Exterior Patio norte

Tema en 'Planta baja' iniciado por Yugen, 9 Abril 2020.

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    Zireael

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    —Me alegra que les gustaran, de verdad —respondí para ambos con una sonrisa—. Me preocupaba un poco porque no es como que tuviera mucha experiencia haciendo chocolates, por suerte mi hermano me ayudó un poco.

    La ayuda de Richard había sido más de soporte emocional que otra cosa, pero lo agradecía de todas formas porque había calmado la ansiedad que sentía mientras preparaba todo, a sabiendas de que no tenía la fuerza para pisar la escuela y entregar todo yo misma. Lo que quería decir, era que a pesar de que la preparación y entrega fueron algo accidentadas, de verdad me hacía sentir bien saber que les habían gustado y que había sido ese algo dulce que a veces se le antoja a uno luego de la comida. De hecho, ese antojo a veces hasta parecía lo único bueno del día.

    El asunto del apellido de la chica pasó un poco como si nada, ya que ella no le dio importancia real o al menos no se la dio de forma evidente, con la broma esa de si parecía hija de un magnate. La respuesta de Yuta ni siquiera la ofendió, simplemente le arrancó una risa y la hizo cortar el rollo de espalda erguida y cabello ondeando al viento o la cosa que fuera. En defensa del chico, la verdad era que no lo parecía ni un poco.

    —¡Pues claro que presté atención! —afirmó de lo más orgullosa, aunque acabó soltando una risa y luego miró a Kaia—. Bueno, idealmente a las cosas hay que llamarlas por el nombre real que poseen, pero todos sabemos que eso no siempre pasa.

    Luego Yuta dijo lo de que supuestamente el Hattori shinobi que decía Ilana era antepasado suyo. Al final esas cosas eran un poco enrevesadas y complejas, estaban los que sí eran descendientes y luego los del montón que, bueno, a veces parecía que se generaban del aire. No lo dije, pero quizás eso pasaba con la chica Rockefeller. Por otro lado, ¿cómo terminaba yo entre potenciales descendientes de gente importante? Dios mío...

    Igual la pregunta que vino después distrajo a Ilana de la cuestión de los shinobi, haciéndola regresar la vista a las flores que ya estaban hechas y habían dejado sobre el césped. Por un lado me hizo gracia, por el otro supuse que podía ser sincera con el tema, no era nada complejo.

    —Me di cuenta hace algunos días que hacer origami me ayuda a tranquilizarme cuando estoy nerviosa —confesé sin más, girando el papel para formar una nueva flor, esta era morada—. Aunque empecé por otro motivo, ¿no lo sabes todavía?

    Ilana paró la oreja, curiosa, y yo miré a Yuta entregándole la flor morada fuese a tomarla o no.

    —Planeo atestar el dojo de flores de papel.


    me vine a releer para contestar y me encontré el spoiler JAJAJAJA me estallé ausilio Kaia con los bombones en medio del mambo familiar Hattori
     
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    Gigi Blanche

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    La nueva mención de su hermano me ensanchó la sonrisa y asentí, pues lo recordaba de nuestro anterior almuerzo compartido en este mismo lugar. Yuta se dio cuenta y me miró como diciendo "¿y tú de dónde lo ubicas?", a lo que yo lo miré como diciendo "¿y a ti qué te importa?". Cierto era que ese día me había comprometido en contarle la idea de las flores y al final lo dejé estar, pero seguían siendo dos cosas diferentes. Si él se desaparecía por ahí día sí y día también, ¿no podía yo hacer amigas por mi cuenta? Además, la cara que había puesto fue divertida. Guardarle secretos era divertido, siempre se ofendía.

    Me alivió ver que Rockefeller no parecía tomarse personal las respuestas de Yuta y recibí sus palabras con una pequeña sonrisa. La manera en que formuló la idea me arrojó al primer incidente del receso y obviamente yo no iría a abrir la boca, pero...

    —En efecto —afirmó Yuta, asintiendo muy convencido—. Me alegra que lo reconozcas, rubia del instrumento extraño.

    En fin, en tanto nadie se enfadara... Regresamos a las flores, Laila le entregó la tercera a Yuta y él, gracias al Cielo, la aceptó sin complicaciones. A decir verdad, la aceptó casi en piloto automático, pues su atención acabó pillada por las palabras de la muchacha. Sentí que me atrapaban con las manos en la masa.

    —¿Saber qué? —cuestionó él, arrugando el ceño, y me lanzó un vistazo. La resolución de Laila le alzó las cejas—. ¿El dojo?

    Sí, definitivamente no tenía escapatoria. Me puse a girar la flor sobre mi regazo de nuevo.

    —El origami es muy bonito y entretenido —comenté hacia Meyer—, ¿has hecho otras figuras?

    —¿Por qué llenarían el dojo de flores de papel? —insistió mi primo, confundido—. ¿Habrá una fiesta y no me enteré?
     
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    El intercambio de miradas de los Hattori fue un poco simpático, pero no dije nada y la conversación grupal siguió fluyendo sin problema, en esencia porque Ilana no se ofendía por lo que sea que dijera Yuta. Vete a saber si era tolerante, genuinamente indiferente o sólo ocurrente, que también era una posibilidad. Suponía que tampoco importaba en tanto le sirviera.

