Fantasía La Saga de Freyja de Nidohueco: Él era un monstruo

Tema en 'Novelas' iniciado por Reual Nathan Onyrian, 15 Enero 2021.

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  1. Threadmarks: Parte I
     
    Reual Nathan Onyrian

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    Título:
    La Saga de Freyja de Nidohueco: Él era un monstruo
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Fantasía
    Total de capítulos:
    10
     
    Palabras:
    2002
    Parte I

    El inti yacía alto en el cielo, indicando que la mitad del día había llegado, haciendo huir a las sombras de aquel valle montañoso perdido en Veraccia. Y teniendo en cuenta que era pleno resplandor amarillo, esas horas del día eran realmente insoportables. Los pastores rehuían a las sombras de los escasos árboles que crecían en las suaves laderas, seguidos de sus rebaños de ovejas para disfrutar de una buena siesta, mientras que los labradores se sentaban bajo el resguardo de algún techo improvisado, a disfrutar de un merecido almuerzo y un refrescante odre de agua o una dulce damajuana. Los mineros eran los únicos que no se mostraban afectados, pues el mundo fuera de su mina se volvía completamente alienígena cuando comenzaban a trabajar, y hasta que su turno no terminaba, no desalojaban aquellos huecos en las montañas, saliendo al exterior como si de una extraña procesión se tratara.

    Veraccia no era un lugar amigable con nadie de baja cuna, y esa era la razón por la cual los únicos clientes que llenaban esa vieja posada a las afueras del pueblo de Ascoli se componían únicamente de viajeros, un par de guardias en su descanso, y vagos sin trabajo, que se bebían hasta la última moneda que obtenían en sus diarias búsquedas de limosnas.

    El vino corría de mano en mano, saciando gargantas y aumentando ánimos, en especial de los dos guardias, que se encontraban cantando a viva voz una vieja canción de batallón. Nunca habían visto combate más allá de sus entrenamientos, y lo más peligroso que habían manejado hasta ese momento habían sido una madre furibunda, peleando contra un viejo de nariz roja que acusaba a su hijo de haberle birlado una manzana de su puesto, y a algún que otro borracho que decidía dar un paseo por el pueblo sin ser supervisado.

    Veraccia tampoco era un lugar muy amigable para cualquier mujer que no estuviera en las altas esferas de la nobleza, o que no fuera una cortesana. En especial una mujer que proviniera del exterior. Y es por eso que varias miradas furtivas se dirigían hacia la ocupante de una mesa en un rincón, mientras se oían cuchicheos a lo bajo. El centro de atención de varias miradas simplemente chistó con la lengua, molesta por tener tanta cantidad de ojos encima suyo. Por eso odiaba venir a esta estúpida península, pero, sí su investigación no había fallado, lo que buscaba se encontraba en esta región.

    Apoyó unos pies terminados en garras, ocultas bajo las botas de cuero con grebas que llevaba. Un gambesón cubría su cuerpo, y podía adivinarse una cota de mallas debajo. Tenía ambos brazos colgando a los costados, el derecho cubierto en su totalidad por un guantelete, un guardabrazos y una hombrera. Su casco se hallaba sobre la mesa.

    El brazo que quedaba libre terminaba en una mano con dedos de uñas afiladas como garras, palmeando impaciente en una pata de la silla, esperando a que le trajeran su almuerzo. Una espada bastarda se encontraba colgando de su costado izquierdo, en su funda, y una daga estaba en el lado contrario. Alrededor de su cintura, se podía notar una tela vieja y algo rajada, atada como si fuera un cinturón. Parecía que tenía un diseño bordado en el mismo, aunque era difícil de discernir. Su cola, terminada en un mechón de pelo, se movía nerviosa de un lado al otro, ahuyentando a las moscas que tenían la osadía de interrumpir su descanso.

    Miró con ojos gatunos color miel a los dos guardias, que ya tenían la nariz roja de borrachera y la mirada perdida. Estos habían frenado su concierto improvisado, y la observaban por encima del hombro, recelosos. La elfa chistó con la lengua y dirigió su mirada hacia la cocina. Estaban tardando demasiado en traerle su maldito estofado.

    Pensó en levantarse a reclamar, pero eso suponía un esfuerzo extra que no estaba dispuesta a gastar, además de que seguramente les daría una excusa a esos guardias para montar una escena. Y lo último que quería era tener que hacerse cargo de dos idiotas borrachos. Gruñó incómoda. Odiaba resplandor amarillo. Odiaba el calor. Odiaba Veraccia y su humedad. Odiaba estar allí.

    Tal vez simplemente debería levantarse e irse, almorzar en otro lado. El pueblo estaba rodeado de viñedos y pequeñas granjas. Podía robar algo de comida de allí, sin que la vieran. Porque si un posadero, que debía ver varios viajeros al día y estar medianamente acostumbrado a los rostros nuevos, la trataba con esa indiferencia, no quería pensar lo que podrían llegar a hacerle campesinos supersticiosos y básicos.

    La puerta que daba al exterior se abrió de repente, en el preciso instante en el cual los guardias volvían a cantar. Miraron algo molestos a aquel que los interrumpa, pero se envararon segundos más tarde, al darse cuenta de quién era el que arribaba en ese momento al establecimiento. El posadero abrió grande los ojos, y rápidamente mandó a una de las mozas, que en ese momento se encontraba llevando el estofado frío para la elfa, a que lo atendiera. La chica dejó el plato sobre una mesa alejada por otras dos de la dueña del pedido, y fue rauda a tomar el sombrero del recién llegado. La cazadora simplemente escupió a un costado, mientras maldecía en élfico en voz baja. Que lugar de porquería.

    El hombre de la puerta que había causado tal revuelo despidió a la joven, con un gesto de la mano y una sonrisa encantadora, haciéndole saber que no tenía por qué preocuparse. Saludó a todos a viva voz, siempre sonriendo, mientras su mirada de ojos azules estudiaba el interior. Se posaron en el rostro algo circular lleno de cicatrices, el tabique de la nariz en forma de S, seguramente producto de un golpe que no fue tratado adecuadamente, y coronado con pequeños cuernos ramificados de la elfa del bosque.

    Acompañado por otro guardia, el hombre se dirigió hacia ella. Esta levantó una ceja al ver la comitiva que se acercaba hacia su mesa. Chistó con la lengua, frustrada, y observó el paisaje que podía verse por la ventana. Al parecer, este día no iba a terminar para nada tranquilo.

    Era obvio que el hombre tenía dinero y poder. En un principio, su piel era lechosa, cosa que lograba un fuerte contraste con los otros clientes de la posada, que lucían el típico bronceado del Mar Corazón. Portaba pantalones y una camisa de lino con mangas anchas y puños en puntilla. Tenía botas altas hasta las rodillas, y traía una levita ancha, que le llegaba hasta debajo de la cintura. Todo estaba compuesto de tonos oscuros y terrosos.

    Acarreaba una espada ropera en la cintura, aunque la arblur estaba más que segura de que se trataba de un adorno y no de un arma real. En caso contrario, el guardia serio que lo acompañaba hubiera estado de más.

    — ¿Freyja de Nidohueco, la Banshee de Plata?— preguntó, sin dejar su sonrisa, pero sin sentarse en la mesa.

    La aludida frunció el ceño, mientras chistaba con la lengua. ¿Cada vez que le hablaban iban a utilizar un apodo distinto? Al menos ese era reconocible, y sabía la razón por la cual la llamaban así. Eso no quitaba que le seguía molestando.

    — No está. Se fue a un lugar muy lejos, en dónde sí le sirven el almuerzo a tiempo y no hay nadie que la moleste durante su descanso.— escupió con sorna.

    El hombre soltó una carcajada, que a Freyja le sonó bastante artificial, y se alisó unos mechones negros de cabello que le caían sobre el rostro.

    — Tienes un buen sentido del humor, raggina. Eso lo puedo apreciar. ¿Qué te trae a Ascoli?

    — Depende, ¿quién pregunta?

    — Vaya, que desconfiada.— sonrió el veracciano.— Pero para responder a tu pregunta, el Sindaco, el alcalde. Mi hermano.

    — ¿Y debería sentirme impresionada, o… ?

    — Honrada, probablemente. Pero no viene al caso. Él tiene una propuesta de trabajo para ti.

    — ¿Para mí? ¿De qué se trata?— inquirió la cazadora, bajando los pies de la mesa y dejando de hamacarse en la silla.

    — Mi hermano no mencionó la naturaleza del encargo, lamentablemente.— respondió el hombre de ojos azules. La elfa pudo notar un poco de exasperación en su voz mientras decía eso.— Pero apenas se enteró de que estabas aquí, me mandó raudo a buscarte, raggina, así que debe ser importante.

    — ¿Se enteró de que yo estaba aquí? Llegué apenas hace un par de horas.

    — Las noticias viajan rápido en un pueblo pequeño como este. En especial en Veraccia.— dijo su interlocutor, sonriendo de manera enigmática.

    — ¿Y por qué te envía a vos y no viene él mismo? ¿Sos su secretario?— comentó burlonamente Freyja.

    — Lo soy, de hecho.— respondió el otro. Parecía contento con su puesto, por su expresión.

    La elfa se lo quedó observando durante unos minutos, para luego mirar por la ventana, sopesando sus opciones. Hacía ya ocho meses que había salido en su viaje, y hacía un mes que no se ocupaba de ningún trabajo serio. Su bolsillo estaba bastante ligero, y a pesar de que en Veraccia había un pueblo cada cincuenta kilómetros aproximádamente, esta había sido la única posada en la cual no le habían prohibido la entrada. Quién sabía por cuánto tiempo iba a pasar sin un techo. Y sin dinero.

    — El Sindaco no me dijo cuál era la naturaleza del encargo, pero sí me mencionó la paga.— añadió el secretario, sonriendo.— Sabrás disculparme la finura de no decirlo en voz alta en un establecimiento como este, pero puedo asegurarle de que es bastante generosa. Lo suficiente como para vivir al menos tres semanas de viaje sin tener que realizar ningún otro trabajo.

    Tamborileó los dedos sobre la mesa. A decir verdad, casi no tenía opciones. Y debía continuar adelante. Este pueblo no era más que una simple parada en el camino, y si lograba sacar un buen provecho de su estancia en el mismo, mejor aún. Contempló más allá del hombre y su escolta, que no había dejado de mirarla severo, una mano sobre el mango de su martillo, listo para reaccionar ante cualquier acción sospechosa de ella. Sus ojos gatunos se fijaron en el bowl de guiso frío, a varias mesas de distancia. Chistó con la lengua. Bueno, si le hacía este favor al tal alcalde, le iba exigir que al menos le dieran un almuerzo y cena caliente.

    — Muy bien, acepto la propuesta entonces.— dijo, hurgándose una oreja puntiaguda con una garra.

    — ¡Excelente! Le avisaré entonces a mi hermano...

    — Estate quieto ahí. Yo misma iré a hablarle. Me gusta comunicarme con mi empleador directamente.

    — ¡Oh!— el veracciano parecía genuinamente sorprendido. Se ve que no esperaba ese tipo de propuesta.— No sé si sería la mejor opción, siéndole sincero. Mi hermano puede que esté muy ocupado.

    — Escuchame bien, romuleeano. O yo hablo directamente con tu bendito hermano, o bien él puede besarme el culo, y vos podés decirle que no lograste que yo aceptara su misterioso encargo. Vos decidís.

    La sonrisa en el rostro del veracciano se ensanchó.

    — Muy bien, entonces ven conmigo, raggina. Te guiaremos hacia la casa del Sindaco sin ninguna demora.

    Le extendió la mano, en un obvio gesto para ayudarla a incorporarse. Freyja lo miró con perplejidad, levantando una ceja, como si la hubieran insultado, y le quitó la mano de un manotazo. El guardia detrás se envaró por unos segundos, pero a un gesto del secretario, que no había perdido la sonrisa, volvió a una posición más relajada.

    La elfa se levantó de la mesa, se acomodó su escudo, que tenía un par de púas que sobresalían hacia delante, y un compartimiento en el cual podía entrar una linterna. Parecía venir con un guantelete adosado también. El secretario, con un brillo en los ojos, la vio alejarse y salir de la posada, con una enorme mochila de viaje y todo el resto de su equipamiento encima. De verdad que era una mujer interesante.
     
    Última edición: 5 Febrero 2021
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  2. Threadmarks: Parte II
     
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    La Saga de Freyja de Nidohueco: Él era un monstruo
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    Parte II

    El carruaje transitaba por los pedregosos caminos del pueblo, tirado por un fino ejemplar de haflinger, con una sedosa crin blanca y un pelaje rubio. Freyja estaba segura de que esa raza de caballos no estaba hecha para ser utilizada como animal de tiro, a pesar de que el potro se veía bastante musculoso. Chistó con la lengua, mientras observaba por la pequeña ventana del carruaje como el escenario transcurría y pasaba a su lado. La posada estaba algo alejada del asentamiento, en cambio acercándose más a los campos y lugares de pastoreo. La casa del alcalde estaba todavía más lejos, en la punta contraria. Si bien la suntuosidad del vehículo incomodaba a la elfa en cierta manera, no iba a quejarse de no tener que caminar bajo el inti ardiente de Veraccia en pleno mediodía.

    Acomodó unos mechones rebeldes de su cabello castaño, que se habían escapado de su trenza, ubicando esta sobre el hombro izquierdo, para que su cuello pudiera recibir aunque sea un poco del mínimo viento que entraba por las aberturas. Un tatuaje lo adornaba, cuya tinta negra denotaba la figura de una campanilla.

    No solo se encontraba incómoda por el carruaje, si no también por los dos ojos azules que la observaban con intensidad. Había debatido si ponerse o no el casco, pero iba a ser algo incómodo con ese calor. La viveza de esos ojos claros en cierta manera le recordaban a alguien. Pero no de una manera agradable. Era más como si estuviera viendo una parodia, una burla de esa otra persona.

    — ¿Qué acaso ningún elfo pasó nunca por este pueblo perdido entre las montañas, que te parezco tan interesante?— espetó de improviso, mirando a su acompañante de manera amenazante, mostrando los colmillos.

    El veracciano puso ambas manos a la altura de su cabeza, con una sonrisa encantadora.

    — Lo siento, fue muy maleducado de mi parte. Ocurre que eres muy interesante, Freyja de Nidohueco.

    — Tan solo… Freyja.— lo interrumpió, levantando una mano.

    — Está bien, Freyja será entonces. Como decía, me resultas fascinante. Aunque no podría poner mi dedo bien en qué. Y no es porque seas una elfa. Y también estoy seguro que no es por tu sexo. Pero bueno, obviamente eso te incomoda. Así que podemos conversar de otros temas, si gustas.

    — Creeme, no me gustaría.— contestó de manera seca.

    — Que te rodees de un aura tan arisca tan solo hace que mi curiosidad crezca, raggina.— repuso el hombre, con una sonrisa.

    Freyja simplemente lo miró por el rabillo del ojo y lo ignoró, contemplando el pequeño pueblo al pasar. Parecía un lugar tranquilo, al menos durante la hora de la siesta. Probablemente por la tarde, los críos saldrían a jugar, mientras los hombres volvían del trabajo. Las mujeres aprovecharían ese momento para conversar entre ellas, si no estaban demasiado ocupadas con las tareas del hogar.

    Las casas que componían el grueso de la villa seguramente eran de artesanos y comerciantes, ya que los campesinos solían vivir en las afueras, en los campos que trabajaban. Sus ojos se trasladaron hacia las montañas que rodeaban Ascoli. Veraccia era una tierra principalmente montañosa, excepto al sur, en el cual las elevaciones daban lugar a planas llanuras fértiles, en donde la península se unía al continente. ¿Lo que buscaba se encontraría allí, oculto entre las montañas? ¿O puede que ya se hubiera ido, y estuviera más allá de Veraccia, más allá de Trosca y el Sacro Imperio? Tal vez toda su búsqueda fuera en vano. Suspiró sin darse cuenta. Habían pasado cerca de tres años. ¿De verdad que valía la pena todo esto?

    El secretario intentó varias veces establecer una conversación entre ambos, pero de su acompañante no obtenía más que gruñidos o monosílabos. Tocó todos los temas básicos de una conversación casual. Había que al menos concederle que no se rendía. Y siempre con ese tono afable y esa sonrisa encantadora. Cada tanto, si veía a algún pueblerino en la calle, lo saludaba a través de la ventana. Y estos le devolvían el gesto entusiasmados. Freyja simplemente chistó con la lengua, algo hastiada. Ese tipo de personas siempre terminaban drenándola.

    El carruaje al fin se alejó de la calle principal del pueblo y se desvió por lo que parecía una suave ladera. Comenzaron a atravesar un camino resguardado a ambos lados por estructuras de hierro forjado, bellamente decoradas, en donde crecían enredaderas de un vibrante color verde. Inmensas lavandas yacían también a los costados, aromatizando todo con un olor tan fuerte que terminó dañando ligeramente la nariz sensible de la elfa.

    — La lavanda fue mi idea.— indicó, orgulloso, el secretario.

