Long-fic Resplandor entre Tinieblas

Tema en 'Crossover' iniciado por WingzemonX, 21 Junio 2017.

  1.  
    WingzemonX

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    Resplandor entre Tinieblas
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    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Misterio/Suspenso
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    46
     
    Palabras:
    6930
    Resplandor entre Tinieblas

    Por
    WingzemonX


    Capítulo 41.
    No me detendré

    Samara supo con antelación que esa mañana de sábado tendría que hablar con otro de los amigos de Matilda. Ésta se lo había mencionado desde incluso antes de que ocurriera todo el incidente de su habitación. Sin embargo, lo que le fue informado de forma un poco repentina, fue el hecho de que Matilda no podría estar presente mientras se realizaba dicha plática, ya que la psiquiatra tendría que salir a encargarse de un asunto rápido con el oficial que la había acompañado el otro día. La idea no le agradó en lo más mínimo. Se puso nerviosa, e incluso se podría decir que se molestó un poco, pero no lo suficiente para exteriorizarlo demasiado.

    Aceptó la petición sólo para no molestar a Matilda, especialmente tras los últimos dos malos ratos que la había hecho pasar. Lo que menos deseaba era que también ella quisiera darle la espalda; quizás no había pensado en ello explícitamente, pero algo de ello estaba presente en su decisión.

    Esa mañana, faltando unos diez minutos para la hora pactada, los enfermeros fueron a buscarla a su habitación (o más bien su nueva habitación, pues la original de seguro seguía estando inutilizable para esos momentos) y la llevaron a la sala de observaciones en la que se llevaría a cabo dicha plática. El personal del hospital parecía haber superado un poco su repulsión por ella, pero aún seguían hablándole y tratándola con pinzas, temerosos de hacer cualquier cosa que la pudiera perturbar demasiado. Esto de cierta forma le causaba un poco de satisfacción a Samara, pero no por ello la culpa estaba totalmente ausente.

    La sala era la misma en la que había estado anteriormente con Matilda y su amigo policía; aún incluso seguían algunas marcas visibles de lo que había ocurrido en aquel entonces. Los enfermeros no entraron, sólo la dejaron en la puerta y pasaron a retirarse lo más pronto posible en cuanto puso un pie en el interior. Sin ninguna indicación previa, supuso que debía sentarse en la silla del centro, como todas las veces anteriores, y así lo hizo.

    Se dispuso entonces a esperar la llegada del misterioso invitado de Matilda. No podía siquiera suponer qué era lo que sacaría de todo ello. ¿Este otro amigo sería también alguien con habilidades como la suya?, ¿así como Matilda y el policía? La psiquiatra le había dicho que particularmente le sería de mucha utilizar hablar con este otro amigo sobre lo que podía hacer. ¿Acaso él podía hacer lo mismo que ella? Ciertamente lo dudaba; comenzaba a creer que no existía nadie ni remotamente similar a ella en ese mundo. Bueno, nadie a excepción de quizás…

    Las luces del techo parpadearon de pronto. Instintivamente, Samara alzó un poco su rostro en dicha dirección, contemplando fijamente la luz fluorescente sobre su cabeza, tintineando de manera rítmica como si de algún mensaje en clave se tratase. Se sintió por unos momentos extraída en esa luz blanca, en ese prender y apagar constante, tanto que el pasar del tiempo sencillamente se le resbaló del cuerpo como simple agua…

    “Con agua… siempre hay agua. A veces siento que me ahogo y no puedo salir.”

    Samara se sobresaltó en su silla, como si acabara de despertar de un profundo sueño; sin embargo, en realidad más bien parecía que se hubiera metido en uno. Viró su rostro temerosamente hacia el frente, hacia el espejo doble que dividía ese cuarto del adyacente. El escenario que en él se reflejaba no era el mismo en el que ella se encontraba. Era un lugar extraño, aunque de cierta forma horrendamente familiar. Las paredes en el reflejo se habían despintado y descarapelado, corroídas por el óxido y el moho. El cuarto era apenas alumbrado por una leve luz parpadeante, pero en su mayoría se encontraba a oscuras. Y claro, el agua: todo el suelo se encontraba cubierto de agua, quizás lo suficiente para llegarle hasta los tobillos. Y aunque aquello era sólo una imagen en el espejo, aun así fue capaz de percibir otras cosas, como si ella misma estuviera en aquel lugar: el aire se había vuelto pesado y húmedo, acompañado de un hedor repugnante que hacía que le doliera la nariz. Todo eso era como una repetición de lo que había ocurrido en su cuarto, con la misma apariencia y sensación. Pero aquello no era lo mismo; esto no lo había provocado ella.

    Su atención se centró, casi sin querer, en el centro de aquella escena; el sitio justo en el que debería estar su propio reflejo. Y en efecto ahí estaba, sentada en la silla, en medio de la habitación, con su bata blanca, sus manos sobre sus piernas, y sus largos cabellos negros cayendo al frente y cubriéndole por completo su rostro; sólo que ella no tenía su cabello por completo hacia el frente de esa forma, y sus manos no eran grises, arrugadas y con llagas en la piel.

    Aquella figura en el espejo se puso de pie abruptamente, aunque Samara en realidad no lo había hecho. Avanzó arrastrando sus pies por el agua, acercándose al espejo lentamente, como si fuera en cualquiera momento a salir de éste como el personaje de algún programa de televisión. Samara se exaltó asustada, pero no fue capaz de moverse de su silla. Era ella de nuevo, ese otro ser… ese monstruo. Rápidamente cerró sus ojos con fuerza y se cubrió los oídos. Aun así, pudo escuchar el sonido el agua moviéndose mientras aquella cosa seguía avanzando; cada vez más y más cerca del espejo.

    Samara comenzó a cantar en voz baja, la misma canción que siempre cantaba para sentirse más segura: “Mil vueltas damos, el mundo está girando. Y al detenerse, sólo estará empezando…”

    El chapoteó del agua cesó. Aun así, Samara siguió cantando sin abrir sus ojos.

    “El sol saldrá. Vivimos y lloramos. El sol caerá. Y todos morimos…”

    —¿Me tienes tanto miedo? —escuchó que murmuró la voz ronca, carrasposa y lenta de aquel ser. Sin embargo, no sonó amenazante en lo absoluto. De hecho, a la niña le pareció un poco triste.

    Casi por mero reflejo, Samara abrió lentamente sus ojos y miró en su dirección. El reflejo fantasmal estaba justo de pie delante, quieto en la superficie como una pintura colgada en la pared. Alzó entonces su mano y la colocó contra el cristal; Samara pudo notar la piel pálida y arrugada de su mano presionándose contra éste, e incluso algo de agua escurriendo de aquel contacto.

    —No te haré daño —volvió a susurrar la misma voz de antes—. Jamás te haría daño. Todo lo que he hecho ha sido para protegerte.

    —¿Protegerme? —Exclamó Samara con incredulidad, e incluso con algo de enojo—. ¿Cómo puedes decir eso? Me has hecho hacerles daño a todos a mi alrededor. A mi madre, a Matilda, al Dr. Scott…

    La cabeza del reflejo se movió a una velocidad anormal; en un parpadeo ésta se encontraba pegada contra el cristal como si quisiera atravesarlo. Entre todos los largos cabellos negros que caían como cascada, se asomó un único ojo nublado, que la miraba directamente. Samara se estremeció asustada en su silla, y lo que fuera a decir se quedó atorado en su garganta.

    —Tú sabes que nada de eso lo hice yo —susurró el ser en el espejo con voz fría—. Tú sabes la verdad…

    Samara la miró estupefacta. Sí, sabía la verdad, pero una parte de ella intentaba convencerse de que en realidad no era así. De que todo aquello había sido culpa de aquella presencia, de aquel ser que aún no podía entender del todo. Pero ella misma le estaba diciendo que aquello que tanto temía en el interior de su corazón, era la absoluta verdad.

    El ser inclinó su cabeza lentamente hacia un lado, teniendo su rostro aún pegado contra la barrera invisible que le impedía invadir el espacio en el que Samara se encontraba; todo eso sin quitarle su ojo muerto de encima.

    —Acércate —espetó de pronto con algo de severidad—. Debo decirte algo…

    Samara se pegó aún más al respaldo de su silla, y aunque no respondió con palabras todo su lenguaje corporal indicaba que no tenía intención alguna de separarse de esa silla.

    —Es importante… no te lastimaré, sino todo lo contrario.

    No tenía ningún motivo para creer en esa cosa, y todo razonamiento consciente que pudiera maquinar en ese momento la llevaba a la misma conclusión. Sin embargo, aun así lo hizo: se puso de pie y comenzó a avanzar lentamente hacia el espejo, hacia el ser atrapado del otro lado; lento, muy lento. A pesar de que el agua que veía en el reflejo no estaba de su lado, aun así podía sentir como si sus pies se estuvieran arrastrando por ésta, empapando su bata. Se paró entonces justo delante de aquel ser, quedándose sin embargo a al menos un metro de distancia, teniendo la inocente idea de que eso bastaría para mantenerla a salvo. Quizás no era así, pero igual aquella criatura no hizo intento alguno de hacer algo más de lo que había prometido: hablar.

    —Alguien vendrá por ti pronto. Querrá sacarte de este sitio y llevarte con ella. Debes hacerle caso; vete de aquí sin oponerte y sin mirar atrás.

    —¿Por qué? —cuestionó confundida la pequeña.

    Hubo un pequeño e incómodo silencio, antes de que el ser en el espejo le respondiera.

    —Por qué si te quedas aquí… —La criatura alzó entonces su cabeza, dejando una vez más a la vista de Samara aquel rostro pálido, magullado y con agallas, decorado con sus dos ojos grises y muertos—. Terminarás convirtiéndote en mí…

    Samara se sobresaltó un poco al ver de nuevo ese rostro, pero se quedó quieta en su sitio.

    —¿Qué…? ¿Qué quieres decir con eso…?

    Instintivamente dio dos pasos más hacia el espejo. La criatura pegó su labios resecos y ásperos contra éste y le susurró despacio, muy despacio. Samara fue capaz de sentir su aliento frío y pútrido tocándole la cara, pero de momento no le molestó, pues las palabras que surgieron de ella la tuvieron mucho más fascinada, perdida en sus múltiples significados e implicaciones. Quizás fueron sólo unos segundos, pero a Samara le parecieron horas. No quería creer en lo absoluto en lo que escuchaba, pero al mismo tiempo le resultaba imposible simplemente hacerlo a un lado e ignorarlo. Ya que todo tenía… bastante sentido, si es que algo en toda esa locura podía tener tal cosa.

    La puerta se abrió repentinamente, y en un parpadeo después todo volvió a la normalidad. El reflejo en el espejo era justo el de la habitación en la que se encontraba, con toda su casi dolorosa blancura. Y el rostro que veía ante ella era el suyo, lleno de confusión y desconsuelo. Del agua, de la corrosión, de la humedad, el frío o de la criatura que se hacía llamar también Samara Morgan, no quedó ningún rastro. Sólo en su memoria.

    Samara se giró entonces lentamente hacia la puerta, y observó curiosa a quien acababa de entrar: un hombre rubio y de anteojos. Intuyó de inmediato que debía ser el amigo de Matilda, la persona que la vería ese día. Su mente seguía divagando en lo que acababa de oír y escuchar un instante antes, pero poco a poco se forzaba a sí misma para arrastrarse de nuevo al ahora.

    El hombre recién llegado le sonrió gentilmente, aunque en su opinión se veía algo nervioso.

    —Hola, Samara —le saludó con tono amistoso, avanzando un poco hacia ella—. ¿Cómo estás? —Samara sólo lo miró, sin responderle nada—. Me llamó Cody; nos conocimos la otra noche, ¿me recuerdas?

    Samara lo analizó unos segundos en silencio, intentando detectar si le resultaba familiar o no. Su veredicto quedó a la mitad de esas dos opciones.

    —Creo que sí. Matilda me dijo que debía hablar contigo. ¿Eres policía también?

    —No, soy profesor de Biología. ¿Estudias biología en la escuela, Samara…?

    — — — —​

    Luego de algunas rápidas presentaciones, y de que Cody le demostrara a Samara de lo que era capaz, ambos acordaron trabajar juntos por lo que restaba de esa tarde. Al inicio todo fue muy similar a lo que Samara hizo los primeros días con Matilda: plasmar imágenes en lienzos u hojas, intentando que tomaran justo la imagen que ella deseaba que tomaran, pero siempre terminando viéndose retorcidas y macabras a sus ojos. Mientras hacían eso, Cody le platicó mucho sobre él, sobre cómo fue crecer con sus habilidades, sobre sus horribles pesadillas, sobre el Canker Man y sobre aquellos que de alguna u otra forma habían terminado lastimados por esto. Le contó sobre cómo personas como su madre adoptiva o Eleven le ayudaron a descubrir la forma de manejar mejor todo aquello, a concentrarse y mejorar. Samara escuchó atentamente todo lo que Cody decía, pero no se mostraba particularmente interesada. Y si llegaba a comentar algo, estos comentarios se limitaban principalmente a respuestas cortas y un poco ausentes.

    Ya casi al final de su sesión, Cody intentó ver qué podía hacer con un objeto físico. Trajo consigo un muñeco de madera articulado, usado normalmente como referencia para dibujos. Lo colocó delante de Samara y le pidió que lo modificara cómo ella quisiera. Samara tuvo un feo recuerdo de lo que había ocurrido cuando intentó hacer algo así como el rompecabezas que Matilda le había regalado, pero igual lo intentó. Logró hacer que la figura se moviera, cambiara de color, e incluso de forma a una más grande o más pequeña. Pero al final, ante los ojos de ambos, la figura comenzó a correrse como si un fuego invisible la consumiera. Manchas oscuras lo cubrieron poco a poco como un cáncer, y se retorció en sí misma hasta terminar siendo un pedazo deforme de madera opaca y vieja.

    Samara miró aquella horrible imagen con cierta apatía; no se veía ni siquiera sorprendida en esa ocasión.

    —Lo siento —murmuró despacio.

    —Descuida, no te preocupes —le respondió Cody con normalidad, y de inmediato guardó lo que quedó de la figura—. ¿Sabes?, no soy psiquiatra como Matilda. Pero, si tengo que suponer basado en mi propia experiencia con mis habilidades, creo que esto que acabas de hacer, y en los dibujos o en tu habitación el otro día, podrían ser sólo reflejos inconscientes de tu estado mental. ¿Te sientes molesta o asustada en estos momentos?

    —Siempre me siento así —respondió Samara con voz algo apagada.

    —Sé lo que es eso. Cuando era niño solía sentirme así todo el tiempo, y eso se reflejaba en horribles pesadillas que no podía controlar. Creo que eso es lo que te ocurre, Samara. Todas estas cosas son como pesadillas que estás teniendo despierta. Y si es así, antes de esperar algún resultado diferente a estas pruebas, creo que debes trabajar con Matilda sobre esas emociones negativas que te agobian.

    —¿Cómo puedo hacer eso? —espetó Samara de pronto, y a Cody le pareció percibir cierta agresividad en su tono que lo tomó desprevenido—. He lastimado a muchos, y lo que he hecho no desaparece cuando dejo de pensar en ello.

    Eso último pareció casi una recriminación hacia Cody, pero éste no se lo tomó personal. Era evidente que se sintiera a la defensiva; él mismo lo había estado cuando comenzaron a ayudarlo con ese tipo de temas. Además, Samara aún no sabía que no todo lo que hacía desaparecía cuando dejaba de pensar en ello… muchos daños perduraban aún después.

    —Lo sé —le respondió Cody con calma—. Pero lo primero que debes hacer para poder superar todo esto, es entender que nada de ello es tu culpa. Yo sé muy bien que nunca quisiste hacerle daño a alguien, así como yo…

    —No es cierto —soltó Samara de pronto, interrumpiéndole de forma cortante.

    Cody vaciló, confundido.

    —¿Qué dices?

    —Digo que no es cierto. Sí quería hacerlo…

    Esa afirmación tan repentina sorprendió a Cody, y no supo interpretar si estaba hablando enserio o si acaso entendía lo que decía. Samara desvió entonces su mirada hacia un lado, algo pensativa, y siguió hablando.

    —No al inicio. Cuando dormía, también mis sueños afectaban a mis padres. Intenté no dormir, pero no pude hacerlo. Entonces me mandaron a dormir al establo. Me hicieron una pequeña habitación ahí y era cómoda, supongo. Pero los caballos hacían demasiado ruido de noche y no me dejaban dormir. Sólo quería que se callaran, pero no lo hacían… y entonces yo misma hice que se callaran.

    Cody permaneció en silencio. Recordó el incidente de los caballos de su granja que Matilda le había mencionado, pero no sabía que había ocurrido justo bajo esas circunstancias, y sospechaba que Matilda tampoco.

    —Mi madre se enojó conmigo por eso —prosiguió, notándosele ahora más congoja en sus palabras—. Me dijo que era un monstruo y me quiso hacer daño. Yo quería que me dejara, que no me lastimara más… y le terminé yo haciéndole daño a ella… Y el Dr. Scott se estaba portando mal conmigo, y hablaba cosas malas de Matilda. Me hizo enojar demasiado, y sólo quise darle un empujón para que me dejara en paz, pero creo que también lo lastimé, demasiado. Todos terminaron lastimados por mi culpa, y porque yo quise hacerlo. Quise convencerme a mí misma de que esa otra Samara lo había hecho, pero no es así… todo lo hice yo…

    Conforme fue hablando, su voz fue cambiando gradualmente de ser insensible y apagada, a llenar de angustia, e incluso soltó algunos pequeños sollozos y rastros de lágrimas se asomaron.

    —Escucha —musitó Cody con firmeza, inclinándose hacia ella—, no importa si lo quisiste o no. Es normal a tu edad y con tu falta de experiencia perder el control de momentos. No es tu culpa haber lastimado a los caballos o alguna de esas personas.

    —Pero lo hice, y en verdad lo siento. Pero… —Guardó silencios unos momentos y entonces lentamente volvió a alzar su mirada hacia Cody. Sus ojos ya no se veían preocupados o triste—. Sé muy bien… que no me detendré. No hasta que aprenda por qué puedo hacer lo que hago.

    Había tanto desapego en esas palabras que Cody difícilmente podía creer que vinieran de una niña. De hecho, todo en torno a Samara había cambiado. No parecía ser la misma niña con la que había pasado las últimas horas. Su mirada, sus ojos, todo en ella era distinto. Y algo muy en el fondo de la cabeza de Cody le gritaba una sola cosa: algo no estaba bien, nada bien. La misma sensación de aprensión que tuvo la primera vez que entro a ese hospital volvió, aquella que le decía que no debía entrar, sino huir de ahí. Y esa misma idea comenzaba a surcar por su mente.

    —Matilda y tú tienen buenas intenciones, y se los agradezco. Pero ustedes no me pueden ayudar. Necesito encontrar a alguien que sí pueda.

    —¿De qué estás hablando, Samara?

    En ese momento, justo antes de que pudiera responderle cualquier cosa, las alarmas de emergencia del hospital resonaron con fuerza desde el pasillo, tomando por sorpresa al profesor. Samara, sin embargo, no parecía compartir dicho sentimiento.

    —Creo que tengo que irme…

    — — — —​

    Unos minutos atrás, mientras Cody y Samara seguían con sus pruebas, un encargado de limpieza había salido por una de las puertas traseras del hospital, hacia el área en la que se encontraban los contenedores de basura. Cargaba consigo una pesada bolsa oscura de basura, misma que con un movimiento diestro logró introducir en el gran contenedor verde. Había atrancado la puerta que no se cerrera, y así poder tomarse tranquilamente un par de minutos para fumar un cigarrillo. Se recargó contra la pared mientras disfrutaba de sus minutos de descanso. Su turno estaba por terminar, y lo esperaba con ansias. Conforme el cigarrillo se consumía, también lo hacía el estrés y el cansancio de ese largo día.

    —Disculpe, señor —escuchó una vocecilla que murmuraba a su lado, justo cuando se encontraba inhalando una profunda bocanada. Lentamente giró su cabeza hacia esa dirección, pero no alcanzó a ver a quién le hablaba; no antes de que el silbido bajo del silenciador cortara el aire, y la bala le atravesara directo por el centro de la nariz y la saliera por la parte trasera del cráneo. La pared detrás de él se cubrió de una densa salpicadura de sangre, y entonces se desplomó a tierra, arrastrando su espalda por el muro. Todo el humo que había inhalado se le escapó de golpe de la boca, y luego su cabeza cayó al frente, con su barbilla contra el pecho. El cigarrillo aún encendido cayó al suelo, y un segundo después un pequeño zapato negro lo aplastó con fuerza para apagarlo.

    Los ojos oscuros y duros de Leena Klammer miraron con indiferencia al intendente por unos instantes, principalmente para asegurarse de que no se fuera a mover sorpresivamente; no lo hizo. Guardó de nuevo el arma, con todo y su silenciador, en la mochila que cargaba en su otra mano. Se colocó ésta en la espalda rápidamente y se acercó al cadáver, esculcándolo para buscar su gafete de acceso.

    —¿Era eso necesario? —Murmuró con algo de sarcasmo la voz astuta de Lily, acercándosele por detrás apoyada en sus muletas.

    —No tengo tiempo para falsas cortesías —musitó Esther, justo cuando ya tuvo el gafete entre sus dedos.

    Había sido un viaje cansado desde la Isla Moesko, hasta ese punto tan oculto en Oregón. Tuvieron que tomar una ruta mucho más lenta para rodear Portland. Se detuvieron en Willamina a descansar por una noche, y usó una parte considerable del dinero que le había dado su misterioso cliente para comprar una camioneta algo vieja pero funcional a un chatarrero que estaba dispuesto a no hacer demasiadas preguntas, y a adecuarla para que alguien de la complexión de Esther pudiera conducirla; y gastó algo extra con tal de que la tuviera lista al día siguiente en la mañana. Ese sería su vehículo de escape, al menos el mejor que pudieron haber conseguido en tan poco tiempo.

    Para el último tramo de ese viaje, Esther tendría que hacer algo que no le gustaba mucho: adoptar una apariencia bastante diferente a la habitual. Sin maquillaje que ocultara las imperfecciones y arrugas de su cara, sin vestidos infantiles, sin peinados elaborados, y sin gargantillas o pulseras. Tomar, en pocas palabras, la apariencia de una mujer adulta, de baja estatura, pero una mujer adulta aun así. Muchos lo resumirían a asumir la apariencia de quién realmente era, pero esa opinión ella no la compartía. Si acaso en el tramo de carretera que les tocaría conducir le tocaba que algún policía las detuviera, sería más sencillo salir del problema si se presentaba con esa apariencia, y no con la de la niña de nueve años al volante. Igual se arriesgaba a que algún policía estatal estuviera buscando justo a una mujer con su apariencia, pero tendría que arriesgarse un poco.

    Igual al parecer tuvieron suerte, pues nadie las molestó en su camino a Eola. Bueno, suerte, o quizás la buena fortuna de alguien que vigilaba su viaje desde lejos.

    Estacionaron la camioneta oculta detrás del hospital, y ahí aguardaron a que anocheciera. Mientras esperaban, Leena aprovechó el tiempo para volver a arreglarse y convertirse de nuevo en Esther.

    —¿Enserio? —Le había cuestionado Lily desde el asiento trasero, mientras miraba como se volvía a maquillar frente a un pequeño espejo de bolso—. ¿Tanto te asusta tu propio rostro que no toleras tenerlo mucho tiempo al descubierto? Qué patética eres.

    Leena la miró de reojo un instante, y luego continuó con lo suyo sin mucha espera. Ella no lo entendería; ella ni nadie. La persona que veía al espejo cuando no estaba arreglada era Leena Klammer, pero ella no era Leena, y no lo había sido por muchos años.

    “Llámame Esther. Leena Klammer murió hace ya mucho, mucho tiempo.”

    Eso era lo que le había dicho a aquel muchacho el día que se presentó repentinamente en su departamento de Los Ángeles. Y aquello no era un mero capricho o una petición frívola; en su mente era completamente verdad. Lo poco que su padre, las calles y aquel asilo para dementes habían dejado de Leena Klammer, había muerto aquella noche en las congeladas aguas de aquel lago. Lo que había surgido del agua en aquel momento, había sido alguien totalmente diferente… sino es que acaso lo correcto sería decir que fue un “algo”. Eso aún lo sabía. Como fuera, para ella la verdadera máscara era la de Leena, no la de Esther.

    Una vez que tuvieron el gafete del intendente, entraron por la puerta que había atrancado y se movieron sigilosamente por los pasillos. Ese era un hospital psiquiátrico, así era mucho menos común ver a dos niñas caminando solas por ahí. Pero aquello no fue problema, pues Lily se encargó muy bien de solucionarlo. Usando sus habilidades, hizo que pasaran totalmente desapercibidas por las tres o cuatro personas que llegaron a cruzarse en su camino. Pasaban a su lado sin mirarlas u oírlas siquiera, y podían de hecho avanzar con moderada prisa; muy apropiado considerando que una de ellas iba en muletas.

    Su destino era el cuarto de control de la seguridad del hospital. Una vez que llegaron a dicha puerta, Esther volvió a sacar su arma, e hizo uso del gafete que había tomado para abrirla. Lily en ese punto dejó de ocultarlas, por lo que justo cuando la puerta se abrió, los dos guardias que se encontraban adentro se giraron rápidamente hacia ésta y notaron a las dos niñas paradas del otro lado. Esther rápidamente penetró con pasos apresurados, dirigiéndose hacia ellos sin decir nada.

    —Hey, ¿qué hacen…? —murmuró uno de los guaridas parándose de su silla. Antes de que terminara su pregunta, un disparo directo del arma de Esther le entró justo en la frente, haciendo que se desplomara hacia atrás sobre la silla y luego cayera al suelo junto con ésta.

    El otro guardia miró estupefacto el arma en las manos de la niña, y luego a su compañero tirado en el suelo. Todo fue tan rápido que ni siquiera logró procesar por completo qué había pasado. No pudo tomar su radio, ni pararse siquiera de su silla, o aproximar su mano a su propia arma paralizadora. De inmediato otro silbido más del silenciador se hizo presente, y la bala le atravesó la sien derecha. Su torso se desplomó al frente sobre la consola de control, la cual comenzó a mancharse de rojo mientras los ojos desorbitados del guardia miraban hacia la pared.

    —Vaya, ¿qué pasó con la discreción y pasar desapercibidas? —Murmuró Lily una vez adentro de la sala, y cerrando la puerta detrás de ella—. ¿O con ese silenciador nuevo cumples con ese propósito?

    —Al diablo con eso —le respondió Esther mientras se acercaba a los controles del panel. Empujó bruscamente al segundo guardia de la silla en la que estaba para tumbarlo al suelo y así poder ella subirse —. Quiero salir de este agujero lo más rápido posible.

    —¿Enserio te molestan tanto los manicomios? ¿Sólo porque estuviste en uno? ¿Tienes miedo acaso de quedarte aquí encerrada?

    Esther no respondió, pero en efecto esa afirmación era bastante acertada. Odiaba los sitios como ese, y lo que menos quería era estar ahí más de la cuenta.

