La Fórmula

Tema en 'Novelas Terminadas' iniciado por Marina, 20 Mayo 2011.

  1.  
    Marina

    Marina Usuario VIP Comentarista Top

    Tauro
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    10 Diciembre 2010
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    Pluma de
    Escritora
    Título:
    La Fórmula
    Clasificación:
    Para adolescentes. 13 años y mayores
    Género:
    Ciencia Ficción
    Total de capítulos:
    15
     
    Palabras:
    3860
    Capítulo 12

    Padre e hija se apresuraron a la salida, pero se detuvieron sorprendidos cuando la pequeña roca comenzó a elevarse por el aire mientras el temblor se intensificaba, sin embargo, la tierra no era lo que temblaba, sino sólo la casa por la poderosa energía que se desprendía de la roca y sacudía las paredes haciendo levantarse todo lo que estaba cerca de ella. El techo detuvo a la roca y no pudo ascender más.

    Y en ese momento en el bosque, mientras Nora estaba perdida en sus recuerdos, ocurrió un temblor que hizo que todos se miraran sorprendidos y ahí sí tembló el suelo. Nadie sabía que la mente de Nora había abierto un puente que conectó a los dos mundos.

    —¡Un temblor! —gritó Dany, asustado y miró para todos lados buscando un lugar seguro, pero no había lugar seguro porque todo a su alrededor temblaba.

    —¡Tranquilos! —gritó Edgar tratando de mantener la calma él mismo.

    Y en medio de un vaivén insoportable, levantó a Nora y la llevó al vehículo, pensando que ahí estaría mejor, depositándola en el asiento de atrás, quedando su cabeza casi sobre la jaula de Clementina que, con sus ojos bien abiertos, dejaba salir inquieta, bajos gruñidos, visiblemente asustada también. Todos podían sentir las ondulaciones de la corteza terrestre debajo de sus pies, sin embargo, así como comenzó a temblar, dejó de hacerlo y no supieron si lo que siguió fue algo peor.

    Pues de repente, un fuerte y súbito viento se soltó mientras el cielo se tornaba oscuro. La formación de rápidas nubes los dejó a todos estupefactos. Los árboles y toda la vegetación fueron sacudidos con violencia al crecer la fuerza y velocidad del viento.

    —¡Jaime! —gritó Paola cuando sintió que era arrastrada por las fuertes ráfagas— ¡Jaime, que me voy!

    El enamorado novio tomó por un brazo a la chica cuando comenzó a elevarse, arrastrándolo a él con ella y entonces Angélica lo alcanzó tomándolo por la mano, pero el viento era tan poderoso que los arrastró a los tres.

    —¡Dany! —vociferó Edgar con fuerza para que su voz pudiera sobresalir del rugido ventoso, el que realmente era ensordecedor— ¡Sube a la camioneta!

    —¡No! —respondió Dany, quien se había abrazado a un árbol cuyas ramas se mecían por el poder del viento y algunas, las más bajas azotaban contra su torso, lastimándolo como si fueran látigos, pero no le importó, primero muerto que soltarse.

    Edgar lanzó una maldición. Miró como Jaime luchaba contra el viento, aliviado porque había encontrado el ancla perfecta en otro árbol y hacía justamente lo que Dany, sólo que a ese árbol, se abrazaban las dos mujeres y él, teniendo la bendición de que las ramas no fueran tan bajas, así que el trío se sujetaba con fuerza de las manos haciendo un círculo alrededor del árbol.

    Edgar sintió como el vehículo donde él estaba junto con Nora, comenzó a ser sacudido con violencia y de pronto, el viento se concentró en un solo lugar; sobre la camioneta, por lo que los alrededores recobraron su tranquilidad normal. Tanto Dany como jaime y las chicas, pudieron sentir el alivio al poder dejar los árboles que les habían servido de anclas, mirando todos con espanto la forma visible que se estaba formando sobre la GMC.

    Clementina se encrespó al ver aquello, pero luego, como sucediera con el puma, se enroscó en el suelo y tapando sus ojos con las patas, se acurrucó sin querer saber nada.

    Porque aquello era un torbellino extraño; diferente a los que conocían. Éste era líquido, transparente, sin embargo, no era agua y ninguna gota del líquido salía de la bien formada espiral. Se espantaron más cuando de esa espiral extraña salieron formas de brazos y lo que parecían unas enormes manos transparentes, pues podían ver a través de ellas, se dirigieron abajo, entrando por el techo sin toldo.

    La energía desprendida de las manos transparentes lanzó a Edgar fuera de la camioneta por la puerta que estaba abierta y tomaron a Nora para levantarla y sacarla de la GMC, pero en ese instante, Nora abrió los ojos y el extraño y líquido remolino, así como sus manos, desaparecieron como por arte de magia.

    Nora gritó espantada cuando se sintió caer. Por fortuna, aquella cosa no la había elevado mucho y al caer en el asiento de la camioneta, el golpe no fue tan doloroso.

    —¡Edgar! —gritó asustada— ¿Por qué estoy adentro de la camioneta?

    Edgar suspiró levantándose del suelo, en donde había aterrizado cuando esa cosa lo arrojó por los aires. Sintió ira. Él era el que debía estar haciendo preguntas, no ella. Se volvió a mirar a sus compañeros. Todos permanecían mudos, sin saber qué decir, su mente aún perpleja, preguntándose si no habían soñado lo que había sucedido.

    —Tenemos que continuar —fue todo lo que dijo Edgar—. Estoy cansado, tengo hambre y eso ha hecho que vea eventos sobrenaturales. —Luego, como si recordara algo, miró al más joven para preguntarle—: ¿Estás bien, Dany?

    El muchacho asintió y aunque sabía que presentaba rasguños en el rostro y torso por las torturantes ramas, respondió con voz mesurada:

    —Sí, Edgar, no se preocupen.

    Nora salió del vehículo masajeándose la cabeza. Le dolía horrible y las imágenes que por ella rondaban eran muy confusas. Un meteorito. Su padre. Una casa desconocida, una madre a la que tampoco conocía, una roca, muchas rocas.

    —¿Me desmayé? —le preguntó a Edgar acercándose a él—. No recuerdo nada, o más bien dicho, miles de imágenes confusas. Aaah, ¡qué dolor de cabeza!

    Edgar le lanzó una mirada de reproche. De hecho, todos le lanzaron una mirada de reproche.

    —¿Qué? —preguntó ella sintiéndose como un bicho raro— ¿Por qué me miran así? ¿Ahora qué creen que les hice?

    Nadie le contestó. Edgar habló elevando alto la voz:

    —Escuchen todos. Tenemos que caminar. Mi her... Mi padre vive a unos kilómetros de aquí.

    Todos elevaron un murmullo de inconformidad, excepto Nora, quien seguía masajeando su cabeza, en donde todas esas imágenes continuaban rondando de manera molesta.

    —No puedo ir a ningún lado con estos zapatos —refunfuñó Angélica

    Los demás miraron su calzado. Las zapatillas de tacón alto resultaban inapropiadas para caminar.

    —Préstamelas —le pidió Jaime.

    —¿Para qué? ¿Vas a hacer lo que hacen esos galanes en las películas con sus damiselas cuando están en una situación como esta? —preguntó irritada.

    —Eso mismo —respondió Edgar con sequedad—. Dale las zapatillas. De cualquier manera, ya ni siquiera lucen bien con esas medias.

    Angélica se sintió enrojecer cuando miró sus piernas cubiertas por lo que apenas unas horas antes, eran unas finas medias. Lanzó un pequeño grito de horror. Sus piernas se veían espantosas. El fino hilo de las medias se había corrido por todos lados. Irritada por eso, se quitó las zapatillas lanzándoselas a Jaime y mientras él le quitaba los altos tacones, ella fue detrás de un grueso árbol para quitarse las medias. Cuando regresó con el grupo, sus antes bellas zapatillas la esperaban en un pobre remedo de parecer un calzado cómodo. Más molesta, se las puso y luego, con una dignidad sorprendente, comenzó a caminar tomando la iniciativa, pero la voz seca de Edgar, que ya tenía en su poder a Clementina y a la que había sacado de su jaula, la detuvo:

    —¡Es por acá!

    Angélica lo miró resentida —y ni siquiera la tierna imagen que él presentó acurrucando en sus brazos a la gata—, le quitó el mal humor, así que regresó sobre sus pasos y tomó el camino sugerido llevando ella la delantera, buscando un sendero que no estuviera tan tupido de vegetación, sin embargo, unos minutos después se detuvo horrorizada mientras un potente grito brotó de su garganta. Todos la alcanzaron preocupados y vieron lo que Angélica apuntaba asustada.

    Edgar no pudo contener las carcajadas, consiguiendo con esto relajar sus tensos músculos, lo que le permitió descansar de su honda preocupación por todo lo que había sucedió antes.

    —Es sólo un tejón —dijo divertido—. No te comerá, está más asustado que tú.

    En efecto, el tejón no sabía si quedarse allí inmóvil, esperando que esos invasores terminaran de pasar por su territorio, o correr despavorido. Decidió optar por lo primero.

    Después de esto, Edgar se puso adelante y Angélica, aún asustada, prefirió ir en medio del grupo. Ella era una chica de ciudad. La selva, los bosques y todos esos terrenos de mucha vegetación no le agradaban mucho. Prefería los lugares poblados de personas, no de animales salvajes. A ella ni siquiera le gustaban los gatos, ni los perros, esa era la razón por la que sus amigas no tenían mascotas, pues era a ellas a las que les gustaban los animales.

    Así, pensando en sus gustos, siguió caminando, pero al cabo de tres horas de recorrido, comenzó a quejarse:

    —Uff, ya, no puedo más. ¿Hasta dónde hay que ir?

    —Sigue caminando, Angélica —ordenó Edgar—, caminaremos hasta donde sea necesario.

    —¿Cuánto falta? —preguntó Jaime.

    Edgar no contestó.

    —¿Cuánto falta, Edgar? —preguntó ahora Nora.

    Edgar miró adelante. La vegetación estaba crecida y no había evidencia de que fuera una zona que los turistas visitaran, lo que era lógico puesto que estaban en territorio virgen, pero sabía que iban por buen camino.

    —Hay que caminar un poco más, pero para el atardecer ya estaremos en casa —les informó.

    —¿Hasta la tarde? —preguntó Paola abatida— ¡Falta mucho todavía! ¡No puedo más!

    Todos miraron a Edgar irritados, excepto Dany, que al parecer era el único que aceptaba las cosas como eran. Nora se acercó a él y apartándolo un poco, le preguntó:

    —Edgar, ¿no era mejor volver a la carretera y continuar sobre ésta hasta llegar a la salida correcta?

    —Sí, pero no podíamos arriesgarnos a ser blanco fácil de Valentín. ¿Crees que no nos esté buscando? Estoy seguro que ahora mismo anda por esa carretera —le refutó con calma.

    —¿Qué se secretean ustedes? —inquirió Jaime acercándose a ellos — ¿Qué más nos ocultan?

    —Nada —respondió Edgar emprendiendo el camino—, solo le estoy diciendo que si no nos damos prisa, tendremos que pasar la noche de nuevo a la intemperie.

    —¡No puede ser! —exclamaron todos, excepto Dany que parecía darle lo mismo si llegaban a su destino o no.

    Así que a pesar de la inconformidad, no tuvieron más remedio que seguir a Edgar que ya se había adelantado.

    Dany le dio alcance.

    —Señor, Edgar —dijo el joven—. Yo sé que usted sabe lo que hace. Confío en que usted nos guía bien.

    Edgar miró hacia atrás para asegurarse que los demás lo seguían. Luego miró a Dany y brindándole una pequeña sonrisa, dijo:

    —Gracias por tu confianza.

    Dany asintió. Frunció el ceño y lo mantuvo así mientras comunicaba sus temores:

    —Mire, aún tiemblo por lo que sucedió allá atrás. ¿Creé usted que ese torbellino, ese tornado... o lo que fuera eso es lo que se llevó el toldo de la camioneta? ¿Se lo tragó y por eso no lo encontramos? ¿Se dio cuenta que quería llevarse a Nora? ¿Miró esas, como manos, que la levantaron? ¿Creé usted que ella tenga que ver con todo eso? Todo me pareció tan sobrenatural ¿Creé usted que...?

    —Dany— lo interrumpió Edgar algo frío—, esas mismas preguntas me hago yo y no se contestarlas.

    —Sí, bueno. Perdone, pero yo creo que esa misma cosa fue lo que subió a la señorita Nora al árbol. Quiere llevársela y me pregunto por qué.

    Edgar arqueó las cejas un poco asombrado. El chico era muy inteligente.

    —Dime, Dany. ¿Qué estás haciendo aquí? Se supone que debes estar en la escuela. Tus padres han de estar muy preocupados por ti.

    Dany se encogió de hombros con indiferencia. Con voz aburrida, dijo:

    —No, papá no tengo, a mi madre no le importo y el tío con el que vivo me da libertad para ir y venir a mi antojo, así que soy libre como los pájaros y puedo volar a donde yo quiera.

    Edgar frunció el ceño. Miró de soslayo al jovencito y moviendo la cabeza, dijo:

    —No puedo creer que a tu madre no le importas.

    —Lo crea o no, no le importo. Se deshizo de mí mandándome lejos de ella. Por eso vivo con mi tío. Haga usted de cuenta que no tengo mamá.

