Saint Seiya [Long-fic] Saint Seiya - Memorias

Tema en 'Fanfics de Anime y Manga' iniciado por Virginalis, 29 Mayo 2019.

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    Virginalis

    Virginalis Iniciado

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    Escritora
    Título:
    [Long-fic] Saint Seiya - Memorias
    Clasificación:
    Para adolescentes. 13 años y mayores
    Género:
    Acción/Épica
    Total de capítulos:
    1
     
    Palabras:
    2342
    [Saint Seiya] Memorias

    "Hera no permitirá que Athena levante nuevamente el puño contra los dioses. Esta es la historia de la Orden del siglo XVII y su lucha, comandada por Sage, contra los guerreros del Olimpo."


    ¡Hola! Este es mi primer fanfic publicado aquí, aunque ya ha ido escalando en otras plataformas. Se trata de lo que podríamos llamar, una saga propia de Saint Seiya. Tomaré elementos tanto del canon como del resto de las obras pertenecientes al multiverso de SS. Ya que los personajes son inventados, a medida en que la trama avance, publicaré fichas de cada personaje para que puedan hacerse una idea sobre estos. El fanfic se ubica cronológicamente en el siglo XVII d.C, no diré un año específico porque ajá.

    Exceptuando por el Patriarca Sage, perteneciente a Shiori Teshirogi, el resto de personajes son de mi autoría. La obra SAINT SEIYA pertenece a Masashi Kishimoto, y el escrito, es mío. No busco lucrar con éste. Sin más interrupciones, manos a la obra y espero les guste ♥

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    I - Reencarnación
    Desde la cima de las Doce Casas, el paisaje lucía casi como un espejismo. Con el atardecer pisando sus talones el cielo brillaba en tonos naranjas y cobrizos, reflejando su fulgor incendiario en las cálidas aguas mediterráneas que flanqueaban la Península del Ática. Los ojos de Sage, serenos y sabios, parecían mirar más allá. Pasando el horizonte, cruzando el mar Egeo, mucho más lejano de los límites de Grecia. Casi sintió explorar el mundo con una sola mirada. Contempló con paz los pueblos colindantes, llenos de vida. Rodorio y Kamalakion, con sus pueblerinos trabajando día y noche y un poco más lejos, Kineta, aquel lugar que de vez en cuando solía visitar.

    El sonido del oleaje lamiendo la orilla de la playa de Megara limpiaba su pobre alma herida. Tanta longevidad a veces le molestaba, y hasta aburría. Cada tanto se encontraba deseando ser un humano normal y alcanzar la paz. Cien años ya de la última guerra en la que vio perecer a sus camaradas, a su diosa. Durante un siglo sus ojos contemplaron demasiadas cosas, las suficientes para marcar su vida como un sello de fuego sobre la piel.

    Decían por ahí que los horrores de la guerra son imposibles de superar, que ver a un amigo morir marca por siempre tu vida. Uno a uno perecieron valientemente en busca de conseguir la paz interrumpida por dioses aburridos. Paz que les costó la cabeza de su diosa, y la vida de miles de personas.
    Cada rostro de los fuertes militares ataviados en armaduras doradas se mantenían intactos en su memoria, como el más fresco de los recuerdos. Los caballeros de Plata y Bronce, hasta los soldados rasos. Recordaba a cada uno de ellos con una fuerte presión en el pecho.

    Podía sentirlo en la piel. Se lo susurraba el aire, las estrellas que adornaban el cielo lo anunciaron. El sonido de las olas rompiendo fuertemente en Ática llegó a sus oídos, casi como si se encontrara de pie en el mismo cabo Sounión. La naturaleza lo anunciaba, y sabía que no había vuelta atrás.

    Unos pasos a sus espaldas le alertaron la llegada de alguien más. Pasos pesados, característicos de quien llevaba una de las vestiduras sagradas tan doradas como el mismísimo sol. Sin darse la vuelta, escuchó el crujido del oro al tocar el suelo, hincado sobre una de sus rodillas y agachando la cabeza, se encontraba uno de los más fuertes caballeros en su estirpe.

