Long-fic Resplandor entre Tinieblas

Tema en 'Crossover' iniciado por WingzemonX, 21 Junio 2017.

  1.  
    WingzemonX

    WingzemonX Entusiasta

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    22 Febrero 2011
    Mensajes:
    191
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    Escritor
    Título:
    Resplandor entre Tinieblas
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Misterio/Suspenso
    Total de capítulos:
    30
     
    Palabras:
    7853
    Resplandor entre Tinieblas

    Por
    WingzemonX


    Capítulo 21.
    Respira… sólo respira

    El taxi de la recién llegada se abrió paso por el camino de tierra rodeado de árboles que llevaba a la pintoresca casa de estilo clásico, con una hermosa fachada; era ya tarde, pero el cielo despegado y las luces externas de la propiedad dejaban perfectamente a la vista dicha hermosura. Se encontraba a las afueras de Arcadia, a una hora aproximadamente del Aeropuerto Internacional de Los Ángeles en el cual había aterrizado. El vehículo amarillo se estacionó justo al frente de la casa, al pie de los escalones del pórtico, y de varios rosales perfectamente bien cuidados que sólo podían haber crecido de esa forma con el constante cuidado de una mano gentil y detallista.

    El ambiente que rodeaba todo ese espacio era realmente tranquilizador y agradable. Pocas veces en sus treintaidós años de vida había estado en un sitio que le hiciera sentir energías tan positivas, como si cualquier rastro de maldad simplemente fuera repelido o se mantenía en la calle, temeroso de penetrar más. Era realmente un sitio en el que a Jane Wheeler no le molestaría en lo absoluto pasar varios días… pero no todo era tan perfecto.

    Desde el asiento trasero de los pasajeros, alzó su mirada viendo por la ventanilla hacia el piso de superior de la casa. Entre toda esa energía brillante que la rodeaba, ahí se encontraba un pequeño punto gris; un inestable y ruidoso punto gris que le provocaba un pequeño dolor punzante en la parte trasera de su cabeza. Pero no se encontraba impresionada; después de todo, fue justo por eso que había ido ahí.

    Le pagó al conductor el viaje y pasó a bajarse con su maleta de mano y su bolso. El conductor bajó de la cajuela la maleta más grande en la que llevaba su ropa, y después se retiró tras un amistoso “buenas noches”. Él no se percató para nada de aquel molesto punto gris sobre sus cabezas, y era mejor así. Un instante después de que el taxi se perdió en el camino, casi como si intencionalmente hubiera estado esperando que se fuera, se comenzó a escuchar un ajetreo ahogado que sobresalía de la agradable calma que había reinado desde que llegó. Las ventanas del piso superior se agitaban, sobre todo las de una habitación en especial justo sobre la puerta principal. Las luces del interior también comenzaron a prenderse y apagarse solas, y entre todo ello logró percibir algunos pequeños gritos y lamentos.

    Una vieja casa embrujada en las afueras, pensarían muchos, pero la realidad estaba bastante lejos de ello… dependiendo de a quién le preguntaras. Con sus dedos se acomodó uno de los mechones rizados de su cabello corto castaño oscuro, y comenzó entonces a caminar hacia las escaleras cargando todo su equipaje. Antes de pisar el primer escalón, sin embargo, una de las grandes puertas de madera en la entrada se abrió de par en par, y la que supuso era la dueña de la casa apareció del otro lado: una mujer delgada cerca de los cuarenta, de rostro blanco y afilado, de cabellos rubios oscuros lacios, bien peinado y arreglado que le llegaba hasta los hombros, y ojos café oscuro sobre los que portaba unos anteojos redondos de armazón rojizo.

    Jane se paralizó un instante al sentir los ojos impresionados y confundidos de aquella mujer. Si no fuera por ese pequeño punto gris sobre ella, que ahora sentía más intenso, hubiera pensado por un momento que se había equivocado de casa. Nadie dijo nada, hasta que la mujer pareció al fin reaccionar. La confusión de su mirada se esfumó, y de pronto fue como si acabara de recordar algo importante que había olvidado, o como si acabara de despertar sin saber en dónde estaba y de repente dicha información se le viniera de golpe a la cabeza.

    —Lo siento —exclamó la mujer en la puerta, y alzó en ese momento sus anteojos para poder tallarse un poco los ojos. Estaba muy oscuro y estaba muy lejos para estar segura de ello, pero a Jane le pareció que posiblemente había estado llorando no hace mucho. Se rodeó a sí misma con la pashmina color pastel que traía sobre los hombros, a pesar de que era una noche algo cálida—. Es usted la señora Wheeler, ¿verdad?

    —Así es. —Respondió la mujer de rizos oscuros con media sonrisa. Se atrevió entonces a subir los escalones con todo y su maleta, y se paró en el pórtico frente a ella—. Jane Wheeler, para servirle, señora Honey.

    —Señorita Honey… —murmuró la mujer en voz baja, pero pareció arrepentirse casi de inmediato de haberlo hecho—. No importa, muchas gracias por venir…

    Le extendió su mano a modo de saludo, y al parecer la recién llegada estaba más que dispuesta en aceptarla. Sin embargo, antes de que pudiera tomarla, se escuchó un sonoro grito desde la planta de arriba mucho más intenso que los anteriores. Se sintió a la vez como la casa se estremecía y las luces parpadearon. La señora Honey retiró su mano y la llevó instintivamente a su pecho, intentando suprimir como pudo un gritillo de miedo que empujaba por salir. Jane igualmente bajó su mano hacia su costado al considerar totalmente fallido ese apretón de manos.

    —¿Puedo pasar? —Le preguntó con tono suave.

    —Sí, por favor —le respondió apresurada la dueña de la casa haciéndose a un lado. Jane entró mirando directo hacia las escaleras que llevaban a la planta superior, e inconscientemente ignorando todo los hermosos decorados del recibidor, o la pulcritud con la que todo se encontraba limpio y acomodado. Sólo la voz de la señorita Honey lograba distraer aunque fuera un poco su concentración de las escaleras—. Yo no sé si estoy haciendo lo correcto, pero no tengo a quien más acudir. Estoy tan preocupada por mi hija y…

    —Descuide —le interrumpió con tono serio, alzando su mano hacia ella para indicarle que no tenía que excusarse con ella—. Ella está arriba, ¿cierto? —Jennifer asintió rápidamente—. Vamos a verla.

    La señorita Honey la guio hacia arriba, yendo ella al frente. Por un pequeño segundo, dicho momento trajo a la memoria de Jane la película de “El Exorcista”, una de las primeras películas de terror que había visto con su ahora esposo y sus amigos; extrañamente una historia sobre una niña poseída por el demonio que hacía actos aterradores e incomprensibles para todos, no resultó peculiarmente aterradora para ella como para el resto de los presentes en aquella sala de estar. Ella quizás no lo diría abiertamente con palabras, pero era bastante probable que hubiera visto para ese entonces bastantes cosas mucho más aterradoras como para sentirse impresionada por un poco de maquillaje en el rostro de una actriz y un par de efecto especiales rudimentarios.

    Como fuera, igual se preguntó si algún espectador imaginario desde el pie de la escalera, la vería y relacionaría de inmediato al sacerdote subiendo hacia la recamara de la protagonista que iba a ayudar. Claro, el escenario era mucho menos lúgubre; de hecho la casa era realmente adorable y hermosa por donde la viera. Y no iba a ver a una niña poseída, aunque de seguro habría mucha gente que opinaría distinto.

    El casi asilamiento de la casa, al estar rodeada por ese extenso terreno que la separaba lo suficiente de sus vecinos más cercanos, había al parecer sido fructífero para que nadie notara el descontrol que se estaba viviendo en ese sitio. Lo que más había llamado la atención de la gente era el hecho de la niña no se hubiera presentado en clases desde hace ya una semana y media, y que casi al mismo tiempo su madre adoptiva hubiera pedido un permiso especial para ausentarse de la escuela en dónde fungía como profesora. “De seguro la pequeña debe estar enferma”, suponían de seguro muchos, y de momento era preferible que pensaran eso.

    —Sólo logra calmarse cuando duerme, si es que logra hacerlo —le comentaba la mujer de cabellos rubios oscuros mientras subían—. Desde ayer ya no me deja entrar a su cuarto, me cierra la puerta en cuanto intento abrir. No ha probado bocado… ya no sé qué…

    En cuanto llegaron al pasillo superior, la señorita Honey tuvo que hacer un gran esfuerzo para no soltarse a llorar en esos momentos. Siempre había sido una mujer fuerte. No había situación que rompiera su temple… hasta ese momento. Eso la había superado por completo. Matilda, su hija adoptiva y la luz de su mundo, siempre había sido tan independiente en todo aspecto posible de su vida; y la primera vez que realmente ocupaba de su ayuda, que realmente necesitaba que su madre le dijera qué hacer o cómo solucionar tan precaria situación, simplemente fue incapaz de hacer algo, y eso la llenaba de una abrumadora y paralizante frustración.

    —Está bien, tranquila —le murmuró la invitada a su casa en voz baja, pasando su mano por su espalda de manera reconfortante—. Todo estará bien ahora, se lo prometo.

    Jennifer respiró con fuerza por su nariz, y luego pasó sus dedos discretamente por el costado de sus ojos.

    —Gracias… ¿en verdad puede ayudarla? ¿Sabe realmente cómo lidiar con algo como esto?

    Jane sonrió, por fuera y por dentro. No le respondió, y siguió andando hacia la habitación de la niña, como si supiera exactamente a dónde ir. Se paró justo delante de la puerta y aguardó a que Jennifer la abriera. Se seguía escuchando ajetreo desde adentro.

    —Matilda, querida —murmuró la señorita Honey frente a la puerta—. Por favor, déjame entrar…

    —¡No! —Se escuchó con fuerza espetar desde adentro a una vocecilla aguda entre pequeños sollozos—. ¡No quiero lastimarte! ¡No quiero…!

    Jane avanzó hacia la puerta en ese momento, y gentilmente hizo a su anfitriona un lado.

    —Permítame… —Jane puso su mano en la perilla. La señorita Honey no vería directamente su acción, pero tras enfocarse unos momentos logró hacer sin problema que los seguros de la puerta se abrieran con la ayudada de su propia habilidad “especial”, para luego lograr además que la puerta se abriera pese a la oposición de la niña en su interior.

    Del otro lado de la puerta se encontraba la habitación de una niña de trece años, pero no como cualquier otra. Los colores de las paredes, las sabanas de la cama, la alfombra, todo estaba en colores sobrios. Más que juguetes o posters de bandas en las paredes, había dos libreros, además de una repisa sobre su cama para trofeos. Había un escritorio para computadora y tareas a un costado, y un pequeño ropero. Sin embargo, los libreros, las repisas, el escritorio y el ropero, no estaban como debían de estar. Varios de los libros, trofeos, hojas de papel y prendas de vestir se encontraban o tiradas en el suelo… o flotando en el aire, algunos simplemente suspendidos, otros más pasando velozmente, cruzando la habitación y chocando contra las paredes. La computadora estaba también el suelo, y la silla del escritorio también estaba ladeada. Todo era demasiado irreal…

    —Dios, Matilda… —exclamó Jennifer, ahogando otro llanto. Jane, por su parte, permaneció tranquila en el marco de la puerta, analizando todo el escenario.

    Le indicó con una mano a la dueña de la casa que se quedara en la puerta. Dejó su bolso en el suelo y se adentró lentamente en la habitación, esquivando todos los proyectiles que cruzaban el espacio del cuarto. Había muchas cosas por todos lados, pero ningún rastro de la dueña de todas ellas. Ésta se encontraba, como intuía, sentada a un lado de la cama. La pequeña de cabello castaño corto, estaba abrazada de sus piernas, con su rostro hundido entre ellas. Sollozaba despacio, apenas perceptible.

    Al sentir su cercanía, Matilda alzó rápidamente su rostro y la volteó a ver complementa llena de miedo. Sus ojos, y todo su rostro, se encontraban enrojecidos. Sus ojos se encontraban algo brillosos, pero al parecer había llorado tanto que sus lágrimas simplemente ya se habían secado. Jane sonrió levemente, y entonces se agachó de cuclillas frente a la cama, a un par de metros de ella.

    —Hola, Matilda —exclamó la extraña para la pequeña, con mucha suavidad—. Me llamo Jane, pero tú puedes decirme Eleven. Todos mis amigos lo hacen.

    La niña no le respondió. La miró fijamente con sus ojos azules y profundos totalmente abiertos. Intentaba quizás analizarla lo suficiente para determinar quién era con exactitud, ya que al parecer su presentación no le había convencido. De seguro estaba digiriendo la idea de que un extraño, de la nada, descubriera su secreto y de esa forma.

    —No tienes nada que temer —le susurró muy despacio como si le estuviera diciendo algún pequeño secreto—. Estoy aquí para ayudarte.

    Jane alzó su mano hacia un lado, y un libro que estaba en el suelo a algunos metros de ella de la nada se desprendió del suelo y voló hacia sus manos, atrapándola ella entre sus dedos con facilidad. Matilda se sobresaltó, sorprendida. Eso no lo había hecho ella, de eso estaba segura.

    —¿Usted también…? —Susurró con la voz entrecortada; Jane sólo sonrió.

    —Dime, ¿qué te ocurre, cariño? —le cuestionó Jane sin cambiar de posición o de tono.

    —No lo puedo apagar —masculló de pronto la niña, con su voz esforzándose por hacerse notar entre toda la angustia que le carcomía la garganta—. Antes podía controlarlo, antes podía apagarlo sin problema. Pero ahora no puedo… no puedo. No quiero lastimar a mi mamá… no quiero lastimar a nadie, pero no puedo detenerme.

    —Sí, claro que puedes, Matilda —declaró Jane con bastante firmeza, casi agresiva—. Esa habilidad que tienes es sólo tuya y de nadie más. Sólo tú decides cuándo usarla y cuando no.

    —¡No!, ¡no puedo! ¡Ya le dije que no puedo! —Le gritó con bastante fuerza, y todo el piso bajo sus pies se estremeció, tanto que parecía que se rompería. Jennifer tuvo que sujetarse del marco de la puerta para evitar caerse.

    —Matilda… —Exclamó la madre con absoluta preocupación, e estivamente su cuerpo dio un paso al frente para acercársele.

    —Manténgase atrás —le indicó Jane con un tono tan autoritario, que igualmente el cuerpo delgado de la mujer se detuvo en seco en su sitio. Jane se concentró entonces sólo en Matilda. Se atrevió a acercársele un poco, y ella instintivamente se hizo hacia atrás, por lo que optó por no avanzar más de lo debido. Alzó ambas manos hacia el frente, en señal de calma y comenzó a hablarle lentamente—. Escúchame Matilda, escúchame… sólo… a mí…

    ****​

    Para cuando llegaron a Eola, ya se encontraba atardeciendo, pero aún había suficiente sol. Aun así, el aire que envolvía al hospital psiquiátrico era denso y oscuro que uno se sentía tan inseguro y expuesto como si estuviera solo a la mitad de la madrugada, con absolutamente nada ni nadie a su alrededor. De hecho, el estacionamiento se encontraba solo cuando ingresaron, a excepción de los propios vehículos de los empleados que Matilda siempre había visto cada día que había ido a ese lugar.

    Se estacionaron casi en la mera puerta de entrada. Al bajarse, los tres miraron pensativos hacia el edificio blanco, los tres con expresiones confusas y apremiantes.

    —¿Ustedes también sienten eso? —cuestionó Cole como un pequeño susurro.

    —¿La sensación inquietante de que no deberíamos estar aquí? —Contestó Cody del mismo modo.

    —Sí, esa misma…

    Los presentimientos o corazonadas que su Resplandor les daba a veces, parecían haberse alocado en cuanto se acercaron a ese sitio. Los tres lo sentían, y aunque no lo hubieran expresado abiertamente con palabras, igualmente presentían que los otros también. Algo bastante malo estaba ocurriendo, o al menos había ocurrido.

    Matilda fue la primera en lograr sobreponerse a esa sensación paralizante y lograr avanzar hacia la puerta; inevitablemente sus dos acompañantes se vieron obligados a igualmente seguirla.

    Aunque el exterior del hospital se sentía calmado y en silencio, el interior era muy diferente. Se escuchaba bastante ruido, el eco de voces y pasos resonando en los pasillos, y llegando de alguna u otra forma hacia ellos. Mientras avanzaban por el pasillo principal hacia el cubículo de recepción, no vieron precisamente a mucha gente, pero sí les tocó al menos tres enfermeros yendo de un pasillo a otro con notoria prisa, y otro más llevando a un hombre, casi catatónico, en una silla de ruedas.

    La enfermera de recepción, la misma que había atendido a Matilda en su primer día ahí, estaba al teléfono. Su estado aletargado de aquel entonces, y que se había perpetuado en días siguientes, había desparecido. Ahora parecía estar con la sangre fluyéndole más deprisa, hablando enérgica por el teléfono, revisando su libreta, y también la computadora al mismo tiempo. La joven no se percató de su presencia hasta que ya estuvieron a unos pasos de su lugar. En cuanto la vio, dejó a un lado todo lo que estaba haciendo, incluso dejó caer el teléfono al suelo provocando un golpe sonoro y casi doloroso, y se paró de su silla de un salto.

    —Dra. Honey, gracias al cielo —exclamó enérgica y aliviada, lo que confundió bastante a la Psiquiatra.

    —Buenas tardes… ¿qué fue lo que…? —antes de que terminara su pregunta, la enfermera salió apresurada de su sitio y se dirigió, casi corriendo, al pasillo adyacente.

    —¡Dr. Johnson!, ¡Dr. Johnson! —La escucharon gritar mientras se alejaba. Los tres la miraron correr por el pasillo, hasta que ya no les fue posible.

    —Se ve que es popular por aquí, Doctora —comentó Cole, algo burlón.

    —Eso es nuevo para mí —señaló la castaña, demasiado confundida para reaccionar como era debido.

    No tuvieron que esperar mucho. El Dr. Johnson en persona no tardó en aparecer apresurado, viniendo por el mismo pasillo por el que la joven se había ido. Ella no venía con él, por lo que suponía que se había quedado quizás atendiendo algún otro tema.

    —Dra. Honey —exclamó Johnson, igualmente aterradoramente entusiasmado y aliviado de verla. Se le veía algo cansado y distraído—. Una disculpa, todo es un caos. Tuvimos que mover a casi todos nuestros pacientes del ala de Samara, y no fue sencillo porque era de nuestros pacientes más problemáticos.

    —¿Moverlos por qué? —Cuestionó Matilda notoriamente a la defensiva—. ¿Qué fue lo qué pasó? ¿Dónde está el Dr. Scott?

    —No sé adónde se fue… él… —Johnson balbuceó, aparentemente dudando entre qué decir y que no, y esto hizo que la actitud de Matilda se volviera aún más agresiva. Se le aproximó, encarándolo de frente, y aunque era de estatura más baja que él, igualmente lo intimidó lo suficiente para hacerlo retroceder un poco.

    —Escúcheme —empezó a decirlo con voz lenta pero firme—, tendrá que decirme todo lo que pasó ahora mismo, sin ocultar nada. De otra forma no podremos ayudarlo. —Johnson miró entonces por encima de la cabeza de la doctora a los otros dos hombres que la acompañaban—. Ellos vienen conmigo, son mis colegas.

    —¿Colegas? —inquirió el doctor, confundido—. ¿Son psiquiatras también?

    —En mis tiempos libres —se apresuró Cole a responder con tono sarcástico. Matilda lo miró sobre su hombro con una mirada de regaño, pero se volvió casi de inmediato de nuevo hacia Johnson.

    —Ya están al tanto del caso. Hablé con libertad.

    Johnson se retiró sus lentes y pasó su mano por todo su rostro, tallándolo con algo de fuerza. Se veía que no quería hacerlo, pero al final no le quedó de otra. Les contó lo mejor que pudo sobre lo ocurrido esa mañana, como Samara había reaccionado, lo que le había hecho al Dr. Scott, y por último lo poco que sabía sobre el extraño suceso que acababa de pasar horas atrás en su habitación y había causado todo ese alboroto.

    El rostro de Matilda estaba duro como roca mientras lo escuchaba contarle todo eso. Su quijada estaba apretada, y sus ojos casi centellaban del coraje en ellos. Se giró por mero instinto hacia el mostrador de recepción, y se apoyó en él con ambas manos, mientras respiraba lentamente para intentar tranquilizarse.

    —Son unos idiotas —murmuró entre dientes—. ¡¿En qué estaban pensando?! ¿Y se hacen llamar psiquiatras? ¿En dónde estudiaron, par de…?

    Se forzó a sí misma a guardar silencio, antes de que dijera algo de lo que realmente se arrepintiera.

    —No supimos qué más hacer… —murmuró Johnson, indeciso.

    —¡No hacerla enojar para empezar hubiera sido buena idea!

    —Ese fue Scott, yo no… yo no…

    Johnson comenzó a balbucear, incapaz de formular una oración coherente. Retrocedió lentamente y se dejó caer en una de las sillas del área de espera. Se sostuvo la cara con las manos, y se escuchaba como respiraba un poco agitado. Cole y Cody lo miraron algo perplejos; Matilda siguió dándoles la espalda, volteada al mostrador.

    —Yo ni siquiera creía del todo que esto fuera verdad —murmuró Johnson, apenas audible—. Una parte de mí siempre creyó que todo esto que hacía esta niña era algún tipo de truco que no podía aún explicar, pero que tarde o temprano lo descubriríamos y ahí terminaría todo. —Retiró sus manos de su cara, y señaló entonces hacia uno de los corredores, con horror en el rostro—. Pero lo que hizo en ese pasillo… Oh Dios… esto no puede ser real.

    El estado de ánimo del Dr. Johnson no era en realidad muy diferente al de Vázquez. Ambos vieron cosas que no podían explicarse, pero sus cabezas se esforzaban intentándolo. Cuando no funcionaba, las reacciones de la gente variaban; la agresividad de Vázquez y la negación de Johnson eran de las más comunes.

    —¿Dónde está ahora? —preguntó Matilda tras unos instantes de silencio.

    —En su cuarto, aún amarrada a su camilla, supongo.

    —¡¿Amarrada?! —Espetó incrédula la castaña, girándose al fin hacia él—. ¡¿Cómo que amarrada?!

    —Todos los que se acercan ese sitio terminan heridos de alguna forma. Está fuera de control… no sabemos qué…

    Johnson volvió a callar, y de nuevo ocultó su rostro entre sus manos. La imagen de Samara, amarrada, sola e indefensa en un cuarto como el que Johnson les había descrito… El estómago de Matilda le dio vueltas, pero se contuvo de cualquier reacción visible. Respiró con fuerza, recuperó la serenidad y entonces logró pararse derecha de nuevo. Tomó su bolso y lo dejó sobre el mostrador, sacando de él sólo su teléfono celular. Se acomodó su traje rápidamente con sus manos, y luego siguió con su cabello; esto no tenía ningún propósito específico, era más un tic involuntario para despejar su mente.

    —Mantengan a los otros pacientes y al personal a salvo —musitó despacio—. Yo me encargaré de esto.

    —Nosotros nos encargaremos —añadió Cole con decisión. Matilda vio al oficial de reojo, con no tan buena disposición a simple vista.

    —Vamos, Matilda —escuchó que Cody pronunciaba, casi como un regaño. La castaña simplemente suspiró resignada y comenzó a andar apresurada hacia la habitación de Samara. Cole y Cody la siguieron a una distancia prudente.

    — — — —​

    Matilda barajeaba en su mente todas las opciones. La idea de que Samara pudiera plasmar esas imágenes más allá del papel, radiografías o la propia mente de las personas, siempre había sido una posibilidad. Paredes, techos y piso, todo ello no eran más que superficies, no muy diferentes de un papel si hablaban de una modificación celular a los niveles que habían teorizado. Pero el que pudiera hacerlo de golpe, y de una escala como la descrita por el Dr. Johnson, eso definitivamente no había estado en sus predicciones. Además de que la imagen que les había descrito era bastante… perturbadora; y aun así, sólo cuando estuvieron ya de pie en aquel pasillo fue capaz de digerirla en su totalidad.

    Los tres se quedaron quietos al girar en la esquina. Era como si de golpe hubieran entrado a otro edificio sin que se dieran cuenta. Varias de las lámparas del techo se habían roto, por lo que la iluminación era escasa. Lo que alcanzaban a ver, sin embargo, era… bastante incómodo. Paredes roídas, llenas de óxido, humedad, e incluso rastros de vegetación abriéndose paso entre las grietas. El suelo estaba cubierto con un extenso y nada agradable charco, como si se hubiera filtrado el agua de alguna lluvia y se hubiera mezclado con la basura y demás porquería del sitio. Se sentía un ambiente frío, no insoportable pero sí lo suficiente para sentirse incómodo o al menos con la necesidad de tener otro saco encima. Había pequeños rastros de polvo, o al menos algo muy parecido, rondando el aire. Y el olor era quizás lo peor; olor a animal muerto, a agua estancada, a basura en descomposición. Eran tan nauseabundo, que era imposible no sentir al menos una pequeña arcada.

    —Por Dios —exclamó Cody, estupefacto, mirando todo minuciosamente.

    —Creo que no es el mejor lugar para evitar pesadillas, profesor —añadió Cole, intentando sonar gracioso pero realmente no lo había logrado del todo.

    Luego de dudar unos momentos, Matilda activó la lámpara de su teléfono y con ella logró alumbrarse mejor el camino, especialmente el suelo. Cole y Cody siguieron su ejemplo. Los tres sujetaban sus teléfonos con una mano y con la otra se cubrían lo más posible sus narices y bocas para resistir el olor. Sus zapatos terminaron pisando esa agua sucia, pero procuraron no pensar en eso de momento. De niña a Matilda le gustaba ir al río a buscar reptiles, peces e insectos para catalogarlos, así que sólo intentó imaginarse que estaba haciendo eso de nuevo.

    —Cody, ¿esto es similar a aquello que me contaste que hiciste de niño? —le cuestionó Matilda curiosa.

    —Sí… lo creas o no me trae recuerdos —murmuró Cody, algo inseguro.

    —¿Tú hiciste algo como esto antes? —Preguntó Cole, incrédulo.

    —No exactamente algo así, pero igualmente mis habilidades afectaron todo el espacio en el que me encontraba, creando un escenario bastante desagradable. Curiosamente, también en esa ocasión me drogaron para tenerme dormido.

    —¿Entonces crees que todo eso es una ilusión? —Inquirió Cole.

    Cody negó con su cabeza.

    —No creo que esto sea una ilusión, o algo como lo que yo hago. Esto… es algo más.

    —Sí, yo también lo siento. Hay algo bastante pesado en este sitio, que sencillamente no es natural.

    —¿Hablas de…? —Cody lo miró, algo impresionado. Ahora Cole fue el que negó.

    —Si preguntas por fantasmas, no. Hay fantasmas que con la energía suficiente pueden materializar y afectar nuestro mundo de forma física, pero no a este nivel. Pero si existen otro tipo de fuerzas que pueden hacer algo como esto, o incluso mucho más.

    —¿Otras fuerzas como qué exactamente?

    Cole soltó una risilla burlona, seguida inmediatamente por un quejido de molestia, pues al parecer había pisado algo que no lograba describir, pero que igual su primer instinto fue retirar su pie bruscamente lo más rápido que pudo.

    —Mejor lo dejemos para otro escenario más agradable, profesor —murmuró con disgusto el oficial.

    Avanzaron por alrededor de dos minutos más hasta que Matilda alumbró con su luz una puerta totalmente oxidada tumbada a mitad del pasillo. A su lado izquierdo, se encontraba el marco en el cual la puerta se había hallado, con aún rastros de sus bisagras en ella. Esa era la habitación de Samara.

    Matilda tomó aire hondo, o al menos lo más hondo que el viciado y pútrido aire que los rodeaba les permitió, y avanzó con un poco más de prisa hacia la puerta. Y entonces escuchó los sollozos, pequeños sollozos lastimeros y dolorosos que provenían del interior del cuarto, y que la hicieron detenerse por unos instantes. Se movió con lentitud hasta lograr asomarse al interior. El estado de lo que lograba enfocar con su luz era igual de deplorable que el resto del pasillo… a excepción de un blanco puro, en su mayoría limpio que sobresalió del resto del cuarto en cuanto la luz lo tocó: el blanco de la bata de Samara.

    En efecto, la niña seguía recostada sobre la camilla, de sabanas ahora llenas de manchas de humedad y con agujeros, atada de muñeca y tobillos por correas viejas de cuero, pero que aún tenían la suficiente resistencia para sujetarla. La niña tenía el rostro humedecido por sus propias lágrimas, y sollozaba desconsoladamente presa del pánico. En cuanto la luz la iluminó, giró sus ojos en dirección a la entrada a como su posición se lo permitió.

    —¿Ma… tilda…? —susurró con debilidad.

    —Samara —exclamó Matilda, estupefacta de verla en tal estado. Sin pensarlo, avanzó hacia el interior de la habitación—. No te preocupes, voy a…

    —¡No te me acerques! —Gritó la niña con fuerza, y su voz retumbo en el eco de las paredes, las cuales comenzaron a desquebrajarse un poco. El agua en sus pies también comenzó a alterarse, y a Cody y Cole por igual les pareció de pronto que de hecho les llegaba más arriba, al menos hasta los tobillos—. No… quiero verte… —masculló Samara entrecortada—. Me mentiste… dijiste que vendrías a verme, ¡y no lo hiciste! ¡Dejaste que me atrapara!, ¡dejaste que me hiciera esto!

    Mientras más gritaba, el estado del espacio a su alrededor parecía empeorar poco a poco. Incluso el cielo a sus pies comenzó a sentirse blando, como si fuera a abrirse en cualquier momento para tragarlos a todos.

    Samara estaba enojada con ella también. No era algo que tuviera del todo previsto, pero no era inesperado. Era cierto, ella le había dicho que iba a hablar con su madre, y que ese día llegaría temprano justo para hablar con ella, pero no lo hizo. Supuso que estaría bien, sólo retrasarlo un poco. El asunto de Portland, Doug y Lilly Sullivan tomó importancia en su cabeza, y pensó que todo estaría bien… pero no fue así. Ese horrible incidente no era sólo culpa de Scott y de Johnson; ella también era culpable… otra vez…

    “¡Tú dijiste que me ayudarías!, ¡me dijiste que todo estaría bien!”

    Esas palabras, hace ya algún tiempo exclamadas contra ella con el mismo sentimiento, retumbaron en su cabeza.

    Volvió a intentar acercarse. Con su mano izquierda sujetaba su celular y la otra la tenía extendida hacia ella en señal de calma. Intentó usar su telequinesis para quitarle sus amarres mientras hablaba.

    —Samara, debes tranquilizarte —le susurró muy despacio; casi lograba quitarle la correa de su muñeca izquierda.

    —¡No puedo! —Espetó la niña casi como si le doliera. De pronto, una larga herida se dibujó justo en la palma derecha de Matilda, de extremo a extremo.

    —¡Ah! —exclamó con un gemido de dolor, retrocediendo instintivamente. Su teléfono se cayó de sus manos, cayendo al agua y quedando sumergido debajo de ella, aunque la luz de la linterna seguía alumbrando.

    —¡Matilda! —Cody y Cole se acercaron en su ayuda. Cole iluminó su palma con su luz, mientras Cody la revisaba. Era un corte un poco profundo, limpio y recto; la sangre comenzaba a surgir libremente de la herida y a escurrir por un costado.

    —¿Cómo hizo eso? —cuestionó Cole, quitándose como pudo su corbata azul con una mano. Se la pasó entonces a Cody para que la usara de vendaje improvisado. Cody la ató con algo de fuerza alrededor de su mano. Matilda ni siquiera dio seña de dolor; su mente se había enfrascado en esa pregunta: ¿cómo lo había hecho?, ¿era algo derivado de cómo plasmaba sus pensamientos e ideas en todo ese entorno?

    —Vete… —sollozó Samara—. No quiero lastimarte… no quiero lastimar a más personas…

    Matilda retiró con cuidado su mano de Cody y les indicó a ambos con su cabeza que retrocedieran. Inseguros, dieron un par de pasos hacia atrás, quedándose en la puerta. La castaña miró alrededor; la luz de su teléfono se había apagado, lo cual era una pésima señal de su estado, pero ya se ocuparía de eso después. Ahora sólo podía guiarse de la luz de Cole y Cody, pues sin ellas estaría en esos momentos en absoluta oscuridad, de seguro. Sujetó con su mano izquierda la corbata que rodeaba su herida, presionándola contra ésta, y comenzó avanzar en su dirección. Mientras más se acercaba, las paredes, el techo y el suelo le parecían más endebles, como si estuvieran convirtiéndose en papel.

    —No has lastimado a nadie, Samara —murmuró Matilda con suma y absoluta tranquilidad—. Escucha, esta habilidad que tú posees es tuya y de nadie más. Sólo tú decides cuando usarla, y cuando no; es tu don…

    —No puedo hacerlo —respondió Samara entre llantos—. Ella es más fuerte que yo…

    —¿Ella? —Exclamó Matilda confundida, estando ya a mitad de camino entre la puerta y la camilla—. Samara, ¿quién es ella?

    La niña guardó silencio unos instantes, a excepción de sus llantos.

    —¡Vete! —le gritó al final y Matilda sintió como si alguien la empujara con fuerza hacia atrás. Se tambaleó un poco, dando un par de pasos en falso hacia atrás pero arreglándoselas al final para evitar caer.

    Se quedó perpleja unos segundos. ¿Telequinesis?, era probable que tuviera un poco de ello así como tenía un poco de telepatía; su propia teoría de cómo plasmaba esas imágenes a un nivel celular, no entraba en conflicto con dicha idea. Aun así, esa forma en que fue empujada le resultó extraña, un tanto inusual a cuando había sentido un empujón telequinético de parte de alguien más. Lo sintió más como si alguien realmente la empujara con sus manos hacia atrás… como si hubiera alguien más ahí…

    Miró alrededor, casi por mero instinto; no esperaba realmente ver a alguien más ahí de pie ente las sombras, y en efecto no lo vio… aunque aquella esquina más alejada de ella, la que permanecía totalmente oscura pues las luces de los celulares de Cole y Cody no la tocaban, por unos momentos su mente le hizo sentir que el frío que emanaba de esa esquina era mucho más intenso que el resto. ¿Había alguien ahí observándola fijamente sin que pudiera verlo a él… o a ella? Su intuición parecía no decidirse aún entre decirle que sí o no.

    —Intentaré detenerla —murmuró Cody dando un paso al frente, y listo para materializar lo que fuera que pudiera ayudarles a calmarla, dormirla o lo que fuera necesario.

    —¡No! —le gritó Matilda enérgicamente, volteándose hacia ellos—. Si la agredes, sólo la perturbarás más. Ustedes dos quédense atrás, no intervengan.

    Cody vaciló; la situación le parecía demasiado volátil como para dejársela sólo a ella, y Cole igualmente sentía lo mismo. Sin embargo, al final el profesor retrocedió, dándole a Matilda su espacio. Ésta respiró hondo por la nariz, sin importarle el olor a su alrededor, y exhaló por la boca. Soltó su mano, dejándola libre aunque siguiera sangrando un poco. Alzó sus manos al frente en posición de calma, y dio pasos más al frente, arrastrando sus pies por el agua.

    —Samara, escúchame con atención, escúchame muy bien, sólo a mí —comenzó a decirle con voz baja y bastante calmada considerando el escenario. La niña en la camilla la volteó a ver, temerosa—. Confía en mí, pequeña. Yo puedo ayudarte a calmar esto, y no me iré ni dejaré que lastimes a alguien, te lo juro por mi vida. ¿Crees en mí, Samara? ¿Me permitirás ayudarte?

    La niña se quedó en silencio, mirándola fijamente con notoria duda en su mirada. Sin necesidad de poder leer su mente, Matilda supo que estaba debatiéndose internamente sobre qué responderle. Al final, asintió con su cabeza repetidas veces, y con esa sólo señal Matilda se atrevió a aproximarse más.

    —Bien, escúchame con mucho cuidado —susurró—, escúchame sólo a mí…

    ****​

    —Cierra tus ojos —le indicó Eleven, cautelosa—. Ciérralos y respira… sólo respira.

    Matilda la miraba entre llantos, totalmente confundida. Cerró sus ojos como le pidió, aunque estos parecían resistirse a ese cambio. Ya lo había intentado: cerrar los ojos, respirar, calmarse, pero nada de eso había funcionado. Aun así, de alguna forma esa mujer la incitaba a intentarlo de nuevo.

    —Respira lentamente —prosiguió Eleven—, inhala por la nariz, exhala por la boca. No pienses en nada, sólo respira.

    Obedeció. Teniendo los ojos cerrados, inhaló lentamente por su pequeña nariz, y luego exhaló despacio por la boca. Repitió lo mismo unas cinco veces.

    —Bien, lo haces muy bien, Matilda. Ahora, he oído que tienes una gran imaginación, y necesito que la pongas a trabajar justo ahora. Has visto la estufa de tu cocina, ¿no? —Matilda no entendió del todo la pregunta, pero asintió con su cabeza sin abrir los ojos—. De seguro la ves todos los días, más de una vez. Conoces su color, su forma… quiero que la visualices en tu mente, lo más clara y detallada que puedas. Imagínala justo frente a ti. No dejes de respirar.

    Eso no hizo mucho progresó en aliviar su confusión, pero también cumplió esa petición, de la forma que mejor pudo. En su cabeza, se encontraba en un espacio totalmente negro por todos lados, arriba y debajo de ella. Pero a pesar de toda esa oscuridad, podía ver claramente la estufa ante ella, justo como la de su cocina. Hacía ya algunos años que su madre había cambiado la vieja estufa blanca de modelo bastante pasado de moda, por una más moderna color cromo brillante.

    —¿Puedes verla Matilda? —escuchó que Eleven susurraba, sonando en su cabeza con un eco lejano—. Una de las hornillas está encendida.

    Al oír eso, giró sus ojos directo a la hornilla frontal izquierda. Y en efecto, se encontraba encendida… más que encendía. La llama azul se elevaba con fuerza como un gran matorral. Era brillante, incandescente, y de cierta forma seductora.

    —La veo… —susurró dubitativa.

    —¿Cómo está su flama? Descríbemela…

    ****​

    —Está al máximo… —susurró Samara entre pequeños sollozos, teniendo sus ojos cerrados—. La llama está demasiado intensa, ¡hace mucho calor!

    —No tengas miedo, Samara —le susurró Matilda con suavidad, estando parada a un lado de la camilla, a un metro de ella.— No te hará ningún daño. Esa llama te sirve a ti, no tú a ella. Tú la controlas en el momento que quieras, ¿lo recuerdas? Tú decides si se prende o apaga: las perillas están justo al frente de la estufa. ¿Las ves?

    Dentro de la imagen mental de Samara, logró desviar su mirada de la hermosa e incandescente flama azul, hacia las parillas ubicadas en el panel frontal de la estufa. Sólo una de ellas se encontraba abierta.

    —Sí… las veo…

    —Tú puedes girarlas cuando sea —le indicó Matilda con firmeza—. Ahora mismo quiero que extiendas tu mano lentamente hacia la perilla abierta, con mucho cuidado.

    Samara avanzó un paso y alzó tímidamente su mano hacia la perilla. Luego dio otro paso, y uno más; cada uno tenía incluso menos seguridad que el anterior.

    —Acércate, toca la perilla con tus dedos.

    —Hace mucho calor… —exclamó asustada, y en verdad lo sentía; podía sentir el agobiante calor de esa flama pegándole directo en la cara.

    —No importa, ese calor no te puedes lastimar. Tú toma la perilla.

    Samara siguió avanzando paso a paso, resistiendo la incómoda sensación de ardor en toda la piel, hasta colocar sus dedos sobre aquella perilla imaginaría, que se sintió bastante real contra sus yemas.

    —¿La tienes?

    —Sí… la tengo…

    —Bien, lo haces muy bien, Samara. Ahora…

    ****​

    —Gírala lentamente para cerrarla —le instruyó Eleven a continuación—, muy lentamente.

    Matilda comenzó a girar la perilla de nuevo a su posición original, hacia la dirección que la colocaría de forma vertical, con el extremo con la marca roja hacia arriba. Pero en efecto lo hacía lento, muy lento.

    —Ten tu mirada fija en la llama —escuchaba que Eleven proseguía—, contempla como va bajando poco a poco conforme tú la vas girando. ¿Lo ves?

    —¡Sí!, ¡puedo verlo! —Exclamó con entusiasmo. En efecto, aquella intensa e irreal llama, comenzó a hacerse poco a poco más pequeña, y el calor igualmente se iba calmando.

    —No te precipites. Sigue girándola… paso a paso… la llama se va reduciendo, y reduciendo. Todo se va calmando, el calor va desapareciendo… —Todo lo que Eleven describía, ocurría en su mente con total claridad—. Y entonces… la llama se apaga.

    Matilda giró por completo la perilla, volviendo a la misma posición que tenían todas las otras. Por un instante la enorme flama se redujo a sólo pequeños destellos azules, que al final se extinguieron desapareciendo por completo.

    Los ojos de Matila se abrieron justo en ese momento, sólo para ver como las pocas cosas que aún quedaban flotando, caían al suelo; algunos con delicadeza, otros de forma un tanto más pesada. Miró a su alrededor incrédula. Todo se había calmado. Ya nada flotaba, ya nada temblaba. Todo estaba en silencio, y en perfecta paz.

    La niña comenzó a llora en esos momentos, incapaz de diferenciar sí eran lágrimas de angustia, confusión, o quizás de felicidad y alivio.

    —Oh, cariño —escuchó a su madre exclamar con fuerza y en un abrir y cerrar de ojos se dirigió apresurada hacia ella. Se agachó a su lado, y la abrazó contra ella. Matilda le regresó el abrazo, apretujándola fuerte como si temiera que se fuera de alguna forma. Jennifer pasó su mano reconfortante por su cabello y espalda, dándole además varios besos en su pequeña cabeza, mientras ella lloraba con ímpetu contra su pecho—. Todo está bien, todo está bien.

    Jennifer alzó su mirada hacia Eleven, quien ya estaba de pie, y las miraba desde una distancia prudente. Los ojos de la señorita Honey también se encontraba a punto de soltar lágrimas, pero ella sí sabía con seguridad el sentimiento que las acompañaba.

    —Gracias, gracias —exclamó Jennifer, apenas siendo capaz de hablar con todas las emociones que se le atoraban en la garganta. Eleven sólo le sonrió, satisfecha por la escena ante ella.

    ****​

    Años después, cuando Samara igualmente abriera de nuevo los ojos en aquel horrible cuarto, el resultado sería el mismo. Toda la sensación pesada y agobiante que los envolvía y les gritaba con fuerza que se fueran de inmediato, se disipó. El suelo volvió a sentirse fijo, e incluso algunas de las luces del pasillo, y la propia luz del cuarto, se encendieron.

    —Lo logré… lo logré… —sollozó Samara entre sorprendida y aliviada.

    —Lo lograste, claro que lo lograste —exclamó Matilda orgullosa. Se dirigió entonces de inmediato hacia la camilla; ya no hubo ninguna clase de ataque, y se sorprendió además sentir que el agua que le subía por los pies, ahora era de nuevo sólo un gran charco por lo que se podía mover mejor. Rápidamente le desató las correas que la aprisionaban, primero los pies y por último las muñecas. En cuanto estuvo libre, Samara se sentó y rodeó a Matilda con sus brazos con fuerza por mero reflejo, y comenzó a llorar descorazonadamente contra su pecho.

    —No quise hacerlo… No quise hacerlo… —repitió varias veces entre sus llantos.

    —Lo sé, lo sé —musitó Matilda despacio, abrazándola con más suavidad y pasando sus mano sana por su largo cabello—. Tranquila, ya estoy aquí. Todo estará bien.

    Mientras Matilda reconfortaba a la niña, desde la puerta Cole observaba asombrado todo lo ocurrido. La castaña había mantenido la compostura de una forma casi militar, y parecía saber exactamente cómo y cuándo llegarle a esa niña para que la escuchara. Ambas cosas sólo podían ser resultado de la experiencia que llevaba consigo. No pudo evitar mirarla hacer lo que hizo, y recordar de inmediato a Eleven, al día en que la conoció, la forma en qué le habló y la sensación que le había provocado. Fue como remontarse a aquel momento, y eso le creó una sensación en el estómago extraña, pero no desagradable.

    Ahora podía entender un poco el porqué, mientras la estaba investigando y preguntando por ella entre las demás personas de la Fundación, entre todas las historias que le contaban hubo dos o tres que se refirieron a ella como “la favorita de Eleven”. Pensó que se trataba sólo de las usuales envidias por estar bien con mamá oso, pero ahora podía ver que no era precisamente eso, y tampoco era que hubiera un cierto favoritismo propiamente. Más bien el espíritu que ambas proyectaban, incluso esa agresividad inherente envuelta en toda esa amabilidad y dulzura, eran bastante similares.

    “Procura ser cuidadoso con Matilda. Nunca has conocido a nadie como ella.”, le había dicho Eleven al final de aquella llamada que habían tenido hace un par de semanas. Bien, él no estaba del todo seguro de ello.

    Cody igualmente podría haberse sentido fascinado por lo que Matilda acababa de lograr ante sus ojos, pero lo cierto es que su mente se encontraba más concentrada, y preocupada, por otra cosa. Miró a su alrededor con cierto temor. Los poderes de la niña se habían apagado, en efecto no le cabía duda de ello. Sin embargo, la apariencia de esa habitación y la del pasillo seguían igual: el óxido, la humedad, todo seguía ahí. Tocó con sus dedos una pared sólo para cerciorarse; se sintió áspera, justo como su apariencia lo indicaba. Por su experiencia con ese tipo de habilidades, él sabía que fiarse del tacto o de cualquier otro sentido, no era una garantía; todos podían ser igual de engañados que la propia vista. Pero era esa misma experiencia la que le permitía concluir con casi completa seguridad que eso no era una ilusión; todo eso era absolutamente real. Y lo que más lo confundió, lo que más sentía que no encajaba, era el agua en sus pies, que aún seguía ahí presente.

    Su mente comenzaba a dar varias vueltas en ello… y cada segundo nacía en su pecho una ansiedad bastante tangible, ya no creada directamente por esa niña en esos momentos… sino por lo que podría ser.

    —Siempre lograba evitarlo y no verla —escucharon los tres que Samara murmuraba contra el pecho de Matilda, sin calmarse aún ni un poco—. Pero esta vez no pude evitarlo.

    Matilda no logró comprender esas palabras.

    —¿A qué te refieres, Samara?

    —Vi al monstruo —murmuró entrecortada—. Vi al monstruo que aparece siempre en mis pesadillas… lo vi de frente…

    De nuevo Matilda no entendió, o al menos no en un inicio. De inmediato, a su mente se le vino aquello que le había dicho el día anterior, aquello de lo que quería hablarle: “es sobre mis pesadillas, de las que te conté antes. Hay algo que no te dije, algo que siempre aparece en ellas.”

    —Fue sólo un sueño, tranquila —le dijo con calma sin dejar de pasar los dedos por su cabello.

    —No, es real, el monstruo es real —exclamó Samara casi en pánico. Separó su rostro de ella y la volteó a ver con las mejillas empapadas—. Soy yo… —Soltó de pronto, creando una oleada de confusión no sólo en Matilda sino en también en los otros dos oyentes—. Yo soy el monstruo… yo soy el monstruo…

    Antes de que Matilda pudiera preguntarle algo, se le pegó de nuevo de la misma forma de antes, aun llorando aunque un poco más despacio. Sin decir nada, la castaña también la volvió a abrazar y reconfortar con sus manos. Ninguno de los tres tenía de momento la información suficiente para sacar una conclusión sobre qué significaban esas palabras. Aun así, la ansiedad que Cody estaba comenzando a sentir, se fue de golpe en aumento.

    FIN DEL CAPÍTULO 21
     
  2.  
    WingzemonX

    WingzemonX Entusiasta

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    Título:
    Resplandor entre Tinieblas
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    Género:
    Misterio/Suspenso
    Total de capítulos:
    30
     
    Palabras:
    5877
    Resplandor entre Tinieblas

    Por
    WingzemonX


    Capítulo 22.
    Un Milagro

    Cuando Lily Sullivan recibió aquel intenso golpe en la cabeza, sintió como si todo se le sacudiera por dentro, y aquella habitación de hospital comenzara a dar vueltas a su alrededor. Sólo sintió dolor por unos segundos, pero luego éste se fue disipando rápidamente, o posiblemente su cuerpo sencillamente se volvió incapaz de sentir cualquier cosa. El escenario a su alrededor se tornó borroso, sus ojos se fueron cerrando pesadamente sin que ella pudiera prevenirlo, y después todo se disolvió y despareció.

