Historia larga Las Malditas

Tema en 'Novelas' iniciado por Hinagiku, 19 Julio 2016.

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    Hinagiku

    Hinagiku Iniciado

    Capricornio
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    16 Julio 2014
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    Escritora
    Título:
    Las Malditas
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Amistad
    Total de capítulos:
    5
     
    Palabras:
    936
    ¡Hola! He vuelto después de mucho tiempo, dispuesta a terminar lo que empiezo.


    Esta no es una historia tan larga (como las que acostumbro a escribir normalmente), pero que yo, en lo personal, considero algo melancólica porque me recuerda a mis días de adolescencia en la escuela secundaria. Y creo que los que aún están atravesado esta etapa en la actualidad, se sentirán más identificados con los sucesos de esta novela juvenil con tintes adultos.


    En fin, dejo de darle vueltas al asunto. ¡Disfruten la lectura!

    *Novela publicada en Wattpad bajo el nick de "Palabrasennegro".



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    Sinopsis: En la ciudad de La Floral, el instituto para señoritas “Betlindis” es el más afamado de la zona, reconocido por haber sido el primero de su estilo. En medio de su magnificencia arquitectónica, se desarrollan múltiples actividades para mantener ocupadas las cabezas de las estudiantes junto al mejor personal docente y administrativo, a su vez que realza su reputación año a año.

    Pero en el cielo también existieron ángeles que después se convirtieron en demonios… “Las Malditas”. Así es como las colegialas de Betlindis las conocen.

    Ellas son un grupo de chicas de muy diferentes personalidades y aficiones, que disfrutan atreverse a romper esquemas en su propio lugar de estudio. Eso es lo único que tienen en común. Y se encargan de hacer la diferencia, hacértelo saber.

    ¿Cosas de adolescentes? Tal vez, aunque la unión hace la fuerza.

    Esta es la vida y obra de cada una de sus integrantes, en dónde se verán envueltas en diversas situaciones; sus dramas, amores, alegrías, amistades y compromisos.



    Prólogo

    Era así como se resumía el poco optimismo de las alumnas de “Betlindis” ante el inminente final de sus vacaciones de verano. La hora de fiestear había terminado, y la de quemarse la cabeza estudiando, empezado.

    Extrañarían en demasía la alegría de las actividades nocturnas en la ciudad de La Floral; los festivales, aquellas discotecas bailables donde movían el esqueleto al ritmo desenfrenado de la música, las salidas grupales a las pizzerías en las que de postre rompían con su dieta (dándose un “permitido”) pidiendo helados de crema y así apaciguar el calor del clima veraniego…

    El instituto privado Betlindis era el mejor centro de estudio de la zona, reconocido porque solo asistían señoritas.

    Fundada luego de la segunda guerra mundial por el señor Wilhem Burns –un excéntrico coleccionista de arte– como regalo para su consentida y única hija.

    El edificio se construyó con una arquitectura propia del neoclásico, contratando a uno de los mejores arquitectos Europeos del momento, invirtiendo una fortuna considerable en ello.

    Ubicada en el centro de la gran ciudad, se transformó en la atracción principal desde el día uno, mucho antes de su inauguración, y lo siguió siendo hasta la actualidad.

    Muchas de las alumnas que fueron ahí se graduaron con promedios altísimos y se convirtieron en prestigiosas profesionales al acabar la universidad, dejando una huella en donde fuera que se asentaran para trabajar, contribuyendo a la sociedad; todo gracias a las bases proporcionadas por el exigente nivel de educación de esa escuela secundaria.

    ¡Ja! ¿Todo color de rosa? Claro, como si eso fuera posible, y más en una secundaria donde pasan año tras año niñas en etapa de crecimiento, con las hormonas a mil, la rebeldía a flor de piel y un espíritu competitivo en muchos aspectos.

    Hubo un año en particular que marcaría un antes y después en la visión que tenían todas sobre los grupitos que se formaban al poco tiempito de comenzar las clases (por lo menos las que estaban en años superiores, y no tanto las nuevitas que recién entraban a ese infierno de adaptación). En esa temporada se dio inicio a las sujetos que serían el objeto de habladurías de todo tipo, las mismas que atraerían atenciones deseadas e indeseadas, de las que debías platicar sí o sí por lo menos unos cinco minutos, y, por lo tanto, las más admiradas u odiadas: el conjunto de chicas de diferentes años que se harían llamar “Las malditas”.

    Caracterizadas por llevarse bien y ser altruistas entre ellas siendo tan diferentes entre sí… lo más raro en ese ambiente, donde a la mayoría las corroía la rivalidad y se sentían “únicas y especiales”. Pero también había otras cualidades sobresalientes.

    Las rejas de hierro y las inmensas puertas de roble se abrieron al momento que la primera campana de entrada sonó, luego de meses sin emitir sonido alguno.

    Las mujercitas iban llegando poco a poco, con los ánimos relatados en el principio, algunas nerviosas por su primer día, el inicio de su vida colegial; otras mal predispuestas y cansadas, ansiosas por acabar lo que habían empezado.

    Caras conocidas por aquí y por allá, también nuevas. Mirándose extraño o dando abrazos de reencuentro.

    El impecable uniforme no desentonaba para nada con el estilo elegante del lujoso centro de estudios: Rosa, azul oscuro y gris claro eran los colores que lo constituía. La feminidad en su máximo esplendor.

    Los pasos despreocupados de unas chicas irrumpieron el salón de actos antes que se diera el primer discurso de bienvenida y la formación, rompiendo con toda la formalidad absurda del ambiente. Esos aires de confianza se podían reconocer a kilómetros de distancia: Las Malditas estaban ahí, no lo disimularían.

    ―Damos comienzo― Pronunció una de ellas con una sonrisa socarrona de medio lado.
     
    Última edición: 25 Julio 2016
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    Las Malditas
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    Género:
    Amistad
    Total de capítulos:
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    Capítulo 1: Almuerzo
    La primera jornada en el instituto Betlindis había sido más que excepcional para ser el día número uno de clases.

    Al apenas terminar la formación previa al discurso de bienvenida y recitar el himno escolar -la cual se compuso gracias a la orquesta propia que se inauguró un año después de la fundación de Betlindis-, se dio comienzo a las actividades cotidianas de la vida estudiantil.

    El instituto era de doble escolaridad, por lo tanto, antes de que se diera el segundo turno en la tarde, en medio había una hora de descanso. Si tenías un permiso firmado por los padres o eras mayor de 18 años, podías retirarte del establecimiento sin miedo de ser sancionada.

