Long-fic de Pokémon - Ranger por pura casualidad

Tema en 'Fanfics de Pokémon' iniciado por Poisonbird, 19 Junio 2018.

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    Aries
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    Ando leyendo... y madre mía, lo que me ha hecho reír.

    Me encanta el tono desenfadado que comparten los pjs y la voz narrativa. Tipo, la historia empieza hablando de un secuestro pero ninguno de los personajes parece tomarse muy en serio su papel, hay una onda WTF muy marcada que le me sie genial.

    Gionna, Lmao, es lo más. Me encantó la captura del Houndoom en su abuso del absurdo para marcar un ritmo muy ligero de leer. No sé qué tienen ustedes que cuando quieren sacar risas, se les da bastante bien.

    Y también me confundí con Lol un par de veces, llegaba a pensar que el narrador se estaba riendo(?)

    No sé por qué tardé tanto tiempo en leer está cosa. Re copado.
     
  2. Threadmarks: Capitulo 10
     
    Poisonbird

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    Título:
    Ranger por pura casualidad
    Clasificación:
    Para adolescentes. 13 años y mayores
    Género:
    Aventura
    Total de capítulos:
    20
     
    Palabras:
    4314
    Bueeeno, me alegro que esté gustando esto -w-

    Y... Omatase shimashita~! ¿O tal vez debería decir "sumenai"...? Nah, mejor dejo de hacer el weeabo [?].
    Hoy os traigo un plato de after action con extra de edgyness~ claro, el inicio de por sí es absurdo. Intenté camuflarlo antes of course; pero mirara por donde mirara no podía hacerlo así que... ¿para qué negarlo? -Shrug-
    Y esto también se va a poner aún más absurdo. 100% garantizado. Aunque luego la cosa se va a poner un poco más seria... o bueno, al menos lo intenté.

    Y bueno, con suerte no tendré que tocar nada del siguiente. So.
    Bueno, cheerio!

    Capitulo 10

    La huida les dejaron sin energía alguna. Estaban cansados completamente. Tuvieron que emplear toda la adrenalina para seguir el ciclo de la vida. Lograron salir ilesos del otro lado del túnel, por la pradera. Era una suerte tener a un pokémon como Kyumbreon, que, aunque arisco, era protector con ella. De todas formas, ese esfuerzo fue demasiado para él. Estaba muy agradecida por lo que había hecho; pero le preocupaba su salud. No era un Pokémon que estuviera precisamente adaptado para desplegar semejante poder psíquico.

    Y frente a ellos estaban… sí. Ellos. Estos forestales que se atrevieron a irse antes de asegurarse de que le rescataran del apuro.
    Con ellos no podía confiar. Bueno, no es como si nadie fuera confiable en este mundo de todas formas. Aunque el alivio que sintieron fue notorio.

    —Oh, ¡menos mal, estás viva! Ah… te daría un abrazo, pero claro… la herida.—dijo Helio ruborizado.
    —No te molestes.—contestó mosqueada.
    —Sí, menos mal. Sería terrible si te hubiéramos dejado ahí atrás… tsk, ahora con ese derrumbe seguro que tendré que limpiar la cueva de rocas otra vez. Estúpida banda de paletos. A todo esto…

    Ariadna miró un momento el cuerpo inconsciente del Umbreon, preocupada.

    —Oh, no. No me digas…
    —Tranquila, está bien. Solo hizo más de lo que debía.

    Ariadna le estaba empezando a mirar mal. Parecía que ella, pese a parecer severa, no aprobaba que hiciera este tipo de peleas.

    —No… no te creas que lo maltraté, oye. Solo me…
    —No digáis más. Estoy despierto.

    Del susto, Gionna dio un brinco y dejó que Kyumbreon aterrizara grácil en el suelo.

    —Caray, eso fue rápido.
    —Como sea… perdona que te dejáramos atrás, y también perdóname por mi poca consideración, pero quiero que te quede claro una cosa. Aquí no aprobamos los combates Pokémon. ¿Entiendes lo que estoy diciendo?
    —¿Oh?—Gionna levantó una ceja, conteniendo todo su mal humor. Eso era toda una novedad para ella. ¿Que los combates eran ilegales aquí también? No tenía ni idea.

    ¿A qué le sonaba esto?

    —Primera noticia. Pensaba que Alehoppip o tu jefe lo veían bien.
    —Eh… no, claro que no.—Ariadna se puso la mano en la frente, pidiendo a Arceus que le diera paciencia.—. Escucha. Quizá nuestros superiores sean demasiado suaves contigo por tus circunstancias, pero yo no pienso andarme de chiquitas. Voy a tener que detenerte y hacerte unas preguntas. Lo siento.

    Eso le cayó como un balde de agua fría. Aún estando como estaba, después de todo lo que hizo, va y se lo agradecía de esta forma. ¿Por qué? ¿Por qué todo el mundo le escupía en la cara en vez de darle su merecido agradecimiento? Pensó que tal vez cambiar de lugar se quitaría esa maldición de encima. Pero aún así…

    Indignada, Gionna respondió:

    —¿¡Cómo que me vas a detener!? ¿¡Después de ayudaros y hacer todo lo que hice…!? ¡Y ESTANDO HERIDA, NI MÁS NI MENOS! ¡Al menos llévame al hospital antes, maldita sea!
    —Luego. Ahora necesito que cooperes y…
    —Espera, espera, espera, Ariadna, ¿no te estás precipitando un poco? Digo, sí, me consta que está prohibido luchar contra los pokémon salvajes, pero… ¿contra capturados? ¿Pero en Oblivia no usaban a los Pokémon de la misma forma?

    Ahora que lo decía… bueno, en teoría ya rompió esa norma. Tres veces. Pero era defensa propia. Quizá debería confesar que su Umbreon mató a tres Digglet a Pulso Umbrío limpio y dejó catatónicos a incontables Zubat…
    No, no. Tenía que hacerlo, a pesar de todo. Tenía que sobrevivir, maldita sea.

    Aún así había algo que le daba urticaria de estos motivos. Lo más normal era que lo dejara pasar y accediera a llamar a un médico. Aquí había unas intenciones detrás. Quizá eran paranoias suyas porque Kyumbreon no le estaba diciendo nada por telepatía, pero…

    —Helio, por favor, en Oblivia están incomunicados. No compares. Bueno, ¿qué? ¿Te vas a entregar o no?

    ¡Y menuda manera de ser negligente! Si iba a detenerla, que lo hiciera sin preguntar siquiera.

    —¿Y por qué debería? No he asesinado ningún Pokémon salvaje; y es posible que no sea tal como crees. ¿Estás segura de que no estás abusando de tu autoridad? —por supuesto estaba mintiendo… en cierta forma. Pero no iba a dejar que le retuvieran por semejante tontería.
    —¡Pero haberse visto…! ¡¿Ahora te das de lista!? Mira que tenía mis dudas después de lo que hiciste, pero al final sí que serás una delincuente después de todo.

    Mierda. Lo sabía.

    —¿A-Ariadna? ¿Pero de qué hablas?
    —Te llamó la policía de Aria, ¿verdad?

    Así acabó desubicando a Helio. De repente no entendía nada. Era cierto que se le veía muy brusca… pero… ¿una delincuente? Era imposible. Estaba atónito.

    —Sí… en un principio tuve mis dudas; pero cuando revisé el fax que me enviaron hace años y ver a su Slowpoke ya me quedó claro quién era. ¿Te crees que las autoridades irían a limitarse a buscar localmente?
    —¿Qué? Pero… ¿por qué…? ¿Qué hizo? Ariadna, me estás asustando.
    —Resulta que esta chica ha cometido delito de hurto de pokémon. Tres veces. ¿Te convence eso?

    Entonces, el Ranger no objetó más. Se mantenía encerrado en su incredulidad, sin saber qué pensar. Tal vez tenía métodos de uno, ahora que lo pensaba; pero tampoco podía culparla, ¿no…?

    Por otra parte Gionna tampoco podía pensar bien. A pesar de estar lejos de esa región, parecía que… no; si no le habían prestado atención a sus pasos en Jhoto era porque estaba “protegida” bajo el ala de los conocidos de su familia. Pero aquí no había nadie que estuviera de su parte. Solo estaba ella, nada más.

    Pero Ariadna parecía que solo cumplía órdenes. Tal vez si se lo explicara…
    No, ¿a quién quería engañar? Su palabra ya no valía nada.
    Aprovechando que Ariadna preparaba las esposas, Gionna se echó a la fuga junto a sus pokémon y Plusle. No iría a dejarse atrapar por un delito que no cometió. Ni en las tierras nuevas ni en las viejas.

    —¡Espera, detente!—gritó Ariadna mientras ella se disponía a pisarle los talones. La entrenadora estaba haciendo un esfuerzo sobrehumano para no ser alcanzaba. La sangre intentando fluir a sus músculos y el cansancio hacía que el dolor se agudizara todavía más. Pero a pesar de eso, la adrenalina impedía que desfalleciera.

    Pero por mucho empeño que le pusiera, Ariadna estaba en mejor forma. No lo parecía, pero su entrenamiento físico estaba dando frutos en este momento. Podía verse en un aprieto pronto…

    No de la forma que pensaba. No tardó en encontrarse con un obstáculo en el camino. Había un río de aguas cristalinas cuya corriente era suficiente como para impedirle nadar en el estado que estaba. Si caía ahí dentro…

    Sin embargo, tenía una opción. La idea no le hacía mucha gracia; pero tenía que intentarlo.

    Su libertad dependía de aquel hilo acuático. Miró a Lol, que permanecía a su lado; cuya mirada fue retornada al instante.

    —Sabes lo que te voy a pedir, ¿verdad?

    Lol asintió. Estaba dispuesta a hacer lo que sea.

    —¡Bien! ¡Lol, AL AGUA, PATOS!

    Tomó la delantera. El kappa dio un impulso y saltó para sumergir todo su cuerpo y empezar a resistir la corriente. Entonces, la entrenadora pisó el nenúfar que le mantenía a flote para luego coger impulso y saltar hacia la otra orilla, igual que su sirviente y el conejo. Nada más acabar, Ariadna, pensando que al Lombre no le daría tiempo a retirarse, siguió por el mismo camino.

    Se equivocaba. Ella no iba a retirarse. Iba a emerger del río e impedir el paso por su cabeza. Se puso frente a ella, amenazante.

    —Maldita sea... ¿por qué darás tanto por una ladronzuela?—masculló. Por instinto, Ariadna sacó su capturador, dispuesta a sacarla del medio.

    Lol se encontraba de nuevo en esa situación. Mas esta vez no se dejaría atrapar tan fácilmente.



    El terreno por el que acababan de entrar al cruzar el río era más sombrío debido a los árboles que se alzaban a su lado. La pradera acababa en aquel punto frondoso, donde los vientos se hacían sentir más fríos debido a la poca presencia del sol. A ella le encantaba este tipo de entornos, oscuros y tranquilos. Pero no tenía tiempo para contemplaciones.

    Apoyó sus espaldas bruscamente, dando aullidos de dolor cuando recordó la presencia de aquella hendidura. Sin remedio alguno, se sentó en la tierra herbácea, jadeando por la intensidad del dolor. Llevaba un tiempo con ese vendaje. Debía de cambiarlo antes de que la sangre coagule y se adhiera a la piel.

    Fue retirándolo, despacio. En cuanto estaba más cerca de la herida, más le quemaba. Finalmente pudo quitárselo sin problemas. El sangrado aún continuaba, aunque era más tenue que cuando se abrió. Lo único que le preocupaba era la posibilidad de infección de esta. Debía de sacar el yodo, pero con un solo brazo no podía hacer mucho.

    —Kyu... pásame las vendas, por favor.

    Sin embargo, abrir la mochila era un suplicio para él. Fue entonces cuando Plusle intervino para ayudarle con esa tarea, dejando constancia de su existencia. Abrió su mochila, y sacó el paño de algodón que tenía, dándosela a Gionna.

    —Eh, chiquilla, ¿nos has seguido?—le acarició la cabeza en modo de agradecimiento y trató de cubrir la herida ella sola, con dificultades. Kyumbreon estaba un poco celoso por la ayuda que le pudo dar. Luego ella fue a ver qué más tenía en la mochila. ¿Quizá algún rastro de comida que se guardó para después? No. Solo había varias Pokéballs, una bola pesada con varios botones, una cámara digital, tiritas, tijeras y tres fotografías pequeñas protegidas bajo unos humildes marcos de aluminio.

    El conejo tenía curiosidad por saber quiénes eran aquellas personas que posaban grabadas en papel satinado. En una había un hombre, una mujer, un pequeño Purrloin y una niña con una rosada serpiente enroscada alrededor de su cuello, como si estuviera jugando a ser una bufanda.

    En otra estaba la misma mujer y la misma niña, más crecida, sujetando en brazos al mismo pokémon. Pero además había una anciana sujetándola por el hombro y un tiburón bípedo de aspecto muy fiero. Ambos estaban en un interior. La tercera estaba solo aquella joven, el hombre, otra mujer más baja que la anterior y un Liepard. Plusle quería saber quienes eran aquellos humanos. Las sacó para verlas más detenidamente. Gionna no podía evitar ponerse un poco en alerta.

    —Eh, peque, deja esas fotos en su sitio. No son para jugar.

    Con ello, pudo ver el deplorable estado por donde se encontraba. Le lastimaba verla así, sin nadie que la pudiera ayudar. Apiló las tres fotografías para llevárselas. Así mientras ayudaba, saciaría su curiosidad.

    —Mi señora, creo que quiere saber quienes son los personajes de aquellas imágenes a cambio de que pueda hacerle ella el vendaje.
    —¿Por qué puñeta le interesaría tanto saber quiénes son los de mis fotos? Es... un poco personal, ¿vale?
    —No creo que os convenga negaros a su trato. Aunque estáis usando la diestra para vendaros, os resulta imposible cubriros bien con una sola mano.

    ¿De verdad tenía que hacerlo? No es que le costara contar; pero pensaba que lo que había en aquellas fotos era algo que no podía contar a cualquiera.

    No obstante, era cierto que dos pequeñas patas de conejo era mejor que una sola mano. Solo esperaba a que terminara pronto.

    —Vale, muy bien. Pero que vaya vendando de mientras.—suspiró. Entonces Plusle se dispuso a agarrar el rollo y rodear la parte del brazo herido con cierta torpeza. Gionna agarró la primera fotografía.

    Al verla, un sentimiento de melancolía se apoderó de ella. Ver de nuevo a su familia, joven y sin diferencias, era algo que echaba de menos.

    —Bueno... ¿qué decir? La mujer alta y esbelta de pelo ondulado es mi madre. Luego el hombre que parecía haber salido de un club de borrachos es mi padre. No era mala persona, por eso. Solo... no cuidaba su imagen. Por el resto, era o es un trozo de pan. Tendría que mandarle algún correo, por eso.

    Kyumbreon ya conocía a su progenitor. Desde luego, era un hombre humilde y bastante afable. No era nada comparable con el resto de seres humanos que conoció en su vida. Su entrenadora y él eran los únicos a los que no dañaría. Su madre sin embargo era una completa desconocida para él.

    —Y ese gato que sujeta debe de ser aquel maldito y sucio felino, ¿verdad?
    —Eh, no hables así de Protágoras. Sería arisco y un poco travieso, pero era un buen gato.

    Una pena que aquel felino hubiera acabado aplastado entre escombros cuando aquel día llegó. Aquella época conocida como “La llegada del Armagedón negro” fue funesta para ella y para los de su ciudad natal. Como si no fuera suficiente huir del pueblo por unos fanáticos.

    —Lo que vos digáis, pero era de todo menos tratable. Y ahora que me fijo... ¿cuál es ese pokémon rosado que reposa en vuestro cuello?

    Otro compañero perdido. Cada vez el dolor de su pasado se estaba haciendo aún más notorio. Sin embargo, las dolencias físicas camuflaban bastante bien sus emergentes emociones.

    —Es Drini. Era el único compañero de juegos que tenía cuando era pequeña. Y también podría haber sido mi compañero de viaje...
    —Pero ahora no está con vos. ¿Acaso ha perecido?—preguntó con frialdad. Deduciendo a partir de su bajo tono de voz, era lo único que podía deducir. También era un episodio del cual nunca le contó.
    —Tal vez. La última vez que lo vi fue a los nueve, cuando volví del colegio. Unos ladrones asaltaron la casa, y mi abuela no estaba para protegerla; tampoco Gubia, por eso. Y mi madre... bueno...
    —¿Fue asesinada?
    —¡No! Fue amordazada y atada.
    —Fue una inquilina inútil, entonces.

    Tal vez. Le guardaba rencor por no poder proteger a su pequeño Dratini. Ella no era ni entrenadora ni estaba en forma como para evitar que entrara esos ladrones. Aunque no podía entender por qué no pudo hacer nada para salvar al dragón. No sin aquel Gabite. Entonces, pensando en el guardián de la casa, cogió la siguiente fotografía.

    —Aquella mujer debe de ser vuestra abuela.
    —Sí...
    —Tiene ropas diferentes a las de cualquier ser humano. Como si sus espaldas necesitaran más abrigo...
    —Es una capa, anonado.—soltó un quejido. Plusle le tocó la herida sin querer. —¡Ten cuidado, chica, me haces daño! Eh... ¿qué iba a decir? ¡Ah, sí! Domaba dragones. Los criaba y luego los entrenaba. Y además era la cabeza de La Orden del Dragonair.
    —Eso explica por qué aparecéis con tantos reptiles.
    —Ya... con ella estaba bastante bien protegida, a decir verdad. Ahora solo me tengo a mí…

    Suspiraba. ¿Por qué habría tenido que irse, de todas formas? ¿Por qué esos fanáticos le tuvieron que alejar de las únicas personas que la habían querido realmente?

    De pronto, un zambullido cercano se escuchó por la orilla. Lol regresaba exhausta de su batalla contra la presta peonza de Ariadna. No había sido capturada, por eso. Pero no había logrado alejarla. Cuando vio a su Lombre, Gionna se alegró.

    —¡Lol! ¡¿Has podido escapar?! ¡Anda, ven y ayuda a Plusle con la venda, venga!

    Pero no había tiempo. Lol advirtió de la inminente llegada de la ranger de Otonia. Ella no entendía por qué estaba tan alterada, hasta que Kyumbreon le tradujo sus palabras.

    —Debemos marchar. Parece que la humana ha logrado hallar una forma de cruzar el río.

    La poca alegría que había sentido en todo el día al garete. Rápidamente, tomó las fotografías, se levantó y las volvió a guardar en su sitio, igual que el capturador. Lol tuvo que encargarse de cargar con la mochila. Su entrenadora no podía ponérsela con la gasa colgando.

    Uno de los planes que tenía era adentrarse en aquel bosque. Pero aunque le tentaba la idea, no le convenía nada. Odiaba admitirlo, pero necesitaba un médico pronto. Aún no tenía anemia, pero seguía perdiendo sangre. Solo esperaba que no tenía que estar en un hospital. Sería terrible.

    Tenían que ir a Villavera. Eso estaba claro.
    Pero justo cuando iba a caminar, se encontró con aquella incansable guardiana del bien.

    —Ah, no, tú no te escapas.

    ¡Maldita sea! Encima que no podía tratar bien la herida, va ella y le retrasa más la ida.

    —¿¡Pero cómo demonios has podido pasar el río sin mojarte siquiera!?—preguntó asustada por su presencia.
    —¡Ja! Hay un puente un poco más arriba de donde estaba. Por poco me haces creer que no había otra forma de cruzar. Bueno, ¿te vas a entregar o no?

    Era obvio que no lo haría. Pero la venda estaba mal hecha. Tenía que mantenerla con la otra mano, por mucho que odiara que se ensucie.

    —Yo… no…
    —Todavía te resistes a pesar de todo… tengo que admirar tu perseverancia. Pero tu fuga acaba aquí.
    —No hice nada malo…—murmuró sin darse cuenta.
    —¿Robar no es malo? Has robado tres Pokémon a dos instituciones privadas, ¿te parece po-?
    —¡NO LOS HE ROBADO! ¡LOS SALVÉ!—harta de esa acusación, soltó sin pensarlo, callando a Ariadna un momento.
    —¿Cómo que los salvaste? ¿Es así como te justificas siempre? Se… ¿se puede saber quién te crees que eres…?
    —No me creo nadie.—contestó tajante, intentando contener las lágrimas del dolor. —, ¿tú te crees que puedo darle las gracias a esas instituciones por arruinarles la vida devolviendo a estas criaturas?
    —¿Q-q-q-q-qué? No me cambies el tema, por favor. Te he pregun…
    —¡Eran experimentos, Ariadna! No podía dejar que permanecieran ahí sufriendo. Tenía que darles otra opción… y ellos decidieron venir conmigo. Y tú vas y quieres despojarles de su libertad también… junto a la mía. ¿Y tú crees que estás haciendo justicia así…? No me hagas reír.

    Tenía un dilema en frente. No esperaba que tuviera semejante oposición de su parte. De hecho, empezaba a pensar que tenía complejo de salvadora, con todo eso de ir a laboratorios y sacarlos de ahí.

    Pero… si era cierto lo que decía… no, tenía que ser cierto. Eso explicaría por qué ese Slowpoke era tan rápido para su propia especie. Igual el maltrato y la experimentación genética con los Pokémon estaba penado en las regiones donde operaba la Unión. Aparte que tampoco había muchos indicios de maltrato… por no decir que tal vez que sus pokémon estaban demasiado consentidos.
    ¿Estaría bien tomar una decisión por su propia cuenta? Tampoco podía dejar que se desangrara en el bosque.

    —Está bien. Te creo.
    —Tch. Cómo no. ¿Quién necesita policías cuando…? Espera, ¿qué dijiste?
    —Que te creo. Tampoco pienso que los estés maltratando… aunque deberías de dejar usar a tu Lombre como plataforma para cruzar el río.
    —¿Habiendo un puente? ¡Pero bueno!—dijo indignada.

    No podía creerlo. Le había creído. No es como si fuera mentira que se llevó dos criaturas que no eran suyas, pero… aún así. Y lo mejor era que le cambió el vendaje con el equipo necesario.

    —Bueno… eso está mejor. No lo muevas mucho.
    —Tranquila… no lo iba a hacer…—hablaba entre quejidos. El dolor de la herida empezaba a incordiarla. Por no decir que ya empezaba a marearse…
    —Oye, ¿te encuentras bien? Te veo un poco pálida…
    —Sí… es solo… que debí perder el litro ya…—dijo entre jadeos. Era horrible. Su equilibrio se empezaba a tambalear.
    —¿Quieres que te lleve a la base y mire si Alejandro te puede llevar al hospital en Fearow?

    Sentía que podría desmayarse en cualquier momento. Pero aún podía agarrar entendimiento de lo que decía.

    —Tuviste que hacer esto desde un principio.—se quejó.
    —¿Quieres que te deje ahí tirada?

    Bufó. Sin más remedio, se apoyó en Ariadna para no caer. No había otra. Mientras salían del bosque, había otro pedido que la entrenadora tenía que hacer. Por su propia integridad.

    —Eh… ¿podría… pedirte otro favor?
    —¿Qué narices quieres ahora?
    —Prométeme… que no dirás nada de esto a tus superiores. Por favor…

    Eso era algo que no podía prometer. Al fin y al cabo, las advertencias sobre esta chica era algo serias. Pero aún así dijo que no lo haría. Al fin y al cabo tampoco creía que tendría nada peligroso entre manos.




    Mientras, en las afueras de la ciudad del oeste, los hermanos que lideraban el equipo Go-Rock se reunieron en un edificio casi destartalado por fuera. El pokémon legendario sería llevado por la mañana a su guarida y reservado para fines perversos.

    —¡Qué bien que ya tengamos un legendario en nuestras manos, hermano! ¡Unos cuantos más y toda Floresta se arrodillará ante nosotros!—se reía Aina, de una forma que el hermano mediano no podía aguantar.
    —¡Jo, jo, jo, y tanto! Además, parece que este pequeño invento que hizo nuestro hermanito funciona de maravilla. ¡Ningún ranger podrá hacer frente a nuestros súpercapturadores!—expresaba así sus ilusiones la cabeza del grupo. Sentía que el mundo pronto sería suyo, y de su familia. Sin embargo, una voz temblorosa tenía que discrepar.

    —Yoooo no estaría tan seguro...

    Aquel joven inseguro era el más pequeño de los varones. Ese chico cuyo nombre era Emilio.

    —¿Por qué, Emilio? ¿Es que te falló algo en tus bombos?
    —No, Alberto, no...
    —Entonces será que no lo habré mejorado. Pero... juraría que los modifiqué todos.
    —¡No tenía nada que ver con el aparato te digo!—exclamaba. Tenía las manos temblorosas por la incomprensión. Sus hermanos lo miraron extrañados por aquellas convulsiones locales. Si Emilio reaccionaba así, es que algo había pasado.
    —¿Entonces?—preguntó su hermano mayor.
    —La-la chica... ¡esa zorra... capturó a mi Weezing como si fuera un pokémon capturado con nuestros prototipos iniciales!
    —¿¡Qué!? ¡La madre que la parió, menos mal que no quiso capturar a mi Tyranitarcito! Pero, un momento, ¿en serio, Emilio? ¿En serio?
    —¡SÍ, EN SERIO! ¡Esa tía no es normal!

    Ninguno de los otros tres no entendían nada. Tenían que tomarlo por paranoico.

    —Bleh. Admito que da un poco de miedo al principio. O sea, tiene pokémon dopados, tío, pero-
    —¡PE-PERO NADA! ¡ES EL PUTO DEMONIO, DAVID! ¡¿Sabes cómo me llenó a mi poke de agua?! ¡¿Has visto alguna vez el rostro de sus putos pokémon cerca de tu puta cara, eh, eh?! ¿¡PUES YO SÍ, VALE!? ¡Y ES TERRIBLE! ¡TENGO PESADILLAS CON ESA RANA, JODER! ¡Esta noche la vi persi-!

    Un chirrido melódico interrumpió su testimonio. Aina no quería oírle hablar más del mismo tema.

    —Vale, vale, Emilio, ya lo entendemos, te da miedo la chica, ¿no? Venga, y vuelve a hablar. ¿Ahora podemos decidir nuestro próximo destino, si puede ser?

    Eso era justo lo que David quería oír. Bajo un fino manto de polvo, parcialmente apartado, se hallaba el cuero de un libro que grababa todo el folclore de la región. Entre páginas, además de la leyenda del monstruo que cedíaparte de su cuerpo para forjar las más temibles espadas, había una que narraba un milagro.

    Un despistado aldeano, engañado por un cuervo de largo sombrero, se adentró en el retorcido corazón del bosque. Lugar que era un lioso laberinto del cual pocos podían salir.

    Era entonces cuando tuvo tiempo para pensar. Aquel despistado no era tan inocente como aparentaba ser en el principio de la narración. Inducido por el veneno alucinógeno de un ajolote, asesinó a su pareja, y era por ello que fue expulsado de aquel aquel poblado.

    Rogó perdón y clemencia a su propio destino. Tarde se había dado cuenta de que su adicción le llevaría a tal trágico punto, por donde tendría que acabar desorientado por toda su vida. Mas no solo quería que las cosas se arreglaran solas. Estaba dispuesto a hacer todo lo posible por poder regresar a la aldea.

    Fue entonces cuando apareció el pequeño duende, que le devolvió al momento por donde empezó a probar el emponzoñador néctar que soltaban los Woopers. Consciente de lo que traería, nunca más volvió a cazarlos ni a tratarlos como un mero caramelo.

    Los detalles de la vida del personaje no les interesaba en absoluto. Lo único que les interesaba era la parte por donde el pequeño duende hacía su aparición magistral. Estaba claro que este tenía el poder de viajar en el tiempo.

    —¡Guau, imagínate si tuviéramos un pokémon que viaje en el tiempo! Seríamos los amos, tío.— Exclamó Emilio.
    —Sí... sería la hostia. Podríamos tomar las riendas de la historia de la unión con eso. ¡Podríamos prevenir que surgiera!—dijo David. —Pero... el duendecillo está en el Bosque Lila...
    —Y además no he oído por ahí que les haya aparecido un pokémon muy raro...—Aina se cruzó de brazos. Tampoco quería adentrarse en ese bosque. Temía a los insectos. Emilio estaba demasiado alterado como para poder ir de caza tranquilamente. El único que quedaba cuerdo entre los cuatro era el bajista del grupo.
    —Voy a tener que ir yo, ¿verdad?
    —¡Por favor, hermanito! ¡Me harías un favor!—le dijo Aina con voz encantadora. Alberto suspiró y se levantó.
    —Pues no se hable más. Mañana iré a ver si tengo la suerte de encontrarlo. Espero que no me pierda como ese aldeano...
    —¡Más te vale!—exclamó David.—porque si no, la habremos liado parda. ¿Queda clarito?
    —Claro, claro.

    Y así, acordaron su próximo objetivo. La búsqueda del viajero del tiempo empezaría una vez que el sol volviera a levantarse.
     
  3. Threadmarks: Capitulo 11
     
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    4501
    Bueno. Back from hell.

    Este capítulo quizá resulte un poco denso... y un poco bait por decirlo de alguna manera. Ya me entenderéis luego.
    No pronto thou.

    Espero que os guste -w-

    Capitulo 11

    Un día más dio comienzo. La penumbra de la sombra de los árboles no dejaba ver la luz en toda su esplendor. El bosque se volvía tenebroso desde aquel punto, y donde se volvía terriblemente confuso por la falta de luz. Mas eso no importó al cazador de leyendas. Su prioridad era encontrar aquella grácil criatura que documentaba aquel libro. En uno de los claros había una pequeña casa; quizá para alimentar a las aves que habitaban en el bosque. Sin embargo, no había alpiste, y las puertas del hogar en miniatura estaban cerradas a cal y canto. Después de eso, siguió en parcial oscuridad, bajo la espesa maleza montesa. El chico albino de unos dieciséis años, y de gabardina blanca, decorada por llamas de sangre, bajó por un barranco y siguió buscando al duende del tiempo.

    Sin embargo, aquella hada del bosque no daba signos de vida. Al parecer estaba en otro tiempo en estos mismos instantes. Encima no trajo medios para hacer peligrar al bosque. Se decía que era sumo guardián de aquellos lares. ¡Tonto! ¡Podría haber empezado por ahí!
    Debía desistir. Tenía que regresar a su puesto de capataz clandestino.