    Sin embargo, en ese momento, su madre seguía empeñada en seguir a Valentín y se encontraba muy molesta. Estaban a corta distancia de El Salto, por el camino a Pueblo Nuevo y hacía rato que Valentín se había detenido y no sabía por qué y para colmo, no había tenido noticias de sus hermanos. El hermoso panorama del bosque no lograba tranquilizarla.

    —¡Oh, Dany! ¿Dónde estás? —musitó muy angustiada, pensando en darse ya por vencida y dejar esa ridícula persecución, pero le intrigaba sobremanera la actitud de Valentín y sus amigos. ¿Por qué habían secuestrado a ese hombre? ¿A dónde lo llevaban?

    Mientras tanto, en el auto de Valentín, el mal humor era notorio.

    —Tengo hambre —dijo Ignacio, reprimiendo un bostezo de aburrimiento—, y no le veo objetivo a esto que estamos haciendo. No hemos logrado comunicarnos con el hermano de éste y no sé qué estamos haciendo...

    —¡Cállate! —ordenó Valentín— ¿Crees que yo no tengo hambre? Ustedes no entienden porque no saben utilizar la cabeza para pensar. ¡Piensen! Repasen todos los hechos. ¿Qué recuerdan a partir de llegar a la casa del viejo?

    —¿Qué recordamos? —inquirió Rina pensativa—. Yo recuerdo todo lo que sucedió y los golpes que me dio esa chiquilla aún me duelen.

    —Es cierto —estuvo de acuerdo Ignacio—. Eso no se me va a olvidar tan fácil.

    —¡No piensen en ustedes! —gritó Valentín apretando el volante con irritación— ¿Recuerdan cómo estaba vestido ese sobrino del viejo?

    La imagen del mencionado sobrino vino a la mente de Rina e Ignacio, pero ninguno le encontró algo llamativo. En cambio Valentín llevaba la imagen del muchacho clavada en la mente desde hacía varias horas y había descubierto la clave de todo. El que se hizo pasar por el sobrino del profesor, vestía la ropa de Edgar. Reconocería esas prendas donde fuera. Llevaba años trabajando al lado del viejo profesor, así que no era difícil reconocer la manera de vestir del viejo decrépito y él nunca dejaba ese tipo de camisa a cuadros que era horrible. Había sido un estúpido por no haberlo notado antes, pero al fin se había dado cuenta, aunque algo tarde. En medio de aquél paraje tan bello, se recriminó sin poder perdonarse, pues si hubiera prestado más atención a las prendas sobre ese hombre joven, no estarían en esa persecución a ciegas; de cualquier modo, ese hecho significaba que la fórmula había funcionado a la perfección y debía obtenerla, hoy más que nunca.

    —Ese sobrino del viejo no es otro que el mismo Edgar Ferreol —soltó en voz alta sin darse cuenta—Tenemos que encontrarlo. ¿Pero a dónde pudo haber ido?

    Rina e Ignacio se miraron entre sí, luego Ignacio preguntó:

    —¿Qué dices, Valentín? ¿Te has vuelto loco? ¿Cómo que ese muchacho es Edgar? ¿Te refieres al profesor? Yo vi unas fotografías en la casa del viejo y ese muchacho esta en una con el profesor, si no es así, quiere decir que ese invento ¿en verdad funciona?

    Valentín guardó silencio. Sin entender mucho de lo que se decía, Ed miró a los hombres con interés, pensando de qué manera podía librarse él y librar a Jaime y a sus novias de esos locos que los perseguían. De lo poco que entendió, es que el fugitivo clave era alguien cercano a Edgar... o el mismo Edgar. Ese viejo científico que había visto algunas veces en las revistas de ciencia.

    —¡Oigan! —habló con voz fuerte atrayendo la atención de los hombres—. Si yo los ayudo, ¿ustedes prometen dejarme libre y a mi hermano y a mis amigas?

    Valentín se volvió a mirar a Eduardo con interés y le preguntó:

    —¿De qué manera nos ayudarías?

    —Primero prométanme dejarnos ir.

    Un fuerte manotazo en la cabeza por parte de Ignacio lo sacudió y eso hizo que se encolerizara.

    —¡Y trátenme bien! —pidió entre dientes.

    —Tranquilo, Ignacio —ordenó Valentín—. Escuchemos lo que tiene que decir.

    —¿Me lo prometes? —volvió a preguntar Poletti mirando directamente a los ojos de Valentín—. Si no, no te ayudo. Yo sé cómo encontrar a ese profesor.

    —Bien. Hagamos un trato. Tú me ayudas a localizar a ese sujeto y yo te prometo que en cuanto lo tenga en mis manos, te dejo en libertad a ti, a tu hermano, a las chicas y a cuantos estén con ellos.

    Mientras hablaba, cruzó los dedos, cosa que Ed no pudo ver.

    —Necesito una computadora —pidió el prisionero—. Miren, creo que no estamos lejos de la civilización. Vamos ahí, busquemos un cíber y si no es mucho pedir, aprovechemos para comer algo. No son los únicos aquí que tienen hambre.

    —¿Piensas encontrar a los fugitivos en la pantalla de una computadora? —se mofó Ignacio.

    Eduardo lo miró con frialdad. Con voz igual de fría, le dijo:

    —Soy Hacker y puedo meterme al sistema del mundo entero para bloquear, activar y cambiar lo que quiera, además de encontrar a quien quiera, hasta a tu madre, si quieres.

    Ignacio tomó como insulto lo último, así que muy enojado, le propinó un puñetazo en el rostro al momento de decirle:

    —Con mi madre no te metas.

    —¡Basta, Ignacio! —Ordenó Valentín al momento de dar marcha al auto para dirigirlo a El Salto.

    En cuanto se puso en marcha de nuevo, Marlene tuvo que volver a la persecución con mucha discreción, pues a esas alturas no quería que la descubrieran, fue así que mas tarde, llegaron al centro de la ciudad, buscando Valentín donde estacionarse y antes de bajarse del auto, el hombre le arrojó a Ed un pañuelo diciéndole airado:

    —Limpia esa sangre. No queremos llamar la atención de nadie.

    Eduardo hizo lo mejor que pudo. Al contacto con el pañuelo, su rostro le dolió. Los maldijo al pensar que ya lo habían maltratado bastante. Cuando terminó de limpiarse, los cuatro se bajaron del auto y caminando por las calles encontraron un centro de cómputo y ahí, los tres descubrieron lo hábil que Eduardo era para entrar a cualquier sitio en la red. Rápidamente obtuvo los datos necesarios de cada uno de los fugitivos.

    —Mmm, pudieron ir con cualquier familiar, ya sea de ellas o de él —dijo Valentín—. Con ellos iba un joven a parte de tu hermano, descartémoslos a los dos. Aunque por lo que pude observar cuando me secuestraron, es que Edgar es el que dirige al grupo, así que tal vez vayan con algún familiar de él. Concentrémonos en él.

    En eso, a su lado una mujer movió la silla para ponerse ante otra computadora. Valentín la miró de reojo e inmediatamente ella le dio la espalda, así que lo único que notó Valentín es que la mujer tenía una hermosa cabellera y de pronto, una imagen del pasado brotó en su mente. Movió la cabeza de un lado para otro para disipar la imagen de aquella chica. "Muchas mujeres tienen hermosas cabelleras", se dijo mientras tocaba el letrero que colgaba de la cadena. Jamás otra mujer volvió a decirle esas palabras. "TE QUIERO".

    Marlene tembló cuando sintió su mirada. Casi fue descubierta. Se recriminó por su torpeza, así que permaneció sólo un instante más y luego se levantó para alejarse un poco de ellos. Se había acercado para escuchar lo que decían, pero en vista del riesgo, debía conformarse con no perderlos de vista.

    —No tiene mucha familia —dijo Eduardo examinando el archivo de la familia Ferreol— Ese profesor nunca se casó. No tiene hijos. Sus únicos parientes son un hermano y un sobrino. Anoten la dirección. Por cierto que su hermano es guardabosque en Mexiquillo.

    —Excelente. —dijo Valentín— Vamos a Mexiquillo.

    Eduardo fue levantado del asiento y conducido afuera. Al llegar al auto, el joven dijo:

    —No olvides el trato. Tú dijiste que...

    —Entra —ordenó Valentín interrumpiéndolo—, ese trato entra en vigor cuando los encontremos, mientras tanto, sé obediente y entra al auto.

    Por primera vez, después de mucho tiempo, Valentín sintió un poco de alegría. Estaba a punto de obtener la fórmula que le devolvería la salud a su hermano. Ahora estaba cien por ciento seguro de que Edgar la había usado en él mismo y el recuerdo de la juventud obtenida del viejo profesor, le garantizó que era un hecho que su hermano se pondría bien.

    Desplazándose en el auto sobre el límite de velocidad, pronto tomaron ventaja a los que vagaban a pie por el bosque. Los fugitivos habían caminado otro buen trecho por la sierra, lo que resultaba ya en una gran proeza. Todos estaban cansados, de mal humor y nadie quería hablar. Tenían hambre y sed.

    —Sigan, no se detengan —los animó Edgar—. Ya casi llegamos al punto, de allí en adelante será más fácil.

    —¿Fácil para quién? —preguntó Angélica sofocada por el esfuerzo físico— ¡No nos digas que será más fácil!

    —¿Cómo es posible que ni un río encontremos por aquí? —casi lloró Paola— ¿No se supone que en esta parte de la sierra hay ríos? ¿Dónde rayos están? ¡Muero de sed!

    —Tranquila, ya mero llegamos a donde hay agua y mucha —les prometió Edgar sin aminorar el paso.

    Esas palabras fueron el aliciente que necesitaban para continuar y más pronto que tarde, llegaron al punto deseado. Un lugar en la sierra desgarrado por el cause de las barrancas que rompían la meseta como si de cortaduras se tratase y abajo, profundo, la corriente de un río se apreciaba entre las paredes.

    —Sólo hay que pasar a ese otro lado, miren —Edgar señaló la catarata de agua que bajaba por la pendiente de la pared rocosa de enfrente, desde otro río que corría por la meseta— ¡Ahí tienen agua!

    —¡Oh, genial!— exclamó Nora lamiéndose los labios que estaban pálidos y resecos por la sed— ¿Y cómo se supone que vamos a cruzar?

    —Por ese puente. Hemos llegado a la parte turística de Mexiquillo.

    Nora siguió la dirección que la mano de Edgar señaló. Abrió desmesuradamente los ojos y gritó asustada:

    —¡No creo que alguien haya cruzado por ahí desde hace mucho! —se sulfuró la chica al ver las condiciones del puente, uno hecho de madera y sogas— ¡Ni creas que yo voy a cruzarlo! ¡Ese puente se está cayendo en pedazos! ¡Me niego!

    Edgar la miró impaciente. Con voz dura, le dijo:

    —Mira, chiquilla, no estoy para estos berrinches. O pasas, o te quedas aquí.

    Nora le lanzó una mirada de hastío. Allí estaba otra vez la palabra "chiquilla" que tanto le molestaba, pero en esta ocasión, la pasó por alto. Su miedo era mayor y estaba en un punto en que no le importaba nada, sólo no pasar por ese maldito puente de madera podrida que pondría sus vidas en peligro si se atrevían a poner un pie sobre él. Y hasta dudó que ya estuvieran en la parte turística del parque. Retrocedió gritando:

    —¡Me quedo aquí! ¡No y no pasaré por ese puente!


    Continuará

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    Gracias por tu comentario, HarunoHana xDDD Claro, te presto el nombre de Luza... que es Azul al revés... azul como la tierra xDDD
     
    Última edición: 30 Octubre 2015
  2.  
    Marina

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    4033
    Capítulo 13

    Siguió retrocediendo alejándose del grupo, mientras Edgar la seguía desesperado por su actitud irracional.

    —¡Demonios! —Masculló Jaime fastidiado— ¡Lo que nos faltaba! ¡Que ahora, esta estúpida nos detenga!

    —¡No te expreses así de nuestra amiga! —exclamó Angélica molesta, aunque irritada también por la actitud de Nora.

    —Entonces ve y tráela para que podamos continuar —ordenó Jaime con sequedad—. Quiero llegar al otro lado. Muero de sed.

    —¡Egoísta! —lo acusó Angélica con desdén—. Sólo te importas tú y nadie más que tú —mirando a Paola, le dijo—: No entiendo cómo te pudiste enamorar de él.

    Y enfadada, concentró su vista en Edgar que regresaba con Nora. Ante la insistencia de la joven de no pasar sobre el puente, se había visto en la necesidad de cargarla y aunque se resistió, no logró que la soltara. Edgar era muy fuerte y como era más alto, la sometió con facilidad, así que no sirvió que pataleara, se retorciera en sus brazos y lo golpeara con los puños en el pecho, el hombre la mantuvo en sus brazos. Nora pudo haber utilizado sus técnicas de kárate, pero no lo hizo. En el fondo sabía que quisiera o no, tenía que cruzar el puente.

    —No es asunto tuyo por qué Paola me ama —replicó Jaime en voz alta—. Me ama así como soy y tú debes respetar eso.

    Angélica le lanzó ahora una airada mirada.

    —¡Por favor! —Exclamó Paola sintiéndose desazonada—. No deben pregonar este amor a los cuatro vientos, Nora no lo sabe.

