Saint Seiya La Guerra olímpica

Tema en 'Fanfics de Anime y Manga' iniciado por edseptimosentido, 4 Febrero 2019.

Cargando...
  1.  
    edseptimosentido

    edseptimosentido Iniciado

    Capricornio
    Miembro desde:
    9 Abril 2017
    Mensajes:
    7
    Pluma de
    Escritor
    Título:
    La Guerra olímpica
    Clasificación:
    Para adolescentes. 13 años y mayores
    Género:
    Tragedia
    Total de capítulos:
    6
     
    Palabras:
    1289
    Prólogo.

    Desde antaño la magnánima diosa Atenea ha brindado su divina protección a la humanidad, desde los albores de la lejana era del mito, cuando brindaba su valioso amparo, sus consejos y su excelsa sabiduría a los célebres héroes legendarios de la mitología, figuras tales como Heracles, Perseo, Ulises, Teseo, Belerofonte, Diomedes, Jasón o Aquiles, entre tantos otros, siempre cobijando a los humanos de los peligros que representaban los todo poderosos dioses. Con el devenir de la humanidad se opuso férreamente a las incontables invasiones que diversos dioses de la talla de Hades, Poseidón y Ares emprendieron, imbuidos por sus despiadados espíritus imperiales. Así fue que la diosa de la sabiduría reencarnaba cada vez que el mal acechaba el planeta Tierra, al igual que sus guerreros, los valerosos santos, los cuales estaban representados por sus constelaciones guardianas. Se trataba de un círculo que se repetía de forma constante en cada era; por tanto, cada más de doscientos años cruentas guerras santas se decantaban de forma predestinada y en cada una de ellas el resultado era el mismo: la victoria de Atenea y sus santos, nunca exentas de atroces sacrificios y de una copiosa cantidad de sangre vertida.

    Naturalmente que, el siglo XX no era la excepción: atrás había quedado la revuelta del Santuario en cabeza de Saga de Géminis; la Guerra Santa contra Poseidón; la victoria milagrosa ante Hades en los propios Campos Elíseos; y por último la Guerra de la Próxima Dimensión, en donde Seiya había resucitado gracias al invaluable esfuerzo de sus hermanos: Shun de Andrómeda, Shiryu de Dragón, Hyoga de Cisne e Ikki de Fénix, quienes fueron guiados por Atenea hacia Nike: en dicha ocasión el milagro fue obrado por Odysseus de Ofiuco, el legendario decimotercer santo de oro, quien se había convertido en el estabilizador del pasado y el presente, todo a costa de enfurecer a los dioses al ver malograda la última voluntad de Hades: la muerte definitiva del alma de Pegaso, quien estaba predestinado a herirlo desde la era mitológica. Entonces los dioses olímpicos empezaron a temer el límite de los humanos, fue allí cuando un largo y acalorado debate comenzó en los Cielos. Por su parte, el misterioso y efímero despertar de Poseidón durante la batalla de los Campos Elíseos (ayudando a los santos en aquella ocasión al enviar las armaduras de oro) sembraba una gigantesca incógnita con respecto a su cautiverio. Además, el resultado de dicho combate en contra de Hades, había hecho tambalear el Mundo de los Muertos, lo cual trajo consigo una grave implicancia: el equilibrio cósmico entre el universo espiritual y el material se había roto, restaba ahora mensurar todas sus agoreras vicisitudes.

    En el devenir de todas estas terribles odiseas muchos santos perdieron la vida, a contar: catorce santos de plata habían caído a manos de los sorprendentes santos de bronce de Pegaso, Andrómeda, Dragón, Cisne y Fénix; y posteriormente los doce santos de oro murieron en su afán de derribar el Muro de los Lamentos, por consiguiente el ejército de Atenea había mermado considerablemente su caudal bélico, sin embargo, en el transcurso de un año la diosa Atenea había levantado tenuemente el poderío del alicaído Santuario, cinco santos de oro habían sido nombrados: Ikki de Leo, Shun de Virgo, Shiryu de Libra, Seiya de Sagitario y Hyoga de Acuario; el rango de plata había perdido a catorce de sus veinticuatro constelaciones, no obstante el rango intermedio había resurgido desde las cenizas, y así era como Marín de Águila y Shaina de Ofiuco eran acompañadas por ocho santos de plata nombrados, algunos hace unos años, mientras que otros habían conseguido sus armaduras recientemente; y lo mismo sucedió en el rango de bronce, Jabu de Unicornio y los demás pronto fueron acompañados por una gran cantidad de santos de bronce, jóvenes guerreros oriundos de distintas partes del planeta, todo gracias a que muchas armaduras pudieron ser recuperadas por Mu de Aries antes de su muerte, ayudado en aquella afanosa tarea por su discípulo Kiki, quien recientemente se había convertido en el Santo de Buril.

    Los sólidos cimientos del nuevo Santuario afloraban relucientes: el más joven de los santos de plata era un griego que se llamaba Pléyade, un auténtico prodigio que tenía apenas catorce años y que hacía tan solo un año que había ganado la Armadura de Plata de Orión; otra de las jóvenes promesas era un noruego de quince años de nombre Alkes, quién había sido reconocido por la Armadura de Crateris; y con una mayor experiencia que los mencionados despuntaba un italiano de diecisiete años, de nombre Gliese, considerado como el más prudente y cultivado de su rango, quien portaba la Armadura de Plata de Altar y era de la misma generación de Misty de Lagarto, no obstante se había mantenido estratégicamente al margen durante la revuelta del Santuario y de las guerras santas en contra de Poseidón y Hades, pues lo ameritaba tanto su gran cosmos como su capacidad para enhebrar perspicaces estrategias. Por consiguiente, en ellos, y muchas otras nuevas promesas, jóvenes santos de bronce y plata, residían las esperanzas de poder enfrentarse a lo incognoscible, a lo imposible: al omnipotente emperador celestial Zeus y al glorioso Monte Olimpo, acompañando al devoto Seiya, que lideraba a los santos portando la Armadura de Sagitario heredada por el mártir Aioros de Sagitario y sus escoltas más valiosos: Shun, reconocido en su viaje al pasado por el hombre más cercano a dios, Shaka de Virgo, como su legítimo sucesor; Shiryu, que vestía la Armadura de Libra, heredando así la voluntad del sapientísimo Dohko de Libra; y Hyoga quien portaba la Armadura de Acuario legada por su venerable maestro, Camus de Acuario. Se trataba de un notable y joven ejército, guiados por un nuevo e inédito Papa del Santuario, nombrado recientemente por la diosa y del cual nada se sabía. Las almas de los doce santos de oro caídos en el Muro de los Lamentos guiaban a sus sucesores desde el profundo brillo de las estrellas, después de consumar el sacrificio y la proeza de derribar el muro que separaba lo más rancio del Inframundo, del lugar más sublime del mismo: los inmaculados Campos Elíseos, lugar de descanso de los dioses y grandes héroes. Restaba determinar claro está, si aquel milagro sería el motivo de un indecible castigo más allá de la muerte…

    La Tierra gozaba de lo que muchos consideraban una pasajera paz tras tantos conflictos entre Atenea y algunos de los dioses olímpicos, todo parecía una misteriosa y tácita tregua, que incubaba algo siniestro y estremecedor. En definitiva se avecinaba en el horizonte la que quizá sería la guerra santa más sangrienta de toda la historia, los dioses del Olimpo y sus ejércitos vislumbraban infinitos obstáculos para los valientes santos de la esperanza. Comandando el Cielo se erguía el omnipotente rey Zeus y los majestuosos ángeles; la reina Hera y los esplendorosos serafines; Deméter, diosa de la naturaleza y los eleusinos; Hestia, la diosa del fuego y sus vestales; Hefesto, el herrero de los dioses y sus cíclopes; Hermes, el mensajero de los dioses y sus heraldos, Dionisio, dios del vino, y sus súbditos, tanto en la fiesta como en la batalla: los sátiros; Afrodita, la diosa del amor y sus hermosos querubines; Artemisa, divinidad de la luna, defendida por sus satélites; y Apolo y sus sirvientes de élite: los sacerdotes solares, custodios de los oráculos.

    La disyuntiva era clara: la victoria del Olimpo significaría la total destrucción de la humanidad tal cual la conocemos, de todo lo que la cultura humana simboliza; mientras que por su parte, una victoria de Atenea también representaría un antes y un después en la historia: la independencia definitiva de los humanos con respecto a los gloriosos dioses.
     
    • Me gusta Me gusta x 1
  2. Threadmarks: Parte primera: La batalla contra los príncipes del Olimpo. Capítulo 1: La sentencia de los dioses.
     
    edseptimosentido

    edseptimosentido Iniciado

    Capricornio
    Miembro desde:
    9 Abril 2017
    Mensajes:
    7
    Pluma de
    Escritor
    Título:
    La Guerra olímpica
    Clasificación:
    Para adolescentes. 13 años y mayores
    Género:
    Tragedia
    Total de capítulos:
    6
     
    Palabras:
    2740
    Era el amanecer del trece de diciembre de mil novecientos noventa y uno, la señorita Saori se hallaba en el Templo de Atenea, el último de los recintos del Santuario, el cual se erigía de forma imponente con un estilo arquitectónico griego clásico, con majestuosas columnas dóricas; la diosa conversaba con el nuevo Papa, el cual vestía su tradicional túnica blanca y su característico y aterrador casco rojo, sus largos y hermosos cabellos rubios escapaban por debajo de su máscara, su identidad era un misterio incluso para los santos, se trataba sin dudas de un hombre enigmático. El sol estaba saliendo desde el oriente, asomando con sus luminosos rayos en la habitación, el semblante de Atenea mostraba tristeza y pesar, y así acongojada caminaba de forma elegante y cadenciosa de un lado hacia otro, cuando de repente se detuvo abruptamente y susurró dulcemente, cual presagio funesto:«El día ha llegado…» Y entonces el Papa siguió el hilo de la conversación, preguntando cordialmente: «¿Está segura que vendrán hoy?»; hallábase angustiada la diosa, pues tenía presente el mal que se avecinaba y entonces respondió con la voz trémula: «No tengo ninguna duda, ya están en camino, lo siento en mi pecho…, temo de la decisión de los dioses del Olimpo, pues mis últimas acciones han desencadenado el disgusto de tan glorioso e invencible ejército.» La veneración a su deidad era el signo característico del recóndito Papa, que decía con tesón: «¡Todos nosotros estamos contigo, sin importar que ocurra!»; conmovida por la declaración de fidelidad de su Papa, la noble Atenea respondió esbozando su rostro más cándido: «Lo sé y se los agradezco a todos, pero temo por sus vidas, no solo la de mis santos, sino por las de toda la humanidad…»

    Y el Papa guardó silencio unos segundos, mientras cavilaba profundamente, y luego preguntó:«¿De verdad cree que la guerra santa es inevitable?», Atenea miró a su subordinado con gran seguridad y dijo con firmeza: «Tengo esperanza en la paz, pero temo de la soberbia de los dioses olímpicos, cuando alguien está dispuesto a pelear, sólo quedan dos caminos: someterse o defenderse, temo que nos pongan entre éstas opciones…», y manteniendo su erudita serenidad y su control de las emociones, el Papa expresó pacientemente: «De todas formas estamos listos para confrontarlos.»

