares le siguieron.

    “Ah, ella puede verme. ¿Acaso es como usted? Quizás también deba hacerle una visita después de que acabe con usted, pero esta vez en persona…”

    “Ni se te ocurra ponerle un dedo encima, bastardo.”

    Lucy llegó hasta su hija y la tomó en sus brazos.

    —Hija, ¿qué te pasa? —Abra no respondió. Sólo se retorcía y gemía con dolor—. Mi vida, ¿qué tienes?

    Lucy siguió insistiendo, pero el resultado era el mismo. Era como si no pudiera escucharla.

    “No está en posición de amenazar a nadie; y nunca más lo estará…”

    Y en ese momento, un dolor sin parecido invadió el cuerpo entero de la joven de diecisiete años. Fue una sensación quemante y corrosiva que le recorrió desde la cabeza, bajando por su espalda y hasta sus piernas, dejándola totalmente paralizada. Comenzó a gritar con tanta fuerza, como no sabía que su garganta era capaz de lograr. Su madre y su padre la miraron totalmente aterrados, temerosos de incluso tocarla.

    —¡Basta! —Gimió entre gritos—. ¡Has que paré!, ¡has que paré, mamá!

    Aquel era un grito desesperado inspirado por el dolor y el miedo. Su madre poco o nada podía hacer por ella en esos momentos, pero en la posición en la que se encontraba sólo le quedaba reducirse a una pobre niña llorando por ayuda a su mamá.

    “¡No!, ¡déjala!”, volvió a gritar con más intensidad la primera de esas voces chillantes. “¡¡Deja a mi mamá!!”

    Ese último grito se alargó en todas direcciones como una tremenda explosión en su cabeza. Todo se cubrió de un fuerte destello luminoso, y después nada más…

    Los ojos de Abra se cerraron pesadamente, y entonces su cuerpo se desplomó por completo en las escaleras sin oponer resistencia alguna. Quedó en una posición torcida, con su rostro contra la orilla de un escalón, y sus brazos y piernas doblados en una posición que parecía cercana a causarse daño. Y ahí se quedó, por completo inmóvil.

    —¡Abra, cariño! —Aulló Lucy con el rostro cubierto en lágrimas. Se animó a acercársele de nuevo, pero temió moverla pues pensaba que podía lastimarla de algún modo. Sólo la sacudió un poco, intentando hacerla reaccionar, pero no había ni un rastro de consciencia en ella. Y lo peor era que se comenzaba a sentir abruptamente fría.

    Lucy se giró sobresaltada hacia su marido, que veía todo desde el pie de la escalera, inmóvil y sin saber qué hacer.

    —¡Llama a John! —Le gritó su mujer con voz aguerrida—. ¡Rápido!, ¡no te quedes parado ahí!

    David se sobresaltó al escucharla y eso lo hizo reaccionar al fin. De inmediato corrió hacia la mesa en la que había dejado su teléfono. Mientras tanto, Lucy siguió intentando despertar a su hija, y con mucho cuidado se las arregló para recostarla bocarriba.

    Luego de llamar al médico, David la cargó hasta colocarla sobre uno de los sillones de la sala. Brownie se subió con ella, soltando pequeños pujidos de preocupación al tiempo que frotaba su cabecita contra su costado. Por esa ocasión, a Lucy Stone no le importó en lo más mínimo las patas sucias del perro sobre su sillón. Lo único en lo que podía pensar era en que su hija, su bebé, se veía y se sentía casi como muerta delante de ella…

    — — — —​

    La ambulancia llegó a la residencia de los Wheeler seis minutos después de que Terry Wheeler los llamara desesperada. En todo ese tiempo, Jane siguió inconsciente. La hemorragia de su nariz era abundante, y Mike intentó pararla presionando un pañuelo contra ella. No recordaba si en alguna ocasión anterior le hubiera sangrado tanto. Para cuando los paramédicos llegaron, el sangrado parecía haberse detenido, pero sus labios y barbilla se encontraban tan manchados que por un segundo pensaron que se había golpeado.

    Los paramédicos la revisaron. Tenía pulso, bajo pero estable. Sin embargo, no reaccionaba a nada de lo que le hacían. Mike no pudo explicar con claridad qué era lo que había pasado. En la cara de los paramédicos pudo notar que sospechaban que había ocurrido una pelea, debido al caos en el que se encontraba todo en el estudio. De seguro también pensaron que quizás él la había golpeado y roto la nariz, un pensamiento que le ofendió enormemente, pero que sabía que era su obligación el tenerlo.

    —Él no le hizo nada —escucharon todos de pronto que Terry afirmaba tajantemente—. Fue ese chico.

    —¿Qué chico? —Cuestionó uno de los paramédicos—. ¿Alguien la atacó? ¿Un intruso?

    Terry y Mike se quedaron callados. Sí, había sido un intruso, pero no del tipo que ellos suponían.

    —Si no nos quieren responder a nosotros, tendrán que hacerlo a la policía —señaló el otro como si intentara hacer algún tipo de amenaza.

    —No me importa —respondió Mike con severidad—. Sólo ayuden a mi esposa, por favor.

    Los paramédicos concluyeron que no había mucho que pudieran hacer ahí, por lo que sería mejor llevarla al hospital local. Fueron por la camilla y entre los dos subieron a El a ella, la sujetaron para que no se cayera y la sacaron de la casa para subirla a la ambulancia estacionada en la calle frente a la casa. Los vecinos miraban curiosos desde sus ventanas, pero no tenían tiempo para lidiar con ello. Mike y Terry se subieron a la ambulancia también, y emprendieron el camino.

    En el trayecto, Mike aprovechó para llamar a la Dra. Maxine Mayfield, conocida simplemente como “Max” por sus amigos, entre ellos Mike y la propia Jane. No estaba de guardia esa noche en el hospital, pero al ser enterada de lo ocurrido dijo que estaría ahí de inmediato.

    Al llegar al hospital, Mike y Terry tuvieron que quedarse afuera en la sala de espera de emergencias mientras revisaban a El. Max llegó poco después, pero apenas y se detuvo unos instantes para saludarlos, y luego de inmediato se fue para unirse al equipo que trataba a la paciente. Max era casi como el doctor de cabecera de su familia, y de los pocos que conocían en amplitud la singular fisionomía de Eleven. Sólo ella podría tener la imagen completa de lo sucedido, y por ello su presencia en todo ese desastre era más que necesaria.

    Pasaron los minutos, quizás horas, y Mike y Terry siguieron sin noticia. La joven en un momento recostó la cabeza sobre las piernas de su padre con la intención de sólo descansar unos segundos, pero terminó quedándose dormida. Tenía ya dieciséis, pero a veces le parecía que seguía siendo tan sólo una pequeña de diez. Se parecía tanto a El a esa edad, en más de un sentido. Sus otros dos hijos mayores, Sarah y Jim, habían salido más del lado de su familia; Sarah se había convertido casi en la viva imagen de su tía Nancy, por ejemplo. Pero Terry era sin lugar a duda la hija de Eleven; con una personalidad más introvertida y risueña, pero con sus mismos rizos cafés y sonrisa coqueta. Y, claro, esas mismas habilidades. Sarah y Jim habían mostrado capacidad parecidas de chicos, pero de grandes se fueron apaciguando hasta que actualmente, hasta dónde él sabía al menos, sólo quedaban pequeños rastros que ambos no solían explotar del todo. Pero Terry era diferente: cada año que pasaba, parecía estarse volviendo más fuerte, y eso a un Mike Wheeler ya cerca de sus cincuenta, con el peso de todo lo que había visto a lo largo de sus años, lo tenía más que preocupado. Especialmente ahora que sabía de la existencia de alguien allá afuera, tan peligroso y que parecía haberse empecinado en lastimarlos.

    Y si acaso perdía a Jane… ¿qué podía hacer él para proteger a su familia? Le pesaba admitirlo, pero era poco lo que había logrado hacer sin tener a El a su lado como apoyo y soporte. Le gustaba imaginar que el sentimiento era reciproco de parte de ella, pero sabía que si acaso era así, sería igualmente bastante disparejo. Pero no quería pensar demasiado en ello; la idea de que el amor de su vida pudiera sencillamente desvanecerse de un momento para otro, y de esa forma tan horrible… era simplemente inconcebible. Uno esperaría que la idea de la muerte, de alguno de los dos, se hubiera vuelto ya algo digerible con el pasar de los años, y especialmente por todos los peligros que habían estado enfrentando desde chicos. Pero no era así… no era para nada así…

    Max ingresó de pronto en la sala de espera con paso calmado y rostro sereno; tan sereno que era imposible para Mike adivinar si acaso traía buenas o malas noticias.

    Mike se levantó de su silla, retirando con cuidado la cabeza de Terry de sus piernas; ésta se despertó de inmediato en cuanto fue movida.

    —Max… ¿Cómo está? —le cuestionó, acercándosele.

    La Dra. Mayfield se paró firme delante de su viejo amigo. Su cabello rojizo y un poco rizado se encontraba sujeto con una cola de caballo, aunque cuando llegó lo traía suelto hasta los hombros. Era sólo unos centímetros más baja que Mike, pero de complexión atlética y fuerte. Usaba su bata blanca sobre una blusa igualmente blanca, y pantalones vaqueros azules.

    —La estabilizamos lo mejor que pudimos. Pero no podemos hacerla despertar de ninguna forma.

    —¿Está en coma? —Preguntó Mike, esperando que su pregunta no fuera demasiado obvia. Max sólo asintió levemente con su cabeza.

    —Aún tiene actividad cerebral; escasa, pero suficiente para no perder por completo la calma. Vamos a hacerle unos exámenes para ver si podemos descubrir alguna lesión física que pudiera causar su estado.

    —¿Puedo verla? —Escucharon ambos que Terry espetaba con apuro, acercándose a su padre por detrás.

    —Está en cuidados intensivos… —vaciló Max al responder, pero de inmediato Terry se le aproximó y la tomó de su brazo con algo de fuerza.

    —Por favor, tía Maxine. Quizás pueda escucharme.

    En sus ojos se veía un marcado rastro de súplica y convicción. Max la miró unos momentos, dudosa. “Quizás pueda escucharme”, había dicho, y ella sabía de antemano que podría ser cierto. Miró entonces a Mike en busca de algún tipo de opinión y éste sólo asintió levemente con su cabeza.

    —Pediré permiso y te acompañaré yo misma —le indicó Max con una media sonrisa adornando su rostro blanco y pecoso—. Sólo dame un minuto, necesito hablar con tu padre de algo más.

    —Siéntate un segundo, cariño —le pidió Mike a su hija, colocando una mano reconfortantemente sobre su hombro—. En un momento voy contigo.

    Terry asintió, pero se veía insegura. Aun así, volvió a su silla y se sentó en ella, dejándolos lo suficientemente solos como para que pudieran hablar de lo que querían.

    —La verdad, es poco lo que podemos hacer por ella aquí —señaló Max sin rodeos—. Debería pedir su trasladado a Lexington, pero…

    —Allá tampoco podrán ayudarla —concluyó Mike antes de que su amiga lo hiciera.

    —¿Qué fue lo pasó con exactitud?

    —No lo sé —masculló Mike, algo a la defensiva—. Alguien la atacó, a distancia… tú sabes cómo. No sé quién era. Ella me habló de un sujeto, un chico extraño que la había atacado antes.

    No había podido contarle las implicaciones completas de lo sucedido por teléfono a riesgo de que los paramédicos lo escucharan. Pero no fue necesario; de inmediato Max había intuido que se trataba de uno de esos asuntos. Sin embargo, en ese momento miró a Mike con cierta severidad, juntando sus manos al frente en posición casi marcial.

    —¿Le volvió a sangrar la nariz? —Inquirió de golpe, tomando por sorpresa a su viejo amigo—. La habían limpiado para cuando llegué, pero me lo informaron. Me dijeron que la hemorragia fue bastante. ¿Es cierto? —Mike no respondió, pero su cara bastó para reafirmarlo. Max comenzó entonces a hablarle mucho más despacio—. Mike, te lo advertí. Si abusó de nuevo de sus habilidades como antes…

    —No te atrevas a culparla de esto —respondió Mike, tan despacio como ella pero aún tajante, molesto por la sola insinuación—. Y no tienes que recordármelo a mí; ¿enserio crees que tengo el poder de evitar que haga cualquier cosa que quiera? Y además, ¿no fuiste tú la que me dijo hace mucho que ella debía ser quien se pusiera sus propios límites y no debería controlarla tanto?

    Los ojos de Maxine se abrieron en una expresión de asombro, y justo después se tornaron molestos debido al marcado sarcasmo de sus últimas palabras.

    —¿Me vas a recriminar por algo que dije hace treinta años? —Murmuró despacio con severidad—. Muy maduro de tu parte, Mike. Pero sí, lo dije. Como amiga confiaba en qué sabría lo que mejor le convenía, pero como doctora no podía dejarlo a la ligera. No desde aquella vez…

    El aire entre ambos se volvió bastante denso. Aquella sola mención hizo que cualquier actitud de confrontación en ambos se fuera disipando poco a poco.

    Mike suspiró pesadamente.

    —Ha estado bien por muchos años, incluso más fuerte que antes. Esto no tuvo nada que ver con eso. Fue obra de esa persona que te digo, le hizo algo. Estoy seguro.

    —¿Y acaso eso sería una mejor opción? Al menos de la otra forma estaríamos lidiando con algo conocido.

    Mike retrocedió, intentando evitar el contacto visual con su amiga, en un intento de calmar su enojo, por no decir su negación. Pues él lo había visto, le había vuelto a sangrar la nariz hace unos días después de tantos años. Pero ella le había restado importancia, e inconscientemente él también; no quería pensar que pudiera ser algo realmente más grave. Era más fácil culpar a aquel desconocido que a su propia inacción.

    Escuchó a Max suspirar un poco y tomar una postura algo más relajada, o por lo menos no tan acusativa.

    —¿Les avisaste a los otros? —Preguntó la doctora—. ¿O al menos a Jimmy y a Sarah?

    —No… aún no… —respondió Mike, dudoso.

    —Quizás deberías. Sólo por si acaso.

    Mike la volteó a ver de reojo. Se veía tranquilo, pero en realidad seguía tan aterrado como hace unos momentos. “Por si acaso”… Qué pesadas podían ser esas palabras.

    — — — —​

    Justo como Max había prometido, consiguió que Terry pasara a ver a su madre. Ella misma la acompañaría, pues no sería seguro que ninguna enfermera presenciara cómo exactamente pensaba intentar que la escuchara. Quizás no se viera o escuchara nada raro, pero valía la pena prevenir.

    La imagen de su madre pareció perturbar un poco a la joven. Jane se encontraba recostada en la camilla, inconsciente, con su cabello hecho una maraña y su rostro se veía incluso más avejentado; hasta le pareció verla más delgada y frágil. Por un momento, realmente Terry pensó que no se trataba de ella.

    Tenía un tubo adherido a su nariz para ayudarla a oxigenarse, además de varios aparatos conectados que median sus signos vitales. Estaba cubierta por una sabana azul, aunque debajo de ésta se apreciaba que aún usaba las ropas que llevaba hace unas horas; sólo habían tenido que abrirle un poco su blusa para conectarle los sensores.

    Pasada la impresión inicial, Terry se aproximó cautelosa a la camilla, parándose justo a su diestra. La contempló en silencio unos instantes; poco a poco podía reconocer más a su madre en esa imagen tan pálida y lejana. Con una mano tomó firmemente la de ella que reposaba a su costado, y la otra la colocó sobre su frente; aún se sentía fría. La joven cerró los ojos y respiró lentamente, enfocándose por completo en su madre, y en nadie ni en nada más. Y así permaneció por varios segundos, quizás minutos, hasta casi comenzar a preocupar a Max.

    —¿Terry? —Murmuró tras una larga espera en silencio—. ¿Está todo bien?

    La jovencita siguió metida en lo suyo sin responderle por varios segundos más. Cuando al fin habló, la acompañaba una marcada sensación de angustia.

    —No puedo sentirla, no puedo sentirla en lo absoluto —susurró despacio, volviendo a abrir sus ojos—. Es como si no estuviera aquí, ni en ningún lado.

    Max no supo cómo interpretar esas palabras con exactitud.

    —Cómo te dije aún tiene actividad cerebral, así que de alguna u otra forma sigue ahí. Te prometo que haré todo lo que esté en mis manos para traerla de vuelta.

    Terry permaneció en silencio. Parecía, evidentemente, no muy convencida por su promesa.

    Volvió a colocar una vez más su mano sobre la fría y lisa frente de su madre, y volvió a concentrarse; ésta vez sin cerrar sus ojos.

    —Por favor, mamá; dime algo. Háblame, dime lo que sea —siguió sin sentir nada, como si le hablara a la pared—. ¿Por qué no puedo alcanzarte? ¿A dónde te has ido?

    Max la siguió observando. A pesar del tiempo que llevaba tratando a Eleven y a sus hijos, o todo lo que había vivido y visto con ella y sus demás amigos durante todos esos años, no se consideraba en lo absoluto experta en el tema de las habilidades psíquicas, así que no entendía qué podía significar exactamente que Terry no pudiera alcanzarla. Sin embargo, presentía que no podía ser una buena señal en lo absoluto.

    E inevitablemente, ella también se hizo la misma pregunta: “¿a dónde te has ido, El?”

    — — — —

    Matilda, Cody y Cole se habían permitido ingresar a una sala de terapia grupal para poder hablar a solas sobre la delicada llamada que Cole había recibido de Mónica, la rastreadora de la Fundación. Ya les había informado a ambos lo principal, pero sólo hasta que estuvieron ahí les dio todo el detalle que le habían proporcionado. Mónica en realidad tampoco sabía demasiado, aunque entre lo que ella y ellos sabían, podían construir una historia más completa.

    Eleven había sido atacada psíquicamente en su propia casa, frente a Mike y su hija menor. El atacante la había doblegado y hecho tanto daño, que ahora la directora de la Fundación se encontraba en coma, y fuera de eso su estado de salud real aún era desconocido. Todo eso ocurrió justo en ese momento, justo mientras ellos estaban lidiando con toda esa locura. Cole había creído sentir la presencia de Eleven y escuchado su voz durante la pelea con aquel extraño, pero pensó que había sido sólo su imaginación, o quizás un efecto secundario de lo que fuera que aquel atacante hizo para inmovilizarlo. Pero ahora se daba cuenta de que no era así; había sido Eleven la que intervino para salvarlo, como lo había hecho con Matilda en Portland. El resultado en esa ocasión, sin embargo, había sido muchísimo más desastroso.

    Los tres se habían sentado en una de las sillas colocadas en círculos en el centro del cuarto. Matilda no había dicho palabra alguna desde que Cole les dijo todo. Su mirada perdida y cansada sólo miraba hacia la pared opuesta. Cole y Cody, sin embargo, no se encontraban mucho mejor. Cada uno se veía alterado, serio, incómodo, y por supuesto molesto. Pero principalmente, estaban confundidos. Ninguno podía entender por completo que algo como eso estuviera pasando.

    ¿Eleven?, ¿la que siempre parecía invencible e intocable?, ¿la que su sola presencia imponía tanto respeto como miedo por igual, dependiendo de la situación? ¿Cómo le había pasado algo tan horrible a ella? De seguro Matilda y Cody se estaban preguntando todo eso y más, e igualmente en parte Cole también lo hacía. Sin embargo, el detective tenía presente en su memoria lo que Eleven le había dicho aquella noche.

    “Realmente no es alguien ordinario, incluso para los estándares de los que son como nosotros. Te seré sincera… me aterró…”

    “Me exigió cada gramo de fuerza el poder repelerlo, y no estoy segura si podré hacerlo de nuevo si la situación se repite.”

    Y como siempre, tuvo razón…

    —Fue el mismo sujeto de la vez pasada —afirmó Cody con seguridad, como si le leyera la mente.

    —Debió ser —comentó Cole no tan convencido, aunque en el fondo no tenía duda alguna de ello—. ¿Quién es realmente? ¿Cómo es posible que haya podido hacerle esto a Eleven?

    —Sabemos tanto como tú —respondió Cody secamente—. ¿Mónica no te dijo si había descubierto algo?

    —Al parecer Eleven sólo le pidió buscar a la tal Abra que nos mencionó el otro día. Parecía creer que quien fuera, estaba relacionada con su atacante, pero no logró descubrir gran cosa.

    Los tres se quedaron en silencio, como si intentar digerir cada pedazo de información a la vez.

    —Todo es mi culpa… —masculló Matilda de pronto, rompiendo por completo el profundo silencio en el que se había sumido desde hace rato.

    Cody y Cole la miraron confundidos.

    —¿Qué dices? —Le preguntó el profesor de biología.

    Matilda siguió hablando, sin quitar sus ojos de la pared.

    —Ella me dijo que no podía encargarme de esto, y en lugar de escucharla me enojé e hice un berrinche. De haberle hecho caso, de no haber sido tan orgullosa…

    —Hey, aguarda —intervino Cole rápidamente antes de que terminara—. Eso no tiene nada que ver. Aunque tú no hubieras puesto un pie aquí, me lo hubiera pedido a mí, ¿recuerdas? E igual todo esto hubiera ocurrido. Las acciones de Leena Klammer, o de estos sujetos que la cuidan, no dependieron de tus acciones o de las nuestras.

    —Pero yo fui a Portland a ver a Lily Sullivan por mi propia cuenta —declaró Matilda agudamente—. Eleven tuvo que intervenir para salvarme, y la expuse a ese sujeto. De no haber sido por eso, él nunca la hubiera…

    —No es así —le tocó el turno a Cody—. Nadie podía haber predicho que esto pasaría, ni siquiera Eleven.

    Las palabras de ambos parecían entrarle por un oído y salirse por el otro. En realidad, ni siquiera era seguro que los estuviera escuchando, o si acaso las palabras que surgían de su boca iban en verdad dirigida a ellos. Estaba sumida en su propia cabeza, como si discutiera consigo misma.

    —Es como Chamberlain otra vez, exactamente lo mismo —soltó de pronto, confundiéndolos aún más.

    —Aquello tampoco fue tu culpa —señaló Cole con cierta severidad.

    —¿Y tú cómo lo sabes? —respondió la psiquiatra abiertamente a la defensiva, volteándose hacia él con actitud retadora—. No sabes lo que pasó esa noche, ni siquiera sabes lo que pasó aquí. No sabes nada.

    Cole pareció desconcertado por esa respuesta tan brusca, pero también se sintió notablemente irritado. Matilda no era la única que estaba tensa y cansada; ellos igualmente no habían tenido un día precisamente tranquilo. Y, principalmente, no le agradaba la idea de que volviera a hablarle de esa forma, cuándo creía que ya habían superado esa etapa.

    —No perdamos la calma… —intentó intervenir Cody, algo nervioso.

    —No, está bien —señaló Cole con brusquedad, e inclinó entonces su cuerpo hacia Matilda—. ¿Te quieres culpar por todo? Bien, entonces te lo concedo: todo esto es tu culpa, tuya y de nadie más. El mundo gira a su alrededor, Dra. Honey.

    —Oye… —exclamó Cody alarmado. Matilda sólo lo miró secamente.

    Cole se volvió a sentar derecho en su silla, y aparentemente más sereno tras sacarse eso del pecho.

    —Pero aclarado eso, podemos pasar a lo verdaderamente importante. Tenemos que decidir qué haremos ahora, especialmente sin Eleven para guiarnos.

    —¿Qué haremos? —Bufó Matilda con ironía—. ¿Qué haremos de qué? ¿Quiere que busquemos debajo de cada piedra a esta mujer que se llevó a Samara o al chico que le hizo esto a Eleven?

    —Mónica o algún otro de sus rastreadores nos puede decir el paradero de Samara, Lily Sullivan o Leena Klammer; han encontrado a personas con menos que un nombre y una foto antes.

    —¿Y exponer a alguno de ellos a que le pase lo mismo que le ocurrió a Eleven? No, ella no querría que hiciéramos tal cosa.

    —Ella querría que nos encargáramos de esto por ella. Que no dejemos que se salgan con la suya y nos venguemos por lo que nos han hecho.

    —¿Y cómo haríamos eso exactamente? —sentenció Matilda con severidad, casi como si espetara un fuerte regaño—. ¿Quieres que vayamos a enfrentar a quien quiera que sea este sujeto? ¿Qué vayamos todos juntos a derrotar al villano como si fuéramos los X-Men o un equipo de Calabozos y Dragones? No… —se paró entonces de su silla, sujetándose con algo de fuerza su brazo herido—. No somos súper héroes. Sólo somos un profesor de escuela, una psiquiatra fracasada, y un policía que debería considerar mejor dónde pasar sus próximas vacaciones.

    Dio entonces un par de pasos en dirección a la puerta de la sala, y Cole saltó en ese momento de si silla, poniéndose de pie también.

    —¿Te darás por vencida así nomás? Dijiste repetidas veces que no abandonarías a esa niña, sin importar qué. ¿Y ahora le darás la espalda?

    —¡Lo intenté! —exclamó Matilda con fuerza, girándose hacia él. Aunque en un inicio su expresión era beligerante, ésta se suavizó hasta casi reflejar tristeza—. Lo intenté… es todo lo que sé hacer… Matilda la chica perfecta, la favorita de Eleven, la cerebrito… Sólo sabe intentar cosas y fracasar en dicho intento.

    Cody y Cole permanecieron en silencio, ignorantes de qué debían decir.

    La psiquiatra suspiró. Sabía muy bien que se estaba auto compadeciendo, pero era algo que de momento no podía, ni quería, evitar. Se giró de nuevo a la puerta con la intención de irse definitivamente.

    —¿A dónde irás? —Inquirió Cody, y Matilda se detuvo un momento para responder.

    —Primero a ver a mi madre unos días para reposar esto —respondió colocando su mano izquierda sobre su hombro—. Luego iré a Indiana a ver a Eleven, y ver en qué puedo ayudar en la Fundación hasta que se recupere… —Esas últimas palabras iban cargadas de desconfianza, como si estuviera insegura de que aquello pudiera ocurrir en realidad—. Y luego volveré a Boston. Ustedes pueden hacer lo que deseen. Perdónenme por haberlos metido en todo esto.

    Y siguió caminando a la salida, ahora definitivamente sin la intención de detenerse ni mirar atrás.

    —Matilda, espera —espetó Cole, intentando alcanzarla, pero no logró hacerlo antes de que ella saliera por completo al pasillo.

    —Hasta luego, detective.

    Matilda salió de la sala de terapia, y se perdió de la vista de ambos.

    Cole permaneció de pie, mirando en silencio a la puerta ahora entreabierta. Apretó de pronto sus puños, y de la nada se giró y pateó con todas sus fuerzas la silla que tenía más cerca. Ésta cayó, rodó un poco por el suelo, y luego se deslizó lejos de él, creando en el proceso un estruendoso y molesto golpeteo.

    —Estoy seguro que esa silla se lo merecía —comentó Cody con ironía, viendo toda esa escena desde su asiento.

    —Me hubiera servido un poco de apoyo de tu parte, amigo —acusó Cole, girándose hacia él acusativo.

    —¿En verdad crees que hubiera servido de algo? Además, ella tiene razón. Tú eres policía, y has combatido con cosas como éstas antes. Pero en verdad hay algo tan oscuro en todo esto, que sencillamente no comprendo. —Cody miró pensativo al suelo mientras se cruzaba de brazos de forma defensiva—. Quisiera poder ayudar, pero… cuando pude haber hecho algo, me reduje al mismo niño llorón que siempre he sido. Y ahora ni siquiera tengo a Eleven… Lo siento…

    El profesos se puso de pie con cuidado y también se dispuso a irse. Cole lo detuvo un instante con su sola voz.