    A esa hora, “Las Malditas” aprovecharon el momento. No iban a dudarlo ni un segundo.

    Ante la mirada chismosa de las demás estudiantes, juntas y pegotas como solían estarlo todos los meses (e incluso en las vacaciones de verano), se dirigieron a paso firme hacia la salida atravesando el pasillo principal, dispuestas a respirar un poco el aire del exterior para oxigenar sus cerebros luego del primer turno “quema cerebros”, como lo denominaba Geraldine, la que parecía ser la líder del grupo, la mayor de todas.

    Las nueve jovencitas conformaban ese grupo de aires elitistas, por lo menos en apariencia.

    Una de ellas las alcanzaría más tarde, pues debía arreglar un asunto de urgencia.

    ―Si seguimos a este ritmo, Amatista perderá la cabeza y será una desgracia para su equilibrio geocentrista llamado Re-né― Nagisa separó en sílabas el nombre del susodicho, marcando la pronunciación con evidente exageración.

    Amatista no pronunció nada, solo se mantuvo en un silencio abrumador. A veces no se sabía lo que pensaba, ni siquiera tratando de adivinarlo mirándola directo a los ojos.

    ―No hace falta apurarnos. Los hombres tienen que esperar, es su obligación. Y más cuando se trata de complacerlos; deben rogar por una migaja de cariño, así como nos hacen suplicar a nosotras cuando están encaprichados con algo.

    Eso fue un mensaje directo para Nagisa, que sabiendo de su obsesión por ser puntual a morir a pesar de no ser ella la que tuviera que llegar hasta el punto de encuentro sí o sí, se desesperaba de todos modos.

    —Eres demasiado malvada, Geraldine. Mira que torturar de esa manera a la pobre Nagisa…

    — ¡Qué pobre ni pobre, Ornella!— Desvió la mirada hacia otro lado, avergonzada— Yo solo lo digo porque conozco a Amatista incluso antes que ustedes. Y sé lo importante que es René para ella. ¿Y si lo pierde? ¿Y si la deja?—Largó preguntas al aire con cierto dramatismo intenso en su voz, quebrándosele un poco ante la horrorosa idea de ver a su amiga llorando por los rincones a causa de ese tipo, que, si tenía que ser sincera, no le gustaba ni un poquito.

    Amatista reaccionó un poco, imaginando una ruptura inevitable con René. Se moriría si eso pasaba. A pesar de estar callada, su único modo de expresar lo que sentía y pensaba, fue acelerando el paso en la acera de la calle, camino a encontrarse con su amadísimo novio.

    Las demás chicas del grupo se echaron a reír, algunas con mucha intensidad, otras no tanto. A Nagisa y Linda no les causó demasiada gracia. Y ellas dos estaban seguras que a Amatista menos.

    —Pues creo que con esas preguntitas que te mandaste, la acobardaste. De todos modos, podemos darle una paliza con mi bate de béisbol si hace eso el tal René. Así como lo haría con el estúpido cabeza hueca que se atreva a acercarse a MÍ Linda.

    —No es necesario, Tina. Me gustaría enamorarme este año, pero…

    — ¿Pero?— Le preguntaron todas al unísono -a excepción de Amatista- a la más pequeña del grupo: Linda Clearwater.

    Linda prefirió guardárselo. Lo cierto es que lo que le seguía para completar la oración, era un enorme “Tengo miedo de que Tina lo apalee”.

    El camino que transitaban por la ciudad de La Floral era hermoso y tan moderno, haciéndole honor a una capital reconocida de cualquier parte europea, incluso pudiendo ser la envidia del mismo Nueva York.
    Entre las anchas avenidas, crecían unos Jacarandá del suelo; una alfombra de pétalos adornaban las calles, alegrando la vista de turistas curiosos y, a su vez, la de los mismos habitantes que circulaban por ahí. El espectáculo natural contrastaba demasiado con la mezcla de edificios nuevos y viejos, además de grandes parques que se distribuían a lo largo y ancho del centro.

    René esperaba en uno de esos parques a Amatista, debajo de uno de aquellos enormes Jacarandá, siendo abrazado por la sombra que proyectaba el hermoso árbol, descansando un poco y tomando un respiro ante el caluroso clima, que en pocos días se transformaría en uno más fresco a causa del cambio de estación.
    Cuando su novia lo vio, corrió hacia él, salvando a Linda de decir una respuesta que molestara a Tina; de alguna manera, dejó botadas a sus compañeras de años por ese joven apuesto y tan serio como ella.

    — ¿Por qué Amatista estaba tan apurada?— Preguntó Linda a Nagisa.

    —Porque, según ella, se le enfriaba la comida que había recalentado en el microondas de la cocina en la escuela. Estuvo toda la noche preparando el almuerzo de René, y, de paso, jodiéndome a mí por Wassap para que la ayudara.

    —Ahora, digo yo ¿Cómo se va a enfriar una comida que calentó cuatro minutos en verano?

    —Tú no entiendes nada, Geraldine. Estás demasiado ocupada aclarando tu garganta con clara de huevo todas las mañanas, tardes y noches— Asqueroso bajo el punto de vista de Nagisa, que no solo repudiaba llegar tarde a cualquier lado, sino también todo aquello que considerara un peligro potencial para la salud: la suciedad y los microbios.

    Geraldine arrugó el ceño notablemente.

    Mientras seguían conversando, tomaron asiento en un lugar donde había una mesa de piedra con un tablero de ajedrez de cerámica incluido en el medio.

    —No te preocupes, Nagisa— Interrumpió Michaela—, Geraldine no tiene idea de lo que es cocinar. Mucho menos para alguien que no sea para ella misma, y ni eso. Quema hasta el agua.

    Ornella estaba que largaba una carcajada. Sabía la razón de Michaela tras esos dichos, y la razón no era graciosa, ni mucho menos. Aun así, el impulso le ganó y terminó riéndose un poco por eso.

    —Y no olvidemos que solo sabe romper los huevos… para hacer gárgaras, claro.

    — ¡Dominika!— Le gritó Geraldine, herida por completo en el orgullo— Saben que mi rutina como cantante es poseer la voz más limpia y brillante posible. No veo porqué tengan que estar recriminándomelo.

    —Hablando de geocentrismo…—Agregó Dominika, fingiendo no haber prestado atención a Geraldine y haciendo referencia a los dichos de Nagisa en un principio con respecto a la relación extraña que tenían Amatista y René.

