Interrogante

Tema en 'Relatos' iniciado por Ruki V, 7 Enero 2017.

  1.  
    Ruki V

    Ruki V Usuario común

    Piscis
    Miembro desde:
    1 Agosto 2012
    Mensajes:
    256
    Puntos en trofeos:
    391
    Pluma de

    Inventory:

    Escritora
    Título:
    Interrogante
    Clasificación:
    Para adolescentes. 13 años y mayores
    Género:
    Romance/Amor
    Total de capítulos:
    1
     
    Palabras:
    8859
    Sí, Interviewer es una canción interpretada por Megurine Luka, pero decidí publicar esto acá porque en realidad no utilicé a ningún Vocaloid como personaje de la historia, sino que solo agarré versos de la canción traducidos. Espero que sea del agrado de quien entrara a leer, y les dejo un video.


    Ciertamente es cómodo darme cuenta de que tengo la fortuna de tener 22 años, me he graduado de la universidad sin muchos problemas (lo que no es lo mismo que decir “sin problemas”, pero es algo), vivo cómodamente en un departamento con uno de los mejores amigos que he podido hacer, ya no tengo tantos líos con mis padres y llevo ya seis meses en un trabajo bastante decente como gerente de la contratación de empleados en la empresa de mi familia.

    Un par de amigos se han sorprendido, diciendo que he dejado que el peso de mi apellido le gane a mis sueños. Pero eso no es del todo cierto. Lo que me ha golpeado un poco más fuerte hace algunos años es la realidad de que se necesita dinero para poder sobrevivir; y aunque haya quienes me contradigan, necesito sobrevivir para poder vivir.

    —Entonces, Charlie— empezaba a decir Andrew, el mejor compañero de departamento en el mundo, cuando su mente lo presionaba a molestarme, según había notado. —Te va bien con eso de estar entrevistando gente cara a cara, ¿o me equivoco?

    —Sorprendentemente, no te equivocas— confesaba yo mientras preparaba algo de té de manzanilla, que nos venía de maravilla un viernes por la noche sin salir de casa. —Pero aún con el paso de los meses no me acostumbro a eso de: “tu voz es mucho más grave de lo que imaginaba”.

    —Ni siquiera yo paso ya por eso— se reía él de mi miseria.

    —Porque tú eres todo un hombre que solía tener la voz mucho más aguda de lo que cualquiera imaginaba nada más con verte, con todo y que fueras un enclenque— lo molestaba con cariño.

    —Sí, lo sé, lamento que tú no tengas la suerte de que tu apariencia y tu voz estén mejorando con el tiempo.

    —Ja, ja. Es más cruel que gracioso— me quejé sirviéndonos el té y sentándome frente a él en la barra de la cocina.

    —Bueno, ya te graduaste, ya te arreglaste con tus padres, ya tienes empleo, ya tienes techo propio, ya tienes al mejor roommate…— dice juguetonamente, y ahí sí que me reí: nada me levantaba más el ánimo que Andrew haciéndose el seductor conmigo. Sí, tenía 20 años, era solo dos años menor que yo, había crecido, su voz le correspondió a su cuerpo, pero para mí seguía siendo el niño que conocí en la universidad. —¿Qué más quieres?

    —¿Qué… más… quiero…?— fingí preguntármelo seriamente en esos momentos.

    —También estás un paso más cerca de que te encuentre el representante de una disquera.

    —Me dan flojera los cien pasos más cerca que estoy de agarrar el volante de “se solicita guitarrista” fichado en el corcho del lobby del edificio. Los conté, ¿sabes?

    —Por supuesto que los contaste— dijo con los ojos en blanco. —Te encanta buscar pretextos para aférrate a ese miedo al rechazo que tienes desde antes de la universidad.

    —Tú lo acabas de decir. A mí, el tiempo no me está ayudando con mi apariencia— dije señalándome un par de veces para hacer énfasis en mis habladurías.

    —Patrañas. Ningún guitarrista se te compara. Incluso si eres la primera persona en presentarte, esa banda te querrá con ellos. Y si son malos, ¡los harás brillar!

    —Eres ridículamente lindo conmigo.

    —Para eso estamos los roommates.

    Si algo sabía con certeza era que vivir con Andrew era la mejor decisión que había tomado en toda mi vida. Ya éramos mejores amigos prácticamente desde que nos conocimos cuando fui su tutora de inglés (como parte de un proyecto de la universidad); vivir juntos solo reforzó esa amistad.

    Para ser un par de años más joven y siempre haber parecido tal vez hasta más acomplejado que yo, acabé por verlo como mi ángel guardián. Alguna vez se lo mencioné y dijo que estaba exagerando, que yo no lo necesitaba, pero eso no era cierto. Antes de conocerlo, mis primeros dos años en la escuela estuvieron muy vacíos. Conocí muchas personas amables, pero no me había llevado tan bien con nadie como con él.

    Quien no nos conociera y me oyera decir esto creería que me enamoré de él, lo que es graciosísimo. No porque él no sea un buen partido, sino porque, en parte, yo soy quien no es de su tipo, y siempre me pareció que así era como debía ser. Éramos más como hermanos que no se parecían en casi nada, pero que se querían mucho. Como hermanos.

    —Volviendo a las entrevistas cara a cara… — continué como si nada con la conversación. —Debo decir que he mejorado con eso de la comunicación, incluso más que en la escuela.

    —Bueno, más valía ¿no? Casi literalmente estudiaste para eso; saberte comunicar.

    —Claro, claro, pero ya sabes que en la escuela sentía que debían agradarme las personas para poder coexistir con ellas por lo menos por cinco meses. En cambio, con este trabajo, queda a mi criterio profesional, y no personal, si me “agrada” la persona que tengo en frente. Sin presión, porque solo conversaremos por un día si no la contrato, o una vez al año si de hecho la contrato.

    —Me alegro que le hayas encontrado un lado positivo. Ya solo te falta acostumbrarte por completo a que te observen detenidamente.

    —No me he quejado tanto porque no ha sido demasiado detenidamente. Prepárate mentalmente por si un día me tocan, porque pondré la ciudad de cabeza.

    —¡Eso sí que no!— exclamó muy enfadado. —Precisamente por eso no has hecho entrevistas en privado y has tomado clases de defensa. Ningún degenerado te pondrá un dedo encima. Se las vería contigo, con tus abogados, con tu padre, con tal vez nunca ser contratado en ninguna otra parte si a los Bartolo se les da la gana, y conmigo; que busco donde vive y le doy una paliza.

    —En verdad me hubieras sido de ayuda cuando tenía de 6 a 16 años— pretendí lloriquear tomando su mano un momento y sonriéndole. —En ese entonces mi apellido no servía de mucho y mi padre creía que el bullying era pasajero.

    —¿Lo creyó por diez años?

    —Cuando salía de la secundaria compendió que se trataba de algo serio, pero no podía hacer mucho.