    Edgar se había detenido al lado de Paola, quien ajena a eso había hablado. Nora se quedó quieta cuando la escuchó. Entre dientes pidió:

    —Edgar, bájame.

    Edgar la bajó y por un momento la chica olvidó su miedo a las alturas, el puente, el vacío debajo de éste y todo que no fuera las palabras, "Nora no lo sabe"

    —¿No sé qué? —preguntó con voz fría enfrentando a sus amigas— ¿ De qué amor hablan? —Y por alguna razón comenzó a sentirse... engañada.

    —Yo te lo voy a decir —dijo Jaime, sin compasión por su novia ni las amigas de ella. Sin pensar que revelar así su secreto podía lastimar la amistad que se tenían, porque no sabía cómo lo tomaría Nora y tampoco meditó que no le correspondía a él revelarlo—. Paola y yo estamos enamorados y Angélica se ha enamorado de Eduardo, mi hermano. Ambos les pedimos matrimonio, pero las muy bondadosas nos rechazaron porque dicen que no pueden dejarte sola ya que tú no has sido capaz de atraer a alguien del sexo opuesto. Sienten lástima por ti, así que por eso se dieron a la tarea de conseguirte todas esas citas, para deshacerse de ti y si...

    Una bofetada en la mejilla por parte de su novia, lo interrumpió. Paola en verdad estaba furiosa. Lo miró con ojos brillantes por la ira, la que distorsionó su voz cuando dijo:

    —¡Miserable! ¿Cómo te atreves? ¡Esto era entre nosotras!

    Nora quedó boquiabierta, sintiendo como las lágrimas inundaban sus ojos. Se dio la vuelta para ocultar su humillación. Sus amigas la habían engañado lastimando así su corazón.

    —Nora, yo... nosotras lo...

    Nora no miró a Paola cuando la interrumpió muy triste:

    —Entiendo Paola. Era de suponerse que se enamoraran. Yo lo hubiera entendido y no me hubiera sentido como me siento ahora por su engaño. Yo hubiera saltado de alegría por ustedes. Nunca les pedí que se sacrificaran por mí. ¿Y ustedes me juzgaron cuando empecé a hacer cosas raras que no recordaba? ¡Yo nunca les oculté nada! Ustedes en cambio... De hecho, les perdono lo del engaño, lo que no les perdono es que lo hubieran hecho porque me tienen lástima ¡Jamás esperé eso de ustedes!

    —¡Nora! —Gimieron al unísono Paola y angélica acercándose a ella— ¡No pienses eso!

    Nora se alejó de ellas. Sin mirarlas, de hecho sin mirar a nadie, caminó hacia el puente, decidida a continuar porque en este momento, su dolor era más fuerte que su cobardía, además, por el momento no le importó nada más que no fuera su desengaño de amistad. Así que puso un pie sobre la orilla del puente y le siguió el otro. Miró lo largo del puente y aspirando profundo comenzó a caminar sobre las podridas tablas que se sostenían en el aire por medio de la barandilla hecha de cuerdas que se entretejían entre sí para hacer los pasamanos y el sostén de las tablas que lo formaban y los que en apariencia eran más resistentes, pero cuando se afianzó a ellos con las manos, cientos de partículas de la cuerda volaron en el aire, así que comprendió que no estaban en mejor condición que las tablas.

    Edgar la siguió. Detrás de él Dany, luego las otras dos mujeres y en la retaguardia Jaime, quien muy pensativo, reconoció para en su interior que había hecho muy mal. A medio puente, Nora se detuvo paralizada al darse cuenta del crujido que se escuchó debajo de uno de sus pies. Con cuidado, levantó el pie y vio un pequeño hoyo que el peso del pie había hecho en la tabla y por donde miró caer los pequeños pedazos de madera al río.

    —¡Ten cuidado, Nora! —le gritó Edgar quedándose también quieto. Detrás de él, pegado a su espalda sintió al muchacho—. No te muevas, Dany —le ordenó y tratando de no moverse mucho, giró la cabeza para mirar a los que iban detrás— ¡Fíjense bien en donde pisan! ¡El puente está más podrido de lo que pensé!

    —¡Genial! —murmuró Angélica asustada— ¡Y ahora es que nos lo dice!

    —Sigue caminando, Nora —pidió Edgar en tono suave.

    Nora movió la cabeza para decir que no. El pánico había vuelto y era incapaz de continuar. El solo hecho de haber visto cómo caían los pedazos de madera, la paralizó de miedo. Un miedo intenso que provocó que la adrenalina corriera por sus venas y a causa de eso las imágenes que no comprendía, volvieron a su mente.

    —¡Muévete, Nora! —vociferó ahora Edgar con voz preocupada— ¡Hazlo ya!

    De pronto, un viento comenzó a soplar, lo suficientemente fuerte como para mover el puente de un lado a otro.

    —¡Nora! —rugió Edgar otra vez— ¡Camina, maldición!

    Nora se obligó a levantar los pies y dar un par de pasos más, pero volvió a ocurrir lo mismo. Esta vez, su pie se sumió en el vacío cuando traspasó la tabla y estuvo a punto de perder el equilibrio. Gritó de terror al momento de sujetarse con ambas manos de la barandilla que el aire movía ahora con más violencia. Cerró los ojos mientras una sensación conocida la invadió. Ella ya había pasado por una situación igual, pero ¿dónde? ¿Cuándo?

    —¡Edgar!

    Gritó cuando sintió que se sumía en un torbellino de extrañas sensaciones que poco a poco fueron revelándole más de ese pasado que últimamente venía recordando. Aclarándole las diferentes imágenes que le provocaban fuerte dolor de cabeza

    —¡Ayúdame!

    Edgar no pudo ayudarle y las emociones fueron más fuertes. Sensaciones de pánico, de angustia, de pérdida. Incrementadas cuando sintió que debajo de sus pies las tablas crujieron peligrosamente, amenazando con llevársela con ellas cuando cayeran al vacío. Sin abrir los ojos, se aferró a la barandilla mientras imágenes de ella cayendo en un espacio de muchas luces golpeaban su mente, haciéndola recordar por completo.

    Las tablas al fin cedieron a su peso y estas flotaron en el aire, moviéndose en conformidad con el viento y ella quedó únicamente suspendida de la barandilla, aferrada con fuerza, mientras sin dejar de gritar, aceptaba la verdad de las imágenes que pasaban una tras otra abriéndole la memoria, como si finalmente las piezas del rompecabezas se armaran para mostrarle su realidad.

    Vio la extraña roca que su padre y ella habían visto caer del cielo. La roca estaba elevándose hacia el techo de la casa que temblaba por la energía de la piedra haciéndoles temer por su vida, pero el mismo techo impidió que la roca siguiera ascendiendo deteniéndose ahí.

    —¡Dawit! —gritó su esposa desde la planta baja, pues estaban en el ático— ¿Qué está sucediendo? ¿Por qué está temblando la casa?

    Sus amados parientes no pudieron contestarle porque en ese momento, la energía de la roca se incrementó y de uno de sus lados dejó salir el líquido transparente que poco a poco fue haciéndose sólido para ir formando una esfera.

    Pequeña primero, pero a medida que crecía, la gran esfera comenzó a invadir el espacio de la habitación destruyéndolo todo lo que se encontraba en su crecimiento. Dawit y su hija asustados, bajaron apresurados la escalera y tomaron de paso a la madre y esposa que furiosa, subía la escalera para poner orden a su familia. Los tres salieron afuera y miraron sorprendidos y asustados como la extraña esfera tomaba parte de la casa destruyendo las paredes con sus dimensiones.

    —¡Mi casa! —lloró la pobre mujer mirando a su esposo con irritación— ¿Ahora qué hiciste? ¡Arruinaste nuestra casa!

    Tanto Dawit como Daira, la ignoraron. Sus incrédulas miradas estaban clavadas en la roca que elevada a gran altura, ya que mucho del techo había desaparecido también, sostenía con su energía la gran esfera que parecía de cristal.

    —¡Qué mal! ¿Y ahora qué?

    Gritó su madre incrementando su llanto cuando en ese momento, comenzó a llover. Ni cuenta se habían dado que la negra noche se había hecho más oscura por el nuevo nublado. Estuvieron bajo la lluvia por un buen rato, sin saber qué hacer. No querían arriesgarse a buscar refugio bajo el poco techo que la casa aun tenía, pues desconocían el comportamiento de esa cosa de cristal.¿Seguiría creciendo? ¿Quedaría de ese tamaño? ¿Y qué era?

    Así que a primera instancia, permanecieron ahí, solo mirando la esfera suspendida en el aire y por lo que podían ver a la escasa luz de una lámpara que colgaba de un poste en medio del jardín, la bola de cristal no tenía a la vista, por ninguno de sus lados, alguna puerta o abertura.

    Nada que les indicara para qué podía servir semejante balón cristalino, aunque reconocieron que era una maravilla, pues brillaba sobresalientemente en la oscuridad y tan extraño espectáculo era solo para ellos, porquevivían a medio campo y el único vecino que tenían más cerca, residía a veinte kilómetros de allí.

    —No sé realmente que es eso —murmuró de pronto Dawit con serenidad. Él era un luceano de tranquilo carácter. Su lema era que lo hecho, hecho estaba y no había ya de qué preocuparse—. Y mira, el techo cayó sobre la cochera, así que me parece que no podrás ir a tus prácticas.

    Nora miró hacia la cochera, en donde el auto había quedado con mucho escombro encima. Se encogió de hombros. De cualquier manera Drisy la quería sacar del equipo y sabía que lo haría tarde o temprano. Bien, ya tenía un pretexto para hacerlo. Su inasistencia de mañana... o mejor dicho, de un par de horas, lo que faltaba para que amaneciera, sería suficiente motivo para despedirla, así que sin mayor interés por su práctica, siguió mirando la esfera y a pesar de estar muy pendiente de ella, se sobresaltó asustada. Los tres se sobresaltaron asustados cuando un sordo sonido en la bola se escuchó.

    Sin que vieran exactamente como, de la enorme cosa se movió algo que parecía una puerta corrediza y del hueco que abrió, se desprendió una escalera que era del mismo material translúcido y se extendió hasta el suelo. Sin pensárselo dos veces, Dawit caminó a la escalera y comenzó a subir a pesar del llamado de su esposa que, muy asustada, le pidió que tuviera cuidado, pero Nora fue tras su padre, lo que hizo que finalmente su madre los siguiera. Al entrar los tres, la puerta se cerró e hizo un sonido agudo al sellarse. Su madre se apresuró a donde estaba la puerta, buscando una manera de abrirla de nuevo, pero no encontró nada. No había forma de salir.

    —Papá...

    Dawit levantó la mano para silenciarla, pues estaba muy concentrado mirando en torno. No había nada, sólo una luz potente, blanca, pero sin que deslumbrara y podían mirar hacia afuera, a una oscuridad terrible que les hizo saber que ya no estaban en Luza, sino en un espacio diferente.

    —¿Qué es esto, papá? —preguntó Nora con algo de miedo, porque todo era desconocido para ellos— ¿Es una nave extraluceana? ¿De otro mundo? Tú siempre has dicho que sí existe vida en alguna otra parte del universo. ¿De algún planeta lejano viene esta esfera? —Su voz se escuchó con eco, así que se repitió la última sílaba de cada palabra.

    —Sólo sé que el universo es inmenso, hija. Esta esfera viene de allá, pero no sé qué propósito tiene. No sé si es una nave. No sé si llegó aquí por equivocación o si alguien la envió ¡Reconozco que no sé nada!

    Las sílabas que le hacían eco se interrumpieron cuando de pronto en todas las paredes de la esfera —por un decir paredes, porque la esfera parecía tener una sola pared circular—, aparecieron varias imágenes. No había sonido, pero las imágenes eran claras y precisas. Primero apareció la imagen de un vasto universo donde las estrellas y los planetas iban pasando velozmente. Era como si ellos estuvieran viajando por el espacio a gran velocidad, sin embargo, no sentían ningún movimiento. Fueron dejando atrás cientos de galaxias hasta que de pronto, se detuvieron en un punto en el universo. Vieron varios planetas en un sistema solar donde el tercero de ellos tenía la forma de su propio planeta, Luza. Era de un hermoso color azul y pudieron ver, a través de las nubes, extensas zonas de un color verde. Ahora parecían viajar adentro del planeta. No sólo vieron a los habitantes de allí, sino que, ahora había sonido y los escucharon hablar y por sorprendente que pareciera, podían entender lo que hablaban.

    —¡Papá! —Susurró Nora, admirada y perpleja por lo que veía— ¡Qué planeta tan hermoso! ¡Casi como el nuestro!

    —¿Dónde estamos, Dawit? —preguntó con temor su madre— ¿Es esto un sueño?

    —No querida, no es un sueño —respondió Dawit, maravillado por la experiencia.

    Siguieron contemplando y escuchando. Los habitantes no eran diferentes a ellos mismos. Vivían en grandes ciudades, pueblos pequeños, campos floreados, extensos bosques y selvas. Hombres, mujeres, ancianos, niños y bebés. Parecía que veían su propio planeta, no obstante, no era Luza, porque los habitantes lo llamaban Tierra.