    —Patriarca. —aquella fue la única palabra del hombre. Vestía una armadura dorada que lo cubría de cuerpo completo. Amplias hombreras elevadas hacia arriba con bordes redondeados, el peto cubriendo por completo su torso decorado por arabesques, y protección en sus brazos y piernas que finalizaban en doble capa. Una tiara de tres puntas decoraba la cabeza del santo, simulando a los lados de ésta, dos alas. Pero lo que más llamaba la atención del conjunto, eran definitivamente las grandes alas en su espalda, manteniéndose en una posición plegada y dándole la apariencia de un ángel.

    —Puedes ponerte de pie, Alessandro.

    Efectivamente, el caballero de Sagitario se reincorporó. Alto, superaba con creces el metro ochenta. Su rostro notaba facciones atractivas, una barbilla angulosa y mandíbula afilada. Los ojos brillaban verdes cuál olivas, resaltando en el tono dorado de su piel. Aunque su cuerpo denotaba cierta musculatura, continuaba siendo esbelto y elegante como una flecha.
    Un romano en toda su extensión.

    —Te he encomendado una misión, Alessandro de Sagitario. Las estrellas revelaron la ubicación que tanto esperábamos.—el hombre mayor entre ambos volteó mirando a los ojos del caballero. Sage era un hombre alto y corpulento, pero de todas formas tuvo que mirar hacia arriba—. Se encuentra en el reino de Polonia. En un pueblo llamado Naklo, cerca de Pomerania.

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    Naklo, Polonia.

    Kasha suspiró profundo, un poco agotada luego del tremendo ajetreo provocado por... niños. Algunas veces se preguntaba a sí misma cómo catorce niños podían causar tanto alboroto como un bastión de guerreros. Amaba a todos y cada uno de los pequeños huérfanos, pero eso no significaba que a veces le causaran terribles dolores de cabeza. Si lo veía de otra manera, eso significaba que eran felices. No tenían padres que los arropara en la noche o les leyera un cuento, ni hermanos con los que jugar. Algunos de ellos incluso habían sido maltratados antes de llegar.

    Se esforzaba mucho en darles la infancia que se merecían, llena de juegos y alegría. No tenían padres, pero ella se aseguraba de besar sus frentecitas cada noche antes de dormir. No tenían hermanos de sangre, pero entre ellos se cuidaban y querían como si lo fueran y sufrían mucho cada vez que adoptaban a uno. Hacía un mes Kevin tuvo la suerte de ser adoptado por una familia que no podía concebir, y si lo pillaba desprevenido, a veces encontraba a Bastián sentado frente a la puerta de entrada de la humilde casa, con un deje de tristeza en su rostro por ser alejado de su mejor amigo.

    Un fuerte chillido la devolvió a la realidad. Anna, una niña de piel oscura lloraba a los gritos, mientras Salem, un niño de piel pálida y cabellos clarísimos, reía frente a ella como si hubiera escuchado el chiste más divertido del mundo, mientras le llamaba "niña lodo". Por más de que les enseñara a respetar a sus pares, muchas veces los niños eran crueles con lo que no entendían o con las personas diferentes a ellos. Estuvo a punto de regañar a Salem, pero veloz como una tromba, Qian se le adelantó. El muchacho de ojos rasgados, natal del lejano oriente, corrió hacia su amigo, asestándole un puñetazo en la mejilla que hizo que el rostro de Salem se volteara y su labio sangrara. Rápidamente el niño estalló en llanto.

    —¡Idiota! ¡Te dije que dejaras de molestar a las niñas!-gruñó el oriental, ahora sujetando al otro niño por el cuello de su camiseta y zamarreándolo como si fuera un trapo viejo—¡Debemos protegerlas y cuidarlas y lo único que haces es molestar a Anna! ¡Ya verás como te-


    — Qian, basta.