    No pude evitar observar mi taza por varios segundos después de haber dicho eso. Era una migaja insignificante de mi vida que no le había mencionado a Andrew, a pesar de que sabía muchas más cosas de mucho más peso.

    “Sabe cosas de mucho más peso” pensé, dándome cuenta de que me había quedado en silencio mucho tiempo y Andrew estaba jugando con mis dedos tratando de llamar mi atención.

    —Estoy bien— dije tratando de no sonar a la defensiva.

    —Te creo.

    Dijo eso y se puso de pie, caminando hacia la sala. No pude evitar suspirar antes de continuar bebiendo mi té para no dejar que se enfriara. Pensaba decirle algo, pero volvió a la barra entregándome un par de sobres.

    —Currículos para revisar— dije y él asintió con la cabeza, haciendo a un lado nuestras tazas vacías mientras yo veía los sobres sin sacar lo que tenían dentro. —Los abriste— acusé y se rió.

    —Ya sé, nunca abro tu correo, pero creo que el destino quería que abriera estos sobres— dijo con una enorme sonrisa, sentándose de nuevo frente a mí.

    —Ah, te burlas de nuevo de que creo en esas cosas ¿verdad?

    —No, no. Lo digo con toda sinceridad.

    —Esa sonrisa tan grande se ve bien burlona.

    —Ta vez el destino quiere que me burle de ti.

    Él seguía diciendo eso, y yo pensaba en verdad que era por mis creencias sobre cosas como el destino, los signos zodiacales, las galletas de la fortuna. Pero cuando saqué los currículos de ambos sobres, entendí a qué se refería.

    —No— dije muy bajito.

    —Sí— dijo Andrew imitando mi tono, pero sonriendo; yo seguro lucía como si hubiera visto un fantasma.

    —Él ya tenía trabajo— empecé a decir con una de las voces más agudas que podía hacer, que me salía cuando me ponía de nervios, como en ese momento. —Un muy buen trabajo, en algo que no tiene nada que ver con mi familia ni conmigo.

    —¿Es progreso o retroceso que en vez de sonrojarte parezca que vas a desmayarte?

    —Andrew…— alargué su nombre en medio de un quejido; solté el currículo y me lleve las manos al rostro. —¿Víctor? ¿Es broma?

    —Es el destino.

    —Cualquiera menos él, por favor.

    —Me temo que no hay nadie que vaya a responder tu ruego.

    —Sí, el maldito destino que se ha equivocado en grande.

    —Ah, no, eso es echar por la borda tus creencias, ¿no, Charlie?

    —¿Qué de bueno puede salir de volverlo a ver después de dos pacíficos años?

    —Si no lo habías visto, ¿cómo sabías que él ya tenía un muy buen trabajo?

    —Yo…— me quedé de piedra.

    Andrew no fue el único al que conocí dando tutorías de inglés. Desde mi tercer semestre estudiando daba esas pequeñas clases, antes de conocerlo; y así fue como conocí a Víctor, un estudiante de séptimo semestre que era un alumno estrella y miembro del consejo estudiantil, pero su inglés era terrible.

    Y, bueno, lo siento pero, ¿mencioné que era odiosamente atractivo? Es decir, como en las películas para adolescentes donde el más popular rubio de ojos azules se enamora de la nerd más antisocial de su clase. Solo que él no era rubio, sino de cabello castaño (y algo rizado), aunque sus ojos sí eran azules; pero su personalidad era auténtica y no sacada de un guión; pero yo no estaba en su clase ni se enamoró de mí.

    Me asignaron a darle tutoría un semestre y al siguiente se dio la libertad, como miembro del consejo estudiantil, de solicitar clases conmigo otra vez. Dijo que sentía haber mejorado su inglés conmigo en un semestre más que en la mitad de su vida con maestros profesionales.

    Precisamente por eso lo conocí más como alumno que como persona. En verdad era muy atento a lo que yo le explicaba, y ciertamente puedo decir que lo ayudé mucho y me hace sentir increíble.

    Y debí haberle dejado hasta ahí, en lugar de haber fantaseado con la película para adolescentes.

    ¡Ah, pero Andrew…!

    —Vamos, Charlie, sabes que no te habría molestado con él durante todo un año si no hubiera creído que tenías oportunidad.

    —Es ridículo, ¿sí? Pasamos todo un año juntos, viéndonos semana a semana. ¿No crees que de haberle gustado habría actuado?

    —Tú sabes perfectamente bien que él no invitaba a salir absolutamente a nadie.

    —Lo invitaban y él accedía pero nunca duraba— asentí con la cabeza.

    —No porque él fuera el problema.

    —¡Claro que no! ¡Él es perfecto!

    —Tampoco, tampoco Charlie— él negó con la cabeza. —Siempre a muchas personas las pones en pedestales muy lejos de tu alcance, incluso si no son dignas de ello. Has madurado mucho como para ver un papel y volver cinco años atrás en tu mente.

    —Tienes razón— me llevé las manos a la cabeza, frustrada, antes de respirar hondo y leer su currículo. —Tengo 22 años, no 17 años, y si he entrevistado a chicas que me miran hasta con repulsión y sujetos indiscretos para hablar y señalar, puedo entrevistar a un hombre más que no es nada excepto material de empleado.

    —¡Así se habla!

    —Además, lo diré otra vez. Salga bien o salga mal, o solo hablamos hoy, u hoy y hasta el otro año.

    —Así… ¿se habla?

    Por supuesto que Andrew dudaba de la manera en que había decidido elevar mi positividad ante la situación. Pero era mejor verlo de ese modo y no pensar en que podría desbaratarme al volver a ver al único chico para el que tuve ojos en la universidad.

    Honestamente, Andrew no sabe lo que dice cuando trata de convencerme de que mi timidez y selectividad es toda una ventaja. Las cosas hubieran sido mucho más difíciles para mí si hubiese sido la clase de persona que se fija en uno, la rechazan y lo intenta con el siguiente. No me cabía duda de que me fue de maravilla con el papel de estudiante inteligente pero distante; era fácil y conveniente trabajar conmigo, pero nada de hacer amistades.

    Ahora en el trabajo me comportaba de una forma muy similar, pero, repito, era más fácil rindiéndoles cuentas a pocas personas y encargándome únicamente de eso de las entrevistas.

    “Soy profesionista, soy profesional. Víctor es solo el aspirante a un puesto de trabajo”.

    ~​

    Tuve el fin de semana para prepararme mentalmente para esa entrevista, pero no me hizo falta. Fue muy sencillo recordar que sería una entrevista como cualquier otra y que solo debía tener listas mis preguntas usuales, los folletos con la descripción y especificación del puesto, el lugar y la fecha de la reunión. Me encargué de enviarle un correo a Víctor con ese último par de datos.