    Interrumpiendo aquel reflexivo momento, un hermoso brillo dorado semejante al sol apareció desde occidente, tanto Atenea como el Papa voltearon con semblante adusto y se alistaron para recibir al mensajero con gran valor y convicción. Un nuevo resplandor de gran intensidad se produjo en el interior del recinto y al esparcirse la luz, una silueta relució con majestuosidad, todo mientras una misteriosa voz proveniente de la luz dijo: «Atenea. Los dioses te esperan a su lado en la gran reunión del Olimpo, ha llegado la hora de unirte a los tuyos…»; entonces Atenea exclamó atónita: «¡Esa voz…Hermes!» El apodado Mensajero de los Dioses era un hombre de mediana estatura, de cuerpo atlético, tenía cabellos dorados y ojos miel, estaba erguido con un gran porte y se presentaba vistiendo túnicas griegas de antaño; caminaba con parsimonia y elegancia hacia Atenea e inmediatamente dirigió palabras aladas a la diosa: «Soy Hermes, es el mismo soberano del Cielo, el rey Zeus, quien te convoca a ti y a todos los dioses olímpicos para que acudan. Pero eso ya lo sabes Atenea, te lo hemos avisado en tus sueños…»; con dulzura pero también con temple Atenea contestó: «Y desde ese momento que los espero con esperanza, veamos si en la mesa donde se juega el destino del planeta, puede brillar la esperanza que alberga mi corazón». Y Hermes continuó con su protocolar discurso propio de un diplomático de alto rango: «Es tiempo ya. La espera ha terminado…hoy te encontrarás con tu familia en los Cielos, después de cientos de eras»; entonces Atenea volteó y mirando al Papa musitó: «Espera un momento, regresaré…»

    Y entonces, el misterioso sacerdote que ocupaba tan alto cargo sin que nadie supiera sobre su recóndito origen, contestó haciendo una reverencia: «Por supuesto mi señora». Fue en ese momento cuando el gigantesco cosmos del divino Hermes emitió una poderosa luz que cubrió también a Atenea y ambos desaparecieron con el sagrado resplandor, sin dejar rastro alguno. Tras pensar en aquello unos segundos, el Papa abandonó la alcoba de la diosa e inmediatamente se dirigió a su propio templo, el cual se hallaba ubicado justo debajo del Templo de Atenea, en donde un asistente le aguardaba con impaciencia. El valioso colaborador del Papa vestía exactamente igual que su santidad, diferenciándose sólo por el color de sus cascos, mientras el Papa tenía el casco rojo, el asistente tenía su casco dorado, curiosamente éste último tenía cabellos largos y de un color parecido al Papa, dentro de la gama de los rubios. ¿Casualidad o causalidad?

    Y el asistente hizo una reverencia a su superior y le preguntó con sumo respeto: «¿Qué fue ese resplandor?, ¿acaso Atenea…?»; ensimismado el Papa miró el lejano horizonte por una de las imponentes ventanas de su templo, se tomó unos segundos y dijo, mientras la brisa meneaba su larga cabellera: «Atenea ya no está en el Santuario, ahora será cuestión de creer que ella pueda convencer a los dioses olímpicos de algo inevitable…desde hace unos días Atenea ha dado la orden de emergencia máxima.» Siempre predispuesto a obedecer a raja tabla las órdenes, el asistente informó el cumplimiento de uno de los mandatos papales: «Su santidad, todos los santos que se encontraban desperdigados en el mundo están ahora en el Santuario.»

    El Monte Olimpo es el sagrado mundo de los dioses, se trata de la montaña más alta de todo el Universo, una tierra con doce enormes, suntuosos y majestuosos palacios, residencias de los dioses más poderosos: los doce olímpicos, pero a su vez otros templos se levantan de forma imponente. Los dioses olímpicos habían sido convocados por el omnipotente Zeus y se encontraban reunidos en el sublime recinto denominado el Salón del Juicio Ecuménico, en donde se debatían los asuntos más importantes del Cosmos;el techo, el suelo y las paredes eran semitransparentes, lo cual dejaba ver las hermosas y celestiales nubes que se condensaban en las afueras del recinto. Zeus, Hera, Deméter, Hestia, Apolo, Artemisa, Afrodita y Hefesto se encontraban sentados en dorados asientos, alrededor de una gran mesa circular de color plateada, todos ellos sin vestir sus kamuis (armaduras sagradas), en clara señal de paz. Sin embargo, un clima de tensión plena reunión divina, cuando Hermes y Atenea aparecieron en el recinto tras un destello cósmico y con solemnidad hicieron una pequeña reverencia al rey de dioses, Zeus, quien tenía un jovial y hermoso rostro, y unos largos cabellos blancos que caían por detrás de su espalda, observaba a los recién llegados con sus penetrantes ojos celestes, los cuales emanaban una autoridad absoluta, lo cual haría que cualquier humano o dios le tuviera un indescriptible temor, pero no sucedía lo mismo con su hija divina del mito, Atenea, quien esbozaba una mirada misteriosa, fue allí cuando Zeus se adelantó y manifestó con diplomacia:«Por fin mi hija regresa al Monte Olimpo, han pasado eones desde la última vez que estuviste aquí…», y una desdeñosa Atenea respondió lacónicamente: «Era hora de hacerlo.» Con gran hostilidad, la reina Hera interrumpió la incipiente conversación, diciendo con gravedad: «¿Sabes por qué te encuentras aquí?»La reina del Olimpo, diosa del matrimonio y de los vientos, poseía una gran belleza, su hermosa cabellera pelirroja estaba atada a una distinguida diadema de color dorada, sus ojos eran verdes cual frondosa pradera olímpica, tenía un carácter abrumador y su autoridad era vehemente, sin dudas se trataba de una mujer terrible y de gran severidad. Pero todo ello tampoco intimidaba de ninguna manera a la hija de Zeus, ya había luchado en épicas batalla sagrada contra Poseidón y Hades, no había lugar para el amedrentamiento o el miedo. Además su coraje se cimentaba en la nobleza de su tarea, su vida estaba dedicada a una misión altruista que no daba lugar al desasosiego o la destemplanza, por todo aquello Atenea respondió a cortapisas:

    —Sí, para ser juzgada por el crimen de Hades.

    Una honda tensión se desencadenó en el divino recinto, los dioses se miraban entre ellos con suma incomodidad. Interrumpiendo aquel silencio sepulcral, un hombre sumamente hermoso de apariencia andrógina irrumpió repentinamente en el salón, llevaba consigo una opulenta jarra de vino, el copero tenía largos y suaves cabellos castaño claro y unos hermosos ojos de color ocre; con circunspección el servidor de los dioses dejó la jarra en la mesa y se acercó hacia Atenea y con sumo respeto, veneración y solemnidad musitó con delicadeza: «Mi señora, ha pasado mucho tiempo…» Y algo misterioso emergió entre Atenea y aquel sujeto, una extraña sensación que se remontaba a otros tiempos lejanos.

    —¿Tú eres…? —pregunta Atenea con curiosidad. La embargaba un sentimiento de nostalgia, como si se conociera con aquel hombre de otra vida.

    —Veo que no me recuerda —responde el misterioso hombre y luego añadió—, mi señora, yo serví bajo su mando en la primera guerra santa, en tiempos inmemoriales…

    —Ahora lo recuerdo —dijo Atenea mirando al copero fijamente y luego preguntó—, y… ¿qué es lo que haces aquí?

    —Me he ganado la estima de Zeus, quién me concedió el privilegio de servirle a los sagrados dioses olímpicos…

    —Ganimedes, no te he autorizado a participar en ésta conversación —adujo Zeus con autoridad.

    —Perdón mi señor, Atenea, ha sido un placer —expresó Ganimedes haciendo una reverencia. El hermoso copero sirvió el vino en las diez suntuosas copas de la mesa con absoluto silencio y se retiró con serenidad. Como era de esperarse, las cuestiones divinas no atañen a los mortales. Aun con el beneplácito de los dioses, el desobedecer los protocolos divinos puede ser considerado una agravio a los inmortales. Por ello, el respeto de los humanos que habitan en el Olimpo suele mezclarse con el temor.

    —¡No dilatemos más esto Atenea! —añadió Afrodita con una dulce voz, se trataba de una rubia de belleza sublime, su figura era la envidia de cualquier mujer, sea mortal o diosa, vestía un hermoso y sexy vestido color rosa, era considerada con diferencia la más bella de las inmortales—. Los humanos han puesto en peligro el Universo mismo, debes comprenderlo de una vez por todas.

    —Así que eso piensas —expresa Atenea, mirando directo a los ojos celestes de Afrodita sin titubeos.

