Historia larga No necesitamos decirlo

Tema en 'Novelas' iniciado por Borealis Spiral, 27 Diciembre 2016.

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  1. Threadmarks: Escena XX
     
    Borealis Spiral

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    Para adolescentes. 13 años y mayores
    Género:
    Amistad
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    ¡Hola, gente bonita! Pues aquí otra vez yo dejando la siguiente escena de esta historia. Quiero agradecer a las personitas que se pasan a leer, que sé que hay por allí. Valoro mucho su apoyo aunque sea anónimo. Y ustedes personistas es que va dedicado el capítulo y ojalá sea de su agrado. ¡Disfruten!

    Escena XX

    Emilio se descubrió el rostro para mirar a su alrededor, notando que el salón estaba casi vacío. Hacía un rato que habían dado el timbre de salida y Abril no llegaba todavía, lo que era raro porque usualmente no se tardaba al ir a buscarlo. Pensó que se debía a que ese día su última clase era Educación Física y quizás se había entretenido por algo que le pidió el profesor, pero no estaba convencido. Sólo esperaba que no se tratara de otro episodio de depresión; odiaba verla triste. Decidió que si se tardaba más, iría a buscarla. En eso, uno de sus compañeros ingresó al aula, apurado.

    —¡Emilio! Se están metiendo con tu novia —le informó con la respiración entrecortada.

    —¿Dónde? —Emilio se levantó de su butaca, frunciendo el ceño, alarmado.

    —Cerca de la cancha, atrás de los salones de primero y segundo.

    Sin esperar un segundo, tomó su mochila y corrió veloz hacia el lugar que le habían dicho; allí se encontraba Abril siendo molestada por un par de sus compañeros, quienes le habían arrebatado uno de sus tenis cuando, en una carrera que les puso a hacer el profesor, ella tropezó y al estar el calzado ya bastante desgastado, se abrió por la parte de enfrente, quedando la suela despegada del resto y haciendo parecer como si tuviera una boca.

    —¡Dénmelo ya! Es mío y lo necesito —exigió ella, corriendo de un lado a otro en lo que ellos se lanzaban el zapato de uno a otro, haciendo que su pie descalzo sufriera dolor al ser el terreno de tierra y pequeñas piedras sueltas.

    —¿Para qué lo quieres si ya no sirve? —le dijo uno en lo que metía su mano en el teni y lo hacía hablar—. ¡Dame de comer que tengo hambre! —Y rio divertido, apoyado por el otro.

    —¡Ya basta! Son malos, muy malos. Los acusaré con su mamá —los regañó ella, indignada, haciéndolos reír todavía más.

    —Uy sí. Mira cómo tiemblo —se burló el otro en lo que fingía que se sacudía con exageración.

    —No deberías temblar, deberías correr.

    Una cuarta voz, fría, dura y llena de amenaza se sumó al barullo, por lo que los tres se volvieron a mirar a Emilio, quien veía a los abusivos con clara cólera.

    —¡Emi! —Abril lo nombró, sorprendida de verlo allí.

    —Devuélvanle su zapato —ordenó con un timbre que denotó que no aceptaba un no por respuesta.

    —¿Lo quieres? Pues ahí está.

    El chico que tenía el teni lo lanzó a un árbol y aunque descendió un poco, al final terminó anidado entre las frondosas ramas y sus hojas, por lo que allí quedó. Los malvados rieron por su travesura, complacidos.

    —¡Groseros! —los acusó Abril, disgustada—. Son niños mal portados, muy mal portados.

    —Calla, Abril, no los instes. —Emilio dejó su mochila en el suelo.

    —Pero… —Quiso protestar.

    —Que te calles. Yo lo bajaré.

    Y sin esperar a que su amiga dijera nada, Emilio comenzó a trepar el árbol, ágil y sin mayores dificultades, admirando a la castaña, quien lo miró desde el suelo con los ojos y la boca muy abiertos por la fascinación, aunque también por la preocupación, pues no quería que Emilio hiciera un movimiento en falso y cayera. Claro que él no era igual de torpe que ella, así que confiaba en que estaría bien. En efecto, Emilio llegó al teni, lo tomó y comenzó a descender aparentemente con la misma facilidad pese a tener ocupada una de sus manos, aunque esta vez más precavido, llegando al suelo sano y salvo.

    —¡Emi! —Abril se le acercó, maravillada—. Wow, Emi, no sabía que podías trepar árboles así de bien. ¿Ya lo habías hecho antes? Es que yo nunca te había visto hacerlo y fue tan genial. ¿En serio hay algo que no puedas hacer?

    Emilio ignoró los chillidos de fangirl de Abril y se concentró en el calzado que tenía en su poder, viendo el deplorable estado en el que estaba. Giró su cabeza para mirar con severidad a los agresores, quienes se habían quedado viéndolo trepar.

    —¿Ustedes hicieron esto?

    —Claro que no. Eso se lo hizo ella solita por bruta —se defendieron ellos, socarrones—. Deberías verla en clase, es la payasa perfecta para alegrarnos el día.

    Emilio sintió que el tic en su ceja se presentaba con una intensidad que nunca antes había sentido. Estrujó el teni en sus manos. Estaba molesto; no, más que eso. Estaba furioso. Lo ideal y más prudente sería darle su zapato a Abril, ignorarlos e irse de allí sin más; el problema era que en ese preciso instante él no quería hacer nada de eso. Tembló de coraje e inhalando con profundidad soltó el aire como un suspiro de frustración.

    —Al final no soy más que un niño, ¿eh? —susurró para sí, frunciendo el ceño en amargura—. No importa cuánto pretenda ser maduro, la cruel realidad es que no soy más que un chiquillo idiota.

    —¿Emi? —Abril lo miró extrañada por su repentino susurrar y ladeó la cabeza sin comprender sus palabras.

    Mas antes de que nadie pudiera decir algo más, Emilio velozmente se dio la vuelta para encarar a los bravucones y le lanzó el zapato a uno, tomándolo por sorpresa y aprovechando la distracción, el rubio corrió con rapidez hacia él para asestarle un buen golpe en el costado. Su compañero se apresuró a contraatacar, por lo que los tres se trenzaron en una fiera pelea.

    —¡Emi! —Abril se llevó las manos a la boca, incrédula de que Emilio estuviera peleando—. ¡Emi, para por favor!

    Sus ruegos fueron inútiles porque ninguno de los contrincantes dejó su lucha. Dio un par de pasos en la dirección de la batalla, pero se detuvo de inmediato, temblando del puro terror; a ella no le gustaba la violencia, le asustaban mucho los golpes. Comenzó a llorar sintiéndose por demás impotente de no poder hacer nada, mas casi al instante se dio la vuelta y corrió a la dirección en busca de la ayuda de algún adulto. De aquella manera, al cabo de pocos minutos, los tres revoltosos se hallaban en la dirección.

    —… Y eso pasó. —Abril terminó de contar lo sucedido al ser ella la testigo y víctima de todo, ya estando más calmada.

    —Entiendo. —El director se masajeó la barbilla, pensativo y miró a los dos primeros hostigadores, duro—. Ustedes, tendrán un reporte, llamaremos a sus padres, tendrán que escribir una carta de disculpas a su compañera por lo que hicieron, firmada por sus padres y aparte harán cinco planas con la oración: “No debo molestar a mis compañeros ni pelear”. ¿Quedó claro?

    —Sí —respondieron los dos regañados, inconformes.

    —Emilio. —El director miró al chico con pesar—. Comprendo que tu intención era buena al defender a tu amiga, pero tampoco puedo pasar por alto tu comportamiento. También tendrás un reporte, citatorio para tus padres y las mismas planas con la oración: “No debo pelear”. Me apena mucho decirlo porque eres de los mejores estudiantes que tenemos, pero con esta mancha en tu récord ya no podremos darte tu carta de buena conducta cuando te gradúes y eso también afectará en tu calificación final.

    —No me importa —reconoció él, seco, sintiendo que le punzaba todo el rostro y varias partes del cuerpo, e incluso sintió que uno de sus dos últimos molares de leche se le aflojó bastante; después de todo, la pelea había estado algo dispareja, mas viendo el estado de los otros dedujo que no lo hizo tan mal.

    —Semejante desperdicio. —El hombre suspiró con desilusión—. Muy bien. Eso es todo. Mañana los espero con sus respectivos guardianes.

    Y sin más, después de entregarle el reporte y el citatorio a cada peleonero, todos se dirigieron a su propio hogar. En el camino, Emilio iba unos pasos adelante y Abril unos atrás, hallándose ella muy triste del resultado de todo aquel alboroto, por lo que el lagrimeo no pudo faltar y cuando sorbió por la nariz por octava vez en ese rato, Emilio lanzó un suspiro de impaciencia deteniéndose para mirarla con irritación.

    —Deja de llorar. Eres molesta.

    —Pero por mi culpa te regañaron… y ya no te darán tu carta… de buena conducta… y te quitarán calificación —dijo con dificultad entre sollozo y sollozo, deteniéndose también.

    —No es tu culpa. Es mía y solamente mía. Yo tomé la decisión de pelear y yo solo cargo con las consecuencias, así que deja de llorar.

    —Pero… —Ella quiso seguir protestando.

    —Mira…

    Emilio levantó su mano en ademán de tocarse un golpe en la cabeza, ocasionando que en un acto de puro reflejo, Abril se encogiera sobre sí misma cubriéndose el rostro y la cabeza con los brazos, en lo que soltaba un gritito de susto, sorprendiéndolos a ambos por su involuntaria e inesperada acción. Emilio bajó el brazo, dolido.

    —Me tienes miedo. —Ni siquiera lo preguntó, sino que lo afirmó de plano y con gran desazón. No había previsto esto, definitivamente no.

    —¡No! —se apresuró a corregir Abril, tan afectada como él—. No quise hacerlo, Emi. No sé por qué… Yo no… No fue a propósito…

    La inseguridad en los balbuceos de la castaña hirió mucho más al rubio, quien se limitó a tensar la mandíbula y apretar los puños con fuerza, antes de darse media vuelta y continuar con el camino a casa a paso muy apresurado, en esta ocasión ignorándola olímpicamente.

    —¡Emi! ¡Espera, Emi, por favor!

    Abril intentó seguirle el paso, pero dada la condición de su teni roto, le fue muy complicado e incluso tropezó un par de veces por querer darle alcance y en una de esas hasta alcanzó a dar contra el suelo, mas el chico ni se inmutó y siguió su camino. Así se la pasaron hasta que llegaron a su calle y Emilio se apresuró a entrar a su casa, haciendo caso omiso de los llamados de la adolescente a quien le cerró la puerta en la nariz.

    Apesadumbrada a más no poder, Abril también se fue a casa y se tumbó en el sofá prendiendo la tele, esperando distraerse y aguardando a que su madre llegara. Cuando Lola arribó y preparó los sagrados alimentos, notó que su hija no era la de siempre, pues tan sólo jugó con su comida, lo que era raro dado que siempre tenía buen apetito, así que supuso algo debió pasar.

    —¿Qué ocurre, hija? No has probado tu comida. ¿No te gustó? ¿Te hago otra cosa? —la cuestionó con suavidad, viendo que Abril negaba con la cabeza.

    —Está rica —aceptó en lo que se llevaba la cuchara a la boca.

    —¿Entonces qué sucede? ¿Pasó algo en la escuela? —volvió a indagar y ahora la vio asentir.

    —Creo que lastimé los sentimientos de Emi —confesó con aflicción.

    —¿Cómo así? A ver, cuéntame qué paso, ¿sí?

    Abril le platicó todo lo ocurrido.

    —Ya veo. —Lola hizo ademán de pensar—. Primero, Abril, te felicito porque hiciste muy bien en no intervenir en esa pelea por tu cuenta. No habrías podido hacer nada y sólo habrías salido lastimada, así que lo mejor que pudiste hacer fue pedir ayuda a un maestro. Ahora, la próxima vez que te molesten, también quisiera que fueras de inmediato con un maestro y se lo digas, ¿bien?

    Abril asintió mostrando que le estaba prestando atención, por lo que Lola pudo continuar.

    —En segundo lugar, no te culpes por lo de la pelea, ¿de acuerdo? Emilio tiene razón, fue su decisión empezarla y estoy segura de que entendía que al hacerlo iba a recibir un castigo, así que no te mortifiques más por eso. Y por último, que tuvieras esa reacción de precaución es natural. Nunca habías visto pelear a Emilio y obviamente te sorprendió, así que tu cuerpo actuó de acuerdo a esa sorpresa. También es cierto que eso hirió a Emilio, pero me da la sensación de que a él le preocupa otra cosa. Emilio es un chico listo y muy sensato, así que quizás lo que hiciste lo hizo comprender que la violencia no puede tomarse a la ligera. Ahora que sabe que puede perder los estribos de esa manera, tal vez tema llegar a golpearte a ti alguna vez.

    —¡Pero eso no pasará! —se apresuró a negar Abril—. Emi nunca haría eso, yo lo sé.

    —No puedes estar segura de algo así, Abril —intentó razonar Lola.

    —Sí puedo y se lo tengo que decir a Emi para que ya no se preocupe por eso. —Abril hizo ademán de levantarse de su silla, pero Lola la detuvo.

    —Un momento allí, señorita. Tú no vas a ningún lado hasta que termines de comer. Ya después podrás hablar las cosas con Emilio, pero primero debes nutrirte. Y recuerda también que habrá que ir a la zapatería por unos tenis nuevos, así que tampoco puedes tardarte mucho con él.

    —Entonces comeré rápido.

    Abril empezó a comer con velocidad, por lo que en una de esas la comida se le fue por otro lado y le dio un severo ataque de tos. Lola le palmeó la espalda, animándola a tomar de su agua y le advirtió que comiera más despacio, así que no tuvo más opción que obedecer. Terminó de hacerlo y Lola le aconsejó que esperara un par de horas más antes de ir con Emilio porque quizás en ese momento también estaba comiendo con sus abuelos y lo mejor era no interrumpirlos. Abril obedeció así que se distrajo haciendo algunos dibujos y aventajándole a la tarea y al hacerse una hora razonable, Lola la dejó salir. Tocó la puerta de la casa de su amigo e Ignacia abrió.

    —Hola, mija. Emilio me contó que te estuvieron molestando hoy. ¡Qué niños esos! Ojalá les den un buen castigo —comentó la mujer haciéndose a un lado para que ella pasara.

    —Sí. —Abril bajó la mirada, apenada—. Dígame, doña Ignacia, ¿usted también castigará a Emi?

    —Me temo que sí, mija. —Ignacia asintió con solemnidad.

    —Y… ¿Y qué le hará?

    —Estará dos semanas sin videojuegos.

    —Pero a él le gustan mucho los videojuegos. —Abril sintió pesar por su amigo.

    —Es verdad, pero el mal comportamiento necesita corrección, Abril. Emilio lo sabe y por eso ha aceptado el castigo con sumisión, de buena gana.

    —Entiendo. —Abril jugó con sus manos, nerviosa—. ¿Puedo verlo? Tuvimos un malentendido hace rato y quiero hablar con él.

    —Claro, mija, eso ni se pregunta. No le prohibí las visitas ni salir ni nada de eso, así que adelante. —Las dos se adentraron al hogar—. Creo que ahorita mismo está en el baño, pero en un rato sale. ¿Lo esperas en la cocina?

    Abril sacudió la cabeza y se encaminó por el pasillo hasta el baño, no queriendo retrasar un segundo más su conversación, así que Ignacia la dejó estar y se adentró a la cocina.

    —Emi. —Abril lo nombró una vez estuvo ante la puerta del baño, con una inseguridad que aumentó cuando él no le respondió nada—. Emi, yo… Es… ¿Qué haces?

    —¿Qué piensas tú que puedo estar haciendo ¡si estoy en el baño!? —se exasperó él por la pregunta tan fuera de lugar.

    —Amm, pues… —Abril guardó silencio un momento, mirando sus pies un rato antes de volver a alzar la cabeza e indagar, curiosa—. ¿Es del uno o del dos?

    La puerta se abrió con brusquedad, sobresaltándola un poco y dejado al descubierto a un muy malhumorado Emilio.

    —¿Qué pasa contigo y tus preguntas de loca? —la reprendió él, gruñón.

    —Pero funcionaron, ¿verdad? Temía que no fueras a salir de allí —se sinceró ella, angustiada.

    —¿Qué quieres? Estás molestando —la apremió él, cruzándose de brazos.

    —Vengo a declararme, Emi —sentenció, seria.

    —¿Eh? —La miró como si definitivamente hubiese perdido la cabeza.

    —No te tengo miedo, Emi, no estoy asustada de ti —confesó ella, firme—. No tengo por qué estarlo. No eres un monstruo ni nada de eso para que te tenga miedo. Yo sé que nunca me lastimarías ni serías violento conmigo, porque eres tú y tú jamás harías nada que me hiciera daño.

    —Tú no sabes eso —masculló él, apretando uno de sus brazos con fuerza, afectado, desviando la mirada a un lado.

    —¡Sí lo sé! —avaló ella, segura—. Lo sé porque confío en ti, Emi, confío mucho y sé que nunca me golpearías y en caso de que pasara, aunque estoy segura de que no, pero si pasara, sé que no lo harías a propósito. ¡Eso es! Sería totalmente un accidente y por eso yo siempre, siempre te perdonaré y nunca te tendré miedo ni dudaré de ti. ¡Lo prometo!

    Y para demostrarle que no temía a su contacto, se apresuró a tomar una de sus manos pese a la protesta de él y se la llevó al pecho, como si la estuviera abrazando y lo miró con decisión. La mirada gris-azulada y la canela se sostuvieron por un momento, la de él llena de irritación y la de ella de determinación. Después de unos segundos, el arrugado ceño de Emilio comenzó a alisarse, comprendiendo que no iba a ganar esta batalla contra ella; Abril podía ser terca como una mula cuando se lo proponía. Suspiró con derrota.

    —De acuerdo, haz lo que quieras. Tan sólo suéltame; eres molesta. —Y tiró de su mano para liberarla.

    —Me alegra que estemos bien, Emi. —Abril lo soltó sonriéndole con encanto, en lo que le revolvía el cabello.

    —Para con esa manía tuya. Es odiosa. —Él la apartó de un ligero manotazo, disgustado—. Y es Emilio, no Emi.

    —Pero me gusta tocarte el cabello. Es suavecito —admitió ella, risueña.

    —¿Envidia de que el tuyo sea un estropajo? —Emilio se cruzó de brazos otra vez y se apoyó en el marco del puerta, de lado, adoptando una pose despreocupada.

    —¡Eso no es cierto! El mío no está tan mal. Tal vez no es tan suave, pero… —Abril se tocó su semi-largo cabello castaño opaco, notando su aspereza y al observar a Emilio nuevamente, descubrió que le dedicaba una media sonrisa petulante, haciéndola sonrojar de humillación—. Ouh, eres malo conmigo, Emi. Yo que te hago cumplidos siempre y tú que me ofendes. ¿Por qué no puedes hacérmelos también de vez en cuando?

    —Difícil encontrar algo que halagar de ti. —Emilio se encogió de hombros.

    —¡Malo!

    —Niños, niños, ¿se están peleando otra vez? ¿No venían a aclarar su desacuerdo? —Ignacia apareció por el pasillo, mirándolos con advertencia, especialmente a su nieto.

    —No se preocupe, doña Ignacia, sólo estamos jugando. —Abril le sonrió amigable.

    —¿Piensas quedarte, mija?

    —No puedo. —Abril sacudió la cabeza—. Tengo que ir a la zapatería por unos tenis nuevos. ¡Ah! Iré a la de don Tomás. Me gustaría verlo; hace mucho que no me lo encuentro por acá y él siempre me cuenta un montón de cosas divertidas.

    —¿Puedo acompañarla, abuela? —pidió Emilio.

    —¿Quieres venir, Emi? —Abril se sorprendió mucho, pues normalmente él no se ofrecía ir a ningún lado con ella a menos que se lo suplicara o lo arrastrara consigo.

    —Claro, mijo. Vayan con cuidado.

    —Gracias. Ya vengo.

    Emilio tomó a Abril de la mano para hacerla caminar al verla tan pasmada, por lo que ella salió de su estupor y se despidió de Ignacia con un rápido adiós, sacudiendo la otra mano.

    —Vaya, Emi, no esperaba que vinieras también —comentó ella, ya andando por la calle y después de tener el consentimiento de su madre de ir con Emilio y que le diera el dinero necesario—. ¿Pero por qué viniste? ¿También querías ver a tu abuelito?

    —No. Quiero ser el primero en bautizar tus nuevos tenis con un buen remojón —confesó él, tranquilo.

    —¡Cruel! En serio eres malo; muy, muy malo.

    Y entre berrinches, protestas y conversaciones variadas, los dos amigos se dirigieron a su destino.


    Por ahora es todo. ¡Gracias por leer!
     
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    Zurel

    Zurel Camino a la Supremacía

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    Hola.

    Pasaba a dejar mi opinion, no quiero que pienses que me olvido de comentar, últimamente estoy hecho un lío y por esa razón la ausencia.

    Con el paso de los capis no habia notado que entre cada uno de ellos, hay una diferencia de días, e incluso hasta meses, no había notado ese detalle hasta hace poco.

    La relación de los chicos en general se vuelve cada vez más fuerte, lo que me indica que son esa clase de chicos que son amigos desde toda la vida, literalmente. Es bueno, somos muchos que nos
    olvidamos de nuestros amigos y ellos de nosotros, y son pocos los que mantienen la amistad a pesar de los años, así como también la comunicación.

    La historia me ha hecho recordar esos momentos, tristes y felices. U.U

    Con respecto al último, me ha gustado bastante, no me malinterpretes, todos me gustan, pero este ha sido muy divertido, me ha hecho reir bastante, estos chicos no cambian nunca.

    Ma alegra que Emilio y Abril arreglaran el mal entendido, ya me había imagino que hiban a estar ariscos el uno con el otro durante varios capítulos, me alegra cómo terminó.

    Aquí estaré y aunque pasen meses me pondré al día cuando pueda.

    Saludos.
     
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  3. Threadmarks: Escena veintiuno
     
    Borealis Spiral

    Borealis Spiral Fanático Comentarista destacado

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    Darth Revan ¡Gola, Darth! Qué gusto oír de ti y descuida, yo entiendo que a veces uno no se pase por acá tanto, así que no te preocupes por ello. Agradezco de corazón el esfuerzo que haces de seguir leyéndome pese a que estés hecho un lío; lo aprecio en verdad. Y sí, la diferencia en el tiempo entre capítulo y capítulo es de varios días e incluso meses; qué bueno que lo notaste. Me alegro que los capítulos sigan entreteniéndote y haciéndote recordar los buenos y malos momentos que pasaste con tus amigos; ese es mi principal objetivo. Gracias de nuevo por tu apoyo.

    A los demás que se pasan a leer, también se los agradezco infinitamente, lo sabes. A ustedes es que vaya la próxima escena. ¡Disfruten!

    Escena veintiuno

    Era sábado por la mañana y César no se dignaba salir de la cama, sintiéndose frustrado. Ese día sus padres tenían trabajo. No era inusual que trabajaran varios fines de semana, dejándolo a él a cargo del cuidado de sus hermanos, cosa que tampoco le molestaba en general. ¿Pero por qué precisamente tuvo que ser ese día? Ese en el que cumplía trece años y se suponía debía pasarlo festejando con sus amigos. Pero nada, tuvo que cancelar cualquier tipo de planes con ellos ante la noticia, decidiendo que ya después harían algo para juntarse. Sin duda, alguien debía odiarlo mucho en algún lugar.

    Tocaron la puerta de su habitación un par de veces antes de que se abriera.

    —¿César? —Su hermana de nueve años se asomó por la abertura.

    —¿Qué? —Se alzó un poco de la cama inferior de la litera que compartía con su otro hermano, para verla mejor.

    —¿Estás despierto? —inquirió la niña en voz suave.

    —No, pero si vuelves en veinte minutos verás que ya lo estaré —respondió él, sarcástico, echándose de nuevo en el colchón.

    —Pfff. —La niña bufó con molestia—. ¿Por qué eres tan majadero?

    —¿Por qué haces preguntas tan tontas? —rebatió él en el mismo tono.

    —¿Por qué eres tan odioso?

    —¿Por qué eres tan…?

    —¡Ah! ¡Quiero dormir!

    El grito del niño de cinco años que estaba en la cama de arriba los interrumpió y ambos vieron como el susodicho se removía inquieto sobre el colchón, haciendo rechinar la litera, para después acomodarse de nuevo para dormir.

    —César —volvió a nombrarlo ella, suplicante.

    —¿Qué quieres, pues? —cuestionó por demás fastidiado pero controlando su tono para no despertar al pequeño, en lo que se sentaba.

    —Creo que Juanpa se hizo. Huele feo. Me despertó el olor.