    Me gustaba llevar a cabo las entrevistas en el pequeño café donde a veces tocaba, porque tenían bocadillos bastante buenos y nunca estaba muy concurrido. Era un sitio poco distractor y bastante seguro, puesto que siempre había ahí caras que conocía y me conocían, con las que podía contar en caso de que la entrevista saliera terriblemente mal.

    No me gustaba mucho usar vestidos, mucho menos para las entrevistas; mucho menos para esta entrevista. Decidí llevar pantalón de vestir azul marino, tacones no bastante altos (porque ni idea de cómo algunas mujeres manejaban esas agujas de más de diez centímetros) y una muy femenina pero elegante blusa abotonada de manga corta color café. También me había recogido mi cabello negro en una cola de caballo floja que casi llegaba a la mitad de mi espalda. Andrew decía que manejaba de maravilla la mezcla de lo profesional con lo casual, lo que me ponía muy contenta, considerando que me lo decía con mucho esfuerzo, al no estar interesado en la moda para nada.

    Qué comodidad sentí al llegar ahí, a mi mesa, al diez para las cuatro de la tarde del lunes. Como siempre, esperaba repasando los documentos que traía conmigo, entre ellos el currículo.

    —¿Charlie?— oí una voz familiar llamándome cinco minutos después de haber llegado.

    Oh no.

    Cuando levanté la mirada de su currículo y me topé con el ser humano, de carne y hueso, después de haberme acostumbrado a su inmortal imagen en la pequeña fotografía del papel en mis manos, enmudecí.

    “Espera, me llamó por mi nombre”.

    —Cielos— me miró con ojos sorprendidos y una pequeña sonrisa en los labios, extendiéndome la mano a modo de saludo (qué sensación tan familiar; le fallé a Andrew y volví mentalmente a la primera clase de inglés en que me saludó así). —No esperaba que tú fueras a entrevistarme… Está bien si te tuteo, ¿no es así?

    —Sí, sí— titubeé, y cómo me odié por eso. —Toma asiento.

    —Debo admitir que ahora me siento mucho menos nervioso— dijo después de sentarse. —Creí que entraría y me encontraría con un sujeto frío y calculador que me aseguraría que no obtendría el trabajo.

    —¿Oh? No me subestimes— bromeé. Cielos, bromeé, ¿qué estaba haciendo? No sé, pero él rió.

    —Creo que incluso podría tomar esta entrevista en inglés.

    Me sentía bien, en teoría, así que supuse que mi rostro no estaba ni rojo ni pálido, ni me iba a desmayar. Y no podía creerlo; ni mi asombrosa resistencia ni el hecho de que Víctor se viera igual y a la vez no. Quizás era por el traje que se veía aún más maduro, pero la ausencia de corbata le daba un toque de adolescente despreocupado… Oh, diablos, espero no haberlo estado observando demasiado.

    ¡Y se acordaba de mí! ¡Y Andrew me habría matado de haberme oído decir eso!

    Yo me habría matado de haberme oído decir eso.

    —No me tientes porque puedo probarte— le sonreí con calma a Víctor.

    Well, I do need to speak it fluently as I said I do in my curriculum if I want that job, don´t I?

    —…I’m impressed— dije sin saber bien si mentía o no; su inglés era malo en nuestra primera clase pero mejoró mucho en un par de meses, y seguro había mejorado por su cuenta luego de no necesitar más tutorías. —Confío en que puedes mantener perfectamente bien esa pronunciación y ese poco acento, así que sigamos en español, ¿de acuerdo?

    —De acuerdo.

    Como era usual, la entrevista duró cerca de una hora, y mientras hacía preguntas bastante técnicas y rutinarias, olvidé por completo que “ya conocía” al hombre frente a mí. Pasé de conocerlo como estudiante a conocerlo como un posible futuro empleado de mi padre. “Andrew me molestaría con un ‘yoo-hoo’ bastante desanimado” pensé cuando la entrevista iba acabando y empezaba a guardar mis papeles.

    —¿Tienes otro solicitante después de esto?— me preguntó y noté que tenía intenciones de pagar la cuenta, puesto que sacó su billetera.

    —No, y no tienes que molestarte— dije haciendo un gesto con la cabeza hacia mi portafolio. —La empresa paga lo poco que se consume en estas entrevistas.

    —Oh, bueno— guardó la billetera y apoyó los codos sobre la mesa. —En ese caso déjame invitarte algo en otro lado.

    “¿…qué? ¡¿QUÉ?!”

    —Es decir— no me dejó responderle de inmediato. —No te he visto desde aquella tutoría de inglés de la universidad, y nunca te lo agradecí propiamente.

    —Oh, pero recuerdo bien que me diste las gracias— dije, olvidando por un momento que admitir que recordaba eso me avergonzaba un poco.

    —Sí, verbalmente. Pero ya que tú invertiste tanto tiempo en mí, haciéndome un increíble favor, no me puedo quitar de la cabeza que te debo algo, por no decir que mucho.

    —Bueno…— no pude evitar sonrojarme un poco. —Casi cualquiera puede dar clases de inglés, y tú fuiste un alumno muy atento. Es gratificante saber que te ayudé. No me debes nada.

    —De acuerdo, entonces que no sea porque te deba algo— dijo poniéndose de pie.

    —¿Cómo dices?

    —Vayamos a algún otro lado porque esto de conocerte de tutorías y de una entrevista es poco.

    —¿Quieres…?— ahí no terminaba mi pregunta, pero no pude evitar trabarme.

    —No creerás que te estoy pidiendo… Algo inapropiado, ¿o sí?— preguntó evidentemente preocupado, mirándome a mí y a su alrededor.

    Fue cuando recordé que siempre había al menos una persona observándome; la mayoría de las veces, un hombre que no disimulaba muy bien ser algo así como mi guardaespaldas.

    —¡No! No, no, por supuesto que no creo eso— dije pasando mis manos por mi cabello un segundo. —No, lo siento, no sé por qué tuve que pensármelo un segundo— empecé a decir, sin querer. —La verdad es que me encantaría sentarme a conocerte de verdad.

    Víctor sonrió. No era una sonrisa educada como las que le había conocido hasta ahora. Tenía toda la pinta de una sonrisa sincera. Y, aunque yo en ese momento casi ni me había dado cuenta de lo que le había dicho, es como si hubiese estado esperando que se lo dijera.

    “Él no invitaba a salir a nadie”, se repetía la voz de Andrew en mi cabeza un par de veces mientras Víctor y yo salíamos del café camino a un restaurante, de acuerdo con Víctor. Traía auto y me invitó a subir al asiento delantero, abriendo la puerta como todo un caballero. Al subirme, tuve que responder varios mensajes de mi chofer y un par de trabajadores del café. “Voy a estar bien, lo conozco, no se preocupen por mí”.

    ~​

    Supongo que debí haber mencionado que el apellido Bartolo dio un salto al mundo de los negocios unos siete años atrás, consiguiéndose un terreno lo suficientemente amplio para construir y administrar un club deportivo para ejecutivos nacionales e internacionales que quisieran cómodamente hablar de trabajo o de trivialidades, a sus anchas y con lujos.

