Resplandor entre Tinieblas

Tema en 'Crossover' iniciado por WingzemonX, 21 Junio 2017.

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    WingzemonX

    WingzemonX Entusiasta

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    Escritor
    Título:
    Resplandor entre Tinieblas
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Misterio/Suspenso
    Total de capítulos:
    21
     
    Palabras:
    7853
    Resplandor entre Tinieblas

    Por
    WingzemonX


    Capítulo 21.
    Respira… sólo respira

    El taxi de la recién llegada se abrió paso por el camino de tierra rodeado de árboles que llevaba a la pintoresca casa de estilo clásico, con una hermosa fachada; era ya tarde, pero el cielo despegado y las luces externas de la propiedad dejaban perfectamente a la vista dicha hermosura. Se encontraba a las afueras de Arcadia, a una hora aproximadamente del Aeropuerto Internacional de Los Ángeles en el cual había aterrizado. El vehículo amarillo se estacionó justo al frente de la casa, al pie de los escalones del pórtico, y de varios rosales perfectamente bien cuidados que sólo podían haber crecido de esa forma con el constante cuidado de una mano gentil y detallista.

    El ambiente que rodeaba todo ese espacio era realmente tranquilizador y agradable. Pocas veces en sus treintaidós años de vida había estado en un sitio que le hiciera sentir energías tan positivas, como si cualquier rastro de maldad simplemente fuera repelido o se mantenía en la calle, temeroso de penetrar más. Era realmente un sitio en el que a Jane Wheeler no le molestaría en lo absoluto pasar varios días… pero no todo era tan perfecto.

    Desde el asiento trasero de los pasajeros, alzó su mirada viendo por la ventanilla hacia el piso de superior de la casa. Entre toda esa energía brillante que la rodeaba, ahí se encontraba un pequeño punto gris; un inestable y ruidoso punto gris que le provocaba un pequeño dolor punzante en la parte trasera de su cabeza. Pero no se encontraba impresionada; después de todo, fue justo por eso que había ido ahí.

    Le pagó al conductor el viaje y pasó a bajarse con su maleta de mano y su bolso. El conductor bajó de la cajuela la maleta más grande en la que llevaba su ropa, y después se retiró tras un amistoso “buenas noches”. Él no se percató para nada de aquel molesto punto gris sobre sus cabezas, y era mejor así. Un instante después de que el taxi se perdió en el camino, casi como si intencionalmente hubiera estado esperando que se fuera, se comenzó a escuchar un ajetreo ahogado que sobresalía de la agradable calma que había reinado desde que llegó. Las ventanas del piso superior se agitaban, sobre todo las de una habitación en especial justo sobre la puerta principal. Las luces del interior también comenzaron a prenderse y apagarse solas, y entre todo ello logró percibir algunos pequeños gritos y lamentos.

    Una vieja casa embrujada en las afueras, pensarían muchos, pero la realidad estaba bastante lejos de ello… dependiendo de a quién le preguntaras. Con sus dedos se acomodó uno de los mechones rizados de su cabello corto castaño oscuro, y comenzó entonces a caminar hacia las escaleras cargando todo su equipaje. Antes de pisar el primer escalón, sin embargo, una de las grandes puertas de madera en la entrada se abrió de par en par, y la que supuso era la dueña de la casa apareció del otro lado: una mujer delgada cerca de los cuarenta, de rostro blanco y afilado, de cabellos rubios oscuros lacios, bien peinado y arreglado que le llegaba hasta los hombros, y ojos café oscuro sobre los que portaba unos anteojos redondos de armazón rojizo.

    Jane se paralizó un instante al sentir los ojos impresionados y confundidos de aquella mujer. Si no fuera por ese pequeño punto gris sobre ella, que ahora sentía más intenso, hubiera pensado por un momento que se había equivocado de casa. Nadie dijo nada, hasta que la mujer pareció al fin reaccionar. La confusión de su mirada se esfumó, y de pronto fue como si acabara de recordar algo importante que había olvidado, o como si acabara de despertar sin saber en dónde estaba y de repente dicha información se le viniera de golpe a la cabeza.

    —Lo siento —exclamó la mujer en la puerta, y alzó en ese momento sus anteojos para poder tallarse un poco los ojos. Estaba muy oscuro y estaba muy lejos para estar segura de ello, pero a Jane le pareció que posiblemente había estado llorando no hace mucho. Se rodeó a sí misma con la pashmina color pastel que traía sobre los hombros, a pesar de que era una noche algo cálida—. Es usted la señora Wheeler, ¿verdad?

    —Así es. —Respondió la mujer de rizos oscuros con media sonrisa. Se atrevió entonces a subir los escalones con todo y su maleta, y se paró en el pórtico frente a ella—. Jane Wheeler, para servirle, señora Honey.

    —Señorita Honey… —murmuró la mujer en voz baja, pero pareció arrepentirse casi de inmediato de haberlo hecho—. No importa, muchas gracias por venir…

    Le extendió su mano a modo de saludo, y al parecer la recién llegada estaba más que dispuesta en aceptarla. Sin embargo, antes de que pudiera tomarla, se escuchó un sonoro grito desde la planta de arriba mucho más intenso que los anteriores. Se sintió a la vez como la casa se estremecía y las luces parpadearon. La señora Honey retiró su mano y la llevó instintivamente a su pecho, intentando suprimir como pudo un gritillo de miedo que empujaba por salir. Jane igualmente bajó su mano hacia su costado al considerar totalmente fallido ese apretón de manos.

    —¿Puedo pasar? —Le preguntó con tono suave.

    —Sí, por favor —le respondió apresurada la dueña de la casa haciéndose a un lado. Jane entró mirando directo hacia las escaleras que llevaban a la planta superior, e inconscientemente ignorando todo los hermosos decorados del recibidor, o la pulcritud con la que todo se encontraba limpio y acomodado. Sólo la voz de la señorita Honey lograba distraer aunque fuera un poco su concentración de las escaleras—. Yo no sé si estoy haciendo lo correcto, pero no tengo a quien más acudir. Estoy tan preocupada por mi hija y…

    —Descuide —le interrumpió con tono serio, alzando su mano hacia ella para indicarle que no tenía que excusarse con ella—. Ella está arriba, ¿cierto? —Jennifer asintió rápidamente—. Vamos a verla.