    Eso sí, al ser llamada de nuevo "rubia del instrumento extraño" se desinfló los pulmones, como resignada a su destino. Después lo miró, con el ceño un poco fruncido, y se sonrió.

    —Ni modo. Así es el mundo, potencial descendiente de ninjas.

    Quise reírme, pero logré no hacerlo y me distraje dándole la flor morada a Yuta, él la aceptó aunque quizás fue más algo que hizo sin conferirle pensamiento. Parecía más ocupado en lo que dije yo, el pobre. Su cuestionamiento me estiró una sonrisa y lo dejé estar, atendiendo a la pregunta de Kaia.

    —Otra clase de flores, mariposas y grullas —contesté y arranqué una nueva hoja, esta era blanca con puntos amarillos.

    Empecé a doblarla de otra manera, Yuta insistió sobre las flores y su confusión, ahora sí, me hizo reír. Me concentré en seguir doblando el papel, cuando tuve entre mis manos una pequeña mariposa, se la di a Kaia y ahora sí atendí a su primo.

    —¿Y por qué no? ¿Tiene que haber una fiesta para que ponga flores de papel en algún lado? —cuestioné, entretenida, y lo que dije después le sacó una risa nasal a Ilana—. Quería ver tu cara cuando llegaras al dojo y notaras las guirnaldas de flores afuera.

    —Hay que admitir que tiene un punto —interrumpió la rubia, aunque había vuelto a tomar el instrumento entre sus manos y se había puesto a retomar la canción de antes.

    Lo que yo dije era una verdad a medias, la decoración quería que fuese para todos y medio que sí quería que fuese parte de, digamos, la inauguración de los clubes. La cosa es que ahora mismo sólo me divertía la potencial reacción del chico.

    —Ah, tengo que pasarte los tutoriales —dije regresando la mirada Kaia.
    mariposa para Kaia my beloved
     
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    No estaba seguro si Rockefeller había formulado su respuesta de aquella manera tan extraña como una pulla encubierta, pero yo de todas formas aproveché y me colgué de ella. Su reacción me arrojó a la posibilidad de que no fuera el caso y el rebate me hizo encogerme de hombros, satisfecho con el apodo. Sonaba bien, ¿a que sí? Y era bastante acertado.

    El "¿no te enteraste?" de Meyer sonó a que Kaia se había olvidado de algo y la miré automáticamente, pero ella se hizo la tonta y le sacó conversación a la chica. Mi ceño permaneció fruncido y bajé la vista a la flor que sostenía, intentando imaginar el dojo decorado. Quizá fue exagerado de mi parte visualizarlo absolutamente atestado de flores como pelotero infantil, pero si nadie me respondía ¿qué se suponía que hiciera? ¿Ser razonable? Jamás.

    —¡Mariposas! —exclamó Kaia, encantada con la idea—. Suena adorable.

    Meyer se empeñó en seguir doblando su papelito, soltó una risa ante mi insistencia y yo dejé pasar sólo unos segundos de silencio.

    —¿Hola? —demandé, inclinándome hacia su espacio—. ¿Me convertí en fantasma o algo?

    Kaia recibió la mariposa con una sonrisa de oreja a oreja, como si le estuvieran obsequiando una pila de lingotes de oro. No pude renegar plenamente del escenario pues cualquier cosa que la alegrara a mí me hacía feliz, pero tenía problemas más acuciantes entre manos. Cuando Meyer por fin se dignó a responderme, escuché la risa de Rockefeller y de repente sentí que estas niñas de aquí se andaban burlando de mí.

    —Entonces, si te pido, ¿vas y pones guirnaldas en mi casa? —repliqué, sin mitigar la confusión.

    —Lo habíamos pensado como una inauguración de los clubes —aclaró Kaia, y regresó los ojos a Laila—. Está preciosa, Meyer-san, muchas gracias.

    Relajé el ceño. Bueno, gracias, eso tenía más sentido, ¿tan difícil era decirlo? Suponía que no podía esperar nada diferente si los clubes eran administrados por puras mujeres. Kaia asintió respecto a los tutoriales y entonces su atención flotó hacia Rockefeller, quien había regresado a su instrumento extraño. Viéndolo de cerca, noté que poseía teclas metálicas largas y delgadas que ella iba enganchando con los dedos. La vibración producía las notas.

    —Uhm, Rockefeller-san —la llamó, con algo más de formalidad que la que utilizaba con Meyer, y para el apellido empleó la pronunciación estadounidense, no la japonesa—. ¿Cómo se llama ese instrumento? No creo haberlo visto antes.

    Había reunido la mariposa y la flor en su regazo, sobre la tela de la falda, y parecía custodiar ambas entre sus manos. Yo regresé la espalda al tronco y flexioné una rodilla, descansando allí el brazo; mis dedos colgaban y jugueteaban con la flor morada.
     
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    El ir y venir de Ilana y Yuta continuó sin tropiezos, él se encogió de hombros ante el apodo y ella, como si hubiese balanceado lo del "rubia del instrumento extraño", se dio por satisfecha. Yo, por otro lado, había dicho lo de atestar el dojo con toda la intención de que se lo imaginara lleno hasta arriba de figuras de papel, ¿por qué? Porque me hacía gracia, vaya, aunque era obvio que jamás me alcanzaría el papel ni las manos para semejante tontería.