    Yo me encargaba de todo tipo de contrataciones, desde empleados de mantenimiento del lugar y gerentes que administraran diversas áreas del mismo, hasta asistentes de ejecutivos temporales y traductores para la comunicación internacional eficaz. Suena bastante extraño, pero es algo a lo que me he acostumbrado, ya que por muy raro que parezca el concepto, los puestos de trabajo son de lo más normales. Víctor aplicaba para un puesto en el área de relaciones con ejecutivos de lengua inglesa.

    ~​

    Pero cuando llegamos al restaurante, al menos en mí trabajo no era en lo que quería pensar. Aunque no pude evitar pensar en el de Víctor cuando vi que era un restaurante italiano de cuatro estrellas.

    Olvidé aclarárselo a Andrew, y no sé por qué exactamente me avergoncé de ello, pero sabía que Víctor tenía un buen trabajo porque él me había contado que necesitaba de cierto nivel de inglés para un puesto que le tenían prometido y asegurado desde que ingresó a la universidad.

    —Sí te iba bastante bien en tu otro trabajo, ¿no?— bromeé al entrar al restaurante (y de nuevo fui consciente de lo bromista que estaba ese día). —Tienes muy buen gusto.

    —No sé si lo recuerdas pero en mi otro trabajo era de hecho el gerente de zona de estos restaurantes— dijo y me sentí un poco torpe por no recordar eso, que literalmente lo leí una hora y media antes, pero sí recordaba su forma de saludar de hace un par de años.

    —¿Por qué tenías asegurado ese puesto?— dije y casi me muerdo la lengua; ¿y si no recordaba habérmelo dicho?

    —El dueño es un viejo amigo de mi padre.

    Dada su historia con el lugar, entramos sin reservación, nos dieron una buena mesa y el servicio fue excelente. Me apena decir que incluso dejé que se me enfriará la comida por estar distraída en la conversación, y me llevaban más asegurando que la casa invitaba.

    —Víctor, por favor dime que bromean con eso.

    —Me temo que no— sonreía. —Les emociona que haya traído a alguien al restaurante que no sea parte de la familia.

    —¿Ah sí?— ladeé la cabeza con algo de confusión.

    —No le prestes atención. Pensaba pagar de todas formas, ¿recuerdas?

    —¿”La casa invita” es italiano para “Víctor invita, así ‘comas’ el doble que él”?

    —Oh, no— se rió; nuevamente, de una manera tan genuina y encantadora que pude haberme derretido. —De todas formas, ignora ese insignificante detalle por el momento.

    —¿Insignificante?

    —Estábamos conociéndonos mejor, ¿no? Ya vimos que ambos somos bastante necios.

    —Aparentemente sí.

    —Ambos somos hijos únicos también.

    —Así es, para nuestra fortuna y desgracia, dependiendo del caso.

    —Exacto. Y nos graduamos de la misma escuela, aunque no de la misma carrera.

    —Y ya tenemos el mismo nivel de inglés.

    —Apuesto a que en eso sigues siendo mejor que yo.

    —Yo apuesto a que “el alumno superó al maestro”.

    —Tenemos muchas cosas en común. Algo que no tenemos en común es que yo vivo solo.

    —¿Y qué tal esa vida?

    —Por cómo hablas de él, vivir con Andrew debe ser más divertido.

    —“Por cómo hablas de él”— pensé en voz alta. —No creerás que entre él y yo hay algo, ¿verdad?

    —Pues… De hecho, por un momento, me dio la impresión de que sí.

    —Oh, no. Por supuesto que no. Yo no soy su tipo y somos como hermanos.

    —¿No eres su tipo?— se rió. —¿De quién no lo serías?

    Cualquier expresión que hubiera tenido mi rostro, desapareció. Y a Víctor le pasó igual. Por un par de minutos, nos detuvimos de hecho a comer. Me preguntaba si él se había confundido con sus propias palabras tanto como me había confundido a mí.

    —Muy bien— dijo de pronto rompiendo el silencio. —Basta de trivialidades. Filosofemos.

    —¿Filosofar?— traté de no reírme, pero incluso él se rió.

    —Tengamos una entrevista diferente a la de esta tarde. Una filosófica.

    —¿Y quién entrevista a quién?

    —Yo a ti, por supuesto. Ya tuviste tu turno.

    —Ah, ya veo. Pues soy toda oídos. Pregunta lo que quieras.

    —Bien— dijo y se detuvo a pensar. —¿Crees que todas las vidas son irreemplazables?

    Tuve que detenerme un momento. Ya que lo pensaba bien, la palabra “entrevista” dirigida hacia mí se sentía como algo nuevo. Pero no debía parecer nada fuera de lo común. Que lleváramos un rato hablando diciendo lo que tuviéramos en mente, sin hacernos preguntas, no significaba que esto ahora fuera un interrogatorio para ver si yo era la persona adecuada para hacerle compañía a Víctor.

    —Las canciones pop siempre nos dicen eso, ¿no?— dije esperando que mi tono de voz dejara mis palabras a su interpretación. Creo que ni siquiera yo sabía que tanto eso era una broma o no. —Sí, todas las vidas son irremplazables— acabé por añadir.

    “Pero incluso si alguien fuera a tomar mi lugar, seguro nadie lo notaría”.

    Parpadeé un par de veces, pero suspiré para mis adentros cuando Víctor no reaccionó en lo absoluto; lo que debía significar que esas palabras solo retumbaron con fuerza en mi cabeza, pero no salieron de mis labios.

    —Bien, muy bien— Víctor asintió con la cabeza. —No fue una pregunta bastante extraña, ¿o sí?

    —Bueno, no me la esperaba, y tampoco me esperaba que no tuviera una respuesta obvia— respondí, y seguramente puse una expresión muy meditabunda como para que se riera.

    —Entonces, lo que sigue es que completes este pensamiento: “A través de un día que va de mal en peor…”— dijo fingiendo que garabateaba la frase en el aire. Me tomé mi tiempo.

    —“…somos meros objetos buscando nuestro momento y nuestro lugar”.

    “Y si somos incapaces de encontrarlo, nos detenemos lentamente”.

    Volví a parpadear. De nuevo, no hubo mucha reacción de parte de Víctor. Me aclaré la garganta y tomé de la copa frente a mí, mientas el volvía a asentir con la cabeza por lo que dije, y no por lo que pensé (gracias al cielo). Qué incoherencia. Pasé de bromista a demente.

    —Excelente— dijo, y por un momento me detuve a pensar si no estaba en frente del mejor actor de todos los tiempos, esperando su Oscar por sonreír tan alegremente ante mis tonterías. —Ahora dime, ¿qué viene a tu mente con la palabra costra?

    —Vieja herida— respondí de golpe en lugar de pensármelo bien. No pude ni parpadear.

