Fantasía La cacería de los traidores del Este

Tema en 'Novelas' iniciado por Confrontador, 21 Enero 2020.

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    Título:
    La cacería de los traidores del Este
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    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Fantasía
    Total de capítulos:
    3
     
    Palabras:
    2726

    I
    La ciudad de Phioria Oriental estaba emplazada en varios montes de curvas suaves. Había también algunos salientes rocosos gigantes y agudos, en uno de los cuales estaba la fortificación de Phioria Oriental. Era un fuerte construido a unos docientos metros por sobre el nivel llano de la ciudad, y unos setecientos metros sobre el nivel del mar. Unas anchas escaleras talladas sobre la misma piedra serpenteaban desde la base hasta la enorme entrada de madera. Era una construcción arquitectónica clásica de la cultura que antaño gobernó la ciudad. Actualmente estaba en posesión del Reino de Rea, que había sabido incorporar su propia cultura, acomodando el ya orgulloso castillo como centro administrativo del ejército bajo el mando de la Segunda División del Ciempiés.

    El Reino de Rea era una nación monárquica nacida mucho más al oeste de Phioria Oriental. La ciudad capital, Reaful, había construido su imperio sobre los hombros de su ejercito; era una cultura militarista y en general violenta que expandió sus fronteras apropiándose de las riquezas y de las tierras de sus vecinos vencidos. Filas y filas de soldados marcharon una multitud de veces desde Reaful, derramando su sangre y la de aquellos que encontraran en su camino a cambio de clavar su estandarte sobre nuevas tierras. Desde su última marcha habían pasado ya muchas décadas; los fantasmas de los antiguos señores de Phioria Oriental ya se habían disuelto entre la cultura invasora, mas nadie sabia si alguno de ellos permanecía aún con vida en en interior de los hijos legítimos de las tierras.

    Estaba el general de división Frietchena muy tieso, con los pies juntos y mirando por la ventana en un oscuro salón de reuniones del fuerte de Phioria Oriental. El seño fruncido, con sus labios apretados y secos.

    —¿Cómo han reaccionado en la aldea Rupina? —preguntó.

    —No parece haber diferencia, pero tengo miedo de que todo esto les encienda la llamita… —respondió una mujer vestida con opulencia, que permanecía parada bajo el marco de una de las puertas más anchas del salón.

    Un tercer sujeto, vestido con el uniforme de la segunda división del ejercito, estaba escuchando sentado sobre una especie de sillón arrimado a la pared. De su cuello y a su espalda colgaba una capa típica de los oficiales y en sus hombros estaba el escudo del Ciempiés estampado.

    —Si cruzaron la frontera este, tendremos problemas para agarrarlos —dijo el joven oficial con una entonación carente de respeto—. ¡Debemos que salir y cercar las tierras de nadie para que no entren en ninguna ciudad extranjera!

    Frietchena lo miró sin cambiar su semblante.

    —Ninguna ciudad dejaría que una batería salvaje y sin ley camine como si nada por sus calles.

    —Pero tienen el estandarte del Ciempiés con ellos y también el uniforme. Si llegan a usarlo…

    —No lo harían. Nunca —interrumpió—. Ellos están guiados por la pasión y el orgullo; usar el estandarte seria como escupir sobre todo lo que han estado tratando de hacer.

    —General, no todo el mundo se comportará como tú —Se levantó, haciendo ondear su capa en el acto.

    El general Frietchena era el amo y señor de todas las tierras del borde este del Reino de Rea, así como también la cabeza del Ciempiés.

    Todas las ciudades y territorios del reino estaban divididos y eran administradas de forma autónoma por cada una de las divisiones profesionales del ejercito. Cada general de división, líder absoluto de su estandarte, se encargaba de cobrar impuestos e imponer sus reglas sobre las ciudades bajo su protección para así poder mantener un ejercito sano, vigoroso y preparado. Eran un total de cinco divisiones profesionales las que participaban en la administración del reino. La más importante de ellas era la Guardia Real, comandada por el rey en persona, que ejercía su gobierno sobre la ciudad capital de Reaful y los territorios aledaños. Las otras cuatro divisiones se repartían el resto de las ciudades y riquezas, utilizándolas para sus fines y obras propias, aunque manteniendo siempre un flujo constante de dinero hacia la capital. Cada general de división a su vez administraba sus territorios con ayuda de autoridades locales y de sus subcomandantes que ejercitaran poder sobre distritos más pequeños, en cuanto estos se les fueran concedidos.

    —Samarat Hermain, quiero que vayas a la frontera por el camino que cruza el río Besta y cierres cualquier posibilidad de escape. Dejaré a tu criterio si quieres entablar combate, pero tu única responsabilidad ahora es evitar que ellos avancen fuera de los territorios del reino —Lo miró entonces directamente a los ojos—. Solo te haré responsable de que ninguno de ellos pise el otro lado del río.

    —¡Si, general! —Juntó sus pies enérgico, adquiriendo una postura de disciplina absoluta.

    —Yo lo sacaré de donde sea que esté escondido y le haré cumplir sentencia.

    La reunión había durado más de una hora, pero aún era temprano y el sol apenas había salido del horizonte. Samarat montó su caballo en los establos que había a los pies del peñasco y cabalgó custodiado por una escolta de cinco soldados a caballo con armaduras ligeras.

    Phioria Oriental era la ciudad más grande dentro de todas las ubicadas tan cerca de la frontera. Comparativamente, era muy similar a Phantome —ciudad santa del culto a la diosa Rea— en cuanto a habitantes y al flujo de dinero; era la ciudad que conectaba al reino con todas las rutas comerciales que venían desde los imperios orientales y había sido elegida como la capital de la división del ciempiés, lo que le había supuesto un desarrollo explosivo en cuanto a infraestructura se refería. Caminar por sus calles era caminar por el pabellón geográfico-comercial más importante del Reino de Rea.

    Samarat avanzó galopando hasta salir de los limites de la extensa ciudad. Él era dueño de los territorios al suroeste de Phioria Oriental, y rendía vasallaje al general Frietchena. Era un sujeto bastante joven, audaz y un poco impertinente. Una cicatriz horizontal en su frente daba cuenta de una herida pasada que casi le había costado el ojo derecho.

    En los campos cercanos a la ciudad acampaba un grupo de más de docientos soldados con el escudo del Ciempiés en el hombro. Vestían armaduras ligeras y portaban fienas en el cinturón. Estaban ubicados alrededor de algunos árboles, descansando bajo su sombra mientras charlaban de buena gana en espera de las ordenes de su superior. Samarat entró galopando al centro de multitud, que lo recibió con bullicio y gritos de lealtad y bravura.

    —Compañeros, partimos, nos movemos —gritó con fuerza— ¡Nos movemos, nos movemos!

    Corrió entonces con su caballo, atravesando la horda de soldados, mientras que movía ambos brazos repetidamente para mostrar el camino que tomarían.

    Uno de sus hombres había montado sobre su caballo apenas lo divisara en el horizonte. Su nombre era Semior. Se le acercó a galope de inmediato, para correr a un costado de él y a su misma velocidad. Luego de realizar un fugaz saludo militar, abrió su boca.

    —Comandante, ¿debo moverme hasta el fuerte? —preguntó.

    En vez de responderle, Samarat fue frenando poco a poco su marcha. Atrás de ambos, el resto de los hombres montaba en sus caballos para acomodarse y avanzar en fila en la dirección señalada por su comandante.

    Samarat no sabia que debía hacer. La pregunta de Semior era otra forma de preguntar si debía ir en búsqueda del grueso de sus tropas. Samarat y los hombres a caballo que lo acompañaban eran solamente una cuadrilla ligera de reconocimiento. Cuando el incidente sucedió, él alistó la cuadrilla con la intención de perseguir y dar alcance; era una cuadrilla de caza. Ahora que el tiempo había pasado, la ventaja que le supuso su velocidad y ligereza podía haberse esfumado, e inclusive, cabía la posibilidad de que le jugara en contra. ¿Se habrían ellos reagrupado ya?¿era aún demasiado tarde para lanzar el primer golpe?

    * * *​


    Cuando Samarat salió de la habitación, Frietchena volvió a prestar atención a su otro acompañante. Su nombre era Mietchena, heredera de la corte de una ciudad amurallada al sureste de Phioria Oriental, y general regente de la misma. Ostentaba el título de Vigetchén, que no tenia un equivalente exacto en el nobiliario del Reino de Rea.

    —Ninguno de los rastreadores ha traído alguna noticia —dijo, tomando asiento sobre el sillón que anteriormente ocupaba su colega—… Yo nunca podría haberlo visto venir; osea, si usted hablaba con él, si usted…

    —¿Estás tratando de disculparte? —interrumpió el general de división.

    Ella evitó la mirada de su superior, incómoda por sus verdaderos sentimientos.

    —...No.