    —¿Crees que podrás dormir sin pesadillas mientras ese individuo esté allá afuera amenazándonos? Si le hizo esto a Eleven, ¿qué evitará que nos lo haga a todos nosotros?

    Cody vaciló unos momentos, cabizbajo, pero al final salió también sin responder nada.

    Solo en aquel cuarto, la rabia y frustración que Cole sentía sólo iba en aumento. Pasó sus dedos por sus cabellos cortos con cierta insistencia. Sacó casi involuntariamente su cajetilla para sacar un cigarrillo.

    A su mente vino aquello que Matilda había dicho: “Eleven tuvo que intervenir para salvarme, y la expuse a ese sujeto. De no haber sido por eso, él nunca la hubiera… “

    Si eso era cierto, entonces… ¿eso era su culpa? Eleven había aparecido para salvarle la vida, como otras tantas veces antes. Sólo que ahora, el precio que había pagado era mucho más alto.

    En cuanto su cigarrillo tocó sus labios, sólo lo mantuvo ahí unos segundos antes de tirarlo al suelo con frustración. Se dejó caer de sentón en una silla, y escondió su rostro detrás de sus manos.

    —Mierda —expresó entre dientes, aunque era la palabra más suave de las que tenía ganas de usar en esos momentos.

    “Tuviste suerte esta vez.” Pensó de pronto, recordando sagazmente aquella voz susurrándole. No tenía un recuerdo claro de haberla escuchado, pero aun así estaba rondando su mente como moscas a la basura. “Pero esa puta ya no podrá protegerte más. Debiste hacerle caso a tu mami cuando podías, guapo. Ahora es tarde; Él ya no te dejará ir…”

    Cole meditó sobre aquellas extrañas palabras. Era tarde, quizás sí era tarde.

    — — — —​

    Casi al mismo tiempo que en Indiana la Dra. Maxine Mayfield recibía la llamada angustiosa de su amigo Mike, a varios kilómetros de ahí en New Hampshire, John Dalton, médico y amigo de la familia Stone, recibía también una llamada llena de preocupación por parte de David Stone. Éste no se supo explicar de todo claro, pero logró entender que Abra había sufrido un desmayo repentino y no la podían hacer reaccionar. Antes de que se le ocurriese sugerirles que quizás no era nada y que sólo aguardaran un poco, o incluso que sería mucho mejor que llamaran a una ambulancia, John ya se había colocado sus zapatos y saco, y tomó las llaves de su vehículo aún con el teléfono en el oído. Ni siquiera tuvo tiempo de explicarle a su esposa a dónde iba, pero esperaba que tuviera claro por el contexto que debía ser una emergencia.

    Los Stone, y sobre todo Abra, no eran pacientes comunes para el Dr. Dalton. Como pediatra, le había tocado conocer y ver crecer a muchos niños; pero Abra Stone era especial, en más de un sentido. Al igual que la familia Wheeler le confiaba a la Dra. Mayfield muchos asuntos privados que no podían ser compartidos con cualquier médico, los Stone hacían lo propio con el Dr. Dalton. Tanto así que su primer reflejo tras lo sucedido había sido llamarlo justo a él.

    Cuando llegó la residencia Stone, sus padres habían puesto a Abra sobre uno de los sillones. Lucy y David le informaron que en el tiempo que le había tomado llegar, ella no había dado aún ninguna seña de consciencia. Habían intentado con un algodón con alcohol como John les había sugerido por teléfono, pero no había dado ningún resultado. A simplemente vista se veía muy tranquila y placida, cómo si sólo estuviera tomando una pequeña siesta. Al tocar su frente, sin embargo, John notó que se sentía algo fría, a pesar de que el clima en el interior de la casa se encontraba bastante agradable.

    John la examinó lo mejor que pudo. Fuera del frío, que conforme pasaba el tiempo le resultaba menos raro, todo parecía normal. Su pulso era un poco débil, pero dentro de los rangos normales. Revisó su cabello y cuello y no sintió ni detectó ninguna herida o golpe. Consideró también que pudieran ser drogas, y aunque no era algo que pudiera descartar de momento, tampoco vio alguna señal física que se lo pudiera indicar. Las opciones por supuesto eran demasiadas: un tumor, anemia, baja azúcar, incluso un embarazo; todas ellas comprobables sólo con un examen médico más a fondo.

    Pero John sospechaba que no se trataba de nada similar. Realmente se veía muy tranquila. Por un momento John se sintió tentado a simplemente sacudirla un poco para ver si acaso sólo con eso se despertaba, pero supuso que sus padres habían ya intentado eso y más.

    —A simple vista, no parece tener nada fuera de lo normal —les indicó a sus padres, que observaban expectantes a un lado del sillón todo lo que hacía—. Pareciera sólo estar dormida.

    —Pero no despierta, John —señaló Lucy con cierto grado de impaciencia—. Y no la escuchaste gritar, era como la estuvieran desgarrando viva. Fue horrible.

    —Hay que llamar a una ambulancia —añadió David—, internarla, que le hagan exámenes… o algo, ¿no?

    —En cualquier otro caso, diría que hubiera sido preferible hacer eso antes que cualquier otra cosa —mencionó John, pensando poco después si acaso no se estaba recriminando a sí mismo. Se puso de pie, colocándose su estetoscopio alrededor del cuello—. Sin embargo, antes de hacer eso, deberíamos descartar que, tratándose de Abra, esto pueda ser otro tipo de problema. Uno que necesite otra clase de ayuda, y otro tipo de experto.

    Miró a ambos con seriedad, esperando que sus palabras fueran suficientes para darse entender. Y así fue; tanto David como Lucy lo entendieron. Era una posibilidad que habían considerado mientras esperaban a John, sobre todo por cómo Abra estaba actuando justo antes del desmayo. Sin embargo, esperaban que de alguna manera John llegara y descartara esa opción; en especial Lucy deseaba que fuera así. Por terrible que fuera, prefería que se tratara de alguna enfermedad, y no algo… más. Una enfermedad o lesión se podían comprender y tratar; lo otro no lo entendía, y el cómo “tratarlo” normalmente involucraba algo peligroso y horrible.

    Lucy se acercó cautelosa al sillón y se sentó a un lado de su hija. Tomó sus manos gentilmente entre las suyas, y contempló en silencio su rostro dormido. Tan hermosa, tan linda… y tan grande. ¿Cuándo había crecido tanto?

    Suspiró con cierta resignación, y sin soltar sus manos, se giró hacia su esposo con expresión solemne. Como bien John había indicado, eso pudiera necesitar de otro tipo de experto. Y para bien o para mal, así como tenían a un médico familiar, tenían también casi a la mano a ese otro tipo de experto.

    —Hay que llamar a Danny…

    FIN DEL CAPÍTULO 45

    Notas del Autor:

    Maxine "Max" Mayfield está basada en el respectivo personaje de la serie de Netflix, Stranger Things del 2016. En la serie original, en su segunda temporada que ocurre en 1984, ella tiene sólo 13 años. Para este tiempo tendrá alrededor de 46 años al igual que Eleven y Mike. Para el momento en el que se escribe este capítulo, sólo se ha sacado hasta la Tercera Temporada de la serie, por lo que de momento sólo se tomará en cuenta las primeras tres temporadas como referencia para esta historia de aquí en adelante, aún si en las próximas temporadas ocurriese algo que contradijera lo mostrado.

    John Dalton, David y Lucy Stone son personajes pertenecientes a la novela de Doctor Sueño escrita por Stephen King y publicada en el 2013.
     
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    Resplandor entre Tinieblas
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Misterio/Suspenso
    Total de capítulos:
    50
     
    Palabras:
    5324
    Resplandor entre Tinieblas

    Por
    WingzemonX


    Capítulo 46.
    Ningún lugar a dónde ir

    La noche había estado relativamente tranquila para Owen Ringland, dueño y gerente del Ringland Motel a las afueras de Eugene, sobre la carretera que comunicaba ésta con Cottage Grove. De sus veinte habitaciones, sólo tres se encontraban ocupadas en esos momentos (dos por familias de turistas, y una más por una mujer que viajaba sola). Y de las restantes sólo cinco se encontraban ya limpias y listas para recibir a alguien. Era una temporada baja, y aun así tener tres habitaciones ocupadas en una noche así se consideraba aceptable para él.

    Owen, un hombre de mediana edad con un abdomen un poco más abultado que el resto de su cuerpo y menos cabello del que debería tener para su edad, se dedicaba esa noche principalmente a quedarse en la recepción a esperar a que a alguno de sus visitantes se le ofreciera algo o llegara algún nuevo huésped repentino. Eran cerca de las once de la noche cuando ocurrió aparentemente lo segundo. Él se encontraba sentado detrás del mostrador de la recepción, con sus brazos cruzados mientras veía en la pequeña pantalla plana postrada en la pared un show nocturno local, el cual posiblemente sólo su esposa y él veían en la faz de esa Tierra. Vio entonces como alguien se acercaba a la puerta de cristal de la entrada, e ingresaba acompañado por el leve timbre electrónico que indicaba que la puerta se había abierto.

    Era un hombre delgado y alto, de cabello negro frondoso y brillante (como Owen lo tuvo en alguna ocasión), cubierto con una chaqueta de piel que mantenía cerrada con su mano derecha como si intentara protegerse del frío de afuera; a Owen no le pareció que fuera para tanto. En su mano derecha sostenía una bolsa de supermercado con artículos que Owen no identificaba a simple vista, y debajo de su brazo una amplia bolsa de papel café de algún restaurante de comida rápida. Se acercó hacia Owen, y le sonrió ampliamente con naturalidad.

    —Buenas noches —le saludó con tono tranquilo, permitiéndose a sí mismo colocar las bolsas que traía consigo sobre el mostrador—. ¿Tiene habitaciones disponibles?

    Owen se ajustó sus anteojos, quitó el sonido al televisor unos segundos, y se giró de lleno hacia él. El olor a papas fritas que emanaba de la bolsa de papel le invadió la nariz.

    —Bastantes, señor. ¿Para cuántas personas?

    —Cuatro; mis tres hijas y yo.

    El gerente se giró hacia su computadora, comenzando a revisar en su programa la lista de habitaciones que había disponible, y cotejándola para la cantidad de personas que la ocuparían.

    —Muy bien, ¿por cuántas noches?

    —Sólo una.

    Comenzó a teclear con cierta destreza para realizar el registro rápido.

    —Perfecto. Serían sesenta y cinco dólares. ¿Cuál sería su forma de pago?

    —Efectivo —indicó el nuevo huésped sin vacilación. Metió entonces su mano al bolsillo derecho de su chaqueta, sacando de éste un fajo de billetes del que comenzó a apartar los necesarios para cubrir el monto. Colocó entonces los billetes correspondientes sobre el mostrador y se los extendió.

    A Owen le inquietó por un segundo el ver todo el efectivo que traía consigo, pero al final lo dejó pasar; después de todo, no era extraño que algunos turistas prefirieran viajar con considerables sumas de billetes para cualquier imprevisto durante sus viajes; aunque aun así le resultó un poco curiosa la manera tan despreocupada en que había sacado los billetes y los había contado delante de él sin la menor preocupación. Pensó en indicarle lo peligroso que esa actitud podía resultar, pero prefirió no meterse en lo que no le importaba. Contó el dinero para verificar que estuviera completo, y entonces pasó a tomar dos de sus tarjetas electrónicas, programándolas para la habitación seleccionada y terminar con ello el registro de entrada.

    —Aquí tiene —le indicó colocando las tarjetas sobre la superficie del mostrado—. Habitación 14, en la planta superior. Espero que sus hijas disfruten su estancia.

    —Muy amable —agradeció el hombre con tono jovial. Guardó las dos tarjetas en el interior de su chaqueta, tomó de nuevo sus bolsas y salió por donde había entrado.

    Owen se puso cómodo de nuevo en su silla y subió el volumen del televisor.

    — — — —​

    El nuevo huésped del Ringland Motel cruzó la carretera, y luego caminó unos metros al sur, hacia el amplio estacionamiento de un restaurante bar bastante concurrido. Desde el interior del establecimiento se percibía una estridente música, aunque se alcanzaba a oír con claridad principalmente cuando de vez en cuando se abría la puerta. Se encaminó hasta un costado del local, alejándose un poco de las farolas del estacionamiento. Ahí, recargada contra la pared de madera, se encontraba una figura pequeña, envuelta en un abrigo de piel, oculta entre las sombras, aunque su presencia era delatada por el fulgor anaranjado que emanaba de la punta de su cigarrillo. Cuando se le aproximó, aquella persona ni siquiera lo miró. Siguió concentrada en la oscuridad que se vislumbraba más allá, hacia el monte en el que ya no había más luz de luna y estrellas. Soltó una densa bocanada de humo hacia encima de su cabeza, creando una oscura neblina a su alrededor.

    —Detente ahí —le indicó con severidad al recién llegado, y éste obedeció por mero reflejo.

    Bajó con cuidado las bolas que traía consigo, colocándolas en el suelo, y luego sacó de su bolsillo las llaves magnéticas para colocarlas en el interior de una de las bolsas.

    —Es la habitación 14, en la planta alta —le indicó el hombre al incorporarse de nuevo.

    —¿Y la ropa? —inquirió con agresividad la figura delante él, y se limitó a sólo señalar con su cabeza las bolsas a su lado.

    Sólo entonces la figura pequeña, que fácilmente podría ser confundida por la de una niña de nueve o diez años, se separó de la pared y se aproximó hacia él. Cuando la escasa luz de las farolas la alumbró, notó que ésta sostenía en su otra mano una pistola oscura y larga.

    —Hey, aguarda —comentó el hombre, incluso con algo de humor en su tono. Alzó sus manos lentamente y retrocedió, alejándose de las bolsas. Una vez que estuvo lo suficientemente lejos, aquella niña examinó el contenido. En efecto era ropa: unos pantalones, blusa y sandalias. En la otra venían tres hamburguesas, tres órdenes de papas y tres refrescos de lata—. No sé si sea la talla correcta.

    La niña no le respondió. Sólo lo volteó a ver en silencio, con una intensidad bastante preocupante. Por un segundo pensó que se dividía entre dispararle ahí mismo o no, pero confiaba en que aún a su corta edad entendería lo absurdo que sería hacerlo y que todo el bar la escuchara; aunque claro, siempre podría intentar persuadirlo de caminar hacia el monte y hacerlo en la oscuridad. Pero era una mocosa de la mitad de su peso o menos; no creía que fuera difícil someterla y quitarle el arma si eso ocurría, y de seguro ella también lo sabía.

    No supo cuál había sido su razonamiento con exactitud, pero al final al parecer desistió de la idea del disparo. En su lugar, guardó de nuevo la pistola en el interior de su abrigo y sacó de éste un sobre blanco, mismo que arrojó al frente justo a los pies de aquel individuo. Éste se agachó lentamente, tomando el sobre con una mano mientras continuaba con la otra alzada. Lo revisó rápidamente: el sobre estaba llenó de hermosos billetes verdes, como los del fajo al que aún le sobraban algunos cuantos. Aquello dibujó una amplia sonrisa de satisfacción.

    —Y nunca me viste —espetó la niña con severidad, al tiempo que tomaba las bolsas del suelo—. ¿Está claro?

    —Bastante claro —respondió el hombre tras guardar el sobre en su chaqueta—. Aunque… No es que me importe saber por qué tres niñas están huyendo y escondiéndose en un motel, pero…

    —En efecto, no te importa —le interrumpió ella abruptamente, ya incorporada y sujetando la bolsa con la ropa y la comida contra su cuerpo con un brazo—. Lárgate de aquí mientras aun puedes.

    Se giró entonces de lleno haca la parte trasera del local, al tiempo que metía de nuevo su cigarrillo entre sus labios para dar una última bocanada.

    —Está bien —escuchó que aquel individuo murmuraba a sus espaldas—. No deberías fumar a tu edad. Luego ya no vas a crecer.

    Aquel estúpido comentario la hizo detenerse en seco y girarse a verlo una vez más sobre su hombro. Él ya se había dado media vuelta y caminaba hacia el estacionamiento, o quizás más bien al interior del bar. La niña introdujo entonces su mano en el interior de su abrigo y sacó de nuevo su pistola, apuntando directo hacia su gran cabeza. Aún a esa distancia podría dar un disparo certero. Vaciló unos momentos, apretando el arma con fuerza hasta que su objetivo dio vuelta en la esquina y se perdió de su vista. Sólo entonces dejó caer de lleno su brazo hacia un lado. Chisteó con frustración y siguió caminando hacia donde se dirigía hace un momento.

    No valía la pena arriesgarse tanto por un imbécil como ese; además, no estaba de humor esa noche. Todo lo que quería era descansar.

    Luego de salir disparadas del Hospital de Eola, Esther, Lily y Samara estuvieron en el camino durante dos horas sin parar. Lily y Samara no tardaron de hecho en quedarse dormidas en sus respectivos asientos, aunque era difícil determinar si realmente Samara estaba dormida o sólo se había recostado en el asiento, pues su largo cabello le cubría casi por completo como si fuera alguna extraña sabana negra. Mientras tanto, Esther, con los nervios acelerados y alerta, siguió conduciendo lo mejor que pudo, intentando que el cansancio no le venciera. Sólo una vez durante todo ese camino vio más adelante por la carretera las luces de una patrulla viniendo en el sentido contrario, y eso la puso aún más alterada. Sostuvo el volante con su mano derecha, mientras la izquierda la escondía hacia un lado sosteniendo su arma de repuesto ya cargada y con el seguro retirado; la otra, junto con el silenciador, se le había quedado atrás en aquel pasillo de hospital. La patrulla pasó a su lado y siguió su camino. Esther la miró por el espejo retrovisor esperando que en cualquier momento se diera vuelta y se dirigiera detrás de ellas; no fue así.

    Respiró aliviada. Se las habían arreglado para tomar algunos caminos alternos que el GPS le indicaba en su largo recorrido al sur, pero aun así le sorprendía demasiado lo relativamente sencillo que había sido alejarse tanto sin encontrarse ningún retén, o al menos un par de patrullas persiguiéndola. Eso debía de ser más que suerte.

    Aunque además de la policía, estaba ese hombre que había intervenido para ayudarlas a escapar. No tuvo que meditarlo mucho para llegar a la conclusión de que debió haber sido enviado por aquel chico para… ¿ayudarla?, ¿espiarla? Cómo fuera, él de seguro sí debía estarlas siguiendo, pero si era así debía mantener bien su distancia o conducía con las luces apagadas, pues durante gran parte del tramo nunca notó a ningún vehículo conduciendo detrás de ella. La incertidumbre de no saber quién era o qué intenciones en concreto tenía, la estresaba aún más que la propia policía. ¿Y si acaso pensaba deshacerse de ella y llevarse a las dos niñas él mismo, ya sea por iniciativa propia o por órdenes del mocoso Thorn? Quería ver que lo intentara.

    Tras cruzar Eugene, se volvió evidente para la mujer al volante que no podría seguir conduciendo por mucho más. Estaba tensa, cansada y hambrienta. Pasaron frente aquel motel, y consideró que sería bastante apropiado parar ahí. Sin embargo, no podía simplemente entrar y pedir un cuarto; en el mejor de los casos llamarían a servicios infantiles para ponerlas en su custodia. Por ello había parado en aquel bar a pensar qué hacer. Estuvo viendo por un rato a las personas que salían y entraban hasta encontrar al indicado. Con los años había aprendido a leer a los hombres y reconocer a los diferentes tipos. Especialmente a uno: los sin escrúpulos, capaz de hacer cualquier cosa con tal de recibir dinero o placer; por suerte, tenía ambas cosas que ofrecer, aunque quien eligió prefirió lo primero: unos cuantos dólares a cambio de conseguirles un cuarto, algo de ropa y comida para cenar, y no hacer preguntas de más. Hasta ese momento, aquello había resultado bien, pero le causaba bastante preocupación el haber dejado un testigo potencial como ese suelto. Había varias formas de deshacerse de él, pero todas involucraban llamar demasiado la atención, y eso era lo que menos necesitaba en esos momentos. Tendría que arriesgarse, si acaso no se había arriesgado ya demasiado durante esa noche (por no decir durante todos estos últimos días).

    Regresó a la camioneta, aparcada en el lugar más oscuro y alejado del estacionamiento, cuidando que nadie la viera. Se subió al asiento del conductor, cerrando con algo de fuerza la puerta detrás de sí. Lily se había despertado antes de que ella saliera a hacer su transacción, pero Samara seguía acurrucada dándoles la espalda cuando se fue. Ahora la niña de Moesko estaba de nuevo sentada, apoyada contra la puerta del vehículo mientras abrazaba sus piernas. Se sobresaltó un poco al escuchar la puerta de Esther azotándose, como si aquello la hubiera acabado de despertar.

    —Al fin —murmuró Lily con fastidio. Esther no le hizo caso, y en su lugar se giró hacia atrás y le extendió a Samara la bolsa de supermercado con la ropa.

    —Ten, es para ti —le indicó. Samara miró la bolsa con confusión—. Debes cambiarte antes de salir.

    Samara echó un vistazo discreto a la bata de hospital que aún tenía puesta, la misma que se encontraba manchada de rojo con la sangre de su propia madre, y un poco de la suya. Tenía además una gaza en la mejilla cubriéndole la cortada que le había hecho con bisturí, al igual que su mano. Tomó tímidamente la bolsa entre sus manos y observó su contenido. Eran unos jeans azules, una blusa de rayas horizontales de colores pasteles, y unas sandalias para usarse sin calcetines. Entendió de inmediato lo que quería que hiciera, pero la idea de desvestirse en ese vehículo no le pareció para nada placentera.

    —Descuida, los vidrios son polarizados —le indicó Esther con tono jovial, como si hubiera percibido su duda con tan solo mirarla—. Eso significa que nadie puede ver para adentro. —Sacó en ese momento de nuevo su arma y se la enseñó—. Y en todo caso, yo me encargo de que nadie se acerque, ¿de acuerdo?

    Samara vaciló unos segundos más, pero al final asintió levemente y comenzó a sacar la ropa de la bolsa. Esther se giró de nuevo al frente para no incomodarla, pero siguió sujetando su arma por cualquier cosa. Miraba principalmente hacia la carretera, cuidando que ningunas luces azules y rojas la tomaran por sorpresa.

    —Eres bastante amable con la nueva —masculló Lily de pronto.

    Esther se encogió de hombros.

    —A ella no le tuve que disparar para que viniera conmigo.

    —Suertuda ella…

    Al decir eso, la niña castaña acercó su mano hacia su muslo derecho, presionando un poco el vendaje que lo cubría. Al hacerlo, su boca se torció en un gesto de profundo dolor.

    —¿Te está doliendo? —le preguntó Esther con cierta frialdad.

    —No, se siente de maravilla; lista para correr en las Olimpiadas —le respondió Lily, irónica—. En verdad no sé cómo no te han atrapado todavía. Este escape ha sido todo un desastre, y ahora decides que nos quedemos aquí, aún bastante cerca de donde huimos, y con un testigo que lo único que tendría que hacer es llamar a la policía desde adentro de ese bar, y ahí se acabaría tu gran fuga. Debes tener un buen ángel guardián.

    “O algo más”, pensó Esther para sí misma mientras seguía mirando hacia la distancia.

    —Sólo será una noche —indicó la mujer en el asiento del conductor—. Estoy exhausta, y aún nos queda mucho recorrido hasta los Ángeles. Además, debes descansar esa pierna.

    —Qué considerada —masculló Lily con la misma ironía de antes, o quizás más.

    Esther no le respondió nada, principalmente porque ya no tenía deseos de hablarle, sino más bien de meterle el arma por la garganta y vaciarle el cartucho entero por dentro, pues ya estaba hasta la coronilla de su boca irrespetuosa y sarcástica; lamentablemente para ella, tenía demasiados motivos para no hacerlo. Sin embargo, todo tenía su límite… Además, tenía que admitir que tener sus curiosas habilidades le había sido de mucha utilidad, y no sólo esa noche.

    —¿Vamos a los Ángeles? —Escucharon de pronto que la vocecilla de Samara cuestionaba desde el asiento de atrás.

    —Milagro, al fin habla —murmuró Lily, de nuevo con ese molesto tono.

    Esther de nuevo la ignoró, y prefirió responderle su pregunta a Samara, mientras miraba por el espejo retrovisor como se terminaba de poner por arriba la camiseta.

    —Sí, la persona que me contrató para encontrarlas las está esperando ahí.

    —¿Y él tendrá mejores respuestas que tú sobre de qué se trata todo esto? —intervino Lily con interés.

    —Eso espero —le contestó Esther de mala gana, girándose de nuevo hacia al parabrisas.

    Menos de un minuto después, volvieron a oír a Samara hablar.

    —Estoy lista.

    Ambas niñas de los asientos delanteros se giraron para verla. La camiseta le quedaba algo grande, pero fuera de eso se veía totalmente diferente con ese cambio de look; incluso su rostro pareció tomar algo más de color. La bata manchada de sangre se encontraba en el asiento a su lado, hecha una bola.

    —Casi no pareces un cadáver ambulante —comentó Lily con indiferencia.

    —Ignórala, te ves bien —añadió Esther con cierto apuro, y sin más encendió el vehículo para dirigirse hacia al motel lo antes posible.

    Aparcaron un poco alejadas del resto de los vehículos y bajaron sigilosamente cuando no había nadie visible cerca. No bajaron equipaje más que la maleta de Esther con el dinero y la bolsa con la comida; la bata ensangrentada iba guardada en la maleta, y se desharían de ella en cuanto pudieran.

    —Es el agujero más bonito al que me has arrastrado en estos días, aunque no es decir mucho —señaló Lily mordaz. Miró entonces hacia la piscina del sitio, para esas horas completamente sola y la puerta que llevaba a ella cerrada con candado—. Al menos tiene piscina.

    —Ni siquiera lo pienses —le respondió Esther de mala gana, yendo al frente y vigilando que no hubiera ningún curioso cerca—. Aunque no estuvieras herida, no podemos dejarnos ver demasiado. Iremos directo al cuarto y saldremos a primera hora, antes de que alguien descubra que nuestro supuesto papi se fue.

    —Sólo tienes que decir que lo mataste —señaló Lily con ironía—. Apuesto que tienes práctica diciéndolo.

    Esther no respondió.

    Llegaron entonces al pie de las escaleras, mismas que Lily observó como si fueran una repentina aparición espeluznante. No sería nada agradable subir eso con muletas, y por supuesto ese motelucho no tenía elevador. Esther miró sobre su hombro su reacción y sonrió satisfecha; sin decir nada comenzó a subir tranquilamente mientras Lily la observaba con enojo.

    —¿Te ayudo? —Escuchó que Samara le preguntaba con su pequeña vocecilla, estando de pie a su lado.

    —No molestes —le respondió ella secamente, y comenzó a subir escalón a escalón a como su estado le permitía. Samara avanzaba detrás de ella, esperando que no terminara cayéndole encima.

