Lady Oscar Lumiére et nuit [Finalizado]

Tema en 'Anime Heaven' iniciado por Andrea Sparrow, 18 Abril 2015.

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    Andrea Sparrow

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    Título:
    Lumiére et nuit [Finalizado]
    Clasificación:
    Para adolescentes. 13 años y mayores
    Género:
    Romance/Amor
    Total de capítulos:
    87
     
    Palabras:
    464
    Este fic está basado en el manga de Lady Oscar aunque la fisonomía de un par de personajes cambiará más adelante por una razón que ya sabrán ;) sin embargo, el fic tiene una intención especial casi al final. Espero les guste:


    PERSONAJES PRINCIPALES:


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    - CAPITÁN OSCAR FRANÇOIS DE JARJAYEZ
    Ultimo vástago de seis de la familia noble del general Jarjayez, pertenecientes a la guardia real del rey Luis XV. Cambiará de grado durante la historia.
    - ANDRÉ GRANDIER
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    Caballerango y criado del capitán Oscar. Vive en la casa Jarjayez. Huérfano de padres, sirve en la casa junto a su abuela, madame Grandier.
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    - HANS AXEL VON FERSEN
    Conde sueco que llega a Francia a petición de su padre y consigue vincularse sentimentalmente con la persona equivocada, sufriendo su dolor y llegando al sacrificio por amor.
    - ALAIN SOISSON
    Soldado de Francia al servicio del pueblo. De carácter recio, consigue ganar la confianza del entonces general Jarjayez.

    - BERNARD CHATELET
    Abogado y periodista de la República. Hombre forjado en la pobreza y madurado a las letras de Rousseau y Voltaire. Amigo incondicional de Robespierre.
    CORONEL GIRODELLE
    Hombre culto de la nobleza, al servicio del ejército del general Jarjayez. Se rumora que tiene ciertas preferencias sexuales, pero llega a enamorarse de una mujer a la que ha admirado desde siempre.
    - ROSALIE LAMORLIERIE
    Hija de madame Lamorlierie, quien durante la trama descubre un secreto de su familia. Pasa por un torbellino de pasión hasta encontrar el verdadero amor.
    - LADY ANTOINETTE
    Pasa de ser la futura esposa del príncipe Luis Capeto a ser realmente la Reina de Francia. Su corazón adolescente e inmaduro le causará severos problemas hasta desencadenar en su muerte.
    - LADY DE POLIGNAC
    Mujer ambiciosa. Llega a la nobleza por un matrimonio arreglado y desencadena turbulencias, intrigas palaciegas y problemas serios a la reina de Francia.

    - JEANNE VALOIS

    Hermana de Rosalie. Mujer bella pero vanidosa y ambiciosa.
    PERSONAJES SECUNDARIOS
    - Luis XVI (Luis Capeto)
    Pasa de ser el príncipe heredero a ser el rey de Francia, de carácter pusilánime y despreocupado.
    - Maximilien de Robespierre
    Abogado y forjador del espíritu de la República. Comenzará la Revolución Francesa.
    - Cardenal de Rohan.
    Cercano al rey. Hombre sin escrúpulos, mujeriego y ambicioso, capaz de ponerse al servicio del mejor postor.
    - Nicolás de la Motte
    Hombre ambicioso, heredero de una vieja casa noble venida a menos. Un oscuro amor lo llevará a la ruina.
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    653
    Salón de Espejos – Palacio de Versalles



    Varias damas de la aristocracia francesa deambulaban por aquel gran salón, mostrando la finura y elegancia de sus trajes de damasco, producto del trabajo exigente de las mejores costureras de París. Algunas exhibían la riqueza de sus vestimentas mientras ocultaban los detalles de sus escandalosos amoríos y desenfrenos.

    Sin embargo, otras preferían cuchichear para burlarse con sorna de la falta de clase de damas como lo mismísima madame Dubarry, la favorita del rey Luis XV, quien sólo estaba con ella en función de la predilección del soberano por las mujeres de la vida fácil. Casi todas echaban de ver que les molestaba sobremanera su forma vulgar de comportarse y la soberbia que denotaba en su manera de hablar y de caminar.
    - Esa zorra se cree mejor que nosotras- comentó una dama noble.
    - Esa mujer es una deshonra para la corona francesa- opinó otra.
    Una más observó:
    - ¿Alguien ha visto al coronel Jarjayez?
    - No ha venido- respondió una más.- Su esposa está a putno de dar a luz a su sexta hija.
    - ¿Por qué crees que será otra niña?- preguntó una dama.
    - Han sido ya cinco, hermosas como flores, pero todas mujercitas. No es justo para el pobre coronel no procrear ningún varón. Si fuera un hombre, sería el sucesor de tan valiente y honrado militar.
    - Es verdad, es una pena.
    Mientras tanto, en la casa Jarjayez, las hijas del coronel aguardaban afuera, curiosas pero juiciosamente.
    - ¿Cómo se va a llamar?- preguntó una.
    - Debería llamarse François como papá- dijo la mayor.
    - O Marie, si es niña- dijo la menor.
    - Será hombre- señaló otra.- Debe ser; papá está muy seguro.
    - Yo propongo que se llame Julian- comentó otra de ellas- así no importará el nombre sea hombre o mujer.
    - Papá ha escogido el nombre de Oscar- añadió la segunda.
    - Oscar François- dijo la mayor.- Muy buen nombre.
    Se hizo silencio. De pronto, éste se vio interrumpido por el llanto sorpresivo de un bebé. Un llanto extremadamente fuerte, distinto al de sus otras pequeñas al nacer.
    El coronel suspiró aliviado.
    Entró cuando la nana lo llamó.
    - Coronel, felicidades…ha sido…
    - Lo sé- dijo tomando al bebé en sus brazos.- El varón que tanto esperaba. Oscar François Jarjayez. Las niñas se acercaron a mirarlo. Realmente era un bebé muy hermoso.

    7 años después…
    - General Jarjayez- dijo uno de los comandantes de la guardia real. El rey ha dispuesto que se haga una demostración especial en el jardín exterior al palacio.
    - Así se hará, conde Mondieu. Tengo a todos mis hombres listos para la demostración. Capacitados y entrenados como un solo hombre.
    El conde asintió con la cabeza y comentó.
    - Pronto tendrá usted un digno heredero de la tradición militar de la casa Jarjayez.
    El general asintió aunque un tanto pensativo. Quizás porque la tradición se había visto detenida por la llegada de cinco mujercitas. Luego aceptó:
    - Por supuesto. Pronto, mi hijo Oscr formará parte del ejército de la guardia real y será mi sucesor.
    - Tiene usted suficiente vida por delante- repuso otro de los coroneles. – Mi hijo Maximilien también se está capacitando. No tendrá tanto rango militar como el suyo pero sé que será también valiente.
    - Lo puede aseverar desde ahora, coronel Girodelle- contestó Jarjayez.
    - ¿Y cuándo me lo presentará?- preguntó el coronel Girodelle, a su vez.
    - En la primera oportunidad que tanga- respondió el coronel Jarjayez.
    De hecho, hasta entonces, no habían conocido muchos oficiales al hijo varón del coronel Jarjayez y la curiosidad erra algo que recorría a las familias nobles allegadas al ejército real.
    Y mientras eso sucedía, el reino de Francia se corrompía cada vez más al tiempo que su soberano hacía honor a su vida licenciosa y a sus escándalos evidentes y peligrosos.
     
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    701
    PARTE I Remembranzas



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    Prólogo

    4 años más tarde…

    - Esta vez no me vencerás, Oscar- observó el jovenzuelo André Grandier, mientras combatía con Oscar Jarjayez con maestría y elegancia.

    Tiempo atrás, para ambos, era casi como un juego. Pero ahora se convertía en un arte y en un deber para Oscar y en un honor para André, el amigo y compañero de aquél.

    - Te falta más rapidez, André- repuso Oscar, quien bajó la guardia cuando escuchó la voz de su padre.
    André tuvo que hacerlo sorpresivamente, sin tomar ventaja de ello.

    Oscar se detuvo y sonriendo se acercó a su padre.

    - Buen día, Monsieur Jarjayez.
    - Buen día, Oscar. No me llames Monsieur.
    - Es tan sólo un saludo. Es usted un general muy respetado y no podría llamarte de otra manera- señaló, orgullosamente.

    André sonrió.

    - Les he traído regalos a ti y a André.

    El joven que se había convertido en compañero de juegos de Oscar recibió del general una espada más grande y Oscar algo más voluminoso.

    - ¿Puedo saber qué es?
    - Está en la caballeriza.
    - Vamos, André- observó Oscar.
    Ambos mozalbetes corrieron hacia el lugar indicado. Una hermosa yegua esperaba por ellos.
    - Está hermosa…-dijo André.
    - Es verdad. Gracias, padre- dijo al notar la presencia del general.
    - No es nada. Haría cualquier cosa por ti, Oscar. Ahora, vayan a jugar, que tu regalo tiene que comer.
    Oscar y André corrieron por el césped, haciendo mil piruetas.
    - ¿Has visto qué bello animal, André?- preguntó Oscar.-
    - Sí…lo más seguro es que yo me encargue de él.
    - Así es. Serás afortunado.
    André asintió.
    - Ya tengo ganas de conocer esa finca de la que tanto has hablado, Oscar.
    - Por ahora no se puede. Mi madre ha estado un poco delicada de salud y no puede viajar. Pero en cuanto se pueda marcharemos allá, te lo prometo.
    - Será un sueño…nunca pensé estar en un lugar como éste.
    - Considera este sitio tu hogar y a ésta, tu familia, André.
    - No puedo aspirar a tanto- dijo el jovencito- yo no soy de familia noble.
    - A nosotros no nos interesa eso. Eres mi amigo y compañero y siempre lo serás. Ahora ven, vamos a ver a la yegua.

    Se encaminaron hacia el sitio donde daban de comer al animal.

    El general dijo al joven.
    - ¿Podemos hablar a solas, Oscar?
    - Con permiso- dijo André.
    Oscar se intrigó.
    - ¿Qué quieres hablar conmigo, padre?
    - Necesito que vayas a practicar con algunos de los oficiales de menor rango y de un poco de más edad.
    - No sé si mi madre me lo permita- dijo débilmente.
    El general dio una bofetada a Oscar.
    - Sabes que detesto a la gente pusilánime. Y tú no puedes ser así. Tienes que ser igual que yo. Así que irás a practicar en dos días. No será mucho lo que te pida. Nadie te lastimará hasta herirte, lo prometo.
    Oscar sintió un pequeño escozor en la mejilla. Era hiriente aquella bofetada de su padre. Pero podía soportarlo. Luego preguntó:
    - ¿Puede ir André conmigo?
    - Por supuesto que sí. André es tu valet y no se irá puesto que para eso lo he traído a esta casa.
    - Creí que era para que jugáramos juntos.
    - En parte. Pero…tu rango será tal que necesitarás un valet que te asista en muchos momentos. Todos los nobles hemos contado con uno.
    - André no es una cosa…es un ser humano.
    - Evítame la pena de tener que darte otra bofetada, Oscar- reprochó su padre.- No sé quién te ha hablado así pero créeme, las diferencias sociales serán irreconciliables. André irá contigo en calidad de valet.

    Oscar asintió.

    Pero le disgustaba sobremanera la forma en que su padre se comportaba con André. ¿Por qué pensaba de esa forma?
    Y…¿cómo había surgido esa amistad entre ambos chiquillos? ¿De dónde había salido aquel jovencito que se convertía en compañero de juegos de aquel chico noble? ¿Cómo había llegado a la casa Jarjayez?
     
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    1713
    Capítulo 1 Capturando al Caballero Negro
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    Era de mañana. Oscar se levantó un poco más tarde de lo acostumbrado. La nana dijo con su característica preocupación.

    - Me alegra que te hayas alistado, Oscar. Tu padre, el general, está ya listo en los Champs Elisées. Aunque está molesto contigo por lo de anoche.
    - Ya se le pasará, nana.- replicó Oscar.- ¿Qué te pareció la fiesta?
    - ¿Y todavía lo preguntas? Después de que te luciste con las damas invitadas y humillaste a los caballeros…ni siquiera André pudo hacerte entrar en razón…
    - No le habría hecho caso.- comentó Oscar revisando sus armas.- A pesar de que es mi compañero inseparable, no hubiera podido evitar lo que hice. Y creo que me habría apoyado totalmente- observó aquel joven comandante de la guardia real.
    - Tu padre va a hacer algo al respecto. Pero, en fin, ahora, prepárate.

    Oscar asintió. Luego llamó a André Grandier.

    - Buen día, Oscar. ¿Cómo amaneciste de lo de anoche?
    - Bien, aunque sé que preguntas sólo por fastidiar- repuso Oscar- pero te lo paso porque la fiesta fue un éxito.
    - Para el general Jarjayez no fue así y lo sabes.
    - André, deja de especular y ven conmigo. Hay que tomar una decisión respecto a lo del Caballero Negro.
    - El Caballero Negro.- señaló André.- ¿Crees que sea difícil atraparlo?
    - Un poco, pero se supone que para eso estoy…para eso me ha encomendado la reina Marie Antoinette.
    - Lo sé…ella te tiene mucha confianza.
    - Así es…desde siempre…

    “Aún recuerdo cuando cumplí los catorce años…mi padre me presentó con la princesa, la futura reina de Francia, cuando aún el rey Louis XV gobernaba nuestra patria”.- pensó nostálgicamente el coronel Jarjayez.

    “Recuerdo el Salón de Espejos y a Marie Antoinette hermosa, como una virgen, paseando entre las damas, quienes, ansiosas esperaban el momento de que ella les dirigiera siquiera la palabra”.

    André interrumpió.
    - Supongo que recuerdas su llegada a Francia, cuando tu padre te asignó para su custodia.-
    - ¿Cómo sabes siempre lo que pienso, André?
    - Sólo lo intuyo- dijo el joven de cabello negro como el ébano y ojos azules.

    Oscar sonrió.

    - Y también puedo recordar a cierto niño que llegó una mañana de invierno.

    André recordaba también aquel tiempo.
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    André Grandier

    10 años atrás…

    - Bien, André…cada día eres más hábil con la espada.- decía Pierre Grandier.
    - Sólo lo he aprendido todo de ti, papá.
    Su madre, Caroline, llamó a comer.
    - Pierre, André, vengan a la mesa.
    - Ya vamos, Caroline- dijo Pierre Grandier.- Vamos, hijo, no hay que hacer esperar a mamá.
    Pierre se acercó a la dulce nuca de Caroline y le dijo tiernamente.
    - ¿Te he dicho hoy lo hermosa que estás?
    Caroline sonrió. André era un niño muy feliz.
    Monsieur Pierre Grandier había sido durante mucho tiempo caballerango en una finca que la familia Jarjayez tenía en las afueras de París. El coronel Jarjayez lo consideraba un buen empleado y un hombre cabal.
    Aquel hombre estaba casado con Caroline, una hermosa dama, hija de un noble venido a menos, a quien también la señora Jarjayez apreciaba.
    Tenían un pequeño niño llamado André. Tez blanca, ojos azules y cabellera tan oscura como la noche, pero mirada noble. Juicioso y sensato.
    Todo iba bien hasta que un día, el coronel recibió de parte de Monsieur Grandier una solicitud.
    - Coronel, quiero ser soldado de la reina.
    - ¿Puedo saber a qué debo esa petición?
    - Mi hijo tiene el sueño de que su padre sea soldado de su Majestad.

    Sin embargo, el coronel se negó rotundamente.
    - No puedo aceptarle, Pierre. Sólo los nobles pueden pertenecer a la guardia real.
    Pierre bajó la cabeza y agradeció sin embargo al coronel que lo hubiera escuchado.
    El pequeño André salió aquella tarde a recibir a su padre.
    - ¡Papá!
    El señor Grandier acarició la cabeza de su hijo y le sonrió.
    - ¿Qué te dijo el coronel, papá?
    - Lo siento, André, no se puede ser soldado de su Majestad sin ser de familia noble.
    - Eso quiere decir que…cuando yo crezca, tampoco puedo serlo- observó el pequeño.
    - No, hijo- señaló su padre.- Pero quizás, para entonces, puedas llegar a ser soldado no de un rey, sino de un emperador- dijo su padre tomándolo en brazos y levantándolo en alto.
    Caroline abrazó a su esposo y le dijo:
    - No te preocupes, Pierre, tanto André como yo estamos muy orgullosos de ti.
    - Gracias, Caroline- dijo Pierre- pero…yo quisiera darle el gusto a André de verme con uniforme militar. Hablaré con el coronel Bouget para que me permitan usar el uniforme prestado solamente.
    - No soportaría la idea de que fueras realmente soldado. Me moriría si te perdiera- susurró Caroline tiernamente.
    Pierre la besó con ternura y pasión y tras cenar, la llevó a la pequeña habitación donde aquel matrimonio pasaba la noche.
    Aquella noche, Pierre cobijó su corazón al calor de las caricias de Caroline, entregados, como uno solo, enamorados, en un amor natural y ferviente.
    - Te amo, Caroline- decía Pierre, amando tiernamente a su esposa.
    - Y yo a ti, Pierre- gemía dulcemente la madre de André estallando de amor junto con él.
    Cobijada entre sus brazos, susurró sobre su pecho.
    - Oh, Pierre, sería tan feliz de concebir de nueva cuenta.
    - Yo también, mi amor. Pero tengo miedo por ti, eres un poco delicada de salud.
    - No importa; sé que será sano como André.
    - Sí, nuestro hijo es tan hermoso y bueno. Ojalá pueda ser tan feliz como nosotros.
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    Sin embargo, su padre murió como soldado y su madre enfermó gravemente.
    - Mamá, no mueras, no me dejes solo…
    - No digas eso, André- consolba la madre.- Tu abuela cuidará de ti aunque yo no esté pero, tú debes ser un chico valiente. Hazlo por papá y por mí. ¿Lo harás, André? No debes llorar y si lo haces, que sea solamente condoliéndote de sufrimiento de otros…y defiende a quienes amas con uñas y dientes…hasta con tu propia vida.
    - Lo haré, madre. Pero no te vayas aún…
    Sin embargo la vida de esa pobre mujer se apagó poco a poco hasta desvanecerse en el infinito como un ángel.
    André lloró amargamente en los brazos de su abuela.

    Días más tarde…

    - Muchacho, arréglate bien- dijo la abuela, Madame Grandier.- Voy a llevarte a la casa donde trabajo, como te prometí.
    - ¿Y voy a vivir contigo ahí?- preguntó André.
    - Sí, vas a conocer a alguien con quien te gustará jugar. Tienes que portarte bien, ¿entendiste?
    - Sí, abuela…
    - Oscar es menor que tú un año, así que…
    - ¿Oscar?
    - Sí, hijo. Oscar François Jarjayez.
    Cuando llegaron, el entonces coronel Jarjayez los recibió.
    - Monsieur Coronel, él es André, mi nieto. Lo he traído como usted me lo pidió.
    André se había convertido en poco tiempo en un muchachito de buen aspecto y buena presencia. Sano, de buenos modales y de virtudes evidentes.
    Recorrió con la mirada la casa de los Jarjayez. ¡Cuánto lujo! ¡Cuánta elegancia destilaba los muebles, las paredes, los mosaicos mismos! Los cuadros denotaban el abolengo que durante años, se había perpetuado en aquella familia noble. Pero no sintió el mínimo deseo de aprvechar esa riqueza. No se sintió atraído por ella, ni tampoco sintió envidia ni celos por la posición que su familia nunca habría alcanzado.

    Su padre le había explicado muchas veces que en el mundo hay pobreza y riqueza, sanos y enfermos, nobles y plebeyos, santos y criminales y que se puede ser feliz buscando la virtud y ayudando a otros a serlo. Que no es más afortunado el que mucho tiene, sino el que valora en la justa medida lo que posee y lo usa para provecho de los demás.
    Él había sido solicitado para ser compañía del hijo de aquel noble, él, un niño pobre y sin alcurnia, había sido requerido como compañero de juegos de un niño rico.

    Quizás aquel coronel conocía y valoraba también a las personas por lo que son y no por lo que tienen.

    Miró al caballero Jarjayez. Sonrió al notar una mirada dulce. Casi como la de su padre. Luego lo escuchó hablar con voz firme y recia.
    - Tienes buena pinta, muchacho.- sonrió satisfecho el coronel.- Serás muy buen amigo de Oscar. ¡Oscar!
    En cuanto el coronel gritó, alguien bajó por las escaleras. Era la silueta de un mozuelo pequeño de caballera rubia y ojos azules. Sonrió a su padre.
    - Él es André Grandier, nieto de tu nana. Él será tu compañero de juegos.
    El jovencito de cabellera negra se volvió.

    - Abuela…¿es él?
    - Sí.
    El pequeño dudó. Pero Oscar resueltamente le dirigió la palabra.
    - ¿Tú eres André? La nana me habló mucho de ti. Mis hermanas son todas mayores así que me aburro mucho sin compañía de mi edad. Dime, ¿sabes usar la espada?
    El azorado recién llegado dudó de nuevo pero luego asintió sonriendo.
    - Sí, si quieres podemos practicar…
    Y a partir de aquel día, André se quedó en la casa Jarjayez.


    - Todavía recuerdo- dijo André- cuando me jalabas de los cabellos cuando jugábamos a la guerra.
    - Sí- dijo Oscar- sí que lo recuerdo. Pero seguramente, te dejabas para permitirme ganar ¿no es así?
    - Quizás pero tú también eras fuerte.

    Mientras conversaban, André preguntó:

    - ¿Y qué piensas hacer respecto a la captura del Caballero Negro?

    - Dicen que entra a las casas de los nobles y los roba a oscuras y a hurtadillas. Nos colaremos en los bailes de Versalles y de la nobleza para tratar de capturarlo.

    - A tu padre no le gustará.
    - Lo sé, pero en cuanto lo atrapemos estará orgulloso. Ven, André, prepárate.

    El joven de cabello azabache asintió.

    - A donde quiera que tú vayas, Oscar, ahí estaré yo.
     
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    Cap. 2 Conociendo a Oscar Parte I

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    André y Oscar se reunieron para acudir al palacio de Versalles para una entrevista con la reina Marie Antoinette.
    La captura del Caballero Negro era aún incierta, puesto que nadie sabía a ciencia cierta dónde iban a encontrarlo y no tenían aún pistas sobre su posible paradero.

    Lo único de lo que disponían eran noticias vagas sobre sus atracos a las casa nobles, llevándose joyas y objetos de valor de las familias aristocráticas.

    Oscar se presentó en la cámara ante la corte real. Lady Marie Antoniette estaba muy contenta.
    - ¿Sucede algo, milady?- preguntó Oscar.- La noto muy feliz hoy.
    - A ti no puedo mentirte, Oscar- respondió la reina.- El conde Fersen está aquí.
    Oscar se turbó.
    - ¿Fersen? ¿Ha regresado?
    - Sí, Oscar, ha estado aquí, soy la mujer más feliz del mundo.
    Oscar guardó silencio. Se avecinaban problemas en el horizonte. Eso llevó al recuerdo de años atrás, cuando apenas había llegado.

