Historia corta La Gran Catástrofe - Crónicas de la Conquista

Tema en 'Novelas' iniciado por Reydelaperdicion, 21 Mayo 2021.

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  1. Threadmarks: Adiós a un planeta
     
    Reydelaperdicion

    Reydelaperdicion Equipo administrativo Comentarista empedernido

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    Título:
    La Gran Catástrofe - Crónicas de la Conquista
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Ciencia Ficción
    Total de capítulos:
    4
     
    Palabras:
    5112
    Saludos a todos los usuarios del foro que hayan entrado a este tema. Algunos que hayan estado frecuentando esta zona del foro desde 2017 deben saber que yo estoy llevando la publicación de una gran historia dividida en varias partes conocida como La Gran Catástrofe. Ahora mismo estoy publicando la parte V de la historia.

    Seguro te estás preguntando si esta es una parte VI o qué es. Bueno, esta es una historia secundaria que tiene lugar dentro del universo de la historia, y la cual he decidido no incluir dentro de las partes que conformarán la trama principal.

    Esto quiere decir que, si lo deseas, puedes introducirte al universo de LGC desde aquí mismo. No es necesario que leas las 5 partes previas para comprender lo que sucede en esta historia. Pero si empiezas desde aquí, probablemente tengas deseos por saber cómo se desenvuelve esto. Bueno, en ese caso, te dejo el enlace a la primera parte de esta historia tan extensa.

    Si eliges comenzar a leer LGC (desde donde más te guste) te doy la bienvenida. Etiqueto a Resistance que ha seguido la historia desde hace ya mucho tiempo. Y también etiqueto a Zurel con la esperanza de que pronto pueda regresar al foro. A ambos, les deseo que disfruten mucho de esta lectura.

    Sin más que decir después de tanta intro, les dejo el capítulo inicial.





    La Gran Catástrofe – Crónicas de la Conquista

    Adiós a un planeta:

    Una estrella irradiaba su brillo sobre un planeta, y la luz emitida por el cuerpo celeste esclarecía por completo el cielo de color amarillo de este. En los extremos se podía notar como la mayor parte de este planeta estaba compuesta por desiertos compuestos en su totalidad por arena. Ni una sola planta, ni piedra a la vista. El noventa por ciento de su superficie estaba cubierto por los granos de arena interminables. Médanos y dunas eran todo lo que se podía ver desde cualquier punto del espacio exterior, a excepción de una pequeña mancha verde situada en el ecuador de ese cuerpo que habitaba en el espacio.

    Esa mancha de color verde visible incluso desde el exterior de su atmósfera era nada más y nada menos que un bosque de varios kilómetros de distancia, sin ningún río visible en las cercanías, cosa que podría sorprender a varios que se preguntaban de dónde sacaban el agua para poder desarrollarse de esa manera, puesto a que esos árboles eran bastante altos, siendo la única sombra para escudar a la población de aquel planeta de los rayos ardientes y radiactivos de un sol muy intenso cercano a su superficie.

    No había asfalto, y los habitantes del planeta circulaban con zapatos hechos de una suela de piedra y cristal para proteger sus pies de la arena templada gracias a la sombra producida por los árboles. Los residentes de ese mundo tenían una piel anaranjada muy intensa. No portaban nada más que unos pequeños pedazos de tela que les cubría las partes íntimas de la cintura para abajo, mientras que el torso estaba completamente descubierto. Excepto por la cabeza, la cual era cubierta por cascos metálicos que producían un sonido muy leve, inaudible a los oídos de estos habitantes, que se encargaban de refrigerar las cabezas de las altas temperaturas. Los edificios eran bastante altos, pero bastante angostos. El más ancho de todos ellos era único en su tipo con una anchura de medio kilómetro, y para compensar esto, su altura era inferior a la de los demás, llegando a los cinco metros de alto cuando los demás a su alrededor llegaban a alcanzar unos cien metros o incluso más.

    Un hombre, con una enorme cantidad de manchas rojas en su piel, caminó directamente entre la gente que circulaba por las calles, yendo de un lado al otro, atropellándose con algunos que iban desprevenidos por los alrededores. Una vez estuvo frente al edificio de gran anchura, ese ser cruzó una puerta de madera, entrando a su interior, donde pudo sentir brizas demasiado frías para mantener una temperatura agradable en el interior de ese edificio. En cada esquina de las paredes podía ver los sistemas enormes similares a aires acondicionados, haciendo el esfuerzo tremendo de competir con el calor sofocante del planeta.

    Dentro de ese edificio, un hombre y una mujer, ambos con el torso desnudo se le acercaron, señalándole una dirección, asumiendo que esa era la que el hombre buscaba, debido a que todos los visitantes a ese edificio iban a ver a una persona que se encontraba allí.

    El recién llegado al edificio hizo una reverencia en forma de agradecimiento a los recepcionistas y caminó por un sendero alumbrado con luces de color azul, entrando a un pasillo bastante angosto, y terminando frente a una puerta. Entró sin llamar a la misma, y detrás de la puerta se pudo ver una gran sala hangar, donde dos naves de un tamaño inmenso se mostraban imponentes ante cualquiera que entrara al interior de ese lugar. Quien había ingresado a la sala esperó frente a las mismas en soledad hasta que alguien, quien ya se encontraba en el interior del edificio, se aproximó hacia él.

    La persona que trabajaba en el lugar, custodiando y monitoreando constantemente las naves portaba una ligera armadura metálica, con telas visibles desde el exterior, como si no supiera acomodar su ropa para que no sobresaliera al exterior. Se quedó esperando allí hasta que, tras ver que su invitado no iba a decirle palabra alguna, tomó la palabra.

    — Casseirem, ¿a qué debo el placer de esta visita? — preguntó el encargado de las dos naves en esa sala.

    — Buenos días, Sabio Vigésimo — el alien, que respondía al nombre de Casseirem, no se refirió a él por su nombre, sino por su cargo y un número que indicaba sucesión en el mismo — Vine aquí para decirle que ya es tiempo de abandonar el planeta. Las temperaturas están a doce ferarradios más altas que ayer, alcanzando los setecientos noventa ferarradios. Sabe que, al llegar a los novecientos, nuestros sistemas de refrigeración ya serán inútiles para mantenernos con vida.

    — En ese caso, te pido que me informes cuando la temperatura llegue a los ochocientos cincuenta o más — el Sabio Vigésimo contestó a la frase de Casseirem — Tenemos que aprovechar al máximo los últimos aires de este planeta mientras aún es habitable. Después de todo, un solo incremento en la temperatura no es señal de que vaya a aumentar de golpe. Tardó una década completa en pasar de los seiscientos a los setecientos, y otra década más en subir a los noventa. De hecho, el Sabio Decimoquinto no había nacido aún cuando llegó a los seiscientos. No hay necesidad de alarmarse por esto.

    — Todo lo contrario, Sabio Vigésimo, es señal clara de que debemos alarmarnos — Casseirem no quiso verse relajado ante lo que él descubrió — La temperatura nunca había aumentado doce ferarradios de un día para el otro.

    — Así es, nunca. Hoy fue la primera vez. No hay necesidad de alarmarse como si fuera algo constante.

    — ¿Por qué no me escucha? — Casseirem se empezó a frustrar con su semejante — ¿Por qué está tan obsesionado con permanecer en este planeta? ¿A qué le tiene miedo? Ya le hemos dicho antes que nuestras armas son poderosas. Lo suficiente como para poder someter a cualquier especie inteligente que pudiera habitar en el universo fuera de Cirgro — el ser reveló el nombre de su planeta.

    — Y yo ya les he dicho a ustedes que prefiero que nuestro primer contacto con especies de otros planetas fuera pacífico, Casseirem — el Sabio Vigésimo se mostró firme en su postura — Nuestro hermoso planeta pasó de ser un ecosistema con paisajes variados y hermosos a un desierto por el uso desmedido de estas armas en las guerras. No deseo arruinar nuestro próximo hogar, y mucho menos luchar en contra de quienes serán nuestros vecinos en el momento en que nos toque abandonar nuestro planeta.

    — ¿Por qué está tan confiado en que seres de otro planeta nos recibirán contentos y con brazos abiertos? Mucho más cuando les contemos la historia de como perdimos nuestro planeta.

    — Porque apelaré a nuestro lado compasivo y comprensivo. La guerra es cosa del pasado. Soy el Sabio Vigésimo, y tenemos los registros intactos desde que el Sabio Primero fuera quien le puso el fin a la guerra. Cuando vean generaciones de seres pacíficos, sabrán que acudiremos a su planeta para cooperar, y no para conquistar o atacar. Pero más que nada, porque pienso en las consecuencias graves. Si nos metemos a un combate y perdemos, seremos expulsados y no tendremos otro lugar al que acudir, más que este planeta que pronto será inhabitable para nosotros.

    — Pero si ganamos, seremos los amos de un planeta completo. Una oportunidad de ser la especie dominante, pero no de un puñado de vida silvestre en medio de un desierto arenoso. Sino de ecosistemas completos en mundos de gran tamaño.

    — Me decepciona ver que no has aprendido nada de las lecciones de historia, Casseirem — el Savio Vigésimo agachó la mirada desilusionado de quien tenía al frente — Esas palabras tuyas son muy similares a las dichas por el Instigador Primero. Sus acciones llevaron a una guerra que acabó con nuestro planeta. Creí que eras mejor que eso. No tienes por qué temer. Cuando hagamos contacto con otras especies, yo me responsabilizaré de todo. Y si nos atacan, nos vamos a defender. Pero no seremos los primeros en golpear. Nosotros no somos así.

    — Pero el planeta está muriendo.

    — Y lo sé. No soy un tonto. Por algo recibí el cargo de Sabio Vigésimo. Pero dejaremos este planeta cuando realmente haya que hacerlo. No antes. Y mucho menos con una idea tan retrógrada como la tuya. Márchate. Y que la próxima vez que vengas, que sea solo para informar sobre los aumentos de temperatura. Porque si escucho esta palabrería otra vez, te haré detener. Serás juzgado y hay muchas posibilidades de que seas condenado a quedarte aquí. ¿Se me entendió?

    — Entendí sus palabras — Casseirem se dio la vuelta y se retiró de la sala — Pero no sus ideas.

    Con un gran enojo al ver que su plan no fue tenido en cuenta, el ser abandonó pronto el edificio, sin saludar con cortesía a la pareja que lo recibió cuando él entró. Una vez estuvo en la calle, sintió un gran diferencial de temperatura cuando el ambiente acondicionado del interior del edificio donde trabajaba el Sabio Vigésimo quedó atrás para dar a las calles calurosas del planeta Cirgro.

    Casseirem caminó entre la gente, mirándolos a todos a la cara, pudiendo notar en ellos una sensación de agotamiento en ellos. Muchos portaban cubos de agua para mojarse la cara, o bien para beber de ella. Las reservas de agua eran muy escasas y cada vez se hacía más difícil extraerlas desde el subterráneo, donde se encontraban las últimas reservas luego de que la guerra de varios años atrás evaporara todos los ríos. Los ciudadanos del planeta, pese a la ausencia de ropa y del dispositivo colocado sobre sus cabezas, sufrían enormemente el calor del ambiente de su planeta, que tal y como lo había informado el mismo Casseirem, había aumentado a gran escala. En escala humana, setecientos noventa ferarradios eran el equivalente a ochenta y nueve grados centígrados. Los habitantes del planeta Cirgro, denominados por sí mismos como cirgrencianos, desarrollaron en todos los años de historia pieles y cuerpos capaces de soportar temperaturas altísimas utilizando los sistemas de refrigeración adecuados para proteger sus cabezas. Pronto, ese límite no significaría nada, y deberían abandonar el planeta, motivos que llevaron a Casseirem a pedir al Sabio Vigésimo que se mudaran a un mundo diferente con su armamento listo para batallar en contra de los seres que pudieran habitar estos mismos.

    Al ver a sus compañeros y compañeras avanzando por las calles con la mirada cansada de tanto trabajar para extraer recursos comestibles siendo sometidos a temperaturas como esa, Casseirem se vio indignado, todavía más, con la decisión tomada por alguien que recibía el título de Sabio.

    — Tenemos las naves listas, y las armas preparadas para someter a cualquiera — pensaba para sí mismo, reafirmando su idea de partir en la conquista de otros planetas — Somos los descendientes de quienes sobrevivieron a una guerra, y heredamos un planeta desértico. ¿Esa es la recompensa que nos espera luego de todo lo que soportamos? ¿Implorar para que los habitantes de un nuevo planeta al que acudamos nos reciban bien pese a nuestra historia, cuando fácilmente podríamos conquistarlos? A veces no entiendo a los Sabios. Se supone que ese título debería significar algo, pero no hace honor al mismo.

    Empujando algunas veces a personas que a causa del calor y de las fallas de sus equipos en la cabeza comenzaban a marearse, Casseirem se abrió paso hasta que finalmente llegó a su residencia. Como todas las demás, era un edificio de gran altura y una anchura limitada. Las paredes del exterior eran de color rojo, distinguiéndose de la arena blanca que había en los alrededores, puesto a que el edificio fue construido sobre cimiento para que no se derrumbara. Una puerta de dos metros de altura, a la cual Casseirem podía atravesar con una diferencia de veinte centímetros, era lo único que separaba el exterior del interior, dado a que no había ventanas.

    Tan pronto como cruzó la puerta, el cirgrenciano sintió el frío proveniente de los sistemas de aire acondicionado que se encargaban de regular la temperatura para que sea soportable. Gracias a paneles de energía solares gigantescos instalados en todo el planeta, todas las casas contaban con ese sistema que permitía vivir bajo condiciones agradables a sus habitantes.

    Lo único que se encontraba en la planta baja de la casa era una escalera que llevaba a plantas superiores, por el resto, estaba vacía en su totalidad. Casseirem subió las escaleras, dirigiéndose a la primera planta, donde otros tres seres de su especie estaban esperándolo sentados sobre sillas casi transparentes al punto de que para el ojo humano eran invisibles a simple vista, requiriendo de un acercamiento para poder verlas. Al frente, una mesa metálica muy gruesa, en la cual se encontraban cuatro equipos similares a una computadora portátil los cuales se encargaban de recibir señales de dispositivos externos al hogar para obtener el informe de temperatura del exterior y hacer los análisis correspondientes. Los tres seres en esa casa, siendo dos mujeres y un hombre, esta vez con los torsos cubiertos y las cabezas, libres de cualquier cabello, al descubierto, saludaron a quien era su compañero.

    — No tienes una cara muy sonriente — dijo una de las mujeres, mientras se ponía de pie y se acercaba para darle un beso — ¿No ha ido bien la reunión con el Sabio Vigésimo?

    — Lamento decir que no fue así, Mirva — Casseirem le dio un beso en la frente a quien era su pareja — El Sabio Vigésimo es todo lo contrario a lo que uno creería. Debería recibir un título nuevo. El Ignorante Primero. O el Cobarde Primero.

    — ¿Sigue con su idea conformista de quedarnos hasta que el planeta esté al borde de la inhabitabilidad? — el otro hombre en la vivienda preguntó, aunque ya intuía la respuesta.

    — Parece que quiere quedarse y exprimir Cirgro hasta la última gota — Casseirem le contestó, acercándose a la mesa junto a su pareja — ¿Puedes creer eso, Udios? Hemos confirmado con las naves de exploración que en una galaxia limítrofe con la nuestra hay dos planetas con masas de agua gigantescas. Y el Sabio Vigésimo prefiere no ir a conquistarlas. Confía en la buena voluntad de los seres que habiten allí para con nosotros.

    — Una cosa es abogar por el pacifismo, y la otra es ser un completo inútil — Udios, compañero de Casseirem, contestó ante lo dicho por su igual — Y el Sabio Vigésimo es la segunda. No puedo creer que sea tan tonto. El poder de nuestras armas nos permitiría imponernos ante cualquier especie del universo. Nadie nos podría hacer frente. Tal y como los opositores no pudieron contra nuestros antepasados. Ellos — se refería a habitantes de otros planetas — caerían fácilmente en una noche, tal vez menos.

    — Y eso es algo que el tonto del Sabio Vigésimo sabe — la otra mujer del lugar, que resultaba ser la pareja de Udios, dio su opinión al respecto — Que gran tonto. Sin dudas es tal y como tú lo llamas, Casseirem. El Ignorante Primero.

