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Explícito Lo que callaron los juglares

Tema en 'Literatura experimental' iniciado por Gigi Blanche, 13 Marzo 2020.

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  1. Threadmarks: Introducción
     
    Gigi Blanche

    Gigi Blanche r e l o a d a b l e Cerbero intense pisces

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    Título:
    Lo que callaron los juglares
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Drama
    Total de capítulos:
    5
     
    Palabras:
    1752
    N/A: weno, se me ha dado por publicar esto acá xd Lo que callaron los juglares es la primera novela corta que acabé en mi vida, y de momento la única. Transcurre en un universo fantástico que creé y, por ello, tengo mucho material de soporte(?) para compartir con ustedes. Hence, necesitaba publicarlo en experimentales. Antes de comenzar la lectura, les dejaré link al thread con todo este material que les menciono. Les recomiendo echarle un vistazo, o consultarlo cuando se sientan perdidos.




    La noche de Glorkhan

    4° Semilunio, Año 489 d.R.

    Sylae sonrió maravillada, presa de la emoción al llegar ante la magnificencia del Salón Real. Esa era su primera noche de Glorkhan, puesto que finalmente había cumplido quince años. ¡Por fin le era permitido asistir a la más increíble festividad del año! Los Dioses sabían cuánto tiempo llevaba escabulléndose para observar la celebración a escondidas desde un palco. Los hermosos vestidos, la música sonando, el vino circulando y la tenue iluminación de las velas danzando junto a las bellas parejas de baile. Por fin, el momento que durante años había imaginado estaba allí. Sylae había encargado al sastre de la familia el mejor vestido que nunca tuvo, de seda y con brocados florales en hilos de oro. Lucía con soberbia el escote rectangular y las mangas anchas, y se divertía girando sobre sí para apreciar el efecto del verdugado bajo la falda, ese que tan de moda se había puesto en la Corte. Todas las mujeres lo llevaban, y se sonrió orgullosa por haberle insistido a su madre en usarlo. Su cabello oscuro iba decorado con un vistoso tocado con apliques de perlas y pequeños ónices. Se sentía hermosa y confiada, y así ingresó al Salón Real. Su presencia no pasó desapercibida, siendo su primera noche de Glorkhan y luciendo tan madura y elegante. Unos cuantos muchachos se acercaron a hablar y ella los recibió radiante, pese a saber que su madre ya la había prometido en matrimonio con Lord Willmourn. Al menos, pensó, el hombre se había ausentado esa noche. Podría disfrutar, bailar y reír hasta que sus pies dolieran.

    Transcurrieron unas cuantas horas para que el ambiente comenzara a cambiar. Sylae brincó de felicidad y fue al centro del salón con su primer compañero de baile al advertir que la pavana por fin era reemplazada por la gallarda. Los laúdes, violones, las flautas de pico y el virginal se llenaron de vitalidad, en sintonía con las parejas jóvenes que se adueñaron del Salón Real, brincando, riendo y aplaudiendo. Sylae se la pasó de maravilla, bailó hasta perder el aliento, y bebió cuanto vino encontró para poder seguir danzando.

    En un punto de la noche, sintiéndose exhausta y ligeramente mareada, decidió tomarse un descanso y apartarse unos momentos para recomponerse. Las gallardas habían dado paso al branle, el cual le fascinaba, pero tendría que esperar.

    Fue entonces, mientras mordisqueaba un bocadillo de damasco, cuando un Señor se detuvo junto a ella y besó el dorso de su mano, presentándose como el Marqués de Phiadris. Sylae respondió cortés, sumamente curiosa con respecto al desconocido sujeto nunca antes visto en la Corte. Llevaba ropas exquisitas, su porte era digno del más emblemático caballero, y le mantenía animosa conversación con aquella voz profunda y varonil. Los sentidos de Sylae habían comenzado a alborotarse, pese a sus profusos intentos por escapar al encanto del marqués. Sabía que no se encontraba en condiciones de tomar decisiones; sin embargo, cuando el elegante Señor le pidió acompañarlo en el próximo branle, Sylae no pudo negarse. Nunca supo por qué.

    Sensaciones desconocidas comenzaron a recorrer el cuerpo de la joven Sylae cuando el marqués sujetó su mano, luego su cintura, con destreza y seguridad. Sus ojos eran tan oscuros como la luna en novilunio, y su boca se ensanchó en una radiante sonrisa una vez acabado el baile. Ambos aplaudieron, contagiados por la alegría general, y el marqués le invitó una copa de vino. Sylae no resistió la tentación de rozar sus dedos al aceptar la bebida, y el hombre le dedicó una mirada intensa, capaz de amedrentar a cualquiera. Pero la joven noble, al contrario de intimidarse, encontró un reto en el semblante soberbio del marqués; y ella, muy a pesar de su querida madre, era una amante de los desafíos.

    —Mi Señor, dígame, pues muero de curiosidad: ¿qué lo ha traído de tan lejos?

    —La fama de esta festividad, bella Sylae —respondió el marqués—. El renombre de la noche de Glorkhan ha llegado incluso a mis remotas tierras, más allá de la cordillera.

    —Espero que esté disfrutando de la velada, en ese caso.

    El marqués la observó largo y tendido, para luego sonreír y acercarse a ella.

    —Oh, mi querida, como no tiene idea. El vino es dulce, la música exquisita, y la compañía… He oído enorme cantidad de trovadores entonar finas poesías sobre mujeres menos bellas que usted.

    —Me halaga, mi Señor.

    —Así debería sentirse siempre, dulce Sylae —murmuró, pues ya se encontraba tan cerca de su rostro que no era necesario alzar la voz—. Permítame endulzar sus oídos y robarle sonrisas por el resto de la velada, hasta que el sol despunte y esta felicidad deba volver al polvo. Sería mi más grande placer.

    Una poderosa mezcla de éxtasis y curiosidad se removió en el pecho de Sylae ante sus palabras. Llegados a ese punto, no habría sentido más que decepción si el marqués no hubiese declarado sus intenciones para con ella.

    —Por favor, mi Señor —respondió, solemne, y se inclinó hacia el oído masculino—. El placer será todo mío.

    Sería imposible para Sylae recordar si, en algún momento del tiempo que gastó junto al marqués, hubo algún noble que advirtiera su comportamiento indecoroso. Su espíritu irreverente solía equilibrarse bien con su sentido de precaución; pero esa noche, por alguna razón, se permitió dar rienda suelta al primero, sin reparar ni un minuto en el segundo. Le emocionaba el hecho de casarse, pero aún más le excitaba la idea de cometer alguna locura antes de jurar lealtad y fidelidad al poderoso Señor de Willmourn. Y el Marqués de Phiadris, con su labia perspicaz y sus ademanes principescos, había arribado en el momento preciso para cumplir sus deseos.

    Fue una gran ventaja el haberle dedicado tantos años a perfeccionar su arte del escondite cuando niña para apreciar la noche de Glorkhan. Manteniendo el sigilo, salieron del Salón Real y tomaron una escalera lateral —utilizada por lacayos y campesinos— para llegar a los palcos sin ser vistos. Una vez allí, Sylae sonrió al comprobar que podían mantener una vigilancia perfecta de la fiesta sin que nadie los descubriera. El marqués la capturó por detrás sin preocuparse en mediar palabras, arrastrándola consigo y girándola al momento de aprisionarla contra el frío muro de piedra. Con un veloz movimiento de sus dedos las velas se habían extinguido, y Sylae rió ante aquel hecho extraño.

    —No me diga que es un mago extraviado del Comité —bromeó.

    El marqués sonrió, presionándose contra el cuerpo de la joven. Sus expresiones se oscurecieron y sus respiraciones calientes chocaron antes de extinguirse en un fragoso beso. Sylae se sujetó a su cuello y buscó ganar altura, pues el marqués la superaba ampliamente, ante lo cual el hombre resolvió deshacerse rápidamente de su molesto verdugado para alzarla en el aire, destrozando el armazón en el proceso. Sylae, ligera de vestiduras, enredó sus piernas en la cintura del marqués y sus dedos se apresuraron por desabrochar su jubón, sin permitirle a sus labios descansar ni un segundo. Las bocas danzaban y se conectaban al borde del abismo, devorándose, consumiéndose. Sylae sentía cómo su cordura la abandonaba lentamente mientras más tiempo pasaba sometida bajo el hechizo de aquel marqués, sus ojos desafiantes, sus manos robustas, su lengua caliente. El hombre descendió hasta su cuello, trazando las pinceladas de su locura, mientras desarmaba con dedos entrenados el nudo de su camisa y el tierno cuerpo de la joven florecía en medio de la oscuridad. Sylae se aferró a sus cabellos rizados, alentándolo a continuar, luego de volver a sostenerse sobre sus propias piernas. El muro era helado contra su espalda desnuda, y la sensación le resultó vigorizante. El marqués entonces alzó la cabeza en busca de sus labios, y retomó la labor que había abandonado mientras su mano izquierda, lenta y suavemente, recorría en descenso la piel tersa de su acompañante, hasta arribar al inexplorado terreno que yacía aún por debajo de la falda. Sylae no contuvo las expresiones de placer que brotaron de su garganta, cada vez más frecuentes, cada vez más sonoras, resultándole imposible al conjunto musical de la fiesta opacar su dulce voz ante los oídos del marqués. Los dedos del hombre hacían y danzaban con destreza y paciencia, atendiendo a sus respuestas para guiarse ciegamente.