    La exclamación de Kaia me hizo sonreír mientras seguía con los dobleces, Yuta siguió insistiendo y lo percibí inclinarse. Mi sonrisa se estiró, le di la mariposa a la chica que la recibió como si fuese el premio gordo de la lotería y sólo entonces le respondí a su primo. A ver, puede que un poco sí nos estuviéramos riendo de él, pero a mí me parecía bastante inofensivo hacerlo, pues el asunto eran unas inocentes flores de papel.

    Su confusión no mermó, Kaia fue quien contestó y me agradeció por la mariposa, ante lo que negué con la cabeza para restarle importancia pues no era nada. Ya habíamos superado el desconcierto inicial y se había aclarado la intención de las guirnaldas, pero a mí una tontería se me había quedado dando vueltas en la mente, así que miré a Yuta un momento.

    —Si me pagas para que vaya y ponga guirnaldas en tu casa, supongo que también puedo hacer eso.

    —¿Acabas de empezar tu negocio de guirnaldas de flores con Mr. Potencial Descendiente de Ninjas? —preguntó la rubia.

    Me reí por lo simpático de la noción aunque como tal no respondí, igual lo de las guirnaldas era sólo una parte de, la idea era hacer algo más, pero seguía sin ideas. La verdad era que sentía la mente pastosa, ya mucho hacía cuando lograba sentarme a hacer los deberes. No era mi mejor versión, pero no era que pudiese sólo eliminarla y empezar con una nueva Laila, reseteada de fábrica.

    Ilana reaccionó a la pronunciación de su apellido, a la fluidez, y levantó la cabeza para mirar a la muchacha, deteniendo su melodía que ya era más fluida que al principio. Apenas recibió la pregunta, extendió la cajita de madera en su dirección, instándola a tomarla. Era relativamente pequeña, teñida de azul, y las teclas de metal estaban sostenidas por otras piezas, variaban en largo y era su pulsar lo que generaba el sonido.

    —Puedes probarlo, si quieres. Es una kalimba —comenzó a explicar—. Creo recordar que su origen es africano, de otro instrumento de construcción similar, pero mayor tamaño. Se occidentalizó en versiones más pequeñas, qué sé yo, veinte centímetros, o menos, como esta.
     
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    Fue gracioso ver a Yuta tan confundido y también notar que Laila parecía aprovecharse de ello para dilatar sus respuestas. ¿Lo... estaba provocando? No diría que era una idea prudente con lo impredecible que a veces se tornaban sus reacciones, pero, en tanto nadie se enfadara, sí resultaba entretenido. Y Yuta, al menos de momento, me daba la sensación de estar con buen ánimo.

    La mariposa era muy bonita, sencilla pero tierna. Además, como había ocurrido con los bombones la semana pasada, eran los primeros obsequios que recibía de cualquier amiga aquí, en Japón. Alcé la mirada hacia Laila y Yuta cuando ella le contestó y lo vi a él esbozar una sonrisa torcida. No quise ni intentar adivinar sus pensamientos, la verdad.

    —Con el dojo convertido en jardín de infantes me basta —respondió, en el tono usual.

    Deslicé la vista a Laila, algo preocupada de que Yuta fuera a ofenderla. Luego, junté coraje por fin y le pregunté a Ilana sobre su pequeño instrumento. Intercambié la mirada entre el objeto y ella antes de finalmente aceptarlo con movimientos cuidadosos y un "permiso" murmurado en voz baja. Lo acerqué a mí y sonreí, detallándolo. Kalimba, se llamaba.

    —Es como hacer música de bolsillo —comenté, pulsando algunas teclas al azar.

    Pensé en la armónica de Yuta, pero no sabía si le haría gracia que lo mencione y preferí morderme la lengua. Me gustaba el concepto de los instrumentos diseñados para hacer música adonde sea que uno fuera, como extensiones del espíritu o como una actividad cotidiana, relajada. La música, en mi familia, siempre había existido atravesada por lecciones estrictas y presentaciones exigentes.

    —La melodía que estabas practicando, ¿tiene nombre? —pregunté, regresándole la kalimba, y mi sonrisa se ensanchó—. ¿Podría oírla?

    Yuta se acomodó mejor contra el tronco, prácticamente derritiéndose y cruzando los brazos, con los ojos cerrados.
     
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    creo recordar que la usé en la interacción de Sasha y Maze del campamento, pero la dejo iwal
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    Quizás me acerqué sin más cuando el chico me llamó porque estaban las dos muchachas y porque la chica de las flores de papel me había dado curiosidad, pero quién sabe, también era cierto que hablaba con cualquier persona. El caso era que no había tardado en sumarme a la pequeña reunión en la que, había que ser honesta, Yuta contrastaba de forma casi divertida.

    En el ir y venir de la conversación y la confusión suya, me di cuenta de que aunque bastante más sutil, Meyer de alguna forma también lo picaba. Era una diversión bastante inofensiva y me sumé a ella porque sí, la contestación del muchacho no me pareció en sí ofensiva, si acaso algo simpática y esta vez Laila guardó silencio. Su sonrisa no se desvió en ninguna dirección y llegué a preguntarme si de alguna manera, quizás, se habría sentido incómoda con la comparación.

