Long-fic de Inuyasha - [Long Fic] Niño Soldado

Tema en 'Inuyasha, Ranma y Rinne' iniciado por Lady Kyros, 27 Septiembre 2010.

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    Lady Kyros

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    [Long Fic] Niño Soldado
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    Estaba segura de haber terminado este Fic. Bueno, ahora subo el octavo capítulo, y en breve el epílogo.






    Capítulo VIII
    “Soy una máquina de guerra,
    mi dedo aprieta ese gatillo sin mirar”
    (Fragmento canción “Niño Soldado” de Ska-P)
    La noche cayó rápidamente, e Inuyasha y Miroku regresaron a la base en silencio. Aún se podían ver las marcas que dejaron las lágrimas en las mejillas del soldado, pero no le importó. Esas marcas le recordaban que era humano y que era normal sufrir. Desde que entró al ejército le habían convencido de que los sentimientos eran inservibles, que los guerreros no debían sentir nada por nadie, sólo un profundo amor por su patria, por la cual debían de darlo todo, hasta la vida. Si aquella vez le hubiese hecho caso a sus sentimientos... Su padre aún estaría con él.
    El espía miraba de soslayo a su amigo, queriendo decirle palabras de apoyo, pero sólo venían a su cabeza frases prefabricadas, mecánicas, que no dejaban ver claramente lo que quería decir. Así que optó por el silencio.

    Sango salió a recibirlos con los ojos hinchados. Claramente había estado llorando.

    —Estás de miedo, ¿lo sabías?

    La enfermera se sorprendió de sobremanera ante esas palabras, al igual que Miroku. El soldado había levantado el rostro por primera vez y una vaga sonrisa se dibujaba en sus finos labios.

    —¿Qué? ¿Acaso no te has mirado al espejo hoy? Parece que tienes unos veinte años más encima —bromeó.
    —Tú tampoco te quedas atrás —respondió la morena, mirando dulcemente al soldado.

    Inuyasha le devolvió la sonrisa y se dirigió a su división. Atrás quedaron sus amigos, quienes no le quitaron los ojos de encima hasta que desapareció tras la puerta.
    La primera voz que rompió el incómodo silencio fue la de la enfermera.

    —Me alegro de que se haya repuesto —suspiró.
    —¿Tú crees? —preguntó el espía retóricamente.
    —Vamos, Miroku, le has visto sonreír —inquirió tratando de disuadirle—. ¿Quién en su sano juicio podría bromear en un momento como éste?
    —Inuyasha. —Le espetó—. Le conozco bastante bien, y aquella mueca en su rostro no era una sonrisa auténtica.

    El silencio cayó entre ambos abruptamente, como una densa cortina incapaz de rasgar. Sango sabía que su novio tenía razón, pero había albergado la esperanza de que su amigo se encontrase bien. Que estúpida se sentía. Realmente le era imposible concebir algo así. ¿Quién podría estar bien luego de una noticia como esa?



    El soldado de cabellera plateada se recostó en su litera, a pesar de no tener sueño. De todas formas, no quería dormir. Tenía la horrible sensación de que si llegaba a caer en los brazos de Morfeo, el rostro de su padre se grabaría a fuego vivo en su memoria.
    Las voces de sus compañeros de habitación le parecían lejanas. Lo único que podía oír con claridad era la voz del párroco, llamándole “hijo mío”...
    Pasaron las horas, y la fatiga finalmente lo venció, haciéndole caer en un profundo sueño.

    Podía oír las risas burlonas de los soldados, mofándose de su estado, haciendo eco de su desgracia. Pero esta vez ni siquiera intentó hacerlos callar, ni siquiera intentó ponerse de pie y encararlos. Ya no quedaba fuerza en su diminuto cuerpo. En su blanca espalda aún seguían brillando como lenguas de fuego las heridas hechas por el látigo.

    —¿Qué no vas a defenderte, Demonio? —preguntó uno de los guardias.
    —No se lo menciones, ¡Que ni siquiera tuvo piedad de un sacerdote! —exclamó el otro, con sorna.