    —El Inframundo es un caos desde el asesinato de Hades, el cual es en sí mismo un crimen imperdonable —terció Hefesto. Sin dudas el Herrero del Olimpo era el menos agraciado de los dioses olímpicos, lucía una pequeña joroba y una disimulable cojera, su rostro estaba cubierto por una densa barba, que tapaba su fealdad, tenía el cabello castaño corto y la barba rojiza. Era el creador de cuantas armas olímpicas se tratare y alquimista de las armaduras de dioses y guerreros sagrados, su piel estaba dañada por el arsénico, algo propio de su oficio. Tenía un fuerte sentido de la justicia, pero era pragmático; su perspicacia y sus habilidades especiales lo hacían gozar de un gran respeto entre sus pares, los doce dioses olímpicos.

    Y la acalorada conversación proseguía, con un iracundo Zeus como interlocutor:

    —Pero como si eso fuera poco, la alteración del orden cósmico no sólo se debió al crimen de Hades, sino que te has atrevido a viajar al pasado reviviendo a Pegaso, Atenea tú eres una diosa, ¿por qué actúas como si fueras una simple mortal?

    —Es que ustedes nunca comprenderán el amor que tienen los humanos, es algo que incluso los majestuosos y todo poderosos dioses olímpicos no tienen —respondió Atenea desconcertando a los otros dioses, quienes lucían una mirada desorbitada.

    —¡Hermana! Deja de decir cosas sin sentido, los humanos son figuras de barro, hechas a semejanzas de los dioses —terció Artemisa, quien ocultaba parte de su agraciado rostro con su cabello rubio platinado—, ¿por qué arriesgar tu vida por ellos…por qué?

    —Todos ellos son dignos de recibir mi protección y mi amor, no podría abandonar a uno, amo el planeta Tierra y sus habitantes, pienso defenderlos aunque tenga que arriesgar mi vida —dijo Atenea con hidalguía.

    —¡Los humanos han tenido su tiempo y han demostrado no ser dignos de la vida que se les otorgó, incluso su soberbia les ha hecho enfrentarse a los dioses! —recrimina Hera impetuosamente.

    —El planeta Tierra se corrompe junto a los humanos, están condenando a su mundo, toda la contaminación que se cierne sobre el planeta es una total desgracia… —añadió Artemisa, tratando de hacer entrar en razón a su hermana—. Incluso han alterado el clima del planeta, toda su impura polución amenaza la paz del Universo…

    —¿Para qué me han llamado entonces? —respondió Atenea y miró de hito en hito a cada uno de los sagrados dioses del Olimpo. No lo comprendía, ¿por qué la reprendían tanto?, no tenía sentido, ya había demostrado en el pasado que sería capaz de arriesgar su vida de diosa en su afán de proteger a la humanidad.

    —¿Es que aún no lo sabes, Atenea? —pregunta Zeus, mientras levanta su soberana mirada sobre la visitante.

    —Veo que cada uno tiene su propia idea… ¿estarían dispuestos a escuchar razones?, ¿o seguirán culpando a los humanos por haberse defendido?

    —Atenea tiene razón, deberíamos escucharla —concedió Deméter con espíritu pacificador.

    —Ya hemos debatido —dijo con soberbia el rey de los dioses. La autoridad que tenía Zeus sobre los demás era absoluta e incuestionable. Deméter, de rostro apacible y largos cabellos castaños asintió con la cabeza, ante las severas palabras del Supremo, se trataba sin dudas de la diosa más pacífica y sosegada entre los dioses olímpicos. Reinaba entre los quehaceres propios de la agricultura y custodiaba la armonía de la propia naturaleza.

    —No tienes justificativo alguno Atenea, no estamos conciliando un juicio en este momento, estamos comunicándote una sentencia —explicó Apolo con cierta pesadumbre, quien era más bello de los dioses, de cabellos rojos, los cuales emulaban las llamas del sol, sus ojos celestes miraban glacialmente hacia la confundida Atenea.

    —Nuestro padre ha decidido castigar a los humanos y tras un larguísimo debate, ninguno de nosotros se ha opuesto —añadió una apática Artemisa.

    —¡Hija mía, eres una de las princesas del Olimpo y todos están dispuestos a perdonarte —exclama Zeus con benevolencia—, te ofrecemos un lugar entre nosotros, ayúdanos a forjar una nueva era, libre de la maldad del hombre…incluso seremos misericordiosos con tus santos, pese a sus pecados, ellos podrán ser parte del Monte Olimpo!

    —Lo siento, pero no me arrepiento de nada, no somos menos pecadores que los humanos, por lo tanto no tienen derecho a juzgarlos por defenderse…

    Y entonces el ánimo de Apolo se exasperaba ante lo que él consideraba una insensata posición de Atenea y manifestaba con vehemencia:

    —No juzgamos su defensa, pero es imperdonable levantar la mano a un dios… ¡estás llegando demasiado lejos Atenea!

    —Tranquilízate Apolo —susurra Zeus.

    —Veo que no podremos entendernos, mi presencia en este lugar no tiene ningún sentido, espero reconsideren su sentencia —contesta Atenea a sus iguales mirándolos con seguridad.

    —¿O de lo contrario qué, Atenea? —interviene Hera desafiante.

    —De lo contrario haré todo lo que esté en mis manos para proteger a los humanos…

    —¿Aunque eso signifique ponerte en nuestra contra? —inquiere Apolo.

    —Aunque eso signifique ponerme en contra del Universo mismo —responde implacablemente la diosa de la sabiduría.

    —¿Eso es una amenaza? —grita una furiosa Hera.

    —No, simplemente estoy dispuesta cumplir con mi designio como protectora de la Tierra.

    —Esa misión te lo encomendé yo —responde Zeus con cierta molestia.

    —Pero ahora la responsabilidad es mía. Espero revean su sentencia, no tengo nada más que hacer aquí… —dijo Atenea con acritud. Y dando la espalda a sus semejantes, la diosa expandió su magnánimo cosmos y desapareció repentinamente, los demás dioses olímpicos quedaron sorprendidos de su valiente y férrea actitud.

    —No hay duda de que es la diosa de la guerra —murmura Hestia—, no ha dudado ni un momento…

    —Atenea ha desafiado al Olimpo —se lamenta Hefesto.

    —¡Es una traidora y debe caer! —esboza Hera irritada.

    —No nos precipitemos, esta noche será el ultimátum que decidirá el destino de Atenea y de los humanos —musitó Zeus acongojado—. Espero que revea su comportamiento…

    «Es increíble, ha elegido arriesgar su vida en una batalla imposible, todo por los humanos, y luchando contra todo el Monte Olimpo», pensaba Hestia, mientras el viento meneaba sus largos cabellos castaños.
     
    • Me gusta Me gusta x 1
  3. Threadmarks: Capítulo 2: El Olimpo en el firmamento.
     
    edseptimosentido

    edseptimosentido Iniciado

    Capricornio
    Miembro desde:
    9 Abril 2017
    Mensajes:
    7
    Pluma de
    Escritor
    Título:
    La Guerra olímpica
    Clasificación:
    Para adolescentes. 13 años y mayores
    Género:
    Tragedia
    Total de capítulos:
    6
     
    Palabras:
    1733
    Los dioses olímpicos habían dado el funesto veredicto del juicio final: condenar a la humanidad al extermino, lo tan temido por Atenea finalmente se había cumplido, no pudo evitar la ira de los dioses, que no tardaría mucho en caer sobre los humanos. La madrugada del día siguiente había llegado en las Colinas de las Estrellas, el Papa se encontraba en aquél lugar donde el líder de los santos de las distintas generaciones adivinaba el futuro de las guerras santas a través de los astros. El misterioso hombre que lideraba a los ochenta y ocho santos de la orden se hallaba ensimismado bajo un cielo intenso, plagado de estrellas resplandecientes, tras unos segundos su asistente llegó a la Colina de las Estrellas y acercándose al Papa le dijo:

    —Atenea está por venir…

    —Algo siniestro está a punto de acontecer —respondió el Papa—, según parece Atenea no pudo detener lo inevitable…

    Ambos se miraron comprendiendo la apremiante situación de inmediato, seguidamente el asistente miró a los astros con desesperación, tal parecía ser un mal vaticinio. Tanto el Papa como su asistente tenían grandes conocimientos de los astros y sabían leer el destino a través de las estrellas, pues eran dos eruditos de casi todo saber universal, eran los estrategas en las sombras del renovado Santuario. Sin embargo, sus identidades eran un misterio absoluto en el propio refugio, se trataba de un secreto que no debía salir a la luz por estricta orden de la mismísima Atenea; con la vista perdida en el firmamento el Papa interpretaba sabiamente el brillo de las resplandecientes estrellas, los planetas parecían estar resonando tenuemente pero de forma progresiva, fue así como este adelantó en palabras lo que también comprendió su mano derecha en el patriarcado:

    —Se pueden ver varios planetas de manera visible, incluso están brillando, pero no es antojadizo que no suceda lo mismo con Urano y con Saturno; el cosmos de alguien se está manifestando, se puede ver mucho movimiento en Júpiter —continuó sin quitar su mirada del firmamento—, seguramente no puede tratarse de nadie más…

    La tensión aumentaba sideralmente, y atraídos por el extraño e inexplicable fenómeno, Seiya, Shun, Shiryu y Hyoga arribaron a la Colina de las Estrellas, sus rostros denotaban la gran perplejidad que habitaba en sus nobles espíritus. No portaban con ellos las armaduras de oro, heredadas de los santos de oro que murieran en la Guerra Santa contra Hades.

    —Su santidad —musitó Hyoga reverencialmente y luego preguntó—. ¿Por qué nos has llamado a éste lugar?

    —Las Casas del Zodiaco están retumbando por una gran energía —añadió Shun con tristeza y luego preguntó—. ¿Ha llegado la última guerra santa?

    —Indudablemente se trata del inicio de la peor de las batallas, la que decidirá el futuro del Universo… —musitó el Papa.

    Un majestuoso cosmos divino y magnánimo invadió el escenario de forma súbita, era una energía inmaculada que calmaba un poco la terrible angustia de los santos de oro. Se trataba de la noble Atenea, quien vestía un hermoso vestido blanco y miraba a sus fieles santos, al tiempo que asentía con el rostro, denotando su intensa pesadumbre.

