Mencionó el hecho de que evitaba discutir con sus seres amados, y comprendía aquello porque usualmente procuraba conversar antes de llegar a un choque, y en sí, evitaba éste último a toda costa, por ello seguía sin tener contacto con papá, bueno, tampoco es que me reconociese como su hijo desde hace un par de años, pero aún seguía dándole vueltas, no tenía conocimiento sobre cómo estaba, si su relación con el licor seguía siendo tan... caótica, y si había superado siquiera el quiebre con mi madre. —Probablemente también deba discutir más seguido —secundé luego de un rato, en lo que él estaba cantando en voz baja. Lo dejé disfrutar de mi miseria de aquella mañana, aunque se contuvo, se notó al modular la risa. Solté el aire por la boca en una especie de sus piro entre resignado y avergonzado de siquiera recordar aquella sesión de fotos; la verdad era que por salud no debía ni haber estado ahí, pero la terquedad a veces se me pegaba como una segunda piel cuando era algo que necesitaba por algún factor monetario para ayudar a mamá en casa. —Inmediatamente —tomé otro trago entre tanto, sintiendo la garganta fresca para seguir hablando—; todos fingieron que aquello no sucedió y seguía escuchando el sonar de la cámara, y bueno, al terminar uno de los asistentes levantó el ventilador como si aquella situación no la hubiese presenciado también, imagino que al salir de ahí se habrán reído con gusto. Al menos era de las pocas anécdotas graciosas que tenía, y que tampoco le había contado a Paimon, primero por la mala cara que hubiese puesto por ir enfermo a trabajar, y segundo, me hubiese recordado aquello una y otra vez para reírse en comentarios pasivoagresivos, así que conociéndolo, mejor que ni lo supiese. Di otro trago corto y apoyé el codo sobre la mesa. El alcohol apenas me calentaba la garganta; seguía sintiéndome demasiado consciente de mis propios pensamientos para atribuirles aquella ligereza a las copas. —¿No te parece curioso como ciertos recuerdos se adhieren más que otros? La idea regresó sola, como había ocurrido desde que comenzamos a hablar del tema. Siempre me había parecido más sencillo guardar silencio, ceder o alejarme antes que convertir una diferencia en una pelea. Durante mucho tiempo lo consideré una virtud. Últimamente ya no estaba tan seguro. Porque algunas cosas no desaparecían por ignorarlas. Mi relación con papá era prueba suficiente de ello.
Si nos deteníamos demasiado a pensarlo, puede que nos diéramos cuenta de que las cosas que teníamos en común eran más defectos que otra cosa. La distancia, la evitación, la forma en que bordeábamos todo con tal de evitar el conflicto y la forma en que ambos, de alguna manera, elegíamos batallar con nuestras mierdas en soledad. No era nada de lo que debiéramos estar particularmente orgullosos, eso seguro. Lo escuché opinar que seguramente él también debía discutir más seguido y sonreí para mí mismo, como si aquello no fuese más que la confirmación de mis pensamientos. No opiné más al respecto, no creí que hiciera falta, y me distraje con su anécdota tratando de no reírme demasiado. Que sí, que la criatura no debería haber estado ahí, pero ya lo hecho, hecho estaba y pues se había llevado un ventilador en banda y a su dignidad con él. —La manera en que se deben haber meado de risa cuando te fuiste —acoté, divertido, y se me escapó una risa nasal. Seguí bebiendo sin