    Una voz suave hizo presencia entre tanto escándalo. De inmediato surgió el silencio, como si las palabras profesadas fueran un interruptor que apagaba a los mencionados. Qian soltó a su atacado, el cual cayó al suelo junto a Anna, que ya había dejado de llorar y sólo gimoteaba.

    Así era Clio. Con escasos diez años poseía la capacidad de tranquilizar y darle paz hasta al más agresivo de sus niños. Una bondad eterna denotaba en sus ojos azules, que aunque pertenecieran a una pequeña, reflejaban la madurez y sabiduría de una persona mayor. Sujetando la falda de su blanco camisón se arrodilló junto a Anna, posando la palma de la mano en su hombro.

    —Anna, tu color de piel no tiene nada de malo. Es precioso así, eres preciosa tal y como naciste. La belleza no se mide por el aspecto físico, sino por el de tu corazón.

    Secó las lágrimas del infantil rostro. Anna asintió a cada una de sus palabras, sintiendo consuelo y su corazón reconfortado. Clio esta vez se dirigió a Salem, el que ya esperaba una fuerte reprimenda por sus acciones. No esperó que llevara la mano sobre su boca. Sintió dolor y arrugó la nariz. La calidez que surgió de la palma de su amiga rubia fue suficiente para relajarlo, y de a poco, el dolor desapareció. Kasha observaba en silencio las acciones de la niña. No sabían cómo, además de su dulce personalidad, podía sanar heridas. Ni siquiera ella sabía cómo era capaz de tales obras, pero no dudaba en ayudar a quién lo necesitara.

    —Salem, no importa quienes seamos por fuera, si no lo que hay en nuestro interior. Si nuestro cuerpo físico desapareciera y sólo quedara nuestro espíritu ¿Crees que tu alma sería blanca y pura? ¿O se encontraría manchada por el miasma?

    Salem no respondió. Tan sólo fregó su puño en sus ojos enrojecidos. Sobre su pómulo golpeado ya comenzaba a notarse una marca roja.
    Mientras tanto, el llamado Qian se alejaba lentamente, paso por paso, tratando de no ser escuchado por su amiga. Quería evitar a toda cosa las reprimendas de Clio. Como si hubiera leído su mente, la nombrada giró hacia él, sus ojos llenos de dulzura y hasta preocupación. Suspiró avergonzado.

    —Qian, ya hablamos de esto. No puedes golpear a cada niño por todo. Todos cometemos errores alguna vez porque somos humanos, y la violencia no lo soluciona.

    La mujer mayor entre ellos negó con la cabeza, sonrisa en los labios incluida. Se sintió agradecida de tener entre esos niños a un ser tan bondadoso como Clio. Aun siendo una pequeña le ayudaba más que nadie con los niños problemáticos del orfanato. Clio le devolvió la mirada con una inmensa sonrisa.

    No tenían idea de que aquella sería la última vez que se sonreirían con tanto cariño.

    -2-

    —Estrellas, ilumínenme. Guíenme en mi camino.—fueron las palabras del santo de Sagitario, mientras se abrazaba a sí mismo para protegerse del frío. A pesar del pesado abrigo de lana que llevaba, el frío conseguía colarse a través de la tela y darle una sensación de helazón que no le gustaba para nada. En momentos así extrañaba el calor de sus tierras. Como respondiendo a su llamado las estrellas brillaron con fulgor. Sabía que se encontraba cercano al lugar de su destino, pero no tenía idea con certeza de dónde estaba el orfanato que el patriarca mencionó al asignarle la misión.

    Llegar hasta Polonia le había tomado más de un mes de viaje, y encontrar aquel pueblucho, dos semanas más. Siguiendo las estrellas continuó caminando durante lo que le parecieron horas. No estaba cansado, una caminata no tenía comparación a los duros entrenamientos militares a los que se sometía en el Santuario. Pero sí moría de frío y su estómago comenzaba a gruñir.