    — ¿Qué es lo que vamos a hacer al respecto? — Mirva quiso suponer que no se quedarían de brazos cruzados — ¿Contamos con apoyo para poder realizar un golpe a su autoridad? El aumento de temperaturas tan drástico de un día para otro no puede ser casualidad. Nuestro planeta va a morir pronto.

    — He visto a la gente en las calles — Casseirem les hablaba a los suyos — Están hartos de caminar con el calor sofocante del ambiente. No soportan más. Algunos, pese a llevar el artefacto de enfriamiento, están en las últimas y al borde del desmayo. Y no los juzgo por eso. No todos esos artefactos son hechos con la calidad de antes. Cada vez se destinan más recursos a la extracción de agua, y no alcanza solo con un casco estándar. No con las temperaturas tan brutales que estamos registrando. Podríamos convencerlos de dejar nuestro planeta en tres días si nos organizamos.

    — Entonces eso es lo que quiero que hagamos — Mirva alentó a su pareja a que tomaran acción — ¿Realmente quieren quedarse aquí hasta que al Sabio Vigésimo se le ocurra que es buena idea abandonar este planeta? ¿Y qué tal si las temperaturas aumentan a pasos gigantes otra vez? Podríamos ni siquiera tener la oportunidad de escapar. No me quedaré a vivir, o, mejor dicho, a morir, en un planeta como este. No sé ustedes, pero yo estoy harta de todo esto.

    — Estoy totalmente de acuerdo con Mirva — contestó la otra mujer, de nombre Enak alineándose a su pensamiento — El Sabio Vigésimo nos quiere condenar. Y si se lo permitimos, lo va a hacer. Tenemos que reunir a la gente, y convencerlos de que esto es lo mejor para ellos.

    — No será difícil — Casseirem mostró una sonrisa tras escuchar ese plan — Solo hay que salir a las calles y hacérselos saber. Nos seguirán muy pronto. O, mejor dicho, me seguirán a mí. Se me ha confiado a mí la tarea de registrar las temperaturas, y soy de los mejores en entrenamiento con armas. Mi posición elevada me hará ganar adeptos para nuestro movimiento.

    — Que así sea, entonces — Udios se puso de pie y tocó el hombro de su compañero — Le dimos la oportunidad al Sabio Vigésimo de hacer lo correcto. Pero si no quiere, entonces, alguien más debe hacerlo. Ese alguien puedes ser tú, Casseirem.

    — En ese caso, ya no hay nada más que esperar — el hombre se sentía satisfecho al ver que las cosas podrían resultar bien para ellos — A las calles. Vamos a sentir el calor de nuestro planeta por última vez.

    […]

    La noche en el planeta Cirgro había llegado. Luces en los muros exteriores de los edificios que conformaban los hogares se encendían para alumbrar el lugar, sumergido en una penumbra total debido a la altura de los últimos árboles que quedaban con vida en el planeta. Durante las once horas de luz solar que hubo antes de que la rotación del planeta se encargara de dejar a los habitantes de su interior fuera del alcance de su intensidad, Casseirem y sus tres compañeros estuvieron recorriendo las calles acercándose a la gente cansada y golpeada por el calor, y por el uso de dispositivos de refrigeración bastante defectuosos. El lema que ellos cuatro repitieron fue simple, pero muy llamativo para los oídos que lo escuchaban. “Si ya no soportas el calor, síguenos hacia la conquista del frío”. Identificándose con esa primera frase, e intrigados por el significado oculto que pudiera haber tras la segunda, los hombres y mujeres fueron difundiendo la voz. Por cada cirgrenciano que desestimaba el aviso, había un total de cuarenta que se unía a la marcha, pasando la voz unos a otros.

    Una vez que Casseirem, Mirva, Udios y Enak vieron que tenían a la gente suficiente, quien decidió tomar el mando de todos ellos les dio un grito que pudieran oír, y que ciertamente, todos escucharon.

    — ¡Es hora de que todos nosotros recibamos lo que tanto merecemos y no puede hacerse esperar más! — gritó Casseirem ante la multitud — ¡Una vida digna, en un planeta mejor! ¡Todos aquellos que me han escuchado recibirán la recompensa que tanto anhelaban! ¡Conmigo!

    Siguiéndolo como si se tratara de un ícono revolucionario, seducidos por completo ante la promesa de una vida mejor para todos ellos, no hubo nadie que no se decidiera a dejar el grupo mientras acompañaban a Casseirem hasta el edificio principal en donde habitaba y trabajaba el Sabio Vigésimo. Las pisadas en la arena eran imposibles de escuchar, pero los gritos de alegría de la gente llamaron la atención de quien ostentaba el cargo más importante de su especie y de sus empleados. El Sabio Vigésimo junto con otros cuatro crigrencianos, dos hombres y dos mujeres, salieron al encuentro con la muchedumbre de gente que se apropiaba de los alrededores, poniendo a Casseirem al frente de ellos. Quien ejercía el cargo de líder de los suyos se vio totalmente superado por un mar de gente que parecía tener un enojo acumulado contra él. Al ver a quien había hablado con él más temprano durante el día siendo el líder de la manada, comprendió lo que estaba sucediendo.

    — ¡Casseirem, ¿qué demonios fue lo que hiciste?! — gritó el Sabio Vigésimo a quien se paraba frente a él en una actitud desafiante.

    — ¡Lo que tú no puedes o no te atreves a hacer! — Casseirem gritó, a lo que los que estaban más cerca de él contestaban con felicidad — ¡Darnos a todos un futuro mejor en un planeta que no sea una puta bola de fuego a punto de matarnos! ¡La gente ya sabe todo lo que yo he descubierto hoy! ¡La temperatura ha aumentado en sobre medida y pronto el calor de este planeta nos matará!

    — ¡Eso es algo que todos nosotros sabemos! — el Sabio Vigésimo creía que estaba siendo tomado por un tonto — ¡Está claro que el planeta Cirgro va a morir! ¡Pero todavía hay recursos que pueden extraerse! ¡Vegetales y agua que pueden ser tomados para nosotros!

    — ¡¿Y por qué estás tan interesado en recolectar dichos recursos?! ¡¿No se supone que vas a llevarnos a todos a un planeta con masas de agua y miles de recursos disponibles?! — Casseirem preguntó retóricamente — ¡¿Por qué tenemos que quedarnos aquí, muriéndonos de calor a diario, si los recursos que abundan en esos planetas podrían ser tomados por la fuerza con nuestro poder de fuego?! ¡Eso es porque el Sabio Vigésimo es un cobarde! ¡Sabe que nuestras armas tienen un poder con el que podríamos someter a cualquier raza del universo, pero teme llevarnos al fracaso y ser recordado para siempre como el que no luchó una batalla que podría haber ganado! ¡Está tan asustado por eso que no quiere ser él quien esté al mando de nuestra gente cuando partamos a otro destino! ¡Nos está haciendo sufrir las altas temperaturas de este planeta el tiempo suficiente hasta que pueda elegir al Sabio Vigesimoprimero! ¡Sufrimos a causa de su miedo! ¡A causa de un miedo no justificado!

    — ¡Eso no es verdad! ¡No quiero llevar a cabo una batalla en nuestro nuevo hogar! ¡Las guerras acabaron con nuestro planeta! ¡No quiero que se repita! ¡Lo he dicho antes, las cosas que Casseirem dice se asemejan bastante a las dichas por el Instigador Primero! ¡Fueron sus ideales los que nos llevaron a perder nuestro planeta! ¡¿Realmente prefieren eso antes que una alianza pacífica?!

    — ¡¿Qué garantías tienes de que lograremos formar una alianza pacífica, Vigésimo?! — Casseirem se rehusó a llamarlo Sabio — ¡Ellos son completos desconocidos para nosotros! ¡Podrían ser hostiles como los que desencadenaron las guerras que llevaron a la destrucción de nuestro planeta, o incluso todavía más! ¡No hay ninguna certeza de que nos vayan a aceptar, mucho menos de que vivirán en paz con nosotros! ¡Es por eso por lo que recolectas los recursos, porque sabes que puedes hacer tiempo hasta que otro tome tu lugar, y así no cargar con la vergüenza de ser quien condenó a nuestra especie por seguir un ideal estúpido! ¡Bueno, si eso es lo que tanto deseas, entonces, te quitaré esa carga de las manos! ¡Miren lo que somos! ¡Somos los descendientes de los guerreros que sobrevivieron a la guerra que acabó con la vida de un planeta que pronto morirá! ¡¿Esto es por lo que nuestros antepasados lucharon?! ¡Crearon las armas más poderosas que el universo puede conocer, y el Sabio Vigésimo quiere acercarse a seres desconocidos por una vía pacífica porque teme perder con un arma como esta! ¡Nos está matando de calor para prolongar el tiempo suficiente la partida para no tomar esa responsabilidad! ¡Yo digo que si no la quiere… que me la de a mí! ¡Yo tomaré esas naves y estas armas, el legado de nuestros ancestros, y lo llevaré con orgullo sobre los seres inferiores de otros planetas! ¡¿Por qué compartir cuando podemos tomar?! ¡¿Por qué arriesgarnos a perder cuando podemos ganar?! ¡¿Por qué tener miedo cuando podemos conquistar?! ¡Yo los guiaré a todos ustedes a un mundo donde no sea necesario vivir refugiándonos del sol, o utilizando artefactos defectuosos para sobrevivir! ¡Si eso es lo que desean, denme el poder, y yo cumpliré todos sus deseos!

    — ¡Sí! ¡Sí! ¡Sí! — gritó toda la multitud ante la atónita mirada del Sabio Vigésimo — ¡Casseirem! ¡Casseirem! ¡Casseirem!

    El Sabio Vigésimo pronto se vio rodeado por cirgrencianos que se abalanzaban a él desde todos lados. El miedo de ser atacado de esa forma despertó su instinto de supervivencia, y se defendió a golpes de los que se estaban acercando, lo cual solo enfureció más a las masas. Pronto, quien llevaba el cargo más importante entre su especie empezó a clamar por misericordia mientras la gente lo tiraba al suelo, lo golpeaba, pateaba, y quienes podían, lo arañaban. Sus cuatro seguidores que lo servían fielmente intentaron hacer todo lo posible por ayudarlo, pero cada uno de ellos solamente fue capaz de apartar a tres de sus semejantes hasta ser sometidos por toda la multitud.

    El mismo destino que tuvo el líder cayó sobre los cuatro seguidores más fieles que tenía, y estos empezaron a recibir golpes producto de la ira de un pueblo cansado por haber sido sometido por tanto tiempo y de forma innecesaria, como Casseirem se los había hecho ver esa noche, a un calor tan intenso que hacía la vida muy difícil para todos ellos.

    El revolucionario y su grupo de gente de confianza miraba con una sonrisa como sus compañeros despedazaban sin piedad al Sabio Vigésimo, llevando la muerte a quien una vez fue su líder. Los cuatro compañeros se sentían eufóricos al ver lo sencillo que fue convencer a su gente de ocasionar una toma de poder como esa, siendo más mérito de las malas prácticas de liderazgo del Sabio Vigésimo que suyo, dado a que ellos, para lo que habían hecho, solo tuvieron que difundir una frase entre todos los habitantes de esa última zona verde del planeta. Luego de que la golpiza que los cirgrencianos propinaron al Sabio Vigésimo terminó, de este no quedaba más que un cuerpo lleno de marcas de golpes, huesos rotos, piel arrancada y sangrando y un rostro totalmente desfigurado. La gente lo colocó en el suelo, para que Casseirem acompañado de Mirva, Udios y Enak pudieran verlo.

    Como simbolismo de su victoria sobre el líder, la cual sucedió sin haber movido un solo dedo por su cuenta para arrojar un golpe, quien tomaría el manto de líder puso su pie izquierdo sobre la cabeza destrozada de quien le negó la oportunidad de partir más temprano ese mismo día de su planeta para lanzarse a conquistar otros mundos. Acto seguido, levantó las dos manos con los puños apretados al cielo oscuro y sombrío de un planeta, donde ningún rastro de luces de estrellas o de un satélite natural podía alumbrar entre los árboles, estando solo a la vista de las luces callejeras de la zona.

    La muchedumbre gritó su nombre nuevamente, y al mismo ritmo que los gritos, el líder subía y bajaba los brazos, flexionando los codos para levantar las manos cada vez más alto con cada subida. Todo esto mientras se lo podía ver sonreír de felicidad ante ellos.

    — ¡Casseirem! ¡Casseirem! — una de las mujeres de la multitud alabó a quien los había conducido hasta allí — ¡Él será el líder de los cirgrencianos en el viaje a conquistar los mundos más fríos del universo!

    — ¡Así es, yo fui quien les ofreció la oportunidad de una vida mejor! — gritó, contagiado por las palabras de aliento de esa mujer — ¡Y me corresponde a mí dárselas! ¡No más calores infernales en un planeta próximo a morir! ¡No más miedo a pelear, cuando está más que claro que somos más fuertes! ¡El Sabio Vigésimo le tenía miedo a la derrota, mientras que yo no temo a la victoria! ¡Yo no cometeré los mismos errores que él! ¡Yo guiaré a nuestra especie a un viaje de conquista! ¡Cada planeta que sea habitable para nuestra especie será nuestro! ¡No hay necesidad de conformarnos con los dos planetas de la galaxia limítrofe… cuando nuestras armas nos permiten soñar en grande! ¡Tenemos el poder para tomar los mundos que queramos, y vamos a usarlo sin miedo!

    — ¡Todos alaben a Casseirem! — gritó en esa ocasión un hombre entre la gente — ¡El verdadero Sabio! ¡El Vigesimoprimero!

    — ¡No! ¡Ese nombre es una deshonra! ¡Una vergüenza que no está a la altura de las hazañas que vamos a conseguir! — Casseirem no quiso compartir ese título considerando la infamia de su predecesor — ¡Yo no llevaré el mismo título que alguien tan patético como el Sabio Vigésimo! — luego de pensar mejor en cual sería el más apropiado, el nuevo líder lo hizo público — ¡A partir de ahora, yo, Casseirem, seré conocido como aquel que llevará a los cirgrencianos al dominio absoluto de los mejores planetas del universo! ¡El Conquistador Primero!

    Luego de autoproclamarse con dicho título, el cual reflejaba las ambiciones que este tenía para con los suyos, Mirva, Udios, Enak, y el resto de su gente aplaudía a su recién ascendido líder. Para ellos, esa noche había sido la más gloriosa en mucho tiempo. En el calor sofocante de un planeta agonizante, una nueva esperanza había surgido en sus corazones. Y esa esperanza tenía a su propio ícono listo para ejercer como su guía.
     
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    Resistance

    Resistance Hope

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    Hola amigo. Me hablaste de que tenías un spin off de la historia principal en marcha y me alegra que haya salido a la luz. No sé si me dijiste sobre qué trataría, pero si fue el caso, no lo recordaba. Tras comenzar a leer y al terminar, me hago una ligera idea de quién trata.

    Debo decirte que para ser la introducción de una historia secundaria ha sido, sencillamente, brillante. La forma en la que has explicado las condiciones del planeta en el que ocurre esto, el nivel de detalle, la narrativa... en este capítulo, ha sido sublime. Diría que, probablemente, es de los mejores capítulos que has hecho narrativamente hablando. Y en cuanto a la trama que se desarrolla, no deja indiferente.

    Estamos presenciando el fin de un planeta habitable y a los seres inteligentes que lo habitan conscientes de ello, sufriendo las consecuencias pero con un plan para sobrevivir que se lleva prolongando en el tiempo mucho. El Sabio Vigésimo es el líder, alguien pacífico pero nada carismático que no quiere cometer los errores del pasado. Luego tenemos a Casseirem, un simple trabajador que se encarga de medir la temperatura planetaria. Tras ambos tener una conversación en la que se descubre que hubo guerras de por medio en el pasado, el Sabio le dice a Casse (lo diré así para abreviar si no te importa XD) que seguirán a su método. Cansado y viendo que su pueblo sufre cuando no tienen porqué, el propio Casse decide promover, junto a varios seres allegados a él, una revolución. Debo admitir que el dato negativo de éste capítulo, a mi juicio, es el hecho de que esta revolución se desarrolla muy rápido. O al menos se siente apresurada.