    Al llegar a la puerta de la habitación 14, Esther la abrió con una de las llaves electrónicas y de inmediato tanteó la pared para buscar el interruptor de la luz. El cuarto no estaba nada mal, aunque era bastante básico. Tenía dos camas matrimoniales de cobertores rosados y dos almohadas cada una. Frente a ellas, en la pared contraria, se encontraba una cómoda con cajones con una pequeña televisión plana sobre ésta. Al fondo del cuarto había dos puertas: una de madera que de seguro llevaba al baño, y otra de cristal que llevaba a uno pequeño balcón que daba hacia la parte trasera del motel, y hacia el monte que lo rodeaba. Fuera de eso, no había mucho más que unos burós a un lado de las camas y entre ellas, algunas lámparas y una silla de madera en una esquina. Sencillo, pero se veía limpio y cómodo.

    —Pido la cama sola —masculló Lily rápidamente, dirigiéndose a una de las camas para dejarse caer de sentón en ella y poder descansar su ya bastante adolorida pierna.

    —Cómo sea —le respondió Esther sin mucho interés en su queja. Se dirigió entonces al buró entre las camas y dejó sobre éste la bolsa con la comida—. Cenen rápido antes de dormirse.

    Lily se estiró un poco hacia la bolsa para ver su contenido. En cuanto subió a la camioneta pudo adivinar de qué se trataba por el aroma, pero el verlo lo dejó en claro.

    —¿Hamburguesas otra vez? —Masculló con cierto hastío en su voz—. No hemos comido otra cosa en todo este tedioso viaje.

    —Disculpe, princesa —le respondió Esther con tono sarcástico—. ¿Quiere que le cocine un bistec? De inmediato voy a la cocina y se lo preparo…

    La mujer estiró un poco sus brazos hacia arriba, dejando escapar un gemido placentero al sentir como el entumido de sus músculos se relajaba un poco. Quizás todo aquello era una mala idea, y cabía la posibilidad de que tener a la policía en su puerta dentro de poco. Pero de momento no le importaba; sólo quería tomarse unos minutos de tranquilidad y así poder pensar mejor en su próximo paso.

    Samara se movió silenciosa por el cuarto, apreciando la pintura beige y rosa de las paredes, las cortinas azul oscuro de la puerta del balcón, y claro los cobertores de la cama con ese aroma tan característico de las lavanderías de hoteles, pero que para ella, una niña de doce años que sólo había dejado su isla en los últimos cuatro años para ser encerrada en ese manicomio de puras habitaciones blancas y frías, resultaba extrañamente refrescante. De hecho, aunque no estaba del todo segura en qué parte se encontraba con exactitud, sabía de antemano que era lo más lejos que había estado de Moesko en toda su vida. Y, evidentemente, iría aún más lejos.

    Se sentó en la orilla de cama desocupada, y contempló la bolsa de comida. Se asomó con cuidado viendo las hamburguesas envueltas en papel amarillo, las papas en sus cajitas blancas, y algunas cuantas decorando el fondo de la bolsa, y las latas de refresco, dos rojas y una verde. No se sintió atraída por el menú de esa anoche.

    —No tengo hambre —masculló despacio, aunque sí tomó uno de los refrescos, aunque no lo abrió de inmediato. Sólo lo sostuvo entre sus manos, apoyándolo sobre sus rodillas, y lo contempló en silencio. No veía como tal su reflejo sobre la superficie metálica y brillante de la lata, pero si su silueta con el foco del techo enmarcándola.

    Por el rabillo del ojo notó que Lily se sentaba también en la orilla, justo delante de ella, y esto la obligó a alzar la mirada en su dirección. Lily la observaba con cierto interés, como si examinara algún bicho raro debajo de un telescopio; curiosamente, dicha mirada le resultaba menos molesta que la del Dr. Scott y los demás doctores.

    —Bien… Samara, ¿no? —cuestionó la niña de Portland de manera directa; Samara sólo asintió—. Estuviste callada o llorando durante todo el camino, así que ahora cuéntame.

    —¿Qué cosa? —respondió Samara, confundida.

    —La anciana dice que mataste a tu madre —soltó Lily de golpe, haciendo que Samara se estremeciera en su asiento—. ¿Cómo lo hiciste con exactitud? Dime los detalles.

    Esa pregunta claramente incomodó a su receptora, que no sólo no le respondió, sino que instintivamente se volteó a otro lado, en un intento de evitar aquella inquisitiva mirada.

    —No la molestes —le reprendió Esther, que miraba sutilmente por una ventana a lado de la puerta para asegurarse de que no hubiera ningún movimiento sospechoso. Aun así, la conversación de las niñas no le había resultado ajena.

    —¿O qué? —contestó Lily con tono retador, mirando de reojo a Esther por un segundo, pero virándose casi de inmediato de nuevo a Samara—. ¿A cuántos más has matado? ¿Cómo lo haces? ¿Qué puedes hacer exactamente? —Samara siguió sin responderle ni mirarla. Su largo cabello cayó al frente, cubriéndola casi por competo—. Vamos, no seas cobarde. Te muestro lo mío si tú me muestras lo tuyo…

    —Te dije que no la molestes —espetó Esther con enojo, avanzando hasta ponerse entre ambas y encarar a Lily de frente—. Lo que menos quiero es alterarla.

    Lily la miró, no enojada directamente, sino más bien curiosa. Una sonrisa astuta se dibujó en sus delgados labios, y entonces se paró lentamente, apoyándose en una de sus muletas. Ambas quedaron de pie una delante de la otra con actitud desafiante.

    —¿Eso que siento en ti es miedo? —Susurró Lily, ladina—. ¿Le tienes miedo a esta lela? —Esther no le respondió, pero tenía bastante sentido; por eso era tan amable y considerada con ella. Lily rio satírica—. Tan mala e intimídate, y al final no eres más que una bola de miedos como cualquier otra persona, ¿verdad?

    El rostro de Esther se endureció aún más. Aquel comentario sólo era la última gota de un vaso que se había ido llenando durante toda esa noche y que ya estaba a nada de desbordarse.

    —¿Quieres que te demuestre qué tanto miedo tengo? —musitó Esther retadora, y justo entonces Lily sintió el cañón de su arma pegándose contra su abdomen. Aquello la impresionó un poco al inicio, pero mantuvo su actitud serena y superior.

    —¿A quién crees que impresionas con eso? Perdiste tu arma con silenciador, estúpida. Dispara y tendrás a la mitad de la policía de Eugene acorralando este sitio. Además, si me quisieras matar ya lo habrías hecho. —Su sonrisa se ensanchó aún más, cargada de bastante confianza—. Debe ser muy importante para ti entregarme viva a quien te contrató, ¿o no? ¿También le tienes miedo a esa otra persona?

    —Puedo entregarte viva aun sin tus piernitas esqueléticas, mocosa imbécil —le respondió Esther, bajando lentamente su arma hasta que el cañón apuntó ahora hacia su muslo sano. Lily, en lugar de intimidarse por esa amenaza, se le aproximó más, enfrentándola con mayor brío y manteniendo sus ojos fijos en los de ella.

    —Atrévete y te envolveré en un mundo de pesadillas del que jamás podrás salir. Y entonces sí vivirás el resto de tu miserable y esquizofrénica vida en la habitación acolchonada de un manicomio, como esos que tanto odias, revolcándote en tu propia saliva y heces.

    —No me digas… Léeme la mente todo lo que quieras, pequeña puta. Y dime… —Esther se le aproximó hasta el punto de que ambas casi tenían sus frentes pegadas—. ¿Acaso me estás dando miedo en este preciso momento?

    Ambas se quedaron calladas justo después de ello, mirándose con tanta intensidad que casi parecían surgir chispas entre ambas. Esther sujetaba firmemente su arma apuntando a la pierna de Lily, pero ésta tenía su propio tipo de arma lista para disparar también, y eso Esther lo sabía muy bien. Ambas entraron en un punto muerto, en el que sólo esperaban a que la otra diera un paso, moviera un dedo, o incluso pestañara, para que así explotara al fin toda esa tensión que había surgido entre ambas ese día… no, más bien desde hace varios días, desde el primer momento en el que se encontraron en aquella habitación de hospital. Y todo estaba preparado para ocurrir irremediablemente de esa forma. Sin embargo, la atención de ambas se disipó un poco al escuchar en ese momento el sonido de gas liberándose, seguido de un gorgoteo burbujeante, y el gritillo de asombro de la tercera persona en esa habitación.

    Esther y Lily se voltearon al mismo tiempo hacia Samara, y notaron como la soda que tenía en sus manos se había empezado a derramar en cuando la abrió, mojándole los dedos y dejándolos pegajosos, y cayendo luego a la alfombra. Rápidamente la niña colocó alarmada la soda sobre el buró, y su siguiente acción casi involuntaria fue pasar sus manos por la camiseta nueva en un intento de limpiarlas un poco de la soda, pero sólo logrando manchar también sus ropas. Al volverse consciente de que la estaban observando, alzó su mirada en dirección a sus dos acompañantes, sintiéndose avergonzada. Sus mejillas se ruborizaron, y ella intentó de nuevo ocultar su rostro detrás de su largo cabello.

    —Lo siento… —susurró despacio, apenas audible.

    Apropósito o no, ese pequeño acto pareció enfriar las cabezas de Lily y Esther; sólo un poco, pero lo suficiente para que la mayor aparatara su arma de la otra y luego se alejara caminando hacia la puerta del baño.

    —Tomaré un baño antes de dormir. No me molesten.

    Lily bufó con indiferencia, y se volvió a dejar caer en su cama con sus brazos cruzados.

    —Espera a verla sin su maquillaje; es horrible —le dijo a Samara con tono juguetón. Esther la escuchó, pero no se detuvo a decirle nada ni pensar mucho en el asunto. Se metió directamente al cuarto de baño y azotó la puerta detrás de sí con algo de fuerza—. Enciende la televisión y busca algo, ¿quieres?

    Samara se exaltó un poco al sentirse aludida, y entonces notó el control remoto sobre el buró cerca de ella. Lo tomó, se sentó en la cama volteada hacia el frente y encendió la pantalla plana sobre la cómoda. Comenzó entonces a navegar entre los canales, quedándose unos segundos en cada uno esperando que su compañera de cuarto le dijera que lo dejara en alguno, pero eso no sucedió.

    —¿Al menos puedes decirme porque aceptaste venir con esta loca tan de buenas? —Soltó Lily de pronto, tomándola un poco por sorpresa—. No sabías que íbamos a los Ángeles, ni a quién vamos a ver allá. Yo tampoco lo sé, pero tengo mis motivos para seguirle el juego a esta mujer por un rato más. —Se giró entonces inquisitiva hacia ella—. ¿Cuáles son los tuyos? ¿O tienes tan poca fuerza de voluntad que haces lo que sea que te digan?

    Samara pareció reflexiva por un rato. Bajó su mirada unos segundos, y luego se viró una vez más a la televisión, continuando por su viaje por los pocos canales que había disponibles en éste.

    —Al principio sólo quería salir de ese horrible lugar —soltó de pronto con cierta apatía—. Pero ahora ya no tengo ningún lugar a dónde ir… Maté a mi mamá; soy una asesina. Matilda y mi papá nunca me lo perdonarán… Además… —Giró lentamente su cabeza hacia una de las esquinas del cuarto, centrando su mirada fijamente en ese punto—. Ella me dijo que esto era lo que debía hacer…

    —¿Ella? —Murmuró Lily, confundida—. ¿Hablas de la anciana? ¿O de quién hablas?

    Samara no respondió. No creía que fuera capaz de entender lo que miraba en esos momentos. No creía que fuera capaz de comprender la figura opaca, de largos y desalineados cabellos negros, vestido blanco sucio, envuelta en un aire oscuro y podrido, que yacía en aquella esquina, pero que al mismo tiempo no parecía estar ahí; como si fuera sólo un grabado borroso en la pared. Esa noche se le había presentado de frente más veces que nunca, considerando que seguía despierta. Se preguntaba si ahora cada vez que mirara hacia un lado, ahí estaría ella vigilándola a lo lejos. Quizás no, pero igual no importaba. Luego de lo ocurrido esa noche, había comenzado a perderle el miedo. Al final de cuentas, ahora era un monstruo igual de horrible que ella… o quizás peor…

    FIN DEL CAPÍTULO 46
     
  7.  
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    Título:
    Resplandor entre Tinieblas
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Misterio/Suspenso
    Total de capítulos:
    50
     
    Palabras:
    6105
    Resplandor entre Tinieblas

    Por
    WingzemonX


    Capítulo 47.
    Buenas amigas

    Jeremy, aquel sujeto que había acordado hacerle el pequeño favor a Esther, salió del bar unos minutos después de que las niñas salieran del estacionamiento y se dirigieran al hotel. Había entrado más que nada para invitar una ronda a algunas personas en la barra y celebrar el lucrativo, aunque extraño, negocio que había hecho. Luego de terminar su trago, pagó la cuenta, se despidió de sus nuevos amigos sin nombre, y se dirigió a la salida. Pisó el estacionamiento con su teléfono celular en su oído. Desde antes de salir, y aún con la música en vivo de fondo, hizo una llamada muy especial a Sheila, su prostituta favorita, aunque también la más cara. Jeremy al parecer no había dejado de celebrar por esa noche.

    —No creerás cómo fue que me gané estos billetes —murmuró entusiasmado mientras caminaba hacia su vehículo—. Fue la cosa más extraña, en cuanto llegue te lo cuento. Pero como sea, ve preparando esas bonitas piernas, que tengo suficientes verdes para tenerlas abiertas toda la noche; y estoy como roca, mami. Pero depílate un poco para mí, ¿quieres?

    Luego de un corto coqueteo por teléfono, Jeremy colgó y siguió andando con el pecho en alto hacia su vehículo. No se le ocurría mejor forma de gastar ese dinero sorpresa que con Sheila. Quizás al día siguiente se arrepentiría un poco, pero lo bailado nadie se lo quitaría.

    A lado de su Corolla del año pasado, estaba estacionada una vieja camioneta, pero él no reparó mucho en ella. Al pasar justo detrás de ella, tiró sus llaves al aire en un acto de triunfo; las vio elevarse, girar, comenzar a descender… y luego ya no vio nada. Las llaves siguieron su camino, pero pasaron a un lado de la mano de Jeremy sin tocar sus dedos. El hombre se había quedado totalmente paralizado, con sus ojos alzados mirando al último punto sobre él en el que había visto sus llaves, a pesar de que ya no se encontraban ahí. Su rostro ya no reflejaba emoción, sino puro y absoluto vacío.

    La puerta trasera de la camioneta se abrió, y las grandes y fuertes manos de James lo tomaron de su chaqueta y lo jalaron hacia el interior con suma facilidad. Las puertas se cerraron detrás de él, y entonces ese pequeño espacio trasero se convirtió en todo el universo, en el que sólo existían James y Jeremy. El hombre de color lo colocó con fuerza contra el suelo de la camioneta y se colocó sobre él. Apretó con fuerza su mano izquierda contra su boca y nariz, mientras con la otra sujetaba un largo y afilado cuchillo militar, presionando su hoja contra su cuello. Lo liberó y lo dejó ser consciente de dónde estaba justo un instante antes de deslizar de un rápido jalón la hoja de extremo a extremo, abriéndole la garganta en una profunda herida horizontal como si se tratara de una segunda boca, que escupió un chorro de sangre, manchando las ropas y la cara de James; él no se mutó.

    Jeremy comenzó a estremecerse, mirando confundido y lleno de terror a la imponente figura sobre él que lo sujetaba. No podía gritar ni respirar por la pesada mano que tenía sobre su rostro. Sólo podía sentir como su propia sangre se le acumulaba en la garganta, siendo incapaz de siquiera toserla para liberar en algo la presión. Sus manos se movieron solas, forcejeando e intentando apartar a su desconocido atacante de encima, pero era inútil. El oxígeno abandono tan rápido su cuerpo como su propia sangre, y poco a poco esos forcejeos se volvieron menores.

    James lo miró atentamente, admirando toda la desesperación, miedo y dolor que alumbraron sus ojos durante todo el proceso. Desde la lucha desesperada e inútil por intentar hacer algo, hasta las inevitables convulsiones, el shock, y luego nada… James aspiró profundamente, intentando que sus pulmones se llenaran de aunque sea el más pequeño rastro de aquello que podría brotar de ese engendro. En efecto, fue poco… demasiado poco.

    No había valido la pena el riesgo, pero al final de cuentas no lo había hecho por eso. Debía limpiar cualquier desastre que aquella mujer dejara atrás, como si fuera su niñero personal. Y Jeremy era un boca floja; de pura suerte no le había dicho a nadie de adentro del bar lo que pasó, pero no tardaría en hacerlo, de eso estaba seguro. Pero ahora no le diría nada a nadie.

    Retiró su mano de su cara. Los ojos desorbitados de Jeremy miraban perplejos hacia el techo de la camioneta, o hacia la nada infinita que había por encima de éste. La sangre siguió saliendo de su cuello en dos pequeños borbotones más, y luego simplemente cesó. James no era un tonto que no sabía lo que hacía; le habían enseñado bien el oficio. Se había puesto guantes, gafas protectoras, además de haber colocado plásticos sobre el suelo y las paredes, pero igual no podía estar seguro de que no se hubiera manchado algo indebido: de entrada sus ropas lo estaban. Sacó el celular del hombre de su bolsillo y envolvió el cuerpo en los plásticos lo mejor que pudo, y puso el bulto contra la pared, cubriéndolo con una manta y unas cajas.

    Aún tenía otro encargo que hacer esa noche, y ahora parecía que acababa de salir del set de alguna película de terror; aunque de hecho, la realidad era mucho peor que esa comparación. Se quitó rápidamente sus guantes, sus gafas y cubre bocas, además de sus ropas manchadas y se limpió lo mejor que pudo con toallas húmedas. Al estar prácticamente desnudo, no pudo evitar notar las pequeñas manchas más claras que su piel que se formaban en su pecho y abdomen. Se le dificultó respirar un poco. Estiró entonces su mano hacia el frente de la camioneta, tomando de entre los asientos aquel termo que ese mocoso le había dado, y que había estado evitando siquiera pensar en él. Lo tomó firmemente entre sus manos, y entre un pequeño ataque de tos lo abrió sólo un poco. Un denso y vapor blanquizco se escapó de él, elevándose poco a poco delante de su rostro. El ver aquello resultó ser una imagen casi erótica para él.

    Aspiró profundamente lo poco que había dejado escapar pero fue suficiente. Ese sí era vapor de calidad, no las migajas que Jeremy le había soltado. En cuanto aquello ingresó en su cuerpo, se sintió mucho mejor. Con más energía, y la horrible sensación de enfermedad disminuyó. Miró de nuevo a su pecho, y dichas manchas se habían apaciguado, aunque no desaparecido. Suspiró con un poco de alivio, aunque también de frustración. Pasó su mano por su rostro, y apoyó la cabeza contra la pared de la camioneta.

    Hacía ya cinco años que vivía así: consumiendo poco a poco lo que podía conseguir, no para permanecer joven y fuerte, sino ahora simplemente para sobrevivir. Como un vagabundo sin rumbo, todo desde que dejó atrás a sus compañeros, a su familia, y a su propia líder con tal de salvar el pellejo. Esa había sido su vida desde que huyó con su amada Mabel y dos de sus amigos más cercanos, dejando atrás al Nudo Verdadero. Y ahora sólo quedaban Mabel y él, y posiblemente eran los últimos de aquella orgullosa estirpe que por tantos años, o más bien siglos, había recorrido las carreteras del nuevo y del viejo continente, consumiendo a los paletos para obtener fuerza y longevidad. Aquella hermosa tradición y hermandad, reducida a ser los perros falderos de un mocoso vaporero que se creía mucho mejor que ellos, con tal de mendigar las migajas que su nuevo amo dejaba caer al suelo.

    Patético, era patético. No era mucho mejor que el buen Jeremy, con su garganta rebanada y envuelto en plástico, y todo por sucumbir a su avaricia y lujuria.

    Pero no había tiempo para lamentarse por tonterías como esa. Tenía otro encargo de su nuevo “amo”, y su dosis de vapor le daba las fuerzas suficientes para hacerlo. Luego de terminar de asearse lo mejor que le fue posible, tomó el celular de Jeremy, pasándole una de las toallas húmedas por si algún rastro podría haberle caído encima, y entonces salió de la camioneta, cerrándola bien con llave. Recogió las llaves de Jeremy que seguían en el suelo tras la atrapada fallida, y se dirigió al vehículo de su última víctima. Salió del estacionamiento conduciendo el Corolla color azul, y cruzó la carretera hacia el Ringland Motel.

    — — — —​

    El programa que Owen Ringland estaba viendo terminó, y aún le quedaba una larga madrugada de guardia hasta al menos las seis de la mañana. Comenzó a cambiar los canales buscando alguna película interesante que pudiera entretenerlo al menos por las próximas dos horas, y no rebajarse a tener que hacer uso de algún juego en Facebook. Ya no creía recibir ningún otro visitante por el resto de la noche, y más que nada sólo le quedaba estar atento por si le surgía alguna necesidad a sus huéspedes actuales, especialmente a aquel hombre que se acababa de registrar hace relativamente poco. Sin embargo, contra toda posibilidad, el sonido que avisaba de la puerta de entrada abriéndose lo tomó abruptamente por sorpresa mientras cambiaba entre canales. Y no era ninguno de sus huéspedes; de hecho, aquel hombre alto y fornido, de piel oscura y cabello negro largo y trenzado, no le pareció para nada familiar.

    El hombre usaba una chaqueta verde un poco vieja, y una camiseta blanca sin mangas debajo de ésta que se apretaba contra su torso musculoso. Tenía una mirada bastante dura, y sus labios gruesos dibujaban una mueca de malhumor que a Owen ciertamente puso nervioso. Le daba vergüenza admitirlo, pero a pesar de lo mucho que se lo negaba a sí mismo, quizás sus nervios iban acompañados de cierto prejuicio malogrado; tanto así que su mano casi involuntariamente quiso acercarse al arma que tenía oculta debajo del mostrador, pero se forzó a dejarla sobre éste, aunque cerca de la orilla.

    El recién llegado aspiró con un poco de fuerza por su nariz y luego se la talló un poco con sus manos. Se acercó entonces hacia él con una postura un poco más relajada, e incluso le sonrió jovialmente una vez que estuvo ya delante de la barra.

    —Buenas noches —le saludó con tono moderado.

    —Buenas noches… —respondió Owen, sonando más inseguro de lo que deseaba proyectar. Se aclaró su garganta y entonces se paró con su espalda recta—. ¿Puedo ayudarle?

    —No quiero molestar, es sólo que… —el hombre introdujo su mano derecha en el bolsillo de su chaqueta, y una vez más Owen se puso en alerta. Pero, para desgracia de sus pequeños prejuicios, lo único que aquel individuo sacó de su bolsillo fue un Smartphone, mismo que colocó sobre el mostrador delante de él—. Había tres niñas allá afuera hace unos momentos, y creo que a una se le cayó esto. Me pareció que entraron a una de las habitaciones. ¿Podría entregárselos?

    Owen respiró con cierto alivio, sintiéndose aún más apenado por sus injustificados pensamientos. Se permitió tomar el teléfono y presionar el botón de encendido para prender la pantalla. El teléfono estaba claramente bloqueado, pero en la pantalla de bloqueo pudo ver que tenía de fondo la foto a primer plano de un hombre, mismo que él reconoció: era el último huésped que se había registrado, y que en efecto había dicho que venía con sus tres hijas. Era el teléfono de aquel hombre, o una de sus hijas tenía una foto de su padre de fondo de pantalla; esa última alternativa le resultó algo tierna.

    —Seguro, veré que se lo entreguen —asintió Owen con entusiasmo.

    —Gracias —asintió el recién llegado, volviendo a sonreírle—. No le quito más su tiempo…

    Así como entró, aquel individuo se giró y comenzó a andar hacia la puerta. Sin embargo, a los dos pasos pareció tambalearse un poco, como si fuera a caerse, pero logrando sostenerse en sus dos pies firmemente antes de que aquello pasara.

    —¿Se encuentra bien? —Le preguntó Owen, algo preocupado al ver ello. El extraño se quedó inmóvil unos momentos, antes de enderezarse y volver a caminar como si nada.

    —Sí, sólo estoy un poco mareado —le respondió apresurado antes de abrir la puerta—. Pase buena noche.

    Antes de recibir cualquier otro cuestionamiento, salió con cierto apuro y cerró la puerta detrás de sí. Owen se quedó viendo extrañado unos momentos la puerta. ¿Acaso venía ebrio?, a él le pareció que se veía bastante normal.

    Daba igual, de todas formas ya se había ido. Ahora sólo le quedaba entregar ese teléfono a sus dueños como había prometido. Salió de detrás el mostrador, y dejó la recepción unos momentos para hacer dicha entrega.

    — — — —​

    Esther dejó llenando la tina con agua caliente, y se sentó en la orilla de ésta con su mano colgando hacia adentro, rosando el agua con la punta de los dedos mientras se iba llenando. Ese sólo acto le pareció bastante relajante, pero aún no lo suficiente. Esperaba que realmente ese pequeño baño le ayudara a olvidarse por unos segundos de la locura que habían sido esos últimos días. Y no sólo era la constante caza de la policía sobre su cabeza, o tener que viajar entre estados arrastrando consigo a una déspota y odiosa niña con muletas, o que había tenido que matar a más personas en los últimos días de lo que había hecho en el último par de años, o que llevaba semanas sin una buena o mala cogida, y extrañamente su cuerpo parecía comenzar a resentir ello; quizás era el poder de la costumbre. Además de todo eso, se encontraba la innegable y surrealista realidad que se había ido presentando ante ella a cada momento.

    Personas que podían leer tu mente, hacer que vieras y sintieras cosas que no estaban ahí, detener balar con la mente o inmovilizarte, y ahora una niña que era capaz de hacer que otra persona se encajara un bisturí en el cuello sin pestañar, y con la misma normalidad con la que se aplicaría un poco de maquillaje. Y estaba además aquel chico, el tal Damien Thorn; no sabía qué podía hacer él, pero comenzaba a pensar que era algo mucho más horrible aún. Su propia rareza, aquella extraña cualidad que había surgido de la nada en ella tras salir de aquel lago congelado, ya la ponía incómoda y confundida, pero no era nada en comparación. ¿En qué clase de mundo se había metido?, o quizás siempre estuvo en él y no se había dado cuenta.

    Su cabeza le dolía un poco, y sus hombros se sentían tensos.

    No tenía caso pensar mucho más en ello. En un par de días llegarían a Los Ángeles, le entregaría las dos mocosas a aquel sujeto, y obtendría sus respuestas; todas y cada una de ellas.

    Una vez que la tina se llenó, cerró la llave y comenzó a desvestirse. Primero se soltó las dos colas que se había hecho, dejando caer su cabello negro sobre sus hombros. Luego empezó a retirarse sus ropas, dejando en libertad poco a poco su pequeño cuerpo de proporciones infantiles, pero que aun así mantenía la forma y las curvas del cuerpo de una mujer adulta, sin nunca llegar a serlo por completo. Colocó sus manos sobre su pequeño busto, que apenas y sobresalía de su pecho plano. Tanteó sus senos con sus dedos, los exploró un poco y gozó del ligero roce de las yemas contra sus duros pezones. Se estremeció un poco con gusto, y por ese pequeño instante todas sus preocupaciones se desvanecieron.