    Inspeccionó de forma rápidamente el tablero delante de ella, identificando las opciones disponibles. Había un mecanismo de emergencia en caso de algún percance mayor que abría todas las cerraduras electrónicas para así evacuar a los pacientes; eso sería de gran ayuda. Miró entonces hacia los monitores, revisando los pasillos que se iban intercalando cada cierto tiempo. Sería muy oportuno encontrarse a la persona que iban a buscar en alguno de ellos, pero evidentemente su suerte no llegaba tan lejos.

    Tomó su mochila y buscó en su interior los dos walki-talkies amarillos que había traído consigo, y le arrojó uno a Lily quien apenas y logró atraparlo antes de que se resbalara de sus dedos.

    —Necesito que encuentres a la mocosa y me digas cómo llegar hasta ella —le indicó como una tajante orden—. También necesito una distracción para moverme con más libertad.

    Accionó en ese momento la opción de emergencia, y las alarmas comenzaron a sonar con fuerza por todo el lugar, y las luces anaranjadas a parpadear intensamente. Por los monitores, se pudo ver como algunas de las puertas de los pacientes se abrían, y estos se asomaban confundidos hacia los pasillos.

    —¿Liberarás a todos los locos? —Preguntó Lily, curiosa.

    —Y tú les causarás unas cuantas pesadillas —añadió Esther con complicidad—. Si sabes a lo que me refiero.

    Lily pareció extrañarse un poco por tal sugerencia. Miró hacia los monitores. Más pacientes, enfermeros y otros guardias comenzaban a moverse por los pasillos sin entender aún qué ocurría.

    —¿A todos ellos?

    —A todos. ¿Puedes hacerlo o no?

    —Por supuesto —le respondió con marcado orgullo—. Pero con el caos que se cause, no te puedo garantizar que alguno de ellos no te termine atacando a ti.

    —Ya me las arreglaré. —Se bajó entonces de a silla, con su mochila en la espalda, su walkie-talkie en un bolsillo y su arma firme en su mano derecha. Se dirigió entonces apresurada hacia la salida—. Avísame en cuanto la encuentres. Y no salgas de aquí hasta que yo te lo indique.

    Esther salió entonces por la puerta, cerrándola detrás de sí.

    —No es que pueda ir muy lejos con mi maldita pierna en este estado —masculló Lily con molestia.

    La niña se sentó en la silla y se giró hacia los monitores, vendo a todas las personas que iban apareciendo. Debía causar un caos, eso lo tenía claro. Y crear caos era justo lo que mejor hacía. Aunque nunca había usado sus habilidades al mismo tiempo con tantas personas, pero siempre habría una primera vez.

    Respiró profundamente, se inclinó al frente viendo fijamente a los monitores y se concentró.

    Debía admitir que fuera como fuera, la idea de poder hacer tal desastre le causaba cierta emoción.

    — — — —​

    —¿Qué está pasando? —Murmuró Cody confundido, parándose de su silla. Samara no respondió nada.

    Las alarmas sonaban con mucha fuerza, y por el pasillo lograba escuchar algo de ajetreo. ¿Sería un incendio?, ¿justo en ese momento? Parecía algo bastante inconveniente… ¿o quizás todo lo contrario? Cómo fuera, ¿qué sería lo mejor?, ¿esperar ahí a que alguien los buscara?, ¿o dirigirse a alguna salida de emergencias? Como profesor, en la escuela le había tocado realizar simulacros y guiado a los niños hacia las salidas; esa era su responsabilidad. Pero, en esa ocasión por algún motivo sentía que estaban más seguros ahí dentro que aventurándose al pasillo. Pero, ¿por qué?, no tenía ningún motivo lógico para justificar ese pensamiento. Aunque… ¿tenía alguno que fuera ilógico?

    Dejó su maletín y sus cosas en el suelo y comenzó a avanzar hacia la puerta.

    —Quédate aquí —le indicó a Samara, dudoso de si esa sería la acción responsable de un adulto—. Voy a averiguar qué ocurre y seguiremos hablando de esto. No tardo.

    Samara sólo asintió con su cabeza, pero no dijo nada más.

    Cody no se permitiría pensar en ello directamente, pero esa parte de su cabeza que le gritaba que se fuera, se sintió mucho más aliviada en cuanto cruzó la puerta y estuvo varios pasos lejos de Samara. ¿Le estaba dando miedo esa niña?, ¿él que se suponía había ido a ese sitio justo para demostrarle a ella que ese pensamiento no era correcto? Mientras se alejaba por el pasillo, se sintió asqueado por esa idea.

    Por su parte, Samara permaneció sentada un rato, mirando en silencio la puerta cerrada. Cuando estuvo segura de que Cody ya no estaba cerca de ella, se viró de nuevo al espejo. Y ahí estaba otra vez, la otra Samara asomándose desde el reflejo distorsionado. Esta vez no le sorprendió, pues incluso deseaba que así fuera.

    —Es hora —susurró despacio el ser en el espejo—. Debes salir ahora…

    Samara no expresó objeción ni duda. Sólo asintió una vez, se puso de pie y comenzó a caminar hacia la puerta tranquilamente.

    — — — —​

    Sólo unos cuantos segundos después de que el cuerpo del Dr. Scott se desplomara al pavimento entre Matilda, Cole y el Detective Vázquez, las armas resonaron con fuerza, como si ambos incidentes estuvieran de alguna forma relacionados. Cuando esas alarmas suenan, el curso de acción esperado es dirigirse a la salida más cercana, pero Matilda quería hacer justo lo contrario: esa alarma era su señal para entrar lo antes posible.

    —Samara, tengo que encontrarla —fue lo único que dijo, antes de avanzar apresurada hacia la puerta.

    —Matilda, espera —la detuvo Cole rápidamente, tomándola del brazo con quizás algo de brusquedad—. Déjame entrar primero a ver que todo esté bien.

    —No tengo tiempo —le respondió la psiquiatra tajantemente, y de un tirón se zafó de su agarre—. Algo está pasando con Samara, puedo sentirlo.

    —¿De qué están hablando? —Intervino Vázquez, acercándose a ellos con sus muletas—. ¿Qué está pasando ahí adentro?

    —En estos momentos sabemos tanto como usted, detective —le respondió Cole secamente. El tono de confrontación que habían mantenido antes al parecer no se había esfumado del todo.

    De pronto, escucharon un sonido intenso provenir de adentro del hospital, similar a un objeto metálico chocando fuertemente contra el suelo. A ello le siguió un fuerte grito, más golpes similares al anterior, y luego más gritos.

    —¿Qué fue eso? —Masculló Vázquez, quién instintivamente acercó su mano al arma que guardaba en su cintura.

    Los sonidos se fueron intensificando; parecía como si adentro estuviera ocurriendo algún tipo de pelea. Eso, en lugar de asustar a Matilda, la motivó aún más a adentrarse. Y antes de que Cole pudiera detenerla otra vez, corrió hacia las puertas, atravesándolas sólo un segundo después de que éstas se abrieran lo suficiente para que pasara.

    —Matilda —le llamó Cole con fuerza, pero ella no se detuvo. El detective de Filadelfia se lanzó detrás y Vázquez los siguió a ambos, algo más lento pero con su arma en mano.

    Al inicio no detectaron cuál era la fuente de todo el alboroto que escuchaban. En el recibidor y en los primeros pasillos todo parecía tranquilo, salvo los gritos y sonidos a lo lejos, así como las respectivas alarmas. Sin embargo, no tardaron mucho en encontrarse con lo que buscaban. Los tres se detuvieron en seco al ver por el pasillo por el que habían girado a un grupo de enfermeros y pacientes. Estos últimos gritaban aterrados, golpeaban a los enfermeros y enfermeras que intentaban calmarlos como fuera, los tacleaban e incluso arañaban y mordían. Era como una pelea campal, justo en ese pequeño espacio.

    Todo era un caos, y acompañado además con el incesante sonido de la alarma que taladraba los oídos.

    —¿Qué les pasa a todos? —Exclamó Cole, y de inmediato se acercó para intentar separar a un paciente de una enfermera que forcejeaban en el suelo—. ¡¿Qué ocurre?! ¡¿Qué pasa?!

    —¡Monstruos!, ¡todos son monstruos! —Le gritó con desesperación y horror el paciente que estaba sujetando, y qué también intentó atacarlo repentinamente. Cole forcejeó con él, intentando ponerlo contra la pared.

    —¿Qué está diciendo? ¿Cuáles monstruos?

    —No lo sé —exclamó agitada la enfermera, estando sentada en el suelo pues parecía que aún le era imposible ponerse de pie—. La alarma sonó repentinamente, las puertas se abrieron y en cuanto quisimos encaminarlos a la salida simplemente enloquecieron. Pero estos no son pacientes de estado tan severo, no deberían tener este tipo de episodios. Especialmente todos al mismo tiempo.

    Cole no le respondió nada, pero intuyó de inmediato que podía haber una influencia externa provocando todo eso. Tomó con fuerza al hombre que sujetaba e intentó arrastrarlo a uno de los cuartos abiertos.

    —¡Policía! —Escuchó como Vázquez gritaba con fuerza, alzando su arma al aire—. ¡Todos cálmense! ¡¿Qué es lo que está pasando?! ¡¿Cuál es la situación…?!

    Uno de los pacientes, una mujer de cabello rubio, se le lanzó encima de golpe, derribándolo al piso e intentando justo después arañarle la cara con sus uñas. Vázquez la tomó firmemente de las muñecas, intentando quitársela de encima. Cole de inmediato se le acercó para tomar a la mujer por la cintura y alzarla para quitársela de encima.

    —¡Será mejor que se vaya se aquí, detective! —le sugirió Cole, aunque sonó más como una orden. Pero Vázquez claramente no estaba dispuesto a tomar dicho consejo de buena manera.

    Mientras ambos lidiaban con esa situación, Matilda se había quedado un poco al margen, analizándolo todo para intentar decidir qué hacer. Eso era bastante grave, y al igual que Cole supuso que algo, o alguien, estaba causando ese comportamiento. Sin embargo, su mente seguía enfocada en Samara. No podía ser una coincidencia que eso pasara en ese sitio y en ese momento. Debía encontrar a Samara y ponerla a salvo lo antes posible. Era una sensación que la empujaba a sólo enfocarse en eso; una sensación muy similar a la que había sentido aquella noche de mayo de hace cuatro años atrás.

    Sin decir nada, retrocedió unos pasos y volvió corriendo por dónde venían, para intentar buscar otra ruta hacia donde suponía Samara y Cody debían estar.

    —¡Matilda! —escuchó que le gritó Cole, pero de nuevo no lo escuchó. Se alejó corriendo, intentando dejar detrás toda aquella locura.

    — — — —​

    Cuando todo comenzó, Anna Morgan escuchó como saltaba el seguro mecánico de su puerta y luego la alarma comenzó a sonar, sacudiendo su cabeza de todos los pensamientos que estaba teniendo. Se encontraba unos minutos antes peinando su largo cabello negro con un cepillo, como siempre acostumbraba hacerlo cada noche desde que era niña. No tenía un espejo en ese cuarto, pues por sus aparentes tendencias suicidas temían que pudiera intentar romperlo y usar uno de los pedazos para terminar de cortarse las venas. Pensó con ironía que igual podría haberlo intentado con ese cepillo de plástico, pero definitivamente hubiera sido menos agradable. De igual forma la idea de morir no le cruzaba de momento por la cabeza; no podía permitirse morir antes que aquella cosa que se había metido en sus vidas hasta corromperlas y marchitarlas por completo. Sólo hasta que estuviera segura de que esa niña ya no respiraba, podría plantearse la mejor forma de dejar ese mundo.

    Permaneció sentada en su cama, aguardando mientras miraba hacia la puerta. Nadie vino a buscarla o a decirle algo. Su única compañía era el molesto sonido de la alarma.

    —¿Hola? ¿Hay alguien ahí? —Espetó con fuerza, pero no escuchó nada como respuesta. Al menos, no de inmediato.

    Unos minutos después, justo cuando se había decidido a pararse y avanzar a la puerta, llegaron a sus oídos los sonidos de la confrontación, la pelea y la locura que estaba ocurriendo afuera. Asustada, instintivamente se ocultó detrás de la cama, mirando apenas lo necesario por encima del borde de ésta hacia la puerta. En su mente se imaginó que en cualquier momento entraría por ahí alguna criatura oscura y horrenda, de esas con las que tantas pesadillas había tenido, desde que aquella mocosa del demonio se metió en su cabeza. La podía ver tal y como lo había hecho durante las noches: estirando los largos dedos hacia ella, mirándola fijamente con sus seis ojos dorados e inhumaos, abriendo su enorme hocico cubierto de colmillos sucios y saliva tóxica para arrancarle la cabeza de un solo jalón.

    Pero no hubo monstruo ni ninguna otra cosa. Poco a poco los sonidos de pelea se fueron disipando, o más bien alejando como si la conmoción se estuviera moviendo hacia otro lado. Anna salió con cuidado de su escondite, se acercó a la puerta y la abrió sólo un poco para asomarse al pasillo. No vio nada ni nadie al principio. Abrió más y se dio valor para dar un paso hacia afuera. El resto de las habitaciones estaban abiertas. En el pasillo vio tiradas sabanas y papeles, y a su derecha lo que le pareció era un carrito de utensilios médicos, ladeado en el suelo regando por éste jeringas, algodón, bisturís y algunos pequeños frascos con medicamento.

    Giró un poco más su mirada hacia el pasillo adyacente, y entonces ahí vio algo que la estremeció y la hizo retroceder. En la pared izquierda había una larga macha de sangre, que se escurría hacia abajo y terminaba en el cuerpo de un hombre de bata blanca, tirado en el linóleo sobre su costado derecho, totalmente inmóvil. A simplemente vista no podía ver de dónde le había brotado esa sangre, o si acaso estaba muerto o sólo inconsciente; y realmente, en ese momento no le importaban tales cosas.

    Sintió por un momento el instinto de volver a su cuarto, pero lo contuvo. No sabía qué estaba ocurriendo exactamente, pero algo tuvo seguro: eso lo estaba causando esa… cosa. Estaba volviendo a todos locos, como lo había hecho con sus amados caballos; cómo lo había hecho con ella misma. No le bastaba con destruir su casa y su familia, debía esparcir la muerte y la locura en cualquier sitio en el que pusiera un pie. Ella sabía que eso pasaría tarde o temprano. Se lo había advertido a aquella dichosa doctora, pero evidentemente no la escuchó; nadie lo hacía.

    Dependería sólo de ella corregir todo eso.

    Se agachó para tomar uno de los bisturís que estaban en el suelo, lo sujetó firmemente entre sus dedos y comenzó a avanzar lentamente por el pasillo. Esa sería quizás su única oportunidad de acabar con esa maldición.

    FIN DEL CAPÍTULO 41
     
  2.  
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    Título:
    Resplandor entre Tinieblas
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    Género:
    Misterio/Suspenso
    Total de capítulos:
    46
     
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    6261
    Resplandor entre Tinieblas

    Por
    WingzemonX


    Capítulo 42.
    Mira lo que hice

    Mientras todo afuera era un absoluto caos, la verdadera culpable de aquel horro contemplaba su obra desde la sala de seguridad de hospital, con cierto orgullo y satisfacción. Lily Sullivan se encontraba aún sentada delante de la consola, con sus manos apoyadas en ésta. Desde su posición, miraba atentamente a todos los que aparecían y desaparecían de los monitores, aunque en realidad no necesitaba de éstos para poder ver a todas sus víctimas actuales. Pero sí eran una buena guía, como un pequeño mapa para no perderse, pues la cantidad de personas a las que debía alcanzar era mayor a cualquiera que hubiera logrado anteriormente.

    Lily creaba horribles visiones en las cabezas de todos esos locos, alterándolos y dejando que sus miedos los consumieran y actuaran en base a ellos. Hacía que vieran a todas las demás personas como horribles criaturas, de piel podrida colgándoles del rostro, dientes amarillentos saltando de sus bocas, y ojos enrojecidos y llenos de pus. La reacción de todos era por supuesto de aversión, terror, y sobre todo de violencia; mucha violencia.

    El espectáculo era un real deleite para ella. Tanto caos, tanta confusión, tanto miedo… Se sentía deleitada, e incluso embriagada, por todo ello. Su padre siempre pensó que el miedo era como comida para ella; que se alimentaba de él y la hacía más fuerte. Ella nunca creyó del todo esa afirmación, pero en ese momento se sentía tentada a considerarlo. La sensación que le recorría el cuerpo era exquisita.

    De pronto, de entre todos los rostros asustados y confundidos que aparecían en los monitores, uno llamó su atención de manera particular; uno que logró reconocer de inmediato: el de ese odioso detective de Portland que la interrogó y se atrevió a encerrarla en aquel cuarto (con todo y guardia en la puerta). Supo de inmediato que era él, y aquello la tomó ligeramente por sorpresa. ¿Qué hacía ese sujeto ahí?, ¿acaso la estaba buscando? Daba igual, pues sin saberlo se acababa de meter a la cueva del peor lobo que hubiera conocido.

    Lily sonrió complacida.

    —Vaya, miren a quién tenemos aquí. Mi viejo amigo detective. Justo a tiempo para la diversión…

    A su mente vinieron todas las ideas que le habían cruzado por la cabeza para hacer con ese hombre en cuanto tuviera la oportunidad, y ésta al parecer se le estaba presentando delante en bandeja de plata. De seguro su mente cuadrada y simple era incapaz de entender lo que veía, y se estaba preguntando ingenuamente por qué todos estaban actuando como… “locos”. Pues claro, él aún no era capaz de ver nada de lo que ellos veían. Sólo estaba ahí de pie, con su arma en una mano y apenas logrando sostenerla al tiempo que se movía con esas muletas. De seguro deseaba tener un objetivo claro al cual disparar, pues era para lo que mejor servía: para apuntar y luego “¡bang!”. Si eso era lo que él quería, ¿por qué no ayudarle un poco con ello? Eso de seguro lo haría sentir mejor.

    —¿A qué le tiene miedo, detective? —susurró, centrando la mayor parte de su atención en ese único individuo.

    — — — —​

    En los pasillos, Vázquez y Cole seguían intentando tranquilizar las cosas, pero parecía no haber ninguna resolución favorable. Todo era una horrible batalla campal de todos contra todos. Las caras eran arañadas, las cabezas estrelladas contra las paredes, e incluso las manos, brazos o cuellos eran mordidos como acto de desesperada defensa. Vázquez, debido a su condición, era el que más difícil la tenía, pero su obstinación era mucho más poderosa que su limitación física.

    De pronto, el detective de Portland se detuvo abruptamente sin que Cole lo notara en un inicio. Miraba perplejo a la multitud de personas delante de él, pues su apariencia comenzaba a cambiar, poco a poco, con cada parpadeo que daba. Los rostros de los pacientes y enfermeros por igual se iban demacrando, hasta dejar en su lugar sólo pellejos colgantes adheridos a sus cráneos. El detective retrocedió, atónito. En un segundo, todos esos horribles rostros se viraron hacia él al mismo tiempo, y uno a uno comenzaron a acercársele.

    —¡Atrás! —Les gritó con fuerza, alzando su arma hacia ellos—. ¡No se me acerquen!

    Vázquez retrocedió asustado, pisando torpemente con sus muletas y cayendo al suelo; su tobillo lastimado le dolió intensamente, pero no realizó exclamación alguna. Todos sus sentidos estaban centrados en esos rostros de mejillas y ojos hundidos, pieles cenizas, y dentaduras manchadas y con faltantes. Esos rostros, todos ellos eran parecidos; todos eran el rostro de…

    —Deja de llorar, Roberto —escuchó como uno de esos rostro pronunciaba con voz ronca, en un perfecto español.

    —¡Deja de llorar como una puta! —añadió uno más de ellos, con la misma voz de antes.

    Se seguían acercando, paso a paso arrastrando los pies. Uno a uno le habló con la misma voz jalada de algún rincón olvidado y frío de su memoria.

    —Miren a la niña de mami.

    —¿Vas a ir a llorarle a mami?

    —No, no, no —musitó el policía, totalmente petrificado, aunque su brazo derecho seguía alzado y su pistola apuntando al frente. Las siguientes palabras también se le escaparon en español—. Tú estás muerto… Hijo de tu puta madre, ¡tú estás muerto!

    —Soy un viejo que se caga encima, y aun así sigues temblando al verme, niñita.

    —¿A quién crees que engañas con tu disfraz de policía?

    —Eres un pendejo, un inútil, y un malagradecido.

    —Sólo sabes responder a putazos, igual que tu madre…

    Aquel que se encontraba más cerca de él alzó su brazo en el aire, y desde su perspectiva su mano se veía inmensa, como la veía cuando tenía apenas seis años, era un niñito temblando en un rincón de la sala, y el rostro que acompañaba a esa mano no era aún el demacrado por el alcohol y la coca de sus últimos años.

    —¡No me toques!, ¡no me toques bastardo!

    Tomó con fuerza su arma, con su dedo puesto en el gatillo.

    Otra de aquellas criaturas se le lanzó encima con gran velocidad por un costado, tomándolo de su brazo y desviando el arma hacia arriba. El arma se disparó, y la bala golpeó una lámpara en el techo justo sobre ellos, creando una pequeña explosión y una lluvia de chispas.

    —¡Vázquez! —Pronunciaba Cole con fuerza, mientras forcejaba en el suelo con el detective de Portland, intentando quitarle su arma—. ¡Lo que sea que estés viendo no es real! ¡Dame tu arma!

    Él no lo escuchaba. Seguía pataleando y rostiéndose, escupiendo alaridos en español que Cole no alcanzaba a entender del todo. El arma disparó una vez más, dando ahora contra una pared. Los enfermeros que no eran presas de alucinaciones iguales o peores a las de Vázquez, no tuvieron más remedio que alejarse asustados del lugar. Los pacientes afectados, algunos también corrieron despavoridos por el pasillo, pero otros más se quedaron en su sitio, gritando aterrados, golpeando las paredes y sus propias caras.

    Desde la sala de control, Lily reía más que contenta. Todo aquello era mucho mejor de lo que esperaba.

    Cole siguió forcejeando con Vázquez, intentando desarmarlo antes de que lastimara a alguien más. Pero la desesperación y el miedo que lo invadían le habían dado más fuerza de la esperada para defenderse. El sujeto era un testarudo molesto, pero era un policía como él, herido en cumplimiento de su deber, y además estaba alucinando por culpa de un tercero, o al menos eso le parecía a Cole que era lo más seguro. Lo que menos deseaba era lastimarlo, pero al final no tuvo mucha más opción.

    A mitad de su forcejeo, le clavó con fuerza su rodilla contra su abdomen, sacándole el aire. Vázquez se dobló sobre sí mismo, exhalando un profundo gemido de dolor. De inmediato Cole le retiró su arma y la arrojó lejos de él. Seguido, le dio un fuerte puñetazo en la cara que hizo que el oficial de Portland cayera de costado al suelo, aturdido, pero aún aun con actitud retadora. Cole se colocó sobre él, y le dio un golpe más, y éste pareció afectarlo aún más que el anterior.

    Vázquez permaneció en el suelo, semiconsciente y quejándose del dolor que de seguro le invadía el cuerpo. Cole se paró, agitando un poco sus manos adoloridas por los golpes. Antes de que se pudiera recuperar, arrastró a Vázquez de los pies hacia uno de los cuartos abiertos; no se resistió en lo absoluto. Lo pudo adentro y lo encerró, para su protección y de pasó la de los demás

    Respiró profundamente con algo de alivio. Se tomó unos segundos para intentar digerirlo todo, tranquilizarse, y entonces pensar en su siguiente acción. Instintivamente, alzó su mirada hacia una esquina del pasillo, donde se encontraba una de las cámaras de seguridad; ésta lo miraba fijamente como un sólo ojo acusador, con la luz roja sobre éste parpadeando cada cierto tiempo. Tuvo el presentimiento de que el telépata que estuviera causando todo eso, los podría estar viendo justo por esa cámara, y por lo tanto en teoría, él lo estaba fijamente a los ojos justo ahora; a él o a ella.

    —Qué aburrido —murmuró Lily desde el otro lado, contemplando el rostro furioso de Cole en el monitor. Poco después, el detective comenzó a andar por el pasillo con prisa, no sin antes agacharse para tomar el arma de Vázquez del suelo—. ¿Vienes por mí? No me hagas reír. Podría hacer que te dispares tú mismo con esa arma en cuanto yo quiera… —su atención se desvió en ese momento hacia otro de los monitores, en donde pudo ver a Esther andando sigilosa. Y justo en el tablero de a un lado, vio a otra persona también deambulando, pero con pasos más modestos, incluso se atrevería decir temerosos—. Pero creo que no estaremos mucho más por aquí para verlo.

    — — — —​

    Samara vagó perdida por un rato entre los pasillos del hospital, sin saber exactamente a dónde debía de ir. No se había cruzado con nadie hasta ese punto, ni había visto de primera mano los estragos que Lily Sullivan estaba provocando en la mente de los ahí presentes. Sin embargo, sí le causaba algo de confusión, y cierta angustia, la soledad que se respiraba. ¿Qué había ocurrido? Y lo que fuera, ¿estaba pasando por su culpa? Si era para que pudiera irse, era probable que en efecto fuera así… Pero, ¿quién estaba haciéndolo exactamente? Le resultaba imposible creer que era directamente a causa de la otra Samara; no tenía ese tipo de influencia, al menos que ella se lo permitiera de alguna forma.

    Siguió andando sin rumbo por un rato más. Se disponía a ir hacia donde le parecía recordar que se encontraba la recepción y la puerta principal del hospital (llevaba demasiado tiempo encerrada ahí, y la puerta de salida no era precisamente un sitio al que acostumbran o quisiera siquiera llevarla).

    Unos pasos a su derecha llamaron su atención. Pensó por unos momentos que sería algún enfermero que intentaría llevarla de regreso a su habitación. Pensó fugazmente en qué haría si es que se trataba de eso. ¿Le daría un “empujón” como el que le había dado al Dr. Scott? ¿Deseaba tanto poder salir como para hacer eso? Se volteó lentamente en esa dirección. La persona que vio, no era una enfermera. De hecho, era una niña, un poco más baja que ella, con una mochila en la espalda, y que la miraba con cierta ansiedad en su mirada.

    —Samara —pronunció con firmeza la extraña—. Eres Samara Morgan, ¿cierto?

    La miró atentamente sin responderle de inmediato. No le resultaba familiar, y no estaba vestida para que fuera una paciente de ese sitio. Y además… había algo extraño con ella. Lo percibió en cuánto la vio, pero no supo identificar qué era con exactitud. Algo en ella no concordaba, y eso le causó cierta desconfianza.

    —¿Quién eres? —murmuró intranquila, retrocediendo un poco.

    —Tranquila —susurró despacio la niña alanzando sus manos hacia ella. Su rostro se suavizó abruptamente y esbozó una gentil sonrisa, que le resultaría quizás adorable si no fuera porque le parecía totalmente falsa—. No tengo tiempo para explicaciones largas, ¿de acuerdo? Dejémoslo en que me llamo Esther, y vine a sacarte de aquí. Y lo voy a hacer por las buenas, o por las malas. —Aún sin dejar de sonreír, acercó sutilmente su mano izquierda hacia su mochila, mientras tenía aún la derecha arriba, quizás en un intento de distraerla—. En verdad no quiero lastimarte, soy tu amiga…

    Samara entrecerró un poco sus ojos, aún desconfiada.