    Entonces de súbito, las imágenes que veían cambiaron de manera radical, transformándose en un gran caos. Miraron ejércitos de soldados, de todos los países peleándose entre sí, reclamando una poción milagrosa. Una fórmula inventada por un ser humano y que todos los países deseaban obtener. Se mataban por ella. Después observaron aterrados los lanzamientos de cientos de misiles, de una ciudad a otra, de un país a otro, arrasando con todo tipo de vida por su largo alcance y destrucción. Y en medio de todo esto, un rostro apareció en toda la pared de la esfera, mientras voces distintas de los humanos repetían su nombre:

    "Edgar, Edgar. Edgar Ferreol".

    Era el rostro de un anciano, pero después se transformó en uno joven, sin embargo, era el mismo Edgar Ferreol. El creador de una fórmula que había traído destrucción total de la vida en el planeta tierra. Las poderosas armas de los humanos habían terminado con su propio mundo en intenso afán por conseguir la fórmula milagrosa, pero, no sólo habían terminado con su propio mundo.

    Las siguientes imágenes que aparecieron en la pared de la esfera, fueron con mucho más aterradoras. Su propio mundo Luza, era aniquilado también. Terremotos, inundaciones y tsunamis arrasando ciudades enteras. Huracanes, volcanes y todo tipo de desastres naturales terminaban con miles de vidas, porque el mundo del planeta tierra estaba conectado con el mundo de Luza. Las imágenes les mostraron que el mundo de Luza no pertenecía al mismo universo que el de la tierra, sino a un universo paralelo. Un universo en otra dimensión que hacía equilibrio con el de la tierra. Ambos mundos compartían la energía que los hacía subsistir equilibrándose mutuamente, como si fueran mellizos, unidos por una solo energía, la que cambió en la tierra por la destrucción y ésta era como un corazón que los unía, por lo tanto, Luza también pereció.

    —¡Oh, Dios! —gritó su madre aterrada— ¡Quiero salir de aquí! ¿Qué es todo esto? ¡Déjenme salir!

    Se fue a golpes contra la pared de la esfera. Sus puños dieron con fuerza, pero no hizo daño a la pared. Entonces, las imágenes dejaron de aparecerse y la puerta se abrió. Su madre fue la primera en salir, tan deprisa, que a media escalera cayó, rodando hasta el suelo. Pálidos y temblorosos, Dawit y Nora salieron detrás de ella.

    —Él debe morir —murmuró Dawit ayudando a su esposa a levantarse—. Ese Edgar Ferreol debe morir. No sólo es culpable de destruir su mundo, sino al nuestro también.

    —Padre.

    —Esa roca... La roca T, así la llamaré en honor al TIEMPO que se nos permita vivir, nos ha mostrado lo que va a suceder y creo que será dentro de poco. Si fue capaz de mostrarnos lo que sucederá, tal vez tenga también el poder de transportarnos a ese mundo, al planeta llamado Tierra. La verdad, no sé si nos llevó hasta ese mundo, o sólo nos mostró lo que sucederá.

    —Padre.

    —¿Vamos a morir? —preguntó la esposa, histérica— ¡No quiero morir! ¡No quiero que nuestro mundo termine así! ¡Es horrible!

    —Tranquila, querida —Dawit la abrazó con cariño—. No va a terminar así. Lo que tenemos que hacer es ver la manera de ir a ese mundo y aniquilar a Edgar Ferreol antes de que invente esa fórmula.

    —¡Padre! —gritó Nora, irritada con él por estarla ignorando.

    Dawit le prestó ahora toda su atención.

    —Yo iré al planeta tierra. Yo me encargo de ese Edgar Ferreol.

    Dawit negó con la cabeza, luego, con voz fría, dijo:

    —No, hija. Tú no puedes con esta misión. Necesitamos a alguien con experiencia.

    —¿Por qué, papá? —lo interrumpió Nora, sumamente molesta y decepcionada— ¿Tú también piensas como Drisy? ¿Piensas que soy una débil que no sirve para nada? Entonces, ¿por qué me animaste para enlistarme en la guardia del rey?

    —Hija...

    —¡No me tienes confianza! ¡Tus palabras de ánimo siempre fueron falsas! ¡Eres igual que Drisy!

    —¡Daira! —elevó su padre la voz— ¡Escúchame! ¡Esto no se trata de si te tengo confianza o no! ¡Se trata de una importante misión que salvará millones de vidas! ¡Que salvará dos mundos! ¡Entiende! ¡No podemos esperar a que estés lo suficientemente capacitada para cumplir con la misión! ¡Aún te falta mucho entrenamiento!

    Pero Nora estaba por completo cegada para entender la verdad que su padre expresaba. Estaban tan absortos en la discusión que, no se percataron como del extremo de la roca T, el contrario al que sostenía la esfera, una chispeante energía líquida y transparente comenzaba a formar una espiral pequeña que fue creciendo en pocos segundos.

    —¡No me importa si me falta entrenamiento! —gritó ella con ira— ¡Yo quiero ir a ese planeta y matar al causante de la destrucción de nuestro mundo! ¡Puedo hacer lo mismo que Drisy, porque estoy segura que quieres enviarlo a él!

    —¡Dawit! —gritó la esposa, mirando la ya crecida espiral que como un furioso torbellino, se movía causándole temor— ¿Qué es eso?

    —¡Yo deseo ir al planeta tierra! —Todavía alcanzó a gritar Nora antes de volverse y mirar también la espiral de energía líquida y transparente, que con furiosa fuerza se acercó a ellos.

    Lo más extraño de todo fue que la poderosa fuerza apartó a Dawit, lanzándolo a un lado y tomó a Nora, levantándola como en brazos y llevándosela en medio de los gritos de ella y los de sus padres. Nora miró como su padre hacía el intento de alcanzarla. Lo miró allí abajo, haciendo ese fallido intento de rescatarla de esa espiral que la llevó a la cima de la esfera y, abriéndose algo así como una ventana, la introdujo al interior entrando también la furiosa espiral.

    Dawit corrió a la escalera y subió buscando la puerta, pero no logró encontrarla. Había desaparecido y no hubo manera de entrar.

    —¡Daira! —gritó asustado, alargando los brazos hacia su hija que por un instante pudo verlo a través del cristal.

    Pero entonces, en el interior de la esfera las paredes desaparecieron y Nora se vio flotando en el mismo universo, girando en medio de la gran espiral a gran velocidad.

    Sus ojos abiertos al máximo sólo podían ver rayas y manchas de luz de diferentes colores. La terrible sensación de estar cayendo en la nada en ese vasto universo la sobrecogió de terror. Un terror como el que nunca había experimentado. Gritó hasta que le dolió la garganta, no obstante, su propia voz no fue escuchada ni por ella misma. La gravedad aumentada por la velocidad no le permitió hacer ningún movimiento, aún cuando intentó salir de la espiral, pero los movimientos pensados no fueron obedecidos por sus miembros, los cuales permanecieron fijos, inertes, sintiendo un gran peso que quería sofocarla.

    El sentir que se ahogaba y moría fue lo que finalmente confundió su mente. Su último pensamiento antes de perder el sentido fue el de doce años atrás, cuando su padre compartió con ella el maravilloso descubrimiento de una estrella nueva. Deseó con toda su alma tener esa edad de nuevo, porque ese día fue uno de los más felices en su vida. No supo lo que sucedió después de perder el sentido, pero ella pasó a formar parte de la extraña energía y por un momento se transformó en la misma energía y convertida en esta energía llegó a la tierra. Después la intensa actividad se evaporó en la nada.

    —Niña, ¿estás bien?

    La voz dulce de una mujer madura, acompañada de los toques de unas suaves manos que la movían, la despertaron. Abrió los ojos y miró el risueño rostro de la persona que la despertó. Descubrió que yacía sobre la mullida alfombra verde que formaba el pasto de un parque público. Trató de sentarse, pero un mareo se lo impidió.

    —¿Cómo te llamas? ¿Dónde están tus padres?

    La confusión de la niña creció. Volvió a hacer el intento de sentarse y esta vez logró quedar sentada. Miró a la mujer que no dejaba de sonreírle.

    —No lo sé —dijo la pequeña, con voz asustada y confundida—. No recuerdo... Creo que me llamo... No sé cómo me llamo y creo que... tengo un papá, pero...

    Se llevó las manos a la cabeza. Imágenes dispersas pasaban por su aturdida mente.

    —Creo que... mi padre me enseñó una nueva estrella, pero creo que él cayó de una gran altura y murió. Yo vi como caía ¡No pude alcanzarlo! ¡El quedó abajo y yo arriba! ¡No pude alcanzarlo!

    —¡Oh, pobrecita! —musitó la mujer con compasión, sin evitar abrazarla—. No te preocupes, te ayudaré a buscar a tus padres. Todo saldrá bien, ya verás. ¿Sabes cuántos años tienes?

    —No, no lo sé.

    —Bien, no te preocupes, ya recordarás. Ven, vamos a mí casa para que descanses y comas algo. ¿Tienes hambre? —La tomó de la mano y lanzándole una mirada de compasión, exclamó—: ¡Pobrecita! ¡Tengo que conseguirte ropa a tu medida!

    La bondadosa mujer la adoptó cuando no lograron encontrar a su familia. Daira Seral no tenía familia y tampoco logró recuperar su memoria. Sólo esos inventados recuerdos de haber perdido a su padre cuando ella era niña y su rostro era lo único que recordaba de su pasado. Se creó una vida inexistente y nació Nora Reina, convirtiendo a esa bondadosa mujer en su madre.

    Porque Daira Seral había vuelto a ser una niña, pero en el planeta Tierra, así que su viaje fue tanto dimensional como en el tiempo.



    Continuará.
     
    Última edición: 30 Octubre 2015
  3.  
    Marina

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    Capítulo 14

    Ahora, mientras estaba colgando de la barandilla del puente, comprendió con todos los recuerdos recuperados que no fue su padre quien cayó, sino ella que ascendió llevada por esa espiral de energía. De allí había nacido su fobia a las alturas.

    También comprendió que el poder de la roca T era inimaginable, porque no sólo les había mostrado el futuro, tampoco se había limitado a transportarla al planeta tierra, valiéndose quizás de una puerta en el espacio tiempo, un mecanismo imposible e incomprensible para los seres humanos—, sino qué además, le había concedido un deseo. Ese deseo de volver a ser niña. La había retrocedido en el tiempo doce años y no con la edad actual, sino con la misma que tenía doce años atrás.

    Algo más que comprendió fue que la falla de la roca T la provocó ella misma cuando sintió ese terror que la indujo a cerrar su mente. El recobro de su memoria era el combustible que la roca T necesitaba para funcionar a la perfección, porque ella y la energía de la roca T, de alguna manera, se habían fusionado durante el viaje.

    Era por ello que en cuanto comenzó a tener recuerdos de su vida pasada, como el entrenamiento de las artes de combate por contacto, pudo conectarse por momentos con la roca T y por medio de ella, con su padre, pero como no lograba recordar todo sobre su verdadera identidad, se perdía el control de la energía provocando temblores de tierra y fuertes vientos en donde ella estaba, como sucedió en el bosque y como estaba sucediendo en esos momentos.

    El fuerte viento incrementado ya de manera insoportable sacudió con violencia el débil puente que comenzó a crujir en afanoso empeño por avisarles que si no salían de él, todos caerían y de repente, de en medio del furioso viento fue formándose la ya conocida espiral de energía transparente, líquida. El susto de todos creció al verla.

    —¡Sujétate bien, Nora!

    Gritó Edgar haciendo un esfuerzo sobre humano para luchar contra el viento y moverse para ir en auxilio de ella, aunque sosteniendo a Clementina, era mucho más difícil para él mantener el equilibrio, porque la gata estaba asustada y las uñas se clavaban en la piel de su brazo de manera dolorosa.

    El ensordecedor rugido del aire al soplar ahogó sus palabras y Nora no lo pudo escuchar, pero lo miró acercarse a ella con mucha dificultad y sintió de pronto como su corazón se partió en pedacitos, no por estar herida físicamente, sino por el recuerdo de las palabras de su padre.

    "Edgar debe morir".


    —¡No! —gritó angustiada— ¡No! ¡Basta! ¡Basta!

    A sus palabras la calma se hizo. El fuerte viento dejó de soplar, pero la espiral continuó formándose hasta alcanzar su tamaño normal, no obstante, al girar lo hizo con lentitud y poco a poco se acercó a Nora. Los conocidos brazos de energía se mostraron, pero con sus recuerdos recuperados, Nora supo que no sufriría daño, por ello se dejó tomar por la energía.

    Sobre los transparentes brazos se vio flotando en el aire, pero en esa ocasión no entró en la espiral pues las extremidades que la habían tomado permanecieron fuera de esta, aunque nacían de ella.

    —Por favor —suplicó en voz baja—, sálvalos a ellos también.

    La energía se dirigió a sus amigos y los tomó. Paola y Angélica gritaron aterradas al verse suspendidas en el aire, mientras todos eran transportados a suelo seguro y colocados al lado de las corrientes del río que corría en las partes bajas de las montaña. Clementina saltó del brazo de Edgar y corrió a ocultarse detrás de una gran piedra que adornaba la playita del río.

    —¡Sí! —gritó Dany— ¡No entiendo nada, pero esto es fabuloso!

    —Ninguno de nosotros entendemos nada, Dany —dijo Edgar mirando a Nora con una mirada interrogante, pero ella lo ignoró, ya que estaba ocupada mirando la espiral que se había alejado un poco de ellos.