    César bajó la cabeza y suspiró, derrotado. Sí, normalmente no tenía problemas en cuidar a sus hermanos, pero ese día simplemente no estaba de ánimos.

    Refunfuñando mil y un diantres, el de cabellera marrón dorada se levantó de su lugar y salió de su cuarto para dirigirse al de su hermana, el que compartía con el menor de los hijos de sus padres, el pequeño Juanpa de ocho meses. Al llegar vio que el bebé comenzaba a despertarse por la incomodidad de la suciedad del pañal, amenazando con llorar.

    —Hey, hey, campeón —le habló con buena vibra, frotándole el pecho—. Tranquilo, tranquilo, que en un rato te quitamos ese pañal mugroso y te ponemos uno limpio y olerás a rosas. Bueno no, no olerás a rosas, pero a popo seguro que tampoco y eso ya es ventaja. Majo, traeme los pañales y las toallitas húmedas.

    —Voy. —Majo acató lo ordenado.

    De aquella manera y con la asistencia de Majo, César terminó de cambiar a Juanpa.

    —Allí estás, como nuevo. A que te sientes mejor, ¿eh? ¿A que sí? —César alzó en brazos al infante y restregó su nariz con la suya, haciéndolo reír—. ¿Tienes hambre? Porque yo sí. Vamos a ver qué nos encontramos para comer, ¿sí?

    —¿Harás de almorzar? —Majo lo siguió después de ir a tirar el pañal y las toallas sucias.

    —¿Qué me ves cara de cocinero o qué? —César la miró mal.

    —¿Entonces qué comeremos?

    —Pues lo de siempre. Cereal.

    —Ah, siempre comemos cereal antes de ir a la escuela. Ya me aburrió —se quejó ella con un berrinche.

    —Entonces hazte un sándwich o algo —rebatió el mayor, despreocupado.

    —También comemos sándwich todos los días en el recreo —volvió a reclamar la niña.

    —Entonces quédate sin comer —se fastidió César—. Yo no estoy para tus exigencias. Ni yo sé qué voy a tragar, así que aguántate.

    Majo lo miró con un puchero de disgusto.

    —Si aprendieras a cocinar esto no pasaría —murmuró con resentimiento.

    —¡Te escuché! ¿Y no se supone que tú eres la mujer de la casa? Aprende a cocinar tú que para eso estás.

    —¡Machista! —Majo le enseñó la lengua.

    —¡Llorona!

    César casi la agarraba del pelo para jalárselo, pero los toques en la puerta principal lo detuvieron.

    —¡Voy! —Majo se apresuró a atender.

    —¡Hey! Fíjate primero por la ventana —la regañó él; nunca se podía ser demasiado precavido.

    —Que sí, que sí.

    Majo hizo lo ordenado y al ver quién era, se volvió a su hermano mostrando una gran sonrisa, emocionada.

    —¡Es Beky! —anunció yendo a abrir.

    —¿Qué?

    César se sorprendió demasiado de que su amiga estuviera allí, por lo que también se dirigió a la puerta.

    —¡Beky! —Majo se le lanzó encima en un fuerte abrazo—. ¿Por qué no has venido a visitarnos? ¿Ya no nos quieres? ¿Ya no me quieres?

    —No digas eso, Majo, claro que los quiero. —Beky le devolvió el abrazo aun pese a las bolsas que traía consigo—. Siento no visitarlos mucho, pero he estado algo ocupada.

    —¿Qué haces aquí, zotaca? —cuestionó César mirándola con sospecha.

    —¿Así saludas a tu mejor amiga que se tomó la molestia de venir a desearte un feliz cumpleaños? —Beky soltó a Majo y encaró al chico, desafiante—. Vaya modales. No, espera, si ni siquiera tienes. ¿De qué me sorprendo?

    —¿Y qué esperabas que hiciera? —Ahora la miró con enfado—. Quedamos en que nos veríamos otro día, ¿no? ¿Yo cómo iba a saber que ibas a hacer lo que te viniera en gana y te aparecerías así como así en mi casa?

    —Ay, César. —Beky negó con la cabeza, sonriendo condescendiente—. Deberías conocerme mejor que eso. ¿Y qué importa si estás aquí encerrado cuidado de tus hermanos? ¿No puedo traer la fiesta a donde estás tú, en lugar de que tú vayas a ella? ¿No es lo que hemos hecho con todos el último par de años?

    —Beky. —César la miró por demás estupefacto.

    —Mmm. ¿Qué es es olor? —Majo los interrumpió al percibir un delicioso aroma.

    —Oh sí. Les traje unos tacos sudados para que comamos —informó Beky en lo que se adentraba más a la casa dejando las bolsas en la mesa de la cocina y luego miró a César, regalándole una sonrisa sincera—. Considéralo parte de tu regalo, ¿de acuerdo?

    —Ah, claro… Gracias —agradeció él, aún demasiado atónito de toda aquella situación.

    —¡Ay, qué bueno! César iba a obligarnos a comer cereal. Nos salvaste, Beky. Despertaré a Abel para que venga también —anunció Majo en lo que iba a despertar a su hermano.

    —¿Le darás de comer a Juanpa? —inquirió Beky mientras sacaba los alimentos de la bolsa.

    —¿Eh? Ah sí. Tengo que prepararle su fórmula y darle un Gerber.

    —Si quieres dámelo mientras la preparas. Yo lo cuidaré —ofreció ella acercándosele.

    Él asintió y le pasó al bebé, así que lo sostuvo con mucho cuidado.

    —Hola, Juanpa. ¿Cómo has estado? No te he visito mucho desde que naciste. ¿Te acuerdas de mí? Soy amiga del insufrible de tu hermano. Ojalá que cuando crezcas no seas tan pesado como él. Pero seguro que no, tú sí eres lindo, ¿verdad? ¿Verdad? —Y estampó múltiples besos en el redondo y sonriente rostro infantil—. Es muy risueño y nada tímido.

    —Pues claro, si es que se parece a mí —alardeó César sin dejar de trabajar, orgulloso.

    —Oye, no lo desgracies tanto —pidió ella fingiendo pesar.

    —¿Cuál desgracia? Si no pudo tener más suerte de tenerme como hermano mayor.

    —Sí claro. —Beky rodó los ojos—. En tus sueños.

    —A ver pues, dámelo ya. Ya está esta cosa.

    Beky le pasó a Juanpa para que lo alimentara y casi de inmediato Majo y Abel hicieron acto de presencia, pues casi siempre era una tarea titánica la de despegar al niño de las sábanas. De ese modo, todos comenzaron a comer del delicioso platillo, aprovechándolo al máximo porque no todos los días se daban tal majar. Cuando terminaron, Beky y Majo ayudaron a limpiar en lo que César hacía que Juanpa eructara golpeándole la espalda y Abel se entretenía jugando con su colección de carritos Hot Wheels, la que había pasado de ser de César a ser de él. En eso, volvieron a tocar la puerta.

    —¿Y ahora quién será? —César alzó la ceja dispuesto a ver de quién se trataba, con Juanpa en brazos todo el tiempo.

    —Seguro es Abi —informó Beky secándose las manos después de terminar de lavar los platos.

    —¿También venía? —César se sorprendió de nuevo, llegando a la puerta y abriéndola.

    —¡Jelou, Jelou, encanto! ¿Me extrañaste? ¿Llorabas por mí? ¿Lo hiciste, lo hiciste? —Fue el saludo de la bella pelinegra en lo que le guiñaba un ojo, coqueta—. ¡Pues no sufras más que tu hermosa novia ha llegado! Ah, traje pastel y gelatina. —Y mostró una bolsa.

    —¿Qué estás haciendo aquí? —la cuestionó César sin salir de su asombro.

    —¡Qué grosero! ¿No puedes mostrar más felicidad de verme? —se indignó ella, dramática—. ¿Y cómo que qué hago aquí? Vengo a festejar el cumpleaños de mi novio. ¿Qué clase de mala y horrible novia sería si no lo hiciera? Quiero decir…

    —Ya sé. Beky te dijo que vendría y como no quisiste quedar excluida de la posible fiesta pues viniste —la interrumpió César, adivinando el verdadero motivo.

    —Muy bien, sí, me atrapaste —confesó la otra—. ¡Pero vamos! No pensaban dejarme fuera de esto, ¿o sí? Y además traje cositas para divertirme con Majo. Traje esmalte de uñas, calcamonías para decorarlas, brillantina y…

    —¡Ya, ya, ya! Cállate que me desesperas. No quiero saber de tus tonterías de niñitas. A mí me importa el pastel y ya. —César se hizo a un lado para que pasara—. Vamos, entra.

    —Jojojo~. Sabía que traer pastel sería mi pase seguro. —Abi rio, traviesa.

    —Te tomaste tu tiempo en llegar —comentó Beky en cuanto se instaló en la cocina junto a ella y Majo, quien la saludó contenta.

    —Oh, ya ves. Como sabía que venías primero, quise darles un momento de privacidad —insinuó ella alzando las cejas varias veces, pícara.

    —No empieces —advirtió la de cabello corto, sonrojada.

    —Eres una novia muy rara, Abi —dijo Majo.

    —Oh linda, sabes bien que lo mío con César no es serio.

    —Pero igual es raro —sentenció Majo, a quien todavía le parecía increíble que alguien de la categoría de Abi estuviera saliendo con su bruto hermano por muy de mentiras que fuera.

    —¡Pero bueno! No perdamos tiempo y comamos ese pastel ya —interrumpió César con la boca hecha agua.

    —No todavía. Esperemos a que lleguen Abril y Emilio —decretó la de ojos caramelo.

    —¿También les avisaste? —César obtuvo su tercera sorpresa del día.

    —¿Emilio va a venir? —inquirió Majo entusiasmada a más no poder, en lo que le brillaban los ojos de ilusión.

    —Ay, ya empezamos. —César bufó con fastidio.

    —Qué bien. Él casi no nos visita y tampoco lo veo mucho en la escuela —siguió Majo con su parloteo—. ¡Y yo estoy en pijama todavía! ¡Ah! Tengo que cambiarme, ¿pero qué me pongo? Beky… No, mejor tú no, no creo que sirvas. Abi, ¿ahorita que me cambie me haces un peinado bonito, porfa?

    —Claro, linda, claro. —Abi rio de la reacción de la niña en lo que la veía encerrarse en su cuarto para ponerse algo decente—. Oh my God, César, ¿Majo sigue con ese crush infantil por Emilio?

    —Sí y ya no lo aguanto —se quejó él, irritado—. Siempre está: “¿cuándo vas a invitar a Emilio? Casi no lo veo en la escuela. ¿Sabes por qué nunca sale de su salón en el recreo? Nunca se despega de Abril. ¿Crees que le guste?”. Y bla bla bla. ¡Ugh! Es un fastidio. Como si Emilio y yo fuéramos los grandes amigos. ¿Y qué rayos le ve a un amargado como él? Si es más gruñón que mi abuelo.

    —Ujujuy~, ¿celoso de que te robaron la admiración de tu hermanita? —probó Abi, pilla.

    —¡Claro que no! Es…

    —Exacto, Abi —lo interrumpió Beky, socarrona—. ¿Cómo robarle algo que nunca tuvo en primer lugar?

    —¡Tú cállate, zotaca! Simplemente estoy harto de que se la pase todo el rato hablando de él. ¿Qué demonios tienen las niñas que sólo saben hablar de chicos? ¡Son desesperantes!

    —¿Y de qué más quieres que hablemos? Los chicos dan mucho tema de qué hablar. Es que su idiotez no da abasto —declaró Beky con una sonrisa malvada.

    —A ti no te creo que hables de ellos, zotaca. ¿No oyes que estoy diciendo que sólo las verdaderas niñas lo hacen, no las marimachas? —contraatacó él, mordaz.

    —Uy, nada más porque tienes a Juanpa en brazos, que si no, te habría dado una buena patada en el trasero, ¿me oyes? —amenazó la chica con molestia palpable.

    —Ya quisiera verte intentarlo.

    Beky rompió una servilleta en pedacitos haciendo pequeñas bolitas, las que le arrojó a César a manera de venganza, quien no pudo evitarlas rápido por el peso del bebé en sus brazos, por lo que terminó más bañado de basurita de lo que le hubiese gustado. En eso, reapareció Majo con un lindo conjunto y se dio prisa en ponerse en manos de Abi para que la peinara, haciéndole una sencilla trenza de espiga. Entretanto, Juanpa se durmió, por lo que César fue a recostarlo en su cuna. Al poco rato volvieron a tocar la puerta.

    —¡Ya llegó! —gritó Majo corriendo a abrir.

    —Fíjate por la… Ah, olvídalo. —César lo dejó estar al ver que no le hacía caso.

    Majo abrió de lleno la puerta y al instante fue bañada en un montón (en serio un montón) de confeti, el que también se le metió a la boca dándole un mal sabor a su paladar y la hizo toser, en lo que un “Felicidades” quedaba ahogado a medias y una carcajada burlona se dejaba oír.

    —¡Lo siento! Perdóname, Majo. Creí que César abriría. Perdón, perdón. No quise hacerlo —se disculpó Abril muy, muy avergonzada.

    —Pero qué torpe eres —dijo Emilio entre risas, divertido por la escena.

    —Ay, lo siento tanto, tanto —volvió a disculparse la castaña en lo que intentaba sacudirle el confeti a la niña.

    —¡Ah, ah! ¡Quítate! —Majo la apartó de unos manotazos, escupiendo para sacarse el confeti de la boca, avergonzada de que semejante cosa le pasara frente a Emilio, pero también molesta de que él se riera de ella—. ¿Por qué no te fijaste? ¡Eres una tonta! ¡Te odio!

    Empujó a Abril con fuerza, emberrinchada y llorosa, antes de adentrarse a la casa e ir a encerrarse a su habitación otra vez.

    —Ouh, pobrecita. Espero que esté bien —se condolió Abril.

    —Bueno, nada más por eso ha valido la pena venir —manifestó el rubio retomando su seriedad habitual, cruzándose de brazos.

    —¡Malo! Eso ha sido muy cruel hasta para ti, Emi —lo regañó Abril, disconforme—. Fue un accidente.

    —Oigan —César hizo acto de presencia—, ¿qué…?

    —¡César! —Abril se le abalanzó para abrazarlo—. Primero, ¡feliz cumpleaños! Y segundo, ¡lo siento mucho! Quería echarte confeti a ti, pero Majo abrió la puerta y se lo eché a ella por error y ahora está enojada, pero fue un accidente y ya me disculpé pero no me quiere perdonar. ¿Qué hago?

    —Conque por eso corrió chillando a su cuarto con todo ese confeti encima —meditó César antes de encogerse de hombros—. Bah, no le hagas caso. Ya se le pasará el coraje. Mejor entren ya que los hemos esperado para comer pastel y ya no pienso esperar más, anden.

    Los dos ingresaron al hogar y Abril saludó a todos con enjundia y abrazos, mientras que Emilio simplemente fue directo a tomar asiento en una de las sillas sin mediar palabra. De esa manera, partieron el pastel y la gelatina para empezar a comerlos y César tuvo que llevarle un pedazo de cada uno a Majo, quien se encaprichó en no salir hasta que Abril y Emilio se fueran, pues no los quería ver por burlarse de ella. Después, como Abril había llevado el juego de la Jenga, César, Abi y Beky se pusieron a jugarlo mientras Abril jugaba a los carritos con Abel, quien le había pedido a Emilio que jugara con él y ante su cortante y nada amable negativa casi lo hizo llorar, pero Abril lo tranquilizó diciéndole que ella jugaría con él con mucho gusto. Así la pasaron un buen tiempo.

    —Oh, creo que ya es hora de que le dé su regalo a César —comentó Abi después de que la torre de Jenga cayera por su culpa y los miró a todos—. Ustedes le trajeron algo, ¿cierto?

    —¡Claro! —respondió Abril, contenta, levantándose del suelo donde jugaba con Abel para ir a sentarse en la cocina—. Emi también le dará algo. Tú también, ¿verdad, Beky?

    —Por supuesto —avaló la chica, segura.

    —¿Ah sí? A ver, zotaca, ¿y qué me regalarás? —curioseó César.

    —No, no, dejemos que Beky sea la última —intervino Abi—. Como yo soy tu novia, haré los honores de empezar, así que ¡aquí tienes! ¡Felicidades, amorcito corazón!

    Abi le dio una pequeño estuche con cierre y al abrirlo, César vio en el interior un cepillo y una pequeña pasta de dientes, enjuague bucal, un pequeño desodorante, un jabón chico, un rastrillo y un botecito de crema.

    —¡¿Qué clase de regalo de porquería es este?! —gritó irritado, mirándola con reproche.

    —¿Ah? ¿Cómo que regalo de porquería? ¡Qué grosero! Es un kit de aseo personal y creo que te va perfecto —notificó Abi con indignación—. Como tu cuerpo está cambiando es importante que mantengas tu higiene personal y te estoy ayudando a hacerlo. No es por nada, pero cuando tienes Educación Física o cuando juegas en el recreo terminas oliendo horrible, así que procura usar el desodorante, ¿sí?

    —Serás… —César se sintió avergonzado de oírla y mayormente molesto—. ¿Sabes qué? No quería creerle a Emilio, pero al final y tiene razón. Tus regalos apestan.

    —¿Verdad? —consintió Emilio recordando la estúpida horquilla—. Si es que tiene un pésimo gusto.

    —¡Oh vamos! No empiecen. No es mi culpa que ustedes tengan una mente tan cerrada como para no ver más allá del glorioso motivo tras cada uno de mis hermosos regalos —se excusó Abi, defensiva.

    —Lo que digas. Ahórranos las charla. —César movió el brazo para desechar la idea, haciendo que la pelinegra le lanzara una mirada asesina—. Mejor pasemos a alguien que sí sabe dar buenos regalos. Abril, ¿qué me trajiste?

    —Esto. ¡Feliz cumple, César!

    Abril se colocó a su lado y le entregó una cajita envuelta en papel de globos de colores. César rompió el envoltorio y descubrió un set de bloques de construcción, siendo el producto a construir un Charizard. Al verlo, no pudo evitar soltar una carcajada de pura diversión.

    —Esto es… Ah, ¿cómo…? —La risa no lo dejó hablar bien.

    —¿Por qué te ríes? —Abril ladeó la cabeza, confundida.

    —Es que… ¿Cuántos años crees que cumplo? —indagó finalmente, tratando de calmarse.

    —¿Eh? Pues trece, ¿verdad?

    —Y esto es más para niños de, yo qué sé, ¿siete? —César sacudió la caja en su mano.

    —¿No te gustó? —Abril frunció le ceño, contristada.

    —No es eso —negó él, sonriente—. Me sorprende que todavía te gusten este tipo de cosas como para que decidas darlas como regalo.

    —Ouh, pero yo creí que sería divertido armarlo —se defendió ella haciendo una mueca—. ¡Es que mira! Es un dragón muy bonito… Es un dragón, ¿verdad?

    —Eso parece. —César miró el dibujo del Charizard.

    —Es el personaje de un videojuego —informó Emilio como quien no quiere la cosa.

    —Bah, qué más da lo que sea. —César le restó importancia—. Supongo que puede ser entretenido armarlo. Apuesto a que a Abel le gustará ayudarme y puede que Majo también se apunte. Gracias, Abril. Lo aprecio mucho, en serio.

    Y para demostrarle que era cierto lo que decía, le dio un abrazo de cintura porque él seguía sentado y ella de pie.

    —De nada, César —respondió al abrazo, gustosa.

    —Muy bien. Dado que Beky será la última, el que queda es Emilio —dijo Abi instando al rubio a que le diera su regalo al festejado.

    —Ten.

    Emilio no se molestó ni en levantarse para darle el presente y se lo lanzó desde su lugar. César lo atrapó con buenos reflejos, detallando que se trataba de un pequeño llavero de una pelota de baloncesto.

    —Hey, Emilio, esto es genial. Gracias, hombre —agradeció César, pues realmente le había gustado el obsequio.

    —Da igual —replicó el otro, lacónico.

    —Ahora sí, zotaca. Ese regalo tuyo, ¿de qué va? —César miró a su mejor amiga con gran intriga.

    —¿Por qué me da la impresión de que mi regalo es el que más estabas esperando? —comentó ella, ladina.

    —¿Qué? ¡Estás loca! —se opuso él—. Te crees muy original para los regalos, pero no creo que las expectativas de tus gustos se cumplan en mí.

    —¿Insinúas que te daré un mal regalo? ¿Cuándo lo he hecho en todos estos años que llevamos de conocernos, César? —Beky lo miró con desaprobación.

    —Siempre hay una primera vez, zotaca. Nunca se sabe —sentenció él, burlón.

    —¿Ah sí? ¿Por qué mejor no dejo que lo juzgues tú mismo? Aquí tienes.

    Beky le tendió una pequeña bolsa de regalo y cuando el de cabello marrón dorado la abrió, se encontró con un mp3 de 4G, gris, sencillo y pequeño, incluyendo audífonos, además de unas muñequeras deportivas negras con unos diseños de rayos rojos. César se quedó sin habla.

    —Imagino que debes pasarlo mal ahora que no estoy contigo en la escuela para que escuchemos música juntos —comenzó a explicar Beky, calmada—. Era costumbre que te prestara uno de mis audífonos para oír algo de rock en el recreo cuando no estábamos jugando. Es bueno que tengamos gustos parecidos porque me tomé la libertad de ponerle algunas canciones que sé que te gustan. De todos modos queda mucho espacio para que lo llenes con más música que te guste, sólo dímelo y yo la bajaré por ti. Las muñequeras son un extra, supongo. Un día las vi mientras iba de compras con mamá y pensé en ti. —Beky se sonrojó—. Q-quiero decir, se supone que tu sueño es ser un jugador famoso, ¿no? Pues para lograrlo necesitarás el equipo apropiado y al menos sería bueno que empezaras con esto, así que eso, aprovéchalas bien. Y pues eso… Feliz cumpleaños, César.

    Le sonrió con gran afecto y César sintió que el rostro se le acaloraba.

    —Yo… Ah… Gracias, Beky —reconoció con gratitud y sintiendo una gran felicidad en su pecho, devolviéndole la sonrisa.

    —Ay, odio romper esta burbuja de amor, ¿pero qué tal si nos ponemos a hacer algo para matar el tiempo? —sugirió Abi, sonriendo traviesa.

    —¿Cuál burbuja de amor? —cuestionaron los dos implicados.

    —La que obviamente ustedes no tienen. —La bella chica rodó los ojos, sarcástica.

    —¡Ya deja eso! —protestaron al unísono nuevamente, incordiados.

    —Pero tienes razón en que hay que hacer algo —le dio la razón Beky, pensativa.

    —¿Qué tal si vemos una película? —sugirió Abril—. Traje algunas.

    —¿En serio? ¿Cuáles? —César se acercó a verlas—. Todas de caricaturas, eh.

    —Sí, es que me gustan un montón —asintió la castaña, sonriente.

    —Pues sí que eres infantil.

    —Dímelo a mí —murmuró Emilio, sabiendo de primera mano el nivel de infantilismo de su amiga.

    —No la molesten —tomó la palabra Abi—. No tiene nada de malo que le gusten esas películas y creo que es perfecto, César. Así tus hermanos también pueden verla.

    —Sí, creo que sí. Ustedes vayan a la sala y acomódense. Oíste, Abel, veremos una película —llamó a su hermano, quien sólo asintió a lo dicho ya que era bastante callado; era el raro de la familia—. Yo iré por Majo a ver si quiere venir.

    Todos le hicieron caso y se instalaron en la sala, mientras César iba por Majo y aunque al principio la niña se negó en salir, al final aceptó ver la película con los demás, mas no le dirigió la palabra ni a Emilio ni Abril, por mucho que la última la saludara y quisiera disculparse de nuevo por lo del confeti. No deseando arruinar el ambiente, la castaña lo dejó estar y se dispuso a gozar de la película junto a los demás y se sentó en el sillón, que era de tamaño mediano junto a Abi y Beky, mientras Majo se sentaba en el individual haciéndole espacio a Abel, y dado que eran los únicos asientos en la pequeña sala, César y Emilio quedaron en el suelo; César frente a Beky y Emilio frente a Abril.

    Mientras la película transcurría entre uno que otro comentario por parte de todos, César les lanzó discretas miradas a cada uno de sus amigos, rememorando el día que había pasado con ellos y aunque no había sido como le hubiese gustado festejarlo, sin duda había sido muy, muy bueno. Era genial contar con amigos tan asombrosos como ellos y estaba muy agradecido de tenerlos.


    Por ahora es todo. ¡Gracias por leer!
     
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    Zurel

    Zurel Camino a la Supremacía

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    Un cumpleaños más! Y esta vez le tocó a César.

    Sin lugar a dudas, tiene unos grandes amigos, con sus manías raras, pero amigos al final de cuentas.

