Explícito Nada de besos

Tema en 'Fanfics sobre Videojuegos y Visual Novels' iniciado por Akesa Cereza, 30 Abril 2026.

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    Akesa Cereza

    Akesa Cereza Iniciado

    Acuario
    Miembro desde:
    30 Abril 2026
    Mensajes:
    1
    Pluma de
    Escritora
    Título:
    Nada de besos
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Romance/Amor
    Total de capítulos:
    1
     
    Palabras:
    5274
    Si alguien le hubiera preguntado a Helena cómo había empezado todo, ella no habría sabido qué responder. Ya había olvidado el momento exacto. No hubo una conversación incómoda de "esto es lo que somos", ni una mirada cargada de significado, ni una promesa rota. Simplemente había ocurrido.

    Entre el desastre de Tall Oaks y el infierno que fue China, en algún punto entre el olor a muerte que aún se le pegaba a la ropa y la culpa que no la dejaba dormir más de tres horas seguidas, ella y Leon habían caído en esto. Una rutina silenciosa, casi mecánica, donde el cuerpo del otro era el único lugar donde podían descargar todo lo que no eran capaces de decir en voz alta. No hubo reglas escritas, pero ambos las entendieron desde el principio: nada de besos, nada de miradas, nada de caricias suaves, nada de palabras que pudieran complicar lo que ya era suficientemente jodido. Solo cuerpos. Solo desahogo. Solo una forma silenciosa y brutal de seguir vivos cuando todo lo demás se estaba derrumbando.

    Habían pasado ya cuatro meses y medio desde entonces.

    Cuatro meses y medio de encuentros secretos, de puertas cerradas con llave, de respiraciones agitadas que se mezclaban con el zumbido del aire acondicionado del edificio y de un acuerdo tácito que ninguno de los dos se atrevía a romper. Cuatro meses en los que Helena había aprendido a reconocer cada cambio en la respiración de Leon, cada tensión en su mandíbula, cada vez que sus manos se volvían más posesivas sobre su piel sin que él mismo se diera cuenta. Cuatro meses en los que ella había descubierto que el único momento en que dejaba de ver el rostro de su hermana cayendo a aquel vacío era cuando Leon la follaba lo suficientemente fuerte como para que el dolor físico entre sus piernas borrara todo lo demás, ahogara el otro dolor, el que no se iba nunca.

    Esa noche, sin embargo, algo se sentía distinto.

    La oficina estaba casi a oscuras. Solo la lámpara del escritorio de Leon iluminaba la habitación con una luz cálida y tenue que apenas alcanzaba las paredes. Helena estaba inclinada sobre su propio escritorio, con las palmas de las manos apoyadas firmemente contra la madera fría y la falda completamente subida hasta la cintura. El aire olía a papel viejo, café rancio, sudor y sexo. Sus rodillas temblaban ligeramente contra el cajón inferior del escritorio, y el borde afilado de la mesa se clavaba en sus caderas con cada movimiento.

    Leon estaba detrás de ella, con el pantalón bajado solo lo suficiente. El sonido húmedo y constante de sus caderas chocando contra las de ella llenaba la habitación, mezclado con el crujido de la madera bajo las manos de Helena y los jadeos cortos que ella intentaba ahogar contra su propio brazo.

    Cada embestida era profunda, casi brutal. Los papeles que había sobre el escritorio se deslizaban con cada movimiento. Sentía cómo él se hundía hasta el fondo, cómo su cuerpo se tensaba cada vez más, con una mano firmemente agarrada a su cadera, los dedos clavados en su carne como si temiera que desapareciera y que seguramente dejarían marca, mientras la otra estaba apoyada sobre el escritorio, junto a la de ella. No era placer lo que buscaba. Era olvido. Quería que el cuerpo de Helena borrara, aunque fuera unos minutos, la culpa que le carcomía por dentro, la sangre en sus manos y el peso de todas las decisiones que la habían llevado hasta ese escritorio. Solo respiraba con fuerza contra su nuca, follándola con esa intensidad contenida que ella ya conocía tan bien.

    Helena tenía los ojos entrecerrados, mordiéndose el labio inferior hasta que sentía el sabor de la sangre. Cada embestida la sacudía hacia adelante y la hacía jadear contra su brazo, un sonido ronco, desesperado, casi animal. No gemía solo por placer. Gemía porque necesitaba sacar de su pecho la culpa que la estaba comiendo viva.