    Dicho esto, la revolución prosigue su curso con todo a favor para Casse, quién se presenta en la noche junto a sus seguidores ante el Sabio Vigésimo. Evidentemente y como me temía, no acaba bien para el actuar líder, el cuál fallece a causa de una golpiza por parte de sus ciudadanos. Incluso cuatro fieles del Sabio acaban llevándose su mismo destino fatídico.

    El capítulo termina con Casse desechando el título de Sabio Vigésimoprimero para convertirse en el Conquistador Primero. Buen título para lo que terminará siendo un dictador galáctico... Allecreod. Estoy deseando ver a donde lleva el próximo capítulo, aunque tenga una ligera idea.

    Hasta la próxima.
     
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    Reydelaperdicion

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    La Gran Catástrofe - Crónicas de la Conquista
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Ciencia Ficción
    Total de capítulos:
    4
     
    Palabras:
    4409
    Saludos. Siendo sábado, es hora de publicar el segundo capítulo correspondiente a esta historia. No lo mencioné antes, pero esta historia estará constituida nada más que por cinco capítulos. Por lo tanto, en tres semanas, ya habrá terminado su publicación. Sé que el prefijo de historia corta indica que serían menos de diez, pero quería que se supiera.

    No hay mucho que decir en esta ocasión. Agradezco como siempre a Resistance por estar cada semana leyendo una vez más el avance de la trama de este universo ficticio. También agradezco a aquellos lectores que lleguen ya sea más tarde o más temprano a esta historia. Disfruten la lectura.




    Estrella oscura:

    — ¡Ya está completa! — gritó Udios, uno de los hombres de más confianza para Casseirem al ver como una multitud de cirgrencianos subían a bordo de la nave — ¡Deben esperarnos a nosotros, y luego ambas naves van a partir!

    La gente que quedó afuera empezó a gritar de euforia sabiendo que era el turno de ellos para subirse a una de las dos naves de gran tamaño que estaban guardadas en ese edificio, preparadas para albergar una gran cantidad de civiles. Tan pronto como uno de los que se encargaría del liderazgo dio la orden, la gente empezó a subir a la segunda nave del lugar, la cual iba a ser abordada también por Casseirem, recientemente proclamado por sí mismo como Conquistador Primero. Un nuevo título de honor para su especie, dejando atrás el legado de los Sabios, que se terminó con la caída del vigésimo de ellos.

    El líder de los cirgrencianos, al cual ninguno se opuso a su ascenso, caminaba alrededor del hangar en donde reposaban las naves, mirándolas bien. Mientras que en una de sus manos tenía unas piedras con texto grabado en tinta negra sobre ellas. Las dos eran de un pequeño tamaño, y tenían los nombres que le habían sido puestos a las naves. La primera de ellas, ya ocupada con toda la gente que cabía allí, se llamaba “Estrella Radiante”. La otra, la cual iba a ser abordada por él mismo en pocas horas, recibía el nombre de “Estrella Oscura”. Le gustaba mucho más ese segundo nombre que el primero, y fue ese pequeño detalle el que llevó al Conquistador Primero a elegir esa segunda nave. Luego de observar las piedras por última vez, las arrojó en dirección hacia donde se encontraban los cuerpos del Sabio Vigésimo y sus fallecidos ayudantes, quienes no tuvieron oportunidad de defenderse ante una multitud cansada de soportar sus caprichos de quedarse en el planeta hasta su muerte.

    La noche en el planeta era muy calurosa. La ausencia de rayos del sol e incluso la sombra de los árboles no fueron suficientes como para que los ciudadanos, especialmente los de edad más avanzada y los más jóvenes, tuvieran menores problemas con el gran calor que soportaban. La tecnología que usaban para mantenerlos frescos y fuera de peligro de muerte por un golpe de calor era muy anticuada, por lo que algunos las desechaban tan pronto como subían a las naves. Casseirem miraba todo esto, y pese a que los que decidieron que se marcharían en el futuro estaban ya muertos, les seguía guardando rencor por eso.

    Los pensamientos del ser fueron cortados cuando alguien saltó encima suyo.

    — ¡Pronto será nuestro turno de subir! — le decía Mirva, su pareja — ¡¿Estás feliz?!

    — Lo estoy, pero voy a estarlo mucho más cuando sienta el frío del universo — Casseirem miró como pudo a su pareja.

    Mirva se bajó de encima de él y luego se le acercó de frente para darle un abrazo, pese a la gran temperatura que enfrentaban. Casseirem lo aceptó a regañadientes, ya que el calor era demasiado para tener que soportarlo todavía más junto a su pareja, pero no hizo reclamo alguno. Simplemente camufló su molestia con una sonrisa.

    — Dime, ya que pronto vamos a partir, tú y yo… — Mirva le hablaba con un tono provocativo — Quiero decir, vas a necesitar un heredero. Alguien que tome tu lugar como Conquistador Segundo.

    — Habrá tiempo para eso, Mirva — Casseirem no parecía muy contento con esa idea — Pero por el momento, quiero concentrarme en la conquista que vamos a llevar a cabo. Hay dos planetas en la galaxia limítrofe, y ambos serán conquistados. El primero será destruido, obligaremos a sus habitantes a huir al segundo si es que pueden hacerlo. Y si no les es posible, morirán allí. El segundo planeta será la capital de un imperio que nace tan pronto como acabe con sus figuras al mando.

    — Tienes una gran ambición, Casseirem — Mirva se veía asombrada con sus deseos de conquistarlo todo — ¿Por qué quieres llegar tan lejos?

    — Somos los que tienen la mejor tecnología, eso lo sé — Casseirem pensaba en las guerras pasadas en su planeta — Quiero decir, mira. Nuestras armas convirtieron este planeta en un desierto. Pero no podemos usar estas armas tan destructivas en otro planeta, o terminaremos igual. Así que, solo nos queda depender de las armas más “inofensivas” de todo nuestro arsenal. Si nos quedamos ahí, otros planetas podrían desarrollar armas más fuertes que las que tenemos nosotros y entonces superarnos. Así que, antes de que nos hagan a un lado, nosotros actuaremos para impedirlo.

    — Eres inteligente y muy planificador, amor — Mirva volvió a hablarle en un tono pícaro — Es mi turno de subir a la nave. Cuando tú estés a bordo, ven a buscarme. Te estaré esperando para darte una sorpresa.

    Mirva se fue sin despedirse, ya que asumió que pronto lo vería una vez que este se subiera. Casseirem la observó marcharse y luego abordar la nave junto con Enak, quien era una gran amiga de ambos. La gente de su raza subió poco a poco hasta que finalmente solo quedaban dos seres más en el planeta. Él y su amigo Udios. Casseirem se acercó a él y le habló muy alegre por ver el progreso que habían logrado en tan solo una noche.

    — ¿Nos vamos? — Udios le hizo una pregunta a su compañero.

    — Un último vistazo a nuestro planeta — Casseirem miró las arenas y las casas a su alrededor, sabiendo que era algo a recordar para nunca más regresar — No diré que voy a extrañar este lugar. Cuando nací, ya hacía mucho calor como para poder vivir con la normalidad descrita por mis padres.

    — Tal vez podamos replicar esa normalidad en algún otro lado, Casseirem — Udios le hizo un gesto con la mano — Después de usted, Conquistador Primero.

    Sabiendo que ya no era necesario que se quedaran, Casseirem se acercó a la máquina que gestionaba ese edificio. Luego de introducir unos comandos sencillos, la puerta, las paredes y el techo del hangar en donde las dos naves estaban guardadas se replegaron, y pronto, una pista de despegue hecha al cien por ciento de metal se materializó frente a ellos. Las naves requerían un pequeño impulso en línea recta antes de despegar, y no podían tomarlo sobre la arena, corriendo el riesgo de que se metiera en los propulsores o motores de la nave. Esa fue la razón por la que esa plataforma fue creada.

    Casseirem entró a la nave, seguido de su compañero Udios. Tan pronto como los dos llegaron a un pasillo repleto de gente, estos empezaron a levantar las manos con alegría y cantando el nombre de quien tomó la decisión de abandonar el planeta donde el calor era casi un infierno para ellos. Una vez que todos estuvieron a bordo, siendo un total de ocho mil habitantes, distribuidos cuatro mil en cada nave, estas comenzaron a acelerar para posteriormente despegar y salir de la atmósfera del planeta Cirgro.

    El momento en el que dejaron su planeta se notó sin confusiones, ya que pudieron ver como las altas temperaturas que hacían en el interior empezaron a disminuir gradualmente, hasta el punto en el que todos los habitantes de ese planeta empezaron a sentir frío, y algunos de ellos a temblar.

    — ¡Al fin! — gritó una mujer llena de alegría — ¡Al fin no estoy muerta de calor!

    Pese a que algunos empezaban a sentir el abrazo del frío del espacio ninguno de ellos se puso algo de ropa más abrigada. Luego de años y años de sufrir un sofoco asfixiante, esa sensación refrescante era una etapa única para todos ellos. Los gritos de felicidad por sentir algo distinto eran muy fuertes.

    — ¡Tengamos una fiesta en el salón de bailes! — propuso uno de los hombres, a lo cual, todos gritaron a su favor.

    Casseirem y Udios vieron con una sonrisa como la gente se marchaba hacia uno de los salones de la nave, el cual, fue construido específicamente para que se dieran bailes en él. Udios no tenía pensado ir a esa fiesta, y quiso saber si Casseirem se sentía igual.

    — ¿Tú vas a ir? — preguntó.

    — No me gustan mucho las fiestas, pero tengo que asegurarme de que no se descontrolen — Casseirem respondió — Estaré allí una o dos horas para controlar que no rompan nada. Luego iré con Mirva. Dile eso si la ves.

    — Yo iré directo a ver a Enak, debe estar ansiosa por beber algo conmigo — Udios respondió marchándose de aquel lugar — Nos vemos luego, Casseirem.

    El Conquistador Primero vio como su amigo se marchaba por uno de los pasillos, mientras que el resto de la gente se iba por el otro. Ese fue el camino que tomó. El nuevo líder de su gente caminó siguiendo a la multitud por un pasillo oscuro, iluminado por luces de color azul, todo esto para poder sentir una sensación de frío en el lugar. El pasillo medía un cuarto de kilómetro, siendo bastante largo, y el más extenso del interior de la nave, pero pronto llegó al que era el salón de fiesta.

    Tuvieron que pasar varios minutos hasta que la fiesta dio inicio. Bebidas frías empezaron a servirse directamente de una máquina que se encargaba de racionar su contenido para todos los presentes, al mismo tiempo que una música muy ruidosa comenzaba a sonar. Algunos se sentaban a beber en el suelo, otros se apoyaban en las paredes del salón para eso, mientras que otros ocupaban la pista de baile moviéndose junto a sus amigos. Parado cerca de la puerta, casi al borde de la salida, Casseirem se mantuvo observando como todos parecían divertirse sin descontrolarse. Había ochocientas personas en ese salón, y estaba claro que no podría mantenerlas a todas bajo vigilancia, pero suponía que su presencia debía de intimidar a quien quisiera armar un alboroto o un enfrentamiento en ese lugar.

    Permaneció por una hora en el lugar hasta que le dio sed, por lo que se acercó hacia lo que sería la barra del salón para pedir un vaso helado de una bebida que no llevaba alcohol, pero para su gente era el equivalente al mismo. El Conquistador Primero lo bebió en un solo trago, para posteriormente dejar el vaso en su lugar. Estaba dispuesto a marcharse hasta que sintió como alguien le tocaba el hombro.

    Al darse vuelta, Casseirem vio a una mujer más joven que él con una expresión de preocupación muy seria, cosa que lo alarmó.

    — ¿Te puedo ayudar? — preguntó el líder, sabiendo que nadie más en el lugar lo haría.

    — Sí, tengo una amiga que está enferma — la mujer le hizo saber de su problema — Otra amiga la llevó a una habitación asignada para nosotras. Creemos que el cambio brusco de temperaturas fue el causante.

    — Es muy probable — contestó Casseirem sabiendo que debía atender ese asunto — Llévame hasta ella.

    — Sígame, por favor — la mujer le tomó la mano para llevárselo con ella, pese a que eso no era tan necesario.

    Rápidamente, los dos abandonaron el lugar sin que nadie se percatara de eso. Todos estaban tan distraídos con la fiesta que no se dieron cuenta quienes se habían retirado hasta el momento. El pasillo para poder llegar hasta la entrada del sendero donde se podían dirigir a las habitaciones era largo, y, además, luego tendrían que recorrer la nave hasta llegar a la habitación donde se encontrara la amiga de la mujer que estaba necesitando de su ayuda. Casseirem empezó a acelerar el paso, sabiendo que podría tratarse de una urgencia. Pese a que él no era médico, tenía que asegurarse de que la historia fuera verdadera antes de llamar a alguien que de verdad lo fuera.

    Luego de unos minutos recorriendo la nave, la mujer se detuvo frente a una puerta y llamó a la misma.

    — Lo he traído — dijo la misma para luego ver como la puerta se abría hacia arriba y no hacia adentro — Entre, por favor.

    Casseirem aceptó la petición y ambos entraron por la puerta hasta la habitación. Todo estaba apagado, y cuando la puerta se cerró, para el líder fue absolutamente imposible ver algo. Sin embargo, las cosas no duraron demasiado tiempo de esa forma, ya que una luz se encendió, dejando ver a dos mujeres desnudas por completo en sus cuerpos. Esto lo tomó por sorpresa, y cuando miró a su costado para ver a la que lo había llevado hasta allí, ella empezó a quitarse la ropa también.

    — ¿Por qué… — quiso preguntar, pero no lograría terminar.

    — Queremos festejar el haber escapado de ese planeta horrible, Conquistador Primero — la mujer que lo llevó hasta allí ya estaba totalmente desnuda.

    — Y elegimos al hombre más apuesto y fuerte de nuestra especie — otra se le acercó directamente.

    — Que da la casualidad de que es usted — la tercera se colocó a sus espaldas y empezó a acariciarle el cuello con las manos.

    — ¿Por qué no me lo pidieron? — a Casseirem no parecía molestarle en absoluto eso — Podrían haberme traído aquí sin mentirme.

    — No creímos que usted aceptaría — una de las mujeres se paró al lado suyo y recostó su espalda cerca de su cuerpo — Después de todo, usted está con Mirva.

    — Sí, lo estoy, pero no puedo negarme a una petición así — Casseirem se sentía muy contento de estar allí, y su molestia por haber sido engañado había desaparecido — Ustedes son mucho más jóvenes que ella.

    — ¿Oh, así que está bien que se divierta con nosotras? — la mujer que lo llevó hasta ese lugar se recostó sobre una cama grande que había en la habitación — Las leyes establecen que un hombre y una mujer solo pueden mantener relaciones con alguien que no sea su pareja solo cuando esta muera. Nosotras no hemos tenido pareja aún, pero usted…

    — Yo soy el nuevo líder de nuestra especie — Casseirem se apartó de las dos mujeres que estaban de pie junto a él y se colocó en la cama, sobre la mujer que se había recostado — Cambiaré las reglas establecidas por los Sabios. Todas ellas. No sirvieron para nada en Cirgro, y dudo que lo hagan en otro planeta. Así que, ya no hay regla que impida que esté con ustedes.

    — Nos alegra escuchar eso, Casseirem — otra de las mujeres se sentó en la cama — Bueno, ¿quién de nosotras será la primera?

    […]

    Luego de unos trece días de viaje, las naves Estrella Oscura y Estrella Radiante abandonaron la galaxia donde residían anteriormente, siendo la primera de estas la que iba al frente. En una habitación de gran tamaño, decorada con cientos de adornos coloridos y máquinas que se solían usar para la medición del clima, tomados a modo de recuerdo, Casseirem se encontraba escribiendo en papel el borrador de lo que serían las nuevas leyes y ordenanzas que seguiría su gente tan pronto como tuvieran su asentamiento en uno de los planetas a los que planeaban conquistar.