prisa, ni siquiera sentía el efecto de la cerveza todavía y pensé, bueno, que el cuerpo se habituaba a todo. No era necesariamente bueno. No era bueno que yo me volcara tanto en los excesos de toda clase tampoco, pero no iría a decir nada al respecto. La canción se extendió más que la versión de estudio, me di cuenta, y la voz del muchacho se fue tornando más y más suave, casi como un arrullo. Controlé el impulso de volver a mirarlo y me limité a parpadear con lentitud, algo absorto en la melodía. El rasgar de las cuerdas y la voz del chico. La pregunta de Suiren me alcanzó y me pregunté qué tendría que ver con lo de antes, pero solo sus palabras bastaron para reactivar algunos engranajes. Recordé los atardeceres en el Hibiya, las carcajadas de Arata, las sonrisas de Kaoru junto a Yuzu y el ámbar frío en los ojos de Ko y nuestras friki charlas, recordé las escaleras del santuario y a mí mismo. Puede que fuese la cercanía de las fechas, los eventos recientes, la música o todo junto y punto, pero se me quisieron humedecer los ojos y lo disimulé alzando el vaso para beber una vez más. Estaban los buenos recuerdos y estaban los malos. Estaban las voces que oía en los pasillos de la escuela anterior, la voz de Kafuku y la tumba de Yako. Estaban las palabras de mi padre y las cagadas de los últimos días, las heridas de los otros y las mías. Cada recuerdo era una pintura y el resultado final de la obra variaba. —La memoria es una cosa curiosa, a veces te salva y tantas otras es profundamente cruel —reflexioné dejando el vaso sobre la barra y me rasqué el pómulo con la mano libre antes de sumarme al aplauso que había comenzado para el dúo—. Tengo recuerdos hermosos que guardo con mucho cariño y tantos otros... Bueno, que no me enojaría si pudiera sencillamente olvidar, pero supongo que no tiene sentido renegar de las memorias que nos hacen lo que somos. Suspiré con cierta pesadez. —No tiene sentido que lo diga yo. Me aferro demasiado a ciertas cosas, a como eran. Los recuerdos se vuelven persecutorios si se los permites, sean buenos o malos.
Lo escuché con atención en lo que bebía otro sorbo, observando a los chicos que seguían haciendo uso del escenario; tenía cierto deje de razón hacia lo que decía Cayden, habían recuerdos que uno guardaba y apreciaba, otros no tanto, y unos cuántos más que se desearían olvidar, pero quizá solo el hecho de borrarlos de la mente dejarían de ser la estructura que compone lo que sería uno mismo hoy en día. —Te quiero preguntar algo —dije entonces, aplaudiendo la presentación con suavidad para luego descansar la izquierda sobre mi pierna y la derecha en la madera—, la invitación aquí surgió por algo partícular, ¿o en verdad estabas tan aburrido para regresar a casa? —murmuré lo último con tonalidad relajada en sí. La verdad era que no sé, no quería que me hubiese invitado por lástima de ser el ciego que no podía salir en el día a ningún lado, casi parecía un vampíro si le ponía comedia al asunto y toda la cosa. Por otra parte... —Además de venir a bares, ¿qué otra cosa te gusta hacer? —pregunté por cambir un poco el rumbo de la conversación. Además, había sido yo quién lo invitó a lo de Paimon así de la nada, y bueno, estaba bastante a gusto con que me hubiese traído aquí después de eso, la cerveza que tomaba me recordaba mi hogar, y el espacio era más acogedor de lo que creí cuando nos bajamos del auto.
