Exterior Invernadero

Tema en 'Planta baja' iniciado por Yugen, 9 Abril 2020.

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    Gigi Blanche

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    Verla sacarme la lengua me quitó brevemente de mis casillas, pues no lo esperaba en absoluto. Lo interpreté como el culmen de la discusión, el argumento más irrefutable de todos, y con una sonrisa danzando en mis labios y un suspiro alcé las manos, declarándome el perdedor de la contienda. Luego lancé la aclaración pertinente, una que obviamente sólo yo entendería, y su acusación arqueó mis cejas.

    —Eso es imposible —negué, muy convencido—, si la chismosa aquí eras tú.

    No veía ningún problema en concederle la libertad de pedirme algo. En cierta forma contaba con la casi certeza de que no me solicitaría un pastel de bodas de cinco pisos, y aún si era el caso... pues quizá me las apañaba, ¿no? Sólo eran un montón de bizcochuelos con rellenos. La decoración iba por otro carril, claro, pero otra vez: no iba a pedirme un pastel de bodas. Dejando eso a un lado, creía poder darme la maña suficiente para cocinarle lo que se le ocurriera.

    Al verla bajar la mirada a la comida supuse que había hecho una pregunta que quizá no debía, pero ella me respondió y asentí ligeramente, guardando silencio. No era ningún pecado reconocer que nos sentíamos mal, éramos humanos, al fin y al cabo, y dudaba que nadie en su sano juicio nos condenara o se burlara de nosotros por un simple "me siento mal". Diferente era preguntar por los motivos, claro, y por ello no respondí nada. Sólo le ofrecí una sonrisa a labios cerrados.

    El resumen que pidió me arrancó una risa baja, pues se asemejó a lo que yo mismo había solicitado sobre su procedencia y las razones que la trajeron a Japón. Preferí colgarme de eso para conservar una actitud relajada, pues lo cierto era que, en general, no me gustaba hablar de mí mismo. ¿Qué había de interesante, para empezar? No creía que hubiera algo en el mundo que me perteneciera, ninguna pasión que me caracterizara o definiera. Me había echado la vida adecuándome a los demás para transitar la escuela sin conflicto y cuando ostenté autoridad, cuando me cargaron de responsabilidades ajenas, todo se me fue a la mierda.

    Boté el aire por la nariz y me rasqué ligeramente la nuca, sin perder la pequeña sonrisa impresa en mis labios.

    —Me gusta jugar videojuegos, supongo —murmuré, habiendo perdido parte de la convicción y el entusiasmo de antes—. Me gusta cocinar, ver la tele con mi hermano, de esos programas tipo documental o de supervivencia, me gusta... quedar con mis amigos, aunque ¿a quién no le gusta quedar con sus amigos? Me gustaba jugar al baloncesto con ellos. Dejamos de hacerlo.

    Una marcada sensación de nostalgia se me ciñó al pecho conforme avanzaba en el relato, pues tanto había cambiado y yo... yo aún no sabía muy bien quién era, ni qué me definía, ni qué propósito podría cumplir. Me gustaba ver a Anna bailar, también, siempre lo había hecho, pero no era algo que pudiera decir. Me gustaba cuando papá no estaba en casa porque había calma, y me gustaba cuando mamá me abrazaba. Me gustaba cuando tenía un buen día y toda ella me saludaba por la mañana, no la versión lejana y distraída que fumaba en la ventana de la cocina. Me gustaba hablar con Frank, aún si nadie lo aprobaba, y me gustaba la extraña adrenalina que me inyectaba las venas cuando trabajaba junto a él. Me gustaba haberme ganado un apodo en la calle.

    Me gustaba ser de utilidad.

    —También leo mangas de vez en cuando, los que me presta Ko —agregué, y le concedí una sonrisa que me cerró los ojos brevemente—. ¿Viste que sí eras una chismosa?
     