    4 años atrás…
    - Oscar, me han convencido las hijas del rey para ir al baile de máscaras. Y tú me protegerás.
    - Milady, no debería ir. No tiene permiso de su Majestad.
    - Anda, Oscar, acompáñanos y custódianos. Nadie sabrá nada si tú nos proteges.
    A Oscar no le agradaba para nada que la futura reina de Francia tuviera tanta familiaridad con ciertas damas de la corte. Muchas de ellas le parecían frívolas y oportunistas. Y como Oscar tratara de persuadir a Marie Antoniette, una de las mujeres comenzaba a tener ojeriza al joven coronel de la guardia real.
    Antes de salir, Oscar esperaba que la reina le diera alguna indicación, cuando una de esas mujeres la abordó.
    - ¿Qué se propone, Monsieur Oscar?
    - Eso es lo que yo me pregunto, madeimoselle. Si el rey se entera de esto, podría matarme. Y entonces yo, la mataría a usted- señaló con burla.
    - Sólo atrévase, Oficial Jarjayez y la reina lo enviará decapitar sin contemplaciones.
    - Conozco a las zorras de su calaña- dijo Oscar- aun no ha pasado el escándalo de Madame Dubarry, quien chillaba porque Marie Antoinette le dirigiera siquiera la palabra. Y usted no es muy diferente. Sólo quiere garantizar su tranquilidad a costillas de su simpatía.
    André no se había apartado de su compañía. Apenas alcanzó a escuchar lo que Oscar había dicho a aquella mujer.
    - ¿A dónde va la futura reina?
    - Es un secreto, Oscar. Acompáñame. Necesito de tu prudencia para ocultar este asunto. No puedo dejarla cometer alguna tontería…
    André asintió. Luego vio marchar al comandante por delante, mientras pensaba para sí:
    - ¿Y a ti, Oscar? ¿Quién te cuidará de cometer tonterías?

    Marcharon hacia el baile de máscaras que organizaba aquella vieja amiga de las hijas del rey.
    Oscar vigilaba el carruaje donde la futura reina,oculta tras el antifaz, se empecinaba en querer dejar el palacio para divertirse.
    Su guardia real se mantuvo a reserva, tratando de evitar ser reconocido, puesto que quizás podrían creer que era la reina. Sin embargo, tenía que estar alerta por si se presentaba la ocasión.
    Mientras cuidaba a Marie Antoniette, varias chicas se le acercaron esperando el momento de ser solicitadas para un baile.
    A fin de despistar, Oscar escogió a una de ellas y bailó un par de piezas.
    André, mientras tanto, vigilaba el carruaje.
    De pronto, un hombre alto y bien parecido de aspecto extranjero se acercó solicitando bailar con ella, sin saber de quién se trataba.
    - Madeimoselle, ¿me concedería este baile?
    Los ojos de lady Antonieta se llenaron de un fulgor maravilloso.
    - Encantada- respondió.
    Aquel joven nunca pensó qué extraño destino lo uniría irremisiblemente a aquella joven austriaca.
    La velada continuó y Antonieta se divertía sintiendo que el amor había llegado a su vida.

    Oscar mostraba visible preocupación.
    André bostezaba aparatosamente.
    - Es muy tarde…seguramente el coronel Jarjayez se molestará mucho con Oscar. Y a mí también me irá mal. Pero es Oscar quien me preocupa realmente.
    Al fin, pasado un rato, volvían de la fiesta.
    Oscar no atinó a preguntarle nada a Antonieta pero sí sentía una ligera incomodidad.
    Aquella noche, al llegar a la mansión Jarjayez…
    - ¡André! No debiste permitir que Oscar se desvelara tanto.
    - Coronel, yo asumo la responsabilidad pero es que…
    - Nada, muchacho. Tú debes asegurarte que Oscar cumpla con sus funciones y no cometa ninguna clase de imprudencia. Y tú Oscar, ya pasaste la edad infantil.
    - Me ofendes, padre- dijo Oscar- no debes reñir a André. Él sólo me cuidó y evitó que ocurriera algo malo. Le debes una disculpa.
    - ¿Perdón?- preguntó el coronel.
    La nana intervino.
    - Oscar no debes…
    - Cierto- dijo André- el coronel sólo estaba preocupado por ti.
    - Lo sé pero no puede culparte por haber cumplido con lo que te pedí. No quiero que trates a André diferente a mí, padre.
    El coronel respondió.
    - André, sigue cumpliendo con tu deber, muchacho. No tomaré en cuenta tus caprichos estúpidos, Oscar.
    Su hijo lo miró con dureza.


    ---------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------
    Al día siguiente, arribó al palacio de Versalles el conde sueco Hans Axel von Fersen.

    En el salón de Espejos, Oscar acompañaba a la reina. El conde se inclinó y el guardia real no pudo menos que admirar a aquel noble caballero.

    Frente a la reina…

    - Entonces el conde Fersen…
    - Ha vuelto por fin, Oscar. En ti puedo confiar ciegamente. ¿Podrías dejarme a solas con él tan sólo un momento?

    Oscar se sintió desplazado por un momento. Sin embargo, muy dentro de su persona, otro sentimiento mucho más poderoso lo hacía derrumbarse internamente. ¿De qué se trataría? Quizás André sabía de qué se trataba…¿cómo había surgido la confianza entre los dos chicos? La respuesta podía estar desde mucho tiempo atrás, cuando André llegó a la casa Jarjayez.

    [​IMG]


    10 años atrás…

    André miraba a Oscar. Le parecía tan extraño estar ahora frente al hijo de un noble como el general Jarjayez. Él, un pequeño hijo de un armero y caballerango, ahora era compañero de juegos de un niño noble.
    Sin embargo, ahora que lo veía se daba cuenta de su verdadera naturaleza. Y podía entender la soledad en la que Oscar Jarjayez se encontraba.
    - Dime…¿tus hermanas dónde están?- preguntó André.
    - Las cinco están ya casadas- dijo Oscar.- Casi nunca vienen y cuando lo hacen casi no juegan conmigo.
    - Me imagino, ¿no tienes otros amigos?
    - No; mi padre no me permite salir más que en contadas ocasiones. Por eso destino mi tiempo en estudiar y en practicar con la espada.
    - ¿Y no te aburres?
    - Bastante. Por eso me alegra tanto que hayas venido. ¿Sabes usar la espada?
    - Por supuesto- dijo André- Mi padre me enseñó. El quería ser soldado.
    Oscar se levantó y blandiendo su espada dijo:
    - No creo que seas tan bueno como yo.
    - ¡Eso está por verse, Oscar!- exclamó el muchachito.
    Entonces, comenzaron a pelear. Ambos eran sumamente buenos. Oscar era fuerte y André, sagaz y ágil.
    - Te mueves rápido- señaló Oscar.
    - Pero tú golpeas con fuerza- comentó André.
    Combatían equitativamente. André, por un momento, olvidó cualquier diferencia existente entre los dos y se sintió cómodo y feliz.
    Oscar era muy cordial y hacía sentir en confianza a André, haciendo a un lado cualquier diferencia social y conviviendo tan sólo con él como un amigo.

    La nana gritó desde arriba:
    - ¡André! Deja de ser tan brusco con Oscar.
    André se detuvo. El general llegó entonces.
    El muchacho Grandier pensó que Oscar correría a saludarlo. Pero no fue así. Su padre llegóa su casa y mandó llamar a Oscar a través de la nana.
    - Aguarda aquí, André. Ya vuelvo. Me llama mi padre.
    André lo esperaba abajo. La nana le habló.
    - André, ven aquí.
    El chico caminó hasta ella.
    - ¿Qué sucede, abuela?
    La nana replicó.
    - Debes tener cuidado con Oscar; si su padre se da cuenta de que te le igualas, se enojará.
    - Pero…somos niños…estamos jugando bien. Yo vine para acompañarlo…
    - Lo sé, pero su padre no lo ve totalmente sí. El ser su compañero de juegos no significa que estén en igualdad. Tú eres un plebeyo y Oscar es de la nobleza.
    - Para Oscar eso no importa. No piensa como su padre.
    - Hijo- señaló la abuela Grandier.- Quizás aún eres muy niño para comprender esto pero…la vida te va a demostrar que los nobles y nosotros nunca seremos iguales.
    - Y un día te voy a demostrar, abuela, que los nobles y los plebeyos podemos lograr grandes cosas juntos.
    La abuela movía la cabeza negativamente. Quizás su nieto jamás cambiaría de idea.


    Continuará…

    Bueno, ahora ya sabemos un poco sobre el temperamento de Oscar y un poco sobre la amistad de estos dos. Ah, y un pequeño secreto que Oscar guarda dentro de sí...
     
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    Andrea Sparrow

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    Cap. 3 Conociendo a Oscar Parte II

    Dejamos a Oscar Jarjayez a punto de conversar con su padre, aquel día, tras estar jugando un buen rato con André Grandier. Un recuerdo de infancia que al colarse, nos permite conocer más sobre la personalidad del guardia de honor del palacio de Versalles.
    Oscar se acercó al general. Éste repuso.

    - Oscar, irás conmigo a casa del duque de Savigni.
    - ¿Irá André también, padre?- preguntó Oscar.
    - De ningún modo.- señaló el general.- Sólo iremos tú y yo y quizá encontremos ahí a tus hermanas.
    Pero Oscar replicó.
    - Lo siento, padre. Pero yo quiero que André vaya con nosotros. Es mi compañero de juegos y estudiamos juntos. No entiendo por qué no puede venir.
    - No puede porque lo digo yo, Oscar. Sabes que detesto que trates de alterar una orden mía. Aprende eso, Oscar. Nunca una orden que yo dé debe ser tomada a broma, así se trate de la vida de mis propios hijos.
    - Pues no iré- dijo Oscar con decisión.- No me parece justo.
    - Oscar, no tienes edad ni capacidad para cuestionar mis decisiones. Si sigues haciéndolo, tendré que castigarte impidiéndote que juegues con André.
    - No, padre- repuso Oscar.- No quiero eso. Lo siento.
    - Entonces, prepárate.
    - ¿Cómo siempre?- preguntó Oscar.
    - Como siempre.
    Oscar sabía bien lo que significaba ese término.
    Fue donde André y le dijo.
    - Lo siento, André, jugaremos cuando vuelva. Mi padre se empeña en que lo acompañe a una de sus aburridas reuniones.
    - Qué mala suerte.- dijo André.- ¿Tardarás mucho?
    - No lo creo. Voy arriba a cambiarme.
    Cuando Oscar subió, la nana notó que tenía lágrimas a flor de piel.
    -¿Qué pasa, Oscar?
    - Nada, nana.
    Pero Oscar se tendió a llorar sobre la poltrona de un sofá.
    - ¡Lo odio, nana! ¿Por qué no puede entenderme? André debe ir conmigo. Es mi amigo y yo quiero que comparta mi vida.
    - La nana notó que Oscar se había encariñado con su nieto.
    - Oscar, tu padre tiene razón. No puedes pasar por alto sus decisiones.
    Oscar dejó de llorar. Miró al espejo y dijo a su nana.
    - Yo no entiendo por qué mi padre es tan duro conmigo.
    - Porque te quiere, sólo eso. Aguarda, voy a ayudarte a vestir.
    Le mostró dos atuendos.
    -¿Cuál prefieres?
    - Ninguno de los dos- dijo Oscar.- Mi padre dice que “como siempre”.
    La nana replicó.
    - Estos son los instantes en que yo también suelo odiar al general, Oscar.

    Oscar estaba en su casa. Tocaba el violín a la perfección pero en cada nota se percibía un profundo desasosiego.
    André se le acercó.

    -¿Ocurre algo, Oscar?
    - Es sólo que…la reina está a solas con el conde Fersen.
    - Supe que volvió.
    - Así es- resolvió Oscar- aún no he podido hablar del todo con él pero aún así me alegra que volviera con bien.
    - ¿Te ocurre algo?
    - ¿A mí?- dijo Oscar. Pero luego repuso.- Nada, André. No me importa…lo que pasa es que me preocupa su posición en la corte…

    André pensó para sí:
    “Claro que te afecta y mucho, Oscar…sólo que no puedes reconocer lo que sucede dentro de ti. Y tampoco puedes ver la forma en que lastimas a otros…”

    André salió de sus pensamientos cuando vio que Oscar se había rasgado un dedo con las finas y metálicas cuerdas del violín.
    - Espera, voy a curarte.- dijo el muchacho.

    Al día siguiente, Oscar se encontró frente a frente a Fersen.

    No pudo reconocer de momento lo que aquel encuentro generaba en su interior: una extraña mezcla de odio, admiración, envidia, enojo y respeto oprimía su corazón.
    Él saludó cordialmente.
    - Oscar, me da mucho gusto verte.
    Oscar extendió la mano, ya con mayor serenidad.
    - Fersen, ¿todo bien? ¿Por qué tardaste tanto en regresar?
    - Pesqué una enfermedad grave que me postró en cama casi un mes. Apenas pude volver y decidí venir a verte.
    - Ya veo, entonces…
    - La reina ha decidido que forma parte del Regimiento duPont, líder de los guardias suecos al servicio de la reina.
    Eso implicaba que Fersen pasaría mucho tiempo cerca de la reina.
    - ¿Recuerdas que hace ya un tiempo…te pedí que volvieras a Suecia?- preguntó Oscar.
    - En ese entonces, las razones eran evidentes, Oscar. Pero…como amigos que somos debes saber que no pienso acceder si ahora me solicitaras lo mismo.
    - Lo sé pero…
    - Despreocúpate, Oscar. Conozco mi sitio y mi deber. Es verdad. Volví por ella pero soy incapaz de ponerla en riesgo, o de siquiera dañar su reputación. Ella es lo más sagrado que existe para mí…

    Oscar le dio la espalda. Era demasiado duro para soportar.

    - Debes permanecer así, oculto. No cometas una insensatez de la cual después debas arrepentirte.
    - Claro que no, Oscar. Sé que si continúo sin mirar lo que nos rodea respecto a eso, la dañaré.
    Oscar suspiró hondamente. Una sensación extraña lo desasosegaba.
    - ¿Y…qué sucedió con lo que dijiste la última vez…sobre lo de que…tu padre había pensado respecto a tu…matrimonio?
    Aquella curiosidad de Oscar era un poco extraña. ¿Qué podía importarle a aquel guardia de la reina si Fersen contraía o no matrimonio?
    - ¿Matrimonio?- repuso Fersen.- No, Oscar…había pensado entonces en la hija de Necker, el ministro de finanzas…consideraba que era hermosa y de buena familia…pero…no puedo hacerlo. No por ella. Incluso, aunque parezca antinatural o extraño. Tú entonces me dijiste que no pensara en el matrimonio con alguien a quien no amara…
    Oscar recordó aquel momento, tan sólo hacía dos años:

    “ - ¿Matrimonio?- preguntaba Oscar con nerviosismo. - ¿Con quién?
    - La hija de Necker, el ministro de finanzas, es una buena opción. Es inteligente, bella y de buena familia…
    - No puedes hacer eso, Fersen- decía Oscar.- No puedes casarte sin amar a esa persona.
    - ¿Y qué quieres, Oscar?- replicaba el conde con dolor.- ¿Cómo voy a vivir así, sin ella, mirando eternamente cómo es la esposa de otro, aunque se trate del mismísimo rey de Francia?
    Oscar negaba:
    - ¡No te cases, Hans, por favor!
    - Está decidido, Oscar. Quizás se lo haga saber pronto.
    - No serás capaz de decírselo…”---------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------

    André estaba cerca de ahí.

    - Oscar, tu padre te llama.
    - Con tu permiso, Fersen. Gracias, André.
    El joven de mirada profunda y cabellera negra como la noche, miró tristemente a Fersen y luego bajó la mirada saliendo de la estancia.
    “Qué oportuna la forma en que André me llamó. Mi padre me vio en la mañana, no me dijo nada. Así que no entiendo la prisa”.- pensó Oscar.

    Luego meditó detenidamente sobre la presencia de Fersen y su respuesta negativa al matrimonio.

    Al poco rato llegó la condesa de Polignac.

    El odio que había engendrado en su corazón Oscar hacia aquella mujer no era gratuito. Le molestaba la forma en que aquella mujer insistía en su simpatía forzada hacia María Antonieta, con la finalidad de manipularla a su antojo.
    - ¿Usted de nuevo aquí?- preguntó Oscar despectivamente.
    - Sé que no le agrado nada, Monsieur Oscar pero…la reina no opina lo mismo al respecto- sonrió irónicamente.
    - Porque sigue endiosada con usted pero…créame…las cosas van a cambiar muy pronto.- guiñó Oscar el ojo en señal de seguridad.
    La condesa de Polignac encendió su ira.
    - Ya conseguiré que Oscar François Jarjayez caiga del encanto de la reina…
    André esperaba afuera, algo triste y molesto.
    -¿Ocurre algo, André?
    - Nada, ¿por qué?
    - Te veo raro…
    - No pasa nada…nunca pasa nada…por cierto, ¿qué quería el coronel?
    - ¿Todavía tienes la desfachatez de preguntar? Tú interrumpiste mi conversación con Fersen a propósito, ¿cierto?
    André negó.
    - No, tu padre te dijo algo, ¿no es así?
    Oscar se cruzó de brazos.
    - Sí, así es…¿cómo lo sabes?
    - Leo tu mente, Oscar…
    “Es verdad…es increíble la forma en que puedes comunicarte mentalmente conmigo. Intuyes mis decisiones, pero no las dices. Y velas tu pensamiento, enviándolo a mi cabeza para que sea yo quien hable. Eres muy inteligente y honesto, André Grandier…”
    - Mi padre- continuó Oscar- me decía que habrá una reunión para dar la bienvenida a Fersen y a su hermana Sofía.
    “Otra vez Fersen…siempre tiene que aparecer en esto…”- pensó con tristeza.
    - Supongo que estaremos ahí, ¿cierto?
    - Por supuesto. Ah, por cierto, hay que mandar avisar a Madame Rose Bertrand para que venga a hacer pruebas a Su Majestad para el vestido.
    - Claro, Oscar, enseguida.
    - Y por cierto, también hay que pensar en el vestido de Rosalie. Le prometí traerla a la corte en la primera oportunidad.
    - Buena idea, Oscar- añadió André.- Eso la hará despejar su mente.

    ¿Quién sería Rosalie? ¿De dónde provendría? ¿Sería familiar de los Jarjayez?

    Aquel baile representaría para Oscar una oportunidad para concretar una decisión de vida. Un gran secreto estaba por develarse.
    Pero antes de eso…adentrémonos en la relación de amistad entre Oscar Jarjayez y André Grandier. Supimos que el jovencito Grandier llegó para ser compañero del hijo menor del entonces coronel Jarjayez. Pero…¿cómo fue madurándose la confianza entre los dos, hasta hacerse plena e incondicional?
    Es el momento de dejar de momento la fiesta de recepción del conde Fersen, en su segunda vuelta a Francia, para entender cómo se convirtió André Grandier en la sombra de Oscar François Jarjayez, guardia real de María Antonieta de Francia.
     
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    Cap. 4 Amigos entrañables

    La segunda vuelta del conde Hans Axel Von Fersen significaba un parte aguas en la familia real. ¿Por qué? Porque quien ahora era la reina de Francia había estado aguardando por su regreso con suma ansiedad. Desde el día en que lo había conocido en aquel baile al que asistió Oscar Jarjayez como su guardia personal cuando sólo contaba con escasos catorce años, María Antonieta no había dejado de pensar en él e incluso desear que regresara.

    Pero para Oscar también significaba un riesgo tremendo, pues sabía perfectamente que la corte entera pondría en peligro la vida y la seguridad de María Antonieta al correr el rumor del interés de la reina por el conde sueco. Sin embargo, ¿por qué Oscar también odiaba en cierto modo que el conde hubiera regresado?

    Entonces recordó lo que había sucedido después del baile cuando André había intervenido para justiciar ante el entonces coronel, su padre, la tardanza en el retorno a la casa.

    “ – No debiste enfrentarte a tu padre por mi causa, Oscar- dijo André.
    - Tenía que hacerlo- contestó Oscar- no puedo permitir que te trate mal delante de mí.
    - Sólo me reprendió y con justa razón porque debí haberte traído desde hacía horas.
    - Lo sé- añadió Oscar, lanzando su saco a un sillón- pero sabes que no podía volver tan rápido como hubiera querido.
    - ¿Crees que lady Antoniette volverá a las fiestas?
    - Eso es lo ue temo- respondió Oscar- lady Antoniette confía demasiado en esa gente. Y además, creo que hay algo peor que eso.
    - ¿Qué es?- preguntó André.
    - ¿Qué harías si te dijera que lady Antoniette está enamorada…y además es correspondida?
    André movió la cabeza.
    - Eso es peligrosísimo- añadió.
    - Así es. Espero que ese hombre no vuelva a ver a la futura reina de Francia o podría incluso haber guerra.
    André asintió con la cabeza.
    - ¿Viste que muchas jóvenes estaban muy interesadas en ti, Oscar?
    - Sí- rió Oscar- me vieron y trataron de acapararme.- Y los caballeros estuvieron pendientes de una tal Jeanne Valois.
    - Cierto, ¡qué mujer tan atractiva!
    - Ya veo, André, te atrajo a ti también esa mujer.
    - No es el tipo de mujeres que me gustan- observó André sin mirar al Oscar.
    - Admítelo, esa tal Jeanne te atrajo. Era una belleza muy difícil de encontrar.
    - Sí- contestó André- es atractiva y seductora, no lo niego, pero no es el tipo de dama que me atraiga.
    Oscar buscó la mirada de André e insistió.
    - Cuéntame tu secreto, André- retó- quiero saber qué tipo de mujeres te gustan.
    - Esa es una pregunta muy fuerte, Oscar- contestó André apretando su nariz.- Si te escuchara tu padre, te castigaría.
    - Ahora no nos escucha, André- rió Oscar- anda, cuéntame.
    André estaba divertido y respondió.
    - Pues verás…me gustan rubias, delgadas, inteligentes, sencillas, traviesas…
    - Ahora me doy cuenta por qué no te gustó Jeanne- rió Oscar.
    - En parte pero presiento algo, Oscar. Esa mujer esconde algo, algo muy grave.
    - ¿Eso crees?
    - Sí- contestó André.- es hermosa pero también se ve la doble intención en sus palabras.
    - Si cualquier otro lo hubiera dicho quizás pensaría que era solo imaginaciones. Pero viniendo de ti, lo creo, André.
    Quizás André no se equivocaba y esa mujer era más peligrosa de lo que aparentaba.”


    Al saber ahora que el joven conde Fersen había vuelto, Oscar preguntó.

    -Milady, debería tener cuidado…sé que os agrada mucho que Fersen está aquí pero…eso no es muy conveniente para vuestra situación.

    - Lo sé. Pero Fersen es amigo del rey y no pienso declinar su amistad.

    Oscar asintió. No podía contradecir a la reina.

    Al salir de la cámara, cuando volvía hacia la caballeriza, su molestia era evidente.
    André revisaba una montura cuando Oscar llegó.
    - ¿Pasa algo?
    - Por ahora nada, André, ¿por qué?
    - No lo sé, tú dime. Tu cara no refleja mucha alegría.
    Oscar renegó.
    - No…no es nada, tonterías mías.
    Se apartó a un rincón. André no quiso interrumpir. Luego vio a Oscar tratar de recuperar la compostura.
    Al salir, avanzó a pie en lugar de montar.
    - ¿No irás a caballo?
    - No- dijo Oscar- es poca distancia. A la noche te veré en la casa.
    - Adiós- dijo André.

    Se asomó al exterior. Oscar tenía un comportamiento extraño.

    ---------------------------------------------------------------------------------

    Oscar seguía pensando en el asunto y recordaba también la primera vez que el conde sueco estuviera en Francia tras haber vuelto después de que fue Oscar quien le pidiera que se marchara.

