Explícito La escalada del frasco

Tema en 'Novelas' iniciado por Elliot, 7 Junio 2021.

Cargando...
  1.  
    Elliot

    Elliot Entusiasta

    Tauro
    Miembro desde:
    29 Diciembre 2018
    Mensajes:
    160
    Pluma de
    Escritor
    Título:
    La escalada del frasco
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Acción/Épica
    Total de capítulos:
    3
     
    Palabras:
    1823
    A ver, ¿por dónde empiezo? Mmm... Estábamos yo y dos buenos amigos almorzando en el mejor restaurante que pudimos encontrar en ese asqueroso barrio al lado de la selva. Con nuestros esmóquines éramos los más elegantemente vestidos en ese chiquero...

    . . .​

    —No estoy seguro si este pollo es paloma o perico, pero está para chuparse los dedos —pronunciaba con gusto uno de los hombres trajeados en medio de los otros dos. Sus pelos parados rodeando su prominente entrada le daban un aspecto llamativo al señor algo bajo con sobrepeso, y eso sin mencionar sus peculiares gafas de sol con cristales redondos los cuales manchó con sus grasosas manos cuando los acomodó para escuchar a su compañero que le habló.

    —Oiga, Jefecito, ¿ya probó el shushi o cómo se diga? —preguntó su colega de peinado sumamente cuidado y de físico más atlético.

    —No me molesta qué ave asada me den diciéndome que es pollo; son pájaros, de todos modos saben igual. ¿Pero esos platos extranjeros raros con los que anda experimentando el cocinero últimamente y de los que no sé ni qué se supone que deberían llevar en primer lugar? ¡Ahí pongo mi límite! Además, esa cosa está tan cruda que me pareció verlo moverse —respondió—... ¡Y ya te dije que no me digas así, Sapo! —corrigió a su socio—. Una figura criminal de mi categoría merece un título más amenazante, ¡algo que vaya tan bien entre El Gran y Gonzáles como Hombre entre El Increíble y Araña!

    —¡Jefesote! ¿verdad? —sugirió con animosidad el tercer hombre en esmoquin, con apenas la edad para denominarlo uno. Era casi tan bajo como el mentado Jefesote, pero tenía tanta energía como su alto compañero.

    El entusiasta joven recibió una gruñona mirada de parte del voluminoso sujeto mientras este se tapaba la panza por algún motivo.

    —Cambiando de tema —decía Gonzáles juntando las puntas de los dedos de sus manos mientras se recostaba en su silla—... ¿se acuerdan de la última persona a la que asaltamos?

    —¿Dice aquel turista que pensamos que traía mucho alcohol en su equipaje pero que en realidad eran todo frascos llenos de plantas? —supuso Sapo, recostándose también en su silla pero de brazos cruzados.

    —Ese mismo. Esos fras-

    —Qué día más decepcionante fue ese —interrumpió abruptamente Sapo a Gonzáles.

    —Salado —comentó el joven, descansando sobre la mesa—. Todavía pensé que igual tenía marihuana o algo ni que sea, pero estaban todos llenos de algas y musgos y-

    Gonzáles entonces los interrumpió a ellos con un fuerte "¡ejem!" con el que recuperar su atención antes de proseguir.

    —Esos frascos nos parecieron raros a todos, si. Por eso fui a visitarlo a su nuevo hotel luego de eso —explicaba—. No fue difícil de encontrar, había llenado los basureros de en frente con los frascos rotos y las plantas muertas. Luego de que se le pasara la reacción típica de "¡no me queda dinero! ¡no me mates! ¡Ay, no debí venir solo!" —dramatizó la actitud del sujeto con una vocecita y gestos de cara y manos— le pregunté sobre esas cosas. Fue un poco complicado entenderle mientras lloraba, pero lo que oí se me hizo muy interesante —se inclinó hacia adelante apoyando el codo sobre la mesa. Sus colegas hicieron lo mismo por interés—. Verán, él las llamaba "ecoesferas", y son como macetas o acuarios normales pero sellados —contó haciendo un gesto de cerrar una tapa con la mano—. Si lo haces bien, pueden pasar meses sin que tengas que ponerles agua o limpiarlos ni nada, son completamente autosuficientes. Así, sellados.

    Sus compinches exclamaron por genuino interés.

    —Muy interesante, ¿a que si? Desde que lo escuché esta mañana no puedo esperar a hacerme una ecoesfera yo mismo, pero no encontré ningún buen frasco... hasta ahora —declaró dirigiendo su mirada, y con ella la de los otros dos, a un pequeño niño cerca de la barra de comidas.

    Llevaba ropa sucia, vieja y desgastada, y no parecía tener ningún familiar que lo acompañase. Seguro había venido al local a rapiñar sobras como perro. Traía entre sus manitas, sin embargo, un buen y funcional frasco, probablemente un regalo de lástima de algún trabajador del local para darle algo con lo que jugar.

    —¡Ese de ahí me sirve! —exclamó Gonzáles, con un brillo en sus gafas, escupiendo trozos de guacamayo al hablar con la boca abierta—. Tráemelo, Sapo. ¡Pero con sutileza! Si vieran a unos malhechores de nuestro calibre interesarse tanto por algo como un frasco nuestra imagen podría verse dañada.

    —¡Yendo! — aceptó con algo de entusiasmo, levantándose de un poco sutil salto de su silla.

    Se acercó entonces al niño cruzando el local con el típico paso disimulado en el que todo el que te vea notará que disimulas algo. Una vez frente al infante, Sapo se agachó a la vez que el anterior se puso de pie al verlo.