    Se metió a la tina y se sentó por completo en ella. Sus músculos agradecieron de inmediato el cálido abrazo. Sumergió la cabeza por completo para sentir el calor casi maternal en todo su cuerpo, sin importarle si su maquillaje se corría en el proceso. De hecho, se permitió tallarse el rostro entero con el agua para limpiarlo lo mejor posible. Usó poco después el pequeño jabón de hotel que venía de regalo, y lo pasó por sus brazos y piernas para limpiarlas de cualquier rastro de sudor, tierra y, ¿por qué no?, sangre que pudiera haberle quedado encima.

    Durante su proceso de enjabonado en sus piernas, su mano se deslizó por la parte interna de su muslo izquierdo y subió hasta llegar a su parte intima. Al principio sólo frotó el jabón por esa zona de manera totalmente normal, como si intentara convencerse a sí mima de que sólo quería limpiarse, pero ella bien sabía que no iba a quedar sólo en eso. Soltó el jabón sin importarle que éste quedara bajo el agua en el piso de la tina, y comenzó a mover sus dedos contra su sexo. Se estremeció de nuevo al sentir ese roce directo y algo brusco. Quizás eso era lo que necesitaba para dejar salir todo aquello de una buena vez.

    Colocó su pierna derecha sobre el borde de la tina para darse más espacio y poner maniobrar mejor. Con su otra mano volvió a explorar su pequeño busto. Y de nuevo todo se esfumó. No le importaba en qué punto del mapa se encontraba, las dos niñas al otro lado de la puerta, la policía que la estaba buscando o quién la estuviera esperado en Los Ángeles. Por esos minutos, en ese cuarto de baño, sólo estaban ella y su propia imaginación; la mejor y peor compañía que había tenido durante todos esos años de soledad absoluta, prácticamente desde que llegó a ese mundo.

    Pero el universo no quería que se olvidara por mucho de su innegable realidad. Estaba a la mitad de su labor, o quizás un poco más allá, cuando a pesar de tener la puerta del baño cerrada escuchó claramente como unos pesados nudillos golpeaban la puerta del cuarto. Eso la hizo sobresaltarse, algo atónita al ser jalada de golpe a la realidad.

    —Mierda —exclamó entre dientes, sumida en una indescriptible frustración.

    Se paró casi disparada de la tina y buscó desesperadamente alguna de las batas blancas de baño para cubrirse. ¿Sería la policía?, no lo creía pues se suponía que se habrían anunciado con más claridad. Pero sin importar quién fuera, no podía permitir que alguna de esas dos mocosas se le ocurriera abrir y dijera alguna estupidez.

    La bata obviamente le quedaba grande, pero funcionaría de momento. Sin embargo, recordó repentinamente su maquillaje. Se dirigió hacia el espejo y echó un vistazo rápido, intentando detectar qué tan mal se veía y si había algo que pudiera hacer para revertirlo sin tomarse mucho tiempo. Y fue en ese momento, cuando sus ojos se posaron en su reflejo en el espejo, que su mente sencillamente se nubló.

    Parte del maquillaje un estaba escurriendo por su cara, pero en su mayoría su rostro real estaba expuesto; o, al menos el que se suponía debía ser su rostro real. Pero en el espejo veía algo sumamente diferente a lo que esperaba. Las arrugas, las marcas de la piel, las patas de gallo, los labios agrietados…. Nada de eso estaba ahí. La piel de su rostro se veía tersa, firme y suave, decorada con sus coquetas pecas, como se veía cuando se aplicaba su maquillaje… o incluso mejor.

    Confundida, tomó un largo pedazo de papel higiénico y se lo pasó por toda su cara con insistencia, intentando retirar cualquier rastro de capa de pintura que pudiera quedar en ella, sin pensar que de hecho debería estar haciendo lo contrario. El papel quedó mojado y manchado, pero sólo un poco. Y cuando se volvió a ver al espejo, la imagen que había visto en un inicio seguía ahí: el un rostro joven que podía pasar mucho más fácilmente por el de una niña de entre nueve y trece años, quizás máximo catorce, y sin necesidad de algún aditamento que la hiciera ver de esa forma. Se abrió la bata para echarle un vistazo al resto de su cuerpo. No se había percatado en un inicio, pero ahora se volvió más que evidente para ella: la piel de su cuerpo en general se veía también más firme y tersa, como la tenía hace diez o veinte años atrás. La cicatrices de su cuello y muñeca seguían ahí, siendo difíciles de ignorar, y aquello era quizás lo único que le impedía creer que todo eso era una completa alucinación.

    ¿Qué rayos había ocurrido? ¿Cómo su cuerpo había cambiado tan repentinamente? ¿Era acaso un efecto secundario de aquella habilidad que le había surgido de la anda? Pero justo antes de entrar a aquel hospital, su rostro seguía igual que siempre; se había visto al espejo mientras se maquillaba. ¿Qué cambió?, nada en lo absoluto. Ni tampoco había ocurrido nada fuera lo común, excepto que ahora viajaba con…

    ¿Samara? ¿Esa niña?

    Por algún motivo su nueva compañera de viaje se le vino a la mente, y se quedó ahí por un buen rato reusándose a partir. ¿Ella había provocado esto? Pero… ¿cómo?

    No pudo reflexionar más en toda esa locura, pues oyó como volvieron a tocar a la puerta, ahora con mucha más fuerza. Se cerró rápidamente su bata y salió apresurada del baño. Samara y Lily se encontraban cada una acostada en una cama, viendo en la televisión una extensa persecución de autos que de seguro pertenecía a una película de acción, mientras comían lentamente de sus respectivas hamburguesas y papas; ninguna parecía tener interés en levantarse y atender.

    —Alguien está en la puerta —señaló Lily de forma distraída, teniendo al menos dos papas dentro de su boca. La volteó a ver en ese momento y pareció extrañarse un poco al verla—. ¿No te desmaquillaste para bañarte?

    Esther se estremeció un poco al oír esa pregunta. ¿Ella también la veía diferente?, ¿entonces no era su imaginación?

    No importaba, no de momento.

    Se dirigió a su maleta, sacó de ésta su arma, le retiró el seguro y se dirigió apresurada a la puerta.

    —Tapa esa pierna —le indicó a Lily tajantemente—. Y ninguna diga nada.

    Lily resopló, y entonces se cubrió las piernas con el cobertor rosado de la cama.

    Esther se paró delante de la puerta y colocó la cadena. Sostuvo su arma con la mano derecha, ocultándola detrás de la puerta, mientras abría ésta sólo un poco, aquello que la cadena permitía. El hombre parado afuera en el pasillo no era un policía, o al menos no lo parecía. La apariencia de Owen Ringland era de hecho bastante normal y aburrida. El hombre de mediana edad bajó su mirada para encontrarse con el rostro de la aparente niña, que apenas y se asomaba por la pequeña abertura.

    —Hola, pequeña —saludó Owen con una sonrisa amistosa, y entonces le extendió el teléfono que traía en su mano derecha—. Un hombre en la recepción dijo que a lo mejor esto podría ser de alguna de ustedes.

    —¿Un hombre? —Murmuró Esther sin comprender del todo esa afirmación. Miró sólo un segundo aquel teléfono y de inmediato negó con su cabeza—. No, debe ser un error, lo siento…

    Se disponía a cerrar de inmediato la puerta antes de recibir más cuestionamientos, pero Owen se le adelantó a ello.

    —¿Segura? Es que dijo que vio a tres niñas afuera, y ustedes son las únicas tres niñas que acaban de llegar. Además, éste es tu papá, ¿no? —Owen se permitió encender la pantalla para que la niña viera la pantalla de bloqueo, con aquella foto de fondo. Esther lo reconoció fácilmente—. ¿Quizás es de él? ¿Podrías llamarlo?

    —Fue a buscar hielo —le respondió Esther rápidamente sin pensarlo mucho—. ¿Cómo era ese hombre?

    —¿El que lo entregó? Bueno… era alto, afroamericano, cabello en trenzas… Pero, ¿entonces no es de ustedes?

    Esther caviló unos momentos. Esa descripción no le dejaba lugar a la duda; era claro de quién se trataba. Pero, ¿por qué había dejado ese teléfono para ellas? ¿Era algún tipo de extraño mensaje? Como fuera, ese teléfono posiblemente era de aquel individuo al que había utilizado, y fuera como fuera no podía dejárselo a ese bobo encargado; sería muy arriesgado.

    Los labios de Esther dibujaron una dulce y casi ingenua sonrisa, haciendo que su rostro se tornara dulcemente ingenuo.

    —Ah, qué tonta de mí —exclamó risueña, chocando su mano contra su frente—. Por supuesto, es el teléfono de mi hermana Michelle. —Se giró en ese momento hacia Lily sentada en la cama, que era visible desde la abertura de la puerta—. De seguro se te volvió a caer; eres tan torpe.

    Ese último comentario lo había hecho con un tono juguetón que a Lily no agradó del todo.

    —Lo siento, tengo dedos de mantequilla —respondió la niña en la cama sin mucho entusiasmo.

    —Muchas gracias señor —exclamó Esther alegre, y acto seguido tomó el teléfono, casi arrebatándoselo de los dedos a Owen—. Mi padre la hubiera matado de haberse enterado que perdió otro teléfono. Le ha salvado la vida.

    —Descuida. Si necesitan cualquier cosa…

    —Le llamaremos, muchas gracias. Lo siento, pero mi papá volverá y no quiero que nos vea hablando con un extraño.

    Antes de que Owen pudiera decir algo más, Esther se apresuró a cerrar la puerta, casi golpeándolo en la cara con ella. Luego se asomó sutilmente por entre las cortinas de la ventana, observando como el encargado se quedaba unos segundos dudosos frente a la puerta, se rascaba un poco su cabeza casi completamente calva, y entonces se alejó caminando por el pasillo. No estaba segura si lo había convencido por completo o no, pero de nuevo tendría que arriesgarse.

    Una vez que ya no era visible desde la ventana, Esther se apresuró a cerrar por completo las cortinas, y a poner el seguro completo a la puerta.

    Suspiró despacio intentando calmarse, y sólo entonces le echó un vistazo al teléfono. Intentó encenderlo, pero estaba bloqueado; sólo se podía ver la foto de fondo del mismo hombre que acababa de ver hace no mucho en el estacionamiento de aquel bar, y el teclado numérico para introducir el pin; uno que claramente ella desconocía.

    —¿De quién es ese teléfono? —escuchó como Samara preguntaba con curiosidad, pero Esther no tuvo intención alguna de responderle.

    Volvió a cuestionarse porque aquel extraño hombre que había intervenido en el Hospital de Eola, le había enviado ese teléfono. Le pareció seguro concluir que su dueño anterior se encontraba muerto. Pero, ¿por qué mandárselo? ¿Sólo para advertirle que había sido demasiado descuidada y que él tuvo que encargarse de eso? Por un lado le agradecía si era así, y por el otro tenía deseos de verlo de frente y preguntarle si acaso él tenía alguna mejor idea de qué demonios debía hacer.

    Y en ese momento, el teléfono comenzó a sonar con fuerza, con un tono irritante de los que traía por defecto de seguro. Las tres niñas se sobresaltaron sorprendidas por ese cambio tan repentino, aunque ninguna tenía un motivo consciente para reaccionar de tal forma. El número en la pantalla aparecía como desconocido, por lo que no era ninguno de los contactos que aquel sujeto tenía guardados. Era poco probable, pero no imposible, que se tratara de alguna esposa o novia preguntando porque no había aún llegado a casa. Dudó unos momentos entre contestar o no, pues también cabía la posibilidad de que fuera justamente aquel hombre de color, y su intención final era hablarle por ese teléfono en lugar de hacerlo de frente, y eso le pareció astuto. Pero… ¿y si no era él?

    —¿Vas a contestar o no? —Inquirió Lily, mordaz.

    Esther la miró de reojo sin decir nada unos momentos, y luego miró de nuevo la pantalla. Si no era quien pensaba, tendrían que destruirlo y salir corriendo de ese sitio lo antes posible. Todo en ese último tramo se había basado en correr riesgos; ¿correría uno más?

    Algo resignada a aceptar lo inevitable, contestó la llamada un par de segundos antes de que ésta se cortara por completo y acercó el celular a su oído derecho.

    —¿Diga?

    —Pudiste haber sido más convincente, Leena —escuchó casi de inmediato que murmuraba una voz en la otra línea, una voz que no identificó como la de aquel hombre, pero que de hecho le pareció bastante familiar.

    Los ojos de la mujer se abrieron por completo, y de golpe todo su rostro se tornó bastante serio.

    —Tú… —exclamó con cierto tono de recriminación.

    Miró de reojo a Lily y Samara, que la miraban fijamente confundidas pero también curiosas. En lugar de que esto la incitara a explicarles quién hablaba, por el contrario, la orilló a dirigirse rápidamente hacia el pequeño balcón de la habitación, salir a éste y cerrar la puerta de cristal detrás de ella. Lily y Samara se miraron la una a la otra con confusión, aunque la de Lily era relativamente menor, ya que había percibido en Esther un rastro de esa emoción que tanto le resultaba conocida.

    ¿Esther sentía miedo?, quizás no como tal. Pero aun así, ya fuera por los remanentes de lo que estaba haciendo en la bañera antes de ser interrumpida o por la fuerte impresión que le resultó oír repentinamente aquella voz, su corazón se agitó violentamente, y un cosquilleó le recorrió el abdomen. Una vez ya en el balcón, se tranquilizó paulatinamente.

    —Fuiste bastante menos silenciosa y discreta de lo que esperaba durante tu camino —susurró aquella voz en el teléfono, aquella que sólo había escuchado en una ocasión pero que de inmediato reconoció como la de aquel muchacho, el de nombre Damien—. Pero de alguna u otra forma casi cumples con tu misión; te felicito.

    —Ahórrate tu palabrería, mocoso —espetó Esther, manteniendo lo mejor posible su serenidad—. Ya tengo a tus dos niñas, ahora cumple con tu parte.

    Lo escuchó entonces reír soberbiamente.

    —El trato era que me las trajeras, y eso aún no ocurre. Pero ya estás cerca, y aquí te sigo esperando.

    —¿Y para qué me estás llamando entonces?

    —Sólo quería que supieras que estoy más cerca de lo que crees, siempre vigilando.

    Esther enmudeció unos momentos. ¿Acaso era una amenaza? Le era difícil suponer que podría significar cualquier otra cosa.

    —¿El hombre del hospital era tu espía?

    —No lo llamaría de esa forma, pero sí; yo lo envíe.

    —Si él está por aquí, ¿por qué no le entrego a las dos rapazas a él y terminamos con esto de una vez? Yo ya me estoy hartando de ser niñera.

    —Oh, vamos, no me digas que no te has divertido durante este viaje. Creí que para este punto ya se habrían hecho buenas amigas. —Esther chisteó molesta por la sola insinuación—. Además, tienes que ser tú quien las traiga hasta acá.

    —¿Por qué?

    —Porqué yo lo digo, y es lo único que te debe de importar.

    Los dedos de Esther se apretaron con fuerza contra el teléfono. Sintió como la rabia le subía por la cabeza y se acumulaba en la parte trasera de ésta como un dolor pulsante. Lo único que lo amortiguó un poco, fue una ráfaga de viento helado que la hizo abrazarse con su mano derecha. Recordó en ese momento que se encontraba mojada y sólo cubierta con una bata demasiado grande para ella, y no había pensado mucho en eso antes de salir al exterior de esa forma.

    —Ten mucho cuidado con cómo me hablas —le respondió con un tono que no dejaba lugar a duda de que eso sí se trataba de una amenaza—. Es obvio que las dos mocosas son importantes para ti, y yo estoy ahora mucho más cerca de ambas que tú y tu espía, o como quieras llamarlo. ¿Qué me impediría rebanarles sus flacuchos cuellitos a ambas mientras duermen y largarme con el dinero que queda?

    Del otro lado de la línea, Damien sonrió, indiferente a sus palabras; ella no lo veía, pero supo que así era.

    —Muchas cosas —le respondió el chico con normalidad—. Para empezar, perderías la oportunidad de saber eso que tanto añoras. No habría lugar en este mundo en el que te podrías esconder de mí. Y, lo más importante, ya has visto lo que ambas son capaces de hacer, ¿enserio te quieres arriesgar a hacerle daño a alguna de ellas?

    De nuevo, Esther enmudeció. En efecto, había sido testigo, a veces por las malas, de lo que sus dos compañeras, rehenes o lo que fueran, podían hacer si se les acorralaba, y presentía que aún desconocía el alcance completo de dichas habilidades. Lo sabía, y lo supo desde antes de lanzar su amenaza. Pero rabiaba ante la sola idea de que ese mocoso creyera que tenía todo el control sobre ella. El que un hombre, adulto o no, la viera como algo insignificante y sin ningún poder, era algo que simplemente no podía ni quería concebir.

    —Vamos, anímate —murmuró el muchacho con más ánimo—. Tu misión casi acaba… o, apenas empieza, dependiendo de cómo lo veas.

    —¿Quién eres realmente? —Susurró Esther—. ¿Para qué las quieres exactamente?

    De nuevo lo sintió sonreír con prepotencia.

    —Tráelas lo antes posible; las estaré esperando ansioso. Y por cierto, si fuera tú destruiría este teléfono y me iría mañana lo más temprano posible. Si necesito contactarte de nuevo, yo me encargaré de así ocurra. Nos vemos.

    Y entonces colgó, tan abruptamente como había llamado.

    Esther retiró lentamente el teléfono de su oído, y permaneció mirando hacia el oscuro monte que se encontraba a espaldas de aquel motel. Ese sujeto le causaba tantas cosas; enojo, frustración, pero también cierto grado de fascinación, y claro, excitación. ¿Quién era?, ¿qué quería?, ¿qué es lo que haría con ellas tres una vez que llegaran con él? ¿Estaban de hecho en peligro? No tenía respuestas a nada de eso. Y por primera vez desde que comenzó toda esa absurda misión, se preguntó si acaso no se estaba dirigiendo directo a la boca del lobo. ¿Qué le garantizaba que ese muchacho sabía exactamente qué le estaba pasando? ¿Cómo podía saber que no la mataría en cuando estuviera de nuevo delante de él? ¿Y qué haría con Lily y Samara…?

    Cuestionarse eso último la tomó inesperadamente por sorpresa. ¿Eso le importaba?, no tendría por qué. Esas niñas no significaban nada para ella en lo absoluto. Eran lo equivalente a paquetes con patas que tenía que entregar, y no más. Aunque sus habilidades parecían útiles y de seguro habría muchas cosas divertidas que podría hacer si las usaba correctamente, al final sólo eran una pesada y molesta carga. Que Damien Thorn, o quien quiera que fuera, hiciera lo que quisiera con ellas. Las llevaría ante él, y que pasara lo que tuviera que pasar, incluso si eso involucraba su propia muerte. De hecho, en más de una ocasión en esos últimos cinco años, había llegado a abrazar la idea de la muerte, si es que aún estaba en sus posibilidades aquello. La idea de que quizás así pudiera terminar todo, y en las manos de aquel individuo cuya presencia le causaba tantas cosas en su interior, le causaba una extraña satisfacción.

    Pero sólo lo sabría hasta que llegaran a Los Ángeles.

    Se viró hacia la puerta para regresar adentro, y al hacerlo se encontró de frente justo con la cara fría y dura de Lily, que la miraba desde el otro lado de la puerta de cristal. Esther se exaltó, casi asustada. La niña estaba ahí de pie, apoyada en sus muletas, y mirándola fijamente en silencio. ¿Cuánto tiempo llevaba ahí?, ¿había escuchado algo? Aunque, en realidad eso no importaba; ella no ocupaba oír como tal para saber de qué habían estado hablando.

    La niña de diez años se quedó un rato ahí, sólo observándola, y entonces se giró con sus muletas y se dirigió de nuevo a su cama sin decir nada. Esther la observó fijamente mientras se alejaba.

    Recordó entonces que la amenaza de Damien Thorn no era la única sobre su cabeza. Realmente, estaba rodeada en todas direcciones, sin muchas posibilidades de salir bien librada de ello. Así que sí, realmente estaba indefensa, y sin poder… y sin ninguna amiga que pudiera tenderle sinceramente la mano.

    FIN DEL CAPÍTULO 47

    Notas del Autor:

    El Nudo Verdadero, así como los datos revelados de James en este capítulo, son referencias al libro de Doctor Sueño de Stephen King. Aunque James es un personaje original que no aparece ni es mencionado en dicho libro, fue creado bajo el mismo contexto de éste, y usando como base a sus antagonistas siendo James un antiguo miembro de su grupo.
     
  8.  
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    Resplandor entre Tinieblas
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    Misterio/Suspenso
    Total de capítulos:
    50
     
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    Resplandor entre Tinieblas

    Por
    WingzemonX


    Capítulo 48.
    Tío Dan

    La noche en Frazier se encontraba un poco más fría que en Salem, o incluso que en Anniston a pesar de que ésta última no se encontraba tan lejos. La Residencia Rivington para Cuidados Paliativos se encontraba para esas horas sumida en el silencio, incluso más que en otras noches similares a esa. Poco a poco se acercaba el momento de apagar las luces, y los residentes se iban retirando de uno en uno hacia sus cuartos. El señor McMan había pasado casi toda la tarde—noche en la sala de recreo, sin hacer nada en especial más que ver las novelas y el noticiero local en la televisión, sentado en su siempre leal silla de ruedas. Aproximadamente a las seis, Isaac de la otra ala se había acercado y habían jugado cinco partidas de damas, quedando tres a dos a favor del señor McMan. Isaac se retiró temprano luego de ello; el tiempo que podía pasar fuera de su cama se iba reduciendo conforme pasaban los días, e igual le ocurría a él.

    Cuando menos lo pensó, se quedó solo en la sala. En el último tramo, mientras miraba el noticiero, le habían traído una natilla en un pequeño vaso de plástico, misma que estuvo comiendo poco a poco mientras pasaban las noticias, hasta raspar las paredes del recipiente y asegurarse de que había consumido hasta el último centímetro. Cuando terminó del todo, ya era hora de apagar la televisión, así que uno de los cuidadores fue a buscarlo para llevarlo a su cuarto. Se le aproximó por un costado sin que él lo notara hasta que ya se encontraba lo suficientemente cerca.

    —¿Listo para descansar, señor McMan? —Le preguntó jovialmente aquel hombre, agachándose a su lado para estar a su misma altura. El hombre anciano en la silla lo volteó a ver a través de sus gruesos anteojos, y una sonrisa de genuina alegría se dibujó en sus labios.

    Aquel era uno de los mejores cuidadores de ese lugar, y de los más requeridos por los residentes. Un hombre ya por encima de sus cuarenta, pero bastante bien conservado cabía decir. De rostro fuerte pero apuesto, con una barba a medio crecer, cabello rubio oscuro corto y ojos azules serenos.

    —Oh, Daniel —le saludó con voz carrasposa—. ¿Hoy te toca lidiarnos a esta hora?

    —Nada de eso —respondió él sonriéndole, y entonces se incorporó de nuevo colocándose detrás de la silla. Era un hombre alto, de complexión mediana y hombros anchos. Tomó las manijas de la silla y comenzó a empujarla lentamente hacia el pasillo—. ¿Qué le parece dar una vuelta antes?

    —Me parece bien. No tengo mucho más que hacer, después de todo.

    Y así como lo sugirió, el cuidador lo llevó a dar un pequeño recorrido por los pasillos, al tiempo que conversaban lo más animadamente posible. Cada vez que cruzaban palabra, el señor McMan demostraba que aún le quedaba algo de chispa y sabiduría que compartir, mismas que el cáncer de pulmón no le había arrebatado. Pero principalmente se sentía siempre muy a gusto en presencia de aquel hombre de seguro de la mitad de su edad, pues tenía un extraño don para hacer sentir a las personas muy seguras y cómodas en su presencia; y no era, de hecho, su don más peculiar.

    Daniel Anthony Torrance, o sólo Dan para los amigos, llevaba ya casi quince años trabajando en la Residencia Rivington. Después de pasar una parte importante de su vida sin un rumbo, y ahogado en problemas, peleas y alcohol, en esos momentos sentía que estaba en el mejor momento posible. De entrada tenía un trabajo que disfrutaba; pese a la constante cercanía con la muerte, sentía que era un sitio en el que podía hacer el bien, y en el que sus habilidades únicas podían serle de utilidad a personas que en realidad lo necesitaban. Tenía amigos, e incluso familia, a los que amaba con todo su ser. Llevaba ya más de quince años sobrio, y contando. Realmente, por primera vez en su mucho tiempo, sentía que podía afirmar con seguridad que era “feliz”, y esperaba poder transmitirle un poco de esa felicidad a los residentes, incluso el señor McMan. Pero claro, la experiencia le había enseñado que cuando más tranquilo y feliz se sentía, más probable era que algo inesperado ocurriera. Y ese algo ocurriría justo esa noche…

    Luego de unos minutos de paseo, Dan llevó al señor McMan de regreso a su habitación y lo ayudó a recostarse en su cama. El señor mayor soltó un pequeño gemido doloroso cuando Dan lo sentó en la cama, pero se apresuró de inmediato a aclarar que no era nada; era todo un guerrero a su modo. Terminó de recostarlo y lo cubrió hasta el pecho con la sábana blanca.

    —¿Todo se siente bien?

    —Mejor que nunca —rio el hombre mayor con voz ronca y cansada, seguido poco después por dos pequeños tosidos.

    Mientras Daniel lo terminaba de arropar, colocándole también una frazada no muy gruesa para compensar un poco el frío, notó que los ojos del residente se desviaban hacia la puerta abierta cuarto. Dan se viró en dicha dirección por mero reflejo, y ahí lo vio: a Azreel, llamado de cariño simplemente como Azzie, ese gato de pelaje gris oscuro que con los años parecía haberse puesto más grande y gordo, pero que aún mantenía la gracia y vitalidad de un jovencito. Estaba sentado justo en el marco de la puerta, mirando con sus ojos brillantes y fulminantes en dirección a la cama. Los tres se quedaron callados, incluso conteniendo un poco la respiración. Azzie ladeó su cabeza hacia un lado sin apartar su mirada del punto que tanto le llamaba la atención. Hubo al menos unos diez segundos más de silencio, y entonces el gato se incorporó de nuevo y siguió avanzando por el pasillo, alejándose despreocupado de aquella puerta.

    Sólo entonces Daniel y el señor McMan respiraron con alivio, aunque quizás también con una combinación de decepción.

    —Parece que el doctor no lo podrá atender esta noche —comentó Dan intentando aligerar un poco el ambiente.

    —Otro día será —comentó McMan con una media sonrisa.

    Azzie era el doctor más sabio de todo ese lugar. Cuando a alguno de los residentes le llegaba la hora, él se los podía decir sin equivocación alguna. Pero cuando no era aún el momento, no lo era y él lo sabía bien. Y al parecer al señor McMan aún le quedaban unas cuantas noches más en ese sitio; o al menos así lo diagnosticaba el doctor.

    Dan siguió arropándolo y justo ya había terminado cuando sintió la presencia de alguien más en la puerta, pero ahora considerablemente más grande que la de un gato.

    —Daniel —le llamó una enfermera de uniforme blanco desde la puerta, con tono suave—. Tienes una llamada de tu hermana.

    El cuidador se giró hacia ella con expresión perpleja.

    —¿De mi hermana?

    Dan caviló unos segundos antes de que el sentido de aquella frase tuviera forma completa en su cabeza.