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    Zireael

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    Si bien dio la lucha por perdida, la negación que vino después me hizo soltar la cuchara y llevarme las manos al pecho, absolutamente escandalizada por ser llamada chismosa directamente. La ofensa fue exagerada de aquí al otro lado del mar, pero la manera en la que pretendí que el comentario me sacara el aire del pecho bien podría haber hecho que me nominaran a un Oscar o algo. Negué, decepcionada, luego crucé los brazos y volteé el rostro.

    —Una puñalada en la espalda me habría dolido menos —dije todavía terriblemente ofendida—. ¡Y nos estábamos llevando tan bonito!

    Claro que siempre terminé soltando la risa y volví a relajar la postura para volver a enfocarme en la comida y el resto de la conversación. Que discurrió hacia su respuesta a lo de los pedidos y a la mía de por qué había terminado en el salón de actos a oscuras, fui sincera y así como yo, él tampoco escarbó en los motivos. De todas formas, incluso si me hubiese preguntado, ¿qué iba a contestarle? Ni siquiera estaba segura.

    En todo caso, reflejé su sonrisa, pero cuando se dispuso a preguntarme temí había tirado con demasiado impulso del hilo que había arrojado hacia él desde el jueves. Algo de su entusiasmo y convicción se diluyeron, así que me mantuve atenta ya no sólo a su respuesta como tal, sino a él como un todo por raro que sonara. Fui terminando de comer, ya de paso, y sonreí ligeramente por el comentario de los amigos aunque el gesto se desvaneció un poco al escuchar que ya no jugaban baloncesto.

    La sensación de haber pisado una tabla incorrecta en el suelo me quedó en el cuerpo, eso era innegable, pero al menos el retroceso de Kakeru no se pareció tanto a un latigazo. Traté de ir marcando los elementos que me parecían más inofensivos, por decir algo, porque se me ocurrió otra oferta o promesa repentina y... esta vez sí la detuve, ni idea de por qué. Me agarré de lo más simple en su lugar.

    —¿Cuál es tu videojuego favorito? —pregunté cuando encontré espacio aunque no era ninguna experta en el tema, de hecho era un poco burra para eso. Si acaso habría jugado a los Sims, el Mario Bros y algunas tonterías más—. O género de videojuegos favorito, también.

    Que luego añadiera que leía los mangas que le prestaba Kohaku me estiró la sonrisa de nuevas cuentas, tampoco tenía mucho conocimiento en el ámbito, pero me pareció lindo el intercambio. Me recordó a cuando iba a casa de las Minami y las gemelas me dejaban leer sus libros o mangas, aunque casi todos eran shojo super empalagosos.

    —Te quedaste todo el receso con la chismosa, ¿eso cómo te deja a ti? —Me defendí luego de una pausa para beber—. Además, ¿cómo haría amigos sin ser aunque fuese un poquito chismosa? ¡Si no leo mentes tengo que hacer preguntas!

    Bebí un poco más, repasé mentalmente su respuesta y de nuevo pesqué elementos que desde mi muy humilde lectura parecían más sencillos. A fin de cuentas, había preguntado buscando gustos compartidos.

    —Me gusta mirar documentales también, aunque suelo mirar la tele sola. Mis padres están muy ocupados y pues no tengo hermanos.

    En realidad si lo pensaba mis pasatiempos y gustos eran entre aburridos e inexistentes. ¿Qué hacía más allá de reunirme varias veces la semana con mis amigas? Cantaba, sí, pero no era algo que contara como pasatiempo, era más una cosa que hacía sin darle muchas vueltas y desde que habíamos llegado aquí bailaba poco. Me echaba los días viendo la vida pasar y estando crónicamente en línea, suponía. Me sentía perdida casi todo el tiempo.
     
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    Gigi Blanche

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    La forma en que soltó la cuchara fue absolutamente dramática, tanto, que su reacción absorbió mi atención por completo. Tuve que hacer un esfuerzo titánico por contener la risa, no logré evitar el pensamiento espontáneo de que se veía adorable y, mientras ella se empeñaba en evitar mi mirada, extendí el brazo sobre la mesa en su dirección, inclinando a su vez levemente el torso. No era que pretendiera tocarla, más bien intentaba demostrar mis intenciones.