    Ya cuantiosas piezas musicales habían sonado cuando, dejando de lado la sutileza de un primer momento, Sylae se aferró a la espalda del marqués y se permitió expresar sin decoro la orquesta de sensaciones que estremecían su cuerpo, mente y espíritu estando a merced del cautivante sujeto. La unión fue aumentando en vigor e intensidad conforme transcurría el tiempo, hasta alcanzar una cima que, Sylae supo, difícilmente volvería a encontrar con algún otro hombre. El muro de piedra ya no se sentía frío, pues su cuerpo ardía con la intensidad de mil volcanes y no le apetecía abandonar ese palco nunca.

    Permanecieron allí. Sylae se empujó a sí misma por el abismo de la locura, perdiendo la noción del tiempo, de su posición social, del lugar donde se encontraban. Y el marqués, sin emitir palabra jamás, se dedicó a satisfacer sus labios e intensificar los temblores que dominaban su cuerpo. Alentado por un vigor sobrehumano, se encargó de ensuciar su tierna pureza una y otra vez, casi con desquicio.

    Sylae nunca supo definir cuánto tiempo transcurrieron en el palco, ni cómo llegó luego a su recámara. Al otro día, cuando el amanecer la arrancó de su dulce sueño, abrió los ojos y no pudo recordar en qué momento se había despedido del marqués. Su madre irrumpió entonces, anunciándole llena de felicidad que el próximo lunarum contraería matrimonio con Lord Willmourn, pero Sylae sólo pudo revivir en su mente los recuerdos tan confusos y cautivantes sobre aquel repentino forastero. ¿Volvería a verlo alguna vez?

    El destino, luego, se encargaría de condenar sus estúpidas decisiones.
     
    Última edición: 13 Marzo 2020
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  2. Threadmarks: 1. En la luna de la tormentosa quietud
     
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    Inventory:

    Escritora
    Título:
    Lo que callaron los juglares
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Drama
    Total de capítulos:
    5
     
    Palabras:
    2154
    Capítulo I
    En la luna de la tormentosa quietud

    4° Semilunio, Año 506 d.R.

    Idris tenía apenas dieciséis años cuando un día, de repente, Druldor se materializó frente a ella en la soledad de su alcoba. Pese a la sorpresa, la joven noble reconoció en su interior el suave atisbo de lo que, minutos más tarde, se convertiría en una certeza ineludible.

    El dios permanecía regio ante ella, de brazos cruzados y envuelto hasta los tobillos en una compleja túnica oscura de trenzas y cadenas. Era enorme, tan alto y robusto como cualquier orziliano; su rostro, sin embargo, conservaba rasgos eminentemente humanos —quizás exceptuando la amplia nariz, similar a la de un bisonte— sobre la tez opaca color ónice. En especial sus ojos, a pesar de su fiero aspecto, mantenían el fulgor destellante donde cualquier humano podría reconocerse.

    No requirió demasiado tiempo para explicar el motivo de su visita. Cerrando los ojos, murmuró unas palabras en un idioma confuso y extraño para Idris, y luego depositó su amplia y oscura mano sobre el cabello castaño de la muchacha. Ella sintió su sangre cada vez más caliente, y el mundo se fue a negro. No recordaría luego lo que vio, ni siquiera lo que oyó u olió. Al volver en sí, advirtiendo que se encontraba en la misma posición de antes, tan sólo en un aspecto había cambiado: lo sabía todo.

    —¿Por qué ahora? —inquirió tranquila, viendo a los ojos a Druldor.

    El dios no había relajado ni un ápice su expresión.

    —Lo sabrás si me acompañas a Thanrond.

    Idris advirtió que Druldor había utilizado la lengua de los dioses; a pesar de eso, ella le había entendido. Alzó su mano y la contempló, sin encontrar rarezas. Su piel aún se veía aceitunada, y sus uñas no brillaban ni destacaban por un sombrío, casi tétrico aspecto.

    —¿Iré así?

    —Claro que no —respondió, curvando apenas sus labios en una sonrisa agria—. Ese aspecto tan mundano es tan sólo una máscara.

    Incapaz de explicarse por qué, Idris supo lo que Druldor estaría a punto de hacer. Cuando ya había alzado su mano, dispuesto a ejecutar su magia divina, la joven noble se incorporó y lo detuvo.

    —No, aún no —dijo—. Hay cosas que debo hacer.

    Sin demasiados preámbulos, Druldor la miró, asintió y desapareció tal cual había llegado: en un parpadear. Su anuncio era el débil tintineo de sus cadenas y un extraño, sutil aroma a humo y tormenta. Idris ahora lo sabía.

    Retornando a la quieta soledad, Idris le dedicó su primer pensamiento a su madre. ¿Qué sería de ella? ¡Ay, pobre Sylae! Siempre tan nostálgica y marchita, tan rota y ausente, ¿cómo enfrentaría la pérdida del último ser al que amó sobre la tierra? Su espíritu ya se había desvanecido para siempre tras la partida de su amado esposo. Ahora, también tendría que sacrificar su corazón para sobrevivir al advenimiento de la tormentosa soledad.

    Siendo muy oportuna, Sylae llamó a la puerta e ingresó en la recámara de su única hija, seguida por unas cuantas doncellas. Se oía un considerable bullicio provenir de los pasillos del castillo.

    —Debes comenzar a prepararte, Idris —indicó, yendo donde su hija—. Acicálate, vístete y perfúmate. ¡Esta es una noche muy importante para ti!

    La joven Idris advirtió que, a diferencia del pasado, no encontró en su fuero interno emoción alguna por la celebración venidera. La noche de Glorkhan siempre había sido de sus festividades favoritas. Llegaban nobles de todo el Reino, la Corte exudaba alegría y vitalidad durante un lunarum completo; hasta la última noche, donde se celebraba la fecha en sí con una exuberante y ostentosa fiesta en el castillo.

    Siempre había oído relatos y rumores sobre la tendencia de los dioses de aprovechar sus festividades para descender e inmiscuirse en los asuntos de los mortales. Jamás había pensado que podría ser cierto. Una noche de Glorkhan, justo como esa, pero hace dieciséis años, Druldor había utilizado un disfraz de acaudalado marqués para beber vino e irrumpir en el plano de los mortales. Movido por la diversión y la curiosidad, se había acercado a la vistosa y casta joven prometida en matrimonio a un importante duque. Quién sabe si debió recurrir a su magia divina o simplemente le bastó con el conocimiento y la experiencia adquiridos a raíz de vivir cientos de años. Lo cierto es que Sylae jamás volvió a ver al marqués ni se perdonó nunca el haberle mentido a su esposo acerca del verdadero origen de su dulce hija.

    Al parecer, las doncellas notaron la mirada ausente en los ojos de Idris, por lo cual comenzaron a indagar. Ella, haciendo un esfuerzo por fingir su antes natural forma de ser, evadió todas sus insinuaciones.

    —Sea como sea —murmuró una doncella, mientras peinaba y decoraba su cabello—, he oído que las mujeres, de cara al plenilunio, lucen radiantes, deseables y fértiles. Eso atrae a los hombres.

    Fue como si la corriente se empeñara en arrastrarla hacia su destino. La música de cuerdas sonaba animosa, la conversación permanecía sostenida por debajo como un murmullo constante y aplacado, y los lacayos cruzaban el Salón Real en todas direcciones con bebidas y aperitivos en bandejas de plata. Allí estaba Idris, en la flor de su juventud, luciendo intensa y desafiante como siempre. Era una belleza exótica, con su tez aceitunada, sus brillantes ojos negros suavemente rasgados, y su altura y constitución física. Recorrió la multitud con un vistazo rápido a medida que caminaba, y se detuvo para saludar a su prima cuando llegó a su lado. La muchacha, algo mayor que ella, pero de aspecto más aniñado y dulce, le sonrió benevolente y halagó su vestido. Lo mismo hizo Idris, destacando los apliques en su cabellera pelirroja.

    —¿Y tu madre, Kalia? Es extraño no verla cerca de ti, vigilándote para que no te escabullas y bajes a las mazmorras a visitar al carcelero.

    La joven Seaborne entonó una risa cantarina, luciendo divertida y relajada, aunque Idris siempre había sabido lo que escondían sus ojos miel.

    —Estará hablando con algún Señor, buscando un compromiso ventajoso —respondió—. Así es como reparte su tiempo.

    —Pobre mujer, ¡no le das descanso! Algún día la matarás de los nervios, recuerda mis palabras.

    —Madre jamás se entregaría al descanso eterno sin haberme unido antes en feliz matrimonio. Recuerda mis palabras.

    Idris nunca había sido devota de virtudes tales como la indulgencia, la benevolencia o la abnegación. Pero esa noche en particular sentía el poder de la absoluta indiferencia mermando su… ¿humanidad? Estimaba y respetaba a Kalia, pero algo comenzaba a dominar su espíritu. ¿Eso sería lo que significaba el toque divino de Druldor?

    Fue dicha indiferencia la que la empujó a espiar por sobre el hombro de Kalia y sonreír al reconocer la figura que permanecía de pie en el pasillo, fuera del Salón Real. Iría de paso, supuso. Con la chispa traviesa característica de su persona —aunque ahora, algo más malvada—, Idris tomó la mano de Kalia y la arrastró hacia la salida, ignorando sus constantes reclamos y sugerencias.

