One-shot No hay palabras, sólo acciones [Samurai Sensō]

Tema en 'Mesa de Fanfics' iniciado por Gigi Blanche, 11 Diciembre 2025.

  1.  
    Gigi Blanche

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    Escritora
    Título:
    No hay palabras, sólo acciones [Samurai Sensō]
    Clasificación:
    Para adolescentes. 13 años y mayores
    Género:
    Romance/Amor
    Total de capítulos:
    1
     
    Palabras:
    3118
    N/A: obviamente no iba a quedarme tranquilita y dejar tan librada al azar una de las noches más importantes en la corta vida adolescente de Kohaku, so i had to write it. Tenía muchas ideas flotando y al final acabé descartando varias, así que me quedan en el tintero mental. ¿Será el único fic que escriba de ellos? Probably not JAJAJA

    Este fic conecta e incorpora el fragmento referido a Kohaku y Hachi de este post de Ame. Y ya que tamos, muchas grachias por resolverme las dudas de turno y perdón si le hice OoC a Hachi :(

    Sin más cháchara, adentro fic!





    .

    .

    .

    Las estrellas salpicaban el cielo con su fulgor eterno, estático, y pensé en el último amanecer que había presenciado. El último atardecer, también. El sol había besado el horizonte y el oleaje, gentil, había barrido la arena a mis pies. Si cerraba los ojos oía su rumor. Ahora, tanto el sol como el océano eran recuerdos distantes. La luna, pequeña, trepaba desde lo alto de los árboles, y comencé a murmurar una melodía en honor a Tsukuyomi. ¿Extrañaría a su hermana? Entendía que no se encontraban en buenos términos, pero aún así. Era inevitable que un arrebato tan grande horadara.

    Tsukuyomi, viajero, naciste para el cielo.
    La noche te reclama con su primer aliento.

    Tu cuerpo es un destello que en la negrura flota,
    la luz se arrodilla cuando tu sombra aflora.

    El ritmo, sereno y pausado, había sabido decorar las vigilias de los funerales en casa con un paño de nostalgia. Su letra era curiosa, pues mezclaba palabras ainu con el japonés; ahora lo veía. La silueta vaporosa de mi padre permanecía de pie, a mi lado, escuchando la canción. El campamento se encontraba alzado a mis espaldas, y adentro, en pequeñas tiendas individuales, ya descansaban Kumo, Yume y Tamura. El paso de Sekigahara se había sumido en profundo silencio, con las llamas serpenteantes de las antorchas taimatsu y el eco lejano de escasas conversaciones como únicos testigos. Con el eclipse ya casi no se oían grillos. Distraje las manos en la piel de lobo cubriendo mi regazo. Me mantenía despierto una pequeña promesa.

    Tu nombre es un reflejo sobre el mar infinito,
    un eco que en lo alto se vuelve canto bendito.

    En tu sendero oscuro no hay temor ni distancia,
    sólo el latido tenue de una eterna vigilancia.

    Los pasos se oyeron claros y pausados, crujiendo sobre la tierra. Detuve mi canción, despegué la mirada de la luna y percibí, entre los distantes resplandores rojizos, la silueta de Hachi acercándose. Llevaba una yukata nueva, o al menos diferente a las que conocía. Sonreí levemente, pensando que igual yo también debería cambiarme la ropa más seguido. Amagué con incorporarme cuando Chiasa, sigilosa hasta ahora, brincó y se acurrucó sobre el pelaje. Alcé los brazos por reflejo y la risa de Hachi se oyó suave y cansada.

    —Estaba esperándome y me guió hasta aquí —indicó en un murmullo, señalando a la pequeña ardilla.

    Detallé su semblante, las puntas de su cabello húmedas, los ojos enrojecidos, y mi corazón latió diferente. “Viniste”, fue la palabra que no logró brotar.

    —Se había quedado inquieta desde que te fuiste —respondí en su lugar, recogiéndola entre mis manos para ponerme en pie—. Tal vez estuviera preocupada por ti. Ahora que los dos volvieron, ya podemos dormir. —Miré a Taiki—. Buenas noches, padre.