    ¿Cuánto había pasado ya?, ¿cinco años? Y aún de vez en cuando tenía esos escasos, pero aún existentes, lapsos en los que su mente consciente no relacionaba la expresión “tu hermana” con un nombre y un rostro concreto, aunque aquello solía arreglarse rápido. Y no era que tuviera alguna aversión hacia Lucy Stone, o a la idea de descubrir a sus cuarenta que tenía una media hermana de la que nunca había sabido, o siquiera que ambos tuvieran algún tipo de mala relación. Sencillamente parecía haber un cierto acuerdo implícito entre ambos de no llevar aquel trato mutuo más allá de una educada amistad de adultos, con la cordialidad propia de una plática de día de campo con algún vecino o padre de familia conocido de la escuela; Daniel no era ninguna de las dos cosas, cabe mencionar. Esto era quizás inspirado por la desconfianza inherente en dos completos extraños, la incomodidad comprensible que provocaba la conexión poco ideal existente entre ambos, o simplemente la falta de cariño fraternal, que a diferencia de lo que las películas mostraban no surgía espontáneamente como margaritas de la tierra. Por lo tanto, además de la confusión inicial de Daniel, habría que sumarle la conclusión lógica de que Lucy no le estaría llamando a esas horas de la noche sólo para saludar y preguntarle cómo había sido su día, especialmente presentándose directamente como “su hermana”, al menos de que así lo requiriera.

    —Disculpe, debo ir —murmuró, excusándose con el señor McMan.

    —Adelante, ve con Dios —le respondió éste con tono divertido, a lo que Dan sólo correspondió con una pequeña sonrisa.

    Se dirigió hasta la estación de enfermeras más cercana, en dónde habían pasado la llamada. Ahí la misma enfermera que le había ido a avisar se encargó de conectarlo y pasarle el comunicador.

    —¿Hola? —murmuró en voz baja teniendo ya el teléfono en su oído, y la respuesta al otro lado no se hizo esperar ni un poco.

    —¡Dan!, ¡¿dónde estabas?! —Escuchó con bastante fuerza la voz aguda de Lucy espetar en la línea—. ¡¿Por qué tardaste tanto?!

    —Hey, tranquila, Lucy —respondió Dan, intentando permanecer calmado—. ¿Qué ocurre?

    Daniel intuyó que su “hermana” debió haber intentado buscarlo en su móvil (que nunca traía consigo mientras estaba con los residentes, por respeto), y en su apuro había tenido que buscar el número de la Residencia y marcar directamente a ésta en su búsqueda. Más señales de que aquello no podía ser nada bueno.

    Escuchó como Lucy respiraba lentamente intentando calmarse, y entonces le contestó con un tono más suave, pero no por ello carente de angustia.

    —Es Abra… —soltó de golpe, y todas las alarmas en la cabeza de Dan se encendieron—. No sabemos qué le pasó. Estaba bien, y de pronto comenzó a gritar, se desmayó, y no podemos hacer que despierte. John la revisó y dice que no tiene nada físicamente, que quizás… —calló abruptamente, vacilante por lo que diría—. Que quizás es algo de lo otro…

    Dan permaneció en silencio, más intrigado por la forma en la que había mencionado “lo otro” que la idea que dicha expresión traía consigo. Abra era la única hija de Lucy y su esposo, y por consiguiente su sobrina; igualmente introducida en su vida de forma abrupta, así como su madre. Sin embargo, a diferencia de cómo había ocurrido con Lucy, la relación entre Dan y Abra se había dado de una forma mucho más armoniosa y agradable, incluso desde antes de que supieran que eran familia. A Dan le gustaba pensar que aquello se había dado por mucho más que por ese algo especial, aquello que con cierto desdén Lucy llamaba “lo otro”, que ambos compartían, aunque era innegable que mucho había tenido que ver.

    Y ahora, al parecer a esa niña (que ya había crecido lo suficiente para ya no encajar en dicha palabra) le acababa de pasar algo, que en primera instancia no entendía por completo de qué se trataba.

    —Más despacio, Lucy —murmuró lentamente, alejándose un poco de la estación de enfermeras—. ¿Qué fue lo que pasó? ¿Dijo algo?, ¿vio algo?

    —No lo sé —le respondió la mujer en el teléfono, algo a la defensiva—. Sólo dijo que parara, que le dolía… No sé qué pasó, enserio. Por favor, ven. Te necesitamos.

    —Está bien, tranquila. Puede que no sea nada, ¿de acuerdo? Pero voy para allá si eso te hace sentir más tranquila.

    —Gracias, gracias Dan. —En la voz de Lucy se sintió un poco más de alivio—. Por favor, no tardes.

    Luego de unas últimas cortesías, ambos colgaron casi al mismo tiempo. Dan se quedó pensando un poco en lo que había escuchado, repasando en su cabeza cada punto sobre lo sucedido. Comenzó a gritar, decía que le dolía y que parara, se desmayó y no la pueden despertar. Inusual, ciertamente. A pesar de cómo lo apodaban por esos lares, no era un doctor real cómo para determinar si había una explicación razonable que pudiera explicar tales sucesos. John Dalton, sin embargo, sí lo era, y si él les recomendó hablarle debió ser por algo. Sí, a simple vista sonaba a algo que pudiera tener que ver con aquello que los unía a Abra y a él, pero no lo suficiente para asegurarlo con absoluta confianza. Era probable que justo cuando estuviera a mitad de camino, Abra simplemente se despertara como si nada hubiera pasado. Y en parte aquello sería un verdadero alivio, tanto para sus padres como para Dan.

    Siguió meditando un poco en todo aquel asunto por un par de minutos, pero si no se movía de una vez no cumpliría la promesa a su hermana. Fuera como fuera, Abra era su sobrina, y una de esas personas especiales en su vida a las que por ningún motivo podía permitirse perder. Además, ella era especial, muy especial; nada de lo que pasara por su cabeza podía ser tomado a la ligera.

    Se viró de regreso a la estación de enfermeras y les regresó el teléfono.

    —Necesito retirarme —les informó con apuro a las dos mujeres de uniforme en la estación—. Tengo una emergencia familiar.

    —Anda, no te apures —le respondió rápidamente una de ellas—. Nosotras te cubrimos.

    —Gracias, les debo una.

    —¿Sólo una?

    Normalmente Dan les seguiría el juego un poco más, pero el apuro de la situación no se lo permitía. Se dirigió entonces apresurado al aparcamiento para empleados. Cruzó sin detenerse los largos pasillos de la Residencia y salió por una de las puertas traseras. Se subió al asiento del conductor de su viejo, pero aún bastante entero Mercedes Benz, y cerró la puerta. Colocó la llave en el encendido, pero no la giró. En su lugar se quedó pensativo, mirando por el parabrisas en dirección a la puerta por la que había salido. Colocó lentamente sus dos manos firmes sobre el volante y cerró los ojos. Respiró lentamente, intentando librarse de cualquier preocupación o pensamiento que pudiera distraerlo.

    —¿Abra? —murmuró despacio—. ¿Me escuchas?

    Guardó silencio unos segundos en espera de alguna respuesta; no recibió alguna. Todo se mantuvo en absoluto silencio, como muchos esperarían que ocurriera, pero no Dan. No esperaba oír su voz de pronto o el sonido de marcado como si fuera el teléfono. Pero esperaba al menos sentir algo; sentir la presencia de su joven sobrina, aunque fuera como una imagen difusa a lo lejos o un chillido apenas audible en su oído. Pero en su lugar, sólo obtuvo silencio, y una profunda sensación de vacío.

    Quizás no era nada, justo como se lo había dicho a Lucy. O, podría ser algo muy, muy serio. Nunca se sabía cuándo se trataba del Resplandor.

    Se colocó su cinturón de seguridad y dio vuelta al encendido haciendo que el motor resonara como un gatito. Salió rápidamente del estacionamiento de la Residencia Rivington, y se puso en marcha y sin espera hacia Anniston.

    — — — —​

    Eran más de las diez de la noche cuando Dan arribó a la calle de los Stone. Nada había cambiado durante el tiempo que duró su trayecto. Abra seguía recostada en el sillón, bastante apacible y con Brownie acurrucado a su lado. David y John se encontraban sentados en la barra de cocina bebiendo silenciosamente una taza de café; sus intentos de comenzar una conversación no habían dado buenos frutos. Lucy era incapaz de tranquilizarse, mucho menos de sentarse a tomar café. En cuanto colgó con Dan, comenzó a caminar de un lado a otro por toda la sala, se sentaba de vez en cuando con Abra, y principalmente se aproximaba a la ventana para ver si acaso el vehículo de su medio hermano no se había ya aparcado delante de la casa, aunque sólo hubiera pasado unos cuantos minutos desde que hablaron. Los intentos de David o John por pedirle que se sentara con ellos a esperar tampoco funcionaron, y de hecho causaban más de una reacción aversa en la mujer.

    Cuando al fin el sonido del vehículo se hizo presente, y fue más que obvio que en efecto éste se había detenido delante de la casa, Lucy corrió despavorida hacia la puerta, seguida varios pasos detrás por su esposo y por el Dr. Dalton.

    —¡Gracias al Dios que al fin llegaste! —Espetó Lucy con alivio, aunque también con algo de recriminación, justo cuando Dan apenas se bajaba del auto. Éste se vio algo aturdido por el repentino señalamiento.

    —Tranquila Lucy —murmuró Dan con seriedad, cerrando la puerta del auto con llave—. ¿Aún no despierta?

    —No, sigue igual. Por favor, ven, rápido…

    Lucy lo tomó apremiante de su brazo y comenzó a jalarlo hacia el interior de la casa; apenas y tuvo unos segundos para saludar con un ademán de su cabeza a David y John.

    Al entrar, lo primero que lo recibió fue el propio Brownie, que le ladraba despacio con la misma alarma y premura que Lucy. Luego, al alzar su mirada un poco más adelante, el cuidador se encontró con la figura de su sobrina, recostada bocarriba sobre el sillón, con sus manos sobre su regazo. Usaba un suéter rosa terciopelado y pantalones rojos; sus zapatos tipo tenis reposaban a un lado del sillón. Dan se aproximó cauteloso al sillón, sin apartar sus ojos azules ni un segundo de la muchacha. Se permitió sentarse en la mesita de centro justo a su lado, e inclinó un poco su cuerpo hacia ella, contemplando en silencio su rostro dormido.

    —¿Abra? —Espetó con algo de fuerza, pero no hubo ninguna reacción en ella.

    “Abra,”, soltó justo después, pero no con su boca, sino como un fuerte pensamiento que encaminó directo hacia su joven sobrina, con la intensidad suficiente para al menos hacerla sacudirse un poco. Sin embargo, tampoco resultó; era como si su pensamiento fuera una brisa chocando contra un impenetrable muro.

    Dan pasó su mano por su boca y barbilla, sintiendo como estos se raspaban con su barba a medio crecer.

    —¿Y bien? —Murmuró Lucy sobre su hombro con impaciencia.

    —Creo que se está protegiendo —respondió tras un rato—. No puedo entrar en lo absoluto en su mente. Debió haber sufrido alguna clase de ataque externo, y su mente se blindó a sí misma para defenderse.

    —¿Eso es algo bueno? —Inquirió David, con voz temblorosa.

    Dan no respondió, pues en realidad no lo sabía; no estaba seguro si podía siquiera ratificar su teoría.

    —¿Puedes despertarla? —Comentó ahora John con interés.

    —No lo sé. Es bastante poderosa, y ustedes lo saben. No sé si sea capaz de entrar sin hacernos daño a ambos. Quizás ella misma salga de ese estado cuando esté lista.

    —¿Quizás? —Murmuró Lucy, casi como si aquella palabra le ofendiera—. ¿Quizás cuándo? ¿Unas horas?, ¿unos días? ¿Años?

    —No lo sé, Lucy —respondió Dan asertivamente, parándose rápidamente de la mesita—. Esto no viene precisamente con un manual para casos de emergencias, ¿sabes?

    —Tranquilicémonos, por favor —intervino John rápidamente, antes de que aquello estallara en una pelea—. Es obvio que estamos muy nerviosos y confundidos, pero todos estamos de acuerdo en que Dan es el que más sabe de estas cosas, ¿no? —Lucy y David no dijeron nada; la primera sólo se limitó a mirar con un enojo frío a su medio hermano. John se viró entonces hacia Dan con postura más reconciliadora—. ¿Qué opinas tú que debamos hacer?

    Dan vaciló y se viró de nuevo hacia Abra. Le daba la impresión de que nunca la había visto tan calmada antes; realmente no parecía ella, y especialmente no parecía que algo malo le estuviera pasando.

    —Voy a intentarlo —respondió seriamente, sentándose de nuevo—. Sólo intentarlo. Si siento que podría provocarle algún daño, lo dejaré; es por su bien.

    —Correcto. Gracias, Dan —murmuró David, colocando sus manos sobre los hombros de su esposa para intentar reconfortarla.

    Dijo que lo intentaría, pero en realidad no estaba muy seguro de qué haría con exactitud; la mayoría del tiempo no lo sabía. Cómo había dicho, sus poderes no venían con un manual de instrucciones. La mayor parte del tiempo debía dejarse llevar por su mero instinto, y aplicar un poco la prueba y el error.

    Dan respiró hondo. Acercó su mano izquierda hacia Abra y la colocó sobre su frente. Se concentró aún más que antes, enfocó con bastante fuerza su mente en ella. La sensación era similar a estar presionando ambas manos contra una pared, intentando atravesarla con ellas, y obteniendo el mismo resultado que si realmente hiciera ello en el mundo físico. Cerró los ojos para concentrarse mejor.

    “Abra.”

    “Abra.”

    “¡Abra!”

    Abrió sus ojos de golpe, aunque él supo que no precisamente de forma literal. Su mente ya no se encontraba en la sala de los Stone, y quizás no estuviera realmente en ningún sitio en particular. Ante él, sólo lograba ver una negra y absoluta oscuridad, y escuchar un profundo y casi imposible silencio. A dónde quiera que volteaba era exactamente lo mismo. Dio un paso, y aquel movimiento rompió un poco la sensación de vacío pues escuchó el chapoteó de sus pies contra el agua. El suelo parecía estar cubierto de ella al menos por medio centímetro. Al bajar su mirada, le sorprendió poder ver con claridad sus zapatos mojados, al igual que su pantalón, como si su cuerpo brillara con luz propia entre esa penumbra.

    —¿Abra? —Exclamó como algo de fuerza, y realmente no estaba seguro si sonido alguno había salido de su boca. ¿En dónde se encontraba realmente?—. Abra, ¿estás aquí?

    No hubo ninguna clase de respuesta perceptible. Comenzó a avanzar cautelosamente, y en cada momento sentía sus pies empujando el agua.

    ¿Era ahí en dónde Abra se había ido a ocultar? Parecía inusual para ella, especialmente porque no veía a ningún dragón o algún otro de sus personajes de ficción favoritos, desenvainando su espada con la disposición de decapitar a cualquier intruso. No se percibía el fuego habitual que la caracterizaba. Aquel sitio se sentía mucho más frío, y sobre todo solitario. ¿Podría ser que ese escenario no le perteneciera a su sobrina?

    Dan siguió avanzando sin ver ni escuchar nada por… ¿cuánto tiempo fue con exactitud? El correr de los segundo era confuso en aquel espacio. De seguro en el mundo real no habían pasado más que un par de minutos a lo mucho, pero se sentía tan cansado como si hubiera recorrido ya un par de kilómetros.

    Aquello no parecía que lo fuera a llevar a ningún lado, pero al parecer el perseverar terminó rindiéndole frutos. Llegando a cierto punto, logró distinguir algo más entre la prácticamente infinita oscuridad; algo que al parecer también brillaba con su propia luz, y se hallaba en el suelo más adelante por su camino. No sabía qué era, en especial no sabía si era quien había ido a buscar. Aun así, aceleró el paso arrastrando sus pies por esa agua que cada vez sentía más pesada. Poco a poco aquello que veía tomó forma de una persona, tirada en el piso con su cuerpo casi sumergido por completo en el agua, siendo quizás lo único expuesto su rostro blanco. Dan llegó hasta ella, se tiró de rodillas y la alzó.

    —¡Abra!, ¿me escuchas? —Espetó fuertemente mientras sujetaba el delgado cuerpo de su sobrina unos centímetros fuera del agua; ésta no le respondió. Su cabello rubio yacía suelto y empapado, soltando pequeñas gotas que caían verticalmente y creaban pequeñas ondulaciones. Su rostro se veía más pálido que de costumbre, sin el usual rubor en sus mejillas, y se sentía fría.

    Dan intentó llamarla de nuevo, pero ahora haciendo llegar sus pensamientos hacia ella de forma quizás de más agresiva.

    “¡Abra!, despierta de una vez. ¿No sabes lo preocupados que nos tienes a todos? Despierta, niña. ¡Ahora!”

    Ese último empujón fue incluso más intenso, pero resultó. El cuerpo de la jovencita se estremeció, sus ojos se abrieron de golpe y su boca jaló una rápida bocanada de aire. Se terminó de sentar por su cuenta en el suelo y ladeó su cabeza hacia un lado, comenzando a toser y soltar algo de agua.

    Dan respiró aliviado. Aún seguía ahí.

    —¿Tío Dan? —Exclamó confundida la jovencita una vez que logró controlar sus arcadas—. ¿Qué haces aquí?

    —¿Qué hago aquí?, ¿sabes al menos dónde es aquí? —Le respondió Daniel con una combinación de humor y reprimenda.

    Abra miró entonces alrededor, sintiéndose totalmente desorientada.

    —Supongo que no es mi casa.

    —Eso no es del todo correcto, en realidad. ¿Recuerdas qué fue lo pasó? Tus padres dijeron que oíste varias voces, dijiste que sentías mucho dolor, y luego te desmayaste.

    —¿Eso pasó? —susurró la joven como una pregunta más a sí misma. Se paró lentamente sin que Daniel la ayudara, y empezó a andar sin rumbo, como si buscara algo que le ayudara a darle claridad a su cabeza. Su tío la siguió cauteloso—. Sí, creo que… ya recuerdo un poco. Estaba subiendo las escaleras, y vinieron a mí cabeza todas esas imágenes y sonidos. Fue demasiado de golpe, no lo podía controlar.

    —¿Qué imágenes? ¿Recuerdas qué eran?

    —Eran… —Abra vaciló unos momentos antes de responder—. Eran en efecto, como recuerdos… Pero no eran míos.

    Se detuvo un momento, dándole la espalda.

    —Hace unos días, una mujer apareció en mi sala. Era una proyección, pero la pude sentir vívidamente como si estuviera ahí físicamente. Nunca la había visto. Por un momento se me vino a la mente Rose la Chistera y cómo se presentó de igual forma en mi cuarto cuando era pequeña.

    A Dan la sola mención de ese nombre le provocaba una punzada de ira y preocupación en el pecho. Rose la Chistera, y su dichoso Nudo Verdadero; un grupo de monstruos, si es que aquella era la palabra más adecuada para describirlos, que cazaban niños con el Resplandor como Abra, para asesinarlos y consumir aquello que los hacía especial, y todo sólo para mantener sus vidas y su juventud. Hacía ya un tiempo que él no pensaba en ellos, pero sabía muy bien debían de alguna u otra forma estar presentes en la mente de su sobrina.

    Abra prosiguió con su explicación.

    —Me asusté y la empujé lejos, muy lejos de mí. No sé quién era, pero creo que la volví a ver entre todos esos recuerdos.

    —¿Fue ella la que te atacó? ¿Otra resplandeciente? ¿O una verdadera quizás?

    —No lo sé… —Abra se sujetó su cabeza firmemente con ambas manos, como si le comenzara a doler—. Es muy confuso. Tal vez si pudiera poner en orden esas imágenes y pudiera verlas con más claridad…

    —Eso es posible —señaló Dan, avanzando hasta colocarse a su lado—. Este espacio vacío es tu lienzo. Si esas imágenes siguen en tu cabeza, debes poder proyectarlas, cómo una película.

    —Cómo una película —repitió Abra de forma mecánica.

    Aquello tuvo bastante sentido, o al menos el suficiente. Abra respiró profundamente intentando calmarse antes de entrar de nuevo en el pantanoso terreno de aquello que quería sacar. Pretendió recordar todo lo que había visto y sentido en aquellos momentos, sin perderse ni ser sepultada por eso como la última vez. Había visto muchas voces hablando, y flashes de momentos y lugares diferentes, pero no todos se sentían tan relevantes; eran sólo sonido de fondo en la escena. Debía enfocarse en los personajes principales y aquello que se encontraba al frente del escenario, y dejar todo lo demás de lado.

    Y entonces, rodeado por toda aquella oscuridad, se materializó como salido de la neblina un sillón de tapiz verde como alfombra, y sentada en el centro de éste había una mujer. Este cambio tan repentino sacó un poco de balance a Dan y Abra por igual, pero no sucumbieron a esto. Desde la distancia en la que se encontraban, ninguno lograba ver con claridad a la mujer; era como una figura borrosa que se combinaba y perdía en el tapiz del sillón. Ambos avanzaron cautelosos hacia aquella enigmática figura. A pesar de que sabían de qué se trataba únicamente de una imagen mental materializada de aquellos recuerdos ajenos que habían invadido la mente de Abra, igual sus movimientos eran cautelosos, como si temieran que alguien o algo los atacara en cualquier instante de distracción.

    Conforme más se acercaron, la apariencia de aquella persona se volvió más apreciable. Era una mujer de más de cuarenta, de cabello castaño rizado que caía sobre sus hombros. Su rostro era blanco y sereno, con facciones algo duras. Anteojos cuadrados y algo grandes decoraban sus ojos cafés, que miraban concentrados al frente, como si entre toda esa negrura fuera capaz de ver algo que ellos no. Abra se colocó delante de ella, e inclinó su cuerpo al frente para revisar con más detenimiento su rostro.

    —Es ella —indicó casi de inmediato—, la mujer que apareció ante mí el otro día. O al menos eso creo… no logré verla muy bien. No parece una mala persona.

    —Las caras engañan —murmuró Dan con algo de dureza—. ¿Qué era lo que quería que vieras? No hay nada más aquí.

    —No lo sé. Quizás…

    Antes de que pudiera decir algo más, ambos escucharon un fuerte y doloroso alarido que se escapó de los labios de la extraña mujer, al tiempo que su cuerpo se torcía. Aquel grito retumbó en todo su alrededor con un tremendo eco. Abra retrocedió alarmada por reflejo, y fue justo cuando marcó esa distancia adicional que lo notó: había alguien más ahí. Justo detrás de aquella mujer se encontraba una figura humanoide, totalmente negra, que le rodeaba el cuello fuertemente con su brazo, tanto que parecía que la estuviera asfixiando. Los dedos delgados de la víctima se aferraban a aquel brazo negro como intentando apartarlo de ella, pero al parecer era incapaz de moverlo aunque fuera un poco. Ni Abra ni Dan lograban ver claramente la apariencia de esa otra persona; era simplemente una silueta negra que se confundía en veces con la oscuridad al fondo de aquella irreal escena.

    —Mike, ese es su nombre, ¿eh? —Escucharon como murmuraba una voz grave e inhumana que resonaba como varias, sin siquiera poder identificarse como masculina o femenina. La oían resonar en todo su alrededor, pero estaban seguros que venía de aquel ser detrás del sillón—. Tanto que se esforzó para mantenerme lejos de aquí la primera vez, y mire ahora: me trajo justo hasta su casa, con su linda familia.

    —¿Qué está pasando? —Cuestionó Dan, aturdido por el resonar de aquella voz en sus oídos, el cuál incluso le provocaba algo de dolor en su cabeza. Abra no dijo nada; su atención estaba por completo enfocada en ver lo que ocurría delante de ella, y en intentar entenderlo.

    —Mike… Terry… Váyanse de aquí, corran… —susurró con debilidad la mujer castaña, apenas logrando ser oída.

    —¿Y enserio cree que hay algún lugar en el que se pueden esconder de mí? —Respondió justo después la misma voz cruel de antes. Se sentía como si incluso se burlara de ella—. Debió haberse quedado al margen, señora. Yo no pierdo dos veces en el mismo juego…

    Abra se estremeció, como si un fuerte e incontrolable escalofrío le recorriera todo el cuerpo, desde los pies hasta su cabeza.

    —El ataque no era contra mí —señaló sorprendida—. Ella fue la atacada… por eso…

    Los ojos de la joven se enfocaron en el extraño ser oscuro, intentando de alguna forma ver a través de esas penumbras que lo ocultaban. Su presencia le provocaba una sensación extraña, incómoda… pero, también muy familiar.

    —Yo te conozco —espetó de golpe, sin saber con claridad por qué lo decía. Dicho pensamiento se le vino a la cabeza repentinamente, aunque era más una sensación que un razonamiento coherente—. ¿Quién…?

    —¿Quién eres tú? —Oyó de golpe que una voz que no era la suya pronunciaba la misma pregunta que se comenzaba a formar en su boca.

    Abra se giró hacia un lado. Una nueva figura se había materializado en el escenario. Era una joven, quizás de su misma edad, de cabello castaño rizado, muy parecido al de la mujer del sillón; de hecho, se parecía bastante, como si se tratara de una versión joven de ella.

    —Ah, ella puede verme. ¿Acaso es como usted? —Cuestionó de forma juguetona el misterioso atacante—. Quizás también deba hacerle una visita después de que acabe con usted, pero esta vez en persona. O aún mejor, tengo un par de amigos a los que les encantaría que se las diera como regalo; le darían un buen uso...

    —Ni se te ocurra ponerle un dedo encima, bastardo —soltó la mujer del sillón, notándosele un ferviente enojo en su voz—. Te juro que te voy a…

    —¿Qué me va a qué?, ¿eh? Por si no se ha dado cuenta, no está en posición de amenazar a nadie; y nunca más lo estará…

    En ese momento, los dedos negros de la mano derecha de aquel ser se presionaron contra un costado de la cabeza de la mujer, y comenzaron a introducirse lentamente en ella. Su piel comenzaba a tornarse oscura, desde el punto en el que sus dedos entraban, y se extendía como una mancha de petróleo sobre el océano. La mujer castaña gritó con una intensidad tan grande que parecía que su garganta se fuera a desgarrar. Era un grito tan doloroso y punzante, que con sólo oírlo Abra sintió una presión sofocante en el pecho. No había sangre en la unión de los dedos y la cabeza, pero de la nariz de la mujer brotaba una abundante hemorragia.

    Abra tuvo el instinto de cerrar los ojos y cubrirse los oídos, pero aquello no importaba; el grito y la imagen de aquella mujer siendo consumida por esa sombra voraz no salían de su cabeza.

    —Recuerda, todo esto es sólo un recuerdo —le susurró su tío Dan a sus espaldas—. Nada de esto es real, nadie puede lastimarte.

    —¡Eso no lo hace menos horrible! —espetó Abra a la defensiva.

    —¡No!, ¡déjala! —Oyó de pronto que aquella otra chica joven gritaba aguerridamente. Abra se permitió abrir los ojos y mirar hacia ella. Miraba intensamente al misterioso atacante, pese que le pareció percibir duda y miedo en el temblor de sus piernas y manos—. ¡¡Deja a mi mamá!!

    Aquel último grito fue tan intenso, y retumbó tan fuerte como una tremenda explosión. Y en efecto, Abra y Dan sintieron como si una onda expansiva los empujara hacia atrás. Todo a su alrededor se desquebrajó como cristal, y voló en mil pedazos. Por unos instantes a ambos les pareció perder la sensación del suelo contra sus pies, o cualquier percepción clara del arriba o el abajo, como si flotaran a la deriva por el espacio. Dan extendió su mano hacia su sobrina, y sintió que tuvo que estirarlo varios metros antes de poder tomarla firmemente de su mano. Sólo hasta entonces ambos cayeron de nuevo sólidamente sobre algo que podían considerar piso, empapándose en el agua que había en éste.