    Otra vez, Freyja lo ignoró. Por fuera del muro de flores, se podían notar varias vides, brillando verdes bajo el sol. Parecía que estaban entrando en una finca. Los labradores y peones de campo que atravesaban el camino que el carruaje recorría se animaban cuando este pasaba, y sonreían alegres cuando el hombre del vehículo los saludaba. La elfa levantó una ceja. “Parece que le cae bien a todo el pueblo”, pensó, pero no dijo nada.

    Cuando miraban hacia su ventana, en cambio, las personas la observaban con extrañeza y de manera furtiva. Hasta podía escuchar sus cuchicheos. Se preguntaba si lo que más les sorprendía era ver una arblur, que estuviera en el carruaje del gobernador, o ambas. Simplemente les dedicó una sonrisa de colmillos afilados, con la cabeza apoyada en una mano, mientras el carrero se tomaba una eternidad en subir por el camino hasta la finca del Sindaco. Por las miradas curiosas que le dedicaba el secretario cada tanto, estaba segura de que lo hacía a propósito, para que pudiera admirar la belleza y diseño del jardín. No iba a negar que el parque no estuviera bellamente decorado y bien cuidado y arreglado, pero no estaba de humor para disfrutar de cosas tan banales como un pasillo de lavandas.

    Al fin, el conductor detuvo al caballo con una orden y un tirón de las riendas.

    — Bueno, hemos llegado.— anunció el veracciano, acomodándose otro mechón de cabello tras la oreja, con una sonrisa.

    Las puertas de ambos lados se abrieron, flanqueadas por sendos guardias. Uno de ellos ayudó al secretario a bajar, y Freyja pudo confirmar sus sospechas. Tenía una herida vieja en una pierna, o tal vez en la cadera, lo que le producía una leve cojera, y le dificultaba un poco el movimiento. Lo había notado cuando había subido al carruaje, pero no le había dado mucha importancia. Nadie hizo el ademán de ayudarla a bajar.

    Un puñado de sirvientes, todos humanos, se había acercado, y estaba descargando todo el equipamiento de la elfa del carruaje. Esta los miró severa, pero no dijo nada. No iba a ponerse a reprender o a retar a un grupo de siervos. Mientras no rompieran o extraviaran nada de lo que tenía, no habría problema.

    Con un gesto de la mano y una sonrisa, su acompañante le indico que avanzara, para luego ubicarse a su lado y caminar junto a ella, las manos en la espalda. La de Freyja se mantenía siempre sobre el pomo de su espada. El secretario se entretuvo charlando, o más bien monologando, pues la elfa no le prestó ni un cuerno de atención. En cambio, decidió estudiar la edificación a la cual se acercaban.

    La finca no era muy opulenta, es más, parecía bastante austera. Aunque si se la comparaba con el resto del pueblo, podría parecer una mansión. Debía tener al menos tres pisos, si las cuatro filas de largas ventanas que adornaban la pared del frente podían servir de prueba. Para entrar, había que atravesar una reja de hierro forjado, al mismo estilo que las decoraciones que bordeaban el camino. Luego se accedía a un jardín interior, sumamente cuidado, con varios setos cortados de manera tan meticulosa que no se podía notar ni una hoja fuera de lugar. Había varios árboles también, en fila, podados con el mismo cuidado que los setos. Una fuente en el medio del camino, hecha de mármol seguramente extraído de las montañas, hacía brotar agua cristalina en un bello patrón, refrescando de manera leve a los que pasaban junto a ella. La elfa se quedó al lado de la misma, mientras hacía visera con una mano e inclinaba la cabeza hacia atrás, intentando dimensionar toda la casa.

    Estaba techada con tejas rojas, y todas sus paredes eran de ladrillo amarillo. La entrada, unas enormes puertas dobles de madera tallada, estaba cubierta con más tejas, creando un pabellón al aire libre. Todas las ventanas se encontraban protegidas con rejas. Varias macetas se hallaban colgadas de las paredes o de las columnas que sostenían el pabellón.

    A pesar de su aspecto cuidado, cuando uno se acercaba, podía notar manchas de humedad en la unión del techo con las paredes, así como también debajo de las macetas. Y como no, las omnipresentes lavandas también se encontraban allí, en un enorme matorral cerca de la entrada. El aroma de las flores, mezclado con el pesado calor, se volvía tan intenso que terminó dándole migraña. Miró hacia los pisos más altos, y le dio la sensación de que alguien la observaba desde las ventanas superiores, pero con el vidrio grueso y el reflejo del sol era difícil saber.

    Su acompañante subió los escalones que separaban el suelo del pabellón de la entrada, y apretó un botón que se encontraba al lado de las puertas. El sonido de una campanilla pudo escucharse en el interior, y una de las hojas de madera se abrió con parsimonia. Un rostro estirado se asomó por la misma, con pesadas ojeras bajo sus irises color café y un pequeño bigote bajo una nariz ganchuda. El hombre no le dedicó a Freyja más que una mirada, para luego dirigirse hacia el hermano del gobernador.

    — ¿Ella es la cazadora de monstruos que el gobernador mandó a llamar, Signore?— preguntó, arrastrando las palabras.

    — Así es, Basilius. Freyja de Nidohueco, la famosa Banshee de Plata. Quiso venir a hablar ella misma con nuestro querido Sindaco. Te advierto que tiene un fuerte carácter.— dijo, guiñándole un ojo al hereo que estaba al otro lado.

    — Un pedido extraño. Pero supongo que era predecible. Pase, su hermano lo está esperando arriba, Signore.

    El mayordomo abrió ambas puertas y se hizo a un lado, dejándolos entrar. Al pasar a su lado, Freyja levantó el mentón, de manera desafiante, gesto que provocó que una ceja en el estirado rostro del humano se levantara. Se sentía mucho más baja de lo que era a su lado. El hombre era bastante alto. Y flaco, para ser un hereo.

    — Puedo brindarte un recorrido por la casa, Freyja, si así lo deseas.— sugirió el veracciano, con voz amable.

    — Lo único que deseo en estos momentos es reunirme con tu hermano, almorzar algo caliente, y terminar con este asunto de una vez por todas.

    — Cómo gustes. Si me concedes el honor de guiarte, entonces.— dijo, con una leve reverencia de cabeza y una sonrisa.

    La elfa chistó con la lengua, ignorando el gesto, y se dispuso a seguirlo. No le prestó atención a nada del interior, ni a los finos adornos, ni a los encerados pisos de mármol, ni a las paredes con frescos. Tampoco gastó ni un gramo de su consideración en los sirvientes que se movían para darles paso, ni como el secretario del gobernador los saludaba de manera afable, y menos todavía a los cuchicheos y miradas furtivas ante ella. Por los Mahla, ¿qué acaso nunca habían visto a una fémina de la raza élfica? Tal vez era su aspecto. No tenía el rostro más amigable, la verdad, y estar con armadura dentro de una finca alejada no debía evocar las mejores intenciones. Se encogió de hombros. No era sinceramente su problema.

    Subieron por unas escaleras de mármol, que se encontraban algo gastadas, con barandas de hierro forjado. Las agarraderas de la misma estaban hechas de madera barnizada. La elfa notó la falta de cuadros a medida que ascendían. Solía ser el procedimiento habitual de la gente rica y noble. Poner un montón de cuadros y pinturas en donde estaban ellos, sus ancestros, sus familiares, y cosas así. Servía para reforzar el ego, y para que cualquiera que subiera, pudiera ver la majestuosidad de toda la familia. Algunos incluso ponían un orden, o colgaban su retrato al final y al principio, para que siempre sea lo primero y lo último que vieras, y también para demostrar que ellos estaban por encima de todos sus otros familiares. Por eso era extraño que no hubiera absolutamente nada en la pared que la escalera recorría. Ni una ventana.

    Llegaron al segundo piso y su acompañante dejó la escalera para tomar un pasillo. Durante todo el trayecto, no había parado de explicarle el diseño y distribución de las habitaciones y los pisos, lo que había en ellas, presentaba a cada sirviente, y otras nimiedades que el cerebro de la cazadora omitió de manera instintiva.

    Por los Mahla, cuánta confianza tenía en ella este sujeto. Tranquilamente podría planear un asesinato o un robo, con toda la información que le estaba dando. ¿Sería víctima del clásico sentimiento de seguridad que brindan los pueblos aislados? ¿O confiaba plenamente en su carisma natural para caerle bien a todo el mundo y que no pensaran en realizarle ningún tipo de daño? ¿Estaba demasiado embriagado de nobleza y poder, que se veía a sí mismo como invulnerable?

    Mantuvo esos pensamientos dando vueltas por su cabeza, principalmente para que su cerebro siguiera funcionando y no decidiera irse a dormir allí mismo. Todo este trayecto la aburría sobremanera. No pudo evitar un bostezo, aunque tampoco intentó disimularlo. Por suerte, parecía que su acompañante no se había percatado.

    Habían llegado a un par de puertas de caoba, bellamente labradas con motivos barrocos y decoradas con sendos picaportes dorados. El hombre se encontraba explicando la historia de cómo habían sido capaces de conseguir tal obra de arte en una subasta. Freyja miraba por la ventana que brindaba luz al pasillo, preguntándose si el vidrio sería demasiado grueso para intentar atravesarlo y caer al patio todavía consciente. Podía ser una buena manera para salir huyendo de allí. Sentía que si pasaba un minuto más escuchando hablar a ese sujeto, todas sus neuronas cometerían suicidio una atrás de otra. Incluso lo miró con algo de pena. Estaba segura de que para cualquier otra persona que no fuera ella, lo que decía era sumamente interesante. Lamentablemente, le había tocado como oyente una elfa apática que lo único que quería era almorzar, pasar la siesta a la sombra, y salir lo antes posible de ese pueblo. Si tan solo tuviera más dinero… Y también si supiera a donde ir después.

    — ¿Freyja? ¿Te encuentras con nosotros?— la voz del veracciano la sacó de su ensimismamiento.— Te espaciaste por unos momentos.

    — Sí, el calor.— dijo por toda explicación, quitándole importancia con una mano.

    El secretario la miró con curiosidad con sus penetrantes ojos azules, pero luego se encogió de hombros y sonrió.

    — La Sonrisa de Bonron está especialmente radiante este día, la verdad. Si gustas, puedes pedirle a mi hermano que te permita utilizar los baños de la finca, para refrescarte. Eso sí, son baños comunales. Si no te sientes cómoda, estoy seguro de que mi esposa no tendrá problema en que uses nuestro baño privado, que está en nuestra casa.— ofreció, con un tono amable.

    — Ahorrate el aliento. Solo quiero terminar con esto lo antes posible. Cuanto antes salga de Veraccia y más hacia el sur me interne, mejor.

    Frunció la nariz ante la sonrisa de complacencia que le dedicaba el hombre. Este volvió a encogerse de hombros y abrió las pesadas puertas. Freyja le bufó a los guardias que estaban apostados a ambos lados de la entrada, que la miraban con ojos desaprobatorios, y se internó en la habitación.

    Se encontró en un cuarto tapizado, con el estilo que suponía estaba de moda en Sofía Magna, la capital de Veraccia. Colores violeta, dorado y rojo se mezclaban en distintas escenas que representaban el día a día completamente extenuante de un noble. Es decir, salir de caza, descansar bajo la sombra de sus jardines, contemplar la vida pasar con la tranquilidad de alguien que tiene esta solucionada, disfrutar de banquetes y otros placeres hedonísticos en los cuales gente de esa calaña solía incursionar, en especial en lugares como Veraccia. La elfa resopló ante el despliegue. Nunca iba a entender esa manía de la clase alta de romantizar su propio estilo de vida. Sabía por experiencia personal que esta solía ser muy diferente a lo que esas imágenes mostraban.

    El lugar estaba amoblado como si de un estudio se tratase. Un par de altas bibliotecas cubrían dos paredes cercanas a un escritorio, que tenía un enorme ventanal detrás, seguramente para brindar luz. Había un juego de sillones forrados en terciopelo rojo y bordados en hilo de oro un poco más alejados, cercanos a una estantería con puertas de vidrio, y a un anaquel de vinos. Entre el escritorio y los sillones, se hallaba un hogar, que en estos momentos estaba apagado. Los restos de lo que anteriormente había sido un gran fuego yacían en el mismo. Sobre el hogar, la única parte del cuarto hecha de piedra, se encontraba la cabeza de un puma, exhibida como trofeo. Estaba con las mandíbulas abiertas, en una feroz expresión. Sin embargo, los ojos de vidrio que tenía en reemplazo de los originales se habían movido ligeramente, y le daban una expresión algo tonta.

    Lo que más le llamó la atención fue el hombre que se hallaba parado frente a la chimenea, dándoles la espalda. Se encontraba mirando fijamente al trofeo, y hasta parecía estar absorto en él, ya que no les prestó atención cuando entraron. A pesar del calor, parecía vestir un pesado sobretodo. La única otra parte de su atuendo que podían notarse eran sus pantalones color caqui, holgados a la usanza veracciana, y las botas de cuero negro. Su cabello rubio pajizo, de aspecto débil y que contrastaba con el oscuro de su hermano, estaba cediendo lentamente a la calvicie, como podía atestiguar la bocha lustrada de su coronilla. Tenía las manos entrelazadas tras su espalda.

    El secretario le dedicó a la cazadora una mirada de circunstancias y carraspeó, intentando llamar la atención del Sindaco. Como no obtuvo respuesta, suspiró con aire derrotado, y abrió la boca.

    — Gracias por traerla, hermano. Pero ahora necesito que nos dejes a solas.— lo interrumpió una voz baja y serena, casi neutra, que provenía del hombre frente a la chimenea.

    El aludido lo miró algo sorprendido, pero luego se encogió de hombros, sonriendo. Hizo una reverencia, despidiéndose de ambos, y cerró la puerta tras de sí.

    Freyja pudo notar que, bajo la cabeza embalsamada del puma, se encontraba un rifle con acción de palanca. Levantó una ceja. Las armas de fuego se habían vuelto bastante populares desde hacía una década, más o menos, cuando una catástrofe en el Mar de los Monstruos obligó a cientos de dhampiri de Wilester a buscar refugio en el continente. El influjo de inmigrantes también trajo nuevas sorpresas. Los rifles y revólveres fueron una de esas. Sin embargo, eran extremadamente caros, la pólvora escaseaba, y su manufactura era casi artesanal. Tener un arma de fuego era sinónimo de poder. Y la elfa se preguntaba cómo una había llegado a parar en las manos del gobernador de un pueblo perdido en las montañas. Se encogió de hombros. No venía al caso.

    La voz neutra del Sindaco la sacó de sus pensamientos.

    — Toma asiento, por favor, Freyja de Nidohueco.— dijo, señalando una de las sillas que se hallaban frente a su escritorio con una mano. En ningún momento dejó de darle la espalda.

    La aludida gruñó. ¿Es que acaso todos iban a llamarla por su nombre completo? Bueno, no era exactamente su nombre completo, pero valía como tal. Decidida a acabar con esto lo más rápido posible, tomó asiento, en donde le indicaban.

    — Bueno, dejemos las presentaciones y demás para después. ¿Qué querés que mate?— espetó, cruzándose de brazos, y cruzando las piernas. Vaya, estos asientos sí que eran cómodos.

    El gobernador no respondió de inmediato. Parecía estar debatiéndose con lo que iba a decir, pues después de una larga inspiración y exhalación, que sólo exacerbó todavía más a la elfa, dio su respuesta.

    — Quiero que mates a mi hermano.
     
    Última edición: 5 Febrero 2021
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    AAAAAAA LO SABÍA SDBHSMS. Los últimos párrafos me estaban dando todas las vibes de que iba a pedirle algo así pero omgggg, la intensidad.

    Dios, a ver, a ver por dónde empiezo. Ya te había comentado mis impresiones del primer capítulo por wa así que paso al segundo. Me da mucha risa que a Freyja siempre le toquen encargos con tipos de lo más animados, cuando parece que le drenan la vida. Y encima este no se calla ni debajo del agua, memeo, al menos Null tenía un poco de consideración. Te prometo que fangirleé cuando dijo que sus ojos le recordaban a alguien AAAAA, la ship I just cant.

    La verdad es que el recorrido que hicieron con el carruaje se veía precioso, encima con flores de lavanda que me encantan y toda la gente saludándoles por el camino... Claro que del lado de Freyja pues no era tan hermoso. Me da risa la imagen que tiene que dar, con esas pintas de que te puede soltar una hostia bien grande en cualquier momento, sobre todo yendo armada en un pueblito perdido. Las vibes que te dije de que el secretario era demasiado bueno para ser verdad regresaron con cada diálogo y sonrisa y ya pensaba estar delirando PERO BAM. El hermano le pide eso y alv. Tiene que ser like, jodido pedirle a alguien que se encargue de tu propia muerte sin saberlo che (??) Pero mi teoría es que si de verdad él es el monstruo, lo sabe de sobra. Y si no lo es, lo es el alcalde.

    No sé, me divirtió el recorrido del capítulo pero tremendo cliffhanger con ese final bro, no me podés dejar así una semana sab...

    ...Hoy es viernes. Retiro lo dicho :DD

    *c sienta a esperar el siguiente*
     
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  4. Threadmarks: Parte III
     
    Reual Nathan Onyrian

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    La Saga de Freyja de Nidohueco: Él era un monstruo
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    Parte III

    Freyja lo miró con una expresión neutra, para luego suspirar. Utilizó el apoyabrazos para izarse, y comenzó a dirigirse hacia la puerta, mientras soltaba un seco “no”.