    Y aunque no fue una fiesta a lo grande, se la pasó bien y es lo que cuenta. Todos los regalos fueron buenos, pero sin duda, César quedó en shock con el regalo de Beky.

    Es interesante la extraña relación que tiene éstos dos, Beky me recuerda de alguna forma a una compañera de la primaria.

    Como siempre un capítulo entretenido y lleno de risas, me encanta leerte.

    Saludos y hasta la próxima.
     
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    Borealis Spiral

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    Zurel ¡Hola... ¿Zurel?! Okey, he de admitir que ese cambio de nick me sacó de onda un momento. Es que estaba muy acostumbrada al de Darth, jejeje. Pero por algo sería que lo cambiaste, me pregunto por qué. Y bueno, aquí, agradeciéndote como siempre el gran apoyo que me das con tus lecturas y comentarios, me alegra que la historia te guste y que al menos algún personaje te recuerde a alguien específico. ¡Gracias por todo!

    A los demás que se pasan a leer, también se los agradezco mucho. Sin mucho más que decir salvo disculparme siempre por mi regular ausencia, aquí dejo la siguiente escena que espero sea de su agrado, la que siento un poco especial por los personajes en los que se centra, pero ahí juzgan ustedes. ¡Disfruten!

    Escena 22

    En la mañana de aquel día, las competiciones de atletismo a nivel secundaria y primaria de la región habían llegado, por lo que una gran cantidad de alumnos de varias escuelas se encontraban en el campo y pista al aire libre, los que habían condicionado para el evento que se llevaba a cabo en una de las ciudades que correspondían a la región. Entre el grupo lozano se encontraba Beky, quien hacía los estiramientos correspondientes junto a sus otros compañeros participantes de su escuela.

    —¿En qué van a participar ustedes? —preguntó uno de los chicos, de tercero.

    —Yo en las carreras de obstáculos y el salto de altura —respondió otro chico.

    —Nosotros en los relevos —respondió otro señalando a otros dos compañeros.

    —¿Y ustedes, chicas? —inquirió el mismo de tercero.

    —Yo en salto de altura y también en relevo —respondió una.

    —Yo en los metros planos, el salto de longitud y en los relevos también —informó Beky sin dejar sus estiramientos.

    —Ah, pues de veras que tú eres una máquina para correr, ¿verdad? —comentó uno de sus compañeros de clase.

    —Es una de mis pasiones, no lo voy a negar —reconoció la de cabello corto, orgullosa.

    —A ver, todos pongan atención. —El profesor de Educación Física se les acercó—. Ya va a empezar la inauguración, así que vayan terminando de calentar para ir a formarnos en nuestro lugar.

    Todos acataron lo ordenado y mientras Beky seguía a sus compañeros para ocupar su sitio correspondiente, su celular vibró. Lo abrió y vio un mensaje de Abi.

    «Suerte en tu competencia de hoy». Y le envió un emoticono de dedos cruzados. «Cesar dijo que si no llegas con medalla de oro ya no sera tu amigo así que no pierdas».

    Beky sonrió por la primera oración y luego rodó los ojos con la segunda; se puso a escribir pese a que uno de los organizadores del evento ya había empezado su discurso de bienvenida.

    «Gracias por los buenos deseos y dile a ese tarado que no pienso perder y que cuando lo vea le voy a restregar esa medalla en la cara para que se le quite lo hablador».

    Esperó la respuesta de su amiga escuchando sin mayor interés el discurso. Su móvil volvió a sonar.

    «OMG! Acabas de confesar que harias lo que sea con tal de no perder a Cesar. Que romántico!!!». Y ahora puso muchos corazones y caritas de enamorados.

    «Estas loca! Yo no dije nada de eso! Esto ya empieza. Te dejo. Luego hablamos».

    Guardó el aparato en el bolsillo del pantalón deportivo, aunque de todos modos tendría que dárselo a su profesor para que se lo cuidara en lo que ella corría. La inauguración de los juegos atléticos regionales terminó después de casi media hora y ahora sí iniciaron con la competencia. Primero empezaron los de primaria, iniciando con las carreras de velocidad de los varones, siendo la de cien metros la primera. Cuando los niños terminaron, ahora llegó el turno de los chicos de secundaria, pero el participante de su escuela no ganó esa carrera.

    Siguió el turno de las mujeres, comenzando con las de primaria y después de que terminaron, siguieron las de secundaria, por lo que Beky se preparó acomodándose bien en su estribo, sabiendo que en estas carreras una salida rápida era importante. Sonó el silbato y se apresuró a lanzarse a la pista para correr a máxima velocidad y aunque sus piernas cortas podrían parecer desventajosas, en realidad siempre había sido muy rápida pese a eso. No obstante, en esta ocasión atravesó la meta después de dos de sus contrincantes, por lo que quedó en tercer lugar. Se llevó las manos a la cintura y miró el cielo, frustrada por no haber ganado, en lo que intentaba regular su respiración.

    —¡Buen trabajo, Beky! —la animaron sus compañeros en cuanto regresó al grupo.

    —Bien hecho, bien hecho —la felicitó de igual manera su entrenador, palmeándole el hombro—. Un tercer puesto no está mal y todavía quedan los doscientos metros planos, así que ánimo.

    Beky se limpió la garganta y escupió al suelo, intentando deshacerse del mal sabor de boca. Tenía razón, su participación en la competencia no terminaba todavía, por lo que aún quedaba oportunidad para una victoria total.

    Ahora siguió nuevamente el turno de los varones para los doscientos metros planos, tanto de primaria como secundaria, mas nuevamente su compañero no alcanzó ninguno de los primeros tres lugares; los oponentes eran buenos. Después de que las niñas de primaria también hicieron su carrera, siguieron las de secundaria de nuevo, así que Beky volvió a ponerse en posición de salida y al oír el silbato, salió disparada con todo lo que sus energías y concentración le permitieron; aquí se requería de una velocidad constante en todos los metros y por ende era preciso mayor resistencia. Su esfuerzo se vio recompensado al ser la primera en cruzar la línea de meta.

    —¡Sí! —gritó alzando los brazos y dando un gran salto de emoción, triunfante.

    Sus compañeros atletas se le acercaron en gran algarabía, llenándola de ovaciones y felicitaciones, en lo que un par de ellos la alzaban para hacer que se sentara en sus hombros, haciendo una mini pirámide humana. Era la primera medalla de oro garantizada y esperaban que se les sumaran otras.

    A continuación, siguieron las carreras con obstáculos y en esta ocasión Beky se quedó con los demás siendo espectadora, mientras observaba las carreras de primaria y de sus compañeros tanto para el equipo femenil y varonil. En el de chicos quedaron en el podio con un segundo lugar mientras que en el de las chicas no obtuvieron victoria. Ahora siguieron las carreras de relevos antes de que se hiciera hora del descanso para almorzar. En cuanto los varones de ambos niveles y las niñas de primaria hicieron su carrera, las de secundaria se pusieron en posición.

    Eran cuatro integrantes para cada equipo y cada uno correría una distancia predeterminada con el tubo, o testigo, el que debería pasarse al otro compañero dentro de un margen de 18 metros y sin tirarlo, o de lo contrario perderían automáticamente. Beky, por saber cómo salir del estribo, sería la que empezara la carrera por lo que, al igual que sus rivales, esperó a que el silbato sonara y cuando lo hizo, comenzó a correr. La carrera en su turno fue muy pareja, por lo que casi todos entregaron el testigo al segundo compañero al mismo tiempo. No obstante, a partir de ese punto la diferencia de velocidad y habilidad se hizo patente, pues otra de las secundarias contrarias resultó vencedora y la suya no llegó a ni al tercer lugar, igual que con lo que había pasado con los chicos.

    El intermedio para almorzar llegó, por lo que todos se dispusieron a hacerlo, algunos yendo con sus familiares que habían ido a apoyarlos y que habían estado animándolos desde la zona de espectadores. Beky también se puso a buscar a sus padres, sabiendo que estaban allí como en cada competición en la que participaba. Si había algo que agradecía de sus progenitores era que la apoyaban en su amor por el atletismo y las carreras; siempre y cuando no interfirieran con sus estudios, claro.

    —Beky.

    Alguien la llamó por detrás, colocando una mano en su hombro y como había estado tan ensimismada en su búsqueda, no evitó pegar un grito y un salto del susto.

    —¡Ah! —Se viró para ver al culpable, defensiva, a punto de golpearlo si se trataba de un acosador, pero se encontró con Rubén.

    —L-lo siento. No quería asustarte —se disculpó él, sobresaltado por su brusca reacción.

    —¡Rubén! ¿Qué haces aquí?

    Beky lo miró con asombro evidente, pues se suponía que sólo los participantes habían tenido permiso de ausentarse en la escuela mientras que los demás alumnos tendrían clases normales. Rubén no estaba anotado en ningún club deportivo, no necesariamente porque fuera horrible para ellos, sino que simplemente no estaba interesado en anotarse en uno y porque en realidad consideraba no ser lo suficientemente bueno para estar en alguno.

    —Vine a verte —confesó el chico, bajando la mirada, tímido y sonrojándose—. Que-quería darte mi apoyo moral. I-in-incluso hice una pancarta.

    Le mostró una gran cartulina que llevaba en la mano, enrollada, y cuando la desplegó se vieron grandes letras adornadas de brillantina morada que rezaban: “¡ÁNIMO BEKY! SIGUE IMPARABLE”. Beky lo miró mayormente impactada e incluso abrió la boca de la sorpresa.

    —U-usé brillantina y adornos morados po-porque sé que es tu color favorito —informó y aunque tartamudeó lo dijo con gran velocidad.

    —Rubén, esto es… Es muy dulce de tu parte. Gracias —agradeció ella sintiendo algo lindo en su pecho, pues era un detalle conmovedor, así que no pudo evitar sonreírle con amplitud.

    —N-no. No es nada. —Rubén volvió a doblar la cartulina, apretándola con fuerza en sus manos, intentando apaciguar los nervios, desviando la mirada.

    —¿Tu mamá te trajo? —inquirió Beky, mirando alrededor por si localizaba a la madre de su amigo por allí cerca.

    —No —negó él con voz intranquila.

    —¿Tu hermano? —cuestionó de nuevo, ahora viendo que él sacudía la cabeza con fuerza. Alzó una ceja, extrañada—. ¿Y luego?

    —V-vine en camión… Nadie sabe que estoy aquí —confesó el muchacho con un ligero bochorno.

    —¿Significa que te hiciste la pinta? —Beky volvió a mirarlo con profundo pasmo.

    —Sí.

    Rubén se encogió de hombros, esperando una reprimenda por parte de ella por hacer semejante tontería, pero en lugar de eso escuchó su risa; una muy abierta y divertida carcajada que lo hizo mirarla con confusión. ¿Se estaba burlando de él? El pensamiento lo deprimió más; debió haber sabido que su actuar sería digno de mofa.

    —Lo siento, Rubén, en verdad perdona. —Beky intentó hablar entre tanta risotadas—. No me estoy riendo de ti ni nada, en serio. Es sólo que… Ah, no pensé que lo tuvieras en ti. Mira, mira, tan tranquilo y bien portado que te veías. ¿Quién diría que detrás de esa fachada hubiera todo un rebelde sin causa? —Y le dio un pequeño golpecito con el puño en el hombro, en señal de camaradería—. Pero es un gesto muy lindo el que lo hicieras por mí. En verdad te lo agradezco.

    Y le sonrió nuevamente, enternecida. Rubén se ruborizó todavía más si es que era posible, en lo que balbuceaba un “de nada” en voz baja.

    —Bueno, no me gustaría dejarte solo, pero tengo que encontrar a mis padres y preferiría que no supieran que estás aquí. Si papá se entera de que te saltaste la escuela para venir se pondrá muy molesto y quizás empiece con sus estúpidos dramas de que eres una mala compañía cuando es obvio que soy yo la que te está echando a perder. —Beky suspiró con irritación—. A veces se pasa de estricto y es una de las cosas que más odio de él.

    —De-descuida, entiendo. Gracias por preocuparte por mí.

    —No hay problema. Nos vemos después, ¿sale?

    —Beky, espera. —Rubén la detuvo al ver que iba a darse la vuelta para irse. Apretó una vez más la cartulina en su mano para darse valor—. E-estoy sentado por allá. —Señaló el lateral izquierdo con la mano—. Si… Si miras hacia allá en tu próximo turno, estaré apoyándote.

    —Sí, gracias, Rubén —asintió Beky mirándolo amigable—. Nos vemos.

    Beky se fue y Rubén simplemente la observó partir plantado en su sitio, observando su silueta desaparecer, alejarse, tan inalcanzable como siempre le había parecido que era desde que la conoció. Regresó a su asiento en espera de que terminara el descanso en lo que él mismo sacaba de su mochila su lonche y comenzaba a comer, meditando con pesar en cómo a pesar de estar en el mismo salón, conversar diariamente, juntarse en el recreo y considerarse amigos, ella seguía pareciéndole tan fuera de acceso.

    Y ese sentimiento había quedado mayormente afianzado en su interior ese día al verla competir con tanta pasión: Beky era demasiado genial para estar relacionada con alguien como él, no había más verdad que esa. Y que él estuviera allí apoyándola no ayudaba, pues algo en su interior le dijo que sus ánimos no harían ninguna diferencia, porque seguramente no era él a quien Beky había deseado ver allí ese día como su apoyo moral. Seguramente cualquiera de sus amigos cercanos sería mejor que él para eso; Abril, Abi, Emilio… César.

    Suspiró con abatimiento y en cuanto las actividades se reanudaron, sus pensamientos negativos se vieron relegados a un muy segundo plano, ya que era tiempo de que iniciaran las competencias de salto, empezando con el de longitud que era en el que Beky se había anotado y que sería su última participación del día. Por eso, en cuanto hicieron lo suyo los chicos de ambos niveles educativos y luego las féminas de primaria, llegando el turno de las de secundaria, Rubén se apresuró a desplegar su cartulina y alzarla lo más alto que pudo, sin importarle que sus brazos le dolieran, pues recordó por qué estaba allí: para apoyar a su amiga independientemente de que ella lo quisiera o no, e independientemente de que fuera lo que esperaba o no.

    Y en el momento en que llegó el turno de ella, viendo que se preparaba, estirándose, inhalando y exhalando, para después notar que dirigía su mirada hacia él con una gran sonrisa llena de confianza y alzaba un brazo en su dirección, su mano hecha un puño en clara señal de que su siguiente salto iba por él; en ese momento, sí, justo en ese, Rubén pensó que tal vez y sólo tal vez, Beky no fuera tan inalcanzable como creía. Y con la más grande de las admiraciones la vio saltar como si fuera la octava maravilla del mundo. No quedó en ninguno de los tres primeros lugares, pero para él su salto fue el mejor y ya se encargaría de hacérselo saber, porque a fin de cuentas no estaba dispuesto a renunciar a esa nueva amistad y a esos otros sentimientos que crecían dentro de él; al menos no todavía.

    El tiempo y el futuro dirían hasta cuándo eso cambiaría, pero por el momento haría lo que fuera con tal de gozar ese presente junto a esa extraordinaria chica y el resto de sus amigos que con tan buena disposición (en su mayoría), le permitían seguir socializando con ellos. De alguna u otra forma iba a pagarles su amabilidad.


    ¿Qué tal? Ya se habían olvidado de Rubén, ¿verdad? No los culpo xD Por eso le di un poco de más protagonismo aquí y también más desarrollo; pero descuiden que a partir de aquí su participación será más frecuente.
    Por ahora es todo. ¡Gracias por leer!
     
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    Zurel

    Zurel Camino a la Supremacía

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    Hola Borealis.

    Seh, imagino que estabas muy acostumbra a mi nick de Darth. Lo cambié porque era hora de ser un poquito original. Pero descuida, que a partir de éste momento el nick actual lo mantendré, y no pienso cambiarlo ^.^

    Es interesante conocer una nueva fachada de Beky, no pensé que correr fuera una de sus pasiones, y a pesar de no ganar en todas las pruebas, se ha conformado con un gane. Después de todo, no se puede ganar siempre.

    Admito que desde un principio Ruben me dio la impresión que le gustaba Baky, ahora está más claro que nunca. Sin embargo, creo que Ruben tiene miedo de admitir sus sentimientos hacia Beky, por temor de que su amistad con ella se termine.

    Quedo a la espera de saber si en algún momento Ruben hablará con Beky sobre sus sentimientos.

    Por el momento eso es todo, ha sido un capítulo entrenido, para mí todos los son, ya me conoces. n.n

    Saludos y hasta la próxima.
     
    Última edición: 28 Septiembre 2017
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  7. Threadmarks: Escena XXIII
     
    Borealis Spiral

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    Zurel ¡Hola, Zurel! Lamento no haber visto tu comentario de antes; suelo perderme mucho del foro. Pero bueno, mil gracias por tu apoyo constante y por tus palabras, me animan mucho a seguir escribiendo. En efecto, a Beky le encanta correr y creo que es claro que a Rubén le gusta Beky, ¿eh? xD Veremos si el muchacho se anima a hablar de lo que siente, recordemos que es bastante tímido, jeje. De nuevo, gracias por tu comentario y por leer.

    A los demás que se pasan a leer también se los agradezco y también me disculpo por mi constante ausencia, pero al final eso será una marca identificable mía xD Pero bueno, sin más que decir, les dejo la siguiente escena que espero sea de su agrado. ¡Disfruten!

    Escena XXIII

    Era la mañana del 10 de julio y en el auditorio de aquella escuela se daba clausura a los egresados de sexto de ese año y que próximamente ocuparían una vida como adolescentes de secundaria. Estaban en la entrega de diplomas y desde su asiento, ya no como espectadora, sino como una más de los graduados, Abril observaba con fascinación cómo Emilio, siendo acompañado del brazo por Ignacia, iba por su diploma y su documento de reconocimiento por haber sido uno de los estudiantes con mejor promedio y aunque no le dieron carta de buena conducta, al menos nadie le quitaría su calificación global de 9.6.

    Aplaudió con júbilo junto a los demás cuando se lo entregaron, sonriendo por demás feliz por él, esperando que volteara a verla para que notara lo contenta que estaba por su logro. Mas el rubio no la miró y retornó a su lugar reservado junto a su abuela a paso calmado, con porte digno y su seriedad habitual. Después de que las menciones honoríficas se llevaran a cabo, ahora siguió el turno del resto de los estudiantes, por lo que uno a uno siendo nombrados por apellido en orden alfabético, fueron pasando por su respectivo diploma.

    Llegó su turno de ser nombrada y se alzó de su asiento como un resorte, olvidándose por completo de que debía ser escoltada por su madre y de no ser porque ella casi le gritó que la esperara, la hubiera dejado abandonada. Se disculpó avergonzada cuando su progenitora le dio alcance, mas comprendiendo que era la emoción del momento, Lola lo dejó estar y simplemente la tomó del brazo para continuar con su camino.

    —Aquí tienes. Felicidades —le dijo el director en cuanto estuvo ante él, extendiéndole su documento.

    —¡Muchas gracias! —agradeció Abril, sonriente a más no poder tomándolo con ansias, no sin antes darle un apretón de manos al hombre y al resto del personal docente que entregaba los papeles.

    Cuando finalizó con los formalismos y volvió a tomar a su madre del brazo para regresar a su asiento, Abril enfocó sus ojos en la carpeta donde estaba su diploma y sin poder contenerse más, lloró copiosamente. Estaba tan alegre, se sentía tan orgullosa de sí misma. Por fin se había graduado; no iba a quedarse para siempre en la primaria como le habían dicho sus compañeros de clase. ¡Era tan feliz! Miró el público en busca de Emilio e Ignacia para saludarlos, pero con la vista nublada por las lágrimas no los ubicó, así que no le quedó más remedio que esperar a que terminara la ceremonia.

    Abril y Lola se sentaron una vez más, observando el resto de la graduación entre aplausos e infinitas lágrimas por parte de la castaña. Finalmente, después de que todas las carpetas fueran entregadas y el director diera el discurso final, la graduación se terminó y a petición de Abril, las dos fueron a buscar a Ignacia y Emilio para felicitar al niño. Los encontraron en un rincón del auditorio, apartados.

    —¡Emi! —gritó Abril al divisarlo y él apenas alcanzó a volverse a verla antes de ser atrapado en un abrazo rompe huesos—. ¡Felicidades, Emi! ¡Estoy tan feliz por ti! ¡Te has graduado con honores! ¿No es genial?

    —Sí, sí. Es genial. Ahora suéltame —pidió él, intentando retirarla de sí.

    —No seas así, Emilio. También deberías felicitarla por su graduación —lo reprendió su abuela, mirándolo con seriedad y Emilio suspiró sin ganas.

    —Felicidades por graduarte —le dijo en un tono más neutro del que se proponía usar, en lo que le daba unas palmaditas en la espalda—. Lo hiciste bien. Te lo mereces.

    —Gracias, Emi. —Abril se despegó de él para sonreírle con afecto y amplitud—. No lo habría logrado sin tu ayuda, así que gracias.

    —Olvídate de eso. Mejor límpiate la cara que es en serio cuando digo que te ves horrible cuando lloras. Y es Emilio, no Emi.

    Abril sorbió por la nariz intentando retener los mocos y Lola le dio una servilleta para que se limpiara. Después, las mujeres se envolvieron en una conversación con respecto al evento, en lo que Emilio y Abril también hablaban de todo y nada, especialmente ella, diciendo lo linda que le había parecido la ceremonia. En eso, oyeron un sonoro silbido entonando el tema de “El Bueno, el Malo y el Feo”.

    —¡César! —gritó de inmediato Abril al reconocer el silbido, girándose para encontrarse a su amigo en compañía de Abi y Beky—. ¡Chicos, vinieron!

    Se apresuró a abrazar a su mejor amiga.

    —¡Muchas felicidades por tu graduación, cariño! —la felicitó Abi regresando el abrazo, orgullosa.

    —Gracias —agradeció ella, sonriente.

    —Lo mismo digo, Abril. —César le revolvió el cabello, juguetón—. Quien dijera que no ibas a graduarte no cree en los milagros.

    —Serás idiota. —Beky le dio un golpe en el brazo con el dorso de la mano—. No cree en el trabajo duro, no en los milagros. Que estés aquí hoy es por tu esfuerzo, Abril, así que muchas felicidades. —Y le dedicó una sonrisa llena de satisfacción.

    —Lo sé. Gracias, Beky, César. —Abril también le dio un abrazo a ambos.

    —Ah, pero no nos olvidemos del de los honores. —Abi miró a Emilio—. No queremos dejar de lado a una mente tan dotada, ¿o sí?

    —Sí quieren. Déjenme de lado sin cuidado, insisto —comentó Emilio, indiferente.

    —Oh, no seas así, hombre. —César le pasó un brazo por el cuello—. Venimos en buen plan a invitarlos a festejar. No querrás perdértelo, ¿o sí?

    —Sí, sí quiero —se sinceró el chico, sacándose de encima el brazo de su compañero con prontitud, alejándose de él.

    —Pues mal por ti, Emilio, porque creo que sería una buena idea que los acompañaras —se metió Ignacia, quien había estado observando a los muchachos en silencio al igual que Lola.

    —Abuela.

    Emilio la miró suplicante, pues para él ya había sido un día largo y lo único que quería era volver a casa. Pero Ignacia no cedió.

    —No, Emilio, si se tomaron las molestias de venir a felicitarte e invitarte a celebrar debes ser un buen niño y aceptar. Irás con ellos.

    Emilio frunció el ceño en claro disgusto, en lo que se cruzaba de brazos, chasqueaba la lengua con fastidio y le daba la espalda a todos, reprimiendo las ganas de darle un zapatazo al suelo, siendo este el más alto nivel de berrinche que su dignidad le permitiría hacer en público. Su ceja comenzó a moverse contra su voluntad al oír las risas de Abi y César por su rabieta infantil.

    —Pero bueno, dejando de lado las amarguras de Míster Gruñón, ¿qué tal si nos vamos ya? Hay que ir a La Cholita por algo para almorzar y después podemos ir a Recrecentro, ¿qué dicen? —indagó Abi, jovial.

    —¡Sí, señor! Eso suena estupendo. Cuenta conmigo —se apuntó César, emocionado al oír que irían al centro de juegos.

    —A mí también me gusta la idea —asintió Beky.

    —¿Puedo ir, mami? —pidió Abril a su madre, ansiosa.

    —Claro, pero ten mucho cuidado. Ustedes también, ¿oyeron? —Miró a los adolescentes con advertencia.

    —Sí, señora —respondieron ellos como si fueran soldados.

    —No perdamos tiempo y vámonos ya. —César tomó la delantera con gran prisa.

    —Oye, espera. ¿Son carreras o qué te piensas? —Beky lo siguió.

