Mini-rol Ludi Harpastum | UA (Genshin Impact)

Tema en 'Salas de rol' iniciado por Gigi Blanche, 21 Diciembre 2021.

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    Rider

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    —Por supuesto que no —negué sutilmente con la cabeza—, reservo mis mejores frases para las mejores compañías.

    Le guiñé el ojo con cierta complicidad a la chica. Me tomó unos segundos darme cuenta de lo que había dicho ¡¿A que rayos había venido ese comentario mío?! Lo había soltado tan natural que ni siquiera lo procesé antes debidamente. Desvié la mirada inmediatamente después de eso tratando de ocultar mi vergüenza; primero una frase tan estereotípica, ¿y ahora esto? mi elocuencia no estaba a su máximo esplendor ¿eh? Ya ni siquiera diría que esto me pasaba solo con las chicas, probablemente era que me hacía falta entablar más conversaciones con gente que no fuesen solo los del gremio o la gente de la iglesia.

    Para empeorar la situación Anna había recibido un poco de daño a causa de la magia del Samachurl, aunque sabía que había evitado la mayor parte del daño eso no detuvo mi preocupación, una herida medianamente profunda en un sitio como este podría desembocar en algo mucho más grave. Planeé correr hasta ella para asistirla, hasta que su advertencia me detuvo, el Hilichurl acabó lanzándome un Slime de tamaño considerable que impacto directo en mi pecho y me hizo tambalear un poco. El impacto fue fuerte, pero extrañamente no sentía frío, me giré nuevamente a comprobar el estado de la señorita, solo para ver como una tenue aura de tonalidades anaranjadas la envolvía a ella y a mí. Tenía que dejar de jugar al valiente héroe protector, la chica no solo era alguien capaz, era fuerte y me estaba ayudando a minimizar daños. Esto ya se estaba extendiendo de más para lo que eran un par de monstruitos de turno, si nos coordinábamos para separarlos de esos pilares quizás...

    —¡Oye, Anna! —llamé a la chica mientras cargaba una buena dosis de energía Anemo en mi mandoble—. ¿Qué tal una maniobra especial? ¡Yo los subo, tú los bajas!

    Le dediqué una ultima sonrisa, esperando que entendiese a que me refería. Poniéndolo en retrospectiva debería dejar de tratar de sonar "genial" y comunicarme claramente con la gente cuando estamos en un combate...Meh, ya leeré un libro en la biblioteca sobre eso.

    Con toda la energía acumulada solté un ligero gruñido y lancé con fuerza mi arma a escasos centímetros de los pilares que sostenían a aquellas criaturas, liberando un fuerte vendaval que los elevó varios metros por encima de nosotros, estaban completamente vulnerables. Para fortuna de mis escasas habilidades de comunicación, había captado a lo que trataba de referirme. Anna dio un poderoso saltó y cuando se encontró a su altura dirigió su lanza en una serie de movimientos fluidos y elegantes, formando un enorme kanji, el cual estalló mandando de nuevo al suelo a las criaturas, aunque para cuando estas tocaron el suelo ya eran ceniza. Con tal escena me fue imposible no soltar un silbido producto del asombroso despliegue de poder que había visto.

    —Y así fue, damas y caballeros, como Aleck Graham salvó el día —bormeé pretendiendo llevarme el merito por tal hazaña, acompañándolo todo con una reverencia hacía un publico imaginario—, no, por favor, no más aplausos, ¡todos son muy amables!

    >>Ya veo porque los artistas viven del aplauso, ¡es muy gratificante! —reí mucho más tranquilo ahora que todo había concluido— Te encuentras bien, ¿verdad? Esos movimientos fueron impresionantes y ese collar lindo que tienes parece ser bastante útil.
     
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    Gigi Blanche

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    La respuesta de Aleck me hizo alzar las cejas y estirar la sonrisa, en un gesto que claramente decía "¿ah, sí?". Lo dejé en paz, sin embargo, pues la vergüenza ya se le notaba desde mi posición y, siendo francos, teníamos asuntos más urgentes que atender. La batalla progresó con ventajas y altibajos hasta que el muchacho despegó a los hilichurl de sus pilares y aproveché las mismas corrientes de aire generadas por él para elevarme a su altura. Concentré la energía Pyro en la punta de la lanza, dibujé los trazos de fuego en el aire y, cuando regresé al suelo, el kanji estalló violentamente. Aterricé sobre la punta de mis pies, con delicadeza, y agité mi arma en un último movimiento que la evaporó en pequeñas partículas rojizas danzando junto a la brisa.

    La voz de Aleck me alcanzó desde mi espalda y sonreí, volteando sin prisa. Estaba agradeciendo e inclinándose frente a un público imaginario y yo me crucé de brazos, esperando a que se aburriera de montarse el espectáculo. Recibí su mirada y su elogio ensanchó mi sonrisa.

    —Lo es, ¿verdad? —afirmé, jugueteando con el collar, y lo regresé debajo de mi ropa—. Tú también fuiste muy útil, señor aventurero~ Aunque... ¿"Yo los subo, tú los bajas"? Tendremos que trabajar en eso para la próxima. Pensé que reservabas tus mejores frases para las mejores compañías...

    Fingí un suspiro de decepción y reanudé el camino, esquivando los... las cenizas de lo que antes habían sido los hilichurl. Quizá fuera incorrecto perder por completo la sensibilidad ante estas criaturas, pero eran tan nocivas y aparecían tanto a incordiar que ya no sentía mucha empatía. Eché un vistazo hacia la cima de la montaña, o al menos la ventisca que la bloqueaba, y luego miré a Aleck.

    —Y dígame, señor aventurero, ¿cómo haremos para evadir esa tormenta?
     
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    No pretendía hacer demasiado hincapié en aquel collar, ¿quizás era algún tipo de reliquia familiar? ¿un talismán de la buena suerte? Fuese cual fuese el caso, creía que no me correspondía a mí hacer esas preguntas aún. Me limité a sacudirme un poco de las cenizas que se habían entremezclado con la nieve del lugar, no era un particular fan de "salir a cazar hilichurls" cómo si lo eran algunos miembros del gremio, pero sean hilis, slimes, cazadores de tesoros, guardianes de las ruinas o hasta Fatuis, cómo decían por ahí, a veces la paz no es una opción.

    La chica pareció algo entretenida con mi espectáculo, lo cual era bueno, ¿no? quizás sí tenía dotes para el mundo de la actuación. Bromas a parte, ambos estábamos bien, y no iba a mentir que me alegré bastante al escuchar que había tenido un buen desempeño en el combate, con la única excepción de que mis diálogos aun estaban un poco trillados.

    —Bueno, quizás puedas enseñarme un par de frases más adecuadas para situaciones como estas —sonreí, denotando cierta sinceridad en mis palabras mientras atraía mi arma nuevamente hacía mí, no dándome cuenta de las intenciones en sus palabras—, seguro que habrá un par de frases que podría acuñarme ¿no?