    — ¿Por qué no? Seguramente ya te comentaron de que planeo compensarte de manera generosa.— inquirió el gobernador, sin mirarla.

    — Porque no. Soy una cazadora de monstruos, no una mercenaria ni una asesina. ¿Hay una mantícora dando vueltas por la zona? ¿Un grifo se encuentra predando a sus rebaños? Maldición, incluso si su problema son ratas, soy tu elfa ideal. Pero no mato personas. Solo monstruos.— explicó, molesta, también dándole al espalda.

    — Entonces no va a haber problema.— comentó el veracciano, más tranquilo.

    — Mi negativa se mantiene.

    — ¿Incluso después de saber que mi hermano es un monstruo?

    La mano de la cazadora se detuvo justo cuando iba a agarrar el pomo de la puerta. Se dio media vuelta, lentamente.

    — ¿A qué te referís con eso?— preguntó, de manera cautelosa.

    — No sé a qué otra cosa podría referirme, raggina. Tal como te dije, mi hermano no es mi hermano. Es un monstruo.

    — Oye, si lo que querés decirme es que tu hermano actúa como un monstruo, lo siento, pero mi respuesta sigue siendo no. Y sinceramente, no es algo que me compete…

    — Mi hermano no es un monstruo por su forma de actuar. Y esa… cosa, allí afuera, no es mi hermano.— el tono de voz del hombre se había ido endureciendo a medida que hablaba, y el agarre que tenía en sus propias manos se atenazaba.— Mi hermano tenía una casa con un espino, y una planta de lavandas. Mi hermano tenía una esposa regordeta, con ojos de estrellas. Mi hermano tenía un chaleco fino, del color del musgo; y una forma de ser que hacía que la gente fuera atraída a él de manera natural.

    Hizo una pausa, intentando calmar su respiración. Estaba temblando. Freyja se había quedado parada en donde estaba, a una distancia de un brazo de la puerta. No olvidaba que todavía el rifle seguía colgado en la chimenea, al alcance de aquel hombre que parecía loco. No entendía mucho de armas de fuego, pero si había algo que sabía, era lo letales que podían ser.

    — Esa… cosa, ese monstruo, tiene todo eso. Y el rostro de mi hermano. Su apuesto rostro. Pero ese monstruo no es mi hermano. Porque hace un mes… — la voz parecía habérsele quebrado en ese momento, como si estuviera debatiéndose sobre si decir lo siguiente o no.— Hace un mes, mi hermano murió.

    La arblur pestañeó un par de veces, confundida. Alejó la mano del pomo de la puerta, pero se mantuvo al lado.

    — ¿Qué?

    — ¿Por qué tengo que repetirme? Mi hermano está muerto, ¿capi? Y ese monstruo no es mi hermano. Por eso quiero que lo mates. Porque no puedo dejar que siga usando el rostro de mi hermano como si fuera un simple disfraz para una fiesta.

    Por la cabeza de la elfa transcurrían cientos de pensamientos diferentes. Porque esa acusación era una sentencia bastante grave. Si lo que decía aquel hombre que parecía rayar la insania era cierto, podían encontrarse ante un grave problema. Las implicancias que eso tenía eran enormes.

    Desde que el hermano del gobernador fuera un resucitado, un Condenado que volvía a la vida para vengarse de aquellos que lo mataron, a que en realidad se tratara de un doppelganger, un cambiaformas que tomaba el cuerpo de personas y las suplantaba, usualmente para fines malévolos y egoístas. Y tanto esas opciones, como todas las del medio, eran sumamente peligrosas. Meneó la cabeza. Necesitaba más información.

    — ¿Cómo… cómo estás tan seguro de que tu hermano está muerto? ¿Lo viste morir? ¿Viste que enterraron su cuerpo? Necesito saber más.

    El Sindaco volvió a realizar otra de sus pasmosas inspiraciones y exhalaciones, antes de contestar.

    — Sugiero que vuelvas a sentarte. No es una historia larga, pero puede que necesites rumiarla por unos momentos.

    Cautelosamente, la elfa hizo lo que le pedían, pero en uno de los sillones, no en las sillas frente al escritorio. El gobernador, esta vez, se dirigió hacia la ventana. En ningún momento se volteó a verla. Si no tuviera tan buena audición, Freyja hubiera tenido que esforzarse en escuchar lo que el hombre decía, por lo bajo del tono de su voz.

    — Durante varias semanas, nuestra pequeña villa fue plagada por una extraña fiera. Atacaba nuestros rebaños, destrozaba cercas, y mataba a labradores y mineros que iban hacia las colinas. Venía de ellas (la mayoría de las cosas extrañas proceden de allí). Mi hermano perdió tres ovejas una noche. Yo no perdí nada. No tenía animales. Varios se habían ofrecido a cazar a la bestia, pero todos fallaron. Nunca pudieron encontrarla.

    Hizo otra pausa. La cazadora recargó un codo en el apoyabrazos, y sostuvo su cabeza con un puño.

    — Yo me ofrecí a cazarla. Teníamos dos rifles, mi hermano y yo. Nos los había dejado nuestro padre, antes de morir. Todos se rieron de mí. Pero luego mi hermano dijo: ‘lo cazaremos juntos.’— Freyja arrugó un poco el ceño al escuchar eso. Parecía como si, en el tono de voz, el hombre hubiera mezclado la burla con la añoranza.— Las colinas… hacía calor. Había silencio. Mucha luz. Pasamos al lado de un árbol, cuyas hojas parecían manos de mujer. Un arroyo que sonaba a perros gruñendo. Y un hondo pozo negro, que olía a lavanda. Y luego, encontramos a la bestia.

    Pausa.

    — Me escondí.

    Otra pausa. Freyja ya estaba tamborileando sobre su rodilla con los dedos de su mano derecha.

    — Cuando salí de mi escondite, no encontré a mi hermano. Solo a la bestia. Esta lo había matado. Seguía allí, espuma cayendo de su boca. Su rostro todo rojo. Sus ojos estaban llenos de odio. Apunté con mi arma y le disparé. Y la bestia murió. Vengué a mi hermano. De él, solo encontré un trozo de su chaleco, bañado en sangre.

    Inspiración. Exhalación.

    — Volví al pueblo, y les comenté lo ocurrido. Me ayudaron a traer a la bestia, y le cortamos la cabeza. La gente me celebró, por haber matado a la bestia, y me consoló y animó, por haber vengado a mi hermano. Y me nombraron Sindaco del pueblo. El Sindaco anterior había muerto hacía un tiempo, y el puesto estaba vacante. Y yo ese día dormí, sin soñar.

    Freyja había dejado de tamborilear. Su estómago rugía.

    — Siete días más tarde, mi hermano volvió. Vino de las colinas (la mayoría de las cosas extrañas proceden de allí). La alegría en todos sus rostros. Y en el mío. Mi hermano no estaba muerto, al final. ‘¡No puedo creer que me perdí! ¡Gracias a los Mahla por mi hermano! ¡Gracias a los Mahla que mató a ese demonio!’, fueron sus palabras.- la arblur notó que había vuelto a usar ese tono entre burlón y melancólico.

    La elfa pestañeó, perpleja. La historia se había puesto interesante.

    — Ya no puedo dormir. Tengo sueños. Y ya varias noches me he levantado. Y he visto a mi hermano. Cavando.

    Se instauró el silencio en la habitación. La Sonrisa de Bonron bañaba la habitación con su resplandeciente luz amarilla, pero incluso de esa manera, el lugar se sentía frío. La cazadora tragó saliva. Justo cuando todo parecía volverse interesante. Sin embargo, no sabía si lo que la había perturbado ligeramente había sido la historia, el tono de voz del gobernador, o que nunca volteara a verla mientras la contaba.

    — ¿Y nadie se cuestionó que había vuelto sin más? Si les habías dicho que estaba muerto.

    — No, nadie lo hizo. Y yo tampoco lo hice. Porque todos estábamos felices. Felices porque había vuelto. Pero luego lo noté. Fui el único en darme cuenta.

    Pausa.

    — Que su chaleco del color del musgo no se encontraba roto.

    Rumió esa respuesta durante uno segundos, para luego preguntar:

    — ¿Y estás seguro de que no es tu hermano, en verdad? Vos mismo lo dijiste, no viste a tu hermano morir. Solo al puma, que supongo que es el que tienes colgado en la chimenea, sobre el rifle. ¿No podría ser que de verdad se perdió, y volvió en cuanto encontró el camino?

    — ¡No!— explotó de manera sorpresiva el gobernador.— Mi hermano y yo nacimos y pasamos toda nuestra vida en Ascoli. Nadie de Ascoli se pierde en estas colinas, en especial mi hermano. ¿Y no escuchaste? Su chaleco no estaba rasgado. Estaba intacto. Todo en él estaba intacto. No, yo lo sé. Mi hermano está muerto. Y ese monstruo, ese monstruo tomó su lugar.

    Freyja se restregó el rostro con una mano. No sabía que tomar de todo esto. Por un lado, parecía que simplemente este hombre no estaba en sus cabales, y tan solo se hubiera confundido sobre la muerte de su hermano. O que todo lo que decía era verdad, y el hombre que la había recibido era un monstruo. También podía ocurrir que ambas cosas eran ciertas, o ninguna. Como fuera, con el estómago vacío y el calor que hacía, no iba a poder pensar. Sin embargo, su instinto le decía que había algo oculto detrás de todo esto. Y que eso era potencialmente muy, muy peligroso.

    Suspiró, y se levantó de la silla, tronándose la espalda cuando estuvo incorporada.

    — Muy bien, acepto. Aunque parcialmente. Todo este asunto me da muy mala espina, y prefiero tener mis reservas. En cuanto tenga más información, tomaré mi decisión final.

    El gobernador no la miró. Simplemente asintió, mientras miraba por la ventana. La elfa chistó la lengua, dándose media vuelta, para irse.

    — En el escritorio hay un cofrecito. Esta es la llave.— dijo de pronto el Sindaco, poniendo dicha llave sobre la madera.— Lo que hay allí dentro es tuyo. Un pago por adelantado, por haber aceptado.

    La aludida lo miró con algo de desconfianza, pero luego se encogió de hombros. Todavía no había dado su confirmación, aunque no iba a decir que no a un pago. Se acercó, tomó la llave y abrió la cajita. Sus ojos se abrieron como platos.

    Dentro, apoyadas sobre unas entrañas de terciopelo, se hallaban al menos cuatro docenas de monedas de oro. No tenía idea de cómo se llamaban en Veraccia, pero eran jodidas monedas de oro. Podía contar con una mano la cantidad de veces que había sostenido monedas de oro entre sus dedos. Y para colmo, eran más que un simple puñado. No pudo evitar soltar un silbido de admiración.

    — ¿Me puedo llevar el cofre?

    El humano hizo un simple movimiento con la mano, lo suficientemente vago como para dejar que la arblur lo entendiera de la manera que quisiera. Así que sin más preámbulos, lo puso bajo el hombro y salió de la habitación. Echó una última mirada detrás, viendo al gobernador sobre su hombro. Chasqueó la lengua y salió de allí.

    Cuando llegó al patio frontal de la mansión, se quedó al lado de la fuente, dejando que las aguas la refrescaran un poco. Necesitaba pensar. Jugueteó con su trenza mientras tanto. Había adquirido ese gesto desde que había decidido dejarse crecer el pelo. Hacía ya cinco años que llevaba ese peinado, pero todavía le parecía raro. Cuando uno vivía tanto tiempo como lo hacían los elfos, cada año se volvía más y más insignificante. Ella estaba cerca de los trescientos, y tan solo había vivido menos de un tercio de su vida, si todo salía sobre ruedas. Que conociéndola, nunca había sido así.

    Inspiró, mientras de manera inconsciente, acariciaba un pequeño prendedor que tenía en la oreja. Nunca le había gustado tener cosas allí, le molestaban y dificultaban la tarea de quitarse y ponerse el casco, además de que tenía las orejas bastante sensibles. Pero este era especial. Representaba una flor de la tarde, y la plata había sido transmutada para tener un suave color blanco. Se lo había regalado alguien, hacía varios años, en su cumpleaños. Había sido el único regalo de cumpleaños que había recibido en mucho tiempo.

    A pesar del calor, se cubrió con la capucha de su capa de viajes. Le protegía la cabeza del inti, y su rostro del resto del mundo. Un mundo en el cual se estaba debatiendo si quería seguir habitando o no. Siempre tuvo poco en su vida, y a pesar de eso, había perdido mucho. No quería tener que volver a afrontar eso nunca más.

    Quiso internarse en sus pensamientos, dejando que la fuente la refrescara, pero una voz se lo impidió. Freyja gruñó. Era la última persona con la cual quería encontrarse en estos momentos.

    — Bueno, al parecer la reunión ya terminó, y por el cofre que tienes a tu lado, aceptaste. ¿Cómo te fue, raggina? ¿Qué quería mi hermano?

    La elfa tiró la cabeza hacia atrás, dejando que la capucha se le resbalara, y abrió un solo ojo, estudiando con detenimiento al hermano del gobernador. Se daba cuenta que ni sabía su nombre, aunque la verdad, tampoco le importaba. Si lo que decía el tal Sindaco era cierto, la criatura que tenía al frente probablemente terminara muerta. No tenía mucho sentido ponerle un nombre.

    — Sinceramente, hermano del gobernador sin nombre, prefiero obviar toda esta socialización, e ir a almorzar. Mi estómago está muy quejumbroso últimamente.— contestó, con una sonrisa que era de todo menos amable, y se apeó del borde de la fuente.

    — Oh, cierto, no nos hemos presentado. Dónde están mis modales. Mi nombre es… — comenzó el veracciano, con una mano tras su espalda y otra sobre su pecho, haciendo la reverencia de rigor.

    — No me interesa.— lo interrumpió la cazadora, levantando una mano y pasando a su lado.

    El hombre la miró perplejo, a medida que se alejaba, pero luego sonrió.

    Bene, simplemente me parecía apropiado, ya que yo sé tu nombre. Lo siento si te ofendí de alguna manera. No hay muchos forasteros que pasen por Ascoli, así que ciertas costumbres se me pueden pasar.— comenzó a seguirla.— Déjame compensarte, raggina.

    — La verdad preferiría que me dejés en paz.

    Compiccere, insisto. Ven a almorzar a casa. Sé que no habías podido hacerlo en la posada. Además, puedes refrescarte en nuestro baño. Mi esposa estará encantada de conocerte y recibirte.— ofreció, con una de sus encantadoras sonrisas, que a la arblur ya comenzaban a darle jaqueca.

    Freyja quiso rechazar la oferta, pero luego se lo pensó mejor. Primero, porque su estómago le reclamaba que lo alimentara. Segundo, un buen baño le quitaría la pesadez del calor de encima. Y tercero, todavía necesitaba averiguar si el empalagosamente amable hermano del gobernador era o no un impostor. Tal vez ir a su casa y observar cómo se manejaba con su esposa le darían algunas pistas. Así que cubrió su cabeza con su capucha, para defenderse aunque sea un poco de la intensa Sonrisa de Bonron, y se dio vuelta para mirar al secretario, que la esperaba con las manos tras la espalda.

    — Estás siendo demasiado amable, la verdad.

    — Los veraccianos podemos ser algo recelosos de los extranjeros, pero en cuanto nos conoces, somos bastante amigables.— dijo, con una sonrisa enigmática.

    “¿Algo recelosos? Por la forma en la que me miraron desde que entré al país, parecía que ser elfa y mujer era un pecado mortal”, pensó la arblur, pero lo que dijo fue:

    — Bueno, acepto la oferta. No me vendría mal un baño frío y algo de comida.

    ¡Splendido!— aplaudió el humano.— Les ordenaré a los sirvientes que carguen todo tu equipaje hasta mi casa. Llamaré al carruaje también. Mi casa está cerca, pero prefiero no quedar a merced del abrasivo calor de Bonron, ¿eh?

    Freyja abrió la boca, para decirle que ni se molestara, que tampoco llevaba demasiadas cosas con ella, y que además, prefería cargarlas por su cuenta. Pero lanzó un bufido molesta al ver que el hombre ya estaba ordenando a algunos peones para que buscaran el carruaje y su equipaje. Simplemente se restregó el rostro con una mano, alzando la vista a un cielo completamente despejado.
     
    Última edición: 5 Febrero 2021
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  5. Threadmarks: Parte IV
     
    Reual Nathan Onyrian

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    Parte IV

    El cuerpo desnudo de Freyja ingresó lentamente en la tina repleta, mientras soltaba un suspiro de satisfacción al sentir como el calor del día iba siendo removido lentamente por la frescura del agua. Se había atado el cabello con un rodete en su nuca, pero algunas mechas rebeldes todavía caían a un costado de su cara. Apoyó las manos sobre sus rodillas, y por primera vez en semanas, se permitió relajarse del todo. Cerró los ojos, mientras se recostaba sobre el borde de la bañera, recordando.