    —Vamos, cielo. —Abi entrelazó su brazo con el de Abril.

    —Sí.

    También comenzaron a alejarse dejando atrás a Emilio, quien se mantuvo arraigado en su sitio, renuente a moverse de allí.

    —Emilio —lo nombró Ignacia con mesura—, te esperan.

    El chico alzó los hombros, molesto y defensivo, sin volverse a mirar a nadie.

    —¡Oye, Míster Gruñón! ¿Qué te toma tanto tiempo? —le preguntó Abi en la distancia—. No seas lento, anda.

    Emilio bajó sus brazos a los costados y crispó las manos en puños, intentando calmar su enfado.

    —¡Vamos, Emi! Ya verás que será muy divertido jugar entre todos, de veras. Ven con nosotros, porfis —pidió ahora Abril, animada.

    —Emilio —volvió a nombrarlo Ignacia, firme.

    Emilio cerró los ojos fuertemente y con gran frustración, soltando una exclamación de puro descontento antes de darse la vuelta sin despedirse de su abuela y Lola, dirigiéndose a las chicas con impetuosas pisadas que denotaron su desagradado ante toda esa situación, en lo que mascullaba por lo bajo infinidad de quejas por ser obligado a hacer cosas que no quería. Abi sonrió burlona por el cuadro que mostraba, mientras que Abril simplemente sonrió feliz de que decidiera acompañarlos.

    De esa manera, con César y Beky en la delantera, Emilio en la retaguardia y Abi y Abril en medio, los cinco llegaron a La Cholita, donde tomaron asiento y pidieron unos tacos de bistec para almorzar, así como sus respectivos refrescos.

    —¿Y qué se siente saber que ahora formarás parte de la genialidad de los de secundaria, Abril? —quiso saber César, animado.

    —Estoy tan emocionada —confesó ella con expresión brillante, dando saltitos sentada en su silla, ansiosa—. No puedo esperar a entrar ya.

    —¿Y no estás nerviosa? ¿Ni siquiera un poquito? —indagó Beky, asombrada por su afán.

    —No. —Sacudió la cabeza, segura—. ¿Por qué debería? Vamos a estar juntos yo, Abi, César y Emi otra vez, así que no creo que deba estar nerviosa o asustada para nada.

    —Oh cariño, eres tan adorable. —Abi la abrazó al hallarse a un lado de ella, enternecida—. Estás haciendo que a mí también me den ganas de que ya empiecen las clases nada más para estar contigo y créeme cuando te digo que eso ya es decir mucho.

    —¿Mucho? Ese sí es un verdadero milagro —declaró Beky, divertida.

    —¿No te lo dije, zotaca? Si hablamos de Abril, los milagros sí existen —comentó César, ingenioso—. Nuevo lema en la Fruit Band: Abril, la pera milagrosa. Suena prometedor, ¿no? Al menos es mejor que el actual: Abril, la pera simplona.

    La chicas rieron por la ocurrencia.

    —No soy milagrosa, César —dijo Abril entre risas—. Y no me molesta el lema que tengo ahora; me gusta, me gusta mucho. No quiero cambiarlo.

    —Estoy de acuerdo. El actual le queda bien —intervino de pronto Emilio, hosco, ya que su malhumor no terminaba de disiparse totalmente.

    —¿Ah? Pero ser milagroso es mucho más bello y genial que ser simplón. ¿Es que no quieres que Abril sea genial? —cuestionó Abi, mirando al rubio con reproche.

    —¿Tan siquiera sabes lo que significa ser simplón? —interrogó a su vez Emilio, frío.

    —Claro que sí. ¿Quién no lo sabría? Es obvio. Significa, ya sabes, ser alguien simple, dah —respondió la pelinegra haciéndoselas de sabionda, provocando que Emilio rodara los ojos antes de dirigirse a la chica de ojos avellana.

    —Busca la definición en tu celular, Beky.

    —Bueno. —Beky se encogió de hombros e hizo lo ordenado. Cuando la encontró, leyó en voz alta—. Simplón: Inocente, ingenuo, que no tiene malicia.

    —¡Oh! —Cuatro exclamaciones de deslumbramiento se dejaron oír.

    —¿Le queda o no? —preguntó de nuevo el de mirada gris-azul.

    —A lo bien que sí —consintió César, asintiendo con la cabeza.

    —Así que nuestros lemas sí deberían basarse en un aspecto de nuestra personalidad, eh. —Beky se tomó la barbilla, pensativa—. Supongo que tiene sentido. Hey, César, creo que el tuyo debería cambiar de César, el mango cool, a César el mango impertinente.

    —¿Qué? ¡No! —se negó él, ofendido—. No pienso usar palabras que no conozco para mi lema y tampoco si lo sugieres tú, zotaca. Apuesto lo que sea a que, sea lo que sea que eso signifique, es un insulto.

    —¿Insulto? ¿De mi parte? No, ¿cómo crees? ¿Yo? ¿A ti? Nunca —se defendió Beky, sarcástica e incapaz de ocultar su sonrisa malvada.

    —¡Sí lo es! ¡Lo sabía! ¡Olvídalo! Mejor deja en paz mi lema porque de todos modos me queda a la perfección. ¡Soy súper cool! —se vanaglorió a sí mismo y las tres chicas volvieron a soltar una carcajada, haciéndolo enojar—. ¿Por qué se ríen? ¡No se reían! Lo soy y lo saben. Que sean tan envidiosas como para no admitirlo en mi cara es otra cosa.

    —Tienes razón, César. Lo que tú digas. —Beky le dio el avionazo.*

    —Al menos mi lema sí queda conmigo —presumió Abi con orgullo evidente—. Abi, la fresa coqueta. ¿No es divino? Yo creo que lo es. Y el de Emilio también le va como anillo al dedo. Emilio, el durazno gruñón, apático, malencarado y majadero.

    Emilio le lanzó una mirada llena de desdén, pero se abstuvo de decir nada; no pensaba caer en sus provocaciones infantiles.

    —Ouh Abi, sólo es durazno gruñón, no todo lo demás —le recordó Abril—. Eso no está bien. Nuestros lemas son cortitos, así que no podemos dejar que Emi tenga más palabras que los nuestros; no sería justo.

    —¿Eso te preocupa? ¿En serio? —El tic en la ceja de Emilio hizo su aparición en lo que miraba a su amiga con exasperación—. Empiezo a pensar que la mejor palabra que te describe ahora es idiota.

    —¡Qué cruel! Te estaba defendiendo, Emi —se quejó la castaña.

    —No lo hagas, no sirves. Y te digo que es Emilio —decretó él, tajante.

    —¡Malo!

    —¡Bah! —exclamó César llamando la atención de todos—. Al menos los lemas de Abilene y Emilio son mejores que el de Beky. ¿Qué es eso de uva avispada? ¿Por qué te gusta usar palabras tan complicadas, zotaca? ¿Tienes idea de cuánto tiempo me tomó aprenderme esa estúpida palabra? Lo haces por presumir nomás; no te conociera. ¿Y qué diablos dijimos que significa? ¿Escandalosa? ¿Grosera?

    —Significa de carácter vivo —corrigió Beky—. Y no es mi culpa que no te culturices lo suficiente como para evitar quedarte con un nivel básico de vocabulario. Aprende a leer más, flojo.

    —Puagh. —César se llevó el dedo índice a la boca, haciendo como si vomitara.

    —Pero, Beky, ¿no dijiste que esa palabra te la dijo Rubén? —inquirió Abi.

    —Bueno… sí. —Beky desvió la mirada y se rascó un brazo, nerviosa.

    —¿En serio? —Abril se sorprendió de oír eso—. Eso es tan genial, Beky. Y yo que seguía preocupada porque ahora todos íbamos a estar en la misma secundaria sin ti. Pero creo que no tengo que preocuparme mucho, ¿verdad? Rubén de veras te hace buena compañía. Me alegro mucho.

    —Claro que sí, cielo. —Abi sonrió con picardía—. Beky seguirá siendo la marginada del grupo y lo que quieras, pero qué más da si tiene el consuelo de Rubén. ¿No es cierto, Beky? Mira que hasta ayudarte con tu lema. Si es que lo tienes comiendo de la palma de tu mano.

    Y alzó las cejas varias veces, sugerente, haciéndola sonrojar y logrando que César gruñera por lo bajo, colérico.

    —N-no es como dices —se apresuró a negar la chica—. Eso se dio porque sí. Le contaba que estábamos pensando en nuestros lemas para la Fruit Band y que yo quería algo que tuviera que ver con tener un carácter juguetón y avivado porque siempre me ha gustado la bulla, lo revoltoso y eso. Pero travieso me parecía tan simple que… bueno, él empezó a decirme un montón de sinónimos y cuando oí este, pues no sé, me gustó y ya. Sonaba interesante, supongo. Es todo.

    César comenzó a reír al escucharla, socarrón.

    —No puedo creerlo, zotaca. Me andabas regañando por no saber muchas palabras y no sé qué, cuando el perdedor ese fue el que tuvo que darte a ti la de tu lema. ¿En serio? Si es que eres más falsa que político en campaña.

    —¡Cá-cállate! —Beky se abochornó de verse con las manos en la masa—. Sólo fue esa vez y de todos modos sí sé más palabras que tú y también estoy empezando a expandir mi vocabulario por mi cuenta, así que ya no necesito de Rubén.

    —Qué bueno. Depender de ese perdedor te hace quedar mal y te está haciendo igual de inútil —escupió el de cabello marrón dorado, acerbo.

    —Grandísimo tarado —masculló ella, mirándolo mal por el insulto a ambos—. Y tú quedas como un estúpido cretino al hablar mal de alguien que no está presente y no puede defenderse.

    —¡Ja! Como si ese fracasado mimado pudiera defenderse por su cuenta.

    —Entonces déjame darle una mano y lo ayudo, ¿no? —Beky sacudió el puño frente a ella, amenazante.

    —Inténtalo si puedes, zotaca.

    —¡Suficiente! —Abi golpeó la mesa con la mano al ver que el ambiente entre los buscapleitos se hacía más tenso—. Este lugar no está hecho para las peleas de pareja.

    —¡No somos pareja! —gritaron ambos, molestos.

    —Y yo no quiero ser vetada otra vez por su culpa, ya se los dije —dictaminó la pelinegra, firme—. Así que o se calman o los calmo. Se supone que vinimos a festejar la graduación de Abril y Emilio, así que hagamos eso, vamos.

    César murmuró incoherencias en voz baja, disgustado, mientras Beky inhalaba y exhalaba profundamente para tranquilizarse, antes de mirar a Abril y Emilio.

    —Lo siento mucho, chicos. Prometo comportarme a partir de ahora, al menos por este día —prometió, sonriéndoles con disculpa y ligeramente avergonzada.

    —Como si fuera posible para una violenta como tú —dijo César entre dientes y aunque Beky lo escuchó, simplemente lo ignoró.

    —No te preocupes, Beky. Ya sabemos que tú y César se emocionan mucho cuando están juntos, así que no pasa nada —la tranquilizó Abril, afable—. Sabemos que no es en serio… No es en serio, ¿verdad? —Ahora se inquietó.

    —Claro que no, descuida —Beky rio, divertida.

    —¡Muy bien! —Abi dio un aplauso, jovial, antes de tomar su botella de refresco y alzarla—. Ya que todo este asunto ha quedado arreglado, propongo un brindis. ¡Por los graduados!

    —Buena idea, Abilene. —César retomó su actitud carismática y también alzó la suya—. Por los graduados… ¡No! Mejor aún, por todos nosotros y nuestra genialidad.

    —Por un futuro lleno de éxito para nosotros —brindó también Beky, levantando su bebida.

    —¡Por nuestra amistad! Que dure para siempre. —Fue el brindis de Abril, imitándolos.

    Los cuatro se volvieron a ver a Emilio, expectantes, en lo que él los miraba con una expresión llena de tedio antes de encogerse de hombros, desganado.

    —Pues ya qué. —Y también elevó su botella de agua, aunque no dijo nada más.

    Los cinco chocaron las botellas entre más comentarios de dedicación y felicitaciones. Después de eso y de terminar de almorzar, se fueron a Recrecentro, el centro de juegos de la ciudad que estaba acondicionado especialmente para los jóvenes o las familias, donde pasaron gran parte del resto del día, divirtiéndose e inaugurando las vacaciones de verano de ese año de la mejor manera.

    *Dar el avión o el avionazo: Ignorar, no dar importancia o valor a lo que te están diciendo y darle a alguien por su lado, haciendo como si realmente pusieras atención cuando sólo estás fingiendo.


    Un año ha transcurrido en esta historia y he de advertir que mi idea es que transcurran muchos más. A ver quién se cansa primero: ustedes lectores o yo como escritora xD
    Por ahora es todo. ¡Gracias por leer!
     
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    Zurel

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    Ah! Que capítulo tan genial, después de una larga espera, por fin vemos otra vez a Abril y a Emilio. Sé que lo he dicho varias veces, pero me encanta la relación de ambos.

    Me dio lástima que obligaran a Emilio a ir con sus amigos. Me recordó cierto momento de mí vida dónde me invitaron a ir a una fiesta de cumpleaños, y llegado el día de la fiesta, no fui al evento. U.U

    Admito que me siento muy identificado con Emilio, pues su personalidad es similar a la mia en algunos aspectos. ^-^

    Me alegro que Emi y Abril lograran graduarse, y sus amigos, como buenos amigos que son celebraran su triunfo sanamente.

    La relación de César y Beky es extraña e interesante al mismo tiempo. Creo que por eso dicen por ahí que "los polos opuestos se atraen". Veremos que rumbo toma la relación de ambos, pues Rubén aún sigue por ahí, y aunque no es una amenaza. César lo ve de cierta forma así, pues sus celos se hacen notar cada vez que escucha hablar de Rubén.

    Nos vemos en la próxima oportunidad.

    Saludos.
     
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    Borealis Spiral

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    Zurel Gracias por seguir fiel a esta historia y dejarme tus comentarios. No tienes idea de lo animador que es, en serio. Sobre todo si me dices que evoco recuerdos en ti; significa que hago bien mi trabajo :) ¿Conque te pareces a Emilio, eh? ¿Significa que eres gruñón? xD Okey no. La relación de César y Beky es muy divertida. No sé si sean polos opuestos, porque desde mi perspectiva se parecen bastante, pero veremos. ¡Gracias otra vez por tu apoyo!

    A los demás que se pasan a leer también se los agradezco enormemente. Sé que desaparezco de vez en vez, pero de momento no pienso abandonar por completo. Y nada, paso a dejarles la siguiente escena la que podría decirse que es una parte de tres. Normalmente concluyo un día en el mismo capítulo, pero esta vez un día serán tres, por lo que pueden considerarlo un pequeño arco (? Espero les guste. ¡Disfruten!

    Escena veinticuatro

    Rubén había invitado a sus cinco amigos a pasar el día en el salón campestre de su padre. Solían rentarlo, pero a veces su familia lo usaba para algunos festejos y en esta ocasión había pedido permiso para usarlo con sus amigos y al tener su aprobación se los hizo saber. Sus padres también los habían dejado estar por su cuenta en general, pues sabían que Rubén era responsable y confiaban en que mantendría el orden, aunque de cualquier modo le advirtieron que estarían dándose sus vueltas durante el día para mantenerlos vigilados, ya fueran ellos o alguno de sus hermanos.

    —¡Wow, Rubén! ¡Es tan lindo aquí!

    La primera en dar a conocer su emoción fue Abril al ver el amplio jardín y al fondo de este un pequeño salón bien diseñado con un toque bastante rústico aunque elegante. Luego se aventuró más al interior corriendo de aquí para allá, mirando a su alrededor, curiosa, seguida en silencio por Emilio, a quien pudo exponerle todos sus pensares sobre el lugar, contenta.

    —Es cierto, Rubén, está de lujo este sitio —consintió Beky, también mirando en torno, asombrada.

    —Gracias. —El chico sonrió con una pequeña sonrisa

    —Pfff, como si fuera la gran cosa. No podía esperarse menos de un niño de papi y mami. —Fue el despectivo comentario de César, disgustado.

    —¿En serio vas a empezar con tus cosas apenas llegar? —Beky lo miró con reprensión.

    —Es cierto, César. Bájale a tus defensas un segundo, hombre, ¿qué te cuesta? —Abi le propinó la conocida palmada, relajada, y luego miró a Rubén con interés—. Y bueno, primor, ¿cómo podemos divertirnos en este sitio?

    —Por aquí. He preparado algo para ustedes.

    Rubén les hizo una seña para que los siguiera y también llamó a Abril y Emilio, por lo que los seis se dirigieron a otra sección del extenso jardín, en uno de los laterales del salón donde había un gran trampolín redondo, sobre sus altos soportes de fierro. Todos se entusiasmaron de verlo.

    —¡So-sorpresa! ¿Qué les p-parece? —quiso saber él, nervioso.

    —¿Que qué nos parece? —César sonrió por demás eufórico—. ¡Está genial! Vaya, parece que después de todo no es tan malo que estés en el grupo. Puedes ser útil de vez en cuando. Creo que empiezo a reconsiderar mis sentimientos hacia ti.

    —Lo siento. Yo no le d-doy a ese bando —declaró el tímido, rascándose una mejilla con inseguridad y haciendo reír a las chicas.

    —Hala, hala, César. Esa preferencia tuya sí que te la tenías bien escondida —se mofó Beky, malévola.

    —¡Tú cállate, zotaca! —César se irritó por el comentario y miró mal a Rubén—. ¡Y tú! No me refería eso, idiota. Hablaba de que podrías empezar a caerme bien, pero pensándolo bien, retiro lo dicho. Sigues en mi lista negra, ¿me oyes?

    —Eres tan bebé, César. ¿No puedes aguantar ni una simple broma o qué? ¿Quién eres y qué le hiciste a mi mejor amigo? —siguió burlándose Beky, divertida.

    —¿Quieres ver qué le hice? ¿Por qué no vamos al trampolín y te muestro dónde está? —retó César con arrogancia señalando el susodicho.

    —Por mí perfecto. Estoy dentro.

    Los dos alborotadores corrieron al trampolín iniciando una competencia entre ellos para ver quién saltaba más alto o intentaba hacer más piruetas extravagantes. Al poco rato fueron uniéndose Abi y Abril, estando los cuatro juntos o tomando turnos para descansar y así. Los únicos que no se subieron fueron Rubén y Emilio; el primero por estar ocupado en su papel de buen anfitrión, yendo por los refrigerios y refrescos que había preparado para sus amigos y Emilio simplemente porque no quiso.

    —Oye, Emi. Emi, Emi. E-mi, E-mi. Hey, Emi, Emi. ¡Emi!

    Abril llevaba ya un rato sola en el trampolín y cada vez que saltaba llamaba a su amigo y vecino, quien había hecho un excelente trabajo ignorándola hasta que su paciencia llegó al límite.

    —¡¿Qué demonios quieres?! ¡Eres molesta, muy molesta! ¡Y es Emilio, no Emi! —explotó el de cabello arena, exasperado, con su famoso tic en la ceja y el entrecejo fruncido.

    —Ven y brinca conmigo —pidió la chica, risueña y con simpleza.

    —No quiero —se negó él, cruzándose de brazos.

    —¿Por qué no? Es muy divertido —insistió ella con alegría.

    —Ya dije que no quiero —se empecinó el otro y Abril dejó de saltar.

    —Dime, Emi, ¿no te gusta jugar conmigo?

    —No es eso.

    —¿Entonces qué es? A mí me gusta mucho divertirme contigo —se sinceró ella sonriendo con candor—. Además, tengo curiosidad de saber si puedo tumbarte primero.

    —¿Tumbarme? —Emilio alzó las cejas, intrigado.

    —Sí, ya sabes, como esas competencias que pasan en las caricaturas que hacen en las albercas de ver quién tira primero a quién al agua. Claro que aquí no hay agua y no quiero lastimarte haciendo que caigas del trampolín, así que sólo quería ver si puedo tumbarte en lo que brincamos.

    —Hey, eso suena genial. —César, quien había estado refrescándose un poco y tomando algunos refrigerios, se metió en la conversación—. Una especie de luchas sobre el trampolín, ¿eh? Me gusta.

    —A mí también. Estoy dentro —asintió Beky, confiada.

    —Me parece perfecto. —Abi dio un aplauso, jovial—. ¿Qué tal si lo hacemos por equipos para hacerlo más interesante? Yo quiero estar con mi cariñito hermoso. —Le lanzó un beso volador a Abril, quien le devolvió el gesto, gustosa.

    —Yo me quedaré con Emilio entonces —informó Beky y miró al niño—. ¿Te parece bien?

    —¿Por qué no? —Se encogió de hombros, tranquilo.

    —En ese caso me voy con Abilene y Abril —sentenció César yendo al lado de su equipo—. Lo que quiero es hacerte trizas, zotaca.

    —Veremos si puedes hacerlo —dijo ella, orgullosa—. Y no me sorprende que te fueras para allá. Te queda estar entre las chicas.

    —¡Ja! Quién lo dice. La que quedó con los de su mismo género —contraatacó él, mordaz.

    Beky bufó con irritación, pero optó por ignorarlo para mirar a Rubén y sonreírle con suavidad.

    —Parece que te quedaste en nuestro equipo. ¿Estás bien con eso?

    —Claro. Estoy impaciente —aceptó él, apacible.

    —Ahora sí, bellezas, ¡que comience el juego! —Anunció Abi alzando su puño en señal de guerra—. No nos iremos hasta que todo nuestro equipo haya luchando contra el suyo. Emilio y Abril lo inaugurarán, así que arriba, Emilio.

    Emilio no tuvo más opción que hacer caso, por lo que se montó al trampolín y quedó allí de pie, viendo que Abril saltaba de un lado a otro en su mitad, inquieta.

    —Vamos, Emi, si no brincas no se vale —lo regañó ella al ver que él no movía ni un músculo, o sí, los brazos y simplemente para cruzarlos sobre el pecho. Infló los cachetes, disconforme—. Muy bien. Si no vienes por mí, yo iré por ti.

    Y se le lanzó con la intención de derribarlo, mas él la esquivó con una precisión increíble y no sólo eso, sino que al mismo tiempo realizó una maniobra que la hizo caer a la tela del trampolín boca arriba y totalmente derrotada. Abril miró el cielo sobre ella y parpadeó varias veces, conmocionada. ¿Eso había sido todo? ¿Fue vencida tan fácil? ¿Sin siquiera una lucha de por medio? Emilio le tapó su campo de visión al inclinarse sobre ella.

    —Perdiste. Estás fuera —dijo él en tono monótono.

    —Ouh, eres tan injusto, Emi —se quejó ella haciendo un puchero lleno de amargura—. ¿Cómo iba a ganarte si eres tan bueno en todo y yo tan torpe?

    —Tú fuiste quien me retó en primer lugar; atente a los resultados pero no dejes de intentarlo. Quién sabe, quizás un día puedas ganarme.

    —No creo que lo haga nunca.

    —Nunca digas nunca.

    —Pero si acabas de decirlo dos veces, Emi. —Rio divertida.

    —Lo sé. Es un dicho contradictorio; me saca de quicio —reconoció él con malhumor, para después ofrecerle la mano—. Vamos, arriba.

    —¡Sí! —Abril se puso de pie con su ayuda, animada.

    —¡Un punto a nuestro favor! —gritó Beky, satisfecha—. El ganador se queda y entra otro de sus oponentes. ¿Quién sigue?

    —Yo. —César se tronó los dedos en lo que subía al trampolín, sonriendo con soberbia—. Hey, Emilio. No todos los días podemos enfrentarnos de esta manera, ¿eh? ¿Por qué no lo aprovechamos bien? Que me ganaras el año pasado en los juegos de las albercas en el cumpleaños de Beky no quiere decir que ganarás esta vez también. Me debes una y me la voy a cobrar.

    Emilio no dijo nada y se limitó a observar detenidamente a su contrincante en lo que tomaba una pose de defensa; a él no podía tomárselo a la ligera. Ambos era ágiles, con buena condición física dado los deportes que practicaban y tenían buenos reflejos; no obstante, Emilio tenía la desventaja en el poder, la fuerza y el tamaño. Si quería una oportunidad para ganar debía aprovechar muy bien sus cartas.

    El combate inició y César se le lanzó de inmediato a Emilio, dispuesto a hacerlo caer lo más pronto posible, mas Emilio fue bueno esquivando y usando el impulso que los propios saltos de César hacían para aumentar los suyos y alejarse. Era una contienda feroz por la impetuosidad del de cabello marrón dorado, pero analizándolo con detenimiento, el rubio descubrió un par de ventajas para él. César estaba siendo demasiado impulsivo con sus ataques y se inclinaba un poco hacia abajo con tal de quedar a su altura en caso de presentarse una oportunidad para derribarlo; eso le cortaba fluidez a sus movimientos. Además, César estaba ahogándose en la arrogancia; para él la lucha ya estaba ganada simplemente por ser mayor y más fuerte; su exceso de confianza podía ser de provecho para él.