    —Los rastreadores están teniendo problemas porque él era astuto —continuó el general, después de hacer una pausa y dándole la espalda a su subordinada que hundía sus ojos contra el piso.

    En ese minuto habían más de cuarenta rastreadores recorriendo las planicies del este de Rea. Eran los mejores que Frietchena identificaba de entre sus dominios. Los había lanzado inmediatamente después de la insurrección. Hasta ese minuto ninguno había logrado alguna pista certera de las presas; según las palabras de uno de ellos, la batería lo tenia todo muy bien pensado, probablemente desde hacía mucho tiempo. Parecía como si el grupo completo se hubiera evaporado para viajar con el viento; era como si se hubieran alejado volando y sin dejar ningún rastro sobre el suelo.

    —Los miembros del gremio de caza creen que se escabulleron de uno en uno para no marcar el camino con rastros de grupos. Así se pueden camuflar entre las huellas de carretas mercantes y de viajeros de campo, pero eso es… Tampoco tienen explicación sobre los caballos…

    —Dime, Mietchena, ¿cómo solucionarías esto si te ordenara resolverlo por tu cuenta?

    Mietchena sintió la pregunta como si el general estrellara su mano abierta contra su delicado rostro. Su nariz habría quedado rota y sangraría abundantemente, mientras que sus manos habrían cubierto su boca y nariz, empapándose en rojo, lagrimas y vergüenza.

    —Si no pudiera localizarlo por mi misma, enviaría mensajeros a cada señor en el Este, rogando por ayuda —contestó con voz suave.

    —¿Crees que con un grupo mayor de gente podrías realizar lo que tú por tu cuenta no pudiste hacer? ¿Es una cuestión de números para ti?

    —N-no, pero con más cabezas se puede abarcar mas territorio.

    Frietchena guardo silencio. Ella, sin saber cuan acertadas fueron sus respuestas, continuó:

    —¿Qué era lo que esperaba que respondiera, general —preguntó mientras se ponía de pie—? Si desea que imparta la justicia, y que lo tome de manera personal, estoy dispuesta a hacerlo.

    Sus ojos brillaban por la rabia y su orgullo roto.

    —No esperaba nada en especifico. Pero tu mirada siempre le ha dado poco crédito a las acciones individuales. Cuando el enemigo es astuto, no basta con tener más cabezas; hay que arriesgarse, o buscar una salida excepcional.

    —¿Salida excepcional? —Mietchena repitió las palabras de su superior desconcertada.

    —Es cosa de tiempo que lo pillemos; hacia el este no hay ningún lugar al que yo no pueda entrar. El real problema es que, mientras más tiempo pase, más tiempo tendrá para agruparse y envenenar a la chusma.

    En ese minuto, una figura llegaba cabalgando a la fortaleza y montando un caballo de pelaje negro, tan negro como lo fuera un profundo firmamento nocturno en el que no brillaran más estrellas que el Sol. Desde los establos hasta Frietchena caminó con pasos rítmicos, acompañada de dos oficiales que la habían tomado desde que se presentara en frente del gran portón.

    —General Frietchena—dijo abriendo la puerta un oficial—. Ha llegado desde el oeste un Adalid de la Guardia Real, y desea hablar con usted.

    Frietchena miró a su subordinada esbozando una casi imperceptible sonrisa.

    —Cuando la presa es astuta, siempre es bueno buscar esa salida excepcional, estimada Mietchena —continuó desconcertando aún más a su interlocutora.

    Con un gesto de su mano permitió la irrupción del invitado a la sala.

    Entrando con una sonrisa infantiloide, una mujer penetro la estancia. Vestía el uniforme clásico del ejercito de Rea, pero en sus hombros se encontraba bordado el orgulloso escudo de la Guardia Real.

    —Buenos días —dijo.

    La oficial era de baja estatura y usaba el cabello medianamente corto. Caminó grácilmente hasta quedar frente a Frietchena. Dos aretes redondos colgaban desde unas cadenitas de largo asimétrico ancladas en sus orejas. Eran tan grandes como sus globos oculares, de color azul en la derecha y celeste verdoso en la izquierda; ambos tambaleaban de lado a lado cada vez que la oficial movía su cabeza. Sus grandes ojos negros irradiaba un aura angelical, y su presencia iluminó la sala completa. Un escalofrió recorrió la espina dorsal de Mietchena.

    Frietchena y la oficial se saludaron: con los pies firmes, el uno frente a otro, golpearon su pecho con el puño derecho, mientras sujetaban con su otra mano el pomo de sus armas al cinto. Se escuchó un sonido metálico en el saludo y Mietchena se levantó de un salto. Avanzó entonces hasta la recién llegada, procediendo a saludarla de la misma manera, aunque estaba desarmada.

    «Es un adalid de la Guardia Real» pensó mientras apretaba sus puños con fuerza.

    —Vigetchén Mietchena, le presento a Sú Un Perna Rakmantha: guardia real de rango y rastreadora de la corte de Reaful.

    Los guardias reales de rango, llamados también Adalides o simplemente oficiales —entre muchas otras denominaciones populares—, eran soldados excepcionales pertenecientes a la Guardia Real. Por haberse destacado en alguna disciplina o haber realizado alguna acción de infinita devoción, se les reconocía con el título que los separaba del grueso de la división real. A partir de ese momento pasaban a responder directamente a la casa real de Reaful; funcionaban como brazos, oídos, ojos y piernas para el rey y eran enviados a misiones específicas para que otorgaran asistencia, ademas de funcionar como testigos de fe. Dentro del reino de Rea y los alrededores, se les reconocía como guerreros de élite cuasi divinos. Eran respetados por la clase militar, admirados por el pueblo y despertaban un miedo instintivo en las entrañas de los bandidos.

    —Tome asiento oficial Sú Un —con su mano señaló hacia un sillón junto a una ventana—; le contaré sobre la situación.

    —¿Podríamos conversar mientras caminamos bajo el sol?

    Los tres oficiales abandonaron la sala, en dirección a la plaza del fuerte. En el exterior el Sol brillaba sobre la piel de los soldados que en esos momentos realizaban sus labores dentro de las paredes del castillo. Sú Un siempre intentaba mirar hacia el Sol, regocijándose con el buen clima y refrescándose con el viento; sin duda sería un día hermoso y libre de nubes.

    —Lo escucho, general —dijo Sú Un cepillando su cabello con sus dedos recién descubiertos.

    —¿Me permitiría dar la explicación a mí, señor? —preguntó súbitamente Mietchena.

    El general de división asintió con su cabeza, entonces Mietchena prosiguió:

    —Quiero ser directa: el general Fíbrula nos ha traicionado y ha arrastrado consigo a una batería de infantería completa.

    Pasaron dos segundos de silencio antes de que la guardia real abriera su boca.

    —Oh... —exclamó sin cambiar su semblante.

    Mietchena viró sus ojos para encontrarlos con los de su superior. Estaba un poco descolocada por la ligereza que la guardia real mostró ante el trascendental suceso.

    —Creo que es un poco más grave que un simple “oh”, oficial Sú Un —Mietchena entrecerró sus ojos, forzando una sonrisa y moviendo las palmas de sus manos hacia arriba por en frente suyo.

    —Dama Mietchena, me haría muy feliz si me llamara a secas —La oficial mostró una cándida sonrisa—. ¡Oh!, y por supuesto entiendo lo delicado de la situación.

    Mietchena suspiró.

    —Requerimos encontrarlo antes de que abandone el reino. ¡Su sola presencia podría generar revueltas en los territorios mas jóvenes! Es por esto que el general Frietchena ha pedido su asistencia en Phioria Oriental, dama de Reaful. Es decir, Sú.

    —¡Entendido—exclamó entusiasmada, hinchando su pecho con aire y golpeándolo con su puño cerrado—! Me gustaría conocer más detalles.

    —Muy bien. Le contaré cómo han sucedido las cosas…

    —¿Cómo es él?¿en qué cosas piensa? —acercó ella su rostro al de Mietchena que debió inclinarse levemente en la dirección contraria— Pero no me cuente nada aquí, si es posible me gustaría que charláramos mientras nos movemos.

    Sú los observó a ambos antes de tener la afirmativa del general.



    v1 22 enero 2020
     
    Última edición: 22 Enero 2020
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    Hola, Confrontador. Creo que es la primera vez que leo y comento una historia tuya, al menos en esta zona.

    Tengo que decir que, al principio del capítulo no entendía demasiadas cosas. No fue sino hasta el final que pude entender bien el asunto de la trama. No es algo que me guste del todo, pero me alegra que en el primer capítulo ya se pueda ir deduciendo de que va a ir la historia. Lo que me llama la atención es que el título de la historia va en plural, pero en este capítulo solamente se habló del general Fríbula. Imagino que los hombres a su cargo conformarían el resto de los "traidores del Este", pero me pregunto si es que llegaremos a ver a alguno de estos cobrar relevancia en la historia en otro aspecto más allá de ser simples ayudantes y hombres al servicio de dicho general.