    Retomamos nuestro camino, aunque habíamos comenzado nuestro viaje en las primeras horas del día el recorrido de la montaña no era precisamente corto y parecía que mientras más avanzábamos más oscuro se ponía, era difícil si era así por la hora o por la increíble cantidad de nubes y espesa niebla que cubre la montaña, de cualquier modo, probablemente sería mejor apresurar el paso. Avanzamos sin mayores problemas; la cima parecía estar cada vez más cerca, lo sabía porque la ventisca cada vez parecía arreciar más, y cómo era de esperarse, Anna también lo notaba.

    — ¡Oh, aquí es cuando vuelvo hacer un poco de guía del lugar! —carraspeé un poco mientras invitaba a seguirme por un camino en donde el paisaje comenzaba a cambiar—. Estamos dentro de una la ruinas más ocultas de la montaña, una especie de torre que fue erosionada y parcialmente enterrada por la nieve.

    >>El sitio es apenas reconocible, pero cerca de aquí esta la entrada a una sistema de túneles naturales que atraviesan el muro de viento más peligroso de Espinadragón. El sitio es enorme y por ende sus carámbanos también, así que no estaría de más mirar hacía arriba de vez en cuando para estar seguro que no se ha desprendido ninguno.

    Acabé mi breve explicación soltando una risa ligera. Aquello era en parte broma y en parte en serio, aquellas cosas eran enormes y podrían causar un gran daño, pero seguramente eso no nos detendría. Continuamos avanzando entre las ruinas mientras unas tenues antorchas que otros aventureros había encendido marcaban tenuemente nuestro camino hasta estar justo a la entrada de la cueva.

    —¿Sabes? Un amigo dice que un día vio entrar aquí a un jabalí gigantesco, ¡de al menos cuatro metros de altura! —utilicé mis brazos para tratar de expresar el descomunal tamaño que me describía al momento de dar nuestros primeros pasos en el sitio—, la verdad es que yo no le creí, sin embargo él desde entonces no pone un pie en este lugar, dice que el lugar ya es bastante intimidante sin tener que pensar en una criatura gigante escondida entre las cuevas. Pero a mí me gusta, me hacen sentir pequeño, en una buena manera supongo.
     
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    La respuesta de Aleck se me antojó honesta e inocente, eso o sus habilidades sarcásticas habían aumentado exponencialmente en cuestión de minutos. Parpadeé, suponiendo que no habría captado la intención subyacente a mis palabras, y sonreí con suavidad. A veces era tan adorable como un niño pequeño.

    —Algo podremos rescatar de los guiones de Yun Jin —afirmé—, y si algún día te preguntan de dónde son tus frases tan increíbles, puedes hacernos publicidad. Todos ganamos.

    Pronto mi atención se desvió a la Estatua de los Siete que emitía su halo azulino hacia el cielo desde lo alto de una plataforma distante, justo frente a nosotros. El camino se curvó en un pronunciado valle y empezamos a tomar unas antiguas escaleras de piedra. Parecíamos estar alcanzando un trozo de construcción, probablemente de la civilización que antaño habitó la montaña, tal y como Aleck me había comentado.

    Las palabras del muchacho fueron acompañando mi inspección visual, fascinada con la idea de estar pisando los vestigios de historia pertenecientes a Espinadragón. Desde nuestra posición vislumbraba pasillos, recovecos y arcos derrumbados que, en su momento, habrían dirigido a otras dependencias. Podríamos habernos echado el día entero sólo explorando esta porción de las ruinas y, de hecho, me habría encantado hacerlo; pero el sol, a nuestra izquierda, se acercaba al horizonte y recortaba nuestras posibilidades. Debíamos apresurarnos hacia la cima.

    Una extraña y conveniente corriente de aire nos ayudó a impulsarnos y sortear los altos muros de la torre, permitiéndonos alcanzar el ingreso a la cueva. Un profundo silencio latía desde su interior y también se apreciaban los pálidos destellos azulados del hielo. Debía estar helado ahí adentro, en el vientre de la montaña. Me envolví un poco mejor en mi abrigo.

    —¿Cuatro metros? —exhalé, sorprendida.

    Me tomó un par de segundos alcanzar el ritmo de Aleck tras quedarme pasmada, preguntándome si... si una criatura tan peligrosa realmente viviría aquí adentro. ¿Y por qué a él no parecía preocuparle en absoluto? ¿Sería el famoso espíritu de aventurero?

    —¿Te gustan las cuevas o la idea de que nos aceche un jabalí de cuatro metros? —cuestioné junto a una ligera risa.

    El silencio, efectivamente, se comprimió contra mis oídos y nuestras voces rebotaron con suavidad entre las paredes cavernosas. Quien fuera su amigo, le di la razón. Este sitio era algo intimidante. Alcé la vista al techo y por un instante mi cuerpo se tensó, algo nerviosa. Esos carámbanos de hielo... eran enormes, vaya. Esperaba que estuvieran bien agarrados a la roca.

    —Oh. —Nuestro camino fue repentinamente interrumpido por un profundo cuerpo de agua y miré a Aleck—. Aquí nunca paran las sorpresas, ¿eh?

    Había dos pilares de piedra que sobresalían lo suficiente para fungir de plataforma y permitirnos cruzar, el problema era... la distancia que los separaba. ¿Lograríamos saltar?

     
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    La gente de Liyue era realmente buenas para hacer tratos ¿eh?, yo podía mejorar mi repertorio de frases épicas e inspiradoras y le hacía publicidad gratis a la compañía, ¡todos ganábamos! Habría que hablar con la compañera de la chica, pero esto seguro que era el inicio de una excelente relación comercial. Traté como pude de ocultar mi entusiasmo mientras seguíamos recorriendo el lugar. Nos apoyamos de una de las múltiples corrientes Anemo que había en el lugar; practicas y convenientes, justo como me gustaba. A decir verdad no sabía si eran un producto del elevado poder elemental presente en la montaña o tal vez solo era una especie de elevador cortesía de Barbatos, pero yo que sabía.

    Una sonrisa se dibujo en mi rostro al ver como Anna contemplaba el paisaje. Quizás yo había visto Espinadragon varias veces, pero esa primera impresión que te deja este lugar nunca desaparece, así que me daba gusto ver que la chica también lo estaba disfrutando. Tenía algo de talento como guía después de todo ¿no? Ya saben, excepto por esa parte en la que tenía que escalar.

    Anna se quedó perpleja por un segundo pero rápidamente me alcanzó ya dentro de la caverna, lo cual me había confundido un poco, ¿quizás me estaba tomando muy a la ligera lo del supuesto Rey Jabalí?