    —Bueno, al menos en vedad dijiste lo primero que se te ocurrió, como esperaba— dijo encogiéndose de hombros, como restándole importancia.

    —Podemos…— empecé a decir, sin querer con voz baja. —¿Podemos parar?

    —¿Te… estoy incomodando? Esa no era mí…

    —No, no— lo interrumpí. —Lo siento es sólo que…— miré alrededor, respirando hondo una vez.

    —Charlie, en verdad lo lamento— dijo alzando su mano por encima de la mesa para tomar mi mano.

    Maldita sea, qué sensación tan cálida y tan poco duradera. No pude evitar retirar mis dedos antes de que pasaran dos segundos. Víctor me miró muy preocupado; pero, en verdad genuinamente preocupado. Nada me hubiera gustado más que simplemente haberle sonreído, en lugar de haberme angustiado otro poco.

    “Quiero escuchar una canción triste”.

    Y ahí apareció otro pensamiento, como desenterrado de un pozo que no se había cubierto con la suficiente tierra para dejarlo atrapado.

    —¿Qué tipo de música te gusta?— pregunté con cierta urgencia mientras recuperaba la cordura.

    —¿Oh? Y de pronto tienes de nuevo el control de las preguntas— dijo sonriendo.

    —Como debe ser— suspiré con alivio, sonriendo también. —¿Y?

    —La música pop.

    —¿Hablas en serio o te burlas de mi primer respuesta?

    —Hablo en serio; tengo gustos muy básicos, por así decirlo.

    —¿Qué tipo de comida te gusta?

    —La japonesa y la italiana— dice alzando la mirada, como recordándonos dónde estábamos.

    “¿Quién es la persona que te gusta?”

    “Oh, no tiene que ser yo, por cierto”.

    —Vuelves a tener el control— le dije sacudiendo la cabeza.

    —Me parece estupendo, porque tengo ya algo listo. Si ahora mismo pudieras gritarle algo al mundo, y este no pudiera responderte, ¿qué gritarías?

    —Las personas nunca podrán entenderse una a la otra— susurré.

    —La última persona a la que le pregunté eso pensó que estaba obligada a gritar— dijo riendo.

    —¿Dieron una respuesta así de patética?

    —Bueno, a dicha persona mejor no le hice más preguntas.

    Cielos. En verdad se trataba de una entrevista. Si dejaba accidentalmente que Víctor escuchara alguna de las incoherencias que atravesaban por mi mente, definitivamente no volvería a hablar con él excepto por el trabajo.

    Santo cielo, el trabajo. Si de entre mis pensamientos se me salía cualquier cosa, desde el ridículo enamoramiento que tengo con él desde hace casi cinco años, hasta mis estúpidos miedos… No podría no contratarlo solo para que no sea incómodo si lo vuelvo a ver en un año, ¡pero si lo contrato será incómodo al volver a verlo en un año!

    —Dime, Charlie— no levanté la mirada al no reconocer aquel nombre. —¿Cuál es tu verdad?

    Aquella pregunta podía tener muchos significados, y podría tratarse de algo que tuviera que pensarse, como las primeras preguntas que me hizo, o algo que tuviera que decirse de inmediato para que fuera auténtico, como lo la vieja herida.

    “La verdad es que quiero amor…”

    —…aunque solo sea externo.

    —¿”Solo ser externo”?

    —¿Qué?— alcé la cabeza y lo miré con los ojos abiertos de par en par.

    —Dijiste…

    —Víctor— dije, seguramente con un lloriqueo que no sonó nada femenino, por la expresión tan atónita en su rostro. —No más preguntas.

    —Charlie, no tienes que tomarte muy en serio lo que te estoy preguntando. No es…

    —No digas nada, solo… Escúchame, ¿sí? Como cuando recién llegamos al restaurante, ¿sí? Así, si te digo algo, no será porque me estés forzando a hacerlo, ¿entendido?

    —Entendido— dijo limitándose a aceptar lo que le decía, lo que me hizo suspirar.

    —Me imagino que alguna vez has escuchado una expresión similar a esta: “Si no eres capaz de hacer nada, no hagas nada”.

    —O bien, “si no eres capaz de decir algo bueno, no digas nada”.

    —Exactamente. Bueno, contradictoriamente, yo creo que más que hacer nada, lo que sirve es “fingir hasta que lo logres”.

    —No rendirte.

    —Así es. Lo leí en uno de mis libros favoritos.

    —Debí haber imaginado que te gustaba leer.

    —Sí, me gusta bastante. Tengo un librero repleto.

    —Me pregunto qué te hará falta para alcanzar la perfección.

    Madre mía. En esa ocasión fue él quien parpadeó varias veces; pero, por alguna clase de suerte para los dos, sus palabras sí se le escaparon de los labios en lugar de solo resonar en su cabeza.

    Se sonrojó (oh cielos), y eso sí que yo lo había estado controlando.

    —Si no lo sé, supongo que esto tendrá que bastar— dije, haciendo un gesto como señalando mi cuerpo entero, tratando de que sonara como una broma que contestaba a otra (porque él estaba bromeando, seguro). Sin embargo, seguramente dejé escapar algo de inseguridad en mi voz.

    —Eso pudo sonar menos deprimente antes de las siete de la mañana de un lunes, cuando todos odiamos todo y a todos, incluyéndonos a nosotros mismos.

    —“Ah, déjame dormir un poco más”— traté de lloriquear de un modo falso, pero, se nuevo, el ahora más atento Víctor notó mis esfuerzos por no titubear. —A ti te gustan las películas— afirmé, porque acordamos no hacernos preguntas.

    —Así es, en especial los clásicos universales.

    —Apostaría, por lo filosófico que te pusiste hace rato, que tienes una palabra favorita.

    —Espero que tú la tengas también— sacudió la cabeza con algo de vergüenza. —“Cultura”.

    —Conozco unas tres definiciones distintas— no pude evitar reír.

    —Eso es parte de su belleza.

    —Tendré que decir que la mía es “estrella”.

    —También tiene sus múltiples interpretaciones.

    —Lo asombroso es que nunca podrías terminar de contar ninguna de las dos cosas.

    —Creo que las culturas podrían ser contables.

    —Excepto que uno no conoce a la perfección ninguna cultura de la que no se tengan testimonios fuertes.

    —Menos mal que no me incliné a la paleontología o tendría una discusión terrible contigo ahora mismo.

    Mejor dicho, no estuviéramos conversando en lo absoluto en ese momento; y al darme cuenta de eso, no pude evitar contemplar a Víctor por varios segundos. Nuestros ojos se encontraron durante un silencio nada incómodo que duró quién sabe cuánto. Sin embargo, tuve que parpadear antes de que él pudiese leer algo tan claro en mis ojos como yo creí haber leído en los suyos.

    “Hay alguien a quien quieres ver ahora mismo”.

    “Sin duda, esa persona no puedo ser yo”.