    Debo decirte que me gustó mucho la forma en la que has descrito las cosas, en especial al principio del capítulo. No fue demasiado extensa como para que resulte tediosa, ni muy breve como para que abarcara solamente un par de renglones y ya.

    Lo que sí debo admitir es que con los nombres estoy algo perdido. Frietchena, Mietchena... sus nombres son bastante similares y me costó mucho diferenciar quien era quien con la primera leída, teniendo que leer algunas partes más de una vez. El nombre más complicado es el de Sú, que no lo recuerdo bien del todo, por lo que yo también optaré por llamarla de esa forma. Pero lo que más me tiene mareado son los nombres de los lugares. No es algo que se me de bien al principio con ninguna historia, pero calculo que en un par de capítulos ya podré ser capaz de diferenciarlos.

    En fin, no tengo mucho más que comentar. Este capítulo fue una introducción para el mundo y los personajes que imagino que tendrán la mayor cantidad de protagonismo (siendo una historia corta según las etiquetas, no creo que la cantidad sea tan grande). Supongo que en los próximos capítulos seremos introducidos a la estrategia para capturar a los traidores y a los motivos de los mismos para haber cometido traición de esa forma. Me atrevo a pensar que se trata de un asunto de poder, pero es muy pronto para eso.

    Te marcaré algunos errores que encontré.

    La palabra correcta allí sería "vaya", dado a que hace referencia a la acción.

    A esas dos palabras les faltó la tilde. Sin ella, ambas palabras no tienen el significado que intentas expresar.

    Eso es todo por ahora. Será hasta la próxima ocasión.
     
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    Holas. Gracias por comentar. Usualmente menciono nombres de lugares y ciudades para posicionar geográficamente los acontecimientos. En todo caso, intento presentar como corresponde cada lugar que requiera ser presentado. Los nombres propios pueden resultar raros, pero así como son, forman parte del universo de la historia (que después de todo es diferente al nuestro) y en general pueden tener (como en la vida real) información sobre las personas, como por ejemplo su ascendencia. Espero que a medida que avance la historia suene todo más familiar xD.

    Gracias. Correcciones realizadas xD

    Saludos.
     
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    II​

    Fíbrula es un hombre alto. Su piel al natural es pálida, pero está algo tostado por el servicio y por las horas que ha recorrido a caballo por las llanuras cercanas a Sat Sham, la ciudad que solía gobernar —actualmente está bajo custodia del ejercito del general Frietchena. Su cabello es negro y sus ojos color café oscuro; es el monigote perfecto de un hombre con ascendencia de los antiguos reinos del Este.

    No lo conozco de forma íntima. La primera vez que lo vi fue hace años, cuando visitó la corte en mi ciudad natal y yo no estaba en el ejército. Después de aquel día, solo nos hemos visto cuando coincidimos en Phioria Oriental, o cuando tenemos que movernos en conjunto; ha sido solo trato profesional.

    Se que es muy inteligente; me consta. Maneja su tropa no solo con el peso de su rango, mezcla ideas de hermandad y honor —es muy similar al general Frietchena, que gusta de usar esos términos también, aunque Frietchena es mas llevado al honor que a la hermandad—. Se hace escuchar por sus hombres, los alienta y los lidera; hace florecer la pasión de sus corazones y acepta sobre sus hombros la responsabilidad de sus decisiones… como lo haría una especie de hermano mayor o un mártir.

    —¿Por qué lo comparas a un mártir y no a un general?

    —Considero que los generales o los reyes empujan a los demás por su potestad… él no dependía tanto de eso —Mietchena miró hacia el cielo y guardo silencio.

    La verdad, era alguien de admirar. Tenia liderazgo; no todos tienen esa virtud y no es algo que se pueda aprender… yo lo creo así. A él le salia todo de forma natural, aunque no fuera un hombre muy letrado.


    * * *​

    Frietchena, Mietchena y Sú Un bajaron peldaño a peldaño por las escaleras de piedra del fuerte de Phioria Oriental. Estaban a tal altura que el viento, implacable, los empujaba hacia el precipicio sin barandal que se encontraba a mano derecha. Las capas de Sú Un y el general ondeaban con ferocidad, mientras que Mietchena aferraba su mano derecha contra su casaca y sujetaba su gorro con su otra mano para que no saliera volando. Frietchena parecía inmune a todo ello y caminaba con el mismo ánimo con el que cualquiera caminaría por una jardín floreado en un hermoso día de primavera.

    Era todo de un color blanco, radiante por la luz del sol en los tramos en los que el propio pedregón donde se erguía el castillo no hiciera sombra. La escalera era muy empinada, pero caminar por ella permitía ver la gran ciudad que los rodeaba. Phioria Oriental era una joya para el Reino de Rea.

    Llegaron hasta la segunda plaza del fuerte, ubicada a nivel del suelo junto a los establos. Estaban aún a cobijo de un muro de piedra de aproximadamente tres metros de alto que los separaba del paisaje urbano.

    Frietchena había dado la orden de antemano: una batería de infantería marchaba en filas de a cinco hombres, cruzando por la inmensa puerta de madera y hierro. Las fuertes pisadas al unísono de cada camarada creaban una especie de canto de guerra y disciplina. Era una melodía retumbante que se escuchaba por todo alrededor de la avenida principal por la que marchaban.

    A Frietchena le encantaba. Sú Un parecía entretenida; con los ojos cerrados, sus pupilas hacia el cielo y sonriendo, levantaba ambas orejas con sus dedos índices, perfilándolas hacia el desfile del ciempiés. Los soldados que pasaban a su lado se volteaban sin salirse de sus filas para saludarla orgullosos con el puño en el pecho y ojitos titlantes.

    Montaron sus caballos y salieron de las murallas del recinto galopando a un costado de la hilera de infantería. Por las ventanas de los edificios se asomaban los habitantes de Phioria Oriental. Gritaban y silbaban alentando a sus tropas. Por sobre la tierra y la piedra, los ciudadanos en el suelo se detenían para mirar. Hombres de piel oscura, blanca y azul alzaban su puño y gritaban. Eran los mismos hombres que la gran ruta del Este arrastraba consigo, los mismos hombres que tomaban el regalo del Este para el mundo entero y lo depositaban en la ciudad. Ellos se inclinaban al ver pasar a su señor y elevaban alabanzas hacia la dama de Reaful.


    * * *

    Fue durante la noche, a una hora en la que no se podía ver nada sin usar fuego, y con una Luna ausente por las nubes. Yo estaba en compañía de mi corte, sentada sobre el prado, acampando a orillas de la laguna de Lucio. Me parecía una noche perfecta para cuidar de mi misma. Eramos mi corte, yo y una escuadra de Alabarderos de la Corte.

    Desde el noreste más o menos fue que apareció Fíbrula. Pese a la luz cálida de las antorchas, su rostro estaba demasiado pálido. Parecía como si hubiera estado vomitando.

    —¿Vomitando? —preguntó Sú Un.

    —No sé, es lo primero que pude pensar; estaba agitado, jadeaba y se veía... ¿enfermo?

    Venia acompañado de un puñado de sus hombres a caballo —serian unos seis o siete—. Se habían escabullido todos por el contorno del campamento, según me contaron, antes de ser encontrados por un grupo de los alabarderos. Fui a su encuentro de inmediato, pero él se mostraba algo reacio a contar con mi ayuda, al menos durante el principio; cuando logré convencerlo para que se detuviera a descansar pareció relajarse y pude invitarlo a mi tienda a charlar.

    Él me contó que tenia mucha prisa por alcanzar a unos bandidos. Eran un grupo grande, con más de treinta miembros, que había tratado de asediar una aldea granjera en los alrededores de Sat Sham. Me resultó chocante verlo en ese estado; decía querer lanzarse rápido contra ellos, que la noche los ayudaría, que no podrían responder una embestida relámpago, pero él y su grupo entero se veía demasiado cansado. Pensé que quizás se precipitaron de forma irresponsable y se habrían agotado en un intento fracasado de dar caza a los rufianes. Lo miré de pies a cabezas, pero se veía intacto. Su ropa estaba algo arrugada y sucia; tampoco tenia puesta su armadura pesada, por lo que deduje que debía estar portando equipo ligero. En ese momento no supe en qué circunstancias fue que se encontró con los bandidos, pero Fíbrula cuando está en armas suele usar una armadura pesada junto a su espada bastarda.

    —¿Sabes quién le enseñó a blandirla?—preguntó Sú

    —¿Qué?—respondió Mietchena desconcertada.

    —Nadie en el Oeste. Él no se forjó en academia, el maestro Toribio Fionato fue su mentor —interrumpió Frietchena—. Lucha con un estilo muy similar al que practican en Río Negro, que es lo que imagino le interesa saber.