    “Oscar se encontró, tras la entrevista de lady Antoniette con él, a Hans Axel von Fersen, el caballero sueco que había bailado toda la noche con la reina, cuando aún era la futura reina de Francia.
    Oscar le tendió la mano.
    - Supe que volviste…
    - Así es…viajé por Europa, estudié construcción armamento en Alemania, medicina y música. Mi padre tuvo un acuerdo con el coronel Lafayette para que fuera constructor para el ejército francés.
    - Me alegra por ti…pero, veo que mi recomendación no sirvió de mucho.
    - Lo sé- dijo Fersen, cabizbajo.- Desde que supe quién era ella, no tuve paz. Pero accedí a irme para no estar presente cuando fuera su boda con el rey Louis.
    - Hiciste bien- respondió Oscar serenamente.- Pero creo que tu vuelta le va a hacer mucho bien.
    - ¿A qué te refieres?
    - Quizás tu intervención evite la amistad tan arraigada de la condesa de Polignac con ella.
    - Dudo que me escuche- comentó Fersen débilmente.
    Oscar insistió:
    - En esta ocasión, soy yo quien te solicito que intervengas en la medida de lo posible. No te expongas pero hazlo por el bien de ella.
    Fersen asintió.
    - La haré, por ella y por nuestra amistad, Oscar.”


    Oscar despertó de su recuerdo y dijo para sí.

    - Aunque me lastimes, Fersen…debes estar junto a ella…
    ------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------
    André, por su parte, también recordaba detalles de la primera vuelta de Fersen. Para él, la vuelta de aquel conde sueco cambiaba su perspectiva respecto a la corona y también de la vida de Oscar, puesto que notaba cómo éste cambiaba cuando él estaba presente.

    “Era complicado vivir siempre en el palacio de Versalles viendo cómo la ahora reina de Francia, malgastaba el dinero de los contribuyentes del pueblo.
    - Es un verdadero desastre ver como lady Antoniette se la pasa de juego en juego. Y todo por culpa de la odiosa de lady de Polignac.
    - Tienes razón, Oscar- decía André.- La reina se dará cuenta tarde de las consecuencias que produzca su despilfarro.
    - No es el despilfarro lo que más me preocupa. Sino la influencia de Madame de Polignac sobre ella. Ha enviado dinero para pagar las deudas de la condesa, incluso una casa que estaban por quitarle.
    - Los nobles no son sus verdaderos enemigos. Llegará un día en que será el pueblo quien la deteste.
    - Por ahora no les preocupa- dijo Oscar.- Y ella sigue tan pendiente de Fersen. Lo ha hecho estar en a corte continuamente y no se presenta a las audiencias más que acompañada de él…
    André miró dubitativo a Oscar. Un dejo de tristeza empañaba su mirada. Y trató de intuir qué era lo que le ocurría a Oscar.
    Antes de salir hacia el encuentro de la reina. Oscar se sentía mal. Un dolor se clavaba en su estómago.
    André se marchó al establo mientras preparaba el caballo de Oscar. Cuando llegó, André miró cómo Oscar parecía ocultarse.
    - ¿Te sientes bien?
    - No, será mejor que te vayas…
    Luego volvió a su habitación. La nana estaba ahí.
    André tocó.
    - ¿Se puede? ¿Estarás bien, Oscar?
    La nana se asomó.
    - André ve a las caballerizas. Oscar no bajará en un rato. Avísale al general que Oscar no se siente bien.
    - ¿Qué le pasa a Oscar?
    - Ya te lo dije, no se siente bien. Es todo.
    André repuso.
    - Cuando Oscar se sienta mejor ya me dirá lo que tú no quieres decirme.
    - Pues…lo dudo mucho. Ahora vete…
    André bajó las escaleras.
    - ¿Por qué mi abuela es así?- pensó.- Ahora que recuerdo…hay momentos en los que Oscar se comporta extrañamente. Hoy no fue tanto pero un día…
    Ese día que André traía a la memoria era temprano. Oscar salió para cabalgar. Todo iba bien hasta que Oscar cabalgó al lado de André a poco más rápido.
    - Estoy seguro de llegar primero, Oscar.
    - Sabes que mi yegua Claire es muy rápida- señaló Oscar.
    - ¡Vamos, eah!- gritó André.
    Oscar cabalgó rápidamente, sintiendo la adrenalina correr por sus venas.
    Oscar tenía 14; André, 15 años. Ambos jóvenes daban rienda suelta a su brío, como aquellos caballos, hasta que Oscar percibió un problema.
    Se detuvo cuando llegaron al campo abierto. Bajó del caballo. Se ocultó detrás de un gran árbol y ahí amarró la rienda.
    André también descendió de su caballo. Buscó a Oscar y al acercarse notó algo extraño en la ropa de Oscar.
    - ¿Qué te ocurrió?- preguntó el jovencito asustado.
    - Nada, André- dijo Oscar con pena.
    Vio que tomaba uno de sus sacos de cabalgar, lo anudaba a su cintura y le decía.
    - Volvamos a la casa. No me siento muy bien.
    André accedió.
    Al llegar a la casa, Oscar subió a su recámara.

    André tocó la puerta.
    - ¿Ocurre algo con Oscar, abuela?
    - Nada que tú puedas remediar, muchacho entrometido.- dijo la señora Grandier.- Será mejor que lleves a los caballos al establo y vayas a estudiar.
    - En ocasiones eres odiosa, abuela.- dijo André.
    - Y tú eres un adolescente rebelde y entrometido. Si te digo que te vayas, debes obedecerme.
    La abuela Grandier ejercía en André un extraño poder. Tal vez porque era la madre de Pierre, su padre y sabía que lo adoraba. Pero era capaz de conseguir que el muchacho se comportara correctamente.

    André subió a la bilbioteca y estuvo leyendo un rato.
    Al bajar hacia las caballerizas, cruzó con el general Jarjayez, padre deOscar.
    - André, ¿dónde está Oscar?
    - En su habitación. No se sentía bien.
    El general fue hacia la habitación de Oscar…André permaneció un segundo ahí, tratando de averiguar lo que había pasado.
    Enseguida bajó Oscar, con un ligero golpe en la comisura del labio y vestido en color oscuro.
    - Oscar, ¿qué pasó?
    - Mi padre…se ha molestado por algo que él llama “debilidad”.
    - ¿Qué te ha hecho?
    Oscar sonrió ligeramente a André y dijo con calma inusitada.
    - Nada, André. Ven, vamos a probar las espadas.
    André asintió, no sin desconcierto. Aún no entendía a qué clase de debilidad se refería el general, ni por qué del golpe en el rostro de Oscar”

    André despertó del recuerdo. Estaba aún abajo. Marchó hacia la cocina y ordenó un té.

    Lo mantuvo un segundo y luego notó que la nana bajaba.

    - Abuela...

    - Tienes suerte…Oscar quiere verte.- dijo su abuela. - ¡Anda, muchacho! ¿Qué haces ahí parado?

    - Voy- dijo André dudando un momento.

    Subió las escaleras y tocó la puerta de la habitación de Oscar.

    - ¿Se puede?
    - Adelante- se escuchó por dentro.
    Oscar estaba ahí, tratando de tocar el violín.”

    Al volver a su casa, André ya estaba en el salón contiguo leyendo algunos libros.

    Oscar se colocó detrás de él. El muchacho se volvió.

    - ¿Te asusté?- preguntó Oscar.
    - No, para nada.- Estaba leyendo…

    - Ya veo…dime, ¿has leído algo de Voltaire o Diderot?

    - Algunas cosas. Gracias a la autorización que conseguiste de tu padre para que yo pudiera acceder a su biblioteca, he podido leer algunas cosas.
    - Me gusta. Quiero que estudies lo más que puedas André. Mi padre ya sabe que te quiero como un hermano y que puedes leer lo que gustes.

    - Gracias, Oscar.- dijo serenamente. Luego preguntó- ¿Necesitas algo?
    - Descansar, solamente- respondió Oscar.- Fue un día difícil…hay un soldado muy difícil.
    - ¿Quién es?- preguntó André de nuevo.
    - El conde de la Motte, es algo desobediente y no atiende bien a lo que se le pide.
    - Será dado de baja pronto, quizás.
    - Se necesita algo más que mal comportamiento para que un noble deje de pertenecer al ejército real.
    - Cierto…-comentó André con tristeza.

    Oscar miró de cerca a André y le dijo:

    - ¡Cómo me gustaría que tú tuvieras rango en la guardia real! Lucirías tan bien el uniforme…

    Oscar se retiró. André se quedó pensativo.
     
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    Andrea Sparrow

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    Lumiére et nuit [Finalizado]
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    Romance/Amor
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    Cap. 5

    Tras la llegada del conde Fersen, Oscar mostraba bastante preocupación. Había vuelto a su casa aquel día.
    André vio pasar a Oscar hacia la caballeriza. Se escondió ligeramente y escuchó una voz conocida que gritaba:
    - André…André, ¿estás aquí?
    André salió de un rincón.
    - ¿Me llamabas, Oscar?
    - Sí, ¿dónde te metiste?
    - Estaba revisando una montura. Pensé que seguías charlando con Fersen.
    - Para nada.- dijo Oscar.- El conde está ahora en audiencia con Lady Antoniette. Yo nada tengo que hacer ahí por el momento…

    André interpretó eso como sensatez de parte de Oscar. No le gustaba imaginar qué clase de interés pudiera haber detrás de la aparente molestia de éste hacia el conde Fersen.

    - Sin embargo, sabes que tu deber es cuidar de la reina.- observó André.
    - ¿Y cuando la reina no permite que se le cuide de ella misma, André?
    El muchacho de cabellos negros asintió.
    - Tienes razón. En ese caso…es prácticamente imposible ir contra el destino.
    - ¿Consideras que Fersen es parte del destino de María Antonieta, André?- insistió Oscar con algo de molestia.
    - Tal vez. No lo sabes, pero tú no puedes decidir eso, Oscar.
    - Es posible. Sólo espero que ella recapacite o que sea el mismo Fersen quien la haga recapacitar.
    - Eso comienza a atraerle enemigos sobre ella, Oscar.
    - Lo sé- comentó Oscar, recordando especialmente que uno de ellos era ahora el cardenal de Rohan, quien había hecho cosas indebidas, cosas tales que habían causado daño moral a María Antonieta.
    - Si supiera mi padre cómo detesto a ese hombre, tanto como la reina…- insistió Oscar.
    - Sin embargo, no puedes hacer nada contra él ni contra nadie, como por ejemplo, la condesa de Polignac, Oscar- respondió André.
    - Por lo que veo, te empeñas en hacerme ver cuán mínima es la influencia que tengo sobre la nobleza y sobre la misma reina de Francia.
    - No es que trate de hacértelo ver; es que no quiero que te mortifiques pensando en que podías hacer algo al respecto.
    - Ya lo intenté.- dijo Oscar.- Y no funcionó. Sólo por un tiempo. Creo que ahora sólo un mal acontecimiento haría a Fersen cambiar de opinión.
    André, entonces, recordó aquellos años en que jugaba con Oscar y le parecía tan hermoso ese tiempo que le hubiera gustado que jamás terminaran:

    “Desde el primer día que llegó a la casa Jarjayez. André fue tratado como un hijo. El general se comportó tan bien, infundiéndole suma confianza.
    - Tu abuelo es casi como ahora abuela para Oscar, André. Así que sólo con Oscar tendrías que compartirla.
    - Al contrario, general.- dijo el chico de noble corazón.- soy yo el que me alegro de que quieran tanto a mi abuela en esta casa.
    El primer día de su vida en la casa del general Jarjayez, André se levantó temprano. La abuela lo despertó, casi tumbándolo de la cama.
    - Niño, tienes que alistarte. Oscar ya no debe tardar en bajar.
    - Abuela, ¿por qué Oscar…?
    - Ya sé qué vas a preguntar, André. Su padre considera que es lo mejor para Oscar. Quizás piensa que con eso defenderá mejor el honor de la familia.
    - Tienes razón, abuela; los padres siempre saben lo que es mejor para los hijos.
    La señora Grandier insistió.
    - Te pido que seas prudente y procures no meter en problemas a Oscar con el general. No me gustaría saber que hablaste de más.
    - Por supuesto que no, abuela- dijo André con mucha seguridad. Yo jamás dañaría a Oscar. Te lo juro.
    Oscar ya estaba en la sala. André bajo un par de segundos después.
    - ¿Vamos a montar?- preguntó Oscar.
    - Por supuesto- dijo André.
    Llegaron a las caballerizas. El mayordomo ya tenía lista la yegua de Oscar.
    - ¿Qué caballo quieres para tu amigo?- pregunté aquél.
    - El que quiera- señaló Oscar.
    El muchachito estaba sorprendido por tal generosidad.
    - ¿De verdad? ¿Puedo escoger el que yo quiera?
    - Por supuesto. Oscar te lo ha dicho.
    Entonces André escogió un caballo muy hermoso con una mancha en la frente.
    - Es el hijo del favorito de mi padre. Es muy noble, André.
    El jovencito agradeció aquel detalle.
    Nunca lo olvidaría.

    Oscar subió a la yegua, con la ayuda del chico Grandier. André subió por sí mismo.
    - ¿Sabes montar bien a caballo, André?- preguntó Oscar.
    - Por supuesto. Mi padre me enseñó.
    De pronto, André se puso un poco triste. Oscar lo animó.
    - Ven, vamos a cabalgar un rato en la finca.
    - Vamos- comentó el jovencito.

    Tras cabalgar un rato descendieron del caballo y corrieron bajo unos almendros.

    Oscar se tiró al suelo y permaneció en silencio, fingiendo caer. André se acercó, traando de tocar el rostro de Oscar, preocupado por la caída. Pero en un segundo, Oscar tomó por sorpressa a André por el brazo y riendo dijo.
    - Te asusté.
    André respiró.
    - Pensé que te había pasado algo malo.
    - No te preocupes. Nunca había jugado tan bien como ahora, André.
    El chico Grandier sonrió y luego bajó la cabeza.
    - ¿Por qué te pusiste triste cuando hablaste de tu padre?
    - Murió hace poco- dijo el chico.- Poco antes que mi madre. Sufrí mucho cuando faltó. Era un gran amigo.
    Oscar se enterneció y la mismo tiempo recordó la relación que tenía con su propio padre. No podía decir que era su amigo. Más bien, se sentía siempre como un soldado al mando de un general. ¿Era esa una buena forma de ver a un padre?
    André no lo dejó pensar mucho. Enseguida le preguntó:
    - ¿Qué juegos o pasatiempos te gustan más=
    - Pues, montar, practicar con la espada…me gustan mucho.
    - Ya veo- dijo André un poco extrañado- Pensé que te gustaría más la lectura, no sé, otras cosas.
    - ¿Cómo qué,, por ejemplo?- preguntó Oscar.
    André dudó. No quería decir algo que pudiera causarle problemas a Oscar con su padre. Así que cambió de pregunta.
    - No me hagas caso, Oscar.- dijo el niño- me gustaría seguir practicando la espada.
    - Tienes razón. En guardia, caballero Grandier.- dijo Oscar.
    El niño, admirado, sonrió, se levantó y se puso en guardia para combatir.

    Al poco rato llegó el caballerango.
    - Ha dicho el general que quiere verte inmediatamente, André, tú también debes venir.
    - Claro- dijo el niño Grandier.
    El general los llamó a ambos. Oscar preguntó.
    - ¿Qué deseabas, padre?
    El padre de Oscar respondió.
    - André estudiará con tus mismos maestros. Ponlo al corriente de tu aprendizaje para que estudien juntos.
    - ¿De verdad, padre?- preguntó Oscar.- Gracias. Te prometo que lo pondré al tanto de todo.
    André se puso un poco triste.
    - ¿Pasa algo, André?- preguntó Oscar al chico.
    - No exactamente- dijo André- es que…dudo ue pueda aprender las mismas cosas que tú.
    - ¿Por qué no? Mi padre ya lo autorizó y yo me voy a esmerar en que aprendas historia, ciencias, buenas maneras. André, considérate un miembro de la familia Jarjayez.
    - Gracias, Oscar- dijo el chico sonriendo ante la gran oportunidad que se le presentaba.
    En la tarde, Oscar le dio a la nana aquella noticia.
    - Ya sabes que André va a estudiar conmigo, ¿verdad?
    - Sí, lo sé- dijo la nana.- Ya le di las gracias al general por su generosidad.
    - No tienes nada que agradecer. André y yo seremos un día como hermanos.
    La abuela dijo:
    - Oscar, no deberías hablar así; tu padre puede molestarse.
    - ¿Por qué?- preguntó Oscar.
    - Es que…André y tú no son iguales.
    - Por supuesto que sí. Jugamos a las mismas cosas, empezamos a llevarnos muy bien.
    - Lo sé, Oscar- respondió la nana.- Pero ten en cuenta que tú lo ves así pero tu padre no. Y tú debes obedecer a tu padre.
    - No me importa- dijo con ademanes bruscos- quiero que André disfrute de las mismas cosas que yo; que comparta conmigo las alegrías y las tristezas. Que hagamos los mismos paseos, que sea parte de la familia.
    La abuela sonrió y dijo:
    - Gracias, Oscar. Eres de buen corazón y eso te hará un ser humano feliz.
    Oscar sonrió y preguntó:
    - ¿Dónde está André?
    - Está con el caballerango.

    Oscar llegó a buscarlo.
    - André, ven a cenar.
    - Ya voy. Con permiso- dijo al caballerango.
    André se acercó. Oscar lo llamó y le dijo antes de la cena.
    - Cuando hayamos cenado, ve a mi habitación.
    - Claro, Oscar.
    La cena terminó. André nunca había comido tan bien como entonces. El chico, sin embargo, era bien educado y no comió exageradamente ni hizo alarde de lo que tenía delante en la mesa.
    Oscar se levantó, tras disculparse con sus padres y llamó a André.

    En la habitación de Oscar, André le preguntó:
    - ¿Qué querías, Oscar?
    - Quería saber si…estás contento aquí.
    André asintió.
    - Sí, muy bien, Oscar. Me siento bien. Gracias por preocuparte.
    Pero Oscar fue más allá.
    - No quiero que lo digas solamente por quedar bien. Quiero que seas honesto conmigo. No me gustaría que estuvieras que obligado por las circunstancias.
    André hizo una pausa y comentó.
    - Oscar, no te niego que me hacen falta mis padres y que nunca será lo mismo, ero tú y tu padre me han tratado muy bien y al estar la abuela aquí puedo sentirme más tranquilo.
    - André, yo tengo a mis dos padres todavía conmigo. No me gustaría imaginar lo que se siente quedarse sin ellos.
    - No te preocupes- dijo André.- Estoy muy bien. Tú eres muy especial y espero poder serte de ayuda, Oscar.
    - Lo serás. Ahora ven, quiero regalarte algo.
    Lo llevó hasta donde tenía sus libros y le dijo:
    - Toma, te regalo este libro de caballería. Espero te guste. Es mi regalo de bienvenido.
    André lo agradeció y añadió.
    - Prometo cuidarlo mucho, Oscar.
    A partir de entonces, la amistad entre los dos se afianzó totalmente.”

    Oscar estaba en su habitación. Tocaba el violín prodigiosamente. André se llegó hasta ahí.
    - ¿Me llamabas?
    - Sí- dijo Oscar- ¿qué averiguaste respecto a las deudas de la casa real?
    - Son muchas y excesivas- dijo André.- Por lo que sé, la reina no ha dejado de apostar en los últimos meses.
    - Eso es grave- observó Oscar.- Ha hecho caso omiso de mis advertencias. Y tal parece que aún Fersen no ha tomado ninguna medida al respecto.
    - Hay que acompañar a la reina a la prueba del vestido que le hará madame Rose Bertrand.
    - Es verdad, lo había olvidado.- comentó Oscar.- Siempre me recuerdas las cosas que consideras importantes.
    - Sabía que tenías que ir.
    - Y tú vendrás conmigo- aseveró Oscar.
    - Gracias. No sé cómo conseguiste que yo pudiera estar en palacio, no siendo noble.

    André recordó desde cuándo había sido admitido en la corte como siervo de Oscar Jarjayez. Él se encargaba de los caballos reales, de vigilar algunos aposentos y, sobre todo, de cuidar a Oscar en su desempeño como guardia de la corona. Aquel privilegio del que se veía favorecido, había sido concedido en virtud del rango de su padre, el ahora general y del respeto que la reina sentía por Oscar.

    “En Versalles, algunas damas acudieron invitadas por la joven reina para mostrarles el diseño de su nuevo vestido.
    Oscar permanecía de brazos cruzados en actitud de aburrimiento.
    - Ya podía su Majestad elegir con mayor decisión.
    André rió por el comentario.
    - Es curioso…
    - ¿Qué cosa?- preguntó Oscar.
    - No, nada, Oscar. Tienes razón. Y las telas que trae Madame Rose Bertrand son horrorosas.
    - No sabía que eras experto en modas femeninas, André.
    - No lo soy, sólo no me gustan.
    - Pero el resto de las damas están a la expectativa de cuál elegirá su Majestad.
    - Mira ese- dijo el joven Grandier en voz alta.- Parece del color de la mosca.
    Madame Rose Bertrand repuso:
    - ¿Color de la mosca? No encontraba el modo de llamarlo. Gracias, querido.
    - De nada- dijo André ante la risa burlona de Oscar.
    Todas las damas de la corte querían lucir vestidos hechos con la tela de color tan original.

    Afuera, Oscar dijo a André.
    - Puedes sentirte orgulloso. Escogiste el color de la tela que usará lady Antoniette.
    - No te burles, Oscar. Eso no es motivo de orgullo.
    Oscar preguntó.
    - ¿Viste la cantidad de objetos que hay en el palacio?
    - Mientras tanto, el pueblo muere de hambre.
    - André, esto tiene un trasfondo. La reina trata de subsanar su soledad y su carencia de amor con cosas materiales. Eso habla de algo que la reina anhela y no puede conseguir.
    - O ya lo tiene y no puede disfrutar de él como quisiera.
    - Sé a quién te refieres- señaló Oscar.
    André quería adivinar lo que Oscar pensaba.
    - Sin embargo- continuó André- ella debería pensar mejor las cosas. A la larga, esto le traerá problemas.
    - Deberías tratar de entenderlo.- señaló Oscar.- Como mujer, sólo quisiera amar y ser correspondida.
    - ¿Eso justifica sus gastos excesivos, Oscar?- preguntó And´re.
    - Quizás no, pero tienen un fundmento.
    André no dijo más al respecto.
    Sin embargo Oscar añadió.
    - Aún así, es peligroso porque se ha olvidado un poco de sus deberes y sobre todo, la condesa de Polignac la está manipulando. Pero no se lo voy a permitir. Ya me encargaré de apartarla de la reina.
    Oscar mostraba una actitud fuerte y decidida.”
     
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    Cap. 6 Diferencias sociales

    La fiesta para la que se preparaba Oscar Jarjayez iba a ser especial. Sin embargo, en esta ocasión, André no asistiría. ¿Por qué razón? Al parecer, sólo habían sido invitados nobles.

    Pero, en otras ocasiones, André había estado junto con Oscar en los bailes de palacio. ¿Por qué en esta ocasión no? Quizás porque este baile no iba a ser en palacio y Oscar tenía pensado hacer algo más.

    Fuera lo que fuese, André no asistiría. Y bien sabía el motivo de ello.

    En el corazón de André había un dolor profundo que le lastimaba, pero no podía expresarlo con palabras.

    Ya había tenido suficiente experiencia en cuanto a asuntos del corazón se trataba, notando en una ocasión a una chica palidecer por Oscar y no ser correspondida. Y a él algo similar le estaba ocurriendo con una mujer con la que una gran barrera social les separaba. ¿Acaso se trataría de la mismísima reina de Francia?

    Lo cierto era que también tenía suficiente experiencia con asuntos de diferencias sociales.

    Entonces, recordó aquella ocasión en que Oscar había estado pendiente de los asuntos de la reina y llevaba una gran preocupación encima.