    La señorita Honey la guio hacia arriba, yendo ella al frente. Por un pequeño segundo, dicho momento trajo a la memoria de Jane la película de “El Exorcista”, una de las primeras películas de terror que había visto con su ahora esposo y sus amigos; extrañamente una historia sobre una niña poseída por el demonio que hacía actos aterradores e incomprensibles para todos, no resultó peculiarmente aterradora para ella como para el resto de los presentes en aquella sala de estar. Ella quizás no lo diría abiertamente con palabras, pero era bastante probable que hubiera visto para ese entonces bastantes cosas mucho más aterradoras como para sentirse impresionada por un poco de maquillaje en el rostro de una actriz y un par de efecto especiales rudimentarios.

    Como fuera, igual se preguntó si algún espectador imaginario desde el pie de la escalera, la vería y relacionaría de inmediato al sacerdote subiendo hacia la recamara de la protagonista que iba a ayudar. Claro, el escenario era mucho menos lúgubre; de hecho la casa era realmente adorable y hermosa por donde la viera. Y no iba a ver a una niña poseída, aunque de seguro habría mucha gente que opinaría distinto.

    El casi asilamiento de la casa, al estar rodeada por ese extenso terreno que la separaba lo suficiente de sus vecinos más cercanos, había al parecer sido fructífero para que nadie notara el descontrol que se estaba viviendo en ese sitio. Lo que más había llamado la atención de la gente era el hecho de la niña no se hubiera presentado en clases desde hace ya una semana y media, y que casi al mismo tiempo su madre adoptiva hubiera pedido un permiso especial para ausentarse de la escuela en dónde fungía como profesora. “De seguro la pequeña debe estar enferma”, suponían de seguro muchos, y de momento era preferible que pensaran eso.

    —Sólo logra calmarse cuando duerme, si es que logra hacerlo —le comentaba la mujer de cabellos rubios oscuros mientras subían—. Desde ayer ya no me deja entrar a su cuarto, me cierra la puerta en cuanto intento abrir. No ha probado bocado… ya no sé qué…

    En cuanto llegaron al pasillo superior, la señorita Honey tuvo que hacer un gran esfuerzo para no soltarse a llorar en esos momentos. Siempre había sido una mujer fuerte. No había situación que rompiera su temple… hasta ese momento. Eso la había superado por completo. Matilda, su hija adoptiva y la luz de su mundo, siempre había sido tan independiente en todo aspecto posible de su vida; y la primera vez que realmente ocupaba de su ayuda, que realmente necesitaba que su madre le dijera qué hacer o cómo solucionar tan precaria situación, simplemente fue incapaz de hacer algo, y eso la llenaba de una abrumadora y paralizante frustración.

    —Está bien, tranquila —le murmuró la invitada a su casa en voz baja, pasando su mano por su espalda de manera reconfortante—. Todo estará bien ahora, se lo prometo.

    Jennifer respiró con fuerza por su nariz, y luego pasó sus dedos discretamente por el costado de sus ojos.

    —Gracias… ¿en verdad puede ayudarla? ¿Sabe realmente cómo lidiar con algo como esto?

    Jane sonrió, por fuera y por dentro. No le respondió, y siguió andando hacia la habitación de la niña, como si supiera exactamente a dónde ir. Se paró justo delante de la puerta y aguardó a que Jennifer la abriera. Se seguía escuchando ajetreo desde adentro.

    —Matilda, querida —murmuró la señorita Honey frente a la puerta—. Por favor, déjame entrar…

    —¡No! —Se escuchó con fuerza espetar desde adentro a una vocecilla aguda entre pequeños sollozos—. ¡No quiero lastimarte! ¡No quiero…!

    Jane avanzó hacia la puerta en ese momento, y gentilmente hizo a su anfitriona un lado.

    —Permítame… —Jane puso su mano en la perilla. La señorita Honey no vería directamente su acción, pero tras enfocarse unos momentos logró hacer sin problema que los seguros de la puerta se abrieran con la ayudada de su propia habilidad “especial”, para luego lograr además que la puerta se abriera pese a la oposición de la niña en su interior.

    Del otro lado de la puerta se encontraba la habitación de una niña de trece años, pero no como cualquier otra. Los colores de las paredes, las sabanas de la cama, la alfombra, todo estaba en colores sobrios. Más que juguetes o posters de bandas en las paredes, había dos libreros, además de una repisa sobre su cama para trofeos. Había un escritorio para computadora y tareas a un costado, y un pequeño ropero. Sin embargo, los libreros, las repisas, el escritorio y el ropero, no estaban como debían de estar. Varios de los libros, trofeos, hojas de papel y prendas de vestir se encontraban o tiradas en el suelo… o flotando en el aire, algunos simplemente suspendidos, otros más pasando velozmente, cruzando la habitación y chocando contra las paredes. La computadora estaba también el suelo, y la silla del escritorio también estaba ladeada. Todo era demasiado irreal…

    —Dios, Matilda… —exclamó Jennifer, ahogando otro llanto. Jane, por su parte, permaneció tranquila en el marco de la puerta, analizando todo el escenario.

    Le indicó con una mano a la dueña de la casa que se quedara en la puerta. Dejó su bolso en el suelo y se adentró lentamente en la habitación, esquivando todos los proyectiles que cruzaban el espacio del cuarto. Había muchas cosas por todos lados, pero ningún rastro de la dueña de todas ellas. Ésta se encontraba, como intuía, sentada a un lado de la cama. La pequeña de cabello castaño corto, estaba abrazada de sus piernas, con su rostro hundido entre ellas. Sollozaba despacio, apenas perceptible.

    Al sentir su cercanía, Matilda alzó rápidamente su rostro y la volteó a ver complementa llena de miedo. Sus ojos, y todo su rostro, se encontraban enrojecidos. Sus ojos se encontraban algo brillosos, pero al parecer había llorado tanto que sus lágrimas simplemente ya se habían secado. Jane sonrió levemente, y entonces se agachó de cuclillas frente a la cama, a un par de metros de ella.