    Estuvimos cerca de cinco minutos hablando; él intentaba ponerme en contexto. Pasado ese rato insistió en continuar. Ahí fue cuando sorprendentemente pidió mi ayuda. Ambos nos levantamos —estábamos sentados sobre unas almohadas— y salimos hacia la orilla del lago para idear una estrategia rápida.

    —Pidió ayuda después de todo —murmuró la adalid mirando hacia el cielo.

    El grupo enemigo estaba compuesto por hombres a pié y a caballo, todos con armas ligeras, incluyendo algunos sujetos muy diestros con el arco largo. Los Alabarderos de la corte portan siempre equipo pesado; hubiera sido imposible para ellos seguir el paso de los forajidos en huida y por asuntos de tiempo, era imposible contar con refuerzos desde algún fuerte. Ese fue el panorama que Fíbrula planteó ante mi. Era extremadamente complicado cazarlos en esa misma noche… Si él fallaba en atraparlos, lo más seguro era que en los días venideros se retiraran por la frontera, eso por supuesto saqueando poblados pequeños que cupieran en su paso. Todo iría bien para ellos en cuanto se mantuvieran alejados de la ruta principal hacia Phioria Oriental, que está siempre bien custodiada.

    Apenas salimos de la tienda, Fíbrula se acercó a la orilla del lago para mojar su cabeza. Cuando volteó hacia mi, me explicó cómo lo haríamos: él y y los suyos, a caballo, correrían a toda marcha e intentarían rodear al grupo de bandidos que acampaban en un valle más o menos al Este de donde estábamos. Yo y mis alabarderos caminaríamos a marcha lenta y sin desvíos hacia el valle, pero nos ocultaríamos de la vista de los bandidos. Fíbrula pretendía engañarlos para que se toparan de frente con mis alabardas. De alguna forma u otra, se mostraría ante ellos desde el Este, pretendiendo ser muchos más de los que eran. Los haría huir de forma conveniente; quería conducirlos hacia mi, tal como un pastor lo hace con su rebaño, para que así yo los acabara. Él fue quién urdió todo y quien me convenció, más yo guardé mis dudas. ¿Cómo podía engañar a un grupo tan grande con tan solo un puñado de hombres?, en ese minuto no se me ocurrió una respuesta, pero confiaba en su palabra; él era un hombre muy inteligente y yo sabía que nunca daba un paso sin saber donde caería su zapato.

    Su grupo más dos alabarderos montados, por los cuales tuve que insistir para que les permitiera unirse, partieron a toda velocidad desde el campamento. Yo y un grupo de cuarenta alabarderos partimos a pie, recto hacia el Este tal como habíamos acordado. No estaba vestida para la batalla, pero portaba mi arma y los Alabarderos son superiores bajo cualquier mirada.

    Llegamos en poco tiempo hasta la orilla del valle y nos acomodamos atrás de una suave saliente. Habíamos coordinado iniciar la acción en tres ciclos del reloj de marcha, tiempo más que suficiente para que él y los suyos tuvieran todo preparado. Los bandidos, según su relato, estaban relajados, por lo que era poco probable que cambiaran su posición. Acomodé a mis hombres formado una linea y esperamos agazapados.


    * * *​


    Pasaron más de cuatro horas de marcha. La tropa avanzó a través de un sendero que se bifurcaba a pocos kilómetros de avance desde el camino principal pavimentado que salia de Phioria Oriental. La hueste completa estaba compuesta por una batería de infantería ligera y profesional, un triángulo de soldados provistos de arcos largos y un grupo de alrededor de cincuenta soldados a caballos, siendo estos algunos oficiales al mando de Frietchena y el grupo de guardia de los Alabarderos de la Corte de Mietchena, que la escoltaban desde su arribo a Phioria Oriental. También los acompañaba una sacerdotisa del culto a la diosa Rea.

    Mietchena cabalga junto a Sú. La miraba de reojo y con suspicacia. Su piel era muy pálida y sana; le parecía una muñeca de porcelana, una señorita de la nobleza o alguien que jamas hubiera luchado en su vida. Cuando miraba sus propias manos veía lo mismo. Ella era un general del ejercito profesional del Reino de Rea, pero también era la Vigetchén de su ciudad y de su gente; había crecido rodeada por mimos y bajo los escudos de los Alabarderos de la Corte. Su piel no fue tocada por el sol si no hasta que tuvo edad suficiente para conocer el amor. Estaba orgullosa de lo que era y también de lo que logró. ¿Sería Sú Un Perna Rakmanth como ella? A sus ojos se veía linda, pura y frágil. Vestía como todos los demás soldados en el ejercito, pero tenia adornos femeninos totalmente inútiles en batalla. Era algo usual que a los guardias reales de rango les permitieran el maquillaje o algunos detalles estrafalarios —de hecho era usual reconocerlos por ello—, pero también era usual, al menos con todos los adalides que ella había conocido a lo largo de su vida, que se vieran intimidantes. Sú no intimidaba; era una joven linda e inocente y no un guerrero monstruoso.


    * * *​


    Una vuelta. Dos vueltas. Tres vueltas. Silencio y oscuridad.

    No vi señales de Fíbrula ni señales de los bandidos y temí lo peor. Dubitativa y pasmada, no supe que hacer ¿Era prudente continuar esperando o debía actuar ya? Confiaba demasiado en él, pero si su estrategia no había funcionado, ¿qué debía hacer? Me temblaban las manos mientras trataba de mirar a través del horizonte, pero tenía que ingeniar una respuesta. Él podría haberse retrasado en montar su posición, o los bandidos pudieron no haber seguido el camino por donde se suponía debían huir. ¿Estaba yo en el sitio indicado?¿había seguido bien la dirección? Eran muchas posibilidades, pero cuando una de ellas cruzaba mi mente, mi corazón se aceleraba: ¿y si los bandidos no habían caído en su truco...? Con rabia, mande a uno de mis hombres sobre mi propio caballo para que trajera a mis fuerzas. No podía permitir que unos bandidos arrebataran el orgullo de un compañero.

    Y pasaron así las horas… esperando. Fueron las suficientes como para que llegara la escuadra de caballería que había mandado a traer. Partimos a galope atravesando el valle, buscando cualquier lucecita o señal de fuego, de batalla; cualquier cuerpo en el césped o él aroma a sangre en el aire, pero no encontramos nada. El remordimiento por haberme guardado mis pensamientos en aquel momento empezó a carcomerme como muy pocas veces había sucedido. Fue entonces que pude ver en el horizonte a un grupo grande de caballos avanzando. Ellos nos vieron también; era el general Samarat Hermain acompañado de muchos soldados.

    —¿Hermain? —repitió Sú.

    Hermain fue quien me contó lo que realmente pasaba. Fíbrula había alzado su espada en la capital: había intentado tomar la cabeza de Frietchena para hacerse con el poder de Phioria Oriental. Hermain lo había atestiguado todo con sus propios ojos: Frietchena y Fíbrula se enfrentaron, con el traidor vociferando sobre reclamar las tierras del Este para sus reales dueños, pero al verse derrotado, habría huido malherido a través de una de las ventanas. Lo habían acompañado a la ciudad varios de sus hombres que se sacrificaron para crearle una oportunidad de escape. Aquellos que lo acompañaban cuando nos habíamos encontrado no eran más que los restos de ese grupo.

    Frietchena había enviado mensajeros a todos los subcomandantes del Ciempiés con la orden de captura prioritaria. A Hermain le había encargado perseguir al traidor, mientras él se dirigía con el ejercito hacia Sat Sham, temiendo que una revuelta a mayor escala estuviera sucediendo por allá.

    —¿Los reales dueños del Este? —preguntó para Sú.

    —Sí —suspiró.

    Él sabía que la forma más sencilla de tomar el poder era remplazando por la fuerza al general de división. No habrían hombres muertos, ni huestes de afuera metiendo sus narices; todo a espaldas de Reaful. Bajo la linea de mando, él era quien mas adeptos tenía; con su peso podía hacerse aceptar como el nuevo general sin mayor oposición. Si era capaz de vencer a Frietchena, era porque merecía el poder que intentaba usurpar. Dice hacerlo en nombre de Sat Sham y de los antiguos reinos del Este que ya están bajo tierra, pero lo hace solo para intentar ganar el respaldo del populacho; a él no le interesan tales cosas. Es un embustero, yo lo sé y el lo sabe también; su única ambición es el poder, su única ambición es el poder.