    Durante el tiempo de viaje tuvo la oportunidad de apreciar muchísimos paisajes, hasta se había tomado la libertad y placer culpable de detenerse a plasmar las atractivas imágenes con un carboncillo en papel pergamino. El caballero de Sagitario disfrutaba del arte como nadie más. Procedente de Italia, estaba relacionado con el arte de una manera muy importante. En sus pocos tiempos libres se daba el lujo de pintar sobre lienzo. La zona residencial de la casa de Sagitario fácilmente podía pasar por una exposición de arte.

    A lo lejos, tal vez quinientos metros más adelante consiguió ver una columna de humo. Significaba fuego, por ende, calor y personas ¿Sería algún pueblo? ¿Un asentadero? ¿Viajeros como él? ¿Algún ritual pagano? No importaba lo que fuera, la armadura dorada que cargaba a sus espaldas muchas veces le evitaba pasar hambre mientras se encontraba lejos de las ciudades. Por eso mismo vistió la armadura, ésta de inmediato lo reconfortó con su calor. Y así, se dirigió directo al lugar que buscaba.

    Lo que vio al llegar lo paralizó por completo. Ninguna de sus posibilidades se vio cumplida cuando frente a él, una casa ardía en llamas. No tardó ni un segundo en lanzarse directo entre las llamas, las cuales retrocedieron frente a su inmenso cosmos encendido. De repente sintió en una de las habitaciones un estallido de cosmos. Fue guiado a una de las habitaciones, la puerta de madera ardía al igual que el resto de la casa de madera. La abrió de una patada encontrándose con dos niños fuertemente abrazados, envueltos en un cosmos blanco que al igual que el propio, les protegía del incendio. No le hizo falta ni siquiera analizar para saber que su búsqueda estaba terminada.

    Los niños voltearon la cabeza hacia él, con los ojos llenos de lágrimas y una expresión de pánico en sus rostros. Rápidamente cargó en sus brazos a ambos pequeños para alejarlos del peligro, fuera de la cabaña. La niña casi temblaba en un estado de shock por lo que se dirigió al niño.

    —¿Hay alguien más ahí adentro?-preguntó, mirándolo a los ojos. El pequeño asintió, frotando su mejilla llena de hollín.
    — Doce más, y la señorita Kasha... ayúdenos, por favor.—suplicó. No tenía idea quién era ese hombre con deslumbrante armadura, pero confió en él. Y viéndolo entrar entre las llamas, con su armadura brillando fuertemente en tonos naranja y la valentía a flor de piel, Qian por primera vez supo lo que era tener un héroe.

    Alessandro cargó sobre sus hombros y brazos a tantos niños como pudo para luego salir y recostarlos en el pasto helado. Ni siquiera el metal de su armadura calentándose con el abrasador calor le haría dejar allí adentro a uno de esos niños. Repitió la acción tres veces hasta que cada uno de ellos y la llamada señorita Kasha estuvieron fuera. Comprobó con terror el pulso de todos los niños inconscientes y de la mujer.

    Ninguno respiraba.
     
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    rapuma

    rapuma Fanático

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    Pluma de
    Escritor
    Hola! Y gracias por publicar una historia de Saints Seiya! Me declaro fanático total de la serie (imagino que viste LC y seguro amas a Manigoldo tanto como yo, personaje badass)

    Pobre Sage, seguir viviendo luego de tanto horror nunca es fácil, pero la labor del pontífice supremo es seguir adelante, seguir toreandole a la muerte; como Shion hará en muchos años más adelante.
    (Asumo que es luego de la guerra santa dónde solo sobrevivieron Sage y Hakurei)

    Que horror encontrar a todos los niños sin vida. Pero supongo que la fe y esperanza del santo de Sagitario hará diferencia entre la vida y la muerte. Eso o la tal Athena podrá revivir a los muertos.
     
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