    —Oye niño —susurraba Sapo con un amenazante tono malicioso—, ¿sabes quiénes somos nosotros? —preguntó señalándose a si mismo y a sus compañeros de mesa. Cabeza se esforzaba demasiado en lucir peligroso, y Gonzáles ni siquiera escondía la pena ajena de su rostro.

    El niño, confundido sobre cómo reaccionar ante ese trío de raritos, solo negó con la cabeza.

    —Ya veo —pensó Sapo en voz alta mientras sostenía su mentón—... Somos el terror de la ciudad, el agobio de los inocentes, somos la oscuridad que acecha en las noches, esa mano que te da miedo que te agarre el pie si lo dejas colgando de la cama —recitaba uno de los lemas que Cabeza había propuesto para el grupo. Lo consideraba muy absurdo para tomarlo en serio, y mucho menos sentirlo intimidante, pero creyó que al ser su oyente un niño podría funcionar, y de paso hacer ilusión a su joven colega quien presenciaba la escena—...

    —Pero si me cama está en el suelo —aclaró el pequeño tras retroceder unos pasos en el húmedo piso, interrumpiendo el discurso al que Sapo había puesto tanto empeño en interpretar para tratar de hacerlo aunque sea algo amenazante.

    "Tal vez esto sea un poco más difícil de conseguir de lo que esperaba. En fin..." pensó.

    —¡No interrumpas a tus mayores, pequeño maleducado! —exclamó Sapo, levantándose de golpe señalando con desdén al niño, quien continuó retrocediendo lentamente conforme el hombre se le acercaba—. ¿No te enseñaron que eso es grosero? Normalmente eso te ganaría unos varazos, pero para tu suerte no soy tan estricto, así que para reparar tu error basta con que me des ese frasco tuyo que agarras con tanto ahínco.

    —¡¿Pero qué diablos hace ese pendejo?! —se preguntó indignado Gonzáles.

    —¡No, loquito! —se negó el niño, aparentemente acorralado contra una pared.

    Sapo estaba por abalanzársele cuando, de repente, el crío arrojó el frasco por entre las piernas de su acosador. En el momento en que Sapo se distrajo viendo su verdadero objetivo deslizarse por el aceitoso piso, el chaval aprovechó su oportunidad y pasó él mismo a través de esas piernas, haciendo colapsar al adulto en el proceso.

    El criminal se sobaba la cabeza tras golpearse con la pared en su caída. De mientras, el niño huía con el frasco aún entre manos. Pronto Sapo se reincorporó y comenzó a correr tras el niño, en parte por oír los lamentos de Gonzáles ante tamaño fracaso, pero sobre todo por su herido orgullo propio.

    —¡¿Pero que hace ahora ese inepto?! ¡no sigas al carajito!

    —¡Si! ¡déjame un turno para lucirme! —argumentó Cabeza antes de unirse motivado a la persecución.

    —¡No! ¡tú también no, chico! —chilló desesperado. Luego suspiró de la frustración después de intentar en vano detener a sus compañeros—... Al menos acabemos con esto rápido —dijo en tono agotado y algo siniestro, sacando su pistola con una mano mientras tomaba un último trozo de gorrión para el camino con la otra.

    El pequeñín era sorprendentemente rápido y ágil, parecía tener experiencia huyendo de esta manera. Primero pasaba a propósito a través de los montones de gentes que se juntaban frente a aquel restaurante, ayudándose de su pequeño tamaño para pasar entre ellos con mayor facilidad que sus perseguidores. Una vez en el terreno más abierto de la calle pudo aún así mantener el ritmo, dejando atrás a unos agresivos perros que lo habían focalizado cuando pasó descuidadamente cerca de estos.

    Mientras el objetivo de los sabuesos los iba dejando más y más atrás, estos notaron cómo desde detrás se les acercaban otras personas a gran velocidad, así que decidieron dejar de lado al niño y atacar a estos otros extraños. Cuando se abalanzaron sobre el primero con el que se toparon, este evadió todos y cada uno de los mordiscos dirigidos a él, empleando elegantes movimientos circulares, y, por algún motivo, juntando las puntas de sus dedos sobre su cabeza al lograr atravesar toda la jauría.

    —Y se burlaban de mí por haber estudiado eso en vez de capuera —comentó Cabeza entre risas triunfantes—, ¡yo sabía que la abuela no se equivocaba! ¡chúpenla putos! —gritó al aire con orgullo.

    Los perros dejaron eso pasar y, nuevamente, probaron mejor suerte con el que le seguía, a quien además se le notaba un leve dolor en las piernas al correr. Esta vez, los animales se posicionaron uno al lado del otro al atacar para evitar que pasaran entre ellos. El hombre aprovechó que estuvieran en una organizada barrera y dio un sorprendente salto pasándoles por encima. Uno de los canes había descifrado las intenciones de este hombre con suficiente antelación para saltar a tiempo e intentar morder su entrepierna al aire, pero fue frenado por su mano que, con los nudillos de sus dedos índice y medio, le apretó los morros, desviando la trayectoria del ataque.

    Sapo les lanzó una última mirada a los sabuesos con una expresión presumida en su cara y un gesto de "tengo tu nariz" en su mano antes de dejarlos totalmente atrás.

    Mientras aún miraban perplejos a su tercer fracaso consecutivo escapándoles, los perros fueron espantados por unos repentinos disparos a su dirección. Estaban acostumbrados a esos sonidos, pero muy rara era la ocasión en que esos ataques iban dirigidos a ellos. Ante la confusión y el miedo, se dispersaron por los callejones adyacentes, dando paso libre a Gonzáles.

    —Primero ponerme a perseguir a un mocoso por un frasco y ahora usar una maldita pistola contra unos putos perros —exclamaba con indignación—, ¡por la respetable imagen como malhechor del Gran Gonzáles que evitaré que esta situación escale más! —se prometió.

