One-shot Paseo nocturno [ Niza | Pokémon Rol Championship]

Tema en 'Mesa de Fanfics' iniciado por Liza White, 20 Noviembre 2019.

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    Liza White

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    Escritora
    Título:
    Paseo nocturno [ Niza | Pokémon Rol Championship]
    Clasificación:
    Para adolescentes. 13 años y mayores
    Género:
    Drama
    Total de capítulos:
    1
     
    Palabras:
    2293


    Aquella noche Liza fue incapaz de conciliar el sueño. No era la primera vez, presa de miedos e inquietudes que la abrumaban con cada vez mayor frecuencia, y era consciente de que tampoco sería la última. Lo sabía bien, pero le atemorizaba acostumbrarse a ello a pesar de todo. Se desperezó con cuidado sobre su saco de dormir, sintiéndolo frío al tacto sobre su piel desnuda. Extendió la mirada hacia el cielo estrellado y el manto nocturno se reflejó con su hermoso espectáculo de luces y astros sobre su brillante mirada azul. Le bastó un simple vistazo para notar que su acompañante no se encontraba en su saco de dormir y suspiró como toda respuesta, irguiéndose sobre la tibia arena de aquella playa paradisíaca.


    Apenas llevaban medio año conociéndose, pero la castaña sabía perfectamente dónde encontrarle. Aquel era uno de los detalles que más le sorprendían de su relación con Nikolah.


    Caminó con suavidad, distraída, la tibia arena de la playa enmudeciendo sus pasos sobre las suaves dunas. Hasta ella llegó la brisa marina, acariciando sus mejillas y dejando un aroma salado en su lugar. Nunca una noche estrellada se había sentido tan brillante y cautivadora como la que se mostraba frente a sus ojos en aquel preciso instante. O quizás era la primera vez que se detenía a observarla con calma. Las noches en la isla de Udan le resultaban mucho más hermosas de las que podía contemplar en cualquier otro punto de Galeia, alejada de la contaminación lumínica que irradiaban los enormes núcleos urbanos, encapotando el cielo de una oscuridad triste y gris. Todo allí se sentía tan distinto, tan libre y alejado de la civilización. Tan… natural, que le resultaba atrayente y reparador, en cierta medida. La vida de un entrenador pokémon se tornaba siempre tan ocupada con sus idas y venidas, con sus desafíos y sus metas, que solían perderse los hermosos espectáculos que la naturaleza les brindaba durante el camino.

    Lo cierto es que le avergonzaba pensar que hasta ahora había sido uno de esos viajeros desentendidos con el mundo. Había necesitado forzarse a distanciarse durante un tiempo de su rutina para darse cuenta de ello, pero ahora que se encontraba allí sabía que había merecido la pena.


    El sonido de la brisa meciendo las hojas de las palmeras pareció anunciar su llegada, en un acuerdo tácito por vigilar sus espaldas. Nikolah Cruz dejó de escarbar en la arena, acuclillado sobre la orilla inmerso en una extraña misión, y su rostro pareció suavizarse al reconocer a la castaña ante sus ojos. Se levantó con cierto cansancio, estirando sus brazos y crujiendo su espalda entumida, y caminó hacia la recién llegada con un objeto entre sus manos.


    Liza le sostuvo la mirada fingiendo inocencia.


    —¿No deberías estar durmiendo, Liza? —preguntó, y su ceja se alzó en una mueca inquisitiva, casi paternal.


    El sonido de las olas meciéndose sobre la orilla fue todo lo que obtuvo como respuesta. La Playa del sur se encontraba desolada a excepción de la compañía de aquellos dos jóvenes y los pokémon autóctonos que merodeaban aún por la zona, curiosos ante aquella presencia humana. La luz de la luna, más brillante que nunca, hizo que pequeños destellos decorasen los orbes del entrenador cuando le dirigió la mirada.


    —No fui capaz de hacerlo —se encogió de hombros ante toda respuesta, honesta. Pronto alzó una de sus cejas, imitando su gesto, y el muchacho soltó la roca entre sus manos con cierta incomodidad—. ¿Qué me dices de ti?


    —Lo cierto es que tampoco podía dormir. No al pensar que hay pokémon que nos necesitan allí afuera, como los Puymukumu de los que me hablaste mientras veníamos hacia aquí —rascó su nuca, soltando un pesado suspiro mientras se miraba las manos, magulladas y manchadas de tierra—. Pero está resultando mucho más difícil de lo que creía.


    —Pyukumuku —le corrigió ella, divertida.


    —¡Eso mismo! —sonrió de oreja a oreja, mostrando sus dientes en una brillante sonrisa de ojos cerrados. Liza intercaló el peso de sus piernas, colocando una mano sobre su brazo opuesto mientras desviaba la mirada, y por un instante ambos permanecieron en silencio. El rubio ladeó la cabeza, intrigado. Normalmente la chica era más habladora. Pronto, una gran idea se encendió en su cabeza—. Ya sé: si me acompañas a seguir buscando esos pokémon quizás acabes teniendo sueño. ¿Qué te parece?