    Ninguno de los dos hablaba. Porque hablar significaba reconocer lo que estaban haciendo.

    Y ninguno estaba dispuesto a hacerlo.

    El placer era intenso, casi abrumador, pero había algo más esa noche. Una tensión diferente. Una urgencia que no lograba identificar.

    Fue en ese preciso momento cuando tres golpes firmes resonaron en la puerta de la oficina.

    Ambos se congelaron al instante.

    Leon se quedó completamente quieto dentro de ella, su cuerpo tenso contra el de Helena. Ella abrió los ojos de golpe, con el corazón latiéndole con violencia.

    Desde el otro lado de la puerta se escuchó la voz de Ingrid Hunnigan, clara y profesional:

    —Leon, Helena, el director Stewart quiere verlos en su oficina. Ahora.

    Helena sintió cómo todo su cuerpo se tensaba de golpe. El calor que todavía le ardía entre las piernas se convirtió en un frío repentino que le subió por la espalda hasta la nuca. Leon seguía enterrado en ella, inmóvil, con la respiración agitada y caliente contra su nuca. Podía sentir el latido de su corazón golpeándole la espalda a través de la camisa, rápido y fuerte, como si quisiera salirse del pecho.

    Ninguno de los dos se movía. Era como si el tiempo se hubiera detenido dentro de esa oficina. Tan sumidos en lo que estaban haciendo que ni siquiera habían escuchado los pasos acercándose por el pasillo.

    Hunnigan volvió a tocar la puerta, esta vez con más insistencia.

    —¿Están ahí? El director dijo que era urgente.

    Helena cerró los ojos con fuerza, intentando recuperar el control de su respiración. Sentía las piernas temblando, el pulso retumbándole en los oídos y el cuerpo de Leon todavía duro, caliente y profundamente dentro de ella. Cada segundo que pasaba con él ahí clavado se volvía más insoportable.

    —Un momento... —logró responder Helena con voz ronca, intentando que no se notara lo agitada que estaba.

    Se escucharon los pasos de Hunnigan alejándose por el pasillo. El sonido de sus tacones se perdió en la distancia.

    Leon continuaba completamente enterrado en Helena, con el cuerpo tenso y la respiración pesada contra su nuca. Pasaron varios segundos en completo silencio. Solo se escuchaba el zumbido del aire acondicionado y sus respiraciones agitadas. Finalmente, Leon soltó un gruñido bajo, lleno de frustración contenida. Salió de ella lentamente, casi con rabia. Helena tuvo que morderse el labio con fuerza para no soltar un sonido cuando él se retiró. Sintió un vacío incómodo, casi doloroso, y las piernas le flaquearon. Se agarró al borde del escritorio para no caerse.

    Leon dio un paso atrás. Su erección era evidente, gruesa y todavía completamente dura, presionando contra la tela del pantalón cuando intentó cubrirla. Era imposible disimularlo.

    —Mierda... —murmuró entre dientes, pasándose una mano por el cabello con evidente irritación.

    Se acomodó el pantalón como pudo, metiéndolo dentro de la cintura y abrochándoselo con movimientos bruscos. Se bajó la camisa por fuera para intentar ocultar la prominente erección, pero era inútil. Se notaba demasiado. Cualquier persona que lo mirara de frente lo notaría.

    Helena se bajó la falda con manos temblorosas, acomodó su ropa interior que estaba de lado, se arregló la blusa y se pasó las manos por el cabello, intentando verse presentable. Sentía las piernas débiles, la piel caliente y un palpitar constante entre los muslos. Todavía estaba mojada, sensible, y el hecho de no haber terminado la dejaba con una frustración que le recorría todo el cuerpo como electricidad estática. El aire entre ellos se sentía denso, cargado de rabia, de necesidad insatisfecha y de algo más que ninguno de los dos quería nombrar.

    Solo entonces se giró hacia él.

    Leon se subió el pantalón en silencio, abrochándoselo con movimientos bruscos. Su mandíbula estaba tan apretada que se le marcaban los músculos, los ojos oscuros y brillantes de deseo insatisfecho. Se veía claramente incómodo, casi furioso por tener que detenerse.