    Cuando el ejército del general llego a la ciudad no encontró revuelta alguna. Era una noche normal en Sat Sham, pero al hacer ingreso al fuerte principal de la ciudad, se encontraron con los barracones vacíos; no había ningún soldado alojado en su interior. Indagando en los registros propios, y viendo las evidencias, llegamos todos a la conclusión de que había una batería de infantería completa ausente. Los uniformes, el estandarte y las armas; todo el equipamiento estaba desaparecido. El oficial de mayor rango que pudo encontrar era un capitán que decía desconocer la situación tanto como nosotros. Los soldados restantes al mando de Fíbrula decían no saber nada también. Frietchena registró los edificios gubernamentales, pero no logró encontrar registros oficiales que pudieran desvelar quienes eran exactamente los desaparecidos, ni cuanta indumentaria fue robada.

    —Hasta este minuto aún se está buscando —interrumpió el general.

    Yo pensé durante todo ese tiempo que había enviado a un hombre a su muerte, pero lo que realmente había hecho era dejar escapar a un traidor; un malnacido que cree tener potestad para hablar en nombre de los que tenemos sangre del Este corriendo por nuestras venas. Y yo… yo durante todo ese tiempo...


    * * *​

    Pasaron cuatro horas más y el grupo completo llegó hasta una meseta. El sol ya no estaba en el zenit y el viento empezaba a soplar a ras de suelo. Las tropas recibieron la orden de descanso y se tendieron alrededor de la meseta, mientras que Sú, Frietchena, Mietchena y dos oficiales más se acomodaban sin desmontar en el borde de un acantilado poco sinuoso pero también de poca altura. El general de división miró hacia el horizonte.

    —Fue en el valle a nuestros pies donde se perdió el rastro de Fíbrula durante la noche —comentó dirigiéndose a Sú—. Sobre la infantería, no tengo ninguna pista, pero creo que sería bueno que le comentara más detalles.

    Sú bajó de su animal mirando hacia el horizonte.

    —La verdad, me resulta irrelevante donde estemos, general —Y volteándose hacia este continuó—. Con todo lo que me han contado durante el camino me basta.

    Caminó dando saltitos hasta el borde. Las puntas de sus botas tocaron el vació.

    —Hay mucho sol —musitó haciendo sombra sobre sus ojos con su diestra como si fuera una visera.

    Cerró sus ojos y levantó sus orejas con los dedos de sus manos.

    —¿Qué está haciendo... ?—susurró Mietchena que también desmontaba de su caballo.

    Sú no abrió la boca. Hizo un leve movimiento de izquierda a derecha con su cabeza, como si intentara escuchar cada resquicio del horizonte frente a ella. Tras el movimiento inhalo profundo con sus pulmones y abrió los ojos.

    —Ya se donde está, general. ¡Lo he encontrado!

    Giró su cabeza hacia sus acompañantes, haciendo ondear sus grandes aretes y regalándoles una sonrisa de entusiasmo. Mietchena y los demás palidecieron expectantes.

    —¿Está segura que es él, que es Fíbrula? —cuestionó el general de división solo por el afán de despejar cualquier duda.

    —Sí.

    —¿¡Dónde está!? —Uno de los oficiales abrió sus ojos con ira y excitación—¡Yo no lo logro ver, dama de Reaful!

    Se volteó con violencia hacia las tropas a sus espaldas. Intentó entonces levantar su mano para preparar posiciones para una carga con la infantería, pero su superior lo debuto en el acto sujetando su mano con firmeza.

    —Espere, coronel —dijo sin mirarle, y encarando a Sú, prosiguió— ¿Dónde exactamente está?

    —Está a varios kilómetros al noreste de aquí. Mucho más allá del cruce del Besta—dijo apuntando con sus brazos en la dirección. Giró entonces sus pupilas hacia arriba— Mmm… No estoy segura cuán lejos es, pero yo diría que está en una ciudad.

    —¿¡Una ciudad!? —exclamó Mietchena—¡¿Cómo podría estar en una ciudad más allá del río…?!

    —No sé, pero está en un lugar muy poblado, lejos de cualquier soldado del reino… aparte de Lorenz Nicolao. Necesito acercarme más para poder distinguir mejor.

    —¿Lorenz Nicolao?, ¿quién es ese?

    —Esa dirección —El segundo coronel, que se había mantenido sereno, abrió su boca—… la única ciudad que puede cuadrar con la orientación sería Rovriadriana, la capital de Korona…

    —¡Espera! —Mietchena no daba crédito a lo que escuchaba—,¡eso es demasiado lejos, cómo podría estar allá si ha pasado tan poco tiempo!

    Agitaba sus brazos con fuerza, interponiéndolos por delante de ella.

    —En territorio extranjero.—Los dientes del otro oficial crujieron con ira.

    —D-dama de Reaful —tartamudeó Mietchena—, explíqueme, ¿¡se ha sacado esa respuesta de la nada, no es así!? —Y apretando sus puños con fuerza, sin pensar en sus palabras, continuó— ¡No juegue con el orgullo del Ciempiés del Este!

    Frietchena se volteo violentamente, encarando a su subcomandante con una mirada fría de desaprobación. Pretendía interceder, pero Sú interrumpió.

    —No estoy mintiendo, Mietchy —Dio una vuelta juguetona sobre sus pies juntos y con ambos brazos abiertos—. ¡Yo puedo ver a todos a mi alrededor!

    Dio otra vuelta y sus grandes aretes giraron alrededor de su cabeza. Su inocente sonrisa ya no la engañaba más; la rastreadora de la corte era también un monstruo.
     
    Última edición: 22 Marzo 2020
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    Hola, paso a comentar el capítulo nuevo que has publicado.

    Debo decir que me he mareado un poco al leer las cosas y ver como dábamos un salto de una escena a la otra. Pero me agradó bastante que se pudiera ver un poco más sobre el general Fíbrula, y también la forma en que se hizo. Sin darle un punto de vista para él en el capítulo, sino narrado a través de los ojos de otro personaje, se pudo explicar más el asunto de su traición y cómo lo logró. Ahora, creo que lo único que falta es explicar con mayor profundidad el motivo. Sé que se dice que es alguien con ambición de poder, pero creo que eso es muy superficial. Eso creo que ya debería ser visto desde su punto de vista.

    Tal parece que Friet, Mietchy (ese apodo me gustó XD) y Sú ya lo tienen detectado gracias a esta última. Si no está mintiendo, tiene sin dudas una vista privilegiada. Aunque yo no me fiaría tanto de que esté diciendo la verdad. Que exista alguien con una cualidad así es demasiado bueno para ser verdad. Creería que algo esconde, pero supongo que ya se verá.

    Te marcaré estos errores que encontré.

    La palabra correcta sería ‘tuvo’.

    Te faltó la hache a la primer palabra.

    En esta parte repetiste dos veces la misma frase.

    La tilde ahí iría en la i y no en la o.

    Allí falta tanto la tilde sobre la letra a y los signos de pregunta, o al menos uno de ellos, ya que los puntos suspensivos dan a entender que se interrumpe. Hay algunas otras tildes faltantes, pero deberían ser fáciles de encontrar.

    Estaré esperando por el siguiente capítulo. Espero poder estar presente para cuando lo publiques. Eso será todo por ahora. Saludos.
     
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    Hechas las correcciones.
    Así es como el personaje narró.
    En su momento no quise poner los signos porque la entonación del personaje no era la de una pregunta. No es una pregunta retórica exactamente... pero creo que bajo las reglas (más allá de lo que yo crea es más expresivo) si deben ir los signos xD

    Saludos!
     
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    Título:
    La cacería de los traidores del Este
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Fantasía
    Total de capítulos:
    3
     
    Palabras:
    3938
    III​


    Mietchena mordió su labio inferior y trató de calmarse. Había actuado impulsivamente y había roto su personaje. Sentía a Frietchena acuchillándola con su mirada y a los demás oficiales expectantes.

    —Discúlpeme, Sú —dijo arrepentida y mirando hacia el suelo.

    —¿Por qué te disculpas—preguntó Sú desconcertada—? No has hecho nada malo.

    En ese minuto, Sú Un Perna Rakmantha le parecía un ser lejano y omnipresente. Se había separado de los demás oficiales que la acompañaban, todos ellos excepcionales, y había ascendido a un nivel inalcanzable e impredecible.

    —¿Puedes encontrar a la batería de infantería sublevada?—preguntó un coronel.

    —No. Desde aquí solo veo a los soldados que vienen con nosotros y a las guarniciones de las ciudades… Hay un grupo más pequeño en el cruce del Besta.

    —Debe ser Hermain —interrumpió Frietchena.

    —¡Sí, es él! —Sú sonrió e hizo una pausa—… En este momento, al oeste y también cerca de Dalelium acontece algo como una batalla y ocurre en cuatro lugares simultanemente. Están matando gente. Podrían ser bandidos atacando aldeas rurales.

    El general de división y sus dos coroneles enlazaron miradas entre ellos.

    —Hay cosas más importantes ahora —Frietchena no titubeo.

    —… Alrededor de nosotros no hay nadie y alrededor de Fíbrula solo escucho a Lorenz. El resto son todos bárbaros paganos. No puedo diferenciar a los soldados de los civiles si se trata de paganos, pero me imagino que deben haber muchos de ambos si es una ciudad.