    —Finalmente ha llegado el momento, el Cielo quiere tener una contienda contra el Santuario…

    Todos los presentes miraban el brillo radiante de los planetas, sobretodo Júpiter, en dónde se vislumbraban fulminantes tormentas que se agitaban y giraban, se alzaban poderosos vientos, los cuáles rugían con relámpagos y truenos, haciendo temblar toda la superficie del planeta Tierra. El Sol y la Luna también comenzaron a actuar efusivamente en ese momento, el día y la noche se mezclaban sorprendentemente en un espectáculo visual inusitado.

    —¡Mercurio, Venus y la Luna están resonando al ritmo del campo magnético de Júpiter y del Sol! —exclamó Shiryu—. Es inaudito…

    —Los sagrados dioses del Olimpo están aquí —afirmó Atenea con templanza.

    En el cielo emergía una gran luz dorada y una silueta pudo visualizarse al instante, este hombre llevaba una kamui de color oro, cuya diadema estaba adornada con pequeñas alas a los costados, adornos que se repetían en los brazos, hombros y en sus botas, aunque éstas últimas eran mayores que las demás, sostenía un caduceo en su mano derecha, en la cual estaba enroscada las formas de una serpiente.

    —¿Quién eres? —expresó Seiya con altanería.

    —Soy Hermes, vengo en nombre de Zeus, el rey del Olimpo.

    —¿Has venido a ejecutar su sentencia? —preguntó Atenea interrumpiendo a Hermes.

    —¡Ten cuidado Saori…es peligroso, yo lo enfrentaré! —bramó Seiya, dando un paso al frente.

    El Mensajero de los Dioses miró con un total desprecio al humano y luego soltó una risa socarrona e insultante, un mortal no representaba ningún peligro para uno de los doce dioses olímpicos, aunque le fastidiaba el fervor del temerario humano, que parecía querer hablarle como si fuera un semejante, como si fuera lo mismo un humano que un dios. Atenea descifró la incomodidad de Hermes y dijo a su santo más devoto:

    —¡No te precipites Seiya! No tienes el poder para enfrentarlo

    En medio de aquel angustiante suplicio, un brillo dorado se manifestó frente a los estoicos santos, se trataba de las armaduras de oro de Sagitario, Virgo, Libra y Acuario, que llegaban al rescate oportunamente, dando esperanzas en medio del peligro y cubriendo al instante los cuerpos de sus portadores.

    —¡No les tememos a los dioses! —exclama Seiya expandiendo las alas de la Armadura de Sagitario.

    Nuevamente se repitió la escena, el que un mortal lleve o no una armadura de oro le resultaba igual al Mensajero de los Dioses, quien ignoró nuevamente a Seiya con frialdad y se dirigió hacia Atenea, lenta y cansinamente, como si Seiya no existiera o como si de un insecto se tratara, fue así que nuestro héroe bajó su ímpetu abruptamente, inmerso en cierta sorpresa, la actitud de Hermes mostraba todo su desdén hacia los humanos, aunque se tratara de un poderoso santo de oro. Luego la deidad se tomó la barbilla, pensativo y expresó con amenidad:

    —Zeus con su infinita misericordia te ofrece una última oportunidad de salvarte a ti y a tus santos blasfemos, todos serán bienvenidos al Olimpo, pero esto será a cambio de que te olvides del resto de los humanos, y dejes el planeta en nuestras manos, la de los dioses…lo segundo es una orden ¡la Tierra volverá a manos del gran Zeus!

    —¡Nosotros no permitiremos que se apoderen de la Tierra! —contestó Seiya enfadado.

    —¡Eres un insolente humano…ustedes no pueden impedir nada! —responde Hermes con sumo fastidio.

    En un instante el Mensajero de los Dioses extendió su brazo derecho, utilizando su caduceo divino y envió del mismo una poderosa onda de energía que selló los movimientos de los santos abruptamente, siendo Atenea la única que podía moverse. Era una demostración palmaria de la abismal diferencia entre los humanos más fuerte, los santos de oro, con respecto a un dios de la talla de Hermes: uno de los gloriosos doces dioses del Olimpo.

    —¡Es muy poderoso…no puedo moverme! —expresó Seiya con dificultad, mientras trataba en vano de liberarse.

    —¡Así que tú Atenea…aún puedes moverte, pese a que esté usando mi poder! —dijo Hermes.

    —No me subestimes Hermes, yo también soy una diosa olímpica.

    —¡Oh descuida!, sé que no debo subestimarte —asevera un reflexivo Hermes—. Eres la diosa de la guerra después de todo…

    —¡Yo combatiré contra los dioses olímpicos junto con mis valerosos santos, no vamos a permitir que hagan lo que quieran con nuestro planeta! —dijo Atenea valientemente.

    —Cuando el mundo se repartió entre los dioses, tras la victoria contra los titanes comandados por el rey Cronos, Hades recibió el Inframundo. Poseidón los Océanos. Y Zeus el Cielo y la Tierra —continúo Hermes—. Pero para tener el control de ambos reinos cedió este último reino a su hija…a ti, Atenea; los humanos han tenido su tiempo y sólo han destruido su mundo… ¡los dioses venimos a reclamar ésta Tierra!

    —Nosotros defenderemos a nuestra amada Tierra y protegeremos a los humanos aunque sean imperfectos, ellos me hicieron creer en el amor y me han demostrado que son capaces de crear milagros aun en contra de los dioses —contesta Atenea sin miedos.

    —No puedo creer que pienses así… —dijo Hermes mirando hacia abajo sin poder comprender y luego preguntó—; ¿Acaso crees que tú y los santos tendrían alguna oportunidad contra nosotros?

    —¡Yo soy la diosa de la Tierra y usaré mí poder aunque tenga que enfrentarme al omnipresente Zeus!

    De repente una entidad divina en estado incorpóreo comenzó a materializarse tenuemente y cuando su aura creció, pudo apreciarse una hermosa diosa apareciendo entre las espumas de un mar de universo, a su alrededor danzaban hermosas y aromáticas rosas, portaba una kamui de color rosado con bordes dorados, podía apreciarse en los brazos y en las caderas una especie de volado propio de la coraza, lo que le daba un aspecto muy elegante, estos detalles eran muy pequeños, tapando apenas sus pechos y dejando su hermoso abdomen descubierto, sus largas y bellas piernas también se dejaban entrever con sensualidad.

    —Soy Afrodita, la diosa del amor, Atenea, deja el destino de los humanos a Zeus, para que él sea quien los juzgue…

    «Que hermosa es…», pensaba Hyoga fascinado por la extraordinaria belleza de la divina Afrodita.

    «Tiene un gran poder, pero su cosmos no es nada agresivo», reflexionaba Shun.

    Posteriormente una gran ilusión se hizo presente, modificando todo el paisaje, apareciendo una majestuosa Luna llena y de ella emergió Artemisa, que con su hermosa cabellera rubia y pasos lentos y elegantes parecía flotar, su kamui dorada lucía imponente, exhibiendo unas elegantes hombreras que recorrían parte de su brazo, las cadera de la coraza protegía parte de sus piernas, y empuñando un báculo con forma de luna exclamó de forma imponente:

    —¡Hermana…sigue los consejos de los demás dioses, la humanidad está condenada, no tiene sentido luchar esta vez…el Olimpo unido es invencible!

    —¡No cambiaré de parecer aunque traten de persuadirme!

    —¡Vaya, tus convicciones son fuertes aunque erradas! —dijo el Mensajero de los Dioses volteando—. Sólo quería que reflexionaras, Zeus no desea una lucha innecesaria con una de sus hijas…

    La diosa de la guerra elevó su cosmos vigorosamente y logró deshacer la parálisis que padecían los cuatro santos de oro, su determinación se alzaba con hidalguía y a sus subordinados los cubría la esperanza.

    —Ya puedo moverme… ¡si siguen con esto no nos dejan otra opción que usar la fuerza! —bramó rudamente Seiya.
     
    • Me gusta Me gusta x 1
  4. Threadmarks: Capítulo 3: Ángeles del Olimpo.
     
    edseptimosentido

    edseptimosentido Iniciado

    Capricornio
    Miembro desde:
    9 Abril 2017
    Mensajes:
    7
    Pluma de
    Escritor
    Título:
    La Guerra olímpica
    Clasificación:
    Para adolescentes. 13 años y mayores
    Género:
    Tragedia
    Total de capítulos:
    6
     
    Palabras:
    1657
    Hermes cumplió su rol de mensajero de los dioses al irrumpir en el Santuario y proclamar ante Atenea lo que era un secreto a voces: el inminente cumplimiento de la sentencia de los dioses, la cual conllevaba el final de la existencia de los humanos; las diosas Afrodita y Artemisa aparecieron luego tratando de persuadir en vano a Atenea. Hermes había paralizado a los santos de oro presentes: Seiya de Sagitario, Shun de Virgo, Shiryu de Libra y Hyoga de Acuario, sin embargo la contumaz Atenea encendió su descomunal cosmos, liberando con ello a sus súbditos más poderosos.

    En medio de la descomunal presentación de los dioses en el Santuario, los santos de oro vislumbraron las auras de tres figuras más que aparecieron en la cima de las columnas de la Colina de las Estrellas, eran de un contenido etéreas y traslúcidas, que brillaban tenuemente primero y con más fulgor segundos después, eran tres siluetas aladas, se trataba de ángeles: los guerreros de Zeus, todos ellos portaban imponentes y resplandecientes corazas aladas de color celestes, las cuales tenían el nombre de glorias. Los santos de oro se pusieron en pose de lucha rápidamente, en especial Seiya, quien había increpado a Hermes en varias ocasiones, algo que irritaba a los ángeles, los cuales habían estado presente desde siempre, un detalle en el que repararon los santos de oro a los segundos de advertir sus presencias.

    —¡Hablarle a un dios de esa forma es un sacrilegio! —dijo Aquiles imponentemente. El primero de los recientes invasores en revelarse se trataba de un hermoso y rudo sujeto que aparentaba ser un veinteañero (al igual que sus camaradas); tenía una larga cabellera rubia y unos glaciales ojos celestes, portaba una radiante e imponente gloria de color celeste y detalles blancos, que se distinguía por llevar en uno de sus hombreras la forma del casco de un soldado griego de la antigüedad, asimismo llevaba una espada enfundada en su cintura, sus alas se expandían irradiando un agresivo cosmos.