    No sabría hasta tiempo después el total de horas que había estado inconsciente, pero presintió desde el inicio que no habían sido pocas. En todo ese tiempo no soñó nada, o al menos nada digno de ser perpetuado en su memoria tras despertar. Dicho momento ocurrió primero con un penetrante olor a alcohol que le entro en el cuerpo por su nariz, haciendo que ésta se irritara y posteriormente lo hiciera también toda su garganta. Los ojos azules de la niña se abrieron de golpe, y a eso le siguió una tos moderada como acto reflejo. Su primer instinto fue jalar su mano hacia su boca y nariz, pero se encontró con la sorpresa de que no podía mover ninguna de las dos, y que al intentarlo sus muñecas le dolían.

    Tardó uno o dos segundos antes de que su mente lograra aclararse lo suficiente como para poder tener consciencia de su condición. Al girar su cabeza, que poco a poco comenzaba a dolerle pero de momento era tolerable, hacia su mano derecha se sorprendió al ver que ésta estaba esposada a la anticuada cabecera de tubos de la cama en la que aparentemente estaba recostada antes de despertar. Giró entonces su mirada hacia su otra mano; ésta también estaba esposada de la misma forma. Jaloneó con un poco con violencia, pero sólo terminó lastimándose más las muñecas.

    El dolor de su cabeza, sobre todo de un costado de su cara, se hizo mucho más intenso.

    —Ya despertaste, princesita —escuchó que canturreaba una vocecilla a un costado de la cama, haciendo que se girara de lleno en esa dirección.

    La persona que le había hablado, la misma que la había sacado del hospital y muy seguramente la había colocado en ese sitio, colocó sobre el buró a un lado un algodón húmedo, bañado en algún alcohol medicinal tan intenso que aún desde su posición lograba olerlo; de seguro con eso la había despertado. No pasó desapercibida para ella lo otro que había en el buró, a lado de dicho algodón usado: una pistola de color negro que le pareció bastante conocida.

    Aquella chica que se había presentado como Esther ante ella, se giró entonces también en su dirección, sonriéndole ampliamente, y aunque en un inicio Lily estaba totalmente a la defensiva, su estado cambió al verla, tanto así que tuvo un fuerte respingo que le fue imposible disimular. Era la misma niña, de eso no tenía duda: sus facciones, sus ojos, su complexión, incluso su voz, todo concordaba… pero algo había cambiado. Su rostro tenía varias marcas de arrugas en él, debajo de sus ojos tenía un par de ojeras marcadas, y rastros de maquillaje aún sin retirar del todo. Y al sonreírle… al sonreírle le mostró una serie de dientes amarillentos y viejos… Tenía su cabello negro recogido en una cola de caballo, y usaba en esos momentos sólo una camiseta blanca de tirantes, algo holgada que dejaba al descubierto la piel blanca de sus brazos, su cuello delgado (con unas extrañas y nada agraciadas cicatrices en él), y parte de su pecho plano.

    Era ella, la misma chica del hospital… pero al mismo tiempo parecía tratarse de una persona totalmente diferente; ni siquiera se veía como una niña en realidad.

    Todo eso la desbalanceaba demasiado, especialmente porque se acababa de despertar y porque el dolor de su cabeza iba en aumento, rozando ya los límites poco tolerables. Y a éste se le sumó otro dolor del que se volvió consciente de pronto: su pierna. Intentó mantener la calma lo más posible y miró sigilosa a su alrededor. Aún usaba su bata de hospital, aunque por debajo de ésta podía notar que su pierna derecha, la que le causaba el dolor, estaba envuelta en apretados vendajes. La cama en la que estaba era para una sola persona adulta, y tenía una sábana blanca relativamente limpia, salvo por unas manchas de sangre debajo de su pierna, que supuso eran suyas. Detrás de su espalda tenía dos almohadas individuales contras las que su cuerpo reposaba.

    Puso más atención al resto del cuarto. Era pequeño y cuadrado, de tapiz viejo con estampado de flores. Frente a la cama había una mesa con una televisión anticuada de enorme tamaño, apagada. A cada lado de la cama había un buró con una lámpara de noche, que de momento eran la única fuente de luz encendida de la habitación; encima de ella logró ver un abanico de techo colgando, apagado al igual que las tres bombillas que tenía incluidas. A su izquierda había una puerta semi abierta que suponía daba a un baño, y a la derecha otra puerta cerrada de madera que de seguro era la salida; no había ni una sola ventana, en ninguna de las cuatro paredes. Había un sillón en una esquina, y una silla a un lado de la cama, y básicamente eso era todo.

    —¿Qué es esta madriguera? —masculló con repugnancia la niña esposada. Parecía ser algún tipo de hotel viejo, pues todo se veía anticuado, pero no descuidado o sucio.

    —Es un lugar seguro —le informó la niña, o lo que sea que fuera, que la acompañaba, sentándose en la silla a lado de la cama y cruzándose de piernas; en ese momento Lily notó que no usaba pantalones, y debajo de su camiseta holgada se asomaban unas bragas rosadas, al parecer nuevas por sus colores tan vivos—. Seguro, apartado y, sobre todo, discreto. Mira… ¡Auxilio! —Gritó de pronto con gran fuerza, alzando su rostro hacia el techo; Lily se sobresaltó por lo repentino del grito—. ¡Ayúdenme! ¡Me están matando! ¡¡Aaaaaaaaaah!!

    Gritó con tanta intensidad, usando al parecer toda la potencia que su garganta era capaz de producir, y que de hecho era suficiente para hacer que los oídos de Lily se quejaran. Tan abrupto como había comenzado a gritar, dejó de hacerlo de igual forma. Luego se quedó en silencio, con sus ojos mirando de reojo alrededor, y una sonrisa pícara en sus labios algo partidos. Una vez que el eco de su grito se fue… nada lo remplazó. Todo el cuarto, todo a su alrededor, se quedó totalmente en silencio.

    —¿Lo ves? —ironizó Esther, soltando además una pequeña carcajada. La mirada de Lily se endureció; entendió de inmediato lo que quería demostrarle con ese lamentable acto. Esther se recargó por completo contra su silla y se cruzó de brazos—. Es increíble lo que puedes obtener en este mundo cuando tienes la cantidad de dinero suficiente. Y por alguna razón, alguien está dispuesto a pagar una muy, muy buena por conocerte.

    —¿Quién? —Soltó Lily tajantemente—. ¿Quién te envió por mí?

    Esther se encogió de hombros, sin borrar su sonrisa; disfrutaba estar en control, eso era más que evidente.

    —No estoy segura. Bueno, sé su nombre y con un poco de investigación descubrí más de él, pero no sé realmente quién es… —vaciló un poco, como si hubiera olvidado lo que iba a decir. Miró pensativa hacia un lado uno instante y luego se volvió de nuevo hacia ella al tiempo que se paraba de la silla y se inclina sobre la cama—. Pero ese es un tema aburrido. Déjame ver cómo vas…

    Extendió en ese momento su mano hacia su cara, y Lily deliberadamente quiso alejarlo de ella. Por su posición, sin embargo, no le fue algo simple de realizar, por lo que Esther logró tomarla con fuera de la barbilla y girar su rostro por completo hacia su lado. Esther echó un vistazo cuidadoso a la mancha morada y roja que abarcaba el área de su sien y ceja izquierda, parte de su frente, e incluso un poco de su mejilla. Se veía feo, pero en la tarde se veía mucho peor.

    —Sí, el golpe de tu cara va bien —señaló con normalidad, alterando aún más a la pequeña.

    —¿Mi cara? —espetó Lily, confundida—. ¿Qué le hiciste a mi cara?

    —Nada que un par de días más con hielo y maquillaje no solucionen —le respondió Esther con tono irónico.

    De pronto, Lily soltó un alarido e intentó jalar por completo su cuerpo hacia ella, y de no haber sido detenida por las esposas de seguro hubiera terminado por lanzarse contra ella. Mientras sus muñecas se apretaban e irritaban, la encaraba de frente a unos cuantos centímetros de su cara, con sus ojos llenos de una ira tan genuina y voraz que nunca se había permitido demostrar activamente, ni siquiera enfrente de sus padres; posiblemente, nunca había conocido a alguien digno de merecérselo.

    —No tienes ni la menor idea del gran error que has cometido —musitó con su voz resonando de forma grave e inhumana, y como un fuerte eco retumbando en las paredes. Esther la miraba tranquila, sin mutarse ante esta acción—. No te servirá de nada tenerme esposada, no necesito mis manos para torturarte mil veces de formas inimaginables, hasta que no quede más que un remedo de ti y el único pensamiento que puedas formular de manera congruente en tu mente sea el deseo de morir…

    Aun cuando calló, su voz siguió retumbando por unos instantes más como si hiciera temblar las paredes. Esther la contempló en silencio durante todo ese lapso antes de que, de la nada, soltara una sonora carcajada de burla que dejó perpleja a la niña Sullivan.

    —Lo siento —murmuró la extraña en cuánto contuvo sus risas. Extendió entonces su mano izquierda y la colocó sobre la frente de Lily, empujándola hacia atrás para que quedara de nuevo contra la cama. Luego, caminó hacia la mesa en la que se encontraba la televisión. A un lado de ésta había dos bolsas de plástico color blanco. Tomó una de ellas y volvió hacia la cama, todo ello con un porte bastante casual y desinhibido—. Sí, por lo que vi supongo que podrías hacer eso. Pero déjame señalarte algunos puntos que quizá no has considerado, querida.

    Colocó la bolsa sobre el colchón, a un costado de su pierna herida. Hurgó con su mano derecha en ella, sacando luego de un rato una cajetilla de cigarros blanco con rojo, y un encendedor desechable. Abrió el paquete cuadrado, sacó un cigarrillo de éste y lo colocó entre sus labios.

    —Uno, estás esposada, y la llave no está aquí en esta habitación, por seguridad —comentó confiada mientras hacía cuatro intentos fallido antes de que el encendedor lograra mantener su flama ardiendo, lo suficiente para encender la punta de su cigarrillo. Dio una pequeña bocana de humo, mismo de que dejó salir casi de inmediato con una expresión mucho más relajada—. Dos, no tienes ni la menor idea de cómo salir de este cuarto, o de dónde estamos con exactitud. Y tres —extendió la mano con la que no sostenía su cigarrillo hacia la pierna de Lily, apretándola apenas un poco pero suficiente como para que la pequeña soltara un alarido de dolor—, tienes una bala alojada en la pierna, y esa herida realmente se ve fea. ¿Cuánto tiempo crees que puedas caminar con eso hasta que alguien te encuentre? Si es que te encuentran, ya que en lo que a ti respecta, podríamos estar en el bosque a mitad de la nada, o en un búnker bajo tierra, o al otro lado de la calle de la jefatura de policía; ¿quién sabe?

    Se aproximó hacia el buró al lado derecho de Lily, en donde se encontraba la pistola. Lily no pudo evitar mirar dicha arma de reojo, y Esther igualmente lo notó.

    —Claro, casi lo olvido —exclamó su secuestradora con una sorpresa casi sobreactuada. Tomó el arma con su mano derecha y se inclinó de nuevo sobre su rehén, aunque ahora no tuvo reparo en pegar la punta del cañón de su arma contra su suave mejilla, haciendo que se hundiera un poco por la presión; Lily la miraba de reojo, totalmente callada—. Y cuatro, otra cosa que puedes conseguir con dinero es muchas, muchas balas, y como viste aún con tus trucos sé bien como usarlas, especialmente ahora que te tengo totalmente quieta en este sitio. Y no lo dudes ni por un segundo: no me importa el dinero o la información que valgas, no me contendré ante la idea de agujerarte esa linda cabecita, a cabo que no serías la primera niña ingenua a la que se lo hago.

    En ese momento le sonrió, le sonrió de esa forma grotesca con esos dientes sucios, provocando que todo su rostro tomara un aspecto tan intimidante del que ella posiblemente ni siquiera era consciente; era como si le saliera sencillamente natural.

    Apartó el revolver de su cara. Con su otra mano tomó el cenicero que había también en el buró y se aproximó de nuevo a dónde estaba hace solo un segundo. Colocó el arma y el cenicero sobre las sábanas blancas y arrastró la silla para poder sentarse justo ahí, a la altura del muslo de Lily.

    —Así que, resumiendo —musitó mientras se acomodaba y soltaba algo de ceniza de su cigarrillo sobre el cenicero—, si intentas algo como lo del hospital, terminarás muerta, o pudriéndote en esa cama por semanas antes de que alguien te encuentre. Así que, cierra tu puta boca, deja de hacerte la aterradora, y déjame curar tu pierna.

    Antes de que Lily pudiera procesar por completo ese último comentario, notó como comenzó a sacar más cosas de la bolsa blanca. No reconocía todo, pero pudo ver gazas, vendas, alcohol, yodo, un paquete de guantes quirúrgicos, un bisturí nuevo, un paquete de algodón (aparentemente abierto) unas pinzas de cirugía largas y puntiagudas, entre varias otras cosas.

    —La verdad te hubiera dejado dormir más, sino fuera porque te necesito consciente para esto —comentó Esther con asombrosa naturalidad.

    —¿Estás loca? —Espetó Lily, entre asustada e indignada—. Tengo que ir a un hospital.

    —¿Y de dónde crees que te acabo de sacar con tanto problema? —Ironizó su captora—. Sólo sacaré la bala, limpiaremos la herida y vendaremos. Si hubiera dañado algo importante, ya te hubieras muerto desangrada. Así que además de ser una pequeña perra, eres una suertuda.

    Lily respiró agitada, mirando a Esther fijamente y totalmente corroída por la ira. Intentó analizar su situación lo más rápido que pudo. Con sus gritos demostró que o estaban muy lejos de cualquier persona que pudiera escucharla o ayudarla, o ese sitio a pesar de su apariencia estaba de alguna forma aislado; sin estar segura, tenía que suponer que era lo primero. Sí, podría intentar usar sus poderes para engañarla, manipularla, y hacer que la liberara y la sacara de ahí… pero ella tenía razón en que no iría muy lejos con esa pierna, y también le creía cuando le decía que a la primera señal de usar esta táctica usaría esa pistola que tenía a su lado; ya lo hizo una vez, ¿qué le impediría hacerlo de nuevo? Podría arriesgarse a suponer que fanfarroneaba al momento de decir que no le importaría matarla si era necesaria, basándose en el hecho de que no lo había hecho hasta ese momento e incluso le preocupaba curar su pierna lastimada. Sin embargo, desconocía que tan lejos estaba dispuesta a llegar sin tener necesariamente que matarla; si era la mitad de determinada que ella, sería bastante lejos.

    Por los lados que lo viera, todo parecía indicar que estaba en sus manos. Eso no significaba que no habría una forma en la que pudiera arreglárselas, sino que simplemente no lo veía en esos momentos. La situación no le daba miedo, si es que acaso era capaz de sentir tal cosa. Lo que le causaba era enojo, mucho enojo y frustración. No podía creer que alguien, fuera quien fuera, pudiera haberla sosegado de esa forma, hasta reducirla a eso: una niña indefensa y a su merced absoluta sin tener ningún tipo de control sobre ello. Sólo alguien más le había causado esa incómoda y agobiante situación: Emily, al comenzar a conducir su auto como desquiciada sin importarle morirse ella misma con tal de acabarla. Pero ahora parecía estar en una situación mucho más precaria que el día anterior, pues Emily hasta cierto punto seguía siendo predecible. Pero ahora, ni intentando leer sus pensamientos le era posible entender qué era lo que pensaba esa lunática, como si toda su cabeza estuviera llena sólo de estática de un televisor viejo.

    Esther se sentó en la silla y con unas tijeras pequeñas comenzó a cortar los vendajes que le envolvían el muslo, causándole pequeños respingos de dolor.

    —¿Al menos has hecho esto antes? —inquirió Lily apretando los dientes y mirando hacia otro lado. Esther la miró de reojo con una sonrisa pícara.

    —Claro, aunque nunca a otra persona. —Lily soltó una pequeña maldición silenciosa al escucharla decir eso—. Pero debe ser más fácil, sino también compre una sierra y así terminamos más rápido.

    La niña la volteó a ver totalmente alarmada, con sus ojos desorbitados. Esther rio ligeramente de forma burlona.

    —Sólo bromeo —le comentó algo pícara; al parecer sí le era posible sentir un poco de miedo después de todo.

    Esther terminó de quitarle por completo los vendajes. Debajo de estos, contra la herida, había colocado un apósito rectangular, que al parecer había cumplido bien su trabajo en detener la hemorragia. Al retirar el apósito, Lily sintió pequeñas pulsaciones de dolor cuando dejaba expuesta la herida. Era prácticamente un agujero circular en su blanca piel del tamaño de una moneda. Su pierna era tan delgada que le parecía extraño que la bala no le hubiera atravesado. Surgió algo de sangre de la herida, aunque mucho más reducida.

    Era hora de ponerse a trabajar.

    Del suelo subió dos almohadas y las colocó en pila debajo de la pierna herida para mantenerla algo elevada; el cambio, de nuevo, provocó que la niña exclamara un gemido de malestar, aunque intentó disimularlo más esa vez.

    —En verdad creo que empezamos con el pie izquierdo, Lily —comentó Esther—. ¿Puedo llamarte Lily?

    —Púdrete —exclamó la niña sin mirarla.

    —Es igual. —Tomó en ese momento la botella de agua oxigenada y vertió parte de ella justo sobre el área de la herida, haciendo que Lily casi saltara de la cama. Luego, con un paño limpio que sacó de un empaque nuevo, comenzó a limpiar la herida y todo su alrededor—. Me temo que de alguna u otra forma vamos a pasar mucho tiempo juntas los próximos días, así que será mejor comenzar de nuevo. Como te dije, me llamo Esther, y así es como me gusta que me llamen. Y no soy tu enemiga, y no te estuve buscando para hacerte daño. Todo esto fue tu culpa; de haber sido una buena niña, hubiéramos salido de ahí sin problema, y hasta te podría haber comprado un helado.

    Lily hizo una mueca de hastío ante su comentario. Esther tomó entonces la botella de yodo y con un algodón comenzó a colocar el líquido oscuro alrededor de la herida. De nuevo Lily respingó un poco.

    —Mientras hago esto, ¿qué te parece si te cuento una historia? —sugirió Esther con buen ánimo.

    —¿Tengo opción?

    —Te gustará, es una historia divertida. Es de hace mucho, mucho tiempo, sobre una niña como tú, pero que nació un poco diferente. —Una vez que terminó de colocar el yodo, abrió el paquete con los guantes de látex y se los comenzó a poner, pese a que evidentemente eran demasiado grandes para sus manos pequeñas—. Su madre murió justo el día en que nació y quedó al cuidado de su padre, un hombre ruin, despiadado, sin corazón, y que la odiaba. La golpeaba sin cansancio durante el día, y en la noche… hacía con ella cosas peores y más dolorosas. —Lily puso de pronto mayor interés en el relato, aunque intento ocultarlo—. Ella debería de odiarlo por todo eso, pero no fue así. De hecho, desarrolló una fijación muy espacial por él… una fijación que nadie más podía comprender, pero que para ella era pura y buena.

    Lily se hizo una imagen en su mente de qué podría estarse refiriendo, y le fue difícil saber si aquello la perturbaba o de hecho le parecía… interesante. Desde siempre había tenido cierta fijación con ese tipo de cosas, no muy propias de una niña de su edad.

    Esther dio una bocanada más de su cigarrillo y luego lo colocó de nuevo en el cenicero a su lado. Una vez con los guantes puestos, tomó dos pinzas quirúrgicas, unas para mantener la herida abierta y otras más para explorarla y buscar la bala. Colocó las primeras en la mano izquierda y las otras en la derecha. Introdujo las pinzas y abrió lo más posible el orificio de la herida, causando una incómoda sensación en su “paciente”.

    —Conforme pasaron los años, esta niña notó que su cuerpo no se desarrollaba al igual que el de otras niñas. Su estatura se había quedado estancada, sus pechos no le crecían, y nunca tuvo su primer periodo. —Introdujo las segundas pinzas lentamente en la herida; de haber tenido las manos libres, Lily hubiera apretado la sabana con fuerza entre sus dedos. En verdad esperaba que supiera lo que hacía—. Y fue entonces cuando un doctor, entre tanta palabrería médica irrelevante que acabo importaba una mierda, tuvo la osadía de decirle en su cara, como un escupitajo, que nunca crecería y que nunca sería una mujer. Eso… —soltó de pronto una risita irónica—, creó cierto corto circuito en la cabeza de nuestra protagonista, que ya de por sí creo que no estaba del todo bien.

    Sus pinzas tocaron un punto específico dentro de la herida que hizo que el cuerpo de Lily se estremeciera y soltara un fuerte alarido de dolor. Rápidamente la volteó a ver, notablemente irritada.

    —Eso debió ser un nervio —comentó Esther con notoria normalidad, sin apartar su atención de su labor—. Creo que estoy cerca… ¿en qué iba? Ah, sí. Un poco después de aquello, su padre dejó de interesarse en ella. Al parecer se había aburrido de su cuerpo infantil, escuálido y sin gracia; ya ni siquiera tenía interés en golpearla. Y entonces se consiguió otra mujer; una alta, voluptuosa, de anchas caderas, pechos como melones, labios gruesos y rojos… todo lo que ella nunca sería. Tenía que escuchar cada noche como su padre se cogía a esa puta en la habitación de al lado, que gemía como perra hambrienta y gritaba obscenidades como plegarias al cielo. —Su tono había tomado un sentimiento tan sombrío que incluso Lily tenía que admitir que le intimidaba un poco—. Hasta que ya no pudo más. Una noche, mientras ambos dormían, desnudos, sudorosos y sucios, envueltos entre las sabanas, ella entró en su habitación con el cuchillo más filoso de la cocina y… bueno, digamos que la puta ya no volvería a gemir con la garganta rebanada.

    Los ojos de Lily se entrecerraron un poco. ¿Esa “historia” era real?, ¿o sólo intentaba asustarla y doblegarla? Su instinto le decía que era lo primero, pero más que asustarla realmente fue incapaz en ese momento de ocultar la fascinación que todo eso le provocaba. Claro, hubiera preferido que no dijera tales cosas mientras hacía todo eso con su pierna.

    —No quería lastimar a su padre —prosiguió—, pero él se lo buscó, así como tú. Se despertó, intentó quitarle el cuchillo, y ella se defendió… una… y otra… y otra vez se defendió, hasta que su mano se cansó…

    De pronto, se escuchó un pequeño tintineo metálico. Lily en realidad no lo escuchó, sino que lo sintió. Esther sonrió satisfecha. Movió la pinza un poco a tientas, hasta que sintió que la tenía. Luego retiró lentamente la pinza del agujero. Si acaso la bala se encontraba tapando una artería, entonces estaba por recibir un abundante chorro de sangre en la cara, y entonces ya no habría nada que pudiera hacer por la pequeña Lily Sullivan, más que irse y dejarla desangrarse en paz; quizás podría ser un poco piadosa y volarle los sesos y así hacerlo todo más rápido. Pero de nuevo la suerte estaba del lado de la pequeña, pues en cuanto sacó aquel pedazo de plomó, entero y casi sin haber perdido su forma, no brotó más sangre de la esperada.

    —Listo, aquí está la presa —exclamó triunfante, alzando la bala un poco sobre su cabeza para verla contra la luz. Lily igualmente suspiró aliviada.

    Esther colocó la bala ensangrentada sobre la sabana a un lado. Tomó entonces de nuevo el agua oxigenada, no sin antes tomar su cigarrillo y volver a aspirar un poco de él, y volvió a limpiar la herida.

    —La historia sólo se pone peor de aquí en adelante. Tuvo que vagar por todos lados para no terminar en la cárcel, o en algún manicomio. En ese tiempo tuvo que sobrevivir con lo único que sabía hacer: satisfacer los deseos más asquerosos y vomitivos de los pervertidos, que no tenían reparo en desahogarlos en una niña… o en alguien que pensaban que lo era. —Una vez limpia la herida, colocó sobre ésta un apósito nuevo que la cubría por completo, y luego pasó a vendarla, igualmente con vendaje nuevo y limpio—. En el trascurso tuvo que usar de nuevo un cuchillo, pistola, o sus propias manos para deshacerse de más hombres, incluyendo algunos clientes. Pero al final fue encontrada, y en efecto metida a un manicomio.

    Apretó el vendaje, aunque no de una forma incómoda y lo aseguró con dos broches.

    —Con eso estarás bien por ahora —le indicó, elocuente. Sacó entonces de la bolsa de la farmacia una caja rectangular de pastillas, y otra más parecida, pero color rojo—. Tomate éstas cada doce horas para la infección, y estas otras cada ocho para desinflamar y amortiguar el dolor.

    —Desátame las manos y lo hago —respondió Lily neutral, lo que le sacó a Esther una pequeña sonrisa.

    —Buen intento.

    Esther caminó hacia el baño y Lily pudo oír como abría la llave del lavabo unos momentos. Un segundo después, volvió con un vaso con agua en una mano y dos pastillas, una blanca y otra rosada, en la otra. Se sentó en la cama a lado de ella, y sin decir nada le metió las dos pastillas de golpe en la boca antes de pudiera siquiera pensar en negarse. Le acercó entonces el vaso, y a la niña no le quedó más remedio que aceptar el agua para hacerlas pasar, provocándole un fuerte ataque de tos, y que parte de dicha agua se vertiera sobre ella. Su cuidadora paso un paño por sus labios para secarla.

    —Sorprendentemente, en el manicomio estuvo tranquila por un tiempo. Hasta llegó a sentirse segura y cómoda ahí. Había un doctor muy guapo que le agradaba. Le recordaba tanto… a su papi. —una sonrisa embobada se dibujó en sus labios, dejando a la vista de nuevo sus maltrechos dientes—. Era muy amable con ella, y sentía maripositas en el estómago cada vez que hablaban. Pero cuando ella intentó demostrarle lo que sentía por él, metiéndose entre sus piernas para aplicarle toda su maestría de las calles sin costo alguno, el muy desagraciado la rechazó. Y ella no lo tomó muy bien. No sé a quién se le ocurre llevar un bolígrafo cuando se entrevista con alguien… ya sabes, trastornado. Error de novato, supongo. Pero le quedó muy bien enterrado en su cuello.

    —Por Dios —exclamó Lily, no precisamente asustada por el comentario, sino más bien sorprendida.

    —No te hagas la santita, que a tus diez años tampoco eres candidata al cuadro de honor, ¿o sí?

    Se paró y caminó hacia la mesa del televisor, más específicamente hacia otra bolsa que se encontraba a lado de éste. No era de la farmacia al parecer, pero Lily sólo pudo ver que tenía un logo verde en un costado. Esther extrajo de la bolsa algo alargado envuelto en papel de colores. Volvió hacia la silla a un lado de la cama, y se sentó en ella tranquilamente, cruzándose de piernas. Al desenvolver lo que traía entre sus manos, reveló que se trataba de un emparedado de pan blanco, aparentemente pechuga de pavo, lechuga y tomate. Le dio una pequeña mordida, notándosele mucha satisfacción por ese acto.

    —Nuestra protagonista huyó de ese sitio —continuó relatando entre mordida y mordida del aperitivo—, y entonces fue recogida por una amable familia que pensó, como todo el mundo, que era una niña desvalida a un lado de la carretera. Decidieron ayudarla, acogerla, y hacerla pasar por su hija para traerla aquí, a América. Para no hacer el cuento tanto largo, eso tampoco salió muy bien. Su nuevo papi tampoco aceptó de buena gana su afecto, así que todo terminó con algo de fuego… no, me corrijo, mucho fuego. —Soltó una sonora risa casi desquiciada, aunque la misma se cortó casi de inmediato—. La tercera sería la vencida… o, ¿cuarta quizás? Es igual. Hace ocho años se las arregló para ser adoptada por otra adorable familia, con una hermosa casa, un apuesto nuevo papá y dos simpáticos hermanos. Pero la madre era… bastante suspicaz y celosa. No le agradaba la idea de compartir el afecto de papi, así que ella tampoco lo haría.

    —Déjame adivinar, ¿los mató a todos también? —cuestionó Lily con ironía.

    —No, pero lo intentó —le respondió Esther entre risillas—. ¿Tienes hambre? Yo sé que sí.

    Colocó en ese momento su emparedado a medio comer justo sobre el pecho de Lily, en una posición que con problema podía verlo, mucho menos alcanzarlo con su boca. La niña sencillamente la miró de reojo nada divertida por ese acto, pero Esther se mantuvo indiferente a esto, y se concentró más en terminar su relato, así como su cigarrillo.

    —Y eso terminó aún peor que las veces anteriores —masculló despacio, exhalando humo mientras lo hacía—. ¿Te han roto el cuello? No, claro que no. Es una sensación graciosa. Oyes el fuerte “crack”, pero no en tus oídos, sino en todo tu cuerpo, como si todos tus huesos vibraran. Y luego estaba el agua, el agua fría como no tienes idea, atravesando cada centímetro de piel como si fueran cientos de agujas. Pero dicha sensación se fue apaciguando mientras más se hundía en aquel lago. Hasta que todo fue silencio, y oscuridad…

    Sin siquiera voltearla a ver, Esther volvió a tomar el emparedado y ahora sí lo acercó a los labios de Lily lo suficiente. A ella le daba repugnancia la idea de comer esa cosa, pero lo cierto era que sí tenía hambre; no sabía que tanto había estado inconsciente, pero definitivamente había sido bastante así que se limitó a comer un poco mientras la escuchaba.

    —Y la historia terminaría ahí, pero de pronto… la luz volvió —exclamó Esther con un tono casi melodramático—. Sus pulmones se llenaron de aire, y pudo sentir de nuevo. Su cuerpo estaba afuera del lago, tirado en la nieve. Su propia sangre y mocos se encontraban congelados en su cara. Pero estaba viva… Su cuello apenas y le dolía, e incluso su mente estaba un poco más lucida, ¿sabes? —Una amplia sonrisa iluminada se dibujó en sus labios, como si estuviera viendo el regalo más hermoso bajo el árbol la mañana e Navidad—. Pudo ver las cosas con un poco más de claridad. Y por mucho tiempo, estuvo convencida de que Dios la había perdonado, de que había sido la receptora de un hermoso milagro. Se lo imaginaba extendiendo su mano omnisciente desde los cielos, para sacarla de ese hielo porque la amaba… como todos sus papis.

    Siguió sonriendo por un rato más, pero conforme pasaban los segundos dichas sonrisa se iba apagando. Ahora su expresión era más similar a como si hubiera abierto dicho regalo, y adentro sólo hubiera encontrado calcetines, zapatos, o cualquier otra cosa menos el juguete que añoraba con tanta fuerza. Aspiró una vez más de su cigarrillo, y luego alzó un poco dicha mano al frente para contemplarla; era la misma mano en la que unos días atrás la apuñalaron con unas tijeras, y sin embargo en su piel no había quedado marca alguna.

    El tono del relato se tornó algo más sombrío, incluso más que durante cualquiera de los momentos anteriores que lo ameritaban.

    —Pero nuestra protagonista muy pronto se dio cuenta de que aquello no había sido precisamente un milagro celestial. Y que quizás no fue Dios quien la sacó de ese lago aquella noche, sino algo… más… —Apartó el sándwich de la boca de su rehén, y ella volvió a comer de él. Sus ojos señalaban en ese momento hacia la pared, pero en realidad miraban a la absoluta nada—. Siempre he querido saber qué ocurrió en aquel momento, y porque ahora soy así como soy. —Al parecer ya había dejado de expresarse en tercera persona, lo que supuso Lily significaba que la historia había terminado—. Y todo parece indicar que tú serás la clave de ello, tú y la otra niña que también debo encontrar. Gracias a ustedes, podré saber al fin la verdad… así que de alguna u otra forma, tendré que cuidarte un poco más.

    Se giró lentamente hacia ella, y le sonrió ampliamente de una forma que quizás en otro tipo de circunstancia, alguien podría considerar “dulce”.

    —¿No te parece divertido?

    Lily la miraba estoica y calmadamente. Ya no se le veía molesta, al menos no por fuera. Si tenía que adivinar, diría que posiblemente estaba analizando en silencio, ya sea a ella misma o todo lo que le acababa de decir.

    —¿Qué edad tienes exactamente? —cuestionó de pronto con voz seria. Esther sonrió divertida.

    —¿Enserio? De todo lo que te acabó de contar, ¿eso es lo único que se te ocurre preguntar? —Lily se encogió de hombros, impasible, y Esther volvió a reír—. Creo que tú y yo nos llevaremos muy bien.

    —Yo no lo creo —respondió Lily con voz ronca.

    —Ya lo verás. Puedo ser mucho más agradable de lo que parezco. —Se apoyó entonces por completo contra la silla y dio otra mordida más de su emparedado—. Sólo te puedo dar un par de días para que reposes esa pierna. Luego de eso, debemos de irnos.

    —¿A dónde?

    Esther caviló un poco mientras masticaba bien su último bocado de aperitivo.

    —Al norte —le respondió con simpleza—, a una isla llamada Moesko. A buscar a la otra mocosa.

    FIN DEL CAPÍTULO 22

    Notas del Autor:

    —Gran parte de la historia de trasfondo de Esther narrada en este capítulo, está basada en efecto en lo visto en la película Orphan (2009), pero también a algunos datos adicionales que se dieron al respecto en entrevistas, pero que no fueron agregados a la película ya sea por falta de tiempo o por ser bastantes crudos. Aquí además les di una interpretación personal a dichos sucesos, que espero haya quedado bien.
     
  3.  
    WingzemonX

    WingzemonX Entusiasta

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    22 Febrero 2011
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    Resplandor entre Tinieblas
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    Misterio/Suspenso
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    30
     
    Palabras:
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    Resplandor entre Tinieblas

    Por
    WingzemonX


    Capítulo 23.
    Entre Amigos

    A pesar del éxito de Matilda para calmar a Samara, todo el resto de la noche en Eola estuvo cargada de un denso aire de confusión. El cuarto de Samara, así como el propio pasillo afuera de éste, había quedado totalmente inutilizable. No sabían aún de qué manera se podría volver a habilitar esa área, si es que acaso era posible. Y lo más importante: ¿cuánto costaría? Lo primero fue arreglar las luces fundidas. Luego, retirar la puerta oxidada y caída, y también la camilla que se encontraba en estado similar. Al mismo tiempo se tendía que limpiar toda el agua encharcada, y posiblemente eso sería lo único que podrían hacer por esa noche. Mañana tendrían que determinar qué hacer con esas paredes, pisos y techos. Mientras tanto, el pasillo quedaría clausurado hasta nuevo aviso.

    Samara tuvo, obviamente, que ser movida a otra habitación. Ningún enfermero o doctor tenía deseo alguno de acercársele; todos ya sabían o intuían que ella había sido la responsable de ello, y de algunos ataques a varios miembros del personal que intentaron acercarse a su cuarto mientras aún estaba amarrada. Matilda tuvo que encargarse de acompañarla durante el resto del tiempo. Lo primero que hicieron fue dirigirse a un área de tratamiento para que una doctora le revisara la herida de su mano. Matilda le sugirió a Samara que aguardara afuera; no quería que viera su cortada y dicha imagen pudiera perturbarla o causarle algún tipo de culpa que se saliera de control.

    —No quiero estar sola —le había casi implorado, y la Dra. Honey no tuvo más remedio que dejar que le acompañara.

    Samara se quedó sentada en una silla, un poco lejos de la mesa en la que la doctora la trataba; ésta frecuentemente miraba a Samara de reojo con aprensión. Había pedido además que mantuvieran la puerta abierta… por si tenía que gritar, quizás. Pese a todo, Matilda no tenía mucho que recriminarle, pues de cierta forma era la más valiente de ese sitio en acceder a tratarla, incluso si venía acompañada de la fuente de tanto caos, desde su perspectiva. El procedimiento quizás determinaba que debía haber un par de enfermeros, quizás incluso guardias de seguridad, afuera de la puerta esperando, pues después de todo Samara seguía siendo considerada un “paciente peligroso”. Pero no había nadie afuera del consultorio; de hecho, todo se sentía bastante silencioso y solo.

    En un sólo día le habían disparado (aunque había logrado que las balas no la tocaran siquiera), un perro enorme, y al parecer imaginario, le había mordido el tobillo, y la mano invisible de un atacante casi le arrebataba la vida al sofocarla desde quien sabe qué distancia. Ahora su paciente le había abierto la palma de su mano en un acto reflejo de miedo. Era demasiado, demasiado para un día… y éste aún no acababa.

    Mientras la doctora le limpiaba su cortada y le ponía algunos puntos, Samara observaba en silencio desde su silla. Sus ojos estaban enrojecidos por todo lo que había llorado, y un par de ojeras oscuras los decoraban por debajo. Se veía aún más pálida que el día anterior.

    —¿Te duele? —preguntó de pronto la pequeña, con una voz débil, casi adormilada.

    —No, descuida —le respondió Matilda sonriendo, aunque eso no era del todo cierto—. Ya casi no siento nada.

    Samara agachó su mirada un poco.

    —Fue ella —susurró de pronto, pero era difícil saber si se lo decía a Matilda o a sí misma—. Yo no fui, yo no quería hacerlo… ella lo hizo…

    —Tranquila, Samara —susurró la Psiquiatra, suave y lento—. Estaré bien, sano rápido. En unos días, ya ni siquiera se notara.

    La doctora que la estaba curando no estaba del todo segura de ello, pero no dijo nada.

    —Fue como con mi madre —murmuró de nuevo Samara de la misma forma—. De nuevo le hice daño a alguien que quiero…

    Pequeños rastros de melancolía se asomaron por los ojos de la nena, pero de inmediato ella se los talló para disimularlo.

    Una vez que le curaron su mano, Matilda la acompañó a las regaderas para que pudiera lavarse el cabello y el cuerpo, y mudarse de ropas. La espero afuera a que terminara, y en ese lapso tuvo el auto reflejo de tomar su celular; sin embargo, éste no encendió. Esos minutos que estuvo bajo el agua, evidentemente no le habían sido beneficiosos; incluso aún seguía húmedo y algo sucio. Había visto en película y en el internet que podía servir ponerlo en una bolsa de arroz, pero no estaba segura de qué tan útil sería eso en realidad. Tenía un segundo teléfono, el de “emergencias”, que era un número al que sólo la Fundación le marcaba; sin embargo, lo había dejado en su bolsa en el módulo de recepción.

    Ya con una bata limpia, su cabello y cuerpo aseado, Samara estaba lista para ir a su nueva habitación. Debido al deplorable estado en el que quedó el cuarto anterior, la tuvieron que mover a uno diferente en otra ala, aunque fuera de menor seguridad, petición que Matilda había hecho desde prácticamente su primer día ahí, y que sólo hasta ese entonces se le podía cumplir, pese a las circunstancias no tan agradables en las que ocurría. Era, en apariencia, más agradable que el anterior. Además de la camilla, que era algo más amplia, tenía un sillón para visitas, e incluso una ventana que daba al jardín, aunque con sus respectivos barrotes en ella.

    —Este cuarto es un poco más agradable del que tenías, ¿no te parece? —Sonrió Matilda con un tono juguetón, mientras recostaba a la niña en la camilla—. Intenta descansar un poco, ¿sí?

    —No puedo dormir —señaló Samara, apremiante, quedándose sentada en la camilla pero sin recostarse—. Si lo hago… ella vendrá por mí de nuevo.

    Matilda respiro hondo. Se sentó en una silla a lado de la camilla, y la tomó gentilmente de su mano.

    —Quedarte sin dormir no hace nada bueno por tu salud, Samara.

    La niña miró hacia otro lado, insegura. Su reacción era más que esperada, debido a la espantosa experiencia por la que acababa de pasar. Y aplicarle un calmante, no era para nada recomendable por exactamente lo mismo.

    —Dime una cosa —masculló Matilda, de nuevo algo jovial—. ¿Siempre que duermes tienes estas pesadillas?

    Samara se viró hacia ella lentamente, mirándola con sus ojos enrojecidos y cansados.

    —No… no siempre.

    —Los últimos días habías podido dormir tranquilamente y sin pesadillas, ¿verdad? ¿A qué crees que se debió?

    Samara apretó un poco el entrecejo y cerró un poco los ojos, en un gesto reflexivo casi sobreactuado.

    —No lo sé… —sus delgados dedos se apretaron un poco más a la mano de la psiquiatra—. Creo que todo ha sido mejor desde que llegaste. Pero cuando creí que también me habías abandonado…

    —No te abandoné, ni lo haré, pequeña —se apresuró Matilda a aclarar tajantemente—. Si es lo que necesitas, me quedaré aquí contigo hasta que concilies el sueño. Y pasaré la noche en la sala de espera, y así si ocurre algo a mitad de la noche podrán avisarme y te ayudaré como lo hice hace un momento. ¿Así estarás más tranquila?

    Samara de nuevo caviló unos segundos, pero luego asintió lentamente, afirmativa. Lentamente deposito su cabeza en la almohada suave, aunque de funda un poco áspera.

    —Gracias.

    —No te preocupes, para eso estoy aquí —le comentó Matilda con una amplia sonrisa.

    La niña de cabellos negros cerró lentamente sus ojos.

    —¿Pudiste hablar con mi madre? —susurró de pronto, con su voz aún bastante despierta.

    Matilda se sobresaltó un poco, pero intentó tranquilizarse y despejar su mente de cualquier pensamiento consciente referente a aquella conversación que la pequeña pudiera llegar a percibir. El secreto, le había enseñado Eleven, era concentrarse en una idea específica en segundo plano; una imagen, un paisaje, una canción, incluso un chiste. La habilidad de Samara en ese sentido era algo pequeña, y no lograba, hasta dónde había visto, activarla siempre de manera consciente, así que era muy poco probable que pudiera percibir algo en ese momento justo. Pero igual era mejor no arriesgarse, pues lo último que necesitaba es que se alterara en ese momento al enterarse del rumbo que aquella conversación había tenido. Tarde o temprano tendría que hablarlo con ella, pero no sería esa noche.

    —Sí, así es —le respondió lo más natural que le fue posible, considerando que intentaba hablar al tiempo que su voz interna relataba las estrofas Moby-Dick.

    —¿Qué te dijo?

    —Será mejor que hablemos de eso después, ¿está bien? —Matilda pasó entonces su otra mano por su cabello, retirándolo gentilmente de la cara de la pequeña—. Ahora sólo duerme.

    Samara asintió.

    —¿Ella está bien?

    ¿Bien? De nuevo una pregunta difícil de responder, y en la que no podía siquiera pensar directamente en esos momentos.

    —La están ayudando, así como yo te ayudo a ti.

    No era del todo una mentira; lo que menos le gustaba era mentirles a sus pacientes. La estaban ayudando, pero dudaba de qué tanto le serviría dicha ayuda.

    Le siguió sosteniendo su mano todo el rato que estuvo ahí, hasta que la niña al fin se durmió. Esperaba que tuviera un sueño agradable, para variar.

    — — — —​

    Quien temía posiblemente no tener sueños agradables esa noche, era Cody. Como bien había mencionado en el hospital de Portland, procuraba evitar situación que lo estresaran de tal forma que le pudiera causar pensamientos negativos, y principalmente pesadillas. Pero todo ese día había sido bastante estresante; no era quizás el más estresante de toda su vida, pero si lo suficiente para tenerlo intranquilo. Cole y él habían ido al comedor para empleados del hospital, que en ese momento se encontraba totalmente solo, mientras Matilda se encargaba de Samara. Durante todo ese lapso, el profesor de escuela había estado muy callado y pensativo. Temas en los cuales pensar posiblemente le sobraban en esos momentos, pero el que más le ocupaba su cabeza eran sin lugar a duda ese pasillo, esa habitación, y el estado en el que se encontraba. Y, quizás menos importante pero igualmente significativo, aquello que la niña había dicho.

    “El monstruo es real. Soy yo… Yo soy el monstruo… yo soy el monstruo…”

    Un ligero escalofrío le recorría la espalda cada vez que lo recordaba. Ni siquiera era del todo consciente del porqué su cuerpo reaccionaba de esta forma; era como si se tratara de alguna reacción fisiológica o psicológica involuntaria… o quizás era de nuevo el resplandor, advirtiéndole del inminente peligro que aún no era capaz de digerir del todo.

    ¿En qué se había metido…?

    Estaba tan enfrascado en sus pensamientos, que no sintió cuando Cole volvía de regreso a la mesa en la que se encontraba sentado. Cuando por el rabillo del ojo notó como se sentaba en otra de la silla, dio un pequeño sobresalto nervioso. Cole tenía dos vasos pequeños de café en sus manos, y colocó uno de ellos delante de él, en la mesa.

    —¿Un café, profesor? —le preguntó con una sonrisa elocuente. Cody miró el vaso unos instantes, y luego le restó importancia.

    —Creo que ya bebí demasiado café hoy.

    —Entonces será mejor quizás un trago —comentó el policía cono irónico. Dio un sorbo de su propio vaso de café, y su rostro dibujó casi de inmediato una mueca de hastío—. Café de psiquiátricos. Con razón la gente enloquece.

    Cole puso el vaso de regreso en la mesa, apartándolo un poco de él. Cody lo miró de reojo, un tanto curioso por su actitud tan… relajada. Él prácticamente había visto y sabido lo mismo que él con respecto a ese caso, incluso un poco menos. Y aun así no mostraba preocupación alguna.

    —Pareces bastante tranquilo —señaló Cody sin rodeos. Cole se encogió de hombros.

    —¿No debería de estarlo?

    —No lo sé… —Cody se inclinó un poco hacia él, apoyando sus brazos en la mesa—. Lo que ocurrió en ese pasillo… no fue algo “normal”, ¿cierto?

    Cole lo miró y esbozo una media sonrisa.

    —Para gente como nosotros, lo “normal” es bastante relativo, aunque suene trillado.

    —Sí, sí, lo sé. Pero no me refiero a eso. Lo que ocurrió ahí…

    Las puertas del comedor se abrieron en ese momento, poniendo en alerta a los dos hombres, pero especialmente a Cody. Ambos se relajaron unos segundos al ver que quien se les acercaba era Matilda, ya con su mano vendada, aunque el cansancio era más que evidente en sus pasos y en su mirada agachada. Ambos se pusieron de pie casi de inmediato y se adelantaron un poco a su encuentro.

    —¿Cómo está? —preguntó Cody tomando la iniciativa.

    —Mejor, dentro de lo que cabe —respondió Matilda vacilante. Caminó entre ambos, se dejó caer en una de las sillas y dejó su teléfono averiado sobre la mesa. Pasó su mano derecha por su rostro, tallándolo especialmente en el área de la frente y las sienes, mientras la otra la dejaba colgar a un costado de manera libre y perezosa—. Ya se durmió, pero no sé qué tanto duré eso. Escuché que los otros doctores y las enfermeras discuten sobre sacarla de aquí y mandarla de regreso a su casa.

    —¿Eso sería algo bueno o malo? —cuestionó Cole, cruzándose de brazos.

    —En estos momentos no estoy segura. Quien tiene la última palabra es el Dr. Scott, pero parece que se desapareció antes de que todo esto empezara y nadie sabe a dónde fue.

    —Lo ideal sería que se fuera —sugirió Cody—. No hay nada que puedan hacer por ella aquí.

    Matilda suspiró pesadamente. Se inclinó hacia la mesa, apoyando sus brazos sobre ésta y apuntó su mirada hacia el frente, hacia las ventanas reforzadas y con barrotes al frente que daban hacia el estacionamiento. Esa era un área sólo para el personal del hospital, y a la que los pacientes no tenían acceso, al menos no forma regular. Pero en esos momentos a nadie le importaba la presencia de los tres visitantes; bueno, dos externos y ella que al menos tenía un permiso y un gafete especial (que ahora recordaba había dejado en su bolsa, al igual que su segundo teléfono para emergencias) para poder moverse por esos lares.

    —Tal vez no —musitó tras un rato—. Pero su padre parece estar mejor si la mantiene lo más alejada posible. Y su madre me incitó ayer a que la matara por ella.

    —¿Cómo dices? —Exclamó Cody, sorprendido y alarmado. Sí, con todo el asunto de Lily Sullivan, no había tenido tiempo de contarle sobre eso.