    De esa manera, después de algunos minutos de ataques y esquives, Emilio encontró el momento y el ángulo perfectos para tomarlo por sorpresa en una de sus fieras embestidas, así que enlazó su pierna con la de él y usando su propio peso y centro de gravedad contra él, consiguió acabar con el principal apoyo de César haciéndolo caer de lleno a la superficie del trampolín.

    —¡Otra victoria nuestra, sí! —exclamó Beky en lo que hacía una pose de ganador.

    —A-asombroso —dijo Rubén pasmado de ver tan buena contienda.

    —¡Maldita sea! —César golpeó la tela del trampolín, furioso.

    Emilio también se tumbó, con la respiración entrecortada y transpirando; había sido más agotador de lo que imaginó.

    —¡Emi! —Abril lo llamó acercándose a la orilla donde estaba él—. ¡Wow, Emi! Eso fue genial. No sabía que se te daba tan bien esto. ¿En serio hay algo que no puedas hacer? Con razón me ganaste tan rápido; eres súper bueno. Deberías enseñarme, ¿sabes? Tal vez así sí pue...

    —¡No animes al enemigo, Abril! —la interrumpió César con claro descontento, mirándola con coraje y sobresaltándola un poco.

    —Ouh, sólo quería felicitarlo por hacerlo bien —se excusó ella, sintiéndose regañada—. También iba a felicitarte a ti, de veras.

    —Oye. —Emilio miró a César con severidad—. Cálmate un poco. Es un simple juego.

    —Ya lo sé que es un juego; uno en el que voy a ganar —arguyó César antes de saltar del trampolín y alejarse de allí.

    —A César le gusta ganar —comentó Abril, pensativa—. Aunque eso no tiene nada de raro. A todos nos gusta ganar… o quizás sea más bien que a nadie le gusta perder. Ah, me voy. Ahora te toca contra Abi. Suerte, Emi.

    Emilio se puso de pie en cuanto su eterna rival entró a la que funcionaba como arena de combate, después de que Abril también le deseara un buen juego a ella.

    —Vaya, vaya, Míster Gruñón, parece que ahora sí podremos expresar nuestras diferencias de forma legal, ¿eh? —Abi sonrió, ladina—. ¿Qué te parece, Emilio? ¿Una apuesta para ver quién se queda con el corazón de Abril?

    —¿Y por qué rayos haría semejante apuesta sin sentido? —Él la miró como la demente que era.

    —¿Cómo que por qué? Para hacerlo más interesante, claro está. —Emilio intensificó su punzante mirada—. Pfff, tan aguafiestas como siempre. De acuerdo, entonces quizás podamos arreglar esto de otra manera, ¿qué dices? No pensarás tratar mal a una bella chica como yo, ¿o sí?

    Usó la expresión más coqueta que tenía, haciéndole ojitos y exhibiendo un poco más de su de por sí descubierto escote. Emilio sintió que la paciencia se le agotaba y que su ceja se movía contra su voluntad.

    —Das asco. Sabes que esos trucos no sirven conmigo —masculló él, fastidiado.

    —Oh bueno, valía la pena intentarlo. —Sonrió traviesa, encogiéndose de hombros antes de colocarse en una pose de defensa, tornándose seria—. Acabemos con esto de una vez, ¿quieres?

    Emilio inhaló profundamente para tranquilizarse; no podía perder el temple ahora. Abi también era una excelente contrincante. En general, tenía las mismas desventajas que con César al ser ella también más grande que él, pero también contaba con otros grandes inconvenientes. Abi no era igual de atrabancada que César, ella era más serena en situaciones como esas. Tenía una calma mental admirable, la que se debía precisamente a que sabía defensa personal de la buena; tenía experiencia en enfrentamientos como esos mientras que él era un mero principiante por muy listo que fuera. Con desazón comprendió que quizás este combate no resultaría tan bien para él.

    Empezó la lucha entre ambos igual que la anterior, con ofensiva y defensa, saltando de aquí para allá o corriendo, en lo que Emilio intentaba buscar alguna manera eficaz de derribarla, pero era complicado; tenía su defensa muy bien cuidada.

    —No lo intentes, Emilio. Te llevo bastante ventaja y lo sabes —le dijo ella en una de esas, sonriendo con petulancia—. Acabas de tener un enfrentamiento difícil y estás cansado.

    Sí, ese era otro punto en su contra, pero no iba a caer sin intentar algo. Duraron otro buen rato en ese ir y venir hasta que Abi se cansó de tanto rodeo, por lo que se lanzó contra él de frente, haciendo la finta de un embate, por lo que Emilio retrocedió con un salto en respuesta, siendo lo que la pelinegra buscaba, pues de inmediato acortó la distancia que se formó al hacer una voltereta que la dejó sobre sus manos unos instantes, con gran equilibrio pese al terreno inestable, y usando uno de sus pies le dio una ligera patada en el estómago, tumbándolo de inmediato y ganando el combate.

    —¡Eso es, Abilene! ¡Victoria para nosotros! —gritó César con alegría en lo que la ganadora hacía el símbolo de “amor y paz” con los dedos, orgullosa.

    —¡No es justo! ¡Los golpes no se valen! —protestó Abril, preocupada, corriendo hacia Emilio al ver que todavía no se levantaba.

    —¿Eh? Pero si nunca especificamos que no se valieran —se excusó Abi enrollándose un mechón de cabello con el dedo, fingiendo inocencia.

    —¡Era obvio que no se valían! —siguió reclamando la castaña, ya montada en el trampolín a un lado de su amigo y lo sacudió con vehemencia—. ¡Emi! ¿Estás bien, Emi? Dime algo por favor.

    —¡Agh! Qué fastidiosa eres. Déjame lamentar mi derrota a gusto —gruñó él, girando de costado para alejarse de las fuertes sacudidas de ella.

    —¡Ah! Estás igual de rezongón que siempre, eso significa que estás bien. ¡Me alegro! —Abril suspiró de alivio.

    Emilio volvió a girar para quedar sobre su espalda y mirar el cielo. Ya había sospechado que probablemente no le ganaría a Abi, pero probar el fracaso era diferente, era más irritante. Lo sorprendió no sólo el rápido movimiento de la adolescente, sino el hecho de que controló el impacto de la patada para no dañarlo en verdad; tan sólo usó la fuerza necesaria para empujarlo y hacerlo caer. Qué poder más abrumador. Tal vez comenzara a reconsiderar la idea de tomar unas clases de defensa personal también; podían ser útiles.

    Sintió que Abril posaba su mano en su estómago y la miró, confundido.

    —¿Te duele mucho? —le preguntó ella, mortificada.

    —No. Me duele más mi orgullo —confesó él, agrio.

    —Oh. No importa, seguro que tu orgullo también se mejora con esto. —Le hizo caricias en la panza y cantó—. Sana, sana, colita de rana…

    —Te crees que tengo cuatro años ¿o qué? —Emilio la miró con mala cara, antes de apartarla de un manotazo y ponerse de pie—. Vamos, no retrasemos la siguiente pelea.

    —Okey.

    Los dos se bajaron del trampolín yendo a sus respectivos equipos. Beky se acercó a Emilio.

    —¿Estás bien, Emilio? ¿Valemos el punto de ellos? —le preguntó, seria.

    —Sí, da igual. No me lastimó de todos modos. ¿Quién será el siguiente oponente de Abilene?

    —Seré yo. —La de cabello corto sonrió con autosuficiencia, inflando el pecho—. Descuida, aprovecharé la oportunidad que me diste.

    —Bien.

    Beky se subió al trampolín quedando frente a frente con Abi.



    ¿Quién creen que gane? ¿Y cuál de los enfrentamientos de este capítulo les gustó más?
    Por ahora es todo. ¡Gracias por leer!
     
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    Marina

    Marina Usuario VIP Comentarista Top

    Tauro
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    Sin duda que me habia perdido de mucho. No hubo un capítulo de los que leí (llegué hasta el cumpleaños de César), que no me hiciera reír o llorar, sí, como lo oyes. Hay capítulos tan emotivos, desde mi perspectiva, que me hicieron soltar una lagrimita, como el capítulo donde Abril comienza el primer día de escuela. El bulling por parte de los compañeros es horrible, el que la insulten llamándola tonta, estúpida, poco inteligente y mucha más, de verdad que me hizo sentir mucho pesar por ella. También me pareció muy emotivo el episodio donde ve su boleta de calilficaciones y descubre que ha reprobado matemáticas. Su sentimiento de ser una perdedora, sentirse una inútil, alguien que no sirve para nada, fue tan expresivo que por un instante me vi en ese salón, siendo expectadora en vivo del suceso y debo decirte que me encantó la manera que utilizó Emilio para aleccionarla, porque utilizar ese método tan literal fue lo que hizo que ella comprediera que no podía darse por vencida, que de las caídas ella siempre se está levantando y lo seguirá haciendo todas las veces que caiga.

    Todos y cada uno de los personajes están muy bien trabajados y tienen sus personalidades bien definidas, no hay confusión con ellos. Puedo reconocerlos por lo que dicen, por lo que piensan, por como actúan sin necesidad de leer sus nombres. Hubo muchos cumpleaños y sin embargo a pesar de tener en común el dar regalos y eso que caracteriza los cumpleaños, cada uno fue diferente, eso también estuvo muy bien logrado, y el de César fue el que mas me gustó porque en este se nos mostró más de la vida de César, un cuadro más completo sobre quién es el chico. Jamás se me ocurrió que él tuviera rol como niñero y que además desempeñara un excelente papel. Tiene un gran sueño y espero que llegue a cumplirlo. César se ha ganado mis respetos, a partir de ahora lo veré diferente :) Y el regalo que le dio Becky me requeteencantó.

    Te diré que en lo sencillo ha resultado lo profundo. En cada uno de los capítulos, por muy sencillos que fueran, noté cosas de gran relevancia, tan valiosas que hacen de esta una hermosa historia, y entre esas cosas sobresale el amor, la amistad, el perdón, el sacrificio, la fidelidad, la aceptación y superación.

    Me voy a hora, pero ya regresaré a leer los últimos cap. que me faltan.
    Nos vemos. TAM.


    Edito:

    Borealis Spiral ya me leí los últimos tres capítulos que me quedaban y como los otros, fueron geniales.

    Esas competencias me llevaron a esa época en la que alguna vez yo también participé en relevos y salto de longitud, pero la verdad que jamás gané un lugar :) Era una de esas atletas "maleta", jijiji, pero participar era lo divertido. Me alegro por Bekcy, que ganara una medalla de oro y en cuanto a Rubén. me pareció un gesto muy tierno de su parte que se hiciera la pinta para ir a apoyar a su amiga, por la que siente más que amistad, por lo que noté. Rubén es muy tímido, pero cuenta con el valor suficiente para hacer cosas significativas, espero que siga dando pasos que lo lleven a ganar autoestima.

    Ahora viene lo de la graduación. Por fin Emi y Abril irán a la secundaria y aunque Becky sigue fuera del grupo en cuanto a horas escolares, cuando menos ya los cuatro volverán a estar juntos en la misma institución. Me alegro que hayan obligado a Emilio a ir con ellos para festejar la gran ocasión.

    Wow, esa competencia estuvo demaciado interesante y me he quedado en ascuas, ya quiero saber quién ganará, Abi, que resultó ser una gran combatiente o Becky, que como deportista es muy buena. En cuanto a Emilio, no lo dudo y sí tomará clases de karate o algo así. Su combate con César estuvo genial, yo pensé que César iba a ganarle, y jamás creí que perdería con Abi, fue entonces cuando recordé que ella sabe defensa personal. La "ternura" de ese golpe para derrocar a Emi mostró que de verdad ella tiene un temple muy disciplinado en cuanto a estas cosas. Sin duda Abi es un estuche de monerías :)

    Espero que no te tardes demasiado para subir el que sigue, que nos has dejado en intriga.
    Abrazos.
     
    Última edición: 16 Febrero 2018
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    Borealis Spiral

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    Marina ¡Master! Qué alegría tenerte por aquí, pese a que te dejé enganchada u.u Lo sé, lo siento, intentaré que no ocurra taaan amenudo. Pero sabes que me has hecho muy, muy feliz al saber que me leíste, ¿verdad? Si no lo sabías, te lo repito: ¡Me has hecho muy feliz! Ai'ta xD Me alegra que la historia te gustara y que te hiciera reír o llorar o.o Eso último no lo imaginaba, pero me alegra que te hiciera sentir algo al menos y claro, que pudieras encontrar esa profundidad en la simpleza es genial :3 César es todo un personaje, tiene sus defectillos, claro, pero es un buen chico :) Lo mismo con Rubén aunque sea tímido, es súper dulce y sí, Abi es toda una cajita de sorpresas. ¡Gracias por tu lectura y tus palabras! Me animan mucho. Te amo *u*

    A los demás que se pasan a leer, también se los agradezco enormemente. Sin más que agregar, dejo la siguiente escena que espero les guste. ¡Disfruten!

    Escena 25

    Beky se subió al trampolín quedando frente a frente con Abi.

    —¿Siguen molestos por lo que hice? —quiso saber la pelinegra, curiosa.

    —Qué va. Fue muy ingenioso —aceptó Beky, serena—. Es una pena que no te funcionará conmigo, Abi. Pienso acabar con esto antes de darte chance de hacerlo.

    —¿Ah sí? ¿Y cómo piensas hacer eso? Si no lo has notado, estás en la misma situación que Emilio.

    —Eso parece, ¿verdad? Pero en realidad al luchar contigo Emilio me dio una pequeña ayuda. Tu respiración, aunque intentas ocultarla, está acelerada. ¿No lo notaste? Emilio no te hizo saltar de acá para allá durante tanto tiempo para encontrar una manera de tumbarte. Lo hizo para cansarte y que el siguiente oponente tuviera más oportunidad de ganar. A diferencia tuya, yo estoy fresca.

    Abi se sorprendió de escuchar aquello y sonrió de medio lado, acorralada.

    —Vaya, olvidaba que su equipo es el de los listos mientras que el nuestro es el de los idiotas.

    —Tú no eres una idiota, Abi. César definitivamente lo es y Abril es especial, pero tú no eres idiota. Aunque te advertiré de otra desventaja que encontré.

    —¿Hm? ¿Otra? —La pelinegra alzó una ceja, confundida.

    —Sí. —Beky se llevó una mano al pecho y se lo palmeó con firmeza—. Por mucho que las adores, en este momento tus nenas deben parecerte un fastidio; son peso extra que yo no tengo. No debe ser fácil saltar de aquí para allá con semejantes bultos, ¿o sí?

    —Me atrapaste. —Abi alzó las manos a la altura de la cabeza en signo de derrota—. No desmentiré eso, pero de todos modos te advierto que no pienso darme por vencida fácilmente.

    —No esperaba que lo hicieras.

    La contienda de ambas amigas inició con una nueva serie de ataques y defensas. Beky aprovechó su ligereza y velocidad para dar saltos altos y acortar distancia o alejarse rápidamente de Abi, quien al ser más voluminosa era más lenta por naturaleza; además de que su anterior lucha estaba pagándole factura y los hombros y pecho empezaban a dolerle por el inconstante movimiento de su busto. Por si fuera poco, tratar otra finta quizás no diera resultado sabiendo que Beky estaba tan alerta y porque la velocidad de reacción de la chica para retirarse y aproximarse a ella era verdaderamente asombrosa; quedaba claro que era amante del atletismo y el ejercicio.

    En una de esas que Abi intentó realizar una maniobra para tirarla, rápidamente Beky enlazó su brazo con el opuesto de ella y usando su agilidad y flexibilidad, se montó sobre la espalda de la pelinegra, sin soltarla, colocando las plantas de los pies debajo de las escápulas contrarias y dado que de por sí la mayor estaba inclinada hacia adelante, con el peso de Beky perdió totalmente el equilibrio sin poder hacer nada para evitarlo porque su brazo seguía preso por la otra, así que cayó rostro a tela.

    —¡Maldición! —masculló César con enfado.

    —¡Buen trabajo a las dos! ¡Estuvieron geniales! —las felicitó Abril, aplaudiendo asombrada de tan buen espectáculo.

    —¿Estás bien, Abi? —Beky se quitó de sobre ella para ayudarla a levantarse.

    —No te preocupes, linda. No me romperé por esto. —Abi aceptó su ayuda y le guiñó un ojo, fresca—. Excelente jugada, por cierto.

    —Gracias —agradeció, orgullosa.

    —Beky —Rubén se le acercó, admirado—, eso estuvo increíble —halagó, sincero.

    —Gracias. —Le sonrió con simpatía y luego miró a César, socarrona—. ¿Y qué? ¿Tú no piensas felicitarme? ¿O es que en este momento ni siquiera me conoces porque te estamos machacando tres a uno?

    —Cállate la boca, zotaca. Pienso desquitarme contigo, así que anda, apúrate a derrotar a Abril para que veas de lo que soy capaz.

    —¡Qué malo eres, César! ¿Quién dice que no voy a ganar yo esta vez? No soy tan inútil, ¿sabes? —se defendió Abril, sintiéndose en verdad ofendida.

    —Oh cariño, por supuesto que no eres inútil. —Abi bajó del trampolín para acercarse a ella y abrazarla—. Es más, creo que puedes ganarle a Beky sin problema, pero necesito que sigas mis instrucciones con cuidado, ¿entiendes?

    —¿En serio? —Abril se emocionó por ser de utilidad—. ¿Qué hago?

    Abi le susurró algo al oído en lo que ella prestaba gran atención y asentía a todo lo ordenado. Desde sus respectivos lugares, Beky entrecerró los ojos, sospechosa, y Emilio frunció el ceño, desconfiado; tenía un mal presentimiento de esto. Abi terminó de decirle todo a Abril, por lo que la castaña se apresuró a subir al trampolín, preparándose para empezar.

    —¿Estás lista, Abril? —cuestionó Beky mirándola con detalle, en busca de algo que le diera una pista de lo que habló con Abi.

    —¡Sí! Tengamos un buen juego, Beky —dijo Abril sonriéndole con ligereza.

    La lucha comenzó, pero curiosamente Abril no saltó con ímpetu como en su turno contra Emilio, sino que se quedó de pie, inmóvil y sin despegar la vista de su amiga. Beky frunció la boca pensando que había gato encerrado; algo se traían y era evidente, pero si se quedaba sin hacer nada no se enteraría, por lo que optaría por dar el primer golpe y terminar con esto rápidamente. Comenzó a saltar poco a poco hasta alcanzar buena altitud y Abril se tensó.

    «¡Ah! Abi tiene razón», pensó la chica recordando lo que la pelinegra le había dicho. «A Beky le gusta saltar alto y usa eso para acercarse y alejarse. Ahora solo tengo que espera el momento correcto. Esperar.»

    Cuando Abril consideró que los saltos de Beky tenían una buena altura y antes de que los usara para aproximarse a ella, lanzó sobre ella lo más rápido que sus lentos reflejos se lo permitieron, impulsándose de un salto, justo en el instante en que Beky empezaba un brinco, por lo que la chica vio la treta detrás de todo. Estando en medio del salto no podía moverse ni esquivarla, así que sin que pudiera hacer nada, fue tacleada por Abril con potencia. Todo pareció ir en cámara lenta a partir de allí.

    «¡Lo hice!», pensó Abril con alegría en lo que sentía que caían, hasta que vio el terreno detrás de Beky. «¿Eh? ¿Verde? El trampolín es negro. ¿Entonces por qué…? ¿Pasto? ¿Eh? La orilla. Beky estaba en la orilla y con mi empuje hice que… hice que…»

    Abril descubrió demasiado tarde que su empujón había sido en una mala posición y con demasiada fuerza, por lo que impotente sintió que tanto ella como Beky salían del trampolín para caer de lleno al suelo y así hubiese sido de no ser porque previendo el resultado y reaccionando rápido, tanto Emilio como César corrieron en su ayuda y ambos sirvieron de apoyo con sus manos para la espalda de Beky, deteniendo su caída a mitad del trayecto en lo que la chica apoyaba sus pies en el borde del trampolín y sostenía el peso de Abril sobre ella, formando una palanca humana.

    —Oye, Emilio, ayúdame con esto. Me estás dejando todo el peso a mí —se quejó César, rojo por la fuerza ejercida, teniendo las manos en la parte alta de la espalda de Beky.

    —Cállate. No son tan livianas como se ven —rebatió el otro, con las manos en la espalda baja de la chica—. A la cuenta de tres las empujamos de vuelta al trampolín.

    —Pues apúrate. Creo que me va a salir una hernia.

    Dicho y hecho, a la señal de Emilio, los dos impulsaron a las chicas de vuelta al trampolín, por lo que ambas cayeron a él dando varios rebotes, sanas y salvas.

    —Abril, ¿estás bien? —Emilio se acercó a su amiga, preocupado de ver que se había sentado con la mirada clavada en la tela, temblorosa.

    —Sí —asintió en un hilo de voz, aún asustada por la idea de estrellarse contra el suelo desde esa altura; había sido una experiencia aterradora—. ¡Ah! ¡Beky!

    Observó a su amiga, quien también apenas se sentaba con César a su lado mientras le preguntaba si estaba bien. Gateó hasta ella, inquieta.

    —Beky, ¿estás bien? —le preguntó Abril con gran culpabilidad—. Lo siento mucho, en verdad lo siento. Yo…

    La repentina risa de Beky la interrumpió en su disculpa y tanto ella como César la miraron extrañados.

    —Hey, zotaca, ¿en serio estás bien? Ni que te hubieras pegado en la cabeza como para que te vuelvas loca —dijo César, desconcertado.

    —Perdonen, es que lo vi tan cerca que hasta me parece chistoso. Casi, casi que hasta siento el golpe —dijo la muchacha entre risotadas—. Ah, qué buen disparo de adrenalina.

    —¡No te rías! —la regañó Abril, en desacuerdo, alzando la voy y mirándola con reprensión—. No es gracioso. Fue algo muy peligroso, así que no te rías. Y todo fue mi culpa.

    —Pero no pasó nada grave, Abril, no te preocupes —intentó consolarla Beky, pero eso sólo hizo enojar más a Abril.

    —¡Pero sí iba a pasar algo! Tú ibas a recibir todo el golpe, Beky. Tú ibas a ser la más lastimada de las dos, ¿cómo quieres que no me preocupe? —La asaltaron los sollozos—. Debí pensar en las consecuencias de mis actos y no lo hice.

    —Hey, tú sólo seguías órdenes de Abilene, ¿no? —intervino César al verla tan decaída.

    —¡Esa no es excusa! —Abril sacudió la cabeza con vehemencia—. Debí pensar bien en lo que me dijo en lugar de sólo hacerlo. Todo plan tiene detalles y fallos, pero yo ni siquiera me molesté en pensar en uno y por eso casi terminamos heridas. Abi no es la única del equipo que puede pensar; yo también puedo y no lo hice y por eso casi… casi… Lo siento mucho, Beky, es mi culpa. Por favor perdóname.

    Dejó fluir su llanto lleno de culpabilidad y Beky la miró con suavidad.

    —Escucha, Abril, entiendo cómo te sientes, en serio, y por eso no rechazaré tu disculpa, así que sí te perdono. —Vio que su amiga relajaba los músculos, aliviada—. Ahora quiero que tú también te perdones a ti por esta equivocación, ¿bien? Sí, fue un error y sí, fue un acto imprudente que casi nos rompe la cabeza, pero era natural que pasara un accidente si es la primera vez que hacemos algo como esto. Lo único que hay que hacer es aprender de esto, ser más cuidadosos y mejorar. ¿Fácil, verdad?

    —¿Y qué tal… si me equivoco otra vez? —preguntó Abril, entre moqueos.

    —Bah, no te preocupes por eso. —César volvió a meterse a la conversación y se señaló a sí mismo, seguro—. Si vemos que estás por caer otra vez tan sólo tenemos que volver a cubrirte las espaldas antes de que te estampes en el suelo. ¿No es así, Emilio?

    Miró a su compañero, a quien Abril le daba la espalda y que había estado escuchando todo en silencio, teniendo las manos en los bolsillos del pantalón.

    —Por supuesto —aseguró el rubio, firme.

    —¡Muchas gracias, chicos! —Abril les sonrió ampliamente y con gratitud, sintiéndose mejor.

    —¡Eso es! Esa es la Abril que conozco y a la que le va mejor una sonrisa en la cara —expresó César, pasándole un brazo por el cuello para acercarla a él y revolverle el cabello, juguetón, haciéndola reír.

    Al ver que el estado de ánimo de Abril estaba mejor, Emilio fue a encarar a Abi, quien había permanecido en su sitio todo el tiempo, seria. Se plantó ante ella y la miró con acusación, cruzándose de brazos.