    —Hola, Matilda —exclamó la extraña para la pequeña, con mucha suavidad—. Me llamo Jane, pero tú puedes decirme Eleven. Todos mis amigos lo hacen.

    La niña no le respondió. La miró fijamente con sus ojos azules y profundos totalmente abiertos. Intentaba quizás analizarla lo suficiente para determinar quién era con exactitud, ya que al parecer su presentación no le había convencido. De seguro estaba digiriendo la idea de que un extraño, de la nada, descubriera su secreto y de esa forma.

    —No tienes nada que temer —le susurró muy despacio como si le estuviera diciendo algún pequeño secreto—. Estoy aquí para ayudarte.

    Jane alzó su mano hacia un lado, y un libro que estaba en el suelo a algunos metros de ella de la nada se desprendió del suelo y voló hacia sus manos, atrapándola ella entre sus dedos con facilidad. Matilda se sobresaltó, sorprendida. Eso no lo había hecho ella, de eso estaba segura.

    —¿Usted también…? —Susurró con la voz entrecortada; Jane sólo sonrió.

    —Dime, ¿qué te ocurre, cariño? —le cuestionó Jane sin cambiar de posición o de tono.

    —No lo puedo apagar —masculló de pronto la niña, con su voz esforzándose por hacerse notar entre toda la angustia que le carcomía la garganta—. Antes podía controlarlo, antes podía apagarlo sin problema. Pero ahora no puedo… no puedo. No quiero lastimar a mi mamá… no quiero lastimar a nadie, pero no puedo detenerme.

    —Sí, claro que puedes, Matilda —declaró Jane con bastante firmeza, casi agresiva—. Esa habilidad que tienes es sólo tuya y de nadie más. Sólo tú decides cuándo usarla y cuando no.

    —¡No!, ¡no puedo! ¡Ya le dije que no puedo! —Le gritó con bastante fuerza, y todo el piso bajo sus pies se estremeció, tanto que parecía que se rompería. Jennifer tuvo que sujetarse del marco de la puerta para evitar caerse.

    —Matilda… —Exclamó la madre con absoluta preocupación, e estivamente su cuerpo dio un paso al frente para acercársele.

    —Manténgase atrás —le indicó Jane con un tono tan autoritario, que igualmente el cuerpo delgado de la mujer se detuvo en seco en su sitio. Jane se concentró entonces sólo en Matilda. Se atrevió a acercársele un poco, y ella instintivamente se hizo hacia atrás, por lo que optó por no avanzar más de lo debido. Alzó ambas manos hacia el frente, en señal de calma y comenzó a hablarle lentamente—. Escúchame Matilda, escúchame… sólo… a mí…

    ****​

    Para cuando llegaron a Eola, ya se encontraba atardeciendo, pero aún había suficiente sol. Aun así, el aire que envolvía al hospital psiquiátrico era denso y oscuro que uno se sentía tan inseguro y expuesto como si estuviera solo a la mitad de la madrugada, con absolutamente nada ni nadie a su alrededor. De hecho, el estacionamiento se encontraba solo cuando ingresaron, a excepción de los propios vehículos de los empleados que Matilda siempre había visto cada día que había ido a ese lugar.

    Se estacionaron casi en la mera puerta de entrada. Al bajarse, los tres miraron pensativos hacia el edificio blanco, los tres con expresiones confusas y apremiantes.

    —¿Ustedes también sienten eso? —cuestionó Cole como un pequeño susurro.

    —¿La sensación inquietante de que no deberíamos estar aquí? —Contestó Cody del mismo modo.

    —Sí, esa misma…

    Los presentimientos o corazonadas que su Resplandor les daba a veces, parecían haberse alocado en cuanto se acercaron a ese sitio. Los tres lo sentían, y aunque no lo hubieran expresado abiertamente con palabras, igualmente presentían que los otros también. Algo bastante malo estaba ocurriendo, o al menos había ocurrido.

    Matilda fue la primera en lograr sobreponerse a esa sensación paralizante y lograr avanzar hacia la puerta; inevitablemente sus dos acompañantes se vieron obligados a igualmente seguirla.

    Aunque el exterior del hospital se sentía calmado y en silencio, el interior era muy diferente. Se escuchaba bastante ruido, el eco de voces y pasos resonando en los pasillos, y llegando de alguna u otra forma hacia ellos. Mientras avanzaban por el pasillo principal hacia el cubículo de recepción, no vieron precisamente a mucha gente, pero sí les tocó al menos tres enfermeros yendo de un pasillo a otro con notoria prisa, y otro más llevando a un hombre, casi catatónico, en una silla de ruedas.

    La enfermera de recepción, la misma que había atendido a Matilda en su primer día ahí, estaba al teléfono. Su estado aletargado de aquel entonces, y que se había perpetuado en días siguientes, había desparecido. Ahora parecía estar con la sangre fluyéndole más deprisa, hablando enérgica por el teléfono, revisando su libreta, y también la computadora al mismo tiempo. La joven no se percató de su presencia hasta que ya estuvieron a unos pasos de su lugar. En cuanto la vio, dejó a un lado todo lo que estaba haciendo, incluso dejó caer el teléfono al suelo provocando un golpe sonoro y casi doloroso, y se paró de su silla de un salto.

    —Dra. Honey, gracias al cielo —exclamó enérgica y aliviada, lo que confundió bastante a la Psiquiatra.

    —Buenas tardes… ¿qué fue lo que…? —antes de que terminara su pregunta, la enfermera salió apresurada de su sitio y se dirigió, casi corriendo, al pasillo adyacente.

    —¡Dr. Johnson!, ¡Dr. Johnson! —La escucharon gritar mientras se alejaba. Los tres la miraron correr por el pasillo, hasta que ya no les fue posible.

    —Se ve que es popular por aquí, Doctora —comentó Cole, algo burlón.

    —Eso es nuevo para mí —señaló la castaña, demasiado confundida para reaccionar como era debido.

    No tuvieron que esperar mucho. El Dr. Johnson en persona no tardó en aparecer apresurado, viniendo por el mismo pasillo por el que la joven se había ido. Ella no venía con él, por lo que suponía que se había quedado quizás atendiendo algún otro tema.