    —Eso fue lo que pasó —señaló Abra, sentándose. A su alrededor ya no había sillón, ni mujer sangrando, ni jovencita asustada, ni mucho menos aquella horrible criatura oscura—. El choque de estas dos… o más bien tres fuerzas. Fue lo que terminó por golpearme y dejarme incapacitada. Tanto que tuve que encerrarme aquí para protegerme.

    —Pero, ¿por qué a ti? —Cuestionó Dan con confusión, parándose. La sensación de tener sus zapatos y pantalones húmedos parecía bastante real—. No conoces a ninguna de estas personas, ¿o sí?

    —No… —respondió la joven, dubitativa—. Pero en realidad no estoy del todo segura de eso. Esa mujer, creo que me estaba buscando por algún motivo el otro día, y hoy quizás lo hizo también. Y quien la atacó… —calló de golpe, y se abrazó a sí misma como si intentara calmar un repentino frío—. Creo que lo conozco, pero no logro pensar con claridad en eso… hay tanto ruido todavía…

    —¡Jane! —Escucharon un grito detrás de ellos. Ambos se estremecieron y se giraron al mismo tiempo en la misma dirección; aún había un recuerdo más que mirar, al parecer.

    La mujer del sillón yacía ahora en el suelo. La sangre de su nariz le cubría casi toda la parte inferior de su cara y había manchado sus ropas. Sus ojos seguían abiertos, pero se veían perdidos, incluso muertos. Un hombre estaba a su lado y la alzó en sus brazos. Su cuello se ladeó sin resistencia alguna hacia un lado.

    “¿Está muerta?”, pensó Abra con incredulidad.

    El hombre seguía llamándola sin recibir respuesta.

    —Oh, Dios, El, cariño… —Él se viró hacia un lado, hablándole por unos momentos a alguien más—. ¡Llama a una ambulancia! ¡Rápido! Jane, contéstame por favor, reacciona…

    —Jane… —murmuró Abra despacio, haciendo que dicho nombre se volviera algo real y tangible.

    De pronto, notó como los ojos de aquella mujer se giraron directo hacia ella. Por un segundo creyó que era su imaginación, o quizás una coincidencia, pero no era así. Abra estuvo segura casi inmediatamente después de que sí la miraba justo a ella.

    —Ayúdalos, por favor —escuchó como murmuraba con cierta debilidad—. Ayuda a Matilda…

    ¿Matilda?, ¿quién era Matilda? No estaba segura si aquella imagen pudiera o no responderle, pero ya no importaba. Un instante después comenzó a desaparecer, esfumándose en una nube de polvo arrastrada por el viento.

    Y una vez más, ya no hubo nada más; sólo ellos dos y la oscuridad. Dan le dio unos momentos para que terminara de tranquilizarse y asimilarlo todo.

    —Abra, es hora de volver —señaló el cuidador una vez que lo sintió prudente.

    La joven asintió.

    —Sí, es hora.

    Aún todo era muy confuso, pero ya se sentía lista para despertar y encarar el mundo real. No sabía aún qué haría después de eso, pero sería un buen primer paso. Cerró los ojos, respiró hondo, y dejó que todas esas preocupaciones se escurrieran de su cuerpo como el agua. Y permitió que todo ese escenario negro se cubriera poco a poco de color…

    — — — —​

    El primero en abrir los ojos fue Dan. Se estremeció hacia atrás, apartando también rápidamente las manos de Abra para usarlas como apoyo contra la mesa en la que estaba sentado y así evitar caerse. Abra le siguió un instante después, aunque de una forma mucho más calmada, como si estuviera despertando tranquilamente de un sueño. Lo primero que vio fue el techo de su sala, el cual desde su perspectiva daba un poco de vueltas.

    —¡Abra! —Exclamó efusivamente la voz de Lucy Stone, al tiempo que prácticamente se lanzaba contra su hija y la rodeaba con sus brazos fuertemente. La joven, aún algo aturdida, no pareció reaccionar del todo a esto, ni a los repetidos besos que su madre comenzó a darle en su frente—. Mi pequeña, ¿estás bien? No te duele nada.

    Abra tardó unos segundos en responder, tiempo que al parecer necesitó para quitarse de encima los últimos rastros de inconsciencia que le quedaban.

    —Estoy bien, mamá —susurró algo distante, alzando un brazo para corresponderle su abrazo—. Lamento si te preocupe.

    Lucy no contestó, sólo la siguió abrazando y besando.

    Dan se alzó de la pequeña mesa de centro y se apartó un poco del sillón; en parte para darle algo más de espacio a su media hermana, y también para él mismo poder tomar un poco de aire y recuperarse. No pensó que aquello hubiera sido tan extenuante físicamente, hasta que su mente volvió a su cuerpo. Estaba un poco mareado y cansado, pero poco a poco se estaba recuperando.

    —Lo lograste, Dan —escuchó que David pronunciaba detrás de él, y luego sintió como colocaba su mano sobre su hombro—. Gracias.

    —No fue nada —le respondió secamente sin voltear a verlo. De cierta forma, Abra lo había logrado ella misma; él sólo le había dado un pequeño empujón.

    —¿Qué fue lo que pasó? —Escuchó a continuación que cuestionaba ahora John, bastante curioso por saber.

    Dan se viró a mirarlo un segundo dubitativo, y entonces posó su atención en Abra. Ésta comprendió que le estaba cediendo la palabra si acaso ella quería explicarlo. Y no era que no quisiera, sino más bien no estaba muy segura de qué podría decir en realidad para que sus padres y el Dr. Dalton lo entendieran. Y en retrospectiva, posiblemente podría haber comenzado con algo más clarificador que lo que eligió decir.

    —Creo que alguien necesita de mi ayuda —pronunció solemne, alzando su mirada.

    Lucy, David y John la miraron con confusión.

    —¿Alguien?, ¿quién? —cuestionó Lucy apremiante.

    Abra negó lentamente con su cabeza.

    —Sólo sé que sus nombres son Jane… y Matilda…

    FIN DEL CAPÍTULO 48

    Notas del Autor:

    Daniel Torrance se basa íntegramente en el respectivo personaje de las novelas El Resplandor y Doctor Sueño escritas por Stephen King. En lo respectivo a su apariencia, personalidad y trasfondo, se basará principalmente en cómo se presentó en las novelas, tomando sólo algunos detalles de las adaptaciones cinematográficas. Esta historia se ubica alrededor de dos años después del final de Doctor Sueño, por lo que tendría entre 43 y 44 años.
     
  9.  
    WingzemonX

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    Resplandor entre Tinieblas
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    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Misterio/Suspenso
    Total de capítulos:
    50
     
    Palabras:
    5805
    Resplandor entre Tinieblas

    Por
    WingzemonX


    Capítulo 49.
    Lo mejor es dejarlos ir

    Una vez que la policía los dejó irse, Matilda, Cody y Cole inevitablemente volvieron a cruzarse en la entrada del hospital, pese a que su última conversación había sido prácticamente una despedida. El aire entre ellos se había vuelto particularmente incómodo, y además el agotamiento era más que notable en sus rostros y posturas. Lo único que Matilda deseaba en esos momentos era llegar a su hotel, bañarse lo mejor posible que su herida le permitiera, y dormir… igualmente lo mejor que esa horrible herida le permitiera. Pero antes de eso, tendría que preparar todo para su salida hacia Arcadia, para descansar unos días en casa de su madre hasta que su salud mejorase. Con su brazo en ese estado era poco recomendable volar en avión, por lo que su opción más viable sería el tren, lo cual le tomaría quizás más de un día entero de viaje hasta Los Ángeles. Y tenía también que investigar la forma de entregar el vehículo que había alquilado en Salem, sin tener que ir hasta Portland para ello.

    Y hablando de su auto alquilado, había otra complicación que se interponía en los deseos inmediatos de la psiquiatra. Debido a todos los medicamentos que le habían dado, incluyendo el calmante que la había hecho dormir, y adicionalmente su brazo derecho inmovilizado, no era tampoco recomendable que condujera, aunque la distancia entre ese punto y su hotel no era tanta. Sin embargo, Cole se ofreció a hacerlo por ella, pues de todas formas irían al mismo sitio; Matilda aceptó de una forma un tanto fría.

    —Yo también me quedaré en Salem —señaló Cody, tomando por sorpresa a sus dos compañeros.

    —¿Estás seguro? —Le cuestionó Matilda, insegura—. ¿Qué hay de tus…?

    —No hay forma de que pueda dormir sin tener pesadillas esta noche —aseguró con cierto pesar, y entonces palpó su saco, en específico el bolsillo en el interior de éste, haciendo que sonara un tintineo similar al de una sonaja—. Tendré que usar mis pastillas. Además, estoy muy agotado para ir hasta Seattle.

    Matilda y Cole no le dijeron nada. Esperaban que realmente supiera lo que hacía.

    El viaje hasta Salem fue realmente silencioso. Cole tenía su vista fija en la carretera, Matilda miraba pensativa por la ventana del copiloto, y Cody luchaba por no quedarse dormido en el asiento trasero; lo que menos querían era que se les apareciera de frente alguna de las vividas ilusiones del profesor ahí en medio del camino. Ninguno dijo mucho, no más de unos cuantos comentarios al azar, la mayoría provenientes de Cole, y ninguno de la mujer californiana su lado.

    Una vez que llegaron al hotel y Cole acomodó el vehículo en el estacionamiento, Matilda salió disparada en dirección al interior, sólo ofreciéndoles un escueto “buenas noches” a ambos, sin mirarlos. Entró a la recepción antes de que cualquiera la detuviera o le dirigiera la palabra, y se perdió rápidamente de sus vistas. Cole se bajó poco después, azotando con algo de fuerza la puerta como señal de su frustración.

    —Recuerda que es rentado —murmuró Cody con voz apagada, bajándose también. Al menos no la había pateado como aquella silla.

    —Necesito un trago —murmuró el policía, pasando su mano por su rostro.

    —Me imagino que sí. Pero yo tengo que ir a ver si consigo una habitación, así que…

    Cole agitó una mano en el aire, indicándole que se fuera con confianza. Cody le tomó la palabra e ingresó al interior del hotel por la misma puerta por la que había pasado Matilda. Y una vez más, Cole se quedó solo.

    Permaneció un rato a un lado del vehículo, pensando en qué hacer. ¿Iría por ese trago él solo? ¿Tomaría ese cigarrillo que no había podido, o quizás querido, fumar en toda esa noche? ¿O seguiría el ejemplo de sus amigos y se iría directo a dormir? La última opción no le apetecía, pero las primeras dos quizás sí.

    Sacó su cajetilla, tomó un cigarrillo entre sus labios y ahora sí lo encendió sin titubear, y comenzó a fumarlo tranquilamente intentando calmarse… si es que acaso eso era posible. Después de todo, no había nada en todo eso que fuera digno de inspirar calma. Alzó su mirada hacia el cielo estrellado de Salem, y dejó que el humo saliera lentamente por su boca y se concentrara sobre él como una nube grisácea y sucia, ocultándole por unos momentos las estrellas. Así se sentía, como si tuviera una gran nube oscura sobre su cabeza, esperando el mejor momento para dejarle caer encima una pesada lluvia, y quizás algunos relámpagos.

    —Deberías considerar dejar de fumar —escuchó abruptamente una voz a su diestra, tomándolo tan de sorpresa que saltó alarmado hacia un lado—. No te traerá nada bueno a la larga —añadió la misma voz.

    El rostro duro y algo cuadrado del difunto Dr. Malcolm Crowe se giró hacia él, y le ofreció una curiosa y burlona sonrisa. Al reconocerlo, el sobresalto inicial de Cole disminuyó, aunque pasó a ser más una inusual extrañeza. Dos veces en un mismo día; no era habitual que lo viera tan seguido, no desde que era niño.

    —¿Es una advertencia real? —Fue lo primero que se le ocurrió decir, aunque el fantasma sólo le respondió encogiéndose sutilmente de hombros. Un poco más en confianza, Cole se volvió a recargar contra el auto a lado de su inesperado visitante, pero su actitud se tornó ligeramente más tosca—. ¿Usted sabía que esto ocurriría? ¿El escape, la muerte de esa mujer, lo de Eleven…? —Crowe no respondió—. Podría entonces haberme advertido con mucha más claridad.

    —Tú sabes que…

    —Que no funciona así, sí, sí —completó Cole, justo antes de dar otra profunda bocanada de su cigarrillo.

    Él más que nadie sabía que algunos muertos eran capaces de ver mucho más allá de lo que los vivos lo hacían, incluso hacia el pasado o hacia el futuro. Pero no era como prender una televisión y sentarse a ver una película. Al igual que ocurría con aquellos resplandecientes que tenían cierta afinidad con ver o sentir lo que ocurriría, la información muchas veces les llegaba por pedazos, que había después de alguna manera juntar e interpretar. Y aun así, había otras veces en las que podían saber o intuir que algo pasaría, pero no tenían la capacidad, o quizás el permiso, de transmitir esa información, incluso a los que eran como él. Así que el recriminarle a ese ser que ya ni siquiera debería estar en ese mundo por lo sucedido, carecía totalmente de sentido. Las acciones de los vivos sólo eran responsabilidad de los propios vivos.

    —¿Al menos tiene algún consejo sobre qué debería hacer ahora? —le preguntó un tanto esperanzado de que al menos él pudiera darle un poco de guía, como lo había hecho en muchos otros momentos en los que se había sentido igual de perdido.

    Lo escuchó suspirar, y una sensación fría recorrió aquel sitio desde abajo hacia arriba. Crowe miraba hacia la puerta por la que sus dos nuevos amigos, si aún podía llamarlos así, se habían ido. Su expresión era de preocupación, bastante tangible para provenir de un rostro muerto hace ya bastantes años.

    —Vuelve a casa, Cole —exclamó de pronto—. Aléjate de esto, como te lo pidió tu madre.

    —¿Qué me vaya? —espetó Cole, casi como si la insinuación le insultara—. ¿Sólo así? ¿Ese es su consejo?

    —Ese es el único que puedo darte como tu psiquiatra, y como tu amigo.

    Cole chisteó, aparentemente no muy satisfecho con lo que oía. Colocó su cigarrillo de nuevo en sus labios y volvió aspirar con algo de insistencia. Aunque, notaba como poco a poco aquello dejaba de relajarlo o calmarlo tanto como necesitaba.

    —Y si lo hago… ¿todo esto se solucionará? —Cuestionó intrigado sin mirar a su visitante—. ¿Todo saldrá bien? —Alzó en ese momento su mirada hacia la puerta, que le pareció de momento más lejana que antes—. ¿Ella estará bien?

    En su cabeza rondaban las advertencias que su madre le había hecho:

    “Esto en lo que te involucraste es más peligroso de lo que crees. Tienes que irte lo más pronto posible, alejarte de todo este asunto. O si no… tú morirás… y ella también…”

    Sin embargo, lamentablemente Crowe no tenía una respuesta que le pudiera resultar satisfactoria para aliviar sus dudas.

    —No lo sé, Cole —murmuró el fallecido psiquiatra con lamento—. No creo que haya alguien vivo o muerto que pueda asegurarte tal cosa. No en esta ocasión… no con este enemigo con el que te has involucrado.

    Cole alzó rápidamente su rostro y lo giró de lleno hacia él, intrigado y sorprendido por la repentina mención.

    —¿Habla de quién atacó a Eleven? ¿Sabe quién es?

    Fue incapaz de ocultar su apuro por saberlo. Esa persona, esa amenaza que había estado latente sobre sus cabezas como esa mortífera nube de lluvia. ¿Él sabía quién era?, ¿sabía quién era ese enemigo oculto? Cole de antemano estaba seguro de que no se lo diría si fuera así, pero igualmente no podía evitar cuestionarlo. El resultado, sin embargo, fue el esperado.

    Crowe negó lentamente con su cabeza, sin verlo.

    —Si te lo dijera, intentarías ir directo a buscarlo, ¿no es así? —le respondió con consternación, y Cole fue incapaz de negarlo—. Es tu decisión el hacerlo o no, pero me niego a empujarte deliberadamente en esa dirección; tu madre no me lo perdonaría. Además, él no es el único de quién debes cuidarte, pero eso ya lo sabes.

    Cole soltó aire por su nariz pesadamente y volvió a recargarse contra el vehículo. La decepción era bastante palpable, incluso su enojo. Pero Crowe permanecía firme en su respuesta, y no podía culparlo por estarlo. El propio Cole en realidad no estaba seguro de qué haría si tuviera esa información a la mano.

    Tras un rato en el que ambos permanecieron callados, el espíritu se apartó unos pasos del vehículo, y se giró hacia el detective con un rostro más calmado y sereno.

    —Debo irme —le informó sin rodeos—. Ya he estado demasiado por aquí. No creo que volvamos a vernos en mucho tiempo.

    —¿No dijo que estaría cerca por si necesitaba algo? —comentó Cole con tono algo jocoso—. Tengo en presentimiento de que lo veré más pronto de lo que usted cree.

    Crowe soltó una ligera risa ante la insinuación.

    —Tal vez sea así. —Le sonrió—. Hasta pronto, Detective Sear.

    —Hasta pronto, Dr. Crowe.

    Tras esa última despedida amistosa, el psiquiatra se dio media vuelta y comenzó a caminar como si fuera a entrar también al hotel. Sin embargo, a medio camino desapareció, difuminándose con el fondo y llevándose consigo por completo su presencia, incluyendo el frío.

    Cole se quedó ahí un rato más hasta que terminó su cigarrillo. No pensó detenidamente en el significado oculto de esas palabras, o en lo que había ocurrido, o en cuál sería su próxima acción. Sólo se quedó ahí, terminando su cigarrillo, y pensando un poco en aquel trago.

    — — — —​

    Matilda desistió de su idea de tomar un baño completo en ese momento debido a su herida, y solamente se limitó a lavarse el cabello y parte de su cuerpo, lo suficiente para estar lo más cómoda posible. Las medicinas aún la tenían embobada, por lo que una vez terminó su lavado improvisado y logró ponerse a duras penas su pijama, se quedó unos momentos recostada bocarriba en la cama, mirando al techo como si fuera lo más fascinante del mundo. Se forzó a no quedarse demasiado tiempo así, y tomó de inmediato su celular con la intención de… en realidad no sabía qué quería hacer. Su primer instinto fue investigar sobre qué hacer con su vehículo alquilado, pero luego pensó en Eleven, en Mike y en su hija. ¿Debería llamarles para saber cómo estaban? No sabía si sería demasiado inoportuna, y encima de todo no sabría qué decirles que fuera reconfortante; era realmente mala para esas cosas. Luego pensó en su madre… ¿no debería hablarle y comunicarle lo sucedido? De otra forma terminaría llegando a su puerta de la nada, con una herida de bala en su hombro. Pero si le contaba lo sucedido por teléfono, podría alterarla aún más...

    Suspiró con frustración y pegó la pantalla de su teléfono contra su frente, como si esperara que aquello la ayudara a la pensar. Inevitablemente recordó a Cole y Cody, y en que quizás se había portado bastante grosera con ambos hace unos momentos. Ellos no habían hecho nada, y estaban tan afectados por todo esto igual que ella, y en lugar de tenderles una mano amiga o de apoyo, había optado por huir… sí, esa era la mejor forma de describirlo. ¿Qué clase de psiquiatra era? A ese paso ella misma tendría que ir a terapia, y todo mundo sabe que los doctores son los peores pacientes. Quizás debía disculparse con ambos antes de irse en la mañana, sobre todo con Cole. Ya habían comenzado a llevarse bien, y de pronto volvía de nuevo a su actitud osca de la nada.

    Pero como fuera, por ese día ya era tarde. Quizás lo mejor sería dormir, descansar, y preocuparse por lo demás al día siguiente…

    Escuchó entonces como alguien llamaba a la puerta de pronto, tomándola por sorpresa. Se sobresaltó un poco, y el movimiento le causo una molesta sensación de dolor en su hombro. Esperó un poco a que el dolor disminuyera, y entonces se paró con cuidado y se aproximó a la puerta, casi sin pensárselo. De hecho, estuvo a punto de simplemente abrir directamente, pero antes de tocar la perilla se lo pensó dos veces. ¿No habían ocurrido demasiadas desgracias ese día como para ser tan imprudente? Decidió entonces echar primero un vistazo por la mirilla para ver quién era. Aquello, sin embargo, no le ayudó mucho a calmarse.

    Parado en el pasillo delante de su puerta, se encontraba Cole, que miraba hacia un lado mientras aguardaba alguna respuesta de su parte. Matilda se apartó un poco de la puerta, como si aquello la hubiera asustado. ¿Qué hacía ahí?, ¿había pasado algo? ¿Y cómo era que se aparecía de esa forma tan repentina justo cuando estaba pensando en él? Y… ¿por qué reaccionaba tan nerviosa exactamente?

    Respiró lentamente, intentando calmarse. Aquella reacción era inmadura e irracional. Con más temple, retiró la cadena y el seguro, y abrió la puerta sólo lo suficiente. Cole se giró hacia ella en cuanto la puerta se abrió y le sonrió, un poco nervioso, y un poco incómodo al parecer. Antes de decir cualquier cosa, alzó lo que cargaba en su mano derecha: un six pack de cervezas, al que ya le faltaba una.

    —¿Unas cervezas antes de dormir para hacer las paces, doctora? —le sugirió con un tono jocoso.

    Matilda lo miró con severidad, pero no demasiada. No se veía ebrio como tal, pero tenía el presentimiento de que llevaba más de una cerveza encima. Aun así, le sorprendía, y a la vez le avergonzaba un poco, como a pesar de todo se comportaba con tanta ligereza con ella, queriendo “hacer las paces”, como si todo se le resbalara. O era una persona con un buen balance emocional, o era otra más de sus máscaras.

    —Lo siento, no bebo —le respondió intentando no ser cortante—. Y aunque así fuera, no podría mezclarlo con mis medicamentos.

    Cole sólo sonrió y asintió un poco.

    —Lo presentí… —murmuró, señalándola con gesto astuto—. Buenas noches…

    Hizo un ademán de despedida con su cabeza, y sin decir más se dio media vuelta con la clara intención de volver a su propia habitación.

    —Pero… —pronunció Matilda con fuerza, llamando su atención antes de que se fuera. La doctora pareció de nuevo debatir consigo misma unos momentos, pero al final abrió más la puerta y se hizo a un lado—. Pasa, si quieres. Supongo que a ambos nos vendría bien hablar un poco.

    —¿Me cobrarás la consulta? —le preguntó el detective con tono juguetón, a lo que Matilda respondió sólo con una mirada inquisitiva. Cole prefirió entonces no seguir tentando a la suerte con bromas, y aceptó la invitación.

    El oficial pasó al cuarto, y Matilda cerró la puerta detrás de sí.

    — — — —​

    Cody tuvo suerte y consiguió un cuarto individual para pasar la noche, aunque le costó bastante más de lo que esperaba. No llevaba pijama por lo que sólo se retiró su camisa y pantalones para dormir en ropa interior. No traía tampoco un cepillo de dientes, y en realidad ni siquiera había cenado algo, aunque por algún motivo no tenía hambre; de hecho, sentía el estómago revuelto. No se duchó, sólo se lavó la cara y se remojó un poco el cabello. Luego se recostó en la cama, apoyando su cabeza en una torre de tres almohada para estar casi sentado, y encendió unos momentos el televisor. No le puso mucha atención, sin embargo; la tenía más como un sonido de fondo para no sumirse en el silencio.

    Los ojos azules del profesor se enfocaban más que nada en el botecillo anaranjado con aquellas pastillas mágicas, esas que le garantizaban poder dormir toda la noche sin ningún sueño o pesadilla, a costo de prácticamente no descansar en realidad, más vaya Dios a saber qué otro efecto secundario desconocido pudiera surgir de repente. Se preguntó a sí mismo si realmente las necesitaba; quizás no pasaría nada, quizás se preocupaba de más… Pero sabía que aquello era engañarse a sí mismo. Conocía muy bien cómo funcionaba su mente, y sabía que no había forma posible en que pudiera pasar la noche sin alguna horrible pesadilla acompañándolo. Ya fuera el Canker Man, Lily Sullivan, o una horrible y deforme masa oscura comiéndose a Eleven sin que pudiera alcanzarla; fuera lo que fuera, se materializaría por los pasillos de ese hotel, poniéndolos en riesgo a todos. Así que no tomar esa pastilla, no era opción. Aun así, llevaba cerca de media hora contemplando el botecillo, esperando que algo en su etiquita cambiara y le indicara que no lo hiciera.

    Suspiró cansado. Colocó las pastillas sobre el buró y tomó en su lugar su teléfono. Revisó su conversación con Lisa. Le había mandado dos mensajes luego de lo ocurrido en el hospital, y había intentado llamarla una vez que estuvo en el cuarto. Lisa no respondió a ninguna de esas cosas, e incluso no aparecía como conectada desde hace horas. Intentó que aquello no le molestara, especialmente cuando él mismo la había ignorado unos días luego de su discusión; quizás era su manera de vengarse. Pero su última conversación lo tenía intranquilo, y en especial qué podía hacer Lisa con la información que le había compartido. No era que supusiera que se lo diría a alguien, pero quizás simplemente no lo tomaría bien. Quizás no sabría de ella en días, y cuando al fin la localizará sería para acabar todo en malos términos. Tal vez decirle había sido un error… quizás debió haber terminado todo cuando tuvo oportunidad.

    Se sintió de pronto algo egoísta y tonto por estar pensando en eso en un momento como ese. Eleven estaba en coma, personas habían muerto, Samara había desaparecido, a Matilda le dispararon, y no tenían ni idea de quién era ese misterioso enemigo que los rondaba, o si acaso tarde o temprano volvería a acecharlos. En comparación, sus preocupaciones se sentían algo pequeñas… pero no por eso carentes de toda importancia.

    Sin que se lo propusiera del todo conscientemente, sus manos terminaron abriendo el frasco y sacando de su interior una de esas pequeñas pastillas ovaladas color rosado. La contempló unos segundos en su mano, algo temeroso, sólo para justo después metérsela de un solo empujón en su boca, seguida después por un pequeño sorbo del vaso de agua que reposaba sobre el buró.

    Estaba hecho.

    Se recostó boca arriba, mirando hacia el techo mientras la televisión y la luz seguía aún encendidas. Su visión y su mente no tardaron en divagar, y los sonidos de la tele a distorsionarse y volverse confusos. De un momento a otro, no se encontraba precisamente dormido, pero su cuerpo ya no se movía, su vista no miraba nada en realidad, y sus oídos tampoco oían algún sonido. Sencillamente estaba ahí, recostado, con sus ojos pelones sin poder cerrarse, mientras su mente desaparecía en lo alto. De cierta forma aquella sensación era como una pesadilla, pero al menos era una que sólo lo atormentaba a él… como debía ser.

    — — — —​

    Cole tomó asiento en la alfombra del cuarto a lado de la cama, mientras tomaba tranquilamente sus cervezas. Aparentemente el hecho de que Matilda las rechazara, no era motivo para que se desperdiciaran. Por su parte, la huésped del cuarto se sentó en la cama con sus piernas estiradas. Mientras él bebía cerveza, ella se conformaba con una de las botellas de agua y bolsa de cacahuates de regalo que venían con el cuarto; estos últimos los había colocado sobre el cobertor de la cama para que fueran más sencillos de tomar con su mano libre.