    —¿Y bien? ¿Hay algo que quieras decir? —preguntó él, frío.

    Abi suspiró con abatimiento y derrota.

    —Sí, sí, yo también lo siento —se disculpó con más vagancia que otra cosa—. Debí pensar mejor en la posibilidad de que pudieran caer del trampolín, aunque la verdad ni se me había cruzado por la cabeza.

    —No es sencillo ser líder de equipo —mencionó el muchacho, volviendo su visión al trampolín donde estaban César, Beky y Abril hablando animadamente—. Hay que pensar en todo, especialmente en el bienestar de los tuyos.

    —Sí, es mucho trabajo para mi gusto. No sé cómo le hacen tú y Beky para lograrlo. No creo que yo sea buena para liderar.

    —No, sí que tienes madera como líder —reconoció él, neutral, sorprendiéndola un poco—. Tal vez no eres del mismo tipo que yo o que Beky, pero eso está bien. La sociedad no se compone por un sólo tipo de líder. Sólo hace falta pulir esas habilidades con tiempo y esfuerzo. Y habrá veces en las que las cosas no salgan como quieres, pero es parte del proceso; a veces no puedes saltarte algunos errores con tal de avanzar.

    —Woh, woh, woh, alto allí. —Abi coló sus manos frente a ella en señal de stop—. ¿En serio tienes once, casi doce?

    —Qué lata la tuya, pero tomaré eso como un cumplido. Vamos, acabemos con esta competencia de una buena vez.

    Emilio se acercó a Abril y compañía, mirando a la de cabello corto.

    —Beky, ¿valemos esta victoria para ellos?

    —Sí. Fue una buena táctica, con algunos problemas a la hora de ejecutarse, pero la idea estuvo bien. Además, Abril se esforzó mucho por cumplirla y creo que se la merece.

    —En ese caso Rubén será el siguiente contrincante de Abril. —Emilio se acercó al tímido chico—. ¿Estás listo?

    —Sí —respondió él.

    —Sé cuidadoso —le advirtió antes de que se subiera al trampolín.

    —L-lo seré —consintió él, sabiendo que se refería a que procurara no lastimar a Abril.

    En el trampolín ya sólo había quedado Abril en espera de su oponente, por lo que Rubén se subió a él.

    —Tengamos un buen juego, Rubén. Esfuérzate mucho —dijo ella, sonriente.

    —S-sí, lo mismo digo.

    Tomaron su posición y el encuentro inició. Abril pensó en utilizar el mismo truco que con Beky, sólo que ahora cuidaría que Rubén estuviera en una posición más centrada para no cometer el mismo error. Sin embargo, vio que el chico no se movió de su sitio, quedando estático igual que ella, analizador. Fue allí que la adolescente descubrió que quizás ya no podría hacer la misma artimaña. Tenía sentido; un mismo truco ya no funcionaba dos veces, ¿verdad?

    Comprendiendo que sería inútil quedarse de pie sin hacer nada, Abril comenzó a saltar dispuesta a tomar su actitud de ataque como lo había hecho con Emilio. En el instante en que sus saltos tomaron un altura considerable, Rubén se movió de su lugar y para la sorpresa de la chica y de todos los presentes, llevó a cabo la misma idea que ella había usado con Beky, por lo que se le acercó en medio de un brinco para evitar que lo esquivara. No obstante, en lugar de taclearla, la sujetó de la camisa a la altura del pecho y la haló hacia él, utilizando la misma fuerza de gravedad de la bajada del salto, llevándola más al centro del trampolín y haciéndola caer usando una maniobra con su cuerpo entero, ganando el encuentro.

    —¡Buena esa, Rubén! —lo felicitó Beky haciendo hueco con sus manos para que lo escuchara desde su lugar.

    —¡Con un demonio! ¿Hasta ese perdedor es mejor que Abril? ¿En serio? —Fue el desdeñoso comentario de César, disgustado.

    Abril se mantuvo echada en la blanda superficie, sorprendida y al mismo tiempo desalentada. Había perdido otra vez, igual de rápido y con el mismo truco que ella había usado pero mejor llevado. Vio que Rubén se inclinaba a ella.

    —¿E-estás bien? N-no te hice daño, ¿verdad? —le preguntó, preocupado, ofreciéndole una mano.

    —No, estoy bien —lo tranquilizó ella, tomando su mano y levantándose para que viera que era cierto—. Felicidades por ganar.

    —G-gracias, pero yo debo agradecerte a ti. Lo que hiciste con Beky me sirvió mucho para saber co-como derrotarte sin pelear tanto. Fue genial.

    —Oh, pero eso fue idea de Abi. Yo no habría podido pensarlo.

    —De todos modos. Tú fuiste quien lo hizo y creo que te-tener en el equipo a alguien que cumpla bien los planes es bueno. N-no creo que todos debamos se-ser iguales y buenos en todo.

    Abril lo miró asombrada por sus palabras y luego le sonrió, agradecida por su ánimo.

    —Muchas gracias, Rubén.

    —N-no es nada. —Él bajó la mirada, avergonzado.

    —Te dejaré para que te prepares para tu siguiente pelea, ¿okey? Suerte.

    Abril se bajó del trampolín y se acercó a Abi.

    —Abi, ya lo he decidido.

    —¿Hm? ¿Qué has decidido, cariño? —La pelinegra la miró con extrañeza.

    —Seguiré dando la mejor de mí para convertirme en un miembro del equipo de la que estés muy orgullosa por seguir los planes al pie de la letra. ¡Lo prometo!

    —Oh cariño. —Abi la abrazó, enternecida—. Si yo siempre estaré orgullosa de ti no importa lo que pase. Pero para que no digas que soy mala, yo también me esforzaré por ser una mejor líder de equipo.

    —Entonces hay que mejorar las dos juntas, ¿sí?

    —Por supuesto —le sonrió con seguridad.

    ¡Qué bueno era tener amigos con los que mejorar juntos!


    Tres peleas más y quedan las tres últimas. ¿Qué equipo creen que ganen? Emilio y compañía están a la delantera. ¿Podrán Abi, César y Abril superarlos?
    Por ahora es todo. ¡Gracias por leer!
     
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    Zurel

    Zurel Camino a la Supremacía

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    Hola.

    Después de tanto tiempo, vuelvo con mis andadas por estos lares.

    Han sido dos capítulos muy entretenidos porque se nos muestra una vez más la gran amistad que existe entre los chicos. Mis peleas favoritas han sido las dos primeras, por cierto, pobres Abril y Beky, casi quedan estampadas en el suelo. Por suerte estaban Emilio y César para echarles una mano.

    Quiero decirte que me parece muy curioso, siempre que leo algún capítulo de esta historia me saca algunas carcajadas, cosa que no me pasa con otras. Sabemos que muchos hemos compartido momentos así con nuestros amigos, y eso hace más fácil imaginarse las situaciones, reacciones y tonos de voz de cada uno de los personajes. Lo que hace cómicas algunas escenas en particular, como las discusiones entre Beky y César XD.

    Mi parecido con Emilio es similar, por ejemplo; destesto que las personas de mi alrededor me molesten, ya sea cuando estoy viendo la tv o bien cuando estoy haciendo alguna otra cosa. Tampoco me gusta que alguien cambie mis planes a última hora para ir a otro lugar (como muchas veces le ha pasado a Emilio) y tambien soy muy hogareño. Si, admito que me gusta estar encerrado en medio de cuatro paredes, considero todo aquel que interrumpa mi área de confort como una molestia.

    En esos aspectos me siento identificado con Emilio, lo que lo convierte en uno de mis personajes preferidos aparte de Abril, que me parece muy, muy tierna.

    Eso es todo por el momento, nos vemos en la próxima oportunidad. Abrazos.
     
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    Marina

    Marina Usuario VIP Comentarista Top

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    Wow, fueron unos encuentros muy ingeniosos. Aunque por poco Beky y Abril terminan dándose un buen golpazo en el suelo, esa idea fue una buena estrategia. Pobrecita de Abril que después de ser salvadas así por César y Emilio, tuviera cargos de conciencia, pero era lógico, dado a su dulce personalidad, que los tuviera y qué lindo fue ver de qué forma la consolaron sus queridos amigos. Me gustó mucho también que Rubén demostrara más de sí mismo. Su timidez sigue estando ahí, pero no permitió que esta entorpeciera su desempeño, lo que me afirma que en el grupo de amigos ha encontrado un lugarcito en donde puede sentirse muy bien, cosa que tal vez le ayude a dominar esa timidez, no a desarraigarla por completo, pues es parte de su personalidad, pero sí liderar sobre ella.

    Este fue otro de los capítulos en donde la madurez de Emilio sale a flote xD

    Mas de igual forma me encantaron estas palabras de Rubén:

    Su lógica me ha ganado, porque esa es una rotunda verdad: no se puede ser bueno en todo ni igual al semejante.

    Sigue así, por aquí andaré en espera del siguiente cap.
    TAM
     
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    Borealis Spiral

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    Por hoy y solo por hoy, vuelvo para dejar continuación xD

    Zurel Mil gracias siempre por seguir con la lectura pese a mis desaparecidas constantes. Me anima mucho saber que sigues fiel por aquí pese a ello. Y me alegra mucho más saber que al menos la historia te saca algunas carcajadas; mi objetivo se ve cumplido contigo :3 Ya veo que en verdad Emilio y tú comparten similitudes; con razón te gusta tanto, jejeje. Yo misma comparto ciertos rasgos con el y por ende contigo, pero curiosamente, Emilio es de mis menos favoritos aquí xD Mi favorito es un personaje que saldrá mucho después, pero de momento me quedo con Abril y Rubén. ¡Gracias por leer!

    Marina ¡Master linda! También gracias por seguir aguantando aquí conmigo; como vez, aunque tarde, seguro que posteo capítulo nuevo. Me alegra tanto que veas esos detalles en Rubén y su progreso eventual. Cierto que quizás nunca deje la timidez al cien por ciento, pero como ves, él desea ser mejor y, de hecho, esta escena se enfoca mucho es él y ese deseo suyo. A mí en lo personal me encanta Rubén, es de mis favoritos junto con Abril y con otro personaje que saldrá después. Por cierto, ¿quién es tu(s) personaje(s) favorito(s)? Me dio curiosidad.

    A los demás que se pasan a leer, se los agradezco inmensamente también. Sin más que decir salvo disculparme nuevamente por mi ausencia, dejo el capítulo. ¡Disfruten!

    Escena XXVI

    —Oigan, ¿ya terminaron con sus declaraciones de amor o qué? —indagó César, impaciente.

    —Vaya, vaya, pero miren nada más. Creo que alguien está celoso de ya no ser dueño de toda la atención de su ex —lo molestó Abi, pilla.

    —¡Claro que no! —se defendió él—. Haber roto contigo es lo segundo mejor que me ha pasado en la vida, ¿sabes?

    —¿En serio? Y dime, ¿qué es lo primero mejor que te ha pasado entonces? —curioseó ella misma, interesada.

    —Haber conocido a Beky, dah —confesó en un impulso.

    —¡Oh my God! Lo sabía. —La joven se emocionó—. Esto tiene que saberlo ella. ¡Oye, Beky…!

    —¡Tú, idiota! —César se apresuró a callarla e intentó taparle la boca, pero Abi reaccionó rápido y se alejó, divertida por su nerviosismo—. No tienes que decírselo, ella no tiene por qué saber nada. Y de todos modos no es importante, así que olvida que lo dije.

    —¿Ah no? Pues Abril no opina lo mismo. —Abi apuntó a la castaña, quien había ido al otro equipo, también dispuesta a darle las buenas noticias a Beky.

    —¡Esa tonta! —se escandalizó César y corrió tras ella, haciendo reír a Abi.

    —¡Beky, Beky! —Abril llegó a donde estaba su amiga—. ¿Adivina qué, Beky?

    —¿Qué pasa? —Alzó una ceja, confundida.

    —César ha dicho algo súper lindo sobre ti. Dijo que…

    —¡Ah! —César llegó justo a tiempo para aprisionar a Abril por detrás, posando su mano en la boca de ella y pasando el otro brazo por debajo de su pecho—. ¡Nada! No le hagas caso, está loca. Olvídate de lo que sea que te hubiese dicho, zotaca, ¿entiendes? ¿Entiendes? Pues bien. Adiós.

    Y sin más, se la llevó a rastras de allí pese a sus sofocadas protestas.

    —O-oye. —Beky miró con desconcierto al grupo contrario, notando el alboroto que estaban haciendo—. ¿Qué pasa con ese equipo de locos?

    —No quiero saber —manifestó Emilio, compartiendo el sentimiento.

    —De todos modos, iré a calmarlos o nunca acabaremos con la competencia. Están haciendo esperar a Rubén.

    La pequeña chica se acercó al trío escandaloso.

    —¡Ustedes! ¿Qué pasa con tanta bulla, por Dios? Estamos en medio de una competencia, ¿recuerdan? ¿O qué? ¿Se dan por vencidos de una vez y nos dejan ganar por las buenas? Que al cabo que si ganamos una vez más ya la hicimos.

    —¡En tus sueños, zotaca! —El primero en morder el anzuelo fue César, dejando de lado la riña con las otras dos—. No pienso darte la victoria así como así.

    —¿Entonces qué estás esperando? Hace rato que Rubén aguarda. ¿No me digas que le tienes miedo? —se burló, maliciosa.

    —¿Miedo yo? ¿A ese perdedor? ¡Ja! Ni en un millón de años —alardeó él, confiado—. Tú espera y ve cómo lo machaco.

    Teniendo el ego por los cielos, César volvió a tronarse los dedos y se montó al trampolín, quedando frente a frente con Rubén, quien de inmediato sintió que el ambiente entre ellos se tensaba de manera considerable, poniéndolo muy nervioso, tanto así que sintió que comenzaba a transpirar.

    —Quiero dejarte algo muy en claro, perdedor —habló César, duro y amenazante—. No me agradas, ¿bien? No me importa que seas amigo de Beky o lo que sea, ni que los demás crean que eres un buen tipo. A mí no me compras con eso. Por eso te advierto que vas a caer aquí y ahora. No pienso contenerme ni un poco y mucho menos pienso perder contra ti de ninguna manera, ni ahora ni en el futuro. Así que sugiero que vayas dándote por muerto.

    Incapaz de evitarlo, las palabras del chico de cabello marrón dorado resultaron tener mayor impacto del que hubiese deseado, pues el pobre diablo sintió que el aire pesaba tanto que no pudo respirar con normalidad y que el sentimiento de temor lo invadía. El enfrentamiento dio inicio.

    —Rubén se maneja bien en esto, ¿cierto, Beky? —comentó Emilio de pronto, manteniendo los brazos cruzados.

    —¿Lo notaste? —Beky se sorprendió que se de diera cuenta con apenas el enfrentamiento que tuvo con Abril.

    —Es más bien lógica —explicó él—. Si su padre es el dueño de este lugar significa que ha venido más veces de las que pensamos, así que alguna destreza en el trampolín debe tener.

    —Sí. —La chica sonrió de medio lado por su deducción—. Cuando era más chico solía venir más a menudo y aparte tiene dos hermanos mayores con los que jugaba también a hacer competencias y vencidas. Por eso diría que sí ha desarrollado cierta resistencia en el trampolín o a las actividades físicas en general.

    —Aun así, no le servirá de nada ser bueno si sigue asustado de César. Míralo, no hace más que esquivarlo.

    Beky volvió su atención a la batalla y descubrió que, efectivamente, Rubén no hacía más que evadir los impetuosos y fieros ataques de César, quien leal a su palabra de no contenerse, había alcanzado a darle uno que otro golpe en el cuerpo con tal de derribarlo, no del todo sutil ni disimulado y mandando por la borda la ley no hablada de no golpes y simple lucha.

    Rubén estaba asustado, se sentía intranquilo y tenía miedo; lo sabía, él mismo sabía todo eso y sin embargo no quería dejarlo, no quería rendirse, no quería renunciar, no quería perder. No quería seguir estancándose en su cobardía y timidez el resto de su vida. Era la primera vez que lo pasaba tan bien con amigos, personas diferentes que no fueran sus hermanos y no quería echar eso a perder. Estaba acostumbrado a que la gente lo odiara, por lo que no le reprochaba nada a César, pero que alguien lo apreciara tan sinceramente como lo hacían Beky y los demás era algo nuevo para él y no estaba dispuesto a dejarlo ir.

    De allí que renovado en espíritu y apostando todo o nada, el retraído chico se lanzó con todo lo que tenía, con todo su poder, recordando todas aquellas veces en las que jugó contra sus hermanos, procurando mantener un buen ritmo. La pelea se volvió más unánime en cuanto al asunto de los ataques y los esquives, asombrando a todo el equipo de César, incluyéndolo a él, mientras que Beky sonreía orgullosa; Rubén empezaba a salir del cascarón.

    No obstante, al final, utilizando un movimiento preciso y movido por su amor propio, César consiguió derribarlo cuando lo tomó desprevenido y aprisionó su cuello con su brazo, tumbándolo de espaldas e incluso él se echó a un costado de él, pues no lo soltó en ningún momento, ejerciendo presión en su agarre, asfixiándolo.

    —¡Ya estuvo, César, suéltalo! —le ordenó Beky al ver que Rubén comenzaba a toser y patalear con desesperación—. ¡César, ya ganaste, así que ya basta! ¡Lo ahorcas! ¡César!

    Chasqueando la lengua, irritado, César hizo un último fuerte apretón antes de soltar a su víctima, quien rápidamente llenó sus pulmones de oxígeno en medio de un fuerte ataque de tos, en lo que algunas lágrimas bajaban por sus mejillas.

    —Espero que con esto te quede claro quién manda —advirtió César ya de pie, mirándolo con superioridad.

    Rubén se llevó una mano al cuello, tembloroso, antes de también ponerse de pie con algo de dificultad.

    —Yo… N-no me arrepiento d-de nada —dijo de pronto.

    —¿Ah? —César se volvió a mirarlo, pues le había dado la espalda—. ¿Qué idioteces balbuceas?

    —T-tal vez perdí, pe-pero si di lo m-mejor de mí en-entonces no tengo p-por qué arrepentirme de nada. L-la próxima vez que n-nos enfrentemos, seré más fu-fuerte y te venceré.

    Lo miró con decisión y viendo claramente el reto, César sonrió con mayor petulancia al momento de señalarse a sí mismo y decir.

    —Adelante, inténtalo. Puedo con lo que sea que me lances. Ya te dije que no pienso perder contra ti por nada del mundo, así que no te sorprendas cuando termines mordiendo el polvo igual que hoy. Un perdedor siempre será un perdedor.

    Rubén simplemente lo miró un rato, apretando los labios, frustrado, para después bajar del trampolín. A medio camino se encontró con Beky.

    —N-no gané. Lo siento —se disculpó, avergonzado.

    —No te preocupes. Lo hiciste muy, muy bien, Rubén, en serio —lo calmó ella, mirándolo con orgullo.

    —Gracias. —Desvió la mirada, tocándose el cuello otra vez y Beky frunció el ceño.

    —Voy a vengarte, Rubén.

    —¿Eh? —La miró con estupefacción—. N-no, por favor. No te molestes, no hace falta.

    —No es molestia y sí que hace falta. César se pasó esta vez, en verdad se pasó. —Apretó los puños, furiosa—. Además, hay algo un poco más personal involucrado, así que tengo que hacerlo sí o sí. Bueno, es mi turno. Deséame suerte.

    Beky se subió al trampolín, resuelta, y miró a su amigo con claro desagrado.

    —Eres un verdadero imbécil, César Manuel. Un imbécil y un salvaje.

    —Conque lo soy, ¿eh? Pues qué mala onda, ¿no? —sostuvo él, sonriendo descarado.

    —Grandísimo tarado —insultó ella, mayormente molesta, poniéndose en defensa—. Parece que siempre tendrás que obligarme a meterte a la fuerza un poco de razón en esa cabezota dura que tienes. ¿Qué harías sin mí, dime?

    —No te creas tanto, zotaca. —César se puso en posición de ataque—. Esta pelea es la que he estado esperando desde que empezamos la competencia, así que ni se te ocurra decepcionarme.

    —Yo soy quien debería decir eso, pero descuida, no pienso perder. Tengo que darte tu merecido por lo que le has hecho a Rubén. Tengo una promesa que mantener, ¿recuerdas?

    —¿Promesa? ¿De qué hablas? Yo no me acuerdo de ninguna promesa.

    —¿En serio? —Beky frunció el ceño, ligeramente dolida, mas desechó el sentimiento de inmediato para disfrazarlo con socarronería—. No me sorprende que un idiota como tú no la recuerde. Pero yo sí lo hago y por eso mismo tengo que vencerte y hacer que te disculpes con Rubén, ¿me oyes?

    —Oblígame.

    Con eso, la contienda entre ambos empezó, resultando en una demostración increíble de agilidad, movimientos fluidos e ingenio por parte de los dos, pues ambos atacaban y defendían de una manera maravillosa, como si cada uno supiera de antemano lo que el otro haría a continuación. Pasión pura fue lo que aquella lucha desprendió, no sólo porque los contrincantes eran de por sí apasionados, sino porque cada uno estaba luchando por algún tipo de ideal que iba más allá del juego y la diversión. Fue un espectáculo digno de ver y de lejos, el mejor de ese día.

    —A-asombroso —exclamó Rubén, maravillado de tan buena exhibición. Le parecía increíble que Beky le mantuviera tan bien el paso a César pese a la desventaja de estatura y fuerza.

    —Es por lo bien que se conocen —explicó Emilio, serio y atento a la pelea—. Los dos saben sus puntos fuertes y sus puntos débiles mejor que cualquiera; para ellos es fácil esquivar y atacar sin temor a nada. Si tuviera que explicarlo mejor diría que es como si pudieran leerse la mente. Con ellos normalmente no importa el género, el tamaño o la fuerza.

    —¿Quién crees que gane, Abi? —interrogó Abril desde su lugar al otro lado del trampolín, sin dejar de prestar atención a la lucha.

    —Difícil decirlo, cielo. Las peleas con César y Beky en su mayoría tienen probabilidades de ganar de un cincuenta y cincuenta. No por nada es nuestro clásico de clásicos.

    —Ah, es cierto. Pero nos conviene que gane César, ¿a que sí?

    —Eso es verdad, aunque no negaré que mi lado feminista desea que Beky le dé una buena paliza —confesó la joven, honesta, haciendo reír a la otra.

    La intensa lucha de los mejores amigos continuó por algunos minutos más hasta que al final César hizo la diferencia por su fuerza y tamaño, por lo que en una de esas consiguió apresar a la pequeña chica y la hizo caer a la tela, derrotada, en lo que él se inclinaba sobre ella para aprisionarla con su cuerpo.

    —¡Su-suéltame! —exigió ella, turbada y ruborizada por el ejercicio pasado, el bochorno y el coraje de haber perdido—. ¿Qué quieres, eh? ¿Quieres humillarme más? ¿Quieres que admita mi derrota? ¡Pues ya está! ¡Yo perdí, tú ganas! ¿Feliz? ¡Ahora suéltame!

    Se movió con energía, deseando liberarse para no dejar que César viera lo afectada que estaba por no haber podido ganarle; no había cumplido su promesa y eso la hacía sentirse mal, lo que la llevaba a ser débil y ella odiaba ser débil.

    —Lo siento —se disculpó él de repente, confundiéndola.

    —¿Qué? —Dejó su forcejo, mirándolo sin entender.

    —Mentí. Sí recuerdo la promesa que hiciste —confesó—. Y también me acuerdo de la que yo hice. Prometí que no volvería a meterme con nadie y tú prometiste que en caso de que lo hiciera, te encargarías de darme una lección como hiciste aquella vez en el kínder. Tú serías la que me castigara por bravucón. No cumplí mi palabra y no dejé que cumplieras la tuya. Lo siento.

    —No soy la única a la que deberías pedir perdón, ¿sabes? —observó ella, mirándolo rencorosa.

    —No presiones, zotaca —se quejó él, entre dientes, sabiendo que se refería a que debía pedirle perdón a Rubén y no quería ni pensaba hacerlo.

    —¡Ay Dios mío! No me hagan gastar memoria de oquis* y bésense ya —intervino Abi, quien se había acercado a la orilla del trampolín con celular en mano, grabando todo en espera del anhelado beso.

    —¡Q-qué!

    Los dos la miraron con claro espanto antes de ser conscientes de la comprometedora posición en la que se hallaban, por lo que rápidamente César se levantó, alejándose de ella, azorado.

    —¡Estás loca! ¿Por qué querría besarla? A mí me gustan las chicas, no las que se creen chicas —ofendió César.

    —Tarado. —Beky entrelazó sus pies con los de él al estar todavía acostada, haciéndolo caer.