    —Dra. Honey —exclamó Johnson, igualmente aterradoramente entusiasmado y aliviado de verla. Se le veía algo cansado y distraído—. Una disculpa, todo es un caos. Tuvimos que mover a casi todos nuestros pacientes del ala de Samara, y no fue sencillo porque era de nuestros pacientes más problemáticos.

    —¿Moverlos por qué? —Cuestionó Matilda notoriamente a la defensiva—. ¿Qué fue lo qué pasó? ¿Dónde está el Dr. Scott?

    —No sé adónde se fue… él… —Johnson balbuceó, aparentemente dudando entre qué decir y que no, y esto hizo que la actitud de Matilda se volviera aún más agresiva. Se le aproximó, encarándolo de frente, y aunque era de estatura más baja que él, igualmente lo intimidó lo suficiente para hacerlo retroceder un poco.

    —Escúcheme —empezó a decirlo con voz lenta pero firme—, tendrá que decirme todo lo que pasó ahora mismo, sin ocultar nada. De otra forma no podremos ayudarlo. —Johnson miró entonces por encima de la cabeza de la doctora a los otros dos hombres que la acompañaban—. Ellos vienen conmigo, son mis colegas.

    —¿Colegas? —inquirió el doctor, confundido—. ¿Son psiquiatras también?

    —En mis tiempos libres —se apresuró Cole a responder con tono sarcástico. Matilda lo miró sobre su hombro con una mirada de regaño, pero se volvió casi de inmediato de nuevo hacia Johnson.

    —Ya están al tanto del caso. Hablé con libertad.

    Johnson se retiró sus lentes y pasó su mano por todo su rostro, tallándolo con algo de fuerza. Se veía que no quería hacerlo, pero al final no le quedó de otra. Les contó lo mejor que pudo sobre lo ocurrido esa mañana, como Samara había reaccionado, lo que le había hecho al Dr. Scott, y por último lo poco que sabía sobre el extraño suceso que acababa de pasar horas atrás en su habitación y había causado todo ese alboroto.

    El rostro de Matilda estaba duro como roca mientras lo escuchaba contarle todo eso. Su quijada estaba apretada, y sus ojos casi centellaban del coraje en ellos. Se giró por mero instinto hacia el mostrador de recepción, y se apoyó en él con ambas manos, mientras respiraba lentamente para intentar tranquilizarse.

    —Son unos idiotas —murmuró entre dientes—. ¡¿En qué estaban pensando?! ¿Y se hacen llamar psiquiatras? ¿En dónde estudiaron, par de…?

    Se forzó a sí misma a guardar silencio, antes de que dijera algo de lo que realmente se arrepintiera.

    —No supimos qué más hacer… —murmuró Johnson, indeciso.

    —¡No hacerla enojar para empezar hubiera sido buena idea!

    —Ese fue Scott, yo no… yo no…

    Johnson comenzó a balbucear, incapaz de formular una oración coherente. Retrocedió lentamente y se dejó caer en una de las sillas del área de espera. Se sostuvo la cara con las manos, y se escuchaba como respiraba un poco agitado. Cole y Cody lo miraron algo perplejos; Matilda siguió dándoles la espalda, volteada al mostrador.

    —Yo ni siquiera creía del todo que esto fuera verdad —murmuró Johnson, apenas audible—. Una parte de mí siempre creyó que todo esto que hacía esta niña era algún tipo de truco que no podía aún explicar, pero que tarde o temprano lo descubriríamos y ahí terminaría todo. —Retiró sus manos de su cara, y señaló entonces hacia uno de los corredores, con horror en el rostro—. Pero lo que hizo en ese pasillo… Oh Dios… esto no puede ser real.

    El estado de ánimo del Dr. Johnson no era en realidad muy diferente al de Vázquez. Ambos vieron cosas que no podían explicarse, pero sus cabezas se esforzaban intentándolo. Cuando no funcionaba, las reacciones de la gente variaban; la agresividad de Vázquez y la negación de Johnson eran de las más comunes.

    —¿Dónde está ahora? —preguntó Matilda tras unos instantes de silencio.

    —En su cuarto, aún amarrada a su camilla, supongo.

    —¡¿Amarrada?! —Espetó incrédula la castaña, girándose al fin hacia él—. ¡¿Cómo que amarrada?!

    —Todos los que se acercan ese sitio terminan heridos de alguna forma. Está fuera de control… no sabemos qué…

    Johnson volvió a callar, y de nuevo ocultó su rostro entre sus manos. La imagen de Samara, amarrada, sola e indefensa en un cuarto como el que Johnson les había descrito… El estómago de Matilda le dio vueltas, pero se contuvo de cualquier reacción visible. Respiró con fuerza, recuperó la serenidad y entonces logró pararse derecha de nuevo. Tomó su bolso y lo dejó sobre el mostrador, sacando de él sólo su teléfono celular. Se acomodó su traje rápidamente con sus manos, y luego siguió con su cabello; esto no tenía ningún propósito específico, era más un tic involuntario para despejar su mente.

    —Mantengan a los otros pacientes y al personal a salvo —musitó despacio—. Yo me encargaré de esto.

    —Nosotros nos encargaremos —añadió Cole con decisión. Matilda vio al oficial de reojo, con no tan buena disposición a simple vista.

    —Vamos, Matilda —escuchó que Cody pronunciaba, casi como un regaño. La castaña simplemente suspiró resignada y comenzó a andar apresurada hacia la habitación de Samara. Cole y Cody la siguieron a una distancia prudente.

    — — — —​

    Matilda barajeaba en su mente todas las opciones. La idea de que Samara pudiera plasmar esas imágenes más allá del papel, radiografías o la propia mente de las personas, siempre había sido una posibilidad. Paredes, techos y piso, todo ello no eran más que superficies, no muy diferentes de un papel si hablaban de una modificación celular a los niveles que habían teorizado. Pero el que pudiera hacerlo de golpe, y de una escala como la descrita por el Dr. Johnson, eso definitivamente no había estado en sus predicciones. Además de que la imagen que les había descrito era bastante… perturbadora; y aun así, sólo cuando estuvieron ya de pie en aquel pasillo fue capaz de digerirla en su totalidad.