    Cole caminó hacia la mesa y la rodeó, parándose delante de la psiquiatra, justo para bloquear su rango de visión. Apoyó sus manos sobre la superficie plana y se inclinó un poco hacia ella, como si fuera a interrogar a un sospechoso al mero estilo de las películas o series policiales. Matilda lo miró desde abajo, sin impresión alguna.

    —Bueno, creo que es momento de que nos platique ampliamente sobre esta niña, ¿no le parece? —propuso el detective con un tono mucho más afable de lo que su postura indicaba—. Eleven me contó algunas cosas, pero los datos más específicos e importantes, creo que sólo usted los conoce. Estamos aquí para ayudarle, así que será mejor que comparta con nosotros todo lo necesario. ¿No lo cree, profesor?

    Cole se viró hacia Cody en busca de apoyo. Éste asintió y avanzó un poco hacia un lado de la mesa.

    —Creo que sí —respondió—. Sólo tengo algunas nociones por lo que me dijiste el otro día, pero ahora realmente tengo interés en saber toda la historia.

    Matilda volvió a suspirar, cansada. Extendió su mano para tomar el vaso de café que Cody había rechazado y dio un largo trago de él. En su primer día en ese comedor, y con esa máquina de café en la esquina, había tenido ganas de escupir su primer trago en cuanto tocó su boca. En esos momentos ya estaba un poco más acostumbrada, pero igual soltó un quejido rancio una vez que dio su trago.

    —Está bien, les daré los detalles que pueda compartir.

    Cody y Cole tomaron asiento delante de ella, y Matilda empezó a contarles, sin entrar a mucho detalle, un resumen de Samara y su caso. Empezó por el principio, contándoles sobre Evelyn, su madre biológica, y todo lo poco que pudo averiguar entorno al nacimiento de Samara. Luego pasó a hablarle sobre los Morgan, cómo terminaron adoptando a Samara, y los sucesos extraños que ocurrieron alrededor de la niña antes del incidente de los caballos, que fue la llama que disparó todo lo demás. A eso le siguió lo que había pasado con Anna Morgan, y aprovechó esa mención para contarle lo poco fructífera que había sido su conversación del día anterior. Dio una repasada por las pruebas que Scott y su equipo habían aplicado en la niña antes de su llegada, y posteriormente todo lo que ella misma había visto en sus diferentes sesiones. De nuevo, todo ello sin profundizar tanto en aspectos médicos o conversaciones más de carácter personal que había tenido con Samara. De igual forma, por sus caras, intuía que todo les había quedado claro.

    —Y lo último es lo ocurrido hoy mismo —concluyó Matilda al llegar al final—, que ya oyeron el relato del Dr. Johnson y… bueno, ustedes mismos vieron lo demás.

    Se recargó contra su silla, de forma relajada, o al menos lo más relajada que esa pequeña silla le permitía estar. Toda esa remembranza no había hecho más que agregar algunos granitos de arena adicionales a su ya tangible cansancio.

    De pronto, Cole se puso de pie sin decir nada. Se alejó un par de pasos y se paró derecho, dándoles la espalda con sus manos en su cintura en una pose que parecía casi sobreactuada. Cody y Matilda lo miraban, expectantes.

    —Bien —pronunció con seriedad, quizás la mayor seriedad que había cargado consigo desde que lo conocieron—, ahora entiendo mucho mejor porque Eleven quería que viera este caso.

    —¿Cómo? —Exclamó Matilda perpleja, y luego soltó sin pudor una leve risilla sarcástica—. ¿Y por qué?, ya le dije que Samara nunca ha mostrado ningún tipo de cualidad de ver… fantasmas ni nada parecido.

    —Ni nada parecido, esa es la clave —respondió el detective, girándose de nuevo hacia ellos. Miró a ambos como si él fuera el profesor de escuela y él sus alumnos a los que estaba por instruir. Respiró hondo, y comenzó a hablar con tono suave y claro—. Escuchen, esto siempre es complicado de explicar, incluso a los ya un poco familiarizados con el tema, o que creen estarlo. Pero este mundo que ven, no es el único que existe. A un lado de nosotros, abajo, arriba, al revés, existen muchos otros. Cientos, quizás miles. Los fantasmas, o lo que la gente conoce como tal, son energías que se deslizan desde este mundo a otro, y a otro. Y cuando cruzan de regreso por el nuestro, las personas como yo podemos verlos, oírlos… e incluso más. Esa es mi habilidad, y la de otros —su expresión se volvió aún más sombría y dura que antes—. Pero existen otro tipo de energías y seres que no son originarios de este mundo, sino que cruzan de otros lugares más oscuros, más lejanos y más peligrosos. Entran al nuestro, y cuando eso ocurre… horribles e inimaginables cosa ocurren. La gente los llama de muchas formas, pero quizás la más usual es… demonios.

    Matilda y Cody miraron confusos al detective, aunque el sentimiento real de cada uno era muy distinto.

    —¿Demonios? —murmuró Cody.

    —¿De qué rayos está hablando? —soltó Matilda casi de inmediato, algo más asertiva.

    Cole alzó su mano derecha, señalando de manera imaginaria en dirección a Samara.

    —Hay algo en esta niña, algo inusual, antinatural… y maligno. Algo demoniaco, que se alimenta de su resplandor único, o aún peor: lo usa a su beneficio. Lo he visto antes, e Eleven también. —Sus ojos claros y profundos se clavaron directo en Matilda—. Su paciente, doctora, es la víctima de un ente que no es de este mundo.

    Matilda se quedó callada, mirándolo con una incredulidad tan grande que rozaba en al agravio personal

    —Es broma, ¿verdad? —soltó de pronto con un tono seco y aprensivo.

    —Matilda, vamos… —intervino Cody, intentando suavizar las cosas, pero no tuvo el éxito esperado.

    —Por favor, Cody —soltó la psiquiatra, casi ofendida—. ¿Demonios? Los fantasmas son una cosa, y acepto que en efecto hay muchos de los que resplandecen que creen en ello. ¿Pero demonios? Esto ya es absurdo.

    —¿Absurdo?, ¿enserio? —escuchó como Cole expresaba, quizás evidentemente no tan ofendido y molesto como ella, pero igual un poco de ello lo acompañaba. Hasta ese punto se había comportado bastante casual y tranquilo, pero la postura aversiva de Matilda quizás comenzaba a cansarle—. ¿Esa es su conjetura científica, doctora? Dígame, usted afirma que ya ha tratado a muchos niños con el Resplandor antes, ¿o no? Y dice que nunca he visto alguno que pueda ver fantasmas. ¿Ha visto a alguno que pueda ser lo que esta niña hace?

    Matilda se cruzó de brazos, mirando fijamente al detective como si se tratara de algún acusador al que encaraba sin miedo alguno.

    —No, pero no es la primera vez que veo a alguien que resplandece mostrar una habilidad que no había visto antes. Samara es algo inusual, lo acepto. Pero nosotros ya tenemos una teoría de cómo funcionan sus habilidades…

    —No Matilda —interrumpió Cody de pronto—, no la tenemos.

    La castaña volteó a ver a su amigo, confundida por tales palabras.

    —Esto… esto no es como lo que creíamos —intentó explicarse Cody, aunque se le percibía algo de nervios al hablar—. ¿Viste esas paredes? Se veían como si fueran de un edificio abandonado desde hace décadas. ¿Cómo hizo eso?

    —Obviamente fue derivado de esa habilidad nueva que Scott y sus demás asistentes catalogaron como Termografía Proyectada. Debió haber plasmado en su alrededor un escenario de su pesadilla.

    —Eso es bastante diferente a crear una imagen en el papel, radiografías o incluso en la mente de una persona. Esto fue un salto demasiado grande.

    Matilda se encogió de hombros.

    —Su estado de ánimo debió provocarlo. Hemos visto muchas veces como cuando algunos chicos se alteran, pierden por completo el control. Tú mejor que nadie sabe de eso.

    Cody suspiró, también como una pequeña señal del cansancio que traía acumulado. Se recargó contra su silla y se retiró sus lentes, dejándolos sobre la mesa. Se talló sus ojos con sus dedos, y luego todo el costado derecho de su cara.

    —¿Y el agua? —Señaló abruptamente, como si hubiera sido un pensamiento que se le vino de pronto—. ¿De dónde salió el agua que escurría de las paredes y cubría el piso?

    —Del baño, quizás…

    —No era agua del baño —exclamó de pronto, alzando de más la voz—, esa era agua encharcada, y sucia, como si viniera de un arroyo o… un pozo abandonado, o no sé. Eso no podría simplemente haberlo imaginado y aparecido de la nada.

    —Tú sí podrías hacerlo.

    —Sí, pero dejaría de existir en cuanto dejara de pensar en eso. En este caso las paredes se quedaron así y el agua también, aunque ella ya no se encontraba ni siquiera presente. ¿Y no sentiste el aire que nos rodeaba?, ¿no percibiste también esa sensación agobiante de pesadez y de… muerte?

    Cody estaba más que alterado: tenía miedo. De todos los que conocía, Matilda nunca pensó que sería él quien reaccionaría de esa forma, considerando su historia la cual ella conocía muy bien.

    Matilda se paró abruptamente de la mesa. Se alejó un par de pasos, mientras se sujetaba su cabeza con ambas manos y cerraba un segundo los ojos.

    —¿Y qué es lo que crees entonces, Cody? —Cuestionó, girándose de nuevo hacia su amigo—. ¿Qué realmente está poseída por un demonio?

    Cody vaciló al momento de responder, bastante inseguro.

    —No lo sé… pero no me siento tampoco preparado para afirmar con seguridad que no es así.

    Matilda bufó, totalmente incrédula de lo que oía.

    —Esto es el colmo —balbuceó despacio como si fuera una pequeña maldición. Se giró entonces de lleno hacia Cole—. ¿Por eso lo envió Eleven? ¿Por qué cree que Samara está poseída por un demonio? ¿Esa es la dichosa experiencia diferente que me hacía falta? Perfecto, ¿dónde me inscribo al diplomado de demología?

    Cole dibujó una media sonrisa por su comentario, aunque el resto de su cara, en especial su mirada, no parecían indicar que se debiera a que ello le hubiera parecido divertido.

    —Tranquilos, creo nos estamos exaltando un poco —masculló Cody, parándose también; desde su posición, prácticamente estaba entre ambos—. Matilda, sé que todo esto es difícil y extraño, pero no tienes que desquitarte con Cole.

    —Ah, ¿ahora es “Cole”? —respondió la doctora con tono irónico.

    —Es uno de nosotros. Eleven lo mandó, ¿recuerdas?

    Matilda volvió a bufar, como si quisiera dar a entender que eso no le importaba. Cole, por su lado, en verdad estaba cansado físicamente por todo el viaje y ajetreo, y toda esa situación no hacía más que empeorarlo. Pero hacía lo posible para mantenerse lo más sereno posible, a sabiendas de que, en realidad, esa no había sido la peor reacción que había visto en alguien luego de tocar ese complicado tema.

    —Cody tiene razón, hay que tranquilizarnos —comentó el detective, algo más elocuente. Matilda sólo pensaba en cómo ahora eran “Cole” y “Cody”, como si fueran conocidos de toda la vida—. Estamos entre amigos, o al menos de mi parte sí. Quizás comenzamos con el pie izquierdo, y lamento si mi forma de ser puede ser algo… conflictiva. Soy de hecho…

    —Bastante introvertido e inseguro de sí mismo —declaró Matilda tajantemente de pronto, destanteándolo. Lo miraba tan fijamente con esos intensos ojos azules, que parecían tener la fuerza suficiente para atravesarle la cara—. Creció siendo un niño solitario, padres separados quizás, de calificaciones promedio. Es probable que se sintiera más seguro siendo el payaso de la clase, o actuando como alguien que no era. Con el paso del tiempo ha desarrollado esa personalidad extrovertida y aparentemente siempre animada, más como un instrumento de defensa. Si es el que tiene el control dentro de la habitación, todos estarán tan concentrados en estar enojados con usted que no se preocuparán por ver más adentro. Eso de seguro le ha traído problemas en su vida personal y profesional. Pero por ello se refugia en su trabajo lo más posible, tanto en el de policía como el que hace para la Fundación, por lo que supongo. Le agrada la idea de ayudar a las personas, de ser el héroe. Le da un propósito y justificación a su accionar, y lo hace sentir especial. Se dice a sí mismo que lo hace desinteresadamente, pero de hecho es su modo de obtener satisfacción personal instantánea. —Cruzó los brazos sobre el su torso, sin quitarle los ojos de encima—. Pero no soy un detective, ni cazador de demonios; sólo una simple psiquiatra.

    El aire en ese comedor se volvió mucho más denso y frío de lo que ya era. La sonrisa y el buen humor se habían esfumado por completo del rosto de Cole, siendo remplazados por una mirada fría, dura e incluso, algo aterradora. Cody, aún en medio, miraba a cada uno, sin saber qué decir o hacer.

    —¿Y eso lo teoriza por lo poco que hemos hablado? —Inquirió el policía, escéptico, a lo que Matilda respondió con una risilla burlona.

    —¿Por lo poco? No se ha callado desde que nos conocimos. Es como un libro abierto.

    —¡Ya basta! —casi gritó Cody, empujándose a sí mismo a intervenir. Se puso entonces realmente en medio de ambos, encarando a Matilda directamente—. ¿Cuál es tu problema?

    Matilda se sobresaltó, confundida por su cuestionamiento.

    —¿El mío?

    —Sí, el tuyo —respondió el profesor, duramente—. Cole lo único que ha hecho desde que lo conocimos es intentar ayudarnos, y tú te las has pasado atacándolo. ¿Por qué te molesta tanto si ni siquiera lo conoces?

    —Si tuviera que adivinar —intervino Cole a sus espaldas. Tenía las manos en la cintura, y miraba hacia Matilda por encima del hombro de Cody—, diría que se siente amenazada.

    De nuevo Matilda casi saltó al escucharlo.

    —¿Amenazada, yo?

    —Sí, así es. —Cole avanzó hacia ella, parándole a una corta distancia, aunque Cody seguía fungiendo de muro divisorio entre ambos. Aun así, las miradas de ambos estaban cruzadas, y eran aguerridas sin lugar a duda—. Me parece que Eleven le dijo que enviaría a alguien con “otro tipo de experiencia” a ayudarla, que es lo mismo que decirle que necesitaba a alguien que sabía algo que usted no, y eso quizás hirió un poco su orgullo. Por eso la está tomando contra mí aunque sólo vengo a ayudar. —Se cruzó de brazos, imitando un poco la misma postura que ella había tomado hace unos momentos—. Pero no soy un psiquiatra, sólo soy un simple detective cazador de demonios.

    —¿Eso es cierto? —cuestionó Cody, totalmente incrédulo de esa alocada afirmación. Sin embargo, la psiquiatra sólo lo vio de reojo unos instantes, y luego se viró a otro lado sin decir nada… como si se sintiera avergonzada—. Oh, Matilda, vamos. Eso no es digno de ti.

    —Pues aparentemente sí lo es —respondió ella con rapidez, y totalmente a la defensiva—. Y no me importa lo que Eleven diga: Samara es mi paciente, y lo que menos necesita ahora es que venga un completo extraño a llenarle la cabeza con la idea de que está poseída por un demonio.

    —Escuche, doctora… —Intentó Cole volver a hablar, pero Matilda no se lo permitió.

    —No, usted escúcheme a mí. Intentar explicar lo que no se entiende atribuyéndole ello a espíritus y demonios, es exacta la forma de pensar que llevó a varios como nosotros en el pasado a ser perseguidos, y tratados como monstruos.

    —¿Cómo Carrie White? —Soltó Cole de golpe sin el menor miramiento, y esas solas tres palabras hicieron que todo en el interior de Matilda se desmoronara.

    De nuevo se formó un profundo y frío silencio, y decir que el aire se había puesto denso era quedarse corto.

    —Oye, espera… no te pases… —intentó intervenir Cody, interponiéndose delante de Cole, pero éste parecía estar tan decidido en tocar ese botón que lo ignoró totalmente.

    —Sí, eso fue algo más que todos me decían cuando preguntaba por la gran Matilda Honey, y su fracaso más grande dentro de la Fundación —prosiguió con un tono de desafío bastante punzante; Matilda sólo lo miraba en silencio, estoica—. ¿De eso se trata esto?, ¿protege a esta niña porque le recuerda a Carrie White? Para no creer en fantasmas, parece la persigue uno justo ahora, doctora…

    Si tenía algo más que decir, ya no pudo hacerlo, pues en ese instante su cuerpo fue drásticamente empujado hacia atrás, hasta ser lanzado varios metros contra una de las mesas del comedor, misma que fue derribada por su peso creando un fuerte estruendo. Por su parte, el detective terminó sentado en el piso, aturdido y de seguro algo golpeado. Cody dio un salto hacia atrás de la impresión. Miró a Cole tirado en suelo, y luego miró a Matilda, con cierto temor en su actuar. Matilda miraba con una intensidad tan ferviente al oficial de policía, que sus ojos casi parecían centellar. ¿Lo había empujado con su telequinesis?, eso era más que seguro. ¿Lo había hecho apropósito o había sido un mero acto reflejo?, eso era lo que estaba en duda.

    —Matilda… ¿qué haces? —masculló Cody, aún incapaz de salir de su asombro.

    La castaña pareció reaccionar, aunque fuera un poco, al escuchar su voz. Lo volteó a ver unos instantes, sin cambiar la expresión de su cara, y sin decir nada se giró hacia la mesa, tomó su teléfono y se dirigió a paso apresurado hacia la puerta del comedor. Cody pensó en decirle algo, pero todas sus reflexiones lo llevaban a la conclusión de que era mejor dejarla ir, al menos de momento. Abrió las puertas dobles abatibles al mismo tiempo con algo de violencia, y éstas se cerraron solas detrás de ella.

    Cuando Matilda ya se había ido, Cole comenzaba a tratar de levantarse, tambaleándose un poco en el intento y volviendo a caer de sentón como un ebrio en su peor estado.

    —Te pasaste —exclamó Cody como reclamo. Se le acercó entonces, ofreciéndole una mano para ayudarlo a pararse—. Ese no es un tema con el que puedas estar jugando, especialmente con Matilda. ¿Por qué hiciste eso?

    Cole miró de forma distraída la mano que le extendían, y a cómo le fue posible la tomó y se ayudó de ella para pararse. Ya de pie, su equilibrio se sintió un poco más estable.

    —Las cosas no iban por buen camino —se explicó—. Creí que poner todas nuestras cartas sobre la mesa de una vez, sería la mejor forma de acabar con esto lo más rápido posible.

    —¿Y cómo te resultó eso?

    Cole alzó su mirada en silencio hacia las puertas por las que Matilda había salido.

    —Ya lo veremos.

    FIN DEL CAPÍTULO 23
     
  4.  
    WingzemonX

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    Título:
    Resplandor entre Tinieblas
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    Género:
    Misterio/Suspenso
    Total de capítulos:
    30
     
    Palabras:
    5900
    Resplandor entre Tinieblas

    Por
    WingzemonX


    Capítulo 24.
    Carrie White

    Matilda no podía creer lo que acababa de ocurrir en aquella cafetería. Caminó apresurada por los pasillos silenciosos del hospital, con sus tacones resonando sobre el linóleo pues todo se encontraba bastante callado. Caminaba firme y decidida por fuera, pero por dentro… sentía como si estuviera huyendo. Había empujado a ese hombre varios metros hacia aquella mesa sin contenerse; ¿cómo es que eso ocurrió? Ya habían pasado años, muchos años, desde la última vez que perdió el control de sus poderes de esa forma. O… ¿acaso no había perdido el control en realidad? ¿Acaso lo había hecho conscientemente porque lo deseaba?

    No sabía cuál de las dos posibilidades la asustaba más, y esa idea hizo que la cabeza le diera vueltas.

    Estaba cansada, estresada y preocupada; era eso, de seguro. Su humor estaba por los suelos como para que viniera un completo extraño a picarle sus botones, especialmente el botón llamado Carrie White.

    ¿Por qué últimamente todo el mundo se la recordaba?, como si se tratase de algún tipo de complot. Primero Eleven, luego Samara, Cody, y ahora este policía salido de la nada. Todos hablándole de ella, todos recriminándole de alguna u otra forma, todos presionando y presionando con eso hasta llevarla al límite de su paciencia.

    ¿No había pasado ya por demasiado ese día como para que vinieran a seguir ahora con eso? ¿No tenía ya demasiado en qué preocuparse con Samara, Lily Sullivan y esa tal Leena Klammer? Pero nadie pensaría en eso para nada. Sólo sería una histérica que sobe reaccionaba a todo, y quien había dado el primer golpe sin detenerse a considerar las consecuencias. Si Eleven no había hecho todo lo que tenía en sus manos para quitarla del caso, de seguro ahora sí se las arreglaría.

    Salió al patio, casi azotando las puertas. Era el mismo espacio al que había salido hace un tiempo con Samara a ver el amanecer. No se había dirigido ahí por ningún motivo en especial, salvo la necesidad de tomar algo de aire y despejarse. Ya estaba anocheciendo y los faroles de luz blanca estaban encendidos, aunque dejaban igualmente una parte considerable en relativa oscuridad. Caminó hacia una de las bancas, que le daba la espalda a la puerta, y se allanó en ella. Recargó su cabeza hacia atrás, y comenzó a respirar lentamente, intentando normalizar su estado… pero no funcionó. Inevitablemente se le vino a la mente que había sido ahí mismo en donde Samara le había hecho aquella inesperada pregunta.

    “¿Quién es Carrie?”

    Se inclinó hacia al frente, sosteniendo su celular apagado entre sus manos, y pegando sus mentón contra él. No sabía ni porqué lo había tomado si de todas formas estaba averiado; un simple reflejo, suponía.

    “¿Y lo lograste? ¿Pudiste ayudarla?”

    “Hice mi mejor intento”

    “Pero fallaste. Fallaste, ¿verdad? No pudiste ayudarla. ¿Vas a fallar conmigo? ¿Me dejarás también?”

    Sus dedos se apretaron con más fuerza alrededor del teléfono. Apoyó ahora su frente contra sus manos y cerró con fuerza los ojos, intentando contener las ganas de llorar. Sí, falló, falló como nunca. Matilda Honey, la chica perfecta, la favorita de Eleven, la que lo sabía todo y lo podía hacer todo, le falló a Carrie White…

    ****​

    Un poco después de haber terminado su Doctorado en Yale (el mismo Doctorado en el que su camino se cruzó con el de Doug Ames), Matilda volvió a California con su madre por un par de años. Su residencia en dicho sitio, sin embargo, era más que nada simbólica pues fue en ese momento, con sus estudios superiores terminados, cuando comenzó a ayudar más activamente en la Fundación Eleven. Debido a ello, durante esos dos años estuvo viajando bastante a diferentes puntos del país, a veces pasando cortas temporadas en dichos lugares. Conoció a bastantes personas en ese trayecto, sobre todo niños y niñas que resplandecían. Antes de ello ya había conocido a otros como ella en la Fundación, entre ellos a Cody; pero fue hasta que comenzó a actuar ya no como una paciente o beneficiaria de las actividades de la organización, sino como una rueda activa del funcionamiento de ésta, que fue consciente de la cantidad de niños que había allá afuera, y de lo mucho que podía hacer por ellos.

    Luego de esos dos años, tomó la decisión de mudarse por su cuenta a Boston y abrir su propio consultorio privado en dicha ciudad. La decisión no agradó del todo a su madre, pero al final la apoyó tal y como siempre lo había hecho. Pero, de todas las ciudades posibles, ¿por qué Boston? No había ningún motivo en especial que a ella se le ocurriese. Mientras estudiaba en Yale la visitó frecuentemente, pero también New York (y quizás más). Estaba relativamente más cerca que Indiana, y por lo tanto de Eleven, si algo se ofrecía, pero igualmente estaba a una distancia considerable de unos miles de kilómetros. El clima estaba bien, pero tampoco le parecía perfecto. Cada aspecto positivo que ella intentase atribuirle a la ciudad, estaba a su vez acompañado de un “pero”, no tan importante pero igualmente suficiente para no considerarla del todo su “ciudad perfecta”.

    Tras lo ocurrido después, llegaría a preguntarse, incluso en aquella banca del patio del hospital cuatro años más tarde, si acaso esa decisión se había visto afectada por ese “algo” especial en ella que la había empujado a estar en el lugar y en el momento correcto… o incorrecto.

    Unas semanas antes de mudarse, había hecho un primer viaje para elegir un departamento y un lugar para su consultorio. El primero había sido sencillo de elegir, pues realmente no era demasiado quisquillosa con dónde vivir; con que fuera limpio y seguro, y tuviera espacio para todos sus libros, lo demás vendría solo. Elegir un consultorio había sido un reto más interesante, pues realmente quería encontrar un sitio que no sólo le resultara agradable a ella, sino a sus pacientes potenciales. El quinto sitio que visitó fue el elegido al final, ubicado en el octavo piso de un edificio de oficinas. Tenía el espacio correcto, la ubicación correcta, y una hermosa vista de la ciudad. Tenía su toque de elegancia, sin ser presuntuoso. Pensó que funcionaría, y al menos hasta el momento lo había hecho.

    Básicamente se componía de una sala de espera, su oficina en la que recibiría a los pacientes, y dos baños (uno en la sala y otro más en la oficina para su uso personal). Aun así, tardó dos semanas en poder amueblarlo, pintarlo y acondicionarlo a sus gustos, al mismo tiempo que hacía lo mismo con su nuevo departamento. Aún después de esas dos semanas, seguía ajustándole cosas, como la instalación de su computadora de escritorio, la conexión a internet, el teléfono fijo, etc. Era justo eso con lo que lidiaba aquella tarde.

    —No se necesita contratar un técnico para todo —murmuraba la Psiquiatra con tono optimista, estando prácticamente oculta debajo de su nuevo escritorio de caoba de apariencia un poco rustica, intentando pasar los cables de conexión hacia la parte superior—. Especialmente para algo tan básico como conectar cables.

    —No es vergonzoso pedirles ayuda a las personas, Matilda —le respondió casi como un regaño la voz de Jennifer Honey, que surgía desde su celular en altavoz colocado en el suelo a su lado—. Especialmente cuando se trata de algo de lo que no sabes mucho. Hasta tú tienes que tener temas que no dominas por completo.

    —Lo sé, lo sé, y no se trata de eso —masculló mientras batallaba para pasar el cable de video por el agujero del escritorio, para poder conectar su computadora a una pantalla plana que iba a montar en la pared—. Es sólo que quiero que todo esté justo y como me lo imagino. Si lo hago mal, será mi culpa, ¿no?

    No lo decía sólo por su consultorio, sino también por toda esa nueva vida que estaba comenzando. Aunque había pasado largo tiempo viviendo sola mientras estudiaba, eso era algo diferente. Ahora ya no era estudiante, sino toda una adulta que tenía que sostenerse con sus propios pies de ahí en adelante. Quizás exageraba, pero su forma de ser así le dictaba actuar.

    —Debería de estar ahí ayudándote a instalarte —comentó Jennifer con algo de pesar en su voz—. Podría tomarme unos días libres e ir para allá.

    —No te preocupes, todo está bajo control y ya casi terminó. Mejor ven cuando ya esté todo listo y así te tomas unos verdaderos días libres para variar.

    —¿Fue eso un reproche? —Soltó la Señorita Honey con tono molesto, aunque irónico—. Pues tú también podrías tomarte unos de vez en cuando, ¿sabes?

    Touché… parece que en algún momento de nuestras vidas ambas nos volvimos alérgicas a las vacaciones… ¡listo! —Exclamó triunfante cuando al fin logró pasar el cable. Ahora sólo faltaba conectarlo… y claro, montar la dichosa pantalla.

    —¿Hola? —Escuchó en ese momento que una voz nueva murmuraba, un tanto distante, posiblemente desde la puerta misma del consultorio a la que aún no le había mandado colocar su nombre, aunque ya estaba en proceso de ello—. ¿Buenas… tardes…?

    Matilda se puso en alerta ante la repentina presencia.

    —¡Un minuto!, ¡enseguida voy! —Exclamó con fuerza para que la escuchara, y luego se giró un segundo a su teléfono—. Tengo que colgar, quizás me traen alguno de los muebles que ordené.

    —De acuerdo, márcame si ocurre cualquier cosa. Y si no ocurre también.

    —Sí, ya sabes que sí —murmuró algo divertida antes de cortar la llamada. Evidentemente tendría que pasar un buen tiempo por esta faceta de asimilación por parte de su madre adoptiva. Luego de pasar separadas tanto tiempo mientras estudiaba en Yale, hubiera esperado que esto lo tomara con mucha más naturalidad.

    Se sorprendió a sí misma tan inmiscuida en dichos pensamientos que al alzarse para salir de debajo del escritorio, terminó golpeándose la frente con la orilla de éste. Fue un golpe leve, pero el suficientemente para hacer que cayera de sentón de nuevo al suelo, y soltara una sonora exclamación de dolor. Llevó su mano derecha al punto exacto del golpe. Aparentemente no sangraba ni nada así, pero había quedado adolorida.

    —Disculpe… ¿Está bien? —Escuchó que la misma voz de hace unos minutos murmuraba con preocupación, ahora más cerca, posiblemente ya en la puerta en su oficina que se encontraba abierta.

    —Sí, claro —murmuró jovial, quitando cualquier rastro de dolor que pudiera reducirla. Salió a gatas de debajo del escritorio, y rápidamente se incorporó derecha, y con sus manos se acomodó y sacudió como pudo su cabello y sus ropas. Se giró entonces hacia su visitante, con una sonrisa afable y amistosa, esperando que no tuviera en esos momentos algún chichón en la frente que la delatara—. Discúlpame, apenas me estoy instalando y todo es aún un desastre. Pero pasa, adelante.

    Al mirar con más detenimiento a la persona parada en su puerta, descartó casi por completo que se tratase de algún tipo de entrega. Era en realidad una jovencita, de quizás dieciséis o diecisiete años, de cabellos rubios rojizos, rizados y de apariencia desalineada, incluso un poco sucia como si no se hubiera lavado en algunos días. Pese a esto, su rostro en general era de rasgos finos, muy hermosos, afilado, con unos profundos ojos verde azulado, aunque algo apagados, y unos labios bastante notables. No tenía ni un gramo de maquillaje encima, eso lo pudo notar desde su posición, pero aun así poseía una singular belleza natural, pese algunas escasas marcas de acné que se asomaban, sobre todo en su frente. Su complexión era delgada, o al menos eso le parecía. Usaba un vestido largo color verde, sin ningún tipo de estampado en él, y que le cubría desde la base del cuello hasta un poco por encima de los tobillos. Encima de sus hombros, y cubriendo sus brazos, traía un suéter grueso color azul, posiblemente de lana; le pareció demasiado, pues ya no estaban en invierno. Colgando de su hombro derecho traía una mochila verde de apariencia un poco rustica, y de su cuello se asomaba un crucifijo metálico y sencillo, que era quizás el único accesorio que traía.

    Su postura era algo insegura, desde su mirada cohibida hasta como se paraba. Sus manos se aferraban al tirante de su mochila, apretando sus dedos entorno a éste de forma nerviosa. Cuando Matilda le indicó que pasara, dio un par de pasos temerosos al interior de la oficina, con su mirada agachada.

    —Lo lamento… ¿Es usted la Dra. Matilda Honey? —preguntó despacio, sin mirarla directamente; parecía estar mirando más bien hacia el escritorio o algún punto entre éste y la psiquiatra.

    Matilda sonrió, pero sin exagerar, y le respondió con el tono más suave que pudo; era obvio que necesitaba sentirse en confianza de alguna manera.

    —La misma —murmuró mientras rodeaba el escritorio.

    En ese momento, la muchacha se atrevió a mirarla directamente por unos segundos, y por ese pequeño instante su timidez fue opacada por un gran asombro.

    —¡Increíble! —exclamó de golpe con un poco más de fuerza, pero de inmediato se llevó sus delgados dedos a sus labios, como si se sintiera avergonzada de su acto—. Lo siento, es que… se ve tan joven.

    —Lo oigo seguido —respondió Matilda con tranquilidad, encogiéndose de hombros—. Sólo dame un segundo y estoy contigo.

    Matilda se giró hacia el escritorio, intentando recolectar todo lo que no debería de estar ahí para guardarlo en los cajones. La chica la miraba aún frente a la puerta, y entonces se atrevió a dar unos pasos más.

    —Yo… la puerta estaba abierta… —balbuceó despacio—, No sé si podía… entrar…

    —No, no, descuida —le respondió Matilda apresurada, agitando su mano derecha en forma despreocupada mientras seguía acomodando—. Como te dije, apenas me estoy instalando, y ni siquiera he contratado todavía a una asistente para que atienda la puerta.

    Tomó entonces todo lo que pudo, volvió a la parte de atrás del escritorio, y guardó todo en el primer cajón de la derecha. Ahora sí se veía todo un poco más ordenado, para variar. Apoyó sus manos sobre el escritorio y miró de nuevo a su visitante sin apagar su sonrisa.

    —¿En qué puedo servirte?

    La jovencita tuvo un pequeño respingo al oír esa pregunta, y le pareció notar como si la sangre se le hubiera subido de golpe a la cabeza pues su rostro se puso notablemente rojo en ese momento. Desvió su mirada hacia otro punto no específico y sus dedos se siguieron moviendo discretos por el tirante de su mochila.

    —Yo… no sé… si quizás esto fue correcto. Quizás me equivoqué en… —Al desviar su mirada en alguna otra dirección posible, ésta terminó encontrándose con la enorme ventana de su derecha, que daba hacia la vista de la ciudad—. ¡Cielos! ¡Qué hermosa vista!

    De nuevo sus nervios se desaparecieron, sólo por unos instantes, y sus pies se movieron por sí solos hacia la ventana. Desde ella se podían ver otros edificios y calles, así como vehículos que se apreciaban lejanos.

    —¿Verdad que sí? —Exclamó Matilda con cierto orgullo—. Fue uno de los motivos por los que elegí este sitio.

    La jovencita parecía ir con toda la intención de incluso pegar su rostro contra el vidrio, pero se detuvo a medio metro de distancia, como si se obligara a sí misma a detenerse, e incluso después retrocedió un paso, avergonzada. Aun así, sus ojos siguieron mirando discretamente hacia el exterior.

    —Nunca había visto una ciudad con edificios tan enormes —murmuró muy despacio, como si fuera un pensamiento que fugazmente se escapó de su cabeza.

    Matilda la miró con curiosidad, sentada contra la orilla de su escritorio.

    —¿No eres de aquí?

    —No, yo… soy de Chamberlain, en Maine.

    —¿Chamberlain? —espetó Matilda, entrecerrando sus ojos en un gesto reflexivo mientras intentaba descubrir en la biblioteca de su memoria alguna referencia a una ciudad con ese nombre… pero dicha consulta no le daba ningún resultado.

    —Si no lo conoce, es normal —señaló la joven, girándose de nuevo hacia ella. Cruzó sus brazos sobre su torso como gesto protector—. No hay… nada interesante allá. Creo que es un pueblo bastante aburrido.

    Quizás eso pensaba ella, pero en su experiencia viajando por el país había descubierto que cada pueblo, por más aburrido que sea, tiene algo que lo hace especial. Luego de terminar esa plática, lo primeo que haría sería buscar dicho nombre en internet.

    —¿Y es tu primera vez en Boston? —le preguntó con genuino interés.

    La joven rubia sonrió divertida, enseñando un poco sus dientes blancos.

    —Es la primera vez que dejó Chamberlain, en realidad. Nunca había hecho nada parecido a esto antes. Faltar a clases, tomar un autobús yo sola, viajar a otra ciudad… Es… emocionante… —Su rostro se iluminó ligeramente, yendo acorde con sus palabras, y esa sonrisa modesta se ensanchó como síntoma de esto. Sin embargo, esto duró muy poco, pues casi de inmediato volvió a tomar un gesto un tanto sombrío y melancólico; el abrazo que realizaba sobre sí misma, se volvió también más apremiante—. Pero también aterrador. Si mi madre se enterara, de seguro enloquecería. No sé qué le voy a decir si lo descubre… Dicen que no mentirás y honrarás a tus padres, pero a veces pareciera que no te quedara otra opción.

    Matilda inclinó su cabeza hacia un lado, analizando de manera rápida todo lo que acababa de decir; en conjunto, daba bastantes piezas de información sobre la misteriosa chica que tenía ante ella, algunas bastante importantes.

    —¿Eres creyente?

    —Sí, supongo que sí —le respondió la chica, aunque no la notó muy segura de su respuesta.

    —¿Cómo te llamas?

    Se sobresaltó en ese momento, casi asustada, como si acabara de darse cuenta de un grave error.

    —Sí, lo siento —suspiró apenada, y de nuevo su rostro se enrojeció—. Carrie… Carrie White.

    Matilda sonrió. En aquel entonces le pareció un buen progreso. Ignoraba, sin embargo, que sería un nombre que no olvidaría fácilmente, incluso cuatro años después.

    —¿Gustas tomar asiento? —le ofreció gentilmente, extendiendo su mano hacia una de las sillas delante de su escritorio. Ella asintió con su cabeza, y se dirigió con paso apresurado hacia dicha silla, sin voltearla a ver. Colocó su mochila en el suelo a un lado, y se sentó con su espalda recta, sin tocar el respaldo. Matilda tomó asiento en la otra silla, pero la giró para que quedaran ambas frente a frente—. ¿Qué puedo hacer por ti, Carrie?

    La joven apretó un poco sus labios, y miró distraídamente hacia el escritorio.

    —No sé… cómo explicarlo.

    —No te preocupes, relájate. ¿Quieres un poco agua?

    —No, estoy bien.

    —¿Por qué no comenzamos con algo sencillo? ¿Cómo me encontraste?

    —Yo… estuve investigando… mucho, en las computadoras de la biblioteca. —Hubo un sentimiento extraño en su voz al mencionar las computadoras. Era una expresión de extrañeza o lejanía, como si estuviera hablando de alguna comida extraña de un país que nunca había visitado, o intentara describir un animal que nunca había visto—. Y entre lo que leí, surgió su nombre y el de la Fundación a la que pertenece… Eleven, como el número, ¿verdad?

    —Así es —respondió Matilda con seguridad por fuera, aunque por dentro intentaba identificar en cuales sitios podría ya estar dada de alta la dirección de ese consultorio como para ser arrojada en una búsqueda. Se preguntó también si eso había sido obra de Eleven, o de alguien más dentro de la Fundación—. ¿Qué investigabas exactamente?

    Carrie se volvió a abrazar a sí misma, y se esforzó más de la cuenta para poder alzar su mirada hacia ella, aunque no directamente a su rostro.

    —Desde… hace un par de semanas, me ha estado pasando algo. Leí muchos libros, e información en la computadora al respecto, y encontré que ustedes, bueno… usted… ha ayudado a otros niños con algo parecido. Y sé que no soy una niña, pero cuando leí que tenía un consultorio aquí en Boston, pensé que quizás… usted podría…

    Sus palabras se cortaron; pareció incapaz de terminar dicha frase, pero no fue necesario.

    —Entiendo totalmente, tranquila —musitó la psiquiatra, inclinando un poco su cuerpo hacia el frente—. Y no te preocupes. Aunque mi especialidad es la Psicología Infantil, estoy aquí para ayudar a cualquier persona que requiera mi ayuda. ¿Qué es lo que te ha estado pasando? —Se notó bastante aprensión en la mirada de la chica ante la idea de responderle—. Te aseguro que todo lo que me digas, se quedará conmigo. —Su afirmación no pareció mejorar mucho su estado—. ¿Te sería más sencillo demostrármelo?

    Carrie caviló unos momentos. Giró su mirada lentamente hacia su izquierda, en dirección al escritorio. Matilda había guardado varias de las cosas que ahí se encontraban hace un momento, pero aún había sobre éste unos papeles y un vaso ya vacío de Starbucks. Enfocó su mirada fijamente en el vaso de cartón, muy fijamente. Tras un par de segundos, dicho vaso comenzó a deslizarse por la superficie del escritorio. Como a la mitad del trayecto, se elevó unos centímetros, flotando en línea recta, directo hacia ella. Carrie extendió su mano, y el vaso se colocó por sí solo en ella.

    Volteó entonces a ver a Matilda. Ésta había contemplado en silencio todo aquel acto, con suma… tranquilidad; tanta que desconcertó un poco a la joven.

    —Impresionante —murmuró la psiquiatra, tranquila.

    —No parece sorprendida. ¿Realmente había visto a alguien más hacer esto antes?

    —Se podría decir que sí —le respondió, intentando no sonar sarcástica por accidente—. ¿Qué tanto más puedes hacer?

    Un rastro más tangible de confianza se hizo presente en el rostro de Carrie. Se viró de nuevo al escritorio, pero ahora su atención se centró justo en el mueble y no en lo que había sobre él. El escritorio se tambaleó unos milímetros a un lado, luego la misma distancia hacia el otro, y entonces empezó a elevarse en línea recta, lentamente hacia el techo, hasta quedar a unos centímetros de él y ahí quedarse, quieto y estable. Carrie lo observaba desde su asiento con orgullo.

    —Muy bien, ya puedes bajarlo —señaló Matilda, aún apacible. Carrie obedeció, y el escritorio volvió a bajar con cuidado hasta quedar en su posición original a lado de ambas.

    —Creo que puedo hacer más —comentó la joven rubia—. Siento que puedo hacer más. Pero tengo miedo de… pasarme.

    —Te entiendo totalmente —asintió Matilda. Se sentó derecha en su silla, y cruzó sus piernas—. ¿Qué edad tienes, Carrie?

    —Diecisiete. Cumpliré dieciocho en septiembre.

    —¿Estás por graduarte? —Carrie asintió tímidamente con su cabeza—. Bien por ti. ¿Dices qué te comenzó a pasar hace unas semanas?

    —Sí.

    —¿No habías visto ninguna señal o te había ocurrido algo similar anteriormente?

    —No que yo recuerde. Escuché en una ocasión a alguien comentar de una lluvia de piedras que cayó sobre mi casa cuando era niña.

    —¿Lluvia de piedras? —Masculló Matilda, algo intrigada.

    —Yo no recuerdo nada de eso. Pensé en preguntarle a mi madre, pero… —sus labios se apretaron de nuevo un poco, y se contrajo en sí misma—. Preferí mejor no hacerlo… No sé realmente si eso tuvo algo que ver conmigo. Pero realmente antes de esto, todo en mi vida había sido bastante… normal.

    Matilda meditó un poco sobre ese relato. ¿Lluvia de piedras?, no era algo de lo que hubiera oído antes. Tendría que preguntar en la Fundación para ver si alguien podía darle una razón de eso. Mientras tanto, prosiguió con sus preguntas.

    —Cuando comenzó, ¿te ocurrió algo en especial? ¿Algo específico que te ocurriera justo al mismo tiempo que esto comenzó? —Carrie meditó un poco en ello, pero tras unos segundos una mezcla de diferentes sentimientos surgió de ella al mismo tiempo; los más notables eran la vergüenza… y la ira—. No debes sentirte avergonzada. Tuviste tu primer periodo, ¿cierto?

    Los ojos de Carrie se abrieron con asombro, y sus mejillas volvieron a enrojecerse.

    —¿Cómo lo supo? ¿Eso… tuvo que ver?

    —Es probable. ¿Te alimentas bien?

    —Eso creo…

    —¿Estás segura?

    —Sí, ¿por qué?

    —Sólo intento descartar factores. Que tu primer periodo se haya atrasado tanto tiempo, puede deberse a problemas con tu dieta. Pero, en este caso particular, tras lo que me has mostrado, me inclino más a decir que puede ser síntoma de un desequilibrio hormonal.

    —¿Eso es grave? —exclamó Carrie, visiblemente preocupada.

    —A larga puede traerte algunos problemas, pero es totalmente tratable. Dependiendo del grado, podría solucionarse sólo modificando tu dieta o hábitos de ejercicio, o quizás requerir de medicamentos. Lo mejor sería que hablaras con tu ginecólogo al respecto. Y si aún no visitas a uno, te recomendaría que empezaras a hacerlo regularmente.

    —¿Gine…? —Carrie se tensó gravemente—. No, no, mi madre nunca lo permitiría. Ella no cree mucho en los doctores. Pero… si tomo esos medicamentos, ¿esto… desaparecerá?

    Matilda se dio cuenta de que esa idea le había provocado una gran preocupación a la chica, y no pudo evitar sonreír por dentro. Para algunos resultaría extraño, pero incluso en los peores momentos en los que sus habilidades se salían de control, Matilda nunca deseó de forma consciente que éstas desaparecieran. Era casi como querer sacarse un ojo…

    —No, no lo hará —le respondió con tono animado—. Quizás no me expliqué bien, pero escucha. Si lo que pienso es cierto, y lo que me has dicho hasta ahora pareciera indicar que sí, la verdad es que has tenido estas habilidades todo este tiempo. Normalmente surgen a una edad temprana, pero en tu caso se han mantenido dormidas y latentes todos estos años, debido a la composición especial de la química de tu cerebro y tus niveles hormonales. Con la llegada de tu primer periodo, ahora han despertado y siempre estarán ahí, porque son parte de ti, parte de quién eres. Esto que tienes, es algo muy especial y único. Es un don, Carrie, un don hermoso.

    La chica la miró maravillada por todo lo que le decía. Una sincera y amplia sonrisa de felicidad, aunque más de alivio, se dibujó en sus labios rosados.

    —¿De verdad? —suspiró desahogada—. Tenía tanto miedo de que esto fuera algo maligno, pero cuando lo uso… me siento como liberada, ¿sabe?

    “Más de lo que crees”, pensó Matilda para sí misma.

    —No hay nada maligno en ti, Carrie. Y fue muy acertado de tu parte buscar ayuda. Puedo ayudarte a comprender mejor esta habilidad, y a controlarla. Podrás tener una vida completamente normal, y hasta podrás disfrutar y ser feliz con tu don. Si me lo permites.

    —Yo… —Carrie titubeó insegura. Miró de nuevo por encima de Matilda hacia las ventanas, y luego echó un vistazo rápido a su pequeño reloj de muñeca, nada ostentoso y de hecho bastante sencillo—. Oh, Dios. Ya es muy tarde —exclamó preocupada, y rápidamente se puso de pie y se acomodó su mochila al hombro—. Tengo que tomar el autobús de regreso y llegar antes de que sea hora de salida. Si no estoy en casa a las tres, mi madre… Oh Dios.

    Aparentemente sentía bastante aprensión hacia su madre. Normalmente no sería algo muy raro viniendo de una joven adolescente, per en su caso parecía algo incluso más intenso. Si tuviera que hacer un primer diagnóstico, diría que probablemente pertenece a una familia con fuertes valores religiosos, con padres estrictos y severos que no le daban mucha apertura a su expresión individual. Bajó ese escenario, descubrir de pronto que era capaz de hacer cosas muy fuera de lo que la mayoría consideraría “normal”, crearía una fuerte confusión en ella que definitivamente necesitaría de guía.

    —Sí, de acuerdo —le respondió, parándose también de su silla—. Pero quisiera que nos volviéramos a ver. ¿Quieres que te programe una cita más formal?

    —No… yo… —sus manos se aferraron a la correa de su mochila de forma nerviosa—. No creo poder volver aquí otra vez.

    —Está bien, yo puedo ir a verte si lo prefieres.

    —¿A Chamberlain?

    —Sí. Podría hablar también con tus padres. Es importante que ellos comprendan lo que te pasa, y que te puedan apoyar…

    —¡No! —Exclamó con fuerza de pronto, casi aterrada—. A mi madre no, no. No lo entiende, si se enterara de esto… De cualquier cosa de esto… Me tengo que ir.

    Caminó rápidamente, casi corriendo, hacia la salida con su cabeza agachada. Matilda no dijo nada o intentó detenerla; luego de esa reacción, era mejor que se retirara si enserio así lo deseaba. Salió de la oficina, salió del consultorio, y luego ya no la vio.

    Pero no dejaría las cosas así; no podía hacerlo. En el tiempo que llevaba en la Fundación, había conocido a varios chicos necesitados, pero esta chica, a pesar de que aún no la conocía por completo, era quizás la más necesitada de todos ellos… No sabía aún porqué, pero algo la hacía sentirse así. ¿Era su Resplandor hablándole?, ¿o quizás su sola experiencia y conocimiento que le indicaba que pusiera atención en todas las señales? No importaba realmente; igualmente le haría caso.