    —¡Mikhael! —exclamó en el momento justo, antes de que desapareciera detrás de una puerta. El susodicho se giró hacia ellas, sonriendo al reconocerlas, y se acercó a paso ligero—. Hemos venido a saludar. ¿Verdad que lucimos encantadoras?

    Luego de su madre, el segundo pensamiento de Idris fue dedicado a Mikhael, el carcelero jefe del castillo; ese plebeyo siempre despeinado y mal vestido que, a pesar de su inconfundible aroma a barro y avena para caballos, había encontrado la clave para lucir masculino y atractivo ante los ojos de las aburridas jovencitas nobles. Sus manos ásperas, su boca hábil y su vigor de hombre trabajador lo habían convertido en el pasatiempo ideal de muchachas como ella. Además, permanecía casi todo su tiempo en el castillo. Lo que los separaba eran apenas unos cuantos muros de piedra y puertas fácilmente traspasables.

    Idris dio una voltereta sobre sí misma, permitiéndole a la falda de su vestido ejecutar un movimiento muy vistoso y llamativo. Reconoció la chispa en los ojos de Mikhael, y se apiadó de la pequeña sonrisa tímida de Kalia. Se preguntó si algo cambiaría entre ellos dos cuando partiera. Una energía avasallante y egoísta comenzaba a calentar su sangre, y sintió el deseo de reír al no dudar de la respuesta.

    —Lucen hermosas, si me permiten mencionarlo. Aunque, y volverán a disculpar mi atrevimiento, ¿es correcto que se hayan escabullido fuera de la fiesta? De seguro ya las estarán buscando.

    La voz de Mikhael era cálida y ronca, se sentía bien oírlo hablar. Idris pensó que quizá, de extrañar algo, sería eso.

    ¿Y qué ocurriría con él? Sylae —pues lentamente dejaba de considerarla su madre— quedaría destruida, eso lo sabía. Mikhael, en cambio, era mucho más resistente; además tendría a Kalia. Aunque, en definitiva, desconocía el obrar de sentimientos tales como el amor en el corazón de un hombre. Podría sobrevivir, pero Idris se llevaría con ella todo lo que allí había depositado, dejando en su lugar un vacío doloroso e insondable. ¿Cómo respondería a eso? ¿Qué haría para intentar enmendarlo?

    —Madre debe buscarme incluso entre sueños, así que no me preocuparía en demasía —anotó Kalia, con su voz suave y respetuosa, luciendo siempre tan pacífica y segura como un mar en calma.

    —Y tú, ¿qué? ¿No deberías estar trabajando? Mejor empieza a preocuparte por no desatender tus obligaciones y poner en riesgo el pan que llevas a casa.

    Mikhael rió ante las palabras de Idris y decidió retirarse, aunque no sin antes besar el dorso de la mano de ambas damas. La castaña sintió sus labios ásperos contra la piel, el cosquilleo rasposo de su barba incipiente, y percibió la incomodidad de Kalia a su lado. ¡Tan malvado era Mikhael! ¿Qué persona, en su sano juicio, no advertiría las claras señales que emitía la pobre muchacha? Sólo un hombre demasiado enamorado y demasiado estúpido sería capaz de semejante barbaridad.

    Eran patéticos.

    Una vez Mikhael se hubo retirado, Idris fabricó una de sus sonrisas habituales y arrastró a Kalia de vuelta al Salón Real; fue como si nunca hubiesen salido. Un lacayo pasó y tomó dos copas de vino, extendiéndole una a su prima. La bebió íntegra, quizá demasiado rápido, y buscó otra. Kalia comenzaba a advertir su comportamiento extraño, mas no emitió palabra al respecto. Idris, por su parte, fue perdiendo poco a poco la capacidad para dar cuenta de su comportamiento.

    Su tercer y último pensamiento fue dedicado a su querida y dulce prima. Kalia poseía cierto espíritu rebelde que Idris respetaba y valoraba. Siempre había supuesto que, de no ser por ello, jamás habría encontrado un puente entre su personalidad y la de la joven Seaborne. En algún momento de la infancia sintió cierta envidia por su íntima amistad con Mikhael. Luego, llegados a la adultez, sintió cierta lástima por la íntima relación que ella había construido con el carcelero, mientras que Kalia, la tonta y lenta Kalia, sólo había sabido seguir jugando a las cartas con él.

    Aún así, no la odiaba ni mucho menos. Ahora, y más que nunca, en sus últimos resquicios de humanidad deseaba que Kalia fuera capaz de ejecutar algún movimiento; llevaba demasiado tiempo aletargada. Ahora, cuando todo cambiaría, realmente esperaba que encontraran la forma de construir su propia felicidad. Ella, Sylae y Mikhael.

    Entonces pasó. Oyó el tintineo de las cadenas, olisqueó el humo y la tormenta, y nadie tuvo tiempo a reaccionar. El sonido de un furioso trueno atravesó raudo el Salón Real, acompañado por una fuerte y repentina ventisca, congelando la celebración a medio giro y extinguiendo casi toda la iluminación del lugar. Entre las penumbras, Druldor se irguió regio y atemorizante junto a la figura ya no humana de Idris, quien desprendía un curioso fulgor dorado. Su vestido había sido reemplazado por un atuendo ligero y vaporoso, que contrastaba sobre su piel brillante y anaranjada. Sintió la lengua de los dioses escociendo en su garganta, no encontró rastro de las emociones cultivadas durante su vida mortal, y supo que su nombre ya no era Idris.

    —Oigan, humanos, oigan y aguarden a la luna indicada. Aguarden, mortales, aguarden y teman a las señales extraviadas de Thanrond; pues uno de los nuestros se ha extraviado con ellas, y es proclamado deber divino oír y aguardar hasta poder recuperarlo. Así lo dicta el Thaldirthran, así debe ser respetado. Así ha sido cumplimentado.

    Era imposible que alguno de los presentes hubiese sido capaz de comprender las palabras de Druldor, pues había empleado la antigua lengua de los dioses. La conmoción no llegó a durar un minuto. Como si de un macabro juego del destino se tratase, los ojos volcánicos de Idris se encontraron con la sorpresa, el dolor y la desesperación de Mikhael, Kalia y Sylae antes de desaparecer. Tintineo, humo y tormenta, y todo había acabado.

    Idris se había ido para siempre.
     
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  3. Threadmarks: 2. Fue feliz secando sus lágrimas
     
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    5
     
    Palabras:
    2417
    Capítulo II
    Fue feliz secando sus lágrimas

    4° Plenilunio, Año 506 d.R.

    Kalia Seaborne no lograba desviar sus pensamientos de las imágenes que había presenciado durante la noche de Glorkhan, en el Salón Real. Jamás, ni en los relatos más fantasiosos de sus nodrizas, había oído acerca de los Dioses haciéndose presentes entre los mortales, y mucho menos para llevarse a una joven humana consigo. Los testigos acordaron en que se había tratado de Druldor, debido a las cadenas y la oscuridad; pero, en definitivas cuentas, nadie podía aseverar dichas suposiciones. Después de todo, su presencia había traído consigo un soplo de viento que extinguió la luz de lámparas y velas. Druldor se fundió con las penumbras, y a su lado Idris brillaba radiante como la boca de un volcán despierto, listo para erupcionar. La voz del dios rugió profunda y avasallante mientras los muros de piedra temblaban casi atemorizados; y aunque nadie comprendió sus palabras, un mensaje fue claro: nada podían hacer al respecto, ninguno de ellos. Ni siquiera Lady Sylae Willmourn, quien, cuando todo volvió a la normalidad, soltó un grito desgarrador y se lanzó sobre el suelo que segundos antes había pisado su hija.

    Ya eran cuatro lunas desde lo ocurrido. Kalia había accedido a tomar el té junto a su madre en los jardines del castillo, allí donde el sol entibiara su piel y el soplo de brisa trajera consigo los aromas de la naturaleza. El ambiente era agradable, aunque Kalia sabía que las razones de la oferta iban más allá de un simple encuentro familiar.

    —Sé que estuviste ahí, muy cerca de ellos —dijo Shiva, severa—. ¿Cómo fue? He oído cualquier cantidad de versiones, pero confío en tu juicio, querida hija.

    —Fue un parpadear —respondió Kalia—. Idris había estado comportándose extraño, incluso más de lo habitual.

    —¿Extraño? ¿Extraño cómo? —la apremió.

    —No lo sé, sus movimientos eran erráticos y estaba bebiendo en exceso. En su momento no le di importancia, se lo adjudiqué al vino. Pero ahora pienso que fue otra cosa.

    —Desde luego que sí. ¿Y luego?

    —Luego… —murmuró, pensativa—, fue una sensación extraña. Sentí un leve aroma a humo, pensé en un incendio, y entonces las luces desaparecieron. Algo dorado comenzó a brillar cerca de mí, y al alzar la vista me encontré con alguien. Era… Idris, sí.

    —¿Lucía diferente?

    —Un poco, no mucho —respondió en voz baja, absorta en las imágenes que se repetían en su mente—. Luego, Druldor habló, las paredes temblaron, y en un parpadear habían desaparecido.