    Los tres se quedaron quietos al girar en la esquina. Era como si de golpe hubieran entrado a otro edificio sin que se dieran cuenta. Varias de las lámparas del techo se habían roto, por lo que la iluminación era escasa. Lo que alcanzaban a ver, sin embargo, era… bastante incómodo. Paredes roídas, llenas de óxido, humedad, e incluso rastros de vegetación abriéndose paso entre las grietas. El suelo estaba cubierto con un extenso y nada agradable charco, como si se hubiera filtrado el agua de alguna lluvia y se hubiera mezclado con la basura y demás porquería del sitio. Se sentía un ambiente frío, no insoportable pero sí lo suficiente para sentirse incómodo o al menos con la necesidad de tener otro saco encima. Había pequeños rastros de polvo, o al menos algo muy parecido, rondando el aire. Y el olor era quizás lo peor; olor a animal muerto, a agua estancada, a basura en descomposición. Eran tan nauseabundo, que era imposible no sentir al menos una pequeña arcada.

    —Por Dios —exclamó Cody, estupefacto, mirando todo minuciosamente.

    —Creo que no es el mejor lugar para evitar pesadillas, profesor —añadió Cole, intentando sonar gracioso pero realmente no lo había logrado del todo.

    Luego de dudar unos momentos, Matilda activó la lámpara de su teléfono y con ella logró alumbrarse mejor el camino, especialmente el suelo. Cole y Cody siguieron su ejemplo. Los tres sujetaban sus teléfonos con una mano y con la otra se cubrían lo más posible sus narices y bocas para resistir el olor. Sus zapatos terminaron pisando esa agua sucia, pero procuraron no pensar en eso de momento. De niña a Matilda le gustaba ir al río a buscar reptiles, peces e insectos para catalogarlos, así que sólo intentó imaginarse que estaba haciendo eso de nuevo.

    —Cody, ¿esto es similar a aquello que me contaste que hiciste de niño? —le cuestionó Matilda curiosa.

    —Sí… lo creas o no me trae recuerdos —murmuró Cody, algo inseguro.

    —¿Tú hiciste algo como esto antes? —Preguntó Cole, incrédulo.

    —No exactamente algo así, pero igualmente mis habilidades afectaron todo el espacio en el que me encontraba, creando un escenario bastante desagradable. Curiosamente, también en esa ocasión me drogaron para tenerme dormido.

    —¿Entonces crees que todo eso es una ilusión? —Inquirió Cole.

    Cody negó con su cabeza.

    —No creo que esto sea una ilusión, o algo como lo que yo hago. Esto… es algo más.

    —Sí, yo también lo siento. Hay algo bastante pesado en este sitio, que sencillamente no es natural.

    —¿Hablas de…? —Cody lo miró, algo impresionado. Ahora Cole fue el que negó.

    —Si preguntas por fantasmas, no. Hay fantasmas que con la energía suficiente pueden materializar y afectar nuestro mundo de forma física, pero no a este nivel. Pero si existen otro tipo de fuerzas que pueden hacer algo como esto, o incluso mucho más.

    —¿Otras fuerzas como qué exactamente?

    Cole soltó una risilla burlona, seguida inmediatamente por un quejido de molestia, pues al parecer había pisado algo que no lograba describir, pero que igual su primer instinto fue retirar su pie bruscamente lo más rápido que pudo.

    —Mejor lo dejemos para otro escenario más agradable, profesor —murmuró con disgusto el oficial.

    Avanzaron por alrededor de dos minutos más hasta que Matilda alumbró con su luz una puerta totalmente oxidada tumbada a mitad del pasillo. A su lado izquierdo, se encontraba el marco en el cual la puerta se había hallado, con aún rastros de sus bisagras en ella. Esa era la habitación de Samara.

    Matilda tomó aire hondo, o al menos lo más hondo que el viciado y pútrido aire que los rodeaba les permitió, y avanzó con un poco más de prisa hacia la puerta. Y entonces escuchó los sollozos, pequeños sollozos lastimeros y dolorosos que provenían del interior del cuarto, y que la hicieron detenerse por unos instantes. Se movió con lentitud hasta lograr asomarse al interior. El estado de lo que lograba enfocar con su luz era igual de deplorable que el resto del pasillo… a excepción de un blanco puro, en su mayoría limpio que sobresalió del resto del cuarto en cuanto la luz lo tocó: el blanco de la bata de Samara.

    En efecto, la niña seguía recostada sobre la camilla, de sabanas ahora llenas de manchas de humedad y con agujeros, atada de muñeca y tobillos por correas viejas de cuero, pero que aún tenían la suficiente resistencia para sujetarla. La niña tenía el rostro humedecido por sus propias lágrimas, y sollozaba desconsoladamente presa del pánico. En cuanto la luz la iluminó, giró sus ojos en dirección a la entrada a como su posición se lo permitió.

    —¿Ma… tilda…? —susurró con debilidad.

    —Samara —exclamó Matilda, estupefacta de verla en tal estado. Sin pensarlo, avanzó hacia el interior de la habitación—. No te preocupes, voy a…

    —¡No te me acerques! —Gritó la niña con fuerza, y su voz retumbo en el eco de las paredes, las cuales comenzaron a desquebrajarse un poco. El agua en sus pies también comenzó a alterarse, y a Cody y Cole por igual les pareció de pronto que de hecho les llegaba más arriba, al menos hasta los tobillos—. No… quiero verte… —masculló Samara entrecortada—. Me mentiste… dijiste que vendrías a verme, ¡y no lo hiciste! ¡Dejaste que me atrapara!, ¡dejaste que me hiciera esto!

    Mientras más gritaba, el estado del espacio a su alrededor parecía empeorar poco a poco. Incluso el cielo a sus pies comenzó a sentirse blando, como si fuera a abrirse en cualquier momento para tragarlos a todos.

    Samara estaba enojada con ella también. No era algo que tuviera del todo previsto, pero no era inesperado. Era cierto, ella le había dicho que iba a hablar con su madre, y que ese día llegaría temprano justo para hablar con ella, pero no lo hizo. Supuso que estaría bien, sólo retrasarlo un poco. El asunto de Portland, Doug y Lilly Sullivan tomó importancia en su cabeza, y pensó que todo estaría bien… pero no fue así. Ese horrible incidente no era sólo culpa de Scott y de Johnson; ella también era culpable… otra vez…

    “¡Tú dijiste que me ayudarías!, ¡me dijiste que todo estaría bien!”