    Sus miradas se encontraron por primera vez desde que ella había entrado a la oficina.

    —No hemos terminado —dijo él con voz baja y ronca, casi como una amenaza o una promesa peligrosa.

    Helena no respondió. Solo tragó saliva y trató de recomponer su expresión.

    Leon se pasó la mano por la cara, intentando recuperar el control. Respiró profundamente un par de veces, pero era evidente que le estaba costando. Su cuerpo todavía estaba ardiendo.

    Finalmente, tomó su chaqueta del respaldo de la silla y se la puso, para intentar disimular lo que sucedía debajo. No era suficiente, pero era lo mejor que podía hacer.

    —Vamos —dijo con voz tensa y sin mirarla—. No hagamos esperar al director.

    Helena asintió en silencio y caminó detrás de él hacia la puerta.

    Ambos caminaban con una tensión evidente. Leon con pasos rígidos, intentando controlar su cuerpo. Helena con las piernas temblorosas, todavía sintiendo cada paso entre sus muslos. Ninguno de los dos habló mientras avanzaban por el pasillo hacia la oficina de Harry Stewart.

    Pero el aire entre ellos estaba más cargado que nunca.




    Llegaron a la antesala de la oficina del director en completo silencio. El pasillo estaba desierto a esa hora; solo se oía el zumbido constante de los fluorescentes y el leve crujido de los tacones contra el suelo pulido. El aire olía a café viejo y a ese desinfectante industrial que nunca terminaba de ocultar el hedor a burocracia y tensión.

    Margaret, la secretaria de Harry Stewart, levantó la vista de su pantalla en cuanto los vio aparecer. Mujer de unos cuarenta años, cabello recogido con precisión militar y expresión profesional que no revelaba nada. Sus ojos se detuvieron un segundo más de lo necesario en la postura rígida de Leon y en la forma en que Helena caminaba, como si cada paso le costara.

    —Buenas noches —dijo con tono neutro—. El director los está esperando.

    Antes de que pudieran responder, Margaret levantó una mano y añadió:

    —Quiere ver primero al agente Kennedy. A solas. La señorita Harper puede esperar aquí.

    Leon se detuvo en seco. Helena sintió cómo su propio cuerpo se tensaba a su lado, un nudo frío instalándose en la boca del estómago. Sus miradas se cruzaron apenas un segundo. En los ojos de Leon había algo oscuro, una advertencia que no necesitaba palabras. Esto no se queda así.

    Helena solo asintió levemente, sin decir nada. Su mandíbula estaba tan apretada que le dolía.

    Leon se ajustó la chaqueta una vez más, intentando disimular la erección que aún presionaba contra la tela. El gesto fue casi imperceptible, pero Helena lo notó. Él entró a la oficina de Harry sin mirar atrás. La puerta se cerró detrás de él con un clic suave.

    Helena se quedó de pie un momento más, luego se sentó en una de las sillas de espera. Cruzó las piernas con cuidado, pero el movimiento le provocó un latido agudo entre los muslos. Todavía estaba mojada, sensible e incompleta. Cada pequeño cambio de postura enviaba una descarga de frustración que le subía por el vientre. Sentía la humedad pegajosa en la ropa interior, el pulso constante recordándole lo que habían dejado a medias. El olor a sexo todavía le salía de la piel, tenue pero inconfundible para cualquiera que estuviera lo suficientemente cerca.

    Margaret seguía trabajando en su computadora como si nada ocurriera, pero Helena estaba segura de que la mujer había notado algo. Tal vez el rubor que no terminaba de bajarle de las mejillas, tal vez la forma en que apretaba los muslos uno contra el otro, tal vez el leve temblor en sus dedos cuando apoyó las manos sobre las rodillas.

    Los minutos empezaron a pasar.

    Uno... dos... cinco...

    Helena no podía dejar de pensar en el cuerpo de Leon presionado contra el suyo en la oficina, en su voz ronca diciendo "No hemos terminado". Se removió en el asiento, incómoda, apretando los dientes. La frustración se mezclaba con la ansiedad. ¿Qué quería Stewart? ¿Sabía algo? ¿Los había llamado por lo de Tall Oaks, por China... o por algo completamente distinto?