    —¿Eres quien ella dijo que vendría por mí?

    La niña se exaltó confundida, y lentamente hizo que su mano retrocediera de su intento de tomar su mochila.

    —No sé a qué “ella” te refieres, pero sí, me envió alguien por ti. Un chico muy guapo, creo que te agradará conocerlo —eso último lo comentó con un muy notorio tono de cotilleo—. ¿Qué dices?, ¿vienes conmigo?

    Samara la miró en silencio unos instantes, y entonces alzó sólo un poco su vista por encima de la cabeza de aquella extraña. Y ahí estaba, esa figura oscura parada a mitad de todo ese pasillo blanco y perfecto, resaltando por su estado demacrado y opaco. Ella la miró de regreso; entre todo el mar de cabellos negros que ocultaban su rostro, pudo notarlo, así como que asentía lentamente con su cabeza con señal de afirmación.

    Vaciló unos momentos, pero luego asintió ella también de la misma forma. La niña de la mochila pareció sorprenderse, quizás por lo (aparentemente) sencillo que había resultado convencerla.

    —Perfecto, rápido —le extendió su mano para que la tomara. Samara lo hizo, y en menos de un segundo después comenzaron a correr despavoridas. Samara casi volaba, pues aquella niña resultó ser más fuerte y rápida de lo que parecía, o quizás ella estaba bastante más delgada y ligera de lo que creía.

    —¿Qué está ocurriendo? —Murmuró despacio la joven de Moesko, mirando las sirenas naranjas de la alarma conforme avanzaban—. ¿Tú hiciste esto?

    —Yo y otra nueva amiga —le respondió—. También te agradará; debajo de su máscara de antipática, es algo agradable.

    Samara no entendió si lo decía enserio, pero no lo pensó demasiado. No sabía a dónde la estaba llevando con exactitud, pero confiaba en qué ella lo supiera.

    Mientras avanzaban, por el rabillo del ojo Samara notó una figura moviéndose por otro pasillo adyacente por el que iban. Se viró levemente hacia ella, y en cuanto la vio se detuvo en seco, al parecer aplicando la suficiente fuerza para que el agarre de Esther se zafara y ésta casi cayera de bruces al frente por el repentino cambio.

    Una mujer de largos cabellos negros, traje blanco de paciente y un suéter gris sobre éste, avanzaba mirando a todos lados, desorientada. Sus dos manos se aferraban firmemente delante de ella, al parecer sujetando algo.

    Samara la reconoció inmediatamente, y su corazón saltó de emoción al hacerlo.

    —¿Mamá? —Exclamó con la suficiente fuerza para ser oída en el eco del pasillo. Anna Morgan dejó de avanzar y se viró rápidamente hacia ella con sus ojos abiertos en asombro y confusión. Sí, era ella—. ¡Mamá! ¡Mami!

    Samara, sin pensárselo dos veces, comenzó a correr rápidamente por el pasillo hacia ella, antes de que la extraña que había ido a sacarla, según sus palabras, pudiera hacer algo para detenerla. Por primera vez en semanas, el rostro de Samara se iluminó aunque fuera un poco, dibujando lo más cercano a una sonrisa de alegría que le era posible esbozar. Incluso la forma en la que corría hacia su madre era totalmente contrastante con la actitud adormilada y ausente que casi siempre la caracterizaba. Ahora corría, casi brincando de felicidad, como una niña normal feliz de ver a su mamá. Ésta, por su lado, permaneció de pie en su sitio, mirando silenciosa como su hija se le aproximaba, teniendo sus dos manos aún firmes delante de ella.

    —Qué bueno que estás bien, mami… —susurró Samara estando ya a sólo unos pasos de ella. Y fue en ese momento que al dar uno de esos últimos pasos, pudo notar de reojo a esa misma figura oscura y demacrada de hace unos momentos, parada justo a un lado del pasillo cuando ella pasó corriendo delante de ella.

    —¡Detente! —Le gritó con intensidad la otra Samara, y su voz resonó como eco sólo en su cabeza—. ¡No te acerques más!

    Samara la volteó a ver sólo por una fracción de segundo, confundida por tal advertencia. Al virarse de nuevo hacia su madre, sin embargo, la cruel realidad de esas palabras la golpeó de frente.

    Anna sacó rápidamente el bisturí que sostenía oculto entre sus manos y lo agitó en el aire, haciéndole una larga cortada en su mejilla a Samara. Ésta retrocedió y cayó de sentón asustada, agarrándose su mejilla que comenzaba a sangrar.

    —Tú hiciste esto, ¿cierto? —Inquirió Anna tajantemente, sosteniendo el bisturí delante de ella—. Tú provocaste este caos. A dónde quiera que vas, todo lo que tocas lo corrompes y destruyes. Eres el demonio, ¡el mismísimo demonio caminando en esta tierra!

    Esther miró alarmada tal escena. Se aproximó apresurada, y por mero reflejo alzó su arma, apuntando a la mujer con ella. Pero en ese mismo momento Samara se puso de pie delante de ella, evitando que pudiera disparar.

    —No, mami… por favor… yo no hice nada… Por favor, mamá… yo te quiero…

    Samara dio un paso temeroso hacia su madre, extendiendo su mano libre hacia ella. En ese momento Anna volvió a agitar el bisturí, haciéndole ahora una profunda cortada en su palma. Samara se dobló de dolor, sujetándose su mano y retrocediéndose entre quejidos.

    —¡Yo no soy tu puta mamá!, ¡engendro del demonio! ¡Quisiera nunca haberte conocido! ¡Sólo has hecho de mi vida un infierno!

    La voz de Anna Morgan resonó fuertemente por el eco del pasillo, e igualmente lo hizo en la cabeza de la propia Esther, que observaba todo aquello paralizada en su lugar. Ya había vuelto a alzar su pistola hacia ella, con su el dedo en el gatillo preparado para volarle la cabeza sin la menor vacilación. Pero esas palabras la paralizaron…

    “¡Yo no soy tu puta mami!”

    “¡Yo no soy tu puta mami!”

    “¡Yo no soy tu puta mami!”

    Aquel gritó se repetía en su cabeza una y otra vez, creándole además un dolor que le recorría el cuello y la espalda. Su mano tembló y fue incapaz de disparar. Fue incapaz de matar a aquella mujer; fue incapaz de matar a su madre… otra vez.

    Las luces del techo comenzaron a parpadear de pronto, y un aire pesado cubrió por completo aquel pasillo. El suelo a los pies de Samara comenzó a corroerse y romperse, y a tomar una tonalidad ocre y sucia como si un fuerte ácido comenzara a consumirlo. Lentamente la niña alzó de nuevo su rostro hacia su madre. Sin embargo, sus ojos se habían llenado por completo de furia, totalmente ajenos a los jubilosos de hace un rato, y se clavaron justo en la mujer delante de ella.

    Aterrada, Anna retrocedió sólo dos pasos, antes de quedarse completamente paralizada y perdida en la profunda oscuridad que consistía los ojos de Samara. Esos ojos… eran los mismos que tuvo aquella ocasión, aquella en la que todas esas imágenes horrorosas y desagradables le inundaron la cabeza, impidiéndole pensar en cualquier otra cosa. Pero ahora era un poco diferente. No había imágenes consumiendo lentamente su cordura. En realidad… no había nada. No sentía nada, no pensaba en nada. Sólo parecía estar flotando en un profundo y oscuro mar de tinieblas…

    Sin decir nada, Anna Morgan tomó firmemente el bisturí con su mano, lo alzó hasta su cuello y entonces, ante los ojos atónitos de Esther, y los furiosos y coléricos de Samara, se lo clavó directo en el costado derecho de su cuello, hasta lo más hondo.

    Matilda había llegado al pasillo justo en ese momento, quedándose atónita ante tal imagen. Anna se sacó el bisturí una vez, y se lo volvió a encajar. La sangre brotó con un chorro de su herida, cubriendo la pared y manchando su bata blanca. Lo volvió a hacer una segunda vez, y una tercera, como si no fuera capaz de sentir dolor alguno; pero sí lo sentía, vaya que lo sentía todo…

    —¡Samara!, ¡no! —Gritó Matilda desde el extremo del pasillo, y rápidamente usando su telequinesis le arrebató el bisturí de la mano a Anna Morgan antes de que repitiera tan abominable acto una cuarta vez. Pero ya era bastante tarde.

    La mujer cayó al suelo, primero de rodillas y luego se desplomó de costado. La sangre siguió brotando de su garganta y boca, escurriendo por su cuerpo y manchando el suelo. Sólo entonces Samara pareció reaccionar y darse cuenta de lo que había hecho. Su rostro se suavizó y miró con horror a su madre tirada delante de ella.

    —No, no… ¡No! —Gritó horrorizada y se le acercó, abrazándola e intentando colocar su mano en su herida. Sus ropas se mancharon por completo de rojo, al igual que sus manos—. No, mami… lo siento, no quise hacerlo… no quise hacerlo…

    Anna la miró con sus ojos vacíos mientras escupía sangre de su boca. Tosió un par de veces, su respiración se agitó un poco cerca del final, y luego… sencillamente se quedó quieta… Sus ojos siguieron apuntando hacia su hija, pero no la estaban mirando en realidad. No miraban nada en lo absoluto, y Samara lo supo.

    —No, mami… ¡¡Nooo!! —Gritó Samara con fuerza, y las paredes y ventanas retumbaron. Entonces se abrazó fuertemente del cuerpo de su madre, comenzando a llorar desconsoladamente y manchándose aún más de su sangre. Sus alaridos sonaron con intensidad, opacando incluso el incesante sonido de la alarma.

    Matilda se quedó estupefacta unos momentos ante la horrible escena que acababa de presenciar, pero poco a poco se obligó a reaccionar. Se acercó entonces temerosa hacia su pequeña paciente.

    —Samara —susurró muy despacio—. Samara, escúchame… —La niña alzó su rostro cubierto de lágrimas y sangre (la suya y la de su madre) hacia ella—. Nada de esto es tu culpa, no…

    —Me dijiste que me ayudarías, Matilda… —susurró de pronto entre gemidos—. ¡Me dijiste que me ayudarías a controlar mis poderes! ¡Me dijiste que ya no lastimaría a nadie más! ¡Y mira lo que hice! ¡Maté a mi mamá! ¡La maté!

    Matilda volvió a quedarse paralizada ante la imagen delante de ella, la imagen de una niña cubierta de sangre, abrazando el cuerpo sin vida de su madre. La misma imagen que había visto cuatro años atrás, al entrar en aquella casa en Chamberlain.

    Esther se encontraba en un estado bastante similar al de ella. Igualmente aquella imagen le traía una oleada de recuerdos y sentimientos que la ahogaban. Sintió de pronto algo que no sentía desde hace mucho, mucho tiempo: ganas de llorar… pero no lo haría, no en ese momento ni en ese lugar. Comenzó abruptamente y sin pensarlo mucho a dispararle a Matilda. La primera bala le dio en el hombro derecho a la doctora, sacándola de sus pensamientos, pero también tirándola al piso. Esther le volvió a disparar tres veces más, pero Matilda esta vez pudo reaccionar, concentrarse y detener las balas antes de que la tocaran. Aquello no sorprendió a su atacante, y de hecho esperaba que pasara justo así.

    —¡Vámonos de aquí! —Gritó Esther con fuerza, y tomó entonces a Samara del brazo y la jaló para que se parara. Samara no tenía fuerzas para resistirse y sólo dejó que ella jalara mientras seguía soltando sollozos amargos.

    Matilda se quitó las balas de encima e intentó pararse, pero al hacerlo sintió un gran dolor punzante en su hombro que la hizo caer de rodillas de nuevo. La bala había entrado y salido sin tocar hueso ni nada, pero eso no le quitaba el dolor, y mucho menos el sangrado que empezaba a empaparle su blusa. Volvió a intentar pararse otra vez, ahora con mejor suerte. Pasó a un lado del cuerpo de Anna Morgan y corrió detrás de las niñas, mientras aferraba su mano izquierda a la herida lo mejor posible.

    Por su parte, mientras corrían, Esther sacó rápidamente su radio comunicador.

    —¡Necesito una maldita distracción! —Gritó con ímpetu, esperando que Lily la escuchara del otro lado—. La mujer que me sigue es muy peligrosa.

    No hubo como tal una respuesta por parte de Lily, pero esperó que la hubiera escuchado.

    Las dos niñas giraron en una esquina, perdiéndose de la vista de Matilda el tiempo suficiente. Cuando la psiquiatra giró en la misma esquina, se detuvo un momento y miró confundida alrededor pues no había rastro de a quienes perseguía. Ante ella sólo se encontraba un largo pasillo, lo suficientemente largo para que al menos las viera a lo lejos pues no se había quedado tan atrás. Pero por la forma del pasillo, no podían haber ido a otro lado que no fuera hacia el frente, por lo que se dispuso a correr deprisa en esa dirección.

    El hombro le ardía y había comenzado a sudar.

    Siguió avanzando por el solitario pasillo, hasta que llegó a su final… y realmente lo era. No había ningún otro pasillo adyacente, y en su lugar terminaba en una pared con una ventana, perfectamente cerrada e imposibilitada para ser abierta. Pero no había ni seña de Samara y aquella mujer, que estaba segura era la misma que había visto en Portland.

    Se giró sobre sus pies, contemplando pensativa las puertas a un lado del pasillo, sospechando que quizás se habían ocultado en alguno de esos cuartos. Un pensamiento razonable, pero equivocado. Sin que Matilda se diera cuenta, la pequeña oculta en la sala de control de seguridad se había metido en su cabeza, y para cuando terminara de revisar la mitad de dichos cuartos, y se diera cuenta que el pasillo único y largo de hecho conectaba con otros que ella no vio, o más bien no pudo ver, ya sería demasiado tarde.

    — — — —​

    —Misión cumplida —pronunció complacida Esther desde el radio que le había dejado a Lily en la sala—. No puedo volver para allá, tendrás que dirigirte a la camioneta por tu cuenta. ¿Podrás hacerlo, mocosa?

    —Con los ojos cerrados —respondió sarcástica la pequeña Lily.

    Miró de nuevo hacia los monitores y poco a poco dejó que las ilusiones que había causado se fueran disipando una a una; le sería complicado mantener todo aquello funcionando al tiempo que intentaba irse de ese sitio sin ser vista (literalmente). En los monitores se iba viendo las reacciones de alivio, pero también de confusión y, claro, terror que no se desaparecían del todo; incluso algunos de los combates que habían comenzado, parecían no estar dispuestos a apagarse pronto.

    A Lily le hubiera encantado quedarse el tiempo suficiente para ver qué tan lejos podía llevar todo aquello; ¿podría incluso hacer que sus pequeñas marionetas quemaran todo ese sitio por su propia cuenta como Emily lo había hecho? Eso hubiera sido divertido de ver. Pero en efecto, era hora de irse.

    Colocó sus manos en la consola y se empujó un poco hacia atrás para hacer que la silla rodara lejos de ella y así pudiera bajarse con más facilidad. Sin embargo, antes de que pudiera bajar sus pies lo suficiente, algo la detuvo en seco. Al inicio no lo entendió, y después… tampoco pudo del todo. Sintió como sus muñecas eran apretadas, manteniéndolas fijas e inmóviles sobre los descansa brazos. Y al mirarlas, vio que no era sólo la sensación; sus muñecas estaban rodeadas por gruesas cadenas de grilletes que habían salido prácticamente de la nada.

    —¿Qué? —Exclamó sorprendida, y un segundo después más de esas cadenas surgieron, atándole el torso entero a la silla y sus dos tobillos entre sí; esto último le provocó un calambre doloroso, pues su pierna herida se había pegado y frotado con la sana.

    ¿Qué estaba pasando? ¿Quién había hecho eso?

    La silla se giró por sí sola ciento ochenta grados, haciendo que el rostro de Lily mirara justo a la puerta. Su captor, o quién supuso era éste, estaba de pie ahí mirándola con severidad y una profunda concentración, a través del cristal transparente de sus gruesos anteojos.

    —Tú debes ser Lily —comentó Cody con algo de dureza, aproximándosele sin quitarle sus ojos de encima. Lily también lo miraba, con una combinación de confusión y principalmente enojo

    —¿Tú estás haciendo esto? —Cuestionó con brusquedad—. No son una ilusión, ¿o sí?

    —Lo son, pero no cómo las tuyas.

    Cody se paró justo delante de la niña, analizándola cuidadosamente. Pudo notar como debajo de su pelo oscuro que le cubría parte de la cara, se asomaba algo del moretón aún presente del golpe que le habían dado, así como las muletas que había recargadas contra la consola. La falda que traía le cubría por completo el muslo y por lo tanto la venda que envolvía su nada agradable herida.

    Lo siguiente que notó fue mucho más horrible, y le espantó tanto que no pudo entender cómo no lo había notado en un inicio: los dos cuerpos tirados en el suelo, cada uno con un disparo en su cabeza. Ambos con uniformes de guardias de seguridad, ambos obviamente muertos. Sintió la tentación de desviar su mirada hacia otro lado. No quería tener esas horribles imágenes en su cabeza; receta perfecta para una buena pesadilla. Pero ya era tarde, la imagen de sus rostros pegados contra el charco su propia sangre, no se borraría rápidamente de su cabeza. Decidió entonces virarse por completo hacia a Lily, e intentar no mirar o pensar en nada más.

    —¿Estás aquí con Leena Klammer? ¿Por qué ayudas a la mujer que te secuestró?

    Lily permaneció callada unos instantes, pero luego poco a poco su expresión agresiva se fue suavizando, hasta cambiar abruptamente a una mirada llena de angustia.

    —No sabía qué más hacer —musitó de una forma casi dolorosa, como si estuviera a punto de soltarse a llorar—. No es una niña como parece. ¡Está totalmente loca!, creí que me mataría. Por favor, ayúdeme… —cortó abruptamente sus palabras, soltando un profundo resoplido de agotamiento, y quizás de frustración. Ese supuesto miedo y angustia, que por un segundo Cody estuvo muy cerca de tragarse, se esfumó en sólo un santiamén—. ¿Sabes qué, Cody? Estoy demasiado cansada, y posiblemente drogada por tantas medicinas, como para jugar a eso ahora.

    Cody no tuvo mucha oportunidad de pensar en lo raro que era ese cambio tan abrupto de actitud, aún a pesar de lo que había leído en el expediente sobre ella que le había enseñado Matilda. Toda su atención se volcó abruptamente hacia una cosa: la forma en la que lo había llamado.

    —¿Cómo sabes mi nombre? —Murmuró, bastante confundido.

    Una de sus teorías tras ver lo que supuestamente había hecho en el pasado, era que podría poseer habilidades telepáticas, así que el de que descubriera algún dato de él no sería tan extraño si podía en efecto leer su mente. Pero… no había pensado en su nombre en ese momento, o no al menos que se diera cuenta. Además, ¿no se supone que tenía una protección especialmente colocada en su mente para prevenir ese tipo de cosas?

    Cody comenzó a sentirse nervioso… y quizás más que eso.

    Lily, por su parte, sonrió satisfecha con su tan evidente reacción.

    —¿Cómo sé el nombre del pequeño y miedoso Cody Morgan que le teme hasta a quedarse dormido? Los miedos y preocupaciones de la gente son los que más fácil puedo percibir; y tú gritas ambos con fuerza. —Su sonrisa se ensanchó aún más, dibujando una mueca bastante perversa en ese pequeño y supuesto rostro inocente—. ¿Qué pensabas hacer exactamente al venir aquí? No eres un héroe, Cody… Eres sólo una maleja de inseguridades y horrores…

    ¿Había dicho miedos y preocupaciones? Cody recordó de inmediato lo de hace unos momentos, su reacción al ver los cuerpos de los guardias de seguridad. ¿En qué había pensado en ese momento? ¿Qué era lo que le preocupó al pensar en sus pesadillas...?

    Cody sintió en ese momento como una larga y pesada mano se colocaba sobre su hombro derecho, apretándoselo con fuerza. Lo siguiente fue el sonido de una respiración pesada y dolorosa, que venía justo de sus espaldas. Se giró rápidamente, y entonces lo vio: aquel ser alto, delgado, de piel opaca, untada sobre su esquelético rostro sin ningún rastro de cabello, con sus ojos hundidos como si fueran sólo cuencas vacías, en cuya oscuridad se asomaban dos pequeños ojos blancos carente de cualquier rastro de humanidad o emoción en ellos. Los labios arrugados de aquella criatura se curvaron en una sonrisa aún más horrenda que la de Lily Sullivan.

    Cody soltó un pequeño grito de terror, y rápidamente retrocedió mirando incrédulo aquella figura delante de él. La criatura se le fue acercando con pasos lentos, encorvando su torso hacia un lado y su cabeza hacia otro, sin dejar de mirarlo. Sus largos brazos caían a los lados, retorciéndose mientras avanzaba; podía escuchar el sonido de sus huesos desquebrajándose y tronando.

    —No, no puede ser —murmuró Cody, notablemente en pánico. Sin fijarse, tropezó con el cuerpo de uno de los guardias mientras retrocedía, cayendo al suelo de sentón sobre uno de los charcos rojizos—. Tú ya no existes, yo te eliminé.

    La criatura soltó un fuerte alarido de golpe, y de su boca salieron decenas de polillas oscuras que comenzaron a volar contra él. Cody cerró los ojos y alzó sus brazos, intentando protegerse de los animales. Sintió como chocaban contra él, revoloteaban en su cabello, e incluso le pareció sentir que alguna de ellas le mordía la piel de las manos. El monstruo abruptamente se lanzó contra él, cruzando la distancia que los separaba en menos de un segundo. Lo tomó de los brazos y lo empujó contra al suelo. Cuando Cody abrió de nuevo los ojos, se encontró de frente con el alargado rostro de la peor de sus pesadillas, mirándolo fijamente desde arriba, aún con esa larga y grotesca sonrisa. Extendió el rostro hacia él, hasta colocarlo justo a un lado de su oído.

    —Siempre… estaré… contigo… —Susurró con una voz ronca y agotada, que a Cody dejó petrificado.

    Lo rodeó entonces con sus dos largos y delgados brazos y pegó su frío y áspero cuerpo contra él. Y poco a poco, Cody sintió como se hundía en esa piel grisácea, siendo envuelto por ella poco a poco como si fuera el capullo de pupa.

    —¡No! —Comenzó a gritar desesperadamente, intentando quitarse aquella cosa de encima, pero le era imposible hacerlo.

    Eso era una ilusión, no era real. Esa imagen la había inventado su subconsciente hace muchos años en base a la imagen de su madre biológica moribunda por el cáncer, algo que su joven mente no había podido entender. Y en esos momentos él no la había creado ni tampoco estaba dormido, así que no había forma de que estuviera ahí. Su lado lógico lo sabía, y se lo gritaba con fuerza. Pero aun así, no lograba evitarlo. No podía apartar a aquella cosa. Él, un supuesto experto en ilusiones, no era capaz de librarse de una tan fuerte como esa.

    Y ahí se encontraba, retorciéndose de terror en el suelo como si fuera otra vez un niño de nueve años sin comprender lo que le ocurría. No había monstruo ni polillas acechándolo. Sólo Lily Sullivan, que ya hace un rato atrás se había logrado parar de la silla pues ante tal escena, Cody había sido imposibilitado de seguir manteniendo las cadenas que la sujetaban. La niña se paró a un lado de él apoyada en sus muletas, viendo con diversión como se retorcía, manchándose sus ropas con la sangre en el suelo.

    —Quizás no pueda hacer mis ilusiones reales como tú, pero no necesito que lo sean: sólo necesito que tú creas que lo son. Aun así, me sorprende ver que lo que esa mujer me dijo era cierto; hay más como yo por estos lares. —Bufó entonces con ironía—. Aunque, difícilmente un ser tan patético como tú pudiera ser considerando mi igual…

    Su radio volvió a sonar en ese momento.

    —¡Ya vamos llegando a la salida! ¡¿Dónde vas?! —Escuchó la voz de Esther resonar, sacándola un poco de la deliciosa escena que estaba contemplando.

    —Ya voy —respondió de mala gana presionando el botón para abrir la comunicación, y luego chisteó con molestia. Al parecer no tendría el tiempo suficiente para acabar con eso—. Quisiera quedarme a platicar, pero tengo prisa. Diviértete.

    Mientras Cody sentía que era absorbido por completo por aquella criatura que tenía encima, quedando totalmente inmovilizado y con dificultad para respirar, Lily comenzó entonces a dirigirse a la salida a como el ritmo de sus muletas le permitía. Dejaría esa ilusión activa hasta que estuviera ya a una distancia segura, y tuviera que ocuparse más en no ser vista que en torturar a ese extraño.

    En parte le causó algo de agrado la idea de dejar a ese individuo con vida por ahora. Quizás se volvieran a encontrar en alguna otra ocasión, y le podría demostrar de qué más era capaz; y ella igual…

    FIN DEL CAPÍTULO 42

    Notas del Autor:

    La descripción de la criatura que Cody ve al final de este capítulo es la del monstruo llamado Canker Man, originario de la película Before I Wake del 2016.
     
  3.  
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    Resplandor entre Tinieblas
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    Resplandor entre Tinieblas

    Por
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    Capítulo 43.
    Tuviste suerte esta vez

    Esther en verdad se encontraba a unos metros de la misma salida por la que habían entrado cuando habló esa última vez para avisarle a Lily. Su recorrido había sido bastante despejado tras perder de vista a Matilda. Sólo se habían cruzado con un enfermero golpeado y aturdido que intentó detenerlas, y Esther se los quitó del camino con tres balas en el abdomen. El hombre aún respiraba (aunque con dificultad) tirado en el suelo mientras se alejaban. Samara ni siquiera pestañó.

    De hecho, la niña de largos cabellos negros a la que arrastraba con ella, se había mantenido bastante callada. No hacía intento alguno de detenerse o impedir que Esther la llevara consigo; sólo miraba perdida al suelo mientras avanzaban, como si no fuera siquiera consciente de en dónde se encontraba o hacia dónde iba. Esther no sabía si sólo estaba en shock por lo que había ocurrido hace poco, o quizás en realidad estaba arrastrando por todo ese hospital a una zombi comatosa. Pero se preocuparía de eso después; de momento ese estado alelado le hacía las cosas más fáciles.

    Y hasta antes de estar prácticamente cruzando la puerta, realmente todo aquello le había resultado bastante sencillo, o al menos más que cómo había sido su travesía en el Providence Medical Center de Portland, a pesar de que la cantidad de gente a la que había tenido que dispararle era relativamente mayor. Claro, en aquel entonces no tenía a la pequeña hechicera de Lily Sullivan de su lado para cuidarle las espaldas; quizás sin eso todo hubiera sido sustancialmente más complicado. Pero entonces todo se volvió un poco menos simple.

    —¡Leena Klammer! —escuchó que alguien gritaba con fuerza, resonando por el pasillo, e instintivamente el oír su antiguo nombre la hizo detenerse—. Policía, tira tu arma y alza las manos.

    Esther se encontraba con su cara hacia la puerta, por lo que no podía ver directamente al apuesto detective de Filadelfia a sus espaldas, que la apuntaba directo a la cabeza con el arma que acababa de pedir prestada al detective Vázquez. Aun así, sus solas palabras y la forma en las que las había dicho, le indicaron sin lugar a la duda de que en efecto era un policía, y en efecto le estaba apuntando; esto último lo sintió como un escozor caliente en la parte trasera de su cabeza.