    La propuesta pareció tomarla por sorpresa, como si su cabeza estuviese tan llena de pensamientos que esa simple opción no tuviese cabida entre ellos. Le tomó unos instantes asentir con calma, elevando la comisura de sus labios como toda respuesta, de forma mecánica. Aquello fue suficiente como para alegrar a Nikolah.


    —Dalo por hecho —aceptó, amable, y comenzó a encauzar sus pasos hacia donde se encontraba el chico, pasando por su lado con la mirada fija en el horizonte. Sin prisa, con la única finalidad de, por una vez, disfrutar de un recorrido sin destino aparente—. Te sigo.


    Niko asintió con energía, reiniciando la marcha, esta vez, en compañía de la castaña que le había llevado hasta aquel nuevo mundo llamado Udan. No sintió necesidad en indagar el origen de su propuesta, él conocía sus andanzas por aquellas tierras y sabía de sobra que nada le quedabs por hacer allí. Pero, aún así, se ofreció fervientemente en acompsñarle en calidad de mentora. Y Nikolah nunca podía decir que no a una propuests de parte de Liza.


    Su búsqueda nocturna de Pyukumukus se transformó así en un agradable paseo por la playa, mas no podía llegar a quejarse. El silencio que se había instaurado entre ellos resultaba cómodo, no necesitaban mediar palabras para disfrutar de la compañía del otro, y ambos lo sabín bien. Sus vacaciones en la isla de Udan no habían hecho nada más que comenzar y, aún así, empezaban a acostumbrarse a la presencia del otro con mayor frecuencia.


    El rostro de Nikolah dibujó un mohín lastimero al confundir de nuevo una roca con otro de los pokémon que andaba buscando. Pero, con todo, no perdía la motivación y las fuerzas para seguir buscando, y Liza tan solo podía admirar su ímpetu desde lejos, a pesar de que se sentía tentada de ayudar. Se parecía tanto a ella en sus inicios por la isla, lleno de energías, sueños y esperanzas que un sentimiento similar a la nostalgia, mezclado quizás con la tristeza, comprimió su pecho con una punzada de dolor. El agua del mar rozó sus pies y la superficie cristalina le devolvió la imagen de una jovencita que había dejado mucho de reconocerse a sí misma. Las vueltas de la vida eran tan inciertas que un día podías aspirar a todo, para al día siguiente ser incapaz de hacer nada.


    Perdida en un mar de inquietudes que le impedían ser quien era.


    Se permitió cerrar los ojos y rendirse por fin al arrullo de las olas. La fresca brisa de la noche meció su cabellera castaña, libre al fin de las ataduras a las que siempre estaba sometida, y dejó que el aroma a sal inundase sus fosas nasales. Sus manos, entrelazadas tras su espalda, sujetaban sus sandalias rústicas y permitían que su piel se mantuviese en contacto con la superficie suave y fresca de la arena bajo sus pies. De vez en cuando seguía con la mirada la espalda de su acompañante, dedicada en seguir sus huellas sobre la arena.


    —¿Es eso un Pyukumuku, Liza?


    La castaña abrió uno de sus ojos, enfocando su mirada azul en la silueta del rubio que caminaba unos pasos por delante de ella. Soltó una suave risa por la nariz, negando con la cabeza.


    —No, Niko —alzó la voz, con el mismo tono dulce y paciente con el que se le hablaba a un niño—. Solo es una roca.


    Un pensamiento inusual rasgó su mente, y sintió la necesidad de preguntarse si Nikolah también tendría preocupaciones con las que lidiar. No fue consciente de cuánto tiempo permaneció observándole hasta que se volvió hacia ella, y desvió la mirada con una sutileza innata. De repente su papel de observadora y de guía por aquella isla se volvió la excusa perfecta para intentar conocerle más allá de sus facetas, siquiera esperarlo. Y verle siempre con una sonrisa en su rostro, exudando alegría por cada poro de su ser generaba en ella un sentimiento similar a la admiración. Quería comprender el secreto, afrontar la vida con aquel entusiasmo que creía olvidado, pero que Niko llevaba en la sangre. Liza acabó viéndose a sí misma buscando aprender más de él.

    Cada gesto, cada acción que realizaba aumentaba su creciente admiración. Deseaba ser más libre, volver a sonreír como lo hacía él.


    —¿Existe alguna diferencia entre ese pokémon y una roca común? —volvió a preguntar el chico, usando sus manos como visera mientras pisaba fuerte sobre la orilla, despejando su camino con cuidado de no llevarse a ningún pequeño pokémon por delante—. Nunca he visto ninguno de ellos, la verdad.


    Sus labios se entreabrieron, y contuvo las palabras que tanto deseaban salir de su garganta. No conocía demasiado aún a Nikolah, pero había algo en él que le generaba una gran confianza. Sentía que podría hablar con él de cualquier cosa, y aún así, la partida de Steve y su paradero, desconocido e incomunicado, seguía resultándole difícil de tratar. Quizás, porque se culpaba a sí misma por ello, y los remordimientos hacían que sus palabras pesasen al pronunciarlas.