    - Oscar- preguntó aquella vez André.- ¿qué te sucede?
    - No puedo pensar con claridad. La reina prefiere estar en el Petit Trianon.
    Para entonces la reina de Francia ya era madre de dos hermosos niños.
    André repuso.
    - Oscar…no puedes hacer nada. La reina no te ha querido escuchar…
    - Eso ya lo sé, André. Y por eso estoy tan mal…
    Pero André sabía que no era solamente por eso.
    Precisamente por entonces, la independencia de Estados Unidos se gestaba en América.
    El conde Fersen se encontraba en el frente al mando del general Lafayette como constructor.
    Por fin, el 29 de noviembre de 1783, se celebró el Tratado de Versalles, donde así Francia reconoció la independencia de Estados Unidos y las tropas estaban por regresar.
    Sin embargo, Oscar seguía pendiente de la reina. Bien sabía que María Antonieta no estaba a gusto, por mucho que se llenara de placeres, de alegría, de sus grandes amistades. Alguien estaba faltando ahí. Y eso le dolía profundamente a Oscar.
    André quería que Oscar olvidara a aquella persona que tanto oprimía su alma y lo llevó a beber a una taberna.
    - Aquí estaremos bien.
    - Me alegro que me hayas traído a este sitio, André- dijo Oscar.
    - Si tu padre o mi abuela se enteran, la que me espera…
    - Bah, tonterías- dijo Oscar, empinándose bien pronto senda copa de vino tinto.- Las diferencias de clase no son nada, ¿entendiste? Nada…son sólo pamplinas.
    André sonrió por la forma de pensar de Oscar.
    Poco a poco la botella se fue vaciando, pero André bebía poco. Sólo Oscar llenaba una y otra vez el vaso.
    - Deberías parar, Oscar…estás bebiendo demasiado…
    - No pasa nada, André. Estoy bien.
    Pero su semblante comenzó a cambiar. Se notaba triste y melancólico.
    Al poco rato llegó un grupo de hombres, atraídos por el rostro tan perfecto del joven capitán.
    - Hey, amigos, miren…ese hombre bien podría ser la envidia de Adonis.
    - Eh, tú, jovenzuelo. ¿Qué haces tan sólo por aquí? Seguro su esposa lo dejó y por eso ha venido a beber una copa con nosotros.
    André intervino.
    - Ustedes no entienden, él es…
    - Tú cállate. Jovencito, se ve que tienes con qué, eres guardia real, invítanos un buen vino a todos…
    Oscar estaba enfurecido tras el trato tan irreverente de aquellos hombres y de un puntapié los lanzó lejos.

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    A unos pasos de ahí, dos hombres miraron con interés a Oscar-
    - ¿Ya viste, amigo Bernard?- preguntó un joven abogado a otro.- Es el guardia real, el que vimos en la ceremonia de coronación de Luis XVI.
    - Un perro de la reina…-comentó Bernard Chatelet, otro joven abogado.
    El primero, quien era nada menos que Maximilien de Robespierre, dijo a Bernard.
    - Sea o no eso, es extraño verlo por aquí, y mucho más que ahora mismo esté entablando una pelea con esos borrachos. Tu periódico, con una noticia como ésta, seguro se vende mañana.
    Bernard sonrió satisfecho. Era una buena idea.
    Pero André sabía que eso sólo acarrearía problemas.
    Tuvo que intervenir, a fin de evitar que aquellos hombres lastimaran a Oscar demasiado, pero el joven capitán de la reina parecía estar fuera de sus cabales.

    [​IMG]

    - ¡Vengan acá, partida de imbéciles!- gritaba Oscar- ¡Acérquense un poco más y los voy a aplastar de uno por uno!

    Después de la trifulca, Oscar dio un mal paso y se desmayó.

    André sacó de ahí como pudo a Oscar, después de darse cuenta que le habían robado la cartera y que tendrían que volver a pie.
    - Bonita tunda nos espera a los dos, Oscar…”

    Sin embargo, despertó de su recuerdo para entrar en otro. Tenía tiempo suficiente.

    “A partir del primer día que André pasó en la casa Jarjayez, el vínculo fraternal con Oscar se fue acrecentando.
    Nunca había visto el general Jarjayez una amistad tan fuerte como la que observaba entre esos dos niños.
    Comían juntos y en ocasiones, Oscar le cedía una ración de comida a su amigo. En otras, André se echaba la culpa de los descuidos o travesuras de Oscar.
    Un día, mientras su padre charlaba con un amigo suyo, Oscar y André entraron a la sala corriendo, pues jugaban a las atrapadas.
    - ¡Ya te tengo, André Grandier!
    - ¡No tan rápido, Oscar!- repuso el chiquillo de cabellera negra.
    El amigo de Monsieur Jarjayez dijo:
    - ¿Por qué dejáis que vuestro hijo conviva de esa forma con ese muchacho?
    - Son muy amigos. Andrés es un muchacho muy gentil y educado.
    - Pero no es noble…
    - No importa ahora. Sólo son niños. No hay por qué alarmarse, conde Girodelle. Vuestro hijo es muy callado, ya lo noté.
    - Es muy juicioso, solamente. Así lo he educado.
    - Ya veo- dijo el general Jarjayez.- Yo le he dado libertades a mi hijo para que se desenvuelva convenientemente.
    André y Oscar seguían jugando hasta que un costosísimo y fino jarrón cayó estrepitosamente al suelo.
    La abuela Grandier gritó:
    - ¡André!
    Oscar no se asustó un ápice. André temblaba.
    - No va a pasar nada, abuela. Mi padre entenderá que se trata solo de un jarrón- dijo Oscar.
    - De un jarrón que lleva aquí muchos años. Una verdadera joya de la familia. André, voy a castigarte.
    Oscar intervino.
    - No debes preocuparte, André. Mi padre no se molestará.
    El general Jarjayez se aproximó.
    - ¿Qué ha pasado?
    - General, un accidente- dijo la nana.
    El padre de Oscar replicó:
    - ¿Me quieren decir quién fue?
    André expuso.
    - Fue un descuido mío, general. Discúlpeme.
    Pero Oscar intervino rápidamente.
    -No fue sólo André. Ibamos corriendo los dos y se cayó. Pero la culpa es mía por haberle dicho a André que podíamos jugar dentro.
    El general respondió:
    -Es verdad; la culpa es de ambos. Pero tú André, eres honesto y tú Oscar, interviniste para defender a tu amigo. Por esta vez voy a pasar por alto este incidente.

    El conde Girodelle preguntó al general.
    - ¿No va a imponer su autoridad, general?
    - Ya lo he hecho- respondió el general.- Los chicos saben ahora que valen para mí más la honestidad y la lealtad que un jarrón caro.
    El hijo del conde Girodelle se acercó y dijo a su padre.
    - ¿Puedo ir a jugar con ellos?
    - Por supuesto- añadió su padre.
    El muchachito se acercó a ellos.
    - ¿A qué juegan?
    - Estamos buscando bichos raros. Ayúdanos, Max- pidió Oscar.
    El chico dudaba. Le daban repugnancia las lombrices y los sapos que los muchachos de la casa Jarjayez guardaban en frascos y almacenaban en un pequeño escondite.
    Aún así, los acompañó.
    Luego montaron a caballo y fueron a comer pastel. Pero el hijo del conde Girodelle no quería entrar a la cocina.
    - ¿Qué pasa, Max?- preguntó Oscar.
    - Nada, es que, nunca se ha visto que un noble entre en la cocina, donde está la servidumbre.
    - Yo soy parte de la servidumbre- dijo André.
    - No había reparado en eso, pero ahora que lo dices…
    Oscar intervino.
    - Por favor, Max, juega con nosotros. Seas o no un noble, no tienes por qué ser tan quisquilloso. El pastel está riquísimo.
    El chico se negó.
    - Lo siento pero…creo que mi padre me llama.
    Oscar le dejó ir. André repuso:
    - Tu amigo se molestó, sólo porque no soy un noble.
    - No digas eso, André. Además, Maximilien no es mi amigo. Tú sí.
    - Gracias, Oscar. Pero a tu padre le molestará que el hijo del conde se haya marchado así. Tú debes codearte con la gente de la nobleza a la que perteneces. Yo soy sólo un simple criado.
    Oscar vio a André correr al refugio que el muchacho tenía tras un cobertizo. Oscar llegó hasta ahí, descubriéndolo.
    - Así que éste es tu escondite. ¿Qué te parece si lo hacemos “nuestro” escondite?
    - Oscar…-dijo el chico secándose el llanto.
    - Es muy pequeño pero cabemos los dos. Además, está un poco apartado de la casa y será fácil llegar rápido hasta aquí. ¿Me recibes?- insistió Ocar.
    André sonrió y siguió jugando alegremente con Oscar tras aquella diferencia con el hijo del conde Girodelle.
    Los chicos tardaron bastante en volver.
    Subieron a caballoy fueron hasta un lago donde sólo André había estado antes.
    - ¿Cómo es que no conocía este lugar?- preguntó Oscar, con total sorpresa.
    André llegó a la orilla y detuvo el caballo de Oscar.
    A la orilla del lago, comenzaron a darle de comer a los patos y a lanzar piedras al agua.
    André estaba pensativo. Oscar le preguntó:
    - ¿Por qué estás tan callado?
    - Me siento triste por lo del hijo del conde Girodelle.
    - No debe afectarte. Ese chico siempre ha sido así.
    - Quizás pero…él sí es noble y yo no. Tú, con ojos cerrados, escogerías su amistad.
    - Claro que no. La nobleza es sólo una forma de vivir, lo que tocó en suerte nacer. Tú eres afortunado, André. Estás aquí y te crías como un noble. Además, yo no veo eso en ti.
    André era pequeño pero estaba intrigado sobre lo que Oscar pensaba acerca de él.
    - ¿Qué es lo que ves en mí, Oscar?
    - Veo a un joven que se convertirá un día en un héroe y yo no me equivoco.
    - Gracias, Oscar- dijo André con una sonrisa sincera.
    Corrieron alrededor del lago a caballo y luego Oscar leía junto a André una obra clásica.
    Volvieron ya tarde y el general los esperaba.
    Ambos se acercaron. El general dijo:
    - ¿Dónde estaban?
    - Padre, fuimos a dar la vuelta.
    - Tardaron demasiado, André. Necesito hablar con Oscar, a solas, un momento.
    André fue a la cocina con su abuela, pero estaba muy preocupado.
    - ¿Pasa algo, André?- preguntó su abuela.
    - Es que, el general va a reñir a Oscar…
    - Es su padre. Él sabrá qué decirle.
    - Pero, él no tiene por qué hacerlo. Si debe reñir a alguien, debe ser a mí.
    - No te preocupes por ahora, que seguramente a ti será a quien te vaya realmente mal.
    André recibiría cualquier regaño con gusto, con tal de evitar que Oscar los recibiera. Su amistad era totalmente fiel.

    En tanto, el general dijo a Oscar.
    -No me molesta que te lleves tan bien con André, pero eso no debe entorpecer tus relaciones con los demás miembros de la nobleza.
    - Maximilien es muy desagradable, padre. Quiere ver a los demás por encima de su hombro.
    - Es el rango que le corresponde por nacimiento. Es hijo de un conde, posee las prerrogativas de su padre.
    - Sí, pero no me agrada su forma de ser.
    - Lo he dicho ya, Oscar- insistió el general.- Tu amistad con los demás nobles, es muy importante para todos. El honor familiar está de por medio.
    Oscar aceptò.
    - Está bien, padre. Procuraré que no se vea afectado el honor de la familia.


    Así que, gracias a los recuerdos de André, ya podemos saber más sobre el temperamento del capitán Oscar y la forma
    en que ambos se llevaban de niños.
    Por eso he llamado a esta primera parte Remembranzas: se trata de todo lo que llevará a los personajes a desencadenar la
    trama principal. De momento, todo estará enfocado a recuerdos que sostienen las vidas de los personajes. Paciencia, nada más.

    Gracias por leer!
     
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    Andrea Sparrow

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    Palabras:
    2138
    Cap. 7 Cosas de hombres

    Precisamente, momentos antes del esperado baile, Oscar había saludado a Fersen.

    En la mañana, Oscar se había despertado con la presencia sorpresiva de Fersen.

    No pudo ocultar su reacción hacia él.

    André lo atendía, sin poder evitar tampoco darse cuenta de lo que pasaba por la mente de Oscar.

    La primera vez que Fersen llegó a Francia, Oscar, al ser el guardia de honor de la princesa, futura reina de Francia, le había sugerido que se marchara, puesto que su cercanía le causaría problemas a la joven princesa austriaca.
    Fersen había accedido de buen grado, después del baile de gala, al que María Antonieta acudiera sin autorización, y con la custodia de Oscar, para ocultar su identidad.

    “- Me veré precisado a pedirte que te marches a Suecia, Hans- solicitaba Oscar en aquella ocasión.
    - Entiendo- decía el joven conde- creo que he venido en mal momento.
    - Recuerda: ella será la reina de Francia. Te has equivocado terriblemente.
    El conde Fersen, entonces un joven estudiante, accedía por el bien de su propia familia y del reino francés.
    Sin embargo, años después, cuando la joven ya era la soberana de Francia, y esposa del rey Louis Capeto, Fersen decidió regresar a petición de su padre, con la finalidad de que se casara.
    Oscar, para entonces, le había sugerido que no se apresurara. Pero Fersen estaba decidido.
    Sin embargo, la solicitud del marqués de Lafayette, vino a cambiar los planes del joven conde.”

    Oscar prefería que fuese así. El tiempo que Fersen duró en Francia entonces, provocó reacciones terribles que ya en su momento entenderemos mejor.

    Pero ahora, Fersen regresaba y con él, su hermana Sofía le acompañaba.

    Oscar saludó al conde y le dijo:

    - Me alegra verte, supongo que ahora que estarás más cerca de la reina podré verte poco.
    - Quizás, Oscar. Sin embargo, seguiré viniendo a menudo.
    - Serás bien recibido. Pero solo puedo decirte que debes cuidarte y cuidar bien de la reina.
    - Vine a presentarte a mi hermana Sofía.
    - Lady Sofía, bienvenida.
    - Gracias, Monsieur Jarjayez.
    Fersen sonrió veladamente. Oscar cruzó los brazos. Pero trato de ser cortés con Lady Sofía de tal manera que se sintiera cómoda.
    La hermana de Fersen se sentía atraída hacia Oscar quien no dudaba de halagarla, pero con quien se comportaba con un poco de reserva.
    - ¿Irás al baile en tu honor?- preguntó Oscar.
    - Claro, te veré ahí- comentó Fersen.
    Su hermana sonreía.
    Fersen le preguntó:
    - ¿Qué te pareció Oscar?
    - Es tan agradable, guapo, caballeroso y gentil.
    - No te enamores de Oscar, Sofía. Yo sé lo que te digo.
    La hermana de Fersen estaba intrigada. ¿Por qué no querría su hermano que se fijara en aquel apuesto y gallardo militar?

    Oscar se despidió de Fersen y de lady Sofía y corrió su caballo hasta su casa.
    André apenas vio que marchaba, salió también a caballo en su busca.
    Oscar subió rápido y André llegó detrás.
    No fue fácil para André manejarlo. Oscar había cambiado desde la segunda vuelta de Fersen.
    No pudo saber a la habitación. La abuela se lo impidió.
    - Espera abajo.

    André bajó descorazonado, ante la mirada de ensoñación de las criadas a las que él jamás les había puesto atención. Algunas eran muchachas muy hermosas pero jamás había reparado en ninguna. Quizás por respeto a la casa Jarjayez. Le parecía impropio flirtear con la servidumbre, cuando él tenía como único compromiso y deber cuidar y acompañar a Oscar.
    Sin embargo su corazón estaba ligeramente ocupado por alguien. ¿Quién? ¿Acaso la reina?

    Trató de no pensar de momento pero no podía. Analizó las reacciones de Oscar. Parecían ser totalmente evidentes y lógicas. Pero, recordando la infancia de ambos, parecía un poco descabellada su conclusión.

    Recordó entonces cuando tenía nueve años y Oscar, ocho. Llevaba ya un año en la casa Jarjayez y se había acostumbrado a la forma de ser y vivir de aquella aristocrática familia que lo había recibido tan generosamente.

    Fueron a una de las villas donde la familia Jarjayez tenía una propiedad, en el pueblo de Burdeos.
    Oscar estaba feliz de conocer ese sitio. Y para André era una oportunidad excelente de conocer otro sitio que no fuera sólo París.

    - ¿Tu padre conoció éste lugar?
    - No lo sé. Creo que se fue así, no tuvo tiempo de hablarme sobre él. Y tampoco me trajo nunca a mí.
    - Qué bueno que mi padre accedió. Tenía tantas ganas de conocer este lugar.
    El general dijo a los chicos:
    - Vayan aprovechando este tiempo para descansar y conocer toda la casa.
    - Sí, padre- dijo Oscar.
    André sintió nostalgia. Quizás habría podido estar con su padre en ese sitio antes, de no ser porque éste y su madre murieron. Tenía miedo de que los recuerdos lo agobiaran un poco, pero al lugar era precioso y la posibilidad de divertirse en grande pintaba fabulosa.
    Después de acomodarse, Oscar dijo a su amigo:
    - Ven, André. Vamos a cabalgar un rato. Mi padre ya nos dio permiso.
    - Vamos- dijo el jovencito.
    Cuando ya habían reconocido un poco la campiña, André amarró los caballos a un tronco y preguntó a Oscar.
    - ¿Por qué no llamas “papá” a tu padre?
    - Él me ha pedido que no lo llame así. Creo que por conveniencia. Generalmente las familias nobles no llaman “papá” o “mamá” a sus respectivos padres, sino “madre” o “padre”.
    - Es extraño. Quizás yo me acostumbré a hacerlo. Entre nosotros era normal.
    - ¿Cómo era tu padre, André?- preguntó Oscar, sin percatarse de que podía herir la sensibilidad de su amigo.
    André se sobrepuso a la tristeza que sentía y respondió cortésmente.
    - Era un buen hombre. Como un amigo. Me quería mucho y yo a él. Amaba mucho a mi madre. Ella fue siempre muy feliz.
    - Perdona que te lo haya recordado, André.
    - No te preocupes, Oscar.- contestó el muchachito.
    - Es lo único que tengo de él: su recuento. Y es tan sagrado que dudo que eso y el amor de la mujer que ame podrían igualarse entre sí.
    - Hablas con más propiedad, muchacho.- intervino el general.- Lamento interrumpir su conversación pero tu abuela los llama, André.
    - Gracias, general- dijo André, al tiempo que Oscar agradecía a su padre.

    Aquel lugar era hermoso y tranquilo.
    El caballerango se quedó a cargo de los chicos mientras el general se ocupaba de una diligencia.
    - ¿Quieren conocer la villa?- preguntó el caballerango, animado.
    - Claro- añadió Oscar.- ¿A dónde nos llevarás, Gaspar?
    - Vamos a conocer la “foundant” de un amigo mío que sirve el mejor vino de Burdeos.
    - ¿Vino?- preguntó André, intrigado.
    - Así es, pero ni lo sueñen. No seré yo quien permita que dos niños como ustedes beban sin el permiso del general Jarjayez.
    Oscar guiñó un ojo a André. Algo se le ocurriría estando ahí.

    Cuando llegaron, Gaspar saludó a su amigo y pidió canapés y frutas para los chicos y una botella de vino para él y otra para llevarle al general.
    - Sabes que Monsieur Jarjayez siempre ha gustado mucho de tu vino, Gaspar.
    - Y agradezco su preferencia, en verdad. Dale mis saludos y dile que esta reserva es íntegra de él.
    Mientras Gaspar y el dueño de la foundant charlaban, Oscar hizo una señal a André.
    - Ven, vamos a beber un poco del tonel de abajo. Tú abres la llave, yo saco las tazas y enseguida brindamos y lo bebemos rápido. Luego salimos por la otra puerta y descansamos un poco.
    - ¿Y si nos descubren, Oscar?
    - No te preocupes, André. Vamos.
    Entraron con sumo sigilo. Sólo se escuchaba el chillido de una que otra rata y el chirrido de la madera.
    - Estos toneles deben ser tan viejos como el cerrojo del diablo.- dijo Oscar.-
    - Oscar, date prisa o nos pescarán.- señaló tras abrir la llave.
    Oscar sacó ambas tazas y brindó con André.
    - Por nuestra amistad.
    André chocó su taza y reía un poco por la habilidad y atrevimiento de Oscar.

    Tras brindar bebieron una taza, después otra, hasta completar tres.
    Fue tan fuerte el efecto de aquel vino tan añejado que ambos se quedaron dormidos junto al tonel.
    El dueño se asomó y los encontró tirados.
    - ¡Estos chicos!
    Gaspar los buscaba desesperadamente.
    - ¿Has visto a Oscar y a su amigo?
    - Quienes buscas están aquí.
    - Mon dieu- dijo el buen Gaspar.- El general me matará…
    El general regresó y buscaba a los niños.

    Gaspar le dijo.
    - Están dormidos.
    - Pero si apenas se está poniendo el sol…- replicó.
    - Jugaron tanto, Monsieur, que terminaron agotados.
    El general no estaba conforme y exigió a Gaspar que le dijera la verdad, especialmente por haber recibido el vino que aquel hombre le llevara.
    - Verá, general…los chicos hicieron una pequeña travesura…
    - ¿Qué clase de travesura?- preguntó el general un tanto molesto.
    Gaspar le narró lo sucedido. El general se soltó a reír a carcajadas.
    - Así que eso fue lo que hicieron.
    - Sí, general. Perdóneme, fue un descuido mío. Castígueme a mí, por favor.
    - No habrá castigo alguno, Gaspar. Ya verán esos dos granujas mañana temprano. Su travesura les costará cara.- dijo sonriente.
    Gaspar comenzaba a comprender.
    Al día siguiente, Oscar y André apenas si podían moverse.
    - ¡Me duele terriblemente la cabeza!
    André estaba igual. El general comenzó a burlarse de ellos.
    - Díganme, muchachos, ¿durmieron bien?
    - Sí, general- dijo André.
    - ¿Y cómo se sienten hoy?
    - Algo mal, padre- anticipó Oscar- no sé, quizás no nos sentó un poco el aire de la campiña y por eso nos duele la cabeza a André y a mí, ¿verdad?
    El general asintió.
    - El aire de la campiña o, ¿acaso el vino que bebieron ayer?
    Ambos se quedaron estupefactos ante el descubrimiento del general.

    André reía a carcajadas tras aquel recuerdo. Luego miró hacia la habitación de Oscar.
    - ¿Será que por fin asumes tu verdadera naturaleza?


    El muchacho no quiso darle más vueltas al asunto.

    Luego, recordó algo que a él le había sucedido hacía poco.