    Pasaron las horas. Dos veces vio anochecer y oyó ulular a los Hoothoot, incapacitándole dormir. Por lo menos de agua estaba bien proveído; sabía que le tomaría tiempo, aunque nunca pensó que sería tanto. ¡Pero la comida! Estaba famélico. No qué era comestible ni qué no. Menos mal que estaba bien protegido de las amenazas nocturnas. La batería de su capturador era bastante duradera.
    Aún así no podía estar en ese bosque por siempre. Debía llamar a sus hermanos. Sacó su teléfono móvil, decorado también del mismo color que toda su vestimenta.

    —¿Aló?—contestó su hermana pequeña. No se fijó el número.
    —Aina, no encuentro a Celebi... creo que este ha dejado el bosque.—comunicó.
    —Quémalo. Seguro que acude.—propuso su hermana pequeña.
    —Eso había pensado en un principio, pero... no. Habría muerto en el intento.—dijo indiferente.
    —Pues no sé. ¿Qué idea tienes tú?
    —Ninguna. Por eso os llamo. Necesito volver a Otonia, y rapidito. Envíenme un pokémon volador, aunque sea. Los Swellow no me sirven.

    Vaya. Su hermano menor ya empezaba a tirar la toalla.

    —Ugh... te iría a buscar, ¿pero, sabes? Ando un poco ocupada ahora mismo.—se excusaba mientras se pintaba las uñas de los dedos de los pies.
    —¿Y Emilio? ¿Y David?
    —Emilio está ocupando tu puesto, así que no te preocupes, no tienes prisa. En cuanto David... vete a saber. Hablando de cosas raras con el jefe, ya sabes.
    —Entonces estoy perdido, ¿verdad?
    —Mucho parece que sí.
    —Ugh. Bueno. Gracias de todos modos.
    —A ti.

    Colgó nada más recibir el agradecimiento que no merecía. El hermano mediano parecía estar a la merced de los elementos y de la desolación. La botella de agua no parecía que fuera a durar un día más. Si no se moría de hambre, lo haría por sed.

    Al parecer, la única solución que tenía era actuar como una persona normal y llamar a la Base Ranger de la zona.



    Había pasado varios días después del asalto a la cueva. Últimamente el equipo Go-Rock estuvo bastante tranquilo. Quizá sería porque estaban disfrutando su segunda victoria; o eso creían los rangers. Lo cual les dio un largo tiempo para dejar que Gionna se vaya recuperando del susto y las heridas; un acto bastante considerado de su parte.

    Claro que su reposo tenía que incluir lecciones de orientación y mucha geografía regional. Alejandro temía que su sentido de la ubicación fuera lo suficientemente malo como para que se pudiera perder. Y razón no le faltaba. Si tenía que ir a buscar la base del enemigo, andaba lista. ¿Por qué estaba ejerciendo de Ranger ahora? Era sencillo. Le dijo a Ariadna que no comentara nada de eso a sus superiores; y no falló.

    Fue Helio quien le dio la puñalada.

    Por suerte, él no sabía de todos los detalles de su acusación. Solo sabía que robó tres; pero no quiénes. Pero dio a Alejandro la excusa perfecta para retenerla dentro de la Unión imponiendo una pena de “servicios comunitarios”; el cuál implicaba, cómo no, hacer recados como Ranger. Llevando cómo no su distintivo uniforme.

    Ahora que lo único que tenía era una cicatriz bajo la camisa blanca, podía poner en práctica sus lecciones cumpliendo con una misión de rescate; una idea que no le gustaba demasiado. ¿Y si esa gentuza se encontraba justo ahí? ¿Y si realmente se perdía por aquellos lares? Siendo optimista, pensaba que cualquier percance le serviría de venganza. Cargos penales, indemnizaciones... siempre tenía esos trámites legales para hacerle uno la vida imposible.

    Aunque su presupuesto máximo no llegaba para un buen abogado. Esos hombres de traje elegante y frases convincentes eran demasiado caros para este continente.

    De lo que no le faltaba era compañía. Lol, Kyumbreon y Plusle estaban a su lado, dirigiéndose hacia la zona indicada.

    —No entiendo por qué accedéis a hacer estos trabajos, si tan mal os ha tratado.—preguntó Kyumbreon mientras se dirigían hacia lo profundo del bosque.
    —Ya sabes porqué lo hice. Ambos sabemos que soy una calamidad en los terrenos boscosos. De hecho apenas nos enseñaban a orientarnos en el colegio...
    —Y por ello estuvisteis tantos años en Aria tratando de encontrar las próximas ciudades. Sí, lo sabemos. ¿Pero de qué os serviría esos pocos consejos de borrego, si ni con brújula os encontráis?
    —Eso es justo lo que voy a intentar solucionar, ¿sí? Al menos sabemos qué hay dentro. Y en que nos debemos fijar.
    —Esperemos en que os acordéis. No me dejasteis ver nada de aquellos folios.

    Ella también esperaba que no se le olvidara ningún detalle. Tenía una memoria pésima para aquellas cosas.

    Nada más cruzar el puente, los árboles empezaron a cubrir el campo con su temida sombra. Aquellos necios que se adentraran en aquel lugar se arriesgaban a no volver jamás si no sabía bien por donde iba.

    Graznidos risueños se escucharon entre las ramas de los árboles, como si las brujas acabaran de crear el ardid perfecto. Eso hizo que los pokémon y la entrenadora miraran sus alrededores, alertados por ese escalofriante sonido. Con sus lentes adaptadas a su vista, pudo ver un matojo de plumas negras mirándolos con sus socarrones ojos rojos. Era un pokémon que a ella le encantaba; pero peligroso en estos entornos. Era una de las principales causas de pérdida. Si alguien moría dentro de la espesura, la culpa siempre se la llevaba aquel cuervo con sus trampas.

    Descendió de su tronco para pararse en frente de ellos y acercarse a Plusle. Esta retrocedía ante la presencia de aquella ave. Lo había visto antes. Con Selena. Ese fue el causante de que un anciano muy desagradable se perdiera tiempo atrás.

    Entonces, el Murkrow la miró con altivez y le echó unas cuantas pestes en forma de sonidos aviares. Plusle se ofendió con aquellas ponzoñosas palabras; tanto que incluso saltó chispas por sus mejillas. Gionna ya veía venir lo que iba a pasar. Y lo iba a prevenir.

    —Lol, usa Drenadoras antes de que-

    Tarde. Cuando iba a acabar la frase, Plusle se abalanzó hacia el carroñero rodeada de electricidad; un movimiento del cual evitó sin problema alguno usando sus negras alas. Como alma poseída por el diablo, Plusle lo siguió por el interior del bosque.
    Irremediablemente, Gionna y sus pokémon la tuvieron que seguir. Al fin y a cuentas, ella era también su responsabilidad.

    La penumbra apenas les brindaba algo de visibilidad. Al menos era de día y aún se podía ver la hierba meciéndose por el frío aire y los árboles tambalearse. Caminaron un pequeño trecho, mirando por todas las esquinas posibles. Mas todavía no veían ningún rastro de ella.

    Pasando el claro, sin percatarse de la presencia de la caseta, acabaron de adentrarse en territorio de Weepinbell. Mientras estaba demasiado centrada en buscar al mamífero eléctrico, uno de ellos se acercaba despacio a ella, dispuesto a degustar la repugnante carne humana para salvaguardar su especie. Desprevenidamente, Lol, quien guardaba sus espaldas, sacó sus aguas a presión para inmovilizar a la planta con su peso. Oír a la campana herbácea caer hizo que Gionna se percatara de donde estaba.

    Corrió para no ser tocada por los jugos gástricos de los Weepinbell. Lol y Kyumbreon le ayudaron a que no le alcanzara ni una gota de ácido. Por poco, algunos fueron asesinados con el permiso de la entrenadora, quien temía que alguno de ellos la estaba digiriendo. Luego pensó que era una idea estúpida.

    Fue una persecución reñida. Habían muchos y muy hambrientos. Pero con los poderes psíquicos que podía usar su Umbreon no les supuso ningún problema.

    Después de eso, lo único que había ahora era piares y plantas por doquier en el siniestro bosque. A pesar de la incomodidad que provocaba la soledad, había una eterna serenidad en el aire que reconfortaba. Quizá la idea de perderse en el bosque no era tan mala, después de todo. Sería más hostil de lo que aparentaba; pero con todos sus conocimientos de biología y sus pokémon, podría sobrevivir perfectamente.

    El único inconveniente que veía era que no tenía nada con qué pasar el rato. Y luego el agotamiento... ¿hasta cuando podrían resistir en un entorno tan diferente al urbano? Por no decir que la buscarían después. Además, esos molestos murmurios humanos le ponía los pelos de punta.

    Espera. ¿Murmurios?

    Buscó la procedencia de la voz. Bajo un levantamiento de tierra estaba aquel sujeto albino, acariciando al Plusle mientras esta refunfuñaba. Odiaba estar en sus brazos. Quería liberarse de él.

    —¿Sabes? Pienso que aún eres una molestia. Pero fíjate... estamos los dos en las mismas. Perdidos. En este maldito bosque. Y yo me muero de hambre... si no fuera porque te tengo cierto respeto, haría una parrilla contigo. Pero no puedo. Controlarlos es una cosa; ¿pero matarlos? Eso es impensable para mí.

    Parecía obligar a Plusle a tener una desagradable charla con él. Mas ahí debía cesar la conversación. Comprendía, por las chispas saliendo de sus mejillas, que el conejo estaba molesto con él.
    Se aclaró la voz para llamar la atención.

    —Um... ¿eres tú el que se perdió?

    El chico alzó su mirada hacia lo alto del pequeño precipicio. Lo primero que vio fue una cabeza tapada por una media melena mal cuidada y unas gafas. ¿Quizá sea ella la que tanto temía su hermano menor? Lo dudaba. Las descripciones que recibió de Gionna era más bien la de una persona que no le importaba nada salvo sus intereses. Pero ella parecía diferente.
    Descartó aquella posibilidad. Sea quien fuere, vino a ayudarle. Y estaba bastante contento por ello.

    —¡Al fin! ¿Podrías bajar e indicarme el camino, por favor?

    Se lo pensó. ¿Realmente tenía que bajar? A partir de ahí empezaba el punto muerto por donde muchas de las personas se extraviaban. Además, solo le especificaron que rescatara al chico; no que escribiera su experiencia en el bosque. Si se pudiera ahorrar esa molestia, sería genial.

    —Claro. Pero... bajando no. ¿Qué tal si te subo aquí y así volvemos más pronto?
    —Con tal de que me saques me basta.
    —Bien.

    Dado el permiso para subirlo, ella tendió su mano derecha. La finura que tenía en sus dedos le cautivó. Ese tono era tan cercano al blanco... Se quedó embobado contemplando su extremidad. Cada segundo que Alberto miraba esa mano, impacientaba aún más a la entrenadora.

    —¡Vamos, cógela de una vez!

    Y lo hizo. Ella no tenía la fuerza suficiente como para levantar a todo un cuerpo humano; mas su flaqueza no le impidió que lo intentara con perseverancia. Plusle la animaba desde el hombro de Alberto. Costaba llevarle hacia arriba.

    —¡Lol, Kyu, joder, ayudadme!

    Sin rechistar, la Lombre le prestó su fuerza, sujetándola de la cadera y tratando de arrastrarla hacia arriba. Kyumbreon, por otraparte, se mostraba reacio a ayudarles.

    —¿No era vuestro propósito aprender a orientaros dentro? De todos modos, ¡a vos os encanta estos parajes vetustos! No creo que el pago de vuestro acto de sumisión os suponga un valor muy excesivo.

    A veces no podía evitar enfadarse un poco con Kyumbreon por estas pequeñas travesuras. Pero por lo menos, ella y Lol estaban logrando subir a Alberto. Pronto estarían fuera. Todos. Sería la misión más corta que habría cogido en toda la temporada.

    Sin embargo, los ojos rojos que los miraban antes quería jugar a un juego. Un juego que trataba sobre perderse y hacerles perder la compostura. Iba a arruinar toda la esperanza de salir de ese bosque.

    Entonces descendió. Inadvertidamente, cosquilleó las axilas de Lol con sus alas, y de la risa, sus brazos dejaron de sustentar a su entrenadora. De repente, el cuerpo del perdido le resultó más pesado. Demasiado.

    Finalmente, el pie de Alberto resbaló y arrastró a Gionna consigo. No quería ver cómo sufría esa humillante caída, así que cerró los ojos. Afortunadamente, el cuerpo del joven amortiguó su caída.
    El chico se enrojeció. El impacto le dolió, y estimó que se habría roto al menos un hueso; pero de alguna manera le gustaba.

    En cuanto la entrenadora volvió a ver, se encontró con esa imagen medio encantada de él. Tuvo un escalofrío. Esto no podía estar pasando. ¿Cómo podía estar encima de una persona? ¡Qué asco!

    Inmediatamente, se levantó de él y se quitó el polvo. Esperaba que eso no despertara ningún problema secundario. Lol y Kyumbreon asomaron sus cabezas para ver si había algún herido.

    —¿Estáis bien?—Preguntó el felino.
    —Perfectamente.—contestó a la voz que no sabía bien de dónde salía.
    —¡Ni en sueños! Se os ha caído una persona encima, ¿¡cómo vais a estar bien!?—rectificó de nuevo el Umbreon.
    —Tranquilos, estoy ilesa. Pero... ahora no podremos volver... si Kyu no nos ayuda...
    —Lo siento, pero me mantengo firme a mi postura.
    —Bah, ¿quién te necesita?—dijo Gionna, enfadada con él.

    Lol se sentía culpable de haberlos soltado accidentalmente, aunque ella no tuviera la culpa. De todas formas ya estaban perdidos. Se tiraron, a falta de alternativas.

    —O-oye... no pasa nada, te sabes el camino, ¿verdad?—preguntaba el albino, temeroso.
    —Hum. Me tengo más o menos el camino aprendido, pero... no te garantizo nada.

    Le habían mandado a una novata. Genial. De hecho, ¿esa chica no era una recién llegada? No, no creía que fuera esa, precisamente. Igual, tampoco podía enfadarse con ella, por alguna razón. Se levantó, con creces.

    —Eso es malo. Pensé que ya estaría salvado.
    —¿Di-dije que no garantizaba nada? ¡Oh, descuidada! ¡Quería decir que tenemos algo de esperanza!

    Acabo de aprender orientación, de hecho. Supongo que las lecciones me servirán de algo...
    Suspiró con cierto nerviosismo. En verdad no estaba segura.

    —Bueno, mirando por el lado positivo, al menos si te pierdes no estás sola. Quién sabe... a lo mejor nos quedamos aquí para siempre.

    Las sospechas de Kyumbreon fueron confirmadas con esas palabras. Pronto se retractó de sus actos y se presentó de nuevo como el salvador elegido.

    —¡No, eso no va a ocurrir! ¡No en mi presencia! ¡Yo, elegido de Lunetah, os sacaré de este laberinto!

    Lol y Gionna fruncieron el ceño. Esos cambios de actitud tan repentinos nunca traían buenos presagios.

    —¿Pero qué demonios, Kyu? ¿¡Qué mosca te ha picado ahora!?
    —Para vuestra información acabo de detectar algo desagradable en ese sujeto. Supongo que por esas palabras lo sabréis, mi señora. Pronunciarlo me da arcadas hasta a mí.

    Se preocupó. Era algo que le daba arcadas... ¿acaso era alegría? ¿O tal vez maldad? No, con la maldad no actuaba así.

    No lograba ver qué era lo que le puso alerta.

    —Bueno... como sea. Cuanto antes avancemos, mejor. Vamos.—ordenó a todos la supuesta guía, tomando la delantera.

    Mientras el gato se quedaba atónito ante su disposición a resolver esos problemas por su cuenta, ellos lo dejaban atrás con su cara inexpresiva, pensando qué podía hacer para convencerla. Pero una de las normas impuestas era que, si no quería ninguna intervención en sus actos, debía de respetarla. Así que solo se limitó a seguirles y vigilarles por detrás.

    —Por cierto, me llamo Alberto. Soy... eh... bajista de un grupo.
    —Oh, bien por ti; al menos tienes un trabajo divertido.—le contestó, sin ánimos de charlar.
    —¿Y-y no me vas a decir tu nombre?
    —Te haré otra pregunta. ¿Cuántos días llevas aquí perdido?
    —Eh... dos días.
    —¿Has comido?
    —Eh... hoy no.
    —¿Bebido?
    —Eso sí. Pero no me queda mucha agua…

    Maldita sea. Eso era un indicio de que casi no tenía provisiones. Y era un problema. Al menos ella era consciente de los recursos que tendrían a su disposición.

    Por encima de sus cabezas, las grandes golondrinas vigilaban la tierra para detectar presas potenciales. Se cruzaron también con varios Cyndaquil y algún que otro Quilava rastreando algún trozo de carne viviente. Las arañas tejían sus trampas en plena oscuridad, haciendo un hilo invisible a los ojos de todos. Era un lugar tanto tétrico como hostil, con una variedad de fauna que dejaba constancia de sus altas probabilidades de sobrevivir.

    El único inconveniente que veía era que tal vez tenga que renunciar a su voto de no comer carne. Si por alguna circunstancia tenían que quedarse ahí un día, debían de acatar las leyes de la naturaleza; no importaba lo repugnante que le resultaba. Solo esperaba no tener que hacerlo.

    Sin embargo, el sol empezaba a abandonarles a medida que iban pasando por los mismos lugares una y otra vez, pues finalmente, con la persistencia de Alberto, logró al menos que pudiera mantener una charla trivial con Gionna. Y eso la despistó de su cometido. Hasta que se dio cuenta de que el lugar estaba aún más oscuro.

    —Oye... ¿no crees que se está haciendo un poco tarde?
    —Sí...
    —¿Crees que nos hemos perdido?
    —Probablemente. No pude fijarme en el musgo contigo hablándome...

    Eso le dolió al técnico del Equipo Go-Rock. Realmente no pensó que la estaba despistando.

    —Pues qué se le va a hacer... habrá que abastecerse. Kyumbreon, tienes mi permiso para matar a los pokémon salvajes, siempre y cuando sea para alimentar a nosotros.
    —¿Me concedéis ese derecho? ¿Incluso para alimentaros a vos?
    —Estamos en una situación de emergencia, así que... sí.

    Curioso. Ella no se había preocupado en absoluto de la fauna salvaje. No podía creer que una Ranger hubiera renunciado a sus políticas para sobrevivir. Ya empezaba a sospechar que estaba al lado de aquel peligro con patas que humilló a su hermano; pero aún no quería creérselo. Después de todo, lo estaba haciendo por el bien de todos, ¿no?

    Mientras aún permanecía el efímero sol, fueron recolectando frutos y ramas para hacer una fogata.
    Al anochecer pudieron hallar un rincón más o menos deshabitado por donde podían acampar. Usaron las ramas que recolectaron para hacer una hoguera con las chispas de Plusle, y las hojas para hacer un par de cuencos y alguna rudimentaria cobertura para no ensuciarse. Menos mal que tenían a Lol para prevenir la deshidratación y la poca agua que se había guardado Alberto.

    Él estaba dispuesto a darle toda la que le faltaba a ella. Ni falta que le hacía; ella ya se servía con el líquido con sabor a clorofila que le daba su pokémon. Era el precio de su orgullo soportar el desagradable sabor.

    Ahora venía la parte más difícil. Tenían a las criaturas bien inertes y tratadas sin cuidado por la crueldad de Kyumbreon. Verlas transformándose carne dorada y goteante era un trago muy duro para Gionna. No quería pasar por ello.

    —¿Te... te importaría asar tú la... la carne? No puedo mirar esos cuerpos.
    —¿Pero qué problema tienes con los pollos? Pensaba que solo eran comida para ti.

    No, no era cierto. A ella le encantaban los Taillow. Fueron su inspiración para seguir caminando, pues sabía que ellas volvían al lugar por donde nacieron cuando regresaba la primavera. Pero verlas así era un mártir para ella. Y además desesperante. Lol trataba de aliviarle ese dolor cediéndole sus frutos para que se sacie con ellas. Pero sabía que unas pocas bayas no bastaría para apagar su hambre.

    Alberto no tuvo otra. Tenía que ensuciarse las manos, a pesar de sus deseos de practicar con el bajo. Por no ver como las aves se iban preparando para el consumo, Gionna se tumbó para ver la nada del cielo.

    O eso era lo que esperaba ver.

    Millones de puntos lumínicos y nebulosa azul iluminaban aquella noche oscura. La inmensidad del espacio se presentaba ante sus ojos como un gran lienzo pintado por el buen gusto de una mano divina, lleno de luz y serenidad. Era un cuadro que resaltaba cuán minúsculos y frágiles que eran ante los elementos. Las estrellas eran longevas y permanecían brillantes durante miles de millones de años. Ellos solo podían vivir un siglo, como mucho.

    —Son bonitas, ¿verdad?—Alberto tenía que romper ese incómodo silencio. Las brasas y los ululares de los Hoothoot no eran lo único que podían sonar.
    —¿Eh? Oh, sí.—respondió embobada. Se acababa de enamorar de los astros.
    —Pareces muy distraída. ¿Te ocurre algo?
    —Oh, no no no. Solo estoy un poco… boba, eso es todo.
    —Entiendo.

    Trataba de dejar el fuego un rato y sentarse a su lado. Igual su cansancio no era excusa para que charlaran otro rato. Aunque la entrenadora trataba de hablar lo menos posible. No tenía la cabeza para eso. Finalmente, Kyumbreon tuvo que intervenir.

    —¿Queréis alejaros de ella y dejarla reposar de una vez por todas? ¿O acaso queréis que emplee las fuerzas que me quedan para descuartizaros como aquellas aves que os vais a comer?

    Funcionó. Alberto tragó saliva y dejó tranquila a Gionna. Lol miraba al gato con desaprobación. Pensaba que no era necesario amenazarle de muerte. ¿Cómo iba a hacer amigos así? Por una vez que se le acercaba alguien...

    La cena acabó, con remordimientos. Después de eso, no tardaron en dormir con la fogata candente y los huesos desperdigados por doquier.

    De repente, ella estaba en un lugar muy distinto. Un lugar desierto por donde solo las nubes tormentosas circulaban raudas por el pico de una alta montaña. Rayos y centellas caían al suelo, rugiendo cuales fieras hambrientas. Los vientos soplaban muy fuerte; o, mejor dicho, la embestían intentando hacerla caer. Como si todo fuera en contra suya.

    Como si no quisieran que la pequeña golondrina vuelva a su casa.

    Cada vez que la chica miraba más el suelo, tenía más claro que era un pedestal estrecho que ocupaba la anchura mínima de sus pies. Era dar un paso y ser carnada para los lobos. No tenía escapatoria. No para lo que se avecinaba. Aunque tenía la sensación de que lo vivió antes, no lograba acordarse del futuro que le esperaba.

    De repente, la tierra dejó salir a un gran demonio de sus profundidades. Un enorme dragón de una tonalidad verdosa muy cercana al negro, robusto y musculoso tapó la luz de los rayos con sus grandiosas alas.

    La temible bestia rugió a los cielos mientras salía. Luego dirigió su mirada hacia la entrenadora, que desesperadamente intentaba encontrar un modo de escapar. En cuanto vio los ojos exánimes de ese enorme monstruo, comprendió entonces que no podía huir. Fue oprimida por varias lenguas que salieron de sus fauces, cual camaleón atrapando a decenas de moscas. Y una vez engullida, aún con esa sensación, fue cayéndose por un infinito precipicio cavernoso.

    Y después, oscuridad. Una brusca convulsión la despertó de su pesadilla. Había vuelto a tener uno de esos sueños por donde era comida por el mismo hambriento. Culpó a la carne por darle ideas a sus traumas para un reinvento de esa forma de privarle del descanso. Luego intentó dormir una vez más.

    Pero justo cuando trataba de acomodarse por la tierra, había algo que le impedía el movimiento. Tenía un lastre que le agarraba como las lenguas bífidas de la bestia de sus pesadillas, dándole más calor de lo necesario. Oía una respiración profunda inmerso en un sueño de dulzura. Giró hacia el lado de donde provenía esos ruidos estremecedores.

    ¡Maldito cerdo...!

    Era Alberto estrujándola cual oso de peluche. Intentó no gritar. Pronto se le ocurrió una mejor forma de despertarlo. Sin pronunciar palabra ni tomando aire para vociferar, fue a localizar una de sus manos, y justo cuando sabía que tenía el objetivo al alcance de sus dientes, la cerró con fuerza alrededor de su mano.

    Entonces fue cuando los habitantes salvajes se escandalizaron tras escuchar el grito del bello durmiente, que la había soltado y alejado en el acto. Las pequeñas aberturas, causadas por las húmedas incisivas le dolía, al igual que los morados y las marcas que dejó sus muelas.

    —Ay, ay, ay... ¿Pero por qué me has hecho esto?—decía entre dientes para asimilar con más facilidad el dolor que le causaban las heridas.
    —¡Hombre! ¿¡Y tú qué hacías encima mío, eh!? ¿¡Acaso tú duermes con peluches y te lo has dejado y-y-y tenías que reemplazarme por ese peluche!? ¿¡O-o-es que querías-o tal vez...!?

    Esto no era nada bueno. ¿Y si le había...?
    No. No, no puede ser. Si no se habría dado cuenta. ¿Verdad?

    —Mi-mira, l-lo siento, lo hice sin darme cuenta, ¿vale?—en parte era cierto. En un momento dado, el subconsciente le hizo jugar esta mala pasada mientras empezaba a sumergirse en su mundo. Todo y que era consciente de que la había abrazado. Lo cierto es que no hizo nada para solucionarlo.

    —Con que era sin darte cuenta...—repitió fría y con tono de incredulidad.
    —¡Sí! ¡Fue mientras dormía, lo juro, juro que no sé cómo pudo pasar, de verdad!

    Se quedó un rato pensando. La insistencia era un poco convincente. Pero no podía confiar en él. Había demostrado demasiado interés por ella. Y cuando eso pasaba, siempre era por algún capricho perjudicial.

    —Hmphf. Sea queriendo o no, procuraré que no vuelva a pasar. ¡Kyu! ¿¡Estás despierto!?
    El hijo de la luna estaba recostado al lado del fuego. Al oír su llamada, no tardó en levantarse.
    —¿Os surge algo, mi señora?
    —Hazme el favor de vigilar a este laposo, si no te importa.
    —¿Laposo? ¡No me diga que...!

    Gionna asintió con la cabeza para confirmar sus perspicaces suspicacias. En reacción a esa afirmación, el Umbreon gruñó iracundo mientras sus marcas se iluminaban con su creciente ira.

    —Duerma tranquila. Pondré ojo avizor para que no se le vuelva a acercar.
    —Sabía que podía confiar en ti.—dio un largo bostezo. —. Y tú... procura no acercarte más a mí o mañana practicaremos el canibalismo, ¿queda claro? Ala, buenas noches a todos. Paz.

    Finalmente, ella podía dormir en paz, sin ataduras. Alberto, en cambio, no podía conciliar el sueño con los ojos redondos e inexpresivos de Kyumbreon vigilando que no volviera a ocurrir una situación similar.

    Mañana saldrían de ese dichoso bosque. Definitivamente.
     
  4.  
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    Welp, hasta el capítulo 6 va bastante bien. Me gustó ese mini arco del agua contaminada. Gionna medio tsundere que quiere y no quiere unirse... La verdad en rte punto me llama la atención qué clase de pasado lleva a cuestas que la hace ser como es.

    Kyu escala de inmediato a la posición de mi pj favorito. No creo que haga falta decir por qué because is simplemente la re onda el animalillo. Al principio sí se me hizo medio raro hasta que caí en cuenta de que era un guiño a Kyubey.

    Se va poniendo interesante ahora con la persecución de legendarios. El equipo Go Rock son tremendos idiotas, pero va bien para no perder del todo ese tono ligero ni en los momentos más serios.

    Nos vemos.
     
  5. Threadmarks: Capitulo 12
     
    Poisonbird

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    Ranger por pura casualidad
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    Aventura
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    20
     
    Palabras:
    4018
    Man, me alegro que aquellos que lo estén leyendo le estén pillando el gusto. A ver cuánto aguanta esto.

    Yyyy sin más dilación~ aquí dejo el capítulo 12. Cheerio~!

    Capitulo 12

    Una jornada de búsqueda hacia la luz se reanudaba. Cada paso que daba Alberto parecía que iba a convertirse en un morreo al suelo involuntario causado por el sueño. Gionna no perdonaba, ni siquiera le esperaba mientras avanzaba el ritmo. Lo de anoche fue... no encontraba la palabra idónea para describir ese acto. Este era castigado con su indiferencia, privado de cualquier respuesta que le pudiera dar.

    Al fin hallaron un camino que no parara en sitios similares. Gracias a las pequeñas plantas aferradas a los troncos, descubrieron un camino rectilíneo sin direcciones alternativas que solo invitaba a seguir adelante. Parecía que ya encontraron el buen camino. Mas no precisamente era un lugar abstente de dificultades.

    Beedrill.

    Aquellos bichos con aguijones eran un horror que Kyumbreon, Lol y Gionna preferían evitar. Eran insectos agresivos y territoriales que no dudarían en atacar si pusieran la punta del pie en su terreno.
    Evitar Weepinbell era una historia. Pero adentrarse en un nido de Beedrill era otro cantar.
    Maldecían a esos bichos por existir y causarles tantos estragos.

    Ya que no podían permitirse ningún compromiso de salud y querían abandonar a ese chico en cuanto antes, Gionna se decantó por sacar al único pokémon que era inmune a esas sustancias.
    Google no tardó en distraer a los insectos junto con algunos de sus clones. Aprovecharon ese entretenimiento para poder seguir su camino.

    Cruzando un prado, pronto llegaron a un desvío.

    Ese era el punto por donde muchos acabaron muriendo de la frustración. Sería solo derecha o izquierda; pero uno de los dos era un traicionero camino circular que los regresaba al mismo inicio. Además, nunca se sabía cuándo habían hecho un rodeo o escogido el camino correcto. Las diferencias en el entorno eran mínimas.

    Y en frente a los cuatro, ahí estaba. Aquel pájaro de negras plumas que se reía de su desgracia. Él sabía lo difícil que era no perderse si uno no tenía alas. Así que extendió las suyas y graznó sus risas al cielo a modo de burla. Un gesto que mofó a Plusle de nuevo; pero que la entrenadora le hizo gracia.