    El primer soldado en hablar dejó caer nuevamente el látigo sobre la espalda del niño, dejando una nueva y reluciente marca junto a las demás. Su compañero sonrió de manera maliciosa, para luego escupir sobre el lugar en donde el arma había dejado su última huella. Acto seguido, los guardias abandonaron la fría estancia, cerrando la pesada puerta de metal tras su paso.
    Inuyasha se quedó totalmente solo por primera vez desde el incidente en la parroquia de Nanking. Costosamente el chico levantó su cuerpo del frío suelo de piedra, pero cayó inmediatamente bajo su peso. Sus piernas respondían débilmente, así que desistió de su intento por ponerse de pie, contentándose con poder apoyarse contra una pared abrazando sus rodillas.
    Respiraba entrecortadamente, sintiendo un dolor punzante con cada movimiento de su pecho. Aún podía escuchar las risas socarronas de los guardias en el pasillo. Miró a su alrededor, sintiendo cómo la oscuridad se cernía cada vez con más fuerza sobre él. Y sin poder contenerse más, comenzó a sollozar.
    Cada vez que cerraba los ojos veía el rostro del párroco, esbozando una triste sonrisa, queriendo revelarle un importante secreto que se iría con él hasta la tumba. Un secreto que tal vez nunca conocería.
    Poco a poco las lágrimas comenzaron a agolparse frente a sus dorados ojos, siendo retenidas únicamente por un enemigo más poderoso que los soldados: su orgullo.



    —¡Toque de diana!

    Inuyasha abrió los ojos sobresaltado. A su alrededor, los soldados iniciaban su jornada con total alboroto. Rápidamente se puso de pie, no podía llegar tarde a la formación. Las imágenes de su sueño ahora parecían borrosas, no así el sentimiento de abatimiento.
    Antes de la revelación del día anterior, él ya sabía que el sacerdote quería decirle la verdad. Y no le dio tiempo.


    El espía interceptó a su amigo en cuanto le vio salir de los vestidores. Ambos soldados caminaron en silencio hasta llegar a un lugar apartado. Inuyasha dirigió una fugaz mirada a su entorno. Frente a ellos se extendía el territorio de las trincheras, en donde sus compañeros peleaban por una patria que le había arrebatado el derecho de conocer a su familia.

    —Inuyasha...

    La voz de Miroku rompió el silencio momentáneamente, ya que no fue capaz de continuar la frase. El soldado de cabellos plateados tenía la vista fija en el horizonte. El espía decidió intentarlo de nuevo.

    —Inuyasha, sinceramente me alegro de lo que hiciste.

    El joven de ojos dorados no podía creer lo que oía de labios de su amigo. ¿¡Que se alegraba porque fue el asesino de su padre?!
    Sentía cómo la sangre comenzaba a hervir en sus venas.

    —¿¡Qué has dicho, infeliz?!
    —Lo que has oído —contestó el joven de mirar azulado—. Que me alegro de que hayas asesinado a tu padre.

    A pesar de la ira que sentía, Inuyasha no fue capaz de moverse. Tal vez fuese el impacto de aquellas palabras en boca de quien creía su mejor amigo, lo que le impedía romperle la cara a golpes; o tal vez era algo más.
    Miroku pareció leer los pensamientos de su amigo, pero lejos de ofrecerle una disculpa, continuó defendiendo su tesis.

    —Amigo mío...
    —¿¡Amigo, dices?! —Le interrumpió el soldado, recuperando la voz—. ¿¡Qué clase de amigo te crees que eres!?
    —Humm… —dudó—. Según tú, el mejor.

    Sólo por milímetros alcanzó a evitar el golpe que Inuyasha intentó propinarle. Podía leer exaltación en los ambarinos ojos de su amigo. Un arrebato de ira.
    Decidió que era mejor dejarse de rodeos.

    —Inuyasha, sinceramente, ¿le habrías dejado vivir aun sabiendo que era tu padre?

    El rostro del soldado cambió radicalmente. Sus facciones se suavizaron, sus mandíbulas se relajaron. Una tenue sonrisa se dibujó en sus labios. Ahora comprendía todo.