    — — — —​

    Lo primero que hizo en cuanto tuvo oportunidad, fue informarle a Eleven sobre su encuentro, poniendo principal énfasis en las señales singulares que había notado. Eleven estuvo de acuerdo con ella en que era un caso en el que valía la pena involucrarse, pero le recalcó que no forzara las cosas; si la chica no quería su intervención de alguna forma, no debía colocarla en una posición que la afectara de forma negativa. Matilda era consciente de eso, y normalmente no insistiría más de la cuenta. Sin embargo, con esta chica en especial sentía que valía la pena hacer el esfuerzo adicional.

    Matilda solicitó permiso de usar a los rastreadores de la Fundación para buscar más información sobre Carrie; Eleven se lo concedió. La primera información le llegó por correo apenas un par de horas después de que terminó su llamada con Eleven. No era aún mucho, y de hecho resultó ser algo para lo que no ocupaban siquiera usar sus habilidades especiales para encontrarlo. El correo venía de parte de Lucy, una de las rastreadoras con la que más contacto había tenido para ese tipo de casos, aunque nunca la había viso en persona o hablado siquiera por teléfono; ni siquiera sabía si Lucy era su verdadero nombre o dónde vivía. El asunto del correo era simplemente “Carrie Whie - 1”, haciendo alusión a que era sólo el primer informe como solía enumerarlos. El texto del coreo era mucho más simple:

    “Tienes que ver esto”

    Seguido de una liga hacia un video. Esto desconcertó a Matilda, y sin dudarlo entro a la liga para verlo.

    No estaría segura después si hubiera preferido mejor no haberlo hecho…

    Al inicio el video era confuso. Aparentemente todo ocurría en algún tipo de vestidores, de escuela o gimnasio. Se escuchaban varias voces gritando en coro: “¡que lo tape!, ¡que lo tape!, ¡que lo tape!”. Y entre todo el ajetreo de pieles y toallas, se distinguió la figura de una persona, desnuda, tirada en el suelo de azulejo de baño, encogida en sí misma en sollozos. Estaba rodeada de personas, y éstas le arrojaban objetos blancos mientras seguían repitiendo: “¡qué lo tape!, ¡qué lo tape”

    —Santo cielo —exclamó horrorizada. Regresó un poco el video, y lo detuvo justo para enfocar a la persona en el suelo. Lo dudó al principio, pero luego no le cupo duda: era ella, era Carrie White. También pudo ver con más claridad lo que las otras chicas le arrojaban: tampones y toallas intimas.

    Matilda sintió un revoltijo en su estómago. Se obligó a ver el video varias veces con el fin de comprender la situación. Esos debían de ser los vestidores de su escuela, y por lo tanto las chicas a su alrededor serían sus compañeras de clase. Sólo podía suponer, pero considerando lo que le gritaban y lo que le arrojaban, sumado a lo que la misma Carrie le había dicho sobre el retraso de su periodo… ¿acaso le había llegado por primera vez ahí en las regaderas? ¿Y sus amigas se habían burlado de ella, le habían gritado y tirado tampones encima mientras lloraba en el piso? Y encima de todo, ¿lo habían grabado y subido a internet?

    La cólera se apoderaba poco a poco de ella, por más que quisiera evitarlo. No debía de tomar esos casos como algo personal, era casi la primera regla del manual. Pero le era difícil no hacerlo. Le era difícil ver ese video y no recordar a aquella niña de trece años, siendo molestada, acosada y maltratada por sus compañeros de escuela, sólo por ser un poco… diferente

    Lucy le pasaría más información al día siguiente (“Carrie White - 2”). Le confirmaría en gran parte lo que sus suposiciones al ver el video le dijeron, pero agregaría además algo que no hubiera predicho de su entrevista con Carrie: ella no sabía nada de la regla antes de aquel incidente, o al menos eso era lo que algunas personas decían. Matilda se quedó pasmada al leer eso. ¿Cómo podría ser posible? ¿Su madre no le habló al respecto?, ¿no le habían dicho en clases? Quizás era en efecto sólo un rumor.

    Adicional a ello, aparentemente su padre había muerto antes de que naciera en un trágico accidente de trabajo. Su madre, Margaret White, la había criado sola, y durante sus primeros años no la había dejado ir a la escuela y la educaba en casa, hasta que las autoridades tomaron cartas en el asunto. Sus calificaciones eran bastante promedio, e incluso bajas en algunas materias. No pertenecía a ningún club o actividad extracurricular, ningún trabajo de medio tiempo, ni algún novio o amigo conocido. Toda su vida pública parecía reducirse a ir a la escuela y volver a su casa. El video y el incidente detrás de él parecía ser lo más sobresaliente con respecto a la vida de Carrie; fuera de ello, no parecía haber casi nada que decir sobre ella.

    Matilda sintió bastante pesar y pena. ¿Qué clase de vida llevaba esa chica en realidad?

    Lo último en el correo de Lucy era la dirección actual en la que Carrie vivía con madre, en Chamberlain, Maine; no había ningún teléfono de casa o celular, ni ningún correo electrónico. Lucy Prometió informarle más si encontraba algo, pero igualmente le advirtió que no creía que hubiera mucho más que decir al respecto. Pero no importaba; de momento era suficiente para actuar.

    FIN DEL CAPÍTULO 24

    NOTAS DEL AUTOR:

    —La representación de Carrie White mostrada en este capítulo está mayormente basada en la versión de la película de Carrie del 2013, en lo que respecta a su apariencia física y en algunos aspectos de su personalidad. Sin embargo, igualmente se tomará en cuenta algunas características del personaje, su personalidad, su apariencia y su historia que sólo se vieron en la novela original de Stephen King. Los acontecimientos ocurridos en este flashback, y en el de los capítulos siguientes, se encontrarán también muy basados en la película del 2013 (principalmente para colocar los hechos en una época más reciente), pero en general será manejado como un Universo Alterno, en dónde las cosas no ocurrirán con exactitud como en alguna de las versiones antes conocidas, similar quizás a como se ha manejado la historia de Samara o Damien. Esto quedará más claro en los próximos capítulos.
     
  5.  
    WingzemonX

    WingzemonX Entusiasta

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    22 Febrero 2011
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    Pluma de
    Escritor
    Título:
    Resplandor entre Tinieblas
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Misterio/Suspenso
    Total de capítulos:
    30
     
    Palabras:
    5706
    Resplandor entre Tinieblas

    Por
    WingzemonX


    Capítulo 25.
    Todo será diferente

    Cuando Carrie le dijo que no había nada interesante en Chamberlain, al parecer no estaba exagerando del todo. Según lo poco que Matilda pudo investigar en Internet, parecía ser una ciudad pequeña bastante común, como cientos iguales que existían en el país. Su población era reducida, y el principal motor de la economía era la Fábrica de Textiles; y básicamente eso era todo. El viaje desde Boston hacia allá era de unas tres horas en vehículo, y en camión de seguro tomaría un poco más. Pensó en la experiencia que debió de ser para una chica que nunca había salido de su pueblo hacer todo ese recorrido ella sola. Ahora le tocaba a ella hacer el viaje contrario.

    Dos días después de su entrevista con Carrie, un lunes de primavera, salió de Boston a media mañana con su vaso de café y su GPS marcándole la ruta hacia el noreste. En aquel entonces aún estaba en proceso de adquirir un vehículo propio en Boston para su uso personal, ayudada principalmente por su madre adoptiva pues casi todos sus ahorros se le habían ido en la mudanza y acondicionamiento de su departamento y consultorio. Mientras tanto, optó por alquilar uno, algo que en sus múltiples viajes hacía seguido. Le tocó algo de congestionamiento ya entrando en Maine debido a un accidente, y terminó llegando a Chamberlain cerca de las dos.

    Lo único que Lucy le había encontrado era la dirección de la casa de Carrie y de su escuela. Su primera opción era ir a la escuela y hablar con su director sobre el tema, pero realmente no tenía aún algún tipo de derecho para hace ello, pues de manera oficial Carrie no era su paciente y era más una completa extraña de otra ciudad que venía a intervenir en un tema que no le concernía. La segunda opción era ir a su casa, pero tenía que tener cuidado con no sobrepasarse. Condujo hacia la dirección que Lucy le había proporcionado sobre la Calle Carlin, y se estacionó en la acera de enfrente. La casa era blanca, de apariencia bastante simple, incluso algo descuidado a pesar de estar en un barrio medianamente sofisticado. La hierba del jardín del frente estaba algo crecida, y en algunas zonas se había oscurecido. Aguardó en el vehículo media hora, quizás un poco más. Carrie salía de la escuela a las tres, y si lo que Lucy le había dicho era cierto, esperaba poder verla venir por la calle en cualquier momento sin atraso.

    La joven rubia rojiza se apareció justo como esperaba después de las tres con veinte. Caminaba desde calle abajo por la banqueta abrazada aprensivamente de sus libros, con su mochila a la espalda y su mirada clavada en el concreto. La reconoció incluso a la distancia, no por su rostro o peinado, sino por su postura y forma de caminar; siempre temerosa y cohibida como si temiera que alguien la estuviera mirando y juzgando a cada paso. Matilda salió del vehículo discretamente, cruzó la calle, se paró en la acera frente a la casa y ahí la aguardó. Carrie iba con la mirada tan baja, o quizás estaba tan inmiscuida en sus propios pensamientos, que no notó su presencia hasta que ya estaba cerca. Se detuvo entonces a unos metros de ella y la miró, al principio un tanto confundida pero no tardó en reconocer su cara, y entonces se sobresaltó, casi asustada, tanto que se hizo un poco hacia atrás.

    —¡¿Dra. Honey?! —Exclamó la chica, atónita—. ¿Qué hace aquí?

    Fue evidente que no estaba precisamente “feliz” de verla. Matilda le sonrió gentil, intentando amortiguar el ambiente.

    —Siento aparecerme de esta forma, pero ya no tuve más noticias de ti.

    —¿Cómo supo dónde vivía?

    —Tenemos nuestras fuentes —le respondió con tono neutro. Carrie, por su parte, la miró con desconfianza; sus brazos se aferraron con más fuerza a sus libros.

    —¿Qué… es lo que quiere?

    —Sólo seguir hablando contigo. Nuestra plática del otro día se quedó un poco inconclusa.

    —Lo siento, no puedo hablar ahora —respondió apresurada, y se adelantó para sacarle la vuelta y dirigirse directo a la casa—. Mi madre está por llegar, y ella no puede verla aquí. Por favor, váyase.

    —Escucha, Carrie —pronunció Matilda con tono despacio, como de un profesor dando catedra—. Sé que en estos momentos estás confundida y asustada, y lo que menos quieres es que alguien se entere de lo que te ocurre. Pero, aunque no sea con tu madre, necesitas a alguien con hablar y contar para sobrellevar lo que pueda pasar.

    Carrie se detuvo a mitad del camino que llevaba a su puerta y se giró levemente hacía ella, mirándola con una expresión digna de un perrillo asustado. Ambas de miraron la una a la otra en silencio por un lapso en el que Matilda supuso que estaba intentando decidir de qué forma responderle, y ella igualmente deseaba darle el tiempo que necesitara para eso. Si era que Carrie tenía pensado responder algo, no lo sabría pues en ese momento la puerta principal de la casa se abrió de par en par, provocando que ambas se giraran al mismo tiempo hacia esa dirección con ojos asustados, como dos niñas que acababan de ser sorprendidas en una travesura.

    —Carrie —espetó con intensidad la mujer en la puerta, mirando fijamente a la muchacha. Era una mujer alta, de complexión fuerte. Su cabello era de un tono bastante parecido al de Carrie, y lo traía peinado hacia atrás y trenzado. Sus ojos eran profundos, severos y de un azul cielo casi irreal. Usaba un vestido totalmente negro que la cubría por completo, desde el cuello hasta los tobillos.

    Matilda se sintió ligeramente intimidada por esa presencia casi etérea al pie en la puerta, que no tardó de hecho en posar sus enigmáticos ojos en ella. Su rostro era duro y frío. Sólo recordaba haber conocido a una persona anteriormente con esa intensidad, casi agresión, en su mirada… y era una persona con la que no deseaba volver a cruzarse otra vez.

    —¡Ma… ma… mamá! —Logró exclamar Carrie al fin, luego de haberse quedado unos segundos balbuceando incomprensiblemente—. ¿Qué haces aquí tan temprano…?

    La mujer ignoró su pregunta por completo. Bajó entonces los escalones de la puerta y caminó con paso firme hacia ellas. Pasó a un lado a Carrie, se paró delante de ella y encaró a Matilda de frente de forma desafiante y despectiva.

    —¿Quién es usted? —Le inquirió con severidad.

    —Mamá, ella ya… —Carrie intentó explicarle algo, con un intenso temblor en su voz. La mujer de negro, sin embargo, alzó en ese momento su mano hacia ella sin siquiera mirarla, obligándola a guardar silencio con ese solo gesto.

    Matilda se mantuvo firme ante la situación; esa mujer debía de ser Margaret White. No sabía que estaba en casa; en el rato que estuvo esperando en el auto, no la había visto entrar. No estaba precisamente en sus deseos encontrarse con ella en esos momentos, pero también era una posibilidad a la que tenía que enfrentarse.

    —Mucho gusto, señora White —musitó afable, manteniéndose en su sitio sin dar un paso adelante o atrás—. Soy la Dra. Matilda Honey…

    —¿Doctora? —Repitió Margaret, sonando como si dicha palaba le provocara escozor—. ¿Qué clase de… doctora? ¿Qué quiere aquí?

    —Soy psiquiatra. Vine a hablar con su hija…

    —¿Para qué? —Interrumpió abruptamente de nuevo.

    Matilda miró a la señora White un instante, y luego volteó a ver sobre el hombro de ella al rostro lleno de miedo de Carrie, que parecía suplicarle con la mirada que no le dijera nada. A Matilda todo ello le trajo a la mente un lejano recuerdo, de aquella noche cuando la Señorita Honey acudió a su casa y sus padres no la recibieron de forma amistosa, ni le hicieron caso a lo que ella les decía. Ahora ella estaba en una situación muy parecida. Normalmente en esos dos años le había tocado ir a sitios en dónde las personas pedían su ayuda, no tanto que tuviera prácticamente que inmiscuirse de esa forma sin ser invitada.

    Respiró hondo, se paró derecha, y miró a la señora White firmemente.

    —De seguro ya sabe lo que ocurrió hace unas semanas en los vestidores de la escuela de Carrie, ¿cierto? —Preguntó con normalidad y ella la miró fijamente inexpresiva, pero no sorprendida o confundida por sus palabras, por lo que suponía que en efecto sí lo sabía—. Hay incluso un video en internet circulando…

    —Internet —espetó Margaret White, con hastío atorado en su garganta al hablar—. Esa cosa es la ventana del Oscuro. Perversiones y pecados, todo a disposición y a la mano de cualquiera con la falta de fe, para tomarlo y alborozarse en su podredumbre. Pero el Señor es nuestra roca, y lo que ocurra fuera de nuestra casa no nos dañará, especialmente en… Internet.

    Matilda se quedó helada, sin saber con seguridad qué responder a un discurso como ese. Miró de reojo a Carrie; ésta miraba hacia el suelo en absoluto silencio.

    —Sí, claro —Murmuró despacio, haciendo un gran esfuerzo por no sonar sarcástica, aunque sentía que no lo había logrado. Carraspeó un poco para aclararse la garganta, antes de seguir hablando—. Aun así, creo que sería buena idea que su hija hablara con alguien. Esta situación puede ser muy difícil…

    Margaret White dio de pronto un fuerte paso al frente, clavó sus ojos casi desorbitados en Matila, como si estuviera a punto de lanzársele encima para ahorcarla. Comenzó entonces a gritarle desenfrenada.

    —¡Nadie aquí necesita la ayuda de charlatanes apartados de Dios!, que prometen salvar el cuerpo y la mente, a costo de sacrificar el alma inmortal. Si mi hija debe de ponerse en manos de alguien, ¡será sólo en las manos de Dios! Él es el camino verdadero, no supuestos doctores, Mensajeros del Oscuro sin siquiera saberlo.

    La miró entonces de arriba abajo desdeñosamente, como si estuviera viendo algo asqueroso. Matilda no se sentía molesta precisamente, sino más bien… perpleja. ¿Lo que decía era real? ¿De que año lejano provenía esa mujer? No perdió la calma; volvió a respirar por la nariz, conteniéndose.

    —Con todo respeto, señora, pero Carrie ya es casi una adulta. Ella tiene toda libertad de elegir lo que ella crea mejor.

    Margaret endureció su rostro y se hizo hacia atrás como si la hubiera ofendido de la peor manera en su cara. Se volteó entonces un poco hacia su hija, dejándola en el proceso de nuevo por completo en el rango de visión de Matilda. La joven alzó tímidamente la mirada hacia su madre de forma sumisa.

    —Carrie —soltó la mujer con dureza—. ¿Tienes algo que decirle a esta… Doctora?

    Carrie vaciló. Miró a su madre, miró al suelo, y luego encogidamente miró a Matilda.

    —No necesito ayuda, señorita —susurró despacio—. Sólo la de Dios.

    Matilda se sintió decepcionada, pero no sorprendida. Esa conversación corta, y casi surreal, le dio una visión bastante más amplia de con qué se estaba enfrentando.

    —Ahí lo tiene —declaró la señora White con dureza. Tomó entonces a Carrie del brazo y comenzó a jalarla hacia la casa. La chica la siguió sin mucha oposición—. Ahora váyase de mi propiedad, o llamaré a la policía.

    Matilda se quedó de pie en su sitio, mirando en silencio como entraban en la casa y luego azotaban la puerta detrás de ellas con rudeza. Se quedó unos segundos más ahí, aturdida, pero luego comenzó a caminar hacia el vehículo.

    La situación de Carrie White era mucho peor de lo que pensaba.

    — — — —​

    Matilda pasó la tarde recorriendo Chamberlain e investigando un poco más sobre Carrie y su madre. Como es común en las ciudades pequeñas, la gente tiende a ser amable con los visitantes extraños, pero no muy comunicativa en lo que respecta a los temas personales de sus vecinos. Margaret White, sin embargo, parecía tener cierta fama especial entre algunos pobladores, que no tuvieron tanto reparo como otros en expresar su opinión sobre ella. Usaron diferentes palabras, algunas más amables, otras todo lo contrario, pero la media parecía estar inclinada hacia que la consideraban una mujer demasiado excéntrica, demasiado estricta con sus creencias, incluso para los estándares de una persona fuertemente religiosa, y demasiado introvertida y solitaria. No solía convivir con casi nadie del pueblo, a excepción de las personas con quien trabajaba, y en realidad tampoco lo hacía mucho con ellos. Algunos describieron despectivamente como se la pasaba diciéndoles a todo el mundo que se irían al infierno por cualquier cosa, o por ninguna, y escuchó algunos altercados que habían sucedido, algunos incluso que se podían catalogar como violentos.

    Era todo un personaje, diciéndolo del modo amable. Era imposible no ver como su influencia había recaído sobre Carrie, creándole esa personalidad tan retraída e insegura. En cualquier adolescente eso sería una bomba de tiempo, pero Carrie no era cualquier adolescente… era algo más.

    Pasó la noche ahí mismo en Chamberlain en una pequeña posada. Se comunicó con Eleven para informarle de todo lo que había descubierto, y ésta pareció realmente desconcertada. Sin embargo, para bien o para mal seguía siendo su madre, y Carrie aún era menor de edad, y había líneas que no podían simplemente cruzar a pesar de sus habilidades. Matilda lo sabía, pero sugirió intentar hacer un último acercamiento hacia Carrie. Aunque no pudiera tratarla de forma oficial o directa sin el permiso de su madre, en unos meses cuando cumpliera los dieciocho eso ya no sería un problema. Pero era importante que la joven supiera que cuando ese momento llegara, tenía a alguien a quien acudir. Eleven accedió, aunque no sin advertirle que tuviera cuidado con lo que haría.

    En vista de que su casa era un terreno totalmente inapropiado, tuvo que optar por la segunda mejor opción: la escuela.

    Durante uno de los descansos de ese día, Carrie pasó las horas en la biblioteca, leyendo más libros sobre ese tema que tanto le ocupaba, y navegando en internet con el mismo propósito. Una vez que terminó ahí, tomó tres de los libros, los pidió prestados a la bibliotecaria, y luego se dirigió hacia el salón de su próxima clase. Cortó camino por el campo de americano, que en esos momentos se encontraba totalmente solo. Caminaba un poco apresurada, con los libros abrazados contra ella con fuerza, pues se le había hecho tarde.

    —¡Carrie! —Escuchó de pronto que alguien exclamaba fuerte detrás de ella, llamándola. Carrie se detuvo, y se volteó confundida. Caminando por el mismo camino por el que ella venía, se acercaba precisamente Matilda Honey.

    Carrie se sobresaltó.

    —¡¿Qué hace aquí?! —Exclamó casi asustada—. ¡No puede estar aquí!

    —Escucha —comenzó a decirle con tranquilidad mientras se le acercaba—, lamento haber ido a tu casa de esa forma…

    —¡Debe lamentarlo! —le reprochó Carrie molesta, y se giró entonces hacia otro lado rápidamente—. No sabe… los problemas que me causó…

    Al girarse, sus cabellos rubios le cubrieron casi todo su rostro… pero no lo suficiente. Entre todo ese mar de rizos rubios y desalineados, logró distinguir su mejilla enrojecida, y con la marca de un golpe reciente entre ésta y su sien.

    —Carrie… ¿tu madre te lastimó?

    Matilda hizo el ademán de querérsele acercar, pero Carrie rápidamente reaccionó, retrocediendo para hacer más distancia entre ambas. Esa reacción le pareció bastante usual en niños abusados que había visto en su carrera… pero esa jovencita delante de ella estaba lejos de ser una niña.

    Matilda decidió mantener su distancia y no traspasar de alguna forma su espacio e incomodarla más de lo que ya estaba.

    —Lo siento, sé que crees que me estoy entrometiendo en dónde no me quieren, pero tienes que entender que intento ayudarte. Tu situación es difícil, y tu habilidad debe ser controlada antes de que se vuelva más fuerte y difícil. Yo puedo ayudarte a…

    —No necesito su ayuda —le interrumpió tajantemente, volteándola a ver con una abrumadora agresividad en su mirada; algo que también había visto en niños abusados antes—. Sólo… déjeme en paz, por favor.

    —Carrie…

    —¡Váyase!

    Sin intención de darle más oportunidad para responder, Carrie se dio media vuelta con rapidez y comenzó a caminar apresuradamente. Su prisa era tal que sus pies le fallaron, enredándose uno con el otro y haciendo que cayera sobre sus rodillas. Instintivamente soltó los libros que traía consigo para detenerse con las manos, y estos cayeron por la tierra debajo de ella.

    Carrie no decía maldiciones en voz alta, pero en su cabeza había rebotado una con fuerza en ese momento. No sentía molestia, sino más bien vergüenza. Todo le salía mal; ahora no podía siquiera caminar sin humillarse a sí misma.

    Miró sus manos cubiertas de tierra y las sacudió con fuerza, quizás más de la necesaria, entre ellas. Extendió su mano para tomar uno de los libros, pero cuando quiso hacer lo mismo con el segundo… éste se elevó del suelo en un parpadeo.

    Carrie se paralizó al ver esto. ¿Qué estaba pasando?, ¿lo estaba haciendo ella misma?; mientras se lo cuestionaba, vio como el tercer libro también se elevaba del piso junto con el segundo. Llegó a pensar por un instante que había perdido el control, y ahora esos dichosos poderes se estaban comenzando a activar solos. Sin embargo, en ese momento ambos libros comenzaron a elevarse más, y luego pasaron por encima de su cabeza. Carrie los siguió atónita con la mirada, hasta ver como se acercaban suavemente hasta las manos extendidas de Matilda, colocándose en éstas uno sobre el otro.

    Matilda sonrió y se le acercó con los libros en sus manos. Se paró justo delante de ella y se los extendió con la intención de dárselos. Sin embargo, Carrie era incapaz de tomarlos; sólo la miraba desde abajo, con sus ojos llenos de confusión y miedo… pero también bastante admiración.

    —¿Usted… también…? —Murmuró Carrie, apenas audible.

    — — — —​

    Ya iba relativamente tarde a su clase, así que incluso era probable que ni siquiera la dejaran pasar. Pero aunque no hubiera sido así, la pequeña pero significativa demostración de Matilda fue suficiente para que Carrie aceptara hablar con ella de nuevo, ahora sin ninguna reserva. Pasaron hacia las gradas a un lado del campo para poder sentarse, estar cómodas y hablar tranquilas. Siguieron totalmente solas durante todo ese rato, por lo que todo era más que perfecto.

    Estando ahí sentadas en la sexta fila de abajo hacia arriba, Matilda comenzó a contarle más sobre quién era, y qué era en realidad la Fundación a la que representaba. Era un discurso que había compartido con varios niños antes, y que incluso se lo diría a Samara Morgan cuando se conocieran por primera vez. Carrie la escuchaba atenta, palabra por palabra.

    —¿Resplandor? —exclamó la chica rubia, un tanto intrigada por el término que Matilda acababa de usar en su relato.

    —Es el nombre que usamos internamente dentro de la Fundación —se explicó la Psiquiatra—. El término es propio de nuestra fundadora y maestra. En mi caso comenzó presentarse cuando tenía seis años… seis años y medio, de hecho. Mis padres… —El semblante de Matilda se tornó ligeramente serio en ese momento—. No eran perfecto… ni cerca. Aunque, quizás estoy siendo muy injusta con ellos. Después de todo, teníamos una casa bonita y limpia, y nunca me faltaba comida, ni ropa. No me gritaban o golpeaban, más de lo normal o necesario. De hecho, creo que la mayor parte del tiempo, preferían fingir que no existía. Aun así, lo que más me afectaba es que sencillamente no… me entendían… Ni un poquito. Pasé esos primeros años sintiéndome como una fenómeno, atrapada con gente con la que no tenía nada en común, y para los que era apenas un poco más que un estorbo.

    Suspiró despacio, se sentó derecha e intentó despejar su mente un poco antes de continuar; Carrie seguía atenta.

    —Todo mejoró cuando comencé la escuela primaria. Casi al mismo tiempo comencé a hacer esto. —Extendió en ese momento su mano hacia un lado, y de su bolso, que había colocado abajo entre sus pies, se elevó su teléfono móvil, colocándose casi por sí solo entre sus dedos. A pesar que Carrie misma había hecho cosas similares, y hasta más grandes, le parecía realmente emocionante veg a otra persona hacerlo también—. Tardé en comprenderlo, pero lo logré con un poco de práctica. No mucho después, mis padres tuvieron que huir del país por los negocios sucios de mi padre. Yo me quedé en mi ciudad natal, y fui adoptada por la que era en aquel entonces mi maestra de escuela, la mujer más dulce, encantadora y excepcional con la que haya tenido la suerte de cruzarme. Mi vida fue mucho más feliz desde entonces, y también me dio la posibilidad de desarrollar más mis habilidades. Conforme crecía, se volvieron más y más y fuertes. Yo estaba encantada con eso… —de nuevo, una marcada seriedad se asomó en su semblante—. Hasta que cumplí los trece años, me parece. Estaba en mi último año de preparatoria…

    —Espere… ¿A los trece? —cuestionó Carrie, creyendo que quizás había sido algún tipo de error. Pero no había sido así. Matilda le sonrió divertida, y se acomodó su cabello, ya un poco desacomodado por el viento que soplaba ocasionalmente.

    —Me salté algunos años —Le respondió con naturalidad—. El caso es que en ese momento, fue como si mis habilidades hubieran dado un salto exponencial de la noche a la mañana. Comenzaron a dispararse sin control, y mientras más asustada o preocupada me ponía, peor era. Era como una destructiva bomba de tiempo ambulante.

    —¿Eso me pude pasar a mí? —inquirió Carrie con interés, aunque no sonaba precisamente muy preocupada por ello.

    —Es probable, pero no te asustes. Cuando a mí me ocurrió, mi madre, es decir mi madre adoptiva, buscó a alguien que pudiera ayudarme. Y ahí fue cuando conocí a Eleven.

    —¿Eleven? ¿Cómo el nombre de la fundación?

    Matilda rio un poco.

    —Obviamente no es su verdadero nombre, pero es como le gusta que todos le llamemos. Ella me enseñó a controlarme, a mantener mis habilidades calmadas, y despertarlas sólo cuando era necesario. A ella no le agrada que le digan así, pero fue como mi maestra en aquel entonces. Como mi Yoda o mi Obi-Wan.

    Carrie la miró en ese momento fijamente, sin entender.

    —¿De Star Wars? —Añadió Matilda, intentando aclarar su referencia, pero Carrie siguió mirándola de la misma forma—. No importa. Lo que trato de decir es que, quizás no pasé por una situación exactamente como la tuya, pero yo sé lo que es tener de repente estas habilidades, y sentir la emoción, la alegría, pero también el miedo y la confusión. Eleven me ayudó mucho a entender lo que me ocurría y cómo controlarlo, y yo puedo hacer lo mismo por ti, Carrie. He ayudado a otros cómo tú antes, y… siento algo especial en ti. El que tu habilidad se haya manifestado a una edad ya más adulta, podría parecer una desventaja, pero podría ser a la vez todo lo contrario con el debido encaminamiento; especialmente si tienes a alguien que pueda enseñarte y guiarte… Si así lo deseas, claro.

    La chica rubia bajo su mirada, algo cohibida y pensativa. Sus cabellos rizados caían sobre su rostro, casi ocultándolo por completo en esa maleja rubia y rojiza, y sus dedos se entrelazaban y movían nerviosos sobre la falda de su vestido.

    —Eso me encantaría, no sabe qué tanto —murmuró despacio, con un pequeño vestigio de sonrisa en sus labios—. Pero… No tengo mucho dinero, y mi madre tampoco. Y aunque ella lo tuviera, jamás me apoyaría en algo como esto. Ya la conoció, ella no tomaría bien esto si se enterara.

    —No hago esto por Dinero, Carrie —le informó Matilda con delicadeza, pero eso no provocó que la chica alzara de su nuevo su rostro.

    Matilda guardó silencio, analizando las posibilidades posibles. Contar con su madre realmente parecía ser una causa perdida. Sin embargo, dentro de poco cumpliría los dieciocho años, y en ese momento ya lo que su madre quisiera o no quisiera, sólo llegaba hasta el límite que Carrie permitiera tolerar. Pero si se atrevía, las maneras de ayudarla se ampliaban significativamente.

    —Dime una cosa, ¿qué harás una vez que te gradúes? —le preguntó con curiosidad—. ¿Ya has pensado en alguna universidad?

    Carrie rio un poco, irónica.

    —No, realmente no —murmuró con voz apagada—. La universidad es para las personas que tienen las calificaciones, el dinero, o el apoyo suficiente de sus padres… Y yo no tengo ninguna de las tres cosas. —Se encogió entonces de hombros, y le sonrió un poco forzada—. Pensaba quedarme aquí, quizás trabajar con mi madre, o en otra cosa. No hay muchas otras opciones para mí, en realidad.

    —Quizás haya más de las que crees —señaló Matilda con algo de intriga—. ¿No te gustaría trabajar conmigo en mi consultorio?

    Carrie la miró fijamente, totalmente atónita.

    —Como mi asistente y recepcionista —añadió la castaña—. Te pagaría por tu ayuda, obviamente; te enseñaría a usar tus habilidades, y quizás puedas estudiar algo más que te interese entre ello, y quizás a la larga aplicar para una beca de la Fundación, si te esfuerzas lo suficiente.

    Carrie no podía salir de su asombro y confusión. Sus labios se separaron un poco con la intención de decir algo, pero por unos segundos ningún sonido surgió de ella. Era como si le resultara difícil procesar las palabras adecuadas.

    —¿Quiere contratarme como su asistente? —Murmuró, incrédula—. Pero… ¿por qué querría hacer eso? No soy buena para casi nada, ni siquiera sé usar bien una computadora. Sería más un estorbo que una ayuda…

    —Yo creo que eres mucho más inteligente y brillante de lo que crees, Carrie. Los que resplandecemos solemos serlo; y no lo digo por egocentrismo. —Se inclinó ligeramente hacia ella, sin invadir demasiado su espacio personal, sólo lo suficiente para poder verla de frente a los ojos—. Pero piensa en esto, nunca habías usado una computadora, o dejado tu ciudad. Pero cuando te lo propusiste, fuiste capaz de encontrarme y llegar hasta mí. ¿No has pensado en qué otras cosas serías capaz de hacer si igualmente te lo propusieras?

    Carrie desvió su mirada, como si los ojos de Matilda la intimidaran de alguna forma. Miró entonces hacia sus pies, algo pensativa y dudosa.

    —Escucha —prosiguió Matilda con tono más serio—, sé que soy una completa extraña, que quizás ya ha cruzado bastante la línea profesional con todo esto; tienes todo el derecho de desconfiar de mí. Pero, si puedo ser honesta contigo, en verdad creo que eres una persona muy especial, Carrie… aunque tengas en estos momentos a una madre y unos compañeros que no lo sepan apreciar —Carrie alzó ligeramente su rostro hacia ella en esos momentos, y Matilda aprovechó para sonreírle con toda la gentileza que era posible, así como la Jennifer Honey le sonreía a aquella pequeña de seis años hace ya mucho tiempo atrás—. Pero un día, todo será diferente…

    Carrie, quizás inconscientemente, le regresó la sonrisa, así como Matilda misma de seguro lo hizo hacia su algo ingenua maestra de primaria.

    —Se le agradezco, Dra. Honey —le respondió la joven, aún algo encogida—. Pero no creo poder dejar a mi madre e irme a Boston. No sería… lo correcto.

    —Sé que de momento lo parece así. Pero tarde o temprano, tendrás que tomar tus propias decisiones, y decidir tu propio camino. Aunque para ello tengas que ir contra los deseos de tu madre. Dentro de algunos meses cumplirás la mayoría de edad. Cuando ese momento llegue, serás libre legalmente de tomar el camino que mejor te plazca.

    Claro, lo decía fácil, pero no era tan sencillo como ello. Había adultos de mucha mayor edad que aún no podían desprenderse por completo de sus padres, son más razón los más pequeños, e incluso los chicos ya cerca de la mayoría de edad. Y especialmente si tenían una madre como Margaret White.

    De cualquier forma, Matilda estaba convencida de que le había dado bastante en qué pensar por ahora, y ya no debía agobiarla más. Miró su teléfono, que en ese momento seguía en sus manos tras haberlo sacado de su bolso con sus poderes, y prendió un segundo la pantalla para poder ver la hora.

    —Creo que tengo que irme —le indicó de pronto, parándose de la grada y colocándose su bolso al hombro.

    Carrie le miró desde su asiento, casi preocupada.

    —¿Ya?

    —Sí, debo volver a Boston antes de que se haga más tarde. ¿Por qué no me das tu número celular o correo? Así podremos comunicarnos más fácil, y sin molestar a tu madre.

    —Yo… no tengo teléfono celular… o correo… —le respondió tímidamente.

    —Claro, me lo suponía.

    Matilda revisó de nuevo en el interior de su bolso, y sacó unos instantes después otro teléfono celular, aunque éste se veía más pequeño y viejo que el que usaba regularmente, y se lo extendió a la joven delante de ella.

    —Ten, es tuyo.

    —¿Qué? —Exclamó Carrie casi asustada al ver el dispositivo delante de ella—. No, no, no puedo…

    —Claro que puedes, es mi teléfono de emergencia. Es algo viejo, pero funciona. Ya tiene mi número guardado y todo.

    Carre miró con aprensión el teléfono, y lentamente alzó sus manos hacia él, sujetándolo entre sus dedos como si fuera la pieza de artesanía más delicada del mundo. Lo sostuvo frente a su rostro, y se contempló a sí misma reflejada en la superficie oscura de la pantalla apagada, como si fuera un espejo hecho de vidrio negro.

    —Si ocupas cualquier cosa, sólo envíame un mensaje —le indicó la castaña, haciéndola salir de su fascinación—. Y por cierto, puedes llamarme simplemente Matilda. ¿De acuerdo?

    Antes de que Carrie respondiera, comenzó a caminar hacia las escaleras y luego a bajarlas con cuidado. Carrie la siguió con su mirada.

    —Espero nos podamos ver pronto, y que no sea hasta tu próximo cumpleaños. Piensa en mi propuesta, sin presiones.

    —Sí, lo haré —exclamó Carrie con ligera fuerza, esperando que la pudiera escuchar.

    Siguió mirando como bajaba hasta llegar de nuevo al campo. Una vez ahí, Matilda se giró hacia ella y se despidió con un casual movimiento de manos, que Carrie respondió, aunque no tan efusivamente. Matilda inmediatamente después emprendió camino hacia el edificio principal. Cuando ya no estuvo en el rango de visión de Carrie, ésta se quedó contemplando en silencio el teléfono entre sus dedos. Se quedaría varios minutos ahí, casi media hora, pensando en todo lo que aquella plática significaba, o podría significar.

    Tuvo inevitablemente que ponerse de pie y emprender la marcha para no faltar a otra clase más. Aunque, ya en esos momentos, poco le importaban realmente las clases.

    ****​

    Cuatro años más tarde, en el patio del Hospital Psiquiátrico Eola, Matilda recodaría perfectamente todas esas pocas, aunque muy significativas, conversaciones que tuvo con aquella chica. Recordaría su rostro, recordaría su voz, recordaría sus ojos temblorosos, y su sonrisa tímida. Pero sobre todo, recordaría su horrible imagen final, que se quedaría tatuada para siempre en su memoria desde aquella espantosa noche del 27 mayo…

    En ese momento, el teléfono que sujetaba entre sus manos comenzó a temblar y luego a sonar con significativa fuerza, pues lo tenía sujeto muy cerca de su rostro. Esto la alarmó, al inicio por la forma tan repentina y drástica en la que había roto el absoluto silencio en el que se había cernido, y luego por el hecho de que se suponía que dicho teléfono ni siquiera debería de poderse encender. ¿No estaba tan averiado como realmente creía, acaso? Como fuera, no se lo cuestionaría mucho en ese momento.

    Echó un vistazo en la pantalla, y aunque ésta parecía sí estar un poco afectada pues se veía algo difusa, sí logró ver el nombre de la persona que llamaba: Jane Wheeler, como si fuera algún tipo de broma cruel del destino… o de seguro se trataba de algo bastante diferente al destino. Debatió consigo misma unos instantes entre responder o no, pero al final la respuesta le pareció más que obvia; sin importar qué, realmente necesitaba hablar con Eleven en esos momentos, y quizás por eso mismo le estaba llamando.

    Aceptó la llamada y colocó el teléfono a un lado de su oreja derecha, mientras con la mano contraria se agarraba un poco su adolorida cabeza.

    —¿Ahora arreglas teléfonos a distancia? —murmuró en un tono demasiado serio para ser de broma.

    —Estabas pensando en Carrie, ¿cierto? —Le cuestionó sin muchos rodeos la voz de su mentora al otro lado de la línea—. Cole no debió haberte dicho eso; entiendo lo que quería hacer, pero no debió haberlo hecho de esa forma. Lo lamento.

    Matilda rio un poco por dentro. Ya a esas alturas, nadie se cuestionaba como Eleven sabía algo; siempre uno tenía que dar por hecho que ella podría estar viéndolo en ese mismo momento, lo cual podría ser un poco aterrador a veces.

    —¿Estás bien? —Le preguntó Eleven con tono tranquilo. Matilda suspiró, e inclinó el cuerpo hacia adelante, casi como si quisiera ocultar su cabeza entre sus muslos.

    —No… no estoy bien —le respondió con voz pesada—. Su madre y sus compañeros hicieron la vida de esa chica un infierno. Pero yo… yo le hice algo mucho peor, algo mucho más cruel…

    Hubo un segundo de silencio, y luego Eleven se encargó de terminar su afirmación:

    —Le diste esperanza.

    Esperanza, eso que lograba mover a tantos, pero al final podía también hacer caer tan duro a otros. Matilda respiró con profundidad y se permitió cerrar ligeramente sus ojos, reflexiva.

    —Y ahora lo estoy haciendo de nuevo con Samara…

    FIN DEL CAPÍTULO 25

    NOTAS DEL AUTOR:

    —Al igual que con Carrie, la representación de Margaret White estará mayormente basada en la versión de la película de Carrie del 2013, con algunos aspectos de la novela original de Stephen King.

    —De momento la historia de Carrie y Matilda se quedará hasta aquí para retomar en el siguiente capítulo la trama del presente. Pero descuiden, se irá revelando todo lo demás que ocurrió en aquel entonces conforme la historia progrese, en capítulos posteriores.
     
  6.  
    WingzemonX

    WingzemonX Entusiasta

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    Título:
    Resplandor entre Tinieblas
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Misterio/Suspenso
    Total de capítulos:
    30
     
    Palabras:
    5253
    Resplandor entre Tinieblas

    Por
    WingzemonX


    Capítulo 26.
    Plan de Acción

    —No sirvo para ser psiquiatra —masculló Matilda como un lamento al teléfono, mientras pasaba sus dedos por su cabello de forma nerviosa; Eleven la escuchaba atenta en la línea—. Podre tener la inteligencia, la memoria y los conocimientos… pero no tengo esa frialdad emocional que se necesita para no tomarse de manera personal cada caso. Me digo a mí misma que no debo hacerlo, pero simplemente…

    Matilda respiró lento, intentando tranquilizarse. No era el tipo de personas que perdía la compostura con frecuencia, y ese acto violento en la cafetería ya se había sido suficiente hacia ese terreno.

    Luego de un pequeño tramo de silencio, escuchó de nuevo la voz de Eleven resonar por la bocina de su teléfono. Ella sonaba mucho más calmada y serena; siempre era tan inalterable, al menos desde su punto de vista.

    —Cuando me dijiste por primera vez que querías ayudar activamente en la Fundación, yo no deseaba una psiquiatra, sino a ti, Matilda. Esa falta de frialdad emocional que describes, es justo por lo que siempre serás la mejor para tenderles la mano a estos niños. No has hecho nada incorrecto, ni con Carrie, ni con Samara, ni con ningún otro. Las cosas a veces simplemente no pasan como deseamos, y no es nuestra culpa.

    Matilda suspiró pesadamente. Se sentó derecha en la banca, y pasó los dedos de su mano libre por la comisura de sus ojos. No había rastros tangibles de lágrimas, a pesar de que las había sentido en un determinado momento.

    —Gracias por eso —musitó despacio—. Y gracias también por salvarme la vida en ese hospital. Fuiste tú, ¿cierto?

    La pregunta era una simple formalidad, pues estaba segura de que había sido ella; aún en medio de toda esa confusión y miedo, lo pudo sentir.

    —No quiero que pienses que te estaba espiando —respondió Jane con tono relajado.

    —Aunque lo hubieras estado haciendo… gracias —susurró Matilda despacio, sintiéndose realmente honesta, sobre todo en ese pequeño “gracias” al final.

    A kilómetros de ahí, Eleven igualmente hacía su propio esfuerzo por mantenerse calmada ante el recordatorio de su exitoso “rescate”, que sólo ella y Mike sabían de momento no había sido de hecho tan exitoso.

    —No me gusta que estemos peleadas, Matilda Linda —susurró, procurando sonar lo más casual posible—. Especialmente por un simple malentendido.

    —No estoy peleada contigo, sólo… —Matilda caviló unos instantes qué responder, pero no fue capaz de hilar las frases de manera coherente. Se tomó un momento para contemplar el cielo sobre ella, que ya era más oscuro que rojizo para esos momentos; incluso ya se podían apreciar las estrellas más brillantes—. Dicen que la genialidad inevitablemente siempre vendrá acompañada de su dosis de egocentrismo y orgullo propio. Yo siempre pensé que era la excepción a ello, hasta que lentamente se hizo una realidad sin que me diera cuenta siquiera. —Una pequeña risilla irónica se escapó de sus labios—. Empezando por el hecho de que me acabo de llamar “genio” a mí misma, ¿cierto?

    Eleven igualmente rio un poco, aunque recuperó rápidamente su postura más seria.

    —Nunca fue mi intención atacar tu orgullo, si a eso te refieres —le indicó con solemnidad—. Cómo dije hace un momento, a veces las cosas no pasan como deseamos, o sencillamente nos sobrepasan. Y cuando esos momentos llegan, no hay nada de malo en recibir ayuda de alguien más.

    —Sí, mi madre me dijo algo parecido en una ocasión —señaló pensativa, haciendo memoria de aquello de lo que estaban hablando aquella tarde, justo antes de que viera por primera vez a Carrie White…

    No, no podía seguir permitiendo que su mente divagara en esa dirección y se perdiera de nuevo en ello. Carrie White era parte del pasado, lo importante era el lugar y situación en el que se encontraba en ese preciso momento.

    —Lo entiendo, y me disculpo por mi actitud infantil, Eleven —declaró con firmeza—. Entiendo que quieras asegurarte en hacer lo mejor para Samara al igual que yo. Pero… ¿enserio? —El escepticismo en la voz de Matilda se volvió bastante marcado por unos instantes—. ¿Demonios y fantasmas? ¿En verdad crees en todo eso? ¿O crees que algo de eso realmente tiene que ver con lo que le ocurre a Samara?

    Matilda la pudo escuchar suspirar profundamente al otro lado de la línea. En su primera video llamada, le había dicho que no era un tema apropiado para hablar por ese tipo de medios; sin embargo, evidentemente ya no le quedaba de otra, dadas las circunstancias.

    —Escucha —dijo Eleven con un voz suave y calmada, aunque un poco fría—, tú conoces mi historia, sobre cómo nací y cómo fui criada y entrenada desde niña para usar mis poderes, ¿correcto?

    —Sí —respondió Matilda, un tanto insegura.

    —Pues bueno, hay una parte de esa historia que no conoces, o no del todo. Cole llama a estos seres como demonios y fantasmas porque su creencia y su crianza así hicieron que los identificara. Si no te sientes cómoda con esos términos, no tienes que usarlos. Pero hay algo que yo te puedo asegurar, con completa convicción y conocimiento, y es que sí existen otros mundos; mundos diferentes, y a la vez muy parecidos, a éste en el que vivimos. Decenas, quizás cientos. Y en estos mundos habitan criaturas muy diferentes a cualquier otra persona, planta o animal que hayas conocido. La mayoría de las veces están muy, muy apartados de nosotros, y no tienen interacción alguna con nuestro mundo. Pero en otras, son capaces de entrar y crear desastres como no puedes imaginarte. Y la influencia y el daño que pueden causar a las personas, es imposible de dimensionar.

    Matilda escuchaba todo con mucha, mucha atención. La manera tan calmada y segura en la que decía todo eso, la tenía más que intrigada. No había en su tono o palabras algo que se abriera a la posibilidad de que estuviera bromeando, o que estuviera intentando decir otra cosa diferente a lo literal.

    —¿Son fantasmas o demonios?, quien sabe —prosiguió Eleven—. Yo sólo los conozco con un nombre: monstruos, monstruos bastante reales, y que he tenido que enfrentar desde que era una niña. Yo poseo una sensibilidad especial a este tipo de criaturas, y mi habilidad de poder ver y sentir lo que ocurre en otras partes, puede también en ocasiones atravesar a estos otros mundos sin que yo lo quiera, y crear un nexo entre ambas realidades. Hay otros con esta misma sensibilidad como la mía… pero la de Cole es excepcional —eso último lo había señalado recalcadamente—. La manera en la que él pude conectar, percibir, e incluso controlar estas energías y planos, es increíble. Es la mejor ayuda que puedes tener para este tipo de fenómenos, incluso mejor que la mía.

    La cabeza de Matilda daba vueltas, pero se las arreglaba para ir acomodando cada dato de información como los libros de un estante, identificando qué de todo ello era lo más importante para colocarlo justo a la altura de su rostro y así poder leer mejor su título. Pero, ¿qué era lo importante con esa conversación?, ¿en qué debería de enfocarse? ¿En los otros mundos, sus monstruos o que el tal Cole Sear al parecer era un experto certificado en todo ello por la misma Eleven? Ni siquiera era capaz de aceptar del todo que eso era real.

    —¿Por qué nunca había oído hablar sobre eso? —Cuestionó Matilda, un poco a la defensiva.

    —Creo que Cole se los dijo hace un rato, ¿no es cierto? —señaló Eleven—. No son temas que cualquiera pueda manejar. Saber que hay personas con habilidades que pueden ser mal usadas y causar un gran daño, es ya bastante aterrador. Saber que además existen criaturas sin la menor pizca de moralidad o escrúpulos que pueden hacer las mismas cosas, o incluso peores… bueno, es un tema que prefiero manejarlo de forma más discreta. Espero me comprendas.