    Él alternó la vista entre nosotros y pareció comprender algo.

    —Buenas noches —nos despidió a ambos, formal y cortés.

    Le ofrecí una mano a Hachi y lo guié hacia el interior del campamento. Kumo, por suerte, me había ahorrado la aclaración explícita de que no pretendía separar nuestras tiendas. El espacio era reducido, en él había preparado dos esteras de paja trenzada junto a una pequeña lámpara de aceite que encendí a tientas. La apoyé en el césped marchito y la luz reptó, proyectando nuestras sombras contra las paredes de tela.

    —Me pareció que cantabas.

    Hachi tomó asiento en una de las esteras, cruzando sus piernas, y yo lo imité frente a él. Deposité a Chiasa en el hueco de su ropa y acomodé la piel de lobo sobre sus hombros, murmurando un sonido afirmativo. Al rozar la piel de su cuello la noté fría. Sus manos, también.

    —Mi madre y mi hermana cantaban mucho, y yo empecé a hacerlo tras dejar la villa casi sin darme cuenta —expliqué en voz baja, asegurándome que el abrigo no se cayera, y al regresar a mi espacio busqué sus ojos—. ¿Cómo te fue?

    —Fue triste —respondió casi al instante, como si ya lo tuviera pensado—. Realmente hablamos poco, lloramos abrazados por largo tiempo. Nos despedimos, aquello fue lo más incómodo para ambos, y la llevé con Murai. —Esbozó una débil sonrisa al mirar a Chiasa—. Nos acompañó durante todo el trayecto.

    El gesto, sin embargo, desapareció lentamente de su rostro y me limité a mirarlo, esperando que decidiera continuar o no su relato.

    —Él tampoco está bien —agregó, resignado, en un susurro apenas audible—, ¿quién lo estaría?

    Esto se trataba del hermano de Takeda, ¿cierto? De quien había oído la noticia dentro de su refugio. Agaché la vista al espacio entre nosotros, exhalando con pesadez. Mis deseos, al parecer, seguían lejos de cumplirse.

    —¿Eras cercano a Noishi? —indagué, comprobando su expresión a tientas.

    Pues Hachi seguía perdiendo.

    —Cercanos… Tal vez sea una palabra que nunca pude alcanzar con Noishi. Mi deber era Kioto y sólo nos comunicábamos en código desde la casa de té. Lo vi pocas veces y siempre portábamos máscaras, pero era una sombra constante con la que me podía comunicar. Yo era quien cuidaba sus encuentros con Shino, posiblemente de las misiones más peligrosas de Kioto en su momento. —Sus labios se curvaron en una sonrisa—. En agradecimiento él me traía objetos muy bellos, principalmente de madera tallada.

    Frotaba sus manos entre sí en un gesto vago, puede que hasta involuntario, y su sonrisa desapareció.

    —Muchas de esas piezas… Gendo las quemó por diversión.

    Agaché la mirada, tensando los labios en una línea. Palpitaban, insistentes, las palabras que él había escupido antes, cuando discutimos sobre su participación en la guerra. La humillación de la que había hablado, el maltrato que, cabizbajo, se había visto forzado a soportar. El palacio Katsura, primero, y ahora esto. El castigo a Yume, también. ¿Cuánto había caído en la capital por los caprichos de ese hombre? ¿Cuánto había mancillado, arruinado? Sabía tan poco, y sentía que había tanto.

    —Nadie quiere despertar mañana —reflexionó Hachi, absorto, captando mi atención, y regresó a mí alzando su mano—. No hay palabras para nadie esta noche.

    Sus dedos acariciaron mi mejilla y rozaron mis labios con gentileza. Contuve la respiración sin ser consciente, prendado de sus ojos. El carmín, cristalizado, destellaba como aquella noche de Fukui junto al río, ahora fundido en los tonos cálidos de la lámpara. Lo recordé bajo las luces tenues del barco, las brillantes de la clínica en Shima. En el espesor del bosque, dentro de las islas, y con la claridad del amanecer, en la herbolaria improvisada. Podía pintar el color de sus ojos en todos y cada uno de esos escenarios. El carmín gentil, dañado, vulnerable.

