Saint Seiya [Longfic] Saint Seiya - Saga: CATACLISMO 2012

Tema en 'Fanfics de Anime y Manga' iniciado por Kazeshini, 6 Enero 2013.

  1.  
    Kazeshini

    Kazeshini Caballero de Junini

    Tauro
    Miembro desde:
    25 Diciembre 2012
    Mensajes:
    106
    Pluma de
    Escritor
    Título:
    [Longfic] Saint Seiya - Saga: CATACLISMO 2012
    Clasificación:
    Para todas las edades
    Género:
    Acción/Épica
    Total de capítulos:
    57
     
    Palabras:
    8586
    [Saint Seiya/ Los Caballeros del Zodiaco] – Saga: CATACLISMO 2012

    Escrito en Ecuador por José-V. Sayago Gallardo



    CAPÍTULO 57: ¡CREACIÓN Y DESTRUCCIÓN! EL ENFRENTAMIENTO FINAL DE ARES Y NÜ WA

    La ‘Paradoja del Androfontes’ es una técnica definitiva de inconmensurables proporciones destructivas. Consiste en liberar un poder equivalente al de todas las armas que ha creado la humanidad a lo largo de su historia. Desde las más rudimentarias e improvisadas, hasta las tecnológicamente más avanzadas y de destrucción masiva; el ken no solo desata la violencia de los artilugios de guerra en conjunto, sino que también desencadena los sentimientos acumulados de dolor, ira, desesperación y terror que experimentaron los participantes y víctimas de todas y cada una de las batallas registradas desde el inicio de los tiempos.


    ==Maravilla Suprema. Jardín de K’uen-Luen, Torre de Porcelana==

    Ares fusionó su propio espíritu divino con el de Enio, con el propósito de imprimir más violencia en el choque de la lanza y escudo más fuertes del Universo. Cuando ambos se encontraron en un brutal estampido, se hicieron trizas y dieron origen a la horrenda liberación de las almas cautivas de los millones muertos durante todas las guerras. La multitud de amorfos entes sanguinolentos parecía gritar en silencio, siendo sus rostros deformados por la desesperanza y el miedo desgarrador.

    Mientras los espíritus de impíos e inocentes abrían devastadores senderos de muerte a su paso, feroces estallidos atómicos a escala se hicieron presentes, uno por cada fragmento de metal que hace poco formó parte de las armas del Kamui olímpico.

    Siendo testigo del nacimiento de aquel infierno dantesco —equivalente a miles de bombas nucleares siendo detonadas a la vez—, Nü Wa empleó gran parte de su cosmoenergía divina a fin de proteger a los suyos.

    —«Jíngfēi, Téngfēi, Saga, Alalá, Kanon, Irene… ¡No permitiré que Ares destruya sus vidas!!» —se auto convenció la diosa en Armadura Suprema, al tiempo que utilizaba su poder creador para dar origen a sendas barreras de luz alba alrededor de sus aliados y de sí misma.

    Cuando espectros y estampidos rojos sangre hicieron contacto con el resplandeciente ken defensivo, una terrible reacción en cadena tuvo lugar sobre la torre que se erguía en el centro del jardín; provocando que no sólo esta estructura sea desintegrada por la monstruosa liberación de energía, sino que la destrucción se ampliara también hacia la totalidad de los dominios de Nü Wa. Lo que antes fueron las extensas hectáreas del florido y rebosante K’uen-Luen, quedaron reducidas en menos de un segundo a tan solo un árido terreno muerto.

    De no ser por la resistencia con la que la Maravilla Suprema fue creada, los estragos de la técnica de Ares habrían afectado la integridad de la fortaleza divina. Al final, únicamente el paraíso oriental fue arrasado, dejando sólo una desolación comparable con la consecuente de una espeluznante guerra nuclear.

    Cuando el silencio reinó y el polvo se asentó por completo, solamente un hondo cráter pudo ser visto donde antes se elevaba el edificio de porcelana. En el epicentro de la hecatombe, el dios griego de la guerra era el único que podía alardear de mantenerse ileso, ya que no se percibía el más ligero rastro de sus siete rivales, quienes, al parecer, habían desaparecido entre las numerosas pilas de escombros que también rodeaban el nuevo escenario apocalíptico.

    —Extrañaba contemplar la devastación que producen mis técnicas —se vanaglorió el ataviado en el Kamui bermellón que no tenía un solo rasguño, sonriendo satisfecho y respirando de manera agitada a causa del esfuerzo—. Cómo hubiese querido que… tú también seas capaz de ver los remanentes de la guerra más grande que he librado en toda mi existencia.

    El recuerdo de la desaparición de su fiel acompañante provocó que la ira reverberara en su interior. Al dios griego no le bastaría sólo con acabar con quienes de manera tan osada lo habían desafiado, sino que extendería también su destrucción hacia toda la Tierra como compensación por la más reciente afrenta.

    —¡Serás vengada, Enio!! —gritó, apuntando con autoridad hacia el firmamento que observaba con unos encendidos ojos desbordantes de rencor—. ¡Descansa hasta tu siguiente despertar, porque cuando vuelvas, nos regocijaremos juntos con el pánico y la muerte que a partir de este momento empezaré a sembrar entre todos los humanos!!

    A punto estuvo de partir hacia el Santuario de Atenea, pero algo llamó su atención y lo detuvo: De reojo, advirtió movimiento entre uno de los montículos de cerámica partida.

    Arce emergió con gran dificultad desde la pila de escombros.

    La semidiosa lucía bastante maltrecha y desorientada. La agrietada armadura dorada de Géminis era fiel reflejo del estado lamentable en el que se encontraba su portadora, quien, a duras penas y guiada por puro instinto, apenas era capaz de arrastrarse sobre su vientre.

    Observando aquella escena que le pareció de lo más patética, Ares se acercó confiado hacia la dama que reptaba erráticamente sobre el terreno calcinado. Sabiendo que la Dorada ni siquiera había notado su presencia, el dios actuó de la manera más cruel al detenerla, pisándole la mano derecha para atraer su atención.

    Sólo tras sentir que sus dedos eran dolorosamente machacados, la guerrera de cabellera negra fue capaz de reubicarse en tiempo y espacio. Al levantar con dificultad la vista, contempló la intimidante figura de la deidad que la encaraba con una sonrisa que transmitía desdén.

    A pesar de encontrarse en esa posición humillante e indefensa, la Geminiana se las arregló para ahogar un grito de dolor. No le daría a Ares el gusto de verla sufriendo, así que en silencio se limitó a observarlo desafiante.

    —Esa mirada asesina… —resaltó el helénico, tras abstraerse en las brillantes pupilas cual ónice de quien solía llamarse Dánae—. Conozco bien lo sádica que puede ser la famosa Mensajera de los Titanes, y también entiendo tu afán por querer vengarte de dioses y humanos; sin embargo, cometiste un grave error al haber elegido enfrentarme.