    Claro, la clásica táctica de ocultarles información a las personas que no son capaces de comprenderla, para evitar su pánico y confusión. Estaba confundida, pero aún no en pánico.

    —No puedo decir que entiendo, o siquiera creo, en todo lo que me dices —declaró Matilda tajantemente—. Pero, supongamos por un momento que es así… ¿Qué viste en este caso que te hizo pensar que podría haber algo como eso involucrado? La habilidad de Samara es extraña, pero no lo suficiente para considerarla “demoníaca”. ¿Qué viste que yo no?

    —Te lo dije antes, ¿recuerdas? No es lo que vi, sino lo que no vi. —Esa frase tan enigmática de nuevo no hizo mucho efecto en alivianar el estado de ánimo de la castaña—. Hay algo en esta niña que le hace falta, Matilda. Algo que perdió, o que quizás nunca tuvo. No sé decirte con seguridad qué es, pero me causa una sensación bastante incómoda, que sólo puedo comparar a la que he sentido al tener de frente a una de estas criaturas de las que te hablo.

    —¿Crees acaso que está poseída por uno de esos monstruos o algo así? —Ironizó Matilda.

    —No sería tan raro, lo he visto antes; incluso un muy buen amigo nuestro sufrió por ello cuando éramos niños.

    —¿Hablas enserio? —Inquirió Matilda, incrédula.

    —Claro que sí. Pero no sé si se trate de eso. Por eso quiero que dejes que Cole la revise y pueda determinar mejor qué es lo que sucede, si aceptas ahora sí trabajar con él.

    Matilda guardó silencio, un pequeño silencio reflexivo.

    —Supongo que mi disculpa anterior carecería de sentido si me niego —respondió tras esos segundos de cavilación, aunque no sonaba precisamente convencida—. ¿Qué haremos a continuación, entonces?

    —Eso lo discutiremos en un segundo, cuando Cole y Cody estén ahí contigo.

    Matilda tuvo el impulso inconsciente de cuestionarle a qué se refería, pero unos segundos después se daría cuenta de lo necio que resultaría eso. Las puertas que daban al patio se abrieron, y los pasos de dos personas se hicieron notar entre toda la calma. Matilda se giró sobre su hombro, y ahí los vio acercarse a ambos: Cody del lado derecho, Cole del izquierdo, y éste último sujetando otro vaso con café en él.

    La psiquiatra se mantuvo apacible en la banca mientras se le acercaban.

    —Vengo en son de paz —declaró Cole fervientemente, alzando sus manos en señal de rendición de una forma un tanto cómica—. ¿Café?

    Le extendió en ese momento el café que traía en su mano. Matilda sólo lo miró unos segundos con expresión neutral.

    —No gracias.

    —Vamos, es la única de los tres que puede beber esta cosa —señaló el Detective con tono burlón. No del todo convencida, pero sí resignada, extendió su mano y tomó el vaso de café con su mano libre; sólo para tenerlo cerca.

    —Eleven nos llamó y dijo que te viniéramos a buscar aquí —indicó Cody a continuación.

    —Sí, lo supuse —les respondió no del todo animada.

    —¿No tienes algo que decir, Matilda? —Escuchó en ese momento que Eleven murmuraba en el teléfono, aún pegado contra su oreja.

    Matilda respiró lentamente, y cerró sus ojos unos segundo intentando mentalizarse. Apartó el teléfono de su oído un poco y miró a Cole, aunque no directamente.

    —Lo siento —masculló con gran esfuerzo, como si se estuviera arrancando algo doloroso incrustado en la piel—. Mi reacción fue exagerada e infantil.

    —Descuide, Doctora —le respondió Cole con una sonrisa casual, sin darle aparentemente mucha importancia al tono casi forzado de su disculpa—. La mía no se quedó atrás. Y, si le soy sincero, muchas veces la mejor forma de empezar una buena amistad es con un buen golpe, aunque sea psíquico. —Extendió su mano hacia ella de nuevo en forma de saludo, similar a como lo había hecho unas horas atrás en aquella cafetería de Portland—. ¿Amigos?

    Matilda contempló su mano en silencio por un rato, y por un segundo Cody, y el propio Cole, pensaron que de nuevo rechazaría el tomársela. Para su sorpresa, luego de unos momentos pasó su teléfono de su mano derecha a la izquierda y estrechó la mano que le ofrecían, aunque no muy efusivamente.

    —Colegas, mejor dicho —aclaró con voz enturbiada. Cole, por su lado, se encogió de hombros con conformidad.

    —Es un progreso.

    —Lo mismo digo —añadió Cody con alivio.

    —Bien hecho, Matilda —felicitó la voz de Eleven en el teléfono, un segundo después de que se soltaran las manos—. Ahora, ponme en altavoz.

    Matilda obedeció y de inmediato encendió el altavoz del teléfono y lo colocó acostado frente a ella. Cody y Cole rodearon la banca y se colocaron de pie frente a ella para poder escuchar mejor, y que Eleven también los oyera a ellos.

    —Han tenido un día muy pesado, muchachos —comenzó a murmurar la voz de su mentora en el teléfono—, y lo que menos quiero es entretenerlos y que no descansen lo que se merecen.

    —Descuida, Eleven —comentó Cody con entusiasmo en su voz, posiblemente por el hecho de escuchar de nuevo a Eleven luego de un largo tiempo—. Y gracias por sacarnos de ese problema con la policía.

    —Era lo menos que podía hacer. Y yo debo agradecerte a ti por todo tu apoyo, Cody, pese a que nada de esto hubiera sido un caso que la Fundación te solicitara directamente.

    Cody rio un poco y sus mejillas se ruborizaron, aunque apenas y esto era apreciable por la poca luz que los iluminaba en esos momentos.

    —Yo estoy siempre dispuesto a ayudar en lo que pueda —declaró el profesor con tono firme.

    —Yo sé que sí, muchacho. Pero bueno, es hora de marcar nuestro plan de acción —el tono de Eleven cambió drásticamente de jovial y despreocupado, a uno mucho más serio—. Tenemos varios puntos que tratar, y el primero es Lily Sullivan.

    Matilda cerró por reflejo los ojos, y puso una mueca similar a como si le hubiera venido de pronto una pequeña punzada estomacal. Pudo ver de inmediato que el momento de los abrazos, los besos y los “todos nos queremos” había pasado, y era el turno de los regaños; de hecho ese tono en la voz de Eleven, era claramente su voz de regaño, por qué en efecto, tenía una… y bastante aterradora.

    Eleven prosiguió.

    —Si Lucy no me hubiera informado de tu repentina petición de información, Matilda, jamás me hubiera enterado de este caso nuevo, del cuál no se me solicitó evaluación previa para determinar si debíamos intervenir en él o no.

    —Fue algo repentino y de último momento, y decidí actuar rápido —se intentó justificar la psiquiatra, ligeramente a la defensiva—. Además, no tenía intención de que esto fuera un caso tratado por la Fundación…

    Eleven le interrumpió abruptamente con autoridad:

    —Pues se volvió uno en el momento en el que involucraste a Cody y a Lucy, y en el que se presentaron como tal ante esas personas.

    Matilda y Cody se miraron el uno al otro como si hubieran sido los cómplices de una travesura, y los acabaran de sorprender en el acto.

    —Yo fui quien decidió hacer eso, Eleven —se apresuró Cody a aclarar—. Matilda no tuvo que ver…

    —No, no me defiendas, Cody —intervino Matilda, solemne—. Eleven tiene razón. Lo siento de nuevo; deje que mi… orgullo lastimado no me permitiera reaccionar como era debido.

    —¿También eso fue por mí, entonces? —Comentó Cole con ironía, ganándose una mirada nada agradable por parte de la castaña.

    —Tu intención fue la correcta, Matilda —señaló Eleven—. En vista de la información que Lucy te consiguió, hay bastante para suponer que esta niña no sólo tiene el Resplandor, sino que ha hecho un mal uso de él desde temprana edad.

    —Pero no pudimos verificarlo con seguridad, pues ni siquiera pudimos ver a la niña antes de lo ocurrido —concluyó Cody, encogiéndose de hombros.

    —Lo que me lleva a segundo punto. El secuestro de esta niña y nuestra presencia en ese sitio, fueron hechos que ocurrieron por mero azar. Sin embargo, lo que menos nos conviene es que nos sigan ligando directamente con este hecho. Para bien o para mal, esto llamará bastante la atención y muy probablemente no de la que nos gustaría. —Hubo una pequeña, pero profunda, pausa reflexiva al otro lado de la línea—. Además de que es evidente que su secuestradora tenía un… aliado bastante peligroso cuidándola.

    La respiración de Matilda se cortó un poco, pero en esa ocasión su reacción fue un tanto más diluida que las anteriores. Evidentemente su mente comenzaba a digerir lo sucedido poco a poco

    —Así que —Eleven concluyó—, si alguno pensaba involucrarse de manera activa en la búsqueda, le pediré que desista de ello y se lo dejen a las autoridades.

    —Con todo respeto —comentó Cole de pronto, dando un paso al frente—, pero la policía convencional quizás pueda seguirle la pista a la tal Leena Klammer, pero ese otro individuo del que hablan creo que será otra historia.

    —Si obtenemos una foto de Lily Sullivan, alguno de los rastreadores podría saber en dónde está —propuso Cody a continuación—, y le podríamos pasar el dato a la policía…

    —No lo recomiendo —sentenció Matilda con frialdad, un segundo antes de que la propia Eleven lo hiciera—. Yo toqué una foto de ella anoche, y… fue algo que no le recomendaría hacer a nadie, especialmente a alguien con una sensibilidad mayor a la mía como Lucy o los otros rastreadores. Sin mencionar a ese otro individuo…

    Era una preocupación que compartían tanto Matilda como Eleven. Se volvió muy obvio en ese momento que ninguna protección mental bastaría para protegerse de ese sujeto, quien quiera que fuera. Si cualquiera de los miembros de la Fundación hacia el intento de rastrearlo por ese medio, aquello sólo podía terminar en un desastroso resultado.

    “Cuando miras al abismo, éste te mira de regreso”; nunca esa frase había tenido tanto sentido, incluso casi literal, como en ese momento.

    —Pero no podemos simplemente dejar esto así como así —comentó Matilda con más seguridad—. Si hay alguien tan poderoso allá afuera secuestrando niños que resplandecen, no podemos ocultarnos bajo la mesa.

    —No es tu caso, Matilda —enunció Eleven con voz seca—. Tú estás ahí en Oregón por la niña Morgan, ¿lo olvidas?

    Matilda guardó silencio, pues no tenía realmente algo con que objetarlo. Era cierto, Samara era quien la había llevado a ese sitio; no Lily Sullivan, no Doug Ames, y definitivamente no Leena Klammer. Ese mismo día, por haberse ido e ignorado sus obligaciones con Samara, algo horrible había ocurrido, algo con lo que tendría que lidiar a partir del día siguiente.

    —Yo me encargaré de intentar dar con la identidad de este individuo —informó Eleven—, sin exponer a nadie más a él de manera deliberada, obvio. Pero ustedes deben tener cuidado; especialmente tú, Matilda, pues te vio y es probable que ya sepa quién eres. ¿Hay algo que puedas decirme de él que nos facilite descubrirlo?

    Matilda se inclinó al frente, sin soltar su teléfono en altavoz, y miró pensativa al suelo mientras buscaba como responder a esa pregunta.

    —No sé si lo que vi era real siquiera… pero me pareció que era un chico, joven, de diecisiete o dieciocho, de ojos azules y cabello negro. Era apuesto, pero… abrumadoramente aterrador. ¿Tú no pudiste ver algo más de él?

    De nuevo, un silencio… corto, pero bastante denso.

    —No, me temo que no —les respondió tras un rato con voz neutra—. Me mencionó un nombre: Abra; me pareció que creyó que era esa persona, por lo que quizás sea alguien que también resplandece. ¿A alguien le resulta familiar?

    Los tres se miraron entre ellos, ninguno con alguna idea que proponer.

    —No, no lo creo —respondió Cole, exteriorizando el pensamiento de los otros dos.

    —No importa. Veré qué podemos hacer al respecto, pero de momento es mejor no involucrarnos más con todo eso. Matilda y Cole, deben dejar a un lado sus diferencias iniciales y concentrarse en el caso de Samara Morgan.

    —Yo estoy más que dispuesto a hacerlo —señaló Cole con tono burlón, mirando entonces de reojo a Matilda—, si la Dra. Honey acepta mi ayuda.

    Matilda lo miró de reojo también, inexpresiva.

    —Será algo interesante de ver —murmuró la psiquiatra, no precisamente muy emocionada con la idea.

    —Yo también deseo hablar un día con ella como habíamos quedado —intervino Cody en la conversación—. Quiero… saber un poco más sobre lo que puede hacer.

    Y era cierto, sobre todo luego de lo que había visto en esa habitación, y tras todo lo que Cole les había dicho sobre fantasmas y demonio, todo un mundo nuevo sobre el Resplandor que él ignoraba por completo. Esa niña era un misterio, sin duda… un misterio que lo aterraba, pero al mismo tiempo fascinaba un poco.

    —Pero ya falté un día a clases, así que tendría que ser hasta el sábado, si acaso.

    —Lo arreglaré —asintió Matilda—. Gracias, Cody.

    —Bien, me agrada cuando todos se llevan bien —comentó un poco risueña Eleven al teléfono—. Dicho esto, creo que sería todo de mi parte. Pero antes de despedirnos… Cole, ¿puedo hablar un minuto contigo a solas?

    Las miradas de Matilda y Cody se clavó instintivamente en Cole, quien parecía igual de confundido que ambos sobre esa petición tan repentina.

    —Descuiden —ironizó el policía —, de seguro sólo me quiere regañar por lo de hace un momento. ¿Me permite?

    Matilda, un poco de mala gana, extendió su teléfono hacia él, resignada.

    —No sé qué tanta vida le quede en realidad.

    Cole tomó el teléfono entre sus dedos, le quito el altavoz y se alejó unos cuantos pasos de ellos con el teléfono en su oído; “puedo hablar contigo a solas” definitivamente era una forma amistosa de decir que quería decirle algo que los demás no necesitaban, o no debían escuchar. Eso no hacía muchas maravillas en aliviar esa sensación de exclusión que tan agobiaba a Matilda, pero que había prometido manejar mejor.

    —¿Ya te encuentras mejor? —Le preguntó Cody, aprovechando que ya estaban un poco más solos.

    Matilda suspiró.

    —Más tranquila, sí. ¿Mejor?, eso es relativo.

    Ambos miraron en silencio a Cole hablando lo suficientemente alejado como para que ninguno lo escuchara con claridad. Al menos ninguno de ellos podía leer la mente, así que realmente podían tener privacidad en una situación así.

    —No me vas a regañar de verdad, ¿o sí? —Bromeó Cole una vez que ya estuvo en la posición correcta.

    —Debería hacerlo —respondió Eleven con voz gélida—. ¿Sabías lo que causarías si mencionabas a Carrie White?

    —No del todo. Sólo pensé que si tenía cosas dentro, era mejor que las sacara todas de una vez.

    —¿Ahora tú eres el psiquiatra? —Su tono era claramente de reproche, aunque casi de inmediato le siguió una pequeña risa burlona—. Te lo dije, ¿no es cierto? Nunca has conocido a alguien como ella antes.

    —Definitivamente no. —Se giró ligeramente para ver sobre su hombro a sus dos acompañantes, aunque más concretamente a la mujer sentada en la banca—. Es aún más impresionante de lo que tú y los demás me comentaron. Y también más hermosa…

    —No te sugiero ir por ese camino —sentenció Eleven con algo de dureza.

    —Hey, no estoy insinuando nada, sólo comento una verdad muy evidente. Además, es obvio que no somos nada compatibles, ¿cierto?

    Eleven sólo respondió a su pregunta con un largo suspiro que dejó abierto a su interpretación.

    —Pero no era de eso de lo que quería hablarte —aclaró—. Es sobre el individuo que atacó a Matilda. No quería decirlo con ella escuchando, pues aún sigue muy alterada… pero realmente no es alguien ordinario, incluso para los estándares de los que son como nosotros. —Guardó silencio unos momentos, un frío silencio—. Te seré sincera… me aterró…

    —¿De verdad? —Murmuró Cole sorprendido de escuchar tal afirmación—. Eso es bastante inusual viniendo de ti. ¿Tan poderoso era?

    —No sé si esa sea la palabra adecuada. Pero me exigió cada gramo de fuerza el poder repelerlo, y no estoy segura si podré hacerlo de nuevo si la situación se repite.

    Si Cole no estaba intrigado antes, ahora realmente lo estaba. Por todo lo que había escuchado suponía que era alguien de gran poder… ¿pero tanto incluso como para preocupar a Eleven? Entendía porque no quería que Matilda y Cody la escucharan… pero ahora se preguntaba si él hubiera preferido haberse quedado en la misma ignorancia que ellos.

    Eleven continuó.

    —Mi sentido común me dice que intentar descubrir quién es y para qué quiere a esa niña, es jugar con fuego, y que deberíamos dejar las cosas como están.

    —Lo entiendo —murmuró Cole, despacio—. Es una situación inusual, normalmente todos siempre te ven como alguien invencible. Pero, ¿es realmente eso lo que no quieres que la doctora escuche? ¿O se trata de algo más? —Eleven calló—. ¿Sentiste también algo… inusual en él? ¿Algo como con esta niña?

    De nuevo, unos instantes de silencio que causaron un poco de ansiedad en el Detective.

    —No lo sé… —murmuró la señora Wheeler tras unos instantes—. Sólo ten cuidado, ¿sí? Y protege a Matilda a cualquier costo.

    —Lo haré. —Soltó entonces una pequeña risilla… que no supo bien si era divertida o nerviosa—. Realmente es tu favorita, ¿verdad?

    —Yo no tengo favoritos —respondió Eleven de inmediato, casi ofendida por la insinuación—. Seguiremos en contacto, ¿de acuerdo?

    —Muy bien, te informaré de cualquier cosa que vea.

    Una vez que Eleven colgó, Cole se tomó unos momentos antes de volver con los otros dos. Sujetó el celular entre sus dedos, y miró un rato pensativo hacia el resto del patio de recreo. Desde aquel día en que recibió esa fortuita llamada de Eleven, hasta ese momento, con esa pequeña conversación que acababan de sostener, las cosas parecían irse complicando cada vez más y más… Una asesina con cuerpo de niña, otra más que podría estar siendo poseída por un demonio, y un individuo con habilidades tan incomprensibles que podían rivalizar con Eleven… o, incluso superarla… ¿En qué se había metido? ¿Sería muy tarde para volver a Filadelfia?

    Pasó su mano por sus cabellos rubios y cortos, e intentó recuperar la compostura lo mejor posible. No tenía que ver su propio rostro para saber que éste de seguro se encontraba aterrado; incluso podía sentir su mano temblarle un poco, pero no podía dejar que esa sensación le dominara. Se giró de nuevo hacia sus nuevos amigos, con una amplia y reluciente sonrisa llena de confianza. Caminó hacia ellos con paso seguro, y se paró frente a Matilda para extenderle de nuevo su teléfono.

    —Aquí tiene, Doctora —le señaló con normalidad. Matilda tomó el teléfono de regreso, y antes de que se le ocurriera preguntarle de qué hablaron, el detective se apresuró a chocar las palmas de su mano, creando un sonoro “clap”, y luego se adelantó para hablar primero—. Entonces, creo que ya ha sido mucho ajetreo por un día. Será mejor ir a descansar, ¿no creen?

    Matilda lo miró fijamente con expresión suspicaz, pero Cole no se mutó.

    —Sí, será mejor que ambos se vayan a descansar —comentó la castaña, al parecer dispuesta a dejar dicho tema así, lo que provocó alivio en Cole.

    —Yo pediré un transporte a Seattle, antes de que se haga más tarde —indicó Cody, quien de inmediato sacó su propio teléfono.

    Matilda soltó un pequeño quejido en ese momento, y chocó su palma derecha contra su frente.

    —Cody, lo siento tanto —exclamó con preocupación, poniéndose de pie rápidamente—. Yo debía llevarte de regreso… pero le prometí a Samara que pasaría la noche aquí por si me necesitaba.

    —Oye, descuida —se apresuró Cody a responderle, sonriéndole despreocupado—. Yo puedo pedir un auto. Saldrá un poco caro, pero…

    —No, no —masculló la psiquiatra rápidamente—. Nada de eso, yo te llevo y luego volveré.

    —¿Hasta Seattle? —Mustió Cole, escéptico—. Volvería en la madrugada, Doctora. No puedo permitir que haga eso. ¿Por qué no te quedas esta noche en Salem, Cody?, te saldrá casi lo mismo posiblemente.

    Cody miró a Cole unos momentos, y luego bajó su mirada pensativo. Ambos notaron como sus dedos delgados rodeaban su teléfono con un poco de fuerza.

    —No puedo… —susurró despacio, casi como si le doliera algo—. Necesito ciertas cosas para poder dormir bien, que no traje conmigo. Y no puedo dormir en un hotel; demasiadas personas cerca. Necesito volver a mi casa, lo siento.

    Cole lo miró sin comprender, pero Matilda sí lo hacía, o al menos se podía dar una idea de a qué se refería. Cody tenía absoluto control de su habilidad mientras estaba despierto. Sin embargo, esto no era así cuando dormía, pues tendía a salirse de control especialmente cuando tenía alguna pesadilla fuerte. Ella nunca había visto directamente lo que ocurría en esos momentos, pero decían que podía afectar el espacio a su alrededor de formas inimaginables, y peligrosas para cualquiera que estuviera cerca. Eleven le había enseñado a controlarlo la mayoría del tiempo, pero no era una garantía de éxito. Por ello vivía solo, en una casa un poco apartada de cualquier vecino, y cuando era necesario tomaba ciertos medicamentos para dormir que inhibían sus sueños. Procuraba no tomarlos pues dichos medicamentos podían tener efectos secundarios desagradables en él. Pero ese había sido un día agitado… o al menos más agitado que la mayoría de sus días, de seguro.

    Cody notó como Matilda lo miraba con preocupación, por lo que se apresuró a sonreír y hablar despreocupadamente

    —Pero descuiden, no soy un niño —exclamó—. Te veré el sábado, ¿de acuerdo?

    —Gracias, Cody —murmuró Matilda, y se atrevió a darle un pequeño abrazo de despedida—. Y disculpa por meterte en todo esto.

    —Lo hago con mucho gusto —le respondió el profesor despacio, regresándole el abrazo.

    Tras separarse, Cody se dirigió al interior del edificio para hacer su llamada.

    —Yo también puedo quedarme aquí si me necesita —comentó Cole mientras miraba como Cody se alejaba caminando—. Tengo una reservación en Salem, pero puedo llamar para decir que me esperen hasta mañana.

    —¿Enserio haría eso? —murmuró aprensiva, volteándose hacia él con los brazos cruzados. Antes de decir algo que resultara más hiriente, como quizás un “¿enserio cree que podría necesitarlo para algo?”, respiró hondo por su nariz y pensó mejor las cosas. Era mejor llevar la fiesta en paz de ahí en adelante, al menos lo más posible—. No, descuide. Tuvo un largo vuelo y no se ha detenido ni un segundo desde que aterrizó. Vaya a Salem, aproveche el vehículo que va a pedir Cody para que lo deje de paso. Mañana hablamos.

    —Cómo usted ordene, jefa —respondió Cole, haciéndole una burlona seña militar que a Matilda no hizo gracia—. Descanse, doctora.

    Matilda le sonrió de forma forzada y lo despidió con un asentimiento de su cabeza. Cole se alejó al edificio para alcanzar a Cody, y cuando al fin estuvo sola se permitió sentarse un segundo de nuevo en la banca.

    Resopló con cansancio. Ella también ocupaba descansar, pero una sala de espera no sonaba al lugar ideal. Pero así era el trabajo. Tendría que dormir, y mañana lidiaría con demonios, fantasmas y quizás algunos duendes si tenía suerte.

    Tomó de nuevo su teléfono e intentó encenderlo. Para su sorpresa, una vez más no encendía. No respondió de ninguna forma, tal y como estaba antes de la llamada. Incrédula, recordó que había bromeado diciendo que Eleven ahora reparaba teléfonos a distancia, pero quizás no era tanto una broma después de todo.

    Quizás era cierto; había cosas del Resplandor, y de la propia Eleven, que ni siquiera ella conocía aún.

    FIN DEL CAPÍTULO 26
     
  7.  
    WingzemonX

    WingzemonX Entusiasta

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    Título:
    Resplandor entre Tinieblas
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Misterio/Suspenso
    Total de capítulos:
    30
     
    Palabras:
    5774
    Resplandor entre Tinieblas

    Por
    WingzemonX


    Capítulo 27.
    Sin Pesadillas

    La noche anterior a su pequeña aventura por Oregón, Cody Hobson se encontraba en la casa de Lisa Mathews. Tuvieron una cena ligera cocinada por ella, tomaron sólo media copa de vino pues al día siguiente tenían que trabajar, y poco después pasaron a la habitación e hicieron el amor de forma lenta y delicada, sin ninguna presión o apuro. Como amante, Cody se consideraba a sí mismo como promedio; esperaba que su falta de iniciativa o conducta aguerrida se compensara con su dedicación y cuidado a los detalles. La mayor parte del tiempo le era difícil estar seguro de esto, pues Lisa tendía a ser algo callada durante el acto. Sin embargo, cuando sentía sus delgadas piernas rodeando con fuerza su cadera, y sus dedos tomando sus cabellos violentamente, entonces podía estar seguro de que estaba haciendo un buen trabajo, y eso le daba mucha más confianza y libertad; esa noche Lisa hizo justo eso, un par de minutos antes de que alcanzaran juntos un silencioso y agradable clímax.

    Se habían conocido hace poco menos de un año, en una cena en honor a un veterano profesor de Ciencias Biológicas que impartía catedra en la Universidad de Washington, y con quien Cody había comenzado a construir una amistad casi desde que llegó por primera vez a Seattle. Lisa era bioquímica y trabajaba en el laboratorio de investigación de una compañía farmacéutica, al tiempo que estudiaba el Doctorado, en dónde tomaba una clase con dicho profesor y por ello fue invitada a la misma cena. El profesor, de apellido Carman, los había presentado, sin ningún motivo en especial salvo que “tuve el presentimiento de que ustedes dos se llevarían muy bien”. Tiempo después, y viendo en retrospectiva como habían terminado las cosas tras ese momento, Cody llegaría a preguntarse si algo de Resplandor había tenido que ver con ese “presentimiento”, pero al final concluyó que simplemente había sido buena suerte.

    O al menos, en un inicio era sin lugar a duda buena suerte.

    Lisa era de apariencia modesta, de cuerpo delgado, cabello negro y rizado, y coquetas pecas en su rostro. Cualquiera diría que no era precisamente muy hermosa, y que de hecho fácilmente podría pasar por la clásica chica que pasó sus años de Universidad clavada únicamente en sus estudios, con sus lentes de armazón grueso, su cicatrices del acné adolescente, o su actitud un tanto retraída, al menos durante un primer acercamiento. Pero para Cody, casi de inmediato se convirtió en el ejemplo mismo de lo hermosa, atractiva y sensual que podía ser una mujer, por dentro y por fuera.

    En un inicio todo fue perfecto. Las cenas ligeras, las películas de comedia y romance, las charlas sobre biología, bioquímica o cualquier otro tema al azar que tuviera poco o nada que ver con sus trabajos; y el sexo, definitivamente el sexo era algo especial, a pesar de esos momentos en los que el joven maestro de secundaria se presionaba a sí mismo en dar un buen papel.

    Cody nunca había considerado conscientemente la posibilidad de estar enamorado; de hecho, nunca habían usado las palabras “novio” y “novia”, al menos no entre ellos. Aun así, estaba seguro de que entre ambos había algo especial, y sabía que para Lisa era igual. Pero igualmente sabía que eso no duraría para siempre, y tarde o temprano surgiría algo que terminaría causando problemas. Ese algo comenzó a surgir desde hace un mes atrás. Desde entonces, esos pequeños momentos que anteriormente eran tan reconfortantes y agradables para él, terminaron por volverse casi como una ruleta rusa, en la cual podía o no surgir dicho tema a la superficie. Y Lisa aún no había reaccionado de manera explosiva a ello; normalmente era más un silencio frío.

    En aquel momento, Cody se encontraba sentado en la orilla de la cama, abotonándose de nuevo su camisa. Lisa mientras tanto reposaba, recostada y envuelta en su cobertor con su cabeza recostada en su abultada almohada.

    —¿Ya te vas? —Le había preguntado en cuanto se puso de pie, poniéndolo algo en alerta.

    —Mañana tengo clases —le respondió con normalidad, aunque quizás más cortante de lo que realmente quería.

    Luego de eso, Lisa se quedó en un reflexivo silencio. Y por un momento pensó que podría salir bien librado por esa ocasión. Se terminaría de vestir, tomaría su billetera y celular, le daría un dulce beso en la frente y la dejaría descansar tranquilamente hasta el día siguiente.

    Pero no fue así.

    —¿Por qué no te quedas esta noche? —le preguntó Lisa despacio, separando su cabeza de la almohada lo suficiente para poder ver su espalda. Cody se quedó helado—. La escuela está más cerca de aquí que de tu casa a las afueras.

    Cody permaneció callado, con sus dedos paralizados en la posición previa para abotonar sus últimos botones. Respiró despacio, y lentamente intentó proseguir con su labor.

    —Sería bastante extraño que llegara con la misma ropa que llevé hoy —comentó con un tono que intentaba ser divertido, pero estaba seguro de que no había sonado del todo así.

    —Los niños no se fijan en qué ropa usan sus maestros —respondió Lisa, sentándose por completo, dejando al descubierto su delgado torso, y sus pechos pequeños y rosados—. Y aunque fuera así, no es como si fueras algún adultero engañando a su esposa.

    —Supongo que no. Pero no tengo mi cepillo de dientes aquí, y me tengo que levantar más temprano que tú; odiaría que perdieras ese par de horas de sueño por mi culpa.

    —Qué considerado —masculló con un tono sarcástico, casi agresivo, justo antes de volver a recostar su cabeza en la almohada.

    Cody enmudeció por unos instantes al percibir ese sentimiento de rechazo brotar de sus palabras por primera vez. Quizás era en efecto la primera vez que lo oía, pero estaba seguro que no había surgido espontáneamente en ese instante. Desde hace ya un tiempo atrás había podido sentirlo germinar y crecer poco a poco, con cada momento similar a ese que se había suscitado.

    Podía, como en ocasiones pasadas, retirarse y dejar las cosas así, esperando que para el día siguiente todo se hubiera olvidado, y normalmente así ocurría. Pero tarde o temprano eso ya no sería así; negarlo sería simple terquedad de su parte.

    El profesor suspiró pesadamente, y se puso de pie de la cama. Su camisa estaba abotonada aunque desfajada, y aún le faltaban sus calcetines y zapatos que reposaban en la alfombra a un costado.

    —Oye… escucha —comenzó decirle con tono bastante inseguro—, no es lo que crees.

    —¿Qué es lo que creo? —murmuró Lisa con tajante frialdad, virando como pudo su cabeza recostada para mirarlo—. ¿Qué me tratas como si fuera tu prostituta?

    —No es así…

    —La primera vez que te lo pedí pensé que tal vez había cruzado una línea muy pronto. Pero ya casi llevamos un año juntos, y no tienes reparo en que hagamos el amor, pero pareciera que te apuntara con arma cada vez que te pido que te quedes a dormir aquí, o yo en tu casa. Incluso te inventaste no sé qué tantas excusas para no acompañarme en Navidad.

    —Lisa…

    —Si no hubiera estado ya en tu casa, pensaría que eres casado.

    —No soy casado.

    —Lo sé. No importa.

    Volvió a acomodar su cabeza en la almohada de forma aparentemente cómoda, y cerró los ojos como si quisiera indicarle que deseaba conciliar el sueño. No era como tal lo que deseaba, eso estaba seguro. Era más una forma de darle un punto y aparte a su discurso de enojo, por si éste no había quedado claro.

    Ver esta situación desde afuera debía de parecer incluso algo cómico. De todos los problemas diferentes que una pareja podía tener, ¿el no dormir juntos era realmente uno tan grave? Quizás a corto plazo a nadie le parecería así. Pero llegado un punto, llegado un momento en el que uno de ellos deseaba dar un paso más adelante, llegar más profundo en lo que la intimidad con el otro podía ofrecer, poco a poco podía crear una pequeña fricción que quizás terminaría por crear una grieta importante.

    Cody no sabía si dicha grieta ya se había formado, o sólo eran los primeros indicios de su llegada.

    Dio un paso hacia ella, pero realmente no fue capaz de avanzar más. ¿Qué podía decirle para justificarse? Los motivos secretos que lo orillaban a tener esa actitud eran tan difíciles de explicar, y aún más de entender. ¿Cómo podría someterla a algo así cuando él mismo en ocasiones envidiaba su ignorancia?

    Oportuno o no considerando el momento, su teléfono, colocando sobre el buró a un lado de la cama, comenzó a sonar incesantemente acompañado del sonido de vibración contra la superficie plana de madera. Miró un instante a Lisa, cuya única acción fue voltearse hacia su otro costado para darle la espalda al celular, y quizás por consiguiente a él mismo. Se acercó entonces lentamente al teléfono y revisó su pantalla. Era un número desconocido, aunque no realmente. Lo era ya que no lo tenía aún guardado en sus contactos, pero no ya que había recibido algunas llamadas de ese mismo número varios días antes, aunque no había atendido ninguna en su momento.

    Contestó de inmediato y acercó el teléfono a su oído derecho.

    —¿Hola? —murmuró despacio, casi como si en verdad temiera despertar a Lisa si alzaba de más la voz.

    —Cody, hola —escuchó sonar al otro lado de la línea la voz de Matilda Honey, confirmando su sospecha inicial al ver el teléfono en pantalla—. Lamento llamarte tan repentinamente, ¿estás ocupado?

    —¿Matilda? No, sólo estaba… —Se detuvo unos momentos y miró hacia Lisa. No se había movido ni un centímetro; seguía recostada, con la mitad de su espalda desnuda asomándose por debajo del cobertor. No creía ni un poco que realmente estuviera dormida, pero igual se apresuró a salir silencioso del cuarto—. ¿Qué ocurre? Te oyes alterada.

    Pudo escuchar a la psiquiatra respirar hondo, quizás intentando calmar unos nervios que la agobiaban.

    —Escucha, sé que esto es muy repentino y sin aviso, pero necesito pedirte un favor. ¿Podrías acompañarme a Portland mañana temprano?

    —¿A Portland? —exclamó Cody, un poco confundido. Ya se encontraba en esos momentos de pie en la sala estar, a unos metros de la puerta del cuarto—. Creí que la niña que estabas tratando se encontraba cerca de Salem.

    —Se trata de algo más —declaró con tono serio—. Es largo de explicar, te lo contaré mejor cuando nos veamos. Pero hay otra niña que estaba siendo tratada por un colega mío, y éste está ahora muerto. Él pensaba que la niña podía tener un Trastorno de Personalidad Antisocial.

    —¿Ósea que es una niña psicópata?

    —Algo así… Pero creo que puede ser algo más.

    Cody meditó un poco sobre esa última aclaración. Si lo llamaba con ese apuro para pedirle ayuda, no se tenía que especular mucho para hacer una teoría acertada de a qué se refería.

    —¿Algo más como de nuestra especialidad? —Murmuró despacio, casi como si fuera el cómplice de alguna travesura que le provocaba culpa por dentro.

    —Exacto. Quizás no sea nada, pero si es algo y no sé exactamente qué, me vendría bien algo de apoyo. Sé que es demasiado pedir, y que tendrías que faltar a tus clases. Si no puedes…

    —No, no, descuida —se adelantó a responder de inmediato, sin la menor duda en ello—. Ahí estaré. ¿Dónde nos encontramos?

    Matilda suspiró aliviada.

    —Gracias, Cody.

    Luego de buscar un rato en Google Maps, Matilda sugirió verse en un Starbucks cerca del edificio en el que se encontraban las oficinas de Asuntos Familiares. Una vez que colgaron, justo al darse la vuelta Cody se encontró con la delgada figura de Lisa envolviéndose en una bata de noche rosada, de pie en la entrada del dormitorio. Lo miró inexpresiva, casi como si realmente no fuera consciente de que estuviera ahí de pie todavía.

    —¿Quién es Matilda? —Inquirió con voz sobria.

    —Es una vieja amiga de hace muchos años.

    —¿De Alabama? —Su voz sonó algo incrédula—. ¿Qué hace en Portland?

    —Es psicóloga… digo, psiquiatra. Está atendiendo un caso en Salem, y al parecer le surgió otro en Portland y quiere mi ayuda.

    Lisa achicó sus ojos un poco, como si lo estuviera acusando en silencio de alguna fechoría.

    —¿Ayuda con qué? Eres un profesor de biología, no psiquiatra.

    Cody abrió unos centímetros su boca, pero no surgió palabra alguna de ella. Se quedó así unos instantes, antes de volver a cerrar sus labios. Su mirada había tomado un sentimiento culpable y cohibido.

    Lisa alzó sus manos hacia él en señal de “alto”.

    —Basta, no quiero que me inventes más excusas —declaró tan tajante que para Cody fue casi como una bofetada, y quizás hubiera preferido una en su lugar—. Mejor déjalo así. Tomaré un baño. Cierra al salir, ¿quieres?

    Si es que Cody tenía intención de ahora sí decir algo, igual no tuvo oportunidad de ello. Lisa se metió de nuevo a la habitación, luego fue directo al cuarto de baño y se encerró en él. Cody pensó fugazmente en que no había azotado la puerta detrás de ella simplemente porque su personalidad no se lo permitía. Por su parte, se quedó quizás varios minutos de pie en la sala, sintiéndose como la peor basura del universo por hacer sentir tan mal a una persona tan buena y pura como Lisa Mathews. Sólo el sonido lejano de la regadera abriéndose lo hizo reaccionar al fin.

    Entró al cuarto de nuevo, tomó sus posesiones restantes, se terminó de vestir rápido en la sala y entonces se retiró antes de que Lisa saliera de la regadera. Estando a medio camino de su casa, le caería como roca la idea de que quizás ella esperaba que él siguiera aún ahí cuando terminara de bañarse y pudieran hablar del tema ya más tranquilos. Se sintió realmente estúpido de no haber hecho eso, pero ya era muy tarde para simplemente dar marcha atrás.

    Y, aunque se hubiera quedado, igualmente no tendría nada que decirle cuando saliera de ese cuarto de baño, así que bien podría haber dado lo mismo.

    No sabía qué pasaría exactamente con Lisa a partir de ese momento tan embarazoso, ni tampoco sabía siquiera qué ocurriría en Portland con ese misterioso caso. De momento era mejor que intentara enfocarse en eso último, e intentar dormir lo mejor posible… sin pesadillas.

    — — — —​

    Pasó una noche de sueño tranquila, pese a toda la situación. El día siguiente, sin embargo, resultaría ser todo menos tranquilo. Se reunió con Matilda en el Starbucks acordado, y ahí ésta le mostraría el pequeño expediente que había armado sobre la niña que irían a ver: Lily Sullivan. Comprendió en ese momento porque su ayuda era tan requerida, pues había posibilidades de que fuera una ilusionista, una telépata, y además también un poco de rastreadora, al menos en cortas distancias. Habían conocido a personas que tenían esas habilidades, e incluso ambas al mismo tiempo. Sin embargo, si los papeles que Matilda encontró eran ciertos, podría ser que fuera algo incluso más complejo que eso.

    Al final, sin embargo, ni siquiera conocerían a la niña en persona. Había ocurrido un accidente de auto muy temprano en la mañana, y Lily Sullivan había sido llevada al Providence Medical Center. Luego de una accidentada plática para intentar convencer de que los dejaran verla, Matilda y Cody terminarían atrapados en medio de un secuestro y un tiroteo, y casi como sospechosos de ser cómplices de éste, de alguna forma. La víctima de todo eso, dependiendo desde qué perspectiva lo vieran, sería Lily Sullivan, quien desaparecería bajo las narices de la policía, y también las suyas.

    Lo más preocupante para Cody, sin embargo, era que Matilda había sido atacada de alguna forma. Cuando la encontró en la Sala de Emergencias vacía, se veía realmente mal, y poco después la policía llegó y los separó, evitando que pudiera siquiera preguntarle directamente qué le había ocurrido. Luego de ello lo guiaron a una pequeña sala de espera, en dónde lo obligaron a tomar asiento y aguardar, bajo el estricto ojo vigilante de un oficial postrado en la puerta como el guardia de un palacio.

    Durante ese rato nadie fue a tomarle su declaración o a decirle si acaso se suponía que estaba bajo arresto. Lo tuvieron casi aislado, pero no por completo ya que aún tenía su teléfono consigo. Consideró en llamarle a Matilda para preguntarle dónde estaba, o quizás a Eleven directamente para comunicarle la situación. Sin embargo, la forma en la que ese oficial lo miraba de vez en cuando lo tuvo demasiado en alerta; no estaba seguro de qué le diría, o qué haría, si lo veía siquiera con la intención de sacar el teléfono de su bolsillo. El hospital poco a poco se fue llenando de policías, y todos se veían bastante nerviosos y molestos por la muerte de uno de sus compañeros, así que prefirió no hacer nada para empeorar la situación.

    Matilda apareció tras un rato en la puerta de la sala, escoltada por otro oficial. Cody se sintió aliviado de verla, aunque esto se diluyó un poco al verla cojear ligeramente.

    —Tome asiento —le indicó el oficial que la escoltaba. Matilda lo miró de reojo con dureza, y luego se dirigió hacia donde él se encontraba sentado; conforme más caminaba, más parecía acostumbrarse al dolor de su tobillo y comenzar a caminar normal.

    La castaña se sentó justo en el asiento a su lado y se cruzó de brazos. Miró de reojo hacia el oficial en la puerta, y éste la miró a ella de regreso con la misma actitud malhumorada que había tenido en todo ese rato que Cody llevaba ahí.

    —¿Estamos bajo arresto, acaso? —Le murmuró Matilda a su compañero, sarcástica.

    —Eso quisieran, de seguro —le respondió Cody tranquilo, pero no por ello muy animado—. ¿Cuánto tiempo más nos van a tener aquí sin siquiera interrogarnos?

    Matilda se quedó callada un rato luego de ello, como si estuviera cavilando en algo, o quizás en muchas cosas. Cody se encontraba decidiendo si sería oportuno o no preguntarle sobre lo ocurrido, cuando el sonido típico de un mensaje recibido se hizo notar bastante claro en el silencio de la sala. Notó que Matilda se había sobresaltado un poco por ello, casi como si la hubiera despertado de un pequeño sueño. Cody sabía que había sido su teléfono, pues además lo había sentido vibrar en su pierna. Introdujo su mano en su bolsillo y los sacó lentamente sin quitarle los ojos al oficial de la puerta, esperando que no malinterpretara su movimiento.

    Sacó por completo el dispositivo de su bolsillo, lo desbloqueó, y en sus notificaciones pudo ver claramente un solo mensaje recibido, con el nombre de su remitente y una sola frase acompañándolo:

    Lisa: Necesitamos hablar

    Cody se quedó congelado tras leer tales palabras escritas en su pantalla. Había muy pocos casos en los que esa frase venía acompañada de una connotación positiva o feliz, casi siempre venía seguida de problemas.

    Se quedó mirando la pantalla unos momentos, no analizando con detenimiento el mensaje recibido sino más bien aguardando si acaso recibía alguno más. Lisa no parecía tener la intención de hacer tal cosa, al menos no en ese momento. Si se permitía adivinar, era probable que ese primer mensaje le hubiera costado bastante de escribir y mandar, y no tenía fuerzas para repetir la hazaña al menos que Cody le abriera la puerta.

    Él no quería abrir esa puerta; al menos no en ese momento y lugar.

    Su dedo se aproximó por sí solo al botón de encendido, y apagó de nuevo la pantalla, para justo después volverlo a introducir en su bolsillo, ya sin tanto cuidado en comparación a cómo lo había sacado.

    —¿Qué ocurre? —Escuchó que Matilda preguntaba a su lado, haciendo que la volteara a ver por mero reflejo; ella lo miraba curiosa.

    —No, nada… —murmuró despacio y apagado—. Es sólo un pequeño asunto que dejé pendiente en Seattle.

    —Creí que habías perdido permiso.

    Cody negó.

    —No es de trabajo, es… —se quedó callado unos momentos, divagando un poco en qué decir—. No importa, no tengo cabeza para eso en estos momentos.

    Y no era mentira. Todo lo que había ocurrido esa mañana, y mucho de ello aún desconocido para él, ya era suficientemente denso como para que se distrajera en una insignificante pelea de pareja… o, al menos eso era lo que Cody se decía a sí mismo para convencerse de no atender ese asunto en esos momentos, para convencerse de no concentrar su mente en intentar adivinar qué había detrás de ese simple “Necesitamos hablar”.

    — — — —​

    El resto del día no fue para nada más tranquilo. El Detective Vázquez de la policía los acusó dentro de su paranoia de todo lo ocurrido, Cole Sear de la Fundación, al que ni Matilda ni él conocían, llegó para ayudarlos, se abrieron paso a escondidas a la escena de un asesinato, estando aún las manchas de sangre frescas en el suelo y pared… y aparentemente su nuevo amigo Cole podía hablar con fantasmas. Eso último lo sabrían hasta poco después, pero aparentemente gracias a ello pudo averiguar la identidad de la secuestradora de Lily Sullivan, y asesina del oficial de policía, y que no resultó ser para nada una historia fácil de contar (aunque él no tuvo mucho problema en contárselo a Vázquez de todas formas).

    Como fuera, Cole logró sacarlos de ese hospital en una pieza, así que no podían quejarse. Resultó ser una persona realmente interesante, incluso para los estándares de las personas que ya conocían de la Fundación. Era una persona agradable, o al menos a Cody le había agradado bastante. Sin embargo, Matilda tenía una opinión muy diferente.

    Aún después de salvarse de que los arrestaran, no tuvieron una tarde calmada. Cody y Cole acompañaron a Matilda a resolver un problema que había ocurrida con la niña que trataba en Eola, lo que los llevó a conocer de primera mano de lo que ésta podía ser capaz.

    Cody se quedó realmente impactado y muy confundido tras este primer encuentro con Samara Mogan, y la explicación que Cole les dio luego de eso tampoco ayudó mucho a calmar las cosas. Tampoco ayudó ver a Matilda perder el control y arrojar a Cole contra una mesa justo delante de él, o recibir unos cuantos regaños por parte de Eleven vía telefónica. Sin embargo, escuchar la voz de su antigua mentora, así como sus indicaciones de cómo proceder, sí le causó algo de tranquilidad. Era un poco patético que un hombre adulto se siguiera sintiendo tranquilo de que alguien más le dijera qué hacer, y que todo estaría bien si lo hacía, pero aparentemente ese había sido su caso. Matilda también se vio más tranquila luego de hablar con Eleven, pero no estaba seguro de qué tanto o si era por los mismos motivos.

    Tras toda esa pequeña aventura, sólo quedaba volver a casa y descansar. Cole se quedaría a dormir en el mismo hotel que Matilda, pero ésta pasaría la noche en el Psiquiátrico de Eola para monitorear a Samara, por lo que Cody y él compartieron un coche que dejaría al detective primero en Salem, y luego seguiría todo el trayecto hacia Seattle. Por suerte no era tan tarde todavía, pero la distancia era lo suficiente como para merecer una significativa propina para el conductor; ¿la Fundación se lo reembolsaría si lo solicitaba?

    Su coche llegaría en unos minutos, por lo que ambos se dirigieron a las puertas principales del hospital a esperarlo. Cody vigilaba en la aplicación la ubicación actual del vehículo que había solicitado, y Cole mientras tanto aprovechaba para fumar un cigarrillo con mucha más tranquilidad. Cody no era fanático del tabaco en lo absoluto, pero tampoco le molestaba que la gente fumara a su lado.

    —Vaya que es una persona especial, ¿no? —Murmuró Cole mientras miraba al cielo, justo después de soltar una densa bocanada de humo. Cody lo volteó a ver algo confundido.

    —¿Disculpa?

    —Matilda… Bueno, la Dra. Honey, quiero decir. —Rio con tono burlón, un poco forzado—. Parece difícil de tratar.