    Kalia vio a su madre beber lentamente su taza de té de álamo. Las aves trinaban entre las ramas de los árboles, siendo el único acompañamiento sonoro de la familia Seaborne. Debido a la conmoción reciente, la Corte aún permanecía aletargada. Los nobles llegados de visita ya se habían marchado, y los habituales pasaban la gran mayoría del tiempo en sus recámaras; como si temieran salir. Kalia se había preguntado qué haría el Rey Haldor al respecto. ¿Intentaría que lo ocurrido permaneciera entre los muros del castillo? ¿Consideraría como un problema que los rumores se esparcieran? ¿Acaso su gente le adjudicaría alguna clase de responsabilidad ante la desaparición de Idris? Movida por la curiosidad, Kalia había estado preguntando esos días por Sylae Willmourn; y las versiones de guardias y cocineros, aunque colisionaban en algunos puntos, coincidían en algo: luego de la noche de Glorkhan, la mujer había abandonado la Corte.

    —¿Pudiste ver a Druldor? ¿Luce como cuentan las leyendas? —inquirió Shiva, luego de tomarse una considerable pausa.

    —No, madre. Estaba demasiado oscuro e Idris brillaba casi incandescente. Me había cegado. De hecho, incluso me costó definir sus facciones. Aunque… —Sonrió apenas, recordando el último segundo en que sus ojos se encontraron—. En cierto punto, era la Idris de siempre.

    Shiva dejó escapar un soplido poco digno de una dama y se inclinó sobre la mesa para captar la entera atención de su hija.

    —Escúchame, Kalia: no pienses ni por un segundo que ese bufón dorado sigue siendo Idris, la humana, tu prima. —Le lanzó una mirada severa y volvió a su posición inicial, erguida y elegante—. Los dioses son caprichosos y arrogantes, y ahora vive con ellos. ¡Ni hablar de que su padre seguro es Druldor! En nombre de Lord Seaborne, es el peor de todos.

    —¿Dices que esto ocurrió porque Idris es hija de dioses? —inquirió Kalia, sorprendida.

    Shiva bebió de su té y respondió, altiva:

    —¿Acaso tienes otra opción? Incluso ha ocurrido todo en noche de Glorkhan. Al final, los rumores eran ciertos. ¡Qué desastre!

    A Kalia siempre se le había hecho curiosa la aversión que su madre sentía hacia los dioses del reino de Thaulor. Jamás había accedido a hablar de ello, pero estaba segura de que en el pasado algo había ocurrido, algo que Shiva jamás olvidaría ni perdonaría; y no sería raro, considerando los eventos recientes. Kalia nunca había dado crédito a la ciertamente intensa oleada de leyendas y rumores sobre la noche de Glorkhan, donde dioses como Druldor y Mogwai la pasaban de maravilla inmiscuyéndose en asuntos mortales. Jamás creyó que podrían ser verdad. Pero ahora, con los hechos sobre la mesa, debía reconsiderar sus creencias y preguntarse: ¿acaso su madre no habría vivido algo similar durante su juventud? ¿Qué clase de dioses habitaban Thanrond? ¿A quiénes, exactamente, le rendían culto el pueblo de la Alianza?

    —Lo sé, madre —murmuró Kalia, conciliadora—. Quédate tranquila: no pienso relacionarme con ella. Además, tampoco es como si ahora le interesáramos.

    ¿Era posible que Idris, su prima, fuera hija de un dios? Eso significaba que…

    —¡Ah! El pobre Lord Willmourn estará revolcándose en su tumba en estos momentos. Sylae fue indomable toda su juventud, ¡si yo sabré de eso! Pero, ¿engañar a su esposo cada día de su vida? Eso es una vergüenza. No me extraña que huyera como una sucia prostituta.

    Kalia decidió darle vía libre a su madre para que siguiera lanzando veneno sobre el montón de personas que no estaban allí presentes, pues su mente permanecía atada a las palabras salidas de su boca: «tampoco es como si ahora le interesáramos». Sólo las había dicho en un intento rápido por calmar a Shiva, pero ocasionaron en ella misma una sensación muy amarga. Sensación que subió por su garganta, al girar la cabeza y ver a Mikhael recorriendo el pasillo externo del ala Norte del castillo. Allí iba, serio y pausado, haciendo sus labores como si nada hubiese ocurrido.

    —Oye, Kalia, ¿me estás escuchando?

    —Discúlpame, madre. Enseguida regreso.

    Se incorporó y siguió a Mikhael, ignorando los llamados reiterados —y enfurecidos— de su madre tras su espalda. En la noche de Glorkhan, cuando Idris y Druldor desaparecieron y las luces regresaron, los ojos de Kalia se encontraron con los del carcelero, quien había presenciado todo desde el pasillo, al otro lado del Salón Real. Ninguno se acercó al otro; sólo se miraron por unos segundos hasta que Shiva llegó junto a Kalia y Mikhael se retiró en silencio. Fue un breve y espontáneo instante donde, sin mediar palabras, lo dijeron todo. Desde entonces, no habían vuelto a verse ni hablar al respecto.

    Kalia jamás le diría a nadie sobre la tristeza que encontró en los ojos de Mikhael en ese momento, ni el deseo tan intenso que sintió por reconfortarlo y acunar su corazón desahuciado. Había recuerdos y sentimientos a los cuales sencillamente no podía permitirles escapar de su lugar seguro: allí, dentro de su pecho, al resguardo del juicio ajeno.

    Toda su vida le había temido al poder de la realidad, al poder de las personas reales, desde que Lord Seaborne murió repentinamente, los rumores se elevaron en verdades, y todas las miradas repulsivas se dirigieron a ella y a su madre donde sea que fueran. ¿Qué importaba la verdad de los hechos? Bastaba con la verdad difundida por el poder. Las cosas no se calmaron hasta muchos lunarum después; para ese entonces, Kalia ya había aprendido que era mejor callar antes que hablar. Y de tanto callar aprendió a escuchar, y de tanto escuchar aprendió que, a veces, para oír más se requería hablar. Entonces vio el pasado y se rió en su cara, sabiéndose ahora mucho más sabia y madura, pues había aprendido a hablar sin decir nada. Como resultado, eran los demás, todos aquellos que la habían visto con desprecio, quienes realmente hablaban. Y Kalia los escuchaba, y luego callaba todo lo que oía. Hasta que fuera el momento preciso para liberarlo.

    Pero eso, el recuerdo de ayer, era algo que jamás dejaría ir. Porque al atiborrarse de información ajena, la línea divisoria entre lo propio y lo externo comenzó a desdibujarse. Y ante el pánico de olvidar quién era y qué la había llevado allí, Kalia resolvió atesorar sus propios recuerdos en lo más hondo de su cajita de memorias, ahí donde nadie nunca pudiera tener acceso. Así, se mantendrían suyos para siempre; nadie se los dañaría ni quitaría, no podrían juzgarla por ello. Eran recuerdos con los que soñaba seguido, y junto a ella, presente en casi todos, se encontraba Mikhael.

    Cuando llegó al castillo, buscó al carcelero con la mirada y lo vio unos metros más adelante, bajando las escaleras hacia las mazmorras. Se detuvo, más calmada, y reguló sus pasos para descender tranquila y relajada al lugar de trabajo del muchacho.

    —Oh, Kalia. Buenos días —la saludó desde su escritorio, en la primera sala de piedra, al verla.

    —Buenos días, Mik.

    Un guardia pasó a su lado, arrastrando a un hombre casi inconsciente, y desapareció escaleras arriba. Al mismo tiempo, quejidos, blasfemias y balbuceos inentendibles se oían provenir de lo profundo de las cárceles.

    —¿Día agitado?

    Mikhael soltó un bufido.

    —Ni me lo digas —dijo, con los ojos puestos en los papeles sobre el escritorio—. Te sorprendería la cantidad de nobles que pasaron aquí la noche. Encima ahora nos toca reubicarlos porque la mayoría sigue sin poder andar por sus propios medios.

    —¡Oiga, señorita! —Un borracho se había comprimido contra los barrotes lo más que pudo, alcanzando a ver a Kalia—. ¿Qué le parece si me ayuda por aquí con un buen vaso de vino?

    Lady Seaborne lo oyó y se rió.

    —¡Anda! Venga aquí y le enseñaré lo que un verdadero hombre…

    Su poética declaración de intenciones se vio interrumpida por el balde de agua que Mikhael le lanzó encima. El hombre trastabilló, se resbaló y cayó en su celda, insultando al joven carcelero en todos los idiomas que conocía. Kalia, mientras tanto, seguía riendo, de pie junto al escritorio, apreciando toda la escena desde lejos.

    —Bueno —murmuró Mikhael, sentándose sobre la mesa junto a la muchacha—. Al menos alguien aquí la está pasando bien.

    A pesar de lo agrio que eso podría haber sonado, Kalia conocía a Mikhael y sabía que lo había dicho sin malas intenciones. Además estaba allí, junto a ella, sonriéndole calmado. Al verlo, su corazón comenzó a latir un poquito más deprisa.

    —A todo esto —continuó Mikhael—, ¿a qué viniste? ¿Precisabas algo?

    Kalia negó con la cabeza, bajando la voz a un murmullo suave.

    —Te vi pasar por los jardines y quería saber si estabas bien.

    —¿Bien? —Mikhael arqueó una ceja y lanzó un suspiro irónico al aire—. ¡Estoy de maravilla! No te das idea lo feliz que me hizo limpiar vómitos de borrachos durante toda la noche.