    —¡Hey! —protestó él.

    —¡Y tú! —La de mirada avellana ignoró a su amigo y miró a la pelinegra con severidad, levantándose—. Vas a borrar ese vídeo en este momento, ¿me oyes? ¡Era una conversación privada!

    —Ni hablar —negó Abi, traviesa.

    Beky se irritó, por lo que sin pensárselo dos veces caminó a la orilla del trampolín y se lanzó sobre Abi que seguía por allí cerca, temeraria, enlazando sus piernas en la cintura de su amiga, tomándola desprevenida, por lo que perdió el equilibrio y cayó de posaderas al suelo.

    —¡Ay, pero qué grosera! —gimió la bella chica con dolor—. ¡Espera!

    Beky consiguió hacerse del celular por la fuerza, por lo que rápidamente se levantó y corrió lejos de allí, veloz, dándole tiempo suficiente de borrar el dichoso vídeo antes de que Abi se recuperara y fuera por su pertenencia.

    —Listo. Todo tuyo. —Se lo devolvió, aliviada.

    —¡No! ¿Por qué lo hiciste? ¡Qué crueldad! —lloriqueó Abi con exagerado dramatismo, buscando el ya inexistente vídeo—. ¡No! Mi hermoso momento Ceky se ha ido. ¿Es que no tienes corazón? ¿Por qué? Mi corazón shipper se ha roto en mil pedazos. ¡Escúchalo! ¡No!

    Se hincó en el suelo con patetismo, en lo que Abril acudía a su lado y la abrazaba por la cabeza, acariciándole el cabello en un intento por consolarla.

    —Está bien, Abi, está bien. Todo estará bien.

    —Oh diablos, en serio se le ha ido la choya** —declaró César, incrédulo.

    —Es patética —repuso Emilio, fastidiado.

    —Es… rara —sentenció Rubén, conmocionado.

    —¡Ya deja de exagerar! —la reprendió Beky, exasperada—. Vamos, hay que acabar de una vez con la competencia. Estamos empatados cuatro a cuatro. Te toca pelear contra Rubén para ver quién ganará, así que ya no chilles.

    —De acuerdo, de acuerdo. Cielos, no tienen compasión de uno, hmph.

    Abi se levantó moviendo su cabello con una mano en señal de indignación, recuperada totalmente, como si no hubiese pasado nada y yendo al trampolín, subiéndose en él en lo que Rubén hacía lo mismo.

    —No me gusta esto —reconoció Beky al ver que Abi hablaba con Rubén sobre algo y que le hacía un gesto coqueto, logrando que el castaño bajara la cabeza, avergonzado.

    —Maldita tramposa —masculló Emilio, con desagrado, al darse cuenta de las intenciones de la joven.

    Efectivamente, Abi jugó sucio y a base de seducción y utilizando a sus “nenas”, consiguió distraer a Rubén apenas empezar el encuentro, por lo que lo derribó sin mayores dificultades y sin darle oportunidad de defenderse propiamente. Así que el equipo de César, Abi y Abril ganó cinco a cuatro.

    —¡Eso es, Abilene! ¡Eres grande! —la felicitó César, por demás contento—. ¡Ja! Ya sabía yo que nosotros teníamos que ganar.

    —¡Yey! ¡Ganamos, ganamos! —Abril corrió a subirse al trampolín para saltar junto a Abi en señal de festejo.

    —Pero claro que íbamos a ganar. Si somos los mejores —declaró la pelinegra, orgullosa, también saltando de alegría—. Ven aquí, César. Tomémonos una foto de ganadores.

    César también se subió al trampolín y se colocó tras las chicas, pasando sus brazos por las cinturas de las dos, haciendo el signo de “amor y paz” con ambas manos, sonriente, y tomaron la foto con el celular de Abi al estilo selfie. Mientras, en el equipo de los perdedores.

    —Lo siento mucho. M-me descuidé y por mi culpa perdimos —se disculpó Rubén, abochornado, culpable y decepcionado de sí mismo por su debilidad.

    —Descuida, Rubén. No es tu culpa que a Abi le encante jugar sucio —lo consoló Beky, sonriéndole amigable—. En realidad me compadezco de que tuvieras que ser víctima de su acoso sexual. Debió ser tremendamente incómodo.

    —Está bien. Me divertí —confesó él.

    —Sí, yo también —estuvo de acuerdo ella.

    —¡Oigan, perdedores! —Abi los llamó desde el trampolín, ladina—. Miren a la cámara que queremos récord de cómo lucen los losers.

    Tomó la foto justo en el momento en que Beky les lanzaba una mirada de cólera, Rubén bajaba la cabeza con pesadumbre y Emilio volvía el rostro a un lado, indiferente.

    —¿Y si ahora nos tomamos una todos juntos? —sugirió Abril, risueña—. Sería un lindo recuerdo.

    —Oh, tienes razón, cariño. Vamos, todos súbanse que vamos a tomar una foto grupal.

    —¿Está bien que se tomen una foto junto a perdedores? No les vayamos a opacar la gloria o algo —acotó Beky, resentida, pero de cualquier manera hizo lo ordenado.

    —¿Sigues igual de rencorosa, zotaca? —César la miró con burla—. Guardar esos sentimientos tan feos hace daño, ¿sabes?

    —Y quién lo dice. El primero que debe deshacerse de malos sentimientos.

    —A ver, a ver, sin peleas —los detuvo Abi antes de que se iniciara otra contienda—. Vamos, acomódense como les dé la gana, pero los quiero bien juntitos para que todos salgamos.

    Todos se acomodaron para tomar la foto, quedando de izquierda a derecha de la siguiente manera: Emilio sentando, cruzado de piernas y brazos, con expresión de tedio, teniendo tras él a una sonriente Abril, de rodillas, echándole los brazos al cuello, entrelazando las manos sobre el pecho de él y apoyando el mentón en su áurea coronilla. Luego iba Abi, quien tomaría la foto por lo que mantenía el brazo extendido, en lo que se sentaba un poco de costado y reclinada hacía atrás, en una pose algo seductora, manteniendo una expresión igual de conquistadora. Después seguían César, Beky y Rubén, estando la chica detrás de ellos y pasando sus brazos sobre los hombros de cada uno para mantenerlos juntos, sacando la cabeza por entre el hueco que formaban los hombros de ellos, en lo que una expresión decidida adornaba su rostro, en contraste con la de los jóvenes, pues la de César era de desacuerdo total y la de Rubén de nerviosismo. Tomaron la foto.

    —Qué linda —expresó Abril al ver la imagen, feliz.

    —Quedó bastante bien —concordó Beky, también mirándola con detalle.

    —E-esto, ¿tienen hambre? —inquirió Rubén, retomando su papel como anfitrión—. ¿Qui-quieren que pida unas pizzas?

    —Ahora que lo dices, sí, ya hace hambre. —Beky se tocó el estómago sintiendo el vacío en él.

    —¡Sí, pizza! Yo quiero una hawaiana —pidió Abril alzando los brazos, contenta de comer pizza.

    —Agh —se quejó Emilio. Odiaba esa pizza; era demasiado dulce para su gusto—. Yo quiero la que sea que no tenga piña ni aceitunas.

    —Pues yo quiero una con todo —demandó César.

    —Entonces… Pe-pediré una con todo, una hawaiana y una de carnes frías. ¿Está bien? —Rubén quiso estar seguro.

    —¿Tres pizzas? ¿No es demasiado para nosotros seis? —Abi se sorprendió, pues ella no comería mucho por eso de las calorías.

    —Descuida, Abi. César de seguro se atraganta una pizza él solito. Es un muerto de hambre —dijo Beky con sorna.

    —Cierra el pico, zotaca —ordenó él—. No es mi culpa que tú tengas tan mal apetito. Con razón no creces. Necesitas comer bien si es que quieres ser alta, ¿no sabías?

    —Oh Emi, entonces tú también deberías comer más si quieres ser alto como César —mencionó Abril mirando a su amigo.

    —Cállate. Nadie pidió tu opinión —la silenció él, malhumorado—. Y es Emilio, no Emi.

    Se envolvieron en una conversación referente a la altura y el crecimiento que terminó más bien como una discusión. Rubén los miró con una pequeña sonrisa; sí, definitivamente esa clase de cosas significaba tener amigos. Se alejó para pedir las pizzas, dispuesto a seguir disfrutando del tiempo en compañía de esas personas que lo habían aceptado en su grupo, algunos mejor que otros, pero daba igual; se los agradecía inmensamente a todos. De aquella manera, el día para los seis continuó, pasándola muy bien entre ellos.


    *De oquis o de hoquis: en balde o en vano, a lo inútil.
    **Choya o cholla: En México también así se le dice a la cabeza.


    Y aquí concluye este pequeño arco (? Este capítulo fue mi favorito de esta tanda de tres; estuvieron las peleas que más me gustaron: la de Beky vs. César y César vs. Rubén. Espero lo hayan gozado mucho ^u^
    Por ahora es todo. ¡Gracias por leer!
     
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    Y aprovecho que me conecté para dejar continuación aquí también. Gracias a todos los que se pasan a leer. ¡Disfruten la escena! Es cortita.

    Escena veintisiete

    Emilio se hallaba echado sobre el sillón viendo sus caricaturas de siempre cuando tocaron la puerta. Renegó con fastidio antes de alzarse de su lugar para ir a atender el llamado, encontrándose con una sonriente Abril y su bicicleta.

    —Emi, ¿me acompañas al parque a montar bici? —le pidió, animada.

    —¿Por qué? —preguntó él, desganado.

    —¿Por favor? —rogó ella—. Es que, ¿sabes?, hace mucho que no la monto, con eso de que tenía que estudiar mucho y hacer tarea para no reprobar y eso, pues no podía. Y cuando no lo hacía terminaba dibujando o viendo tele. Pero hoy vi la bici y me dieron ganas de montarla otra vez. No es que sea tan buena como tú, pero tampoco quiero que se me olvide lo que ya sé por no practicar. Ah, pero lo más importante es que no quiero ir sola. Así que ¿me acompañas por favor?

    La idea de salir un rato en bicicleta en realidad no le parecía mala a Emilio, pues él mismo tenía un rato que no montaba y tenía ganas. Por eso no se lo pensó mucho antes de aceptar.

    —De acuerdo. Espérame ahí. Voy a avisarle a la abuela y por mi bici.

    —Okey. —Abril sonrió más, contenta.

    Emilio hizo tal cual había dicho y después de obtener el permiso de su abuela y de ir por su bicicleta al patio trasero, los dos se dirigieron al parque de la colonia y una vez allí, subieron a su respectiva bici para andar sobre ella.

    Emilio había sido el primero de los dos en aprender a montar. Su abuelo Tomás le había regalado esa bici que tenía ahora cuando cumplió ocho y después de ensayar y practicar con él y hasta por cuenta propia, al final terminó dominándola rápido y bastante bien. Fue entonces que decidió presumirle a Abril de su nueva habilidad, admirándola tanto que la instó a ella a querer aprender de igual manera, por lo que también le pidió a su padre una bicicleta y con la ayuda del rubio aprendió a montarla… o al menos lo básico como para no caerse a cada rato.

    No obstante, viéndola ahora, Emilio pensó que la falta de práctica constante, su mala coordinación, su torpeza innata y su lentitud de aprendizaje habían hecho estragos en ella, haciéndola nuevamente una novata que montaba con inseguridad, lentitud y de pésimos reflejos. De allí que en una de esas, mientras pedaleaba y maniobraba el manubrio con vacilación, se concentrara tanto en no caer que no se fijó frente a ella y no notó al grupo de personas que corrían para ejercitarse.

    —¡Oye, fíjate! —gritó Emilio en advertencia, estando tras ella todo el tiempo en su propia bicicleta, cuidándola.

    Abril alzó la vista y vio a la gente, soltando un grito de sorpresa en lo que giraba el manubrio a un lado, con la intención de esquivarlos y no chocar con ellos, dirigiéndose a los arbustos que rodeaban los caminos del parque.

    —¡Frena, frena! —volvió a gritarle él para que no se estampara contra ellos.

    Abril hizo lo ordenado, pero en lugar de frenar con la llanta trasera, lo hizo con la delantera, por lo que la bicicleta junto con ella se fueron hacia adelante y de haber frenado un poco después, habría aterrizado en los arbustos amortiguando la caída, pero como no, se fue de lleno al suelo. Las risas de algunos de los que corrían resonaron por el lugar e incluso de algunos otros chicos que también montaban en bici.

    —Ay, ay, ouch —se quejó Abril, sentándose, dolorida, viendo las raspaduras que la tierra hizo en sus manos, en lo que algunas lágrimas inundaban sus ojos y bajaban por sus sucias mejillas.

    —¿Estás bien? —preguntó Emilio, quien ya había llegado a su lado aunque no se había desmontado de la bici, sino que cruzó los brazos sobre el manubrio y apoyó el mentón sobre éstos, mirándola con el ceño fruncido en consternación.

    —Sí —respondió ella, limpiándose el rostro.

    —Eres torpe.

    —Ouh, qué malo eres conmigo, Emi. —Lo miró con reproche—. No es mi culpa que se me confundan los frenos. No me acuerdo cuál es para cuál llanta.

    —El de la derecha es para la llanta de atrás y el de la izquierda para la de adelante. No es difícil de recordar.

    —¿Pero por qué están así? ¿Y por qué dijimos que no debo frenar con el de adelante? —Ladeó la cabeza, confundida—. Si el freno que más funciona es el de la llanta de adelante. Con ese me paro rápido y con el otro no. ¿Y no debería estar ese del lado derecho? Sería más cómodo de usar.

    —¿Y que pase lo que te pasó ahorita todo el rato? No funciona así. —Emilio sacudió la cabeza, recordando lo que su abuelo le había dicho con respecto al uso de los frenos—. En realidad es un trabajo en equipo. Con el freno delantero detienes completamente la bici, pero con el trasero disminuyes la velocidad y controlas el frenado para evitar que te vayas hacia adelante cuando frenas la llanta de adelante; ambos son importantes. Pero de todos modos necesitas mucha práctica y técnica para aprender a dominarlos sin que te caigas a cada rato. Por ahora confórmate con usar el derecho, ¿bien?

    —Está bien. Entiendo. Dime, Emi, ¿tú sabes usar bien los frenos? —Quiso saber, curiosa.

    —Más o menos.

    —¿Puedo ver? Tal vez si veo cómo le haces pueda tratar de copiarte y así ya no me caiga otra vez.

    Emilio accedió, comprendiendo que quizás por el momento Abril no se sintiera del todo bien para seguir, por lo que se montó y le dio un par de vueltas al parque antes de regresar con ella, utilizando ambos frenos para detenerse y echando hacia atrás su propio peso para generar un equilibrio. Sin embargo, la chica no le prestó atención porque se entretuvo viendo un capullo de oruga que encontró entre los arbustos, recordándole a Emilio una razón más por la que tardaba tanto en aprender a manejar bien la bici: su terrible distracción y pérdida del enfoque constante. Sin más remedio, él aprovechó el tiempo dándole varias vueltas al lugar hasta que decidieron que era hora de ir a casa.

    —Qué divertido —exclamó Abril, feliz, caminando con su bicicleta a su lado ya que no se animaba a usarla en las calles—. Hay que venir otra vez, Emi. Me ha gustado mucho salir así, no importa que me me haya caído.

    —Al menos ya no intentas treparte a los árboles —dijo Emilio, condescendiente, recordando que una vez mientras aprendía a controlar la bici, Abril había ido directo a una raíz sobresaliente de uno de los árboles del parque, subiéndose a ella y haciendo ademán de querer trepar el árbol usándola de rampa.

    —¡Qué malo! Eso fue una vez nada más —lo reprendió ella, avergonzada.

    —Suficiente como para hacer que no la olvides nunca.

    —¡Cruel!

    En el trayecto a casa, pasaron por una calle empinada y al reparar en ella, Abril recordó algo.

    —Ah. —Se detuvo, señalándola, haciendo que el rubio también se detuviera—. Emi, ¿te acuerdas que una vez intentaste subir esta calle con la bici y no pudiste? Fue el año pasado… No, espera, creo que fue hace más tiempo, aunque no me acuerdo bien qué tanto. ¿Por qué no tratas de nuevo?

    Emilio recordó esa ocasión y también recordó que se había sentido muy molesto por no haber conseguido llegar a la cima, además de avergonzado de que Abril lo viera fallar; incluso se acordó de que se había encaprichado tanto que juró no intentarlo de nuevo.

    —Paso —se rehusó, seco, rememorando lo poco agradable que le pareció el resultado de su anterior intento.

    —¿Eh? ¿Por qué? —Abril lo miró sin entender—. Si es por lo que pasó esa vez, no deberías preocuparte por eso, Emi. Ya ha pasado mucho tiempo desde aquella vez y seguro que ahora sí puedes subirla. Apuesto a que manejas mejor la bici que el año pasado o el pasado a ese, así que yo creo que sí puedes. Además, seguro que tus piernas son más fuertes porque practicas fútbol seguido y corres mucho, así que seguro y puedes pedalear muy bien.

    Y como queriendo corroborar sus palabras, se acuclilló ante él y le pico una pierna con el dedo, notando su firmeza.

    —Oye, no toques —se quejó él, molesto, echándose para atrás para evitar su contacto. Luego volvió a mirar la pendiente. No estaba de más saber qué tanto había mejorado desde la última vez y hasta dónde podía llegar ahora, ¿verdad? Se encogió de hombros—. Supongo que puedo intentarlo.

    —¿Sí? ¡Qué bueno! —Abril se irguió, alegre.

    Emocionada, Abril vio que Emilio se montaba en la bici para comenzar a calentar un poco yendo y viniendo por aquella calle en la que estaban, para finalmente tomar vuelo y dirigirse hacia la ascendiente y pedalear con todas las energías que su cuerpo le dio. Consiguió llegar más allá de la mitad de la cuesta, que fue más de lo que hizo la otra vez, pero en cuanto las fuerzas empezaron a fallarle y comenzó a bajar la velocidad, comprendió que en esta ocasión tampoco iba a conseguirlo. Estaba a punto de detenerse por completo cuando sintió que alguien lo empujaba por detrás y al volverse se encontró con que Abril lo hacía sujetando el asiento de la bici.

    —¿Qué haces? —cuestionó, confundido a más no poder.

    —No te rindas, Emi. Pedalea, pedalea. No te detengas —ordenó ella, sin dejar de ejercer fuerza.

    Aún sin comprender, Emilio decidió obedecer y continuó pedaleando, por lo que ambos consiguieron llegar a la cima, agotados y sudorosos por el ejercicio requerido.

    —¡Yey! ¡Lo hicimos, Emi, lo hicimos! Subimos la cuesta —festejó Abril, jubilosa, mas él no compartió su entusiasmo.

    —¿Por qué te metiste? —le preguntó, irritado.

    —Porque vi que necesitabas ayuda —replicó ella, simple.

    —No me hacía falta —arguyó, frío.

    —Claro que sí —argumentó, segura—. Si no te hubiese ayudado no hubieses podido llegar y te habrías enojado como la otra vez.

    —Así no cuenta entonces. Si no lo hago por mí mismo no sirve de nada. Es trampa —rebatió, agrio.

    —No lo es —objetó ella.

    —Sí lo es —se empecinó él.

    —¡No lo es! No creo que pedir ayuda cuando te hace falta es hacer trampa. Es como cuando tú me ayudas a hacer tarea o estudiar para un examen, Emi. No estoy haciendo trampa, ¿verdad?

    —No es lo mismo —masculló él, acerbo.

    —Sí lo es. —Le sonrió, afectuosa—. ¿Sabes, Emi? No creo que sea malo necesitar ayuda. Es como dijo Rubén de que no todo el mundo puede hacer todo siempre y aunque sé que tú puedes hacer un montón de cosas, también siento que está bien que necesites ayuda de vez en cuando. Ahorita necesitaste mi ayuda para subir esta colina y me alegra mucho haber podido dártela. ¿Sabes por qué? Porque yo sé que eres muy genial, Emi, y estoy segurisísima de que un día podrás subir esta calle tú solito y yo estaré viéndote desde allá abajo —señaló la base de la empinada—, porque también sé que a diferencia tuya, yo nunca podré subir esta calle por mi cuenta con la bici. ¡Pero está bien! Estará bien porque sabré que te ayudé cuando pude y eso me hará muy feliz.

    Terminó con su exposición con una reconfortante y abierta sonrisa. Emilio la miró unos instantes, antes de posar sus ojos grises-azulados sobre la parte de la ciudad que se veía desde lo alto de aquella pendiente. Meditó en las palabras de Abril y no encontró razones para argumentar en contra, por lo que simplemente lo dejó estar.

    —Vamos, volvamos a casa —ordenó tomando su bici, la que había quedado tirada en la orilla de la banqueta en lo que descansaba, comenzando a descender la calle.

    —¿Ya? —Abril lo siguió, también yendo por su bici que había quedado igual de olvidada casi que en medio de la calle en la base de la cuesta.

    —No te quejes. Ya dijiste que otro día saldríamos otra vez, ¿no? Necesitas trabajar con los frenos.

    —Ah, de veras. —Rio con diversión—. ¿También seguirás intentando subir esta calle, Emi?

    —Sí, pero eso tú no lo verás.

    —¿Eh? ¿Por qué no? —Parpadeó, desconcertada—. ¡Qué cruel! Y yo que intentaba animarte para que no te rindieras y tú que me corres y no me dejarás verte. ¡Malo!

    —Calla, eres molesta —la silenció, fastidiado—. No es nada contra ti. Es algo que decidí porque sí y no voy a cambiar de opinión, así que ya no fastidies. Sólo recuerda que la próxima vez que te pida venir a esta calle ya podré subirla por mi cuenta y eso es lo que vas a presenciar, ¿bien?

    —Oh, okey —accedió Abril, expectante—. Apuesto a que ese día será genial. Lo espero con ansias, Emi.

    —Bien por ti. Y es Emilio, no Emi.

    De aquella manera, los dos amigos regresaron a casa teniendo en la mente ese pequeño porvenir para ellos, aguardándolo con cierto afán e ilusión, esperando que el día que se cumpliera no estuviera muy lejos.


    Es todo por ahora. ¡Gracias por leer!
     
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    Y pues ya que estoy con eso de la colección alfabética basada en estos personajes, dejo un nuevo capítulo para esta historia. Agradezco a los que pasan a leer. Sin más, dejo la escena. ¡Disfruten!

    Escena 28

    Déjame amarte
    como si el amor viviera
    Y aunque no quiera
    sin quererlo piensa en mí

    La canción de “La Maldita Primavera” de Yuri se oía a todo volumen en aquella minivan para siete pasajeros, en lo que tres voces femeninas cantaban al unísono en el último coro de la melodía.

    Que importa si
    para enamorarme basta una hora
    Pasa ligera, la maldita primavera
    Pasa ligera, para ti y para mí

    —¡Wojojo~! ¡Pero qué bonito cantamos! —halagó Abi, aplaudiendo con enjundia, sentada en uno de los dos asientos individuales de en medio.

    —Me encanta esa canción —comentó Beky en su lugar en el asiento del copiloto.

    —¡Puagh! —Sentado en el otro asiento individual a un lado de Abi, César hizo ademán de vomitar—. Lo que pasa es que a ustedes las niñas les gustan puras canciones cursis.

    —¿Qué dijiste, tarado? —Beky se volvió sobre su asiento para mirarlo mal.

    —Vamos, vamos, chicos. —Ernesto, quien manejaba la camioneta, los tranquilizó mirando a César por el retrovisor brevemente—. No hay necesidad de pelear. Y cursi o no, la verdad es que es una canción muy buena, César.

    —¿Verdad que sí? —Beky miró a su hermano, contenta—. Tú sí sabes apreciar el arte. Aprende, César. —Volvió a lanzarle una mirada y él tan sólo bufó con irritación.

    Ernesto estaba de vacaciones de sus estudios en la universidad, por lo que de la capital viajó a su ciudad natal a visitar a su familia y como el buen hermano mayor que era, le había preguntado a Beky qué regalo quería por su cumpleaños número trece y ella pidió ir con sus amigos a un parque de diversiones. Por ello había rentado esa minivan para que cupieran todos e incluso ya los había invitado a almorzar; pronto llegarían a su destino.

    —Yo ta-también creo que es una linda canción —confesó Rubén en voz baja, sentado en uno de los extremos del asiento trasero.

    —¿También te gusta? —Abril lo miró con ilusión, sentada su lado, estando en medio de él y Emilio—. ¿Te la sebes?

    —Sí —asintió él, cohibido.

    —¿Y por qué no cantaste con nosotras, primor? —indagó Abi, curiosa, girando su cabeza para mirarlo.

    —No soy bueno cantando —reconoció avergonzado, rascándose la mejilla.