    Mientras una inevitable batalla campal de orgullos femeninos se estaba por desatar, la pequeña Linda admiraba con mucha ilusión la relación que Amatista y René trataban de mantener, aun cuando habían pasado diversas situaciones en las que pudieron romper y ambos seguir por su camino como si nada. Amatista y René se habían conocido en normales circunstancias, pero eso no quería decir que lo que tenían fuera menos hermoso.
    Ella anhelaba algo igual, con todo su corazón, mente y fuerzas; porque, aunque la vida había sido generosa con ella debido a su estatus social, o mejor dicho, el que tenía gracias a sus ricos padres, en el amor siempre fue un fracaso, una especie de solterona. Por lo menos así se sentía a sus quince años, ignorante de que tenía toda una vida por delante para agarrar un pez del agua.

    En eso, cuando creyó estar tan distraída contemplando las acciones amorosas de esos dos como para no prestarle atención a nada más, una cabellera negra y la mitad de la cabeza teñida con colores fantasía formando un arco-iris, la distrajo.

    — ¡Arcobalena! ¡Ya me estaba preguntando dónde te habías metido!― De un momento a otro, Ornella se levantó del banco de piedra y fue corriendo a reencontrarse con la miembro faltante de “Las Malditas”, emocionada a más no poder.

    Sudada, la chica, alta como nadie y de una complexión imponente, recibió en brazos a una estatura promedio como lo era Ornella. Entre ellas había una relación tan especial como la de Nagisa y Amatista.
    No era común que Arcobalena demostrara demasiado afecto con ninguna de las del grupo, por lo menos afecto físico. Con Ornella era distinto, demasiado, incluso siendo ellas tan diferentes entre sí con respecto a la mayoría de las cosas… a excepción de su predominante frikismo por el manga, el anime y todo eso que a la vista de los demás era estrafalario e incluso poco apropiado.

    —Me tardé un mundo— Bajó a Ornella al suelo, como si esta se tratara de una pequeñuela de cinco años—. Tenía que recibir a mi hermano menor que venía de Inglaterra. Le llevé la comida y le di un par de consejos.

    —Ah, me habías contado algo. ¿Consejos para qué?

    —Digamos que él es un tanto especial. No le gustan muchas cosas.

    —No te entiendo nada. Pero bueno, supongo que será lo mejor. Sé que no te gustan los problemas, y sobreproteger a tu hermanito es tu pasatiempo— Soltó como si nada, largando una risotada. Volvió a su lugar y se acomodó la falda.

    —Igual que Leonardo contigo— Le guiñó un ojo, avergonzando a Ornella, y dirigió su vista hacia las mujeres de la mesa, que tan concentradas estaban discutiendo por pavadas, como de costumbre—. “Mujeres”— Pensó Arcobalena—. O Tina con Linda— Alzó un poco la voz y captar la atención de Geraldine, Tina, Nagisa, Michaela y Dominika, cosa que logró con rotundo éxito.

    Las chicas giraron la cabeza de inmediato y pararon de pelear.

    — ¿Yo qué?— Contestó Tina con cara de perro enfadado, sin saludarla de nuevo ni nada.

    —Que sobreproteges a Linda.

    —No soy la única que sobreprotege… ¡Siquiera es sobreproteger! La palabra es cuidar; cuidar de Linda como a mi hermanita menor. Odiaría que se le acercaran degenerados, un cualquiera.

    Linda sentía cómo se iba hundiendo poco a poco en su asiento.
    Sabía que cualquier cosa que le dijeran a Tina era para causar polémica, porque ella era así: reaccionaba ante cualquier cosa y en ocasiones explotaba en una verborragia incontenible (con muchas malas palabras incluidas). Aparte se ponía insufrible, bastante antipática si veía que la provocaban. Y más si el tema a tratar era sobre la ternurita de persona que era Linda.

    Una media sonrisa surcó el rostro irónico de Arcobalena.

    —Entonces estamos de acuerdo. Es ley natural entre los hermanos: Yo y Eternit, Leonardo y Ornella, tú y Linda.

    —Te olvidas de yo con Evolet. Te estabas tardando, maldita— Nagisa sonrió.

    —Pero estoy aquí.

    La pobre Michaela agachó la cabeza, frustrada por el tema. Sin embargo, mantuvo esa postura reservada.

    Apareciendo detrás de ese gallinero, Amatista aclaró su garganta, dando a entender que podían empezar a almorzar para después regresar a la escuela y ese infernal segundo turno. No habló nada de René, y si se lo preguntaban, protegería esa intimidad que construyeron los dos tres años atrás. Siquiera sus amigas tenían derecho a enterarse de sus secretos, ni uno solo de los tantos que salvaguardaban a muerte, incluso teniendo un pacto entre ellos. Nagisa solo haría un conflicto de todo eso, y eso era lo que justamente no quería, aun si fuera su mejor amiga.

    —Y Amatista también— Añadió Arcobalena.

    Nagisa se fijó la hora. Faltaban treinta minutos para concluir esas charlas que no conducían a ningún lado más que a chistes fáciles, solo entretenían antes de regresar a Betlindis. Malditas obsesiones.

    —Ah, no se apuren, perras. Betlindis puede esperar, mis cigarrillos y almuerzos no. Así que… a atascarse. ¡Buen provecho!— Y Dominika le dio un mordisco a su emparedado envuelto en una servilleta sacado de su maltratada mochila negra, pintarrajeada con liquid-paper.

    — ¡Buen provecho!

    Lo más curioso del asunto, es que René no se fue cuando Amatista lo dejó por ir a comer junto con “Las Malditas”. Él permaneció a lo lejos, parado, con la cajita envuelta en pañuelos de colores en la mano, observando cada movimiento de su novia, sin que ninguna de las nueve jovencitas se diera cuenta.
    Sacó el celular de última generación de su bolsillo, y miró su fondo de pantalla: una foto que no era de Amatista, sino de un chico.

    —Es el comienzo— Fue lo único que pensó, y se alejó hasta perder de vista a todos, cruzando la avenida para volverse de donde vino.
     
    Última edición: 28 Agosto 2016
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    Capítulo 2: Ángeles y Demonios
    Las fastidiosas tardes después del almuerzo se pasaban volando si alguna de “Las Malditas” divagaba con su mente en ideas básicas como lo era divertirse con amigas al acabar el turno tarde. Solo bastaba con ojear un rato el exterior, por la ventana, y husmear las hojas de los árboles que eran revoloteadas en el aire por el travieso viento, uno de lluvia.


    —Qué extraño— Fue el pensamiento de Ornella, en esos periodos de poca concentración, donde faltaban pocos minutos para que la campanada de adiós sonara.