    Kalia le sonrió, pero se lo quedó viendo con esa mirada que ya ambos comprendían. Mikhael cedió, entonces, suspirando en serio, y se revolvió el cabello. Un poco incómodo, desvió la vista hacia el piso de piedra.

    —Estoy… bien —murmuró a regañadientes.

    Kalia sabía que Mikhael odiaba admitir alguna debilidad. Y para su gusto o desdicha, Idris era una de ellas.

    —Tranquilo, Mik. —Kalia alzó la mano, y con ella acarició la espalda de su amigo—. Estoy segura que nada es tan apocalíptico ni irrevocable como parece.

    La pelirroja notó, entonces, cómo parecía haber algo flotando en la mente de su amigo. Supuso que lo ayudaría un pie para atreverse a hablar, de modo que dijo:

    —¿Has sabido de ella estos días?

    —Pues… Algo así. No lo sé. —Miró a Kalia—. Hace dos lunas soñé con ella. Fue extraño, se sintió muy real; como si hubiese irrumpido para hablarme directamente.

    —¿Qué te dijo?

    Mikhael tragó saliva, le llevó unos segundos hablar.

    —Se disculpó —murmuró, con los ojos fijos en algún punto de la recámara—. También dijo que intentaría venir de vez en cuando, que… no quería olvidar su humanidad. No del todo.

    Pese a la situación, la sonrisa que decoró el rostro de Kalia fue genuina.

    —¡Mik, eso es genial! Estoy segura que te visitará muy seguido. No tienes de qué preocuparte. Sigue siendo Idris, después de todo.

    —Eso es lo que no sé, Kal. —Mikhael alzó la mirada y la fijó en Lady Seaborne, una ligera nota de preocupación danzando en sus ojos aguamarina—. Sonaba como ella, y se veía como ella, pero… ¿realmente podemos decir que sigue siendo Idris?

    Silencio. Kalia liberó despacito el aire de sus pulmones, mientras seguía acariciando la espalda de Mikhael. Una parte de ella habría hecho lo imposible por reconfortarlo, pero ésta entraba en conflicto con la parte que odiaría mentirle a su amigo de toda la vida.

    —No podemos saberlo ahora, Mik. No realmente. El tiempo nos lo dirá.

    Mikhael asintió lento y serio ante sus palabras, volviendo a clavar la vista en el suelo, donde divisó una pequeña piedra y la pateó con frustración. Kalia lo sabía, sabía todo lo que se estaba conteniendo: podía verlo en la presión de su mandíbula, tensa y afilada; en la vena de su sien que ligeramente se hinchaba; en sus manos, grandes y ásperas, que jugueteaban inquietas con una moneda de bronce.

    Lo sabía.

    Porque había aprendido a callar y a oír en vez de hablar. Y, gracias a ello, había aprendido a conocer a Mik mejor que nadie. Conocía sus mañas, sus expresiones, sus anhelos e inspiraciones. Conocía su historia, sus miedos y sus sueños. También conocía sus sentimientos. Y, aunque no lo supiera, podía imaginarse el dolor que debía estar sintiendo en esos momentos. Entonces lo abrazó, sin mediar palabras; sencillamente lo atrajo y acunó la cabeza de Mikhael sobre su pecho, cerrando los ojos y acariciando su cabello lento y suave. No oyó resuellos ni sollozos, pero sintió sus manos arrugándole la falda del vestido.

    Y Kalia, a pesar de todo, sonrió. Porque fue feliz siendo quien secara sus lágrimas.
     
    Última edición: 31 Marzo 2020
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    Dosmilveintiuno

    Dosmilveintiuno Dummy bro

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    Ok gurl, tú me lee io te leo. Esto es como tuita. Creo que me voy a pegar un tiro después de escribir eso. Ya vuelvo.

    Ahora sí, con la cabeza más ligera, vamos a empezar a comentá. Lo voy a hacer capítulo por capítulo, ya que ando corto de tiempo con varias cosas en casa, y no quier hacer un solo comentario enorme porque ya hice uno y está bueno ir variando en la vida, ¿vio? Y aprovechando que esto es principalmente romance, pero también fantasía, que es lo mío (lo segundo, no lo primero) vamos a también embarcarnos en la hermosa tarea de seguirlo y comentar esto :D Ya te lo había leído anteriormente, cuando estaba en... no era Wattpad, era otro lado. Me acuerdo que me comentaste los orígenes de todo este mundo y de los personajes, y algo me acuerdo :D Algo... A la cuestión.

    Bueno, para no seguir diciendo pelotudeces, como siempre, esto se siente algo distinto a tu estilo de narrar que estoy acostumbrado. Tal vez es el enfoque en otro género, probablemente sean los años de diferencia, o tal vez sea yo. Who knows. You. You probably know. Lo primero que quería decir. Sylae locochona, haciendo esas cosas con quince años, mi sol. Entiendo que el setting puede estar más inclinado al lado medieval que al fantástico de las cosas, pero igual, niña. Que falta de decoro.

    Pasando a una parte más técnica, como debería ser un comentario hecho y derecho (ya te dije que era malo haciéndolos), el prólogo cumple su función en cuanto actualizarnos con ciertos sucesos que obviamente van a ser importantes para la trama, como bien se implica en la última oración del último, pero no hace un buen trabajo posicionándote en el mundo en el cual transcurre la historia. Sé que está el glosario, y me remití a él varias veces, y hay un mapa y todo, pero no es muy cómodo tener que volver cada dos por tres al mismo glosario porque una nueva palabra aparece y que no tiene explicación en el mismo texto. Sé que la noche de Glorkhan está explicada en el glosario, pero igual estaría bueno que se haya explicado en los primeros párrafos. Sé que manejar exposition es bien complicado, pero por eso las novelas e historias que transcurren en mundos ajenos al nuestro suelen ser algo densas al principio o tienen muchas más palabras que una de una temática similar, pero ubicadas en nuestro mundo, con nuestras reglas y saberes comunes.

    Lo que digo principalmente es que el glosario, en realidad, debe estar ahí como apoyo y referencia rápida a algo que ya se narró, y en cualquier momento que el lector quiera refrescarlo, ¡pum!, lo puede buscar en el glosario. Pero si tiene que remitirse a él cada vez que un nuevo término aparece en la historia, se vuelve tedioso. Siempre uso el ejemplo de Mistborn, de Brandon Sanderson, una novela increíble con un sistema de magia alucinante, que está lleno de explicaciones complicadas. Esas explicaciones transcurren en la historia, los personajes y el narrador las hacen, pero también hay un glosario al final, para que el lector pueda refrescar términos y no se pierda demasiado. Entiendo que no te gusta ser descriptiva con esas cosas, como remarcaste en Barro y Plata Líquida, pero son necesarias cuando uno se encuentra describiendo eventos en otro mundo. Y también sé que esta es una historia vieja, que creo que para los lectores que ya conocían el setting, pero igual. Nunca está de más mencionarlo (?

    En cuanto a la narración, como siempre impecable, y me gustan bastante las imágenes y metáforas que usas al describir. Se nota bastante que las descripciones son bien de novela de romance, y eso demuestra el género de inmediato, lo cual para mí es bastante bueno. No queremos engañar al lector haciéndolo pensar que está leyendo cualquier otra cosa. Tienen bastantes florituras y son bien pomposas, pero está bien que así sea. Además, evocan una buena imagen de lo que está ocurriendo, y eso es un gran plus :D En síntesis, que sos muy buena describiendo, con florituras y todo.

    Y bueno, eso. Sé que mi rant se comió la mayor parte del comentario, pero bueno. Espero que sepas perdonar :D Adiu
     
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    rapuma

    rapuma Gurú

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    Tengo una vision particular de los grandes duques o la aristocracia de la época medieval o, en este caso, la fantasía medieval. Las obras los retratan como personas de feo ver, al menos en los estandartes de esta época, y siempre por ley son los campesinos o los guerreros (milicia o lo que fuera) los que tendrían que haber sido retratados y no esos viejos feos con peluquines de la época

    Peeeero, esto me gusta, porque proviene de un mundo imaginario personal, y el mundo imaginario personal se permite absolutamente todo. No entiendo porque lo pusiste en experimentales, esto es una novela original hecha y derecha, con su índice de palabras y localizaciones.
    Sylae, que sensaciones me dió? Quince años, obligada a casarse por un puesto jerárquico de la sociedad, contra su voluntad pero super encantada por la mera idea de ser el centro de atención. Quince años, claro, la ingenuidad es única :P el marqués ya hizo su jugada y creo que fue consciente en lo que hacia, algo me dice que el apellido "Willmourn" es muy poderoso y bélico, ¿se tratará de una próxima guerra? Sylae habrá quedado embarazada?
     
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    Its

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    Me sorprende lo diferentes que son cada uno de tus escritos. Supongo que en éste caso es por estar ambientado en la época medieval, con ese deje de hablar más formal y pomposo.

    En general he disfrutado mucho de la lectura. Me gusta cómo cada capítulo tiene a una protagonista y las historias se van entrelazando e influenciándose entre sí. La historia de Sylae ha sido la que más me ha "chocado" y me ha hecho reflexionar. Pensar que era normal estar prometida con solo 15 años, beber de esa manera en público (ya, nosotros también bebíamos pero a escondidas xD), dejarse llevar con un extraño hasta ese punto especialmente sabiendo que se iba a casar con otro... y sus consecuencias. Incluso pudiendo pensar que sentía curiosidad, le gustara la sensación de sentirse deseada, de experimentar sensaciones nuevas para ella... su comportamiento es una locura, no sé si catalogarlo como inocente, y sin ningún tipo de reflexión.