    Esas palabras, hace ya algún tiempo exclamadas contra ella con el mismo sentimiento, retumbaron en su cabeza.

    Volvió a intentar acercarse. Con su mano izquierda sujetaba su celular y la otra la tenía extendida hacia ella en señal de calma. Intentó usar su telequinesis para quitarle sus amarres mientras hablaba.

    —Samara, debes tranquilizarte —le susurró muy despacio; casi lograba quitarle la correa de su muñeca izquierda.

    —¡No puedo! —Espetó la niña casi como si le doliera. De pronto, una larga herida se dibujó justo en la palma derecha de Matilda, de extremo a extremo.

    —¡Ah! —exclamó con un gemido de dolor, retrocediendo instintivamente. Su teléfono se cayó de sus manos, cayendo al agua y quedando sumergido debajo de ella, aunque la luz de la linterna seguía alumbrando.

    —¡Matilda! —Cody y Cole se acercaron en su ayuda. Cole iluminó su palma con su luz, mientras Cody la revisaba. Era un corte un poco profundo, limpio y recto; la sangre comenzaba a surgir libremente de la herida y a escurrir por un costado.

    —¿Cómo hizo eso? —cuestionó Cole, quitándose como pudo su corbata azul con una mano. Se la pasó entonces a Cody para que la usara de vendaje improvisado. Cody la ató con algo de fuerza alrededor de su mano. Matilda ni siquiera dio seña de dolor; su mente se había enfrascado en esa pregunta: ¿cómo lo había hecho?, ¿era algo derivado de cómo plasmaba sus pensamientos e ideas en todo ese entorno?

    —Vete… —sollozó Samara—. No quiero lastimarte… no quiero lastimar a más personas…

    Matilda retiró con cuidado su mano de Cody y les indicó a ambos con su cabeza que retrocedieran. Inseguros, dieron un par de pasos hacia atrás, quedándose en la puerta. La castaña miró alrededor; la luz de su teléfono se había apagado, lo cual era una pésima señal de su estado, pero ya se ocuparía de eso después. Ahora sólo podía guiarse de la luz de Cole y Cody, pues sin ellas estaría en esos momentos en absoluta oscuridad, de seguro. Sujetó con su mano izquierda la corbata que rodeaba su herida, presionándola contra ésta, y comenzó avanzar en su dirección. Mientras más se acercaba, las paredes, el techo y el suelo le parecían más endebles, como si estuvieran convirtiéndose en papel.

    —No has lastimado a nadie, Samara —murmuró Matilda con suma y absoluta tranquilidad—. Escucha, esta habilidad que tú posees es tuya y de nadie más. Sólo tú decides cuando usarla, y cuando no; es tu don…

    —No puedo hacerlo —respondió Samara entre llantos—. Ella es más fuerte que yo…

    —¿Ella? —Exclamó Matilda confundida, estando ya a mitad de camino entre la puerta y la camilla—. Samara, ¿quién es ella?

    La niña guardó silencio unos instantes, a excepción de sus llantos.

    —¡Vete! —le gritó al final y Matilda sintió como si alguien la empujara con fuerza hacia atrás. Se tambaleó un poco, dando un par de pasos en falso hacia atrás pero arreglándoselas al final para evitar caer.

    Se quedó perpleja unos segundos. ¿Telequinesis?, era probable que tuviera un poco de ello así como tenía un poco de telepatía; su propia teoría de cómo plasmaba esas imágenes a un nivel celular, no entraba en conflicto con dicha idea. Aun así, esa forma en que fue empujada le resultó extraña, un tanto inusual a cuando había sentido un empujón telequinético de parte de alguien más. Lo sintió más como si alguien realmente la empujara con sus manos hacia atrás… como si hubiera alguien más ahí…

    Miró alrededor, casi por mero instinto; no esperaba realmente ver a alguien más ahí de pie ente las sombras, y en efecto no lo vio… aunque aquella esquina más alejada de ella, la que permanecía totalmente oscura pues las luces de los celulares de Cole y Cody no la tocaban, por unos momentos su mente le hizo sentir que el frío que emanaba de esa esquina era mucho más intenso que el resto. ¿Había alguien ahí observándola fijamente sin que pudiera verlo a él… o a ella? Su intuición parecía no decidirse aún entre decirle que sí o no.

    —Intentaré detenerla —murmuró Cody dando un paso al frente, y listo para materializar lo que fuera que pudiera ayudarles a calmarla, dormirla o lo que fuera necesario.

    —¡No! —le gritó Matilda enérgicamente, volteándose hacia ellos—. Si la agredes, sólo la perturbarás más. Ustedes dos quédense atrás, no intervengan.

    Cody vaciló; la situación le parecía demasiado volátil como para dejársela sólo a ella, y Cole igualmente sentía lo mismo. Sin embargo, al final el profesor retrocedió, dándole a Matilda su espacio. Ésta respiró hondo por la nariz, sin importarle el olor a su alrededor, y exhaló por la boca. Soltó su mano, dejándola libre aunque siguiera sangrando un poco. Alzó sus manos al frente en posición de calma, y dio pasos más al frente, arrastrando sus pies por el agua.

    —Samara, escúchame con atención, escúchame muy bien, sólo a mí —comenzó a decirle con voz baja y bastante calmada considerando el escenario. La niña en la camilla la volteó a ver, temerosa—. Confía en mí, pequeña. Yo puedo ayudarte a calmar esto, y no me iré ni dejaré que lastimes a alguien, te lo juro por mi vida. ¿Crees en mí, Samara? ¿Me permitirás ayudarte?

    La niña se quedó en silencio, mirándola fijamente con notoria duda en su mirada. Sin necesidad de poder leer su mente, Matilda supo que estaba debatiéndose internamente sobre qué responderle. Al final, asintió con su cabeza repetidas veces, y con esa sólo señal Matilda se atrevió a aproximarse más.