    —¿Quiénes son ustedes? —preguntó Hyoga, mientras un aire helado surgía de su silueta en señal de combate.

    —¡Somos ángeles! —responde soberbiamente Aquiles—. ¡Elegidos desde la era mitológica para servir a los dioses olímpicos!

    —Vosotros habéis desafiado a los dioses del Olimpo… —terció Belerofonte con paciencia—, son culpables de blasfemia, sin dudas que han recorrido un largo camino pecaminoso, no obstante, sí ustedes obedecen a Zeus evitaremos un conflicto innecesario.

    Belerofonte tenía el cabello castaño oscuro a la altura de los hombros y unos vivaces ojos marrones; portaba una brillante gloria de color celeste estilizada, que tenía detalles en tres colores diferentes: violeta, verde y naranja. En el brazo derecho de sus corazas podía verse la cabeza de un monstruo de tres cabezas, una de león, otro de cabra y una tercera de serpiente.

    El tercer ángel en cuestión se llamaba Eneas, quien deslumbraba con las suaves facciones de su rostro y sus hermosos cabellos castaño claros, que caían varios centímetros debajo de los hombros, tenía la reputación de ser el más hermoso de entre los ángeles (junto a Ganimedes), su gloria celeste tenía detalles plateados y un diseño elegantemente ornamentado, un refinado cuello y sus alas se expandían emanando una celestial energía; sin dudas era uno de los más conciliadores y piadosos entre los ángeles, quien dijo de forma apacible:

    —No tiene sentido que intenten una lucha sin posibilidades de éxito, sean razonables…

    —¡Los ángeles del Olimpo! —exclama Shiryu en guardia.

    —¡No permitiremos que invadan este Santuario, ni que amenacen a nuestra diosa! —proclamó Seiya a los ángeles con bravura.

    —¡Ya te he dicho que hablarle así a un dios es un pecado imperdonable! —contesta un colérico Aquiles, al tiempo que encendió su gran cosmos de color celeste, su nivel era sencillamente extraordinario.

    —¡Estúpido…no les tengo miedo, los derrotaré en nombre de Atenea! —manifestó Seiya con agresividad.

    —Muere maldito… ¡Rayo Gamma!

    Elevando su increíble y agresivo cosmos, el voraz Aquiles extendió su puño derecho y miles de partículas radioactivas fueron expulsadas a una velocidad inaudita, formando en tan solo segundos un cúmulo infinito de rayos eléctricos, los cuales se extendían al derredor de su adversario de forma horizontal y vertical, todo de forma simultánea; sin amedrentarse Seiya gritó "Meteoros de Pegaso", mientras trazaba los quince puntos estelares de la constelación de Pegaso con sus manos, entonces incontables estrellas fugaces salieron de su puño derecho extendido. Los dos ataques colisionaron de forma colosal, la luminosidad cósmica de ambos intercalaban diferentes colores, finalmente los dos rivales fueron arrojados hacia atrás por la presión de sus técnicas generada en el núcleo, el santo de oro tenía la Armadura de Sagitario invadida por cierta radiación, mientras que el ángel no presentaba daños ni en su gloria, ni en su cuerpo, todo lo cual le daba cierta ventaja en el incipiente combate.

    —¡No le hice ningún daño…cómo es posible! —se preguntaba así mismo Seiya. Lo embargaba una honda preocupación, le costaba concebir que su enemigo hubiera resultado completamente indemne, era entonces cuando caía en la cuenta del excesivo poder de Aquiles.

    —¡La Armadura de Sagitario ha sido dañada! —dijo Hyoga, absorto por el nivel destructivo de Aquiles.

    —¡El próximo ataque irá con más violencia…prepárate! —bramó con gran confianza Aquiles, su cosmos crecía al paroxismo y las lajas del templo se levantaban por la furibunda electricidad que despedía.

    —Espera…ya es demasiada violencia por hoy —intervino el Mensajero de los Dioses, disciplinando a los ángeles con implacable autoridad, propia de un majestuoso dios—, dejemos estos innecesarios derramamientos de sangre, la batalla será más adelante…

    —Tienes suerte, el divino Hermes te ha salvado la vida —dijo un presuntuoso Aquiles por lo bajo, dando la espalda a sus enemigos.

    —No seas presumido…todavía no has visto mi verdadero cosmos —responde con bronca Seiya, mientras se erguía tenazmente.

    —Más adelante conocerán el verdadero poder de los ángeles y sucumbirán ante nuestros cosmos—manifestó Aquiles.

    —¡Aquiles, no seas irreverente! —expresó Hermes con autoridad, y luego se disculpó con Atenea, con gran diplomacia—. Atenea, perdona la hostilidad de nuestros ángeles…

    —Perdón señor Hermes —dijo Aquiles, cambiando su semblante de rudeza a uno de gran afabilidad.

    Inmediatamente los tres ángeles se hincaron ante sus venerados dioses como muestra de total obediencia, sus espíritus yacían en paz.

    —¡Más adelante será el momento de la batalla Seiya! —manifestó Atenea, intercambiando una mirada cándida con el Santo de Sagitario, que se apaciguó al instante. Así guardaron silencio, prestos a escuchar atentamente lo que decían los dioses.

    —La humanidad tuvo diferentes épocas, la primera fue la Edad de Oro, en la cual los hombres vivían respetando las enseñanzas divinas, sus corazones eran puros y cuándo morían el sueño los envolvía dulcemente, sin embargo con el devenir del tiempo la época de plata se manifestó, y con ello una relativa degradación —dijo Hermes mientras su rostro se tensaba—, pero eso no fue todo, luego vino la época de bronce, con la aparición de las guerras y el bandidaje, pero como si eso fuera poco, ahora mismo estamos transitando la infame época de hierro, donde los humanos quieren sobrepasar incluso a los dioses y viven en constante libertinaje…

    —¡Zeus ha errado el camino de lo justo…la maldad se ha apoderado de su alma! —respondió Atenea con rebeldía, estaba dispuesta a no conceder nada, ya había tomado una firme determinación.

    —¡La maldad está con los humanos…observa la historia de la humanidad, las guerras del mundo así lo demuestran! —interviene Artemisa con enfado. La actitud de Atenea la irritaba, la consideraba tan terca como una mula y no hallaba una explicación racional a que una diosa actúe de ese modo.

    —¡Los humanos tienen guerras como también las han tenido los dioses…yo creo en las guerras justas! —dijo con convencimiento Atenea.

    —Las guerras justas han sido las que hemos tenido los olímpicos —terció la hermosa Afrodita.

    —Es una menuda tontería pensar que esa fue la única guerra justa…nosotros hemos vencido en guerras justas contra Poseidón primero y contra Hades luego, esta no será la excepción…

    —Veo que no tiene caso razonar contigo, pero todavía no he trasmitido el mensaje, pensé que eras más lista Atenea —aclara Hermes.

    —Adelante Mensajero de los Dioses, dilo…

    —La Tierra desde ahora será destruida a través de diferentes catástrofes…

    —¿Diferentes catástrofes dices? —preguntó exaltada Atenea. Esperaba naturalmente algún tipo de castigo apocalíptico, sin embargo aquello de "diferentes" la desconcertaba y le causaba un profundo desasosiego.

    Y entonces Hermes prosiguió con el mensaje:

    —Incontables tormentas solares acecharán la Tierra, la era de las comunicaciones pronto será exterminada, las tormentas se incrementarán paulatinamente, trayendo consigo calamidades y desgracias, destruyendo ciudades y cultivos; a su vez los animales y los humanos arderán en piras funerarias, desbordados por las ardientes llamas del sol, los pocos que queden padecerán hambruna y pestes, y las plagas se esparcirán por doquier…

    —¡Apolo! Como se han atrevido… ¡venceremos a mi hermano si es necesario!

    —De todas maneras este será sólo el primero de los juicios que sentirá la humanidad —continuó dando el mensaje funesto el divino Hermes—, será la segunda vez que Zeus use su famoso castigo divino, claro que esa será una de las últimas catástrofes

    —No puede ser, en la época del mito, cuando la humanidad fue castigada por mi padre Zeus con el Diluvio de Deucalión, la mayoría de la humanidad fue exterminada en tan solo tres días y tres noches… —se lamentó con desazón Atenea.

    —Resígnate, grandes cataclismos azotarán a la Tierra, la humanidad será devastada definitivamente y no sólo Zeus llevará a cabo el castigo divino…

    —¡Nosotros venceremos como sea, salvaremos nuestro planeta! —insistió Atenea.

    —Si cambias de parecer no habrá guerra santa y tus santos no morirán en vano, piénsalo, es el momento de la partida…adiós Atenea —dijo Hermes exaltando su espíritu conciliador.

    Entonces los majestuosos cosmos de los invasores desaparecieron en un destello y se marcharon hacia el luminoso y eterno Monte Olimpo, una inédita guerra santa daba inicio y vislumbraba ser la última…
     
    • Me gusta Me gusta x 1
  5.  
    NeverMore

    NeverMore Líder de críticos

    Acuario
    Miembro desde:
    11 Noviembre 2015
    Mensajes:
    312
    Pluma de

    Inventory:

    Escritor
    Prólogo

    Antes de comenzar a leer la historia me causa curiosidad de por qué el prólogo lo presentas como un mensaje en vez de capítulo. No soy un seguidor a morir de Saint Seiya, pero si llegue a verla y tengo conocimientos respetables de la serie. Todo parece de que la historia promete. Así que sin más tardanza comencemos.
    Bien, el prólogo no me parece mal, aunque en lo personal lo veo como muy excesivo, mucha información que se pudo haber develado a lo largo de la trama, no necesariamente desde el comienzo. Siento que pudo haber sido más corto y mas conciso, hay que recordar que un prólogo es la introducción de la historia. En este caso para unir lo acontecido entre la saga de Hades con lo que presentas en esta historia. En un comienzo no me queda claro lo que va a iniciar esta nueva guerra santa porque se presenta de golpe.