    —¿Él no sabía que estaba muerto?, ¿enserio? —Cuestionó la psiquiatra con escepticismo. Antes de que Matilda se diera cuenta, su casual conversación se había dirigido rápidamente hacia el tema de los fantasmas. Suponía que era bastante común en una conversación de amigos, en noches con cervezas y aperitivos, comenzar inusitadamente a hablar de espíritus y demonios. Pero esa ocasión era especial, pues lo hacía con alguien que se suponía era más que un experto en la materia.

    Cole dio un sorbo de su segunda (¿o tercera?) lata, antes de responderle.

    —No es tan raro, en realidad —explicó—. Creo que ya se los había comentado, pero cuando la muerte es violenta y repentina, el paso de un estado a otro es tan brusco que las almas se confunden, y no son capaces de procesar toda la experiencia. A partir de ese momento, viven su día a día sin darse cuenta del paso del tiempo, o de aquellas cosas que contradicen la realidad en la que quieren creer. No ocurre todas las veces, pero si es lo más habitual.

    Sorprendentemente, el oficial hablaba con bastante fluidez y elocuencia a pesar de ya traer algunos mililitros de alcohol encima; quizás incluso con más elocuencia que cuando estaba sobrio.

    —No lo entiendo —señaló Matilda, justo después de introducirse un cacahuate a la boca—. ¿Quieres que crea que no se daba cuenta de que su esposa, ni nadie más, le hablaban o se percataban siquiera de su presencia?

    —Te lo dije —Cole se encogió de hombros—, interpretan el paso del tiempo y de la realidad como mejor se ajusta a lo que quieren creer. Tú eres psiquiatra, debes entenderlo mejor que yo. Como a raíz de una experiencia traumática, algunos recuerdos se bloquean y se crean realidades para protegerse a sí mismos.

    —¿Y eso aplica también para los fantasmas? —cuestionó Matilda, arqueando una ceja.

    —Así parece.

    —Qué interesante —musitó la castaña, algo sarcástica—. De haberte conocido antes, podría haber hecho mi tesis sobre la psicología de los muertos.

    Cole rio, divertido por su jovial comentario.

    —No creo que haya muchos de tu ramo listos para aceptar esa idea de forma seria. Cómo tú, por ejemplo —la señaló entonces con la misma mano que sostenía su lata.

    —¿Crees que no me lo estoy tomando enserio?

    —¿Lo haces?

    No, no lo hacía en realidad… o al menos, no del todo. Pero en esos momentos se sentía mucho más abierta a considerar la posibilidad. Habían pasado bastantes cosas incontrolables esos últimos días, en las cuales su orgullo y soberbia no habían sido de mucha ayuda. Y después de conocer más al detective Sear, no veía porqué la engañaría o mentiría. Además, no es que fuera a resolver los misterios de la vida y la muerte esa misma noche; sólo era una charla amistosa entre amigos. Y quizás, oyendo más cómo él veía ese mundo de espíritus errantes, entendería un poco qué se ocultaba detrás de su máscara de jovialidad y despreocupación.

    —¿Y tú sabias que él era un fantasma? —inquirió Matilda, intentando volver a la anécdota de la que estaban hablando.

    —No al principio —respondió Cole, moviendo un poco su cabeza hacia un lado, y luego hacia el otro—. Ya a estas alturas he aprendido como reconocerlos, y principalmente a sentirlos. Al menos a la mayoría… Pero en aquel entonces sólo me podía fiar en su apariencia, y en el frío que los acompañaba. Las primeras dos veces que lo vi no sentí lo mismo que con otros, pero conforme pasé más tiempo con él pude darme cuenta. Bueno, también ayudó el hecho de que mi madre nunca me comentó que quisiera que viera a un psiquiatra, y una vez que se lo mencioné noté que no sabía de qué estaba hablando. Luego de eso, pude verlo con su verdadera apariencia.

    —¿Y cuál era esa? —preguntó Matilda con genuino interés.

    —Básicamente se veía normal, pero por alguna razón muchos fantasmas errantes que aún no cruzan al otro lado, suelen verse con la apariencia que tuvieron el instante justo antes de morir. En el caso del Dr. Crowe, a él le dispararon en el abdomen, y tenía su camisa cubierta de sangre. Dentro de lo que cabe, fue de lo menos aterrador que vi en esos tiempos.

    —¿Y él no se daba cuenta?

    —¿De la mancha? Supongo que no. Vuelvo lo que dije antes, se engañan a sí mismos. Pero cuando me di cuenta de qué era en realidad, no le tuve miedo como a otros, pues nunca sentí amenaza en él. Realmente quería ayudarme, y lo logró. —Tuvo una pausa momentánea, en la que miró fijamente la pared opuesta, perdiéndose un poco en aquel pensamiento—. Creo que fue el primer amigo real que tuve… y ya estaba muerto.

    Pese a que al inicio bromeó un poco con la idea, en realidad a Matilda comenzó a parecerle un poco interesante aquel punto. La idea, hipotética o no, de estudiar los estados de la mente por los que pasaba una persona fallecida, sería un campo totalmente virgen en el que habría mucho que descubrir. Aunque, si aquello era de alguna forma posible, podía apostar que alguien más, con ayuda de alguien como Cole, ya había hecho algo similar sin llegar a publicarlo, o pasando sin llamar mucho la atención de la comunidad científica, por obvias razones.

    Matilda dio un pequeño sorbo de su botella de agua mientras pensaba en aquello. Dejando un poco de lado el carácter profesional (o pseudo profesional) del asunto, había algunas otras implicaciones inherentes a la posibilidad de hablar con los muertos, algunas de carácter un tanto más… personal, pero que se negaba a darles forma definida en su cabeza, como si aquello le avergonzara.

    —¿Y le dijiste? —preguntó Matilda de pronto tras ese rato de silencio, tomando a Cole un poco desprevenido.

    —¿Qué cosa?

    —Que estaba muerto en realidad.

    —No… —vaciló Cole—. Pero le di un pequeño empujón para que se diera cuenta él solo. Ya no lo vi mucho después de eso, así que supuse que había pasado al otro lado. Aunque una vez cada tantos años, se me vuelve a aparecer para darme algunos consejos, como si fuera mi Obi Wan personal.

    Su “Obi Wan”… aquella afirmación le trajo a Matilda un viejo recuerdo. Miró pensativa hacia la puerta, mientras tomaba un cacahuate más del montón a su lado.

    —¿Cuándo un alma cruza al otro lado… puede volver a este mundo? —preguntó de pronto, con algo de duda en su tono. Cole la volteó a ver, extrañado. No por su pregunta, sino por la forma en la que la había hecho.

    —Sólo en ocasiones muy contadas, y creo que sólo ante personas como yo —le respondió con más seriedad que antes—. Es decir, con el Resplandor adecuado para comunicarse con ellos. Pero nunca se quedan mucho. El estar de este lado les resulta a veces doloroso. ¿Por qué la pregunta? —Cole se giró por completo hacia ella, mirándola con ojos curiosos—. ¿Está pensando en aquel doctor que saltó del techo o en la Sra. Morgan? —Matilda siguió mirando hacia la puerta sin decir nada—. ¿O en Carrie White? —Matilda siguió en silencio, aunque su rostro hizo un pequeño gesto, similar a cómo si el estómago le doliera.

    Cole entonces comenzó a ponerse de pie, lo más diestro que las cervezas que había tomado le permitían, y se permitió sentarse en la orilla de la cama. Matilda no se lo impidió. El detective la miró con seriedad, como un padre a punto de darle un sermón a un niño; uno calmado, pero severo.

    —Soy el menos adecuado para decir esto, o quizás el más dependiendo de cómo lo vea —declaró con voz calmada. Matilda lo miró apenas un poco—. Pero no es bueno aferrarse a los muertos. —Hizo una pausa para beber un poco de lo que quedaba en su lata, y de paso aclarar sus ideas—. Mi madre murió de cáncer hace ya unos ocho años… ¿o ya son nueve? Como sea, cuando recién ocurrió, era tan fácil… llamarla ante mí, y poder verla y hablar; fingir que nunca se había ido. Pero lo que hacía estaba mal. Le estaba haciendo daño por mis deseos egoístas, y a mí igual. Entendí por las malas que aunque sea muy difícil, quizás de las cosas más difíciles que se puedan hacer, lo mejor es dejarlos ir. Así ellos pueden descansar en paz, y nosotros también.

    Matilda se sintió impresionada por lo sabias y convincentes que sonaban aquellas palabras, incluso viniendo de alguien medio borracho. Aunque no había pasado por una experiencia ni remotamente similar a la que él describía, podía imaginarse el impacto emocional que eso podría tener en un individuo. Quizás aquello había sido participe de esa máscara que ahora usaba, pero… sentía que mientras lo escuchaba, había logrado por esos instantes ver y escuchar al verdadero Cole Sear. Y lo que percibió… debía aceptar que no lo desagradó. Aunque si oliera menos a alcohol, sería mejor.

    La castaña sonrió sin proponérselo, y sin estar segura de por qué exactamente. Simplemente se le había escapado.

    —Eleven tenía razón —señaló de pronto, sentándose derecha en la cama y acercándose más a él—. Realmente tienes una perspectiva de todo esto que yo nunca podría tener, o siquiera comprender. Me hubiera gustado poder aprovecharla mejor, en lugar de sentirme amenazada por tu presencia. Quizás las cosas hubieran resultado diferente… —miró con pesar hacia un lado.

    —No hubiera sido así, y lo sabes —comentó Cole con burla—. Si te hace sentir mejor, yo también sentí un poco de celos cuando pregunté sobre ti y escuché todo lo que la gente de la Fundación decía sobre la “Favorita de Eleven”.

    —Oh, Dios —exclamó Matilda entre risas nerviosas—. ¿Realmente me llaman así?

    Había llegado a pensar que todo aquello que Cody le había dicho era sólo para molestarla, pero tal parecía que era un apodo muy real.

    —No les digas que yo te dije —pidió Cole también entre algunas risas—. Pero la reputación que te precede puede ser algo intimidante, y crear muchas expectativas.

    —Cuánta presión. Pues, espero haber cumplidos esas expectativas.

    —Lo hiciste —señaló el detective con convicción, inclinándose un poco hacia ella—. Y de sobra…

    Aquello tomó a Matilda un poco por sorpresa. Sintió como sus mejillas se ruborizaban, e inconscientemente se hizo un poco hacia atrás, como queriendo hacer aunque sea un poco más de distancia entre ellos. Cole al parecer pensó que la había incomodado, cosa que Matilda no estaba segura de afirmar si había sido cierto no. Aún a pesar de su estado alcohólico (que aparentemente era capaz de controlar bien), el policía tuvo la claridad para decidir que quizás había sido suficiente por una noche.

    —Será mejor que me vaya —señaló parándose de la cama con todo y el par de cervezas que le quedaban, tambaleándose un poco en el proceso, pero logrando quedar de pie—. De seguro quieres dormir. Mañana viajarás, después de todo.

    —Sí, será lo mejor —respondió Matilda con calma, parándose también para encaminarlo a la puerta.

    —La próxima vez que nos veamos, tendrás que contarme sobre ese poltergeist que viste cuando eras niña.

    —No lo creo —susurró Matilda con ironía. No creía poder llegar a ese nivel de confianza alguna vez.

    La psiquiatra le abrió la puerta, y Cole se dirigió con paso tranquilo, quizás para evitar caerse, hacia el pasillo. Antes de que saliera, sin embargo, Matilda lo detuvo.

    —Cole, espera un poco —le susurró, colocando una mano sobre su brazo para detenerlo. Sus ojos lo miraron fijamente con algo de intensidad—. Dime la verdad… ¿realmente qué fue lo que viste en Samara? —Cole la miró inmutable—. Todo lo que me dijiste del supuesto demonio… ¿era enserio?

    Cole no supo descifrar si lo estaba preguntando porque comenzaba a creerle, o quizás porque esperaba que le dijera algo que despejara las notables dudas que comenzaban a ocupar su mente. La cerveza tampoco le ayudó mucho en descubrirlo. Por lo mismo, antes de decir algo que pudiera arruinar ese pequeño momento que habían compartido, decidió decir algo que quizás no era lo que esperaba, que de todas formas era bastante sincero.

    El oficial respiró hondo y se apoyó en el marco de la puerta para evitar caer

    —Personas como Eleven y yo solemos caminar tanto en las sombras, que llegado un punto es todo lo que vemos. Pero tú pudiste ver la luz en esa niña, y darte cuenta de que había bondad en ella. Quizás eso era lo que ella más necesitaba, en realidad. Estoy convencido de que de haber tenido el tiempo y las posibilidades, hubieras podido salvarla. Sin importar qué fue lo que yo vi o no vi.

    Matilda sonrió escuetamente, y apoyó su cabeza contra la puerta abierta.

    —Eso no me consuela.

    —Lo sé —respondió Cole, encogiéndose de hombros—. Pero a diferencia de Carrie White o la señora Morgan, Samara sigue viva. Mientras haya vida, aún hay esperanza, ¿no?

    Matilda asintió levemente, sin estar de hecho del todo convencida.

    —Buenas noches, Detective.

    —Buenas noches, Doctora.

    Cole se retiró, oscilando un poco por el pasillo hasta llegar al ascensor al final de éste. Matilda cerró la puerta cuidadosamente una vez que él se fue, y se quedó un rato delante de ésta, con su frente apoyada contra la superficie lisa de madera. No estaba segura si esa corta conversación le había ayudado de alguna forma a alguno de los dos. Pero algo tenía un poco más seguro: iba a extrañar a ese… “detective de los muertos”.

    Suspiró y se acomodó un poco sus cabellos con su mano libre. Ahora sí debía hacer el intentó dormir. Cómo bien Cole había dicho, el día de mañana le tocaba viajar.

    FIN DEL CAPÍTULO 49
     
  10.  
    WingzemonX

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    Resplandor entre Tinieblas
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    Misterio/Suspenso
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    50
     
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    6740
    Resplandor entre Tinieblas

    Por
    WingzemonX


    Capítulo 50.
    Bobbi

    De vez en cuando, Roberta sentía que quizás ya estaba demasiado grande para estar haciendo ese tipo de cosas. Después de todo, ya casi eran cuarenta años de lucha continúa, de estar en movimiento, de vivir con cierto grado de paranoia constante, y con una rabia que no se apagaba con nada. Cuarenta años de destrucción, muerte, gritos, y fuego… sobre todo, mucho fuego. Y, al final de todo eso, ¿qué había logrado realmente?

    Sí, definitivamente en su camino había logrado incomodar a bastantes personas, la mayoría viejos y nuevos enemigos (y algunos amigos). Había logrado revelar verdades que muchos hubieran preferido que se quedaran sepultadas unos cuarenta años más. Y, sobre todo, les había demostrado a los supuestos poderosos que mientras ellos se sentaban cómodamente en sus sillas acolchonadas, en torres de marfil lo suficientemente altas para no tener que ver a los que se arrastraban debajo, ella aún seguía ahí, viéndolos desde las sombras, esperando sólo la menor excusa para hacerles explotar sus pequeñas y vacías cabecitas con tan sólo pensarlo… figurativa y literalmente. Había hecho eso y muchas cosas más. Y, aun así, nada había cambiado; ni en ella, ni en el mundo que la rodeaba.

    Por más grande y horrible que fuera la explosión, por más cimientos que sacudiera, por más grietas que provocara en la fachada de esa sociedad, tarde o temprano todo se iba olvidando. Esa era a su pesar el inevitable flujo del tiempo.

    ¿Toda su lucha había valido la pena de alguna forma? ¿Qué había hecho con su vida en realidad? ¿Era eso lo que esperaban sus padres de ella? ¿Era eso lo que les gustaría que estuviera haciendo a sus cuarentas? ¿Había realmente logrado algo? Aquellos cuestionamientos no solían durarle mucho, y una vez que se sobreponía se sentía más que lista para ponerse de pie y entrar en acción. Esa noche no había sido la excepción, y por ello había ido con bastante arrojo a de una vez por todas terminar con todo ese asunto. Pero las cosas no habían salido como esperaba, pues una vez más no era el sitio que estaban buscando.

    Y ahora ahí estaba, a las tres de la mañana o quizás un poco más, conduciendo aquella vieja camioneta por las desoladas calles de ese barrio bajo de New York; con su mejor amiga (quizás su única amiga en realidad) en la parte trasera, apenas consciente, débil y desparramada sobre su silla de ruedas, y con el rostro cubierto de sangre. Y ambas con las manos vacías.

    Roberta condujo en silencio hasta la destartalada bodega, casi cubierta por completo de grafitis en la parte exterior. Bajó unos momentos del automóvil para abrir la cortina de hierro pesado y poder introducir la camioneta. El frío de la noche le caló un poco, por lo que se cerró su chaqueta de cuero y se aproximó hasta la cortina. Abrió el candado con las llaves de Kali, y la empujó hacia arriba con fuerza. Volvió rápidamente al vehículo, lo introdujo a la bodega, y lo estacionó debidamente. Apagó el motor, y se bajó de nuevo para cerrar la reja y colocar el pesado candado ahora por dentro. Todo ello lo hizo de forma mecánica, sin prestarle realmente mucha atención a sus acciones.

    Sólo hasta que estuvieron al fin seguras y encerradas, se tomó un segundo para respirar, estirarse un poco, y soltar un agudo bostezo que había esperado toda la noche poder salir. Estaba cansada, más de lo que podía aceptar. Se dirigió entonces a las puertas traseras de la camioneta, abriéndolas. Su amiga seguía con su cabeza colgando hacia atrás sobre el respaldo de su silla, con sus ojos cerrados y su boca abierta. Por un segundo, pensó que quizás realmente la había perdido esa ocasión.

    —¿Ya te moriste? —le cuestionó con filo en su tono, y escuchó como la mujer de piel oscura, y cabello mitad negro mitad morado, escupía un par de tosidos carrasposos.

    —Ya quisieras —le respondió. Al parecer aún le quedaban más noches por delante.

    Roberta bajó la rampa que habían improvisado en la parte posterior de la camioneta, y se subió para bajar a Kali con todo y su silla de ruedas. Poco a poco parecía que se iba despejando y se hacía consciente de en dónde estaba. Cuando Roberta pasó cerca de la columna central del sitio, encendió las brillantes luces fluorescentes del techo, y éstas le pegaron fuertemente a la mujer morena en su cara, provocando que en ésta se formara una mueca de incomodidad, y que se la tapara con sus dos brazos. Casi parecía que estuviera ebria o sufriendo de una fuerte resaca; ojala fuera ese el caso.

    Los vidrios de la bodega estaban todos pintados de negro para que nada, ni siquiera la luz de sus lámparas, saliera al exterior. Ahí tenían cajas y cajas de suministros, y algunas incluso con armas; un par más de vehículos, varios escritorios con computadoras de amplios monitores en ellos, así como un cuarto y una cocina improvisada, con una vieja cama y refrigerador respectivamente. Roberta no sabía qué tanto tiempo su vieja amiga se quedaría en ese sitio. Conociéndola, quizás en un par de semanas tomaría un nuevo camino, si acaso su estado actual se lo permitía.

    Acercó la silla de ruedas a la cama, y entonces se dispuso a cargar a su compañera para colocarla en ella. En otras circunstancias, Kali se hubiera negado y protestado, pero al parecer estaba tan débil que no le quedaban fuerzas para eso. El olor a humo de cigarro que emanaba de sus ropas y cabello, le penetró su nariz y sintió que se quedaría alojado ahí un buen rato. La recostó boca arriba, colocando su cabeza con mucho cuidado sobre la almohada, y ella pareció agradecerlo. Roberta la contempló unos instantes sin darse cuenta. Su rostro se veía tan demacrado y avejentado, con marcadas arugas y bolsas en sus ojos. Además, su figura se había vuelto delgada y de apariencia frágil. Sentía que quedaba ya muy poco de aquella guerrera inquebrantable y fuerte que conoció hace tanto.

    Buscó rápidamente un paño y lo remojó en el medio baño ubicado en el fondo de la bodega. Volvió poco después a la cama, y con él comenzó a limpiarle la sangre de su cara. La hemorragia de su nariz parecía haber parado.

    —No debiste de haber hecho eso —comentó Roberta, un poco en broma, un poco en crítica.

    —Dije que te cubriría —murmuró la mujer en la cama, esbozando una sonrisa burlona, seguida después un par más de tosidos—. Si no lo hubiera hecho, te habrían acribillado ahí mismo.

    —Hubiera podido salir de eso sin problema yo sola.

    —Sí, volando media fábrica.

    Roberta sonrió y se encogió de hombros.

    —Era una opción.

    Terminó de limpiarle la cara lo mejor que pudo, logrando de esa forma que se viera un poco menos maltrecha.

    —Ya no puedes abusar así de tu habilidad —le regañó—. Mientras más lo usas, peor te afecta.

    —Es el precio de intentar crear magia en base a un tubo de ensayo —bromeó Kali, abriendo al fin sus parpados y volteándola a ver con sus ojos negros—. O salen máquinas de destrucción masiva como tú… o desperfectos como yo.

    —No eres un desperfecto —señaló Roberta, sonando como si aquello la ofendiera a ella—. Sólo eres vieja.

    Aquello resultó en un pequeño ataque de carcajadas por parte de la mujer en la cama, intercalado por más tos. Roberta también sonrió, alegre de haberla hecho sonreír… pero también muy preocupada. Quizás lo de ser un desperfecto lo decía medio en broma, pero en más de una ocasión la había oído decir que ya había vivido demasiado más de lo que esa “maldición” que le implantaron a la fuerza debería haberle permitido. Si ella tenía seguido sus dudas existenciales sobre qué había hecho de su vida, no se imaginaba las que la vieja Eight podría tener de vez en cuando. Aunque de seguro ella se dejaba amedrentar mucho menos por ellas.

    Roberta se dirigió de regreso al baño para lavar la sangre del trapo. Sin embargo, terminó quedándose más de la cuenta enfrente del agua, tallando el trapo y manchándose sus propias manos de rojo en el proceso. Su mente divagó en el fracaso (que quizás no lo era exactamente, pero así se sentía) de esa noche. Todas las pistas y contactos las habían guiado hasta aquella supuesta fábrica de cosméticos, que era obviamente más de lo que aparentaba. Estaban seguras de que debía ser ahí: ese debía ser el Nido, o al menos les podía dar pistas sobre su localización. Kali le había conseguido un pase para ingresar, logró escabullirse, meterse por los pasadizos más engorrosos y ocultos, y encontrar esos niveles y cuartos que se escondían. Pero no era el sitio, sólo otra base secreta, agujero negro y maldito callejón sin salida como todos los otros con los que se habían cruzado antes.

    Y no sólo no era el lugar que buscaban, sino que además la habían descubierto. Tuvo que hacer todo lo posible para escapar de ahí, calcinando a algunos guardias en el proceso, y dejando el lugar en llamas a sus espaldas. Y lo peor era que Kali había tenido que intervenir desde la camioneta para ayudarla, haciendo uso de sus también inusuales habilidades, forzándose de más y terminando en ese estado deplorable.

    Estuvo a punto de morir, y Kali igual. Y todo hubiera sido para nada… para absolutamente nada.

    Se miró a sí misma en el viejo y sucio espejo frente a ella. Reparó entonces en que su rostro redondo y de pómulos prominentes, se encontraba manchado de algo de hollín, y su cabello rubio ondulado era un verdadero desastre. Ocuparía darse un baño antes de ir a trabajar…

    —¡Mierda! —Soltó en voz baja en cuanto el trabajo vino a su mente. Sacó rápidamente su teléfono celular y vio la hora. 3:45 de la mañana… y se suponía que debía entrar a las 7:00, y asistir a la maldita junta matutina de su editor a las 7:30.

    Soltó otra pequeña maldición, pero ésta fue inaudible. Lo que menos le interesaba en esos momentos era pensar en ese tedioso periódico. La carrera de periodismo le había siempre interesado principalmente por la investigación, y por tener un medio para divulgar la verdad de las cosas. Y aunque aún le apasionaba, poco a poco se daba cuenta de que aquello que su padre le había comentado sobre las prensas grandes, de circulación nacional, y sin vínculos con el gobierno… se habían quedado atrás en los 80’s. Ahora mientras más escandalosa y ruidosa fuera la noticia, pero al mismo tiempo intrascendente para no meterse en problemas ni agredir a nadie, era mejor.

    “Genial, ahora hasta me cuestiono mi carrera”, pensó para sí misma, cerrando de una vez la llave del agua. Colgó el paño en el lavabo y se dirigió de regreso a la cama de su compañera.

    —Dame un cigarrillo —espetó Kali con pesadez, alzando una mano hacia ella. Roberta sonrió divertida; ya se veía mejor.

    —¿Enserio? —Le cuestionó con falso tono de regaño—. Lo que necesitas ahora es descansar.

    —Eso me ayuda a descansar —le respondió Kali jocosa, aunque su semblante de tornó serio de nuevo rápidamente—. Lo lamento, Bobbi.

    —¿Qué lamentas?

    —Era mi pista, mi investigación. Estaba tan segura… —fue interrumpida por dos tosidos, y entonces prosiguió—. Creo que perdí mi toque.

    Roberta permaneció callada unos momentos, y entonces suspiró con cansancio. Se aproximó a la cama y se sentó en la orilla de ésta a lado de Kali.

    —Siempre dices lo mismo —señaló, intentando sonar bromista, y tomó una de las manos de su amiga firmemente—. Descuida, yo también estaba segura. Pero no nos han derrotado, ¿oíste? Encontraremos ese Nido.

    —Quizás Jane tenga razón… Quizás ese sitio ni siquiera existe…

    —Existe —espetó Roberta tajantemente—, yo sé que es así, y me importa un bledo lo que Jane diga. Lo vamos a encontrar, y lo volaremos en pedazos, como se merecen esos bastardos. ¿Bien? —Kali sólo resopló como respuesta, pero lo tomó como una afirmación.

    Roberta se puso en ese momento de pie y se abrochó de nuevo su chaqueta.

    —Intenta, dormir.

    —¿Ya te vas? —le cuestionó Kali, más como retorica que como una pregunta real.

    —Entro a trabajar en cuatro horas y aún debo cruzar toda la ciudad. Volveré más tarde. ¿Estarás bien sola?

    —En una hora estaré como nueva. —La mujer de cabellos morados alzó una mano, agitándola con desdén en el aire sin mirarla—. Anda, Bobbi. Vete con calma…

    Roberta salió de la bodega por una puerta trasera con todo y su motocicleta BMV color negra, con franjas de llamas a los costados; cliché y poco sutil, en especial siendo ella, pero le gustaban. Se colocó el casco, encendió su vehículo, y recorrió a toda velocidad las desoladas calles hasta Midtown Manhattan.

    — — — —​

    Roberta apenas y pudo llegar a su departamento y darse una ducha rápida sólo para quitarse el olor a humo, pólvora, y de paso cigarrillo, de encima. Se tomó dos tazas de café al tiempo que se arreglaba lo mejor posible, apenas peinándose y maquillándose lo necesario, y luego salió disparada de nuevo hacia su motocicleta. El sueño no empezó a afectarle hasta que estuvo en el elevador del edificio de oficinas en el que trabajaba. Pese al café, comenzó a cabecear un poco y soltar algunos bostezos que intentó disimular.