    —¿Qué nos queda? —murmuré.

    Lo había aprendido sin siquiera pretenderlo.

    —Las acciones —musitó, afirmando su mano al costado de mi cuello—. Sólo nos quedan las acciones, ¿no es cierto?

    Y no me cansaba de mirarlo.

    Percibí la leve intención de sus dedos y cedí, inclinándome hacia él. Miré su boca justo antes de cerrar los ojos y besarlo, respirando por la nariz tal y como me había enseñado. Su mano se deslizó a mi nuca y presionó con una nueva cuota de insistencia, propagando por mi cuerpo aquel cosquilleo que había conocido en Fukui. Sutil, tibio y satisfactorio. Se movió contra mis labios suavemente, como el aleteo de una mariposa, y al ladear la cabeza me sostuvo con fuerza. Callé mis dudas, pues en aquel beso creí encontrar la respuesta, y mi mano se aferró al borde de su yukata. En ese momento Hachi retrocedió apenas y pestañeé con pesadez, sintiendo aún el fantasma de su boca.

    —Te educaré en cosas que aún no sabes. —Su voz sonó más grave de lo usual—. Te enseñaré todo lo que yo sé y aprenderemos juntos cosas que ninguno de los dos conoce.

    Presionó mi labio inferior con su pulgar y una corriente de energía me vibró en el cuerpo, rauda, intensa. Ya se estaba acercando cuando me iluminé por gracia divina.

    —Espera —susurré junto a una risa, y bajé la vista—. Quitemos a Chiasa.

    Hachi parpadeó y también soltó una risa por la nariz. Sus manos la acunaron con delicadeza y la depositaron a un costado de su estera. Chiasa siguió durmiendo, ajena al mundo, y por un instante me pregunté desde cuándo yo no descansaba así, libre de toda preocupación. Sonreí, pasando un dedo por sus bigotes como si fuesen las cuerdas de un shamisen, y respiré cierta tensión en el aire. Palpitó en mi cuerpo, en el silencio. Sentía los ojos de Hachi sobre mí. Suavemente, sus dedos tocaron el borde de mi abrigo. Ascendieron, cosquilleando en mi cuello, y trazaron la línea de mi mandíbula. Giré el rostro hacia él con lentitud y su mirada, abstraída, permaneció en el recorrido de su mano. Alcanzó mi barbilla, la pellizcó, y tragó saliva.

    —Ko.

    Fuese su intención seguir hablando o no, lo cierto es que no dijo más nada. Me atrajo hacia él y me besó con firmeza, arrastrando su tacto de regreso a mi nuca. Fue el momento donde el oleaje rompe en la costa. Torcí el cuerpo dentro de su espacio y busqué su cuello con ambas manos, deslizándolas despacio hacia la abertura en su ropa. Colé la punta de los dedos dentro, alcancé la piel de sus hombros y, cuando él volvió a besarme, un suspiro mío fue a morir en sus labios; breve e involuntario, como las volutas de vapor en invierno. Mi movimiento corrió la piel de lobo, que cayó con pesadez tras su espalda, y su brazo restante se enredó a mi cintura.

    —Ven más cerca.

    Su pedido rebotó en mi pecho, exaltándolo, y me atrajo luego de estirar las piernas. Con cierta torpeza hinqué las rodillas a los costados de su cuerpo y lo miré desde arriba, dubitativo. Él sonrió y cepilló el cabello que caía sobre mi frente.

    —Así está mejor, ¿o no? —agregó, divertido.

    —Sólo di que tenías frío —respondí, pretendiendo regresarle la burla, y su risa acarició el espacio.

    —Contigo no. —Frotó las manos en mi espalda—. Nunca.