    Arce empezó a reír entre dientes tras las declaraciones del dios, consiguiendo así su objetivo de irritarlo.

    —¿Qué te parece tan gracioso? —preguntó Ares con la mirada entrecerrada en señal de desprecio, al tiempo que hacía más presión con su pie sobre la mano de su yaciente víctima.

    —Nada en particular… Es solo que… me es difícil admitir que he ablandado mi actitud… —respondió incómoda la interrogada, esforzándose por soportar el creciente dolor en sus dedos aplastados—. No podría precisar si aquel cambio se debió a las técnicas luminosas que recibí mientras batallé contra la diosa creadora, o bien a la influencia del sello de Atenea que por tanto tiempo me aprisionó; pero más que decidir enfrentarte, escogí por voluntad propia luchar junto con Kanon y Nü Wa. No me arrepiento de haber elegido este camino en lugar del de la venganza, porque por primera vez toda mi existencia, pude sentir que estoy luchando por lo que es correcto… Por esa razón puedo decir con seguridad que… —La semidiosa exhaló un aliviador suspiro en el que se sintió que su alma era liberaba. Nunca más le haría falta manipular ni asesinar, así que, arrepintiéndose de sus crueles actos del pasado, le dedicó una sincera sonrisa a su verdugo— ya he vivido todo lo que tenía que vivir… Puedes matarme de una vez, si tanto lo deseas…

    Arce no se equivocaba. En los ojos carmesí de Ares eran evidentes las ansias que tenía por destrozarla con sus propias manos. No podría hacer nada por evitarlo, ya que además de haberse resignado a su inminente final, no tenía ni la fuerza ni la energía para resistirse.

    Pero justo antes de que el dios se dispusiera siquiera a ejecutar a la agonizante semidiosa, los dos Guardianes orientales, Jíngfēi de Xuanwu y Téngfēi de Baihu, aparecieron de la nada e intentaron atacar a quemarropa al peligroso antagonista. La repentina agresión no tomó desprevenido al griego, quien de un hábil salto hacia atrás fue capaz de evadir sin problemas a los dos guerreros que se le habían abalanzado.

    —Sus habilidades de batalla han decaído bastante tras recibir mi técnica —señaló decepcionado el de larga melena gris, eludiendo fácilmente los golpes que la pareja le arrojaba a bocajarro—. ¡Ahora no son más que dos cadáveres andantes desafiando a un dios!!

    La acción posterior transcurrió en centésimas de segundo: Ares agachó el cuerpo a fin de evitar una patada lateral que le lanzó el Tigre Blanco y, aprovechando la guardia abierta de éste, le atravesó la pierna con el afilado adorno que sobresalía de su pesada hombrera carmesí. Con el Guardián otoñal aún ensartado, el dios empleó la fuerza física de su torso para arrojarlo violentamente lejos de la escena.

    —¡Téngfēi!!

    Siendo testigo del cruel tormento que sufrió su compañero caído, la Quimera Negra actuó por impulso al proyectar su serpiente metálica para aprisionar al agresor con una constricción; no obstante, éste se encontraba lo suficientemente prevenido como para tomar al reptil bicolor con ambas manos y utilizarlo contra su dueña al rodearla por el cuello, asfixiarla y alejar su maltrecho ser del mismo sencillo modo con el que un niño hace rebotar un pequeño pedrusco sobre la superficie de un estanque.

    Pero Ares no contaba con que el ataque combinado de los Guardianes constituía una distracción para alejarlo de Arce. Sabiendo de antemano que no podrían ofrecer gran resistencia en las condiciones en las que se encontraban, los dos ‘Sì Shòu’ decidieron batallar hasta lograr dejar al oponente en una posición estratégica para lo que vendría a continuación:

    Saga y Kanon —quienes de milagro consiguieron sobrevivir tras recibir el brutal ken del olímpico— se habían posicionado a un extremo la acción y, sin que el dios de la guerra lo notara debido a su abstracción en el combate, fusionaron los remanentes de sus cosmos hasta formar una majestuosa aura dorada. Cruzando ambos brazos sobre la cabeza al unísono, los fatigados hermanos emplearían como último recurso la técnica insigne de los Santos de Géminis:

    —¡‘Explosión de Galaxias’!!!

    Tras ser evocado el ken por dos usuarios a la vez, la zona del combate fue envuelta por un ambiente espacial poblado por centenares de astros a escala, los cuales parecían danzar entre la negrura del infinito y acercarse peligrosamente entre sí a gran velocidad. No pasó mucho tiempo para que los cuerpos celestes colisionaran entre ellos, estallando en incontables bombardeos cósmicos.

    Ares se mantuvo inmóvil, observando perplejo el espectáculo que le ofrecían los gemelos. Por primera vez desde que su avatar humano empleaba esta técnica, el dios se detuvo a contemplar —desde la perspectiva de la víctima— las simétricas ondas expansivas que nacían del masivo cataclismo. Le pareció hermosa aquella enorme manifestación de energía descontrolada.

    —¡A pesar de estar más muertos que vivos, han sido capaces de superar el poder promedio de la ‘Explosión de Galaxias’! —declaró emocionado, abriendo lateralmente los brazos en un gesto que daba a entender que no planeaba protegerse del inminente impacto—. ¡¿Lo has visto, Enio?! ¡El poder de los Santos de Atenea es digno del que posee nuestro ejército de Berserkers!!

    El dios heleno recibió de lleno los efectos del más poderoso ken de Géminis ejecutado hasta la fecha.

    Saga y Kanon se habían desplomado sobre sus rodillas a causa del extenuante esfuerzo, pero aún así esperaron expectantes a que se disipara la humareda que se originó tras el choque energético. Grande fue la sorpresa de los gemelos —y de la semidiosa que logró reunirse con los dos Guardianes que yacían heridos lejos de la escena— cuando observaron algo que les heló la sangre…

    La cruda realidad era que Ares no había sido derribado…

    —Nada mal, guerreros —profirió en tono soberbio el dios que emergió como si nada entre la nube de polvo—. Es la primera vez en toda mi existencia que los humanos consiguen lastimarme de este modo…

    Sangre brotó copiosamente desde la boca del dios de la guerra y un intenso dolor se extendió a lo ancho de su tórax, aunque supo soportarlo y disfrazarlo con su orgulloso semblante característico. No se dignaría a mostrar debilidad ante sus enemigos, a pesar de que su armadura divina lucía todavía humeante y con ciertas partes rotas y agrietadas.

    —Esta es una de las cosas que más me gustan de los humanos —añadió el griego, al no escuchar réplica de sus abatidos y anonadados oponentes—: Jamás se rinden y continúan luchando aun estado al borde de la muerte… Todo para continuar dañando y destruyendo lo que se cruza en su camino…

    —No es ésa la razón por la que continuamos luchando —intervino una atrevida voz femenina no muy lejos de la zona cero—. ¡Peleamos motivados por nuestro deseo de proteger lo que amamos!