    —No intentes nada, ni siquiera des un paso de dónde estás —exigió tajantemente Cole Sear, manteniendo aún su distancia antes de atreverse a acercarse un poco más.

    Esther examinó rápidamente sus opciones. Hasta ese momento, no estaba aún segura si era capaz o no de sobrevivir a un disparo con su nueva e inusual naturaleza, y en realidad no se sentía con la suficiente suerte para probarlo en esos momentos. Podría apostar a que no le dispararía, o no lo suficientemente rápido antes de que ella lo hiciera. Pero en ese sentido él tenía la ventaja (la tenía justo en mira en esos momentos), y por su voz tan firme podía notar que no tenía duda en tener que hacerlo si era necesario. Además, la había llamado Leena Klammer; sabía quién era en realidad, así que era poco probable que le causara titubeo dispararle a esa “inocente chiquilla”.

    Si intentaba tomar de nuevo su radio y hablar con Lily, igualmente era probable que le disparara. Y, aunque lograra hacerlo, ¿cuánto tardaría su feliz acompañante en hacer algo para ayudarla desde donde quiera que estuviera? La otra alternativa era la niña que tenía justo a su lado, que era obvio que también tenía sus habilidades. Pero estaba tan ensimismada en sí misma (ni siquiera había reaccionado a la abrupta presencia del policía), que era poco probable que pudiera convencerla de hacer algo para ayudarla.

    Decidió, de momento, hacer lo que le pedía. Hacer un poco de tiempo en lo que Lily llegaba hasta ese sitio y se encargara de ese idiota con sus habilidades únicas; si en efecto, no la dejaba morir y decidiera irse de ese sitio ella sola. Como fuera, Esther tiró su arma al suelo y alzó sus dos manos sobre su cabeza como le habían indicado. Eso debía causar al menos un poco de confianza en ese policía, y los hombres confiados cometían errores.

    —Samara, ven conmigo ahora —indicó Cole con fuerza de mando en su voz, pero la niña a la que le hablaba no respondió; no alzó siquiera su rostro, como si no lo hubiera escuchado—. ¿Samara? ¿Qué le hiciste?

    —Nada, ella quiso irse conmigo por su propia voluntad —respondió Esther con simpleza, y Cole no le creyó en lo absoluto.

    —Samara, soy yo, Cole; el amigo de Matilda. Ven hacia mí, yo te protegeré.

    Samara siguió sin reaccionar en un inicio. Luego, poco a poco comenzó elevar su mirada en su dirección, y eso tranquilizó un poco a Cole. Sin embargo, dicha tranquilidad no le duró mucho. La expresión de Samara parecía ausente y perdida, como si estuviera caminando dormida, y esto le provocó una muy mala sensación a Cole.

    —Asesiné a mi madre —murmuró despacio—. Ya no puedo regresar…

    —¿Qué dices? —Cuestionó Cole, confundido—. Escucha, no sé qué haya pa…

    Y entonces, el oficial dejó de hablar abruptamente. Al inicio Esther no entendió qué ocurría, pero luego de varios segundos sin escuchar nada más, se giró lentamente a mirarlo sobre su hombro. Y entonces ahí se dio cuenta de que no sólo había dejado de hablar, sino de cualquier otra cosa. De un momento a otro, se quedó totalmente paralizado en su sitio, apuntando al frente con su arma, pero ya no dijo nada ni se movió. Sus ojos ya no parecían estarlas viendo a ellas, ni nada en particular.

    —¿Qué le pasó? —inquirió Esther.

    ¿Había sido Samara?, ¿o Lily tal vez? Echando un vistazo a la que tenía más cerca, no creyó que fuera la primera opción; Samara seguía igual de metida en su propia cabeza. Y no veía a Lily por ningún lado.

    No sabía qué había ocurrido, pero tampoco se quedaría a descubrirlo. Tomó a Samara de la mano y corrió el medio metro que las separaba de la puerta y la abrió de golpe. Del otro lado, sin embargo, encontró un nuevo aparente obstáculo que le cortaba el camino. De pie a corta distancia de ellas, se hallaba un hombre de piel oscura, alto y fornido, con su cabello negro largo sujeto en varias trenzas, y una barba de candado alrededor de la boca. Su expresión era agresiva, e hizo que Esther se estremeciera e incluso retrocediera un paso por la impresión.

    Esther tuvo el impulso de apuntarle de nuevo con su arma, pero en el apuro la había dejado en el suelo como Cole le había indicado. Miró hacia atrás, intentando determinar qué tan rápido podría moverse para alcanzarla, pero no lo necesitó. Aquel hombre las pasó de largo, caminando con paso firme por su zurda, y luego entrando por la puerta. Se agachó entonces para tomar el arma de Esther del suelo.

    —Lárguense de aquí, ahora —les indicó tajantemente sin voltear a verlas.

    —¿Y tú quién eres? —Espetó Esther, desconfiada.

    —¡Que se muevan!, ¡ya! —Les gritó casi furioso, mirándolas sobre su hombro—. Yo me encargo de este tipo.

    Sin dar más explicación, avanzó hacia Cole con el arma en mano, colgando a un lado de su muslo derecho.

    Esther no comprendió, pero no pensó desaprovechar la oportunidad con vacilaciones.

    —Cómo digas…

    Volvió a tomar a Samara de la mano y la jaló en dirección a dónde yacía oculta su camioneta.

    Una vez solo (aunque no era que eso hubiera sido un determinante), James, el misterioso salvador de Leena, se paró firme delante de Cole y lo contempló unos momentos fijamente, mientras el rostro del policía seguía congelado en el tiempo en una sola expresión de perplejidad. James lo supo de inmediato: era uno de ellos, de esos que pasó tantos años cazando y alimentándose. Y era uno muy poderoso; no necesitaba las habilidades de su Mabel para sentirlo, pues le bastaba con percibir como su mente luchaba para librarse de la atadura que le estaba imponiendo.

    Meditó un poco en sus posibilidades; sería una pena desperdiciar un alimento tan único, pero no tendría el tiempo suficiente para sacárselo cómo es debido. Podía sentir como luchaba, y él por su parte aún seguía bastante débil. De seguro en cualquier momento se libraría. La solución más práctica era acabarlo rápido, devorar lo más que pudiera brotar de él y salir de ahí lo más pronto posible. No era una comida ideal, pero era una comida.

    Mientras James pensaba en todo ello, era ignorante de que había alguien más ahí, o más bien algo. Él no la veía, y quizás Cole en su estado no era capaz de procesar por completo lo que sus ojos captaban. Pero por encima del hombro izquierdo de James se asomaba el rostro de aquel ser que se había presentado ante Cole con el nombre de Gema, con esa misma apariencia que le había mostrado en un inicio, con su cabello castaño un poco desarreglado, sus ojos azules serenos, y sus labios rojos torcidos en una sonrisa complacida ante lo que veía. Miraba atentamente al detective, deseando ver cómo terminaba esa escena tan interesante.

    —Te lo advertí, guapo —pronunció con un tono juguetón aquel ser con forma de mujer, palabras que de seguro Cole escuchó, pero quizás no entendió.

    Sin pronunciar ninguna palabra, James levantó su brazo, colocando el arma justo delante de la cara de Cole, con la punta del silenciador a sólo unos centímetros de su ojo izquierdo. E igualmente, permaneciendo en silencio, pensaba presionar el gatillo, y lo hubiera hecho sin el menor pudor… sino fuera porque su dedo, y toda su mano entero, no le respondía. A pesar de todo el esfuerzo que aplicaba, no era capaz de mover su dedo ni un milímetro.

    —¿Qué…? —Exclamó perdido, en especial cuando su mano lentamente comenzó a girarse, hasta que la punta del arma le apuntaba directo a su propia cara, y todo ello sin que él se lo ordenara.

    No era posible, ¿acaso ese hombre estaba haciendo eso? Lo miró de nuevo. Los ojos del policía habían cambiado por completo; no eran sus ojos.

    —Ni se te ocurra —murmuró aquel hombre, pero la voz que James escuchó en su cabeza también sonó diferente; sonó a la voz de una mujer.

    Cole bajó su mano derecha con su arma, y agitó la izquierda rápidamente hacia un lado. El cuerpo de James se elevó del suelo y voló violentamente hacia la pared. Chocó contra ésta y luego cayó al piso; el arma se le había resbalado de las manos en el proceso.

    —¿Quién eres…? —exclamó James aturdido, intentando alzarse lo más rápido posible.

    —Yo hago las preguntas aquí —le respondió la misma voz de mujer con autoridad. Extendió de nuevo su mano izquierda hacia él y James cayó de sentón al piso como si dos grandes manos lo hubieran empujado hacia abajo desde los hombros—. ¿Para quién trabajas? Dime su nombre.

    James lo miró desde abajó con inquebrantable dureza. No había miedo como tal en él, pero sí bastante inquietud ante la pregunta que le acababan de hacer.

    —Si fueran listos, le entregarían a las niñas y dejarían las cosas así. No saben lo que es capaz de hacer ese demonio.

    —¡Tú no sabes de lo que soy capaz yo! —Le gritó con fuerza, con su voz resonando como mil ecos. James sintió que su cuerpo se presionaba contra la pared, como si una pesada bota se aplastara contra su pecho, dificultándole respirar.

    Quien estaba usando al policía como conducto debía ser otra más de ellos, e incluso una más poderosa que ese individuo. Era impresionante, quizás eran tan poderosa como… aquella mocosa paleta.

    Por unos momentos, James sintió que ese sería el final de ese largo viaje. Si no lo mataba esa mujer quién quiera que fuera, lo haría quien lo había mandado a esa estúpida misión. No había arrepentimiento en él sobre la idea de al fin ciclar y desaparecer por completo de ese mundo, como quizás debió haberle ocurrido hace cinco años, salvo quizás uno: Mabel. ¿Quién cuidaría de su Mabel? Sabía bien que el monstruo que los había arrastrado a todo eso no lo haría. A lo mucho la usaría, las exprimiría hasta la última gota, y luego se desharía de ella cómo lo hacía con todo. Esa sola idea le causaba tanto coraje y frustración…

    Y hablando del diablo, éste se asomó, o quizás siempre estuvo observando en realidad.

    —¿Por qué no me demuestra a mí de lo que es capaz? —se escuchó su voz astuta resonando como una carcajada, tomando por sorpresa a la mujer dentro del cuerpo de Cole Sear.

    Sintió en ese momento como si alguien se hubiera parado justo detrás de ella, le rodeara el cuello con un brazo y lo apretaran con fuerza con él hasta casi sofocarla. Sintió además cómo colocaba su rostro a un lado del suyo, y le susurraba despacio en el oído:

    —¿Lista para el Round 2, señora?

    Y entonces, fue jalada violentamente hacia atrás, arrancada a la fuerza del cuerpo de Cole y desapareciendo entre sombras.

    La presión en el pecho de James se esfumó y pudo al fin respirar con normalidad, aunque tuvo en ese momento otro de esos repentinos ataques de tos que lo hicieron doblarse en el suelo. Por su parte, las piernas de Cole se doblaron, y el oficial cayó de rodillas. Tuvo que soltar la pistola con el fin de usar sus dos manos para evitar caer de lleno, pues presintió que no podría ser capaz de volver a levantarse si eso ocurría. Se sentía bastante mareado y confundido. Le parecía haber visto y oído todo lo que pasaba, pero en realidad no estaba seguro; todo era como flashazos espontáneos en su memoria, como fragmentos de un sueño. Pero algo tenía bastante claro: la identidad de quién había intervenido.

    —¿Eleven? —murmuró en voz alta, como esperando que de alguna forma la voz de su antigua mentora le respondiera, ya fuera en sus oídos o en su cabeza. Ninguna de las dos cosas ocurrió.

    Cole por unos momentos no era del todo consciente de la presencia de James justo delante de él. No hasta que notó por el rabillo del ojo como estiraba repentinamente su mano derecha para alcanzar la pistola que Cole había dejado caer. El detective reaccionó, tomándolo de la muñeca firmemente para evitarlo, y luego estiró su pie para golpear la pistola y hacer que ésta se deslizara hacia un lado por el suelo. Hizo la mano de James a un lado, y de inmediato lo tomó de sus ropas, lo alzó sólo un poco y luego le remató un fuerte puñetazo directo en la cara. James chocó de nuevo contra la pared y luego se precipitó al piso.

    El oficial de Filadelfia intentó pararse de nuevo para recuperar terreno, pero James logró barrer sus pies a medio intento y Cole cayó de bruces al piso. James se arrastró con debilidad, y aún con ciertos arranques de tos ocasionales, hacia la pistola. Cole lo tomó firmemente de su tobillo para detenerlo, y rápidamente se le colocó encima, lo giró hacia él y lo golpeó dos veces más en el suelo. Para el tercer golpe, James logró tomarlo firmemente de la muñeca para detenerlo, y entonces ambos hombres comenzaron a forcejear entre sí, haciendo alarde de su fuerza física.

    James logró patear a Cole directo en la cara y arrojarlo lejos de él. Su intención era dirigirse de nuevo al arma, pero se le vino otro ataque de tos, mucho más fuerte que los anteriores, que lo inmovilizó. Alzó su manga un poco para echar un vistazo a su antebrazo; esas malditas manchas rojizas de nuevo.

    Cole se estaba incorporando de nuevo. James hizo uso de las pocas fuerzas que le quedaban para crear un amarre más, aunque fuera pequeño. Se concentró, se enfocó, y entonces clavó todo su ser en su actual oponente. Cole sintió que todo su cuerpo le dejaba de responder y todo se volvía negro una vez más. Su intento de levantarse quedó en ello, pues cayó sentado al piso, con su cabeza cayendo al frente. Cuando lograra reaccionar de nuevo minutos después, para él no habrían pasado ni un segundo, y de nuevo tendría flashazos aislados que querrían indicarle que no era así. Pero, de momento, estaba totalmente fuera de combate.

    James cayó rendido al piso, sujetándose su abdomen y tosiendo con tanta fuerza que algo de saliva se le escurrió de la boca, creando un pequeño charco con ella. Se le había olvidado meter un tercer factor que podría matarlo: esa maldita sarampión, o lo que fuera que lo estuviera consumiendo.

    Se paró a duras penas y salió tambaleándose del hospital para dirigirse a su propia camioneta y alejarse de ahí antes de que la policía se enterara de todo eso y acordonara la carretera.

    Mientras todo ese combate acontecía, Gema los observaba con detenimiento, esperando que ocurriera algún giro emocionante, pero todo terminó un poco aburrido para su gusto. Cuando James salió por la puerta, aquel ser se aproximó tranquilamente hacia Cole, poniéndose de cuclillas delante de él para contemplar de cerca su rostro perplejo y congelado que asemejaba al de un cadáver, que ni siquiera sabía qué le había pasado; se vía incluso más apuesto así. Gema sonrió ampliamente, pero dicha expresión no reflejaba felicidad, ni ninguna emoción que pudiera asemejarse a algo parecido.

    —Tuviste suerte esta vez —susurró intentando imitar cierta dulzura en su voz, mientras con una mano acariciaba su mejilla. Se aproximó entonces a su oído derecho, susurrándole sutilmente—. Pero esa puta ya no podrá protegerte más. Debiste hacerle caso a tu mami cuando podías, guapo. Ahora es tarde; Él ya no te dejará ir, lo siento —Se inclinó hacia su mejilla, dándole un pequeño beso rápido en ella—. Hasta la próxima…

    Gema se incorporó y antes de que se enderezara por completo su figura sencillamente se esfumó.

    Un par de minutos después, Lily Sullivan pasaría caminando por ese mismo pasillo, vería a Cole tirado en el suelo, pero no le prestaría mucha atención; supondría que sería otro más de las victimas del bello caos que había causado. Saldría por la misma puerta y se reuniría con sus compañeras de viaje sin mayor contratiempo.

    — — — —​

    Eleven había entrado en trance desde hace ya algunos minutos. Se había sentado firmemente en el sillón de su estudio, con su cubre ojos y audífonos para aislar el sonido con el fin de tener la mayor concentración posible. Mike, mientras tanto, la vigilaba en silencio desde una silla colocada a un lado del sillón. Él se había opuesto en un inicio a que lo hiciera, pero su esposa podía ser bastante terca cuando se lo proponía. Tenía la completa seguridad de que algo horrible estaba ocurriendo en aquel sitio en el que se encontraban Matilda, Cole y Cody, y no podía dejarlos solos. Mike de todas formas quiso quedarse cerca, con la quizás absurda idea de que podría hacer algo para traerla de vuelta si algo ocurría. Y aunque en realidad no pudiera hacer algo, se sentía más tranquilo estando ahí que yéndose a otro cuarto.

    Al inicio no pareció ocurrir nada, pero casi siempre así era. Por unos minutos sólo estuvo ahí sentada, callada e inmóvil. Mike siempre se imaginaba que aquello debía ser como intentar volar por el espacio, buscando a la persona que quería ver entre un mar de estrellas. Eleven le había dicho que no era precisamente “navegar”, pero siempre le había resultado difícil describirlo.

    La respiración de Jane se agitó un poco de pronto, sus manos se tensaron sobre el tapiz del sillón, e inclinó un poco el cuerpo hacia el frene como si comenzara a hacer un gran esfuerzo. Al ver esto, Mike se paró por mero instinto, y sintió la tentación de llamarla pero se contuvo.

    —Ni se te ocurra —exclamó Jane de pronto con tono agresivo, y por un segundo Mike creyó que se lo decía a él, pero luego comprendió que no era así; ella ni siquiera estaba ahí en ese momento.

    Las cosas del cuarto comenzó a agitarse un poco: la mesa de centro, lo que estaba sobre el escritorio, las ventanas que daban al jardín, como si estuviera ocurriendo un pequeño temblor.

    —Yo hago las preguntas aquí —murmuró Eleven de nuevo, bastante parecido a como lo había hecho antes—. ¿Para quién trabajas? Dime su nombre.

    Mike se preguntó a quién estaba interrogando con exactitud. ¿Tendría todo eso que ver con las preocupaciones que le estaba compartiendo hace sólo un momento atrás?

    —Mamá, papá —escuchó Mike que una vocecilla familiar pronunciaba desde la puerta, y un segundo después ésta se abrió.

    Mike se apresuró rápidamente hacia ella para evitar que se abriera del todo. Se paró firme en la pequeña abertura que se había creado, y miró a través de ella a su hija Terry, con Babilón a sus pies también mirándolo.

    —Ahora no, Terry —le murmuró despacio, interponiéndose como si no quisiera que viera hacia adentro—. Tu madre está proyectándose, no podemos interrumpirla.

    —¿Proyectándose? —Murmuró perpleja la niña de dieciséis años, e instintivamente intentó mirar más allá de su padre hacia adentro del estudio—. ¿Justo ahora? ¿Por qué?, ¿pasó algo?

    —No pasó nada —le respondió, aunque en realidad no estaba seguro de la veracidad de esa afirmación—. Ve a tu cuarto, no debemos…

    —¡Tú no sabes de lo que soy capaz yo! —Se escuchó como Jane gritaba con ímpetu desde su asiento, y el cuarto entero volvió agitarse.

    Terry se exaltó un poco sorprendida por tal grito.

    —¿Qué está pasando? ¿No necesita nuestra ayuda?

    —Terry, tu madre sabe lo que hace. Debemos confiar en ella, ¿de acuerdo? —Colocó entonces una mano detrás de la cabeza de su hija y se inclinó al frente para darle un rápido beso en ésta—. Ahora ve a tu cuarto. En cuanto terminé te llamó.

    —Está bien —contestó Terry, evidentemente no muy convencida. Se dispuso a obedecer y dirigirse por el pasillo a su cuarto, y Babilón igualmente parecía dispuesto a hacerlo. Sin embargo, en el último momento el husky pareció arrepentirse. Se detuvo, se giró de nuevo hacia la puerta del estudio, poniéndose en alerta, y luego comenzó a gruñir con ferocidad.

    Mike y Terry lo miraron confundidos.

    —¿Qué ocurre, Babilón? —Le preguntó Terry preocupada. Se agachó a su lado, intentando calmarlo, pero el animal de hecho se veía cada vez más tenso.

    Fue entonces cuando ambos escucharon como Eleven soltaba un fuerte alarido de dolor. Mike se giró rápidamente hacia ella, soltando la puerta. Eleven se había pegado por completo contra el respaldo del sillón y tenía su cabeza hacia atrás; más de esos mismos alaridos salieron de su boca sin reparo. Alzó sus mano con desesperación, intentando prácticamente arrancarse el cubre ojos y los audífonos. Lo hizo, tirándolos al suelo para apartarlos de ella, pero ni así se tranquilizó.

    —¡El! —exclamó Mike lleno de angustia, dirigiéndose hacia ella; Terry le siguió por detrás.

    —¡No se acerquen…! —Logró gritarles, alzando en ese momento una mano hacia ellos. Los tres, incluido Babilón, fueron empujados hacia atrás para que mantuvieran la distancia.

    Eleven permaneció en su asiento, con sus dedos aferrados con sillón como si sus uñas fueran a atravesar en tapiz. Su mirada estaba fija en las puertas de cristal delante de ella, con sus pupilas dilatas por completo. El cuerpo siguió temblando, pero poco a poco todo se fue calmando incluyendo su respiración, hasta que quedó aparentemente tranquila, con su cuerpo más relajado. Sin embargo, algo de sangre escurrió por su nariz por su fosa derecha, llegando hasta sus labios.

    Giró su rostro lentamente hacia su esposo, aunque éste no estaba seguro si en verdad lo estaba viendo a él.

    —Mike… —susurró Eleven con debilidad, casi como si hablar le doliera.

    —¿El? —Murmuró Mike con reservas, aproximándosele con cuidado—. ¿Qué ocurrió…?

    Antes de que pudiera acercársele del todo, abruptamente el cuerpo de Eleven se dobló hacia atrás y un grito aún más desgarrador que el anterior se escapó de ella, y toda la casa fue abruptamente sacudida como presa de un fuerte terremoto; incluso Mike cayó a la alfombra al no poder mantener el equilibrio por la sacudida.

    Terry, por su lado, se había pegado contra la pared a lado de la puerta, sosteniéndose para no caerse también. Babilón gruñía con agresividad, aunque era en realidad más miedo, en dirección a Eleven. Pero no le gruñía a ella. Su padre de seguro no lo veía, y Babilón sólo lograba sentirlo; pero Terry sí pudo verlo, vio claramente a ese chico de cabellos negros y traje, detrás justo de su madre, rodeándole el cuello con su brazo derecho, el cual presionaba con fuerza y ella era incapaz de quitárselo de encima.

    —Mike, ese es su nombre, ¿eh? —Murmuró con malicia aquel individuo cerca del oído de Eleven, mirando de reojo al hombre en el suelo—. Tanto que se esforzó para mantenerme lejos de aquí la primera vez, y mire ahora: me trajo justo hasta su casa, con su linda familia.

    Eleven estaba en shock; la había tomado totalmente desprevenida en ese momento, ni siquiera se dio cuenta de en qué momento la había arrastrado hasta ese punto. Era él; no necesitaba que él se lo confirmara. Era el mismo chico de la otra vez, y la tenía por completo a su merced. No era capaz de moverse o de hacer cualquier otra cosa. Jamás había sentido tal nivel de invasión en su persona… nunca se había sentido tan indefensa en toda su vida.

    —Mike… Terry… —logró pronunciar con debilidad—. Váyanse de aquí, corran…

    —¿Y enserio cree que hay algún lugar en el que se pueden esconder de mí? —Exclamó con marcada sorna en su voz—. Debió haberse quedado al margen, señora. Yo no pierdo dos veces en el mismo juego…

    —¿Quién eres tú? —Cuestionó Terry tajantemente de golpe, llamando en ese momento la atención de todos, incluida la del extraño intruso.

    —Terry, ¿a quién le hablas? —le preguntó su padre, quien intentaba ponerse de pie; en efecto, él no lo veía.

    El misterioso atacante sonrió divertido.

    —Ah, ella puede verme. ¿Acaso es como usted? —Pasó entonces los dedos de su otra mano por los rizos de la cabeza de Eleven de forma juguetona—. Quizás también deba hacerle una visita después de que acabe con usted, pero esta vez en persona. O aún mejor, tengo un par de amigos a los que les encantaría que se las diera como regalo; le darían un buen uso...

    —Ni se te ocurra ponerle un dedo encima, bastardo —espetó Eleven con tanta rabia acumulada que sus palabras se esforzaban de más para poder salir—. Te juro que te voy a…

    —¿Qué me va a qué?, ¿eh? —Ironizó el chico, apretando sus dedos contra su cabeza fuertemente—. Por si no se ha dado cuenta, no está en posición de amenazar a nadie; y nunca más lo estará…

    De pronto, los dedos de aquel chico se presionaron tanto contra la sien de Eleven, y parecieron comenzar a hundirse en su piel poco a poco. Pero no era como si ésta se abriera, sino más bien como si los dedos de aquel intruso comenzaran a fundirse con la cabeza de Eleven. Fuera lo que fuera aquello, Eleven comenzó a sentir un tremendo y horrible dolor.

    —¡¡Aaaaah!! —gritó con gran fuerza, retorciéndose en su sito pero sin lograr soltarse de ese agarre mental en que la tenía.

    Más sangre comenzó a surgir de su nariz… mucha más sangre.

    —¡No!, ¡déjala! —Le gritó Terry con tono desafiante, dando un paso hacia él que en realidad no compartía dicho sentimiento.

    —Terry —Le llamó su padre, pero ella no lo escuchó.

    —¡¡Deja a mi mamá!! —Gritó Terry con gran fuerza, y su gritó resonó como un relámpago.

    Toda la habitación se agitó con más violencia como respuesta a su grito, y todo, a excepción del sillón en el que se encontraba su madre sentada, salió volando en diferentes direcciones. Las puertas de cristal estallaron y pedazos de vidrio volaron hacia el jardín. Y lo más importante, la imagen astral de aquel individuo también pareció ser empujado violentamente junto con todo lo demás.

    Las luces tintinearon tres veces, para luego apagarse por completo; no sólo en ese cuarto, sino al parecer en toda la casa.

    Todo se quedó en silencio justo después. Mike miró a su hija cauteloso; ésta seguía mirando al sitio en el que su objetivo había estado parado hace sólo unos momentos, con la respiración tan agitada como si acabara de terminar una carrera. Miró entonces hacia su esposa. Jane Wheeler se encontraba sentada en el mismo sitio, con sus ojos desorbitados mirando hacia las puertas ahora sin cristal en ellos.

    —¿Jane? —murmuró Mike, pero no recibió ninguna respuesta.

    Y unos segundos después de que Mike la mirara, su cuerpo se fue ladeando lentamente hacia un lado, hasta caer de costado sobre el sillón, y luego rodó hacia el suelo. Quedó boca arriba en la alfombra, con sus ojos aun totalmente abiertos, pero sin emitir sonido o movimiento alguno.

    —¡Jane! —Mike cruzó en menos de un segundo la distancia que la separaba de su esposa y se agachó a su lado, tomándola rápidamente en sus brazos—. Oh, Dios, El, cariño… —Repetía lleno angustia y al borde de las lágrimas. Sus ojos no lo miraban; no miraban absolutamente nada. Pero aún respiraba, aunque muy débil, apenas apreciable—. ¡Llama a una ambulancia! ¡Rápido!