    —¿Qué hay de los comerciantes hijos de Rea?¿No hay ninguno en la ciudad?

    —Oh, sí, ¡hay muchos civiles!, pero estamos buscando soldados sublevados ¿no? —Miró entonces a Mietchena.

    —¿Sabes quien es ese Lorenz Nicolao que mencionas?¿Está él con Fíbrula?

    —Lorenz es… creo que es un diplomático. Es miembro de la Real Misión. A esta distancia no logro distinguir cuán cerca están el uno del otro.

    —Tendremos que corroborar eso.

    La Real Misión era una división del ejercito encargada de realizar labores de inteligencia y diplomacia. Muchos de los miembros eran destinados a ciudades extranjeras para actuar como embajadores y propiciar una relación a amistosa.

    —¿Qué haremos, general? —preguntó uno de los coroneles.

    Frietchena permaneció en silencio durante unos minutos. Cruzó sus brazos y se dirigió a Sú:

    —Dama de Reaful, ¿serías capas de identificar a la batería rebelde si esta se moviera?

    —Podría verlos pero no podría saber si son rebeldes o no sin conocer quienes son los individuos que se revelaron.

    —¿Te refieres a los soldados, individuales, a cada uno?

    —Sí.

    —Y si Fíbrula se moviera….

    —Me daría cuenta de inmediato, general.

    —Me basta con eso —cortó Frietchena, entonces volviéndose a sus demás oficiales, prosiguió— El traidor está acorralado; iremos a buscarlo.


    * * *​

    Con un panorama más claro y aprovechando la cooperación de la rastreadora de la corte, Frietchena se dispuso a ubicar las piezas en el tablero. Él, Sú Un, Mietchena y Samarat partirían en compañía de quinientos soldados a caballo en dirección a Rovriadriana. La hueste estaba conformada por trecientos hombres de Frietchena más cien por parte de cada uno de sus dos subcomandates. En paralelo, el conjunto de infantería de Frietchena marchaba al mando de uno de sus coroneles con destino a las fronteras de Rovriadriana. Mietchena, por iniciativa propia, ordenó también el avance de una de sus batería de infantería regular.

    La identidad de Lorenz Nicolao había sido comprobada previamente en Phioria Oriental y, efectivamente, era el miembro de la Real Misión destinado a ejercer labores en Korona desde hacia más de siete años.

    Antes de partir, la sacerdotisa de Rea se acercó a los cuatro oficiales. Vestía una túnica negra con adornos en color naranjo vivo. Como su trabajo era acompañar al ejercito, tenia también una coraza de placas de barbano cubriendo su zona pectoral y en sus rodillas, ocultas por el ropaje. Sostenía un báculo ceremonial más alto que ella misma. En la punta había una hoja filosa que, indudablemente, podía ser usado para atravesar cuerpos humanos. El Reino de Rea mantenía embebida su cultura guerrera en todos los aspectos de su existencia, incluida la religión. El hecho de otorgarle a un hijo de Rea la capacidad de arrebatar vidas —por ejemplo, a través de un arma—, en cuanto esto fuera por el bien del reino y de la diosa madre, implicaba reconocer su valía y por ende era una forma de mostrar respeto. Frietchena, Sú Un y Samarat se arrodillaron con humildad para aceptar la plegaria que la joven sacerdotisa extendió sobre ellos. Las hebras del cabello de la Diosa aún hasta ese día bajaban y se sujetaban de sus almas, bendiciéndolos y dándoles la vida como había sucedido desde el día de sus nacimientos.

    Habiendo comulgado con la divinidad y estando ya preparados para partir, Mietchena se acercó hasta su superior.

    —¿Realmente va a confiar sin más en lo que dice Sú Un —preguntó con tono sereno, mas su pregunta parecía un reproche—? Si lo que nos dice no son más que sandeces… estaríamos desperdiciando muchos recursos inútilmente. Incluso podríamos estar dejando escapar la verdadera oportunidad de capturar a Fíbrula…

    —¿Tienes esa oportunidad ahora—El general interrumpió, alzando la voz—, Mietchena?

    Los ojos severos del regente de Phioria Oriental cayeron casi con ira sobre la mujer.

    —General —Samarat, que estaba un poco más atrás, irrumpió en la conversación—, yo tampoco estoy seguro sobre todo esto. ¿Confías tanto en lo que te diga ella?¿Cómo sabes si no esta inventando todo?

    —¿Por que esta súbita desconfianza hacia la rastreadora de la corte? —preguntó Frietchena mientras miraba hacia el suelo.

    —No —Mietchena agitaba frenéticamente sus brazos mientras hablaba—, No se trata de desconfianza… pero, general, mire a su alrededor: estamos a punto de mover soldados hacia territorios que no nos pertenecen solo por un testimonio que no podemos corroborar.

    —Si al menos nos hubiera dicho cómo obtuvo esa información —habló Samarat—. ¿Es alguna clase de bruja? Sabes tan bien como yo que muchos Adalides se comportan de forma caprichosa por esa libertad que la casa real les da.

    Frietchena guardo silencio por un corto instante antes de responder.

    —Mietchena, dices desconfiar, pero has insistido en enviar una de tus baterías para la campaña; una batería completa que cruzará también por el territorio de Korona.

    —Pero…. Yo solo quería… —Mietchena palideció, siendo incapaz de fijar la mirada sobre la de su superior que la miraba en ese minuto.

    Apretó con fuerza ambos puños, que apuntaban hacia el suelo. No se le ocurrió cómo responder.

    —Si no son capaces de confiar en Sú Un, entonces les ordeno que lo hagan en mi. Como rastreadora, ella tiene la confianza del mismísimo rey e inclusive es un miembro de rango entre la Guardia Real.

    —¡Si general!

    Samarat posó su mano sobre el hombro de Mietchena tratando de confortarla antes alejarse. Empezó a buscar a Sú, a quien hasta ese minuto no había visto en persona. Quería conocerla; verle la cara y decidir por si mismo cuánta confianza podía depositar sobre ella. No había que malinterpretarlo; él haría todo lo que su superior le ordenara sin titubear, pero su curiosidad y su propio sentido de la moral le empujaban a formarse un criterio propio.

    Caminó entre los soldados que se preparaban para partir, encontrando a Sú Un sentada sobre una roca. Samarat no la hubiera podido reconocer a esa distancia si no fuera por los grandes y coloridos aretes, además de sus ropas de oficial. Ella estaba quieta, con las piernas juntas intentando mirar en la dirección por donde salia el sol.

    —Dama de Reaful —saludó Samarat estando a siete metros de ella—, no he podido presentarme como es debido.

    Sú giró su cabeza hacia el oficial que se acercaba. Cuando estuvieron el uno frente al otro, procedieron a realizar el saludo militar.

    —Soy Samarat Hermain, general de la división del Ciempiés.

    —Mucho gusto, general —Sú sonrió.

    —Frietchena me ha contado que has sido tu quien ha pillado al traidor —Samarat jamas mostró el respeto a través del lenguaje formal.

    —¿Se refiere a Fíbrula? Sí, el general cree que está en Rovriadriana.

    —¿El general cree?

    —Sé donde está pero no he sido yo quien identificó el lugar como Rovriadriana —Sú acerco dos de sus dedos a sus labios—. Debe ser muy hábil para tener tan buena orientación. Es bastante sorprendente, ¿no le parece?.

    —A mi me sorprende más que tu lo encontraras tan rápidamente. Hemos enviado a todos los rastreadores con que contamos e involucramos al gremio de caza para buscarlo, pero ninguno ha podido encontrar rastros.

    —¿Habla de pisadas en la tierra?

    Samarat miró a Sú de pies a cabeza. Su traje de oficial, sus adornos y su capa; la rígida funda de algún tipo de sable que portaba en su cinturón y también sus manos descubiertas de los guantes que colgaban anclados al mismo cinturón. Todo estaba muy cuidado y limpio. Su rostro y sus manos carecían de las imperfecciones que la mayoría de los guerreros curtían en su cuerpo tras dedicarle su vida a la espada. Sus dedos eran tan delgados que, de estar blandiendo algún arma, parecían poder romperse ante el primer choque de hojas. Si bien su uniforme no permitía dar un juicio certero sobre su estado físico, era muy probable que no tuviera la musculatura necesaria para mantenerse con vida en un enfrentamiento crudo. Esa fue la conclusión superficial del joven general.

    —Oficial Sú Un, ¿me permites ver tu arma? —preguntó mientras se sentaba a su derecha. Había poco espacio en la piedra, por lo que tubo que hacer esfuerzos para comprimirse y no incordiar a su interlocutora

    Sú ladeo levemente su cabeza, desenvainando una espada de talante.

    El arma tenia alrededor de un metro de largo. La portaba en el lado izquierdo de sus caderas; analizando el largo de sus brazos y de la propia espada, lo más probable era que ella la blandiera con su mano derecha.