    Cody pensó un poco en esa observación. ¿Matilda era difícil de tratar? No en realidad. De hecho, era la primera vez que la veía comportarse de esa forma con alguien; normalmente se llevaba bien con todo mundo, hasta donde sabía. Las circunstancias bajo las que había conocido a Cole Sear, sin embargo, parecían no haber sido las óptimas.

    —Ya se le pasará —señaló con neutralidad—. Creo que ya empezaste a agradarle.

    —¿Enserio?, creo que de eso no me di cuenta —Señaló Cole con ironía. Dio otra probada más de su cigarrillo; el vehículo ya estaba a punto llegar según la aplicación—. ¿Tú y ella son muy cercanos?

    Cody arqueó una ceja, extrañado por la pregunta.

    —¿Cercanos? Bueno, nos hicimos muy amigos hace años, pero hacía tiempo que no estábamos en contacto.

    —Ah, ¿entonces ustedes dos no…? —No terminó su frase, y en su lugar sencillamente lo miró con una expresión que no supo bien cómo interpretar—. Ya sabes, ¿no son nada más?

    Cody parpadeó, intrigado.

    —¿Matilda y yo? No, para nada. De hecho, yo… —Su voz se contuvo en ese instante, cuando la idea que había intentado ignorar desde que recibió aquel mensaje, se metió abruptamente en su cabeza—. Yo… salgo con alguien… o al menos salía.

    Los ojos de Cole se abrieron con sorpresa.

    —Oh, suena serio —comentó despacio, como si temiera decir algo indebido.

    —Digamos que hay cosas de mí que no le puedo contar, como bien sabes tú. Y eso nos ha traído algunos problemas últimamente.

    —Entiendo —respondió simplemente el detective, pues en ese momento su vehículo se acercó hacia ellos por el aparcamiento, hasta colocarse justo delante.

    Subieron el equipaje de Cole en la cajuela, y ambos hombres se subieron a la parte trasera. Su chofer era un hombre bajo de piel blanca, cabello rojo muy corto y ojos verdes. No hablaba mucho, y de hecho eso de momento era bueno, aunque a Cody le esperaba un largo viaje a solas con él hasta Seattle así que eso podía tornarse un poco aburrido si seguía así.

    Una vez que el auto se puso en marcha ya tomando el camino hacia Salem, Cole volvió a hablar.

    —Eso se solucionaría si eres totalmente honesto, ¿sabes? —Dijo de pronto, tomando a Cody mal parado—. Me refiero a los problemas con tu chica… Ah, lo siento, ¿sí es una chica?

    Cody giró un poco los ojos; no era el primero en hacerle esa pregunta, o similar. Pero entendió que no había mala intención en su pregunta, sino más bien un deseo de no suponer las cosas por adelantado.

    —Sí, es una chica. Y eso de ser totalmente honesto… lo dices muy fácil.

    —Porque lo es. No puedes aspirar a tener una relación duradera y estable si no eres totalmente honesto con la otra persona.

    Además de policía y cazador de demonios, ¿también era consejero amoroso? Qué estuche de monerías resultaba ser Cole Sear.

    —¿Tú siempre has sido honesto con…? —Calló un instante al darse cuenta de lo que estaba por decir. Miró de reojo al conductor, que parecía bastante concentrado en el camino y, aparentemente, no estaba poniendo atención a su plática. De igual forma decidió bajar la voz y cuidar sus palabras—. ¿Siempre eres honesto con lo que puedes hacer, con todas las mujeres con las que sales?

    —Claro que no —bufó Cole con tono divertido—. Pero tampoco es que salga a muchas citas, en realidad. Lo que la Doctora dijo hace un rato no es muy alejado de la realidad. No me siento realmente cómodo con muchas personas.

    —¿Enserio? Parecías bastante cómodo todo este día.

    —Una máscara, creo que ella lo llamó.

    A Cody no le sorprendió tanto lo que decía, sino como lo hacía con una gran sonrisa despreocupada en el rostro.

    —Pero yo no soy el ejemplo más práctico —prosiguió el detective—. Mira a Eleven y a su esposo, por ejemplo. Una linda familia, una linda casa, y todo porque no hay secretos.

    Cody miró por la ventana, pensativo.

    “Me resultaría difícil creer que Eleven no le guarda ningún secreto a su familia”, fue el pensamiento que le cruzó por la cabeza, pero no fue capaz de decirlo en voz alta.

    Le encantaría poder ser honesto con Lisa, le encantaría poder adaptar su vida a la de ella y hacer que ambas congeniaran de manera total. Pero no podía, debido al Resplandor, debido a esa habilidad que le permitía materializar sus pensamientos, incluidos sus sueños, de forma vivida en el mundo real más que cualquier otro ilusionista, pero más inestable. Lisa se preguntaba porque nunca quería quedarse a dormir con ella, pero no sabía si podría ser capaz de comprenderlo. Podrían pasar días, semanas, o incluso meses sin que no ocurriera nada, o al menos nada malo. Pero sólo faltaría una mala noche, un sueño intranquilo, una figura oscura que se escurriera desde su subconsciente para emerger, y entonces eso sería el fin de todo.

    Ya había pasado antes, y varias veces. Cuando sus pesadillas se apoderaban de él y cambiaban todo su entorno para mal. Por eso vivía solo, en una casa a las afueras, sin vecinos muy cercanos. Por eso tenía siempre consigo en el bolsillo un frasco con unas pequeñas pastillas blancas, una droga especial que en un momento de emergencia podía ayudarlo a dormir, sin ningún tipo de sueño de por medio. Tenía estragos horribles en él, haciendo que se despertara más cansado que cuando se había ido a dormir, lo ponía irritable y paranoico, hasta que lograba volver a dormir con normalidad por sí solo. Por ello había optado mejor por el casi asilamiento, y por siempre cuidar los lugares en los que pasaba la noche.

    ¿Cómo podría Lisa digerir algo como eso? ¿Cómo podría entender que su pareja no quería dormir a su lado por miedo… a matarla sin querer?

    —Conmigo es diferente —comentó reflexivo—. Yo… en verdad no puedo tener una relación convencional como otros. Cuando duermo, las cosas se pueden volver peligrosas. No podría perdonarme si Lisa saliera lastimada, o algo peor, por mi culpa. No podría perdonarme perder a otra persona querida por… esto que puedo hacer.

    Cole lo miró en silencio, al parecer algo sorprendido por sus palabras. A lo largo de ese día sólo había podido contarle ligeramente la naturaleza de sus habilidades, y sobre todo lo que éstas podían hacer. Esperaba, sin embargo, que fuera suficiente para darse una idea sin necesidad de tener que decirlo en presencia de su conductor.

    —Entonces, ¿terminarás con ella? —Cuestionó Cole, escéptico.

    Cody titubeó.

    —No lo sé… No lo he decidido, pero quizás es lo mejor. —Se cruzó de brazos, y se recargó por completo contra su asiento—. No debería de estar pensando en mi desastrosa vida amorosa tras todo lo que pasó hoy.

    —Nunca es mal momento para pensar en eso —añadió Cole, más serio de lo esperado.

    El tramo faltante hacia el Grand Hotel de Salem luego de ello fue relativamente corto. El vehículo se estacionó justo frente al edificio. Cole abrió la puerta de su lado, pero antes de bajar se giró hacia su compañero.

    —Bueno, aquí me bajo —comentó con tono animado, y le extendió su mano derecha a forma de saludo—. Un placer, Cody.

    —Igualmente, Cole —le respondió el profesor, no compartiendo del todo su entusiasmo, pero igual le apretó su mano con firmeza.

    —Nos veremos el sábado si todo sale bien.

    —Sí.

    Cole sacó sus pies por la puerta y se paró erguido en la banqueta frente al hotel. El chofer se había bajado para abrir la cajuela y bajar su maleta, y Cody aprovechó ese pequeño lapso para hacer una última pregunta.

    —Oye, espera —murmuró un poco fuerte, inclinándose un poco hacia afuera por la puerta aún abierta de Cole—. ¿Por qué me preguntabas lo de Matilda? ¿Acaso te gustó?

    Cole se estremeció un poco, pero de inmediato se forzó a sonreír de nuevo de forma despreocupada y tranquila, con sus manos en su cintura y su pecho afuera. Por primera vez en ese día, a Cody le pareció ver un poco de esa “máscara” que Matilda había mencionado.

    —¿A mí? No, ni siquiera la conozco —respondió con ironía—. Pero… no sería tan loco, ¿o sí?

    A pesar de su actitud despreocupada, a Cody le pareció que realmente deseaba saber su respuesta. No era algo fácil de responder para él, pues en realidad no conocía tanto a Matilda como podría parecer.

    —Hasta dónde sé no sale con nadie —le comentó con neutralidad—, y no estoy seguro si lo ha hecho alguna vez. Al menos creo que le diste una fuerte primera impresión.

    —Es lo que mejor sé hacer —señaló Cole burlón. El chofer colocó la maleta justo a su lado, y él la tomó de la manija de inmediato—. Descansa.

    —Igual.

    Cole jaló su maleta hacia el hotel, y se perdió de la vista Cody detrás de las puertas automáticas. El chofer volvió poco después a su lugar, y sin decir media palabra emprendió de nuevo la marcha, ahora sí hacia Seattle.

    Cody aprovechó ese tiempo de viaje y silencio para reflexionar. Inevitablemente su atención terminó por centrarse de nuevo en ese mensaje que había recibido en la tarde. Le echó un ojo otra vez; todo se veía igual:

    Lisa: Necesitamos hablar

    Sólo esas palabras, y nada más. Lisa no había escrito nada más, y él tampoco. Consideró unos momentos si era oportuno responderle siendo tan tarde, pero no había ni un centímetro de él al que le apetecía dicha idea. Sólo quería descansar y olvidarse de ese largo día. Olvidarse no sólo de su problema con Lisa, sino de Lily Sullivan, Samara Morgan, Leena Klammer, y quien fuera el misterioso atacante de Matilda. Intentar tener otra noche sin pesadillas.

    Ya habría mucho tiempo para preocuparse por ello después…

    FIN DEL CAPÍTULO 27

    Notas del Autor:

    Lisa Mathews es un personaje original de mi creación que no se basa directa o indirectamente en algún otro personaje conocido de novela, película o serie.

    —Este fue un capítulo principalmente para contar este pedazo de historia de trasfondo para Cody que quería meter desde hace algunos capítulos atrás, pero que decidí dejar para después ya que no le encontraba mucha cabida en otros capítulos. Sin embargo, pensé que era mejor ponerlo aquí antes de pasar ya a otro tema.
     
  8.  
    WingzemonX

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    Título:
    Resplandor entre Tinieblas
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    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Misterio/Suspenso
    Total de capítulos:
    30
     
    Palabras:
    9772
    Resplandor entre Tinieblas

    Por
    WingzemonX


    Capítulo 28.
    Abra

    Esa noche, poco después de hablar con Matilda, Cole y Cody, Eleven se comunicó con Mónica, quien era de manera oficial la Jefa de Informática de una empresa de consultoría bastante respetable en Des Moines, y extra oficial una ciberactivista que no temía cruzar las líneas de lo legal de vez en cuando por una buena causa; además de ser también una de las Rastreadoras de la Fundación con más años y experiencia en dicha labor. De hecho, muchas la consideraban como la líder no nombrada de ese pequeño grupo de colaboradores, ya que más de una vez le había tocado tener que coordinarlos; eso era algo que se le daba muy bien, cabe mencionar. Pero Mónica no sólo resplandecía y era capaz de ver y escuchar a alguien a kilómetros de distancia como si lo tuviera sentado a un lado, sino que complementaba muy bien dichas habilidades extrasensoriales con sus habilidades algo más mundanas y tecnológicas, para así obtener cualquier tipo de información cuando así lo requería. Esa combinación de habilidades en manos equivocadas serían de seguro armas bastantes peligrosas; por suerte, las de Mónica eran bastante correctas.

    Sin embargo, la petición que Eleven le hizo esa noche fue bastante inusual, pues dentro de ésta venía incluida la indicación de evitar dentro de lo posible precisamente usar su clarividencia por el riesgo inminente que esto podía representar para ese caso. Esperaba, por consiguiente, que se valiera más de sus contactos y formas más convencionales de obtener información (si hackear, meterse a bases de datos no del todo públicas, cuentas de correos y redes sociales ajenas, podía considerarse como “convencionales”). Quizás no sería un gran problema, si no fuera porque sólo le había dado una palabra como pista para poder trabajar: Abra.

    Tras haber dejado a Mónica con ese pequeño problema por resolver, se fue al fin a descansar. Aunque técnicamente no se había movido de su casa en todo el día (al menos para el ojo común), ese había sido también un día agotador para ella. Aun así, no pudo dormir mucho realmente. Lo que había ocurrido le preocupaba mucho más de lo que se permitía aceptar, incluso más de lo que le había transmitido a Cole, o a Mike cuando hicieron un repaso de todo lo ocurrido antes de apagar las luces.

    Hacía mucho tiempo que no se sentía así de temerosa e indefensa, sintiendo que en cualquier momento, entre la oscuridad de su propia habitación, algo se materializaría, algo saldría de las esquinas y se abalanzaría directo a su cama, devorándola antes de permitirle siquiera gritar. Esto le hizo darse cuenta de lo cómoda, y quizás condescendiente, que se había vuelto con los años. Sin darse cuenta, se había puesto a sí misma, a su familia, a sus amigos y a sus colaboradores en un status quo en donde se sentían siempre seguros, siempre a salvo, y siempre intocables de cualquier fuerza maligna que quisiera ponerles un dedo encima. Y eso en realidad no era algo malo; era algo que se habían ganado tras todo lo vivido y perdido en el camino. Pero el problema venía cuando precisamente ocurría algo así, y llegaba de la nada a reventar su burbuja y demostrarle que en realidad no estaban tan seguros y a salvo como pensaba, ni mucho menos eran invencibles o intocables. Siempre habían estado expuestos y con la puerta trasera abierta, a la merced de cualquier lobo salvaje que rondara por el patio… y dicho lobo al fin se había aparecido.

    A la mañana siguiente, luego de desayunar con su esposo y su hija, se dirigió a su despacho y se encerró a solas para hablar con Mónica. No esperaba que ya le tuviera alguna novedad tangible, pues prácticamente sólo había pasado unas cuantas horas, y no esperaba que se hubiera desvelado por ella.

    —Me estás atando de manos, Eleven —murmuró con seriedad la voz de Mónica, sonando a través del altavoz del teléfono de su escritorio. Eleven se encontraba sentada en su silla, cruzada de piernas y envuelta en su bata de noche color azul.

    —No esperaba ese tipo de quejas de tu parte, Mónica. No de parte de la mejor Rastreadora de la Fundación.

    —Creí que esa eras tú.

    —No empieces. —Eleven se recargó por completo contra su silla y apoyó sus codos en los respaldos para los brazos, entrecruzando además sus dedos sobe sus piernas—. Sé que es una tarea difícil, pero enserio es muy importante que me consigas lo más que puedas de esta persona, lo antes posible.

    —Lo haría con gusto, si tan sólo me dieras algo con qué trabajar —exclamó Mónica a modo de reclamo—. Sólo me diste un nombre, que no sé si es nombre de pila, apellido, sobrenombre, diminutivo, nombre de mujer o de hombre… Me estás pidiendo que busque una aguja en un pajar, sin decirme siquiera en qué pajar es en el que debo buscar. Ni siquiera sabes si esta persona existe siquiera. Con quien te encontraste, tal vez sólo quería confundirte.

    —No, realmente esperaba a esa otra persona —señaló Eleven con absoluta convicción—. Se oía… incluso emocionado por la idea. Es una persona real, no tengo duda de ello. Y es nuestra única pista de momento, o al menos la única que podemos seguir.

    —En eso discrepo. Esto sería mucho más sencillo si nos dejaras usar nuestra percepción con Lily Sullivan o Leena Klammer, y así quizás…

    —Ya dije que no —interrumpió Jane de golpe de forma tajante, casi violenta. Se inclinó inconscientemente hacia el frente, colocándose casi sobre el teléfono—. Nadie debe usar sus habilidades para rastrear a ninguna de esas niñas… o mujeres, o lo que sean, ni tampoco al otro individuo.

    Eleven era consciente de lo casi incoherente que resultaba su petición, y de seguro sería imposible para Mónica entender su postura por más que se lo explicara. Pero ahora que sabía que eran vulnerables, que tenían la puerta trasera abierta para que el lobo entrara, no podían exponerse de más. Si ese individuo observaba a alguna de esas chicas, y alguno de ellos intentaba rastrearlas, sería como salir desnuda al patio cubierta de sangre, e invitar al lobo a entrar para devorarlos. ¿Exagerado?, quizás… pero no podía permitir que sus voluntarios se expusieran de esa forma a eso…

    —Es muy arriesgado —concluyó Eleven sin miramiento—. Abra, quien quiera que sea, es nuestra única pista y necesito que la encuentren a la vieja escuela.

    Mónica suspiró, cansada y resignada a la vez.

    —A la vieja escuela también se requiere más información inicial —murmuró de mala gana.

    Eleven se sentó más derecha, entrelazó sus dedos frente a su rostro y miró pensativa hacia las puertas corredizas de vidrio que daban a su amplio patio, y al bosque se extendía más allá de éste. Lo malo de resplandecer era que nunca podías estar del todo segura si una idea que se implantaba en su cabeza era sólo una idea, o la usual intuición que todas las personas poseían por naturaleza, o quizás algo más. Eso le ocurría en esos momentos con ese nombre que aquel extraño había mencionado.

    "¿Eres tú, Abra?"

    No tenía idea de quién era Abra, pero tenía por algún motivo la sensación de que debía de descubrirlo, de que debía encontrar a dicha persona a como diera lugar… Pero, ¿cómo hacerlo sólo con un nombre, que ni siquiera sabían si realmente lo era como tal?

    Cerró sus ojos unos momentos. Si ese presentimiento realmente era algo más, entonces esperaba que pudiera darle un poco más de rumbo si se concentraba lo suficiente. Las primeras ideas que se le vendrían a la mente, eso era lo que tomaría; no era para nada el camino más científico o coherente, pero era el único que tenía.

    “Me pareció que era un chico, joven, de diecisiete o dieciocho, de ojos azules y cabello negro. Era apuesto, pero… abrumadoramente aterrador”

    —¿Eleven?, ¿sigues ahí? —pronunció de pronto la voz de Mónica, haciendo que reaccionara y abriera de nuevo sus ojos. No estaba segura de cuánto había pasado, pero el suficiente para para que Mónica se preocupara por su silencio.

    —De acuerdo, reduce el rango de búsqueda —pronunció abruptamente, sin darse el tiempo de explicarse primero—. Creo que esperaba a una chica, quizás de su misma edad; Matilda dijo que no parecía mayor de dieciocho. Esperaba que fuera ella quien lo hubiera jalado a ese espacio, así que debe ser alguien que resplandece, y quizás con fuerza para que fuera la primera persona en la que pensara. Busca a chicas con ese perfil, por su nombre de pila, y que estén relacionadas directa o indirectamente con un caso inexplicable que pudiera deberse a la presencia del Resplandor.

    —Bien, eso es algo —masculló Mónica, aún no del todo feliz—. Me acabas de reducir de mil pajares a cien.

    —Es bastante si lo pones así —comentó Eleven, un poco burlona—. Dame una lista de posibles en cuanto la tengas por favor.

    —No será pronto.

    Mónica terminó colgando en ese mismo momento, sin siquiera despedirse. Eleven pensó en un par de cosas que le hubiera gustado decirle, pero tendría que guardárselas. Igualmente debía de ponerse un poco en su lugar y entender que no era una tarea sencilla la que le estaba solicitando.

    Cortó la línea una vez que el sonido indicando el final de la llamada la exaspero. Permaneció sentada en su silla un rato, sin mirar ni pensar en nada específico. Sólo contemplaba la hoja en blanco de una de sus libretas para apuntes, abierta sobre el escritorio. La hoja no tenía nada escrito, o al menos no para cualquier persona que se hubiera parado a su lado a ver lo mismo que ella. Para Eleven, era como si cuatro letras se materializaran por sí solas, abriéndose paso por el material blanco del papel como un animal que se desenterraba de la arena, y entonces danzaban de un lado a otro, rebotando sin parar. Las cuatro letras eran, obviamente, A, B, R, y otra A.

    Tomó un bolígrafo, y ella misma escribió en grande dicho nombre de forma diagonal por la hoja, esperando que el sólo acto de escribirlo le ayudara a sacar ese pensamiento intrusivo de su cabeza; no lo logró. Ahora el ver el gran ABRA en tinta negra, le causaba aún más fascinación.

    —¿Quién eres? —Susurró despacio—. ¿Qué relación tienes con este sujeto?

    Calló justo después de eso como si esperara que el papel le respondiera de alguna forma, más no fue así; guardó absoluto silencio también.

    Miró una vez más hacia el patio y meditó unos segundos. Dijo que no quería exponer a nadie más a ser atacado por este nuevo… ¿sería apropiado usar ya la palabra “enemigo” al pensar en él? Como fuera, dijo que no quería exponer a nadie a él, pero no había decidido si eso se incluía a sí misma. Debía ser así, de otra forma podría haber intentado rastrear a Lily Sullivan y o a Leena Klammer, como Cody había propuesto la noche anterior, y Mónica justo hace unos momentos. O podría intentar buscar a Abra… Pero aunque quisiera, ¿cómo lo haría? No tenía ni una foto, ni un dato de quién era o cómo era. Antes había logrado rastrear a personas de esa forma, pero al menos tenía una idea de la persona y el lugar, aquí no tenía nada de eso. Sólo un nombre, y un presentimiento, nada más.

    Pero igual se trataba de un presentimiento bastante fuerte, bastante atrayente y que la hacía tener todo su enfoque en él, algo que ni Mónica ni ningún otro Rastreador hubiera compartido. Pero, ¿sería suficiente? Y aún más importante: ¿valía la pena el riesgo?

    Su parte consciente y objetiva le decía que no.

    Su parte más profunda, más emocional y por algún motivo más fuerte, le decía que sí.

    ¿Qué era lo peor que podía esperar? ¿Qué su esposo e hija la encontraran con la cabeza recostada contra el escritorio, y un tercio de su cerebro escurriéndosele por la oreja y manchando los papeles sobre éste? Por qué ante la ignorancia que toda esa situación le causaba, realmente cualquier cosa era posible.

    Se paró y caminó hacia las puertas del patio, les puso seguro y luego corrió las cortinas por completo hasta cubrir cualquier rastro de vista del exterior. Se dirigió después a la puerta del estudio e igualmente le puso llave. Luego extendió su mano al interruptor de las luces del cuarto y las apagó. Al hacer esto, el cuarto quedó casi por completo en oscuridad. Usando las memorias que tenía en su mente de la distribución de la habitación, se dirigió sin problema hacia su escritorio, y se sentó en su silla. Acercó su mano hacia un cajón, y sacó un objeto que no era capaz de ver pero sintió a la perfección entre sus dedos: audífonos, pero unos muy especiales, para mantener aislado casi por completo cualquier rastro de sonido. Se los colocó, y en cuánto lo hizo un silencio casi absoluto la envolvió. Cerró además sus ojos, y comenzó a respirar lentamente.

    Ese estudio no era precisamente un tanque de privación sensorial, pero funcionaba en la mayoría de los casos. Privarse de la luz y del sonido no era algo que hiciera muy habitualmente, pero en ocasiones era lo único que lograba que esa otra parte de ella, ese otro sentido que sólo ella podía desarrollar, se intensificara y sólo se concentrara en una cosa. No tenía idea si eso iba a funcionar de alguna forma, y lo más probable era que no. Pero igual, debía hacer el intento, aunque fuera una vez.

    —Abra… —susurró muy despacio, o quizás sólo lo pensó. Sus dedos se apoyaron sobre el pedazo de papel en el que había escrito ABRA con tinta.

    Y ahí se quedó, envuelta en sombras y en ausencia total de sonido. Sin nada ni nadie más, sólo ella y sus pensamientos. Y así siguieron las cosas por un largo, largo tiempo…

    — — — —​

    Damien Thorn era un tanto ignorante de todo el impacto, confusión y miedo que había causado en las nuevas personas que acababa de conocer el día anterior. Desconocía que toda una organización, pequeña pero de relevante peso, estaba patas arriba buscando formas de dar con su identidad, al mismo tiempo que temblaban asustados ante la idea de que los descubriera. Bien, en realidad “ignorante” no era la palabra correcta para describirle. Era consciente del impacto tan devastador que podía tener su presencia en las personas, pero realmente no le importaba del todo, al menos no en esos momentos y en ese caso tan particular. Si bien tenía curiosidad de saber más sobre aquella mujer que había detenido a Esther en su huida, y sobre todo de la otra que había intervenido para salvarla, en realidad no eran su prioridad número uno. Suponía que si estaba en su destino cruzarse de nuevo con algunas de las dos en el proceso de esa pequeña operación que había puesto en marcha, sucedería aunque él no lo buscara. Si no era así y en realidad nunca más las volvía a ver (por decirlo de alguna forma), bien, en realidad eso no le quitaría el sueño.

    Esa mañana, una más en Los Ángeles, el apuesto joven de diecisiete años se había levantado temprano y arreglado; nada muy especial, sólo camisa roja, unos pantalones azules bastante casuales, y zapatos deportivos. Pidió que le prepararan sólo un café, con un poco de crema y azúcar, y se llevó su taza al estudio del Pent-house. Pasó la siguiente hora frente a su laptop, revisando algunos temas varios, más de índole personal, mientras esperaba a que el verdadero tema que lo había hecho levantarse a esa hora llegara.

    Cerca de las diez, la puerta del estudio se abrió. Damien alzó su mirada apenas un poco, de la pantalla de su computadora hacia la mujer que se acercaba desde la puerta, arrastrando detrás de sí una amplia maleta negra de viaje, y con una mirada dura en el rostro.

    Ann Thorn avanzó silenciosa hacia el escritorio, hasta pararse justo delante de éste.

    —Buenos días, querido —expresó la mujer con tono elocuente—. Veo que te despertaste temprano.

    Damien la observó un rato con desinterés, antes de voltear su atención de nuevo a su computadora y de inmediato seguir tecleando.

    —Tengo una cita con alguien —le informó con tono neutral—, que llegara en cualquier momento. Quise recibirlo presentable.

    La ceja derecha de Ann se arqueó, intrigante.

    —¿Una cita? ¿Aquí?

    —No de ese tipo, es más una cita de negocios. Y era aquí o en las oficinas locales de Thorn Enterprises, pero decidí que aquí se sentiría más cómodo.

    Ann respiró lentamente, parándose derecha y firme.

    —¿Acaso son esas…? —No terminó dicha pregunta, pero igual Damien supo exactamente lo que intentaba preguntarle.

    —No, no todavía.

    —Entiendo.

    La mujer miró unos segundos la maleta a su lado. Sus dedos se movían inquietos sobre la manija de ésta.

    —Sólo quería avisarte que necesito…

    —Irte, lo sé —interrumpió Damien—. Y lo entiendo; eres una mujer ocupada, después de todo. Ve con Dios… —Una pequeña risilla irónica se le escapó en ese momento, al darse cuenta de su curiosa elección de palabras—. Bueno, sabes a lo que me refiero.

    —En realidad, esperaba convencerte de que vinieras conmigo —comentó Ann, con un tono que no sonaba precisamente a una petición.

    —¿No oíste la parte en que mencioné que tengo una cita?

    —Y apuesto a que debe de ser una muy importante. Pero ya has descuidado demasiado tus clases, ¿no lo crees?

    —En lo absoluto —respondió el chico de inmediato con plena seguridad—. No me subestimes, Ann, ya me adelanté a eso. Me inscribí a un torneo de tenis que será la próxima semana, y así justificaré mi estadía en Los Ángeles por más tiempo. Hablé con mis profesores, y tomaré un par de exámenes que tenía pendientes en línea, y entregaré unos reportes entre uno y el otro; nada complicado u ostentoso, ya estoy trabajando en ello justo ahora mientras espero.

    Ann tuvo el impulso de inclinarse un poco al frente, e intentar echar un vistazo a la pantalla de la computadora y ver qué estaba escribiendo con exactitud. Sin embargo, un pequeño ademán de movimiento por parte del chico la puso en alerta, y rápidamente se enderezó de nuevo como si nada hubiera pasado. Damien, sin embargo, sólo había extendido su mano hacia su taza de café, pero se dio cuenta en ese momento de que la taza se encontraba ya vacía. Se dispuso entonces a accionar uno de los botones del intercomunicador montado sobre el escritorio.

    —¿Sí, señor Thorn? —Se escuchó la voz de uno de sus hombres de seguridad a través de la bocina integrada.

    —Que me traigan otro café —informó el muchacho—, igual al primero, por favor.

    Soltó el botón antes de recibir alguna respuesta de confirmación, y prosiguió con lo que hacía en su laptop.

    —Con eso tendré todo calmado por un rato —concluyó como punto final.

    Ann volvió a respirar lentamente, sin perder ni un poco la compostura.

    —Entiendo por eso que tienes pensado entonces permanecer aquí por un tiempo prolongado… Aunque yo no esté.

    Una risilla irónica surgió de los labios del chico, y al fin le regaló de nuevo el privilegio de ser su centro de atención, dejando de escribir y además alzando sus ojos hacia ella otra vez.

    —¿Y por qué piensas que te necesito para estar aquí, o no? —Le soltó de golpe, casi como un golpe directo a la cara, o al menos Ann así lo sintió—. Será sólo por unas semanas, en lo que llegan las otras personas que espero.

    —¿Las tres niñas? —Soltó, o más bien casi escupió, abruptamente la mujer de cabellos negros, siendo esto lo mismo que de hecho hubiera completado esa pregunta que había dejado cortada unos segundos atrás.

    Damien sonrió divertido por su reacción.

    —Sí, las tres niñas… aunque una de ellas no es precisamente una niña. —Se giró entonces de nuevo a la computadora, echando un vistazo a la hora en la esquina inferior derecha de la pantalla—. Deberías irte ya para alcanzar tu vuelo, ¿no?

    Se sentía casi derrotada, rebasada por la naturaleza propia de la conversación. Tomó la maleta de su mango, la inclinó un poco para que se balancea sobre sus ruedas traseras, y la hizo girar en dirección a la puerta.

    —Me encargaré de unos asuntos, y luego volveré —avisó con premura mientras comenzaba a avanzar hacia la puerta.

    —No hace falta, pero has lo que quieras —Lo escuchó decir con un tono bastante condescendiente, pero no le dio la satisfacción de voltearlo a ver. Siguió su camino directo a la puerta, hasta que apenas a un par de metros de ésta, el muchacho soltó algo más—. Saluda a Lyons de mi parte.

    Ann no pudo evitar detenerse en seco al escuchar tal comentario, que sonaba más a una amenaza. Se hubiera quedado así por quizás varios minutos, si no se hubiera forzado a sí misma a continuar. No dijo nada, ni lo volteó a verlo nuevamente. Sólo cortó la distancia que faltaba, abrió la puerta y salió, dejando de nuevo solo al joven.

    Damien siguió tecleando unos segundo más tras la partida de Ann, pero luego se detuvo abruptamente, recargándose contra su silla con sus manos detrás de su cabeza. Torneo de tenis, exámenes en línea, reportes… todo eso era pan comido para él. Podría faltar a clases todo el semestre, y aun así se las arreglaría para terminarlo con promedio perfecto. Así había nacido Damien Thorn, con todo a su favor: apariencia, condición física, carisma, inteligencia; no había nada que no pudiera hacer, ni nadie a quien no pudiera dominar… excepto a estos individuos, a estas personas que habían estado ahí frente a sus narices todo ese tiempo, y que él nunca había sido capaz de ver.

    Todas las personas de ese aburrido mundo (incluida Ann, Lyons y toda su querida Hermandad) no eran más que insípidos pedazos de carne ambulantes sin nada remotamente interesante en ellos. Pero estas otras, éstas que tenían ese brillo especial, ese “resplandor”, lo tenían fascinado, quizás más de lo que debía. No era algo que pudiera controlar, ni siquiera algo que hubiera buscado. Sencillamente había llegado a él de golpe y de forma inesperada, hace unos meses atrás, en aquella Convención de Economía en New Hampshire.

    ****​

    El evento duró tres días, pero los Thorn hicieron acto de presencia hasta el último, en el cuál Ann Thorn daría una conferencia junto con otras tres directoras de alto de nivel como ella, acerca del papel actual de las mujeres empresarias en Negocios Internacionales. El evento era de un tamaño considerable, al menos del suficiente para que Ann decidiera al fin aceptar la iterada invitación. En una entrevista corta y rápida semanas antes, comentó que había aceptado principalmente por la idea de impulsar y motivar a las jóvenes estudiantes a aspirar a lo más alto en sus carreras, y que no se dejaran doblegar ni humillar por nadie en el camino. Un lindo mensaje, aunque desde la perspectiva de algunos perdía peso si se tomaba en cuenta que prácticamente había heredado su posición actual tras la muerte de su esposo Richard y de su hijastro Mark, pasando todas las acciones que estaban a nombre de ambos automáticamente a ella. Y además, sin ningún otro familiar sanguíneo convida, se volvió también la tutora legal de Damien Thorn, quien también tenía a su nombre varias acciones a su nombre tras la muerte de sus padres, y por consiguiente éstas también pasaron a supervisión y administración de Ann hasta que éste fuera mayor de edad.

    Así que todo ello le daba el control de más de la mitad de un imperio multinacional que generaba varios miles de millones de dólares al año, incluso más de los que la gente creía, así que el ser la Directora de todo ello no estaba a discusión alguna. Pero igual había sabido ganarse su lugar en los últimos años, arreglando las cosas desde el escenario principal, y también tras bambalinas, para que todo quedara listo en el momento en que Damien reclamara su legítima posición al frente de este imperio, que era de hecho sólo un paso más hacia un destino mucho más grande. Ese era su papel, y Ann lo sabía y lo cumplía con gusto, aunque eso ameritaba de vez en cuando hacer esas molestas presentaciones públicas y sonreír a los corderos como si le importara un comino.

    Llegaron al amplio y elegante centro de convenciones en Manchester pasado el mediodía, y entraron por las puertas principales captando las atención de todos como verdaderas estrellas de cine. Ann de hecho fácilmente podría pasar por una, pues su belleza natural sencillamente se acrecentaba con el brillante labial rojo, su pelo rizado y perfectamente arreglado, y ese traje ejecutivo color morado con falda de tubo que entornaba perfectamente su figura. Era fácil para cualquiera ver porque Richard Thorn se había casado con ella no mucho después de enviudar de su primera esposa; era un verdadero monumento de mujer cuando se conocieron, y lo seguía siendo en esos momentos.

    La comitiva de Ann se componía en primera instancia por su sobrino Damien, que iba elegantemente vestido con un traje de pantalón y saco negro, camisa azul y corbata de rayas al juego con ésta, además de un chaleco negro; un atuendo bastante maduro, considerando que lo llevaba un chico de diecisiete. Su accesorio más llamativo, sin embargo, no era el elegante reloj de muñeca, o sus mocasines bien lustrados, o el prendedor de diamante que usaba en su corbata, sino la cámara profesional que le colgaba del cuello, y que él sujetaba con una mano, como un oficial ingresando a la escena del crimen con su arma desenfundada y lista para disparar. Iba, como siempre, impecablemente peinado y arreglado, sin ninguna arroga, mota de polvo o imperfección en su ropa o en su apariencia general. De inmediato también captó la atención de todos al ingresar, algo de lo que era plenamente consciente.

    Además de los cuatro miembros de su seguridad, todos altos, vestidos de negros y mal encarados, que caminaban a su alrededor creando un muro entre ellos y la multitud, los acompañaba también Verónica, la joven becaria que Ann había tomado como su protegida y asistente personal. Era una chica larguirucha, de cabellos rubios, rostro sencillo de nariz un poco prominente, pero unos bonitos ojos azules. No hablaba mucho, o al menos Damien no recordaba haberla oído hablar mucho en su presencia. Casi siempre permanecía a espaldas de Ann a una distancia prudente, con la cabeza agachada y esperando a que su jefa le dirigiera la palabra antes de dignarse a hacer cualquier cosa. Usaba un traje sencillo de pantalón y saco color celeste, y una blusa blanca debajo, y nada de maquillaje salvo un poco de rubor en las mejillas para ocultar un poco la palidez casi enfermiza de su rostro.

    Damien había llegado a pensar que en realidad era algo así como la mascota personal de Ann, o su esclava sexual secreta, o quizás la había secuestrado y dormía en el sótano de alguna de sus casas, encadenada a alguna tubería… o, simplemente era una universitaria cualquiera y aburrida, insegura y apantallada por el nombre y posición de la amable mujer que se había dignado a poner sus ojos en ella. Sentía un poco de lástima por ella a veces, pero ello no venía de la mano con el interés. Como cualquier otro empleado de la Thorn Enterprises, o cualquier otro miembro de la Hermandad que tanto lo protegía desde muy niño, Verónica le era totalmente indiferente y muchas veces ni siquiera recordaba que estaba ahí; de hecho, meses después tardaría un par de días en darse cuenta de que no iba con ellos al viaje a Los Ángeles, y tampoco se dignó en preguntar el motivo.

    En cuanto entraron al centro de convenciones, Damien intentó buscar con la vista algo que fuera digno de su atención para ser fotografiado. No fue una tarea muy fructífera; después de todo, ¿qué podría haber de interesante para fotografiar en un aburrido Congreso de Economía? Sólo personas viejas en trajes, saludándose e intercambiando tarjetas, o jóvenes estudiantes de preparatoria o Universidad, que de seguro fueron obligados a asistir por deber escolar o como una simple excusa para pasar el fin de semana en Manchester lejos de sus padres y salir de fiesta durante las noches. Podía sentir mucho de este último pensamiento, flotando en el aire, casi sofocante.

    Mientras avanzaban hacia el área especial para invitados, en donde los atenderían en teoría como era debido dada su categoría, a medio camino el joven se detuvo un segundo y fijo su atención en un grupo de tres personas, dos hombres y una mujer, los tres mayores y vestidos con trajes muy finos; uno de los hombres tenía ya el cabello totalmente blanco, y el otro posiblemente lo tenía recién pintado para ocultar sus canas, pero igual se las había arreglado para que se viera muy natural. La mujer era apenas un par de años más joven que ellos, y tenía un cabello rojo tan intenso como su labial. Era la esposa del hombre de cabello canoso, lo presintió de inmediato; ambos lucían con orgulloso son respectivas argollas de compromiso.

    Los tres charlaban y reían como viejos amigos, y de hecho lo eran. El hombre de canas y el hombre de cabello pintado habían sido compañeros de Universidad, y no se habían visto desde hace más medio año; por el contrario, su esposa acababa de ver a este viejo amigo hace dos semanas atrás, en una suite de lujo de un hotel en Concord, en dónde ya no le importó en lo más mínimo lucir su argolla, ni ninguna otra prenda o accesorio sobre su cuerpo.

    Y tenían ya un plan para repetir la experiencia.

    El hombre de cabello canoso entraría a una de las conferencias dentro de veinte minutos, pero su esposa casualmente se comenzaría a sentir mal, y su buen amigo se ofrecería a llevarla a su hotel. Eso les daría alrededor de dos horas para proseguir con lo que habían comenzado en Concord, y de nuevo dejar de lado la argolla por ese tiempo. Sus pensamientos y deseos eran tan evidentes y claros para el joven, que le resultaba casi ofensivo… pero un poco interesante. Personas infieles había por montones en ese mundo, pero el descaro y naturalidad con la que muchos decidían comportarse a pesar de los sucios pensamientos que inundaban sus cabezas en esos momentos, siempre era fascinante; no demasiado, pero lo suficiente para motivarlo a levantar su cámara, enfocar a la mujer y a su amante en un perfecto recuadro, y tomar cinco fotografías seguidas. Al revisarlas, la tercera había quedado perfecta: ella lo volteaba a ver él, y los ojos de ambos desbordaban lujuria y gula por igual a borbotones. Si los juzgara sólo por esa sola imagen, parecería que estuvieran a punto de arrancarse las ropas en ese mismo sitio sin el menor pudor, y sin importarles que el hombre de canas tuviera un asiento en primera fila para la profanación absoluta de su esposa. Pero al instante siguiente siguieron con total naturalidad, aun riendo, aun charlando, con el mismo descaro, como si ese pequeño momento no hubiera ocurrido.

    Escuchó entonces la voz de Ann llamándole, y fue consciente en ese momento de que toda la comitiva Thorn se había detenido unos pasos delante de dónde él lo había hecho.

    —Cuando te sugerí que me acompañaras, esperaba que aprovecharas el momento para ilustrarte un poco, o quizás hacer algunas relaciones. —Su tono era afable y tranquilo, pero tenía un poco de regaño oculto en él—. No tomar fotos a la gente a escondidas como un simple paparazzi.

    Damien sonrió, un tanto impasible por su comentario. Siguió revisando sus últimas fotos, pero realmente sólo la tercera valía aunque fuera un poco de su interés; las otras las borró sin pensarlo mucho más.

    —Tú dices que lo sugeriste, pero a mí no me sonó como tal —comentó con un tono burlón—. Sólo vine a hacer acto de presencia y poner mi mejor cara, como siempre. Además, tampoco es que haya algo muy interesante que fotografiar por aquí.

    Ann rio divertida.

    —En un par de horas será mi conferencia, eso quizás te parezca más entretenido. —Damien no respondió nada con palabras, pero su pequeña mueca fue suficiente para dar a entender que la idea no le emocionaba mucho más. Ann se le aproximó, ella sola, parándose a su lado para poder hablar más despacio—. Igual tienes que estar ahí, querido sobrino; para hacer acto de presencia, como bien has dicho. La gente poco a poco tiene que reconocer tu cara y tu nombre. —Pasó en ese momento sus dedos por el cabello negro y sedoso del muchacho, acomodándolo un poco para que quedara perfectamente peinado—. Y te ves tan guapo en estos momentos, que de seguro opacarás a cualquiera en ese auditorio, incluida yo.

    —Lo veo un poco difícil —respondió con simpleza, y justo después comenzó a alejarse de ella con paso tranquilo, pero no hacia la dirección en la que se suponía iban antes de detenerse—. Caminaré un rato por ahí por mi cuenta, si estás de acuerdo.

    —¿Enserio lo crees prudente? —Comentó Ann, insegura.

    —Hey, la gente tiene que ver mi cara, ¿no? —Se detuvo entonces a unos metros de distancia y se giró hacia ella, apuntándola directo con el lente de su cámara para encuadrarla de la mitad del pecho hacia arriba—. Anda, sonríe para mí.

    Un poco de mala gana, Ann permitió que sus labios rojos se curvearan en una sonrisa pequeña pero estable. Damien accionó el disparador, capturando ese pequeño instante. Echó poco después un vistazo más cuidadoso a la pantalla digital de la cámara para revisar la foto.

    —No es tu mejor sonrisa —señaló con tono burlón—. Será mejor que practiques un poco antes de tu conferencia.

    Sin esperar respuesta, Damien giró sobre sus pies y siguió andando para alejarse del grupo, mientras Ann lo miraba el silencio. Sí, en aquel entonces era algo impertinente, pero no más de lo que un adolescente normal lo era. Aún entre sus comentarios sarcásticos e insolencia, se notaba de fondo el respeto que sentía por ella, o incluso podría haber algo de cariño. Ann no era precisamente feliz con dicha conducta, pero llegaba a tolerarlo. Meses después, añoraría que la volviera a tratar al menos como en ese entonces.

    Se acomodó su saco y se dispuso a volver con sus hombres de seguridad que ya se veían bastante nerviosos por lo expuesta que se había puesto, aunque fuera por unos instantes. Verónica, por su lado, observó todo desde lejos, con sus ojos abierto como los de un perrito asustado.

    —¿Lo dejarás ir solo? —le cuestionó despacio la chica rubia, algo sorprendida.

    Ann se encogió de hombros.

    —Déjenlo divertirse un poco, para variar —respondió con notoria naturalidad, ignorante de lo mucho que se arrepentiría después de esa decisión.

    — — — —​

    En realidad Damien no buscaba nada especial en todo ese aburrido evento. Sólo había ido precisamente por lo que Ann había mencionado: relaciones públicas. Desde los doce años lo habían tenido de arriba a abajo en eventos de ese tipo, en los que pudiera lucir su apariencia, su inteligencia, su carisma, o quizás las tres al mismo tiempo si era posible. No era algo que le pareciera divertido en lo más mínimo, pero entendía el propósito; así como Ann entendía su papel en todo eso, Damien lo hacía igual. Lo entendía pues prácticamente se lo habían estado repitiendo cada día durante los últimos cinco años, con bastante insistencia. Pero… que lo entendiera, no significaba que lo aceptara del todo, o incluso que lo creyera.

    Damien ya sabía cómo funcionaban las sectas, y sabía que la Hermandad era una sin duda, y una que esperaba bastante de él. Pero a diferencia de otros, y a pesar de prácticamente ser centro de todo ese asunto, había una parte de él que se resistía a aceptar todo aquello así como así y entregarse a la idea. Quizás era por la misma impertinencia adolescente inherente en él, y quizás en un año o dos se le quitaría. Quizás era lo agobiante que se había vuelto el tener siempre a toda esa gente rodeándolo y observando todo el tiempo todo lo que hacía y decía, esperando que fuera perfecto e impecable en cada aspecto posible. O quizás era el rostro lleno de sufrimiento y dolor de su primo Mark, que de vez en cuando se le venía a la mente cuando cerraba los ojos, y llegaba a ponerlo nervioso… muy nervioso; esto último poco a poco comenzaba a ocurrir menos, y esperaba que al final sencillamente se esfumara del todo.

    Siendo lógico y pragmático, como siempre solía ser, no había motivo alguno para que aquello siguiera tan vivido en su memoria. Mark estaba muerto, ¿y eso qué? Todos a su alrededor morían de alguna u otra forma. Sabía que incluso a Ann le llegaría el turno, aunque desconocía cuál en específico sería su horripilante y vomitivo final… o cuál sería el suyo propio.

    Como fuera, en esos momentos no quería pensar mucho en eso. Deseaba sólo despejar un poco la mente, tomar alguna fotografía si es que encontraba algo que resultara más interesante que una pareja de viejos adúlteros, y quizás comer algo de comida chatarra aburrida y normal; su versión de una tarde recreativa.

    Comenzó a tomar varias fotos mientras avanzaba por los puestos más pequeños de diferentes empresas, y abriéndose paso entre la multitud, que en realidad no era tanta; pensó que de seguro ese sitio se llenaba más cuando ocurría alguna convención de cómics. Todas las fotos que revisaba en la pantalla de su cámara parecían fotos genéricas tomadas por cualquiera de los reportes que rondaban por ahí haciendo lo mismo. Nada llamativo, ningún pecado, dolor o preocupación oculta que se desbordara por las delgadas facciones de la gente, o al menos no uno que le resultara resaltante.

    Se paró entonces recargado contra una pared con sus manos en sus bolsillos y su cámara colgando, y se limitó a observar en silencio a las personas andando delante de él. Al inicio lo hizo una a una, intentando ver o percibir en ellos algo entretenido, y sí lograba percibir bastante, pero nada ni cercano a ello. Luego de un rato, todos los rostros y pensamientos comenzaron a entremezclarse como si fueran uno solo, y lo único que era capaz de percibir era ruido de estática, un ensordecedor ruido de estática.

    Y de pronto, una risa, una sonora y armoniosa risa, que opacó todo el demás sonido; de hecho, por unos instantes, le pareció que realmente todo a su alrededor se había quedado en silencio, a excepción de esa risa, alegre y juguetona.

    Damien se estremeció y miró discretamente a su alrededor. Esa risa… hubo algo extraño en ella. No le parecía haberla escuchado directamente con sus oídos, pero tampoco era parecido a cuando un pensamiento ajeno le llegaba a la cabeza. Eso había sido mucho más fuerte y claro. Pero, ¿de dónde había salido?, o más bien, ¿de quién?

    Recorrió sus ojos, intentando encontrar la fuente entre todo ese tumulto de rostros iguales. Por un rato más, todo fue otra vez estática, murmullos sobreponiéndose unos con otros. Y de nuevo resonó la misma risa, pero ahora incluso más fuerte que antes. Su cabeza se giró de lleno hacia donde estaba seguro que había venido. A unos metros de él, entre toda la gente, distinguió un grupo de cinco chicas, todas jóvenes, posiblemente de su edad; un poco menores o quizás un poco mayores. Tres de ellas cargaban mochilas al hombro, dos tenían en sus manos libretas pequeñas para anotar, y las otras tres ocupaban sus manos mejor en su ver sus celulares.