    Según los cálculos, llegarían al primer planeta, el más cercano de la posición de la que provino su nave, en unos dos días más. Era por eso por lo que el líder quiso aprovechar el tiempo para hacer todas las reformas necesarias. Las antiguas leyes seguían en la memoria del Conquistador Primero, por ordenanza del Sabio Tercero, cada ciudadano debía conocerlas de memoria, y era por esa razón que Casseirem las tenía muy en claro.

    Mientras estaba sumergido en sus pensamientos, Enak, quien fuera pareja de Udios, abrió la puerta de su habitación. Casseirem se sorprendió al verla, sobre todo porque se encontraba bastante molesta. Sin embargo, no le dio más importancia que esa.

    — Escuché rumores, Casseirem — el líder se alivió un poco de que fuera solo eso — Hay tres mujeres hablando sobre tus habilidades para otorgarles placer. Dame una razón para no decírselo a Mirva.

    — No hay nada que decir, Enak — la mujer lo escuchó defenderse — Esas tres mujeres están afectadas por el calor y el frío. Sus cuerpos no resisten climas muy extremos. Una vez fui a verlas por orden de un doctor y él me dijo que ellas estaban teniendo fantasías conmigo. No puedo castigarlas por eso, pero no hice nada para deshonrar a Mirva. Sabes que hay antecedentes de esa clase de enfermedades a causa de variaciones de temperatura.

    — ¿Y qué es lo que vas a hacer con esas tres mujeres? — Enak parecía haberle creído su mentira — No puedes dejarlas así.

    — Cuando aterricemos y conquistemos nuestro primer planeta, las pondré en el lugar donde el clima sea menos propenso a cambiar con brusquedad. Y allí trataremos su enfermedad.

    — Te estaré vigilando, Casseirem — Enak le hizo saber que no se olvidaría de lo que escuchó — No tengo pruebas en tu contra. Pero lo mejor será que no le hagas nada a Mirva. No importa lo que hayas hecho por nosotros, si la lastimas, te lo haré pagar.

    Casseirem miró como la pareja de su amigo se marchaba. Una vez la puerta estuvo cerrada, lo único que pudo formarse en el rostro del cirgrenciano era una sonrisa. No se había quitado de encima las sospechas, pero se había ganado el tiempo suficiente para poder terminar con el armado de las nuevas leyes que lo excusarían ante todos de su infidelidad. Por el momento, las leyes impuestas por los Sabios seguían vigentes, y era por eso por lo que Enak lo estaba confrontando. Casseirem, pese a ser un líder, estaba desobedeciendo una ley. Era urgente para él cambiarla lo más pronto posible.

    — Siempre te consideré más atractiva que a Mirva, Enak — Casseirem pensaba mientras con tinta negra escribía las hojas para las nuevas leyes — No te elegí porque eres una inepta. Has ido aumentando tu agilidad mental con el tiempo, pero sigues siendo tan ingenua como siempre. Se ve que Udios no usa el mismo criterio que yo para buscar pareja.

    […]

    Los dos días de tiempo límite establecidos habían pasado, y la nave Estrella Oscura ya estaba por adentrarse en la atmósfera de uno de los planetas objetivo del imperio que Casseirem iba a establecer. Un día antes, el líder ordenó a los miembros de la segunda nave que se quedaran atrás, ya que para Casseirem, que un planeta viera la llegada de más de una nave solo significaría que estarían bajo ataque, y no quería que estuvieran alerta en ese momento.

    Era por eso por lo que su nave era la única que mantenía su rumbo fijo hacia ese destino. En tan solo una media hora de tiempo humano, la nave aparecería en el cielo del planeta, ante los ojos de todos sus habitantes, si es que había vida en ellos.

    En la sala principal de la nave, Casseirem se encontraba junto a los otros tres líderes, que fueron seleccionados por él para liderar el ataque en tierra firme, y con unos seiscientos de los mil novecientos soldados que iban a descender para el ataque.

    — Primero atacaremos con los carbonizadores desde el aire para incendiar sus ciudades pequeñas. Luego centraremos nuestras tropas terrestres sobre la capital, es decir, la ciudad más grande que tengan — el Conquistador Primero asumió que los habitantes de ese planeta se regirían por el mismo código que los suyos — Las tropas terrestres atacarán desde todas las direcciones, rodeando a todos los habitantes del lugar. Mirva Jibad atacará en el sur. Enak Paldar concentrará sus fuerzas en el oeste. Udios Mablec atacará el norte y, por último, yo atacaré en el este. El descenso será en el lado que más cercano esté a nosotros luego de terminar con el ataque a las otras ciudades. Luego, todos nos moveremos hasta entrar en posición, y una vez que tengamos la capital rodeada, entramos. La razón por la que pedí que más militares abordaran esta nave fue para atacar. El noventa por ciento de los que viajamos aquí tenemos entrenamiento militar. A bordo de la nave quedarán unos doscientos soldados para manejar la evacuación si fuera necesaria. Los otros cinco mil noventa y seis soldados descenderán con los paracaídas y ayudarán a los escuadrones dependiendo de su lugar de caída. Por eso, procuren descender en lugares diferentes.

    — ¿Ese es tu plan? — preguntó Enak, cuestionando seriamente su éxito — ¿Crees que será tan sencillo?

    — Con nuestras armas, lo será — Casseirem quería que mantuviera la fe — Pero es por esa razón que atacaremos primero desde el aire.

    — Casseirem, faltan seis minutos para la llegada — Mirva habló tras ver uno de los monitores en esa sala.

    — Seis minutos para el caos, más bien — Udios complementó ante los dichos de su compañera líder.

    — Prepárense para ver arder este planeta — Casseirem motivaba a los suyos — Procuren no matarlos a todos. Nuestro imperio va a necesitar esclavos.

    — Siento pena por ellos. Serán los primeros — una de las mujeres en la milicia expresó sus pensamientos sobre quienes iban a ser atacados.

    Una vez el plan de ataque estuvo totalmente discutido, el silencio empezó a reinar en el interior de la sala. Uno de los hombres que estaba allí se encargó de programar las cámaras exteriores de la nave para poder enfocar el planeta en el que se iba a producir el primer ataque de los cirgrencianos.

    Al transcurso de dos minutos, la nave empezó a mostrar a todos los tripulantes, no solo aquellos que se encontraban en la sala principal, las imágenes del planeta que iba a terminar por ser invadido por ellos. Si bien, ese no iba a ser la capital del imperio, dado a que ese destino le correspondería al segundo planeta que iban a visitar, el comienzo de todo iba a ser en ese mismo sitio. Las imágenes que no tardaron en llegar mostraron un paisaje muy diferente al desierto que se veía cotidianamente en Cirgro. Montañas de distintos tamaños formaban cadenas que rodeaban ciudades compuestas por edificios de tamaño pequeño. Ríos, tundras, pinos de color blanco por la nieve que caía, un fenómeno que ninguno de los presentes en la nave tuvo la fortuna de conocer dadas las altas temperaturas de su mundo, mares con enormes trozos de hielo flotando a la deriva entre ellos. Todo el paisaje era una maravilla para todos ellos.

    Era un escenario único para cada cirgrenciano, y les maravillaba que la población estuviera distribuida a lo largo y ancho de la esfera planetaria, dado a que ellos pasaron todas sus vidas concentradas en una ciudad rodeada por los últimos ejemplares de árboles que los protegían de un lugar convertido solamente en un desierto. Antes de adentrarse al interior de su atmósfera, decidieron recorrer el planeta completo para poder explorar más a fondo en busca de paisajes diferentes, pero no encontraron nada más que lo que ya habían visto, con la diferencia de que las ciudades, entre más cerca estaban del centro y más alejadas de los polos superior e inferior del planeta, se volvían más grandes en territorio abarcado. Llegó el momento en el que vieron una ciudad bastante grande, al punto de que su imagen completa no podía ser captada por todas las cámaras de la nave.

    — Esta debe ser la capital — Casseirem habló con los suyos para hacerles saber que ese sería su último objetivo — Ataquemos las ciudades más alejadas y vayamos acercándonos poco a poco. Una vez que terminemos, pasaremos a mover las tropas por tierra.

    — Será difícil aterrizar con tantas montañas rodeando el planeta — Mirva, que lideraría uno de los escuadrones, analizó la situación — Creo que todos vamos a tener que lanzarnos en paracaídas y desplegarnos desde el centro.

    — Buen plan, pero ya veremos cómo lo ejecutamos cuando llegue su momento — el Conquistador Primero supo que su pareja tenía la razón al respecto — Prepárense para carbonizar por completo las ciudades y a todos sus habitantes. Que la nieve se convierta en cenizas.

    Quien se encargaba de dirigir el rumbo de la Estrella Oscura, descendió al mismo tiempo que incrementó la velocidad de vuelo de la nave cirgrenciana. Esta, tras haber entrado en la atmósfera del primer planeta objetivo, aumentó su velocidad a tal punto que era casi imposible seguirla con la vista sin ningún equipo especial.

    Al reducir más su altura, las cámaras de la nave lograron captar a los habitantes del lugar. Todos ellos portaban ropa bastante gruesa, y de colores radiantes como rojo y anaranjado. Aparentemente, por el frío, debían cubrirse por completo, por lo que no podían ver sus apariencias. El ruido monstruoso que ocasionaba la nave, junto con su tamaño tan colosal, hizo que algunos de los que estaban siendo enfocados por las cámaras levantaran las miradas al cielo, permitiendo a la tripulación ver sus rostros. Estos eran de color blanco y gris, teniendo un pelaje muy grueso cubriendo toda su cara, a excepción de los ojos, mostrando piel negra alrededor, y dejando ver unos ojos color azul muy profundo.

    Pese a la velocidad, las cámaras captaban en alta definición esa imagen, lo que hizo que los cirgrencianos pudieran ver mejor a quienes se debían enfrentar. Ninguno de ellos creyó que se trataría de adversarios temibles, dado a que se mostraban muy sorprendidos por las caras que ponían.

    — Llegó el momento de atacar — Casseirem dio la orden — Arrojen el primer carbonizador para comprobar su potencia en un mundo tan frío.

    Fue así como dos minutos después de que se dio la orden, que era el tiempo necesario de preparación, un pedazo de metal de la Estrella Oscura se replegó, dejando a la vista dos cañones que apuntaban hacia abajo con una inclinación de cuarenta y cinco grados. Tan solo diez segundos después, un pequeño objeto metálico con forma ovalada fue disparado a una velocidad de ciento treinta y cinco metros por segundo, el cual iba a impactar contra la superficie del suelo en tan solo catorce segundos.

    Las vistas de todos estaban puestas en los monitores para no perderse ningún detalle de cuando llegara el momento del impacto. Finalmente, la bomba, conocida como ellos como carbonizador, impactó en el suelo del planeta, dando inicio al ataque.
     
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  4.  
    Resistance

    Resistance Hope

    Sagitario
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    Saludos amigo, como siempre, gracias por etiquetarme para leer. Éste capítulo baja su nivel considerablemente respecto al primer capítulo, pero tranquilo, me ha gustado. Es más, me ha... sorprendido XD.

    Comenzamos con la que será una evacuación planetaria, descubriendo que los cirgrencianos son alrededor de ocho mil habitantes (un número muy pequeño para una especie inteligente, lo que muestra que se hallaban verdaderamente al borde de la extinción dadas las condiciones de su mundo natal). El Conquistador Primero (aka Casse XD) está a la espera de que todos suban, apareciendo ante él su pareja Mirva. Ella muestra su entusiasmo y fruto de esto le indica la posibilidad de tener descendencia. En un primer momento pensé que Casse querría, pero parece que no lo tiene claro.

    Tras hablar finalmente con Udios, su amigo, ambos son los últimos de su especie en abandonar el planeta. Comienza así el viaje hacia un nuevo lugar que conquistar. He de decir que el capítulo se acelera aquí, pues pasamos de subir a las naves y partir, a tener una fiesta en poco tiempo. Se me hizo rápido, pero nada que estropease la lectura. Casse decide así quedarse un rato en dicha fiesta para observar a su población, optando tras un rato por ir a tomar algo.

    Aquí llega el momento más sorprendente y surrealista de toda la historia de LGC para mí. Tras acudir a él una cirgrenciana pidiendo ayuda, el Conquistador Primero termina en una habitación rodeado por tres mujeres desnudas, habiendo sido lo anterior una excusa para llevarle hasta ahí. No me malinterpretes amigo, no considero que sea algo malo, simplemente me sorprendió tanto ver algo así que tengo la sensación de que casi no encaja en la historia. Le debo dar la enhorabuena a Casse, aunque teniendo a Mirva de pareja, tampoco es que hiciera lo correcto. Lo único que destaco de dicho momento es que, como dictador que es, decide hacerlo con esas tres cirgrencianas simplemente porque puede y es el líder. Sin duda, el poder sube mucho la autoestima XD.

    Lo siguiente es ver a Casse optando por cambiar las normas por las que su especie se ha regido desde siempre (algo lógico que las quiera cambiar como nuevo líder que es) y siendo confrontado por la novia de su amigo Udios, Enak. Al parecer, las tres jóvenes cirgrencianas con las que el Conquistador Primero mantuvo relaciones sexuales, van promoviendo ese encuentro por ahí. Aquí llega un nuevo momento surrealista para mí: la excusa de Casse. Sinceramente amigo, entre el cuarteto con esas jóvenes y la excusa que el da a Enak, me reí bastante XD. Si que es cierto que para mí, ese suceso no encaja en la historia (de momento, quizá en el futuro tenga relevancia) pero que me hizo reír, te lo aseguro :v.

    Finalmente, la nave 'Estrella oscura' visita el primer planeta por conquistar, en el que vemos que hay una nueva especie y ciudades repartidas por el globo. El capítulo termina con el comienzo del ataque, del cuál tengo ciertas expectativas y de seguro no defrauda.

    Será pues hasta la próxima. Un abrazo.
     
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  5. Threadmarks: Dióxido de carbono
     
    Reydelaperdicion

    Reydelaperdicion Equipo administrativo Comentarista empedernido

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    Saludos a todos. Esta vez no estoy a horario (aunque sigue siendo sábado XD) pero aquí está finalmente el capítulo 3 de esta historia. Una vez finalizado este, solo quedarán dos más, por lo que nos estamos acercando al final. Pero lo cierto es que nunca estuvo lejos XD.

    Una vez más, agradezco a Resistance por leer semana a semana esta historia y por sus comentarios en la misma, los cuales me ayudan a ver mejor la forma en la que deberían de ser preparados ciertos capítulos en el futuro. También agradezco a todos aquellos lectores que lleguen antes o después hasta este punto.

    Sin mucho más que decir, los dejo con la lectura. Ojalá la disfruten.




    Dióxido de carbono:

    Tan pronto como el carbonizador impactó en el suelo del planeta, una gran explosión, similar a una bomba atómica se formó. Pero no fue solo una, sino que, a medida que el tiempo pasaba, más explosiones se formaban dentro del fuego que salió de la explosión. En el interior de esas bombas había otros componentes explosivos colocados dentro de cápsulas resistentes al calor, la combustión y las explosiones, de manera que, cuando se diera la explosión principal y de mayor tamaño, dichas cápsulas fueran distribuidas por el aire llegando a distintas zonas, para luego derivar en otros impactos más pequeños.

    La gente que habitaba esa pequeña ciudad, al cabo de un minuto de haber dado comienzo al ataque, se vio totalmente abrumada por la situación. El fuego comenzó a derretir la nieve, dado a que se hacía más grande con su avance, al ir chocando con instalaciones de combustibles y gases situadas en el planeta. Murallas de un químico ardiente cubrían todos los extremos de la ciudad, bloqueando rutas de escape mientras en el centro, el dióxido de carbono envolvía a la población, que tenía que seguir soportando muchas más explosiones.

    Los seres que habitaban allí perdieron la vida al cabo de solo seis minutos, ya fuera asfixiados, quemados, o alcanzados por escombros producto de alguna explosión que se formó. Los gritos que inundaron el ambiente se fueron disminuyendo y ahogando poco a poco, hasta que el lugar quedó en completo silencio y nada más se podía ver el fuego que seguía avanzando sobre casas y edificios que quedaron intactos, pero sin sobrevivientes. Las ventanas de estos fueron destruidas por las vibraciones potentes que se formaron, por lo que el dióxido de carbono entró a las casas, matando en poco tiempo a los que no fueron heridos por el ataque. Con tan solo un carbonizador, una ciudad pequeña fue reducida a un total de cero habitantes.