    Originalmente tenía pensado subir toda la historia como un one shot, pero quedó demasiado larga, así que opté por dividirla en 7 capítulos que iré subiendo cada pocos días. Por eso mismo, puede que algunos cortes entre capítulos no se sientan tan naturales, y recomiendo leer mínimo hasta el segundo para hacerse una idea más precisa de cómo será esta pequeña historia antes de decidir si continuar leyéndola o no.
    PD: No sé cómo se pone el sufijo de Historia Corta. ¿Alguna ayudita, mods ;-; ?
     
  2. Threadmarks: Capítulo 2
     
    Elliot

    Elliot Entusiasta

    Tauro
    Miembro desde:
    29 Diciembre 2018
    Mensajes:
    160
    Pluma de
    Escritor
    Título:
    La escalada del frasco
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Acción/Épica
    Total de capítulos:
    3
     
    Palabras:
    3373
    El niño dio un súbito desvío para pasar por el patio de una casa abandonada, con la esperanza de perder a sus perseguidores. Antes de saber si su movimiento tuvo éxito, se dio cuenta de mala manera acerca del nuevo peligro al que se expuso.

    —Asá —pronunció en tono musical tras derribarlo violentamente un pandillero, de una edad entre medias de la del niño y sus anteriores perseguidores—... mas parece que entró un payaso en nosso sitio —decía mientras lo agarra con fuerza del cuello.

    —¿Qué trajo ahí, Gordo? —pregunto otro pandillero, cuyo cabello caído hasta sus hombros y su esbelta figura contrastaban con el corte rapado y la pansa de su compañero, por no mencionar su tono de voz menos conflictivo pero no por ello menos antipático.

    —Está vacío —otro más de aquel grupo, llevando de atuendo una campera de mangas arrancadas cuya apretada capucha sostenía su claramente demasiado grande gorra en su cabeza, respondió tras inspeccionarlo, habiéndolo tomado del frondoso pasto donde cayó luego de que su portador lo soltara tras ser emboscado.

    —Che, el otro día el vagabundo de la esquina me enseñó que se podía hacer como una droga cagando en una botella, ¿y si intentamos en el frasco ese? Que seguro es más fácil —sugirió el último de los pandilleros allí presentes. Traía puesto un gorro de pescador acompañado de unos cortos vaqueros agujereados y una remera blanca y negra a rayas. Ante su sugerencia, sus compañeros reaccionaron con notable asco e insultos variopintos.

    El que sostenía el frasco lo tiró del asco, haciéndolo rodar por el patio en que estaban hasta eventualmente frenar a pocos metros frente a Cabeza, quien justo había entrado por la misma ruta del niño, ahora hiperventilado de los nervios.

    —Epa, bastó con las visita por hoy —gruñó el pandillero esbelto de cabello largo—. Váyanse a la concha vos y el pendejito —ordenó, y a continuación comunicó a su compañero con un gesto para que soltara al niño.

    —Solo vengo por el frasco, muchas gracias —interrumpió Cabeza en tono despreocupado, interrumpiendo la liberación del captivo mientras caminaba a paso casual hasta su preciado envase. Momentos antes de recogerlo, sin embargo, se le fue arrebatado súbitamente por uno de los pandilleros.

    —Ah, mala suerte, ahora e meu —dijo en tono burlón el de intereses escatológicos.

    Mientras este seguía agachado presumiendo de su nueva adquisición, recibió desprevenido una elegante patada en el rostro dada con un paso de ballet de Cabeza, quién además atrapó el frasco antes de que este cayera nuevamente al suelo luego de ser soltado por el joven pandillero. Después de esto, los demás pandilleros se lanzaron hacia Cabeza en aras de ponerlo en su lugar, armado uno de ellos con un cutter oxidado. Ante esto, el más elegante criminal tenía una visible molestia en su expresión facial, pero no era acerca de preocuparse por su seguridad, sino sobre lo mucho que tendría que aguantar sus ganas de partir el frasco en la cabeza de alguno de esos mocosos que tanto le recordaban a su vergonzosa fase carente de estilo de la que el Gran Gonzales lo salvó hace no mucho.

    Tras haberle perdido el rastro al niño y no ver a su compañero por ningún lado, Sapo se encontraba corriendo dando palos de ciego en su intento de no quedarse atrás. Pero luego de una molesta búsqueda, al fin volvió a dar con él. Divisó al chiquillo escondido detrás, o quizás intentando robar partes de, un fino auto de marca que resaltaba grandemente en el deplorable ambiente de la ciudad, dejando sus mugrientos pies descalzos a la vista. Sapo se acercó entonces con sigilo y lo emboscó.

    —¡Te agarré, pedazo de... —gritó con enfado y satisfacción sacudiéndolo en el aire, deteniéndose al darse cuenta de que se trataba de un niño pobre distinto al que buscaba.

    —¡Papá, Mamá! ¡la chusma está molestando a mi amigo! —gritó fuerte en un tono muy irritante otro niño, de peinado y traje mucho más refinados que el primero, mucho más incluso que los del propio Sapo, que portaba además una reluciente zapatilla junto a otra a medio limpiar.

    —Cleone, Atenione, vayan a "educar" al que esté molestando a nuestro pastelito —ordenó con un gesto manual desganado la madre, de irreales curvas, del niño sin siquiera mirar a su dirección sin apartar su atenta mirada a la pantalla de su teléfono.

    —Disculpe, señorita —vacilaron los corpulentos guardias en actuar—, pero este no parece un pobre diablo como los otros.

    La mujer se dignó, por curiosidad más que nada, a darle un vistazo a ese extraño de estatus supuestamente más respetable. Al confirmar con una examinación rápida que efectivamente destacaba entre el resto de deplorable plebe de la ciudad, fue a preguntar a su marido por una opinión.