    —Oh, ¡pero mira qué monada! Sigue riéndote así, sigue, sigue.

    Mientras este reía como un descosido, Gionna sacó una cámara de la mochila y le apuntó con el objetivo. Un sonido artificial del obturador fue escuchado, a la vez que el flash le cegaba por unos instantes. Había quedado retratado en la memoria de la pequeña cámara.
    —Me eres incomprensible. ¿Cómo puedes fotografiar a un pájaro cretino que se ríe de nuestra desgracia?
    —Sé que en ese aspecto es muy vil... ¡Pero por otra parte parece tan simpático...!─Murkrow se ruborizó. Nadie le dijo aquellas palabras de él.
    —Algún día esta pequeña afición de conservar rarezas en imágenes será vuestra perdición. De hecho lo está siendo ahora mismo. Va a hacernos perseguir a ese roedor otra vez.

    Pero aquel pequeño gesto desencadenó un cambio de actitud y de planes. El cuervo graznó para llamar la atención de la entrenadora. Quería oír otra vez el obturador. De enseguida, el más astuto del grupo vio una oportunidad de oro para salir.

    —O... mejor dicho, puede que sea nuestra salvación.
    —¿Eh? ¿Cómo?
    —Vuestra necia actitud parece haber agradado al cuervo. Quizá si hacéis más fotografías podríamos salir sin derramar ni una gota de sudor.
    —¿Pero quiere que le haga más fotos? ¿Lo sabes seguro o solo es una suposición?
    —Sé que quiere más porque lo oí de su sucio pico. ¡Haga fotos y avancemos de una vez, venga!

    La fortuna le sonreía al fin. Tenían una oportunidad para que el mismo demonio que los metió en esos matorrales los sacara de ahí. Quizá un ofrecimiento podría salvarles de la hambruna. Deberían de preguntarle antes, a ver si estaba de acuerdo.

    Pero pronto las esperanzas se desvanecieron cuando oyeron la voz de aquel energúmeno.

    —¿¡Pero por qué dejáis atrás?! ¡Casi me pican esos Beedrill!

    Los cuatro giraron sus cabezas hacia Alberto con cara de pocos amigos, menos Lol, que le saludó cordialmente. Estaban en medio de un acto importante.

    —Qué oportuno. Parece que habéis logrado llegar hasta aquí, pese a todo.—dijo sin alegría el felino.
    —¿P-pero a qué vienen esas caras?—dio un respingo al ver al mensajero de la desgracia frente a ellos. El pájaro lo miraba fijamente con total neutralidad. —¡TÚ! ¡Al fin apareces, estúpido pájaro!
    —¿Qué?—Gionna no entendió esa reacción.
    —¡Este bicho se burló de mí cuando me perdí!
    —Bueno, igual se burló de nosotros y nos condujo a la parte profunda, así que-
    —¡Y me robó la brújula!
    —Ah, que tenías una brújula y te la ha quitado.—repetía la entrenadora como si no tuviera un argumento mejor.
    —¡Y aún me duele la espalda por su culpa!
    —Pensaba que os había encantado que mi señora os hubiera quebrado los huesos.
    —Eh... eso... eso fue... ¡bueno, qué más da, ven aquí, pajarraco!

    Alberto se lanzó a por él, ansiando estrujarle el cuello. Con su desagradable picardía de vuelta, el ave evitó ser agarrado con un leve aleteo que lo desplazó a pocos centímetros de su posición.
    Pensando que atendería a razones, Gionna pedía al perdido que cesara sus intentos de asesinato, sin muchos resultados. Pronto Plusle le acompañó en su cacería, aún con las anteriores mofas anulando su temple. Poco le importaba el quién estaba prestando su ayuda.

    —No, parad. ¿Qué estáis haciendo, idiotas? Iba a proponerle una cosa. No, en serio, ¿por qué tenéis que hacer las cosas más difíciles? ¡Es que manda...!

    Los perdió de vista. El Murkrow voló hacia uno de los caminos, seguidos de sus dos víctimas más predilectas. Lo único que podía hacer Gionna en esos momentos era suspirar y quejarse.
    —Idiotas. ¿Ahora tengo que perseguirles? ¿En serio?
    —No tenéis por qué. Podríamos encontrar el camino mientras tanto. Quizá incluso nos los encontremos mientras tratamos de averiguarlo.

    Temía no poder guiarlos en caso de que los encontrara y tuviera alguna noción de donde ir. De todos modos, ¿quién necesitaba a esos dos?

    Tuvo que escoger el camino contrario para probar si ellos fueron al camino correcto. Suponiendo que las intenciones del cuervo son retenerlos por toda la eternidad, sería bastante lógico que les haya llevado a hacer un rodeo.

    Aparentemente se habían equivocado. Estaban frente a la misma bifurcación, con los mismos árboles y mismas rocas. Un gruñido de frustración fue soltado desde lo más profundo de sus pulmones. Habían hecho una vuelta tonta.

    —Nos hemos equivocado. ¡Estamos en el mismo sitio por donde hemos empezado!
    —¿Estáis segura? Habéis dicho que los caminos son similares.
    —¡Pero tiene que haber algún cambio, no sé! La huella de algún pokémon salvaje... un-un rastro... objetos extraños en el suelo... ¡Algo!
    —¿No podéis orientaros con el sol?
    —Por favor, Kyu, estamos en medio de una arboleda espesa, ¿tú te crees que puedo concretar exactamente dónde apunta el sol con toda esta-?

    Aquella discusión fue interrumpida por los gritos de Lol reclamando atención. Había encontrado algo de interés común. No tardaron en acercarse a ver qué era aquello que con tanta alegría quería mostrar.

    Era un cartel chapucero con varias letras pintadas en tinta indeleble. Al fin algo que podría servirles de señalización.

    —¡Oh, un cartel! Eso no lo hemos visto antes.
    —Diría que también había un cartel antes.
    —No, creo que no había. ¿Será que hemos encontrado el camino?
    —Os juro que estos diminutos ojos disuadieron un cartel idéntico.
    —Da igual; a lo mejor pone otra indicación.

    Solo por ello empezaba a pensar que los trasenuentes extraviados eran idiotas o cegatos por no percatarse de ese cartel. Fue a leer en voz alta las supuestas indicaciones que les otorgaba.

    —“Cuidado. Los caminos aquí son idénticos.”
    —Nada que no sabíamos.
    —”También hay carteles como este”.

    Hubo un silencio sobrecogedor. Una ausencia de sonido que anunciaba uno de los más temibles estados del ser humano. Los puños de la pseudoranger se cerraron temblorosos ante su poca capacidad de contención. Se preguntaba quién fue el pánfilo que tuvo la brillante idea de comprar los resquicios de un árbol para hacer tal desperdicio. Tenía ganas de encontrárselo y darle una buena paliza.

    Como a ese cartel.

    Se desquitó dando patadas a esa señal, de modo que sabrían cuándo han vuelto a aquella zona.
    —¡Un momento! ¡Mi señora, atiéndame un segundo! Acabo de ver algo.
    —¡Ahora no, Kyu! ¿¡No ves que estoy ocupada!?
    —¿Agotando vuestras energías para tener que comer más carne en orden de no desvaneceros? Disfruto mucho viendo vuestra faceta destructiva en acción; pero deberíais giraros un segundo y venir a mi posición. Es importante.

    Se relajó un rato y se reunió con Kyumbreon en medio del camino izquierdo. Si no fuera por él, ahora estarían atrapados en la confusión.

    Habían dos hoyos cavados por dos Nincadas. Esto lo probaba. Habían dado en el clavo.

    —¿Cómo no me di cuenta antes?
    —Simplemente habéis hecho caso a quien no debíais. ¿No os dije que os sacaría de este bosque?

    Lol se ofendió ante esas palabras. Acababa de llamarle inútil indirectamente.

    —¿Qué tal si seguimos por este mismo camino?
    —Me parece bien.

    Siguieron el rastro construido por las fotóbicas cigarras, llegaron de nuevo a un aparente retorno de inicio. El cartel estaba intacto esta vez. Al menos la diferencia era más notoria, pues había un matojo de ramas en uno de los árboles con un Swellow dando calor a sus polluelos.

    Optaron por no molestar a la madre con sus pasos y evadirla desviándose de nuevo a la izquierda. El camino estaba empezando a ser tortuoso. De nuevo, los pies de la entrenadora empezaban a torturarla. Luego hubo otra bifurcación. Esta vez no había ni cartel roto ni nido.
    Habían vuelto al inicio.

    —¡Demontre! Casi lo teníamos.—se quejó Kyumbreon.
    —No sé, ¿seguro que no es otro camino diferente pero igual?
    —No lo creo. Mas al menos ahora sabemos por dónde ir.
    —Aún no estoy muy segura de ello. Que hayan tres iguales ya es mucho.
    —Y sin embargo habían diferencias notorias en los dos siguientes, justo en cuanto dijisteis que no hay ninguna.
    —Eh, eso es lo que me dijeron. Nadie me dijo nada de Nincadas y-

    Su charla fue interrumpida. El cuervo voló sobre sus cabezas, dirigiéndose hacia la derecha. Lol sintió un pequeño golpe. Esta se giró estupefacta. Plusle había vuelto. El conejo rogó disculpas al kappa por el choque.
    Después voló otro cuervo. Alberto no sintió la presencia de sus guías y siguió su propio camino.

    Todos persiguieron al albino nada más ver por donde iban. Fijándose en las alturas, podían ver a dos brujos moviéndose de forma simultánea en direcciones opuestas. Pronto la entrenadora lo identificó como un Doble Equipo. A juzgar por sus acciones, empezaba a estar algo aburrido de esa persecución cíclica.

    Finalmente llegaron a un claro con un gran árbol al centro. El pájaro estaba posado sobre la copa del árbol, divertido. Alberto estaba mirándolo con furia desde el suelo. Podían ver que estaba harto de sus travesuras.

    —Muy bien, maldito pajarraco, has estado burlándote de mí todo el rato, pero ahora me toca a mí reírme de ti.

    Descargó la funda pesada de su espalda, y desnudó a su bajo. Normalmente su sonido sería sordo si no estaba enchufado a un amplificador. Ante ellos, se delató su verdadera identidad. Esperaban que fuera de todo; un despistado, un idiota, algún delincuente que se había olvidado como volver a casa... pero nunca pensaron fuera uno de aquellos desquiciados.

    Tocó un solo. Después, una sombra pasó veloz, creando una corriente de aire que zarandeó las ramas de los árboles. Había invocado a una presta mantis verdosa, capaz de trinchar a cualquier ser con sus filosas guadañas. Con notas discordantes ordenó al insecto que segara su alma desde las alturas.

    La avispada ave pudo evitarlo, por suerte. Pero el Scyther le superaba en velocidad. No demoró en dar un potente tajo que hirió el ala del pájaro y obligarle a descender en picado.

    El segador verde impedía la huida de Murkrow clavando una de sus guadañas al suelo. La euforia lo desquiciaba.

    —¡Eso es, Scyther! ¡Ahora córtale la cabeza!

    La guadaña del insecto se preparaba para hacer de guillotina. Iba a caer directo a su pescuezo. Kyumbreon tendría alguna posibilidad; mas no quería arriesgarlo. Tuvo que coger la mochila, guardar la cámara y sacar a uno de sus pokémon. En cuanto aquella cuchilla se dirigía al cuello del ave, un golpe seco en el pecho proveniente de otra criatura voladora hizo que interrumpiera su ejecución. Alberto miró al ser que acababa de arruinarle los planes.

    Era una simple paloma gris, con una pica dibujada en la panza. Llevaba también un sombrero parecido a la cabeza de un honchkrow que le cubría parcialmente los ojos. Aunque el patrón del plumaje y el accesorio era inusual, estaba bastante claro que era un Pidove.

    —Vaya, vaya. Parece que al final sí que tendré que demandar a mi superior por exponerme a riesgo potencial. Mira que intentar sacar a otro de esos malandrines...
    —¡¿Eh?! ¡No! ¡No-no-no es lo que parece! ¡No estaba intentando matar a ese Murkrow con este Scyther! ¡Sí, eso es! ¡Él vino a por el pájaro!
    —¡No me mientas! Te hemos visto tocando el bajo y ordenando a ese pokémon salvaje que lo decapite. ¡AH, e iba a hacer un trato con ese pájaro, maldito idiota!
    —Pero... ¡Este pájaro nos ha llevado a la perdición, querida mía! Hay que acabar con él para que no haga perder a más gente!—justificaba así sus actos.

    Ella levantaba sus cejas. Pensaba que al menos él le importaba la vida de la fauna salvaje.

    —Y luego me preguntas por qué dejé que mi Umbreon matara a cualquier pokémon... ¿y qué es eso de querida mía? ¿Qué te piensas que somos? ¿Novios?

    Una sonrisa donjuanesca se dibujó en los labios del segundo hermano del equipo Go-Rock. No se esperaba tener tan pronto esta oportunidad de declararse.

    —Lo cierto es que me gustaría mucho.
    —¿Qu-?
    —Odio a los rangers como a cualquiera de mis hermanos, claro. Pero... cuando te vi a ti perdida en este bosque no me provocaste ningún asco. Y luego cuando me tendiste la mano; “¡oh, pero qué belleza de persona, madre de Arceus!”. Fue amor a primera vista.
    —¿¡QU-QUÉEEEEEEEEE!?—soltó un grito que ahuyentó a las golondrinas, acompañada de Lol y Plusle. Pero esto no interrumpió el discurso de Alberto.
    —Me gustaría que me correspondieras, la verdad. Puede que no hayamos empezado con buen pie, pero estoy seguro de que podremos volver a empezar. ¿Y bien? ¿Qué me dices?

    Esas palabras, venidas de la boca de un hombre verdaderamente malvado, dio paso al silencio, permitiendo que el soplo del viento sea el único que cante. Colérico, el gato negro acalló las hojas, dispuesto a evocar odio y destrucción.

    —Lo sabía... sabía que tú osaste de enamorarte de ella, contemplando embobado su mano torpe, soñando perversamente con ella, ¡abrazándola como si ya fuera tuya! ¿¡No te da vergüenza tener esos deseos!? ¡Matémosle! ¡Castiguémosle con la muerte y la tortura eterna de la muerte!—gritaba, o más bien, ordenaba colérico.

    Ella también estaba patidifusa. Estaba roja. Avergonzada. No sabía qué pensar. De lo que estaba segura es que no quería tener nada que ver con aquellos enclenques. Y aceptar su proposición supondría ser parte de sus fechorías.

    No. No iba a permitir que se le acercara. Nunca más.

    —No-vamos-a-matar a-nadie.
    —Pero... os ha...
    —He dicho que no vamos a matar a nadie, ¿vale?
    —¡Entonces me aprecias! ¡Sabía que tarde o temprano me corresponderías!—gritó Alberto ilusionado, interpretando lo que él quería.
    —¿¡Estás de guasa!? ¡Estoy GRAVEMENTE PERTURBADA por esto! Ahora vas a dejar al Murkrow en paz y te vas a quedar aquí por pervertido y asesino.
    —Imposible, querida. Tengo que hacerlo.

    Se hartó. Ya no quería usar más el diálogo.

    —Pues si así vamos a estar... ¡Honchpato, ve golpeando con Golpe Aéreo!

    La paloma al fin alzó de nuevo su vuelo y fue directo hacia el insecto con todo su cuerpo, atinando todos los golpes aunque este tratara de esquivarlo. Pronto el Scyther estaría debilitado; o eso fue lo que pensó.

    —Cómo te agradezco que no sacaras el capturador, de veras.

    Una nota levantó el brazo de la mantis justo en el momento de que iba a recibir otro de sus prestos golpes. Pudo evitar su derrota rasgando una de sus alas con el filo de aquella espada. El ave tan solo perdió altura y chocó su pico contra el suelo. Pudo levantarse; aquel Cortefuria no fue nada para él.
    Ni enamorado se andaba con chiquitas.

    —Siento hacer esto a tu Pidove, pero de verdad estaba siendo una molestia.
    —Me estás poniendo nerviosa con esa cortesía, chaval.
    —Gionna, por favor, si tenemos la misma edad.
    —Dejad de charlar los dos. Quiero ver sangre.—pidió Kyumbreon.

    Honchpato y Scyther estaban esperando órdenes de sus dueños. Los pokémon que estaban fuera de combate se aburrían.

    —Oye, ¿puedo preguntarte por qué me das las gracias por no usar el capturador?
    —Es que si lo usaras, igual tendría que mandar a mi pokémon a que rompa la línea y claro, te dolería. No quiero hacerte daño.

    Era la primera vez que alguien no quería luchar con ella aunque le atacaran a su arma. El amor impedía que Alberto reaccionara. Nadie había mostrado tanto afán por protegerla de ellos mismos. Incluso pensó que esta actitud era errática. Debía de hacer algo para que cambiara de parecer.

    Entonces se le ocurrió. Había dicho que odiaba a los Rangers. Quizá eso fuera el punto de partida para que desviara su atención a ella.

    Era el momento de sacar el capturador y encenderlo.

    —Un momento, no irás a capturarlo.—preguntó el enamorado.
    —Lo siento. No me trataste mal, peeeero tampoco es que me inspires confianza.
    —Qué lástima. Pensaba que eras diferente. Oh, bueno, voy a tener que evitar perder a mi Scyther entonces.—con ello no tuvo ningún otro miramiento. Preparaba sus dedos para entonar los mandatos del insecto.

    Gionna ordenó a su paloma que entretenga mientras disparaba el disco en dirección a Scyther. Era consciente de su temporal incapacidad para volar; mas aún tenía sus patas. La paloma trataba de golpear velozmente a la mantis con las puntas de las alas oscurecidas, formando un par de filos umbríos; sin embargo, este esquivaba con saltos que dificultaba su captura. Con cada salto iba tocando la frágil línea. Así no podía. Debía de mover sus fichas y mandar refuerzos a su paloma.

    —¡Plusle, paraliza a ese bicho!

    El conejo fue a por Scyther para aturdir con sus rayos el veloz insecto. Pero pudo evitar el ataque, desvaneciéndose de sus vistas. Sin más demora, el insecto atacó a Plusle por las espaldas, lanzándola contra el suelo. Desesperada, la entrenadora mandó que volviera a descargar; pero había gastado todas sus energías en ello y el golpe le impedía un movimiento fluido.

    Lol, visto que el golpe fue demasiado para el pokémon poco acostumbrada a la lucha, fue a socorrerla. Casi no podía mantenerse de pie, así que cargó con su peso. Con aquellas nobles causas se había metido también en batalla. En un frenesí de ira, una de sus cuchillas alcanzó dibujarle una dolorosa línea verde en el pecho.

    Esto era malo. Tenía tres heridos y un sediento de sangre a su cargo. Sus métodos no podían combatir con esa endemoniada velocidad. Lol no podía salir de ahí con esa sombra acechante. Si al menos pudiera reducir la velocidad...

    Entonces el milagro se hizo. Una espesa neblina se fue formando por los alrededores, despistando a todos los combatientes. Solo sus siluetas eran visibles a través de aquella inusual cortina gélida. La kappa aprovechó ese momento para escapar y poner a Plusle a salvo. Ambos se preguntaban qué era eso. Molesto por la poca visibilidad, Honchpato se dispuso a dispersar las nubes sin esperar órdenes de su entrenadora e ignorando su herida.

    Pronto notaron a un inesperado aliado. La figura erguida, extendida y jadeante del cuervo estaba tras ellos, empleando lo que quedaba de sus fuerzas para reducir las estadísticas de su enemigo.
    Nadie entendía cual era sus intenciones. Pero pronto pudieron disuadir los frutos de su esfuerzo. Los ataques de la mantis eran más fáciles de evadir.

    Realmente quería hacerle un favor. Mas era consciente de que podía volver a aumentar su velocidad. Además, dudaba de que Murkrow pudiera hacer otra Niebla. Tampoco podía obligar a Honchpato que intentara debilitarle con solo Tajos Umbríos y Aires Afilados. Debía de hacer algo.

    Entonces tuvo una ocurrencia. Si Lol podía cambiar el modo del disco a Ariadna, también podría hacer lo mismo con otros Pokémon. Retiró el disco capturador del área de batalla, igual que ordenó a Honchpato que viniera hacia ella.

    —¿Te vas a retirar? Qué lástima. Empezaba a divertirme un poco.
    —Ya te gustaría. Honchy, necesito que me des un poco de aire ahí dentro.—le tendió el disco capturador con la cápsula abierta. Un aleteo, un cierre rápido, y los vientos circularon en su interior, como si alimentara al artilugio desde sus entrañas.

    Pudo ver que adquiría un tono turquesa, a la vez que las franjas se volvían naranjas. La cara de Alberto cambió en cuanto se disponía a lanzar el disco. Aún no sabía qué iba a hacer. Pero sea lo que fuere, parecía que acababa de acorralar a su contrincante.

    Entonces hizo un círculo, del cual Scyther evadió con un salto. Para sorpresa de ella, unas fuertes corrientes de aire surgieron de los contornos del círculo. Siguió haciendo círculos en balde para que un ejército de huracanes detuvieran a la verde parca y sus potentes piernas. El insecto trataba de evitar que esos aires lo abrazaran; mas su liviano cuerpo y su poca resistencia hicieron de ello una misión imposible.

    Era su oportunidad. Ahora que al fin había aquietado a esa indomable bestia, podía rodearle múltiples veces. Los círculos seguían levantando la hierba mientras el indefenso Scyther intentaba escapar de su cura. Pronto la luz se hizo más intensa. Era el momento de cerrar el lazo.

    Justo cuando el resplandor inundó su cuerpo, pasó lo imposible. La mantis religiosa había recuperado la cordura de sus ojos y se preguntó qué había pasado. Al no saber cómo contestarse esas preguntas, regresó a su hábitat. Atónito se quedó su pretendiente al ver que el Scyther se marchaba.

    —No puede ser... A pesar de las mejoras, tú... Lo has conseguido. Lo has atrapado.
    —¿Mejoras?—se preguntó Gionna. Luego recordó otro detalle. Su hermano mayor también mencionó algo sobre deficiencias en sus artilugios. ¿Quizá fuera eso?

    Para su suerte, Alberto estaba dispuesto a proporcionarle más información de la que pudo haber sacado.

    —Los instrumentos nuestros... El mío y el de mis hermanos son prototipos de la mejora que vamos a poner a todos los supercapturadores del equipo Go-Rock. David dice que le funcionó perfectamente, pero, a mí y a Emilio, sin embargo... no sé que tendrás tú que puedas capturar a nuestros Pokémon, pero me tiene perplejo. ¿Será que nos adelantaron al fin?

    Encogió de hombros. Ella tampoco entendía nada. ¿Qué era aquello que le habían dado? No podía ser que tuviera un tacto especial para capturar. Si los más experimentados no pudieron vencer a aquellos peces gordos, ¿cómo es que ella sí?

    No la tenía rencor. Quedaron unos cuantos segundos en silencio. Una sombra proveniente de un gran pterodáctilo se detuvo bajo ellos. Parecía que su rescate había llegado, aunque tarde. Ese monstruo volador se detuvo cerca del suelo para recoger a Alberto.

    —¡Tíiioooo! ¡He podido encontrar un hueco mi puesto para recogerte! ¡Sube ya, maldita sea!
    —Bueno. Un placer haberte conocido.—manteniendo la cordialidad, se subió al lomo pétreo del Aerodactyl y se alejó presto de aquel lugar. Nunca más irían a pisar estos bosques. Y ellos esperaban no volver a encontrarse con aquel escalofriante sujeto.

    Escucharon unos pasos por detrás mientras veían aquel ser prehistórico alejarse. También les habían venido a buscar.
     
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    Poisonbird

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    ... Ha pasado justo una semana. Greatto daze. Este es uno de mis capítulos favoritos de este fanfic. Lo dejaré aquí uwu

    Cheers!

    Capitulo 13

    Nada más que Alejandro llegara, tuvieron que socorrer ipso-facto al pequeño cuervo. Tenían que detener el sangrado de aquella herida, así que Gionna tuvo que vendarle el ala afectada. Trasladaron rápido al pájaro a la base de Villavera para darle un tratamiento adecuado. No obstante, el botiquín andaba escaso de antisépticos, por lo que tenían que conformarse con los primeros auxilios básicos.
    Era un desastre. Los rangers padecían por el ave. Temían que su herida pudiera infectarse.

    —Bueno... parece que tendremos que vigilar que la herida no se infecte.—setenció Alejandro.
    —¿Eh? ¿Tan mal está?—preguntó preocupada.
    —Bueno, es tratable, pero nos falta material médico.
    —¿No hay ningún Centro Pokémon cerca? ¿Ni en Otonia?
    —Bueno… desde que el entrenamiento con Pokémon salvajes están prohibidos aquí y eso tampoco se consideró que fueran necesarios. Tenemos la sección veterinaria del hospital de Otonia; pero en caso de encontrar Pokémon salvajes nos encargamos nosotros… aunque no estamos muy bien de fondos últimamente…—contestó Helio a su pregunta.
    —Ajá. Ya veo, ya. O sea que si se me hiere un Poke de muerte se me muere, ¿no?─contestó con mucha sorna.
    —¡Cl-claro que no! Además, si tanto quieres que no se hieran utiliza más el capturador, ¿no? ¿Qué pasa? ¿Que no puedes evitar?
    —¿Y negarnos de nuestra verdadera naturaleza? Ni lo soñéis.—contestó Kyumbreon. —. Por cierto, habláis de artilugios humanos viles y antinaturales, y sin embargo aún existen el poder curativo de las bayas. Necios.

    Entonces la joven dio un respingo. Había recordado que le sobró Bayas Aranja al tratar a su Pidove. Se sacó la mochila y hurgó en su interior para sacar aquellos frutos azules.

    —Ten. Esto te hará sentir mejor.

    Se la tendió al cuervo, que no hacía más que padecer y escuchar. Este empezó a tomarlo con una de sus patas para luego usar sus garras y pico. Retiró la piel parcialmente y fue destrozándolo a picotazos por tal de llevar la sabrosa carne a su buche. Con ello había cicatrizado una ínfima parte de la herida, además de haber actuado como analgésico. Este graznó agradecido por aquel pequeño gesto.

    —Ahora estás mejor, ¿verdad que sí?—con una gentil sonrisa en su cara, puso su mano entre el plumaje de la cabeza, revolviéndolo un poco. Un gesto que el Murkrow no repudió.
    —Huh. Vaya, esa no me la esperaba.─dijo Helio.
    —¿Y qué te esperabas? ¿Que le acabara de arrancar el ala con un manotazo? Vamos a tener un problema aquí si empezamos a pensar así, ¿eh? Bueno, ¿tenéis más bayas? Que sean Zidra o Aranja, al ser posible.
    —Creo que Ignacio tenía un buen puñado de ellas. ¿Podrías comprobarlo por mí, Helio?
    —Claro, ahora mismo.

    Entonces, el ranger se fue por el ascensor en búsqueda de bayas.

    —Y... Gionna...
    —¿Sí?
    —¿Hay algo que tengas que decirme sobre tu travesía en el bosque?

    Había llegado el momento incómodo. Era el momento de informarle y presentar sus quejas al jefe de Villavera.

    —De hecho tengo quejas al respecto. ¡Me has mandado a rescatar a uno de vuestros enemigos, maldito!
    —Espera, ¿qué?
    —Lo que oyes. El perdido era uno de los administrativos del Go-Rock.
    —Y la manoseó, encima.—añadió Kyumbreon.
    —E hirió a ese pequeño, que por cierto, nos iba a conducir de camino a la salida. El muy estúpido no me escuchó. Aunque tampoco nos quería matar ni nada por el estilo.
    —Estaba realmente perdido. De situación y de amor.—habló de nuevo el gato.
    —¿Pero qué has estado haciendo con él en el bosque?—Preguntó Alejandro con el entrecejo arrugado.
    —¡A quién le importa! De todos modos, esto no habría pasado si no me hubieras mandado en ese maldito bosque. Además... quizá te interese saber una cosa al respecto.
    —¿Y es...?—ya estaba cruzando de brazos. Empezaba a pensar que le había sonsacado información usando sucias artimañas.
    —Resulta... que el capturador que me diste es “especial”, por así decirlo. Supongo que Helio te contó que no pudo capturar al pokémon de David en la cueva, ¿cierto?
    —Sí...
    —Bien, pues yo pude capturar a su Scyther. Y no es la primera vez que puedo atrapar a un pokémon de los peces gordos, a decir verdad. No sé si Julio te lo ha contado, pero antes había atrapado a un Weezing capturado por sus instrumentos... después de inmovilizar a ese monstruo, claro.

    Estaba sorprendido. Era una novata, y ya había derrotado a dos jefes del equipo Go-Rock, justo cuando ninguno más podía atraparlos. Cada vez estaba más convencido de que era ella quien contenía el milagro de la salvación, más que el artilugio que usaba.

    Era el momento. Estaba preparada para dar el siguiente paso de su cometido.

    —Pensé que aún necesitarías aún algo de preparación. Pero... vistas las circunstancias...
    —¿A qué te refieres?
    —Verás... hay algo que tienes que hacer. No he querido pedírtelo hasta ahora, pero... veo que ahora estás lista para ello.
    —¿Lista para qué?
    —Seré franco. Aquí en Villavera andamos algo bajos en personal.
    —Me consta.—interrumpió Gionna.
    —Y apenas hay personas capacitadas para ejercer trabajos peligrosos. Y recientemente hemos perdido a una de las mejores que teníamos.
    —Mi más sincero pésame.—contestó con sarcasmo.
    —No, no, no está muerta. Bueno, realmente no lo sabemos. Solo sabemos que Plusle se presentó en la base de Villaestío arrastrando el capturador. Creemos que se ha perdido en la selva.
    —Y déjame adivinar... quieres que vaya allí a comprobar si encuentro algún rastro de ella, ¿cierto?
    —Sí. Justo en el clavo.

    Pensó por un momento. No sabía si era buena idea ofrecer su ayuda. Aquel último encuentro fue demasiado para ella. No quería involucrarse más en sus conflictos si tenía que verse con esos canallas de nuevo. Pero una cosa estaba clara. Si la hallara, puede que se librara al fin de aquellas ataduras. Tal vez sería el ultimo esfuerzo que tuviera que hacer. Debía de preguntar.