    Ares observó de reojo a la guerrera que le acababa de hablar de manera tan osada. No sintió la más mínima compasión, por más que atestiguó el estado deplorable en el que se encontraba.

    —Debiste resignarte y aceptar tu muerte como algo inminente, mujer —le dijo con desprecio a quien apenas podía mantenerse en pie, pero que aún así se le había plantado con altivez—. No fuiste digna de albergar el espíritu de Enio, ni tampoco de poseer el nombre de mi grito de guerra…

    El olímpico apretó puños y dientes, debido al naciente resentimiento que empezó a invadirlo al observar directamente a la pelirroja. Su talante le recordaba demasiado al de su ancestral acompañante recién desaparecida.

    —¡Eres una vergüenza!! —le insultó, deformando sus facciones con intimidante cólera—. ¡Incluso te has atrevido a luchar del lado de Atenea y de Nü Wa, a pesar de estar relacionada conmigo desde la era mitológica!!... ¡Tu traición merece ser castigada con la muerte!!

    Cual bestia ansiosa por despedazar a su presa, el dios se arrojó con todo ímpetu hacia la indefensa Alalá, quien al apenas ser capaz de distinguir la garra de su atacante dirigiéndose a su pecho, reaccionó cerrando los párpados en señal de resignación por su inevitable fin.

    —¡No permitiré que la lastimes!! ¡Y mucho menos sabiendo que albergará en su interior a una razón más para existir!!

    Nü Wa —la diosa que para ese momento lucía tan maltratada como sus aliados— se interpuso de manera abrupta en el salvaje recorrido del griego. Tras apartar a Casiopea con un ligero empujón a través del vientre; recibió directamente el embate con la resistencia de la placa metálica que le cubría el centro del pecho.

    —¡Ilusa, no debiste sacrificarte de este modo por una humana! —le increpó Ares, mientras continuaba esforzándose por terminar el trayecto de su poderosa acometida—. ¡Tu armadura no es más que un trasto inútil en este momento, y no podrá evitar que las destroce a ambas!!

    Ares no exageraba. El ropaje supremo de la dama oriental había sido severamente vulnerado por su técnica destructora. La mayoría de piezas rosas lucían cuarteadas y una de las alas había sido arrancada de cuajo.

    No pasó mucho tiempo para que la poderosa mano del dios quebrara, primeramente, el ornamento de yin-yang, y luego la pieza de metal que éste adornaba.

    —No pasaré por alto tu descuido —añadió el atacante, ampliando su malévola sonrisa al sentir que sus dedos empezaban a atravesar la piel desnuda de su víctima—. Arrancaré tu corazón y te obligaré a observarlo siendo aplastado mientras aún palpita entre mis manos… ¡Contemplarás la más espeluznante imagen durante tus últimos instantes de existencia!!

    La garra del helénico había penetrado hasta su esternón…

    —Esto no acabará a tu modo… Ares… —advirtió jadeante Nü Wa en medio de su martirio, sin retirar su decidida mirada fucsia de la confiada escarlata de su antagonista—. Acabas de sentenciar tu derrota…

    En un inesperado movimiento que el ataviado en Kamui no vio venir, la diosa sostuvo firmemente su musculoso brazo y consiguió detener por completo la agresión. Apenas en ese momento, se percató de que ella había permitido que la impacte a propósito.

    Alarmado al haber caído en la estrategia de su oponente, intentó ejecutarla de una vez al extraerle el corazón; pero grande fue su sorpresa cuando sintió que su brazo era apartado poco a poco. Durante ese único instante, Nü Wa fue capaz de superar la fuerza física del más fornido de los doce olímpicos.

    —In… Inconcebible… —musitó incrédulo el de larga cabellera gris, dando un paso atrás por inercia—. Tú… ¿cómo has podido…?

    —También fuiste afectado por la energía liberada con tu propia técnica —aseguró implacable la deidad oriental, rodeando su ser con una ligera capa de luz rosácea—. De otro modo no habrías sido lastimado por el ken combinado de Saga y Kanon.

    Antes de que Ares pudiera dar réplica o siquiera reaccionar, el cosmos de naturaleza luminosa y pacífica de la doncella china se elevó hasta alcanzar la ‘Gran Voluntad’. Al mismo tiempo, la totalidad del devastado territorio chino y todos los que se encontraban en él fueron bañados con su pureza.

    Al verse rodeado por aquella sobrecogedora y magna aura divina, el dios de la guerra se sintió sobremanera incómodo y molesto; pero no pasó mucho tiempo para que sensaciones que creía olvidadas se apoderaran de su alma y lo sosegaran por completo. Tras milenios de existencia, el sanguinario dios de la guerra recordó los contados instantes en los que sintió auténtica tranquilidad y bienestar. El bienestar que únicamente fue capaz de experimentar junto a Enio, durante los orígenes de ambos.

    —¿Qué… me has hecho? —inquirió con voz más suave el aturdido dios griego, quien no era capaz siquiera de encender su propio cosmos para contrarrestar el de Nü Wa.

    —Aunque tu fuerza disminuyó de manera considerable tras recibir la ‘Paradoja del Androfontes’, sabía que no sería nada fácil derrotarte —contestó incómoda la maltrecha deidad femenina, que apenas podía mantener nivelada la inconmensurable energía que derrochaba—. Debía arriesgarme y acercarme a ti para que recibas directamente toda la luz de mi cosmos…

    En un delicado e inesperado movimiento que dejó boquiabiertos a todos los espectadores del enfrentamiento entre dioses, la dama de cabellera avellana abrazó con sincera ternura a su oponente.

    —¿Qué es lo que pretende al abrazar a Ares de ese modo? —preguntó al aire Arce, incomodada por la peculiar escena.

    No recibió respuesta de ninguno de los yacientes Guardianes, quienes, confundidos, se inquirían lo mismo.

    Al percibir el afectuoso e íntimo contacto con Nü Wa, el griego fue conmovido sin que ésa sea su voluntad. Tan intensa era la influencia de aquel cosmos divino de luz, que no pudo evitar derramar un par de lágrimas…

    Sentir sus mejillas siendo recorridas por dos senderos húmedos, fue lo que le ayudó al dios a reubicarse en tiempo y espacio. El cosmos de la doncella china iba disminuyendo también, así que gradualmente recuperaría su aguerrida e impetuosa actitud habitual.

    —¡Suéltame ahora mismo!! —le exigió exasperado el ataviado en Kamui. Más que sus heridas producto de la batalla, le dolía saber que su adversaria logró desenterrar memorias de su pasado y de paso, provocarle ligero llanto.

    Encandilado en rabia, Ares supo sobreponerse a las sensaciones que lo habían aturdido y, llevado por el mismo ímpetu, dejó libre su destructivo cosmos.

    —¡Es hora de terminar con esta ridícula pantomima de una vez por todas!!