    —Bien, escúchame con mucho cuidado —susurró—, escúchame sólo a mí…

    ****​

    —Cierra tus ojos —le indicó Eleven, cautelosa—. Ciérralos y respira… sólo respira.

    Matilda la miraba entre llantos, totalmente confundida. Cerró sus ojos como le pidió, aunque estos parecían resistirse a ese cambio. Ya lo había intentado: cerrar los ojos, respirar, calmarse, pero nada de eso había funcionado. Aun así, de alguna forma esa mujer la incitaba a intentarlo de nuevo.

    —Respira lentamente —prosiguió Eleven—, inhala por la nariz, exhala por la boca. No pienses en nada, sólo respira.

    Obedeció. Teniendo los ojos cerrados, inhaló lentamente por su pequeña nariz, y luego exhaló despacio por la boca. Repitió lo mismo unas cinco veces.

    —Bien, lo haces muy bien, Matilda. Ahora, he oído que tienes una gran imaginación, y necesito que la pongas a trabajar justo ahora. Has visto la estufa de tu cocina, ¿no? —Matilda no entendió del todo la pregunta, pero asintió con su cabeza sin abrir los ojos—. De seguro la ves todos los días, más de una vez. Conoces su color, su forma… quiero que la visualices en tu mente, lo más clara y detallada que puedas. Imagínala justo frente a ti. No dejes de respirar.

    Eso no hizo mucho progresó en aliviar su confusión, pero también cumplió esa petición, de la forma que mejor pudo. En su cabeza, se encontraba en un espacio totalmente negro por todos lados, arriba y debajo de ella. Pero a pesar de toda esa oscuridad, podía ver claramente la estufa ante ella, justo como la de su cocina. Hacía ya algunos años que su madre había cambiado la vieja estufa blanca de modelo bastante pasado de moda, por una más moderna color cromo brillante.

    —¿Puedes verla Matilda? —escuchó que Eleven susurraba, sonando en su cabeza con un eco lejano—. Una de las hornillas está encendida.

    Al oír eso, giró sus ojos directo a la hornilla frontal izquierda. Y en efecto, se encontraba encendida… más que encendía. La llama azul se elevaba con fuerza como un gran matorral. Era brillante, incandescente, y de cierta forma seductora.

    —La veo… —susurró dubitativa.

    —¿Cómo está su flama? Descríbemela…

    ****​

    —Está al máximo… —susurró Samara entre pequeños sollozos, teniendo sus ojos cerrados—. La llama está demasiado intensa, ¡hace mucho calor!

    —No tengas miedo, Samara —le susurró Matilda con suavidad, estando parada a un lado de la camilla, a un metro de ella.— No te hará ningún daño. Esa llama te sirve a ti, no tú a ella. Tú la controlas en el momento que quieras, ¿lo recuerdas? Tú decides si se prende o apaga: las perillas están justo al frente de la estufa. ¿Las ves?

    Dentro de la imagen mental de Samara, logró desviar su mirada de la hermosa e incandescente flama azul, hacia las parillas ubicadas en el panel frontal de la estufa. Sólo una de ellas se encontraba abierta.

    —Sí… las veo…

    —Tú puedes girarlas cuando sea —le indicó Matilda con firmeza—. Ahora mismo quiero que extiendas tu mano lentamente hacia la perilla abierta, con mucho cuidado.

    Samara avanzó un paso y alzó tímidamente su mano hacia la perilla. Luego dio otro paso, y uno más; cada uno tenía incluso menos seguridad que el anterior.

    —Acércate, toca la perilla con tus dedos.

    —Hace mucho calor… —exclamó asustada, y en verdad lo sentía; podía sentir el agobiante calor de esa flama pegándole directo en la cara.

    —No importa, ese calor no te puedes lastimar. Tú toma la perilla.

    Samara siguió avanzando paso a paso, resistiendo la incómoda sensación de ardor en toda la piel, hasta colocar sus dedos sobre aquella perilla imaginaría, que se sintió bastante real contra sus yemas.

    —¿La tienes?

    —Sí… la tengo…

    —Bien, lo haces muy bien, Samara. Ahora…

    ****​

    —Gírala lentamente para cerrarla —le instruyó Eleven a continuación—, muy lentamente.

    Matilda comenzó a girar la perilla de nuevo a su posición original, hacia la dirección que la colocaría de forma vertical, con el extremo con la marca roja hacia arriba. Pero en efecto lo hacía lento, muy lento.

    —Ten tu mirada fija en la llama —escuchaba que Eleven proseguía—, contempla como va bajando poco a poco conforme tú la vas girando. ¿Lo ves?

    —¡Sí!, ¡puedo verlo! —Exclamó con entusiasmo. En efecto, aquella intensa e irreal llama, comenzó a hacerse poco a poco más pequeña, y el calor igualmente se iba calmando.

    —No te precipites. Sigue girándola… paso a paso… la llama se va reduciendo, y reduciendo. Todo se va calmando, el calor va desapareciendo… —Todo lo que Eleven describía, ocurría en su mente con total claridad—. Y entonces… la llama se apaga.

    Matilda giró por completo la perilla, volviendo a la misma posición que tenían todas las otras. Por un instante la enorme flama se redujo a sólo pequeños destellos azules, que al final se extinguieron desapareciendo por completo.

    Los ojos de Matila se abrieron justo en ese momento, sólo para ver como las pocas cosas que aún quedaban flotando, caían al suelo; algunos con delicadeza, otros de forma un tanto más pesada. Miró a su alrededor incrédula. Todo se había calmado. Ya nada flotaba, ya nada temblaba. Todo estaba en silencio, y en perfecta paz.

    La niña comenzó a llora en esos momentos, incapaz de diferenciar sí eran lágrimas de angustia, confusión, o quizás de felicidad y alivio.

    —Oh, cariño —escuchó a su madre exclamar con fuerza y en un abrir y cerrar de ojos se dirigió apresurada hacia ella. Se agachó a su lado, y la abrazó contra ella. Matilda le regresó el abrazo, apretujándola fuerte como si temiera que se fuera de alguna forma. Jennifer pasó su mano reconfortante por su cabello y espalda, dándole además varios besos en su pequeña cabeza, mientras ella lloraba con ímpetu contra su pecho—. Todo está bien, todo está bien.