    —¡Padre! —gritó Nora a los cuatro vientos—¿Estás aquí?

    De en medio de la espiral surgió un enorme rostro, uno muy querido para ella. Al igual que los brazos, el rostro permaneció sin girar, fijo.

    —¡Daira! —dijo Dawit, emocionado al ver a su hija— ¡Por fin has recordado todo! En luza estamos muy preocupados. Nos encontramos en las últimas horas para poder salvar los mundos. Al perderte, tuve que dar por enterado al rey y él me ha dejado a cargo de esta misión. Quise transportar a Drysi, pero la roca T no lo aceptó. Desde que te marchaste de Luza la roca permaneció inactiva, pero recuperar tus recuerdos la activó. Pudo mostrarme tu vida aquí en la tierra y lo que te sucedió en el viaje. He descubierto que la energía de la roca T y la mente de la persona que escoge para cumplir su propósito se vuelve una sola. El propósito de la roca T es salvar los mundos Daira, por eso vino a Luza y te escogió a ti para hacerlo, pero tú fuiste débil y tu miedo la afectó.

    —Papá, ¿estás diciéndome que la roca T tiene inteligencia propia? ¿Sentimientos? ¿Y cómo es eso de que me escogió?

    —Te escogió cuando te escuchó decir con aquella firmeza, "Yo quiero ir a la tierra" ¿Lo recuerdas? Luego sentiste miedo y todo terminó así, Daira.

    —¿Estoy escuchando bien?—Preguntó confundido Dany— ¿Y qué es Luza?

    Todos se miraron asustados, confundidos y perplejos. Era un sueño loco el que estaban teniendo.

    —Estoy soñando —dijo Jaime pellizcándose un brazo—. Despertaré en cualquier momento.

    —¡No es un sueño! —exclamó Paola—. Esto es real, muy real. Nuestra amiga Nora es... es...

    —¡Un demonio! —gritó Dany asustado.

    —¡Cállense todos! —exigió con dureza Edgar—. Esto es real y Nora no es un demonio.

    —¿Es un ángel? —preguntó Dany, ahora maravillado.

    —¡Silencio, dije! —volvió a exigir Edgar sin dejar de prestar atención a la plática de Nora con el que llamó padre.

    —¡Ahí lo tienes, Daira! —dijo Dawit, mirando a Edgar con ira— ¡El causante de la destrucción de dos mundos! ¡Tu obligación es matarlo! ¡Hazlo!

    Nora sintió estrujarse su corazón al escuchar a su padre, sin embargo, ahora que había recuperado su memoria sabía lo que debía hacer y el entrenamiento en la guardia de su rey le había dado fuertes convicciones en cuanto a cumplir con las órdenes de sus superiores, en este caso, su padre era su superior y más si el rey había dado su consentimiento al dejarlo al frente de la misión.

    Ahogó un sollozo de angustia y controlando el temblor de su voz, dijo:

    —Sé lo que debo de hacer, padre. Confía en mí.

    —¡Solo espero que de veras lo hagas, Daira! —dijo su padre con voz autoritaria.

    Nora se impacientó. Sentimientos contradictorios la hicieron sentir enferma. Levantó los brazos y extendiendo las manos hacia la espiral, murmuró con ira:

    ¡Dije que confiaras en mí, maldita sea!

    Cerró las manos y las apretó hasta que los nudillos se vieron blancos, pero no fue por apretarlos, sino por la energía que se desprendió de los puños, entonces los abrió y como si arrojara algo con mucha fuerza, lanzó esa energía a la espiral y hubo un grandioso choque que deslumbró todo alrededor cegando a los observadores.

    Cuando pudieron ver, la espiral había desaparecido. Nora aspiró profundo y se volvió a sus compañeros. Todos la miraron desconfiados y mudos porque de ella seguía desprendiéndose un aura blanca que hacía levantarse sus cabellos y retrocedieron algo asustados cuando la energía que la rodeaba aumentó.

    —Escucharon bien. Vengo de un mundo llamado Luza —les informó de pronto y su voz sonó extraña—. Un mundo muy parecido a este, pero diferente en cuanto a sus habitantes. Los luceanos somos gente pacífica, un poco más avanzados en cuanto a tecnología. Pero esa tecnología la empleamos para bien, no para derrocar gobiernos y matar a nuestros semejantes. Nos hemos visto enfrentados a guerrillas civiles, pero jamás hemos enfrentado una guerra donde hayan intervenido las naciones. Amamos la vida y hacemos todo lo posible por respetarnos unos a otros. Del espacio llegó a Luza un meteorito, uno que jamás había visto. Este meteorito se transformó en una pequeña roca cuyo centro es pura energía. De esa roca viene toda esa energía que ustedes vieron. Esa roca, a la que mi padre llamó roca T, me transportó aquí a la tierra para cumplir con una misión.

    Se interrumpió y miró a Edgar. Él sostuvo su mirada mientras un estremecimiento lo recorría. La mirada de Nora era fría, en apariencia despojada de cualquier sentimiento. ¿Dónde había quedado la Nora que conocía?

    —¿Qué misión, Nora? —preguntó Dany con voz perpleja— ¿Qué misión es esa?

    —Esta misión —respondió ella caminando hacia Edgar—. Matar a Edgar Ferreol.

    Y plantándose ante él con una rapidez asombrosa, le dio un fuerte puñetazo en el rostro. Edgar cayó hacia atrás golpeando su trasero dolorosamente contra el suelo. Una pregunta surgió en su mente.

    "¿Por qué?"

    —Tú —dijo Nora tomándolo del cuello de la camisa para levantarlo. Edgar sintió la energía de ella pasar a él y fue como si un rayo le hubiera caído encima. Quedó débil y casi noqueado—. Tú eres el culpable de que dos mundos se destruyan.

    Perplejo, sin perder de todo el sentido, Edgar se admiró no sólo del poder que la rodeaba, sino de la gran fuerza que había cobrado, pues sin aparente esfuerzo lo había levantado y le dio otro y más fuerte golpe con el puño debajo de la barbilla. El puñetazo lo lanzó más lejos, quedando cerca de la orilla del río, boca arriba.

    —Tu invento desatará dentro de poco una guerra mundial que terminará con la vida de este planeta y a causa de esto, la vida en mi propio planeta perecerá, porque la vida de ambos planetas en el universo, comparten un armonioso equilibrio. Si ese equilibrio se altera, los dos planetas sucumben. La guerra nuclear aquí y desastres naturales allá. En Luza no sabíamos que esto era posible, pero alguien, no sabemos quién, pero presumo que de mucha más inteligencia que nosotros, nos está dando la oportunidad de imedir que suceda ese desastre.

    Nora se acercó a Edgar, quien aún perplejo y sintiendo que todo le daba vueltas, asimiló las palabras de la joven. Jamás pensó que su fórmula pudiera llegar a causar tal amenaza. Tocó la mochila que a su lado, colgaba de su hombro y cuya correa atravesaba en diagonal su pecho y espalda. Adentro estaba el pequeño frasco que contenía la maldita sustancia, permaneciendo sin daños a pesar del maltrato. Conociendo la avaricia del ser humano, era innegable que haría todo lo posible por obtener ese invento. La prueba indiscutible era Valentín, quien había parecido enloquecer a tal grado de no importarle asesinar con tal de obtener la fórmula.

    —Tienes que morir, Edgar —le dijo ella al momento de colocar su pie izquierdo sobre su cuello y comenzar a presionar para dejarlo sin aire—. Tú, la fórmula y el resto de la sustancia deben desaparecer para siempre.

    Los ojos de Edgar se llenaron de lágrimas mientras con sus manos, tomó el pie de Nora para intentar quitarlo de su cuello, pero ella se había vuelto muy fuerte. Con sus recuerdos llegó esa extraordinario poder que había permanecido oculto junto con su verdadera identidad. Su mirada encontró la de ella y detrás de la frialdad pudo notar un atisbo de angustia, tristeza y algo más que de pronto no supo reconocer, pero su corazón palpitó con emoción y le hizo saber que eso difícil de identificar, era amor.

    ¡Ella sentía amor por él! Conocer el significado profundo de su mirar le permitió comprender lo que ella estaba haciendo. Si ella decía que debía morir, entonces... Debía morir. Unas gotas de agua cayeron sobre él y descubrió que eran las lágrimas de Nora... o Daira, como se llamara. Para él sería siempre la bella chiquilla que lo conquistó. Lloraba en silencio a la vez que presionaba más el pie sobre su cuello. Cerró los ojos mientras sentía como la oscuridad amenazaba con llevárselo al mismo tiempo que se le hacía más difícil respirar y su desesperación por obtener oxígeno aumentó. Abrió la boca en un intento vano de llevar aire a sus pulmones y pensó que era horrible morir asfixiado.

    Pero de pronto, contra toda esperanza, el aire entró de pronto a sus pulmones con toda libertad y él pudo recobrar el ritmo normal de su respiración mientras el mareo pasaba. Detalló primero que Nora había caído desmayada sobre él y después, miró el rostro de Jaime que desde lo alto lo miraba con ira.

    —Lo dicho —habló Jaime con voz airada—, todo esto es por tu culpa. Debí dejar que te matara, pero mi conciencia no me permite presenciar un asesinato sin hacer nada para evitarlo. Viviré con la esperanza de que te mate cuando no esté presente.

    Edgar se sentó y miró al grande y grueso palo que Jaime tenía en la mano. Se enfureció cuando vio el hilo de sangre que bajaba por la cabeza de Nora.

    —¡Idiota!—masculló Edgar, revisando la herida provocada por el grueso palo— ¡Por poco la matas!

    —¿Y qué? ¡Es una extraterrestre! —gritó Jaime iracundo— ¡No son bienvenidos en la tierra!

    —¡Es nuestra amiga! —gritó ahora Paola, muy afligida por toda la situación— ¡Y la queremos mucho!

    —¡Es una asesina! —recordó Jaime más furioso— ¿No vieron como estaba asesinando a Edgar?

    —¡Pues a pesar de eso es nuestra amiga! —la defendió Angélica yendo a auxiliar a su amiga que yacía en los brazos de Edgar, el que a su vez se había levantado y la cargaba—. Además, ya la escuchaste. Tiene muy buenas razones para matar a este... sujeto. Vamos, Paola, tú eres la médica, ven a ver qué tan grave es la herida que tu bestial novio le hizo a nuestra amiga.

    Reteniendo las lágrimas, Paola se acercó a Edgar para examinar a Nora, descubriendo que la herida no había sido mortal. Dany había permanecido inmóvil y en silencio hasta entonces, pero en este momento, mencionó:

    —Yo lo que no entiendo es eso del equilibrio de los dos mundos. ¿Cómo es eso? ¿Cómo es posible que existan dimensiones, universos o yo qué sé cómo se le llame a eso, que compartan la misma energía?

    —Dany —le dijo Edgar, mirándolo con mucha paciencia—. No te compliques tanto. Sólo imagínate una balanza de esas antiguas que son en forma de T y tienen dos platos colgados por delgadas cadenas, uno de cada lado. Pon una naranja en un plato y otra de las mismas dimensiones en el otro plato. Las dos naranjas están al mismo nivel ya que pesan lo mismo, son iguales. Ahora, quita una de las naranjas de cualquier plato ¿Qué sucede con la que queda en el plato?

    —Se viene abajo —murmuró Dany imaginando todo—. Comprendo. La balanza es la energía que los mantiene nivelados y si uno de ellos se altera, obvio que el otro también. Ahora lo que no entiendo es eso del invento. ¿Qué invento?

    La paciencia de Edgar estuvo a punto de morir. Le lanzó al chico una mirada sombría y sintió sobre él todas las miradas, analíticas, exigentes. Como esperaban una respuesta, finalmente testificó:

    —Es una fórmula que descubrí mezclando diferentes sustancias y polvos de piedras espaciales, o sea meteoritos. No pienso revelar qué sustancias utilice, pero podrían llamarla, "la fórmula de la eterna juventud o la fórmula de Edgar", como deseen.

    —¿Qué? —preguntaron todos atónitos, luego Paola inquirió—: ¿Es verdad eso? ¿Llegaste a descubrir algo tan maravilloso?

    —Sí, lo hice.

    —Pruébalo —murmuró Angélica incrédula.

    —Yo soy la prueba. Soy un anciano de sesenta y cinco años.

    —¿Tú eres ese Edgar Ferreol? ¿El anciano profesor? preguntaron todos a la vez, como puestos de acuerdo.

    Edgar asintió. Retrocedió un poco cuando todos, admirados, lo rodearon para tocarlo y comprobar lo que les dijo.

    —Pareces un hombre de veintitantos años —dijo Paola con voz sorprendida— ¡No puedo creerlo!

    —¡Rejuveneciste como cuarenta años! —exclamó Angélica, tocando su rostro con asombro total— ¡Es increíble!

    —¡Ya no parece un abuelo! —dijo Dany, suspirando con admiración— ¿Tiene más de esa poción? A mi abuelo le vendría bien.

    —¡Maldición! —soltó Jaime, mirando a Edgar rencoroso—. Todo el tiempo estuviste enterado del porqué esos sujetos nos siguen. ¡Maldito seas, Edgar! ¡Por tu culpa estamos metidos en este lío! Además, estás a punto de destruir dos mundos.