    Sólo hasta ese momento Terry fue sacada de su profundo transe. Al mirar a su madre en ese estado en los brazos de su padre, por unos momentos se sintió paralizada pero forzó a que sus piernas se movieran lo más rápido posible, y entonces salió del estudio junto con Babilón en busca de su celular.

    —Jane, contéstame por favor, reacciona… —siguió Mike insistiendo, sacudiéndola un poco y dándole palmadas en su mejilla, pero nada funcionaba. Eleven no daba señal alguna de consciencia. Y su respiración, que ya antes era escasa, comenzaba poco a poco a apagarse…

    FIN DEL CAPÍTULO 43

    Notas del Autor:

    Terry Wheeler es un personaje original de mi creación, pero se encuentra creada en base al contexto de la serie Stranger Things.
     
  4.  
    WingzemonX

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    Resplandor entre Tinieblas
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    Misterio/Suspenso
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    Resplandor entre Tinieblas

    Por
    WingzemonX


    Capítulo 44.
    No estoy bien

    Esther no se calmó o respiró tranquila hasta que ya estuvieron a varios kilómetros de Eola, y conducían hacia el sur por la 99W. Una vez que Lily se subió, la camioneta conducida por Esther salió disparada de su escondite detrás del hospital psiquiátrico, dirigiéndose hacia la carretera, tomando la ruta hacia al oeste en dirección a Rickreall. No escuchaba aún las sirenas de policía venir desde Salem, pero estaba segura de que no tardarían mucho más. No pararían en Rickreall, ni en ningún otro sitio por las siguientes dos horas al menos. Aunque el próximo paso en su misión era entregar a ambas niñas en Los Angeles, de momento no tenían un destino inmediato fijo. Sólo conducirían hacia el sur hasta que sintiera que estaban a salvo, o se cansara de conducir y necesitaran descansar. Todo había salido relativamente bien, pero no deseaba tentar de más su aparente buena suerte.

    Lily estaba sentada en el asiento del copiloto, mientras Samara se había sentado atrás. Ésta última no había dicho palabra alguna desde que salieron de Eola. De hecho, ni siquiera se movía. Estaba sentada, con su cabeza apoyada contra la ventanilla, y todo su cuerpo flojo como si durmiera, aunque sus ojos estaban abiertos, fijos en la oscuridad que envolvía el suelo de la camioneta bajo sus pies, sólo alumbrado de vez en cuando por la luz de algún otro vehículo que pasaba a su lado. Esther le había improvisado un vendaje rápido en su mano y un curita en su mejilla del botiquín que usaba para tratar la pierna de herida.

    —¿Y qué le pasa a nuestra nueva compañera de viaje? —Cuestionó Lily con curiosidad, mirando por encima de su asiento hacia atrás.

    —Déjala en paz —le reprendió Esther sin quitar sus ojos del camino—. Creo que acaba de matar a su madre.

    —¿Enserio? —Lily echó un vistazo más cuidadoso a la niña en el asiento trasero. Se veía algo escuálida y no sentía gran amenaza brotar de ella. De hecho, no sentía nada de ella: ni miedo, ni tristeza… nada. Como si fuera un simple cadáver, y en verdad casi se veía como uno. Como fuera, de momento no era su problema. Se encogió de hombros y se acomodó de nuevo en su asiento—. Gran cosa. Yo maté a mi padre y no me ves lloriqueando.

    Esther la miró sutilmente por el rabillo del ojo unos momentos, pero casi de inmediato se volvió de nuevo al camino.

    —Yo maté a ambos —susurró despacio, como si no tuviera genuino interés en que su acompañante la oyera—. A mi madre y a mi padre… más de una vez.

    — — — —​

    A lo largo de su vida, Matilda había sufrido varios tipos de heridas, pero nunca la de una bala atravesándole el cuerpo, pese a que no había sido la primera vez que le disparaban (la misma mujer acababa hace sólo unos días de hacerlo en circunstancias bastantes similares). No le había resultado tan doloroso en el momento, más como un ardor molesto. Sin embargo, pasado el tiempo y la adrenalina, dicho ardor fue incrementándose hasta volverse insoportable. En comparación, la mordida en su tobillo que le había hecho aquel perro en el hospital de Portland se sentía insignificante.

    La habían encontrado sentada en un pasillo cuando ya le fue imposible caminar; apenas estaba consciente. Se había aplicado algo de alcohol que había encontrado en una de los consultorios, y luego se hizo un vendaje lo mejor que pudo usando sólo su mano izquierda. Dos enfermeras la trataron lo más rápido posible, limpiándole la herida y vendándosela de forma más apropiada. Mientras lo hacían, repitieron con insistencia lo afortunada que era, pues la bala había entrada y salido, y no parecía haber nada importante herido. Matilda difícilmente podía creer que pudiera haber algo de buena suerte en todo eso.

    Luego de tratarla, la recostaron en una camilla y le inyectaron un tranquilizante para que se relajara. No quería que lo hicieran, pues lo que menos deseaba en esos momentos era dormir. Pero al final cayó rendida. Mientras lo hacía, le pareció haber visto a Cole de pie a un lado de su camilla hablándole, y no estaba segura si acaso ella le respondió algo o no. Como fuera, el sueño le había servido, pues horas después despertó y se sentía de cierta forma mejor. Le habían vendado el hombro entero y le habían colocado un cabestrillo para que no moviera de más el brazo. Aún le dolía un poco, pero con los antinflamatorios, analgésicos y los antibióticos, todo debía estar bien en unos días.

    Se sentó con cuidado en la camilla, sujetándose un poco su cabeza; sentía que ésta le daba un poco de vueltas.

    Sintió que alguien se le acercaba por un lado. Su primer pensamiento fue que era una enfermera que venía a reprenderla y decirle que permaneciera acostada, y ella estaba más que dispuesta a decirle que se ocupara de sus asuntos. Dicen que un doctor era siempre un pésimo paciente, y al menos en su caso eso parecía ser cierto. Pero no se trató de una enfermera, sino de Cody, que se le aproximó cauteloso.

    Cody era un desastre en esos momentos. Su cabello estaba despeinado, se había quitado su corbata y su camisa estaba desalineada y manchada. No traía puestos sus anteojos, y también parecía como si se acabara de despertar no hace mucho.

    —Matilda, ¿estás…? —murmuró Cody dudoso, mirando discretamente su cabestrillo.

    —Me dispararon —respondió la psiquiatra, aunque casi de inmediato supuso que él ya debía de saberlo—. No se lo digas a mi madre; enloquecerá en cuanto se entere…

    Llevó los dedos de su mano libre a su frente y se la talló fuertemente.

    —Samara se fue. Esa… mujer se la llevó, o más bien quiso irse con ella. Su madre está muerta… no pude evitarlo…

    —Lo sé —le respondió Cody con voz apagada, y entonces se permitió sentarse en la camilla a su lado—. Yo tampoco pude hacerlo. Lily Sullivan —Matilda se sobresaltó al escucharla pronunciar ese nombre—, ella estaba aquí. Se metió en mi cabeza, pero no como otros lo han hecho antes. La protección que Eleven nos dio no sólo no sirvió de nada, pudo entrar aún más profundo, y sacar a la luz terrores que creía haber olvidado. —Hizo una pausa y respiró profundamente, como intentando recobrar las energías que había perdido al decir todo eso—. Estas niñas… no son como los otros niños que hemos ayudado antes, Matilda.

    —¿Estas niñas? —Repitió Matilda con duda—. ¿Hablas de Lily Sullivan…?

    Cody permaneció callado unos momentos, y luego se giró lentamente hacia ella, casi como si tuviera miedo de mirarla directamente.

    —Y Samara —respondió al fin, dejando a Matilda sin palabras—. Eleven tenía razón. Hay algo… que no está bien con ellas… Quizás debimos hacerle caso y hacernos a un lado… dejarle este asunto a Cole.

    Matilda no tuvo nada que responderle. Hace unos días ese comentario le hubiera enojado bastante y hubiera derivado en una marcada actitud a la defensiva. Pero, justo en ese momento, tras todo lo ocurrido, no tenía fuerzas ni armas para afirmar lo contrario. Quizás era cierto: quizás debió haberse ido de ahí en cuanto Eleven se lo advirtió.

    —¿Dónde está él ahora? —Preguntó Matilda abruptamente.

    —¿Cole?, él está bien —respondió Cody—. Tiene unos golpes, pero nada grave. Al parecer se peleó con otro individuo que también estaba ayudando a Leena Klammer. Y creo que también tenía… habilidades —eso último lo susurró, como si temiera que alguien más lo escuchara a pesar de que estaban solos en esos momentos—. Está con la policía, dando su declaración e intentando de nuevo que no nos retengan mucho aquí, supongo…

    —Lo siento —musitó Matilda de pronto, tomándolo por sorpresa—. Yo fui la que te involucró en esto.

    —No era lo que quería decir. No te estaba culpando.

    —Pero yo sí. —Matilda bajó su mirada con cierta melancolía—. Le fallé a Samara, como le fallé a…

    La puerta del consultorio en el que estaban se abrió sin aviso, poniendo a ambos un poco tensos como si hubieran sido sorprendidos a mitad de una travesura. Esa vez tampoco fue una enfermera, ni un policía. Era el Dr. Johnson, no en un mejor estado que el de ellos.

    —Dra. Honey, ya despertó —mencionó Johnson, señalando lo evidente.

    —Dr. Jhonson, ¿se encuentra bien? —le cuestionó Matilda con sincera preocupación. Johnson asintió como respuesta. Pareció vacilar unos momentos, y entonces habló.

    —El señor Morgan acaba de llegar —murmuró con voz apagada, tomando totalmente desprevenida a Matilda que abruptamente sintió que su cabeza le daba vueltas de nuevo—. Pidió hablar con usted. Le dije que estaba herida y quizás indispuesta, pero… él insistió mucho. —Intentaba justificarse con demasiada insistencia, tanto que comenzaba a rozar en lo falso—. Puedo decirle que sigue dormida…

    —No, está bien —declaró la psiquiatra con firmeza y comenzó a ponerse de pie con el cuidado que ameritaba su estado—. Iré a verlo.

    —Matilda, quizás no sea buena idea —señaló Cody con marcada preocupación. No sólo por su hombro, sino porque ya sabía de antemano porque ese hombre quería hablar con ella: no sólo su hija había desaparecido… su esposa estaba muerta.

    Matilda también lo sabía, y con bastante claridad. Lo que menos deseaba era enfrentarlo, escuchar lo que iba a decirle o recriminarle. Pero no podía esconderse de ello; tarde o temprano tendría que tener esa conversación incómoda, por llamarla de alguna forma.

    —Debo hacerlo —fue lo único que logró responderle a Cody, y entonces caminó con cuidado a la puerta. El ritmo de sus pasos se volvió más confiado conforme su estado letárgico se fue disipando, aunque no por ello ocurrió lo mismo con su anhelo por el encuentro que estaba por tener.

    — — — —​

    La policía llegó lo más rápido que pudo, seguidos de cerca por bomberos y paramédicos. No había fuego que apagar, pero si personas que tratar. Había más de veinte heridos entre personal, pacientes y visitantes, siendo la más grave Matilda y su herida de bala. Pero además, en total había siete muertos: un intendente, un enfermero y dos guardias de seguridad, asesinados los cuatro por arma de fuego presumiblemente por Leena Klammer; además, un enfermero más que sufrió un fuerte golpe en la cabeza a ser atacado por un frenético paciente; una paciente, Anna Morgan, que todo parecía indicar que se había auto infligido varias puñaladas en su propio cuello; y por último, el Dr. Scott que saltó desde el techo del edificio antes de que toda aquella locura comenzara, y cuya relación con ésta aún era imprecisa.

    La prensa vino volando dese Salem, y quizás más lejos, y en menos de una hora comenzaron a congregarse afuera del hospital.

    Todo era de cierta forma una repetición de lo sucedido en Portland: dos ataques similares, perpetrados con unos cuantos días de diferencia y por la misma persona. Si el nombre de Leena Klammer no era conocido, poco a poco comenzaría a serlo. De cierta forma eso era algo bueno, pues eso reducía los lugares en los que podría ocultarse sin ser reconocida. Sin embargo, considerando quién la acompañaba y ayudaba, Cole Sear estaba convencido de que terminaría esfumándose en el aire, y pasaría un buen tiempo antes de que la policía pudiera dar con ella. Por supuesto, no les dijo eso directamente a los oficiales que lo interrogaron. Como oficial de la ley que era, cooperó con ellos y les dijo todo lo que consideró apropiado que supieran. La mayoría del relato se enfocó en aquel hombre que lo había atacado cuando intentaba aprehender a Leena Klammer. Les dio la descripción más detallada que pudo, y les proporcionó el arma que había tomado y dejado atrás al huir para que buscaran sus huellas, aunque sospechaba que no encontrarían ninguna o no encajarían con nadie en lo absoluto.

    Omitió la parte de las personas enloquecidas viendo cosas que no estaban ahí, o que el mismo hombre que lo había atacado lograba de alguna forma apagar su cerebro unos momentos como si jalara la cadena de una lámpara de techo. Y por supuesto, fue bastante cuidadoso intentando explicar qué hacía en ese sitio en realidad, quiénes eran Matilda y Cody, y fingió ignorancia cuando le preguntaron porque esta mujer Leena querría llevarse a Lily Sullivan y Samara Morgan; y la fingió bastante bien, cabía decir. Pero aquello fue sencillo, pues en realidad no era como que tuviera del todo muy claro qué motivo podría tener Leena o quién estaba detrás de ella. Aunque, tenía su teorías…

    Al principio los oficiales de Oregón se prestaron algo renuentes a confiar del todo en su palabra. Les parecía sobre todo muy sospechoso que los tres (Matilda, Cody y él) hubieran estado en ambas escenas del crimen sólo por mera casualidad. Cole debía darles crédito en eso; sería algo que a él también le parecería bastante extraño. Insistieron mucho usando eso como principal base de su interrogatorio, pero conforme pasaron las horas, y sucedió la llegada de un muchachito de traje oscuro que Cole supuso debía ser algún asistente del fiscal, no les quedó más que aceptar que no tenían nada para relacionarlo a él o alguno de sus amigos en alguno de los dos sucesos, y dejarlos ir por ahora.

    El sitio era un caos de forenses, oficiales y personal médico. Viendo un poco el lado cínico de todo, Cole pensó que si tenías a más de veinte personas heridas, era de cierta forma buena suerte que fuera justo en un hospital, aunque fuera uno psiquiátrico; quizás gracias a eso Matilda estaba bien. De todo lo horrible que había ocurrido esa noche, enterarse que a Matilda le habían disparado fue quizás lo que más afectó al detective de Filadelfia. No le importó si los otros oficiales lo querían detener, él se abrió paso hasta el consultorio en el que ésta se encontraba reposando, sólo para ver que en verdad estuviera bien. Y en efecto lo estaba, o algo así. Al parecer estaba tan confundida por lo que le habían inyectado, que era probable que no se hubiera dado cuenta de su presencia. Y una vez que ya lo dejaron ir, sólo pensaba en ir de nuevo a verla.

    Se decía a sí mismo que era una preocupación normal de colegas, y en especial ahora que al parecer habían comenzado a hacerse amigos (o eso creía él). Pero él sabía que no era precisamente eso; era tan obvio en sus intenciones que se sentía avergonzado.

    Antes de poder llegar a donde estaba Matilda, Cole pasó por una de las salas de espera. Y ahí vio a Vázquez, sentado en una de las sillas, mirando con expresión desorbitada hacia la absoluta nada, como si a él también le hubieran inyectado una buena dosis de tranquilizantes. Tenía algunos golpes en la cara, un par hechos por el propio Cole, y de seguro tuvieron que revisarle de nuevo las heridas de su brazo y tobillo. Pero seguía en una pieza. Debía reconocérselo: era un hombre rudo.

    Cole decidió tomarse un pequeño desvío y se acercó hacia él; igual, debía devolverle algo. Vázquez no lo notó hasta que ya estuvo a su lado. Cole se sentó en la silla a un lado de él sin decir nada en un inicio. Luego introdujo su mano en el bolsillo interno de su saco, extrayendo de éste la pistola que había tomado prestada, y se le extendió.

    —Creo que esto es suyo —señaló con simpleza.

    Vázquez tomó el arma con su mano libre, y la examinó unos momentos en silencio como si fuera la primera vez que la veía. No le preguntó por qué la tenía, no le reprendió por tomarla, ni le gritó diciéndole lo irresponsable que era tomar el arma de otro oficial y los problemas en los que podría haberlo metido; dicho sea de paso, tampoco pareció interesado en darle las gracias. Sólo la guardó de regreso en su funda, y volvió al mismo estado casi letárgico de hace unos momentos.

    Cole sacó algo más de su bolsillo: una cajetilla de cigarros. Era un hospital y ya lo habían reprendido por ello demasiado en los últimos días, pero no creyó que con tanto alboroto a alguien le importaría. Se colocó uno en los labios y luego extendió la cajetilla hacia Vázquez. Él la miró de reojo y sólo negó con su cabeza lentamente. Guardó de nuevo la cajetilla y prendó el cigarrillo con su encendedor. Pensó que se sentiría mejor después de algunas bocanadas, pero parecía que la nicotina no era suficientemente en esa ocasión.

    —¿Qué es lo que ocurrió aquí? —soltó Vázquez de pronto sin provocación aparente. Ocurrieron muchas cosas, pero Cole supuso que se refería en específico a lo que le había pasado a él y a los otros.

    —Lily Sullivan, eso ocurrió —le respondió sin vacilación. Vázquez lo volteó a ver con asombro en sus ojos—. Creo que mis amigos intentaron explicárselo lo mejor posible el otro día. ¿Hay algo que yo le pudiera decir para que ahora sí lo crea?

    —Poderes psíquicos, ilusiones, telepatía… ¿Todo esto es real? —Exclamó Vázquez, aun aferrándose a un frágil escepticismo.

    —Más de lo que me gustaría. Y me temo que todo es incluso mucho peor de lo que se imagina. Ni siquiera yo, que he visto tantas cosas antes, puedo entender del todo lo que ocurrió aquí. Así que no se sienta mal si está un poco confundido: todos aquí lo estarán por un buen rato. No hay manera de que oficiales convencionales entiendan o puedan lidiar con todo esto. No te entrenan para esto en la Academia, se lo aseguro.

    Lo último al parecer había intentado decirlo con algo de humor, pero no creía haber sonado gracioso.

    —¿Y quién sí puede lidiar con algo como esto? —Cuestionó Vázquez con voz de interrogación, mirando tajantemente a Cole con cierta desconfianza—. ¿Ustedes y su Fundación?

    Cole permaneció en silencio. Aspiró un poco de su cigarrillo, exhalando el humo unos segundos después por su boca con un pequeño resoplido.

    —Lo mismo me pregunto —susurró con voz apagada.

    Volvieron a quedarse en silencio unos segundos. Un par de oficiales pasaron caminando delante de ellos, entrando por una puerta y saliendo por otra sin prestarles atención. Un bostezo se le escapó de pronto a Cole. Ya habían pasado varias horas, y aún antes de esto el día había sido bastante agotador por ir y venir de Silverdale. Se sentía cansado, pero no creía poder dormir.

    —Necesito… salir de aquí… —Murmuró Vázquez, de nuevo de la nada y sin provocación, parándose de su asiento lo más rápido que sus muletas le permitieron.

    —¿Seguro? No se ve en buen estado. Además, disparó su arma dos veces en el interior de un hospital. Si asuntos internos de Portland es como en Filadelfia, eso deberá traducirse en mucho papeleo.

    —Al carajo con eso —espetó el detective con bastante convicción, y Cole podía aplaudir eso. Se alejó unos cuantos pasos con sus muletas, pero luego se detuvo de golpe y se giró de nuevo hacia él—. Hay más detrás de todo esto de lo que incluso ustedes creen. Luego del incidente en el hospital, se presentó gente del gobierno a hacer preguntas, reclamar pruebas… y sólo Dios sabe qué cosas más.

    Cole lo miró confundido. ¿Gente del gobierno?, ese era un término bastante ambiguo.

    —¿Federales?

    —No sé qué mierda sean. Pero creo que estarán aquí muy pronto también. Será mejor que tus amigos y tú no estén en los alrededores cuando eso pase.

    No supo cómo interpretar esa extraña advertencia. No le parecería raro que personas de oficinas más arriba se presentaran en una escena de crimen como esa, especialmente una que involucraba a una asesina como Leena Klammer, que según había leído sus crímenes no sólo habían cruzado líneas estatales sino fronteras de países. Era algo con lo que Cole ya había tenido que lidiar, a pesar de que su carrera aún no era tan larga, y supuso que Vázquez debía de estar más acostumbrado a ello. Pero, aun así, se veía especialmente perturbado por eso. ¿Sería acaso que estas personas de las que hablaba no eran como las agencias habituales que solían meter sus narices cada cierto tiempo cuando olfateaban la publicidad y el reconocimiento? ¿De quiénes estarían hablando realmente?

    —¿Por qué me dice esto? —Le preguntó curioso, partiendo de la idea de que hace unas horas bien parecía dispuesto a agarrarse a golpes con él, o incluso con Matilda si era necesario.

    Vázquez vaciló.

    —No lo sé… Está noche no sé nada…

    Se giró de nuevo apoyado en sus muletas y ahora sí se alejó sin voltearse de regreso, y Cole tampoco hizo algo para detenerlo.

    Permaneció sentado unos momentos y siguió fumando un rato más, meditando sobre ese pedazo de información que acababa de recibir. Aunque realmente tenía demasiadas preocupaciones como para sumarle lo que podría o no estar haciendo alguna extraña agencia del gobierno. Quienes fueran, esperaba que no quisieran meterse de más en ese asunto, pues no podría terminar nada bien.

    Su teléfono sonó de pronto, haciendo que diera un brinco de sorpresa en su silla. Lo buscó a tientas en cada uno de sus bolsillos, hasta localizarlo en el delantero izquierdo de su pantalón. El número en la pantalla era desconocido; la lada no era de Pensilvania ni de Oregón, y de momento no pudo identificar de dónde era con exactitud. No era el mejor momento para responder llamadas extrañas, o quizás era el momento justo dependiendo de cómo lo viera; una llamada extraña fue justo el comienzo de toda su intromisión en ese asunto en el que se encontraba metido.

    Decidió atender.

    —Detective Se… —comenzó a presentarse ya con el teléfono en su oído, pero no alcanzó a terminar de pronunciar su apellido.

    —¡Hasta que logró contactar a uno de ustedes! —Escuchó como una voz femenina gritaba con bastante ahínco, y quizás enojo, en el otro lado de la línea. Cole tuvo incluso el acto reflejo de apartar un poco el aparato de él por el volumen tan alto de aquella voz—. ¡¿Qué les pasa a todos?! ¡¿Necesito llamarlos telepáticamente para que atiendan?!

    —Hey, más despacio —respondió Cole a la defensiva—. ¿Quién eres?, ¿Mónica?

    —¿Quién eres?, ¿Mónica? —Repitió la mujer en el teléfono, usando un tono de voz más que despectivo—. Sí, ¿quién más? No tengo tiempo para estupideces, Sear. ¿Qué rayos pasó?

    No era que Cole estuviera del mejor humor del mundo antes, pero definitivamente esa abrupta llamada tampoco hizo mucho para mejorarlo. Mónica era una las rastreadoras de la Fundación, y una de las mejores según decían algunos. Un par de veces había pedido permiso para que lo ayudara a investigar algún dato para uno de sus casos, y lo había hecho… con actitud bastante antipática de por medio; al parecer ayudar a la ley no era de sus actividades favoritas, y por consiguiente él no era de sus personas favoritas tampoco.

    —Mira, hemos tenido una noche muy ocupada por aquí —suspiró Cole con cansancio, pasando su mano por su rostro—, así que tendrás que ser mucho más específica. ¿A qué de todo lo que pasó te refieres?

    Luego de un comentario hiriente que Cole intentó ignorar, Mónica fue directo al punto, revelándole la verdadera intención de su llamada. Lo que escuchó lo dejó tan sorprendido, que el cigarrillo que sostenía entre sus dedos se le resbaló al suelo.

    Cole pensó que esa noche no podían darle más malas noticias de las que ya tenía encima. Estaba muy equivocado…

    — — — —​

    A Matilda no le sorprendió saber en dónde se encontraba el señor Morgan, pero la falta de sorpresa no evitó que se le formara un nudo en el estómago ante la idea de ir a aquel sitio. El Dr. Johnson le hizo el favor de guiarla hasta el pasillo sobre el que se encontraban las puertas dobles, pero no avanzó más allá, y no lo culpó. Un doctor con experiencia había aprendido a lidiar con los familiares de un paciente fallecido… pero esa ocasión era diferente.

    Se quedó unos momentos contemplando en silencio las puertas cerradas, y el letrero sobre éstas que rezaba: morgue.

    Respiró hondo para intentar tomar fuerzas e intentar que lo poco del mareo provocado por sus medicinas que aún le quedaba desapareciera. Abrió con cuidado una de las puertas y se asomó sutilmente al interior de aquella habitación oscura y fría. Lo primero que vio fue la espalda amplia del señor Morgan, y su cabello oscuro con algunas canas. Se encontraba justo enfrente de una de las planchas, alumbrada por una brillante luz suspendida sobre ésta. El cuerpo del señor Morgan le tapa la vista del rostro, pero ella supo sin problema que el cuerpo sobre la plancha debía de ser el de su esposa. Él la miraba en silencio, de seguro contemplando su rostro sereno.

    Matilda dio un par de pasos hacia el interior y dejó entonces que la puerta se cerrara sola detrás de ella. Richard Morgan no parecía haberse percatado de su presencia, o si lo hizo no parecía importarle lo suficiente como para voltear a verla. Matilda tuvo en ese momento un pensamiento un poco fuera del lugar, sobre cuánto tiempo había dormido realmente para que él estuviera ahí, pues el viaje desde Moesko hasta ahí no debía ser corto.

    —Señor Morgan —pronunció despacio la psiquiatra, intentando de esa forma anunciar su presencia. Él siguió sin mirarla.

    —Dijeron que estaba herida —pronunció el hombre con un tono alarmantemente tranquilo—. ¿Se encuentra bien?

    —Me recupero —fue lo único que se le ocurrió responder, arrepintiéndose un poco después sin ningún motivo.

    Se atrevió entonces a acercarse un poco más, hasta que pudo ver, queriendo o no, el rostro de la mujer recostada sobre la plancha. Su piel se veía aún más pálida que antes, y algunas de las venas se marcaban por debajo de ésta. Tenía los ojos cerrados, y la herida su cuello había sido cerrada de forma un tanto apresurada. La expresión, a veces pronunciada en un inútil intento de reconfortar, “parece sólo estar durmiendo”, no aplicaba en lo absoluto en ese caso.

    Sólo su rostro era visible; el resto de su cuerpo se encontraba cubierto con una delgada sábana blanca. Matilda miró sutilmente hacia el resto del cuarto. Había otras planchas y camillas ocupadas, todas ellas tapadas por completo con una sábana similar a la que cubría el cuerpo de Anna Morgan.