    Al recobrar por completo la lucidez, encontrarse entre los brazos de la diosa le pareció una eminente ventaja. Aprovecharía la cercanía con ésta para ejecutarla con un simple movimiento, así que empleó su estatura y fuerza superiores para dirigir sus enormes manos hacia su cuello y estrangularla sin piedad; pero justo cuando estuvo a punto de hacerlo, sintió alarmado que sus brazos eran contenidos de manera intempestiva.

    —¡Ustedes!! —exclamó impresionado, siendo incapaz de mover ninguna extremidad—. ¡¿Cómo es posible que dos humanos hayan…?!!

    Fueron Saga y Kanon quienes consiguieron tal prodigio empleando sus últimos remanentes de fuerza. A ninguno de los hermanos les importó ser lastimados gravemente por los adornos afilados de la armadura divina de Ares, ya que a partir de ese momento lo darían todo con tal de detener al peligroso enemigo.

    —Esta es nuestra forma de agradecerte por protegernos de la técnica de Ares, y por sacrificarte para salvar a Alalá —le dijo solemne Kanon a la diosa, aferrándose con todas sus fuerzas al musculoso brazo izquierdo del dios de la guerra—. Del mismo modo, te damos gracias por luchar de una forma tan valiente a fin de proteger la creación entera.

    —Creo que hablo por mi hermano y compañeros al decir que te respetamos tanto como a nuestra diosa Atenea —añadió Saga con la misma formalidad, haciendo más presión sobre el guantelete derecho del helénico—. Ha sido un honor protegerte durante esta única ocasión.

    La aludida cerró los párpados y se sintió honrada por las palabras y acciones de los gemelos, pero enseguida regresó a la realidad tras percibir la nociva expansión de la cosmoenergía rojo sangre que estuvo a punto de acariciar el ‘Último Sentido’. La repentina liberación de energía provocó que Alalá —quien hasta ese momento yacía indefensa no muy lejos la acción— sea alejada violentamente hasta casi chocar de espaldas contra los escombros de la pagoda.

    Tan masiva y destructiva aura no sólo alejó Casiopea, sino que también afectó con su presión a quienes se encontraban más cerca de su origen. La diosa y los gemelos estaban siendo lastimados y consumidos poco a poco por tan terrible manifestación de odio, violencia y resentimiento.

    Todo parecía estar perdido…

    —¡No seremos capaces de soportarlo por mucho tiempo!! —advirtió alarmado el antaño General de Poseidón.

    —¡De aquí en adelante, todo depende de ti, Nü Wa!! —le apremió el antecesor de Géminis con toda la potencia de sus pulmones—. ¡Sólo tú serás capaz de salvar a la humanidad!!

    Una lágrima recorrió el terso rostro de la dama china, quien, a pesar de lo crítico de la situación, lucía el semblante amable y tranquilo que siempre la caracterizó. La sonrisa que esbozó a continuación, logró llenar de paz las almas de los gemelos.

    —Sabía bien cómo proceder desde que manifesté mi máximo cosmos —declaró con calma la doncella creadora, al tiempo que abrazaba con más efusividad a su adversario—. Y ahora, gracias a ustedes dos, el ser humano acaba de ganarse una vez más su supervivencia…

    La semidiosa y los dos maltratados Guardianes se las arreglaron para reunirse con la pelirroja y la ayudaron a reincorporarse. Los cuatro tenían energía para apenas moverse, pero entre todos se propusieron apoyarse a fin de acercarse a sus tres aliados. Por desgracia, las fuertes ráfagas de viento cortante que también producía el cosmos del olímpico, les obstaculizaba severamente el avance.

    —¡No nos rendiremos!! —aseguró muy decidida Jíngfēi de Xuanwu en medio de su doloroso calvario—. ¡Lograremos juntarnos con nuestra madre y la protegeremos de la amenaza de ese dios!!

    —¡No llegamos tan lejos como para permitir que la lastimen de este modo! —añadió Téngfēi de Baihu con la misma efusividad, ignorando el salvaje vendaval y la severa herida que le atravesaba la pierna—. ¡De ser necesario, sacrificaremos nuestras vidas por nuestra señora!!

    —No, mis niños… —los contradijo la deidad china con una suave y delicada voz maternal—. Ustedes no morirán en este lugar…

    Los vertiginosos vientos se detuvieron de manera repentina ante la atónita mirada de los cuatro guerreros, quienes, al alzar confundidos la vista, notaron que una enorme cúpula de luz había sido erigida sobre los dioses y los hermanos. El objetivo de la deidad que la creó, era separar de todo peligro a los demás participantes del combate.

    Quien en el pasado fuese conocida como Dánae de Géminis, posó su mano con curiosidad sobre la superficie transparente que los apartaba de la turbulenta vorágine que se desarrollaba en el interior. Le sorprendió que aquella fina capa fuera capaz de contener tan brutal cantidad de poder descontrolado.

    —Irene… —llamó Alalá a la semidiosa en tono monocorde, al tiempo que reposaba la mano sobre su rota hombrera dorada—. Entiendes los sentimientos de Kanon, ¿cierto?

    La aludida se volteó para ver a su interlocutora. La expresión de la antaño pitonisa se mostraba neutral, pero sus llorosos ojos clavados en los de Saga, delataban el dolor que sentía tras haber descifrado las intenciones de los gemelos y la diosa.

    —Los entiendo y los comparto, Alalá —respondió la Geminiana en actitud digna—. Y por ese motivo no permitiré que se sacrifiquen solos…

    La ancestral Mensajera de los Titanes sacó fuerzas de donde no las tenía para manifestar nuevamente su auténtica aura negra. Rebosante de poder oscuro, contrarrestó con mucho esfuerzo la resistencia de la barrera de luz y consiguió atravesarla ante la incrédula mirada de la Guerrera de Bronce.

    Luchando contra la ventisca roja que producía el máximo cosmos de Ares, Arce logró juntarse con la diosa china, quien aprovechó el momento y el gran gesto de desinterés de la Dorada, para comunicarle telepáticamente lo que planeaba:

    —«Escúchame, por favor, guerrera —le pidió amable la agonizante diosa, mientras el tiempo parecía ralentizarse para ambas—. Saga, Kanon y yo nos encontramos al límite de nuestras fuerzas y no podremos seguir conteniendo a Ares durante mucho tiempo; por lo tanto he decidido acabar este combate con una técnica que adaptará mi luz de forma que emule el poder destructivo de un quásar. Por desgracia, aquello implica devastadoras consecuencias. No sólo la Maravilla Suprema sería destruida, sino que la Tierra entera podría ser consumida por tal cantidad de poder luminoso».

    —«Entiendo perfectamente mi papel en todo esto —observó la semidiosa, dibujando en su rostro una expresión de amargura en su faz—. Al ser la única capaz de emplear libremente su cosmos, pretendes que los traslade a otra instancia dimensional para que el planeta no sufra daño cuando ejecutes tu ken».

    —«Exactamente, Irene —corroboró la doncella asiática, regalándole una cálida sonrisa—. Entonces… ¿contamos contigo?»