    El viaje en el carruaje hasta la estancia del hermano del gobernador transcurrió exactamente de la misma manera que el anterior. La cazadora se dedicó puramente a mirar por la ventana con ojos ausentes, cada tanto jugueteando con la trenza que le caía sobre el hombro, el rostro oculto en la capucha, mientras el veracciano conversaba, o más bien monologaba, sin cesar. Por suerte para el hombre, el trayecto era mucho más corto, pues su acompañante ya se estaba planteando pasarse su propia ética laboral por un lugar bien oscuro y considerarlo un monstruo sin ninguna otra prueba más que sus poderes de absorber energía vital por el mero hecho de hablar. ¿Por qué siempre le tocaban a ella personas tan parlanchinas? Por incómodo que fuera estar en la presencia del gobernador, era mucho más deseable su silencio perturbador a la fuente inagotable de palabras de su hermano.

    El vehículo se había desviado del camino principal que llevaba a la mansión del gobernador, y se había internado por una pequeña ruta rural, custodiada por álamos, que brindaban sombra y frescura en la calurosa siesta. No mucho después llegaron a las rejas que delimitaban la casa del hermano, con motivos similares a las que acababan de dejar. Y acá también había lavandas. Había tantas, de hecho, que el jardín delantero parecía haber sido pintado de violeta, y el fuerte aroma abofeteó la sensible nariz de la elfa. Dentro de su mente, la voz apagada del Sindaco parecía resonar con las siguientes palabras: “Y un hondo pozo negro, que olía a lavanda”. Meneó la cabeza para alejar esos pensamientos. Esa voz le iba a traer pesadillas.

    Al parecer, esta casa también tenía una fuente frente a la entrada principal, que el carruaje rodeó para ubicarse cerca del porche. Allí los esperaban un par de sirvientes, esperando diligentes a que les indicaran que equipaje debían bajar y cuál no, y la que debía ser la esposa del hermano. Coincidía con la descripción que el gobernador le había dado. Rolliza, bajita, tal vez de su misma altura, con ojos brillantes, y cabello castaño rizado. Tenía las manos entrelazadas sobre un blanco delantal, que cubría un sencillo pero bonito vestido de colores terrosos. Llevaba un pañuelo del color de la leche atado a la cabeza. Sus ojos se iluminaron todavía más al ver como su marido descendía del carruaje, en una especie de reverencia que rayaba la idolatría. A Freyja le entraron náuseas, el sentimiento tan solo acrecentado por el intenso perfume de las flores. Chistó con la lengua, atrayendo la atención de los tortolitos de vuelta hacia ella.

    Al contrario de lo que la elfa esperaba, la mujer no la vio con desprecio o indiferencia. En cambio, pareció simplemente sorprenderse, mientras cuchicheaba con su esposo en veracciano, cada tanto mirándola de soslayo. La cazadora simplemente levantó una ceja, y luego dejó escapar una fuerte exhalación.

    — Che, si no les molesta, quisiera hacer uso de esos benditos baños que tanto mencionaste antes. Me estoy muriendo de calor.— inquirió, con una sonrisa forzosa.

    — De eso justamente estábamos hablando con mi esposa. Dice que será un honor tener a alguien tan digno como vos en nuestra humilde morada.

    Freyja le echó un vistazo a la casa. ¿Humilde? La fachada del caserón, que parecía más un casco de estancia, se encontraba cubierta de enredaderas, creando un efecto bastante particular. Cuidar todo eso debía ser un dolor en el trasero.

    — Cómo sea, tan sólo decime dónde está la bañera.

    El secretario abrió la boca, pero luego la cerró, mientras sonreía.

    — Cómo no. Por aquí, por favor.— indicó, mientras abría la puerta de su hogar.

    Y allí era en donde ella se encontraba ahora. Inspiró, conteniendo el aire por unos segundos, para luego soltarlo en un suave suspiro, y paseó la mirada por el cuarto.

    El baño era enorme. No entendía por qué necesitaban tanto espacio. Al lado de la bañera le habían dejado una pequeña mesa, con jabón y un esponja, para que se restregara el cuerpo, por si lo necesitaba. Incluso había perfumes para su pelo, cremas, y otros utensilios de belleza que la elfa no planeaba usar.

    Toda la habitación se encontraba cubierta de azulejos, que formaban motivos marítimos en las paredes. En el techo colgaba una exquisita araña de cristal. Hizo una mueca. ¿Por qué alguien querría algo tan peligroso colgando encima de uno mientras se encontraba tan expuesto? Suponía que eran excentricidades veraccianas que nunca lograría comprender. Y tampoco le interesaba hacerlo.

    Un par de sirvientas habían entrado con ella, con la intención de ayudarla a bañarse, pero Freyja las despidió con un gruñido y una mirada poco agradable. Quería estar sola, y quería tomarse todo el tiempo que se le diera la gana. No solo había pedido el baño para refrescar su cuerpo caliente, si no que también quería tener un momento para pensar.

    Hasta ahora, no había encontrado nada en el comportamiento del hermano como para catalogarlo como un monstruo o un impostor. No despedía ningún olor a tumba, ni tampoco tenía ingentes cantidades de perfume encima, otra cosa que lo hubiera vuelto sospechoso. Así que no podía ser un resucitado. Ningún sirviente parecía tratarlo fuera de lo común, y nada en su esposa parecía significar que esta sospechaba algo sobre la condición de su marido. Obviamente, no podía llegar a conclusiones tan rápido. Apenas conocía al sujeto, y solo había tenido un vistazo en su vida. Lo cual volvía todo más complicado. Se sumergió hasta la nariz, con los ojos cerrados. Maldito trabajo.

    De pronto, sintió como algo la tiraba desde abajo, y toda su cabeza se hundió. Abrió la boca para tomar aire, pero lo único que encontró fue agua, que entró en sus pulmones de manera violenta. Aquello que tironeaba de ella la empujaba cada vez más y más hacia la profunda negrura de fondo. Ella no podía ver que era, batallando como estaba, intentando soltar su pie y no ahogarse en el proceso. Pero era imposible. Fue engullida por la oscuridad, y lo último que vio fue un rostro. El rostro sin ojos de una joven.

    Freyja abrió los ojos, mientras hacía un esfuerzo para evitar hiperventilarse. Se incorporó parcialmente, apoyando su torneada espalda en la punta de la tina. Tenía las manos firmemente agarradas a los costados de la bañera, con tanta fuerza que, al soltarlas, pudo notar grietas en la porcelana.

    Apretó los dientes y se cubrió la cara con las manos, mientras contenía las ganas de llorar, frustrada. Por suerte, esta vez había sido breve. Pero estas visiones la asaltaban donde sea que estuviese. ¿Que significaban? Y siempre eran similares. Siempre terminaba ahogándose. Siempre algo la empujaba hacia el fondo. Siempre algo la asfixiaba. Y ese rostro. Ese imperturbable rostro. Ese horrendo rostro sin ojos. Al recordarlo, se llevó una mano a la boca, el sabor de la bilis inundando su garganta. Sabía a quién pertenecía ese rostro, y cada vez que lo recordaba, las imágenes la asaltaban como si hubiera sido ayer. Pero eso había ocurrido hace casi cien años. Y aún no podía deshacerse de ese recuerdo.

    Y sospechaba que nunca podría.

    Contempló el reflejo de su rostro en las aguas mansas de la bañera. Estudió su nariz en forma de S, producto de un golpe hace ya una década detrás. Su rostro pecoso levemente redondeado, sus mejillas casi inexistentes. Sus labios finos, el superior más delgado que el inferior. Sus ojos gatunos de color miel, con su eterna aureola negra alrededor, como si tuviera maquillaje. Los cuernos de su frente, levemente ramificados. Todas sus cicatrices, que le cruzaban la frente, la nariz y los labios, con una especialmente cruenta que nacía desde su ceja derecha, por milímetros no tocaba su ojo, y luego se desviaba por el pómulo, y aquella que nacía desde su labio hasta la altura de su nariz, dándole al mismo una apariencia leporina. En sus orejas en punta, podían notarse los pendientes, en forma de flor.

    Chistó con la lengua, enfadada, y golpeó la superficie del agua, borrando su reflejo. No tenía caso distraerse con esas cosas. Tenía un trabajo que terminar. Y en cuanto antes lo hiciera, más rápido podría continuar con su búsqueda. Y tal vez, de esa manera, podría evitar las visiones. Algo se había estado despertando dentro suyo hace ya un tiempo, algo que ardía, y sentía que ambas cosas estaban conectadas.

    Se frotó las sienes por última vez y salió de la bañera. Le habían dejado toallas para que se seque, así como también un bruñido espejo de plata, que la superaba en altura. Esta era una aldea como cualquier otra, ¿de dónde habían sacado tantos lujos? Tal vez no estaba tan alejada del resto de las ciudades importantes como creía. O podía ser que esto fuera completamente normal, lo cual no sería raro, teniendo en cuenta lo poco acostumbrada que estaba ella a la excentricidad de la clase gobernante.

    Observó su reflejo, soltando una sonrisa irónica al observar su cuerpo. Era fibroso, bien torneado por la cantidad de esfuerzo físico que hacía a diario. Su piel cobriza había ido tomando gradualmente un color más olivado, debido al intenso inti de Veraccia. Por la poca cantidad de cicatrices que tenía en el cuerpo, no parecía una cazadora de monstruos. Pero eso también se debía a la cantidad de protección que usaba. Algunos ataques habían logrado atravesar su armadura, sí, como atestiguaba aquel fiero corte que tenía en el estómago, o la irregular marca de su hombro izquierdo, pero se había salvado de varios golpes letales. De manera inconsciente, se comparó con la rolliza esposa del hermano del gobernador. Tenían la misma altura, pero eran las únicas cosas en las cuales coincidían. Mientras la mujer tenía un amplio pecho, el de ella apenas protuberaba. Su cintura era bastante más fina, eso sí, y sus caderas estaban marcadas. Y su trasero también se encontraba bien formado.

    Soltó una risotada sin humor. Hacía mucho que no se admiraba a sí misma. No estaba nada mal. Meneó la cabeza, con una sonrisa. Suponía que había tomado algunas actitudes prestadas de Lavignia. No recordaba la última vez que había visto su cuerpo para otra cosa que no fuera para examinar la severidad de sus heridas.

    Chistó con la lengua, y su mirada pasó a tener la misma dureza que siempre. No tenía sentido perder tiempo admirándose en un espejo de plata. Tenía un trabajo que hacer. Terminó de secarse y se dirigió hacia donde había dejado su vestimenta. Quedó unos segundos perpleja, viendo que su pila de ropa sucia y gastada por el viaje había sido reemplazada por ropa interior de una fina y ligera tela, zapatos con hebilla, calzas, y un largo vestido negro, la cintura estrecha para hacer que la falda cayera en línea recta.

    — ¿Qué carajos… ?

    Consternada, paseó su mirada por el baño, pero no logró encontrar por ningún lado su ropa. ¿Se la habían quitado cuando había cerrado los ojos, mientras se relajaba? ¿Tan silenciosas eran las sirvientes del lugar? Si eso era cierto, era un punto a tener en cuenta. Eso podía ser muy peligroso.

    Como sea, no pensaba ponerse esas ropas. Nunca le habían gustado los vestidos. Y no iba a empezar a usarlos ahora que estaba en la casa de un supuesto monstruo sustituto. Pero tampoco tenía idea de dónde habían puesto su ropa. Y salir cubierta solo con una toalla no estaba muy alto en su lista de prioridades. Tal vez esperar a que alguien fuera a por ella sería lo más sensato. Pero su estómago no estaba muy de acuerdo en que fuera sensata en esos momentos, como bien demostró con un potente rugido. Hizo una mueca. Iba a tener que solucionar su problema de manera práctica.

    Así que, ignorando las bien dobladas y limpias prendas que habían dispuesto para ella, con la toalla rodeando su cuerpo, que por suerte parecía hecha para alguien más grande y robusto que ella, salió del baño.

    Cerró la puerta con cuidado, para no hacer demasiado ruido. Y en cuanto se dio vuelta, se encontró cara a cara con una sirvienta.

    Durante unos segundos, ambas se miraron la una a la otra, perplejas. La sirvienta, apenas una muchacha humana que no debía estar superando los quince años, tenía los ojos abiertos como platos. Sin poder evitarlo, paseó la mirada por todo el cuerpo de la cazadora, cubierto apenas por la toalla, y sus mejillas se encendieron como brasas. Excusándose en veracciano, se alejó rápidamente de allí, a paso rápido. Freyja simplemente levantó una ceja, con expresión confundida, y luego se encogió de hombros. Le podría haber dicho a la sirvienta que le alcanzara ropa que no fuera tan “femenina”, pero dudaba que la niña supiera hablar otra cosa que veracciano. Ella sabía aproximadamente una docena de idiomas, en distintos grados, pero el veracciano no estaba en la lista.

    Comenzó a caminar por el pasillo, buscando alguna puerta que pudiera ser tomada como la entrada a un dormitorio. Sin embargo, prontamente descubrió que eran todas iguales. Gruñó, molesta, e intentó hacer memoria de lo que el secretario le había contado sobre su hogar. Estaba en el segundo piso, y allí se encontraban las habitaciones de huéspedes, además de otras salas de recreación. Si tenía suerte, en alguna de ellas había un armario con ropa masculina, ya que la femenina de aquí parecía hecha para evitar que cualquier mujer pudiera moverse con libertad.

    Eligió una puerta al azar y la abrió. Chasqueó la lengua al ver que del otro lado solamente la esperaban un piano, un atril, y un gran ventanal. También había varias estanterías con libros encuadernados de varios colores, y carpetas con partituras. Una sala de música, nada más. Cerró la puerta, molesta, y probó con la de al lado. Esta resultó ser una sala de lectura, con más libros, varios sillones aterciopelados, un hogar, y una pequeña mesita, seguramente para refrigerios o bocadillos. La elfa frunció el ceño. ¿Al lado de la sala de música? ¿El ruido no molestaría la lectura? Tal vez lo que tocaran de un lado ayudaba a relajar a la gente del otro. Aunque también cabía la posibilidad de que ambas habitaciones no fueran ocupadas al mismo tiempo. Se encogió de hombros. Todavía tenía una misión que cumplir, y no iba a lograr nada intentando discernir la función del diseño de la casa.

    Probó suerte con un par de habitaciones más, y no fue hasta la sexta puerta que encontró un cuarto de huéspedes con un armario lleno. Se había cruzado con otro cuarto dos puertas atrás, pero se encontraba completamente vacío, como si hubiera sido ocupado hace poco y se hubieran dispuesto a limpiarla por completo. Incluso había una pila de sábanas limpias sobre la cama, lista para ser tendida. En esta, sin embargo, todo parecía desordenado, como si hubiera sido utilizada hace menos de un día, y todavía el servicio no se ocupaba de ordenar la misma.

    Y daba su suerte de que el armario contenía, de hecho, ropa para hombre. ¿Acaso la persona que había utilizado esa habitación se había ido con rapidez, olvidándose todo su equipaje? ¿Había tenido una urgencia? O podía ser en realidad una pista sobre el misterio que intentaba resolver. Si quería indagar sobre eso, tendría que apurarse. No sabía cuando el personal de limpieza iba a encargarse de ese cuarto. Aunque investigar solamente cubierta por una toalla tampoco le apetecía.

    Rebuscó en las pilas de ropa que allí había, intentando encontrar algo de su talla. Era una tarea complicada, teniendo en cuenta su altura y su delgadez, pero al parecer, el individuo anterior también era medio chaparro. Se fijó en que toda la ropa estaba bien ordenada, como si las pilas no hubieran sido perturbadas en ningún momento. Se sorprendió al encontrar un corset en el montón. ¿Acaso un hombre y una mujer habían estado en esta habitación? La cama era individual, y conociendo a los veraccianos, le resultaba difícil pensar que podría haber sido compartida de esa manera. También había ropa interior, algo sugerente, y lo que parecían máscaras. Se quedó unos segundos parada frente al ropero, intentando comprender el corpiño de encaje que tenía en la mano. ¿Cuánto busto tenía la mujer a la que le había correspondido? Parecía enorme. Aunque comparándolo con ella, cualquier busto podía parecer enorme.

    Un carraspeo la hizo volver a la realidad, y se dio vuelta, con la punta de las orejas coloradas por haber sido descubierta. Ocultó el corpiño tras la espalda.

    La mirada ceñuda y desaprobatoria del mayordomo que la observaba desde el umbral hizo que se sintiera algo incómoda. El hombre, enjuto y alto, tenía las manos tras su espalda, y las gruesas orugas grises que tenía por cejas hacían que su expresión tan solo se acentuara más, hasta un punto que podía ser considerada cómica.

    — ¿Qué? ¿Hay algún problema?— inquirió la elfa, levantando la barbilla, de forma amenazante.— Pensé que me habían indicado esta habitación como la que iba a ocupar en mi estadía.

    — ¿Sé podría saber que hace hurgando en pertenencias ajenas?— preguntó el mayordomo, en un númoc perfecto.

    — ¿Ajenas? Pero si son mías.— replicó Freyja, indignada.

    El humano simplemente levantó una ceja. Mentir nunca había sido el fuerte de la elfa. Abrió la boca para inventarse otra excusa, pero en ese momento, otra voz la puso alerta.