    —Charlie— una vez más no reconocí aquel nombre. —No quiero que vuelvas a pensar que soy muy inapropiado… Pero me gustaría invitarte a otro lado, donde no nos estén observando.

    Volteé a ver la hora en la pantalla de mi celular. Casi las siete de la tarde. Después volteé a ver a mis alrededores. Una sensación de inseguridad invadió mi cuerpo por un par de segundos, como si me arrepintiera de no haber venido con mi chofer o un guardaespaldas. No conocía a nadie ahí; ni siquiera a Víctor. No lo suficiente como para aceptar lo que aparentemente me estaba proponiendo.

    No pude evitar reírme en voz alta de solo pensarlo. En primer lugar, seguramente yo estaba pensando mal y Víctor no estaba pensando en nada indecente; en segundo lugar, que yo no conociera a Víctor no era lo que me impedía tomar una decisión estúpida.

    El problema es que él no me conocía a mí.

    Mientras esperaba mi respuesta, tal vez alguien lo escuchó insinuar que nos iríamos de ahí, o tal vez le hizo una seña a alguien sin que yo lo notara, porque de pronto la cuenta estaba en el centro de la mesa. Seguramente Víctor no la tomó de inmediato porque no sospechaba que yo lo haría.

    —Charlie, espera…— dijo tratando de tomar la cuenta.

    —Tomaré un taxi a casa— espeté pagando todo en efectivo porque no tenía tiempo de otra cosa.

    —Por favor, no, déjame llevarte…

    No le dije nada y ni siquiera volteé a mirarlo, a él o a nadie a quien le incumbiera en aquel maldito restaurante del que salí prácticamente corriendo. Pero por supuesto que él fue detrás de mí.

    ¡¿Por qué?!

    Iba entrando el invierno, por lo que se me hicieron terriblemente obvias dos estupideces cuando salí a la acera: la primera, que en verano apenas estaría empezando a oscurecer, y por lo tanto aún no se encendían las luces de la calle; la segunda, que no había cargado un abrigo (porque no me esperaba sino volver a casa poco después de las cinco).

    —Charlie— ese maldito nombre y esa encantadora voz me estaban enloqueciendo.

    —Víctor, no me hagas suplicarte que te ahorres la molestia hasta dentro de un año, que tal vez nos toque dirigirnos la palabra por cuestiones de trabajo— dije sin voltearlo a ver mientras trataba de llamar la atención de un taxi. Ninguno se detenía, así que, por medio de una aplicación que habría encontrado para mi celular, le mandé mi ubicación a mi chofer con apenas un par de movimientos.

    —No fue mi intención asustarte— decía con una voz genuinamente preocupada, al parecer. —Solo quería hablar contigo en un lugar más privado. ¡Ha-hablar, en serio!— se defendió, ruborizado a más no poder, pero por vergüenza y no por enfado, como a veces pasa con los hombres que son rechazados. —Los trabajadores me conocen y no me quitan la mirada de encima. ¡Ni a ti! Y no me gusta cómo te miran, y me juzgan, y te juzgan…

    —Por supuesto que me juzgan— murmuré, y continué aunque noté que me oyó. —Lo más probable es que hayan podido detectar a la clase de persona que trajiste a su preciado restaurante.

    —N-no entiendo de qué estás hablando.

    Volteé a mirarlo. Durante toda la tarde, muy en el fondo me estaba guardando la idea de que Víctor se estaba burlando de mí; que sabía que me atraía desde la universidad y que le parecía tan gracioso que decidió averiguar qué tan lejos podría llegar conmigo, solo para hacerme sentir mal.

    Tenía tantos deseos de darle una bofetada, pero no podía evitar preguntarme si no se trataba de ningún acto. Cada centímetro de su rostro gritaba que estaba mortificado por lo que yo pudiera pensar de él.

    Pero no podía dar con la razón. No pude haberle dado una impresión así de buena tras unas clases de inglés, una entrevista, y una cena bastante temprana.

    Además…

    —Por favor dime que estás mintiendo, respecto a no entender de qué hablo— imploré.

    —No estoy mintiendo.

    —Homosexual.

    —………— Por supuesto que lo había dejado sin habla.

    —La clase de persona que trajiste a su preciado restaurante.

    —Tú…— no sabría decir la manera en que me miró cuando se detuvo a pensar en mis palabras, o la manera en la que trató de empezar a razonarlo en voz alta (“Tú…”), pero las lágrimas amenazaban con empezar a correr desde mis ojos. —Oh no— dijo de pronto. —Por favor, no llores. Cualquier cosa menos eso— suplicó con las manos en mis mejillas. Lo miré con incredulidad.

    —Sé que oíste bien lo que dije— me obligué a hablar. —Porque te lo dije dos veces.

    —Sí, por supuesto que te oí, desde la primera….

    —En realidad soy un chico— lo interrumpí y tragó saliva sin soltar mi rostro.

    ~​

    Cuando cumplí seis años y llevaba ya meses en la escuela primaria, le pregunté a mi madre por qué nunca me había cortado el cabello, que en ese entonces realmente no estaba muy cerca de mis hombros, pero ningún niño lo llevaba así de largo. Ella decía que creía que no tenía que, porque mi cabello era nuevo y completamente sano, y no pensó que yo me viera como una niña, a diferencia de mis compañeros de clase. Mi padre fue quien llevó a que me lo cortaran, pero hasta después de que nos hubiera tomado una fotografía grupal. Y, porque así de ridículos son los niños, a pesar de que siempre pedía un corte si lo notaba unos milímetros más largo, toda la primaria califiqué como “niña” para quien me conociera en la escuela. Ser delgado, de pestañas largas y poco atlético, no me ayudaba mucho.

    Para cuando cumplí doce años, decidí que iba a intentar que no me importara lo que me dijeran, y dejé de cortarme el cabello mientras no estuviera maltratado, como decía mamá, quien me apoyaba tan ciegamente como me amaba (en parte, supongo, porque era su único hijo). Mi padre no estaba del todo de acuerdo con la manera en que quería enfrentar mis problemas, pero tampoco quería enfrentarlos por mí. Estaba muy ocupado buscando la forma de hacerse millonario. No lo culpo; hasta se lo agradezco, casi hasta un poco más que a mi madre.

    Di el siguiente paso en mi educación dejando que mi cabello se fuera alargando hacia mis hombros. Afortunadamente, la escuela era un poco liberal con lo que se refería a dejarnos ser con nuestro aspecto. Desafortunadamente, eso significaba que nos arreglábamos como quisiéramos bajo nuestro propio riesgo: manejar el bullying no era el fuerte de la institución. Sin embargo, me aferré a mi decisión de no darle importancia a lo que dijeran de mí.