    Intentó concentrarse en la pared de enfrente, en las líneas rectas de los paneles de madera, pero su mente volvía una y otra vez al escritorio, al peso de Leon dentro de ella, a la interrupción que había dejado todo colgando. La culpa por Deborah también estaba ahí, siempre ahí, acechando bajo la superficie. Si no hubiera sido por la reunión, tal vez habría podido enterrarla un poco más profundo esta noche.

    La puerta de la oficina se abrió de nuevo.

    Leon salió con el rostro ensombrecido. La mandíbula tan apretada que los músculos se marcaban claramente bajo la piel. Sus ojos buscaron los de Helena de inmediato, pero no había sarcasmo esta vez. Había algo más oscuro, una furia contenida que Helena no lograba descifrar del todo. No era solo la frustración sexual. Era otra cosa. Algo más profundo.

    Margaret habló sin levantar la vista de su pantalla:

    —Señorita Harper, el director la espera ahora.

    Helena se levantó lentamente. Al pasar junto a Leon, sus miradas se encontraron una vez más. En los ojos de él había una advertencia clara, posesiva, casi peligrosa. Nadie más te toca.

    Helena entró a la oficina y la puerta se cerró detrás de ella con el mismo clic suave.

    La oficina del director olía a madera pulida y a esos perfumes caros que usan los hombres que tienen poder. Harry Stewart estaba de pie frente al enorme ventanal, de espaldas, con las manos entrelazadas en la parte baja de la espalda. La ciudad se extendía debajo de ellos como un mar de luces. No se giró de inmediato. Dejó que ella se quedara ahí parada varios segundos, esperando.

    —Tome asiento, señorita Harper —dijo por fin, con voz calmada y grave.

    Helena caminó hasta la silla frente al escritorio. Al sentarse, sintió la tela de la falda deslizarse un poco más arriba de sus muslos. Todavía estaba sensible entre las piernas, todavía húmeda por lo que había pasado minutos antes con Leon. Cada pequeño movimiento le recordaba que no había terminado.

    Harry se tomó su tiempo. Giró lentamente, como si estuviera disfrutando el momento. Sus ojos bajaron por su cuerpo sin ninguna prisa: primero los pechos, luego la cintura, y finalmente se detuvieron en sus piernas cruzadas. No intentó disimularlo.

    —El veredicto ya está —dijo, apoyando una mano en el respaldo de su sillón—. Quedaste completamente libre de cargos. Toda la responsabilidad recae sobre el difunto Consejero de Seguridad Nacional Derek Simmons... Me gustaría que continuaras con nosotros, al lado de Kennedy.

    Helena sintió un breve alivio, pero fue tan corto que casi no lo registró. La forma en que Harry la estaba mirando no tenía nada que ver con el caso.

    —Gracias, señor —respondió en voz baja, intentando sonar profesional.

    Harry no se sentó. Se quedó de pie, observándola desde arriba. El silencio se estiró. Helena podía sentir cómo su mirada le recorría las piernas otra vez, deteniéndose en el borde de la falda que apenas le cubría los muslos. Se obligó a no moverse, a no bajar la falda. Cualquier gesto nervioso sería interpretado como debilidad.

    —Llevo meses revisando tu expediente —continuó él, rodeando el escritorio con pasos lentos—. Eres más fuerte de lo que aparentas. Has demostrado inteligencia y disciplina. —Hizo una pausa deliberada y sus ojos volvieron a subir lentamente hasta su rostro—. Y eres muy, muy atractiva.

    Helena sintió que se le cerraba la garganta. Sus dedos se clavaron con fuerza en la tela de la falda. Quería decir algo, quería cortar esa mirada, pero sabía perfectamente con quién estaba hablando. Este hombre tenía el poder de destruir su carrera con una firma.

    Harry se sentó por fin en su sillón, pero se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en el escritorio, acercándose.

    —Ahora que ya no estás bajo ningún proceso... —dejó la frase colgando en el aire, mirándola directamente a los ojos— me gustaría conocerte mejor, Helena. Fuera de este edificio. Sin informes, sin misiones, sin protocolos. Solo tú y yo.

    El aire se volvió espeso. Helena sentía el pulso retumbándole en los oídos. Podía oler su colonia desde donde estaba sentada. Podía sentir cómo sus ojos seguían bajando a sus piernas cada pocos segundos.

