Fantasía Los hombres lobo de Kovir.

Tema en 'Relatos' iniciado por Faedhros, 15 Abril 2018.

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    Faedhros

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    Los hombres lobo de Kovir.
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Fantasía
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    1
     
    Palabras:
    975


    LOS HOMBRES LOBO DE KOVIR.




    Cuando salió de su humilde choza, sintió el frío.

    No un frío normal que se percibe cuando se tiene contacto con algún elemento en épocas de invierno. Sino un frío interno que se extendía por sus extremidades y le envolvía por completo, como un miedo que helaba hasta la sangre.
    Aquel hombre, esposo de una mujer preocupada, padre de unos hijos preocupados, tan pronto cuando escuchó los aullidos, acudió al llamado. Con una espada en mano, y una antorcha en la otra, Sendrik divisó con dificultad el extremo norte de la planicie. Allí, donde las lindes del bosque se juntaban con el lago congelado, había una congregación de extrañas siluetas; una especie de formación táctica como la de una manada. En aquel momento de angustia, el hombre giró la cabeza en dirección a las alejadas chozas de sus vecinos. Varios de ellos también acudieron al extraño llamado.

    Una de las figuras con apariencia antropomórfica al otro lado del lago, comenzó a incorporarse lentamente. Medía como mínimo dos metros y medio de altura, su pelaje se confundía con la nieve, y en ocasiones, el pelo del cuerpo dejaba entrever unas grotescas cicatrices rojizas que daban a señalar a que las heridas no habían sanado adecuadamente. Su presencia era amenazadora, y añadía cierto tipo de orden entre los descontrolados monstruos que conformaban la manada. Aquella criatura albina habría de ser el macho dominante. El alfa se volvió hacia sus compañeros, hizo un ademán con una de sus manos (o garras, en dado caso) y señaló al poblado, donde ya brillaban una veintena de antorchas. Habló, aunque a su vez se produjo la variación de un gruñido.
    —Bussskarr… a la brrrujaa… —dijo, con dificultad. Abrió el hocico. Lanzó otro aullido.
    Las criaturas antropomórficas iniciaron la cacería. Se abalanzaron hacia delante, y se mezclaron entre la neblina como espectros arrastrados por el viento. La ventisca les revolvía las melenas, sus garras se afianzaban con presteza sobre la superficie de hielo y se movían a una velocidad alarmante. Cada zancada que daban, producía un sonido similar al del vidrio resquebrajándose.

    —¡Romped el hielo! —gritó uno de los aldeanos— ¡Rompedlo! ¡No los dejéis cruzar!
    Algunos acataron la orden, aunque otros, los más precavidos, titubearon ante la arriesgada petición. Los que se aproximaron al lago, comenzaron partir el hielo; unos con hachas, otros con espadas. Aquellos que no tenían un arma, utilizaban lo que fuera que tuvieran a mano: picas, martillos, rastrillos o guadañas, incluso grandes rocas.

    —¡Sendrik! —gritó su esposa, salió de la choza y lo tomó por el brazo— No vayas, no vale la pena arriesgarse. Huyamos, Sendrik. Huyamos, con los niños.
    El granjero echó una rápida mirada al lago, y después a su mujer, quien lloraba de la preocupación. Sus hijos, curiosos, se dejaban entrever por la abertura de la puerta. Miró nuevamente al lago, hacia las siluetas que se aproximaban, y lo embargó el miedo. Guardó el acero en la vaina, como resignado, y se introdujo en la cabaña.
    —Coge a los niños. Nos vamos.
    Aerdanne abrió la puerta y tomó en los brazos al más pequeño, y lo cubrió con una capa de lana roja que le quedaba grande. La hija mayor tomó una muñeca trapo y la abrazó con fuerzas, luego de ello tomó la mano de su madre. Sendrik tomó un fardo y lo llenó con provisiones: carne seca, queso, pan y agua. Además de incluir ciertas hierbas e infusiones que podrían ser necesarias para el viaje. Luego tanteó el suelo de madera, debajo de la mesa, y dio una serie de desesperados golpesitos sobre los tablones hasta que escuchó un sonido hueco. Levantó el tablón y de su interior extrajo una pesada bolsa de monedas.
    —Es hora —dijo Sendrik a su esposa, encaminandose al exterior—. Hay que subir por la costa oeste, hacia la colina. Una vez allí, tomaremos un atajo hacia el sur. Lo difícil será cruzar por el bosque en pleno invierno, pero es la ruta más corta hacia Kovir... ¿Astrid?, ya no llores, todo estará bien, pequeña. Ya, ya… —tomó en los brazos a su hija y la acunó con una paciencia tranquilizadora.