    Claro, hacerse el sordo es mucho más fácil que dejar de ser físicamente débil de la noche a la mañana. No me escape de algunas golpizas por “marica”. Lo gracioso era que, hasta donde yo sabía, en ese entonces, en realidad no me atraían físicamente los hombres. Pero las mujeres tampoco; no exactamente. Me parecían fascinantes. De hecho, sí, admiraba a chicas de mi escuela o de revistas o de la televisión por su físico, pero no porque quisiera “destrozarlas en la cama” como despectivamente decían en mi escuela.

    Todo porque me dejaba el cabello largo; y porque trataba de hacer ejercicio, pero realmente no ganaba músculo. Fuera de eso, no era como si hubiese empezado a vestirme como chica a los trece años… Empecé a pensar en ello a los catorce. Pero me limitaba a llenarme de revistas de modelos con atuendos bastante agradables a la vista. Y no era que las cargara a la escuela y les dijera “¡Mírenme! ¡Me encanta ver a estas mujeres vestidas de pies a cabeza!”.

    Al cumplir 16 años, las cosas se salieron un poco de control.

    Regresando de un desastroso partido de soccer en el que empezó a llover, haciéndonos a todos terminar además de sudados, con los uniformes del equipo empapados y enlodados, fuimos a las duchas en grupos de a cinco (por las pocas duchas que había).

    Me tocó entrar con el segundo montón, y me di cuenta de que mi casillero estaba abierto, y mi mochila saqueada. Dejaron mi celular, las llaves de mi casa, el dinero que cargaba por si acaso. Nada grave, solo se llevaron mi uniforme, y me dejaron uno de chica. Desafortunadamente, por el tipo de instalaciones de mi escuela (duchas de cubículo), me había dado cuenta de esto una vez que salí de la ducha, pues si hubiera llevado mi mochila conmigo se habría mojado.

    Y ahí estaba yo: el marica de la escuela, semidesnudo (en ropa interior; no traía extras porque no pensamos que fuésemos a terminar en las duchas), con cuatro de mis compañeros de clase riéndose todo lo bajo que podían. Los maldije en voz baja al agarrar mi mochila y correr de nuevo a las duchas.

    “¡Eh! ¡Marica!” me gritaba uno de ellos. “¡Faltan otros cinco de entrar aquí! ¿Acaso crees que uno va a entrar contigo?”

    No, porque, aparentemente yo era el marica de la escuela.

    Encerrado en la ducha, sin soltar mi mochila, con el que me gritaba y otro más haciendo escándalo para sacarme de ahí, esperé tan solo unos segundos para ver si el entrenador venía. Acabé pidiendo auxilio con el celular, que gracias al cielo no se les ocurrió quitarme. Pero solo le marqué a mamá y la dejé escuchar el alboroto; porque si los otros se daban cuenta me iban a acusar además de niño de mami y de soplón.

    Ya había tenido suficiente.

    Las cosas no mejoraron. El entrenador acabó por entrar a ver qué estaba pasando. Les gritó sandeces y media a los tipos que me estaban molestando y me hizo salir una vez que el vestidor estaba vacío. Pero incluso entonces no me sentía a salvo; aún estaba semidesnudo y estaba haciendo un increíble esfuerzo para no llorar (porque sería el colmo de colmos). Mi madre acabó hablando al teléfono de la escuela además. Entre el entrenador y la directora encontraron a los culpables de robar mi uniforme y los suspendieron junto con los que me estaban gritando en las duchas.

    Me fui a casa temprano. Me desmoroné en brazos de mamá cuando abrió la puerta para recibirme. Mi padre estaba furioso cuando se enteró; quería llamar a la directora de la escuela para reclamarle la expulsión de aquellos chicos, pero le imploré que no lo hiciera, suponiendo que me causaría más líos. Él intento ser comprensivo conmigo, pero para ello, necesitaba que yo fuera sincero con él.

    “¿Te atraen los hombres?” preguntó y definitivamente le salió mejor que si hubiera dicho directamente la palabra gay u homosexual. Mi respuesta fue que no estaba seguro, y antes de que preguntara otra cosa, decidí explicárselo yo mismo, a como pude. Aparentemente, desde ese entonces prefería no ser el interrogado.

    Mis padres me dijeron al día siguiente que ya no fuera a la escuela, sabiendo que aquellos chicos no eran los únicos que me causaban problemas. Tenían planeado llegar a un acuerdo con la escuela para encontrar la forma de graduarme sin tener que volver a pararme en ella. Odiaba la idea, porque se sentía como huir, pero al mismo tiempo se oía como algo muy tranquilizante. Algo que me haría la vida más fácil… por el momento.

    “El negocio está a punto de despegar” decía papá. “Si la directora no hace lo que yo quiero ahora, tendrá problemas en el futuro” aseguraba, teniendo la certeza de que en verdad sería millonario. Y, en ese preciso momento, decidí creer verdaderamente en que ese sueño suyo se haría realidad.

    “Entonces pídeles este favor” empecé a decir. “Diles que se aseguren de que todos los documentos que me van a dar para que yo pueda ingresar a la universidad digan que soy una chica”.

    Por supuesto, la idea los paralizó al instante, pero se rindieron casi tan pronto como yo lo hice. La solución no era otra sino que yo dejara de pretender que era solo un chico bastante cohibido, debilucho y de pelo largo. Hasta ahora, no había conocido a ningún chico que me hiciera pensar en besarlo o algo por el estilo, pero estaba seguro de que mi vida sería mucho más fácil si dejaba de admirar los vestidos de las modelos en fotografías y empezara a vestirlos.

    Nunca me iban a dejar de criticar, pero esta vez ya no me iba a esconder de nadie…

    ~​

    …más o menos.

    En realidad, no es que muchas veces me haya hecho falta admitir que era un chico para que dejaran de murmurar a mis espaldas o mirarme con disgusto. Una vez que ingresé a la universidad, me encontré con gente mucho más madura, educada, respetuosa, de mente abierta; o de gente cuyas mentes abrí, como en el caso de Andrew.

    Y luego… Estaba Víctor.

    ~​

    —En realidad eres un chico— repitió. —Y… eso está bien— dijo, y me reí. —Es decir…

    —Me tienes my incómodamente cerca, Víctor— lo interrumpí, quitando sus manos de mi cara.

    —Charlie, te lo ruego…

    —No— dije con voz firme. Pero luego volví a reír. —Es que… me cuesta mucho trabajo creer que no lo sabías. Y, sobre todo por esa razón, me cuesta más trabajo creer que insistas en que no me vaya.

    —Nada cambia el hecho de que te considere una gran persona a la que quiero conocer mejor.

    No pude evitar guardar silencio y respirar hondo un par de veces. Víctor estaba esperando pacientemente un argumento de mi parte que viera algún error en sus intenciones. Maldita sea.

    —No creo que pueda hacerlo, Víctor.

    —Dame una buena razón por la cual no podemos conocernos mejor— dijo esta vez tomando mis manos. —Pero que sea de verdad muy buena.

    —Vas a decirme que tampoco ha sido obvio para ti que me atraes desde siempre.