    Kaia aceptó la kalimba y lo de la música de bolsillo me sacó una risa, pues aunque parecía una obviedad no se me ocurrió. Sin duda era más conveniente que cargar la guitarra al hombro. Igual ambas nociones se me antojaban libres a su manera, pero esa simplemente mi noción de la música y quizás por eso nunca se me ocurriera formar una carrera formal en eso. A mí me gustaba escaparme para ir a cantar con las chicas, no sentarme a aprender en un salón.

    Noté a Laila arrimarse a su amiga para husmear el instrumento y cuando Kaia preguntó por la canción de antes, regresándome la kalimba, se la ofrecí a ella. La tomó con algo de ansiedad, me di cuenta, pero pulsó algunas de las teclas al azar y sus facciones se suavizaron. Por alguna razón pensé en lo que había dicho, lo de que el origami la tranquilizaba, y asumí que quizás era nerviosa por defecto.

    —Es una canción de cuna. You are my sunshine —respondí y Meyer me devolvió la kalimba, ya que Kaia había pedido oírla—. Siempre me gustó mucho.

    Me tomé unos segundos para recordar el orden de las teclas, pero reinicié la melodía de forma más fluida, acostumbrándome ya a ella. No me di cuenta hasta unos segundos más tarde, pero acompañé el sonido del instrumento con un tarareo suave y al caer en ello, tomé aire y canté algunas líneas.

    You are my sunshine, my only sunshine. You make me happy when skies are gray, you'll never know, dear, how much I love you —empecé—. Please, don't take my sunshine away.

    No continué, seguí con la kalimba un poco más y luego dejé las notas perderse en el aire. Laila me dedicó una sonrisa amplia muy bonita y supuse que fue su manera de halagar el brevísimo performance.

    —¿Y a mí, me harías una guirnalda? —le pregunté entonces, pues me había quedado la espina de que algo no había salido muy bien con el comentario de Yuta—. Para mi habitación. Puede ser con flores y mariposas, I'm like a big fan of both. ¡Y te pagaría, claro! Que las manualidades no deberían ser gratis.

    La vi quedarse atascada con algo que iba a decir, pero finalmente soltó una risa y asintió con la cabeza. Luego me volví a Kaia, sonriente, y me encogí de hombros.

    —Pues eso era todo. Después me aprenderé otras canciones y te puedo enseñar alguna.
     
    Última edición: 18 Enero 2026
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    No logré percibir ningún cambio en Laila, de por sí no la conocía demasiado, y tuve que resignarme a permanecer con la duda. Quise lanzarle una mirada a Yuta a modo de advertencia, pero él hizo caso omiso de mis intenciones y evitó mis ojos. Sabía que en el fondo le daba igual, casi todo lo hacía. Intenté distraerme con el instrumento de Ilana y, también, pretendí desviar el foco de la conversación a algo más animado.

    Saber que era una canción de cuna me detuvo en sus ojos y permanecí en silencio, atendiendo a la melodía y a las breves estrofas que cantó. El instante me arrojó de regreso a recuerdos turbios, borroneados, al tenue aroma de una fragancia dulce y cálida; y, sobre ellos, aparecía Yuta con mucha más claridad. La presión de sus manos en mi espalda y el tono vocal masculino, inherentemente distinto al que lo precedió. El que apenas era capaz de evocar. Pese a ello, en mi mente existían como un coro a dos voces.

    You are my sunshine, my only sunshine.

    Sleep, my darling.

    You make me happy when skies are gray.

    When the rain pours from your eyes.

    You'll never know, dear, how much I love you.

    When you wake, will you still love me?

    Please, don't take my sunshine away.


    While it fades, will you still hold me?

    En cierto momento había agachado la vista a mi regazo, mis manos, y la flor y la mariposa de papel. Cuando Ilana detuvo la canción, noté que Yuta me miraba y que luego sus ojos seguían brevemente un recorrido ajeno, fuera de nuestro grupo. Al regresar a su supuesta siesta, su semblante permaneció en mi mente un par de segundos mientras le sonreía a la muchacha. ¿Habríamos... recordado lo mismo?

    —Me gusta cómo cantas —destaqué—. Y me ha gustado la canción, por supuesto. Es muy relajante, como una brisa de primavera.

    De repente habíamos regresado al asunto de las guirnaldas y me pregunté si esto se desprendía directamente del comentario de Yuta. Él, como sospechaba, no se inmutó. Me pregunté, también, si debería haberme integrado a los planes, si hubiese sido apropiado decir algo como "yo también quiero una guirnalda" o si hacerlo habría alegrado a Laila; no habría tenido problema, pero inmediatamente pensé en Mirai y en su posible reacción, y me di cuenta que la situación sólo se estaba repitiendo. Había sido igual bajo la autoridad de Yoshihide.

    —Flores, mariposas —retomé, buscando la forma de contribuir, y le sonreí a Laila—. ¿Qué otras figuras podríamos agregar al dojo, Meyer-san?
     
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    Al final del día sólo Dios sabría si el comentario del chico había implicado algo o no, porque de ser el caso ella lo disfrazó y un poco me hizo sentir paranoica por estar pensando tonterías. Igual llegué a preguntarme qué sentiría yo oyendo algo así y no supe si me sería indiferente o me molestaría, aunque quizás me reservaba las ideas más infantiles para un público más selecto con tal de no hacer pruebas innecesarias. Imagina si le salía Lord Shinobi con el No Cumpleaños con decoración y todo... God forbid.