    […]

    — ¡Vieron eso, ¿verdad?! — preguntó Casseirem, regocijándose en la destrucción que acababa de causar — ¡No veo a nadie moverse! ¡Y bastó con solo uno de los carbonizadores! ¡Yo me esperaba usar dos en este lugar, pero no hubo necesidad!

    Algunos, contagiados por la euforia del Conquistador Primero, gritaban en forma de festejo el éxito del primer ataque. Otros, por su parte, se reían al ver como el ambiente tan blanco por la nieve se convirtió en negro por el humo. Había muchos otros, entre los que se encontraban Udios, Mirva y Enak, que simplemente no veían motivo de risa en un momento tan serio, ni tampoco para festejar siendo que el primer ataque claramente iba a ser un éxito, ya fuera que usaran o no una, dos o todas las bombas que tuvieran a disposición. Suponían que eso era para que se vieran animados a lanzarse a una batalla cuando llegara el momento de atacar la ciudad principal, la cual suponían que era la capital de aquel planeta.

    Lo cierto era que esta victoria significaba para ellos más que la simple aniquilación de una parte de la población. Cuando llegara el momento de luchar frente a frente contra los defensores de la ciudad principal, si es que los había, no recibirían refuerzos desde esa ciudad, ni de ninguna de las que iban a ser atacadas tan pronto como Casseirem diera la orden.

    El piloto de la nave entendió con una mirada de su líder que debía mover la nave hacia otra ciudad, la más cercana a su posición, y así dar comienzo con el bombardeo.

    En tan solo un minuto, la nave Estrella Oscura se situó sobre otra ciudad. A pesar de haber llegado en tan solo un minuto, había cientos de kilómetros de distancia entre una y otra, por lo que nadie escuchó ni vio nada de lo que aconteció en esa ciudad. Las miradas de toda su gente se centraron en el cielo al ver un monstruo metálico gigante sobrevolando el cielo sobre sus cabezas. Un nuevo carbonizador salió disparado hacia el nuevo objetivo, de mayor tamaño que el primero, y el proceso se repitió.

    La explosión inicial desparramó cápsulas explosivas a lo largo y ancho de una ciudad, las cuales no tardaron en explotar también. La gente buscaba huir de forma desesperada. Cientos de hombres y mujeres que tan pronto como supieron que estaban bajo el ataque de una fuerza desconocida empezaron a correr con sus niños fueron pisoteados por multitudes de personas que iban en solitario hacia las afueras de la ciudad por el único camino por el que el fuego no llegaba a invadir. Madres y padres encontraron sus muertes bajo los pies de gente de su propia raza, que, en la desesperación para escapar, no veían ni velaban por los suyos. Solamente les importaba su propia seguridad, y se llevaron de frente a cualquiera que estuviera delante. Todas esas muertes, aunque podrían ser consideradas crueles, no fueron en vano, puesto a que algunos de ellos lograban escapar por las calles despejadas de la ciudad, huyendo hacia los bosques o hacia los caminos situados en las montañas para refugiarse en un pueblo aledaño.

    Sin embargo, para aquellos que no lograron llegar hacia ese lugar al cabo de siete minutos, fue demasiado tarde. O el fuego los atrapó para empezar a consumir sus ropas, pieles y carne, o el dióxido de carbono se encargaba de quitarles el aire, provocando una intoxicación que derivaba en sus muertes.

    Desde el interior de sus naves, Casseirem y los suyos pudieron ver como algunos escaparon, pero era un número muy menor en comparación a los que habían muerto. Aunque le tomó algo más de tiempo, el fuego y el humo llegaron a cubrir todos los rincones de esa ciudad, tal y como hicieron con la primera. El paisaje nevado ya no se podía observar desde el aire, dado a que el humo se encargaba de distribuirse, tapando la ciudad, e incluso, llegando a entrar en contacto con los árboles y las zonas montañosas que se veían alrededor.

    — Bien, con un carbonizador por ciudad es suficiente — Casseirem sacó conclusiones tras haber experimentado dos veces — Esta gente utiliza combustibles para alimentar sus casas con energía. El fuego tarda su tiempo en llegar, pero al llegar, siempre es lo mismo. No creo que sea necesario que nos gastemos más de uno en una ciudad.

    — ¿Cuál es el siguiente paso? — Udios entendió que la algarabía iniciada por él solamente era para motivar a los demás, dado a que acababan de destruir una ciudad más grande y su líder no se parecía ver feliz.

    — Gastemos todos los carbonizadores y luego pasemos al ataque en la ciudad principal — Casseirem fue muy claro con sus órdenes — Se van a dar cuenta de que hay algo atacando sus ciudades, si es que ya no se dieron cuenta. Así que, hagámosles creer que seguiremos así. Que envíen equipos de rescate a las ciudades y así se distraerán de la tarea de reforzar su ciudad principal.

    — ¿Es necesario que nosotros nos quedemos en la sala a ver esto? — Enak parecía emitir una queja — Vamos a terminar por aplastarlos a todos, y es aburrido ver que nadie opone resistencia alguna.

    — ¿Quieres ir a descansar? — preguntó su amiga, Mirva — ¿O deseas preparar mejor a tu escuadrón para el ataque?

    — La segunda — Enak realmente no sentía ganas de estar allí, dado a que simplemente estaba ansiosa por pelear, y el no hacer nada mientras otros seres morían no le producía emoción.

    — Como desees, Enak — Casseirem decidió concederle lo que quería como una forma de quitársela de encima — Todos en los escuadrones de Mirva, Enak o Udios son libres de elegir si desean retirarse o quedarse. Los que pertenecen a mi escuadrón se quedarán aquí hasta que diga lo contrario. Yo, por mi parte, no quiero perderme nada de esto.

    Fue así como todos los soldados varones y mujeres que pertenecían a los escuadrones de los otros tres líderes se fueron a otra sala. Les gustaba el morbo de la destrucción de otro planeta, pero el espectáculo empezaba a tornarse repetitivo ante sus ojos. Udios y Enak se retiraron juntos, mientras que Mirva optó por quedarse y acercarse a su pareja. Casseirem sonrió al ver como se colocaba junto a él. Supo que Enak no había dicho nada sobre los rumores de las mujeres con las que él había estado. Su pareja no sospechaba sobre su infidelidad, y tan pronto como lograran conquistar ese planeta, el líder impondría nuevas leyes morales que ampararan su comportamiento.

    Mirva, tal y como su pareja creía, no tenía idea de lo que había acontecido. En su mente, ella era la única que sería dueña del corazón y la cama del Conquistador Primero. Pensar en que sería la que más beneficios gozaría cuando un imperio se formara le daba muchas ganas de no morir, como si necesitara más. El líder se vio sorprendido cuando su pareja le tomó las manos y empezó a acercar sus labios a los suyos, pero eso no evitó que gozara ese momento.

    — Cuando este planeta sea nuestro, tú serás mío… en una cama diferente — Mirva lo decía con un tono provocativo, sin importarle que otros los estuvieran viendo.

    — Oh, entonces muero de ganas porque este planeta esté bajo nuestro poder — Casseirem la besó, para luego cambiar su vista a una de las pantallas cercanas — Parece que vamos a dar inicio con otro ataque. Veamos que tal resulta.

    La tercera ciudad en ser atacada estaba a dos kilómetros de distancia de la segunda, y su tamaño era considerablemente mayor. El carbonizador disparado contra la misma fue eficaz, arrasando con edificios, incendiando el lugar, y cubriendo las vistas por nubes de humo que ascendían hasta el cielo desde lo más bajo del suelo. Sin embargo, requirió mucho más tiempo para que el lugar entero fuera alcanzado en esa ocasión, por lo que hubo muchas más personas nativas del planeta que lograron escapar del ataque a su ciudad.

    Esto fue contemplado por Casseirem y por su pareja, quienes no estaban nada contentos al ver que esa gente que no había perdido la vida en aquel entonces serían enemigos potenciales que enfrentar en el futuro.

    […]

    Tal y como lo sospechaba el Conquistador Primero, la ciudad de mayor tamaño en el planeta era su capital, y como algunos de los suyos lo creían, las noticias de ciudades suyas siendo atacadas llegaron a sus oídos. Algunos sobrevivientes de los ataques lograban encontrarse con trabajadores que se encontraban realizando sus tareas entre ciudades, y solamente bastó con enviar alertas de una en una hasta que finalmente, las noticias llegaron hasta quienes eran los líderes.

    En uno de los edificios del interior de la ciudad, el de mayor tamaño tanto a lo largo como a lo ancho, una reunión se estaba llevando a cabo a puertas cerradas. Una sala iluminada con luces de color blanco, en la cual había una mesa redonda en la cual había tres individuos sentados y otros quince parados a la distancia, era el sitio en el que se discutía sobre la situación que estaba ocurriendo en aquel momento. Los quince seres que estaban de pie parecían tener la simple función de escoltarlos, puesto a que todos estaban armados con armaduras que parecían del estilo medieval, formadas por un acero puro cubriendo torso, pies y brazos. En sus manos se podían ver armas que sobresalían y superaban la altura de sus cuerpos, con cañones circulares con un radio de un metro. El cuerpo de las armas era más pequeño que el torso de estos, pero el cañón era tan largo que llegaba a medir un metro y medio. Pese a su tamaño, dichas armas parecían ser muy ligeras, puesto a que cada uno de ellos podía cargarlas con tan solo un brazo, teniendo el otro libre y pegado al cuerpo.

    A la distancia, sentados en la mesa, los tres seres parecían estar ultimando detalles para un plan de contingencia que involucraba su ciudad principal. Los tres tenían una apariencia similar y portaban armaduras con un diseño que se veía más moderno que las que tenían los guardias. Eran dos hombres y una mujer. El hombre sentado más cerca de la pared al extremo norte de la sala tenía la cara negra y los ojos rojos. El hombre que estaba sentado al extremo oeste tenía la cara de color gris, y los ojos de color blanco. Y la mujer, por su parte, tenía la cara blanca y los ojos de color azul. Su discusión se llevaba a cabo con palabras en un tono muy alto, pero sin gritar, hasta que uno de ellos, el hombre de ojos rojos empezó a llamar la atención a uno de sus compañeros.

    — ¡Es una locura lo que propones, Sered! — gritó con furia a su compañero — ¡Si te quedas aquí tú solo, lo más probable es que te maten en la batalla! ¡Ven con nosotros a pedir la ayuda de los velivinos!

    — ¡Nuestra gente nos sigue porque sabe que velamos por su seguridad! — contestó aquel que respondía al nombre de Sered — ¡Si nosotros tres escapamos con solo algunos civiles, podría empezar una revuelta por los que se quedan para tener un lugar en la nave! ¡Si yo me quedo, confiarán más en que ustedes dos se irán a buscar refuerzos y no pensarán que los estamos abandonando a su suerte!

    — Aun así, esto es muy peligroso para ti — la mujer temía por la vida de su compañero — No conocemos el poder de esta gente. Está claro que planean dejarnos para el final, de lo contrario, habrían empezado a atacarnos a nosotros. Esto nos da tiempo para prepararnos y huir.

    — Lo siento, Zalan — Sered habló con la mujer — Pero si nuestra gente pierde la fe en sus líderes, no importa si ganamos o perdemos el enfrentamiento contra estos seres. Ya no será posible para nosotros mantener nuestras posiciones de poder, y sabes que somos los más capaces en el asunto del liderazgo. Es por eso por lo que es crucial no solo sobrevivir, sino también asegurar la confianza de la gente. No solo de ellos, sino también del ejército. ¿Crees que van a salir a pelear contra los invasores si nosotros nos estamos yendo del lugar? La mente de los nuestros es sencilla de entender, deberías saberlo.

    — Entonces deja que yo me quede a pelear contigo — el otro hombre quiso garantizar la seguridad de quien era su amigo — Tendrás más posibilidades si yo y mi escuadrón protector estamos aquí.

    — No, Miraq, no puedo permitir eso — Sered le negó su deseo — Conoces las reglas de la Sociedad Galáctica. Tanto nosotros como los velivinos estamos obligados a mantener a tres miembros en el consejo de liderazgo por el planeta. Y nosotros solo tenemos a esa chica para que reemplace a uno de los nuestros por si algo sale mal. Eso quiere decir que solo puede morir uno. Y ya que yo soy el más viejo, déjame tomar el riesgo a mí.

    — No te dejaremos morir, Sered — Zalan, la mujer de la sala le hizo una promesa a su compañero — Regresaremos con un total de cuatro naves del ejército velivino y te auxiliaremos. Solo tienes que sobrevivir cuatro días, y es una nave sola la que nos está atacando. Si lo logras, vivirás y mantendrás tu puesto en este consejo.

    — Confío en ustedes dos, y también en que mantendrán a salvo a nuestros habitantes más calificados — Sered expresó su confianza en los compañeros que integraban el consejo junto a él — Será mejor que partan lo más pronto posible. Y den aviso inmediato a los velivinos para que estén preparados. Así el regreso demorará menos tiempo.

    — Te deseo suerte en la pelea, Sered — Miraq expresó su deseo de que estuviera a salvo — Zalan y yo regresaremos pronto. No te vayas a morir. Todavía no estás tan viejo como crees que estás.

    Luego de lanzar una risa nerviosa por ponerse a pensar en algo así, Sered se puso de pie para estrechar las manos con sus compañeros en lo que era un consejo de tres personas que integraban. Miraq y Zalan, el hombre y la mujer que iban a partir en busca de ayuda, acudieron cada uno ante cinco soldados que estaban allí. Tras explicar la situación, cada uno salió por una puerta metálica acompañado por cinco escoltas, lo que integraba parte de un escuadrón de protección personal.

    Sered fue el último en quedarse allí. Sabía que él y los suyos tenían que ir a pelear en contra de los invasores que estaban quitándoles la vida a varios miembros de su especie, pero antes quiso admirar la belleza de la sala en donde él y sus compañeros tenían reuniones. Todo en su interior era natural, y no había ni una sola máquina ni rastro alguno de tecnología en aquella sala. Pese a que ellos contaban con tecnología funcional en otros lugares del edificio, esa sala era la favorita de Sered por estar hecha solo de elementos naturales. Luego de contemplarla en lo que podría ser una última vez, el miembro del consejo que se quedaría para ser parte de la línea de defensa de la ciudad, puso rumbo hacia la puerta, para dirigirse a sus soldados que formaban parte de su escuadrón de protección personal.

    — Mis compañeros, nos toca a nosotros quedarnos a pelear mientras los demás parten al planeta Veliv en busca de ayuda — Sered explicó ante todos ellos, mirando como una expresión de miedo empezaba a nacer en sus caras — Recuerden que hacemos esto por el bien de nuestro planeta. Yarlem es nuestro hogar — así lo llamó aquel ser — No puede ser destruido, ni conquistado. Nos tocará defendernos hasta que lleguen los refuerzos, pero confío en ustedes. La razón por la que elegí quedarme a pelear no es porque yo fuera el más anciano de los tres. Fue porque sé que en mi escuadrón están los mejores guerreros y las mejores guerreras. Los de clase más valiente y fuerte. Los que no tiemblan al mirar al peligro a los ojos. Está bien que tengan miedo, porque yo también lo tengo. Pero si nosotros que somos los mejores estamos asustados, solo imaginen como estarán aquellos que no tengan nuestra valentía. Por eso es nuestro deber quedarnos a pelear. Ser los mejores no nos da el derecho a ser orgullosos, nos da la responsabilidad de luchar. Y eso es lo que haremos. Alertaremos a los nuestros y pelearemos junto a nuestros hermanos y hermanas. No sé quiénes sean estos invasores, pero sé que, en unos diez días, los sucesos de hoy serán solo un mal recuerdo en nuestras memorias. Hagámoslo posible todos juntos.

    Gracias a esas palabras motivacionales dichas por Sered, los cinco soldados de su escuadrón de protección sintieron como el miedo en ellos se disipaba un poco. Sabiendo que su deber era proteger la ciudad y a la gente mientras que sus compañeros se encargaban de pedir ayuda en el planeta Veliv, todos se prepararon mentalmente para lo que vendría tan pronto como la nave de los cielos llegara hacia su posición.