    —Podría decir que ambos —conteste ligero mientras extendía mis brazos hacía la inmensidad de la cueva—, hay tantos sitios que esconden infinidad de secretos esperando ser descubiertos, cómo esas ruinas que he escuchado que existen en el desierto de Sumeru, los pasajes submarinos que hay en toda Fontaine o hasta una supuesta isla fantasma cubierta por la bruma al sur en Inazuma

    Sin percatarme mi visión comenzó nuevamente titilar al solo pensar en la infinidad de sitios aun me quedaban en esta vida por descubrir. A veces sentía que eran muchas aventuras y tan poco tiempo.

    >>Y respecto al Jabalí, bueno, supongo que sería ingenuo no pensar que podría existir una criatura de tal tamaño, pero hey, si resultara que dicho rumor es cierto tampoco sería algo tan malo, ¿no crees? seríamos de los pocos en haber presenciado su existencia, y quien sabe, si nos volvemos a coordinar hasta podríamos vencerlo. —le sonreí a la chica, confiando plenamente en nuestras habilidades para enfrentarnos a un hipotético cerdo gigante. Era muy optimista a veces.

    La conversación tan jovial me hizo olvidarme por un segundo de los enormes carámbanos en el techo de la cueva y aun peor, que había un enorme cuerpo de agua entre los dos extremos de la cueva.

    —Una lastima, ya me había duchado esta mañana y no soy particularmente un fan del agua fría —le regresé la mirada a Anna y solté un suspiro resignado, comencé a saltar junto con la chica, tratando de alcanzar uno de los pilares en medio del agua—. Al menos no hay un jabalí persiguiéndonos.
     
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    —Aleck —me quejé, riendo, apenas lo oí decir que le atraía el jabalí gigante.

    Sobre mi risa él fue enumerando diferentes sitios misteriosos de Teyvat y hacia el final acabé de soltar el aire, disimulando con la naturalidad del gesto la ligera presión que sentí en el pecho. Sí, sabía bien a qué lugar se refería. La isla Tsurumi, al sudoeste del archipiélago, deshabitada hacía años por la densa niebla que la escondía del mundo. En la pálida penumbra de la cueva vi a la visión de Aleck tintinear y sonreí, enternecida. Tal y como esperaba de su espíritu de aventurero.

    —¿Crees que haber vencido un puñado de hilichurls nos garantiza la victoria sobre un Rey Jabalí de las Nieves Eternas? —reclamé, inventándole un título a la criatura, y al ver su sonrisa solté una risa nasal—. Tendríamos carne para un año.

    Ah, ya qué. Era difícil llevarle la contra cuando se veía tan confiado. Cuando alcanzamos la interrupción del camino, Aleck fue el primero en saltar sin inconvenientes. Yo resoplé.

    —¿Podrías dejar de invocar al-? —La leve vibración bajo mis pies me alertó y levanté la vista, alarmada—. ¡Aleck, cuidado!

    Un carámbano se desprendió del techo y cayó justo sobre el muchacho. Me apresuré en saltar para llegar a su lado y estaba por preguntarle si se encontraba bien cuando otro ruido casi idéntico volvió a alertarme. De puro instinto me encogí, cubriéndome la cabeza con los brazos, y sentí el golpe del hielo contra ellos antes de oírlo impactar en el agua.
     
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    La chica parecía algo disgustada con mi comentario, aunque su posterior sonrisa me hizo dejar de preocuparme, después de todo, con nuestra suerte seguro que no habría más problemas en esta pequeña aventura. Un pequeño suspiro de la chica captó mi atención justo cuando terminé de nombrar todas aquellas locaciones enigmáticas, traté de girarme para ver si pasaba algo, pero cuando lo hice solo pude ver sus ojos y aquella sonrisa.

    —¿Rey Jabalí de las Nieves Eternas? ¿Eres su representante ahora y le das un nombre artístico? —cuestioné risueño ante el nuevo titulo de la criatura—, la verdad es que no esta nada mal. Cuando volvamos pediré que ese se convierta en su nombre oficial.

    Alcé mi pulgar a manera de aprobación al nuevo titulo acuñado por Anna. Poco después me dispuse a saltar entre los pilares para llegar al otro lado; no iba a mentir, me había confiado de más, quizás producto de la charla tan amena que estábamos teniendo, quizás simplemente había pasado mucho tiempo desde la ultima vez que había puesto un pie en aquel lugar, pues rápidamente se me recordó porque la montaña tiene la fama de no ser un sitio para cualquiera.

    El grito me tensó el cuerpo, apenas pude mirar hacía arriba cuando aquella estaca de hielo ya se encontraba a pocas pulgadas de mí. Cerré los ojos e instintivamente me cubría la cara y para mi fortuna, aquel carámbano no era particularmente puntiagudo, ¡pero vaya que era pesado! Impactó justo entre mi cuello y mi hombro, derribandome al acto mientras el resto del hielo se despedazaba y caía al agua.

    La voz de la chica me alcanzó mientras ella saltaba para alcanzarme, por fortuna no estaba inconsciente así que como pude me reincorporé poco a poco.

    —Sí, eso creo. Hubiera sido buen momento para tener una visión Geo, ¿eh? —bromeé y abecé por poner en pie tratando de no preocupar a mi compañera, cuando un vibración me puso en alerta, ahora sabiendo que la provocaba. Mis pupilas se contrajeron en horror al ver que otro carámbano se desplomaba justo sobre donde estaba Anna. Intenté estirar mi brazo para lanzar una ráfaga Anemo y desviar el hielo, pero el ultimo impacto que recibí fue mayor de lo que esperaba. No fui lo suficientemente rápido.

    —¡Por los Siete! ¿Te encuentras bien, Anna? —Interrogué alarmado, genuinamente sintiéndome culpable por este incidente por no haber sido más precavido, aunque al notar que la chica se ponía en pie, suspiré aliviado—. Supongo que enfrentarse al Rey Jabalí de las Nieves Eternas ya no suena tan mal en comparación.
     
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    —Por supuesto, elegir nombres artísticos es mi especialidad, y representar a futuras promesas también —afirmé, agitando mi falda suavemente con cierto aire coqueto que acompañase la broma—. Hmm... ¿Cuál deberíamos elegirte a ti~?

    Le piqué la punta de la nariz al deslizarme junto a él, y entonces enfocamos toda nuestra atención en cruzar el agua. Tras alcanzarlo en la primera plataforma, solté una risa de alivio ante su broma tonta y no tuve tiempo de responder, pues en esa ocasión el carámbano me cayó a mí. El golpe fue contundente y me forzó a tensar la mandíbula, pero no pasó a mayores. Habiendo oído su impacto contra el agua, me erguí lentamente, sobándome los brazos. Miré a Aleck y esbocé una leve sonrisa. Siempre tenía algo tonto para decir y levantarme el ánimo, era bastante refrescante.