    Las espadas de talante eran un arma común en las zonas centrales del reino. Se fabricaban popularmente en las forjas de aldeas y ciudades pequeñas ya que eran fáciles de producir y resultaban relativamente económicas y también fáciles de usar. Esto, por supuesto, no quería decir que no fueran efectivas.

    Samarat se levantó. Miró devuelta hacia Sú, obteniendo su permiso para poder blandir el arma. La alzó con su mano derecha y trazó tres certeros cortes frente a él. La filosa hoja silbó fuerte contra el viento. La espada tenia un peso promedio. Estaba en excelente estado. Samarat no pudo evidenciar ningún vestigio de daños o reparaciones previas; el arma era nueva o había sido tratada por artesanos muy habilidosos. No era una practica habitual dentro del reino el desechar y remplazar las armas. La filosofía del soldado profesional dictaba que un arma, tras ser entregada a un guerrero, pasaba a ser responsabilidad de este y debía ser usada para machacar los huesos del enemigo hasta que se rompiera. Esa era la muerte digna que se le debía dar a un compañero al que se le confía la vida. La costumbre era más fuerte dentro de las zonas centrales del reino. En el Este, los soldados no mantenían con tanta fiereza las mismas ideas. El reino de Rea abarcaba una extensión territorial gigantesca producto de la última expansión violenta que se había llevado a cabo hacia años. Era una nación cosmopolita, especialmente en las periferias en las que se había engullido culturas extranjeras y etnias orgullosas que se negaban a ser olvidadas. Siendo Sú Un un miembro de la Guardia Real, era de esperarse que se ciñera a la filosofía del soldado de Reaful, aunque su sangre no fuera de ahí como lo evidenciaba su nombre. Contrario a lo que se podía pensar en el extranjero, no era habitual ver a soldados con armas limpias fuera de los periodos de guerra; sin duda Sú Un era extraña.

    —¿Te graduaste de la academia en Reaful?—Samarat habló sin dejar de contemplar el brillo de la hoja.

    —Sí, general.

    —Podrías concederme el honor de un duelo amistoso, oficial Sú Un.

    Samarat volteó su rostro hasta ella. Él sonreía y mostraba su blanca dentadura; lo hacia con confianza y con una pizca de malicia, muy similar a la que un niño mostraba cuando estaba por cometer una travesura.

    —No quiero.

    Sú respondió con sequedad, mas sus facciones amigables no cambiaron en absoluto. Samarat se descolocó. No era muy disciplinado de su parte querer iniciar un duelo a puertas de la marcha, pero su alma de fiero soldado moría por la curiosidad. Quería sentir con su cuerpo y espada la embestida de la adalid; quería que fuera la fuerza de ella quien le obligara a reconocerla como meritoria de su confianza.

    —No tiene que ser ahora. Puede ser durante el descanso en la marcha, ¿o no encuentras placer en medirte con la espada?

    —No quiero.

    Samarat soltó el aire de sus pulmones. Aún sujetando la espada, afirmó los puños en su cintura y empezó a dar golpecitos ansiosos con su pie derecho contra el suelo.

    —Bien… debo confesar que no me esperaba esa reacción. ¿Puedo al menos saber cómo has hecho para encontrar a Fíbrula tan rápido?

    Sú Un no respondió.

    —Quiero ver a ese traidor donde corresponde, y por eso tienes mi eterno agradecimiento, pero preferirá no avanzar a tientas ¿me entiendes?

    Sú lo miró sonriente.

    —Hasta luego, general —dijo bajando de la piedra.

    La adalid dio la espalda a Samarat, que la vio alejarse caminando hasta perderse entre los demás soldados que estaban alrededor.

    El general restregó enérgicamente su mano libre contra su cabello.

    —Dejó su espada…


    * * *
    Partió el grupo completo. Mietchena ahora vestía el uniforme de oficial que muy raras veces usaba. Se movían por los caminos pavimentados que utilizaban las grandes rutas comerciales. Tras cruzar el río Besta estaban finalmente sobre el territorio de nadie; era una llanura en cuyo horizonte solo se podía ver a la linea de la carretera angostarse y perderse. Quedaba un largo recorrido hasta la capital de Korona. Avanzarían de día y acamparían de noche; las temperaturas por el territorio eran bastante promedio, por lo que no habrían problemas relacionados con el clima durante la marcha.

    —Jamás en mi vida había escuchado o visto algo como lo que me cuenta, general.

    La sacerdotisa del culto a Rea montaba un caballo y avanzaba a un costado de Frietchena.

    —Pero es fundamental saber si hay alguna bruja ayudando al enemigo —continuó hablando—, o podríamos caer en su trampa.

    Frietchena había consultado por una de las cuestiones que no tenían respuesta hasta ese minuto: ¿cómo había Fíbrula llegado a Rovriadriana en tan poco tiempo? Le preocupaba que el traidor tuviera la ayuda de algún practicante de la magia que transformara su captura en una serie de acontecimientos impredecibles. Si había usado magia para escapar hasta una ciudad lejana, no había nada que pudiera impedirle utilizarla de nuevo para huir cuando se viera acorralado. Tenía que proceder con cautela y saber jugar sus cartas. Si era posible, tenía que identificar a quien fuera su cómplice e inhabilitarlo antes de su captura.

    —...Pero no se preocupe, general, ¡yo estoy aquí e impediré que cualquier pagano intente utilizar sus artes siniestras contra nosotros! —La sacerdotisa golpeó su esternón con ambos puños y sus ojos titilaron brillantes y llenos de confianza.

    Cuando anocheció, el grupo decidió montar campamento para dormir y dejar que los caballos descansaran. Todavía no pisaban el territorio que Korona se adjudicaba; estaban lejos aún, marchando sobre tierras sin ley.

    A media noche, Mietchena salió de su tienda de campaña. Muchos de los soldados permanecían aún alrededor de fogatas, charlando y contando historias irrelevantes entre ellos. Cuando Mietchena pasaba cerca de ellos, parecían bajar el tono de sus voces y agachaban la cabeza. Ciertamente los soldados que no estaban a su mando directo tenían una visión diferente de ella.

    Avanzó hasta el borde del campamento, en una zona donde dormían los soldados de Samarat. Tenía ganas de estirar las piernas, por lo que se había alejado caminando a paso lento. Iba acompañada de una mujer que portaba el uniforme de los Alabarderos. No había mucha luz de Luna, pero era suficiente para iluminar los bordes de la superficie y no tropezarse. La zona no era habitada por animales salvajes peligrosos, por lo que la general no tenia mayores aprensiones para caminar libremente. Tras algunos minutos de caminata, una fogata en el borde del campamento llamó su atención. Sú Un y algunos soldados de Frietchena estaban sentados alrededor del fuego, hablando y compartiendo la comida y bebida que calentaban en la misma fogata. Se acercaron las dos mujeres hacia ellos. Antes de que alcanzaran a dar mas de cinco pasos hacia el grupo, Sú Un giró su cabeza plantándoles una sonrisa como siempre lo hacía.

    —Es una linda noche, Sú —dijo serena Mietchena mientras se sentaba junto a ella.

    Los soldados que estaban presentes saludaron a la general y a su acompañante, tendiéndoles comida y bebida para que se unieran al jolgorio.

    —Todas las noches son hermosas, Mietchy —respondió con énfasis—. ¡De noche se puede ver de todo!

    —Es un placer poder ver las estrellas o el brillo de la luna sobre el agua...

    Sú se silenció por unos segundos sin despegar los ojos de su interlocutora.

    —Ahora que vistes de uniforme, nos parecemos.

    La guardia real arrimó su cuerpo hacia la general, que no supo hacer otra cosa que sonreír. Lo cierto era que ambas distaban bastante de parecerse física o mentalmente. Además, si bien los uniformes eran similares en todo el reino, habían diferencias sustanciales entre las vestimentas que se usaban en cada zona geográfica; pasaba en todos los niveles de la cadena de mando.

    —Dama de Reaful —La acompañante de Mietchena se había sentado junto a ella—, Soy Maeví, capitán de los Alabarderos de la corte de Biorocheto. ¡Es un honor poder trabajar con un oficial de Reaful!

    —Mucho gusto —saludó Sú—… No está bautizada, capitán Maeví, ¿es usted un bárbaro?

    Mietchena y su subordinada se miraron entre ellas, asombradas por el poco tacto.

    —N-no he sido bautizada bajo su fe, si es a lo que se refiere… pero soy ciudadana del reino.

    —Los Alabarderos de la Corte son la guardia del palacio de Biorocheto. No son parte del ejercito del Ciempiés, pero me sirven a mi y a mi ciudad con lealtad —intercedió Mietchena—. Ellos son un cuerpo orgulloso y muy antiguo, Sú. Se ganaron hace años el derecho a continuar con su legado y seguirán custodiando el palacio y la ciudad por el bien del reino.

