La mitad de mi vida

Tema en 'Relatos' iniciado por AikoSan, 16 Abril 2015.

  1.  
    AikoSan

    AikoSan Entusiasta

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    8 Abril 2015
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    85
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    Escritora
    Título:
    La mitad de mi vida
    Clasificación:
    Para adolescentes. 13 años y mayores
    Género:
    Drama
    Total de capítulos:
    1
     
    Palabras:
    656
    La calidez de la luz matutina bañándome el rostro me despertó. Podía notar a la perfección el hormigueo del sol en la piel, incluso a través del cristal de la ventana. Era la mejor sensación que mi cuerpo experimentaba en días.

    Permanecí así, disfrutando de la luz que el astro rey me brindaba, con los ojos cerrados. No quería abrir los ojos bajo ningún concepto. No quería que mis párpados se separasen para revelarme la oscuridad, irónicamente. Para mí, la oscuridad y la ignorancia eran la verdadera luz. No quería saber nada de lo que estaba ocurriendo. Sólo ansiaba poder quedarme allí tumbada, con los ojos cerrados, ajena a todo lo demás.

    Pero el incesante e irritantemente agudo sonido de la máquina que más odiaba consiguió sacarme de mi ensueño. El simple pitido de aquella máquina era capaz de hacerme llorar en cuestión de décimas de segundo. Lo odiaba con toda mi alma. Lo habría odiado incluso con el alma de otras personas de haber podido.

    Dubitativa y temerosa, abrí los ojos despacio. Casi podía sentir cómo cada pestaña se separaba lentamente revelando un paisaje borroso ante mí. Y poco a poco mi visión se fue aclarando, como el agua que al caer en un vaso, agitada, termina calmándose hasta parecer tan pulida como un espejo. Y al momento las lágrimas volvieron a empañar mi vista. La odiada máquina, con sus tubos y sus botones, con sus luces brillantes y su eterno pitido, estaba frente a mí. La odiaba y siempre la odiaría.

    Aquella era la máquina que mantenía con vida a mi madre. Eso decían los médicos al menos.

    Pero no era más que una enorme mentira. Mi madre había muerto la noche anterior. Tras seis meses de lucha inútil contra el cáncer; de tratamientos que le hicieron perder su precioso pelo; de fármacos que dejaron su rostro sin vida y su voz sin fuerza, su cerebro se había detenido a las dos de la madrugada, igual que un reloj al que se le acaba la pila. Mi madre ya no estaba en este mundo. Se había ido entre los sollozos de mi hermano y las lágrimas silenciosas de mi padre, que sujetaba su mano consumida, acariciando su alianza de boda.

    ¿Entonces por qué aquella maldita máquina tenía que mantener su corazón latiendo? ¿Por qué no podían dejar que se fuera en paz, que durmiera por fin? ¿Y por qué tenía que seguir viendo su rostro demacrado y pálido en aquella almohada de hospital?

    No quería tener ese recuerdo de ella.
    Quería recordarla con su vestido estampado de girasoles. Quería recordar su melena castaña y sus ojos verdes llenos de vida.

    Quería recordarla en la playa de Benicasim haciendo castillos de arena con nosotros y llevándonos de la mano por el monte para recoger castañas. Quería recordarla como siempre fue. Alegre, vivaz, cálida. Como la luz del sol que me había despertado aquella maldita mañana.

    Pero ya no podría. Aquella estúpida máquina cuyo pitido se había incrustado en lo más hondo de mi cerebro no me abandonaría nunca. Me perseguiría en mis peores pesadillas durante años.

    Mi mirada, apática, se posó en el rostro de la mujer que me había dado la vida. Con gusto le habría regalado la mitad de la vida que me dio para que no se fuera de mi lado.

    Con gusto me habría despedido de ella horas antes de que empezaran sus estertores de muerte y le habría dicho lo mucho que sentía no hacer la cama por la mañanas. Le habría dicho que en el fondo me encantaba cuando se sentaba conmigo a hacer los deberes de matemáticas aunque siempre me quejara por ello. Le habría dicho que su sonrisa me reconfortaba más que cualquier regalo que pudiera hacerme y que sus abrazos eran la mejor defensa contra el cruel mundo exterior.

    Le habría dicho, ante todo, que la quería más que a nada en este mundo.


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    angel reinoso

    angel reinoso Viviendo en el limite de la locura.

    Aries
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    Siempre es difícil de aceptar la perdida de un ser querido y, más aun, si ese ser es el que más amas en el mundo.
     

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