    Capítulo 1

    Fue un interesante capítulo. Como lo piensa Atenea es un absurdo el que se le haya convocado al Olimpo si ya había una decisión tomada, no fue llamada para saber su opinión sino para comunicarle la sentencia.
    Me gusta la narrativa, el lenguaje muy rico en que se presenta, propio de una historia olímpica.
    Debo decir que faltó más descripción del Olimpo, no me sentí en ese lugar mientras leía el capítulo, sólo visualice a los personajes, nada más.


    Capítulo 2

    Comenzando debo decir que el término 'Papa' no me convence del todo, siento que no encaja con la historia, debería ser 'Patriarca', que es el término que se usa en el anime para referirse al líder de los santos.
    Por seguir el enlace comencé leyendo este capítulo primero y por eso quede un poco en el aire, pero ya me fui al principio. Ahora solo queda esperar como se desenvuelven estos hechos.


    Capitulo 3

    El incio es muy resumen de anime. No comprendo como Seiya usa su Meteoro de Pegaso si ya no es el santo de bronce de Pegaso, debería usar algún ataque de Sagitario ahora que es un santo dorado.
    Ya veo como se va formando la trama de la historia, al parecer se vaticinian enfrentamientos con cada uno de los dioses olimpicos para proteger a la tierra, los santos de Atenea nunca han enfrentado algo así.
    Espero la historia no quede abandona.


    En general me ha gustado, tiene buena narrativa, no encontré errores ortográficos relevantes. Se presenta muy bien.
    Saludos.

     
    • Me gusta Me gusta x 1
  6. Threadmarks: Capítulo 4: En busca de las predicciones de los oráculos.
     
    edseptimosentido

    edseptimosentido Iniciado

    Capricornio
    Miembro desde:
    9 Abril 2017
    Mensajes:
    7
    Pluma de
    Escritor
    Título:
    La Guerra olímpica
    Clasificación:
    Para adolescentes. 13 años y mayores
    Género:
    Tragedia
    Total de capítulos:
    6
     
    Palabras:
    1967
    Tras eones, la noble Atenea se reencontró con su familia olímpica, liderada por Zeus, dios del cielo, en dicha reunión se le comunicó a la diosa de la sabiduría una angustiante noticia: la humanidad iba a ser castigada por los dioses del Olimpo, lo cual la dejó consternada y desahuciada. No obstante, Zeus ofreció a su hija el perdón, y no sólo a ella, sino a sus santos, todo con la condición de que vuelva al Monte Olimpo a forjar una nueva era, purificada, justa y virtuosa, sin embargo Atenea se rehusó valiente y contundentemente ante tal entelequia, prefiriendo así el camino de la guerra santa, todo con tal de proteger nuevamente a los humanos que tanto habían sufrido primero por la furia de Poseidón y luego por la de Hades. Todo ello significaba que una vez más la cólera de los dioses volvería a caer sobre la Tierra y la humanidad.

    Por todo lo precedente, Shun de Virgo, Shiryu de Libra, Seiya de Sagitario y Hyoga de Acuario se hallaban reunidos con el Papa en el imponente templo pontifical y dialogaban inmersos en una gran preocupación por la inminente guerra sagrada, una guerra que avizoraba a priori, una desigual ventaja a favor del Cielo. Por consiguiente, se mezclaba en el Santuario dispares sentimientos de desazón, fortaleza y valentía, que en algunos casos dejaba entrever cierta temeridad. Solo los más prudentes de entre los santos podían comprender la magnitud de la guerra que se avecinaba.

    —¿Realmente se puede enfrentar al poderosísimo Olimpo? —preguntó Shun temeroso y luego dirigió su turbada mirada hacia el Papa—.Su santidad, ¡¿en verdad cree usted que existe alguna posibilidad de vencer a Zeus y su sagrado séquito?!

    —Debes conservar tu fe Shun de Virgo, los valerosos santos han defendido el planeta Tierra desde tiempos inmemoriales. Hay que detener al divino Apolo y para ello, tenemos que comenzar visitando sus oráculos —responde el Papa con sapiencia y vasta tranquilidad, lo cual amilanó el desasosiego de Shun—;como vosotros sabéis, los oráculos revelan el futuro a las personas que los consultan desde los tiempos del mito, si bien el futuro es incierto, los oráculos pueden anticipar ciertos sucesos…es por ello que nuestra única oportunidad de hacerle frente al majestuoso Cielo, es conociendo las claves de la guerra santa —y continuó subiendo el tono de su voz—, sin embargo, los oráculos están protegidos por los sacerdotes solares, los extraordinarios súbditos sagrados de Apolo…

    —Su santidad, nosotros venceremos a esos sacerdotes solares, para así restaurar la paz en la Tierra —expresó Hyoga con tono calmado y confiado—. Tras luchar contra los santos de oro en la batalla de las Doce Casas, y contra los generales marino y los espectros en las sendas guerras santas contra Poseidón y Hades, nuestros cosmos se han fortalecido.

    —Es cierto lo que dices, naturalmente que lo tengo presente, pues confío en vosotros y en su valentía, no obstante debéis saber que los sacerdotes solares tienen un poder grandioso. No deben tomarlos a la ligera —advirtió el Papa y en ese momento Hyoga le observó con sus ojos extraviados—, los cosmos de los sacerdotes solares se equiparan a los más fuertes de entre los santos de oro. Reúnen ciertas condiciones que los hacen extremadamente complejos a la hora de una lucha convencional, puesto que ostentan poderes místicos difíciles de comprender… De todos modos, ustedes ya no son simples santos de bronce, desde que han ascendido de rango pueden mantener encendido el Séptimo Sentido desde el inicio de los combates y confío en que ustedes conseguirán grandes hazañas…

    —¡Así es Papa! —esbozó Seiya con una mirada llena de seguridad—. Hace bien en confiar en nosotros…hemos librado numerosos combates, venciendo a enemigos más poderosos que nosotros a costa de nuestras vidas. Tendremos en cuenta sus sabios consejos y no tomaremos a los sacerdotes solares a la ligera…

    —Confío en que así será valerosos santos de la esperanza, en consecuencia, como he dicho precedentemente debemos tomar la iniciativa, y para ello debéis saber que los oráculos más importantes de Grecia son cinco: Olimpia, Delfos, Delos, Dádimo y Dodona, si queremos obtener las revelaciones para enfrentar al Olimpo, deberán vencer a los sacerdote solar que custodian cada recinto.

    «Otra guerra más…¿cuándo llegará la paz», pensaba el inmaculado Shun con la cabeza gacha, mientras escuchaba al Papa con suma atención, su tristeza se reflejaba en sus ojos. La congoja embargaba su corazón profundamente, guardaba en sus fibras íntimas el deseo de que la paz llegara finalmente tras tantas batallas, pero al mismo tiempo sabía que no era momento de flaquezas, puesto que debía luchar con esperanzas junto a sus amigos, por Atenea y todos sus congéneres. En otras palabras tenía presente que debía sobreponerse a su natural resistencia al combate y a la violencia que tanto aborrecía.

    Y mientras Shun cavilaba el enigmático Papa continuaba con su elocuente discurso:

    —Sólo así podremos conocer la verdad de los oráculos a través de las pitonisas, estoy seguro que esta será una guerra santa inimaginable, diferente a cualquier otra que haya registrado la historia, y lo sé porque el Olimpo tiene un inmenso ejército: una casta de guerreros por cada dios, en otras palabras y disculpen la insistencia: nunca Atenea y su ejército han tenido una contienda semejante, ¡nunca!, esta guerra no es comparable con ninguna otra.

    —¿Cada dios olímpico tiene un ejército? —preguntó Shiryu con los ojos desorbitados.

    —En efecto. El Cielo tiene un poder bélico inimaginable, versátil y heroico, una fuerza ciclópea, y los doce dioses olímpicos tienen un cosmos infinito, son los dioses más poderosos de todo el Universo. Por ello es esencial que sepan que no es una guerra santa más, es la última y la debemos ganar por Atenea, los humanos y la Tierra, cueste lo que cueste, no importa el precio… —dijo el Papa, se calló unos segundos y siguió luego con otra idea—:estoy seguro que los oráculos nos brindarán alguna forma de vencer al Olimpo, por eso ésta misión es de suma trascendencia, puesto que nos dará la posibilidad de descifrar ciertos misterios ocultos y primordiales…

    Y cuando el Papa hubo dicho esto los santos guardaron un profundo silencio, el cual fue interrumpido por la repentina irrupción de Kiki, quien había llegado corriendo y respiraba agitado; todo debido a que la teletransportación no funcionaba gracias al poder de Atenea, el cual sellaba todo el Santuario; hacía poco tiempo había obtenido su Armadura de Bronce de Buril, tras años de entrenamientos bajo la tutela de su fallecido maestro, el sereno Mu de Aries, en Jamir, su armadura se ajustaba perfectamente a su menuda silueta, y podía verse que había crecido algunos centímetros, aunque su apariencia de niño se conservaba intacta. Su semblante no era el mejor, aparentemente guardaba una honda preocupación.

    —¡Kiki! Eres tú —dijo Seiya con alegría.

    —¡No vengo de ánimos —respondió Kiki apesadumbrado—, una tormenta solar está acechando el planeta y con ello se han desencadenado terribles plagas en los distintos puntos del orbe!

    —¿Una plaga? Tal y como dijo Hermes —dijo Seiya mirando al suelo con impotencia—. Malditos dioses…

    —¡Son unas terribles langostas que tienen coronas de oro, dientes de león y cola de escorpión! —dijo Kiki.

    —¡¿Qué dices?! —preguntó Shun, preso del espanto.

    —La Biblia judeo-cristiana habla de una plaga de insectos de características muy parecidas —musitó Hyoga, recordando la sagrada escritura.

    —Es obra de Apolo, es la llamada Plaga del Fin del Mundo —aseveró el Papa.

    —¡La situación es desesperante —explicó Kiki sombrío—, cientos de humanos han muerto como piras funerarias, producto de las tormentas solares, y los que han resistido con graves quemaduras fueron luego víctimas de esos horribles insectos que desgarran cuerpos enteros!