    La suavidad que encontré en su mirada me punzó el corazón, ablandándolo. Presioné los labios en su mejilla y fui repartiendo besos hasta regresar a su boca. Hundí los dedos en el cabello de su nuca, percibí la ligera humedad y no puse quejas cuando, un rato después, lo noté desanudando mi abrigo. La cinta cayó, coló las manos y deslizó la prenda por mis brazos, sin interrumpir el beso. Tanteó las vendas, buscó las ataduras y las desarmó poco a poco, una a una. Me separé de sus labios, observando el proceso, y tragué saliva a medida que mi piel se descubría. Bajo la luz tenue, las antiguas cicatrices aparecían como lágrimas blancuzcas. Hachi no dijo nada, me quitó también los guantes y tomó una de mis manos. Besó los nudillos, besó el dorso, y siguió besando todas las marcas que encontró en mi antebrazo. Poco a poco, una a una.

    Tardé un pestañeo en hundirme en su boca apenas buscó mirarme. Mis dedos, menos entrenados que los suyos, tardaron en aflojar su obi, y una risa vibró en su garganta.

    —No te rías —me quejé en voz baja, separándome de sus labios para ver lo que hacía—. He usado poco este tipo de ropa.

    —¿Ko en yukata? —Sus ojos se iluminaron—. Me gustaría ver eso.

    —Si quieres me pongo una —repliqué, liberando la prenda por fin, y una sonrisa bailó en mis labios—, aunque pensé que me estabas quitando la ropa.

    Una chispa de incredulidad impregnó su semblante y acuné su rostro con ambas manos, volviendo a besarlo; la yukata se abrió por sus solapas, revelando su torso desnudo. El calor, las pulsaciones de energía, placenteras, lamían mi piel en vaivenes suaves. Su ropa cayó alrededor de su cintura y pellizcó los bordes de mi camiseta oscura, quitándola de adentro de mi pantalón. Intentó jalarla por encima de mi cabeza, pero el cuello de tortuga se pegó a mi cara y tuve que ayudarlo, con una risa atorada en la garganta. Su amplia sonrisa se evaporó al reparar en mi pecho y bajé la vista, recordando súbitamente. Las dos cicatrices entrecruzadas. Recorrió una de ellas, la más prominente, con la punta de los dedos. Eran recientes, feas y bastante grandes.

    —Fueron unos demonios carmesí —expliqué, tranquilo—. Nos habían enviado a Odawara para garantizar la seguridad de algunos niños, el hijo pequeño de Jiin y las hermanas menores de Yuzuki. Allí nos emboscaron. Habría muerto de no ser por el sacrificio de Take, un shikigami. Nunca supe quién era su creador. —Sonreí con cierta nostalgia—. Se convirtió en pétalos de cerezo y papel quemado.

    Estuve por mencionar que la misión había venido de Rengo pero me callé a último momento, recordando el incidente de Fukui. Prefería… Había información que simplemente no contribuía a nada, ¿verdad? Hachi seguía obcecado en las cicatrices y le toqué la punta de la nariz, haciéndolo pestañear. Buscó mi mirada, exhaló con pesadez y sus brazos, desnudos, envolvieron mi espalda con una gentileza absurda. Era su piel tocando la mía por todas partes, era cálido, me sentía expuesto y lo comprendí: existía una vulnerabilidad sumamente cruda en el simple hecho de quitarse la ropa. Rodeé su cuello, nos abrazamos con fuerza y los latidos de su corazón retumbaron contra mi propio pecho. El ritmo de su respiración se sincronizó al mío. Presioné los labios en su hombro derecho, aquel castigado durante tantos años, y simplemente me quedé allí. Sus pulgares acariciaron mi espalda, su aroma danzó en mi nariz, y supe que este momento era absurdamente especial para mí. Lo sería siempre.

    —Te quiero —susurré contra su piel—. Te quiero de verdad.

    Ya no me importaba mi incapacidad de retribuir la intensidad exacta de sus sentimientos. Su piel era tibia, sus manos sostenían fragmentos llenos de grietas invisibles y me di cuenta que en este lugar, en sus brazos, con él, las cosas no dolían tanto. No aquí, no ahora.