    La canción consumió el silencio y parte del ruido ambiental y enfocada como yo estaba en no pifiarla con las teclas, no noté las miradas de los Hattori entre sí y tampoco el paso de Kakeru. Como tal había en la nana algo que era un poco agridulce, fu ese sentimiento el que se me quedó en el pecho y por alguna razón recordé a Shimizu, mi padre y todo ese embrollo. Ni siquiera sabía de qué iba y me preocupaba preguntar y recibir una respuesta esquiva, de las que nos daba cuando no tenía permitido contarnos detalles. Estaba dando vueltas en eso cuando escuché el halago de Kaia y me dio algo de vergüenza, pero la pude gestionar y le agradecí.

    —Creo que en todas las canciones de cuna hay un recuerdo, el que sea, que nos encuentra y conecta con nosotros —reflexioné dejando la kalimba a un lado—. Toda brisa arrastra algo consigo después de todo.

    La muchacha no acotó nada sobre mi comentario, pero retomó el tema de las figuras mientras yo me ponía a desenvolver mi almuerzo ya que entre todo no lo había tocado y en una hora me estaría desmayando de hambre, así que aunque tuviera que inhalar la comida, prefería hacerlo. Por el rabillo del ojo caché a Laila mirando la kalimba, así que la empujé en su dirección y ella, avergonzada, la tomó y volvió a pulsar teclas. Eso no significó que no le pusiera atención a Hattori, obvio.

    —Las grullas, supongo —le contestó en voz baja, apenas por encima de las pulsaciones metálicas—. También pensé que cada uno trajera una foto de un lugar o algo que le guste y que hagamos una suerte de pared conjunta que reúna todas. Puede ser afuera, en una pequeña pizarra. Así hay algo de cada uno en el dojo siempre. Igual fue solo una idea repentina, no sé si valga la pena.

    Al terminar de desenvolver mi comida, que era arroz y trocitos de pollo con verduras, le ofrecí a Meyer que negó casi de inmediato. No le di importancia y por educación le ofrecí también a Kaia, aunque no sabía si le gustaría compartir comida con desconocidos que, claro, no traían cubiertos ni palillos extra.

    —Don Shinobi —llamé a Yuta sin importarme mucho si le interrumpía el descanso y el desentendimiento de la reunión de muchachitas—. ¿Quieres comida?
     
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    Absorbí con cuidado la reflexión de Ilana y asentí despacio, sosteniendo una pequeña sonrisa en mis labios. Fuesen recuerdos conscientes o primitivos, las personas compartíamos una experiencia universal tejida al cabo del largo, largo tiempo. Atravesando lenguajes, culturas y fronteras.

    —Es la caricia que a veces necesitamos para conciliar el sueño. Creo que las personas harían un mundo más bonito si las canciones de cuna no se limitaran a la infancia.

    Acompañé el comentario de una risa breve y, al ver a Ilana disponiendo de su almuerzo, di un pequeño respingo y traje mi propia bolsa frente a mí. Entre tanto, la respuesta de Laila me hizo sonreír.

    —A mí me gusta la idea, Meyer-san. Ambas, quiero decir: tanto las grullas como las fotografías. ¿Tendremos permiso de la dirección para una modificación así? Quizá... —Recordé la lista de clubes y erguí la espalda, entusiasmada—. ¡Ah! Hay un club de fotografía. ¿Tal vez accedan si lo presentamos como un proyecto conjunto?

    Se oyó una risa de Yuta, la cual no se molestó en fundamentar, y yo hice lo de siempre cuando se ponía un poquito insufrible: ignorarlo. Al ofrecerme su comida, miré a Ilana y sacudí la cabeza lentamente, agradeciendo y mostrándole mi bento a modo de respuesta. Estaba sacando el de Yuta de la bolsa cuando Rockefeller llegó a él y aguardé. Él abrió los ojos con pereza y el semblante contraído, le echó un vistazo al almuerzo de la chica y luego a mí.

    —¿Kaia se comió mi comida? —preguntó, bostezando.

    Al menos tuvo la decencia de cubrirse con el dorso de la mano.

    —Claro que no —me quejé sin elevar el tono, y me estiré para alcanzarle su bento envuelto en la tela—. Aquí tienes.

    Lo aceptó y se irguió un poco mejor. Yo lo observé y luego detallé mi propio bento. La madera lacada, los detalles en resina pulida y los diminutos esquineros metálicas. Entre el "Don Shinobi" y la conversación anterior sobre nuestros apellidos fui más consciente del aspecto tan elegante que poseían las cajas que traíamos de casa y me dio un poco de vergüenza. Siendo lo único que permanecía dentro de la bolsa, decidí finalmente cumplir mi pequeña misión.

    —Meyer-san... Quería darte esto. —Le extendí su obsequio a Laila: una bolsa transparente con galletas esponjosas de avena, miel y manzana—. Originalmente había querido que fueran tu obsequio para la White Week, pero entre una cosa y otra me atrasé, lo siento por eso. Ojalá te gusten...
     