    —«Se los debo, diosa china de la creación… Es lo menos que puedo hacer por ustedes tras todo el mal que les causé… —admitió, incómoda pero decidida a la vez—. Sólo permíteme hacer algo antes…»

    Con el tiempo aún frenado, la dama en armadura de oro se juntó con el menor de los gemelos.

    —Todo estará bien a partir de este momento, Kanon —le aseguró con seria convicción—. Juntos conseguiremos un milagro…

    —Vete, por favor —le pidió el aludido entre dientes—. No quiero que mueras de este modo.

    —No moriré aquí —respondió ella, suavizando un poco su esquiva actitud habitual—. Te lo prometo.

    Cuando la semidiosa iluminó el convulsionado ambiente con su sonrisa, por un instante Géminis Blanco vio en ella a la joven soldado que veló por él durante su cautiverio en la prisión marina. En su pensamiento, se esfumó el intenso negro que teñía las pupilas y cabellos de la aquella mujer que se había ganado su cariño hace décadas, para ser reemplazado con la brillante tonalidad roja con la que recordaba su larga melena, y la celeste puro que le daba vida a sus ojos.

    —Confío en ti… Irene… —farfulló embelesado el Santo en cloth alba.

    —Mi nombre no es…

    Arce calló de repente su impulso por confesar la verdad que ocultaba. No vio motivos para arruinar lo perfecto del último momento que compartiría con aquel ser humano extraordinario. En lugar de ello, se dejó llevar por nacientes sentimientos que la obligaron a besar con ternura los labios del sorprendido Santo.

    —También confío en que serás capaz de salvar a la humanidad —le susurró ella, aún en contacto con su boca—. Adiós, Kanon…

    La velocidad de la acción regresó a su crítico cauce normal, a la vez que la portadora de Géminis lo daba todo de sí para acrecentar la influencia de su aura de sombras.

    Ares se sintió todavía más agobiado debido a la intensa oscuridad que empezaba a devorarlo.

    —¡Malditas escorias! —soltó ya fuera de sí la deidad griega en un desgarrador grito, todavía forcejeando por liberarse de la presión de sus valientes captores—. ¡Hagan lo que hagan, jamás podrán vencer al dios que jamás ha conocido la derrota!!

    —Será justamente ese orgullo el que provoque tu caída —señaló Nü Wa sin perder la calma—. Juro que jamás volverás a dañar a ningún ser vivo sobre la faz de la Tierra…

    En el exterior de la cúpula, los dos ‘Sì Shòu’ luchaban desesperadamente por atravesar la barrera y socorrer a su diosa. Ambos sabían que lo peor estaba por venir…

    —¡Demonios!! —maldijo entre lágrimas el Tigre Blanco, golpeando repetidas veces el exterior de la capa de energía a fin de romperla—. ¡No podemos permitir que nuestra diosa se sacrifique de este modo!!

    —¡Deténgase, por favor!! —le rogó llorando la Quimera Negra. Al mismo tiempo, rasguñaba con todas sus fuerzas la cúpula divina en un inútil intento por atravesarla—. ¡Debe existir otro modo de terminar este combate!!

    Para Nü Wa fue doloroso contemplar como la desesperación hacía mella en sus dos protectores. Lo habría dado todo por poder escucharlos y hablarles por última vez, pero la capa luminosa que erigió no permitía salir ni ingresar el más mínimo sonido. Al final, se limitó a dedicarles una sonrisa tranquilizadora y compartir con ellos un último mensaje telepático con la ayuda de los remanentes de su cosmos:

    —«Jíngfēi, Téngfēi… Nosotros los seres vivos no existimos únicamente como un conjunto de materia orgánica. Estamos compuestos de algo más grande, que ni la misma muerte sería capaz de extinguir. Por esa razón, les suplico que mantengan intacta en sus almas la alegría que siempre caracterizó a su madre, porque continuaré viviendo por siempre en los colores radiantes de las flores, en los bellos amaneceres y en las buenas obras que realicen con los seres humanos… ¡Vivan en mi nombre y sean felices, hijos míos!»

    El mensaje de la diosa creadora llegó a lo más profundo de los espíritus de quienes consideraba como sus auténticos primogénitos. Ninguno de ellos supo cómo reaccionar debido a los sentimientos encontrados que les produjo la diosa con sus palabras, así que se limitaron a desplomarse abatidos sobre sus rodillas y a observarla con impotencia.

    —¡Ahora es el momento, Nü Wa!! —le gritó Arce, volviéndola así a la realidad—. ¡Ejecuta tu ken, mientras el mío los traslada a otra dimensión!!

    La semidiosa emplearía aquel legendario arte que le daba la facultad migrar entre dimensiones. Usaría la misma técnica que, durante la era del mito, le permitió entregar mensajes a los Titanes a gran velocidad.

    —¡‘TRANSMIGRACIÓN FÍSICA AL PLANO ASTRAL’!

    Tiempo y espacio empezaron a distorsionarse y desgarrarse dentro de la cúpula.

    De todos los involucrados entre la poderosa técnica, Saga y Kanon fueron los que más estragos recibieron de la misma. Gradualmente ambos sentían que, en un indoloro proceso, sus cuerpos y almas iban siendo desintegrados y reducidos a polvo de estrellas…

    —«Lo conseguimos, hermano —le dijo Kanon, acompañando sus palabras con un apacible semblante—. En el nombre de Atenea, hemos cumplido nuestro deber como sus Caballeros y, según su deseo, encomendado nuestras vidas a la protección de la humanidad».

    —«Y no sólo eso —añadió Saga, experimentando la misma serenidad que acababa de transmitirle el gemelo menor con sus palabras telepáticas—. Tras décadas de permanecer separados, al fin fuimos capaces de dejar atrás nuestros errores del pasado y pelear juntos por primera vez».

    El hermano menor también deseó expresar su orgullo de manera abierta, pero una ligera sensación de remordimiento se apoderó de él cuando observó de reojo la quieta figura de Alalá de Casiopea tras la barrera de luz.

    A pesar de lo lamentable de la situación, la Amazona lucía tan calmada como ellos.

    —«Es una lástima que no hayas sido capaz de despedirte de la mujer que amas…»

    —«No te preocupes, Kanon —replicó el de cloth negra sin alterarse—. Conozco por tantos años a Alalá, que ya no hacen falta palabras entre nosotros. Ella entiende bien lo que siento, y por lo tanto sabe que estamos haciendo esto por su bien y el de todos».

    —«Gracias a los sentimientos que le profeso a Irene, ahora entiendo los de ustedes… —aseguró sonriente Géminis Blanco, sorprendiendo gratamente a su interlocutor—. Debo admitir que esa gran mujer se ganó mi corazón desde hace muchos años, y por esa razón la acompañaré por toda la eternidad».

    —«Eso es justamente lo que le prometí a Alalá en el jardín en el que estuvimos a solas —confesó también sonriendo el Santo en armadura azabache—. Así que no nos queda más que cumplir nuestra palabra de hombres».