    Muy a su pesar, el hombre tuvo que dejar momentáneamente su actividad favorita en situaciones como esta, el admirar de forma malamente camuflada a través de sus amplias gafas negras a las exóticas féminas que solían ser lo único apetecible de ver en sitios basura como en el que se encontraba, para responder a la duda de su mujer. No le tomó ni dos segundos dar un veredicto.

    —Maldita sea, azúcar, ¿Cuántas veces más vas a dejarte engañar por monos vestidos de seda? —espetó con pesadez—. Con mirarle la cara ya noto que es la misma chusma color humilde que el resto. ¡Ustedes dos, a darle de madrazos! —sentenció antes de retomar su entretenimiento.

    Como su señor ordenó, Cleone y Atenione se empezaron a acercar al maleducado mono bien vestido, crujiendo sus nudillos preparándose para actuar. Sapo, por su parte, estaba pensando en cuál sería el orden más efectivo en el que lanzar los dos proyectiles que tenía a su alcance.

    Unas cuantas cuadras y giros atrás, el fatigado Gonzáles se sentó en un banco de la vereda a recuperar el aliento.

    —... Al menos los chicos no pueden verme así desde donde quiera que estén ahora —pensó en voz alta entre bocanadas de aire—... ¿Tal vez le doy demasiada importancia a las apariencias? —se cuestionó—...

    Cabeza echó el recipiente al aire y, con precisos giros, evadió a sus atacantes humanos con la misma elegancia que con los caninos. Se posicionó entonces con los brazos en alto, preparados para atrapar el tarro. El pandillero apodado Gordo trató entonces de, al verlo en esa indefensa posición, tumbarlo de una tacleada, pero el más elegante delincuente reaccionó a tiempo para recibirla sin caer. Justo después alcanzó a atrapar el frasco con una mano para posteriormente, sirviéndose de la indefensa posición de su enemigo, emplear su brazo libre para asestar un poderoso codazo a la parte trasera de su cabeza, tan intenso que sintió que él mismo se rompió un hueso.

    Sapo arrojó al desdichado niño que tenía en sus brazos hacia Cleone, el guardaespaldas más lejano. Cleone creyó que ese debió de ser un movimiento improvisado sin pensar de parte de su enemigo, mas después de esquivarlo sin dificultad se dio cuenta de la pequeña estrategia detrás de eso una vez que el niño derribó en su lugar a la señora. Atenione, luego de ver como su compañero tenía ahora que aguantar los bolsazos resentidos de su jefa a la vez que trataba de ayudarla a levantarse, decidió atrapar en el aire al hijo de esta, a quien el extraño justo después había lanzado hacia él desde el suelo de una patada. Viendo a su contrincante con las manos ocupadas, Sapo agarró la cabeza a Atenione y la estampó contra el auto, rompiendo la ventanilla.

    —... ¡Y por eso es el interior lo que ha de valer! ¿y a quién le debe valer? ¡Ciertamente no a todos! Pues en este mundo tan inmenso y variado siempre habrá a quienes les disguste. Y además... —reflexionaba Gonzales apasionadamente, gesticulando cual predicador apocalíptico.

    En su comprometida posición, Cabeza tiró el frasco hacia el suave follaje que rodeaba el patio. Liberada la mano de su brazo ileso, tomó a continuación el brazo de su inconsciente atacante para sostenerlo, e irguió el cuerpo de este ayudándose de un rodillazo a su abdomen, apenas a tiempo para usarlo como escudo de carne con el que detuvo la puñalada que el pandillero de largos cabellos quiso asestarle. En ese mismo instante, con sólo su brazo útil, Cabeza giró el inerte cuerpo, dejándolo de frente a su contrincante, a la vez que alejando su oxidada arma, aún hundida en su espalda, de este. Entonces Cabeza pateó el cuerpo hacia el pandillero, quien lo detuvo e instintivamente le extrajo el arma sin cuidado para seguir usándola. Recordando que se trataba de su compañero y dándose cuenta de la desventaja en la que resultaron estar, colocó rápidamente a Gordo con cuidado en el suelo y retrocedió.

    —Gil, Gusano, aguanten ahí —pidió el pandillero de pelo largo a los otros dos mientras aparentemente huía.

    Cleone aparto de un empujón a su irritante jefa para ir en auxilio de su herido compañero. Tumbó de una tacleada al extraño y comenzó a molerlo a golpes. Luego de haber visto la demostración de su fuerza momentos antes, se le hizo raro el cómo el extraño parecía dejarse apalizar, y que cuando al fin se dignara a defenderse lo hiciera con una burda cachetada, casi como burlándose. Hasta que se dio cuenta que esa cachetada había empapado su mejilla en sangre, parte de la cual provenía de una herida en la mano del extraño, pero que en su mayoría chorreaba de un profundo corte que este realizó en su costado con uno de los cristales rotos de la ventana, la cual había pasado por alto en su arranque de ira.

    —... ¡Los constructos de esta sociedad no son más que cadenas que nos oprimen como individuos y nos alejan de nuestra identidad real verdadera de la de a de veras! —dictaba Gonzales con sumo entusiasmo a su atento público de hojas secas, cucarachas muertas y caracoles que había colocado en el banco. Y eso sin mencionar al pequeño ratón que se había sumado a escucharlo mientras se merendaba una de las cucarachas.

    Así, Gusano y el recién recompuesto Gil se lanzaron iracundos sobre cabeza.