    —No, le hubiese disparado más rápidamente.

    Miroku sonrió aliviado al comprobar que su amigo le había entendido. Claramente no era para nada sencillo tener que tomar una decisión de esa índole, pero ninguna decisión es fácil. Si Inuyasha no hubiese asesinado a su padre, el sacerdote hubiese sido torturado hasta la locura, para culminar entregándole una lenta muerte, haciéndola terriblemente dolorosa en su agonía. En cambio, un disparo le ahorraría todo eso.

    —Claramente lo mejor hubiese sido que nada de aquello hubiese pasado —añadió el espía, mirando a su amigo.
    —Ojalá la guerra no hubiese estallado. No puedo culpar a Renkotsu por cumplir con su deber —observó con pesar—. Aunque no por eso dejaré de aborrecerle —agregó.
    —Bueno, ¿seguimos siendo amigos? —preguntó Miroku con voz infantil.

    Inuyasha lo miró extrañado, para luego reír con fuerza. No se había equivocado al decir que aquel soldado era su mejor amigo.

    —Pues claro que sí, hombre —contestó—. ¿O acaso creías que te ibas a librar de mí? —añadió con sorna.
    —Albergaba la esperanza... —suspiró el espía con aire soñador.

    Los dos soldados volvieron a la base, pero esta vez, sumidos en una animosa conversación. Nada podían hacer por cambiar el pasado, pero se empeñarían lo necesario para mejorar su futuro.
     
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    Ainss! Que mono es Miroku :3 Aunq sus metodos son muy poco ortodoxos... xD
    Bueno, feliz Navidad! Y no te tardes tanto con el próximo capitulo ;)
     
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    Finalmente: El epílogo. :3

    Epílogo

    “Luego de conversar con Miroku me sentí extremadamente aliviado. Aunque admito haber querido reventarle la nariz de un puñetazo cuando me dijo ‘me alegro de lo que hiciste’.
    Tiene razón. Si lo hubiese sabido antes, ni siquiera me hubiese preocupado de no asesinarlo en público. Sé que suena horrible, Kanna, pero jamás hubiese querido que nuestro padre pasase por lo que yo pasé. Cada una de estas páginas relata lo que viví tras separarme de ti, por lo cual espero que puedas comprenderme.
    Bueno, ya es tarde y debo descansar.

    29 de Julio, 1945

    Hoy hemos sido trasladados a una nueva base, la ciudad más próxima es Hiroshima. Cada vez siento que la guerra está más pronta a su fin, y que pronto volveré a verte, Kanna. Las páginas de este cuaderno han pasado rápidamente bajo mi pluma y sinceramente deseo que sea el último que escribiré. 15 cuadernos escritos hasta en la última esquina es lo que te espera para leer una vez que nos volvamos a ver. Así sabrás por todo lo que tu hermano ha pasado desde que nos separamos, y mientras tú leas cerca del acogedor fuego de una estufa, yo estaré jugando con los que serán mis sobrinos. Cada mañana al despertar deseo que este sueño se pueda realizar.

    03 de Agosto, 1945

    ¡Por fin Miroku cobró valor y le pidió matrimonio a Sango! Ya era hora, él cumplió 32 la semana pasada, jejeje. Ella saltaba de felicidad, y él no podía ocultar su sonrisa cuando me lo contaron. ¡Me pidieron que fuese su padrino de bodas! Y como no quieren perder tiempo, ya han pedido hora en el registro civil. La han fijado para el 6 de Agosto ¡Faltan sólo 3 días!
    He oído rumores de que la guerra pronto acabará, ojalá sea verdad. Kanna, las cosas están comenzando a salir mejor. Ya nos veremos, te lo juro.