    Por unos segundos ambos lo olvidaron todo y rieron alegres. Hace rato sus miradas azules fueron despojadas de todo miedo o desesperación por lo que vendría a continuación, ya que una acogedora sensación de camaradería y fraternidad se había apoderado de ellos por primera vez en sus vidas.

    —«Saga…»

    —«Te escucho, Kanon…»

    —«Tras todo lo que hemos tenido que atravesar en estos años… ¿aún me consideras como un hermano?»

    —«Está de más decir que siempre lo he hecho —respondió sin vacilar—. Y estoy agradecido de haber regresado una vez más desde la muerte, porque gracias a ello hemos logrado afianzar nuestros lazos de hermanos».

    Kanon soltó las lágrimas que se le habían acumulado tras los párpados.

    —«Te quiero… hermano… —le dijo conmovido el menor de ellos, casi sin poder articular palabra—. Adiós…»

    —«Esto es sólo un ‘hasta luego’, Kanon —respondió el mayor con una tranquilizadora sonrisa, para luego girar el rostro hacia la figura de su amada, quien también parecía despedirse de él con la mirada—. Hasta luego, Alalá…»

    El descontrol era evidente en el dios griego de la guerra. Ni su cosmos desatado a su máximo, le fue suficiente para liberarse de sus tres captores.

    —¡¿Creen que dejaré que me derroten tan fácilmente?!! —gruñó con vehemencia el paralizado ser divino de intimidantes rasgos, con los ojos completamente enrojecidos por la furia—. ¡No me harán falta ni mis brazos ni piernas para devastar la Tierra entera con una técnica que sobrepasa su imaginación!!

    La terrible amenaza fue acompañada por macabras risas y gritos que invadieron la totalidad del territorio chino. Definitivamente, la deidad guerrera se encontraba fuera de sus cabales pero, ni en aquellas circunstancias, su contraparte china perdió la concentración al nivelar su máximo poder divino.

    Con la imagen de sus cuatro hijos prevaleciendo en su pensamiento, inhaló profundo para evocar con toda su voz el nombre de una técnica inédita:

    —¡‘QUÁSAR DE LA CREACIÓN UNIVERSAL’!

    El cosmos de la doncella oriental se expandió nuevamente hasta el ‘Último Sentido’, desintegrando con su fuerza la barrera luminosa, y de paso abarcando por completo la totalidad de K’uen-Luen. A punto estuvo de desatarse la inenarrable energía del agujero blanco, cuando la técnica de Arce tuvo el efecto que su ejecutora esperaba. Ares, Nü Wa, Saga y Kanon empezaron a ser absorbidos por la oscura dimensión que hizo presencia sobre sus cabezas.

    —¡No me detendrás durante mucho tiempo, Nü Wa! ¡Te juro que regresaré para destruir todo lo que oses crear! —amenazó furioso el dios, todavía forcejeando al saberse obligado a mudarse a un plano diferente de la realidad—. ¡Jamás podrás acabar con la influencia de las deidades griegas de la guerra, porque continuaremos existiendo en cada persona que ansíe dañar a su prójimo!! ¡Seguiremos existiendo en cada masacre que sea motivada por las ambiciones de unos pocos!! ¡Seguiremos existiendo en las lágrimas de cada hombre, mujer y niño que sea invadido por el terror a una muerte violenta!!... ¡Seguiremos existiendo mientras la humanidad exista!!!

    —Siendo así, entonces también seguirá existiendo el amor que los humanos y los seres de la nueva especie son capaces de manifestar —replicó Nü Wa con suma serenidad—. El amor que hace del mundo un lugar mejor…

    —¡Basta de patrañas!! ¡Nada evitará que desaparezcan en medio de mi ken magno!!!... ¡‘MIAIPHONOS, EL TERROR DE…’!!!

    El abrazo de la diosa china se tornó más tierno y acogedor, factor que al ser combinado con su magno y pacífico cosmos, logró sosegar los ímpetus de Ares y evitar que pronuncie el nombre de su máxima técnica.

    —Los dioses griegos… prevaleceremos… ya que somos… infinitos y eternos —musitó el de melena grisácea con sus últimos bríos, al tiempo que se dejaba llevar por la calidez de los suaves brazos que rodeaban su fornido ser.

    La mirada del dios se cruzó por unos segundos con la de Alalá, cuestión que despertó en él la nostalgia que creía no poseía.

    —Y… aunque pasen milenios… volveremos a estar juntos, Enio…

    La influencia nociva del cosmos del helénico se esfumó entre la bienhechora de su rival divina, quien también se dejó llevar por lo emotivo del momento.

    —«Si en verdad me lo proponía, quizá también habría logrado calmar tu ira de este mismo modo, y así hubiese evitado que perezcas en Norteamérica junto con tantos inocentes… —se lamentó la deidad en destrozada Armadura Suprema, acomodándose delicadamente en el pecho de su abatido adversario—. Aunque me lastimases con el calor de tu cosmos, cómo me habría gustado abrazarte al menos una vez… Ra…»

    Con la ilusión de sentirse protegida entre los brazos del supremo egipcio, Nü Wa desapareció entre la misteriosa dimensión. No quedó el más ligero rastro de su presencia, ni de la de Ares y los hermanos gemelos.

    Sólo la jadeante pelinegra quedó en pies en medio de lo que estuvo a punto de ser una catástrofe de proporciones globales. Una ligera sonrisa de satisfacción —y a la vez de amargura— se dibujó en su rostro al saber que, a muy alto costo, obtuvieron la victoria.

    —Lo logramos… —masculló exhausta, y con los brazos aún extendidos y temblorosos—. No se siente nada mal… haber luchado por algo que no sea la venganza…

    La dama oscura no soportó más el daño acumulado que la afligía, así que no pudo evitar desplomarse pesadamente sobre sus espaldas. En esa posición y con mucha dificultad, dirigió su afligida mirada negra al firmamento.

    —Perdóname pero… no podré cumplir la promesa que te hice… —farfulló con un ligero dejo de tristeza—. Lo bueno es que… al menos tuve el gusto de conocer a… dioses y humanos que sí valen la pena… Al menos tuve el gusto de conocerte a ti… Kanon…

    Lastimosamente, el espíritu de la semidiosa llamada Arce fue desintegrado dentro del cuerpo de su avatar. En un acto de admirable altruismo, había empleado la totalidad de su poder cuasi-divino para ejecutar su ken dimensional.

    Por desgracia, también se vio obligada a consumir la energía vital de la humana que albergaba su espíritu. De otro modo no habría conseguido el prodigio de trasladar de dimensión a dos dioses de panteones distintos.

    —¿Dónde… estoy? —preguntó confundida quien volvió a ser Dánae, tras recuperar la tonalidad habitual de sus cabellos y pupilas.

    Alalá se había acercado a su agonizante compañera del oro y, con delicadeza la acomodó sobre su regazo.