    —¿Y si la encuentro, podré marcharme de aquí?
    —Claro. Para entonces habrás cumplido con tu propósito. Pero no entiendo por qué tienes tantas ganas de irte de Floresta. ¿No te resulta gratificante ayudar a la gente y a los pokémon?
    —Si me fuerzan las cosas nada me resulta gratificante.
    —¡Pero tienes talento para esto! Nadie ha podido vencer a dos ejecutivos en tan poco tiempo.
    —¿En serio creéis que fue por mera cuestión de maña? ¡Despierte de su sueño, ignorante! Si ha podido plantarles cara fue gracias a nosotros, no a su vil hipnotizador. Su pulso ni siquiera es firme.—argumentó el Umbreon.

    Alejandro iba a insistir sobre la exagerada virtud que se había creado para Gionna; sin embargo, Helio interrumpió con un par de bayas Zidra en cada una de sus manos.

    —Tenía una caja entera, pero no quise abusar.—dijo.
    —Serán suficientes por hoy. Dámelas.

    Con ello ya tenía para cicatrizar las heridas. No faltaría mucho para que aquel cuervo pudiera partir. Cedió el fruto hacia la ave, y esta empezó a picotear con voracidad la Baya Zidra, sabiendo el bien que le haría. Aquella felicidad que expresaba la pequeña ave al picotear aquel cidro hizo que la entrenadora diera otra sonrisa. Empezaba a tenerle cariño.

    —Sí que tienes hambre... con razón haces que la gente se pierda por el bosque.

    El cuervo le miró con sus ojos rojos. No podía saber si se sintió ofendido o no después de decirle esas palabras. Pero luego dejó los restos de la baya y le dio unos leves picotazos.

    —¡Vaya! Parece que le has caído bastante bien.—Dijo Alejandro, todo contento.
    —¿Verdad que sí? Oye, Kyu, ¿y si le ponemos un nombre?
    —Mi señora, no planearéis meterlo en el equipo.
    —Solo si él quiere. Pero de momento pongámosle un mote, caray. ¿Qué tal Shepard?

    Al Murkrow le encantaba la idea. Era el mejor nombre que le habían otorgado. Mas no obstante había discrepancias con respecto a esa idea.

    —Mi señora, pero apenas hay espacio para uno más.
    —¿Te refieres a ese monstruo? Bah, ese no cuenta.
    —¿Monstruo?—preguntó Helio, un poco consternado por la palabra.

    Hubo un silencio que se esperaba terminar con alguna respuesta. Sin embargo, ella se mantuvo críptica con ese detalle.

    —Nada. Sea como fuere... ¡¿no te parece genial que vayamos a tener un Murkrow en nuestro equipo, Kyu?! Quiero decir, por Honchy, claro. A él le caen bastante bien. Dejaría de ser un poco arisco, al menos.
    —Gionna, respecto a eso...—Alejandro intentaba discrepar mientras ella seguía soñando despierta.
    —¡Y-y-y imagínate si llegamos a encontrar una Piedra Noche por ahí! Apuesto a que también querría evolucionar, ¿no te gustaría Shephard? ¿Y ver mundo conmigo? Claro que habrán varios peligros, pero supongo que será mejor que vivir en el bosque mientras te insultan... ¿no?
    —Gin...
    —Sería fantástico. Tener un equipo completo... al fin... ¡y con un volador que nos pueda llevar a sus lomos! Bueno, quizá no tanto, supongo que te molestaría aunque fueras un Honchkrow. ¡Pero no es problema! Tampoco busco competir en las altas ligas, así que...
    —No puedes llevarte a ningún pokémon fuera de su hábitat natural. Normas de la región.

    Sus sueños se veían hechos trizas cuando resonaron estas palabras por la sala. Ambos se habían hecho ilusiones hasta que la autoritaria voz de Alejandro les comunicaba las malas noticias.

    —¿Qué...?
    —Escucha... aunque os llevéis bien entre vosotros, no puedo permitir que un Pokémon salga de su entorno natural con una Ranger de rango nulo… y mucho menos si está cumpliendo condena por robo de Pokémon.
    —¿Tengo que repetir que eso no fue un puto robo? ¿Otra vez? ¿Quieres que monte un drama por ello otra vez?
    —Da igual, las autoridades dicen que es un robo así que es un robo, fin de la historia.—repitió Alejandro—. Pero no hablamos de eso. La cuestión es que no puedes capturarlo, por mucho que Murkrow acceda. Bueno, tampoco retendríamos a un Pokémon en contra de su voluntad; pero lo cierto es que escasean en el bosque y tenemos que preservarlos. Sé que es duro… pero tampoco puedo permitir romper más normas contigo. Lo siento.

    Increíble. ¿No eran ellos los que decían que escucharan los pokémon, que los ayudara? ¿Acaso no ofrecer una nueva oportunidad no era una ayuda para ellos? No tenían perdón. Solo porque no habían suficientes cuervos que desorientaran a los transeúntes tenían que obligar a ese pájaro a cazar más carroña. ¿Es que no veían que estaban empeorando la situación en el bosque? ¿De qué parte estaba esta gente?

    —Hipócritas...

    Y dicho esto, se retiró a su habitación, con la baya en la mano. Kyumbreon, cómo era de esperar, siguió a su señora dentro de aquella. Shepard también la acompañó; antes de entrar en la habitación, les dirigió una mirada de odio y les graznó enfadado con ellos. La entrenadora dejó entrar al Murkrow, y entonces cerraron la puerta de un golpe, impidiendo que Helio le diera el sermón.

    La noche se asentaba fría y seca sobre el pueblo de Villavera. Por estas horas, Gionna y todos sus camaradas solo habían salido para comer y nada más. Hubieron pocos juegos en este periodo. Más
    dirían que fue un hervidero de discusiones y sueños. Kyumbreon había vuelto a insistir en la fuga, y ella estaba de acuerdo en que tal vez tengan que escapar si querían darle al Murkrow una vida mejor.

    Pero la ética le provocaba más y más dilemas. Era la única que podía hacer frente a los administrativos del equipo Go-Rock, y ellos eran unos rivales formidables. Los rangers de Floresta no podrían con los recursos que tenían. Si abandonaba, toda la región estaría perdida. Estarían a merced de las perversiones de aquella gente.

    Entonces fue cuando se dieron cuenta del poder que tenían.
    Habían llegado a acordar un plan para no discrepar con nadie más y salir todos beneficiados, sin daños colaterales. Iban a usar la diplomacia como medio para conseguir sus fines a largo plazo.

    Después de tener las ideas bien claras, se dispusieron a dormir.

    Eran las tres de la mañana cuando el cielo claro brillaba con un punto incandescente irradiaba entre el resto de astros. Era un cuerpo celeste envuelto en vivaces llamas, erosionándose con el viento y el calor. Se acercaba peligrosamente hacia el pueblo... o cerca de él. Al noreste de Villavera, había un extenso prado lleno de fauna diurna que descansaba apaciblemente sin percatarse de lo que venía encima.

    Y entonces se hizo el estruendo.

    No fue un impacto muy grande. Tan solo había provocado una marca de pocos diámetros y unas pocas ascuas alrededor que llegarían a apagarse en algún momento.
    O así sería, de no ser porque parte de los herbívoros montaron un escándalo con la llegada de ese meteorito.

    Aquella pequeña magulladura recién hecha en la tierra también alteró a Shepard, quien graznó alterado por el ruido para despertar a Gionna.

    —¿¡Qué pasa, qué es este jaleo!? ¿¡Te duele el ala!? ¿¡Tienes fiebre!?—preguntó Gionna.
    —Ha caído algo cerca. Y no era nada terrenal. Pude verlo desde la ventana.
    —No fastidies... ¿seguro que no era una bomba?
    —¿Las bombas se prenden en llamas mientras caen?

    Ya sabía qué era. No podía estar tranquila si había un incendio cerca.

    —Saca la ropa de abrigo, Kyu. Vamos a tener que salir.
    —¿Por qué no la sacáis vos, que tenéis manos para esta labor?
    —Porque debo de calmar a Shepard, por eso. No quiero que el resto se despierte.
    —Entiendo. Aguardad, pues. Ahora saco esas telas del demonio.

    Sin quitarse las ropas de dormir, Gionna se puso su abrigo de felpa, su calzado, tomó su mochila y sigilosamente se dirigió hacia la salida. No tardó en encontrarse con su jefe, quien también se notaba algo nervioso.

    —¿Tú también has oído ese ruido?
    —Los graznidos de Shepard, más que nada. Creo que ha caído algo...
    —Creemos. Yo también existo.—corrigió el Umbreon.
    —Te acompaño. Me preocupa lo que pueda ser.
    —Me parece bien.

    Sin decir nada más, bajaron por el ascensor y abrieron las puertas de cristal para encontrarse con los fríos aires nocturnos. El perfume de hierba quemada que traía los vientos del noroeste ponían en vigilia a los tres. Aquella bola de fuego había esparcido su lumbre por los campos. El fuego se podía ver como un resplandor anaranjado entre los árboles.

    —Mierda...
    —¿Eh? ¿Algún problema?
    —¡La llanura está en llamas! Si esto llega a extenderse... Tú tenías un Lombre, ¿no?
    —Sí...
    —Vale. Impide que el incendio llegue al pueblo. Iré a por más ayuda.
    —¡Entendido!

    Tan pronto como pudo, la entrenadora obedeció sin rechistar y se dirigió hacia las llamas mientras sacaba a sus dos compañeros acuáticos de sus celdas. Las columnas de fuego se presentaban vivaces y raudas conjuntas al viento y la gran cantidad de flora en el suelo. En el día, ese lugar sería un campo apacible y lleno de verdor con gran variedad de fauna. Mas aquel caos iría a borrar esa imagen en el alba si nadie actuaba.

    Los mugidos de los bravos Tauros y sus pisotadas se oían por lo bajo de la ladera por la que había entrado Gionna y sus tres sirvientes. Asustadizos Spoink saltaban desesperados por la posible pérdida de sus hogares, al igual que las aves del prado revoloteaban por los aires deseando que los dioses del averno sean piadosos y no consuman sus nidos.

    Al menos el resto de los psíquicos no se dejaban alterar por el caos causado por aquel incendio nocturno y se disponían a proteger su hábitat con sus poderes telequinéticos. Puede que tal vez sea por eso que no fuera tan virulento. Pero sabía que esa ayuda sería limitada. Apagar llamas no era algo que un pokémon psíquico salvaje pudiera hacer, ni aguante para retenerlas por mucho más tiempo.
    Era mejor actuar rápido y extinguirlas con todo lo que tenía.

    —Lol, ayuda a los pokémon residentes con tu Hidrobomba. Akiro, haz lo mismo con Acua Jet o Ventisca, como prefieras. En cuanto a ti Kyu...
    —No hace falta que me lo digáis. Necesitáis abriros paso entre el lumbre para poder ver el objeto.
    —Siempre adelantándote a mis órdenes... ¡cualquiera diría que me lees la mente, tú!
    —Menos boca y más prisa. No querréis asaros dentro de este campo de batalla.

    Iba a replicarle. Pero debía de darle la razón, por más que hiera su orgullo de entrenadora. El equipo se dispersó para proteger el lugar mientras los dos líderes buscaban el inanimado causante de todo aquel embrollo.

    Bastó con avanzar en dirección este y dispersar aquella barrera ígnea para ver el cuerpo del delito. Había un pequeño cráter entre maleza quemada y ascuas. Y dentro de aquella, yacía un meteorito con una joya de brillo tenue de color morado incrustado. Tenía en sí cierta belleza y misterio. Pero no entendía. Podría haber iniciado un incendio de tal calibre si hubiera pasado un buen tiempo desde el impacto. Y si no se equivocaba, solo transcurrió unos cuantos minutos del impacto hasta la su llegada por estos campos. ¿Entonces por qué tanta virulencia?

    —Esto no es normal...—murmuraba—, algo no encaja aquí.
    —¿Que una joya caiga del cielo?
    —Bah, solo es una amatista del espacio. Podría ser un hito científico igual...

    ¡No, no, no era eso! Había pillado una incoherencia en los hechos, pero esa pregunta procedente del gato hizo que desviara sus pensamientos hacia la joya.
    La joya...
    Que brillaba…

    Se sentía extraña cuando miraba ese resplandor que iba tomando fuerza gradualmente por cada segundo que pasaba. Era como si albergara vida propia. Cada vez se sentía más somnolienta, como si esa endemoniada piedra absorbiera su fuerza vital. Tampoco podía pensar muy bien. Empezaba a ver cosas mientras entrecerraba los ojos. Un basto espacio vacío, con solo las luces de centenares de millones de estrellas, estén vivas o muertas era lo único que podía ver, junto a la piedra y su Umbreon. Y había... frío... por todo alrededor... como si las llamas no existieran...

    Hasta que el relincho de un asustado equino la despertó de una vez.

    —¡Demonios! ¡Dime que no me estaba quedando dormida!
    —Estabais a punto de caer de morros contra el suelo pese a mis llamados. Menos mal que ese desgraciado ha gritado de pavor... claro que... también nos ha rodeado ese maldito corredor.

    Esto lo confirmaba. El meteorito quedaba exento de toda responsabilidad directa. No había forma de que ese pedrusco hubiera avivado el fuego por sí solo. Y a juzgar por el sonido era...

    Sí... ahí estaba su respuesta. Era un Rapidash, o tal vez dos de ellos. Habrían prendido sus crines después del impacto y trotando por el campo dejando estelas por doquier. Tendrían que calmarlos si querían acabar de una vez con esas brasas.

    —Hay... hay que salir de aquí y dar caza a esos caballos.
    —Eso es lo de menos ahora. Hay una presencia más temible justo en frente de nosotros.

    ¿Otra presencia? No. Lo único que tenían delante era un calor insoportable y una roca preciosa clavada en tierra. No veía por dónde estaba el peligro.

    —Kyu... no hay nada en frente. Abre un camino ahora mismo.
    —Imposible. Debo de destruir esa piedra.
    —¿¡Qué!? ¡No, tenemos que llevarlo a un científico antes!
    —No pienso arriesgarme a futuros daños solo porque queráis saciar vuestra sed de conocimiento. Ahora si me permitís…

    El Umbreon iba a colocar su pata negruzca sobre la resplandeciente joya, dispuesto a aplicar una sobrecarga de sombras para reducirla en mil pedazos. Gionna no quería que lo hiciera. Debía de levantarlo del suelo y llevárselo lejos entre las llamas y ocuparse del verdadero fuente del problema.
    Ninguno de los dos pudieron impedir nada. Aquella esfera brilló con una intensidad cegadora, como si quisiera preservar su existencia despojando la vista al gato asesino. En cuanto aquel brillo desvaneció y pudieron al fin abrir su ojos, no se creyeron lo que vieron.

    El meteorito había desaparecido. Se había desintegrado completamente. En vez de aquello, había un par de piernas naranjas acabadas en punta flotando por encima del cráter. Al asomar las cabezas, pudieron comprobar que era todo un ser nuevo, con un abdomen negro que separaba la parte de las caderas y el pecho. En el centro del tórax reposaba la misma esfera amatista que reposaba en aquella roca, como si aquello fuera el corazón que le permitía vivir.

    Su cabeza perfectamente proporcionada tenía dos terminaciones rectangulares por los costados, con lineas igual de azuladas que la cara y parte del cuello. En medio de aquella aparente máscara, había una línea lila resaltando la simetría de todo ese nuevo cuerpo. Y al lado de cada hombro, sobresalían un par de finos tentáculos que permanecían colgando mientras este despertaba de un largo letargo.

    Gionna retrocedía unos pasos cuando aquellas diminutas pupilas se clavaron en las suyas.

    —¿Pe-pero qué es esto...?—se preguntaba para sí misma mientras dejaba que lo desconocido le pusiera la piel de gallina.
    —A mí no me preguntéis. Os dije que debía de destruirlo por la temible energía que emanaba.

    No, no podía ser una mera amenaza. Debería de ser solo un ser que aterrizó aquí. Aún no sabía sus intenciones, pero tenía certeza de que sus miedos eran irracionales y que no venía para enterrar el hacha en estos lares.

    —Y no he cambiado de parecer. ¡Nadie que me supere merece el regalo de la vida!
    —¡No, Kyu, espera!

    Haciendo caso omiso a su entrenadora, el Umbreon se abalanzó presto hacia el intruso listo para expulsar un Pulso Umbrío a quemarropa para acabar con su vida lo más pronto posible.
    Tan rápido como un parpadeo, ese nuevo ser empezaba a afilar todo su cuerpo. Sus tentáculos ganaban algo de grosor, mientras que se generaban tres picos en la cabeza y se hacía aún más esbelto. Y con esas mismas cintas tambaleantes fue con las que golpeó al felino y lo apartó de su camino. Había sido un golpe duro. Tanto que casi lo noqueaba a la primera. Lo había lanzado muy cerca del fuego que los rodeaba.

    —¡KYU!

    Rápidamente fue a apartarlo de las llamas. Se podía notar el dolor que le provocaba aquella contusión por sus ojos entrecerrados.

    —Maldito... es fuerte...—masculló Kyumbren.
    —No te esfuerces demasiado. Has recibido un buen golpe.
    —Exagerada. Tampoco me he roto nada.
    —Pero aún así...
    —Soltadme de una buena vez.

    Iba a hacerlo. Ese ser parecía ser demasiado agresivo como para venir en son de paz. Aunque quizá lo hiciera en legítima defensa. Realmente no sabía que hacer. Tuvo que mirar una vez más si hacía algún otro movimiento ofensivo.

    Pero no intentaba nada. Ni contactar ni aniquilar a nadie. Aquel ser cambiante empezaba a darle escalofríos por todas las temibles incógnitas que planteaba. Por una vez en la vida no tenía ni remota idea a lo que se estaba enfrentando. Ni siquiera sabía si estaba ante un pokémon u otro tipo de criatura.

    Sin que ella lo esperara, había cambiado de aspecto. Se volvió todavía más aerodinámico, reduciendo la cantidad de tentáculos a dos y reduciendo todavía más masa corporal. Los picos de su cabeza se volvieron en uno trasero, haciendo que su cabeza se asimilara a un casco. Cuando terminó de transformarse, despegó hacia el cielo estrellando, dejando entrenadora y pokémon a merced del fuego.

    Parecía que uno de sus problemas acabó huyendo de ellos. Mas había otro que empezaba a ser un incordio.

    El humo empezaba a irritar demasiado la garganta de Gionna. Aquello era algo leve que podía soportarlo si reducía su respiración; ahora había ido a más y provocaba fuertes toses que empezaba a ahogar sus palabras en fuertes ronquidos. Era una suerte que el frío no permitiera que se calentara demasiado; pero eso no quitaba que los tóxicos se dispersaran por el aire.
    Estaba empezando a pensar que era mejor irse de ahí antes de que pierda la consciencia por la intoxicación.

    —¿Estáis bien?
    —No... y me sentiré peor como no salgamos de esa pradera echando leches.
    Dejó a Kyumbreon en el suelo. Él ya podía sostenerse en sus cuatro patas. Gionna, en cambio, empezaba a flaquear un poco por culpa de los escozores.

    —No aguantáis nada. ¡Vamos, levántese!
    —U... un momento...

    Apenas podía hablar. No podía hacer nada más que hacer ruidos abruptos con la garganta. Pensaba que no tardaría en perder la consciencia.

    —Me ahogo...
    —Aguarde, os abriré paso.

    Otra vez, el Umbreon abrió un paso entre las llamas para que pudiera pasar. Con dificultad podía sostenerse de rodillas. Estaba siendo imposible.

    Para fortuna suya y la del campo, una gota de agua roció su mejilla, seguidas de otras dos, duplicándose por cada segundo que pasaba. El cielo le estaba regalando una generosa lluvia para que no haya más ceniza circulando por el aire. Eso la alentó contener el aliento, hacer un esfuerzo y ponerse de pie de una buena vez. Con perseverancia, estaba consiguiendo mantenerse de pie mientras se encaminaba a la salida. Podía ver como aquel ejército de rocío reducía las llamas en ascuas a medida que avanzaba. Pronto el incendio estaría apaciguado.

    A una distancia, podía ver a Alejandro al lado de un Swampert y sus dos compañeros. Cuando vio esa gran criatura al lado de su superior entendió que ese diluvio no era nada natural. No pensó que los rangers supieran sobre la capacidad de algunos pokémon para provocar precipitaciones. Quizá por ello no veía ninguna otra criatura más alrededor.

    Había dejado preocupados a todos. Lol corrió con los brazos abiertos nada más verla para darle un fuerte abrazo. Uno que casi llegaba a aplastarla contra el suelo. Hizo mal. No tuvo que mandarla a que calmara las llamas ella sola junto a Akiro.

    Alejandro, por otra parte, no estaba nada contento con su regreso.

    —¿Dónde has estado? Creía que te habías perdido.
    —Disculpa... tenía que ver qué era lo que había caído... oye, aquí viven Rapidash, ¿cierto?
    —Sí... no estás equivocada. Y estaban bastante alborotados. Gracias a tu Slowpoke que pude capturarlos, o si no...
    —Lo sabía...—no aguantaba. Apenas podía pronunciar palabra. Tenía los pulmones sucios y llenos de hollín. Ni gracias podía decir. Quería que le explicara más; mas esos carraspeos sonaban bastante preocupantes.
    —Oye, ¿estás bien?

    Aprovechando la pregunta, pudo pedirle al fin eso que tanto necesitaba.

    —Llama a un médico, pero ya.
     
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    Capitulo 14

    Habían pasado varias horas desde que el médico había acudido a la llamada de Alejandro para diagnosticar la gravedad la situación. Ya había sido informado de que la paciente había estado en un incendio. Trajeron botellas de hidroxicobalamina, por si la vegetación hubiera liberado cianuro en el aire.

    Gionna estuvo en la habitación en vilo sufriendo la irritación de sus vías respiratorias mientras el médico determinaba la gravedad de la situación. La tos tenía un tono bastante preocupante.

    No era nada de importancia. Solo necesitaba administrar broncodilatadores, dejar pasar un día en cama y ya habría pasado.

    Después de aquel reposo, ella contó cómo se encontró con aquel ser y logró tumbar a su Pokémon más fuerte con un mero azote. Sin embargo, no se la tomaron en serio. En vez de eso, decidieron darle un par de días libres antes de que fuera a Villaestío, a ver si así se recomponía del todo.

    Ese par de días los pudo aprovechar para cuidar de Sephard. Aunque aún le invadía la preocupación, trató de disfrutar ese poco tiempo que tenía con él. Pero tenía confianza en que, con el plan que tenía, podría estar en el equipo por el resto de los días.

    Curiosamente, durante el primer día, Alejandro recibió reportes de un pokémon agresivo que dañaba a la fauna local y agredía a todo aquel que estuviera a su paso. Él mismo fue a calmarle, mientras el resto se encargaban de revisar al pequeño Murkrow y hacer que cumpliera con la receta. A la noche, Alejandro regresó, sin poder avistar a ese ser por ningún sitio.

    Y justo en el segundo día, el cuervo podía volver a mover el ala. Aquello le alegró. Ya no sufría.
    Pero sabía que su despedida era inminente. Al no ser que fingiera que aún tenía el ala herida, no podría verle más.
    No, no colaría. Después del buen tratamiento que le dieron, era imposible que aún lo tuviera mal.

    —Bueno... a ver cómo tenemos esto...—Alejandro iba retirando el vendaje, haciendo que sus plumas se movieran hacia abajo. Miraba si había ningún rastro de sangre,—, ¡pues ya está! ¡Este pequeño puede volver a volar!—dijo alegre revolviéndole las plumas de la cabeza. Este aleteaba con furia, amenazándole con el pico. —. Bueno, bueno, tampoco te pongas así. Que estás bien, ¿no te alegras?
    —Tiene que estar cabreado porque no puede ir conmigo. Lo sé.—canturreó socarrona Gionna, con los ojos mirando al techo.
    —Eso... no se puede solucionar. Lo siento.
    —Sí, sí, siéntelo; luego no te extrañe que empiece a sacar los ojos a la gente.
    —No exageres.
    —Y los problemas que puede causar a los senderistas del Bosque Lila... oh, pobres de ellos, los que se tengan que cruzar con él...—intentaba inculcarle miedo, a ver si así lograba que se lo diera.
    —Déjalo, Gionna; no vas a conseguir que te lo regale.
    —Que no... ¿eh?—debía de ir directa al grano. —, vale. Entonces olvídate de reencontrarte con tu querida Selena. No pienso ir a esa asquerosa selva.

    Se le pusieron los ojos como platos. Aquello fue un golpe muy duro.

    —¿Es... es eso un chantaje?
    —Pues... para ser franca... sí, es un chantaje. O lo tomas o lo dejas. ¿Y bien?

    Ya le estaba poniendo de los nervios. Podía ver el rojo de su torera se le subía a las mejillas. Intentaba mantenerse calmado. Si hacía lo que ella quería, le despedirían. Si se negaba, no podría ver más a Selena. Se sentía acorralado. No sabía qué debía de hacer.
    Pronto dio con una solución. Era apresurada, y quizá no se conformaría, pero algo era.

    —Está bien. Dejaré que te lo lleves.
    —¿¡Sí!?—le brillaron los ojos. Parecía que lo había conseguido.
    —Pero hoy no.—y tan pronto como se encendieron, se apagaron como llama ante el agua.
    —¿Qué?
    —Tendrás que encontrar a Selena primero. Si no, no volverás a ver a Sephard nunca más.
    —Bueno, mierda, pues para encontrar a Selena rápido necesito a dos pájaros, y con este ya se suman dos, así que me lo das y punto.
    —Con uno ya vas de sobra. La Selva Oliva tampoco es tan grande. Además... piensa que después de encontrarla te dejaré irte de la Unión. A partir de ahí te dejaré hacer lo que quieras, ¡hasta quebrantar la ley, si es que es un delito menor! Pero por ahora no puedo dejarte porque luego me cargan a mí la responsabilidad, ¿entiendes?

    Era una difícil decisión. No sabía si seguir insistiendo en que le dejara ir a Sephard o resignarse y encaminarse hacia Villaestío con la esperanza de encontrarla pronto. Pero era cierto que estaba siendo un poco vil con esa extorsión. Miró dubitativa al Murkrow, quien esperaba alguna respuesta. ¿Y si no la encontraba nunca?

    —Tranquila, Gin. No creo que Sephard olvide lo que has hecho por él durante todo ese tiempo.

    Cierto. También podría ir a hacerle una visita antes de que el milagro ocurriera, si es que tendría tiempo libre para ir. Tuvo que resignarse a esperar.

    —Es... está bien. Esperaré a encontrarla.—dijo, con los ánimos por el suelo.
    —Bien. Ahora llévatelo al Bosque Lila, y de paso ve a Otonia para montarte en Lapras. Helio te acompañará hasta ahí.
    —Vale...—dijo con desgana. Luego tendió el brazo al cuervo para que se subiera en él. —Vámonos, Sephard.

    Esperaron a Helio para salir. Fueron arriba del bosque para llegar a la entrada de la zona laberíntica. Ninguno de los dos querían separarse. Mas debían hacerlo. Aunque no soportaba la idea de esperar un tiempo indefinido, Gionna debía de despedirse de él si quería volver a verle.
    Tuvo que acariciarle las plumas, solo por si tenía que reconfortarlo.

    —Oye... siento que tengas que volver aquí, pero... ¡no pasa nada! Después de que haya acabado con una cosa podremos hacer todo lo que te dije, ¿sí?

    No podía resistir esa idea. Volver a ese bosque a pasar hambre era muy mala idea para él, aunque fuera por un tiempo.

    —Si puedo, iré a verte, ¿vale?
    ─Gin... no es por apresurarte ni nada, pero tu Umbreon está poniéndose un poco...
    —Ah, espera, ¿ha venido con nosotros?
    —¡Obviamente! No me iría a quedar con ese necio crea-lágrimas.—contestó el gato.
    —Ah, cierto, ¿por qué pensaría eso? En fin... nos veremos pronto. Ahora ve. ¡Vive!

    En cuanto sacudió el brazo, Sephard batió sus alas para perderse entre la copa de los árboles. Mientras volaba lejos, soltó una graznada de despedida. Tanto la entrenadora como el pokémon salvaje estaban entristecidos por la separación que las leyes habían obligado. No estaba segura si llegaba a cumplir con su palabra. ¿Y si fallaba?

    Parecía que realmente los dos querían ir de aventuras juntos. Helio no pudo evitar sentirse culpable por haber callado. Sabía que la ley estaba siendo muy dura con ella, pese a ser buena persona… ahora tenía claro que ese “robo” era una acusación infundada. Casi se compadecía.

    Pero lejos de disculparse, tenían que llegar a la isla. Tenía ver a Selena lo más pronto posible.

    Iba a ponerle la mano en el hombro; pero Kyumbreon le miraba vigilante para que no le pusiera ni un solo dedo encima.

    De modo que se limitó a animarla.

    —Estará bien. Tengo la corazonada que lo volverás a ver.
    —A ver si es verdad... que cuando alguno se aleja ya...—parecía deprimida. Realmente no confiaba en que se cumpliera su palabra. Quería ver si estaba bien. Pero prefirió mantener distancias.
    —Eh... ¿nos vamos?
    —Sí, sí. Vámonos.

    Volvieron a cruzar el puente de madera. Los rayos de sol caían radiantes, calentando levemente el frío aire de invierno. Aún faltaba un poco para que la primavera llegara; pronto se asentaría por la región, derritiendo las nieves de las cumbres. No era si no hasta abril que las aguas volverían a fluir con fuerza arrastrando tierra y la poca escarcha que quedaría. Aún eran pocos los pokémon que se animaban a sentir la brisa gélida. Pero durante aquel buen tiempo, era normal ver algún Chickorita tomando el poco calor que desprendía.

    Hoy no veían ninguno. Ni un Mudkip siquiera.

    Casi llegaban a la entrada de la entrada de la Cueva Unión cuando Gionna masculló entre dientes varias palabras malsonantes. Había visto desde la lejanía al extraterrestre de aquella noche, justo en la entrada que debían cruzar.