    06 de Agosto, 1945

    ¡Llego tarde! Pero no podía dejar de escribir este ‘diario’. Kanna, pronto seré el padrino de bodas de mis mejores amigos. Bueno, ya me voy, me queda un largo trayecto a Hiroshima. Miroku y Sango ya están allá. Por fin todo está saliendo bien”

    Una gruesa lágrima cayó sobre las últimas palabras, diluyendo la oscura tinta con la que estaban escritas. Una joven de cabellos azabaches estaba sentada junto a una camilla de hospital, sobre la cual descansaba el cuerpo de un hombre de cabellos plateados.
    La joven enfermera volvió a secar sus lágrimas por enésima vez, ahogando suspiros de tristeza. Finalmente cerró el cuaderno, cuyas hojas amarillentas amenazaban con desgarrarse, y lo dejó suavemente sobre una pila de documentos similares.
    Se paró lentamente de la silla, dirigiendo una mirada de profunda admiración hacia el hombre que yacía a su lado. Hace poco el soldado había despertado de su profundo letargo. Sin embargo fue por breves momentos.

    —Kagome, alguien te busca.

    La enfermera de cabellos azabaches salió de la habitación para encontrarse con una mujer de avanzada edad. La anciana tenía largos cabellos plateados, al igual que sus ojos.

    —Señora, que gusto verla —saludó la enfermera.
    —Lo mismo digo, jovencita —respondió la aludida—. Dime, ¿has terminado ya de leer los libros que te pasé?
    —Sí, acabo de hacerlo. Él fue un hombre muy valiente —comentó moviendo su cabeza en dirección a la habitación que acababa de abandonar.
    —No... Inuyasha sigue siendo muy valiente —le corrigió la anciana—. Estoy segura de que él volvería a pelear si no se encontrase en las condiciones que ahora está —añadió con amargura.

    Ambas mujeres se despidieron afectuosamente, prometiendo volver a verse al día siguiente.
    Kagome se dirigió al cuarto de Inuyasha, para renovar el líquido de la sonda que estaba inyectada a su antebrazo derecho. Delicadamente hizo el cambio, sin dejar de pensar en las últimas palabras de la anciana mujer.

    —¿Dónde estoy?

    La enfermera se sobresaltó al sentir una mano fría en su muñeca. Rápidamente volteó hacia la camilla y se encontró con un par de hermosos ojos ambarinos que la miraban fijamente.

    —¿Señor Inuyasha? —preguntó la chica, incrédula.
    —¿Dónde estoy? —volvió a preguntar el hombre.
    —Usted se encuentra ahora en el Hospital de Tokio, señor.
    —¿Tokio? Imposible. Yo debía estar en Hiroshima, debo ir, mi mejor amigo se va a casar y necesita un padrino de bodas.

    Los ojos chocolatados de la mujer se abrieron desmesuradamente, para luego reflejar una profunda aflicción. El hombre no sabía lo que había ocurrido, aún debía pensar que era Agosto de 1945...
    Tendría que decirle la verdad, por mucho que a ambos les doliera. Por primera vez pudo comprender realmente lo que Miroku sintió cuando tuvo que revelarle a su amigo la identidad del asesino de su padre.

    —Señor, ellos no sobrevivieron...
    —¿Cómo? —le interrumpió—. ¿A qué te refieres?
    —Señor, Sango y Miroku están... muertos

    Inuyasha sintió como si el suelo se abriese a sus pies. ¡No podía ser verdad!
    Reunió fuerzas e intentó pararse, pero sus piernas no le respondieron y cayó de bruces al suelo. Kagome rápidamente se apresuró a auxiliarlo.
    El soldado no podía comprender por qué los músculos de su cuerpo ya no respondían como antes de salir rumbo a Hiroshima. Levantó la cabeza, y sus ojos se hallaron instantáneamente con la respuesta: un pequeño espejo le devolvía su actual reflejo. Su piel se había arrugado ligeramente, sus ojos lucían cansados... Estaba viejo.