    —Tranquila… ya todo terminó… Gracias a ti, la justicia ha triunfado…

    Aunque la voz y presencia de Casiopea le transmitieron tranquilidad, la antaño Ave del Paraíso se vio desconcertada al no recordar nada de lo ocurrido. Había perdido completamente la memoria desde el momento en el que la influencia de Arce se apoderó de su ser, siendo su último recuerdo el instante en el que su hermana gemela la llevó a las barracas del Santuario, tras caer fulminada por lo que creía era una enfermedad.

    Apenas en ese momento, la yaciente Dánae intentó ubicarse en tiempo y espacio. Al levantar ligeramente las manos y observar sus cuarteados guanteletes, notó con sorpresa que estaba portando una armadura dorada.

    —¿Soy… un Santo Femenino de Oro? —preguntó con moderada emoción.

    —Así es —le respondió Alalá muy cordial—. Eres la poderosa Amazona Dorada de Géminis, que lo sacrificó todo para defender a la humanidad.

    —Me alegro tanto…

    Tosiendo, pero sin dejar de sonreír, Dánae concentró su entrecerrada mirada en su única acompañante.

    —Eres la Guerrera de… Casiopea, ¿cierto?

    La doncella de bronce asintió.

    —Al parecer estoy de suerte —dijo la protectora de la Tercera Casa, riendo ligeramente—. Según tenía conocimiento, tu armadura posee un espejo…

    —En efecto.

    —¿Me lo podrías prestar un momento? No tardaré mucho…

    En actitud solemne, la antigua pitonisa de Atenea hizo a un lado el cabello que le cubría la espalda. El adornado espejo que simbolizaba la vanidad de la ancestral reina de Etiopía, estaba oculto en una de las placas de la cloth. Con premura tomó el objeto —cuyo cristal se encontraba un tanto trizado— y lo colocó entre las manos de quien se lo solicitó.

    Al levantar con dificultad el espejo y reflejarse en el mismo, Dánae fue testigo de lo maltrecha que se encontraba; no obstante, supo sonreír con calidez, ya que su objetivo no era corroborar su estado o aspecto.

    La guerrera áurea había presentido lo inevitable de su deceso, así que su último deseo fue despedirse de su gemela a través del reflejo idéntico de su propio rostro…

    —Esta es la única forma que tengo para volver a verte… hermana —le dijo con resignación a su propia imagen—. Sólo mírate… Desafiaste a los pronósticos de muchos y materializaste tu sueño de convertirte en toda una Guerrera de Oro…

    Dánae no fue capaz de seguir conteniendo sus lágrimas.

    —No llores, por favor, hermana —La mano con la que sostenía el espejo le temblaba y apenas fue capaz de recobrar el control—. Debes ser valiente… y continuar protegiendo a Atenea… con total devoción a sus ideales…

    El celeste en los ojos de la mayor de las gemelas se tornó opaco, mientras cerraba suavemente los párpados y suspiraba por última vez.

    —Vive… y sé feliz… Irene…

    La pelirroja murió en el regazo de Alalá. La ligera sonrisa en su rostro le otorgó un aire apacible.

    Enseguida la armadura de Géminis abandonó a su recién fallecida portadora, y se ensambló a manera de object frente a las dos Amazonas.

    —Al final… no eras Irene —susurró en actitud solemne y respetuosa la única Ateniense con vida, dejando descansar el cuerpo de la Dorada sobre el piso. Acto seguido, le dedicó una respetuosa genuflexión a la casi destrozada cloth de la tercera constelación del zodiaco—. Aún así, te recordaremos siempre por tu valentía, Dánae de Géminis…

    No muy lejos de allí, Jíngfēi lloraba devastada entre los brazos de Téngfēi. Se desarmó por completo cuando vio apagarse la luz rosa en el Calendario Maya.

    —No te había agradecido por darme el valor para volver a la Maravilla Suprema cuando estuvimos en Rozán —le dijo Baihu con su característica calma y ternura—. Ahora es mi turno para ayudarte a sobreponerte al dolor.

    —¡¿Cómo puedes estar tan tranquilo?!! —soltó indignada Xuanwu, casi ahogándose en su llanto—. ¡Sabes bien el significado de la extinción de una luz en esa horrenda roca que levita en el cielo!! ¡Nuestra señora Nü Wa ha…!!

    —No es así… —le interrumpió el joven castaño con voz suave, sorprendiéndola al tornar más fuerte su abrazo—. Ella no ha desaparecido todavía…

    Justo en ese momento, la totalidad del territorio chino empezó un lento y sublime proceso de regeneración. Los remanentes del máximo cosmos de Nü Wa produjeron el milagro de otorgar nueva vida a las tierras devastadas por la cruel técnica de Ares. Maravillada y perpleja, la pareja de Guardianes contempló el renacimiento de incontables plantas, flores y animales que, gradualmente, volvieron a engalanar el jardín con la perfección de sus colores y sonidos.

    —¿Lo ves, Jíngfēi? —añadió el castaño, tomándola de las hombreras y encarándola con una sonrisa. Delicadamente, le enjugó las lágrimas con el pulgar—. Al final, la creación ha triunfado sobre la destrucción.

    —Lo sé, Téngfēi —replicó la de cabellera azulada, apartándole su aún triste mirada—, pero el hecho es que nuestra madre tuvo que morir por nuestro bienestar…

    Extrañado, el guerrero otoñal miró a su compañera a los ojos.

    —Te equivocas. Nuestra señora Nü Wa no ha desaparecido aún.

    La Quimera Negra abrió los ojos como platos al escuchar tal afirmación. Le sorprendió, además, la convicción con la que fue pronunciada. Simplemente no supo qué responder.

    —No puedo precisarte el porqué pero… presiento que ella se encuentra a salvo en algún lugar de la Tierra —Con una radiante sonrisa que transmitía esperanza, el Tigre Blanco posó sus ojos verdes sobre la figura del Calendario Maya—. No me fío en lo que nos ha comunicado la roca que creó Quetzalcóatl, así que, a partir de este momento, dedicaré mi existencia a reunirme con nuestra madre.

    Extendiendo el brazo con elegancia, el joven le ofreció su mano a la protectora del norte.

    —Entonces… ¿qué me dices, Jíngfēi? ¿Me acompañarás en esta aventura?

    La aludida cedió ante la amabilidad y entusiasmo de su compañero y, tras ruborizar su sonriente faz, respondió al gesto al tomarlo de la mano.

    —Confío en ti, Téngfēi —le respondió ella con el mismo optimismo—. ¡Y estoy segura de que podremos encontrarla!

    —Cuando se reúnan con ella, por favor exprésenle mis sinceros agradecimientos en nombre de Atenea y sus Caballeros —intervino Alalá, formando también parte del momento—. Lo menos que puedo hacer por ustedes a partir de este momento, es orar cada día por su bienestar y el de Nü Wa.