    Las cinco charlaban amenamente, con voces altas, pero en realidad no lo suficiente para que Damien pudiera escuchar siquiera un poco lo que decían desde esa distancia. Sin embargo, mientras más se enfocaba en ese grupo, mientras más concentraba sus sentidos en ese punto específico, el ruido a su alrededor se iba a apagando poco a poco como a una radio que le van bajando el volumen. Luego de unos segundos, incluso el sonido de las voces de las misteriosas chicas igualmente se fue esfumando… excepto la de una.

    “No, claro que no. Eres una habladora, Emma; ni siquiera estuviste ahí…”

    Era una voz suave y delicada, que flotaba hacia él como señal de radio perdida, y era capaz de oírla con tanta claridad como si se hubiera parado justo delante de él a unos cuantos centímetros.

    Poco a poco, sin que fuera del todo consciente del cambio, las personas a su alrededor se fueron esfumando. Pero no eran sólo las personas, sino realmente todo el espacio en el que se encontraba se difuminó hasta sólo dejar una amplia e infinita área negra, en el que sólo resaltaba un punto brillante al frente. Cuatro de las chicas se habían también desaparecido, pero la quinta ahí se quedó, dándole la espalda, moviéndose y girándose a los lados y al frente, como si su grupo de amigas aún siguiera ahí con ella, y quizás de hecho así era.

    Era de ella de quien surgía esa voz.

    Era una chica alta, de cabellos rubios rizados, sujeto con una cola que le caía sobre la espalda hasta la pitad de ésta. Usaba un suéter rosado que le cubría todo el torso y los brazos, unos vaqueros azules y zapatos converse blancos con rojo; de su hombro derecho colgaba una mochila rojo con blanco, que hacía casi juego con sus zapatos.

    “Jennifer tampoco estuvo ahí. ¿A quién le van a creer?”

    Hubo una pausa, en la que pareció esperar a que alguna de sus amigas, que se había vuelto invisible para Damien, le respondiera.

    “¡Exacto! ¿Ves?, esa es una respuesta sensata.”

    Y le siguió una pequeña carcajada burlona, que de seguro en el mundo real fue correspondida por el resto del grupo. ¿De qué estaban hablando? No sabía, y realmente tampoco estaba poniendo mucha atención a las palabras que pronunciaba, sino a ella en sí… a esa extraña chica que le provocaba una extraña sensación, que la había arrastrado de alguna forma a ese trance del que no estaba seguro si quería o no salir; a esos rizos rubios, a esa figura delgada, pero atlética, a ese lindo trasero que ajustaba sus pantalones, seguido por sus largas piernas.

    “¿Quién eres?”, pensó Damien, con tanta intensidad que por un momento pensó que quizás no lo había pensado, sino que lo había gritado con fuerza. Y esta sensación se vio alentada porque en ese momento la chica misteriosa pareció estremecerse un poco, como si alguien le hubiera tocado la espalda para llamar su atención, tomándola por sorpresa.

    Lentamente se giró confundida hacia su derecha y se quedó en esa posición por unos instantes antes de hacer lo mismo al girarse a la izquierda. Por último, se viró sobre su hombro, y sus ojos azules pequeños pero profundos se clavaron justo en él. Y ese momento realmente la percibió como si en verdad estuviera a una corta distancia de él, y pudiera captar todas las características de su rostro; no sólo sus ojos azules, sino sus mejillas rosadas, su nariz pequeña, sus labios delgados, sus cejas rubias naturales pero bonitas, sus orejas también pequeñas… en general, su rostro tenía un curioso aire de inocencia infantil, a pesar de ser claramente una chica ya grande, pero era en realidad muy linda; no era ni cerca la chica más linda que hubiera visto, y él sabía muy bien que le había tocado conocer a chicas despampanantes en más de uno de esos eventos sociales, pero igual era de un muy buen ver. Y olía dulce y agradable… no se detuvo a pensar cómo era posible que supiera cómo olía, pues en realidad no estaba cerca para oírla, menos para olerla.

    La chica entrecerró sus ojos unos momentos, mirándolo a él, o quizás algo a sus espalas, inquisitivamente. Incluso bajó y subió su mirada como examinándolo con curiosidad; no sabía porque, pero eso lo ponía algo nervioso. Una leve sonrisa divertida se dibujó en sus labios rosados, y casi inmediatamente después se giró de nuevo al frente, quizás de nuevo hacia su grupo de amigas que él no veía.

    “¿Qué clase de chico de esta edad usa un traje como ese en un evento así?”

    Damien arqueó una ceja, intrigante. ¿Eso lo había dicho o pensado? No importaba en realidad, pues igual le confirmaba que a quien estaba observando era en efecto a él. Y, aparentemente, no le gustaba su traje Dormeuil de tres piezas, ajustado a su medida.

    Era linda, pero no tenía buen gusto.

    “Sólo uno que sabe de estilo, muñeca” pensó, y de nuevo con bastante intensidad.

    Justo en ese momento, la misteriosa chica rubia se volvió a estremecer, pero con más fuerza que antes, y de inmediato se viró de nuevo hacia él con rapidez, pero ahora lo miraba fijamente con un gran asombro e incredulidad reflejado en los ojos. Y, de nuevo, se comenzó a sentir nervioso por ser observado de esa manera… y también muy confundido.

    ¿Acaso… lo había escuchado?

    No, eso no podía ser. Lo había sólo pensado, en esa ocasión estaba seguro de haberlo hecho. No había forma de que ella lo escuchara como para reaccionar abruptamente de esa forma… al menos que…

    Y en ese momento todo su entorno volvió a la normalidad, pero no gradualmente sino de golpe. El sonido, la gente, el espacio, los colores, todos volvieron tan abruptamente que lo sintió como un golpe directo en la cara; de hecho, se tambaleó un poco hacia atrás de la impresión y de mero reflejo se agarró de su cámara como si eso lo fuera a sostener. Al mirar de nuevo al frente, las personas pasando de un lado a otro ocultaban un poco al grupo de chicas, pero logró notar como comenzaban a moverse todas juntas.

    Tomó su cámara y usando la funcionalidad de acercamiento intentó ver hacia el grupo antes de perderlo de vista, intentando principalmente enfocar a la chica de suéter rosa. Logró verla, al menos su perfil, logró enfocarla, pero en cuanto accionó el disparador un hombre en un barato traje café se atravesó, cubriéndola por completo. Y un instante después, sencillamente la perdió entre el tumulto de gente.

    Damien soltó una maldición silenciosa.

    ¿Qué había sido todo eso?

    — — — —​

    Pasó media hora, quizás un poco más, en la que el joven Thorn estuvo deambulando por el evento sin rumbo fijo; incluso se había metido por un par de minutos a algunas de las conferencias, y luego salido. Se decía a sí mismo que sólo estaba recorriendo el sitio buscando algo interesante que fotografiar, pero en el fondo sabía que eso no era cierto. En todo ese tiempo no sacó ni una sola fotografía más, ni siquiera se había dignado a alzar su cámara. Ya fuera consciente o inconscientemente, estaba buscando a esa chica. Esperaba ver en cualquier momento su rostro entre la multitud, o escuchar de nuevo su risa resonando directo en su cabeza, o de nuevo siendo atrapado en ese extraño espacio en el que sólo existían ellos dos. Pero no tuvo suerte; para variar, algo no le salía bien a Damien Thorn.

    ¿Cuál era su interés en esa extraña? Como bien se dijo, no era precisamente la chica más guapa con la que se hubiera cruzado, y definitivamente en ese sitio podría encontrar dos o tres mucho mejores si es que le apetecía pasar un buen rato en algún rincón solitario de ese centro de convenciones. Pero aquello que había ocurrido, aquel extraño suceso totalmente nuevo para él… ¿ella lo había causado de alguna forma?, ¿era acaso consciente de lo que había ocurrido? ¿Por qué lo había volteado a ver no sólo una sino dos veces? Se sentía intrigado, como no se había sentido… quizás nunca.

    Tenía que hablar con ella, saber quién era, aunque al final resultara que todo era un malentendido, una jugarreta que le había jugado su cabeza; si era eso, al menos se sacaría la duda de encima.

    Pero llegó ya ese momento, faltaba poco para que la conferencia de Ann comenzara, y como bien había dicho tenía que hacer acto de presencia. De seguro su tía estaba a nada de marcarle a su teléfono para pedirle amablemente que se diera prisa, o que mandara a la gente de su seguridad a buscarlo; le sorprendía que aún no lo hubiera hecho.

    Antes de dirigirse a la sala especial en donde atendían a los invitados más importantes, y dónde Ann de seguro lo esperaba, se detuvo unos momentos frente a una mesa de café para tomar algo y poder calmarse. Tomó uno de los pequeños vasos desechables color blanco, le sirvió el café humeante directo de la gran cafetera de oficina, le colocó dos sobres enteros de stevia, y lo revolvió con un pequeño palillo de plástico. No se veía nada apetecible, pero era lo que tenía. Lo acercó a sus labios para dar un pequeño sorbo y…

    —Hola, chico con estilo —escuchó de pronto que la voz de alguien pronunciaba con entusiasmo a su lado, una voz que le resultó familiar…

    Damien se sobresaltó, y pequeñas gotas del café saltaron del vaso, pero ninguna tocó su caro traje o su cámara. Se giró con cuidado hacia su izquierda y… ahí estaba ella, con sus rizos rubios, su rostro aniñado, sus ojos azules, su suéter rosa y su mochila a juego con sus zapatos. Se había aparecido de la nada, materializado a su lado sin que él sintiera su cercanía siquiera. Estaba tomando en ese momento otro de los vaso desechables, e igual que él se estaba sirviendo un café. Era alta, prácticamente de su misma estatura; unos cuantos centímetros más baja, pero con los tacones correctos quizás quedarían iguales.

    El chico se quedó unos segundos perplejo, forzándose a sí mismo a reaccionar. Esto no era usual en él; se suponía que él era siempre quien causaba estas reacciones en las personas, no al revés. Respiró hondo por la nariz, se paró derecho y confiado, y respondió:

    —¿Me hablas a mí? —Murmuró indiferente, quizás demasiado.

    La chica lo volteó a ver de reojo, y le sonrió pícaramente.

    —¿A quién más? —Le respondió divertida.

    Volvió entonces a lo suyo, como si la presencia del chico igualmente le diera igual. Sirvió el café, y lo tomó entre sus dedos, soplándole un poco antes de dar el primer trago, el cuál no pareció agradarle para nada.

    Damien se cuestionaba a sí mismo qué hacer ahora. Había ido directo a él y le había dicho “chico con estilo”. Eso era lo que había pensado en aquel momento; ¿era una coincidencia o una indirecta?

    “¿Me pasas la crema?”

    Lo escuchó de pronto fuerte y claro en su cabeza, haciendo que de nuevo al muchacho se estremeciera. La miró de nuevo. Ella seguía sosteniendo el café frente a su cara, y le seguía soplando. Lo miró de reojo cuando sintió que la estaba viendo, y le volvió a sonreír de la misma forma.

    “Descuida, nadie se va a dar cuenta. Puedes escucharme, ¿cierto?”

    Escucharla no era la palabra que Damien hubiera usado para describir eso, pero sí… lo estaba haciendo.

    Su mano derecha se movió prácticamente sola, tomando el bote de crema y colocándoselo al frente. La chica lo tomó con animosidad y se sirvió una generosa cantidad de ésta en su café. Damien la miraba atentamente. ¿Estaba acaso manando sus pensamientos directamente a él de manera consciente? Nunca antes nadie lo había hecho, y nunca había percibido tampoco los pensamientos de una persona de manera tan clara como si fueran palabras de una conversación. Pero, entonces, ¿ella también podía oír los suyos?, ¿por eso había reaccionado así en aquel momento anterior?

    Le parecía inverosímil, nadie en ese mundo podía hacer tal cosa, sólo él y nadie más… o eso creía, hasta ese momento.

    Quiso hacer una prueba. Se concentró, como lo hizo antes, en igualmente pensar con la intensidad suficiente como antes.

    “¿Cómo es que haces esto? ¿Quién eres?”

    La chica de rizos se estremeció, encorvándose un poco en ella misma, y colocando los dedos de su mano derecha contra su sien, como si le doliera.

    “Oye, más despacio, amigo. No tan intenso, ¿quieres?”

    Bebió un sorbo de su café, con bastante crema, y eso la calmó un poco.

    “No te asustes”

    —¿Acaso es la primera vez que haces esto? —Dijo justo después, ya con su propia voz.

    —¿Hacer qué?

    —Pues esto, hablar con otra persona de esta forma. ¿Nunca habías conocido a alguien más que pudiera hacerlo?

    Damien se quedó mudo, tanto en su mente como en sus palabras. La chica bebió de nuevo de su café, pero sin dejar de mirarlo.

    “Supongo que eso es un no. Si sirve de algo, es la primera vez que conozco a alguien de mi misma edad con el Resplandor”

    Damien arrugó un poco su entrecejo, intrigado.

    —¿Resplandor?

    La fila para la mesa de café detrás de ellos se estaba alargando, por lo que la chica gentilmente lo empujó del brazo para indicarle que avanzara. Damien la obedeció, casi sin pensarlo, y se pararon un poco apartados de la mesa.

    —Así es como mi tío Dan lo llama —le explicó entre un sorbo de café y otro—. A esto, lo que hacemos; nuestro pequeño don. ¿Desde cuándo lo haces?

    Damien la tomó abruptamente de su brazo, haciendo que casi se derramara su café encima. No la sujetó muy fuerte en realidad, pero sólo lo suficiente para poder encararla de frente.

    —¿Quién demonios eres? —Le cuestionó algo alterado. La chica, sin embargo, no pareció intimidarse en lo más mínimo.

    —Tranquilo, amigo —le respondió con tono duro, incluso algo agresivo, y se retiró de inmediato su mano de encima—. Bájale un poco a tu humor, que no te hace ver más atractivo. Me llamo Abra Stone, soy de Anniston. ¿Y tú?

    Damien había reaccionado casi por mero instinto al tomarla de esa forma. ¿Por qué? Él siempre se mantenía tranquilo y frío ante todo, pero esa situación en la que no tenía en lo absoluto el control, simplemente lo desbalanceaba demasiado. Respiró de nuevo hondo por la nariz e intentó recuperar lo más posible la serenidad.

    —Damien Thorn —le respondió con calma. Los ojos de la chica se abrieron por completo con asombro.

    —¿Thorn? —Exclamó despacio—. ¿Cómo Ann Thorn de… Thorn Enterprises?

    —Sí, ella es mi tía.

    La joven, auto presentada como Abra Stone, soltó un pequeño alarido, como si le hubieran sacado el aire de un golpe.

    —Vaya, vaya, alto ahí —murmuró alzando su mano libre al frente—. ¿Quieres decir que eres un Thorn?

    “¿De las familias más ricas y poderosas del país?”

    “Sólo estamos en el Top 5 nacional”

    Eso último Damien lo había pensado como una respuesta, casi sin notarlo, ahora con mucha más naturalidad, así como lo hacía ella.

    Abra rio, sarcástica.

    “Oh, disculpe usted, error mío. Sólo eres de los cinco más ricos”

    Damien sonrió divertido por su actitud, sin proponérselo realmente.

    “¿En verdad puedes hacer esto?”

    “No, es un truco de magia, Abracadabra…”

    Incluso aunque sólo fueran pensamientos, podía sentir por completo su derroche de sarcasmo.

    “Por supuesto que sí. Enserio, no habrás creído que eras el único en el mundo que podía hacerlo, ¿o sí?”

    Damien no respondió, por ninguna de las dos vías disponibles, pero la respuesta correcta sería de hecho un “sí”.

    “Hay varios, aunque yo no conozco a muchos. Sólo a mi tío y… a un grupo de sujetos bastantes despreciables, pero que ya no andan por aquí. Y ahora tú, Damien Thorn”

    —Pero descuida, será nuestro secreto —añadió ahora con su propia voz, y justo después le guiñó el ojo derecho con complicidad—. Buen, tengo que irme, la conferencia de tu tía está por comenzar. ¿Vienes?

    Damien supuso que en efecto debía, pero ahora menos que antes le apetecía la idea.

    —Ya la he oído antes —le respondió con simpleza, y Abra sencillamente se encogió de hombros.

    —Como quieras.

    Se giró entonces en dirección a donde sus amigas la esperaban a lo lejos, con su café entre sus manos. Hubiera sido muy fácil dejarla irse, dejar que se alejara y olvidarse de ella como si eso jamás hubiera ocurrido… pero, ¿cómo podría ser posible que hiciera algo así luego de todo lo que acababa de ocurrir?

    —¡Oye! —Exclamó un poco fuerte para llamar su atención, al tiempo que rápidamente la alcanzó. Abra se detuvo y se giró hacia él, un poco confundida. Damien se paró delante de ella, aparentemente un poco dudoso de qué decir.

    “¿Quieres ir a platicar por ahí? Tengo… varias preguntas”

    Abra lo miró insegura. Echó un vistazo sobre su hombro a sus amigas, que desde lejos la miraban asombrada, pero de seguro no la miraban a ella sino al chico apuesto de traje con el que estaba hablando.

    —Se supone que tengo que hacer un reporte de las conferencia… —comenzó a decir insegura, pero calló abruptamente. Sonrió más confiada, y se giró de nuevo hacia él.

    “Bueno, ¿qué más da?”

    FIN DEL CAPÍTULO 28

    Notas del Autor:

    Abra Stone se basa íntegramente en el respectivo personaje de la novela Doctor Sueño escrita por Stephen King y publicada en el 2013. Originalmente Abra tiene 12 años durante gran parte de la novela, y 15 al final de ésta. Esta historia se ubica alrededor de dos años después del final de dicha novela, por lo que tendría entre 16 y 17 años, teniendo una apariencia física acorde a dicha edad.

    Verónica está basado en el personaje de Verónica Selvaggio de la serie de A&E Damien del 2016 en lo que respecta a su papel y apariencia (aunque aquí es una joven de dieciocho años), pero es posible que se tomen algunas libertades con su personalidad y trasfondo. Más adelante se darán más detalles sobre ella.

    Mónica es un personaje original de mi creación que no se basa directa o indirectamente en algún otro personaje conocido de novela, película o serie.
     
  9.  
    WingzemonX

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    Título:
    Resplandor entre Tinieblas
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Misterio/Suspenso
    Total de capítulos:
    30
     
    Palabras:
    7580
    Resplandor entre Tinieblas

    Por
    WingzemonX


    Capítulo 29.
    Cosas Malas

    Damien y Abra no fueron muy lejos. En realidad, sólo subieron al segundo nivel, en dónde se encontraba una pequeña área de comidas para los asistentes. Había de todo un poco, desde ensaladas y rollos para los más exigentes, hasta hamburguesas y pizzas para los más convencionales. El joven Thorn pidió una ensalada con pollo, y en contraposición su invitada pidió una hamburguesa mediana y papas. Ambos se sentaron frente a frente en una de las mesas pequeñas, cerca del barandal que rodeaba la zona de comidas, que en realidad era como una pequeña terraza en la que se podía ver desde lo alto al resto del centro de convenciones, los puestos de las empresas, y la gente que iba y venía. Desde esa posición, era como una de esas imágenes sobrecargadas de elementos de los libros de Where's Wally?, aunque con movimiento.

    Desde el inicio Abra se vio bastante curiosa por la cámara que colgaba del cuello del chico. Le preguntó si le dejaba verla, y él le indicó que sólo si se limpiaba sus dedos manchados de cátsup y aceite de papas fritas.

    —Huy, está bien, princesita —exclamó con un tono irónico, y de inmediato se talló las manos fuertemente con una servilleta. Luego sacó de su mochila un gel antibacterial, vertió un poco en sus palmas y se volvió a tallar. Le enseñó ambas manos por ambos lados con actitud satírica, que a Damien en realidad le parecía bastante divertida—. ¿Satisfecho?

    —Bastante.

    Se quitó la cámara y se le extendió por encima de la mesa para que la tomara. Cuando Abra la tuvo entre sus manos, pareció sorprenderle el peso de ésta. La estuvo rotando, mirando su lente, todos los botones y opciones que tenía, la pantalla de la parte trasera… Más que interesada, parecía quizás asustada.

    —Sí que se ve costosa —comentó algo aprehensiva—. ¿Cómo de cuánto estamos hablando?

    —No recuerdo —masculló Damien, recargándose por completo contra su silla—. Incluyendo todos sus aditamentos, creo que unos cuatro mil.

    —¿Dólares? —Exclamó la muchacha rubia, casi horrorizada—. Vaya, para un Thorn supongo que eso es como comprarse un chocolate en la tienda.

    Abra alzó entonces el costoso aparato y lo colocó frente a su rostro. Acercó su ojo a la mirilla e hizo que enfocara directamente al chico sentado delante de ella. Éste sonreía muy sutilmente, con un plato de ensalada a medio comer delante de él.

    —¿Sólo presionó aquí y ya? —Preguntó Abra mientras tocaba a tientas con un dedo el botón del obturador ubicado a un lado.

    —Básicamente.

    Abra pareció dudar unos momentos entre tomarla o no, para al final optar por bajar la cámara y mirar a su acompañante con incertidumbre.

    —No, espera…

    Colocó la cámara en la mesa unos momentos, y entonces se inclinó al frente, extendiendo su mano hacia él. Antes de que pudiera reaccionar, la joven colocó su mano sobre su cabeza, y sacudió violentamente su peinado cabello, haciendo que éste se desacomodara.

    —Oye —exclamó Damien como reproche, pero de inmediato la misma mano tomó su corbata de su nudo y la jaló para retirársela.

    —Desabróchate los primeros dos botones —le indicó la joven justo después con tono juguetón. Damien la miró de mala gana unos segundos, pero luego se vio más relajado y cumplió su petición abriendo su camisa hasta mostrar un poco de su pectoral mayor—. Ahora sí; ya no pareces tanto un yuppie.

    —¿Sabes al menos qué significa esa palabra?

    Abra no hizo caso a su pregunta. Volvió a tomar la cámara y lo enfocó con ella una vez más.

    —Mira hacia acá, baby.

    Damien no dibujó ninguna sonrisa u optó por alguna mirada fuera de lo común. Sólo miró hacia la lente de forma natural, y unos segundos después escuchó claramente el sonido característico de una fotografía tomada. Abra echó un vistazo a la foto en la pantalla digital trasera, y casi de inmediato se la pasó a Damien para que él mismo la viera.

    —¿Qué dices? ¿Tengo talento?

    El chico de traje, aunque ahora sin corbata, tomó de regreso su cámara e inspeccionó la última fotografía tomada. La inspeccionó en un intrigante silencio por un rato, y entonces volteó a ver lentamente a la jovencita ante él con un poco de seriedad en su mirada.

    —Te quedó un poco desenfocada —le informó con normalidad—. Y me cortaste la parte superior de la cabeza. Y creo que hubiera quedado mejor si la hubieras tomado verticalmente.

    El rostro de Abra se cubrió de un ligero enojo en forma de puchero, que hacía ver su ya de por sí infantil rostro aún más fuera de sitio.

    —Apuesto que igual eres de esas personas que siempre salen bien en todas las fotos —masculló con molestia como si intentara que eso sonara a un insulto, aunque en realidad no se sintió para nada como tal—. Yo siempre terminó viéndome fatal.

    —Quizás porque nunca has tenido al fotógrafo adecuado —señaló el joven Thorn, y entonces se permitió tomar la cámara, en posición vertical, y enfocarla con ella al tiempo que ajustaba los lentes—. Mira hacia acá con tu mejor sonrisa.

    —Sólo tengo una sonrisa —contestó la rubia, irónica. Respiró entonces profundamente, se sentó erguida en su silla, miró fijamente al frente y sonrió de una manera suave y decorosa.

    Damien la siguió enfocando, intentando encontrar el ángulo y el enfoque adecuado.

    —Sólo déjame… —Extendió en ese momento una mano hacia ella, sin soltar la cámara con la otra, y pasó sus dedos por su frente para retirarle uno de sus rizos de la cara. Éste acto tomó por sorpresa a Abra, pero lo hizo aún más el hecho de que en ese mismo instante tomara la fotografía sin siquiera prevenirle—. Listo, perfecta.

    Sin siquiera echarle un vistazo a la pantalla, le extendió la cámara de regreso a su modelo para que ella misma viera el resultado. Abra, bastante escéptica, tomó la cámara de mala gana para ver lo que había hecho. De seguro había salido con cara de estúpida o algo parecido.

    No era así.

    Abra se quedó anonadada al ver la espontanea fotografía que le habían tomado. Miraba hacia arriba en un pequeño ángulo ascendente, como si contemplara algo lejano en las alturas, aunque en realidad lo que sus ojos buscaban en esos momentos era la mano de su fotógrafo. Su rostro en ese momento no era de sorpresa o de enojo, sino más bien parecía reflexivo, soñador. La luz que entraba por el vitral sobre sus cabezas hacía que su piel tomara una tonalidad brillante, y jugaba bien con las sombras de su costado.

    Quizás sólo la estaba viendo a través de una pequeña pantalla cuadrada, pero de inmediato pensó que podría ser la mejor fotografía que se hubiera tomado en su vida.

    —Cielos… —masculló incapaz de salir de su asombro. Miró entonces a Damien, quien desde su silla parecía bastante orgulloso de su obra—. ¿Cómo lo hiciste?

    El joven Thorn se encogió de hombros.

    —Creo que tengo el don de sacar lo mejor y lo peor de las personas… en sus fotografías, claro —se apresuró a aclarar—. Me agradan las fotos porque capturan un momento fijo de las personas. Todo lo que les cruzaba por la cabeza, todo lo que deseaban y querían, puedes interpretarlo en su expresión, en su mirada, o postura. Pequeños detalles que en un video o a simple vista pasan desapercibidos.

    Abra no mostró mucha reacción a sus palabras; parecía estar aun digiriendo la impresión de haber visto tal foto, y no tenía energías suficientes para intentar descifrar por completo lo que trataba de decirle con todo ello.

    Le pasó entonces de regreso su cámara.

    —¿Y qué ves en mi fotografía? —Preguntó curiosa.

    Damien echó un vistazo a la pantalla de la cámara antes de responder algo.

    —Brillas con intensidad —mencionó abruptamente—. Mucha intensidad.

    Un trazo de sorpresa se dibujó en los ojos de la chica rubia, y sus mejillas tomaron una ligera tonalidad rosada, que intentó disimular volteando hacia otro lado. Se aclaró la garganta discretamente, y con un movimiento de sus dedos volvió a colocarse fuera de lugar el mismo mechón que él le había acomodado.

    —Bien —exclamó con aparente más calma, aunque quizás era algo fingida en realidad—, además de rico, fotógrafo aficionado y lector de mentes, ¿qué más puedes hacer?

    —¿Hablas de…? —Damien señaló su propia cabeza con un dedo. Abra no respondió nada, pero su sola mirada le fue suficiente para indicarle que era justo eso.

    El chico sonrió, divertido.

    “En realidad no creo poder leer mentes precisamente. Normalmente sólo soy capaz de sentir lo que le gente siente, o darme una idea de sus preocupaciones, miedos y deseos, y demás emociones fuertes.”

    —Es la primera vez que los pensamientos de alguien llegan a mí como si fueran parte de una conversación —concluyó ya con su propia voz.

    —Para ser tu primera vez lo haces bastante bien —señaló Abra, colocando una mano en su barbilla en una casi sobreactuada expresión reflexiva—. Incluso logras bloquearme por completo, y muy fácil al parecer.

    —¿Bloquearte? —Inquirió Damien, intrigado.

    Abra fue ahora la que sonrió, inclinando un poco su cuerpo hacia el frente.

    “Sí, no soy capaz de entrar en esa cabecilla tuya por mi cuenta, sólo lo que tú quieres que vea. No es tan raro realmente, yo también puedo hacerlo, y mi tío Dan igual. Pero me resulta curioso que tú lo hagas con tanta naturalidad si nunca habías hecho esto antes.”

    Tomó una de sus papas fritas, la sumergió hasta la mitad en su botecito de salsa cátsup, e inmediatamente después se la introdujo completa en la boca. Parecía disfrutarla gratamente.

    —Siempre me han dicho que tengo facilidad para aprender cosas nuevas —contestó Damien, encogiéndose de hombros.

    —Ajá, pero ya enserio —insistió la joven—, ¿puedes hacer algo más?

    —¿Tú puedes?

    —Yo pregunté primero.

    —Dime y yo te digo.

    —Qué maduro —farfulló con un poco de falso fastidio. Dio un sorbo profundo de su refresco, antes de dignarse a responderle—. Tengo un poco de telequinesis. Ya sabes, mover objetos con la mente, o romper cosas. De pequeña me parece que tenía más, pero conforme fui creciendo esa habilidad se fue diluyendo un poco. Ahora sólo me surge cuando estoy alterada, en peligro, enojada o cosas así.

    El rostro de Damien se tornó algo serio al escucharla.

    —Eso es interesante —murmuró con genuino interés, que posiblemente sin querer había sonado un poco sarcástico.

    —Bien, te toca. ¿Qué más puedes hacer?

    Damien se recargó por completo contra su silla, cavilando un poco. Dio un sorbo de su botella de agua, mientras miraba al techo en busca de la mejor respuesta para dar.

    —Puedo… hacer que algunos animales hagan lo que les digo.

    La ceja de Abra se arqueó con bastante incredulidad.

    —No es cierto —musitó, casi ofendida.

    —Es verdad.

    —¿Enserio? ¿Quieres que crea que tienes control mental sobre los animales?

    —En algunos, principalmente perros.

    Abra rio de manera forzada; era evidente que no le creía. Tomó su vaso de bebida, y sorbió hasta que pareció acabarse todo lo poco que le quedaba.

    —Qué conveniente que no haya ningún perro por aquí para que lo demuestres —murmuró, sarcástica—. Tengo un perrillo llamado Brownie. Fue un regalo de mi tío Dan; era de un conocido suyo que falleció. Es una criatura adorable, pero a veces me gustaría poder hacer que me obedeciera cuando le digo que se bajé de los sillones o que no mastique lo que no debe.

    —Yo te puedo ayudar con eso.

    —¿Ah, sí? Podrías ser como el Encantador de Perros, pero en versión Millennial.

    —Creo que en realidad somos Generación Z.

    —Da igual.

    Abra rio entonces, con una risa bastante natural y suave. Todo en ella parecía demasiado… auténtico, transparente, como si no temiera en lo más mínimo decir o hacer lo que le placiera. Eso era algo realmente inusual para el joven Thorn, al menos cuando la gente estaba ante él. Aún aquellos que no conocían su supuesta verdadera naturaleza, por el simple hecho de ser un Thorn, o muchas veces por su mera presencia, tendían a decir y actuar de una forma tal para complacerlo y agradarle. Suena genial a primera instancia, pero lo cierto es que se vuelve un poco aburrido a la larga. Por ello, esa chica le resultaba ciertamente inusual, y por ello interesante.

    Definitivamente más interesante que la pareja de adúlteros de hace un rato.

    —¿Tú puedes hacer algo más? —Preguntó Damien directamente y sin rodeos. Abra se encontraba a mitad de una mordida de su hamburguesa cuando escuchó la pregunta, así que tuvo problemas al inicio para lograr enfocarse y responderle.

    Masticó aprisa, cubriendo su boca con una mano, y tragó lo más rápido que pudo.

    —Déjame ver… Puedo proyectar mi conciencia a otros lugares —declaró con bastante naturalidad, pese a la naturaleza tan inusual de su afirmación—. Puedo ver y escuchar a una persona que esté a kilómetros de mí tan vívidamente como si la tuviera al frente. Pero requiere mucha concentración, y ocupo saber a dónde quiero ir o con quién quiero ir. A veces tocar un objeto o una foto ayudan, o sencillamente me enfoco en una idea o deseo, y me dejo llevar por ella.

    —Creo que yo también puedo hacer algo parecido —comentó Damien, entusiasmado. No sabía si era exactamente lo mismo, pero efectivamente lograba ver y oír a personas que estaban muy lejos de él; a veces, podía incluso hacerles mucho más que sólo verlos y oírlos.

    —No es tan raro —comentó Abra, un poco indiferente—, mi tío Dan también puede.

    —Ese tío Dan del que tanto hablas, ¿te enseñó a hacer todas esas cosas?

    —No precisamente. —Abra dio una mordida más de su hamburguesa; ya sólo le quedaban alrededor de dos bocados más—. Yo podía hacer todo esto desde que era muy pequeña, y la mayoría las fui aprendiendo por mi cuenta. A mi tío lo conocí hasta que cumplí los doce. En general, mis habilidades son más poderosas que las suyas. Pero él tiene bastante más experiencia y control, así que sí, sus consejos y guías me han servido.

    Así que no había sólo una persona más en ese mundo que podía hacer cosas parecidas a las suyas, sino que había al menos dos. Y encima de todo, era alguien con más “experiencia y control”. La idea le provocaba una verdadera mezcla de sentimientos; entre ellos, definitivamente se encontraba el enojo, pero no deseaba pensar en ello de momento.

    Tomó un bocado de su ensalada; un pedazo de pollo y uno de lechuga, para ser exactos. Miró entonces hacia abajo, hacia el resto de la gente, y al mismo tiempo comenzó a captar con más claridad todo el ruido que hacían: sus voces, sus pasos… y sus mentes.

    —Hay algo más que puedo hacer —murmuró de pronto una vez que terminó de masticar, y antes de pasar una servilleta por sus labios para limpiar cualquier rastro de aderezo que le hubiera quedado ahí—. No sólo puedo influir en los animales, también en algunas personas. En las que tienen la mente más débil o vulnerable. Puedo hacer que hagan cosas.

    —¿Cosas cómo qué? —Cuestionó Abra, al parecer también escéptica, pero no tanto como con los animales.

    Damien sonrió complacido.

    Miró entonces de nuevo hacia la multitud.

    —Déjame ver… —susurró despacio mientras recorría su mirada por el tumulto, buscando a alguien que pudiera servirle de ejemplo. El sujeto perfecto se le cruzó sin mucha espera—. ¿Ves a aquel hombre de allá?

    Damien señaló hacia abajo, hacia el área de los stands. Abra miró en la dirección que señalaba. Tardó un poco en identificar de quién hablaba, pero le pareció claro que señalaba a un hombre cuarentón, de traje gris y cabeza calva, que se encontraba de pie frente al stand de alguna marca motocicletas, o eso le parecía. El stand era atendido por hermosas mujeres en vestidos cortos y ajustados color plateado con brillos. Eso era lo único que ella podía percibir desde esa distancia.

    —No le ha quitado los ojos de encima a esa edecán desde hace un buen rato —añadió Damien, señalando ahora hacia una de las chicas, una rubia alta y bastante, bastante curvilínea, que atendía en esos momentos a otro hombre interesado en una de las máquinas que exhibían—. Desde aquí puedo sentir todas las malas emociones que le provocan su figura y su vestido diminuto. Es un hombre casado, y aún así está considerando el invitarla a salir con él esta noche.

    Abra lo miró sorprendida un instante, pero casi de inmediato se volvió a girar hacia aquel hombre, intentando enfocarse en él. Había mucha gente, mucho ruido y movimiento. No logró captar con tanta claridad lo que Damien describía, pero si le llegó una sensación un tanto incómoda y desagradable proveniente de él.

    —Qué asqueroso —masculló, molesta.

    —Los pensamientos indebidos son los más fáciles de percibir para mí —comentó Damien—, y también los que dejan más vulnerable la mente de una persona. ¿Qué te parece si le damos un pequeño empujón para cumplir su deseo?

    Abra no entendió a qué se refería. El chico de negro observó muy concentrado al hombre calvo, como si mirara un acertijo que le resultaba difícil de entender. Aunque, en realidad, ese sujeto podía ser muchas cosas, pero no difícil de entender. Era un sujeto bastante común, bastante… aburrido.

    De la nada, el hombre se estremeció como si le hubiera dado un pequeño escalofrío. Se paró derecho y miró hacia al frente de forma perdida, como si meditara en algo profundo, muy profundo. Abra notó este cambio. Miró a Damien con la intención de preguntarle si él lo estaba haciendo; él seguía con su atención puesta en aquel hombre, y no le pareció que fuera buena idea interrumpirlo.

    De pronto, el hombre calvo comenzó a caminar con paso decidido y firme, en dirección al edecán, que en esos momentos le daba la espalda mientras hablaba con el otro caballero. Sin duda alguna ni vacilación en su acto, se paró justo detrás de la señorita, y acercó de inmediato su mano derecha hacia su glúteo, tomándolo firmemente entre sus dedos.

    Abra contuvo el aliento al ver esto.

    La Edecán dio un salto, asustada, y de inmediato se volteó y retrocedió; el hombre calvo la miraba aún con la expresión ausente, como si no fuera consciente de dónde estaba. Esto poco le importó a la chica, pues con justa razón se lanzó contra él, comenzando a golpearlo con ambas manos en su cabeza pulida y reluciente. No lograban escuchar qué le decía, pero parecía estarle gritando todos los insultos del manual. El hombre, confundido como si lo acabaran de despertar de un sueño, se cubría torpemente con sus brazos. El otro cliente que la señorita atendía, se le acercó de inmediato con actitud desafiante y lo tomó de su traje, zarandeándolo y dándole también su dosis de insultos sin duda. Otras de las chicas se acercaron a la joven afectada para apoyarla; no se veía asustada o triste, sino más bien furiosa. Varias personas más, incluyendo a un guardia de seguridad, se acercaron al sitio. Unos segundos después estaban jalando a aquel hombre a la salida.

    Abra no pudo evitar soltar una pequeña risilla ante la escena; parecía casi sacada de una mala comedia de domingo.

    —Eso fue terrible —exclamó entre risillas.

    —Te estás riendo.

    —No dije que no fuera gracioso.

    Damien no rio, pero sí sonrió. Pero él no lo hacía tanto por lo ocurrido, sino por la reacción que había tenido su acompañante.

    —Eso fue algo pequeño. Puedo hacer que hagan cosas más grandes.

    —¿Cómo qué?

    Se arrepintió de haber dicho eso en cuanto oyó esa pregunta. “¿Cómo qué?”, eso definitivamente no era algo que deseara responder. ¿Quería saber cómo qué era capaz de hacer que las personas hicieran?; no, realidad no quería saberlo.

    Sintió entonces su nombre flotar en el aire, y llegarle desde atrás directo a su nuca. No era un sonido como tal, nunca eran precisamente sonidos, salvo esas conversaciones que había tenido con esa chica que acababa de conocer. Era más como pensamientos o sentimientos, pero eran un tanto más fríos y distantes. Se giró sobre su hombro, y luego miró de nuevo hacia abajo, hacia la multitud. Pudo distinguir con facilidad a dos hombres de trajes negros y gafas, abriéndose paso entre la gente, mientras miraban constantemente a todos lados. Damien los reconoció de inmediato.

    —Son los guardias de mi tía —comentó un poco fastidiado—. Deben estarme buscando.

    —¿Te escapaste de ella acaso?

    —Algo así. —Se puso entonces de pie rápidamente—. Salgamos de este sitio.

    —¿De la Convención?

    —Sí, no te preocupes por tu reporte. Yo te diré todo lo que ocupas saber de Thorn Enterprises, mi tía y sus negocios.

    —¿Cómo rechazar esa oferta? —se encogió Abra de hombros, y de inmediato se paró también y se colocó su mochila al hombro. Damien comenzó a andar con un poco de prisa hacia las escaleras, y ella lo siguió.

    Tiempo después esa misma noche, la joven de rizos rubios se cuestionaría a sí misma cómo era que había hecho todo aquello con tanta facilidad y sin pensarlo ni un poco primero.

    — — — —​

    Era como una pequeña aventura de espías, de ambos abriéndose paso a escondidas entre la gente, intentado pasar desapercibidos. Los supuestos guardias de Ann Thorn no parecieron ser conscientes de su cercanía en ningún momento. Damien guio a su compañera entre los pasillos, hacia el estacionamiento subterráneo. Una vez ahí, todo se sentía mucho más silencioso y callado, como si el barullo sobre sus cabezas sencillamente no existiera.

    —¿Tienes vehículo? —Cuestionó la joven, mientras andaban entre los vehículos estacionados.

    —Llegamos aquí en un par de autos de la empresa. Tomaremos uno prestado.

    El par de autos de la empresa eran en realidad tres camionetas negras del año con el logo de Thorn Enterprises en los costados de las puertas. Había tres choferes ahí esperando, aunque en esos momentos los tres se habían tomado un momento para fumar, charlar y revisar sus celulares. Uno de ellos, alto y fornido, quizás demasiado alto y fornido para ser sólo un chofer, fue el primero en notar que se acercaban. El hombre se sobresaltó casi asustado, y de inmediato tiró el cigarrillo al suelo y lo pisó con fuerza con la punta de su zapato.

    —Joven Thorn —exclamó con un tono respetuoso y algo cohibido.

    —Me llevaré este auto, Chuck —indicó el joven de negro, señalando con su dedo pulgar hacia una de las camionetas. El chofer miró el vehículo, un tanto perplejo.

    —Pero su tía…

    —Mi tía ya está enterada —interrumpió abruptamente y entonces le extendió su mano—. ¿Las llaves?

    El conductor miró la mano blanca de aquel chico con una expresión tal como si lo hubieran apuntado con una pistola. Al final, sin embargo, lo obedeció sacando las llaves de su bolsillo y entregándoselas. A Abra toda esa escena le pareció extraña. El temor o nerviosismo que aquel hombre, y de paso sus demás compañeros, mostraba, le resultaba un poco más del normal que se esperaría de un empleado a su jefe; o más bien al hijo/sobrino de su jefe.

    Damien tomó gustoso las llaves del vehículo. Luego sacó del bolsillo interno de su saco su billetera, y extrajo de ésta un billete doblado que le extendió al conductor para introducirlo en el bolsillo de su camisa.

    —Por las molestias —le masculló el joven, seguido de un guiño de su ojo derecho. El hombre sólo agradeció con un discreto asentamiento de su cabeza. Abra no vio de cuánto había sido aquel billete, pero hubiera jurado que le pareció ver la cara de Benjamin Franklin por un instante.

    Damien se dirigió sin espera a la puerta del conductor.

    —Sube —le sugirió animoso.

    Abra rodeó el vehículo para ir la puerta del pasajero. Otro de los conductores se apresuró a abrírsela.

    —Gracias —exclamó la joven al tiempo que se subía y se colocaba la mochila sobre las piernas. El conductor cerró la puerta detrás, y ella de inmediato se colocó el cinturón de seguridad.

    Damien encendió el vehículo y con notable destreza lo sacó en un solo movimiento de su cajón, para luego encaminarse apresurado hacia la salida, un poco más rápido de lo necesario. Abra sonrió, divertida por todo lo emocionante y nuevo que todo aquello le resultaba.

    — — — —​

    Salieron casi disparados del centro de convenciones, y luego Damien se abrió paso por las calles de la ciudad con la maestría de un conductor Nascar, pero con relativa menor velocidad. En realidad no sabía a dónde iba o para qué; simplemente se estaba dejando llevar, sin ningún plan o agenda, para variar.

    Aún no estaba seguro de qué hacer con toda la información nueva que acababa de recibir, o incluso qué hacer con la chica que tenía sentada a su lado. Tenía demasiados pensamientos entrecruzados, y demasiadas emociones que no eran propias de él o de su naturaleza. Pero ya tendría mucho tiempo para lidiar con ello. Por ahora, sólo quería seguir conduciendo y disfrutar de ese momento, hasta que ya no pudiera hacerlo más.

    —Creo que nunca me había subido a un auto tan costoso —escuchó que Abra comentaba desde su diestra. Cuando Damien le echó un vistazo rápido de reojo, notó como pasaba su mano por la piel oscura del asiento—. Por sólo estar sentada aquí me siento intimidada.

    Damien sonrió, divertido por esa reacción, que de hecho no le resultaba tan inusual.

    —A la gente le intimida mucho las cosas materiales como éstas —murmuró sarcástico, mirando fijamente al camino—. Pero al final del día, sólo es plástico y metal, acomodado de una forma distinta y por ello le dan más valor.

    Abra soltó una risilla incrédula.

    —¿El chico rico del Top 5 Nacional me va a venir a hablar de no ser materialista?

    Damien se encogió de hombros.

    —Bueno, no mentiré. El dinero tiene su poder, pero existen fuerzas más poderosas que mueven a más personas.

    —¿El amor o alguna cursilería parecida?

    El chico guardó silencio, reflexivo por unos instantes.

    —Sí, alguna parecida…

    Abra no insistió mucho más con el tema; igual sólo fue un comentario sin importancia que se le había salido. Abrazó la mochila contra sí, y se viró hacia la ventana, viendo las tiendas y personas pasar mientras ellos avanzaban. ¿Qué cruzaba exactamente por esa cabecita rubia? Damien intentó enfocarse en descubrirlo, pero no percibió nada. Ella había comentado algo sobre una defensa. No pensaba que hubiera realmente alguien que pudiera “defenderse” por completo de él. De seguro si empujaba e insistía lo suficiente, podría atravesarla y ver del otro lado, pero no le apetecía hacer tal cosa en ese momento; no aún, al menos.

    —Así que —comenzó a pronunciar la joven, sin apartar su mirada de la ventana—, recapitulando, lees mentes o algo parecido, puedes influenciar en los perros y en las personas para que hagan lo que tú quieras, e igual que yo puedes ver otros lugares y personas aunque estén lejos de ti. ¿Algo más que desees compartir?

    Otra pregunta que lo obligó a guardar silencio. Sólo se le ocurría una cosa más que no había mencionado… una que ni él mismo era aún capaz de comprender del todo. Podría haberlo omitido, haber respondido su pregunta con un “no, nada más”, dejar dicho tema por terminado, y ella no sabría que le mentía pues aparentemente él también tenía su propia defensa. Pero de alguna forma su razonamiento concluyó en intentar algo totalmente diferente: ser un poco más honesto, al menos hasta cierto punto.

    —Hay algo, pero… no estoy seguro de cómo describirlo. —Su voz se tornó mucho más seria, tanto que desconcertó un poco a Abra. Ésta se volteó hacia él de nuevo; miraba fijamente al camino, con quizás demasiado ensimismamiento—. A veces, si me concentro lo suficiente, o en ocasiones sin darme cuenta del todo, pueden ocurrir… cosas a mi alrededor.

    Abra arqueó una ceja, intrigada.

    —¿Qué tipo de cosas?

    —No lo sé —respondió un poco más jovial—. Todo tipo de cosas. Olvídalo, no es nada.

    Agitó su mano, intentando restarle importancia al asunto para que así ella lo dejara pasar. No tuvo que leerle la mente, o lo que fuera, para saber que no se había quedado del todo convencida con ello. Pero no pareció con la intención de insistir tampoco. O Abra Stone no era tan curiosa como lo parecía, o sencillamente no deseaba tentar de más a su suerte en esa situación

    De haber querido más información, no estaba del todo seguro de qué haría. Quizás tendría entonces que usar alguna de las habilidades que le había descrito para intentar convencerla por las malas de que lo dejara pasar. Ella quizás se hubiera dado cuenta, o quizás no; desconocía cómo funcionaría ello en alguien como ella. Pero igual lo intentaría, todo con tal de no decirle que esas cosas que ocurrían a su alrededor, eran de hecho puras “cosas malas”

    — — — —​

    Su paseo sin rumbo fijo los llevó hasta una colina a las afueras de la ciudad, un lugar muy conveniente para estacionarse y echar un vistazo a todo el panorama de la ciudad; bueno, para eso y para otras cosas. El lugar estaba totalmente solo. Era relativamente temprano, el sol apenas comenzaba a meterse y el cielo se pintaba poco a poco de anaranjado brillante. Quizás no había cielo estrellado o las luces de la ciudad, pero definitivamente tenían un hermoso atardecer delante de ellos.

    —Éste parece un buen lugar para tomar una foto —comentó Abra, teniendo sus manos y barbilla apoyadas sobre el tablero del vehículo.

    —Es cierto —secundó Damien, recargado por completo hacia atrás en su asiento—. Pero de momento creo que me apetece sólo disfrutarlo directamente.