    —No, yo sigo prefiriendo estos Picos Helados Asesinos —repliqué, preguntándome si me quedarían moratones debajo de las mangas.

    Esperaba que no, o me comería un buen regaño de Yun Jin. Suspiré, archivando mentalmente el altercado, y me acerqué a Aleck para inspeccionarlo mejor a él, que con mi propio carámbano no había podido comprobar su estado primero.

    —¿Tú estás bien? —pregunté en voz más baja, lanzando la mirada de aquí allá, y al buscar sus ojos toqué su mejilla con la punta de los dedos—. El tuyo parecía más grande que el mío, ¿dónde te golpeó?

    Con suavidad lo insté a girar el rostro hacia la izquierda, primero, y luego hacia la derecha.
     
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    Aquel ligero toqué en mi nariz me tomó absolutamente desprevenido tras aquellos movimientos con su falda, incluso podría jurar que me había hecho tambalear un poco, pero por suerte la chica no lo notó, o al menos no lo pareció en ese momento. Ya se le estaba haciendo costumbre, pero no podía negar que era algo que agradaba de ella, ese carisma y picardía innato que irradiaba. Además, ¿obtener mi propio nombre artístico? ¡sonaba a algo genial! entre eso y las frases que me permitiría usar de la ópera este día se ponía mejor y mejor.

    Las bromas me salían casi como respuesta natural ante estos incidentes, y aunque muchas me habían dicho que solía soltarlas en momentos no muy oportunos, lo hacía en el fondo esperando que la gente no se preocupase más de lo necesario por mí; raro era notar que ciertamente había soltado aquel comentario sobre el elemento Geo instantes de que se desprendiera aquel carámbano. Hablando de momentos inoportunos ¿eh?

    Aun con la chica incorporada completamente mi preocupación volvió un poco al notar que la mayor parte del impacto se lo habían llevado los brazos de Anna. Esto no era una cuestión solo de seguridad, ¿que tal sí una lesión le impedía actuar? ¿y si se metía en problemas por haberla traído hasta aquí? Las preguntas se agolpaban rápidamente en mi cabeza mientras trataba de pensar que hacer, pero entonces, una simple sonrisa de ella me detuvo en seco. Ella estaba bien, estábamos bien; yo ya había lidiado con cosas como esta antes, pero aun así no sabía de donde me salía esta repentina angustia al ver a la chica recibir daño. Al menos aún se reía de mis chistes, su humor seguía intacto. Yo también prefería seguir lidiando con el hielo.

    Cuando pretendí reducir la distancia con la chica para corroborar su estado, esta se me adelantó.

    —Sí, no hay nada que preocuparse —me interrumpí al encontrarme con sus ojos y sentir su tacto sobre mi mejilla—...Creo que voy a estar bien.

    Acabé igualando el tono de la chica, después de todo no era necesario alzar la voz estando tan cerca. Me giré lentamente hacia la izquierda, soltando un quejido de dolor al estirar los músculos en donde había impactado el hielo. Instintivamente traté de cubrir la zona con mi mano, sin querer revelando que sobre mi cuerpo ahora había un moretón.

    —Con saber que tú te encuentras bien es suficiente —acabé soltando una risa nasal, mientras algo de rubor cubría mis mejillas y desvíe un poco la mirada al buscar cualquier indicio de una herida—, ¿cómo están tus brazos?
     
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    La sorpresa que exhibió ante mi repentino acercamiento me dejó más que satisfecha, y preferí no acotar nada al respecto para no empujarlo hacia el terreno del bochorno. O quizá hubiera reaccionado de otro modo, quién sabe; de momento, se lo reservaría al misterio. Además, teníamos asuntos más apremiantes como... como jabalíes gigantescos, hielo cayendo del techo y un cuerpo de agua de dudosa profundidad en medio de nuestro camino.

    Me acerqué a comprobar su estado y pude adivinar más o menos dónde lo había golpeado el carámbano por las muecas en su rostro. Buscó cubrirse, alejé la mano de su mejilla y solté el aire por la nariz, conflictuada. Bueno, suponía que, dadas las circunstancias, no la habíamos pagado tan caro. Sólo esperaba que no le doliera mucho por el resto del viaje. Regresé a sus ojos al escucharlo hablar y, bajo la tenue iluminación, creí advertir cierto color en sus mejillas. Me sonreí, enternecida, y deseé cargar alguno de mis abanicos para ocultar el gesto.

    —Oh... —Me miré los brazos, extendiéndolos en el espacio entre nosotros; las mangas descendieron, pesadas, y comprimí los puños al regresarlos hacia mí en una pose de pura convicción—. ¡Estoy bien! No te preocupes, Aleck, me ha ido peor explorando el Desfiladero Jueyun. Aunque no lo parezca, tengo un poquito de experiencia con estas cosas.

    Aproximé dos dedos junto a mi ojo para acompañar la idea y solté una risa breve, girando el rostro hacia adelante. Aún nos quedaba una plataforma.

    —Muy bien, intentemos saltar con más cuidado así no enfadamos (o despertamos) a ningún dios milenario que habite estas cuevas. ¿Las damas primero~?

    Y, sin esperar una respuesta, me preparé para avanzar. Conseguí un salto limpio, silencioso, y me giré hacia Aleck con una gran sonrisa.
     
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    —Explorar un desfiladero suena a bastante más experiencia que sólo un "poquito" —agregué al notar que ninguno de los dos parecía haber recibido daños severos, además de que quizás nos poníamos un poco tercos en un intento de no preocupar al otro—. De cualquier modo, tal vez podríamos pasar de regreso a ver a Barbara, la monja de la iglesia, ella es muy buena tratando ese tipo de moretones. Tiene una linda voz, seguro te agradaría. ¡Incluso podrías tratar de convencerla de perseguir una carrera en la música!

    Continué hablando un poco más de la cuenta, creía ser discreto al respecto, pero la realidad es que me empezaba a preocupar que aquellas lesiones pudiesen traerle problemas con sus compañeros de la ópera.

    Acabé negando con la cabeza, repitiéndome que no tenía necesidad de estarme preocupando de esta manera por un par de moretones, y que si tenía la oportunidad le invitaría una pizza del buen cazador para compensar. La chica retomó su curso y saltó grácilmente hacía la siguiente plataforma, y sin ningún carámbano de por medio.

    No dispuesto a quedarme atrás empecé a dar un par de saltitos sobre mi lugar en un intento de poner en calor a mis músculos nuevamente, soltando bocanadas de aire ocasionalmente. Estaba un poco nervioso al pensar que podría caer otro trozo de hielo o resbalar al agua helada. No sería algo mortal, pero sabía por experiencia que no era divertido. Detuve mis calentamientos para cerrar mis ojos y tomar una ultimo respiro antes de seguir. Mi mirada se encontró con la de Anna, tan sonriente en la otra plataforma y decidí dar el salto.