    —Miren —dijo Edgar muy cansado—. Lamento haberlos metido en esto, pero ya están aquí y no se puede hacer nada. Así que sigamos con el plan. Vamos a la casa de mí... hermano. Allí veremos qué hacer para arreglar todo este asunto, además, Nora será muy delgada y pequeña, pero ¡ya estoy cansado de cargarla! ¡En serio me dio una gran golpiza! ¡Me siento débil!

    —¡No piensas que la vamos a llevar con nosotros! —objetó Jaime— ¡Te quiso matar!

    Edgar miró a Nora que, desmayada lucía por completo indefensa. Parecía un ángel y además, era muy bonita. No pudo ocultar su mirada de amor.

    —No pienso dejarla aquí —dijo decidido, luego la pasó a los brazos de Jaime, quien incrédulo la tomó mirándolo con los ojos bien abiertos—. Tengo sed, ayúdame a sostenerla un momento para beber agua.

    Todos bebieron agua de la cristalina corriente. El último en hacerlo fue Jaime. Ya con Nora en brazos de Edgar otra vez, emprendieron el camino hacia la casa de su hermano siguiendo el cauce del río, y cuando Dany quiso cargar a Clementina, el animal prefirió caminar, pues la gata reconocía a su amo y era por él que continuaba con ellos en vez de perderse entre la maleza del bosque.

    Mientras hacían lo que les faltaba de recorrido para llegar a su destino, Valentín y compañía llegaron a la casa del guardabosque después de haber andado por un poco transitado sendero en medio de la nada, pues la cabaña del señor Ferreol no quedaba precisamente en el territorio turístico, sino fuera de este, así que el hermano de Edgar era el encargado de devolver a los turistas que se perdían en el bosque al salir del área protegida.

    —Aquí es Valentín —informó Ignacio y el jefe detuvo el auto a cierta distancia de la cabaña del señor Ferreol.

    —Dejemos el auto aquí —ordenó Valentín—. Seguro que Edgar y compañía están ahí. Hay que acercarnos con sigilo, porque no quiero que escapen esta vez.

    Todos bajaron del auto. Ninguno logró ver ni escuchar el auto que mucho más atrás se detuvo siguiendo los mismos pasos que ellos. Marlene dejó el auto y fue detrás de los hombres y la mujer cuidando de no ser descubierta. Se detuvo a distancia prudente para observar como los tres hombres y la mujer llegaban al frente de la cabaña.

    Ninguno de los visitantes tuvo tiempo para apreciar el hermoso panorama que brindaba el bosque, con sus diferentes tipos de vegetación, árboles, flores y enredaderas. La casa del señor Ferreol parecía estar en medio de un extenso paraíso. Más allá de la cabaña se podía observar una de las paredes de la sierra adornada con una grandiosa cascada dando un placentero sonido a los alrededores y era por eso que el motor de los autos era disfrazado, lo que la había ayudado a pasar inadvertida.

    La cascada procedía del mismo cause que seguían Edgar y compañía, los que en ese momento estaban descendiendo de terreno elevado por un camino rocoso y peligroso, como a un kilómetro y medio de ahí para continuar hacia la cabaña por el cause angosto del río inferior que era alimentado por la cascada, pero eso lo ignoraban Valentín y los suyos, así que sin ninguna consideración, asaltaron de manera violenta la cabaña del guardabosque, quien mantenía la puerta de la vivienda medio abierta.

    —¿Qué es esto? —preguntó sorprendido el pobre hombre al verse encañonado por el arma de los sujetos en el interior de su casa— ¿Qué quieren? ¿Se han perdido?

    Valentín miró en torno. La cabaña no era muy grande, así que rápidamente la recorrieron de extremo a extremo bajo la sorprendida mirada del señor Ferreol.

    —¿Dónde está su hermano, Edgar Ferreol?

    —No lo sé —respondió el hombre—, tengo años sin verlo. ¿Por qué viene a buscarlo aquí?

    —Él tiene algo que necesito —mencionó Valentín con ira por no encontrar a su enemigo—. Lo esperaremos. Él viene en camino.

    —¿Edgar viene en camino? —inquirió el hermano— ¡No puede ser! Hace años que no me visita.

    —¡!Ya cállate! —le ordenó Rina—. Mejor prepáranos algo de comer. No hemos comido nada en todo el día.

    El señor Ferreol los miró un instante. Las personas se veían peligrosas y malhumoradas.

    —Vamos, señor —habló entonces Ed Poletti—. Yo le ayudo a preparar esos alimentos.

    —Vigílalos, Ignacio —ordenó Valentín, mientras él y Rina se sentaban ante una mesa de madera de tamaño mediano a esperar por los alimentos.

    Ignacio asintió y los siguió sin dejar de apuntarles con el arma a la sección destinada para la cocina. El guardabosque sacó de las alacenas algunos alimentos en lata, como habichuelas y sopas y los calentaron en cacerolas y en el horno metieron un pavo que precocido, se conservaban en la nevera, así que en cuestión de pocos minutos, los alimentos estuvieron listos; los llevaron a la mesa y los cuatro hambrientos los devoraron en un santiamén mientras el señor Ferreol buscaba la manera de llegar a su escopeta, la cual estaba en un rincón de la cabaña, sin embargo Ignacio lo tenía muy bien vigilado a pesar de estar concentrado en la comida.

    El aroma de los alimentos llegó hasta Marlene que se había acercado hasta la cabaña y trataba de espiar por una de las ventanas. Su estómago gruñó de hambre por los deliciosos olores y la boca se le hizo agua al mirar hacia adentro a través del cristal. Todos devoraban la comida de manera salvaje.

    No logró contenerse más. Abrió su bolso, sacó la pequeña arma de fuego que guardaba allí y caminó con decisión a la puerta empujándola con fuerza y entró a la cabaña gritando:

    —¡Valentín! ¡Maldito traidor! ¡Cobarde engreído! ¡Voy a matarte, miserable!


    Continuará.

    Gracias por leer xD
     
    Última edición: 30 Octubre 2015
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    Borealis Spiral

    Borealis Spiral Fanático Comentarista destacado

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    Oh, oh, no se por que presiento que muy pronto se viene el final de todo esto. Cielos, cuantas cosas no han pasado. Asi que ya todos saben en realidad de Luza, de que Nora es originaria de alli y eso de la roca T eh, genial, genial. Se pone interesante y ahora entiendo por que debe matar a Edgar, si, el destruira un par de mundos por esa horrible creacion. Ja, y para colmo, se dirigen a donde esta Valentin y demas problemas. Pareciera que este es el cuento de nunca acabar. Pero se que si tiene que terminar. Espero ansiosa el siguiente capitulo.

    Hasta otra.
     
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    Marina

    Marina Usuario VIP Comentarista Top

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    Y así como así, les dejo el final de esta historia xDDD
    Gracias a todos los que la siguieron. En verdad que me siento muy contenta por haber contado con su presencia aquí, en especial a HarunoHana que me dejó sus lindos comentarios.
    ¡¡¡Gracias a todos los que la leyeron!!!

    Capítulo 15

    En el momento que entró, Valentín había dado un mordisco a una de las piernas del pavo, la que volvió al plato cuando la soltó por la sorpresa que le causó la inesperada "visita". Miró a Marlene con los ojos súper desorbitados, y la boca abierta dejó ver entre los dientes el pedazo de carne que no fue tragada. A su vez, Rina se sofocó con la sopa que se quedó en su garganta ante la impresión de ver a Marlene y tosió con fuerza lagrimeando, mientras que Ignacio escupía el bocado que tenía en la boca rociando con los desechos a Eduardo Poletti, quien se miró a sí mismo con asco.

    —¡Marlene!

    Gritaron los tres poniéndose de pie, incrédulos ante la furiosa mujer. ¿No era curiosa... o más bien malvada la vida? O encantadora, sería el punto de vista de la vengativa mujer que barrió a sus antiguos conocidos con desprecio. En ese instante agradeció que los hilos de la vida de ellos volvieran a cruzarse.

    —¿Qué haces aquí? —atinó a preguntar Valentín, estremeciéndose ante los insólitos recuerdos que llegaron a su mente. Recuerdos que había ocultado en lo más recóndito de su memoria— ¿Qué pretendes hacer con esa arma?

    Marlene se acercó más a la mesa y con el rostro transformado por el obsesivo rencor, respondió con acritud:

    —¿No es obvio? Voy a cobrar venganza. Por tu culpa sufrí lo inimaginable. ¡Maldito! ¡Pagarás con tu vida!

    Valentín miró sus armas que yacían en la mesa a un lado de los platos ya casi sin alimento. Los secuaces siguieron su vista ansiando también tomarlas, pero Marlene advirtió.

    —El primero que tome una de ellas, muere.

    Volvieron a mirarla. Eduardo, observando a los hombres y luego a la mujer repetidas veces, echó su silla hacia atrás para alejarse del peligro que el arma de Marlene representaba. Ella lo dejó retirarse. Su ira no era contra él, ni contra el anciano que sigilosamente fue acercándose al lugar donde tenía su escopeta y como Valentín y sus secuaces estaban con su atención puesta en Marlene, no notaron ese hecho. Con voz distorsionada por la furia, Marlene comenzó a dar informe de su sufrimiento.

    —Por tu culpa recibí el desprecio de mis padres, quienes me mandaron lejos de ellos. Por tu culpa tuve que aprender a enfrentarme a la vida a muy temprana edad; por tu abandono dejé de creer en el amor y fui una chica solitaria y amargada, por tu culpa...

    Así fue dando una lista de su sufrida vida, omitiendo únicamente la existencia de su hijo y los tres la escucharon absortos, haciéndose una imagen mental del pasado de ella, porque su presencia los llevó también a esa etapa de su adolescencia que los marcó a los cuatro de alguna manera, influyendo en la conversión de las personas que eran ahora. Estaban tan absortos en sus recuerdos que cuando el anciano tomó la escopeta, todos se sorprendieron.

    —Por favor, señorita —dijo el señor Ferreol apuntando con la escopeta a Marlene, quien se disponía a dispararle a Valentín al terminar de enumerar la amarga lista—. Dele su arma a este joven —Señaló a Eduardo, a quien ordenó de inmediato—. Y toma las de la mesa también.

    El señor Ferreol no se inmutó cuando Marlene no entregó su arma, sino que se volvió y lo apuntó. Ahora, ambos se apuntaban.

    Eduardo vaciló y Valentín y sus secuaces tomaron con rapidez las suyas ante la ventajosa situación aprovechando la falta de atención de Marlene y el anciano. Valentín apuntó al señor Ferreol, Rina a Eduardo e Ignacio a Marlene.

    —Ustedes son los que tienen que soltarlas —exigió Valentín extremadamente molesto y muy impactado por la aparición de Marlene todavía— ¡Ahora!

    Tanto el señor Ferreol como Marlene se volvieron rápido a Valentín y lo encañonaron, aunque después Marlene movió el arma en dirección de Ignacio. Todos se miraron. Eduardo miró asustado el arma que le apuntaba y comenzó a retroceder, pero Rina le mandó detenerse.

    —¡Quieto! ¡No te muevas! Acércate —señaló el lugar a su lado.

    Y por si no fuera ya grave el asunto, tuvo que suceder que en ese preciso momento, Edgar y compañía llegaron a la cabaña.

    —¿Qué demonios?

    Inquirió Edgar al ingresar al interior, mirando la escena frente a él, y como Nora seguía sin sentido en sus brazos, maldijo en silencio por lo cansado que ya se sentía... y también por su mala fortuna. Jaime a su lado lanzó una exclamación de sorpresa, más originada por ver a Eduardo. ¿Qué estaba haciendo ahí? Angélica y Paola se quedaron inmóviles en el umbral de la puerta y la expresión de ambas mostró horror. El único que se había quedado afuera de la cabaña era Dany, pues al llegar al patio, una lagartija; de una especie desconocida para él, lo había sorprendido y se había dado a la tarea de perseguirla para apresarla y examinarla.

    Entre tanto, la mirada de Valentín brilló de regocijo cuando miró a Edgar. No pudo retener un suspiro de satisfacción. Las últimas horas habían sido terribles para él y ahora, con Edgar frente a él terminaba la loca persecución y antes de que Edgar decidiera retroceder y huir de nuevo, habló con dureza.

    —Edgar, si haces un movimiento para escapar otra vez, juro que mataré a tu hermano. Así que es mejor que tú y tus amigos terminen por entrar.

    El hermano de Edgar mostró su perplejidad. ¿Qué hacía su hijo ahí? ¿Y quiénes lo acompañaban? Sin descuidar a Valentín, habló también con voz acerada.

    —Basta ya, señor. Usted no viene a mi casa a lanzar amenazas y mucho menos a mi hijo — Y sin dejar su atención al profanador de su hogar, inquirió—: ¿Qué haces aquí, hijo mío? ¿Y de qué habla este sujeto? ¿Qué carambas sucede aquí?

    —¡Dany! —murmuró Angélica con urgencia cuando lo sintió detenerse a su espalda— ¡Vete de aquí! ¡Huye!

    El susurró fue tan bajo que el jovencito no logró escucharla. Angélica se había dado cuenta que sus perseguidores no habían descubierto al muchacho, así que deseó salvarlo, pero Dany estaba siendo muy lento en captar que corrían peligro. Estaba absorto en la lagartija que tenía en las manos.