    —Señor... —su voz salió más baja y ronca de lo que pretendía— creo que es mejor mantener las cosas en un plano estrictamente profesional.

    Harry sonrió. No era una sonrisa amable. Era una sonrisa que decía que ya esperaba esa respuesta.

    —Por supuesto —dijo, aunque su tono sugería exactamente lo contrario—. Solo era una idea.

    Se recostó en el sillón y la miró en silencio durante casi medio minuto. Helena se obligó a sostenerle la mirada, aunque cada segundo se sentía como una eternidad. Tenía las mejillas ardiendo y las piernas temblando ligeramente bajo la mesa.

    Finalmente, Harry habló una última vez, con voz suave y peligrosa:

    —Puedes retirarte.

    Helena se levantó tan rápido que casi tiró la silla. Cuando llegó a la puerta y puso la mano en el picaporte, Harry la llamó de nuevo:

    —Helena.

    Ella se detuvo, sin girarse.


    —Eres libre ahora —dijo él con calma—. Pero eso no significa que tengas que estar sola.




    Helena abrió la puerta y salió a la antesala con el pulso todavía retumbándole en los oídos. El aire del pasillo le golpeó la cara, más frío que antes, pero no logró bajar el calor que le ardía bajo la piel. Margaret ni siquiera levantó la vista; solo tecleaba como si nada hubiera pasado.

    Leon estaba apoyado contra la pared del pasillo, a pocos metros, con los brazos cruzados y la chaqueta de cuero todavía puesta. Su postura era relajada para cualquiera que no lo conociera. Para Helena era todo lo contrario: mandíbula apretada, hombros tensos, mirada oscura clavada en ella desde el instante en que apareció. No dijo nada. Solo la miró.

    Helena pasó junto a él sin detenerse. Sus tacones resonaron en el suelo pulido, cortos y rápidos. Sentía las piernas débiles, la falda pegada a los muslos por el sudor y la humedad que aún no había podido limpiar. Cada paso era un recordatorio incómodo de lo que habían dejado a medias.

    Leon se despegó de la pared y la siguió. No corrió. No necesitaba hacerlo. Sus pasos eran más largos, más silenciosos. Cuando Helena giró en la esquina hacia el pasillo que llevaba a su oficina, él ya estaba justo detrás.

    No hablaron.

    Helena empujó la puerta de su oficina compartida. Leon entró detrás de ella y cerró con pestillo. El clic resonó como un disparo en el silencio.

    Helena apenas había dado dos pasos cuando sintió el pecho de Leon pegarse a su espalda. Una mano grande se posó en su cintura con firmeza, casi posesiva. La otra subió lentamente por su muslo, subiéndole la falda centímetro a centímetro. Los dedos rozaban la piel desnuda, calientes, ásperos.

    Helena se tensó, pero no se apartó. Su respiración se volvió más pesada.

    —¿Qué te dijo? —preguntó Leon contra su oído con voz baja y controlada. No había sarcasmo. Solo algo más oscuro.

    Helena tragó saliva. La mano de Leon seguía subiendo la falda sin prisa.

    —Me dijo que el caso está cerrado. Que estoy libre de cargos.

    Leon soltó una risa baja, casi inaudible, y presionó más su cuerpo contra el de ella.

    —Eso ya lo sabía —murmuró contra su oreja—. No me insultes con respuestas a medias.

    Su mano continuó subiendo hasta que la falda quedó completamente arrugada en su cintura, dejando sus piernas y cadera expuestas. El aire frío del aire acondicionado le golpeó la piel húmeda.

    —Sigue —ordenó.

    Helena respiraba con dificultad.

    —Dijo que quiere que siga trabajando aquí... contigo.

    Leon se quedó en silencio varios segundos. Su pulgar acariciaba lentamente la piel sensible de su cadera.

    —¿Y? —presionó, la voz más oscura.

    Helena dudó. Los dedos de Leon apretaron ligeramente su cadera.

    —Me dijo... que soy atractiva. Que he destacado mucho estos meses.

    Leon se quedó completamente quieto. Luego, de repente, retiró la mano de su falda.

    Con un movimiento rápido pero firme, la tomó de los hombros, la giró y la empujó contra la pared, aprisionándola con su cuerpo. Ahora estaban frente a frente. Sus ojos oscuros la taladraban con una intensidad que la hizo sentir pequeña.