    Aterricé en cuclillas algo tosco, pero había llegado sin mayores infortunios. Me enderecé rápidamente y alcé ambos pulgares a la chica con cierto entusiasmo y asimilando su sonrisa. ¡logramos retomar el ritmo!

    —Si hay algún dios milenario en esta montaña observándonos, seguro que se está divirtiendo bastante —coloqué nuevamente mi mano sobre mi hombro para frotarlo un poco y aliviar el entumecimiento que vino luego del golpe y el dolor—. ¡Último esfuerzo, ay casi llegamos al otro lado!
     
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    Gigi Blanche

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    Mi respuesta se limitó a un sutil encogimiento de hombros, prefiriendo librar a su imaginación la cantidad de experiencia o no que significaba haberse aventurado dentro del Desfiladero Jueyun. Desde mi opinión, honestamente, no era una misión suicida. Sí era un lugar de reverencia y sí se debía avanzar con precaución, no porque los Adeptus fuesen criaturas embusteras, sino debido a la poca información fidedigna que circulaba en el puerto. Las historias y los rumores funcionaban para ahuyentar a los niños antes que cualquier otra cosa, y por eso tendían a deformarse y exagerarse. A decir verdad, ni siquiera había visto a un Adeptus en toda mi vida. Eran más molestos los jabalíes y los cazadores de tesoros.

    Lo miré de soslayo al oírlo hablarme de una tal Bárbara, miembro de la Iglesia, y supuse que también sería alguna especie de médico o enfermera. ¿Curaría gracias al poder de Barbatos? En Liyue no teníamos una cosa semejante, la medicina se basaba en ciencia y conocimientos antiguos de la tierra.

    —¿Monja, doctora y cantante? Qué multifacética —me mofé en voz baja, sin una intención evidente, y suspendí un breve silencio—. Sí, podemos ir con ella. ¿Te canta nanas mientras te cura los moretones, Aleck?

    Salté a la próxima plataforma tras decir aquello. Al girarme, lo vi... ¿calentando? y me reí en voz baja, entretenida con la escena. ¿Era necesario todo el espamento? Qué muchacho tan gracioso. Lo dejé ser, sin embargo, y se unió a mí sin complicaciones.

    Yo me estoy divirtiendo bastante, así que él seguro —comenté, girándome hacia el frente.

    Sólo faltaba un último salto y habríamos superado este pequeño desafío. Quizá fuera el karma cobrándoselas por haberme burlado del chico, mi pie se resbaló justo antes de abandonar la plataforma y acabé aterrizando carente de la gracia que me habría gustado. Conseguí mantener el equilibrio y me quedé muy quieta, atenta a los carámbanos del techo; por suerte, no se desprendió ninguno. Me erguí, me alisé la falda y giré el cuerpo hacia Aleck, corriéndome el cabello tras la espalda en un movimiento algo exagerado.


    —Damas y caballeros, hemos finalizado —anuncié, mi voz haciendo eco, y mi sonrisa se ensanchó ampliamente en un gesto de desafío—. No vayas a tropezar ahora, Aleck.
     
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    Anna no parecía concordar con mi opinión sobre su experiencia de aventura; vamos, sabía que no estaba hecha de cristal, ¿pero escalar y explorar el Desfiladero Jueyun? Incluso con la poco información que tenía sobre aquel lugar gracias a múltiples libros y otros aventureros sabía que era un sitio a respetar, definitivamente la chica debía darse más merito, incluso ella podría enseñarme un par de cosas sobre aquellos lugares. Ahora, en cuanto a bestias milenaria o antiguas leyendas, bueno, supongo que eso eran factores impredecibles.

    —¡Oh sí, pocas cosas hay como escuchar una nana Barbara mientras estas completamente molido luego de una aventura! —contesté emocionado ante el recuerdo sin notar la mirada que me estaba arrojando la chica—, hubo una ocasión donde yo y mi amigo Bennett nos caíamos desde la cima de uno de los molinos de la ciudad, algunos dicen que hasta golpeamos las aspas al caer, pero tras un par de días en la enfermería con ella, ¡ya estábamos como nuevos!

    >>Estuvo dormido la mayor parte del tiempo a decir verdad, aun así sentía que alguien sujetaba mi mano mientras escuchaba una voz cantar. Mucho tiempo después no enteramos que la mayoría apostaba a que no volveríamos a caminar luego de tal caída; supongo que al final la fe sí hace milagros.

    Solté aquello con una amplia sonrisa despreocupaba, no era muy asiduo a rezar, pero confiaba en que la monja nos tendría cubiertos ante cualquier siniestro que no fuese mortal. Quizás hasta debería llevarle algo de comer después de todo lo que ha hecho por nosotros. ¿La iglesia aceptaba donativos?

    La chica prosiguió con su salto, aunque fue mucho menos elegante que los anteriores, pero apenas pude notarlo porque ahora tenía mi mirada clavada en el techo de la cueva, cerciorandome de que ningún otro pedazo de hielo se desprendiese sin previo aviso. Mi cuerpo se destensó al escuchar a la chica bromear y notar que había cruzado finalmente, lo cual me permitió soltar un suspiro aliviado, incluso ella acabó haciendo un movimiento de pelo que se había visto espectacular, instintivamente acabé por aplaudir ante la hazaña.

    —Me preocupa más el agua helada que otro carámbano cayendo sobre mi cabeza, la verdad —confesé algo nervioso mientras volvía con mis innecesarios calentamientos, realmente no quería caer al agua, ¿o tal vez era que no quería lucir mal ante la chica? Casi lo mismo—, puedo lidiar con un golpe, ¿pero un resfriado? ¡Eso sí sería mi fin!
     
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    Gigi Blanche

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    El pobre Aleck, tan ingenuo y atolondrado, siquiera percibió atisbo de mis intenciones. Lo escuché parlotear sobre la tal Bárbara y el golpe que se habían dado en la ciudad, con el característico entusiasmo impreso en la voz y el semblante irradiando luz. Arcontes, ¿cómo una podía insistir en meterse con él cuando lucía tan contento y adorable? Descansar mientras te sostenían la mano y te cantaban con dulzura... Vaya, hasta a mí me daban ganas de probar el tratamiento.

    —Los aventureros están hechos de otra madera —apunté junto a una risa nasal, y luego esbocé una pequeña sonrisa—. Y hay pocas cosas que se resistan a los encantos de una dama, claro.

    Ejecuté mi último salto, si bien no muy elegante, al menos con éxito. Sus aplausos me ensancharon la sonrisa con evidente satisfacción y entonces reinició sus calentamientos. Me crucé de brazos y retrocedí, dejándole un espacio decente para aterrizar sin obstáculos agregados.

    —Del agua no te preocupes, Aleck. Visión Pyro, ¿recuerdas? —Le di unos toquecitos a mi cristal rojizo y mi voz adquirió un tono apenas burlón—. Además... si te resfrías ya sabemos con quién llevarte, ¿no?