    Unas tres horas después de concertada la reunión, los dos líderes del consejo del planeta Yarlem se encontraban a bordo junto a miembros de sus escuadrones de protección y los civiles más distinguidos de su población, incluyendo hombres, mujeres y niños de todas las edades. La nave era bastante grande, por lo que no hubo nadie en la ciudad que no escuchara el ruido de esta en su despegue. Si bien, todos fueron advertidos de lo que sucedería, hubo algunos que hubieran deseado ganarse un lugar para escapar. Aquellos que no fueron escogidos para abordar la nave que estaba elevándose hacia la estratósfera para próximamente salir del planeta, y que tampoco eran militares, no tuvieron más remedio que refugiarse en sus casas.

    Sered veía con sus propios ojos como la nave que llevaba a refugiados de su planeta y a sus dos compañeros en el consejo de liderazgo se iba del lugar. Tan pronto como los perdió de vista, sabiendo que ya estaban a salvo en el espacio exterior, este apartó la vista de su punto de observación, y empezó a buscar la nave que los invadía, mientras que sus soldados tomaban posiciones en las calles anchas de la ciudad, las cuales separaban por varios metros los edificios y casas del lugar.

    Tras unos veinte minutos de búsqueda, se escuchó una explosión en una ciudad cercana, y eso era la señal que necesitaban para saber que pronto esa nave estaría sobrevolando su territorio, lo que daría inicio al conflicto.

    […]

    Tras unas cuatro horas de diversión para Casseirem y los demás cirgrencianos, la tarea estaba terminada y solo les quedaba un último paso en aquel plan. Las ciudades del resto del planeta fueron atacadas y completamente aniquiladas por los carbonizadores de la nave. Su último objetivo, el cuál sería el punto del planeta que más intacto permanecería, estaba frente a ellos. La nave empezó a recorrer el cielo de la ciudad, mientras bajaba la velocidad de desplazamiento para permitir así a los miembros del ejército el salto hacia el suelo y posteriormente, el inicio de la batalla.

    — Saltar en paracaídas cuando podríamos construir vehículos más pequeños y rápidos que nos dejen menos expuestos… — Udios, quien sería el primero en saltar, se quejaba de sus métodos.

    — Otra cosa más para agradecerle a los Sabios — Casseirem supo que el hecho de que esa tecnología no fuera desarrollada era por la idea de los Sabios de viajar en busca de alianzas pacíficas, y no para conquistar — Cuando estos dos planetas estén bajo mi poder, cambiaré muchas cosas. De hecho, algunas ya van a cambiar con esta primera conquista. Te deseo lo mejor en tu aterrizaje, Udios.

    — Gracias, Conquistador Primero — su amigo agradecía esa preocupación — ¡Preparados! — ese grito lo dirigió a todo su ejército.

    Cuando la nave estuvo en la posición en la que él iba a descender, Udios y los suyos fueron dando el salto hacia el suelo del planeta. Tan pronto como el último de ellos saltó, la nave se movió ganando algo de velocidad hacia el siguiente punto. Cassierem tuvo las despedidas pertinentes junto con Enak y con Mirva, y luego de eso, cada una saltó en el punto que les tocaba hacerlo. El Conquistador Primero fue el último en saltar junto con los suyos.

    Gracias a la velocidad de la nave, la cual empezó a ganar altura para buscar un lugar en el cual pudieran aterrizar, en menos de un minuto y medio, una enorme cantidad de cirgrencianos se encontraba descendiendo hacia los puntos norte, sur, este y oeste de la ciudad, formando una cruz perfectamente lineal. Cuando estuvieron a una altura segura, los paracaídas se abrieron, y el descenso perdió velocidad.

    Tan pronto como esos paracaídas estuvieron desplegados, todos empezaron a oír sonidos de disparos provenientes desde el suelo. Algunos soldados del ejército eran golpeados por los mismos, recibiendo impactos de balas explosivas de gran tamaño, las cuales los mataban al instante, generando explosiones que disparaban restos de sus cuerpos muertos hacia sus compañeros. Muchos se manchaban de sangre o eran golpeados por un brazo o un pie que terminaban por salir disparados hacia los costados. Viendo el peligro de descender de esa forma, algunos empezaron a moverse hacia los costados, con el objetivo de ser más difíciles de golpear por sus atacantes. Hubo algunos que tenían la suerte de esquivar los ataques, pero al hacerlo, las balas atravesaban sus paracaídas, provocando que la tela de estos se rompiese y terminaran cayendo al suelo gritando de la desesperación de estar cerca de la muerte al caer desde una altura como esa.

    Los disparos continuaron por varios segundos hasta que las tropas de Casseirem llegaron a tierra firme en el planeta que estaban invadiendo. Tras llegar a su objetivo, los líderes de los escuadrones se quitaron los paracaídas para posteriormente tomar las armas e iniciar una carrera al interior de la ciudad. Tan pronto como empezaron a llegar a las calles que eran resguardadas por los seres de aquel planeta, el conflicto dio inicio.

    Las armas de los habitantes del planeta Yarlem disparaban balas lentas pero dañinas, generando explosiones que tenían la potencia como para matar de a dos enemigos si se apuntaba bien. Los atacantes provenientes del planeta Cirgro contaban con armas de menor tamaño, con disparos más rápidos. Un láser de color verde salía a gran rapidez en dirección a los soldados nativos que defendían su ciudad. No eran tan mortíferas como para matar de un solo golpe, pero si uno de esos disparos lograba dar en el objetivo, los soldados que los recibían quedaban incapacitados, lo que les permitía apuntar mejor a las cabezas o partes vitales del cuerpo de estos.

    Los yarlemianos, como se denominaron a ellos mismos por ser habitantes de ese planeta, tuvieron la ventaja de la pelea en los primeros diez minutos, dado a que estaban situados en diferentes sitios, tanto sobre el suelo como sobre los edificios. Eso les permitía apuntar y disparar en direcciones variadas, causando daños considerables a varios miembros del ejército atacante. Sin embargo, tan pronto como los cirgrencianos lograron descubrir sus posiciones, los ataques se hicieron más certeros y dañinos a su favor. Y a medida que más soldados de Yarlem caían, a los invasores les costaba cada vez menos matar a otro enemigo. Los cuatro escuadrones avanzaron a paso lento por el interior de la ciudad, hasta que finalmente alcanzaron el centro de esta, convirtiéndose todos en un solo, que empezó a marchar liderado por el Conquistador Primero, mientras que los defensores que les hacían frente tenían cada vez más dificultades. Pese a tener armas con un gran poder destructivo para la pelea, no eran tan efectivas ante la velocidad de las que portaban los alienígenas que les hicieron frente. Por cada dos muertes de soldados cirgrencianos, se producían ocho bajas en el ejército yarlemiano, y ese número se volvía cada vez más disparejo tan pronto como el tiempo pasaba.

    Casseirem, Enak, Udios y Mirva llegaron a un punto en el que se aburrieron de la pelea, y dejaron todo a sus soldados, quienes ya tenían su batalla prácticamente ganada. Los enemigos que no huían despavoridos eran asesinados con suma facilidad, dejando el terreno cada vez más favorable para el Conquistador Primero.

    — Recuerden que hay que asesinar a la mayoría de su ejército — Casseirem hablaba en voz baja dado a que los disparos de sus armas no causaban ruidos enormes que interfirieran en la comunicación — Quiero a algunos de ellos con vida, de modo en que podamos interrogarlos para saber hacia dónde huyó esa nave. Más importante, quienes son los que están a bordo.

    — ¿Acaso les tienes miedo? — Enak hizo esa pregunta para molestar a su líder, dado a que seguía teniéndole algo de desconfianza por los rumores.

    — No le temo a nadie en este planeta, si fueran de temer, habrían mostrado algo de resistencia cuando empezamos el ataque — Casseirem se defendió de ese ataque — Pero podrían traer refuerzos, y a esos sí les tengo miedo. Por eso es necesario saber a dónde van.

    Enak, pese a no poder dejar en ridículo a Casseirem, que era lo que apuntaba a lograr, se tuvo que conformar con incomodarlo tan solo por unos segundos. Su deseo era no dejarlo tranquilo hasta que estuviera totalmente segura sobre la inocencia o culpabilidad de este. Udios y Mirva notaron un poco de agresión en esa pregunta de Enak, y pensaron que había algo sucediendo entre sus parejas, pero pronto su atención fue desviada cuando escucharon ruidos potentes acercándose a ellos.

    Todos los soldados del ejército centraron las vistas en una de las calles, y pudieron ver como un vehículo largo y muy alto, blindado con varias capas de metal, y portando varias torretas en el exterior, se dirigía a gran velocidad hacia ellos, mientras desde las torretas se disparaban varias balas en dirección hacia ellos. Sus ruedas eran similares a las de un tractor, pero el doble de gruesas y resistentes, y también hechas de un material blindado.

    — ¡Mierda, disparen, tumben esa cosa al suelo! — Casseirem ordenó sabiendo que eso podría traerles problemas.

    Varios soldados en cada escuadrón apuntaron con sus armas hacia el vehículo, para luego disparar los láseres de estas con el objetivo de perforar en su coraza y matar a cualquiera que se encontrara dentro. Pero esa estrategia no dio resultado, por lo que el vehículo seguía avanzando hacia ellos, con apenas algún raspón en el metal que lo cubría, mientras que los soldados colocados en las torretas disparaban balas perforantes capaz de causar un daño enorme en las armaduras de los cirgrencianos, acabando con algunos de ellos en el acto. El líder, al ver ese escenario se preocupó bastante, por lo que ordenó una separación de los soldados.

    — ¡Divídanse en grupos y tomen las armas de los soldados muertos! — Casseirem supo que eso podría servir para detenerlo — Nunca imaginé que se podrían equipar armas a un vehículo así.

    Fue así como los cuatro líderes empezaron a correr por las calles mientras el vehículo atacante daba vueltas en las esquinas para moverse de un lado a otro y dar inicio con nuevas rondas de ataques. Había algunos que no llegaban a apartarse de su camino y eran atropellados, siendo aplastados por las ruedas del vehículo armado. Luego de limpiar una calle, el conductor del arma móvil giró por una esquina en dirección hacia otra. Los que iban a bordo de este pudieron ver que los atacantes acababan de recolectar las armas de sus camaradas caídos en conflicto, y que se prepararían para usarlas en su contra.

    — ¡Mátenlos antes de que disparen! — la voz de Sered resonó en el interior del vehículo, denotando que fue él quien dio la orden.

    Enak, quien era quien se encontraba al frente del escuadrón que iba a hacerle frente al vehículo, dio un paso al frente para armar de valor a sus soldados.

    — ¡Solo tienen permitido dejar de disparar cuando esa maldita cosa esté tumbada sobre las calles! — Enak dio la orden a los suyos.

    Los disparos de las armas diseñadas por su misma gente, al ser explosivos, eran mucho más dañinos que los láseres que disparaban las armas cirgrencianas. Esto llenó de pavor a los soldados que estaban sobre las torretas del vehículo, quienes comenzaron a disparar en contra de los soldados enemigos a medida que estos hicieron lo mismo con ellos. Varios invasores morían de un disparo, pero gracias a sus disparos en contra del vehículo militar, se podían notar mellas en el metal exterior. Enak, sabiendo que la pelea estaba ganada, hizo a los suyos avanzar hacia el frente para luego desencadenar una gran cantidad de disparos.

    La parte del frente del vehículo fue severamente dañada por tantas explosiones, pero eso no tuvo el efecto deseado por la cirgrenciana. Una pequeña explosión interior sacudió por completo el vehículo, lo que provocó que este se diera la vuelta y empezara a rodar por la calle dando pequeños saltos en su vuelco. Al estar a una distancia relativamente cercana, solamente cuatro metros de este, Enak y los demás soldados que se paraban a su lado vieron como ese vehículo se acercaba hacia ellos sin detenerse, que era lo que originalmente creían que iba a suceder.

    La comandante de escuadrón se dio la vuelta mientras empezó a correr para resguardarse, pero el vehículo militar siguió rodando hacia su posición, logrando golpear su cuerpo sin aplastarlo contra el pavimento, al igual que pasó con algunos otros soldados, para continuar así hasta que finalmente el impulso inicial perdió toda su fuerza y se detuvo en una calle, habiéndose llevado por delante a un total de veinte cirgrencianos que no tuvieron la fortuna de esquivarlo para evitar su muerte.

    Todo esto fue visto por Udios, Mirva y Casseirem. Los dos primeros, al ver ser aplastada de esa manera tan brutal a quien era su pareja y amiga, respectivamente, entraron en pánico y empezaron a correr para verificar su estado y ver si había algo que se pudiera hacer para mantenerla con vida. Por su parte, Casseirem solamente corrió para no levantar sospechas. Lo cierto era que Enak, con su amenaza de mantenerlo vigilado y su intento por desacreditarlo frente a los demás, se ganó un poco de repulsión hacia ella por parte del Conquistador Primero. Si ella llegaba a morir, no lo iba a lamentar, pero una parte de él quería que siguiera con vida para no tener que ver sufrir a Udios y a su pareja Mirva.

    Pese a que solo era por algo ajeno a él, Casseirem aún tenía en su interior más deseos de ver viva y en buen estado a quien fue su compañera en la revolución contra el Sabio Vigésimo. Tan pronto como llegaran a ella descubrirían si su compañera realmente seguiría con ellos en esa conquista o si su viaje iba a acabar allí.
     
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    Resistance

    Resistance Hope

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    Hola, amigo. Han pasado varios días desde la publicación, pero finalmente he encontrado tiempo para leer y aquí estoy. Éste capítulo me ha gustado bastante, y lo colocaría solo por detrás del capítulo de introducción, que hasta ahora es el que más me gustó. Sin más que decir, comentaré lo más destacado para mi.

    El carbonizador es, sin lugar a dudas, un arma muy fuerte e interesante. Disparar un proyectil que a su vez contiene diez más (en menor tamaño) que se expanden con la explosión inicial es algo difícil de contrarrestar en un ataque. Como bien vemos al inicio, gracias al carbonizador, todas las ciudades pequeñas son desoladas y salvo unos pocos que logran huir, sus poblaciones son exterminadas. Con la ciudad principal y capital del planeta únicamente como defensa, la conquista parece sencilla, pero resulta que nada más lejos de la realidad.

    Sinceramente, pensaba que el capítulo solo narraría el lado del Conquistador Primero y su ejército tomando ese mundo, sin más. Pero debo agradecerte que muestres el otro lado: el de sus habitantes. Los yarlemianos son interesantes pese a lo poco que se les ha visto. Además, descubrimos gracias a una reunión entre sus tres líderes que comparten una alianza con otra especie llamada 'los velivinos'. Y quizá incluso más, aunque de momento no hay pistas de ello. La cosa es que dos de los tres líderes yarlemianos optan por irse del planeta para pedir ayuda a sus vecinos galácticos, mientras el líder restante llamado Sered se quedará a defender el último bastión en pie del planeta.

    Casseirem y el resto ven la huida de dicha nave y, lógicamente, el Conquistador Primero se preocupa de que puedan regresar con refuerzos. La lucha en la ciudad es intensa e interesante, porque mientras los soldados cirgrencianos descienden en la ciudad con paracaídas, los soldados yarlemianos les disparan desde abajo. La especie natal del planeta muestra, sin duda, estar organizada y tener cierta tecnología interesante, aunque pese a sacar el blindado y comprometer brevemente a las fuerzas enemigas, finalmente perecen ante sus conquistadores.

    Intuyo que Sered muere en el vehículo blindado pero lo de Enak me genera incertidumbre. No sé que camino tomarás respecto a su personaje, su muerte afectará a Udios y Mirva, pero beneficiará a Casse. Si sobrevive, los dos primeros estarán contentos y el segundo solo un poco XD. Como no es un personaje que me encante ni nada, que muera me es indiferente. Lo único que me intriga es que, hagas lo que hagas, tendrá alguna consecuencia.

    Solo quedan dos capítulos para el desenlace y la trama se pone interesante. Estaré a la expectativa. Hasta la próxima.
     