    “Aquella mujer que tanto dolor le causaba su indiferencia y el no poder poseerla, por las grandes diferencias que existían entre ellos, seguía oprimiendo su corazón.
    Las noches comenzaban a serle difíciles de soportar. Se había convertido poderosamente en un hombre. Y como tal, deseaba tener entre sus brazos a aquella mujer a quien no podía amar…entonces…se decidió a salir.
    Aquel día, Oscar no lo había necesitado demasiado.
    Buscó su caballo en la caballeriza y se decidió a salir. Su abuela le preguntó.
    - ¿A dónde vas, muchacho?
    - Voy a hacer algunos encargos que me dio el general?
    La abuela lo conocía demasiado bien.
    - No sé a qué clase de encargos te refieras pero sólo te pido que no te tardes demasiado. Oscar puede necesitarte.
    - Lo sé, abuela. Ya vuelvo.
    El muchacho salió a caballo de la casa Jarjayez y se perdió en las calles de París.
    Deambuló cerca de un mercado y compró algunas cosas para el general.
    Luego se adentró un poco en la parte más oculta de la ciudad y ahí encontró un lugar donde se comerciaba con algo más que joyería y ropa.
    - Buen mozo…¿no quieres pasar un buen rato conmigo?
    André estaba dubitativo. Tenía la convicción de que amaba a aquella mujer pero ahora era solamente un muchacho que quería aprender las artes de la seducción. Quizás, sabiéndolas, podría conquistar a la mujer que amaba.
    Entró a una taberna, siguiendo a aquella mujer. Comenzó a beber una copa y aunque no le agradaba aquel ambiente, dejó pasar un rato.
    Después de un rato, aquella mujer se insinuó.
    André subió con ella a una habitación.
    Las manos le temblaban. Pero en su cabeza y en su corazón estaba la imagen de aquella mujer extraña.
    Ella le tomó las manos. Acarició su espalda y lo fue relajando.
    Él comenzó a dejarse llevar. Y justo, cuando estaba comenzando a perder el control dijo.
    - ¿Puedo llamarte…?- susurró quedamente el nombre de la amada.
    Ella le miró con algo de rudeza. Le pareció un poco desagradable el nombre. Sin embargo, en vista de que le pagaría, aceptó.
    Entonces, André dejó de ser sólo un muchacho para convertirse en un hombre. Y todo aquello que estaba aprendiendo y experimentando, decidió guardarlo en su ser para aprovecharlo cuando la mujer que amaba llegara a su lado definitivamente.

    ¿Acaso esa mujer sería capaz de dejar su vida cómoda y perfecta para ir en pos de un muchacho pobre como él? ¿Quién era la aristocrática mujer que conquistó el corazón de André Grandier?
     
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    Andrea Sparrow

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    Cap. 8 El hijo del general Jarjayez

    Habían pasado ya cuatro años desde que André Grandier llegó a la casa Jarjayez. Se había acostumbrado a la forma de ser de Oscar, a las atenciones del general, quien se había preocupado porque el jovencito Grandier estudiara con su hijo de la misma forma. Se había interesado en que el muchacho Grandier fuera capaz de convertirse casi en un joven aristócrata, por lo menos en cuanto a los modales se refería.

    Pero era consciente de que el muchacho no era noble y que eso era una diferencia irreconciliable.

    Aún así, Oscar se sentía feliz de la predilección de su padre porque frecuentara y tratar a André como a un hermano.
    Y André parecía estar más que feliz con el trato. Pero más que todo eso, se sentía muy contento de tener por amigo a aquel chico de buenas maneras y semblante agradable: el hijo del general Jarjayez.

    La mañana en la que el general le regalara a él una espada y a Oscar una yegua, André acompañó a Oscar a correr la yegua por los jardines.

    - Tu yegua se ve que es muy noble, Oscar- dijo el jovencito.
    - Por supuesto, André- dijo Oscar- es un excelente regalo pero no entiendo en virtud de qué lo habrá hecho mi padre.
    André también desconocía a qué se debía la entrega de aquel regalo tan hermoso.
    Recorrieron el jardín y la parte central de la villa Jarjayez. A lo lejos, se podía ver el palacio de Versalles.
    - Un día yo estaré ahí, André- dijo Oscar con convicción.- Mi padre, por ser general de la guardia real, está siempre presente y yo, como su hijo, heredaré esa prerrogativa.
    André dudó.
    - ¿Crees que…?
    - Por supuesto, André. Seré uno de los caballeros de la guardia real…
    El jovencito Grandier sentía algo extraño. Le parecía que la convicción de Oscar iba más allá de lo evidente.

    Horas después de que hubiera llegado el caballo para Oscar, arribaron las hijas del general Jarjayez.
    La mayor de ellas saludó a Oscar y luego a André.
    - Estás muy buen mozo, más que antes, André.
    El joven inclinó la cabeza.
    - Gracias pero…sólo una dama como usted puede jactarse de su belleza y lucirla…
    - También eres muy galante. Por cierto…¿cómo se porta Oscar?
    Oscar sonrió.
    - Muy bien, hermana- dijo Oscar.- André siempre está pendiente de lo que hago, es un gran amigo y hermano.
    - Me alegra que sea así. Las exigencias de mi padre me desagradan- dijo la hermana de Oscar- a mi esposo también le incomodan. André, ¿puedes llevarme mi caballo?- preguntó la hermana del joven Jarjayez.
    - Por supuesto, madame.
    Al poco rato llegó el resto. Una comida sencilla se celebraba en aquella mansión.
    Sin embargo, el general anunció.
    - Hijas mías, Oscar; les anuncio que hoy habrá una cena en casa. Y habrá algunos nobles presentes. Solicito que todos me ayuden en esto y pueda ser una verdadera celebración.
    - ¿Puedo saber a qué se debe, padre?- preguntó Oscar.
    El general Jarjayez respondió.
    - Esta noche lo sabrás, Oscar. Y tú también, André.

    A partir de entonces, Oscar subió a su habitación. André estuvo un rato ahí.
    - ¿De qué se tratará, André?
    - No lo sé, Oscar- respondió el jovencito André.- Tu padre en ocasiones es tan reservado.
    - O tan necio- añadió Oscar.
    - No digas eso, Oscar- repuso André- tu padre siempre sabe lo que hace.
    - Sabe lo que hace pero eso no quiere decir que sea lo correcto, André. Sin embargo, esta vez creo que debe ser algo especial. Ha invitado a sus amigos, los nobles, no creo que se trate de cualquier cosa.
    André también estaba intrigado.
    - Oye…y se trata de un baile. Eso quiere decir que tú…
    - Claro que bailaré, supongo.
    - Pero usarás…
    - No…eso no- dijo Oscar- llevaré un traje de gala, como el que siempre ha deseado mi padre que porte. Es lo que más deseo.
    André movió la cabeza negativamente.
    La abuela llegó al poco rato.
    - André, ve a la cocina. Voy a atender a Oscar.
    - Abuela, tienes que convencerlo de que…
    - Será mejor que no intervengas, André.

    El muchacho bajó dando una patada a uno de los escalones. Se detuvo del gran barandal y dijo:
    - ¡Maldición! ¿Por qué el general insiste en eso?
    Pasó un rato hasta que comenzó a ver los preparativos de la fiesta.
    Los músicos llegaban a la mansión y tomaban su lugar.
    La servidumbre iba y venía. Y él quizás también debía estar en otro sitio.
    Para no seguir molesto, decidió ir a las caballerizas y lavar algunos animales.
    El caballerango le preguntó.
    - ¿Por qué estás tan molesto, André?
    - Es que…no entiendo al general.
    - Es lo que a él le gusta hacer…está orgulloso de su hijo.
    - No me digas que no lo sabes…
    - Aquí nadie sabe nada- dijo el caballerango.
    - No digas eso…bien sabes que el general está equivocado y todos aquí lo permiten…
    - Por supuesto que no, chico. Un día tendrás que tragarte esas palabras. Sabes bien que Oscar está bien así.
    - Pero yo no…lo que diera por poder cambiar algo al respecto.
    - No podrás…además…creo saber por qué te interesa tanto ver las cosas diferentes.
    - ¿A qué te refieres?- insistió el jovencito.
    El caballerango rió.
    - A nada, André…a nada…el tiempo me dará la razón. Será mejor que te vayas a la casa. Oscar puede necesitarte.
    En breve, Oscar descendió por la escalinata, escoltando a sus hermanas.
    André fijo sus ojos en el joven Jarjayez. Su vestimenta denotaba la gallardía de un caballero francés de la guardia.
    La música comenzó a sonar:



    André escoltó al resto de las hermanas de Oscar hacia el interior de la casa.

    Oscar le acompañaba del otro lado.
    El general estaba muy orgulloso.
    Los nobles que le acompañaban miraban con agrado, aunque algunos tenían algunas dudas.
    El baile comenzó.
    André estaba confundido.
    Oscar hizo una señal negativa.
    - No te preocupes, André…saca a alguna de mis hermanas a bailar.
    André accedió inmediatamente, entendiendo lo que Oscar quería.
    El baile se desarrolló tranquilamente.
    En una esquina del salón se encontraba Maximilien Girodelle.
    Oscar saludó con una reverencia.
    - Max, me alegra que estés aquí.
    - He venido porque quería volver a verte y precisamente así…en ese traje. Te ves muy bien.
    - Me alegro que este atuendo no desentone con el resto de las vestimentas de los caballeros- comentó Oscar.
    - Para nada…serás un digno guardia de palacio.
    - Por lo que veo, creo que ya lo sabes…
    - A eso han venido todos…pronto tu padre lo dirá.
    Oscar estaba dubitativo.
    Pero no tuvo mucho tiempo de pensar. Bailó una contradanza con una de sus hermanas y luego entró al despacho.
    - Padre…¿puedes decirme a qué se debe esta celebración?
    El general dudó.
    - No puedo decírtelo todavía, Oscar, pero ya lo sabrás. Ahora, debes ir al salón.
    Oscar suspiró. No había podido averiguar nada.

    André había salido de la fiesta temporalmente.
    Oscar lo alcanzó.
    - ¿Puedo saber qué estás haciendo aquí?
    - Oscar…creo que ya sé de qué se trata esta fiesta.
    - Si lo sabes, dímelo.
    - No puedo…debe ser tu padre quien te lo diga…
    Pero el rostro del joven Grandier no lucía muy contento…

    Por fin la hora del anuncio llegó.
    - Señoras y señores…presento en sociedad a mi hijo: Oscar François Jarjayez…mi sucesor en la guardia real. A partir de ahora, será entrenado para ser el guardia de honor de la corte del rey Louis XV.
    Oscar estaba desconcertado. André sólo una señal de aprobación.
    El general continuó.
    - En virtud de la solicitud y la respuesta de mi hijo, he sido ascendido a general brigadier…
    Todos aplaudieron. Oscar estaba a un costado. Su padre arengó:
    - Oscar…tienes que decir unas palabras…es un gran honor el que se te concede.
    Oscar no sabía qué decir.
    - Me alegra mucho que estéis aquí, celebrando este nombramiento, que no esperaba. Espero poder corresponder con lealtad al honor que se me ha concedido.
    André sonrió. Oscar había respondido convenientemente. El general estaba muy contento.
    Pero André no del todo. Estaba orgulloso del joven Jarjayez, pero eso implicaba que pasaría menos tiempo en casa y que pronto tendría que estar en la corte.
    Cuando la celebración terminó, Oscar buscó por todos lados a André pero no lo hallaba.
    - El escondite…-pensó.
    Llegó hasta ahí. El joven Grandier estaba en ese sitio.
    - André…¿qué sucede?
    - Pronto estarás en la guardia real…ya no estarás aquí tan seguido.
    - No seas tonto…tú estarás a mi lado.
    André no sabía lo que Oscar había hablado con él respecto a que fuera su valet en la corte.
    - ¿De verdad?
    - Por supuesto. Mi padre me lo ha dicho.
    - Pero…¿en la corte?
    - No será mucho tiempo…por ahora sólo será entrenamiento de rutina…no puede ser nada del otro mundo…tranquilo, André. La corte no te comerá por ahora…
    André sonrió. Esa sí que era una buena noticia.
    A partir de entonces, André acompañaría a Oscar también en su entrenamiento como guardia real…
     
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    Cap. 10

    Han pasado 3 años desde que Oscar pasó a ser guardia real.

    Tras haber aprendido todo lo necesario para ser un guardia del rey, Oscar se había convertido en un soldado valiente, un verdadero orgullo del general brigadier Jarjayez.

    André se sentía orgulloso de la amistad que tenía con Oscar. Pero cada día que pasaba la diferencia social que había entre ellos se acrecentaba. Aun así, Oscar se dedicaba a hacer de su amigo un verdadero hermano y compañero, a quien la corte respetaba enormemente porque, a pesar de no ser noble, era un muchacho con clase y buen corazón.

    Sin embargo, aquel palacio de Versalles no era la gran cosa.

    Para evitar complicaciones, el general Jarjayez le pidió a su esposa que se acercara a la corte para convertirse en costurera.

    - Pero, según sé, el rey se dedica a vestir y complacer a una tal Madame Dubarry…

    - Sí, lo sé- dijo el general a su esposa.- Esa mujer es difícil, pero si no tienes contacto directo con ella, no te afectará. Sólo quiero que estés cerca de Oscar.

    - Procuraré ir solamente para lo estrictamente necesario- aclaró la madre de Oscar.


    Aquella mañana, André deambulaba por los jardines de Versalles amansando un caballo, cuando reparó en una rosa que estaba un poco atrapada entre las espinas. Trató de desenredarla pero no pudo. Si lo intentaba, podría haberlo cortado. Así que prefirió dejarla donde estaba.

    Al poco rato llegó Oscar.

    - Es muy hermosa esa flor, ¿cierto?

    - Sí…muy hermosa pero…no puede mostrar su belleza porque está oculta entre las espinas.

    Oscar sonrió.

    - Nunca te había visto tan nostálgico. ¿Acaso quieres la rosa para alguien en particular?

    André se quedó serio, de espaldas a Oscar.

    - No precisamente- sonrió ya frente a Oscar.- ¿Por qué no me acompañas a recorrer los jardines? El rey acaba de adquirir un nuevo ejemplar. Seguramente será para los guardias reales.

    - Claro, vamos, André.

    Al poco rato, André preguntó a Oscar.

    - ¿Cómo va todo en la corte?

    - Pues no muy claro…ya sabes, lo de siempre. El rey depone sus reuniones por estar con esa tal Dubarry…afortunadamente no ha tenido intenciones de afectar a nadie, pero todo lo que el rey decide es ley para él.

    - Es peligroso. Dicen que ya la gente comienza a preocuparse. No les gusta para nada que el rey gaste tanto dinero en ella y se olvide del pueblo. Mucha gente está muriendo de hambre.

    - Espero que recapacite. Pero de momento, ya hay noticias respecto a la reina María Teresa. Al parecer, han decidido pactar una alianza matrimonial con la casa de Francia. El nieto del rey será quien contraiga nupcias con la menor de las hijas de la reina de Austria.

    - ¿Y eso será pronto?

    - No lo sé…quizás todo dependa de la decisión del rey. Pero ahora, creo que está muy ocupado con otras cosas.

    André asintió.

    - ¿Irás a la casa, Oscar?

    - Quizás hasta la noche, André. Tengo demostración militar. Pero di a la nana que me prepare el pie que tanto me gusta.

    - Yo se lo diré- dijo André despidiéndose.


    André regresó a la casa. Una de las criadas lo saludó con mucho ánimo.

    - Joven André…¿quiere que le prepare un té de azahar?

    - No, gracias- contestó él secamente.- ¿Ha visto a mi abuela?

    La joven criada se molestó.

    - No…creo que está arriba.

    André sonrió. Le causaba gracia la cara de la mucama ante sus frías palabras.

    Llegó hasta donde estaba su abuela.

    - He vuelto.

    - Ya era hora- dijo la nana.- ¿Oscar vino contigo?

    - Vendrá más tarde- señaló André.- Dijo que le prepararas el pay que le gusta.

    - Bien, de hecho, ya casi lo termino.

    - Me alegro.

    La abuela le preguntó.

    - Dime, hijo…¿por qué cada día que transcurre, pasas más tiempo con Oscar en Versalles?

    - Lo ha pedido expresamente a su padre. Y yo no soy nadie para oponerme.

    - Porque te conviene.

    - ¿De qué hablas, abuela?

    Madame Grandier arengó.

    - Sabes perfectamente a qué me refiero, André.

    El joven le dio la espalda.

    - Sabes también que sólo lo hago por el bien de Oscar.

    - Sí…sólo te pido que seas sensato y no vayas a cometer una tontería.

    - Despreocúpate, abuela. Sé perfectamente mi deber.

    Al poco rato llegó Oscar.

    - Nana…quiero mi postre. En un rato voy a la cocina.

    El general llegó también después.

    - Oscar…es momento de que hablemos.

    - Tendrás que esperar, padre. Mi postre aguarda.

    El general negó.

    - Ya irás por él. Lo que tengo que decirte es muy importante.

    Oscar asintió.

    Ya en el estudio, preguntó.

    - Dime, ¿de qué se trata?

    El general Jarjayez comenzó.

    - Quiero que…dejes de tratar a André con tanta familiaridad. Especialmente cuando se trate de asuntos de estado.

    - No voy a hacer tal cosa. André es mi “valet” y puedo decidir sobre él, ¿cierto?

    - Sí, por eso quiero que seas más cauteloso.

    Oscar rió.

    - Como no sea para evitar que llegue a hablar de más en una reunión, pero eso no sucederá.

    El general increpó.

    - Voy a estar pendiente de ti, Oscar. Será mejor que tengas cuidado con lo que haces.

    Oscar lo miró con indiferencia. No pensaba cambiar la forma de tratar a André.


    El joven Grandier estaba en el despacho leyendo un libro que había encontrado en uno de los mercados.

    - Este libro quizás no le guste para nada al general…Jean Jacob Rousseau…espero que no llegue a sus manos. Oscar está decidido a leerlo..quizás le agradan las ideas que este hombre puede proyectar.

    Después de un rato, Oscar fue donde él.

    - André…¿qué haces?

    - Aquí…leyendo…

    Oscar lo notó sospechoso.

    - ¿Qué tienes ahí atrás?

    André escondía el libro detrás de él. Oscar pudo quitarle el libro.

    - Aquí está…Jean Jacob Rousseau…¿qué clase de literatura es ésta?- guiñó Oscar un ojo.

    - Vaya, vaya…según veo, el guardia real ya leyó esta “literatura popular”.

    - Por supuesto…sólo no se lo digas a mi padre, ¿quieres?

    - Claro que no…jamás te traicionaría. Por cierto, ¿puedo saber por qué tardaste tanto?

    - Me avisaron que en unos días llegará la princesa María Antonieta de Austria a vivir a Francia, para casarse con el nieto del rey Louis.

    - ¿Tan pronto?

    - Por lo que creo…tal parece que el rey tiene interés en que la niña adquiera las costumbres del reino francés.

    - Pues espero que no vaya a adoptar las de madame Dubarry o tendrá muchos problemas en el reino.

    - Ni lo digas, André. Ven, vamos por el pay.

    Anduvieron un rato en la cocina, recordando aquellos cuentos que la nana contara desde que eran niños.

    Luego, al anochecer, Oscar fue al escondite donde todavía llegaran a jugar en alguna ocasión.

    - André…me alegro de que hayas escogido este sitio.

    - Oscar…siempre me pareció muy oculto e interesante.

    Oscar se puso un poco triste.

    - Sé que ya no podremos jugar tanto como antes pero…sí me gustaría que pudiéramos venir aquí de vez en cuando.

    - Te prometo que cada vez que quieras venir, encontrarás una sorpresa en este sitio.

    Oscar sonrió.

    - Bien…ahora…vamos a una carrera hasta el río, André.

    - Tu padre se molestará…

    - No importa…sé que pronto no podré darme el lujo de hacerlo, así que…ven, vamos a correr nuestros caballos un rato.

    Así lo hicieron. Se olvidaron incluso del tiempo.

    Cuando regresaron a su casa, el general ya estaba listo para reñirlos.

    - Oscar…no deberías tomar tan a la ligera lo que te digo.

    - Lo sé, padre. No volverá a ocurrir.

    - ¿Sabías que el rey está pensando en un guardia de honor para la princesa de Austria?

    - Todavía no…

    André bajó ligeramente la cabeza.

    - Y yo he pensado en ti. Quizás algunos más han pensado también en sus hijos…por ejemplo, un conde que está por llegar a Francia, quien parece que es muy amigo del general Lafayette y su hijo es un buen soldado, armero e ingeniero militar. Supongo que estará en la lista de posibles. Pero yo…insistiré al rey para que te acepte.

    - No es necesario, padre.

    - Claro que sí. ¿No te agradaría ser el guardia de honor de la princesa austriaca que se desposará con el príncipe Luis?

    - Quizás…tienes razón, padre. Haz como quieras.

    André vio marchar al general y aclaró.

    - Algo me dice que el general no venía a pedirte tu opinión, sino a comunicarte su decisión.

    - Lo sé…es sólo que me gustó su actitud en la que veladamente parecía darme importancia…

    El joven guardia preguntó a André.

    - ¿Queda muy lejos la villa de Mont Pellier?

    - A una hora, más o menos…¿por qué?

    - Vamos mañana…quiero divertirme antes de que tenga que estar en la corte…

    El jovencito de catorce deseaba divertirse igual que su amigo plebeyo de quince. André no estaba seguro de permitirlo, pero no podía negarle nada a su casi hermano, Oscar Jarjayez.


    No muy lejos de ahí, dos hermanas miraban por la ventana hacia el palacio que consideraban era la mansión real.

    - ¿Ya viste cuántos soldados entran y salen, Rosalie?- preguntó una de las chicas.

    - No tengo tiempo de verlos por ahora, Jeanne- dijo la otra chica.- Mamá sigue tosiendo y estoy tratando de que se sienta mejor.

    - Un buen día voy a irme de este sitio a buscar una mejor vida para mí y para ustedes…sé que lo voy a conseguir. ¿Cómo? Todavía no lo sé, pero les aseguro que así será.

    - Lo que deberías hacer ahora es ayudarme. La señora Bullet nos dio algo de pan y verduras para comer.

    - ¡Otra vez comiendo de limosnas!

    - No hay otra forma. Mamá lava ajeno y yo friego pisos. Tú, en cambio, sólo quieres ver a la calle y estrenar ropa.

    - Soy bonita…y quiero lucir bien. Prometo que un día me casaré con un hombre rico y las sacaré de pobres. Entonces, me agradecerán el tiempo que pasé cuidándome para que a ustedes no les faltara nada.

    - A mamá eso no le importa, Jeanne- aseguró su hermana.- Ella sólo quiere que seas feliz, y si eso implicara que tuvieras que esconder la cabeza, ella preferiría ser pobre toda su vida.

    - Pues…quizás si sigue pensando así, se quede aquí en esta pocilga…

    Jeanne estaba segura de que debía defender sus prerrogativas respecto a su herencia paterna. Era hija de un noble caballero apellidado Valois. Eso la hacía ser noble y ella quería que se reconociera ese derecho para poder retornar a la vida acomodada que habían tenido hacía mucho tiempo. Sin embargo, pronto el destino le iba a mostrar de lo que ella misma era capaz de hacer.


    A la tarde siguiente, en cuanto terminó el entrenamiento, André y Oscar se marcharon juntos para ir a cabalgar y visitar aquella villa donde alguna vez hubieran ido con el padre del joven guardia real.

    Estando ahí, pidieron una botella de buen vino y se dispusieron a brindar.

    Afortunadamente, había pocas personas pero las que había estaban asombradas de la actitud de Oscar.

    - Si se dan cuenta nos irá mal con el general, Oscar- replicó André.

    - Bah…me tendrá para él todo el tiempo…ahora es mi turno- dijo Oscar con mucha seguridad.- Vamos a beber un rato más y de paso, podríamos bailar.

    André comenzó a preocuparse.

    Dos chicas llegaron a verlos.

    - ¿No quieren bailar?

    André replicaba.

    - Sería mejor que no armaran alboroto…mi amigo no se siente bien.

    - Pero si me siento mejor que nunca, André- rió Oscar y besó ligeramente la mano de la muchacha.

    El joven Grandier insistió en sacar a Oscar de ahí hasta que corriera más peligro.


    Oscar se pasó de copas. André lo sacó de ahí casi a rastras.

    Lo subió al caballo y cabalgó con él hasta que llegaron a la casa Jarjayez.