    —Suena como una tarea muy importante —Sú Un se acercó hasta Maeví, sujetándole la mano derecha entre las suyas—. Su uniforme es precioso; no se parece en nada al que usamos nosotros.

    Maeví se sonrojó levemente.

    —Estoy muy feliz con sus halagos.

    —Sú, ¿te gustaría acompañarnos en una caminata alrededor del campamento?—preguntó Mietchena.

    —Sí —Se levanto—, vamos.

    Las tres mujeres se apartaron del grupo de soldados.

    —Agradezco que hayas accedido a acompañarnos, Sú. La verdad quería poder charlar contigo antes de que entremos en Korona. Primero… me gustaría disculparme nuevamente por la actitud que mostré.

    —No es necesario. —Sú Un sacudió enérgicamente su cabeza de lado a lado.

    —El asunto del traidor no ha sacado lo mejor de mí. Sabes que hay una gran distancia entre donde me lo encontré y Rovriadriana ¿no? Es que simplemente no puedo entender cómo ha podido moverse en tan poco tiempo. ¡Es increíble!

    —Hay muchísima gente increíble en el continente.

    —Me gustaría compartirte algunas de mis deducciones, a ver que piensas.

    Cuando estuvieron a una buena distancia del campamento, Mietchena decidió detenerse para sentarse sobre el prado de hiervas salvajes. Era fácil saber donde estaba el campamento, ya que la luz de las fogatas alcanzaba a divisarse a buena distancia. Todo lo demás alrededor, aparte del cielo, era completa oscuridad.

    —Maieví y yo creemos que Fíbrula está cooperando con una bruja —dijo Mietchena mientras miraba hacia el cielo—. No conozco otra forma de lograr tal hazaña… y ni siquiera sé si una bruja podría hacerlo. Todo lo que te digo es en base a lo que me han contado sobre ellas; jamás en mi vida he visto a alguien utilizar magia o poderes sobrenaturales.

    —Mmm —Sú Un ladeó sus ojos como intentando hurgar entre los recuerdos que había en su cabeza.

    —¿Sabes alguna cosa sobre brujería? Alguna vez has hecho algo…

    —No sé nada, Mietchy.

    —...Esperaba que al ser un oficial de la Guardia Real, ya hubieras recorrido a través de un montón de experiencias.

    —Me estas sobrestimando —Sú sonrió, agachando levemente la cabeza.

    Mietchena cerró sus ojos y permitió que el silencio se volviera a sentir. No se escuchaban muchos grillos ni animales rastreros.

    —No se puede sobrestimar a alguien que tiene la capacidad para encontrar a un hombre a kilómetros de distancia —habló Mietchena.

    La general esperó unos segundos, buscando una reacción por parte de Sú. Ella no dijo nada.

    —Sú, ¿Cómo lo has hecho?¿Cómo pudiste encontrarlo con tanta facilidad —Mietchena giro su torso para encarar a la oficial—? Pero por favor no lo tomes a mal; de verdad no quiero que creas que estoy tratando de ser grosera o confrontacional como pude haberlo sido la vez anterior.

    —Lo sé —respondió.

    —Es solo que me resulta difícil poder confiar en algo que no comprendo.

    Mietchena intentó poner la mejor de sus caras.

    —Mmm —Sú rosó sus labios con dos de sus dedos—.... Yo no rastreo, yo los veo y los escucho, Mietchy. El cómo lo haga no es importante, pero si realmente dudas de lo que te digo, al menos dame la oportunidad allá en Korona para demostrar que no te miento.

    Sú sonrió. En sus grandes ojos se alcanzaba a reflejar la Luna y varias estrellas.

    —Deja que te cuente algo: cuando el Sol no esta en el cielo, se me hace muy fácil mirar con los ojos —Sú apuntó sus globos oculares con ambos índices—, y aunque aún estamos muy lejos como para que pueda ver al traidor, puedo ver a los cuatro paganos que nos han estado acechando alrededor.

    La adalid extendió sus brazos como intentando señalar hacia todos los lados. Mietchena palideció.

    —¡Pero no te asustes! Todos ellos vienen con la capitán Maeví. —Sú Un inclinó su cuerpo hacia la susodicha, afirmándose con las palmas de sus manos sobre el prado.

    Mietchena giró bruscamente la cabeza hacia Maeví, que al verse atrapada hizo una mueca de miedo y sumisión.

    —¡L-lo lamento, Vigetchén —repitió inclinando su cabeza hacia adelante y cerrando los ojos—! Es nuestro deber el protegerla bajo cualquier circunstancia, No podemos simplemente dejarla caminar…

    —Maeví, tu… —susurró Mietchena.

    —Mietchy, cuando encontré a Fíbrula pude ver el miedo que sentiste por mí—Sú se levantó para luego sacudir con delicadeza su uniforme—. No quise entrometerme en tu privacidad, pero fue inevitable estando tan cerca tuyo.

    El sudor frio bajó desde la frente de Mietchena y su corazón se aceleró tanto que creyó poder escucharlo. Se levantó violentamente, con la mente en negro y con sus ojos fijos, siempre buscando a los de Sú Un pese a la oscuridad .

    —Es por eso que entiendo tu recelo. ¿Sabes?, me haría muy feliz si pudieras darme esa única oportunidad ¿Qué dice, dama Mietchena?

    Sú tendió con delicadeza su mano derecha hacia Mietchena y la mantuvo en el aire, esperando que ella la tomara.

    Desde que abandonaron la fogata, Maeví había mantenido un bajo perfil. Sus agudos ojos habían estado sobre la guardia real la mayor parte del tiempo. Ahora estaba de pie, con una mirada depredadora y acariciando con sus dedos el pomo del arma que tenía envainada en la cintura.
     
    Última edición: 27 Marzo 2020
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    Reydelaperdicion

    Reydelaperdicion Equipo administrativo Comentarista empedernido

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    Hola. Paso a comentar el capítulo. Debo decir que está pintando interesante cuando se mencionó la posibilidad de que Fíbrula está usando una bruja para poder moverse rápidamente por grandes distancias. Aunque como no se conoce demasiado el mundo, es difícil que ese hecho cause mucho impacto en el lector, al menos en mí.

    Solo tenemos los diálogos de los personajes, que muestran su asombro por ver que alguien haya recorrido tanto en poco tiempo; pero si conociéramos mejor el mundo, sería algo mucho más impactante.

    Los diálogos entre los personajes están bien, pero puedo decir que no tolero la actitud de Sú. Debo decir que Mietchy y Samarat tienen razón para confiar en ella, y creo que ella no ha hecho ni dicho suficiente como para hacer que otros estén totalmente convencidos de su lealtad. En cierto modo, tampoco me agrada mucho Frietchena. Creí que tendría un argumento más convincente para demostrarle a los demás que pueden confiar en Sú que simplemente decir “si no confían en ella, confíen en mí”. Entiendo que él pueda tener su fe en ella, pero no todos tienen por qué tenerla. Después de todo, con la fe y la confianza ciega no se ganan peleas.

    Quizá Sú no esté siendo totalmente sincera porque tiene algo que ocultar, ya sea por vergüenza, por un juramento que haya hecho o por alguna otra forma de restricción; pero eso no justifica (al menos no a mi punto de vista) que se guarde cosas tan importantes. Si se tratara de un simple ladrón o algo más leve, quizá no sería tan grave, pero se está hablando de un traidor muy importante para los que lo están persiguiendo.

    Debo decir que la narración y las descripciones me han gustado. Sentí algo de pena porque Sú no aceptara un duelo de práctica con Samarat porque tenía interés en saber cómo ibas a narrar los combates. Pero supongo que en un futuro ya habrá oportunidad para eso.

    Te marcaré un par de errores.

    Allí pusiste un punto y luego seguiste con minúscula en la primer palabra. Puedes cambiarlo por una mayúscula o bien, reemplazarlo por una coma.

    La palabra “hacia” tiene que ser reemplazada por “hacía”. De lo contrario, no tiene el significado que le quieres dar.

    No estoy muy seguro de si esto es un error, porque no soy un conocedor experto en esto, pero creo que el signo de interrogación debería cerrar antes del guión. Se repite un par de ocasiones más después de eso.

    Allí está el mismo error con “hacía” que mencioné antes, además de que deberías escribir “a cabo” y no “acabo”. Esta página lo explica mejor

    Allí deberías quitar uno de los ‘lo’. No pueden ir los dos juntos. Debería ir:

    “¿Cómo pudiste encontrarlo?” o “¿Cómo lo pudiste encontrar?”

    En ese lugar pusiste ‘quince’ en vez de ‘quise’.

    Hay algunas otras palabras sin su tilde correspondiente, que no son tan graves como para interferir en la lectura.

    Saludos y hasta la próxima.
     
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