Cuando la vi ahí, con sus brazos cruzados ocultando el rostro, no pude hacer más que suspirar despacio. Cuánto dolían sus sollozos, pero incluso con soluciones presentes, o ya sin remedio, las penas solo podían deshacerse a través del inconsolable padecimiento. —Pero díselo —mencioné con calma, pues padecer tampoco era suficiente. No podíamos vivir padeciendo. —... —sorbió su nariz tras hipear, sus manos limpiaron sus lágrimas y le acerqué uno de los pañuelos que siempre guardaba en mi bolsillo, con ese hermoso estampado de flores. Limpió su nariz, el sonido reflejaba su constipación—... ah... ah... —sollozó una vez más... Sus ojos cristalinos con desespero me observaron. Seguro mi propia mirada era una compasión amarga. —¿Pero si no quiere escucharme? —preguntó. —Prueba a ir. Visítala y pídele hablar —hablé con la calma que me permitía mi compostura—, puede que no quiera...— Y le sonreí suave—, ¿pero cómo lo sabrás si no lo intentas?— De todas formas, el desasosiego suave volvió a mi rostro al observar mi taza—. Si te rechaza, tocará respetarlo... —volví a dar con esos vidrios en su tristeza—, pero no te quedarás con la angustia de no... haberlo intentado... Su rostro suave, sin ninguna grieta, tan contrastante con mis propias manos, las provocaba de puro fruncir con desespero el gesto... conteniendo otro llanto. Cerró los ojos con fuerza, abrazándose esa cabeza suya de maneras peculiares, entre sosteniéndola y escondiéndose entre sus propios brazos. Las lágrimas brotaron por los bordes, pero su voz no sollozó. Más su suspiro fue angustiante... Le acerqué una de mis manos, y con suavidad le acaricié la suya. Le sonreí. —Cuando den las tres te acompaño hasta la estación sur, ¿te parece? Con poco más logré convencerla. Situación para la que se requería valentía... Caminamos por la calle esa tarde, con un sol de verano poco compasivo, siendo las nubes cúmulos nuestra única salvación... Comimos helado, sonrió y su rostro volvió al pavor cuando tocó separarnos. Mi nieta cargó durante todo el camino con el ramo que compré para ti, y en ese instante se abrazó con fuerza a tu regalo. Me observó, observó las vías, volvió a observarme y desvió la mirada de manera huidiza. —¿Qué hago si sale mal...?— Volteó con velocidad hasta dar con mis ojos, calmados—, ¡¿qué si hablarlo no soluciona nada?! —explicó con voz más preocupada. Otra sonrisa suave de mi parte. —Si las cosas no funcionan... por lo menos evitarán quedarse con la duda de lo que sentía la otra... Por eso es conversar los problemas, para entendernos a pesar del problema —busqué solución a una incógnita de la cual aún me sentía presa—, incluso si no podemos superarlos —agregué suavizando al gesto al punto de la amargura. La pequeña inhaló hondo... cerró los ojos con fuerza... y me sonrió con la poca energía que tenía cuando me regresó las flores que cargó por mí. —Bueno... gracias por acompañarme, Abu... —se despidió. —No te pierdas, que debes regresar de día —respondí tras la última sonrisa que le brindé—, cuídate. —También ve con cuidado —su sonrisa desganada cambió a un pequeño puchero de repente—, ¡y tampoco vuelvas tarde, que sin ti la merienda es insípida! —Jajaja, ¿insípida?— Vaya palabra para expresarse, ¿cierto? La pequeña rió otro poco, más enérgica... —¡Ah, que ahí está! —exclamó apenas escuchó el tren llegar, volteó a verme y con un 'dame suerte' entusiasta intercambió el peso entre sus pies, para marcharse al instante que notó la sonrisa con la que asentí a sus palabras. Con eso, la vi subir y, antes de que la velocidad la quitara de mi vista, noté cómo volvía a examinar su celular con esa expresión de angustia en el rostro... Cuando no quedó más que las vías vacías, fui yo quien apretó el ramo de girasoles contra mi pecho. Tras tantos años, ¿qué recuerdo de todas esas veces que discutimos? Día tras día, recuerdo tras recuerdo, los detalles se han difuminado con el tiempo. ¿Serías más alta, tus gustos habrían cambiado, cuántas peleas más hubieran surgido? Cada nube que vi contigo, cada eco al subir las escaleras de los edificios. En los rincones dónde nos protegíamos de la lluvia, en los almuerzos compartidos. Tú te quedaste con lo que sabías... y yo... Con este ramo de girasoles en tu tumba, solo recuerdo lo que pude haberte dicho.