    — ¿Qué está ocurriendo aquí, Vito?— preguntó el hermano, su cabeza haciendo acto de presencia al asomarse por el dintel de la puerta.

    — Encontré a esa maleducada elfa manoseando ropa que no le pertenecía, mientras se paseaba por la casa tapando su intimidad solamente con una toalla. Si me permite la impertinencia, Signore, no creo que haya sido muy sabio haber permitido que esta criatura ingrese en la vivienda.

    “¿Criatura? Sigo al frente tuyo, idiota. No me obligues a asfixiarte con este corpiño”, pensó molesta la cazadora, pero se mordió la lengua, mientras sus nudillos se volvían blancos. Más le valía no perder los estribos en este momento.

    — Oh, simplemente debe haberse perdido. Dudo mucho que tuviera malas intenciones.— respondió el dueño de casa, restándole importancia con una mano.

    — Alteró a una sirvienta con su comportamiento indecente, mio signore. He tenido que regañar a la muchacha para que volviera a realizar sus tareas, de tan impresionada que había quedado.

    — Estoy seguro de que no fue más que un malentendido. La pobre no debe conocer bien el idioma, y menos todavía las formalidades de nuestra tierra.— la excusó, mientras sonreía.

    Por alguna razón, esa frase la molestó sobremanera. Además, parecía como si los dos hombres se hubieran olvidado completamente de su presencia. No la habían mirado en ningún momento. Al parecer, se había vuelto invisible para ellos. Aprovechó ese momento para arrojar el corpiño de vuelta al armario.

    — Pero, mio signore, debo insistir…

    — Estoy seguro de que hay otros asuntos más importantes de los cuales ocuparse que nuestra pequeña fisgona, Vito. Yo me encargo de esto.

    El mayordomo abrió la boca para protestar, pero luego la cerró. Le dedicó una última mirada severa y reprochante a Freyja, que le contestó sacándole la lengua, y con una reverencia hacia su jefe, se alejó de allí, con las manos tras la espalda. El hermano se giró hacia la elfa y le dedicó otra de sus encantadoras sonrisas.

    — Lamento lo de Vito, no trae malas intenciones. Tan solo que es un poco celoso con los invitados y la etiqueta.

    — Ajá.

    — Sin embargo, me tiene intrigado la razón por la cual te encontró en esta habitación, revisando un ropero. ¿Sabes lo que ocurre aquí, verdad?

    — No tengo idea. Solo quería ropa que fuera cómoda, no el vestido raro que me dejaron. ¿Y dónde están mis cosas, a todo esto?

    — Tus ropas están siendo lavadas y acondicionadas, tu armadura puesta a punto, tus armas bajo un proceso de mantenimiento, y el resto de tus pertenencias guardadas cuidadosamente en una habitación, bajo llave.

    — Qué tranquilizador saber que todas mis cosas se encuentran bajo llave, sin que yo tenga acceso a ellas.— comentó la arblur, levantando la ceja.

    — Oh, de hecho, el motivo de mi presencia por aquí era justamente darte una copia de la llave. Creí que te encontraría vestida, eso sí.

    — Estaba por hacer eso, de hecho, cuando tu bendito mayordomo me interrumpió.

    — Lamento que las prendas que escogimos con anterioridad no fueran de tu agrado. Aunque tampoco eso es excusa para andar semidesnuda por mi mansión, hurgando en dónde te apetezca, ni tampoco alterar a mi personal.

    — Yo también lamento que no hayan sabido elegir que tipo de ropa prefiero después de tomar y rebuscar por mis cosas sin mi permiso. Ahora, si me das un poco de privacidad…

    — Oh, si lo que encontraste al salir del baño no terminó de ajustarse a tus gustos, dudo mucho que lo que encuentres aquí pueda cumplir esos requisitos. Este es el cuarto de la cortigiana.

    — ¿De la que?

    — De la cortesana. ¿No es algo normal allí en donde ustedes viven?— preguntó, verdaderamente extrañado.

    — ¿Dónde vi…?- meneó la cabeza, para despejar los pensamientos que se estaban agolpando en su mente.— Lo único que me viene a la cabeza la palabra “cortesana” es una…

    — ¿Prostituta?— completó el hombre, con una media sonrisa.— Sí, puede que ese sea el concepto que la gente de fuera de Veraccia tenga sobre nuestras cortesanas. Pero te aseguro que ese término no engloba todo lo que una cortesana representa.

    — Pero, ¿no estabas casado?

    — Así es, y amo a mi esposa con toda mi alma y mi cuerpo. Pero las mujeres casadas en Veraccia deben atenerse a sus propios asuntos, y dedicarse a cultivar los valores femeninos. Y eso deja al hombre con cierto vacío que llenar. Una cortesana actúa como su confidente, su recipiente para poesías que surjan de su alma, como su aliviador cuando la presión carnal es demasiado. O, simplemente, para conversar sobre ciertos temas elevados que no conciernen a una mujer casada.

    Freyja pestañeó un par de veces, perpleja. Acababa de recibir una explicación que no había pedido, y que la había dejado bastante confundida. Se frotó la frente, algo nerviosa. Todo ese asunto la incomodaba un poco. Suponía que el choque cultural era demasiado fuerte, aunque no sabía si atribuir el mareo de su estómago a un simple malentendido de costumbres.

    Notando tal vez el malestar en la cara de su invitada, el secretario hizo una seña con la mano. Prontamente, una criada apareció a su lado, solicita. Tenía algunas arrugas alrededor de los ojos, a pesar de que el resto de su rostro se encontraba terso e impecable.

    — Por favor, ¿podrías llevar a nuestra invitada a su habitación, y buscar ropas más adecuadas para ella? Prendas de spadaccina deberían dar en la marca.— preguntó, cortés.

    Sarà mio piacere, mio signore.— respondió, con una leve reverencia.

    Satisfecho, el dueño de casa sonrió una vez más, y se despidió de ambas mujeres.

    — Ayúdala a prepararse, y en cuanto terminen, por favor, acompáñala abajo, al comedor. Será la invitada de honor del almuerzo, y no quiero que llegue tarde a su agasajamiento.

    Antes de alejarse, le dedicó una mirada a la elfa. Esta se estremeció ante el súbito frío de aquellos ojos, que parecían darle una advertencia para que no esculcara más en su propiedad. La sirviente se quedó en la puerta, sin mirarla, con las manos entrelazadas sobre el delantal. Freyja agitó la cabeza, bufó una maldición, y se dispuso a salir de la habitación. Con un rápido vistazo, que pasó inadvertido para la criada, estudió la pila de ropa del armario. Entre las prendas, se asomaban lo que parecía hojas de un cuaderno de partituras. Y debajo de todo, había un cuaderno.

    Rápidamente, dejó caer la toalla que la rodeaba. La sirviente la miró, con el rostro rojo del enojo y ojos de alarma. Freyjo se excusó, imitando la frase que había escuchado un par de veces por el pueblo, y se agachó para recoger el paño, momento en el cual aprovechó para agarrar el cuaderno, moviendo su cola nerviosa, en un intento de desviar la atención de la mujer. Carraspeó, mientras volvía a acomodarse la toalla alrededor del cuerpo, y salió de la habitación con los brazos cruzados frente a ella, dominada por el pudor. Y el pudor tomaba la forma de un pequeño cuadrado encuadernado con cuero que tenía oculto sobre su pecho.
     
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    Reual Nathan Onyrian

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    La Saga de Freyja de Nidohueco: Él era un monstruo
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    Fantasía
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    Parte V

    Si el calor no la mataba, el aburrimiento iba a terminar haciéndolo. Freyja se encontraba sentada en una gran mesa de roble, bellamente barnizada. Sobre la misma, una gran variedad de manjares yacían dispuestos: pollo al vino, jabalí rostizado, faisán relleno y fuertemente especiado, espinacas y otras hortalizas sazonadas y hervidas, y vino. Mucho, mucho vino. La elfa tuvo que pedir explícitamente que le trajeran agua, para poder pasar por su garganta la cantidad de cosas con las que la habían atragantado.

    El hermano del gobernador estaba dando buena cuenta de un plato de lo que habían llamado “pasta”, largos y finos tubos de masa de harina de trigo, untados con salsa roja y pequeños bollos de albóndiga. Incluso habían cortado tajos de queso y lo habían puesto en la mezcla. Su esposa tampoco se quedaba atrás, y no dejaba de untar pan o trozos de carne en la salsa que quedaba a los costados del plato. No por nada la nobleza o alta alcurnia de Veraccia era conocida por su buen tamaño. Comían de manera bastante alegre.

    Entre masticada y masticada, no habían dejado de hablar sobre ella. Sin embargo, no hablaban “con” ella, más que para responderse alguna duda o zanjar alguna leve disputa. La elfa se estaba dando cuenta de que la amabilidad con la que el hombre la trataba se debía principalmente a que la veía como una novedad, como un animal éxotico, una curiosidad de una tierra lejana, a la que gustaba de exhibir. Por eso se mostraba tan emocionado, al igual que su esposa. Ella era la extrañeza, nada más. Una elfa del bosque viajera, cazadora de monstruos, famosa en cierto grado. Todo lo que una pareja de clase alta aburrida necesitaba para sacarse el sopor de sus días monótonos.

    Se sentía incómoda siendo el centro de atención, y el calor que tenía no la ayudaba para nada. Las ropas que le habían brindado esta vez iban más con su estilo, y no podía quejarse de que no eran cómodas, pero eran algo ajustadas. Y oscuras, como parecía ser la moda en Veraccia en estos momentos, cosa que era una maldición en días con un inti tan intenso como este. Cada tanto, y de la manera más disimulada que podía, intentaba despegar y estirar las calzas de cuero de sus piernas, para que al menos un poco de aire corriera entre su piel y la prenda. Las botas, también de cuero, tenían un taco que parecía más para montar que para caminar tranquilo. Llevaba una blusa ligera, que parecía hecha para alguien con un escote más llamativo que el de ella, bordeada con hilo de oro. Sobre ella, una chaqueta completaba el atuendo, también bordeada con los mismo motivos y con botones de plata, junto con guantes teñidos de negro.

    Llevaba el pelo peinado en una trenza. que caía sobre su hombro, y su arete en la oreja izquierda, tapado por la misma trenza. Era una pequeña victoria que había logrado sobre la criada, que había querido peinarla de una manera más “elegante”, incluso había intentado maquillarla y ponerle una gargantilla. Había tenido que literalmente luchar contra ella. Los rumores no mentían sobre las mujeres veraccianas, en especial las pueblerinas. Tenían el carácter de una fiera.

    Por suerte, no se había dado cuenta del cuaderno que había birlado de la habitación de la cortesana. Había fingido vergüenza mientras se cambiaba, y había amenazado con seguir sin vestirse si la criada no se daba vuelta. En cuanto la mujer se había volteado, lo había guardado bajo los colchones de la cama. Iba a tener que volver lo antes posible allí, pues no tenía ninguna intención de pasar la noche en la mansión.

    Luego de que el almuerzo, o sus sobras, fueron levantadas por sus sirvientes, Freyja hizo el ademán de levantarse.

    — Oh, raggina, todavía el almuerzo no terminó.— anunció el dueño de casa, con una sonrisa.— Aún falta el postre.

    La elfa lo miró con un rostro de circunstancias. ¿Postre? ¿Más comida todavía? Como para confirmar sus palabras, un par de sirvientes entraron al comedor, cargando con bandejas. En las mismas, había copas de cristal, tres en total. Tenían un tamaño respetable y se encontraban rezumantes de frutas, galletas y lo que parecía salsa de chocolate. Y también había esferas de una sustancia que no lograba descifrar. Tenían un color amarillento, casi blancuzco, y al parecer estaban bastante frías, si se podía tomar el vapor que subía de ellas y el empañamiento del cristal.

    Se sentó, mientras un criado ponía una copa al frente suyo, junto con tres cucharas distintas, y un tenedor extra. No entendía por qué tantos cubiertos. Para el almuerzo había sido igual. Como cuatro juegos de tenedores y cuchillos, y tres copas distintas.

    Gelatto.— dijo el hermano, notando la cara de confusión de su invitada.— Un postre helado, acompañado por frutas, obleas y sirope de chocolate. Creo que es la elección perfecta para este clima.

    La arblur tomó una cuchara y picó levemente una de las bochas. Tenían una contextura dura, algo cremosa, y despedían un fuerte aroma a vainilla. Y no iba a mentir que la frescura que soltaban no era atrayente.

    — ¿Helado? ¿Cómo si fuera hielo?— preguntó, sin poder ocultar la curiosidad en su voz.

    — Así es. Lo tenemos almacenado en frigoríficos, y lo producimos aquí mismo. Como puedes ver, no es un producto que sea fácil trasladar de un lado al otro. A menos, obviamente, que poseas ayuda mágica, pero eso es costoso.— el hombre hizo un movimiento con su cuchara, restándole importancia.— Ahora, disfruta. Espero que te guste la vainilla, eso sí.

    Ambos humanos comenzaron a dar cuenta de sus gelattos, con la misma rigurosidad que habían presentado en el almuerzo. Freyja siguió jugueteando con el suyo un poco más, intrigada por lo que tenía al frente.

    Después de unos segundos, sin embargo, se encogió de hombros y decidió probar una cucharada. El sabor que invadió sus papilas gustativas hizo que se detuviera por unos momentos, perpleja. Nunca había probado algo tan dulce en toda su vida. Ni hablar de frío. Atacó el postre con vehemencia, disfrutando de la helada sensación que descendía por su garganta y refrescaba su boca. Tuvo que detenerse en un momento, pues un agudo dolor de cabeza la asaltó, como si una aguja se estuviera clavando en su cerebro en ese instante.

    Dejó caer la cuchara y se frotó las sienes, adolorida. El hermano dejó escapar una escueta carcajada, que hizo eco en una risilla por parte de su esposa.

    — Olvidé mencionarte que puede pasarte eso si lo comes demasiado rápido. La cabeza se te congela. Acaríciate las sienes, y pon la lengua sobre el paladar. Eso hará que el dolor pase.

    La elfa hizo lo que le decían, y de a poco, pudo sentir como el aguijoneo remitía, hasta que se hizo tolerable. Tomó de vuelta la cuchara, y se dispuso a continuar comiendo, esta vez de manera más moderada.

    — Si perdonas la impertinencia, Freyja, tengo una pregunta.— comenzó el veracciano. La aludida se dispuso a responderle con un monosílabo, como había hecho durante todo el almuerzo.— ¿Cuál fue la misión que te encargó mi caro hermano?

    La porción de gelatto quedó a medio camino entre la copa y la boca de la elfa. Miró de soslayo tanto al hombre como a la mujer. Esta parecía simplemente interesada, con su típico brillo curioso característico en sus ojos, que mantuvo durante todo el almuerzo. El primero estaba luciendo su característica sonrisa, aunque esta era un tanto más enigmática. ¿Podría estar al tanto de las sospechas de su hermano para con él? Su tono de voz no parecía traer más que un genuino e ingenuo interés, pero ella sabía todo lo que alguien podía ocultar detrás de un tono amable. Podía intentar pinchar un poco, para ver sus reacciones, aunque dudaba que eso le diera buenos resultados.

    — Nada muy importante. Al parecer, hubo reportes sobre una bestia en las colinas cerca del pueblo, una especie de monstruo. Quiere que lo ahuyente o extermine antes de que cause muchos problemas.— comentó, en un tono que le restaba importancia.

    La mujer dijo algo en voz alta, en veracciano, que la arblur no logró captar. Su esposo asintió, pensativo. Miró al dueño de casa, inquisitiva.

    — Oh, mi esposa solo mencionaba el hecho de que algo se ha estado hablando en el pueblo. Un par de personas han desaparecido. Dos mineros y un pastor, el último hace una semana, más o menos. Puede que sea el actuar de esa bestia misteriosa.

    — Sí, puede ser. ¿Tienen algo más de información sobre esas desapariciones?

    — Lo siento, para nosotros no son más que rumores.— se disculpó el hombre.— No es extraño que alguien “desaparezca”, cuando en realidad simplemente huyó a otro pueblo, escapando seguramente de alguna esposa demasiado estricta, o un joven que quiere probar su suerte en el mundo.

    Se encogió de hombros, sonriendo, y siguió dando cuenta de su helado.

    — ¿Esas personas tenían familiares con los cuales se podría hablar? Tal vez tengan alguna pista que pueda ayudarme con este monstruo.

    El veracciano hizo una pausa, mientras golpeaba su cuchara contra su lengua expuesta, en un gesto que se le hizo algo desagradable a la elfa.

    — Que yo recuerde, los dos mineros venían de otro pueblo cercano. No es raro que eso pase. Puedes preguntarle al capataz de la mina, pero dudo que tenga un registro muy exhaustivo. Y el pastor era muy joven, todavía no tenía esposa, aunque si mal no recuerdo, vivía con una tía, en las afueras. Lamentablemente, no tengo un nombre para darte.— se excusó.