Hablé sin más, era algo que me daba cuenta que hacía junto a este chico, puede que porque me daba cuenta de que no importaba mucho lo que dijera él parecía no darle suficiente importancia o porque como tampoco decía algo de forma específica perdía importancia. Parte de lo que decía se perdía en el aire, como si nunca hubiese salido de mi boca. No estaba seguro en realidad de qué función suplía esto, ¿mero desahogo? Estaba pensando en eso cuando Suiren me habló y alcé un poco las cejas al oír que quería preguntarme algo. —¿Por algo en particular? —reboté algo extrañado, jamás se me habría ocurrido que él estaba contemplando que lo hubiese invitado por lástima. No me gustaba la lástima, incluso si yo era demasiado autocompasivo y ridículo, no me gustaba que me miraran con lástima o mirar a otros con ella—. Pues no, simplemente son vacaciones y tampoco fue que bebiera la gran cosa en el salón. Quería tomar algo más y pues tú estabas conmigo, ¿por qué no invitarte? Y ya que te estaba invitando, quería llevarte a un lugar que te gustara, por eso te di dos opciones. Yo qué sé, ¿cosas que harían los amigos? ¿Potenciales amigos? Ponle el nombre que quieras, this is weird. ¿Por qué necesitaría un motivo? La pregunta fue tan rara que hasta mi respuesta sonó confundida, pero fue honesta y entre la confusión y eso me dio algo de vergüenza por alguna razón. Miré las botellas en la pared frente a la barra y supuse que debía agradecer a la iluminación del changarro este de mi padre, para disimular que quizás la vergüenza me había teñido un poco la cara. Su siguiente pregunta me alcanzó y antes de responder, bebí un poco más. —Jugar videojuegos, tomar fotos y escuchar música, I guess —contesté y saqué el teléfono del bolsillo, desbloqueándolo para abrir la galería. Pasé varias fotos, hasta que di con una de un atardecer, bueno, una de tantas, tenía un montón—. Me gustan los atardeceres. Me gusta el cielo en general, tengo muchas fotos así. Este año me regalaron una cámara, así que también empecé a tomar fotos con ella y ya no solo con el teléfono. Tengo una pared en mi cuarto donde las pongo luego de imprimirlas. Dejé el móvil en la mesa con la foto abierta para que él pudiera verla. —Lo de venir a bares es bastante secundario, la verdad —dije junto a una risa floja—. ¿Y tú? Lo de los bares no cuenta ya como pasatiempo, es como que una obviedad.
¿Potenciales amigos? La forma en que dio varias interpretaciones me causó algo de gracia, aunque no lo dejé ver más allá de una sonrisa suave que me surcó los labios, notando apenas un manchón leve en su rostro que hacía juego con su cabello, perdiéndose entre la luz tenúe del lugar, no dije nada respecto a ello, no quería hacerlo sentir incómodo ni mucho menos pero el hecho de su honestidad fue por demás bien recibido. Mencionó luego que le gustaban los videojuegos, la fotografía y la música. —¿Qué cámara? —el conocimiento que tenía era más bien debido al ámbito en el que me estaba moviendo este último año, en los estudios el perdonal que se encargaba de ellas al terminar la sesiones o antes de iniciarlas solían tener charlas casuales referentes a las herramientas de trabajo, y de por sí estaba presente en lo que me maquillaban o indicaban la vestimenta, las poses y demás. Observé la fotografía que me mostraba en su móvil, era el cielo de un atardecer cálido, clásico del cielo en verano. —¿Y los paisajes además del cielo? Aquí en Japón hay varios lugares para tomar ese tipo de fotografías, o almenos eso me parece a mí —solté el aire por la nariz en lo que cerraba los ojos con lentitud—. La lectura, creo que es el único pasatiempo que tengo, mi vida es muy aburrida si la comparo con la tuya de videojuegos —solté una risa floja—. A decir verdad, nunca he jugado videojuegos, ahora que lo pienso mamá nunca compró algo así para mi hermana o para mí, y en Rusia con mis amigos solíamos practicar Parkour, pero desde que llegué aquí no lo volví a practicar. Me crucé de brazos, como quién se pregunta a sí mismo si debía o no retomarlo, bueno, con los medicamentos y el estado de salud no era recomendable tampoco así que ni modo. >>Ya de resto la filosofía, es como mi lugar seguro, al igual que las matemáticas. Uy no, sueno como un viejo de cuarenta y tantos —la resignación alcanzó mi voz, recordando depronto uno de mis gustos más fijos—. Ah, y los dulces, me encantan los dulces, aunque por dieta debo medir lo que como y eso, pero me gusta visitar pastelerías para degustar postres.