    —Te lo agradecemos mucho, Alalá —reaccionó el guerrero en armadura blanca y gris, dedicándole una ligera reverencia—. Y discúlpame por los inconvenientes que te causé durante nuestro encuentro.

    —No te disculpes, por favor —le dijo la Amazona en tono condescendiente—. Gracias a tus ilusiones, fui capaz de revivir momentos importantes de mi vida.

    —No tuve la oportunidad de conocerlos pero… me habría gustado hacerlo —agregó sonriente la guerrera del invierno—. ¡Qué gusto saber que existen seres humanos buenos como ustedes!

    La joven ‘Sì Shòu’ olvidó que una herida aquejaba la pierna de su acompañante, así que, tomándolo de ambas manos, corrió junto con él en actitud juguetona e infantil entre el renovado campo de flores.

    La muchacha en armadura blanca y negra se había dejado llevar por la naciente felicidad que experimentó de pronto.

    Alegremente conmovida, Casiopea contempló a la pareja alejarse entre unos árboles cercanos. Al verlos reír cual dos niños inocentes, supo enseguida que sus destinos acababan de fusionarse en uno solo.

    Sin proponérselo, Jíngfēi y Téngfēi empezaron a vivir según los deseos de su creadora. A partir del instante en el que los jóvenes de la nueva especie se despidieron efusivamente con la mano de la guerrera humana, comenzaría su brillante futuro juntos. Ambos vivirían motivados por su ferviente deseo de reencontrarse con Nü Wa, ayudando en el proceso a todas las personas que necesiten de ellos a lo largo de su travesía.

    —Sola nuevamente, señor Shion —se dijo a sí misma una melancólica Alalá—, pero en esta ocasión es diferente a cuando usted me encomendó el deber de pitonisa en Delfos…

    Lo único que la Amazona escuchaba mientras sepultaba a su compañera de generación, era el trinar de las aves y el sonido de la corriente de un río cercano.

    —Prometo que el sacrificio de todos no será en vano —juró ante la improvisada tumba de Dánae, para luego disponerse a abandonar el restituido jardín.

    Por primera vez desde que arribó junto con Aioros hacia aquel paraíso, fue capaz de abstraerse con el bienestar que éste transmitía. Aquel sentimiento de paz fue complementado por el recuerdo latente de Saga, que ella atesoraría hasta el último de sus días.

    Entre la porción de cielo visible entre la Maravilla Suprema y la Tierra, la pelirroja notó algo que llamó su atención: Una brillante estrella azulada fulgía junto al sol de la tarde.

    —He pasado décadas observando el firmamento y estudiando el movimiento de las estrellas —añadió impresionada—, pero jamás había visto una tan hermosa y resplandeciente…

    Una ligera sonrisa se dibujó en su rostro, al darse cuenta del significado de la aparición de aquel astro desconocido.

    —«No has muerto aún… —reflexionó, dejando escapar las lágrimas acumuladas que deseaba dejar libres desde la desaparición de su amado—. Vivirás y me acompañarás eternamente desde el cielo, ahora que te has convertido en la más bella de las estrellas».

    Con una brillante mirada llena de ilusión, Alalá posó la mano sobre su vientre.

    —Sobreviviré en tu nombre, ya que te llevo en mi interior —confesó, elevando orgullosa sus radiantes facciones hacia la titilante estrella—. Confiando en lo que dijo Nü Wa cuando me rescató de Ares, acarreo en mí al fruto del amor que consumamos en este hermoso jardín… Te prometo que amaré a nuestro hijo tanto como te amo a ti… Saga…

    En medio de K’uen-Luen, una avecilla aterrizó sobre el casco del Kamui de Ares. En ese momento, el yelmo de diseño intimidante lució inofensivo al ser rodeado por hermosas flores de todos los colores.


    ==Grecia. Llanura de Tesalia, Monasterio de Meteora==

    Una mujer ataviada en un largo y níveo vestido, se encontraba sentada a orillas de un límpido estanque. Sus indescifrables y bellas facciones eran resaltadas por el celeste puro de sus pupilas y el rojo intenso que teñía su larga cabellera.

    No había pasado mucho tiempo desde que despertó del largo trance en el que permaneció cautiva por décadas, así que le pareció sublime encontrarse nuevamente en contacto íntimo con la naturaleza.

    El bienestar que sentía fue perturbado sólo por el fatal presentimiento que sobresaltó hasta la última fibra de su ser.

    —¡Dánae!! —exclamó sobremanera preocupada—. No puedo creer que tú hayas…

    Irene —la soldado raso que hace años sacrificó su integridad para detener al espíritu de Arce junto con su diosa—, no pudo darse el lujo de siquiera lamentar la muerte de su hermana mayor.

    Cuando el sello tatuado en el rostro de la mayor de las gemelas fue roto por Nü Wa, también se liberó el espíritu de quien reencarnó en el cuerpo de la menor de ellas.

    Iris —Mensajera de los Dioses y hermana de Arce, semidiosa que luchó del lado de los olímpicos ancestrales durante la Titanomaquia— manifestó su presencia cuasi-divina al transmutar la apariencia de su avatar humana: Las pupilas de Irene se tornaron en un resplandeciente plateado metálico, mientras que sus cabellos fueron despojados de todo color, dejando visible en ellos únicamente el más perfecto e inmaculado blanco.

    La joven que décadas atrás no era capaz de siquiera encender su cosmos, ahora hacía derroche del mismo a través de la pura aura de luz alba que rodeó su cuerpo.

    —Tu muerte no permanecerá impune, hermana —se juró a sí misma, encarando la fortaleza divina que, desde donde se encontraba, se veía como un tenue luz en la lejanía—. ¡Recuperaré la armadura de Géminis y, en honor a Atenea, lucharé con ella para así limpiar tu nombre!

    A punto estuvo la semidiosa de abandonar su morada, cuando algo peculiar llamó su atención: Un intenso resplandor era reflejado en las aguas de la pequeña laguna.

    Cuando la doncella alzó la mirada, notó que la responsable del brillo era una estrella recién aparecida. Le extrañó la presencia del bello astro de color celeste, ya que el cielo de media tarde se mostraba iluminado por el más radiante sol.

    En ese momento no supo por qué, pero un profundo sentimiento de añoranza se apoderó de ella. Contemplar esa estrella le trajo agradables sensaciones del pasado que no alcanzó a precisar, ya que enseguida le apartó la mirada y partió dispuesta a encontrarse con su destino.

    Ella ignoraba que aquel cuerpo celeste albergaba el espíritu del altanero prisionero que alguna vez auxilió en Cabo Sunion.

    Kanon de Géminis, tras su altruista sacrificio, decidió cuidar desde el cielo a su querida Irene. Tal como lo había prometido, estaría junto con ella durante toda la eternidad…

    Continuará…
     
Cargando...

Comparte esta página

  1. This site uses cookies to help personalise content, tailor your experience and to keep you logged in if you register.
    By continuing to use this site, you are consenting to our use of cookies.
    Descartar aviso