    Freyja frunció de manera imperceptible el ceño. Era mentira. Ella era mala mintiendo, pero tenía cierta facilidad para notar cuando la gente lo hacía. Además, Ascoli era un pueblo pequeño. Todos se conocían por nombre en un pueblo pequeño. Lo sabía por experiencia personal. Sin embargo, no dijo nada. Tal vez simplemente se debía a un pobre intento de un aristócrata de pueblo de separarse del vulgo. O puede que hubiera razones más siniestras detrás.

    Terminó el resto de su helado en silencio, y luego se levantó, excusándose ante los intentos del hombre de que se quedara para la sobremesa. Por Dirlun Eilistyr, ¿cuánto tenía esta gente qué decir? En Uleared, de donde ella venía, se hacía sobremesa, aunque nunca había sido muy amiga de esas costumbres. Pero en ningún momento tomaba la magnitud que parecía tener allí en Veraccia. El mero pensamiento ya la agotaba.

    Se dirigió de vuelta hacia el cuarto que le habían asignado, subiendo las escaleras y sintiendo lo ajustada que era la ropa que llevaba en ese momento. ¿De verdad alguien podía sentirse verdaderamente cómoda con eso? Según había entendido, esas ropas eran para una espadachina, era algo que alguien acostumbrado al combate cuerpo a cuerpo podría llevar. Y eso no tenía sentido. ¿O acaso spadaccina significaba otra cosa? ¿Era como una especie de estatus social, o eslabón en la pirámide de Veraccia? Tal vez el atuendo permitiera movimientos fluidos, la ropa ajustada servía principalmente para eso, pero no brindaba absolutamente nada de protección. Agitó la cabeza. No tenía sentido ponerse a desvelar los misterios de una cultura que poco le interesaba. Solo estaba en Veraccia de paso. Tenía otras cosas de las que preocuparse.

    Cerró la puerta de su habitación con llave, sacó el cuaderno de debajo del colchón de la cama, y se sentó en la misma, disponiéndose a leer. A pesar de lo que cualquier persona podría pensar al notar su carácter y su forma de comportarse, a ella no le molestaba leer. De hecho, le gustaba bastante. La mitad de los idiomas que sabía los había aprendido para tener un abanico de opciones más amplio a la hora de la lectura.

    Lentamente, fue pasando las páginas, aunque su aburrimiento iba en aumento por cada párrafo. Tan solo eran el día a día de la cortesana del lugar, y lo único que hacían las palabras allí presentes era reforzar su estigma hacia las mujeres que prestaban tal servicio. Estaba seguro de que podía ser sumamente importante para su dueña, pero a ella le traía sin cuidado la ropa que la vecina podía llevar y lo mal que le sentaba, qué nuevo libro había leído, los poemas y canciones que el dueño de casa le dedicaba, y otros temas absolutamente triviales.

    Arrojó el cuaderno a un costado, molesta, y se recostó sobre la cama, estirando toda su elfidad en la misma. Sin embargo, el calor, su ropa ajustada y la modorra propia que viene después de comer mucho en un día caluroso terminaron por hastiarla. Gruñendo, luchó contra sus prendas para sacárselas, quedando simplemente en la liviana ropa interior que le habían brindado anteriormente.

    Pudo al fin respirar con normalidad, y lo celebró dando una profunda y larga inspiración, que luego soltó de manera lenta y pausada. Tenía que seguir investigando sobre la verdadera identidad del hermano, pero el calor aplastante de la siesta se lo impedía. No pensaba salir con la Sonrisa de Bonron irradiando tan fuerte en las afueras. Pensó en cerrar los ojos y rendirse a los brazos de Shar, pero hacerlo sería perder valioso tiempo. Salir a hacer un reconocimiento por la casa no era una mala idea, pero corría el riesgo de encontrarse con aquel mayordomo bocazas, o incluso con el dueño de la misma, y no quería soltar más explicaciones.

    Chistó con la lengua, y se levantó para recuperar el diario. A pesar de lo inconsecuente que era, una parte de ella se extrañaba que la cortesana no lo hubiera escrito en veracciano, sino en dracónico simplificado. Dudaba que la cortesana fuera una drakkan o alguna criatura relacionada con los dragones, y tal vez solo era un método de protección, para que nadie leyera sus secretos. Estas mujeres parecían bastante educadas, en contraste con lo que había notado de la esposa del secretario del Sindaco.

    Volvió a hojear las páginas, de manera bastante automática, más como un infructuoso intento de hacer que el tiempo pasara más rápido antes que una verdadera investigación. El hecho de por qué el diario había sido escrito en un idioma exótico le daba curiosidad, y le generaba ciertas dudas, pero no las suficientes como para despertar su completo interés. Encima parecía escrito de una manera especialmente desastrosa y caótica. Incluso parecía que…

    — Un segundo.— murmuró para sí misma, mientras retrocedía un par de hojas.

    El dracónico era un idioma muy complicado. Era antiguo, creado por criaturas con una mente completamente alienígena a las de los mortales. La versión simplificada había sido desarrollada por los primeros drakkan por ese mismo motivo. El problema con el dracónico, incluso con la versión simplificada, es que el significado de cada símbolo dependía enteramente del contexto y del símbolo que tuviera al lado. En sí, todos los lenguajes funcionaban de la misma manera, pero la complicación se hallaba que cada símbolo de por sí, separado, podía ser una palabra. Y que el sistema de escritura fuera cuneiforme no ayudaba para nada.

    Sin embargo, como el dracónico era un idioma tan maleable en cuanto a significado, también lo hacía una increíble herramienta para ocultar mensajes, frases, o información. Y eso era exactamente lo que Freyja había captado mientras hojeaba el diario. A pesar de ese pequeño éxito, soltó una maldición en dracónico al notar que la cortesana, en toda su infinita genialidad, había, de hecho, ocultado mensajes. Pero los había escrito en otro idioma. La elfa se rascó la cabeza, algo confundida. ¿Cuál había sido la razón? Todo estaba escrito con signos dracónicos, pero la forma en la cual estaba escrito, las reglas que seguía, la posición de los glifos, todo indicaba que era otro idioma.

    Se frotó las sienes, molesta, con el diario descansando sobre su regazo. ¿Tanto secretismo tenía que haber acumulado allí mismo? Sentía como los ojos se le cerraban ante tan solo pensar en el prospecto de tener que traducir dos veces lo que sea que la otra mujer hubiera escrito ahí. Chistó con la lengua, dejó el cuaderno en la mesa de luz, y se estiró sobre la cama. La cantidad de comida le había bajado un profundo sueño, y el calorcito de la tarde no ayudaba para nada. No iba a poder concentrarse de esa manera.

    Así que se acomodó sobre las sábanas, sin preocuparse por cubrirse, y cerró los ojos. Los abrió después de unos segundos, y se levantó, para comprobar que la puerta de su habitación estaba cerrada con llave. No quería ninguna visita inesperada.
     
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  7. Threadmarks: Parte VI
     
    Reual Nathan Onyrian

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    Parte VI

    La arblur se replegó en la silla, con los brazos inertes a los costados, exhausta. Al frente de sí, sobre el escritorio, se encontraba el diario de la cortesana, junto con un pedazo de carbonilla y varios papeles de caña prensada, llenos de anotaciones, flechas y círculos. Soltó un bufido, mientras se restregaba los ojos cansados. A pesar de que su plan inicial había sido descansar con una buena siesta, la vida parecía tener otras ideas. Apenas cerró los ojos, su mente fue asaltada con imágenes borrosas y abstractas, que le impidieron dormir. Y por si fuera poco, sentía que la sangre en su cuerpo hervía, como si hubiera dormido colgada sobre una hoguera.

    La sensación extraña en sus venas no había desaparecido, pero sí había remitido, en cuanto se despertó, frustrando sus vanos intentos por descansar. No era la primera vez que le pasaba. Y suponía que no sería la última. Distraerse siempre había servido para ignorar el calor que recorría su cuerpo después que se despertaba, y ella tenía la suerte de tener todo un cuaderno lleno de mensajes codificados para descifrar. El problema era que la tarea se le estaba volviendo complicada.

    En un principio, había una miríada de idiomas, lenguajes, y jergas que habían sido especialmente diseñadas para que sus miembros pudieran enviarse mensajes ocultos los unos a los otros. Ella sólo conocía tres: jerga de ladrones, druídico, y taúrico. El druídico había quedado descartado desde un inicio. Era un idioma principalmente escrito, compuesto por símbolos que no podían ser transcritos a ningún otro lenguaje. Traducirlo era un dolor en el trasero. Además, dudaba que una cortesana de Veraccia hubiera conseguido los medios para aprenderlo, en especial una que era empleada en un pueblo pequeño como era Ascoli. Los druidas eran demasiado reservados sobre su lenguaje secreto. Ella debía ser una de las pocas personas sin un trazo de magia druídica encima suyo que podía leerlo, y había tenido que pasar por un complicado y doloroso ritual para conseguir la habilidad.

    Eso tan solo dejaba a la jerga de ladrones y el taúrico como opciones, si es que Tylmora le sonreía y la cortesana no lo había escrito en algún otro código que ella no conociera. Y usualmente, la únicas sonrisas de Tylmora para con ella consistían en puras burlas, acompañadas de un gesto grosero.

    Pero esta vez, la Dama Fortuna parecía estar de buen humor. Los mensajes ocultos podían traducirse a taúrico. El taúrico era un idioma artificial, fabricado principalmente por un conjunto de miembros de distintas sociedades ocultas. Si bien cada sociedad tenía su propio dialecto, códigos, frases y contraseñas (algunas usaban hasta flores), todas utilizaban el taúrico. Era un idioma mediador, cuando dos organizaciones buscaban comunicarse la una con la otra y no querían que algún oportunista se enterara. Al igual que el druídico, el idioma era extremadamente inaccesible, e intentar encontrar alguien que te lo enseñara sin pertenecer ya uno a una sociedad u organización de las sombras era imposible. Muchos miembros incluso tenían que esperar meses o años para que se les concediera el privilegio, dependiendo de la sociedad. Por suerte, ella había encontrado otros métodos. Se tronó los nudillos y comenzó a traducir.

    En esa tarea se encontraba en esos momentos, mientras se frotaba las manos adoloridas. Sus manos estaban acostumbradas a enarbolar armas, no una carbonilla, y el ejercicio se las había entumecido. Posó su vista en la ventana, que daba a los jardines. La luz del inti bañaba todo con una luz anaranjada, denotando que el atardecer ya se estaba posando sobre Erä. Tal vez ahora estuviera más fresco, y se pudiera caminar afuera sin sufrir el mortificador calor que parecía invadir Veraccia en resplandor amarillo. El cuaderno de la cortesana no era una pista primordial para solucionar el misterio. Todavía había otras para seguir, cómo intentar averiguar más información sobre los mineros y el pastor perdidos.

    Se levantó de la silla de un salto y se dirigió hacia la cama, en donde tenía el resto de su ropa prestada. Lo único que se había puesto al levantarse habían sido los pantalones, optando por mantener el torso solo cubierto con el corpiño de su ropa interior. Sin embargo, no podía salir así a la calle, por poco que le importara que vieran su cuerpo desnudo o no. Además, con ropa veracciana, puede que la gente la respetara un poco más y estuviera más dispuesta a soltar más información.

    Tomó el diario para volver a guardarlo bajo el colchón, pero luego se lo pensó mejor. Puede que vinieran a limpiar su habitación, y no quería que la pillaran con eso bajo las sábanas. Lo guardó dentro de su morral, junto con todas sus notas, para leerlas luego en el camino.

    Salió de la habitación y cerró la puerta con llave, guardándola luego en uno de los bolsillos interiores de la chaqueta. Estaba segura de que el personal de servicio tenía una copia de todas las llaves de la casa, pero se sentía más segura de esa manera. Pequeños rituales que había adquirido con el paso del tiempo. Suspiró y salió de la mansión, mientras se ataba el cabello en una trenza que dejó caer sobre su hombro.
     
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  8. Threadmarks: Parte VII
     
    Reual Nathan Onyrian

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    La Saga de Freyja de Nidohueco: Él era un monstruo
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    Fantasía
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    Parte VII

    El inti de la tarde encontró a una Freyja frustrada, sentada a la sombra de un olivo, con los brazos cruzados, y juzgando a todos los que pasaban frente a ella con la mirada. Su investigación no había arrojado ningún fruto. Según capataces de la mina, los dos trabajadores que desaparecieron fueron víctimas de un derrumbe en un túnel solitario. No se habían encontrado sus cuerpos todavía, y también habían dejado de buscar. No pudo sonsacar más información. Y con respecto al pastorcito, su supuesta tía era más hermética que una mausoleo. Apenas se había enterado de que venía a preguntar sobre el joven, empalideció y cerró la puerta de golpe, negándose a abrirle de nuevo y escuchar sus reclamos. Y lo que más le frustraba era el hecho de que obviamente la anciana sabía algo que ella no. Lo había visto en sus ojos. Miedo.

    Resopló, y luego de dedicarle un gruñido a un par de niños que se habían detenido a observarla a una distancia prudencial, tomó su morral y buscó en él el diario y las notas que había guardado dentro. Hasta ahora, no había tenido tiempo de revisarlas.

    Mucha de la información que había logrado decodificar decidió ignorarla. Era obvio que esta cortesana pertenecía a una especie de sociedad secreta, y había estado recabando información no solo sobre el secretario, sino también sobre el Sindaco y el resto del pueblo. Por experiencias previas, lo mejor era no inmiscuirse en los asuntos de cualquier organización de ese estilo. Cuanto menos supiera, mejor. Sin embargo, hubo retazos de texto que sí le llamaron la atención.

    La cortesana parecía estar expresando ciertos temores por algunas actitudes que había presentado el secretario durante este último mes, después de que saliera de cacería con su hermano. Según palabras de la chica, se lo veía mucho más distante, e incluso un poco alterado. Tenía ojeras, como si no hubiera podido dormir bien. Y un par de noches había aparecido con tierra bajo las uñas y todo el pelo revuelto, los ojos inyectados en sangre. Al parecer, también coincidía con el momento en el cual había comenzado a cojear.

    Continuó leyendo. El ánimo y el actuar del hombre al parecer habían vuelto a la normalidad. No obstante, la joven sentía que la miraba cada vez con más intensidad. Había un brillo perturbador en esos ojos. Casi depredador. Las últimas entradas mencionaban que enviaría su diario a su contacto, y pediría un relevo. La situación le incomodaba demasiado. Por el cuaderno que ella tenía en la mano en ese momento, parecía que la cortesana no había podido cumplir aquella última voluntad. ¿Qué le habría pasado?

    Volvió a revisar el texto traducido, pero no había nada más. ¿Puede que hubiera pasado algo por alto? ¿Había entendido mal un par de símbolos? Se rascó la nuca, mientras chistaba con la lengua. Como siempre, cada potencial pista traía solamente más interrogantes. Una sombra se irguió sobre ella, junto con una voz que le puso los pelos de la nuca en posición de alerta.

    — ¿Qué estás leyendo con tanto interés, raggina?

    Freyja cerró el cuaderno de golpe, junto con todas sus notas dentro, y alzó la mirada, haciendo visera con un brazo. El rostro del hermano del gobernador se encontraba a contraluz, por lo que era difícil adivinar su expresión. Parecía simplemente curioso, con su eterna sonrisa siempre impresa en su cara.

    — Nada, mi bitácora.— mintió la arblur, guardando rápidamente el diario en su morral y encogiéndose de hombros, para quitarle importancia.— Es una manera de distraerse mientras uno viaja.


    — Oh, ¿y por qué lo escribes en dracónico?— preguntó el hombre, divertido.

    Una sombra de ansiedad cruzó el rostro de la cazadora, que desapareció en cuanto esta se dirigió de vuelta a su interrogador.

    — Porque valoro mi privacidad.— comentó, de manera seca, mirándolo directamente a los ojos.

    El otro levantó las manos, en señal de rendición.

    — Está bien, no tienes por qué ponerte así.— sonrió, cruzando las manos tras su espalda.— Supongo que la razón por la cual cerraste tu habitación con llave es por la misma razón.

    — Tus padres deben haber estado muy orgullosos con tu capacidad de deducción. ¿Qué tenías que hacer tan importante que debías hurgar en mi habitación?

    — Yo nada, pero la servidumbre se quejó. Exijo un estándar de limpieza en mi hogar, y los criados saben que lo hago cumplir. Y no es la primera queja que recibo sobre ti.

    — Qué querés que te diga, hacer amigos es una de mis especialidades. ¿Solo venías para eso? ¿A molestarme?

    El secretario suspiró.

    — No, simplemente venía a preguntarte cómo iba tu trabajo. Mi hermano está algo ansioso por tener noticias nuevas.

    — Pues dile que estoy haciendo lo que puedo. No me voy a largar al monte a cazar una bestia así como así. Si tan solo algunos de los residentes pudieran darme una descripción de lo que han visto, podría acelerar las cosas.

    — En eso puedo ayudarte, de hecho. Era una de las razones por las cuales te buscaba, aparte de comunicar las preocupaciones del Sindaco. Pude localizar a la tía del pastorcito que había desaparecido. Según me pudo contar, volvió con sus padres, a un pueblo cercano. La salud de su madre había empeorado, y tenía que ayudar a su padre a cuidarla y a ocuparse de la casa.