    - André…pasen de una vez. El general no está.

    André respiró de alivio. Si su padre se hubiera dado cuenta…
     
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    Andrea Sparrow

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    Romance/Amor
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    Cap. 11

    André dijo.

    - Abuela…ve a ver si el general no ha llegado.

    La abuela negó.

    - Para nada, André. Debo ser yo quien acueste a Oscar.

    André rechazó.

    - Déjamelo a mí, abuela. Te prometo que no va a haber ningún problema.

    En cuanto la abuela se fue, André le quitó los zapatos a Oscar y el saco.

    - Imprudente…lo que me haces hacer…

    Oscar despertó ligeramente.

    - ¡Cómo nos divertimos! ¿Verdad, André?

    El muchacho de quince movió la cabeza.

    - Oscar, Oscar…estás haciendo cosas que no debes.

    - Por supuesto que sí…sé que no podré hacer estas cosas todo el tiempo.

    - A ver, dime, ¿qué le voy a decir a tu padre ahora?

    - Dile que me sentía mal…él deberá entender…

    - Quizás te refieres a…

    - Sí, quizás a eso- dijo Oscar.- Dile que me dolía el estómago, ¿quieres?

    - Está bien…se lo diré. Ahora duerme. En un rato, le diré a la abuela que venga a verte.

    - Gracias, André. Eres un gran hermano.

    André sonrió.

    Iba bajando las escaleras cuando llegó el general Jarjayez.

    El joven Grandier se puso un poco pálido.

    - ¿Dónde está Oscar, André?

    - No se siente bien, general- explicaba André, tratando de parecer sereno.

    El general le preguntó:

    - ¿No me estás ocultando algo, André?

    El muchacho negó inmediatamente.

    - Despreocúpese, general. Es sólo que Oscar se siente mal del estómago. Tal parece que comió algo que no le sentó bien. Pero en un rato ya estará bien.

    - Eso espero. En cuanto esté bien, dile a tu abuela que le avise para que vaya al despacho a verme. Me urge hablarle.

    - Por supuesto, general.

    El padre de Oscar se marchó. André regresó a la habitación de Oscar sin avisar a su abuela.

    Pero encontró que estaba durmiendo.

    Se detuvo justo frente a su cama y miró hacia donde estaba Oscar.

    - Te miro y me parece ser un sueño que esté yo aquí…

    Ahí se quedó aguardando el momento de que despertara.

    La abuela Grandier llegó al poco rato.

    - ¿Me puedes decir qué estás haciendo aquí, muchacho?

    André tragó saliva.

    - Abuela…me asustaste.

    - Lo siento pero…es que tú no deberías estar aquí. Será mejor que te vayas a la caballeriza.

    - Abuela…me dijo el general que avisara a Oscar que bajara a hablar con él al despacho pero…ya se durmió.

    La abuela se acercó.

    - No sé qué fue lo que hayan hecho ustedes dos pero no debió ser nada bueno. Voy a tratar de que reaccione. Tú vete abajo y si ves al general dile que Oscar bajará en un rato.

    - Sí, abuela.

    André bajó rápidamente, tronando los dedos de molestia.

    Oscar reaccionó momentos después.

    El general citó a Oscar en el despacho. Su hijo tocó la puerta

    - ¿Se puede?

    - Pasa, Oscar.

    Oscar se adelantó y preguntó.

    - ¿Qué querías decirme, padre?

    El general miró a Oscar con algo de recelo.

    - No sé por qué te veo con tal mal talante…en fin. Quiero decirte que a partir de mañana, serás el nuevo guardia particular de la princesa María Antonieta de Austria.

    Oscar sintió como si un balde de agua fría cayera en sus espaldas.

    - ¿En serio?

    - Por supuesto. El hijo del conde Von Fersen no ha llegado, así que te corresponde a ti ese título, por ser de la nobleza francesa.

    - Perfecto…-dijo Oscar.- ¿Y qué es lo que se supone que debo hacer?

    - En cuanto la princesa arribe, debes hacerte cargo de atenderla personalmente y de protegerla. No queremos que le ocurra nada. Con tu vida vas a responder al rey por la seguridad de la muchacha. Además, tienes que hacerle ver sus deberes reales respecto a la corona francesa. Las costumbres de aquí son diferentes.

    Oscar se preocupó. Era bien sabido la moral disoluta del rey Louis XV y la influencia de Madame Dubarry.

    - Podría tener a alguien que la enseñe.

    - Tendrá. Sin embargo, tú debes estar con ella y cuidar que se meta en problemas.

    Oscar se cruzó de brazos y rió.

    - Vaya, así que ahora me voy a convertir en niñera.

    - No digas tonterías, Oscar. La princesa es incluso mayor que tú, así que lo que menos harás será cuidar a una niña.

    - Ya veo, padre. Está bien. Será un honor para mí convertirme en guardia real de la princesa prometida al futuro rey de Francia.

    El general asintió.

    - Ahora ya puedes retirarte.

    Oscar marchó hacia su habitación.


    Al poco rato, llegó André de nuevo.

    - ¿Se puede?

    - Por supuesto, André- dijo Oscar.

    El jovencito Grandier entró.

    - ¿Qué sucedió, Oscar? ¿Para qué te quería el general?

    - A que no adivinas, André.

    El muchacho no acertaba a adivinar.

    - Anda, Oscar. Dilo antes de que me desespere.

    Oscar repuso.

    - Voy a ser guardia personal de la princesa María Antonieta.

    André casi se va de espaldas.

    - ¿Cómo? ¿Es posible?

    - Por supuesto. Mi padre ya hizo todo seguramente para garantizar que así fuera.

    - Lo sabía. ¿Y cómo te sientes?

    - Pues…nada mal, pero tampoco nada bien. Espero no tener problemas con Madame Dubarry porque eso sí sería peligroso.

    - No te preocupes, Oscar. Yo estaré siempre ahí para ayudarte.

    - Y que lo digas. No podría aceptar otra cosa. Necesito hacérselo saber a mi padre.

    Bajaron juntos.

    El general los miró dubitativo.

    - Algo quieren pedirme…ya lo sé. Quieres que André permanezca a tu lado en la corte. Ya tenía eso contemplado, Oscar. Despreocúpate. Era la condición que pedirías para aceptar ese nombramiento, así que tenía que prepararme.

    Oscar asintió. André esperaba otra reacción de Oscar pero ésta no llegó.

    - ¿Te das cuenta, André? Estarás cerca de la reina…-comentó.

    André asintió y dijo al general.

    - Le agradezco infinitamente, general Jarjayez. Es un gran honor para mí apoyar a Oscar.

    - Te encargo totalmente a Oscar. Tú serás su mano derecha.

    André lo vio marchar. Era un compromiso ineludible para él.


    Días después, Oscar volvió al palacio de Versalles.

    La joven austriaca acababa de llegar.

    Oscar aguardaba con el resto de los guardias reales.

    André estaba sumamente nervioso. No había podido ver a Oscar y no sabía qué sucedería ahora que Oscar estuviera cerca de María Antonieta.

    La princesa hizo su aparición en el salón de Espejos.

    Oscar se inclinó, al igual que otros soldados.

    La princesa lucía bellísima. Una virgen hermosa y dulce. Ninguno de los presentes podía negar la belleza que representaba.


    Incluso los plebeyos, entre ellos la joven Rosalie, hermana de aquella que reparara en los guardias reales, pudieron reconocer que la joven y futura reina de Francia era hermosa y que representaba una promesa y una gran esperanza para todos.

    Rosalie suspiró. Quizás pronto las cosas cambiarían para todos.

    Volvió donde su pobre madre y la encontró muy enferma. Estaba sumamente desesperada.


    En tanto, Oscar se acercó a la princesa.

    - Permítame, Alteza. Mi nombre es Oscar Jarjayez y seré su guardia personal.

    María Antonieta miró a Oscar con algo de extrañeza. Pero luego sonrió al darse cuenta de la naturaleza de Oscar.

    - Me halaga mucho su presencia, oficial Jarjayez. Gracias. Acompáñeme, por favor.

    Todos se impresionaron grandemente. La joven princesa había hecho buenas migas con el joven oficial de la guardia real.

    Tras una breve audiencia, Oscar fue a la caballeriza.

    André estaba terminando de preparar las bridas de un caballo.

    - André, André…¿dónde estás?

    El joven Grandier se acercó.

    - Oscar…¿cómo te fue?

    - Excelente. Voy a estar cerca de María Antonieta. Y tú vas a venir conmigo a la primera recepción oficial que se hará en honor de la princesa.

    - ¿De verdad? Pero…

    - Por supuesto. Es un hecho y no acepto un no por respuesta.

    André no podía decir que no a nada a Oscar. Así que asintió y se dispuso a compartir con Oscar aquel logro tan importante, donde él también formaba parte.
     
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    Andrea Sparrow

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    Cap. 12

    Para Oscar, los primeros días de su trabajo como guardia personal de la princesa María Antonieta fueron tranquilos. Pero, conforme el tiempo pasaba, se iban haciendo un poco agitados. Tenía que estar siempre en formación, alistando a los soldados reales. Algunos no veían con agrado a Oscar, pero tenía que hacerse obedecer.

    André estaba siempre pendiente de las reacciones de ellos. Él no podía formar parte de la guardia de Su Alteza, pero se las ingeniaba para acercarse a Oscar.

    Éste dirigía convenientemente al pequeño grupo de guardias que le habían asignado, a cargo solamente del cuidado personal de la princesa austriaca.

    Conforme avanzaban los días, las reuniones se iban haciendo más rígidas. André acompañó a Oscar a una de ellas.

    Estando ahí, el general Jarjayez dijo a André.

    - Espero que te comportes bien, muchacho.

    - No se preocupes, general. Lo voy a hacerlos quedar mal.

    Oscar asintió.

    - No deberías preocuparte tanto por André. Yo me encargo de todo.

    El general asintió.

    El baile comenzaría.

    Oscar sólo contemplaba el espectáculo que representaba el movimiento de tantas muchachas y jóvenes en aquel gran salón.

    - Está aquí la crema y nata de las sociedad parisina, André.

    - Así parece. Ya sólo falta que haga su aparición la princesa María Antonieta.

    De pronto, una mujer un poco extravagante apareció en escena.

    - Es la favorita del rey Louis…

    - Sí, la tal madame Dubarry- dijo una mujer.

    - ¿Qué hará madeimoselle Antoinette ahora que esté frente a ella?

    - No lo sé- respondió otra.


    En los aposentos de la princesa se celebraba duro consejo.

    - ¿Qué cosa? ¿Cómo es posible que me pida eso, duque Dugeout?

    - Es necesario, alteza. Esa mujer es la favorita del rey y usted debe ser cortés con ella.

    - Pero ella es…una cortesana…una prostituta…

    Las palabras sonaban fuertes.

    - Mi madre- continuó la princesa- me ha dicho que esa clase de mujeres son unas pecadoras…que un reino cristiano no puede admitir la cercanía con ellas. No por lo menos la familia real…

    - Lo sé, madeimoselle pero…es necesario. Si no lo hace, su Majestad puede molestarse con usted.

    La joven austriaca negaba rotundamente.

    - Pues no…no pienso dirigirle la palabra.

    Dugeout comenzó a preocuparse.



    La joven austriaca engalanó aquella velada con su presencia, cumpliendo con ese deber real. Todas las mujeres de la corte estaban maravilladas con ella.

    - Es tan hermosa…y distinguida.

    Todos se inclinaron a su paso.

    Abrió el baile tan sólo con una sonrisa.

    El resto de las jóvenes comenzaron el minuet junto con los caballeros.

    - ¿No bailarás, Oscar?

    - No puedo ahora, André. Eso te lo dejo a ti- respondió guiñando un ojo.

    - Pues…muchas damas han venido solamente para ver si podían bailar contigo.

    - No digas tonterías. Anda, diviértete por mí. Yo me reiré si pisas a alguien.

    André atropelló con su mano aquel rostro rubio.

    - Ya veremos si eso sucede- dijo André.

    Oscar vigilaba los movimientos de la princesa. Y notó cómo en ningún momento Antonieta dirigía la palabra a madame Dubarry.

    - La ha ignorado totalmente- pensó Oscar.- Eso puede ser contraproducente.

    Se apartó y se inclinó ante la princesa.

    - Madeimoselle…la acompaño.

    - Gracias, capitán Oscar- sonrió la princesa.

    Oscar comenzó a sentir una gran empatía con la joven y futura reina de Francia. Empezaban a hacer buenas migas.

    Quien estaba molesta era, naturalmente, la amante del rey Louis.

    Aquella noche reclamó en sus aposentos al soberano:

    - Esa chiquilla austriaca me ha ignorado totalmente…debes hacer algo.

    - Pues…no sé por qué te molesta tanto.

    - ¿Te parece poco? ¿Sabes lo que muchas han hecho para conseguir que yo siquiera les dirija la palabra? Es demasiado…tienes que obligarla.

    El rey notó que su mujer estaba decidida a ejercitar lo que consideraba un derecho.


    En casa Oscar y André correteaban alrededor de la mesa.

    La abuela los reprendió.

    - Parecen niños chiquitos. Dejen de juguetear que ya verán…

    - Abuela…nos aburrimos tanto en la corte.- dijo André.

    - Pues últimamente la diversión comienza, sobre todo al ver la cara de madame Dubarry esperando que la princesa le dirija la palabra.

    André asintió.

    - La joven princesa no está dispuesta a doblegarse ante esa mujer-señaló.

    - Eso es lo que me preocupa. ¿Qué opinará el rey al respecto cuando se dé cuenta? Aunque, sinceramente, me divierte mucho esa lucha de poder entre ellas.

    - La ganará la princesa- dijo André.

    Oscar negó.

    - Yo no podría asegurarlo…esa mujer tiene mucho poder, André.


    Al día siguiente, en la corte, sucedió algo similar. En la audiencia de la princesa, Dubarry fue ignorada por ella.

    La mujer se colocó aparatosamente frente a ella. La princesa la miró. Y las hermanas del rey la apartaron enseguida.

    - Ven, princesa, necesitamos hablarte…

    María Antonieta se marchó con ellas.

    - ¿Viste, André?- dijo Oscar.- Las hermanas del rey están dispuestas a evitar que la princesa hable siquiera con madame Dubarry.

    - Pero el rey no está de acuerdo…

    - Lo sé pero la princesa está decidida. Y no la culpo.

    - Yo tampoco.

    Pasó un tiempo y la joven princesa se negaba a cruzar dos palabras siquiera con la amante del rey.

    En el palacio de Versalles se hacían apuestas para adivinar si aquel u otro día la princesa hablaría con madame Dubarry.


    Oscar y André miraban por la ventana.

    - Esto es un espectáculo horrendo…parece el circo romano.

    André rió.

    - Sí…y las contendientes son la princesa y la cortesana, ¿cierto?

    - André, ¿tú de parte de quién estás?

    André negó.

    - No…me pones en un gran predicamento.

    - No digas eso. Es obvio que estaremos de parte de la princesa, ¿cierto?

    - Es lo correcto- dijo André.

    Las damas se ponían de parte del sí y otros de parte del no, respecto a la atención de la princesa. Y una vez más aquella noche, el orgullo de María Antonieta no quedó doblegado.


    Días después, Oscar y André comenzaron un juego.

    - ¿Qué te parece si hacemos rabiar a madame Dubarry?- preguntó Oscar.

    - Es peligroso, Oscar- dijo André.- ¿Y si el rey se da cuenta?

    - No pasará si somos hábiles para hacerlo. Mira, cada vez que esa mujer llegue al salón de espejos, hagamos algo que la haga apenar y así la princesa menos le hablará.

    André quería aprovechar ese juego con Oscar.

    - Está bien…sabes que lo hago por ti.

    - No importa…te divertirás, te lo aseguro- dijo Oscar.

    Así fue como comenzó la diversión.

    Madame Dubarry arribaba al salón de Espejos.

    Oscar la miraba y sonreía.

    - Madame Dubarry…¿me permite?

    La mujer sonreía. Pensaba que la escoltaría para que la princesa de Austria le dirigiera el saludo. Veladamente, Oscar pisó el borde del vestido de madame Dubarry, haciendo que ésta cayera de bruces contra el suelo.

    Las hermanas del rey rieron divertidas. La joven María Antonieta escondió su risa bajo la mano y trató de no evidenciarse.

    Madame Dubarry se alejó furiosa en ese momento.


    En otra ocasión, André llevó bebidas al salón para las damas que acompañaban a la princesa.

    Todas tomaron la suya sin dilación. Sólo madame Dubarry bebió al final. De pronto, escupió aparatosamente.

    - ¿Qué sucede?- preguntó la princesa.

    - Tenía un sabor horrible…-dijo madame Dubarry.

    La princesa la ignoró y volvió el rostro con molestia.

    Madame Dubarry se sintió sumamente humillada.

    Afuera André y Oscar reían abiertamente.

    - Esa mujer está más que humillada con tanta broma…

    - Pero…empiezo a tener miedo- dijo André.

    - Yo también- respondió Oscar.- Sólo una broma más, André- guiñó el ojo.

    Quizás esa broma podría costarles mucho más a los dos.
     
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    Cap. 13 Una broma que se sale de control

    André y Oscar se guiñaban el ojo. Les parecía que tenían todo bajo control con lo de las bromas a Madame Dubarry. Sin embargo, había un temor escondido que los hacía tratar de ser cautelosos.

    - ¿En qué piensan, par de bribones?

    - En nada, abuela- dijo André.

    - En nada bueno será- añadió la abuela.- Tienen una cara de picardía que apenas pueden con ella.

    André y Oscar se sonrieron. Vaya que si traían algo entre manos.

    El general Jarjayez llegó tiempo después. Miró a los muchachos y dijo.

    - Los espero en Versalles en un rato más. Oscar, la princesa María Antonieta necesita tu compañía hoy más que nunca.

    - Sí, padre, ahí estaré.

    André se preocupó.

    Ambos salieron de ahí, con bastantes dudas.

    - ¿Qué razón tendrá hoy la princesa para necesitar tanto cuidado?

    - No lo sé, pero no debe ser nada bueno. ¿Y si se dieron cuenta de lo de las bromas?

    - No lo creo. Si hubiera sido así, se lo habrían contado enseguida a mi padre. Gastemos la última y así terminarán las ideas que tenemos contra Madame Dubarry. Vamos a reivindicar el nombre de la princesa María Antonieta.


    Subieron a su caballo y se dirigieron rápidamente hacia Versalles.

    En cuanto desmontaron, los oficiales de la guardia dijeron a Oscar.

    - Capitán…los guardias estamos reunidos en el patio central. El rey va a estar en audiencia general.

    Oscar miró a André.

    Éste llevó los caballos adentro.

    - Ven, André.- pidió Oscar- quédate cerca.

    André asintió.

    Juntos entraron al patio central.

    El rey recorrió a cada uno de los guardias.

    - Necesito que se alisten. Les será tomada protesta y juramento. Deberán guardar lealtad a Su Majestad- dijo el general Mondieu.

    Oscar asintió.

    - ¡Guardias! Posición de firmes.

    Todos se alistaron a la voz del capitán Jarjayez.

    André lo miraba con algo de envidia. Él también quería portar aquel uniforme. Pero le era imposible.

    Entraron todos al palacio.

    Oscar y André observaban al exterior.

    - La princesa está dentro. En un momento saldrá a los jardines.

    - Madame Dubarry ya está abajo. Seguramente volverá a cruzarse con ella con la intención de que le hable.

    - Yo sigo mirando ese pleito entre nobles.

    Madame Dubarry ya había hablado con el rey al respecto.

    María Antonieta escuchaba al conde Gemeni que le explicaba.

    - Princesa…debéis hablar con Dubarry hoy mismo.

    - ¿Quién me va a obligar a ello?

    - Su Majestad.

    - ¿Y si me niego?

    - Si os negáis…podría haber guerra.

    María Antonieta pensaba un momento y decidió.

    - Lo lamento, señor conde, pero no accederé a eso. Podéis avisar a mi madre que no aceptaré lo que me pide el rey.


    Aquella mañana en el jardín, Oscar a caballo dijo a André.

    - Cuando Dubarry pasé, truenas la rama. Pensará que el vestido se le descosió y saldrá apenada. María Antonieta no tendrá que volver a hablarle.

    André sonrió.

    Y así lo hicieron.

    Dubarry se inclinó a recoger una flor. André tronó con cuidado la rama que sonó hueca y dura. Las damas rieron y Dubarry chilló de coraje, marchándose de allí.

    - ¿Qué crees que haga ahora?

    - No lo sé pero espero que no reviente…

    André rió ante la observación de Oscar.

    María Antonieta sonrió a Oscar y luego a André. Éste inclinó la cabeza con reverencia.

    - Es muy agradable tu valet, Oscar. Me gustaría que lo trajeras más a menudo a las reuniones de Versalles. Engalana muy bien el salón.

    Oscar sonrió.

    - Así lo haré, su Alteza.


    Dubarry llegó a sus aposentos replicando.

    El rey la escuchó.

    - Querida, ¿qué sucede?

    - La pequeña austriaca no me dirige la palabra…y siempre algo sucede.

    - Supongo que no es su intención.- dijo el rey.

    - Claro que lo es…esa chiquilla se ha puesto de acuerdo con su guardia para ponerme en ridículo. Ordénales que hagan algo o pondré a ese guardia contra las cuerdas.

    El rey no quería desencadenar una guerra.

    Llamó a su primer ministro.

    - Ordena a la princesa que le dirija la palabra a Madame Dubarry. De lo contrario…se pactará la guerra…

    El primer ministro salió de allí, dispuesto a obedecer.


    Aquella misma tarde, Oscar vio pasar a su madre.

    - ¿A dónde vas?


    Madame Jarjayez lloraba.

    - Me ha mandado llamar Madame Dubarry…

    - ¿Para qué?

    - Dijo que…quería que yo fuera su costurera personal.

    - Pero…eso es comprar tu lealtad. Lo hace para obligarme a mí…

    Madame Jarjayez suplicó.

    - No intervengas, Oscar…

    - Tengo que hacerlo, madre. Ahora verás.

    Oscar fue donde el primer ministro.

    - ¿Qué sucede?

    - Madame Jarjayez debe llevar esta botella de vino a Madame Dubarry junto con la tela con que confeccionará su vestido esta noche.

    Oscar replicó.

    - ¿Por qué ella?

    - Es una orden del rey…

    Oscar movió la cabeza negativamente.


    Al poco rato, un grito sonó dentro de las habitaciones.

    - ¡Madame Jarjayez ha tratado de envenenar a Madame Dubarry!

    Oscar llegó enseguida, junto con André.

    - Esto debe ser una confusión, señora- dijo Oscar.

    - Claro que no, Oscar. Tu madre intentó matarme. Mi mucama bebió el vino y murió.

    - Sacrificó a su mucama. Es usted una zorra asquerosa…-gimoteó Oscar.

    André trató de que entrara en razón.

    La madre de Oscar lloraba.

    Entonces, al joven guardia de la princesa se le ocurrió algo.

    - ¿Podrían dejarme a solas con Madame Dubarry?

    - ¿Qué pretendes, Oscar?

    - Llegar a un acuerdo…madame…

    Dubarry accedió.

    Ya a solas dijo Oscar.
    - Usted sabe que no fue mi madre quien llevó el vino envenenado…


    Dubarry replicó.

    - Tú tienes la culpa por insistir en cuida a esa chiquilla tonta de Austria.

    - Es mi obligación. Pero usted…debe estar en un error. Madame…¿recuerda…cuántos años tiene su Majestad?

    Dubarry negó.

    - No…no exactamente. Sesenta, tal vez.