    Y todos los presentes enmudecieron bruscamente, una horrenda sensación de apoderó cruentamente de sus nobles almas, trastocó incluso sus fortalezas de guerreros, el primero que se repuso de aquel desasosiego fue Seiya, quien apretó su puño derecho con fuerza y exclamó:

    —¡Nosotros venceremos a Apolo, no permitiremos que haga tales fechorías, aunque sea un dios!

    —¡Muchos humanos están sufriendo en estos momentos, tendremos que movilizarnos de inmediato! —ordenó el Papa con autoridad—. Todas estas calamidades e injusticias deben ser canalizadas para que aumenten sus cosmos. ¡Vayan en busca de nuevos milagros santos de la esperanza!

    Acatando de inmediato el mandato pontifical, los santos de oro corrieron con su descomunal velocidad y salieron por la puerta de entrada e inmediatamente dieron un extraordinario salto al profundo vacío, convirtiéndose en estrellas fugaces de color dorado que se perdieron en el horizonte. Las circunstancias devenidas resultaban estremecedoras para la humanidad toda, significaba el advenimiento de la primera de las batallas en contra de los dioses, la batalla de los oráculos, la batalla en contra de Apolo. Por estas razones era imperioso detener al dios del sol y a sus más poderosos guerreros sagrados. Y solo con las revelaciones de los oráculos iba a poder desentrañarse las formas de vencer al Reino Celestial.

    En el Templo de Atenea, la diosa regente de la Tierra se hallaba en el balcón de su enorme recinto, con las dos manos sobre su báculo, el cual sostenía frente a sí en forma vertical, apoyando un extremo en el piso, en el otro se encontraba el imponente emblema que representaba a Nike: la diosa de la victoria, su cosmos ardía en todo su fervor y se expandía en todas las direcciones del mundo, hacia la atmósfera, generando una capa cósmica que actuaba de filtro ante la tormenta solar, la poderosa energía también llegaba a la superficie del planeta, afectando así a las plagas, volviéndolas más lentas. Aún con el glorioso poder de Atenea le resultaba imposible oponerse directamente a la sagrada voluntad de Apolo, el dios del sol, heredero al trono de Zeus.

    Llamaradas intensas acosaban cruentamente contra diversas ciudades de España, también en otros países de Europa y Asia, mientras que era cuestión de segundos para que pase lo mismo en el resto de la Tierra. Las tormentas solares había hecho colapsar las comunicaciones. Empero, la tragedia era todavía incipiente. Los aterradores insectos que tenían corona de oro, dientes de león y cola de escorpión, destruían las principales cosechas agrícolas, y arrasaban la tierra entre las multitudes. El cosmos de Atenea crecía vigorosamente y los apocalípticos efectos del primero de los juicios mermaban, se trataba de una lucha excelsa entre dos dioses de élite, destacados incluso entre los doce olímpicos. Por su lado, Apolo, era dominado por la ira en contra de los humanos, en contra de que levanten sus puños frente a los sublimes dioses, pero sobre todo en contra de que una de sus hermanas divinas se rebele en contra del Olimpo, por consiguiente lo embargaba un sentimiento de traición muy ingrato; por el otro lado, la magnánima Atenea guardaba profundas esperanzas en la voluntad de los santos y en su capacidad de obrar milagros, estaba segura de que su lucha era por el amor y la justicia; hallábase invicta desde la era del mito, (misma condición de la que gozaba el Monte Olimpo, guiados por Zeus, el Omnipresente).

    En el Cielo reinaba una justificada pero peligrosa confianza, dioses invencibles eran protegidos por sus propios guerreros sagrados, se trataba de diferentes órdenes que representaban una fortaleza infranqueable. Por todo ello, para los santos de Atenea era imprescindible conocer el destino que les aventuraba, los oráculos iban a revelar aquellas verdades confinadas al mayor de los secretos divinos, los principales oráculos de la Tierra eran Delfos, Delos, Dídimo, Dodona y Olimpia; los cuales eran custodiados cada uno por un sacerdotes solar, los sagrados guerreros de Apolo. Por tanto, Seiya, Shun, Shiryu y Hyoga marcharon en busca de aquellas profecías, investidos por las armaduras doradas heredadas de Aioros, Shaka, Dohko y Camus, y ello era un motivo de compromiso absoluto y de gran orgullo para los jóvenes herederos.
     
  7. Threadmarks: Capítulo 5: La Pitón del sol, guardiana del oráculo de Delfos.
     
    edseptimosentido

    edseptimosentido Iniciado

    Capricornio
    Miembro desde:
    9 Abril 2017
    Mensajes:
    7
    Pluma de
    Escritor
    Título:
    La Guerra olímpica
    Clasificación:
    Para adolescentes. 13 años y mayores
    Género:
    Tragedia
    Total de capítulos:
    6
     
    Palabras:
    2370
    En aras de buscar las revelaciones oraculares, el intrépido Seiya se había trasladado a un imponente lugar llamado el Monte Parnaso, conocido en Grecia como la patria simbólica de los grandes poetas, cargaba la caja de Pandora de Sagitario en sus espaldas; en este famoso cerro le habían dicho unos pueblerinos que se encontraba el oráculo de Delfos; fue así que el tenaz japonés escaló por una montaña con sumo esfuerzo, llegando así a los dos mil metros de altura, entonces halló cierta planicie y se irguió con la respiración entrecortada, ante sus ojos se erigía una imponente cascada y una pradera de una belleza deslumbrante. «Qué lugar tan hermoso…esto es lo que me indicaron, seguramente estoy llegando», cavilaba Seiya mientras escuchó con cierta sorpresa una bella canción a coro, se trataba de voces femeninas que entonaban una armónica melodía; sin perder el tiempo rumbeó hacia dónde provenía la hermosa tonada, la cual era capaz de atraer a cualquier ser hacia ella, todo bajo una irresistible tentación, finalmente llegó a unas magníficas termas, dónde nueve mujeres de exuberante belleza cantaban al tiempo que se regocijaban en las cálidas aguas. «¡Disculpen!», expresó Seiya con incomodidad y la voz entrecortada.

    La dulce canción fue callada abruptamente y las nueve hermosas mujeres miraron al mortal, con mezcla de vergüenza e ira en sus ojos, una de ellas dio un paso al frente, tenía un rostro sumamente hermoso y afable, sus largos cabellos castaño oscuro tapaba parte de sus exuberantes senos.

    —¡Mortal, cómo osas interrumpirnos! Somos las nueve musas, diosas del canto y los simples mortales no son bienvenidos a estos sitios. Mi nombre es Urania. ¿Qué buscas extranjero?

    —¡Oh disculpe señorita, estoy buscando el oráculo de Delfos! —contesta Seiya dando la espalda—, no quería importunarlas…

    —Descuida mortal, estás en el camino correcto, tienes que subir un poco más y llegarás al oráculo de Delfos —susurró una hermosa rubia, de nombre Calíope.

    Ruborizado por la extraña situación, Seiya agradece dando la espalda y se marcha todavía un poco nervioso por la apremiante situación, miles de pensamientos discurrían por su mente, sin embargo no debía detenerse en cuestiones pueriles; con gran vitalidad y esmero, subió otros quinientos metros más y logró ver a lo lejos un gran templo, que estaba construido con un lujoso material en el cual se mezclaba el bronce, el marfil y algunos detalles de oro, en la entrada se levantaban a sus costados dos imponentes estatuas de unas serpientes enfrentadas la una a la otra. Con una incipiente nostalgia, Seiya observó aquellas magníficas estatuas y rápidamente recordó una vieja enseñanza de su instructora, Marín de Águila: «Todo parece sugerir que estas serpientes representan a Pitón, el monstruo que tenía atemorizado a toda Grecia y que fue asesinado por el divino Apolo…no hay dudas: pronto aparecerá uno de los sacerdotes solares.» Repentinamente un enorme aura de color rojiza y dorada empezó a brillar ante los vivaces ojos del Santo de Sagitario, quién estaba atento y en guardia, finalmente una silueta apareció emanando un luminosidad cegadora, se trataba de un hombre que portaba un imponente hábito de antaño, propio de un sacerdote de alto rango, de color blanco y detalles dorados cual oro. Tenía una figura ciertamente vaticana. La luminosidad del aura del guardián cesó de un momento a otro y dejo ver su apariencia: tenía la piel bronceada y sus ojos eran amarillos, un largo cabellos lacio de color pelirrojo se meneaba con una suave brisa que recorría el ambiente, su rostro tenía facciones armónicas; a pesar de su apariencia sacerdotisa parecía un veinteañero, entonces dio unos pasos parsimoniosos y devolvió una mirada glacial sobre su enemigo, seguidamente el misterioso sujeto rompió el silencio y se presentó solemnemente:

    —Soy uno de los sacerdotes solares, aquellos que custodiamos la luz de la verdad… ¡Mi nombre es Actis de Pitón, guardián del oráculo de Delfos!

    —Yo soy Seiya de Sagitario… ¡y he venido por las revelaciones!

    —Tengo prohibido por mi señor darte acceso a la pitonisa, si quieres obtener la verdad del oráculo de Delfos tienes que derrotarme —expresó Actis con seguridad y elegancia.

    Atrapado por cierta curiosidad, Seiya observaba detenidamente a su inusual enemigo, quien cerraba sus ojos y levantaba su brazo derecho, luego vio como apuntó con el dedo índice a un determinado sitio del templo y repentinamente apareció una armadura sagrada, de color dorada como el brillo del sol, con tonalidades rojas, en forma de tótem, el cual representaba dos temibles serpientes. Segundos después, el mencionado tótem se desensambló y vistió el esbelto cuerpo de Actis, sus largos cabellos rojizos escapaban de su casco con forma de serpientes enfrentadas, en la parte central del casco podía verse el emblema del sol. Actis era considerado el sacerdote solar más cruel, conocido como el dragón bicéfalo del sol, su sabiduría se mezclaba con cierto carácter embaucador, un hombre de argumentos y de inusitado poder. Ambos guerreros estaban frente a frente en el suntuoso recinto, el primero portando la Armadura de Oro de Sagitario y el segundo el Manto Solar de la Pitón del Sol, ambos medían sus cosmos mientras las lajas del suelo se elevaban debido a la poderosa irradiación cósmica, el santo pensaba sin amedrentarse, mientras adoptaba una pose de combate: «¡Tiene un cosmos muy poderoso!» Después de adquirir una gran cantidad de experiencia, a Seiya le bastaba tan solo unos pocos segundos para mensurar el nivel cósmico del enemigo; por consiguiente, rápidamente advirtió que sin dudas los sacerdotes solares ostentaban un grandioso cosmos, tal cual lo había enseñado el Papa; a pesar de haberse enfrentado a rivales tan soberbios como los santos de oro, los generales marinos o los jueces del Infierno, los sacerdotes solares daban la sensación de ser unos rivales de características distintas, vinculadas a otras artes. Actis era el guardián del oráculo de Delfos, el más importante de todos los oráculos según la tradición de occidente y naturalmente, como custodio de los secretos más valiosos, era uno de los sacerdotes solares más virtuosos.