    Esquivar a los perros era una cosa, sólo había que concentrarse en los ataques de sus bocas desde abajo. Pero con los humanos, una vez pasado el factor sorpresa inicial, Cabeza simplemente no pudo seguir evadiendo puños y patadas por mucho. Pronto se encontró a la defensiva, encerrado en una abrumadora jaula de feroces trompazos. En un movimiento más bien improvisado que meditado, el criminal elegante frenó uno de los puñetazos tomándolo en el aire, y en lo que fue más bien un golpe de suerte por algo que no había considerado, al retroceder se tropezó con el cuerpo de Gordo, cayendo junto al pandillero Gil, quien ya fue a morderle la mano para liberarse. Actuando lo bastante rápido para que su posición actuara en su favor y no como desventaja, Cabeza usó su mano mordida para dar un fuerte agarre a la mandíbula inferior de Gil. Intentó emplear la otra para agarrarle de la cabeza, pero como inmediatamente al intentarlo recordó el horrible dolor de ese codo, se limitó a dislocar la mandíbula del enemigo con un fugaz jalón de su brazo útil.

    Gusano empezó a patear desesperadamente a Cabeza, mas no de una forma iracunda como antes, sino que ahora lo hacía aterrado, aterrado por ver a otro de sus compañeros ser dañado de manera tan brutal, sin mencionar los posteriores chillidos agónicos y escalofriantes de Gil antes de que este finalmente se desmayase del dolor. Su espanto era tanto, que cuando en un descuido su pierna fue tomada por Cabeza, Gusano colapsó al suelo por perder el equilibrio. Al más elegante de los delincuentes allí presentes no le costó notar el pánico en el rostro del oponente y saber sacar tajada del estado emocional del contrincante. Irguiéndose amenazante sobre su víctima, Cabeza abrió grande ojos y labios, enseñando los dientes en su imitación de expresión de furia incontrolable. Con dar un par de pasos hacia adelante mientras emitía unos extraños sonidos guturales y acercaba su mano al pandillero, este acabó por huir arrastrándose.

    Cabeza continuó con los sonidos guturales hasta momentos después de haberse quedado como el último hombre en pie en el sitio, sonidos que fueron degenerando hasta pasar a un:

    —¡Argh! —gritó—, ¡olvidé mi lema! ¡y hubiera quedado tan bien aquí! —exclamó lamentándose de su oportunidad perdida. Al pasarse la mano en el rostro por su decepción, se fijó entonces en las desagradables marcas que la dentadura de aquel pandillero le había dejado, y luego se fijó en su hombro herido, producto también de ese enfrentamiento—... Me va a mandar al doctor de nuevo —dijo preocupado. Su desánimo, sin embargo, pronto se desvaneció al escuchar a lo lejos lo que parecía la voz de Gonzáles—... Ah, si, el frasco —recordó antes de ir a recogerlo de la maleza.

    Sapo se quitó de encima a su malherido contrincante de un empujón con el pie, derribándolo encima del niño de clase acomodada, quien hasta entonces permanecía llorando en su sitio mientras maldecía al otro infante por haberse ido corriendo ante la presencia del peligro, no sin antes haber rapiñado una de las joyas de la señora, abandonando sin pensarlo a su buen amigo, quien pese a la brevedad del tiempo en que llevaban conocidos ya lo quería tanto como para querer darle una generosa propina cuando terminara de limpiar sus zapatillas.

    Habiendo entrado en pánico, la mujer de irreales curvas quiso buscar auxilio en su marido, mas este la empujó hacia el extraño para distraerlo mientras también se daba a la fuga. La mujer, desconsolada de rodillas, rompió en llanto.

    —Mierda que ustedes dan más asco de lo que me esperaba —comentó con visible disgusto Sapo, con algo de dificultad por los dientes perdidos y la sangre obstruyendo sus fosas nasales. Seguidamente, arrebató inesperadamente su bolso a la señora, dándole un susto. No era el frasco, pero pensó que debía ser mejor que volver sin nada.

    Momentos antes de retirarse definitivamente, la torpeza de los pasos del marido cobarde le provocaron suficiente molestia a Sapo para darse la vuelta. Echó una mirada al contenido del bolso en busca de algo que pudiera usar, pero acabó decantándose por quitarle su zapatilla limpia a aquel niño y, luego de visualizar la trayectoria ideal, la lanzó con fuerza. Falló por unos metros, o eso le pareció a la señora que observaba confusa, porque en realidad el calzado cayó justo donde Sapo quería: aterrizó sobre un enorme perro que descansaba a la sombra de un árbol. Al despertar de mal humor, el chucho inmediatamente fue a desquitarse con el que creyó que era el responsable de perturbar su sueño, nadie más que el pobre diablo del marido quien estaba pasando cerca.

    —... ¡Así que tras esta profunda y compleja reflexión que he filosofado he llegado a la conclusión de que lo mejor para hacer respecto a ese inmundo frasco es...

    —¿Sermoneando a un banco en la calle? Veo que sigues igual de cuerdo que siempre —interrumpió una gruesa e intimidante voz la conclusión del discurso de Gonzáles—. Y aparte, ¿sobre qué? ¿un frasco? ¿te falló como alcancía? ¡Oh, oh! ¡ya sé! ¡Tus manotas se te quedaban atascadas antes de alcanzar el fondo! —se burlaba ese hombre, riéndose carcajadas con sus propios comentarios junto a los otros dos que le acompañaban.

    Se trataban de Vinicius y sus lacayos, una triada facinerosa que podía recordar a la de Gonzáles, y que ciertamente compartía una rivalidad con esta, nacida de una disputa de hace años. También portaban esmóquines, pero a diferencia del grupo de Gonzáles, que se destacaba en tener sus prendas bien arregladas aún viviendo en un chiquero de ciudad como esta, Vinicius y sus hombres optaban por llevar un aspecto totalmente desalineado, como recién salidos de una juerga. Y no sólo en sus ropas, sino que también en sus largos y desordenados cabellos.