    La relación entre Mikhael y Kalia es agridulce pero a su vez dulce y hermosa. Me gusta cómo ella le comprende e intenta consolarle sin intentar ir más allá en sus momentos de debilidad. Aunque admito que me sale la vena romántica de querer verlos juntos, porque se percibe que ambos son buenas personas.

    Coincido con No u, me hubiera gustado una introducción más detallada sobre sus costumbres y la famosa fiesta. Me hubiera permitido sumergirme más en la ambientación. Por lo demás, la historia es interesante, la narración es excelente y el léxico muy rico. Escribes maravillosamente bien.
     
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  7. Threadmarks: 3. Pero ahora ya no lo miraba
     
    Gigi Blanche

    Gigi Blanche r e l o a d a b l e Cerbero intense pisces

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    Lo que callaron los juglares
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    Drama
    Total de capítulos:
    5
     
    Palabras:
    1902
    Capítulo III
    Pero ahora ya no lo miraba

    8° Novilunio, Año 507 d.R.

    El sol caía detrás del follaje de los árboles. Era invierno, suaves copos de nieve descendían con un ligero vaivén, tiñendo el paisaje. Los últimos tibios rayos de luz impactaban contra el suelo y el césped, arrancando pequeños destellos a las superficies. Kalia salió a los jardines del castillo, ataviada con una capa gruesa de lana bordada. Llevaba la capucha de la misma sobre la cabeza, con el cabello caoba largo y rizado suelto sobre sus hombros. Era una muchacha bonita, joven y radiante. Su madre ya se había cansado de intentar convencerla de que no anduviera por ahí dándole charla a quien se cruzara. No dejaba de escaparse a la ciudad para conocer la rutina de los campesinos, visitar los talleres de los artesanos, recorrer los campos, la biblioteca, las tabernas, los templos. Y hablar, hablar con todos. Le interesaban mucho los modos de vida diferentes al suyo, pues estaba convencida de que cuando se casara y fuese la Señora de muchas personas, debería conocer el mundo de dicha gente. De lo contrario, jamás podría gobernarlos con sabiduría. Eran razones que se escapaban al conocimiento de Shiva, pues Kalia jamás se había esforzado en explicárselas: sabía que, aunque la entendiera, no la apoyaría. No vería la madurez más allá de su presunta rebeldía.

    Ese día, sin embargo, ninguna madurez ni sabia visión del mundo le ayudarían a alivianar la decisión que había tomado.

    Lo buscó durante un rato, congelándose, hasta que por fin lo encontró. Sabía que estaría fuera, pues con anterioridad le había comentado que ese día el Rey Haldor le había encargado un trabajo ajeno a su labor diaria: tenía que ayudar a cargar en carruajes los bloques de piedra que serían utilizados en la reparación de la muralla, a raíz del enfrentamiento que había acontecido en las inmediaciones de la ciudad entre el Comité y un grupo de nigromantes.

    Encontró a Mikhael cuando estaban terminando. El joven saltó del carruaje, sacudiéndose el polvo de las manos, y Kalia se le acercó sonriente.

    —Hola, Mik.

    El aludido se giró al oírla, sonriéndole en bienvenida.

    —Kalia, ¿qué haces aquí afuera? Hace un frío de muerte.

    —Tenía que hablarte de algo. ¿Ya acabaste? —Mikhael asintió—. Bien, vamos adentro, que lo del frío también aplica para ti.

    —Ah, pero es que yo lo aguanto —acotó, socarrón, mientras comenzaban a caminar a la par—. ¿No lo sabías? Mis ancestros orzilianos me concedieron el don de resistir el frío.

    Kalia rió.

    —¿También heredaste lo bruto de ellos?

    —Oye. —Se llevó una mano al pecho, dolido—. Aquí adentro hay sentimientos, ¿sabes? Y son muy frágiles y bonitos. Ten cuidado, niña.

    —Sí, claro, por supuesto… Sobre todo bonitos.

    Mikhael decidió no responder al claro, clarísimo sarcasmo de Kalia, y simplemente chocó su hombro con el propio. Luego, cuando la chica alzó la vista hacia él, le sonrió y siguieron caminando. Al llegar adentro, Kalia giró hacia la derecha y se encaminaron por los pasillos cada vez más angostos y rudimentarios.

    —¿Por qué vamos a la cocina?

    —Porque me llevo muy bien con Rudith, y le pedí que nos hiciera algo caliente para beber —murmuró, llegando al lugar en cuestión—. ¡Hola, Rudith! ¿Cómo van las cosas por aquí? ¿Y tu niña, Clare? ¿Ella está bien?

    Mikhael saludó con un movimiento de cabeza a Rudith, la cocinera, y se sentó en una mesa de madera dispuesta junto a la despensa. Conocía a Kalia y sabía que tenía, como mínimo, diez minutos de conversación con la mujer, así que prefirió sentarse y esperar cómodo.

    Le llamó la atención, sin embargo, verla de vuelta tan pronto. Traía en las manos dos tazas de té humeantes. También advirtió que Rudith se había marchado. Eran los únicos en la cocina.

    —Cuidado, que está muy caliente —le advirtió Kalia, sentándose frente a él. A Mikhael eso le sorprendió, pues había una silla vacía a su lado. ¿Estaba poniendo distancia?

    —Así que conoces la vida y obra de la cocinera. —Kalia asintió, sonriente; se había quitado la capa nevada y llevaba un bonito vestido borgoña que entonaba muy bien con su cabello—. Adivino: ¿también podrías escribir la biografía de su hija?

    —Al menos yo sí podría escribirla —replicó Kalia. Sus palabras podrían haber sonado sumamente mordaces; mas estaba riendo y Mikhael también lo hizo en respuesta—. Sí, soy una charlatana, y eso es un terrible pecado. ¡Ah, me iré a Dzelhur! ¡Mae’nas se comerá mi alma!

    —Con lo habladora que eres, creo que incluso hartarías al mismísimo Mae’nas y te enviaría de vuelta.

    —Es verdad. Bueno —resolvió, mirando a Mikhael con una sonrisa coqueta—, al menos podría volver a verte.

    El muchacho rió una vez más, pensando en lo mucho que reía cada vez que estaba con Kalia, cuando una ligera punzada de culpa le apretó el estómago. Se acordó de Idris. Ya eran… un año y muchos lunarum desde que se había marchado, ¿verdad? Le había prometido que volvería a seguir molestándolo, pero cada vez lo visitaba menos. Ahora, hacía más de ocho lunarum que no la veía, y le resultaba imposible no extrañarla.

    Kalia advirtió el cambio de semblante de Mikhael, por muy sutil que fuese, porque lo conocía desde niño y con el tiempo se había aprendido todas y cada una de sus expresiones, incluso las más discretas; sobre todo desde adolescente, cuando Mik comenzó a crecer, su voz se volvió grave y aprendió a sonreír de aquella forma tan encantadora. A partir de ese momento, Kalia fue incapaz de ignorar las expresiones de Mikhael, al punto de adivinarle los pensamientos. Entonces, sabiendo lo que cruzaba su mente, las manos de Kalia presionaron la taza de té y se mordió el labio inferior, sintiendo una punzada muy similar a la que tenía Mikhael en el estómago. Se miraron, de repente serios y en silencio, sintiéndose tan lejanos.

    El ambiente ya se había torcido. Ambos lo sabían, sabiendo además que el otro también era consciente. Kalia tomó aire y suspiró, sabiendo que Mikhael sabía lo que estaría a punto de decirle.

    Los dos ya sabían todo. Pero no le importaba, estaba cansada de fingir.

    —Mik —lo llamó, aunque no fuera necesario, pues ya contaba con la entera atención del muchacho—. Sabes lo que siento por ti.

    Mikhael, a pesar de conocerla como la palma de su mano, aún había momentos en los que le sorprendía la franqueza con la que Kalia podía comportarse. A pesar de su edad y de la imagen que solía transmitir, no se andaba con rodeos en asuntos de importancia. Estaba allí, las manos le temblaban un poco, pero sus ojos permanecían fijos y expectantes conectados con los suyos. Él no podía ignorar todo eso, debía estar a la altura de la persona que Kalia era.

    —Sí.

    Una parte de Kalia se descomprimió al oír su respuesta, mientras que otra se rompió un poquito, pues la voz de Mikhael había sonado carente de emoción alguna.

    —Sólo quería decírtelo. No me gusta cuando las cosas quedan en el aire, ¿sabes? Y pensé que tenía que dejar de tomarme esto a la ligera.

    Mikhael asintió.

    —Tienes razón. Yo también le daré la importancia que se merece. —Se acomodó en su asiento y se inclinó sobre la mesa, más cerca de la muchacha—. Kalia, lo siento mucho. Sabes lo importante que eres para mí, y pienso que eres una de las mujeres más hermosas de todo el castillo. Pero…

    Kalia lo sintió. Esa parte de ella rompiéndose cada vez más. Grieta a grieta, desarmándose. Podía ahogarse de experiencias ajenas y hablar con cada persona de la ciudad, pero nada en el mundo le brindaba las herramientas necesarias para arrancar de raíz los sentimientos y esperanzas que habían germinado por Mikhael dentro de su pecho. Cuando ya se siente algo, ¿cómo quitarlo de sí? Sabía la respuesta, sólo que siempre le había temido.