    Al final, cruzó el último tramo sin problema. Pronto se había reunido conmigo y lo recibí con unas palmaditas leves frente a mi pecho. La cueva, sin embargo, quiso dejarnos un último recordatorio de sus... bondades y lo sentí en mis pies, en el leve temblor de la piedra. Miré arriba, detecté el carámbano flojo y mi cuerpo reaccionó antes que mi mente.

    —¡Aleck, cuidado!

    Conecté las palmas en el pecho del muchacho y lo empujé hacia un costado. El fragmento de hielo se reventó en la nieve, a mi lado, y en el proceso lo sentí golpearme el hombro y parte de la espalda. El eco del estallido se replicó en todas direcciones y comprimí las facciones, tragándome el relámpago de dolor. Alcé una mano frente a Aleck en un indicativo silencioso de que estaba bien y, momentos después, me erguí por completo.

    —Lamento haberte empujado así, ni siquiera lo pensé —admití junto a una risilla avergonzada.
     
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    Rider

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    Esbocé una sonrisa algo cómplice al escuchar el primer comentario de Anna, ciertamente parecía necesario tener huesos fuertes para este tipo de profesión, pero la realidad es que era más necesario contar con bastante suerte. Incluso alguien cómo Bennet tenía la suerte justa para siempre sacudirse cualquier golpe que pudiese arrojarnos la vida. Si estábamos hechos de otra madera supongo que era una madera con algo de voluntad, pero no era solo yo, eso estaba claro; cada persona que había conocido tenía algo especial, portadores de Visión o no, sentía que todos los que me rodeaban eran seres maravillosamente extraordinarios, tal vez por eso el destino me había hecho chocar con Anna.

    —¿Encantos de una dama?—rasqué mi nuca, contrariado y completamente perdido. ¿Se refería a Bárbara? Cantaba muy bien y era muy diligente, ¿eso cuenta cómo encantos?

    No tuve tiempo de continuar inquiriendo a la chica, pues ahora era mi turno de saltar. Sus palabras surtieron completo efecto sobre mí. No solo me hicieron soltar una leve risa, sino destensar por completo mis músculos antes de mi último salto.

    —Cierto, casi lo olvidaba. Estoy tan acostumbrado a que todos los usuarios pyro que conozco quemen todo o arrojen cosas que explotan —Acabé por dar aquel ultimo salto sin mayores problemas, alzando mis brazos orgulloso tras llegar al otro lado con una gran sonrisa—. Sí, claro. Los resfriados son mortales para mí, antes de conseguirme una enfermera sería mejor conseguirme un sacerdote para mi funeral.

    Pretendí continuar con la broma, mientras fugazmente pensaba que Anna con sus increíbles habilidades podría hacer una gran enfermera, al recordar cómo me sentí mejor tras tocar su mano más abajo en la montaña o cuando compartió su fuego al enfrentarnos a aquellos hilichurls. Tenía un increíble don, si me armaba de valor suficiente quizás hasta podría pedirle que me cantase algo. Todo aquello me hizo descuidarme de sobremanera. Fui muy lento para sentir las ligeras vibraciones en el techo de la cueva, lo único que me hizo salir del trance fue notar como el semblante de la chica cambiaba súbitamente. Vi sus labios moverse, pero no fui capaz de escuchar nada.

    Sentí una increíble fuerza arrojarme, tan potente que me hizo perder el equilibrio y caer e bruces contra el piso. Pareció que el tiempo se estiró de más en esos escasos segundos en los que el carámbano se desprendió. Mis pupilas se contrajeron con horror al notar como algunos pedazos de hielo golpeaban a la chica. Me levanté a toda velocidad a comprobar su estado, pero para cuando la alcancé ella ya estaba completamente de pie. Trató de disculparse por el empujón y minimizarlo todo, pero esta vez no sería suficiente para mí.

    Con cuidado tome su mano y a un paso lento pero firme la hice seguirme hasta una roca cercana que serviría de asiento; todo sin apenas mediar palabra alguna con ella. En ese momento traté de ocultar mi semblante de preocupación sin mayor éxito. La hice sentarse con cuidado y me arrodille sin soltar su mano.

    —Bueno, no tengo ni idea de como se hace esto, pero vi a la maestra Jean hacer esto una vez así que debería funcionar...¿no? —musité vagamente mientras cerraba mis ojos, apenas siendo audibles mis palabras gracias al tremendo eco del lugar—. Tiene que funcionar. Tiene que funcionar.

    Apreté con fuerza mientras traba de recordar cualquier verso de alguna oración que hubiese escuchado repetir a Bárbara o a los caballeros. No podía saber con certeza que tan herida se encontraba Anna y algo me decía que ella no lo diría, pero no era algo que podía dejar al aire. Sin ser capaz de recordar ni una sola de los rezos que se dedicaban a Barbatos me sentí sin más remedio que probar tararear alguna canción; decían que mientras una plegaria fuese pura y sincera sería suficiente para hacerla realidad. ¡Más les valía que fuese cierto o ya no habría donativos a la iglesia!

    Era mentira. Claro que donaría de cualquier modo.

    Una muy, pero muy sutil brisa se pudo percibir en el lugar, no era fría y áspera como cabría esperar, hasta yo podía sentir que era distinta, mucho más ligera y hasta algo cálida. Hasta donde sabía podría ser que aquello no hubiese servido para aliviar cualquier dolencia, pero merecía la pena intentarlo.

    —Disculpa eso, creo que me deje llevar —me puse de pies luego de soltar la mano de Anna, desviando la mirada, afligido—. Sé que no eres una figurita de porcelana y no pretendía tratarte como tal es solo que...me asusté un poco.

    Una risa nasal se me escapó al recordar aquello que mencionó la chica hacía tan solo instante.

    —¿Y dices que son los aventureros los que están hechos de otra madera?
     
    Última edición: 28 Enero 2026
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    Gigi Blanche

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    Como acostumbraba disfrutar, preferí guardar silencio frente a la evidente confusión de Aleck. El simple hecho de que preguntara evidenciaba que no estaba listo para la respuesta, ¿cierto? Tiempo después, su estereotipo de los portadores Pyro me arrancó una risa fresca del pecho. Vaya, vaya, ¿tan mala fama teníamos? Bueno, algo de razón llevaba. ¿Qué sería divertido de manipular el fuego si no estallábamos alguna que otra cosa aquí y allá de vez en cuando? El cierre de su comentario sostuvo una amplia sonrisa en mi rostro mientras negaba con la cabeza, resignada. ¿Un sacerdote? Arcontes, qué exagerado.

    —¿Te asustan más los resfriados que un jabalí de las nieves de cuatro metros, Aleck?