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  7. Threadmarks: La Sociedad Galáctica
     
    Reydelaperdicion

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    La Gran Catástrofe - Crónicas de la Conquista
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    Ciencia Ficción
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    Saludos. Es sábado. Una semana más pasa y por ende, otro capítulo de la historia es publicado. Aprovecho para agradecer a Resistance por leer cada semana esta historia y por sus comentarios que ayudan siempre a que tenga en cuenta varias cosas para el futuro. Nos acercamos al final, que llegará la próxima semana. Como ven, esta historia no es demasiado larga, pero espero que aun así sea del agrado de muchos. Sin más que decir, los dejaré con el capítulo.




    La Sociedad Galáctica:

    Zalan y Miraq, dos de los tres integrantes del consejo de líderes del planeta Yarlem se encontraban a bordo de su nave. Ambos, a través de un ventanal miraban al vacío del espacio, buscando divisar a su planeta hasta que finalmente lo encontraron. El verlo allí les provocó una pequeña sensación de preocupación. Su compañero Sered eligió quedarse atrás a pelear para motivar al ejército en su lucha contra los invasores. Si bien, esto era algo que los dos creían que pudo haberse evitado, entendían los motivos de este para quedarse a pelear.

    — Espero que esté bien — Zalan no dejaba de pensar en él — Tiene que hacer frente a seres con armamento muy poderoso.

    — Sered es fuerte, es una de sus mejores cualidades — le contestó Miraq, un gran amigo del guerrero que quedó atrás — Pero se enfrenta a una amenaza desconocida. Te juro que yo también estoy bastante preocupado, Zalan.

    — ¿Crees que deberíamos invitar a su reemplazo a la reunión con los líderes del consejo en Veliv? — Zalan preguntó a su compañero — No hablo de ascenderla a líder, pero que hable como su representante.

    — Creo que lo mejor será que ella se mantenga escondida por el momento — Miraq fue sincero con ella — No queremos darle presiones adicionales a ella. Cuando sea el momento de que tome el lugar que le corresponde en el consejo, tendrá voz. Antes no.

    — ¿Crees que con la ayuda del ejército velivino podremos arremeter exitosamente contra los invasores? — Zalan no dejaba de preguntarse eso — No tenemos idea de qué clase de armas tengan en su arsenal de fuerza terrestre. Podrían ser superiores a las nuestras. Quiero decir, algo los debe haber motivado a pelear en nuestra contra y lanzar esos ataques a nuestras ciudades.

    — No creas que ellos nos conocen, Zalan — Miraq tranquilizó a su compañera, o al menos eso intentó, con esa frase — De habernos estudiado, ellos sabrían que, al meterse con nosotros, estarían enfrentándose a la Sociedad Galáctica. Salvo que hayan lanzado un mismo ataque como el que acaban de lanzar en nuestro planeta en el territorio velivino, creo que esta es una batalla que ganaremos fácil. Me preocupan más los daños y las reparaciones que tendremos que hacer al final que la pelea en sí.

    — Estás demasiado tranquilo pese a enfrentarte a seres desconocidos — Zalan le contestó a Miraq con algo de molestia — ¿No tienes aunque sea un poco de miedo?

    — Claro que lo tengo, Zalan. Pero las cosas que he dicho me ayudan a mantenerme tranquilo — Miraq le respondió — En una semana, como mucho, este suceso será recordado como un día trágico, pero al que logramos sobreponernos. Tranquila.

    — Espero que tengas razón, Miraq. Y que la Sociedad Galáctica nos beneficie tanto como esperamos que lo hiciese el día en que la formamos.

    […]

    De regreso en el planeta Yarlem, Casseirem acababa de llegar al sitio en el que su amiga Enak se encontraba tirada en el suelo. Mirva y Udios estaban suplicándole para que ella despertara y dijera algo, lo cual le hizo saber al líder que ella estaba inconsciente en el momento que llegó hasta ella para observarla. Si bien, una parte de él quería que se mantuviera con vida, otra parte sabía de los dolores de cabeza que se ahorraría con ella muerta. Pese a todo esto, las ganas del Conquistador Primero de que ella sobreviviera eran bastantes.

    Udios, su gran amigo y pareja de la mujer situada en el suelo, imploraba por su despertar con desesperación. Mirva compartía esa sensación, pero el más afectado por todo era su compañero de vida, puesto a que ambos pensaron que compartirían una vida larga y plena en los planetas que llegaran a conquistar, todo esto fue en el momento en el que salieron de Cirgro. Pero en ese momento, Udios nada más hacía frente a la desesperación de poder perder a quien era la persona más importante para él.

    — ¡Enak, despierta, por favor! — el cirgrenciano solamente pedía eso — ¡Prometo cuidarte desde aquí hasta todos los días que hagan falta, pero por favor, te pido que despiertes!

    — ¡Enak, este es solo el principio de nuestra conquista! — Mirva quería apoyar el pedido de su compañero para despertar a su amiga — ¡No puedes dejarnos solos ahora! ¡Tú, yo, Udios y Casseirem íbamos a ser inseparables! ¡Es una promesa que nos hicimos al abandonar ese planeta infernal! ¡Finalmente estamos en un ambiente diferente, y nos quedan varios planetas para poder recorrer! ¡Abre los ojos y permanece junto a nosotros!

    — Udios, Mirva… — Casseirem quiso mostrar algo de la preocupación que él también tenía para con su compañera — Lo lamento mucho, pero creo que ella no va a despertar.

    — Tiene que despertar, y lo sabes — Udios no quiso gritarle a su amigo, pero sentía deseos de hacerlo — Ella no se puede morir en el primer planeta. Se supone que vamos a conquistar el universo completo.

    — Se llevó un gran impacto de ese vehículo, dudo mucho que pueda sobrevivir — Casseirem quiso ser sincero con su amigo — Sé que escuchar esto de mi parte no es lo mejor, pero no tiene sentido decir otra cosa cuando la realidad obviamente es otra.

    — Udios… ella ha muerto — Mirva le habló con suavidad — Ya no la veo ni la siento respirar. Nos ha dejado.

    — No… — Udios sintió en carne propia ese dolor — Enak, no puedes dejarme tan pronto. No te perdonaré que lo hagas…

    Tan pronto como comprobó por su cuenta que su compañera de vida, la cual había elegido para pasar sus días hasta el último, había dejado el mundo y se había unido a otros seres que habían fallecido en esa pelea, Udios lanzó un grito de dolor al aire. Todos los soldados se compadecieron de él, sobre todo los que sobrevivieron en el escuadrón que ella se encargó de liderar. Quien los había conducido hacia la victoria terminó perdiendo la vida luego de haber detenido un vehículo de combate que, de haber continuado en su trayectoria, habría eliminado más soldados de los que llegó a matar.

    Viendo que su amiga, pese a sus diferencias, dio la vida para frenar en vehículo, Casseirem se acercó hacia el mismo para ver si no quedaban sobrevivientes en su interior. Los que estaban en las torretas exteriores sí habían perdido la vida, pero el vehículo tenía un blindaje que lo protegía de los disparos, y eso llevó al líder a pensar que podría haber alguien allí dentro. Algunos de los soldados de su escuadrón lo vieron avanzar, y eligieron protegerlo en caso de peligro.

    El presentimiento de Casseirem fue real, dado a que, antes de que la tropa pudiera llegar hacia el vehículo derribado en las calles de aquel lugar, alguien salió por una de las puertas de acceso al vehículo. Sered, el yarlemiano que optó por quedarse a pelear en su ciudad, salió arrastrándose por el dolor que sentía tras la pelea. El haber estado en el interior de un vehículo al momento de volcar le lastimó varios huesos, y supo que, si se dejaba capturar, sería su final. Sin embargo, no contaba con que una enorme cantidad de soldados lo interceptaría, ni tampoco en que el daño total que recibió le impediría moverse con la libertad deseada.

    — Quieto, amigo — Casseirem le habló en un tono de burla — Es tiempo de que vengas con nosotros.

    — ¿No piensa matarlo? — uno de los soldados de su escuadrón se sorprendió con el deseo de Casseirem de dejarlo con vida.

    — Claro que no, este tipo está tan herido que es inofensivo para nuestra conquista — Casseirem pensó que le podría sacar algo de información — Y de seguro tiene conocimientos útiles. Conocimientos que le obligaremos a compartir.

    — ¿Crees que te voy a decir algo y voy a vender a mis compañeros? — con todo el dolor en su cuerpo, Sered seguía mostrándose desafiante ante la conquista — Estás bastante… eres bastante idiota.

    — No sé tu nombre, pero déjame decirte, compañero… tengo métodos eficaces para hacerte hablar — Casseirem supo que podría torturarlo por información — Tú vas a hablar. Cueste el tiempo que cueste, te sacaré la información que quiero.

    — ¿Me lo llevo? — un soldado se ofreció a cargarlo.

    — Por favor — el Conquistador Primero le pidió que lo hiciera — El resto me acompañará a explorar la ciudad y ver qué clase de ventaja podremos sacar cuando esa nave misteriosa que se fue regrese. Porque sé que van a regresar.

    — ¿Qué sucederá con el escuadrón de Enak? — preguntó un soldado al servicio del líder.

    — Démosles tiempo para asimilar su pérdida, y luego los integraremos en los otros tres escuadrones — fue la respuesta de quien organizaba a su gente.

    Mientras veía a su pareja y a su mejor amigo llorar por la muerte de alguien importante en sus vidas, uno de los soldados arrastró a Sered afuera del vehículo. Cuando otro soldado confirmó que no quedaba nadie más con vida en su interior, el resto de los soldados de la tropa que estaba bajo el mando directo del conquistador, lo acompañaron en su recorrido de la ciudad capital del planeta al que acababan de conquistar.

    Udios miró con desprecio a Sered. No lo conocía, pero le guardaba un resentimiento inmensurable, y hasta se alegraba al pensar en que él iba a ser objeto de varias torturas para extraerle información. Considerándolo el asesino de Enak, pese a que lo que la mató fue la desestabilización del vehículo al que dispararon, Udios sabía que no le iba a guardar compasión a ese ser. Mirva, por su lado, no consideraba a Sered como un responsable directo de la muerte de Enak. Ella lo tomó solamente como una tragedia que no pudo evitarse, pero al mirar a los ojos a Udios, supo que él tendría sus razones para comportarse hostil con dicho ser.

    […]

    Udios y Casseirem se encontraban fuera de una sala situada en el interior de una gran casa en el interior de la ciudad que acababan de conquistar. Mirva, quien fue asignada para torturar al yarlemiano por información, era la única que se encontraba adentro de la misma. La mujer estaba de pie frente al ser, notando como este luchaba para soltarse de unas ataduras a las que había sido sometido. La cirgrenciana contaba con un arma capaz de ocasionar quemaduras leves en la piel de aquel sujeto, y tenía decidido que, por cada pregunta no contestada del ser, le iba a causar un dolor que no pudiera olvidar. De manera que lo obligara a responder ante cada una de sus preguntas.

    Antes de comenzar con el procedimiento, la pareja de Casseirem se tomó un momento para analizar a su prisionero, y algo en él le llamaba mucho la atención. Su piel y la forma de su rostro le parecían bastante atractivos, pese a que él era miembro de otra especie. Y algo extraño sucedía dentro de la mujer cuando escuchaba los ruidos que aquel ser emitía para intentar liberarse del agarre al que fue sometido. Por alguna razón, se sentía un poco excitada con ver y escuchar todo eso.

    Sabiendo que no tenía que perder el tiempo mirándolo, pese a que le causaba algo de curiosidad, la mujer empezó con su interrogatorio.

    — Empecemos por tu nombre — no lo dijo en un tono amenazante, pero sí encendió su arma, la cual tenía la forma similar a la de un soplete.

    — Soy Sered — el hombre le contestó, sabiendo que eso era algo que podría responder sin comprometer a sus compañeros, y que le ahorraría momentos de tortura.

    — ¿Te llamas Soy Sered? — preguntó Mirva, algo curiosa por la forma en que le contestó.

    — ¿Eres tonta o qué? — el yarlemiano se sintió ofendido, y no temió en afrontar a su enemiga — Soy es una palabra que hace referencia a que ese es mi nombre. Sered. Me llamo Sered. ¿Acaso tú especie no comprende frases simples?

    — Tranquilo, guapo, solo quiero escucharte hablar — Mirva sonreía, pese a haber sido agredida verbalmente por aquel sujeto.

    — No me llames guapo — Sered no quería saber nada al respecto.

    — Te llamaré de la forma que más me guste porque soy yo la que tiene la ventaja aquí — Mirva dejó de sonreír para tornarse seria — ¿Cómo se llama este planeta? ¿Y cómo se llama tu raza? Nosotros somos los cirgrencianos, y provenimos de un planeta conocido como Cirgro.

    — Estás en el planeta Yarlem, y nosotros somos los yarlemianos — Sered ahorró momentos de sufrimiento con esa respuesta — ¿Por qué están tan interesados en saber de nosotros si casi nos han exterminado a todos?

    — Tú lo has dicho muy bien con esa pregunta, casi los hemos exterminado a todos. Pero aún no terminamos. Vimos esa nave huir, y sabemos que van a volver. ¿A dónde fueron los que la abordaron? ¿Y con quienes van a regresar?

    — ¿Por qué han hecho esto si no saben nada de nosotros? Corrieron un riesgo enorme al atacarnos desprevenidos. Debieron haber reunido información primero, e invadir después. No fue un buen plan, y eso me tranquiliza. No van a triunfar.

    — Parece que tú sabes bastante sobre conquistas. Digo, parece que nos quieres venir a dar clases. ¿Qué es lo que han logrado?

    — Nosotros no somos conquistadores.

    — ¿Qué son?

    — Somos gente de paz — Sered miró a los ojos a Mirva al contestar eso — Y es por eso por lo que los nuestros regresarán con aliados y acabaremos con todos ustedes. Porque nosotros somos inteligentes, y ustedes son desprevenidos.

    — No acabarán con nosotros si nos revelas información sobre tus aliados. Así que, empieza a hablar.

    — No diré nada. Lo lamento, pero yo no estoy interesado en darte ni una sola pizca de información.

    — En ese caso, lo siento, guapo. Pero esto va a dolerte. Necesito que me lo digas todo. Y lo necesito pronto.

    Desde el exterior de la sala, Casseirem y Udios empezaron a oír gritos, sabiendo que su compañera se encontraba aplicando la técnica de tortura sobre el ser que habían capturado. Udios sonreía, ya que creía que era una forma de hacerle pagar a él por la muerte de quien fue su pareja. Aunque hubiera deseado ser él quien aplicara ese castigo, sabía que el motivo por el cual no fue elegido era porque lo tomaría como una venganza, y podría cometer un exceso en el proceso.

    — Cuando nos deje de ser útil, morirá — Udios parecía haber decidido el destino del prisionero.

    — No, Udios, cuando yo decida que él ya no es útil morirá — Casseirem le recordó a él quien era el que estaba a cargo de todos — Yo soy el Conquistador Primero, así que yo soy el que decide quien es útil, así como también quien deja de serlo. Lo que has dicho suena a que estás esperando a que él diga cierta cantidad de información para matarlo.

    — Sabes que se merece morir — Udios le replicó a su compañero.

    — Y morirá, pero a su debido tiempo — Casseirem lo calmó un poco — No te precipites. No te hará bien.

    — Si tú lo dices, entonces me tranquilizaré — Udios optó por quedarse callado escuchando los gritos incesantes de aquel ser.

    Mirva continuó con aquel proceso durante una hora completa. La piel de los brazos y el rostro de Sered fue quemada por el fuego que ella se encargó de acercarle. Por alguna razón misteriosa, ver las cicatrices que le dejó marcadas en el cuerpo le hicieron sentir a la mujer algo de satisfacción que no podía comparar con algo que hubiera sentido antes. No sabía si era por el hecho de que su prisionero se veía más atractivo así o por el poder que ella podía ejercer sobre su cuerpo, lastimándolo a su completo antojo.

    Sin embargo, eso no importaba mucho, puesto a que llegó el momento en el que Sered ya no pudo seguir soportando ese daño.

    — ¡Basta! — suplicó, harto de las quemaduras punzantes del fuego — Hablaré, y te diré todo lo que quieras saber.