    —Lo lamento. Aún estoy enamorado de otra persona.

    Kalia Seaborne le temía al poder de la realidad, el poder de las personas reales. Ese poder con la habilidad de romperte en un soplido y obligarte a juntar los fragmentos en solitud. Era ese poder que Mikhael, sin quererlo, había sembrado con el paso de los años, y que ahora, sin saberlo, por fin había utilizado.

    Silencio. Kalia ya no lo miraba. Lógico, pensó Mikhael. Era fuerte pero seguía siendo un ser humano, y sabía que acababa de romperle el corazón. Se sorprendió, sin embargo, al volver a recibir sus ojos miel tan pronto, destellando con los últimos rayos traviesos de luz que se colaban por la ventana junto a ellos, a través de los árboles y montañas.

    —Lo sabía. —Le sonrió, una sonrisa pequeñita y dulce que no llegaba a su mirada—. Ambos sabíamos todo, pero necesitábamos decirlo, ¿verdad? Necesitábamos… ser honestos con nosotros mismos.

    Mikhael asintió, en silencio, viendo el té rojizo dentro de la taza mecerse de un lado a otro. Pensó en los tiempos donde ambos eran niños correteando en los jardines del castillo, jugando a atraparse, robando el pan recién hecho de la cocina. Solían esconderse en la biblioteca, entre los cientos de libreros, y Kalia le leía cuentos tradicionales para matar el tiempo. Mikhael adoraba relajarse y sumergirse en los mundos de fantasía que su amiga narraba en voz dulce y baja, allí donde los malos siempre morían y los pobres se alzaban entre los ricos por benevolencia de los Dioses. Le habían hecho creer que, quizá, su destino yaciera más allá de los muros del castillo; lejos de las mazmorras, de la herencia forzosa que recaía sobre su cabeza al ser el primogénito del carcelero. De no ser por Kalia, su imaginación jamás habría tenido la oportunidad de elevarse tanto. La muchacha le había abierto las puertas de un mundo inaccesible para él y los de su clase. Mikhael estaba seguro: gran parte de la persona que hoy era se lo debía a su mejor amiga. No podía ignorar el enorme remordimiento que lo sofocaba al darse cuenta que, pretendiendo profesarle gratitud, no había hecho más que lastimarla.

    Mantuvo sus ojos en el té rojizo, intentando recordar los primeros indicios de las grietas entre ellos. Era su culpa, y no había hecho nada al respecto.

    —Bien —oyó decir a Kalia; al mirarla, vio que se estaba incorporando—. Gracias por tu tiempo, Mik. Mañana nos vemos, adiós.

    No huyó, haciendo un esfuerzo horroroso por contener las lágrimas o disimular el temblor en su voz; tampoco lo trató mal o apresuradamente. Ni siquiera se permitió olvidar la taza de té, porque seguro estaría pensando que sería una falta de respeto hacia Rudith. No. Colocó su mejor sonrisa, priorizando no lastimar a nadie, y se fue. Cuando la más perjudicada era ella. Mikhael suspiró, dejándose caer contra el respaldo de su silla. En cualquier otra situación la habría alcanzado a mitad de camino y le habría insistido que no resolviera las cosas sola, que podía contar con él. Pero esa vez… sólo podía dejarla ir.

    Kalia llegó a su habitación a paso ligero, y luego de cerrar la puerta fue consciente de que aún llevaba la taza entre manos. Le dio un sorbo, que se le hizo ácido, y las primeras lágrimas se mezclaron con el líquido.

    No había nada que hacerle, el té ya estaba frío.
     
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    ¡Menudo capítulo tan agridulce!

    Tenía muchas ganas de leer más sobre Mikhael y Kalia. Después de la desaparición de Idris tenía la esperanza que con el paso del tiempo las cosas cambiaran entre ellos. Pero admito que no es tan fácil olvidar y ésto es lo más lógico aunque sea tan triste leerlo. Me gusta mucho el personaje de Kalia, su curiosidad, lo amigable que es, sin importarle el estatus o el qué dirán, la fuerza que tiene... Es bonito ver como prepara un ambiente calmado para hablar con su amor, buscando un espacio donde estar a solas y sin interrupciones. Es una confesión un tanto extraña, en vez de decirle sus sentimientos le pregunta directamente si los conoce. La respuesta de él es sincera pero, también desvela que sabiendo los sentimientos que albergaba ella, no tenían que haber pospuesto la conversación durante tanto tiempo. Me has hecho sentir mucha empatía, especialmente por Kalia, sin atreverse a confesarse porque sabe que sus sentimientos no son correspondidos y aún así guardándoselos para sí misma. Haciendo que el tiempo transcurra e impidiendo que el sentimiento desaparezca.

    Finalmente se arma de valor y se confiesa. Su reacción es admirable, sonríe para no hacer sentir a la otra persona más culpable y piensa en no lastimar a nadie. El final me ha llegado mucho y me ha roto también. Percatarse que lleva la taza consigo porque no es capaz de pensar con claridad y beber de ella para darse cuenta que se ha quedado frío. La imagen de sus lágrimas mezcladas con el té es hermosa pero a su vez muy triste.

    El capítulo me ha gustado mucho. Y como siempre la narración es excelente y el léxico envidiable, he tenido que buscar alguna palabra por ahí que no conocía. Espero con ganas la continuación.
     
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  9. Threadmarks: 4. Pues ella lo había comprendido
     
    Gigi Blanche

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    1875
    Capítulo IV
    Pues ella lo había comprendido

    1° Miselunio, Año 504 d.R.

    Kalia le temía al agua. Al contrario de las aptitudes frecuentes en damas de su estirpe, ella sabía nadar, pero hacía años que no se permitía disfrutar la frescura cristalina de los lagos y ríos característicos que rodeaban Vaardar, la ciudad capital de Thaulor. Cuando las temperaturas elevaban y el sol acariciaba tierno y templado la tierra, derritiendo la nieve y descongelando los cuerpos de agua, era una costumbre extendida en el castillo ir más allá de las murallas a disfrutar de tardes enteras al pie del Lago Rinder. Comer, beber, practicar deportes y navegar en góndola.

    Esa era una de esas jornadas. Kalia permanecía sentada sobre la grama, bebiendo y charlando con sus amigas de la Corte, otras jovencitas de alcurnia como ella, mientras los muchachos de su edad se divertían en el lago. A su lado, Anett y Ferza murmuraban y reían discretamente, sin quitarle la vista de encima a los dos condes que habían llegado de visita a la Corte. Eran jóvenes y vibrantes como ellas; se pasaron la tarde entera pavoneándose y retándose a diversas pruebas de destreza física. Kalia llevaba un buen rato oyendo a sus amigas hablar de cuán valientes, acaudalados y caballerosos se veían. Apelando a toda su fuerza de voluntad, se esforzó por no recordarles que ya ambas habían sido prometidas en matrimonio a dos poderosos Señores de Thaulor; de modo que suspiró bajito y siguió bebiendo de su copa de vino, haciendo oídos sordos a la conversación.

    —Oye, Kalia. Lord Raegel no te quita los ojos de encima.

    Lady Seaborne se había mantenido demasiado enfrascada en sus pensamientos y divagaciones como para seguir prestándole atención a las muchachas. Entonces, cuando oyó su nombre, volvió a tierra de golpe. Se giró hacia Anett, quien la veía aguardando por una respuesta.

    —Perdona, ¿qué dijiste?

    —Que Lord Raegel no te pierde el rastro —repitió, y Kalia siguió la dirección en la que apuntaba el dedo índice de la rubia.

    —Ah —murmuró, bastante vago, al comprobar de quién se trataba—. El Conde que vino de visita. —Se encogió de hombros y bajó la mirada hacia el racimo de uvas frente a ella, seleccionando una grande y brillante.

    —¿Sólo eso dirás? ¿Ah? —exclamó Ferza, incrédula.

    —Déjala. Ya sabemos cómo es —murmuró Anett, suspirando.

    —Es que, ¡no la entiendo! Está en la edad perfecta para casarse, por alguna razón aún no la han comprometido a nadie, y se da el lujo de ir por ahí sin interesarse en nadie.

    Kalia sintió la uva presionando su garganta al oír aquellas palabras, e hizo un esfuerzo por que el mal trago no se notara en su rostro. Era verdad: su madre aún no la había prometido a ningún Señor, y no sabía la razón. Tampoco era como si le interesara indagar al respecto; sentía que si tocaba el tema estaría incitándola a tomar cartas en el asunto de una buena vez, cosa que Kalia no pretendía por nada en el mundo. Se trataba de esos asuntos que, pese a ser consciente de su inminente llegada, era más fácil postergarlos y mantenerlos a un costado de su mente hasta que le fuera imposible evitarlos; hasta que su madre se anunciara con una carta en mano y una extensa sonrisa en el rostro, acompañada del lacayo que cargara el retrato de su futuro esposo. Y eso sería todo lo que conocería de él hasta el día de la boda.

    Kalia no le respondió a Ferza, y Anett tampoco lo hizo. Al contrario, las tres permanecieron en silencio hasta que una pelota de caucho llegó rodando a sus pies.

    —Ah, maldición. ¡Eh, tú! Alcánzanos la pelota.