    —La amé desde la primera vez que hablé con ella, ¿sabe? —Comentó el Señor Morgan de pronto, jalando de nuevo su atención hacia él. El hombre acercó su gran mano hacia la caballera oscura del cuerpo delante de él, acariciándola muy suavemente, como si temiera romperla—. La pasión con la que hablaba los caballos, y todos los sueños que tenía a futuro. Y fui testigo de cómo los cumplía todos, uno tras otro… excepto uno. Yo le decía que no necesitábamos hijos, que nosotros, nuestro rancho y nuestros caballos eran suficientes; pero creo que para ella no lo eran. Yo sólo quería que fuera feliz, completamente feliz. Y por un momento usted me hizo pensar que eso aún podría ser posible. Que superaríamos esto, ella volvería a casa, compraríamos nuevos potrillos, y podríamos empezar de nuevo. Seguir cumpliendo sus sueños, y construir algunos nuevos. Que podríamos ser felices sólo los dos, después de que ella saliera de este sitio, y nos deshiciéramos de ese demonio. —Hizo una pequeña pausa, antes de concluir—. La esperanza es la cosa más cruel de este mundo, ¿no es así? Y usted al parecer es una experta en ese tipo de crueldad.

    No había tristeza o recriminación aparente en sus palabras, sólo una sombría y fría tranquilidad que para el caso podría ser incluso peor. Matilda se sintió totalmente desarmada en esos momentos, incapaz de poder reaccionar de alguna forma sensata. Su mente se había quedado divagando principalmente en eso último que había dicho: “La esperanza es la cosa más cruel de este mundo.” No tenía forma de negar tan afirmación… Ella había pensado lo mismo no hace mucho al recordar a Carrie White…

    —Samara estaba mejorando, señor Morgan —murmuró Matilda con toda la firmeza que le era posible, que en realidad no era mucha—. Nuestras sesiones la estaban ayudando, estoy convencida de que con el cuidado correcto podría haberla…

    —¡¿Cree que me importa un comino lo que podría o no haber hecho con esa niña?! —Espetó Richard con fuerza, volteándola a ver sólo un poco por encima de su hombro. Su voz repicó en el eco del cuarto, y por primera vez se sintió un rasgo de llanto asomándose en ella—. Mi esposa está muerta, recostada en esta plancha fría, y su asesina sigue respirando. La niña que se suponía sería su hija, que la haría más feliz de lo que yo podía hacerla.

    El señor Morgan se inclinó entonces al frente, soltando unos pequeños sollozos que ya no era capaz de contener. Siguió pasando su mano por los cabellos del cuerpo, mientras la miraba melancólico.

    Matilda intentó hablar, pero su voz se entrecortó.

    —Lo que ocurrió… no fue culpa de Samara…

    —¿Y de quién es entonces?, ¿suya? —Volvió a mirarla sobre su hombro y Matilda tuvo el deseo de decirle que sí, que todo era su culpa, pero nada salió de sus labios. Richard se giró casi de inmediato hacia el frente una vez más, sin darle importancia—. Quizás fue mía, por a pesar de todo haberme dejado engañar por su carita de ángel, y no haber visto por completo lo que era cuando Anna me lo dijo. No sólo la interné aquí por haber intentado suicidarse, ¿sabe? Ella quería matar a esa niña… —Ese dato revelado tan repentinamente dejó helada a Matilda—. Debí habérselo permitido… Ahora está libre en el mundo, y sólo Dios sabe qué clase de horrores está por desatar sobre nosotros.

    — — — —​

    No se dijeron mucho más después de eso, y en realidad no había nada más que decir. El mensaje que el señor Morgan intentaba transmitirle era demasiado claro: había fallado, y eso era algo con lo que ella difícilmente podía discutir. Lo dejó entonces solo cuando pensó que era oportuno. Caminó lentamente por el pasillo sin ningún rumbo fijo, pero en realidad sólo avanzó un par de metros antes de tener que detenerse y sostenerse de la pared con una mano para no caer. Pero en realidad aquello había sido más un acto reflejo, pues en realidad sí deseaba caer. Pegó su hombro contra la pared, luego su espalda, y dejó que ésta se deslizara por la superficie hasta caer sentada en el piso. Sus ojos azules apuntaban perdidos a la pared opuesta, sin mirar nada específico en ella.

    Su puño libre se apretó con fuerza, y en un vago intento de liberar toda la frustración y enojo que tenía dentro, lo azotó contra al suelo con fuerza. Lo hizo una vez, luego dos y tres veces. Pero no era golpear el suelo lo que realmente quería hacer: tenía ganas de gritar, de patalear, de hacer que todo ese edificio volara por los aires, de que todo y todos se fueran muy lejos. Quería deshacerse de esa agobiante y asfixiante angustia que no la dejaba respirar. Quería hacer muchas cosas, pero no hizo ninguna… solo golpear el suelo, y dejar que unas pocas lágrimas se deslizaran por sus mejillas, sin permitirse soltar el llanto por completo.

    “Me dijiste que me ayudarías Matilda… ¡Me dijiste que me ayudarías a controlar mis poderes! ¡Me dijiste que ya no lastimaría a nadie más! ¡Y mira lo que hice! ¡Maté a mi mamá! ¡La maté!”

    “Lo siento,” repetía la psiquiatra en su mente una y otra vez. “Lo siento, lo siento, lo siento, siento…”

    —Matilda, oye… —oyó de pronto que la llamaban, pero no fue suficiente para sacarla por completo del estado en el que había caído. Dicha persona se le aproximó y se agachó a su lado. Sólo hasta entonces se viró y se encontró con el rostro preocupado de Cole, y detrás de él venía Cody—. ¿Estás bien?

    —No, no estoy bien —le respondió con severidad—. ¡Nada en todo esto está bien!

    Inclino su cuerpo al frente, y pegó su mano contra sus ojos, como si quisiera calmar algún punzante dolor. Se mantuvo en esa posición sólo unos segundos, antes de virarse de nuevo hacia sus dos compañeros. Ambos la miraban con seriedad… demasiada seriedad. Al principio se dijo a sí misma que era una reacción normal que la situación ameritaba, especialmente si la encontraban en ese estado tan deplorable. Sin embargo, mientras más observaba sus caras, más le parecía que no era precisamente eso. Ambos parecían dudosos, cómo si buscaran la forma y momento de decir o a hacer algo.

    —¿Qué? —Les cuestionó sin rodeos—. ¿Qué sucede? ¿Ahora qué?

    Cole se viró hacia Cody y ambos se miraron el uno al otro, aún más dudosos que antes. El oficial la miró de nuevo, al parecer teniendo que ejercer un gran esfuerzo en ello, y la seriedad de su mirada se volvió aún más profunda.

    —Es Eleven… —le respondió al fin con tono solemne.

    Matilda lo miró confundida, aunque una parte de ella lo supo desde antes de que Cole se explicara: entre todo ese montón de desgracias, había ocurrido algo aún más horrible…

    FIN DEL CAPÍTULO 44
     
  5.  
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    Resplandor entre Tinieblas
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    Misterio/Suspenso
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    Resplandor entre Tinieblas

    Por
    WingzemonX


    Capítulo 45.
    ¿Qué haremos ahora?

    Hacía una noche agradable en Anniston, New Hampshire. El clima estaba templado, y no había ni una nube en el cielo. Abra Stone consideró que era un buen momento para sacar a pasear a su perrito Brownie para que éste se despejara un poco, pues había estado encerrado todo el día y encima de todo en compañía de su madre que no lo dejaba siquiera comer sin que hubiera un regaño de por medio.

    Ambos anduvieron a paso tranquilo por la banqueta de aquel barrio suburbano pacífico, iluminado y callado; especialmente esto último. La calle se encontraba tan sola en esos momentos, que parecía casi como si todos se hubieran ido de vacaciones y ahora todas esas casas a su alrededor estuvieran vacías. A Abra esto no le incomodaba en lo absoluto. Tenía la correa de Brownie sujeta a su muñeca derecha, mientras éste caminaba animado delante de ella. Prácticamente permitía que el perrito la guiara en su recorrido nocturno, siempre y cuando no se saliera del camino de cemento de la banqueta. Por su parte, ella tenía media atención en sus pasos, y la otra media en su teléfono celular, en el que intercambiaba mensajes con su amiga Emma. La conversación en cuestión no era que le agradara del todo; otro chisme más del que a nadie le constaba nada, pero aun así todo el mundo estaba seguro de que era verdad. Y, sin embargo, sentía el deber casi moral de no dejar dicha discusión hasta obtener un desenlace favorable.

    Estoy cansada de tener que ser yo la que dé explicaciones.
    Si ella quiere disculparse, sabe dónde encontrarme

    La respuesta de Emma no se hizo esperar.

    No lo hará. Es demasiado orgullosa.

    Pues que se le vaya quitando, que no es el centro del universo.

    Tenle un poco de paciencia.
    Se acaba de dar cuenta de que su promedio no le alcanzará para entrar a Yale.

    Abra bufó despacio con algo de fastidio. En verdad lamentaba el asunto de Yale, pero ya estaba cansada de que sacaran ese tema como justificación para cualquier cosa. Rápidamente comenzó a mover sus dedos por la pantalla para responderle.

    Aún le queda un semestre.
    Podría aplicarse aún si dejara de…


    Sus dedos se detuvieron antes de lograr terminar y enviar el último mensaje. Le pareció escuchar claramente una voz que la llamaba por su nombre a sus espaldas, y esa presencia tan abrupta resonando entre el silencio que la envolvía, la hizo detenerse en seco, alarmada. Se giró rápidamente sobre sus pies y miró hacia alrededor; no había nadie cerca, o si acaso lo había las luces mercuriales no lo alumbraban.

    —¿Hola? —Exclamó un poco fuerte para que la escucharan—. ¿Quién anda ahí?

    No hubo respuesta. Todo regresó a ser tan silencioso como hace un momento.

    Aquello le resultó extraño a la joven. No había sido como una de esas veces en las que uno cree escuchar su nombre repentinamente pero sólo es algún ruido malinterpretado. Estaba segura de en verdad haberlo oído, con sus tres letras. Aunque, también su nombre tan corto podía fácilmente confundirse con otras palabras o expresiones; eso no sería tan raro… si no fuera porque no veía a nadie cerca.

    Luego de meditarlo por unos segundos, se encogió de hombros y siguió con su caminata, aunque ya no tan tranquila como antes.

    Unos cinco minutos después, luego de terminar de dar la vuelta a la cuadra, la chica y su perrito se encaminaron de regreso a su casa.

    —Ven, Brownie —exclamó Abra en cuanto abrió la puerta principal con sus llaves, y de inmediato el pequeño animal café entró corriendo con apuro a la casa—. Eso es, chiquito. Ya volvimos —avisó con fuerza para que la escucharan.

    Al encaminarse hacia la sala, logró ver a su padre, David Stone, sentado en la sala del comedor con su tableta en las manos, cuya pantalla miraba con bastante concentración y picaba cada ciertos segundos con su dedo índice.

    —¿Cómo estuvo la caminata? —le preguntó su padre distraídamente, sin quitar sus ojos de la tableta.

    —No hubo ninguna pelea esta vez, así que se podría decir que estuvo bien —comentó con tono burlón al tiempo que se sentaba en una de las sillas del comedor, a lado de su padre. Éste sólo asintió, posiblemente sin haberla escuchado realmente.

    De seguro seguía enfocado en ese juego de cartas que se acababa de bajar hace unos días, y qué prácticamente no lo dejaba hacer ninguna otra cosa. Se preguntaba cuánto tiempo le tomaría aburrirse de él, o a su madre obligarlo a que le aburriera de una vez.

    Como invocada por su pensamiento, Abra escuchó en ese momento la voz de su madre viniendo de las escaleras.

    —Abra, otra vez se subió a los sillones —recriminó molesta la voz de Lucy Stone, a lo que le siguieron sus pasos apresurados al bajar los últimos escalones y después dirigiéndose a la sala—. Abajo, vamos.

    Brownie, que se había acomodado en el sillón más grande la sala, se bajó de un salto antes de que la Lucy llegara hasta él, alejándose hasta ocultarse debajo de la mesa a los pies de Abra.

    —¿Qué es un poco de tierra y pelos, mamá? —comentó Abra con humor, extendiendo su mano hacia abajo para acariciar un poco la cabecita de Brownie. Su madre sólo bufó molesta, comenzando a sacudir con fuerza el sillón con sus manos—. ¿Escribiste algo mientras no estuve, papá?

    —¿Qué si qué…? —Balbuceó su padre algo desconcertado, alzando al fin su rostro hacia su hija—. Ah, no… Me distraje un poco, creo.

    —¿Haciendo qué? —Masculló con algo de agresividad Lucy desde la sala—. ¿Perdiendo el tiempo con ese tonto juego otra vez?

    —No, claro que no —respondió su padre claramente a la defensiva, apresurándose a apagar la tableta y a colocarla sobre la mesa, fingiendo que no estaba ensimismado en ella hace sólo unos segundos antes.

    Y ahí estaba lo que sabía que tarde o temprano pasaría: Lucy Stone tomando las riendas de la situación.

    —Bueno, esto es algo en lo que no quiero intervenir —masculló Abra evasiva, y lentamente se paró de su silla con la delicadeza propia de un desarmador de bombas—. Los dejo, tengo que hacer tarea. Vamos Brownie, subamos.

    La jovencita se dirigió con paso rápido hacia las escaleras. El pequeño Brownie no dudó en acudir a su llamado, y la siguió por detrás. La intención era que ambos se encerraran en su cuarto, y se concentraran de nuevo mitad en la conversación que había dejado pendiente en su teléfono, y claro mitad en la tarea. Sin embargo, ninguno de los dos alcanzó a subir más de tres escalones.

    Abra se detuvo de pronto a medio camino. Sintió que todo el cuarto a su alrededor daba vueltas, por lo que rápidamente se sostuvo del barandal para evitar caer. A su cabeza comenzaron a llegar abruptamente sonidos e imágenes que le resultaban extrañas. El escenario a su alrededor cambiaba por flashazos a otro que no le era para nada conocido, o se volvía completamente negro por unos segundos. No sabía qué estaba viendo: miraba un bosque a lo lejos, una mesa, paredes color beige, y las caras esporádicas de dos personas no lograba enfocar lo suficiente como para reconocerlas.

    Escuchó entonces un fuerte grito que le taladró los oídos y la hizo doblarse de dolor.

    —¡¡Ah!! —Gritó con fuerza, y quitó su mano del barandal para intentar instintivamente taparse los oídos, pero fue inútil; los sonidos y gritos siguieron. Y aún peor, perdió el equilibrio al no poder sostenerse, y cayó de rodillas en el escalón.

    El grito asustó a Brownie, quien rápidamente se alejó corriendo hasta esconderse de nuevo debajo de la mesa.

    —¡Abra! —Vociferó histérica Lucy Stone y de inmediato rodeó el sillón para dirigirse hacia ella. David no tardó en hacer lo mismo.

    Abra se giró sobre respalda, quedando recostada en las escaleras. Apretaba con fuerza sus ojos, al igual que sus manos contra sus oídos, pero las imágenes y sonidos siguieron.

    “¿Quién eres tú?”, escuchó de pronto que pronunciaba una voz chillante como vidrio siendo arañado. Dos más similares le siguieron.

    “Ah, ella puede verme. ¿Acaso es como usted? Quizás también deba hacerle una visita después de que acabe con usted, pero esta vez en persona…”

    “Ni se te ocurra ponerle un dedo encima, bastardo.”

    Lucy llegó hasta su hija y la tomó en sus brazos.

    —Hija, ¿qué te pasa? —Abra no respondió. Sólo se retorcía y gemía con dolor—. Mi vida, ¿qué tienes?

    Lucy siguió insistiendo, pero el resultado era el mismo. Era como si no pudiera escucharla.

    “No está en posición de amenazar a nadie; y nunca más lo estará…”

    Y en ese momento, un dolor sin parecido invadió el cuerpo entero de la joven de diecisiete años. Fue una sensación quemante y corrosiva que le recorrió desde la cabeza, bajando por su espalda y hasta sus piernas, dejándola totalmente paralizada. Comenzó a gritar con tanta fuerza, como no sabía que su garganta era capaz de lograr. Su madre y su padre la miraron totalmente aterrados, temerosos de incluso tocarla.

    —¡Basta! —Gimió entre gritos—. ¡Has que paré!, ¡has que paré, mamá!

    Aquel era un grito desesperado inspirado por el dolor y el miedo. Su madre poco o nada podía hacer por ella en esos momentos, pero en la posición en la que se encontraba sólo le quedaba reducirse a una pobre niña llorando por ayuda a su mamá.

    “¡No!, ¡déjala!”, volvió a gritar con más intensidad la primera de esas voces chillantes. “¡¡Deja a mi mamá!!”

    Ese último grito se alargó en todas direcciones como una tremenda explosión en su cabeza. Todo se cubrió de un fuerte destello luminoso, y después nada más…

    Los ojos de Abra se cerraron pesadamente, y entonces su cuerpo se desplomó por completo en las escaleras sin oponer resistencia alguna. Quedó en una posición torcida, con su rostro contra la orilla de un escalón, y sus brazos y piernas doblados en una posición que parecía cercana a causarse daño. Y ahí se quedó, por completo inmóvil.

    —¡Abra, cariño! —Aulló Lucy con el rostro cubierto en lágrimas. Se animó a acercársele de nuevo, pero temió moverla pues pensaba que podía lastimarla de algún modo. Sólo la sacudió un poco, intentando hacerla reaccionar, pero no había ni un rastro de consciencia en ella. Y lo peor era que se comenzaba a sentir abruptamente fría.

    Lucy se giró sobresaltada hacia su marido, que veía todo desde el pie de la escalera, inmóvil y sin saber qué hacer.

    —¡Llama a John! —Le gritó su mujer con voz aguerrida—. ¡Rápido!, ¡no te quedes parado ahí!

    David se sobresaltó al escucharla y eso lo hizo reaccionar al fin. De inmediato corrió hacia la mesa en la que había dejado su teléfono. Mientras tanto, Lucy siguió intentando despertar a su hija, y con mucho cuidado se las arregló para recostarla bocarriba.

    Luego de llamar al médico, David la cargó hasta colocarla sobre uno de los sillones de la sala. Brownie se subió con ella, soltando pequeños pujidos de preocupación al tiempo que frotaba su cabecita contra su costado. Por esa ocasión, a Lucy Stone no le importó en lo más mínimo las patas sucias del perro sobre su sillón. Lo único en lo que podía pensar era en que su hija, su bebé, se veía y se sentía casi como muerta delante de ella…

    — — — —​

    La ambulancia llegó a la residencia de los Wheeler seis minutos después de que Terry Wheeler los llamara desesperada. En todo ese tiempo, Jane siguió inconsciente. La hemorragia de su nariz era abundante, y Mike intentó pararla presionando un pañuelo contra ella. No recordaba si en alguna ocasión anterior le hubiera sangrado tanto. Para cuando los paramédicos llegaron, el sangrado parecía haberse detenido, pero sus labios y barbilla se encontraban tan manchados que por un segundo pensaron que se había golpeado.

    Los paramédicos la revisaron. Tenía pulso, bajo pero estable. Sin embargo, no reaccionaba a nada de lo que le hacían. Mike no pudo explicar con claridad qué era lo que había pasado. En la cara de los paramédicos pudo notar que sospechaban que había ocurrido una pelea, debido al caos en el que se encontraba todo en el estudio. De seguro también pensaron que quizás él la había golpeado y roto la nariz, un pensamiento que le ofendió enormemente, pero que sabía que era su obligación el tenerlo.

    —Él no le hizo nada —escucharon todos de pronto que Terry afirmaba tajantemente—. Fue ese chico.

    —¿Qué chico? —Cuestionó uno de los paramédicos—. ¿Alguien la atacó? ¿Un intruso?

    Terry y Mike se quedaron callados. Sí, había sido un intruso, pero no del tipo que ellos suponían.

    —Si no nos quieren responder a nosotros, tendrán que hacerlo a la policía —señaló el otro como si intentara hacer algún tipo de amenaza.

    —No me importa —respondió Mike con severidad—. Sólo ayuden a mi esposa, por favor.

    Los paramédicos concluyeron que no había mucho que pudieran hacer ahí, por lo que sería mejor llevarla al hospital local. Fueron por la camilla y entre los dos subieron a El a ella, la sujetaron para que no se cayera y la sacaron de la casa para subirla a la ambulancia estacionada en la calle frente a la casa. Los vecinos miraban curiosos desde sus ventanas, pero no tenían tiempo para lidiar con ello. Mike y Terry se subieron a la ambulancia también, y emprendieron el camino.

    En el trayecto, Mike aprovechó para llamar a la Dra. Maxine Mayfield, conocida simplemente como “Max” por sus amigos, entre ellos Mike y la propia Jane. No estaba de guardia esa noche en el hospital, pero al ser enterada de lo ocurrido dijo que estaría ahí de inmediato.

    Al llegar al hospital, Mike y Terry tuvieron que quedarse afuera en la sala de espera de emergencias mientras revisaban a El. Max llegó poco después, pero apenas y se detuvo unos instantes para saludarlos, y luego de inmediato se fue para unirse al equipo que trataba a la paciente. Max era casi como el doctor de cabecera de su familia, y de los pocos que conocían en amplitud la singular fisionomía de Eleven. Sólo ella podría tener la imagen completa de lo sucedido, y por ello su presencia en todo ese desastre era más que necesaria.

    Pasaron los minutos, quizás horas, y Mike y Terry siguieron sin noticia. La joven en un momento recostó la cabeza sobre las piernas de su padre con la intención de sólo descansar unos segundos, pero terminó quedándose dormida. Tenía ya dieciséis, pero a veces le parecía que seguía siendo tan sólo una pequeña de diez. Se parecía tanto a El a esa edad, en más de un sentido. Sus otros dos hijos mayores, Sarah y Jim, habían salido más del lado de su familia; Sarah se había convertido casi en la viva imagen de su tía Nancy, por ejemplo. Pero Terry era sin lugar a duda la hija de Eleven; con una personalidad más introvertida y risueña, pero con sus mismos rizos cafés y sonrisa coqueta. Y, claro, esas mismas habilidades. Sarah y Jim habían mostrado capacidad parecidas de chicos, pero de grandes se fueron apaciguando hasta que actualmente, hasta dónde él sabía al menos, sólo quedaban pequeños rastros que ambos no solían explotar del todo. Pero Terry era diferente: cada año que pasaba, parecía estarse volviendo más fuerte, y eso a un Mike Wheeler ya cerca de sus cincuenta, con el peso de todo lo que había visto a lo largo de sus años, lo tenía más que preocupado. Especialmente ahora que sabía de la existencia de alguien allá afuera, tan peligroso y que parecía haberse empecinado en lastimarlos.

    Y si acaso perdía a Jane… ¿qué podía hacer él para proteger a su familia? Le pesaba admitirlo, pero era poco lo que había logrado hacer sin tener a El a su lado como apoyo y soporte. Le gustaba imaginar que el sentimiento era reciproco de parte de ella, pero sabía que si acaso era así, sería igualmente bastante disparejo. Pero no quería pensar demasiado en ello; la idea de que el amor de su vida pudiera sencillamente desvanecerse de un momento para otro, y de esa forma tan horrible… era simplemente inconcebible. Uno esperaría que la idea de la muerte, de alguno de los dos, se hubiera vuelto ya algo digerible con el pasar de los años, y especialmente por todos los peligros que habían estado enfrentando desde chicos. Pero no era así… no era para nada así…

    Max ingresó de pronto en la sala de espera con paso calmado y rostro sereno; tan sereno que era imposible para Mike adivinar si acaso traía buenas o malas noticias.

    Mike se levantó de su silla, retirando con cuidado la cabeza de Terry de sus piernas; ésta se despertó de inmediato en cuanto fue movida.

    —Max… ¿Cómo está? —le cuestionó, acercándosele.

    La Dra. Mayfield se paró firme delante de su viejo amigo. Su cabello rojizo y un poco rizado se encontraba sujeto con una cola de caballo, aunque cuando llegó lo traía suelto hasta los hombros. Era sólo unos centímetros más baja que Mike, pero de complexión atlética y fuerte. Usaba su bata blanca sobre una blusa igualmente blanca, y pantalones vaqueros azules.

    —La estabilizamos lo mejor que pudimos. Pero no podemos hacerla despertar de ninguna forma.

    —¿Está en coma? —Preguntó Mike, esperando que su pregunta no fuera demasiado obvia. Max sólo asintió levemente con su cabeza.

    —Aún tiene actividad cerebral; escasa, pero suficiente para no perder por completo la calma. Vamos a hacerle unos exámenes para ver si podemos descubrir alguna lesión física que pudiera causar su estado.

    —¿Puedo verla? —Escucharon ambos que Terry espetaba con apuro, acercándose a su padre por detrás.

    —Está en cuidados intensivos… —vaciló Max al responder, pero de inmediato Terry se le aproximó y la tomó de su brazo con algo de fuerza.

    —Por favor, tía Maxine. Quizás pueda escucharme.

    En sus ojos se veía un marcado rastro de súplica y convicción. Max la miró unos momentos, dudosa. “Quizás pueda escucharme”, había dicho, y ella sabía de antemano que podría ser cierto. Miró entonces a Mike en busca de algún tipo de opinión y éste sólo asintió levemente con su cabeza.

    —Pediré permiso y te acompañaré yo misma —le indicó Max con una media sonrisa adornando su rostro blanco y pecoso—. Sólo dame un minuto, necesito hablar con tu padre de algo más.

    —Siéntate un segundo, cariño —le pidió Mike a su hija, colocando una mano reconfortantemente sobre su hombro—. En un momento voy contigo.

    Terry asintió, pero se veía insegura. Aun así, volvió a su silla y se sentó en ella, dejándolos lo suficientemente solos como para que pudieran hablar de lo que querían.

    —La verdad, es poco lo que podemos hacer por ella aquí —señaló Max sin rodeos—. Debería pedir su trasladado a Lexington, pero…

    —Allá tampoco podrán ayudarla —concluyó Mike antes de que su amiga lo hiciera.

    —¿Qué fue lo pasó con exactitud?

    —No lo sé —masculló Mike, algo a la defensiva—. Alguien la atacó, a distancia… tú sabes cómo. No sé quién era. Ella me habló de un sujeto, un chico extraño que la había atacado antes.

    No había podido contarle las implicaciones completas de lo sucedido por teléfono a riesgo de que los paramédicos lo escucharan. Pero no fue necesario; de inmediato Max había intuido que se trataba de uno de esos asuntos. Sin embargo, en ese momento miró a Mike con cierta severidad, juntando sus manos al frente en posición casi marcial.

    —¿Le volvió a sangrar la nariz? —Inquirió de golpe, tomando por sorpresa a su viejo amigo—. La habían limpiado para cuando llegué, pero me lo informaron. Me dijeron que la hemorragia fue bastante. ¿Es cierto? —Mike no respondió, pero su cara bastó para reafirmarlo. Max comenzó entonces a hablarle mucho más despacio—. Mike, te lo advertí. Si abusó de nuevo de sus habilidades como antes…

    —No te atrevas a culparla de esto —respondió Mike, tan despacio como ella pero aún tajante, molesto por la sola insinuación—. Y no tienes que recordármelo a mí; ¿enserio crees que tengo el poder de evitar que haga cualquier cosa que quiera? Y además, ¿no fuiste tú la que me dijo hace mucho que ella debía ser quien se pusiera sus propios límites y no debería controlarla tanto?