    —¿Pasa algo?—preguntó Helio al oír la gravedad de su injuria. Ella no decía nada. Solo se limitaba a mirar furiosa a ese ser.—, ¿Gionna?
    —Recordáis que intentó explicar que se encontró una criatura entre las llamas en aquella noche, ¿cierto?—explicó Kyumbreon.
    —Sí... y pensábamos que fue una alucinación, ¿por qué?
    —Porque aquí tenéis el mismo insecto que me golpeó en el lomo.
    —Ya me decía a mí que era demasiada casualidad.—se corrigió Helio. Otra vez había pecado de incrédulo.
    —Ahora me crees, ¿no?—resopló, desordenando los pelos del flequillo,─Es que ya te vale.
    —Bueno, no creo que nos ataque...
    —Yo digo que lo hará. Porque sí. Porque es un invasor. Porque intentó atacarme antes.
    —Seguro que porque tú o tu Umbreon atacasteis primero.

    Cierto. Kyumbreon se puso a atacar a ese alienígena antes de que pudiera hacer un contacto civilizado con ellos.

    —Vale, sí, reconozco que Kyu fue un poco bestia.
    —Y no me arrepiento.—añadió el gato.
    —De igual modo... había un pokémon que atacaba a los pokémon salvajes, ¿no? Pues no tengo duda en que será este.
    —Bueno, ahora que lo dices… tiene pinta de ser agresivo, sí… ¿quizá por los colores…?
    —¿Por los colo…? Qué carajo Helio, ¿eres racista o algo así? Espera, o-oh, no. ¡Ooooh no!

    La presencia de humanos, por distanciada que era, estaba molestando al extraterrestre. El hombre naranja lanzó una mirada a Gionna.

    —Oh, no. Mira esos ojos sin alma que perforan la mía... creo que está pensando en aniquilarme. Lo sé.
    —Vamos, Gin... seguro que solo te tiene miedo porque dejaste que tu Umbreon lo atacara.

    ¿¡Miedo!? No pudo evitar soltar una risa nerviosa y burlarse de sus palabras.

    —¿¡Él a mí!? Creo que tengo más derecho de estar aterrorizada que él. ¿Sabes lo fuerte que es ese bicho?

    Iban a seguir hablando; mas podían ver desde lejos que preparaba un ataque y un cambio afilado de forma. Ella tragó saliva. No le gustaba lo que estaba creando el hostil forastero.

    —Oh, no, allá va.
    —¿Qué?
    —¡Que te pongas a cubierto ya! ¡KYU!

    El Umbreon, sin decir nada, se puso delante del ataque. Era una bola surgida de energía psíquica, algo que Kyumbreon resistía sin empeño alguno. Sacudió todo su cuerpo como perro secándose, vacilando todo su poder. Fue un alivio para ella; había visto un ingreso a un hospital y horas de agonizante sufrimiento al canto. Al ver al felino de la muerte, el visitante se dirigió hacia Kyumbreon rápidamente y preparaba un azote con sus gruesos tentáculos. Sin demora, el gato se protegió de ellos con una barrera.

    —¿Pensabas que me pillarías con la guardia baja otra vez? ¡Vosotros dos, retiraos! Tengo que saldar cuentas con este diablo.
    —¡Pero-!—repentinamente, Gionna le agarró de la muñeca fuertemente para alejarlo del campo de batalla.
    —¡No seas idiota y vayámonos de aquí!

    Fueron rápidos hacia la entrada de la cueva. Mientras, Kyumbreon cargó su onda oscura, confiando en que el golpe fuera rápido y mortal. Mas aquel guarda de la cueva tenía más sorpresas preparadas.

    Se enrolló sobre sí mismo y puso sus tentáculos en cruz. Mientras se acurrucaba sobre sí mismo, fue ganando más masa corporal a la vez que sus látigos se volvían planas. Además del peso ganado, iba formándose una membrana esférica que lo cubrió completamente. Para la sorpresa del hijo de la luna, el Pulso Umbrío no tuvo nada que hacer contra la resistente burbuja. Era algo inaudito que acrecentó su ira más.

    Después cambió de nuevo de forma. Como en la noche anterior, se deshizo de la masa sobrante para ganar ligereza. Kyumbreon vaciló y preparó otro pulso umbrío; pero otra vez el avispado alienígena escapó de sus ojos con un movimiento muy veloz. Helio no cabía de su asombro ante las múltiples técnicas que empleaba aquel ser polimorfo. Ahora entendía por qué se ganó el temor de Gionna.

    Kyumbreon buscaba por los alrededores intentando determinar por donde se fue. La entrenadora también intentaba encontrarlo por todo el campo desde la subida de la cueva. No lo veía por ningún lado. Pronto tuvo que dejar de ver la tierra y alzar vista al cielo.

    Ahí estaba. A poca altura, apuntando a su objetivo. Estaba preparado para lanzarse en picado. Luego tuvo que dar el aviso.

    —¡A la derecha!

    No cuestionó su orden. Kyumbreon se dispiso a crear su escudo; sin embargo no le dio tiempo a materializarlo. El delgado señor de la velocidad se precipitó cual rayo, golpeando duramente a Kyumbreon, una y otra vez, levantándolo al aire sin dejar que cayera al suelo en un frenesí de asombrosos placajes múltiples.

    Al cesar el ataque, el gato tocó tierra bruscamente. Su orgullo aún le daba fuerzas para levantarse; aunque no le despojaba del dolor. Su cuerpo estaba magullado y sus patas contusionadas no le permitían alzarse rápido. Visto que aún estaba consciente, el ser negro anaranjado volvió a su puntiaguda forma, listo para rematarlo. Bajó a tierra y alzó los tentáculos izquierdos, que ganaron aún más grosor para atestarle un golpe brutal. Gionna estaba desesperada por encontrar una solución. ¿Qué hacer? No quería que su Umbreon muriera por hemorragias internas.

    Tenía que hacer algo. ¿Pero qué?

    Vio que Plusle estaba acompañada. Y decidida a prestar ayuda. Miraba al misterioso ser y luego a ella.

    —¿Me vas a ayudar?

    Asintió con chispas. Entonces dio con una solución.

    —Bien, pues, ¡Plusle, paraliza!

    En cuanto dijo paralizar, lo entendió. El conejo hizo carrera envuelta en electricidad hasta golpear al agresor de Kyumbreon a la vez que detenía su ataque con finos rayos azules. Aprovechando el momento, abrió su mochila para sacar el capturador y apuntarlo. No pensaba que funcionaría. Pero al parecer era un pokémon con todas las de la ley.

    —No me digas. ¿Vas a capturarlo? ¿Ahora?

    —No tengo otra. Es demasiado fuerte como para arriesgar a mis compañeros.

    Mientras volvía al lado de Gionna, ella inició la captura, dejando previamente la bolsa al suelo y, pese a las dificultades que tenía al hacer círculos debido a las sacudidas que su brazo daba involuntariamente, logró que el aparato le indicara que es suficiente. Retiró la peonza para anudar la cuerda lumínica a su alrededor mientras Plusle volvía al lado de Minun. El pokémon había sentido un escalofrío cuando la línea rozó su cuerpo. Para la mala suerte de los rangers, esa batalla no iría a acabar ahí.

    Una película se desveló a poco rato que la luz tocara su cuerpo, repeliendo y reduciendo el círculo a meras chispas. Se había zafado de la influencia del aparato sin mover ni una sola parte de su cuerpo.
    Ignorando lo que acababa de ocurrir, los pesados tentáculos del aire iban de camino hacia la columna del Umbreon. Para su suerte, pudo detenerlos a tiempo con su telequinesia. No podría retenerlo mucho más.

    —Odio admitirlo, pero este maldito nos supera. Tendremos que huir.

    Tenía razón. Era demasiado peligroso permanecer cerca de ese ser maldito.
    No había otra opción. Guardó al maltrecho Umbreon en su correspondiente pokéball, dejando que el peso de sus tentáculos abriera grietas al suelo. Entre las piedras, Deoxys le dio una mirada. No podía dejarla escapar.

    Siendo consciente que le podía superar en velocidad, tuvo que pedir a Helio un favor.

    —¡Helio, usa a Minun, rápido!
    —¿¡Por qué!?
    —Tenemos que alejarnos de ese bicho, ¡y pronto!

    Ahora no había duda. Parecía demasiado furioso como para poder capturarlo. El Ranger ordenó a su compañero que se abalanzara a Deoxys antes de que cambiara de forma una vez más y lo paralizara por un instante. Entonces todos pudieron aprovechar la parálisis para entrar rápido a la cueva. Solo sería cruzar y llegar a Otonia al fin. Ahí estarían seguros.

    —¡Bien, lo logramos, lo logramos, lo estamos logrando, estamos escapando, estamos-!
    —¡Gionna, ten cuidado!
    —¡¿Pero qué haces frenando la marcha?! ¡¿Pero quieres-?!

    Y entonces, chocó con un blando muro de coloridas plumas. Cayó hasta sentarse sobre la húmeda roca para ver cómo un largo cuello se alzaba y le gritaba en frente. No podía ser. ¿Qué hacía un Archeops en una cueva?

    —Te lo dije.

    Tuvo que retroceder arrastrándose para luego poder levantarse tranquila. Luego chasqueó la punta de la lengua después de un bufido. De todas las personas, de todos los tiempos, tenía que aparecer ese mismo energúmeno justo en ese instante. Aunque mirando por la parte positiva no era Alberto, si no su hermano mayor.

    —¡Vaya, vaya! ¡Pero si son los dos panolis fracasados! ¿A qué tanta prisa?
    —¡David! ¡Corre, por lo que más quieras!—pidió de seguido Helio.
    —¿Por qué tendría que hacer caso a un Ranger como tú, eh, “pasmao”?—contestó con entero desdén. Luego vio por qué. Deoxys vino por atrás como el rayo, llevándose consigo a varios Zubats que revoloteaban furiosamente. —Anda la hostia, ¿qué es eso?
    —¿Que qué es qué?—tan pronto como preguntó, fue derribada con un rápido golpe en la espalda. Por lo menos agarraba su mochila con fuerza para que nada fuera robado.
    —¡Gionna!

    Ya estaba. Estaba plantado frente suyo esperando a que levantara cabeza y echara un vistazo al orbe de su pecho. No, no pensaba levantarse. Pero luego, sin hacer ningún tipo de contacto le estaba levantando la cabeza. No, no. Ni hablar. No iba a dejar que un psíquico moviera su cuerpo. La joven estaba cerrando los ojos con fuerza de la presión que ejercía.

    Su rostro chocó contra el suelo bruscamente. El alienígena estaba siendo distraído. Y que ironía, fue David quien tiró la primera piedra.

    —Eh. Capullo. No me ignores.

    Le dio un breve vistazo. No le dio importancia y trató de volver a levantar la cabeza de Gionna.

    Otra vez.

    Y por segunda vez, David despistó al alienígena.

    —He dicho que no me ignores, idiota.

    No tenía ningún interés en él. Nada más girar darle la espalda otra vez, el hermano mayor del equipo Go-Rock llamó a su pokémon para que se abalanzara hacia él. Dio un golpe de cola al alienígena, echándolo a volar unos cuantos centímetros cerca de Helio.

    Ahora sí. Tenía toda su atención.

    Lleno de ira, Deoxys cambió a su forma ofensiva, cargando una Bola Sombra contra el pokémon prehistórico.

    —¡Joder, ya era hora!—fue entonces cuando desenfundó su guitarra. Ese Pokémon tenía que ser suyo. —Supongo que haré un favor si lo capturo, ¿verdad? Os prometo que luego no intentaré nada raro. Si me dejáis claro; si no...

    Pasó los dos dedos por el cuello un par de veces. Señal que iría a acabar con ellos.

    —Eso... estaría bastante bien.—contestó Gionna mientras se levantaba. Ya estaba hasta las narices de Deoxys. Al menos no molestaría.
    —¿¡Pero qué dices!? ¡Claro que no!—rectificó Helio, sorprendido por la actual pasividad de su compañera.
    —¡Venga ya, por una vez que no nos va a matar!
    —Gionna. No sabemos nada de ese Pokémon, pero nos ha dado problemas. Y además... ¿¡cómo te puedes fiar precisamente de ÉL!? ¡No es trigo limpio, sabes!
    —Bah, mira que os encanta poner las cosas difíciles, ¿eh? ¡Archeops!

    Mientras tocaba un solo e intentaba rodear al versátil hombre estelar, el archaeopteryx aleteó y se alzó a un raudo vuelo por el pasillo rocoso. Ella se volvió a ensuciar el uniforme de tierra, llevándose consigo a Helio. Al no dar con el blanco, Archeops se giró para verlos en el suelo. Esta vez, Gionna tuvo que permanecer de rodillas para remover entre sus cachivaches para sacar a alguno de sus combatientes.

    Sin embargo, Helio le agarró del brazo impidiendo que lanzara la Pokéball.

    —¡Espera, espera, espera! ¡¿Qué vas a hacer ahora?!
    —¡Jo, pues despejar el camino! ¿Qué quieres que haga?
    —¿¡Es que siempre tienes que recurrir a la violencia o qué!? ¡¿Que no te tenemos dicho que no se puede combatir por esta zona!?
    —¡Pensaba que tenía un pase! Por no decir que he empleado vuestro método y no ha funcionado.
    —Claro, ¡porque aún estás enfadada por dejar a ese Murkrow en su hábitat! ¡No me extraña que no funcione!

    Ah, sí. Solo pasaba eso, ¿verdad? Y que el alienígena le atacara a ella y a su Umbreon no era otra razón para que sintiera odio hacia él, ¿no?

    —¿Y tú qué sabes? ¿Eres yo, acaso? ¿No ves cómo estamos? ¿¡Tú te crees que eso es lo único que me pasa!?
    —No, bueno, sí, ¡pero no puedes capturar pokémon si estás rencorosa o asustada todo el tiempo! Luego el pokémon capturado se siente peor, ¿que no lo ves?

    Eso era una excusa nueva. ¿Por eso no le funcionó el capturador? Le era ilógico la explicación de su funcionamiento. Las máquinas, según ella, no podían captar algo tan subjetivo como son los sentimientos, por lo que era incoherente que el capturador haga un lazo de empatía.

    —¡Por favor! ¿¡Tú te crees que un aparatito puede saber al tacto tus sentimientos!? ¿¡Mediante qué!? ¿¡Latidos del corazón!? ¡Menuda tontería! ¡He estado angustiada todo este tiempo y aún así me ha funcionado! ¿¡Cómo explicas eso!?

    Se quedó mudo. No encontraba excusas.

    —Bien. Ahora me dejas actuar a mí, ¿sí? Tú... ponte a cubierto, que no puedes hacer nada.

    Escuchada la discusión entre los supervivientes de la cólera de su Tyranitar, David aplaudiría la conclusión de Gionna y le invitaría unirse al equipo de no ser porque el muchacho de cuernos de gomina estaba ocupado con Deoxys. Tocó la guitarra con furia. La captura de ese alien estaba empezando. Archeops volvía a la carga con otro de sus Acróbatas. Volvieron a bajar sus cabezas y acto seguido, la entrenadora se liberó de la mano de Helio y sacó a Lol.

    —¡Lol, Hidrobomba!

    Tenía que ser rápida. Esa criatura del jurásico podía ser un peligro si no se hacía nada de inmediato. Lamentablemente, Archeops fue rápido y esquivó aquella tromba de agua con tres meros pasos. Después, tomó carrera y volvió a cargar el mismo movimiento; esta vez contra el Lombre.
    Aquel cabezazo, recibido directamente en el estómago, hizo que escupiera savia y yaciera inconsciente en el suelo.

    Un susto. La entrenadora se horrorizó al ver a su compañera tirada al suelo sin poder levantarse. La arcaica ave miró después a ambos e intentó azotarles de nuevo con su cuerpo. Mientras pasaba de largo, aprovechó para volver a meter a Lol en su respectiva pokéball, lamentándose de su espontaneidad.

    —Perdóname, chica, creo que he actuado sin pensar.—le decía, aunque permaneciera sin consciencia.
    —Gionna. Cálmate. Tienes un capturador. Úsa-

    Le tapó la boca con la mano llena de tierra. Lo quería bien callado ahora. Tenía que planear algo. Ese pájaro idiota parecía que no podía hacer nada más salvo derribar y hacerles caer por lo bajo, pues aún estando al suelo se quedaba quieto, esperando a que se levantaran.

    Pero igualmente tenían un problema. Y bien grande.

    Sacó otra de sus celdas y se volvió a levantar. Helio, en cambio, prefirió no erguirse, por si tendría que volver a tirarse. La bestia feroz dio unos agudos rugidos al verla plantarle cara.
    Era el momento. Tenía que sacar a su presto compañero.

    —¡Vamos, Akiro!

    Como siempre, el grueso hipopótamo hizo acto de presencia tumbado usando su cola como almohada. Luego se levantó somnoliento y dio un largo bostezo, sin mirar muy bien su alrededor. El ser volador se reiría si no fuera porque le estaba controlando una guitarra.

    —Oye… ¿y se puede saber por qué estás interrumpiendo a tu Slowpoke de su siesta? Estás... ¿estás loca o-?
    —Calla.

    Subestimando a su contrincante, Archeops intentó atacar con el mismo ataque a Gionna una vez más; pero, pensando que el ataque iba dirigido a él, el durmiente corredor lo detuvo en seco con su mente de enseguida. Mirándolo con sus somnolientos ojos, paró su carrera, haciendo que este aletee con fuerza en medio del aire sin subir ni un ápice.

    Después, cuando dejó de esforzarse, el Slowpoke dejó que la gravedad hiciera su labor. Fue una caída dura. Vio que tardaba, de modo que Akirosoku volvió a sus plácidos sueños. Lleno de ira, Archeops rugió sediento de venganza. Era un aviso de que atacaría. Para su mala suerte, su Slowpoke lo interpretó más bien como un gruñido de dolor, y volvió a reanudar su siesta.

    —Akiro, no, no me seas gandul ahora, reacciona, ¡vamos vamos VAMOS!—ordenaba nerviosa, pero su Slowpoke no tenía intención de anticipar los movimientos de nadie. El microrraptor corrió velozmente, yendo a por él con sus garras, y, al estar en pleno reposo, recibió de lleno el ataque, dejándole una marca notoria en el lomo. Sin embargo solo notaba cosquillas en la fisura que se creó. Unas molestas y urticantes cosquillas que le impedían reanudar su sueño.

    Enfadado por no poder dormir, se rodeó de agua y trató de vengarse con un Aqua Jet; sin embargo, aquel ávido cazador lo superaba en velocidad y esquivaba cada golpe que intentaba dar. Parecía que esta lucha no iba a tener fin. Archeops también intentaba dar uno de sus golpes con sus afiladas armas. Y así siguieron hasta que Gionna salió del espanto.

    Era una apuesta arriesgada. Pero debía intentarlo.

    —¡Akiro, usa Confusión!

    De repente, el Slowpoke se detuvo e iluminó de nuevo sus ojos, parándolo otra vez.

    Bien. Siguiente paso, pero no más difícil.

    —¡Ahora intenta mantenerlo mientras usas Aqua Jet!

    Fue por unos tres segundos, pero fueron suficientes para quitarle el tiempo necesario y hacer el golpe certero. El agua le corroía como ácido en la piel. Era demasiado frío.

    El golpe lo dejó débil; pero no vencido. De nuevo, Archeops se levantaba, aún sin saciar su sed de sangre. Finalmente David pudo ver parte de la batalla. No podía evitar cantar victoria al ver que, después de tanto esfuerzo, no resultaran como se esperaban.

    —¡¿Te crees que con un golpecito de tu Slowpoke te bastaría para vencer a mi Archeops?! ¡Sigue soñando, querida!

    Se equivocaba completamente. Tal era la ignorancia y el error que se permitió mostrar una sonrisa.

    —Sí, sí, tú espera...

    Archeops volvió a usar Garra Dragón con sus uñas desde tierra. Confiado en que no le alcanzaría, Akirosoku se quedó quieto a la espera de que las garras estuvieran a pocos centímetros de él. El exceso de confianza hizo que recibiera otro golpe.

    Pero al contrario que el anterior ataque, apenas rasgó la carne de Akirosoku. Se había reducido a un mero arañazo poco profundo por donde apenas se le escapaba algún humor.

    —¿Pero qué cojones acaba de pasar?—de repente, David no entendía nada. ¿Por qué se había reducido su ataque a tales niveles? ¿Qué estaba pasando?

    Nada más dar el primer signo de desconcierto, la entrenadora soltó una maliciosa risotada mientras se ajustaba las gafas.

    —¿De verdad has capturado un pokémon y no sabes sus capacidades? Me esperaba algo de diligencia, ¿sabes?
    —¿¡Qué me acabas de llamar!?—gritó sin haber escuchado ninguna injuria directa.
    —Nada. Aún. Aunque solo te voy a decir que traer a un pokémon con Flaqueza fue una idea pésima, ¿sabes?
    —¿Flaqueza? ¿Qué cojones es eso?—preguntó.
    —Ya me figuraba yo... ¡menudo idiota que no consulta antes de hacer sus capturas! ¡Akiro, congélale!

    Era la señal. Estaba esperando usar ese ataque.

    Akirosoku abrió su boca, dejando escapar un vendaval de nieve y frío. El reptil volador se helaba. Sus músculos se atrofiaban cada vez más, mientras que su piel estaba siendo rasgada por aquella Ventisca. Cristales gélidos se formaban por los pies, adhiriéndole al suelo.

    Helio no pudo aguantar más.

    —¡Te he dejado hacer mucho, pero esto ya es demasiado! ¡Para el ataque!

    No. ¿Por qué? ¿Qué tiene de malo congelar momentáneamente a un pokémon para capturarlo?
    Sí, tal vez no pudiera. Y quizá sería una pérdida de tiempo. Pero tenía que probar una cosa.

    Aprovechó que Archeops estaba inmovilizado por el frío para capturarlo con el aparato. Los círculos de su disco llegaban a tocar al pokémon prehistórico, que inútilmente intentaba huir sin saber que lo curaría. Hizo lazos con varios movimientos de brazos alocados para acabar lo más pronto posible.

    El capturador anunció la finalización del proceso. Y al retirarlo, retiró toda mácula del pokémon del jurásico.

    Estaba en lo cierto. El aparato que sujetaba ella no era nada corriente. Pero no entendía. ¿Por qué entonces no pudo atrapar a Deoxys?

    Y hablando de él... ahora se daba cuenta que estaba a su lado. Todo y que eso no quitaba la incredulidad que dejó en la cara de David. Y luego Akirosoku...

    Demonios. Tenía que revisar su estado. Fue hacia él, preocupada por la herida. Pero poco podía hacer por ahora. Debía de devolverlo a su Pokéball.

    Pero antes de que pudiera hacer algo, pudo oír gruñir a David.

    —Tú... tú... has podido con mi Archeops... pero no importa. Archeops no tiene comparación con mi última captura.—rió con nerviosismo, con locura. —. Lo cierto es que me caes bien, tronca. No eres como tus compañeros, que van con esa cursilería de amistad y amor y todas esas mamarrachadas que dicen. Estás desperdiciando un montón de potencial, tía. ¿Estás segura de que no te has equivocado de bando?

    Abrió los ojos como platos. ¿A qué le sonaba esto? Las paredes cerrándole toda salida... el jefe planteando alternativas….

    Era como…

    Es una lástima que una renacuaja como tú desperdicie tanta habilidad defendiendo causas contrarias. De verdad, ¿por qué demonios estás con el Equipo Magma?

    Sí. Parecía que se repetía la historia. Y seguro que lo siguiente sería…

    Mira, joven... has aguantado bastante como para enfrentarte a diez Poochyenas con un solo Lotad. ¿Por qué no nos haces el favor y te unes al Equipo Aqua de una buena vez, eh?
    —No sé, no sé... me da penita tener que ordenar a Deoxys a que te mate aquí... hmmm... sí... ¿¡por qué no te unes a nosotros!? ¡Podrías mejorar bastante si haces unos cuantos trabajitos para nosotros!

    Justo eso. Una invitación. Justo en el momento que estaba mirando a uno de sus verdaderos amigos en mal estado. Al menos no parecía ser un estado crítico. Pero la situación que se le planteaba era la misma. Salvo por aquella voz tumbada que le rogaba que no la tomara.

    Su respuesta iba a ser la misma, obviamente.

    —No soy de ningún bando. Marchaos todos.

    Y cómo no, la respuesta no iba a ser diferente.

    —Está bien.

    Un acorde fue tocado.

    Al menos lo intenté. ¡chicos! ¡Mandad a los perros!

    —¡Dales todo lo que tienes, Deoxys!

    Su poderoso vasallo preparó una bomba de energía en el pecho. A este punto, parecía que su destino era inevitable. Sería un ataque directo, sin posibilidad de salvarlo todo. Y antes que sacrificar a otra vida por la suya, prefería ofrecer la suya por el herido. Lo empezó a abrazar fuertemente cubriendo al tranquilo Slowpoke, tal como lo hizo antaño. Plusle y Minun tampoco podían hacer nada por evitar el nefasto destino. Lo poco que podían hacer era cubrir a Helio, aunque les costara la vida.

    Entonces Deoxys soltó la bola al suelo. La luz cegadora iba a darles una muerte rápida, esperaban. David reía victorioso. No podía esperar a contemplar los cadáveres que había creado.

    Pero tuvo un disgusto.

    La bola había estallado en medio del aire. Al no sentir ningún dolor, Gionna tuvo que abrir los ojos para ver si estaba en el limbo.

    No. Seguía ahí. Pero estaban cubiertos por una barrera protectora.

    Increíble. Habían sobrevivido a esa fuerte ofensiva. No se lo podía explicar.

    —¿Qué...? Madre... madre mía, tú... tú...—estaba atónito. No podía hablar bien. —¡Sois-sois peores que las ratas! ¡No se os puede matar con nada! ¡ARGH, YA ESTÁ, ME PIRO!

    No podía hacer otra cosa. Se fue refunfuñando a las profundidades con Deoxys siguiendo sus espaldas.

    —¿Qué... acaba de...? ¿Gionna? ¿Cómo has hecho eso?

    No hubo ninguna palabra. Solo se levantó, retornó a Akirosoku a su lugar y se dirigió a Otonia con el desconcierto. Mientras, una figura invisible sonreía satisfecha y salía a la luz. Por el momento había cumplido su trabajo.
     
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    Ranger por pura casualidad
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    Género:
    Aventura
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    20
     
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    3590
    Capitulo 15

    A las lejanías de la pequeña región de Floresta, en un torreón grande cuyo techo era una gran pila de hojas, había una reunión importante. En una gran sala, amplia, con las baldosas amarillas y paredes de hormigón acorazado, acudían los mejores Rangers de aquellos lares. La convocatoria dio comienzo, iniciada por la anciana que presidía toda la organización. Era una mujer baja y gacha, cuyo sustento era un simple bastón de un redondeado mango. Sus cabellos canosos estaban recogidos en dos cortas coletas, y el rostro reflejaba su larga edad y una gran dulzura. Aquella honorable mujer vestida de rojo era conocida bajo el nombre de Edna.

    Emitió el inicio de la reunión con su voz ronca, con un tono severo.

    ─Supongo que sabréis por qué os he convocado aquí, pero por si acaso os repetiré el cometido de esta reunión. Estamos aquí para debatir la situación del equipo Go-Rock. Parece que la banda ha llevado ventaja a nuestros aliados de Floresta. Según un informe enviado por Alejandro, los superiores del equipo Go-Rock han mejorado sus supercapturadores. Estas mejoras que han añadido hacen que los pokémon que hayan atrapado sean imposibles de capturar con los capturadores estándar. Además, su pupila más avezada, Selena, desapareció mientras patrullaba la zona… sabemos que fueron ellos por un testigo, pero eso es todo.

    Entre la gente de oficio, una de los mejores rangers, cuya compañía era un gecko de larga hoja y una garra de metal dio una sonrisa pícara. Le resultaba muy molesto oírla cada vez que entraba a ver si tenía que hacer alguna misión de importancia. Escuchó muchas de sus hazañas, alabanzas sobre lo rápido que se elevaba de rango. Era más leña al fuego de la envidia. Y ahora, a la que con las palabras le cogió manía, acabó humillada en el cabo del lobo. Desde luego era un anuncio dulce para sus oídos.

    —Vista la situación actual por la que está sufriendo Floresta, hemos decidido intervenir. Uno de vosotros irá a Hiberna para buscar su base de operaciones, y, una vez encontrada, nos infiltraremos para echar abajo sus planes antes de que sea demasiado tarde. ¿Algún voluntario para ir?

    Era la oportunidad de la top ranger de flequillo azul y brillante tomar el trabajo y sentirse todavía más orgullosa de su labor, aunque implicara rescatar a su mayor enemiga. Alzó la mano con energía, pidiendo a gritos que la escogieran.

    —Sabía serías la primera en levantar la mano, Emily. ¿Alguien más quiere ir?
    —¡No, no hace falta que os ofrezcáis por mí! Ya me las arreglo sola.
    —¿Seguro?

    El resto de sus compañeros consideró que era un riesgo muy grande. Nadie más se ofreció.
    —Bien... eso es todo. Vuelvan a patrullar. Informaré a Elena que llegarás ahora. Haz que me sienta orgullosa de ti una vez más.
    —¡De acuerdo!
    —Ah, una cosa más... ten mucho cuidado.

    Esas palabras de preocupación le dio una idea del peligro al que se exponía. Edna era como una madre para todos la que la conocían. Si alguien pereciera mientras estaba en una misión, sería fatal para sus ánimos. ¿Cuántas almas perdió ya envenenadas por el humo de los árboles? ¿Cuántas fueron ahogadas por fallos en el equipo? ¿Y cuántos fueron agredidos por malandrines? Desde luego, eso era nimiedades. Pero Emily se embarcaba en una aventura más peligrosa. Ella, para calmarla, le dijo simple y llanamente que lo tendría. Después, bajando un piso, salió al exterior. En su búsqueda de transporte, utilizó su capturador superior, más potente que el estándar y de más fácil manejo.

    Era un aparato un poco pesado. La primera vez que se alzaba costaba mantenerlo arriba, pero quién se acostumbraba a ese lastre en el brazo lo levantaba rápido. Los halcones de flequillo de hacha solían reposar en la plaza de entrada de la unión; algo conveniente para los que iban a viajar largas distancias. Además de veloces, eran aves con mucho aguante, pudiendo transportar una persona a largos recorridos a velocidad constante.

    Con solo un botón, el disco salió de su ranura, dirigido desde sus dedos índice y corazón. El capturador no tardó nada en sacar la línea, y, como resultado de la sorpresa de la gran lavandera, la captura fue muy rápida. Starraptor no tardó en estar disponible a su servicio. Igual ocurrió con otro de su misma especie, capturado para su Grovyle. Ambas subieron en las aves dirección este para llegar a la sierra de la pequeña región.