    —¿Algo más? —preguntó, mirándola directamente a los ojos. Su voz era baja, pero cada palabra destilaba furia contenida.

    Helena tragó saliva. Estar tan cerca de él, mirándolo a los ojos, hacía todo mucho más difícil.

    —Y que... le gustaría conocerme mejor. Fuera de la DSO.

    El cambio en Leon fue inmediato.

    Su expresión se endureció por completo. La mano que tenía en su cadera se apretó con fuerza, casi hasta dejarle marcas. Su respiración se volvió más pesada, más caliente contra su rostro.

    —Fuera de la DSO... —repitió él con voz baja y oscura.

    Se quedó mirándola en silencio varios segundos, procesando cada palabra. Su mano subió lentamente por su muslo desnudo, casi con agresividad, hasta llegar a su cadera. La apretó con fuerza.

    —Nadie más te toca —gruñó contra su boca, la voz ronca y peligrosa—. Nadie. Mucho menos ese hijo de puta.

    Helena sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Nunca lo había visto así. Había rabia, sí... pero también algo más primitivo. Más posesivo. Su orgullo le gritaba que lo empujara, que le dijera que no era de nadie, pero su cuerpo se quedó quieto, traicionándola.

    Leon apoyó su frente contra la de ella, respirando agitado. Sus ojos estaban oscuros, casi negros.

    —No eres de él —susurró con voz rota—. No eres de nadie en esta maldita agencia... excepto mía.

    Las palabras salieron sin filtro, crudas y peligrosas. Apenas las dijo, pareció arrepentirse. Pero ya estaban ahí, flotando entre los dos.

    El silencio que siguió fue insoportable.

    Leon se quedó mirándola fijamente, con la mandíbula apretada y los ojos ardiendo de rabia y deseo. Su cuerpo presionaba el de ella contra la pared, duro y caliente.

    Sin decir una palabra más, la levantó bruscamente del suelo, obligándola a rodearle la cintura con las piernas.

    Sus miradas se encontraron de nuevo, ahora a la misma altura.

    Y esta vez el silencio entre ellos era completamente distinto.

    Leon la tenía completamente levantada contra la pared, con las piernas de Helena rodeándole la cintura. Sus respiraciones agitadas se mezclaban. Ninguno hablaba. Solo se escuchaba el zumbido lejano del aire acondicionado y el latido de sus propios corazones.

    Con una mano la sostenía del muslo, mientras con la otra se desabrochó el pantalón con movimientos bruscos. No buscó preservativo. En este momento ninguno de los dos estaba pensando con claridad.

    Empujó sus caderas hacia adelante y entró en ella de una sola estocada profunda y lenta.

    Helena soltó un jadeo ahogado, los ojos muy abiertos, clavados en los de él. Por primera vez en cuatro meses y medio, lo estaba mirando directamente mientras la penetraba.

    Leon no se movió. Se quedó completamente enterrado dentro de ella, mirándola fijamente a los ojos, observando cada mínima reacción en su rostro.

    Su voz salió baja, ronca, casi un susurro:

    —Cada vez que él te miraba... ¿pensaste en mí?

    Helena respiraba entrecortada, sin poder apartar la mirada. Sus ojos estaban vidriosos.

    —No... —susurró.

    Leon empujó un poco más sus caderas, hundiéndose apenas un centímetro más profundo. Helena soltó un gemido ahogado.

    —No me mientas —gruñó él, sin dejar de mirarla—. Cuando te estaba diciendo que eres atractiva... cuando te dijo que quería conocerte fuera de aquí... ¿pensaste en mí, aunque sea un segundo?

    Helena cerró los ojos un instante, pero Leon apretó su mentón con firmeza.

    —Ojos abiertos —ordenó—. Mírame.

    Ella obedeció. Sus ojos volvieron a encontrarse con los de él.

    —No pensé en ti —mintió con voz temblorosa, no iba a alimentar lo que sea que él estuviera sintiendo—. Solo quería que terminara de hablar. Solo quería salir de ahí.

    Leon soltó una risa baja, oscura, casi dolorosa.

    —¿Querías salir de ahí? —repitió, moviendo lentamente las caderas en un círculo profundo—. ¿O te gustó que el director te deseara?