    —Como era de esperarse de una mente inferior como la tuya, incapaz de comprender mis complejos análisis, ¡careces de las capacidades para entender la magnitud del poder que yace contenido en este, a simple y superficial vista inocente, envase! —respondió grandilocuentemente Gonzáles—. Aunque como hombre sabio que soy, he de admitir mis propios errores: el solo pensar en las posibilidades de lo que uno puede lograr con este tarro y lo que porta me provocó tal fascinación que inspiraron esta prédica que has presenciado. Grave descuido por mi parte, pues de haber sido escuchado por verdaderos peligros como el gobierno o criminales de gran talla, sin duda alguna mi propia vida ahora correría peligro. Afortunadamente, solo fui oído por una panda de palurdos irrelevantes como ustedes, así que no tengo de qué preocuparme.

    Tras lo dicho, se dio un prolongado e incómodo silencio, con Gonzáles esperando que se debiera a que dejó a sus enemigos sin palabras, y con sus enemigos dando por hecho que la mayoría de lo que escucharon fue basura inventada por Gonzáles al momento, pero aún así teniendo ahora curiosidad en ese frasco del que hablaba.

    —¡Jefesito, lo conseguí! —fue roto el silencio por el aviso victorioso del joven Cabeza, tan atontado por los daños de su pelea que alzaba el frasco al aire con su brazo bueno sin darse cuenta de la notoria presencia del enemigo.

    —¡¿Pero qué?!... ¡Buen trabajo, chico! ¿De dónde lo traes? —preguntó Gonzáles. Al ver las heridas de Cabeza, detuvo el regaño que le iba a dar por aparecer en un momento tan inconveniente, y continuó como pudo con el juego que había empezado con la mentira a Vinicius.

    —¡El pendejito intentó que nos perdiéramos, pero lo alcancé! ¡Y luego pude volver a encontrarme con usted siguiendo el sonido de su inspirador discurso, jefe, usted es mi ídolo! —decía emocionado y sincerándose cual borracho. Tambaleándose, también como borracho, hacia Gonzáles, si aún notar al grupo de Vinicius—... Bueno, la verdad no le entendí la mayoría, pero sonó inspirador igual, jefetote.

    —¡Gran trabajo, chico! ¡también estoy orgulloso! —le felicitaba Gonzáles mientras acercaba sutilmente su mano a su pistola del bolsillo trasero al darse cuenta de que sus enemigos hacían lo mismo—. ¡Ahora ve a descansar mientras nos ocupamos del resto! —avisó a su sonriente compañero.

    —Aún tengo mis dudas, pero las heridas de tu mascota le dan algo de credibilidad a tu verborrea de antes. Mínimo a la parte de que el tarro es importante —comentó Vinicius con una expresión siniestra—. Y veo que le fascina tanto como a ti, ¡se descuida de la misma manera y todo! —añadió entre gruesas risas.

    —Espere, ¿no acaba de decir "nos"? —inquirió en voz alta uno de los lacayos, interrumpiendo el regocijo de Vinicius.

    —No lo sé —respondió Sapo al llegar, con su botín en una mano y la pistola apuntándoles con la otra—, yo que tú se lo preguntaría para estar seguro.

    Hubo un largo e intenso intercambio de miradas entre los involucrados, con excepción de Cabeza quien se detuvo aún desorientado. En una situación convencional, el trío de Gonzáles se hubiera retirado debido al mal estado de sus miembros, y el de Vinicius los hubiera dejado huir para ahorrarse problemas. Pero entre que los primeros se acorralaron a si mismos teniendo que defender el frasco, y que los segundos se encontraban cada vez más intrigados en este por lo extrañamente protectores que eran los primeros con ello, ninguno de los bandos iba a retroceder ahora.

    Antes de que se disparara la primera bala al aire, el conflicto se vio interrumpido por la repentina llegada de una patrulla policíaca que llegó desde la misma dirección que Sapo y frenó bruscamente colocándose entre este y los demás delincuentes. Entonces del vehículo bajó el osado conductor, que por su aspecto y el de su uniforme se debía tratar de un policía falto de miedo, pero también de experiencia.

    —¡Alto todo el mundo! —ordenó apuntando con su arma a los cuatro criminales armados a ese lado de su vehículo— ¡Quedan bajo arresto! —gritó.

    La reacción que obtuvo no fue la que esperaba. Más que intimidados, o siquiera enojados, los maleantes lucían muy confundidos por su actitud, como si lo que acabara de hacer hubiera estado fuera de lugar por su parte.
     
  3. Threadmarks: Capítulo 3
     
    Elliot

    Elliot Entusiasta

    Tauro
    Miembro desde:
    29 Diciembre 2018
    Mensajes:
    160
    Pluma de
    Escritor
    Título:
    La escalada del frasco
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Acción/Épica
    Total de capítulos:
    3
     
    Palabras:
    1858
    Aún así, el policía mantuvo su firmeza. En parte gracias a ver bajarse del vehículo a su compañero, un superior más experimentado, lo que le devolvió su confianza. Mas este último no había salido de la misma forma precipitada y energética, sino que lo hizo casi como con pereza.

    —¿Qué te había dicho, novato? Vuelve al auto —ordenó en un tono igual de desganado tras unos suaves golpes al techo del auto.

    —¡Pero señor! Sé que son más, ¡pero mírelos! ¡estoy seguro que podemos con ellos! —replicó. Los malhechores se observaron entre sí, preguntándose a qué podía referirse con eso.

    —Que dejes que los mayores se encarguen, carajo —insistió algo irritado pero aún sin levantar la voz—. Ahora siéntate en el asiento del acompañante, mejor —ordenó señalándolo con el pulgar.