    Los ojos de Maxine se abrieron en una expresión de asombro, y justo después se tornaron molestos debido al marcado sarcasmo de sus últimas palabras.

    —¿Me vas a recriminar por algo que dije hace treinta años? —Murmuró despacio con severidad—. Muy maduro de tu parte, Mike. Pero sí, lo dije. Como amiga confiaba en qué sabría lo que mejor le convenía, pero como doctora no podía dejarlo a la ligera. No desde aquella vez…

    El aire entre ambos se volvió bastante denso. Aquella sola mención hizo que cualquier actitud de confrontación en ambos se fuera disipando poco a poco.

    Mike suspiró pesadamente.

    —Ha estado bien por muchos años, incluso más fuerte que antes. Esto no tuvo nada que ver con eso. Fue obra de esa persona que te digo, le hizo algo. Estoy seguro.

    —¿Y acaso eso sería una mejor opción? Al menos de la otra forma estaríamos lidiando con algo conocido.

    Mike retrocedió, intentando evitar el contacto visual con su amiga, en un intento de calmar su enojo, por no decir su negación. Pues él lo había visto, le había vuelto a sangrar la nariz hace unos días después de tantos años. Pero ella le había restado importancia, e inconscientemente él también; no quería pensar que pudiera ser algo realmente más grave. Era más fácil culpar a aquel desconocido que a su propia inacción.

    Escuchó a Max suspirar un poco y tomar una postura algo más relajada, o por lo menos no tan acusativa.

    —¿Les avisaste a los otros? —Preguntó la doctora—. ¿O al menos a Jimmy y a Sarah?

    —No… aún no… —respondió Mike, dudoso.

    —Quizás deberías. Sólo por si acaso.

    Mike la volteó a ver de reojo. Se veía tranquilo, pero en realidad seguía tan aterrado como hace unos momentos. “Por si acaso”… Qué pesadas podían ser esas palabras.

    — — — —​

    Justo como Max había prometido, consiguió que Terry pasara a ver a su madre. Ella misma la acompañaría, pues no sería seguro que ninguna enfermera presenciara cómo exactamente pensaba intentar que la escuchara. Quizás no se viera o escuchara nada raro, pero valía la pena prevenir.

    La imagen de su madre pareció perturbar un poco a la joven. Jane se encontraba recostada en la camilla, inconsciente, con su cabello hecho una maraña y su rostro se veía incluso más avejentado; hasta le pareció verla más delgada y frágil. Por un momento, realmente Terry pensó que no se trataba de ella.

    Tenía un tubo adherido a su nariz para ayudarla a oxigenarse, además de varios aparatos conectados que median sus signos vitales. Estaba cubierta por una sabana azul, aunque debajo de ésta se apreciaba que aún usaba las ropas que llevaba hace unas horas; sólo habían tenido que abrirle un poco su blusa para conectarle los sensores.

    Pasada la impresión inicial, Terry se aproximó cautelosa a la camilla, parándose justo a su diestra. La contempló en silencio unos instantes; poco a poco podía reconocer más a su madre en esa imagen tan pálida y lejana. Con una mano tomó firmemente la de ella que reposaba a su costado, y la otra la colocó sobre su frente; aún se sentía fría. La joven cerró los ojos y respiró lentamente, enfocándose por completo en su madre, y en nadie ni en nada más. Y así permaneció por varios segundos, quizás minutos, hasta casi comenzar a preocupar a Max.

    —¿Terry? —Murmuró tras una larga espera en silencio—. ¿Está todo bien?

    La jovencita siguió metida en lo suyo sin responderle por varios segundos más. Cuando al fin habló, la acompañaba una marcada sensación de angustia.

    —No puedo sentirla, no puedo sentirla en lo absoluto —susurró despacio, volviendo a abrir sus ojos—. Es como si no estuviera aquí, ni en ningún lado.

    Max no supo cómo interpretar esas palabras con exactitud.

    —Cómo te dije aún tiene actividad cerebral, así que de alguna u otra forma sigue ahí. Te prometo que haré todo lo que esté en mis manos para traerla de vuelta.

    Terry permaneció en silencio. Parecía, evidentemente, no muy convencida por su promesa.

    Volvió a colocar una vez más su mano sobre la fría y lisa frente de su madre, y volvió a concentrarse; ésta vez sin cerrar sus ojos.

    —Por favor, mamá; dime algo. Háblame, dime lo que sea —siguió sin sentir nada, como si le hablara a la pared—. ¿Por qué no puedo alcanzarte? ¿A dónde te has ido?

    Max la siguió observando. A pesar del tiempo que llevaba tratando a Eleven y a sus hijos, o todo lo que había vivido y visto con ella y sus demás amigos durante todos esos años, no se consideraba en lo absoluto experta en el tema de las habilidades psíquicas, así que no entendía qué podía significar exactamente que Terry no pudiera alcanzarla. Sin embargo, presentía que no podía ser una buena señal en lo absoluto.

    E inevitablemente, ella también se hizo la misma pregunta: “¿a dónde te has ido, El?”

    — — — —

    Matilda, Cody y Cole se habían permitido ingresar a una sala de terapia grupal para poder hablar a solas sobre la delicada llamada que Cole había recibido de Mónica, la rastreadora de la Fundación. Ya les había informado a ambos lo principal, pero sólo hasta que estuvieron ahí les dio todo el detalle que le habían proporcionado. Mónica en realidad tampoco sabía demasiado, aunque entre lo que ella y ellos sabían, podían construir una historia más completa.

    Eleven había sido atacada psíquicamente en su propia casa, frente a Mike y su hija menor. El atacante la había doblegado y hecho tanto daño, que ahora la directora de la Fundación se encontraba en coma, y fuera de eso su estado de salud real aún era desconocido. Todo eso ocurrió justo en ese momento, justo mientras ellos estaban lidiando con toda esa locura. Cole había creído sentir la presencia de Eleven y escuchado su voz durante la pelea con aquel extraño, pero pensó que había sido sólo su imaginación, o quizás un efecto secundario de lo que fuera que aquel atacante hizo para inmovilizarlo. Pero ahora se daba cuenta de que no era así; había sido Eleven la que intervino para salvarlo, como lo había hecho con Matilda en Portland. El resultado en esa ocasión, sin embargo, había sido muchísimo más desastroso.

    Los tres se habían sentado en una de las sillas colocadas en círculos en el centro del cuarto. Matilda no había dicho palabra alguna desde que Cole les dijo todo. Su mirada perdida y cansada sólo miraba hacia la pared opuesta. Cole y Cody, sin embargo, no se encontraban mucho mejor. Cada uno se veía alterado, serio, incómodo, y por supuesto molesto. Pero principalmente, estaban confundidos. Ninguno podía entender por completo que algo como eso estuviera pasando.

    ¿Eleven?, ¿la que siempre parecía invencible e intocable?, ¿la que su sola presencia imponía tanto respeto como miedo por igual, dependiendo de la situación? ¿Cómo le había pasado algo tan horrible a ella? De seguro Matilda y Cody se estaban preguntando todo eso y más, e igualmente en parte Cole también lo hacía. Sin embargo, el detective tenía presente en su memoria lo que Eleven le había dicho aquella noche.

    “Realmente no es alguien ordinario, incluso para los estándares de los que son como nosotros. Te seré sincera… me aterró…”

    “Me exigió cada gramo de fuerza el poder repelerlo, y no estoy segura si podré hacerlo de nuevo si la situación se repite.”

    Y como siempre, tuvo razón…

    —Fue el mismo sujeto de la vez pasada —afirmó Cody con seguridad, como si le leyera la mente.

    —Debió ser —comentó Cole no tan convencido, aunque en el fondo no tenía duda alguna de ello—. ¿Quién es realmente? ¿Cómo es posible que haya podido hacerle esto a Eleven?

    —Sabemos tanto como tú —respondió Cody secamente—. ¿Mónica no te dijo si había descubierto algo?

    —Al parecer Eleven sólo le pidió buscar a la tal Abra que nos mencionó el otro día. Parecía creer que quien fuera, estaba relacionada con su atacante, pero no logró descubrir gran cosa.

    Los tres se quedaron en silencio, como si intentar digerir cada pedazo de información a la vez.

    —Todo es mi culpa… —masculló Matilda de pronto, rompiendo por completo el profundo silencio en el que se había sumido desde hace rato.

    Cody y Cole la miraron confundidos.

    —¿Qué dices? —Le preguntó el profesor de biología.

    Matilda siguió hablando, sin quitar sus ojos de la pared.

    —Ella me dijo que no podía encargarme de esto, y en lugar de escucharla me enojé e hice un berrinche. De haberle hecho caso, de no haber sido tan orgullosa…

    —Hey, aguarda —intervino Cole rápidamente antes de que terminara—. Eso no tiene nada que ver. Aunque tú no hubieras puesto un pie aquí, me lo hubiera pedido a mí, ¿recuerdas? E igual todo esto hubiera ocurrido. Las acciones de Leena Klammer, o de estos sujetos que la cuidan, no dependieron de tus acciones o de las nuestras.

    —Pero yo fui a Portland a ver a Lily Sullivan por mi propia cuenta —declaró Matilda agudamente—. Eleven tuvo que intervenir para salvarme, y la expuse a ese sujeto. De no haber sido por eso, él nunca la hubiera…

    —No es así —le tocó el turno a Cody—. Nadie podía haber predicho que esto pasaría, ni siquiera Eleven.

    Las palabras de ambos parecían entrarle por un oído y salirse por el otro. En realidad, ni siquiera era seguro que los estuviera escuchando, o si acaso las palabras que surgían de su boca iban en verdad dirigida a ellos. Estaba sumida en su propia cabeza, como si discutiera consigo misma.

    —Es como Chamberlain otra vez, exactamente lo mismo —soltó de pronto, confundiéndolos aún más.

    —Aquello tampoco fue tu culpa —señaló Cole con cierta severidad.

    —¿Y tú cómo lo sabes? —respondió la psiquiatra abiertamente a la defensiva, volteándose hacia él con actitud retadora—. No sabes lo que pasó esa noche, ni siquiera sabes lo que pasó aquí. No sabes nada.

    Cole pareció desconcertado por esa respuesta tan brusca, pero también se sintió notablemente irritado. Matilda no era la única que estaba tensa y cansada; ellos igualmente no habían tenido un día precisamente tranquilo. Y, principalmente, no le agradaba la idea de que volviera a hablarle de esa forma, cuándo creía que ya habían superado esa etapa.

    —No perdamos la calma… —intentó intervenir Cody, algo nervioso.

    —No, está bien —señaló Cole con brusquedad, e inclinó entonces su cuerpo hacia Matilda—. ¿Te quieres culpar por todo? Bien, entonces te lo concedo: todo esto es tu culpa, tuya y de nadie más. El mundo gira a su alrededor, Dra. Honey.

    —Oye… —exclamó Cody alarmado. Matilda sólo lo miró secamente.

    Cole se volvió a sentar derecho en su silla, y aparentemente más sereno tras sacarse eso del pecho.

    —Pero aclarado eso, podemos pasar a lo verdaderamente importante. Tenemos que decidir qué haremos ahora, especialmente sin Eleven para guiarnos.

    —¿Qué haremos? —Bufó Matilda con ironía—. ¿Qué haremos de qué? ¿Quiere que busquemos debajo de cada piedra a esta mujer que se llevó a Samara o al chico que le hizo esto a Eleven?

    —Mónica o algún otro de sus rastreadores nos puede decir el paradero de Samara, Lily Sullivan o Leena Klammer; han encontrado a personas con menos que un nombre y una foto antes.

    —¿Y exponer a alguno de ellos a que le pase lo mismo que le ocurrió a Eleven? No, ella no querría que hiciéramos tal cosa.

    —Ella querría que nos encargáramos de esto por ella. Que no dejemos que se salgan con la suya y nos venguemos por lo que nos han hecho.

    —¿Y cómo haríamos eso exactamente? —sentenció Matilda con severidad, casi como si espetara un fuerte regaño—. ¿Quieres que vayamos a enfrentar a quien quiera que sea este sujeto? ¿Qué vayamos todos juntos a derrotar al villano como si fuéramos los X-Men o un equipo de Calabozos y Dragones? No… —se paró entonces de su silla, sujetándose con algo de fuerza su brazo herido—. No somos súper héroes. Sólo somos un profesor de escuela, una psiquiatra fracasada, y un policía que debería considerar mejor dónde pasar sus próximas vacaciones.

    Dio entonces un par de pasos en dirección a la puerta de la sala, y Cole saltó en ese momento de si silla, poniéndose de pie también.

    —¿Te darás por vencida así nomás? Dijiste repetidas veces que no abandonarías a esa niña, sin importar qué. ¿Y ahora le darás la espalda?

    —¡Lo intenté! —exclamó Matilda con fuerza, girándose hacia él. Aunque en un inicio su expresión era beligerante, ésta se suavizó hasta casi reflejar tristeza—. Lo intenté… es todo lo que sé hacer… Matilda la chica perfecta, la favorita de Eleven, la cerebrito… Sólo sabe intentar cosas y fracasar en dicho intento.

    Cody y Cole permanecieron en silencio, ignorantes de qué debían decir.

    La psiquiatra suspiró. Sabía muy bien que se estaba auto compadeciendo, pero era algo que de momento no podía, ni quería, evitar. Se giró de nuevo a la puerta con la intención de irse definitivamente.

    —¿A dónde irás? —Inquirió Cody, y Matilda se detuvo un momento para responder.

    —Primero a ver a mi madre unos días para reposar esto —respondió colocando su mano izquierda sobre su hombro—. Luego iré a Indiana a ver a Eleven, y ver en qué puedo ayudar en la Fundación hasta que se recupere… —Esas últimas palabras iban cargadas de desconfianza, como si estuviera insegura de que aquello pudiera ocurrir en realidad—. Y luego volveré a Boston. Ustedes pueden hacer lo que deseen. Perdónenme por haberlos metido en todo esto.

    Y siguió caminando a la salida, ahora definitivamente sin la intención de detenerse ni mirar atrás.

    —Matilda, espera —espetó Cole, intentando alcanzarla, pero no logró hacerlo antes de que ella saliera por completo al pasillo.

    —Hasta luego, detective.

    Matilda salió de la sala de terapia, y se perdió de la vista de ambos.

    Cole permaneció de pie, mirando en silencio a la puerta ahora entreabierta. Apretó de pronto sus puños, y de la nada se giró y pateó con todas sus fuerzas la silla que tenía más cerca. Ésta cayó, rodó un poco por el suelo, y luego se deslizó lejos de él, creando en el proceso un estruendoso y molesto golpeteo.

    —Estoy seguro que esa silla se lo merecía —comentó Cody con ironía, viendo toda esa escena desde su asiento.

    —Me hubiera servido un poco de apoyo de tu parte, amigo —acusó Cole, girándose hacia él acusativo.

    —¿En verdad crees que hubiera servido de algo? Además, ella tiene razón. Tú eres policía, y has combatido con cosas como éstas antes. Pero en verdad hay algo tan oscuro en todo esto, que sencillamente no comprendo. —Cody miró pensativo al suelo mientras se cruzaba de brazos de forma defensiva—. Quisiera poder ayudar, pero… cuando pude haber hecho algo, me reduje al mismo niño llorón que siempre he sido. Y ahora ni siquiera tengo a Eleven… Lo siento…

    El profesos se puso de pie con cuidado y también se dispuso a irse. Cole lo detuvo un instante con su sola voz.

    —¿Crees que podrás dormir sin pesadillas mientras ese individuo esté allá afuera amenazándonos? Si le hizo esto a Eleven, ¿qué evitará que nos lo haga a todos nosotros?

    Cody vaciló unos momentos, cabizbajo, pero al final salió también sin responder nada.

    Solo en aquel cuarto, la rabia y frustración que Cole sentía sólo iba en aumento. Pasó sus dedos por sus cabellos cortos con cierta insistencia. Sacó casi involuntariamente su cajetilla para sacar un cigarrillo.

    A su mente vino aquello que Matilda había dicho: “Eleven tuvo que intervenir para salvarme, y la expuse a ese sujeto. De no haber sido por eso, él nunca la hubiera… “

    Si eso era cierto, entonces… ¿eso era su culpa? Eleven había aparecido para salvarle la vida, como otras tantas veces antes. Sólo que ahora, el precio que había pagado era mucho más alto.

    En cuanto su cigarrillo tocó sus labios, sólo lo mantuvo ahí unos segundos antes de tirarlo al suelo con frustración. Se dejó caer de sentón en una silla, y escondió su rostro detrás de sus manos.

    —Mierda —expresó entre dientes, aunque era la palabra más suave de las que tenía ganas de usar en esos momentos.

    “Tuviste suerte esta vez.” Pensó de pronto, recordando sagazmente aquella voz susurrándole. No tenía un recuerdo claro de haberla escuchado, pero aun así estaba rondando su mente como moscas a la basura. “Pero esa puta ya no podrá protegerte más. Debiste hacerle caso a tu mami cuando podías, guapo. Ahora es tarde; Él ya no te dejará ir…”

    Cole meditó sobre aquellas extrañas palabras. Era tarde, quizás sí era tarde.

    — — — —​

    Casi al mismo tiempo que en Indiana la Dra. Maxine Mayfield recibía la llamada angustiosa de su amigo Mike, a varios kilómetros de ahí en New Hampshire, John Dalton, médico y amigo de la familia Stone, recibía también una llamada llena de preocupación por parte de David Stone. Éste no se supo explicar de todo claro, pero logró entender que Abra había sufrido un desmayo repentino y no la podían hacer reaccionar. Antes de que se le ocurriese sugerirles que quizás no era nada y que sólo aguardaran un poco, o incluso que sería mucho mejor que llamaran a una ambulancia, John ya se había colocado sus zapatos y saco, y tomó las llaves de su vehículo aún con el teléfono en el oído. Ni siquiera tuvo tiempo de explicarle a su esposa a dónde iba, pero esperaba que tuviera claro por el contexto que debía ser una emergencia.

    Los Stone, y sobre todo Abra, no eran pacientes comunes para el Dr. Dalton. Como pediatra, le había tocado conocer y ver crecer a muchos niños; pero Abra Stone era especial, en más de un sentido. Al igual que la familia Wheeler le confiaba a la Dra. Mayfield muchos asuntos privados que no podían ser compartidos con cualquier médico, los Stone hacían lo propio con el Dr. Dalton. Tanto así que su primer reflejo tras lo sucedido había sido llamarlo justo a él.

    Cuando llegó la residencia Stone, sus padres habían puesto a Abra sobre uno de los sillones. Lucy y David le informaron que en el tiempo que le había tomado llegar, ella no había dado aún ninguna seña de consciencia. Habían intentado con un algodón con alcohol como John les había sugerido por teléfono, pero no había dado ningún resultado. A simplemente vista se veía muy tranquila y placida, cómo si sólo estuviera tomando una pequeña siesta. Al tocar su frente, sin embargo, John notó que se sentía algo fría, a pesar de que el clima en el interior de la casa se encontraba bastante agradable.

    John la examinó lo mejor que pudo. Fuera del frío, que conforme pasaba el tiempo le resultaba menos raro, todo parecía normal. Su pulso era un poco débil, pero dentro de los rangos normales. Revisó su cabello y cuello y no sintió ni detectó ninguna herida o golpe. Consideró también que pudieran ser drogas, y aunque no era algo que pudiera descartar de momento, tampoco vio alguna señal física que se lo pudiera indicar. Las opciones por supuesto eran demasiadas: un tumor, anemia, baja azúcar, incluso un embarazo; todas ellas comprobables sólo con un examen médico más a fondo.

    Pero John sospechaba que no se trataba de nada similar. Realmente se veía muy tranquila. Por un momento John se sintió tentado a simplemente sacudirla un poco para ver si acaso sólo con eso se despertaba, pero supuso que sus padres habían ya intentado eso y más.

    —A simple vista, no parece tener nada fuera de lo normal —les indicó a sus padres, que observaban expectantes a un lado del sillón todo lo que hacía—. Pareciera sólo estar dormida.

    —Pero no despierta, John —señaló Lucy con cierto grado de impaciencia—. Y no la escuchaste gritar, era como la estuvieran desgarrando viva. Fue horrible.

    —Hay que llamar a una ambulancia —añadió David—, internarla, que le hagan exámenes… o algo, ¿no?

    —En cualquier otro caso, diría que hubiera sido preferible hacer eso antes que cualquier otra cosa —mencionó John, pensando poco después si acaso no se estaba recriminando a sí mismo. Se puso de pie, colocándose su estetoscopio alrededor del cuello—. Sin embargo, antes de hacer eso, deberíamos descartar que, tratándose de Abra, esto pueda ser otro tipo de problema. Uno que necesite otra clase de ayuda, y otro tipo de experto.

    Miró a ambos con seriedad, esperando que sus palabras fueran suficientes para darse entender. Y así fue; tanto David como Lucy lo entendieron. Era una posibilidad que habían considerado mientras esperaban a John, sobre todo por cómo Abra estaba actuando justo antes del desmayo. Sin embargo, esperaban que de alguna manera John llegara y descartara esa opción; en especial Lucy deseaba que fuera así. Por terrible que fuera, prefería que se tratara de alguna enfermedad, y no algo… más. Una enfermedad o lesión se podían comprender y tratar; lo otro no lo entendía, y el cómo “tratarlo” normalmente involucraba algo peligroso y horrible.

    Lucy se acercó cautelosa al sillón y se sentó a un lado de su hija. Tomó sus manos gentilmente entre las suyas, y contempló en silencio su rostro dormido. Tan hermosa, tan linda… y tan grande. ¿Cuándo había crecido tanto?

    Suspiró con cierta resignación, y sin soltar sus manos, se giró hacia su esposo con expresión solemne. Como bien John había indicado, eso pudiera necesitar de otro tipo de experto. Y para bien o para mal, así como tenían a un médico familiar, tenían también casi a la mano a ese otro tipo de experto.

    —Hay que llamar a Danny…

    FIN DEL CAPÍTULO 45

    Notas del Autor:

    Maxine "Max" Mayfield está basada en el respectivo personaje de la serie de Netflix, Stranger Things del 2016. En la serie original, en su segunda temporada que ocurre en 1984, ella tiene sólo 13 años. Para este tiempo tendrá alrededor de 46 años al igual que Eleven y Mike. Para el momento en el que se escribe este capítulo, sólo se ha sacado hasta la Tercera Temporada de la serie, por lo que de momento sólo se tomará en cuenta las primeras tres temporadas como referencia para esta historia de aquí en adelante, aún si en las próximas temporadas ocurriese algo que contradijera lo mostrado.

    John Dalton, David y Lucy Stone son personajes pertenecientes a la novela de Doctor Sueño escrita por Stephen King y publicada en el 2013.
     
  6.  
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    Resplandor entre Tinieblas
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    Género:
    Misterio/Suspenso
    Total de capítulos:
    46
     
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    5324
    Resplandor entre Tinieblas

    Por
    WingzemonX


    Capítulo 46.
    Ningún lugar a dónde ir

    La noche había estado relativamente tranquila para Owen Ringland, dueño y gerente del Ringland Motel a las afueras de Eugene, sobre la carretera que comunicaba ésta con Cottage Grove. De sus veinte habitaciones, sólo tres se encontraban ocupadas en esos momentos (dos por familias de turistas, y una más por una mujer que viajaba sola). Y de las restantes sólo cinco se encontraban ya limpias y listas para recibir a alguien. Era una temporada baja, y aun así tener tres habitaciones ocupadas en una noche así se consideraba aceptable para él.

    Owen, un hombre de mediana edad con un abdomen un poco más abultado que el resto de su cuerpo y menos cabello del que debería tener para su edad, se dedicaba esa noche principalmente a quedarse en la recepción a esperar a que a alguno de sus visitantes se le ofreciera algo o llegara algún nuevo huésped repentino. Eran cerca de las once de la noche cuando ocurrió aparentemente lo segundo. Él se encontraba sentado detrás del mostrador de la recepción, con sus brazos cruzados mientras veía en la pequeña pantalla plana postrada en la pared un show nocturno local, el cual posiblemente sólo su esposa y él veían en la faz de esa Tierra. Vio entonces como alguien se acercaba a la puerta de cristal de la entrada, e ingresaba acompañado por el leve timbre electrónico que indicaba que la puerta se había abierto.

    Era un hombre delgado y alto, de cabello negro frondoso y brillante (como Owen lo tuvo en alguna ocasión), cubierto con una chaqueta de piel que mantenía cerrada con su mano derecha como si intentara protegerse del frío de afuera; a Owen no le pareció que fuera para tanto. En su mano derecha sostenía una bolsa de supermercado con artículos que Owen no identificaba a simple vista, y debajo de su brazo una amplia bolsa de papel café de algún restaurante de comida rápida. Se acercó hacia Owen, y le sonrió ampliamente con naturalidad.

    —Buenas noches —le saludó con tono tranquilo, permitiéndose a sí mismo colocar las bolsas que traía consigo sobre el mostrador—. ¿Tiene habitaciones disponibles?

    Owen se ajustó sus anteojos, quitó el sonido al televisor unos segundos, y se giró de lleno hacia él. El olor a papas fritas que emanaba de la bolsa de papel le invadió la nariz.

    —Bastantes, señor. ¿Para cuántas personas?

    —Cuatro; mis tres hijas y yo.

    El gerente se giró hacia su computadora, comenzando a revisar en su programa la lista de habitaciones que había disponible, y cotejándola para la cantidad de personas que la ocuparían.

    —Muy bien, ¿por cuántas noches?

    —Sólo una.

    Comenzó a teclear con cierta destreza para realizar el registro rápido.

    —Perfecto. Serían sesenta y cinco dólares. ¿Cuál sería su forma de pago?

    —Efectivo —indicó el nuevo huésped sin vacilación. Metió entonces su mano al bolsillo derecho de su chaqueta, sacando de éste un fajo de billetes del que comenzó a apartar los necesarios para cubrir el monto. Colocó entonces los billetes correspondientes sobre el mostrador y se los extendió.

    A Owen le inquietó por un segundo el ver todo el efectivo que traía consigo, pero al final lo dejó pasar; después de todo, no era extraño que algunos turistas prefirieran viajar con considerables sumas de billetes para cualquier imprevisto durante sus viajes; aunque aun así le resultó un poco curiosa la manera tan despreocupada en que había sacado los billetes y los había contado delante de él sin la menor preocupación. Pensó en indicarle lo peligroso que esa actitud podía resultar, pero prefirió no meterse en lo que no le importaba. Contó el dinero para verificar que estuviera completo, y entonces pasó a tomar dos de sus tarjetas electrónicas, programándolas para la habitación seleccionada y terminar con ello el registro de entrada.

    —Aquí tiene —le indicó colocando las tarjetas sobre la superficie del mostrado—. Habitación 14, en la planta superior. Espero que sus hijas disfruten su estancia.

    —Muy amable —agradeció el hombre con tono jovial. Guardó las dos tarjetas en el interior de su chaqueta, tomó de nuevo sus bolsas y salió por donde había entrado.

    Owen se puso cómodo de nuevo en su silla y subió el volumen del televisor.