    —Pues…— se sonrojó a más no poder. Ojalá hubiese podido decir “me atraías”, en tiempo pasado.

    —No eres gay— apreté sus manos entre las mías, tragándome las lágrimas de nuevo.

    —Pues yo… Nunca…— sacudió la cabeza, como si así pudiera sentirse menos angustiado.

    —Exacto. Nunca te han interesado los hombres, nunca habías pensado en eso, nunca siquiera se te hubiera ocurrido…

    —Nunca me ha gustado nadie.

    —Nadie en lo absoluto.

    —No, en realidad, no.

    —Nunca antes te has sentido atraído por ninguna mujer.

    —Ni por ningún hombre— ambos seguíamos hablando en afirmaciones.

    —Insinúas que…

    —Estás renunciando a algo por medio a salir lastimado.

    —N-no estoy…

    —No salir lastimado no es lo mismo que salir satisfecho.

    Y entonces el claxon del coche que manejaba mi chofer me recordó en dónde estaba y lo que había hecho antes de tratar de que Víctor me dejara en paz. Me volteé hacia el coche estacionado frente a mí y me apresuré a detener el paso enfurecido del hombre que se bajó del asiento del conductor.

    —E-está bien, todo está bien. Yo estoy bien.

    —Solo envías tu ubicación sin ninguna explicación en caso de emergencias.

    —Lo sé, lo sé, peo no tienes que asesinarlo ni con la mirada.

    Relajó su expresión y trató de ni siquiera voltear a ver a Víctor, pero yo lo hice, y se le veía un poco asustado. Mi chofer era un tanto robusto y estaba preparado para defenderme de ser necesario.

    —Víctor…— le dije con voz suave. —Tienes mi correo— dije tratando de que me entendiera tan solo con esas palabras y con la forma en que lo estaba mirando.

    Tragó saliva, se pasó los dedos entre su cabello rizado, suspiró y se dio media vuelta para volver a entrar al restaurante. Ojalá yo hubiera entrado al auto exactamente al mismo tiempo para no tener que intentar despedirme de su espalda alejándose.

    ~
    Andrew se había enojado a muerte conmigo porque no le respondí un solo mensaje toda esa tarde, pero no me lo reprochó cuando volví al departamento y le expliqué todo mientras me tallaba las lágrimas una por una después de que me diera un fuerte abrazo. Me sentía de 17 otra vez, y eso si me lo reprochó; pero lo hizo mientras me alimentaba con café y mis galletas favoritas, haciendo y deshaciendo trenzas con mi cabello estando sentados junto al otro en el sofá.

    —No sé qué es lo grandioso de tener una mejor amiga para las mujeres— dije sonriéndole.

    —Bueno, supongo que lo sé qué es lo grandioso de ser el mejor amigo de una.

    —Excepto que no lo eres.

    —Vamos, Charlie— besó frente. —Si alguien te permitirá querer ser tratada como a una princesa, y tratará de ayudar todo lo posible para que lo seas, ese seré yo.

    —Basta, voy a llorar de nuevo.

    —Nada de eso— me sermoneó, mirando de reojo mi celular, descansando en la mesa del centro de la sala, con la pantalla encendiéndose cada quince minutos. —Lleva cuatro horas y 15 correos intentándolo.

    —Ya va a ser medianoche—aseguré, aún en modo de “nada de peguntas”.

    —Necesitamos dormir.

    —Lamento tenerte despierto.

    —Faltaría al trabajo si me lo pidieras.

    —Maldita sea. Te haré gay, algún día. Serás mío.

    —No soy tu tipo, y somos como hermanos— dijo como si me leyera la mente a todo momento.

    —Entonces ya eres mío— reí abandonando el sofá en contra de mi voluntad.

    —Supongo que no vas a leer nada esta noche.

    —Ni siquiera sé si a alguna hora de mañana.

    —No puedes dejar las cosas de esta manera.

    —No, porque no salir lastimado no es lo mismo que salir satisfecho.

    ~​

    Fue imposible dormir con aquellos quince correos esperando ser abiertos. Fue bastante amable de su parte detenerse al asumir que podría haberme ido a dormir sin antes silenciar el celular (como explicó en su último correo, que abrí por accidente).

    En el primer correo, me decía que esperaba que no le hubiera recordado que tenía dicha herramienta para comunicarse conmigo solo para o responderle. Conforme iba avanzando, cada mensaje era un poco más largo que el anterior. Se disculpó varias veces; algunas ni siquiera sabía por qué se disculpaba, pero lo hacía de todos modos, porque así de frustrado se sentía (según él).

    También comentó que, igual que yo, inconscientemente estaba evitando hacer preguntas cuando llegó a su casa, por lo que se confundió un tanto cuando, después de ignorar llamadas y mensajes de muchas personas durante la tarde, un amigo suyo al teléfono le dijo “¿en verdad a esta hora terminó tu entrevista?”

    Éramos dos personas bastante extrañas en realidad. Y no podía dejar de repetirme patrañas como para hacer a Víctor entrar en razón; si es que se las mandaba en un solo mensaje (no en quince).

    “No hay futuro entre nosotros”.

    “Dejé de tener expectativas sobre tener una relación hace tiempo”.

    “Nunca he estado, no estoy, y probablemente no estaré nunca con nadie”.




    “Todo lo que quiero es sonreír junto a alguien”.

    “Todo lo que quiero es que alguien me note y me reconozca”.

    “He renunciado a esto y aquello”.

    ~​

    Por un instante, olvidé por un momento que debería estarle contestando a Víctor. Me di cuenta de que, más bien, estaba tratando de convencerme a mí. Como si no supiera ya que estaba demente.

    Excepto que no lo estaba.

    Me había quedado con esa absurda idea de que ser como quiera que yo quisiera ser, estaba mal.

    Excepto que no lo estaba.

    Y entonces entró un correo más.

    ~​

    “Sé que es tarde para querer hacerte otra pregunta por la que me puedas odiar, pero…

    ¿En verdad no crees que podríamos darnos una oportunidad?

    Más bien, algunas oportunidades, diría yo.

    Porque, ahora que lo noto, además de que no te conozco, aparentemente tampoco me conozco muy bien a mí mismo (o al menos no a mis gustos). Espero que eso no suene bastante extraño.

    Incluso si alguna vez hubiese pensado que sabía lo que me gustaba, nunca es tarde para cambiar de opinión respecto a algo.”


    ~​

    “Nunca es tarde para cambiar de opinión respecto a algo”, dijo.

    Creo que jamás antes había respondido todo lo rápido posible a una pregunta; con otra pregunta.

    ~​

    “¿Crees que todavía no es demasiado tarde para mí?”
     
    Última edición: 6 Mayo 2017

Comparte esta página

  1. This site uses cookies to help personalise content, tailor your experience and to keep you logged in if you register.
    By continuing to use this site, you are consenting to our use of cookies.
    Descartar aviso