    Helena jadeó cuando él dio otra estocada lenta y profunda. Sus uñas se clavaron en sus hombros.

    —No... —gimió—. No me gustó.

    Leon se quedó quieto de nuevo, observándola con una intensidad que la hacía sentir expuesta. Su mirada recorría cada detalle de su rostro: el rubor en sus mejillas, cómo sus labios temblaban, cómo sus ojos brillaban.

    Su voz bajó aún más, casi un susurro posesivo:

    —Nadie más te mira así. Nadie más te toca. ¿Entiendes eso?

    Helena respiraba con dificultad, completamente atrapada en su mirada.

    —Dilo —exigió Leon, moviéndose otra vez lentamente dentro de ella—. Dime que lo entiendes.

    Ella no respondió. Leon se quedó completamente quieto, enterrado hasta el fondo dentro de ella, mirándola fijamente a los ojos. Su mirada era tan intensa que Helena sentía que la estaba desnudando por dentro. El sudor le corría por la espalda, pegándole la blusa a la piel. El aire acondicionado zumbaba en algún lugar lejano, pero dentro de esa oficina solo existía el calor de sus cuerpos y el latido brutal de su propia sangre en los oídos.

    —Nadie más puede verte así —gruñó Leon, la voz ronca y baja—. ¿Me entiendes? Nadie.

    Helena jadeó suavemente cuando él empujó un poco más profundo, sin apartar la mirada ni un segundo. Sus uñas se clavaron en los hombros de él a través de la chaqueta.

    —Solo yo —continuó Leon con sus ojos devorándola—. Solo yo puedo verte así... rendida, temblando, con esa cara que pones cuando te follo. Esa cara es mía, Helena. Solo mía.

    Sus palabras salían entre dientes, cargadas de una necesidad casi violenta. No eran dulces. Eran una marca. Una advertencia.

    Helena soltó un gemido ahogado, los ojos fijos en los de él, incapaz de apartar la mirada. Sus manos temblaban sobre sus hombros. El orgullo le gritaba desesperadamente que lo empujara, que le dijera que no era de nadie, pero su cuerpo se apretaba alrededor de él, traicionándola nuevamente.

    Leon inclinó la cabeza ligeramente, acercando aún más su rostro al de ella. Sus narices se rozaron. Sus respiraciones se mezclaban, calientes y agitadas. Helena sintió el roce de sus labios contra los suyos, apenas un roce, y todo su cuerpo se tensó.

    Y entonces Leon la besó.

    Fue un beso hambriento, casi violento al principio, lleno de rabia y posesión acumulada. Sus labios se estrellaron contra los de ella con fuerza, como si quisiera castigarla por haber dejado que Harry la mirara. Sus dientes rozaron su labio inferior. Su lengua invadió su boca sin pedir permiso. Helena soltó un sonido ahogado contra él, las manos subiendo hasta agarrarle el cabello con fuerza, sin saber si quería apartarlo o acercarlo más.

    El beso se volvió más profundo, más lento, más peligroso. Leon la besaba como si estuviera reclamando algo que ya no podía negar. Sus caderas seguían moviéndose dentro de ella, ahora con embestidas lentas y profundas que contrastaban con la urgencia de su boca. Cada movimiento ondulante la llenaba por completo, rozando puntos que la hacían temblar contra la pared.

    Helena sintió que algo se rompía dentro de su pecho. El primer beso. El orgullo, otra vez, le gritaba que lo detuviera, que esto ya no era solo desahogo, pero su boca respondía al beso con la misma hambre contenida. Sus piernas se apretaron más alrededor de su cintura. Sus uñas se clavaron en su nuca.

    Ninguno de los dos se separó.

    El beso se prolongó, húmedo, desesperado, mientras Leon la follaba contra la pared con un ritmo que ya no era solo brutal: era posesivo, profundo, como si quisiera grabarse dentro de ella. El sudor corría por sus sienes. El sonido húmedo de sus cuerpos chocando llenaba la oficina junto al zumbido del aire acondicionado y sus respiraciones entrecortadas.

    Helena sintió el orgasmo subirle por la columna como un fuego lento e inevitable. Sus paredes internas se contrajeron con fuerza alrededor de Leon. Soltó un gemido largo y ahogado contra su boca, temblando violentamente, las piernas apretándolo con desesperación. Leon gruñó contra sus labios, un sonido gutural y roto, y se enterró hasta el fondo una última vez, corriéndose dentro de ella con fuerza, sin control.