    Jennifer alzó su mirada hacia Eleven, quien ya estaba de pie, y las miraba desde una distancia prudente. Los ojos de la señorita Honey también se encontraba a punto de soltar lágrimas, pero ella sí sabía con seguridad el sentimiento que las acompañaba.

    —Gracias, gracias —exclamó Jennifer, apenas siendo capaz de hablar con todas las emociones que se le atoraban en la garganta. Eleven sólo le sonrió, satisfecha por la escena ante ella.

    ****​

    Años después, cuando Samara igualmente abriera de nuevo los ojos en aquel horrible cuarto, el resultado sería el mismo. Toda la sensación pesada y agobiante que los envolvía y les gritaba con fuerza que se fueran de inmediato, se disipó. El suelo volvió a sentirse fijo, e incluso algunas de las luces del pasillo, y la propia luz del cuarto, se encendieron.

    —Lo logré… lo logré… —sollozó Samara entre sorprendida y aliviada.

    —Lo lograste, claro que lo lograste —exclamó Matilda orgullosa. Se dirigió entonces de inmediato hacia la camilla; ya no hubo ninguna clase de ataque, y se sorprendió además sentir que el agua que le subía por los pies, ahora era de nuevo sólo un gran charco por lo que se podía mover mejor. Rápidamente le desató las correas que la aprisionaban, primero los pies y por último las muñecas. En cuanto estuvo libre, Samara se sentó y rodeó a Matilda con sus brazos con fuerza por mero reflejo, y comenzó a llorar descorazonadamente contra su pecho.

    —No quise hacerlo… No quise hacerlo… —repitió varias veces entre sus llantos.

    —Lo sé, lo sé —musitó Matilda despacio, abrazándola con más suavidad y pasando sus mano sana por su largo cabello—. Tranquila, ya estoy aquí. Todo estará bien.

    Mientras Matilda reconfortaba a la niña, desde la puerta Cole observaba asombrado todo lo ocurrido. La castaña había mantenido la compostura de una forma casi militar, y parecía saber exactamente cómo y cuándo llegarle a esa niña para que la escuchara. Ambas cosas sólo podían ser resultado de la experiencia que llevaba consigo. No pudo evitar mirarla hacer lo que hizo, y recordar de inmediato a Eleven, al día en que la conoció, la forma en qué le habló y la sensación que le había provocado. Fue como remontarse a aquel momento, y eso le creó una sensación en el estómago extraña, pero no desagradable.

    Ahora podía entender un poco el porqué, mientras la estaba investigando y preguntando por ella entre las demás personas de la Fundación, entre todas las historias que le contaban hubo dos o tres que se refirieron a ella como “la favorita de Eleven”. Pensó que se trataba sólo de las usuales envidias por estar bien con mamá oso, pero ahora podía ver que no era precisamente eso, y tampoco era que hubiera un cierto favoritismo propiamente. Más bien el espíritu que ambas proyectaban, incluso esa agresividad inherente envuelta en toda esa amabilidad y dulzura, eran bastante similares.

    “Procura ser cuidadoso con Matilda. Nunca has conocido a nadie como ella.”, le había dicho Eleven al final de aquella llamada que habían tenido hace un par de semanas. Bien, él no estaba del todo seguro de ello.

    Cody igualmente podría haberse sentido fascinado por lo que Matilda acababa de lograr ante sus ojos, pero lo cierto es que su mente se encontraba más concentrada, y preocupada, por otra cosa. Miró a su alrededor con cierto temor. Los poderes de la niña se habían apagado, en efecto no le cabía duda de ello. Sin embargo, la apariencia de esa habitación y la del pasillo seguían igual: el óxido, la humedad, todo seguía ahí. Tocó con sus dedos una pared sólo para cerciorarse; se sintió áspera, justo como su apariencia lo indicaba. Por su experiencia con ese tipo de habilidades, él sabía que fiarse del tacto o de cualquier otro sentido, no era una garantía; todos podían ser igual de engañados que la propia vista. Pero era esa misma experiencia la que le permitía concluir con casi completa seguridad que eso no era una ilusión; todo eso era absolutamente real. Y lo que más lo confundió, lo que más sentía que no encajaba, era el agua en sus pies, que aún seguía ahí presente.

    Su mente comenzaba a dar varias vueltas en ello… y cada segundo nacía en su pecho una ansiedad bastante tangible, ya no creada directamente por esa niña en esos momentos… sino por lo que podría ser.

    —Siempre lograba evitarlo y no verla —escucharon los tres que Samara murmuraba contra el pecho de Matilda, sin calmarse aún ni un poco—. Pero esta vez no pude evitarlo.

    Matilda no logró comprender esas palabras.

    —¿A qué te refieres, Samara?

    —Vi al monstruo —murmuró entrecortada—. Vi al monstruo que aparece siempre en mis pesadillas… lo vi de frente…

    De nuevo Matilda no entendió, o al menos no en un inicio. De inmediato, a su mente se le vino aquello que le había dicho el día anterior, aquello de lo que quería hablarle: “es sobre mis pesadillas, de las que te conté antes. Hay algo que no te dije, algo que siempre aparece en ellas.”

    —Fue sólo un sueño, tranquila —le dijo con calma sin dejar de pasar los dedos por su cabello.

    —No, es real, el monstruo es real —exclamó Samara casi en pánico. Separó su rostro de ella y la volteó a ver con las mejillas empapadas—. Soy yo… —Soltó de pronto, creando una oleada de confusión no sólo en Matilda sino en también en los otros dos oyentes—. Yo soy el monstruo… yo soy el monstruo…

    Antes de que Matilda pudiera preguntarle algo, se le pegó de nuevo de la misma forma de antes, aun llorando aunque un poco más despacio. Sin decir nada, la castaña también la volvió a abrazar y reconfortar con sus manos. Ninguno de los tres tenía de momento la información suficiente para sacar una conclusión sobre qué significaban esas palabras. Aun así, la ansiedad que Cody estaba comenzando a sentir, se fue de golpe en aumento.

    FIN DEL CAPÍTULO 21
     

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