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    Evité adrede detenerme demasiado en el comentario de Yuta, porque en sí tampoco tenía mucho sentido que me quejara si medio que había estado molestándolo. De hecho su comentario, en contenido, no tenía nada que fuese ofensivo, pasaba que yo a todo le daba mil vueltas. Sí que había pensado que lo de las flores era exageradamente femenino, de allí la gracia, pero no se me cruzó por la cabeza que fuese infantil y fue por eso que me quedé atascada y procuré disimularlo.

    Vete a saber si lo de Ilana fue mera suerte o mi intento de pasar mi preocupación por debajo de la mesa había sido tan mediocre, pero elegí no pensar en ello con tal de balancear mis emociones y sostener la calma de la reunión. La muchacha había tocado la nana y el sonido de su voz alcanzó algunos de mis recuerdos, me hizo pensar en Helena, en mi madrastra y el amor que siempre me había dado. La reflexión de la rubia a las palabras de Kaia me hizo sonreír.

    —Supongo que todos necesitamos escuchar una de vez en cuando —finalizó la muchacha y la vi suspender la mirada en su almuerzo, con una pizca de resignación en ella—. Puede que sí, que el mundo fuese mejor si no olvidáramos lo que nos ayudaba a dormir incluso luego de tener pesadillas.

    Kaia me preguntó por las figuras y no supe muy bien qué hacer con mis pensamientos, pero logré ordenarlos para contestarle. Sus dudas fueron legítimas, en sí como mucho pensaba pedir permiso para traerme yo un pequeño pizarrón de corcho y ponerlo afuera con chinchetas, pero la mención al club de fotografía me pescó un poco fuera de base. A ver, que no lo había pensado tan a fondo y casi lo había descartado también.

    —Al principio pensé sólo comprar un pizarrón y traerlo, sin pedir permiso siquiera —contesté luego de que una risa me sacudiera el pecho—. Pero supongo que sí, preguntar es lo mínimo que se puede hacer. También sugerir lo del proyecto conjunto, si te gusta como suena.

    —¿El club de Joey? —apañó la rubia, interesada, y yo asentí sin molestarme en preguntar cuándo lo habría conocido—. Pues seguro saldría algo bonito.

    El ofrecimiento de comida de Ilana fue respondido con Kaia sacando los almuerzos, así que la muchacha se centró en lo suyo, aunque la pregunta de él sobre si su prima se había comido su almuerzo le sacó una risilla. A mí lo que me quiso hacer gracia fue la respuesta de ella, pero me tragué la risa y me limité a tratar de replicar la melodía de Ilana, pero se me olvidaba cuál tecla iba primero y cuál después.

    Por un segundo miré el bento de Kaia y su aspecto, por alguna razón, me hizo pensar en el "Don Shinobi" que se había sacado Ilana de la manga. No dije nada, ella tampoco si fue que lo notó, y en su lugar se puso a apuntarme el orden de las teclas comía. Me puse nerviosa y lo revolví, así que no tuvo sentido, y de alguna manera agradecí cuando Kaia llamó a mi nombre y pude dejar de pensar que quizás Rockefeller iba a creer que era lentísima.

    Dejé el instrumento ajeno cerca de su dueña y, como si hubiera estado esperando todo el rato por ello, estiré las manos apenas Kaia dijo que quería darme algo y me entregó una bolsa con galletas de aspecto esponjoso. Lo recibí con la ilusión de una mocosa, para qué mentir, y la sonrisa que me alcanzó el rostro me entrecerró los ojos. Era el obsequio de la White Week, pero como yo estaba ocupada dándome de golpes mentales conmigo misma, bueno, a la pobre no le quedó mucha más opción suponía.

    Atraje el obsequio al pecho y luego abrí la bolsa para poder oler las galletas, lo que reconocí por encima de todo fue el aroma a manzana y de pronto se me reactivó el estómago. Pensé en comer una de inmediato, pero quedaría como una muerta de hambre que se olvidaba hasta de la decencia social.

    —Muchas gracias —le dije con la emoción bien presente en la voz—. Me hace muy feliz que me tuvieras en cuenta para hacerme un regalo. Además, huelen muy bien.
     
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  12.  
    Gigi Blanche

    Gigi Blanche Equipo administrativo Game Master

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    Había empezado a darme algo de sueño. No tenía nada contra la reunión de las damas, pero tampoco me interesaba por algún motivo particular. Además, tenía el hábito de dormitar prácticamente en cualquier lugar donde reposara, así fueran diez o quince minutos. Deformaciones del estilo de vida que había forzado Yoshihide sobre nosotros, suponía, mezclado con mis propios pasatiempos. Quedar de noche con los chicos no combinaba muy bien con levantarme a las cuatro de la mañana para el entrenamiento diario.

    Me había acomodado contra el tronco y cerrado los ojos, captando retazos aislados de la conversación. Eventualmente comenzó a sonar una canción y mis sentidos se encendieron. Miré a Kaia, imaginé lo que estaría pensando y me distraje brevemente en el muchacho Fujiwara con Yumemi antes de volver a cerrar los ojos. La charla a mi alrededor siguió su camino y la idea de Kaia me hizo gracia. ¿Se había memorizado la lista de clubes? Bueno, no me sorprendía. ¿La dirección les tiraría la bronca por una miserable pizarra con fotos? ¿O era necesario el dichoso "proyecto conjunto"? La verdad que no, lo dudaba, pero ¿quién era yo para interponerme entre una niña y sus sueños? No estaba seguro de sus motivaciones para proponerlo, honestamente.