    —Ya, lo siento —murmuré, en tono conciliador, y le sonreí—. ¿Me perdonas?

    Sabía que no había nada que disculpar, pero por la gracia y ante la pequeñísima, ínfima posibilidad de que hubiera una pizca de ofensa real en su broma. El resto de la charla fluyó hasta su solicitud de la hoja de personaje, y me ocupé tanto en filtrar debidamente la información inofensiva de la comprometedora que me olvidé de ir analizando sus reacciones. Ni siquiera tuve la decencia de regresarle la pregunta, vaya.

    ¿Mi juego favorito? Esa era difícil. Lo pensé un poco mientras masticaba, y al final me decanté por esa suerte de respuesta estándar que uno almacena en la memoria y que quizá no se actualiza con la debida constancia.

    —Podría decirte mi juego favorito histórico, que no forzosamente es mi juego favorito actual, aunque es difícil trazar ahí una distinción. —Con la introducción hecha, deposité los palillos sobre el bento vacío y lo deslicé a un lado, reemplazándolo por la botella de té. El recuerdo me dibujó una breve y amplia sonrisa en los labios, entre nostálgica y pudorosa—. ICO. Se llama así, te lo juro. En casa siempre hubieron consolas y videojuegos porque de por sí a mi hermano le gustan, entonces crecí con eso y fui heredando lo que él ya no usaba hasta que tuvimos la edad suficiente para jugar juntos. Tendría... ¿seis, siete años? Hayato ya estaba ahorrando para comprarse la Play 3 y yo aplastaba los botones del joystick de la 2 sin mucha noción de lo que hacía. En la estantería había un CD en un sobre blanco sin nada, ni una inscripción, ni un título, y cuando le pregunté a mi hermano al respecto me dijo que no tenía la menor idea de lo que era, que le había venido con la Play 2 pero que nunca lo había probado.

    Abrí la botella y le di un par de sorbos, ya de paso metiéndole algo de suspenso a la historia porque sí.

    —Pensarlo ahora me hace mucha gracia —retomé, riendo ligeramente—. Empieza con algunas cinemáticas peladas, sin diálogos ni explicaciones de ningún tipo. Ni siquiera tiene menú de inicio. Hay una isla, un castillo sombrío, y una especie de soldados o guardias cargando a un muchacho con cuernos en la cabeza. Entran al castillo y encierran al muchacho adentro de lo que parece un sarcófago de piedra, en una sala enorme llena, pero llena de esos sarcófagos. Un rato después ocurre un temblor y, tras forcejear un rato, el sarcófago se tambalea, cae y se rompe. Ahí empiezas a jugar. Recuerdo que era tan pequeño que ni siquiera podía salir de esa habitación y llegué a pensar que el juego sólo era eso. —Volví a reírme—. Hayato vino y me echó una mano, y cuando quisimos acordar estábamos los dos atrapados hasta la médula porque era... era diferente. El juego no te explicaba nada, los comandos eran absurdamente sencillos, ni siquiera había diálogos o escenas tradicionales. De repente nos encontramos un sofá en medio de un pasillo y por sentarnos descubrimos que así se guardaba la partida.

    Apoyé un codo en la mesa y recargué la mejilla en mi mano, distrayendo la mirada en las flores.

    —Es un juego lleno de silencios. Si me preguntas qué es lo que más recuerdo, te diría que el manejo de las luces y el aullido del viento. No sé explicarlo bien, si era un enano, pero por algún motivo eso se me pegó a la mente. Cuando cruzabas pasarelas externas en ese inmenso castillo, lo único que te envolvía era el aullido del viento. Era sobrecogedor y hermoso a su manera. —Regresé los ojos a Ilana—. Eventualmente te encuentras a una muchacha encerrada en una jaula, la liberas y se vuelve tu compañera. Es tan blanca, tan etérea, que parece incluso brillar y de pequeño eso me sorprendía mucho. Sin importar cuánto zoom le hicieras a su rostro, apenas alcanzabas a distinguir sus facciones. Su existencia es la contraposición de las sombras que de vez en cuando aparecen e intentan llevársela, y de la principal antagonista del juego que no te diré quién es.