    De pronto, fuera de la choza, se produjo un estruendo. Las horribles criaturas ya habían recorrido más de la mitad del trayecto. El alfa le había seguido el paso a sus lacayos, evitando las zonas frágiles que pudieran ceder bajo su peso. Los aldeanos continuaban golpeando el hielo con incansables fuerzas. Un pequeño grupo de ellos comenzaba a talar un gigantesco pino que se hallaba a orillas del lago, y que ya comenzaba a crujir.
    —¡A un lado! —gritaron casi al unísono.

    El tronco se desplomó sobre el lago provocando un poderoso estruendo. El hielo se resquebrajó, y miles de grietas aparecieron extendiéndose a lo largo a manera de zigzag. Los hombres lobo trastabillaron sobre la superficie quebradiza, y comenzaron a dar largos saltos en el desesperado intento de aferrarse a un terreno firme. No lo lograron, y se hundieron en las oscuras profundidades del lago, entre alaridos y violentas sacudidas.

    —¡Padre, mira! Ya no están los monstruos —señaló la pequeña Astrid, a mitad de la cuesta de la colina.
    Los aldeanos comenzaron a vitorear, levantando las hachas al cielo a manera de celebración. Se daban palmadas en los hombros, y las esposas preocupadas agradecían a los Dioses con esperanzadas y discretas plegarias. Y de pronto reinó el silencio en el poblado, un silencio intranquilo como el que acontece después una tormenta. Solo que aquella vez, la tormenta aún no había terminado.
    —No... —dijo con un extraño tono de voz, y la tomó de la mano para ayudarla a subir la elevada pendiente— Aún no se han ido, pequeña.

    Un insistente burbujeo surgió de pronto del lago.
    Luego una agitación estremecedora. Un poderoso estallido. Frío. Esquirlas de hielo...

    Y muerte.
     
    Última edición: 17 Abril 2018
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    Solo con el simple título me has ganado, ya que soy fan de esas criaturas. Ha sido un relato corto pero de verdad me he creído la sensación de peligro en la que estaban los aldeanos al verse rodeados por los hombres lobo. Generar ese tipo de emociones es difícil pero tu lo has logrado y eso le da un gran mérito al escrito y a ti como escritor. me ha gustado mucho. Saludos.
     
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    Faedhros

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    Te agradezco el comentario. Me da gusto que haya sido de tu agrado; trataré de contemplar una continuación, o hacer más relatos del mismo género.

    De nuevo, gracias. Te mando un saludo. :WINK1:
     
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    Dale seria genial que la continuaras la mitologia de los hombres lobo da para mucho. Saludos
     
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    Qué lindo relato, muy folclórico, apegarse a ello siempre suele ser un acierto. Me parece que no tiene mucha más intención que plantear una escena de peligro tomando elementos clásicos, y como tal yo creo que cumple con su cometido, tiene mucha acción, drama y finalmente tragedia.
    Tengo que decir que el final no me parece lo mejor que pudiste haber hecho, me sonó apresurado, como si desearas acabar pronto la historia. No es congruente con el ritmo manejado a lo largo del relato. Alguna descripción impactante de los hombres lobo resurgiendo del lago y yendo a cazar a los aldeanos hubiera sido de agradecer, pues la frase "y muerte" es el punto angular de todo.
    Por lo demás todo es espléndido, tienes muy bonita narración e imagino que si le dieses una continuación o armaras una historia larga la leería.
     
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    Faedhros

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    Hola, te agradezco el comentario, de verdad. Me motiva a seguir escribiendo este tipo de relatos.

    Y sí, creo que estoy de acuerdo con tu opinión, pues yo mismo me di cuenta de que el final estuvo un poco apresurado. Aunque también quería que el lector se imaginase el desenlace del relato, el resurgimiento de los lobos, el ataque a los aldeanos, etcétera. Pero es verdad, quizás debería modificar el final.



    Un saludo. :SMILE1:
     
    Última edición: 17 Abril 2018
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