    Las gaviotas, tanto plateadas como azuladas, volaban al lado del Lapras mientras cruzaba apaciblemente por el Mar Zafrán. Apenas habían empezado a navegar y Gionna podía sentir algo de mareo si apartaba su vista del horizonte. Solo debía de procurar no dejar de mirar al frente y nadie saldría manchado. No decía nada por tal de no distraerse. Intentaba no hacer ninguna queja al respecto con tal de no iniciar conversación con aquel idiota que tenía detrás. No quería oír ninguna palabra venida de él. Ninguna.

    Aunque el silencio fue roto por la misma persona que no quería pronunciar palabra.

    —Oye...
    —Chitón. No quiero oírte. Me mareo.─dijo secamente.
    —Pero... es que me parece todo tan raro...
    —Sí, ya sé lo que vas a decir, “tienes demasiada suerte para maltratar a los pokémon” o algo similar. Pues te digo yo, sí, la tengo y sí, me paso tres pueblos, pero has salido vivo, ¿no?
    —No te iba a reprochar. Es solo... no sé... ese ataque... el que hizo ese pokémon del espacio...
    —Sí.
    —¿Por qué no nos mató? ¿Qué... ha pasado exactamente?

    Buena pregunta. Ella tampoco lo sabía. Tenía una idea, pero era improbable. No era normal que un ataque como ese hubiera quedado en nada. Luego cayó en la cuenta... frente a ella hubo como un reflejo.

    Pero pensaba que era un delirio, tal vez. Por el momento no sabía qué ocurrió por aquel entonces. Era un misterio.
    Espera. No. Lo tenía en la punta de la lengua. Sabía qué era exactamente, tenía la corazonada. Pero nadie la creería si contara lo que fuera. Hizo como si ignorara las causas de los hechos.

    —No sé, no sé, ¿quizá tengas tú algún pokémon guardián invisible que pudiera protegernos de los ataques psíquicos?
    —No, que yo sepa no... ¿tú?
    —No. No tengo ninguno.
    —¿Estás segura? ¿No fue Kyumbreon?
    —¿Estando medio aturdido en su Pokéball? Lo dudo mucho. No, de hecho creo que tengo una idea de lo que ha podido ser. Un ángel guardián, por así decirlo.
    —¿Eh? ¿Un ángel? ¿Qué? Pensaba que eras agnóstica.
    —Qué agnosticismo ni qué ocho cuartos, yo solo creo en los legendarios que veo, no fastidies.—dijo molesta.—la verdad es… creo que fue una amiga que conocí tiempo atrás. Un Pokémon muy especial, ni más ni menos. La conocí cuando…

    Se detuvo. Estaba empezando a hurgar en una herida que le remordía y la llenaba de tristeza. Helio esperó un momento a que siguiera; mas viendo la cabeza bajada de su compañera, empezó a preocuparse.

    —¿Cuando...?

    No... otra vez esos recuerdos. Gionna no quería volver a hurgar en su pasado. Ni por asomo.

    —No... no puedo contarte. Lo siento.
    —No, lo que no puedes hacer es dejarme así de preocupado y que esquives mis preguntas. Intento ayudar, ¿sabes?
    —Oh, está bien, señor ayudador, ¿sabes por qué viajo por todo el continente?—soltó de repente, esperando a quitárselo de en medio.
    —¿Porque eres entrenadora y tienes que atraparlos a todos?

    Más risas fingidas y escandalosas. No tenía ni idea.

    —¡Incluso preocupándote por mí dices estas sandeces! ¡No, claro que no, Pelozuli! Es porque la gente ha sido muy cruel conmigo. ¿Y todo por qué? ¡Porque no me dejaba engañar! Precisamente por eso.

    No entendió nada.

    —Claro, yo no quería moverme de casa. Tenía aspiraciones más simples, como tener un buen trabajo, una familia con la que vivir feliz y un hogar propio por donde vivir normalmente. ¿Pero qué pasó? Pues para empezar... vino una panda de piratas a decir lo genial que sería vivir en un barco y expandir el océano en el colegio.
    —¿Expandir el océano? ¿Pero están chalados?—preguntó incrédulo.
    —Precisamente; eso es lo que pensé. Pero no te creas. Al principio todo parecía muy inocente y muy divertido. Hacíamos juegos todo el día, y eran risas y diversión. Pero luego cuando empezaron a hablar de lo inútil que era la tierra empecé a cuestionarlos. Le conté a mi padre sobre los disparates que decían y luego pues me dio la razón. Claro, también me dijo explícitamente que haga como si estuviera de acuerdo... tonta de mí.

    Hubo una pausa. Helio aún seguía escéptico.

    —No le hiciste caso, ¿verdad?
    —No. Bueno. En un principio estaba consiguiéndolo. Pero aún así se notaba que algo me ocurría. No podía disfrutar los juegos como antes al saber que... bueno, su verdadero propósito era inculcar la idea de inundar un poco el planeta sería bueno para el ecosistema. Solo había un par de personas que sabían de mis preocupaciones, y una de ellas intentaba hacer algo; pero mi profesora solo podía actuar mediante la vía burocrática. Ya sabes; papeles, leyes... Claro, estaba tomando demasiado tiempo. Y cansada de oír la misma canción... estallé en medio de clase.
    —¿Y luego?
    —Luego claro. Me acusaron de defender sus contrarios. El Equipo Magma, creo que decían. Pero yo argumentaba que el mundo estaba bien como está. Sin embargo, me echaban constantes pestes, y harta de tantas acusaciones, salí del colegio para volver a casa. Pero...
    —¿Pero...?

    Dio un suspiro. Por un momento juró que se le quebró la voz.

    —Mis compañeros... me acorralaron bajo las órdenes esos estúpidos. Me rodearon. Ellos y los Pokémon que les regalaron.
    —Estás... no, no estarás bromeando, ¿no?
    ─¿Me ves con cara de bromear?

    Por supuesto que no. Estaba de espaldas mirando el horizonte, intentando no sucumbir a las náuseas. Y la tristeza tampoco le ayudaba.

    —En fin. Habían proclamado que era un peligro y que me merecía una buena paliza. Pregunté por qué les hacían caso, ¡qué les hice para que me hicieran esto! Claro. Ellos ya me aislaban antes por lo torpe que era... pero lo que más sorprendió fue lo que hizo mi mejor amiga. La que sabía lo que pensaba sobre sus ideas. Esperaba que hiciera algo. Que se plantara frente a ellos para defenderme...—soltó un sollozo.—¿Sabes... sabes lo que hizo?
    —¿Qué... qué hizo?—tuvo que preguntar.
    ─¡Fingir que no me conocía! ¡Ella! ¡Mi mejor amiga! ¡Me traicionó!

    No pudo contener las lágrimas. Empezó a llorar mirando el caparazón del plesiosauro, intentando que no le viera la cara.

    —Tú... ¡¿tú te crees que una amiga tendría que hacer eso?! ¡¿Mirar cómo una jauría de hienas se abalanzaba contra ella!? Después de todos los momentos que tuvimos juntas... no... ya no merecía la pena. Al menos eso no hacía que estuviera completamente sola. Lol estuvo a mi lado todo momento. Intentó protegerme de ellos. Pero no estaba preparada para tal combate. De enseguida, mi querida Lotad cayó desplomada, e iban a seguir atacando aunque ya no se sostuviera sobre sus patas. Claro... me dieron una oportunidad para “enmendar” mis errores. Pero me negué a ser de ellos, después de todo lo que me hicieron. Sin pensarlo, la abracé fuertemente para protegerla.
    —Arceus mío.
    ─Pero... pero justo entonces... cuando... cuando creía que iba a morir en el patio... me cegó una luz que luego estalló en neblina. Y después, cuando quise darme cuenta... estaba volando por los aires, sujeta por dos garras acolchadas.
    —Espera... ¿”una luz que estalló en neblina”? Pero... pero solo hay un pokémon que puede hacer eso.

    Se quedó atónito por unos momentos. Recordaba que había leído un libro antaño. Una obra titulada “Guardianes de la Luz” que analizaba con profundidad uno de los mitos más desconocidos del continente. Cabalgantes del viento empáticos que se ocultaban mediante la refracción de la luz, cuya alma bondadosa les hacía prestar sus fuerzas a aquellos que necesitaban protección. Eran los llamados “Latil”, un género que lo conformaban dos Pokémon. Y uno de ellos eran...

    —No me digas. ¿Te ha rescatado un Latias?
    —Sí. Era la guardiana del pueblo, aunque ya tenía cierta simpatía con ella. En fin... ella me llevó a una arboleda y... bueno, curó las heridas de Lol. Luego me llevó a casa de nuevo, y le conté a mi familia lo que había pasado. Querían protegerme, pero...
    —¿Pero...?
    —No... no podían. Cada día que pasaba era un infierno. Amenazaban incluso con arrestar a mis familiares por no “darme derecho a la educación”. Pero si me declaraban desaparecida, entonces dejarían el trabajo a la policía nacional y no se molestarían en buscarme porque esos tipos me darían por muerta. De modo... que escapé. Y hasta entonces pues... ya me ves. “Robando” Pokémon y haciendo “barbaridades” a la fauna local en defensa propia.

    Dio un largo suspiro. Realmente no le gustaba que hubiera acabado así. Echaba de menos a todos sus seres queridos. ¿Pero a quién quería engañar? Su vida se estaba convirtiendo en un infierno desde un principio. La marginación y el hurto de Drini ya le hizo mella en su concepción sobre la raza humana. Y para colmo vivió más anécdotas que alimentó su odio. Fue un sinfín de desgracias que podrían haber acabado con ella.

    —¿Quién lo diría? Así que estás experimentada en enfrentar a este tipo de organizaciones, ¿no?
    —Algo así. Pero ya te digo, es una de las cosas que no hago porque quiero. En este caso es obligado. Ya sabes. Tu jefe.
    —Ah. Ya. Claro.
    —Aunque admito que me comprometo yo sola. No tengo porqué ayudarle, después de todo.
    ─¿Pero... no era por el Murkrow?
    —¡JA! Si así fuera, me hubiera fugado y hubiera tomado un ferry a otra región. ¡O hubiera robado a este mismo Lapras, en caso de que no pudiera!

    El Lapras giró su cabeza al escuchar su nombre. Luego le dio unas palabras.

    —Bueno... robar... más bien te hubiera contado mi problema antes. Creo que lo hubieras entendido.

    El plesiosaurio hacía una cara de desaprobación. No creía haber sido capaz de entender sus causas, pero aún así seguiría nadando.

    —Pero claro, soy gilipollas y elijo el camino noble. Después de todas las... cosas que me... no, nos han hecho. Aunque... supongo... que será así como busco mis razones para vivir. No tengo nada, y sin embargo me dejo la piel por otros sin pedir a cambio. Es de locos.
    —A mí me parece bastante coherente. Más que tomar venganza por lo que te han hecho… ¿como que te intentas redimirte?
    —Nunca busqué el perdón de esos cabrones. Más bien he intentado dar lo mejor de mí y… aquí me ves. Sin casa ni un trabajo estable.
    —Tal vez ese sea tu problema.

    En un principio no entendió cual era. Pero de enseguida se dio cuenta de lo que era.

    —¿Esperar a que me recompensen “por mis buenas acciones”? Tal vez. Después de todo, nadie hizo nada por mí salvo... putearme, con el perdón de la palabra. ¿Pero acaso es mucho pedir un poco de compasión?
    —Bueno, si hicieras las cosas correctamente... tal vez no tanto.
    —No me hables de métodos correctos o te tiro a los Sharpedos.—dijo con hastío.
    —¿¡Ves!? ¡A eso me refería! ¡Siempre estás usando la violencia! ¡O amenazando, o golpeando, o quitando de en medio al que se te oponga!
    —Eh, mira, es lo único que me ha funcionado en esta maldita vida desde que escapé de casa. Y encima estoy enfadada, así que... cállate. No pienso escucharte. No más, ¿vale? Ya te conté demasiado.

    Nada. Ya empezaba a rechazarlo una vez más. ¿Por qué tenía que ser así? Y más importante…

    —¿Para qué hablo contigo si siempre acabamos discutiendo?
    —A mí no me preguntes; tú empezaste a preguntar.
    —¡Pero estabas-!
    —Tierra a la vista.
    —¿Qué?
    —Que veo tierra. ¿Es ese nuestro destino?

    Entre un horizonte dorado dividido por las camaleónicas aguas, podía verse una isla exuberante, llena de vegetación tropical. Frente a ella, había algunas formaciones de madrera.

    —Sí. Esto es Villaestío.
    —¡Ya era hora! Tengo ganas de acabar con esto ya mismo. ¿Y tú?
    —Más que tú. Por favor, es mi compañera, ¿cómo no voy a tener ganas de verla?
    —¿Compañera solo?—insinuó. Helio quería contestar. Pero le estaba costando decidir si mentir, pronunciar palabra o no decir nada. —, no hace falta que contestes si no quieres, eh.
    —¿Y por qué preguntas?
    —Por nada. Ahora déjame ver la puesta de sol, ¿quieres?

    Y así se mantuvieron callados, dejando que las olas sean las únicas que hablen.

    ...

    El clima, junto al peso que sujetaba el murciélago azul de gran boca dificultaba el vuelo. No era una vía de transporte muy rápida como lo era el perdido archeops, pero por tal de evitar a sus enemigos haría lo que fuera. Aunque tenga que sujetarse a las patas de ese gran bocazas cargando con una guitarra en las espaldas, o pasar frío con sus ligeras ropas.

    Deoxys se había hecho invisible, por lo que nadie lo vería y se asustaría. Al parecer el Pokémon no quería ser visto por nadie aún. Santa paciencia la que tenía que tener con todos los entrometidos que se encontraba. Al menos estaba cerca de su destino. Ya podía verlo desde lejos.

    David aterrizó en uno de los picos más altos de las montañas, por donde reposaba una gran roca, falsa y ligera. Este buscaba, en su rugosa textura de cartón mezclado con grava, un botón.

    Ahí la encontró. Solo faltaba darle un toque. Entonces la piedra se levantó, mostrando así un cilindro plateado cuya compuerta se abría nada más salir a luz. Él entró en aquel ascensor, que lo engulló y lo bajó a una oscura sala, sin apenas alguna luz que lo iluminaba. Había unas escaleras para adentrarse en la base. Bajó por ellas, más al fondo, usando todas las llaves que fueran necesarias para reunirse con casi toda su familia.

    Puede que fuera una base de operaciones de una banda criminal anti-ranger; pero a la vez que funcionaba como cuartel, también era como un hogar para los más altos cargos. Aquella organización era cosa de familia. Y por supuesto, debían de permanecer ocultos bajo las sombras para tener un refugio desconocido con tal de que no fueran pillados por sorpresa.

    Sus hermanos se reunían siempre en una misma habitación cada noche; una diferente en cada semana. En esta, tocaba estar en la de Alberto.

    Nada más cruzar la puerta blanca, se encontraban los tres hermanos aburridos de tanto esperar. El único que parecía entretenido era el propietario de aquella habitación, el cual estaba dando lustre a su bajo con toallitas húmedas.

    —Llegas tarde, hermanote.—se quejó Emilio─, el viejo ya quiere descansar.
    —¡Ja! Si tu supieras lo que me he encontrado por el camino...
    —¿Qué, qué, qué, qué encontraste?
    —Un pokémon muy raro. Pero muy fuertote. Oh, y también me encontré a ese par de cretinos que los creí muertos. Y esos dos aún siguen vivos, ¡malditas cucarachas!
    —¿Y por eso tardaste tanto?—bostezaba a la vez que preguntaba su hermana.
    —Sí, aparte de que la pelma esa con gafas me capturó a mi Archeops...
    —¿¡Cómo!? ¿¡Ha podido contigo!? Ti-tío, es increíble.
    —¿Con gafas y pelo oscuro?

    Estaba interesada por ella desde que la vio en la tienda. Le era muy desagradable, e imposible de simpatizar, y ahora era problemática era para sus hermanos. Le gustaría verla sufrir como a la prisionera azul, padeciendo la falta de alimento y bebida, pasando frío por las noches, dejarla incapaz para que parase los pies sus planes de ser los nuevos guardas de la gente... sí, sería una dulce venganza para todos.

    —¿Por qué lo preguntas, eh, hermanita?—preguntó David.
    —La quiero en el calabozo. ¡Quiero que sepa lo que les pasa a quien insulta a Alexander Strigas!
    —¿¡Tú has hablado con ella!? ¡Estás loca! ¡Si es un monstruo!
    —Eh. No hables así de mi amada.

    De repente, se paró todo. Hasta la música. Y luego, un estruendo en la sala se hizo.

    —¡¿QUÉEEEEE!?
    —¡Pero qué pasa contigo, Alberto! ¡No me jodas que te aflojó un tornillo!—siguió Emilio.
    —¡No, no me lo aflojó! Solo... ¡solo me enamoré! ¿¡Es que no puedo enamorarme en este trabajo!?
    —¿¡PERO DE ELLA, PRECISAMENTE!?—gritó Emilio.

    Se sentía mal. Alberto no pudo decir nada para defenderse ante su hermano menor. Después David fue a defenderle.

    —Calma, calma, hermanito. Está bien. Deja que la quiera. Así no derramamos tanta sangre. Al fin y al cabo, no es el único que la quiere viva.
    —No fastidies. ¿Quién más quiere a esa pelma? ¿¡Tú!? ¿¡Holaa!? ¡¿Es que nadie se ha dado cuenta de lo fea que es?! ¡Menudo mal gusto que tenéis, tíos!—dijo Aina.
    —Nah, la única queja que tengo de ella es que es más plana que yo que sé y que esté con ellos... pero un pajarito me acaba de decir que esconde... cosas en esa mochila.
    —¿Cómo qué? ¿Droga?—preguntó su hermana pequeña.
    —Peor.
    —Aparatos para-
    —No.
    —¿Wiskhy casero?
    —¡NO!
    —¡AH, YA SÉ! ¡BOMBAS!
    —No, y tengo que hacer una pequeeeñita búsqueda por Google antes de decir nada. Porque... si es verdad lo que me han dicho, vamos a estar muy pero que muy bien servidos. Pero de momento, ¿por qué no vas tú a Villaestío y la traes, así te mueves un poquito, eh?
    —Me parece bien. Así aprovecho para ponerme morena.
    —¡Ese es el espíritu! Venga, ve a por todas Aina.

    Y entonces salió al exterior, llevándose al Aerodactyl de Emilio consigo para llegar al paraíso estival.
     
  9.  
    Poisonbird

    Poisonbird Entusiasta

    Escorpión
    Miembro desde:
    14 Septiembre 2016
    Mensajes:
    64
    Pluma de
    Escritor
    Título:
    Ranger por pura casualidad
    Clasificación:
    Para adolescentes. 13 años y mayores
    Género:
    Aventura
    Total de capítulos:
    20
     
    Palabras:
    4850
    Capitulo 16

    El envolvente techo del mundo se coloreaba de naranja, junto con el reflejo del agua salada del mar. La temperatura subió considerablemente durante el viaje. Pasó de ser de un frío pelador a un agradable calor que no llegaba a ser sofocante. Llegaban al muelle del pueblo entablado, que estaba sustentado por debajo del agua. El relajado de Carlos ya los esperaba, con un par de collares hechos con orquídeas de plástico, para darles la bienvenida, igual que en las islas de Hawaii.

    —¡Alola! ¡Bienvenidos a Villaestío!—exclamaba mientras colocaba los collares a los recién llegados. Ese alegre saludo le molestó a Gionna, que se asustó a la primera palabra. Miró el collar, una vez puesto, y fue jugueteando con él, alzándolo con la palma.
    —¡Os he reservado una caseta de vacaciones para que descanséis de este viaje! ¿No os parece fantástico?
    —Oh. Gracias... Pero... ¡Hay que encontrar a esa Serena, venga!—andaba un poco mareada del viaje, pero no fue impedimento para que se apresure en iniciar la búsqueda. Helio la agarró del brazo para detenerla.
    —Cheeeeeee, tu tranquila. Estás en Villaestío, forastera. Relájate.
    —¡No, no puedo relajarme! ¡Tengo cosas que hacer! ¡Mi libertad me espera en esta selva!—hizo un gesto brusco que le liberó de las ataduras de Helio, pero nada más dar un par de pasos, el mareo le hizo estragos en su trayecto. Las tripas volvieron a la carga, y ya estaban al final del esófago. Pudo retenerlo y regresarlo a su lugar, por suerte.
    —Mejor pensado, creo que iré mañana. Blergh. Asco de bilis…

    Carlos se reía. Y en broma, dijo que del relax en aquellos paradisíacos lares no se podía escapar. Les indicó la casa que tenían que hospedar en su estancia a Villaestío, y una vez dentro, les enseñó donde estaban los cuartos esenciales de una casa. Todo mueble cómodo estaba hecho de mimbre, conjuntado con los tablones de madera que decoraban el interior.

    Nada más entrar, Gionna sacó a los heridos para tratar sus dolores. La de Lol se curaba con mero reposo, por lo que la sacó y la dejó en un lugar cómodo, aunque el descanso no aliviaba el mal de las contusiones. Las heridas de Akirosoku, al contrario que a Lol, no le dolía nada, pero se tenía que prevenir las infecciones. Una herida se podía tratar con agua salada, pero la otra era profunda, por lo que era mejor no recurrir al mar. En cuanto a los golpes de Kyumbreon, se les podían aliviar con algo refrescante, pero no le haría falta intervenir.

    La herida del Slowpoke veloz se tenía que tratar de inmediato. Pidió ayuda a Helio para que la presionara, mientras ella iba a por gasas. No podía relajarse viendo el estado de su hipopótamo. Encontró un botiquín en el cuarto de baño, y trajo las vendas. Quería vendarle ella, pero no estaba acostumbraba a ver tanta sangre. Flaqueaba, se le bajaba la tensión, y se mareaba. En cuanto a Helio, no parecía afectarle para nada el sangrado. Tuvo que dejarle las vendas y sentarse en la butaca, a coger la libreta y su estuche para dibujar hasta el anochecer. Cuando salió la luna, quiso salir fuera con su Umbreon, pero irrumpió Carlos con unas fiambreras calientes de delicioso olor a pollo con salsa y pasta a la carbonada.

    —¡Holaaaa! ¡Os traigo la cena, chicos!
    —Oh, no hacía falta, ya me traía sobras de este mediodía.
    —¿Qué sobras?—mentía el nombre de gas noble, para que no se retirara el jefe cocinitas del pueblo costero. Cogió las fiambreras y agradeció que hiciera la cena.
    —Em... ¿No es un poco descarado que nos haga la cena y nosotros no hagamos nada?—cuestionó tanta comodidad.
    —A mi no me hace nada. Además, vosotros iréis a la selva mañana. ¡Ya es bastante trabajo! Yo en cambio solo tengo que mangonear. Y como me duele... Si queréis bebidas, hay en la nevera. ¡Adiós!

    Quedaron bien alimentados, y, al fin acabada la cena, dejando por segunda vez toda la tarea a Helio. Salió a tomar el aire. No para ella. Sacó la pokéball de Kyumbreon del bolsillo. Nada más salir, el gato cogió la luz de la luna con los mismos aros que le hacían resaltar entre la oscuridad. Gracias a la Luz Lunar, todos dolores y contusiones desaparecieron.

    —Cuán agradezco que me saques de noche. Empezaba a estar harto de esta agonía.─ El dolor y daño físico estaba ya liquidado. Pero había más aparte. Le rabiaba que perdiera contra un pokémon de tipo psíquico. Estaba en plena ventaja, sus más fuertes ataques no le afectarían en absoluto. Sin embargo, le azotó repetidamente sin dejarlo caer hasta decir basta. Juraba venganza, muerte a Deoxys. Lo iba comentando, y de parte de su entrenadora, se enteró que ella tampoco pudo hacerle nada. Ni capturarlo siquiera.
    —Es inaudito lo que aquel ser me ha hecho. Me acaba de superar dos veces, ¡DOS!
    —Ya... es un peligro. Y más si lo tiene ese... ese... delincuente.
    —No voy a consentir que vuelva a ocurrir. Si volvemos a verlos, los matamos por la gloria de Lunetah.
    —Eh. No te pases.
    —¿Por qué no tendríamos? ¡Son capaces de muchas cosas, y lo sabéis!
    —¡Pero no sé, Kyu, no quiero tener problemas con la ley! Es decir, vale, ya de por sí quebranto unas cuantas normas; pero joder, que tampoco quiero cometer atrocidades. Solo eso. No te pases, ¿vale?

    Con su opinión ofendió a su más inteligente protector. Era como si defendiera a sus propios enemigos. ¿Para eso cedía su servidumbre? ¿Para que luego viniera con esas injurias a su dios?

    Blasfemia.

    —Me han golpeado. Me han humillado. ¿Sabéis que negar también su ajusticiamiento es motivo para que Lunetah os de castigo?
    —Ese Lunetah le ofende todo lo que a ti te ofenda.
    —Precisamente porque soy su enviado. ¡Su protegido! ¡No osaría cuestionar mis acciones, ni yo a él las suyas!
    —Sí. Ya. Típico de una deidad inventada por un solo pokémon rencoroso.

    El felino levantó sus largas orejas más de la cuenta de la furia.

    —¿¡Pero cómo osas!?
    —¡Kyu, admítelo! Ese Lunetah tuyo no aparece ni en los escritos más antiguos. Solo te ha aparecido a ti y tú eres el único que cree en él. ¡Eres el único que divulga su palabra que, por cierto, no tiene nada de bueno lo que promulga!
    —¡Sandeces! Los humanos también os creáis vuestras deidades y aún así no os reprocháis.
    —Bueno, eso es mentira, sí que...
    —¡Además, explicadme una cosa! ¿¡Por qué, desprovisto de alimento, nobles cuidados y maltratado por venenos varios, logré alzarme como ser umbrío que soy!? ¿¡Cómo explicáis mi evolución, después de aparecer la misma criatura en un sueño!?

    Se quedó en blanco. Era cierto; su evolución se dio en extrañas circunstancias. Eevee evoluciona a Umbreon en condiciones favorables. Tenía que estar saludable, sin padecer enfermedades ni tormento, y, además, tenía que derrotar a varios pokémon por la noche.

    Kyumbreon fue usado anteriormente como conejillo de indias. Le metían de todo en el cuerpo, especialmente productos de belleza, aditivos alimentarios y psicotrópicos. En un momento dado, le llegó a privarle de movilidad; hasta los párpados no podían cumplir sus funciones. Siempre estaba en un cuchitril con barrotes y no le trataban de buen modo. Y, de repente, en una noche de luna menguante, pasó de ser de un pequeño zorro maltrecho a un colérico, poderoso, peludo y negro gato de rostro inmóvil capaz de emplear su mente para librarse de la jaula que lo custodiaba y destruir el laboratorio.

    Sí, era algo que no lograba explicar. A no ser que el odio y la fuerza de voluntad también fuera un factor que también determinara la evolución. Entonces explicaría por qué en ciertas zonas habían grandes pokémon que en teoría tendrían que quedarse en su primera fase debido a carencia de entrenador con la que forjar amistad.
    Claro. Eso era una teoría que no estaba demostrada, así que no era lo suficientemente válida como para plantearla.

    —Vale, tú ganas, Lunetah existe. No le encuentro razón científica a tu evolución.
    —Por lo que admitís que tienen que morir.
    —¿Qué? No. Sigo pensando que no tienen por qué. Igual Lunetah podría haber sido producto de las pastillas. No sé, ¿seguro que no te daban hormonas del crecimiento o algo?

    Así no podía seguir. Finalmente, harto de que no respetara sus creencias, decidió entonces hacer lo que se había planteado hace mucho.

    —Acabáis de sellar vuestro destino. Revoco nuestro acuerdo.
    —¿Cómo?
    —Lo que acabáis de oír. Dejaré de prestaros mi poder para ayudaros. Estoy harto de vuestra insensatez.

    Pensó que no iba en serio. Gionna sonrió subestimando su chantaje.

    —No serás capaz. Igualmente tengo a Lol, Google y Honchpato. ¿Quién necesita a un Umbreon sanguinario, de todas formas?
    —Google no atacará a la primera. Lol no se recuperará de la noche a la mañana. En cuanto a Honchpato probablemente no tenga ganas de luchar. Admitidlo, mañana me necesitaréis, y no estaré para ayudaros. Tenéis mi palabra.
    —Sí, sí, lo que tu digas, acabarás viniendo de todas formas...
    —¿De verdad pensáis? No soy vuestra madre, Gionna. Mi palabra es absoluta en cuanto lo propongo, y nada puede hacerme cambiar.

    Quizá fuera en serio. Pero seguía sin creer que fuera a hacer algo realmente.

    —Ya veremos. Ya... veremos.

    Estaba cansada. Quería acostarse ya a su lecho y soñar hasta pasado el amanecer. Todo y que tuvo que esperar; la cama que había en la casa era de matrimonio, y no quería compartirla con Helio. Después de una disputa, pudo disfrutar del espacioso colchón para ella sola. Helio tuvo que dormir en una habitación aparte.

    A la mañana siguiente, la puerta se abrió. Carlos entró sin permiso, con una bolsa llena de cereales, frutas, pan de molde y lácteos varios.

    —¡Muy buenos días, gente! ¡Os he traído el desayuno!—gritaba alegremente mientras dejaba la la comida en la mesa. No respondía nadie. Como era de esperar para el jefe.
    —¿Hola? ¿Hay alguien levantado?

    Esperó una respuesta. Nadie decía nada.

    —No, pues... ¿Soel? ¿Te importa?

    Indicó a su trabajador más vago y altivo que pasara; no para que desayunara al instante, si no para que despertara a todos con una ruidosa pero armónica melodía, justo para fastidiar un poco. Junto a él, entró un elegante ser hecha toda de hojas y pétalos. Iba tarareando la canción mientras sonaba y ladeaba alegremente la cabeza de un lado para otro.

    —No, pero pon algo más ruidoso, ¿no?
    —No sé, creo que se me perdieron las mejores.
    —Pero cómo que- espera. ¿Me estás tomando el pelo?
    —Puede ser. O puede ser que no. ¿Tú que dices, Dressela?

    Su compañera hacía de aquellas falsas pérdidas una victoria.

    —¿Ves? Ella no quiere que cambie.
    —¡Oh, eres-eres...!