    El pobre muchacho acabó en el suelo y me arrepentí de la fuerza que le había impreso al empujón. Al intentar disculparme noté que se acercaba y esperé que bromeara con el altercado, como siempre. En su lugar buscó mi mano y empezó a guiarme hacia... ¿adónde íbamos, exactamente? ¿Y por qué la actitud tan sombría? Me adecué a sus intenciones y tomé asiento, confundida. Espera, ¿se estaba arrodillando?

    —Aleck, ¿qué...?

    Al ver su expresión, la duda quedó atorada en mi garganta. Apenas empecé a comprender cuando su tarareo hizo eco y la brisa que surgió de ninguna parte me hizo mirar en todas direcciones. No era fría como se esperaría de aquí, cargaba cierto dulzor consigo y, al inhalar, por algún motivo evocó los dientes de león que se mecían suavemente a las afueras de Mondstadt. Entendí por fin que era energía Anemo y bajé la vista a Aleck. El desconcierto le dio paso a un repentino bochorno que me calentó el rostro y agaché aún más la cabeza, clavando los ojos en mi propio regazo. El tacto de su mano, el tono de su voz, la suavidad de la brisa; fui demasiado consciente de todo.

    El dolor remitió.

    Me había enfrascado tanto en mi propia vergüenza que la interrupción de Aleck también me pilló desprevenida. Cuando quise acordar, me había soltado y ya estaba de pie. Lentamente junté ambas manos en mi regazo, entrelazando los dedos, y no alcé la mirada hasta oír su risa nasal. Por los Arcontes, era una actriz, ¿o no? No podía ponerme así por... por esto. En los ensayos, sobre el escenario, infinidad de veces había interpretado escenas mucho más emocionales. Deseara aceptarlo o no, tenía una idea bastante clara. Apareció de forma espontánea y sin pedir permiso en mi mente.

    No acostumbraba recibir ese tipo de cuidado, tan dulce, tan... tierno.

    —Creía que sólo Hydro tenía potencial curativo —comenté, exagerando un poco el asombro para enmascarar lo demás—. ¿Es una práctica habitual de Mondstadt? En Liyue los médicos sólo te dan hierbas o te mandan a descansar, y en el peor de los casos te clavan agujas.

    Acompañé el comentario de una risa floja y me incorporé, palmeando mi falda un par de veces. Ni siquiera se había ensuciado, era la manía... y los nervios. Me costó un poco mirar a Aleck a los ojos, pero me forcé a hacerlo y a sonreírle. Era actriz, ¿no? ¡Pues a actuar!

    —Ya estoy como nueva. Gracias, Aleck.
     
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    Rider

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    Traté de buscar la mirada de la chica, pero ella la tenía clavada en su regazo. Quizás no estaba particularmente contenta con mi intervención tan abrupta e invasiva. No la podía culpar, podía al menos haber colado una que otra broma entremedio, no es propio de mí estar serio por demasiado tiempo, sea intencional o no. La vergüenza me invadió el rostro por un breve momento y lo intente disimular agachándome, pretendiendo sacudir la nieve de mi rodilla. La sensación que tenía era de lo más particular, tal vez así era como se sentía ser salvado por alguien y la preocupación inherente que venía con el esfuerzo que hacían. No me extraña que la mayoría del gremio siempre se alarmara cuando mencionaba que saldría de la ciudad por varios días.

    No podíamos saber si aquel carámbano podría haber sido mortal o no, y aun así Anna se había jugado el cuerpo sin importar las consecuencias. Siempre era yo el que trataba de poner el bienestar de los demás por encima del mío. Claro que entre aventureros nos ayudábamos, pero nunca había visto un gesto tan desinteresado y noble solo por procurar que no me lastimase. Era algo muy lindo y que apreciaba mucho.

    —Bueno, un par de veces he visto a la Gran Maestra Intendente usar una técnica similar —continué sacudiendo la nieve imaginaría en mi ropa—, sólo que, ya sabes, ella recita rezos a Barbatos y esas cosas. Supongo que el cielo es el limite con estas cositas, ¿eh?

    Acabé por apretar un poco el orbe de cristal colocado en la parte lateral de mi hombro. La gente siempre tendría sus reservas con la verdad tras las visiones, pero no se podía negar que era muy útiles. Me alegré al notar que la chica se había incorporado por si misma; al menos aquel intento de plegaria había funcionado parcialmente, y aunque sus palabras eran sinceras parecía haber algo raro en su semblante, aunque quizás eran imaginaciones mías.

    —No es nada, pero para la próxima avísame ¿sí? Caer sobre el trasero no es nada cómodo o elegante —le guiñé el ojo a la chica apenas cruzamos miradas y alcé el pulgar, tratando de minimizar la situación—. Vamos, ya estamos muy cerca, ¡sólo hay que subir a través de estos trozos de hielo y pasar lo ultimo de las ruinas de la montaña!

    Apunté decidido hacía la salida de la cueva que se encontraba un par de metros más arriba. Aquellas plataformas heladas servían como un puente natural, que aunque algo resbaladizas eran bastante más seguras que ese estanque que acabábamos de cruzar.

    Juntos comenzamos a caminar, adelantándome un poco para corroborar el estado del hielo antes de invitarla a subir, cuando una fría revelación me hizo girarme aterrorizado.

    —¡Espera, ¿dijiste que les clavan agujas?!
     
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    Gigi Blanche

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    Aleck lucía tan despreocupado que me ayudó a mitigar mi vergüenza, aunque también me hizo sentir algo tonta. Claro, debía ser una práctica común en Mondstadt, ¿no? Incluso me había hablado de Bárbara y sus métodos similares. Tenía sentido que él no le diera ningún tipo de importancia siendo parte de su cultura y tradiciones.

    —Vaya... —musité, genuinamente asombrada, y sonreí con cierta ilusión—, no tenía idea. Suena muy bonito e interesante. Es algo similar a lo que me contaste de esta muchacha, Bárbara, ¿cierto? ¿Tienes idea cómo surgieron estas prácticas? ¿Las desarrolló la Iglesia?

    Me parecía que podía ser información útil si algún día escribíamos una obra basada en Mondstadt. Después asentí y solté una risilla levemente avergonzada al oírlo mencionar su espectacular caída. Eso... había sido mi culpa, sí. Decidí renovar mis ánimos viendo que a él no le había ofendido y asentí una vez más, esta vez enérgicamente. Abandonar esta cueva era, sin lugar a dudas, una buena noticia. Avancé detrás de él, entusiasmada, y cuando se giró tan de repente lo miré con los ojos bien abiertos, repentinamente preocupada.

    Acabé riéndome. ¿Eso era lo que lo había espantado?