    - Sesenta y cinco…y su salud no es muy buena. Dígame…¿qué hará cuando el rey muera y quede su nieto en su lugar, y María Antonieta sea la reina de Francia?

    La mujer quedó callada.

    - Perderá todos sus derechos y será enviada a prisión…¿eso quiere?

    Dubarry se preocupó.

    - Será mejor que desista de todo y se marche cuanto antes a provincia. No quiero ni imaginar a dónde terminará usted sus días si no lo hace.

    Y ese sólo argumento consiguió que Dubarry se alejara definitivamente del reino francés.

    Y en efecto, los días de Louis XV estaban contados…

    Oscar y André podían sentirse tranquilos después de la partida de Madame Dubarry.

    Pero los nubarrones seguían cerniéndose sobre la casa real.

    El despreocupado nieto de Louis XV seguía con actividades irrelevantes como leer y hacer piezas de herrería y cerrajería.

    La princesa María Antonieta se aburría demasiado en virtud de que el futuro rey de Francia ni siquiera había intentado acercársele.

    El rey estaba molesto con su nieto y lo habría reñido por ello varias veces. Pero el joven príncipe argumentaba que era muy torpe y que le daba miedo acercarse a la princesa austriaca.

    Ella lo buscaba. Seguía las indicaciones de la reina María Teresa, cumpliendo con los encargos que ella le diera, aunque el príncipe le pareciera realmente feo y desagradable.

    Una tarde las hermanas del rey decidieron llevarse a bailar a la princesa María Antonieta, a escondidas de su prometido.

    María Antonieta era de carácter débil y no estaba segura de aceptar. Sin embargo, la convencieron.


    En la mañana, Oscar se encontraba entrenando junto con André.

    Oscar dio una indicación a André.

    - Prepara el mejor caballo de la cuadra, André. La princesa va a salir a montar.

    - Está bien, Oscar.

    La princesa no quería montar. Se sentía insegura. Pero el conde Dugeuot la convenció.

    - Necesita salir a cabalgar, Alteza. Es una actividad propia de la realeza.

    - Está bien.

    María Antonieta salió a los jardines. André le detuvo el caballo. Sin embargo la joven princesa tomó mal la rienda y en lugar de subir, jaló de más al caballo quien salió corriendo con ella colgada.

    Oscar corrió a rescatar a la princesa.

    André estaba totalmente asustado.

    El general Jarjayez lo reprendió duramente.

    - ¿Cómo se te ocurre, André? Si algo le pasa a la princesa, será tu culpa.

    Oscar regresó con María Antonieta, asustada.

    - No pasó nada. Su Alteza está bien, aunque un poco asustada solamente.

    El general Jarjayez dijo:

    - André...voy a darte un castigo ejemplar. Este accidente costará tu cabeza...

    Sin embargo, Oscar se interpuso inmediatamente.

    - Si quieres matar a André, tendrás que matarme a mí también primero...

    El general exigía a Oscar que se apartara, pero éste no se movió ni un ápice.

    André suplicaba.

    - Oscar, no intervengas.

    - André no tuvo la culpa. La culpa fue mía. No revisé el caballo antes de que su Alteza lo montara. Es a mí a quien debes castigar.

    El general negó.

    - No podría...está bien, André. Oscar te salvó la vida.

    André estaba agradecido y luego pensó para sí.

    - Esta acción un día te la devolveré, Oscar. Te lo juro. Un día daré mi vida por ti...


    En la tarde, las hermanas del rey pidieron un carruaje.

    María Antonieta dijo a Oscar.

    - Acompáñanos. Así nadie sabrá quiénes somos...

    - Pero, su Alteza...si nos descubren.

    - Si tú vas, nada ocurrirá.

    Oscar asintió.

    André negó cuando escuchó hablar a su amigo.

    - ¿Qué vamos a dónde?

    - A un baile de máscaras, André. Tengo que acompañar a la princesa.

    - Pero...es peligroso.

    - Lo sé. Ven conmigo, por favor.

    André asintió.

    - Por supuesto, Oscar. Descuida, nada malo sucederá.

    Aquella noche, el carruaje partió con Oscar y André como escoltas.

    Y en aquel lugar, María Antonieta y Oscar conocerían a alguien que cambiaría sustancialmente sus vidas.
     
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    Andrea Sparrow

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    Romance/Amor
    Total de capítulos:
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    1028
    Cap. 14

    En el lugar de la fiesta, había luz y color, con los vestidos de las damas brillando con las lámparas. No había muchas damas nobles, puesto que no se trataba más que de una reunión de sociedad, pero no tanta gente de la que acudía al palacio de Versalles.

    Algunas jóvenes que asistían ni siquiera conocían físicamente a la princesa austriaca que sería la futura reina de Francia.

    - ¿Crees que exista algún problema, Oscar?- preguntaba el joven André.

    - No, André. No hay ningún riesgo. Nadie la reconocerá. Las hermanas del rey son discretas y nadie tiene que enterarse.

    André asintió.

    - Tienes razón…sólo hay que ser sumamente cautelosos. Lo único que me preocupa es la cara que pondrá tu padre cuando lleguemos.

    Oscar movió el guante de la mano derecha sobre la mano izquierda y luego tomó posesión de la empuñadura de filigrana de oro.

    - A mí también me parece que será dura pero…espero que valga la pena el sacrificio que estamos haciendo por la princesa.

    André recomendó.

    - Silencio, Oscar…es hora del baile.

    Oscar miró en todos lados. La princesa comenzó a bailar con un par de desconocidos.

    - Hay que estar atentos a las reacciones de los caballeros…tú puedes aprovechar para despistar, bailando, si quieres.

    André bajó los ojos ligeramente y luego comentó.

    - Lo haré…pero…tú también deberías hacerlo. El hecho de que te vean sin sacar a bailar a nadie podría levantar sospechas.

    - Por supuesto, André…será muy divertido.

    André miró al joven capitán dirigirse hacia la princesa y bailar con ella una pieza para luego devolverse a la misma posición. Más que estudiar las reacciones de María Antonieta, André parecía estar estudiando mejor los de Oscar. Le parecían más entretenidos.

    Oscar se mantuvo en pie un rato mientras André bailaba con un par de jóvenes.

    El capitán Jarjayez tuvo que soportar que dos o tres muchachas se le acercaran y trataran de atraer su atención.

    - Buenas noches, joven…¿es usted capitán?

    - Sí…-dijo Oscar, secamente.

    André le hizo una seña para que se mostrara más atento con ellas.

    - Discúlpeme, madame…es que como casi no vengo a estas reuniones.

    - No se preocupe, oficial. ¿Cómo podemos llamarle?

    - Monsieur Oscar, madame…permítame ponerme a sus órdenes…

    Una de ellas extendió su mano para que la besara.

    - Mi nombre es madeimoselle Charlotte de Morcef…

    - Y el mío es Rosine de Champs…

    - Yo soy madeimoselle LeBlanc.

    - A sus pies, señoritas…-dijo Oscar con afectación.

    André movió la cabeza. Terminó la pieza y se acercó a Oscar.

    - Perdón, señoritas. Mi señor es un poco tímido.

    Una de las jóvenes miró a André con interés.

    - Es usted un caballero y apuesto, joven…

    - André Grandier, madeimoselle…

    Oscar sonrió. Le había quitado un pequeño peso de encima.

    - ¿Bailamos, madeimoselle de Champs?- preguntó Oscar.

    La joven, sumamente emocionada, le siguió al gran salón.

    De pronto, mientras Oscar seguía los torpes movimientos de su compañera de baile, vio llegar al interior a un joven de gallarda figura. Tenía el cabello castaño, la nariz afilada y los ojos claros.

    Su mirada se posó en algunas damas para luego reparar en la fisonomía de María Antonieta.

    Oscar demostró una mezcla entre sorpresa, confusión, molestia y celos.

    André lo notó.

    - Dime, André…¿quién es el hombre que baile con madeimoselle Antoinette?

    - Da igual…sólo no hay que perderlo de vista…pero debe ser algún noble caballero.

    Oscar siguió cada uno de los movimientos de aquel hombre mientras deambulaba con María Antonieta como plumas en el aire.

    El rostro descompuesto del joven capitán era evidente.

    André fue por dos copas para tratar de renovar el ánimo de su amigo.

    - ¿Pasa algo, Oscar?

    - Lo lamento, André…siento preocupación por ella…

    - Lo sé…la situación no es muy confiable…

    Oscar dijo al joven Grandier.

    - Atento a los movimientos de los demás. Voy a seguir a María Antonieta…no tardaré.

    André se dio cuenta que Oscar actuaba extrañamente.

    Algo estaba causándole problema…¿qué era lo que realmente pensaba Oscar al respecto?


    Oscar siguió a aquel joven y a María Antonieta hasta un jardín.

    Ahí escuchó levemente lo que decían:

    - Lamento que tenga que irse tan pronto…

    - No he tenido mucho tiempo para conocer Francia, como yo hubiera querido pero…esta noche me siento tan honrado de conocer a dama tan bella…¿podría decirme su nombre, madame?

    Oscar entornó los ojos.

    María Antonieta a pesar de todo, fue precavida.

    - No, caballero…mi nombre para usted es un secreto…

    El joven sonrió y añadió.

    - Es usted entonces mi dama misteriosa…la esperaré durante unas semanas más y espero poder encontrarla…a sus pies, bella dama…

    El joven se apartó.

    Oscar volvió sin ser visto, pero con el rostro asustado. André le preguntó.

    - Algo te pasó…

    - María Antonieta casi comete una imprudencia…

    - ¿A qué te refieres?

    - Casi le revela su nombre a ese joven…

    André lo miró. Oscar parecía estar algo enfadado.

    - Ya veo…estás celoso.

    Oscar miró a André con ojos profundos y con algo de molestia.

    - Sabes que eso es imposible…

    André asintió.

    - Es verdad…lo sé…entonces…¿qué te sucede?

    - Si le llega a decir su nombre…no quieras conocer las consecuencias…la princesa no debe volver a ver a ese caballero.

    - Habrá que convencerla de que ya no venga a este tipo de fiestas…claro, sin la autorización de su Alteza…

    - Pienso que no le importará que el príncipe no esté de acuerdo…ahora falta algo…

    - ¿Qué cosa, Oscar?

    - Hay que averiguar quién es…

    André comenzó a preocuparse.

    - No entiendo el interés…pudiera ser cualquier persona.

    - No lo creo…lleva galones militares…

    André no pensaba en cuidar ya a María Antonieta. Quizás era mejor cuidar a Oscar para que no cometiera a su vez, alguna imprudencia.

    - No pensarás…

    - Ya me las arreglaré para eso…es tarde, hay que convencer a su Alteza de que es hora de marcharnos…

    El joven Grandier tomó esa palabra como una verdadera orden…
     
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    Romance/Amor
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    87
     
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    Capítulo 15


    Oscar se acercó a Antonieta cuando dejó de hablar con el joven.

    - Perdón, su Alteza, pero creo que es conveniente que nos vayamos.

    - ¿Por qué, Oscar? Si todavía es temprano.

    - Recuerde que hemos venido sin la autorización del príncipe y eso puede contarle caro a usted y a la casa Jarjayez.

    Antonieta parecía comprender.

    - Tienes razón, Oscar, será mejor irnos.

    André se aproximó.

    - Está todo listo, Oscar.

    - Su Alteza, cúbrase y salgamos.

    El antifaz ayudó. El joven que había bailado con ella la buscaba afanosamente pero ya no la encontró.

    André subió al pescante y Oscar iba junto con la princesa.

    La mirada de María Antonieta denotaba nostalgia. No habló casi palabra con Oscar. Pero el capitán podía adivinar lo que estaba pensando.

    Al poco rato, Antonieta habló.

    - Oscar…¿conoces al conde von Fersen?

    - ¿Von Fersen?

    - Sí…es el hombre con el que he bailado esta noche…

    Oscar se preocupó. Eso era peligrosísimo.

    - No, Alteza, no lo conozco.

    - Cómo me gustaría volver a verle…

    - Quizás pronto, Alteza.

    Llegaron a Versalles. Todo estaba en calma. André despistó a los guardias, mientras Oscar hacía entrar a Antonieta al palacio.

    - Es la primera y última vez que sale en secreto, Alteza. Recuerde su deber.

    - Suenas muy ceremonioso, Oscar. No me digas que no te divertiste.

    - Pero también me angustié por usted, Alteza.

    - Será mejor que no lo lamentes. Tranquilo, Oscar, no te sugestiones. No volverá a ocurrir.

    - Se lo agradezco, Alteza.



    Oscar volvió a la casa con André.

    Al llegar, el regaño fue inminente. Como sabemos, André fue quien se encargó de defender a capa y espada a su casi hermano y se interpuso para que el general Jarjayez no castigara a su hijo menor.

    Después del momento de tensión, André charlaba en el estudio con Oscar.

    - ¿Ya comprendiste entonces, André?

    - Sí, sería sumamente peligroso que María Antonieta continuara con la amistad del conde von Fersen…

    - Tengo que verlo…tengo entendido que es el hijo de un general del ejército sueco, que vino a apoyar al ejército francés.

    - Quizás…¿te afecta mucho eso?- preguntó André.

    Oscar negó.

    - No, André, no hay afectación. Lo que sí es que me preocupa que María Antonieta vuelva a verlo. Sería desastroso el efecto.

    - Lo sé. Hay que evitar que ese muchacho se entreviste con María Antonieta.

    - Eso sí que va a estar difícil, André. Mucho me temo que María Antonieta está enamorada de ese hombre.

    André entreabrió los labios.

    - ¿Crees eso?

    - Totalmente…hay motivos suficientes para asegurarlo.

    - Intuición…

    - Ni lo menciones, André- sonrió Oscar.- Es tarde…creo que es hora de ir a dormir. Mañana hay demostración de nuevo…

    Al poco rato André dijo:

    - Oscar…no he podido agradecerte el gesto que tuviste para conmigo…

    - No fue nada, André. No podía permitir que algo te pasara…tu abuela se moriría de la angustia de perder a su único nieto.

    - Así que sólo por eso lo hiciste- rió André.

    - Sí…realmente fue por eso.

    Entonces combatieron ligeramente en una guerra de almohadones. André alcanzó a tumbar en la alfombra a Oscar. La guerra se detuvo ligeramente cuando el cuerpo de Oscar quedó justo debajo del de André. Éste miró los ojos del joven capitán Jarjayez y conteniendo un suspiro que parecía provenir de sabría Dios dónde respondió.

    - Es tarde…hasta mañana, Oscar.

    El capitán Jarjayez poco o nada podía sospechar de aquella extraña mirada.


    Al día siguiente, el general Jarjayez llamó a Oscar, antes de que se alistara para ir a Versalles.

    - Oscar…necesito que vayas al estudio ahora mismo. Ha venido alguien a quien quiero que conozcas.

    - Voy, padre.

    André estaba en la caballeriza. Su rostro denotaba algo de tristeza o nostalgia.

    Oscar le tocó ligeramente la espalda.

    - Oscar…-dijo André un tanto sorprendido y estremecido.

    Oscar rió.

    - Pareces conejo asustado, ¿pasa algo?

    - No, nada…¿irás a Versalles hoy?

    - Sí, recuerda que hay demostración.

    - Es verdad…creo que lo olvidé. Por cierto…el general me encargó este caballo para ti.

    - No lo olvidaste, mentiroso.

    André sonrió levemente.

    - Ahora vuelvo, voy a saludar a alguien que ha venido.

    - Sí…el conde Hans Axel von Fersen…-dijo André un tanto molesto.

    - ¿Cómo lo sabes?

    - Escuché cuando se presentaba con tu padre…

    - Ya veo…espiando detrás de las puertas.

    André casi lo golpea pero se detuvo.

    - No, puede venir tu padre y me golpearía a mí también- guiñó el ojo.- Estaba presente cuando el conde llegó. Me presentó como “el valet del capitán Oscar Jarjayez”.

    Oscar guiñó el ojo.

    - Bien, entonces, ya sabe que lo que no trate conmigo lo hará contigo. Ahora vuelvo…

    André rió levemente. Pero luego meditó.

    - Yo no trataré con él nunca…-


    Oscar entró en el estudio. El general presentó a su vástago.

    - Oscar…tengo el honor de presentarte al joven conde Hans Axel von Fersen, venido de Suecia; su padre se ha empeñado en que ejerza sus conocimientos sobre armas aquí en Francia. Será uno de los miembros distinguidos de la corte y estará junto contigo en el regimiento.

    - Un honor conocerlo…-dijo Oscar.

    Fersen se inclinó también, aunque le parecía que ya había visto antes a aquel joven capitán en otro sitio.

    - Me alegra conocerle, capitán Jarjayez- dijo el conde, de dulce voz y porte agradable.- Mi padre me ha hablado también de la casa Jarjayez, que no he podido sentir menos que sumo interés y curiosidad en tratarle.

    Oscar lo miró. Tenía unos ojos claros penetrantes, cabellera dorada y tez afilada. Para cualquier mujer, era un sueño de hombre. Y quizás por eso María Antonieta se había fijado en él.

    Para el conde Fersen no pasó desapercibido el aspecto del joven capitán Oscar François Jarjayez. Era agradable su voz, su figura, su cabellera. Un apuesto caballero, sin duda.

    - Les dejo un momento- señaló el general- para que charlen un poco antes de irnos a Versalles.

    El conde comentó.

    - Realmente me anima mucho estar a sus órdenes, capitán. He estudiado armas en Suecia y en Italia. Pero me han hablado maravillas del ejército y también de su propio regimiento.

    - Quizás son inútiles los elogios que se hacen. Será mejor que vea los progresos por usted mismo.

    En breve ya habían marchado hacia Versalles.

    Oscar estaba preocupado pero también interesado en conocer mejor a semejante joven.

    Cuando escuchó que el conde iba a entrar a audiencia con los príncipes, se aterró.

    - Voy a permanecer al lado de su Alteza- dijo a su padre.

    El conde llegó bien pronto.

    Al ver a la joven que se encontraba junto a Luis Capeto, el nieto del rey Luis XV, no comprendió pero guardó silencio.

    Cuando la audiencia terminó, Oscar se le acercó.

    - Conde Fersen…¿podemos hablar a solas?

    Fersen asintió.


    André estaba sumamente enojado pero algo preocupado. Preparó el servicio de té lo mejor que pudo y se apresuró.

    Cuando llegó, tocó la puerta. No le abrieron enseguida así que esperó.

    Pudo escuchar a Oscar decir a Fersen:

    - Lamento que haya conocido de nuevo a María Antonieta en estas circunstancias.

    Fersen guardó silencio.

    - ¿Cómo iba yo a saber que se trataba de la futura reina de Francia?

    - Lo sé y no lo culpo. Sólo le pido prudencia en el actuar, por el bien de ella y de todos.

    - Comprendo. No se preocupe, capitán Jarjayez. Seré totalmente prudente.

    Oscar trató de tranquilizar al joven.

    - Bien…entonces, ¿podría acompañarme al almuerzo de recepción? Le esperan los príncipes y los miembros del ejército.

    El conde asintió tranquilamente, aunque por dentro estaba algo desconcertado y afligido.


    André se encontraba en el mismo salón que todos, cerca de Oscar.

    El joven Grandier atendía a Oscar en lo que se necesitaba. En un breve instante, André le hizo pasar un recado de su parte.

    Oscar se disculpó levemente mientras revisaba sus armas.

    “¿Todo bien?- decía el recado.

    Oscar garrapateó un par de líneas y lo dobló y colocó en la charola del servicio. André sonrió levemente a su “amo”.

    El rostro de Oscar, sin embargo, estaba un poco iluminado por la presencia del conde sueco. Y también estaba un poco afligido.

    Para André no pasó desapercibido aquel gesto. Oscar estaba raro después de la visita de aquel conde venido de Suecia, que tan buena impresión había causado en María Antonieta de Francia.
     
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    1745
    Cap. 16

    André pasó semanas intrigado por el comportamiento de Oscar. Realmente su gran amigo y “hermano” estaba cambiado un poco.

    Un día, tras volver de Versalles, Oscar subió las escaleras rápidamente.

    Trató de ir tras él pero su abuela no se lo permitió.
    - Te he pedido hasta el cansancio que cuando Oscar llegue a la casa corriendo sin hablar no trates de subir corriendo en su búsqueda.
    - Es que quiero saber qué le sucede.
    - Lo sé- dijo la abuela.- Pero no en esta ocasión.
    André insistió.
    - Abuela, ¿qué le sucede a Oscar?
    - No te puedo decir- señaló la anciana- no es correcto.
    - Aunque no lo sea, yo sólo quiero saber qué le pasa.
    La abuela movió la cabeza.
    - Muchacho curioso y atolondrado. Hazme el favor de traer unos paños húmedos con agua tibia y dejarlos en la mesita de la entrada a la habitación. Ah, y también paños secos de algodón.
    - ¿Para qué necesitas eso? ¿Acaso Oscar se hirió?
    - Haz lo que te ordené y no hagas preguntas.
    André bajó un poco desconcertado.
    Luego, trató de analizar el comportamiento reciente de su amigo. Desde que Fersen había llegado, trataba de estar siempre cerca de María Antonieta. En ocasiones, gustaba de pasear con Fersen por los jardines de Versalles o le enseñaba o aprendía un nuevo movimiento con la espada.
    - Tiene tanto que no jugamos juntos- se lamentaba el muchacho de quince años.
    Al poco tiempo, bajó Oscar con más calma.
    - ¿Ocurre algo, Oscar?
    El hijo del general Jarjayez negó tan sólo moviendo la cabeza.
    - Nada, André. Aunque…después de todo, me alegra que hayas sido tú el que se preocupara por mí. Nadie, excepto tú y la abuela lo hacen.
    - Tu madre también está preocupada.
    - Mi padre la ha convencido de que soy fuerte.
    - Entonces…ocurrió algo.
    Oscar lo miró y le dio un leve golpecito en la frente.
    - ¿Por qué eres tan curioso, André?
    - ¿Volverás a Versalles?
    - No- dijo Oscar- tengo permiso de su Alteza para no practicar esta tarde.
    - Entonces, podremos hacer algo juntos.
    Oscar negó.
    - No se puede hoy, André. No me siento bien. Vendrá Fersen a una partida de ajedrez. Disponte para que juguemos, ¿quieres?
    André negó.
    - No hoy, Oscar…no me siento bien.
    Oscar lo vio marchar hacia la caballeriza.

    El joven de quince años y ojos azules y cabello negro se dispuso a alistar a los caballos para el día siguiente.
    La abuela lo fue a buscar con un gran pedazo de pay.
    - Abuela…¿qué haces aquí?
    - ¿Qué hace mi hermoso niño?
    - Abuela…tenía tanto que no me hablabas así.
    - Es que…tiene tanto que tú y yo no hablamos…
    André respiró.
    - No puedo…en ocasiones, siento un nudo en la garganta.
    - Es por Oscar y por…
    - Sí…pero no quiero mortificar a nadie.
    - Es cuestión de tiempo. Verás qué pronto todo se disipará.
    - ¿Qué le sucedió a Oscar?
    - ¿No fue obvio?
    André la miró un momento.
    - Ahora comprendo…soy un tonto.
    - Tú siempre, André- dijo la abuela.
    - ¿Cómo no pensé que se trataba de eso?
    - Haces lo mismo que todos: das por hecho algo que no sucede…Oscar sigue siendo…
    - Calla…espera…viene el conde Fersen.
    Al poco rato salía para recibir a tan digno y noble visitante.
    El conde Fersen se acercó y saludó a todos. André trató de no ser grosero. Sabía que Fersen era un buen amigo de Oscar y eso comenzaba a molestarle un poco.
    Oscar salió a recibirlo.
    - Ven, Hans- dijo con familiaridad.
    “¿De cuándo a acá le llama Hans?”- se preguntó André.