    La lluvia en la ciudad de La Floral era un fenómeno muy extraño en esa época, a finales del verano. Y no porque fuera un clima seco, sino porque en aquel año se había ausentado la famosa “corriente del niño”, la cual provocaba desastres por el exceso de agua.

    Las precipitaciones debían presentarse en otoño.


    Cuando por fin el reloj digital de la pared marcó las cinco y media, y el característico sonido del timbre resonó por todo Betlindis, Ornella pasó de un segundo a otro a buscar a las demás chicas, que iban a distintos años.

    Arcobalena fue la primera en aparecer frente a ella, indisimulable con su metro ochenta y cabello que imitaba el arco-iris más bonito del cielo, haciéndole honor a su nombre.


    De forma sorpresiva, Arcobalena tomó con fuerza la mano de Ornella. Después se largaron a correr; una sonrisa de oreja a oreja surcaba el rostro de la mayor, emocionada por algún motivo que Ornella no lograba descifrar por nada en el mundo.

    La pobre parecía ondearse al igual que una bandera en el aire ante la fuerza aplicada, o volar al modo de las hojas que había visto esa tarde a través de la ventana más cercana. El asunto es que seguirle la velocidad a “piernas largas” Arcobalena era muy complicado, y todo por tener una estatura promedio y no ser, digamos, un fideo como ella quería.


    — ¡Tienes que acompañarme! ¿Recuerdas que te dije que mi hermanito venía de Inglaterra?— Exclamó a todo pulmón, siendo raro en una persona tan discreta en su cuidada manera de expresarse—. Debo ir a buscarlo. Es nuevito en la ciudad y puede que se pierda, y no queremos eso.


    Ahora sí que la había terminado de confundir.

    ¿Por qué ella quería ir a ver a un niñito de primaria? Encima sobreprotegido…

    Le recorrió un escalofrío por toda la espalda, al recordar cómo su hermano mayor, Leonardo, hacía lo mismo con ella a límites insospechados.


    Acabó por decidir hacerle el aguante. ¿Cuántas veces Arcobalena había soportado sus alocadas ocurrencias? ¡Ella tenía que apoyarla! Aun si fuera por obligación. Para eso estaban las amigas ¿No?

    Aunque lo extraño era que siquiera se había dignado en reencontrarse con las otras siete señoritas. Pasaron de largo.

    Estuvo a un segundo de preguntar, pero al momento de salir de sus pensamientos, ya era demasiado tarde: Se encontraban en el exterior, a unas tres cuadras del instituto. El tiempo era relativo, en definitiva.


    —Si Leonardo le hizo bullying, se las verá conmigo. Y no me va a importar nada.


    — ¿Qué tiene que ver Leonardo en todo esto?— Y la lamparita pronto se le encendió. Incrédula, giró la cabeza y la cara se le deformó, desapareciendo todo rastro de emoción positiva, pasando a una de preocupación— No me digas que…


    —Sí, sí.


    Estando frente a los enormes escalones de piedra que se iban extendiendo hasta arriba en el fondo, llegando hacia la entrada del edificio más antiguo que el propio Betlindis, uno que parecía más una construcción de la misma Grecia clásica que otra cosa, apreciaron la innumerable cantidad de jóvenes que bajaban a velocidades exageradas; desesperados por marcharse e ir a esparcirse por el estrés del primer día.

    Los ojos de Arcobalena examinaban a cada uno de ellos, con notable impaciencia, preocupada por él. No pasaba por desapercibido, fuera porque la malinterpretaban y la consideraran una especie de acosadora, o por ser una jirafona de primera categoría.

    Mientras tanto, a la pobre Ornella le chocaban las rodillas, temblequeando del miedo.


    Un muchacho de cabello negro brillante y corto, facciones finas (aunque con un evidente ceño rudo) y atractivas, sosteniendo un cigarrillo prendido entre su labios, hizo un ruido brusco al hacer rechinar las ruedas de su Harley Davidson azabache de los años 80’ –todo un clásico de los fierros– contra el asfalto de la vereda, llamando la atención de su hermana menor, evidenciando una creciente molestia.


    — ¿Estás sorda, Ornella? Te he dicho cientos de veces que no quiero que te aparezcas por acá. Y este año no será la excepción, así que subes o te vas— Escupió sus palabras de forma ruda y fría.


    No le importaba nada, siquiera regañarla como a una niñita pequeña frente a sus compañeros. Tenía que cuidarla, y la única manera de mantenerla a raya, según su criterio, era haciéndola sentir indefensa, que no era capaz de levantar un dedo y quebrarse una uña.


    —Te recuerdo que estás hablando con una Maldita— Refunfuñó—. Ya estoy grande, tú no me das órdenes. En todo caso, si hablamos de cuidarnos, mírate en un espejo— Molesta, le dio un manotazo a unos centímetros de la boca, causando que el cigarrillo volara por ahí—; empieza por ti mismo— Y le sacó la lengua.


    —Está bien. Te subes.


    Él no perdió la calma. Helado, al igual que un témpano de hielo.


    Sin previo aviso, Arcobalena intercedió y agarró a Leonardo del saco de su uniforme, atrayéndolo hacia ella.


    — ¿Qué te pasa, machito? Nadie toca a una Maldita si hay otra presente. ¿Te crees muy chulo por ser el líder de cada pasillo de tu instituto?— Volvió a sonreír de esa manera, de medio lado.


    —Qué bueno que eres mujer, de lo contrario, ya te hubiera volado el rostro de un puñetazo. Igual el lugar que te corresponde está en la cocina. En fin. Me quedaré aquí hasta que Ornella decida irse, por las buenas o por las malas.


    —Idiota.


    Ornella desvió la vista hacia el suelo, sintiéndose humillada por su hermano mayor. Lo había logrado, tenía que estar feliz, seguro; y lo peor es que él lo percibía. Leonardo tenía un sexto sentido: captaba las emociones de los demás ¿Por qué en ella sería menos? ¡El muy maldito!


    Y entonces, una idea retorcida se le cruzó por la mente; una que Arcobalena estaría dispuesta a escuchar, después pasar a enojarse y terminar por despedazar a su hermano mayor con sus propios puños. ¿Y si Leonardo en verdad le había dado la famosa bienvenida al consentido de su amiga solo por ser nuevo? Volvió a temblar, y sus rodillas chocaron otra vez.

    Conocía a Arcobalena, y el hecho de que fuera introvertida no quería decir que, si la situación así se daba, fuera a contenerse y guardar sus manos en los bolsillos; al contrario, de un puñetazo te dejaba fuera de juego enseguida. Y más si se trataba de defender a sus seres queridos. El tema era que Leonardo tampoco conocía lo que era la piedad, y aunque no le pegaba a las mujeres, sí se lo hacía a los hombres; podía tomar medidas severas para perjudicar a quien quisiera. Reducirla era una opción, diez centímetros de diferencia los separaba, y el otro motivo no quería ni imaginárselo.