    Sonreí, como si guardarme la información fuese alguna clase de travesura, aún si era consciente de que probablemente Ilana jamás jugara el juego. Tamborileé los dedos y liberé un suspiro ligero.

    —Lo he jugado tres o cuatro veces más a lo largo de mi vida, por eso lo recuerdo con tanto detalle. Es un lugar al que me gusta regresar, aún si es un juego viejísimo y los gráficos no son la gran cosa. Su creador tiene otro par de juegos, los tres comparten, digamos, el mismo universo cinematográfico, y de todos ellos me fascina la intensidad de las emociones que sabe transmitir con elementos tan simples. Un par de muchachos perdidos, un héroe y su caballo, o un niño y una criatura ancestral. Forjan vínculos profundos sin siquiera la necesidad de hablar el mismo idioma.

    Bueno, había hablado un huevo y medio. Notarlo, sin embargo, por algún motivo no logró avergonzarme. Volver a acusarla de chismosa no estaba entre mis planes, pero no pude evitarlo y su defensa me arrancó una risa divertida. Acabé apoyando la mano en la tapa de la botella y, sobre ella, mi barbilla.

    —Es verdad, me olvido que no todos tienen superpoderes —reconocí, tan tranquilo—. ¿Intentas hacerme tu amigo, entonces?

    Era obvio, pero otra vez me apeteció picarla a ver cómo reaccionaba. También compartió el gusto por los documentales y me habló de que sus padres solían estar ocupados y que no tenía hermanos. Varias veces había pensado que criarse sin hermanos debía ser aburridísimo, pero no era algo que pudiera decir en la cara de un hijo único.

    —¿A ti te pasa que te tragas los documentales y a los dos días ya no recuerdas nada de lo que viste? ¿O soy el único? Es como si estuviera agujereado como un rallador.
     
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    Zireael

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    En medio de mi teatro percibí su movimiento y aunque mi intención era no verlo, lo miré extender el abrazo e inclinar un poco el torso. Fue la suerte de anticipo a sus palabras y como yo no me llevaba un trofeo a la fuerza de voluntad ni nada el show se me tambaleó porque una sonrisa que me quiso alcanzar el rostro. Al darme cuenta, eso sí, volví a girar la cabeza medio de golpe.

    No me duró más que un par de segundos, obvio, regresé la mirada a él y suavicé las facciones, cediendo sin problema. Ambos sabíamos que no había nada que perdonar ni por lo que pedir disculpas reales, porque la ofensa en sí misma no existía de verdad, pero habíamos empezado esta dinámica y ahora por nuestro honor debíamos seguirla.

    —Quedas perdonado —acordé con tono tranquilo—, porque viniste al invernadero conmigo.

    Le sonreí de la misma forma y seguimos la conversación, siquiera me di cuenta que no me devolvió la pregunta y me centré en ser chismosa de forma controlada, siguiendo la lógica de que para hacer amigos había que hacer preguntas. Le dejé tiempo para pensar la respuesta, ya con la primera parte de la contestación ladeé un poco la cabeza y me dediqué a oírlo mientras me bebía lo que me quedaba del jugo.

    —¿ICO? —Fue lo único que reboté entre sus palabras, un poco divertida con lo corto del nombre.

    Me hizo gracia que Hayato siquiera se hubiese molestado en revisar el disco misterioso y que al final quien tuviera que preguntar para resolver la duda fuese él, mini Kakeru. No lo dije, obvio, pero imaginarlo de niño me dio ternura y mi sonrisa se amplió, por suerte el gesto se podía camuflar entre la conversación. En su pausa para beber agua y suponía que para meter suspenso, me di cuenta que estaba hablando bastante y en lugar de molestarme o cualquier estupidez, me alegró. Encontraba cierto gusto en oír a las personas, en conocerlas aunque fuese un poco.