    A mala gana cumplió el novato la orden. El superior se colocó entonces donde antes se había parado el novato y, tras subirse sus algo flojos pantalones, pronunció luego de un bostezo:

    —Bueno, bueno, bueno... ¿Qué con este quilombo? ¿Qué pasa acá? —preguntó después de observar el entorno a su alrededor. Varios intentaron a la vez ser los primeros en responder, por lo que el policía los tuvo que frenar— ¡Eh!... Que empiece —paseaba su índice sobre las figuras de los involucrados—... Tú mismo, qué más da —dijo posando su dedo hacia Vinicius, el cual sonrió grande mientras Gonzáles visiblemente se frustraba.

    —Como verá, respetable guardia del orden —explicaba en un tono de voz malicioso—, yo y mis amigos no estábamos cometiendo ningún crimen, sino que, por el contrario, estábamos deteniendo a estos salvajes en el suyo.

    —Para carroñarles el botín —insinuó el policía en voz alta sin ningún cuidado. Vinicius ignoró voluntariamente ese comentario y prosiguió.

    —Detrás de usted puede ver como uno de estos bandidos ya tiene entre sus manos una sucia recompensa. Y, por detrás nuestro, otro que obtuvo algo que a simple vista luce inofensivo, pero que se trata en realidad de un peligroso poder que podría dejar en jaque a nuestro país.

    Esa última afirmación llamó la atención de ambos policías. El novato estaba visiblemente preocupado, y su superior no pudo evitar levantar una ceja.

    —Mmm... Ese bolso es efectivamente robado, vinimos aquí por una denuncia de su dueña unas calles atrás. Dueña de llamativos dotes, he de añadir. Me abrió el apetito y todo —explicó mirando fijamente el bolso—. Y, aunque seguro exageras con lo del frasco, mínimo algo especial debe de tener si ese chico de allá que lo sostiene terminó así para conseguirlo... Te lo acepto, tu versión es la oficial —declaró—. ¿Alguna queja? —preguntó a los demás involucrados.

    —Pero, señor, así no es como-

    —No, ninguna —respondió Sapo, interrumpiendo abruptamente al novato en su objeción—. Solo tengo una duda: ¿Qué dice que ocurrió con este bolso?

    —Mmm... un tipo en traje y con la cara golpeada lo robó, pero afortunadamente los policías atraparon al ladrón y lo recuperaron, llevándolo de vuelta con sus legítimos dueños... o eso es lo que recuerdo, pero mi memoria anda algo traviesa últimamente, la edad se me empieza a notar, ¿te importaría confirmármelo? —preguntó a Sapo. Su compañero en la patrulla no comprendía lo que ocurría.

    —... Si —respondió tras pensarlo unos momentos—. Ocurrió exactamente como usted dijo, ese bien vestido ladrón se lanzó a las cloacas junto con el bolso justo antes de que lo alcanzaran. Debía estar muy desesperado porque, como todos los locales de por aquí saben, ese sitio está lleno de cocodrilos, demasiado peligroso hasta para nuestros valientes policías. Así que el bolso no se recuperó, pero al menos ese sucio criminal seguro haya sido comida de lagarto de todos modos —explicaba mientras extendía su brazo con el bolso hacia el policía—. Tal cual lo dijo, no debería dudar tanto de sus habilidades memorísticas... señor.

    —Me alegra escuchar eso —dijo mientras tomaba el bolso, impactando negativamente a su novato acompañante—... ¿Qué pasó con ese frasco, por cierto?

    —No sé de que habla, usted no recibió ninguna denuncia por ningún frasco, ¿verdad? Así que no tiene por qué preocuparse —respondió rápido Gonzáles—. Dijo que estaba hambriento, ¿no? Luego de su ardua persecución contra ese ladrón de bolsos, se ha ganado un descanso para comer, en mi humilde opinión.

    —Mmm... buen punto. A ver si de paso con eso se calma el chico, que como ven está algo nervioso —dijo con algo de escepticismo—... Más les vale que no armen un bochinche por lo que sea que tenga ese tarro —comentó finalmente antes de entrar a la patrulla e irse. No sin la audible indignación de su compañero, quien, en un arrebato al intentar tomar de vuelta el volante, casi provoca que atropellen a Sapo.

    Vinicius aprovechó al instante esto. De un rápido chasquido de dedos comandó a sus lacayos para que embistieran a Cabeza. Antes de que le diera tiempo a sus descuidados enemigos de atacar, al estar uno aún en proceso de recuperar su postura tras el casi atropello y el otro volviendo a tener que desenfundar su arma por haberla guardado antes para la charla con el policía, Vinicius se lanzó de un salto a donde estaba el derribado Cabeza y atrapó el frasco antes de que tocara el suelo. A continuación de este coordinado movimiento, la triada criminal huyó como cucarachas de la luz en dirección por donde había venido Cabeza.

    —¡Señor, ya están matándose por ese frasco! —advirtió el policía inexperto al presenciar la escena desde el retrovisor.

    —Carajo, ni se esperaron a que cruzáramos la cuadra —exclamó su diestro superior, sorprendido—. Me empieza a dar curiosidad y todo lo que habrá en esa cosa —comentó, pero continuando su camino sin dar señales de querer dar la vuelta.

    —Pero... ¿de verdad no hará nada? ¡se están escapando! —exclamó el principiante desesperado.

    —Si, lo están —respondió Gonzáles a Sapo—. Pero no estamos en condiciones para perseguirlos. Yo estoy cansado de perseguir al pendejito aquel, tú estás herido, y al pobre Cabeza lo dejaron casi sin poder respirar —señaló sosteniendo en brazos a su compañero caído.

    —P-perdón por mi incompetencia, Jefazo —se disculpó el joven entre dolorosa tos.