    Otra vez las acciones de otros impidieron que Ornella abriera la boca, emitir lo que pensaba (porque problemas para callarse tenía), y un fuerte abrazo hacia su amiga provocó un giro en su mismo eje por parte de ella, sosteniendo a un jovencito de la misma edad que la menor, e incluso de similar altura; curioso al ser varón.

    Los ojos chispeantes de escepticismo de Leonardo aparecieron, brillando con fulgor, disparando rayos láser del desprecio que lo invadió. ¿Y por qué? El corazón de Ornella dio un vuelco: un flechazo instantáneo. Eso ya no era gracioso.


    —Se ve que no tuviste problemas, porque no recibí ni una llamada tuya. Me alegra que esos brutos no se dignaron en molestarte en tu primer día— Sonrió, dulce, acariciando los cabellos rubios del hombrecito.


    —No tientes al mal— Leonardo respondió a eso, sarcástico—. Ya, suficiente por hoy. Vámonos a casa— Intentó tomar del brazo a su hermanita, y lo hizo. Ni se mosqueó; seguía paralizada de la emoción, sonrojada—. Ni que hubieses visto a los querubines bajar del cielo— Volvió a vociferar, con un tono un poco más moderado, pero igual de enfadado. Los celos se le notaban de allí a la China.


    El hombrecito, al ver cómo ese muchacho grandote trataba de esa manera tan poco cuidadosa a la chica que tenía al lado, decidió intervenir antes que Arcobalena misma. Serio, aun con su insignificante apariencia frágil e incluso cómica por lo corto de altura, tomando un dije de plata con forma de cruz entre sus dedos, lo enfrentó, diciéndole:


    —Es mejor no tentar al bien ¿No crees? Los que maltratan a las siervas del Señor pronto obtienen su merecido. Él las aprecia mucho, aun si sean el vaso más débil— Y al terminar su breve discurso, le guiñó un ojo a Ornella.


    Los hermanos Baskerville se quedaron de diez al oírlo.

    Por su parte, Leonardo enarcó ambas cejas hacia arriba, abriendo un poco los ojos, sorprendido por la menuda tontería que sus pobres oídos ateos habían tenido la desdicha de escuchar.

    Ornella, en cambio, no sabía si enamorarse aún más por la dulzura de ese chico rubio de ojos azules de toque angelical por su entrometimiento con las mejores intenciones con ese corazón de oro que ella se imaginaba que poseía… U ofenderse. ¿Vaso débil? ¡Maldición! ¡Las chicas no eran débiles! ¡Podían ser más fuertes que los hombres si así su instinto femenino lo requería! ¿Qué clase de concepto tan anticuado era ese? ¡Ella era una “Maldita”! ¡Conseguía defenderse sola con rotundo éxito! No necesitaba la ayuda de nadie. Imposible.


    —Ya, ya, Eternit. Nadie quiere oír tus sermones hoy, ni nunca— Muerta de vergüenza, Arcobalena lo haló.


    Detestaba cuando su hermanito menor hablaba gansadas frente a los demás estando ella presente, y ahora más dado que su mejor amiga y el sensual Leonardo estaban parados solo a un costado. Le preocupaba que “El lobo negro” tomara eso no solo a modo de desafío, sino también, a partir de ese minuto, tuviera de punto a Eternit.


    —Me sorprende que la Maldita de renombre autoproclamada atea tenga un hermano tan estúpido. Tanto que da lástima. La biblia no le servirá de nada, solo lo hará más retrasado de lo que es. Hacen un gracioso contraste— Estiró el brazo hacia la espalda del chico y lo palmeó un poco—; Hora de rezarle a tus santos.


    Arcobalena palmoteó su propia frente, luego asesinó a Leonardo con la mirada.


    — ¿Y tú no vas a decir nada!— Le gritó Arcobalena a Ornella, arrastrándola del borde de su fértil imaginación y plantándola otra vez en la tierra.


    Ornella asintió.


    — ¡No soy ninguna debilucha!— Se impuso, inflando el pecho de manera heroica, haciendo ver que no iba a dejarse vapulear siquiera por el consentido de su mejor amiga— ¡Qué vaso más débil ni vaso más débil! ¡Ni que fuera tu abuela! ¡O tú mismo! Pues sí, más que un niño, por lo que veo, eres un mocoso disfrazado de enano.


    —Y yo pensé que ustedes dos eran parecidos y se iban a llevar bien— Bufó Arcobalena, cortándole el mambo a Ornella, especulando que con eso iba a parar un poco la erupción volcánica casi inevitable—, siendo que ambos son unos sobreprotegidos de primera.


    No iba a negar que estaría encima de su hermano el mayor tiempo posible. Leonardo sí, hasta la muerte.

    Contempló la opción de ser un espectador ante tremenda ridícula situación: más gracia no podía causarle. La menor, una chiquita intensa y algo infantil, no ignoraría esas palabras de supuesta subestimación; ese era el malentendido que pretendía aprovechar, y echando más leña al fuego aumentaría el incendio forestal.

    Lo bueno de todo, es que los dichos de Eternit habían encausado los deseos de él por un camino que desembocaría en el desprecio de Ornella.


    Eternit logró sonrojarse a causa de eso, al igual que Ornella. Más de la pena que del enojo.


    — ¡No me sobreprotegen!— Exclamaron ambos al unísono.


    —Pues sí, Ornella, el enano disfrazado de niño solo sirve de algo, y eso es estar de adorno en un jardín o bosque, al lado de un árbol secuoya, aburrido y avejentado… tan Arcobalena. No podría ser de otra manera: Arcobalena es demasiado poco femenina para ser una princesa, y aunque su hermano es un enano, definitivamente no sería uno de los siete que acompañaría a Blancanieves. Hasta un pedo da más gracia que los dos juntos.


    Arcobalena entrecerró los ojos.


    — ¿Me estás provocando? No escupas hacia arriba, que te puede caer en la cara.

    >>Aparte, mira quién habla, el cabeza dura al que le debe lavar los calzoncillos su propia madre con los pelos que ya tienes…


    Ahora, los que contemplaban la discusión de sus hermanos mayores eran Eternit y Ornella, con la vergüenza ajena que eso conllevaba. Verlos decir ridiculeces al igual que niñitos de primer grado de primaria, y gritar a los cuatro vientos toda clase de aberraciones y tonterías al instante que los estudiantes varones del instituto masculino, Chad Bukowski, salían de sus clases, era sinónimo a desear que los tragara la tierra hasta el fondo de sus entrañas y no los vomitara jamás.