    —¡Qué te vayas de aquí, maldición! —pidió Angélica más angustiada.

    Dany frunció el ceño y rascándose la cabeza habló en alta voz.

    —Señorita Angélica, no entiendo lo que dice. ¿Por qué no terminan de entrar? ¡Me muero de hambre! ¿No habrá comida aquí? ¡Huele a comida! ¿Conocía usted esta clase de lagartija? ¡Mire qué bonita es!

    Le acercó el reptil. Al sentirlo casi sobre su hombro, Angélica gritó de espanto y manoteando en el aire, dio unos pasos hacia adelante chocando con Jaime.

    Todos los de adentro escucharon el alboroto muy bien. Angélica giró su cabeza para lanzarle a Dany una mirada por demás irritada. Ya había sido descubierto y ella había hecho el ridículo.

    —¿Dany? —escuchó el joven esa voz desde el interior de la cabaña y soltando la lagartija, palideció. Una larga lista de castigos planeados para él por parte de su progenitora pasó por su mente estremeciéndolo— ¡Dany! ¿Qué diantres haces tú aquí?

    Jajajajaja, así reía en ese instante la vida. ¡Pues mira de qué manera los había reunido en esa peligrosa aventura!

    Dany entró y colocándose entre Edgar y Jaime, miró a su madre... y al hombre con la escopeta; pasando también su mirada por Valentín, Rina e Ignacio, deteniéndola en éste último. El susto y la sorpresa que sintió por escuchar a su madre, a la que no esperaba ver ¡por supuesto que no!, fue tremendo, pero cuando analizó la situación, el casi terror fue suplido por la indignación. ¡Nadie le apuntaba a su madre con un arma!

    —¡Deja de amenazar a mi madre!

    Le gritó a Ignacio yendo muy valiente a ponerse al lado de ella, quien a su vez lo miró sorprendida y el disgusto por encontrárselo ahí dio paso a la ternura. ¡Su hijo la estaba defendiendo! Miró a Valentín cuando este preguntó.

    —¿Así que tienes un hijo, Marlene?

    —¡Con un demonio! —vociferó el hermano de Edgar que cada vez entendía menos— ¿Qué es esto? ¿Una reunión familiar? ¡Terminemos con este embrollo!

    —¡Sí, terminemos con esto! —clamó ahora Jaime, dando unos pasos para acercarse a Eduardo— ¡Y tú, deja de apuntarle a mi hermano!

    Y sus palabras terminaron de convencer al señor Ferreol que sí era una reunión de familias.

    —¡Guarda silencio! —exigió Rina sin dejar su blanco, lista para disparar— ¡No te atrevas a dar ni un paso más o lo mato!

    Jaime se detuvo. El nerviosismo en todos no sólo se veía, sino que podía sentirse en el ambiente. Era tal la tensión que un ligero sudor perlaba los rostros de todos. Valentín dijo:

    —No te quedes allí, Edgar. Ven y dame lo que quiero.

    —No sé lo que quieres —respondió Edgar sintiéndose más cansado, aunque agradecido de que Nora no fuera testigo conciente de esa locura.

    —¡No juegues conmigo, Edgar! —gritó Valentín con ira y el seguro del arma fue retirado—. Juro que lo mataré.

    El señor Ferreol también se preparó para disparar. Edgar miró a su hermano y luego a Valentín. Estaban por matarse ambos. Era una situación muy difícil y nadie sabía qué hacer. Rina desvió el arma de Eduardo y la puso en dirección a Dany. Con voz nerviosa por la tensión, graznó.

    —Si no te importa que tu hermano muera, tal vez ese joven sí. Apenas empieza su vida, ¿lo dejarías morir, Edgar?

    Edgar frunció el ceño con disgusto y preocupación. Lentamente bajó a Nora y pegándola a su costado la detuvo con la mano izquierda para no dejarla caer al suelo, mientras la mano derecha se perdía debajo de la camisa a la vez que respondía.

    —Bien, les daré lo que quieren. Aquí lo tengo. Sólo déjenme poner a la chica en aquel sillón.

    Se movió de lado alejándose de sus compañeros, sin darles la espalda a los enemigos mientras su mano debajo de la camisa tocó lo que deseaba y se detuvo sin llegar al mencionado sillón.

    Pero en vez de sacar la maldita sustancia milagrosa, sacó la Glock 19 que Nora había hurtado en el primer ataque y apuntó a los hombres, aunque a ninguno en particular. Más bien estuvo listo para disparar sobre el primero que disparara, volviendo a maldecir en silencio porque el peso de Nora comenzó a entumecer su brazo y se arrepintió de no haber dejado primero a Nora donde había dicho, así que sofocó el agotamiento, pues la situación se había complicado todavía más. Todos se miraron unos a otros y cada uno de ellos se sentió expuesto y vulnerable. El miedo en las mujeres era más que intenso. Paola y Angélica temían por la vida de sus novios y Marlene por la de su hijo. Los hombres también sentían miedo. Edgar temía por Nora. Jaime y Eduardo temían por sus novias. Dany por su madre y el hermano de Edgar temía por el que creía su hijo.

    Ese miedo podía reflejarse en las miradas de todos. Marlene, con voz temblorosa, pidió:

    —Valentín, dile a tu mujer que deje de apuntar a mi hijo.

    Estaba dispuesta a salvar a Dany y si para ello necesitaba revelar su gran verdad, lo haría. Y la revelación de esta verdad quizás alterara el orden de los acontecimientos.

    —Lo hará cuando Edgar me de lo que quiero.

    —¡Maldición, Valentín! —vociferó Marlene a punto de llorar y lo soltó— ¡Dany es tu hijo!

    En los rostros de todos los que conocían a Valentín y a Dany no pudo dibujarse más que una aguda incredulidad al escuchar a Marlene, aunque no se comparó a la de los rostros del propio Dany y Valentín. Ambos se miraron boquiabiertos y con los ojos desorbitados, se recorrieron y luego con voz llena de asombro, dijeron al mismo tiempo:

    —¿Mi hijo?

    —¿Mi padre?

    Rina e Ignacio también los recorrieron con la mirada y fue cuando ante sus ojos resaltó el parecido que había entre los dos, incluso todos los demás lo notaron.

    —¡Vaya, vaya! —soltó Edgar sin evitar una sonrisa—. Mira qué cosas, así que estamos en un gran dilema, ¿eh, Valentín? Dime, ¿qué vamos a hacer?

    Ignacio y Rina notaron la repentina duda en Valentín. Comenzaron a alejarse de él. No habían pasado toda su vida bajo su mando para que ahora resultara que, cuando podían obtener algo valioso, renunciaran por sus estúpidos sentimentalismos.

    —Valentín —dijo Rina sin dejar de apuntar a Dany—, ni siquiera lo dudes. Si en verdad este joven es tu hijo, no importa, no lo conoces.

    El hombre se volvió a Rina y pidió entre dientes:

    —Deja de apuntarle.

    —Claro que no y si alguno de ustedes me dispara, lo mato —Amenazó, moviéndose hasta colocarse detrás de Eduardo, quien recibió la advertencia de que no se moviera.

    —Tú —ordenó Ignacio, admirando la maniobra de Rina—. Ven aquí.

    Jaime titubeó. La orden había sido para él. Ni loco haría caso.

    —Si no vienes, ella le disparará a ese hombre, es tu hermano ¿no?

    Jaime tensó la mandíbula. Sin poder hacer nada más que obedecer, se acercó a Ignacio, quien lo puso delante de él y mirándose con ansiedad, los Poletti comprendieron que estaban siendo utilizados como escudos. Podían sentir el cañón del arma en sus espaldas, lo que hizo que el sudor en sus rostros aumentara.

    Paola y Angélica gimieron. Ahora sus novios estaban más en peligro. Se quedaron quietas sin saber qué hacer. Miraron en torno a la cabaña buscando con desesperación algo que los librara a todos de esa terrible situación, pero no había nada. Tanto Marlene como Valentín dirigieron sus armas hacia Rina... o Eduardo, el que palideció y Edgar gruñó. En realidad, ahora no sabía a dónde dirigir su arma.

    —Edgar —se escuchó Rina y al parecer ahora era la que daba las órdenes, traicionando así a Valentín. El nerviosismo en ella fue muy notorio—, danos eso que queremos.

    Como Edgar dudó, Rina se alteró sin poder seguir controlando los nervios y soltó el primer disparo directamente sobre Dany, pero Marlene logró interponerse y la bala fue para ella. Le mordió el pecho lanzándola a los brazos de Dany. Ese disparo fue el que se necesitó para que el caos llegara a ser. Nadie pudo controlar sus impulsos. Locura incrementada totalmente.

    —¡Marlene! ¡Dany! —voceó Valentín y en su voz pudo escucharse la angustia. Saber que tenía un hijo había calado hondo en su corazón— ¡Maldita!

    Ciego de ira disparó a Rina sin tomar en cuenta que ella tenía el escudo humano, así que la bala entró en el vientre de Eduardo.

    —¡Eduardo! —gritaron a la vez Angélica y Jaime.

    La primera corrió hacia su novio que seguía de pie porque Rina lo había detenido para seguir escudándose, aunque no fue fácil mantenerlo erguido. Una bala que salió del arma de Rina detuvo la carrera de la hermosa Morena dándole de lleno en el corazón y la arrojó atrás, lo que la hizo caer pesadamente de espalda.

    —¡Angélica!

    Chilló aterrada Paola y sin pensarlo, actuó como su amiga y se movió a su lado para auxiliarla, pero no alcanzó a llegar hasta ella. La bala del arma de Ignacio la detuvo, quitándole la vida.

    —¡Paola! —Gimió Jaime con voz ronca y rostro pálido— ¡Paola!

    Desde el suelo, en donde Dany se había tendido para protegerse de los balazos, al lado de su madre muerta y llorando sin poderlo evitar, tomó el arma de Marlene —una Beretta 92 con capacidad de quince balas—, y con ella en su poder disparó sin ver en realidad a dónde y a quién le disparaba. El dolor por la pérdida de su madre era tal que sólo deseaba sacarlo de su ser.

    —¡No Dany!

    Rugió Edgar moviéndose con Nora para evitar los disparos que a diestra y siniestra salían de la pistola que Dany disparaba sin dirección. Valentín se ocultó detrás de una silla, volcándola de lado para que el asiento le sirviera de escudo. El hermano de Edgar no tuvo tiempo de ocultarse y una bala lo alcanzó dándole en un costado. Otra, llegó hasta Nora y le dio en la espalda, justo encima de donde el brazo de Edgar pasaba para sujetarla.

    —¡Nora, no!

    Esa había sido la última bala y podía escucharse el clik que hacía la cámara vacía del arma cuando el dedo de Dany siguió jalando el gatillo. Lo único que pudo detenerlo fue un proyectil proveniente del Tanfoglio 9mm de Rina que le dio en la cabeza. Valentín gritó y volvió a usar su Whalter P99 compacta contra Rina, pero ella seguía con su escudo humano, sin embargo, un inesperado y potente proyectil le dio de lleno en el costado derecho y la lanzó con Eduardo al suelo, mientras Ignacio, sin dejar de escudarse detrás de Jaime, quien a su vez no dejaba de mirar dolido a su novia muerta, se volvió al culpable de haber disparado ese proyectil que había lastimado a su amada Rina y lo acribilló con crueldad. El hermano de Edgar recibió dos disparos más de la Stock calibre 22 de Ignacio, muriendo así.

    Jaime, saliendo de su estupor, aprovechó la distracción de Ignacio cuando le disparó al señor Ferreol y volviéndose con rapidez a él, logró tomarlo desprevenido y se enzarzaron en una feroz lucha por el dominio del arma, obteniendo la victoria Ignacio y sin tocarse el corazón disparó a quema ropa a Jaime, no obstante, en el preciso momento en que Jaime caía al suelo, Ignacio recibió un disparo en el vientre, otro en el pecho y uno más en el hombro. Con ojos muy abiertos, dibujándose en ellos la agonía de la muerte, miró el arma de Valentín, quien había dejado la seguridad de su escudo, y al momento de caer, Ignacio alcanzó a disparar la pistola y le dio a Valentín en el cuello, tomándolo también por sorpresa.

    Desde donde estaba Edgar, al parecer el único ya con vida, miró con angustia a su alrededor notando con horror la sangre y los cuerpos de todos. Se encontraba hincado a un lado del cuerpo de Nora. Sus ojos se habían oscurecido por el dolor y la desesperación fue manifiesta en su voz cuando abrazó a Nora que estaba ya en un charco de sangre a causa de la bala en su espalda. La apretó contra su pecho.

    ¿Por qué? ¿Por qué debía terminar así? ¡Todo por la maldita fórmula!

    Entonces un ruido, mejor dicho, un gemido llamó su atención. Dirigió su mirada al dueño de los gemidos y lo único que pudo hacer fue abrir como platos los orbes, indefenso ante la bala que desde el arma de Rina se dirigió a él. Cerró los ojos y pensó por último, antes de que el proyectil se impactara en medio de su frente.

    "Alguien encontrará la maldita fórmula. No ha terminado aquí."

    Ambos, Rina y Edgar murieron al mismo tiempo. El pandemonio de la cabaña había terminado con doce vidas.

    Al parecer.

    **************

    Nora abrió los ojos.