    —Se me ocurrió que podría ser divertido... —argumentó, ya no tan segura como antes, pero volvió a sonar entusiasmada al oír a Ilana—. Ah, ¿conoces a su presidente, Rockefeller-san? Eso es fantástico, podría sernos de ayuda. ¿Dices que le interesaría?

    Joey, Joey... Me sonaba. ¿Iba a mi clase? ¿Sería el único Joey en toda la escuela? Cuando me ofrecieron comida supuse que ya no tendría mi siesta de quince minutos y abrí los ojos, enderezándome un poco. Tomé mi bento, lo apoyé entre mis piernas y empecé a comer sin más. Don Shinobi, ¿eh? No sonaba mal, peores cosas me habían dicho en la vida. ¿A que el viejo se enorgullecería de que alguien me llame así? Si es que podía hacerlo estando cinco metros bajo tierra, claro.

    Cuando Kaia llamó la atención de Meyer y ésta dejó la kalimba junto a Rockefeller, estiré el brazo y la tomé mientras masticaba. La investigué al derecho y al revés, tragué y me puse a presionar teclas al azar, analizando el sonido que cada una emitía. Entre tanto, Kaia por fin le había entregado las benditas galletas a su amiga y una tenue sonrisa se coló en mis labios al percibir la reacción de la chica a mi lado. Final feliz, ¿eh?

    —Espero que estén ricas —respondió Kaia, con las manos sobre su regazo comprimidas en puños—. No sé mucho de cocina y pedí ayuda en casa, pero aún así... Ojalá sean de tu agrado, Meyer-san.

    Qué bonitas, iba a llorar. Regresé la kalimba al césped, de donde la había agarrado, y me limité a seguir zampándome el almuerzo.


    Por acá voy cerrando as weeeell. Gracias por la interacción x2, estuvo bien bonica
     
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  13.  
    Zireael

    Zireael kingslayer Comentarista empedernido

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    Temí que mi falta de planificación sobre la idea de la pizarra le hubiese quitado el impulso a Kaia, porque jamás habría querido que fuese el caso, pero la mención a Wickham le regresó el entusiasmo así que no me quedó más que agradecer internamente por esa interrupción por parte de Ilana. No era que yo lo conociera más allá de ser mi compañero de instituto, luego estaba el tema Jez de hace algunos meses, pero suponía que nadie se moría por organizar algo con el club de otra persona, ¿verdad? No era un gran drama ni nada, si al chico le interesaba, pues bien.

    —Tampoco lo conozco tanto —dijo Ilana rascándose la nunca un momento—, pero creo que podría gustarle que alguien se interese en hacer algo junto a su club. Así que si quieren intentarlo, adelante, Joey es bastante simpático y es fácil hablar con él.

    —Aunque también es fácil hablar contigo, imagino que eso tendrá que ver —apunté y ella soltó una risa, encogiéndose de hombros.

    Al dejar la kalimba, creí percibir a Yuta tomarla y el sonido del instrumento lo confirmó, aunque yo ya estaba centrada en mi obsequio. Habría querido preguntarle a Kaia si las había hecho ella misma, pero no hizo falta y la calidez que sentí el corazón al saber que se había tomado esas molestias fue muy agradable. Dejé las galletas con cuidado sobre mi regazo y después de dudarlo, estiré las manos hacia las suyas, comprimidas en puños, y la insté a aflojarlas para poder sujetarla.

    Enfoqué mi sonrisa en ella, le di un apretón suave a sus manos y me mantuve allí unos segundos. Lo hice porque me apeteció, porque consideré que era otra forma de transmitirle el agradecimiento y la alegría que sentía.

    —Si las hiciste tú, seguro que están riquísimas —le dije con suavidad antes de soltar sus manos.

    En tanto, Yuta e Ilana habían seguido comiendo sin más y como yo no iba a quedarme con el antojo, me puse a comerme una de las galletas de lo más encantada. Me sentía tranquila y contenta al saber que incluso entre todo, al menos todavía podían suceder cosas buenas y que podía compartirlas con una nueva amiga.


    y cierro x2 uwuwuwu gracias a ti, la disfruté muchito <3
     
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  14.  
    quem

    quem Orientador ejemplar Orientador

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    Así que hoy era, por así decirlo, el último receso antes de las vacaciones… si no estaba equivocada, claro. Todo era un caos últimamente.

    Me estaba costando mucho tocar piezas en el piano. Suponía que las pocas ganas venían cada vez que recordaba lo que no quería, pero mis pensamientos no hacían caso a lo que yo realmente deseaba. Y mi corazón simplemente no dejaba de afectarme más de lo debido, cargándome con emociones demasiado intensas y ataques de pánico que creí que ya no regresarían.

    El último que había sufrido —o al menos, el último que yo recordaba con claridad— fue cuando toqué el piano para el baile que hubo. Justo cuando me sacaron a bailar y el otro chico se fue.

    Y si no estaba mal, creía que estaba en mi salón… o al menos eso decía mi mente. Era amigo de Kohaku, si mi memoria no quería fallarme. Obviamente.

    Moví un poco el cuerpo mientras esperaba a Adara para poder bajar juntas al patio norte. Casi no pasaba mucho por ese patio, pero esta vez me habían entrado ganas de comer allá, quizá por el simple hecho de querer cambiar de aire.