    Llevaba cerca de año y medio trabajando como periodista investigadora en el Main News Post. Había pasado los últimos veinte años saltando de un periódico a otro por todo el país, trabajando a veces de manera independiente, y siempre publicando con diferentes seudónimos. Había hecho en ese tiempo muchas conexiones y entablado relación con todo tipo de personas. Sin embargo, nunca se quedaba demasiado tiempo en un sólo lugar para realmente hacer amigos, mucho menos tener algo remotamente parecido a una familia. Los únicos amigos reales que había tenido fueron durante su juventud, y a la mayoría tuvo que dejarlos atrás mucho tiempo atrás. Y su familia había muerto hace ya casi cuarenta años, y ella misma también se encontraba muerta desde ese entonces.

    Para las personas que llegaban a trabajar con ella, era una mujer de temperamento rudo, algo reservada y cautelosa con sus palabras, que siempre rechazaba cualquier invitación a salir a beber, o a asistir a alguna fiesta o reunión social. Casi nadie conocía algo de su vida personal, y ella así lo prefería. Hacía todo mucho más simple.

    Como todas las mañanas de lunes, las oficinas del periódico se encontraban movidas, con todos poniéndose al corriente con lo que habían estado trabajando durante el fin de semana, y preparando también su información para la junta de las 7:30 con Harry Pound, el editor en jefe.

    —¿Otra vez tarde, Bobbi? —escuchó Roberta como le cuestionaba la voz de Valerie, su vecina de escritorio en cuánto llegó al suyo y colocó su casco sobre éste. Echó entonces un vistazo rápido a la hora marcada en el reloj de manecillas con forma de oso que reposaba a un lado de su monitor. Eran las 7:27.

    —No, llego justo a tiempo —respondió Roberta con normalidad, mientras se desabrochaba su chaqueta y se sentaba en su silla para revisar lo que pudiera de su correo electrónico en esos tres minutos. En realidad, llevaba desde la mitad de la semana pasada sin tocar ni una letra de su trabajo. La misión de la noche anterior había captado toda su atención, y en parte aún lo hacía.

    —Te ves fatal —exclamó Valerie justo después, haciendo nulo intento de disimular su asombro—. ¿Acaso no dormiste?

    Valerie era una joven reportera de veinticinco años, ambiciosa y con muchos sueños para el futuro de su carrera, que iban más allá de las secciones de espectáculos y moda, en donde Harry la había metido desde su primer día. Era agradable y Roberta admiraba su energía y positivismo, pero esas eran dos cosas que no encajaban bien con ella, y menos esa mañana.

    —Tal vez no —le respondió de forma un poco cortante, esperando que eso dejara el tema por la paz. Aparentemente no funcionó, pues pareció en su lugar despertar aún más la curiosidad de la joven reportera.

    —Oh, cuéntame —exclamó Valerie con emoción, haciendo que su silla rodara hasta ponerse a un lado de la de ella. Roberta resopló despacio—. ¿Acaso hay un hombre en tu vida del que nunca has contado?

    “Si lo hubiera, ¿por qué crees que lo hubiera contado?”, pensó para sí misma, pero se resistió al impulso de decirlo en voz alta.

    —Oh, sí; decenas de ellos —respondió con marcado sarcasmo, mientras miraba fijamente a su monitor—. Suficientes para escribir un libro.

    Valerie rio divertida.

    —En verdad te admiro, Bobbi. Eres justo el tipo de reportera, y mujer, que aspiro ser algún día.

    —Créeme, pequeña —murmuró Roberta con pesadez, volteándola al fin a ver—. Tú no quieres ser cómo yo. No hay nada en mí que me haga digna de ser un modelo a seguir.

    —¡Claro que sí! La gente respeta tu trabajo, pues eres una mujer madura e independiente que se mueve con sus propias reglas, y se mete a lugares peligrosos e inhóspitos para conseguir una historia. Tienes locas aventuras nocturnas, y eso sin mencionar que usas chaqueta de piel y te ves genial con ellas… Ah, y conduces una moto. Eres la persona más genial de este lugar, aunque… —miró sutilmente alrededor, y entonces se le acercó lo suficiente para susurrarle despacio—. Si te soy sincera, no es decir mucho, pues aquí la mayoría son hombres viejos y anticuados. Aún hay algunos que creen que soy una pasante o algo así, y me siguen pidiendo que les prepare el café. ¿Puedes creerlo? A puesto que si alguien te dijera algo así a ti, le romperías los dientes, ¿no?

    Culminó su comentario con unas pequeñas risillas divertidas. Roberta no pudo evitar sonreír un poco. Entendía lo “genial” que debía parecerle si la veía desde afuera, ignorando todos los fantasmas inimaginables que cargaba dentro. Si aspiraba a ser quien creía que era, entonces estaba bien, pero todo lo que veía o creía no era del todo cierto. Aunque sí le había roto los dientes a un compañero en una ocasión, pero no por haberle pedido un café.

    —Manders, Valerie —escucharon que espetaba la carrasposa voz de su editor a sus espaldas, haciéndolas sobresaltarse—. A la sala de juntas. Ahora.

    Harry se dirigió con pasos pesados hacia la sala de paredes de vidrio, donde ya algunos se iban de reuniendo. Era un hombre de cincuenta, grande y robusto, de cabeza calva y piel morena. Se le escuchó y miró de mal humor; más que de costumbre.

    —De nuevo se peleó con su esposa —señaló Valerie con tono jocoso.

    —¿Tú crees? —le respondió Roberta de mala gana. Encima de todo, ahora tendría que lidiar con el mal humor de su jefe.

    Las dos mujeres se dirigieron a la sala juntas, Valerie con su tableta y Roberta prefiriendo los clásicos libreta y lápiz; era una vieja reportera un tanto chapada a la antigua. Fueron las últimas en entrar por lo que Valerie cerró la puerta detrás de ella. Ya no había lugar en la larga mesa de madera, por lo que tuvieron que quedarse de pie. Harry estaba sentado en la cabecera de la mesa, con expresión de tener menos ganas de estar ahí que el resto de los presentes.

    —Hagamos esto rápido —espetó agitando una mano con desdén en el aire sin siquiera mirar a los otros—. ¿Qué tenemos? Murray.

    —Ahm… —balbuceó Murray, un hombre pequeño de cabello negro y anteojos desde una de las sillas—. La oficina del alcalde avisó que realizará un meeting el próximo sábado, en preparación para su campaña de relección…

    —Ese viejo hace meetings cada vez que su desayuno le gusta —cortó Harry restándole importancia. No muchos captaron el porqué de la comparación—. Valerie.

    La joven se sobresaltó un poco, pues no esperaba que la nombrara tan rápido, o incluso que la nombrara siquiera. Comenzó a revisar rápidamente sus notas en su tableta.

    —Yo, pues… Hubo una función especial este sábado en el Beacon, a la que asistieron Mark Wahlberg y su esposa. Quedaron de mandarme las fotos y estoy redactando la nota…

    —La quiero lista en una hora —sentenció Harry como un golpe.

    —¿Una hora? Ah, sí… señor…

    Se notaba duda en el tono de Valerie, y de inmediato comenzó a escribir un correo urgente, posiblemente a quien le iba a facilitar dichas fotos.

    Roberta, por su cuenta, no estaba prestando mucha atención a la reunión. Desde que entró a aquella sala, su mente divagó y se distrajo de nuevo en lo ocurrido anoche, y en el estado de Kali. Pensaba en que anoche la habían visto, y que quizás no tardarían mucho en ubicarla pues incluso había tenido que hacer uso de sus habilidades; se preguntaba cuánto tiempo pasaría antes de que descubrieran ese lugar en el que se encontraba en esos momentos e irían a buscarla. ¿Unas semanas?, ¿días?, ¿horas incluso? Pero sobre todo, pensaba en el Nido, en ese sitio que tanta impotencia le causaba pues no era capaz de alcanzarlo.

    Harry le preguntó a tres personas más, pero Roberta no escuchó en lo absoluto lo que le respondieron. Y entonces le tocó a ella.

    —Manders —espetó Harry, y la mujer rubia se quedó mirando un poco perdida a la pared de vidrio delante de ella sin responder—. Manders —repitió Harry con más fuerza—. ¿Estás aquí?

    —¿Qué? —Exclamó Roberta algo pérdida, notando que todos la miraban—. Lo siento… No, no tengo nada nuevo.

    Harry le otorgó una mirada dura ante su respuesta, misma que casi provocó que Valerie se apartar de su lado como si temiera que le llegara la onda expansiva de un misil a punto de ser disparado. Roberta, sin embargo, ni siquiera lo miraba.

    “No tengo nada nuevo” es lo que menos espero escuchar de una de mis reporteras investigadoras —soltó Harry con desaire—. ¿Te pago para que vengas y me digas que no tienes nada nuevo? Han sido muchas semanas de sequía ya, ¿no te parece? Me pregunto si no tendrás la cabeza en otro lado…

    —Está bien, ya dejaste muy claro tu punto, ¿de acuerdo? —Interrumpió Roberta, alzando un poco de más la voz—. No tienes que seguir siendo tan pedante sólo porque para variar tu mujer te soporta menos que nosotros.

    Aquello dejó helados a todos los presentes, incluso al propio Harry que se le quedó mirando, incrédulo de que realmente hubiera escuchado bien. Un instante después, el rostro del editor comenzó a acalorarse, y pareciera que estuviera a punto de salirle fuego de sus orejas. A Roberta de nuevo no le importó, ni hizo nada para cortar el incómodo silencio que se había formado tras su repentino exabrupto.

    —Ah… —comentó de pronto otro de los reporteros en la mesa, intentando llamar la atención para aliviar un poco las cosas—. A mí me llegó la noticia de que hubo otro tiroteo en Oregón. En otro hospital, pero esta vez cerca de Salem.

    La atención de la mayoría de volcó hacia aquella noticia. Incluso Harry lentamente se viró en su dirección, aun con su rostro enrojecido de coraje.

    —¿Otro? —Susurró con interés una mujer sentada delante de él—. ¿Y por la misma…? —No fue capaz de terminar su pregunta, pero quien había dado el aviso pareció entenderle.

    —Parece que sí. La información está muy restringida. Al igual que en Portland, los federales llegaron casi de inmediato y sacaron a todos.

    Sólo la mención de la palabra “federales” logró captar el interés de Roberta, que rápidamente alzó su mirada curiosa.

    —¿Federales? ¿FBI? —cuestionó la mujer rubia.

    —Supongo —respondió encogiéndose de hombros el reportero—. Creo que es por esta mujer… Leena Klammer, la asesina con cuerpo de niña. Ya ha de haber sido catalogada como jurisdicción federal, pues ha matado en al menos tres estados.

    —¿Con cuerpo de niña? —Espetó Roberta, totalmente confundida. Valerie a su lado, se adelantó a responderle.

    —¿No te enteraste de lo que ocurrió en Portland hace unos días? Esta mujer…

    —Creo que la señora Manders puede leer ella sola la noticia —señaló Harry cortante—. Oregón está al otro lado del país, y de seguro habrá tiroteos en hospitales cada fin de semana de aquí en adelante, a cómo va este país.

    —Pero Harry —señaló el mismo reportero con entusiasmo—, es una mujer asesina que se aprovecha de su condición para hacerse pasar por una niña. Desapareció por años y ahora reaparece para secuestrar a dos niñas, dejando una estela de muerte detrás de ella. Es casi de película…

    —Y para ese tipo de cosas, las personas van al cine. Es demasiado amarillista.

    —¿Amarillista? —exclamó el reportero, casi ofendido—. Toda la Costa Oeste está hablando del tema, deberíamos intentar al menos…

    Antes de que terminara de hablar, Harry pasó de inmediato a preguntarle a otro de los presentes, dejando de lado el tema por completo. Roberta notó que el rostro de su compañero se llenó de desazón, e incluso tiró de manera despectiva su pluma contra su bloc de notas. Harry en verdad estaba más insoportable que de costumbre.

    Sin embargo, Roberta sintió una extraña fascinación por el tema que había comentado. ¿Una asesina y secuestradora con cuerpo de niña? Sonaba inusual, muy inusual. Y si alguien sabía de cosas inusuales, era ella. Pero no siempre las cosas que sonaban raras, eran por completo fuera de lo posible o lo normal. A veces la realidad simplemente superaba a la ficción. Y no siempre los “federales” que intervenían en un caso como ese, eran de aquellos que ella buscaba y, en ocasiones, cazaba.

    El sonido de un teléfono, acompañado de la vibración contra su pecho, la hizo reaccionar y volver a la realidad. El sonido era estridente y rompió la relativa quietud que se respiraba en la sala. Varios la miraron por mero reflejo, incluso el inquisitivo de Harry. Roberta vaciló; ¿no había puesto su teléfono en silencio? El teléfono convencional, el personal y de trabajo, el que se encontraba en el bolsillo de su pantalón (que tuvo que tocar para asegurarse de que en efecto estaba ahí), ese sí lo había puesto en silencio. Pero el que tenía en el bolsillo interior de su chaqueta no. Ese teléfono ese era…

    Se abrió rápidamente el zíper de su chaqueta y sacó el pequeño y anticuado teléfono color azul. En su pequeña pantalla se veía una llamada entrante de un número desconocido, que ni siquiera parecía ser de la ciudad. Alzó su vista y notó que varios la seguían mirando, o quizás les llamaba la atención la cara seria que de seguro había puesto de repente.

    —Los siento, debo atender —murmuró rápidamente, antes de salir. Mientras se retiraba, y antes de cerrar la puerta, logró escuchar la voz de Harry gritándole:

    —Si esa llamada no es por una maldita exclusiva que te hará ganar el Pulitzer, ni siquiera te molestes en volver a entrar.

    Roberta sólo apretó un poco los labios y salió igual sin decir nada. Se alejó unos pasos de la puerta de la sala y sujetó el aparato delante de su rostro. Ese no era cualquier teléfono, era el de emergencias; emergencias que tenían que ver con su otra vida, aquella que se podría decir de cierta forma que era la “real”. Kali se lo había dado. Estaba encriptado y, supuestamente, era imposible de rastrear. La única que le llama a ese número era la propia Kali, y sólo algunos contados aliados. Pero el de la pantalla era un número desconocido, y de otro estado que ella no supo identificar. ¿Sería Kali intentando disfrazar la llamada de alguna forma?; nunca había necesitado hacerlo antes. ¿Alguno de sus aliados le habría dado ese número a alguien más?, ¿para pasarle algún tipo de dato, quizás? Ese no era el procedimiento, y todos lo sabían.

    Le vino de nuevo aquel pensamiento: ¿y si ya la habían descubierto?, ¿y si después de lo de anoche ya sabían que estaba ahí? Aquella idea le duró poco, pues pensó que si fuera el caso sus enemigos no la llamarían para avisarle… Pero, ¿quizás alguien más sí?

    Antes de que pudiera hacerse una teoría sólida en su mente, decidió confiar en su instinto y responder antes de que la llamada se cortara. Acercó el pequeño aparato a su oído y aguardó, pero no escuchó nada del otro lado; absolutamente nada.

    —¿Hola? —susurró intentando sonar firme.

    —Buenos días —le respondió casi de inmediato una vocecilla suave y muy calmada—. ¿Hablo con la señorita Charleen McGee?

    Roberta sintió que el corazón y su respiración se detenían. Sintió que el suelo bajo sus pies se desaparecía, y miró paranoica hacia un lado y hacia el otro, intentando ver si acaso alguien la miraba. Nadie, absolutamente nadie de sus aliados, usaba ese nombre, ni siquiera el pequeño puñado que lo conocía. Aquello le dio muy mala espina de inmediato.

    —Estás equivocada… —respondió rápidamente, disponiéndose a colgarle al instante siguiente.

    —Disculpe la molestia —prosiguió la misma vocecilla calmada—, hablo de la Fundación Eleven —. Roberta se detuvo de colgar en el último instante al escuchar aquello—. Me llaman Lucy. Necesito hablar urgentemente con la señorita Charleen McGee. ¿Es usted?

    Roberta respiró con algo más de tranquilidad, pero no demasiada. Caviló un poco sobre si podía creer que lo que decía esa chica, que casi sonaba como una niña, era cierto o no. Aunque ciertamente, si alguien fuera de sus aliados actuales podía conocer ese nombre, y de alguna manera lograr llamarle a ese número, era definitivamente alguien de la dichosa Fundación Eleven, un nombre que escuchaba seguido como un eco o murmullo lejano, pero rara vez tan presente y directo. Y justo esa mañana, cuando unas horas antes Kali había mencionado a Jane, su líder. ¿Coincidencia?

    Miró de nuevo alrededor, esta vez para asegurarse de que nadie estuviera lo suficientemente cerca para escucharla. Entonces se sentó en un escritorio cercano a ella que estaba vacío, y le susurró despacio a la supuesta Lucy.

    —¿Tu línea es segura?

    —¿Qué? —murmuró la chica al otro lado, confundida.

    —Qué si la maldita línea por la que me estás hablando es segura —le respondió Roberta con más agresividad en su voz, pero sin alzarla de más—. ¿Sí o no?

    —Sí, es segura.

    —Más te vale —le amenazó la reportera. Suspiró entonces con pesar, y sintió deseos de pedirle a algún poder superior que la protegiera en el salto de fe que estaba por dar—. Sí, yo soy Charleen McGee…

    Charleen McGeen, o simplemente Charlie para sus padres y los pocos amigos que había hecho en su infancia y adolescencia. A esas alturas de su vida, aquel nombre le resultaba un tanto ajeno, como si le perteneciera a alguien más, un conocido o un viejo amigo que hacía décadas que no veía. Era el vestigio de una vida que ya no le pertenecía; el epitafio de una niña inocente y dulce de siete años, que murió poco después que su padre. Y no a causa de un disparo o herida, sino por el resentimiento y la ira, que fueron cultivándose y creciendo por más de treinta años, hasta convertirla… en eso que era ahora. Oír ese nombre le causaba ansiedad y preocupación, pero… también algo de tristeza.

    —¿Qué quiere Jane ahora? —Cuestionó Roberta con exigencia—. ¿Y cómo es que tienen este número?

    —Tenemos nuestras fuentes —fue la respuesta sencilla de Lucy—. Llamo para informarle que la señora Wheeler sufrió un ataque anoche, y en estos momentos se encuentra hospitalizada.

    —¿Qué? —Exclamó Roberta, incrédula—. ¿Qué quieres decir con un ataque?

    —No tengo los detalles, pero fue del tipo psíquico, y anoche cayó en coma. Hasta este momento sigue sin despertar, hasta dónde se nos ha informado.

    —¿En coma? —Roberta se paró rápidamente de la silla. Su rostro se cubrió de incertidumbre, como si se cuestionara si aquello era una especie de broma—. ¿Jane está en coma? ¿Cómo pasó?

    —No tengo los detalles.

    —Bueno, ¿pero cómo está? ¿Se pondrá bien? ¿Está estable?

    —No tengo los detalles.

    —¿Sabes al menos quién lo hizo?

    —No tengo…

    —Deja de repetir eso, ¿cuál es tu problema? —Soltó con marcado fastidio—. ¿Para qué me llamas si no sabes nada? O, ¿para qué me llamas al fin y al cabo? ¿Qué quieren de mí?

    —Fueron instrucciones de la señora Wheeler —explicó Lucy—. Ella indicó que si algo le ocurría que la dejara de alguna forma incapacitada, debíamos de buscar y contactar lo antes posible a la señorita Charleen McGee.

    Roberta permaneció en un atónito silencio, extrañada por aquella afirmación.

    —¿A mí? ¿Para qué?

    —No tengo… —al parecer al darse cuenta de que iba a repetir lo mismo que antes, Lucy se contuvo y replanteó su respuesta—. No lo sé, no lo dijo con exactitud. Sólo sigo sus instrucciones.

    —Y eres muy obediente, ¿cierto? —señaló la reportera con ironía.

    Roberta caminó un poco hacia un lado de manera automática, intentando aclarar sus ideas. Jane Wheeler, la inquebrantable Eleven, estaba en coma. ¿Quién habría sido capaz de hacer algo como eso? ¿Alguno de esos monstruos de otros mundos de los que hablaba a veces? ¿Esa pandilla de asesinos de niños que se habían vuelto casi como su ballena blanca en los últimos años? Quién sabe; no estaba al día con su lista de enemigos. No había hablado con ella en años; ni siquiera recordaba cuánto tiempo había pasado con exactitud. Su amistad, si es que realmente hubo algo como eso entre ellas en alguna ocasión, se había disipado por completo, y ambas habían tomado caminos muy diferentes; y ninguna miraba con buenos ojos el elegido por la otra, pese a que buscaban fines muy similares.

    Siempre la había visto como alguien tan poderosa e intocable, y daba por hecho que siempre estaría ahí, de alguna forma vigilándola, a ella, a Kali, y a todos los que eran como ellas y se habían cruzado en su camino. “Pero los años no pasaban por nada”, meditó para sí misma. Quizás ella misma ya no era lo que fue en sus años más mozos. Aun así, le resultaba difícil de creer que alguien le hubiera hecho un daño tan grande. ¿Quién o qué había sido el culpable?

    No sabía si lo que sentía era preocupación o curiosidad; quizás un poco de ambas cosas.

    —¿Está en Hawkins? —cuestionó tras un rato, en el que Lucy tampoco dijo nada.

    —Sí, de momento.

    —¿Ya le avisaron a sus hijos?

    —La señorita Sarah y el joven James ya fueron notificados y van en camino. La señorita Terry, por lo que sé, estaba con ella cuando ocurrió el ataque. —Hizo una pequeña pausa, y entonces preguntó—: ¿Piensa ir a verla?

    Roberta no respondió. Ni siquiera estaba segura de por qué había hecho esas preguntas. Realmente, los asuntos de Eleven no eran de su incumbencia, así como ella había dejado claro que los suyos no lo eran tampoco para la gran líder de la Fundación Eleven. Sea lo que sea que le haya pasado, de seguro se lo había buscado. Y aun así… se sentía muy inquieta.

    —Estate tranquila, Lucy; tú ya cumpliste con avisarme —le respondió tajante—. Y no vuelvan a llamarme a este número, ¿entendiste bien?

    Antes de que la joven pudiera responderle algo, Roberta se apresuró a colgar.

    Se quedó parada justo en donde estaba por un par de minutos, apretando su teléfono entre sus manos y mirado pensativa al suelo. ¿Qué se suponía que debía hacer con esa información? ¿Para qué Jane había solicitado que si algo le pasaba, la llamaran precisamente a ella? ¿Qué esperaba que hiciera con exactitud?

    Soltó entonces una maldición silenciosa hacia su vieja amiga. Aún en coma se las arreglaba para ser molesta. Y justo tenía que hacerlo esa mañana en la que todo se le venía encima; ¿no podría haber elegido otro mejor momento para caer en coma? Sabía que ese pensamiento no tenía sentido, pero en aquellos momentos nada lo tenía en realidad.

    Se talló su cara intentando despejarse, y se dispuso a volver rápidamente a la sala de juntas, y dejar todo eso atrás. Pero no lo lograría.

    —Bienvenida de regreso, su majestad —exclamó Harry elocuentemente en cuanto entró—. ¿Al fin se digna a acompañarnos?

    Roberta no le respondió ni lo miró. Cerró la puerta, y se paró quieta delante de ésta, paseando su mirada por la sala sin mirar nada en especial… hasta que sus ojos se posaron sobre la jarra de vidrio con agua, colocada justo en el centro de la mesa. Se enfocó sólo en la jarra y en nada más, intentando de alguna forma externar todo lo que sentía y depositarlo en ella; como si pudiera verterlo en el agua cristalina.

    Y entonces, unas pequeñas burbujas comenzaron a formarse en el agua, acompañadas de unas muy sutiles hileras de vapor. Nadie notó eso; al menos, no de momento.

    —Y díganos, ¿cuál es esa nueva exclusiva que nos tiene? —preguntó Harry, cruzando sus dedos sobre su barriga.

    —Era un asunto personal —murmuró Roberta secamente, sin quitar sus atención del agua.

    —Un asunto personal —espetó Harry receloso—. Sólo eso me faltaba. ¿Para qué te tengo aquí exactamente, Manders? No me traes notas, me faltas al respeto, y ahora te sales de nuestra junta por asuntos personales.

    —Harry, no te pases —musitó uno de los reporteros sentado a su lado, intentando calmarlo.

    —¿Qué no me pase? ¿No puedo ahora decirles ni reprenderlos sin que quieran culpar a mi esposa por ello? —Harry sacó un pañuelo de su saco y comenzó a pasarlo por su frente, que se fue cubriendo poco a poco de pequeñas perlas de sudor—. Qué calor está haciendo de repente…

    Harry no fue el único en sentirlo. El ambiente en el interior de aquella sala se estaba volviendo caluroso, e incluso algo sofocante. Todos comenzaron poco a echarse aire con sus libretas, y a sacudir sus blusas y camisas buscando algo de fresco. Todos, menos Roberta Manders, la intrépida Bobbi, que seguía mirando el agua de la jarra, y como ésta poco a poco comenzaba a hervir.

    —¿Sabes qué, Harry? —Espetó de golpe la mujer rubia, sin mirarlo—. Jódete. —El editor y todos los demás la miraron con confusión—. Jódete tú, y tú esposa, ¡y este estúpido periódico! —Alzó de golpe la voz, y su grito fue acompañado por el estallido de la jarra. Pedazos de vidrio se regaron por toda la mesa, junto con el agua. La gente exclamó asustada, sin saber qué era lo que había ocurrido, pero apresurándose a retirar sus libretas y computadoras para que no se mojaran.

    Roberta respiró hondo, volteó a ver a su editor que se veía igual de sorprendido y asustado que el resto.

    —Renuncio —sentenció por último con dureza, y salió apresurada de la sala, prácticamente azotando la puerta.

    —¿Qué cosa? —Alcanzó a escuchar a Harry pronunciar a lo lejos mientras se iba—. ¡Oye…!

    Roberta caminó derecho hacia el elevador, sin hablar ni mirar a nadie; incluso algunos le sacaron la vuelta y le abrieron paso, asustados no tanto por la manera agresiva en la que caminaba, o por la mueca de cólera que dibujaba su boca. Lo que más los asustó fueron sus ojos, sus ojos azules tan penetrantes, tan llenos de ira y odio que casi parecían estar hechos de fuego…

    FIN DEL CAPÍTULO 50

    Notas del Autor:

    Charlie McGee, alias Roberta “Bobbi” Manders, se encuentra basada en la protagonista de la novela Ojos de Fuego de Stephen King, y la respectiva versión cinematográfica de 1984. Su apariencia, historia y personalidad se basan en lo visto en ambas versiones, sin ningún cambio notable en éstas, incluyendo sus poderes. En lo que respecta la localización en el tiempo, se toma como referencia los acontecimientos principales de la novela, ocurridos alrededor de 1981. En su historia original, Charlie tiene alrededor de 7 años, por lo que tendría en estos momentos alrededor de 43 años.

    Kali Prasad, alias Eight, se encuentra basada en el respectivo personaje de la serie de Stranger Things del 2016, haciendo su primera aparición en la Segunda Temporada, basándose su apariencia, personalidad y poderes en lo mostrado en ésta. Originalmente el personaje fue presentado con 20 años, teniendo en los momentos actuales de la historia alrededor de 53 años.
     

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