    Ornella tomó en cuenta una posibilidad: Irse sin más, dejando a los grandulotes despellejarse a su gusto.

    Aprovechando la distracción, bajó de la moto de Leonardo y caminó a paso rápido, alejándose, sin que nadie se diera cuenta, a excepción de Eternit, que muy observador era. Y sí, él actuó de la misma forma.


    Eternit era del tipo de persona que le desagradaban los pleitos, de cualquier tipo, fuera verbal o físico. Incluso sentía repudio por dichos actos. El tema era que, si la situación lo ameritaba, se metía en el medio si de defender a una víctima de las injusticias se trataba. Más una mujer, que menos fuerza física poseía y la desventaja aumentaba por esa diferencia abismal entre los dos sexos.

    Al decirle a Ornella que ella era un “vaso más débil”, no quiso asegurar que ella era una bebita, una tonta a la que no le daba la cabeza; sino, al contrario, se refería a las características propias anatómicas de una chica de su edad y el trato que debían darle. Nada más. Ninguna doble intención de por medio.

    Él apreciaba a las mujeres, y las reconocía como un sujeto, no un objeto, una simple posesión egoísta que ameritaba darle el uso que a su dueño le antojaba. Nunca en la vida pensaría así.

    Quería aclarar el malentendido.


    Alcanzándola, tomó la mano de ella, delicado e intentando no asustarla, sino llamar su atención de una forma positiva y suave.

    Ella giró.


    —Deja de seguirme— Refunfuñó, aun conservando esas expresiones infantiles—. No voy a perdonarte seas el hermano de quien seas. Nadie me llama débil en mi cara.


    —Estás en desventaja, aun siendo yo un enano. Claro, si fuera malo— Sonrió—; No lo soy, no tienes de qué preocuparte. Entiendo, lo que dije puede prestarse a confusiones. Solo… bueno, quiero decirte que nunca le haría daño a una chica tan fuerte. Tu capacidad de repeler las amenazas es envidiable, similar a mi hermana Arcobalena. Ya veo porque te considera su mejor amiga, Ornella. ¿No?


    La sorpresa fue inmediata. El flechazo que sintió desde el primer instante que lo vio apareció de nuevo a velocidades récords, siendo la idéntica sensación en un día. Esa sonrisa la derretía. La irritabilidad desapareció.


    —Sí, Ornella— Balbuceó.


    —Te invitaría un helado, así me cuentes de ti. Solo que Arcobalena me ha hablado tanto de cómo eres que siento conocerte de toda la vida.


    — ¡No quiero un helado!— Sacudió la cabeza de inmediato, percibiendo su tontedad al rechazar la oportunidad de tener una cita con un caramelo— Digo… ¡Veámonos cuando quieras, en el lugar que quieras!


    —Bueno… Te espero mañana a la mañana en la iglesia. Seguro van a tocar un tema interesante, y si Dios quiere, espero que lean mi libro favorito del antiguo testamento.


    ¿Perdón? Pensó escuchar mal. ¿¡Qué clase de cita era esa!? Debía ser una broma, sí, en definitiva. De esa manera espantaría a cualquiera, y eso que ella no era una atea devota a sus creencias como Leonardo; respetaba la gente religiosa, ella misma iba a su iglesia todos los Domingos a escuchar el sermón de turno, y después, al llegar a casa, se sacaba la ropa formal para irse corriendo a conectarse a internet o salir con sus amigas y perder el tiempo con Arcobalena. Debió suponerlo en el instante que agarró la cruz y la puso frente a las narices de Leo. Prefería el helado.


    Apretó bien los párpados.


    —Bien, Eternit. Nos veremos. Llegaré cinco minutos antes.


    Un sonoro trueno interrumpió la conversación.


    —Adiós.


    —Adiós. No te mojes, vas a enfermarte. Más vale apurarte— Susurró, tímida.


    Arcobalena logró ubicar a Eternit recién cuando Ornella se marchó hacia su hogar y desapareció de su vista. Ya llovía.

    Él perdió los ojos en el horizonte, trazando el camino que la rubia siguió.


    —Ese idiota ya me dejó de molestar, por suerte. Y ya era hora que te quedaras quieto, no te encontraría. Maldición, eres tan poco razonable si te lo propones. Tengo sentimientos, mi deber es cuidarte…


    Eternit otra vez formó esa mueca dulce, tan característica suya.


    —Logré una cita— La interrumpió.


    — ¿¡En serio!? ¡Cuéntamelo todo!— Dejó de lado sus quejas y prestarle atención de una vez— ¿Dónde?


    —Mañana a la mañana en la iglesia.


    —…


    — ¿Qué? ¿Dije algo malo?


    — ¡Hasta el clima lamenta eso!


    — ¿Y qué tiene que ver?— Preguntó de nuevo, ya perdiendo la gran paciencia que tenía. A veces Arcobalena lo desesperaba más rápido que el común de la mayor parte de las personas—Aceptó.


    Ella suspiró.


    —Eternit, hace tiempo la mayoría de las personas dejaron de ser católicas. Ahora ustedes son de segunda, porque los musulmanes les ganaron, lejos. No son la única iglesia existente. Y por cierto: Ornella es luterana.
     
    Última edición: 5 Septiembre 2016
  4.  
    The Makoto

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    Me parece raro que aún no hayan comentarios en tu historia siendo que es cuando menos interesante.

    Lo que me gustó mucho es que ni bien empezar me pusiste en ambiente. Se siente todo muy natural y con un toque de feminidad perfecto y necesario (considerando una historia protagonizada por mujeres adolescentes).
    De momento en cuanto a la historia es bueno poder leer de vez en cuando una historia más cotidiana con problemas internos de de personajes que de momento parecen bien construidos. Aunque me gustaría poder apreciar un poco más esa diferencia que tiene este grupo con las demás personas de la institución. Pero seguro eso es algo que se pueda explorar un poco más adelante.

    He estado viendo que tienes una frecuencia un poco baja con los capítulos pero ojalá consigas el tiempo para poder subirla un poco y pueda leer los siguientes capítulos sin demora.
     
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  5.  
    Hinagiku

    Hinagiku Iniciado

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    Disculpen por la demora eterna.
    Se me quemó la computadora nueva, y tuve mil problemas para arreglarla. Al final aprovecho la notebook de mi papá ahora que estoy de vacaciones.