    — — — —​

    El nuevo huésped del Ringland Motel cruzó la carretera, y luego caminó unos metros al sur, hacia el amplio estacionamiento de un restaurante bar bastante concurrido. Desde el interior del establecimiento se percibía una estridente música, aunque se alcanzaba a oír con claridad principalmente cuando de vez en cuando se abría la puerta. Se encaminó hasta un costado del local, alejándose un poco de las farolas del estacionamiento. Ahí, recargada contra la pared de madera, se encontraba una figura pequeña, envuelta en un abrigo de piel, oculta entre las sombras, aunque su presencia era delatada por el fulgor anaranjado que emanaba de la punta de su cigarrillo. Cuando se le aproximó, aquella persona ni siquiera lo miró. Siguió concentrada en la oscuridad que se vislumbraba más allá, hacia el monte en el que ya no había más luz de luna y estrellas. Soltó una densa bocanada de humo hacia encima de su cabeza, creando una oscura neblina a su alrededor.

    —Detente ahí —le indicó con severidad al recién llegado, y éste obedeció por mero reflejo.

    Bajó con cuidado las bolas que traía consigo, colocándolas en el suelo, y luego sacó de su bolsillo las llaves magnéticas para colocarlas en el interior de una de las bolsas.

    —Es la habitación 14, en la planta alta —le indicó el hombre al incorporarse de nuevo.

    —¿Y la ropa? —inquirió con agresividad la figura delante él, y se limitó a sólo señalar con su cabeza las bolsas a su lado.

    Sólo entonces la figura pequeña, que fácilmente podría ser confundida por la de una niña de nueve o diez años, se separó de la pared y se aproximó hacia él. Cuando la escasa luz de las farolas la alumbró, notó que ésta sostenía en su otra mano una pistola oscura y larga.

    —Hey, aguarda —comentó el hombre, incluso con algo de humor en su tono. Alzó sus manos lentamente y retrocedió, alejándose de las bolsas. Una vez que estuvo lo suficientemente lejos, aquella niña examinó el contenido. En efecto era ropa: unos pantalones, blusa y sandalias. En la otra venían tres hamburguesas, tres órdenes de papas y tres refrescos de lata—. No sé si sea la talla correcta.

    La niña no le respondió. Sólo lo volteó a ver en silencio, con una intensidad bastante preocupante. Por un segundo pensó que se dividía entre dispararle ahí mismo o no, pero confiaba en que aún a su corta edad entendería lo absurdo que sería hacerlo y que todo el bar la escuchara; aunque claro, siempre podría intentar persuadirlo de caminar hacia el monte y hacerlo en la oscuridad. Pero era una mocosa de la mitad de su peso o menos; no creía que fuera difícil someterla y quitarle el arma si eso ocurría, y de seguro ella también lo sabía.

    No supo cuál había sido su razonamiento con exactitud, pero al final al parecer desistió de la idea del disparo. En su lugar, guardó de nuevo la pistola en el interior de su abrigo y sacó de éste un sobre blanco, mismo que arrojó al frente justo a los pies de aquel individuo. Éste se agachó lentamente, tomando el sobre con una mano mientras continuaba con la otra alzada. Lo revisó rápidamente: el sobre estaba llenó de hermosos billetes verdes, como los del fajo al que aún le sobraban algunos cuantos. Aquello dibujó una amplia sonrisa de satisfacción.

    —Y nunca me viste —espetó la niña con severidad, al tiempo que tomaba las bolsas del suelo—. ¿Está claro?

    —Bastante claro —respondió el hombre tras guardar el sobre en su chaqueta—. Aunque… No es que me importe saber por qué tres niñas están huyendo y escondiéndose en un motel, pero…

    —En efecto, no te importa —le interrumpió ella abruptamente, ya incorporada y sujetando la bolsa con la ropa y la comida contra su cuerpo con un brazo—. Lárgate de aquí mientras aun puedes.

    Se giró entonces de lleno haca la parte trasera del local, al tiempo que metía de nuevo su cigarrillo entre sus labios para dar una última bocanada.

    —Está bien —escuchó que aquel individuo murmuraba a sus espaldas—. No deberías fumar a tu edad. Luego ya no vas a crecer.

    Aquel estúpido comentario la hizo detenerse en seco y girarse a verlo una vez más sobre su hombro. Él ya se había dado media vuelta y caminaba hacia el estacionamiento, o quizás más bien al interior del bar. La niña introdujo entonces su mano en el interior de su abrigo y sacó de nuevo su pistola, apuntando directo hacia su gran cabeza. Aún a esa distancia podría dar un disparo certero. Vaciló unos momentos, apretando el arma con fuerza hasta que su objetivo dio vuelta en la esquina y se perdió de su vista. Sólo entonces dejó caer de lleno su brazo hacia un lado. Chisteó con frustración y siguió caminando hacia donde se dirigía hace un momento.

    No valía la pena arriesgarse tanto por un imbécil como ese; además, no estaba de humor esa noche. Todo lo que quería era descansar.

    Luego de salir disparadas del Hospital de Eola, Esther, Lily y Samara estuvieron en el camino durante dos horas sin parar. Lily y Samara no tardaron de hecho en quedarse dormidas en sus respectivos asientos, aunque era difícil determinar si realmente Samara estaba dormida o sólo se había recostado en el asiento, pues su largo cabello le cubría casi por completo como si fuera alguna extraña sabana negra. Mientras tanto, Esther, con los nervios acelerados y alerta, siguió conduciendo lo mejor que pudo, intentando que el cansancio no le venciera. Sólo una vez durante todo ese camino vio más adelante por la carretera las luces de una patrulla viniendo en el sentido contrario, y eso la puso aún más alterada. Sostuvo el volante con su mano derecha, mientras la izquierda la escondía hacia un lado sosteniendo su arma de repuesto ya cargada y con el seguro retirado; la otra, junto con el silenciador, se le había quedado atrás en aquel pasillo de hospital. La patrulla pasó a su lado y siguió su camino. Esther la miró por el espejo retrovisor esperando que en cualquier momento se diera vuelta y se dirigiera detrás de ellas; no fue así.

    Respiró aliviada. Se las habían arreglado para tomar algunos caminos alternos que el GPS le indicaba en su largo recorrido al sur, pero aun así le sorprendía demasiado lo relativamente sencillo que había sido alejarse tanto sin encontrarse ningún retén, o al menos un par de patrullas persiguiéndola. Eso debía de ser más que suerte.

    Aunque además de la policía, estaba ese hombre que había intervenido para ayudarlas a escapar. No tuvo que meditarlo mucho para llegar a la conclusión de que debió haber sido enviado por aquel chico para… ¿ayudarla?, ¿espiarla? Cómo fuera, él de seguro sí debía estarlas siguiendo, pero si era así debía mantener bien su distancia o conducía con las luces apagadas, pues durante gran parte del tramo nunca notó a ningún vehículo conduciendo detrás de ella. La incertidumbre de no saber quién era o qué intenciones en concreto tenía, la estresaba aún más que la propia policía. ¿Y si acaso pensaba deshacerse de ella y llevarse a las dos niñas él mismo, ya sea por iniciativa propia o por órdenes del mocoso Thorn? Quería ver que lo intentara.

    Tras cruzar Eugene, se volvió evidente para la mujer al volante que no podría seguir conduciendo por mucho más. Estaba tensa, cansada y hambrienta. Pasaron frente aquel motel, y consideró que sería bastante apropiado parar ahí. Sin embargo, no podía simplemente entrar y pedir un cuarto; en el mejor de los casos llamarían a servicios infantiles para ponerlas en su custodia. Por ello había parado en aquel bar a pensar qué hacer. Estuvo viendo por un rato a las personas que salían y entraban hasta encontrar al indicado. Con los años había aprendido a leer a los hombres y reconocer a los diferentes tipos. Especialmente a uno: los sin escrúpulos, capaz de hacer cualquier cosa con tal de recibir dinero o placer; por suerte, tenía ambas cosas que ofrecer, aunque quien eligió prefirió lo primero: unos cuantos dólares a cambio de conseguirles un cuarto, algo de ropa y comida para cenar, y no hacer preguntas de más. Hasta ese momento, aquello había resultado bien, pero le causaba bastante preocupación el haber dejado un testigo potencial como ese suelto. Había varias formas de deshacerse de él, pero todas involucraban llamar demasiado la atención, y eso era lo que menos necesitaba en esos momentos. Tendría que arriesgarse, si acaso no se había arriesgado ya demasiado durante esa noche (por no decir durante todos estos últimos días).

    Regresó a la camioneta, aparcada en el lugar más oscuro y alejado del estacionamiento, cuidando que nadie la viera. Se subió al asiento del conductor, cerrando con algo de fuerza la puerta detrás de sí. Lily se había despertado antes de que ella saliera a hacer su transacción, pero Samara seguía acurrucada dándoles la espalda cuando se fue. Ahora la niña de Moesko estaba de nuevo sentada, apoyada contra la puerta del vehículo mientras abrazaba sus piernas. Se sobresaltó un poco al escuchar la puerta de Esther azotándose, como si aquello la hubiera acabado de despertar.

    —Al fin —murmuró Lily con fastidio. Esther no le hizo caso, y en su lugar se giró hacia atrás y le extendió a Samara la bolsa de supermercado con la ropa.

    —Ten, es para ti —le indicó. Samara miró la bolsa con confusión—. Debes cambiarte antes de salir.

    Samara echó un vistazo discreto a la bata de hospital que aún tenía puesta, la misma que se encontraba manchada de rojo con la sangre de su propia madre, y un poco de la suya. Tenía además una gaza en la mejilla cubriéndole la cortada que le había hecho con bisturí, al igual que su mano. Tomó tímidamente la bolsa entre sus manos y observó su contenido. Eran unos jeans azules, una blusa de rayas horizontales de colores pasteles, y unas sandalias para usarse sin calcetines. Entendió de inmediato lo que quería que hiciera, pero la idea de desvestirse en ese vehículo no le pareció para nada placentera.

    —Descuida, los vidrios son polarizados —le indicó Esther con tono jovial, como si hubiera percibido su duda con tan solo mirarla—. Eso significa que nadie puede ver para adentro. —Sacó en ese momento de nuevo su arma y se la enseñó—. Y en todo caso, yo me encargo de que nadie se acerque, ¿de acuerdo?

    Samara vaciló unos segundos más, pero al final asintió levemente y comenzó a sacar la ropa de la bolsa. Esther se giró de nuevo al frente para no incomodarla, pero siguió sujetando su arma por cualquier cosa. Miraba principalmente hacia la carretera, cuidando que ningunas luces azules y rojas la tomaran por sorpresa.

    —Eres bastante amable con la nueva —masculló Lily de pronto.

    Esther se encogió de hombros.

    —A ella no le tuve que disparar para que viniera conmigo.

    —Suertuda ella…

    Al decir eso, la niña castaña acercó su mano hacia su muslo derecho, presionando un poco el vendaje que lo cubría. Al hacerlo, su boca se torció en un gesto de profundo dolor.

    —¿Te está doliendo? —le preguntó Esther con cierta frialdad.

    —No, se siente de maravilla; lista para correr en las Olimpiadas —le respondió Lily, irónica—. En verdad no sé cómo no te han atrapado todavía. Este escape ha sido todo un desastre, y ahora decides que nos quedemos aquí, aún bastante cerca de donde huimos, y con un testigo que lo único que tendría que hacer es llamar a la policía desde adentro de ese bar, y ahí se acabaría tu gran fuga. Debes tener un buen ángel guardián.

    “O algo más”, pensó Esther para sí misma mientras seguía mirando hacia la distancia.

    —Sólo será una noche —indicó la mujer en el asiento del conductor—. Estoy exhausta, y aún nos queda mucho recorrido hasta los Ángeles. Además, debes descansar esa pierna.

    —Qué considerada —masculló Lily con la misma ironía de antes, o quizás más.

    Esther no le respondió nada, principalmente porque ya no tenía deseos de hablarle, sino más bien de meterle el arma por la garganta y vaciarle el cartucho entero por dentro, pues ya estaba hasta la coronilla de su boca irrespetuosa y sarcástica; lamentablemente para ella, tenía demasiados motivos para no hacerlo. Sin embargo, todo tenía su límite… Además, tenía que admitir que tener sus curiosas habilidades le había sido de mucha utilidad, y no sólo esa noche.

    —¿Vamos a los Ángeles? —Escucharon de pronto que la vocecilla de Samara cuestionaba desde el asiento de atrás.

    —Milagro, al fin habla —murmuró Lily, de nuevo con ese molesto tono.

    Esther de nuevo la ignoró, y prefirió responderle su pregunta a Samara, mientras miraba por el espejo retrovisor como se terminaba de poner por arriba la camiseta.

    —Sí, la persona que me contrató para encontrarlas las está esperando ahí.

    —¿Y él tendrá mejores respuestas que tú sobre de qué se trata todo esto? —intervino Lily con interés.

    —Eso espero —le contestó Esther de mala gana, girándose de nuevo hacia al parabrisas.

    Menos de un minuto después, volvieron a oír a Samara hablar.

    —Estoy lista.

    Ambas niñas de los asientos delanteros se giraron para verla. La camiseta le quedaba algo grande, pero fuera de eso se veía totalmente diferente con ese cambio de look; incluso su rostro pareció tomar algo más de color. La bata manchada de sangre se encontraba en el asiento a su lado, hecha una bola.

    —Casi no pareces un cadáver ambulante —comentó Lily con indiferencia.

    —Ignórala, te ves bien —añadió Esther con cierto apuro, y sin más encendió el vehículo para dirigirse hacia al motel lo antes posible.

    Aparcaron un poco alejadas del resto de los vehículos y bajaron sigilosamente cuando no había nadie visible cerca. No bajaron equipaje más que la maleta de Esther con el dinero y la bolsa con la comida; la bata ensangrentada iba guardada en la maleta, y se desharían de ella en cuanto pudieran.

    —Es el agujero más bonito al que me has arrastrado en estos días, aunque no es decir mucho —señaló Lily mordaz. Miró entonces hacia la piscina del sitio, para esas horas completamente sola y la puerta que llevaba a ella cerrada con candado—. Al menos tiene piscina.

    —Ni siquiera lo pienses —le respondió Esther de mala gana, yendo al frente y vigilando que no hubiera ningún curioso cerca—. Aunque no estuvieras herida, no podemos dejarnos ver demasiado. Iremos directo al cuarto y saldremos a primera hora, antes de que alguien descubra que nuestro supuesto papi se fue.

    —Sólo tienes que decir que lo mataste —señaló Lily con ironía—. Apuesto que tienes práctica diciéndolo.

    Esther no respondió.

    Llegaron entonces al pie de las escaleras, mismas que Lily observó como si fueran una repentina aparición espeluznante. No sería nada agradable subir eso con muletas, y por supuesto ese motelucho no tenía elevador. Esther miró sobre su hombro su reacción y sonrió satisfecha; sin decir nada comenzó a subir tranquilamente mientras Lily la observaba con enojo.

    —¿Te ayudo? —Escuchó que Samara le preguntaba con su pequeña vocecilla, estando de pie a su lado.

    —No molestes —le respondió ella secamente, y comenzó a subir escalón a escalón a como su estado le permitía. Samara avanzaba detrás de ella, esperando que no terminara cayéndole encima.

    Al llegar a la puerta de la habitación 14, Esther la abrió con una de las llaves electrónicas y de inmediato tanteó la pared para buscar el interruptor de la luz. El cuarto no estaba nada mal, aunque era bastante básico. Tenía dos camas matrimoniales de cobertores rosados y dos almohadas cada una. Frente a ellas, en la pared contraria, se encontraba una cómoda con cajones con una pequeña televisión plana sobre ésta. Al fondo del cuarto había dos puertas: una de madera que de seguro llevaba al baño, y otra de cristal que llevaba a uno pequeño balcón que daba hacia la parte trasera del motel, y hacia el monte que lo rodeaba. Fuera de eso, no había mucho más que unos burós a un lado de las camas y entre ellas, algunas lámparas y una silla de madera en una esquina. Sencillo, pero se veía limpio y cómodo.

    —Pido la cama sola —masculló Lily rápidamente, dirigiéndose a una de las camas para dejarse caer de sentón en ella y poder descansar su ya bastante adolorida pierna.

    —Cómo sea —le respondió Esther sin mucho interés en su queja. Se dirigió entonces al buró entre las camas y dejó sobre éste la bolsa con la comida—. Cenen rápido antes de dormirse.

    Lily se estiró un poco hacia la bolsa para ver su contenido. En cuanto subió a la camioneta pudo adivinar de qué se trataba por el aroma, pero el verlo lo dejó en claro.

    —¿Hamburguesas otra vez? —Masculló con cierto hastío en su voz—. No hemos comido otra cosa en todo este tedioso viaje.

    —Disculpe, princesa —le respondió Esther con tono sarcástico—. ¿Quiere que le cocine un bistec? De inmediato voy a la cocina y se lo preparo…

    La mujer estiró un poco sus brazos hacia arriba, dejando escapar un gemido placentero al sentir como el entumido de sus músculos se relajaba un poco. Quizás todo aquello era una mala idea, y cabía la posibilidad de que tener a la policía en su puerta dentro de poco. Pero de momento no le importaba; sólo quería tomarse unos minutos de tranquilidad y así poder pensar mejor en su próximo paso.

    Samara se movió silenciosa por el cuarto, apreciando la pintura beige y rosa de las paredes, las cortinas azul oscuro de la puerta del balcón, y claro los cobertores de la cama con ese aroma tan característico de las lavanderías de hoteles, pero que para ella, una niña de doce años que sólo había dejado su isla en los últimos cuatro años para ser encerrada en ese manicomio de puras habitaciones blancas y frías, resultaba extrañamente refrescante. De hecho, aunque no estaba del todo segura en qué parte se encontraba con exactitud, sabía de antemano que era lo más lejos que había estado de Moesko en toda su vida. Y, evidentemente, iría aún más lejos.

    Se sentó en la orilla de cama desocupada, y contempló la bolsa de comida. Se asomó con cuidado viendo las hamburguesas envueltas en papel amarillo, las papas en sus cajitas blancas, y algunas cuantas decorando el fondo de la bolsa, y las latas de refresco, dos rojas y una verde. No se sintió atraída por el menú de esa anoche.

    —No tengo hambre —masculló despacio, aunque sí tomó uno de los refrescos, aunque no lo abrió de inmediato. Sólo lo sostuvo entre sus manos, apoyándolo sobre sus rodillas, y lo contempló en silencio. No veía como tal su reflejo sobre la superficie metálica y brillante de la lata, pero si su silueta con el foco del techo enmarcándola.

    Por el rabillo del ojo notó que Lily se sentaba también en la orilla, justo delante de ella, y esto la obligó a alzar la mirada en su dirección. Lily la observaba con cierto interés, como si examinara algún bicho raro debajo de un telescopio; curiosamente, dicha mirada le resultaba menos molesta que la del Dr. Scott y los demás doctores.

    —Bien… Samara, ¿no? —cuestionó la niña de Portland de manera directa; Samara sólo asintió—. Estuviste callada o llorando durante todo el camino, así que ahora cuéntame.

    —¿Qué cosa? —respondió Samara, confundida.

    —La anciana dice que mataste a tu madre —soltó Lily de golpe, haciendo que Samara se estremeciera en su asiento—. ¿Cómo lo hiciste con exactitud? Dime los detalles.

    Esa pregunta claramente incomodó a su receptora, que no sólo no le respondió, sino que instintivamente se volteó a otro lado, en un intento de evitar aquella inquisitiva mirada.

    —No la molestes —le reprendió Esther, que miraba sutilmente por una ventana a lado de la puerta para asegurarse de que no hubiera ningún movimiento sospechoso. Aun así, la conversación de las niñas no le había resultado ajena.

    —¿O qué? —contestó Lily con tono retador, mirando de reojo a Esther por un segundo, pero virándose casi de inmediato de nuevo a Samara—. ¿A cuántos más has matado? ¿Cómo lo haces? ¿Qué puedes hacer exactamente? —Samara siguió sin responderle ni mirarla. Su largo cabello cayó al frente, cubriéndola casi por competo—. Vamos, no seas cobarde. Te muestro lo mío si tú me muestras lo tuyo…

    —Te dije que no la molestes —espetó Esther con enojo, avanzando hasta ponerse entre ambas y encarar a Lily de frente—. Lo que menos quiero es alterarla.

    Lily la miró, no enojada directamente, sino más bien curiosa. Una sonrisa astuta se dibujó en sus delgados labios, y entonces se paró lentamente, apoyándose en una de sus muletas. Ambas quedaron de pie una delante de la otra con actitud desafiante.

    —¿Eso que siento en ti es miedo? —Susurró Lily, ladina—. ¿Le tienes miedo a esta lela? —Esther no le respondió, pero tenía bastante sentido; por eso era tan amable y considerada con ella. Lily rio satírica—. Tan mala e intimídate, y al final no eres más que una bola de miedos como cualquier otra persona, ¿verdad?

    El rostro de Esther se endureció aún más. Aquel comentario sólo era la última gota de un vaso que se había ido llenando durante toda esa noche y que ya estaba a nada de desbordarse.

    —¿Quieres que te demuestre qué tanto miedo tengo? —musitó Esther retadora, y justo entonces Lily sintió el cañón de su arma pegándose contra su abdomen. Aquello la impresionó un poco al inicio, pero mantuvo su actitud serena y superior.

    —¿A quién crees que impresionas con eso? Perdiste tu arma con silenciador, estúpida. Dispara y tendrás a la mitad de la policía de Eugene acorralando este sitio. Además, si me quisieras matar ya lo habrías hecho. —Su sonrisa se ensanchó aún más, cargada de bastante confianza—. Debe ser muy importante para ti entregarme viva a quien te contrató, ¿o no? ¿También le tienes miedo a esa otra persona?

    —Puedo entregarte viva aun sin tus piernitas esqueléticas, mocosa imbécil —le respondió Esther, bajando lentamente su arma hasta que el cañón apuntó ahora hacia su muslo sano. Lily, en lugar de intimidarse por esa amenaza, se le aproximó más, enfrentándola con mayor brío y manteniendo sus ojos fijos en los de ella.

    —Atrévete y te envolveré en un mundo de pesadillas del que jamás podrás salir. Y entonces sí vivirás el resto de tu miserable y esquizofrénica vida en la habitación acolchonada de un manicomio, como esos que tanto odias, revolcándote en tu propia saliva y heces.

    —No me digas… Léeme la mente todo lo que quieras, pequeña puta. Y dime… —Esther se le aproximó hasta el punto de que ambas casi tenían sus frentes pegadas—. ¿Acaso me estás dando miedo en este preciso momento?

    Ambas se quedaron calladas justo después de ello, mirándose con tanta intensidad que casi parecían surgir chispas entre ambas. Esther sujetaba firmemente su arma apuntando a la pierna de Lily, pero ésta tenía su propio tipo de arma lista para disparar también, y eso Esther lo sabía muy bien. Ambas entraron en un punto muerto, en el que sólo esperaban a que la otra diera un paso, moviera un dedo, o incluso pestañara, para que así explotara al fin toda esa tensión que había surgido entre ambas ese día… no, más bien desde hace varios días, desde el primer momento en el que se encontraron en aquella habitación de hospital. Y todo estaba preparado para ocurrir irremediablemente de esa forma. Sin embargo, la atención de ambas se disipó un poco al escuchar en ese momento el sonido de gas liberándose, seguido de un gorgoteo burbujeante, y el gritillo de asombro de la tercera persona en esa habitación.

    Esther y Lily se voltearon al mismo tiempo hacia Samara, y notaron como la soda que tenía en sus manos se había empezado a derramar en cuando la abrió, mojándole los dedos y dejándolos pegajosos, y cayendo luego a la alfombra. Rápidamente la niña colocó alarmada la soda sobre el buró, y su siguiente acción casi involuntaria fue pasar sus manos por la camiseta nueva en un intento de limpiarlas un poco de la soda, pero sólo logrando manchar también sus ropas. Al volverse consciente de que la estaban observando, alzó su mirada en dirección a sus dos acompañantes, sintiéndose avergonzada. Sus mejillas se ruborizaron, y ella intentó de nuevo ocultar su rostro detrás de su largo cabello.

    —Lo siento… —susurró despacio, apenas audible.

    Apropósito o no, ese pequeño acto pareció enfriar las cabezas de Lily y Esther; sólo un poco, pero lo suficiente para que la mayor aparatara su arma de la otra y luego se alejara caminando hacia la puerta del baño.

    —Tomaré un baño antes de dormir. No me molesten.

    Lily bufó con indiferencia, y se volvió a dejar caer en su cama con sus brazos cruzados.

    —Espera a verla sin su maquillaje; es horrible —le dijo a Samara con tono juguetón. Esther la escuchó, pero no se detuvo a decirle nada ni pensar mucho en el asunto. Se metió directamente al cuarto de baño y azotó la puerta detrás de sí con algo de fuerza—. Enciende la televisión y busca algo, ¿quieres?

    Samara se exaltó un poco al sentirse aludida, y entonces notó el control remoto sobre el buró cerca de ella. Lo tomó, se sentó en la cama volteada hacia el frente y encendió la pantalla plana sobre la cómoda. Comenzó entonces a navegar entre los canales, quedándose unos segundos en cada uno esperando que su compañera de cuarto le dijera que lo dejara en alguno, pero eso no sucedió.

    —¿Al menos puedes decirme porque aceptaste venir con esta loca tan de buenas? —Soltó Lily de pronto, tomándola un poco por sorpresa—. No sabías que íbamos a los Ángeles, ni a quién vamos a ver allá. Yo tampoco lo sé, pero tengo mis motivos para seguirle el juego a esta mujer por un rato más. —Se giró entonces inquisitiva hacia ella—. ¿Cuáles son los tuyos? ¿O tienes tan poca fuerza de voluntad que haces lo que sea que te digan?

    Samara pareció reflexiva por un rato. Bajó su mirada unos segundos, y luego se viró una vez más a la televisión, continuando por su viaje por los pocos canales que había disponibles en éste.

    —Al principio sólo quería salir de ese horrible lugar —soltó de pronto con cierta apatía—. Pero ahora ya no tengo ningún lugar a dónde ir… Maté a mi mamá; soy una asesina. Matilda y mi papá nunca me lo perdonarán… Además… —Giró lentamente su cabeza hacia una de las esquinas del cuarto, centrando su mirada fijamente en ese punto—. Ella me dijo que esto era lo que debía hacer…

    —¿Ella? —Murmuró Lily, confundida—. ¿Hablas de la anciana? ¿O de quién hablas?

    Samara no respondió. No creía que fuera capaz de entender lo que miraba en esos momentos. No creía que fuera capaz de comprender la figura opaca, de largos y desalineados cabellos negros, vestido blanco sucio, envuelta en un aire oscuro y podrido, que yacía en aquella esquina, pero que al mismo tiempo no parecía estar ahí; como si fuera sólo un grabado borroso en la pared. Esa noche se le había presentado de frente más veces que nunca, considerando que seguía despierta. Se preguntaba si ahora cada vez que mirara hacia un lado, ahí estaría ella vigilándola a lo lejos. Quizás no, pero igual no importaba. Luego de lo ocurrido esa noche, había comenzado a perderle el miedo. Al final de cuentas, ahora era un monstruo igual de horrible que ella… o quizás peor…

    FIN DEL CAPÍTULO 46
     

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