Mira que yo le daba mil vueltas a las mierdas, pero esto ya me parecía mucho. Si uno invitaba a alguien a pasar el rato, ¿qué necesidad había de que hubiese un motivo más allá de eso? Quería decir, era un contexto en donde no tenía por qué haberlo, en otros de mis ambientes claro que habría sido cuestionable por más de una razón. Teníamos la reunión con Zárate, los embrollos constantes de Arata y otras cosas en una línea más o menos similar. En realidad... Vaya, creía que era la primera vez en un rato que una cerveza no era más que eso: una cerveza y una conversación. Me preguntó por la cámara y lo miré de refilón, pues estaba pidiéndole otra cerveza al de la barra. —La Canon EOS Kiss X10i —contesté, asumiendo que por el trabajo estaría familiarizado al menos con las conversaciones—. Es como un entry level a las cámaras digitales de calidad más avanzada, según recuerdo. Le di un trago a la nueva cerveza, al dejarla frente a mí no solté la botella y solté el aire despacio por la nariz. —Me la envió Liam de regalo de cumpleaños este año —añadí sin saber muy bien por qué y caí un poco tarde en que había llamado al tipo por su nombre—. Mi padre, quiero decir. Suele hacer eso, enviar regalos algo desproporcionados, cosas que quiero pero no necesariamente pido y que mamá le cuenta por el pinganillo, supongo. Las cajas de pronto aparecen, me sorprende siquiera que pida que las envuelvan. No solía decirlo en voz alta con frecuencia, por eso siempre que lo soltaba sonaba a dos cosas, a que él era un imbécil que parchaba su ausencia con mierdas materiales y que yo era un niño rico malcriado como tantos otros que sólo abría la boca y ya tenía lo que quisiera. Era y no era cierto, digamos. Tenía ciertas comodidades y a veces sí que abusaba de mis privilegios, cuando llamaba a los chóferes, me despertaba de malas y elegía sangrar a Liam a voluntad, cuando lo hacía firmar documentos y cederme todo una vez la palmara o cuando rogué para que me cambiaran de escuela; pero más allá de eso todo era bastante regular. Mi casa era común, mi madre tenía su propio salario y yo tampoco era que quisiera todo tan fácil. Quería esforzarme por mí mismo. Quería separarme de la sombra de Liam. —También —contesté sobre los paisajes y tomé el móvil de nuevo para buscar algunas de las fotos del campamento, eran paisajes de la reserva. Dejé el móvil a su alcance y fui pasando una por una, que el lago, los árboles, flores y el cielo—. En realidad simplemente tomo fotos de lo que me parece bonito. Paisajes, el cielo, animales, mis amigos. Lo que sea. Había continuado prestándole atención y conforme habló de sus pasatiempos una sonrisa me torció los gestos. Estaba guardando el teléfono de nuevo cuando lo vi cruzarse de brazos, como analizando si volver al parkour y enderecé la espalda de pronto, señalándolo. —Don't you dare! —Sonó a regaño y todo—. Luego te encuentro tirado por alguna calle y te tengo que devolver a Paimon en ese estado, me va a armar la bronca segurísimo. ¡Ilana también! Era joda, claro, y en sí fue una forma de disimular que lo que me preocupaba era que retomara algo como eso en su estado. No era doctor ni nada, pero dudaba que fuese prudente, si de pronto podía no ver nada, ponerlo a saltar por ahí era un desastre esperando por suceder. En todo caso, el resto de sus pasatiempos volvieron a sacarme aquella sonrisa. Era un gesto algo resignado. —¿Qué tendré yo con los chicos que tienen complejo de viejos? —Me lamenté negando con la cabeza recordando algunas tonterías que iban desde las bromas específicas de ser un anciano hasta el que se sentaba junto a una piscina a jugar ajedrez solo—. Gracias por devolverme la esperanza de que tuviéramos algo en común con lo de los dulces. Me encanta el azúcar. Al decirlo apoyé el peso del cuerpo en la barra, como si me derritiera un poco allí. —¿Dieta? No, hermano, no puede ser. Es tristísimo. ¡Y yo que pensaba que eras el tipo de modelo que existe nada más siendo material de foto! Ahora resulta que tienes que hacer dieta y limitarte con los postres. Ni modo, tendré que comer postres en tu nombre. Alguien tiene que sacrificarse por el equipo, ¿verdad?