    Freyja no lo miró a la cara. Sabía que si alzaba la vista, la socarrona sonrisa y los ojos azules del secretario la recibirían. Y ella perdería los estribos. Porque odiaba que le mintieran a la cara, y odiaba que la trataran de estúpida.

    Sin embargo, otra sensación comenzaba a surgir en el pecho de la elfa. Era similar al miedo, pero no resultaba tan fuerte. Era aprehensión. Tragó saliva. Era obvio que allí pasaba algo demasiado raro. Pero no iba a poder averiguar que era hasta no sacarse al hombre de encima.

    — Bueno, eso me ayuda en absolutamente nada. Al parecer, perdí mi única pista, por borrosa y oscura que esta fuera.— se incorporó, sacudiéndose la tierra de encima.— No me va a quedar otra que patear el monte.

    — ¿Oh?— el humano estuvo unos segundos entendiendo la frase.— ¡Ah, hablas de explorar! Sí, podría ser una buena idea…

    — ¿Pero?

    — Pero está oscureciendo. No te recomiendo internarte allí con poca luz. Es peligroso.

    — Da la casualidad de que soy una elfa, y puedo ver bastante bien con poca luz. Y también de que llevo la mayor parte de mi vida combatiendo contra monstruos, así que creo que eso tampoco será un problema.— comentó, mientras se alejaba de allí.

    — Como gustes.— concedió el veracciano, encogiéndose de hombros, las manos todavía en la espalda.— Me pondría mal si te pierdes, ¿no quieres que asigne a alguien para que te acompañe?

    — No, gracias. No quiero tener que cuidar de nadie más.

    — Sabes que puedes volver a mi casa a pasar la noche, si lo prefieres. Tu equipaje todavía sigue allí.

    La cazadora hizo un gesto ambiguo con la mano, mientras salía del pueblo y se dirigía hacia las colinas de las afueras. Tenía muy pocas ganas de continuar con la conversación.




    El monte la recibió cuando el sol apenas era un punto naranja en el cielo, a punto de ocultarse tras las colinas. El lugar estaba tranquilo, el viento de la tarde susurrando apenas entre las ramas de los espinillos, logrando refrescar el ambiente a duras penas. Los pájaros susurraban, ocultos entre el follaje y las sombras, cuchicheando sobre la intrusa en su territorio.

    Freyja se permitió un momento para cerrar los ojos e inspirar fuerte, saboreando el aire salvaje, dejando que el aroma a resina y tierra llenara sus pulmones, y los sonidos de los distintos habitantes del monte llenaran sus oídos. Disfrutó de esos segundos de paz que la naturaleza le brindaba, y que le recordaban a su hogar. Se sentía mucho más a gusto perdida en las afueras de un pueblo que en una cama primorosamente decorada. No viajaba tanto de un lado para el otro porque sí. Era nómada por elección.

    Pasó la mano enguantada por un espino, el grueso cuero protegiéndola de las afiladas puntas de las ramas, y contempló las florecillas amarillas que se habían depositado por doquier en aquella planta. No había venido al monte para investigar nada, si no para alejarse de aquel hombre, que con cada conversación le ponía los pelos de punta. Siempre que la miraba, parecía que la atravesaba, como si estuviera escudriñando dentro de ella. Hablaba en un tono peligrosamente calmado y amable, como si supiera algo que ella no. Y estaba segura de que eso era una certeza.

    Como si supiera que él era un monstruo.

    Parecía el inicio de un mórbido juego de gato y ratón; sentía que estaban jugando con ella antes de devorarla. Estaba tanteando, fijándose hasta donde llegaba, examinando sus reacciones, sus movimientos. Ella, que tantas veces fue depredadora, ahora se estaba convirtiendo en presa. Y no le gustaba para nada.

    Agitó la cabeza, alejando esos pensamientos. Necesitaba estar atenta. Después de todo, se había internado en el monte sin ningún arma. Y no ignoraba lo estúpido de esa decisión. Tal vez debería volver. Miró hacia atrás. Había caminado un buen trecho mientras estaba en su trance. Esperaba no haberse internado tanto como para perderse. Por suerte, todavía había algo de luz, y podía guiarse por sus huellas. Chasqueó con la lengua. Tendría que haberse traído una linterna. Se dio media vuelta, y comenzó a retroceder sobre sus pasos.

    Transcurrieron unos treinta minutos, en los cuales estuvo parcialmente abocada a su tarea, parcialmente disfrutando del fresco de la tarde. El bosquecillo en el cual ahora se encontraba era extraño, formado por una combinación de varios arbustos, espinillos y acacias, con los ocasionales eucaliptos imponiéndose sobre el resto, como si fueran los señores del lugar.

    De manera ausente, tomó un trozo de corteza caído, para olerlo. Eucaliptos medicinales. La misma variedad que en Uleared. Parecía que ambos lugares estaban en latitudes similares, en continentes distintos. Estrujó el retazo de corteza con la mano hasta que el sonido del quiebre resonó en el silencioso bosque. Soltó los pedazos y continuó camino.

    No pudo avanzar mucho más, pues sus orejas se movieron nerviosas, captando un bufido detrás suyo. Giró lentamente la cabeza, e hizo una mueca al notar el enorme jabalí detrás suyo, que se encontraba arañando la tierra y moviendo de manera agresiva la cabeza. La elfa llevó de manera instintiva una mano a la cintura, pero chasqueó con la lengua cuando recordó que no llevaba ningún tipo de arma. Genial.

    Se dio la vuelta, con cuidado, y comenzó a alejarse de allí, caminando de espaldas, atenta a los movimientos del animal. Los jabalíes no eran muy territoriales, a diferencia de lo que mucha gente creía, y preferían huir a una confrontación directa. Por el aspecto de este, parecía un macareno, un macho viejo. Solían estar acompañados de un macho más joven, llamado escudero. Sin embargo, Freyja no lo veía por ningún lado. ¿Tal vez por eso estaba tan alterado?

    Mientras retrocedía, se llevó su brazo a la nariz, para olisquear su ropa. Puede que esta tuviera cierto olor que alertara al porcino. No notó nada fuera de lo normal. Como fuera, lo mejor sería alejarse de allí lo antes posible. No estaba preparada para enfrentarse a un jabalí furioso, en especial uno que debía estar midiendo casi ochenta centímetros desde la cruz al suelo.

    El animal parecía estar contento con la actitud de la cazadora, pues simplemente se limitaba a caminar de un lado a otro, cada tanto arañando el suelo y subiendo y alzando la cabeza, mientras bufaba y resoplaba. Freyja suspiró. Bueno, seguramente se había acercado sin saberlo a alguna reserva de alimento que tenía el cerdo por allí, y este solo se estuviera asegurando de que no le robara absolutamente nada. Y si lo pensaba bien, no era tan disparatado. Los jabalíes eran nocturnos, saliendo al atardecer para buscar comida. Y el sol estaba pronto a ocultarse, el momento ideal para que un macho viejo y sin escolta anduviera por allí de manera despreocupada.

    Se permitió una leve sonrisa. Al final tanta preocupación no había venido a…

    Su rostro pasó de una expresión relajada a una de completa sorpresa y miedo, en cuanto el macareno soltó un chillido y, con un bufido, cargó contra ella. Saltó a un costado, esquivando así el primer envite del animal. Rodó en el suelo, y con un solo movimiento, se incorporó y comenzó a correr en zig zag, intentando poner la mayor cantidad de obstáculos entre ella y el malhumorado porcino.

    Comenzó a dar saltitos en una pierna, mientras se quitaba la bota de la otra, arrojándola a un lado. Maldijo el hecho de que estuvieran hechas de cuero y bastante ceñidas, teniendo en cuenta que con el sudor debido al calor del día, sumado a que no parecían estar hechas para los pies de una arblur, volvían casi imposible la tarea de desembarazarse de ellas. En cuanto tuvo ambos pies libres, comenzó a buscar algún árbol de buena estatura. Se decidió por otro eucalipto, que por suerte tenía algunas ramas bajas.

    Saltó y se asió a una de ellas con ambas manos, su cola ayudándole a sostener el equilibrio. Con sus pies, su anatomía distribuida de tal manera que los volvía prensiles, se impulsó más arriba, para separarse todavía más del enojado jabalí. En cuanto logró llegar a una rama lo suficientemente gruesa como para soportar tranquilamente su peso, apoyó su espalda contra el tronco, y con cuidado, miró hacia abajo.

    Tuvo que apartar la vista de inmediato, pues el vértigo la invadió, mareando su visión. Se aferró con las uñas a la corteza, hiriendo al árbol, mientras inspiraba para calmarse. Los elfos del bosque estaban hechos para trepar. Eran ligeros de constitución, sus manos y pies se aferraban fácilmente a ramas y a cualquier otra superficie que les brindara un buen agarre, y su cola, si bien no era lo suficientemente fuerte como para sostenerlos, sí les ayudaba con el equilibrio. Sin embargo, Freyja siempre había sido una elfa que disfrutaba tener los dos pies en tierra. Nunca le habían gustado las alturas.

    Quiso cerrar los ojos, pero resultó ser peor. Maldita sea, en qué lío se había metido. Bueno, si tenía suerte, solo debía esperar unos minutos hasta que el chancho perdiera el interés o se diera por satisfecho. Por suerte, tenía la suficiente seguridad en sí misma de pensar en que no se caería. O al menos, eso quería creer.

    Tal como había predicho, el macareno llegó hasta la base del tronco, olisqueó alrededor, y subió el morro, resoplando. Los jabalíes tenían muy mala vista, pero su olfato y oído eran excepcionales. A la cazadora le recordó un poco a sí misma, en cierto sentido. El animal rodeó el árbol un par de veces, volvió a soltar aire con el hocico alzado, levantando las crines del lomo, y luego se alejó de allí, satisfecho de haber hecho su trabajo de guardián.

    La elfa suspiró, permitiéndose un segundo de descanso. Ahora quedaba la parte más difícil. Bajar.

    Subir era sencillo, uno miraba hacia arriba. Pero cuando uno descendía, tenía que mirar hacia abajo. Tomó aliento, y se dispuso a bajar. Una brisa fresca se había levantado, lo que al menos le mitigaba un poco el calor y los nervios. Se detuvo a medio camino. Su nariz había captado un olor inusual. Pestañeó perpleja.

    Se sacó un guante con los dientes, escupiéndolo luego a un costado, y humedeció su dedo índice con saliva para captar la dirección del viento. No, no venía del pueblo. Entonces, ¿de dónde provenía ese fuerte olor a lavanda?

    Intrigada, bajó los últimos metros de un salto. El bosquecillo en donde estaba no era para nada frondoso, lo que permitía que el viento corriera más libre. Y tal vez gracias a eso, ese particular aroma ahora le bañaba las fosas nasales. Apretó los dientes. Necesitaba encontrar la fuente, a pesar de que una ligera sensación en su nuca le indicaba lo contrario. Tragó saliva, y se internó más en el monte.

    Las botas quedaron olvidadas en el camino, único testimonio de su paso por ese lugar.
     
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  9. Threadmarks: Parte VIII
     
    Reual Nathan Onyrian

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    Parte VIII

    Las killas ya comenzaban a robarle el lugar al inti en el cielo cuando la elfa comenzó a acercarse hacia su destino. A medida que iba avanzando, se había ido internando en un bosque cada vez más tupido, y la sensación en su nuca se acrecentaba. Pero no sabía si achacarlo al extraño olor a lavanda, o al hecho de que se encontraba en medio del monte durante la noche, en un bosque bastante denso. Gruñó por lo bajo. Odiaba los bosques densos. No la hacían sentir cómoda.

    Se guiaba más por el olfato que por la vista, ya que había muy poca luz en el ambiente. Sus oídos captaron el murmullo de un arroyo, así que decidí dirigirse hacia allí. Si terminaba dándose cuenta que seguir el rastro de olor a lavanda era una idea demasiado estúpida, bien podía guiarse por el arroyo para volver. Frunció el ceño, a medida que avanzaba de manera cautelosa. Por alguna razón, el sonido del curso de agua le recordaba a algún animal gruñendo. Agitó la cabeza. Seguro que el calor, la presión de la noche, y todo el esfuerzo mental que estaba gastando en este trabajo la estaban afectando. A pesar de todo, decidió apurar el paso.

    Encontró el arroyo y continuó camino bordeándolo. Pasó al lado de un roble, al que ignoró. Sin embargo, al tener que agacharse para esquivar las ramas más cercanas, por el rabillo del ojo, notó como lo que parecían manos blancuzcas buscaban asir su trenza. Giró la cabeza rápidamente, con una expresión de alarma en el rostro, pero se encontró con que no había nada. Tan solo las ramas y hojas del roble, algo grisáceas por la edad. Su corazón empezó a latir de manera intensa. Algo muy raro estaba pasando allí. Tragó saliva, y se obligó a avanzar.

    El olor a lavanda la envolvía, cada vez era más fuerte, y terminaba confundiendo sus sentidos. La cabeza comenzaba a latirle y dolerle. Maldita sea, ni en la noche parecía refrescar allí, a juzgar por el sudor que había comenzado a correrle por la columna. Sus pies desnudos sentían el calor que emanaba del suelo, y la humedad se le metía entre los dedos, incomodándola. Comenzaba a asfixiarse. Los bosques densos y cerrados le producían eso. El pecho se le cerraba. Y el intenso olor a lavanda no ayudaba en nada.

    Con cada paso que daba, el aroma se volvía más y más espeso. Y había algo más allí. Un hedor que se colaba en el medio, pero que entre la fragancia de los árboles y el perfume que inundaba el ambiente, se volvía difícil de identificar. Freyja avanzaba de manera automática, prestando poca atención a sus alrededores, chocando con raíces y piedras en el camino. Había comenzado a descender sin darse cuenta, y en un tropiezo, cayó de bruces al suelo. Rodó por la suave inclinación de la ladera, cubriéndose el rostro y la cabeza con los brazos.

    Aturdida, se puso en cuatro patas, en cuanto dejó de rodar, y agitó la cabeza. Esta le daba vueltas, y su visión era borrosa. La fragancia a lavanda era imposible de soportar, y sintió como las náuseas la obligaban a vomitar. Depositó todo lo que había comido al mediodía en el suelo, tosiendo luego. Gateó para alejarse del charco maloliente, de manera ciega, y su corazón dio un vuelco cuando su mano derecha no encontró suelo, sino vacío.

    Retiró rápidamente la mano del agujero, parpadeando perpleja. No había notado la presencia del enorme hoyo, oscuro y profundo, que se extendía ante ella. No parecía reciente, pues no había tierra a su alrededor, y los bordes estaban bastante secos. El corazón se le aceleró al notar que el olor a lavanda provenía de esa misma boca negra. Tragó saliva, y con cuidado, comenzó a acercarse, en cuatro patas. Asomó el rostro, y la fuerte fragancia, mezclada con el vértigo que le generó contemplar las profundidades insondables y teñidas de oscuridad del mismo, la abofetearon de tal manera que sintió como más bilis intentaba subir por su garganta.

    Alejó la cabeza del pozo e intentó calmarse, pero cada vez que inspiraba, el perfume a lavanda la invadía. Debía alejarse de allí. ¿Qué hacía ese agujero inmundo en el medio del monte? Estaba demasiado bien excavado como para ser de alguna bestia salvaje. Seguramente algún loco del pueblo era el responsable. ¿Y por qué olía tanto a lavanda? ¿Acaso el mismo loco arrojaba flores allí todos los días?

    Sus fosas comenzaron a sentir el hedor del vómito, que lograba penetrar incluso la fragancia presente, y sintió un escozor subir por su nariz. Cerró los ojos. Maldita mierda, ¿acaso este día no podía ir… ?

    Volvió a inspirar. Ese hedor… El hedor a huevo podrido. A cloaca. A descomposición. Ese hedor no provenía de su regurgitación.

    Era el olor a carne podrida.

    El olor de un cadáver.

    Giró la cabeza lentamente, hacia el hueco. Su nariz no la estaba engañando. Ese olor. Ese olor provenía de allí.

    El agujero parecía llamarla. Parecía pulsar. La invitaba a conocer sus secretos. Era fácil. Tan solo… tenía que dejarse llevar. Tenía que darse a él. Asomar la cabeza, no era tan difícil. Con tan solo eso, el pozo podía mostrarle lo que ella deseaba, podía darle el poder para conseguirlo. El pozo sabía el anhelo en su corazón. En su profundidad se encontraba la respuesta a su incógnita. El pozo era sabio.

    El pozo había vivido allí por miles de años. Las personas iban y venían. Pero el pozo seguía allí. Tan solo debía entregarse. Nada difícil. Debía asomarse… y aceptarlo.

    Era tentador, la verdad. Ya no tendría que seguir buscando. No tendría que aguantar a más hermanos pretenciosos y siniestros, ni a gobernadores que no la miraban a los ojos cuando hablaban, sumidos en una extraña especie de trance. Al fin podría encontrarlo. Podía hallarlo. Y preguntarle por qué. La respuesta que más añoraba, aquella que llevaba guardada en su pecho durante casi cinco años, estaba oculta al frente suyo, frente a su propia nariz. En las profundidades del pozo.