    —¿Y qué hay de nuestra reputación? ¿Cómo cree que nos verá la gente cuando se esparza el hecho de que terminamos así por intentar quitarle un frasco a un niño ¡Y fracasar en el proceso!? —preguntó Sapo, preocupado.

    —No hemos fracasado aún. Que poca tenacidad tienes —se quejó Gonzáles—. No nos estamos rindiendo, estamos haciendo una retirada estratégica para llamar a nuestros aliados.

    —¿Aliados? —se preguntaron Sapo y Cabeza, sin tener idea a lo que el gran Gonzáles se refería.

    Una vez lejos de la presencia de las policías y sin rastro de que sus enemigos los estuvieran siguiendo, Vinicius y sus hombres se detuvieron en medio de la calle a examinar su trofeo. Lo miraron de cerca y de lejos, a sombra y a contraluz, quieto y agitado. Sin importar como lo vieran, ese frasco no mostraba tener nada especial, pero aún así se mostraban reacios a abrirlo. La triada de Gonzáles era idiota, pero dos de ellos tenían notorias heridas recientes, y los dos conscientes de la situación estaban dispuestos a iniciar un tiroteo. No estarían dispuestos a pasar por todo eso por un mero frasco de vidrio vacío, ¿verdad?

    Tras unos momentos de duda, Vinicius al fin obtuvo el valor de ponerse a una distancia segura del envase para ordenar a uno de sus seguidores que abriera la tapa. El desafortunado conejillo de indias colocó cautelosamente el frasco en el suelo, puso su mano sobre la tapa y dio un nervioso trago de saliva, pero cuando estaba a punto de girarla, un cohete de pirotecnia pasó volando estruendoso por sobre su cabeza, dándole al auto que venía detrás, provocando con eso un accidentado parón en el moderado tráfico de esa calle.

    —¡Carajo, Martí! —gritó un joven pandillero en dirección de donde voló el explosivo, pateando a su compañero— ¡¿Qué mierda te pasa últimamente?!

    —Mirá bien, maricón, ¡son ellos! ¡andá a avisar a Rufo! —respondió el adolorido pandillero en el suelo dirigiendo su mirada a los hombres trajeados portadores de ese maldito frasco, tal como sus humillados compañeros habían descrito a su atacante.

    Cuando el resto de la pandilla los vio, sacaron sus armas disponibles, desde pistolas desgastadas hasta arcos y cerbatanas, e iniciaron su ataque. Afortunadamente para Vinicius y sus hombres, el tiroteo hizo que muchos de los conductores de los vehículos allí atascados huyeran a pie, dando como resultado una desordenada distribución de autos útiles como coberturas desde las que poder contraatacar. El trío no se lo pondría fácil al montón de pandilleros que empezaron a salir de la misma casa que aquellos dos.

    En un auto recién robado, Gonzáles y Sapo, cargando al ya inconsciente Cabeza, estaban rumbo a encontrarse con los aliados. Tuvieron que tomar un leve desvío para no encontrarse tan rápido nuevamente con los policías, de los cuales uno estaba explicándole lo ocurrido con su bolso a la señora acomodada y el resto de su familia, quienes parecían estar teniendo una discusión muy fea entre ellos.

    Se dirigían al sitio donde posiblemente más dinero se manejaba en la ciudad, con la mayor densidad de actos ilícitos por metro cuadrado, un sitio donde tenías en esencia cero posibilidades de ganar alguna gran fortuna, pero que aún así atraía a incontables personas ahogadas en deudas con los más peligrosos acreedores, tentándolos con falsas esperanzas de solventar sus problemas económicos y poder escapar del bajo mundo. La fama de este sitio no era desconocida para sus víctimas, las cuales por ello usualmente solo lo empleaban como último recurso, pero que normalmente representaba también su único recurso...

    —Está cerrado, vuelva más tarde —fue la respuesta que recibieron el tocar la puerta de la zapatería.

    —No tengo tiempo para las formalidades, Isaías. Ábreme de una vez —respondió gruñón Gonzáles.

    —Hay una contraseña y la sabes. Vete por las otras entradas si no te gusta, pero yo me tomo mi deber de portero con profesionalidad —contestó.

    —¡La madre que te...

    —¿Te acuerdas de Cabeza? —interrumpió Sapo a Gonzáles para preguntarle al tan profesional portero.

    —Si, ¿en qué lo metieron ahora al chico? —preguntó, para a continuación echar un vistazo por la rendija desde la que estaba hablando—. ¡Ay, la santa bruja! ¡¿qué le pasó?! —reaccionó horrorizado al ver el estado en que se encontraba una vez lo sacaron del auto.

    —Puedes seguir llorando o puedes llevártelo con los doctores de ahí mientras nosotros conseguimos gente allá dentro para que nos ayuden a darle su merecida golpiza a los que le hicieron esto —exclamó Gonzáles.

    Isaías eligió lo segundo y procedió a abrir la puerta y ayudar a cargar al herido Cabeza, mas no sin algunas dudas.

    —Incluso si tuvieras amigos allí, dudo que consigas la ayuda que buscas. Esos jugadores son o los más patéticos perdedores o los más maliciosos depredadores, y en ningún caso moverían un dedo por alguien más si no fueran a ganar algo con eso. ¿Qué piensas hacer exactamente?

    —Tu falta de fe me hincha las pelotas, Isaías. Sólo calla y ve como los expertos trabajan —contestó el gran Gonzáles en un tono confiado y engreído.
     
Cargando...

Comparte esta página

  1. This site uses cookies to help personalise content, tailor your experience and to keep you logged in if you register.
    By continuing to use this site, you are consenting to our use of cookies.
    Descartar aviso