    —Acupuntura, se llama —respondí con la voz aún un poco afectada, reanudando el avance—. Son agujas muy, muy finas que clavan en lugares específicos del cuerpo llamados meridianos. Se usa para equilibrar el flujo de energía que corre por nuestro cuerpo. Qi, le decimos en Liyue. Con acupuntura puedes aliviar dolores crónicos, migrañas, náuseas... Hmm, dicho en otros términos, puedes pensar que las agujas estimulan nervios y músculos específicos del cuerpo, y que eso genera, digamos, "medicamentos" orgánicos. Es la versión extrema de los masajes.


    Volví a reírme, esta vez con calma.

    —A mí también me espantó cuando llegué a Liyue y escuché de eso por primera vez. ¡No, peor! Tenía un dolor de cabeza terrible y Yun Jin me dice, tan tranquila, "ven, te llevo con mi médico de confianza". ¡Nadie me avisó que había agujas involucradas! Casi muero.
     
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    Los ánimos de Anna parecían realmente renovados, a saber si había sido por mi intento de plegaria o por mis ocurrencias; no importaba, ella estaba bien y yo también lo estaba. Eso era más que suficiente. Solté un ultimo suspiro aliviado, por dentro yo también estaba más que listo para salir de aquel gélido lugar. Además, ¿nada de rey jabalí de 4 metros? ¡Qué estafa! Bueno, no había sido un completo despropósito, más allá de los carámbanos hasta había sido divertido y todo. ¿Qué es de una aventura si no hay un par de incidentes en el camino?

    —O-Oh, bueno verás... —una risa sumamente nerviosa comenzó a escaparse de mí mientras rascaba mi mejilla con el índice— , no estoy muy al tanto de estas practicas a decir verdad. Nunca he sido un "curador", pero sé que la practicaba lleva existiendo desde hace siglos, con los rebeldes que se enfrentaron a Decarabian y tiempo después con los gladiadores que eran obligados a luchar en las arenas durante la aristocracia.

    Continuamos avanzando a pasó firme por el hielo, logrando cruzar el primer tramo sin problemas mientras la conversación seguía, girándome ocasionalmente hacía Anna que estaba cerca.

    —Supongo que quien se encargo de conservar aquellos rezos y técnicas fueron la iglesia y los caballeros, obviamente ellos son mucho más diestros con ello, y si me preguntases cual es el funcionamiento detrás de todo eso —me quedé un momento en silencio, mientras daba un par de pasos fuertes para corroborar la integridad de la siguiente plataforma—, a mí me gusta creer que son las emociones y deseos los que permiten manipular el poder elemental de tal manera para ayudar a otros.

    Me avergonzaba un poco no poder dar muchos más detalles de uno fuertes de la iglesia de mi nación. Al final si que tendría que haber puesto más atención en la escuela dominical cuando era un niño. Sonaba menos complicado que esa acupuntura. Me giraba ocasionalmente encontrando mi mirada con la de la chica, era obvio que no podía ocultar mi pánico tan solo de pensar en clavarme agujas, no dudaba de que fuese efectivo, vaya que sonaba intenso. Aunque para mi fortuna, la anécdota que contó relajó muchísimo mi tensión, incluso soltando una carcajada entremedio.

    —A mí me llegan a hacer eso y salgo volando por la ventana, ¡sin dudarlo! Espera, si ibas por dolor de cabeza...¡¿Te pusieron agujas en la cabeza?! —me detuvo un segundo solo para mirar con cierta incredulidad a la chica y poner mi mano sobre su hombro soltando mis palabras con apenas media voz—. ¿Cómo es que sigues viva? ¿Qué clase de magia arcana usan en Liyue?

    Sin darme cuenta, ya habíamos cruzado tres de los cuatro "puentes", ya podíamos ver la luz al exterior de la cueva, así como sentíamos la helada brisa del exterior arreciar.

    —Ya casi estamos fuera—le señalé contento a la chica con una gran sonrisa, mientras que le estiré mi otra mano para animarla a apresurar un poco el paso—. Tan solo al salir podremos ver lo ultimo de las ruinas más o menos enteras que hay en la montaña y algunos guardianes de las ruinas enterrados bajo la nieve, más allá de eso solo quedan pilares destrozados. Debo advertirte, a partir de aquí se empieza a notar más la falta de aire, así que debemos procurar que nuestra respiración sea un poco más relajada.
     
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    Percibí los nervios de Aleck al instante y contuve una sonrisa; me daba ternura que se sintiera en la ¿responsabilidad? de darme una respuesta en condiciones cuando, ciertamente, no me la debía. Nada lo forzaba a ser versado en los métodos de la Iglesia perteneciendo al Gremio de Aventureros. ¿Quizá lo sintiera así por su rol autoimpuesto de guía turístico? De una u otra forma, entrelacé las manos tras mi espalda y guardé silencio, atendiendo a sus palabras y reacciones.

    —Vaya... ¿Decarabian? —indagué, curiosa.

    Parecía saber un poco más de eso y quise darle una oportunidad para... ¿redimirse? Consigo mismo, claro, a mí me traía sin cuidado su supuesta ignorancia. Le dediqué una sonrisa cada vez que buscó mis ojos y solté una risa breve. Emociones y deseos, ¿eh? No me sorprendía que él albergara creencias semejantes en su corazón, parecía un muchacho extremadamente optimista. Yo también quería pensarlo, claro, sólo... era arduo.

    —La idea de que nuestras emociones reaccionen con el flujo de energía, o incluso con las líneas ley de este mundo, es una suerte de consuelo, ¿no crees? Nos ayuda a creer que cualquier cosa, con el suficiente empeño y fuerza de voluntad, es posible.

    Su reacción a mi anécdota me arrancó una carcajada del pecho. Sentía la tentación de exagerar un poquito los eventos sólo para seguir viendo esas expresiones tan simpáticas en su rostro.

    —¡Pues claro! Llegamos, el señor me clavó la mirada, me dio unos golpecitos aquí y allá, y entonces empezó la tortura. —Exageré el suspiro—. Si no recuerdo mal, me clavaron una aquí, en el entrecejo, pero también aquí, entre los dedos de la mano. —Le señalé el espacio entre mi pulgar y mi índice—. Dijo que era estrés y que si no remitía seguiría con mis pobres pies. Jamás en mi tierna vida habría imaginado que un médico me llenaría de agujas, pero siempre puede ocurrir lo más impensado al amanecer en un nuevo día.

    >>Y yo creo que lo que hacen aquí es mucho más mágico. ¿Una dulce brisa que cura las heridas? ¿Emociones nobles capaces de sanar cuerpos ajenos? ¿Qué explicación le encuentras a eso?

    Avanzamos por la cueva sin nuevos altercados. El anuncio me chispeó el cuerpo de entusiasmo renovado y acepté su mano sin pensarlo, apresurando el paso.

    —Ya empiezo a fantasear con comida —comenté, riendo—. ¿Qué deberíamos cenar al regresar a Mondstadt, Aleck? Yo digo que nos merecemos un festín.
     
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