    Se quedaron así durante casi un minuto: besándose aún, respiraciones pesadas, cuerpos temblando, completamente pegados contra la pared. El beso se suavizó poco a poco, volviéndose más lento, más profundo, hasta que solo fueron labios rozándose, respirando el mismo aire.

    Cuando finalmente se separaron, ambos respiraban con dificultad. Leon apoyó su frente contra la de ella, todavía dentro de ella, todavía sosteniéndola contra la pared. Ninguno dijo nada.

    El silencio que quedó fue denso, pesado, cargado de todo lo que acababan de cruzar.

    Helena fue la primera en moverse. Giró la cara, rompiendo el contacto de sus frentes. Su mandíbula estaba apretada, los ojos desviados hacia la pared en la que estaba apoyada. El orgullo regresaba como una ola fría, mezclándose con la culpa por Deborah que ya empezaba a golpearla con fuerza. Había dejado que la besara. Había respondido. Había permitido que esto dejara de ser solo cuerpos chocando.

    Leon salió de ella con lentitud, casi con cuidado, y la bajó al suelo. Las piernas de Helena temblaron cuando sus pies tocaron el piso. Él se subió el pantalón en silencio, pero en lugar de apartarse, sacó el pañuelo negro que siempre llevaba en el bolsillo trasero. Se agachó frente a ella sin decir una palabra.

    Helena se quedó quieta, una mano apoyada en la pared para sostenerse, respirando agitada. Leon separó suavemente sus muslos con una mano y, con el borde del pañuelo, empezó a limpiarla entre las piernas. Lo hizo con movimientos lentos, meticulosos, quitando los rastros de su semilla que le corrían por los muslos y la humedad mezclada. El pañuelo negro contrastaba contra su piel enrojecida. Cada roce era firme pero extrañamente contenido, casi como si estuviera marcándola de otra forma.

    Helena apretó la mandíbula. No lo miró. La manera en la que lo hacía era nueva, más íntimo que cualquier embestida, y eso la ponía más nerviosa que el beso. La culpa por Deborah ya le ardía en el pecho, más fuerte que nunca. Había dejado que la besara. Había respondido. Y ahora esto.

    Cuando terminó, Leon dobló el pañuelo manchado y lo guardó de nuevo en su bolsillo. Se incorporó sin prisa.

    Helena se bajó la falda con manos todavía temblorosas, se arregló la blusa y el cabello revuelto. No lo miró.

    El silencio era ensordecedor.

    Leon se pasó una mano por la cara, todavía respirando agitado. Su expresión era indescifrable: mandíbula tensa, ojos oscuros, algo que parecía arrepentimiento mezclado con una posesividad que ya no podía ocultar.

    Helena se giró hacia la puerta. Antes de abrirla, se detuvo un segundo con la mano en el picaporte.

    —No digas ni una puta palabra —murmuró sin girarse, la voz ronca y fría.

    Leon soltó una risa corta y seca, abrochándose el cinturón.

    —No pensaba hacerlo.

    Helena abrió la puerta y salió sin mirarlo. Sus tacones resonaron por el pasillo vacío mientras se alejaba, más rápido de lo necesario. La culpa ya le ardía en el pecho, más fuerte que nunca. Deborah. La promesa que se había hecho a sí misma de no volver a ser débil. Y ahora esto.

    Leon se quedó solo en la oficina. Apoyó la espalda contra la pared donde acababa de tenerla, cerró los ojos y soltó un largo suspiro. Se pasó ambas manos por el cabello, desordenándolo más. El sabor de los labios de Helena todavía le quemaba en la boca. El pañuelo en su bolsillo pesaba más de lo habitual.

    Por primera vez en cuatro meses y medio, lo que habían hecho no fue desahogo.

    Se sintió como algo que ya estaba empezando salírsele de las manos.
     
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  2.  
    luigipadovano

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    Es refrescante leer un fanfic suculento sobre Resident Evil y esta muy bien escrito aunque me imagino más a Leon con Ashley Graham, pero eso ultimo es personal. Te felicito y ojala escribas más historias sexosas sobre Resident Evil
     
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