    Y aunque no fuera exactamente algo marchoso, trajo discordia en una de las habitaciones. Solo por el mero hecho de que fuera música ya provocaba la ira del lirón.

    —¡Maldita sea! ¿¡Quién está poniendo música!? ¿¡Quién habla!? ¿¡POR QUÉ NO SE CALLAN!?—vociferaba la chica soñadora desde su madriguera. Lol también se quejaba. Se quejaba del dolor, se quejaba del ruido provocado por el aparato electrónico de última tecnología, se quejaba de todo.

    Helio también fue presa de la que esperaba miles de rosas; aunque su despertar fue menos ruidoso que el resto. Kyumbreon juraba un futuro roto desde la lejanía al pinchadiscos sin disco. Akirosoku no oía el cantar de la cantante. En cuanto a los dos conejos ya correteaban por la casa antes de que el gallo telefónico cantara.

    —Has tenido suerte.—le lanzó una mirada de reprobación. —¡Tenéis el desayuno en la mesa, vengan a hacérselo!
    —Diez minutos más... solo... diez... minutos... más... ¡por favor...!—suplicaba a gritos, pidiendo seguir cómoda en la esquina de la cama de dos.
    —Si por mí fuera te dejaría, pero hoy tienes que ir a la selva, ¿no?

    Estuvo un tiempo rememorando. Luego recordó su propósito en esos lares.
    Levantó bruscamente el edredón y se puso el uniforme lo más rápido que pudo. Fue a dar golpes a la puerta de la habitación de Helio para despertarlo.

    —¡Levántate, Pelozuli! ¡Tenemos una misión que hacer!

    Pero él solo se limitaba a esconderse entre las sábanas. No quería ver a esa persona que acababa de entrar. Ni hablar.

    Ella encogió los hombros y miró lo que había en la mesa. Pilló un bol de la cocina y se sentó para servirse unos cereales junto con un par de ciruelas. Hoy iba a necesitar ir con el estómago bien lleno. No se fijó en ese chico que se sentaba frente suyo mirando la pantalla aburrido.

    Aunque admitía que tenía un semblante bastante atractivo. Tenía el pelo algo puntiagudo, pero relucía con un rubio claro. Y sus ojos... no estaba segura de si eran verdes o azules; en todo caso tenían un fulgor frío y encantador. Encima el uniforme caqui y verde de los rangers de Villaestío le venía anillo al dedo. Parecía uno de esos militares novicios que salían a defender la patria. Sí, seguro que se ganaría muchas chicas con ese aspecto. Rezaba porque no usara esos encantos con ella. Lamentablemente, él no solo estaba mirando la pantalla. Había notado su presencia.

    —¿No te pones leche en esos cereales?
    —Eh... no. No me sienta bien.—contestó. Tenía que dejar de analizar al prójimo.
    —¿Oh? No sé, pero yo diría que te distraías con mi imagen, ¿a que sí?

    Frunció una ceja al ver aquella risa socarrona y deslumbrante. Luego apartó su mirada a su desayuno.

    —Pero qué cosas dices, no me estaba quedando embobada al mirarte ni nada parecido.—decía mientras se llevaba el arroz inflado achocolatado a su boca.
    —¡Así que te parezco guapo!

    Lo sabía. No tuvo que mirarle de pies a cabeza.

    —¿¡Qué!? ¡NO! ¡No es como si estuviera... dejando caer la baba o algo!

    No, no, no, estaba empeorando las cosas, no podía permitirse tener otro pretendiente, no así, no dentro de su “oficio”.

    —¡Entonces te gusto!
    —No, no, me gustas. O sea, sí, tienes buen físico, pero no te co-
    —No, no, ya lo dijiste, ya no hay marcha atrás.

    Intentaba mantenerse serena; pero no encontraba modo. Mirada desesperadamente los lados a ver si había algún rincón por donde pudiera desayunar lejos de ese sujeto, o para encontrar algún contraargumento eficaz para que parara de meterla en su juego.

    Luego vio a Kyumbreon. ¡Sí, él le daría una lección! Y todo eso pese a la discusión que tuvieron aquella noche. Aunque no había un refreno por apartarla del peligro, iba a estar de su lado.

    —¡Gracias a Arceus, Kyu, tienes que ayudarme!

    Pero no hubo ayuda. En vez de eso saltó y se asentó sobre la mesa.

    —Malos días tengan todos.
    —Kyu. Ese chico se me está insinuando. ¡Ayúdame!
    —No le voy a ayudar. Solo me senté a su lado. ¿No hay café?
    —Pero-pero-pero-
    —Revoqué nuestro acuerdo, ¿recuerda usted? Así que olvídeme. ¿Dónde está el café?

    Decepción. Su gozo en un pozo. Y mientras ese sujeto se reía; también su Lilligant. Gionna no pudo hacer otra cosa que lanzarle una mirada sombría, carente de alegría. En cuanto quería fijarse, paró de en seco.

    —Vamos, vamos, no te enfades, solo era una broma. ¡Eh, Carlos! ¿¡Y ese café!?
    —¡Ven a buscarlo tú, vago!—le contestó desde la lejanía.
    —¡No! Ya hago bastantes patrullas para que tenga que moverme de esta mesa.

    Al final Carlos tuvo que venir con tres vasos de humeante lava negra y servirlos frente a sus comensales.

    —¿Y Helio?
    —Se quedó en cama.—contestó la ranger mientras trataba de recuperar la compostura.
    —Apuesto a que es por mi presencia, seguro.—seguía con su sonrisa ladina en la cara mientras tomaba el vaso y daba un sorbo al café. —¡Ay, ese chico! No tiene remedio, eh.

    Nadie le dijo nada. Carlos solo se limitó a dejar la taza hasta que viniera, dejando que Kyumbreon lo robara y se lo acabara por él. Gionna fue al grano.

    —Entonces... ¿hay algo que tenga que tener en cuenta antes de emprender esa búsqueda?
    —No realmente. Bueno, salvo que hay muchos bichos-
    —Meh, no me dan miedo.
    —Y... qué más, qué más... no tiene mucha pérdida, la verdad.
    —¡Bien!
    —Pero por si acaso Soel os va a guiar.

    La entrenadora se quedó indiferente ante tal anuncio. No porque le importara; al contrario, tenía una mala impresión de él cuando le hizo aquella broma. Si había algo peor que un traidor, era un bromista que jugaba con sus sentimientos como si fueran una pelota.

    —¿Puedo negarme a tener otro escolta aparte de Helio?
    —¡No! Cortesía de la casa. Además, creo que una ayuda no os vendría de más.
    —Y todo porque Dressela y yo luchamos bien.

    Chocaron sus extremidades. Gionna empezaba a envidiar a esos dos. A ellos dos valoraban sus habilidades de combate y a ella la reprobaban por usarlos. Se sentía como una diana que invitaba tirarle tomates a diestro y siniestro.
    Aunque no era nada sensato negar ese pequeño regalo. No tenía a todo su equipo dispuesto en caso de emergencia.

    —Sí... claro. Por eso. Y tampoco puedo arriesgar a que Alejandro pierda más personal. Al menos si tiene que desaparecer alguien, que sea él, que para lo que hace...
    —¡Oye!—protestaron los dos trabajadores de la isla.
    —Bueno, bueno, pero nos ayudará, ¿verdad? Al menos no seré la única que use pokémon para luchar.

    Mencionando a su equipo, Kyumbreon se bajó de la silla y se fue antes de que lo presentara. No quería saber nada más de ella.

    —Espera... ¿tú entrenas pokémon?—preguntó el rubio.
    —Sí. Me metieron a la fuerza en este... trabajo.—dio un bocado a una de sus ciruelas.
    —Qué casualidad. A mí también.

    Abrió los ojos. Sin duda aquí había algo podrido en la Unión. Sí, ese chico podría tener la respuesta a por qué meten a turistas en un trabajo sin preguntar.

    —¿¡De veras!?
    —¡Sí! ¡Mis padres me apuntaron a la Escuela Ranger para que “hiciera algo” en la vida! ¡Yo quería viajar por el mundo junto con Dressela! Pero noooo, tenía que perder dos años de mi vida estudiando para algo que no me gusta nada.

    Sus esperanzas se esfumaron. Eran otro caso aparte. Aunque en esencia estaba como casi en las mismas…
    Podía entender lo frustrado que podía estar por dentro.

    —Eso es... muy... fastidioso.
    —¿¡Verdad que sí!?
    —Sí, bastante.
    —Pero mira. Al menos me tocó en el mejor sitio que podía tocarme. Sol, arena, mar, playa, gente bronceada... de lo único que me quejo es que este no me para de mandar a patrullar.
    —¡Si te mando a patrullar a la playa los martes! ¿¡No tienes bastante con eso!?
    —No. Oye, ¿y ese Helio? ¿Es que va a esconderse de mí todo el tiempo? ¡Ah, míralo! ¡Hola, Helio!

    El ranger de Villavera miraba la mesa desde la distancia. Lo único que pudo hacer era ocultarse otra vez entre paredes con el asco dibujado en su rostro.

    —Es un primor. Bueno. Creo que iré adelantando. Os espero a la entrada de la Selva Oliva.
    —Vale, nos vemos.

    Acabó el vaso y abrió la puerta para salir. Ella también tenía que darse prisa.
    Milagrosamente, su compañero de trabajo salió del pasillo para desayunar. En cuanto ella terminó, el empezaba. No le dejó comer nada; solo dejó que tomara su propio brebaje y se llevara alguna fruta por el camino. Ella tenía prisa por terminar esa pesadilla. Con o sin Kyumbreon.

    Salieron y pisaron los tablones del pueblo para luego pasar por la arena. Luego entraron en los humedales tropicales de Oliva. El caluroso sol del trópico fue tapado por la densa vegetación de

    —Vale... esta es la entrada, ¿no?
    —Sí. Esta es.
    —Se supone que ese chico nos esperaría aquí... ¿no es lo que dijo?
    —¡¿Esperarnos?! ¡¿Él aquí?! ¡En serio! Anda, ¿no tienes prisa por encontrar a Selena? ¡Vamos sin él, así acabamos más pronto!
    —Pero... Helio... la mitad de mi equipo está hecho polvo... ¡estamos indefensos!
    —Tú tienes el capturador de Selena.
    —El capturador no me protege de nada; necesitamos a un pokémon.
    —¿Pero no tienes a Kyumbreon? ¿O Plusle o Minun?
    —¿Tú ves a Kyumbreon por alguna parte? Y ellos no están entrenados para luchar. No, no, no, yo no puedo avanzar más estando indefensa. Tendré que llamar al jefe... esto... ¿cómo se llama?
    —¿Carlos?

    Con eso ya no necesitaba más. Sacó su capturador y buscó entre los contactos el nombre de Carlos.

    —¿¡Selena!? ¡Gracias a Arceus estás bien! ¿¡Dónde estás!? ¡Oh, no me digas! Van a pedir dinero por ella, ¿¡verdad!? ¿¡VERDAD!?

    Se quedó con la cara de un Noctowl enfadado. Alguien no le dijo que tenía el capturador de Selena.

    —No, Carlos. Soy Gionna.
    —Ah... ah sí, es verdad, que te dio el capturador a ti, ¿no? ¿Qué ocurre?
    —Es nuestro escolta. También ha desaparecido.

    Se quedó de piedra. No pensó que el Equipo Go-Rock atacaría en ese preciso momento.

    —¿Pero tan pronto? No... no, no puede ser.
    —No sé, pero no lo vemos por ninguna parte. A lo mejor tendremos que buscarlo también.
    —No... no. Me parece que ya sé donde está...
    —¿Ah, sí?
    —No te preocupes. Ahora viene. Esperen ahí, ¿vale?
    —¡Vale, muchas gracias!—se despidieron y entonces colgó el capturador.

    Carlos estaba decepcionado. Sabía que era un mal trabajador, y un vago; pero esta vez había llegado demasiado lejos. ¿Escaquearse en una misión de rescate importante? ¿¡Pero cómo pudo!?

    No iba a permitir que se saliera de nuevo con la suya. Era adinerado y buscaba algún romance para vivir, ¿y qué? También estaba el trabajo. Tenía que recordar un consejo que le dio su amigo Alejandro en una ocasión. Algo como... ¿usar a su pelipper para llevarle en un sitio que no quería ir? No... él no haría eso. Pero él no era Alejandro. Era el apacible Carlos, el más relajado de las Cuatro Estaciones de Floresta. ¿Cómo iría a hacer eso?

    Claro que tampoco quería que Alejandro perdiera a más personal solo porque él no actuó. Algo tenía que hacer.

    Se fue corriendo a la base y subió al ascensor que le llevaba al segundo piso donde estaba reposando su pelícano. Pelipper se despertó cuando oyó los pasos de su cuidador. Le demandaba su desayuno.

    Abrió la cúpula de la base y mandó a su pelícano que cogiera a Soel y se lo llevara al par de rojo. En protesta, aleteaba y castañeaba el pico demandando sus peces. Él ya sabía que tenía hambre. Pero lo necesitaba ahora.

    —Escucha, Pelipper. Sé que tengo que alimentarte, pero te necesito ahora más que nunca. Luego te daré una lubina, ¿vale?

    Tras un graznido de afirmación y de felicidad, alzó vuelo hacia dominios del viento. Simulando que era un pelícano salvaje, observó tierra como si fuera un mar lleno de sardinas. Con sus aparentes ojos ciegos, trataba de localizar a su objetivo con precisión.

    Y he ahí. Tumbado en una silla con el torso desnudo, untándose los brazos de leche solar para asegurarse el moreno sin tener rojez mientras su compañera hacía la fotosíntesis. El pelícano descendió gradualmente al suelo, tapándole el sol que le bronceaba. En cuanto aterrizó, graznó para asustar y hacerlo levantar. Desató el pánico entre los bañistas pensando que era un pokémon agresivo. Pero Soel lo miraba con indiferencia.

    —Oh. Un Pelipper. Qué... novedad.

    Pelipper abrió el gran pico para provocarlo. Le tiró un débil chorro de agua fresca que disolvió la crema preventiva de la piel y lo derramó por la arena.

    —¡Serás...!

    Maldiciendo al pájaro, se levantó y mandó a Dressela esparcir polvos soporíferos al pájaro mientras danzaba con elegancia. Este erguió vuelo evitando que la droga floral lo durmiera y se lanzó en picado hacia el ranger playero. La Lilligant se llevó un susto. Mientras se lanzaba, usó su gran bolsa que tenía en la parte inferior del pico y metió a Soel junto con tierra y conchas fragmentadas y volvió a volar. Dressela lo perseguía desde tierra enfadada lo más rauda que podía. De hecho casi lo adelantaba. Pero no podía hacer nada si permanecía en el aire.

    La pareja y sus fieles compañeros esperaban su llegada. Helio estaba impacientándose.

    —Oh, dios, ¿por qué estamos esperando a ese imbécil?
    —¿Tengo que volver a repetírtelo?
    —No, lo sé de sobras, pero joder, ¿no estamos entrenados lo suficiente como para poder evitar a los pokémon furiosos, al menos?
    —Tú sí, pero yo… yo no soy nada sin mis pokémon. ¿Qué te crees, que he llegado a donde estoy con estos pies de pato o qué?
    —Eeeh, no sé, Gionna… estás siendo un poco exagerada, ¿no?

    Luego vio pasar a Dressela corriendo. Aprovechó para cambiar de tema.

    —Oye, ¿aquí viven Lilligants?
    —No que yo sepa.
    —Igual, está empezando a tardar, ¿no?

    Se escuchó un grito creciente desde lo alto. Luego cayó desde pocos metros del suelo. Luego chocó con la tierra, con ciertos dolores y cubierto de saliva de pelícano. Dressela fue corriendo a ver cómo estaba.

    —¿Pero de dónde sales tú?—miraba Gionna con perplejidad.
    —Me parió el cielo, ¿qué te crees?—se miró y tocó el pringue que tenía esparcido por todo el cuerpo con las manos. —Qué asco. ¿Alguien tiene una toalla?
    —Tú sí que eres un asco.—murmuró Helio.

    Podía notar la tensión entre ellos dos. Tensión, odio y muchas cosas más.

    —Bueno, ¿empezamos a trabajar ya, por favor?—preguntó felizmente. Helio y Soel se apartaron la mirada y caminaron por la selva, mirando cada rincón a ver si encontraban alguna trampilla por donde condujera alguna especie de base secreta.

    Nada. No podían encontrar nada. Las primeras quejas se escucharon por ambos lados.

    —¿Y para eso tenía que venir? ¿Para llenarme de hojas, eso es todo?
    —No estabas obligado a venir, ¿sabes?
    —A mí no me mires, lerdo. Yo no pensaba venir.
    —Ya, ya sé. ¡Pero te tenían que traer SOLO CON PANTALONES! ¿¡Qué quieres, mostrarme tus “virtudes”, eh, eh!?
    —¡Ese asqueroso pájaro no me dejó ni ponerme la camiseta! ¿¡Qué querías!?

    Y justo cuando dijo aquellas palabras, le llovió las prendas superiores del cielo justo por encima de la cabeza, junto con el calzado. Lo tomó para mirar que eran las telas que no le dejaron llevar.

    —¡Gracias por nada, pajarraco!—le gritó al Pelipper mientras se ponía la camiseta. —, ¿contento?
    —No. Quiero que me dejes de irritar. Ya.
    —Mira, Helio. Eres muy mono cuando estás enfadado, pero en serio, tanto enfado cansa ya.
    —¡NO TRATO DE GUSTARTE, IDIOTA!—le gritó.
    —¡Ya sé, ya sé! Ay, es que no se puede bromear contigo, oye.
    —¡¿Qué bromas ni que hostias?! ¡A mí no me vengas con esas “bromas” que tu llamas, eh!
    —Tienes un grave problema. Debe de ser porque perdiste a la novia, ¿no?

    Esto ya fue demasiado lejos. Había puesto demasiada sal en la herida. Lucharon con todo su arsenal de insultos. Así no había quien buscara tranquilamente. Necesitaba como cuatro manos más, y ahí estaban, gastando saliva.

    —Chicos... ¿podríais ayudarme, por favor?

    Fue ignorada. Parecía que no podía ni pedir ayuda. Ellos siguieron ignorando su petición, siguiendo diciéndose injurias entre los dos.

    —Ah. Bien. Pues me largo. Ya me avisaréis cuando acabéis con las hostias.

    Continuó en solitario fisgando los arbustos mientras mascullaba entre dientes. Estaban discutiendo fuerte. No podía aguantarlo. Ni mucho menos que la apartaran.

    Había quedado aislada una vez más. Gionna buscaba por los alrededores, sin meterse en ningún seto. Quería acabar ya con esta farsa. No quería sujetar más ese maldito artilugio. Ni aguantar esas discusiones, ni misiones que desembocaran en desastrosas consecuencias para ella. Quería volver estar en la paz, aunque llevara a nada.

    Un río dividía la parte occidental de la selva y la dirección norte, tan solo unificados por una resbalosa pero consistente puente de madera. Más allá podía ver un gran charco donde podía ver algunos nenúfares a baja profundidad. De hecho no tenía ninguna. Era un enorme charco húmedo. Claro, podría haber algo entre el lodazal, ¿podría ser?

    Iba a investigar. Pero de pronto una corriente de aire fino azotó a su nuca como un mal presagio. Se giró a ver qué era ese soplo tan repentino. Aquella capa fucsia de bordes haraposos era inconfundible.

    ¡Esa arpía! Era justo lo que le faltaba. Que ella apareciera tras suyo como un espectro.

    —¿Me echabas de menos, Gin?

    Le lanzó una mirada hostil. Definitivamente no la quería ver.

    —¿Qué haces aquí? Se supone que la gente de ciudad odiáis estar en la naturaleza.—añadió con ironía.
    —Nada, explorando, ¿sabes? ¿Y tú qué haces aquí?
    —No te incumbe.—intentó irse sin despedirse; mas Aina no permitiría que se fuera libre como pájaro que es.
    —No, sí me incumbe. Parece que estás haciendo algo interesante, ¿no?
    —Interesante, dice.—añadió un par de carcajadas fingidas. Como si buscar a alguien fuera interesante. —, anda, largo de aquí, fresita. No tienes nada que hacer aquí.
    —No. No pienso irme. Ranger de Villavera.

    Su voz y sus palabras sonaron más siniestras que nunca. La entrenadora frunció una ceja, extrañada por el desdén de sus últimas palabras.

    —¿Pero a qué viene ese tono? ¿Que te...?

    Aina soltó una orden.
     
  10.  
    Poisonbird

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    Escritor
    Título:
    Ranger por pura casualidad
    Clasificación:
    Para adolescentes. 13 años y mayores
    Género:
    Aventura
    Total de capítulos:
    20
     
    Palabras:
    3598
    Capitulo 17



    —¡Aerodactyl, ataca!
    —¡OH, NO ME JO-!

    Sin rechistar, descendió de los cielos e intentó romperle algún hueso con un golpe rápido a la chica de cabello desmadrado. Por los pelos lo conseguía; mas logró esquivarlo rodando sobre el humus selvático. Pensó que era una pesada, pero inofensiva. Y ahora veía que tenía un aerodactyl en su posesión. ¿Cómo era posible? Sin pronunciar palabra, obtuvo la respuesta que buscaba en boca de Aina.

    —Yo pensaba que podía reclutarte de alguna forma. Aunque para ello tenía que ganarme tu confianza... Pero eres imposible, tía. No te gusta nada. ¡Y has insultado a mi Alexander Strigas! ¡Te mereces que te meta en el calabozo, pelma!
    —¿Cómo? ¿Reclutarme en dónde?—preguntó. No entendía nada.
    —¡Pues al Equipo Go-Rock! ¿¡Dónde si no!?

    Entonces lo entendió todo.

    —¡Oooooh, ESE equipo!
    —Sí. Ese. ¡Pero nooo! ¡Tenías que ser una mojigato antisocial que no tiene gustos normales!
    —¿¡Normal!? ¿¡Comprar tanta ropa y tener a un cantante como un profeta divino es normal!? ¡Jolín! ¿¡Es que es normal ser tan imbécil!?
    —¡¿CÓMO ME LLAMASTE?!
    —¡IMBÉCIL, ESO TE LLAMÉ!
    —¡AAAAH, AERODACTYL!

    Se abalanzó otra vez contra ella. Debía de pasar menos tiempo insultando a su enemiga.
    Pero lo tenía difícil. Solo Lol, que aún no se recuperó del todo, podía hacerle frente. Intentó ganar tiempo, sacando primero a Honchpato.

    —No me hagas reír. ¿En serio crees que con una paloma asquerosa vas a poder librarte?

    No contestó. Solo se limitó a ordenar que intentara golpearlo con todo su arsenal y que evadiera todos los ataques. Pero no llegó a hacerle ni un rasguño. Duró muy poco; Aerodactyl levantó la tierra y mandó a las rocas que golpearan al palomo. Esperaba a que Honchpato esquivara sus ataques, pero no fue así. Descendió tan rápido como se alzó.

    Devolvió a su paloma a su correspondiente bola y sacó a Google. La rana croó al salir, tranquilo. Aina insistía en que lo dejara, que no tenía nada que ganar, pero Gionna no estaba dispuesta a dejar que hiciera que le antojara con ella. Ordenó a que atacara a la ente prehistórica, y este se dirigió a por él, duplicándose. “Este resistirá más”, pensó la entrenadora.

    Google era muy arisco cuando se trata de batallar contra pokémon salvajes. Era pacífico, tranquilo, y no le gustaba luchar. Siempre se negaba a herir a una desprevenida criatura; a no ser que se muestre hostil y tenga que defenderse. Y ese era el momento para usar sus dotes de batalla.

    En cuanto Aerodactyl quiso usar un ataque aéreo para tumbar al toxicroak de un golpe, Google lo evadió usando doble equipo. Eso desconcertó al depredador de piel de roca, y, tratando de golpear a una de las copias se estrelló con vuelo torpe al suelo. Google saltó encima suyo y aprovechó su caída para inyectarle un poco de veneno con su puya nociva. A causa de su duro pellejo, es muy difícil que unas gotas de ponzoña circulen por la sangre del reptil volador.

    La rana pensó que sumando sus puñetazos con el brusco declive que se dio el pterodáctilo sería suficiente para incapacitarlo. Así pues, usó demolición, atestando puño tras otro en su dorso. En cuanto terminó, se impulsó hacia atrás y lo miró vigilante.

    Las contusiones, fruto de los golpes despiadados de Google, le provocaba un moderado dolor que le limitaba un poco; mas aupó vuelo de nuevo. Esta vez, el golpe sería certero. Google volvió a usar la misma táctica, pero Aerodactyl se abalanzó sin demora a por el anfibio, hiriéndolo más que su enemigo.

    —No fastidies que eso era un Golpe Aéreo...— Se llevó una decepción. Confió en que Google pudiera soportar más, pero se debilitó nada más recibir el choque. Aina se reía de su desdicha.
    —¡Oh, venga ya! ¿Por qué te empeñas en derrotar a Aerodactyl? Ríndete, estúpida ranger. No tienes nada que hacer.

    Estaba muy equivocada. Aún le quedaba una salida. Sacó a Lol, de la que ignoraba aún del bando que estaba su supuesta amiga. Miró que tenía por delante a Aerodactyl, y ver a Aina delante, maliciosamente divertida, le desconcertó.

    —De modo que esas tenemos...— Chasqueó los dedos y ordenó a Aerodactyl que atacara. Gionna, apurada por la pasividad de su Lombre ordenaba que expulsara agua de su boca para impedir que atacara.

    —¡Lol, usa hidrobomba, vamos!

    Reaccionó tarde. El golpe alado de Aerodactyl la debilitó. Lástima que se enterara tarde de que iba a por ella. Mientras regresaba a Lol a su pokéball, Aina se reía aún más fuerte.
    No podía ser. Había perdido. Se había quedado sola ante el peligro.

    Desde lo alto de una palmera, los ojos rojos de Kyumbreon observaban aquella batalla perdida.

    —Sabía que esta chica no era de fiar. Yo lo pude saber antes que vos, y en cuanto os comuniqué mis suspicacias, me ignorasteis. Ahora perecerás con tu ingenuidad, pues no te ayudaré. Adiós, Gionna. Que Lunetah se apiade de tu alma.

    Era lo mínimo que podía hacer. Después de todo, ella le salvó la vida. Pero descartando eso, había ofendido a su dios y a él, de paso. Tenía que dejar que ocurriera lo que tenga que ocurrir, aunque le suponga sufrimiento. ¡Cómo intentaba evitar las garras de ese dinosaurio! Estaba disfrutando de aquel espectáculo desde las alturas. Era digno para un ser superior como él.

    Hasta que una voz dócil e infantil se hizo sonar.

    —¿Por qué vas a dejarla morir después de que hiciera tanto por ti?— Se puso en guardia. Aquella voz parecía proceder de la nada. Ningún otro ser estaba cerca de él, a ojos suyos.
    —¿Quién sois? ¿Dónde estás? ¡Sal de tu escondite!
    —¡Muy bien!

    De repente, una figura blanca con coraza roja en el pecho apareció a sus espaldas. Carecía de alas; lo más parecido era dos extensiones casi planas en el lomo cubierto por una envoltura roja que ni siquiera aleteaban, desafiando completamente las leyes de la gravedad. Dado a la poca capacidad de mover la cara, no pudo expresar sorpresa. Tampoco pudo pronunciar palabra alguna, pues lo que se presentó era un mito personificado. Era aquel dragón que salvó a Gionna de una multitud sectaria sedienta de sangre. Aunque sorprendido, sonó sereno a oídos del dragón eón.

    —Así que vos sois la que salvó a mi señora renegada de los piratas azules.
    —¡Sí, eres muy perspicaz! Y también la que os salvó de aquel ataque de ese psíquico. Creo haber oído que te niegas a protegerla, ¿no es así?
    —¿Y acaso ese no es tu deber? No me necesita si estáis aquí, ¿sabes?
    —Sí, pero solo velo por ella cuando parezca que no hay salida alguna. Solo quería pedirte que...
    —¿Baje y la salve de su propio destino? Dijo que aquellos demonios no tenían que morir, pero los pecadores tienen que morir pronto. Cuestionarme también es pecado.
    —¡Pero menudo facha! ¿En serio crees que por no opinar igual que tú tiene que ser triturada por tu amado Lunetah? Sinceramente, ese papel es más de demonio que de ángel.
    —¿¡Pero cómo osas!?

    Se preparaba para dar un pulso umbrío. Levantó el pelaje que tenía en sus orejas hacia el aire. Pero ella no respondió con una postura defensiva.

    —Sí, vale, intenta agredirme. Pero te vas a caer de esa palmera nada más empezar, créeme.

    Se calmó de enseguida.

    —En fin. No intentaré convencerte, pero piensa una cosa; ella te salvó la vida, ¿no? ¡Y eso que esos humanos con trajes azules tenían pistolas y te apuntaban! Y encima te llevó de enseguida al Centro Pokémon para que te trataran. Y además soportó tus locuras por un buen tiempo, que ya es mucho decir.

    No tenía réplicas para eso. Era cierto.

    —Por favor, Kyumbreon. Ella ya tuvo suficientes penurias. No le castigues tú también.

    Tenía razón. No podía entender el sufrimiento que tuvo...
    No. De hecho casi pasaron por lo mismo de diferentes maneras. Ella nunca fue querida, y la apartaron de lo único que tenía. Al igual que él. Siendo un cachorro Eevee tenía el cariño de sus padres, hasta que unos cazadores lo capturaron y lo vendieron a un laboratorio fármaco-químico.

    Y ahí empezó lentamente a perderse. A llorar. A apenarse. A añorar. Gracias a los malos tratos y los químicos olvidó lo que era la alegría. Olvidó el júbilo. La compasión. La empatía. Y pronto, la tristeza se transformó en odio.

    Ya no sentía amor por nada. Solo quería borrar todo lo que veía.

    Y entonces ocurrió. Todo eso se personificó en una imagen mental que le otorgaría el poder para destruir. Su cuerpo se volvió negro como la oscuridad que ahora emponzoñaba su ser. Anillos luminosos se imprimieron en sus patas, así como en la cola y en la frente. Y el pelo que había adquirido se centró bajo sus largas orejas. Pudo sacar toda su cólera, llevándose consigo todas las vidas que trabajaban para el “bien” humano. Se manchó con las salpicaduras que sus pulsos umbríos provocaban.