    Gracias por el comentario.


    Capítulo 3: No se borra con el codo, ni se barre con el viento


    Casi atardecía en la ciudad, y desde el puente de la mujer la espectacular paleta cálida se tornaba más intensa a menudo que los minutos avanzaban sin piedad.

    Ese cielo cálido le recordaba a Nagisa que su existencia era el fragmento de un punto, flotando a la deriva, siendo llevada por los remolinos pícaros del fresco, pero que fulguraba intensamente. Sus inseguridades quedaban en el segundo puesto en comparación del rencor asesino que se alzaba en la cima del firmamento, convirtiéndose en una hoguera descontrolada; roja, anaranjada, amarillenta... arrasándolo todo.

    Sueños e ilusiones no eran nada en su vida. Ella vivía de realidades, no se daba el lujo de construir castillos en el aire, sino plantando pies en la tierra, aunque esta acabara por tragarla y conducirla a sus desconocidas profundidades.

    "Terreno rocoso, una montaña que sale de la tierra. Esa cima congelada toca el cielo".

    ―Evolet y su poesía de baño― Se repitió por enésima vez. Enésima vez parada en el concreto del puente, tres veces por semana, todos los años.

    ―La poesía de baño de Evolet... Juraría que si respetara la métrica clásica, aceptarías la creatividad de ese mellizo papucho que tienes. Dale un respiro.

    ―Tiempos pasados eran mejores.

    ― ¿Cuándo no sufrías trastorno obsesivo compulsivo?

    ―Cuando no sabía el significado del orden.

    ―Lo bruto nace de una roca craneal ¿Qué esperabas? Aún persistes con eso de los pies sobre la tierra.

    Nagisa no pronunció palabra alguna ante su amiga postrada contra el barandal, una chica de facciones angulosas y cabello teñido de un naranja fantasía. Una bruja transgresora danzando graciosa en medio de su bosque profanado, sin quemarse, sólo disfrutándolo.

    Leona no pertenecía a "Las Malditas". Fuera de Nagisa, una chica dual, asistiendo a un instituto privado sin tanto renombre; piernas de palo, cuerpo cuadrado desde su raíz y falda planchada, tabla por tabla. El resto, desastre en toda regla.

    Así y todo, mejor amiga de Nagisa. Secreto sucio y casi tabú entre los miembros del grupo. Y también Leona era su propio enigma prohibido, vestido de mujer.

    ―Haría lo que fuera por cortar esa suciedad y torcedura, para siempre. No soporto compartir existencia con alguien dispersado, un tiro al aire, un irresponsable que deja hasta sus hijos tirados por otro roñoso de mente― La voz de Nagisa se atrofió un poco, gracias a su creciente angustia y sentimientos encontrados que surgían por el agrio recuerdo de su padre. ¡Quería escupirlo!―. Cumpliendo sus fantasías aireadas, apoyado por otra masa de mentes raquíticas, enfermas, abandonó sus proyectos seguros de vida. Y aquí yo, ordenando sus desastres. Libertad y una mierda...

    ―Lo único que no puedes organizar y escapa de todo tu control.

    Leona suspiró y bajó la mirada a sus pies, frustrada.

    ―Lo único que no puedo volver a poner en su sitio, porque me ganaría una demanda de esa comunidad homosexual disparatada. Tal vez años de cárcel por romperles la cabeza.

    ― ¿Y si te dijera que tu padre usa minifaldas en vez de una camisa dentro de sus pantalones? Digo, una falda lisa se ve hasta presentable.

    ―Ya nada me sorprendería. Igual no disminuiría mi odio hacia él, al contrario.

    >>Una falda planchada no camufla su desvío. Una cosa no quita la otra.

    Los naranjas se disolvieron. Fríos azules acompañaron la faceta final de la melancolía lapidaria de Nagisa, congelando las laderas de sus montañas emocionales, no permitiendo que todo resentimiento subiera a la cima, y ella quedara intacta, sin contaminar la pureza no explorada del arriba y continuara sobrepasando las nubes grises, reverenciando un cielo libre, sin ataduras, esperando el abrazo de ella, su no consentida enemiga.

    ―Debo irme. Ya oscureció. No te quedes sola más tiempo, vuelve a casa y toma algo con ese papucho de abuelo que tienes.

    ―Adiós...

    Leona, alejándose de la escena, escondió expresiones alegres habituales.

    ¿Cuánto tiempo serviría darle la espalda sin recibir un cuchillazo mortal? Ahora se salvaba, porque la verdad no salía a la luz. Pagaba el daño de un tercero, asumía la culpa de Jun Kawamori, y no podía recriminárselo.

    Deseaba con todo el corazón restaurar el equilibrio degenerado por el dolor de esa señorita. Irónico. Ordenarla a ella, reina del metodismo indudable.

    Recuperaría a Nagisa, travestido o no. Leona o Leon.
     
  6.  
    Hinagiku

    Hinagiku Iniciado

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    Capítulo 4: IV. Ahogada en silencio

    Revisando el ático de casa en busca de un objeto perdido, Mika encontró su sorpresa inesperada, digna de huevito Kinder: Numerosas fotos de su infancia se presentaban ante ella en aquel viejo formato anterior a la era digital, cuando estaba de moda sacar fotos de bebés desnudos, y mandar a revelar el rollo por un desconocido que se reiría secretamente de ciertas situaciones plasmadas.

    Fue pasando las hojas de los álbumes, y repasando vivencias que creyó haber olvidado; Una de ellas, que quería ignorar sin éxito, porque llamaba a su puerta todas las mañanas al despertar.

    Envidiaba a Nagisa, su amargada amiga con un hermano mellizo. También la odiaba cuando menospreciaba las ocurrencias de Evolet, porque consideraba hasta insultante que no disfrutara el simple hecho de tenerlo a su lado, vivo.

    "Si supiera", se repitió mientras analizaba la imagen nítida de su propio mellizo asesinado.

    Michaela largó un suspiro y guardó todo, dejando las cosas en su lugar, tapando aquella caja de pandora con la manta polvorienta que la cubría antes de hallarla.

    —¿Encontraste el costurero de tu abuela? — Preguntó la madre de Michaela, distraída con un trabajo de costura a medio hacer— Ay, Miki. Cambia esa cara, pareciera que hubieras visto un fantasma.

    —Más o menos...

    —Bueno, ¿Entonces?

    —No lo encontré en el ático ni en ningún otro lugar de la casa. Revisé todo.

    —¡Dios! No puede ser que se pierda todo por aquí. Seguro fue tu padre, tan desordenado que me saca de quicio.