    —Pues... —comenzó a hablar, con cierto aire distraído. Siguiendo las huellas marcadas sobre la arena como única conexión con la realidad—. Tienen detalles rosas saliendo de su cuerpo.


    —Vaya... Parece un pokémon adorable —sonrió, encantado con la idea—. ¡No nos rendiremos hasta que lo consigamos, Liza! Será tu entrenamiento como parte de la compañía de detectives Nikolah, Talía & Mimo, es una buena iniciación —se llevó una mano al mentón, reflexivo—. Aunque debería ver cómo hacemos para meterle tu nombre.


    Liza tan solo atinó a asentir de forma mecánica, sin seguir el hilo de la conversación en realidad. Su mente estaba muy lejos de allí, y ambos lo sabía bien. Mordió su labio inferior, y su mirada se encombreció por un instante. La angustia oprimía su pecho, y de alguna forma necesitaba sacar sus inseguridades de allí. Pero era tan difícil... ¿Por qué de repentese sentía tan insegura?


    —Oye, Niko…


    —Lo entiendo.


    —¿...Eh?


    Liza abrió los ojos, tomada por sorpresa, y detuvo sus pasos sobre la arena. Nikolah le dirigió una mirada alegre, con varias rocas entre sus brazos, casi tapándole la visión.


    —Siento que te ocuree algo que no estás obligada a contarme —confesó, encogiéndose de hombros, despreocupado. No solía ser muy avispado con esas cosas, pero había pasado el suficiente tiempo conviviendo con Liza para comprender cuándo se sentía distinta. Desvió la mirada hacia el suelo, dejando caer las piedras con cuidado con cierta vergüenza—. Lo sé porque hace rato que no sonríes de verdad. Pensé que, quizás, podría distraerte de alguna forma trayéndote conmigo hasta aquí.


    >>Lamento si no lo conseguí.


    La castaña dejó de caminar, y sintió sus mejillas teñirse de un suave carmín. De alguna forma aquello le hizo sentirse expuesta, preguntándose a sí misma si de verdad era tan transparente ante los ojos de Nikolah. Entrecerró los ojos soltando un suspiro, y le revolvió el cabello rabio con ternura, tranquilizadora. Aunque para ello tuviese que ponerse de puntillas.


    —Tranquilo, Niko... Lo hiciste —murmuró, suave, y sus miradas conectaron por un breve instante—. Y te lo agradezco.


    El joven abrió los ojos, sintiendo un gran alivio destensar sus hombros.


    —¿De verdad?


    Mas cuando la castaña estuvo dispuesta a responder, una silueta negra tras su espalda captó su atención por completo. Se separó con cierta urgencia, dando saltitos sobre la arena, señalando un punto entre sus pies.


    —¡Niko, ahí! —exclamó, emocionada—. ¡Está ahí!


    El joven se giró bruscamente, confuso y desorientado, pero aquello solo trajo como resultado que acabase tropezando al sentir algo entre sus pies. Cayó de espaldas contra el agua, empapándose la ropa en el proceso, y encontrándose a una pequeña criatura oscura observarle asustado frente a su rostro. Tan solo un Pyukumuku atemorizado había sido el causante de aquel susto. Liza y Niko intercambiaron miradas, sorprendidos, y pronto la tensión acumulada estalló en una melodiosa carcajada que iluminó el lugar.


    El joven entrenador tomó al pokémon entte sus brazos con cuidado, haciéndole saber que todo estaba bien con una caricia sobre su superficie húmeda.


    —Muy bien, hora de volver al agua, pequeñín —exclamó, dejando ir al pokémon devuelta al mar. Se volvió hacia Liza, quien se enjuaba los ojos entre risas. Cuando al fin pudo calmarse, notó que el rubio la observaba desde su lugar con cierto interés.


    —¿Qué sucede? —inquirió, dirigiéndole una sonrisa.


    —¡Has sonreído! —respondió con simpleza, devolviéndole el gesto con alegría. Apenas fue consciente de sus palabras—. No dejes de hacerlo nunca.


    La acastaña no pudo evitar sentir sus mejillas arder con algo más de fuerza, avergonzada, y extendió una mano para sacarle del agua, tratando de evitar el tema. El chico tomó su mano con cuidado de no tirarla al agua. Ya era suficiente con un resfriado por hoy.


    —Anda, vamos, bobo —se bufó, divertida, colocando los brazos en jarra. Señaló con la cabeza el camino que tenían por delante, algo más animada—. Aún quedan muchos Pyukumuku por salvar.


    Nikolah no tardó en asintir y ambos, con energías renovadas, recuperaron el ritmo de la caminata. Liza sonrió para sí, agitando su cabeza y despejando todos aquellos pensamientos que le habían estado molestando por el momento. Estaba de vacaciones, después de todo.


    Nikolah le devolvió la sonrisa, y la luna, hermosa y brillante, pareció sonreír con ellos, allá donde los astros iluminaban el cielo estrellado.
     
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