    Cerré los ojos por unos segundos, tratando de calmar la presión en el pecho, hasta que sentí que alguien me tocaba el rostro y luego pasaba los dedos por mi cabello, el cual traía suelto, decorado con unas flores.

    —¿Por qué tan distraída? —era Adara.

    Negué con la cabeza.

    —Por nada… ¿vamos?

    Entrecerró los ojos por unos segundos, como si quisiera analizarme, antes de asentir.

    Seguí caminando tranquila, bajando las escaleras pasé por un jugo en una de las máquinas más cerca para acompañar la comida. Hoy comería comida italiana le agradecía mucho en ese momento a mamá por haber ordenado que la prepararán. En las últimas semanas, ella había cambiado un poco su actitud conmigo. Supongo que era porque le recordaba a su amiga de la infancia… a mi mamá verdadera la cosa era que hoy, al menos por un rato, estaría un poco más cerca de mi tierra.

    —¿Qué trajiste? —pregunté, haciendo que levantara el bento—. Te gusta mucho, ¿no? Siempre lo comes.

    —Sí, mucho. Ya sabes… me gusta todo lo que tiene que ver con la cultura japonesa, y qué mejor que disfrutar de su gastronomía, vestuarios y hasta su música —se encogió de hombros, como restándole importancia.

    Sonreí mientras miraba todo a mi alrededor. Ya habíamos llegado al patio observé un lugar vacío, pero en eso algo llamó mi atención.

    Sonreí al reconocerlos.

    Era Kai y su primo Yuta… bueno, yo le decía Yu. Sonaba mejor en mis oídos.

    —Te quiero presentar a alguien —Adara me miró con curiosidad—. Se ha convertido como en una amiga para mí.

    —Ah, ¿sí?

    —Sip.

    Siguió mi mirada hasta que la expresión que puso me dio a entender que ya había dado con las personas que estaba observando.

    —¿Cómo son? —frunció el ceño.

    —¿Por qué la pregunta?

    —Ya sabes cómo soy… no me soporto ni a mí misma, así que peor voy a soportar a alguien que sea igual o peor que yo.

    Sonreí. Así era Adara.

    —Ella es tranquila.

    —¿Y él?

    —Lo descubrirás por ti misma.

    Reí ante la mirada que me dio.

    —Fiorella…

    Hice como si no la hubiera escuchado. Más bien, la agarré de la mano y la jalé conmigo mientras me acercaba a Kai y Yuta. Estaban almorzando, así que esperaba no interrumpir nada.

    Apenas me puse al frente de ellos, sonreí.

    —Hola, Kai —miré al chico—. Yu —sonreí un poco más—. Buen provecho. Esperamos no interrumpir.

     
    Última edición: 3 Febrero 2026 a las 9:29 PM
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  15.  
    Gigi Blanche

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    —No tienes intermedios, ¿lo sabías, Yu? O me evitas por completo o te pegas como goma de mascar.

    —¿Soy yo o los pickles están demasiado ácidos?

    —Creo que eres tú, a la mañana también te quejaste del té... ¡No me cambies de tema!

    La sombra del árbol era agradable y mañana oficialmente empezaban las vacaciones, me negaba que existiera algo en cien kilómetros a la redonda capaz de estropearme el ánimo. Dejar de venir al culo del mundo, evitar las lecciones eternas, dormir hasta la hora que quisiera... Ah, paraíso. Era el puto paraíso. Recogí una bola inmensa de arroz y la balanceé entre los palillos, alzándola sobre mi boca para lanzarla dentro. Masticarla la hizo aún más grande, claro, mis mejillas se hincharon como ardilla y Kaia se cubrió apenas con la punta de los dedos al soltar la carcajada. Me picó con los palillos y yo arrugué el gesto.

    —¿Planeas ahogarte con arroz casero o algo? —preguntó, divertida.

    —Es uno de mis grandes talentos, ya lo sabes —me mofé después de tragar parte del bocado.

    —Hace mucho que tú y Taichi no hacen competencia de "cuántos mochi me entran en la boca".

    —Hace mucho no como mochis... —Alcé la vista al cielo. La textura esponjosa, el espolvoreado...—. ¿Compramos a la vuelta?

    Kaia asintió y su atención viró de repente. Enderecé el cuello, siguiendo su rastro, y vi a Bianchi acercándose junto a una perfecta desconocida. Me contuve de poner mala cara y me removí en mi lugar levemente, acomodando el bento entre mis piernas. ¿Acabaría atorado en otra reunión de damas? Enarqué una ceja al oír cómo me llamó, sin dejar de masticar el montón de carne y arroz que tenía en la boca. Bueno, dije que no pondría mala cara, pero había olvidado que esta era la simpática que me llamaba "Yu". Yu-ta, era breve y sencillo, ¿tanto le costaba terminar de pronunciarlo?

    —Bianchi-san —saludó Kaia, irradiando alegría—. No interrumpen para nada, por favor. ¿Quieren tomar asiento?

    Exhalé por la nariz. A ver, ¿cómo iba antes? ¿Ni en cien kilómetros a la redonda? Más me valía cumplirlo. Deslicé la mirada a su acompañante y me la quedé viendo un rato.

    —¿Amiga tuya? —cuestioné hacia Bianchi, señalando a la desconocida con el mentón.
     
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