    Atendí con algo más de conciencia ante la mención de las luces y el aullido del viento, porque recordé las primeras veces que seguí los demás al bosque. Pensé en los reflejos de luz sobre los charcos y los rayos que se filtraban entre las hojas, en el silbido de la ventisca arriba en las copas de los árboles y cómo se diferenciaba del aullido entre las casas. Luego él desembocó en la muchacha blanquísima, la tontería que pensé me resultó un poco egocéntrica así que la deseché de inmediato y fruncí el ceño un poco después.

    —¿Vas a dejarme con el misterio de la antagonista luego de hacer toda la publicidad de un juego del...? —Alcé la mano, para tratar de sacar cuentas—. ¡Da igual, me vas a dejar con el misterio!

    Solté la risa y habría preguntado si lo había jugado varias veces, pero él se me adelantó con la respuesta y volvía enfocar la atención. El siguiente fragmento de información me estiró la sonrisa que había conservado en el rostro, se me ocurrió que a veces uno encontraba más interés o conexión en algunas cosas así, que carecían de ciertos elementos más... estándares de la comunicación, digamos. La falta de diálogos, por ejemplo, entonces lograba transmitir esa intensidad emocional de otras maneras.

    —No he jugado casi nada en la vida, pero una vez me salió un vídeo en Instagram de un juego que se veía muy bonito y al menos en ciertas cosas, me recordó un poco a la descripción de ICO —comencé a decir y apoyé los brazos en la mesa, descansando así la postura—. Visualmente puede que no se parezca en nada, si me pongo a recordar los gráficos de la única Play 2 que vi en mi vida, pero es como esta noción de la falta de diálogo, un héroe, animales y lo que todo eso transmite, yo qué sé. Parecía más como de plataformas, era animación 2D igual, pero los dibujos eran muy lindos y el movimiento fluido daba una sensación como mágica. Me acuerdo una parte en que conectaban estrellas o algo así.

    Bajé la vista a la mesa, moví con cuidado el tupper a un lado y usé el dedo índice para trazar una unión imaginaria entre puntos.

    —Pasa que no recuerdo cómo se llamaba, pero podría buscarlo.

    Como fuese, volví a ser acusada de chismosa y le pasé la pelota porque sí. Lo vi apoyar la mano en la botella, luego la barbilla y su pregunta de si intentaba hacerlo mi amigo me hizo mirarlo con las cejas ligeramente alzadas. Bueno, dicho en voz alta y a los cuatro vientos sí que daba un poco de vergüenza, pero al menos no me pasó del todo por el cuerpo y sonreí, aceptando mi destino.

    —Lo intento, ya dirás tú qué tal se me da —contesté y volví a trazar las estrellas imaginarias sobre la mesa, me sirvió para distraer los ojos allí unos cuantos segundos—. La estrategia hasta ahora ha sido arrastrarte en planes futuros, solicitarte pedidos culinarios y decirte de un juego del que no recuerdo el nombre.

    La pregunta de los documentales me hizo volver a mirarlo y se me escapó una risa, antes de contestar como tal, alcé la mano e hice un gesto de más o menos. No era que toda la información me cayera en un colador y se perdiera, era más bien que algunas piezas se quedaban y otras no.

    —Me acuerdo de cosas muy random de los documentales que veo y el resto se me olvida para siempre. Sé, por ejemplo, de una especie de ave del paraíso que estira una suerte de abanico de plumas negras y turquesa metálico para atraer pareja y así muchas otras, todo ese grupo a veces se considera dentro de la familia de los córvidos, ya sabes de los cuervos. Es un poco gracioso, porque los cuervos en los que uno piensa son simplemente... negros y de repente aparecen las aves del paraíso que tiene pinta de que van para un festival en Brasil. Los machos, I mean, el dimorfismo de las aves, las que lo poseen más marcado, siempre es en los machos. —Al pobre le arrojé el fun fact por la cara y por las risas pensé en algún otro—. También recuerdo que ciertas formaciones montañosas son muy antiguas y cordilleras en Escocia y los Apalaches en Estados Unidos alguna vez estuvieron conectadas en un grupo montañoso que surgió en los tiempos de Pangea, you know, el super continente. Se unían también con la cordillera del Atlas, en África.


    el juego que dice Ila es Gris btw
     
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