    Había colocado la costosa cámara en el asiento trasero, posiblemente para que no le estorbara mientras conducía. Efectivamente no parecía tener intención de tomarla. Tenía sus manos cruzadas sobre sus piernas, y sus ojos azules y fríos reflejaban el tono del atardecer, haciendo que de hecho se vieran brillantes y cálidos, como encendidos en fuego.

    Abra lo miró, recostando un poco su cabeza sobre sus manos. Su perfil era casi perfecto, y bañado con esa luz anaranjada se veía aún más atractivo, si es que eso era posible.

    La jovencita rio entrecortadamente, de forma casi embobada.

    —Si mis padres se enteraran de que me escapé de la convención en el auto de un completo extraño, no me dejarían ir a otro viaje en mi vida.

    —Creo que fácilmente se puede ver que sabes cuidarte tú sola —señaló Damien con tono elocuente.

    —Eso digo yo. —Abra se sentó más derecha en su asiento. Su mirada y su tono se tornaron un tanto más astutos y pícaros, haciendo que su aire infantil e inocente que había traído consigo todo el día, se diluyera un poco—. Sí quisieras hacerme algo, definitivamente te iría muy mal, jovencito.

    Damien sonrió, divertido.

    “¿Es una amenaza?”

    Abra se encogió de hombros, un tanto indiferente.

    “Tómalo como quieras”

    Y entonces se hizo el silencio. Ninguno dijo nada, ni con su boca ni con su mente. Sólo se miraron el uno al otro, intentando transmitir con su sola y sencilla mirada todo lo que necesitaban decir. Incluso las personas que no resplandecían en lo absoluto, eran capaces de hacer a veces ese tipo de conexiones inmateriales con otros. De verlo a los ojos y sencillamente “saber” lo que el otro desea. Claro, muchas veces la gente es un tanto insegura al momento de intentar interpretar esto, y lo es aún más cuando se trata de decidir cómo reaccionar, o no reaccionar del todo. Pero Damien Thorn no era inseguro en absolutamente nada; él siempre sabía lo que tenía que hacer, cómo y cuándo hacerlo, y la expresión de Abra se lo dejaba bastante claro.

    El chico se inclinó con cuidado hacia ella, y Abra se lo permitió. El cuerpo de la joven se presionó a sí mismo contra su asiento, sin quitarle la mirada de encima a los profundos ojos azules del muchacho. Damien acercó su rostro al de ella, e hizo lo mismo con su torso a como la separación entre ambos asientos le dejaba posible; y de nuevo, ella se lo permitió. Abra lo miró, bastante tranquila, como si su presencia tan cercana no significara nada para ella, pero él sabía que no era así. Podía sentir su corazón latir cada vez un poco más acelerado, y sus mejillas se iban tornando de un rosado muy coqueto. Avanzó un poco más, teniendo su rostro a una distancia bastante escasa. Los ojos de la joven se cerraron por sí solos, y un ligero suspiro se escapó de sus labios; Damien pudo sentir dicho suspiro cálido sobre su rostro. No cortó la distancia de inmediato; dejó que ella percibiera el olor de su colonia y su champú, y el ardor de su propia piel.

    La mano derecha del chico se posó sobre el muslo derecho de ella, acariciando sutilmente la mezclilla de sus jeans. Ella también lo permitió. Hizo nula la separación de sus rostros, dándole un beso que en un inicio fue lento y delicado, apenas apreciable por el roce de sus labios. Aun así, fue casi como un choque electico que hizo que Abra se estremeciera ligeramente en su asiento, pero sin dudar ni un poco se lo correspondió. No sólo ello, pues fue justamente ella quien decidió aplicar súbitamente un tanto más de empeño en el beso y menos delicadeza. Una de sus manos se colocó detrás de la cabeza del Damien, y recorrió sus cabellos oscuros con sus dedos. Pequeños suspiros se le escapaban entre suspiros, pero él callaba la mayoría con sus labios.

    La mano que había colocado sobre su muslo, siguió en ese sitio por unos segundos más, recorriéndolo de arriba abajo con toda su palma. Sin embargo, se atrevió a subir un poco más, recorriendo su cadera, luego su costado por encima de su suéter, aunque sus dedos inquietos lograron alzar un poco éste en su trayecto y rozar ligeramente su piel con las yemas, pero luego siguieron su camino de forma habitual. Subió por su costado derecho, hasta llegar a la altura de su busto. Su mano se posó ahí, pero no de una forma ruda u obscena; era como una caricia cálida, similar a como si la hubiera puesto sobre su mejilla, pese a que tenía su ropa de por medio.

    Abra lo permitió. Se estremeció ligeramente en el primer segundo, pero se calmó casi de inmediato y ni siquiera abrió los ojos. Ahora tenía sus dos brazos entorno al cuello del muchacho, y lo rodeó como queriendo abrazarlo y atraerlo más hacia él.

    Damien la degustó con satisfacción, saboreando sus labios y la forma de su cuerpo. Era algo delgada para su gusto, y sus pechos se encontraban oscilando entre pequeños y medianos; un 60 sobre 100 en su escala, si debía dar alguna calificación. Pero realmente no pensaba en esos momentos en ello. Había algo en su esencia, su olor, su sabor, o aura entera, que le resultaba demasiado atractivo. Quizás no era nada de eso, y sólo era el saber que realmente no era otra persona común, aburrida y corriente. El saber que debajo de esa apariencia de chica normal sin un atractivo muy sobresaliente, se ocultaba una poderosa y peligrosa fuerza que él desconocía; y las cosas que desconocía de ese mundo realmente eran pocas, y por ello cuando encontraba una deseaba explorarla y conocerla, hasta que le resultara aburrida de nuevo. Y eso hacía en ese instante.

    Y fue entonces, mientras su mente se movía entre todos esos pensamientos y sensaciones, y antes de que intentara alguna otra acción más allá de hasta dónde había llegado, que Abra Stone abruptamente… dejó de permitírselo.

    Los ojos de la chica rubia se abrieron de golpe y por completo. Damien no fue consciente de esto, hasta que las manos de Abra se apartaron un segundo de él, para después colocarse sobre su pecho y empujarlo hacia atrás y lejos de ella con una sorprendente fuerza considerando su complexión. Su beso fue roto, y el cuerpo del muchacho volvió súbitamente al asiento del conductor. Para cuando el chico pudo reaccionar ante el cambio tan repentino, notó como la muchacha se encontraba ahora prácticamente pegada contra la puerta de su lado, y lo miraba fijamente en silencio, con su respiración agitada y sus ojos casi desorbitados.

    —¿Qué? —Cuestionó Damien con un tono juguetón, acompañado de una pequeña risilla—. ¿Qué ocurre?

    Supuso de inmediato que sería el clásico jugueteo de “esto no está bien”, “no puedo hacerlo”, “yo no soy esa clase de chica”, o algo similar. No importaba, en realidad. Después de todo, el hacer que la gente hiciera justo lo que quería era quizás una de sus habilidades más importantes, sea por un efecto sobrenatural y no. Y no había ninguna chica que pudiera decirle un absoluto “no”; siempre tenía únicamente que insistir lo suficiente, y presionar los botones necesarios, en más de un sentido.

    Sin embargo, poco a poco se pudo dar cuenta de cómo aquella chica lo estaba viendo en realidad. Ya no había ese mismo deseo y anhelo en sus ojos como lo había hace sólo unos momentos atrás. Lo que veía ahora no era asombro, ni culpa, ni siquiera miedo; era más bien… horror, un profundo, arraigado y estremecedor horror, que la paralizaba y la hacía pegarse contra la puerta en un intento inconsciente de querer crear más distancia entre ambos; de hecho, si no hubiera estado dicha puerta ahí, era probable que se hubiera alejado arrastrándose por el suelo. Dicho horror no era por lo que estaban haciendo, ni por lo que estaban por hacer luego de ello. No, esa expresión venía influencia directamente por él… y sólo por él.

    Lentamente, la cándida sonrisa de Damien también se desvaneció, pues ya lo había entendido. No ocupó usar ningún tipo de percepción especial, pues su sola cara fue suficientemente clara para él. En ese momento exacto, quizás esa defensa casi perfecta de la que ella había hablado se bajó al fin por un segundo, o quizás la cercanía tan intensa se lo había facilitado. No importaba realmente lo que había sido, sólo importaba que… lo había visto: había visto lo que se ocultaba detrás de dicha barrera, y lo que vio… la había aterrado en cada milímetro de su cuerpo.

    El rostro de Damien se endureció como roca. Rápidamente se le acercó, y antes de que ella pudiera reaccionar la tomó firmemente de su muñeca y la jaló hacia él. Abra se quedó paralizada, incapaz de mover su cuerpo para siquiera apartar su vista de él.

    —¿Qué viste? —Le inquirió de frente, apretando su muñeca tan fuerte que casi la lastimaba—. ¡¿Qué fue lo que viste?! ¡Dímelo!

    Abra siguió sin reaccionar por un rato más, incluso aunque él le gritara y zarandera. Uso todas sus fuerzas y todo su empeño para lograr sobreponerse, para lograr sacarse a sí misma de ese letargo. Su mirada también se volvió dura, o más bien agresiva, casi como la de una fiera.

    —¡¡Suéltame!! —Gritó con fuerza, y abruptamente el cuerpo de Damien fue empujado por sí solo hacia atrás contra la puerta del conductor, como si un caballo le hubiera pateado el pecho. El empujón fue tan fuerte que su cabeza chocó contra el vidrio de la puerta, astillándolo en forma de telaraña, con su centro justo en el lugar del impacto.

    El cuerpo del joven se desplomó sobre el asiento, y Abra no se quedó ni un segundo más para revisar si acaso seguía consciente o no. Abrió lo más rápido que pudo su puerta, batallando un poco pues sus manos se sentían nerviosas y temblorosas. Cayó casi de bruces al suelo sin pavimentar en el que se habían estacionado, interponiendo sus manos y rodillas para no golpearse la cara. Se raspó un poco las palmas, pero no le importó. Se puso de pie con pasos torpes, y comenzó a correr en dirección a la carretera por la que habían subido. No había dado más de cinco pasos, cuando lo escuchó a sus espaldas.

    —¡Abra!, ¡detente ahora mismo! —Gritó la voz de Damien con gran poderío, pero por un instante le pareció que no era la única voz que gritaba; era como si hubiera una más grave, más fuerte y más amenazante acompañándola de fondo.

    Pero no fue el grito lo que la obligó a detenerse, sino dos figuras oscuras que se posaron de pronto delante de ella, como si hubiera salido totalmente de la nada. Eran dos perros, grandes y oscuros, que le ladraron fuertemente, y sus ladridos retumbaron como truenos. Gruñían molestos, y de sus hocicos escurría saliva densa, que caía al suelo debajo de ellos. Sus ojos se encontraban inyectados de sangre, y a pesar de estar en el cuerpo de dos perros, transmitían una gran furia, bastante propia más bien de los humanos.

    “Puedo hacer que algunos animales hagan lo que les digo… principalmente perros.”

    Se giró cautelosa hacia atrás; Damien ya se había bajado del vehículo y lo rodeaba con paso firme y apresurado para ir en su dirección. Abra se sorprendió, o quizás más bien asustó, al darse cuenta de que no había rastro alguno de herida en su cabeza tras el golpe que había recibido. Ni un raspón, ninguna cortada; nada…

    La adrenalina le recorría el cuerpo a mil por hora. Su respiración se volvió mucho más agitada, y su corazón le latió tan fuerte que pensó que terminaría explotándole ahí mismo. Y conforme aquel individuo se le acercaba, con sus ojos encendidos como carbones, su estado no hacía más que acrecentarse.

    Esa era justo la fórmula perfecta…

    —¡Aléjate de mí!, ¡¡no me toqueees!! —Gritó con todas sus fuerzas, casi desgarrándose la garganta.

    Todo el mundo pareció agitarse un poco. Damien sintió de nuevo que era empujado hacia atrás, pero ahora con mucha más intensidad; no era ya la patada de un caballo, sino más bien el choque directo de un camión de pasajeros. Su cuerpo salió volando, directo contra la camioneta, cuyos vidrios, todos ellos, estallaron en pedazos en cuanto su cuerpo tocó la carrocería. Los pedazos de vidrio volaron hacia atrás como arrastrados por el viento. El cuerpo el chico abolló la puerta de lo fuerte del impacto, y luego cayó de sentón al piso, quedándose ahí por unos instantes

    Él no fue el único empujado; los dos perros que le cortaban el camino también salieron volando, aunque en direcciones diferentes. Uno de ellos chocó contra un árbol a un lado del camino, gimiendo de dolor, y luego cayendo al suelo para ahí quedándose. El otro fue más lejos, pasando la barda de seguridad y rodando unos metros colina abajo.

    Una vez que tuvo el camino libre, Abra no lo dudó ni un instante más y comenzó a correr como liebre huyendo de su depredador. Corrió y corrió sin mirar atrás, y no se detuvo hasta que sus piernas ya no pudieron más.

    Damien se alzó como pudo, apoyándose en el magullado vehículo. Desconcertado y confundido, buscó con su mirada a la joven. Distinguió su figura alejándose, ya a varios metros, por el camino aledaño a la carretera. Podría haberla detenido. De haberse concentrado lo suficiente, podría haber usado cientos de medidas diferentes para que se detuviera, se cayera o quizás algo peor. Pero no lo hizo… En lugar de eso, se paró derecho y se acomodó su cabello y su saco. Al querer acomodarse su corbata, se dio cuenta de que no la traía, pero no le dio mayor importancia. Volvió a rodear el vehículo y se subió al asiento del piloto, azotando la puerta detrás de él. Con la misma destreza demostrada antes, salió del pequeño espacio para estacionarse, y tomó la carretera en la dirección contraria a la que Abra se había ido.

    Estaba molesto por ese mal rato, pero lo superaba considerablemente su gratitud. Después de todo, la información que le había dado durante toda su conversación, era mucho más valiosa que cualquier acto “divertido” que pudieran haber tenido en esa camioneta. Ahora tenía que volver a su realidad, y afrontar dicha información.

    FIN DEL CAPÍTULO 29

    Notas del Autor:

    —La descripción que se hace en este capítulo de los poderes de Abra y Damien, son principalmente una interpretación personal de lo que se llegó a mostrar en sus respectivas obras. En el caso de Damien, en las tres películas (cuatro si se cuenta el remake del 2006) y en la serie de Damien (2016), los poderes que éste posee siempre se presentan un tanto ambiguos con respecto a qué puede hacer, cuánto y hasta qué punto con exactitud. La intención aquí fue darle un poco más de base y claridad a dichas habilidades, usando como inspiración, por supuesto, los diferentes momentos en los que se les vio hacer uso de ellas, además de también algunos agregados o ajustes propios. Es por ello que es probable que algunos puedan sentir que no concuerda del todo con lo mostrado en las obras originales. Cabe mencionar también que lo descrito o mostrado en este capítulo no abarca por completo el total de lo que ambos pueden hacer (sobre todo Damien). A lo largo de la historia iremos viendo a ambos a personajes con más detalle.
     
  10.  
    WingzemonX

    WingzemonX Entusiasta

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    22 Febrero 2011
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    Título:
    Resplandor entre Tinieblas
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Misterio/Suspenso
    Total de capítulos:
    30
     
    Palabras:
    5608
    Resplandor entre Tinieblas

    Por
    WingzemonX


    Capítulo 30.
    Yo mismo

    Tras ese encuentro fallido, Damien no regresó al centro de convenciones; en su lugar, se fue directo al hotel. No lo hizo con un motivo o plan en específico, simplemente lo hizo por mero reflejo. Aún faltaba un par de horas para que el dichoso evento terminara de forma oficial, así que no le sorprendió al llegar a la Suite presidencial que habían reservado, ver que no había rastro alguno de Ann o de algún otro de sus ayudantes. Se sentó en uno de los sillones de la pequeña sala y aguardó, dándole la espalda a la puerta. No hizo nada más; no encendió el televisor, no revisó su teléfono (de hecho lo había apagado), no bebió o comió algo. Sólo se quedó ahí sentado, mirando a la absoluta nada mientras intentaba procesar todo lo que había ocurrido. Esperaría que pasado el tiempo se terminaría calmando un poco, pero no fue así. De hecho, conforme más tiempo esperaba, más molesto se sentía. Pero su molestia no era hacia Abra; era quizás la persona con la que menos podía sentirse molesto en esos momentos.

    Pensar en Abra era lo único que lograba distraer un poco su mente de lo demás que lo acomplejaba. Sintió en ocasiones la tentación de mirar más allá, de buscarla y ver si acaso estaba bien. Sin embargo, se obligaba a sí mismo a hacer dicha idea a un lado. En su estado, era muy probable que pudiera perder el control, e hiciera más que sólo “mirarla”, y dicha idea no le apetecía de momento.

    No supo con exactitud cuánto tiempo pasó, pero habían sido menos de dos horas, de eso estaba seguro. La puerta de la suite se abrió, y por ella entraron varios tipos de pisadas diferentes, que se detuvieron unos segundos después, posiblemente al distinguir su cabellera negra y nuca blanca, sobresaliendo por encima de respaldo del sillón. Él no los volteó a ver, pero no necesitó hacerlo para saber quiénes eran.

    —Damien —escuchó exclamar entre sorprendida y molesta la voz de su tía Ann—. ¿Se puede saber en dónde te metiste todo este tiempo? —La mujer caminó apresurada, sacándole la vuelta al sillón; no tardó mucho en ponerse en su rango de visión, justo en el rabillo izquierdo. Lo miraba fijamente con dureza—. ¿Se te olvidó que debías estar conmigo durante la conferencia? E íbamos a cenar con las otras CEO invitadas. —Echó entonces un vistazo rápido a su pequeño reloj de muñeca—. Si nos apuramos aún podríamos alcanzarlas en el restaurante.

    Damien no le respondió nada; ni siquiera se dignó a mirarla del todo.

    En la puerta se encontraban los miembros de su seguridad y los asistentes de Ann, incluyendo a Verónica. Todos estaban ahí parados, mirándolo fijamente con la duda latente de siquiera tener permiso de mover un dedo. El haber aparecido de pronto ahí en la habitación, de seguro los había sorprendido, por no decir que los había asustado. Podía sentir todo su miedo fluir desde ellos e impregnarlo como si fuera un aire viscoso y pegajoso.

    Se sintió asqueado por dicha sensación.

    Un ferviente sentimiento de odio hacia todos ellos le nació abruptamente. Deseaba que todos saltaran por el balcón y estrellaran sus cabezas contra el pavimento, pero eso terminaría llamando demasiado la atención; aún en su enojo, tuvo la suficiente frialdad para procesarlo de esa forma.

    —Déjenos solo —espetó de golpe sin mirarlos aún. Nadie se movió. Se puso entonces de pie abruptamente, y se giró hacia ellos con sus ojos casi encendidos en fuego—. ¡Todos!, ¡váyanse!, ¡¡ahora!!

    Su voz resonó con gran fuerza, retumbando en las paredes de la suite; incluso Ann, que era la única ahí que se había mantenido tranquila y calmada, no pudo evitar sobresaltarse al ver tan abrupta reacción.

    Los guardias y los asistentes se apresuraron de inmediato a obedecer, saliendo uno a uno por la puerta. Verónica, por otro lado, se quedó inmóvil en su lugar, mirando de reojo a los otros.

    —Tú también, perro faldero —Le gritó Damien con desdén—. ¡Lárgate de aquí!

    Verónica se sobrecogió. Por mero instinto, miró hacia Ann en busca de alguna guía. Ella la miró de reojo, y asintió ligeramente con su cabeza, indicándole de esa forma que obedeciera. Verónica agachó su mirada, como si se sintiera avergonzada, y siguió a los otros hacia afuera, siendo la última por lo que cerró la puerta detrás de ella.

    Ahora Damien y Ann se habían quedado solos. Cualquiera sentiría bastante terror de estar en su lugar, pero Ann Thorn se mantenía serena y calmada; al menos, así lo parecía por fuera.

    —¿Ahora qué es lo que te pasa? —Le cuestionó con tono tranquilo—. Te escapas de mí sin decir nada, me dejas en ridículo, ¿y tú eres el molesto? ¿Podría saber cuál es el motivo?

    Damien seguía sin mirarla directamente.

    Se dirigió entonces sin decir nada hacia el pequeño bar de la suite, abriendo la vitrina tras la que se encontraban las botellas de alcohol; tomó sin pensarlo mucho una botella de whisky, color dorado.

    —No puedes tomar eso —exclamó Ann a tono de regaño—. Eres menor de edad.

    Damien soltó una risilla irónica, y a la vez indiferente ante tan absurda advertencia. La ignoró por completo, y sirvió un poco del líquido de la botella en un vaso bajo y ancho de cristal. Sirvió de hecho demasiado, tanto que éste se desbordó del vaso, comenzando a crear un charco a su alrededor sobre la barra del bar. Aun así siguió sirviendo, y sirviendo, haciendo que el charco fuera mayor, e incluso se desbordara por las orillas hasta el suelo. No se detuvo hasta que la botella quedó totalmente vacía.

    Ann presenció tal acto, callada.

    —¿Tienes idea de lo costosa que es esa botella?

    —¿Tienes idea de lo poco que me importa? —Le respondió al fin el muchacho con tono cortante, pero al menos era una respuesta. Tapó de nuevo la botella, la colocó con fuerza contra la barra haciendo un estruendo molesto, y entonces tomó el vaso que estaba lleno hasta reventar, y dio un largo trago de éste; no se manchó ni un poco, y ni siquiera pestañó, como si fuera simple agua. Una vez que dio ese trago, bajó de nuevo el vaso, y al fin la miró directo, con una actitud desafiante en sus ojos azules, que se sentían incluso amenazadores—. ¿Te suena la expresión “El Resplandor”?

    Ann se encogió de hombros.

    —Ni un poco. ¿Es una película o algo así?

    Damien volvió a reír. Se quedó de pie tras la barra, contemplando atentamente el vaso en su mano; ya no estaba tan lleno, pero seguía teniendo bastante del costoso líquido.

    —Conocí a una chica esta tarde —comenzó a explicar—. Una chica que puede hacer cosas inusuales, cosas inexplicables. Cosas como las yo puedo hacer, e inclusos otras que no.

    —¿Qué? —Exclamó Ann, atónita—. ¿Una chica? ¿Qué chica?

    —Que eso te importe un comino. —El tono de amenaza en la voz de Damien se incrementó considerablemente. Dio otro trago, similar al anterior—. Esta chica podía leer mentes, mover cosas sin tocarlas y, según lo que ella misma me dijo, ver lugares y personas aunque estos se encontraran muy lejos. ¿No es eso extraño, tía? Porque Adrian, Lyons, tú, y toda tu maldita Hermandad, se la han pasado toda mi vida diciéndome lo especial y único que soy; que fui bendecido con habilidades más allá de las humanas para cumplir mi destino, y que soy protegido por mi padre, el mismísimo Satanás en persona, para hacerlo. —Se irguió de golpe. Su rostro tomó un semblante de furia casi incontrolable, y señaló furioso hacia las ventanas de la suite, derramando parte del whisky que quedaba en el vaso—. ¡¿Y ahora resulta que existen más personas allá afuera que pueden hacer lo mismo que yo?!

    A pesar de los exabruptos, Ann intentaba permanecer serena. Cuando él alzó la voz, no pudo evitar sufrir un pequeño respingo, pero logró controlarse. Aun así, necesito unos momentos para aclarar sus ideas y poder responderle algo tangible.

    —Las cosas no son así… —susurró despacio.

    —¿Tú lo sabías? —Inquirió Damien con exigencia, saliendo de detrás del bar y dirigiéndose directo hacia ella—. ¿Todos ustedes ya lo sabían y me lo ocultaron todo este tiempo?

    Damien se paró justo delante de ella, y Ann tuvo que contener un segundo la respiración.

    —Sí —respondió la mujer intentando sonar segura—, sabemos que hay personas en este mundo que pueden hacer cosas inusuales, pero ninguno de ellos es cómo tú. Ellos son simples rarezas de la naturaleza, y tú eres un enviado de más allá de este mundo; un elegido de fuerzas mucho más grandes…

    —O quizás no —le interrumpió él de golpe, señalándola acusadoramente con su dedo—. Quizás sólo soy otro chico cualquiera que puede hacer algunos elaborados trucos, y fui el que más encajaba en la imagen que ustedes tres tenían de su supuesto “anticristo”. Y por eso decidieron jalarme a toda esta farsa para tener contentos y fieles a su grupo de adoradores.

    —No, nada de eso —respondió Ann de inmediato y sin duda—. No digas esas cosas. Nuestra fe no es una farsa; nuestra fe en ti nunca ha sido más real y fuerte…

    Por mero reflejo, la mujer alzó sus manos y las colocó en los brazo del chico, pero éste de inmediato la rechazó.

    —¡No me toques! —Le gritó, y la empujó con una mano, haciéndola perder el equilibrio, y caer de sentón al sillón.

    Ann comenzó a respirar agitadamente, presa del miedo y la preocupación, que poco a poco rompían su cascarón siempre cubierto de frialdad y fortaleza.

    —Si acaso te he ocultado algunas cosas, ha sido por tu bien. Todo es parte del plan mayor…

    —¡Me tienes harto con tu puto plan mayor! —Gruñó Damien con gran fuerza, y acto seguido lanzó con todas sus fuerzas el vaso que tenía en su mano hacia la pared. El vaso se volvió añicos por el golpe, y los pedazos de vidrio, junto con los residuos de whisky que quedaban en él, se regaron por todos lados. Ann se sobrecogió en sí misma sin poder evitarlo—. Cada maldito respiro que he dado desde los seis años ha sido planeado, calculado y vigilado. ¿Y para qué? ¡Dime para qué! Mis padres, mi tío Richard, Mark… ¿Para qué han sido todos estos sacrificios realmente? ¡Todo esto no es más que una charada!

    —No es así… —Susurró Ann muy despacio, incapaz de alzar su rostro.

    —O eres una mentirosa que engaña a todos estos tipos, o eres otra incrédula como ellos. No sé qué opción me parece menos patética.

    —No, no…

    Ann se dejó caer abruptamente del sillón y se acercó como pudo, incluso gateando, hacia él con la intención de colocarse a sus pies.

    —Aleja esos pensamientos de ti. No puede haber dudas en tus acciones, mi señor. —Quiso pegar su frente contra los pies del muchacho, pero éste de inmediato se alejó un paso. Ella igual se quedó en el suelo, con su largo cabello oscuro cayendo sobre su rostro—. Tú estás aquí para abrir la puerta a un nuevo mundo, para cumplir un destino tan grande que nosotros ni siquiera seríamos capaces de entender.

    —Cállate… —Masculló Damien, cada vez más molesto.

    —Tú estás por encima de todo y de todos, incluidos esos mundanos patéticos de los que hablas; falsos e ignorantes del verdadero camino. No busques a tus iguales entre ellos, que no los hay. Tú eres nuestro príncipe carmesí, nuestro guía y maestro…

    —¡Qué te calles te dije! —Se agachó de pronto, tomándola del cuello y la alzó sólo un poco, lo necesario para obligarla a levantar su vista y poder verla a los ojos—. ¡Si dices una palabra más…!

    Los ojos de Anna se veían llorosos y cohibidos. Su maquillaje se había corrido un poco, incluso su labial que siempre era rojo y perfecto.

    —Mi vida es tuya, mi señor —comenzó a sollozar despacio, pasando sus manos por encima de su torso, su busto, y su abdomen, subiendo y bajando, tomando sus ropas como si se las quisiera arrancar—. Yo siempre te he pertenecido. Si lo que deseas es mi muerte, sólo tienes que pedirlo y te la daré gustosa…

    Los ojos de Ann Thorn, de su supuesta tía política, se desbordaron de pronto de una ferviente y casi intoxicante lujuria, que a Damien dejó paralizado. No había como tal miedo brotando de ella, sino una devoción casi insana que le traía a Damien imágenes confusas a su mente; imágenes sobre su vida en la casa de su tío Richard, del cuerpo expuesto de una Ann algunos años más joven, de sus manos recorriendo su cuerpo de infante, y de sus labios rojos zurrándole obscenidades a su oído. Pero esas no eran sólo imágenes, sino recuerdos… vividos recuerdos.

    Damien se sintió asqueado y mareado de golpe. La soltó, empujándola hacia un lado y provocando que cayera sobre su costado izquierdo. El muchacho avanzó hacia el bar de nuevo, y se apoyó sobre la barra para evitar caer también. Miró atentamente el espejo del bar delante de él, admirando su propio reflejo, que le era en esos momentos, difícil reconocer. Su cabello se encontraba desalineado, su corbata había desaparecido junto con Abra, y sus ojos parecían los de un completo loco. ¿Cómo podía ese sujeto en el espejo ser él? ¿Cómo podría haber perdido tan fácil el control de la situación?

    Respiró lentamente; inhaló por la nariz, exhaló por la boca. Poco a poco, las ideas se iban acoplando de nuevo.

    —¿Cuántos más hay? —Soltó de pronto sin apartar su vista del espejo—. ¿Cuántos más hay que pueden hacer estas cosas?

    Ann se apoyó en sus manos, alzando un poco su cuerpo del suelo, pero aun permaneciendo la mayor parte en él.

    —No lo sé —le respondió como un pequeño lamento lejano—. Sólo nos hemos cruzado con algunos cuantos a lo largo delos años… pero ninguno es cómo tú.

    Damien dio una última exhalación profunda. Pasó sus dedos por sus cabellos, intentando acomodarlos lo mejor posible.

    —Eso lo veremos —sentenció secamente, y de inmediato caminó hacia una de las habitaciones de la suite—. Descubriré yo mismo la verdad de todo esto, aunque tenga que pasar por encima de ustedes.

    Ingresó al cuarto, azotando fuertemente la puerta detrás de él, y desapareciendo de la vista de su tía.

    Ann se quedó tirada en el suelo, mirando agitada hacia la puerta cerrada del cuarto. En lugar de intentar levantarse, se dejó caer por completo recostada sobre la suave alfombra. Era incapaz de moverse. Sentía todo el cuerpo estremecido, y miles de hormigas recorriéndole la piel. Necesitaba un segundo, sólo un segundo para intentar recuperar su poderío de nuevo. Y luego podría ser la mujer perfecta, firme y dura que siempre mantenía el control de todo; sólo necesitaba un segundo más…

    Ambos se encontraban tan sumidos en esa acalorada conversación, que ninguno se percató que no estaban del todo solos. A pesar de la amenaza latente, Verónica no pudo evitar quedarse lo suficientemente cerca para escuchar desde atrás de la puerta. No pudo oírlo todo, pero sí lo suficiente para sentirse preocupada… y muy perturbada…

    * * * *​

    Alguien llamó a la puerta del estudio, y los dedos de Damien dejaron por sí solos de moverse sobre el teclado de la computadora. Miró pensativo unos momentos la pantalla, sin reconocer por un instante al menos los últimos tres párrafos de su ensayo, como si fuera algo que alguien más hubiera escrito. Se tomó sólo un instante más para dejar por completo su obcecación anterior, y así volver a ese lugar y tiempo.

    —Adelante —exclamó con la suficiente fuerza para que la persona al otro lado lo escuchara.

    Uno de los hombres de seguridad se asomó cuidadoso hacia el interior del estudio, mostrando sólo cerca de la mitad de su cuerpo desde atrás de la puerta blanca.

    —Señor Thorn, su invitado llegó —le informó el hombre con tono estoico y apagado.

    Damien sonrió. Realizó con su cabeza un gesto de consentimiento, y el hombre rápidamente abrió por completo la puerta, haciéndose él también a un lado para dejarle el camino libre a la persona que acababa de llegar.

    Era un hombre alto y de complexión fornida; de tez oscura, cabello negro y largo, sujeto en varias trenzas que caían hacia atrás y sobresalían de atrás de su nuca. Su rostro era adornado por dos ojos cafés, fríos como hielo. Alrededor de su boca llevaba una barba de candado bien cuidada y cortada. Sus ropas, sin embargo, no eran de tan buena apariencia como el resto de él. Encima de todo traía una pesada y gruesa chaqueta entre beige y verde, con un gorro amplio que caía hacia su espalda en esos momentos. Debajo de dicha chaqueta, se asomaba una camiseta de tirantes color blanco, que dejaba a la vista parte de sus pectorales musculosos. En la parte inferior, usaba unos pantalones de mezclilla azul, algo deslavados, y unas botas de trabajo viejas.

    Su apariencia, sobre todo la de su rostro, era todo menos amistosa. Su expresión era dura y agresiva, como la de alguien buscando al tipo adecuado en la calle para armar una pelea, sólo por el placer de hacerlo. Su postura también se notaba muy a la defensiva y a la espera; incluso sus puños se mantenían apretados y colgando a sus costados.

    En cuanto lo divisó sentado detrás de ese escritorio, pareció como si toda esa mordacidad que cargaba se volviera aún más intensa. El muchacho, sin embargo, no se vio para nada intimidado o siquiera interesado en dicha actitud. De hecho, sonrió divertido y se recargó por completo contra su silla de forma relajada.

    —Ah, James —exclamó con tono juguetón, meciéndose un poco en su silla de atrás hacia adelante—. Te estaba esperando. Pasa, por favor.

    El hombre en la puerta arqueó sus labios en gesto de molestia, pero igualmente entró al estudio con pasos pesados. Dos de los hombres de seguridad entraron detrás de él y se posaron frente a la puerta con sus manos juntas al frente.

    —Déjenos solos —les indicó Damien sin embargo, haciendo que ambos hombres se sintieran un poco confundidos. De seguro no se sentían cómodos de dejarlo solo con un extraño como ese, pero a Damien le daba igual su comodidad—. Ahora, ¿no me escucharon?

    Los dos guardias se miraron entre ellos, y poco después salieron del estudio como les habían ordenado. Cerraron la puerta detrás de ellos, y todo el cuarto se cubrió en ese momento de un profundo y absoluto silencio, casi doloroso. El hombre recién llegado se quedó de pie a la mitad del estudio, con sus hombros rígidos, y su mirada intensa posada en el muchacho.

    Damien siguió sonriendo, como si todo ello le pareciera, de alguna forma, “cómico”.

    —Toma asiento —le indicó extendiendo su mano hacia una de las sillas delante del escritorio. El hombre se quedó totalmente quieto en su sitio—. Entiendo… ¿Cómo está Mabel, por cierto? ¿Se ha sentido mejor?

    Esa mención no hizo ningún favor al mal humor que a simple vista su invitado ya traía consigo.

    —¿Qué es lo que quieres? —Exclamó al fin con una voz grave y tono golpeado—. ¿Para qué me llamaste a este… lugar?

    El hombre, posiblemente llamado James, miró a su alrededor con desdén, e incluso algo de asco.

    —Lo dices tan despectivamente —ironizó Damien—. Uno esperaría que te gustara visitar un sitio así para variar; en comparación con esa casa móvil, y ese parque de remolques, en el que te la pasas metido.

    —No soy tu perro, estúpido paleto —masculló James de inmediato—. No voy a venir a ti cada vez que quieras chasquear los dedos.

    Damien soltó una risa, pequeña pero sonora. Se hizo entonces hacia adelante, haciendo que la silla se enderezara. Apoyó los codos sobre el escritorio, e inclinó su cuerpo al frente. Sus ojos contemplaron a su visitante con la cordialidad que uno miraría a un viejo amigo que hacía mucho no se encontraba.

    —Sí, sí lo harás —susurró con absoluta normalidad, sin aparentemente amenaza en su voz; sin aparente—. Porque, por si no te has dado cuenta todavía, tú y tu chica ahora me pertenecen. Siguen con vida sólo porque yo se los permito. Así que, si te digo que te presentes ante mí, lo harás, y de preferencia lo más pronto posible. ¿Está claro?

    Esas palabras hicieron explotar algo en el interior de aquel hombre. Su respiración se agitó pesadamente, y sus puños de apretaron aún más. Pero, aun así, siguió sin moverse de su sitio… como si temiera dar aunque fuera un paso más hacia él.

    —Pero relájate —exclamó Damien, con tono travieso, y entonces hizo su silla hacia atrás un poco, y se agachó como si estuviera buscando algo debajo del escritorio—. Si lo haces, vas a aprender pronto que puedo ser un amo agradable…

    Levantó entonces un maletín grueso de color gris y lo colocó sobre la superficie plana de la mesa, para que así él pudiera verlo. Lo giró de tal forma que el lado por el que se abría quedara hacia su visitante. Abrió los seguros, y levantó la tapa, revelando lo que contenía: tres termos, o lo que parecían ser tres termos. Eran similares a los que se usaban para contener café, grandes y de acabado totalmente metálico y brillante. Estaban colocados en una base de fomi negro, justo con su forma.

    En cuánto los vio, James no pudo evitar que su enojo se esfumara, aunque fuera un poco, y diera paso a una enorme sorpresa.

    —¿Eso es…? —murmuró, casi tartamudeando. Su cuerpo tembló ligeramente, como el de un adicto al que le pasean una dosis gratis frente a su rostro—. ¿Cómo…?

    Damien se encogió de hombros, impasible.

    —Cuando sé lo que tengo que buscar, me resulta sencillo encontrarlo. ¿Ahora sí quieres tomar asiento?

    Poco a poco, James se recuperó de su asombro inicial, y volvió a la vieja postura agresiva de antes.

    —Podría aplastarte la cabeza y llevármelos en un segundo —amenazó tajantemente.

    Damien volvió a reír un poco, ahora con incluso más ironía. Se recargó de nuevo contra su silla, cruzó un poco las piernas, y entrecruzó sus dedos sobre su regazo, en una actitud tan apacible que resultaba incluso exasperante.

    —¿Enserio quieres intentarlo? —Susurró en tono de reto, mirándolo atentamente. Él lo miraba también, directamente a los ojos como si esperara que se doblegara con su sola mirada y se agachara con sumisión. Damien, sin embargo, no hizo tal cosa. Continuó en la misma posición, con el mismo semblante y con la misma actitud; de hecho, era James quien poco a poco se veía más… nervioso. Al final, él fue el incapaz de sostenerle su mirada, y terminó volteándose hacia otro lado, como si se sintiera avergonzado. Damien sonrió, satisfecho—. Toma… asiento…

    Esa última sugerencia, ya no sonaba tan amable como las anteriores; ahora sí parecía existir un poco de amenaza en su tono. James contuvo un segundo la respiración. Avanzó con paso algo apresurado hacia una de las sillas, y se sentó en ella; todo ello sin mirarlo directamente. Incluso estando ya sentado, prefería tener su atención fija en el maletín, y en su muy, muy atrayente contenido.

    —Mucho mejor —exclamó Damien con orgullo. Tomó entonces el maletín y lo deslizó hacia un lado para que no estuviera entre ambos; James lo siguió con la mirada mientras se movía—. Necesito que hagas un trabajo por mí. Hay una mujer a la que le pedí otro trabajo; se está encargando de buscar y traerme a dos personas. Es eficiente, pero algo emocional y tiende a meterse en algunos problemas. Necesito que la vigiles y le des una mano. Pero sólo si lo ves necesario, pues es importante para mí que cumpla con su labor ella misma.

    —¿Y por qué me lo estás pidiendo a mí? —Cuestionó James, casi como si le hubieran soltado un insulto en la cara—. ¿Por qué no se lo pides a algunos de los tipos de allá afuera? ¿O a alguno de los miles de tus seguidores?

    —No son mis seguidores —expresó el chico con algo de desinterés—. Son sólo seguidores de una idea. Pero no me malinterpretes, son bastante útiles cuando se les requiere. Pero esto quiero que tú lo hagas. —Lo señaló entonces directamente con su dedo índice—. No eres como ellos, y en estos momentos quiero rodearme de más personas como tú. Además, creo que te agradará conocer a esta mujer de la que te hablo. Sólo espero que tu chica no se ponga celosa.

    Damien rio un poco, pero James ni siquiera pestañó.

    —Pero, para que veas que mis intenciones son buenas y justas… —Estiró su mano derecha hacia el maletín, y tomó uno de los termos de su interior. Luego, lo extendió a James, colocándoselo justo al frente. Por mero aparente reflejo, el hombre de piel oscura se hizo un poco hacia atrás, casi como si aquel objeto le diera miedo, pero al mismo tiempo lo miraba con ferviente admiración—. Puedes llevarte uno, y los otros cuando cumplas con tu deber. Anda, sabes que lo quieres…

    James miró el termo en silencio. ¿Lo quería?, por supuesto que sí. Pero sabía muy bien lo que significaría tomarlo: le estaría vendiendo su alma al demonio… sino fuera porque posiblemente ya lo había hecho, hace mucho, mucho tiempo atrás. Alzó su mano temblorosa y tomó firmemente el termo metálico; la superficie se sentía fría.

    De debajo de la manga de su chaqueta, se asomó parte de su antebrazo, del que sobresalían ligeramente algunos pequeños puntos claros sobre su piel más oscura. James de inmediato jaló su brazo de regreso, y se cubrió de nuevo con su manga, con notable aprehensión.

    —Buen chico —murmuró Damien con tono burlesco, que a James en realidad no le dio gracia—. Anímate, que de aquí en adelante nos vamos a divertir mucho…

    James no respondió nada; no era que realmente tuviera algo que decir u objetar.

    Él mismo lo había dicho: ahora le pertenecían.

    — — — —​

    Una vez más, Eleven se encontró en ese espacio oscuro, silencioso e infinito. Una vez más se sintió rodeada por esa inmensa soledad, a la cual no había logrado acostumbrarse del todo a pesar del paso de los años. En ese sitio, en ese rincón oculto de su mente, era capaz de ver y escucharlo todo, si acaso sabía en qué dirección mirar. Casi siempre tenía a su disposición alguna guía que le señalara el camino; una fotografía, un lugar, un rostro, o una idea. En esa ocasión, sin embargo, su única guía era un nombre: Abra.

    Estuvo demasiado tiempo rondando en esos rincones oscuros sin encontrarse con nada. Por un momento pensó que si se quedaba más de lo debido, perdería de la razón, y quizás sería incapaz de volver a salir. Aun así, siguió andando, persiguiendo cualquier eco lejano que la llamara, cualquier figura que se moviera entre las sombras, guiándose por cualquier sensación que le recorriera la piel.

    Se sintió expuesta en más de una ocasión. Había aprendido de mala forma que el estar ahí, era también como abrir una puerta, o encender una brillante luz que podría terminar atrayendo a alguien… o a algo. Pero en esa ocasión no les temía a los monstruos que rondaban por las esquinas del mundo, esperando un momento de descuido para abrirse paso hacia su plano. No temía a los monstruos come humanos, a las criaturas que poseían tu cuerpo o consumían tu alma. No temía a los demonios, fantasmas o monstruos. Su único temor era aquel individuo, aquel sujeto que había aparecido de la nada, y había zarandeado su cabeza y movido todo en su interior como si fuera una bolsa de canicas. Temía al misterioso chico que tan insufrible impresión había dejado en Matilda y en ella. Temía a un enemigo desconocido, con la fuerza suficiente para hacerles mucho daño.

    No sabía si estar tanto tiempo en ese plano la dejaba igualmente expuesta a él, pero la ignorancia de ello tampoco ayudaba a brindarle seguridad, sino todo lo contrario.

    “Abra, Abra, ¿dónde te encuentras? ¿Quién eres? ¿Qué relación tienes con él?”

    El desconocimiento total de quién buscaba también era fuente de temor. ¿Qué pasaba si se estaba metiendo intencionalmente a la boca del lobo? ¿Qué pasaba si esa persona, fuera quien fuera, era como ese individuo… o incluso peor?

    “Abra, Abra, ¿dónde te encuentras? ¿Quién eres? ¿Por qué siento que necesito conocerte? ¿Por qué siento que te necesitamos…?”

    —¡Brownie! —Escuchó de pronto una voz resonar como un fuerte estruendo a sus espaldas, que la hizo desbalancearse y casi caer—. ¡Mamá te va a matar si te ve de nuevo en los sillones!

    Era la voz de una joven, o al menos eso le pareció a primera vista. Lentamente se comenzó a girar sobre sus pies, casi temerosa y dudosa de lo que vería en cuanto se girara. Sin embargo, no vio monstruos ni amenazas: sólo una joven, de cuclillas dándole la espalda, hablándole a una pequeña y adorable criatura café de cuatro patas sobre un sillón de tapiz verde. Ambos brillaban como si tuvieran luz propia entre toda esa negrura.

    El pequeño animal saltó del sillón hacia los bazos de la joven, y ésta lo recibió con gusto.

    —Ven pequeño, qué buen chico —Murmuró con un tono mucho más amoroso y suave que su grito inicial. Se paró con el animal sujeto con un brazo, mientras con su otra mano acariciaba sutilmente su cabecita. Se giró entonces un poco en su dirección.

    Ya era algo mayor, pero tenía un rostro inocente, con mejillas sonrosadas y rizos rubios y discretos cayendo sobre él. Le recordó por un instante a su propia hija, a su Terry; la más pequeña e inocente de los tres, con sus ojos iluminados como soles y todas las maravillas que el mundo puede ofrecer reflejadas en ellos. Eleven no pudo evitar sonreír ante su imagen y presencia; le transmitía una singular sensación de tranquilidad, una que realmente le hacía falta sentir en esos momentos.

    Pero eso sólo duró un pequeño instante.

    Abruptamente, y sin ninguna señal previa que advirtiera de esto, aquella muchacha giró su rostro directo y tajantemente hacia ella, clavándole sus ojos azules, que ahora habían tomado un sentimiento bastante más agresivo. Eleven se sobresaltó un poco; no estaba mirando algo más a través o detrás de ella; la estaba mirando, no le cupo la menor duda de ello.

    —¿Quién eres? —Murmuró la joven con exigencia, pero también con cierto rastro de miedo—. ¡Aléjate de mí!

    Antes de que pudiera decir algo, o siquiera pensarlo, sintió como le faltaba el aire, y una sensación similar a ser empujada con fuerza hacia atrás. Ya la había sentido antes con otros resplandecientes, pero no con esa intensidad. De haber querido, quizás podría haber resistido, pero en realidad no opuso mucha resistencia. Permitió que ella la alejara, y simplemente se dejó llevar por la marea del pensamiento.

    La imagen de esa joven y su perro se fue alejando, o quizás ella era la que se alejaba; en ese espacio, realmente la diferencia no importaba.

    Sus ojos se abrieron de pronto, estando de regreso en su estudio; de regreso a su casa. Inhaló con fuerza, y luego comenzó a exhalar lentamente. Se retiró rápidamente sus audiófonos contra el sonido, apoyó sus manos contra su escritorio, y poco a poco le permitió a su mente relajarse.

    ¿Ella era Abra? Si no lo era, igual debía ser alguien con un Resplandor bastante impresionante; la tomó totalmente con la guardia baja. Pero, aun así, no era como el de aquel individuo. Pero no tanto por su potencia o capacidad, sino más bien por la sensación que le transmitía. Aún entre toda esa agresividad que sintió al final, pudo sentir una brillante y cálida luz...

    Sintió entonces un ligero dolor de cabeza… y una molestia en la nariz.

    Extendió su mano y encendió la lámpara de su escritorio. Lo primero que vio, la dejó prácticamente paralizada por un buen rato. Sobre el escritorio continuaba el papel en el que había escrito el nombre de ABRA. Sin embargo, además del nombre había algo más decorando el papel: dos círculos imperfectos de color rojo.

    Llevó sus dedos a su nariz, más por requisito que otra cosa, pues ya sabía lo que tocaría desde antes de hacerlo. En efecto, su nariz volvió a sangrar.

    Mientras se colocaba un pañuelo para detener la hemorragia, intentó no pensar realmente en ello, pero fue prácticamente imposible. Había ocurrido otra vez; ya eran dos veces en dos días, después de no haber ocurrido en años. ¿Esa chica se lo había causado? Lo dudaba; el empujón que le había dado no había sido realmente tan intenso. ¿Acaso su encuentro del día anterior la había dejado agotada?; quizás no debía haberse excedido tanto luego de tan desagradable experiencia.

    Debía ser eso. Sólo necesitaba descansar un poco, no usar sus poderes por un par de días y todo estaría bien.

    Debía ser eso, pues las demás opciones… eran simplemente impensables.

    Miró de nuevo el pedazo de papel. Una de las gotas de sangre había caído justo en el nombre, justo entre la “B” y la “R”, como un horrible presagio.

    FIN DEL CAPÍTULO 30

    Notas del Autor:

    —El personaje de James es un personaje original de mi creación, pero se encuentra basado en el contexto de una de las obras involucradas en esta historia. Algunos quizás ya adivinaron de cuál, pero si no, más adelante se explicará con más detalle.
     

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