    La joven pudo sentir la humedad de su propia sangre y la de Edgar que caía sobre ella desde su parte frontal. Ni siquiera la muerte había hecho que dejara de abrazarla.

    —Edgar.

    Musitó débil, mientras con gran esfuerzo levantó la mano para tocar el pálido rostro que había quedado inclinado sobre su propio pecho.

    —Edgar... te quiero.

    Una súbita bocanada de sangre casi la ahogó. El rojo y valioso líquido brotó por la comisura de sus labios. ¡Diantres! En verdad estaba muy mal herida y no sabía cómo había ocurrido tal masacre. Dejó caer la mano. Se estaba muriendo, de hecho, era sorprendente que continuara viva. Su mente febril recordó su misión y lloró. No quería que Edgar Ferreol muriera. Ni los demás. Tampoco quería que los mundos fueran destruidos. Pero había ocurrido lo que no quería y ahora, tanto la tierra como su mundo seguían en inminente peligro si no destruía la sustancia milagrosa.

    Pero ni siquiera podía moverse. El aliento que la mantenía con vida no le otorgaba la gracia de devolverle su energía, sino al contrario, esta era ya muy débil, pero aun así intentó sacarse de encima el cuerpo de Edgar para buscar en su mochila aquella infernal pócima, pues más que sospechar, sabía que él mantenía oculto ahí el resto del brebaje, por eso Edgar jamás se desprendió de ese morral... aunque sí de Clamentina. ¿Dónde estaba la gata? ¿Había muerto también?

    Supo que sus pensamientos eran muy errantes. Debía concentrarse en conseguir la maldita fórmula y derramarla en el suelo. Nadie debía encontrarla. No debía correr el riesgo de que la examinaran si la encontraban.

    —Edgar—el susurro agonizante lo mostró, que la vida se le terminaba—. Si tan sólo... no hubiera... pasado... todo esto... Cómo... deseo cambiarlo... yo...

    Otra bocanada de sangre le impidió continuar, además de que cedió en su intento de separarse del hombre para hurgar en sus pertenencias. Ya ni siquiera pudo hablar, por lo que se quedó quieta en los fríos brazos de él. La brillante mirada de agonía se opacó y quedó fija en el rostro inclinado de Edgar.

    "Qué guapo es usted, señor", pensó y su mente se centró en ese instante, tanto así que se vio así misma diciéndole esas mismas palabras cuando lo encontró desmayado en el laboratorio.

    Parpadeó permitiendo que las lágrimas brotaran y súbitamente, una gran luminosidad poblada de cientos de colores aparecieron a su alrededor. La repentina sensación de girar a gran velocidad le hizo sentir que volaba y los cientos de colores llegaron al punto culminante cuando estallaron en miles de partículas desapareciendo después, dejando solamente una oscuridad aterradora.

    Temblando de angustia ante terrible oscuridad, Nora cerró y abrió los ojos repetidas veces, pensando que finalmente había muerto y ese era el estado de la muerte, pero de pronto, una débil luz fue dando forma a los objetos del entorno y lo que vio la desorientó por completo.

    Sus orbes se abrieron desmesurados al mirar a su alrededor, su mandíbula se desencajó y su expresión mostró toda la incredulidad del mundo al reconocer todo a medida que la luz se intensificaba. Sin dejar su postura boquiabierta, fijó su mirada en Edgar, que yacía desmayado en el suelo y ella estaba a su lado tratando de reanimarlo.

    ¡No podía creer lo que había sucedido! ¡Estaban de vuelta en el laboratorio!

    —¡Edgar! — lo sacudió con ansiedad. ¿Era real eso?— ¡Edgar! ¡Despierta!

    Sus ojos recorrieron su rostro buscando la horrible herida de bala, pero no había tal. Tampoco estaba la fatal herida en la espalda de ella.

    —¡Edgar! —Se lanzó a su pecho y lo abrazó temblando por el infinito alivio— ¡Edgar! ¡Estamos vivos! ¡Ah sido obra de... la roca T, o sus dueños! No lo sé, pero alguien en el vasto universo nos quiere.

    La mano de Edgar se levantó al mismo tiempo que un gemido de dolor salía de su garganta. Él abrió los ojos y miró la cabeza sobre su pecho. Pudo oler el fragante aroma de la cabellera. Puso su mano sobre la cabeza de ella y Nora levantó los suyos nublados por el llanto. Lo miró enamorada.

    —Nora.

    Susurró él azotado por el dolor. Le dolía todo el cuerpo y sentía que su cabeza iba a estallarle. Miró lo que pudo de su alrededor y la incredulidad también se reflejó en su oscura mirada.

    —Nora ¿qué pasó? La cabaña, Dany. Mi hermano y Valentín.

    —No, no ha pasado todavía. Quienes sean los de la roca T, o la misma roca; te digo que no lo sé, nos devolvió a este momento, cuando te encontré desmayado.

    —¡Por eso siento tanto dolor! —gimió Edgar haciendo una mueca de puro sufrimiento— ¡Dios! ¡Acabo de tomarme la fórmula! —Se sentó sujetándose la cabeza— ¡Cielo santo! ¡Jamás creí que volvería a pasar por esto!

    Con la ayuda de Nora, se puso de pie.

    —Tenemos que irnos. ¿Dónde está el resto de la sustancia?

    —Allí está —señaló el tubo de ensayo que la contenía— ¿A dónde vamos?

    —A luza. Te llevaré conmigo y esta sustancia se viene con nosotros.

    Abrió su bolso y metió allí el frasco. Se volvió a mirar a Edgar, quien la veía sorprendido. Su corazón dio un fuerte golpe al mirar la duda en él.

    —¿No quieres venir conmigo?

    Edgar se le acercó y temblando la abrazó. Nora escuchó sobre su oído la ronca voz.

    —Iré contigo a Luza o a cualquier otro mundo, Nora. No quiero separarme de ti. Prefiero morir a separarme de ti.

    —¿Entonces? —El preocupado rostro de ella se levantó y sus bocas se rozaron— ¿Por qué la duda?

    —No sé si tu padre me quiera, él...

    Nora lo interrumpió al cerrar el escaso espacio que había entre sus bocas. Lo besó como nadie lo había besado y al mismo tiempo que Edgar la abrazaba para profundizar el beso, Nora colocó los brazos sobre los hombros de él, pero en vez de abrazarlo y colocar sus manos en su nuca, las extendió hacia adelante y estas brillaron. Poco a poco la conocida energía líquida y transparente fue formándose en la también conocida espiral y cuando tuvo el tamaño necesario, los envolvió.

    Lo único que Edgar supo después del beso, fue que estaba adentro de una extraña esfera y que junto con Nora se lo llevaba para siempre de la tierra, pero no le importó porque a su lado estaba el amor de su vida... su segunda vida y su primer amor. Pero de pronto lo embargó la preocupación y sin que dijera nada, Nora le informó.

    —No te preocupes. Clementina está bien y tendrá las mejores atenciones.

    Y así resultó ser.

    Epílogo

    —¡Dios mío! —exclamó Valentín mirando a Rina y a Ignacio— ¡Qué fea manera de morir!

    Se bajo del auto todavía temblando por la fuerte impresión del recuerdo de lo que había sucedido en la cabaña. No entendía muy bien qué había sucedido, pero su muerte había quedado en el futuro inmediato. Miró la casa de enfrente. La casa de Edgar. Era asombroso cómo recordaba todo lo que había sucedido... o lo que sucedería. ¡Qué embrollo! Si entraba a esa vivienda se repetiría todo lo que habían vivido horas después hasta lo de sus muertes.

    O Tal vez no. En ese momento una fuerte energía, pero que ninguno de los tres vio, hizo explotar la casa en cientos de pedazos. Corrió a ocultarse detrás del auto cuando los escombros se elevaron por el aire a gran altura y luego cayeron a varios metros a la redonda, como fuegos artificiales, pero de madera, varillas y cemento. Esa había sido una extraordinaria explosión que, aunque no deshizo en el polvo la casa entera, pues quedó evidencia de esta en los escombros, sí borró por completo el laboratorio de Edgar. Todo fue eliminado de ese lugar.

    Valentín no pudo evitar sonreír un poco cuando todo volvió a la calma. Por alguna razón pensó que Edgar y la joven no estaban en la casa en el momento de estallar. Sin saber cómo, supo sin lugar a dudas que ambos no volverían a ser vistos jamás, cuando menos, no por él y de manera sincera les dijo adiós. La vida, Dios o lo que fuera, les estaba brindando una segunda oportunidad y no iba a desperdiciarla en egoísmos vanos.

    Y quedó maravillado cuando de entre los escombros de la casa, apareció una pequeña y transparente esfera y flotó hasta quedar frente a él, entonces la esfera se volvió líquida y se deshizo desparramándose en el suelo. Valentín miró a la gata que había sido protegida de la explosión en esa esferita. Clementina maulló y después frotó su cuerpo en los tobillos del hombre, quien se inclinó para tomarla.

    —¿Qué pasó aquí, Valentín? —preguntó Rina asomándose por la ventanilla del auto, pálida por el estallar de la casa y curiosa ante la imagen que presentaba su jefe con la gata en sus brazos. Una extraña escena llena de ternura— ¿Murieron Edgar y esa chica? ¿Y qué fue todo eso que sucedió? ¿En verdad morimos? ¿Soñamos todo? ¿Un sueño colectivo, tal vez?

    —No sé que fue, si pasó o no —respondió Valentín volviendo al auto sin dejar de acariciar a la sumisa gata—. No sé ustedes que quieran hacer, pero yo tengo un hijo… y una mujer muy hermosa anda por allí sufriendo aún por mi culpa. Tengo que hacerle frente para que haga conmigo lo que quiera. —Se volvió a mirar a Rina—. Sabes que Ignacio te ama, ¿verdad?

    Tanto Rina como Ignacio enrojecieron. Valentín sacó su cartera, la que le habían robado en ese futuro loco y sacando todo el dinero, se lo puso a Rina en el regazo. Con voz suave, le dijo.

    —Cásense y váyanse a un hermoso lugar de luna de miel —Se tocó la cadena de oro y mientras acariciaba el letrero, musitó—. Yo haré lo mismo… si me aceptan.

    Rina sonrió con cierta reticencia, pero la verdad era que el horrible recuerdo de su muerte había terminado con sus amargos sentimientos. Tomó el dinero de su regazo. Abrió la puerta y bajó diciendo:

    —Vamos, Ignacio. Quiero ver qué tan bueno eres para enamorarme. Si te esfuerzas un poco, lograrás conquistarme, lo sé. Yo tampoco quiero tener la muerte que tuve y quiero también aprovechar esta segunda oportunidad.

    Ignacio sonrió de oreja a oreja y ni tardo ni perezoso bajó. Ambos se tomaron de la mano y miraron a Valentín alejarse en busca de su hijo y la que tal vez sería su futura esposa, —rogaron en silencio que Marlene lo aceptara—, y se fue muy bien acompañado por Clementina, a la que era seguro que Dany amaría mucho. Igual sabían que dentro de poco Valentín se enfrentaría a la muerte de su hermano, pero también estaban seguros de que su nueva familia —volvieron a clamar en silencio que Marlene lo aceptara—, estaría a su lado para reconfortarlo en su dolor.

    Así, aprovechando todos la segunda oportunidad que tenían para ser felices, en poco tiempo se celebraron cinco bodas.

    Sí, cinco, porque las amigas de Nora se casaron con los Poletti, Valentín sí fue aceptado, Ignacio logró conquistar al amor de su vida y una de esas bodas fue en un mundo llamado Luza.

    De aquellas doce personas, diez de ellas siguieron frecuentándose y no hubo en el planeta tierra amistad más notable que la de ellos y continuamente diez miradas —y aunque parezca increíble, de vez en cuando también la de Clementina—, se levantaban al cielo y elevaban sus pensamientos a un lugar del que no sabían nada, pero a dos personas que si conocían.

    Edgar y Nora.

    Y como los demás que conocían al anciano Edgar Ferreol; profesores, alumnos y Genaro el conserje pensaron que había muerto en la “fatal” explosión de su casa, le hicieron un funeral sin cuerpo presente y de vez en cuando se ve a Genaro el conserje y a algunos alumnos llevando flores a su tumba.

    Porque aunque a Edgar no le pareciera, muchas personas en la Tierra llegaron a quererlo y continuó viviendo en sus recuerdos.

    F I N

    ¿Otro final cursi? Hahaha, pues sí xDDDD
     
    Última edición: 30 Octubre 2015
  6.  
    Borealis Spiral

    Borealis Spiral Fanático Comentarista destacado

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    Si, vaya cursi, jajaj, la verdad es que crei que acabaria todo asi de mal, tal y como lo dejaste en la cabania. Dios! En verdad que todo eso fue una masacre, todos mataron a todos. Ay, que horror, doce vidas se iban a ir por el canio gracias a esa espantosa formula. Menos mal que Nora deseo regresar a ese momento, cuando conocio a Edgar y que los recuerdos, para todos, no se hubiesen borrado. Vaya paradoja, je. Aunque Edgar tuvo que sufrir una vez mas los dolores de la formula, pero ahora vive en un lindo lugar llamado Luza. Nah, estuvo bien este fianl, curis si, pero diferente a los demas. Seguire leyendo tus historias.

    Hasta otra.
     

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