    Comenzó a gatear hacia allí, de manera lenta, cada paso costándole lo mismo como si hubiera hecho diez. ¿Por qué reconocía ese hoyo? Por alguna razón, sentía que lo recordaba de algún lado. Tenía que escarbar un poco más, pues una parte de sí misma se rehusaba a creer que la respuesta que buscaba pudiera estar allí. Que pudiera cumplir su deseo de manera tan sencilla.

    Un destello iluminó su cerebro, y la realización la frenó de seco, cuando estaba a unos palmos de distancia del borde. Sus ojos se abrieron grandes al recordar, y se alejó apresuradamente del pozo. Este la seguía llamando, pero su voz se iba debilitando, siendo aplastada por el recuerdo que la elfa había logrado desenterrar de su mente.

    Se incorporó rápidamente. La cabeza todavía le daba vueltas, y pudo notar como en la chaqueta que traía, pequeñas gotas de vómito habían impactado. Chistó con la lengua, para luego desembarazarse de la prenda y quedarse solo con la blusa. Sus brazos respiraron agradecidos, enfriándose con la leve brisa nocturna.

    Observó el panorama alrededor, algo perpleja, mientras sus ojos se adaptaban a la escasa luz. Se encontraba rodeada de oscuridad. La luz de los Ojos apenas lograban traspasar las copas de los árboles. Miró por sobre su hombro. Un sudor frío le recorrió la nuca, al ver que la oscuridad del pozo parecía incluso más impenetrable que la de la noche.

    Tiró la chaqueta a un costado, y salió corriendo de allí. Tenía que alejarse de ese lugar lo más rápido que pudiera. Y tenía que contestar la duda que comenzaba a asaltarle la cabeza y amenazaba con llenar todos sus pensamientos.

    No se dio cuenta, pues se fue sin mirar atrás, pero la chaqueta había comenzado a moverse, como si un viento imperceptible la estuviera empujando.

    Directamente hacia el pozo.
     
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  10. Threadmarks: Parte IX
     
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    1726
    Parte IX

    Basilius se frotó el rostro, sentado en el borde de la cama y enfundado en un camisón. Miró por la ventana, y la oscuridad de la noche fue todo lo que pudo notar. La luz de las killas acariciaban suavemente su habitación, dándole un aspecto onírico al lugar. ¿Quién diantres estaría aporreando la puerta a estas horas? Y más con el calor que hacía esta noche. Había dejado la ventana abierta para que entrara algo de fresco, aunque este había brillado por su ausencia.

    El golpeteo incesante, junto con los gritos, había continuado por varios segundos, así que las esperanzas del mayordomo de que simplemente fueran niños jugando una broma o algún borracho perdido se habían desvanecido.

    Prendió la vela que tenía en su mesa de luz, al lado de su cama, y con paso cansino, salió de su cuarto y se dirigió hacia la entrada principal. Al observar por la ranura de la puerta, pudo notar que la molesta elfa que los había visitado al mediodía era la culpable de tremendo alboroto. Bufó, molesto, y consideró llamar a los guardias, para que se encargaran de la pequeña peste. Pero había tenido que lidiar con la terquedad durante una gran parte de su vida, y el rostro de aquella arblur era la epítome de la testarudez. Un par de guardias de pueblo no iban a hacer mucho contra ella, en especial si era una renombrada cazadora de monstruos, como se decía.

    Así que simplemente suspiró resignado y abrió la puerta, apenas lo suficiente para asomar la cabeza. Tal vez podía echar a la molestia rápidamente, sin necesidad de fuerza bruta. Frunció el ceño. Se encontraba simplemente vestida con una blusa que le quedaba algo holgada, por lo que se podían adivinar trazos de su ropa interior. No tenía botas, y había pequeñas ramitas y hojas por todo su atuendo. Que desastre de persona.

    Sin embargo, tan solo pudo abrir la boca, ya que la elfa levantó una mano, tomándolo por sorpresa e interrumpiendolo.

    — No me importa lo que sea que vayas a decir. Quiero ver al gobernador —exigió, con tono que no admitía quejas.

    Basilius la miró, con los ojos desencajados. Había que ver el nervio de esta mujer. ¿No sólo que aparecía de forma aleatoria, a altas horas de la noche, interrumpiendo el sueño de la buena gente, si no que también se sentía con el derecho como para exigir?

    El hereo bufó, con la nariz arrugada en un gesto de disconformidad.

    — ¿A quién se le ocurre aporrear una puerta a estas horas, exigiendo ver al dueño de casa? No sabía que su salvajismo llegaría a tal límite.

    — Creí mencionar que no me interesaba nada que saliera de tu boca. Dejame entrar.

    — El Sindaco se encuentra ahora dormido, si la gracia lo ayudó y no se despertó con su incesante aporreo. Así que no puede verla —finalizó el mayordomo, y cerró la puerta.

    O al menos lo intentó, si no fuera porque la elfa hubiera apoyado su pie desnudo en la misma. Basilius la miró con cara de no creer, momento que la salvaje aprovechó para dedicarle una sonrisa que logró incomodarlo, y patear la hoja. El hereo salió trastabillando hacia atrás, sorprendido ante la repentina demostración de fuerza, su esbelta figura intentando mantener el equilibrio.

    — Creo que no entendés. No tenés ninguna clase de poder de decisión en estos momentos —le comentó Freyja, mientras pasaba a su lado, dejándolo con la boca abierta.

    El mayordomo tardó en recomponerse, y apabullado, se incorporó rápidamente, dando largos aspavientos en el aire con los brazos, increpando sobre su falta de decoro y su poco respeto hacia la propiedad ajena y sus superiores. La elfa le dedicó la misma atención que se le brinda a una mosca.

    Se dirigió directamente hacia la sala en donde se había reunido con el gobernador la primera vez. Aquel ominoso cuarto, frío a pesar del calor, con el rifle bajo la cabeza del puma disecada. Tenía un presentimiento de que encontraría allí a su hombre.

    Y no se equivocaba.

    Tal como lo había dejado la otra vez, se encontraba frente a la chimenea, esta vez prendida, las manos cruzadas detrás de la espalda. Las cortinas, para variar, estaban cerradas. La misma sensación de desosiego que la había asaltado anteriormente volvió a invadirla, subiendo por su cuello, erizando los vellos de su nuca. Al parecer, el mayordomo también se sorprendía de ver a su amo allí, porque detuvo su incesante queja en cuanto entró a la habitación.

    — Oh, mia signore, se encuentra despierto. ¿Acaso el continuo aporreo a su pobre puerta de parte de esta irrespetuosa mocosa lo despertó? Déjeme que me encargue de ella…

    Fue interrumpido por una mano alzada. La mano del gobernador.

    — Está bien, Basilius —lo cortó este, con su voz apenas audible.— Yo me encargo a partir de ahora.

    — Pero signore

    — Basilius.

    — Como ordene.

    El hereo hizo una reverencia, y cerró la puerta al irse, no sin antes fulminar con la mirada a la elfa. Esta le hizo un gesto grosero con la mano.

    Freyja giró su rostro luego hacia el gobernador. Las sombras que proyectaban las llamas de la chimenea daban la ilusión de que el hombre se deformaba a medida que el fuego danzaba, y hacía que su forma fuera difícil de discernir. Paseó la mirada por la habitación, y se dirigió hacia una estantería que se encontraba a las espaldas del gobernador.

    Tenía el aroma a lavanda todavía dentro de sus fosas. En el camino hacia la mansión, tuvo que atravesar el camino bordeado por esas mismas plantas. Eso solo había logrado ponerla aún más nerviosa. No sabía por dónde empezar.

    El silencio se sentía pesado. Era aplastante. Espeso. Y la presencia del gobernador no ayudaba. Resultaba, en cierta manera atemorizante. Freyja seguía dándole la espalda. No se atrevía a enfrentarlo aún.

    — Quieres saber la verdad, ¿no es así? —preguntó el veracciano, de improviso.

    La elfa se dio vuelta lentamente, y su corazón subió hasta su garganta en cuanto se dio cuenta que el hombre la estaba mirando fijamente. Era la primera vez que veía su rostro. Este no tenía nada especial. Era… un rostro común y silvestre. Algo rollizo, circular, las cuencas de los ojos un poco hundidas, la nariz algo respingada. Pero fuera de eso, nada particular.

    No, lo que había apabullado a la cazadora eran sus ojos. Tenían un tinte verde claro, estaban inyectados en sangre, y principalmente, parecían cansados. Demasiado cansados. Eran los ojos de un hombre que había soportado un enorme peso en su vida, y todavía no había podido liberarse del mismo. Eran los ojosde alguien que habían visto demasiado.

    — Descubrí el pozo con olor a lavanda.

    — Sí, lo pude sentir. Me avisó que lo habías encontrado.

    Freyja se tensionó. Esto comenzaba a asustarla demasiado. El gobernador volvió su vista al fuego. La elfa contemplaba toda la habitación, y sus ojos se posaron en el rifle que había sobre la chimenea. Un sudor frío comenzó a correrle por la frente. Se movió lentamente y se dirigió hacia el escritorio. Podía usarlo de barrera en caso de ser necesario.

    — Es hora de contar la verdadera historia, entonces. No más mentiras —comenzó el gobernador, y luego realizó una de sus largas pausas.— Todo lo que te conté es cierto, hasta la parte en la cual me escondí. A partir de allí, la historia se distancia.

    Pausa.

    — Hubo un estruendo en el bosque. El rifle de mi hermano. Había matado a la bestia. ‘¡Tan solo un puma!’ dijo. ‘¡Había sido siempre tan solo un león de montaña!’ —su voz había cambiado. Aquella mezcla de burla y añoranza había vuelto.— Y luego ambos nos reímos. Nos reímos de la simpleza de la bestia. Lo fácil que había sido abatirla. De cómo yo me había escondido. Nos reímos de cómo los aldeanos estarían agradecidos.

    Pausa.

    — Con él.

    Pausa. Las manos detrás de la espalda del gobernador se tensaron. Freyja podía adivinar que había ocurrido luego.

    — El pozo me estaba llamando. Comenzó a hacerlo desde que lo descubrí con mi hermano —continuó.— Al parecer, tenía lo que yo deseaba, mi más profundo anhelo. Tan solo debía hacer una cosa. Necesitaba matar a mi hermano. Cargué con su cadáver hasta el pozo, y se lo ofrecí. El pozo lo aceptó gustoso. Sin embargo, engañé al pozo. El pozo quería a mi hermano completo.

    Pausa.

    — Igual que todo el mundo, el pozo quería a mi hermano. Pero no iba a darle todo mi hermano. Así que le saqué un trozo de su abrigo, cubierto con sangre. Y con eso, volví a la aldea. Los aldeanos me felicitaron, y se lamentaron por mi pérdida. Pero yo pude dormir. Sin sueños.

    Pausa.

    — Mi hermano volvió a los siete días. El pozo no debía estar satisfecho con su sacrificio. Así que había vuelto a atormentarme. Todos estaban felices. Pero eso no podía ser. Porque yo había matado a mi hermano.

    El hombre volvió a mirar directamente a los ojos a Freyja. Esta sintió como su corazón daba un vuelco.

    — Por eso sé que esa cosa no es mi hermano. Yo lo maté. Esa cosa es producto del pozo. Ya no puedo dormir. Tengo sueños. Sus piernas inmóviles. Su torso todo rojo. Él no es mi hermano. Él es un monstruo.

    Pausa.

    — Y es por eso que necesito que lo mates.

    Las llamas dibujaban sombras en el rostro del gobernador, que lo único que hacían era incrementar la incomodidad que este le causaba a la elfa. La historia la había dejado algo perpleja, lo suficiente como para alterar su respiración. La traición entre hermanos siempre le había causado náuseas. Pero aquí ocurría algo más. Algo había oculto entre todo esto. El hombre no había mencionado cuál había sido su anhelo. ¿Ser gobernador del pueblo? ¿Ocupar el lugar de su hermano?

    El peso de su mirada no hacía más que aplastarle el pecho a la elfa. Sentía el latido de su corazón chocar contra sus costillas. Tragó saliva, y lentamente, sin darle la espalda a su interlocutor, se fue dirigiendo hacia la puerta.

    — Necesito que mates a mi hermano, Freyja de Nidohueco. Y necesito que lo mates ahora —dijo el gobernador, mientras la seguía con la mirada.

    Freyja no contestó. Simplemente llegó hasta la puerta, tomó el pomo, y salió corriendo de allí.
     
  11. Threadmarks: Parte X
     
    Reual Nathan Onyrian

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    La Saga de Freyja de Nidohueco: Él era un monstruo
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    Fantasía
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    Parte X

    Fuego. A su alrededor solo había fuego. Era todo lo que iluminaba la oscuridad que la rodeaba. El fuego la quemaba, lamía su piel, la lastimaba. Pero ella no se apartaba. Estaba inmóvil. Pues lo único que la hacía sentir algo, sentirse viva, eran las llamas que la envolvían.

    Su interior también ardía. Sentía sus venas refulgir con la fuerza de una forja viva, su sangre hirviendo dentro de su cuerpo. Esa sensación se sentía bien. La revigorizaba. El calor la dañaba, pero también la curaba. Era un ciclo sin fin, del cual ella no podía librarse.

    Oscuridad. Era todo lo que la envolvía. El fuego se extendía a su alrededor, trepando por árboles invisibles, reduciendo a cenizas el enorme bosque que la rodeaba, pero que no podía ver. Pues sus ojos se encontraban fijos en aquello que se apoyaba sobre su regazo.

    Toda la luz parecía convalecer sobre sus piernas. Pues allí se encontraba una persona. Ella sostenía el rostro entre sus manos, sin decir palabra. Ya no tenía palabras que decir. El fuego se las había quemado todas en su garganta. Tan solo podía observar ese rostro, y acariciar el greñudo cabello castaño, duro de barro y sangre.

    El rostro tenía los ojos vacíos, completamente en blanco, y la boca ligeramente abierta. Ese rostro no podía encontrar calma. Ya no. No después de lo que había ocurrido. Ella intentaba acunarlo, pero no podía. Tomó la mano de la persona a la cual ese rostro había pertenecido, pero no recibió respuesta. Esa persona ya no podía aferrar su mano. Ya no tenía vida dentro suyo. Esta se había escapado, al igual que la sangre que chorreaba por su torso, cuando le habían arrancado la parte inferior del cuerpo.

    Ella tan solo tenía la mitad de una persona sobre su regazo, aunque, en realidad, ya no quedaba nada de esa persona. El brillo de sus ojos se había apagado, y sus pulmones ya no recibían oxígeno. Su boca ya no volvería a curvarse en una sonrisa cuando la viera, ni su nombre saldría de sus labios como una refrescante gota de rocío en la mañana. No, ya no quedaba nada de esa persona. Lo mejor sería que se alejara de allí.

    Pero no podía.

    El cuerpo en su regazo era muy pesado, y le impedía moverse. Además, esos ojos blancos, muertos, la paralizaban, la obligaban a quedarse allí, contemplándolos por la eternidad. Mientras tanto, el fuego a su alrededor se cerraba en un anillo, y comenzaba a asfixiarla.

    Pero ella no podía alejarse.

    De hecho, no quería.

    Quería permanecer allí. Quería dejar que las llamas la consumieran, y que se volviera ceniza, junto con todo lo que se encontraba a su alrededor. Dejaría que el fuego la devorara, que la volviera uno con él. Así, al fin, podría dejar de cargar con ese peso que traía en su regazo. Así, esos ojos ya no la atormentarían nunca más.

    Cerró los suyos, y apretó la mano de aquella persona que ya no era una persona. Lentamente, descendió su rostro, mientras el círculo se cerraba. De a poco, sus labios se fueron acercando hacia los del otro rostro. Casi podía sentirlos.

    La tomaron por el cuello de su gambesón, y tiraron de ella. Miró hacia atrás, y lo único que pudo ver antes de atravesar las paredes de su celda ardiente fueron dos destellos esmeralda.

    El fuego la abrazó, y un grito de dolor trepó por su garganta.

    Freyja se despertó gritando, mientras sentía como todo su cuerpo ardía, como si fuego líquido corriera por sus venas, en vez de sangre. Se encorvó sobre sí misma, mientras veía como estas se marcaban a través de su piel, en un intenso color rojo que irradiaba calor a su alrededor. No soportaba esa sensación que embargaba todo su ser, mientras su interior se quemaba. Su propia piel comenzó a romperse, formando grietas que seguían la silueta de sus venas y arterias, todas brillando de manera incandescente.

    Intentó controlar su respiración, mientras sentía como el calor la invadía más y más. Se concentró, rebuscando en su mente aquellas palabras, aquella voz que siempre la terminaba calmando. Aquellos ojos, que lograban apagar el fuego que la quemaba por dentro, que amenazaba con devorarla por completo.

    De a poco, pudo sentir como el calor en su cuerpo flaqueaba y comenzaba a amainar. Tan solo tenía que concentrarse en aquellas palabras, las que tanto había repetido a lo largo de su viaje. Y en respirar. Uno, dos, uno, dos. Inspiración, exhalación, inspiración, exhalación, inspiración…

    La imagen de aquel brillo esmeralda se desvaneció completamente de sus ojos, y el calor volvió a asaltarla. Freyja lanzó un último grito desesperado de dolor, y cayó al suelo, inconsciente.
     
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