    Antes que se fuera, Michaela agarró la tela inacabada que su mamá arruinó con silicona caliente en vez de bordarla, todo por no encontrar el dichoso costurero. Quería llamar su atención, y logró captarla.

    —Papá sí es desordenado, pero respetuoso.

    >>Encontré los álbumes cuando Robby y yo éramos chicos. La fecha está cerca, y se me ocurría que nos concentráramos más en eso, disfrutar las fotos que en la manta; no está para verla...

    La Sra. Watt frunció el ceño sin más, sin medir reacción. Arrancó la susodicha manta del débil agarre de Michaela, provocando que se rasgara un poco al estirarse el tejido de forma abrupta.

    Michaela supo enseguida que esa conversación no iría más allá de sus buenas intenciones, finalizaría ahí, quedaría olvidada otra vez, sin tocar tema por ese día o el resto de su vida.

    Tal vez era muy impaciente, pero no toleraba la idea de enterrar la existencia de su hermano, a pesar de que ya no se paseara por toda la casa anunciando con bombo y platillos que él rebosaba de energía; porque no podía hacerlo. Siquiera comprendía porqué cometió la estupidez de meterse con gente pesada, y por eso no podía ensuciar el plato que su mamá ponía sobre la mesa desde ese día, su trágica defunción.

    ¿Estaría carente de empatía? ¿O su dolor era menor al de sus progenitores? ¿Y si ella superaba a mayor velocidad los infortunios de la vida? Capaz ninguna anterior. Si algo aseguraba, era que supuraba tremenda frustración.

    Trató de no azotar la puerta antes de irse. No iba a dar explicaciones, tampoco reprocharía nada. Decidió hacer una serie de cosas por su cuenta, sin ayuda, sin expresar su situación de forma muy abierta. Como era ella.

    Compró lirios amarillos en la entrada de aquel cementerio. Inhalaba duelo involuntariamente, manteniendo sus pensamientos al margen, mente en blanco y rígida.

    Uno, dos, tres pasos. Caminaba sobre el sendero típico de almejas molidas que predominaba en La Floral, presente ahí también.

    Las esculturas elegantes de ángeles protegiendo las bóvedas de fallecidos estremecían cada fibra endurecida, peor al concienciarse de una macabra alegoría: avanzaba hacia la lápida de Robby, donde tarde o temprano ella iba a reencontrarse con él, estando tomado de la mano con la muerte; invitándola a emprender un viaje misterioso hacia otro lado ¿Dónde? ¿Hasta cuándo? ¿Siempre con esa figura aterradora en medio de ellos, incluso ya inertes en el mundo terrenal?

    Puso los lirios en ese triste pedazo de tierra. No sabía qué decir, teniendo miles de palabras atascadas en la garganta.

    Desde atrás alguien puso un simple ramo de dientes de león. Mika volteó. Era Amatista. Examinó esa cara gélida, inexpresiva, que podría asociar con la parca viniendo a cumplir su trabajo pendiente.

    —¿No vas a decir nada?

    —¿Qué quieres que diga? No soy de muchas palabras— Contestó Amatista, calentándose las manos dentro de los bolsillos de su pantalón.

    —Estamos igual.

    —No. Yo no tengo nada que decir, pero tú no expresas lo que sí quieres. A la larga eso es malo, nada agradable.

    —¿Qué haces aquí? — Michaela se impacientó; no porque le cayera mal Amatista, si era su amiga, sino porque ella exponía sin rodeos sus sentimientos acallados, siguiendo el patrón inconsciente dentro de casa.

    —Vengo todos los días. Mi manera de apoyarte, supongo...

    >>En realidad quiero evitar situaciones que me causan frustración. La muerte me causa frustración, y peor cuando una amiga sufre así, sola; pasa a ser impotencia. No es bueno.

    —No puedes solucionar la muerte.

    —Nadie puede, y acá estoy. Estoy segura que es mejor acompañarte así, y sobrellevar esto juntas como amigas, en vez de dejarte sola y desesperada. Eso... eso es una muerte segura.

    >>Te sigo desde el funeral. Vengo todos los días, diferentes horarios, tratando de encontrarme contigo. No puedo ofrecerte muchas palabras, solo un brazo firme, si te sirve.


    Amatista inclinó un poco el hombro, encorvando su inmaculada postura casi exclusiva de un aristócrata con firmes estructuras protocolares, descubriendo el brazo, exponiendo más piel que en su normalidad diaria ocultaba con prendas de encaje bordado. Lágrimas ajenas deslizándose sobre su piel no iban a ensuciarla, o resquebrajar su fría finura. Eso parecía.

    Mika se desarmó, poniendo una mano sobre sus ojos, y extendiendo una mano en dirección a Amatista, pretendiendo que ella correspondiera a su amague y abrazara el despojo que el duelo más jodido de su vida resquebrajó a una "Maldita". Y, obvio, aprovechó el reducido espacio que Amatista ofreció como desahogo.

    Amatista correspondió, pensativa.

    Se quedaron toda la tarde ahí, hasta que Michaela vació sus penas en forma de lágrimas sinceras y palabras enredadas, también contundentes cuando la tristeza se aplacaba por momentos.

    Amatista fue capaz de ponerse en un papel sororo desde su posición femenina, complementándolo sin pena con su máscara social de "Maldita". No era un problema para ella mantenerse a raya cuando de fusionar -personajes- se trataba; no hablando de proteger desviando la atención, cambiando el foco principal hacia otro eje desvariado pero bien construido.

    Ella tenía tanto miedo de perder a su gente importante, y tanto terror a experimentar ese dolor nauseabundo que contemplaba en su quebrada amiga, que pretendía servir tanto en la mesa de dios como del diablo; negando empatía en entera porción, fingiendo comprender la totalidad del asunto.

    ¿Y porqué? Porque su postura no tenía un solo término académico, denominación cotidiana, definición de diccionario o infinidad de explicaciones patológicas. Se resumía en un nombre: René.

    Amatista le debía todo. Y ella, gustosa, era capaz de justificar sus fechorías en un retorcido secretismo.


    Una parte de ella misma se reflejaba en Mika: Introvertida, espinosa, semi solitaria... Capaz a esa realidad le tenía miedo. La similitud de su naturaleza. Un espejo voraz, más claro que el agua.

    Y René era lo que ella deseaba para sí: un espejo en el cual reflejarse, aun distorsionado, como artilugio de feria. Sabiendo que él fue el involucrado que provocó las penas eternas de Mika. A su vez, un anti héroe que le dio su merecido a su hermano abusador. Qué cosas.
     

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