    — Muy bien, guapo, y te prometo un premio para ti en el futuro si lo haces — Mirva apagó su arma, pero no la soltó, decidida a seguir así.

    — Los que huyeron en la nave fueron dos de mis compañeros líderes — Sered reveló información importante, pese a haber hecho una promesa consigo mismo de no hacerlo — Fueron a un planeta que queda a solo dos días de viaje de aquí. Y fueron a solicitar ayuda a los velivinos. Son seres de un planeta cercano de esta galaxia. Hace años, nuestras especies formaron un pacto entre los dos planetas. Así fue como nació una sociedad de comercio y de intercambio de bienes conocida como la Sociedad Galáctica. Ambos planetas acordaron apoyarse mutuamente en momentos de crisis, y como esto fue una crisis, el ejército velivino vendrá aquí para enfrentar la amenaza que suponen los tuyos.

    — Muy bien, eres bueno cuando te lo propones — Mirva consideró que tenía suficiente — Ahora, te daré tu premio.

    Sered levantó la vista y pudo ver que Mirva, su torturadora, encendió nuevamente el arma para liberar el fuego que él acababa de sentir quemando su piel, y causando un daño casi irreversible sobre la misma. No entendía que clase de premio podría ser recibir esa clase de quemaduras, y lo tomó como un acto cínico de la mujer.

    Mirva, al acercarse a él, sonrió tan pronto como este empezó a gritar. El plan de la mujer cirgrenciana era quemar su cuerpo para así destruir su mente. Sabía que, si exponía a Sered a una cantidad inmensa de daño, este terminaría enloqueciendo por el dolor, quedando completamente a su merced, volviéndolo un esclavo sumiso que actuaría bajo sus órdenes. Los gritos de dolor de Sered se intensificaban conforme el fuego de aquella arma para torturas se mantenía fuerte y ardiendo sobre sus heridas.

    Mirva, con cada grito que daba su prisionero, se sentía cada vez más excitada. Fue entonces que ella descubrió un fetiche que tuvo pero que nunca supo. Amaba esa sensación de poder, y más cuando lo ejercía sobre alguien que le gustaba. Supo que a Casseirem jamás le podría hacer algo como eso, y fue ese pensamiento el que le hizo pensar que tal vez, su vida sería mucho más emocionante para ella si se quedara a Sered para utilizarlo como un esclavo a sus servicios.

    Pese a los gritos del yarlemiano para que ella se detuviera, esta no paró hasta dos horas después de haber iniciado. La nueva tortura, en la que no hubo preguntas ni interrogatorio alguno, duró mucho más que la anterior, cosa que dejó a Mirva muy emocionada, y a Sered muy afectado mentalmente. Al principio, sus gritos fueron de auxilio, pero con el paso del tiempo, se hizo bastante daño al punto de que sus gritos terminaron por ser palabras incoherentes e imposibles de ser comprendidas por alguien más, hasta por él mismo.

    Cuando consideró que tuvo suficiente, Mirva le susurró algo al oído.

    — Dime, Sered, ¿te gustaría salvar a los tuyos? — Mirva hablaba con un tono tierno, algo cínico para el yarlemiano después del daño que recibió de su parte.

    — Ah… hij… ki… clar que me gustaría salvarls — Sered estaba tan afectado que balbuceó tres veces y no llegó a formar una oración entendible por completo — ¿Cm ah… cm ah… cm… pued… pued… pued…

    Mirva dejó salir una carcajada al verlo hablar así. Casseirem, quien permaneció fuera de la sala todo el tiempo que duró el procedimiento, algo que su amigo Udios optó por no hacer, entró a la sala tan pronto como la escuchó. Lo primero que vio al entrar fue a Sered totalmente atado y con una enorme cantidad de quemaduras, balbuceando y repitiendo las mismas palabras una y otra vez, mientras que Mirva se burlaba de su dolor.

    — Mira, Casseirem — Mirva le señaló el rostro de su prisionero — Está tan afectado y asustado que no puede articular palabras.

    — Mirva, por favor dime que no lo arruinaste por completo — Casseirem sonaba serio con ella — Esto no era un juego, él era una fuente de información.

    — Tengo todo lo que necesito para dártelo, Casseirem — Mirva le hizo saber que su propósito fue cumplido — A cambio quiero pedirte una cosa. No me juzgues por lo extraño que es.

    — ¿Y qué puede ser esa cosa? — preguntó Casseirem, algo extrañado por las palabras dichas por su pareja.

    — Quiero quedarme a Sered, así se llama, como un esclavo sexual para mí — dicha frase sorprendió al conquistador — Me gusta la forma en la que dejé su cuerpo, y torturarlo para que grite por clemencia es divertido. Eso es algo que jamás me dejarías hacer contigo o con nadie más.

    — ¿Lo dices en serio? — Casseirem se vio sorprendido por esa fase tan rara de Mirva — Estás loca.

    — No estoy loca, estoy mentalmente sana… a mi manera — Mirva se defendió de esa acusación.

    Casseirem supo que, concediéndole el deseo a su pareja, por extraño que fuera, podría librarse de ella y él no tendría que preocuparse por ser descubierto con las tres mujeres que habían elegido al conquistador como su amante. Pese a que la forma en la que recibió el pedido le parecía fuera de lo común, y no parecían ser un indicador de que Mirva estuviera totalmente sana, Casseirem creyó que eso era lo mejor que le podría ocurrir. Accediendo a su petición, todos podrían obtener lo que querían, y supo que tener a alguien vivo entre ellos sería una buena forma de estar siempre informado sobre los peligros a enfrentar.

    — Te dejaré quedarte con él — Casseirem supo que Mirva sería feliz así, y él también — Pero primero quiero que me des toda la información que le sacaste. Y más te vale que valga la pena para haberlo torturado así.

    Mirva sonrió al ver que su petición fue concedida. Miró con felicidad a Sered, que desde ese momento se había convertido en un objeto para su satisfacción. Para mostrar su gratitud con su líder, con quien se había desligado de manera oficial tras haber dicho y hecho todo lo que aconteció, Mirva compartió con el Conquistador Primero los conocimientos que a este más le importaban.

    […]

    — ¿Invadidos? — preguntó un velivino.

    Miraq y Zalan, los dos líderes del planeta Yarlem se encontraban cara a cara ante el consejo formado por tres líderes del planeta Veliv. La reunión, en la cual solamente participaban los que ocupaban el rango de líderes en la Sociedad Galáctica se estaba llevando a cabo en una sala cubierta por paredes de cristal, con un respiradero por encima de sus cabezas, instalado en el techo del edificio en el que se encontraban. Soldados de ambos ejércitos miraban a sus líderes, sin poder escuchar nada de lo que decían, pero tratando de adivinar lo que estaba aconteciendo allí a raíz de los gestos que estos pudieran hacer con su cuerpo o sus caras.

    Cuando su nave aterrizó, lo primero que hicieron los dos líderes que llegaron hasta el planeta fue solicitar una audiencia con los líderes locales, además de pedir refugio para los civiles. Fue así que los velivinos supieron que debía haber una emergencia ocurriendo en el planeta Yarlem. Sin embargo, los soldados no estaban en posición de hacer preguntas, dado a que ese era un asunto que tenía que pasar primero por los oídos de los tres líderes del planeta Veliv. Igual que como era en el planeta Yarlem, en el segundo planeta que integraba la Sociedad Galáctica, los líderes que formaban el triunvirato en ese planeta eran dos hombres y una mujer. Los hombres portaban una túnica de color azul oscuro, llegando casi a ser confundida con el color negro dependiendo de la distancia, y la mujer portaba una túnica igual en diseño, solo que esta era de un color blanco. Lo único que dejaban al descubierto eran sus manos y sus rostros, ambos mostrando una piel de color gris oscuro, uniforme en todos ellos. En sus cabezas no había rastro de cabello, y sus caras estaban inmaculadas de cualquier vello facial que pudiera haber allí. Eran rostros formados por solo una boca, una nariz, y tres ojos, los cuales estaban alineados en una línea recta, separados por pocos centímetros de distancia. Sobre los ojos no había pestañas, ni cejas ni ninguna otra forma de protección ante los mismos.

    Mirándolos de lejos, sería casi imposible distinguir entre uno y otro, pero al estar de cerca, se podían apreciar diferencias en la forma de la cara entre los dos hombres y la mujer.

    — Es todo tal y como lo hemos dicho — Miraq intercedió en nombre de su especie — Una nave extraña salió de la nada y comenzó a bombardear nuestras ciudades con una especie de arma misteriosa que desataba explosiones en todos lados. El fuego y el humo cubrieron todo el lugar, matando a la gran mayoría de los civiles. Sered optó por quedarse atrás y pelear, mientras tanto, a nosotros se nos dio la oportunidad de poner a salvo a unos cuantos civiles, y traer a algunos miembros del ejército para apoyarlos a ustedes en el contraataque.

    — ¿Cuántos soldados creen que sean necesarios para poder salvar a su planeta de esa invasión? — la mujer en el triunvirato de Veliv quiso asegurarse de que irían con un excedente de estos.

    — Señorita Fielle — Zalan se refería a ella con respeto — Eso es algo que no podemos saber con certeza. Pero si nos pudieran dar los suficientes como para ocupar tres naves, creemos que podríamos hacer algo al respecto. Todo eso dependerá de qué tan bien resistan Sered y los soldados en casa.

    — Eso es demasiado, ustedes solamente han apartado un número muy pequeño de soldados para el ataque, nosotros no invertiremos el triple de lo que ustedes han guardado — uno de los hombres se mostró en contra de ceder tres naves para esa misión — Sin embargo, como decidimos formar una sociedad para ayudarnos, estoy dispuesto a darles dos naves de soldados. Así como acudir yo también al campo de batalla. Mis compañeros Tauvim y Fielle se quedarán aquí.

    — ¿Está seguro de esa decisión, Elener? — Tauvim, el otro miembro del trío de líderes de Veliv quiso saber si él lo decía en serio o solamente quería que él y Fielle preguntaran para no ser él quien los obligara a acudir a esa misión.

    — Lo importante es dejar este planeta protegido — Elener, quien parecía tener más poder que los otros dos, le daba prioridad a su mundo antes que al otro — Puede ser que estos tipos ya conozcan sobre nuestra Sociedad Galáctica. Y que una nave aparezca sobre el cielo de nuestras cabezas tan pronto como vean naves partir de aquí. Si eso pasa, alguien deberá resguardar este lugar. Por eso no enviaré más de dos naves al rescate. Si ustedes nos dijeron que fue solo una nave, entonces iremos sobrados.

    — Insisto en que se deberían tomar más precauciones, señor Elener — Miraq, igual que su compañera, habló con respeto ante el consejo de líderes de Veliv — Les hemos dicho que cuentan con armas de destrucción muy poderosas.

    — En ese caso, lo único que tenemos que hacer es impedir que las utilicen — Elener parecía tener la situación controlada — No sé quienes los han invadido, pero no quiero salvar su planeta poniendo en peligro al mío. Agradezco la advertencia y el pedido de rescate, así como también la sinceridad. Pero defender nuestro planeta es una prioridad también, mucho más ante una amenaza desconocida.

    — Elener, creo que Tauvim y yo estamos de acuerdo con esa proposición — Fielle, la única mujer en el triunvirato de aquel planeta habló por ella y por otro de sus compañeros.

    — La señorita Fielle está en lo cierto — Tauvim, el otro hombre en el grupo se sentía más seguro dejando que fuera su compañero quien hiciera esa clase de trabajo — Te encargamos el rescate al planeta Yarlem, Elener. Nosotros nos encargaremos de la defensa de Veliv si llegara un ataque.

    — Está acordado entonces — Elener quiso ver si había otra cosa más para discutir — Si deben pronunciarse por algo más.

    — Sí, algo importante — Miraq quiso no dejarlo pasar — Con nosotros hemos traído a una aprendiz que será el reemplazo de uno de los nuestros en el consejo en el caso de que alguno de nosotros pierda la vida. Por eso, si Sered, o Zalan o yo no volvemos con vida, ella tomará nuestro lugar. Ella no participará en la misión, y quiero que sea la ciudadana con prioridad principal hasta que la amenaza esté bajo control.

    — Si eso es lo que les preocupa, entonces ella estará protegida — Fielle se pronunció a favor de esa aprendiz — Hazla venir, y le daremos una sala bien protegida junto a varios de nuestros prodigios. Así, sin importar que suceda, su gente no verá su consejo tan reducido.

    — Lo agradecemos, líderes de Veliv — Zalan se mostraba complacida con ese gesto de parte de sus aliados.

    — No tienen por qué mostrar gratitud con algo tan simple — Elener, el más serio de los tres velivinos, mostraba su postura al respecto — Para esto formamos la Sociedad Galáctica. Nuestros planetas se ayudarán mutuamente en las crisis, y ahora mismo, Yarlem está enfrentando una. Pero como es algo totalmente desconocido, podría ser que esa crisis se expanda hacia nuestro mundo si no es resuelta a tiempo. Por eso he optado por intervenir por mi cuenta. ¿Algo más a considerar?

    — Tristemente no, señor Elener — Miraq luchaba para no mostrarse como un adulador, debido a que eso lo haría quedar mal frente a los suyos que lo estaban viendo, pese a no poder oírlo — Nuestras ciudades fueron arrasadas y no hemos podido extraer mucha información antes de dejar nuestro planeta al cuidado de Sered. Es una amenaza desconocida para nosotros. Por eso es urgente que nos hagamos cargo.

    — Eso haremos — Elener estaba dispuesto a ponerle fin — Marcharemos ahora mismo sobre Yarlem en contra de los invasores. Aprovechen el viaje para descansar, porque no hay necesidad de seguir retrasando nuestra partida de aquí. Tan pronto como el ejército esté preparado, las naves partirán hacia la batalla.
     
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    Resistance

    Resistance Hope

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    Hola amigo, he aprovechado que no hay gente en el trabajo para leer tranquilamente el capítulo XD. Ha estado muy bien, así que hablaré de lo más llamativo para mi.

    Nada más comenzar, vemos a los dos miembros del consejo yarlemiano que huyeron del planeta en busca de ayuda. La conversación no es trascendente, pero muestra las sensaciones de ambos respecto a la invasión en su mundo.

    Tras esto, pasamos al momento en el que terminó el capítulo anterior. Finalmente, Enak ha muerto. Como dije, no siento lástima ni nada, aunque prefería que muriese dado que su muerte podría dar pie a algo e influir en algunos personajes. Y vaya si así ha sido.

    Debo decir que lo mejor del capítulo y lo más sorprendente para mí (lo bueno de éste spin off es que no deja de sorprenderme a cada capítulo) es la tortura de Mirva a Sered. Era evidente que le terminaría sacando la información necesaria, pero no esperaba en absoluto que el método de tortura despertase en la cirgrenciana un fetiche sexual XD. Tras torturarlo durante horas, Mirva logra que Sered se vea desprovisto de su cordura mental, teniéndolo a su merced. Casseirem entra temiendo que el interrogatorio haya sido un fiasco, pero en lo que a él respecta no lo fue. Mirva le revela que quiere a Sered como esclavo sexual (wtf, son especies diferentes y ni siquiera sabe como funciona su... bueno :v) y Casse accede, porque es listo y todo le salió genial en el día de hoy: muere Enak, que lo tenía vigilado, y su pareja Mirva decide cambiarlo por un alienigena. Sin duda, ahora Casse es libre de hacer cuartetos :v

    Luego pasamos al planeta Veliv, donde el consejo veliviano se reúne con los dos líderes yarlemianos. Estos piden ayuda a sus vecinos galácticos, que al conocer más datos sobre la invasión a Yarlem, deciden no prescindir de mucho para ir a ayudar a sus socios (ay, bendita política :v). Debo añadir que yo pensaba que cuando estas especies formaban parte de la "Sociedad Galáctica" era porque habría varias especies más detrás, pero solo son velivinos y yarlemianos, por lo que El Conquistador Primero y sus cirgrencianos no están tan jodidos como pensaba. Parece que ambos bandos tienen opciones de salir victoriosos, y de seguro veremos quién es en el próximo y último capítulo.

    Sin nada más que decir, hasta pronto.
     
    Última edición: 13 Junio 2021 a las 2:27 AM
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