    —Está bien. Eso no importa, ¿sabes? —lo animó Abril, sonriente—. No hay que sentir vergüenza estando con amigos. Yo tampoco sé cantar bien y de todos modos me gusta y lo hago.

    —¿Y quién te dijo que no sabes cantar? —cuestionó Emilio, sin dejar de prestar atención al paisaje tras la ventana.

    —¿Eh? —Abril lo miró confundida—. ¿Quién? Pues… ¿Yo?

    —Pues estás mal. Cantas bien.

    —¿En serio? —La castaña se sorprendió.

    —No eres profesional, pero no tienes una voz fea y casi nunca desentonas.

    —Oh. Ya veo. Gracias, Emi. —Le sonrió, agradecida.

    —Da igual. Y es Emilio, no Emi.

    —Un segundo. ¿Emilio acaba de hacerle un cumplido a Abril? ¿En serio? ¿Se va a acabar el mundo o qué brujería pasa aquí? —Cesar no cupo en sí de incredulidad.

    —Ya lo sé, ¿verdad? ¡El armagedón está aquí! ¡Cúbranse todos! —le siguió la corriente Abi, divertida.

    —Son una maldita lata —masculló Emilio, gruñón.

    —Dejen de molestarlo —intervino Beky—. ¿No ven que se ha levantado de buen humor? No hagan que se le quite y mejor aprovechen.

    —Llegamos —anunció Ernesto, entrando al estacionamiento correspondiente del gran parque de diversiones.

    Todos se bajaron, ansiosos, pagando sus entradas y los boletos que les daba a cada uno la oportunidad de subirse a varios juegos mecánicos una o más veces y de disfrutar de los juegos al estilo kermés.

    —¿Qué les parece que este sea nuestro punto de reunión? —habló Ernesto una vez estuvieron listos—. Sé que prefieren ir por su cuenta en lugar de que los esté cuidando todo el tiempo, por lo que tomemos este punto como referencia, ¿de acuerdo? En un par de horas o cuando se les agoten sus boletos vengan aquí y esperen a que los demás lleguemos. Y si hay alguna emergencia de cualquier tipo, llámenme. ¿Les parece?

    —Sí —contestaron los seis muchachos.

    —Muy bien. Diviértanse. —Ernesto les sonrió y comenzó a alejarse de ellos para darles su espacio.

    —¡Eso es! ¡A pasarla en grande se ha dicho! —gritó César, emocionado—. Tengo años que no vengo a un parque de diversiones.

    —Apuesto a que estás tan fuera de forma que el juego más rápido y alto te hará gritar como una niñita —molestó Beky, socarrona.

    —¡Claro no! ¿Qué clase de perdedor-diagonal-Rubén crees que soy, zotaca? Por si no lo sabes, Valentía es mi segundo nombre.

    —Creí que era Manuel —dijo Abril, inocente.

    —Bueno sí, es ese, pero ya sabes… Era un decir… ¡Demonios! ¿Qué más da eso? Venimos aquí a pasarla bien y es lo que haremos, así que vamos.

    César se dio la vuelta para irse, pero Abi lo detuvo.

    —Aguanta allí un poco, César. Se me acaba de ocurrir algo interesante.

    —¿Hm? ¿Qué cosa? —César se viró para encararla, extrañado.

    —Ya sabes que muchos de estos juegos van en pares, ¿verdad? Y lo más seguro es que nos partamos en las parejas usuales, ¿pero qué hay de excitante en eso? No, no, no. En la variedad está la belleza y la diversión. ¿Por qué no cambiamos un poco las cosas y elegimos a otro compañero de aventuras y que cada pareja vaya por su cuenta? —sugirió, sonriendo ladina.

    —¿Qué? —César la miró como si le hubiese salido otra cabeza—. ¿Y por qué tene…?

    —¡Qué buena idea, Abi! —Abril lo interrumpió de sus protestas, juntando las manos, emocionada—. Así podemos conocernos mejor los unos a los otros, ¿verdad?

    —Exacto, cariño. Tú sí me entiendes —asintió la pelinegra, orgullosa.

    —Supongo que tiene sentido —aceptó Beky, pensativa.

    —¿Tú también, zotaca? —César la miró con recriminación por siquiera considerar la idea.

    —A mí me gustaría ir con Rubén. —Abril se le acercó al tímido chico, amigable—. La verdad es que he tenido ganas de hacer algo juntos para conocernos mejor desde que te uniste al grupo. ¿Podemos?

    —Cla-claro —consintió él.

    —Me alegro. ¿Entonces vamos? Nos vemos al rato, chicos. Diviértanse mucho, ¿okey?

    Abril lo tomó del brazo y lo arrastró con ella dispuesta a pasarla bien en su compañía.

    —Beky, ¿te importaría ser mi compañera? —preguntó Emilio mirando a la de cabello corto; no pensaba soportar a Abi o a César, absolutamente no.

    —No hay problema —accedió ella, tranquila.

    —Bien. Vamos.

    Emilio también comenzó a alejarse, teniendo a Beky tras él.

    —¡Oigan, esperen! ¡Emilio! ¡Zotaca! ¡Hey! —César se irritó de verse ignorado.

    —Bueno, bueno, bueno. Pero mira nada más, si no nos hemos quedado juntos otra vez. —Abi le pasó un brazo por el cuello al verlo tan decaído—. Creo que no debimos terminar si es que el destino se empeña tanto en juntarnos, ¿sabes? —Y le sonrió, pícara.

    —Estás bien pero bien loca. —César la miró inconforme.

    —Oh, vamos, no seas sí. Estoy intentando animarte. Y piensa que pudo haber sido peor si lo dejábamos en manos del azar. A Beky pudo tocarle ir con Rubén y a ti te pudo tocar con, yo qué sé, Emilio.

    —Ugh. —César se estremeció de tan sólo pensarlo—. Lo de Beky y Rubén no es nada comparado a eso último. Seguro que ese amargado me habría arruinado la diversión si llega a tocarme con él. Diablos, como que empiezo a sentir lástima por Beky.

    Abi rio por demás divertida, liberándolo de su agarre.

    —Ya ves. Pero anda, dejemos a los demás con los suyo y vayamos a lo nuestro. —Le dio una fuerte palmada en la espalda, sacándole un gemido de dolor—. ¿Qué dices si empezamos con algo fuerte y nos montamos en El Martillo?

    —¡Sí, señor! Tu sí sabes lo que es bueno. Vamos para allá —se emocionó César, por lo que los dos fueron a buscar dicho juego mecánico.

    Y mientras esos dos iban a montarse en los juegos más extremos para saciar su adrenalina, Beky y Emilio disfrutaban de lo suyo sin prisas ni pretensiones de ningún tipo. En ese instante salían del juego llamado Chaos.

    —¡Eso estuvo increíble! Siento que la sangre se me subió a la cabeza y todo —comentó Beky, tocándose la sien derecha—. A eso le llamo una buena dosis de adrenalina, ¿cierto, Emilio?

    —Tú lo has dicho —avaló él, sereno.

    —Luces bastante tranquilo. Sabía que tenías nervios de acero, pero esto es otro nivel. Dime, ¿ya te habías subido a esta clase de juegos antes?

    —Es la primera vez que consigo subir al Chaos —confesó él y añadió entre dientes—. La última vez que vine a un parque de estos no tenía la estatura requerida.

    —Te entiendo. —Beky asintió varias veces, comprensiva—. Tenía el mismo problema antes y era frustrante. Sólo me dejaban subirme a juegos para bebés cuando yo quería subir a los de los adultos. ¡Ah! Es nada más acordarme y me entra una rabia. ¿Por qué no pude tener un poco más de altura? Es odioso.

    —¿Podrías dejar de hablar de eso? Me pone de malhumor —se sinceró el rubio, cascarrabias.

    —Ah, claro, lo siento, mi error. Hm, apuesto a que Abi y César están montándose en los juegos más extravagantes y no me sorprende. Esos dos aman lucirse y gritar hasta quedarse afónicos. Pero me pregunto cómo les estará yendo a Rubén y Abril. Espero que los juegos rápidos o los más extremos no les den problemas.

    —Conociendo a Abril, probablemente arrastró a Rubén a algún juego para niños.

    —¿Tú crees? —Beky sonrió de imaginárselo—. Pues no lo sé, Emilio. Aunque Rubén no es del tipo temerario, Abril es bastante aventurera. No me sorprendería que de pronto engatusara a Rubén para intentar subir a un juego intenso como la montaña rusa o algo así.

    —Y a mí no me sorprendería encontrármela allí.

    Emilio señaló el llamativo carrusel por el que pasaban, más en broma que en serio, pero sus palabras quedaron probadas más que verdaderas cuando la voz de la castaña se dejó oír a través de toda la bulla.

    —¡Emi! ¡Beky! ¡Por aquí!

    Los dos prestaron mejor atención y notaron que, efectivamente, Abril se hallaba sobre uno de los ponis del carrusel, sacudiendo su brazo con vigor para que la vieran, teniendo detrás de ella a un Rubén que lucía verdaderamente avergonzado, sentado en lo que parecía ser un gallo.

    —Ay, no es cierto.

    Emilio bajó los hombros, derrotado, en lo que Beky soltaba una carcajada de pura diversión al hallar el asunto verdaderamente gracioso.

    Los dos esperaron a que el carrusel se detuviera y cuando lo hizo, Abril y Rubén se desmontaron acercándose a sus amigos.

    —Beky, Emi, ¿qué tal les está yendo? ¿Se están divirtiendo? —Quiso saber Abril, curiosa.

    —Sí, nos la estamos pasando bien y por lo visto ustedes también —contestó Beky y en la última frase miró el carrusel y luego a Rubén, procurando controlar su tono para no volver a reír a voz viva. Rubén lo notó y bajó la mirada, abochornado, por lo que la chica se disculpó—. Siento que Abril te arrastrara a esto, Rubén.

    —N-no, no te disculpes. Fue mi idea —reconoció, cohibido, y sin atreverse a mirarlos directamente.

    —¿En serio? —Beky y Emilio se sorprendieron.

    —¡Sí! —Quien respondió esta vez fue Abril—. Lo que pasa es que Rubén y yo primero fuimos al Trabant porque yo tenía ganas de subir a ese, se veía divertido. Hicimos fila y nos montamos y… Uh… Bueno, digamos que no me hizo muy bien que digamos.

    Abril sonrió avergonzada en lo que se rascaba la cabeza, nerviosa.

    —¿Estás bien? —Emilio la miró, frunciendo el ceño en preocupación.

    —Oh, sí, no fue nada grave. Pero me marié mucho y me dieron ganas de vomitar y… sí que vomité. ¡Ah! Pero Rubén fue muy lindo y amable conmigo. Me llevó a una banca para que me sentara hasta que me sintiera mejor y me hizo aire con la mano para que se me fueran las ganas de vomitar y también fue a compararme una botella de agua para quitarme el sabor feo de la boca y para que me ayudara a mejorarme la panza. Luego dijo que era mejor si íbamos a juegos más tranquilos y cuando nos pusimos a buscar uno, vimos el carrusel y él dijo que ese estaba bien y aunque al principio no quiso subirse, lo convencí y nos subimos juntos. Me gustó el paseo, fue lindo.

    Abril terminó de explicar con una amplia sonrisa.

    —Qué dulce de tu parte cuidarla de esa forma, Rubén. Eres todo un caballero —lo halagó Beky, admirada por su buena actitud.

    Emilio no dijo nada, pero estuvo de acuerdo con ella. El chico era muy considerado y atento; no le sorprendía que César estuviera tan celoso de él. Tenía todo lo que al otro le faltaba.

    —No-no es para tanto —dijo Rubén, modesto—. Í-íbamos al barco Vikingo. Creo que Abril puede soportarlo.

    —¿Luego podemos ir a los carritos chocones, porfa? —pidió la castaña, entusiasmada.

    —Sí —asintió él.

    —¡Yey! —Alzó los brazos, contenta, antes de ver a sus amigos—. ¿Quieren venir?

    —Tenemos otro juego en mente —informó Emilio, obteniendo el apoyo de Beky.

    —Ya veo. Bueno, entonces nos vemos luego, ¿okey? Sigan divirtiéndose.

    Las parejas se despidieron y volvieron a tomar su respectivo rumbo. Así, el trío de pares continuó con lo suyo subiéndose a varias atracciones más, encontrándose de vez en cuando entre ellos e incluso a Ernesto, quien también se la pasaba bien por su cuenta y aprovechaba para asegurarse de que estuvieran bien. Al final decidieron que la última atracción a la que subirían antes de ir a los puestos de juegos sería la rueda de la fortuna, mas haciendo de las suyas nuevamente, Abi volvió a cambiar las parejas y esta vez sí usó el azar. Así que las parejas que compartieron cabina en la rueda quedaron así: César y Abril, Beky y Abi y Emilio y Rubén.

    Después de eso, aprovecharon los boletos que les quedaban para ir a los juegos estilo feria que había en una sección especial del parque dedicada a los mismos. Fueron a los dardos con globos donde Emilio se lució bastante con una buena puntería al reventar varios, ganándose un llavero de un oso de papel fomi, el que le dio a Abril, quien no dejó de fastidiarlo porque a ella se le había dado fatal el juego y había querido uno. También había un pequeño puesto de mini básquet en el que fue el turno de César quedar como el mejor al meter varias canastas seguidas ganándose un juego de lotería. Luego Beky, Abi y Rubén intentaron el tiro al blanco, también con dardos, siendo Abi la de mejor puntería, ganándose una pulsera de tela con el diseño y el nombre del parque.

    Continuaron visitando todos los puestos que pudieron hasta que llegaron al juego del registro civil.

    Oh my God, ¡miren eso!

    La primera en notarlo fue Abi, obviamente.

    —¿Un registro civil? —César también lo vio, poniendo mala cara.

    —Wah, qué recuerdos —dijo Beky, nostálgica—. Esto hacían en las kermeses que había en la escuela, ¿se acuerdan?

    —¿Cómo olvidarlo? Allí me casé con Memo. Era el niño más lindo del salón, ¡no!, de la escuela entera —rememoró Abi, con ojos brillantes.

    —Me acuerdo de eso —concordó Abril—. Me pregunto a qué secundaría entraría él.

    —Quién sabe, cariño, pero eso es lo de menos. Ya que estamos aquí, ¿por qué no revivimos nuestra niñez? Beky, César, ¿qué tal si se casan de nuevo?

    —¡Ni hablar! —negaron los dos, defensivos.

    —Oh, vamos, ¿qué les cuesta? —insistió la pelinegra—. Ya lo hicieron una vez, ¿qué más da otra?

    —Esa vez por pura fuerza, para darte gusto —renegó César.

    —No pensamos hacer lo que quieras simplemente para complacerte de nuevo, Abi —decretó Beky, firme.

    —Aish, son tan exagerados. Es un juego nada más. —La bella chica rodó los ojos, mas luego miró a César, traviesa—. Muy bien, César, ¿qué tal si entonces te casas conmigo?

    —Estás loca —renegó él con presteza—. Me equivocaré mucho y lo que quieras, pero casarme contigo es un error que no pienso tener.

    —¡Qué grosero! ¿Cómo que es un error casarse conmigo? —se indignó la chica, llevándose una mano al pecho—. Si debería ser el más hermoso de los honores. Anda, no seas tímido.

    Lo tomó del brazo y empezó a jalarlo para llevarlo al puesto pese a los reproches de él y sus resistencias, haciendo una escena en medio de toda la gente.

    —Síganle, síganle —los instó Beky, burlona—. Así la gente creerá que están locos… No es que se equivoquen, pero ahora les darán motivos para llamar a las autoridades. —Los dos dejaron de pelear al notar que la gente los miraba raro—. Vamos, sigamos adelante si nadie piensa casarse.

    —Oh, oh. Yo sí quiero casarme —anunció Abril sacudiendo el brazo, ansiosa—. Nunca lo he hecho, ni en las kermeses de la escuela pude hacerlo y quiero intentarlo. ¿Puedo?

    —Qué buena idea, cariño. Claro que puedes —la animó Abi y luego miró al de cabello arena—. Emilio…

    —Olvídalo —replicó él de inmediato, seco, sin darle oportunidad de formular su idea—. Yo no juego.

    —No seas aburrido, Emi —lo reprendió Abril.

    —Ya dije que no —se empecinó él, fastidiado, cruzándose de brazos.

    —Ouh, eres tan malo. —Sin embargo, Abril no le prestó mayor atención y ahora miró al de cabello marrón dorado—. ¿Tú querrías casarte conmigo, César?

    —Ah… De veritas, de veritas que no tengo ganas de casarme otra vez nomás por darle gusto a alguien, Abril. La sensación que sentí aquella vez no fue bonita. Lo siento.

    —Oh, qué mal. —La chica se deprimió.

    —E-esto. —Rubén tomó la palabra levantando una mano para llamar la atención—. Yo tampoco me he casado nunca, así que… Bu-bueno, si tú quieres, esto, ¿po-podríamos casarnos tú y yo, Abril?

    —¿En serio? Sí, por favor. Gracias, Rubén. —Se alegró ella.

    Los dos se acercaron al puesto donde los atendieron y les hicieron leer los votos falsos así como firmar el acta de matrimonio de mentiras que indicaba que estarían casados por el resto del día. Luego le entregaron a Rubén un sombrero de copa hecho de cartón y a Abril un velo hecho de plástico de burbujas junto con los anillos de hilo; e incluso animaron a Abril a que le diera un casto beso en la mejilla a Rubén, quien terminó más colorado que nada y se cubrió el rostro con las manos, avergonzado; al final los despacharon con la tradición de echarles arroz. Volvieron con sus amigos.

    —¡Felicidades a los recién casados! —los felicitó Abi, aplaudiendo divertida.

    —Otro idiota que se echa la soga al cuello. —Fue el despectivo comentario de César, mirando a Rubén con socarronería.

    —Deja eso —lo regañó Beky, dándole un codazo en el costado—. No es como si se hubiesen casado de verdad, ¿sabes?

    —¿Y qué tal si hubiese sido de verdad? —cuestionó Abi, interesada—. No que se casaran entre ellos, más bien que quizás ellos sean los primeros en casarse en un futuro si es que estuvieron tan dispuestos de hacerlo en broma.

    —¿Pero qué dices? La vida real no tiene nada que ver con los juegos —acotó Beky.

    —Pero yo sí quiero casarme cuando sea grande —notificó Abril, entretenida reventando las burbujas del plástico—. Sería lindo tener a alguien a mi lado todo el tiempo. No me gusta estar sola y no me imagino estando sola nunca, así que creo que casarme sería perfecto para evitar eso.

    —¡Lo sabía! —exclamó Abi, orgullosa, y ahora enfocó sus ojos caramelos en Rubén—. ¿Tú también quieres casarte, primor?

    —Bu-bueno… La verdad sí —consintió él, seguro—. Mi sueño es formar una familia algún día.

    —Cursi —comentó César entre tosidos fingidos.

    —De todos modos, que quieran casarse no significa que serán los primeros en hacerlo —sostuvo la de mirada avellana.

    —Es cierto, Abilene. —César estuvo de acuerdo—. La mera verdad es que siempre he creído que tú serás la primera en casarte.

    —¿Oh? ¿Y eso por qué? —Abi alzó las cejas, curiosa.

    —¿Y todavía lo preguntas? —Beky la miró incrédula—. ¡Si eres la más metida en este tema! Siempre hablas del romance, las parejas, los novios y todo ese rollo. Y aparte te han gustado un montón de chicos desde siempre y todos esos crushes que tienes por artistas y famosos.

    La hermosa adolescente rio al escucharla.

    —Muy bien, no voy a negar eso. Pero eso no quiere decir que muera por casarme, ¿saben? Quiero decir, soy un espíritu libre. ¿Y cómo creen que podría hacerles esa maldad a todos los hombres del mundo? ¿Una belleza como yo con dueño? Uy no, se me mueren de tristeza.

    Todos rieron por el comentario, salvo Emilio que rodó los ojos, fastidiado del tema de conversación.

    —¿Tú qué piensas del matrimonio, Beky? —cuestionó Abi, intrigada.

    —Hm, no estoy segura. —Hizo ademán de pensar—. También me gusta mi soltería, aunque no por las mismas razones que tú, Abi. Simplemente no quiero depender de nadie de ese modo; quiero sentirme totalmente realizada tal como estoy ahora. Además, es demasiado pronto para pensar en temas como ese. Acabo de cumplir trece apenas; el matrimonio o la simple idea de tener novio son los últimos de mis problemas. A mí me interesan otras cosas.

    —Supongo que tienes razón —concedió Abi y ahora se dirigió a César—. ¿Y tú, César? ¿Qué piensas de casarte?

    —Que es suicidio —respondió con seriedad, provocando que las chicas rieran, haciéndolo enojar—. ¿Por qué siempre se burlan de lo que digo?

    —¿Por qué? Es divertido que eso lo digas tú cuando adoras estar entre chicas y tener toda su atención puesta en ti —dijo Beky, burlona.

    —¡Eso no es cierto! —negó él.

    —Sí que lo es. Aparte, siempre que hay una chica linda frente a ti se te van las ojos —mencionó Abi, pícara—. Quizás nunca te decidas por una sola, ¿sabes? Siento que andarás de flor en flor, o séase que no creo que casarte sea para ti.

    —Es una pena que la poligamia no sea legal en el país, ¿no crees, César? —siguió Beky, maliciosa—. Así serías feliz viviendo con tu harem.

    —¡Oh, cállense las dos! —César las apuntó con el dedo, enfadado—. ¿Qué tiene de malo que me guste mirar a las chicas? Eso se llama saber apreciar la belleza. ¡Y ya les he dicho que soy alguien muy fiel! ¡Y tú no te rías, perdedor!

    César regañó a Rubén al ver que volvía el rostro a un lado y se cubría la boca con la mano para detener su risa, lo que hizo reír todavía más a las otras.

    —Ay, qué bueno estuvo eso —reconoció Abi, intentando calmarse o los costados le dolerían más de lo que ya le dolían—. Ahora sólo queda saber la opinión de Emilio.

    Cinco pares de ojos se posaron en el menor de ellos, expectantes, mas casi al instante Abi y César volvieron a reventar a carcajadas.

    ¡Oh my God! ¿Pero en qué pienso? ¿Emilio? ¿Casarse? ¡Sí tú, ándale! ¿Y quién lo aguanta? —se mofó Abi con descaro.

    —Si es que él no se casa ni aunque su vida dependa de ello —concordó César entre risotadas.

    —En serio son una enorme y odiosa lata —siseó el chico con desagrado inmenso.

    —Ouh, no se rían así. Es grosero —se metió Abril con la intención de defender a su amigo, sonriéndole amigable—. No te preocupes, Emi, aunque seas un solterón amargado con cincuenta gatos, yo siempre te querré. Prometo que yo y mi esposo te visitaremos seguido.

    —Cállate, ya te dije que no me defiendas —dijo él, arisco—. Y es Emilio, no Emi.

    —Ya estuvo bueno, pues. —Beky volvió a tomar la palabra para apaciguar los humos—. Vamos a continuar. Por allí vi un puesto de tira latas. ¿Qué dices, César? ¿Te crees lo suficientemente capaz de competir contra mí para ver quién tira más gastando menos boletos?

    —¡Ja! Hasta la pregunta ofende, zotaca. Sabes que estoy dentro —aceptó el reto y ambos corrieron a dicho puesto.

    —¡Oigan…! —Abi iba a decir algo sobre mantener las parejas acordadas, pero la voz de Abril la interrumpió.

    —Emi, yo vi un puesto donde tienes que tirar unos aros para que queden en unas botellas. ¿Podemos ir allí? Apuesto a que se te dará súper bien con tu buena puntería. Vamos a ver, ¿sí?

    —Pues ya qué. —Emilio se encogió de hombros y siguió a la entusiasta castaña.

    —Cielos, ese par de doses nunca pueden durar mucho tiempo despegados, ¿verdad? —se quejó Abi chasqueando la lengua, inconforme sólo por un momento pues casi al instante una sonrisa sincera adornó su rostro—. Bueno, tarde o temprano iba a pasar. —Miró a Rubén—. Parece que esta vez quedamos tú y yo, primor. ¿Qué tal si también vamos a divertirnos por nuestra cuenta? No hay que dejar que nos ganen, ¿no crees? Hay que demostrarles que también nosotros podemos pasar un rato genial estando juntos. Que vean que nuestro dúo dinámico es todavía mejor que el de ellos.

    —Suena bien —cedió Rubén, riendo por las ocurrencias de la chica.

    De esa manera, los dos también se aventuraron a los puestos con la intención de gozar al máximo igual que los demás. Y el resto del día trascurrió entre muchos buenos momentos que quedarían grabados en sus memorias e incluso en algunas fotos para recordarlas por el resto de sus vidas.


    Por ahora esto todo. ¡Gracias por leer!
     
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