    —¿Qué día es hoy? —preguntó Inuyasha, una vez pudo asimilar la información de su imagen.
    —30 de Septiembre... de 1968, señor —respondió Kagome con nerviosismo.
    —Ya veo —se limitó a responder el soldado—. ¿Qué fue lo que me ocurrió?
    —Estuvo en coma, por 23 años.
    —O sea que ahora tengo... 53 años —murmuró impactado.
    —Señor, el 6 de Agosto de 1945, el enemigo bombardeó Hiroshima con un arma nuclear... —comenzó a informarle.
    —¿Arma nuclear? ¿Bombardeo a Hiroshima? —Se extrañó, pero luego una nueva pregunta se formuló en su garganta—. ¿Qué ocurrió con la guerra?
    —Ha terminado, hace 23 años.

    El hombre suspiró aliviado. Al menos tenía la satisfacción de que los años que pasó en coma no fueron necesarios sus servicios. Sin embargo aún no podía estar en paz...

    —¿Miroku y Sango murieron en el bombardeo?

    —Así es —respondió Kagome cabizbaja—. Usted fue alcanzado por la onda expansiva de la bomba, pero el tanque en el que viajaba evitó que usted falleciese... Aunque eso le costó parte de su cuerpo...

    Inuyasha se llevó instintivamente la mano derecha a su brazo izquierdo, el cual comprobó, con horror, que ya no existía. Comprendió entonces que sus piernas tampoco le servirían, debía de estar parapléjico.
    Pero no le importó. Ya nada podría importarle, excepto una cosa...

    —¿Ha sabido algo de mi hermana?
    —¿Por qué no mejor se lo pregunta a ella?

    Kagome esbozó una cálida sonrisa para luego salir de la habitación y regresar acompañada de la mujer anciana que había saludado momentos antes.

    —¿Kanna?

    La mujer le sonrió dulcemente, con los ojos inundados en lágrimas de felicidad.

    —Tardaste mucho en despertar, Inuyasha.

    Aquel fue el momento más feliz de la vida del soldado, logrando plasmar una sonrisa en su rostro que no le abandonó siquiera al momento de su muerte.
    Por fin estaba junto a su hermana, y pudieron disfrutar de todos los años que perdieron durante la guerra en tan sólo breves momentos.

    Inuyasha Taisho falleció la mañana del 24 de Diciembre de 1990 debido a una complicación respiratoria. Sus últimas palabras fueron grabadas en la lápida de su tumba, como un recordatorio para todas las generaciones de seres humanos.

    ‘Aún en la oscuridad más apremiante, titila un débil rayo de luz. Aquellos que lo hagan resplandecer con más fuerzas tienen una ardua tarea por delante, pero aquellos que luchan por opacarlo sólo se dañarán a sí mismos. Incluso las más dolorosas penas se pueden soportar si por aquello que uno lucha, se tiene fe de lograr.’

    Fin



    Cantidad de palabras: 1,312

    Muchas gracias por leer este Long-Fic.
     
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    Sandritah

    Sandritah Usuario popular

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    El final me dejó una amargura interior muy, muy grande. Aunque me encantó el párrafo final, es como ese rayo de esperanza que se necesita, cuando crees que lo has perdido todo, para seguir luchando hasta el final.

    Muy buena historia, Kyros, jamás me cansaré de decírtelo. Estoy encantada con ella. (:
     
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  5.  
    pinkprincess

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    Por qué eres así?? No sabes como me has dejado...... Parezco una magdalenaa! Snif!
    Pero de todas formas, el final estuvo espectacular :) Es uno de esos que se te quedan gravados en la mente para siempre, y que decir del párrafo final, espectacular! Me ha encantado :)
    Espero que pronto nos deleites con otra de tus maravillosas historias, y por favor! Avísame :)
     
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  6.  
    Sumi Chan

    Sumi Chan Usuario común

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    Auch eso si me hizo llorar, no puedo creer que me haya entristecido aun pero amo estos finales xD, sin final feliz pero te quedas conforme, eso me hace sentir bien, que bueno que Inuyasha pudo descansar en paz después de todo eso el quería, estar en paz. Ame la ultima parte, creo que ese pensamiento siempre le daba fuerzas, definitivamente este es un ficque sin duda me ah hecho suspiras, ojala sigas con otros proyecto mejores que este...Aunque para serte sincera este fic me ha hecho derramar una lagrima :)
     
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