    El que había gritado era el dichoso Raegel, y lo había hecho en dirección a la Guardia Real que descansaba junto a un carruaje. No se lo había dicho a nadie en particular, claro, pues para un joven de la alcurnia como él todos los guardias eran iguales. Uno, el más novato e inexperto, se apresuró de inmediato en cumplir sus demandas. Kalia lo observó con algo de pena mientras se agachaba, recogía la pelota y se la llevaba a Raegel, quien aprovechó la ocasión para conectar miradas con Lady Seaborne y lanzarle una sonrisa encantadora.

    —¡Hola, chicas! ¿De qué hablan? Oh, uvas.

    Sin anunciarse ni ser invitada, Idris apareció y se sentó entre Ferza y Anett, frente a Kalia. Las tres muchachas la miraron mientras devoraba la fruta y luego se vieron entre ellas, resignándose a lo que ya todas sabían: Idris era Idris. Aunque si antes Kalia casi se había atragantado, ahora sentía que le faltaba el aire. Se quedó viendo a la recién llegada, incapaz de evitar la sucesión fotográfica que había comenzado a reproducirse en su memoria: había poca luz y el silencio era absoluto la noche anterior. Kalia oía el sonido de sus propias pisadas rebotando entre las paredes de piedra; iban de prisa, pues tenía excelentes noticias que contarle a Mikhael y la ansiedad había podido con ella como para aguardar por la mañana siguiente. Sabía que esa noche le tocaba guardia en las mazmorras y estaría allí hasta el amanecer, así que ¿por qué esperar?

    —Estas uvas están realmente muy buenas. ¿Son de tus viñedos, Anett?

    —Así es.

    —¡Ah, los viñedos! Hace siglos que no vamos allí en verano. ¿Recuerdan cuando pasábamos semanas enteras en el campo? ¡Qué tiempos aquellos!

    —Éramos apenas unas niñas. Tan inocentes…

    —Ahora todo lo que nos interesa son los muchachos y conseguir un buen partido, ¿a que sí?

    Kalia se fijó en Idris, quien la había mirado al decir eso último; una pequeña sonrisa decoraba su rostro. Al reparar en sus labios, una sensación amarga y desagradable le revolvió el estómago. Rápidamente apartó la vista.

    Debería haber prestado atención a las señales, pues las había habido a montones. Si no se hubiese empecinado en ignorar el cambio de actitud que claramente había percibido en Mikhael, quizá habría sido una muchacha prudente y esperado hasta el amanecer. Pero cuando se trataba de Mik, su incondicional amigo, cualquier límite moral se difuminaba y Kalia permitía dejarse dominar por sus emociones y arrebatos; como aquel aconteciendo esa noche, el cual la había impulsado a abandonar sus aposentos en plena noche, bajar las escaleras, cruzar el Salón Real y adentrarse en las mazmorras. La puerta hizo un chirrido pronunciado y ella se esforzó en mitigarlo, pues nadie podía encontrarla allí, a esas horas.

    —Ya, no molestes a Kalia. Hoy está particularmente rara.

    —Sí, ¿puedes creer que tiene al Conde Raegel en la palma de su mano y no hace nada?

    —¿El Conde Raegel?

    —¿Tú también, Idris? —Ferza bufó—. Es el Conde que está de visita desde la semana pasada. Aquel, el de cabello oscuro y jubón cobalto.

    —Ah, ese. Bueno, entonces debo felicitar a Kalia. Tiene pinta de idiota.

    Las paredes de la mazmorra se sentían frías y húmedas. La iluminación era escasa, proyectando sombras largas y afiladas. Kalia descendió peldaño tras peldaño con muchísimo cuidado, pues los ruidos allí se intensificaban aún más, y se detuvo en seco al oír una risa suave y dulce provenir de abajo, seguida por una voz femenina que muy bien conocía. Los sonidos se reproducían y replicaban con aterradora claridad entre los muros de piedra. Kalia se quedó allí, congelada, sabiendo que lo ideal habría sido dar media vuelta y marcharse. Pero un arrebato, de esos que no lograba controlar tratándose de Mikhael, la obligó a seguir bajando.

    —¿Un idiota? ¿Cómo puedes decir eso, Idris? ¡Ni siquiera lo conoces!

    —No, pero lo veo. Y míralo ahí, creyéndose el Rey Haldor. Todas estaban aquí cuando trató al pobre guardia como si fuera un perro.

    —No exageres.

    —Sólo digo que no tiene derecho de ser un invitado del Rey y comportarse así.

    Existe una teoría proveniente de los textos antiguos, donde se asevera que las vivencias permanecen en nuestras mentes de forma selectiva, según cómo las experimentamos y sentimos. El siguiente recuerdo claro de Kalia, aterradoramente claro, es el frío húmedo contra su espalda y los escalofríos calándole los huesos. El nudo en la garganta. Sus manos comprimiéndose con fuerza sobre el libro que llevaba encima. Recuerda el esfuerzo horrible que hizo por mantener los dientes presionados entre sí, aterrada por emitir algún sonido, por dejar escapar algún sollozo.

    —¿O no, querida prima? ¿O no que tengo razón?

    Mirar a Idris le dolía. Mirar sus labios, e imaginarlos contra los de Mik. Mirar sus manos, y volver a oír su fricción sobre el cabello y espalda de Mik. Escuchar su voz, y sentir junto a los oídos aquel sonido doloroso y desgarrador de los suspiros de Idris llenando la recámara de las mazmorras. Las risas cómplice y las respiraciones compartidas al unísono, abrigados en el calor de la clandestinidad. Cada pequeño detalle componía el retrato perfecto de lo que Kalia anhelaba y, sabía, jamás volvería a probar.

    Dolía. Dolía demasiado.

    La noche anterior, Kalia había sido incapaz de mover un músculo durante prolongados minutos. Permaneció allí, pegada a la pared, sintiéndose tan fría y vacía, intentando recordar las razones que la habían puesto en esa posición para escupirles todo el dolor encima. Todos los celos, toda la envidia. Toda la frustración. Mientras permanecía allí, escuchando, procurando no cerrar los ojos; porque si lo hacía, la imagen de Mikhael e Idris se materializaba frente a ella de forma automática. Sus cuerpos chocando, sus bocas entrelazadas, sus manos tanteándose sin límite.

    Cuando sintió que no sería capaz de seguir conteniendo las lágrimas, se mordió los labios con fuerza y procuró retirarse con el mismo cuidado de antes. Salió de las mazmorras, atravesó el Salón Real, subió las escaleras e ingresó a su recámara. Un fuego apacible se mantenía vivo a su derecha, calentando la habitación. El débil chasquido de las leñas se mezcló entre los sonidos aún muy presentes en sus oídos, y ni toda la fuerza del Sol de Shalos habría alcanzado para quitar de Kalia el hielo que había congelado sus venas.

    Lo último que hizo esa noche fue acostarse junto al libro, incapaz de soltarlo, incluso habiendo sido el culpable de lo ocurrido; y cerró los ojos, incapaz de leerlo, pues las lágrimas le escocían en los ojos y no creía poder abrirlo sin que el corazón se le terminara de romper.

    —Oh, Kalia, hoy a la mañana oímos que tu familia por fin pudo recuperar algunas de las pertenencias que llevaba tu padre consigo cuando su barco naufragó. ¡Es una gran noticia!

    Kalia miró a Idris, a pesar de que había sido Ferza quien habló, y le sonrió. Incapaz de odiarla, incapaz de culparla. Allí no había ganadores ni perdedores, brujas malvadas ni héroes. Allí sólo estaba la vida y las decisiones que conforman a cada quien.

    —Sí, recuperamos unas prendas de ropa, algunas cartas y su diario personal. Estaban dentro de un cofre que salió a flote, así que están algo estropeados, pero gracias a los Dioses no es grave. Las cartas pueden leerse a la perfección.

    —¿Y el diario?

    —El diario… —murmuró, sintiendo las lágrimas arremolinarse detrás de sus ojos—. Aún no he sido capaz de abrirlo.


     
    Última edición: 22 Mayo 2020
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    ¿Por qué no le puede pasar nada bueno a Kalia? Siento que cada vez se me rompe un poco más el corazón junto a ella.

    Me ha parecido especialmente interesante la forma de narrar el capítulo entrelazando las historias, mezclando el recuerdo doloroso de la noche anterior y la conversación actual. Ha sido original y además, se seguía el hilo perfectamente. Me ha sorprendido la aparición de improvisto de Idris, no sé si serán muy frecuentes sus apariciones pero me gusta que se comporte de forma tan natural. Coincido en que tampoco me ha agradado el comportamiento del conde con el guarda, revindicando que está por encima del soldado y acercándose a las damas con una actitud completamente opuesta. No lo quiero para Kalia.

    El encuentro de Mikhael e Idris pues tampoco puedo decir que me haya sorprendido mucho, en cuenta ibas planteando la ambientación intuía lo que se iba a encontrar... Una pena. Espero que encuentre a alguien que la haga feliz y sentirse especial, su amigo ya se lo dejó claro en el capítulo anterior.

    Ahora me tiene intrigada el diario que ha aparecido, espero que pueda alegrarla de alguna manera.

    Como siempre he disfrutado mucho de la lectura, la historia es interesante, la narración impecable y me gusta mucho leerte. Me quedo a la espera de la continuación.
     
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