    Pasaron al estudio. André se quedaba afuera.
    Oscar lo llamó.
    - ¿No juegas, André? Tú eres muy bueno en este juego.
    - Lo lamento, Oscar. Hoy no. Tengo cosas que hacer. Hay una lección que no he podido dominar y quiero aprenderla ya.
    - Entiendo- dijo Oscar.
    Mientras tanto fue al pueblo y tras beber un poco se adentró para buscar diversión.
    Cuando regresó, su abuela lo reprendió.
    - ¿Te das cuenta de la hora? Oscar te estuvo llamando durante un rato.
    - No creo que me haya necesitado mucho, estaba con el conde Fersen…
    La abuela movió la cabeza.
    - Muchacho necio, ¿todavía no entiendes nada?
    - Entiendo mejor de lo que crees, abuela. Pero en fin, ya estoy aquí…será mejor que vaya a ver qué quiere Oscar, ¿no?
    La señora Grandier lo vio marchar.

    Oscar estaba en el estudio.
    André se acercó.
    - ¿Me llamabas?
    - ¿Dónde estabas?
    - Me fui tan sólo un rato. Quería comprar un par de libros…
    Oscar se le acercó.
    - André…tengo ganas de llorar…
    André no supo cómo reaccionar. Para un solo día, eran situaciones extrañas las que tenía que identificar en Oscar.
    - No te preocupes…en ocasiones nos pasa.
    Oscar abrazó a André, como a un hermano y éste dejó que el joven capitán lloraba a lágrima abierta.
    André también derramó algunas lágrimas. No había recordado haber llorado antes desde la muerte de sus padres. Ahora, compartir el llanto de Oscar era doloroso y a la vez, reconfortante.
    Recuperó la cordura para servir de consuelo a su amigo. Éste se incorporó y tras secar el llanto le pidió.
    - Que nadie en casa sepa esto…especialmente mi padre…
    André movió la cabeza.
    - No te preocupes, Oscar. Sabes que por mí nadie lo sabrá. Además, no es vergonzoso. Pero si quieres, a nadie se lo diré.
    - Gracias, André- dijo Oscar.
    Se sentaron a estudiar. André le mostró un par de libros.
    - Este lo escribió un tal Maximilien de Robespierre…este es de Jean Jacob Rousseau…
    - Todos están excelentes- dijo el nuevo lector de aquellos libros liberales.
    - Si tu padre lo supiera…
    - Secreto por secreto- dijo Oscar, guiñando el ojo.
    - Por supuesto- sonrió André.
    Todo el tiempo que Oscar había pasado fuera con Fersen André lo olvidó por completo. Un segundo al lado de Oscar era mucho más que dos horas pasadas lejos.
    Oscar también había sentido consuelo con André. ¿Por qué razón había llorado? Quizás había sentido la necesidad de desahogar algún sentimiento negativo o muy íntimo y no quisiera que nadie más lo supiera.
    André no se atrevía a preguntar.
    - ¿Qué hay con Fersen?-
    Oscar levantó la vista y refirió.
    - Nada en especial…por ahora está en entrenamiento y parece que todo está bien…pero cuando tiene audiencia con María Antonieta, se pone triste. Sólo espero que el príncipe Luis no se dé cuenta.
    - No lo hará- dijo André- siempre está muy ocupado con lo de sus candados.
    Oscar asintió.
    - Pobre María Antonieta…la compadezco.
    - Es normal- dijo él
    El joven capitán miró detenidamente a André. Luego dijo en tono de broma.
    - Creo que tienes…un ojo rojo…
    - ¿Yo?- preguntó André.
    Oscar se lanzó directamente sobre André y le picó los ojos, como cuando eran niños.

    Al día siguiente, muy temprano, Oscar salió con André para Versalles.
    - Ya deseo unas vacaciones- dijo Oscar con nostalgia.
    - Quisiera tener tiempo aunque sea para respirar aire puro- dijo André.- Con eso de que el rey Luis XV está enfermo.
    - Sí- refirió Oscar- lleva semanas así.
    No lejos de la casa Jarjayez, una jovencita cruzaba la calle.
    La pobre había sufrido por ver a su pobre madre enferma.
    Cuando se acercó, vio el lujoso carruaje en que iba Oscar y se acercó diciendo:
    - Monsieur…por compasión…
    - ¿Qué te ocurre, niña?- preguntó Oscar.
    - Sé que quizás no debería pero…aunque sea por piedad…mi madre está enferma y necesito darle de comer…tómeme y haga de mí lo que quiera…a cambio de que me pague para la comida de mi madre.
    Oscar sintió una opresión en el pecho. ¿Una jovencita como esa, vendiéndose por unas monedas para comprar la comida de su madre?
    Luego rió sin poder contenerse.
    - ¿Por qué se ríe?- preguntó la niña.
    André también se desconcertó.
    - Perdón…es que…no puedo hacer lo que me pides, niña, aunque te regalaras…
    La chica, que no era otra que Rosalie Lamorlierié, aquella que fuera hermana de la joven de cabello negro que miraba atentamente a los soldados el día de la llegada de María Antonieta, miró detenidamente a Oscar y no comprendía del todo.
    André le dijo algo al oído. Rosalie comprendió.
    - Entiendo…perdóneme.
    - No te preocupes. Muchacha, dime…¿está muy grave tu madre?
    - Mucho…es el hambre…
    Oscar sintió profundo dolor y dijo a André.
    - Dale varios francos a la niña…que tu madre se mejore…
    La chica agradeció. Había podido recibir una pequeña ayuda.
    Pero no lejos de ahí, otro carruaje pasaba. Era el del conde de Guémene.
    Un pequeño niño pidió algo de dinero al conde y éste se negó.
    Rosalie le dio dinero del que a ella le habían regalado y el pequeño, saltando, se marchaba hacia su hogar.
    Pero el conde, con un instinto poco noble, disparó por la espalda y mató al pequeño.

    Oscar lo vio. Quería bajarse a pedirle cuentas. Pero André lo detuvo.
    - No lo hagas, Oscar. Será peor.
    Oscar decidió que un día vengaría la muerte de aquel pequeño.

    Ya en prácticas, Oscar arreaba un caballo cuando en determinado momento su caballo viró y Oscar cayó al suelo. Por un instante se desmayó.
    André corrió a asistir a su amo.
    Fersen le ordenó.
    - Hay que llevarlo dentro. El médico lo atenderá.
    André aguardaba.
    Llevaron a Oscar a una amplia habitación. Fersen no se movía.
    - Doctor, examínelo.
    André le ordenó.
    - Señor conde…venga conmigo…hay que dejar al doctor hacer su trabajo.
    - Yo quiero quedarme a la inspección- dijo el conde con firmeza. – Es mi responsabilidad.
    El doctor pidió.
    - Deben salir.
    Fersen no comprendía. André le dijo.
    - Afuera le explico.
    Estando afuera, André le contó al conde Fersen el secreto de Oscar.
    - ¡Cómo no me di cuenta!- dijo Fersen- pero si es obvio. Lo lamento, muchacho. Debo tener mucho más cuidado.
    - Gracias, señor conde.
    Cuando terminó la revisión, Oscar se levantó.
    - Hay que volver, Hans.
    - No, Oscar…es mejor que vayas a casa.
    André le hizo una señal.
    - Ya lo sabe…
    Oscar respiró hondamente. El secreto estaba en buenas manos…
     
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    Andrea Sparrow

    Andrea Sparrow Usuario común

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    Lumiére et nuit [Finalizado]
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    Para adolescentes. 13 años y mayores
    Género:
    Romance/Amor
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    87
     
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    Cap. 17

    Oscar se sintió mejor. Despertó recordando que Fersen había entrado a su habitación con André. Respiró hondamente y pensó en llamar a su amigo.

    Se incorporó y sintió un pequeño mareo.
    André entró.
    - ¿Se puede?
    Oscar asintió.
    - Claro, adelante, André.
    El joven de quince años se acercó levemente y dijo:
    - Te ves bien…¿te sientes mejor?
    - Sí…creo que me dormí un rato, ¿cierto?
    - Así es…
    - Dime…¿Fersen todavía está aquí, André?
    La pregunta causó un poco de molestia.
    - No…se fue en cuanto supo que no había sido nada grave. Pero dijo que volvería mañana.
    - Mañana lo veré en Versalles, supongo.
    André negó con la cabeza.
    - No, Oscar…el doctor dijo que deberías aguardar solamente un día. Que la lesión no desembocó en una fractura pero que deberías descansar.
    - Qué lástima- comentó Oscar- no me gusta pasar mucho tiempo en casa. ¿Qué dijo mi padre?
    - Todavía no lo sabe- refirió André- madame Jarjayez se lo dirá cuando llegue.
    Oscar reveló en su rostro la preocupación sobre lo sucedido. Siempre que pasaba algo así, su padre se molestaba.

    Fersen se marchó a Versalles.
    Pasó un rato en su habitación, hasta que fue la misma princesa quien lo llamó.
    Fersen se inclinó ante ella y la saludó cordialmente.
    - Buen día…su Alteza.
    La mirada de María Antonieta era realmente conmovedora. Fersen decidió no mirarla para no encender la pasión en su corazón al contemplarla.
    - Señor conde…¿dónde estaba usted?
    - Tuve que ir a dejar a Oscar Jarjayez a su casa…no se sentía bien.
    - ¿Qué le ocurrió?
    - Un pequeño traspié con el caballo…pero no fue nada de cuidado. Sólo que el médico consideró que debía descansar un día.
    - Está bien. Diga a Monsieur Oscar que puede descansar sin preocupación. No habría ningún inconveniente con que no venga mañana a la corte.
    - Le agradezco, su Alteza.
    Fersen levantó ligeramente la mirada. La belleza de María Antonieta era evidente e intensa.
    Volvió a descender la vista. Ella resguardaba en los ojos un par de lágrimas.
    - Monsieur Fersen, ¿por qué se preocupa tanto por Monsieur Oscar?- preguntó, como tratando de averiguar si conocía el secreto de Oscar.
    Hans von Fersen dijo.
    - Me preocupa porque es mi amigo y lo aprecio mucho.
    - Usted…sabe realmente quién es Oscar…-indagó veladamente María Antonieta.
    Fersen asintió.
    - Sí…lo sé, quizás por eso le admiró más y me siento más orgulloso de contar con su amistad.
    María Antonieta respiró. Eso parecía causarle gran tranquilidad.

    Quien no poseía la misma tranquilidad era André. Seguía sumamente preocupado por la actitud de Oscar, tratando de entrever lo que éste pensaba respecto a Fersen.
    Se había preocupado por saber si Fersen se había marchado. Quizás Oscar había encontrado una amistad más ad hoc con su status social.
    Eso tenía a mal traer al joven Grandier, puesto que sentía gran predilección por el joven capitán y le era difícil sino es que hasta molesto tener que compartir la amistad de Oscar con alguien más.
    Su abuela le advirtió.
    - Tendrás que aprender a vivir con eso, André. Si es que quieres permanecer todo el tiempo al lado de Oscar, digo- comentó la anciana.
    André asintió.
    - Lo haré aunque tenga que ver cómo Fersen pasa más tiempo con Oscar.
    Al poco rato llegó el padre de Oscar.
    - ¿Oscar no fue hoy a la corte?- preguntó.
    - No, Monsieur Jarjayez.
    El padre de Oscar se molestó.
    - ¿Cómo es posible que no lo haya hecho?
    - El doctor dijo que necesitaba descansar.
    - No lo creo…Oscar es fuerte…
    - Sí, pero es…-siguió la mujer, siendo interrumpida por el padre de Oscar.
    - Nada, madame Grandier, Oscar es el mejor capitán de la guardia real, guardia particular de la princesa María Antonieta y no puede descuidar eso.
    La abuela asintió.
    - Le hablaré, mi señor- dijo ella.
    El general Jarjayez asintió.
    - Háblable. Debes convencerle de que ya está bien para que se presente cuanto antes en Versalles.
    - ¿Sucede algo malo, señor?
    El general respondió.
    - El rey está muy mal de salud…
    - Comprendo- dijo ella.- Avisaré a mi nieto.
    La abuela fue de nuevo donde André.
    - Hijo…
    André cepillaba un caballo.
    - ¿Qué sucede, abuela?
    - El rey Luis…está muy mal…
    - Lo intuí. Voy a avisar a Oscar.
    - Su padre insiste en que se presente mañana mismo.
    - ¿Está molesto?
    - Un poco…no quiso entender mis razones.
    André movió la cabeza negativamente.
    - Nunca las entiende…no comprendo cómo es que Oscar ha podido soportar todo esto tanto tiempo.
    - Lo seguirá haciendo, André. Es fuerte.
    - Pero no por siempre…yo me encargaré de hacérselo más leve. Pero no sabes cómo duele…
    - Tranquilo, ve con Oscar cuanto antes, anda…
    El capitán estaba leyendo en el estudio.
    - Te busqué en tu habitación pero no escuché ruidos.
    - Estaba aquí. ¿Pasa algo?
    - Tu padre…¿no te ha dicho nada?
    - Está molesto porque no fui a Versalles…-dijo con seriedad.
    - Lo sé pero…es que dice que es necesario porque el rey Luis está muy delicado.
    Oscar se preocupó un poco.
    - Supongo que debe estar sufriendo…sólo que es algo que él mismo se buscó. Nadie lo mandó a estar con una mujer como Madame Dubarry.
    - Lo sé pero…creo que los más afectados son María Antonieta y el príncipe Luis.
    - De acuerdo…eso es lo que más me preocupa. Lady Antonieta no está lista para ser la nueva reina de Francia, aunque lo será indudablemente.
    - Dime, Oscar…¿crees que ella esté interesada en Fersen?
    Oscar asintió.
    - No sólo lo creo…tengo la total seguridad…es por eso que hay que ser precavidos. Voy a tratar de convencerla para que no se reúna continuamente con él…eso puede ser perjudicial.
    - ¿Y te hará caso?
    - Eso espero…-dijo Oscar.
    André pensó en lo mucho que Oscar frecuentaba a Fersen. ¿Trataría de separar a María Antonieta de Fersen? ¿Por qué razón?
    Él mismo recordó lo que había pasado ahora que se había divertido un poco en el pueblo. No había podido olvidar a aquella mujer que lo había enamorado locamente. No cambiaría de sentimientos. Y Oscar parecía reaccionar de manera similar, aunque en otra persona.

    Al día siguiente, arribaron juntos a Versalles.
    André observó a Oscar pendiente de encontrar cuando antes a Fersen.
    - ¿El oficial Fersen está por aquí?- preguntó Oscar.
    Uno de los soldados de la guardia le respondió.
    - Sí…está en el gran salón con los príncipes herederos.
    Oscar se arregló el traje y se acercó a la recepción.
    André permaneció en la puerta por la parte exterior.
    Aguardó afuera mientras la recepción de desarrollaba.
    Unos minutos después, salieron. Oscar iba con María Antonieta.
    Oscar hizo una señal a André.
    - Ven, por favor, André. Madeimoselle Antonieta lo permite.
    André se sentía contento pero no entendía por qué.
    Estando junto a María Antonieta, Oscar pudo notar las reacciones de Fersen frente a ella.
    No había audiencia en la que Fersen no estuviera presente.
    André estaba desconcertado.
    Un baile de gala se iba a celebrar un par de días después.

    André esperó a Oscar tras la audiencia. Oscar lo alcanzó a la salida del palacio.
    - ¿En dónde te quedaste, André?
    - No muy lejos- dijo André.- No tan cerca como para notarme…
    Oscar miró a André a los ojos.
    - Tú tienes algo que no quieres decirme.
    La mirada de André estuvo cargada de algo muy extraño que Oscar no quiso averiguar.

    Rosalie, mientras tanto, trataba de ayudar a su madre con las medicinas y la parca comida que recibía.
    En tanto, Jeanne decidió marcharse de la casa.
    Rosalie le suplicaba que no se fuera.
    - Jeanne…te lo ruego…no te vayas. Mamá está muy enferma.
    - Yo no pienso quedarme un momento más aquí, Rosalie. Mamá no sanará tan sólo porque yo me quede…quizás, yendo a buscar a algún amigo de la familia, pueda conseguir ayuda para que salgamos de esta pobreza.
    Pero Rosalie rogaba con mayor insistencia.
    - Por favor…te lo ruego, Jeanne…no dejes a mamá con el pendiente de no saber en dónde estás…
    Pero Jeanne negó.
    - No voy a quedarme en esta vil miseria, Rosalie. Tú tienes alma de pordiosera pero yo no.
    Jeanne marchó.
    Rosalie trató de alcanzarla. Incluso trató de detenerla. Pero en su paso, tropezó con un muchacho.
    - Perdón, madeimoselle- dijo él apenado.
    Ella lo miró apenada. Su pinta humilde no pudo opacar su belleza, misma que aquel joven también pudo percibir.
     
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    Título:
    Lumiére et nuit [Finalizado]
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    Género:
    Romance/Amor
    Total de capítulos:
    87
     
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    Cap. 18
    El joven que había tropezado con aquella joven tan pobre sonrió veladamente, haciendo que aquella carita sucia y un poco afilada por el hambre también lo hiciera.
    - Discúlpeme, señorita- insistió el joven- no la vi venir. Estaba algo preocupado.
    - No se excuse, Monsieur- dijo ella, también apenada. No pudo dejar de notar que el joven era atractivo y la miraba de forma especial.
    - ¿Puedo ayudarla en algo?
    Rosalie bajó la cabeza y negó.
    - No, Monsieur…nadie puede ayudarme ahora…
    - No diga eso. En ocasiones tan sólo hablar con alguien nos puede servir de algo. Cuénteme…pero, ¡qué descortés! Ande, venga conmigo y tome algo de café y unos panecillos.
    - No, no podría- dijo Rosalie- con estas fachas y con mi madre enferma…
    - En ese caso, vamos donde su madre- dijo el joven.
    - Es usted muy bueno- susurró apenas Rosalie.
    El muchacho se inclinó ligeramente y se presentó:
    - Mi nombre es Bernard Chatelet, a sus órdenes. Vamos…
    Llegaron al poco rato a donde la madre de la muchacha yacía en cama, debido a la mala alimentación.
    - Bon noir, madame- dijo Bernard, tratando de no llorar al ver así a la madre de la joven.
    La señora Lamorlierie, la madre de Rosalie, apenas pudo responder.
    - Buenas noches, caballero. Rosalie, hija, ¿quién es este señor?
    - Mi nombre es Bernard Chatelet, señora. Encontré a su hija por casualidad, al parecer iba algo preocupada. Supe por ella que se encontraba delicada. La culpa de esto se debe a la vida que nos ha dado el rey…sé que está muy enfermo, espero que ahora que fallezca las cosas mejoren.
    - No se alegrará usted de la muerte del rey- dijo la señora.
    - No exactamente, pero si con su muerte las cosas van a mejorar para todos en Francia, bien valdría la pena que muriera- comentó secamente.
    Rosalie estaba asombrada de la forma de hablar del muchacho.
    - He venido para ayudarle. No tengo mucho dinero pero en algo podré colaborar para remediar la pobreza de alguien en París.
    - No tiene por qué molestarse, Monsieur- suplicaba la señora.
    Pero el joven replicaba.
    - Permítame hacer algo por ustedes, señora. Yo no tengo madre…si la ayudo, es casi como si estuviera ayudando a mi propia familia. No rechace mi pobre apoyo, se lo ruego.
    - Está bien, muchas gracias.
    - Gracias, Monsieur Chatelet.
    Bernard miró con interés a aquella pequeña que se veía más que triste.
    ---------------------------------------------------------------------------------------------------------------------

    Ya en Versalles, Oscar aguardaba a una entrevista con María Antonieta, pero al parecer ella, entre otras cosas, prefería tomar decisiones aconsejada especialmente por Fersen. Incluso el nieto del rey prefería seguir haciendo candados que poner atención a la futura esposa. El rey le había dicho ya en una ocasión que pusiera atención a los deseos de ella. Pero el joven príncipe alegaba que era demasiado tímido para acercársele.
    Mientras tanto, Oscar seguía esperando que María Antonieta saliera de su reunión.
    André estaba afuera contemplando un rosal.
    - No le des tantas vueltas, André. Seguramente tardará otro rato.
    - ¿Cansancio?- preguntó André Grandier.
    - No…quizás, preocupación- añadió.
    André le insistió.
    - Sé que te preocupa el interés tan solícito que tiene María Antonieta por Fersen…supongo que ves en ello un gran peligro para la corona francesa…
    - Exacto. Ya hubo uno muy grande cuando María Antonieta se negaba a cruzar palabra con Madame Dubarry y ahora hay que esperar la decisión de la princesa respecto al conde sueco.
    - Es un buen soldado, inteligente y fuerte…-comentó André.
    Oscar se quedó en silencio tratando de procesar por qué André se había atrevido a ponderar con algo de ironía las cualidades de Fersen.
    - Ya me di cuenta que no te agrada ni un poco, ¿cierto?
    - No es eso, Oscar. Tal vez no es muy de mi agrado pero no me molesta. Además…¿quién soy yo para que su presencia me agrade o me disguste?
    Oscar sonrió y se acercó, tocando su hombro.
    - Mi amigo, André…sólo eso…
    André sonrió a su vez y dijo:
    - En lo que vuelve María Antonieta, podemos dar una pequeña cabalgata por los jardines.
    - Buena idea. Así nos enteraremos de la salud del rey por boca de los guardias particulares de Su Majestad.
    - ¿Y tu padre?
    - Fue a Reims. Lo enviaron en una comitiva importante. Al parecer, los Estados Generales están en un conflicto. Habrá un desfile donde estarán presentes los representantes de la Cámara de los Comunes. Están algo intranquilos por las finanzas.
    - Me lo imagino. Bueno…vamos a cabalgar.
    Dieron una vuelta mientras recordaban tiempos pasados.
    - Recuerdo apenas cuando me tiraste aquella vez del caballo, Oscar.
    - Sí- dijo éste- recuerdo que le corté el cincho y te pegaste en la cabeza.
    - Y la abuela me regañó, después de todo, porque dijo que yo no había tenido cuidado.
    - No te preocupes, que después de eso comimos pastel de manzana- guiñó el ojo Oscar.
    Entre risas, corrieron un rato hasta que el padre de Oscar los descubrió.
    - ¿Puedo saber qué hacen aquí, como si nada, retozando en el jardín?
    - No, Monsieur Jarjayez- dijo André- sólo hacíamos tiempo. Su Alteza está aún ocupada.
    El padre de Oscar aclaró.
    - He vuelto de Reims…las cosas están complicadas allá. Me gustaría que fueras pero Su Majestad está delicado. Hay que aguardar a saber qué le sucederá.
    - Sí, padre- dijo Oscar, guiñando el ojo a André.
    Cuando llegaron, Fersen saludó a Oscar.
    - Me alegra verlos.
    - ¿Y tu audiencia, finalizó?- preguntó Oscar.
    - Sí, en efecto. La princesa aceptó la compra de material para fabricar algunos buques. Y me ha pedido que supervise la construcción.
    - Me alegro. En vista de eso, tendré que relevarte por un tiempo.
    - No necesariamente. Puedo cumplir con la rutina y la formación y dedicar un tiempo a la construcción de armas y barcos.
    Oscar parecía mirar con mucha atención lo que Fersen decía. André notaba cómo Oscar parecía perder el piso ante las palabras evocadores y llenas de sofisticación del conde sueco que se encontraba cada segundo más cerca de María Antonieta y más lejos de la cordura.
    Entonces, André pudo por fin definir el sentimiento que se apoderaba de su persona.
     
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