    —Seiya, tú eres el legendario Santo de Pegaso que ha escapado de la muerte, tras levantarle la mano a los dioses, pensar que es por ti que la humanidad ha sido condenada, te haré conocer todo el poder de los sacerdotes solares de Apolo, el dios sol…

    —¡Deja de alardear!

    —¡Tomaré tu vida humano pecador! El Olimpo no te perdonará por todas tus insolencias… ¡Llamaradas de la Pitón de Delfos!

    Dando inicio al colosal combate que se avecinaba, Actis extendió las palmas de sus manos hacia adelante con gala y una misteriosa energía tomó la forma incipiente de una serpiente pitón, que de forma súbita comenzó a emitir unas peligrosas llamas, las cuales se abalanzaron sin más sobre Seiya, impactando de lleno y dejándolo incrustado contra una de las paredes del recinto, la Armadura de Sagitario resultó rasgada en distintos puntos y una de sus alas terminó destruida. Con mucho esfuerzo, el valeroso Seiya consiguió ponerse de pie, ante cierta sorpresa del poder del sacerdote solar; el impacto había sido verdaderamente fortísimo, pero la resistencia de la Armadura de Oro de Sagitario era notable, aunque igualmente había terminado gravemente dañada. El imponente Actis miraba a su tenaz oponente mientras su cosmos desbordaba con fulgor. «Su ataque parece ser una serpiente de fuego», pensaba Seiya, mientras escupía un poco de sangre. Aunque Actis sabía de la tan mentada obstinación de Seiya, el santo legendario, guardaba cierta sorpresa, pues la magnitud de su técnica habría bastado para noquear a cualquier guerrero de élite.

    —Se ha recuperado… ¿cómo haces para levantarte tan rápidamente de un ataque semejante?

    —Yo nunca me rindo, pronto lo sabrás… —manifestó Seiya—. ¡Vengo dispuesto a luchar para salvar el planeta de las manos de tu diabólico dios sol!

    —¡No blasfemes en contra de mi señor Apolo, por ello tendré que cortarte la lengua maldito!

    —¡La humanidad no perecerá mientras haya santos que la protejan!

    —Es una pena, pero no puedes cambiar el destino de la humanidad, debes entenderlo; los sublimes dioses olímpicos son los más indicados para llevar a cabo la purificación…

    —¡Tonterías, los dioses se quieren apoderar del mundo, no dejaremos que ellos hagan lo que quieran con los seres vivo del planeta!

    —¡Pareces no comprender, entonces te mandaré al Infierno!

    —¡Ahora me toca a mí atacar! ¡Meteoros de Pegaso!

    Era el turno del intrépido Seiya, quien fortalecido por su descomunal temple se arrojaba violentamente contra Actis, cuan meteoro que atraviesa la tierra, pero el sacerdote solar lucía imperturbable, observaba a su enemigo con su fulminante mirada y encendía nuevamente su gigantesco cosmos, siendo protegido por una barrera cósmica de alta temperatura, los meteoros de Seiya a la velocidad de la luz eran calcinados al entrar en contacto con la defensa infranqueable, Actis exhibía un semblante de creciente confianza; y mientras ejecutaba su técnica, Seiya pudo advertir que se trataba de una poderosa técnica defensiva, con ciertas semejanzas a las artes defensivas de Misty de Lagarto y Baian de Hipocampo, enemigos a los que había vencido en el pasado tras burlar sus defensas con gran ingenio; entonces, aprovechando dicho conocimiento, los meteoros comenzaron a unirse en determinados puntos y la barrera defensiva pronto se iba agrietando, Actis abrió sus ojos de sorpresa al sentir como el cosmos del santo de oro rebosaba de energía inesperadamente. Incontables golpes a la velocidad de la luz impactaron finalmente en el sacerdote solar una y otra vez, propiciándole varias heridas, y tras unos segundos lo hizo caer al suelo con dureza, su casco terminó destruido sorprendentemente.

    —Mi Manto de Pitón ha sido dañado —susurra Actis al tiempo que se reincorpora con entereza, su rostro se endurece repentinamente. Todo lo que había oído de su adversario era fundado, era todo temple, todo tenacidad y valentía.

    «Es inútil, ya he enfrentado en el pasado barreras defensivas», pensaba Seiya recordando las técnicas defensivas de Misty de Lagarto y Baian de Hipocampo.

    Unos segundos de silencio siguieron a la escena, ambos enemigos se erguían orgullosamente, Seiya dio un paso al frente y dijo confiado:

    —Ahora deja que consulte a la pitonisa…

    —Ellas tienen órdenes de Apolo de no dar sus revelaciones, a menos que nos derroten, y no me has vencido…tú mismo lo has dicho hace unos segundos, esto recién comienza, en consecuencia tendré que hacerte comprender lo infundado de tu exceso de confianza, recibe otra de mis técnicas… ¡Fulgor de la Serpiente Gigante!

    Se trataba de la segunda técnica en ser revelada: el cosmos del sacerdote solar se rebalsaba con una ardiente vitalidad y tomaba repentinamente forma de serpientes, que se abalanzaban contra su enemigo de forma amenazante, creando esta vez un ataque sónico de gran magnitud, el cual volteó a Seiya con gran violencia, dejándole aturdido en el suelo, boca arriba, todo mientras sus oídos sangraban debido a la peligrosa arte.

    —¡Que fuerza tiene! —murmura Seiya y luego se levanta con grandes dificultades. Le costaba mantener el equilibrio, estaba ciertamente aturdido, rápidamente advirtió que estaba tomando a su enemigo con ligereza.

    —Iluso, yo también tengo porqué luchar, yo creo en la purificación que quiere llevar a cabo mi señor Apolo… ¡Apolo es el dios de la luz y de la verdad! Por eso te mataré y llevaré tu cabeza a mi señor…

    —¿Su verdad es aniquilar a los débiles? ¡Eso no lo permitiremos!

    —Eres un necio, no quieres ver la verdad. Un humano que no ha recibido la debida ilustración es solo un ignorante que no puede acceder a la verdad…

    —¿Ilustración? Para que quiero ilustrarme si luego voy a adular al mal como lo haces tú… ¡Cometa Pegaso!

    Invadido por su característica pasión, el Santo de Oro de Sagitario elevó su cosmos y tras trazar las estrellas de la constelación de Pegaso con el movimiento de sus manos, generó un cometa blanco de implacable poder, entonces el sacerdote solar extendió sus dos manos hacia adelante con determinación, para así bloquear el ataque, sin embargo poco a poco su impecable potencia lo hacía retroceder.

    —¡Este cometa tiene mucha potencia! —exclama Actis sorprendido—. ¡Así que esta es la tenacidad del legendario Seiya!

    —¡No podrás detenerlo! —contestó Seiya, mientras seguía ejecutando su técnica vigorosamente, la cual crecía a cada segundo.

    El Cometa de Pegaso arrastró a Actis finalmente con toda su voracidad y lo golpeó con fiereza, haciéndolo caer violentamente contra la pared del opulento templo. No obstante, Actis había podido evitar daños mortales; entonces, sin tantas dificultades, se levantó, pese a sus incipientes heridas, su enorme cosmos crecía con gran determinación y las baldosas del templo levitaban por la energía desplegada. Seiya observaba a su enemigo con severidad y luego dijo:

    —Es el momento de doblegar su resistencia ¡Mi cosmos es más poderoso que al comienzo! ¡Meteoros de Pegaso!

    Demostrando su enorme caudal cósmico, Actis eludió todos los meteoros en un santiamén de forma magistral y se situó frente a Seiya súbitamente en un imperceptible movimiento, para lanzar en una centésima de segundo un poderoso golpe de puño que impactó en el abdomen del enemigo, lo cual terminó por derribarlo violentamente de espaldas contra el suelo. «Ha esquivado todos mis meteoros, es admirable, ¿será más fuerte que los santos de oro que he conocido?», pensaba Seiya tendido en el suelo, mientras trataba de reincorporarse con dificultad.

    —A pesar de haber sido herido, he observado todas tus técnicas con detenimiento, a partir de ahora tus trucos no funcionarán más. Te silenciaré de una vez y para siempre… ¡Constricción de la Pitón!

    Se corría el velo finalmente para la tercer técnica del sacerdote solar, se trataba de la misma aura intimidante de la serpiente de fuego, pero esta vez circundaba el cuerpo del santo de oro inesperadamente, presionando sobre su silueta, produciendo con este mortal mecanismo innumerables heridas, causando no sólo daños por constricción sino por el abrumador calor del ataque, quemando así la piel de forma letal, penetrando las capas más profundas y filtrándose a través de sus órganos lentamente.

    —¡Me está rompiendo los huesos! —se lamentó Seiya entrecortado.

    Tras unos breves segundos, la serpiente ardió a su mayor intensidad posible, provocando severas quemaduras en Seiya, quien cayó al suelo sumamente herido, al borde de la inconsciencia, parecía todo dicho.

    —Aunque tienes un gran espíritu de guerrero, todos encontrarán la muerte sin excepción —masculla Actis y voltea victorioso.
     
Cargando...

Comparte esta página

  1. This site uses cookies to help personalise content, tailor your experience and to keep you logged in if you register.
    By continuing to use this site, you are consenting to our use of cookies.
    Descartar aviso