    Y por aquel entonces, vagó por el mundo segando almas, tanto si era necesario como si no. Hasta que fue acorralado por la muchedumbre y probó el frío toque de las balas. Cayó en un sueño del cual podría no haber salido...

    Cuando despertó, ahí estaban. La Lotad y aquella joven que se plantó frente suyo con los brazos extendidos para protegerle.

    Quizá por aquel momento no supiera de lo que era capaz. Pero nada más comentarlo, no se retractó. En vez de eso le ofreció una causa algo más noble.

    Necesitaba protección. Y él no podía negarle, después de lo que hizo por él.
    .
    Y por una mera discusión iba a romper el trato... ¿quién era el impulsivo ahora?

    —Quizá erre al ir en su contra. Quizá Lunetah no quiera realmente su alma. Aún conservo... algo de gratitud.
    —¡¿Pues a qué esperas?! ¡Baja de ahí ahora mismo!— Ordenaba feliz el legendario psíquico.

    Kyumbreon no iba a reprochar. Tenía que bajar ahí y dar a aquellos monstruos su merecido. Pero no movió ni una sola pata. En vez de eso quedó como un mero espectador.

    —Esperad. Creo que no es necesaria mi intervención por ahora.

    —¡Se acabó! ¡Vas a venir conmigo! ¡Aerodactyl, agárrala!

    Sin quejas, el pterodáctilo preparaba sus patas para cogerla de sus hombros. Ella resignó la idea de evitar quedarse en un frío y oscuro lugar encerrado, y se quedaba inmóvil esperando a sentir la piel fría del dinosaurio. Pero inesperadamente, una ráfaga de pétalos azotó a Aerodactyl. Perpleja, Aina miró los alrededores, y avistó a Dressela, grácil y con confianza, dirigiendo el tornado floral.

    —¡Muy bien, Dressela, acaba con él!—exclamaba también seguro de si mismo su entrenador. Helio discrepaba del medio que utilizaba para dejar a Aina sin nadie que la defendiera.
    —Tío... ¿tú para qué tienes el capturador? ¿Para hacer bonito?—dijo para iniciar otra disputa, pero el arrebato de felicidad de Gionna previó otra lucha verbal.

    Tuvo una alegría al ver ese pokémon. ¿Quizá había venido a por ella?
    No... seguramente estaban de paso.

    —No podríais llegar en mejor momento. Ese Aerodactyl casi me agarra.
    —Ya lo veía, ya. Si es que tengo una vista...—decía altivo Soel. Demasiado orgullo hizo que los dos no se dieran cuenta de que Aerodactyl aún no estaba acabado y preparaba otro Golpe Aéreo.

    Después de que demostrara una vez más su carácter, Helio se percató de lo que iba a hacer.

    —¡Eh, tú, cuidado!—avisaba inútilmente su compañero. Cuando Soel quiso darse cuenta, Aerodactyl golpeó duramente a Dressela. El ataque la mandó por los aires y la tiró al suelo. Fue un golpe bajo, y afortunadamente para ella, las secuelas no eran muy severas.

    —Será cerdo el bicho este...
    —¡Cerdo tú, que has aparecido sin avisar!—Aina estaba mosqueada. Pensó que ya empezaría a llevar la rata a su caja, pero la inoportuna aparición de ambos personajes la alejaba de su objetivo. aparte de que Dressela mostraba una resistencia digna de mencionar.
    —¡Me ha atacado por la espalda! ¿Cómo quieres no sea un cerdo?—protestó Soel. Su Lilligant asentía con sus hojas posteriores posadas en la cintura.—, ¡Lilligant, usa somnífero! —y esparció de nuevo la nube de fino polen del sopor. Aerodactyl no supo evitar aspirar las partículas y se desplomó en un sueño profundo.

    Aina empezaba a odiarlo cada vez más. El muy osado había retrasado sus planes con su compañera de trabajo. Aunque, fuera de lo que haya hecho, le parecía muy guapo.

    —Eres más cerdo de lo que pensaba. ¿Qué haces tú aquí, guapetón?
    —Su trabajo, ¿qué va a hacer?—contestó Helio sin tener su permiso.
    —¿Quién eres tú para contestar mis preguntas?—contestó el entrenador. —, solo quiero una batalla, nada más. ¡Dressela, usa Danza Aleteo y cuando llegues al máximo usa Danza Pétalo!

    Todo y que en las órdenes de Soel no entraba usar drenadoras, antes de prepararse para el gran golpe, expulsó de su flor su semilla parasitaria. Las zarzas punzantes le quitaban la vida al reptil de pellejo pedregoso que, a pesar de que le estaban quitando poco a poco la sangre, seguía dormido cual lirón mientras cargaba su poder.

    En cuanto ya estaba preparada, volvió a danzar y lanzar los pétalos al monstruo volador durmiente, tres veces hasta cansarse, para asegurarse de que no pudiera atacar. Soel sonreía orgulloso de sus habilidades como entrenador. Pensaba que con golpes tan fuertemente atestados no lograría levantarse. No se equivocó. Aerodactyl despertó de su letargo dolorido, tanto que despertarse por completo se le hacía imposible.

    Pero Aina no aceptaba su derrota. Sacó su violín y tocó una estridente melodía que quemaba los oídos de Aerodactyl. Le hacía levantar, lo contrario que le decía su instinto. El esfuerzo físico involuntario, junto a las heridas, hacía que sufriera todavía más. Aina rozaba la línea divisoria entre cordura y locura.

    —¡Aún no he terminado, cerdo precioso! ¡Pienso hacer picadillo a tu flor!
    —¿En serio...?— Empezaba a pensar que Aina era tonta de remate, y una ilusa. —Ay, Dressela, usa somnífero otra vez.

    La bella dama florar trató otra vez dormir al obligado atacante, mas Aerodactyl no se permitió otra siesta. Creó una ráfaga de aire que disipó la nube verde, y se lanzó con golpe aéreo. Para Dressela fue un golpe crítico, aunque no devastador. Aina se reía con locamente mientras su pokémon rugía dolorido. Era tanto el dolor que a Aerodactyl hasta se le escapaba las lágrimas.

    Daba mucha lástima verlo atacar con todos los cortes y las zarzas pinchándole. Helio no podía aguantar más, pero él no podía hacer nada. Minun estaba débil con el anterior ataque, pero igualmente su capturador no podría liberarlo de las zarpas de Aina. Era un completo inútil en esos momentos. ¿Qué podía hacer, si no mirar?
    Salvo suplicar.

    —¡Gin! ¡Por favor, haz algo!

    Mas no sabía qué hacer.
    Estaba acongojada. Por primera vez en su vida veía un pokémon sufrir de verdad. Moverse despojado de su propia voluntad, y agonizando por ello...

    Todos sus pokémon estaban débiles, uno brillaba por su ausencia, y Plusle era una inexperta que solo sabía paralizar. Sacrificarlo no era una opción. Tampoco tramar un plan elaborado para destrozar ese controlador.

    —¡Gionna!

    ¿Era necesario dejar que un ser vivo muera solo por ser un esclavo? Pero si no podía usar a otros para salvarlo, ¿entonces qué tenía?

    —¡Venga, no te quedes parada! Eres la única que lo puedes capturar... ¿¡es que no lo vas a intentar!?

    Parecía que no tenía otra opción.
    Gionna sacó el capturador con determinación, encendiéndolo y apuntando al pterodáctilo.
    Iba a acabar con esto. No importaba cuál era el precio.

    Lanzó el disco en dirección a Aerodactyl. Con tan solo hacer un círculo, el dinosaurio volador dejó al Lilligant en paz, justo para romper la línea con sus fauces.
    La descarga la había aturdido un momento. Mas aguantó.
    Esta lucha iba a ser rápida.

    —Un momento. No estarás haciendo caso a ese pelmo.—le preguntó Soel.
    —Sí.—contestó Gionna.
    —¡Pero si está muy débil! ¡Déjame terminar con él!
    —Ah, sí, por eso también me meto. No quiero muertos, ¿vale?—dijo indiferente.
    —¿Qué? Pero tampoco iba a... solo dormirlo.
    —Mira; está malherido y va a seguir luchando justo porque hay un violín comiéndole el coco aunque esté sobando, así que... mejor me encargo yo, ¿sí?
    —Haz lo que quieras.—dijo entonces. Al fin podía seguir sin remordimientos.

    Volvió a proceder con la captura. Pudo hacer que el aerodactyl pusiera toda su atención en la línea de captura, solo para asegurarse de que Dressela no saliera herida. Intentó enlazarlo más con esa cuerda inalámbrica, tratando de evitar sus ataques. No obstante, era casi imposible evitarlos. Decidió guardar un momento el capturador para pensar qué hacer. Craso error. No tardó en abalanzarse contra ella para llevársela.

    Menos mal que no estaba completamente sola.

    —¡Plusle!

    No hacía falta decir más. El conejo se apresuró, y de un brinco se puso encima de Aerodactyl en pleno vuelo. Descargó toda la electricidad almacenada y, de la parálisis, el reptil cayó al suelo.
    Era el momento. Se apresuró en ponerse en una distancia aceptable para así poder capturarlo de enseguida. Y así fue.

    Después de retroceder unos pasos, acabó con la captura con unas cuantas vueltas. Nada más capturado, Plusle se bajó y miró a Aina con rencor. Quería vengarse por separarla de Selena en aquel mismo lugar.

    —Mi hermano me va a matar...—fue lo único que dijo, antes de que el conejo se lanzara con su pelaje completamente electrizado.
    —Plusle, no.—ordenó sin ganas la entrenadora.

    Pero era tarde. Aina había recibido un buen calambre por todo su cuerpo. Quedó aturdida por un momento, cubierta de barro.

    —Ra... ¡Rata asquerosa!—exclamó mientras trataba de levantarse. Iba a capturarle utilizando su violín; pero para su sorpresa, la electricidad había logrado estropear el supercapturador.

    Plusle quedaba abajo, gruñendo cual perro, aún rebosante de energía. El instinto, o, mejor dicho, el miedo hizo que corriera adentrándose en la selva suplicando clemencia.

    —¡Pero bueno, Plusle! ¡Vuelve aquí!—ordenaba sin resultado, mientras la perseguía corriendo, intentando alcanzarla. Ambos varones y Lilligant se quedaron pasmados viendo como los tres correcaminos desaparecían en la oscuridad.
    —Parece que mi trabajo ya ha terminado. ¡Al fin podré buscar chicos majos!—dijo Soel. Ya estaba cansado de tanto trabajo. En cuanto iba a retirarse, Helio le agarró del brazo, aún mosqueado.
    —¿A dónde te crees que vas, guaperas?
    —Oh... ¿no hemos acabado?—preguntaba con tono irónico. —, estoy en bañador, ni muerto sigo estando en la selva así.

    Helio no tenía ganas de discutir. Arrastró a Soel a las profundidades, igual que Gionna y la arpía de Aina.

    El sol aún estaba vigente; aclarando el cielo, pero el aire se iba enfriando a medida que se acercaba su destino. Emily se frotó los brazos con las manos para darse un poco de calor. Spyrox tampoco le sentaba bien el frío, como planta que era. En tierra firme, una mujer joven abrigada de pies a cabeza, de pelo lila y mirada igual de gélida que el clima aguardaba a la top ranger mientras contemplaba el cielo.

    Los dos starraptors pusieron sus pies en la escarcha, y en cuanto se liberaron del peso de sus pasajeras, volvieron a Almia. Ambas tiritaban de frío.
    —Te esperaba, Emily. Por favor, entra en la base.—su voz era suave y cálida; algo que contradecía con la dureza que transmitían sus ojos.

    En las mesas que habían distribuidas se asentaba un hombre moreno y robusto que lucía de grandes y fuertes músculos. Esperaba pacientemente a que su jefa entrara con la chica. Aunque la base de Hiberna tenía calefacción no bastó para que volviera a entrar en calor.

    —¿Tienes frío? Aguarda, te traeré una chaqueta y una manta para tu Grovyle.
    —Gr-gr-gr-gra-cias.—tartamudeaba por los temblores que le causaba la baja temperatura del exterior. Se sentó enfrente del hombre, que abrió los ojos y gruñó sin causa alguna. La mirada fija del ranger local le daba un poco de miedo.

    Al menos Elena no tardó en regresar con una fina chaqueta de lana y un pequeño manto hecho del mismo tejido. No tardaron en abrigarse. Elena se sentó junto a los dos rangers y Grovyle.

    —¿Quieres una taza de chocolate caliente?
    —No, gracias.
    —Mejor, así acabamos pronto. La Sierra Oscura es un lugar que no tiene perdón, más en esta época. Tendrás que prepararte bien. Chris te dará ropa adecuada y un equipo de escalada, por si lo requieres.

    Tras decir aquellas palabras, el hombre musculoso, sin decir nada, se levantó y fue a por las cosas que necesitaba.

    —¿Te puedo pedir un favor, Emily?
    —Claro... ¿qué es lo que quieres?
    —Que regreses sana y salva con sus planes. Me preocupa lo que tienen esta gentuza en mente.
    —¿Por?
    —Verás... Antes de que la unión tuviera constancia del equipo Go-Rock, los lugareños ya avistaron a algunos integrantes del grupo. Uno estaba pateando a un seedot, otros dos se metieron con un ranger novato... Yo ya sabía de qué iba esa gente. Pero algo me dice que lo suyo es más que odio hacia los rangers. Por favor... Sácame de esa incertidumbre, Emily.
    —Puede contar con ello.— Decía confiada. Chris volvía con las pesadas ropas de abrigo y la mochila con todo lo necesario para sobrevivir y trepar por las montañas.
    —Gracias... Ahora ponte la ropa y ve en paz.

    Tras darle las ropas, fue al vestuario que había en la base, cambió de atuendo y abandonó el calor que le daba la calefacción de las instalaciones. Partió en busca de la base del enemigo y del modo de entrar desapercibida en su base.
     
  11.  
    Poisonbird

    Poisonbird Entusiasta

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    Ranger por pura casualidad
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    Aventura
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    Capitulo 18

    Elena tenía razón. La sierra no tenía perdón alguno. Pese a llevar ropa de abrigo tenía frío; incluso más que en el pueblo. Spyrox hasta se llevó la manta de Elena para mojarlo con la nieve. Esperaba entrar pronto en la base de marras y hacerles cantar sin que se dieran cuenta. Mientras sus pies crujían en el agua congelada, pensaba en cómo iría a encontrar un uniforme del equipo Go-Rock. ¿Localizaría a uno de sus superiores y demandaría un falso ingreso a la banda? ¿Cómo, siendo lo más odiado por todo el colectivo? No les cuadraría nada. Solo había una opción restante, y esa era recurrir a la fuerza. O al menos, aparentar que va a lesionar.

    Estaba de suerte. Nada más estar de camino hacia los picos se encontró a un recluta dando puntapiés a un plácido Snorlax en plena hibernación. Andaba solo, sin ningún pokémon al lado. Claro, la mayoría de los pokémon que habitaban por Hiberna estaban en sus cuevas, nidos o madrigueras, durmiendo o resguardándose del frío. Estaba muy enfadado. Le cortaba el paso.
    —¡Despierta, despierta! Maldito saco de grasa, ¿¡Por qué no te despiertas!?

    Ya le daba una idea qué tipo de gente constituía el grupo. Le susurró al oído de Spyrox lo que tenía que hacer, y de enseguida se puso a la labor, dejando la manta a la nieve. Con una sonrisa traviesa, toqueteó con una de sus garras la espalda del recluta.

    Se giró y, el Grovyle, como si se tratara de un degollador en serie, se lanzó a por su víctima y acercó las hojas de su brazo izquierdo, afiladas y duras, hacia su cuello. Brillaban como si fueran unas cuchillas verdes. El recluta se desmayó, y se unió a Snorlax en su sueño. Spyrox bajó su brazo y se enrojeció. Pensó que quizá fuera demasiada emoción para el pobre hombre. Aunque ya le valía.

    Ahora tocaba la parte más difícil; quitarle la ropa. Le dejó con la mayor parte del cuerpo descubierto al gélido aire. Lo único que le dejó fueron los calzones. Spyrox se reía de él con locura. Incluso se le escapaban las lágrimas de la risa. Ya con la ropa entre brazos, la guardó en la mochila con el equipo de escalada y ambas se subieron a la masa durmiente para pasar al otro lado.


    La persecución seguía su curso. Aina corría desesperada por perder a Plusle de vista, pero pese a sus esfuerzos, no veía que se distanciaba de ella. Por lo menos la menor mantenía un ritmo constante. Gionna, quién seguía al colérico conejo, le costaba horrores acercarse. Le dolían los costados, los pies y le faltaba el aire. Tenía que reducir su velocidad cada dos por tres para recuperar el aliento. Al menos a Aina le impulsaba la adrenalina, aunque se le presentaran varios obstáculos; pokémon salvajes, caminos sin salida que tengan que treparse, rocas, telarañas, arbustos...

    Gionna quería desistir, pero no podía. Pronto, Helio, con Soel forzado también a correr, le dieron alcance.

    —Em... ¿Estás bien? Pareces muy cansada.—resaltó Helio su lentitud.
    —Sí, sí… estoy bien…—contestó exhausta y maldiciéndose por su poco aguante en sus pensamientos. Al toparse con la elevación, ya estaba al borde de su paciencia y no le importó ensuciarse el uniforme
    para reposar.

    —Pelozuli, ve a tú a por Plusle. Yo... ya estoy muerta.—ordenaba mientras jadeaba.
    —Oye, tampoco exageres… si solo fue una carrera de nada.

    Pero su cansancio era real. Tampoco iría a pedir que se sobre-esforzara. Lo estaba haciendo bastante bien para ser una entrenadora que no quería llevar puesto el uniforme.

    —Vale. Pero vigila que este gallito no vuelva a la playa.
    —Descuida…

    Y, dada la palabra, Helio trepó con mucha más energía que Aina, mientras que Gionna miraba vigilante a Soel. Lilligant ansiaba de regresar a la playa, igual que su amo. Claro que, si la persecución iba a durar, se tendrá que finalizar el día sin acabar de confirmar nada, y quería acabar lo antes posible para que le concedieran la libertad de una vez por todas. Tenía que mandar a alguien a que acabara la tarea.

    —Oye, hazme un favor y mira si hay algo sospechoso por el resto de la selva.

    Eso le supuso la libertad para Soel.

    —Ahora mismo, señorita.— Decía con tono sarcástico. ”Oh no, no lo harás.”, fue el primer pensamiento que irrumpió en su cabeza al ver su socarrona sonrisa. A veces no sabía cuando alguien hablaba con ironía, pero en este caso se le hacía muy obvio. Pero le daba igual. No era como si fuera a necesitarle después o algo así.

    Pasado poco tiempo, mientras el aire refrescaba su cuerpo, sonó el capturador que aún lo tenía sujeto. Miró la pantalla para ver lo que le pasaba al aparato. No le pasaba nada. Solo que Helio la estaba llamando. Abrió conversación con un botón y activó el altavoz, para no tener que acercarse el aparato en la oreja.

    —¿Qué quieres?— Preguntó sin entusiasmo alguno.
    —¡Sube, ya! ¡Tienes que ver esto!
    —¿Cómocomocomo? ¿Qué suba a dónde?
    —¡Tú simplemente sube arriba del todo! Te espero en la entrada en la reliquia.
    —¿Pero qué reliquia? ¿Qué dices? ¿Hola? ¿Holaaaa?

    La línea se cortó. Estaba confundida. No le había indicado ningún camino; solo que fuera para arriba, y no sabía donde diantres estaba la “reliquia” que él decía. ¿Estaría nada más disponerse a subir la pared natural?

    Bueno. Ya empezaba a aburrirse estando todo el tiempo sentada.

    Se dispuso a finalizar el reposo y trepar.

    Observó por un momento y guardó el capturador para tener ambas manos libres. Se agarró por las zarzas con las que podía sujetarse y fue poco a poco apoyando los pies en los huecos que había mientras temblaba como una hoja. Justo cuando parecía que se iba a acabar el escalar, la tierra enmudecida por las lluvias de los días anteriores le resbaló en las manos y provocó que perdiera agarre y cayera. Gritó asustada mientras iba bajando hasta el punto de partida. Quizá se le rompiera la espalda, el cuello… o peor; podría quedarse paralítica de por vida.

    Pero no recibió el impacto. Ni siquiera estaba en el suelo.

    Se quedó flotando en el aire, completamente quieta, como si el tiempo se hubiera detenido para su propia conveniencia. Suponiendo que Kyumbreon le abandonó por llevarle la contraria, no pudo haber nadie que la haya detenido en el aire. Mas una voz ajena a la suya resonó desde su cabeza hasta los tímpanos. Una voz muy familiar.

    —Cuán siento dejarla sola con esos viles reptiles. No volveré a defender fanáticamente la gracia de Lunetah.

    Gionna giró su mirada detrás suyo al escuchar su voz. Estaba ahí, con los ojos brillantes, anulando la gravedad sobre ella con su Psíquico. Antes de que pudiera preguntar nada, Kyumbreon volvió a hablar.

    —¿Pretendíais subir? Mis disculpas.—después, le ahorró otro intento de llegar arriba del todo, asentándola al borde de la subida escarpada.
    —¿No dijiste que hoy me dejabas de lado?—preguntó extrañada al ver que había acudido en su ayuda.
    —Cierta ente que no me creía que existía me ha convencido.
    —¿Cierta ente que...? ¡Ah! Creo que ya sé a quién te refieres.

    Comprendió sus palabras. Eran tan claras como el agua. Pero no acababa de creer que Latias hubiera tenido una charla con él. A oídos suyos, le era una excusa, o una burla.

    —Espera... ¿No lo dirás porque sentiste remordimientos y no quieres admitirlo?
    —¿Acaso te mentí alguna vez?—redirigió la pregunta.
    —Bueno. Dejemos este tema de lado, ¿quieres? Creo haber visto más lianas por ahí.
    —En ese caso tendréis que guardarme otra vez. No creo poder trepar con esas patas.
    —Conforme.

    Así pues, Gionna volvió a meter a Kyumbreon en su pokéball, contenta por tener a su compañero de vuelta. No sabía qué había ocurrido exactamente, pero aún así se alegraba. Siguió adelante tranquilamente, y, tal como ella dijo, no tardó en toparse con otra gran pared con lianas y zarzas colgantes. Además, un par de gligar planeaban cerca de ese obstáculo, vigilantes. Mala cosa.
    Pensaba en sacar a su gato; pero por la altura pensó que quizá sería demasiado para él. Después de todo, él era un Umbreon, no un espeon.

    Pese al susto anterior y su inseguridad, volvió a subirse para llegar al punto más alto de la peña selvática. Nada más subirse un poco, uno de los recelosos escorpiones voladores trató de expulsarla de su territorio, embistiéndola. Se apuró en subir más, evadiendo el ataque de los Gligar. Por poco este se estrellaba contra el suelo. El otro no le tomó tanta importancia y la dejó subir en paz.

    Tardó lo suyo, pero logró llegar al final. En cuanto podía estar segura de que no podía caerse, miró abajo. No podía creerse que hubiera llegado tan alto sin recurrir a ninguno de sus Pokémon. Acababa de demostrarse que podía subir laderas si se lo proponía.

    Pero no había tiempo para ponerse laureles en la cabeza. Tenía que encontrar la mencionada reliquia y reunirse con Helio. No tardó en saber que estaba a sus espaldas.

    La luz entraba en toda su totalidad; las palmeras que mantenían en la penumbra con sus anchas hojas lucían con su ausencia. Solo había algo de vegetación por el fondo y una gran construcción antigua enfrente suyo. En la cumbre del bloque ancestral, Helio hizo señas con la mano y llamó su atención con la voz. Al menos solo tenía que utilizar sus desgastados pies para llegar.

    —Ya era hora.—dijo con tono neutro, nada más verla de cerca. Plusle estaba al lado suyo, aún ansiosa de descargar energías sobre Aina, y Minun, que reposaba en su hombro. Aún estaba débil, pero se encontraba mejor.
    —Lo siento, chico, no tengo tu agilidad. ¿Qué quieres que mire?

    La expresión seria de Helio cambió a una de alegría y entusiasmo. Intentó reprimir su emoción, pero no pudo.

    —Pues... verás... ¡tú sígueme!—se adentró sin demora al agujero de la reliquia.

    Dentro había lo que parecía un complejo mecánico partido en dos, que daba paso a unas escaleras que bajaban hasta el subsuelo. Helio bajó sin temer a caerse por la falta de luz. Gionna no se atrevió a seguirle. De enseguida, Helio se percató de su ausencia.

    —¡Vamos! ¡No te quedes ahí parada, mujer!—dijo descaradamente.
    —¿Acaso quieres que me mate? Ni loca voy a bajar sin iluminación.—la carencia que tenía ese lugar le recordó que volvía a tener a Kyumbreon de lado. Lo sacó de su madriguera artificial, y este agitó su cabeza, ondeando el pelo que tenía debajo de sus orejas.

    —¿Me requiere para algo, mi señora?— Preguntaba con cortesía el felino.
    —Pues sí. ¿Podrías iluminar el camino con tus marcas? Es que, con tanta oscuridad no creo que logre bajar ilesa.

    Kyumbreon se sintió ofendido. Pensó que tenía que hacer algo más, como matar a todo que se cruzara en medio. No, solo tenía que caminar, nada más. Refunfuñó para sus adentros y encendió las marcas de su piel. En serio Gionna. ¿Tantas disculpas para esto?

    Solucionado el problema de la poca visibilidad, los dos bajaron hasta encontrarse con un espacio subterráneo con baldosas de piedra colocados sobre el suelo. Y eso no es todo; el bloque estaba construido en un manantial natural, al parecer. Había aguas a montón. Para Gionna también era sorprendente, sin duda. Más teniendo en cuenta que para la gente de antaño debería de ser un esfuerzo monumental hacer hueco en la tierra para alzar este... ¿templo? Posiblemente sería eso.

    ¿Pero, a qué ente le rendirían culto? De todas maneras, el esfuerzo que había empeñado para reunirse con Helio había valido la pena. Este lugar no figuraba en el panfleto turístico que se cogió en la agencia de viajes. Acababa de pisar un lugar que parecía ser desconocido para la gran mayoría de la gente.

    —Dios, ¿¡quién iba a imaginarse que hubiera algo así debajo de la jungla!? ¡Es asombroso! ¿No te parece?
    —¿Eh?—estaba distraída, especulando como había sido creado y preguntándose si el agua era salubre. Helio se enfadó por su aparente falta de emoción.
    —¿¡Cómo puedes estar así estando en un lugar por donde seguramente nadie ha pisado en siglos!? ¡Que poca vergüenza tienes! —intentó decirle que estaba imaginando como se lo hacían, que no estaba por él, pero Helio no dejó pronunciar palabra.
    —No, no me lo digas, te he molestado, ¿no? ¡Pues perdona que quiera enseñarte esto, pensaba que te ilusionarías! Pero no, veo que solo te gusta holgazanear como el cazurro de Soel.
    —Que boca mas grande y que oídos más pequeños. No la dejas hablar.—defendió Kyumbreon a su entrenadora.
    —Es que es cierto.
    —No.—negó ella.—, estaba pensando cómo podrían haber construido este lugar.

    Helio al fin se quedó mudo. Se tragó sus propias palabras. Sus propios actos de arrogancia le hicieron sentir mal con él mismo. La emoción le había hecho mostrar lo peor de su persona.

    Helio carraspeó.

    —Lo siento. No pensaba que… es que… Soel me pone tanto de los nervios que…
    —Ya, ya, sí, ¿te parece si miramos más a fondo este lugar? Tengo curiosidad.
    —¡Pero eso es precisamente lo que quería proponerte desde un principio!—exclamó Helio.
    —Pues vamos, ¿no?

    Y ambos se pusieron manos a la obra. Se adentraron más en el lugar, y vieron que habían varios cuartos por donde entrar. Pero sobre todo, se fijaron en una estatua. Un barbudo felino con una especie de nube en el lomo rugía inmóvil, sellado en piedra. Como no, Helio se quedó pasmado con esa estatua, y a Gionna le hizo pensar aún más. El lugar no era idóneo para hacer un lugar de culto a esta mitológica criatura. Al no ser que el agua haya surgido después; cosa que dudaba.

    Mientras hacían sus teorías sobre la estatua, detrás de ella se ocultaba la arpía del violín. Iba escuchando a sus dos peores enemigo a ver si soltaban algo importante o personal, pero al ver que solo eran teorías que discutían sobre la gente del pasado se le pasaba miles de veces el mismo adjetivo. Empollones todos. Si no fuera por Plusle, no tendría que esconderse y soportar esa verborrea hipotética.

    En cuanto se dispusieron a ver las otras cámaras que habían, Aina salió de su escondite. Andaban tan contentos los dos... Eso le daba envidia. Hacía tiempo que ella no socializaba con nadie ajeno a su familia y el equipo Go-Rock. Y todo por culpa de la Unión y… esa friki…

    Ya estaba. Debía tramar un plan de venganza con sus hermanos; aunque fuera a distancia. Pero por desgracia, al estar bajo tierra, no le llegaba nada de cobertura. Por una vez en su vida tenía que quitarse los tacones y tocar la grava con la planta de los pies… y procurar no dar voz a la grima que sentía mientras se escabullía de cuclillas cerca de esos dos.

    A la mínima que llegó a la salida, se dispuso a subir a la superficie y marcar el número de su hermano mayor.

    —¿Diga melón?—preguntó tranquilo mientras paraba de tocar acordes con su guitarra.
    —David, soy Aina.
    —¡Anda, hermanita! ¿Qué te pica, tronca?
    —¿Que qué me pica? ¡La moral, tío! He fracasado en mi intento de llevarme a la fea esa y encima se está ligando al otro tontaina.
    —Anda, tú... y quieres que vengamos todos y les demos una paliza juntos, ¿no?
    —¡Síiii! ¡Que bien me conoces, hermanucho!—dijo ansiando su llegada. —, estoy en un edificio feo de la selva, si queréis echarme una mano y tal.
    —¿En un edificio feo...?—preguntó intrigado. Y tan pronto que se preguntó lo que podría ser, supo a qué se refería.

    A raíz de ese recordatorio, le surgió una vil y exquisita idea. Algo que, no solo causaría caos; si no que podría también arruinar la reputación de ellos… y con suerte la de la Unión.

    —Jo, jo, jo, jo, jo... Creo que ya sé como jugársela a ese par de tortolitos.
     
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