    —Te quiero, Hachi —insistí, alzando el rostro, y él retrocedió lo justo y necesario para besarme.

    Se hundió en mi boca, empujándome hacia atrás, y con cierto cuidado me recostó cruzando las esteras. Sus piernas se enredaron entre las mías y un escalofrío me recorrió la espalda al notar cómo su lengua se aventuraba dentro de mi boca. Mi sorpresa fue evidente y se sonrió, separándose apenas.

    —Dije que te enseñaría todo lo que sé, ¿no? —Asentí, obediente, y él pellizcó mi barbilla—. Abre la boca, Ko.

    Allí estaba de nuevo, aquel tono grave y más pausado. Al cumplir su petición, Hachi se inclinó y repasó mis labios con la punta de la lengua. Otro escalofrío.

    —Ahora te besaré y, cuando lo haga, quiero que me imites suavemente. Se te ha dado bien hacerlo hasta ahora, ¿verdad?

    No me dio tiempo a responder. Sus piernas, sus manos, el peso de su cuerpo empezaban a nublarme los pensamientos. Su beso fue más intrusivo que los anteriores, su lengua acarició la mía y me esforcé por adecuarme a su ritmo. Antes de creer lograrlo, sin embargo, arrastró la boca húmeda por mi mejilla y se hundió en mi cuello. La respiración se me atoró a medio camino y suspiré, incapaz de controlar aquel cosquilleo serpenteando por todo mi cuerpo. Sus besos eran firmes, demandantes, y se sentían bien. Demasiado bien.

    —¿Te gustó eso? —preguntó a mi oído, ligeramente burlón.

    Un chispazo de vergüenza me lanzó calor justo allí donde su aliento rebotaba, y no pude hacer más que aclararme la garganta y afirmar. Se rió en voz baja, besó mi oreja con delicadeza y deslicé la mirada a su propio cuello. Afirmé las manos sobre los costados de su cuerpo y despegué la cabeza del suelo, alcanzando su piel con los labios. Uno, dos besos simples, me humedecí la boca e intenté replicar lo que él había hecho. Lo sentí tensarse, lo oí suspirar, y sus dedos se enredaron a mi cabello.

    —No está mal. —Se rió, como si se vaciara el pecho de un plumazo, y volví a relajar el cuello; su sonrisa era amplia—. Nada mal para un principiante, de hecho.

    —Siempre aprendí rápido —bromeé, mirándolo desde abajo mientras él acariciaba mi pelo, y la tontería que confesé se escapó de mis labios como el mismo aire que respiraba—. No quiero irme de aquí nunca.

    Orgánica, inofensiva e impredecible. No alcancé a distinguir las emociones que cruzaron sus ojos, sonrió con un cariño que me ablandó el corazón y me cuestioné de qué forma sobreviviría a este constante vaivén entre la ternura y el inexplorado deseo que me provocaba. Era acaparador, intenso y abrumador. Era diferente a todo lo que había experimentado antes en mi breve y pequeña vida… y quería más. Más de esto, más de él. Quería que hoy y muchas otras noches fueran nuestras.

    —No hay palabras, sólo acciones —repitió, como una suerte de mantra.

    Besó mi frente, se apartó y, con la lentitud suficiente, llevó su mano a mi parche. La tensión fue rápida, instintiva, y pese a ello no moví un dedo para detenerlo. Imaginé que encontraría mi párpado caído, tal vez hundido dentro de la cuenca vacía, y lo observé en silencio mientras él me observaba a mí. Una sonrisa suave alzó la comisura de sus labios, acunó mi mejilla y dejó otro beso, esta vez sobre mi ojo faltante. No tardó en regresar a mis labios. Enredé los brazos a su cuello, se pegó a mi torso, sus manos descendieron a mi pantalón, y sucumbí al profundo anhelo que mi cuerpo reclamaba. Como testigo de su propio viaje en busca de sus deseos quizá yo, también, estuviera encontrando los míos.

    Y si la guerra nos arrebataba, al menos no podría quitarnos esta noche.

     
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